Libro N° 6059. Bajo El Imperio Del Capital. Katz, Claudio.
© Libro N° 6059.
Bajo El Imperio Del Capital. Katz, Claudio. Emancipación. Junio 1 de 2019.
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original: © Bajo El Imperio Del Capital. Claudio Katz
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Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A
CRÍTICA TODA LA CULTURA
BAJO EL IMPERIO DEL CAPITAL
Claudio Katz
Tabla de Contenido
Introducción
La
teoría clásica
Posguerra
y neoliberalismo
El
papel de Estados Unidos
Gestión
colectiva y asociación económica
Desafiantes,
adversarios y aliados
Las
áreas estratégicas
Interpretaciones
convencionales
Replanteos
del marxismo
¿Etapa
final o temprana?
Rivalidades
atenuadas
El
declive norteamericano en discusión
Sucesiones
hegemónicas
Globalismo
Expansión
cooperativa
Ideología,
estado y clases
Bibliografía
Introducción
Dos
procesos impactantes de la última década actualizan el debate sobre el
imperialismo. Por un lado, el reforzamiento de la acción guerrera
norteamericana ilustra los renovados mecanismos belicistas que despliegan las
grandes potencias. Por otra parte, el desplazamiento de la actividad económica
hacia Oriente reabre la discusión sobre las relaciones entre el centro y la
periferia. El primer acontecimiento convoca a retomar los estudios clásicos del
problema y a indagar las transformaciones registradas durante el siglo XX, para
definir las características del imperialismo contemporáneo. Esta dimensión
concentra los principales interrogantes teóricos y conduce a examinar las
modificaciones que se introdujeron en el funcionamiento del capitalismo global
en el período neoliberal. El segundo proceso incita al estudio de las
denominadas economías emergentes, a la observación de las nuevas desigualdades
internacionales y al análisis de la resistencia antiimperialista. Esta temática
tiene importantes implicancias para América Latina y replantea las miradas que
se introdujeron desde esta región. La distinción de estos dos planos es una
división útil para ordenar la investigación del imperialismo. Nos permite
desenvolver el tema en dos textos complementarios. El libro que presentamos a
continuación estudia el primer cuerpo de problemas, mediante una exposición de
nuestro enfoque y un análisis crítico de otras caracterizaciones. Una
telegráfica enunciación de los temas en consideración puede orientar y
estimular la lectura. El texto revisa primero la interpretación marxista
clásica del imperialismo tomando en cuenta el contexto bélico que rodeó al
surgimiento de esa visión. Evalúa la polémica que opuso a Lenin con Kautsky e
ilustra cómo las divergencias políticas que separaron a los revolucionarios de
los reformistas no tuvieron correlato teórico en el análisis del capitalismo de
la época. También destaca cuales fueron los temas que permanecieron
irresueltos.
Estos
problemas cobraron mayor dimensión en el nuevo cuadro de solidaridad militar
occidental y asociación multinacional del capital que prevaleció durante la
posguerra. Las distintas visiones marxistas estudiaron ese viraje, remarcando
cada una en forma preponderante el papel superimperial de Estados Unidos, el
entrelazamiento ultraimperial de las firmas y el carácter acotado de la
concurrencia interimperialista. Estas intuiciones quedaron nuevamente
desafiadas por la irrupción de la actual etapa de mundialización neoliberal.
Una teoría contemporánea del imperialismo debe esclarecer este escenario,
aclarando el rol que juega el gendarme norteamericano en la protección de todas
las clases dominantes. Este papel le otorga a la primera potencia privilegios que
ningún otro país obtiene, los cuales le permiten desenvolver la combinación de
acciones estatales nacionales e internacionales que practican los sucesivos
gobiernos estadounidenses. Esta política se sostiene, además, en la
significativa incidencia global que logró la ideología americanista. ¿Pero qué
grado de efectividad tiene ese intervencionismo en la actualidad? ¿La voluntad,
la tentación y la capacidad hegemónica del gigante del Norte se afianzan o se
debilitan? Las respuestas hay que buscarlas en las modalidades de la gestión
imperial colectiva que introdujo la tríada forjada por Estados Unidos, Europa y
Japón. Este manejo no implica equidad en las decisiones, pero sí una ruptura
radical con el viejo escenario de guerras interimperiales. Las acciones agresivas
que implementa cada potencia coexisten con incursiones globales conjuntas y
permanentes. Esta coordinación geopolítica no exenta de tensiones y
contradicciones expresa, a su vez, la gravitación alcanzada por el
entrelazamiento internacional del capital. En el libro se desarrollan estos
conceptos para describir cómo Estados Unidos extiende su red de bases
militares, institucionaliza el terrorismo de Estado e invade países con
pretextos humanitarios y pretendidamente defensivos. En la primera década del
siglo XXI el poder norteamericano ha intentado reafirmar su gravitación,
supervisando la proliferación nuclear, aprovechando la orfandad militar de
Japón y usufructuando la impotencia bélica de Europa. Pretende especialmente
bloquear el nuevo ascenso de economías de acelerado crecimiento mediante una
combinación de cooptación de ciertos adversarios y presiones sobre los
potenciales contendientes. Las agresiones imperiales privilegian las zonas
tradicionales de Medio Oriente con mayores reservas petroleras y ubicaciones
13
estratégicas.
El ataque a Irak transmitió, además, un mensaje general de dominación, que se
reforzó con la extensión de la guerra hacia Afganistán y el continuado sostén
del colonialismo israelí. América Latina sigue ocupando un lugar de “patio
trasero” y por esta razón se refuerzan las bases militares en Colombia para
hostigar a los gobiernos antiimperialistas. La militarización avanza con el
pretexto de enfrentar el narcotráfico, ocultando la complicidad de la CIA y los
bancos norteamericanos con esa actividad. Estados Unidos intenta una
contraofensiva en toda la región para recuperar el terreno perdido con el
fracaso del ALCA. Por eso reaparece la ocupación de Haití y el golpismo en
Honduras. Este intervencionismo se ha reforzado también en África, ante el
repliegue de las viejas potencias coloniales y la creciente presencia comercial
de China. El libro parte de estas caracterizaciones para evaluar los debates
teóricos recientes sobre el imperialismo. Polemiza con las visiones
convencionales de los neoconservadores, que realzan las virtudes civilizatorias
del poder norteamericano, y con las tesis realistas, que propugnan políticas de
atropello con estilos más pragmáticos. También objeta las justificaciones
liberales, que disfrazan el militarismo con mensajes benevolentes y avalan la
intervención bélica selectiva con justificaciones paternalistas. En el texto se
describe cómo estas acciones se consuman siguiendo un doble patrón de
tolerancia hacia los aliados y virulencia con los adversarios. El derecho internacional
que se alega para proteger a los pequeños países utiliza las “guerras
humanitarias” para convalidar el orden imperial. Muchas reacciones críticas que
proponen regular estas incursiones olvidan que la agresividad de las potencias
es una necesidad y no una opción del sistema. En el texto se exponen en forma
más detallada las diversas concepciones marxistas, que rechazan la simplificada
identificación del imperialismo con la expansión territorial, la ambición de
poder o el anhelo de gloria. Estos enfoques asocian las modalidades actuales de
la opresión global con las características que asume la acumulación
capitalista. En varios capítulos se retoma, perfecciona y sintetiza ese
abordaje. Esta revisión apunta a destacar las dificultades que han afrontado
las distintas actualizaciones de la tesis económica expuesta por Lenin. Se
discute la contraposición entre monopolio y competencia y la supremacía del
capital financiero, indagando la coherencia de ambos planteos con el abordaje
de Marx y su grado de corroboración actual. Pero la gran pregunta gira en torno
a un problema metodológico: ¿Las crisis del capitalismo derivan del parasitismo
rentista o del dinamismo productivo descontrolado del sistema? Esta evaluación
conduce a otro interrogante más tradicional: ¿Es el imperialismo la etapa
superior del capitalismo? Una visión retrospectiva indica que esa
caracterización estuvo muy condicionada por la catástrofe bélica y que
correspondió a una etapa clásica e intermedia de la expansión imperial. En el
libro se postula también esta caracterización para recordar que la denuncia del
imperialismo no debe confundirse con su interpretación. Este criterio es
decisivo para evaluar el sentido de la violencia contemporánea. La
identificación corriente de las matanzas y los genocidios con la declinación
histórica del capitalismo olvida que el nacimiento de ese sistema incluyó todo
tipo de atrocidades. En lugar de idealizar un pasado tan dramático hay que
cuestionar el carácter opresivo de ese régimen social en todos sus períodos
históricos. Pero la indagación del imperialismo contemporáneo abre otro abanico
de problemas. Particularmente conflictiva es la mirada de los autores que
avizoran un retorno a los grandes choques económicos entre potencias
capitalistas. ¿Se proyectan esos conflictos a la esfera militar? ¿O resurgen
las rivalidades comerciales en un marco de estricta restricción geopolítica? En
el libro se explica por qué razón las presiones proteccionistas no recrean las
tensiones entre áreas aduaneras, que en el pasado anticiparon las grandes
conflagraciones. Se destaca que las confrontaciones potenciales con Rusia y
China no tienen por ahora alcance interimperial y que resulta aventurado
delinear la forma que podrían asumir en el futuro. ¿Pero cuál sería el efecto de
una declinación norteamericana sobre la estructura imperial? En el libro se
pasa revista a los argumentos que destacan la regresión industrial, el
endeudamiento externo y la crisis fiscal norteamericana. Pero también se
explica en qué medida esa economía no debe ser evaluada con los mismos
parámetros de cualquier otro país. La perspectiva nacional comparativa ha
perdido utilidad para ese estudio. Como el centro del problema se localiza
igualmente en el plano político militar es vital evitar la presentación de
Estados Unidos como un guerrero solitario, que pierde batallas o resigna poder.
Cualquier subestimación del gendarme impedirá derrotarlo.
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Una
controversia más compleja gira en torno a los eventuales sustitutos del poder
norteamericano. El texto analiza la ineptitud de las viejas potencias
coloniales para comandar la dominación contemporánea y recuerda los fallidos
pronósticos sobre una dirección asiática comandada por Japón. También destaca
que las nuevas situaciones de multipolaridad no eliminan la necesidad de un
ordenador del capitalismo global. Pero el trasfondo de estos problemas es una
controversia teórica sobre la dinámica histórica. ¿Brindan el auge y la
declinación de las potencias una pauta adecuada para indagar la evolución
social? ¿Son comparables los imperios que antecedieron y sucedieron al
surgimiento del capitalismo? El texto estudia aquí las diferencias que separan
a la coerción extraeconómica, la conquista de territorios y el establecimiento
de colonias de los mecanismos de la competencia por beneficios surgidos de la
explotación. Estas reflexiones conducen en la parte final a otros análisis del
imperio, en la acepción afín al globalismo convencional que se popularizó en
los últimos años. Este enfoque postula la existencia de cierta nivelación del
capitalismo mundial, que contrasta con las evidencias de fractura nacional y
regional. También subraya la presencia de un grado de movilidad del capital y
del trabajo que no se ha corroborado. Pero lo más polémico son las
observaciones sobre la configuración general del sistema. ¿Se han
transnacionalizado las clases dominantes? ¿Sustituyen los organismos
supranacionales a los Estados existentes? La misma relevancia presenta el
debate sobre el uso del concepto hegemonía como sustituto de la noción
imperialismo. Este remplazo inspira el contraste postulado por algunos
historiadores entre modelos de militaristas de Occidente y esquemas mercantiles
de Oriente. El libro evalúa ese contrapunto, analizando si la acción armada en
gran escala fue un defecto exclusivo de Europa y si China acumula atributos no
beligerantes. También considera una contraposición complementaria entre
capitalismos regresivos y economías de mercado equitativas. En el capítulo
final se presentan conclusiones sobre el imperialismo contemporáneo en función
de sus peculiaridades en tres áreas claves: la ideología en boga, el perfil de
los Estados y la reconfiguración de las clases dominantes. En libro está
subdivido en cinco partes diferenciadas. En los primeros cuatro capítulos
exponemos nuestra caracterización del imperialismo contemporáneo. Destacamos
sus rasgos militares, geopolíticos y económicos, subrayando las diferencias con
el precedente clásico. En los apartados cinco y seis ilustramos cómo se
manifiestan estos cambios en las relaciones entre las grandes potencias y en la
intervención imperial en la periferia. En el capítulo octavo revisamos las
interpretaciones más corrientes y en las secciones siguientes discutimos otras
interpretaciones del fenómeno. En el capítulo final planteamos conclusiones y
nuevas líneas investigación. Al cabo de
varios años de exclusivo interés por el neoliberalismo, el análisis del imperialismo
ocupa nuevamente el primer plano de la agenda intelectual y militante. El libro
propone un camino de reflexiones para esclarecer el tema. Su lectura permitirá
saber si abre un sendero de respuestas satisfactorias.
LA
TEORÍA CLÁSICA
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el imperio del capital
Claudio
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La
concepción marxista del imperialismo está emparentada con el folleto escrito
por Lenin en el marco de la Primera Guerra Mundial y la Revolución bolchevique.
Ese trabajo alcanzó gran difusión, fue citado y objetado con pasión e influyó
sobre varias generaciones de militantes e investigadores. Tan perdurable
impacto del texto indujo a olvidar el contexto que rodeó su elaboración[1].
Preparación
de la guerra El siglo XX comenzó con un gran impulso económico. En las
economías metropolitanas predominaba la prosperidad, la innovación tecnológica
y la transformación administrativa de las grandes empresas. Como ese
crecimiento capitalista incentivó las conquistas de ultramar, el imperialismo
se transformó en un concepto dominante. Perdió peso la vieja asociación del
término con el despotismo bonapartista francés y ganó terreno su identificación
con la supremacía británica de la era victoriana. Luego de ocupar Egipto (1882)
e imponerse en Sudáfrica (1899-1902), Inglaterra forjó una Unión Imperial, que
precipitó las confrontaciones territoriales entre las potencias. El retroceso
de Francia contrastó con el avance de Alemania, que subió la apuesta y
quebrantó los equilibrios europeos. En el continente americano la victoria
estadounidense sobre España (1898) ilustró la irrupción de otro competidor, y
en el Extremo Oriente Japón desplegó un protagonismo análogo. El ocaso marítimo
de Gran Bretaña sepultaba varias décadas de estabilidad geopolítica, y los
litigios se acentuaron cuando los desafiantes del viejo colonialismo comenzaron
a extender su empuje productivo al plano territorial. Las disputas por el
reparto de las antiguas posesiones otomanas, austrohúngaras y rusas
acrecentaron las tensiones entre los codiciosos contendientes. El aplastamiento
de China por Japón, la expansión norteamericana hacia el Pacífico y la
conversión de Alemania en la segunda potencia naval del planeta prepararon el estallido
general, en un marco de cambiantes alianzas y vertiginosos realineamientos.
Gran Bretaña intentó sostener su imperio reforzando el control de las minas
sudafricanas y las exacciones impositivas de la India. Trató de tender un cerco
al ingreso de mercancías y capitales foráneos, pero no logró contener el avance
de sus rivales.
1.
Vladimir Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo, Buenos Aires,
Quadrata, 2006.
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La
teoría CLásiCa
El
imperialismo que estudió Lenin corresponde a esa etapa de gestación de los
dramáticos enfrentamientos interimperiales. El adjetivo “clásico” es muy útil
para precisar la especificidad del período comprendido entre 1880 y 1914. Esa
fase anticipó las sangrientas matanzas de entreguerras y preparó el ambiente de
una era de catástrofes. La época analizada por el líder bolchevique constituyó
la antítesis de la etapa previa de conflictos acotados y equilibrios militares
posnapoleonicos (1830-1880). Todas las potencias fueron obligadas a renovar sus
credenciales en el campo de batalla. La efervescencia militarista, la
agresividad racista y la intolerancia chauvinista conducían al tendal de
muertos, mutilados y destrozos que rodeó a la Primera Guerra Mundial. El
objetivo de todas las matanzas era un botín colonial apetecido por las
potencias metropolitanas que depredaban la periferia, ensanchando las brechas
entre ambas regiones. La expansión imperial fue naturalizada con variadas
justificaciones colonialistas, basadas en el mito de la superioridad europea.
Se multiplicaron las convocatorias morales a extender la civilización, los
llamados religiosos a evangelizar a los pueblos primitivos y las exhortaciones
educativas a erradicar la ignorancia. No faltaron las consideraciones
biológicas para mejorar la pureza racial y las propuestas económicas para
auxiliar a las naciones subdesarrolladas. Pero la sangría colonial suscitó
también fuertes cuestionamientos en los centros metropolitanos. La crítica
liberal al malgasto de ultramar sacudió primero a Inglaterra y se extendió
luego a Estados Unidos. En ambos centros tuvo gran impacto la resistencia de
los países sometidos. Estas protestas eran también intensas entre los pueblos
que reclamaban independencia nacional, en las fronteras de los viejos imperios
en declive (Rusia, Austria, Turquía). La crítica al colonialismo recobró fuerza
en países de larga tradición revolucionaria (Francia) y en naciones que
albergaban una insurgente clase obrera (Alemania). En este contexto emergió el
análisis de Lenin. Todas sus caracterizaciones contemplan problemas debatidos
con gran intensidad en el socialismo europeo de la época.
Ruptura
de la socialdemocracia El líder bolchevique encabezaba el ala izquierda de la
socialdemocracia rusa, que a su vez integraba la II Internacional, y
participaba activamente en las discusiones de ese agrupamiento, cuyo epicentro
era Alemania.
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El
partido socialista germano era una organización obrera de masas, con gran
predicamento sindical y fuerte protagonismo parlamentario. Los debates sobre el
imperialismo desataron una fuerte polémica interna cuando el gobierno presionó
a los socialistas para que aprobaran los créditos de guerra, necesarios para el
financiamiento de la acción colonial. La corriente derechista influenciada por
Bernstein aceptó esta exigencia con el argumento de que el país debía
protegerse frente a las agresiones externas asegurando la paz desde una
“posición de fuerza”. Justificaba, además, la expansión imperial, afirmando que
Europa debía contribuir a la civilización de los pueblos más atrasados. La
vertiente centrista encabezada por Kautsky se opuso. Denunció los crímenes
coloniales y presagió las terribles consecuencias de una escalada bélica.
Explicó, además, que Alemania intentaba contrarrestar su arribo tardío al
reparto mundial con acciones militaristas desenfrenadas. Pero esta crítica no
le impidió cambiar de actitud frente al acrecentamiento de las presiones
oficiales para alinear a los parlamentarios socialistas con la causa
patriótica. Para evitar el inminente desangre, Kautsky propuso arrastrar a las
clases dominantes a una perspectiva de paz. Consideraba que la guerra era un
proyecto exclusivo de los financistas y proveedores de armamentos, resistido o
aceptado con desgano por la mayoría de los capitalistas. Estimaba que el gasto
militar constituía un privilegio de las burocracias y una carga para la
burguesía. Consideraba que el imperialismo no era una necesidad económica del
capitalismo, sino tan sólo un curso ruin de ese sistema, que podía revertirse
con el concurso de los empresarios[2]. Con este enfoque convocó a evitar la
guerra mediante un desarme internacional acordado entre las principales
potencias. Esperaba frenar la escalada militar a través de conferencias
internacionales, cortes de arbitraje y negociaciones intergubernamentales.
Apostaba a un liderazgo británico-alemán, que sería auspiciado en ambas partes
por las fracciones industriales (interesadas en la prosperidad de los negocios)
y enfrentadas con los financistas (que lucraban con la guerra). Estas
caracterizaciones eran compartidas por muchos teóricos socialdemócratas[3].
2.
Karl Kautsky, “Germany, England and World Policy”, august 1900, Discovering
Imperialism: Social Democracy to World War I, (Próximo a aparecer en Brill
Publishers). 3. Alexander Helphand Parvus, “Before the Hottentot Elections”,
January 1907, Discovering Imperialism: Social Democracy to World War I (Próximo
a aparecer en Brill Publishers). Rudolf Hilferding, “German Imperialism
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La
teoría CLásiCa
Luego
de muchas vacilaciones, Kautsky avaló la aprobación de los créditos de guerra.
Esta decisión precipitó una ruptura definitiva con la izquierda del partido.
Lenin compartió este rechazo y propició junto a este sector la construcción de
una nueva Internacional, opuesta a la capitulación socialdemócrata. Retomaron
la denuncia del colonialismo y proclamaron el apoyo activo a la resistencia
antiimperialista de los pueblos invadidos. Este nuevo agrupamiento adoptó un
perfil revolucionario. Cuestionó la ilusión de mitigar los conflictos
internacionales mediante el desarme y subrayó el carácter efímero de los
acuerdos concertados entre las potencias. Destacó que las apetencias coloniales
conducían a confrontaciones bélicas, que expresaban necesidades (y no opciones)
del capitalismo. Esta postura fue encabezada en Alemania por Luxemburg, quien
subrayaba la imposibilidad de congelar la expansión de ultramar y describía
cómo la dinámica competitiva conducía a la sistemática violación de los pactos
acordados entre los beligerantes. Ella cuestionaba especialmente la expectativa
de desactivar los preparativos bélicos con exhortaciones morales o llamados al
respeto del derecho internacional y las políticas exteriores capitalistas
basadas en ambiciones de lucro, que corroían la estabilidad de todos los
acuerdos internacionales. Objetaba las ilusiones de Kautsky y convocaba a la
lucha por el socialismo, como única forma de impedir la matanza de los pueblos.
Esta visión sintonizaba plenamente con el enfoque de Lenin[4].
Las
causas del militarismo El líder bolchevique encaró una polémica más frontal
contra Kautsky. Consideraba que, en cierto estadio de la acumulación, las
guerras interimperialistas eran inevitables. Estimaba que los capitalistas, una
vez completado el desenvolvimiento de los mercados internos, debían lanzarse a
la conquista exterior. Esta compulsión derivaba en confrontaciones por los
mercados y las fuentes de abastecimiento. El carácter violento de estas pugnas
obedecía a juicio de Lenin al agotamiento de extensiones coloniales, ya
repartidas entre las viejas potencias.
and
Domestic Politics”, October 1907, Discovering Imperialism: Social Democracy to
World War I, (Próximo a aparecer en Brill Publishers). 4. Rosa Luxemburg,
“Petty Bourgeois or Proletarian World Policy?”, august1911, Discovering
Imperialism: Social Democracy to World War I (Próximo a aparecer en Brill
Publishers). Rosa Luxemburg, “Peace Utopias”, may 1911, Discovering
Imperialism: Social Democracy to World War I, (próximo a aparecer en Brill
Publishers).
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Esa
distribución reducía los márgenes de cualquier negociación. Los imperialismos
emergentes, al tener bloqueado su ascenso, estaban obligados a disputar
territorios. La intensidad de la acumulación y la estrechez de las regiones
apetecidas imponían estos desenlaces bélicos. En estos choques se jugaba el
manejo de las materias primas necesarias para el desenvolvimiento industrial de
cada metrópoli. Todas las tratativas ensayadas para evitar las confrontaciones
fracasaban por esa imposibilidad de acordar el reparto de las áreas que
proveían insumos. Lenin resaltaba el desinterés de todas las potencias por
estabilizar soluciones de compromiso. Se indignaba frente a la ceguera que
exhibían los socialdemócratas ante la hipocresía oficialista. Consideraba que esa
retórica anestesiaba la conciencia popular, al generalizar ilusiones que
enmascaraban la preparación de la guerra. También estimaba que las rivalidades
económicas se transmitían a la esfera militar y cuestionaba tanto las utópicas
expectativas de desarme, como los llamados a la cooperación de los
industriales. Con el mismo argumento objetaba la presentación del militarismo
como un simple acto electivo de las clases dominantes. Entendía que el
armamentismo era indisociable del capitalismo y de las consiguientes
confrontaciones entre potencias. Consideraba absurdo presentar al imperialismo
como una “política preferida del capital”, al estimar que esa orientación
constituía una necesidad para el conjunto de los opresores. Siguiendo esta
caracterización, Lenin destacaba la inutilidad de cualquier intento de
persuasión de los acaudalados. Consideraba que estos sectores discutían en la
mesa de negociación lo que resolvían en las trincheras, razón por la cual los
acuerdos de un periodo se transformaban en confrontaciones de la fase ulterior.
Cuestionaba las ingenuas creencias en la primacía del primer curso y alertaba
contra las falsas expectativas pacifistas. Lenin no aceptaba la presentación de
la guerra como una decisión aberrante de las elites. Estimaba que el curso
belicista correspondía a tendencias objetivas del capital, derivadas de la
competencia por la ganancia. Sostenía que el único sendero de pacificación
genuina era el inicio de una transición al socialismo. El estallido de la
Primera Guerra confirmó las caracterizaciones de Lenin y puso de relieve todos
los errores de la apuesta pacifista de Kautsky. Esta diferencia de percepciones
obedeció a causas y posturas políticas. El dirigente bolchevique detectó las
principales contradicciones del capitalismo de su época y mantuvo una actitud
revolucionaria. El líder social
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teoría CLásiCa
demócrata
privilegió sus deseos a la consideración de las tendencias reales y demostró
una gran permeabilidad a las exigencias de los poderosos. Estas asimetrías
ilustraron también la distancia que separaba a los políticos revolucionarios y
reformistas de ese período. El punto en discordia era el rechazo o la
resignación frente a una guerra interimperialista. Lenin encabezó la
resistencia al desangre bélico e impulsó el internacionalismo. Su teoría del
imperialismo se cimentó en esta estrategia política.
El
sentido de la polémica La discusión sobre los intereses en juego en las
acciones imperiales dividía en forma categórica a los marxistas de esa época.
Aunque Lenin reconocía el carácter lucrativo de la guerra para los financistas
y fabricantes de armas, resaltaba la dinámica estructuralmente militarizada del
capitalismo. Consideraba que las conflagraciones eran el mecanismo utilizado
por los poderosos para zanjar sus principales diferendos. Esos enfrentamientos
dirimían, además, las relaciones de fuerza y reabrían la expansión económica.
La guerra cumplía una función depuradora de los capitales obsoletos. Luxemburg
presentó otra explicación del mismo diagnóstico. Describió cómo el imperialismo
servía para descargar los sobrantes invendibles en las metrópolis. Las
dificultades para vender esos productos (y asegurar la consiguiente realización
de la plusvalía) forzaba la búsqueda de mercados adicionales en la periferia.
La conquista de estas regiones aportaba una válvula de escape a los desajustes
creados por ritmos de acumulación superiores a la capacidad de consumo de la
población[5]. Otras interpretaciones convergentes ponían el acento en las
contradicciones creadas por la internacionalización del capital. Trotsky
sostenía que el sistema había alcanzado a principio del siglo XX una dimensión
mundial que desbordaba los marcos vigentes para el desenvolvimiento de las
fuerzas productivas. Esa estrechez de las economías nacionales forzaba una
sucesión de expansiones externas que terminaban en conflictos armados[6].
5.
Rosa Luxemburg, La acumulación del capital. Editorial sin especificación,
Buenos Aires, 1968, (cap. 25, 26, 27). Rosa Luxemburg, “Perspectives and
Projects”, Classical Analyses of Imperialism, 1915, Discovering Imperialism:
Social Democracy to World War I (Próximo a aparecer en Brill Publishers). 6.
León Trotsky. Tres concepciones de la revolución rusa. Resultados y
perspectivas, Editorial El Yunque, Buenos Aires, 1975.
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Todos
estos enfoques resaltaban en común las causas objetivas de la guerra.
Cuestionaban la reducción socialdemócrata del problema a una conspiración de
los bancos y la industria militar, destacando que esa simplificación omitía el
generalizado compromiso de los principales sectores de las clases dominantes
con la acción imperial. Lenin fue el
principal vocero de estas posturas y su texto resumía el programa de todas las
vertientes de la izquierda frente a la guerra. El escrito subrayaba que los
enfrentamientos bélicos expresaban contradicciones, que el capitalismo no podía
regular. Por esta razón objetaba la propuesta de desarme, señalando que la paz
debía conquistarse, junto a una lucha popular simultánea por la erradicación de
la explotación. Esta visión criticaba la búsqueda de concertaciones y
equilibrios entre las potencias que promovía Kautsky, resaltando el carácter
coercitivo del capitalismo. Recordaba que las burguesías necesitaban ejércitos,
marinos y cañones para imponer tratados de libre comercio, forzar el cobro de
las deudas y garantizar los réditos de la inversión externa. Lenin intentaba
presentar una caracterización política completa de las fuerzas en pugna. No
sólo distinguía dos bloques de agresores y agredidos, corporizados en los capitalistas
y los trabajadores, sino que también llamaba la atención sobre las diversas
formas de opresión nacional que generaba la belicosidad imperialista en la
periferia. En oposición, la expectativa de Kautsky de avanzar hacia una
paulatina distensión en estas áreas proponía extender la resistencia contra la
guerra a todo el universo colonial. El líder bolchevique destacaba la
existencia de dramáticas conversiones de antiguas víctimas en nuevos
victimarios imperiales. Alemania ya no libraba guerras defensivas contra el
expansionismo ruso, sino que actuaba como potencia ocupante de regiones
vecinas. El registro de estos cambios era vital para impugnar las
justificaciones de la belicosidad germana, que se basaban en falsos enunciados
de soberanía. Lenin escribió su folleto en un terrible escenario de inmolación
popular al servicio de lucro. El tono virulento del texto refleja la conmoción
que suscitaba esa masacre. Es importante recordar ese contexto omnipresente de
la guerra para comprender la función política del libro y registrar en este
marco los problemas teóricos en juego.
¿Asociación
o rivalidad? Kautsky concibió su propuesta de desarme como parte de un proyecto
de desenvolvimiento pacífico del capitalismo. Consideraba que ese
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La
teoría CLásiCa
proceso
sería factible si los grupos capitalistas de los principales países concertaban
una asociación “ultraimperialista”. Estimaba posible erradicar la amenaza
guerrera conformando una red multinacional de empresas que actuaran en común en
áreas específicas. Kautsky resaltaba el interés de muchas fracciones burguesas
por realizar negocios conjuntos que superaran las viejas rivalidades. Pensaba
que las conflagraciones interimperialistas bloqueaban esa convergencia y
propugnaba la erradicación de esa traba mediante una neutralización de la
carrera armamentista[7]. El líder socialdemócrata deducía esa posibilidad de la
preeminencia alcanzada por las grandes corporaciones. Si se evitaba la guerra,
la nueva red de alianzas conduciría a federaciones políticas, que consolidarían
un nuevo cuadro de tolerancia internacional y negocios asociados. Lenin rechazó
esa tesis de manera contundente. Consideró que la teoría del
“ultraimperialismo” era un “ultradisparate”, basado en la falsa expectativa de
alianzas permanentes, entre capitalistas de distinto origen nacional. Para el
líder bolchevique esa concertación era una burda fantasía. Estaba concebida a
partir de razonamientos abstractos que presuponían escenarios económicos
inviables. La principal objeción que Lenin interponía a ese modelo era la
naturaleza conflictiva del capitalismo. Para el dirigente ruso el modo de
producción vigente estaba sujeto a un desarrollo desigual, que multiplicaba los
desequilibrios e intensificaba las contradicciones. Estimaba que las tensiones
se acumulaban con la expansión del sistema, impidiendo la concreción de
asociaciones empresarias estables. Pensaba que los acuerdos ultraimperiales
eran tan impracticables como la disipación de la competencia militar[8]. Pero
Lenin no expuso este argumento de forma genérica. Lo refería a la coyuntura
bélica que imperaba al comienzo del siglo XX. La presión hacia la colisión
militar era tan fuerte, que tornaba imposible la constitución de las compañías
multinacionales. Lenin registraba cuál era la tendencia geopolítica
predominante en ese momento, aplicando el realismo que signó toda su acción
política. Percibía claramente el agotamiento del período de alianzas que había
prevalecido durante la etapa precedente. Observaba que en el nuevo siglo, la
compe
7. Karl Kautsky, “Imperialism”, september 1914,
New Left Review, No. 59, 1970, London. 8. Vladimir Lenin, “Prólogo”, Bujarin
Nikolai, La economía mundial y el imperialismo, Pasado y presente, No. 21,
Buenos Aires, 1971.
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26
tencia
asfixiaba los compromisos y el proyecto ultraimperial sucumbía ante la
inminencia de la guerra. Kautsky había perdido el olfato básico para captar
este contexto. El análisis de Lenin estaba específicamente referido a esa
coyuntura. No desconocía ni objetaba la existencia de tendencias asociativas
entre los distintos grupos capitalistas. Incluso postulaba una teoría del
monopolio que resaltaba la intensidad de las concertaciones, los pactos de
caballeros, las coaliciones y los acuerdos secretos entre los principales
grupos de financistas e industriales. Esos compromisos eran explícitamente
reconocidos como una tendencia dominante. Pero Lenin restringía su viabilidad a
las firmas y los bancos del mismo origen nacional. Esta caracterización se
basaba en una minuciosa lectura de los datos de la época. Las concertaciones
eran numerosas, pero sólo incluían acuerdos entre capitalistas norteamericanos,
alemanes, franceses o ingleses. No se extendían a los entrelazamientos
multinacionales. Para Lenin esta combinación de acuerdos nacionales y disputas
internacionales era un rasgo predominante del capitalismo. Consideraba que a
principios del siglo XX, la internacionalización de la economía no se extendía
a la gestión global de este proceso y estimaba que el choque entre ambas
tendencias inducía a la guerra. Al igual que Bujarin, destacaba la fractura
creada por capitales que cruzaban las fronteras y Estados que se retraían hacia
la administración cerrada para proteger territorios, mercados y materias
primas. La expansión global chocaba con esta restricción, generando batallas
interimperiales por el reparto del mundo[9]. Esta interpretación reconocía la
creciente gravitación de las asociaciones capitalistas, pero restringía su
alcance al ámbito nacional. La tendencia a la internacionalización que subraya
Kautsky era aceptada en ciertas áreas restrictivas (migraciones, circulación de
capital), pero desechada como curso prevaleciente del capitalismo. Este enfoque
remarcaba la gravitación de las presiones nacionalizadoras en todas las
actividades centrales de la producción, las finanzas y el comercio. El impulso
globalizador era neutralizado por las fuerzas que estimulaban el repliegue de
los cuerpos nacionales y la conformación de
9.
Nikolai Bujarin, El imperialismo y la acumulación de capital, Tiempo
Contemporáneo, Buenos Aires, 1973, (cap. 5).
27
27
La
teoría CLásiCa
bloques
competitivos. Esta autarquía bloqueaba la internacionalización, potenciaba el
gasto militar y generalizaba las conflagraciones bélicas[10]. La crítica de
Lenin al ultraimperialismo de Kautsky se inspiraba, por lo tanto, en un
análisis concreto del capitalismo de ese período y resaltaba, mediante un
registro de las evidencias de ese momento, el predominio de la rivalidad sobre
la asociación internacional. Observaba en la coyuntura bélica una confirmación
de las tenencias al choque, en desmedro de las presiones hacia la concertación.
Este mismo razonamiento lo utilizó Lenin para remarcar en el debut de la
prolongada turbulencia de entreguerras la primacía de la crisis sobre la
prosperidad. El líder bolchevique no le asignaba a las regresiones económicas
un carácter absoluto, como lo prueba su polémica con los populistas en torno al
desarrollo capitalista de Rusia. En oposición a los teóricos narodnikis –que
descalificaban la posibilidad de ese desenvolvimiento–, Lenin detallaba todas
las áreas de potencial expansión del capitalismo en la atrasada economía rusa.
Todos sus diagnósticos estaban invariablemente referidos a situaciones,
contextos y momentos específicos[11]. La polémica contra el ultraimperialismo
estaba condicionada por ese escenario. Su objetivo era cuestionar las terribles
consecuencias políticas de un diagnóstico irrealista y un razonamiento
asustadizo, que negó primero la inminencia de la guerra y desconoció
posteriormente los efectos de esa matanza.
La
interpretación económica La caracterización leninista del imperialismo recogía
en cuatro terrenos la visión expuesta por el economista socialdemócrata
Hilferding. Retomaba, en primer lugar, la existencia de un viraje general hacia
el proteccionismo, iniciado por Gran Bretaña para contrarrestar las amenazas de
sus concurrentes. La vieja potencia marítima se defendía elevando las tarifas
aduaneras en sus dominios. Amurallaba su imperio con restricciones al comercio
para limitar las pérdidas ocasionadas por su declinación industrial. Los britá
10. Nikolai Bujarin, La economía mundial y el
imperialismo, Pasado y presente, No. 21, Buenos Aires, 1971. 11. Vladimir
Lenin, El desarrollo del capitalismo en Rusia, Editorial Ariel, Barcelona 1974.
28
Bajo
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28
nicos
forjaron primero una federación de colonias (India, África) y luego una
asociación de países subordinados (Canadá, Australia, Sudáfrica)[12]. Esta
política provocó la inmediata reacción de sus rivales, que instauraron bloques
semejantes en sus zonas de influencia (Francia) y aceleraron la creación de
regiones protegidas (Alemania). Lenin consideró que este cambio consagraba el
pasaje del libre comercio al proteccionismo y transformaba las disputas
acotadas (por el liderazgo exportador) en guerras comerciales entre duros
contendientes (atrincherados en fortalezas aduaneras). El segundo rasgo tomado
de Hilferding fue la creciente gravitación de los banqueros en desmedro de
otros sectores capitalistas. Lenin consideraba que los financistas habían
dejado atrás su rol de intermediarios para imponer la subordinación de sus
pares del comercio y la industria. El líder bolchevique resaltaba la aparición
de una oligarquía financiera que obtenía enormes lucros con la emisión de
títulos, la especulación inmobiliaria y el control de los paquetes accionarios.
Consideraba que esta supremacía reforzaba el carácter rentista usurero de los
estados imperiales frente a un conglomerado de Estados deudores sometidos. Por
esta razón definía al imperialismo como una era del capital financiero.
Hilferding había desarrollado esta caracterización para el caso específico del
capitalismo alemán. En sus investigaciones describió cómo los bancos
controlaron la industria financiando las operaciones y supervisando los
procesos comerciales. Retrató la supremacía que lograron los financistas en
todos los circuitos de la acumulación a través del crédito, el manejo de las
sociedades anónimas y la administración de las bolsas[13]. Lenin se inspiró
también en los análisis de la economía inglesa que expuso Hobson. Este estudio
resaltaba la nueva preeminencia lograda por las altas finanzas mediante la
recepción de los dividendos generados en el exterior. Este control forjó una
plutocracia que monopolizaba todos los resortes del funcionamiento imperial[14].
En tercer lugar, Lenin atribuyó las tendencias guerreristas del imperialismo al
peso dominante alcanzado por los monopolios. Consideraba que esa preeminencia
constituía una novedad del período, resultante de la creciente escala de las
empresas y la elevada centralización y concentración del capital. Estimaba que
este predominio reforzaba la influencia
12.
Rudolf Hilferding, “German Imperialism and Domestic Politics”, October 1914,
Discovering Imperialism: Social Democracy to World War I (Próximo a aparecer en
Brill Publishers). 13. Rudolf Hilferding, El capital financiero, TECNOS,
Madrid, 1973, (cap. 13, 14). 14. John Hobson, Estudio del imperialismo, Alianza
Editorial, Madrid, 1981.
29
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La
teoría CLásiCa
de
los carteles, que podían concertar el manejo de los precios mediante acuerdos
entre los grandes grupos. Esta caracterización fue directamente extraída de la
investigación de Hilferding, que estudió la organización monopólica de la
producción germana. Un puñado de corporaciones entrelazadas con los bancos y
orientadas por el Estado controlaba los procesos de formación y administración
de los precios. Lenin expuso algunos comentarios críticos de este estudio y
objetó especialmente ciertos presupuestos teóricos sobre el carácter del
dinero. Pero estas observaciones no modificaron su aceptación de las tesis
monopolistas postuladas por Hilferding. El cuarto rasgo retomado por el
dirigente bolchevique fueron los mecanismos de apropiación externa. Aquí
subrayó la preeminencia de la exportación de capitales como forma de absorber
las ganancias extraordinarias gestadas en la periferia. Ilustró las modalidades
que adoptaban las inversiones de ultramar (ferrocarriles, minas, irrigación) y
detalló cómo multiplicaban el lucro de las grandes empresas. Esta
caracterización se inspiró en la clasificación expuesta por Hilferding, para
periodizar la evolución histórica del capitalismo. De una era colonial
inicialmente mercantilista (que facilitó la industrialización europea), se
había saltado a una expansión manufacturera de las grandes potencias (en torno
a los mercados internos). Este desenvolvimiento quedaba ahora superado por la
nueva fase de exportación de capitales. La afinidad de Lenin con el cuadro de
proteccionismo, hegemonía financiera, monopolios e inversiones externas
retratado por Hilfderding se extendió también a la teoría de la crisis. El
líder ruso nunca desarrolló una versión peculiar de esta problemática y
adscribió en general a la interpretación expuesta por el analista alemán. Este
pensador asociaba las convulsiones periódicas del sistema con la irrupción de
desproporcionalidades entre las distintas ramas de la economía. A medida que
progresaba la acumulación, estas desigualdades salían a la superficie, expresando
desequilibrios más profundos de sobreproducción de mercancías o
sobreacumulación de capitales[15]. A Lenin le interesaba demostrar cómo estos
trastornos económicos desembocaban en conflagraciones interimperialistas.
Analizaba de qué forma cada rasgo productivo, comercial o financiero de la
nueva época acrecentaba las rivalidades dirimidas bajo el fuego de los cañones.
15.
Rudolf Hilferding, El capital financiero, (cap. 15, 16, 17, 20)
30
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30
Pero
un problema de esta conclusión era su total incompatibilidad con la postura
política adoptada por Hilferding, quien tomó partido a favor del
socialpatriotismo. No solo apoyó la participación alemana en la guerra, sino
que adoptó actitudes de fuerte compromiso con el belicismo. Es importante
recordar que este economista alemán influyó –al mismo tiempo– sobre Lenin y
sobre su oponente Kautsky. Su visión combinaba elementos de crítica al sistema
vigente con una aceptación del “capitalismo organizado” como modalidad
predominante. Resaltaba especialmente la evolución hacia formas de
planificación concertada, bajo el comando de las grandes corporaciones. El
economista germano estimaba, además, que ese escenario exigía la reversión de
las políticas proteccionistas, el librecambismo y el afianzamiento de un largo
período de pacificación. La planificación a escala nacional que pronosticaba
Hilferding convergía con el diagnóstico de equilibrio ultraimperial que
postulaba Kautsky. La teoría del imperialismo de Lenin incluía, por lo tanto,
una fuerte tensión con su inspirador económico. Las tesis del líder bolchevique
se ubicaban en las antípodas del texto adoptado como referencia. Resaltaba las
crisis y los desequilibrios que ese fundamento teórico objetaba. En el plano
político ese desencuentro era aún más pronunciado.
Teoría
y política El divorcio de Lenin con Hilferding constituyó la contracara de su
reencuentro con Luxemburg. La teoría del imperialismo que postulaba la
revolucionaria polaco-alemana se inspiraba en fundamentos económicos distintos
a los expuestos por el dirigente ruso. Pero estas divergencias no impidieron la
confluencia política en estrategias comunes frente al pacifismo
socialdemócrata. La metodología desarrollada por Luxemburg difería
sustancialmente del abordaje leninista. Intentó deducir la teoría del
imperialismo de los textos de Marx buscando una continuidad directa con el
modelo conceptual de “El Capital”. Por esta razón, para evaluar cuáles eran los
obstáculos que enfrentaba el funcionamiento del sistema a escala internacional
en la nueva época imperialista, partió de los esquemas de reproducción ampliada
expuestos en el segundo tomo de esa obra[16].
16.
Carlos Marx, El Capital, Tomo II (sección 3, cap. 21), Fondo de Cultura
Económica, México 1973.
31
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La
teoría CLásiCa
Este
intento no llegó a buen puerto, puesto que contenía una confusión básica: los
esquemas de Marx estaban concebidos como una mediación abstracta para
clarificar la circulación general del capital. Constituían un paso previo al
estudio concreto de la dinámica del sistema. Luxemburg utilizó erróneamente
estos razonamientos en forma empírica para buscar los puntos de asfixia del
capitalismo de su época. Indagó el problema por el lado equivocado, al
convertir un esquema destinado a visualizar el funcionamiento del sistema en un
modelo de la crisis de este modo de producción. Pero este infructuoso intento
era mucho más fiel al planteo de Marx que el abordaje ensayado por Lenin.
Buscaba establecer los puntos de continuidad y ruptura de la época imperialista
con el periodo previo, siguiendo los preceptos de la economía marxista. El
teórico bolchevique estudió, en cambio, directamente las características de la
nueva etapa utilizando un gran material empírico. Pero no definió en qué medida
esas fuentes eran compatibles con la teoría expuesta en “El Capital”. Luxemburg
mencionaba las características resaltadas por Lenin, pero no les asignaba la
misma relevancia al proteccionismo, a la supremacía financiera y al monopolio.
Relativizaba estas transformaciones buscando conservar el hilo conductor
desarrollado por Marx. En otros campos las diferencias de Luxemburg con Lenin
eran mayores. En lugar de identificar al imperialismo con la exportación de
capitales, asociaba ese período con la necesidad de encontrar mercados foráneos
para las mercancías invendibles en los países metropolitanos. La revolucionaria
alemana estimaba que las esferas coloniales eran imprescindibles para realizar
la plusvalía que necesita el capitalismo para su reproducción. Pensaba que las
economías atrasadas constituían una válvula de escape para las limitaciones que
enfrentaba el capital en los países centrales. Observaba al imperialismo como
un proceso de ampliación del mercado mundial que contrarrestaba las
dificultades para vender las mercancías en sus áreas de fabricación. Estimaba
que este obstáculo obedecía a la estrechez del poder adquisitivo, que generaba
la continuidad de los bajos salarios, el alto desempleo y la creciente
pauperización[17]. Esta concepción estimaba que el capital emigra de un país a
otro para contrapesar el consumo insuficiente que provoca el aumento de la
explotación. Esta visión tenía puntos en común con la teoría de la crisis
postulada por Kautsky y gran afinidad con el enfoque de Hobson, quien
consideraba
17.
Rosa Luxemburg, La acumulación del capital, Editorial sin especificación,
Buenos Aires, 1968, (cap. 25, 26, 27).
32
Bajo
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32
que
todos los rasgos del imperialismo obedecían en última instancia a la necesidad
de exportar capitales sobrantes, gestados en las metrópolis por la polarización
social. Lenin rechazaba esta interpretación subconsumista no sólo por su
reivindicación de otra teoría de la crisis basada en desproporcionalidades
sectoriales y excedentes de productos (y capitales). Había polemizado durante
un largo período con los exponentes rusos de las teorías populistas, que
resaltaban las restricciones del consumo. Objetaba conceptualmente esos
razonamientos e impugnaba las consecuencias políticas de un enfoque que
estimaba imposible el desarrollo del capitalismo en Rusia. La convergencia
revolucionaria de Lenin con Luxemburg no expresaba, por lo tanto, afinidades en
el terreno económico, pero reflejaba las coincidencias en la caracterización
del imperialismo como una etapa de grandes crisis y convulsiones. Por otra
parte, la oposición política frontal del líder bolchevique con Hilferding no
anulaba sus convergencias teóricas en la evaluación de rasgos centrales del
capitalismo. Es importante registrar esta variedad de combinaciones para
erradicar la imagen de unanimidad en el análisis del imperialismo en torno a
dos bloques homogéneos de revolucionarios y reformistas. Esta divisoria
efectivamente rigió en la actitud de ambos campos frente a la guerra, pero no
se extendió a la interpretación conceptual del fenómeno. La teoría del
imperialismo incluía un complejo y cruzado terreno de variadas elaboraciones.
Los
temas abiertos Las caracterizaciones económicas del imperialismo que formuló
Lenin fueron presentadas en un tono menos polémico que sus conclusiones
políticas. Las observaciones sobre proteccionismo, la hegemonía financiera, los
monopolios o la inversión extranjera no plantearon controversias equivalentes
al problema de la guerra. Esta diferencia confirma dónde ubicaba el centro
neurálgico de su teoría e indica también la existencia de una gran variedad de
posturas en juego en la evaluación del capitalismo de la época. En esas
caracterizaciones, el análisis del proteccionismo suscitaba cierta unanimidad.
Aquí Lenin coincidía con Hobson, Hilferding y también con Kautsky, puesto que
todos remarcaban la existencia de un generalizado viraje hacia la autarquía. Lo
que provocaba divergencias era la actitud política frente a esta
transformación. Mientras que la izquierda
33
33
La
teoría CLásiCa
denunciaba
el cierre aduanero sin ningún elogio al librecambismo, los reformistas tendían
a idealizar esa etapa[18]. En el análisis de la hegemonía financiera había
mayores disidencias. Lenin sostenía enfáticamente esta tesis frente a Kautsky,
quien señalaba el predominio de coaliciones entre distintos sectores
dominantes, sin una necesaria preeminencia de los banqueros. Estimaba que los
principales promotores del giro imperial eran los industriales, que necesitaban
conquistar regiones agrarias para asegurarse el abastecimiento de materias
primas. Como la actividad manufacturera crecía a un ritmo más acelerado que el
agro (incorporando mayor progreso técnico), sólo el dominio colonial permitía
atenuar el encarecimiento de los insumos. Esta visión era compartida por otros
economistas, que –como Parvus– resaltaban la existencia de múltiples alianzas
entre banqueros e industriales y destacaban la importancia de esos acuerdos
para enfrentar las batallas competitivas a escala internacional[19]. Algunos
teóricos muy influyentes, por ejemplo, Bauer, polemizaron abiertamente con la
presentación del imperialismo como un pasaje de la dominación industrial a la
supremacía financiera. Cuestionaban el carácter unilateral de esa visión,
señalando que ignoraba el peso estratégico de la gran industria en el
desenvolvimiento del capitalismo[20]. Otro tema que suscitaba discusiones era
el nuevo papel de las distintas formas de monopolio. La importancia que Lenin
asignaba a este proceso no era compartida por otros autores. Este rasgo
efectivamente pesaba en la economía germana, que había relegado a la pequeña
empresa frente a las grandes corporaciones. Pero el estudio de Hobson de la
economía inglesa no le asignaba la misma relevancia a esa concentración de
firmas. En el debate marxista de esa época no se contemplaban estudios
equivalentes del imperialismo francés, y muy pocos estudiosos consideraban el
perfil del capitalismo norteamericano o japonés.
18.
Karl Kautsky, “Germany, England and World Policy”, Discovering Imperialism:
Social Democracy to World War I, (Próximo a aparecer en Brill Publishers). Karl
Kautsky, “The War in South Africa”, November 1899, Discovering Imperialism:
Social Democracy to World War I, (Próximo a aparecer en Brill Publishers). 19.
Alexander Helphand Parvus, “Colonies and Capitalism in the Twentieth Century”,
june 1907, Discovering Imperialism: Social Democracy to World War I, (Próximo a
aparecer en Brill Publishers). 20. Otto
Bauer, “On British Imperialism”, January 1907, Discovering Imperialism: Social
Democracy to World War I (Próximo a aparecer en Brill Publishers).
34
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el imperio del capital
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34
Finalmente,
en el análisis de la exportación de capitales Lenin coincidía con Kautsky
frente a un considerable número de enfoques opuestos. Los dos autores más
enfrentados en los debates de esa etapa destacaban en común la gravitación de
la inversión externa. Para el líder bolchevique, este rasgo proyectaba a escala
internacional la primacía de las finanzas y los monopolios. Para el dirigente
socialdemócrata, esa característica expresaba la presión ejercida por los
capitales sobrantes, que no encontraban rendimientos lucrativos en las
economías metropolitanas. Esta visión era impugnada no sólo por Luxemburg en su
interpretación del imperialismo como drenaje de las mercancías sobrantes. Otros
pensadores, como Bauer, destacaban la existencia de continuidades con el
período colonial precedente y subrayaban la persistencia de viejas formas de
pillaje y depredación de recursos para asegurar el abastecimiento de los
insumos. Los debates económicos sobre el imperialismo clásico abarcaban, por lo
tanto, un amplio espectro de problemas sin resoluciones nítidas. Pero no hay
que perder de vista lo esencial. La teoría marxista del imperialismo surgió en
un período de grandes guerras por la apropiación del botín colonial y aportó un
fundamento político al rechazo revolucionario de la guerra. Correspondió a una
etapa de ausencia de entrelazamientos capitalistas multinacionales y
preeminencia de disputas territoriales. El cambio de este escenario generó la
necesidad de elaborar nuevas interpretaciones.
POSGUERRA
Y NEOLIBERALISMO
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36
Al
concluir la Segunda Guerra Mundial, el escenario del imperialismo quedó
totalmente transformado. El sostenido crecimiento y la mejora del nivel de vida
inauguraron un período de significativa prosperidad en los países centrales. La
reducción del desempleo creó situaciones próximas al pleno empleo, que
facilitaron el aumento del consumo y la generalización de un sistema de
protección social. Los principales teóricos marxistas bautizaron la nueva etapa
de posguerra con distintas denominaciones (“capitalismo tardío”, “capitalismo
de Estado”, “capitalismo monopolista de Estado”). Muchos estudios destacaron la
sustitución de las formas de acumulación extensiva por mecanismos intensivos y
el reemplazo del trabajo taylorista por esquemas fordistas. Otras investigaciones
señalaron el nuevo gigantismo de las empresas y la inédita intervención estatal
en la economía. Estos cambios modificaron el perfil del imperialismo, recreando
un marco de estabilidad en torno a nuevos equilibrios geopolíticos.
El
contexto político-militar La principal singularidad del período fue la ausencia
de guerras interimperiales. A diferencia de la etapa clásica, los conflictos
armados no desembocaron en conflagraciones generalizadas. Persistieron los
enfrentamientos, pero ya no hubo confrontaciones directas por el reparto del
mundo. Las rivalidades sólo generaron escaramuzas geopolíticas que no se
proyectaron a la esfera miliar. La vieja identificación del imperialismo con el
choque entre potencias capitalistas quedó desactualizada y este cambio
transformó el paisaje europeo. En lugar de rivalizar por las posesiones
coloniales, las competidores del Viejo Continente iniciaron un proceso de
unificación regional. El predominio estadounidense determinó el viraje de la
etapa. Ningún conflicto anterior se había zanjado con semejante preeminencia.
La abrumadora superioridad norteamericana quedó consagrada con la formación de
una alianza atlántica (OTAN), bajo el mando del Pentágono. Estados Unidos
ejerció una dominación explícita y reafirmó su autoridad con la disuasión
nuclear. Impuso la localización de las Naciones Unidas en Nueva York y
estableció en el Consejo de Seguridad un sistema de consultas para supervisar
todos los acontecimientos mundiales. Este reinado se asentaba también en la
aplastante superioridad económica. Estados Unidos manejaba el 50% de la
producción industrial, acumulaba monumentales acreencias y adaptaba el sistema
monetario
37
37
Posguerra
y neoLiberaLismo
mundial
a sus necesidades mediante la hegemonía del dólar (acuerdos de Bretton Woods).
Pero lo más novedoso fue la estrategia que eligieron las elites norteamericanas
para consolidar su supremacía. En lugar de demoler a los rivales derrotados,
auspiciaron la reconstrucción económica y el sometimiento político-militar de
sus adversarios. El auxilio multimillonario concedido a Europa y Japón fue la
contracara de la actitud asumida por Gran Bretaña y Francia (frente a Alemania)
al concluir la Primera Guerra Mundial. En lugar del Tratado de Versalles se
introdujo un Plan Marshall. Mediante esta combinación de reconstrucción
económica, subordinación política y protección militar, Estados Unidos
consolidó el sistema de alianzas subalternas, que posteriormente utilizó para
contrarrestar el resurgimiento de sus rivales. Cuando en los años 60 Alemania y
Japón recuperaron competitividad, el gendarme norteamericano hizo valer su
primacía. Recurrió a drásticas medidas comerciales, tecnológicas y monetarias
para preservar sus ventajas y reformuló los términos de la convivencia con sus
subordinados. Pero estas tensiones no recrearon en ningún momento el viejo
escenario de rivalidades destructivas. Alemania y Japón aprovecharon la
exención de gastos armamentistas para recuperar terreno en la producción y el
comercio, pero no proyectaron estos avances al terreno militar. Tampoco
contemplaron la preparación de una revancha. Aceptaron el rol protector
ofrecido por Estados Unidos, avalando el “imperialismo por invitación” que les
ofreció la primera potencia. Todos los conflictos que suscitó la unipolaridad
estadounidense se procesaron sin alterar este dato geopolítico. Ha sido muy
frecuente relativizar la novedad de este cuadro, afirmando que el antagonismo
entre superpotencias persistió durante la posguerra a través de un conflicto
entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Se considera que esa confrontación
fue análoga a todas las batallas precedentes por la hegemonía imperial. Pero
estas pugnas entre Occidente y el denominado “bloque socialista” incluyeron una
diferencia esencial con todos los choques interimperiales precedentes: el
carácter no capitalista del sistema vigente en la ex URSS. Existen numerosas
caracterizaciones sobre este régimen social, pero nadie ha podido demostrar que
estuvo gobernado por una clase dominante propietaria de los medios de
producción y guiada por la meta de acumular capital. La burocracia que manejaba
ese sistema buscaba ampliar su influencia global y mantuvo fuertes disputas con
Estados Unidos por el control de
38
Bajo
el imperio del capital
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38
territorios
estratégicos. En esas tensiones sostuvo parcialmente a los movimientos de
liberación nacional que resistían el poder estadounidense. Pero en la mayoría
de los casos estas acciones eran repuestas defensivas, tendientes a preservar
una coexistencia pacífica con el coloso norteamericano[21]. El carácter no
capitalista de la URSS invalida su presentación como otro actor imperial de
batallas por el reparto del mundo. La capa dirigente de ese país tenía
ambiciones expansionistas y reforzaba su presencia global, chocando con Estados
Unidos en el manejo de las áreas de influencia. También intercalaba esas pugnas
con la revisión periódica de los acuerdos de equilibrio territorial
establecidos al concluir la guerra (Tratado de Yalta). Pero esas pretensiones
de mayor poder regional no convertían al régimen de la Unión Soviética en una
variante “social-imperialista” de la expansión colonial. El uso contemporáneo
del término imperialismo sólo tiene sentido para aquellas potencias que actúan
bajo el mandato del capital. No se aplica a situaciones ajenas a ese principio.
Transformaciones
económicas Los cambios económicos de posguerra tuvieron el mismo alcance que
las modificaciones geopolíticas, a partir del significativo avance registrado
en la asociación internacional de los capitales. Se consumó un entrelazamiento
financiero, comercial e industrial sin precedentes. Esta amalgama alteró
radicalmente la concurrencia interimperial que prevaleció durante la época de
Lenin. El creciente gigantismo de las empresas –que subrayaba el líder
bolchevique– volvió a cobrar importancia con la expansión de los oligopolios en
desmedro de las pequeñas compañías. La necesidad de ampliar mercados, reducir
costos y aumentar la productividad acentuó la preeminencia de las corporaciones
frente a las empresas de pequeño porte. Pero a diferencia del período
precedente, las alianzas entre grandes firmas no quedaron restringidas a
compañías del mismo origen nacional. Irrumpió un nuevo tipo de empresa
multinacional, que asoció a los capitalistas norteamericanos, japoneses y
europeos, alterado la vieja divisoria entre bloques de competidores nacionales.
En este marco, el proteccionismo perdió peso frente a las presiones
librecambistas desplegadas por las empresas mundializadas. Estas compañías
requirieron mayor movilidad del capital y creciente flexibilidad
21.
Hemos desarrollado este tema en: Claudio Katz, El porvenir del socialismo,
Primera edición: Editorial Herramienta e Imago Mundi, Buenos Aires, 2004 (cap.
2 ).
39
39
Posguerra
y neoLiberaLismo
comercial
para actuar en todos los rincones del planeta. El cerrojo arancelario era
congruente con los bloques belicistas del imperialismo clásico, pero obstruía
los negocios internacionalizados de posguerra. Este viraje de las tarifas hacia
la liberalización repitió un giro ya consumado en otras oportunidades. El
capitalismo nunca se atuvo a una modalidad comercial invariable. El pasaje del
libre cambio a la protección –que los teóricos clásicos observaban como un giro
definitivo del sistema– constituyó, en realidad, sólo un eslabón de incontables
virajes. Tampoco la primacía financiera mantuvo la irreversible hegemonía que
imaginaban los analistas de la etapa precedente. Al compás del fuerte
crecimiento de posguerra, los industriales recuperaron terreno y retomaron su
protagonismo en la generación de plusvalía. Este resurgimiento fue en gran
medida determinado por la internacionalización de las firmas norteamericanas,
que implantaron filiales en Europa y Oriente. Durante este período la
exportación de capital recobró un papel significativo, pero tuvo un alcance más
limitado en las inversiones metropolitanas en la periferia. Las principales
corrientes de colocación de fondos foráneos se consumaron entre las propias
economías desarrolladas. Los capitales norteamericanos afluyeron con mayor
intensidad al viejo continente que a los países dependientes y la misma
dirección tuvieron las inversiones externas posteriores de Europa y Japón. Esta
tendencia apuntó a reforzar una gestión internacionalizada de los negocios en
torno a las empresas multinacionales. Pero este proceso incluyó también un
aumento de las ventas mundiales y una creciente confiscación de los recursos de
la periferia. El comercio entre las economías desarrolladas se intensificó,
junto a la depredación de las riquezas del Tercer Mundo. Los tres mecanismos de
apropiación externa del imperialismo volvieron a coexistir, sin nítidas
primacías de uno sobre otro. La remisión de utilidades por inversiones externas
operó junto al comercio inequitativo y el sometimiento de las economías
subdesarrolladas. La magnitud de todos estos cambios tornó impostergable la
revisión de la teoría del imperialismo.
Primeras
actualizaciones El texto de Lenin mantuvo su influencia durante la posguerra a
través de numerosas reediciones y traducciones. Este apetito de lectura
sintonizaba con la expectativa de extensión del socialismo por todo el mundo.
El reconocimiento logrado por el libro convalidaba sus aciertos
40
Bajo
el imperio del capital
Claudio
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40
políticos
en el debate sobre la guerra y premiaba la crítica a las ingenuidades
pacifistas. La tesis leninista brindaba, además, argumentos contra las nuevas
teorías socialdemócratas, que identificaban la alianza transatlántica y la
descolonización con “el fin del imperialismo”. Estas concepciones omitían la
persistencia de la violencia imperial, especialmente en el Tercer Mundo. Pero
las lecturas más atentas del texto comenzaron a percibir su falta de
actualidad. El ensayo de Lenin describía un contexto ya inexistente de guerra
interimperialistas. También la primacía de las rivalidades económicas había
quedado neutralizada por la interpenetración mundial de los grandes capitales.
La preeminencia norteamericana contradecía, además, el escenario clásico. Estos
contrastes no disminuyeron el lugar dominante del texto bolchevique en todos
los estudios sobre el imperialismo. El grueso de la producción teórica marxista
intentaba actualizar con las nuevas cifras las tendencias expuestas por Lenin.
Se buscaba especialmente corroborar la continuidad del monopolio y del
proteccionismo y demostrar la centralidad de las exportaciones de capital y la
persistente hegemonía financiera. Estos trabajos estaban afectados por una
actitud ritualista, que eludía el análisis de las tendencias contrapuestas a la
caracterización clásica. Los manuales de economía política editados en la URSS
y otras elaboraciones dogmáticas expresaban esa postura acrítica[22]. Estos
enfoques transformaban el escenario interimperial de principio del siglo XX en
un dato inmutable de la historia. Le asignaban vigencia perdurable al
diagnóstico de una coyuntura. Al congelar la etapa estudiada por Lenin como el
único período valedero sacralizaban el texto, olvidando la función política que
tuvo cuando fue elaborado. Esta actitud cerraba todos los caminos para una
actualización fructífera de la teoría del imperialismo. Otras visiones
intentaron –con muchas vacilaciones– la revisión del problema. Buscaban
demostrar, por un lado, la vigencia de los rasgos clásicos, pero reconocían por
otra parte las insuficiencias de la concepción tradicional. Mientras subrayaban
la continuidad del monopolio y la supremacía del capital financiero, señalaban
la ausencia de conflictos bélicos interimperialistas y la gravitación de
Estados Unidos. Cuestionaban las lecturas talmúdicas de Lenin, pero preservando
su visión del tema.
22.
Ver, por ejemplo: L. Afanásiev y otros autores, Manual de economía política del
capitalismo, Editorial Granica, Buenos Aires, 1974. También: Víctor Testa, El
Capital Imperialista, Editorial Fichas, Buenos Aires 1975.
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Posguerra
y neoLiberaLismo
La
reconsideración del problema exigía ir más allá del simple cómputo de los
elementos vigentes y obsoletos de la teoría clásica. Había que jerarquizar el
significado de las tendencias persistentes y de los procesos ya agotados. Los
enfoques acríticos diluían dos datos claves de la nueva época: la ausencia de
guerras interimperiales y la mayor asociación económica entre capitales de
distinto origen. El diagnóstico de Lenin había quedado anacrónico por estar
referido a una etapa ya concluida del desarrollo capitalista. Las tendencias de
1880-1914 no tenían vigencia en 1945-75 y, por esta razón, las principales
reflexiones de posguerra giraban en torno a otros problemas. La dificultad de
muchos marxistas para aceptar este cambio obedeció a una incomprensión del
planteo de Lenin. Desconocían que el enfoque estaba más centrado en la crítica
política del pacifismo socialpatriota que en la evaluación económica del
capitalismo. La gran contribución aportada en el primer terreno no implicaba
validez de las caracterizaciones expuestas en el segundo terreno. Esta
confusión obstruyó el análisis y generó muchas simplificaciones en la
interpretación del imperialismo, que no distinguían la existencia de dos
niveles autónomos de la reflexión sobre el tema. Los mejores estudios sobre el imperialismo de
los años 70 incorporaron de hecho estas distinciones. Revisaron la teoría
clásica, destacando la existencia de múltiples interpretaciones marxistas
(Brown), y resaltaron el significado polisémico de la noción de imperialismo (Owen).
También pusieron de relieve la ambigüedad de un concepto que incluye al mismo
tiempo definiciones de la etapa, caracterizaciones de tensiones entre países
centrales y evaluaciones de las relaciones entre el centro y la periferia
(Sutcliffe)[23]. Con estas miradas comenzó un rescate del significado
contemporáneo del imperialismo. Se retomó el método de Lenin para interpretar
una nueva realidad, observando cómo el desarrollo desigual de capitalismo
genera desequilibrios en la reproducción jerarquizada y polarizada de este
sistema.
Tres
modelos En los años 70 aparecieron tres interpretaciones para caracterizar el
nuevo escenario. Estos enfoques resaltaron la gravitación de tendencias
superimperiales, ultraimperiales e interimperiales.
23.
Michael Brown Barrat, “Una crítica de las teorías marxistas del imperialismo”,
Robert Owen, “Introducción”, Bob Sutcliffe, “Conclusión”, en Robert Owen, Bob
Sutcliffe, Estudios sobre la teoría del imperialismo, Era, México, 1978.
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Bajo
el imperio del capital
Claudio
Katz
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La
primera variante –postulada por Sweezy, Magdoff o Jalee– remarcó el papel
dominante de Estados Unidos como coloso económico y gendarme mundial. Remarcó
el peso de sus corporaciones industriales y su gravitación militar mediante
estudios que subrayaron también la importancia de las resistencias antiimperialistas
del Tercer Mundo. Esta tesis recogió elementos de muchas teorías sobre el
hegemonismo estadounidense de la época, que reflejaban el apabullante liderazgo
logrado por la primera potencia[24]. Pero las caracterizaciones
superimperialistas no evaluaron el alcance de esa primacía del gigante del
Norte y no llegaron a esclarecer el nuevo el tipo de relaciones establecidas
entre el poder norteamericano y las restantes potencias. La segunda corriente
puso mediante importantes trabajos de Hymer, Murray y Nicolaus el acento en los
procesos de asociación ultraimperial, los cuales indagaron la formación de una
nueva clase capitalista en torno a las empresas multinacionales a partir de
estudios del mercado del eurodólar y de distintos análisis sobre la influencia
decreciente de los Estados nacionales. También investigaron la forma en que
este proceso erosionaba las rivalidades entre potencias y deterioraba las
condiciones de trabajo[25]. Este enfoque inauguró el estudio contemporáneo de
la asociación internacional de capitales y comenzó a registrar sus
consecuencias sobre los Estados nacionales. Pero no logró evaluar el impacto de
estos cambios sobre la dinámica del imperialismo. La segunda vertiente fue a su
vez enriquecida por los trabajos de Poulantzas, que estudiaron cómo la
internacionalización de la economía incentivaba la formación de fracciones
capitalistas mundializadas al interior de los Estados nacionales. Palloix
aportó, además, importantes investigaciones sobre la forma en que la
internacionalización de la economía globaliza la reproducción del capital en
ciclos mercantiles, monetarios y productivos[26].
24.
Paul Sweezy, Harry Magdoff, “The crisis of American Capitalism”. The deepening
crisis of U.S. Capitalism, Monthly Review Press, 1981. Pierre Jalee, El Tercer
Mundo en la Economía Mundial, Siglo XXI, 1976, Buenos Aires. 25. Stephen Hymer,
Empresas multinacionales e internacionalización del capital, Ediciones
Periferia, Buenos Aires, 1972. Martín Nicolaus, “La contradicción universal”,
El imperialismo hoy, Ediciones Periferia, Buenos Aires, 1971. Robin Murray,
“The Internationalization of Capital and the Nation State”, New Left Review,
No. 69, 1971. 26. Nicos Poulantzas, “Internacionalización”, Las clases sociales en el capitalismo actual,
Siglo XXI, Madrid 1981. Christian Palloix, La firmas multinacionales y el proceso
de internacionalización, México, Siglo XXI. Ver: también: Christian Leucate,
Internacionalización del capital e imperialismo, Fontamara, Barcelona 1978.
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Posguerra
y neoLiberaLismo
Todos
estos enfoques que ponían de relieve la preeminencia de cursos ultraimperiales
suscitaron la reacción de los defensores a ultranza de la tesis clásica. Estas
críticas destacaron el reducido alcance de la actividad multinacional y el
continuado protagonismo de los Estados nacionales. Pero los objetores nunca
lograron explicar por qué razón habían perdido fuerza las tendencias bélicas y
económicas del período precedente. Finalmente, la tercera corriente encabezada
por Mandel destacó la continuidad parcial de las rivalidades interimperiales.
Cuestionó, por un lado, la tesis superimperial señalando que la hegemonía
norteamericana no evolucionaba hacia supremacías económicas de largo plazo.
Destacó que esa hegemonía no transformaba la subordinación de las potencias
asociadas en formas de sujeción colonial. Por otra parte, objetó la perspectiva
ultraimperialista, señalando el carácter improbable de una fusión entre
corporaciones de distinto origen nacional y remarcó el continuado aumento de la
competencia económica en un marco de distensión militar. De esta tendencia
dedujo un pronóstico de acrecentamiento de la concurrencia intercontinental, en
un cuadro alejado de la confrontación bélica[27]. Este modelo de tensiones
interimperiales atenuadas fue compartido por otros teóricos como Rowthorn, que
cuestionaron la exageración del poder norteamericano, evaluando que el
continuado antagonismo económico entre las grandes potencias no tendría
proyecciones militares[28]. Este tercer enfoque sugirió acertadamente la preeminencia
de un avance del regionalismo, que permanecería distanciado de los viejos
bloques belicistas del pasado. Pero no arribó a conclusiones nítidas y tampoco
elaboró conceptos representativos de la nueva situación. Vaciló en la
evaluación del rol estadounidense y no logró dirimir el predominio de
tendencias a la asociación o a la competencia. Todas las caracterizaciones en
juego suscitaron fuertes polémicas, acompañadas de los adjetivos y etiquetas en
boga durante esa época. Los cuestionamientos a los “errores kautskianos”
convivieron con los elogios a los “aciertos leninistas”. Pero esta
contraposición impedía comprender lo que se intentaba indagar. La nueva
integración internacional de capitales no recreaba el modelo concebido por el
dirigente
27.
Ernest Mandel, El capitalismo tardío, ERA, México, 1978, (cap. 10). Ernest
Mandel, “Las leyes del desarrollo desigual”,
Ensayos sobre el neocapitalismo, Era,
México, 1969. 28. Bob Rowthorn, “El imperialismo en la década de 1970”,
en Capital monopolista y capital monopolista europeo, Granica, Buenos Aires,
1971.
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Claudio
Katz
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socialdemócrata
y la competencia en curso no resucitaba el esquema postulado por el líder
bolchevique. Las investigaciones de los años 70 crearon los fundamentos para
superar la obsolescencia del enfoque clásico, pero no condujeron a conclusiones
satisfactorias. Su principal mérito fue incentivar el estudio de la nueva
realidad con modelos de supremacía, integración y rivalidad imperial. Aunque
dieron lugar a una síntesis adecuada, abrieron una discusión que puso de
relieve los problemas a resolver. La tesis superimperialista omitía la
inexistencia entre las economías desarrolladas de relaciones de subordinación
equiparables a las vigentes en la periferia. El enfoque transnacionalista
desconocía la continuidad de las rivalidades entre las corporaciones, ahora
mediadas por otra conformación de clases y los Estados. La visión de
concurrencia interimperialista minusvaloraba la ausencia de confrontaciones
bélicas y el avance registrado en la integración de los capitales[29]. La
complejidad del tema impulsó a buscar fórmulas combinatorias de las
concepciones en disputa, las cuales se mantuvieron posteriormente. Se resaltó
especialmente cómo la existencia de tendencias a la asociación genera tensiones
que obligan a reforzar liderazgos para contener la concurrencia
interimperialista. Esta rivalidad socava la gravitación de la superpotencia
impidiendo la estabilización del sistema[30]. Esta misma idea de mayor
entrecruzamiento de capitales sin desemboques definidos ha sido señalada
también para destacar la existencia de múltiples desequilibrios. Estas
tensiones son generadas por una trama distante del imperialismo clásico y
carente de sustituto definido[31]. En este contexto la irrupción del
neoliberalismo abrió nuevas pistas de indagación.
La
nueva etapa Desde la mitad de los años 80 la mundialización neoliberal
introdujo cambios de un alcance semejante al registrado durante la posguerra. A
partir de una ofensiva general contra las conquistas populares, estas
29.
Este balance lo planteamos en: Claudio Katz, “El imperialismo del siglo XXI”,
Eseconomía, Instituto Politécnico Nacional, No. 7, año 2, verano 2004, México.
30. Ver: Este debate en Michel Husson, “Le fantasme du marché mondial”,
Contretemps, No. 2, septembre 2001. 31. Ver: Roberto Ramírez, “El imperialismo
en el nuevo siglo”, Socialismo o Barbarie,
Nº 13, noviembre 2002.
45
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Posguerra
y neoLiberaLismo
modificaciones
generaron una expansión del capital hacia nuevos sectores (privatizaciones,
educación, salud, pensiones) y nuevos territorios (ex países socialistas). Este
ataque patronal deterioró las condiciones de trabajo en los países avanzados y
empobreció a la periferia, en un contexto de repliegue de los sindicatos y
reflujo de las ideas anticapitalistas. Las grandes corporaciones aprovecharon
las fuertes diferencias internacionales de salarios para acrecentar sus lucros
e introdujeron nuevas formas de control patronal del proceso de trabajo. La
agresión en mención se basó en amenazas de traslado de las firmas hacia otros
países. Este cambio en las relaciones sociales de fuerza a favor del capital
desembocó, a su vez, en incrementos sustanciales de la tasa explotación, que
ampliaron las desigualdades, recompusieron el nivel de los beneficios y
revitalizaron la acumulación. Al incentivar la competencia global con aumentos
de la productividad desgajados de las compensaciones salariales, el nuevo modelo
se distanció del fordismo. La sistemática transferencia de actividades fabriles
hacia el continente asiático potenció la concurrencia por incrementar la
producción con menores costos y generar mayores ganancias. Esta mutación se ha
sostenido en una revolución informática que generaliza el uso de las
computadoras en los procesos de fabricación y en la gestión financiera o
comercial de las empresas. Esta innovación radical incrementó el nivel de
productividad, abarató el transporte y masificó las comunicaciones. Las
transformaciones de las últimas décadas ampliaron también el consumo, no solo
de las elites y los sectores gerenciales. Un importante sector de las clases
medias ha sido incorporado a un nuevo patrón de adquisiciones basado en el
endeudamiento creciente. Esta modalidad reforzó la gravitación de los bancos,
que han cumplido un papel clave en la consolidación del neoliberalismo en la
medida en que restablecieron los mecanismos de disciplina y autoajuste en las
empresas y recompusieron el circuito de la acumulación. El modelo actual
introdujo un corte con la etapa precedente y cerró el período de convulsiones
que acompañó al agotamiento del boom de posguerra. La nueva etapa revirtió la
retracción de los mercados y el deterioro de la tasa de ganancia que predominó
durante las crisis de 1974-75 y
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Bajo
el imperio del capital
Claudio
Katz
46
1981-82.
Sobre estos pilares se consumó la expansión de la inversión hacia las regiones
favorecidas por el nuevo esquema[32]. Este diagnóstico es frecuentemente
objetado por las caracterizaciones que destacan la vulnerabilidad financiera
del modelo neoliberal, su reducido aporte al crecimiento o su dependencia de
los vaivenes del mercado[33]. Pero ninguno de estos rasgos desmiente la
existencia de un nuevo período. Indican la presencia de áreas de gran
inestabilidad, sin refutar la vigencia de una etapa diferenciada. Quienes
consideran que el modelo actual es más inestable que su antecesor, no
cuestionan la preeminencia que ha logrado. Cualquiera sean las controversias
sobre el grado de coherencia que rodea al neoliberalismo, es evidente que este
esquema introdujo un cambio radical en la dinámica del capitalismo. El período
actual no presenta un nítido escenario global de prosperidad o estancamiento.
Aquí se evidencia una diferencia importante con los modelos precedentes del
siglo XX. Mientras que las transformaciones cualitativas son incuestionables,
las tendencias del nivel de actividad mantienen un alto grado de ambigüedad.
Hay nuevas formas de consumo segmentado, normas de producción globalizada,
tipos de comercio liberalizado, finanzas desreguladas y otra modalidad de
competencia entre las empresas transnacionales. Pero estas transformaciones no
definen un perfil de intensidad o quietismo productivo. El período actual es
muy singular puesto que no repite la tónica depresiva de 1914-1945 ni la
pujanza de 1945-75. La economía mundial se ha distanciado del comportamiento
homogéneo que mantuvo en los períodos precedentes. Coexisten situaciones
variadas de estancamiento en Europa,
32.
Hemos desarrollados estas caracterizaciones en: Claudio Katz, “Las tres
dimensiones de la crisis”, No. 37/38 de la revista Ciclos en la historia, la
economía y la sociedad, Año XX, Vol. XIX, 2010. Claudio Katz, “Capitalismo
contemporáneo: etapa, fase y crisis”, Ensayos de Economía, Facultad de Ciencias
Humanas y Económicas, vol. 13, No. 22, septiembre 2003, Medellín. Claudio Katz,
“Mito y realidad de la revolución informática”, Eseconomía. Instituto
Politécnico Nacional, número 6, año 2, invierno 2003-04, México. Claudio Katz,
“Crisis global: las tendencias de la etapa”, Aquelarre, Revista de Centro de la
Universidad de Tolima, Colombia, vol. 9, No. 18, 2010. 33. Por ejemplo: Phillip
O´Hara, “A new financial social structure of accumulation in the US for long
wave upswing?”, Review of radical political economy, vol. 34, No. 3, summer 2002. Phillip O´Hara,
“A new transnational corporate social structure of accumulation for long wave
upswing in the world economy?”, Review of Radical Political Economics, vol. 36,
No. 3, summer 2004. David Kotz, “Neoliberalism and the Social Structure of
Accumulation”, Review of Radical Political Economics, vol. 35, No. 3, summer
2003.
47
47
Posguerra
y neoLiberaLismo
ascenso
y recaída de Japón, vaivenes de Estados Unidos, despliegues asiáticos,
mutaciones en la semiperiferia y regresiones de la periferia.
Desequilibrios
inéditos El nuevo contexto no se clarifica dirimiendo la presencia o ausencia
de una onda larga Kondratieff. Algunos autores postulan la presencia de este
ciclo resaltando la vigencia de tasas de crecimiento elevadas en numerosas
actividades y zonas geográficas. Otros objetan la existencia de este curso
subrayando el reducido promedio global de ascenso del PIB[34]. La discusión es
más conceptual que empírica, ya que no existe un dato universalmente indicativo
de la tónica que asume un período. Un promedio de crecimiento elevado no tiene
la misma validez para fines del siglo XIX que para la mitad de la centuria
siguiente o el debut del siglo en curso. Lo mismo rige para las distintas
zonas. El incremento del 5% anual del PIB que se considera elevado para Estados
Unidos es muy bajo para China. En
realidad, la existencia de una nueva etapa del capitalismo no requiere un
correlato definido en la fase del ciclo económico. La vigencia del periodo
neoliberal es parcialmente independiente de ese ritmo de la producción. La era
de posguerra ha sido totalmente sustituida, sin dar lugar a otra onda de
pujanza económica general. Lo importante es reconocer que el patrón de
acumulación precedente (de consumo masivo y uniformidad de producto) ha quedado
reemplazado por un nuevo esquema (de consumo más flexible y producción más
variada). Desde la irrupción del neoliberalismo en 1978-80, este modelo se
asienta en el incremento del desempleo, la feminización del trabajo, la
polarización de las calificaciones, la segmentación del mercado laboral y el
uso de las nuevas tecnologías. Algunos enfoques reconocen la magnitud de
transformaciones en curso en ciertos campos, tales como la disminución del
campesinado o la penetración del capital en numerosos ámbitos de la vida
social, pero cuestionan la existencia de rupturas significativas en el campo
económico, tecnológico o cultural[35].
34. En el primer caso: Carlos Eduardo Martins,
“Los impasses de la hegemonía de Estados Unidos”, Crisis de hegemonía de
Estados Unidos, CLACSO Siglo XXI 2007. En el segundo: Immanuel Wallerstein,
Capitalismo histórico y movimientos anti–sistémicos: un análisis de
sistemas-mundo, 2004, Akal, Madrid, (cap. 28). 35. Por ejemplo: Ellen Meiksins Wood, “Modernity,
posmodernity or capitalism?”, Monthly Review, vol. 48, No. 3, July-August 1996.
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Bajo
el imperio del capital
Claudio
Katz
48
Sin
embargo, la universalización geográfica y sectorial del capitalismo que ha
llevado a cabo el neoliberalismo no se restringe a una u otra esfera. Ha
impactado sobre el conjunto del sistema, produciendo un giro comparable al
observado a finales del siglo XIX y a mediados del siglo XX. Este viraje se
verifica también en los desequilibrios específicos que actualmente presenta el
sistema. Las crisis del neoliberalismo difieren significativamente de las
convulsiones que afloraron en los años 60 o 70. Son contradicciones resultantes
de nuevos problemas y no arrastres del pasado. Las tensiones que generaba el
modelo keynesiano fueron clausuradas por el ascenso neoliberal, que inauguró
otro tipo de desajustes. La hipertrofia financiera actual obedece a mecanismos
de titularización, derivados y apalancamientos, gestados al cabo de dos décadas
de internacionalización de las finanzas, desregulación bancaria y gestión
bursátil de las grandes firmas. La sobreproducción de mercancías presenta un
inédito alcance global, resultante de la competencia por abaratar costos
localizando plantas en países con bajos salarios y alta explotación de la
fuerza de trabajo. Las desproporcionalidades mundiales –que han creado los
desbalances comerciales y el endeudamiento– se desenvuelven por carriles
impensables hace cuatro décadas. El neoliberalismo cambió el escenario
económico. Redujo los ingresos salariales, pero expandió el consumismo, la
riqueza patrimonial y el endeudamiento familiar. Recompuso la tasa de ganancia
acentuando la explotación y desvalorizando de manera parcial los capitales
obsoletos, pero afectó potencialmente el nivel de rentabilidad con aumentos de
la productividad basados en tecnologías intensivas en capital que expanden el
desempleo. El nuevo modelo genera el tipo de crisis que salieron a flote
durante la burbuja japonesa (1993), la caída del Sudeste Asiático (1997), el
desplome de Rusia (1998), el desmoronamiento de las Punto.Com (2000) y el
descalabro de Argentina (2001). La eclosión financiera del 2008-09 constituye
la manifestación más aguda de estos estallidos y abrió una posibilidad de ocaso
del neoliberalismo, que hasta ahora no se ha verificado. El desprestigio
ideológico de este esquema no ha impedido su persistencia. Pero, además, el
modelo restableció formas descontroladas de funcionamiento capitalista y
erosionó los diques que morigeraban los
Ellen
Meiksins Wood, “What is postmodern agenda?”, Monthly Review, vol. 47, No. 3,
july-august 1995, New York.
49
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Posguerra
y neoLiberaLismo
desequilibrios
del sistema. El capitalismo se ha tornado más ingobernable y opera con niveles
de inestabilidad muy superiores al pasado.
El
imperialismo neoliberal ¿Cuál son los efectos de esta nueva etapa neoliberal
sobre la dinámica imperial? El impacto más visible es la extensión geográfica
del capitalismo y el consiguiente incremento de la escala en que se
desenvuelven las acciones imperialistas. El sistema dominante ha logrado un
inédito nivel de expansión, especialmente luego del colapso de la Unión
Soviética y la paulatina incorporación de China al orden global. Esta
ampliación de la esfera capitalista facilitó, a su vez, la consolidación del
neoliberalismo. Se puede establecer cierto paralelo entre esta expansión y la
sucesión de conquistas de la periferia que acompañaron al surgimiento del
imperialismo clásico. Al principio del siglo XX y al concluir esa centuria, el
modo de producción vigente incorporó vastas regiones no capitalistas a su campo
de acción. Pero la ampliación de aquella época absorbía zonas muy atrasadas y
de gran subdesarrollo. En cambio, en las últimas décadas, el ensanchamiento se
consumó en regiones que habían comenzado procesos de erradicación del
capitalismo. En múltiples terrenos hay más semejanzas con la posguerra que con
la era precedente. A diferencia de lo ocurrido durante el período clásico, el
imperialismo contemporáneo refuerza la asociación económica entre empresas de
distinto origen nacional. La mundialización neoliberal imprimió un nuevo
impulso a este proceso. La nueva etapa ha potenciado también la gestión
internacionalizada de los negocios que realizan las grandes compañías,
fragmentando los procesos de fabricación y lucrando con las diferencias
nacionales de productividades y salarios. Este curso multiplicó la movilidad de
los capitales y las mercancías, restringiendo al mismo tiempo el tránsito de
las personas. Los capitalistas favorecen el traslado de trabajadores para
potenciar la competencia laboral, pero bloquean las corrientes emigratorias que
desestabilizan su control de la vida política y social. Las distintas
tendencias en juego tienden a reforzar la asociación internacional de
capitales. Esta evolución consolida el principal rasgo económico que diferenció
al imperialismo de posguerra de su precedente clásico. La mayor integración
diluye las posibilidades de choque entre bloques proteccionistas y acentúa el
distanciamiento del periodo actual
50
Bajo
el imperio del capital
Claudio
Katz
50
con
la época de Lenin. Algunos autores han introducido el término de “imperialismo
neoliberal” para describir el nuevo contexto. Esta noción podría ser utilizada
para ilustrar qué tipo de articulación dominante genera a escala mundial una
nueva etapa del capitalismo[36]. También
el rasgo geopolítico que más distinguió al imperialismo de posguerra de su
antecesor clásico se ha reforzado en las últimas dos décadas. La ausencia de
conflictos bélicos directos entre las principales potencias ha persistido sin modificaciones
bajo el neoliberalismo. El acompañamiento de Europa y Japón a las principales
agresiones del Pentágono se ha mantenido como un dato clave del escenario
internacional. En las últimas tres décadas no se ha vislumbrado ningún retorno
a las tensiones bélicas de principios del siglo XX. Los presagios de esta
regresión que se formularon con el resurgimiento de Japón, el fin de la guerra
fría o la unificación de Alemania fueron desmentidos por el curso de los
acontecimientos. No existe ningún atisbo de reaparición de los bloques
militares antagónicos dentro de la tríada. Las disputas por los mercados y los
abastecimientos de la periferia persisten. Pero ninguna potencia está dispuesta
a poner en riesgo la continuidad del capitalismo con agresiones que fracturen
el bloque de las economías desarrolladas. Los conflictos posibles se delinean
contra las nuevas subpotencias que comienzan a emerger entre varios países con
grandes recursos militares, demográficos y naturales o con cierta experiencia
de dominación militar a escala regional (China, Rusia, India, Brasil,
Sudáfrica). Estas naciones cuentan con prósperas clases capitalistas locales
que buscan ampliar su lugar en el escenario mundial y ya no aceptan el trato
periférico del pasado. El nuevo polo de acumulación asiática y la ausencia de
subordinación militar a Estados Unidos por parte de Rusia y China (en
contraposición a las restantes clases dominantes del planeta), constituyen dos
novedades importantes en comparación al imperialismo de posguerra. Pero todavía
es prematuro evaluar cuál será el efecto de estas modificaciones en el marco de
las tensiones económico-sociales que generan la desigualdad, la exclusión y la
marginalidad del capitalismo neoliberal. Estas tensiones se manifiestan en
todos los campos, pero son particularmente visibles en el plano financiero. En
los ciclos de prosperidad, el crédito se expande aceleradamente a escala global
a través de los meca
36.
Gerard Dumenil, Dominique Ley, “El imperialismo en la era neoliberal”, Revista
de Economía crítica, No. 3, 2005.
51
51
Posguerra
y neoLiberaLismo
nismos
creados por la liberalización bancaria. Pero en los períodos críticos,
cualquier caída de Wall Street se transmite velozmente a todas las colocaciones
especulativas del planeta. La mundialización financiera reduce drásticamente la
capacidad que detentaban los Estados para afrontar de manera autónoma esos
vendavales. Los dispositivos de contención que se utilizaban con instrumentos
cambiarios o monetarios o bancarios han quedado seriamente afectados. La misma
interacción se verifica en el plano comercial. El grado de apertura de todas
las economías se amplió significativamente a través de un ritmo ascendente de
las transacciones que supera el nivel de actividad productiva. Con argumentos
de especialización complementaria se generalizaron convenios de libre comercio,
los cuales en las fases de prosperidad benefician a las grandes empresas y en
los periodos recesivos acrecientan las dificultades de colocación de las
mercancías excedentes. Por otra parte, el avance de la internacionalización
productiva reestructura la división del trabajo y acrecienta la presencia de
las empresas transnacionales en el comercio mundial. Pero esta ampliación
potencia también la velocidad de transmisión de los desequilibrios mundiales,
especialmente en los cuellos de botella de la inversión y en los trastornos
para asegurar la provisión de insumos estratégicos. El imperialismo del siglo
XXI está afectado por todos los desequilibrios de la etapa neoliberal. Este
período consolida la modificación radical del escenario clásico que se produjo
en la posguerra con la desaparición de las confrontaciones bélicas entre
potencias. El análisis del imperialismo contemporáneo requiere superar la
simple repetición de la teoría tradicional y la asignación de vigencia infinita
a una etapa específica de principio del siglo XX. Una interpretación actual
debe registrar el impacto de la mundialización neoliberal, que ha expandido el
radio de acción imperial a todo el planeta, reforzando el rol militar dominante
de Estados Unidos. La comprensión de este liderazgo requiere un análisis más
detallado.
EL
PAPEL DE ESTADOS UNIDOS
3
54
Bajo
el imperio del capital
Claudio
Katz
54
El
principal sostén del imperialismo contemporáneo es la intervención militar
norteamericana. El gendarme estadounidense desenvuelve sus acciones a través de
un sistema de bases militares (entre 700 y 1000), distribuidas en 130 países.
Desde estas instalaciones resulta posible desplegar acciones bélicas
coordinadas en todos los rincones del planeta. La presencia global que asegura
este dispositivo no tiene precedentes en la historia.
El
sheriff del planeta A pesar de contar con el 5% de la población mundial,
Estados Unidos maneja el 40% del gasto militar planetario. Este control
indisputado de las fuerzas militares occidentales surgió del desenlace de la
Segunda Guerra Mundial. El país emergió como una superpotencia vencedora,
encargada de garantizar la supremacía capitalista sobre el adversario
soviético. Desde ese momento todos los gobiernos norteamericanos han propiciado
algún tipo de tensiones bélicas frente a cada desafío de algún competidor. Con
esta finalidad priorizan el uso militar de las innovaciones tecnológicas y
desarrollan una política de amenazas en el terreno atómico. Mediante estas
presiones mantienen la superioridad bélica sobre sus viejos enemigos de la
guerra fría y sobre cualquier contendiente potencial. El militarismo
norteamericano es amedrentador y se basa en una cultura de la violencia interna
que se proyecta hacia el exterior. La tradición de conquistas fronterizas, el
uso habitual de las armas, la privatización de la seguridad y la brutalidad del
complejo carcelario signaron la historia de un país que actúa como sheriff
internacional. Esta supremacía militar constituye un rasgo distintivo del
imperialismo contemporáneo en comparación con el precedente clásico. Explica en
gran medida la ausencia de conflagraciones interimperiales y el grado de
asociación mundial de capitales. La principal función del arsenal
norteamericano es garantizar la reproducción capitalista en todo el orbe.
Cumple, entonces, una labor de protección, que cuenta con el visto bueno de
todas las clases dominantes. Estos sectores observan al garante estadounidense
como un respaldo de última instancia frente a la insurgencia popular o la
inestabilidad geopolítica. El sostén se materializa en una red de alianzas que
le permite al Pentágono ejecutar sus acciones internacionales a través de
organismos formalmente asociados (OTAN), instituciones que disfrazan el control
norteamericano de las decisiones militares mediante despliegues de efectivos
con máscara de neutralidad (Cascos Azules).
55
55
eL PaPeL de estados unidos
Este
arrollador liderazgo bélico determina la influencia gravitante que ejerce
Estados Unidos en los principales organismos internacionales (Consejo de
Seguridad de la ONU). Otras instancias más informales (G-20) dependen también
de las convocatorias y agendas que establece la primera potencia.
El
Pentágono y Wall Street El sostenimiento financiero de la estructura militar
norteamericana se internacionalizó en las últimas décadas. A diferencia de la
posguerra, el complejo industrial-militar ya no cubre sus gastos mediante la
recolección de impuestos internos. Como el resto de la actividad estatal,
depende de la continuada absorción de los capitales externos, que solventan un
déficit fiscal monumental. La primera potencia socorre militarmente a sus
aliados y garantiza la reproducción global del capital. Pero solventa su
actividad con préstamos externos y necesita, por lo tanto, exhibir solidez
bélica. Esta combinación de exigencias conduce a un reforzamiento constante de
la apuesta armamentista, como única forma de asegurar la afluencia de capitales
foráneos a la economía norteamericana. La colocación exitosa de bonos del
tesoro exige una persistente sucesión de agresiones, que a su vez aceitan la
financiación de nuevas matanzas. Estados Unidos mantiene un lugar preeminente
en la economía mundial. Sus empresas lideran numerosos sectores, se encuentran
altamente internacionalizadas y comandan la innovación tecnológica. El país
cuenta con una poderosa infraestructura, exporta productos alimenticios básicos
y preserva el sistema financiero más gravitante del planeta. Pero a diferencia
del pasado es también el principal deudor mundial y utiliza su abrumadora
superioridad bélica para transferir desequilibrios a otros países. Este
mecanismo opera especialmente en el plano financiero. El potencial militar yanqui
brinda seguridades a un sistema bancario de gran proyección internacional. Las
entidades norteamericanas fijan las pautas globales no solo por su gravitación
específica, sino también por la percepción de solvencia político-militar que
transmiten al conjunto de los inversores. La confianza en el Citibank o el Bank
of America está muy conectada con la credibilidad que trasmite el Departamento
de Estado. En este mismo cimiento se apoya también la capacidad del dólar para
definir tipos de cambio, la incidencia de la Reserva Federal para determinar
las tasas de interés y la influencia de Wall Street para fijar la tónica
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bursátil
internacional. En los períodos de crisis, esta función de garante del capital
se acrecienta y los capitales temerosos emprenden vuelo hacia los refugios que
ofrecen el billete, los bonos o las acciones norteamericanas. Ningún otro país
brinda a los capitalistas la dupla de garantías que genera la hermandad entre
el Pentágono y Wall Street. En este campo, Estados Unidos detenta una ventaja
mayúscula. La supremacía militar es un recurso de mayor impacto general que la
eficiencia de un banco o el rédito de una tasa de interés. Sólo el lugar
imperial que mantiene Estados Unidos explica la inusitada absorción de
capitales por parte de una economía con altísimo déficit comercial,
desequilibrio fiscal, importaciones masivas y alto consumo. Ningún otro país
podría sostener esta explosiva mixtura de desajustes. Los desequilibrios
norteamericanos han sido muy útiles para los proveedores y prestamistas del
país. Pero han creado riesgosos desbalances que exigen mayor confiabilidad
político-militar en la primera potencia. Nadie vende a un comprador endeudado
ni renueva el crédito a un cliente en rojo si el adquiriente no cuenta con
alguna cualidad que justifique operar en la cornisa. El poderío bélico
norteamericano es el principal atributo que explica esa continuidad,
especialmente en las últimas tres décadas de neoliberalismo.
Un
Estado internacionalizado Estados Unidos desenvuelve un rol imperial por medio
de un Estado que protege a todas las clases dominantes del planeta. Ese
organismo ha internacionalizado su actividad a lo largo del siglo XX mediante
una creciente simbiosis de organismos nacionales y globales. Esta combinación
le permite intervenir directamente en la reproducción mundial del capital a
través una red de instituciones que nunca operó en las potencias imperialistas
precedentes[37]. La articulación entre funcionamiento interno y coordinación
externa se gestó durante la conversión de Estados Unidos en potencia dominante.
Los principales organismos del país conectaron el monitoreo de la dinámica
local con el sostenimiento del orden internacional e influyeron por esta vía
para garantizar el desenvolvimiento global del capitalismo. Este enlace es
ampliamente visible en el terreno militar. En Washington se definen los
movimientos ejecutados en bases marítimas y aéreas
37.
Este caracterización la expone: Leo Panitch, “The state, globalisation and the
new imperialism”, Historical Materialism, vol. 9, winter 2001.
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que
están localizadas en todo el planeta. La OTAN instrumenta las prioridades del
Pentágono, la CIA espía a todos los gobiernos y los marines entrenan a
efectivos de todos los países aliados. El manejo de casi la mitad del
presupuesto bélico mundial conduce a una gestión simultánea de los gastos
internos de seguridad y las erogaciones exteriores de defensa. La protección
fronteriza está permanentemente combinada con la intervención planetaria. Este
protagonismo global del aparato estatal estadounidense se extiende a todas las
áreas de la economía mediante una administración global de la moneda, las
finanzas y el circuito bursátil. La cotización del dólar, las definiciones de
la Reserva Federal y el comportamiento cotidiano de Wall Street ejercen un
impacto decisivo sobre la coyuntura internacional. Lo que decide un alto
funcionario norteamericano afecta a los mercados internacionales. Este empalme
de gestión nacional e internacional en el seno de un mismo Estado es más
evidente en el terreno geopolítico. El visto bueno o el veto que Washington
transmite a sus pares de otros países es siempre crucial. Ese poder puede
observarse siguiendo la actitud de los legisladores republicanos y demócratas
en el Congreso. En ese organismo se debaten iniciativas para el resto del mundo
con la misma naturalidad que se auspician reglamentos o leyes estadounidenses.
Esta misma postura adoptan los mandatarios norteamericanos a la hora de
transmitir consejos, preocupaciones o exigencias a otros países. Frente a cada
convulsión internacional, los medios de comunicación priorizan la divulgación
de la opinión presidencial estadounidense. Este comportamiento es tan usual,
que ya nadie se interroga sobre el carácter anómalo de esa reacción. El
escenario inverso de un líder europeo, asiático, africano o latinoamericano
opinando sobre lo que debería hacer el gigante del Norte es simplemente
impensable. La primera potencia ensambla intereses nacionales y mundiales a
través de una compleja estructura de asociaciones económicas, geopolíticas y
financieras. Estas entidades vinculan al establishment norteamericano con sus
colegas de otras regiones, aprovechando la prioridad que asignan las elites de
todo el planeta a su relación con Estados Unidos. La simbiosis nacional-mundial
del Estado norteamericano cobra forma a través de instituciones económicas
(Tesoro, Reserva Federal, Departamento de Agricultura, nexos con el FMI y las
multinacionales), militares (Pentágono, CIA, FBI) y culturales (fundaciones,
universidades, emba
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jadas).
Mediante intensas disputas por cuotas de poder, recursos y personal, estos
organismos definen las estrategias que deberán prevalecer en cada circunstancia
internacional. Resoluciones decisivas para la marcha de los asuntos mundiales
emergen de este proceso de selección de alternativas al interior del aparato
estatal norteamericano. En los períodos de estabilidad, las disidencias que
suscita la adopción de estas políticas permanecen en las sombra o se concilian
mediante fórmulas de consenso. Por el contrario, en las coyunturas críticas,
las desinteligencias emergen a la superficie y son expuestas públicamente por
la prensa para zanjar la primacía de las orientaciones en disputa. Este tipo de
controversias no guarda el menor parentesco con la vigencia de la democracia,
puesto que el debate busca desentrañar la efectividad de las distintas
estrategias imperiales. En las discusiones sobre la forma de dirimir una guerra
(Vietnam, Irak, Afganistán), nunca se contemplan los intereses genuinos del
pueblo estadounidense. La estructura estatal norteamericana conjuga en forma
inédita la coordinación externa con la cohesión interna. Al cabo de un largo
proceso de internacionalización, ese organismo articula el poder nacional con
la intervención mundial. Esta acción toma en cuenta también la necesaria
convivencia de las empresas locales con las firmas globalizadas. El primer
grupo prioriza el desenvolvimiento del mercado interno y el segundo los
negocios foráneos. Ambas fracciones protagonizaron tradicionalmente tensiones
que se reflejaron en políticas de mayor aislamiento o intervención mundial.
Desde la posguerra el balance de fuerzas se ha inclinado a favor del segmento
globalizado, pero sin neutralizar por completo la resistencia de sus oponentes.
Los grupos mundializados actúan dentro de un aparato de raíces locales y
amoldan los requerimientos de la acción imperial a esa estructura
nacional-estatal.
El
impacto del americanismo Un importante cimiento de la supremacía imperial
estadounidense se localiza en el plano ideológico. La justificación
americanista del intervencionismo irrumpió en la posguerra, cobró importancia
durante la guerra fría y se ha renovado en las últimas décadas. Renueva los
mitos que inicialmente contraponían el bienestar y el pluralismo del “mundo
libre” con la escasez y el totalitarismo del “comunismo”. Este contraste entre
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felicidad
norteamericana y pesadumbre soviética endulzaba un estilo de vida occidental
que debía defenderse con la fuerza de las armas. Estas acciones no tenían el
mismo alcance en cualquier punto del planeta. Implicaban cordialidad,
complicidad y conveniencia con los aliados de la triada y violencia extrema en
el Tercer Mundo. El americanismo ganó influencia mediante este doble parámetro
de consideración hacia los socios y brutalidad frente a los enemigos. El
consentimiento hacia Europa y Japón permitió concentrar las presiones sobre el
bloque soviético y la periferia. Estados Unidos naturalizó la acción militar
para sostener la ilusión de una vida agraciada mediante la perdurable sociedad
que estableció el Pentágono con Hollywood. De este matrimonio surgió la imagen
misionera de los marines como salvadores de una civilización amenazada por
cambiantes enemigos. El Departamento de Estado modificó periódicamente la
fisonomía racial, idiomática y nacional de los adversarios a penalizar por
parte de la sociedad occidental. Ese relato presentó la guerra como un devenir inexorable que
requiere heroicidad y patriotismo para alcanzar objetivos supremos. La invasión
de países y la masacre de inocentes fueron ocultadas y la violencia se
convirtió en un acontecimiento banal. Quedó naturalizada su aceptación como
dato invariable, mientras millones de espectadores asimilaban el escenario
bélico por repetición audiovisual. El americanismo es una ideología
directamente asociada con la coerción que disuelve su contenido en la
fascinación creada por las imágenes. Esta anulación de la razón, los afectos y
el sentido permite trastocar los enemigos diabolizados. Un día son comunistas,
en otro momento son los talibanes y a la semana siguiente le toca el turno a
los narcotraficantes. La americanización del mundo fue logrado mediante la
exportación de las mercancías culturales que comercializan Hollywood, Disney o
CNN. Estos productos multiplicaron consumos mediáticos que sustituyeron los
imaginarios tradicionales divulgados por las familias, las iglesias y las
escuelas. Cuando este espectáculo se transformó en un negocio comparable a
cualquier megaactividad industrial o financiera, el imperialismo cultural
consolidó su influencia, y las audiencias masivas dependientes de la publicidad
crearon una masa internacional también sometida al mensaje militar
estadounidense. A esta penetración contribuyó la universalización del inglés
como idioma de grandes imperios del siglo XIX y XX y como lengua franca
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de
los grupos dominantes. Una variedad mayúscula de individuos provenientes de
incontables nacionalidades comparten culturas, entretenimientos, sensibilidades
y pautas de consumo definidas en Nueva York, Los Ángeles y Chicago. Esta
familiaridad corona, a su vez, la cooptación educativa de estos sectores a los
centros académicos norteamericanos. Allí se generan perdurables relaciones de
intercambio, dependencia financiera y autoridad intelectual con las
universidades del Norte. El americanismo prosperó también como ideología
imperial por su exaltación acrítica del capitalismo en estado puro. Este
mensaje es compartido por todas las clases dominantes del mundo, que ponderan
el contractualismo espontáneo, las ventajas de la desigualdad social y los
méritos de la colonización mercantil de todas las áreas de la vida social. La
empresa es adulada como un campo de cristalización del talento que permite
desplegar el espíritu aventurero de los inversores y la creatividad de los
gerentes. Este elogio de la firma es complementado con una veneración del
individualismo, como virtud suprema de la personalidad. La acumulación es vista
como una larga travesía de capitalistas heroicos que en el pasado construyeron
industrias y en la actualidad forjan redes informáticas. Este progreso es
atribuido al reinado del mercado y al ansia de superación que despierta la
competencia por el beneficio. El americanismo protege estos valores. Generaliza
un clima de amenaza latente y la consiguiente necesidad de contrarrestar la
acción de los enemigos de la libre empresa. Para neutralizar este peligro hay
que desplegar marines y bombardear poblaciones ignorantes que obstruyen el
florecimiento de los negocios. Sólo la afinidad burguesa hacia este mensaje
explica la internacionalización de una ideología de basamento norteamericano.
El origen estadounidense de esta cosmovisión no es casual. En ningún otro país
del mundo florecieron con tanta intensidad los patrones culturales del
capitalismo. Sólo allí se forjó una tradición de celebración irrestricta del
mercado, bajo el impacto de corrientes inmigratorias heterogéneas que fueron
tentadas por el sueño americano. Este desarraigo facilitó la generalización de
creencias en el rápido ascenso social, la primacía del egoísmo competitivo y la
ruptura con las costumbres ancestrales de la cooperación solidaria. Los
esquemas narrativos simplificados de deslumbramiento capitalista que se
desarrollaron en esta sociedad se transformaron en la ideología del
imperialismo contemporáneo[38].
38.
Esta tesis la desarrolla: Perry Anderson, “Fuerza y consentimiento”, New Left
Review, No. 17, septiembre-octubre 2002.
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Esta
función también obedece a la obsolescencia del viejo discurso colonialista que
reivindicaba la captura de territorios como actos sublimes de nobles
misioneros. La opresión de los nativos estaba naturalizada y se identificaba la
demolición de la vida local con la superación de la ignorancia. Esa ideología
postulaba la superioridad del hombre blanco e impulsaba (con estandartes
eurocentristas) la limpieza étnica de poblaciones esclavizadas. Como las
potencias guerreaban entre sí, el desprecio hacia los aborígenes era
complementado con fuertes reivindicaciones chauvinistas. Los ingleses
justificaban su belicosidad con argumentos de supremacía aristocrática, los
franceses con tradiciones de liderazgo cultural y los alemanes con teorías de
pureza racial. Cada imperialismo promovía su expansión, alegando alguna virtud
singular de su identidad nacional. El americanismo sustituye esa exaltación de
una comunidad occidental frente a otra por un ensalzamiento general del
capitalismo. Reemplaza el mensaje colonial por una vacua veneración de la
libertad, buscando suscitar identificaciones emblemáticas con los ideales de
bienestar y democracia.
Las
causas de la excepcionalidad El americanismo tiene un doble sustento de
belicismo e hipocresía. El primer componente estigmatiza al enemigo y el
segundo pondera los derechos humanos. Estos pilares provienen de una tradición
que combina ambos lenguajes. Los códigos guerreros se inspiran en la política
de invasiones que practicó Theodore Roosvelt y la retórica de la convivencia se
nutre del legado presbiteriano-liberal de Woodrow Wilson. Lo más común ha sido
el pasaje de un discurso al otro para motorizar la misma maquinaria. En algunos
casos se recurre al garrote y en otros al consenso internacional. Las posturas
de vaquero y cruzado religioso corresponden habitualmente a los intereses
directos de la industria petrolera y de los contratistas militares. Las
exhortaciones pacifistas están en manos de los diplomáticos y los académicos
del establishment. Con mutaciones permanentes de ambos sectores se implementan
las acciones imperiales. Los belicistas no ocultan su racismo ni su desprecio
por las minorías oprimidas y utilizan los emblemas misioneros de un país que
consideran destinado a custodiar los valores del mundo libre. La vertiente
opuesta pondera las normas constitucionales, enaltece la convivencia y presenta
las incursiones militares como actos obligados de contención de enemigos
impiadosos. Con esa ideología universalista se difunden actitudes
62
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altruistas
de auxilio al resto del mundo. Se supone que todas las acciones están motivadas
por el idealismo y no incluyen expectativas de retribución por los sacrificios
realizados. Los belicosos predominaron durante las gestiones de Reagan y Bush.
Impusieron el retorno explícito de la coerción y la exhibición de fuerza
militar sin muchas consideraciones morales. Reintrodujeron reivindicaciones
imperiales explícitas y llamados a ejercer la supremacía global sin ningún tipo
de prevenciones. Los liberales, en cambio, encabezaron los gobiernos de Carter,
Clinton y lideran actualmente la administración de Obama. Difunden discursos
amigables y promueven un ejercicio de la dominación consensuado con los socios
del Primer Mundo. Ensayan una combinación permanente del uso de la fuerza con
la búsqueda de consentimientos. El doble sustento de estas políticas exteriores
en gran medida obedece al origen histórico no colonialista del imperialismo
estadounidense. Esta peculiaridad se verifica en la forma en que ha sido definido
por distintos autores. Algunos subrayan su carácter informal (Panitch) y otros
su desenvolvimiento no territorial (Callinicos), siempre distanciado de los
patrones clásicos de dominación (Petras). Destacan su prescindencia de colonias
fuera del entorno próximo (Wood) y su desapego de los protectorados
(Hobsbawm)[39]. Estas peculiaridades se extienden incluso al sistema
internacional de bases militares, instalaciones estas que implican una
ocupación restringida de territorios y una sujeción política acotada de las
zonas aledañas. El imperialismo norteamericano ejerce su control miliar del
planeta sin arrastrar las rémoras del expansionismo europeo de ultramar. Se
forjó extendiendo su radio territorial con muchas anexiones fronterizas y pocas
colonias. El período inicial de establecimiento de dominios directos fue
relativamente breve en comparación con la norma de sometimiento económico que
prevaleció desde la posguerra. Por esta razón, las exhibiciones de voluntad
conquistadora siempre estuvieron sucedidas por engañosos
39.
Leo Panitch, Sam Gindin, “Capitalismo global e imperio norteamericano”. El
nuevo desafío imperial, Socialist Register, 2004, CLACSO, Buenos Aires 2005.
Alex Callinicos, “La teoría marxista y el imperialismo en nuestros días”, Razón
y Revolución, No. 56, Buenos Aires, 2010. James Petras, Veltmeyer,
“Construcción imperial y dominación”, Los intelectuales y la globalización,
Abya-Yala, Quito, 2004. Ellen Meiskins Wood, Empire of Capital, Verso, 2003,
(cap. 6 y 7). Eric Hobsbawm, “Crisis y ocaso del imperio”, Clarín-Ñ, 15-10-05.
Eric Hobsbawm, “Un imperio que no es como los demás”, Le Monde Diplomatique,
edición chilena, junio de 2003.
63
63
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reconocimiento
de la soberanía ajena. La coerción militar mantuvo un equilibrio con las
presiones políticas y los imperativos económicos. Estos mecanismos imperiales
se ubicaron en las antípodas del anexionismo que intentó, por ejemplo,
practicar el nazismo alemán. Los propósitos de conquista norteamericana siempre
estuvieron encubiertos con defensas retóricas de la autodeterminación nacional.
El contraste más llamativo es con el precedente británico. Estados Unidos
retomó primero el modelo semicolonial que los ingleses habían ensayado en
América Latina, concediendo autonomía política para jerarquizar el sometimiento
económico. Cuando la primera potencia alcanzó su estatus dominante pleno
abandonó todos los vestigios de ese esquema. Esta política es muy distinta a la
orientación que mantuvo su antecesor hasta último momento en la India, África u
Oriente. Tales diferencias obedecen a las condiciones en que actuaron ambas
potencias. Gran Bretaña se vio obligada a salir rápidamente al exterior para
colocar sobrantes industriales, importar materias primas y asegurar su
preeminencia financiera ante los rivales. En cambio Estados Unidos forjó su
dominio a partir de una base territorial propia de gran extensión. No emergió
de una localización pequeña, como Holanda o Portugal, ni mediana como Gran
Bretaña o Francia, sino del enorme asentamiento que poblaron torrentes masivos
de inmigrantes. El gigante del Norte contó con un margen temporal suficiente
para ampliar primero su frontera agrícola y desenvolver posteriormente un vasto
mercado interno. Siguiendo el mismo ritmo erigió una industria protegida y una
banca poderosa. Cuando maduró su retaguardia salió a la conquista plena del
mundo. Estados Unidos pudo expandirse primero en un territorio maleable y
diversificado. Desenvolvió un modelo económico autocéntrico (ligado al mercado
interior) y no extrovertido (dependiente del mercado mundial). Luego del
triunfo del Norte en la guerra civil apuntaló el proyecto proteccionista contra
las tendencias librecambistas del Sur. De allí emergió una solidez industrial
que posteriormente reforzaron las grandes corporaciones, actuando en un
mercando integrado con formas de organización vertical. De este esquema surgió
una economía imperial más consistente que el modelo británico de empresa
mediana especializada y altamente dependiente de los abastecimientos y mercados
externos. El país fue además poblado por inmigrantes atraídos por la movilidad
social y desarraigados de todo pasado no mercantil.
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Estados
Unidos consolidó una superioridad militar que Gran Bretaña no alcanzó siquiera
durante el esplendor victoriano. El dominio bélico norteamericano supera desde
la posguerra al logrado por su antecesor entre 1830 y 1870. Incluye un control
del espacio mucho más significativo que el manejo precedente de los mares. Se
apoya en una supremacía global y no debe lidiar con amenazas permanentes de los
rivales. El secreto de su dominación radica, en última instancia, en la aptitud
para comandar un imperialismo acabadamente capitalista en la madurez de este
sistema.
Capacidad
y efectividad Estados Unidos mantiene una aplastante superioridad militar, pero
la efectividad de ese predominio es cada vez más dudosa. El uso de la fuerza
está sometido a limitaciones que generan muchas preguntas sobre la capacidad
real de la primera potencia para ejercer el poder global. Algunos autores
retoman distintos estudios que distinguen tres variables: voluntad, tentación y
capacidad hegemónica. Evalúan con estos criterios, la fuerza real que puede
desplegar el gigante del Norte. Las dos primeras intencionalidades emergen a la
superficie cotidianamente, pero su concreción está sometida a crecientes
interrogantes[40]. Estados Unidos ha perdido la superioridad económica
contundente que sostenía inicialmente su primacía militar. La productividad y
competitividad industrial norteamericana han caído significativamente en
comparación con los promedios de posguerra. Los cimientos del poder se han
invertido y en la actualidad las ventajas militares compensan el deterioro
económico. La supremacía estadounidense ya no presenta el carácter absoluto e
integral que exhibía en la primera mitad del siglo XX. Este cambio no implica
declinación absoluta. Expresa un proceso de reorganización productiva y
financiera, que ha segmentado la estructura económica norteamericana. Los
sectores internacionalizados ganan espacio en desmedro de las ramas que operan
exclusivamente para el mercado interno. El avance de las empresas mundializadas
a costa de las empresas que sólo actúan en el plano local es muy significativo.
Los segmentos globalizados que desenvuelven actividades enlazadas con el
mercado mundial (aeronáutica, computadoras, electrónica, finanzas) se han
desplazado a las franjas
40.
Atilio Borón, “La cuestión del imperialismo”.
La teoría marxista hoy, CLACSO, Buenos Aires, 2006.
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puramente
domésticas. Este viraje produce una fuerte regresión industrial de los sectores
y localidades atados a la vieja configuración interna[41]. La prosperidad de
las compañías que actúan en el exterior se afianza a costa de las empresas que
han quedado fuera de esa carrera. Por esta razón, las ganancias que recepta el
primer tipo de firmas superan ampliamente al promedio nacional y acaparan el
grueso de los beneficios obtenidos durante la era neoliberal[42]. La
localización externa de estas compañías y su fuerte internacionalización
productiva tiene un correlato directo en la mundialización de las finanzas. Los
ingresos financieros que obtienen las entidades a través de negocios
internacionalizados son también más elevados que las ganancias generadas dentro
del país. Las consecuencias de esta segmentación de la economía sobre el
ejercicio del poder imperial son muy inciertas. Pero es evidente que incentivan
un despliegue más vasto de intervenciones políticas y militares mundiales,
acorde al salto consumado con la globalización económica. Habrá que ver cuál es
la factibilidad real de estas acciones. Estados Unidos necesita reafirmar su
liderazgo conduciendo nuevas guerras, cuyos resultados finales nadie puede
anticipar. La instrumentación de estas sangrías se ha tornado más compleja con
la eliminación de la conscripción obligatoria. Cada agresión externa exige
ahora mayor inventiva, despliegue ideológico y acción psicológica por parte del
Pentágono. Estas iniciativas son indispensables para preservar cierta
tolerancia popular frente a estos atropellos y contrarrestar los temores a una
represalia de las víctimas. Bush introdujo la guerra preventiva para estimular
este alineamiento bélico y utilizó el 11 de septiembre como un Pearl Harbor de
movilización patriótica. Los especialistas militares complementaron esta
política incentivando expectativas en la concreción de guerras electrónicas sin
costos humanos. Con estas fantasías han buscado resucitar el sostén masivo al
belicismo oficial.
41.
Un análisis de este cambio en: Joseph Halevi, Yanis Varoufakis, “The global
minotaur”, Imperialism Now, Monthly Review, vol. 55, No. 3, July-August, 2003.
42. Por ejemplo, en el año 2000 las ganancias de las filiales en el exterior de
Estados Unidos equivalían al 53% de las ganancias domésticas. Llegaron a esa
cifra a partir de un crecimiento regular que comenzó con 10% en 1943. Gerard
Dumenil, Dominique Ley. “El imperialismo en la era neoliberal”, Revista de
Economía crítica, No. 3, 2005.
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66
Pero
en los hechos cada nuevo emprendimiento bélico potencia las tensiones internas,
especialmente entre los sectores militaristas (interesados en el rédito bélico
de los operativos) y los funcionarios del establishment económico (que
privilegian las consecuencias sobre los negocios). El primer grupo se guía por
proyecciones geopolíticas y metas de acrecentamiento del poder estadounidense.
El segundo sector promueve el multilateralismo y resiste las acciones que
afectan la estabilidad jurídica o la obtención de beneficios inmediatos. La
preeminencia de uno u otro grupo siempre ha sido muy variable. En las últimas
décadas los militaristas impusieron sus prioridades en Medio Oriente (sostén
irrestricto de Israel) y los grupos económicos ganaron la partida en Asia
(privilegio de los negocios con China). Pero la balanza entre ambos sectores
muta con frecuencia y las posturas en discordia suscitan fuertes choques
políticos. Cada acción militar desestabiliza, además, las relaciones
norteamericanas con sus aliados de la tríada. Para ejercer su dominación, la
primera potencia debe recrear un equilibrio entre competencia y cooperación con
sus socios. Buscando ese balance tolera el desarrollo de fuerzas militares
aliadas, mientras fomenta asociaciones militares que no cuestionen su jefatura.
El logro de estos objetivos es muy complejo. Estados Unidos debe cooptar,
comprometer y subordinar a sus rivales, sin someterlos por completo. Necesita
generar relaciones de aceptación y no de mera imposición. Debe mantener con sus
pares del Primer Mundo vínculos de coordinación que difieran cualitativamente
de la dominación impuesta a la periferia. Este balance entre el suprematismo
(acciones en detrimento de rivales) y el hegemonismo (iniciativas en cuadro
asociado) recrea tensiones constantes.
Un
escenario variable Estados Unidos ejerce un liderazgo con limitaciones y no
está en condiciones de actuar con patrones superimperiales de total
unilateralidad; hace valer su superioridad, sin desbordar los equilibrios que
sostienen su dominación. Pero el simple ejercicio del poder conduce a la
multiplicación de aventuras con resultados impredecibles. Nadie puede anticipar
cómo y cuándo estas acciones conducirán a un final tormentoso, pero esta
posibilidad siempre amenaza a una potencia enredada en brutalidades mayúsculas.
67
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La
propia supremacía ideológica de Estados Unidos es socavada por esa sucesión de
atrocidades. No es lo mismo administrar periódicamente la violencia que
justificar permanentemente su utilización. La coerción sistemática tiende a
desembocar en aislamiento e impotencia. Una situación de este tipo fue
afrontada por la ideología estadounidense durante la fuerte oleada de
cuestionamientos que signó los años 70. Esta crisis fue revertida con la
derechización neoliberal de las últimas décadas, pero un nuevo clima de
insatisfacción afecta nuevamente al americanismo. El mayor interrogante es el
efecto de estos procesos sobre la propia población estadounidense, que enfrenta
un contexto muy diferente al pasado. Los réditos económicos ya no se
distribuyen en toda la estructura social y la acción imperial externa tiende a
reforzar la fractura entre los segmentos enriquecidos y las masas pauperizadas.
Esta polarización modifica sustancialmente todos los comportamientos y
reacciones. Los pobres, los desocupados y los excluidos aportan ahora la carne
de cañón requerida por las multinacionales y las elites de millonarios. Esta
segmentación social socava también la legitimidad política interna de muchas
operaciones. No hay que olvidar las limitaciones que tradicionalmente enfrentó
un país distanciado del colonialismo clásico para utilizar masivamente la
fuerza en guerras internacionales. Cada acción bélica exige generalizar una
motivación especial que empuje a la población a aceptar esa cruzada. El
imperialismo contemporáneo se sostiene, por lo tanto, en la protección
internacional que brinda el gendarme estadounidense a todas las clases
dominantes. El Estado norteamericano ha internacionalizado su actividad y saca
provecho de una ideología americanista que es compartida por vastos sectores
capitalistas del planeta. Como la primera potencia garantiza la reproducción
mundial del capital, acumula desequilibrios económicos que serían inadmisibles
para cualquier otro país y afronta un escenario de limitaciones al ejercicio de
su dominación. Mantiene una superioridad militar abrumadora, que se desdibuja
en el área económica y pierde solvencia en el campo geopolítico. La capacidad
coactiva no implica consistencia para articular coaliciones ni consenso para
ejercitar la fuerza.
GESTIÓN
COLECTIVA Y ASOCIACIÓN ECONÓMICA
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Una
característica distintiva del imperialismo contemporáneo es la gestión
colectiva. Estados Unidos ejercita su superioridad militar a través de acciones
coordinadas con las principales potencias. Mantiene una asociación estratégica
en la tríada y actúa en sintonía con sus aliados de Europa y Japón. Esta
política de concertación occidental busca reforzar la contundencia de las
agresiones imperiales. Habitualmente las incursiones pretenden garantizar la
apropiación de los recursos naturales de la periferia y asegurar el control de
las principales vías del comercio internacional. Algunos autores utilizan el
concepto “imperialismo colectivo” para retratar esta nueva modalidad de
dominación coordinada[43].
Surgimiento
y consolidación El imperialismo colectivo no introduce mecanismos equitativos
en el manejo imperial. Estados Unidos es la fuerza dominante y hace valer su
liderazgo en todos los terrenos para obtener los principales lucros de la
gestión conjunta. Al manejar la mitad del gasto bélico global, define cuáles
son las operaciones militares prioritarias y dónde deben localizarse las
presiones geopolíticas. Este predominio del Pentágono reafirma la
administración jerarquizada y la vigencia de una autoridad que tiene la última
palabra. Las responsabilidades son desiguales y los frutos de la dominación se
reparten en proporción al lugar que ocupa cada potencia en la pirámide
imperial. Pero la gestión es colectiva, puesto que existe un interés compartido
por todas las potencias del Primer Mundo. Esta convergencia explica la
existencia de una asociación que surgió en la posguerra a partir de la
generalizada aceptación del padrinazgo militar estadounidense. Las relaciones
establecidas entre estos países no expresan simplemente la imposición del más
fuerte. Reflejan también la demanda de protección que plantearon las clases
dominantes de Europa y Japón a Estados Unidos para enfrentar la insubordinación
popular y la crisis sociopolítica que rodeó el debut de la guerra fría. Los
capitalistas de ambas regiones utilizaron la presencia militar norteamericana
como escudo contra la oleada revolucionaria y los peligros del socialismo. Los
marines desplegados en su territorio contribu
43.
Samir Amin, El imperialismo colectivo, IDEP-CTA, Buenos Aires, 2004. Samir
Amin, “Geopolítica del imperialismo colectivo”, en Nueva Hegemonía Mundial,
CLACSO, Buenos Aires, 2004.
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gestión
CoLeCtiva y asoCiaCión eConómiCa
yeron
a disciplinar a los trabajadores. Los viejos colonialistas europeos se
coaligaron posteriormente con el mismo gendarme para contrarrestar los
levantamientos antiimperialistas de África y Asia. El pánico suscitado por el
proceso de descolonización reforzó este alineamiento y terminó consagrando la
primacía del Pentágono como un dato inamovible del orden mundial. Por esta
razón, la alianza militar asimétrica gestada en torno a la OTAN se consolidó
como cimiento de la gestión colectiva. Estos vínculos no se modificaron con el
colapso de la URSS y el ascenso del neoliberalismo. La participación
subordinada de Europa y Japón en las principales acciones globales que propicia
Estados Unidos se mantiene sin grandes cambios. La primera potencia define
intervenciones imperiales que los socios suelen avalar. Este patrón quedó
reafirmado en las últimas guerras preventivas que, con el visto bueno de la
tríada, lanzó el gendarme norteamericano para pulverizar los principios de
soberanía. La iniciativa norteamericana y la subordinación de Europa y Japón se
verificaron claramente en las agresiones del Golfo, Yugoslavia, Asia Central y
Afganistán. Habitualmente los socios nipones son añadidos a la escalada, sin
muchas consultas. Transcurridas seis décadas desde la segunda guerra, las
dimensiones del ejército japonés son insignificantes, la presencia de bases
yanquis persiste en el país y el Departamento de Estado interviene en las
principales decisiones políticas de Tokio. Este curso ha quedado reforzado por
el renovado giro pro norteamericano de las elites. Esta influencia condujo por
ejemplo al envío de tropas a Irak. El caso europeo es más complejo, pero está
signado por las mismas pautas de un compromiso transatlántico que monitorea
Estados Unidos. En las guerras recientes (Golfo, 1991; Serbia, 1999;
Afganistán, 2002, e Irak, 2003) se mantuvo la norma de contingentes europeos
bajo la dirección operativa norteamericana. La égida de la ONU y la supervisión
del Pentágono se han verificado incluso dentro del Viejo Continente (Bosnia,
Kosovo). La asociación militar subordinada se extiende también a la fabricación
de armas, que los europeos elaboran con normas compatibles o autorizadas por el
Pentágono. Las mismas empresas que compiten en el sector civil (Airbus versus
Boeing) están emparentadas en el campo militar. Todos los despliegues de
envergadura son consultados con la comandancia estadounidense.
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La demorada constitución de un ejército
europeo ilustra esta dependencia y las continuadas tensiones dentro de la
Comunidad. La unión del Viejo Continente es una construcción híbrida, que
alcanzó formas de integración avanzadas en ciertas áreas (moneda) y alcances
muy reducidos en otros campos (instituciones políticas). La defensa continúa
sometida a responsabilidades exclusivas de cada Estado nacional y no existe
articulación fuera del ámbito condicionante de la OTAN. Esta preeminencia de la
alianza transatlántica no excluye cierta autonomía operativa en las regiones
que estuvieron tradicionalmente sometidas al manejo directo de Europa. En este
campo funciona desde 1992 un pacto que define los eventuales atributos de una
fuerza de acción rápida. Pero en los hechos, los dos países que concentran el
60% del gasto militar europeo (Gran Bretaña y Francia) tienen bien definido su
radio de acción específico (África y ciertas zonas de Europa Oriental). Operan
en consonancia con las decisiones de la ONU y las prioridades de la OTAN.
Algunos autores denominan “alter-imperialismo” a esta combinación de
subordinación y autonomía que rige la política de las viejas potencias
coloniales, actualmente atadas a la primacía norteamericana[44].
El
sentido de un concepto El predominio norteamericano en la gestión imperial abre
serios interrogantes sobre el carácter colectivo de esa administración. ¿Qué
grado de acción tripartita existe en un bloque sometido al dictado de un
mandante militar? El término “imperialismo colectivo” puede sugerir que la
tríada es un sistema de pesos equivalente entre Estados Unidos, Europa y Japón,
cuando es evidente la primacía del Pentágono. Por esta razón, existen
objeciones a la teoría de la gestión conjunta que resaltan la asimetría
impuesta por un gendarme que despliega su poder ante los restantes miembros de
la OTAN. Esta caracterización destaca que Japón actúa como un satélite y Europa
sólo goza de una restrictiva autonomía regional[45]. Pero el concepto de imperialismo
colectivo no implica una administración equitativa de los asuntos mundiales. La
denominación puede brindar esa errónea imagen, pero constituye una categoría
destinada a clarificar otros problemas. Reconoce sin vacilaciones que en la
gerencia imperial
44.
Claude Serfati, La mondialisation armée, Textuel, Paris, 2001. 45. Ver: Atilio
Borón, “Hegemonía e imperialismo en el sistema internacional”, en Nueva
Hegemonía Mundial, CLACSO, Buenos Aires, 2004. Atilio Borón, “La cuestión del
imperialismo”, La teoría marxista hoy,
CLACSO, Buenos Aires, 2006.
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CoLeCtiva y asoCiaCión eConómiCa
los
directivos norteamericanos están ubicados en la cúspide y los decisores
europeos o japoneses ocupan rangos de menor relevancia. Pero este escalafón
jerarquizado no anula la existencia de un manejo conjunto. El imperialismo
colectivo implica vigencia de estos rasgos de asociación. Europa y Japón actúan
en común con Estados Unidos y no bajo la imposición de una bota norteamericana.
Las clases dominantes de ambas regiones no son títeres del Departamento de
Estado ni siguen órdenes de la embajada yanqui, como, por ejemplo, ocurrió en
2010 con la oligarquía golpista de Honduras. Actúan junto al hermano mayor, sin
adoptar un comportamiento de satélites. Estas precisiones son importantes para
clarificar las diferencias existentes entre el imperialismo contemporáneo y su
precedente clásico. En la actualidad rige una modalidad colectiva que sustituye
los viejos conflictos plurales por una administración conjunta. Este cambio
aleja la posibilidad de guerras interimperialistas. En la nueva configuración
imperial, una potencia dominante actúa junto a un número significativo de
socios subordinados. El viejo imperialismo estadocéntrico se ha convertido en
un sistema interestatal que opera como un bloque de Estados conectados a la
égida dominante de Estados Unidos. Esta forma de gestión implica una ruptura de
la prolongada historia de conflagraciones interimperialistas. Las viejas
potencias que guerreaban entre sí hasta la primera mitad del siglo XX, actúan
ahora en forma concertada. No dirimen sus diferencias en el terreno bélico,
sino en un marco acotado de rivalidades económicas y políticas. La pugna entre
distintos Estados con intereses divergentes persiste, pero esas tensiones ya no
tienen resolución militar. Este viraje modifica sustancialmente los
protagonistas y escenarios de las guerras. El arsenal de Occidente es utilizado
en común para asegurar el despojo imperial, y el Tercer Mundo se ha
transformado en un epicentro de matanzas, que consuman las potencias en forma
coaligada. La gestión colectiva imperial inaugura un contexto histórico
inédito. La ausencia de conflagraciones entre grandes países coexiste con la
superioridad reconocida de la primera potencia. En ciertos planos, este
contexto tiene puntos en común con la era de pacificación posnapoleónica que
lideró Gran Bretaña entre 1830 y 1870. Los autores que han trazado esta
comparación subrayan los parecidos existentes entre el “Concierto de las
Potencias” (que definió los equilibrios militares a principio del siglo XIX) y
el monopolio de armas nucleares
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que
gestiona el Consejo de Seguridad de la ONU. Resaltan las semejanzas entre el
proceso de restauración que consagró el Congreso de Viena y la involución
generada por el desplome del campo socialista. También señalan analogías entre
la pentarquía, que construyó hace dos centurias un orden contrarrevolucionario
(Rusia, Prusia. Austria, Inglaterra y Francia), y la coordinación que rige bajo
el imperialismo contemporáneo[46]. El equilibrio del siglo XIX se rompió al
calor de la expansión capitalista, que reabrió las rivalidades bélicas. El
ascenso de Prusia erosionó primero la hegemonía de Inglaterra y desembocó
posteriormente en la Primera Guerra Mundial. La segunda conflagración
internacional fue más demoledora y puso en peligro la propia supervivencia del
capitalismo. Las clases dominantes emergieron aterrorizadas de estas
experiencias y son muy conscientes de los peligros que rodean a esos
enfrentamientos. Por esta razón forjaron un sistema de protección bajo el mando
estadounidense e introdujeron una forma de manejo imperial colectivo que
perdura hasta la actualidad.
Guerras
globales y hegemónicas El sistema que erigieron las grandes potencias diluye el
peligro de guerras interimperiales, pero está sometido a otras tensiones. Un
factor de permanente inestabilidad es la tendencia norteamericana a transformar
su primacía en control mayúsculo. Cada agresión concertada de la tríada contra
algún blanco de la periferia contiene siempre una advertencia implícita del
Pentágono contra sus aliados. Estas amenazas socavan la consistencia de la
gestión conjunta. Estados Unidos necesita intensificar su acción militar global
para hacer visible su superioridad militar. No puede usufructuar su ventaja si
la mantiene siempre en reserva. Está compelido a utilizar, además, toda su
artillería para contrarrestar la pérdida de superioridad comercial e
industrial. La agresividad norteamericana no quiebra al imperialismo colectivo,
pero afecta su desenvolvimiento. La tríada funciona sobre un cimiento de
asimetrías militares que perturban la coordinación imperial. Esta contradicción
se verifica en los conflictos que se desarrollan como guerras globales y los
choques que dan lugar a guerras hegemónicas. Mientras que el primer tipo de
confrontaciones emerge de acciones conjuntas, el segundo tipo de pugnas
46.
Perry Anderson, “Algunas observaciones históricas sobre la hegemonía”, C y E, año II, No. 3, primer semestre de
2010.
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consuma
agresiones instrumentadas por cada potencia, al servicio de sus propios
intereses. Las guerras globales se diferencian en forma muy nítida de las
viejas sangrías imperialistas. Implican acciones compartidas por todos los
aliados, especialmente contra los países de la periferia. Incluyen un amplio
despliegue militar que es justificado con apelaciones a garantizar la
“seguridad”. Este último concepto es polimorfo y diluye las diferencias
clásicas entre defensa exterior (ejército) y control interno (policía); está
dirigido contra enemigos difusos (“terrorismo”) que no tienen localización
geográfica definida (“narcotráfico”). El argumento de la seguridad es utilizado
para tornar porosas las fronteras e implementar guerras preventivas, que se
sustentan en justificaciones imprecisas. Las guerras globales son
materializadas en nombre de un principio más amplio de “la seguridad
colectiva”. Este criterio relega la defensa tradicional del territorio como
argumento central de la acción bélica. Se afirma que las mafias operan a escala
mundial y deben ser combatidas en el mismo plano. Se estima que la
globalización de la violencia torna obsoletos los antiguos principios de
defensa nacional. Pero en los hechos la “seguridad global” está en manos de la
OTAN o del Consejo de Seguridad de la ONU y es utilizada de pretexto por las
potencias imperialistas para concertar alguna agresión. Con este argumento se
implementaron las guerras consensuadas de la era Clinton y la primera guerra
del Golfo. La alianza que se forjó para llevar cabo ese desembarco incluyó a 26
países, tuvo asegurada una financiación repartida, contó con el visto bueno de
todas las elites y siguió la escalada prescrita por la diplomacia imperial.
Estas incursiones multilaterales se llevan a la práctica, habitualmente, con
algún estandarte de “intervención humanitaria” (Yugoslavia, Haití). Son
precedidas por advertencias de la “comunidad internacional”, que alega alguna
violación del derecho internacional. No exigen los acuerdos puntuales entre las
potencias que se tramitaban en el pasado (dentro de la Sociedad de Naciones),
sino que se procesan constantemente en los organismos permanentes que surgieron
de la Segunda Guerra (Consejo de seguridad de la ONU). Las guerras globales
modifican sustancialmente la dinámica tradicional de las conflagraciones
interestatales; se basan en nuevos principios de intervención, regulados a
escala mundial, y sustituyen parcialmente la
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función
histórica que conservaba cada Estado para organizar la guerra en función de sus
propios criterios de soberanía territorial. Estos fundamentos han quedado
reemplazados por una acción capitalista colectiva contra las insubordinaciones
sociales y los peligros geopolíticos. Pero el carácter global de estas
intervenciones queda invariablemente socavado por el comando que ejerce Estados
Unidos. Con una red de 51 instalaciones globales para realizar desplazamientos
diarios de 60.000 efectivos en 100 países, la primera potencia tiende a
convertir las acciones globales en incursiones propias. En muchos casos,
Estados Unidos implementa directamente atropellos unilaterales para reafirmar
su dominación. Estas iniciativas se consuman en las regiones que considera
propias (Panamá, Granada) y en las zonas que incluyen recursos o localizaciones
estratégicas. La invasión a Irak que realizó Bush II constituyó un ejemplo de
esta variante de agresiones: actualizó las incursiones concebidas por Reagan en
los años 80 para restablecer la primacía norteamericana con explícitos actos de
provocación. Las guerras hegemónicas constituyen también un producto de la
tendencia norteamericana a imponer sus propias exigencias y necesidades a todos
sus socios. La primera potencia busca controlar a sus aliados, evitando
conflictos dentro del mismo campo. Pero las acciones unilaterales que
desarrolla contra terceros son también advertencias contra los miembros de su
propio campo. Esta duplicidad conduce a transformar muchas operaciones conjuntas
en incursiones propias. La guerra imperial común iniciada en el Golfo derivó,
por ejemplo, en una guerra hegemónica de Estados Unidos en Irak. Aquí fue
visible el giro del interés colectivo inicial hacia una pretensión propiamente
norteamericana. Este desemboque obedece a distintas razones. A veces surge del
fracaso de los operativos, en otros casos deriva de ambiciones específicamente
estadounidenses y en ciertas circunstancias es un resultado de la simple
dinámica de la agresión. Los voceros de políticas más pluralistas (Kissinger,
Nye) y más hegemónica (Huntington) se suceden en función del perfil que asume
cada conflicto. El imperialismo colectivo opera mediante una mixtura de guerras
globales. Resulta imposible sostener el primer tipo de operaciones sin la
conducción norteamericana y es muy difícil mantener la segunda variante sin
alguna colaboración de los socios de la tríada.
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Asociación
y mundialización La solidaridad militar entre las potencias y la acción
geopolítica coordinada que impera bajo el imperialismo actual también obedecen
a la existencia de nuevas asociaciones económicas entre capitales de distinto
origen nacional. Estos entrelazamientos han influido significativamente en el
giro del conflicto interimperial hacia las políticas compartidas que se
verifican desde posguerra. La amalgama económica acota las tensiones entre los
viejos contrincantes e induce a procesar las diferencias en un marco común. El
origen de esta internacionalización del capital fue el sostén norteamericano a
la reconstrucción de los países derrotados después de la Segunda Guerra.
Estados Unidos no desmanteló la industria ni sepultó los avances tecnológicos
de sus adversarios, sino que les concedió créditos para forjar el marco
asociado. Aunque el propósito principal de este apuntalamiento era contener el
avance soviético, el auxilio americano favoreció la gestación del patrón
económico que singulariza al imperialismo colectivo. La reindustrialización
conjunta y la constitución de formas de consumo compartidos afianzaron la
interdependencia de la tríada. Se forjó un abastecimiento concertado de
materias primas y un desenvolvimiento extraterritorial de empresas
multinacionales en áreas monetarias compatibles. Cuando la reconstitución de
posguerra concluyó y reapareció la rivalidad entre las potencias, salieron
también a flote los límites de esta coexistencia. Estados Unidos hizo valer su
primacía militar para conservar ventajas, pero nunca llevó esta presión a
situaciones de ruptura. Las empresas chocaron por el control de los principales
negocios, pero en un marco de mutua penetración de los mercados. La incidencia
inicial de las firmas norteamericanas en Europa y Japón fue sucedida
posteriormente por un proceso inverso de gran presencia de inversores y
capitales externos en la economía estadounidense. Estados Unidos recurrió al
señorazgo del dólar y a la unilateralidad comercial y sus socios respondieron
con aumentos de competitividad que acentuaron los problemas de la primera
potencia. Pero nadie quebrantó el nuevo marco de internacionalización económica
conjunta. Las presiones más fuertes hacia el mercantilismo quedaron frenadas
por la magnitud de las inversiones que las empresas localizaron en los mercados
de sus rivales. El mantenimiento de esta asociación se explica también por el
tamaño de los mercados actualmente requeridos para desenvolver actividades
lucrativas. Las grandes corporaciones necesitan actuar sobre estructuras
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de
clientes que desborden las viejas escalas nacionales de producción y venta. La
compulsión competitiva no sólo obliga a incursionar en el exterior, sino que
impone una presencia permanente en los mercados foráneos. La gigantesca
dimensión de estas operaciones crea entre los propios competidores un fuerte
sentimiento de preservación de la actividad global. Por esta razón, la
asociación internacional de capitales presenta un carácter perdurable. Más allá
de los vaivenes coyunturales, esta interpenetración expresa el elevado nivel de
centralización que alcanzó el capital. Las empresas necesitan sostener la
escala de su producción con inversiones repartidas en varios países a través de
convenios de abastecimientos situados en muchas regiones. La internacionalización
es un resultado de estas exigencias. La manifestación más visible de este
entrelazamiento es la gravitación alcanzada por las empresas transnacionales.
Unas 200 compañías de este tipo controlan un tercio de la producción y el 70%
del comercio mundial. Gestionan el 75% de las principales inversiones y casi
todas las transacciones de productos básicos. Se ha estimado que un hipotético
país conformado por estas compañías ocuparía el octavo lugar en un ranking del
poder económico y contaría con un PIB superior al vigente en 150 países. La
“fábrica mundial” y el “producto mundial” no son la norma actual, pero
constituyen una tendencia del capitalismo contemporáneo[47]. Estas compañías
compiten entre sí mediante segmentaciones productivas y especializaciones
tecnológicas para usufructuar la explotación de la fuerza de trabajo y
protagonizan intensas carreras para reducir costos y ampliar las ganancias,
pero necesitan conservar un marco de convivencia global para sostener esta
batalla. La ofensiva del capital contra el trabajo que consumó el
neoliberalismo reforzó esta asociación de capitales en los tres terrenos de
mundialización, esto es, el financiero, la internacionalización productiva y la
liberalización comercial. Este proceso es congruente con otras tendencias
globalizantes, como la homogenización del consumo, los agronegocios, las
articulaciones fabriles y la deslocalización de la producción y los servicios.
Este salto de la mundialización constituye una transformación clave de la
economía capitalista. Los cuestionamientos a la presentación apologética de
este viraje como un destino inexorable o favorable al progreso de la
47.
Hemos desarrollado este tema en: Claudio Katz, “Desequilibrios y antagonismos
de la mundialización”. Realidad Económica, No. 178, febrero-marzo 2001, Buenos
Aires, Argentina.
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humanidad,
no deben conducir a la negación de su ocurrencia. Tal como sucedió en etapas
precedentes al capitalismo, un período de estabilización politicoeconómica bajo
el padrinazgo de la potencia dominante facilitó las transformaciones
cualitativas del sistema. En el periodo actual, la asociación económica ha
apuntalado la gestión imperial conjunta.
Coordinación
acotada El significativo avance que se ha registrado en la internacionalización
económica no tiene correspondencia directa en el plano estatal. Hay mayor
asociación productiva, comercial y financiera, sin contraparte institucional.
Sólo existe una variedad limitada de organismos globalizados (FMI, OMC, BM), en
un marco de instituciones regionalizadas (UE, ASEAN, MERCOSUR, NAFTA). El
soporte real de estas estructuras son los viejos aparatos estatales, que operan
a escala nacional. Este escenario ilustra el alcance limitado de una
mundialización que avanza sin desbordar ciertas fronteras. Hay mayor movilidad
de los capitales financieros, pero en radios controlados por los distintos
países. El comercio internacional ha crecido por encima de la producción, pero
mediante intercambios que atraviesan las aduanas. Las empresas transnacionales
actúan en todo el planeta, pero amoldadas a las regulaciones que fija cada
Estado. Los dueños de estas compañías mantienen sus pertenencias de origen y
operan dentro de sistemas productivos que utilizan parámetros de competitividad
nacional. Estos indicadores influyen sobre el perfil que asumen todas las
compañías. Los Estados nacionales persisten, por lo tanto, como un pilar
subyacente de la nueva estructura crecientemente globalizada. Esos organismos
continúan actuando como mediadores de la actividad económica y como
coordinadores del imperialismo colectivo. A diferencia del pasado, las
políticas económicas nacionales están sujetas a convenios y condicionamientos
multilaterales, pero el FMI o la OMC sólo pueden instrumentar sus propuestas a
través de los ministerios y los funcionarios de cada país. Esta perdurabilidad
de los Estados nacionales obedece a su rol insustituible en la gestión de la
fuerza de trabajo. Sólo partidos, sindicatos y parlamentos nacionales pueden
negociar salarios, garantizar la estabilidad social y monitorear la
segmentación laboral que requiere el capitalismo. Únicamente las instituciones
que operan bajo el paraguas de los Estados nacionales pueden negociar
contratos, discutir despidos y limitar
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las
huelgas que obstruyen la acumulación. Ninguna entidad global cuenta con
sistemas legales, tradiciones sociales o legitimidad política suficiente para
asegurar esa disciplina de la fuerza laboral. Esta gravitación de los Estados
nacionales –en un marco de creciente globalización– obedece, en parte, a la
ausencia de burguesías mundiales. Hay mayor entrelazamiento de las clases
dominantes de distintos países, pero no existen bloques transnacionales
indistintos. Las convergencias multinacionales no han disuelto las viejas
pertenencias que aún cohesionan a los banqueros, a los industriales y a los
rentistas. Esos alineamientos entre connacionales persisten en un contexto de
nueva gestión internacionalizada de los negocios. Las viejas solidaridades de
origen no han quedado sustituidas por los nuevos conglomerados
transfronterizos. Lo que existe es una mayor integración mundial de actividades
económicas, que genera afinidad de compromisos político-militares. Pero estas
asociaciones operan en el marco de los Estados nacionales existentes a través
de cambios en el balance de fuerzas entre los sectores locales y globalizados
de cada grupo dominante. Tales equilibrios difieren sustancialmente en las
distintas regiones. En Estados Unidos se afirma la gravitación de los segmentos
internacionalizados, pero persiste la incidencia de los grupos dependientes del
mercado local. En Europa se está construyendo una clase capitalista continental
con distintos vínculos de asociación extraregional en cada país. En Canadá,
Suiza u Holanda el nivel de entrelazamiento mundial de los dominadores supera
el promedio general y en Japón se sitúa por debajo de esa media. Estas
diferencias retratan la inexistencia de un proceso uniforme de
transnacionalización y demuestran el carácter sinuoso de un proceso que
continúa mediado por la ubicación que mantiene cada Estado en el concierto
internacional de las naciones. Los ritmos de mundialización de cada grupo
dominante dependen, a su vez, de la inclinación transnacional de las capas
gerenciales y burocráticas de cada país. El giro mundialista es más pronunciado
en los altos funcionarios y directivos que comparten costumbres cosmopolitas.
Cuanto mayor es la responsabilidad de estos sectores en las empresas
transnacionales o en los organismos internacionales, menor afinidad mantienen
con su vieja pertenencia nacional. Frecuentemente preservan una identidad dual.
Pero esta evolución no se extiende al grueso de las clases dominantes. El
proceso de integración multinacional se mantiene sujeto a las mediaciones de
los viejos aparatos estatales, generando grandes contrasentidos.
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Las
clases dominantes utilizan, por ejemplo, el discurso de la globalización para
atropellar a la clase obrera, pero bloquean la extensión de este principio a la
libre movilidad de los asalariados. Aceptan la mundialización del capital, pero
no del trabajo. Promueven la internacionalización de los negocios, pero
rechazan su aplicación a cualquier acto de solidaridad social. Esta dualidad
constituye tan sólo una muestra de las nuevas contradicciones en curso.
Límites
y dimensiones El imperialismo ha globalizado su acción en un marco de
rivalidades continuadas y pertenencias a Estados diferenciados. Esta gestión
común ha modificado las formas de la dominación, que en el pasado se conjugaban
en plural (choque de potencias), pero en la actualidad se verbalizan en
singular. Hay un imperialismo colectivo
en el centro de la escena internacional. Pero la inexistencia de un Estado
mundial preserva la gravitación de las instituciones nacionales. La
reproducción internacionalizada del capitalismo continúa desenvolviéndose por
medio de múltiples Estados. Esta convivencia demuestra que no existe una
relación mecánica entre la integración global de los capitales y el surgimiento
de un Estado planetario. Las propias fracciones internacionalizadas necesitan
utilizar la antigua estructura estatal para viabilizar políticas favorables a
su inserción global. Sólo desde esa plataforma pueden impulsar leyes que
liberalicen la entrada y salida de los fondos financieros, medidas favorables a
la reducción de los aranceles y políticas de promoción de las inversiones
foráneas. No existe ningún otro mecanismo para instrumentar esas iniciativas.
Únicamente las burocracias nacionales pueden promover o bloquear esos procesos.
Un resultado paradójico de la mundialización en curso es esta dependencia de
las reglas vigentes en cada territorio. Ningún organismo multilateral puede
asegurar la estabilidad de los negocios sin el auxilio de instituciones legales
o coercitivas tradicionales. El Estado burgués nacional es la construcción
histórica que sostuvo el surgimiento del capitalismo. Esa entidad fijó todas
las normas que rigen la competencia por beneficios surgidos de la explotación.
No es fácil reemplazar ese organismo por otro más adaptado a la
internacionalización que ha registrado el sistema. Esta falta de sincronía
entre la mundialización del capital y sus equivalentes en el terreno de las
clases y los Estados genera permanentes tensiones. Si bien hay mayor
coordinación económica, los representantes políticos de
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los
distintos Estados no traducen directamente el interés transnacional de las
empresas asociadas. Como todas las negociaciones se procesan a través de
mediaciones variadas, siempre emerge alguna disonancia. Incluso las
convergencias económicas que se alcanzan en la OMC, el BM o el FMI no tienen
contrapartida directa en la ONU o el G-7. En última instancia, la creciente
mundialización choca con rivalidades económicas que socavan los paraguas
políticos de esa internacionalización. Este escenario de constantes
desequilibrios fragiliza los organismos multilaterales, desestabiliza a los
Estados nacionales y reduce la legitimidad de todos los artífices de la
mundialización. Los obstáculos que actualmente enfrenta el imperialismo
colectivo provienen de ese debilitamiento. Para cumplir con la meta neoliberal
de internacionalizar los negocios atropellando a los trabajadores, los Estados
nacionales redujeron en las últimas décadas todas las conquistas de posguerra.
Rentabilizaron los negocios, pero quebrantaron la autoridad burguesa acumulada
durante la era de concesiones sociales. El resultado de esta gestión regresiva
es una pérdida de legitimidad que socava el propio sustento social que requiere
la reproducción del capital. Esta erosión se acentúa día a día con la
delegación de facultades nacionales hacia los organismos supranacionales.
Dichas transferencias corroen las viejas soberanías a medida que irrumpe el
nuevo poder de decisión que asumen las instituciones regionales o globales. Un
proceso destinado a fortalecer la mundialización termina, entonces,
deteriorando este objetivo al amputar la autoridad a los viejos Estados que
sostienen la internacionalización en curso. El capitalismo contemporáneo se
encuentra sometido a una presión mundializante que acentúa los desequilibrios
del sistema. La compulsión a expandir la acumulación a todos los rincones del
planeta está afectada por los obstáculos que genera esa universalización. Por
esta razón, las formas de gestión económica asociada que facilita el
imperialismo colectivo están permanentemente obstruidas por tensiones
geopolíticas. La imagen armónica de la globalización como una sucesión de
equilibrios mercantiles planetarios, sólo existe en la ensoñación neoliberal.
El capitalismo realmente existente está acosado por tensiones intensas que
exigen la intervención imperial para asegurar la continuidad del sistema. Sin
marines, pactos del G-20 y ultimátums de la ONU, ninguna empresa transnacional
podría garantizar su actividad.
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El
imperialismo contemporáneo utiliza la violencia para brindar el mínimo de
estabilidad que requiere la internacionalización del capital. Desenvuelve esta
función en una triple dimensión de coordinación de económica, asociación
política y coerción militar. Es importante registrar estas variadas
dimensiones, para evitar las caracterizaciones unilaterales del fenómeno.
Cuando se denuncian sólo las atrocidades bélicas resulta posible suscitar la
indignación colectiva, pero no se esclarecen las motivaciones geopolíticas ni
la lógica económica de estas tragedias. Cuando se pone el acento sólo en la
perfidia de la diplomacia tradicional, el sostén militar y los intereses
financieros e industriales que motivan el accionar imperialista quedan
ensombrecidos. Cuando se resaltan únicamente los propósitos de lucro, no se
capta la amplia gama de recursos políticos y armados que utilizan las potencias
para imponer sus prioridades. En última instancia una visión totalizadora del
imperialismo contemporáneo presupone una comprensión igualmente abarcadora del
capitalismo actual. Las carencias en uno u otro terreno impiden entender la
dinámica del sistema vigente. Lo esencial es notar que el imperialismo
contemporáneo incluye una gestión colectiva de la triada bajo la protección
militar norteamericana. Esta preeminencia impide un manejo equitativo del orden
mundial, pero introduce formas de administración que sustituyen el viejo
escenario de guerras interimperiales por una combinación de incursiones
conjuntas y agresiones específicas de cada potencia. Esta solidaridad militar
obedece, a su vez, al peso alcanzado por nuevas asociaciones económicas entre
capitales de distinto origen nacional. Para comprender esta evolución es muy
útil observar lo ocurrido en la última década.
DESAFIANTES,
ADVERSARIOS Y ALIADOS
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Desde
el 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos reforzó su papel de gendarme
internacional: inició –con acciones que apuntan contra sus viejos enemigos, sus
nuevos adversarios y sus tradicionales aliados– un ciclo de agresiones
tendientes a contrarrestar los desafíos que afronta en varios frentes.
Intervencionismo
generalizado Desde el fin de la guerra fría el Pentágono ha extendido su red de
bases militares. Ingresó en varias regiones anteriormente vedadas (Báltico,
Europa Central, Ucrania, Asia Central), acrecentó su presencia en América
Latina e irrumpió en África. Estados Unidos ejerce un rol determinante en los
conflictos armados, como invasor, instigador, proveedor de pertrechos o sostén
de los bandos en pugna. Actúa en forma directa o lateral en todas las sangrías
de África (Sudán, Chad y Somalia), Asia (Sri Lanka y Pakistán) y Medio Oriente
(Afganistán, Irak, Libia). El rol jugado por la CIA en estos choques es sólo
conocido mucho tiempo después de su ocurrencia. Hay un trabajo sucio de los
servicios de inteligencia financiado con enormes partidas del presupuesto
militar. La penetración del espionaje en las actividades tradicionales de la
diplomacia tradicional se acrecienta día a día. En las zonas de ocupación se
recurre a bombardeos sistemáticos contra la población civil, que la prensa adicta
describe como “daños colaterales”. Los asesinatos de ciudadanos indefensos son
presentados como acciones necesarias contra el terrorismo. Disparar a mansalva
y balear a los sospechosos son ejercicios habituales de los marines en
Afganistán o Irak[48]. Esa brutalidad aumenta en proporción al número de
mercenarios incorporados a las tareas de ocupación. Las empresas de seguridad
actúan sin ninguna atadura a las reglas militares y cuentan con protección
oficial para comportarse como pistoleros. Estos actos de salvajismos son la
carta de presentación que utilizan las compañías para obtener nuevos contratos
del Pentágono[49]. La comandancia norteamericana monitorea formas inéditas de
terrorismo de Estado mediante secuestros y torturas que se realizan en una red
48.
En el video “Collateral Murder”, filtrado por wikileaks en abril de 2010, se
observa cómo operan este tipo de asesinatos de personas (y periodistas) que
caminaban pacíficamente por una plaza. Ver: www.collateralmurder.org 49. Una de
estas firmas (Blackwater) ha extendido con otro nombre (Xe Services) su oferta
de trabajos sucios a la actividad civil, La Jornada, México, 1-10-2010.
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mundial
de cárceles clandestinas. Los prisioneros soportan condiciones inhumanas, son
trasladados de un punto a otro y tienen anulado el derecho de defensa. La mitad
de los detenidos en Guantánamo es totalmente inocente de las acusaciones que
condujeron a su secuestro. También se ha perfeccionado el asesinato selectivo a
través de unidades especializadas. El ajusticiamiento de Bin Laden constituye
el ejemplo más reciente de esta modalidad de terrorismo estatal. El líder de Al
Qaeda no fue apresado como otros personajes semejantes (Noriega, Sadam) para
ser exhibido en algún tipo de tribunal, sino que fue directamente acribillado
por un comando elogiado por Obama. El relato infantil que montó el Departamento
de Estado para presentar ese crimen como un acto heroico no logró ocultar que
simplemente liquidaron un individuo desarmado. La inmediata eliminación del
cadáver incrementa las sospechas de una operación realizada con total impunidad
extraterritorial. Al aplicar el método israelí de ultimar a los adversarios en
cualquier parte del planeta, Estados Unidos convierte la violación de la
legalidad internacional en un hábito de sus incursiones. El desprecio por la
vida humana es el fundamento de una nueva doctrina de guerra perpetua y
destrucción de las poblaciones elegidas como blanco. La justificación de la
agresión sigue un guión estándar de argumentos simplistas. Se presenta al
enemigo como un “dictador hitlerista” (Sadam) y se invade el país para evitar
un “holocausto de inocentes” (Haití, Sierra Leona). Los ataques ejemplares son
alentados como forma de impedir que los “tiranos se envalentonen”, afectando la
“seguridad mundial”. Toda la artillería es concentrada en un “eje del mal” de
países ingobernables o “estados fallidos” (Corea del Norte, Irán o Venezuela)[50].
Estados Unidos afirma que debe ejercer su “responsabilidad en la protección de
los civiles”. Pero termina consumando masacres que se ubican en las antípodas
de cualquier “intervención humanitaria”. Las agresiones siempre se perpetran
con alusiones a la libertad y la democracia, hasta que salen a flote los
verdaderos propósitos. En ese momento se destapa que lo importante en Irak era
el petróleo (y no las armas de destrucción masiva), que en Panamá el problema
era el canal (y no las drogas) y que Afganistán es un sitio geopolítico
esencial (con o sin Bin Laden). El imperialismo redobla la apuesta frente a
cada obstáculo y
50.
Un informe militar reciente de esta política denominado “Army Modernization
Srategy” ilustra esa estrategia. Clarín, Buenos Aires, 14-10-08.
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responde
con nuevas convocatorios guerreristas ante cualquier “peligro que afronte
Occidente”.
Continuismo
y degradación Obama ha mantenido sin cambios esta política belicista y abandonó
sus promesas de moderar la agresividad: perpetúa Guantánamo, preserva la
censura militar, avala la tortura, alienta a las tropas y repite las mismas
vulgaridades que Bush sobre el terrorismo. Sólo modificó el estilo y transformó
un discurso prepotente en retórica calibrada para restablecer alianzas y
obtener más recursos. Esta continuidad ha generado decepción y el receptor del
premio Nobel de la Paz ya fue penalizado por el electorado con expectativas
progresistas. Obama retoma la política de Bill Clinton, que encubrió con
disfraces humanitarios los ataques a Somalia (1992-93), los bombardeos de
Bosnia y los Balcanes (1995), la agresión a Sudán (1998), la incursión en
Kosovo (1999) y el hostigamiento de Irak (1993-2003), y actualiza el paradigma
de “guerras justas” y concertadas, que durante los años 90 se implementaron en
nombre de la globalización y el multilateralismo. Con ese molde corrige los
excesos de la soberbia unipolar de Bush, buscando garantizar los objetivos
militares que comparten los legisladores demócratas y republicanos. Pero el
belicismo imperial genera una degradación moral que desestabiliza a la sociedad
norteamericana. Las aberrantes torturas y azotes en las cárceles de Irak y la
conducta de un ejército dominado por el racismo y el acoso de mujeres, generan
fuertes repercusiones internas. Los testimonios y las perturbaciones
psicológicas de los veteranos conmueven a gran parte de la población. La pérdida
de la ética militar genera angustias entre muchos retornados del frente y
existen numerosos casos de suicidio. También la privatización de la guerra a
favor de mercenarios con mayores sueldos que sus pares regulares potencia la
descomposición del ejército. Esta formación combate sin motivaciones altruistas
y sus efectivos se reclutan entre una subclase de pauperizados, minorías
(latinos y afros) y grupos con problemas legales de drogadicción, quienes son
incitados a la matanza a través de entrenamientos que convierten el asesinato
en un hecho corriente. Pero esas infamias acrecientan un malestar interno que
comienza a tomar estado público. La agresividad imperial externa se traduce,
además, en un recorte de las libertades democráticas. Resulta imposible
masacrar afuera y preservar dentro del país un sistema de información
irrestricta. El giro
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desafiantes,
adversarios y aLiados
hacia
el totalitarismo interno incluye mayor control sobre la difusión de los
acontecimientos bélicos. El espionaje interno ha quedado desbordado en Estados
Unidos por una enorme red de agencias. Estas entidades receptan y almacenan
diariamente un cúmulo ingobernable de información, que nadie logra procesar y
coordinar con alguna seriedad. El número creciente de personas con acceso a los
sistemas clasificados ha deteriorado también el carácter confidencial de esa
actividad, y muchos secretos salen a la superficie. Hay casos de hackers que
difunden esa información por competencia informática o por simple afán de
gloria. Pero también hay reacciones frente a la barbarie militarista. El
periodismo militante tiende a multiplicarse para contrarrestar la censura de
impuesta a la prensa[51]. La militarización interna es un efecto de la paranoia
que ha generado la cruzada contra el terrorismo. El Estado policial hace
germinar fuerzas más descontroladas entre una población habituada al uso de las
armas, al racismo y a la persecución de inmigrantes. Algunas leyes en danza
autorizan la detención de un individuo por cualquier tipo de sospecha. La
agresión imperial socava las tradiciones democráticas a medida que la
brutalidad externa incentiva el salvajismo en casa. El trato brutal que
soportan los presos comunes es otro ejemplo de esta regresión. La tasa de
encarcelamientos en Estados Unidos es cinco veces superior al promedio
internacional. Los detenidos pobres no pueden solventar su defensa y existe un
ambiente fascista en todas las prisiones, administradas como negocios privados.
En este clima militarista se apoya la derecha norteamericana, que perdió fuerza
durante el ocaso de Bush y recupera posiciones ante la impotencia de Obama.
Este sector incentiva la intolerancia y las supersticiones religiosas con ideas
trogloditas sobre el aborto y el uso del rifle. Su nuevo vocero, el Tea Party,
aprovecha la desesperación que genera el desempleo, la fragilidad del los
sindicatos y las dificultades de los movimientos críticos. La propaganda
reaccionaria es solventada por un sector de la plutocracia gobernante, que ha
convertido las campañas electorales en torneos de gasto publicitario. Los
medios de comunicación han perfeccionado todas sus técnicas de desinformación
para que la población ignore las barbaridades que realizan los marines.
51.
Un informe de estas tensiones en Página 12, Buenos Aires, 25-7-10.
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En
la actualidad, los distintos grupos derechistas conforman la base social del
imperialismo norteamericano y brindan, a través de mensajes esquizofrénicos,
soporte a todas las cruzadas internacionales. Por un lado exaltan la democracia
y la libertad de todos los ciudadanos del mundo y por otra parte realzan la
superioridad estadounidense y el desinterés por el resto del mundo. Esta
ideología persigue varios objetivos geopolíticos.
Bloquear
a los adversarios El imperialismo norteamericano enfrenta actualmente el
ascenso de un grupo de países de creciente gravitación, como China, India,
Brasil, Sudáfrica y Rusia, los cuales han sido bautizados con el término de
emergentes por sus enormes recursos demográficos, naturales y militares o por
su experiencia en la dominación político-militar. Esta irrupción representa un
serio desafío para la primera potencia. El ritmo de expansión de esos países no
se detuvo con la crisis financiera de 2008-2010. Mientras que las economías
centrales afrontaban los efectos de una severa recesión, los emergentes
mantuvieron un importante nivel de actividad. Esa asimetría explica los
intensos debates sobre acoples, desacoples y reacoples que rodearon a esa convulsión.
Este nuevo grupo de países se perfila como un tercer bloque, igualmente
distanciado de las economías avanzadas y del Tercer Mundo. Mantiene una
participación limitada en el PIB global, que se incrementa año tras año (del
14% en 2007 % al 18% en 2010). En este último año, el conglomerado creció tres
veces más que las economías avanzadas y registró deudas públicas en disminución
y clases medias en expansión. En contraposición, estos dos últimos indicadores
presentan una evolución muy negativa en la tríada. En el año 2000, sólo 26 de
las mayores 500 empresas (por su nivel de capitalización bursátil) pertenecían
al grupo emergente. En la actualidad llegan a 119 y han liderado varios
procesos de adquisiciones de grandes firmas. Además, un tercio de los bonos del
tesoro estadounidense se encuentra actualmente acumulado en sus Bancos
Centrales[52]. La nueva gravitación de estas economías quedó consagrada en el
esquema de jerarquías mundiales que introdujo el G-20. Este agrupamiento ha
modificado la administración de las turbulencias globales que imperó en los
años 80 o 90 en torno al restringido G-7. Se ha conformado
52.
Un análisis en La Nación, Buenos Aires, 5-9-2010.
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un
nuevo club de participantes de las cumbres presidenciales, el cual marginó al
G-192 de las Naciones Unidas pero ensanchó el núcleo de los principales
decisores. Existen varias denominaciones para tipificar al nuevo agrupamiento.
El término BRICs (que introdujo Goldman Sachs) es descriptivo y se emparenta
con invenciones mediáticas muy ingeniosas, pero poco consistentes. Lo
importante es percibir cómo el ascenso de estas economías desafía los viejos
liderazgos imperiales. Son países con rasgos semiperiféricos, que comienzan a
ocupar las frecuentes situaciones intermedias que ha registrado la historia del
capitalismo. En ese terreno se ubicaron en el pasado las potencias que
alcanzaron liderazgos (Estados Unidos, Alemania, Japón), los países que no
continuaron ese ascenso (Suiza, Bélgica, España) y los que se extinguieron como
fuerzas relevantes (Italia). Es evidente que la gravitación geopolítica de los
emergentes aumenta, especialmente en los entornos regionales más próximos. Este
rol se verifica en las acciones de ejercicio de la autoridad zonal, que en los
años 60 fueron bautizadas con el término de “sub-imperialismo”. Tales
iniciativas repiten los pasos recorridos por las potencias que buscaron
alcanzar un estatus internacional significativo. Este proceso suscita gran
preocupación en los círculos conductores del imperialismo norteamericano,
puesto que el ascenso de sus desafiantes actuales difiere del registrado
durante la posguerra. En ese período emergieron varias economías occidentales
asociadas (Canadá, Suecia, Australia) y un núcleo de aliados confiables (Japón,
Alemania, Corea del Sur). Esos países mantenían una relación de estrecha
subordinación hacia Estados Unidos, que no comparte el grupo que despunta en la
actualidad. Frente a este escenario, el gigante del Norte recurre a una
variable combinación de presiones, alianzas y amenazas. Su estrategia general
está dictada por el objetivo de frenar a China, disuadir a Rusia, cooptar a
India y coordinar el avance de los poderes específicamente zonales de Brasil y
Sudáfrica. Esta política también incluye sostener a Arabia Saudita, vigilar a
Turquía y poner en cuarentena a Pakistán, y se consuma tomando distancia de las
deliberaciones en la ONU y reforzando el sistema global de bases militares[53].
El Departamento de Estado trabaja intensamente para evitar que el grupo
emergente se constituya como un bloque geopolítico independiente
53.
Una descripción de esta múltiple estrategia en: Juan Gabriel Tokatlian, “Una
tentación imperial que aún no ha cedido”, Clarín, Buenos Aires, 30-11-10.
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con
agendas propias e iniciativas coordinadas. Hasta el momento ese alineamiento
sólo ha realizado algunas reuniones (Ekaterimburgo 2009, Brasilia 2010), que no
definieron políticas comunes. Estados Unidos pretende aprovechar el estadio
inicial de este proceso para promover la dispersión del grupo. Las elites de la
primera potencia son conscientes de la existencia de un posible escenario
multipolar de mayor equilibrio entre las fuerzas capitalistas del planeta. En
este contexto se podría forjar un contrapeso, que los líderes norteamericanos
buscan contrarrestar mediante la fractura del nuevo bloque. El principal
instrumento para propiciar esta división es la cooptación de ciertos
adversarios a una asociación unilateral con el imperialismo dominante. Esta captura
es presentada como una construcción de “nuevas gobernanzas mundiales”, que en
los hechos preserva la conducción norteamericana. Pero esta política exige
también reconocerle a cada subpotencia un derecho de opresión regional en sus
esferas de influencia. También en el plano económico Estados Unidos emite
tentadoras ofertas de alianzas bilaterales. Aquí aprovecha la fuerte distancia
que todavía separa a cualquier economía emergente de los países desarrollados.
Por el alto nivel de pobreza y desigualdad, el ingreso per cápita de los BRICs
se mantiene muy por debajo del promedio de las principales potencias y del
grueso de los países europeos. Antes del estallido de la crisis reciente, el
acceso comercial al mercado interno norteamericano constituía la principal
carta de negociación estadounidense. Esa oferta se ha reducido, pero no ha
desaparecido, y permite tantear convenios bilaterales con cada país para
abastecer al principal importador del planeta.
Cooptación
y fracturas Para alentar las tendencias centrífugas, el imperialismo
norteamericano refuerza las relaciones privilegiadas que mantiene con las
clases dominantes del bloque emergente. Esos sectores prosperaron bajo el
neoliberalismo y se forjaron al calor de las privatizaciones, buscando emular
el estilo de enriquecimiento y consumo de sus pares estadounidenses. Esta
herencia de comportamientos choca con la consolidación de proyectos coordinados
entre las economías que emergen. Las elites de estos países no tienen ninguna
intención antiimperialista. Priorizan alianzas con el padrino norteamericano y
observan con terror
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cualquier
insubordinación popular en los escenarios sociales explosivos en que actúan. La
experimentada diplomacia norteamericana conoce estos contextos y apuesta a
frustrar la consolidación de los emergentes, recordando los bruscos cambios del
contexto internacional que se han observado en las últimas décadas. Del ascenso
de los “No Alineados” durante el auge de los petrodólares, se pasó en los 80 a
un colapso de endeudamiento y regresión de la periferia. Luego sobrevino el
avance y estancamiento de Japón, el despertar y la crisis del Sudeste Asiático
y las frustradas promesas de la Unión Europea. Si se repiten estas
oscilaciones, la performance de las economías intermedias podría cambiar con
vertiginosa celeridad. Estados Unidos desenvuelve dos políticas muy distintas
frente a los integrantes del bloque emergente. Un segmento es tratado con
tolerancia y disposición a reconsiderar las formas de asociación con la primera
potencia. Otro grupo recibe respuestas amoldadas a un rival a neutralizar.
Mientras que India, Brasil y Sudáfrica son vistos como socios perdurables,
Rusia y China son observadas con recelo y decisión de frenar su expansión. La
estrategia de asociación subordinada guía las relaciones con el primer grupo.
Esta política incluye la aceptación de un nuevo margen de autonomía para forjar
coordinaciones hegemónicas en distintas regiones del planeta. El empalme en
cuestión es muy visible en el caso de la India. El viraje pronorteamericano de
sus clases dominantes es aprovechado por el imperialismo para reordenar el
complejo ajedrez en una zona repleta de conflictos sociales, nacionales y
fronterizos. Estados Unidos avala la gestión dominante de la India en sus áreas
de influencia y aprueba, por ejemplo, la campaña contra los tamiles de
Ceylán[54]. Un visto bueno semejante reciben los gobernantes sudafricanos para
estabilizar el sur del continente negro. La influencia geopolítica de esta
ascendente subpotencia se afianzó desde el fin del apartheid, junto a la
expansión de las empresas radicadas en Johannesburgo. Aunque este
desenvolvimiento puede generar conflictos competitivos con las firmas
norteamericanas, Estados Unidos incentiva la función ordenadora que cumple
Sudáfrica en el continente más desgarrado del planeta[55].
54.
Un análisis en: Siddharth Varadarajan, “India ávida de reconocimiento”, Le
Monde Diplomatique, Buenos Aires, noviembre de 2008. 55. Ver: Patrick Bond, El
imperio norteamericano y el subimperialismo sudafricano, en Socialist Register,
CLACSO, Buenos Aires, noviembre, 2005.
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El
mismo tipo de estrategia impera frente a Brasil, que también experimenta una
fuerte expansión económica y geopolítica. Estados Unidos observa con disgusto
como este país motoriza la gestación de una OEA sin su presencia (a través del
Grupo Río), pero también toma nota del estrecho contacto que ha mantenido con
el Pentágono durante la ocupación militar de Haití. Esta acción ejemplifica las
nuevas formas de convergencia hegemónica, que el poder estadounidense concede a
su socio. Como Brasil no cuenta con armas nucleares, ni con tradiciones
recientes de expansión militar, la primera potencia incentiva esta gestión
común[56].
China
y Rusia Las estrategias de alianza que promueve Estados Unidos con ciertos
países difieren de las políticas impulsadas frente a sus viejos adversarios
Rusia y China. Las décadas de fuerte conflicto se distendieron con el fin de la
guerra fría, pero ambos países continúan encabezando el listado de rivales
estratégicos. Frente a ellos persiste una actitud bélica de disuasión. Estados
Unidos intentó la neutralización total de Rusia cuando se desplomó la Unión
Soviética. Vio la oportunidad de desarmar a su principal oponente de los años
50-60 y aprovechó el autodestructivo giro neoliberal de las elites del país
para intentar la desmilitarización de su viejo enemigo. Robó secretos bélicos,
infiltró las comandancias del ejército y sobornó a los funcionarios dispuestos
a rematar por migajas los restos de la URSS. Pero el imperialismo montó,
además, un cerco con escudos antimisiles avalado por sus nuevos vasallos de
Europa del Este y Asia Central. Con este sistema llevó a su viejo antagonista a
una situación de indefensión absoluta. El ingreso de los países bálticos y
Polonia a la OTAN completó este cerrojo, y la conversión de las viejas
repúblicas soviéticas en satélites norteamericanos reforzó el asedio. Georgia
se transformó en un servidor del imperio, y los pequeños protectorados de la
ONU, como Kosovo, utilizaron el disfraz de la independencia para instalar bases
del Pentágono. Pero esta política de sometimiento de Rusia suscitó finalmente
una reacción de los propios dirigentes del país, que aprendieron en su nueva
práctica de clase capitalista la conveniencia de sostener la integridad
territorial. Los oligarcas que comandan la economía y los déspotas que manejan
el Estado captaron la imposibilidad de sostener sus negocios si
56.
Desarrollamos este tema en: Claudio Katz, Latinoamérica, “El peculiar ascenso
de Brasil” en Las disyuntivas de la izquierda en América Latina, Edición
cubana, Colección. Nuevo Milenio, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana,
2010.
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continuaba
la desarticulación nacional que inició Yeltsin. Por esta razón comenzó el
viraje de Putin hacia la reconstrucción del poder militar. El objetivo es
asegurar el control sobre las enormes riquezas energéticas y proteger con la
fuerza el petróleo, los oleoductos y los gasoductos[57]. La brutal paliza que
propinaron las tropas rusas a Georgia ejemplifica esa reacción. El país se
endureció además con la OTAN y exigió congelar el sistema de misiles erigido en
Europa Oriental como condición para encarar cualquier negociación sobre temas
de seguridad, dio por finalizado el desarme y duplicó en la última década el
gasto militar. En este nuevo marco, Estados Unidos oscila entre continuar la
presión fronteriza y aceptar el estatus bélico de Rusia. Por un lado, tantea el
mantenimiento de los misiles, compite por el control militar del Ártico y
rivaliza por el padrinazgo de regiones con recursos naturales. La crisis de
Kirguistán se dirime, por ejemplo, como una disputa de influencias en un
territorio con bases norteamericanas y rusas. Pero, por otra parte, el
Departamento de Estado negocia con Rusia reconociendo autoridad subimperial.
Esa actitud ha predominado frente a las demandas nacionales de los chechenos.
El gigante eslavo perdió la primera oleada de batallas contra ese pueblo
(1994-96) y lanzó una segunda guerra (desde 1999) con grandes masacres de la
población civil. Estados Unidos oculta especialmente estas matanzas por
enemistad común ante cualquier insurrección islámica. En esta “lucha contra el
terrorismo”, Rusia y Norteamérica reencontraron estrechos puntos de acuerdo.
Pero la definición más compleja que enfrenta la primera potencia es la
estrategia a seguir frente a China. Allí se localiza el principal competidor de
la supremacía norteamericana. Es una amenaza que ya está a la vista en el
terreno económico. El avance del rival oriental se ha tornado incontenible en
las últimas décadas y se afianzó en la última crisis financiera. China se
afirma como segunda economía del mundo, luego de superar a Japón. Mantiene un
promedio de crecimiento del 10% anual y se ha transformado en el mayor
exportador del planeta. Encabeza la tabla mundial de fabricantes de autos y
alberga el principal mercado de nuevos vehículos. Como se transformó en el
principal usuario de energía, ya lidera la emisión de monóxido de carbono[58].
57.
Ver: Boris Kagarlistky, “El estado ruso en la era del imperio norteamericano”,
El imperio recargado, CLACSO, Buenos Aires, 2005. 58. Un informe en: The
Guardian-Clarín, Buenos Aires,
17-8-2010.
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Las
consecuencias geopolíticas de ese progreso se vislumbran en la presencia de la
sombra china en todas las regiones con recursos naturales. Las empresas
orientales conquistan espacios en los países asiáticos y en cualquier zona de
África o América Latina con gas, petróleo, minerales o insumos agrícolas. Este
dinamismo oriental desestabiliza la pretensión norteamericana de preservar su
liderazgo imperial. El incremento del gasto militar chino –que saltó de la
moderación a la expansión en la última década– es también un dato relevante. El
avance chino ha generado más desconcierto entre los diseñadores de la política
exterior estadounidense que la irrupción japonesa de los años 80. Hay varias
estrategias abiertas en un abanico de posturas beligerantes (promovidas por
Pentágono) y conciliatorias (alentadas por las empresas transnacionales). Un
sector (Kaplan y Mearsheimer) propone retomar la guerra fría y crear un clima
beligerante entre los aliados de la zona (Japón, Australia, Taiwán y Corea del
Sur) para reproducir el hostigamiento que debilitó a la Unión Soviética. Otra
postura (Pinkerton) promueve incentivar los conflictos con otras potencias
(India, Japón) para lucrar con el debilitamiento de todos los competidores.
Otra tesis (Kissinger y Brzezinski) sitúa la amenaza china sólo en el flanco
económico y busca formas de asociación. Durante su gestión Bush no privilegió
ninguna de estas opciones, y esta vacilación persiste con Obama[59]. Esta misma
variedad de posturas se verifica en la contraparte china. Hasta ahora ha
prevalecido la fracción de la elite costera, que promueve preservar estrechas
relaciones económicas con Estados Unidos con el propósito de mantener la
primacía de las exportaciones y el financiamiento de un socio privilegiado.
Esta orientación limita todos los ensayos de giro hacia el mercado interno, la
mayor inversión en el agro y la apreciación del yuan. La postura opuesta
propone diversificar las acreencias y tomar distancia del deudor
norteamericano. Propugna por contrarrestar los desequilibrios que genera un
esquema exportador, que descontrola la afluencia rural hacia las ciudades,
mantiene los salarios contraídos y limita el consumo de los sectores más
humildes. La influencia de este sector es mayor en las
59.
La caracterización de estas estrategias es expuesta por: Giovanni Arrighi, Adam
Smith en Pekín, Akal, 2007, (cap. 10).
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provincias
del interior y no logra preeminencia entre los conductores de la política
exterior oriental[60]. Las indefiniciones de los grupos dirigentes de ambos
contendientes acrecientan las tensiones que genera la expansión de China. Los
aliados tradicionales de Estados Unidos en Asia soportan la desestabilización
que impone un vecino arrollador, que tiende a convertirlos en proveedores de
insumos. Es evidente que China amplía su esfera de influencia con exportaciones
de capital y mercancías. Pero su perfil futuro no depende sólo del continuado
despliegue productivo, sino también de un desenlace político entre las
estrategias en pugna en las elites dirigentes.
Presión
sobre los aliados Estados Unidos ejerce su liderazgo imperial con la resignada
aprobación de Europa y Japón. Este aval ha sido muy visible en la crisis
económica de los últimos años. Cada encuentro entre presidentes para ajustar
medidas de socorro a los banqueros fue sucedido por reuniones de seguridad,
auspiciadas por el Pentágono. En estos cónclaves se definieron las prioridades
del imperialismo colectivo. Japón mantuvo su estatus político subordinado a las
necesidades del Departamento de Estado. Esta performance surgió al concluir la
segunda guerra y se atenuó posteriormente, pero nunca evolucionó hacia formas
de administración más autónomas. Por esta razón, los conflictos comerciales y
financieros con la primera potencia siempre tuvieron desenlaces desfavorables
para los nipones. Japón ha sostenido la economía norteamericana desde los años
70 a través de múltiples concesiones en el tipo de cambio, los aranceles y las
normas crediticias. Al carecer de poder militar, cuenta con un margen muy estrecho
para negociar con mayor dureza. Apuntaló el dólar revaluando el yen, limitó las
exportaciones, solventó el gasto militar norteamericano y accedió a la
reestructuración industrial que propició su socio[61]. El estatus de Europa es
muy distinto, pero se encuentra también condicionado por el despliegue de bases
militares yanquis en todos los puntos estratégicos del Viejo Continente.
Estados Unidos impuso desde
60.
Este análisis lo plantea: Ho-Fung Hung, “China: ¿la criada de Estados Unidos?”,
New Left Review, No. 60, 2010. 61. Estos condicionamientos son retratados por:
Taggart Murphy, “A loyal retainer? Japan, capitalism and the perpetuation of
America hegemony”, Socialist Register, 2011. The Crisis This Time, sep. 2010.
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la
posguerra relaciones iniciales de subordinación (Alemania), dependencia
(Italia), asociación (Gran Bretaña) y también enfrentó tensiones (Francia).
Este cuadro tuvo una evolución muy dispar hasta la creación de la Unión
Europea. A partir de esta asociación se ha forjado un nuevo escenario asentado
en la existencia de una moneda común y el afianzamiento de un gran tejido
comercial, financiero y productivo. Pero la Unión no ha logrado construir su
propia estructura militar y tampoco comparte una orientación diplomática
externa común. La influencia europea en Medio Oriente y Asia Central decrece y
no se han establecido relaciones estrechas con Rusia. Esta impotencia deriva
del enanismo militar que se autoimpone la Unión Europea, al mantenerse bajo el
paraguas de la OTAN. Esta irrelevancia salió a flote durante la guerra en la ex
Yugoslavia (1999). Estados Unidos fijó los ritmos y las modalidades de la
intervención externa en el primer conflicto militar de proporciones dentro de
Europa desde la Segunda Guerra. Estas acciones se articularon bajo el mando del
Pentágono, luego del fracaso de todas las mediaciones ensayadas por las
potencias del Viejo Continente. Las tropas que enviaron estos países se
adaptaron también a las directivas norteamericanas. La misma sumisión militar
volvió a observarse en todas las negociaciones encaradas con el ex bloque
soviético. Mientras que Bruselas dirige las tratativas de ingreso al euro de
cada candidato de Europa Oriental, Washington determina cuántos misiles deben
desplegarse en Polonia, el Báltico y la República Checa. La carencia de
cohesión militar europea se acentuó con el regreso francés a la OTAN. Este
retorno marcó el sometimiento del último díscolo a la primacía estadounidense.
Francia había intentado durante décadas desenvolver su potencial atómico en
forma autónoma y mantuvo serios conflictos con el Pentágono para preservar la
tradición gaullista de independencia. Pero este rumbo perdió peso y parece
agotado. La Unión Europea brindó en los últimos años un sostén silencioso y
disciplinado a todas las exigencias de su hermano mayor. Permitió que los
aviones estadounidenses utilizaran su espacio aéreo, avaló operaciones
encubiertas de Medio Oriente y aportó tropas para las invasiones dispuestas por
el Departamento de Estado. En cada cónclave de la OTAN se ultiman detalles de
distintas incursiones. En Estrasburgo (2009) se acordó cómo contribuiría Europa
a nuevos despliegues en Afganistán (que ya cuentan con efectivos de
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Francia,
Alemania, España y Gran Bretaña). En Lisboa (2010) se reafirmaron los atributos
de la organización que apadrina el Pentágono para definir enemigos y
estrategias de hostilización. Pero lo más conflictivo es el pago de la cuenta.
La crisis financiera abre serias dudas en torno a la financiación de los
operativos. Todos los miembros europeos de la OTAN padecen monumentales
desequilibrios de sus cuentas públicas, y la organización se enfrenta con la
cuadratura del círculo: postula aumentos del gasto militar sin recursos
suficientes para solventarlos[62]. La impotencia bélica europea tiene
manifiestas consecuencias en el plano económico. Como los capitalistas
advierten quién es su real protector en las situaciones de crisis, se recuestan
sobre el dólar y los bonos del tesoro. Esta preferencia acentúa a su vez las
debilidades europeas para gestionar la crisis, manejar la deuda pública y
modificar la política conservadora del Banco Central Europeo (que obstruye con
altas tasas de interés la integración productiva continental). Existen muchos
interrogantes sobre el futuro de la Unión Europea si la crisis económica actual
se profundiza. La ausencia de un resorte militar unificador confirma hasta
ahora las diferencias cualitativas con Estados Unidos. El Viejo Continente ha
perdido el sostén imperial que utilizaba en el pasado para atenuar los efectos
de las convulsiones capitalistas. La supremacía militar le aporta en cambio a
Norteamérica un gran instrumento para descargar las consecuencias de estos
desequilibrios sobre sus rivales.
El
test de la proliferación Todas las tendencias y contradicciones que rodean a la
supremacía imperial estadounidense se verifican en los debates sobre la
proliferación de armas atómicas. Estados Unidos ya no afronta perspectivas de
guerra nuclear con otras potencias. La confrontación con la ex URSS ha
desparecido, pero se ha creado un nuevo problema con el comercio de ese
armamento. La prioridad del Departamento de Estado es la contención de ese
explosivo intercambio y la estricta supervisión norteamericana de esta
actividad. Como ya existen nueve países con arsenal atómico (Estados Unidos,
Rusia, China, Gran Bretaña, Francia, Israel, Pakistán, India y probablemente
Corea del Norte), resulta casi imposible un bloqueo total de la proliferación.
Por esta razón el Pentágono ha centrado todas sus exigencias en el control.
62.
Ver: La Nación, Buenos Aires, 20-11-2010.
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Esta
supervisión no guarda el menor parentesco con la pacificación. Lo que está en
debate es la racionalización y no la disminución del número de bombas. Mientras
se negocia la reorganización del arsenal mundial se están desarrollando nuevos
artefactos (X-51), que alcanzarían a cualquier país en menos de una hora.
También se ultima el funcionamiento de un submarino que transportará 6 bombas
nucleares. Lo que se discute siempre es el destino de las ojivas obsoletas y no
el uso de sus equivalentes almacenados[63]. El Pentágono busca acelerar también
estas tratativas, puesto que perfecciona la amenaza nuclear con nuevos
desarrollos de fuerzas convencionales. En la medida que asegure su control del
ajedrez nuclear podrá desenvolver esos armamentos, que constituyen su apuesta
estratégica para el próximo período[64]. Pero sólo reafirmando su liderazgo
imperial, Estados Unidos puede contar con la última palabra a la hora de
definir quién accede al mortífero club atómico. Todas las exhibiciones de
fuerza apuntan a mostrar ese poder de supervisión. Los expertos norteamericanos
exigen derecho de revisión de todo el material dudoso y también reclaman un
riguroso poder de veto para cualquier transferencia. Estados Unidos ha
desarrollado una doctrina para catalogar los países que amenazan la seguridad y
los Estados que reúnen todos los atributos para custodiar la paz. Con esa
clasificación define quiénes están maduros para participar en la disuasión y
quiénes deben ser excluidos de ese juego. En la última reunión internacional
que abordó el tema (Washington, principios de 2010), la primera potencia
estableció la agenda nuclear debatida por 47 países. Exigió blanquear los
arsenales atómicos para impedir transferencias indeseadas y propuso instaurar
un control del stock de plutonio y de uranio enriquecido (dos ingredientes de
la bomba) bajo estricto escrutinio estadounidense. También exigió un plazo de
cuatro años para someter todo el material sospechoso al control de un organismo
manejado por el gigante del Norte (Asociación Internacional de Energía
Atómica). Se suscribieron acuerdos de eliminación inmediata de esas sustancias
con Chile, Canadá, Ucrania y México y se estableció un cronograma general que
Estados Unidos también
63. Ver: Guillermo Almeyra, “El desarme nuclear
de Obama”, La Jornada, México, 18-4-10. 64..
Ver: Richard Weltz, “Obama entre el desarme y la supremacía atómica”,
Clarín, Buenos Aires, 11-4-10.
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101
desafiantes,
adversarios y aLiados
acelera
para reactivar el desarrollo nuclear como fuente de energía alternativa al
petróleo. Un punto conflictivo es el blanqueo de las 200 cabezas nucleares que
tiene Israel. Este reconocimiento es una prenda de negociación para someter a
todos los países a las nuevas reglas de Washington. Como el Estado sionista es
también el principal artífice de un eventual ataque aéreo a las instalaciones
nucleares de Irán, su caso ha quedado circunscripto a un tratamiento especial.
Israel no quiere rivales en la disuasión atómica de Medio Oriente y tiene en la
mira ese eventual bombardeo antes de la maduración del proyecto nuclear de
Teherán. Este ataque se mantiene como opción, mientras Estados Unidos juega la
carta diplomática para disuadir a Irán de su desafío atómico. El método de
presión de los norteamericanos para forzar este desarme se parece mucho al
practicado por Bush con Irak. Resoluciones de la ONU condenando al país,
exigencias de apertura a las inspecciones internacionales y, finalmente, algún
ultimátum de rendición. Para realizar este chantaje cuentan con la estrecha
colaboración de Alemania y España. Pero Estados Unidos necesita comprometer a
Rusia y, eventualmente, a China en el cerco contra Irán para tornar asfixiante
esta presión y bloquear las transferencias de tecnología. Ambas potencias
exigen fuertes contrapartidas a cambio de esa complicidad. Por esta razón, se
han ensayado otros caminos de mediación a través de Brasil y Turquía. Durante
el año 2010, ambos países transmitieron un ultimátum preparado por Estados
Unidos que no prosperó. La pretensión de comprometer a Rusia, China o la India
en esta mediación también fracasó, puesto que los tres países tienen sus
propios intereses subimperiales en la zona. No quieren armas nucleares en Irán,
pero prefieren abstenerse del ejercicio de presiones directas. Estados Unidos
necesita, además, del concurso de otros socios para ordenar la situación de
ciertos aliados –como India y Pakistán– que han evitado suscribir el Tratado de
No Proliferación. Un conflicto entre ambas naciones podría derivar en el uso
del material nuclear. Pero aquí el Pentágono acepta jugar con fuego, puesto que
ambos países integran el círculo íntimo de sus asociados. En cambio, las
exigencias sobre Corea del Norte aumentan día a día. El Departamento de Estado
busca imponerle a ese país una cuarentena más severa que a Irán, ya que su
desarrollo atómico le permite comercializar algunas franjas menores del
explosivo armamento. Este hostigamiento
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es
permanente y requiere un activo concurso de China, que el gigante oriental
mantiene en reserva. Estados Unidos difunde la ridícula versión de un dictador
loco que se resiste a desmontar su arsenal, a la espera de mayores
retribuciones económicas. En los hechos, el Pentágono ha reforzado la presencia
de sus tropas en Corea del Sur y promueve todo tipo de incidentes militares
para bloquear la distensión que ensayaron en la última década los mandatarios
de ese país. El rumbo actual está dictado por un simple incremento de las
provocaciones, a fin de imponer el desarme del adversario. Todas estas
peripecias en torno al arsenal nuclear retratan la situación actual de la
dominación imperial norteamericana. La primera potencia ejerce activamente la
supremacía militar y busca reafirmar ese poderío contra cualquier adversario
existente o potencial. Somete a Europa y Japón, negocia con Rusia y China, fija
el calendario de las ofensivas y de los blancos. Estados Unidos refuerza, por
lo tanto, su papel de gendarme para contrarrestar los desafíos de viejos
enemigos, nuevos adversarios y tradicionales aliados. Intenta bloquear el
ascenso de las economías en crecimiento, mediante la cooptación de ciertos
países y la presión militar sobre otras naciones. En todos los casos, ejerce un
liderazgo imperial para asegurar la subordinación de sus asociados. Pero cada
acto de reafirmación de ese poder enfrenta mayores condicionamientos. Estos
obstáculos se verifican en las zonas más calientes del planeta.
LAS
ÁREAS ESTRATÉGICAS
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Las
agresiones bélicas de la última década han privilegiado las zonas tradicionales
de intervención imperial: Medio Oriente, América Latina y África. También en
este plano Obama continúa con menos alardeos la política de atropellos que
implementó Bush; evita las imprudencias de su antecesor, pero preserva la misma
agenda militarista. Las incursiones repiten un libreto conocido. Primero
aparecen los discursos moralizadores y luego el hostigamiento del enemigo, el
cual está invariablemente localizado en una región apetecida. Posteriormente se
exige la rendición con chantajes diplomáticos de la ONU y finalmente aparece el
bombardeo o la ocupación del país cuestionado.
La
demolición de Irak Los ataques en Medio Oriente obedecen a dos razones
específicas: reservas petroleras y ubicación geopolítica. Estas motivaciones
determinaron la continuada presencia imperial durante todo el siglo XX. Pero el
ciclo iniciado en 2001 se ha caracterizado por nuevos atropellos que en Irak
alcanzaron proporciones dantescas. Todavía se desconoce cuántas víctimas
provocó la invasión norteamericana, aunque varias estimaciones computan 600.000
muertos, cuatro millones de desplazados y dos millones de exiliados. Aumentó la
desnutrición infantil, el 43% de población recayó en la pobreza extrema, la
mitad de los trabajadores quedaron desempleados, el 79% de los habitantes
carece de agua potable y se perdió al 80% de los médicos[65]. En Irak ha imperado
el terror cotidiano y ya nadie recuerda los ridículos argumentos esgrimidos por
Bush para lanzar el ataque. Todos los funcionarios han reconocido que nunca
existieron las armas de destrucción masiva y con gran cinismo hablan de
“errores de evaluación” o “fallas de información”. Es sabido que utilizaron un
burdo pretexto para consumar una ocupación cuidadosamente planificada. El
control del petróleo fue la causa directa de la invasión. Es conocida la
vinculación de la familia Bush con ese sector y la urgencia por ampliar el
abastecimiento de crudo importado, ante el escaso desarrollo de las energías
renovables. Todos los gobiernos norteamericanos han buscado incrementar esa
provisión privilegiando la región del Golfo, que concentra dos tercios de las
reservas mundiales y aporta el 30% de la producción. Con el control de Irak se
intentó contrapesar la excesiva
65.
Informe de OXFAM Internacional, Página 12, Buenos Aires, 19-8-2007 y 29-7-10.
105
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Las
áreas estratégiCas
dependencia
de suministros sauditas y se buscó incidir en la evolución de las cotizaciones
del crudo. El recurso natural más codiciado por las potencias afronta un
horizonte de agotamiento que acentúa la rivalidad por su acaparamiento. La
transición hacia un patrón energético independizado del petróleo será un
proceso prolongado, que estimula la captura inmediata de todas las fuentes
disponibles de crudo. Como ese abastecimiento es por otra parte imprescindible
para el complejo militar-industrial, salta a la vista la influencia del
Pentágono en el ataque a Irak. El petróleo es un insumo vital para el
funcionamiento de la maquinaria bélica y garantizar su obtención en Medio
Oriente ha sido un principio estratégico central desde la presidencia de
Carter[66]. Pero Irak no carga sólo con la desventura de riquezas petroleras
que el imperio considera propias. Está ubicado en un punto de cruce entre
China, India y Asia Central, que el poder norteamericano intenta rediseñar. Por
esta razón Bush no repitió la acción punitiva de la “Tormenta del Desierto”,
sino que optó por la ocupación permanente y la instalación de un gobierno
títere[67]. Algunos autores afirman que el ataque fue también una imposición
del lobby sionista, que ha buscado perpetuar un estado de guerra en toda la
región. La “acción preventiva” pretendió convencer al mundo árabe del carácter
invencible de Washington y la consiguiente conveniencia de aceptar las
imposiciones del sionismo. Esta política desestabiliza el mercado petrolero y
entraña conflictos con los emires del Golfo, pero asegura el amedrentamiento
militar[68]. Seguramente la enorme influencia lograda por los estrategas
neoconservadores inclinó la balanza a favor de una incursión unilateral. Esta
acción era recelada por los ideólogos tradicionales del establishment (como
Kissinger o Brezinski), que advirtieron el peligro de repetir el pantano de
Vietnam[69]. La invasión fue un mensaje de dominación a todos los enemigos,
adversarios, socios y aliados. Estados Unidos exhibió su decisión de aplicar la
ley de la selva y envió una advertencia directa a todos los candidatos
66.
Ver: Achcar Gilbert. “L´imperialism US dans les braises orientales”, Inprecor,
No. 495-496, juillet–aout 2004. 67. Ver: David Harvey, The New Imperialism,
Oxford University Press, 2003, (cap. 1). 68.
Esta visión en: James Petras, “Estado imperial, imperialismo e imperio”,
Pensar a contracorriente, Volumen II, segunda edición, 2005. 69. Ver: Paul
Kennedy, “Ningún estado es inmortal”, Clarín, 20-6-07.
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a
sufrir alguna intervención (Corea, Irán, Siria). La primera potencia mostró los
dientes a los países que despliegan su armamento en la zona (Rusia, China) y
recordó a los aliados de la OTAN quién ejerce el control efectivo de la fuerza.
Este “efecto Hiroshima” ha sido frecuentemente utilizado por Estados Unidos. La
devastación nuclear que sufrió Japón inauguró un mensaje disuasivo del ejército
que maneja un poder ilimitado de destrucción[70]. La ocupación de Irak fue
precipitada también por necesidades coyunturales de reforzamiento de la
primacía del dólar ante la amenaza de Hussein de comercializar el petróleo en
euros. La invasión buscó brindar confianza a los países que acumulan bonos de
Tesoro y financian los déficits gemelos de Estados Unidos. Todos los
presidentes de la primera potencia han llevado a cabo alguna acción militar
significativa contra países que pueden ser derrotados con facilidad y en poco
tiempo. De esta forma, el imperialismo hace valer su poderío a escala
mundial[71]. El plan inicial de Bush contemplaba destruir el viejo régimen,
disolver su ejército e instaurar un régimen títere, pero fracasó por completo.
La invasión creó un polvorín y desembocó en un atolladero que demostró la
imposibilidad de reducir a Irak a un estatus colonial. Estados Unidos no está
habituado a comandar este tipo de administraciones, y la preexistencia de un
aparato estatal moldeado en tradiciones nacionalistas bloqueó cualquier
posibilidad de protectorado colonial. El caos que sucedió a la invasión
confirmó la imposibilidad de gobernar el país sin el concurso de milicias
locales y alguna minoría étnica. La ocupación enfrentó una resistencia
insurgente que utilizó gran armamento, demostró experiencia de lucha y exhibió
voluntad de sacrificio. El terror fue una respuesta insuficiente y Estados
Unidos ha comenzado a repetir la política ensayada por los británicos a
principio del siglo XX: propiciar guerras sectarias entre las distintas
confesiones para crear un ejército títere al cabo de un desangre colectivo. Con
esa finalidad tolera una violencia religiosa que amenaza la integridad del
país. Pero esta situación es ingobernable a mediano plazo, y apoderarse del
petróleo de una nación desgarrada resulta imposible. Estados Unidos ha creado
un desastre que no logra resolver.
70.
Ver: Alex Callinicos, “Imperialism and global political economy”, International
Socialism, No. 108, 2005. 71. Ver: Ellen
Meiksins Wood, “Logics of Power: A Conversation with David Harvey”, Historical
Materialism, vol., 14.4, 2006.
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Las
áreas estratégiCas
La
política de gobernar oponiendo grupos religiosos se instrumenta a través de los
sectores sunitas financiados por Arabia Saudita contra las fracciones chiitas
solventadas por Irán. Pero esta reorganización confesional de Irak es una
apuesta riesgosa, ya que abre el camino para otras fracturas (dentro de los
chiitas) y nuevas acciones autónomas de la minoría kurda, que se ha divorciado
del resto del país. Una partición definitiva en tres estados tornaría más
difícil el manejo del petróleo y, por eso, Estados Unidos propicia algún tipo
de federación bajo su arbitraje. Ningún gobierno ha podido funcionar en el caos
creado por el laberíntico clientelismo de una guerra de confesiones. Las
elecciones instalan funcionarios sin poder de administración, las coaliciones
nacionales no se trasladan a las regiones del interior y en el país impera el
desgobierno. Por esta razón los invasores mantienen abierta la posibilidad de
algún acuerdo con Irán o Siria para tornar manejable la realidad política
iraquí. Este proceso dependerá del costo general de una ocupación, que no ha
permitido la apropiación del petróleo, pero involucra un número acotado de
bajas para el Pentágono. Hasta ahora no hay retirada a la vista, sino
redistribución de las fuerzas ocupantes y adiestramiento de un ejército cipayo.
El resultado final permanece abierto. El imperialismo ha provocado un desangre
interno que le permite permanecer en un atolladero, sin afrontar todavía la
temida perspectiva de una retirada humillante. Pero esta perspectiva se reabrirá
si no logra alguna estabilización.
La
extensión de la guerra Obama ha intentado salir del pantano iraquí, ampliando
las operaciones en Afganistán y abriendo un nuevo frente en Pakistán. Pero al
saltar de una región a otra borrando las fronteras, acentúa la ilegitimidad de
guerras sucesivas implementadas por gobiernos aislados e impopulares. Frente a
cada adversidad militar aumenta la apuesta bélica y se agrava la tragedia
humanitaria. Los refugiados, las masacres y la destrucción de localidades
repiten lo ocurrido hacia tres décadas en Indochina, cuando la ocupación de
Vietnam fue seguida de una invasión a Laos y otra a Camboya. Con esta expansión
guerrera se intenta reforzar un eje pronorteamericano en torno a Egipto y
Arabia Saudita, en oposición a Siria e Irán. También se pretende retomar la
política de ocupación occidental, que guió la primera guerra del Golfo. El
objetivo norteamericano es lograr nuevas contribuciones financieras de Europa y
Japón y nuevos contingentes de tropas aportados por todos los miembros de la
OTAN.
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Pero
remendar el unilateralismo de Bush exige victorias en el campo de batalla, que
los marines no están logrando. Afganistán es la prioridad de una ofensiva
concebida para obtener éxitos inmediatos. El país estuvo siempre en el camino
de los conquistadores y es un punto de encuentro entre China, India, Rusia e
Irán. Alberga grandes reservas de petróleo, gas, cobre y hierro. Pero los
crímenes se suceden sin respiro en todo el país y las batallas privatizadas
multiplican el descontrol de las milicias informales. El nivel de corrupción
gubernamental es tan delirante como el fraude electoral. El propio gobierno
norteamericano ha debido emitir algunas reprimendas a su impresentable títere
(Karzai). La intolerancia religiosa y la discriminación contra la mujer –objetadas
a los talibanes– son la norma oficial en el territorio. Pero lo más llamativo
es la resurrección de Afganistán como centro de producción y comercialización
de drogas. El cultivo de heroína ha vuelto a florecer, financia la guerra y
alimenta la red de funcionarios que giran sus beneficios al exterior. La
complicidad de la CIA en las guerras locales por el control del tráfico y la
participación de los bancos norteamericanos en el lavado de dinero vuelven a
cobrar relevancia. Desde hace nueve años las tropas estadounidenses enfrentan
serias dificultades para someter a los talibanes. Han probado infinitos planes,
estrategias y jefaturas, sin ningún resultado. Se refugian en las ciudades,
despilfarran pertrechos y acrecientan las víctimas civiles[72]. Más
problemática ha sido la extensión de la conflagración a Pakistán, como
resultado del cruce generalizado de las fronteras. Un aliado de peso de Estados
Unidos ha quedado involucrado en grandes enfrentamientos y soporta el éxodo de
2,5 millones de refugiados. En esta zona el imperialismo juega con fuego. Los
militarizados gobiernos pakistaníes han seguido en las últimas décadas todas
las órdenes dictadas por Washington. Pero el sostén de estos generales entraña
peligros inconmensurables. El país cuenta con armas nucleares y entrenó a los
talibanes que terminaron en la trinchera opuesta. La CIA creó junto a sus
socios pakistaníes ese ejército de fanáticos religiosos, que primero atacó al
gobierno progresista de Afganistán (que sostenía la URSS) y luego se convirtió
en el enemigo número uno del Departamento de Estado. Nadie sabe qué grado
72.
Ver: Ali Tariq, A lógica mortal da guerra sem fin, 1-1109
virgiliofreire.blogspot.com/2009
109
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Las
áreas estratégiCas
de
intensidad mantienen las relaciones entre esos talibanes y sus viejos
adiestradores pakistaníes. Al desarrollar una guerra desde este país, el
imperialismo refuerza su compromiso con un gobierno corrupto, que no socorre a
las víctimas de las inundaciones para garantizar la continuidad de los
bombardeos de la fuerza aérea. La animosidad de la población contra Estados
Unidos aumenta al compás de los delitos que cometen los marines. El ingreso de
Pakistán en el escenario de la guerra implica, además, recrear las tensiones
con la India, que ha sido su principal adversario militar en las últimas
décadas. Ambos países multiplican las maniobras y desplazan tropas hacia la
frontera más caliente de la zona. El gobierno de India considera que su rival
apaña a grupos comprometidos en atentados de gran porte (como el de Bombay en
2008). Hay sectores que propugnan abiertamente la guerra para asegurar la
ocupación de Cachemira y retomar el conflicto limítrofe. Estados Unidos
maniobra entre sus dos aliados, conociendo la enorme dimensión de los arsenales
nucleares que acumulan ambos contendientes. Ensaya un juego a dos puntas para
actuar como árbitro, recurriendo a la misma duplicidad que utiliza frente a
Israel y Turquía (en el caso de Palestina) o ante Grecia y Turquía (en el
conflicto del Mediterráneo). Pero la India se perfila como el principal
asociado, no solo por la envergadura de la subpotencia regional: el giro
pronorteamericano de los grupos dirigentes induce a colocar al país en la
primera fila de la contención de China. Este ajedrez solo puede funcionar si
predomina un nivel de estabilidad, que el Pentágono erosiona al extender la
guerra. Con esa ampliación se promocionan ejércitos, que posteriormente cobran
vuelo propio y terminan chocando con el poder imperial. Esta fue la secuencia
que siguieron los talibanes y Sadam Hussein. En efecto, el gran peón que
utilizaron los norteamericanos para acosar a Irán fue presentado posteriormente
por los medios como un enemigo acérrimo de Occidente. Este tipo de conversiones
se avizora también en otros países (como Yemen)[73]. La extensión regional de
la guerra apunta a reforzar una dinámica de cerco, presión y negociación sobre
Irán. Estados Unidos propició a través de Irak un devastador desangre de ocho
años, que causó un millón de muertos y no logró destruir al régimen iraní. Esta
matanza aniquiló
73.
Ver: Juan Gelman, Página 12, Buenos Aires, 13-509, 26-11-09, 6-12-09, 11-4-10,
7-1-10.
110
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la
economía de ambos países sin quebrar al gobierno de los ayatolás. Al contrario,
frente a la hostilidad externa y ante el terrible escenario que posteriormente
impusieron las tropas norteamericanas en Irak, estabilizó la primacía de una
teocracia. Irán ha sido hasta ahora uno de los principales ganadores de la
aventura de Bush. Aumentó su influencia directa en Bagdad a través de los
distintos clanes chiitas y conquistó un poder de veto sobre las principales
decisiones que adoptan los frágiles gobernantes del país. Frente a este
desastre, Estados Unidos oscila entre la amenaza y la negociación con el
régimen persa. Por un lado, exhibe el garrote para forzar el abandono del
programa nuclear iraní por medio de eventuales bombardeos, actos terroristas o
conspiraciones. Pero al mismo tiempo, el Pentágono necesita a Irán para
estabilizar Irak y contener la degradación de Afganistán. Aunque privilegia la
sociedad con Arabia Saudita y Egipto, puede requerir también el auxilio de su
adversario iraní. Las elites que gobiernan en Teherán están abiertas a ambas
alternativas. Buscan mantener su dominación interna frente al creciente
descontento que genera su política totalitaria. La negociación con el enemigo
norteamericano podría brindarles el oxigeno que necesitan para preservar su
control del Estado[74]. El rompecabezas general de la región más ensangrentada
del planeta continúa sin solución a la vista. Obama intentó disminuir el odio
popular hacia Estados Unidos, pero autorizó masacres que incrementan esa
hostilidad. Busca recrear una acción imperial colectiva, pero sus incursiones
potencian la desconfianza de los aliados.
Palestina
y el nuevo escenario Toda la política imperialista en Medio Oriente se basa en
el sostén de Israel, que no es sólo un aliado o socio de Estados Unidos. Ese
Estado constituye una prolongación directa de la primera potencia en la región.
Los colonos que arrebataron Palestina comenzaron a ejercer este rol
semiimperial cuando se convirtieron en un aparato militar victorioso con
capacidad de acción sobre toda la región. Los ocupantes sionistas vetaron
primero el retorno a su tierra de los pobladores originarios que escaparon de
la guerra perpetrada en 1947-49.
74.
Ver: Houshang Sépéhr, “Où va la République Isalmique”?, Inprecor, No. 551–552,
septiembre-octobre 2009.
111
111
Las
áreas estratégiCas
Ese
despojo fue posible por el clima de reparación internacional hacia los judíos
que sucedió al holocausto. Pero la confiscación por éxodo forzado de la
población no pudo repetirse en 1967, cuando los habitantes aprendieron la
lección de los refugiados y se quedaron en sus hogares. Esa permanencia
determinó el comienzo de una resistencia a la que Israel ha respondido con
mayor anexionismo. La lógica de genocidio que impone el sionismo tiene poca
viabilidad en una era de descolonización. Ya no es factible repetir el
exterminio que sufrieron los amerindios, la esclavización que padecieron los
africanos o el destierro que predominaba en la Antigüedad. Frente a esta
imposibilidad rige un dispositivo que reemplaza a la población local por
inmigrantes seleccionados con criterios étnicos. Esta política imposibilita la
coexistencia de las distintas comunidades. La anexión se implementa con un
ropaje de negociaciones de paz que en los papeles promueve la consolidación de
dos Estados y en los hechos obstruye ese objetivo. El futuro de Jerusalén, los
derechos de los refugiados y el fin de los asentamientos quedan fuera de las
tratativas, mientras que la implantación de nuevos colonos anula la eventual
formación de un Estado palestino real. La expropiación de tierras, el robo del
agua, la creación de rutas exclusivas y la erección de muros separando a las
ciudades bloquean esa posibilidad. Los bantustanes que el apartheid diseñó en
Sudáfrica han resucitado. Cisjordania ha quedado convertida en una prisión
gigantesca que obliga a los palestinos a elegir entre la emigración y la
supervivencia en cantones aislados. Israel sostiene esta política de ocupación
con atroces campañas militares. La masacre de Gaza (2009) incluyó bombardeos a
refugios de la ONU, ataques con fósforo blanco y demolición de escuelas,
mezquitas y hospitales. Esta masacre fue perpetrada con el pretexto de eliminar
cohetes de fabricación casera, que ni siquiera rasguñaron la fortaleza israelí.
El ocupante mantiene un cerco sobre un millón y medio de personas en Gaza, que
sobreviven entre la basura, la oscuridad y las aguas servidas. Como la anexión
de este minúsculo territorio superpoblado se tornó inviable, hubo retiro de
colonos y reforzamiento del terror. Israel repite el libreto de todos los
colonialistas. Porta la bandera de la civilización y esgrime derechos de
defensa para ocultar su dominación. Pondera su “democracia moderna” y
descalifica las costumbres de los pueblos árabes. Pero omite, por ejemplo, que
la invasión a Gaza se concretó
112
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el imperio del capital
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para
desconocer un resultado electoral de Hamas, avalado por todos los observadores
internacionales. Las libertades públicas que enaltecen los sionistas, sólo
rigen para discutir la mejor forma de vulnerar los derechos en los territorios
ocupados. Quienes exaltan la tolerancia religiosa del Estado hebreo suelen
olvidar el carácter confesional de esa institución. También omiten el
fundamento bíblico utilizado para justificar ampliaciones territoriales
inspiradas en los sagrados límites de Samaria y Judea. El alcance de las
restricciones islámicas impuestas por los palestinos constituye un misterio,
puesto que las bombas han impedido conocer esas limitaciones. En la región no
impera un conflicto entre “extremistas de los dos bandos”. Con ese criterio de
neutralidad habría que equiparar a los marines con los vietnamitas, a los
paracaidistas franceses con la resistencia argelina y a los realistas españoles
con los criollos americanos. En las situaciones coloniales hay victimarios y
víctimas[75]. El doloroso legado del holocausto es frecuentemente utilizado
para acallar la denuncia de un Estado opresor. Esta censura se ejerce
identificando al judaísmo con el sionismo e Israel y catalogando cualquier
crítica como un acto de antisemitismo. Se olvida que esos tres conceptos
difieren significativamente. El judaísmo es una religión, una cultura o una
tradición de un pueblo diseminado por muchos países. Israel es un Estado
construido con la explícita preeminencia de los hebreos, pero que actualmente
incluye varios grupos desconectados de ese origen. El sionismo es una ideología
de apropiación colonial con ropaje milenario. Es indispensable partir de esa
caracterización para distinguir las posturas antijudías, antisionistas y
antiisraelíes. La primera actitud es racista, la segunda anticolonialista y la
tercera no presenta un significado nítido, aunque al igual que el
antinorteamericanismo expresa un genérico rechazo al imperialismo[76].
75.
Distintas variantes de la justificación sionista en: Ronaldo Deligdisch,
“Centro hispanoparlante de estudios sociales y psicosociales en Israel”, 5-109,
americalatinaunida.wordpress.com/. Movimiento social-sindical Fuerza Latina en
Israel, “Ante la nueva situación en Gaza”, 5-1-09. Halevi Yossi Klein, “Ahora
soy plenamente israelí”, Clarín, 5-1-09, americalatinaunida.
wordpress.com/ Perla Sneh, “Al este de
las palabras”, Página 12, 10-1-09. 76. Desarrollamos esta caracterización en:
Claudio Katz, “Argumentos pela palestina” Revista Outubro, No. 15, junio 2007,
Sao Paulo. También Claudio Katz, “Incursiones para sepultar la paz”, 18 Ene
2009, www.rebelion.org/noticia.php
113
113
Las
áreas estratégiCas
Israel
necesita redoblar la apuesta bélica para perpetuar el colonialismo. Cada cese
de hostilidades es utilizado para preparar nuevas incursiones, como lo
demuestra la secuencia de Beirut (1982), Ramalá (2002) y el Líbano (2006).
Estas agresiones han creado en el país una mentalidad de resentimiento, la cual
es utilizada para justificar cualquier atrocidad frente a un mundo hostil. Con
esos mensajes se busca sofocar las demandas de solución pacifica que emergieron
durante los años 80. Este belicismo también socava convicciones de una sociedad
que debe escuchar dolorosas comparaciones con el salvajismo de los nazis. En el
país se ha institucionalizado la tortura y un despliegue de terrorismo de
Estado, centrado en asesinatos selectivos de militantes y ataques a flotillas
humanitarias de solidaridad con los palestinos. Pero lo central es registrar
que Israel no actúa solo. Opera en función de las prioridades geopolíticas de
Estados Unidos, que transfirió al país centenares de bombas atómicas, sin
ninguna exigencia de inspección o suscripción de tratados de no proliferación.
El ejército sionista cumple el mandato norteamericano de intimidar a los
gobiernos árabes para que refuercen su colaboración con la opresión que sufren
los palestinos. Especialmente la monarquía jordana, los jeques sauditas y las
autocracias egipcias han combinado el prudente silencio con la explícita
complicidad; complementan en el plano diplomático la acción armada de Israel.
La lucha de los palestinos ha sido durante décadas una pesadilla mayúscula para
las clases dominantes árabes, que temen la convergencia de ese combate con las
demandas sociales de todos los oprimidos de Medio Oriente. Cada acción de
Israel recalienta el polvorín regional y afecta los equilibrios que su mandante
norteamericano ha gestado con los gobiernos árabes prooccidentales. El
imperialismo sostiene a ambas partes mediante un tipo de duplicidades que se
extiende también a Turquía. Este país participa de la OTAN y alberga bases
norteamericanas, pero tiene un gobierno islámico y enfrenta serios roces con el
Estado sionista. El Departamento de Estado hace malabarismos para apadrinar a
todos sus socios, pero privilegia a Israel a través de un lobby que opera como
una fuerza interior del sistema político norteamericano. Este grupo de presión
no expresa a la colectividad judía, sino al aparato industrial-militar del
establishment. Esta profunda integración diferencia a Israel del apartheid y
torna improbable la repetición del proceso que condujo al desmonte de la
estructura racista sudafricana.
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Israel tiene garantizada la protección
diplomática de Estados Unidos en las Naciones Unidas. También cuenta con la
cobertura de los grandes medios de comunicación, que mantienen un doble patrón
de cobertura de los fallecimientos. Arden ante cualquier víctima israelí y no
se perturban por el asesinato de miles de palestinos. Pero la heroica
resistencia de este pueblo ha puesto sus demandas sobre el tapete. No
recuperaron sus tierras ni construyeron su Estado, pero ya nadie puede
borrarlos del escenario internacional. Pero en los primeros meses de 2011 toda
la política imperial en Medio Oriente ha quedado sacudida por una revuelta
democrática generalizada, que conmueve al mundo árabe. Este levantamiento se
propaga de país en país, reflejando la similitud de condiciones políticas
imperante en toda la región. Todavía es muy prematuro evaluar los resultados de
la sublevación, pero ya se registraron triunfos populares en Egipto y Túnez,
prosiguen las movilizaciones en Yemen, se extienden los levantamientos a Bahréin,
Siria, Marruecos y Jordania y ha estallado una seria confrontación armada en
Libia. La OTAN ha comenzado a intervenir con bombardeos selectivos para iniciar
un contraataque y dejar establecido un precedente de acciones militares. Como
ya es habitual vuelven a utilizar el pretexto de la “intervención humanitaria”,
olvidando el desastre apocalíptico de Irak y el infierno que padece Afganistán.
Los bombardeos no protegen a la población civil y destruyen la infraestructura
del país atacado. Apuntan exclusivamente contra los gobiernos poco confiables y
jamás afectan a los monarcas y tiranos subordinados a Occidente. Esta
duplicidad alcanza proporciones escandalosas en Medio Oriente. Los ataques
virulentos contra los adversarios circunstanciales contrastan con el
encubrimiento de los crímenes que perpetran socios de las grandes potencias. La
sublevación árabe impone limitaciones a las incursiones imperiales que no
existían durante la década pasada. El levantamiento se desenvuelve en una zona
geopolítica vital para los intereses norteamericanos, creando una situación muy
distinta a la predominante en Europa del Este después de 1989. Además, el nuevo
protagonismo de los jóvenes y las mujeres introduce un distanciamiento
potencial con el fundamentalismo islámico, reforzado por la centralidad de las
banderas democráticas que encabezan todas las protestas. Hay muchos indicios
del comienzo de un giro histórico por la irrupción de las masas. Este dato
modifica el escenario futuro de Medio Oriente.
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Las
áreas estratégiCas
La
dominación de América Latina América Latina siempre ocupó un lugar especial en
la estructura del imperialismo norteamericano. Fue el primer territorio de
expansión yanqui y estuvo considerado por el establishment del Norte como una
posesión innegociable. La doctrina Monroe apuntó primero a limitar la presencia
europea y buscó posteriormente asegurar la primacía estadounidense. La
denominación “Patio Trasero” ilustra esta estrategia de sujeción[77]. Esta
orientación no ha cambiado con el fin de la era Bush. Obama sólo introdujo una
diplomacia de buenos modales para contrarrestar el desprestigio de su
antecesor. Al comienzo de su mandato sugirió algún retiro de presos de
Guantánamo, pero sin devolver el enclave a Cuba. Planteó aliviar las
restricciones para viajar a la isla, pero sin levantar el embargo, y buscó
ciertos acercamientos diplomáticos en el ámbito de la OEA. Pero al poco tiempo
retomó la tradicional combinación de la zanahoria con el garrote. Obama recrea
la acción diplomática (en la tradición de Clinton), pero no desecha la
brutalidad. La búsqueda de consensos con la derecha podría incluso endurecer su
política hacia la región. A mitad de 2011, la captura republicana de varios
cargos estratégicos en las comisiones parlamentarias de política exterior
podría forzar ese giro. La orientación imperial hacia Latinoamérica siempre
jerarquizó la presión militar. Bajo el mandato de Obama los gastos bélicos
destinados a la zona alcanzaron el nivel más alto de la década y han llegado al
47% de la “ayuda” total[78]. El dispositivo bélico se asienta en la
reactivación de la IV Flota, manejada por el Comando Sur de Miami desde el
abandono del Canal de Panamá. Ese centro reúne más personal civil dedicado a la
región que todos los departamentos diplomáticos y comerciales de Washington.
Monitorea una vasta red de instalaciones que aseguran cobertura aérea y
marítima para cualquier incursión eventual de los marines. La nueva flota puede
navegar ríos interiores con un equipamiento equivalente a los barcos que operan
en el Golfo Pérsico y el Mediterráneo. Actúa como complemento marítimo del
control aéreo y territorial que
77. Hemos expuesto este análisis en: Claudio
Katz, Escenarios de la segunda independencia, Editorial Casa de las Américas,
La Habana, 2011 (próxima aparición). 78. Ver: Página 12, 25-5-10, Buenos Aires.
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Estados
Unidos detenta de toda la zona y guía los ejercicios que despliega la armada
por todas las costas[79]. El segundo pilar de este arsenal son las nuevas bases
de Colombia. Supervisan el rearme de los ejércitos títeres de la región y
recrean operaciones secretas con las técnicas desarrolladas durante la guerra
fría. Muchas acciones que se practican en Afganistán son previamente ensayadas
en Colombia. El Pentágono ejerce un mando directo sobre una zona del país
mediante el control de los aeropuertos y del espacio radioeléctrico. También
goza de plena inmunidad para la acción de tropas, que no deben rendir cuentas
ante los tribunales colombianos. Algunos analistas relativizan el peligro
creado por estas bases, estimando que Estados Unidos jerarquiza la atención de
otros frentes. Estiman que la burguesía del país está demasiado ocupada en
manejar sus negocios o en controlar la actividad de un ejército local
profesionalizado. Pero esta tranquilizadora mirada desconoce la continuada
gravitación que mantiene América Latina para el imperialismo norteamericano.
También olvida el terrible prontuario de salvajismos que acumulan los
discípulos colombianos del Pentágono. Este país continúa liderando todos los
récords regionales de terrorismo de Estado. En los últimos 15 años se
registraron 20 mil desapariciones y desde mitad de los años 80 los
paramilitares asesinaron a 30.470 personas. Sólo en 2010 ultimaron a 40
sindicalistas e incluso consumaron masacres con la única finalidad de obtener
las recompensas que ofrece el gobierno. Ya existen 4,5 millones de desplazados
por la acción de bandas paraoficiales, que han cobrado sus servicios con la
apropiación de 6 millones de hectáreas[80].
Militarización
y narcotráfico En Colombia se descubren permanentemente fosas comunes de
cuerpos descuartizados. Los gobiernos despliegan un discurso dual. Por un lado
declaran victorias contra el terrorismo y el narcotráfico y por otra parte
convocan a los marines para impedir el incontenible avance de esos flagelos.
Los cambios de presidente sólo han modificado la forma de gestionar el terror.
Otra función inmediata de las bases norteamericanas es hostigar a los gobiernos
antiimperialistas (Venezuela y Bolivia) y amenazar a las admi
79.
Ver: Jules Dufour, “El regreso de la cuarta flota y el futuro de América
Latina”, www.Mondalisation.ca/, 28-8-08. 80. Ver: Página 12, 27-7-10, Buenos
Aires.
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Las
áreas estratégiCas
nistraciones
poco confiables (Guatemala, Paraguay, Nicaragua). Desde Colombia opera una red
de organismos de la CIA que financia las acciones contra gobiernos, movimientos
y personalidades antiimperialistas y refuerza las conspiraciones contra Cuba.
Las pistas aéreas construidas en el país brindan, además, cobertura de largo
alcance para ejercer un control total sobre el Amazonas. Colombia ha sido el
epicentro de todas las provocaciones imperialistas de los últimos años. Desde
allí se montó la escalada bélica contra Ecuador y ya se lanzaron incontables
agresiones contra Venezuela. Los gobiernos derechistas han quedado al frente de
un colosal dispositivo militar que los empuja a coquetear con guerras
informales y eventualmente explícitas. Estados Unidos militariza la región con
el pretexto de enfrentar el narcotráfico. Pero al cabo de tantas patrañas, este
argumento ha perdido credibilidad. Fue enarbolado por Reagan (1986), utilizado
para invadir Panamá (1989) y resucitado para introducir el Plan Colombia (2000).
A esta altura, es evidente que la intervención de los gendarmes sólo conduce a
periódicas mudanzas de plantaciones y centros de distribución de un país a
otro. Este reciclado obedece a la persistente demanda de drogas por parte de
los compradores del Norte, especialmente en las localidades que no despenalizan
el consumo. Pero el narcotráfico también persiste por los multimillonarios
ingresos que genera esa actividad para una vasta red de intermediarios
estadounidenses. Las monumentales ganancias que genera el tráfico han alumbrado
también enriquecidas narcoburguesías locales, que ya imponen sus propias formas
de administración territorial. Un sector de origen marginal adiestra su
ejército de pandillas y actúa con sostén de amplios segmentos de la burocracia
y las fuerzas armadas. En varios países las clases dominantes coexisten con
esta variedad de lumpenburguesías, que recurren al terror contra las protestas
populares y utilizan la filantropía para blanquear el dinero sucio. El
crecimiento desmedido de este grupo rompe la cohesión del Estado, disgrega la
vida social y genera todo tipo de tensiones. México se ha convertido en el país
más afectado por este proceso de descomposición politicosocial. Está corroído
por una dinámica “afgana” de penetración de los carteles en la estructura del
Estado. Este avance genera incontrolables guerras entre bandas, apañadas por
los funcionarios que se disputan el control del negocio.
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En
el último sexenio se produjeron en el país 22 mil muertos, 7.009 desaparecidos
y 20 mil detenidos. Los asesinatos ya incluyen personalidades de la cúspide del
Estado. A diferencia de los años 70 el grueso de las víctimas no son activistas
políticos, sino pobladores civiles que han quedado atrapados por el fuego de
una guerra mafiosa[81]. La guerra encubierta ha potenciado, además, una
escalada de violencia que es utilizada por los gobiernos derechistas para
hostigar a las comunidades indígenas y perseguir a los trabajadores que
resisten los planes de ajuste. Estas ofensivas incluyen fuertes embestidas
contra los bastiones del sindicalismo independiente. En este contexto, la CIA
ha sugerido que México podría convertirse en un Estado fallido y presiona por
el ingreso de un mayor número de marines. Hay 6.000 soldados norteamericanos en
la frontera, mientras la DEA y el FBI entrenan fuerzas especiales. La presencia
norteamericana aumenta, además, en una región acosada por el contrabando de
armas y la furiosa represión contra el ingreso de inmigrantes. Hasta el momento
nadie se atreve a enviar tropas. Esta acción podría tener consecuencias
explosivas, ya que existe una trágica historia de intervenciones yanquis en
México. El fuerte sentimiento nacionalista que generaron estas incursiones no
ha desaparecido de la memoria del país.
Invasiones
y golpismo La política imperial hacia América Latina incluye también el clásico
expediente de la invasión, con cierta cobertura de ayuda humanitaria. Este
recurso fue utilizado en Haití luego de un devastador terremoto para justificar
el masivo ingreso de los marines. Las tropas actuaron bajo la supervisión del
Comando Sur y perpetraron una ocupación ensayada durante la catástrofe del
Katrina. En lugar de equipos de rescate fueron enviados efectivos, que se
dedicaron de inmediato a la ampliación de bases militares y al entrenamiento
para el combate en Afganistán. Las tropas yanquis consumaron una acción
fulminante para asegurarse el manejo de los aeropuertos y el control de las
provisiones provenientes de otros países. Bloquearon especialmente la ayuda
organizada por Cuba y Venezuela y desplegaron un portaaviones para impedir la
salida de refugiados hacia Miami. Para justificar las acciones policiales
internas, los medios de comunicación exageraron la magnitud del desorden y los
saqueos.
81.
Ver: James Cockcroft, “México: Imperialismo, Estados fallidos, nuevas guerras y
resistencia”, Memoria, No. 245, agosto 2010, México.
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Las
áreas estratégiCas
Estados
Unidos volvió a implementar una ocupación colonial, que no contribuye a la
reconstrucción de la economía haitiana. Al contrario, los muertos aumentaron
con la represión de las manifestaciones de protesta contra epidemias de cólera,
atribuidas por muchas versiones de la población a una contaminación producidas
por los soldados ocupantes. El golpe de Estado es otro instrumento clásico de
la intervención imperial que ha recobrado fuerza. La asonada de Honduras fue un
típico episodio de este tipo y no habría prosperado sin el auspicio de la
embajada norteamericana. Los golpistas fueron apadrinados por el Pentágono y
las empresas estadounidenses que controlan la economía del pequeño país.
Cortando algunas visas y bloqueando las remesas, el Departamento de Estado
habría desecho el alzamiento. Lo ocurrido en Honduras demostró que el golpismo
no es una reliquia del pasado. Constituye un recurso utilizado para frustrar
cualquier cambio político objetado por los socios oligárquicos del
imperialismo. Las justificaciones expuestas para consumar la asonada fueron
totalmente absurdas. La escuálida clase dominante no le perdonó al mandatario
desplazado su tenue ensayo reformista de aumentos salariales, control de las
importaciones y ruptura del monopolio petrolero. El afianzamiento de los
golpistas dio lugar a una terrible secuencia de asesinatos de periodistas y
militantes a manos de escuadrones de la muerte que operan con el amparo oficial
y el silencio cómplice de la prensa internacional[82]. Obama dejó correr el golpe
todo el tiempo requerido para asegurar su estabilización. Utilizó un doble
discurso de rechazo formal y sostén práctico de los derechistas e hizo lo
imposible para obligar al presidente derrocado a legitimar su propia
destitución. En Honduras se reeditó el golpismo que fracasó en Venezuela (2002)
y Bolivia (2007). Pero, en este caso, incluyó situaciones más grotescas, como
el secuestro de un presidente en piyama y la difusión de un inexistente texto
de renuncia. Esta acción demostró que algunos sectores están tanteado la
introducción de dictaduras de nuevo tipo en toda la región. El objetivo es
imponer situaciones de hecho, una vez superada la adversa reacción diplomática
internacional. Todos saben que la viabilidad de las nuevas tiranías depende de
la resistencia interior[83].
82.
Ver: Juan Gelman, “USA-Honduras”, Página 12, 30-7-09. 83. Aspectos de la nueva
estrategia en O`Donnnell, “Dictadura posbananera”, Página 12, 2-8-09.
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Otro
episodio de esta escala fue el intento de asonada policial que abortó en
Ecuador. Existe una intensa discusión sobre el alcance efectivamente golpista
de una acción que incluyó la agresión física contra el presidente, el
levantamiento armado de muchos gendarmes y el cierre de una base aérea. Resulta
difícil determinar cuáles fueron los propósitos de una conspiración tan
improvisada. Pero lo importante no es dirimir en qué medida ese golpe se atuvo
o no a los parámetros clásicos; lo que hay que registrar es que se inscribe en
una política estadounidense de alinear bajo su mando al mayor número de países
de la región. En efecto, la política imperial ha envalentonado a muchos
derechistas latinoamericanos. En los países históricamente manejados por dictaduras
vandálicas, estos sectores propician el retorno del viejo padrinazgo
neocolonial. Suelen reaccionar en forma brutal ante cualquier alteración del
statu quo. Paraguay es otro ejemplo de este acoso. Un presidente que gobierna
con equipos neoliberales y mantiene ejercicios militares con el Pentágono
enfureció al establishment con tibias medidas de reformas y ha sido objeto de
brutales intimidaciones macartistas. Estas presiones lo empujaron a decretar el
estado de excepción y a otorgar a los militares la dirección de las operaciones
policiales. En otros países el militarismo yanqui alienta a los gobernantes
neoliberales a reforzar la represión. Es el caso de Perú, donde el mandato de
Alan García ha estado signado por la represión contra protestas sociales, que
dejó 70 muertos, 600 heridos y 1.300 dirigentes gremiales enjuiciados. Luego de
otorgar plena cobertura a las tropas norteamericanas para operar en distintos
puntos del territorio, el presidente derechista consumó una brutal agresión
contra las comunidades indígenas que resisten la privatización de los bosques.
Contraofensiva
en varios frentes Mediante el uso imperial de la fuerza, Estados Unidos busca
encarrilar una contraofensiva para recuperar preeminencia económica, revertir
el ciclo de rebeliones populares y limitar la autonomía política de varios
gobiernos sudamericanos. Intenta asegurar su provisión de recursos naturales y
aumentar la colocación de exportaciones en la región. El gigante del Norte
necesita los mercados de su patio trasero para acompañar la devaluación del
dólar con significativos incrementos de las ventas externas.
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Las
áreas estratégiCas
Desde
el fracaso del ALCA, Estados Unidos apuesta a reforzar su presencia mediante la
suscripción de tratados bilaterales. Estos convenios garantizan una relación
privilegiada de la primera potencia con todos los países que abren su economía
a las importaciones del Norte[84]. Estados Unidos intenta especialmente
reconquistar el terreno perdido a manos del capital europeo, que, sin desafiar
la preeminencia militar (o el liderazgo político yanqui), aumentó sus negocios
en la zona. Las empresas del Viejo Continente desplazaron incluso a las
compañías norteamericanas en el monto de las inversiones externas, y la Unión
Europea suscribió tratados de libre comercio inspirados en el ALCA. Las
riquezas naturales constituyen un campo internacional de disputa que el gigante
del Norte no quiere compartir con sus rivales. La crisis financiera reciente ha
sido vista incluso como una oportunidad para revertir esa influencia,
reduciendo el papel de las firmas españolas que durante la oleada de
privatizaciones capturaron servicios, bancos y yacimientos. Estados Unidos
pretende también frenar la llegada de China a una zona muy alejada del radio de
acción oriental. Como esa presencia representa un desafío muy serio para la
hegemonía del Norte, el Departamento de Estado impulsa la ratificación de
nuevos tratados comerciales, especialmente con sus socios de la costa del
Pacífico. Esta estrategia de recomposición estadounidense es aceptada por
México, Colombia, Perú, Chile y varios países pequeños de Centroamérica. La
contraofensiva imperial tiene un nítido componente militar. El Pentágono
observa con recelo la visita de la marina rusa a Cuba y los viajes de
funcionarios iraníes a Venezuela. Estas misiones son percibidas por el
establishment norteamericano como invasiones a un territorio que considera
propio. El propósito estadounidense es retomar el control pleno de
Centroamérica, afianzando la dependencia de los pequeños países. Estas naciones
tienen un alto porcentaje de su población en el Norte y han creado un
importante circuito de sostenimiento familiar a través de las remesas. La misma
prioridad tiene México, no sólo por la extensa frontera común sino también por
el alto grado de integración de la economía azteca al capitalismo
estadounidense.
84.
Un balance general de estos tratados presenta: Martínez Osvaldo. “Por la
integración de los pueblos”, ponencia al Encuentro Hemisférico de lucha contra los TLC, La Habana, 3 de mayo
de 2007.
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Una
meta más ambiciosa del imperialismo yanqui consiste en contrarrestar el
escenario político adverso que se ha creado en los últimos años en Sudamérica.
Como resultado de grandes conmociones políticas y sociales, gran parte de los
gobiernos han tomado distancia de su vieja subordinación al Norte. Algunas
administraciones son abiertamente antiimperialistas y han forjado un eje
crítico en torno al ALBA. Otros gobiernos de centroizquierda del MERCORSUR
simplemente han abierto negocios multilaterales con distintos países,
profundizando la autonomía con relación a los dictados norteamericanos. La
primera potencia utiliza la presión político-militar para acotar ese margen de
independencia. La estrategia de Obama repite el multilateralismo liberal que
utilizaron sus antecesores Roosevelt y Carter. En ambos casos reorganizaron la
supremacía estadounidense sobre América Latina en circunstancias críticas
(depresión del 30 y derrota de Vietnam). El intervencionismo solapado es la
forma de recrear ese liderazgo hegemónico[85]. Este escenario refuta todas las
expectativas de un aflojamiento de las presiones del Norte. No existe hasta
ahora ningún indicio de ese desahogo y tampoco de la publicitada tesis de la
indiferencia yanqui hacia América Latina. La región persiste como plataforma
central del imperialismo.
Los
cambios en África El continente negro es el tercer escenario de gran
intervención imperial. A diferencia de Medio Oriente y América Latina, esta
región constituyó durante mucho tiempo un área de dominación de las potencias
europeas. Pero en las últimas dos décadas, África no sólo perdió su condición
de colonia del Viejo Continente, tampoco perdura como un área sometida al
control de sus antiguos mandantes. Durante el proceso de descolonización,
Portugal, España y Bélgica resignaron por completo su preeminencia en ciertas
regiones, y la gravitación de Francia y Gran Bretaña también decreció, a pesar
de la enorme incidencia económica, política y cultural de estas dos viejas
potencias sobre sus ex territorios. Este retroceso continuó posteriormente y
fue paralelo a la crisis descomunal que padeció el continente más empobrecido
del planeta. El neoliberalismo generó un desmoronamiento agrícola y productivo
brutal en todos
85.
Distintos aspectos de esta estrategia indagan Rick Rozoff, “Estados Unidos
intensifica los planos de guerra” y Greg Grandin, “¿Cómo será la doctrina
Obama?”, en Memoria, No. 238, octubre-noviembre de 2009, México.
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Las
áreas estratégiCas
los
países africanos, que incluyó picos de hambruna y formas extremas de
desintegración social. En este escenario de tragedia popular se perpetró el
cambio de posiciones a favor de nuevos capitalistas. Las compañías que
tradicionalmente actuaron bajo el padrinazgo británico y francés, ya no cuentan
con el mismo sostén militar. Primero se redujo el número de efectivos, y desde
1998 los antiguos rivales comenzaron a operar más concertadamente bajo el
paraguas militar de la OTAN. Aunque siguen liderando la venta de armamentos a
sus viejos clientes coloniales, Gran Bretaña recortó la estructura del antiguo
Commonwealth y Francia comenzó el abandono de sus bases en los lugares
emblemáticos del antiguo imperio (como Senegal). Este vacío ha sido ocupado de
manera creciente por las tropas norteamericanas, que mantienen convenios de
acción conjunta con 22 países. El Pentágono manejaba a mitad del siglo XX
cierta presencia militar, pero habitualmente actuaba a través de sus aliados en
la guerra fría. En los últimos años sustituyó esa acción lateral por
intervenciones más abiertas. En 2007 formó el comando AFRICOM, que, aunque
todavía no consigue una sede local en el continente, ya realiza todo tipo de
operaciones. La incursión en Somalia (1992-93) constituyó un ensayo general de
invasiones norteamericanas al corazón de África. El objetivo de estas
agresiones es favorecer la presencia de las compañías norteamericanas en el
saqueo de los recursos naturales. Existe una indudable correlación entre ambos
procesos. Los marines brindan sostén a todas las firmas que actúan en un
entorno particularmente inseguro. La presencia de tropas es la principal
garantía que tienen estas empresas para manejar sus inversiones de gas,
petróleo y minerales. Las corporaciones norteamericanas están particularmente
interesadas en los nuevos pozos petrolíferos que se han descubierto en el
continente. Este rubro ya aporta el 92% de las importaciones africanas a
Estados Unidos (2008). Toda la región de África Subsahariana se ha convertido,
nuevamente, en un escenario de disputas por el control de las materias primas.
En este plano se repite una secuencia secular de trágicas competencias entre
compañías extranjeras por la depredación de las riquezas naturales. Muchos
países del continente han conmemorado el cincuenta aniversario de su
independencia afrontando este duro contexto. Los intentos de reconversión
agrícola y modernización industrial han fallado sucesivamente, recreando la
vieja inserción de la zona como exportadora de materias primas.
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África
es la región comercial más abierta de todo el planeta, puesto que desenvuelve
internamente sólo el 15% de sus intercambios. La apertura internacional
presenta todos los rasgos de un sometimiento primarizado. El ajuste neoliberal
(1980-2000) acentuó este perfil al introducir formas de recolonización que
redujeron el margen de autonomía conquistado por movimientos nacionalistas
durante la descolonización. Muchas zonas del continente son escenario de
guerras clásicas de rapiña. La tragedia más conocida es el genocidio que
desgarró a los tutsi y hutus. Pero esta situación se repite en incontables
localidades. En el Congo se libraron, por ejemplo, dos conflagraciones (1996-97
y 1998) que dejaron tres millones de muertos, un millón de desplazados y a toda
la población sin agua ni electricidad. Los grupos armados se disputan
actualmente el botín, privilegiando la captura de importantes minerales para la
fabricación de los celulares. En estas masacres intervienen numerosas
estructuras de mercenarios y ejércitos privados. Cada milicia africana opera al
servicio de algún proveedor. Pero a escala continental, Estados Unidos hace
valer el liderazgo de la OTAN para a subordinar a sus viejos competidores
europeos. Los problemas que afronta la primera potencia despuntan por otro
flanco. China comenzó hace pocos años un desembarco en África, que está
alcanzando enormes proporciones. Su comercio con ese continente se multiplicó
por diez en tan sólo una década y ya alcanzó el estatus de tercer socio
comercial de la región. A diferencia de las viejas potencias europeas, China
otorga créditos y realiza inversiones sin pasar por los organismos financieros.
Busca el mismo aprovisionamiento de petróleo y minerales que sus competidores,
pero evita el endeudamiento excesivo de sus clientes y asegura una mayor
contrapartida de construcciones e infraestructura a cambio de las materias
primas. Los enormes cuestionamientos que ha desatado esta penetración combinan
objeciones genuinas a un nuevo intento colonizador con críticas hipócritas de
las potencias occidentales, que han sido desplazadas de negocios muy
lucrativos. En la disputa por los mismos recursos también se verifica la
novedosa expansión de Sudáfrica, que aumenta sus inversiones en el continente a
una tasa superior al resto de los países. Al cabo de varias décadas de
independencia se ha formado también una burguesía africana con recursos
propios. Este segmento negocia con más fuerza su participación en el negocio de
los bienes explotados y aprovecha
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Las
áreas estratégiCas
las
ambiciones de todas las potencias extranjeras para lograr un aumento de la
tajada en juego[86]. Todas estas pujas forman parte de las nuevas tensiones que
sacuden a una región que se ha transformado en escenario de disputas por el
control de las materias primas. África comparte con América Latina y Medio
Oriente el dramático privilegio de constituir una zona estratégica para las
grandes potencias. En estas tres áreas se consuman las agresiones y despojos
más virulentos del imperialismo contemporáneo. El significado de este proceso
motiva intensa discusión teórica.
86.
Un detallado análisis en: Jean Nanga, “Aprés cinquante ans d´independance”,
Inprecor, No. 562-563, juin-juillet 2010.
INTERPRETACIONES
CONVENCIONALES
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El
análisis del imperialismo contemporáneo se ha renovado con distintos enfoques,
pero los aportes de las teorías convencionales son en algunos casos limitados y
en otros irrelevantes. Las interpretaciones dominantes incluyen diversas
posturas de apologistas, propulsores, justificadores y críticos.
Los
reivindicadores Las cruzadas militaristas que introdujo Bush en la última
década alimentaron el predicamento de los teóricos neoconservadores, que
realzan las virtudes civilizatorias de cualquier invasión imperial. Algunos
exponentes de esta visión reaccionaria –como Kaplan, Ignatieff e Ikenberry–
presentaron esas misiones como mecanismos de pacificación mundial o
instrumentos de la prosperidad económica[87]. Estas caracterizaciones
equipararon las expediciones norteamericanas al Medio Oriente con la obra
constructiva desarrollada por Roma al comienzo del primer milenio. También
compararon su efecto con la expansión internacional de la modernidad que llevó
a cabo Gran Bretaña durante el siglo XIX. En la misma línea de reflexión, otros
autores –Kristol, Kagan– realzaron la labor cumplida por las tropas
estadounidenses en la difusión de los valores de Occidente. Ensalzaron
especialmente el impacto positivo de esta acción en sociedades sometidas al
totalitarismo político o carentes de pujanza mercantil. Alabaron sin eufemismos
la función benévola del imperio para liberar a esas regiones del
primitivismo[88]. Estas concepciones florecieron durante el período de mayor
soberbia unipolar de Bush. Cada brutalidad militar de los marines era exaltada
como un aporte invalorable al género humano. El primer fundamento de esta
visión es el simple hegemonismo. Considera que Estados Unidos es una
hiperpotencia militar que debe recordar al resto del mundo quién maneja la
fuerza. Entiende que sólo esa exhibición bélica le otorga sentido al manejo de
la mitad del gasto mundial de armamentos. Esta apología de la supremacía
coercitiva incluye la reivindicación de todas las agresiones necesarias para
reafirmar el poder norteamericano.
87.
Robert Kaplan, Tierra, Mar y Aire, Ediciones B, España, 2008. Robert Kaplan,
Gruñidos imperiales, Ediciones B, Barcelona, 2007. Michael Ignatieff, Honor
Guerrero, Taurus, 2004, Madrid. John Ikenberry, “La ambición imperial de
Estados Unidos”, Foreign Affairs, otoño-invierno 2002. 88. William Kristol,
Robert Kagan, Peligros presentes, Editorial Almuzara, 2005.
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129
interPretaCiones
ConvenCionaLes
Las
conexiones de estos planteos con los intereses del complejo militarindustrial
norteamericano son evidentes. La intención es utilizar, además, los recursos
del Pentágono para contrapesar las dificultades económicas de Estados Unidos.
La estrategia de militarizar los conflictos presupone que una ventaja bélica
sólo pesa en el escenario geopolítico si atemoriza en forma permanente a toda
la comunidad mundial. Algunos teóricos de este intervencionismo retoman las
viejas justificaciones de la acción imperial como actos de ordenamiento
internacional impuestos por la inmadurez de los países subdesarrollados. Estas
naciones amenazan la estabilidad por la simple perdurabilidad de su atraso: son
Estados premodernos (Bolivia, Colombia, países de África, Afganistán) que
generan amenazas contra sus pares posmodernos (democracias occidentales) y
afectan el despertar de los emergentes (India, China)[89]. Por tanto, para
erradicar las amenazas que genera la continuidad del primitivismo, se plantea
neutralizar ese peligro con actos de fuerza, que adopten la forma de un
“imperialismo voluntario”. Esta acción debe inducir nuevas limitaciones al
principio de autodeterminación nacional y permitir la constitución de
protectorados regidos por la ONU. La invasión a Irak fue justamente presentada
como un ejemplo de estos correctivos. Las familiaridades de estas teorías con
el colonialismo clásico saltan a la vista. Simplemente se actualiza el lenguaje
para evitar los términos que la hipocresía diplomática ha ubicado en el casillero
de lo políticamente incorrecto. No se habla con desprecio de los indios, los
negros o los árabes, sino de “poblaciones inmaduras”, y en lugar de
estigmatizar a los salvajes, se transmite pena por los conglomerados
premodernos. Con excepción de estas diferencias decorativas, el planteo repite
todos los lugares comunes de cualquier convocatoria imperial. Los defensores
contemporáneos del hegemonismo buscan nuevos argumentos para sostener su
denigración de los pueblos invadidos. Recurren a la teoría del “choque de
civilizaciones” que formuló Huntington para describir, por ejemplo, la
intrínseca incapacidad de progreso que afecta al mundo árabe. De este
diagnóstico deducen la necesidad de un auxilio modernizador de Occidente[90].
89.
Robert Cooper, “El nuevo imperialismo liberal”, Estudios Políticos, No. 21,
julio-diciembre 2002, Medellín. Robert Cooper, “Por qué necesitamos imperios”,
Clarín-Ñ, 17-9-05. 90. Samuel Huntington, ¿Choque de civilizaciones?, TECNOS,
2005.
130
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Estas
versiones del hegemonismo han perdido su parentesco inicial con las
justificaciones que en el pasado se postulaban para explicar la conveniencia de
cierta supremacía, las cuales resaltaban especialmente la función disuasiva de
las grandes potencias (Carr y Aron). Este argumento –que identificaba la
estabilidad geopolítica con alguna primacía imperial– fue utilizado
posteriormente para subrayar la importancia del liderazgo norteamericano como
antídoto de la crisis económica (Kindleberger, Gilpin). Pero este tipo de
aprobaciones del intervencionismo no constituye el único fundamento del
belicismo estadounidense. Existe también un argumento realista, basado en las
concepciones tradicionales de los consejeros del Departamento de Estado
(Brzezinski, Kissigner, Albright). En este caso, se identifica cada movimiento
imperial con algún posicionamiento en el ajedrez geopolítico internacional. Ese
enfoque no se interesa tanto por los argumentos de cada invasión, sino que
destaca su simple funcionalidad para asegurar la supremacía global. Es una
visión basada en la indiferencia moral, que presta muy poca atención a las
motivaciones de cada agresión, y sólo resalta la importancia de ganar nuevas
posiciones en un escenario inexorablemente cruento para mejorar la preparación
ante las batallas del futuro. La implementación de esta “realpolitik” exige
impunidad total para los diplomáticos y militares. Nadie debe cuestionar sus
acciones ni exigir explicaciones de sus actos. Cuando estas interpelaciones
abundan, el realismo pierde efectividad y debe incorporar razonamientos,
pretextos o justificaciones para implementar la política imperialista. Los
hegemonistas y los realistas comparten la reivindicación descarada de la
fuerza. Esta defensa los conduce al aval de guerras infinitas, sin límites
definidos o escrúpulos jurídicos. El enfoque en mención es visible en las
doctrinas recientes del Pentágono, que quebrantan las viejas restricciones de
la “guerra justa”. Ya no contemplan proporcionalidad de la respuesta bélica ni recurren
a los viejos objetivos precisos de cada operación (rendición del rival,
domesticar a los indígenas, organizar el comercio, garantizar la supremacía
naval). En las cruzadas actuales contra el narcotráfico o el terrorismo, estos
propósitos y limitaciones están borrados. Se busca potenciar el miedo, a través
de incursiones que rompen las fronteras de la autocontención. A veces no se
identifica ningún Estado o adversario nítido y la amenaza alegada es ubicua. En
cada momento se puede definir un nuevo enemigo para propinarle un ataque
preventivo. En
131
131
interPretaCiones
ConvenCionaLes
este
tipo de guerras infinitamente elásticas, el imperio busca golpear para
demostrar poder. Este despliegue retrata intenciones hobbesianas de ejercer la
coerción en forma irrestricta, con prácticas de violencia adaptadas a las
necesidades inmediatas de la supremacía norteamericana. Los nazis recurrían al
genocidio, y el Pentágono utiliza periódicamente las guerras irrestrictas. Los
rasgos genocidas que asume cada nueva invasión son consecuencia de esta
compulsión a una agresión perpetua, la cual combina propósitos globales
(compartidos por los socios del imperio) y objetivos específicos de Estados
Unidos.
Los
propulsores La llegada de Obama a la presidencia atenuó la euforia imperial,
diluyó los exabruptos y redujo la impudicia belicista, pero no alteró la
defensa oficial de las misiones del Pentágono. Los estrategas tradicionales han
recuperado el manejo de la política exterior, utilizan un lenguaje sobrio y
preservan los códigos de la diplomacia frente a la actitud de matón que
adoptaron los neoconservadores. Pero este cambio de actitud no modifica el
ejercicio coercitivo de la dominación imperial. En este nuevo clima han
recobrado preeminencia las justificaciones liberales, que disfrazan el
militarismo con mensajes benevolentes. La justificación de la intervención
norteamericana en la periferia retoma los mitos paternalistas, aquellos que
presentan estas acciones como actos de protección de un hermano mayor sobre las
desguarnecidas sociedades subdesarrolladas. A diferencia de los apologistas
corrientes, los liberales objetan los excesos y reconocen los fracasos de las
acciones imperiales. Son muy críticos de las aventuras de Bush, exigen un
retorno a la gestión multilateral, cuestionan la conducta de las tropas
norteamericanas en Medio Oriente y resaltan el escaso complemento civil de esas
operaciones. Alertan, además, contra las consecuencias de la expansión militar
excesiva y objetan el reducido autofinanciamiento del belicismo
estadounidense[91]. Esta mirada justifica las invasiones imperialistas con
argumentos humanitarios, destaca el socorro de los pueblos sojuzgados y el
auxilio de las minorías perseguidas por los tiranos. Con ese planteo se aprobó,
por ejemplo, la ocupación de Irak y Afganistán o el ingreso de los Cascos
Azules en Kosovo y Bosnia.
91.
Niall Ferguson, Coloso: Auge y decadencia del imperio norteamericano, Debate,
2005, Madrid.
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132
No
obstante, esos pretextos son tan arcaicos como el propio imperialismo; sólo
ofrecen una actualización de los viejos engaños coloniales. Ya no se menciona a
los nativos ni a sus salvadores de tez blanca. Pero el desembarco de las
tropas, alegando el rescate de los pueblos desamparados, no ha cambiado. Los
imperialistas renuevan el libreto que utilizaban los ingleses para ocupar la
India o que presentaban los alemanes para ingresar en Checoslovaquia. Una
variante de ese relato expusieron los norteamericanos para auxiliar a Kuwait.
Las intervenciones humanitarias actuales son invariablemente precedidas de
campañas mediáticas, destinadas a divulgar los padecimientos de cierto pueblo.
En estas presentaciones nunca faltan las denuncias de limpieza étnica (Kosovo),
persecución religiosa (Afganistán) o torturas a los opositores (Irak). Se
transmite una sensación de urgencia para que los marines detengan cuanto antes
el derramamiento de sangre. Pero esta sensibilidad hacia los pueblos más
sufridos desaparece súbitamente luego de la ocupación, cuando las tropas
imperiales se encargan de continuar las masacres contra las mismas (u otras)
víctimas. En todos los casos se oculta la naturaleza selectiva de las
intervenciones extranjeras y el interés geopolítico, económico o militar que
determina cada acción. Los derechos humanos vulnerados en Irak, Yugoslavia,
Somalia o Sierra Leona suscitan gran indignación, pero su violación en Turquía,
Colombia o Israel es totalmente ignorada. Los “auxilios humanitarios” ocupan la
primera plana cuando están referidos a regiones con petróleo o diamantes, pero
pierden relevancia cuando involucran zonas sin grandes recursos. En esas áreas,
la opresión de las minorías, las mujeres o la juventud es totalmente omitida.
Este tipo de intervenciones cobró fuerza desde el fin de la guerra fría ante la
desaparición del “peligro comunista”, que justificaba todos los despliegues del
Pentágono. Los genocidios étnicos (Ruanda), los terremotos (Haití) y las
hambrunas conforman las nuevas motivaciones alegadas para ingresar en los
territorios ambicionados. En todos los casos, los derechos humanos son el bien
supremo a custodiar. Cuando las evidencias de las atrocidades ya han sido
propagadas, basta con una foto de la tragedia para enaltecer la llegada del
ejército liberador. Pero los crímenes punibles están rigurosamente
encasillados. Siempre afectan a los países de África, Asia o América Latina.
Los tribunales internacionales dependen de un mandato de Naciones Unidas, que
bloquea cualquier causa contra los responsables de las grandes
133
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interPretaCiones
ConvenCionaLes
masacres
contemporáneas. Se puede juzgar a Milosevic por los asesinatos en Serbia, pero
no a Bush por la destrucción de Irak o a Kissinger por las matanzas de Vietnam.
Los artífices de la acción imperial actúan como amos del universo y guardianes
de la moral. Se atribuyen a sí mismos el derecho a regir la vida del planeta y
a comportarse como salvadores de la humanidad. Un fundamento de estas
intervenciones es la teoría pluralista (Nye, Keohane), que asocia la
estabilidad con el predominio de una legislación mundial concertada. Se percibe
este sustento como la fuente de legitimidad para cualquier acción militar
global y se supone que ese cimiento contrarresta las fragilidades de los
distintos Estados nacionales[92]. Esta visión tuvo primacía durante la gestión
de Carter y fue muy utilizada por Clinton para identificar la globalización con
una nueva modalidad de gobernabilidad mundial, siendo tradicionalmente
defendida por los popes de la política exterior que argumentan a favor de un
poder global manejado por una sociedad de Estados Unidos con las potencias
occidentales (Kissinger)[93]. Este enfoque cuestiona las adversidades que
genera el hegemonismo y cuenta con el visto bueno del establishment,
especialmente en los períodos de crisis del unilateralismo. En los hechos, las
dos concepciones han ejercido una influencia pendular sobre la elite
norteamericana: la primera teoría cobra importancia cuando resulta necesario
golpear los tambores de la guerra y la segunda visión gana terreno cuando se
requiere administrar una pacificación armada. La opción por una u otra
alternativa nunca está determinada por criterios normativos. Son cursos de
acción seleccionados por su aptitud para reforzar la supremacía imperial. Las
contradicciones de esta acción imponen una oscilación entre ambos polos, la
cual se refleja en el predominio variable de guerras hegemónicas y globales.
Los
justificadores Existe una corriente de autores que aprueban el intervencionismo
imperialista con argumentos legalistas. Estos resaltan especialmente la
necesidad de auxiliar a los pequeños países, recurriendo a nuevas normas del
derecho internacional. Afirman que el salto registrado en la interconexión
mundial torna obsoletos los viejos principios de soberanía nacional
92.
Robert Keohane y Joseph Nye, Poder e Interdependencia: La política mundial en
transición, Grupo Editor Latinoamericano (GEL), Buenos Aires, 1988. 93. Henry Kissinger, La Diplomacia, Fondo de
Cultura, México, 1994.
134
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134
e
interpretan que la legitimidad de cada guerra se asienta actualmente en
criterios universales de justicia, y ya no en violaciones fronterizas. Esta
fundamentación fue muy utilizada para validar, con el visto bueno de la ONU, el
ingreso de tropas extranjeras en los Balcanes y en el Golfo. Estos planteos
destacan que el avance de la mundialización anuló –o por lo menos restringió–
el viejo derecho de cada Estado a gobernar un territorio delimitado. Consideran
que en la actualidad rige una internacionalización de todas las decisiones
políticas y militares de envergadura, al tiempo que proponen alcanzar mediante
acuerdos negociados en los organismos globales un nuevo consenso para
administrar el planeta[94]. Pero nunca se explica por qué razón estos principios
son aplicados en forma tan desigual. Las grandes potencias ejercen un descarado
monopolio a la hora de resolver cómo se instrumentan los criterios de extinción
de la soberanía; acuden al socorro de los más débiles mediante un ejercicio
discrecional de la justicia por parte del más fuerte. Algunos autores afirman
que ciertas acciones militares son indispensables para consolidar el desarrollo
de una sociedad civil progresivamente mundial. Estiman que esas incursiones
extienden el radio de la modernidad y forjan –en el ámbito de las Naciones
Unidas– los nuevos espacios de la democracia postnacional. Sostienen que el
sistema económico se ha globalizado, pero carece aún de correlato político
equivalente. Consideran que el declive del Estado-nación justifica la internacionalización
de las decisiones militares, en la medida que promueve las ventajas del
universalismo frente los resabios del particularismo[95]. Pero estas
caracterizaciones identifican la globalización con una era de paz que sólo
existe en la imaginación de los justificadores, quienes omiten la estrecha
relación de este período con el agravamiento de las desigualdades sociales y
nacionales y con el creciente despojo de las poblaciones más desfavorecidas.
Esta dramática realidad es encubierta con elogios a una ciudadanía cosmopolita
que adoptaría posturas progresistas, así como a la construcción de una nueva
“sociedad civil global”. Pero nunca se define con nitidez quiénes son los
integrantes de este último conglomerado. A diferencia de su contraparte
nacional, esa entidad no puede aglutinar a los actores polí
94.
Este planteo en: Anthony Giddens, La tercera vía, Taurus, Buenos Aires, 2000,
(cap. 2, 3, 4). 95. Este planteo en: Fernando Iglesias, ¿Qué significa hoy ser
de izquierda?, Sudamérica, Buenos Aires, 2004, (cap. 4).
135
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interPretaCiones
ConvenCionaLes
ticos
diferenciados del Estado, puesto que no existe un órgano de este tipo a nivel
global. Esta ausencia de referente estatal torna muy difusas todas las nociones
referidas a la opinión pública mundial. Pero el principal inconveniente del
concepto “sociedad civil global” es su total omisión de la naturaleza clasista
de la sociedad. En cualquiera de sus dimensiones geográficas, esa entidad
constituye bajo el capitalismo un ámbito de dominación de los explotadores. El
control político, militar e institucional que las clases opresoras ejercen a
través del Estado prolonga la supremacía que detentan en la sociedad. El uso
del aditivo “civil” simplemente oscurece este hecho. La presentación de las
intervenciones imperiales como ejemplos de “primacía del derecho internacional”
tiene numerosos abogados. Algunos elogian las tesis kantianas que reivindican
la supremacía de la ley en las relaciones interestatales contra las visiones
hobbesianas que avalan el imperio de la fuerza. Estos enfoques realzan la
utilidad del derecho internacional para regular el uso policial de la fuerza a
medida que se perfecciona una Constitución de alcance planetario, norma que
permitiría asegurar la paz y erradicar el suicidio colectivo de la guerra
perpetuada por la continuidad de las rivalidades fronterizas. Con este
razonamiento se justifica la sustitución del principio de no intervención por
criterios de acción humanitaria administrados por la ONU[96]. Pero cualquier
balance de esas intervenciones refuta el universalismo abstracto de esa teoría.
El orden internacional está regido por reglas que fijan las potencias
imperialistas. Estas normas son despóticas y encubren con disfraces jurídicos
la estructura totalitaria vigente. Los dominadores manejan la violencia en
función de los intereses de las clases capitalistas, mientras sus voceros
propagan convocatorias al altruismo y a la primacía de la moral. El carácter
manifiestamente fantasioso de estos razonamientos limita frecuentemente el
alcance de las propuestas basadas en el derecho internacional. Ciertos
analistas estiman, por ejemplo, que el ideal pacifista constituye tan sólo un
objetivo de largo plazo. Consideran que esa meta forma parte de un proceso
imperfecto de globalización, cuya maduración exigirá la democratización previa
de los organismos internacionales. Este avance implicaría, a su vez, el
otorgamiento de mayores poderes a la
96.
Ver: Jürgen Habermas, Ensayos políticos, Península, Barcelona, 1988. Jürgen
Habermas, “La globalización”, Clarín–Ñ, 1-4-06.
136
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136
asamblea
general de la ONU en desmedro de las atribuciones de veto que monopoliza el
Consejo de Seguridad. Para implementar las decisiones de esa renovada
institución, entienden necesario conformar una fuerza militar
independiente[97]. Este enfoque considera que el humanismo militar tendrá
legitimidad cuando la asamblea de la ONU alumbre un real parlamento de
ciudadanos. También pondera los pasos intermedios que ya se han consumado en
materia jurídica para lograr esa meta (como las Cortes Internacionales de
Justicia). Estima que en forma paulatina la democracia planetaria global
comenzaría a despuntar, dejando atrás las desigualdades que imperan en el
planeta[98]. Pero es evidente que las instituciones globales solo han servido
hasta ahora para ratificar el poderío imperial y la hegemonía militar de
Estados Unidos. El orden vigente se perfecciona en la actualidad mediante las
tratativas secretas que desenvuelven las potencias en los ámbitos muy
restringidos. No existe el menor indicio de un cambio de ese estatus opresivo.
Es una ingenuidad suponer que esos principios –dictados por la capacidad
económica, política y bélica de cada contendiente– serán sustituidos por
criterios de respeto y consideración. La democratización de los organismos
internacionales es un objetivo inalcanzable bajo el capitalismo actual. Las
instituciones de este sistema reflejan las desigualdades nacionales y sociales
imperantes. Hay una dictadura del Consejo de Seguridad para viabilizar el poder
asociado que ejercen las potencias gobernantes del planeta. Los cambios que se
registran en los organismos mundiales preservan estos pilares. Ciertamente
pueden consumarse algunos pasos hacia la democratización de las Naciones
Unidas, partiendo del foro que ofrece esa institución. Pero esas modificaciones
serán efímeras si no se remueve el poder imperialista que controla las
decisiones de ese organismo.
Los
críticos El brutal expansionismo de la última década, la sangría de Medio
Oriente y la chocante reivindicación imperial de los neoconservadores
97.
Este enfoque en: David Held, La democracia y el orden global, Paidós,
Barcelona, 1995, (cap. 4, 12). David Held, “Administrar la globalización”,
Clarín–Ñ, 12-8-06. 98. Fernando Iglesias, ¿Qué significa hoy ser de izquierda?,
Sudamérica, Buenos Aires, 2004, (cap. 3, 4, 5, 13). Fernando Iglesias, “Los
actores han quedado atados al carro de las naciones de estado”, Apertura
Latinoamericana, 6-8-06.
137
137
interPretaCiones
ConvenCionaLes
han
desatado reacciones críticas, que desbordan el patrón liberal. Estos
cuestionamientos no objetan sólo la oportunidad de las invasiones o sus
excesos, sino también el propio accionar del imperialismo. Tal como ocurrió en
la época de Vietnam, estos rechazos son promovidos por ciertos soportes
tradicionales de la política exterior. Algunos ex funcionarios han quedado
conmocionados por la barbarie imperial y proponen medidas radicales para
contener esa degradación. Postulan el retiro inmediato de Irak, el cierre de
las bases militares y la anulación de los privilegios extraterritoriales de las
tropas estadounidenses. También proponen introducir un férreo control
democrático de los servicios secretos e ilegalizar las armas más peligrosas.
Este enfoque considera que el imperialismo es una desgracia: ha corroído la
vida norteamericana durante el siglo XX y conduce al declive del país; destruye
las tradiciones democráticas y conduce a la instalación de formas
dictatoriales. En consecuencia, postula detener esta involución eliminando
paulatinamente la estructura imperial mediante un camino que conduzca a repetir
el curso seguido por el precedente británico[99]. Pero esta solución omite que
Inglaterra no se deshizo voluntariamente de sus posesiones de ultramar. Fue
obligada a abandonar esos territorios por el debilitamiento sufrido durante la
Segunda Guerra y por la sucesión de derrotas padecidas frente a la resistencia
anticolonial. Gran Bretaña pudo procesar su repliegue –sin renunciar por
completo al intervencionismo externo– por la asociación gestada con un
sustituto norteamericano, que actualmente no cuenta con esa opción. La
reiteración del camino inglés choca, además, con el novedoso rol de
superpotencia protectora del capitalismo global que ejerce el Pentágono. Esta
función dificulta su abandono de la primera escena. Otros críticos con larga
trayectoria en la historiografía conservadora (y experiencia personal en la
actividad militar), consideran que el expansionismo imperial conduce a la
autodestrucción. Estiman que las invasiones de los últimos años han enredado a
Estados Unidos en una madeja de incontrolable belicismo. Este tejido genera
enemigos desde la propia
99.
Chalmers Johnson, Blowback: Costes y consecuencias del imperio norteamericano,
2004. Chalmers Johnson, “¿Es posible la liquidación imperial en el caso de
USA?”, www.rebelión.com 24-5-07. Chalmers Johnson, “El significado del
imperialismo”, www.prodavinci.com, 27-1-09.
138
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el imperio del capital
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138
estructura
militar (como lo prueba el caso de los talibanes) y destruye el espíritu de
progreso que forjó a la nación[100]. Pero ese militarismo no es tan sólo culpa
de las últimas administraciones. Expresa necesidades económicas y políticas de
las clases dominantes, que no pueden revertirse con simples advertencias. La
política imperial norteamericana está determinada por el lugar que ocupa el
país en el orden capitalista mundial. Este rol tiende a reciclarse por las
ganancias que obtienen las elites estadounidenses. Estas clases dominantes
lucran con los privilegios que genera el manejo de los resortes militares del
planeta. Desde ese lugar pueden ejercer un chantaje mayúsculo sobre cualquier
enemigo, rival o adversario. Algunos analistas cuestionan la existencia de
estas ventajas y subrayan las consecuencias negativas de cargar con
responsabilidades imperiales. Entienden que esos efectos pesan en el plano
económico (menor productividad) y político (creciente desprestigio). Señalan,
además, que la renuncia a esas prerrogativas resultaría ampliamente
conveniente[101]. Pero esta deducción es tan abstracta como engañosa. Estados
Unidos no sólo cumple un rol objetivamente dominante en el escenario mundial,
sino que además usufructúa de esa supremacía. No es muy sensato suponer que
ejercita esa función por una compulsión indeseada. El Pentágono y el
Departamento de Estado actúan cotidianamente a favor de las empresas
norteamericanas y custodian los beneficios que genera esa dominación. La acción
imperial es una necesidad y no una opción del sistema imperante. Estados Unidos
cumple este rol para asegurar la reproducción del capitalismo y facilitar la
primacía de sus propios intereses. Al igual que sus antecesores, el
imperialismo contemporáneo necesita recrearse a través de la guerra. Lo que ha
cambiado son los destinatarios y las formas de ese desenvolvimiento bélico. Las
sangrientas confrontaciones entre las grandes potencias han quedado sustituidas
por devastadoras invasiones imperialistas, que coordina el mando norteamericano.
Estas intervenciones se suceden con cierta periodicidad para restablecer un
orden socavado por la propia opresión. Un sistema de explotación de los pueblos
oprimidos genera turbulencias y exige contar con un ejército
100.
Andrew Bacevich, “Adiós siglo estadounidense”, Rebelión, abril-mayo 2009,
www.rebelion.com 101. Nouriel Roubini, “La decadencia del imperio americano”,
Global EconomMonitor, 9-08.
139
139
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ConvenCionaLes
siempre
disponible para controlar el petróleo, los minerales y las materias primas en
las zonas más calientes del planeta. Como estas acciones incrementan la
desigualdad, desintegran las estructuras económicas y pulverizan los sistemas
políticos, cada acción imperial acrecienta la cuota usual de violencia. La
magnitud de estos atropellos cambia en las distintas coyunturas, pero el
belicismo es tan estructural como la competencia por beneficios surgidos de la
explotación.
Los
marxistas Todas las teorías convencionales del imperialismo se inspiran en
caracterizaciones que asocian el fenómeno con las ambiciones de poder. Este
anhelo es emparentado, a su vez, con las conductas de monarcas o presidentes y
con las rivalidades por ensanchar territorios para reforzar la dominación
internacional. Estas concepciones presentan al imperialismo como una acción
geopolítica determinada por decisiones de caudillos que actúan por impulsos
nacionalistas y anhelos de primacía regional. El hecho imperial es identificado
con la expansión de un ejército fuera de sus fronteras nacionales[102]. En
estas teorías, la dominación es ejercida por Estados que inicialmente
disputaban territorios o capacidad de tributación y luego entablaron
rivalidades por el manejo de las colonias, el control del dinero y el
acaparamiento de las finanzas. Se considera que estas confrontaciones tienden a
perpetuarse en la medida que el triunfo de un bando prepara la reacción del
otro. Estos enfoques destacan que la batalla imperial reaparece
permanentemente, puesto que al estabilizar su hegemonía cada potencia
victoriosa pone en marcha tendencias corrosivas. Estos procesos recrean las
disputas porque despiertan el apetito de revancha de los derrotados y la
ambición de poder de los emergentes. El equilibrio perdura mientras persiste el
temor creado por cierto liderazgo militar y se diluye cuando se verifica la
posibilidad de un desafío. Estas secuencias tienden a repetirse a la largo de
la historia con la simple modificación de las jerarquías imperantes en cada
orden global[103].
102.
Esta concepción la desarrollaron: Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo
(Imperialismo), Alianza, 1951, Madrid, y Joseph A. Schumpeter, Imperialismo y
Clases sociales, Tecnos, 1986. 103. Una presentación de estos enfoques en: José
Luis Fiori, O poder global e la nova geopolitica das nacioes, Editorial
Boitempo, 2007, Sao Paulo.
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Las concepciones marxistas se han desarrollado
con presupuestos muy diferentes y en polémica sistemática con los enfoques
convencionales. En lugar de interpretar al imperialismo contemporáneo como una
prolongación de luchas eternas por el poder (entre individuos, déspotas, etnias
o países) se asocia el fenómeno con tendencias de la acumulación capitalista a
escala global. Con esta mirada se plantea una visión opuesta a las tesis de los
apologistas, los propulsores, los justificadores y los críticos de la acción
imperial. Este abordaje es un legado de los marxistas clásicos, quienes a
principio del siglo XX indagaron el belicismo de las grandes potencias en
función de las presiones creadas por la competencia, el beneficio y la
explotación. La dinámica del imperialismo es siempre estudiada a la luz del
funcionamiento y la crisis del capitalismo. Se busca establecer una distinción
cualitativa entre el imperialismo contemporáneo –gobernado por la lógica de la
acumulación– y los imperios precedentes, guiados por impulsos a la expansión
comercial o territorial. El enfoque marxista considera que todas las
peculiaridades del imperialismo actual expresan transformaciones equivalentes
del capitalismo. Por esta razón la era clásica, el período de posguerra y la
etapa neoliberal han modificado las modalidades del fenómeno. Con cada cambio
en el proceso de acumulación se alteran las jerarquías geopolíticas vigentes y
se modifican las formas de la dominación mundial. Pero esta interpretación
compartida por todos los marxistas suscita también intensos debates en torno a
múltiples problemas.
REPLANTEOS
DEL MARXISMO
8
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Las
discusiones marxistas contemporáneas sobre el imperialismo parten del enfoque
de Lenin y jerarquizan el estudio de las tendencias económicas del capitalismo.
Se les asigna a estos procesos un papel determinante en la dinámica imperial.
Los autores que postulan la validez de la visión leninista resaltan su
actualidad. Destacan la preeminencia de los monopolios, la hegemonía rentista
del capital financiero y la existencia de un bloqueo al progreso técnico que
generaliza el estancamiento.
La
centralidad de la competencia Lenin identificaba el dominio de los monopolios
con el control de los precios a través de concertaciones entre grandes
empresas. Coincidía con Bujarin en estimar que la competencia había perdido
relevancia a escala nacional y sólo regía plenamente en el plano mundial[104].
Este diagnóstico remarcaba el agotamiento de la libre competencia y la
consiguiente disolución de la concurrencia plena. Consideraba que las empresas
ya no rivalizaban entre sí para reducir costos, ampliar mercados y aumentar los
beneficios. Luego del intenso debate de entreguerras, esta concepción fue
reformulada en los años 50 por varios teóricos keynesianos, los cuales
ilustraron cómo los oligopolios ajustaban las cantidades producidas –en lugar
de alterar los precios– para asegurar la continuidad de altas tasas de ganancia
(Steindl). Ellos estimaron que este comportamiento conducía a la sistemática
subutilización de la capacidad instalada (Kalecki) y remarcaron los efectos
nocivos de esa “competencia imperfecta” sobre el nivel de crecimiento (Joan
Robinson). Consideraban, además, que la fijación concertada de los “precios de
exclusión” generalizaba el estancamiento e imponía fuertes barreras de entrada
a la actividad de los rivales (Sylos Labini)[105]. Una corriente de teóricos
marxistas (Sweezy, Baran) reivindicó este enfoque, describiendo cómo las
corporaciones se repartían los mercados
104.
Vladimir Ilich Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo, Buenos
Aires, Quadrata, 2006. Nikolai Bujarin, El imperialismo y la acumulación de
capital, Tiempo Contemporáneo, Buenos Aires, 1973, (cap. 4 y 8). 105. Joseph
Steindl, “Karl Marx y la acumulación del capital”, en David Horowitz, Marx y la
economía moderna. Laia, Barcelona, 1968. Josef Steindl, “Teoría del
estancamiento y la política estancacionista”, en Economía poskeynesiana, Fondo
de Cultura Económica, México, 1988. Michal Kalecki, “Las determinantes de las
ganancias”, en Economía poskeynesiana, Fondo de Cultura Económica, México,
1988. Labini Sylos, “La determinación del precio”, en Economía poskeynesiana,
Fondo de Cultura Económica, México, 1988. Joan Robinson, La acumulación del
capital, FCE, México, 1972.
143
143
rePLanteos
deL marxismo
creando
situaciones de subinversión y sobrecapacidad permanente de las plantas. Los
discípulos de esta escuela (Foster, Chesney) resaltan el peso dominante de los
monopolios bajo el neoliberalismo, mientras que otros autores (Vasapollo)
utilizan el mismo criterio para evaluar las tendencias del capitalismo
contemporáneo[106]. Estas miradas subrayan acertadamente los impactos generados
por el incremento de la escala productiva. El desarrollo del capitalismo
agigantó la dimensión de las firmas y la mundialización actual incentiva un
salto en la envergadura de los colosos que operan a nivel global. Pero este
incremento del tamaño no es sinónimo de control monopólico ni de supresión de
la competencia. El capitalismo recrea la concurrencia y el oligopolio en forma
complementaria y mediante reciclajes recíprocos. En los momentos de mayor
rivalidad ciertas empresas introducen formas transitorias de supremacía que no
pueden conservar ante el resurgimiento de las batallas competitivas. Esta
dinámica es constitutiva del capitalismo y perdurará mientras subsista este
régimen social. El capitalismo no podría sobrevivir a la erradicación completa
de la competencia, puesto que en ese escenario desaparecerían las normas
mercantiles y quedaría regulada la asignación de los recursos. En el proceso de
la acumulación, la rivalidad siempre genera nuevos gigantes que compiten entre
sí. Lo que cambia en cada etapa del sistema es la modalidad de esta
combinación. La trayectoria del capitalismo no ha seguido una curva idílica
desde prosperidades competitivas hasta nocivas concertaciones. Esta imagen
romántica olvida la enorme gravitación que tuvieron los monopolios en el debut
de la acumulación. Por otra parte, la pugna contemporánea entre poderosos
oligopolios no difiere cualitativamente de las viejas rivalidades entre
pequeñas compañías. Los principios que regulan ambas confrontaciones son muy
semejantes. Los acuerdos entre empresas para distribuirse los negocios son
frecuentes. Pero estos arreglos siempre quedan socavados por violaciones
internas o por la aparición de otro concurrente. Este comportamiento rige en
los mercados nacionales y mundiales. La suspensión de la concurrencia
106.
Paul Sweezy, Harry Magdoff, “The crisis of American Capitalism”, The deepening
crisis of U.S. Capitalism, Monthly Review Press, 1981. John Bellamy Foster,
“Interview”, Klassekampen, 18-10-08. John Bellamy Foster, “The rediscovery of
imperialism”, Montlhy Review, vol. 54, No. 6, November 2002. Luciano Vasapollo,
“Imperialismo y competencia global”, Laberinto, No. 18, segundo cuatrimestre
2005.
144
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el imperio del capital
Claudio
Katz
144
en
el primer terreno e intensificación en el segundo (que describieron Lenin y
Bujarin) fue un rasgo coyuntural que no perduró como tendencia del capitalismo.
Existe una discusión historiográfica sobre el acierto o error de esa evaluación
a principio del siglo XX, pero la continuidad posterior de la competencia es un
dato incontrovertible. Los teóricos keynesianos de posguerra presentaban
equivocadamente la desaparición (o debilitamiento) de este rasgo como un
defecto del capitalismo monopolista frente a las ventajas de la “concurrencia
perfecta” del pasado. Como localizaban los defectos del sistema en las
falencias del mercado (y no en las contradicciones de la acumulación),
convocaban a recuperar la vitalidad del capitalismo introduciendo reglas de
protección de la competencia. Desconocieron que esa concurrencia perduraba y
que su eventual intensificación sólo acentuaría la inestabilidad crónica del
sistema. Los marxistas que compartieron ese diagnóstico tendieron a prestar más
atención a los acontecimientos secundarios de la esfera circulatoria que a los
procesos determinantes de la actividad productiva. También olvidaron que los
cambios de precios son el principal instrumento que tienen los capitalistas
para desenvolver su actividad. Sólo mediante aumentos y rebajas de esas
cotizaciones pueden los empresarios actuar en el mercado, ofreciendo nuevos
productos en función de los costos de fabricación y obteniendo mayores
ganancias en las disputas con sus concurrentes.
Perdurabilidad
de la ley del valor La tesis de total control monopólico fue acertadamente
objetada por varios autores marxistas en los años 70 (Shaik, Clifton, Weeks,
Semmler). Estos críticos restauraron la centralidad analítica de la rivalidad
mercantil. En sus cuestionamientos aceptaron la existencia de mayores
obstáculos a la caída de los precios, pero atribuyeron estas barreras a la
existencia de transformaciones económicas (mayor peso de la deuda pública) y
cambios politicosociales (limitaciones a la reducción nominal de los salarios
por la gravitación de los trabajadores). Estos rasgos limitan el vaivén de los
precios, pero no anulan la preeminencia de la competencia. Este mecanismo
continúa actuando a través de ajustes relativos, dentro de una dinámica más
inflacionaria[107]. El neoliberalismo revirtió parcialmente ese cuadro de
ascenso generalizado de precios e introdujo un entorno de mayores vaivenes
junto a cierta
107.
Ver: Anwar Shaikh, Valor, acumulación y crisis, (cap. 1) Ed. Tercer Mundo,
Bogotá, 1991.
145
145
rePLanteos
deL marxismo
reaparición
de las tendencias deflacionarias. Este curso refutó adicionalmente muchos
supuestos de los teóricos del capital monopolista. También la mundialización
incentivó la pugna competitiva. Hay traslados de fábricas a las regiones que
ofrecen salarios bajos, se recalientan las batallas por el control de las
materias primas y se afianzan las rivalidades financieras por colocar préstamos
o acaparar los negocios de alto riesgo. Esta renovada competencia de costos es
ilustrada por numerosas descripciones periodísticas del “darwinismo mercantil”
y la “competencia por la supervivencia” que impera entre las empresas. La
transferencia de actividades fabriles hacia el continente asiático y la
reorganización de la división internacional del trabajo son nítidos indicadores
de la continuada rivalidad de precios. Estas batallas desembocaron en las
crisis itinerantes de las últimas décadas. La competencia fabril genera
excedentes, la concurrencia financiera multiplica los capitales sobrantes y la
pugna por acaparar negocios precipita desproporcionalidades sectoriales. Estas
tensiones irrumpen por el carácter inviable que tiene la manipulación
oligopólica de los precios. Al considerar que el capitalismo ha quedado
sometido a reglas arbitrarias de manipulación de los precios, los teóricos del
capital monopolista modifican la interpretación que postuló Marx para explicar
la fijación de esas cotizaciones. El pensador alemán consideraba que ese
proceso estaba objetivamente regulado por normas de costos, productividad y exacción
de plusvalía que guíaban la valorización del capital. Marx estimaba que ese
desenvolvimiento estaba regido por una ley de valor que determinaba la
distribución del trabajo social en las distintas ramas de la economía en
función de las expectativas de beneficio. Esa regulación definía a su vez el
nivel de los precios de acuerdo al trabajo socialmente necesario para la
producción de las diversas mercancías. La propia marcha de la acumulación
ajustaba finalmente esas cotizaciones a través de una sucesión de periódicos
desequilibrios que intercalaban la prosperidad con la crisis. La teoría del
capital monopolista sustituye este principio por otras normas que explican la
fijación de los precios por relaciones sociales de fuerza (poder de cada
corporación para imponer sus exigencias) o por gravitaciones institucionales
(intervención del Estado para favorecer a uno u otro grupo). El poder de los
monopolios es derivado de esas influencias con criterios que se alejan del
análisis marxista objetivo de la acumulación.
146
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el imperio del capital
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Se
podría argumentar que la preeminencia de las grandes corporaciones, al
concentrar el poder económico en grupos reducidos, afecta el propio
desenvolvimiento de la ley del valor. Pero esta transformación tampoco implica
una preeminencia de manipulaciones monopólicas. Lo que está en juego es la
distribución de plusganancias entre actores capitalistas, que sólo pueden
disputar la captura estable de esos beneficios mediante reducciones de costos o
incrementos de la productividad. La batalla por esos lucros no sigue un curso
contingente de astucias monopólicas. Obedece a los parámetros que impone la ley
del valor, a la reproducción capitalista. Este mismo principio ha extendido su
alcance bajo la mundialización neoliberal con la regionalización o internacionalización
de muchos precios estratégicos de la economía. Junto al incremento de los
movimientos de capital, la reducción de las barreras aduaneras y la
implantación de las empresas transnacionales, los mercados internos son
penetrados por competidores foráneos, y la autonomía de cada Estado (para fijar
tasas de interés, manejar la moneda y modificar gravámenes) se reduce
significativamente. Este cambio se refleja, a su vez, en los precios, que
sufren mayor impacto de la competencia mundial. En esta producción más
globalizada, una porción significativa de la actividad económica se desenvuelve
dentro del propio espacio de las transnacionales. Las filiales localizadas en
distintos puntos del planeta utilizan precios de transferencia, que las
gerencias administran en función de sus propios cálculos de rentabilidad. Pero
tampoco estas cotizaciones son arbitrarias ni provienen de maniobras
concertadas entre grandes grupos. Las empresas continúan compitiendo a una
escala más global y los resultados de esta concurrencia se expresan en una
fijación de los precios, dependiente de la dinámica del valor.
¿Hegemonía
del capital financiero? La teoría de Lenin postula la preeminencia del capital
financiero a medida que los bancos controlan las operaciones comerciales e
industriales y asumen la dirección de las grandes empresas. Se supone que
también manejan los paquetes accionarios, la emisión de valores y la
especulación inmobiliaria. Esta concepción surgió del retrato que presentó
Hilferding de la fusión que realizaron los bancos alemanes con la industria a
través de las sociedades anónimas y la digitación del crédito. También se basó
en la descrip
147
147
rePLanteos
deL marxismo
ción
de Hobson de las altas finanzas inglesas como estructuras receptoras de los
dividendos aportados por el crédito externo[108]. Esta visión fue muy discutida
en su época y enfrentó cuestionamientos marxistas al concluir el periodo de
entreguerras. Algunos autores que postularon la existencia de una secuencia
histórica inversa del poderío inicial y un debilitamiento posterior de los
financistas, destacaron que la dominación de los bancos rigió tan sólo en las
primeras fases de acumulación, cuando la industria necesitaba obtener capitales
para emprender un desarrollo acelerado. Una vez concluido ese despegue, los
empresarios recuperaron independencia y se sustrajeron de cualquier sujeción a
los banqueros[109]. La teoría de la supremacía financiera perdió seguidores en
la posguerra en la medida que el boom económico estuvo signado por una
prosperidad comandada por la industria. El florecimiento de este sector fue tan
evidente como el rol complementario jugado por los banqueros durante el período
de explosión de la productividad y el consumo. Este giro condujo a cuestionar
la caracterización del imperialismo como una etapa de hegemonía financiera.
Algunos autores estimaron que Lenin generalizó en forma incorrecta la
descripción presentada por Hilferding para el caso particular de Alemania. Como
en ese país el capitalismo se erigió en forma tardía, fue necesario forzar
desde el Estado una fusión entre los banqueros y los industriales para acelerar
el proceso de acumulación. Pero esa amalgama no se extendió a otras economías.
La gravitación lograda por los banqueros ingleses no era tan absoluta y en todo
caso correspondió a un período peculiar de un imperio en declive. En las
potencias ascendentes –como Estados Unidos– se observaba un nítido predominio
del sector productivo junto a la ausencia de fusión con los bancos. Otros
analistas objetaron también la extrapolación del caso alemán, destacando la
inexistencia de una preeminencia perdurable de los banqueros frente a los
protagonistas de la acumulación[110]. Pero el debate recobró intensidad en los
últimos veinte años ante la significativa gravitación financiera que acompañó
al neoliberalismo. Este modelo introdujo drásticas transformaciones regresivas
bajo el comando de los bancos. Con esa dirección se impuso una ofensiva del
capital sobre
108.
Rudolf Hilferding, El capital financiero, Tecnos, Madrid, 1973, (cap. 13, 14).
John Hobson, Estudio del imperialismo, Alianza Editorial, Madrid, 1981.
109. Henryk Grossman, La ley de la
acumulación y el derrumbe del sistema capitalista, Siglo XXI, México, 1979,
(parte B). 110. Ver: Suzanne Brunhoff, La concepción monetaria, Ediciones del
siglo, Buenos Aires, 1973.
148
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148
el
trabajo, asentada en las exigencias impuestas a todas las empresas por los
acreedores y los prestamistas. Los financistas volvieron a ocupar el mando de
una armada burguesa que atropelló los sindicatos, redujo los salarios y
potenció la informalidad laboral. Los autores que remarcan esta función clave
ubican el surgimiento del neoliberalismo en un golpe financiero que determinó
el ascenso de las tasas de interés (Paul Volcker en 1979-82). Esa acción otorgó
a los banqueros un rol director en la arremetida patronal e introdujo una nueva
pauta de disciplina regresiva en todas las actividades económicas[111]. Este
período inauguró una etapa signada por el protagonismo financiero de Nueva
York, la proliferación de operaciones de alto riesgo y la expansión de los
bancos de inversión y los fondos de pensión. Los circuitos financieros se
internacionalizaron y, con los nuevos instrumentos de la titularización y los
derivados, se afianzó un nuevo rol global de los banqueros en la administración
del riesgo. Este papel determinante de los banqueros quedó confirmado en la
crisis reciente. Los estallidos irrumpieron en la esfera financiera y se
procesaron mediante monumentales rescates de las entidades a cuenta del Estado.
Semejante socialización de pérdidas se llevó a cabo por mandato directo de la
elite financiera. Pero la renovada gravitación de los financistas presenta
fechas de inicio y objetivos muy precisos. No ha sido un proceso continuado
desde principios del siglo XX, sino un fenómeno específico de las últimas dos
décadas, determinado por la función que cumple la banca en la ofensiva del
capital. Este liderazgo sucedió a la supremacía industrial de posguerra y
confirmó el carácter cambiante de los sectores que ejercen el comando de la
acumulación capitalista. Ninguna cronología (o razonamiento) justifica la
existencia de un despotismo permanente de los financistas. Esa creencia
presupone que el desenvolvimiento del capitalismo se ha mantenido invariable
desde el comienzo del siglo XX. La “financiarización” reciente no constituye,
además, un proceso que favorece exclusivamente a los banqueros. Ha sido un
instrumento de todos los capitalistas para recuperar la tasa de ganancia
mediante generalizados aumentos de la explotación. En este campo se localiza la
extracción de plusvalía que sostiene al sistema. La hegemonía de las finanzas
puede
111.
Gérard Dumenil, Dominique Levy, La dynamique du capital, PUF, Paris, 1996.
149
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rePLanteos
deL marxismo
interpretarse
a lo sumo como un aspecto de la reestructuración neoliberal, pero no como un
dato estructural del capitalismo. La etapa reciente de ascenso de los
financistas ha empalmado, adicionalmente, con un avance de la mundialización
que modifica las viejas formas del accionar bancario. Se ha consumado una
expansión de empresas transnacionales que mixturan distintas formas de capital
y propician más la asociación que la dominación financiera. En muchas áreas se
diluyeron las fronteras que separaban a los industriales de los banqueros,
puesto que numerosos conglomerados operan indistintamente como compañías
financieras y productivas. En estas organizaciones los banqueros no actúan como
simples succionadores de un lucro ajeno. Los financistas participan de todo el
dispositivo de la acumulación mediante la canalización de los préstamos hacia
los negocios más rentables. Al observarlos como meros penalizadores del resto
de la economía –e identificarlos con la simple absorción del beneficio–, se
desconoce el estratégico rol que juegan en la generación de esas ganancias.
Capital
rentista La sustitución de conductas favorables a la acumulación por actitudes
rentistas es otro aspecto de la tesis leninista que retoman muchos seguidores
de ese enfoque. Esta mutación fue atribuida por el líder bolchevique a una
preeminencia del capital financiero, que disminuye las inclinaciones
productivas de la burguesía y potencia el parasitismo de los banqueros. Esta
caracterización es actualizada por los autores que subrayan la presencia de los
“capitales que hacen dinero con dinero”. Mediante este manejo conquistan
posiciones e imponen sus exigencias de valorización rentista a toda la
sociedad. Consideran que ese despojo rentista se exacerbó bajo el
neoliberalismo a través del acaparamiento de mayores ganancias por parte de
financistas que acrecentaron la improductividad y obstruyeron la
acumulación[112]. En las descripciones de este despilfarro se remarca la
hipertrofia de las operaciones financieras, que no incorporan valor a la
producción. También se resalta cómo estas actividades afectan al proceso
productivo a través de operaciones titularizadas y seguros emitidos para
respaldar los bonos en
112.
John Bellamy Foster, Robert Chesney, “Monopoly-finance capital and the paradox
of accumulation”, Monthly Review, No. 5, vol. 61, October 2009.
150
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150
circulación. En la gestión rentista, los riesgosos fondos de inversión han
reemplazado a los bancos más conservadores[113]. A diferencia de los
economistas poskeynesianos, este enfoque presenta el giro hacia la especulación
como una transformación objetiva del capitalismo. No atribuye esta mutación a
perversiones de los gerentes o a conspiraciones de Wall Street. Pero al evaluar
que el sistema tiende a desprenderse de su basamento productivo, sugiere que la
lógica de la explotación ha sido reemplazada por una dinámica de fraude. Ese
tipo de malversaciones ha estado presente en toda la historia del capitalismo y
fue más dominante en el origen que en la madurez de este sistema. Con el
afianzamiento de la acumulación, los financistas quedaron integrados a un modo
de producción basado en la confiscación del trabajo excedente de los
asalariados y la conversión de plusvalía en capital. La distribución de ese
beneficio entre los banqueros e industriales se consuma mediante disputas
competitivas. Es importante subrayar la vigencia actual de estos procesos. La
presentación simplificada del capitalismo como un casino regido por el azar y
administrado por una elite de jugadores, es desacertada. Esta visión desconoce
que el sistema continúa regido por ciertas leyes favorables al conjunto de las
clases dominantes y se encuentra socavado por contradicciones procesadas en el
ámbito de la producción y la realización de la plusvalía. Estos desequilibrios
centrales no provienen del parasitismo de los banqueros. Los derroches de estos
individuos sólo introducen trastornos adicionales a las obstrucciones que
genera la acumulación en procesos de expansión motorizados por el beneficio.
Este apetito insaciable por las ganancias genera excedentes invendibles,
restricciones al consumo, desproporcionalidades sectoriales y declives
tendenciales de la tasa de ganancia. La comprensión de estas tensiones exige ir
más allá de la esfera financiera y superar la mirada del capitalismo como un
sistema gobernado por la renta improductiva. Este componente ha sido un dato
del sistema desde su nacimiento, pero nunca alcanzó la primacía que tenía en
los regímenes precapitalistas. El modo de producción vigente funciona en torno
a beneficios surgidos de la explotación, cuya continuidad exige renovación de
la inversión y confrontación entre competidores. Esta dinámica genera
consecuencias nefastas para los trabajadores, pero no implica la existencia de
una supremacía rentista.
113.
Francois Chesnais, “The economic foundations and needs of contemporary
imperialism”, Historical Materialism, vol. 15, Issue 3, 2007.
151
151
rePLanteos
deL marxismo
Es,
por otra parte, equivocado identificar
simplemente a los financistas con el parasitismo. Esta asimilación sugiere una
distinción con otros sectores de las clases dominantes, olvidando que la
explotación industrial del trabajo ajeno no es un acto meritorio. Los banqueros
son algo más que estafadores, y el endeudamiento es un proceso más complejo que
el fraude. Los financistas cumplen una función estratégica para la reproducción
del capital al movilizar los créditos que amplían el radio geográfico y sectorial
de la acumulación. La acertada denuncia de los especuladores no debe conducir a
ignorar ese rol. Esta función explica por qué razón la tasa de interés no se
equipara con la renta agraria. No constituye una punición al desenvolvimiento
capitalista, sino un instrumento para organizar la inversión en función de la
rentabilidad diferenciada que ofrece cada negocio. Las finanzas contemporáneas
desenvuelven este papel mediante administraciones del riesgo que pueden derivar
en todo tipo de desfalcos. Pero el proceso de titularizar bonos mediante la
compraventa de créditos y el empaquetamiento de los títulos es una forma de
organizar el crédito, contemplando la confiabilidad y el beneficio potencial de
cada operación. La presencia de los financistas en la cúspide de muchas
empresas transnacionales no modifica ese rol. Más bien genera una mixtura de
tendencias productivo-financieras en conglomerados que tienden al
autofinanciamiento y a la asunción parcial de muchas funciones que
anteriormente desarrollaban los bancos. A su vez, los financistas actúan en
estas corporaciones amoldando su acción a las estrategias productivas de las
compañías. Este rol desborda ampliamente la simple apropiación de beneficios.
Algunos teóricos estiman que el capital financiero desenvuelve su acción
anticipando los lucros futuros que genera la actividad de los asalariados.
Consideran que ese valor presente es una captura rentista previa de la
plusvalía en gestación[114]. Pero ese proceso sólo puede continuar si existe
fabricación y venta de las mercancías. Si esta secuencia no se efectiviza,
resulta imposible absorber una plusvalía que jamás será creada. Para que exista
trabajo excedente confiscado a los obreros, debe regir algún proceso inversión
y acumulación genuina de capital. Esta actividad no rentista es el fundamento
de todo el sistema. Que los financistas anticipen la captación de
114.
Claude Serfati, “Imperialism et militarisme. Reponse a Antoine Artous”,
Critique Communiste, No. 176, juillet 2005.
152
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152
una
porción del botín en juego, no modifica su dependencia de esa lógica material
reproductiva. La actualización literal de la tesis leninista también incluye la
presentación del capital financiero como el nodo central de un sistema
internacional de sometimiento de los países deudores a las naciones acreedoras.
Se supone que esa atadura financiera de principios del siglo XX ha perdurado
sin grandes cambios[115]. Pero la alteración de ese paisaje salta a la vista.
Basta observar el estatus actual de Estados Unidos. La primera potencia es la
principal deudora de China y nadie podría afirmar que se ha convertido en país
sometido al látigo de los banqueros orientales. La teoría del capital rentista
no logra captar las especificidades de la etapa en curso.
Innovación
tecnológica Otros analistas actualizaron hace varias décadas la visión del
estancamiento tecnológico que Lenin dedujo de la fijación monopólica de precios
y de la generalización de las patentes. Consideraron que las grandes
innovaciones desaparecieron luego del vapor, los ferrocarriles y la
electricidad. Estimaron que el automóvil, los plásticos y la energía nuclear ya
no incluyeron transformaciones de envergadura[116]. Esta pérdida de impulso
innovador es proyectada hasta el presente por quienes relativizan la
importancia de la informática. Sostienen que esa tecnología no encuentra
oportunidades de inversión comparables al pasado. Consideran que el cambio
tecnológico contemporáneo ya no es relevante y no permite contrarrestar el
estancamiento[117]. Pero si este proceso central del capitalismo ocupa un lugar
tan secundario, también la plusvalía relativa ha dejado de operar como fuente
decisiva del beneficio. Este razonamiento choca con el esquema analítico de
Marx, que ubicaba el principal nutriente de la ganancia en la elevación de la
productividad generada por la introducción de nuevas tecnologías.
115.
Claude Serfati, “La economía de la globalización y el ascenso del militarismo”,
Coloquio Internacional Imperio y Resistencias. Universidad Autónoma
Metropolitana, Unidad Xochimilco, México, 6 de octubre de 2005. 116. Paul
Sweezy, “La economía keynesiana”, en El capitalismo moderno, Ed. Nuestro
Tiempo, México, 1973. 117. Bellamy John, Fred Magdoff, “Financial implosion and
stagnation”, Monthly Review, vol. 60,
No. 7, December 2008.
153
153
rePLanteos
deL marxismo
El
filósofo alemán consideraba vital esa dinámica para el surgimiento y
continuidad del capitalismo. No existe ninguna razón para modificar esta
caracterización restringiendo la influencia de la innovación a cierta etapa
histórica de este sistema. El cambio tecnológico es un rasgo incorporado al
modo de producción vigente, puesto que impulsa la competencia entre
concurrentes para bajar costos y obtener mayores ganancias. La renovación de la
maquinaria es definitoria para la ubicación de cada empresa en el mercado. Si
este principio dejara de operar, el poderío de cada grupo patronal ya no
dependería de la plusvalía que extrae, sino de algún otro mecanismo que hasta
ahora nadie ha expuesto. Tampoco existen justificaciones convincentes del
carácter irreproducible de las innovaciones que acompañaron al vapor o al
ferrocarril. En todos los cambios posteriores estuvo presente alguna revolución
tecnológica, gestada en torno a invenciones transformadas en innovaciones.
Estos descubrimientos aparecieron en forma discontinua y en estrecha conexión
con la irrupción de plusganancias que se disolvieron con la generalización
posterior de esos cambios tecnológicos. Al desconocer esta trayectoria se
ignora la relevancia actual de la informatización. Se puede discutir la etapa
de esta transformación. Pero es innegable su impacto sobre los índices de
productividad, las mutaciones del proceso de trabajo y la extensión de los
mercados. La microelectrónica, la generalización de las computadoras y el uso
de las redes han sido decisivos para la reorganización capitalista que
introdujo la mundialización neoliberal[118]. Una eliminación total del progreso
técnico sería incompatible con la continuidad de la acumulación e impediría a
las empresas generar beneficios mediante el incremento de la productividad. El
papel puramente complementario que Marx le asignó a la plusvalía absoluta
(surgida de ampliaciones e intensificaciones de la jornada de trabajo) no se ha
modificado. Sólo las coyunturas de gran depresión detienen la innovación, pero
son suspensiones momentáneas que no alteran las reglas del dinamismo
tecnológico. A veces se argumenta que la innovación presentó formas creativas
en el origen del capitalismo y exhibe modalidades destructivas en la
actualidad. Pero esta clasificación no define si las máquinas y los
instrumentos de trabajo persisten como transmisores del trabajo confiscado
118.
Hemos expuesto nuestra visión en: Claudio Katz, “Mito y realidad de la
revolución informática”, Eseconomía, Instituto Politécnico Nacional, No. 6, año
2, invierno 2003-04.
154
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154
por
los patrones. Si ese basamento perdura, también se mantiene lo esencial de la
innovación. Además, conviene recordar que el capitalismo se nutrió desde su
nacimiento de las tecnologías destructivas generadas en la esfera militar. El
papel de esa rama no es novedoso, puesto que allí siempre se han experimentado
las técnicas que posteriormente se transfieren a la órbita civil. Este
componente destructivo de la innovación ha sido intrínseco al régimen social
vigente en todos sus períodos.
Estancamiento
y ciclos El cambio tecnológico determina el carácter de todos los
desequilibrios que afectan al capitalismo. Estas tensiones provienen del
descontrolado dinamismo (y no del estancamiento) que rodea al sistema. El
ejemplo reciente de este condicionamiento es la debacle ambiental, que ha
irrumpido por una furiosa competencia entre las empresas que fabrican nuevos
bienes a cualquier costo ecológico. Los males del capitalismo contemporáneo
derivan de la intensidad competitiva y de la ambición por el lucro que impone
la expansión del sistema. El neoliberalismo ha confirmado plenamente este
principio al demostrar cómo el capitalismo vuelve a extender su radio
reproductivo cuando se restauran las condiciones favorables para la extracción
de la plusvalía. La principal sorpresa de este período ha sido la irrupción de
China, que dejó atrás su estatus marginal para convertirse en una ascendente
potencia. Si el capitalismo estuviera acosado por un estancamiento sostenido,
no habría dejado espacio para avances de este alcance. Lo ocurrido con China es
totalmente inexplicable en un marco analítico de regresión de las fuerzas
productivas. Es cierto que también se multiplicaron las actividades
parasitarias. Pero esos despilfarros son complementarios. Hay guerras para
asegurar el sometimiento de los oprimidos, se incentivan las necesidades de
consumo artificial para realizar el valor de las mercancías y se amplían los
préstamos para materializar los beneficios gestados en la producción. Es un
error buscar en estas áreas las singularidades del capitalismo contemporáneo.
El declive innovador es postulado por algunos autores junto a la extinción del
comportamiento cíclico del nivel de actividad. Se considera que
155
155
rePLanteos
deL marxismo
han
cesado de operar las fluctuaciones cortas y los movimientos largos que rigieron
durante el surgimiento y madurez del capitalismo[119]. ¿Pero cómo funciona el
sistema sin ese fundamento? Los vaivenes periódicos permiten procesar la
valorización y desvalorización de capitales que necesita un modo de producción
basado en el beneficio. Sin esa sucesión de recuperaciones y recaídas, la
acumulación no podría desenvolverse. En realidad no existe ninguna evidencia de
esa desaparición de oscilaciones productivas. Tampoco hay signos de reemplazo
de estas ondulaciones por secuencias continuadas de caídas del PIB. Una
pendiente de este tipo contradeciría la lógica del capital y no se ha
verificado en ninguna crisis reciente. Las recesiones continúan precedidas por
períodos inversos de crecimiento. La desaparición del ciclo es tan inconcebible
como la subutilización permanente de la capacidad instalada. Esa inmovilización
se verifica en las fases de recesión y se revierte en los momentos de
prosperidad. El uso de las plantas por debajo de sus posibilidades incorpora
costos adicionales, que todas las firmas buscan eludir para amortizar la
inversión y evitar las pérdidas. El ritmo exacto de los ciclos constituye una
incógnita. Algunos analistas evalúan la temporalidad de esas fluctuaciones
reconsiderado su determinación tecnológica o remarcado el peso de múltiples
factores (comportamiento de los salarios, consumo de los sectores no
productivos, precios de las materias primas, desproporcionalidades)[120]. Pero
está fuera de discusión el carácter intrínseco de los ciclos en el
desenvolvimiento del capitalismo. Las crisis siempre irrumpen entre fases de
ascenso y descenso económico. Si las oscilaciones hubieran quedado reemplazadas
por crisis permanentes, resultaría imposible diferenciar esos estallidos de
cualquier otra circunstancia. No habría forma de evaluar la aparición de estos
episodios como acontecimientos específicos. Lo que permite distinguirlos es la
subsistencia de los ciclos. Ningún investigador omite este fenómeno. Todos
evalúan las fluctuaciones como contrapartes de la prosperidad, la reactivación
o el crecimiento.
119.
Jorge Beinstein, “Las crisis en la era senil del capitalismo”, El Viejo Topo,
No. 253, 2009, Madrid. 120. Martins
sugiere el primer determinante y Astarita subraya la incidencia de los segundos
componentes. Carlos Eduardo Martins, “Los impasses de la hegemonía de Estados
Unidos”. Crisis de hegemonía de Estados Unidos. Siglo XXI, México, 2007.
Rolando Astarita, El capitalismo roto, La linterna sorda, Madrid, 2009 (cap.
3).
En
la eclosión del 2008-09 se verificó claramente la persistencia de ambos
procesos. Las expresiones de la crisis (pánico bursátil, insolvencia bancaria,
quebranto industrial) salieron a la superficie al concluir una fluctuación del
ciclo (marcha ascendente de los negocios y auge de ganancias antes del
temblor). La persistencia de ambos fenómenos es indispensable para un sistema
que necesita digerir, a través de oscilaciones periódicas, los procesos
sucesivos de valorización y desvalorización del capital.
¿ETAPA
FINAL O TEMPRANA?
9
158
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el imperio del capital
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158
La
visión de Lenin presenta al imperialismo como un período específico del
capitalismo. Considera que los novedosos rasgos financieros, comerciales y
bélicos del fenómeno expresan la vigencia de una etapa superior o última de ese
sistema. Identifica además esa época con una declinación histórica, que agrava
todas las contradicciones del capitalismo. Esa era de agotamiento es
contrapuesta con el auge predominante durante la etapa ascendente[121].
Gestación
y madurez La hipótesis de un período específico del capitalismo que debatieron
los marxistas a fines del siglo XIX no figuraba en la visión de Marx. El
pensador alemán evaluaba a ese sistema en comparación con otros regímenes
sociales, estableciendo contrastes con el feudalismo o la esclavitud. Limitaba
las periodizaciones del capitalismo a los procesos de gestación de este sistema
(acumulación primitiva) y a modalidades de su desarrollo fabril (cooperación,
manufactura, gran industria). Un gran aporte de Lenin fue percibir la
existencia de otro tipo de etapas e inaugurar su análisis, refinando las
evaluaciones que suscitó entre los marxistas la depresión de 1873-96. Estos
debates indujeron al líder bolchevique a introducir el novedoso concepto de
períodos históricos diferenciados del capitalismo. Su tesis de la decadencia
estaba a tono con el clima de catástrofe que desató el inició de la Primera
Guerra y que se extendió hasta el fin de la segunda conflagración. Durante esos
años aparecieron muchas caracterizaciones semejantes, que asociaban la
generalización del belicismo con el declive del capitalismo. Este contexto
impulsó a establecer una separación cualitativa entre la prosperidad del siglo
XIX y la declinación de la centuria posterior. Pero lo más llamativo ha sido la
persistencia de este criterio hasta la actualidad. Distintos autores marxistas
mantienen esta visión para caracterizar el escenario contemporáneo. Estas
concepciones contraponen en forma categórica los dos períodos. Consideran que
la pujanza de la primera etapa fue seguida por un continuado descenso, que
perdura hasta el debut del siglo XXI. La caracterización que planteó Lenin para
un momento peculiar es proyectada a toda
121.
Vladimir Ilich Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo, Buenos
Aires, Quadrata, 2006.
159
159
¿etaPa
finaL o temPrana?
la
era posterior, y el año 1914 es visto como una divisoria de aguas para el
destino de la humanidad[122]. Con este enfoque, la evaluación de Lenin se torna
omnipresente y sus observaciones de un período específico se transforman en la
norma de una prolongada época. Las monumentales transformaciones que se
registraron durante esta centuria quedan reducidas a una continuada secuencia
de equivalencias entre 1914 y el 2011. Las enormes mutaciones que experimentó
el capitalismo entre ambas fechas incluyen nada menos que el desenvolvimiento
de distintos intentos de socialismo en un tercio del planeta. Al suponer que
durante este período “solo se profundizaron las tendencias de la era
leninista”, se omiten estos giros ciclópeos que registró el curso de la historia.
Para comprender el imperialismo de nuestro tiempo es indispensable reconocer
las discontinuidades con la época de Lenin. La visión del dirigente bolchevique
incluía una expectativa de extinción del capitalismo antes de que este sistema
arribara a su madurez en el plano internacional. Esta apuesta explica la
presentación del imperialismo como una etapa final de ese régimen social.
Durante el período clásico de 1880-1914, el capitalismo alcanzó por primera vez
una dimensión efectivamente mundial, la cual impuso la dramática rivalidad por
acaparar las fuentes de abastecimiento y los mercados de exportación. Pero este
alcance no implicaba plenitud capitalista, puesto que aún existían vastas
regiones habitadas por poblaciones campesinas que estaban divorciadas de la
norma de la acumulación. Esta subsistencia explica por qué razón Luxemburg veía
el límite del sistema en el agotamiento del entorno precapitalista. El imperio
total del capital sólo emergió posteriormente, cuando se afianzaron los tres
principios de este modo de producción a escala global: imperativo de la
competencia, maximización de la ganancia y acumulación basada en la explotación
del trabajo asalariado. La conformación del denominado bloque socialista
restringió este alcance, pero su implosión posterior reabrió un escenario de
universalización casi completa del capital. El imperialismo clásico constituyó
una etapa del capitalismo y no su período final. Lenin tuvo el acierto de
captar la posibilidad de una transición socialista previa a la expansión
generalizada del régimen precedente y buscó un camino político para concretar
esa transformación.
122.
Esta tesis en: Pablo Rieznik, “En defensa del catastrofismo. Miseria de la
economía de izquierda”, en Defensa del
Marxismo, Buenos Aires, Nº 34, 19 de octubre de 2006.
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Pero
al cabo de un sinuoso curso de la historia, el capitalismo ha persistido.
Soportó el cuestionamiento de levantamientos populares mayúsculos que no fueron
coronados con la erradicación del sistema. El periodo analizado por Lenin no
fue la última etapa del capitalismo. Constituyó tan sólo una era clásica del
imperialismo que estuvo precedida por el colonialismo y fue sucedida por el
imperio contemporáneo del capital. Esa fase es vista por algunos autores como
un momento intermedio de la expansión global (Amin) y por otros analistas como
una etapa temprana de esa ampliación (Harvey, Wood, Panitch). Pero, en ningún
caso constituyó un estadio terminal del sistema[123].
Las
mutaciones del siglo XX Algunas evaluaciones cuestionan la tesis de una “etapa
final”, objetando la visión del imperialismo como período singular del
capitalismo. Postulan el análisis del fenómeno como un dato permanente del
sistema. Con ese criterio subrayan las distintas modificaciones que registró el
imperialismo en función de las transformaciones análogas que tuvo el modo de
producción, y reemplazan la visión tradicional del fenómeno como un momento
cronológico por su estudio como una forma de dominación jerarquizada del
capitalismo a escala global. En lugar de observar tan sólo una etapa,
consideran varios períodos de este tipo[124]. Este enfoque contribuye a
cuestionar el erróneo concepto de “etapa última” como un estadio que irrumpió
en ciertas circunstancias y se ha perpetuado para siempre. Se plantea
acertadamente que el imperialismo no es una noción inmutable ni intocable. Pero
la idea de una variedad de imperialismo con anterioridad al siglo XX diluye la
especificidad de este concepto en comparación con el colonialismo y debilita su
conexión con una época de creciente consolidación del capitalismo. Lo más
adecuado es destacar que el debut del imperialismo corresponde al momento
señalado por Lenin y que, desde ese surgimiento, atravesó por tres períodos
diferenciados.
123.
Samir Amin, “Capitalismo, imperialismo, mundialización”, en Resistencias
Mundiales, CLACSO, Buenos Aires, 2001.
David Harvey, The New Imperialism, Oxford University Press, 2003 (cap. 2).
Ellen Meiskins Wood, Empire of Capital, Verso, 2003, (cap. 6). Leo Panitch, Sam
Gindin, “Capitalismo global e imperio norteamericano. El nuevo desafío
imperial”, Socialist Register, 2004, CLACSO, Buenos Aires, 2005. 124. William Taab, “Imperialism: In tribute to
Harry Magdoff”, Monthly Review, vol. 58, No. 10, march 2007. Samir Amin,
“Capitalismo, imperialismo, mundialización”, en Resistencias Mundiales, CLACSO,
Buenos Aires, 2001.
161
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Primero,
el imperialismo clásico correspondió a una era de expansión económica, con gran
protagonismo de la empresa privada, en un marco de importantes reservas
territoriales. En ese momento la asociación mundial del capital era limitada y
las crisis cíclicas devenían con cierta automaticidad en aceleradas
recomposiciones del nivel de actividad. Posteriormente, con el fin de las
confrontaciones interimperiales y con el entrelazamiento de capitales de
diverso origen nacional, surgió el imperialismo de posguerra. En esta etapa el
fenómeno estuvo muy conectado con el novedoso intervencionismo estatal, que
aseguró la continuidad de la acumulación. Desde la segunda mitad del siglo XX,
las finanzas públicas socorrieron a los bancos en los momentos de urgencia y apuntalaron
el desenvolvimiento corriente de estas entidades. El gasto público se
transformó en un dato perdurable que reflejó la necesidad de suplir las
limitaciones reproductivas del sistema con auxilios estatales. Este cambio
ilustró la pérdida de energías espontáneas que sufrió el capitalismo para
sostener su propio desenvolvimiento e introdujo un nuevo parámetro para
establecer diferencias cualitativas entre el surgimiento y la madurez de este
modo de producción[125]. Esa transformación inauguró también la presencia de
nuevos tipos de contradicciones, resultantes del funcionamiento más complejo
que presentó el capitalismo de posguerra. Las dificultades que enfrentó la
reproducción del sistema generaron desequilibrios más variados. Finalmente, en
el período neoliberal, se consumó otro giro de gran alcance, que dio lugar al
surgimiento de otra etapa del capitalismo. La continuada intervención estatal
ilustra la persistencia de muchos rasgos de la era precedente, pero el sentido
de esa acción ha cambiado. Ya no apuntala mejoras sociales o políticas
keynesianas de inversión, sino que sostiene una reorganización regresiva atada
a las normas de la mundialización neoliberal. Estas tres etapas del siglo
XX-XXI no son comprensibles mediante simples distinciones entre épocas
ascendentes y declinantes del capitalismo. Incluir a todos los períodos
(clásico, posguerra y neoliberalismo) en una megaetapa de descenso histórico
genera más problemas que soluciones: dificulta la explicación de las enormes
diferencias que separan a cada uno de esos momentos. La contraposición binaria
entre auge y decadencia
125.
Esta tesis la expuso: Ernest Mandel, El capitalismo tardío, Era, México, 1979,
(cap. 6 y 18).
162
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impide
captar esas transformaciones y, al eludir ese análisis, se navega en un mundo
generalidades. La tesis de la decadencia es habitualmente expuesta junto a
teorías de la crisis permanente del capitalismo, que olvidan la localización o
temporalidad circunscripta de esas disrupciones. La imagen de un estallido
constante, sin fecha de inicio, puntos de agravamiento o momentos de distensión
conduce a evaluaciones indescifrables. Frecuentemente se realzan las tensiones
contemporáneas como un dato totalmente novedoso, olvidando que la ausencia de
armonía es un rasgo característico del sistema vigente. Las crisis constituyen
solo un momento de quiebra del capitalismo y no una fase constante de
funcionamiento de este sistema. La identificación del imperialismo como una
época terminal conduce a suponer que el capitalismo se encamina en forma
automática hacia su propio colapso. En lugar de captar los múltiples
desequilibrios que genera un sistema de competencia por lucros surgidos de la
explotación, se estima que el sistema se desliza hacia algún desmoronamiento
fatal. Ese desbarranque es atribuido a la simple regresión de las fuerzas
productivas. Pero esta visión omite que ningún régimen colapsa por acumulación
intrínseca de desequilibrios económicos. Es la acción política de los sujetos
–organizados en torno a clases dominantes y dominadas– lo que determina la
caída o supervivencia de un sistema social. La vieja creencia en límites
económicos infranqueables para la continuidad del capitalismo ha sido
desmentida en incontables oportunidades. No es el agotamiento de los mercados o
la insuficiencia de plusvalía lo que erradicará a ese régimen, sino la
maduración de un proyecto político socialista.
¿Otro
tipo de sistema? La mirada del imperialismo contemporáneo centrada en
contrastar una vieja etapa de progreso con un período actual de decadencia
resalta la denuncia de un sistema que amenaza el futuro de la sociedad humana.
¿Pero es correcto abordar esa crítica contraponiendo ambas etapas? ¿Cuál es el
significado exacto de la noción declive histórico? Algunas caracterizaciones
interpretan este concepto como una combinación de estallido financiero con
deterioro energético, ambiental y alimenticio, en escenarios geopolíticos
dominados por una pérdida de brújula del capitalismo. Estiman que la agonía del
sistema obedece a la dominación de las finanzas, a obstrucciones en el cambio
tecnológico
163
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y al
reemplazo de las viejas fluctuaciones cíclicas por una declinación continuada[126].
Pero la cronología de ese crepúsculo no queda establecida con nitidez. A veces
se sitúa su inicio en 1914 y, en otros momentos, en los años 70, aunque la
caída es siempre contrapuesta con la pujante era industrial del pasado. Se
supone que el capitalismo languidece desde hace mucho tiempo, pero no se
precisa cuándo comenzó la regresión. Si esa declinación es fechada a principio
del siglo XX se torna imposible explicar el boom de la posguerra, que involucró
índices de crecimiento superiores a cualquier etapa precedente. Ubicando el
debut del estancamiento en los años setenta, no se entiende cuáles fueron los
acontecimientos que desataron ese ocaso. Pero el principal problema de esta
visión es su presentación del capitalismo como un sistema que funciona con los
parámetros de otro modo de producción. Si las transformaciones que se
puntualizan han alcanzado la envergadura descrita, el régimen imperante ha
perdido las principales características de la estructura que analizó Marx. La
discusión debe, por tanto, referirse más a la subsistencia del capitalismo que
a su estadio histórico. Un régimen económico acechado por el estancamiento
perdurable y sometido a la succión financiera de todos sus excedentes, ya no se
desenvuelve en torno a la extracción de plusvalía. Este fundamento sólo tiene
sentido en una formación social regulada por la competencia en torno a
beneficios surgidos de la explotación. En ese sistema los procesos de
acumulación están centrados en la esfera productiva y se desenvuelven a través
de fases de crecimiento y depresión. Si esta secuencia ha desaparecido, la ley
del valor ya no cumple un papel rector y otras normas determinan las tendencias
de la economía real. Con esa mirada, el viejo concepto de capitalismo ya no se
amolda a la nueva realidad. Existe un manifiesto distanciamiento entre el
razonamiento de Marx y diversas concepciones posteriores del imperialismo. El
primer enfoque resalta desequilibrios objetivos del capitalismo y el segundo se
fundamenta en teorías de la dominación internacional. Estas visiones ponen el
acento en el militarismo y diluyen las conexiones existentes entre la función
opresiva de la violencia y la dinámica competitiva de la acumulación.
126.
Jorge Beinstein, “Las crisis en la era senil del capitalismo”, El Viejo Topo,
No. 253, 2009. Jorge Beinstein, “Acople depresivo global”, ALAI, 13-2-09. Jorge
Beinstein, “La crisis es financiera, energética, alimentaria y ambiental”,
Página 12, 3-5-09.
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La
teoría del declive terminal percibe con más acierto una peculiar contradicción
reciente: la combinación de sobreproducción de bienes industriales y
subproducción de materias primas[127]. Pero también aquí el problema es la
valoración de ese desequilibrio. No es lo mismo asignarle un alcance específico
derivado de múltiples desproporciones coyunturales, que interpretarlo como una
expresión de resurgimiento precapitalista. Con esta segunda mirada se estima
que la escasez de insumos básicos tiende a crear una situación semejante a la
observada en los siglos XVI-XVII. Esta analogía refuerza la presentación del
capitalismo contemporáneo como un sistema que opera con otros principios y, por
esta razón, se olvidan algunas diferencias claves con los regímenes precedentes.
Mientras que los trastornos de subproducción que acosaban al Medioevo derivaban
de calamidades climáticas, sanitarias o bélicas, las insuficiencias de la época
en curso provienen de la concurrencia por explotar los recursos naturales con
criterios de rentabilidad. Las carencias del pasado obedecían a la inmadurez
del desarrollo capitalista, y los faltantes actuales expresan la vigencia plena
de este sistema. El contraste simplificado entre un período floreciente y otro
decadente del capitalismo pierde de vista los rasgos del sistema que han sido
comunes a todas sus etapas. Al enfatizar esa separación se desconoce cuáles son
las reglas de funcionamiento expuestas por Marx y se utilizan criterios más
afines al estudio de otros regímenes sociales. El uso de estos parámetros
conduce frecuentemente a buscar pistas de esclarecimiento en comparaciones con
la Antigüedad y en analogías con el declive del imperio romano. Esta semejanza
es particularmente tentadora para quienes consideran que el capitalismo contemporáneo
atraviesa por la etapa final de su decadencia. Los principales parecidos entre
ambos declives son habitualmente ubicados en el estancamiento productivo, la
sobreexplotación de los recursos naturales y la depredación de los recursos
estatales por parte de los grupos dominantes. Las adversidades generadas por la
sobreexpansión militar del imperialismo norteamericano son también asociadas
con lo ocurrido al comienzo del primer milenio. Pero en estos paralelos se
suele olvidar que el poder de Roma descansaba en la propiedad territorial y que
el imperio del capital se asienta en la
127.
Jorge Beinstein, “El concepto de crisis a comienzo del siglo XXI. Pensar la
decadencia”, Herramienta, No. 30, octubre 2005, Buenos Aires.
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explotación
del trabajo asalariado. De esta distinción surgen criterios de estudio muy
diferentes. No es lo mismo la centralidad del cultivo agrícola que la
preeminencia de la producción industrial, ni tampoco es equivalente el
sobretrabajo de los esclavos a la plusvalía de los obreros. Un modo de
producción que sobrevive conquistando territorios no tiene los mismos
requerimientos que otro asentado en la productividad de las empresas. El
reconocimiento de estas distinciones no es una minucia historiográfica. Conduce
a evaluar la presencia de regímenes sociales cualitativamente distintos y, por
lo tanto, sometidos a cursos de evolución muy divergentes. Los ejercicios de
futurología pueden ser estimulantes si las similitudes formales no obnubilan
esta disparidad de trayectorias.
¿Críticas
al capitalismo o a su estadio? El análisis del imperialismo fundado en la
óptica de la decadencia presenta las atrocidades que despliega el gendarme
norteamericano como un ejemplo del declive: considera que el carácter brutal de
las invasiones, las ocupaciones y las masacres que perpetra el Pentágono
ilustran esa declinación[128]. Pero esta mirada confunde la denuncia con la
interpretación. No es lo mismo repudiar con vehemencia los atropellos
imperiales que identificar estas acciones con la regresión histórica. Si se
considera que esas monstruosidades son peculiaridades de la ancianidad del
capitalismo, hay que imaginar su ausencia en las etapas anteriores de ese modo
de producción. Los desaciertos de esa evaluación saltan a la vista. Es sabido que
la violencia extrema acompañó al capitalismo desde su nacimiento. Las ciencias
sociales no han aportado hasta ahora ningún barómetro serio para cuantificar si
esa coerción se atenuó, incrementó o mantuvo constante en los últimos siglos.
Sólo puede constatarse que los períodos de mayor cataclismo fueron seguidos por
treguas pacificadoras que, a su vez, prepararon nuevas masacres. La trayectoria
que presentaron las distintas modalidades del imperialismo se ajustan a esta
secuencia. Cualquier otra presentación histórica de esta dramática evolución,
conduce a indultar a un régimen social que se ha reproducido generando
incalificables tragedias en todos sus estadios. Son tan ingenuas las creencias
en la madurez civilizatoria del capitalismo actual, como los diagnósticos de
mayor salvajismo en este período.
128.
Ibídem.
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166
El
problema que afronta la humanidad desde hace mucho tiempo es la simple
permanencia del capitalismo. Cuando se cargan las tintas en identificar la
barbarie sólo con el presente, queda abierto el camino para una idealización
del pasado. Se olvida la trayectoria seguida por un modo de producción asentado
en la explotación, que se edificó con terribles sufrimientos populares. La
etapa en curso no es más atroz que las anteriores. Los tormentos de las últimas
décadas han continuado la pesada carga de las devastaciones previas. El
capitalismo se gestó con la sangría de la acumulación primitiva en Europa, se
erigió con la masacre demográfica de los pueblos originarios de América Latina,
cobró forma con la esclavización de los africanos y se afianzó con el avasallamiento
colonial de la población asiática. El simple punteo de estas carnicerías
alcanza y sobra para desmentir cualquier supuesto de benevolencia en el origen
del capitalismo. Es totalmente arbitrario presentar las masacres contemporáneas
como actos más vandálicos que esos antecedentes. El problema no es la
decadencia, sino las tendencias destructivas intrínsecas de este modo de
producción. La imagen de un período ascendente de paz y progreso opuesto a otro
declinante de guerras y regresiones no se corresponde con la historia del
capitalismo. Sin embargo, esta caracterización reapareció una y otra vez y
logró gran predicamento en los períodos de mayor tragedia bélica. En esos
momentos fue muy corriente la comparación con los momentos de menor militarización.
Este diagnóstico fue especialmente expuesto por los teóricos marxistas del
imperialismo clásico, que reflejaron el clima de cataclismo de su época. El
gran problema posterior ha sido la extrapolación mecánica de estas
caracterizaciones a circunstancias de otro tipo. Se ha ignorado que esos
diagnósticos no fueron concebidos como fórmulas eternas. La proyección de esas
evaluaciones a distintos tiempos y lugares introduce una fuerte distorsión en
la crítica del capitalismo. Este cuestionamiento queda localizado en un período
histórico y no en la naturaleza del sistema. Por esa vía se propaga la denuncia
de la declinación en desmedro de las objeciones al funcionamiento interno de
este modo de producción. No se cuestiona tanto la explotación, la desigualdad o
la irracionalidad, sino la inoportunidad histórica de estas acciones. Lo más
erróneo es suponer que la batalla contra el capitalismo sólo se justifica en la
actualidad y que no tuvo fundamento durante la formación o consolidación de
este sistema.
167
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Esta
última equivocación arrastra un pesado legado de razonamientos positivistas,
que influyeron negativamente sobre el marxismo. Durante mucho tiempo incidieron
las teorías que invalidaban cualquier acción contraria al “desarrollo de las
fuerzas productivas” o al desenvolvimiento de una “etapa progresista” del
capitalismo. Ciertas corrientes políticas situaban estos períodos en el siglo
XIX y otras lo extendían a segmentos de la centuria siguiente. En este segundo
caso enfatizaban especialmente la gravitación de estos procesos en los países
dependientes. Con estas clasificaciones se adoptó una mirada mecanicista sobre
el devenir del sistema. Se omitió que esa evolución nunca estuvo predeterminada
y que las posibilidades de mutación histórica a favor de los oprimidos siempre
estuvieron abiertas. Es equivocado suponer que en algunos estadios, el
capitalismo constituyó la única (o la mejor) opción para el desenvolvimiento de
la humanidad. La trayectoria que siguieron los sucesivos modos de producción
(y, especialmente, sus diversas formaciones económico-sociales) nunca estuvo
preestablecida en alguna ley de la naturaleza. En cierto marco de condiciones
objetivas, el curso prevaleciente siempre emergió de los desenlaces que
tuvieron las luchas políticas y sociales. Al observar el proceso histórico
desde esta óptica, se pone el acento en el cuestionamiento del capitalismo como
régimen de opresión, sin ensalzar su ascenso ni objetar su descenso. De esta
forma se evita la presentación unilateral de ciertos acontecimientos
contemporáneos como peculiaridades de la decadencia, cuando en realidad fueron
rasgos corrientes del pasado. El siglo XIX incluyó, por ejemplo, declives de
potencias hegemónicas (Francia), oprobiosos actos de especulación financiera
(desplome bursátil de las acciones ferroviarias), tormentosas situaciones de
miseria popular (hambrunas y emigraciones masivas de 1850-90) y etapas de
impase de la innovación (antes de la electrificación).
Primacía
de la acción política La crítica al capitalismo como sistema en todas sus
etapas es congruente con la mirada que tuvieron los marxistas clásicos del
imperialismo como un momento histórico de transición al socialismo. Atribuían
esta evolución al creciente antagonismo creado por la socialización de las
fuerzas productivas a escala mundial y la persistente apropiación privada
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168
por
parte de minorías privilegiadas. Este postulado ha sido actualizado por varios
autores[129]. Esta tesis mantiene su validez en términos genéricos, pero
conviene precisar su alcance específico. No implica desemboques inexorables y
su consumación es muy dependiente de la maduración alternativa de un proyecto
socialista. El capitalismo es un régimen social afectado por crecientes
contradicciones y no por un destino de estancamiento y desplome terminal. No
tiende a disolverse por puro envejecimiento y carece de una fecha de
vencimiento en la esfera estrictamente económica. Esta problemática tiene
importantes implicancias políticas. Al resaltar el carácter tormentoso del
capitalismo, se identifica su continuidad con perturbaciones constantes. Esas
convulsiones se traducen en agresiones contra los pueblos, que desatan
reacciones y una fuerte tendencia a la resistencia social. De esa lucha depende
el futuro de la sociedad. Si las clases explotadas logran construir su propia
opción política, también podrán avanzar hacia la erradicación del capitalismo.
Pero, si esa alternativa no emerge o no encuentra cursos de acción victoriosos,
el mismo sistema tenderá a recrearse una y otra vez. El problema de la sociedad
contemporánea no radica, por lo tanto, en la declinación del régimen imperante,
sino en la construcción de una opción superadora. Esta edificación ha estado
históricamente rodeada por cambiantes contextos de mejoras populares y
agresiones patronales. Quienes desconocen esta fluctuación, suelen suponer que en
el “capitalismo decadente ya no hay reformas sociales”. Esa visión impide
reconocer el contraste que históricamente se registró entre épocas de reforma
social (1880-1914) y períodos de atropellos capitalistas (1914-1940). Este
contrapunto –avizorado por los marxistas clásicos– se repitió posteriormente.
Una secuencia de avances sociales acompañó al Estado de bienestar (1950-70) y
otra escalada inversa de golpes patronales ha prevalecido desde el ascenso del
neoliberalismo (1980-90). El capitalismo no es un sistema congelado que
arremete sin pausa desde hace un siglo contra los logros obtenidos a fines del
siglo XIX. Es un régimen sometido a la tónica que impone la lucha de clases y
las relaciones sociales de fuerza imperantes en cada etapa.
129.
Ver: Plinio Sampaio de Arruda, “¿Por qué volver a Lenin? Imperialismo, barbarie
y revolución”, 9-7-2008, www.lahaine.org/amauta/todos
RIVALIDADES
ATENUADAS
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Algunos
autores que subrayan la continuidad del imperialismo clásico también avizoran
un retorno de los choques entre potencias. Consideran que esa reaparición
ratificará las semejanzas con el período leninista y discuten quiénes serán los
protagonistas de esos enfrentamientos. Ciertos analistas estiman que las
principales colisiones opondrán a Estados Unidos con un bloque rusoeuropeo o
con una alianza chinoasiática, al cabo de un proceso de fortalecimiento de las
áreas monetarias de una u otra región[130]. Otros enfoques desenvuelven un
razonamiento parecido, sin detallar quiénes serían los actores del futuro
conflicto[131].
¿Resurge
la confrontación interimperial? Estos diagnósticos no tienen corroboración
empírica. Las tensiones comerciales y geopolíticas entre las potencias han sido
un dato cotidiano de los últimos 60 años, pero siempre desembocaron en alguna
negociación. En ningún caso se vislumbró una reaparición de las situaciones de
entreguerras. Los conflictos económicos no se proyectaron al terreno militar, y
esa tendencia persiste en la actualidad. La reaparición de las conflagraciones
armadas dentro del bloque occidental no es una hipótesis en discusión en ningún
ámbito relevante. Un escenario de guerra entre Alemania y Francia, entre
Estados Unidos y Japón o entre integrantes significativos de la OTAN está fuera
de consideración. Este descarte ha quedado incorporado como un dato de la
realidad contemporánea, olvidando que constituye un rasgo histórico
relativamente reciente. Hasta la mitad del siglo XX, ese tipo de
enfrentamientos constituía el hecho dominante del contexto internacional. Como
este viraje introduce un serio problema en la teoría clásica del imperialismo,
algunos autores destacan la novedad creada por el armamento nuclear. Afirman
que las grandes potencias son conscientes de la dinámica autodestructiva que
generaría un conflicto armado. Por esta razón desplazaron sus choques a los
escenarios indirectos del Tercer Mundo. Mientras disputan sus divergencias en
África, Asia Central o Medio Oriente, amplían el arsenal atómico como amenaza
disuasiva[132].
130.
Luciano Vasapollo, “Imperialismo y competencia global”, Laberinto, No. 18,
segundo cuatrimestre 2005. 131. David Yaffe, “New imperialism, new
opportunism”, FRFI, No. 185, June-July 2005, www.revolutionarycomunistorg 132.
Chris Harman, “Analysing Imperialism”, International Socialism, No. 99, Summer
2003.
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rivaLidades
atenuadas
Pero
las amenazas de incursión militar directa siempre se orientan contra terceros.
La disuasión nuclear de Francia no está dirigida contra Gran Bretaña, y las
bombas que perfecciona Estados Unidos no apuntan contra sus socios desarmados
de Japón o Alemania. Este mismo tablero se proyecta a la periferia. Cualquier
invasión norteamericana en Medio Oriente constituye un mensaje de dominación
para sus competidores. Pero, a diferencia de lo ocurrido a principio del siglo
XX, ese chantaje no prepara agresiones contra potencias del bloque occidental.
Ningún marine ensaya en Irak la repetición del desembarco de Normandía. Esta
realidad geopolítica ha quedado naturalizada, a pesar de su carácter histórico
novedoso. Algunos analistas subrayan acertadamente que las confrontaciones
interimperialistas han quedado limitadas por muchos factores (entrelazamiento
financiero entre las potencias, solidaridad política entre las clases
dominantes) y un determinante decisivo: la aplastante superioridad militar de
Estados Unidos[133]. Esta primacía disipa efectivamente las viejas
conflagraciones. Ninguna potencia puede desafiar al país que monopoliza la
mitad del gasto bélico mundial, comanda la OTAN y controla la red global de
bases militares. Pero una vez reconocido este rol del Pentágono, hay que
analizar cómo esta supremacía modifica la teoría leninista del imperialismo.
Muchos autores perciben la trascendencia de este cambio, pero no logran
conceptualizarlo. Consideran que el nuevo escenario abre un abanico indefinido
de alternativas y relativizan la desaparición de las rivalidades militares
interimperialistas clásicas[134]. Esa reaparición de confrontaciones entre
potencias es siempre posible, pero es altamente improbable. Exigiría anular
primero todo el sistema de protección militar que Estados Unidos construyó con
el aval de sus aliados. Ese desmonte no se avizora en ninguna parte. Al
contrario, todos los países de la tríada han reafirmado su aceptación del
padrinazgo bélico norteamericano. Algunas tentativas de un escenario opuesto,
que aparecieron en las últimas dos décadas, se diluyeron con llamativa
celeridad. El distanciamiento francés de la OTAN se revirtió y los disgustos de
Japón y Alemania por la presencia de marines en sus territorios no
evolucionaron hacia el
133.
Claude Serfati, La mondialisation armée, Textuel, Paris, 2001. 134. Francois
Chesnais, “The economic foundations and needs of contemporary imperialism”,
Historical Materialism, vol. 15, Issue 3, 2007.
172
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172
rearme
independiente. Tampoco Gran Bretaña adoptó iniciativas sin el visto bueno de su
hermano mayor. Este equilibrio puede ser visto como una expresión simultánea de
debilidad norteamericana e impotencia de sus rivales. Pero incluso ese balance
de fuerzas no tiene efectos neutrales. Conduce a preservar una supremacía
bélica estadounidense, que sus socios no cuestionan. Los aliados discuten los
términos de ese liderazgo (y, sobre todo, sus costos), pero no objetan su
continuidad. Otros autores cuestionan con razonamientos afines a la teoría
clásica el carácter perdurable de la hegemonía militar norteamericana.
Presentan numerosos ejemplos de continuidad de la rivalidad entre potencias y
subrayan la intensidad de los choques comerciales, monetarios y financieros
entre Europa y Estados Unidos. Estiman que la concurrencia por controlar las
riquezas petroleras acrecienta, por ejemplo, las discrepancias
geopolíticas[135]. Pero nadie niega la existencia de esas disputas. El
capitalismo es un sistema económico basado en la concurrencia y funciona
mediante pugnas sistemáticas por el manejo de los negocios. El problema en
debate es el alcance militar de esos choques. Mientras que en el pasado existía
cierta proporcionalidad entre la rivalidad económica y bélica, en la actualidad
esa relación ha quedado fracturada por la supremacía militar estadounidense.
Los afectados por esa superioridad no intentan revertirla por temor a perder la
protección que ofrece el gran estabilizador del capitalismo global. Todos los
conflictos de los últimos años han confirmado esa predilección por regenerar el
sostén militar norteamericano. Europa y Japón acompañaron las decisiones
estadounidenses en los Balcanes, Somalia, Irak y Afganistán. Cualquier acción
bélica occidental realizada por el Pentágono es avalada por sus aliados, y es
aquí donde radica la gran diferencia del imperialismo norteamericano con su
precedente británico. El reconocimiento de estos comportamientos no impide a
ciertos analistas concebir un retorno a los viejos parámetros de confrontación
entre potencias. Argumentan que ese escenario no implica la vigencia de guerras
permanentes, sino el acrecentamiento de las tensiones en múltiples
órbitas[136].
135.
Alex Callinicos, “Imperialism and global political economy”, International
Socialism, No. 108, 2005. 136. Marcelo Yunes, “Imperialismo y teoría marxista
en América Latina”, Socialismo o Barbarie, No. 23-24, diciembre 2009.
173
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rivaLidades
atenuadas
Pero
lo distintivo del imperialismo clásico no era esa variedad de conflictos, sino
la existencia guerras en gran escala por el reparto del mundo. Estos
enfrentamientos no se han repetido ni tienden a reiterarse. Es más importante
explicar este hecho que especular sobre la hipotética recreación de esas
situaciones.
¿Otros
contendientes? Algunos partidarios de la tesis clásica del imperialismo estiman
que una confrontación bélica semejante al pasado podría enfrentar a Estados
Unidos con Rusia o con China. Ambos países son contendientes militares de peso,
controlan grandes arsenales nucleares y persisten como adversarios prioritarios
del Pentágono. Este conflicto es visto en algunos enfoques como una
prolongación de lo ocurrido durante la guerra fría. Se estima que los choques
de ese período constituyeron rivalidades entre potencias por el control de
áreas de influencia en los puntos más estratégicos del planeta[137]. Una
caracterización semejante predominó en las escuelas convencionales de ciencia
política desde el fin de la Segunda Guerra hasta el desplome de la URSS. Se
observaba la pugna “entre el comunismo y el mundo libre” como una batalla entre
equivalentes por la dominación mundial, que reproducía las rivalidades
ancestrales de todos los imperios. Pero este diagnóstico fallaba en un aspecto
central: la Unión Soviética no era un país capitalista y tampoco desenvolvía
una política imperialista. El sistema económico reinante en ese país incluía la
presencia de relaciones mercantiles y salariales, pero operaba sin propiedad
privada de los medios de producción y sin acumulación sostenida de capital,
aunque si existía una capa explotadora que erosionó las formas iniciales de la
planificación e impuso una fuerte regresión de la conciencia revolucionaria. La
dirigencia estaba constituida por formaciones burocráticas totalmente alejadas
del ideal socialista[138]. Pero ese régimen político no implicaba vigencia del
capitalismo o plenitud de mercado. Quiénes presentan a la ex URSS como una
potencia imperialista (o social-imperialista) parten de una equivocada
identificación de ese sistema con alguna modalidad de capitalismo de Estado.
137.
Chris Harman, “Analysing Imperialism”, International Socialism, No. 99, Summer
2003. 138. Hemos desarrollado este tema en: Claudio Katz, El porvenir del
socialismo, Primera edición: Editorial Herramienta e Imago Mundi, Buenos Aires,
2004 (cap. 2).
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Bajo
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Ese
erróneo enfoque tiene importantes consecuencias políticas. Al aplicar criterios
de rivalidad interimperial al conflicto entre Estados Unidos y el ex “bloque
socialista” se supone que ambos contendientes eran igualmente reaccionarios.
Siguiendo ese razonamiento, correspondía denunciarlos en común y objetar
cualquier diferenciación entre ambos. Pero ese neutralismo chocaba con la
dinámica que prevaleció durante décadas en los campos de lucha anticolonial y
antiimperialista de Asia, África o América Latina. Durante ese período, los
movimientos revolucionarios criticaban el carácter insuficiente del apoyo
político y militar brindado por la URSS a las batallas contra el gendarme
norteamericano. En Vietnam, Cuba, Congo o Nicaragua nadie observaba a la Unión Soviética
como un enemigo equivalente a los marines. A la cabeza del “bloque socialista”
no se encontraba una potencia imperial asociada al Pentágono (como Gran Bretaña
o Francia), sino un régimen que participaba en forma limitada e inconsecuente
en el conflicto con Estados Unidos. La incomprensión de este dato implicaba
adoptar políticas de abstención en las batallas antiimperialistas de esa época.
Esta visión era convergente con las teorías en boga que cuestionaban los “dos
totalitarismos”, sin registrar diferencia alguna entre la URSS y los Estados
Unidos. Esa identidad era postulada por muchos defensores del capitalismo, pero
no congeniaba con la batalla contra ese sistema de opresión. Luego de la
restauración del sistema burgués en Rusia y de su avanzada reconstitución en
China, las controversias de la guerra fría han perdido actualidad. Existen
varios criterios para definir en qué punto de esta involución se encuentran
ambos países, según se priorice el rumbo del poder político, el peso de las
nuevas clases dominantes, el tipo de coordinación económica o las modalidades
imperantes de crisis. Pero incluso suponiendo que esta transformación estuviera
completada, sería todavía muy discutible postular el carácter interimperial de
una eventual confrontación con Estados Unidos. Dado el carácter reciente de
estos procesos de restauración, sería todavía prematuro el uso de calificativos
de este tipo.
Diagnósticos
y pronósticos Dada la regresión social e inestabilidad política que ha
predominado en Rusia, muchos analistas consideran que China es el gran
candidato a chocar con el dominador norteamericano. El espectacular crecimiento
de la potencia asiática y su arrolladora tendencia a la expansión financiera y
175
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rivaLidades
atenuadas
comercial
han transformado esa hipótesis en una posibilidad evaluada por los estrategas
del establishment. Pero en las miradas más audaces China es vista todavía como
una potencia en constitución. Por esta razón ha sido bautizada con la
denominación intermedia de “emergente”. Lejos de contar con una historia
imperial reciente, fue víctima de un gran saqueo colonial antes de su
independencia. Su asombrosa irrupción en la economía mundial es una novedad muy
reciente. La utilización del término imperialista para caracterizar este
despegue global debería, en todo caso, subrayar el carácter inicial de ese
desenvolvimiento. Las caracterizaciones leninistas del imperialismo clásico
estaban siempre referidas a batallas por el reparto del mundo entre viejas
potencias (Francia, Gran Bretaña) y nuevos contrincantes (Estados Unidos,
Alemania, Japón) con probada vocación para invadir territorios y con ejércitos
muy predispuestos para la guerra. China no se encuentra en una situación de ese
tipo. Su performance no es comparable a los protagonistas de la Primera Guerra
y es actualmente imposible pronosticar si alguna vez alcanzara ese estatus. Es
aventurado afirmar que el país ya está dirigido por una clase dominante con
ambiciones de hegemonía global y consiguiente disposición al enfrentamiento con
Estados Unidos. La elite china ha demostrado hasta ahora una nítida inclinación
por un curso opuesto de mayor asociación y convivencia con Norteamérica y
Europa. El predominio de estas tendencias es incluso reconocido por los enfoques
que más resaltan la potencialidad conflictiva de las relaciones
chinoamericanas. Esta tendencia es acorde al alto grado de inversión extranjera
que existe en el país. Ciertamente el gigante oriental es un desafiante de
envergadura de Estados Unidos y su veloz desarrollo genera cursos imprevistos y
parcialmente incontrolables. Pero la conversión de estos procesos en acciones
imperiales no es automática. Se requiere una decisión política de confrontar
con los rivales y la existencia de sólidos intereses expansionistas derivados
de los beneficios gestados en el exterior. Como estos rasgos no están a la
vista, la conversión simultánea de China en una potencia capitalista e
imperialista es tan solo una posibilidad. La tendencia a evaluar cualquier
tensión entre potencias como un afianzado choque interimperialista es un error
de razonamiento, en gran medida determinado por la atadura a los patrones del
imperialismo
176
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176
clásico.
El modelo leninista justamente subrayaba la preeminencia de estas oposiciones,
puesto que efectivamente constituían el dato central de esa época. La
extrapolación de esa visión al contexto contemporáneo ya condujo a errores de
pronóstico entre quienes esperaban un inmediato reinicio de las rivalidades
interimperialistas luego del colapso de la URSS. Esta fallida previsión no
obedeció a subestimaciones de las relaciones de fuerza entre las potencias,
sino a suponer que la realidad geopolítica de 1991 era semejante a 1914 o
1939[139].
Competencia
atenuada Las teorías del resurgimiento de las rivalidades político-militares
son objetadas por muchos autores distanciados de la visión clásica. Pero esta
diferenciación no les impide postular otra hipótesis de reaparición de la
concurrencia económica. Estiman que el agravamiento de las disputas comerciales
y monetarias entre Estados Unidos, Europa o Japón constituye el dato central de
las últimas décadas y describen esta competencia en el plano exclusivamente
económico, evitando definir sus consecuencias en la esfera geopolítica[140].
Este enfoque destaca que la economía norteamericana sufre un gran
desplazamiento por parte de sus rivales. Recuerda que desde los años 60,
aprovechando las desventajas que arrastra Norteamérica por su despegue inicial,
Alemania y Japón lideraron la recuperación económica. Considera que Estados
Unidos carga con los costos superiores y las tecnologías obsoletas que
acompañan “al que llegó primero”. Sus seguidores aprovechan, en cambio, la
rémora para ganar terreno. Esta mirada señala también que la competencia en
juego genera situaciones de sobreproducción que afectan a todos los actores.
Como el capitalismo opera sin normas planificadas de ajuste de la producción al
consumo, los excedentes irrumpen con fuerza, deteriorando la tasa de ganancia.
En los años 50 y 60, el sistema lograba absorber esos sobrantes,
139.
Ver el debate entre Alex Callinicos, “Imperialism and global political
economy”, International Socialism, No. 108, 2005, y Leo Panitch and Sam Gindin,
“Imperialism and global political economy”, International Socialism, No 109,
2006. 140. Robert Brenner, “The boom and the booble”, New Left Review, No. 6,
december 2000.
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atenuadas
pero
en las últimas décadas ya no hay cabida para todos y la crisis asume formas
perdurables[141]. El mérito de esta óptica es describir cómo la competencia
desestabiliza el funcionamiento del capitalismo. Este señalamiento introduce un
importante correctivo a la concepción leninista de los monopolios. Resalta las
contradicciones generadas por la primacía de la concurrencia y retrata
acertadamente el proceso de reproducción del capital como una espiral
ascendente de acumulación y crisis. Pero esta correcta observación no es
complementada con un reconocimiento de las nuevas formas de asociación que
enlazan a las empresas transnacionales. Se omite analizar cómo este dato ha
transformado el escenario geopolítico de la competencia. No se toma en cuenta
que la amalgama global de capitales ha generado procesos de integración que
limitan las conflagraciones tradicionales. Por esa razón se desconoce que la
recuperación económica de Japón y Alemania nunca amenazó la primacía
político-militar norteamericana. Las conclusiones omitidas por esa tesis son
vitales para indagar el sentido de la concurrencia contemporánea. No basta con
intuir la existencia de una transformación radical en el funcionamiento del
capitalismo. Hay que analizarla y destacar sus efectos sobre el perfil de la
competencia. Al soslayar este problema, queda abierto el escenario para todo
tipo de tendencias. Se considera factible, por ejemplo, una evolución de las
relaciones imperiales en el sentido avizorado por Kautsky y también un curso
opuesto en la dirección resaltada por Lenin[142]. Estas ambivalencias surgen de
un razonamiento centrado en la competencia, el cual no evalúa los vínculos de
tal concurrencia con la mundialización económica y la supremacía militar
norteamericana. Esta limitación impide notar que la rivalidad contemporánea
adopta formas muy distintas al viejo aglutinamiento en torno a los Estados
nacionales. La competencia entre potencias se procesa en la actualidad como
pugnas entre empresas enlazadas con distintos Estados y enjambres regionales.
En lugar de desemboques militares y proteccionismos aduaneros, esa concurrencia
conduce a fuertes procesos de desvalorización parcial de las existencias y
recomposición regresiva del mercado de trabajo.
141.
Robert Brenner, “The economics of global turbulence”, New Left Review, No. 229,
may-june 1998, London. 142. Robert
Brenner, “What Is, and What Is Not, Imperialism?”, Historical Materialism, vol.
14.4, 2006.
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178
Estas
reorganizaciones recrean el aumento de las ganancias y de la productividad,
junto a la digestión parcial de los viejos excedentes. Pero este desenlace
acrecienta la aparición de nuevos formas de sobreproducción. La visión que sólo
subraya la intensificación de la competencia pierde de vista este dinamismo y
tiende a vincular la sobreproducción con modalidades de estancamiento absoluto
del capitalismo contemporáneo. Por otra parte las rivalidades económicas
contemporáneas no pueden ser analizadas en forma satisfactoria si se abstrae la
dimensión geopolítica de este proceso. Esta omisión impide percibir cómo
Estados Unidos compensa sus desventajas productivas con acciones
político-militares. Este liderazgo le otorgó a la primera potencia no sólo
instrumentos para contrarrestar su decreciente competitividad industrial, sino
también herramientas para imponer estrictos techos al avance de Alemania y
Japón. Como Estados Unidos fija las reglas generales de la acción imperial,
siempre contó con mayor margen para definir las normas internacionales de
aranceles o tipos de cambio. “Llegar primero” al mando global no sólo entraña
costos, también brinda oportunidades para la recuperación hegemónica luego de
cada recaída. Las restantes potencias de la tríada no manejan esa segunda
carta. Bajo el imperialismo actual, la competencia se intensifica en un
deliberado marco de restricción geoestratégica. Esta limitación modifica el
sentido clásico de la rivalidad y exige incrementar la atención en los
distintos elementos del contexto extraeconómico. De lo contrario, surge una
tentación de actualización de la teoría clásica en cierto terreno (competencia
de costos) y no en otro (conquista de territorios). Estas insuficiencias
obstruyen la caracterización del imperialismo actual. La dificultad para poner
en sintonía el diagnóstico económico con el análisis político contrasta con uno
de los grandes aciertos que tuvo Lenin. Al integrar ambos planos, el líder
bolchevique formuló una concepción, esclareció el carácter de la guerra y
permitió postular políticas socialistas. La comprensión del imperialismo actual
exige retomar ese método analítico, evitando la reducción del estudio a puras
tensiones de competitividad entre las potencias. Lo mismo ocurre con las luchas
sociales. Las polémicas entre Lenin y Kautsky tuvieron trascendencia histórica
por su conexión directa con la acción de la clase trabajadora. Buscar ese mismo
enlace es decisivo para desenvolver una teoría satisfactoria del imperialismo
contemporáneo, que enmarque las rivalidades mercantiles en el cambiante
escenario de la lucha de clases.
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rivaLidades
atenuadas
Proteccionismo
y bloques La atención en la concurrencia económica entre potencias es
congruente con otras visiones que resaltan la renovada gravitación de
tendencias proteccionistas. Este curso es presentado a veces como una reacción
neomercantilista frente a las tensiones que genera la mundialización
neoliberal. Se estima que la reintroducción de políticas comerciales
unilaterales es particularmente utilizada por Estados Unidos para contrarrestar
la competencia europea[143]. Este tipo de medidas apareció ciertamente en
numerosas situaciones de las últimas décadas. Especialmente en los momentos de
crisis han resurgido las iniciativas para penalizar las importaciones,
incentivar el dumping o trampear los tratados de libre comercio con
restricciones paraarancelarias. Un instrumento de estas maniobras es la guerra
entre monedas. Estados Unidos ha presionado a China para que revalúe el yuan
con la misma intensidad que acosó a Japón en la década pasada para encareciera
el yen. La primera potencia devalúa al mismo tiempo el dólar frente al euro,
buscando mantener una cotización atractiva de su divisa que garantice la
afluencia de los capitales necesarios para financiar su déficit comercial y
fiscal. Sin embargo, el proteccionismo no es una tendencia predominante en la
economía contemporánea. La presión opuesta hacia la liberalización comercial ha
sido más relevante en las últimas décadas. Esta primacía es visible en el
número de tratados suscritos, en la tasa promedio de los aranceles nacionales y
regionales, en el crecimiento del comercio y en la gravitación alcanzada por
las empresas transnacionales, que funcionan intercambiando insumos a escala
global. La conformación de bloques proteccionistas constituía en la era clásica
una antesala de la guerra. Esa secuencia ha desaparecido. Tampoco se repite el
modelo alemán de List o el relativo aislacionismo norteamericano del siglo XIX.
Incluso los esquemas de sustitución de importaciones que aplicaban los países
subdesarrollados han perdido gravitación. Las políticas neomercantilistas del
pasado estaban en consonancia con la prioridad absoluta que tenían los mercados
internos en la estrategia de las grandes corporaciones. En ese período
prevalecía también una homogeneidad total en el origen nacional de los
propietarios de las grandes compañías.
143.
James Petras, “Los imperios euro-americano en la era neomercantilista”, Laberinto, No. 7, octubre 2001, Málaga.
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Este
rasgo tendió a modificarse en la posguerra con el surgimiento de las empresas
multinacionales y sufrió alteraciones mayores bajo la mundialización neoliberal
reciente. El crecimiento de China en las últimas dos décadas no siguió, por
ejemplo, el viejo patrón de acumulación inicial interna, sino que estuvo
directamente conectado con el avance de la internacionalización. El capitalismo
contemporáneo opera con patrones más mundializados y crecientemente adversos al
neomercantilismo. Esta dinámica expresa tendencias de largo plazo, derivadas de
la necesidad de ensanchar los espacios geográficos. Algunos enfoques no
perciben esta evolución al interpretar la mundialización como un episodio
cíclico de expansión internacional y retracción nacional del desenvolvimiento
económico. Estiman que una globalización temprana (siglos XV-XVIII) fue seguida
por etapas proteccionistas (XVIII-XIX) y que este encierro dio lugar a un
período de mundialización (1870-1914). Posteriormente aparecieron fases de
crecimiento doméstico (1945-1970), que a su vez desembocaron en aperturas
posteriores[144]. Esta mirada observa el desenvolvimiento histórico del
capitalismo cómo el vaivén de tendencias simétricas hacia la liberalización y
el proteccionismo. Los períodos de prosperidad son acompañados por fases
comerciales expansivas, y las etapas de recesión imponen la sustitución del
comercio internacional por transacciones locales[145]. Ciertamente, el ciclo
económico determina un comportamiento oscilante del nivel interno de producción
y esos vaivenes se extienden a nivel internacional. Pero en el largo plazo la
mundialización predomina sobre la nacionalización a escala global, puesto que
la continuidad de la acumulación necesita sortear la estrechez del marco
doméstico. Al desconocer esta tendencia se tiende a relativizar el salto
actualmente registrado en la internacionalización de la economía, suponiendo
que sólo repite estadios del mismo tipo ya alcanzados en el pasado. La
comparación más corriente resalta una equivalencia entre la globalización
neoliberal de finales del siglo XX con la mundialización liberal de principios
de esa centuria. Esa analogía es equivocada, puesto que contrasta dos
dimensiones incomparables. El grueso de la actividad económica en el primer
período se encontraba totalmente al margen del circuito mundial y la
internaciona
144. James Petras, “Globalización: un análisis
crítico”, Herramienta (Suplemento), setiembre 1999. 145. James Petras, “The process of globalisation”,
Links, No. 7, september 1996.
181
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atenuadas
lización
de la inversión o el comercio abarcaban territorios muy reducidos en
comparación con el contexto contemporáneo.
Concurrencia
económica y geopolítica Otras visiones centradas en la rivalidad entre
potencias consideran que el imperialismo contemporáneo está caracterizado por
un cruce entre competencias económicas y geopolíticas. Estiman que la
intersección de la concurrencia internacional de capitales con las pugnas
territoriales de los Estados actualiza la tesis de Lenin. Subrayan la presencia
de una unidad contradictoria e inestable entre ambos planos[146]. Este enfoque
reconoce que la competencia interestatal ya no presenta la nitidez del pasado.
Por esta razón destaca la existencia de nuevas disociaciones entre la órbita
económica y geopolítica. Pero a la hora de ilustrar cómo se manifiestan estas
tensiones, solo destaca rasgos muy emparentados con la mirada clásica. Los
ejemplos señalados son pugnas entre Estados Unidos y Europa por el control de
los territorios y mercados de la periferia[147]. De hecho, esta concepción
presenta una versión aligerada de la visión leninista de las rivalidades
interimperiales por objetivos simultáneamente económicos y territoriales. Este
criterio es utilizado para subdividir la historia del siglo XX en tres
subperiodos de batallas entre potencias (1914-45, guerra fría, y post-1991). Un
razonamiento semejante presentan otros autores para describir variantes
atenuadas del imperialismo clásico, quienes resaltan también la vigencia de la
tesis clásica, junto a la existencia de mayores obstáculos para la consumación
de las viejas tendencias; describen especialmente cómo la compulsión a la competencia
se encuentra contrarrestada por presiones opuestas a la cooperación, y estiman
que una combinación de ambos movimientos podría ser teorizada mediante alguna
noción de “coompetición”[148]. Pero esta mirada no logra zanjar los problemas
en debate, más bien acepta que las principales tendencias del esquema leninista
han quedado neutralizadas, aunque no deduce ningún planteo de revisión del
enfoque
146. Callinicos Alex, “La teoría marxista y el
imperialismo en nuestros días”, Razón y Revolución, No. 56, Buenos Aires, 2010.
147.Alex Callinicos, “Making sense of imperialism”, International Socialism,
No. 108, 2006. 148. José Luis Rojo,
“Cuando se prepara una recaída”, Socialismo o Barbarie, No. 23-24, diciembre
2009.
182
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182
tradicional.
Se limita a postular la genérica actualización de esa visión mediante
enunciados que no logra efectivizar. Esta imposibilidad deriva de su omisión de
las causas que han modificado por completo el escenario vigente a principios
del siglo XX. El intento de modernizar la teoría clásica destacando
disociaciones entre competencias económicas y geopolíticas remarca parentescos
con la tesis de Bujarin, que fue explícitamente expuesta como un choque de
disputas competitivas y geopolíticas. También resalta familiaridades con
descripciones más recientes de la oposición existente entre las lógicas
capitalistas y territoriales[149]. Un trabajo muy citado es la investigación de
Harvey, que interpreta el imperialismo contemporáneo como una fusión contradictoria
entre distintas políticas de Estados y formas de acumulación de capital. Se
destaca que estos dos procesos generan situaciones traumáticas a medida que la
expansión de los negocios desborda el territorio imponiendo despliegues
agresivos[150]. Esta visión recoge un diagnóstico de Hannah Arendt que
destacaba cómo el impulso a la acumulación ilimitada conducía a la acumulación
ilimitada de poder. Esta visión destacaba que la reproducción del capital fuera
de las fronteras nacionales tiende a imponer la necesidad de un sostén armado.
El imperialismo es un resultado de la acción que desarrollan las potencias para
enriquecerse con el auxilio de la fuerza. Esta asociación entre economía y
poder fue inicialmente utilizada por Arendt para interpretar las conflagraciones
de entreguerras. Posteriormente, ese mismo enfoque sirvió para explicar el
choque entre Estados Unidos y la URSS. Pero el problema radica en que ninguna
de estas situaciones se corresponde con el imperialismo actual. Las
confrontaciones clásicas por el reparto del mundo se han diluido y la guerra
fría no constituyó una batalla interimperial. La proyección de los
desequilibrios capitalistas a la esfera militar ya no asume las formas que
concebía Arendt. La presentación del desborde de la acumulación y de las
rivalidades político-militares como un conflicto entre lógicas capitalistas y
lógicas territoriales conlleva dos tipos de problemas. Por un lado, se describe
a ambos procesos como equivalentes, cuando en realidad el desarrollo
capitalista tiende a subordinar la dinámica espacial al imperio del capital.
149. Alex Callinicos, “Imperialism and global
political economy”, International Socialism, No. 108, 2005. 150. David Harvey,
The New Imperialism, Oxford University Press, 2003, cap. 6.
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atenuadas
Por
otra parte, se olvida que la confrontación territorial entre potencias ya no
tiene el viejo sentido de oposición bélica. Además, si bien la lógica
territorial y la lógica capitalista son distintas, no está claro en qué planos
son contradictorias. Nuevo imperialismo El enfoque de Harvey es frecuentemente
citado para respaldar actualizaciones del imperialismo clásico. Pero, en
realidad, sólo contiene algunos elementos de esa concepción y se ubica en un
terreno de superación de esa teoría. Retoma la visión tradicional para destacar
que el capitalismo ha funcionado durante siglos contrarrestando las tensiones
internas de las metrópolis mediante expansiones al resto del mundo. El sistema
se ha desarrollado buscando mercados externos para las mercancías sobrantes y
los capitales excedentes. A través de estos desplazamientos, el capitalismo
intenta superar en otras latitudes las dificultades de rentabilidad que
enfrenta en los centros. Esta dinámica genera reconfiguraciones espaciales
sistemáticas de la acumulación[151]. Esta identificación del imperialismo con
desequilibrios suscitados por la expansión del sistema contiene el ingrediente
clásico. Pero este rasgo es más familiar a la mirada de Luxemburg que a la
caracterización de Lenin. La revolucionaria alemana explicaba el fenómeno por
la necesidad de realizar en la periferia la plusvalía no absorbida en las
economías centrales. Harvey reivindica parcialmente esta concepción, remarcando
que “el capital necesita buscar su otro” para completar el circuito de la acumulación.
El papel que a principio del siglo XX cumplían los territorios subdesarrollados
de África, Asia o América Latina fue ocupado por los ex “países socialistas” al
concluir la centuria pasada. En lugar de incursionar en regiones agrarias y
primitivas, el capitalismo contemporáneo encontró vastos mercados de consumo,
con fuerza de trabajo adiestrada para la fabricación de productos complejos.
Pero tal como ocurrió en el pasado, estos desplazamientos geográficos no
eliminan las tensiones originales. Las contradicciones que el capital
transfiere a la periferia tienden a repercutir posteriormente sobre el propio
centro. Harvey destaca estas continuidades con la era clásica, pero también
reconoce el cambio introducido por la nueva asociación internacional entre
empresas de distinto origen. Subraya la consiguiente sustitución de
151.
David Harvey Los límites del capital,
Fondo de Cultura Económica, 1982 (cap. 7, 10, 12 y 13, punto 7).
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las
viejas rivalidades nacionales por competencias más mixturadas. Señala que estas
transformaciones han introducido un nuevo perfil cosmopolita en las burguesías
contemporáneas que potencia el aspecto cooperativo descrito por Kautsky.
Destaca también que este elemento de convergencia económica global no conduce a
la estabilización capitalista que imaginaba el líder socialdemócrata[152]. Esta
visión es opuesta a los enfoques que observan con temor cualquier revisión
“neokautskiana”, olvidando que los dardos contra el dirigente de la II
Internacional hay que situarlos en el terreno político del pacifismo y no en la
percepción de las nuevas tendencias asociativas del capital[153]. Las
transformaciones significativas que observa Harvey en la caracterización del
estadio actual, lo inducen a teorizar la existencia de un “nuevo imperialismo”.
Con esta denominación resalta el mayor alcance global del fenómeno en
comparación con el pasado y también la presencia de otro tipo de desequilibrios
centrales. La contradicción más subrayada es la ausencia de uniformidad de la
acumulación y la consiguiente tensión entre concentración y dispersión
geográfica. El capital necesita reproducirse en cierto lugar, pero se ve
empujado a trasladarse a otros ámbitos. Una fuerza induce a la concentración
para generar plusvalía en economías de escala, centros urbanos y fábricas
cercanas. Otra fuerza contrarresta el deterioro de la productividad creado por
esa congestión con nuevos impulsos hacia la dispersión geográfica[154]. Harvey
estima que estas dos tendencias se procesan a través de choques entre grupos
que lucran con el mantenimiento de la localización original y sectores que se
benefician con la movilidad. Tradicionalmente, el capital industrial favorecía
el primer comportamiento y, el financiero, el segundo. Pero el desarrollo de
las empresas transnacionales ha creado una variada combinación de cursos hacia
la centralización y la descentralización del capital.
152. David Harvey, “In what ways is the new
imperialism really new?”, Historical Materialism, vol. 15, Issue 3, 2007.
153. Estos errores en: Marcelo Yunes,
“Imperialismo y teoría marxista en América Latina”, Socialismo o Barbarie, No.
23-24, diciembre 2009. También: Juan Chingo, “El capitalismo mundial en una
crisis histórica”, Estrategia Internacional, No. 25, diciembre 2008-enero 2009.
154. David Harvey, A brief history of
Neoliberalism, Oxford University Press, New York, 2005 (cap. 4).
Estos
conflictos entre fijación y movilidad del capital se zanjan a través de crisis
itinerantes que estallan en distintas regiones, generando traumáticos procesos
de desvalorización del capital y la fuerza de trabajo. El nuevo imperialismo
intenta brindar nuevas salidas a este problema crónico del capitalismo, pero
sólo multiplica la crisis del sistema[155]. Harvey aporta con este enfoque una
interpretación correlacionada con los desequilibrios espaciales. Brinda una
explicación “horizontal” de las contradicciones del imperialismo que
complementa las aproximaciones “verticales” centradas en la dinámica del valor.
Su visión pone de relieve la complejidad teórica que rodea al análisis
contemporáneo.
155. David Harvey, Los límites del capital, Fondo
de Cultura Económica, 1982, (cap. 13, puntos 1 a 5, cap. 13, punto 7). David
Harvey, “In what ways is the new imperialism really new?”, Historical
Materialism, vol. 15, Issue 3, 2007.
EL
DECLIVE NORTEAMERICANO EN DISCUSIÓN
11
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188
Muchas
teorías de resurgimiento de la rivalidad interimperial se inspiran en
diagnósticos de declinación estadounidense. Consideran que ese declive modifica
drásticamente la configuración del capitalismo contemporáneo y tiende a reabrir
la competencia por el reparto del mundo. Hay diagnósticos fuertes y moderados
de esa evolución y distintas caracterizaciones sobre el retroceso
estadounidense.
Los
argumentos de la declinación El enfoque más corriente remarca la regresión
económica. Destaca que el gigante del Norte perdió la superioridad de
posguerra; ya no controla el 50% de la industria mundial y no ejerce un reinado
monetario. Señala que la inconvertibilidad del dólar (1971) acentúo el
deterioro de Estados Unidos frente a Europa o Japón y estima que esa caída se
profundizó en las últimas dos décadas de ascenso chino. Resalta la presencia de
un generalizado repliegue de la producción norteamericana, que incluye
desmoronamientos de la productividad, obsolescencia de la estructura
manufacturera y creciente desindustrialización[156]. En el análisis de este
estancamiento se hace hincapié en la pérdida de empleos industriales, la
expansión de los servicios y el déficit comercial, que son atribuidos a la
masiva importación de bienes anteriormente fabricados en el país. Este
desequilibrio externo es explicado por una descontrolada inclinación
norteamericana al sobreconsumo, que favorece a las empresas foráneas[157]. El
retroceso del dólar es presentado como otro barómetro del declive. La pérdida
de señorazgo de esa divisa es vista como un proceso irreversible. Se supone que
concluirá con el reemplazo del billete que reguló durante décadas las
transacciones internacionales por otras monedas (euro, yen, yuan) o por la
formación de una canasta de signos sustitutos[158]. Esta sustitución es también
asociada con la transformación de un viejo acreedor mundial en el principal
deudor contemporáneo. Estados Unidos es descrito como un agobiado prestatario
que depende del flujo de capitales externos para solventar su deuda pública.
Esta atadura –que obliga al país a sostener tasas de interés atractivas para
los adquirientes foráneos de
156.
Giovanni Arrighi, “Hegemony Unravelling”, Part I, New Left Review, No. 32,
March/April 2005. 157. Chalmers Johnson, “El significado del imperialismo”,
www.prodavinci.com, 27-1-09. 158. Immanuel Wallerstein, “¿De quién es el siglo
XXI?”, Página 12, 26-7-06.
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bonos
del tesoro– es identificada con otras experiencias de declive histórico. Se
recuerda que la sofocación deudora determinó en el pasado el fin de la
expansión material y el comienzo de la regresión financiera de todas las
potencias declinantes[159]. Este retroceso es señalado, a su vez, como el
principal causante de la segmentación económico-social que soporta Estados
Unidos. La fractura que corroe la movilidad ascendente de posguerra ya sepulta
el modelo de empleo e ingresos ascendentes que caracterizó al fordismo[160]. El
ritmo de caída del imperio norteamericano suscita controversias. Algunos
autores sostienen que ese desplome supera ampliamente la percepción corriente.
Consideran que estuvo enmascarado durante la última década por el derrumbe del
contendiente soviético y por los artificios de la globalización financiera.
Estiman que una economía depredadora y dependiente de la exacción de recursos
de otros países tiende al desplome y repetirá la trayectoria seguida por España
durante el siglo XVII. Esa potencia disimulaba su quiebra con el oro sustraído
del Nuevo Mundo[161]. Otras visiones son más cautelosas. Reconocen que Estados
Unidos logró posponer su caída mediante un paréntesis de “belle époque” gestado
durante el neoliberalismo. El país pudo reorientar los flujos financieros hacia
su propio mercado y contó con recursos suficientes para doblegar a la URSS y
domesticar al Sur[162]. Pero este desahogo no alcanzaría y solo demoraría la
decadencia que ya padeció anteriormente el imperio británico. Ese antecedente
incluyó los mismos giros hacia la intermediación comercial y el refugio en las
finanzas. Estados Unidos carga, además, con una orfandad de dominios
territoriales que le impide repetir la administración de la regresión que logró
Inglaterra a principios del siglo XX[163]. De estas caracterizaciones surgen
contundentes previsiones sobre el fin del liderazgo norteamericano, que algunos
autores sitúan en una fecha precisa (año 2025) y otros imaginan en horizontes
más indefinidos.
159.
Bob Sutcliffe, “Imperialism Old and New”, Historical Materialism, vol. 14.4, 2006. 160. Immanuel Wallerstein, Capitalismo histórico y
movimientos antisistémicos: un análisis de sistemas- mundo, 2004, Akal, Madrid,
(cap. 26). 161. Emmanuel Todd, “El ilusorio poder ilimitado de EEUU”, La Hoja
Latinoamericana rodelu.net 5-1-2004. 162. Giovanni Arrighi, Adam Smith en
Pekín, Akal, 2007, Madrid, (cap. 5 y 6) 163. Giovanni Arrighi, “Hegemony
Unravelling”, Part II, New Left Review, No. 33, May/June 2005.
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Pero
todos convocan a “desacoplarse” por cualquier vía del desplome
estadounidense[164].
Singularidades
financieras Las teorías que diagnostican el declive norteamericano analizan la
economía de esa potencia con los mismos parámetros de cualquier otro país. No
registran las peculiaridades de una estructura muy singular. Estos rasgos se
forjaron durante la posguerra y se consolidaron en las últimas décadas de
mundialización neoliberal. A diferencia de otros países, Estados Unidos juega
un papel primordial en la reproducción del capital global –tomar en cuenta este
dato resulta indispensable en cualquier evaluación–. El simple contraste de
índices de productividad, endeudamiento o gravitación monetaria del gigante del
Norte con sus rivales olvida esta particularidad y se limita a extender la
teoría realista de las relaciones internacionales al campo de la economía, con
lo cual traza un contrapunto en el plano industrial, comercial o financiero
entre países desarrollados, asumiendo que compiten en igualdad de condiciones
por la dominación mundial. Con esa mirada se supone que Estadios Unidos pierde posiciones
frente a sus rivales, desconociendo que esa batalla no se desenvuelve como una
confrontación entre pares: ningún adversario cumple el rol políticomilitar que
juega el gendarme imperial en la preservación del sistema que defienden todos
los concurrentes. Una mirada exclusivamente centrada en la competencia era
válida a fines del siglo XIX, pero no sirve en la actualidad. Se ha consumado
una internacionalización de la economía, un salto en la asociación mundial de
los capitales y un incremento cualitativo en la gravitación de las empresas
transnacionales que modifican el viejo escenario. En el contexto vigente,
Estados Unidos ocupa un rol decisivo en la organización de la economía global.
Esa centralidad es muy evidente en el plano financiero y por esta razón los
teóricos del declive son más cautelosos en los diagnósticos de este sector.
Reconocen la continuada preeminencia de los bancos estadounidenses, que perdura
como un factor determinante de la mundialización contemporánea.
164.
Immanuel Wallerstein, “El tigre acorralado”, Página 12, 14-906. Giovanni
Arrighi, “Conceptos fundamentales para comprender el capitalismo actual”,
Herramienta, No. 38, junio 2008.
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Mediante
la expansión de esas entidades se forjó inicialmente el mercado del euro-dólar,
que financió la internacionalización de las empresas norteamericanas y,
especialmente, su asociación con las compañías europeas. Esa plaza se convirtió
en el principal antecedente de los depósitos desregulados y las transacciones
extraterritoriales, que posteriormente forjaron la mundialización financiera.
Los bancos norteamericanos facilitaron un manejo autónomo de la liquidez
mundial, el cual apuntaló el protagonismo de la City londinense. Cuando las
desregulación de esa actividad exigió mayor incidencia directa de la Reserva
Federal, la centralización de las operaciones se trasladó a Nueva York. Este
giro fue precedido por una gran depuración de los propios bancos estadounidenses,
que sufrieron un recorte del 36% de sus entidades a fines de los 70, y una
segunda limpieza de gran porte a principios de los 90. Este ajuste se enmarcó
en una ofensiva neoliberal que comenzó en Washington con la decisión de
encarecer la tasa de interés[165]. Esta gravitación de las finanzas
norteamericanas quedó confirmada durante las últimas dos décadas por el rol que
han jugado Wall Street (en el circuito bursátil internacional) y la Reserva
Federal (en la circulación global del capital). Lo ocurrido en la crisis
reciente ha sido muy ilustrativo de este poderío. Toda la política de socorro
estatal a los bancos implementada a nivel internacional fue primero definida
por los banqueros estadounidenses, luego asumida por el gobierno de ese país y,
finalmente, adoptada por el resto de las potencias. Esa preeminencia se
verifica también en las negociaciones para reorganizar el sistema bancario.
Estados Unidos le impuso a Alemania y a Francia la preservación del actual
esquema de finanzas liberalizadas con algún ajuste cosmético de los paraísos
fiscales. Todo el reordenamiento de las normas bancarias internacionales ha
quedado subordinado, además, al ajuste previo de las entidades norteamericanas.
El control sobre las calificadoras, la supervisión de los fondos buitres, la
regulación de los capitales mínimos y las restricciones al apalancamiento que
se dispongan en Estados Unidos fijarán la pauta a seguir en todo el planeta. El
modelo de la FED sería primero adoptado por el FMI y posteriormente exportado
al resto de las naciones. Los tiempos de esta renovación dependen de las
tensiones internas que afronta la administración de Obama.
165.
Ver: Leo Panitch, Colin Leys, “Las finanzas y el imperio norteamericano”, El
imperio recargado, CLACSO, Buenos Aires, 2005.
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La
FED actuó durante la crisis de 2008-2010 como un Banco Central con influencia
mundial y definió la política predominante de bajísimas tasas de interés. Japón
volvió a exhibir sometimiento financiero al padrino estadounidense, y el ente
rector de las finanzas europeas fue incapaz de adoptar medidas significativas:
mantuvo una postura conservadora y restringió su radio de acción al Viejo
Continente. La gravitación de las finanzas norteamericanas obedece al rol
estratégico que continúa cumpliendo ese sector en la internacionalización del
movimiento de capitales. Esta circulación no quedó interrumpida por ninguna
crisis de las últimas décadas. Al contrario, cada colapso bancario vigorizó la
globalización de las finanzas que impulsan todas las potencias, pero que
asegura Estados Unidos. Este rol de garante no se verifica sólo observando la
localización del capital. Hay que notar quiénes son los socios y custodios de
los flujos financieros desperdigados por todo el planeta.
Divisas
y endeudamiento El lugar del dólar en este proceso es un tema más
controvertido. Es evidente que esa divisa ya no tiene la supremacía indiscutida
de los años 50. Pero su inconvertibilidad arrastra más de cuatro décadas, y
durante ese lapso no se registró el desplome incontenible de un signo carente
de respaldo real. Predominaron sucesivos ciclos de ascenso y descenso de esa
cotización, junto a la aparición de varias monedas de mayor alcance global.
Ninguna de estas divisas se ha perfilado, hasta ahora, como reemplazante del
billete norteamericano. Lo ocurrido en la crisis reciente confirmó este
panorama. El dólar se convirtió en el principal refugio monetario frente al
desmoronamiento de los bancos. En la emergencia, los acaudalados del planeta
optaron por proteger sus ahorros en esa divisa (en llamativo contraste con el
euro). La moneda del Viejo Continente debió sostenerse con un anclaje, que el
Banco Central Europeo sostuvo mediante tasas de interés superiores a las
vigentes en Estados Unidos. Esa entidad actuó con muchas vacilaciones para
apuntalar un signo creado durante la bonanza y sometido a su primer test de
consistencia. En la distensión financiera que ha sucedido al pico del colapso
del 2008-09, el dólar ha vuelto a caer. Esta baja ciertamente refleja la
búsqueda de un equilibrio monetario que exprese las nuevas relaciones de fuerza
vigentes entre la primera potencia y el resto del mundo. Estados Unidos intenta
mantener cierta primacía, manejando una devaluación que
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le
permita reducir el déficit comercial sin afectar la afluencia internacional de
capitales. Negocia con sus rivales estos dos objetivos contradictorios,
mientras que sus competidores intentan aminorar la gravitación del dólar,
evitando su completa sustitución por otra moneda. La tendencia preeminente
apunta disminuir la supremacía monetaria norteamericana, sin eliminar su
gravitación. El euro no se perfila como reemplazante del dólar, el yen ni
siquiera ambiciona disputar ese rol y el yuan no opera todavía libremente en
los mercados internacionales. Nadie avala tampoco un retorno a las áreas
monetarias cerradas de entreguerras. Por esta razón, se discute la formación de
distinto tipo de canastas o billetes compartidos, como los Derechos Especiales
de Giro, cuya viabilidad dependerá del carácter manejable o descontrolado que
asuma la crisis actual. En general, los rivales buscan nuevas formas de
asociación y no de confrontación (o reemplazo) de Estados Unidos[166]. Este
interés por preservar la estabilidad del dólar obedece a un propósito
comercial: continuar la colocación de productos en el principal mercado del
planeta. Mediante la importación masiva de bienes, la economía norteamericana
mantuvo aceitado el ritmo de actividad mundial, durante la última década. Todos
los exportadores intentan sostener su cuota de ventas en Estados Unidos, y esa
tarea exige mantener la gravitación del dólar. En este contexto hay que
analizar la conversión de Estados Unidos en un gran deudor. Semejante lugar
puede ser interpretado como un signo de decadencia y subordinación a los
rivales ascendentes, pero es, en realidad, otro indicio del papel central que
ocupa la primera potencia en el ciclo mundial de los negocios. Existen muchas
discusiones sobre la magnitud real del endeudamiento externo norteamericano y
del costo de su refinanciación externa a partir de un déficit comercial que
saltó del 1,7% (1982-97) al 5-6% del PIB (200310). Las calificadoras han
reducido el puntaje de confiabilidad de la deuda, y los republicanos impulsan
la formación de una comisión con plenos poderes para monitorear una drástica
reducción del pasivo. Estos datos son ilustrativos del debilitamiento interno
de la economía norteamericana. Sin embargo, el país mantiene su estratégica
importancia como absorbente de las mercancías excedentes. La actitud de China
durante la crisis reciente retrató el interés que mantienen las restantes
potencias en el sostenimiento de ese mercado. El gigante oriental decidió
refinanciar
166.
Ver: Christopher Rude, “El rol de la disciplina en la estrategia imperial”, El
imperio recargado, CLACSO, Buenos Aires, 2005.
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el
déficit norteamericano para preservar su corriente de ventas. La posibilidad de
sostener este circuito es muy dudosa y no resulta fácil continuar comerciando a
puro crédito. Pero los teóricos de la declinación norteamericana no logran
explicar por qué razón los concurrentes de la primera potencia apuestan al
sostenimiento y no a la caída de su rival. A la hora de observar el
endeudamiento externo hay que notar no solo la posición contable adversa de
Estados Unidos, sino también la función movilizadora que tiene ese desbalance
sobre el flujo internacional de capitales y mercancías. Para capturar las
tendencias en curso es necesario reconocer que la economía norteamericana no se
equipara con las restantes. Las variables en discusión –cotización del dólar,
magnitud del déficit comercial, envergadura del bache presupuestario– deben ser
analizadas superando la perspectiva nacional-comparativa. Hay que estudiar esos
indicadores desde una dinámica imperial, que sitúa a Estados Unidos en el
corazón del capitalismo global.
Internacionalización
y segmentación En el terreno industrial los datos del retroceso norteamericano
son más contundentes. La participación del país en la producción manufacturera
mundial se ha reducido año tras año. Esta caída obedece a la irrupción de los
competidores y a la creciente localización externa de las firmas
estadounidenses. La magnitud del retroceso es más discutible si, en lugar de
comparar lo ocurrido con las nuevas
potencias, se traza un contrapunto con los viejos rivales de la tríada. En ese
contraste, la tasa de crecimiento de Estados Unidos no ha sido inferior a
Europa o Japón. La productividad supera a ambas regiones en las ramas más
estratégicas, en el gasto de inversión y desarrollo y en el promedio de las
ganancias[167]. Tal como ocurre con las finanzas, la performance industrial
norteamericana no debe ser evaluada con simples comparaciones internacionales.
A diferencia del pasado, el índice de internacionalización de las grandes
empresas constituye un dato insoslayable. Si una firma estadounidense se
traslada a un país asiático, su producción parece acentuar la prosperidad de
Oriente a costa de Norteamérica. Pero, en realidad, esa compañía remite
ganancias a la nación de origen
167.
Ver: Leo Pantich, Sam Gindin, “Rethinking crisis”, Monthly Review, No. 54,
november 2002.
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y
forma parte de un dispositivo fabril globalizado bajo el comando
estadounidense. Esta mundialización constituye el cambio más importante de la
industria norteamericana. Las compañías que fabricaban “made in USA”
encabezaron desde fines de los años 60 un gran salto hacia la inversión externa
directa. Los teóricos de la declinación reconocen ese liderazgo, pero
consideran que la internacionalización productiva ha erosionado
indiscriminadamente el poder territorial de todos los Estados. No perciben el
carácter jerarquizado de ese deterioro y el continuado poder de presión que
mantiene el Estado norteamericano sobre los países que reciben inversiones de
esa metrópoli. En la nueva división del trabajo que forjó la
internacionalización productiva, muchas actividades de mayor relevancia
(gerencia, diseño, investigación, control financiero, innovación de producto,
administración comercial) han mantenido su vieja localización. Sólo abaratan
costos transfiriendo a las filiales la fabricación en masa. Esa producción sigue
las pautas fijadas por una gestión global, que se diagrama en las casas
matrices. Este proceso constituye una reorganización más compleja que la simple
desindustrialización resaltada por los teóricos de la decadencia
estadounidense. Ellos desconocen que la primera potencia ha liderado una
transformación global que continúa generando significativos beneficios. Un
indicador de esta tendencia es el aumento de las ganancias remesadas por las
firmas que operan en el exterior[168]. Este proceso de internacionalización ha
dado lugar a una creciente segmentación de la industria norteamericana. Las
compañías que operan a escala globalizada se han expandido y las firmas que
actúan sólo a nivel nacional sufrieron sucesivos retrocesos. La ampliación del
primer sector genera desequilibrio comercial y la regresión del segundo acentúa
la pobreza y el desempleo. Esta misma segmentación explica, a su vez, la
recuperación que tuvieron los sectores globalizados que trabajan con
tecnologías de punta, especialmente en las actividades de aeronáutica,
informática y electrónica. La contraparte de esta prosperidad ha sido la
sistemática caída de las ramas que operaban en torno al mercado interno.
168.
Este tipo de ganancias pasaron del 22% (1999) al 49% del total de los
beneficios (2008). Ver: Orlando Caputo, “La crisis actual de la economía
mundial: una nueva interpretación teórica e histórica”, XI Encuentro
Internacional sobre Globalización y problemas del Desarrollo, La Habana, 2-6
marzo 2009.
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La
escandalosa polarización social que soporta Estados Unidos constituye un
reflejo de esa fractura económica. La brecha no separa sólo a las familias
enriquecidas de los trabajadores endeudados. En todo el país se ha producido
una radical transformación entre zonas que mantuvieron su nivel de actividad y
regiones que colapsaron por la reorganización capitalista. Para mensurar la
dimensión de esa reconversión, baste recordar que en plena crisis del 2008-2010
continuaron floreciendo las ganancias de las empresas con fuerte localización
externa. Esta reorganización expresa la compleja y contradictoria situación que
ha creado la internacionalización de la industria norteamericana. Esta
transformación es omitida por los análisis que enfatizan la declinación, los
cuales observan la reestructuración como una prueba del declive, soslayando el
análisis de la mundialización en curso. Los enfoques en cuestión enfrentan un
escollo particularmente duro en las nuevas tecnologías de la información a la
hora de explicar el liderazgo norteamericano. Este comando es indiscutible en
cualquier esfera de la computación, las redes, la microelectrónica, los chips,
el hardware o el software. Tal supremacía obedeció en su origen a la estrecha
conexión del sector con la experimentación militar. Existen numerosas
controversias sobre el impacto de la revolución tecnológica actual en la
productividad de las empresas, aunque el paso del tiempo tiende a confirmar la
presencia de un giro radical. Pero lo incuestionable es la incidencia dominante
de Estados Unidos en ese proceso y que este liderazgo en la innovación
contrasta con el postulado de la declinación. En la historia del capitalismo,
los países que encabezaron revoluciones tecnológicas mantuvieron lugares
preponderantes en la jerarquía internacional. Algunos partidarios de la teoría
del declive aceptan el carácter sinuoso del retroceso norteamericano. Comparan
el respiro logrado por el país bajo el neoliberalismo con el interregno que
pospuso la decadencia británica a principios del siglo XX. Pero la restauración
del poder estadounidense no ha sido tan puntual. Desde los años 70 esa
recomposición ha irrumpido en varias oportunidades al cabo de severas crisis.
Se observó después de la derrota de Vietnam y luego del desplome de la URSS.
Cada vez que el capitalismo global logró emerger de una coyuntura crítica, esa
restauración estadounidense se hizo evidente.
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Los
teóricos del declive simplemente presentan esa recomposición como un dato
secundario e incluso sugieren que Estados Unidos se perfila en el largo plazo
como uno de los perdedores de la era neoliberal. Al hacerlo, olvidan cómo ha
usufructuado de la ofensiva del capital la potencia que concibió, gestó y
consumó esa agresión. Las previsiones de caída norteamericana con fecha precisa
son mucho más discutibles. Situar este desplome en el 2015, 2025 o 2050 es un
dudoso ejercicio de futurología, que omite estudiar cómo la mundialización ha
modificado la secuencia tradicional de sustituciones hegemónicas.
¿Pérdida
del poder militar? Existe otra caracterización más contraintuitiva del declive
norteamericano. Destaca que la primera potencia no sufre sólo regresión
económica, sino también impotencia militar. Considera que el gendarme afronta
desde hace varias décadas una secuencia de derrotas bélica, que comenzaron con
la retirada de Vietnam y culminaron con el fracaso de Irak. La primera
adversidad marcó el inicio de la caída (“crisis señal”) y el último podría
implicar el jaque mate del imperio (“crisis terminal”)[169]. Esta evaluación
supone que los últimos cuarenta años han estado signados por continuadas
frustraciones del Pentágono tanto en guerras parciales (Nicaragua, Camboya,
Angola, Afganistán), como en operativos contra blancos insignificantes (Granada,
Panamá). Este mismo resultado adverso es atribuido a las acciones de
hostigamiento aéreo (Libia en los 80), a las incursiones contra enemigos
puntuales (Somalia) y a las misiones de coerción policial (Kosovo, Yugoslavia).
Este balance deduce que los tropiezos yanquis facilitaron los desafíos
tercermundistas (encarecimiento del petróleo) y las insolencias de Irán e
Irak[170]. Este enfoque considera que todas las reacciones estadounidenses
afianzaron su debilidad. Sostiene que la primera potencia sólo obtuvo victorias
contra adversarios irrisorios. Estima que esa elección de enemigos
insignificantes ilustra el temor del Pentágono a confrontar con países de mayor
porte. Esa cobardía es vista como un inequívoco síntoma de decadencia[171].
169.
Giovanni Arrighi, “Hegemony Unravelling”, Part I, New Left Review, No. 32,
March/April 2005. 170. Giovanni Arrighi, “Hegemony Unravelling”, Part II, New
Left Review, No. 33, May/June 2005. 171. Emmanuel Todd, “El ilusorio poder
ilimitado de EEUU”, La Hoja Latinoamericana rodelu.net, 5-1-2004. Emmanuel
Todd, Después del Imperio, Foca, 2003.
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Esta
caracterización presupone que el síndrome creado por Vietnam continúa
condicionando una postura débil del imperialismo norteamericano. Se supone que
esta fragilidad no habría encontrado ningún contrapeso significativo en el
último cuarto de siglo. Se estima que ni siquiera la caída de la Unión
Soviética revirtió la regresión militar de Estados Unidos[172]. ¿Pero se puede
resumir la compleja relación de fuerzas de las últimas cuatro décadas en un
sencillo veredicto de “derrotas norteamericanas”? ¿Ha estado marcado este
período por invariables fracasos del Pentágono? El carácter unilateral de esta
evaluación salta a la vista. Tanto en la posguerra como en el período
neoliberal, el imperialismo norteamericano soportó contundentes derrotas y
logró significativas victorias. Los fracasos sufridos en Vietnam o Cuba
coexistieron con los éxitos obtenidos en República Dominicana, Guatemala o
Panamá. Entre ambos polos se verificó una amplia variedad de resultados mixtos.
Es erróneo colocar en una misma bolsa situaciones tan diferenciadas. Los
marines arrasaron Granada, pero debieron escaparse de Somalia. En algunos
operativos impusieron su agenda de ocupación y en otros no pudieron estabilizar
títeres confiables. Cuando esa multiplicidad de resultados se reduce a un
restrictivo concepto de “fracaso general”, la conclusión implícita es el
triunfalismo ingenuo. Esa sensación no se corresponde con la ofensiva
neoliberal de las últimas dos décadas. Considerar que el derrumbe de la URSS
acentuó el debilitamiento militar estadounidense, es el corolario más extremo
de ese razonamiento. Se pueden trazar muchos balances de la guerra fría y
subrayar acertadamente que el “campo socialista” se derrumbó más por implosión
interna que por presión bélica externa. Pero no tiene ningún sentido presentar
ese desmoronamiento como una adversidad para Estados Unidos. Es evidente que
constituyó exactamente lo contrario y que le brindó al imperialismo el oxígeno
requerido para implementar la ofensiva neoliberal. Es importante reconocer que
el desmoronamiento del principal adversario de la segunda mitad del siglo XX
tiene más envergadura que los tropiezos en Somalia. Al colocar en pie de
igualdad acontecimientos de dimensiones tan divergentes, se abre el camino para
la arbitrariedad.
172.
Luciano Vasapollo, “Imperialismo y competencia global”, Laberinto, No. 18,
segundo cuatrimestre 2005.
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Conviene
no descalificar con adjetivos menores las operaciones que desarrolla el
Pentágono. A través de esas acciones se concreta el rol de custodio cotidiano
que ejerce el imperialismo a escala mundial. Mediante el despacho de marines
hacia pequeños lugares desestabilizados, Estados Unidos cumple el papel de
gendarme que le han delegado las clases dominantes del planeta. Las guerras
imperialistas contra los pueblos indefensos siempre han seguido ese patrón de
inequidad. En ese desparpajo se basa el ejercicio de la coerción. Estas
acciones deberían incentivar la denuncia y no miradas épicas o morales que
sugieren grandes fragilidades del opresor. El principal test de la fortaleza o
debilidad de una potencia no se verifica en las peripecias menores, sino en los
desafíos de gran alcance. La pregunta eludida por los teóricos del fracaso
militar es la ausencia de confrontaciones de peso con la primera potencia. Si
Estados Unidos tiende a ser pulverizado en cualquier campo de batalla, ¿por qué
nadie aprovecha esta impotencia para desplazarlo? Al evitar este interrogante
básico se puede presentar la extensa trayectoria que ha recorrido el
capitalismo contemporáneo desde Vietnam a Irak como una sucesión de desplomes
militares estadounidenses. Lo que no se explica es por qué razón preserva su
liderazgo bélico. El retrato de sucesivas caídas del Pentágono da lugar a ese
curioso resultado. Al cabo de cuatro décadas de invariables fallidos, Estados
Unidos monopoliza la mitad de gasto bélico internacional, mantiene su red de
bases militares, controla la OTAN y supervisa la proliferación atómica.
¿Aislamiento
o asociación? La sesgada óptica centrada en los fracasos norteamericanos se
extiende al balance de Irak. Este operativo es presentado como una derrota
militar superior a Vietnam. Se remarcan los aciertos que logró una resistencia
con un armamento y experiencia guerrillera inferior al Vietcong, y se resalta
la impotencia de las tropas invasoras[173]. Pero hasta ahora el resultado de
esta incursión es mucho más incierto, y el desenlace final permanece abierto. A
un costo humano incalculable, los marines han creado en Irak una situación de
desangre interno que les permite permanecer en el país.
173.
Giovanni Arrighi, “Hegemony Unravelling”, Part I, New Left Review, No. 32,
March/April 2005. También: Immanuel Wallerstein, “América Latina puede contar
más en la nueva geopolítica mundial”, Clarín, 23-9-07.
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Una
diferencia importante con Vietnam radica en la profesionalización de las tropas
y el uso masivo de mercenarios. Esas modalidades acentúan la descomposición
interna de los invasores, pero han evitado las protestas contra la guerra que
imponía la conscripción obligatoria en los años 70. Este cambio le aportó a la
comandancia yanqui un alivio político que no tenía el generalato anterior. Al
soslayar estos datos se tiende a vislumbrar a Estados Unidos como una
superpotencia solitaria, carente del poder y los medios que se utilizaban en el
pasado. Se supone que la influencia internacional norteamericana ha caído, al
tiempo que los contingentes terrestres, que se necesitan para ejercer el mando
mundial, se han deteriorado[174]. Pero, ese aislamiento no se ha verificado en
los principales operativos de las últimas dos décadas. Estados Unidos forjó
coaliciones para invadir regiones estratégicas con el concurso de la ONU
(Golfo), aprovechó el implícito aval de sus socios para acciones unilaterales
(Irak), contó con financiación y tropas externas para ampliar agresiones
(Afganistán) y sustituyó a sus aliados en las intervenciones complejas
(Balcanes). El imperialismo no ha dado ningún paso significativo sin el visto
bueno (o por lo menos la resignación) de sus socios. Es cierto que resurgen las
tensiones con Rusia y con China, pero estas hipótesis están referidas al
futuro. En el balance de lo ya ocurrido, no se observa ningún atisbo de
soledad. Estados Unidos actúa al frente de una coalición de la triada, que se
mantiene sin cambios. En algunos trabajos se argumenta que la primera potencia
ya no logra financiar sus guerras, pues, a diferencia de su antecesor
británico, carece de una colonia para extraer riquezas (como era la India) y
depende de préstamos internacionales para sostener su aparato bélico[175]. Pero
este apuntalamiento del resto del mundo ilustra el interés global que existe en
el sostenimiento del gendarme yanqui. El Pentágono no desenvuelve solo guerras
hegemónicas (como Inglaterra) al servicio exclusivo de su propia burguesía.
Cumple un rol protector del sistema internacional de dominación. Si se omite
esta diferencia, resulta imposible comprender la lógica de la política militar
estadounidense. Esa orientación no está guiada sólo por los intereses de una
potencia, sino por los propósitos más colectivos del capitalismo mundial.
174.
Giovanni Arrighi, Adam Smith en Pekín, Akal, 2007, Madrid, (cap. 6). Immanuel Wallerstein, “¿De quién es el siglo
XXI?”, Página 12, 26-7-06. 175. Op. Cit., (cap. 6 y 9).
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Este
cambio es ignorado por quienes razonan las hipótesis bélicas del futuro con los
criterios de guerras interimperialistas. Con esa mirada suponen que Estados
Unidos compensa la fragilidad económica con la expansión del poder militar,
repitiendo un recurso de supervivencia utilizado por los imperios
decadentes[176]. Este enfoque conduce a estudiar en detalle cuáles son los
recursos en disputa en cada incursión, perdiendo de vista la dominación
colectiva que reafirman esas operaciones. Siempre hay reyertas por petróleo,
minería o agua. Pero, en la actualidad, prevalece un tipo de unanimidad
imperial que no existía al principio del siglo XX. Las dificultades para
registrar este viraje conducen a vislumbrar a Estados Unidos como una potencia
decadente que abusa de “sobre-extensiones territoriales” para administrar su
imperio. Ese sobredimensionamiento recrea las aventuras militares
fallidas[177]. Pero, ¿cómo se mide una “sobre-extensión imperial”? Este
concepto supone que existe un radio de dominación manejable y otro que desborda
las posibilidades de control. El conflicto es situado en el pasaje de la
primera situación a la segunda, olvidando que el imperialismo capitalista
contemporáneo no presenta contornos geográficos tan precisos. Estados Unidos
domina a través de inversiones, asociaciones y empresas transnacionales. No
gestiona un imperio territorial como Roma, sino que actúa en un mapa de 200
países formalmente soberanos. En esa estructura no hay forma de discernir
“sobre-extensiones”, puesto que la acumulación sigue un patrón de ampliación
ilimitada. Lo mismo ocurre con el sistema de bases militares que el Pentágono
mantiene en todo el planeta. Este dispositivo permite una gestión imperial
colectiva, que no sigue normas territoriales de adecuaciones y desbordes. El
mantenimiento de esa red bélica no es un hecho desafortunado para Estados
Unidos; implica mayores costos y riesgos, pero asegura todos los beneficios de
ejercer el comando imperialista.
176. John Bellamy Foster, “The new age of imperialism”, Imperialism
Now, Monthly Review, vol. 55, No. 3, July-August 2003. John Bellamy Foster,
“The new geopolitics of Empire”, Monthly Review, vol. 57, No. 8, January 2006. 177. Immanuel Wallerstein, “América Latina puede
contar más en la nueva geopolítica mundial”, Clarín, 23-9-07. Chalmers Johnson,
“El significado del imperialismo”, www.prodavinci.com, 27-1-09.
202
Bajo
el imperio del capital
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Katz
202
No subestimar al gendarme Los teóricos de la declinación norteamericana
atribuyen la debilidad militar de la primera potencia al impacto generado por
numerosos fracasos políticos. Consideran que durante décadas Estados Unidos
contuvo al bloque socialista, domesticó el nacionalismo y manejó el equilibrio
nuclear, pero sin gestar proyectos políticos duraderos. Esta limitación se
reflejó en la imposibilidad de forjar el Estado mundial bajo dirección
norteamericana que concibió Roosevelt e intentó implementar Truman[178]. Pero
con esta caracterización se reconoce que la intención imperial estadounidense
difiere de todos los liderazgos anteriores. Gran Bretaña, Francia, Holanda o
Japón sólo ambicionaban ampliar sus territorios y recursos a costa de sus rivales.
No aspiraban a forjar ningún tipo de entidad planetaria. Comprender esta
peculiaridad es vital para superar los simples contrastes nacionales entre
grados de supremacía y decadencia. Ese contrapunto no puede establecerse en
forma tan directa en la actualidad. En lugar de conquistar el planeta para su
usufructo, Estados Unidos ha buscado erigir una forma de gestión imperial a
escala mundial. Por eso intenta asociar, mediante mecanismos de imperialismo
colectivo, a otras potencias a este proyecto. En vez de indagar cómo funciona
esa sociedad, la tesis de la decadencia continúa indagando comparaciones entre
contendientes. Es muy dudoso que la elite dirigente norteamericana haya
intentado en algún momento la concreción de un gobierno mundial. Semejante administración
es difícil de imaginar sin un Estado global. Pero no cabe duda de que auspició
incontables modalidades intermedias de gestión globalizada en el plano
económico (FMI), militar (ONU) y político (Triada). El énfasis en la decadencia
no clarifica la marcha de este objetivo prioritario. Ese enfoque estudia la
regresión imperial analizando las conductas mafiosas que adopta Estados Unidos
para contrapesar sus fracasos militares. Se estima que ese comportamiento le
permite extorsionar a sus aliados de la tríada[179]. Europa y Japón han
sostenido las agresiones norteamericanas por su propio interés y no por mera
debilidad frente a un chantajista. Necesitan el apoyo de la primera potencia
para su propia supervivencia. La geopolítica imperial efectivamente incluye
patrones de extorsionador-extorsionado,
178. Giovanni Arrighi, Adam Smith en Pekín, Akal,
2007, Madrid, (cap. 6 y 9). 179. Ibídem,
(cap. 9).
203
203
eL
deCLive norteameriCano en disCusión
puesto
que ordena las relaciones entre Estados. Pero la existencia de chantajes en
esos vínculos no clarifica ninguna modalidad imperial específica. Algunos
teóricos de la declinación imaginan escenarios de caos y anarquía. Prevén
varias décadas de colapso y un sinnúmero de estallidos hasta que las potencias
sustitutivas de Estados Unidos estabilicen un nuevo sistema mundo[180]. Pero
esa ausencia de equilibrios es un dato intrínseco del desarrollo capitalista y
su agravamiento depende del nivel de las resistencias sociales y de las
tensiones internas que afronten las clases dominantes. Estos elementos operan
en forma interrelacionada, determinando escenarios más volcánicos o más
apacibles. El grado de conmoción que suscitan no depende de la decadencia de una
potencia hegemónica. En las últimas décadas, en estricta correspondencia con
las crisis económicas, la pujanza de la lucha popular y la falta de cohesión
por arriba, se han sucedido coyunturas explosivas y controlables. El
capitalismo recrea en forma periódica estos desequilibrios, más allá del
destino declinante entrevisto para Estados Unidos. La teoría del declive genera
obsesiones por dilucidar el ritmo de la caída. Pero este tipo de profecías son
más familiares a las creencias que a la reflexión historiográfica y sintonizan
con los pronósticos del “mundo post-estadounidense”, que irrumpen en los
momentos de calma y desaparecen en los picos de las crisis. Los analistas de la
decadencia buscan confirmaciones de su tesis en cualquier área de la vida social.
Estiman, por ejemplo, que la hegemonía cultural estadounidense perdió fuerza en
las últimas décadas y consideran que el refinamiento de Nueva York y los
patrones de comportamiento de Hollywood tienden a declinar[181]. Pero esta
hipótesis choca con el indiscutible impacto global del americanismo y la
continuada gravitación de la ideología y las costumbres que exporta Estados
Unidos. Los razonamientos centrados en el declive confunden coyunturas con
tendencias. Por eso presentaron el mandato de Bush como un punto culminante de
la caída yanqui. Identificaron la reac
180. Immanuel Wallerstein, Capitalismo histórico y
movimientos antisistémicos: un análisis de sistemas - mundo, 2004, Akal,
Madrid, (cap. 28). 181. Ibídem, (cap.
32).
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el imperio del capital
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ción
belicista de los neoconservadores con conductas desesperadas de un tigre
acorralado por el shock del 11 de septiembre[182]. Estas impresiones quedaron
rápidamente desactualizadas con la euforia mediática que rodeó al ascenso de
Obama. Los mismos periodistas que remarcaban la agonía de Estados Unidos
resaltaron ahora los atributos del nuevo presidente para restaurar el sueño
americano. En este sube y baja, el fin del imperio y su resurrección continúan
alternándose con sorprendente velocidad, demostrando cuán inconveniente es
deducir un curso de largo plazo de las circunstancias que rodean a cada
presidente. Para evitar ese vaivén anímico conviene invertir la problemática de
la declinación norteamericana y explicar lo contrario: la continuada primacía de
una potencia que ejerce la custodia del capitalismo global. Reconocer esa
gravitación es indispensable para encontrar estrategias que permitan enfrentar
y derrotar al principal opresor del planeta.
182.
Immanuel Wallerstein, “El águila se estrelló al aterrizar”, Página 12, 1710-05.
Immanuel Wallerstein, “¿De quién es el siglo XXI?”, Página 12, 267-06. Immanuel
Wallerstein, “El tigre acorralado”, Página 12, 14-9-06.
SUCESIONES
HEGEMÓNICAS
12
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Algunos
teóricos del declive norteamericano asocian cada etapa de la historia
contemporánea con la preeminencia de una potencia hegemónica. Estiman que los
candidatos a ejercer el futuro liderazgo emergerán de un eje europeo o de un
centro asiático. Pero los indicios de este recambio son muy controvertibles.
¿Reemplazo
europeo? Los autores que vislumbran al Viejo Continente como la nueva región
hegemónica estiman que la formación de la Unión, la consolidación del euro y
las alianzas con Rusia afianzarán esa primacía. Consideran que este escenario
podría cobrar forma antes del año 2025[183]. Otra previsión destaca que
Alemania abandonará su obediencia a Washington e impondrá un perfil dominante
en Europa, afianzando su capacidad para sortear las crisis con productividad
creciente y ausencia de derroches bélicos. También señala que Estados Unidos
intentará frenar este ascenso, aunque sólo ha conseguido alineamientos
ocasionales y pérdida de autoridad en un marco de escasa influencia de su
aliado británico[184]. Un diagnóstico semejante es más cauteloso. Estima que
Europa saldrá airosa si logra consolidar un mercado continental, gestionando su
moneda, rivalizando con el dólar, recuperando preeminencia tecnológica y
reactivando su presencia militar[185]. Pero la corroboración de estas
caracterizaciones choca con la sistemática debilidad que exhibe la Unión
Europea. Mantiene un persistente sometimiento a la OTAN y acompaña todas las
agresiones que resuelve el Pentágono. La crisis reciente puso de relieve,
además, la fragilidad económica y heterogeneidad de la Unión. Cada Estado
privilegió la defensa de sus propios capitalistas a costa del vecino, mediante
aumentos del gasto público que deterioraron las finanzas comunitarias. Algunos
países privilegiaron la continuidad de sus negocios con el Este, otros
apuntalaron su actividad en África y ciertos Estados jerarquizaron los acuerdos
con América Latina. Esta falta de cohesión volvió a ilustrar la ausencia de un
183.
Immanuel Wallerstein, Capitalismo histórico y movimientos antisistémicos: un
análisis de sistemas - mundo, Akal, Madrid, 2004, (cap. 28). Immanuel
Wallerstein, “El tigre acorralado”, Página 12, 14-9-06. 184. Emmanuel Todd, “El
ilusorio poder ilimitado de EEUU”, La Hoja Latinoamericana rodelu.net,
5-1-2004. 185. Guglielmo Carchedi, “The EMU, monetary crisis and the single
european currency”, Capital and class, No. 63, autumn 1997.
207
207
suCesiones
hegemóniCas
capital
plenamente europeo. El grueso de las firmas se ha internacionalizado con más
operaciones a nivel global que a escala continental. El euro debió testear por
primera vez su consistencia ante una gran convulsión y su sostenimiento obliga
a un fuerte ajuste de las economías más frágiles. El anclaje que impuso el
Banco Central con tasas de interés superiores a las de Estados Unidos
obstaculizó la salida de la recesión. La Unión Europea continúa una evolución
imprevista. Se expande hacia el Este sin estrategias claras y busca un perfil
institucional que no logra definir. Los criterios geográficos, históricos y
culturales utilizados para legitimar la Comunidad tampoco obtienen gran
consenso. En comparación con la agenda imperial norteamericana, las propuestas
europeas son inconsistentes. Estas limitaciones no son definitivas, pero
indican una tendencia que se ratifica en cada conflicto internacional.
Probablemente esas carencias obedezcan al legado localista de una construcción
continental basada en pequeños Estados-naciones, que comparten cierta cultura
pero no logran forjar una identidad común. Se ha creado una moneda y un área de
librecomercio, aunque sin coherencia productiva y mercados de trabajo
unificados. Por estas razones el paradigma estadounidense continúa gravitando
dentro de la propia Unión. Europa tuvo aptitudes para comandar el viejo
colonialismo y el naciente imperialismo, pero no reúne por sí misma condiciones
para liderar un estadio más global del capitalismo. Las ventajas que mantiene
Estados Unidos no provienen de la ética protestante ni de la desregulación
laboral. Esos rasgos no determinan la primacía imperial. Lo definitorio no es
la superioridad militar que subrayan muchos comentaristas, sino la presencia de
un Estado acabadamente imperialista junto a la internacionalización de una
clase dominante más adaptada al contexto creado por la mundialización
neoliberal. Un período de mayores posibilidades de ascenso europeo quedó
bloqueado con el fracaso del proyecto francés autónomo del gaullismo. Esa
frustración fue seguida por la consolidación del atlantismo, que generó el
ingreso a la Unión del socio británico de Washington. Este desenlace reforzó, a
su vez, la aplicación de políticas neoliberales, que tienden a destruir una
arraigada cultura democrática. Ese legado mantuvo distante durante cierto
período a Europa de las pautas político-sociales dictadas por Estados Unidos al
resto del mundo. Pero, en la actualidad, esa tradición tiende a diluirse.
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Las
limitaciones del Viejo Continente para reemplazar la supremacía norteamericana
se expresan, además, en la fragilidad de la política exterior europea y en las
inconsistencias internas de la estrategia comunitaria. Hay dificultades para
forjar un Estado federal a escala continental y para erigir una clase dominante
cohesionada a partir de la unificación monetaria.
¿Sustitución
asiática? Los autores que localizan los desafiantes del poder norteamericano en
la región asiática se apoyan en un dato incuestionable: el creciente
desplazamiento económico del Atlántico hacia el Pacífico. Deducen de este
viraje el surgimiento de un nuevo liderazgo imperial. Sus voceros estimaron
durante la década pasada que Japón conduciría ese ascenso. Esta evaluación se
basaba en el comando nipón de un sistema de subcontratación manufacturero,
compuesto por empresas integradas que externalizan sus actividades,
aprovechando la baratura zonal de la fuerza de trabajo. Forjaron un modelo
centrado en la exportación, la reducción de costos y la capacidad
organizativo-empresaria. Se suponía que Japón transmitiría al resto de la
región su esquema de productividad toyotista, inspirado en moldes patriarcales,
rotaciones de equipos de trabajo y altísima disciplina laboral[186]. Pero el
predicamento que tuvo ese diagnóstico durante los años 90 decayó abruptamente
al comienzo del siglo XXI. El giro hacia una localización industrial en Oriente
ha quedado confirmado. Sin embargo, el nuevo desenvolvimiento asiático incluye
la presencia de grandes transnacionales norteamericanas (y europeas), depende
de mercados de consumo ubicados en la tríada y ha perdido el liderazgo inicial
de Japón. Este último retroceso es un elemento decisivo en todos los debates
sobre la sustitución hegemónica de Estados Unidos. La incapacidad nipona para
continuar su despliegue obedeció a la continuidad de un modelo exportador, que
no logró complementarse con mayor centralidad del mercado interno. A lo hora de
consumar un giro hacia esta nueva prioridad, salieron a flote los límites de un
desarrollo históricamente asentado en la austeridad, la estrechez del poder
adquisitivo y el escaso peso del gasto familiar.
186. Esta tesis en: Christopher Freeman, John
Clark, Luc Soete, Desempleo e innovación tecnológica (cap. 9), Ministerio
Seguridad Social, Madrid, 1985. Manuel
Castells, La era de la información, vol. 1, La sociedad red, (cap. 3), Alianza
Editorial, Madrid, 1996. Benjamín Coriat, Pensar al revés, Siglo XXI, 1992,
México (cap. 1).
209
209
suCesiones
hegemóniCas
El
fallido viraje hacia el consumo local condujo a un largo período de
estancamiento, deflación y burbujas inmobiliarias, que persiste hasta la
actualidad. Las corporaciones niponas tampoco pudieron consolidar su incipiente
penetración en Estados Unidos. La oleada de adquisiciones empresarias, que
tantos escándalos desató en los años 90, concluyó sin pena ni gloria y confirmó
las dificultades del modelo nipón para la inversión foránea en gran escala.
Todas las expectativas de sustitución del modelo norteamericano por un esquema
japonés quedaron desmentidas. Cuando la potencia asiática se transformó en la
segunda economía del planeta y debió batallar con Estados Unidos, no encontró
ningún camino parar batir a su rival. Al cabo de varias reyertas, Japón sostuvo
el dólar, revaluó el yen, limitó las exportaciones y aceptó la reorganización
financiera sugerida por Washington. Los excedentes nipones solventaron incluso
gran parte de la reestructuración industrial y el gasto militar norteamericano.
Este desenlace obedece a causas políticas. El viejo imperio del sol naciente
emergió de la Segunda Guerra como un país ocupado, carente de personal
dirigente autónomo y sometido al mandato estadounidense. Esta situación inicial
de protectorado se disipó con el tiempo, pero el país nunca recuperó una
gestión política totalmente propia[187]. Japón representa un caso extremo de
sometimiento a la protección militar del Pentágono. Carece de un ejército
acorde a su desenvolvimiento económico, y esta limitación explica la enorme debilidad
del país frente a las presiones de su custodio. Es evidente que una potencia
emergente no puede reemplazar el liderazgo establecido renunciando al uso de la
fuerza militar. Este antecedente es importante a la hora de juzgar la actual
irrupción de China, que es vista por los teóricos del ascenso japonés como la
nueva posibilidad de reemplazo norteamericano[188]. Pero esa eventualidad
debería superar los escollos que no logró atravesar Japón. El nuevo emergente
tendría que asegurar la continuidad de un crecimiento regional coordinado no
sólo en terreno monetario, financiero e industrial, sino también en el plano
político-militar. China debería sortear muchos obstáculos antes de convertirse
en la cabeza de un
187. Ver: Murphy Taggart, “A loyal retainer,
Japan, capitalism and the perpetuation of America hegemony”, Socialist
Register, 2011, y The Crisis This Time,
Sep. 2010 188. Es el enfoque de:
Giovanni Arrighi, El largo siglo XX, Akal, 1999 (Introducción, Epílogo).
210
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210
conjunto
de potencias (Japón) y economías (Corea del Sur, Taiwán), que han dependido
mucho más que Europa de la protección norteamericana. El futuro de China como
hegemonista mundial depende a su vez de la compleja variedad de procesos que
acompañan el ascenso de las economías intermedias. Muchos autores reconocen
estas limitaciones y postulan diagnósticos más ambiguos; estiman que la crisis
del liderazgo estadounidense coexiste con la ausencia de un reemplazante a la
vista, y consideran que esta situación abre un período de creciente
desobediencia y multiplicación de las fuerzas centrífugas[189]. Pero este
retrato conduce a evaluaciones contradictorias que relativizan todas las
tendencias en juego; supone una declinación norteamericana sin reemplazante en
un escenario puramente caótico que no es compatible con el ejercicio de alguna
autoridad internacional. El problema de esta indefinición radica en olvidar que
la vigencia del imperialismo presupone la subsistencia de fuerzas capaces de
asegurar la reproducción global del capitalismo. Si la expansión de este
sistema continúa es porque hay una estructura de dominación que tiene un mando
y despliega acciones bajo los órdenes de Estados Unidos.
Una
controvertible recurrencia Algunos teóricos de la declinación norteamericana
presentan un esquema historiográfico de auges y ocasos de las potencias, y
destacan que estos liderazgos emergieron al cabo de sangrientas guerras y
desenlaces entre dos aspirantes a reemplazar al dominador. Al perder la
batalla, ese conductor concluyó aceptando un rol de asociado menor. Este
enfoque considera que los candidatos actuales a la sucesión (de Europa o Asia)
repiten la disputa que opuso en el pasado a Gran Bretaña con Francia (para
sustituir a Holanda) y a Estados Unidos con Alemania (para reemplazar a
Inglaterra). Esta pugna debería durar tres décadas y culminar con el
desplazamiento norteamericano. Aunque también cabe la posibilidad que
Washington posponga con acciones agresivas la larga agonía que sufre desde los
años sesenta[190].
189. Yunes Marcelo, “Imperialismo y teoría
marxista en América Latina”, Socialismo o Barbarie, No. 23–24, diciembre 2009.
190. Wallerstein Immanuel, Capitalismo
histórico y movimientos anti-sistémicos: un análisis de sistemas - mundo, 2004,
Akal, Madrid, (cap. 13, 16, 26, 28).
211
211
suCesiones
hegemóniCas
Otro
argumento semejante considera que los ascensos y las declinaciones concuerdan
con fases de prosperidad material y expansión financiera. Ambos procesos
conformaron ciclos sistémicos de acumulación bajo hegemonía genovesa (siglos
XV-XVII), liderazgo holandés (siglos XVI-XVIII), supremacía británica (siglos
XVIII-XIX) y conducción americana (siglo XX)[191]. Estas teorías aportan un
fundamento para el pronóstico de caída estadounidense, pero no explican por qué
razón la sucesión de liderazgos constituye una pauta tan inexorable. Indican un
elemento cierto de la dinámica histórica, que, sin embargo, no opera como
regulador de la evolución social. El principal problema de las analogías
expuestas es la omisión de las diferencias cualitativas que distinguen a cada
hegemonía. Suponer que Estados Unidos seguirá la trayectoria previa de Holanda
o Inglaterra requiere también postular la repetición de las confrontaciones que
precedieron al surgimiento de esos imperios. Esas batallas no se han repetido
desde la mitad del siglo XX. Los candidatos europeos o asiáticos al reemplazo
norteamericano deberían adoptar, además, la actitud desafiante de sus
antecesores y no la inclinación contemporánea a la asociación imperial. Frente
a estas dificultades, algunos autores optan por una versión atenuada de la
tesis del declive. Estiman que Estados Unidos ha demostrado mayor capacidad de
resistencia y ha creado una situación análoga a la larga declinación que sufrió
España. Esa decadencia insumió siglos y podría repetirse, puesto que el gigante
norteamericano apela también a los recursos que utilizaron Gran Bretaña,
Turquía y Austria para posponer su declive[192]. Pero, la presentación de
procesos tan prolongados de regresión impide cualquier análisis concreto. Si el
declive se consumará en el siglo XXIII, ¿qué sentido exacto tiene su
caracterización actual? Es totalmente imposible analizar el significado de
cualquier fenómeno en esos términos metahistóricos. Las magnitudes cronológicas
en juego desbordan cualquier posibilidad de reflexión. Un error metodológico
más significativo proviene del tratamiento indiscriminado que se le brinda a
modos de producción muy diferenciados. Para comparar el rol jugado por Roma,
Holanda, Gran Bretaña y
191. Giovanni Arrighi, El largo siglo XX, Akal,
1999 (Introducción). 192. Paul Kennedy.
“Ningún estado es inmortal”, Clarín, 20-607. Ver tesis general en: Paul
Kennedy, Auge y caída de las grandes potencias, Ediciones de Bolsillo,
Barcelona, 2004.
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212
Estados
Unidos hay que reconocer la distancia que separa a los regímenes esclavistas,
feudales y capitalistas. La atención excluyente en el auge y la declinación de
estos imperios suele omitir la brecha abismal que mantuvieron esos regímenes
sociales. Presuponer un destino predeterminado de sucesiones hegemónicas
conduce a indagar todos los acontecimientos en clave de auge y ascenso del
comando mundial. En lugar de analizar el curso real del proceso histórico, se
intenta registrar el cumplimiento de una ley pendular de la inexorable pérdida
de gravitación del imperialismo norteamericano. En algunos casos este
diagnóstico es postulado a partir de resultados coyunturales adversos para la
dominación estadounidense, pero se olvida que estos fracasos no revirtieron el
continuado liderazgo de Washington. El ascenso y declive de las potencias no es
un proceso deductivo a priori. Tampoco puede evaluarse con estimaciones de los
costos y los beneficios que una u otra situación ocasiona a cada potencia. La
perdurabilidad de una hegemonía global depende de condiciones políticas y
sociales cambiantes, que no siguen pautas de liderazgos sustitutos. Presuponer
esa secuencia implica vislumbrar todo el proceso histórico como un eterno
retorno hacia lo mismo. Esta mirada es más afín a las filosofías fatalistas que
a los análisis materialistas de las causas que conducen a cierto liderazgo
imperial. Las hegemonías de las potencias han cumplido efectivamente un
importante papel geopolítico, pero siempre presentaron un carácter limitado y
dependiente de las relaciones sociales de fuerza. Por esta razón, el futuro
papel de Estados Unidos no puede ser deducido de un destino de ocaso. Está
directamente atado a la forma en que se mantendrá o no el sostén coercitivo del
capitalismo. La controvertida noción de auge y decadencia de las potencias está
concebida en función del grado de adaptabilidad que logra cada actor a cierto
contexto geopolítico. Pero esta caracterización se torna muy unilateral cuando
se observa sólo el comportamiento de las clases dominantes. Lo acertado es
prestar especial atención al desenvolvimiento de la lucha de clases en un marco
de cambiantes condiciones objetivas. El enfoque de las sucesiones propone
muchas evaluaciones de la “historia por arriba”, que protagonizan las potencias
rivales, y aporta pocas observaciones de “la historia por abajo”, que procesan
los sujetos populares. Esa mirada impide notar que la simple reproducción
norteame
213
213
suCesiones
hegemóniCas
ricana
de la declinación genovesa, holandesa o británica choca en la actualidad con la
mayor gravitación contemporánea de las resistencias sociales. Si se jerarquiza
esta última dimensión, lo más importante es el análisis de la derrota del
imperialismo estadounidense y no el de su declinación. Ese primer resultado no
surge de un devenir intrínseco de la historia, sino que emerge de la acción
política popular. Lo que pone en peligro al intervencionismo norteamericano
actual es justamente ese combate, cuyo estudio debe ser privilegiado al momento
de evaluar el devenir de la primera potencia. La teoría del declive contiene
ingredientes de un determinismo muy extremo. En la discusión que suscita esa
metodología frecuentemente se subrayan, también, los elementos de contingencia
que incluye esa concepción. Se remarca que la transición de un liderazgo a otro
está signada por un período de caos, con múltiples posibilidades de desenlace.
El reemplazo de Gran Bretaña por Estados Unidos, a fines del siglo XIX, es presentado
justamente como un ejemplo de influencias aleatorias que pospusieron una
secuencia de sustitución[193]. Pero una acertada dialéctica entre
condicionantes estructurales y circunstancias azarosas no es compatible con el
presupuesto del reemplazo hegemónico inexorable. La supremacía norteamericana
atraviesa actualmente por una crisis, cuyo desemboque final es desconocido. No
está escrito en ningún lado que concluirá con el ascenso de un contrincante o
con el reciclaje del propio liderazgo en otro contexto de asociación imperial.
Debates
historiográficos La teoría de las sucesiones hegemónicas postula que las
primeras conducciones se remontan a la formación del capitalismo como un
sistema internacional en el siglo XVI. Algunos autores consideran que el
imperialismo acumula también cinco centurias de existencia. Transitó por una
etapa inicial de pillaje, un período posterior de supremacía comercial y una
fase subsiguiente de liderazgo industrial-financiero. La reproducción global
del capital no es vista como un estadio, sino como un dato permanente del
sistema desde sus orígenes[194].
193.
Giovanni Arrighi, “The winding paths of capital”, New Left Review, 56,
Mars-April, 2009, London. 194. William Taab, Imperialism: In tribute to Harry
Magdoff, Monthly Review, vol. 58, No. 10, march 2007.
214
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el imperio del capital
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214
Otras
interpretaciones atribuyen las hegemonías imperiales inauguradas en esa época a
distintas combinaciones de lógica territorial (supremacía militar y control
geopolítico) y lógica económica (manejo de los recursos escasos). El predominio
de las ciudades italianas (Venecia, Florencia, Génova y Milán entre 1340 y1560)
es explicado por el comercio de larga distancia en complementariedad con el
territorialismo ibérico. El liderazgo holandés (1560-1780) es presentado como
una primacía de redes financiero-comerciales cosmopolitas actuando con sustento
militar propio. El ciclo británico (1740-1930) es caracterizado por la
implantación de colonos y un control de mares, que permitió imponer la primacía
del librecomercio y el patrón oro. Finalmente, el largo período americano
(1870-2000?) es evaluado como una forma de territorialismo doméstico (expulsión
de los indios e incorporación de inmigrantes) en una economía autocéntrica que
alcanzó estatus mundial hegemónico con la supremacía del dólar y Wall Street.
Se supone que esta variedad de hegemonías operó dentro de un mismo sistema de
acumulación mundializado, el cual estuvo comandado por sucesivas instancias de
ciudades-Estado (Génova), Estados protonacionales (Holanda), Estados
multinacionales (Gran Bretaña) y Estados continentales (Estados Unidos)[195].
Con este mismo razonamiento, la teoría del sistema-mundo inscribe los distintos
liderazgos imperiales (Holanda 1625-1672, Gran Bretaña 1815-1873 y Estados
Unidos 1945-67) en un mismo soporte de economías capitalistas vigentes desde
fin del Medioevo. Esta concepción define implícitamente al capitalismo por el
predominio del comercio. Siguiendo a Pirenne y Braudel, ubica el nacimiento del
sistema en el siglo XVI y le asigna un alcance mundial desde esa fecha[196]. Pero,
en realidad, el capital mercantil sólo constituyó una precondición del
desarrollo capitalista. Posteriormente, esa modalidad aseguró los intercambios
que reprodujeron al sistema y complementaron la extracción de plusvalía. El
capitalismo se forjó nacionalmente en torno a este cimiento y desenvolvió
paulatinamente un mercado mundial, articulando relaciones capitalistas,
semicapitalistas y precapitalistas. Un abismo histórico separa a los
industriales que explotan a los asalariados de los comerciantes que
intercambiaban productos en el siglo XVI.
195.
Giovanni Arrighi, El largo siglo XX, Akal, 1999 (Introducción, cap. 1, 2, 3,
4). 196. Immanuel Wallerstein,
Capitalismo histórico y movimientos anti-sistémicos: un análisis de sistemas -
mundo, Akal, Madrid, 2004, (cap. 5, 7, 14,16, 32).
215
215
suCesiones
hegemóniCas
Al
identificar al capitalismo con el comercio se olvida que esa actividad es
compatible con distintos modos de producción y no define la singularidad de un
sistema basado en tres rasgos: imperativo de la competencia, maximización de la
ganancia y explotación de los asalariados. El capitalismo se constituyó
mediante un proceso de proletarización centrado en la evolución del mercado
laboral y no en los avatares del comercio mundial. Su origen nacional obedece
justamente a un basamento social en la expropiación de los productores
directos. El sistema sólo adoptó formas internacionales en la madurez de la
acumulación. Las miradas centradas en el comercio privilegian los procesos de
circulación en desmedro de la dinámica productiva y difunden una imagen de pancapitalismo
vigente desde siglo XVI. Estos enfoques conducen a observar los excedentes como
simples resultados del intercambio y omiten su basamento en la plusvalía
confiscada a los trabajadores. La teoría del capitalismo mundial atribuye la
supremacía lograda por cada potencia a su aptitud para amoldarse a la
combinación de lógica económica y territorial vigente en cada etapa. Pero en
realidad el primer criterio ha prevalecido sobre el segundo a medida que maduró
el capitalismo. Ambos parámetros no son equivalentes, puesto que el peso de la
coerción económica aumenta al expandirse la acumulación. A partir de la
supremacía norteamericana, el capitalismo se ha expandido sin necesidad de
capturas territoriales equivalentes ni imposiciones coloniales. Desde la mitad
del siglo XX ya no rige el viejo paralelismo entre expansión económica y
predominio geopolítico-militar. Comprender esta modificación es vital para
caracterizar el imperialismo contemporáneo.
El
imperio del capital Es necesario reconocer las contundentes diferencias que
separan a los imperios que antecedieron y sucedieron al surgimiento del
capitalismo. En las primeras variantes prevalecía la coerción extraeconómica,
la conquista de territorios y el establecimiento de colonias. En las segundas
predomina una modalidad de dominación opaca, impersonal y poco transparente.
Las formas de opresión tampoco pueden subsistir en este caso sin acciones
político-militares, pero su cimiento son las relaciones capitalistas. Esta
distinción permite retomar la separación establecida por Lenin entre variedades
imperiales pre y procapitalistas. Esta diferencia evita las comparaciones que
ignoran la brecha existente entre formas de opresión económicas y extraeconómicas.
216
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Los
antiguos imperios de la propiedad, como Roma, eran muy distintos a sus
equivalentes actuales. Estaban asentados en el dominio de una aristocracia
latifundista que absorbía las elites de las regiones conquistadas. Mediante esa
red se administraron los nuevos territorios reforzando la esclavitud, hasta que
las invasiones bárbaras provocaron la fragmentación feudal, el colonato y la
subdivisión de la propiedad. Otro imperio del mismo tipo rigió en China, pero
en este caso sostenido en una burocracia jerárquica y centralizada, que
bloqueaba el surgimiento de los señores locales. España constituyó un tercer
caso del mismo modelo basado en la ampliación de la propiedad. El otorgamiento
de tierra a cambio de servicios militares permitió la Reconquista frente a los
moros y brindó una pauta para gestar el imperio hispanoamericano. Ese sistema
de encomiendas para utilizar la fuerza de trabajo de los indígenas perduró
hasta que las elites americanas socavaron la autoridad de la inmensa burocracia
colonial en un contexto de grandes rebeliones indígenas. En ninguno de estos
casos rigió la dinámica capitalista de la competencia por beneficios surgidos
de explotación. Predominaron formas de captura territorial afines al gigantismo
de Roma, pero totalmente alejadas de las formas de dominación del capitalismo
contemporáneo. Las frecuentes analogías entre ambas situaciones olvidan esas
divergencias cualitativas. Estas asimetrías se verifican también en el análisis
de todos los imperios comerciales del Medioevo. El entramado gestado en torno
al mundo árabe-musulmán vinculó a comunidades dispersas que sustituyeron la
cohesión política por pautas religiosas. Estas normas aportaron un código de
acción comercial y cultural para las elites urbanas (Bagdad, Cairo), pero ese
nexo no implicaba imperativos capitalistas en sociedades mayoritariamente
agrarias y gobernadas por la lógica coercitiva de los impuestos. En este mismo
cimiento se asentaron las ciudades-Estado italianas (Génova, Venecia,
Florencia), controladas por aristocracias acreedoras de los monarcas, que
operaban en el Mediterráneo mediante mercenarios y monopolios comerciales. Ese
fundamento nutrió también a la enorme población urbana de la república de
Holanda, que manejó las rutas marítimas con compañías comerciales en desmedro
de los tributos y la dominación territorial. Ninguno de estos tres imperios
comerciales alcanzó un estatus capitalista. Se regían por el principio de
comprar barato y vender caro, es decir, por mecanismos diferentes a la
competencia de precios por reducir costos, aumentando la productividad y
explotando el trabajo asalariado.
217
217
suCesiones
hegemóniCas
Este
tipo de imperios precapitalistas fue sucedido por las distintas modalidades del
colonialismo que emergieron junto a las nacientes potencias europeas. Estos
modelos contribuyeron a consumar la acumulación primitiva de capital mediante
la expoliación de América, la esclavitud de África y el saqueo de ultramar, y
recurrieron a la disputa militar por territorios y al exterminio de la
población local para consumar esa depredación. El imperialismo contemporáneo
incluye también brutalidades del mismo alcance, pero persigue objetivos de
lucro basados en la explotación y no en el genocidio. Se desenvuelve
apuntalando más la acumulación que el pillaje. El colonialismo posterior asumió
formas más próximas al capitalismo, especialmente en el modelo británico de establecimiento
de poblaciones en las tierras apropiadas. Este esquema de asentamientos fue
inaugurado en el laboratorio irlandés, junto a la introducción de novedosas
reglas de beneficio, productividad e inversión en la agricultura. La misma
forma de expansión alcanzó gran desarrollo en las colonias norteamericanas,
donde una población huida de las guerras religiosas desarrolló prósperos
farmers en conflicto con la metrópoli. Esas modalidades procapitalistas sólo
fueron instauradas por el colonialismo inglés en ciertas regiones. En el grueso
del imperio se reconstituyó la esclavitud (Sur de Estados Unidos, Caribe) o se
impuso la tributación colonial (India) para asegurar los mercados a la
exportación manufacturera[197]. El colonialismo constituyó un eslabón intermedio
en el proceso de surgimiento del imperialismo clásico, que alcanzó dimensión
mundial entre 1880 y 1914. Pero incluso en ese período ya capitalista, existían
todavía regiones divorciadas de la norma de la acumulación y, por esta razón,
la conquista territorial gravitaba frente a los imperativos económicos. El
imperio pleno del capital irrumpió solamente durante el siglo XX. Recordar esta
cronología es vital para ubicar todas las comparaciones en un terreno
conceptual acertado.
197.
Una detallada comparación entre los distintos tipos de imperios presenta: Ellen
Meiskins Wood, Empire of Capital, Verso, 2003, (cap. 3 , 2, 4, 5).
GLOBALISMO
13
220
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Claudio
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220
La
interpretación del imperio global que plantean Negri y Hardt tuvo gran
repercusión en los últimos años. Este enfoque destaca el inicio de una nueva
era postimperialista que supera la vieja etapa de capitalismo nacional e
intermediación estatal. Considera que el capital y el trabajo se oponen por
primera vez en forma directa a nivel mundial y estima que todas las fracciones
dominantes han quedado enlazadas en una red compartida de instituciones
globales (FMI, OMC, ONU)[198]. Esta visión remarca la disolución de los viejos
centros. Destaca que el actual imperio es un no lugar que consuma el
descentramiento territorial y asegura la movilidad irrestricta del capital.
Plantea que en este período las fronteras se han disuelto y perdieron sentido
las antiguas denominaciones de Primer y Tercer Mundo. Señala, además, que ninguna
potencia comanda la globalización en curso y estima que las características de
este proceso son el quebrantamiento de la soberanía, la unificación del centro
con la periferia y la irrupción de poderes múltiples y dispersos[199]. Negri y
Hardt subrayan la ausencia de liderazgo imperial. Presentan un mundo sin
centros territoriales o fronteras fijas. Consideran que se han superado las
disputas por la hegemonía. Entienden que el capital opera con el respaldo de
instituciones mundiales a través de empresas transnacionales que no necesitan
auxilios estatal-nacionales. Destacan que el mercado global reúne a los
capitalistas norteamericanos, europeos, árabes y asiáticos en un sistema común
que ha eliminado las viejas diferenciaciones militares, políticas y culturales[200].
En esta amalgama se afianza una clase dominante globalizada que prescinde de la
vieja localización geográfica, sustituye la actividad industrial por economías
de servicios informatizados, refuerza el desplazamiento del capital e
incrementa los entrelazamientos de la propiedad[201]. Pero ambos autores
sostienen que en esta transformación Estados Unidos cumple un papel central:
transmite sus estructuras y valores ya internacionalizados al conjunto del
planeta. La primera potencia se
198.
Antonio Negri, Michael Hardt, Imperio, Paidós, Buenos Aires, 2002, (prefacio,
cap. 1). Toni Negri, “Entrevista”, Ñ-Clarín, 28-804. Toni Negri. “Entrevista”,
Página 12, 31 de marzo de 2002. 199. Antonio Negri, Michael Hardt, Imperio,
Paidós, Buenos Aires, 2002, (prefacio, cap.
9). Michael Hardt, “¿El imperio se acerca a su fin”?, Ñ-Clarín,
1-11-2008. 200. Antonio Negri, Michael Hardt. Imperio, Paidós, Buenos Aires,
2002, (prefacio, cap. 1) 201. Íbidem, (prefacio, cap. 13).
221
221
gLobaLismo
esfuma
dentro del nuevo sistema y, a pesar de la supremacía del Pentágono o la
incidencia del dólar, diluye todas sus connotaciones específicamente
norteamericanas. Este proceso simultáneo de perdurabilidad y desaparición de
Estados Unidos diferencia al imperio contemporáneo del viejo imperialismo que
lideraban las potencias europeas[202]. La influencia norteamericana se expresa
también en la universalización de los elementos democráticos que contiene la
Constitución de ese país. Los derechos internacionales y el funcionamiento de
la Naciones Unidas retoman especialmente esa tradición de humanismo wilsoniano,
adversa al colonialismo europeo[203]. El afianzamiento de estas estructuras se
encuentra sin embargo socavado por una agresividad imperial incentivada por el
apetito de las empresas transnacionales. La presión ejercida por estas
compañías opera como un poder aristocrático que amenaza las atribuciones de los
funcionarios y recorta la influencia del pueblo norteamericano. Estas
adversidades se transmiten a su vez al plano global, socavando la consistencia
del imperio y generando procesos de regresión comparables a la decadencia
sufrida por Roma. La trayectoria seguida por ese antecedente de la Antigüedad
tiende a repetirse y determina el curso declinante del capitalismo
globalizado[204].
Percepciones
y afinidades La teoría de la transnacionalización global subraya la presencia
de cambios cualitativos que se sintetizan en el concepto de imperio. Esta
difundida noción es utilizada por numerosos autores con significados disímiles.
Algunas interpretaciones aluden a nuevas modalidades de intervención de las
grandes potencias, y otras señalan la existencia de acciones económicas e
iniciativas geopolíticas de Estados Unidos.
202. Negri Toni, “El imperio después del
imperialismo”, Le Monde Diplomatique, Buenos Aires, enero 2001. 203. Antonio Negri, Michael Hardt, Imperio,
Paidós, Buenos Aires, 2002, (prefacio, cap. 1, 3, 8, 9, 10,17). Toni Negri,
Michael Hardt. “La multitude contre l´empire”, Contretemps, No. 2, septembre
2001. 204. Antonio Negri, Michael Hardt, Imperio, Paidós, Buenos Aires, 2002,
(prefacio, cap. 17). Toni Negri. “Imperio: el nuevo lugar de nuestras
conquistas”. Cuadernos del Sur, No. 32, noviembre 2001.
222
Bajo
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Claudio
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222
Algunas
miradas identifican la noción con la existencia de una etapa superior del
imperialismo[205]. Esta popularidad del término imperio obedece a su captación
de ciertas tendencias contemporáneas de asociación mundial del capital y
gestión concertada de la tríada. El concepto también registra la vigencia de
formas de administración paraestatal a escala global, que han surgido junto a
la internacionalización del comercio, las finanzas y la producción. Negri y
Hardt perciben acertadamente que la OMC, el FMI y el G-20 intervienen en la
administración de la macroeconomía global estableciendo normas de
librecomercio, regulaciones bancarias y políticas de gasto público. Estas
iniciativas se negocian en los períodos de calma y se coordinan en forma
abrupta en las crisis. Son acciones que requieren un grado de consenso, que no
existía en la era del imperialismo clásico. Ambos autores realzan también
correctamente el rol mundial que actualmente juega Estados Unidos, en
contraposición al viejo papel que tuvieron las potencias europeas. Destacan el
mayor de grado de mundialización norteamericana y remarcan la gravitación
global de la ideología gestada en ese país. En varios planos existen numerosas
semejanzas entre este enfoque y la visión expuesta por Kautsky. Retomando la
previsión del líder socialdemócrata se estima que los capitalistas de distintos
países han alcanzado un alto grado de asociación, forjando de hecho oligopolios
ultraimperiales. La principal similitud radica en observar este proceso como un
desenvolvimiento acabado. Lo que a principio del siglo XX se discutía como
tendencia eventual del sistema, es visto ahora como una realidad consumada. El
enfoque de Hardt y Negri es muy crítico con el neoliberalismo, pero tiene
ciertos puntos de contacto con el globalismo convencional que caracteriza a esa
doctrina. El parentesco aparece especialmente en la presentación de la
mundialización como un proceso de total disolución de las fronteras nacionales.
Heterogeneidad
y jerarquías Negri y Hardt resaltan la presencia de un nuevo espacio liso en el
mercado mundial, que permite realizar transacciones homogéneas entre las
distintas empresas. Consideran que la decreciente gravitación de los
205. Dos ejemplos de este uso desde miradas muy
críticas en: James Petras, “Estado imperial, imperialismo e imperio”, Pensar a
contracorriente, Volumen II, segunda edición, 2005. Atilio Borón, “La cuestión
del imperialismo”, La teoría marxista
hoy, CLACSO, Buenos Aires, 2006.
223
223
gLobaLismo
Estados
y las fronteras reduce las interferencias a las actividades de esas compañías.
Pero no existen evidencias de un nivel tan avanzado de globalización. Los
partidarios de este enfoque eluden la presentación de indicios que corroboren
su diagnóstico. Desconocen que el neoliberalismo no emparejó el sistema
mundial, sino que incrementó todas las desigualdades de la economía. Recreó las
distintas polarizaciones que impiden conformar un terreno nivelado de
transacción capitalista. Ciertamente el grado de integración del mercado
mundial contemporáneo supera los parámetros del pasado. Pero esta
internacionalización no se procesa a través de equiparaciones, sino mediante
crecientes fracturas. Los defensores de la tesis transnacional reconocen esas
desarmonías, pero las sitúan exclusivamente en plano social. Estiman que los
cortes geográfico-nacionales han perdido relevancia en un proceso que solo
profundiza las inequidades de los ingresos. Consideran que la polarización
entre ricos y pobres se universaliza, diluyendo las viejas distinciones entre
el centro y la periferia. Pero es evidente que la distancia existente entre los
países africanos y Estados Unidos o entre Centroamérica y Europa Occidental no
se ha extinguido. El abismo histórico que separa a estas regiones persiste en
todos los terrenos. Estas fracturas se pierden de vista cuando se identifica el
avance de la mundialización con la movilidad plena del capital. Se supone que
esa flexibilidad genera de hecho inversiones automáticas en las regiones más rezagadas,
en desmedro de las zonas que alcanzaron su madurez económica. Pero el
librecomercio, la desregulación financiera y el despliegue de las empresas
transnacionales no consuman la redistribución del capital disponible hacia las
áreas relegadas. El bloqueo a esa equiparación perdura por la propia
imposibilidad que enfrenta el capitalismo para concretar una adaptación
automática a los requerimientos óptimos de la acumulación. El capital no puede
emigrar irrestrictamente de un país a otro sin afrontar elevados costos de
traslado de las plantas y consiguiente pérdida en las inversiones de larga
maduración. Esa relocalización tampoco encuentra espontáneamente los insumos
específicos, los recursos naturales y la fuerza de trabajo requerida por las
distintas empresas. Semejantes limitaciones son mucho más explícitas en el
terreno laboral. La mundialización no redujo las barreras a la inmigración
masiva hacia los países centrales. Los gobiernos de Europa y Estados Unidos
erigen muros
224
Bajo
el imperio del capital
Claudio
Katz
224
para
frenar el ingreso de extranjeros e invierten fortunas en la persecución de los
trabajadores ilegales. El capital solo promueve cierta movilidad internacional
controlada y acotada de la fuerza de trabajo para debilitar los sindicatos y
abaratar los salarios, pero obstruye las corrientes masivas de inmigración que
desestabilizan el orden capitalista. Los teóricos del globalismo desconocen
esta variedad de impedimentos que obstaculizan la constitución de un espacio
homogéneo a nivel mundial. Aunque despliegan un razonamiento contestatario,
están muy influidos por las concepciones neoclásicas que identifican el
desarrollo de capitalismo con la creciente “movilidad de los factores”. Esta
mirada supone que el mercado tiende a erradicar los obstáculos que impiden la
asignación óptima de los recursos en función de las señales de rentabilidad.
Ese imaginario mercantil está presente en la descripción de la globalización
como un proceso sin trabas fronterizas. El mismo razonamiento está emparentado
con las concepciones posindustrialistas, las cuales postulan la superación de
la vieja estructura manufacturera por una nueva economía basada en el
conocimiento, los servicios y las redes informáticas, al tiempo que suponen que
el capitalismo global opera con desplazamientos automáticos en función de la
rentabilidad que calculan las computadoras y estiman que Internet elimina los
escollos de inmovilidad e inflexibilidad que caracterizaban al
industrialismo[206]. Este enfoque globalista confunde la aceleración informática
de la reproducción del capital con la constitución de un universo homogéneo.
Olvida que esa transformación tecnológica aceleró la producción y la
circulación de las mercancías, profundizando al mismo tiempo los desequilibrios
del sistema y creando nuevas polarizaciones nacionales y regionales. Las
empresas transnacionales continúan compitiendo y lucrando con las diferencias
de salarios y productividades que la propia acumulación renueva a escala
global. La mundialización del capital y la transformación informacional recrean
esas fracturas para incrementar las ganancias extraordinarias. Por esta razón,
las compañías concentran sus actividades calificadas en los centros y trasladan
la fabricación en masa a la periferia. Al desconocer esta segmentación, la tesis
globalista pierde contacto con la realidad.
206.
Esta visión en: Manuel Castells, La era
de la información. La sociedad red, vol. 1, Alianza Editorial, Madrid, 1996.
225
225
gLobaLismo
Sus
teóricos confunden la efectiva asociación entre capitales de distinto origen
con la inexistente fusión de esos fondos. Olvidan que el capital nunca ha
existido como entidad unitaria. Es cierto que se acrecientan las alianzas
transatlánticas y transpacíficas que socavan la vieja cohesión nacional del
capitalismo. Pero la nueva configuración no abre un escenario de
entrelazamientos de cualquier tipo, sino que tiende a forjar acuerdos en torno
a ciertos lazos preexistentes de proximidad histórica, conexión regional o
confluencia estratégica. La mundialización tampoco desemboca en el
descentramiento geográfico. Las principales empresas del planeta continúan
localizadas en ciertas zonas, sintonizan con la gestión imperial de la tríada y
buscan la protección político-militar del Pentágono. Por esta razón, las
principales decisiones preservan un alto grado de centralización a la hora de
definir mayores agresiones imperialistas (Medio Oriente) o nuevas
intervenciones económicas (rescates bancarios). La mirada transnacionalista
exagera los cambios generados por la mundialización, convierte tendencias
potenciales en realidades consumadas y razona con abstracciones desligadas del
curso real del capitalismo contemporáneo.
Transnacionalización
de clases Los teóricos globalistas consideran que las clases capitalistas han
quedado reconfiguradas como bloques transnacionales por el avance registrado en
la conformación de empresas y bancos multinacionales. Estiman también que esos
sectores actúan a través del FMI y la OMC y rivalizan entre sí mediante
alianzas transversales, cosmopolitas y divorciadas de los Estados[207]. Esta
mirada detecta la existencia de un salto real de la internacionalización de los
negocios que modifica las estructuras multinacionales. Destaca acertadamente
que tal desenvolvimiento no es capturado por los viejos parámetros de medición
del ingreso o el producto nacional. También puntualiza que la inversión
extranjera y el peso de los organismos mundiales son importantes barómetros de
ese cambio.
207.
Esta tesis en: William Robinson, Roger Burbach, “Towards a global ruling class:
globalisation and the transnational capitalist class”, Science and Society,
vol. 63, No. 1, spring 1999. William Robinson, “Globalisation: nine theses on
our epoch”, Race and class, No. 38, vol. 2, October 1996. William
Robinson, “The pitfalls of realist
analysis of global capitalism”, Historical Materialism, vol. 15, Issue 3, 2007.
226
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el imperio del capital
Claudio
Katz
226
Pero
este proceso sólo potencia la integración y no la transnacionalización de las
clases dominantes. El primer concepto destaca que se multiplican cursos de
asociación a partir de los Estados existentes, pero sin generar las fusiones
completas de empresarios de distinto origen nacional que supone la segunda
noción. El entrelazamiento internacional de los grupos dominantes es un proceso
complejo que no se consuma en forma espontánea ni está guiado por decisiones
autoreguladas de sus artífices. Sin la acción determinante de los viejos
Estados nacionales no hay forma de concertar esos acuerdos. Sólo una elite de
altos funcionarios de los distintos países cuenta con la experiencia, la
capacidad y la fuerza político-militar suficiente para acordar reglas de juego
más internacionalizadas. Por esta razón, la integración multinacional no es una
obra descentrada de capitalistas dispersos, constituye un proceso viabilizado
por presidentes, ministros, diplomáticos y generales. Algunos teóricos
transnacionalistas reconocen este papel institucional, pero localizan
exclusivamente su vigencia en los organismos mundializados. Consideran que en
esas instituciones actúan las burocracias especializadas que timonean la
globalización. Pero dentro de esos organismos también rigen principios de
jerarquía nacional. Los representantes de las grandes potencias reinan sobre
una masa de delegados con escaso poder. Un funcionario de Gabón o Samoa no
tiene el mismo peso que sus colegas de Japón o Francia y padece en carne propia
las desigualdades de la mundialización. Los agentes más influyentes actúan en
esos ámbitos como representantes de Estados nacionales que coordinan
estrategias regionales o globales. Existen fracciones del capital muy
internacionalizadas que negocian sus intereses dentro de la OMC o el FMI. Pero
su principal ámbito de influencia continúa situado en los Estados de origen.
Allí operan los grupos de presión que hacen valer sus intereses. Una compañía
automotriz estadounidense o un banco inglés imponen primero sus peticiones en
los organismos de su propio país. En ese terreno consuman las fusiones y
definen las acciones competitivas que luego proyectan al escenario
internacional. Este complejo sendero es ignorado por la simplificación
transnacionalista, la cual ignora que los negocios globales se llevan a cabo a
partir de basamentos estatal-nacionales. Estos cimientos obedecen al
insustituible rol mediador que cumplen los viejos Estados. La gravitación de
esas estructuras salta a la vista, por
227
227
gLobaLismo
ejemplo,
en el funcionamiento del complejo industrial-militar norteamericano. Aunque
este sector globalice su provisión de insumos, depende de un mercado cautivo
solventado con impuestos y orientado por las prioridades de un Estado. Los
teóricos globalistas suelen afirmar que la preeminencia de accionistas
estadounidenses, japoneses o británicos ya no incide sobre el desenvolvimiento
de las compañías globales. Pero, esta indiferencia sólo existe en actividades
financieras puntuales. La pertenencia a dueños de distintos países continúa
influyendo decisivamente sobre el curso de la firma. Algunos autores
transnacionalistas suponen que estas nacionalidades carecen de importancia en
la era “cosmocracia global”. Pero la creciente internacionalización de la gestión
no tiene el mismo peso que la limitada globalización de la propiedad. Esta
última restricción sigue pesando y desmiente la existencia de clases
capitalistas dominantes plenamente transnacionalizadas. El globalismo presenta
como una realidad consumada lo que apenas despunta como una tendencia de final
desconocido. Es cierto que la burguesía norteamericana se asocia con sus
homólogos de Japón o Europa, pero concreta esta integración a través de
gobiernos y Estados diferenciados que negocian aranceles, impuestos y políticas
monetarias en función de intereses divergentes. El globalismo olvida que las
burguesías son configuraciones históricas que no pueden diluirse al cabo de
pocas décadas de internacionalización económica. Por esta razón, el creciente
entrelazamiento coexiste con la persistencia de brechas históricas. El estatus
radicalmente divergente que separa a la burguesía venezolana de su par
estadounidense perdura con la misma intensidad que la que divide los homólogos
de Ecuador y Francia. Las clases dominantes que han manejado el mundo no se
disuelven súbitamente en conglomerados conjuntos con sus pares de la periferia.
Existe una mayor presencia global de los grupos capitalistas de países
subdesarrollados, pero esta injerencia no los convierte en partícipes de la
dominación mundial. La internacionalización se procesa en un marco
jerarquizado. Ni siquiera la ideología de los segmentos más internacionalizados
de las clases dominantes proviene de valores totalmente multinacionales.
Absorbe los postulados procapitalistas que ha universalizado el americanismo,
confirmando también una nítida raíz nacional. Al desconocer el continuado
protagonismo de los Estados, el transnacionalismo no capta el carácter
conflictivo de la mundialización en curso.
228
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228
¿Estado transnacional? Los teóricos globalistas consideran que un Estado
transnacional ya se ha forjado en torno a la ONU, el FMI, la OMC u otros
organismos supranacionales. Estiman que este orden jurídico reemplaza las
viejas soberanías y crea nuevas funciones ejecutivas y legislativas
globalizadas[208]. Pero las incipientes estructuras mundiales se encuentran a
años luz de cumplir funciones estatales básicas. No ejercen el monopolio fiscal
o militar y carecen de legitimidad política para sostener decisiones
estratégicas. Las normas que comienzan a debatirse a escala global necesitan
algún tipo de convalidación política nacional. También ha quedado acotada la
transferencia de soberanía. Los foros mundiales operan como ámbitos de
negociación entre potencias que adoptan sus definiciones en el terreno
nacional. El salto registrado en la internacionalización se procesa a través de
los Estados existentes. Lejos de autodisolverse, estas instituciones determinan
el alcance y los límites de las acciones paraestatales que se desenvuelven a
nivel mundial. Lo que ha imperado en las últimas décadas no es una autoridad
global, sino formas de gestión imperial colectivas que están sujetas a los
mandatos de las grandes potencias. El funcionamiento jerarquizado de los propios
organismos supranacionales ilustra estas limitaciones. Los principios de
igualdad formal que imperan en los Estados nacionales modernos no se extienden
a los entes globalizados. Esta carencia obedece en última instancia a la
inexistencia de una burguesía mundial. En las Naciones Unidas gobierna un
Consejo de Seguridad de cinco países con derecho a veto y en la OMC prevalecen
los grupos de presión. Por su parte, el FMI no impone a Estados Unidos los
planes de ajuste que aplica en Bolivia, y en los cónclaves presidenciales la
selección es más explícita. Se reúne el G-8 o el G-20 y no un G-192 de todas
las naciones existentes. El transnacionalismo ignora esas restricciones básicas
del contexto contemporáneo e imagina una defunción del Estado nacional muy semejante
al enfoque neoliberal. Esta visión propaga los mitos de un autogobierno
mercantil capitalista, independizado del sostenimiento estatal. El carácter
fantasioso de estas miradas salió a flote durante las crisis financieras
recientes, que incluyeron fuertes socorros estatales a los bancos.
208.
Antonio Negri, Michael Hardt, Imperio, Paidós, Buenos Aires, 2002, (prefacio,
cap. 15,16). Toni Negri, Michael Hardt, “La multitude contre l´empire”,
Contretemps, No. 2, septembre 2001.
229
229
gLobaLismo
Esta
reaparición explícita del Estado nacional moderó las divagaciones neoliberales.
Pero también en el funcionamiento económico corriente se verifica un alto grado
de conexión de las empresas con los viejos cimientos estatal-territoriales.
Este vínculo define la forma en que se localizan las actividades de las firmas,
preservando la gestión del diseño o comando financiero en las casas matrices.
Otro ejemplo contundente de esta gravitación estatal-nacional se observó en el
auxilio a General Motors durante el 2010. La empresa emblema del capitalismo
norteamericano tiene filiales en todo el mundo, pero, a la hora del quebranto,
el socorro corrió por cuenta del Congreso estadounidense. Esta institución
administra también la reorganización de la firma. Podría argumentarse que la
financiación de este rescate se sostuvo con los préstamos internacionales que
toma el Estado norteamericano. Pero, justamente allí se verifica la mediación
central de una entidad de origen nacional que emite bonos del tesoro garantizando
su respaldo y circulación. La persistencia de estos vínculos no niega el cambio
introducido por la mundialización. Simplemente recuerda que las compañías no
han perdido contacto con sus viejas jurisdicciones. Lo novedoso de la época
actual es el techo que ha impuesto la asociación internacional de capitales a
las rivalidades tradicionales. Pero, esta limitación no diluye los choques
competitivos. Las tensiones europeonorteamericanas por la primacía de Boeing o
Airbus en el negocio aeronáutico, las divergencias en torno a los subsidios
agrícolas o las disputas sobre aranceles al acero son los ejemplos más visibles
de estas pugnas. La visión globalista confunde el carácter acotado de estos
conflictos con la desaparición de sus protagonistas. Olvida que las tensiones
entre Estados y bloques no han quedado reemplazados por confrontaciones
directas entre empresas (tipo Toyota-General Motors versus ChryslerMercedes
Benz). La mundialización no sustituye los viejos conflictos por pugnas
verticales entre nuevos entramados de socios cosmopolitas. La perdurabilidad de
los Estados nacionales obedece, en última instancia, a la inexistencia del
capital como entidad unitaria multinacional. El modo de producción vigente
funciona a través de fracciones y alianzas que se desenvuelven pasando por
batallas competitivas auxiliadas por los Estados. También en este plano los
globalistas exageran la gravitación de tendencias aún embrionarias. Suponen que
el capitalismo ha consumado un acortamiento tan radical de su ritmo histórico,
que le permite alumbrar
230
Bajo
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230
Estados
mundiales en forma vertiginosa. No perciben el carácter mayúsculo de esa
eventual transformación. Sus teóricos afirman que el Estado nacional no es
inmanente al capitalismo y constituye una entidad sustituible. Afirman que ese
reemplazo se ha tornado necesario para orientar los procesos macroeconómicos
que impone la mundialización. Consideran que el Estado transnacional ya cobró
forma y sólo es invisible para quienes razonan con criterios
“estadonacional-céntricos”[209]. Este planteo recuerda que las estructuras del
capitalismo se modifican en función de la acumulación. Pero supone que esa
dinámica es automática y sigue pautas funcionalistas de estricta adaptabilidad
del Estado a los imperativos del sistema. Por eso omite las desincronizaciones
existentes entre la mundialización de los negocios, las clases y los Estados.
Estas dos últimas estructuras no acompañan la velocidad de la inversión y están
desfasadas de la dinámica inmediata del beneficio. Tales asimetrías obedecen al
carácter distintivo del capital y del Estado, que son entidades
cualitativamente diferentes que no pueden homologarse. El capitalismo depende
de una estructura legal sostenida en la coerción y provista por los Estados.
Estas instituciones se desenvolvieron en cierto entorno territorial y en una
variedad de estructuras que aseguran la reproducción global. Los globalistas
olvidan este origen y suponen que la mundialización del capital puede alumbrar
en forma mecánica procesos de internacionalización equivalentes en todos los terrenos.
No perciben que ese empalme es ilusorio. El capitalismo tiende a la
globalización, pero un Estado mundial es por el momento inconcebible. La
magnitud de los desequilibrios que debería afrontar para alcanzar ese estatus
lo tornan impensable. Es cierto que el Estado no es inmanente al capitalismo,
pero su modalidad nacional (y la nítida separación entre esferas económicas y
políticas) son propias de este régimen social. No hay que olvidar que el
Estadonación emergió en cierto radio territorial durante el ocaso del
feudalismo. Como es una institución que no deriva de la naturaleza del capital,
podría sufrir diversas mutaciones bajo el modo de producción vigente. Pero esa
eventualidad es muy especulativa. Lo que ha permitido la existencia del
capitalismo es una variedad de Estados nacionales que continúan operando como
pilar de una nueva acumulación a escala global.
209.
William Robinson, “The pitfalls of
realist analysis of global capitalism”, Historical Materialism, vol. 15, Issue
3, 2007.
231
231
gLobaLismo
Carencia
de mediaciones La teoría de la globalización consumada supone que ya opera una
fuerza coercitiva mundial al servicio de clases dominantes transnacionalizadas.
Considera que ese papel imperial es jugado por la ONU y la OTAN y afirma que la
custodia del sistema no es ejercido por ninguna potencia particular. Estima que
Estados Unidos actúa al servicio de un poder global que ha perdido centralidad
y que auxilia indistintamente a todos los capitalistas sin importar el origen.
Supone que esa ausencia de favoritismo nacional determina el nuevo statu quo
global[210]. Pero ese escenario exigiría la presencia de tropas internacionales
en un ejército globalizado bajo mandos compartidos. Esa institución no existe
en ninguna parte y es solo congruente con las teorías geopolíticas
simplificadas que suelen reducir todos los conflictos internacionales a choques
entre la civilización y el terrorismo, la democracia y las dictaduras o el
progreso y el atraso. Los teóricos del imperio impugnan esas presentaciones y
denuncian el encubrimiento de las sangrientas tropelías que sufren los pueblos
oprimidos. Pero desenvuelven este cuestionamiento aceptando ciertos
diagnósticos globalistas. Suponen que el poder transnacional confronta con las
aspiraciones populares sin ningún entrecruce de fronteras, países o ejércitos
nacionales. La desconexión de esta visión con la realidad salta a la vista. El
gran gendarme mundial actúa con banderas norteamericanas, está dirigido por el
Pentágono y opera por medio de bases militares estadounidenses. Esta
centralidad de Washington es reconocida por los transnacionalistas. Pero, ellos
consideran que esa intervención se consuma al servicio de todas las clases
capitalistas globalizadas. Esta mirada tiende a concebir al Pentágono como un
servidor de la ONU que envía las boinas verdes comandadas por los cascos
blancos a los escenarios bélicos. Lo que no se capta es la relación
complementaria que existe entre rol mundial y nacional, la cual es desarrollada
por Estados Unidos. La primera potencia opera como protectora del orden global
utilizando sus propias fuerzas armadas y sin disolver su ejército en tropas
multinacionales. Es un actor central del imperialismo contemporáneo que
mantiene su propia singularidad. Apuntala a los dominadores de todo el planeta,
utilizando sus propias instituciones estatales.
210.
Ibídem.
232
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232
Esta
dialéctica es imperceptible cuando se omiten las mediaciones requeridas para
comprender al capitalismo contemporáneo. Siguiendo el mismo enfoque reductivo
que diagnostica la constitución de clases y Estados transnacionales, se supone
la abrupta aparición de ejércitos globales. La visión globalista confunde la
integración de las clases con una súbita fusión y la coordinación de los
Estados con una automática transnacionalización. Con este tipo de
razonamientos, la protección militar norteamericana queda identificada con el
belicismo cosmopolita. Hay una omisión de los conceptos intermedios, que
resultan insoslayables para notar el rol singular de Estados Unidos dentro de
un sistema global de múltiples Estados. El gendarme norteamericano ejercita su
hegemonía mediante el uso de la fuerza, combinando acciones imperiales (al
servicio de todos los opresores) con incursiones hegemónicas (de reafirmación
de su poder específico). Los globalistas sólo registran las acciones
colectivas, sin captar la existencia de incursiones peculiares de cada
potencia. Como postulan la vigencia de una “era post-imperialista”, deberían
interpretar el despliegue de la IV Flota estadounidense por las costas de
América Latina como una arremetida global que favorece los intereses del
capital francés, japonés o alemán. No pueden constatar algo tan obvio como es
la continuidad del estatus de patio trasero que el gigante del Norte les asigna
a sus vecinos del Sur. Esta ceguera también impide notar que las agresiones
imperiales están socavadas por las tensiones internas que imponen los choques
entre intereses globales y hegemónicos. Como suponen que la primera categoría
ha digerido a la segunda, interpretan cualquier conflicto entre las potencias
metropolitanas como reyertas internas de un mismo bloque. De esta forma una
desavenencia entre Francia y Estados Unidos frente a la política en Medio
Oriente es vista con el mismo catalejo que un choque entre neoconservadores y
liberales norteamericanos. Las tensiones entre Sarkozy y Bush son ubicadas en
el mismo plano que las disputas entre republicanos y demócratas. Como los
capitalistas han perdido su nacionalidad, sólo compiten en forma
transfronteriza. Las dificultades para explicar con este criterio cualquier
crisis geopolítica contemporánea son muy evidentes. La mirada transnacionalista
brinda pistas para comprender las transformaciones del imperialismo
contemporáneo, pero su atadura al globalismo convencional le impide desenvolver
en forma positiva esas intuiciones.
EXPANSIÓN
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14
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Un
enfoque reciente propone reemplazar el estudio del imperialismo por el análisis
de la hegemonía. Considera que la primera noción perdió utilidad y que la
segunda ha recuperado gravitación para explicar dos tendencias de la época: el
declive norteamericano y el ascenso chino[211].
Un
mercado sin imperio Arrighi estima que el imperialismo es un producto de la
trayectoria militarista seguida por las potencias occidentales desde el fin del
Medioevo; entiende que esa modalidad fue privilegiada por el territorialismo
ibérico, el comercio genovés, las conquistas holandesas, el colonialismo inglés
y el expansionismo norteamericano. Todos apelaron a la apropiación de tierras,
al uso generalizado de la violencia y al despojo de los pueblos sojuzgados para
reforzar el poder de las elites adineradas. Ese militarismo constituyó el rasgo
saliente de los imperios occidentales, en desmedro de la influencia lograda
mediante acciones políticoideológicas. El imperialismo predominó frente a la
hegemonía, y la coerción primó ante a la persuasión o el liderazgo moral[212].
La agresividad imperial se asentó en la búsqueda ilimitada de lucros, la
acumulación irrestricta y el acaparamiento de dinero para ejercer la
dominación. El desenvolvimiento capitalista quedó atado al reforzamiento de las
conductas belicistas[213]. En contraposición a este curso, Arrighi resalta el
perfil que adoptó otro esquema menos expansivo y localizado en China. Este
rumbo emergió a mitad del primer milenio y fue percibido por las vertientes
“sinófilas” de la Ilustración, que polemizaron con los críticos del Extremo
Oriente. Este mismo rumbo fue reivindicado por Adam Smith. Arrighi estima que
el fundador de la economía política resaltó las potencialidades de una economía
de mercado basada en actividades productivas locales y aprovechamientos del
trabajo rural. Contrastó ese camino con el sendero imperial seguido por los
países que priorizaban el comercio exterior. Este relato de la experiencia
seguida por China destaca cómo los adversos desenvolvimientos iniciales del
comercio marítimo fueron sucedidos por la prohibición de intercambio con el
extranjero. Arrighi señala
211.
Giovanni Arrighi, “The winding paths of capital”, New Left Review, No. 56,
Mars-April 2009, London. 212. Giovanni
Arrighi, Adam Smith en Pekín, Akal, 2007, Madrid (cap. 3 y 8). 213. Ibídem, (cap. 3, 8 y 11).
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que
este curso fue reforzado al cabo de serias crisis (1683) que derivaron en el
cierre de la economía, la redistribución de las tierras cultivables y el
impulso de las obras estatales hidráulicas[214]. Ese modelo es visto como una
economía mercantil distanciada de la obsesión por el lucro. Se estima que
incluyó la tolerancia de las civilizaciones circundantes y la presencia de un
Estado regulador que limitaba la búsqueda de beneficios. Estas restricciones
priorizaban el mercado interno y evitaban el desenvolvimiento de las rutas
marítimas externas incentivadas por el militarismo. Arrighi retrata cómo el
centro chino rodeado de periferias mutables difirió del sistema interestatal
europeo de equilibrios inestables entre competidores equivalentes. Esa estructura
determinó una era de pacificación de 500 años. China sólo guerreaba para
asegurarse las fronteras y recurría a la acción policial para mantener su
primacía frente a los Estados vasallos. El encierro de una antigua civilización
ante las fuerzas capitalistas hostiles recicló esas tendencias pacifistas y
evitó el imperialismo que desplegó Occidente en el resto del mundo[215]. Pero
Arrighi también explica el fracaso de la experiencia oriental que no pudo
resistir la presión foránea. Ese ensayo colapsó al cabo de varias guerras con
potencias europeas (1839-42) y un emergente adversario japonés (1894). China
quedó subordinada a Occidente y soportó los destructivos efectos del
desgobierno de los Señores de la Guerra. Este sombrío ciclo quedó cerrado con
el triunfo de revolución comandada por Mao (1949)[216]. En esta
caracterización, el imperialismo es reiteradamente presentado como un resultado
exclusivo del territorialismo capitalista europeo. El modelo chino de economía
mercantil no expansiva es exhibido como la antítesis de la violencia colonial.
Ese esquema no pudo demostrar todas sus posibilidades debido el sometimiento
que sufrió el país durante el siglo XIX. Esa frustración anuló el esquema
industrial y mercantil regulado por el Estado, que Adam Smith había ponderado
como un mecanismo óptimo para acotar la competencia y permitir el desarrollo
social equilibrado[217].
214.
Ibídem, (cap. 1, 3, 11). 215. Ibídem,
(cap. 1, 2, 3, 8 y11). 216. Ibídem,
(cap. 11). 217. Ibídem, (Introducción, cap. 2).
236
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236
Arrighi
estudia con interés ese modelo, al considerar que sus pilares son retomados en
la actualidad por el gigante oriental. Estima que en esa recuperación radica el
secreto de la emergencia de China, frente a la decadencia de Estados Unidos.
Mientras que la potencia asiática reencuentra el hilo histórico de su
despertar, el poder norteamericano repite un declive ya experimentado por todos
los expansionistas de Occidente[218].
¿China
versus Estados Unidos? Arrighi contrapone la regresión financiera, la
improductividad industrial y el descontrol bélico estadounidense con el
dinamismo competidor de China. Atribuye la ventaja oriental a la jerarquización
de actividades económicas que autocontrolan el despliegue militar. Pero este
contrapunto olvida que el curso seguido por ambos países está condicionado por
un contexto común de integración a la mundialización capitalista. El
espectacular avance de China se ha consumado en asociación (y no en oposición)
al esquema global que lidera Estados Unidos. Estas conexiones económicas son
tan significativas, que algunos autores utilizan el término “chinamérica” para
describir la asociación que acaparó un tercio de la producción global y dos quintos
del crecimiento mundial durante el período 1998-2007[219]. Este matrimonio
canalizó el boom simultáneo de exportaciones asiáticas y consumos
norteamericanos que prevaleció durante la década pasada. China ha buscado
preservar esta megarelación con el gigante estadounidense, a pesar del serio
deterioro que introdujo en ese vínculo la crisis económica reciente. No está
escrito en ningún lugar que el resultado final de esta convulsión será el
afianzamiento oriental y el desmoronamiento norteamericano. Ambas partes
intentan por ahora remendar su asociación mediante un “rebalanceo” de sus
cuentas económicas y pretenden incrementar el ahorro estadounidense y el
consumo chino mediante un debilitamiento concertado del dólar y un
fortalecimiento acordado del yuan. Ciertamente este giro pondría en serios
aprietos el modelo que facilitó la recuperación hegemónica de Estados Unidos y
el reingreso de China
218. Ibídem, (Introducción, cap. 5, 6). Giovanni Arrighi, “The winding paths of
capital”, New Left Review, No. 56, Mars-April 2009, London. Giovanni Arrighi,
“Conceptos fundamentales para comprender el capitalismo actual”, Herramienta,
No. 38, junio 2008. 219. Niall Ferguson, “El matrimonio entre China y EEUU no
podía durar”, Clarín, 28-12-09.
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al
capitalismo. La primera potencia no puede retrotraerse hacia el ahorro interno
sin afectar su liderazgo, y el gigante oriental no puede sustituir a su
comprador privilegiado recurriendo al mercado interno. Los términos del
rebalanceo son muy problemáticos, ya que ninguno puede dictarle al otro las
condiciones de un arreglo. Pero, todos continúan buscando la forma de
recomponer el acuerdo. Estos vínculos económicos tienen cierta proyección en el
plano político. El emergente oriental se mantiene distante de los
acontecimientos internacionales mientras acumula fuerzas, custodia sus
fronteras y fortalece su ejército. Esta estrategia preocupa al Pentágono, que
ha desarrollado varias hipótesis de conflicto con su rival asiático. Pero esos
escenarios no impiden una colaboración geopolítica, periódicamente afectada por
los choques de China con la India, las incursiones en el Tíbet y las reyertas
con Taiwán. El gigante oriental ha mantenido la alianza que tejió con Estados
Unidos en los años 70 contra la ex URSS y que mantuvo durante las
conflagraciones de Camboya y Vietnam. Nadie sabe si prevalecerá el conflicto o
la coexistencia chino-norteamericana. Los factores que determinan uno u otro
resultado incluyen desenlaces entre las fracciones negociadoras y beligerantes
que disputan el control del Estado en ambos países. Los gobiernos
norteamericanos oscilan entre la agresión y la conciliación. Pero hasta ahora
predomina la estrategia de contener negociando con escaladas puntuales (venta
de armas a Taiwán, recepción al Dalai Lama, críticas a la censura informativa).
Estas tensiones no alteran la convergencia en el manejo de la crisis
financiera. En la cúpula gobernante china ha prevalecido el sector que propone
preservar las relaciones amigables con el socio norteamericano para continuar
con el negocio de la exportación. Los dirigentes chinos saben que Estados
Unidos continúa manejando no sólo grandes empresas, sino también Wall Street,
Pentágono, la OTAN, el Departamento de Estado y ejerce un poder de veto en
todos los organismos mundiales, y que utilizó esta suma de poderes para
doblegar a la Unión Soviética, domesticar a gran parte de la periferia e
impulsar la nueva etapa neoliberal. Estados Unidos no es un imperio aislado que
se repliega en soledad. Encabeza la protección militar y la administración
política de un sistema capitalista global. Actúa al frente de una tríada y su
devenir define en gran medida el futuro de todo el bloque occidental. Hay
muchas alterna
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tivas
abiertas, pero estas posibilidades no pueden indagarse con un patrón analítico
simplificado de decadencia norteamericana y ascenso chino.
La
restauración del capitalismo Arrighi considera que el avance chino se asienta
en la recuperación de una tradición económica de mercado, ajena a las
adversidades del capitalismo occidental. Introduce la visión de “Adam Smith en
Pekín” para destacar como el país está retomando las virtudes de una
civilización milenaria, opuesta a las desventuras imperiales de Europa y
Estados Unidos[220]. Pero este enfoque omite registrar que China se ha
embarcado en una dinámica más afín al capitalismo (cuestionado por Marx) que a
la armonía mercantil (atribuida a Smith). Esta restauración tendencial del
capitalismo ha permitido un elevado crecimiento, pero es históricamente
regresiva puesto que reconstituye las formas de explotación y desigualdad que
comenzaron a erradicarse con el triunfo de la revolución. La justificación de
este giro alegando la recuperación de un legado milenario embellece la
reconstrucción de un sistema social opresivo. Todavía no se puede formular un
veredicto definitivo sobre la madurez o irreversibilidad de ese curso, pero es
evidente que los pilares del capitalismo se están recomponiendo en China. Este
giro no tiene la contundencia de lo ocurrido en Rusia, pero las incógnitas
giran en torno a la velocidad (y a no la presencia) de esa involución. Los tres
cimientos del capitalismo, propiedad privada de los grandes medios de
producción, explotación generalizada de los asalariados y gravitación
mayoritaria del mercado, son inocultables en todo el país. Las privatizaciones
se aceleraron hasta abarcar el 52% de la industria. La libre contratación de
los trabajadores ha crecido junto al desempleo, y la utilización de asalariados
precarizados se generaliza en la actividad manufacturera. La polarización
social se acrecienta al compás de los enormes privilegios de la elite
dirigente. China ocupa el segundo lugar en el ranking de inequidad de 22 países
del Sudeste Asiático. El número de billonarios creció de 0 a 260 en tan solo
seis años (2003-2009). La ascendente gravitación del mercado en desmedro de la
planificación se verifica en la vigencia de precios libres,
220.
Giovanni Arrighi, “The winding paths of capital”, New Left Review, No. 56,
Mars-April 2009, London.
239
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que
aumentaron su participación frente a las cotizaciones reguladas de un 3% (1978)
a un 98% (2003) del total[221]. Por el contrario, las crisis tienen menor
efecto que en el resto del mundo. Este dato indica la persistencia de ciertos
vestigios de la vieja estructura de planificación. Pero el impacto limitado de
los desequilibrios financieros y productivos obedece en mayor medida al
continuado crecimiento de una economía que se amolda a la mundialización
neoliberal. Esta adaptación sólo permite respiros que preparan futuros
desmoronamientos de gran alcance. China se mantuvo a flote durante la crisis
reciente y su nivel de actividad le permite duplicar el producto cada ocho
años. Pero continúa acumulando las enormes tensiones agrícolas, sociales y
demográficas que genera la restauración. La elite dominante refuerza este
viraje, aumentando la conversión de inmigrantes en trabajadores desprotegidos,
multiplicando el cierre de empresas no competitivas y estrechando la asociación
con firmas transnacionales. El modelo chino ya incluye formas clásicas de
desposesión y opresión impositiva. En lugar de mejorar el poder adquisitivo
popular, los dirigentes acrecientan los subsidios a las compañías que ya están
en manos de los capitalistas chinos y ensanchan un nivel de desigualdad que ya
alcanza porcentajes latinoamericanos. Estas formas de explotación repercuten a
escala regional, a medida que el modelo chino afianza su centralidad como
contratista y presiona por el abaratamiento de la fuerza de trabajo involucrada
en la fabricación de los productos ensamblados. La presentación del modelo
actual como un régimen social progresista enmascara esta realidad. Converge con
el entusiasmo que exhibe la prensa mundial hegemónica por un rumbo capitalista,
que enriquece a los sectores dominantes.
¿Un
modelo global pacifista? La emergencia de China es vista por Arrighi como un
posible aporte internacional al desarrollo del pacifismo. Considera que ese
avance tornaría factible el escenario imaginado por Adam Smith en su crítica al
uso de la fuerza como mecanismo de acumulación. Estima que el triunfo de China
frente a la militarización norteamericana contribuirá a gestar una sociedad
global exenta de opresión. Piensa que esa victoria permitiría
221.
Ver: Martín Hart-Landsberg, “China, capitalist accumulation and the world
crisis”, XII International Conference of Economist on Globalization, La Havana,
march 2010.
240
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240
la
vigencia de relaciones políticas más amigables entre los países y contribuiría
a neutralizar paulatinamente al imperialismo[222]. Esta utopía de convivencia
pacífica difiere del proyecto comunista en un aspecto central: no exige la
extinción progresiva de las clases sociales que alimentan los antagonismos
armados. Supone que el ascenso de China bastará para transmitir valores de
armonía, respeto y convivencia al conjunto del planeta. Pero este razonamiento
olvida que la violencia en gran escala es un producto de la competencia por
beneficios surgidos de la explotación. No hay forma de alcanzar metas
pacifistas sin erradicar al capitalismo e impulsar la progresiva extinción del
mercado. Por otra parte, nadie puede transmitir al resto del mundo lo que necesitaría
primero construir en su propia casa. La aspiración pacifista de Arrighi choca
con un obstáculo evidente: el régimen político totalitario que predomina en
China. Este país debería incorporar –antes de exportar a otros– los principios
básicos de la convivencia. Es curioso que China reciba el mandato de conducir
un desarme global. Los promotores del pacifismo tradicionalmente recurrían a
los antecedentes de neutralismo suizo, convivencia escandinava o liderazgo no
violento (Mahatma Gandhi, Martin Luther King). Resulta por lo menos extraño
asignarle estos mismos atributos al modelo chino. Existen muchas evidencias de
la persecución política que impera en ese país. Están prohibidos las formas de
expresión, los sindicatos independientes y la actividad política autónoma del
oficialismo. Esta opresión se acentúo luego de las protestas de Tiananmen
(1989). China es el país más poblado del planeta, adiestra un voluminoso
ejército y acumula importantes arsenales nucleares. No soporta acosos
norteamericanos, peligros de invasión o grandes amenazas de terrorismo. Tampoco
es una pequeña isla –como Cuba– agobiada por embargos, conspiraciones y
atentados de la CIA. El carácter represivo de su régimen no tiene justificación
y se ubica en las antípodas de la armonía global propuesta por Arrighi. Este
autor supone, además, que los conflictos entre el capital y el trabajo no
tienen en China la misma centralidad que en los países occidentales.
222.
Giovanni Arrighi, “Entrevista”, www.mst.org.br/node, 20-6-2008. Giovanni
Arrighi, “The winding paths of capital”, New Left Review, No. 56, Mars-April
2009, London.
241
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Estima
que la ausencia de concentración capitalista atenúa las confrontaciones
sociales[223]. Pero la diferencia radica más bien en la visibilidad que en la
inexistencia de esos antagonismos. La irrupción de combativas huelgas obreras
es el dato central de los últimos años. Frente a la expansión de las protestas,
la persecución inicial que sufrieron los trabajadores ha sido sustituida por
concesiones salariales y laborales. Estas luchas ilustraron el nivel de
explotación vigente, especialmente en las compañías extranjeras. Esta acción
proletaria es el ingrediente más positivo de la realidad china. Retrata el peso
creciente de una población asalariada, que podría impulsar formas de pacifismo
para el resto del mundo a partir de una construcción de la democracia
socialista. A veces se supone que el avance de China entrañaría consecuencias
globales pacifistas, dado el amplio margen que tiene el país para procesar un
desarrollo económico interno sin ningún ingrediente de agresividad externa. A
diferencia del capitalismo japonés –que siempre necesitó lanzarse a ultramar
para encontrar espacios de acumulación–, el gigante oriental mantiene grandes
reservas internas para su crecimiento. Pero esta prescindencia del ámbito
exterior tiende a decrecer a medida que el país se afirma como potencia e
incursiona en el mercado internacional. Ya no participa sólo como exportador de
productos básicos, sino que actúa como inversor industrial, operador financiero
y gran adquiriente de materias primas. Los ejemplos de este giro son innumerables.
Las empresas chinas aplican en el exterior los mismos criterios de férrea
disciplina laboral que imponen en su país. Los tratados de libre comercio que
se suscriben con África y América Latina copian los lineamientos de la OMC y el
ALCA. La depredación de recursos minerales en el Tercer Mundo no difiere del
saqueo usual de Europa o Estados Unidos.
La
tesis de la hegemonía oriental Arrighi reconoce que China despliega su
nacionalismo y ciertas ambiciones geopolíticas, pero estima que la
jerarquización de la acción económica atenúa cualquier belicismo. Con este
razonamiento olvida la íntima conexión que mantiene el desarrollo económico
capitalista con las tensiones militaristas. Bajo este
223.
Giovanni Arrighi, Adam Smith en Pekín, Akal, Madrid, 2007, (cap. 3).
242
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242
sistema
el reinado de la competencia, el beneficio y la explotación acrecientan la
violencia. En el caso específico de China, su inserción en el orden mundial
aumenta las “responsabilidades” que deberán asumir las elites dominantes en la
preservación de la estructura coercitiva global. Existe una errónea
identificación de la agresividad imperial con el declive económico. Se supone
que el ejercicio de la violencia obedece al intento de preservar liderazgos
alicaídos frente a los nuevos competidores. Siguiendo este postulado se retrata
al imperialismo norteamericano como un “tigre herido”, que está siempre
dispuesto a recurrir a “zarpazos desesperados” para asegurar su supervivencia.
Pero la experiencia histórica indica que la actitud guerrerista ha sido también
corriente entre las potencias emergentes, que necesitaron ganar espacio
mostrando sus dientes. Japón y Alemania demostraron durante el siglo XX que el
desafío militarista no es patrimonio exclusivo de los imperialismos
establecidos. En realidad, la contraposición entre belicismo norteamericano y
pacifismo chino retoma una mirada clásica de autores liberales que han oscilado
entre dos posturas. Un imaginario supone que el desarme será alcanzado mediante
negociaciones preparatorias de la “gobernanza mundial”. Otra visión considera
que la pacificación sobrevendrá con la victoria del país menos belicista; entre
los cambiantes candidatos a ocupar este último sitial, Arrighi selecciona a
China. Pero esta elección introduce otro problema al contradecir un presupuesto
central de la teoría de las sucesiones hegemónicas. Como esta concepción le
asigna a cada potencia ascendente un rol sustitutivo de la dominación mundial,
el ejercicio de esa opresión le impediría emancipar al resto del planeta.
Arrighi capta esta anomalía y por eso reemplaza el concepto de dominación por
un criterio de hegemonía. Esta segunda noción incluye características acordes
al rol conciliatorio que jugaría China para alcanzar supremacía global. Desde
ese lugar desarrollaría un liderazgo político-cultural y no un papel imperial.
Siguiendo esta pista, Arrighi reformuló el concepto de hegemonía, subrayando su
contraposición con la noción de imperialismo. Recordó que Gramsci utilizó el
término para distinguir la dominación (puramente coercitiva) del consenso
ejercitado por medio de la credibilidad y la legitimidad de los gobernantes. Al
aplicar esta idea al contexto internacional,
243
243
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buscó
definir cuál es la potencia que puede desplegar esa preponderante influencia a
nivel político e ideológico[224]. Pero esta interpretación recrea las polémicas
sobre los usos de Gramsci. El revolucionario italiano introdujo el concepto de
hegemonía para explicar cómo opera un poder ideológico de coerción revestido de
consenso. Destacó que esa modalidad incorpora concesiones a los oprimidos para
complementar la dominación armada que ejercen los capitalistas. Concibió ese
control como un mecanismo adicional y no sustitutivo del uso de la violencia.
Este razonamiento puede enriquecer el análisis del imperialismo, siempre y
cuando se recuerde que la persuasión no sustituye el uso de las armas en la
dominación que imponen las grandes potencias. Este sostén coercitivo es
olvidado por las teorías que reemplazan el concepto de imperialismo por
nociones de hegemonía. Tales enfoques suelen diluir el papel central que
mantiene la acción armada en la regulación de las relaciones internacionales.
No existe, por otra parte, ningún atisbo de sustitución de Estados Unidos por
China en el terreno político-ideológico. El avance económico de Oriente no se
proyecta a esas áreas. Al contrario, la ideología americanista que han
asimilado las elites dominantes de todo el planeta también penetra
aceleradamente entre las clases medias y altas chinas. Arrighi reconoce estas
tensiones, pero sólo vislumbra a largo plazo dos posibilidades: el
afianzamiento de la hegemonía china o la generalización de un prolongado caos a
escala mundial. Si predomina el primer liderazgo, se expandirán los mercados
autocentrados, la acumulación sin desposesión y el respeto a todas las
civilizaciones. Si este curso no logra abrirse camino, prevalecerá el desorden
y la regresión social[225]. Pero en este plano la disyuntiva clásica del
marxismo es más sensata. Postula un dilema entre socialismo y barbarie, que
implica progreso general si se avanza en la erradicación del sistema
capitalista. La otra opción no es un vago estado de caos, sino un reforzamiento
de todas las desgracias de la humanidad. Estas desventuras persistirían por la
simple continuidad del capitalismo.
224.
Ibídem, (cap. 6). 225. Ibídem, (Epílogo). Arrighi Giovanni, “The winding paths
of capital”, New Left Review, No. 56, Mars-April 2009, London.
244
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244
Ningún proyecto antiimperialista La presentación de China como desafiante de
Estados Unidos, también incluye su reivindicación como aliado de los países
dependientes. Se supone que impulsa los convenios Sur-Sur para favorecer un
nuevo “Consenso de Pekín”, afín al multilateralismo. Este camino permitiría
relanzar las iniciativas antiimperialistas (en la tradición de la conferencia
de Bandung), aunque con prioridad en los vínculos económicos y no en las
convocatorias político-ideológicas. Arrighi considera que este escenario
empalmaría con una reforma financiera global dentro del FMI y una
reorganización política de la ONU, que imprimirían un sesgo más progresista a
ambos organismos. Los países subdesarrollados ganarían espacio, mientras avanza
un paradigma cooperativo impulsado por China que contribuiría a la integración
autónoma de las naciones del Sur[226]. Pero este pronóstico incluye muchos
ingredientes especulativos que reflejan deseos y no cursos verificables. China
ha defendido hasta el momento el orden global, evitando cualquier construcción
alternativa. Se ha integrado al circuito capitalista sin cuestionar ningún
pilar del edificio neoliberal. Tampoco repite la estrategia que impulsaron en
el pasado los miembros del “bloque socialista” para conformar alguna asociación
de economías distanciadas de los centros capitalistas. El Nuevo Orden
Internacional (NOEI) que promovía la vieja Unión Soviética o los mecanismos de
la planificación concertada que ensayaba el COMECON no figuran en los planes de
China. La capa dirigente oriental resiste, además, cualquier contacto con los
movimientos sociales mundialistas. En Pekín y Shangai hay reuniones de
negocios, pero no eventos de resistencia. En este plano, las diferencias con
Cuba, Bolivia o Venezuela (que albergan incontables encuentro de movilización
antiimperialista) son muy significativas. Las elites chinas se sienten más a
gusto en el G-20, la OMC o la ONU que en cualquier Foro Social. Están
familiarizadas con Davos y alejadas de toda protesta contra la mundialización
neoliberal. Esta ubicación no es una necesidad transitoria ni obedece al
equilibrio diplomático. Quienes
226.
Giovanni Arrighi, “Conceptos fundamentales para comprender el capitalismo
actual”, Herramienta, No. 38, junio de 2008. Giovanni Arrighi, Adam Smith en
Pekín, Akal, Madrid, 2007, (epílogo).
245
245
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propician
la restauración de la propiedad privada de los medios de producción han perdido
afinidad con los proyectos anticapitalistas. No existe ningún indicio de la
política internacional que avale la expectativa en un rol progresista de China.
Sin embargo, ese escenario es imaginado cuando se afirma que el “Consenso de
Pekín” tendrá basamentos en la economía, y no la política. Esa segmentación
constituye un artificio que olvida la interconexión entre ambas áreas en los
desenvolvimientos favorables o cuestionadores del statu quo. Como las acciones
internacionales chinas están invariablemente guiadas por cálculos de
rentabilidad, lo que predominan son políticas orientadas a sostener la
estabilidad capitalista. Los tratados comerciales o los convenios de inversión
que promueve el país no difieren de las iniciativas impulsadas por Estados
Unidos, Europa o Japón. Semejantes similitudes se extienden también al plano
geopolítico. Estas semejanzas inhiben cualquier viraje de China hacia posturas
antiimperialistas, y el interrogante a dilucidar se dirime en el terreno
opuesto: ¿Transita el país un proceso de conversión en potencia imperial? Más
que un liderazgo cooperativo, lo que está en juego es el ingreso del gigante
oriental al club de los opresores mundiales. Arrighi descarta esa posibilidad.
Considera que el desplazamiento productivo hacia el continente asiático crea
alianzas con las naciones subdesarrolladas en choque con las viejas potencias.
Pero no aporta fundamentos para situar la perversidad imperialista en una
trinchera y la cooperación amigable en la vereda opuesta. Ambos polos están
regidos por los principios de competencia capitalista que conducen el despojo
de los pueblos desfavorecidos. China enfrenta no sólo una tentación imperial,
sino también cierta compulsión a embarcarse en ese rumbo. Esta presión es una
consecuencia de su acelerado desenvolvimiento capitalista. Algunos autores
estiman que el país ha quedado situado en la actualidad en un estadio
transitorio. Adopta posturas de dominación y recurre a la exportación de
capitales y mercancías en gran escala, pero no pertenece al núcleo de las
potencias imperiales. Los beneficios surgidos de la explotación de ultramar
todavía representan una porción pequeña de los ingresos de las elites[227].
Esta caracterización indica un camino de conversión de China en potencia
imperialista, y constituye tan solo una hipótesis futura cuya concreción
227.
Ho Fung Hung, “China’s crisis”, en The crisis this time, Socialist Register,
Toronto, 2011.
246
Bajo
el imperio del capital
Claudio
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requeriría
superar varios escollos en la contradictoria relación del país con Estados
Unidos. China tampoco puede actuar plenamente como potencia expansiva mientras
mantenga un nivel de desarrollo tan bajo en términos de PIB per cápita. Resulta
difícil imaginar cómo podría ser adaptada una clase obrera tan numerosa a
alguna estructura imperial. En cierta medida la aproximación o alejamiento
hacia ese estadio dependerá de la estabilidad de la fracción costeroexportadora
que controla el régimen político. En una era de gestión imperial colectiva y
agotamiento de las rivalidades bélicas del imperialismo clásico, la eventual
incorporación de China al club de grandes mandantes internacionales es dudosa.
Pero la persistencia de un ritmo de crecimiento tan intenso induce a la
adopción de actitudes subimperiales, especialmente con la red de economías
regionales que dependen de sus decisiones. China comanda un taller de ensamble
manufacturero de todo el Sudeste Asiático. Ese liderazgo acrecienta las
desigualdades zonales y genera serias tensiones. Desde la crisis del Sudeste
Asiático (2007), el país ha disputado exitosamente con sus vecinos la recepción
de inversiones externas y la concreción de negocios. Se está consolidando,
además, una división del trabajo que refuerza la dependencia de las economías
menores. Estos componentes subimperiales están ausentes en la visión de
Arrighi, quien reduce por principio la vigencia de estas tendencias a los
países occidentales.
Capitalismo
y mercado El contraste que establece Arrighi entre expansión cooperativa china
e imperialismo agresivo norteamericano se inspira en un contrapunto paralelo
que realza los méritos de la economía de mercado y cuestiona las adversidades
del capitalismo. Estima que el primer sistema, reivindicado por Smith, disuade
la opresión y, el segundo, denunciado por Marx, genera acciones imperiales.
Esta separación radical entre mercado y capitalismo se basa en una diferencia
real entre el simple intercambio de productos y su integración a un sistema de
explotación basado en la propiedad privada de los medios de producción. El
mercado precedió históricamente al capitalismo y debería sucederlo durante un
prolongado lapso. Pero el mercado siempre operó al interior de algún modo de
producción que definió sus peculiaridades. Complementa el funcionamiento de
247
247
exPansión
CooPerativa
cierta
estructura productiva y no define por sí mismo la vigencia de un régimen
social. Por estas razones, son muy confusas todas las referencias a “economías
de mercado” que no especifican cuál es el sistema social en el que se desenvuelven los intercambios. En la época de
Adam Smith, el mercado acompañaba el despunte del capitalismo, que emergía en
Occidente y no lograba abrirse paso en Oriente. Resulta indispensable
esclarecer estos conceptos para evitar presentaciones abstractas que divorcian
el desarrollo del mercado de su contexto capitalista. Es un error desconectar
ambas nociones, suponiendo que en la actualidad existe un devenir pleno del
mercado ajeno al capitalismo. Esa entidad es un pilar del orden económico
vigente, que no genera desarrollos propios ni autosuficientes. Comprender este
entrelazamiento con el capitalismo es vital para entender cómo se vincula la
acción mercantil con el sostenimiento de beneficios basados en la explotación.
Es tan artificial separar la acumulación del intercambio mercantil, como
suponer que este tipo de transacciones obstruye la expansión imperial. Este
supuesto proviene de una idealización del mercado, basada en los méritos que
Adam Smith atribuyó a ese organismo. El fundador de la economía política
extendía, además, esas cualidades al capitalismo naciente, sin limitarlas a
virtuosas actividades localizadas en Oriente. Arrighi identifica al capitalismo
con la búsqueda de lucros ilimitados que desatan grandes convulsiones, pero
omite señalar la conexión de ese sistema con la intermediación mercantil. A
partir de este desconocimiento establece una equivocada contraposición entre
capitalismos occidentales (que conducen al imperialismo) y economías
mercantiles de Oriente (ajenas a ese resultado). Las ambigüedades e indefiniciones
que rodean el concepto de “economía de mercado” no son ajenas a ese desacierto.
Belicismo
versus pacifismo Arrighi retoma la identificación tradicional del imperialismo
con las conquistas militares, el desborde fronterizo y la ambición comercial.
Estas características son asociadas a la depredación que instrumentó Occidente
y contrapuestas a la regulación estatal del beneficio que imperó en Oriente.
Pero ¿puede una economía guiada por el patrón de la ganancia autorestrin¿puede
una economía guiada por el patrón de la ganancia autorestrinpuede una economía
guiada por el patrón de la ganancia autorestringirse a la esfera interna? ¿No
tiende la dinámica competitiva a proyectarse al exterior?
248
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el imperio del capital
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El
enfoque de Arrighi establece una muralla entre ambos modelos. Por un lado,
afirma que el capitalismo ha tendido a globalizarse desde su origen y, por otra
parte, sostiene que en esa estructura mundializada coexistieron dos modalidades
de acumulación totalmente divorciadas. Estos presupuestos son contradictorios.
La identificación que postula Arrighi del imperialismo con un pernicioso
comercio externo es también problemática, puesto que omite el servicio que
brindó esa actividad a los industriales. Fueron los productores de acero,
energía eléctrica y cemento los causantes de las grandes conflagraciones de
principio del siglo XX. En realidad, la expansión imperial nunca obedeció al
interés de un solo sector de las clases capitalistas. Siempre expresó confluencias
de todos los grupos dominantes. El mismo inconveniente se verifica en la
identificación del imperialismo con la preeminencia financiera, que Arrighi
emparenta con la agresividad comercial y la declinación de las potencias
hegemónicas. Estima que Génova (desde 1540), Holanda (desde 1740), Gran Bretaña
(a partir de 1873-96) y Estados Unidos (1970) padecieron “otoños financieros”,
signados por la sustitución de inversiones productivas por especulaciones
bancarias, que exacerbaron el belicismo[228]. Esta visión discrepa con la
cronología, pero no con el contenido de las tesis de Hobson o Hilferding.
Presenta a los financistas como responsables de políticas guerreras tendientes
a garantizar el manejo privilegiado de los recursos monetarios, pero olvida otros
propósitos y protagonistas: los imperios comerciales se expandían para asegurar
mercados de venta, los imperios coloniales atropellaban para colocar excedentes
industriales y el imperialismo del capital arremete para garantizar los
negocios de las empresas transnacionales. El imperialismo protege los intereses
de las clases dominantes y de sus distintos exponentes en cada época o país.
Pero Arrigihi no pone el acento en la diferenciación de estos grupos, sino en
las consecuencias expansionistas que tiene el control del Estado por cualquiera
de estos sectores. Presenta al belicismo como un resultado de ese manejo, pero
¿acaso podría ser de otra forma? Quienes detentan el poder económico tienden a
manejar también el poder político. Arrighi estima que esa supremacía tiene
consecuencias militaristas cuando nadie se interpone en las decisiones de los
poderosos, pero olvida que los capitalistas no necesitan ejercer directamente
los cargos que
228.
Giovanni Arrighi, Adam Smith en Pekín, Akal, Madrid, 2007 (cap. 8).
249
249
exPansión
CooPerativa
ocupan
sus socios de la alta burocracia. Ambos sectores manejan las áreas estratégicas
del Estado burgués, y ese control tiene efectos imperialistas derivados del
carácter destructivo que asume la acumulación. La primacía de una fracción
guerrera al frente de ese Estado nunca fue un acontecimiento fortuito. Siempre
obedeció a necesidades belicistas del conjunto de los dominadores. Arrighi
asocia el imperialismo con la expansión territorial, sin tomar en cuenta que
esta característica sobresaliente de la era precapitalista perdió relevancia en
el último siglo. Mientras que los viejos imperios necesitaban capturar regiones
para sustraer recursos, el imperialismo contemporáneo obtiene los mismos
insumos por medio de los negocios: recurre a los réditos de la inversión
extranjera sin necesidad de imponer la sujeción formal de los territorios
ajenos. La presentación del imperialismo como una deformación militarista
impuesta por financistas o grupos enriquecidos que manejan el Estado tiene
afinidades con la visión liberal. Identifica la agresión externa con la
primacía del extremismo en los gobiernos metropolitanos y plantea razonamientos
semejantes a los utilizados por los teóricos convencionales para asociar
exclusivamente al imperialismo con el militarismo y el territorialismo. Este
abordaje conecta el belicismo con la codicia descontrolada de ciertos segmentos
minoritarios (conspiradores, fabricantes de armas, complejo
militar-industrial). Visualiza al Estado burgués como una entidad neutral, cuyo
manejo está en disputa. Si ganan los militaristas hay efectos imperiales y si
triunfan sus adversarios predomina la pacificación. Se desconoce que el devenir
del Estado está siempre condicionado por el interés mayoritario de los
dominadores. Es importante recordar también que los cursos imperiales no han
sido patrimonio exclusivo del capitalismo occidental. Una gran potencia de
Oriente –como Japón– encabezó el militarismo de principio del siglo XX. Ese
expansionismo alcanzó la misma virulencia que sus pares europeos, confirmando
que la política de conquistas nunca fue un rasgo exclusivo del Viejo
Continente. El ensayo de Arrighi aporta importantes materiales de investigación
de la historia china y esclarece aspectos esenciales de esa evolución a través
de fascinantes descripciones. Desde una óptica muy distinta a las viejas
miradas positivistas, que cuestionaban el estancamiento asiático reivindicando
el progreso europeo, indaga las causas que condujeron a forjar el modelo
introvertido de Oriente. Pero estas contribuciones contrastan con su discutible
interpretación de Adam Smith, con las cuestionables continuidades que establece
entre distintas economías de mercado y con la presentación del modelo chino
actual como la antítesis del imperialismo.
IDEOLOGÍA,
ESTADO Y CLASES
15
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El
imperialismo contemporáneo difiere significativamente de su antecedente clásico
en el terreno bélico, económico y político. La ausencia de guerras
imperialistas, la creciente mundialización y la gestión geopolítica conjunta
transforman por completo las características de la dominación capitalista
global. Nuestra caracterización resalta estos cambios, destacando la
singularidad y las contradicciones que presenta la opresión imperial en el
inicio del siglo XXI. Expusimos esta interpretación en debate con las teorías
que postulan la continuidad del esquema leninista y en polémica con las
visiones que consideran obsoleto cualquier análisis del imperialismo. Las
miradas ortodoxas y globalistas reflejan los errores de ambos enfoques. No
registran, en el primer caso, y exageran, en el segundo, las mutaciones
cualitativas del período en curso. Estos desaciertos impiden percibir las
peculiaridades del imperialismo actual en tres campos de novedosa reflexión
teórica: el perfil de las clases dominantes, el funcionamiento del Estado y las
características de la ideología.
Clases
integradas La asociación mundial de capitales ha modificado el escenario de
clases dominantes estrictamente nacionales y competitivas, que predominaba en
el imperialismo clásico. Las burguesías alemana, japonesa, norteamericana o
francesa utilizaban en el pasado todo su arsenal para disputar predominio en el
campo de batalla. En la actualidad, grandes segmentos de esos grupos
desenvuelven negocios conjuntos y enfocan los cañones hacia otros blancos. Pero
el grado de integración de estos sectores varía significativamente en cada
región e involucra fracciones y no totalidades de esas clases. Es un proceso en
curso, que se desarrolla en el seno de los viejos Estados nacionales a través
de tensiones entre segmentos con distinto nivel de actividad globalizada. La
reconfiguración mundialista es muy significativa, pero hasta ahora tiene un
alcance limitado. Implica equilibrios entre clases nacionales y grupos
internacionalizadas y se encuentra muy lejos de la transnacionalización
completa. Las transformaciones en los sectores de las burocracias no adoptan la
misma tónica en el conjunto de los capitalistas. Esos cambios involucran un
importante segmento de directivos y funcionarios, pero no el grueso de los
propietarios de las grandes firmas.
253
253
ideoLogía,
estado y CLases
El
escenario actual diverge, por lo tanto, del contexto nacionalcompetitivo
descrito por Lenin y no se identifica con el curso asociativo avizorado por
Kautsky. Hay mayor integración que la observada por el líder bolchevique, pero
no rige el marco cooperativo que imaginó el dirigente socialdemócrata. El
perfil más cosmopolita que rodea a amplios sectores de la burguesía coexiste
con el militarismo y la inestabilidad del sistema. Hay mayor asociación del
capital internacional, pero ningún atisbo de la paz perpetua, como la que
concebía el teórico del ultraimperialismo. Como la integración se consuma a
través de los viejos Estados y no a través de un basamento multinacional, el
capitalismo continúa corroído por múltiples tensiones geopolíticas. Es
importante registrar el cambio en curso y sus limitaciones. La asociación
internacional de los capitalistas es un proceso contradictorio y tendencial. Ha
transformado significativamente la estructura competitiva nacional del
imperialismo clásico, pero no ha creado clases dominantes trasnacionales
despegadas de sus viejos Estados. Hay un nuevo estatus de clases integradas que
no se amalgaman por completo. Este perfil es coherente con la naturaleza de la
burguesía como sector competitivo gobernado por mecanismos colectivos. Los
capitalistas conforman una clase social que ha incluido históricamente una
amplia variedad de continuidades y cambios para adaptarse al curso de la
acumulación. A diferencia de la nobleza, la burguesía segrega y agrega.
Perpetúa linajes y absorbe nuevos contingentes. Recurre a la separación
competitiva y a la absorción inclusiva. Por un lado, recrea privilegios
estables y limita la movilidad social a través de la herencia. Por otra, coopta
nuevos grupos a la administración de los beneficios[229]. Las clases
capitalistas necesitan estabilidad para asegurar su reproducción y evitan las
transformaciones abruptas, pero modifican permanentemente su conformación
interna para reproducir los negocios e incorporan a su ámbito a todos los
sectores que se amoldan a las exigencias de rentabilidad. Este equilibrio entre
continuidades y renovaciones desemboca en un sistema de dominación ampliada. La
clase capitalista no se reduce a un puñado inmutable de propietarios de los
medios de producción. Se reconfigura periódicamente, mediante la incorporación
de nuevos segmentos.
229.
Este doble carácter de la burguesía en: Michel Pincon, Monique PinconCharlot,
Sociologie de la bourgeoisie, La Decouverte, Paris, 2000, (cap. 1,2,3).
254
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254
Este
proceso condujo en la posguerra, por ejemplo, a la inclusión de las nuevas
capas gerenciales, surgidas del propio proceso de concentración y
centralización del capital. Esta incorporación involucró a todos los
funcionarios que realizan tareas esenciales para la continuidad del sistema
(coerción, persuasión, control, vigilancia). Han quedado asimilados al polo
dominante y participan como poseedores o expropiadores de la confiscación del
trabajo ajeno. Los capitalistas amplían su composición con este tipo de
absorciones de los sectores necesarios para valorizar el capital. Estos
segmentos cumplen funciones estratégicas en el control del proceso de trabajo y
aseguran la reproducción de la ganancia (altos directivos); cumplen un rol muy
diferente a la actividad puramente técnica, desarrollada por otro tipo de
asalariados (profesionales)[230].
Definiciones
ampliadas Tomar nota de estas modificaciones y utilizar un criterio ampliado
para caracterizar a las clases capitalistas es decisivo. Sólo esta óptica
permite notar dos importantes rasgos de la asociación internacional en curso:
la propiedad de los paquetes accionarios ha comenzado a mundializarse y los
directivos de grandes compañías adoptan ciertas modalidades cosmopolitas. Estos
cambios están acotados por su desenvolvimiento en el marco de Estados
nacionales diferenciados, pero ilustran un viraje hacia la mayor integración
global. Recurrir a un criterio ampliado de análisis de las clases dominantes es
vital para entender la actual situación intermedia de los principales grupos
capitalistas. Estos sectores ya no actúan como bloques nacionales uniformes y
tienden a la asociación internacional, pero sin alcanzar un estatus
transnacional. Existe una amplia variedad de altas burocracias mundializadas y
un segmento más restringido de propietarios internacionalizados. Esta
combinación contrasta con el escenario invariablemente nacional que presentaba
el imperialismo clásico. Para analizar correctamente este cambio resulta
230.
La clase dominante registra procesos constantes de mutación. Un retrato de
estos cambios en la crema del sistema es presentado anualmente por la revista
Forbes, en su ranking de multimillonarios (ahora billonarios). En las últimas
dos décadas, este cuadro registró la irrupción de los nuevos popes de la
informática en el top de los adinerados y también la diversificación del origen
nacional de todo el club. Ver: planetanegocios.com, mayo 6 de 2011.
255
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ideoLogía,
estado y CLases
necesario
reconocer que la pertenencia a la clase capitalista se extiende a ambos
sectores y está conformada por la suma de propietarios y funcionarios del
capital. Las clases burguesas no se definen sólo por la propiedad de los medios
de producción y por el lugar que ocupan en la estructura productiva. Ese sector
social incluye toda una red de auxiliares que desarrollan las funciones de
coerción, persuasión y administración requeridas para la reproducción del
sistema[231]. Estos criterios son importantes para evitar dos unilateralidades.
Las miradas que ponen el acento en la gestación de una nueva clase dominante
transnacional tienden a resaltar sólo la globalización de las funciones,
omitiendo la persistencia de propietarios nacionales diferenciados. Quienes,
por el contrario, desechan desde una óptica ortodoxa la existencia de
transformaciones relevantes, remarcan esta segunda continuidad desconociendo el
primer viraje. En ambos casos se ignora el curso intermedio que prevalece en el
escenario actual. Este proceso no se esclarece observando únicamente la
dimensión económica de la nueva configuración clasista. La dominación de los
poderosos se ejercita también en el terreno político y social, y la propia
definición de esa sujeción incluye los tres campos: es una subordinación
económica que los capitalistas imponen a los asalariados, es un sometimiento
político que la burguesía ejerce sobre los trabajadores y es una supremacía
ideológica que mantienen los dominadores sobre los dominados[232].
Otro
tipo de Estados A diferencia del imperialismo clásico, la organización militar
ya no es un atributo exclusivo de cada Estado. Predomina una gestión mundial
coordinada y jerarquizada, que ha transferido parte de las decisiones bélicas a
un mando conjunto liderado por Estados Unidos. Esta delegación modifica una de
las funciones tradicionales del Estado moderno. Muchas actividades de armamento
y entrenamiento militar han quedado fuera de la órbita exclusiva del
Estado-nación. Esta transformación altera las reglas de la guerra en función de
la defensa nacional, que imperó durante la vigencia del sistema westfaliano
231.
Este enfoque lo plantea: Guglielmo Carchedi, “Two models of class analysis”,
Capital and Class, No. 29, 1986. Guglielmo Carchedi, Frontiers of political
economy, Verso, 1991, (cap. 2). 232. Ver: Isabelle Garo, “La bourgeoisie de
Marx: les héros du marché”, Bourgeoisie: état d´une classe dominante, Syllepse,
Paris, 2001.
256
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256
(1648-1943).
Esos principios surgieron con el fin del feudalismo y la sustitución del
esquema de autoridades superpuestas (que regía a la nobleza) por el modelo de
centralización militar, que adoptaron las monarquías absolutas y los regímenes
republicanos. Al diluirse en las últimas décadas el horizonte de las guerras
interimperiales, se han disuelto los viejos cimientos estatales de las
conflagraciones entre potencias. Esta transformación explica el nuevo perfil
internacionalizado del gendarme estadounidense. Al concentrar la mitad del
gasto bélico mundial para desenvolver operaciones a escala planetaria, el
Estado norteamericano reemplazó la antigua estructura de la defensa nacional
por un nuevo sistema de custodia imperial. Ese Estado articula el funcionamiento
interno y la coordinación exterior mediante dispositivos que no tuvieron las
potencias precedentes. Define guerras hegemónicas y agresiones globales a
través de una red de organismos presidenciales, parlamentarios y académicos,
que seleccionan mediante disputas de poder las distintas opciones en juego. El
aparato estatal norteamericano sirve a los intereses de la burguesía
estadounidense, pero también sostiene el orden capitalista global. Este rol es
ejercido en un escenario de convivencia de los viejos Estados nacionales con
distintas instituciones regionales y globales que asumen funciones
paraestatales. Estos organismos eran inexistentes en la era clásica, pero no
tienen aún el perfil estable de instituciones transnacionales sustitutas. Las
nuevas estructuras multinacionales son militares (OTAN), diplomáticas (ONU),
económicas (OMC), financieras (FMI) e informales (G-8, G-20) y están rodeadas
de numerosos equivalentes regionales (Unión Europea, MERCOSUR, NAFTA, etc.).
Ambos tipos de instituciones absorben actividades que en el pasado eran
patrimonio exclusivo de los Estados nacionales. La soberanía absoluta sobre
cierto territorio nacional se ha reducido significativamente con esta
internacionalización del poder de decisión[233]. Este proceso de transferencia
de facultades hacia los organismos extranacionales, ya no genera la simple
contraposición entre ganadores imperiales y perdedores vasallos. Ahora rigen
nuevas relaciones de protección militar y asociación económica entre las clases
dominantes.
233.
Una descripción de esta transformación presenta: David Held, La democracia y el
orden global, Paidós, Barcelona, 1995, (cap. 1, 2, 3, 4).
257
257
ideoLogía,
estado y CLases
Esta
mutación redistribuye niveles de soberanía y rompe la cohesión de Estados
construidos al cabo de prolongados procesos de formación nacional. Este
cimiento es quebrantado por la mundialización y ha sido profundamente socavado
por el neoliberalismo. El cambio en curso se desenvuelve a través de una
creciente penetración internacional en los viejos aparatos estatales. Estas
estructuras amoldan la regulación local de la acumulación a los nuevos
requisitos impuestos por la reproducción global del capital. Se incrementan las
garantías a la inversión externa, se refuerzan los incentivos a la movilidad
financiera y se consolidan los reaseguros a la liberalización comercial. El
mismo Estado nacional continúa aportando los cimientos jurídicos y materiales
que exige el capital, pero este sostén se implementa con mayor atadura a las
prescripciones externas. El capitalismo global continúa funcionando a través de
múltiples Estados nacionales, sin conformar un sustituto mundial de esos
organismos. Pero la estructura interior de las viejas instituciones ha
cambiado. Ya no sostienen sólo los intereses de clases capitalistas rivales,
sino que apuntalan la asociación internacional del capital. El imperialismo
actual opera en un contexto intermedio de mayor mundialización y sostenida
perdurabilidad de Estados más internacionalizados.
Complejidad
y autonomía Los Estados imperialistas del pasado y sus herederos actuales
difieren en muchos aspectos, pero mantienen una continuidad básica. Son
dispositivos al servicio de las clases dominantes, que operan como estructuras
coercitivas para perpetuar un orden social opresivo. La policía, el ejército y
las cárceles persisten como mecanismos centrales del poder burgués para
asegurar esa dominación. Es importante recordar este principio básico frente a
numerosas mistificaciones que presentan al Estado como un exponente del bien
común y del interés general. Esa vieja creencia ha sido reciclada por los
neoliberales, que diabolizan la acción del Estado cuando observan obstrucciones
al funcionamiento del mercado. Esta actitud cambia abruptamente cuando resulta
necesario garantizar los negocios capitalistas. En esas circunstancias aplauden
las intervenciones jurídicas y coercitivas de ese organismo. En la estabilidad
promueven privatizaciones y recortes del gasto social y en la crisis elogian el
rescate de los bancos y los socorros de las empresas.
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La
omisión del fundamento clasista del Estado es muy común también entre los
críticos del intervencionismo estatal, que reivindican las cualidades de la
sociedad civil como ámbito de diálogo, tolerancia y realización humana. En esos
elogios suelen olvidar que en el universo “societalista” impera la desigualdad
generada por la explotación capitalista. La órbita estatal convalida esa
inequidad mediante la acción de policías, jueces y funcionarios que garantizan
el orden vigente. La sociedad civil regula la dominación económica, y el Estado
organiza la dominación política. Todas las concepciones que divorcian el
análisis del Estado de sus raíces clasistas impiden comprender la dinámica
actual de este organismo a escala imperial. Esta institución presenta un funcionamiento
más complejo y autónomo que su precedente clásico, pero responde a los mismos
intereses de clases dominantes. El desconocimiento de ese fundamento torna
misteriosa cualquier indagación sobre el tema. La gestión económica más
colectiva del imperialismo contemporáneo y la protección militar más
internacionalizadas se implementan al servicio de los poderosos, pero requieren
del concurso de instituciones estatales con mayor grado de flexibilidad e
independencia que sus equivalentes de principios del siglo XX. Estos rasgos son
visibles por ejemplo en el gendarme norteamericano (como custodio global del
capital) y en la Unión Europea (como entidad que adelantó la convergencia de
estamentos burocráticos a la fusión de las empresas de esa región). Los funcionarios
de ambas instituciones mantienen una relación de mayor asociación con los
grandes grupos industriales y financieros. Por un lado, el accionar militar
norteamericano genera frecuentes conflictos de intereses con las firmas
estadounidenses. Por otra parte, la unificación europea obliga a equilibrar
intereses de compañías que no han constituido un capital continental integrado.
En ambos casos, los Estados ya internacionalizados deben armonizar intereses
que desbordan ampliamente el radio nacional del imperialismo clásico. La
autonomía relativa del Estado que impone esta administración capitalista
contemporánea introduce mayor distancia pero no divorcios de las clases
dominantes. El manejo del Estado continúa orientado a proveer las condiciones
que requiere el capital para reproducirse. Esa entidad no se desliza hacia un
autodesarrollo desconectado del poder burgués. La alta burocracia desenvuelve
su propio sendero, pero mediante una relación privilegiada con los dueños de
las tierras, las empresas y los bancos.
259
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ideoLogía,
estado y CLases
Este
tipo de conexiones entre los administradores directos del Estado y sus
principales beneficiarios rige la dinámica del imperialismo contemporáneo. Los
vínculos en mención se verifican en los nuevos organismos globalizados (FMI,
OMC, ONU) y en los viejos Estados más internacionalizados. Por su parte, las
nuevas burocracias suelen anticipar las conductas que aún no maduró el conjunto
de la burguesía. Entre ambos grupos existe una complementariedad que le permite
al aparato del Estado desenvolverse con sus propias reglas, sin afectar la
marcha de los negocios.
Los
cimientos teóricos La comprensión de las características del Estado imperial
exige superar las visiones instrumentalistas de ese organismo como una simple
herramienta de la burguesía. Estos enfoques predominaron en los análisis
marxistas del imperialismo clásico y tuvieron el mérito de esclarecer el
interés de clase subyacente en las confrontaciones interimperialistas a
principio del siglo pasado; permitieron refutar las teorías convencionales, que
atribuían las conflagraciones al “ansia de poder”, al “deseo de gloria” o a los
“ideales patrióticos”. Tal desmitificación de la competencia interimperial
permitió desnudar las causas de las tomentosas guerras que ensangrentaban a los
pueblos para enriquecer a los poderosos. Pero estas caracterizaciones –que
iluminaron la función del Estado en las situaciones extremas de conflagración
interimperial– se tornaron insuficientes al concluir la Segunda Guerra Mundial.
No sirvieron para comprender el papel de esa institución en los períodos de
estabilidad. La presentación instrumental tan sólo aporta un punto de partida
para estudiar el problema. Este señalamiento inicial debe complementarse,
indagando las múltiples y cambiantes funciones que cumple el Estado en cada
etapa de la acumulación. Superar la herencia instrumentalista es indispensable
para captar las características del estadio imperial contemporáneo. Esta
institución opera a través de procedimientos, mediaciones y mecanismos muy
variados. Como ha internacionalizado su radio de acción sin generar estructuras
transnacionales uniformes, se necesita indagar las modalidades de un sistema
múltiple de Estados que se ha mundializado. El modelo asociativo que expusieron
algunos pensadores marxistas en los años 70 es muy útil para encarar este
análisis, puesto que permite esclarecer los vínculos actuales entre las
burguesías y las burocracias imperiales. Este esquema da cuenta de las
relaciones de correspondencia y
260
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el imperio del capital
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260
conflicto
que mantienen ambos sectores. Dos fuerzas separadas coexisten en tensión en la
defensa de un mismo sistema. Esta comunidad se refleja en los propios
mecanismos de selección del personal apto para dirigir el Estado burgués. Los
administradores de ese organismo mantienen estrechas relaciones de parentesco y
amistad con los capitalistas, defienden los mismos valores y exhiben los mismos
comportamientos. Pero desarrollan una conciencia más acabada de los intereses
del sistema, reflejando la acentuada separación entre esferas políticas y
sustratos económicos del régimen vigente. La burguesía es una clase competitiva
que necesita delegar el gobierno sobre una capa especializada que asegure el
equilibrio político y la seguridad jurídica requeridos por la acumulación[234].
La tesis del marxismo estructuralista también aporta elementos importantes para
la comprensión del Estado imperial. Esta visión analizó de qué forma el Estado
asegura la reproducción objetiva del sistema. Ilustró el rol esencial que cumple
este organismo en debilitar la resistencia de los dominados y facilitar la
cohesión de los dominadores para recrear las condiciones económicas y los
cimientos legales que necesita el capitalismo para desenvolverse[235]. Estos
señalamientos contribuyen a explicar, en la actualidad, el papel central que
cumplen las instituciones más internacionalizadas del Estado norteamericano. La
Reserva Federal se ha tornado, por ejemplo, decisiva en la organización y
continuidad de las finanzas globalizadas. Aunque los debates del pasado
opusieron el enfoque asociativo con la visión estructural, ambas miradas son
compatibles y aportan los fundamentos para comprender la complejidad del
funcionamiento estatal contemporáneo. Subrayan cuál es la relación social
capitalista que subyace a este organismo y evitan especialmente la presentación
weberiana de la burocracia como un poder en sí mismo, divorciado de las
prioridades de la burguesía.
234.
Este enfoque fue desarrollado por: Ralph Miliband, Debates sobre el Estado capitalista (cap. 1,
3, 4 y 7), Imago Mundi, Buenos Aires,
1991. Ralph Miliband, El Estado en la sociedad capitalista, Siglo XXI, México,
1980. 235. Esta visión fue expuesta por: Poulantzas Nicos. “Las
transformaciones actuales del estado”, en
La crisis del estado, Confrontación, Barcelona, 1977. Nicos Poulantzas,
“Introducción al estudio de la hegemonía en el Estado”, Las clases sociales en
el capitalismo actual, Siglo XXI, México, 1976.
261
261
ideoLogía,
estado y CLases
Ideología
global La ideología tiene en la actualidad mayor gravitación en la política
imperial que en el pasado. El mantenimiento del orden global requiere suscitar
la adhesión de importantes sectores de la población. Este apoyo no se consigue
solamente con el temor o la resignación que generan las agresiones del
Pentágono. La ideología imperial contemporánea recurre a ejercicios de
persuasión para combinar la coerción con el consenso, en los términos
concebidos por Gramsci. El revolucionario italiano retrató cómo la dominación
burguesa exige mixturar el uso de la fuerza con modalidades de consenso.
Destacó que la sujeción de los oprimidos requiere formas de consentimiento
hacia los poderosos, las cuales se logran por intermedio de la cultura y el
liderazgo moral. Gramsci subrayó que el uso exclusivo de la violencia sólo
permite una supremacía coercitiva, que no asegura la reproducción de la
opresión clasista. Señaló que únicamente el predominio ideológico permite
consolidar formas de hegemonía más perdurables. Ese sostén se logra suscitando
entre los oprimidos la aceptación de los valores postulados por los opresores.
Tal atadura se construye generalizando identificaciones imaginarias y
reforzando los mitos de pertenencia a una comunidad compartida, en un cuadro de
mayor incorporación política de sectores populares al sistema vigente[236].
Mientras estas formas de hegemonía operaron tradicionalmente en marcos
exclusivamente nacionales, la dominación contemporánea exige impactos de orden
global. Funciona a través del americanismo como una ideología de todo el
imperialismo colectivo y no solo como transmisión de las creencias de cada
burguesía a su respectiva población. Es propagada por una potencia dominante
que ejerce la coacción y difunde los valores que sostienen el orden vigente.
Estados Unidos apuntala ambos pilares al manejar el mayor aparato bélico de la
historia propagando principios capitalistas compartidos por todas las clases
dominantes. En este plano se verifica una diferencia importante con los liderazgos
precedentes. La combinación de primacía militar e ideológica norteamericana no
es equivalente a las preeminencias anteriores de las ciudades italianas, el
reino de Holanda o el colonialismo británico[237].
236.
Antonio Gramsci, Notas sobre Maquiavelo, el Estado y la política moderna, Nueva
Visión, Buenos Aires, 1972. 237. La analogía es planteada por: Giovanni
Arrighi, El largo siglo XX, Akal, 1999, (cap. 1 y 3).
262
Bajo
el imperio del capital
Claudio
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262
Aunque
cada período histórico incluyó la supremacía ideológica de alguna potencia, el
americanismo tiene un alcance global que no tuvieron sus antecesores. Genera
imitaciones y complicidades que nunca logró el precedente inglés. La ideología
imperial de Estados Unidos contiene un componente inédito. Es repetida en el
exterior como una biblia del capital y es propagada en el interior como un
himno a la igualdad de oportunidades. En el mundo, oculta su defensa de la
explotación y, en la metrópoli, mistifica una tradición de ascenso social que
se forjó con la esclavitud de los negros y el genocidio de los indios. Esta
doble función explica la gravitación alcanzada por esa ideología entre las
clases dominantes. Pero ¿cuál es su grado de efectividad actual entre los
pueblos? La exaltación del beneficio y la competencia, que tanto entusiasma a
las elites capitalistas, no es espontáneamente compartida por el grueso de la
población. La credibilidad de estos principios está directamente afectada por
la violencia que rodea a la acción imperial. El americanismo no se reduce a
magnificar las virtudes de la libre empresa. También propaga la utilización de
las armas para garantizar esas ventajas. Por esta razón, la extensión de su
penetración entre las capas populares depende de los éxitos o fracasos de una
política que se impone mediante chocantes brutalidades. Para contrarrestar la
indignación que generan los vandalismos imperiales hay que ocultar la
información y se requiere manipular la opinión pública. Pero la viabilidad de
esas digitaciones varía en cada circunstancia. Ciertamente las mayorías
populares están influidas por las creencias dominantes, pero solo consienten
esos mitos cuando parecen compatibles con mejoras sociales y económicas. Para
que esas ideas se extiendan al conjunto de la población, el costo de las
aventuras imperiales debe resultar imperceptible (o tolerable) para esas
mayorías. El menor impacto que tienen hasta ahora entre la población
norteamericana las agresiones contra Irak o Afganistán (en comparación con
Vietnam), es un ejemplo de esta variedad de efectos. La ideología que justificó
ambas invasiones compartió las mismas incoherencias y se basó en los mismos
argumentos pueriles de inminente peligro para la supervivencia de los
estadounidenses. Pero las condiciones en que operaron esas creencias han sido
distintas. En los años 70, la crisis del sistema político, la rebeldía social,
las demandas democráticas y el impacto de las luchas antiimperialistas
desnudaban con mayor facilidad las inconsistencias de la propaganda imperia
263
263
ideoLogía,
estado y CLases
lista.
Además, el carácter profesionalizado del ejército permite en la actualidad
guerrear sin la conscripción obligatoria que sublevaba a la juventud. Por lo
tanto, la ideología solo condiciona en forma genérica un conjunto de actitudes,
que cambian en función de las circunstancias políticas. En Estados Unidos estas
condiciones influyen directamente sobre una ciudadanía débil, que tiene escasa
participación en la vida pública. Esa población sólo sostiene las aventuras en
el exterior que no afectan su nivel de vida y sensación de seguridad.
Tensiones
e inoperancias Las creencias imperiales dominantes transmitidas por los medios
de comunicación tienen un impacto enorme. Estos dispositivos de propagación
desbordan ampliamente la influencia que ejercía en el pasado el ámbito escolar,
religioso o familiar. Moldea hasta niveles impensables el razonamiento de la
población. Pero esta penetración no es ilimitada. La cohesión que aportan las
ideologías a los grupos dominantes no se proyecta con la misma intensidad a los
sectores populares. El carácter contradictorio de estas creencias dificulta,
además, su interiorización como un sentido común. Las creencias que los
dominadores imponen al conjunto de la sociedad coexisten con otras culturas y
están socavadas por sus propias incoherencias. Los mitos imperialistas operan
como cualquier otra modalidad del pensamiento dominante. Influyen sobre toda la
sociedad, pero tienen una penetración diferenciada entre sus propulsores,
aprobadores y simples receptores[238]. En las últimas décadas, el americanismo
ha contado con las mismas ventajas y los mismos contratiempos que rodean al
neoliberalismo. Ambas doctrinas han logrado un importante nivel de
consentimiento en las coyunturas de estabilidad y padecen fuertes dislocaciones
en los momentos de crisis. Las dos variantes afrontan el descreimiento cuando
sus incongruencias emergen a la superficie. Un sistema de competencia que
socorre a los bancos pierde tanta credibilidad como una intervención
humanitaria que perpetra masacres. Las dos modalidades del pensamiento dominante
están corroídas por las inconsistencias que impone el funcionamiento turbulento
del capitalismo contemporáneo.
238.
Esta tesis la desarrolla Alex Callinicos, Making history, Polity Press. London,
1989, (cap. 4). El enfoque opuesto en:
Nicholas Abercrombie, Hill Stephen, Turner Bryan S., La tesis de la
ideología dominante, Siglo XXI, Madrid, 1987.
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el imperio del capital
Claudio
Katz
264
La
ideología imperial transmite creencias indispensables para la reproducción del
régimen vigente. Es un error suponer que la gravitación de esas ideas ha
decrecido por el impacto de otros procesos condicionantes de la vida social. La
expansión de la técnica, el reinado de la información, la declinación de las
pasiones políticas o el aumento del descreimiento cínico no reducen el peso de
la ideología. Sin las creencias neoliberales, el capital no podría introducir
privatizaciones y, sin el americanismo, el imperialismo no podría sostener sus
agresiones militares. Las ideologías cumplen un papel central. Operan como
creencias, cosmovisiones y prácticas colectivas que las clases capitalistas
necesitan desenvolver para ejercer su dominación. Son pensamientos representativos
de los intereses dominantes que se transmiten a través de creencias ilusorias y
falsas conciencias de la realidad. Legitiman poderes, eternizan un propósito
opresor y bloquean la aparición de alternativas. Pero las ideologías están
sujetas también a múltiples contradicciones por la variedad de funciones que
cumplen y por la multiplicidad de planos en que deben actuar. Interpelan a
sujetos que comparten variados ámbitos de pertenencia (familia, sindicato,
nación, religión), que están regidos por creencias diferenciadas y se
encuentran sometidos a los conflictos entre las distintas subjetividades en
juego[239]. Estas tensiones corroen directamente la ideología imperial. La
protección de la familia choca con el alistamiento de los seres queridos, los
principios religiosos de convivencia confrontan con la adhesión a la brutalidad
de la guerra, la defensa de la patria contradice el apoyo a una aventura en el
exterior. El americanismo está socavado por su propio desenvolvimiento, pero la
comprensión de estas contradicciones requiere reconocer su gravitación. Esta
singularidad sólo es perceptible si se notan sus especificidades en comparación
con el imperialismo clásico y si se capta que constituye una forma de
pensamiento ligada al poder estadounidense. El registro de ambos aspectos exige
tomar distancia de la ortodoxia y el globalismo.
239.
Esta multiplicidad de tensiones es analizada por: Fredric Jameson, “El
posmodernismo como lógica cultural del capitalismo tardío”, Ensayos sobre el
posmodernismo, Imago Mundi, 1991. Terry Eagleton, Ideología, Paidós Barcelona, 1997. Goran
Therborn, La ideología del poder y el poder de la ideología, Siglo XXI, Madrid,
1987.
265
265
ideoLogía,
estado y CLases
Conceptos
y terminologías El imperialismo del siglo XXI se transforma al compás de las
mutaciones que se registran en las clases dominantes, los Estados y las
ideologías contemporáneas. El sistema de dominación capitalista adopta a nivel
global nuevas formas para renovar la explotación económica, la coerción
política y el sometimiento cultural de los oprimidos. La asociación
internacional de los poderosos apunta, en primer lugar, a incrementar la
extracción de plusvalía a los trabajadores. La concertación geopolítica de la
gestión imperial busca, en segundo término, estabilizar esos privilegios.
Finalmente, la dominación que imponen los poderosos pretende naturalizar esas
injusticias como un dato inamovible de la realidad. El imperialismo
contemporáneo incluye estos tres dispositivos para perpetuar la dominación. Es
un concepto insustituible para explicar cómo esa opresión se ejercita en el
plano mundial por medio de la violencia. Pero las modificaciones consumadas en
las últimas décadas son tan significativas, que existen dudas sobre la
exactitud del viejo término de imperialismo para dar cuenta de la nueva
realidad. Como esa noción se encuentra
muy asociada con disputas entre potencias por el reparto del mundo, se ha tornado
corriente el uso de la denominación imperio para aludir la intervención
coordinada de las potencias en el sostenimiento del statu quo. Las referencias
al imperialismo suelen indicar defensas de un interés específico del capital
estadounidense, japonés o francés. En cambio, los señalamientos sobre el
imperio aluden al sostenimiento del interés colectivo de los capitalistas. Lo
importante es clarificar el sentido que se asigna en cada caso a esta
combinación de acciones asociadas y rivales. El concepto de imperio del capital
ofrece la mejor definición, puesto que realza el carácter capitalista pleno que
alcanzó la dominación mundial jerarquizada del sistema vigente. Este término
mejora la denominación clásica de imperialismo (que puede sugerir continuidad
de las confrontaciones interimperiales) y evitar la simple alusión al imperio
(en la interpretación descentrada y desterritorializada de esa noción). Pero
estos ajustes del lenguaje son secundarios. En realidad, es válido el uso de
cualquiera de los términos corrientes, especialmente en la denuncia de la
opresión imperial y en la batalla práctica contra las agresiones y despojos que
perpetran las grandes potencias. Pero la comprensión de estas resistencias
exige ingresar en otro plano de la teoría. Hay que avanzar más allá de la
problemática del imperialismo como articulación global del capital. Se requiere
estudiar el fenómeno en función de la desigualdad que generan las conexiones
entre el centro y la periferia. Para encarar esta reflexión, las viejas
categorías son insuficientes. Hay que estudiar las semiperfierias, indagar la
emergencia de las nuevas potencias y comprender el rol de los BRICS. Estos
temas incitan a desenvolver la segunda parte de nuestra investigación.
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