Libro N° 6058. Remake. Willis, Connie.
© Libro N° 6058.
Remake. Willis, Connie.
Emancipación. Junio 1 de 2019.
Título
original: © Remake Uncharted Territory
Versión Original: © Remake. Connie Willis
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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CRÍTICA TODA LA CULTURA
REMAKE
Connie Willis
PRESENTACIÓN
Alégrense
conmigo. Estamos de rebajas y ofrecemos dos por el precio de una... Pese a
vivir tiempos atribulados y de dificultades económicas, en este volumen
encontrarán no una, sino dos novelas de Connie Willis, la más galardonada
autora de la moderna ciencia ficción, la inteligente novelista que nos deleitó
hace poco con esa maravillosa obra maestra que es EL LIBRO DEL DÍA DEL JUICIO
FINAL (1992, NOVA ciencia ficción, número 68).
La
verdad es que Connie Willis ha publicado en estos últimos años un trío de
novelas francamente breves. Obras excepcionales que condensan casi en menos de
dos centenares de páginas todo el brillante dominio del arte narrativo del que
esta autora es capaz. Las dos primeras, TERRITORIO INEXPLORADO (1994) y REMAKE
(1995) se encuentran en este volumen; mientras que la tercera, de una extensión
algo mayor, BELLWETHER (1996), aparecerá en NOVA ciencia ficción en su número
101.
Las
tres obras pueden agruparse dada su corta extensión (en comparación, por
ejemplo, con EL LIBRO DEL DÍA DEL JUICIO FINAL) y, sobre todo, por un enfoque
irónico e incluso humorístico. Según un artículo de Faren Miller publicado en
LOCUS acerca de BELLWETHER, aunque extensible a las tres obras: «ofrecen
pruebas adicionales de que la ficción de Connie Willis es una de las más
inteligentes delicias de nuestro género».
Debo
reconocer que mi primera lectura de estas «novelitas» se hizo con una cierta
condescendencia. A primera vista parecían una obra menor, un paréntesis
obligado a la espera de que Willis continuara por la senda y el universo
narrativo que ella misma abriera con el relato «Servicio de vigilancia», y
colmara con esa maravillosa novela que es EL LIBRO DEL DÍA DEL JUICIO FINAL,
una de las apenas diez novelas que, en toda la historia de la ciencia ficción,
han acaparado los mayores galardones del género: el Nebula, el Hugo y el Locus.
Y me
equivocaba. TERRITORIO INEXPLORADO, REMAKE y BELLWETHER no son obras menores.
Ni mucho menos.
Cada
una de esas tres novelas cortas (o al menos más cortas de lo habitual en el
caso de Connie Willis) es una obra compleja y completa en sí misma, uno de esos
raros ejemplos que hacen cierto el conocido dicho de que «lo bueno, si breve,
dos veces bueno».
Por
ello esta presentación es, también, dos presentaciones a un tiempo. Hemos dado
al volumen el título de la novela que más éxito parece haber obtenido en
Estados Unidos: REMAKE, finalista del premio Hugo de 1996. Pero sería erróneo
pensar que la creo superior a TERRITORIO INEXPLORADO. Son, simplemente,
distintas y, tal vez, complementarias. Había que elegir un título para la
portada de este «volumen doble» y debo reconocer que la referencia a Hollywood
hace mucho más atractiva a REMAKE, al menos desde el punto de vista comercial.
Pero las dos interesan. Y mucho. Vayamos por partes.
TERRITORIO
INEXPLORADO
TERRITORIO
INEXPLORADO es una novela que, al menos para mí, resiste varias lecturas y
sorprende. En una primera aproximación es la clásica historia de una pareja de
exploradores en un planeta extraño y ajeno. Pero si uno reflexiona sobre eso
que llaman el «lenguaje políticamente correcto», la curiosa prevención de los
imperialistas aparecería, y otras ideas que vienen a la mente leyendo las
sorprendentes aventuras de esos esforzados exploradores, uno se da cuenta de
que hay gato encerrado y de que no se trata sólo de una novela de exploradores,
sino de algo con mucho más contenido.
Findriddy
y Carson son dos exploradores enviados a Boohte para explorar las resecas
cordilleras y las montañas del planeta. En la Tierra sus aventuras son seguidas
por incontables y ansiosos admiradores, pero la realidad es mucho menos
romántica de lo que parece. Los exploradores se enfrentan al polvo, a leyes
locales estrictas y a alienígenas poco cooperativos. En compañía de un joven
ayudante cuya especialidad son las costumbres de apareamiento, y de un guía
nativo de sexo indeterminado, el grupo parte hacia un sector todavía
inexplorado del planeta.
Junto
a ese eje central (y al tratamiento humorístico y tal vez irónico ya apuntado),
TERRITORIO INEXPLORADO muestra una cierta relación con el mundo del cine (por
si hiciera falta alguna justificación para mi idea de publicarla en el mismo
volumen que REMAKE...). Tanto Faren Miller como Gary K. Wolfe en LOCUS lo
decían explícitamente. En palabras de Wolfe, por ejemplo: «Con sólo cinco
personajes y una puesta en escena minimalista, TERRITORIO INEXPLORADO recuerda
los viejos westerns.» O también, en una nueva referencia cinematográfica:
«Willis maneja todo esto con el optimismo y la alegre insensibilidad de un
Howard Hawks.»
Evelyn
Parker, un «socioexozoólogo» se une a Findriddy y Carson en ese viaje y la
ambigüedad de su primer nombre permite a Willis hacer algunos chistes obvios y
abrir así el tema de la identidad sexual, introducido casi como por juego, que
se convierte en algo central en la historia.
Una
nota final: a lo largo del proceso editorial algunos creyeron conveniente que
se recordara que «f-f» puede servir como abreviatura de "fauna y
flora". Hecho.
REMAKE
REMAKE,
la novela que da título al volumen, es algo más extensa, pero sigue
manteniéndose en los límites de lo que nosotros llamaríamos una novela corta,
aun cuando supera las 17.500 palabras. Este hecho (y los votos de los
aficionados, todo hay que decirlo) hizo que REMAKE lograra ser finalista en el
apartado de novela en la elección del Premio Hugo 1996. Un premio que al final
obtuvo Neal Stephenson con THE DIAMOND AGE que, por cierto, NOVA publicará en
breve.
La
historia de REMAKE es incluso más cinematográfica si cabe. En el Hollywood del
futuro, con el cine computerizado, las películas de acción real son cosa del
pasado. Los actores han sido substituidos por simulacros generados por
ordenador. La manipulación informática permite, por ejemplo, que Humphrey
Bogart y Marilyn Monroe protagonicen juntos el enésimo remake de HA NACIDO UNA
ESTRELLA. Pero, gracias a las aportaciones de la nueva tecnología, el
espectador puede alterar el final de la película, si no le gusta, con sólo
pulsar una tecla.
Un
Hollywood parecido en su esencia al actual, pero que ha añadido el sim-sex a
las nuevas drogas y los ya inevitables efectos especiales. Un mundo donde todo
es posible. Todo, excepto lo que Alis más desea: bailar realmente en las
películas. Un sueño imposible aun cuando cuenta con la ayuda de Tom, un cínico
experto de ese nuevo Hollywood del futuro, quien aprenderá que incluso en un
mundo de milagros tecnológicos siguen existiendo algunas cosas que no pueden
ser falsificadas. ¿O sí...?
También
hay un sinfín de neologismos y abreviaturas en REMAKE y, de nuevo, las personas
que intervienen en el proceso productivo en la editorial me sugieren recordar
que, RV se refiere a realidad virtual (VR, virtual reality en inglés), GO a
gráficos por ordenador (CG, computer graphics), SA a sustancias adictivas (AS,
addictive substances,) y un largo etcétera. Obviamente los «opdisc» son los
discos ópticos, «b-y-n» las películas en blanco-y-negro y hay otros ejemplos
que el propio lector irá descifrando.
En
cualquier caso, REMAKE es una de esas raras obras que deja clara constancia en
el recuerdo del lector. Entrañable y sorprendente, es un buen ejemplo de lo que
una buena narración corta puede lograr cuando está escrita por alguien tan
hábil e inteligente como Willis.
Nada
más por ahora, les dejo con estas dos novelas cortas de Connie Willis. Y con la
promesa de que próximamente, antes de finalizar el año, volveremos a encontrar
a esta autora en BELLWETHER, obra que trata sobre la investigación científica,
la teoría del caos y el cuidado de las ovejas... Ahí es nada.
Pero
también me enorgullece anunciar ya que Connie Willis estará en Barcelona el
miércoles 10 de diciembre de 1997, pues ha aceptado ser la conferenciante
invitada en la entrega del Premio UPC de Ciencia Ficción 1997 que organiza el
Consejo Social de la Universidad Politécnica de Catalunya (teléfono
93-401.6343). Gracias a la traducción simultánea, todos los asistentes tendrán
ocasión de comprobar la indiscutida calidad y amenidad de Willis como
conferenciante y presentadora. Su inteligencia y sentido del humor es algo ya
proverbial en el mundillo de la ciencia ficción. Quienes tuvimos la suerte de
asistir a su performance en la entrega de los premios Hugo de 1995 en la
Worldcon de Glasgow, somos testigos de eso. Y deseamos oírla de nuevo.
Y
también leerla.
MlQUEL
BARCELÓ
TERRITORIO
INEXPLORADO
EXPEDICIÓN
183: DÍA 19
Todavía
estábamos a tres kloms de la Cruz del Rey cuando Carson escrutó el polvo.
—¿Qué
demonios es eso? —preguntó. Se inclinó sobre el pomohueso de su poni para
señalar algo, aunque yo no veía de qué se trataba.
—¿Dónde?
—dije.
—Allí.
Todo ese polvo.
Yo
seguía sin ver nada, excepto la cordillera rosácea que ocultaba la Cruz del Rey
y un par de equipajes pastando en los matojos, y así se lo hice saber.
—Mierda,
Fin, no vayas a decirme que no puedes... —dijo, disgustado—. Pásame los binos.
—Los
tienes tú. Te los di ayer. ¡Eh, Bult! —llamé a nuestro guía.
Él
estaba encogido sobre su cuaderno en el sillahueso de su poni, tecleando
números.
—¡Bult!
—grité—. ¿Ves polvo ahí delante?
Él
siguió sin levantar la cabeza, cosa que no me sorprendió. Estaba haciendo lo
que más le gustaba: sumar multas.
—Te
devolví los binos —dijo Carson—. Esta mañana, cuando empaquetábamos.
—¿Esta
mañana? Tenías tanta prisa por regresar a la Cruz del Rey y conocer a la nueva
prestamista que probablemente los dejaste tirados en el campamento. ¿Cómo se
llama? ¿Evangeline?
—Evelyn
Parker. Y yo no tenía ninguna prisa.
—¿Cómo
es que sumaste doscientos cincuenta en multas al deshacer el campamento,
entonces?
—Porque
Bult se ha entregado a una bacanal de multas desde hace unos días —replicó—. Y
la única prisa que tengo es terminar esta expedición antes de que las multas se
lleven hasta el último centavo de nuestros sueldos, lo que parece que es ya una
causa perdida ahora que has extraviado los binos.
—No
tenías prisa ayer —repliqué—. Ayer estabas dispuesto a recorrer cincuenta kloms
al norte por si nos encontrábamos por casualidad con Wulfmeier, cuando llamó
C.J. y te dijo que la nueva prestamista había llegado y que se llama Eleanor, y
de repente pierdes el culo por volver a casa.
—Evelyn
—precisó Carson, ruborizado—, y sigo diciendo que Wulfmeir está explorando ese
sector. Lo que pasa es que no te gustan los prestamistas.
—En
eso tienes toda la razón. Causan más problemas de lo que valen. Nunca he
conocido a un prestamista con el que merezca la pena hablar, y las mujeres son
las peores.
Sólo
existe un tipo: lloricas. Se pasan toda la expedición quejándose: por los
servicios al aire libre, por Bult, por tener que montar en ponis y por
cualquier cosa que se les ocurra. La última se pasó toda la expedición
gimoteando no sé qué sobre los «terrocéntricos imperialistas esclavizadores»,
es decir, Carson y yo, y acerca de cómo habíamos corrompido a los «sencillos y
nobles seres indígenas», es decir Bult, lo que ya nos mosqueó bastante. Pero es
que encima se plantó ante Bult y le soltó que nuestra presencia «destrozaba la
misma atmósfera del planeta» y Bult empezó a intentar multarnos hasta por
respirar.
—Dejé
los binos justo al lado de tu petate, Fin —dijo Carson, rebuscando en su
alforja.
—Bueno,
pues no los he visto.
—Eso
es porque estás a un paso de la ceguera —insistió él—. Ni siquiera puedes ver
una nube de polvo cuando viene hacia ti.
Bueno,
la verdad es que llevábamos tanto tiempo discutiendo que ahora podía ver una
polvareda rosa cerca del risco.
—¿Qué
crees que es? ¿Un berrinche de polvo? —le sugerí, aunque un berrinche habría
estado dando vueltas sobre el sitio, no avanzando en línea recta.
—No
lo sé —me respondió mi compañero, cubriéndose los ojos con una mano—. Una
estampida, tal vez.
La
única fauna de la zona eran los equipajes, y no salían de estampida en un
tiempo seco como éste, y de todas formas la nube no era lo bastante ancha para
ser una estampida. Parecía el polvo que levantaba un rover, o la abertura de
una puerta.
Conecté
mi terminal con el pie y solicité el paradero de los rompepuertas. Había
mostrado a Wulfmeier en Dazil el día anterior cuando Carson estaba tan decidido
a perseguirlo, y ahora el paradero lo mostraba en la Puerta de Salida, lo que
significaba que probablemente tampoco estaba allí. Bueno, tenía que estar loco
para abrir una puerta tan cerca de la Cruz del Rey, aunque hubiera algo allí
debajo (que no lo había, yo ya había explorado terrenos y subsuperficies),
sobre todo sabiendo que íbamos camino de casa.
Escruté
el polvo, preguntándome si debería pedir una verificación. Ahora podía ver que
se movía con rapidez, lo que significaba que no era una puerta, o un poni, y el
polvo era demasiado bajo para ser un heli.
—Parece
el rover —dije—. Tal vez la nueva prestamista (¿cómo se llamaba? ¿Ernestine?)
está tan loca por ti como tú lo estás por ella, y ha venido a conocerte. Será
mejor que te arregles el bigote.
Él
no me prestaba atención. Todavía andaba revolviendo en su alforja, buscando los
binos.
—Los
puse junto a tu petate cuando estabas cargando los ponis.
—Bueno,
pues no los vi —suspiré, contemplando el polvo. Menos mal que no era una
estampida, o nos habría arrasado mientras estábamos todavía discutiendo por el
asunto de los binos—. Tal vez los cogió Bult.
—¿Para
qué demonios iba a cogerlos Bult? —exclamó Carson—. Él ya tiene unos cien veces
mejores que los nuestros.
Sí
que lo eran, con sensores selectivos y polarizadores programados, y Bult se los
había colgado alrededor de la segunda articulación del cuello y escrutaba el
polvo a través de ellos. Me acerqué a él.
—¿Puedes
ver lo que levanta el polvo? —pregunté.
Él
no apartó los binos de sus ojos.
—Perturbación
de la superficie terrestre —respondió severamente—. Multa de cien.
Tendría
que haberlo sabido. A Bult le importaba un rábano lo que estuviera levantando
el polvo mientras pudiera sacar una multa de ello.
—No
puedes multarnos por el polvo a menos que nosotros lo levantemos —objeté—. Dame
los binos.
Inclinó
su cuello doble, se quitó los binos y me los tendió; luego volvió a inclinarse
sobre su ordenador.
—Confiscación
forzada de propiedad —le dijo al archivo—. Veinticinco.
—¡Confiscación!
—protesté—. No vas a multarme por confiscar nada. Te pregunté si podías
prestármelos.
—Tono
y modo de hablar inadecuados hacia una persona indígena —le dijo al ordenador—.
Cincuenta.
Lo
dejé correr y miré a través de los binos. La nube de polvo parecía levantarse
ante mis narices, pero seguía sin ver nada. Aumenté la resolución y eché otro
vistazo.
—Es
el rover —le grité a Carson, que se había bajado de su poni y estaba vaciando
la alforja.
—¿Quién
conduce? ¿C J.?
Conecté
los polarizadores para anular el polvo y eché otro vistazo.
—¿Cómo
dijiste que se llamaba la prestamista, Carson?
—Evelyn.
¿La trae C.J. consigo?
—C.J.
no conduce.
—Bueno,
¿quién demonios es? No me digas que uno de los indígitos volvió a robar el
rover.
—Acusación
injusta de persona indígena —sentenció Bult—. Setenta y cinco.
—¿Sabes
que siempre te enfadas porque los indígitos le dan a las cosas nombres
equivocados? —dije.
—¿Qué
tiene eso que ver con quién demonios conduce el rover? —preguntó Carson.
—Por
lo visto los indígitos no son los únicos que lo hacen. Parece que el Gran
Hermano también.
—Dame
esos binos —dijo él e intentó arrebatármelos.
—Confiscación
forzada de propiedad —objeté, apartándolos de su alcance—. Tendrías que haberte
tomado tu tiempo esta mañana y no haber partido con tanta prisa dejando
olvidados los nuestros.
Le
tendí los binos a Bult, y sólo por llevar la contraria él se los pasó a Carson,
pero el rover estaba ya tan cerca que no los necesitábamos.
Rugió
en medio de una nube de polvo y se detuvo en lo alto de un matacamino. El
conductor saltó y se acercó a nosotros sin esperar siquiera a que el polvo se
posara.
—Carson
y Findriddy, supongo —dijo, sonriente.
Normalmente,
cuando conocemos a un prestamista, no tienen ojos más que para Bult (o para
C.J., si está presente y el prestamista es varón), sobre todo si Bult se estaba
despegando del poni como lo hacía ahora, extendiendo sus articulaciones
traseras una tras otra hasta que parece un gran juego Erector rosa.
Entonces,
mientras los prestamistas están recogiendo todavía la mandíbula del polvo, uno
de los ponis se desploma o bien hace una cagada del tamaño del rover. Es
difícil competir con eso. Así que somos los últimos en quienes reparan o
tenemos que decir algo como «Bult sólo es peligroso cuando siente vuestro
miedo» para llamar la atención.
Pero
este prestamista ni siquiera se fijó en Bult. Vino directamente hacia mí y me
estrechó la mano.
—¿Cómo
está usted? —dijo ansiosamente, exprimiéndome la mano—. Soy el doctor Parker,
el nuevo miembro de su equipo de exploración.
—Yo
soy Fin... —empecé a decir.
—¡Oh,
sé quién es usted, y no se imagina el honor que es conocerles!
Me
soltó la mano y empezó a sacudir la de Carson.
—Cuando
C.J. me dijo que no habían vuelto todavía, no pude esperar a que regresaran
para conocerles —dijo, agitando la mano de Carson arriba y abajo—. ¡Findriddy y
Carson! ¡Los famosos exploradores planetarios! ¡No puedo creer que le esté
estrechando la mano, doctor Carson!
—Bueno,
para mí también es difícil de creer —carraspeó Carson.
—¿Cómo
dijo que se llamaba? —pregunté.
—Doctor
Parker —respondió, y me agarró la mano para volver a estrecharla—. Findriddy,
he leído todos sus...
—Fin
—le interrumpí—, y éste es Carson. Sólo somos cuatro en el planeta, contándole
a usted, así que no tiene mucho sentido que nos andemos con tanta ceremonia.
¿Cómo quiere que le llamemos?
Pero
él ya había dejado de apretujarme la mano y miraba más allá de Carson.
—¿Eso
es la Muralla? —dijo, señalando una joroba en el horizonte.
—No.
Es la Meseta de las Tres Lunas. La Muralla queda a veinte kloms, al otro lado
de la Lengua.
—¿Vamos
a verla en la expedición?
—Sí.
Tenemos que cruzarla para llegar a territorio inexplorado.
—Magnífico.
Me muero de ganas de ver la Muralla y los árboles de plataluz —dijo, observando
las botas de Carson—, y el acantilado donde Carson perdió el pie.
—¿Cómo
sabe todo eso? —le pregunté.
Nos
miró de arriba abajo, sorprendido.
—¿Está
de broma? ¡Todo el santo mundo conoce a los doctores Carson y Findriddy! ¡Son
ustedes famosos! ¡Findriddy, usted...!
—Fin
—repetí—. ¿Cómo quiere que le llamemos?
—Evelyn
—respondió. Nos miró de uno al otro—. Es un nombre británico. Mi madre era
inglesa. Sólo que allí lo pronuncian con e larga.
—¿Y
es usted exozoólogo? —pregunté.
—Socioexozoólogo.
Me especialicé en sexualidad.
—Entonces
C.J. es a quien busca —dije—. Es nuestra experta residente.
Él
se ruborizó con un hermoso tono rosado.
—Ya
la he conocido.
—¿Le
ha dicho ya su nombre?
—¿Su
nombre? —dijo él, desconcertado.
—Lo
que quiere decir C.J. —Me volví a Carson—. Debe de estar perdiendo facultades.
Carson
me ignoró.
—Si
es usted experto en sexualidad —dijo Carson, mirando a Bult, que se dirigía al
rover—, podrá ayudarnos a averiguar qué es Bult.
—Creía
que los boohteri eran una especie sencilla de dos sexos —adujo Evelyn.
—Lo
son —asintió Carson—, sólo que no sabemos cuál es cuál.
—Todo
su aparato reproductor es interno —expliqué—, no como el de C.J. Es...
—Por
cierto, ¿ha preparado la cena? —dijo Carson—. No es que nos importe. A este
paso todavía seguiremos aquí mañana por la mañana.
—Oh.
Por supuesto —dijo Evelyn, con aspecto preocupado—, están ustedes ansiosos por
volver a su cuartel general. No pretendía retrasarlos. ¡Pero estaba tan
nervioso por verles en persona! —Se dirigió al rover.
Bult
estaba agachado junto al neumático delantero.
Desplegó
tres articulaciones de sus piernas cuando Evelyn se acercó.
—Daño
a fauna indígena —declaró—. Setenta y cinco.
—¿He
hecho algo malo? —me preguntó Evelyn.
—Es
difícil no hacerlo por aquí —dije—. Bult, no puedes multar a Evelyn por
atropellar un matacamino.
—Atropellar
un... —dijo Evelyn. Saltó al rover y dio marcha atrás. Luego bajó del
vehículo—. ¡No lo había visto! —se horrorizó, contemplando el cuerpo marrón
aplastado—. ¡No quería matarlo! De verdad, yo...
—No
se puede matar a un matacamino aparcándole un rover encima —lo tranquilicé,
empujándolo con el pie—. Ni siquiera puede despertarlo.
Bult
señaló las huellas de neumático que Evelyn acababa de crear.
—Disrupción
de superficie terrestre. Veinticinco.
—Bult,
no puedes multar a Evelyn —intervine—. No es miembro de la expedición.
—Disrupción
de superficie terrestre —repitió Bult, señalando las marcas de neumático.
—¿No
tendría que haber venido en el rover? —preguntó Evelyn, ansioso.
—Claro
que sí —dije yo, dándole una palmada en el hombro—, porque ahora puede llevarme
de vuelta a casa. Carson, lleva mi poni. —Abrí la puerta del rover.
—No
pienso quedarme atrapado aquí fuera con los ponis mientras tú vuelves tan
campante —protestó Carson—. Yo viajaré con Evelyn, tú llévate los ponis.
—¿No
podemos ir todos en el rover? —sugirió Evelyn, con aire preocupado—. Podríamos
atar los ponis a la parte de atrás.
—El
rover no puede ir tan lento —murmuró Carson.
—No
tienes ningún motivo para regresar temprano, Carson —dije—. Yo tengo que
comprobar las órdenes de compra, y los permisos, y rellenar el informe sobre
los binos que perdiste. —Entré en el rover y me senté.
—¿Yo
los perdí? —dijo Carson, poniéndose colorado otra vez—. Los dejé...
—Miembro
de expedición viajando en vehículo con ruedas —dijo Bult.
Nos
volvimos a mirarlo. Estaba de pie junto a su poni, hablando a su cuaderno.
—Disrupción
de superficie terrestre.
Salí
del rover y me dirigí a él.
—Ya
te he dicho que no puedes multar a una persona que no forma parte de la
expedición.
Bult
me miró.
—Tono
y manera inadecuados. —Me señaló con un dedo de articulaciones múltiples—. Tú
miembro. Cahsson miembro. ¿Sssíh? —dijo en la enloquecedora jerigonza que usa
cuando no está sumando multas.
Pero
su mensaje quedó bastante claro. Si alguno de nosotros regresaba con Evelyn,
nos multaría por utilizar un rover, lo que se llevaría el presupuesto de las
siguientes seis expediciones, por no mencionar los problemas que tendríamos con
el Gran Hermano.
—Vosotros
expedición, ¿sssíh? —dijo Bult. Me tendió las riendas de su poni.
—Sí
—admití. Tomé las riendas.
Bult
cogió su ordenador del huesosilla de su poni, subió al rover y se plegó para
sentarse.
—Nosotros
vamos —le dijo a Evelyn.
Evelyn
me miró, intrigado.
—Bult
irá con usted —expliqué—. Nosotros llevaremos los ponis.
—¿Cómo
demonios vamos a llevar tres ponis cuando sólo caminan de dos en dos? —protestó
Carson. Lo ignoré.
—Nos
veremos en la Cruz del Rey. —Palmeé el costado del rover.
—Vaya
ráhpidoh —dijo Bult. Ev puso el rover en marcha, saludó y nos dejó comiendo una
nube de polvo.
—Empiezo
a pensar que tenías razón en lo de los prestamistas, Fin —dijo Carson,
aplastando el sombrero contra la pierna—. Sólo traen problemas. Y los hombres
son los peores, sobre todo después de pasar por C.J. Nos pasaremos la mitad de
la expedición soportando sus peroratas acerca de ella, y la otra mitad
impidiendo que bautice cada barranco que vea como Cañón Crissa.
—Tal
vez —dije yo, entornando los ojos por el polvo del rover, que parecía desviarse
hacia la derecha—. C.J. dijo que Evelyn llegó esta mañana.
—Lo
que significa que ha tenido casi un día entero para darle la murga. —Cogió las
riendas del poni de Bult. El bicho se atascó y hundió las patas—. Y tendrá
otras dos horas para desplegar todos sus encantos antes de que llevemos estos
ponis.
—Tal
vez —repetí, todavía contemplando el polvo—. Pero supongo que un hombre de
aspecto pasable como Ev puede tirarse a la mujer que quiera sin armar demasiado
alboroto, y ya has visto que no se quedó en la Cruz del Rey con C.J. Vino
derechito a conocernos. A lo mejor es más listo de lo que parece.
—Eso
es lo que dijiste la primera vez que viste a Bult —señaló Carson, tirando de
las riendas del poni.
El
animal se resistió.
—Y
tenía razón, ¿no? —dije yo, dispuesto a ayudarlo—. De lo contrario, estaría
aquí con estos ponis, y nosotros estaríamos a medio camino de la Cruz del Rey.
—Cogí las riendas y él se colocó detrás del poni para empujar.
—Bueno.
¿Por qué no iba a querer conocernos? Después de todo, somos exploradores
planetarios. ¡Somos famosos!
Yo
tiré y él empujó. El poni permaneció clavado.
—¡Empieza
a moverte, bicho con cara de roca! —estalló Carson, empujando su trasero—. ¿No
sabes quiénes somos?
El
poni alzó la cola y descargó una bosta.
—¡Mierda!
—masculló Carson.
—Lástima
que Evelyn no pueda vernos ahora —dije yo, echándome las riendas sobre el
hombro y tirando del poni—. ¡Findriddy y Carson, los famosos exploradores!
A lo
lejos, a la derecha del risco, el polvo desapareció.
ÍNTERIN:
EN LA CRUZ DEL REY
Tardamos
cuatro horas en volver a la Cruz del Rey. El poni de Bult se tumbó dos veces y
no quiso levantarse. Cuando llegamos Ev nos esperaba en el establo para
preguntarnos cuándo pensábamos empezar la expedición. Carson le dio una
respuesta inadecuada en tono y modales.
—Sé
que acaban de volver y que tienen que rellenar sus informes y todo eso —dijo
Ev.
—Y
comer —murmuró Carson, cojeando alrededor de su poni—, y dormir. Y matar a un
explorador.
—¡Es
que tengo tantas ganas de conocer Boohte! —dijo Ev—. Sigo sin poder creer que
esté aquí, hablando con...
—Lo
sé, lo sé —le interrumpí yo, mientras descargaba el ordenador—. Findriddy y
Carson, los famosos exploradores.
—¿Dónde
está Bult? —preguntó Carson. Desató la cámara del huesosilla del poni—. ¿Y por
qué no ha venido a descargar su poni?
Evelyn
le tendió a Carson el cuaderno de Bult.
—Me
pidió que les dijera que éstas son las multas del viaje de vuelta.
—Él
no estaba en el viaje de vuelta —dijo Carson, mirando el diario—. ¿Qué demonios
es esto? «Destrucción de fauna indígena.» «Daño a las formaciones de arena.»
«Contaminación atmosférica.» Cogí el
cuaderno.
—¿Le
dio Bult indicaciones para regresar a la Cruz del Rey?
—Sí
—dijo Ev—. ¿Hice algo mal?
—¿Mal?
—estalló Carson—. ¿Mal?
—No
te acalores —dije—. Bult no puede multar a Ev hasta que sea miembro de la
expedición.
—Pero
no comprendo —balbuceó Ev—. ¿Qué he hecho mal? Si sólo conduje el rover...
—Levantar
polvo, dejar huellas de neumáticos, emitir humo...
—Los
vehículos con ruedas no están permitidos fuera de las instalaciones del
gobierno —le expliqué a Ev, que nos miraba asombrado.
—Entonces,
¿cómo van por ahí? —preguntó.
—No
vamos —dijo Carson, mirando al poni de Bult, que parecía a punto de desplomarse
otra vez—. Explícaselo, Fin.
Yo
sentía demasiado cansancio para explicar nada, menos aún sobre la idea del Gran
Hermano de cómo explorar un planeta.
—Cuéntale
tú lo de las multas mientras yo resuelvo esto con Bult —dije, y me dirigí a la
zona vallada atravesando el compuesto.
Para
mí no hay nada peor que trabajar para un gobierno con complejo de culpabilidad.
Lo único que hacíamos en Boohte era explorar el planeta, pero el Gran Hermano
no quería que nadie los acusara de «implacable expansión imperialista» y de
arrasar a los indígitos como hicieron cuando colonizaron América.
Así
que crearon todas esas reglas para «preservar los ecosistemas planetarios» (lo
que implicaba que no se nos permitía construir presas o matar la fauna local),
y «proteger a las culturas indígenas de la contaminación tecnológica» (lo que
significaba que no podíamos darles agua de fuego ni armas), e implantaron
multas por romper las normas.
Y
ahí fue donde cometieron el primer error, porque pagaban las multas a los
indígitos, y Bult y su tribu sabían reconocer una ventaja en cuanto la veían, y
antes de que te dieras cuenta te multaban por dejar pisadas, y Bult compraba
contaminación tecnológica a diestro y siniestro con lo que recaudaba.
Supuse
que estaría en la zona de la puerta, hundido hasta la segunda articulación en
objetos de consumo, y no me equivoqué. Cuando abrí la puerta, estaba abriendo
una caja de paraguas.
—Bult,
no puedes cargarnos las multas cometidas por el rover—dije.
Él
sacó un paraguas y lo examinó. Era de esos plegables. Sostuvo el paraguas ante
él y pulsó un botón. Se encendieron luces por todo el reborde.
—Destrucción
de superficie terrestre —dijo.
Le
tendí su cuaderno.
—Ya
conoces las reglas. «La expedición no es responsable de las violaciones
cometidas por cualquier persona que no sea miembro oficial de ella.»
Él
seguía enfrascado con los botones. Las luces se apagaron.
—Bult
miembro —dijo, y el paraguas se abrió y se cerró, a un pelo de mi estómago.
—¡Cuidado!
—Salté hacia atrás—. Tú no puedes cometer infracciones, Bult.
Bult
soltó el paraguas y abrió una gran caja de dados, cosa que haría feliz a
Carson. Su ocupación favorita, aparte de echarme la culpa de todo, es el juego.
—¡Los
indígitos no pueden cometer infracciones! —exclamé.
—Tono
y modales inadecuados —dijo él.
También
sentía demasiado cansancio para esto, y seguía teniendo que hacer el informe y
el paradero. Lo dejé desempaquetando una caja de cortinas de baño y me marché.
Abrí
la puerta.
—Cariño,
estoy en casa —llamé.
—¡Hola!
—canturreó alegremente C.J. desde la cocina, que estaba a un paso—. ¿Cómo ha
ido la expedición?
Ella
apareció en el umbral, sonriendo y secándose las manos en un paño. Se había
acicalado: tenía la cara limpia, se había peinado y llevaba una camisa abierta
hasta treinta grados norte.
—La
cena está casi preparada —anunció alegremente, y entonces se detuvo y miró
alrededor—. ¿Dónde está Evelyn?
—En
el establo —dije, soltando mis cosas en una silla—, hablando con Carson, el
explorador planetario. ¿Sabías que somos famosos?
—¡Qué
suciedad! —observó ella—. Y llegáis tarde. ¿Qué demonios os ha hecho tardar
tanto? La cena está fría. La tenía lista hace dos horas. —Señaló mis cosas con
un dedo—. Saca esa asquerosa mochila de ahí. Ya es bastante malo tener que
soportar berrinches de polvo sin que vosotros dos os revolquéis en la mierda.
Me
senté y apoyé las piernas sobre la mesa.
—¿Y
cómo te ha ido el día, querida? ¿Bautizaron en tu nombre un charco de barro?
¿Te acostaste con algún solitario?
—Muy
gracioso. Da la casualidad de que Evelyn es un joven muy agradable que
comprende cómo es estar sola en un planeta durante semanas sin nadie a cientos
de kloms y quién sabe qué peligros acechando ahí fuera...
—Como
perder esa camisa —la interrumpí.
—No
estás precisamente en posición de criticar mi aspecto —atajó ella—. ¿Cuándo fue
la última vez que te cambiaste la tuya? ¿Qué has estado haciendo, revoleándote
en el barro? Y quita esas botas de los muebles. ¡Son repugnantes! —Me golpeó
las piernas con el paño de cocina.
Era
tan divertido como hablar con Bult. Si me iban a pasar por la parrilla, más
valía que fuera a manos de expertos. Me levanté de la silla.
—¿Alguna
observación?
—Si
quieres decir reprimendas oficiales, hay dieciséis. Están en el ordenador.
—Volvió a la cocina, con la falda ondeando—. Y lávate. No te sientes a la mesa
con ese aspecto.
—Sí,
querida —dije, y me dirigí a la consola. Introduje el informe de la expedición
y eché un vistazo a las superficies que había explorado en el Sector 247-72 y
luego solicité las observaciones.
Estaban
los mensajes de amor habituales del Gran Hermano: no cubríamos suficientes
sectores, no dábamos suficientes nombres indígenas, incurríamos en demasiadas
multas.
«Observación
sobre el lenguaje utilizado por los miembros de las expediciones de
exploración: tales miembros se abstendrán de emplear términos despectivos en
referencia al gobierno, sobre todo abreviaciones y términos de argot como
"Gran Hermano" y "los capullos de casa". Esas referencias
implican falta de respeto, y por tanto minan las relaciones con los seres
indígenas y obstruyen los objetivos del gobierno. Los miembros de las
expediciones de exploración se referirán por tanto al gobierno con su nombre adecuado
y completo.»
Entraron
Evelyn y Carson.
—¿Algo
interesante? —preguntó Carson, inclinándose sobre mí.
—Teníamos
nuestros micros demasiado altos —dije.
Me
dio una palmada en el hombro.
—Voy
a comprobar el tiempo y a darme un baño.
Asentí,
contemplando la pantalla. Él se marchó y yo me quedé contemplando de nuevo las
observaciones y luego miré a mis espaldas. Ev estaba inclinado sobre mí, con la
barbilla prácticamente sobre mi hombro.
—¿Le
importa si miro? —dijo—. Es tan exci...
—Lo
sé, lo sé —dije—. No hay nada más emocionante que leer un puñado de informes
del Gran Hermano. Oh, lo siento —dije, señalando la pantalla—, se supone que no
podemos llamarlos así. Se supone que debemos utilizar títulos adecuados. No hay
nada más emocionante que leer los informes del Tercer Reich.
Ev
sonrió, y yo pensé sí, es más listo de lo que parece.
—Fin.
—C.J. llamó desde la puerta del comedor. Se había desabrochado la blusa otros
diez grados—. ¿Puedo llevarme a Evelyn un minuto?
—Apuesta
a que sí, Crissa Jane.
Ella
me miró de mal talante.
—Es
lo que significa C.J., ¿sabe? —informé a Ev—. Crissa Jane Tull. Tendrá que
recordarlo para cuando salgamos de expedición.
—¡Fin!
—exclamó ella—. Ev —llamó dulcemente—, ¿puedes ayudarme con la cena?
—Claro
—dijo Ev y se fue tras ella como una bala. Bueno, no mucho más listo.
Volví
a las observaciones. No estábamos mostrando un «respeto adecuado por la
integridad cultural indígena», lo que quería decir vete a saber qué; no
habíamos rellenado todavía la subsección 12-2 del informe de minerales de la
Expedición 158; habíamos dejado dos huecos de territorio inexplorado en la
Expedición 162, uno en el Sector 248-76 y otro en el Sector 246-73.
Yo
sabía lo que era el hueco 246-73, pero no el otro, y dudaba de que hubiera aún
un hueco. Habíamos recorrido gran parte de ese territorio en la penúltima
expedición.
Pedí
las topográficas y solicité un diseño de mapas. El Gran Herma... Hizzoner tenía
razón por una vez. Había dos agujeros en el mapa.
Carson
entró, con una toalla y un par de calcetines limpios.
—¿Nos
han despedido ya?
—Por
poco. ¿Cómo está el tiempo?
—Lloverá
en las Ponicacas a principios de la semana que viene. Por lo demás, nada. Ni
siquiera un berrinche de arena. Parece que podremos ir adonde queramos.
—¿Qué
tal por territorio explorado? ¿Por la 76 arriba?
—:Lo
mismo. Claro y seco. ¿Por qué? —dijo, acercándose para echar un vistazo a la
pantalla—. ¿Qué tienes?
—No
lo sé todavía. Probablemente, nada. Ve a lavarte.
Se
dirigió hacia la letrina. Sector 248-76. Eso quedaba al otro lado de la Lengua
y, si no recordaba mal, cerca del Arroyo de Sombraplata. Fruncí el ceño ante la
pantalla durante un minuto y luego pedí el diario de la Expedición 181 y empecé
a echarle una ojeada rápida.
—¿Es
ésa la expedición de la que acaban de volver? —dijo Ev, y yo me di la vuelta
para encontrármelo otra vez pegado encima.
—Creía
que estaba ayudando a C.J. en la cocina —señalé, desconectando el ordenador.
Él
hizo una mueca.
—Hace
demasiado calor allí dentro. ¿Enviaba el diario de la expedición a la NASA?
Sacudí
la cabeza.
—El
diario va en directo. Se transmite directamente a C.J. y ella lo envía a través
de la puerta. Estaba terminando el sumario de la expedición.
—¿Envía
usted todos los informes?
—No.
Carson envía las topográficas y las f-y-f. Yo envío las geológicas y las
cuentas. —Pedí la suma de las multas de Bult.
Ev
parecía inquieto.
—Quería
pedirle disculpas por conducir el rover. No sabía que iba contra las reglas
utilizar transporte no indígena. Lo último que querría hacer en mi primer día
era meterlos en problemas a usted y al doctor Carson.
—No
se preocupe. Todavía nos quedan salarios en esta expedición, lo cual ya es más
de lo que sacamos en las dos últimas. Lo único que realmente te mete en
problemas es matar a la fauna y bautizar cualquier descubrimiento con el nombre
de alguien —dije, mirándolo, pero él no pareció especialmente culpable. Por lo
visto C.J. aún no había adoptado su pose total—. De todas formas, estamos
acostumbrados a los problemas.
—Lo
sé —contestó él, animado—. Como la vez que la estampida casi acaba con su vida
y el doctor Carson llegó al rescate.
—¿Cómo
sabe eso? —pregunté.
—¿Está
de broma? Son ustedes...
—Famosos,
ya. Pero cómo...
—Evelyn
—llamó C.J., chorreando miel con cada sílaba—, ¿puedes ayudarme a poner la
mesa? —El volvió a marcharse.
Conecté
de nuevo el diario 181 y luego cambié de opinión y pedí los paraderos. Comprobé
las dos veces que habíamos estado en el Sector 248-76. Wulfmeier había estado
en la Puerta de Salida en ambas ocasiones, lo que no demostraba nada. Pedí una
verificación sobre él.
—Necessito
orrdenator —dijo Bult.
Alcé
la cabeza. Estaba junto al ordenador, apuntándome con su paraguas.
—Yo
también necesito el ordenador —dije, y él echó mano a su diario—. Además, casi
es la hora de la cena.
—Necessito
compprarr—dijo él, colocándose tras de mí para poder ver la pantalla—.
Confiscación forzosa de propiedad.
—Muy
bien—accedí, preguntándome qué era peor, no poder escapar de la bayoneta de su
paraguas o una nueva multa. Además, no podría averiguar lo que necesitaba saber
con tanta gente pegada a mi hombro. Y la cena estaba preparada. Evelyn empujó
la puerta de la cocina con el hombro y sacó un plato de carne. Pedí el
catálogo.
—Aquí
tienes —dije, levantándome—. Nieman Marcus a tu disposición. Adelante.
Compprra.
Bult
se sentó, abrió el paraguas y empezó a hablar con el ordenador.
—Un
par de docenas de gafas de campo digiscan polarizantes —dijo—, con funciones
telemétricas y ampliación de objetos.
Ev
se le quedó mirando.
—Una
máquina tragaperras «Patinadores Especiales» —prosiguió Bult.
Ev
se acercó con el plato.
—¿Bult
sabe hablar inglés?
Cogí
un trozo de carne.
—Depende.
Cuando está pidiendo cosas, sí. Cuando se le habla, no mucho. Cuando intentas
negociar exploraciones satélite o permiso para emplazar una puerta, no hablo
inglés. —Cogí otro trozo de carne.
—¡Ya
está bien! —protestó C.J., que traía las verduras—. ¡De verdad, Fin, tienes los
modales de un rompepuertas! ¡Al menos podrías esperar a que lleguemos a la
mesa! —Soltó las verduras—. ¡Carson! ¡La cena está lista! —Llamó, y regresó a
la cocina.
Él
entró, secándose las manos con una toalla. Se había lavado y afeitado alrededor
del bigote. Se acercó a mí.
—¿Has
encontrado algo? —murmuró.
—Tal
vez.
Ev,
todavía sosteniendo el plato de carne, me miraba intrigado.
—He
descubierto que esos binoculares que perdiste van a costamos trescientos —dije.
—¿Yo
los perdí? —contestó Carson—. Los perdiste tú. Los puse junto a tu mochila.
¿Por qué demonios son trescientos?
—Posible
contaminación tecnológica —expliqué—. Si los encuentra un indígito nos habrás
hecho perder quinientos.
—¡Y
he sido yo! —exclamó él.
C j.
entró con un cuenco de arroz. Se había puesto otra camisa con las coordenadas
aún más bajas, y con luces alrededor de los bordes como las del paraguas de
Bult.
—Tú
eras el que tenías prisa por regresar y conocer a Evelyn —señalé.
Saqué
una silla de debajo de la mesa y me senté. Él cogió el plato de las manos de
Ev.
—Quinientos.
¡Mierda! —Colocó el plato sobre la mesa—. ¿A cuánto asciende el resto de las
multas? —No lo sé. Aún no lo he calculado.
—Bien,
¿qué demonios has estado haciendo esta vez? —Se sentó—. Está claro que no te
has dado un baño.
—C.J.
se ha arreglado lo suficiente por todos —dije—. ¿Para qué son las luces? —le
pregunté. Carson hizo una mueca.
—Son
como las señales de las pistas de aterrizaje, para que puedas encontrar el
camino. C.J. lo ignoró.
—Siéntate
a mi lado Evelyn.
Él
le retiró la silla y C.J. se sentó, apañándoselas para inclinarse de forma que
pudiera verle toda la pista. Ev se sentó a su lado.
—¡No
puedo creer que esté cenando con Carson y Findriddy! Háblenme de sus
expediciones. Seguro que han corrido un montón de aventuras.
—Bueno
—dijo Carson—, Fin perdió los binos.
—¿Han
decidido ya cuándo empezaremos la próxima expedición? —preguntó Ev. Carson me
miró.
—Todavía
no —contesté—. Dentro de unos cuantos días, probablemente.
—Oh,
bueno —ronroneó C.J., inclinándose en dirección de Ev—. Así tendremos más
tiempo para conocernos. —Se colgó de su brazo.
—¿Puedo
ayudar en algo? —dijo Ev—. ¿Cargar los ponis o algo? Estoy ansioso por
comenzar.
C.J.
le soltó el brazo, disgustada.
—¿Para
así poder pasar tres semanas durmiendo en el suelo y escuchando a estos dos?
—¿Estás
de broma? —dijo él—. ¡Hice la solicitud para tener la oportunidad de ir de
expedición con Carson y Findriddy hace cuatro años! ¿Cómo es estar en el equipo
de investigación con ellos?
—¿Cómo
es? —Ella nos miró—. Son maleducados y sucios, se saltan todas las normas, y no
dejes que todas sus discusiones te engañen: son uña y carne. —Montó un dedo
sobre otro—. Nadie tiene una oportunidad contra esos dos.
—Lo
sé —asintió Ev—. En los saltones se...
—¿Qué
son esos saltones? —pregunté—. ¿Una especie de holo?
—Son
DHVs —dijo Ev, como si eso lo explicara todo—. Hay toda una serie sobre usted,
Carson y Bult. —Se detuvo y miró a Bult agazapado sobre el ordenador, bajo su
paraguas—. ¿Bult no come con ustedes?
—No
le está permitido —respondió Carson, sirviéndose la carne.
—Reglas
—expliqué—. Contaminación cultural. Invitarlo a comer a la mesa y usar
cubiertos es imperialista. Podríamos corromperlo con comidas terrestres y
enseñándole modales.
—Hay
pocas posibilidades de eso —dijo C.J., retirando el plato de carne del alcance
de Carson—. Vosotros dos no sabéis lo que son los modales.
—Así
que mientras comemos —prosiguió Carson, desparramando patatas sobre su plato—,
él se sienta a ordenar tacitas de café y cucharillas para doce. Nadie ha dicho
jamás que el Gran Hermano tuviera mucha lógica.
—El
Gran Hermano, no —intervine, blandiendo un dedo ante Carson—. Observación a
nuestra última reprimenda: los miembros de la expedición se referirán al
gobierno por su título adecuado.
—¿Cuál?
¿Idiotas, S.A.? —se burló Carson—. ¿Qué otras brillantes órdenes has
encontrado?
—Quieren
que cubramos más territorio. Y han desautorizado uno de nuestros nombres.
Arroyo Verde.
Carson
levantó la cabeza de su plato.
—¿Qué
demonios hay de malo en Arroyo Verde?
—Hay
un senador llamado Verde en el Comité de Vías y Obras. Pero no pudieron
demostrar ninguna conexión, así que nos multaron con el mínimo.
—También
hay gente se que llama Ríos o Montes —dijo Carson—. Si uno de ésos entra en el
comité, ¿qué demonios haremos entonces?
—Creo
que es ridículo que no se pueda poner a las cosas nombres de gente —dijo C.J.—.
¿No te parece, Evelyn?
—¿Por
qué no se puede? —preguntó Ev.
—Reglas
—dije yo—. «Observación a la práctica de nombrar formaciones geológicas, ríos,
etc., en honor a exploradores, oficiales del gobierno, personajes históricos,
etc.: dicha práctica es indicativa de actitudes colonialistas opresivas y falta
de respeto por las tradiciones culturales indígenas, etc., etc.» Pasadme la
carne.
C.J.
cogió el plato, pero no lo pasó.
—¡Opresivo!
Faltaría más. ¿Por qué no podemos ponerle a algo nuestro nombre? Somos nosotros
quienes estamos atascados en este horrible planeta solos en territorio
inexplorado durante meses y meses y con vete a saber qué peligros acechando.
Merecemos algo.
Carson
y yo hemos oído este discurso como unas cien o doscientas veces. Antes nos
machacaba a nosotros, pero luego descubrió que los prestamistas eran más
receptivos.
—Hay
cientos de montañas y arroyos en Boohte. No me diréis que no hay algún medio de
nombrar a uno de ellos en honor a alguien. Quiero decir que el gobierno ni
siquiera se enteraría.
Bueno,
en eso creo que se equivoca. Sus Majestades Imperiales comprueban cada nombre,
y aunque lo único que intentáramos colarles fuera un insecto llamado C.J.,
podrían expulsarnos de Boohte.
—Hay
una forma de conseguir que bauticen algo con tu nombre, C.J. —dijo Carson—.
¿Por qué no dijiste que estabas interesada?
C.J.
entornó los ojos.
—¿Cómo?
—¿Recuerdas
a Stewart? Fue uno de los primeros exploradores de Boohte —le explicó a Ev—.
Quedó atrapado en una riada y acabó aplastado contra una colina. La Colina de
Stewart, la llamaron. In memoriam. Todo lo que tienes que hacer es coger mañana
el heli y apuntar contra lo que quieras que tenga tu nombre, y...
—Muy
gracioso —bufó C.J.—. Estoy hablando completamente en serio. —Se volvió hacia
Ev—. ¿No te parece normal el deseo de dejar alguna huella, para que después de
que te marches no te olviden, una especie de monumento a tu labor?
—¡Mierda,
si hablamos de labor, quienes tendrían que ponerle el nombre a algo somos Fin y
yo! —dijo Carson—. ¿Qué te parece, Fin? ¿Quieres ponerle tu nombre a algo?
—¿Y
qué sacaría de eso? ¡Lo que quiero es la carne! —Extendí las manos, pero nadie
me hacía caso.
—Lago
Findriddy —dijo Carson—. Meseta Fin.
—Pantano
Findriddy —intervino C.J.
Era
hora de cambiar de tema, o nunca conseguiría nada de carne.
—Así
que, Ev, es usted sexozoólogo.
—Socioexozoólogo
—corrigió—. Estudio conductas instintivas de apareamiento en especies
extraterrestres. Ritos de cortejo y conductas sexuales.
—Bueno,
ha venido sin duda al lugar adecuado —dijo Carson—. C.J...
—Háblame
de las especies interesantes que has estudiado —cortó C.J.
—Bueno,
en realidad todas son interesantes. La mayoría de las conductas animales son
instintivas y condicionadas, pero la conducta reproductora es realmente
complicada. En parte es condicionada, en parte se basa en estrategias de
supervivencia, y la combinación produce un número considerable de variantes.
Los charlagartos de Ottiyal se aparean dentro del cráter de un volcán en
activo, y hay una especie terrana, el parrapájaro, que construye una elaborada
parra de cincuenta veces su tamaño y luego la decora con orquídeas y bayas para
atraer a la hembra.
—Vaya
nido —dije.
—Oh,
pero no es el nido —contestó Ev—. El nido se construye delante de la parra y es
bastante corriente. La parra es sólo para el cortejo. Los seres inteligentes
son aún más interesantes. Los machos inkicce se cortan los dedos de los pies
para impresionar a las hembras. Y el ritual de cortejo de los opantis (los
seres indígenas inteligentes de Jevo) dura seis meses. La hembra opanti plantea
una serie de tareas difíciles que el macho debe realizar antes de que ella le
permita aparearse.
—Igual
que C.J. —reí—. ¿Qué clase de tareas tienen que hacer esos opantis para las
hembras? ¿Ponerle su nombre a los ríos?
—Las
tareas varían, pero a menudo consisten en regalar piezas de estima, realizar
pruebas de valor o superar retos de fuerza.
—¿Cómo
es que los machos tienen que hacer siempre todo el cortejo? —dijo Carson—.
Tienen que conseguir dulces y flores, demostrar que son duros, construyen
parras mientras la hembra se queda allí sentada tratando de decidir.
—Porque
al macho sólo le interesa aparearse —contestó Ev—. A la hembra le preocupa
asegurar la supervivencia óptima de sus retoños, lo que significa que necesita
un macho listo y fuerte. Pero el macho no hace todo el cortejo. Las hembras
envían señales de respuesta para animar y atraer a los machos.
—¿Como
luces de aterrizaje? —pregunté.
C.J.
me miró desafiante.
—Sin
esas señales, el ritual de cortejo se rompe y no puede completarse —concluyó
Ev.
—Lo
recordaré —dijo Carson. Se retiró de la mesa—. Fin, si queremos empezar dentro
de dos días, será mejor que echemos un vistazo al mapa. Traeré las nuevas
topográficas. —Se marchó.
C.J.
despejó la mesa, y yo eché a Bult del ordenador y emplacé el mapa, rellenando
los huecos con topográficas extrapoladas antes de regresar a la mesa.
Ev
estaba inclinado sobre el mapa.
—¿Es
esto la Muralla? —preguntó, señalando la Lengua.
—No.
Eso es la Lengua. Ésto es la Muralla —dije, metiendo la mano en mitad del holo
para demostrarle su curso.
—No
sabía que era tan larga... —se asombró, siguiendo su curso sinuoso a lo largo
de la Lengua hasta las Ponicacas—. ¿Qué parte es territorio inexplorado?
—La
parte en blanco —dije, mirando la enorme extensión occidental del mapa. La zona
cartografiada parecía una gota en un océano.
Carson
regresó y llamó a Bult y a su paraguas, y discutimos las rutas.
—No
hemos cartografiado ninguno de los afluentes norte de la Lengua. —Carson señaló
una zona con un marcador de luz—. ¿Por dónde podemos cruzar la Muralla, Bult?
Bult
se inclinó sobre la mesa y señaló torpemente dos zonas distintas, asegurándose
de que su dedo no entrara en el holo.
—Si
cruzamos por aquí —dije, cogiendo el marcador de Carson—, podemos atravesar por
aquí y seguir Risco Arenas-negras arriba. —Encendí una línea en el Sector
248-76 y a través del agujero—. ¿Qué te parece?
Bult
señaló la otra abertura en la Muralla, manteniendo su dedo bien por encima de
la mesa.
—Cahmino
massh ráhpidoh.
Miré
a Carson.
—¿Qué
te parece?
Él
me miró fijamente.
—¿Llegaremos
a ver los árboles que tienen las hojas de plata? —preguntó Ev.
—Tal
vez —contestó Carson, sin dejar de mirarme—. Cualquier camino me parece bueno
—le dijo a Bult—. Tendré que comprobar el clima y ver cuál será más adecuado.
Parece que ha llovido mucho por aquí. —Apuntó con el dedo la ruta marcada por
Bult—. Y tendremos que estudiar el terreno. ¿Quieres hacerlo, Fin?
—Apuesta
a que sí —dije.
—Yo
comprobaré el clima, y veré si podemos elaborar una ruta a través de los
plataluces para que Evie los vea. Salió.
—¿Puedo
ver cómo estudia el terreno? —me preguntó Ev.
—Claro.
—Me dirigí al ordenador.
Bult
estaba utilizándolo otra vez, agachado bajo su paraguas, comprando una ruleta.
—Tengo
que calcular la ruta más sencilla —declaré—. Podrás dedicarte al comercio
cuando acabe.
Sacó
su cuaderno.
—Prácticas
discriminatorias —declaró.
Eso
era nuevo.
—¿Por
qué todas esas multas, Bult? —dije—. ¿Estás ahorrando para comprar un...?
—Estuve a punto de decir «casino», pero sólo faltaba que le diera nuevas
ideas—. ¿Para comprar algo grande?
Él
volvió a coger su cuaderno.
—Necesito
el ordenador si quieres introducir esas multas que sumaste con el rover hoy
—dije.
Él
vaciló, preguntándose si al multarme por «intentar sobornar a explorador
indígena» ganaría más que con las multas del rover, y entonces se desplegó
articulación por articulación y me dejó el sitio.
Contemplé
la pantalla. No tenía sentido comprobar el terreno cuando ya conocía la ruta
que quería, y no podía mirar el diario con Bult y Ev allí delante. Empecé a
sumar las multas.
C.J.
entró unos minutos después y se llevó a Ev para convencerlo de que el Gran
Hermano no lo pillaría si le ponía a una de las montañas Monte C.J., pero Bult
seguía pululando cerca de mí, apuntándome a la espalda con su paraguas.
—¿No
tienes que ir a desempaquetar todos esos paraguas y cortinas de ducha que has
comprado? —dije, pero él ni siquiera parpadeó.
Tuve
que esperar a que todo el mundo estuviera acostado, incluyendo a C.J., que se
había metido en su jergón con un picardías que no ocultaba nada y luego se
levantó para decirle buenas noches a Ev y dirigirle una última mirada, antes de
poder echarle un vistazo a ese diario.
Me
supuse que Bult estaría en la zona de la puerta, desempaquetando sus compras,
pero me equivocaba. Lo que significaba que estaba todavía «comprranto» y yo
nunca podría estar a solas con el ordenador. Pero tampoco lo encontré en el
comedor.
Comprobé
en la cocina y luego miré en los establos. A medio camino divisé un semicírculo
de luces junto al borde. No tenía ni idea de lo que podía estar haciendo allí;
probablemente intentaba poner multas al equipaje, pero al menos no estaba
enganchado al ordenador.
Me
acerqué lo suficiente para asegurarme de que era él y no sólo su paraguas y
luego volví al salón y le pedí a Puerta de Salida una verificación sobre
Wulfmeier. La conseguí, lo que tampoco significaba nada. Bult podría conseguir
más dinero vendiendo verificaciones falsas que poniéndonos multas.
Pedí
una trazadora y luego comprobé el resto de los rompepuertas. Teníamos señales
sobre Miller y Abeyta, y Shoudamire estaba en el puente del Powell, lo que
dejaba a Karadjk y Red Fox. Estaban en el Brazo.
La
trazadora mostraba a Wulfmeier en Dazil hasta el día anterior por la tarde.
Reflexioné y luego pedí el diario y coordenadas marco a marco y me acomodé para
observarlas.
Tenía
razón. El Sector 248-76 estaba cerca de la Muralla, a unos veinte kloms de
donde habíamos cruzado, una zona de montañas ígneas grisáceas cubierta de
matorrales hasta la altura de las rodillas, probablemente la razón de que nos
lo hubiéramos saltado.
Pedí
una aérea. C.J. había cubierto el 248-76 en uno de sus viajes a casa. Conecté
los íntimos y pedí las visuales. Tenía el aspecto que yo recordaba: montañas y
matorrales, unos pocos matacaminos. La visual indicaba esquisto de grano fino
con filosilicatos todo el camino. Pedí el diario anterior. En esa expedición
fuimos al sur. En ese lado también había montañas y matorrales.
El
esquisto que habíamos encontrado en Boohte carecía de oro, y no había signos de
sal ni de anomalías resecas, así que no era un anticlinal. Además, habíamos
tenido buenos motivos para saltarnos la zona dos veces: la primera vez
estábamos siguiendo la Muralla, buscando una brecha; la segunda intentábamos
evitar el 246-73. En ninguna de las dos ocasiones llegué a sospechar que Bult
estuviera evitándolo. Aunque así fuera, sería probablemente porque los ponis se
atascarían ante lo empinado de las montañas.
Por
otro lado, habíamos estado cerca dos veces y en aquellas montañas podía
esconderse casi cualquier cosa, incluida una puerta.
Borré
mis transacciones, levanté los íntimos y regresé a la casa para hablar con
Carson.
Ev
estaba apoyado contra la puerta. Parecía tan satisfecho y relajado que me
pregunté si C.J. se había desmoronado y le había echado un polvo. Solía hacerlo
y luego intentaba que los prestamistas pusieran su nombre a cualquier cosa,
pero la mitad de las veces lo olvidaban, y decidió que funcionaba mejor de la
otra manera.
En
fin, por la manera en que lo miraba durante la cena, todo era posible.
—¿Qué
hace aquí? —le pregunté.
—No
podía dormir. —Miró hacia la cordillera—. Sigo sin poder convencerme de que
estoy de verdad aquí. Es maravilloso.
En
eso tenía razón. Las tres lunas de Boohte habían salido y colgaban en fila como
una expedición. Su luz daba a la cordillera una tonalidad azul purpúrea. Me
apoyé contra el otro lado de la puerta.
—¿Cómo
es estar ahí fuera, en territorio inexplorado? —preguntó.
—Es
como esas costumbres de apareamiento suyas: en parte instinto, en parte
estrategia de supervivencia, demasiadas variables. Pero sobre todo es un montón
de polvo y triangulaciones —dije, aunque sabía que no me creería—.Y ponicacas.
—No
puedo esperar.
—Entonces
será mejor que se vaya a la cama —aconsejé, pero él no se movió.
—¿Sabía
que un buen número de especies ejecutan sus rituales de apareamiento a la luz
de la luna? Como el latigopoluntad y la rana antarreana.
—Y
los adolescentes —dije, y bostecé—. Será mejor que nos vayamos a la cama.
Tenemos mucho que hacer por la mañana.
—No
creo que pueda dormir —suspiró, todavía con aquella expresión drogada.
Empecé
a preguntarme si me habría equivocado al considerarlo tan listo.
—He
visto los vids, pero no le hacen justicia —añadió, mirándome—. No tenía ni idea
de que todo fuera tan hermoso.
—Tendría
que haber usado esa frase con C.J. y su picardías —dijo Carson, quien asomó la
cabeza por la puerta. Llevaba puesto el pijama y las botas—. ¿Qué demonios pasa
aquí?
. —Le estaba aconsejando a Ev que se acostara
para que podamos empezar por la mañana —dije yo, mirando a Carson.
—¿De
verdad? —dijo Ev. La expresión aturdida desapareció—. ¿Mañana?
—Al
amanecer, así que será mejor que vuelva a la cama. Es la última oportunidad que
tendrá de disfrutar de un colchón en dos semanas.
Pero
no mostró ninguna intención de marcharse, y yo no podía hablar con Carson con
él delante.
—¿Adónde
vamos?
—Territorio
inexplorado —respondí—. Pero se quedará dormido en el huesosilla y se lo
perderá si no se acuesta.
—¡Oh,
ahora no podría dormir! —contestó él, contemplando la cordillera—. ¡Estoy
demasiado nervioso!
—Será
mejor que empaquete sus cosas, entonces —dijo Carson.
—Ya
lo tengo todo empaquetado.
Salió
C.J. Para cubrir su picardías se había echado encima una bata que no tapaba
nada.
—Nos
marchamos al amanecer —anuncié.
—Oh,
no podéis marcharos todavía —protestó ella, y metió a Ev dentro.
Carson
me siguió a medio camino entre la casa y el establo.
—¿Qué
has encontrado?
—Un
agujero en el Sector 248-76. Lo hemos pasado por alto dos veces, y Bult nos
guiaba las dos veces.
—¿Estratos
fósiles?
—No.
Metamórficos. Probablemente no es nada, pero Wulfmeier estaba ayer por la tarde
en Dazil, y lo comprobé con la Puerta de Salida. No creo que esté allí tampoco.
—¿Qué
crees que está haciendo? ¿Excavando?
—Tal
vez. O usándolo como cuartel general mientras echa un vistazo.
—¿Dónde
has dicho que era?
—Sector
248-76.
—Mierda
—masculló en voz baja—. Eso está a dos paso del 246-73. Si es Wulfmeier,
acabará encontrándolo. Tienes razón. Tenemos que ir. —Sacudió la cabeza—. Ojalá
no tuviéramos que cargar con ese prestamista. ¿Qué estaba haciendo aquí fuera?
¿Descansando entre dos asaltos con C.J.?
__Discutíamos
sobre costumbres de apareamiento.
—¡Sexozoólogo!
El sexo es uno de los peores peligros de las expediciones.
_Ev
puede manejar a C.J. Además, ella no nos acompañara.
—No
es C.J. quien me preocupa.
—¿Qué
es, entonces? ¿Que intente bautizar uno de los anuentes como Arroyo Crissa?
¿Que construya un nido cincuenta veces más grande que él? ¿Qué?
—No
importa. —Se dirigió hacia la zona de la puerta—. Se lo diré a Bult. Carga tú
los ponis.
EXPEDICIÓN
184: DÍA 1
Acabamos
haciendo que CJ. nos llevara hasta la Lengua. Carson y yo calculamos cuánto
tardaríamos en llegar a territorio inexplorado y cuántas multas acumularíamos
por el camino y decidimos que era más barato ir en heli, incluso con la multa a
los vehículos aéreos. CJ. estaba encantada de tener una última oportunidad con
Ev. Lo mantuvo delante con ella durante todo el camino.
—Deja
de tontear con Evie y envíalo aquí atrás —le dijo Carson a CJ. cuando la Lengua
apareció a la vista—. Tenemos que comprobar sus cosas.
Él
volvió a la bodega inmediatamente, con el aspecto de un niño la víspera de
Navidad.
—¿Estamos
ya en territorio inexplorado? —preguntó, agachándose y asomándose a la
escotilla abierta.
—Cartografiamos
toda esta parte del río la última vez —respondí—. Las reglas dicen que nada de
alcohol, ni tabaco, ni drogas, ni cafeína. ¿Lleva algo de eso?
—No.
Le
tendí su micro y él se lo colocó delante de la garganta.
—Nada
de tecnología avanzada a excepción del equipo científico, nada de cámaras, ni
láseres o armas de fuego.
—Tengo
un cuchillo. ¿Puedo llevarlo?
—Sólo
si no lo usa para matar algún ejemplar indígena.
—Si
siente la urgencia de matar a alguien, mate a Fin —se burló Carson—. Por
nosotros no ponen multas.
El
heli se acercó a la Lengua y sobrevoló la orilla más cercana.
—Usted
es el primero en salir —le dije, empujándole a la puerta—. CJ. sobrevolará la
zona. Le tiraremos las cosas.
Él
asintió y se preparó para saltar. Bult lo apartó, abrió su paraguas y bajó
flotando como Mary Poppins.
—El
segundo —grité—. No aterrice sobre la flora, si puede evitarlo.
Él
volvió a asentir y miró a Bult, que ya había sacado su cuaderno.
—¡Espera!
—dijo CJ. Abandonó el asiento de piloto y se nos acercó—. No podía dejarte sin
decirte adiós, Ev —dijo, y le dio un gran abrazo.
—¿Qué
demonios estás haciendo, C.J.? —preguntó Carson—. ¿Sabes el valor de la multa
por estrellar un heli?
—Está
en automático —le replicó ella, y plantó un húmedo beso sobre Ev—. Estaré
esperando —dijo apasionadamente—. Buena suerte, espero que encuentres montones
de cosas a las que poner nombre.
—Estamos
esperando —urgí yo—. Venga, ya le ha dicho adiós, Ev. Ahora salte.
—No
lo olvides —susurró C.J., y se inclinó para volver a besarlo.
—Ahora
—dije, y le di un empujón. Él saltó. CJ. se agarró al borde de la portezuela y
me miró con muy mala cara. La ignoré y empecé a tenderle los petates y el
equipo de exploración.
»No
se cargue la flora —le grité, demasiado tarde. Ya había pisado unos matojos.
Miré
a Bult, pero se había acercado al borde del río y miraba en otra dirección con
los binos.
—Lo
siento —me gritó Ev. Enderezó la planta y buscó alrededor un espacio pelado.
—Deja
de chismorrear y salta —dijo Carson a mis espaldas—, para que pueda descargar
los ponis.
Agarré
las mochilas de suministros y se las tendí a Ev.
—Échese
atrás —le grité, y escruté el suelo en busca de una zona despejada.
—¿Por qué tardas tanto? —gritó Carson—. Van
a descargar antes de que los descargue.
Detecté
una zona pelada y salté, pero antes de llegar, Carson gritó:
—¡Más
bajo, C.J.!
Por
lo que casi choqué la cabeza con el heli cuando me enderecé.
—¡Más
bajo! —gritó Carson por encima del hombro, y CJ. hizo zambullirse al heli—.
Fin, coge las riendas, porras. ¿A qué demonios estás esperando? ¡Llévatelos!
Cogí
las riendas oscilantes, lo que sirvió para tanto como siempre, pero Carson
siempre piensa que los ponis van a volverse racionales de pronto y a saltar.
Retrocedieron y se atascaron y apretujaron a Carson contra la pared de la
bodega del heli, como siempre, y Carson dijo, también como siempre:
—¡Seréis
cretinos! ¡Apartaos de mí! —Bult se afanó a apuntarlo todo en su cuaderno.
—Abuso
verbal de fauna indígena.
—Vas
a tener que empujarlos —dije, como siempre, y volví a subir.
»Ev
—grité—, vamos a bajarlos como podamos. Indique a CJ. cuándo toca las puntas de
los matorrales.
C.J.
hizo dar la vuelta al heli y bajó un poco más.
—Más
arriba —dijo Evelyn, indicando con la mano—. Muy bien.
Estábamos
a medio metro del suelo.
—Intentémoslo
una vez más —dijo Carson, como siempre—. Coge las riendas.
Lo
hice. Esta vez, se apretujaron contra el respaldo del asiento de C.J.
—Maldición,
hijos de puta de cerebros de mierda —gritó Carson y les golpeó los cuartos
traseros. Se apretujaron contra él un poco más.
Conseguí
colocarme junto a Carson y alcé una pata trasera del que le estaba pisando la
pierna mala. El animal obedeció como si lo hubieran drogado; conseguimos
arrastrarlo hasta el borde de la puerta y lo empujamos. Aterrizó con un «oof» y
se quedó allí.
Evelyn
se apresuró a echarle un vistazo.
—Creo
que está herido —dijo.
—No.
Sólo exagera. Apártese.
Levantamos
a los otros tres, los tiramos encima del primero y saltamos.
—¿No
deberíamos hacer algo? —se inquietó Evelyn, contemplando ansioso el montón.
—No
hasta que estemos preparados para partir —dijo Carson, quien recogió sus
cosas—. No pueden cagar en esa posición. Vamos, Bult. Empaquetemos.
Bult
se hallaba todavía junto a la Lengua, pero había soltado los binos y estaba
agachado en la orilla, contemplando el agua de un centímetro de profundidad.
—¡Bult!
—grité, acercándome a él.
Se
levantó y sacó su cuaderno.
—Perturbación
de la superficie del agua —declaró, señalando el heli—. Generación de oleaje.
—No
hay agua suficiente para levantar olas —objeté, metiendo la mano—. Apenas hay
agua suficiente para mojarte el dedo.
—Introducción
de cuerpo extraño en agua —prosiguió Bult.
—Extraño...
—empecé a decir, pero el heli ahogó mis palabras. Revoloteó sobre la Lengua,
revolviendo el centímetro de agua, y regresó, rozando los matorrales. C.J. pasó
por encima de nuestras cabezas, lanzando besitos.
»Lo
sé, lo sé —le dije a Bult—, perturbación del agua.
Se
acercó a un puñado de matojos, desplegó un brazo por debajo, y sacó dos hojas
finas y una baya aplastada. Me las tendió.
—Destrucción
de cosecha —dijo.
C.J.
viró y dio la vuelta, saludó, y se dirigió al noreste. Yo le había dicho que
pasara por el Sector 248-76 camino de casa e intentara conseguir una aérea.
Esperaba que no estuviera tan distraída tonteando con Ev para olvidarlo.
Ev
miraba hacia el sur, a las montañas.
—¿Es
eso la Muralla? —dijo.
—No.
La Muralla está en esa dirección —indiqué, señalando más allá de la Lengua—.
Ésos son las Ponicacas.
—¿Vamos
a ir allí? —dijo Ev, con una mirada de emoción.
—En
este viaje, no. Seguiremos la Lengua hacia el sur unos pocos kloms y luego nos
dirigiremos al noroeste.
—¿Quieres
dejar de contemplar el paisaje y acercarte aquí a descargar los ponis? —gritó
Carson. Había levantado a los ponis y estaba atando el gran angular al
pomohueso de Veloz.
—Sí,
señora —repliqué. Ev y yo nos acercamos a él, escogiendo con cuidado el camino
entre los matojos—. No se preocupe por la Muralla —le dije a Ev—. Veremos
bastante. Tenemos que cruzarla para llegar adonde vamos, y a continuación la
seguiremos por el norte hasta Arroyo Plateado.
—Eso
no ocurría a menos que carguemos estos ponis —dijo Carson—. Tome. —Tendió a Ev
las riendas de una de las bestias—. Cargue a Ciclón.
—¿Ciclón?
—dijo Ev, mirando con precaución al poni, que me parecía a punto de volver a
desplomarse.
—No
pasa nada —dije—. Los ponis...
—Fin
tiene razón —explicó Carson—. No haga ningún movimiento súbito. Y si intenta
tirarle, agárrese con todas sus fuerzas, sin miramientos. Ciclón no se vuelve
violento excepto cuando siente el miedo.
—¿Violento?
—Ev parecía nervioso—. No tengo mucha experiencia cabalgando.
—Puede
cabalgar el mío —sugerí.
—¿Diablo?
—comentó Carson—. ¿Crees que es buena idea después de lo que sucedió antes? No,
creo que será mejor que monte a Ciclón —le tendió el estribo—. Meta el pie aquí
dentro y agárrese al pomohueso con fuerza y seguridad.
Ev
se agarró al pomo como si fuera una granada de mano.
—Vamos,
vamos, Ciclón —murmuró, acercando el pie a cámara lenta en dirección al
estribo—. Ciclón bonito.
Carson
me miró, los bordes de su bigote temblaban.
—¿Verdad
que lo hace bien, Fin?
Le
ignoré y me puse a atar el gran angular al pecho de Inútil.
—Ahora
pase la otra pierna muy, muy despacio. Lo sostendré hasta que esté listo —dijo
Carson, sujetando la brida con fuerza.
Evelyn
lo consiguió y asió las riendas en una tenaza de muerte.
—¡Arre!
—gritó Carson, y golpeó al poni en el flanco. El animal avanzó un paso; Ev
soltó las riendas y se aferró al pomohueso. El poni dio dos pasos más hacia
Carson, alzó la cola, y soltó una bosta del tamaño del Everest.
Carson
se me acercó, riendo como un loco.
—¿Por
qué la has tomado con Ev? —pregunté. Él siguió tronchándose un rato antes de
contestar.
—Dijiste
que era más listo de lo que parece. Estaba comprobándolo.
—Tendrías
que echar un vistazo a nuestro guía —dije, señalando a Bult, que había vuelto a
llevarse los binos a los ojos—, si quieres que partamos hoy.
Él
se rió un poco más y fue a charlar con Bult. Terminé de fijar el equipo de
exploración. Bult había sacado su diario, Carson estaba gritándole de nuevo.
Monté
a Inútil y cabalgué hasta donde estaba Ev.
—Creo
que aún tardaremos un ratito. Siento lo de Carson. Tiene un sentido del humor
algo peculiar.
—Ya
veo. Por fin. ¿Cuál es su nombre real? —dijo, señalando al poni. Avanzó un paso
y se detuvo.
—Veloz.
—Y
ésta es toda la velocidad que coge.
—A
veces no va tan rápido.
Inútil
alzó la cola y descargó.
—Me
han dicho que no siempre son así—dijo Ev.
—Pues
no. A veces, después de que los metamos en el heli, les entra la prisa.
—Perfecto.
Supongo que los movimientos súbitos no los asustan.
—Nada
los asusta, ni siquiera que los mordisqueadores se les coman las patas. Si se
asustan o no quieren hacer algo, se plantan ahí y no mueven ni un pelo.
—¿Qué
es lo que no les gusta?
—Que
la gente los monte. Las montañas. No quieren subir más que una pendiente del
dos por ciento. Seguir sus propias pisadas. Llevar a más de dos jinetes. Ir a
más de un klom por hora.
Ev
me miró con cautela, como si también me estuviera burlando de él.
Alcé
la mano.
—Palabrita
del niño Jesús —dije.
—Pero
andando iríamos más rápido.
—No
cuando hay una multa por dejar huellas. Se inclinó a un lado para mirar las
patas de Inútil.
—Pero
ellos también dejan huellas, ¿no? —Son indígenas.
—¿Pero
entonces, cómo cubren territorio? —No lo hacemos, y el Gran Hermano se cabrea.
—Miré la Lengua. Carson había dejado de gritar y estaba observando a Bult, que
hablaba con su cuaderno—. Por cierto, será mejor que le informe de todas las
demás reglas. Olvídese de tomar holos o fotos personales, coger recuerdos del
viaje, florecillas silvestres o matar fauna.
—¿Y
si nos atacan?
—Depende.
Si cree que puede sobrevivir al ataque cardíaco que sufrirá cuando vea la multa
y todos los informes que deberá rellenar, adelante. Dejar que lo maten será más
sencillo. Él pareció desconfiar otra vez.
—Probablemente
no nos encontraremos con nada peligroso —lo tranquilicé.
—¿Y
los mordisqueadores?
—Están
más al norte. Muy poca f-y-f es peligrosa, y los indígitos son pacíficos.
Pueden robarle a uno hasta las pestañas, pero no hacen daño. No se olvide de
llevar el micro todo el tiempo. —Me acerqué para colocárselo más abajo, en el
pecho—. Si nos separamos, no se mueva. No intente ir a buscar a nadie. Ésa es
la forma más segura de hacer que lo maten.
—¿No
ha dicho que la f-y-f no era peligrosa?
—No
lo es. Pero vamos a estar en territorio inexplorado. Eso significa corrimiento
de tierras, relámpagos, agujeros de matacaminos, riadas. Puede cortarse la mano
con un matorral y sufrir gangrena, o dirigirse demasiado al norte y morir
congelado. —O quedar atrapado en una estampida de equipajes. Me pregunté cómo
sabía eso. Los saltones, fueran lo que fuesen.
—O
perderse para siempre jamás. Eso es lo que le sucedió a Segura, el compañero de
Stewart —dije—. Y ni siquiera le pondrán su nombre a una montaña. Hágame caso:
no se mueva y después de veinticuatro horas llame a CJ. Ella vendrá a
recogerlo.
Él
asintió.
—Lo
sé.
Iba
a tener que averiguar qué eran aquellos saltones.
—Llame
a CJ. —añadí—, y deje que ella se preocupe de encontrarnos a los demás. Si está
herido y no puede llamar, ella sabrá dónde se encuentra por su micro.
Hice
una pausa y traté de recordar qué más tenía que decirle. Carson volvía a
gritarle a Bult. Se le oía claramente por encima de los ponis.
—Ni
se le ocurra hacer regalos a los indígitos —proseguí—, ni enseñarles a fabricar
un rueda o a tejer una falda de algodón. Si averigua cuál es el sexo de Bult,
no confraternice. No grite a los indígitos —dije, mirando a Carson.
Él
se acercaba a nosotros, con el bigote temblando otra vez, pero ahora no parecía
reírse.
—Bult
dice que no podemos cruzar por aquí. Según él, aquí no hay ninguna brecha en la
Muralla.
—Cuando
consultamos el mapa, dijo que la había.
—Por
lo visto la han reparado. Dice que tendremos que cabalgar al sur, hasta la
otra. ¿A qué distancia está?
—Diez
kloms.
—Mierda,
eso nos llevará toda la mañana —masculló, mirando en dirección de la Muralla—.
Cuando hicimos el mapa, no comentó que la hubieran reparado. Llama a CJ. Tal
vez consiguiera una aérea camino de casa.
—No
lo hizo —le dije—. Al virar hacia el norte, al Sector 248-76, no habría
conseguido ninguna foto del lugar al que nos dirigíamos.
—Mierda.
—Carson se quitó el sombrero, pareció a punto de lanzarlo al suelo, y luego
cambió de idea. Me miró y luego se acercó hacia la Lengua.
—Quédese
aquí —le dije a Ev. Desmonté y alcancé a Carson—. ¿Crees que Bult se ha dado
cuenta?
—Tal
vez. ¿Qué hacemos ahora? Me encogí de hombros.
—Ir
al sur hasta la próxima brecha. No queda muy lejos de los afluentes del norte,
y para entonces sabremos si tenemos que comprobar en 248-76. Envié a CJ. a
tomar una aérea. —Miré a Bult, que aún hablaba con su cuaderno—. Tal vez no se
haya dado cuenta. Tal vez consiga más multas de esta forma.
—Justo
lo que necesitamos —suspiró él.
Tenía
razón. Nuestras multas de salida sumaban casi novecientos, y tardamos media
hora en contarlas todas. Luego Bult tardó otra media hora en cargar su poni,
decidir que quería su paraguas, descargarlo todo para encontrarlo y cargarlo de
nuevo. A esas alturas Carson había empleado tono y modales inadecuados y
lanzado su sombrero al suelo, y tuvimos que esperar a que Bult añadiera esas
multas.
Dieron
las diez antes de que finalmente nos pusiéramos en marcha. Bult abría la
comitiva bajo su paraguas iluminado, que había atado al pomohueso de su poni;
Ev y yo lo seguíamos, y Carson iba detrás de nosotros, donde podía maldecir a
Bult.
C.J.
nos había dejado en la parte superior de un pequeño valle, y lo seguimos hacia
el sur, manteniéndonos cerca de la Lengua.
—Desde
aquí no se ve gran cosa —le dije a Ev—. En realidad esto sólo continúa durante
otro klom o así, y entonces verá mejor la Muralla. Dentro de cinco kloms se
cruza justo junto a la Lengua.
—¿Por
qué lo llaman la Lengua? ¿Es una traducción del nombre boohteri?
—Los
indígitos no tienen nombre para él. Ni para la mitad de las cosas de este
planeta. —Señalé las montañas que se alzaban ante nosotros—. Por ejemplo, las
Ponicacas. La mayor formación natural de todo el continente, y no tienen un
nombre para ella, ni para la mayoría de la f-y-f. Y cuando les ponen nombre,
resulta de lo más absurdo. Su nombre para los equipajes es tssuhlkahttses.
Significa Sopa Muerta. Y el Gran Hermano no nos deja ponerle a las cosas
nombres sensatos.
—¿Como
la Lengua? —dijo él, sonriendo.
—Es
largo, es rosa, y asoma como si hiciera «aa» para el médico. ¿Se le ocurre un
nombre más apropiado? De todas formas, no se llama así. La Lengua es el nombre
que le damos nosotros. En el mapa aparece como Río Conglomerado, como las rocas
entre las que fluía cuando lo bautizamos.
—Un
nombre no oficial —dijo Ev, casi para sí.
—No
funcionará —dije—. Ya bautizamos al Cañón Culoprieto en honor a C.J. Ella
quiere que se denomine algo con su nombre de manera oficial. Admitido, aprobado
y en las topográficas.
—Oh
—dijo él, y pareció decepcionado.
—¿Qué
pasa? —pregunté—. ¿Existe alguna especie aparte del homo sap que deba grabar el
nombre de la hembra en un árbol para conseguir echar un polvo?
—No,
no —admitió él—. En Choom hay una especie de ave acuática cuyos machos levantan
diques de argamasa alrededor de las hembras. Las construcciones se parecen
mucho a la Muralla.
Hablando
del tema, allí estaba. El valle había ido ascendiendo y abriéndose mientras
cabalgábamos, y de repente nos encontramos en lo alto de una elevación y
contemplábamos lo que parecía una de las aéreas de C.J.
Era
todo llano hasta el pie de las Ponicacas, y la Lengua lo dividía como un límite
de mapas. Boohte tiene tantos óxidos como Marte, y grandes cantidades de
cinabrio, por eso las llanuras son rosadas. Unas mesetas se alzaban aquí y allá
al oeste, y un par de pirámides de ceniza, y el azul de la lejanía adquiría un
agradable tono lavanda. Serpenteando alrededor de ellas y sobre las mesetas,
hasta la Lengua y más allá, blanca y brillando al sol, se erguía la Muralla. Al
menos Bult no había mentido en lo de la brecha. La Muralla se extendía
impertérrita hasta donde alcanzaba la vista.
—Allí
está —señalé. Me volví y miré a Ev.
Tenía
la boca abierta.
—Es
difícil creer que la construyeran los boohteri, ¿verdad?
Ev
asintió sin cerrar la boca.
—Carson
y yo tenemos la teoría de que ellos no lo hicieron. Creemos que la construyó
alguna pobre especie de indígito que vivía aquí, y luego Bult y sus amigos los
multaron por hacerlo.
—Es
maravilloso —dijo Ev, que no me había escuchado—. No tenía ni idea de que fuera
tan larga.
—Seiscientos
kloms —informé—. Y siguen construyendo Una media de dos cámaras nuevas al año,
según las imágenes aéreas de C.J., sin contar las brechas reparadas.
Lo
que echaba por tierra nuestra teoría, aunque tampoco sonaba muy factible que
los indígitos hicieran todo el trabajo.
—Es
aún más hermosa que en los saltones —dijo Ev, y estuve a punto de preguntarle
qué eran exactamente, pero supuse que tampoco me haría caso.
Recordé
la primera vez que vi la Muralla. Sólo llevaba una semana en Boohte. Habíamos
pasado todo el tiempo chapoteando bajo la lluvia y yo en concreto preguntándome
por qué había dejado que Carson me convenciera para meterme en aquello, cuando
llegamos a lo alto de una meseta y Carson dijo:
—Ahí
la tienes. Toda nuestra.
Lo
que nos supuso una observación por actitudes imperialistas incorrectas y el
comentario «respecto a la propiedad, los planetas no son poseídos».
Miré
a Ev.
—Tiene
razón. Tiene un aspecto respetable.
Bult
terminó de apuntar sus multas y emprendió la marcha. Seguía manteniéndose cerca
de la Lengua, y después de medio klom sacó los binos, escrutó el agua con
ellos, sacudió la cabeza y continuamos nuestra marcha.
Era
más de mediodía y estaba pensando en sacar mi almuerzo de la mochila, pero los
ponis empezaban a rezagarse y Ev estaba pegado a la Muralla, que en esa zona
quedaba cerca de la Lengua, así que esperé.
La
Muralla desapareció tras una baja meseta empinada durante un centenar de metros
y luego se curvó casi hasta la Lengua. Por lo visto el poni de Carson decidió
que ya había ido demasiado lejos y se detuvo, tambaleándose.
—Oh,
oh —dije.
—¿Qué
pasa? —preguntó Ev, apartando los ojos de la Muralla.
—Parada
de descanso. ¿Recuerda que le dije que no eran peligrosos? —dije, mirando a
Carson, que había desmontado de su poni y se hacía a un lado—. Bueno, eso es
cierto si no se caen y le pillan las piernas debajo. ¿Cree que podrá bajar más
rápido de lo que subió?
—Sí
—respondió Ev. Bajó de un salto y se apartó como si esperara que Veloz fuera a
explotar.
Tensé
las correas de ordenador, desmonté y me aparté. Más adelante, el poni de Carson
había dejado de tambalearse. Carson se le había acercado y empezaba a desatar
las mochilas donde llebávamos la comida.
Ev y
yo nos acercamos y lo vimos forcejear con la cuerda. El poni depositó una bosta
prácticamente sobre el pie de Carson y empezó a tambalearse otra vez.
—Árbol
va —anuncié, y Carson se apartó de un salto. El poni avanzó un par de pasos
vacilantes y cayó, con las patas tiesas a un lado.
La
mochila quedó medio sepultada, y Carson empezó a tirar de ella para liberarla.
Bult se desplegó y desmontó decorosamente de su poni sin soltar su paraguas, y
el resto de los ponis cayó como una fila de fichas de dominó.
Ev
se acercó a Carson y se lo quedó mirando.
—No
haga ningún movimiento brusco —advirtió. Carson pasó ante mí como una bala.
—¿De
qué te ríes? —dijo.
Almorzamos
y nos cayeron unas cuantas multas más, pero no tuve oportunidad de hablar con
Carson a solas. Bult se nos pegó como con cola, hablando con su cuaderno, y Ev
no paró de hacerme preguntas sobre la Muralla.
—Así
que hacen las cámaras de una en una —comentó, sin apartar la mirada de ella.
Nos encontrábamos en el lado malo de la Muralla, y todo lo que podíamos ver
eran las paredes traseras de las cámaras, que parecían haber sido repelladas y
pintadas de un rosa blancuzco—. ¿Cómo las construyen?
—No
lo sabemos. Nadie los ha visto hacerlo —explicó Carson—. Ni hacer ninguna otra
cosa que merezca la pena —añadió sombríamente, mientras Bult seguía calculando
multas—, como encontrarnos una forma de cruzar para que podamos continuar con
esta expedición.
Se
acercó a Bult y empezó a hablar con él en tono inadecuado.
—¿Y
qué son? —preguntó Ev—. ¿Habitáculos? —Y almacenes para todas las cosas que
Bult compra, y vertederos. Algunas están decoradas con flores colgando en la
abertura y huesos pelados siguiendo un diseño delante de la puerta. La mayoría
están vacías.
Carson
regresó. El bigote le temblaba.
—Dice
que tampoco podemos cruzar por aquí.
—¿La
otra brecha ha sido reparada también? —pregunté.
—No.
Ahora dice que hay algo en el agua. Tssi mitss. Miré hacia la Lengua. Aquí
fluía sobre arenas de cuarzo y era clara como el cristal.
—¿Qué
es eso?
—Ni
idea. Podría traducirse como «allí no». Le pregunté hasta dónde tendríamos que
ir, y se limitó a responder «sahhth». Sahhth al parecer significaba a mitad de
camino de las Ponicacas, porque ni siquiera volvió a mirar la Lengua cuando
levantamos a los ponis y los pusimos en marcha, ni tampoco se molestó en
guiarnos. Nos indicó a Ev y a mí que fuéramos delante, y se puso a cabalgar con
Carson.
Tampoco
corríamos peligro de perdernos. Habíamos cartografiado todo aquel territorio
antes, y sólo teníamos que mantenernos cerca de la Lengua. La Muralla se
alejaba del agua y se dirigía a una hilera de mesetas, y subimos una montaña a
través de un rebaño de equipajes que pastaban tierra, y llegamos a otro Punto
Escénico.
Lo
que tienen estos panoramas es que no se ve nada más durante un rato, y ya
habíamos catalogado la f-y-f de por aquí. No había nada, de todas formas: un
montón de equipajes, algo de hierba de madera, algún que otro matacaminos. Hice
un contorno geológico y volví a comprobar dos veces las topográficas, y luego,
ya que Ev estaba ocupado manteniendo la boca abierta ante el paisaje, comprobé
los paraderos.
Wulfmeier
estaba en la Puerta de Salida, después de todo. El Gran Hermano lo había
retirado por tomar muestras de yacimientos. Así que no estaba en el Sector
248-76, y nosotros podríamos pasar otro día en la Cruz del Rey, saboreando la
comida de C.J. y poniéndonos al día con los informes.
Hablando
del diablo, supuse que bien podría terminarlos ya. Solicité los pedidos de
Bult.
Debió
de estar bastante ocupado mientras estuvimos en la Cruz del Rey. Se había
gastado la recaudación de todas las multas y aún más. Me pregunté si nos
dirigíamos al sur por eso, porque se había comprrato en un lío.
Repasé
la lista, anulando armas y materiales de construcción artificiales y tratando
de imaginar de qué le servirían tres docenas de diccionarios y una lámpara.
—¿Qué
hace? —preguntó Ev, inclinándose para ver el cuaderno.
—Anulo
el contrabando —dije—. A Bult no se le permite comprar ningún objeto con
potencial bélico, que en su caso debería de haber incluido los paraguas. Es
difícil fijarse en todo.
Se
inclinó más.
—Los
está marcando como «agotados».
—Sí.
Si le decimos que no puede pedirlos, nos multa por discriminación, y todavía no
ha descubierto que no tiene que pagar por artículos agotados, lo cual le impide
pedir aún más cosas.
Pareció
dispuesto a seguir haciendo preguntas, así que solicité una topográfica y dije:
—Cuénteme
algo más de esas costumbres de apareamiento de las que tanto sabe. ¿Hay alguna
especie que regale diccionarios a sus novias?
Él
sonrió.
—No,
que yo sepa. Pero hacer regalos constituye una parte importante de los rituales
de cortejo para la mayoría de las especies, incluyendo el Homo sapiens. Anillos
de compromiso, por no mencionar los tradicionales bombones y flores.
—Abrigos
de visón. Islas en el Mar de Tobo.
—Hay
varias teorías sobre su significado —prosiguió Ev—. En general los zoólogos
suponen que los regalos demuestran la habilidad del macho para obtener y
defender su territorio. Algunos socioexobiólogos opinan que hacer regalos es
una recreación simbólica del acto sexual en sí mismo.
—Romántico
—dije.
—Un
estudio descubrió que los regalos hacen que las hembras emitan feromonas, lo
que a su vez produce en el macho los cambios químicos que conducen a la
siguiente fase del cortejo. Está imbuido en el cerebro. Los instintos sexuales
anulan el pensamiento racional.
Por
eso las hembras se marchan con el primer tipo que les sonríe, pensé, y C.J.
había estado actuando como una idiota durante el aterrizaje. En aquel momento
llamó por el transmisor.
—Base
a Findriddy. Adelante, Fin.
—¿Qué
pasa? —dije, quitándome el micro y acercándomelo para que pudiera oírme.
—Tienes
una advertencia. «Observación sobre las relaciones entre miembros de la
expedición y los habitantes nativos del planeta. Todos los miembros de la
expedición mostrarán respeto por las antiguas y nobles culturas indígenas y se
abstendrán de emitir juicios de valor terrocéntricos.»
Eso
podría haber esperado a que volviéramos de la expedición.
—¿Para
qué has llamado, C.J.? —pregunté. Como si no lo supiera.
—¿Está
ahí Evelyn? ¿Puedo hablar con él?
—Dentro
de un minuto. ¿Tomaste una foto de esa sección noroeste?
Se
produjo una larga pausa antes de que llegara su respuesta.
—Se
me olvidó.
—¿Qué
quieres decir con eso?
—Estaba
pensando en otras cosas. La hélice hacía un ruido extraño.
—Y
un cuerno. Lo único que estabas pensando era en como podrías tirarte a Ev.
—No
sé por qué te molesta tanto —dijo ella—. Esa zona ya está explorada, ¿no?
—Aquí
está Ev —dije. Corté y le mostré a Ev el botón de transmisión; luego miré a
Carson.
Él
querría saber qué había encontrado yo, pero estaba demasiado lejos para
comunicarnos a gritos, y además, no quería que Bult sospechara por qué habíamos
escogido esta ruta.
Si
no lo había hecho ya.
Hacía
tiempo que habíamos dejado atrás la segunda brecha en la Muralla, y no mostraba
signo alguno de querer cruzar la Lengua.
—Lo
intentaré —le dijo Ev ansiosamente a su micro—. Lo prometo.
Es
la hora de una tormenta de polvo, pensé, mirando el cielo. De todas formas, a
Carson le gusta tener una el primer día, por si aparece algo donde lo
necesitamos, pero en ese momento estaba sumido en una conversación con Bult,
probablemente intentando convencerlo de que cruzara la Lengua.
—Yo
también te echo de menos, C.J. —dijo Ev.
Nada
me impedía apuntar la cámara hacia un punto adecuado y crear una por mi cuenta,
pero no se veía ni la más leve neblina en el horizonte. La Muralla se hallaba
sólo a medio klom de distancia, y a veces en la superficie se levantan pequeñas
brisas, pero no aquel día. El aire estaba tan quieto como un matacamino.
—¡Mire!
—exclamó Ev, y pensé que estaba hablando con C.J., pero luego añadió—: Fin,
¿qué es eso? —Señaló a un lanzabadejo que se acercaba volando hacia nosotros.
—Tssillirah
—expliqué—. Nosotros los llamamos lanzabadejos.
—¿Por
qué? —se extrañó él, viendo cómo el pajarillo revoloteaba sobre mi cabeza y se
volvía hacia los otros dos ponis.
No
malgasté saliva en contestarle. El lanzabadejo revoloteó sobre la cabeza de
Carson y volvió hacia nosotros, sacudiendo sus alas rosadas como si estuviera a
punto de desplomarse. Hizo dos pasadas alrededor del sombrero de Ev y regresó
hacia Carson.
—Oh
—dijo Ev. Se volvió para ver cómo iniciaba de nuevo el circuito, aleteando por
su vida—. ¿Cuánto tiempo puede aguantar así?
—Muchísimo.
Uno estuvo siguiéndonos durante cincuenta kloms cerca del Lago Turquesa. Carson
calculó que voló casi setecientos kloms.
Ev
empezó a preguntar cosas a su diario.
—¿Qué
significa el nombre que les dan los boohteri? —me preguntó.
—Barro
Ancho, y no me pregunte qué significa. Tal vez construyen sus nidos con barro,
aunque, en realidad, por aquí no hay barro.
Ni
polvo, pensé. Esto me recordó las tormentas de polvo. Si Bult y Carson hubieran
estado cabalgando por delante de nosotros, habría sacado el pie del estribo y
habría levantado polvo, pero tal como estaban las cosas, Bult me descubriría, y
Ev dejaría de hablar de lanzabadejos y preguntaría qué estaba haciendo.
Miré
a Carson y saludé, pensando tal vez que eso le daría alguna pista, pero él
estaba demasiado ocupado charlando con Bult y no le llamé la atención. El
lanzabadejo, en su décima vuelta, rozó su sombrero, pero eso tampoco le llamó
la atención.
—¡Oh,
mire! —exclamó Ev.
Me
di la vuelta. Casi se había incorporado en la silla y señalaba hacia la
Muralla. No pude ver qué indicaba, lo cual significaba que tampoco podían
hacerlo los escáneres.
—¿Dónde?
—Allí
—insistió.
Por
fin lo descubrí: un cojín patata tendido tras un matorral de hoja redonda que
parecía una ponicaca peluda.
Pensé
que el escáner no tendría suficiente resolución para detectarlo, pero dije:
—No
veo nada. —Así no perdería tiempo en ajustar el foco de la cámara para
alejarlo, por si acaso.
—Allí—repitió
Ev—. ¿Es eso...?
Lo
interrumpí antes de que pudiera entrar en detalles.
—¡Mierda!
—grité—. Conecte el escudo. Es un... —Activé la desconexión.
—¿Qué
pasa? —preguntó Ev, buscando su cuchillo—. ¿Es peligroso?
—¿Qué?
—dije, fijando la desconexión en doce minutos.
—¡Eso!
—Ev señaló en dirección al cojín patata—. Esa cosa marrón de allí.
—Oh,
eso. Es un cojín patata. No es peligroso. Herbívoro. Permanece tendido la mayor
parte del tiempo, excepto para comer. No lo había visto. —Fijé la alarma de mi
reloj en diez minutos.
—Entonces,
¿qué está mirando? —dijo él, contemplando preocupado el horizonte.
—El
clima. Cerca de la Muralla se levantan berrinches de polvo, que vuelven loco al
transmisor. —Pulsé el botón de emisión del transmisor tres o cuatro veces y
luego lo agarré—. C.J., ¿estás ahí? Llamando a Base. Adelante, Base. —Sacudí la
cabeza—. No hay nada que hacer. Me lo temía.
—Yo
no veo polvo por ninguna parte —objetó Ev.
—Sólo
tienen un metro o así de anchura, y son casi invisibles a menos que estén en tu
línea de visión. —Aporreé unas cuantas teclas más al azar—. Será mejor que vaya
a decírselo a Carson.
Tiré
con fuerza de las riendas del poni y acicateé sus flancos.
—Carson
—llamé—. Tenemos un problema.
Carson
estaba todavía sumido en una profunda conversación con Bult. Le di al poni otro
empujón, y el bicho me dirigió una mirada maligna y empezó a retroceder. A este
paso, la tormenta de polvo habría acabado antes de que me hubiera movido.
Tendría que haberla fijado en veinte minutos.
—C.J.,
¿estás ahí? —llamé, sólo para asegurarme de que el transmisor estaba
desconectado.
Me
bajé del poni.
—Eh,
Carson —grité—, el transmisor no funciona. —Me acerqué a su poni—. Se está
levantando viento. Parece que se avecina un berrinche de polvo.
—¿Cuándo?
—dijo él, con una mirada a Bult, que estaba muy ocupado rebuscando su cuaderno
para multarme por haberme bajado de Inútil.
—Ahora.
—¿Cuánto
crees que durará?
—Un
rato —dije, mirando especulativamente el cielo—. Doce minutos, tal vez doce y
medio.
—Parada
de descanso —pidió Carson. Bult saltó de su poni y se acercó a examinar mis
huellas.
Carson
se alejó en dirección al cojín patata. Miré a Ev. Estaba de pie con la cabeza
alzada y la boca abierta, contemplando el lanzabadejo. Alcancé a Carson y nos
agachamos para no atraer la atención del lanzabadejo.
—¿Qué
pasa?
—Nada
—contesté—. Simplemente me pareció conveniente tener una tormenta de polvo
antes de pasar a territorio inexplorado.
—Pues
podrías haber esperado un poco, ¿no? —protestó Carson—. Aún falta un buen rato
para cruzar.
—¿Por
qué? ¿Han reparado también esta abertura?
Él
sacudió la cabeza.
—Tssi
mitsse, que significa gran tssi mitss, lo cual podría traducirse como que va a
encargarse de que no nos acerquemos al Sector 248-76. ¿Qué ha averiguado C.J.?
¿Algún dato nuevo en la aérea?
—No
la ha tomado. Estaba demasiado ocupada meneando las caderas ante Ev y se le
olvidó.
—¿Se
le olvidó? —estalló Carson. Se levantó—. Ya te dije que acabaría fastidiándonos
la expedición. Supongo que tenías demasiado trabajo mostrándole el paisaje para
ejecutar también los paraderos.
Me
levanté y lo miré a la cara.
—¿Y
eso qué demonios significa?
—Significa
que los dos habéis estado tan ocupados charlando que te has olvidado de todo lo
relacionado con un pequeño detalle como lo que está sucediendo en el 248-76.
¿Qué diantre te interesaba tanto para hablar del tema todo el día?
—Costumbres
de apareamiento.
—Costumbres
de apareamiento —repitió él, disgustado—. ¿Por eso no ejecutaste los paraderos?
—Los
ejecuté. Sea lo que fuera lo que haya en ese sector, no es Wulfmeier. Está en
la Puerta de Salida, y arrestado. Tengo una comprobación.
Carson
miró al sur, hacia las Ponicacas.
—Entonces,
¿qué demonios pretende Bult?
El
lanzabadejo cambió de rumbo a media batida y se cernió sobre nosotros.
—No
lo sé. —Me quité el sombrero y lo agité para ahuyentarlo—. Tal vez los
indígitos tengan una mina de oro allí. Tal vez están construyendo en secreto
Las Vegas con todas las cosas que ha comprado Bult. —El abadejo revoloteó sobre
mi cabeza y pasó sobre Carson—. Tal vez Bult intenta agotar nuestro cupo de
multas conduciéndonos por el camino más largo. ¿Dijo hasta qué distancia
tendríamos que ir antes de poder cruzar la Lengua?
—Sahhth
—dijo Carson, imitando a Bult con su paraguas—. Si seguimos hacia el sur,
estaremos en las Ponicacas. Tal vez quiera llevarnos a las montañas y ahogarnos
en una riada.
—Y
luego nos multará por ser cuerpos extraños en un río.
.—Sonó
la alarma de mi reloj—. Parece que empieza a despejar. —Recogí un puñado de
tierra y regresamos hacia los ponis.
Bult
nos alcanzó a medio camino.
—Apropiación
de recuerdos —acusó, señalando inflexible la tierra en mi mano—. Perturbaciones
de la superficie terrestre. Destrucción de fauna indígena.
—Será
mejor que transmitas todo eso ahora mismo, antes de que se te olvide —le
aconsejé.
Me
acerqué a Ev y a mis ponis, con el lanzabadejo siguiéndome. Mientras Ev se
quedaba mirando cómo daba vueltas sobre su cabeza, soplé la tierra de mi mano
ante el objetivo de la cámara; luego retrocedí y miré mi reloj. Un minuto.
Jugueteé
un poco con el transmisor y llamé a Carson.
—Creo
que ya lo he arreglado. Vamos, Ev.
Jugueteé
un poco más pensando en Ev, saqué un chip y lo volví a poner en su sitio, pero
no era necesario que me tomara tantas molestias. Él seguía absorto contemplando
el abadejo.
—¿Es
macho ese lanzabadejo? —preguntó.
—Ni
idea. Aquí el experto en sexualidad es usted. —Pulsé la desconexión, conté
hasta tres, volví a pulsar, y conté hasta cinco—. Llamando a Cruz —dije, y
volví a pulsarla—... del Rey, adelante C.J.
—Aquí
C.J. ¿Dónde demonios os habéis metido?
—No
pasa nada, C.J. Sólo un berrinche de polvo. Estamos demasiado cerca de la
Muralla. ¿Funciona ya la cámara?
—Sí.
No veo polvo por ninguna parte.
—Sólo
nos alcanzó de refilón. Duró más o menos un minuto. Me he pasado un buen rato
intentando arreglar el transmisor y corriendo.
—Es
curioso cómo un minuto de polvo puede hacer tanto daño —comentó ella
lentamente.
—Es
uno de los chips. Ya sabes lo sensibles que son.
—Si
son tan sensibles, ¿cómo es que el polvo del rover no los atascó?
—¿El
rover? —dije yo, mirando con asombro alrededor, como si fuera a aparecer uno.
—Cuando
Evelyn fue a buscaros ayer. ¿Cómo es que el transmisor no se estropeó entonces?
Porque
yo estaba demasiado ocupado pensando en Wulfmeier y quitándole a Bult los
binoculares para tenerlo en cuenta. Me quedé allí tosiendo y ahogándome con el
polvo del rover y ni siquiera se me había pasado por la mente. Mierda, sólo nos
faltaba que C.J. se diera cuenta de lo de nuestras tormentas de polvo.
—Con
la tecnología ya se sabe —dije, consciente de que no se lo tragaría—. El
transmisor tiene vida propia.
Carson
se acercó.
—¿Hablas
con C.J.? Pregúntale si tiene una aérea de la Muralla por esta zona. Quiero
saber dónde están las brechas.
—Claro
—dije, y volví a desconectar—. Tenemos un problema. C.J. está haciendo
preguntas sobre la tormenta de polvo. Quiere saber por qué el transmisor no se
estropeó con todo el polvo del rover.
—¿El
rover? —preguntó él, y entonces cayó en la cuenta—. ¿Qué le has dicho?
—Que
el transmisor es temperamental.
—No
se lo tragará. —Miró con mala cara a Ev, que seguía contemplando las idas y
venidas del abadejo—. Te dije que nos traería problemas.
—No
es culpa de Ev. Somos nosotros quienes no tuvimos suficiente sensatez para
reconocer una tormenta de polvo cuando la vimos. Voy a volver a conectar. ¿Qué
le digo?
—Que
la culpa es del polvo que se mete en el chip —dijo él, regresando a su poni—,
no sólo del polvo del aire.
Lo
que tal vez podría haber funcionado, excepto que dos expediciones atrás yo
había asegurado a C.J. que el causante era el polvo del aire.
—Vamos,
Ev —me impacienté. Él se acercó y montó en su poni, todavía contemplando el
lanzabadejo. Quité el dedo de la desconexión—... ase, adelante, Base.
—¿Otra
tormenta de polvo? —me preguntó C.J. sarcásticamente.
—Todavía
debe de quedar algo de polvo en el chip —carraspeé—. Sigue cortándose.
—¿Cómo
es que el sonido se corta al mismo tiempo?
Porque
seguimos llevando nuestros micros demasiado altos, pensé.
—Es
curioso —continuó ella—. Mientras estabais ahí fuera, eché un vistazo a las
meteorológicas que Carson ejecutó antes de que os marcharais. No hay rastro de
viento en ese sector.
—El
clima tampoco puede explicarse, sobre todo tan cerca de la Muralla —alegué—. Ev
está aquí mismo. ¿Quieres hablar con él?
Lo
pasé antes de que C.J. pudiera contestar, pensando que el sexo no siempre eran
tan malo en una expedición. Al menos le haría olvidar la tormenta de polvo.
Bult
y Carson cabalgaban en un amplio círculo a nuestro alrededor para volver a
ponerse en cabeza. Los seguimos; Ev seguía hablando con C.J., es decir,
escuchaba casi todo el rato y decía «sí» de vez en cuando, y «lo prometo». El
lanzabadejo también nos siguió, realizando el circuito de un lado a otro como
un perro pastor.
—¿Qué
clase de nidos construyen los lanzabadejos? —preguntó Ev.
—Nunca
los hemos visto —contesté—. ¿Qué le ha dicho C.J.?
—No
mucho. Probablemente los nidos estarán en esta zona —dijo él, contemplando la
Lengua. La Muralla llegaba casi a la orilla, y había unos pocos matorrales en
el estrecho espacio intermedio, pero nada que pareciera lo bastante grande para
esconder un nido—. Este tipo de conducta puede ser protectora, en cuyo caso el
ejemplar sería una hembra, o territorial, y entonces se trataría de un macho.
Me ha dicho que los siguen durante largas distancias. ¿Han sido seguidos alguna
vez por más de uno?
—No.
A veces uno se marcha y aparece otro, como si trabajaran por turnos.
—Eso
parece conducta territorial —observó él, mientras el abadejo pasaba sobre Bult.
Volaba tan bajo que rozó el paraguas de Bult, y éste alzó la cabeza y luego se
encogió sobre sus multas de nuevo—. Supongo que no habría forma de conseguir un
ejemplar.
—No,
a menos que el animal sufriera un ataque repentino —dije yo, agachándome cuando
me rozó el sombrero—. Tenemos holos. Puede pedírselo a la memoria.
Lo
hizo y pasó los siguientes diez minutos estudiándolos mientras yo me preocupaba
por C.J. Le habíamos hecho creer que el transmisor podía estropearse con una
nubécula de polvo que ni siquiera aparecía en la bitácora, y el día anterior yo
había sido lo bastante estúpido para dejar que el transmisor se la tragara
entera, y ni siquiera había tenido el sentido común de desconectar. Ahora que
desconfiaba, ya no volvería a creerse nada. Probablemente en aquel mismo
instante estaba comprobando todos los diarios en busca de tormentas de polvo
para compararlas con las meteorológicas.
Bult
y Carson contemplaban de nuevo el agua. Bult sacudió la cabeza.
—La
defensa del territorio es un rito de cortejo —continuó Ev.
—Como
las bandas —dije yo.
—El
pez mariposa despeja de guijarros y conchas una zona del fondo del mar para la
hembra y luego la circula constantemente.
Miré
al lanzabadejo, que rondaba de nuevo el paraguas de Bult. El indígito soltó su
cuaderno y plegó el paraguas.
—Los
mirgasazi de Yoan defienden una zona de espacio aéreo. Son una especie
interesante. Algunas de las hembras tienen plumas brillantes, pero no son las
que más atraen a los machos.
El
lanzabadejo pasó sobre nosotros para regresar enseguida junto a Bult y Carson.
Cuando estaba en plena curva, Bult volvió a abrir el paraguas. El lanzabadejo
cayó en mitad de un aleteo y Bult lo atravesó un par de veces con la punta del
paraguas.
—Sabía
que tenía que haber puesto el paraguas en la lista de las armas —suspiré.
—¿Puedo
cogerlo? —preguntó Ev—. ¿Me gustaría saber si es macho?
Bult
desplegó su brazo, recogió el lanzabadejo, y siguió cabalgando, arrancándole
las plumas. Cuando llegó a la mitad, se metió el lanzabadejo en la boca y lo
partió en dos de un bocado. Le ofreció a Carson la mitad. Mi compañero sacudió
la cabeza y Bult se tragó el resto.
—Supongo
que no —respondí. Me agaché para coger una pluma y se la tendí.
Él
veía masticar a Bult.
—¿No
debería haber una multa para eso? —preguntó. —«Todos los miembros de la
expedición se abstendrán de emitir juicios de valor respecto a la antigua y
noble cultura de los seres indígenas» —recité.
Recogí
los pedazos que Bult iba escupiendo, que no eran gran cosa, y se los di a Ev.
Miré al horizonte.
La
Muralla se curvaba, apartándose de la Lengua, y cruzaba la llanura en línea
recta. Más allá distinguí un puñado de matorrales y árboles. No soplaba viento
y las hojas colgaban fláccidas. Lo que necesitábamos era una buena tormenta de
polvo para darle una lección a C.J., pero no soplaba ni una brisa.
El
hecho de que C.J. descubriera lo de las tormentas de polvo no era lo que me
preocupaba. Había intentado chantajearnos para que pusiéramos su nombre a
alguna cosa, pero eso ya llevaba años haciéndolo. Mi principal temor era que
hablara por el transmisor y que el Gran Hermano se enterara. Si empezaban a
mirar en el diario, se darían cuenta ellos solitos. No había forma de que se
produjera un berrinche de polvo con este clima. Ni siquiera había aire. Las
plumas que Bult escupía caían a plomo hasta el suelo.
Medio
klom más tarde nos topamos con un berrinche de polvo que parecía más bien un
cabreo de los gordos. Se cargó en el transmisor (pero no antes de que
metiéramos cinco buenos minutos en el diario), y se nos metió por las nariz y
la garganta, y lo dejó todo tan oscuro que tuvimos que navegar siguiendo las
luces del paraguas de Bult.
Cuando
logramos zafarnos, ya atardecía, y Bult empezó a buscar un buen lugar para
acampar, lo cual significaba algún sitio cubierto de flora hasta las rodillas
para que él pudiera sacar el máximo en multas. Carson quería cruzar la Lengua
primero, pero Bult miró solemnemente el agua y pronunció tssi mitsse.
—¿Dónde?
—gritó Carson—. ¡No veo nada!
Entonces
los ponis empezaron a tambalearse, así que acampamos allí mismo.
Montamos
el campamento a toda prisa, primero porque no queríamos tener que descargar los
ponis después de que se desplomaran, y segundo porque no queríamos tener que ir
tropezando a oscuras, pero las tres lunas de Boohte habían salido ya antes de
que descargáramos el transmisor.
Carson
salió a atar los ponis a sotavento y Ev me ayudó a tender los petates.
—¿Estaraos
en territorio inexplorado? —preguntó.
—No
—respondí, sacudiendo el polvo de mi petate—. A menos que cuente lo que tenemos
encima. —Desplegué el petate, asegurándome de que no dañaba ninguna planta—.
Por cierto, será mejor que llame a C.J. y le diga dónde estamos. —Le tendí el
petate de Carson y empecé a trabajar en el transmisor.
—Espere
—dijo él.
Me
detuve y lo miré.
—Cuando
hablé con C.J., quería saber por qué el berrinche de polvo no había aparecido
en el diario.
—¿Y
qué le contestó?
—Le
expliqué que el berriche había llegado en ángulo y nos había cegado. Le dije
que se había desatado tan rápido que ni siquiera lo había visto hasta que usted
gritó, y para entonces ya lo teníamos encima.
Yo
tenía razón: es más listo de lo que parece.
—¿Cómo
es eso? —pregunté—. C.J. probablemente le ofrecería un revolcón gratis por
contarle que habíamos provocado la tormenta nosotros mismos .
—¿Pero
qué dice? —estalló con aspecto tan indignado que lamenté haberlo dicho. Por
supuesto que no iba a traicionarnos. Éramos Findriddy y Carson, los famosísimos
exploradores que no podían hacer ningún mal, aunque acabara de pillarnos con
las manos en la masa.
—Bueno,
gracias —dije yo, y me pregunté qué alcance tendría su inteligencia y qué
explicación podría conseguir—. Carson y yo teníamos que discutir algunas cosas,
y no queríamos que el Gran Hermano se enterara.
—Es
un rompepuertas, ¿verdad? Por eso la expedición partió con tanta prisa y usted
no para de ejecutar paraderos cuando se supone que no hay nadie más que
nosotros en el planeta. Creen que alguien ha abierto ilegalmente una puerta.
¿Por eso Bult nos guía al sur, para impedirnos que lo alcancemos?
—No
sé qué lleva Bult en al cabeza. Podría habernos apartado de un rompepuertas
cruzando por donde estábamos esta mañana y guiándonos por la Muralla hasta Río
Plateado. No tenía que arrastrarnos hasta aquí. Además —añadí, mirando a Bult,
que estaba junto a Lengua con Carson y los ponis—, Wulfnieier no le cae bien.
¿Por qué iba a protegerlo?
—¿Wulfmeier?
—dijo Ev. Parecía entusiasmado—. ¿Ése es?
—¿Conoce
a Wulfmeier?
—Por
supuesto. De los saltones.
Bueno,
tendría que haberlo supuesto.
—¿Qué
piensa que está haciendo? —prosiguió Ev—. ¿Comerciando con los indígenas?
¿Dedicándose a la minería?
—No
creo que esté haciendo nada. Esta mañana recibí una verificación de que está en
la Puerta de Salida.
—Oh
—dijo él, decepcionado. En los saltones debíamos de perseguir a los
rompepuertas con pistolas láser—. ¿Quieren ir allí a asegurarse?
—Si
Bult nos deja cruzar la Lengua alguna vez.
Carson
llegó echando pestes.
—Le
pregunto a Bult si es conveniente dar de beber a los ponis, y él finje mirar el
agua y dice «tssi mitss nah», así que yo digo: «Bueno, vale, ya que no hay tssi
mitss, podemos cruzar a primera hora de la mañana», y él me tiende un par de
dados y dice: «Sahhth. Pcohh mahhs lejhosh.»
Se
agachó y rebuscó en su alforja.
—Mierda,
«mahhs lejosh» es prácticamente en las Ponicacas. —Miró a las montañas— ¿Qué
demonios pretende? Y no me vengas con más tonterías sobre las multas. —Sacó el
analizador de agua y se incorporó—. Ya tiene suficiente para comprarse todo un
planeta para él solo. Fin, ¿te ha dado C.J. ya la aérea de la Muralla?
—Iba
a llamarla ahora mismo —dije.
Él
se marchó, y yo cogí el transmisor.
—¿Qué
puedo hacer? —preguntó Ev, siguiéndome como un lanzabadejo—. ¿Recojo madera
para encender fuego?
Lo
miré.
—No
me lo diga —se anticipó él al ver mi expresión—. Hay una multa por recoger
madera.
—Y
por encender fuego con tecnología avanzada, y por quemar fauna indígena —dije
yo—. Normalmente esperamos a que Bult tenga frío y encienda una hoguera.
Bult
no mostró señales de tener frío, aunque el viento de las Ponicacas que nos
había lanzado aquel berrinche de polvo era más bien gélido; después de cenar le
dio a Carson unos cuantos dados más y luego se marchó y se sentó cerca de los
ponis bajo su paraguas.
—¿Qué
demonios está haciendo ahora? —se impacientó Carson.
—Probablemente
ha traído el calentador a pilas que compró durante la última expedición —dije
yo, frotándome las manos—. Cuéntenos más cosas sobre las costumbres de
apareamiento, Ev. Tal vez un poco de sexo nos caliente.
—Por
cierto, Evie, ¿ha decidido ya a qué rama pertenece Bult? —preguntó Carson.
Por
lo que yo sabía, Ev ni siquiera había mirado a Bult desde que partimos, excepto
cuando el indígito se había tragado el lanzabadejo, pero respondió
inmediatamente.
—Macho.
—¿Cómo
lo sabe? —preguntó Carson, y yo tembién me asombré. Si lo decía por sus modales
en la mesa, eso no daba ninguna pista. Todos los indígitos que conocía comían
así, y la mayoría ni siquiera se molestaba en arrancar primero las plumas.
—Por
su conducta adquisitiva —explicó Ev—. Recolectar y atesorar propiedades es una
conducta de cortejo típica masculina.
—Yo
creía que coleccionar cosas era una conducta femenina —aduje yo—. ¿Qué hay de
todos esos diamantes y monogramas?
—Los
regalos que los machos hacen a las hembras son símbolos de la habilidad del
macho para conseguir y defender riquezas o territorio —puntualizó Ev—. Al
acumular multas y comprar bienes manufacturados, Bult intenta demostrar su
habilidad para acceder a los recursos necesarios para la supervivencia.
—¿Cortinas
de baño? —cuestioné.
—Lo
de menos es la utilidad.
»El
pez buril macho colecciona grandes cantidades de conchas de almejas negras, que
no tienen ningún valor práctico, ya que el pez buril es herbívoro, y las apila
en torres como parte del ritual de cortejo.
—¿Y
eso impresiona a la hembra?
—La
habilidad para amasar riquezas es una prueba de la superioridad genética del
macho, y por tanto apunta a una mayor posibilidad de supervivencia para su
prole. Naturalmente, ella se impresiona. Hay otras cualidades que también
influyen en la hembra: la corpulencia, la fuerza, la habilidad para defender el
territorio, como ese lanzabadejo que vimos esta tarde...
Que
posiblemente no habría impresionado mucho a la lanzabadejo hembra, pensé.
—...
la virilidad, la juventud...
—A
ver, ¿quiere decir que nos estamos helando el culo sólo porque Bult pretende
impresionar a alguna hembra? —dijo Carson. Se levantó—. Si cuando yo digo que
lo peor para una expedición es el sexo... —Cogió la linterna—. No pienso acabar
con sabañones sólo porque Bult quiera mostrar sus genes a alguna asquerosa
hembra.
Se
perdió en la oscuridad a grandes zancadas, y yo contemplé la linterna
bamboleante. Me pregunté qué mosca le había picado de repente y por qué Bult no
lo seguía con su cuaderno si lo que Ev decía era verdad. Bult estaba sentado
todavía con los ponis: desde mi sitio veía las luces de su paraguas.
—Los
seres indígenas inteligentes de Prii encendían hogueras como parte de su ritual
de cortejo —dijo Ev, frotándose las manos para calentarse—. Se extinguieron.
Quemaron todos los bosques de Prii en menos de quinientos años. —Levantó la
cabeza y contempló el cielo—. Sigo sin poder creer lo hermoso que es todo.
No
estaba mal. Había un puñado de estrellas, y las tres lunas buscaban su posición
en mitad del cielo. Pero me castañeteaban los dientes y el viento traía un
insoportable pestazo a mierda de poni.
—¿Cómo
se llaman las lunas? —preguntó.
—Athos,
Porthos y Aramis —dije yo.
—No,
en serio. ¿Cuáles son los nombres boohteri?
—No
les dan ningún nombre. Pero no se le ocurra ponerle C.J. a ninguna. Son los
satélites Uno, Dos y Tres hasta que el Gran Hermano los explore, lo que no
sucederá pronto porque los boohteri no permiten que se exploren los satélites.
—¿C.J.?
—dijo él, como si hubiera olvidado quién era—.
En
los saltones salen distintos. Todo Boohte es distinto, excepto ustedes. Tienen
exactamente el aspecto que creía.
—¿Esos
saltones de los que siempre está hablando? ¿Qué son? ¿Hololibros?
—DHV.
Se
levantó, se dirigió a su petate y se agachó para sacar algo de debajo. Regresó
con un cuadrado plano del tamaño de un naipe y se sentó a mi lado.
—¿Ve?
—dijo, y abrió el naipe como si fuera un libro—. Episodio Seis.
Saltones
era un buen nombre. La imagen pareció saltar del centro del naipe al espacio
entre nosotros, como el mapa en la Cruz del Rey, sólo que éste era de tamaño
real y la gente se movía y hablaba.
Había
una mujer bastante guapa de pie junto a un caballo convertido en poni y una
cosa rosa agazapada que parecía un cruce entre un acordeón y una manguera.
Estaban discutiendo.
—Se
fue hace mucho tiempo —dijo la mujer. Llevaba pantalones ceñidos y una camisa
corta, y tenía el pelo largo y brillante—. Voy a buscarlo.
—Han
pasado casi veinte horas —observó el acordeón—. Debemos informar a la Base.
—No
pienso marcharme de aquí sin él —afirmó la mujer, y saltó al caballo y se
marchó galopando.
—¡Espera!
—gritó el acordeón—. ¡No puedes! ¡Es demasiado peligroso!
—¿Quién
se supone que es? —dije, metiendo el dedo en el acordeón.
—Alto
—dijo Ev, y la escena se congeló—. Ése es Bult.
—¿Dónde
está su cuaderno?
—Ya
le he dicho que las cosas eran distintas de lo que esperaba —explicó, con tono
algo avergonzado—. Vuelve atrás.
Hubo
un destello y volvimos al principio de la escena.
—¡Se
fue hace mucho tiempo! —dijo Pantalones Ceñidos.
—Si
ése es Bult, ¿entonces quién se supone que es ésa? —pregunté.
—Usted
—contestó él. Parecía sorprendido.
—¿Dónde
está Carson?
—En
la siguiente escena.
Hubo
otro destello, y nos encontramos al pie de un acantilado, con grandes peñascos
de aspecto falso alrededor. Carson estaba sentado en el fondo del acantilado,
tendido contra uno de los peñascos con un gran arañazo en un lado de la cabeza
y un bigote la mar de mono que se curvaba en los extremos. El bigote de Carson
nunca había sido tan gracioso, ni siquiera la primera vez que lo vi, y los
mordisqueadores también parecían falsos (como conejillos de Indias con dientes
postizos), pero lo que le estaban haciendo al pie de Carson era bastante
realista. Esperé que llegaran muy pronto a la parte en que lo encontraba.
—Siguiente
escena —dije, y aparecí bajando el acantilado con aquellos pantalones ceñidos,
disparando a los mordisqueadores con un láser.
No
fue así en absoluto. A menos que quisiera bajar del mismo modo que Carson, no
había forma de descender por el acantilado. Los mordisqueadores huyeron cuando
grité, pero tuve que rodear todo el acantilado hasta que encontré una chimenea
para bajar, y tardé tres horas. Los mordisqueadores volvieron a huir cuando me
oyeron llegar, pero no se fueron demasiado lejos.
Pantalones
Ceñidos saltó los tres últimos metros y se arrodilló junto a Carson. Empezó a
quitarse tiras que no podía permitirse perder de la camisa y las ató alrededor
del pie de Carson, que sólo parecía un poco ensangrentado por los dedos, y le
secaba los ojos a ella.
—Yo
no lloré —objeté—. ¿Tiene alguno más?
—Episodio
Once —dijo Ev, y el acantilado se convirtió en un bosquecillo de árboles de
plataluz. Pantalones ceñidos y Bigote Atildado lo exploraban con un anticuado
transit y un sextante, y Acordeón apuntaba las medidas.
Parecía
que alguien había cortado trocitos de papel de aluminio y los había colgado de
una rama muerta, y Carson llevaba un chaleco azul peludo que, me dio la
impresión, se suponía que era de piel de equipaje.
—¡Findriddy!
—dijo Acordeón, alzando bruscamente la cabeza—. ¡Oigo venir a alguien!
—¿Qué
estáis haciendo vosotros dos? —prorrumpió Carson, y atravesó directamente a un
árbol de plataluz. Miró alrededor, los brazos llenos de ramas—. ¿Qué demonios
es esto?
—Tú
y yo —expliqué.
—Un
saltón —apuntó Ev.
—¡Apáguelo!
—ordenó Carson, y el otro Carson y Pantalones Ceñidos y los árboles de plataluz
se comprimieron en una nada negra—. ¿Qué demonios le pasa, cómo se le ocurre
traer tecnología avanzada a una expedición? ¡Fin, se supone que tienes que
encargarte de que siga las reglas!
Soltó
las ramas con un tamborileo en el lugar donde antes se encontraba Acordeón.
—¿Sabe
la cuantía de la multa que Bult podría cargarnos por una cosa así?
—Yo-yo
no sabía... —Ev tartamudeó y se agachó para recoger el saltón antes de que
Carson lo pisara—. No se me ocurrió...
—No
es más avanzado que los binos de Bult —dije yo—, o la mitad de las cosas que ha
pedido. Y aunque lo fuera, no sabe nada al respecto. Está por ahí sumando sus
multas. —Señalé hacia las luces de su paraguas.
—¿Cómo
sabes que no lo sabe? ¡Se puede ver desde kloms!
—¡Y
a ti se te oye desde el doble! ¡La única forma de que lo averigüe es que venga
a investigar todo este jaleo!
Carson
le quitó el saltón a Ev.
—¿Qué
más ha traído? —gritó, pero más bajo—. ¿Un reactor nuclear? ¿Una puerta?
—Sólo
otro disco —dijo Ev—. Para el saltón. —Sacó de su bolsillo una moneda negra y
se la tendió a Carson.
—¿Qué
demonios es esto? —preguntó él, dándole la vuelta.
—Somos
nosotros —expliqué—. Findriddy y Carson, Exploradores Planetarios, y Nuestro
Fiel Guía, Bult. Trece episodios.
—Ochenta
—corrigió Ev—. Hay cuarenta en cada disco, pero sólo he traído mis favoritos.
—Tienes
que verlos, Carson. Sobre todo tu bigote. Ev, ¿hay algún modo de que pueda
bajar el sonido para que podamos verlo sin que se entere el resto del
vecindario?
—Sí.
Sólo hay que...
—Aquí
nadie verá nada hasta que encendamos una hoguera y yo me asegure de que Bult
sigue debajo de ese paraguas —estalló Carson, y se marchó dando zancadas por
cuarta vez.
Cuando
volvió con aspecto enfurecido, yo ya había convertido la leña en una hoguera
respetable. Por lo visto, Bult estaba donde debía.
—Muy
bien —dijo Carson, devolviéndole el saltón a Ev—. Vamos a ver a esos famosos
exploradores. Pero póngalo bajito.
—Episodio
Dos —anunció Ev, colocándolo en el suelo ante nosotros—. Reduce al cincuenta
por ciento y oscurece. —Esta vez la escena apareció más pequeña y en una
pequeña caja. Bigote Atildado y Pantalones Ceñidos atravesaban una brecha en la
Muralla. Carson llevaba su chaleco azul peludo. —Tú eres el del bigote elegante
—señalé.
—¿Tiene
idea de la multa que nos caería encima por matar a un equipaje? —dijo él.
Señaló a Pantalones Ceñidos—. ¿Quién es la mujer?
—Es
Fin —respondió Ev.
—¿Fin?
—Carson dejó escapar un resoplido—. ¿Fin? No puede ser. Mírela. Va demasiado
limpia. Y parece demasiado una mujer. ¡La mayoría de las veces con Finn ni
siquiera se nota! —Volvió a resoplar y se dio una palmada en la pierna—. Y
mírele el pecho. ¿Seguro que no es C.J.? Extendí la mano y cerré el saltón.
—¿Por
qué haces eso? —dijo Carson, con la mano en la barriga.
—Hora
de dormir. —Me volví hacia Ev—. Por esta noche guardaré este trasto en mi bota
para que Bult no lo descubra —dije, y me dirigí a mi petate.
Bult
estaba de pie junto al petate de Carson. Miré hacia la Lengua. El paraguas
seguía allí, brillando alegremente. Bult levantó mi petate para mirar debajo.
—Daño
a la flora —dijo, señalando a la tierra de debajo.
—Oh,
cierra el pico —protesté, y me acosté.
—Tono
y modales inadecuados —prosiguió él, y regresó hacia su paraguas.
Carson
siguió partiéndose de risa durante otra hora, y yo me quedé allí tendida
durante esa hora o más esperando que se fueran a dormir y viendo cómo las lunas
ocupaban su posición en el cielo. Entonces saqué el saltón de mi bota y lo abrí
en el suelo junto a mí.
—Episodio
Ocho. Reduce al ochenta por ciento y oscurece —susurré. Me quedé allí tendida y
nos vi a Carson y a mí cabalgando bajo la lluvia y traté de adivinar de qué
expedición se trataba. Había un búfalo azul en la colina, y Acordeón lo
señalaba.
—Se
llama ehkjpakhehsss en lengua boohteri —dijo, y enseguida reconocí la
situación, sólo que no había sucedido así.
Tardamos
cuatro horas en comprender lo que Bult estaba diciendo.
—¿Ehkkpekess?
—recuerdo que gritó Carson.
—¡Ehhkkpachkesshh!
—respondió Bult.
—¿Equipajes?
—dijo Carson, tan enfadado que su bigote pareció sacudirse—. ¡No podemos
llamarlos equipajes! —Y justo entonces un par de miles de equipajes enfilaron
desde la colina hacia nosotros. Mi poni se quedó allí plantado como un idiota y
por poco nos aplastan a los dos.
En
la versión del saltón mi poni salía corriendo, y yo era la que se quedaba
mirando como una tonta hasta que Carson llegaba galopando y me izaba a su
grupa. Yo llevaba botas de tacón alto y unos pantalones tan ceñidos que no era
de extrañar que no pudiera correr, y Carson tenía razón, estaba demasiado
limpia, pero no tenía por qué caerse en la hoguera partido de risa.
Carson
me rescató y partimos al galope, mis pantalones ceñidos abrazando al caballo y
mi melena odeando al viento.
«Aquí
nada es como esperaba, excepto usted», había dicho Ev en la Cruz del Rey.
También había dicho que yo era exactamente como me imaginaba. Lo cual, pensé,
intentando averiguar cómo volver a hacer funcionar el saltón de nuevo, estaba
bastante bien.
EXPEDICIÓN
184: DÍA 2
Al
mediodía siguiente estábamos todavía a este lado de la Lengua y aún nos
dirigíamos al sur. Carson estaba de tan mal humor que me mantuve apartada de
él.
—¿Siempre
es así de irritable? —me preguntó Ev.
—Sólo
cuando está preocupado.
Por
cierto, yo también estaba un poquito preocupada.
El
análisis del agua que había hecho Carson no mostraba nada más que la f-y-f de
siempre, pero Bult había insistido en que había tssi mitss y nos condujo al
sur, a un afluente. Como en el afluente también había tssi mitss, nos condujo
al este siguiendo su curso hasta que llegamos a uno de los afluentes
secundarios. Éste no tenía ningún tssi mitss, pero zigzagueaba a través de un
barranco demasiado empinado para los ponis, así que Bult volvió a conducirnos
al norte, buscando un lugar para cruzar. A este paso, volveríamos a la Cruz del
Rey a la hora de cenar.
Pero
no era eso lo que me preocupaba. Lo que me preocupaba era Bult. No nos había
multado por nada en toda la mañana, ni siquiera cuando levantamos el
campamento, y seguía escrutando el sur con sus binos. No sólo eso, sino que los
binos de Carson habían aparecido. Los encontró en su petate después de
desayunar.
—¡Fin!
—gritó, agitándolos por la cinta—. Sabía que los tenías. ¿Dónde los
encontraste, en tu alforja?
—No
los había visto desde la mañana en que salimos para la Cruz del Rey, cuando tú
los cogiste —contesté—. Debía de tenerlos Bult.
—¿Bult?
¿Para qué iba a cogerlos? —dijo, y señaló a Bult, que contemplaba las Ponicacas
con sus propios binos.
No
lo sabía, y eso era lo que me preocupaba. Los indígitos no roban, al menos eso
es lo que el Gran Hermano nos dice en las observaciones, y en todas las
expediciones en las que habíamos salido, Bult nunca nos había quitado más que
nuestros exiguos sueldos. Me pregunté qué más podría empezar a hacer... como
meternos en territorio inexplorado y luego robarnos las alforjas y los ponis. O
conducirnos a una emboscada.
Quería
hablar del tema con Carson, pero no pude acercarme a él, y no quería
arriesgarme a provocar otra tormenta de polvo. Traté de cabalgar a su lado,
pero Bult mantenía su poni pegadito al de Carson y me miró con mala cara cuando
intenté acercarme.
Ev
estaba casi igual de pegado a mí, haciendo preguntas sobre el lanzabadejo y
contándome costumbres de apareamiento curiosas, como las del macho de mosca
colgante, que teje un gran globo de saliva y baba para que la hembra se pegue
cuando se la tira.
Finalmente
cruzamos el arroyo en un punto donde zigzagueaba por un terreno momentáneamente
llano, y nos dirigimos al suroeste cruzando una serie de colinas bajas. Hice
una triangulación y luego empecé a comprobar el terreno.
—Bueno,
ya estamos en territorio inexplorado —le dije a Ev—. Puede empezar a mirar
cosas para ponerles el nombre de C.J., así conseguirá su polvo.
—Si
quisiera un polvo, lo conseguiría sin eso —replicó él, y se me ocurrió que
tenía razón—. Pero sé cómo se siente C.J. —añadió, contemplando la llanura—.
Quiere dejar alguna marca. Atraviesas esa puerta y te das cuenta de lo grande
que es un planeta y lo insignificante que eres tú. Podrías pasarte aquí toda la
vida y ni siquiera dejarías una huella.
—Dígaselo
a Bult.
El
sonrió.
—Vale,
tal vez huellas sí. Pero nada duradero. Por eso me apunté a esta expedición.
Quería hacer algo para saltar a la fama, como usted y Carson. Quería descubrir
algo que me hiciera aparecer en los saltones.
—Por
cierto —dije, inclinándome para recoger una roca—, ¿cómo es que aparecemos en
ellos? —Metí la roca en mi alforja—. ¿Cómo supieron lo de los equipajes? ¿Y lo
del pie de Carson?
__No
lo sé —contestó Ev lentamente, como si la pregunta no se le hubiera ocurrido
nunca—. Por sus diarios, supongo.
Pero
en los diarios no aparecía que encontré a Carson cuando las veinticuatro horas
se habían consumido. Habíamos contado algunas historias a los prestamistas, y
una de las mujeres había llevado un diario propio. Pero Carson no le habría
dicho que yo había llorado por él.
Las
colinas estaban cubiertas de matojos. Saqué un holo de las plantas y luego
detuvimos a Inútil, cosa que no fue demasiado difícil, y desmontamos.
—¿Qué
hace?—preguntó Ev.
—Recojo
fragmentos de planeta para que deje en ellas la marca de C.J. —dije, cavando
alrededor de las raíces un par de plantas y metiéndolas en una bolsa de
plástico. Cogí dos rocas más y se las tendí—. ¿Alguna de éstas le parece una
C.J.?
Volví
a montar y miré a Bult. Ni siquiera se había dado cuenta de que me había bajado
del poni, ni mucho menos cogió su cuaderno. Contemplaba las colinas más allá
del afluente con sus binos.
—¿Nunca
ha deseado ponerle a algo su nombre, Fin? —preguntó Ev.
—¿Yo?
¿Para qué demonios iba a querer eso? ¿Quién demonios recuerda en honor a quién
llamaron al Cañón de Bryce o el Ferry de Harper cuando los bautizaron así?
Además, no puedes ponerle nombre a una cosa sólo porque lo pones en un mapa
topográfico. Las cosas no funcionan así. —Señalé las Ponicacas—. Cuando la
gente llegue aquí, no las llamará Montañas Findriddy. Las llamará las
Ponicacas. La gente le pone a las cosas el nombre de lo que parecen, o de lo
que sucedió aquí, o por lo que les recuerda el nombre indígito, no según las
reglas.
—¿La
gente? —dijo Ev—. ¿Se refiere a los rompepuertas?
—Los
rompepuertas, los mineros, los colonos y los dueños de los centros comerciales.
—¿Pero
y las reglas? —dijo Ev. Parecía sorprendido—. Se supone que protegen la
ecología natural y la soberanía de la cultura indígena.
Indiqué
a Bult con un movimiento de cabeza.
—¿Y
cree que la cultura indígena no les vendería todo el lugar por unos cuantos
saltones y un par de docenas de cortinas de baño? ¿Cree que el Gran Hermano nos
paga para que exploremos todo esto por su bien? ¿Cree que en cuanto encontremos
algo que les interese no vendrán aquí, con reglas o sin ellas?
Ev
parecía triste.
—Como
los turistas —dijo él—. Todo el mundo ha visto los árboles de plataluz y la
Muralla en los saltones, y todos querrán contemplarlos al natural.
—Y
sacarse holos de ellos mismos mientras los multan —dije yo, aunque en realidad
no había pensado en Boohte como una atracción turística—. Y Bult podrá
venderles cacas de poni secas como recuerdo del viaje.
—Me
alegro de haber venido antes de la avalancha —suspiró él, contemplando el agua.
Las colinas se dividían a cada lado del afluente, y no importaría que hubiera
tssi mitss o no. Un amplio banco de arena se extendía casi en toda la anchura
del agua.
Los
ponis se abrieron paso a través de la lengua de tierra como si fueran arenas
movedizas, y Ev estuvo a punto de caerse cuando intentó agacharse para echarle
un vistazo.
—Las
sargueras tienen que desovar en aguas tranquilas, así que en el ritual de
cortejo el macho efectúa una danza acuática que forma bancos de arena en los
arroyos.
—¿Como
éste?
—No
lo creo. Éste parece un banco de arena natural. —Se enderezó en el huesosilla—.
La hembra del lagarto del esquisto traza un diseño en la tierra, y luego el
macho escarba el mismo diseño en el esquisto.
Yo
no le prestaba atención. Bult contemplaba a través de los binos las montañas
que se alzaban entre nosotros y la Lengua, y el poni de Carson empezaba a
tambalearse.
—Aquí
tiene su gran oportunidad, Ev —dije—. ¡Parada de descanso!
Carson
y yo hicimos las topográficas y luego almorzamos. Más tarde saqué las rocas y
las bolsas de plástico y Carson vació su atrapabichos, y nos dispusimos a
darles nombre.
Carson
empezó con los insectos.
—¿Tenéis
un nombre para esto? —le preguntó a Bult, manteniéndolo a raya para que éste no
se lo metiera en la boca, pero Bult ni siquiera parecía interesado.
Miró
a Carson durante un minuto como si estuviera pensando en otra cosa, y entonces
dijo algo que me pareció vapor siseando y luego metal arrastrado sobre granito.
—¿Tssimrrah?
—dijo Carson.
—Thassahggih
—corrigió Bult.
—Esto
nos llevará un rato —le dije a Ev.
Averiguar
cuál es el nombre indígito de una cosa no es tanto comprender lo que dice Bult
como intentar impedir que todo suene igual. Los sonidos de f-y-f suenan todos
como vapor escapando en una tormenta, los lagos y ríos suenan una puerta al
abrirse y las rocas todas empiezan con una «B» que parece un eructo, lo que te
hace pensar en la opinión que los indígitos tienen de Bult. Todos suenan más o
menos igual, y ninguno te recuerda a una palabra humana, lo que es buena señal,
o todo tendría el mismo nombre.
—¿Thssahggah?
—dijo Carson.
—Shhomrrrah
—precisó Bult.
Miré
a Ev, que contemplaba las rocas y las plantas metidas en sus bolsas. Eran una
recolecta más bien pobre: la única piedra que no parecía barro cocido era
hornablenda, y la única flor tenía cinco miserables pétalos, pero no creía que
Ev fuera a intentar lo que todos los prestamistas, que era nombrar la primera
flor que encontráramos crisantemo, no importaba qué aspecto tuviera. Crisa,
para abreviar.
Carson
y Bult finalmente acordaron que el bicho era tssabggah, y yo saqué holos del
espécimen y del fragmento de hornablenda y los transmití junto con sus nombres.
Bult
cogió la flor y sacudió la cabeza.
—Los
indígitos no tienen ningún nombre para ella —dijo Carson, mirando a Ev—. ¿Qué
le parece, Evie? ¿Cómo quiere llamarla?
Ev
la miró.
—No
lo sé. ¿Qué clase de nombre se les puede poner?
Carson
parecía irritado. Era evidente que esperaba «crisantemo».
—No
podemos utilizar nombres propios, ni referencias tecnológicas, ni lugares
terrestres con «nuevo» delante, ni juicios de valor.
—¿Qué
queda? —dijo Ev.
—Adjetivos
—expliqué—, formas, colores... excepto Verde... referencias naturales.
Ev
seguía examinando la planta.
—Crecía
en el banco de arena. ¿Qué tal rosarena?
Pareció
como si Carson intentara encontrar alguna forma de convertir rosarena en
Crissa.
—La
rosa es una género específico de la Tierra, ¿no, Fin? —me gruñó.
—Sí
—convine—. Tendrá que ser florena. ¿Siguiente?
Bult
tenía nombres para las rocas, lo que nos llevó una eternidad, y luego empezó a
parecer muy impaciente, cogía sus binos y los soltaba sin usarlos, y asentía a
todo lo que le decía Carson.
—Biln
—dijo Carson, y yo pasé al dato—. ¿Es todo?
—Necesitamos
un nombre para el afluente. —Lo señalé—. Bult, ¿tienen los boohteri un nombre
para este río?
El
sacudió la cabeza, se bajó del poni y cogió sus binos.
Carson
se me acercó.
—Algo
va mal —dije.
—Lo
sé —contestó él, frunciendo el ceño—. Lleva inquieto toda la mañana.
Bult
escudriñaba el paisaje a través de sus binos. Los apartó de sus ojos y luego se
los llevó a la oreja.
—Vamos
—dije yo, y me dispuse a reunir los especímenes—. ¡Caravana en marcha, Ev!
—¿Y
el afluente? —preguntó Ev.
—Arroyo
Banco de Arena —dije yo—. Vamos.
Bult
ya se había puesto en marcha. Carson y yo recogimos las muestras y los binos de
Carson, pero Bult ya había subido el banco y se dirigía al oeste entre las
montañas.
—¿Qué
hay del otro? —preguntó Ev.
—¿El
otro qué? —dije, mientras guardaba los especímenes en mi bolsa. Enrollé los
binos de Carson en el pomohueso.
—El
otro afluente. ¿Tienen los boohteri un nombre para él?
—Lo
dudo —dije, montando en Inútil. Carson tenía problemas con su poni. Si le
esperábamos, perderíamos a Bult—. Vamos —le dije a Ev, y seguí a Bult.
—Arroyo
Acordeón —dijo Ev.
—¿Qué?
—pregunté, intentando decidir qué camino había seguido Bult. Capté un destello
de luz de sus binos a la izquierda e insté al poni a dirigirse hacia allí.
—El
nombre del otro afluente —dijo Ev—. Arroyo Acordeón, por la forma en que se
pliega de un lado a otro.
—Nada
de referencias tecnológicas —dije, mirando a Carson. Su poni se había detenido
y estaba descargando una bosta.
—Oh,
bueno —suspiró Ev—. ¿Qué tal entonces Arroyo Zigzag?
Volví
a ver a Bult en lo alto del siguiente promontorio. Había desmontado y estaba
mirando a través de sus binos.
—Ya
tenemos un Arroyo Zizgaz —objeté, haciendo señales a Carson para que
continuara—. Al norte, en el Sector 250-81.
—Oh
—dijo él, parecía decepcionado—. ¿Qué otro nombre significa a un lado y a otro?
¿Desviado? ¿Tortuoso?
Alcanzamos
a Bult. Desenganché los binos de Carson del pomohueso y me los llevé a los
ojos, pero no distinguí más que montañas y florenas. Aumenté la resolución.
—Escalera
—murmuraba Ev a mi lado—. No, eso es tecnológico... entrelazado... ¿Qué tal
Arroyo Crisscross?
Bueno,
era un buen intento. No era «crisantemo» y había esperado a que Carson no
estuviera presente y yo estuviera pensando en otros asuntos. Era decididamente
más listo de lo que parecía. Pero no lo suficiente.
—Buen
intento —dije, todavía escrutando las montañas con los binos—. ¿Qué tal Arroyo
Sinuoso? —pregunté mientras Carson nos alcanzaba—. ¿Por la forma en que intenta
colarse mientras no estás mirando?
O
bien Bult había visto lo que estaba buscando con sus binos, o había renunciado
a ello. No intentó adelantarse cabalgando durante el resto de la tarde, y
después de nuestra segunda parada de descanso guardó los binos en su mochila y
sacó de nuevo el paraguas.
Cuando
le pregunté el nombre de un matorral durante la parada, no se molestó en
contestarme.
Ev
tampoco se mostró locuaz, lo cual me venía bien porque tenía muchas cosas en
que pensar. Bult podría haberse calmado, pero seguía sin cosernos a multas,
aunque la parada de descanso había sido en una colina cubierta de florenas, y
dos o tres veces lo vi mirándome por debajo de su paraguas. Cuando su poni no
quiso levantarse, le arreó una patada.
Me
pregunté si la irritabilidad era también un signo del periodo de celo, o si
sólo estaba nervioso. Tal vez sólo trataba de impresionar a alguna hembra. Tal
vez nos llevaba a casa para presentárnosla.
Llamé
a C.J.
—Necesito
un paradero sobre los indígitos —le dije.
—Y
yo necesito un paradero sobre vosotros. ¿Qué estáis haciendo en 249-68?
—Tratamos
de cruzar la Lengua —dije—. ¿Hay algún indígito en nuestro sector?
—Ninguno.
Todos están junto a la Muralla en 248-85.
Bueno,
al menos no estaban en 248-76.
—¿Algún
movimiento extraño?
—No.
Quiero hablar con Ev.
—Claro.
Pregúntale por el arroyo que bautizamos esta mañana.
Le
pasé la comunicación y pensé un poco más en Bult, y luego pedí otro paradero
sobre los rompepuertas. Wulfmeier aún aparecía en la Puerta de Salida,
probablemente intentaba conseguir fondos para pagar sus multas.
Regresamos
a la Lengua a última hora de la tarde, pero el terreno seguía siendo escarpado,
y la Lengua era demasiado estrecha y profunda para que la cruzáramos. Estábamos
cerca de la Muralla (se enroscaba arriba y abajo de las montañas al otro lado),
y al parecer de nuevo en el territorio de un lanzabadejo.
Ev
no sabía si estudiar sus evoluciones o espantarlo para que Bult no pudiera
arponearlo.
Bult
nos dirigió al sur, serpenteando sobre las cimas de las montañas alrededor de
la Muralla. Le grité a Carson que era demasiado empinado para los ponis, y él
asintió y le dijo algo a Bult, que siguió avanzando. Diez minutos más tarde su
poni se desplomó exánime.
Los
nuestros le imitaron. Nos sentamos y esperamos a que se recuperasen. Bult llevó
su paraguas a la mitad de la colina y se sentó bajo él. Carson se tumbó y se
cubrió los ojos con el sombrero, y yo saqué las órdenes de compra de Bult y las
examiné de nuevo, buscando pistas.
—¿Siempre
ven lanzabadejos tan cerca de la Muralla? —preguntó Ev. Al parecer se había
recuperado de la reprimenda que le había dado C.J.
—No
lo sé —dije, tratando de recordar—. Carson, ¿siempre vemos lanzabadejos cuando
estamos cerca de la Muralla?
—Mmph
—dijo Carson desde debajo de su sombrero.
—Esas
especies que hacen regalos a sus parejas —le dije a Ev—, ¿qué otra clase de
cortejos hacen?
—Luchas,
danzas de apareamiento, exhibiciones de características sexuales.
—¿Migración?
—apunté, buscando a Bult en la colina. El paraguas seguía abierto y con las
luces encendidas. Bult no estaba debajo—. ¿Dónde está Bult?
Carson
se sentó y se puso el sombrero.
—¿Por
dónde se ha ido?
Me
levanté.
—Por
allí. Ev, ate los ponis.
—Todavía
están fuera de combate —dijo él—. ¿Qué ocurre?
Carson
ya había subido casi media colina. Le seguí.
—Por
este barranco —dijo, y lo escalamos.
Se
extendía entre dos montañas, y luego se abría. Un hilillo de agua recorría el
fondo. Carson me indicó que esperara y subió un centenar de metros.
—¿Qué
pasa? —dijo Ev, que subía detrás de mí, jadeando—. ¿Le ha sucedido algo a Bult?
—Sí
—contesté—. Pero él aún no lo sabe.
Carson
regresó.
—Justo
lo que pensábamos. Callejón sin salida. Tú sube allí —señaló—, y yo iré por ese
camino.
—Nos
encontraremos en medio —asentí.
Subí
por el lado del barranco y Ev me siguió. Corrí a lo largo de la cima de la
colina medio agachada, y luego me puse a gatas y me arrastré el resto del
camino.
—¿Qué
pasa? —susurró Ev—. ¿Un mordisqueador? —Parecía entusiasmado.
—Sí
—le contesté—. Un mordisqueador.
Él
sacó su cuchillo.
—Guarde
eso —le siseé—. No vaya a caerse encima y tengamos una desgracia. —Me
obedeció—. No se preocupe. No es peligroso a menos que esté haciendo algo que
no debía.
Él
parecía confuso.
—Abajo
—dije, y nos arrastramos hasta un saliente que daba al espacio donde el
barranco se ensanchaba. Al fondo distinguí la zona llana de una puerta y un
toldo hecho con una lona y palos. Delante estaba Bult.
Debajo
del toldo había un hombre que mostraba a Bult un puñado de piedras.
—Cuarzo
—dijo el hombre—. Se encuentra en macizos ígneos, como éste.
Extendió
la mano para mostrar un holo y Bult retrocedió un paso.
—¿Has
visto alguna vez algo parecido por aquí? —añadió el hombre, alzando el holo.
Bult
dio otro paso atrás.
—Es
sólo un holo, idiota —dijo el hombre, tendiéndoselo a Bult—. ¿Has visto algo
parecido por aquí?
Carson
apareció dando zancadas en el claro, cargando su mochila.
Se
detuvo en seco.
—¡Wulfmeier!
—exclamó, entre sorprendido y divertido—. ¿Qué demonios estás haciendo en
Boohte?
—Wulfmeier
—susurró Ev a mi lado.
Me
llevé un dedo a los labios para indicarle que guardara silencio.
—¿Qué
es eso? —dijo Carson, señalando el holo—. ¿Una postal? —Se acercó a Bult—. Mi
poni se ha perdido, y he venido a buscarlo. Igual que Bult. ¿Y tú, Wulfmeier?
Deseé
poder ver la cara de Wulfmeier.
—Algo
falla en mi puerta —dijo, dando un paso atrás bajo el toldo y mirando a su
espalda—. ¿Dónde está Fin? —preguntó, y bajó la mano a su costado.
—Aquí
mismo —dije yo, y salté. Tendí la mano—. Me alegro de verte, Wulfmeier. —Llamé
a Ev—. Baje, le presentaré a Wulfmeier.
Wulfmeier
no alzó la cabeza. Miró a Carson, que se había situado a un lado. Ev aterrizó a
cuatro patas y se levantó rápidamente.
—Ev,
éste es Wulfmeier. Nos conocemos de hace tiempo. ¿Qué haces en Boohte? Está
restringido.
—Le
estaba contando a Carson que algo debe de haberse estropeado en mi puerta
—explicó él. Nos miró con suspicacia—. Intentaba llegar a Menniwot.
—¿Ah,
sí? Recibimos la confirmación de que estabas en la Puerta de Salida. —Me
acerqué a Bult—. ¿Qué tienes aquí, Bult?
—Me
estaba vaciando la bota, y Bult quiso verlo —dijo Wulfmeier, todavía mirando a
Carson.
Bult
me tendió los fragmentos de cuarzo. Los examiné.
—Vaya,
vaya, recogida de souvenirs. Bult, parece que vas a tener que multarlo por
esto.
—Ya
te digo que los tenía en el zapato. Estaba dando una vuelta, tratando de
orientarme.
—Vaya,
vaya, dejando huellas. Perturbación de la superficie terrestre. —Me acerqué a
la puerta y miré debajo—. Destrucción de flora. —Me incliné al interior—. ¿Qué
le pasa?
—La
he arreglado —dijo Wulfmeier.
Me
metí dentro y volví a salir.
—Parece
polvo, Carson —comenté—. Nosotros también hemos tenido problemas con el polvo.
¿Se mete en los chips? Será mejor que lo compruebe mientras estamos aquí, por
si acaso.
Wulfmeier
miró el toldo y a Ev, y luego a Carson. Apartó la mano de su costado.
—Buena
idea —asintió—. Traeré mis cosas.
—No
te lo aconsejo, no vaya a sobrecargarse la puerta. Las enviaremos después. —Me
acerqué a los controles—. ¿Dónde dijiste que intentabas ir? ¿A Menniwot?
Abrió
la boca para decir algo y luego la cerró. Pedí las coordenadas y suministré los
datos a la puerta.
—Eso
debe bastar —sonreí—. Seguro que no regresas.
Carson
lo acompañó hasta la puerta y Wulfmeier pasó al interior. Su mano volvió a caer
a su costado; yo pulsé la activación y desapareció.
Carson
ya había regresado al toldo y rebuscaba entre las cosas de Wulfmeier.
—¿Qué
tenía? —pregunté.
—Muestras
de minerales. Cuarzo con vetas de oro, argentita, platino. —Examinó los holos—.
¿Dónde lo has enviado?
—A
la Puerta de Salida. Por cierto, será mejor que les advierta que va de camino.
Y que alguien ha estado jugando con los archivos de detenciones del Gran
Hermano. Bult, calcula las multas de todo esto, y las mandaremos por envío
especial. Vamos —le dije a Ev, que estaba de pie mirando el lugar donde antes
se hallaba la puerta, como si deseara que se hubiera producido una pelea—.
Tenemos que llamar a C.J.
Empezamos
a bajar por el barranco.
—¡Ha
estado magnífica! —dijo Ev, mientras resbalaba por las rocas—. ¡No puedo creer
que se enfrentara a él de esa forma! ¡Fue como en los saltones!
Salimos
del barranco y bajamos la montaña hasta donde habíamos dejado los ponis.
Seguían tumbados.
—¿Qué
le pasará a Wulfmeier en la Puerta de Salida? —preguntó él mientras yo sacaba
el transmisor de debajo de Inútil.
—Lo
multarán por falsear su destino y perturbar la superficie terrestre.
—¡Pero
es un rompepuertas!
—Él
asegura que no. Ya lo ha oído. Su puerta estaba estropeada. Para que el Gran
Hermano se la confiscara tendría que haber estado cavando, comerciando,
haciendo prospecciones o cazando equipajes.
—¿Y
esas rocas que le estaba dando a Bult? Eso es comerciar, ¿no?
Sacudí
la cabeza.
—No
se las estaba dando, le estaba preguntando si había visto otras iguales. Al
menos no estaba tirando petróleo por el suelo y encendiéndolo, como la última
vez que lo pillamos con Bult.
—¡Pero
eso es hacer una prospección!
—Tampoco
podemos demostrarlo.
—Así
que lo multan, ¿y luego qué?
—Conseguirá
el dinero para pagar las multas, probablemente gracias a algún otro
rompepuertas que quiera saber dónde buscar, y luego lo intentará otra vez. Al
norte, probablemente, ahora que sabe dónde estamos.
En
el Sector 248-76, pensé.
—¿Y
no pueden detenerlo?
—Hay
cuatro personas en este planeta, y se supone que estamos explorándolo, no
persiguiendo rompepuertas.
—Pero...
—Sí.
Tarde o temprano, habrá uno a quien no podremos pillar. No me preocupa
Wulfmeier... no le cae bien a los indígitos, y lo que quiera buscar tendrá que
hacerlo él sólito. Pero no todos los rompepuertas son escoria. La mayoría son
gente que busca un lugar mejor para pasar hambre, y tarde o temprano
descubrirán una mina de plata, o convencerán a los indígitos para que les
muestren un yacimiento petrolífero. Y todo se habrá acabado.
—Pero
el gobierno... ¿qué hay de las reglas? ¿Qué hay de...?
—¿Preservar
la cultura indígena y la ecología natural? Depende. El Gran Hermano no puede
impedir una operación de minería o prospecciones sin enviar fuerzas, lo que
significa puertas y edificios y gente haciendo excursiones para ver la Muralla,
y más fuerzas para protegerlas, y muy pronto tienes Los Ángeles.
—Ha
dicho usted que depende —dijo Ev—. ¿De qué?
—De
lo que encuentren. Si es lo bastante suculento, el Gran Hermano vendrá a
cogerlo él mismo.
—¿Qué
pasará con los boohteri?
—Lo
mismo que pasa siempre. Bult es listo, pero no tanto como el Gran Hermano. Por
eso ingresamos en su cuenta bancaria el dinero de esos artículos agotados. Para
que tenga una oportunidad de luchar.
Pulsé
el botón de transmisión.
—Expedición
llamando a la Cruz del Rey. Adelante, Cruz del Rey. —Le sonreí a Ev—. ¿Sabe?
Había algo estropeado en la puerta de Wulfmeier.
C.J.
conectó y le pedí que enviara un mensaje a la Puerta de Salida . Luego le pasé
a Ev para que pudiera darle los detalles.
—¡Fin
estuvo magnífica! —dijo—. ¡Tendrías que haberla visto!
Bult
y Carson volvieron. Bult había sacado su cuaderno y le hablaba.
—¿Has
encontrado algo? —pregunté.
—Holos
de anticlinales y tubos de diamante. Un par de latas de gasolina. Un láser.
—¿Y
las muestras de minerales? ¿Eran indígenas?
Él
sacudió la cabeza.
—Muestras
terrestres corrientes. —Miró a Bult, que había acabado de sumar multas y
ascendía por la colina para coger su paraguas—. Al menos ahora sabemos por qué
Bult nos ha traído hasta aquí.
—Tal
vez. —Fruncí el ceño—. Me da la impresión de que se quedó tan sorprendido como
nosotros al ver a Wulfmeier. Y desde luego es evidente que Wulfmeier se llevó
un buen susto al vernos.
—Probablemente
le dijo a Bult que se escabullera y se reuniera con él por la noche. Por
cierto, será mejor que nos pongamos en marcha. No quiero que Wulfmeier regrese
y nos encuentre todavía aquí.
—No
volverá en algún tiempo —aseguré—. Perderá un cable-T. Se le caerá cuando
llegue a la Puerta de Salida.
Él
sonrió.
—Sigo
queriendo llegar al otro lado de la Muralla esta noche.
—Si
Bult nos deja cruzar la Lengua.
—¿Por
qué no iba a hacerlo? Ya ha conseguido reunirse con Wulfmeier.
—Tal
vez —dije yo, pero no habíamos recorrido ni medio klom cuando Bult nos permitió
cruzar con los ponis, y ni una palabra de tssi mitss, e o lo que fuera, lo que
echó por tierra mi teoría.
—¿Sabe
lo mejor de esa escena con Wulfmeier? —dijo Ev mientras chapoteábamos al cruzar
y volvíamos a dirigirnos al sur—. La forma en que Carson y usted colaboraron.
Es aún mejor que en los saltones.
Yo
había visto aquel saltón la noche anterior. Habíamos capturado a Wulfmeier
amenazando a Acordeón y acabamos dando puñetazos y patadas, con disparos de
láser.
—Ni
siquiera tienen que decir nada, siempre saben lo que está pensando el otro. —Ev
hizo un amplio gesto—. En los saltones los muestran trabajando juntos, pero
esto fue como si se leyeran el pensamiento. Siempre hacen lo que el otro quiere
sin necesidad de mediar palabra. Debe de ser magnífico tener un compañero así.
—Fin,
¿dónde crees que vas? —dijo Carson. Se había bajado del poni y estaba desatando
las cámaras—. Deja de parlotear sobre costumbres de apareamiento y ven a
ayudarme. Acamparemos aquí.
No
era un mal sitio para acampar, y Bult volvía a multarnos, o al menos a mí, por
cada paso que daba, pero yo seguía preocupada. Los binos de Carson volvieron a
desaparecer, y Bult caminó de un lado a otro entre nosotros tres mientras
emplazábamos el campamento y cenábamos, dirigiéndome miradas asesinas. Después
de la cena, desapareció.
—¿Dónde
está Bult? —le pregunté a Carson, buscando su paraguas en la oscuridad.
—Probablemente
buscando tubos de diamante —dijo Carson, acurrucado junto a la linterna. Hacía
frío de nuevo y unos grandes nubarrones se cernían sobre las Ponicacas.
Yo
seguía pensando en Bult.
—Ev
—pregunté—, ¿alguna de esas especies suyas se vuelve violenta como parte de sus
ritos de cortejo?
—¿Violenta?
¿Quiere decir hacia su pareja? En ocasiones los toros zoes matan a veces
accidentalmente a sus compañeras durante la danza nupcial, y las hembras de
algunas arañas y de las mantis religiosas se comen vivo al macho.
—Como
C.J. —dijo Carson.
—Está
pensando más bien en violencia orientada hacia otro objetivo para impresionar a
la hembra —señalé.
—Los
depredadores a veces matan a sus presas para presentárselas a las hembras como
regalo —apuntó Ev—, si considera a eso violencia.
Lo
consideraba, sobre todo si eso significaba que Bult nos estaba dirigiendo hacia
una guarida de mordisqueadores o a un acantilado para poder lanzar nuestros
cadáveres a los pies de su amiguita.
—Ljosssh
—dijo Bult, surgiendo de la oscuridad. Dejó caer un montón enorme de leña a
nuestros pies—. Ljosssh —le dijo a Carson, y se agachó para encenderla con un
prendedor químico. En cuanto ardió, volvió a desaparecer.
—La
rivalidad entre los machos es común en casi todos los mamíferos —explicó Ev—,
focas, primates...
—Homo
sap —dijo Carson.
—Homo
sapiens —puntualizó Ev, impertérrito—, alces, gatos monteses. En unos pocos
casos llegan a luchar a muerte, pero en general se trata de un combate
simbólico, destinado a mostrar a la hembra quién es más fuerte, más potente,
más joven...
Carson
se levantó. .
—¿Adónde
vas?
—A
ver las meteorológicas. No me gusta el aspecto de esas nubes sobre las
Ponicacas.
Estaba
tan oscuro que no se distinguía nube alguna y ya había visto las
meteorológicas. Lo había observado mientras emplazábamos el campamento. Me
pregunté si estaba preocupado por Bult y había ido a echarle un vistazo, pero
Bult estaba a nuestro lado con otro puñado de leña.
—Gracias,
Bult —dije. Miró a Ev, luego a mí y finalmente se marchó, cargado con la leña.
Me
levanté.
—¿Adónde
va? —dijo Ev.
—A
pedir un paradero sobre Wulfmeier. Quiero asegurarme de que ha llegado a la
Puerta de Salida. —Saqué el saltón de mi bota y se lo lancé—. Tenga. Pantalones
Ceñidos y Bigote Atildado le harán compañía.
Me
dirigí al equipo.
Ni
rastro de Carson. Saqués el diario y sumé las multas de Bult.
—Totales
por día —dije—. Totales secundarios por persona.
Lo
observé durante un rato, pensando en Bult y los binos y en las costumbres de
apareamiento de Ev.
Cuando
regresé junto al fuego, Ev estaba sentado delante de una oficina con un puñado
de terminales, lo que no parecía una aventura de Findriddy y Carson.
—¿Qué
es eso? —pregunté, sentándome a su lado.
—El
Episodio Uno. Esa es usted. —Señaló una de las mujeres.
En
éste yo no llevaba pantalones ceñidos. Llevaba una faldita minúscula y una de
las camisas de C.J., con luces de aterrizaje y todo, y hablaba a una pantalla
que mostraba una geológica.
Carson
entró en la oficina con su chaleco de equipaje, pantalones a rayas, y un par de
botas que los mordisqueadores ni siquiera habrían tenido que masticar. Su
bigote estaba todo atildadito y curvado hacia arriba, y las mujeres le
sonrieron como si fuera un ciervo con una imponente cornamenta.
—Estoy
buscando a una persona que me acompañe a un nuevo planeta —dijo, y sus ojos
barrieron la sala y se posaron sobre Faldita Minúscula. Empezó a sonar una
música de alguna parte bajo los terminales, y todo se volvió rosa. Carson se
acercó a la mesa, y se plantó ante la chica y se quedó contemplando su blusa.
Tras
un rato, añadió:
—Estoy
buscando a una persona que ansie la aventura, que no tema al peligro. —Extendió
la mano y la música se hizo más fuerte—. Venga conmigo —dijo.
—¿Fue
así? —preguntó Ev.
Bueno,
mierda, claro que no. Entró tambaleándose, se sentó ante mi mesa y apoyó las
botas sucias sobre el tablero.
—¿Qué
estás haciendo aquí? —gruñí—. ¿Has acumulado demasiadas multas otra vez?
—No
—contestó, cogiéndome la mano—. Pero no me importaría sumar unas cuantas más
confraternizando con los seres inteligentes. ¿Qué te parece?
Liberé
la mano.
—Venga
ya. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Busco
una compañera. Planeta nuevo. Exploración de superficie y nomenclaturas. ¿Qué
te parece? —sonrió—. Hay muchas oportunidades.
—Sí,
seguro —dije—. Polvo, serpientes, comida deshidratada, y ningún cuarto de baño.
—Y
yo —dijo, con aquella sonrisita complaciente—. El Jardín del Edén. ¿Te vienes?
—Sí
—contesté, viendo cómo el saltón se volvía rosa—. Así fue.
—Venga
conmigo —le repitió Carson a Faldita Minúscula, y ella se levantó y le dio la
mano. Una corriente de aire surgida de alguna parte le hizo revolotear el pelo
y la falda.
—Será
territorio inexplorado —dijo, mirándola a los ojos.
—No
tengo miedo mientras esté con usted —dijo ella.
—¿Qué
demonios se supone que es eso? —preguntó Carson, cojeando.
—La
forma en que Fin y usted se conocieron.
—¿Y
esas luces de aterrizaje se supone que son de Fin?
—¿Ya
has terminado las meteorológicas? —corté, antes de que se le ocurriera decir
que la mitad de las veces a duras penas lograba identificarme como mujer.
—Sí
—contestó, calentándose las manos sobre el fuego—. Parece que va a llover en
las Ponicacas. Menos mal que mañana vamos al norte.
Contempló
a Carson y a Faldita Minúscula que aún estaban cogidos de la mano y mirándose
con ojitos tiernos.
—Evie,
¿qué aventura dijo que era ésta?
—Cuando
se conocen ustedes. Cuando le pidió a Fin que fuera su compañera.
—¿Pedir
yo? —estalló Carson—. Mierda, no se lo pedí. El Gran Hermano ordenó que mi
compañera fuera una mujer, para equilibrar los sexos, sea lo que demonios sea
eso, y ella era la única mujer en el departamento que sabía cómo reconocer
terrenos e interpretar geológicas.
—Ljosssh
—dijo Bult, y dejó caer su carga de leña sobre el pie malo de Carson.
EXPEDICIÓN
184: DÍA 3
Tendí
mi petate junto a los ponis para no tener que soportar a Carson, y por la
mañana dije:
—Muy
bien, Ev, cabalga conmigo. Quiero que me cuentes todo lo que sabes sobre las
costumbres de apareamiento.
—Hace
frío por aquí esta mañana —comentó Carson.
Até
las cámaras a Inútil y tensé la cincha.
—No
me gusta el aspecto de esas nubes —dijo Carson, contemplando las Ponicacas.
Estaban cubiertas de nubes bajas que se extendían. La mitad del cielo estaba
cubierto—. Por suerte nos dirigimos al norte.
—Suhhth
—dijo Bult, señalando al sur—. Brchhaa.
—¿Pero
no dijiste que había una brecha al norte de aquí? —protestó Carson.
—Suhhth
—repitió Bult, mirándome.
Yo
le devolví la mirada.
—Se
comporta de una forma muy rara —comentó Carson—. Ha estado fuera casi toda la
noche, y esta mañana dejó un puñado de dados en mi petate. Y Evie dice que su
saltón ha desaparecido.
—Bien
—dije yo, montando a Inútil—. Ev, cuéntame otra vez lo que hacen los machos
para impresionar a las hembras.
Bult
nos condujo hacia el sur durante casi toda la mañana, manteniéndose cerca de la
Lengua, aunque la Muralla estaba al menos a dos kloms al oeste y no había nada
entre nosotros y ella más que una florena y un montón de tierra rosa.
Bult
seguía dirigiéndome miradas asesinas, y acicateaba a su poni para que fuera más
rápido. El bicho no sólo lo hacía, sino que nuestros ponis le seguían el ritmo,
y no se desplomaron ni una sola vez en toda la mañana. Me pregunté si Bult
había estado falseando paradas de descanso como nosotros hacíamos con las
tormentas de arena. Y vete a saber qué más habría estado falseando.
A
eso de mediodía, dejé de esperar una parada de descanso y saqué de mi alforja
comida deshidratada para almorzar. Poco después llegamos a un arroyo, que Bult
cruzó sin mirarlo siquiera, y a un grupito de árboles de plata. Todo el cielo
estaba gris ya, así que no parecían gran cosa.
—Es
una pena que no haga sol —le dije a Ev. Miré las hojas grisáceas, que colgaban
flácidas y polvorientas—. No se parecen a los saltones, ¿verdad?
—Creo
que he perdido el saltón —dijo Ev—. Lo guardé bajo mi petate en vez de bajo mi
bota. —Vaciló—. No sabía cómo fue elegida para ser la acompañante de Carson,
¿verdad?
—¿Pero
qué dices? Ése es el estilo del Gran Hermano. CJ. fue escogida porque tiene
ascendencia navajo en una decimosexta parte. —Miré a Carson.
—¿Por
qué vino a Boohte? —preguntó Ev.
—Ya
lo has oído —respondí—. Quería aventura. No temía al peligro. Quería ser
famosa.
Cabalgamos
a la par.
—¿De
verdad que es por eso?
—Cambiemos
de tema —le pedí—. Háblame de las costumbres de apareamiento. ¿Sabías que en
Starsi hay un pez tan tonto que piensa que está siendo cortejado cuando no es
así?
Medio
klom después de los árboles de plataluz, Bult giró al oeste hacia la Muralla.
Sobresalía para recibirnos, y donde lo hacía, toda una sección había caído, un
montón de brillantes escombros blancos con marcas de agua. Una riada debía de
habérsela llevado, aunque estaba muy lejos de la Lengua.
Bult
nos condujo por la brecha y, finalmente, al norte, manteniéndose siempre cerca
de la Muralla hasta el arroyo que habíamos cruzado. Ev tenía muchas ganas de
ver la parte delantera de la Muralla, aunque sólo unas pocas de las cámaras
parecían haber sido habitadas últimamente, y todavía más ansioso por observar
un lanzabadejo que intentó lanzarse en picado contra nosotros cuando cruzábamos
la brecha.
—Es
evidente que la Muralla queda dentro de su territorio —dijo y se inclinó para
examinar el interior—. ¿Han visto alguno de sus nidos en las cámaras?
Si
seguía inclinándose, acabaría cayéndose del poni.
—¡Parada
de descanso! —Llamé a Carson y a Bult, y tiré de las riendas—. Vamos, Ev —dije,
y desmonté—. Va contra las reglas entrar en las cámaras, pero puedes echar un
vistazo.
Miró
a Bult, que había sacado su cuaderno y nos observaba de mal talante.
—¿Qué
hay de la multa por dejar huellas?
—Carson
puede pagarla —dije—. Hace dos días que Bult no le pone ninguna multa. —Me
acerqué a una cámara y miré más allá de la puerta.
No
son puertas de verdad, más bien un agujero abierto en el centro del lado, y
tampoco hay suelo. Los laterales se curvan como un huevo. Había un ramillete de
florenas en el fondo de ésta, y en la mitad una de las banderas americanas que
Bult había comprado dos expediciones atrás.
—Rito
de cortejo —dije, pero Ev estaba mirando el techo curvo, intentando ver si
había un nido—. Hay varias especies de pájaros que anidan en los nidos de otras
especies. El panakeet de Yotata, el cuco.
Regresamos
a los ponis. Empezaba a chispear. Bult sacó el paraguas de su mochila y lo
abrió. Carson había bajado del poni y cojeaba hacia nosotros.
—Fin,
¿qué demonios estás haciendo? —espetó cuando nos alcanzó.
—Una
parada de descanso —expliqué—. No hemos hecho ninguna en todo el día.
—Y
no vamos a hacerla ahora. Por fin nos dirigimos al norte. —Cogió las riendas de
Inútil y pegó un tirón—. Ev, quédate aquí y ve en retaguardia. Fin cabalgará
conmigo.
—Me
gusta ir detrás —objeté.
—Lástima
—masculló él, y arrastró mi poni—. Vas a cabalgar conmigo. Bult, guía tú. Fin y
yo vamos a cabalgar juntos.
Bult
me dirigió una mirada asesina y conectó su paraguas. Cruzó el arroyo y luego lo
remontó, en dirección al oeste.
—Ahora,
en marcha —dijo Carson, y montó en su poni—. Quiero estar lejos de las montañas
al anochecer.
—¿Y
para eso tengo que cabalgar contigo, para que pueda decirte por dónde está el
norte? —dije yo, levantando la pierna—. Por allí.
Señalé
al norte. En esa dirección se erguía un alto saliente y entre él y las
Ponicacas se extendía una franja de llanura grisácea y rosada, manchada aquí y
allá por parches blancuzcos y oscuros.
Bult
cruzaba la llanura, todavía siguiendo el arroyo, y su poni dejaba profundas
huellas en el suelo blando.
—Gracias
—rezongó Carson—. Por la forma en que has estado actuando, no creía que
supieras qué cosa es arriba y cuál abajo, mucho menos dónde está el norte.
—¿Qué
quieres decir con eso?
—Pues
que no le has estado prestando atención a nada desde que Evelyn apareció y
empezó a hablar de costumbres de apareamiento. Pensaba que ya os habríais
quedado sin especies.
—Te
equivocas —repliqué.
—Se
supone que estás explorando, no escuchando a los prestamistas. Por si no te has
dado cuenta, estamos en territorio inexplorado, no tenemos aéreas, Bult va
medio klom por delante de nosotros... —Señaló hacia delante.
El
poni de Bult bebía en el arroyo. Todavía chispeaba, pero Bult apagó su paraguas
y lo plegó.
—...
y vete a saber qué está haciendo. Podría estar conduciéndonos a una trampa. O
trazando círculos hasta que se nos acabe la comida.
Miré
a Bult. Había cruzado el arroyo y cabalgado un poco por el otro lado. Su poni
bebió otro trago.
—Tal
vez Wulfmeier ha vuelto y Bult nos guía derechitos a él. Y no has consultado la
pantalla en toda la mañana. Se supone que tienes que escrutar subsuperficies,
no escuchar a Evie Querido hablar de sexualidad.
—¡Su
charla es mucho más divertida que tus sermones! —Di una patada al diario y pedí
una subsuperficial. Por delante, el poni de Bult se había detenido y volvía a
beber. Miré el arroyo. Donde cortaba los bancos, la arena parecía lodo—.
Cancela la subsuperficial —dije.
—No
has estado prestando atención a nada —insistió Carson—. Pierdes los binos,
pierdes el saltón...
—Cierra
el pico —dije, mirando el macizo, que cubría toda la llanura. La llanura se
elevaba ligeramente en su base—. Terreno —pedí—. No. Terreno cancelado.
Contemplé
la zona blancuzca más cercana. Donde las gotas de lluvia la alcanzaban, quedaba
moteado de rosa.
—Tenías
que guardar el saltón en la bota. Si Bult lo coge...
—Calla
—ordené. Por donde el poni de Bult había pasado se distinguían unas huellas de
quince centímetros de profundidad en la tierra gris y marrón. Las de delante
eran oscuras en el fondo.
—Si
hubieras estado atenta te habrías dado cuenta de que Wulfmeier... —machacaba
Carson.
—¡Mierda!
—dije—. ¡Tormenta de polvo! —Golpeé la desconexión—. Mierda.
Carson
se volvió en el huesosilla como si esperara ver un berrinche de polvo rugiendo,
y luego se volvió y me miró.
—Subsuperficial
—le dije al terminal. Señalé las huellas del poni—. Desconectada, y sin rastro.
Carson contempló las huellas.
—¿Todo
está difuminado?
—Sí
—respondí comprobando las cámaras para asegurarme.
—¿Estás
ejecutando una subsuperficial?
—No
es necesario —dije, señalando la llanura—. Está allí encima. Mierda, mierda,
mierda. Evelyn se acercó.
—¿Qué
pasa?
—Sabía
que estaba tramando algo —dijo Carson, mirando a Bult. Se había bajado del poni
y se agachó en el borde de una mancha oscura—. ¿Ves como nos conducía a una
trampa?
—¿Qué
pasa? —dijo Ev, sacando su cuchillo—. ¿Mordisqueadores?
—No,
un par de zapas reales —dijo Carson—. ¿Estaba conectado el diario?
—Pues
claro que estaba conectado —repliqué—. Estamos en inexplorado. Terreno,
desconectado y sin rastro —dije, pero ya sabía lo que iba a mostrar. Un macizo
recortando un terreno ladeado. Barro. Sal. Filtraciones. Un anticlinal típico
como en los holos de Wulfmeier. Mierda, mierda, mierda.
—¿Qué
pasa? —se impacientó Evelyn.
El
terreno apareció en la pantalla.
—Superposición
subsuperficial —indiqué.
—Nahtthh
—llamó Bult.
Alcé
la cabeza. Había levantado su paraguas y señalaba el macizo.
—El
muy puñetero —dijo Carson—. ¿Adónde nos lleva ahora?
—Tenemos
que salir de aquí —dije, escrutando la subsuperficie. Era peor de lo que
esperaba. El terreno tenía quince kloms cuadrados, y estábamos justo en el
centro.
—Quiere
que le sigamos —dijo Carson—. Probablemente va a enseñarnos un pozo de
petróleo. Tenemos que salir de aquí.
—Lo
sé —asentí escrutando la subsuperficie. La cúpula de sal ocupaba toda la
longitud del macizo y se extendía hasta el pie de las Ponicacas.
—¿Qué
hacemos? ¿Volvernos a la Muralla?
Sacudí
la cabeza. La única manera segura de salir de allí era volver sobre nuestros
pasos, pero los ponis no retrocederían, y la subsuperficial mostraba una falla
secundaría al sur del arroyo. Si la cruzábamos en ángulo era probable que nos
topáramos con una filtración, y obviamente no podíamos ir al norte.
—Superposición
de distancia —dije—. Desconectada y sin rastro.
—No
podemos permanecer desconectados todo el día —objetó Carson—. C.J. ya
desconfía.
—Lo
sé —contesté, mirando desesperada el mapa. No podíamos ir al oeste. Estaba
demasiado lejos, y la subsuperficial mostraba filtraciones en esa dirección—.
Tenemos que encaminarnos al sur. —Señalé la ladera de las Ponicacas—. Tenemos
que subir a ese promontorio para estar por encima de la meseta natural.
—¿Seguro?
—dijo Carson, acercándose para mirar la pantalla.
—Segurísimo.
Las rocas son de yeso.
—Cosa
que frecuentemente se asocia con un anticlinal. Mierda, mierda, mierda.
—¿Y
luego qué? ¿Escalar las Ponicacas con este tiempo?
—Señaló
las nubes.
—Tenemos
que ir a alguna parte. No podemos quedarnos aquí. Y cualquier otro camino puede
acabar desembocando en Oklahoma.
—Muy
bien —cedió él, montando en su poni—. Vamos, Ev. Nos largamos.
—¿No
tendríamos que esperar a Bult? —apuntó Ev.
—Sólo
faltaría eso. Ya nos ha metido en bastantes problemas. Que se las arregle
solito para salir. Ese maldito Wulfmeier. Guía tú —me dijo—, nosotros te
seguiremos.
—Poneos
detrás y aullad si veis algo que yo no vea.
Como
un anticlinal. O un yacimiento petrolífero.
Miré
la pantalla, deseando que nos mostrara un camino que seguir, y empecé a cruzar
lentamente la llanura, atenta a las filtraciones y esperando que los ponis no
se hundieran de pronto hasta los tobillos. O que decidieran tumbarse.
Empezó
a lloviznar, y luego a llover, y tuve que frotar la pantalla con la mano.
—Bult
nos sigue —gritó Carson, cuando estábamos a medio camino del promontorio.
Miré
hacia atrás. Había plegado su paraguas y acicateaba al poni para alcanzarnos.
—¿Qué
le diremos?—pregunté.
—Y
yo qué sé —dijo Carson—. Maldito Wulfmeier. Todo esto es culpa suya.
Y
mía, pensé. Tendría que haber reconocido los signos en el terreno. Tendría que
haber reconocido los signos en Bult.
El
suelo se hizo más pálido; ejecuté una geológica y encontré una mezcla de yeso y
azufre en el barro. Me pregunté si podría arriesgarme a volver a conectar el
transmisor, y aproximadamente entonces Inútil se hundió en una filtración hasta
la pezuña. Empezó a lloviznar otra vez.
Tardamos
hora y media en salir del yacimiento petrolífero bajo la lluvia y en llegar a
las primeras colinas. También eran de yeso, erosionadas por el viento hasta
convertirse en montículos aplanados y en forma de huso que parecían exactamente
cagadas de poni. Al parecer, allí no había llovido tanto. El yeso estaba seco y
polvoriento, y antes de subir cincuenta metros quedamos cubiertos de arenilla
rosa y lascas.
Encontré
un arroyo y metimos en él los ponis para eliminar el petróleo de sus cascos. Se
resintieron del agua fría y la inclinación, y al final desmonté y llevé a
Inútil de la rienda, maldiciendo cada paso de la subida.
Bult
nos había alcanzado. Estaba justo detrás de Ev, tirando de las riendas de su
poni y observando pensativo a Carson. También Ev parecía reflexivo, y esperé
que eso no significara que había sumado dos y dos, aunque no parecía probable.
Torció el cuello para mirar un lanzabadejo que hacía un vuelo de reconocimiento
sobre nosotros.
Necesitaba
volver a conectar el transmisor, pero quería asegurarme de que el anticlinal
estuviera fuera del alcance de la cámara. Arrastré a Inútil hasta un charco
despejado y lo conduje a un pequeño hueco rodeado de rocas y descargué el
transmisor.
Ev
se acercó.
—Tengo
que preguntarle una cosa —dijo con cierta urgencia y yo pensé, mierda, sabía
que era más listo de lo que parecía, pero el se limitó a preguntar—: ¿Está
cerca la Muralla?
Le
contesté que no lo sabía, y él escaló las rocas para comprobarlo con sus
propios ojos. Bueno, pensé, al menos no había dicho nada de lo bien que Carson
y yo trabajábamos juntos en una crisis.
Borré
las subsuperficiales y geológicas y encendí el diario para ver hasta dónde
llegaban los daños y luego volví a conectar el transmisor.
—¿Qué
ha pasado ahora? —dijo C.J.—. Y no me vengas con que fue otra tormenta de
polvo: estaba lloviendo.
—No
ha sido una tormenta de polvo. Creí que lo era, pero se trataba de una pared de
lluvia. Nos golpeó antes de que pudiera cubrir el equipo.
—Oh
—dijo ella, como si la hubiera dejado sin argumentos—. No creía que pudierais
tener una tormenta de polvo en ese barro que atravesabais.
—No
la tuvimos —confirmé. Le conté dónde estábamos.
—¿Qué
hacéis allá arriba?
—Temíamos
una riada —le expliqué—. ¿Te han llegado la subsuperficial y el terreno? Estaba
trabajando en eso cuando nos alcanzó la lluvia.
Hubo
una pausa mientras ella lo comprobaba y yo me pasé una mano por la boca. Sabía
a yeso.
—No
—respondió—. Hay una orden para una subsuperficial y luego una cancelación.
—¿Una
cancelación? Yo no he cancelado nada. Seguramente pasó mientras el transmisor
estaba afectado. ¿Y las aéreas? ¿Tienes algo sobre las Ponicacas? —Le di
nuestras coordenadas.
Hubo
otra pausa.
—Tengo
una al este de la Lengua, pero nada cerca de donde estáis. —La puso en la
pantalla—. ¿Me pasas a Evelyn?
—Está
secando los ponis. Yo misma puedo decirte que no le ha puesto tu nombre a nada
todavía, aunque lo ha intentado.
—¿Sí?
—dijo ella, complacida, y desconectó sin preguntar nada más.
Ev
regresó.
—La
Muralla queda justo al otro lado de esas rocas —anunció sacudiéndose el polvo
de los pantalones—. Pasa por encima de lo alto de ese risco.
Le
dije que fuera a secar los ponis y volví a activar el diario. Las huellas
parecían barro, sobre todo con la lluvia picoteando la tierra parda, y estaba
nublado, así que no había ninguna iridiscencia. Y no había una subsuperficial.
Ni una aérea.
Pero
estaba yo, diciendo que cancelara la subsuperficial. Y el terreno estaba allí
en el diario para que lo vieran: el macizo de arenisca y la tierra parda y los
parches de sal evaporada.
Miré
las patas de los ponis. Parecía un poco de barro, tal vez, pero la cosa sería
muy distinta cuando las ampliaciones estuvieran disponibles. Y seguro que las
pedirían, teniendo en cuenta que C.J. no paraba de hablar de tormentas de polvo
falsas y nosotros habíamos desconectado el transmisor durante más de dos horas.
Tendría
que decírselo a Carson. Miré hacia el estanque, pero no le vi, y no me apetecía
ir a buscarlo. Sabía lo que iba a decir: que tendría que haberme dado cuenta de
que era un anticlinal, que estaba en las nubes, que todo era culpa mía y que
era un desastre como compañera. Bueno, ¿qué esperaba? Sólo me había elegido por
mi sexo.
Carson
llegó tras escalar las rocas.
—Le
he echado un vistazo al diario de Bult —anunció—. No ha anotado ninguna multa.
—Lo
sé —contesté—. Ya lo he comprobado. ¿Qué ha dicho?
—Nada.
Está sentado en una de esas cámaras de la Muralla, de espaldas a la puerta.
Me
quedé reflexionando.
—Probablemente
se siente ofendido porque no le hemos pagado por traernos aquí. Es evidente que
Wulfmeier le ofreció dinero por indicarle dónde había un yacimiento
petrolífero. —Se quitó el sombrero. Había una línea de polvo de yeso donde
antes estaba el ala—. Le dije que nos preocupaba la lluvia, que pensamos que la
llanura se inundaría, así que decidimos subir aquí.
—Eso
no le impedirá guiarnos de vuelta cuando pare de llover.
—Le
dije que querías ejecutar geológicas en las Ponicacas. —Volvió a ponerse el
sombrero—. Voy a buscar una forma de salir. —Se agachó a mi lado—. ¿Es muy
malo?
—Bastante.
Se puede ver la inclinación y el barro en el diario, y a mí en conexión,
cancelando la subsuperficial.
—¿Puedes
arreglarlo?
Sacudí
la cabeza.
—Tuvimos
el transmisor desconectado demasiado tiempo. Ya ha pasado la puerta.
—¿Y
C.J.?
—Le
dije que nos pilló la lluvia. Cree que las huellas son barro. Pero el Gran
Hermano no pensará igual.
Dio
la vuelta para mirar la pantalla.
—¿Tan
malo es?
—Y
más —dije amargamente—. Cualquier idiota vería que es un anticlinal.
—Quieres
decir que tendría que haberme dado cuenta —se encrespó él—. No fui yo quien se
quedó detrás hablando de sexo. —Lanzó el sombrero al suelo—. Ya te advertí que
acabaría jorobándonos la expedición.
—¡Pero
cómo puedes echarle la culpa a Ev! ¡No fue él quien me estuvo gritando durante
una hora mientras los escáneres grababan el maldito anticlinal!
—¡No,
estaba demasiado ocupado observando pájaros! ¡Y contemplando saltones! ¡Oh, ha
sido de gran ayuda! ¡Lo único que ha hecho en toda esta expedición es intentar
echarte un polvo!
Pulsé
el botón de borrar, y la pantalla se volvió negra.
—¿Cómo
sabes que no lo ha hecho ya? —Pasé ante él—. ¡Al menos Ev se da cuenta de que
soy una mujer!
Bajé
las rocas, tan enfadada que podría haberlo matado, con multa o sin multa, y
acabé sentada en una ponicaca de yeso junto a la charca, esperando que se
calmara y buscara un camino de bajada.
Lo
hizo tras unos minutos, y llegó al arroyo sin mirarme siquiera. Vi que Ev
bajaba desde la Muralla y le decía algo. Carson lo ignoró y se fue al
promontorio. Ev se quedó allí observándolo, con cara de pasmo, y luego me miró.
En
toda su charla sobre costumbres de apareamiento había una cosa cierta: cuando
lo instintivo hace acto de presencia, anula el pensamiento racional. Y el
sentido común. Yo estaba enfadada conmigo misma por no haber visto el
anticlinal y aún más enfadada con Carson, y medio temerosa de lo que iba a
suceder cuando el Gran Hermano viera aquel diario. Y estaba cubierta de polvo
de yeso a medio secar y petróleo y apestaba a ponicacas. Y, en los saltones,
siempre iba de punta en blanco.
Pero
eso no era motivo para hacer lo que hice, que fue quitarme los pantalones y la
camisa y meterme en aquella charca. Si Bult me veía me multaría por contaminar
el agua y Carson me habría matado por no hacer primero una verificación de
f-y-f, pero Bult estaba meditando en la Muralla, y el agua estaba tan clara que
se podían ver las rocas del fondo. El agua caía sobre dos peñascos redondeados
hasta la charca y salía por un sumidero tallado en la roca.
Avancé
hasta el centro, donde el agua me llegaba a la altura del pecho, y me zambullí.
Me
levanté, me quité el yeso de los brazos, y volví a zambullirme. Cuando salí, Ev
estaba apoyado contra un cascote de yeso.
—Creía
que estabas en la Muralla observando lanzabadejos —dije, echándome hacia atrás
el pelo con ambas manos.
—Lo
estaba. Creía que estabas con Carson.
—Lo
estaba —dije, mirándolo. Me hundí en el agua, los brazos por fuera—. ¿Has
averiguado el rito de cortejo del lanzabadejo?
—Todavía
no. —Se sentó en la roca y se quitó las botas—. ¿Sabías que los mersimios de
Chichch se aparean en el agua?
—Desde
luego, conoces un montón de especies —comenté salpicando agua—. ¿O te las
inventas?
—A
veces —admitió, desabrochándose la camisa—. Cuando intento impresionar a una
mujer.
Chapoteé
hasta donde el agua me llegaba a los hombros y me puse en pie. En ese punto la
corriente era rápida. Se arremolinaba entre mis piernas.
—No
funcionará con C.J. Lo único que la impresiona es Monte Crissa Jane.
Él
se quitó la camisa.
—No
es a C.J. a quien trato de impresionar. —Se quitó los calcetines.
—No
es buena idea quitarte las botas en territorio inexplorado —advertí nadando
hacia él a través de las profundas aguas. La corriente volvió a rozarme las
piernas.
—La
mersimia invita al macho al agua nadando hacia él. —Se quitó los pantalones y
se metió en el agua.
Me
puse en pie.
—No
entres —le dije.
—El
macho entra en el agua —prosiguió, chapoteando—, y la hembra se retira.
Me
quedé quieta, observando el agua. Sentí la sacudida, más amplia esta vez, y
miré dónde debería estar. Lo único que vi fue un ondular sobre las rocas, como
aire sobre terreno caliente.
—Retrocede
—le ordené, alzando la mano. Caminé con cuidado hacia él, intentando no
perturbar el agua.
—Mira,
no pretendía...
—Despacio
—dije, inclinándome para sacar el cuchillo de mi bota—. Un paso cada vez.
Él
miró temerosamente el agua.
—¿Qué
pasa? —dijo. —No hagas ningún movimiento brusco.
—¿Qué
pasa? ¿Hay algo en el agua? —Salió rápidamente del agua y se encaramó en la
ponicaca.
Lo
que pareció una ondulación de la corriente zigzagueó hacia mí, y hundí el
cuchillo con un amplio golpe, esperando apuntar al lugar acertado.
—¿Qué
es? —dijo Ev.
Ahora
que su sangre se esparcía en el agua, lo distinguí: definitivamente era e. Su
cuerpo era más largo que el paraguas de Bult y tenía una boca amplia.
—Un
tssi mitsse.
También
era fauna indígena, y yo lo había matado, lo que significaba que estaba metida
en un buen lío. Pero la sangre en el agua y un pez al que no podías ver no eran
exactamente problemas menores. Salí de la sangre y del agua.
Ev
estaba todavía acurrucado desnudo sobre la roca.
—¿Está
muerto? —preguntó.
—Sí.
—Me sequé el pelo con la camisa antes de ponérmela—. Y yo también. —Empecé a
ponerme el resto de la ropa. Él se bajó de la roca con aspecto ansioso.
—No
estás herida, ¿verdad?
—No
—dije, mirando el agua y deseando estarlo. Al menos habría podido alegar
«defensa propia» en los informes.
La
sangre se había esparcido por la mitad inferior de la charca y caía al arroyo
por el sumidero. El tssi mitsse flotaba hacia el sumidero también. No vi
ninguna actividad a su alrededor, pero no pensaba entrar en el agua a cogerlo.
Dejé
a Ev vistiéndose y me dirigí a los ponis, que estaban todos tendidos entre las
rocas. Sus cascos estaban aún húmedos, y pensé en que los habíamos hecho
recorrer el arroyo y Bult no había dicho ni pío. Nadie en esta expedición
estaba haciendo su trabajo.
Cogí
un gancho y el paraguas de Bult y volví para sacar el tssi mitsse del agua. Ev
se abrochaba la camisa y miraba azorado a Bult, que estaba junto al sumidero,
agachado y contemplando el agua ensangrentada. Envié a Ev a coger la
holocámara. Bult se desplegó. Tenía su diario, y vio que yo tenía su paraguas
en la mano.
—Lo
sé, lo sé. Confiscación forzada de propiedad —dije. No importó mucho. Las
multas de Bult no eran nada comparadas con la penalización por matar una forma
de vida indígena.
El
tssi mitsse había flotado hasta cerca de la orilla. Lo enganché con el mango
del paraguas y lo saqué, apartándome rápidamente por si no estaba muerto del
todo, pero Bult se acercó a él, desplegó un brazo y empezó a meter la mano en
su costado.
—Tssi
mitss —dijo.
—Estás
de guasa. ¿Qué tamaño tienen los grandes?
Medía
más de un metro y era perfectamente visible ahora que estaba fuera del agua. El
cuerpo era transparente, como una medusa, y debía de tener el mismo índice de
refracción que el agua.
—Dihnth
—dijo Bult, echando la boca atrás—. Matha mordhiscoh.
Parecía
que podían matar a mordiscos, desde luego, o al menos arrancarte un pie. Tenía
dos dientes largos y afilados a cada lado de la boca y otros pequeños y
serrados en el centro, y eso era bueno. Al menos no era un inofensivo comedor
de algas.
Evelyn
regresó con la cámara. Me la tendió, mirando al tssi mitss.
—Es
grande —dijo.
—Eso
es lo que tú crees. Será mejor que vayas a buscar a Carson.
—Sí
—dijo él, y se quedó allí, vacilando—. Lamento haber saltado así del agua.
—No
te preocupes.
Tomé
holos, lo medí y saqué la balanza para pesarlo. Cuando empecé a cogerlo por la
cabeza, Bult dijo:
—Matha
mordhiscoh.
Lo
dejé caer con un golpe seco y eché un vistazo a sus dientes.
Decididamente,
no se alimentaba de algas. Las piezas largas a cada lado no eran dientes. Eran
colmillos, y cuando analicé el veneno, aquella sustancia corroyó el frasco.
Cogí
el tssi mitss por la cola y lo arrastré rocas arriba hasta el campamento y lo
anoté en el informe.
—Muerte
accidental de fauna indígena —informé al diario—. Circunstancias... —Y me quedé
allí sentada contemplando la pantalla.
Carson
llegó, subiendo las rocas desde la charca y se detuvo en seco cuando vio al
tssi mitss.
—¿Estás
bien?
—Sí
—dije, mirando a la pantalla—. No toques los dientes. Están llenos de ácido.
—Mierda
—masculló—. ¿Es esto lo que había en la Lengua cuando Bult no nos dejaba
cruzar?
—No.
Esto es la versión pequeña —dije, deseando que se callara.
—¿Te
ha mordido? ¿Seguro que estás bien?
—Seguro
—dije, aunque no lo estaba.
Se
agachó a mi lado y lo miró.
—Mierda
—repitió. Me miró—. Evie dice que estabas en la charca cuando lo mataste. ¿Qué
demonios estabas haciendo allí?
—Me
estaba dando un baño —respondí, mirando a la pantalla.
—¿Desde
cuándo te das baños en territorio inexplorado?
—Desde
que me paso las tardes cabalgando a través de polvo de yeso —repliqué—. Desde
que me mancho con petróleo intentando lavar los ponis. Desde que he descubierto
que la mitad de las veces ni siquiera me consideras una mujer.
Él
se levantó.
—Así
que te desnudaste del todo y hala, a nadar con Evie.
—No
me desnudé del todo. Me dejé las botas puestas. —Lo miré—. Y no tengo que
quitarme la ropa para que Ev se dé cuenta de que soy una mujer.
—Oh,
cierto, olvidé que es el experto en sexo. ¿Es eso lo que hacíais en la charca,
una especie de danza de apareamiento? —Le arreó una patada al cadáver con la
pierna mala.
—No
hagas eso —dije—. Ya tengo bastantes problemas sin tener que rellenar un
informe por mutilar restos.
—¿Problemas?
—exclamó él. El bigote le temblaba—. ¿Tú tienes problemas? ¿Sabes los problemas
que tengo yo? ¿Qué demonios piensas hacer ahora? —Volvió a dar una patada al
tssi mitss—. Dejaste que Wulfmeier abriera una puerta ante nuestras narices,
nos condujiste a un yacimiento petrolífero, te diste un baño y por poco te
matas.
Desconecté
el terminal y me levanté.
—¡Y
perdí los binos! ¡No olvides eso! ¿Quieres otra compañera, es eso lo que estás
diciendo?
—¿Otra...?
—Otra
compañera. Estoy segura de que hay mujeres de sobra donde escoger que querrán
venir a Boohte contigo como yo hice.
—De
eso se trata, ¿verdad? —dijo Carson, frunciendo el ceño—. No es por Evie. Es
por lo que dije la otra noche sobre cómo te elegí por compañera.
—Tú
no me escogiste, ¿recuerdas? —exclamé furiosa—. El Gran Hermano me eligió. Para
equilibrar los sexos. Sólo que por lo visto no funcionó, ya que ni siquiera
puedes identificarme como mujer.
—Bueno,
ahora sí que puedo. Estás portándote peor que C.J. Hemos sido compañeros
durante ciento ochenta expediciones...
—Ciento
ochenta y cuatro.
—Llevamos
ocho años comiendo deshidratas y soportando a C.J. y recibiendo multas de Bult.
¿Qué demonios importa cómo te escogí?
—Tú
no me escogiste. Plantaste los pies encima de mi mesa y me dijiste: «¿Quieres
venir?», y yo vine, así de fácil. Y ahora descubro que lo único que te
importaba es que supiera hacer topográficas.
—¿Lo
único que me import...? —Volvió a asestar una patada al tssi mitss, y un gran
fragmento de piel transparente salió disparado—. Me metí en aquella estampida
de equipajes y te salvé. Ni siquiera miraba a aquellas prestamistas. ¿Qué
quieres que haga? ¿Enviarte flores? ¿Comprarte un pez muerto? No, espera, no me
acordaba que de eso ya tienes. ¿Entrechocar la cornamenta con Evie para que
puedas decir cuál de nosotros es más joven y tiene dos pies? ¿Qué?
—Quiero
que me dejes en paz. Tengo que terminar estos informes —dije, y miré la
pantalla—. Quiero que te vayas.
Nadie
dijo una palabra durante la cena, excepto Bult, que me multó por sacudirme una
mancha de yeso antes de sentarme. Empezó a llover y Carson no paró de acercarse
al borde del toldo a contemplar el cielo.
Ev
permaneció sentado en un rincón, con aspecto contrito, y yo trabajé en los
informes. Bult no mostró la menor intención de querer encender una hoguera. Se
sentó en el extremo opuesto, viendo saltones, hasta que Carson se lo quitó y lo
cerró, y luego abrió el paraguas, que casi estuvo a punto de saltarme un ojo, y
se encaminó a la Muralla.
Me
envolví en el petate y trabajé un poco más en los informes, pero hacía
demasiado frío. Me acosté. Ev seguía sentado en el rincón y Carson contemplaba
la lluvia.
Me
desperté en plena noche con el agua que chorreaba por mi cuello. Ev estaba
dormido en su petate, roncando, y Carson estaba sentado en el rincón, con el
saltón desplegado ante él. Contemplaba la escena en las oficinas del Gran
Hermano, la escena en la que me pedía que le acompañara.
EXPEDICIÓN
184: DÍA 4
Por
la mañana, no estaba. Llovía intensamente y había empezado a soplar viento. Un
arroyuelo corría por el centro del saliente y encharcaba la parte trasera. El
bajo del petate de Ev estaba ya mojado.
Hacía
mucho más frío y supuse que Carson había ido en busca de leña, pero cuando salí
su poni tampoco estaba.
Subí
a la Muralla para buscar a Bult. No lo encontré en ninguna de las cámaras.
Volví a la charca.
No
estaba allí, ni la charca tampoco. El agua chorreaba por todas partes en las
rocas, blanca de yeso. La ponicaca en la que Ev se había agazapado estaba
completamente cubierta.
Volví
a subir a la Muralla y la seguí. Bult estaba en la cima, mirando al sur a lo
que se podía ver de las Ponicacas, que no era gran cosa, pues las nubes eran
muy bajas.
—¿Dónde
está Carson? —grité por encima de la lluvia.
Él
miró al este y luego al yacimiento petrolífero que habíamos cruzado ayer.
—Nooh
sséh —dijo.
—Cogió
uno de los ponis —grité—. ¿Por dónde se fue?
—Nooh
vih mchah —respondió—. Nohh dspihdioh.
—No
se despidió de nadie. Tenemos que encontrarlo. Ve por el risco, y yo comprobaré
el camino por donde hemos venido.
Pero
el camino por donde habíamos ido también estaba inundado y era demasiado
resbaladizo para que un poni pudiera bajar. Cuando volví al saliente a recoger
a Ev, toda la parte trasera estaba anegada y Ev lo apilaba todo sobre otro
saliente húmedo.
—Tenemos
que trasladar el equipo —dijo cuando me vio—. ¿Dónde está Carson?
—No
lo sé —contesté. Encontré otro saliente más alto, no tan profundo e inclinado
hacia atrás, y llevamos allí el transmisor y las cámaras. Cuando bajé a coger
el resto del equipo, encontré el diario de Carson y su equipo.
Bult
regresó, chorreando agua.
—Noh
cuehntroh —anunció.
Y al
parecer no quiere que lo encuentren, pensé, girando el micro en mis manos.
—Ese
saliente no servirá —dijo Ev—. El agua chorrea por el lado.
Volvimos
a trasladar el equipo, hasta un hueco apartado de la corriente. Era profundo, y
el suelo estaba seco, pero por la tarde un riachuelo corría por él, cayendo en
zigzag desde el risco, y por la mañana estaríamos aislados de los ponis. Y de
cualquier vía de escape si el agua subía.
Seguí
buscando. Caía agua de los dos salientes en los que habíamos estado, y no había
manera de que pudiéramos llegar al otro lado del arroyo, ni siquiera sin tssi
mitss. Me subí a un promontorio. Estaba lo bastante alto, pero nunca
sobreviviríamos al descubierto. Traté de no pensar en Carson, que andaba por
ahí sin nada más que su petate. Y sin micro.
Un
lanzabadejo se lanzó hacia mi cabeza y luego regresó hacia la Muralla.
—Será
mejor que no me incordies —dije.
Volví
al hueco y llamé a Ev y Bult.
—Vamos
—dije, cogiendo el transmisor—. Nos trasladamos. —Los guié hasta el risco y la
Muralla—. Aquí dentro.
—Pensé
que esto iba contra las reglas —comentó Ev, pisando el suelo redondeado de la
puerta.
—Y
todo lo demás —dije—. Incluyendo ahogarse y contaminar los ríos con nuestros
cuerpos.
Bult
cruzó el umbral y soltó su equipo, luego sacó su cuaderno.
—Invasión
de propiedad boohteri —dijo.
Tuvimos
que hacer cuatro viajes para subirlo todo, y todavía nos quedaban los ponis,
que estaban tendidos en un charco de agua y no querían levantarse. Los
empujamos a través de las rocas, soportando sus constantes protestas. Cuando
conseguimos llevarlos a la Muralla, ya había oscurecido.
—No
vamos a meterlos en la misma cámara con nosotros, ¿no? —dijo Ev, esperanzado,
pero Bult estaba ya alzándolos hacia la puerta, casco a casco.
»Tal
vez podríamos abrir una puerta entre este pasadizo y el siguiente —sugirió Ev.
—Destrucción
de propiedad boohteri —dijo Bult, y sacó su cuaderno.
—Al
menos con los ponis tendremos algo que comer —dije yo.
—Destrucción
de forma de vida alienígena —informó Bult a su diario.
Destrucción
de forma de vida alienígena. Tendría que encargarme de aquellos informes.
—¿Adónde
ha ido Carson? —dijo Ev, como si acabara de recordar que no estaba presente.
—No
lo sé —contesté, contemplando la lluvia.
—Carson
se habría lanzado de cabeza al agua nada más ver esa cosa, y la habría matado
—dijo Ev.
Sí,
pensé, lo habría hecho. Y luego me habría sermoneado por no haber hecho una
comprobación de f-y-f.
—Habrían
hecho un saltón sobre eso —añadió, y yo pensé, sí, y sé cómo habría sido. La
vieja Pantalones Ceñidos sin sus pantalones gritando «¡Socorro, socorro!», y un
pez con dientes falsos saliendo del agua, y Carson chapoteando con un láser y
mandándolo al infierno.
—Te
ordené que salieras del agua, y obedeciste —le tranquilicé—. Yo hubiera hecho
lo mismo si no hubiera estado tan lejos.
—Seguro
que Carson habría acudido a salvarte.
Contemplé
la oscuridad y la lluvia.
—Sí
—dije. Lo habría hecho. Si hubiera sabido dónde estaba.
EXPEDICIÓN
184: DÍA 5
Me
llevó todo el día siguiente rellenar los informes sobre el tssi mitss, lo que
probablemente fue una suerte . Así no me pasé las horas muertas asomada a la
puerta de la Muralla como Ev, contemplando la lluvia y la subida del agua.
Y me
impidió pensar en Stewart, y cómo se había ahogado en una riada, y en su
compañera Annie Segura, que había ido a buscarlo y nunca la encontraron. Me
distrajo de pensar en Carson, empapado en alguna parte de la Lengua. O sentado
al pie de un acantilado.
La
cámara no era mucho mejor que el saliente. Los ponis se pusieron histéricos, y
el lanzabadejo volaba frenéticamente por encima de nuestras cabezas. Con el
suelo redondeado, no había sitio para sentarse, y el viento no dejaba de
salpicarnos de agua. A Ev y a mí nos habría venido bien una de las cortinas de
baño de Bult.
Bult
no la necesitaba. Permaneció todo el día sentado bajo su paraguas, viendo
saltones.
Carson
se lo había dejado. Intenté quitárselo, lo que me ganó una multa, y luego hice
que Ev le enseñara a manipularlo para que no abarcara toda la cámara, pero en
cuanto Ev volvió a asomarse a la puerta, Bult hizo que adquiriera el tamaño
completo.
—Lleva
fuera demasiado tiempo —dijo Pantalones Ceñidos, montando en su caballo, que
estaba en mitad de los ponis—. Voy a buscarlo.
—Ya
han pasado veinte horas —observó Acordeón—. Debemos informar a la Base.
—Han
pasado más de veinte horas —señaló Ev, que regresaba de la puerta—. ¿No habría
que llamar a C.J.?
—Sí
—le dije, y empecé a rellenar el Impreso R-28-X, Eliminación Adecuada de Restos
de Fauna Indígena. Con todo aquel trasiego por los riscos bajo la lluvia, no me
había acordado de traer el tssi mitss, lo que significaba que iba a caerme otra
multa.
—¿Vas
a llamarla? —dijo Ev.
Seguí
rellenando el informe.
C.J.
llamó al atardecer.
—Los
escáneres llevan todo el día mostrando lo mismo —dijo.
—Está
lloviendo. Esperamos dentro de una cueva.
—¿Pero
estáis bien?
—Sí.
—¿Quieres
que vaya a buscaros?
—No.
—¿Puedo
hablar con Ev?
—No
—dije, mirándolo—. Está fuera con Carson, comprobando el alcance de la
inundación.
Desconecté.
—No
se lo habría dicho —dijo Ev.
—Lo
sé —contesté, mirando a Bult.
Carson
y Fin estaban de pie ante él.
—Será
territorio inexplorado —dijo Carson, estrechándole la mano.
—No
tengo miedo —dijo Fin—, mientras esté contigo.
—¿Qué
vas a hacer? —preguntó Ev.
—Esperar.
EXPEDICIÓN
184: DÍA 6
A la
mañana siguiente la lluvia remitió un poco, pero luego volvió a empezar. En el
techo de la cámara se abrió una gotera, justo donde teníamos apilado el equipo,
y tuvimos que trasladarlo junto a los ponis.
Empezábamos
a estar un poco estrechos. Durante la noche, cuatro matacaminos habían
atravesado a rastras la puerta, y el lanzabadejo se volvió loco, haciendo pases
contra Ev y contra mí, y contra Pantalones Ceñidos acantilado abajo.
Bult
ya no miraba los saltones. Se había levantado por enésima vez y había salido
para contemplar las montañas.
—¿Qué
hace? —preguntó Ev, observando el lanzabadejo.
—Busca
a Carson. O una salida de aquí.
No
había ninguna salida. El agua caía por todos los montes, arrastrando consigo lo
que parecía la mitad de las Ponicacas, y una corriente feroz atravesaba el
risco.
—¿Dónde
crees que está Carson?
—No
lo sé.
Durante
la noche, se me había ocurrido que tal vez Wulfmeier hubiera reparado su puerta
y regresado para desquitarse. Y Carson estaba solo, sin poni, sin micro, sin
nada.
No
podía decirle eso a Ev, y mientras intentaba pensar algo, Ev dijo:
—Fin,
mira esto.
Observaba
la gotera del techo. El lanzabadejo se lanzaba contra ella.
—Está
tratando de repararla—dijo Ev, pensativo—. Fin, ¿tienes todavía esos trozos del
que se comió Bult?
—No
quedó gran cosa —contesté, pero rebusqué en mi mochila y las saqué.
—Oh,
bien —exclamó, examinando los fragmentos—. Suerte que no se comió el pico.
Se
sentó contra la pared con ellos.
El
saltón seguía conectado. Fin vendaba el muñón del pie de Carson y lloriqueaba.
—No
pasa nada —decía Carson—. No llores.
El
saltón se volvió oscuro y en mitad de la cámara aparecieron escritas unas
palabras. Los créditos. «Escrito por el Capitán Jake Trailblazer.»
—Mira
esto —dijo Ev, y me acercó uno de los restos del lanzabadejo—. ¿Ves cómo el
pico es plano, como un palustre? ¿Puedo hacer un análisis?
—Claro.
—Me acerqué a la puerta y me asomé. Bult estaba de pie en el risco, donde la
corriente lo cortaba, bajo la lluvia.
—Tendría
que haberme dado cuenta antes —dijo Ev, contemplando la pantalla—. Mira lo alta
que es la puerta. ¿Y por qué fabricarían los boohteri un suelo curvo como éste?
—Se levantó y contempló la gotera—. ¿No dijiste que nunca habíais visto a los
boohteri construyendo una de las cámaras? ¿No es cierto?
—Sí.
—¿Recuerdas
que te hablé del parrapájaro?
—¿El
que construye un nido de cincuenta veces su tamaño?
—No
es un nido. Es una cámara de cortejo.
No
comprendía dónde nos llevaba todo eso, pues ya sabíamos que los indígitos
construían la Muralla como parte de un cortejo.
—El
macho del pingüino adelie le da una piedra redonda a la hembra como regalo de
cortejo. Pero la piedra no le pertenece. La roba de otro nido. —Me miró,
expectante—. ¿A qué te suena eso?
Bueno,
Carson y yo siempre habíamos apoyado la teoría de que otros seres habían
construido la Muralla. Miré el lanzabadejo.
—Es
demasiado pequeño para construir algo así, ¿no?
—La
parra del parrapájaro tiene cincuenta veces su tamaño. Y dijiste que en la
Muralla sólo se abrían dos nuevas cámaras cada año. Algunas especies sólo se
aparean cada tres o cinco años. Tal vez trabajan en ella varios años.
Contemplé
las paredes curvas. De tres a cinco años de trabajo, y luego los imperialistas
indígitos llegaban y se apoderaban de ella, derribaban la puerta para
ensancharla, plantaban banderas. Me pregunté qué iba a decir el Gran Hermano
cuando se enterara de esto.
—Es
sólo una teoría —dijo Ev—. Necesito ejecutar probabilidades de tamaño y fuerza
y tomar muestras de la composición de la Muralla.
—Parece
una teoría bastante plausible. Nunca he visto a Bult utilizar una herramienta.
Ni pedir una tampoco.
La
palabra boohteri para la muralla era «nuestra», pero también lo era para la
mayoría de mis cosas y las de Carson. Y el saltón de Ev que había estado
mirando.
—Necesitaré
un espécimen —dijo Ev, mirando especulativamente al lanzabadejo que realizaba
frenéticos círculo?» a nuestro alrededor.
—Adelante
—dije, agachándome—. Retuércele el cuello. Yo escribiré los informes.
—Primero
quiero grabar esto en holo.
Se
pasó la siguiente hora filmando al lanzabadejo picoteando en la gotera. A
simple vista no hacía nada especial, pero a media mañana el techo había dejado
de gotear y se apreciaba un diminuto parche de material blanco brillante.
Bult
entró, con su paraguas y dos lanzabadejos muertos.
—Dame
eso —dije, y le quité uno.
Él
me miró.
—Confiscación
forzosa de propiedad.
—Exactamente.
—Se lo tendí a Ev—. «Nuestro.» Será mejor que te lo metas en la boca.
Ev
lo hizo y Bult lo observó de mal talante; luego él se metió el otro en la boca
y salió. Ev sacó su cuchillo y empezó a quitar lascas de la Muralla.
La
lluvia remitía y salí para echar un vistazo. Bult estaba junto al lugar donde
el arroyo cortaba el risco, contemplando las Ponicacas. Mientras yo observaba,
lo cruzó chapoteando y continuó su camino.
El
arroyo debía de estar abajo, como la charca. De todas las superficies seguía
manando agua lechosa, pero se podía ver la roca de Ev y el sumidero al pie de
la charca. Al oeste, las nubes empezaban a dispersarse.
Subí
al risco. Bult había desaparecido. Entré en la cámara y empecé a meter cosas en
mi mochila.
—¿Adónde
vas? —dijo Ev. Miró alrededor para asegurarse de que Bult no estaba y siguió
rascando.
—A
buscar a Carson —respondí, arreglando las correas para poder cargarme la
mochila a la espalda.
—No
puedes —objetó él, blandiendo el cuchillo—. Va contra las reglas. Se supone que
tienes que quedarte donde estás.
—Eso
es. —Me quité el micro y se lo tendí, junto con el de Carson—. Espera aquí
hasta la tarde y entonces llama a C.J., para que venga a buscarte. Sólo estamos
a seis kloms de la Cruz del Rey. Llegará en un santiamén. —Crucé el umbral.
—Pero
no sabes dónde está —insistió Ev.
—Lo
encontraré —aseguré, pero no tuve que hacerlo. Bult y él cruzaban el arroyo
charlando amigablemente. Carson cojeaba.
Volví
a entrar rápidamente en la cámara, dejé la mochila en el suelo y pedí un
R-28-X, Eliminación Adecuada de Restos de Fauna Indígena.
—¿Qué
haces? —dijo Ev—. Quiero ir contigo. Es territorio inexplorado. Creo que no
deberías ir a buscar a Carson sola.
Carson
apareció en la puerta.
—Oh
—se sorprendió Ev.
Carson
atravesó el umbral y el saltón que Bult había estado viendo. Llovía y Fin
contemplaba el avance de dos mil equipajes hacia ella. Carson saltó a la silla
y galopó hacia su compañera.
Carson
apagó bruscamente el saltón.
—¿Qué
anchura crees que tiene el yacimiento? —preguntó.
—Ocho
kloms. Tal vez diez. Es la longitud del promontorio —dije. Le tendí su micro—.
Perdiste esto.
Él
se lo puso.
—¿Estás
segura de que son ocho?
—No,
pero después de eso hay roca dura, así que no habrá ninguna filtración. Si no
ejecutamos una subsuperficial, no habrá problema. ¿Es eso lo que estuviste
haciendo, buscando una salida?
—Quiero
partir a mediodía —anunció él, y se dirigió a Bult—. Vamos, tenemos trabajo.
Se
agacharon en un rincón y Carson vació sus bolsillos. Durante su misteriosa
excursión había recolectado montones de f-y-f. Tenía tres muestras vegetales en
bolsas de plástico, un holo de alguna especie de ungulado y un puñado de rocas.
Nos
ignoró, lo que no molestó a Ev, que estaba muy ocupado diseccionando su
espécimen. Lo empaqueté todo y coloqué los grandes angulares en los ponis.
Carson
cogió una de las rocas y se la tendió a Bult. Era cristal de algún tipo,
transparente con caras triangulares. Según las normas yo tendría que estar
ejecutando una mineralógica para ver si ya tenía nombre, pero no estaba
dispuesta a decirle nada a Carson, ya que estaba tan decidido a no mirarme.
—¿Tienen
los boohteri un nombre para esto? —le preguntó a Bult.
Bult
vaciló, como si esperara alguna pista por parte de Carson, y entonces dijo:
—Thitsserrrah.
—¿Tchahtssillah?
—aventuró Carson.
Se
supone que los libros empiezan con una «b» explosiva, pero Bult asintió.
—Tchatssarrah.
—¿Tssirrroh?
—intentó Carson.
Siguieron
así durante quinte minutos, mientras yo ataba el terminal a mi poni y recogía
los petates.
—¿Tssarrrah?
—dijo Carson, ya algo irritado.
—Sssíh
—confirmó Bult—. Tssarrrah.
—Tssarrrah
—repitió Carson. Se levantó, se acercó a mi poni, e introdujo el nombre.
Entonces volvió junto a Bult y empezó a recoger las bolsas de plástico—. El
resto lo haremos más tarde. No quiero pasar otra noche en las Ponicacas.
¿Y
eso era todo?, pensé, viendo cómo metía las plantas en su alforja.
Ev
seguía trabajando en su espécimen.
—Vamos
—anuncié—. Nos marchamos.
—Sólo
un par de holos más —dijo, agarrando la cámara.
—¿Qué
está haciendo? —preguntó Carson.
—Recopilando
datos —contesté.
Ev
tuvo que sacar también un holo del exterior, y rascar una muestra de la
superficie.
Tardó
otra media hora en terminar y Carson se mostró impaciente todo el tiempo,
maldiciendo a los ponis y mirando las nubes.
—Parece
que va a llover. —No paraba de decirlo, pero no llovió. Era evidente que la
lluvia había pasado. Las nubes se dispersaban y los charcos se estaban secando
ya.
Finalmente
nos pusimos en marcha poco después de mediodía; Bult y Carson abrían la marcha
y Ev iba detrás, sacando holos de la Muralla y el lanzabadejo que supervisaba
nuestra partida.
El
arroyo que había cortado el risco se había reducido a un hilillo. Lo seguimos
hasta donde conectaba con la Lengua y nos encaminamos hacia el este.
En
aquel punto formaba un gran cañón con espacio al fondo para los ponis. Bult se
arrodilló en la orilla y la inspeccionó, aunque ignoro cómo lograba distinguir
un tssi mitss en las turbias aguas rosadas. Todos debían de haber sido
arrastrados corriente abajo por la riada, porque dio su aprobación. Cruzamos
con los ponis y nos internamos en el cañón. . Después del primer klom o así la
orilla se volvió demasiado rocosa para contener fango y las nubes empezaron a
dispersarse. Incluso salió el sol durante unos pocos minutos. Ev seguía
atareado con su espécimen; Carson y Bult hablaban y gesticulaban, intentando
decir qué camino seguir; yo me reconcomía por dentro. Estaba tan enfadada que
podría haber matado a Carson. Me lo había imaginado ahogado en algún barranco,
medio devorado por un mordisqueados en aquellos tres angustiosos días. Y cuando
volvió ni una palabra de cómo demonios había capeado la riada o dónde demontres
había estado.
Empezamos
a escalar y me llegó un leve rugido desde arriba.
—¿Has
oído?—le pregunté a Ev.
Él
estaba absorto en la pantalla y trabajaba en su teoría del lanzabadejo, por eso
tuve que volver a preguntárselo.
—Sí
—dijo, alzando aturdido la cabeza—. Parece una catarata.
Un
par de minutos después la vimos. Era sólo una cascada, y no muy alta, pero
justo encima del salto el río se perdía de vista, así que era una catarata de
verdad y no sólo una sección interrumpida del río, y habíamos llegado más
arriba de donde empezó la lluvia, así que el agua corría de un hermoso color
marrón claro.
Los
montículos de yeso hacían toda una serie de borboteantes zigzags y todo el
paisaje era bastante agradable, por eso supuse que Ev intentaría al menos
ponerle de nombre C.J., pero él ni siquiera levantó la cabeza de la pantalla.
Carson pasó de largo.
—¿No
vamos a ponerle nombre? —le grité.
—¿Nombre
a qué? —se extrañó él, tan aturdido como Ev cuando le había preguntado por el
rugido.
—La
catarata.
—¿La
cata...? —dijo él, volviéndose rápidamente para mirar no a la catarata, que
estaba justo delante de él, sino arriba.
—La
catarata. —Señalé con el pulgar—. Ya sabes. Agua. Cayendo. ¿No tenemos que
darle un nombre?
—Sí,
claro. Pero primero quería ver qué hay más arriba.
No
me lo tragué. Ni se le había pasado por la mente ponerle nombre hasta que yo lo
dije, y cuando la señalé tenía una expresión en la cara que no logré
identificar. ¿Enfado? ¿Alivio?
Fruncí
el ceño.
—Carson...
—empecé a decir, pero él ya se había dado la vuelta para mirar a Bult.
—Bult,
¿tienen los indígitos un nombre para esto?
Bult
miró, no a la catarata, sino a Carson, con expresión interrogativa, lo que me
pareció bastante curioso, y Carson dijo:
—No
ha estado nunca tan lejos de la Lengua. Ev, ¿alguna idea?
Ev
levantó la cabeza de su pantalla.
—Según
mis cálculos, un lanzabadejo podría construir una cámara de la Muralla en seis
años —dijo tan satisfecho—, lo cual coincide con el periodo de apareamiento de
la gaviota negra.
—¿Qué
tal Cataratas Crisscross? —dije yo. Carson ni siquiera pareció molesto, lo que
me pareció aún más extraño.
—¿Qué
tal Cataratas Yeso? No hemos usado ése todavía, ¿verdad?
—Tendrían
que empezar a construir antes de la maduración sexual —dijo Ev—, lo que
significa que el instinto de apareamiento tendría que estar presente desde el
nacimiento.
Comprobé
el diario.
—Ninguna
Catarata Yeso.
—Bien
—dijo Carson, y se puso en marcha de nuevo antes incluso de que yo introdujera
el nombre.
Nunca
le habíamos puesto nombre a un charco con tanta rapidez, mucho menos a una
catarata, y Ev al parecer se había olvidado por completo de C.J., y del sexo, a
menos que pensara que hubiera cantidad de cataratas más donde elegir. Tal vez
tuviera razón. Aún se oía el rugir del agua, aunque habíamos doblado la curva
del cañón, y en la siguiente curva se hizo aún más fuerte.
Bult
y Carson se habían detenido sobre la catarata y consultaban algo.
—Bult
dice que esto no es la Lengua —comunicó Carson cuando los alcanzamos—. Dice que
es un afluente, y que la Lengua queda más al sur.
No
había dicho eso. Carson acababa de decirme que los boohteri nunca habían
llegado hasta tan lejos y, además, Bult no había abierto la boca. Carson
parecía preocupado, como lo había estado Bult antes del episodio del yacimiento
petrolífero.
Carson
ya nos hacía chapotear de regreso por el río y el costado del cañón, sin mirar
siquiera a Bult para ver qué camino seguía. Se detuvo en la cima.
—¿Por
aquí? —le preguntó a Bult, y el indígito le dirigió la misma mirada
interrogadora y luego señaló una colina. ¿Adónde nos dirigía ahora? Si es que a
eso se le podía llamar «dirigir».
Ahora
nos encontrábamos por encima del yeso, las pendientes jabonosas daban paso a un
ígneo marrónrosado. Bult nos condujo hasta una brecha en otra colina más
abrupta y hacia un bosquecillo de árboles de plataluz. Eran viejos, altos como
pinos y muy frondosos. Habrían sido cegadores si hubiera salido el sol, cosa
que al parecer iba a suceder de un momento a otro.
—Aquí
están los plataluces que tantas ganas tenías de ver —le dije a Ev y después de
hablar con su pantalla alzó la cabeza y los miró—. Serían mucho más
espectaculares si saliera el sol —añadí, y justo entonces el sol apareció y los
iluminó—. ¿Lo ves? —comenté, y alcé la mano para protegerme los ojos.
Ev
pareció deslumbrado, y no era de extrañar. Brillaban como una de las camisas de
C.J., las hojas titilando y destellando en la brisa.
—No
se parece a los saltones, ¿verdad?
—¡Eso
es lo que da a la Muralla su textura brillante! —exclamó, y se dio un golpe en
la frente con la palma de la mano—. Era la única pieza que me faltaba: lo que
le daba el brillo. —Empezó a sacar holos—. Los lanzabadejos deben de triturar
las hojas.
Bueno,
pues se acabaron los plataluces que había venido a ver a Boohte. ¡Cómo se iba a
poner C.J. cuando descubriera que Ev la había olvidado por un pajarraco que
trituraba hojas y escupía yeso!
Los
ponis habían reducido la marcha y me habría alegrado hacer una parada de
descanso, sentarme y contemplar los árboles durante un ratito, pero Bult y
Carson siguieron cabalgando. A escondidas de Bult cogí un puñado de hojas y se
las tendí a Ev, pero dudaba que me hubiera multado aunque me hubiese visto.
Estaba demasiado ocupado observando un arroyo al que nos acercábamos.
No
era mucho mayor que el hilillo que manaba en lo alto del risco, y venía de la
dirección equivocada, pero Bult aseguró que era la Lengua. Empezamos a
remontarlo, serpenteando entre los árboles hasta que los ígneos a cada lado
empezaron a cerrarlos. Correteaba sobre pilares cuadrados como viejos ladrillos
rojos, y cogí un fragmento suelto para analizarlo. Basalto con cinabrio y
cristales de yeso mezclados. Esperaba que Carson supiera adonde iba, porque no
había espacio para dar marcha atrás.
El
cañón se hacía más abrupto y los ponis empezaron a protestar. El arroyo subía
en una serie de cascadas que gorjeaban, y las orillas se convirtieron en
bloques de un marrón rojizo, tan empinados como escaleras.
Los
ponis nunca lo conseguirán, pensé, y me pregunté si era eso lo que pretendía
Carson: llevarnos a algún tipo de desfiladero tan empinado que tuviéramos que
cargar con ellos a hombros, sólo como venganza. Pero Carson también tendría que
cargar con el suyo, y por la forma en que lo acicateaba y maldecía no creo que
estuviera fingiendo.
El
poni de Carson se detuvo y se agachó tanto sobre sus cuartos traseros que
parecía a punto de echárseme encima. Carson desmontó y tiró de las riendas.
—Vamos,
culo con cerebro de roca —gritó, mirando directamente a la cara del poni.
Debió
de asustarlo, porque soltó una bosta enorme y empezó a doblarse, pero la pared
de roca lo detuvo.
—No
te atrevas a intentar eso —amenazó Carson—, o te tiraré a ese arroyo para que
te coman los tssi mitts. ¡Venga, vamos!
Dio
un fuerte tirón a las riendas. El poni retrocedió, soltó una roca, que cayó
haciendo ruido al arroyo, y subió los escalones como si lo estuvieran
persiguiendo.
Deseé
que mi poni captara la indirecta, y así fue. Alzó la cola y soltó una gran
bosta.
Desmonté
y cogí las riendas. Bult sacó su diario y miró a Ev, expectante.
—Vamos,
Ev —dije.
Ev
levantó la cabeza de las pantallas y parpadeó sorprendido.
—¿Adónde
vamos? —dijo, como si no hubiera advertido que ya no estábamos serpenteando
entre los plataluces.
—Subimos
un acantilado. Forma parte del cortejo de apareamiento.
—Oh
—dijo él, y desmontó—. La capacidad de vuelo del lanzabadejo le permite
alcanzar los plataluces. Necesito hacer pruebas sobre la composición del yeso
para confirmarlo, pero no puedo hacerlo hasta que lleguemos a la Cruz del Rey.
Anudé
bien tensas las riendas bajo la boca de Inútil y susurré:
—Perezosa
copia de segunda de un caballo, voy a cumplir contigo todas las amenazas de
Carson y algunas otras que ni siquiera se le han ocurrido, y si te cagas una
sola vez antes de que salgamos de este cañón, te meteré ese pomohueso por el
cuello.
—¿Por
qué tardas tanto? —dijo Carson, que bajaba los peldaños. No tenía su poni.
—No
pienso cargar con este poni.
Evitó
las boñigas, se colocó detrás de Inútil y empujó un rato.
—Dale
la vuelta —dijo.
—Es
demasiado estrecho. Ya sabes que los ponis no retroceden.
—Ya
verás. —Cogió las riendas y tiró hasta que el animal estuvo nariz con nariz con
el poni de Ev—. Vamos, patética imitación de una vaca, mucho menos de un
caballo —masculló, y tiró. Inútil subió de espaldas el cañón.
—Eres
más listo de lo que pareces —le grité cuando volvía a por Ev.
—No
has visto nada todavía —contestó.
No
tuvimos más problemas con los ponis: agacharon las cabezas como si hubieran
sido derrotados por un enemigo más listo y ascendieron firmemente, no obstante
todavía tardamos casi una hora en subir medio klom. Así no íbamos a ninguna
parte. El arroyo se encogió hasta convertirse en un hilillo y medio desapareció
entre las rocas. Obviamente no era la Lengua, y seguramente Carson estaba
pensando lo mismo porque en el siguiente cañón lateral al que llegamos nos hizo
tomar la dirección opuesta a la que habíamos seguido.
Era
igual de empinada y mucho más estrecha. No tuve que pararme a tomar muestras
minerales, simplemente las rozaba con las piernas al pasar. Los bloques de
basalto se hicieron más pequeños y empezaron a parecer una pared de ladrillo, y
entre ellos había vetas en zigzag de los cristales con facetas triangulares que
Carson había traído. Actuaban como prismas, haciendo destellar piezas del
espectro a lo largo del estrecho cañón cuando el sol incidía sobre ellas.
Justo
cuando pensaba que el cañón iba a desembocar en un callejón sin salida, salimos
y nos encontramos entre los plata-luces.
Estábamos
en una amplia meseta. Los árboles crecían hasta el borde; a la derecha
distinguí la Lengua en lo hondo, y oí el rugido de las cataratas. Carson lo
ignoró y se internó cabalgando entre los árboles, encaminándose directamente al
otro extremo, sin molestarse siquiera en fingir que Bult nos estaba guiando.
Tenía
razón, pensé, nos va a despeñar por un barranco. Salimos de los árboles. Carson
había atado su poni a un árbol y se encontraba de pie cerca del borde,
contemplando el cañón. Ev se acercó, y luego Bult, y nos quedamos allí sentados
en nuestros ponis, mirando.
—Vaya,
¿qué te parece? —dijo Carson, esforzándose por parecer sorprendido—. ¿Quieres
mirar eso? Es una catarata.
La
cascada con los montículos de yeso era una catarata. No había una palabra que
describiera ésta, excepto que era obviamente la Lengua, serpenteando entre los
bosques de plataluces al otro lado y luego zambulléndose un buen millar de
metros en el cañón que se abría a nuestros pies.
—¡Mierda!
—exclamó Evelyn, y dejó caer su lanzabadejo—. ¡Mierda!
Exactamente
lo que yo pensaba. Había visto holos de las cataratas de Niágara y Yosemite
cuando era niña, y eran muy impresionantes, pero sólo eran agua. Esto...
—¡Mierda!
—repitió Ev.
Nos
encontrábamos a más de quinientos metros por encima del suelo del cañón, frente
a un acantilado de bloques rosados que se alzaba otros doscientos metros. La
Lengua brotaba de una estrecha V en lo alto y caía como un suicida cañón abajo
con un rugido que yo nunca debería haber confundido con una cascada, lanzando
una nube de niebla y rocío que casi podía sentir, y se estrellaba en las
revueltas aguas verdiblancas en lo más hondo.
El
sol se ocultó tras una nube y luego volvió a asomar, y la catarata explotó como
fuegos artificiales. Había un doble arco iris en lo alto del rocío, debido
probablemente a que el agua refractaba la luz del sol, pero todo lo demás
procedía del acantilado. Estaba surcado por vetas del cristal prismático, y
chispeaban y titilaban como diamantes, lanzando pedazos de arco iris al
acantilado, a las cascadas, al aire, a todo el cañón.
—¡Mierda!
—volvió a repetir Ev, agarrando las riendas de su poni como si pudieran
sostenerle—. ¡Es lo más hermoso que he visto en mi vida!
—Es
una suerte que cogiéramos por aquí —dijo Carson, y me volví a mirarlo. Tenía
los pulgares enganchados en las presillas de los pantalones y parecía muy
pomposo—. Si hubiéramos seguido por ese cañón, nos lo habríamos perdido.
Y
qué más, pensé. Tantas vueltas entre los plataluces y los peldaños y las
consultas con Bult como si no supieras por dónde ibas. Esto es lo que estuviste
haciendo mientras yo te esperaba en la Muralla, enferma de angustia. Cazando
arco iris.
Seguramente
lo había encontrado al seguir la Lengua, buscando una forma de rodear el
anticlinal, y luego se puso a deambular por los acantilados y a entrar y salir
de los cañones laterales, para encontrar el mejor lugar desde donde mostrarlo.
Si nos hubiéramos quedado en la Lengua, como él había hecho probablemente
cuando lo encontró, sólo habríamos captado un leve destello en alguna curva, u
oído el creciente rugido y nos habríamos preguntado qué sucedía, en vez de
verlo estallar ante nosotros como si fuera la visión de un arco iris del cielo.
—¡Una
verdadera suerte! —prosiguió Carson, con el bigote tembloroso—. Bien, ¿qué
nombre queréis ponerle?
—¿Nombre?
—Ev echó la cabeza atrás para mirar a Carson, y yo pensé, bueno, se acabaron
los pájaros y el paisaje, volvemos al sexo.
—Sí
—dijo Carson—. Es una formación natural. Debemos ponerle un nombre. ¿Qué tal
Catarata del Arco Iris?
—¿Catarata
del Arco Iris? —repliqué—. ¿No se te ocurre nada mejor? Tendría que ser algo
grande, algo que sugiriera todo su esplendor. La Cueva de Aladino.
—No
se le puede poner el nombre de una persona.
—Catarata
Prisma. Catarata Diamante.
—Catarata
de Cristal —dijo Ev, todavía contemplándola.
No
colaría. Lo más probable era que el Gran Hermano, siempre vigilante, lo
detectara y nos enviara una observación acerca de que Crissa Jane Tull
trabajaba en el equipo de exploración y el nombre no era aceptable, y esta vez
podrían demostrar una conexión, y nos multarían hasta dejarnos secos.
Era
una lástima, porque Catarata de Cristal era el nombre perfecto. Y hasta que el
Gran Hermano se percatara, Ev conseguiría un montón de polvos de C.J.
—Catarata
de Cristal —dije—. Tienes razón. Es perfecto.
Miré
a Carson, preguntándome si él estaba pensando lo mismo, pero ni siquiera
escuchaba. Miraba a Bult, que estaba inclinado sobre su cuaderno.
—¿Cuál
es el nombre boohteri para la catarata, Bult? —preguntó Carson, y Bult alzó la
cabeza, dijo algo que no pude oír, y volvió a concentrarse en sus cosas.
Dejé
a Ev babeando ante el cañón y me acerqué a ellos, pensando, perfecto, acabará
llamándose Catarata de la Sopa Muerta o, peor, «Nuestra».
—¿Qué
ha dicho? —le pregunté a Carson.
—Daño
en la superficie de la roca —dijo Bult. Estaba sumando multas—. Daño a flora
indígena.
Me
supuse que iba a añadir, «tono y modales inadecuados», pero Carson ni siquiera
parecía molesto.
—Bult
—gritó, pero sólo a causa del rugido—, ¿cómo la llamáis?
Él
volvió a alzar la cabeza y miró vagamente a la izquierda de la catarata.
Aproveché la oportunidad para quitarle el cuaderno de las manos.
—¡La
catarata, bicho de sesos de poni! —estallé, señalando, y él miró en la
dirección adecuada, aunque quién demonios sabe a qué estaba mirando
realmente... a una nube, tal vez, o alguna roca que cayera por el acantilado.
—¿Tienen
los boohteri un nombre para la catarata? —preguntó Carson con una paciencia de
santo.
—Vwarrr—dijo
Bult.
—Ésa
es la palabra para agua —objetó Carson—. ¿Tenéis una palabra para esta
catarata?
Bult
dirigió a Carson una de aquellas peculiares miradas, y pensé, divertida, que
estaba intentando adivinar lo que Carson quiere que diga.
—Dijiste
que tu gente nunca había estado en las montañas —le apuntó Carson, y pareció
como si Bult hubiera recordado de pronto su línea de diálogo.
—Nah
nahm.
—No
podéis llamarla Nah Nahm —dijo Ev desde detrás de nosotros—. Tiene que ser un
nombre hermoso. ¡Algo grande!
—¡Gran
Cañón! —apunté.
—Algo
como Deseo del Corazón —prosiguió Ev—. O Fin del Arco Iris.
—Deseo
del Corazón —comentó Carson, pensativo—. Ése no está mal. Bult, ¿qué hay del
cañón? ¿Tienen los boohteri un nombre para él?
Pero
esta vez Bult ya sabía qué contestar.
—Nah
nahm.
—Cañón
Joyas de la Corona —se entusiasmó Ev—. Cataratas Brillo Estelar.
—Debería
ser un nombre indígito —observó Carson piadosamente—. Recuerda lo que dijo el
Gran Hermano: «No se escatimarán esfuerzos por descubrir el nombre indígena de
toda flora, fauna y formaciones naturales.»
—Bult
acaba de decirte que no tienen nombre para eso —repliqué.
—¿Qué
hay del acantilado, Bult? —insistió Carson, mirando con intensidad a Bult—. ¿O
las rocas? ¿Tienen los indígitos un nombre para ellas?
Por
lo visto Bult necesitaba un apuntador, pero Carson no parecía enfadado.
—¿Y
los cristales? —prosiguió rebuscando en su bolsillo—. ¿Cómo llamáis a este
cristal?
El
rugido de la catarata parecía hacerse más fuerte.
—Thitsserrrah
—dijo Bult.
—Sí.
Tssarrrah. Sugeriste Catarata de Cristal, Ev. La llamaremos Tssarrrah, como los
cristales.
El
rugido se hizo tan intenso que acabó por marearme, y me agarré al poni.
—Cataratas
Tssarrrah —dijo entonces Carson—. ¿Qué te parece, Bult?
—Tssarrrah
—dijo Bult—. Nahm.
—¿Y
a ti? —me preguntó Carson.
—Me
parece un nombre bonito —dijo Ev.
Me
acerqué al borde, todavía sintiéndome mareada, y me senté.
—Eso
lo da por zanjado —anunció Carson—. Fin, ya puedes transmitirlo. Cataratas
Tssarrrah.
Me
quedé allí sentada escuchando el rugido y viendo el rocío resplandeciente. El
sol se ocultó tras una nube y volvió a estallar, y los arco iris danzaron por
el acantilado como lanzabutres, chispeando como cristal.
Carson
se sentó a mi lado.
—Cataratas
Tssarrrah —sonrió—. Menos mal que los indígitos tenían una palabra para esos
cristales. El Gran Hermano quiere que demos a las cosas nombres indígenas.
—Sí.
Una suerte. ¿Qué significa tssarrrah, te lo ha dicho Bult?
—«Hembra
loca», probablemente. O tal vez «deseo del corazón».
—¿Con
cuánto tuviste que sobornarlo? ¿Con los salarios del año que viene?
—Eso
es lo divertido —dijo él, frunciendo el ceño—. Iba a darle el saltón, ya que le
gusta tanto. Supuse que tendría que darle mucho más después del yacimiento
petrolífero, pero le pregunté si nos ayudaría y el accedió sin más. Ni una
multa, nada.
No
me sorprendió.
—¿Enviaste
el nombre? —preguntó.
Contemplé
las cataratas largo rato. El agua rugía, danzando con los arco iris.
—Lo
haré cuando bajemos. ¿No será mejor que nos vayamos? —dije, y me levanté.
—Sí
—convino él, mirando al sur, donde las nubes volvían a acumularse—. Parece que
va a llover otra vez.
Tendió
la mano y yo lo ayudé a levantarse.
—No
tenías por qué marcharte de esa forma —dije.
El
siguió sujetándome la mano.
—No
tenías por qué arriesgar tu vida de ese modo —me soltó—. Bult, vamos, tienes
que guiarnos en la bajada.
—¿Cómo
demonios vamos a hacer eso si los ponis nunca vuelven sobre sus propios pasos?
—pregunté, pero el poni de Bult atravesó los plataluces y bajó por el estrecho
cañón, y los nuestros lo siguieron en fila india sin rebuznar siquiera.
»Las
tormentas de arena no son lo único que se falsea por aquí —murmuré.
Nadie
me oyó. Carson iba tras Bult, que todavía guiaba, bajando el cañón lateral, el
que tanto problema nos dio con los ponis, y luego por otro cañón lateral. Los
dejé que guiaran y miré a Ev, encorvado sobre su terminal, probablemente
calculando estadísticas de lanzabadejos. Llamé a C.J.
Después
de hablar con ella, miré al frente y descubrí un destello junto a las cascadas.
Los arco iris iluminaban el cielo. Ev me alcanzó.
—En
los saltones no se verá como en la realidad.
—Imposible.
El
cañón se ensanchó y disfrutamos de una perspectiva lateral de las cataratas,
con el agua saltando por el acantilado cuajado de cristal, hacia abajo.
—Por
cierto, ¿cuál es el nombre de pila de Carson? —dijo Ev.
Ya
le había dicho yo a Carson que era listo.
—¿Qué?
—Su
nombre de pila. Me he dado cuenta de que no lo sé. En los saltones siempre os
llaman Findriddy y Carson.
—Es
Aloysius. Aloysius Byron. Sus iniciales son A.B.C. No le digas que me he
chivado.
—Su
nombre de pila es Aloysius —dijo, pensativo—. Y el tuyo es Sarah.
Listísimo,
vaya.
—¿Sabías
que en algunas especies los machos compiten por la hembra más deseable? —dijo,
sonriendo con tristeza—. La mayoría no tiene ninguna posibilidad. Ella siempre
elige al más valiente. O al más listo.
—Fuiste
bastante listo al averiguar que los lanzabadejos construyeron la Muralla.
Él
se animó.
—Todavía
tengo que demostrarlo. Tendré que hacer análisis de contención y probabilidades
de obra/tamaño cuando vuelva a la Cruz del Rey. Y redactar un informe.
—También
aparecerá en los saltones —sonreí—. Serás famoso. Ev Parker, socioexozoólogo.
—¿Tú
crees? —dijo, como si no se le hubiera ocurrido antes.
—Seguro.
Un episodio entero.
Me
miró con suspicacia.
—Eres
tú, ¿verdad? Tú eres quien escribe los episodios. Tú eres el Capitán Jake
Trailblazer.
—No
—contesté—, pero sé quién es. —Las iniciales coincidían: C.J.T., pensé—.
Mierda, puede que consigas una serie entera.
El
cañón se abrió y nos encontramos en otra meseta tan grande como una pradera.
Luego seguimos bajando. A un lado había un camino de descenso, una pendiente
que conducía al suelo del cañón. Tras el cañón podían verse las llanuras,
rosadas y violetas. Distinguí el macizo que respaldaba en anticlinal al este,
demasiado lejos de los escáneres para advertir nada.
—Parada
de descanso —anunció Bult, y se bajó de su poni. Se sentó bajo un plataluz y
conectó el saltón.
—¿Oyes
eso? —dijo Carson, mirando al cielo.
—Es
C.J. —contesté—. Le pedí que viniera a recoger a Ev para que pudiera trabajar
en su teoría. Tiene que hacer algunas pruebas.
—¿Está
haciendo aéreas? —preguntó, mirando ansiosamente en dirección al macizo.
—Le
indiqué que se dirigiera al sur y que se acercara por las Ponicacas, que
necesitábamos una aérea de ellas.
—¿No
podía hacerla de regreso?
—¿Bromeas?
Viajará con Ev. No hará ninguna aérea con él en el heli. Mierda, probablemente
se habrá olvidado de hacer las aéreas en el camino de venida, de puro
nerviosismo.
Carson
me miró intrigado. El heli revoloteó sobre la pradera. C.J. saltó de la bodega,
corrió hasta Ev, y prácticamente lo derribó al besarlo.
—¿De
qué va todo esto? —preguntó Carson, observándolos.
—Rito
de cortejo —le expliqué—. Le dije que Ev había bautizado la catarata en su
honor: Catarata de Cristal. —Miré a Carson—. Era la única manera que tenía de
ganarse un polvo. En este planeta, al menos.
Los
tortolitos seguían abrazados.
—Cuando
averigüe cómo la llamamos de verdad, se pondrá hecha una furia —dijo Carson,
sonriendo—. ¿Cuándo piensas decírselo?
—Nunca.
Ése es el nombre que transmití.
Él
dejó de sonreír.
—¿Por
qué demonios lo hiciste?
—El
otro día Ev casi me coló un nombre. Arroyo Criss-cross. Tú estabas pendiente de
los planes de Bult, y yo estaba ocupada tratando de cargarlo todo en los ponis,
y cuando me preguntó cómo íbamos a llamar al arroyuelo que cruzamos, no le
presté atención. Al Gran Hermano no se le habría escapado, pero a mí sí. Tenía
la cabeza en otros asuntos.
Ev y
C.J. se habían soltado y contemplaban la catarata. C.J. hacía ruiditos
chirriantes que prácticamente ahogaban la cascada.
—Al
Gran Hermano no se le pasará tampoco Catarata de Cristal —dijo Carson—. En
cambio Catarata Tssarrrah habría colado.
—Lo
sé, pero tal vez estén demasiado ocupados gritándonos por ponerle ese nombre y
matar al tssi mitss que se olvidarán del yacimiento petrolífero.
Él
miró a Ev. C.J. volvía a besarle.
—¿Qué
hay de Evie?
—No
dirá nada.
—¿Y
Bult? ¿Cómo sabemos que no nos sacará de estas montañas directamente a otro
anticlinal? ¿O a un yacimiento de diamantes?
—Eso
tampoco es un problema. Sólo tienes que pedírselo.
El
se volvió a mirarme.
—¿Decirle
qué?
—¿No
sabes reconocer cuándo le haces tilín a alguien? Te enciende hogueras, ve tus
escenas en el saltón una y otra vez, te hace regalos...
—¿Qué
regalos?
—Todos
esos datos. Los binos.
—Eran
nuestros binos.
—Sí,
bueno, los indígitos parecen tener algunos problemas con esa palabra. Te dio
también la mitad del lanzabadejo. Y un yacimiento petrolífero.
—Por
eso accedió a ayudarme con la catarata. —Se detuvo—. Creía que Ev dijo que era
macho.
—Y
lo es —sonreí yo—. Por lo visto tiene tantos problemas en identificar nuestro
sexo como nosotros con él.
—¿Cree
que soy una hembra?
—No
me extraña —me burlé. Empecé a caminar.
Él
me agarró del brazo y me hizo girar para que lo mirara a la cara.
—¿Seguro
que quieres hacer esto? Podrían despedirnos.
—No,
no lo harán. Somos Findriddy y Carson. Somos demasiado famosos para que nos
despidan —le sonreí—. Además, no pueden. Después de esta expedición, les
deberemos nuestros salarios de las próximas veinte.
Nos
acercamos a C.J. y Ev, que otra vez se hacían arrumacos.
—Ev,
tú y tu poni volveréis con C.J. a la Cruz del Rey —anuncié—. Tienes que
escribir todo ese rollo de la Muralla.
—Evelyn
me ha contado su teoría —dijo C.J. Yo me pregunté cuándo había tenido tiempo—.
Y cómo te salvó del tssi mitss.
—Nosotros
nos adelantamos para acabar la expedición —dijo Carson, acercando el poni de
Ev—. Ya que estamos aquí, exploraremos las Ponicacas.
Metimos
al poni en la bodega y le indicamos a C.J. que girara al oeste sobre las
Ponicacas y luego al norte camino de casa y que tratara de tomar una aérea.
Ella
no prestaba atención.
—No
os preocupéis, ¿vale?, tomaos vuestro tiempo —dijo, subiendo al heli—. Nosotros
estaremos bien. —Avanzó hacia el interior.
Carson
le tendió a Ev su mochila.
—Si
pudierais sacar holos de la Muralla en sitios distintos, lo agradecería —dijo
Ev—. Y muestras del yeso.
Carson
asintió.
—¿Algo
más?
Ev
miró al heli.
—Ya
habéis hecho bastante. —Sacudió la cabeza, sonriendo—. Catarata de Cristal
—dijo, mirándome—. Sigo pensando que deberíamos haberla llamado Deseo del
Corazón.
Subió
al heli y C.J. despegó, revoloteando tan cerca del suelo que los dos tuvimos
que agacharnos.
—Quizás
hemos hecho demasiado —masculló Carson—. Espero que C.J. no esté tan agradecida
que acabe matándolo.
—Yo
no me preocuparía por eso.
El
heli circundó el cañón como un lanzabadejo y pasó ante la catarata para echar
un último vistazo. Se perdieron volando con rumbo norte, cruzando la llanura,
lo cual significaba que no íbamos a conseguir ninguna aérea.
—Sólo
estamos posponiendo lo inevitable, ¿sabes? —comentó él, contemplando el heli—.
Tarde o temprano el Gran Hermano se dará cuenta de que hemos tenido demasiadas
tormentas de polvo, o Wulfmeier se encontrará con esa veta de plata del 246-73.
Si Bult no averigua lo que podría conseguir por este sitio y lo dice primero.
—He
estado pensando en eso. Tal vez no será tan malo como pensamos. No construyeron
la Muralla, ¿lo sabías? Sólo se mudaron después, golpearon a los nativos en la
cabeza, y se apoderaron de ella. Bult probablemente será dueño de la Puerta de
Salida y de media Tierra dentro de un año.
—Y
construirá una presa sobre la catarata.
—No
si fuera un parque nacional. Ya has oído lo que dijo Ev sobre cómo quería ver
los árboles de plataluz y la Muralla, sobre todo cuando descubran quién la
construyó. Supongo que la gente vendrá desde muy lejos para disfrutar del
paisaje. —Hice un gesto hacia la catarata—. Bult podría cobrar por la entrada.
—Y
luego multarlos por dejar huellas —añadió—. Por cierto, ¿cómo impedirás que
Bult se enamore de ti cuando se entere de que no soy una hembra?
—Él
cree que soy un macho. Le pasa lo mismo que a ti: no me identifica como mujer.
—Me
lo estarás machacando siempre, ¿eh?
—Pues
sí.
Me
acerqué al lugar donde Bult estaba sentado, viendo el saltón en el que Carson
cogía de la mano a Faldita Minúscula.
—Ven
conmigo —dijo Carson.
—Vamos,
Bult —dije—. En marcha.
Bult
cerró el saltón y se lo tendió a Carson.
—Enhorabuena
—me burlé—. Estás prometido.
Bult
sacó su cuaderno.
—Perturbación
de la superficie terrestre —me dijo—. Ciento cincuenta.
Monté
a Inútil.
—En
marcha.
Carson
contemplaba de nuevo las cataratas.
—Sigo
pensando que tendríamos que haberlas llamado Cataratas Tssarrrah —dijo. Se
acercó a su poni y empezó a rebuscar en la alforja.
—¿Qué
demonios estás haciendo ahora? —protesté—. ¡Vámonos!
—Tono
y modales inadecuados —le dijo Bult a su cuaderno.
—No
hablaba contigo —contesté—. ¿Qué estás buscando? —le pregunté a Carson.
—Los
binos. ¿Los tienes tú?
—Te
los di. Venga, vamos.
Montó
en su poni y empezamos a bajar la pendiente siguiendo a Bult. Tras el
acantilado la llanura se volvía púrpura con la luz del atardecer. La Muralla se
curvaba al salir de las Ponicacas y serpenteaba entre ellas, y más allá se
extendían las mesetas, ríos y conos de ceniza del territorio inexplorado,
ofrecidos ante mí como un regalo, como los regalos de un parrapájaro.
—No
me los diste —replicó Carson—. Si has vuelto a perder los binos...
REMAKE
A
Fred Astaire
AGRADECIMIENTOS
Gracias
especiales a Scott Kippen y Sheryl Beck y todos los demás miembros de Sigma Tau
Delta de la UNC
y
a mi
hija Cordelia y sus clases de estadística
y
a mi
secretaria Laura Norton,
todos
los cuales ayudaron con escenas de persecuciones, lágrimas, finales felices y todas las otras
referencias cinematográficas.
«Casi
nada es imposible.»
STEVE
WILLIAMS
Industrial Ligbt and Magic
«La
chica parece tener talento, pero el chico no sabe hacer nada.»
Informe
de vodevil sobre Fred Astaire
INTERIOR
NOCHE
ANTES
DE LOS CRÉDITOS
He
vuelto a verla esta noche. No la estaba buscando. Era una de las primeras
vivacciones de Steven Spielberg, Indiana Jones y el templo maldito, un cruce
entre una cabalgada RV y una sacudida, el último lugar donde uno podría esperar
zapatos de baile, y era demasiado tarde. El musical había estirado la pata,
como tan elocuentemente lo expresó Michael Caine en 1965.
La
vivacción había sido realizada en el 84, en el mismo principio de la revolución
de gráficos por ordenador, y tenía unas cuantas secciones de GO: togis
digitalizados lanzados por un precipicio y un morfo bastante torpe y patético
de un corazón arrancado. También tenía un avión Ford trimotor, que era lo que
yo estaba buscando cuando la encontré.
Necesitaba
el trimotor para la gran escena de la despedida en el aeropuerto, así que
abordé a Heada, que lo sabe todo, y ella me comentó que le parecía haber visto
uno en una de las vivacciones de Spielberg, el segundo Indy tal vez.
—Está
cerca del final.
—¿Cómo
de cerca?
—Cincuenta
fotogramas. O tal vez era la tercera. No, en ésa hay un dirigible. La segunda.
¿Cómo te va el remake, Tom?
Casi
terminado, pensé. Tres años libre de SA y todavía sobrio.
—El
remake está atascado en la gran escena de la despedida —dije—, y por eso
necesito el avión. ¿De qué te has enterado, Heada? ¿Cuál es el último cotilleo?
¿Quién va a adueñarse de ILMGM este mes?
—Fox-Mitsubishi
—respondió ella rápidamente—. Mayer está que trina. Y se dice que el ejeco jefe
de la Universal va a la calle. Demasiadas sustancias adictivas.
—¿Y
tú? ¿Sigues libre de las SA? ¿Todavía ayudante de producción?
—Todavía
haciendo de Melanie Griffith —respondió ella—. ¿El avión tiene que ser en
color?
—No.
Tengo un programa de coloreado. ¿Por qué?
—Creo
que hay uno en Casablanca.
—No,
no lo hay. Es un Lockheed bimotor.
—Tom
—dijo ella—, la semana pasada hablé con un director de plato que iba a China a
hacer unas tomas.
Sabía
adonde quería llevarme con eso.
—Lo
intentaré en la de Spielberg. Gracias —corté antes de que pudiera decir nada
más.
El
Ford trimotor no estaba al final, ni en el medio, que tenía una de las peores
matas que he visto jamás. Retrocedí a 48 por, pensando que habría sido más
fácil inventármelo yo sólito, y finalmente encontré el avión casi al principio.
Era bastante bueno: había primeros planos de la puerta y de la cabina, y una
hermosa toma media del despegue. Retrocedí unos cuantos fotogramas, tratando de
encontrar algún primer plano de las hélices, y entonces dije:
—Fotograma
1-001.
Por
si había algo al principio.
Morfo
con la impronta Spielberg de la antigua montaña de los estudios Paramount en
plano de inicio, esta vez en un gong del tamaño de un hombre. Música de
entrada. Humo rojo. Créditos. Y allí estaba ella, en una línea del coro, con
unos zapatos de baile plateados y un leotardo de lentejuelas con solapas de
frac. El maquillaje era estilo años treinta (labios rojos, cejas Harlow) y
llevaba el pelo rubio platino.
Me
pilló desprevenido. Ya había recorrido los ochenta, buscando en todas partes
desde Chorus Line a Footloose, y no había encontrado ni rastro de ella.
—¡Alto!
—dije—. Amplía la mitad derecha.
Me
incliné hacia delante para contemplar la imagen ampliada y asegurarme, como si
no hubiera estado ya seguro en el instante en que la vi.
—Pantalla
plena —ordené—, avanza en tiempo real.
Contemplé
el número completo. No era gran cosa: cuatro filas de rubias con sombreros de
copa y zapatos de baile con lazo haciendo una sencilla rutina de coro que
podría haber sido sacada de La calle 42, y ya está. Tampoco debía haber
maestros de baile en los ochenta. Los pasos eran sencillos, casi todo cruces y
zapateados, y pensé que probablemente era una de las primeras que hacía Alis.
Era muy buena cuando la vi practicando en la clase de historia cinematográfica.
Y era demasiado berkeleyesco. Casi al final del número se pasaba con los
ángulos y un barrido de pañuelos rojos al ser sacados de los bolsillos de los
fracs, y Alis desapareció. El Digimatte no podría haber encajado tantas tomas
cruzadas, y dudé que Alis lo hubiera intentado. Nunca había tenido paciencia
con Busby Berkeley.
—Eso
no es bailar —dijo al ver la escena de caleidoscopio de Música y mujeres
aquella primera noche en mi habitación.
—Creía
que era famoso por su coreografía.
—Lo
es, pero injustamente. Todo son ángulos de cámara y decorados. Fred Astaire
insistía siempre en que sus bailes fueran rodados en plano general y en una
toma continua.
—Fotograma
diez —dije, para no tener que soportar de nuevo el morfo de la montaña, y
empecé de nuevo con la rutina—. Alto.
La
escena la inmovilizó a medio movimiento, el pie con el zapato de plata
extendido tal como le había enseñado madame Dilyovska de Meadowville, los
brazos extendidos. Se suponía que debía sonreír, pero no lo hacía. Tenía una
expresión de empeño, de cuidadosa concentración bajo el lápiz de labios
carmesí, las cejas pintadas, la expresión que tenía aquella primera noche, al
ver a Ginger Rogers y Fred Astaire en la librepantalla.
—Alto
—repetí, aunque la imagen no se había movido, y permanecí allí sentado durante
largo rato, pensando en Fred Astaire y mirando la cara de Alis, aquella cara
que había visto bajo infinitas pelucas, con infinitos maquillajes, la cara que
habría reconocido en cualquier parte.
TÍTULOS
TÍTULOS
DE CRÉDITO
Y
FUNDIDO A TRAVELLING DE ESCENA DE FIESTA
TÓPICO
CINEMATOGRÁFICO N.° 14: La fiesta. Fragmentos inconexos de conversaciones
extrañas, excesivo consumo de SA, diversas conductas ultrajantes.
VER:
Encadenados; Avaricia; El graduado; Risky Business; Desayuno con diamantes;
Danzad, danzad, malditos; El guateque.
Ella
nació el mismo año en que murió Fred Astaire. Hedda me lo dijo cuando conocí a
Alis. Era una de las fiestas de la residencia que el estudio patrocina. Hay una
cada semana, ostensiblemente para mostrar las últimas innovaciones de GO y
tratar de tentar a los veteranos hackólitos de la escuela de cine a una vida de
servidumbre digitalizada y obligada por contrato, para que así los ejecos
puedan tomar un poco de chooch (del que nunca hay bastante) y algunas ñaquis
(de lo que siempre hay de sobra, todas con escotes blancos y melenas platino).
Hollywood a tope, la razón por la que me mantengo aparte, pero ésta era
patrocinada por ILMGM, y Mayer me había prometido que estaría allí.
Le
estaba haciendo un pastiche, digitalizando a la ñaqui de su jefe ejeco en una
película de River Phoenix. Quería darle a Mayer el opdisk y cobrar antes de que
el jefe encontrara una cara nueva. Ya había hecho el pastiche dos veces y
tenido que cambiar el feedback tres veces porque había cambiado de chica, y
esta última vez la cara nueva había insistido en tener una escena con River
Phoenix. Para ello me había tenido que tragar todas las películas de River
Phoenix jamás hechas, de las cuales hay un montón: fue uno de los primeros
actores registrados Quería cobrar el dinero antes de que el jefe de Mayer
cambiara de compañera otra vez. El dinero y algunas SA.
La
fiesta estaba a tope en el salón de la residencia, como siempre: novatos y
caras y hackólitos y resacosos. Los sospechosos habituales. Había una gran
librepantalla de fibra-op en el centro de la sala. La miré, deseé con todas mis
fuerzas que no fuera la nueva película de River Phoenix, y me sorprendí al ver
a Fred Astaire y Ginger Rogers, bailando en un tramo de escaleras. Fred llevaba
frac, y Ginger un vestido blanco con la orilla negra. El alboroto de la fiesta
me impedía oír la música, pero parecía el Continental.
No
pude ver a Mayer. Había un tipo con una gorrita de béisbol de la ILMGM y barba
(el uniforme de los hackólitos) de pie bajo la librepantalla con un mando a
distancia, dando órdenes a un par de veteranos de GO. Escruté la multitud,
buscando trajes y/o alguien que conociera y pudiera darme chooch.
—Hola
—dijo apasionadamente una de las caras. Llevaba el pelo color platino, un
vestido blanco sin mangas, y un atractivo lunar, y estaba muy colgada. Sus ojos
no enfocaban nada de nada.
—Hola
—contesté, observando la multitud—. ¿Quién se supone que eres? ¿Jean Harlow?
—¿Quién?
—dijo ella, y quise creer que se debía a la SA que estuviera tomando, pero
probablemente no. Ah, Hollywood, donde todo el mundo quiere estar en las
películas y nadie se ha molestado jamás en ver una.
—¿Jeanne
Eagles? —pregunté—. ¿Carole Lombard? ¿Kim Bassinger?
—No
—dijo ella, tratando de enfocar—. Marilyn Monroe. ¿Eres ejeco de algún estudio?
—Depende.
¿Tienes chooch?
—No
—dijo ella alegremente—. Lo gasté.
—Entonces
no soy un ejeco —repliqué. Sin embargo, pude ver a uno junto a las escaleras,
hablando con otra Marilyn. La Marilyn llevaba un vestido blanco sin mangas
igual que la que estaba hablando conmigo.
Nunca
he comprendido por qué las caras, que no tienen nada que vender más que una
personalidad original, una cara original, intentan todas parecerse a otra
persona. Pero supongo que es lógico. ¿Por qué deberían ser diferentes a todos
los demás en Hollywood, que siempre ha sentido predilección por las secuelas,
las imitaciones y los remakes?
—¿Te
dedicas al cine? —insistió mi Marilyn.
—Nadie
se dedica al cine —dije, y me dirigí hacia el ejeco a través de la multitud.
Fue
una tarea más difícil que remolcar la Reina de África a través de los juncos.
Me abrí paso entre un grupo de caras que comentaban el rumor de que Columbia
Tri-Star andaba alquilando cuerpos presentes, y luego un par de rarotas con
cascos de datos que estaban en alguna otra fiesta, y me acerqué a las
escaleras.
No
distinguí que no era Mayer hasta que estuve lo bastante cerca para oír la voz
del ejeco: los ejecos de los estudios son como las Marilyns. Todos son iguales.
Y tienen los mismos diálogos.
—...
buscando una cara para mi nuevo proyecto —decía. El nuevo proyecto era un
remake de Regreso al futuro protagonizado, agh, por River Phoenix—. Es el
momento perfecto para un reestreno —añadió, inclinándose hacia el escote de la
Marilyn—. Dicen que estamos así de cerca —hizo que su pulgar y su índice casi
se tocaran— de conseguirlo de verdad.
—¿De
verdad? —dijo la Marilyn, en una imitación bastante aproximada de la vocecita
emocionada de Marilyn Monroe. Se parecía más al original que mi Marilyn, aunque
era un poco gruesa de cintura. Pero las caras no se preocupan por eso tanto
como antes. Unos cuantos kilitos de más se pueden borrar. O añadir—. ¿Se
refiere a viajar en el tiempo?
—Me
refiero a viajar en el tiempo. Aunque no será en un DeLorean, sino en una
máquina del tiempo que se parece a los deslizadores. Ya hemos elaborado los
gráficos. Sólo nos falta la actriz que dé la réplica a River. El director
quería utilizar a Michelle Pfeiffer o Lana Turner, pero le dije que debería
buscar una desconocida. Una cara nueva, alguien especial. ¿Te interesa aparecer
en las películas?
Yo
había oído ese diálogo antes. En Damas del teatro. 1937.
Regresé
a la fiesta y me acerqué a la librepantalla, donde el de la gorra de béisbol y
la barba se dirigía a algunos novatos.
—...
programado para cualquier toma que quieran. Grúas pantallas partidas, barridos.
Digamos que queremos un primer plano de este tipo. —Apuntó a la pantalla con el
mando.
—Fred
Astaire —dije—. Ese tipo es Fred Astaire.
—Se
pulsa «primer plano»...
La
sonriente cara de Fred Astaire llenó la pantalla.
—Es
el nuevo programa de montaje de ILMGM —explicó el de la gorra de béisbol—.
Elige ángulos, combina tomas, corta. Para trabajar sólo se necesita una base en
plano general, como ésta. —Pulsó un botón del mando, y un plano general de Fred
y Ginger sustituyó la cara de Fred—. Los planos generales son difíciles de
encontrar. Tuve que volver a las b-y-n para encontrar uno lo bastante largo,
pero estamos trabajando en ello. Pulsó otro botón, y fuimos invitados a una
visión de la boca de Fred, y luego su mano.
—Se
puede montar cualquier programa que se quiera —prosiguió Gorra de Béisbol,
contemplando la pantalla. La boca de Fred otra vez, el clavel blanco en su
solapa, su mano—. Esto coge la toma base y la monta usando la secuencia de la
escena de apertura de Ciudadano Kane.
Un
plano medio de Ginger, y luego del clavel. Me pregunté cuál sería Rosebud.
—Todo
está preprogramado —concluyó Gorra de Béisbol—. No hay que hacer nada. El
aparato se encarga de todo.
—¿Sabes
dónde está Mayer? —pregunté.
—Estaba
aquí —dijo él, mirando vagamente alrededor, y luego de vuelta a la pantalla,
donde Fred rehacía sus pasos—. Puede extrapolar tomas largas, aéreas,
contraplanos.
—Haz
que extrapole a alguien que sepa dónde está Mayer —dije, y me marché. La fiesta
estaba cada vez más animada. Los únicos con espacio para moverse eran Fred y
Ginger, que giraban arriba y abajo de las escaleras.
El
ejeco que yo había visto antes estaba en mitad de la sala, metiendo mano a la
misma Marilyn, o a otra distinta. Tal vez supiera dónde estaba Mayer. Me dirigí
hacia él, y en aquel momento divisé a Hedda con un manguito rosa y brazaletes
de diamantes. Los caballeros las prefieren rubias.
Hedda
lo sabe todo, todas las noticias, todo el chismorreo.
Si
alguien sabía dónde estaba Mayer, sería Hedda. Me abrí paso hacia ella, dejé
atrás al ejeco, que explicaba el viaje temporal a la Marilyn.
—Es
el mismo principio que los deslizadores —decía—. El efecto Cachemira. Los
electrones aleatorios de las paredes crean una región de materia negativa que
produce un intervalo solapado.
Debió
de ser un hackólito antes de transformarse en ejeco.
—El
efecto Cachemira te permite solapar el espacio para salir de una estación de
deslizadores a otra, y lo mismo es teóricamente posible para salir de un
tempomento paralelo a otro. Tengo un opdisk que lo explica todo —dijo,
acariciándole el escote—. ¿Qué te parece si subimos a tu habitación y le
echamos un vistazo?
Pasé
apretujándome a su lado, esperando no acabar cubierto de sanguijuelas, y
conseguí llegar junto a Hedda.
—¿Está
Mayer por aquí? —pregunté.
—No
—dijo ella, su cabeza platino inclinada sobre la colección de cubos y cápsulas
que llevaba en la mano enguantada de rosa—. Estuvo aquí unos minutos, pero se
marchó con una de las novatas. Y cuando la fiesta empezó había un tipo de
Disney husmeando. Se rumorea que Disney va a hacerle una opa a ILMGM.
Otro
motivo para que me pagaran enseguida.
—¿Comentó
Mayer si pensaba volver?
Ella
sacudió la cabeza, todavía sumida en el estudio de la farmacia.
—¿Hay
algo de chooch por ahí? —pregunté.
—Creo
que son éstas —dijo, tendiéndome dos cápsulas púrpuras y blancas—. Una cara me
dio todo este material, y me dijo cuál era cuál, pero ya no me acuerdo. Estoy
segura de que éstas son chooch. Tomé algunas. Te lo haré saber en un minuto.
—Magnífico
—dije, deseando poder tomarlas enseguida. Que Mayer se largara con una novata
podría significar que estaba tonteando otra vez, lo cual significaba otro
pastiche—. ¿Qué se sabe del jefe de Mayer? ¿Su nueva amiguita no le ha
despedido todavía?
Ella
pareció repentinamente interesada.
—No,
que yo sepa. ¿Por qué? ¿Has oído algo?
—No.
Y si
Hedda no lo había oído tampoco, no había sucedido Así que Mayer se había
llevado a la novata a su dormitoro para un ñaca rápido o una raya más rápida de
copos, y volvería en unos minutos, y yo por fin cobraría.
Cogí
un vaso de plástico a una Marilyn que pasaba y me tragué las cápsulas.
—Bien,
Hedda —dije, ya que hablar con ella era mejor que hacerlo con el de la gorra de
béisbol o el ejeco viajero del tiempo—, ¿qué otros chismes vas a meter en tu
columna esta ser mana?
—¿Columna?
—preguntó, con expresión confusa—. Siempre me llamas Hedda. ¿Por qué? ¿Es una
estrella de cine?
—Columnista
de cotilleos. Sabía todo lo que pasaba en Hollywood. Como tú. ¿Y bien? ¿Qué
pasa?
—Viamount
tiene un nuevo programa foley automático —declaró ella rápidamente—. ILMGM se
está preparando para registrar los derechos sobre Fred Astaire y Sean Connery,
que al final se ha muerto. Y se comenta que Pinewood está contratando cuerpos
presentes para la nueva secuela de Batman. Y Warner... —Se detuvo a media
palabra y se miró la mano con el ceño fruncido.
—¿Qué
ocurre?
—Creo
que no es chooch. Me siento un poco... —Se miró la mano—. Tal vez las amarillas
eran el chooch. —Rebuscó en su mano—. Esto parece más hielo.
—¿Quién
te las dio? ¿El tipo de Disney?
—No.
Un tipo que conozco. Un cara.
—¿Cómo
es? —dije. Pregunta estúpida. Sólo hay dos variedades: James Dean y River
Phoenix—. ¿Está aquí?
Ella
sacudió la cabeza.
—Me
las dio porque se marchaba. Dijo que ya no las necesitaría, y además, en China
lo arrestarían por tenerlas.
—¿China?
—Dijo
que allí tenían un estudio de vivacciones, y estaban contratando dobles y
cuerpos presentes para sus películas de propaganda.
Y yo
que pensaba que hacer pastiches para Mayer era el peor trabajo del mundo.
—A
lo peor era linearroja —dijo, rebuscando entre las cápsulas—. Espero que no. La
linearroja siempre me deja como una mierda al día siguiente.
—En
vez de como Marilyn Monroe —dije, buscando a Mayer en la sala. Aún no había
vuelto. El ejeco del viaje temporal se dirigía hacia la puerta con una Marilyn.
Los rarotas de los cascos de datos se reían y gesticulaban al aire, obviamente
en una fiesta mucho mejor que ésta. Fred y Ginger hacían demos de otro programa
montador. Rápidos planos de Ginger, las cortinas del salón de baile, la boca de
Ginger, las cortinas. Debía de ser la escena de la ducha de Psicosis.
El
programa terminó y Fred tomó la mano tendida de Ginger, el borde negro de su
falda aleteando por el impulso, y la hizo girar hasta caer en sus brazos. Los
bordes de la librepantalla empezaron a desenfocarse. Miré hacia las escaleras.
También se nublaban.
—Mierda,
no es linearroja —dije—. Es klieg.
—¿Sí?
—preguntó ella, olisqueándolo.
Lo
es, pensé disgustado, ¿y qué voy a hacer ahora? Un cuelgue con klieg no era lo
más conveniente para tener una reunión con un psicópata como Mayer, y el
maldito material no sirve para nada más. Ni espit, ni alucinaciones, ni
siquiera un zumbido. Sólo visión nublada, y luego un destello de realidad
indeleble.
—Mierda
—repetí.
—Si
es klieg —dijo Hedda, agitándolo con su mano enguantada—, al menos podemos
tener una buena sesión de sexo.
—No
necesito el klieg para eso —protesté, pero empecé a buscar en la sala alguien
con quien hacer ñaca.
Hedda
tenía razón. Destellar durante el sexo conseguía un orgasmo inolvidable.
Literalmente. Escruté a las Marilyns. Podría hacer el número del cásting del
ejeco con una de las novatas, pero uno nunca sabía cuánto podría tardar, y
sentía que sólo me quedaban unos pocos minutos. La Marilyn con la que había
hablado antes se encontraba junto a la librepantalla, escuchando el discurso
del ejeco del viaje temporal.
Miré
hacia la puerta. Había una chica en el umbral, mirando dubitativa a la fiesta
como si estuviera buscando a alguien. Tenía el pelo castaño claro y rizado,
echado hacia atrás en las sienes. La puerta tras ella estaba oscura, pero tenía
que haber alguna luz por alguna parte porque sus cabellos brillaban como si
estuviera a contraluz.
—De
todas las clases de jaco que hay en el mundo... —dije.
—¿Jaco?
—dijo Hedda, sumida en su asombro pastillero—. Creí que habías dicho que era
klieg. —Lo olisqueó.
La
chica tenía que ser una cara, era demasiado bonita para no serlo, pero el pelo
era equivocado, y el traje, que no era un vestido sin mangas, ni tampoco
blanco. Era negro, con un chalequito verde a juego, y llevaba guantes verdes
cortos. ¿Deanna Durbin? No, el color del pelo no coincidía. Y lo llevaba sujeto
con una cinta verde. ¿Shirley Temple?
—¿Quién
es ésa?—murmuré.
—¿Quién?
—Hedda lamió su dedo enguantado y lo frotó en el polvillo que habían dejado las
píldoras.
—Esa
cara de allí —le señalé. Ella se había apartado de la puerta, pero su cabello
castaño claro seguía capturando la luz y creando un halo.
Hedda
lamió el polvillo de su guante.
—Alice
—dijo.
¿Alice
quién? ¿Alice Faye? No, Alice Faye era rubia platino, como todo el mundo en
Hollywood. Y no le iban las cintas en el pelo. ¿Charlotte Henry en Alicia en el
país de las maravillas?
Fuera
quien fuese quien buscaba la chica (el Conejo Blanco, probablemente), había
renunciado a buscarlo, y contemplaba la librepantalla. En ella, Fred y Ginger
bailaban uno alrededor del otro sin tocarse, mirándose a los ojos.
—¿Alice
quién? —pregunté.
Hedda
fruncía el ceño ante su dedo.
—¿Eh?
—¿Quién
se supone que es? ¿Alice Faye? ¿Alice Adams? ¿Alicia ya no vive aquí?
La
chica se había apartado de la pared, con los ojos todavía fijos en la pantalla,
y se dirigía hacia el de la gorra de béisbol. Él saltó hacia delante, encantado
por tener nuevo público, y empezó su discurso, pero la chica no le escuchaba.
Contemplaba a Fred y Ginger, con la cabeza alzada hacia la pantalla. Sus
cabellos capturaban toda la luz del enlace de fibra-op.
—Creo
que no me dijo nada de eso —comentó Hedda, lamiéndose de nuevo el dedo—. Es su
nombre.
—¿Qué?
—Alice
—dijo—. A-l-i-s. Es su nombre. Es una novata. Historia cinematográfica. De
Illinois.
Bueno,
eso explicaba la cinta, aunque no el resto del atuendo. No era Alice Adams. Los
guantes eran de los cincuenta, no de los treinta, y su cara no era lo
suficientemente angulosa para intentar ser Katharine Hepburn.
—¿Quién
se supone que es?
—Me
pregunto cuál de éstos es hielo —prosiguió Hedda, rebuscando de nuevo en su
mano—. Se supone que hace que el destello vaya más rápido. Quiere bailar en el
cine.
—Creo
que ya has tomado bastantes pastis —dije, intentando cogerle la mano.
Ella
la cerró, protegiendo las pastillas.
—No,
de verdad. Es bailarina.
La
miré, preguntándome cuántas píldoras sin marca había tomado antes de que yo
llegara.
—Nació
el mismo año en que murió Fred Astaire —dijo, haciendo un gesto con el puño
cerrado—. Lo vio en el enlace de fibra-op y decidió venir a Hollywood para
bailar en las películas.
—¿Qué
películas?
Ella
se encogió de hombros, concentrada de nuevo en su mano.
Observé
a la muchacha. Seguía absorta en la pantalla.
—Ruby
Keeler —dije.
—¿Eh?
—preguntó Hedda.
—La
bailarina animosa de La calle 42 que quiere ser una estrella.
Sólo
que llegaba veinte años demasiado tarde. Pero justo a tiempo para un ñaca, y si
era lo bastante ingenua para creer que podría aparecer en las películas,
llevármela al catre estaría chupado.
No
tendría que explicarle el viaje temporal, como el ejeco, que hablaba muy
entretenido con una Marilyn vestida de negro que empuñaba un ukelele. Con
faldas y a lo loco.
—Verás,
me rechazas en este tempomento —decía—, pero en un tempomento paralelo ya
estamos ñaqueando. —Se acercó más—. Hay cientos de miles de tempomentos. ¿Quién
sabe qué estamos haciendo en uno de ellos?
—¿Y
si le rechazo en todos? —replicó la Marilyn.
Pasé
rozando su vestido, pensando que me podría valer si Ruby pasaba de mí, y me
dirigí hacia la pantalla atravesando la multitud.
—¡No!
—dijo Hedda en voz alta.
Al
menos media sala se volvió para mirarla.
—¿No
qué? —dije, volviendo con ella. Miraba a Alis, y su cara tenía la expresión
alerta y ligeramente aturdida que produce el klieg.
»Acabas
de destellar, ¿verdad? —le pregunté—. Ya te dije que era klieg. Y eso significa
que yo haré lo mismo dentro de poco, así que si me disculpas...
Ella
me agarró el brazo.
—Creo
que no deberías... —dijo, todavía mirando a Alis—. Ella no... —Me miraba,
preocupada. Mildred Natwick en La legión invencible, diciéndole a John Wayne
que tuviera cuidado.
—¿No
qué? ¿No hará ñaca conmigo? ¿Te apuestas algo?
—No
—dijo ella, sacudiendo la cabeza como si quisiera despejarla—. Tú... ella sabe
lo que quiere.
—Yo
también. Y gracias a tu política de ruleta rusa respecto a los productos
químicos, promete ser una experiencia inolvidable. Si puedo llevarme a Ruby a
mi habitación en los próximos diez minutos. Ahora, si no hay más objeciones...
—dije, y empecé a marcharme.
Ella
alargó la mano, como si quisiera agarrarme la manga, y luego la dejó caer.
El
ejeco hablaba de regiones de materia negativa. Lo sorteé y me acerqué a la
pantalla, donde Alis miraba la cara de Fred, las escaleras, la falda con orilla
negra de Ginger, la mano de Fred.
Era
tan bonita en primer plano como en plano general. Su pelo echado hacia atrás
capturaba la luz aleteante de la pantalla y su rostro tenía una expresión
intensa, concentrada.
—No
deberían hacer eso —dijo.
—¿Qué?
¿Pasar una película? Hay que pasar una película en una fiesta. Es la ley de
Hollywood.
Ella
se volvió y me sonrió encantada.
—Conozco
esa línea de diálogo. Es de Cantando bajo la lluvia. No me refería a la
película, sino a montarla así. —Miró de nuevo hacia la pantalla. Ahora mostraba
un cenital, y lo único que se podían ver eran las coronillas de Fred y Ginger.
—¿He
de suponer que no te gusta el programa montador de Vincent?
—¿Vincent?
Señalé
con la cabeza al de la gorra de béisbol, que estaba en un rincón haciéndose una
raya de illy.
—¿No
te recuerda a Vincent Price en Los crímenes del museo de cera?
El
programa montador volvió a mostrar planos rápidos: los pasos, la cara de Fred,
primerísimo plano de un paso. La escena del cochecito del bebé de El acorazado
Potemkin.
—En
más de un sentido —añadí.
—Fred
Astaire siempre insistió en que rodaran sus coreografías en plano secuencia
general —dijo ella, sin apartar los ojos de la pantalla—. Decía que era la
única forma de filmar los bailes.
—Eso
decía, ¿eh? No me extraña que me guste más la original —comenté—. La tengo en
mi habitación.
Y
eso la hizo apartarse del rápido analítico de los pies, el hombro y el pelo de
Ginger para mirarme. Era la misma expresión intensa y concentrada con que había
contemplado la pantalla, y sentí que los bordes empezaban a difuminarse.
—Nada
de cortes, ni de ángulos de cámara —dije rápidamente—. Nada preprogramado. Toma
continua y en plano general. ¿Quieres subir y echarle un vistazo?
Ella
miró la librepantalla. El pecho de Fred, su cara, sus rodillas.
—Sí
—accedió—. ¿Tienes la película de verdad? ¿Sin colorear ni nada?
—La
de verdad —aseguré, y la conduje escaleras arriba.
RUBY
KEELER [Nerviosa]: Nunca había estado en un apartamento de soltero.
ADOLPHE
MENJOU [Sirviendo champagne]: Nunca habías estado en Hollywood. [Le tiende una
copa.] Ten, querida, esto te relajará.
RUBY
KEELER [Deambulando cerca de la puerta]: Dijo usted que tenía una solicitud
para una prueba. ¿No debería rellenarla?
ADOLPHE
MENJOU [Reduciendo las luces]: Más tarde, querida, cuando hayamos tenido
ocasión de conocernos.
—Tengo
todo lo que quieras —le prometí a Alis mientras subíamos—. Todas las
bibliotecas de la ILMGM, y la Warner y la Fox-Mitsubishi, al menos todo lo que
ha sido digitalizado, que debería ser todo lo que quieres. —La conduje por el
pasillo—. Las películas de Fred Astaire y Ginger Rogers eran de la Warner,
¿verdad?
—RKO.
—Es
lo mismo. —Abrí la puerta—. Ya hemos llegado —anuncié, y le mostré mi
habitación.
Ella
dio un confiado paso al interior y luego se detuvo al ver las tres paredes
cubiertas con pantallas de espejo.
—¿No
me habías dicho que eras estudiante?
Ahora
no era el momento de decirle que no había asistido a clase en más de un
semestre.
—Lo
soy —dije, adelantándome a ella para que avanzara, y cogiendo una camisa—.
Ropas por todo el suelo, la cama sin hacer. —Tiré la camisa a un rincón—. Andy
Hardy va a la universidad.
Ella
miraba el digitalizador y el conector del enlace de fibra-op.
—Creía
que sólo los estudios tenían Crays.
—Trabajo
para ellos para pagarme los estudios —expliqué. Y para surtirme de chooch.
—¿Qué
clase de trabajo? —preguntó, contemplando el reflejo de su propio rostro en las
pantallas plateadas, y ahora tampoco era el momento de decirle que me
especializaba en conseguir ñaquis para los ejecos de los estudios.
—Remakes
—dije. Alisé las sábanas—. Siéntate.
Ella
se quedó en el borde de la cama, con las rodillas muy juntas.
—Muy
bien —sonreí, sentándome ante el comp. Pedí el menú de la biblioteca Warner—.
El Continental es de Sombrero de copa., ¿no?
—La
alegre divorciada —dijo ella—. Casi al final.
—Pantalla
principal, fotograma final y vuelve a 98 —ordené. Fred y Ginger saltaron a la
pantalla y subieron a una mesa—. Reb a 96 fotogramas por segundo. —Y saltaron
de la mesa y fueron hacia atrás del desayuno al salón de baile.
Rebobiné
hasta el principio del número y lo dejé en marcha.
—¿Quieres
sonido? —pregunté.
Ella
sacudió la cabeza, absorta ya en la pantalla. Tal vez esto no había sido una
buena idea. Se inclinó hacia delante, y la misma expresión concentrada de antes
asomó a su rostro, como si estuviera intentando memorizar los pasos. No me
hacía ni caso, lo cual no era exactamente la idea al invitarla.
—Menú
—dije—. Películas de Fred Astaire y Ginger Rogers. —Apareció el menú—. En
pantalla uno, Al compás de la música —ordené. Normalmente había un gran baile
final en estas películas, ¿no?—. Fotograma final y vuelve a 96.
La
había. En la pantalla superior izquierda, Fred con frac hacía girar a Ginge y
su vestido plateado.
—Fotograma
102-044 —dije, leyendo el código al pie—. Avanza en tiempo real y repite. Bucle
continuo. Pantalla dos, Sigamos la flota, pantalla tres, Sombrero de copa,
pantalla cuatro, Descuidada. Fotograma final y vuelve a 96.
Impuse
en todas bucles continuos y repasé el resto de la lista de Fred y Ginger,
llenando la mayoría de las pantallas de la izquierda con sus bailes: giros,
zapateos, vueltas, Fred con frac, con uniforme de soldado, botas de montar,
Ginger con largos vestidos de seda que destellaban bajo la rodilla en un
remolino de plumas, piel y abalorios. Bailaban valses, zapateaban, se
deslizaban con el Carioca, el Yam, el Piccolino. Y todos en plano general.
Todos sin cortes.
Alis
contemplaba las pantallas. La expresión atenta y concentrada había
desaparecido, y sonreía encantada.
—¿Algo
más?
—Sí.
Ritmo loco —me dijo—. El número del título. Fotograma 87-1309.
La
puse en marcha en la fila de abajo. Fred de punta en blanco, bailando con un
coro de rubias vestidas de satén negro y velos. Todas llevaban máscaras con el
rostro de Ginger Rogers, y se las ponían y alejaban de Fred, las máscaras tan
estiradas como rostros.
—¿Alguna
otra película? —dije, llamando de nuevo el menú—. Quedan pantallas de sobra.
¿Qué tal Un americano en París?
—No
me gusta Gene Kelly.
—Vale
—dije, sorprendido—. ¿Qué tal Espérame en San Luis?
—No
hay bailes excepto el número «Under the Banyan Tree», con Margaret O'Brien. Es
por culpa de Judy Garland. Bailaba que daba pena.
—Muy
bien —dije yo, aún más sorprendido—. ¿Cantando bajo la lluvia? No, espera, no
te gusta Gene Kelly.
—El
número de «Good Morning» está bien.
Escruté
en el menú películas donde no aparecieran Gene Kelly ni Judy Garland.
—¿Buenas
noticias?
—El
«Varsity Drag» —asintió ella—. Está justo al final. ¿Tienes Siete novias para
siete hermanos?
—Claro.
¿Qué número?
—El
de la construcción del granero. Fotograma 27-986.
Lo
llamé. Busqué algún pasaje donde apareciera Ruby Keeler.
—¿La
calle 42?
Ella
sacudió la cabeza.
—Es
de Busby Berkeley. No tiene bailes excepto al fondo de una toma de ensayos y
unas diecisiete barras en el número «Pettin' in the Park». Nunca hay bailes en
las de Busby Berkeley. ¿Tienes Un día en Nueva York?
—Creía
que no te gustaba Gene Kelly.
—Ann
Miller. El número del Hombre Prehistórico. Fotograma 28-650. Técnicamente es
muy buena cuando se dedica al claque.
No
sé por qué estaba tan sorprendido o qué esperaba. Adoración total, supongo. A
Ruby Keejerniurmurando: «¡Dios, señor Ziegfield, un papel en su espectáculo!
¡Qué maravilla!» O a Judy Garland tal vez, mirando embelesada la foto de Clark
Gable en Melodías de Broadway de 1938. Pero a ella no le gustaba Judy, y había
rechazado a Gene Kelly con tanta indiferencia como si fuera una chica que se
presenta a una prueba para el coro en una de Busby Berkeley. Que, por cierto,
tampoco le gustaba.
Llené
las pantallas de Fred Astaire, que sí le gustaba, aunque ninguna de sus
películas en color eran tan buenas como las de blanco y negro, ni tampoco sus
compañeras. La mayoría se quedaban colgadas mientras él giraba alrededor, o
adoptaban una pose y le dejaban bailar en círculos, literalmente, a su
alrededor.
Alis
no las contemplaba. Había vuelto a la pantalla central y observaba a Fred, en
plano general, levantando del suelo a una ingrávida Ginger.
—¿Es
eso lo que quieres hacer? —pregunté, señalando—. ¿Bailar el Continental?
Ella
sacudió la cabeza.
—Todavía
tengo que aprender mucho. Sólo conozco unos cuantos pasos. Podría hacer eso
—dijo, señalando el «Varsity Drag», y luego al número de cowboys de Cabecita
loca—. Y tal vez eso. Coro, no principal.
Y
eso tampoco era lo que yo esperaba. Lo único que tienen en común las caras bajo
sus lunares de Marilyn es la absoluta convicción de que cumplen todos los
requisitos para convertirse en una estrella. En la mayoría de los casos no es
así: no saben actuar o mostrar emoción, ni siquiera pueden hacer una razonable
imitación de la voz sensual de Norma Jean y su vulnerabilidad tan sexy, pero
todas creen que lo único que se interpone entre ellas y el estrellato es la
mala suerte, no la falta de talento. Nunca había oído a ninguna decir: «Tengo
que aprender mucho.»
—Voy
a necesitar un profesor de baile —decía Alis—. ¿Conoces alguno?
¿En
Hollywood? Era tan probable que encontrara alguno como que se encontrara con
Fred Astaire. Menos.
¿Y
qué si era lo bastante lista para conocer sus propios fallos? ¿Qué si había
estudiado las películas y las criticaba? Nada de eso iba a hacer volver los
musicales. Nada de eso iba a hacer que ILMGM empezara a rodar vivacciones otra
vez.
Miré
las pantallas. En la fila de abajo Fred intentaba encontrar a la auténtica
Ginger entre las máscaras. En la tercera pantalla, fila de arriba, intentaba
seducirla: ella se apartaba, él avanzaba, ella regresaba, él se inclinaba, ella
se inclinaba lánguidamente.
Lo
cual me recordó que sería mejor que continuara con lo mío o iba a destellar con
Alis allí sentada al borde de la cama, completamente vestida y las piernas bien
apretadas.
Pedí
sonido en la pantalla tres y me senté junto a Alis en la cama.
—Creo
que eres bastante buena —dije.
Me
miró, confundida, y entonces advirtió que estaba contestando a sus palabras de
«Todavía tengo que aprender mucho» de antes.
—No
me has visto bailar —contestó.
—No
hablaba de baile —señalé, y me incliné hacia delante para besarla.
La
pantalla central destelló en blanco.
—Mensaje
de Heada Hopper —anunció.
Deletreaba
Hedda con «a». Me pregunté si había tenido otro destello revelatorio y me
interrumpía para comunicármelo.
—Mensaje
anulado —dije, y me levanté para despejar la pantalla, pero era demasiado
tarde. El mensaje ya estaba allí.
«Mayer
está aquí—decía—. ¿Lo envío arriba? Heada.»
Sólo
hubiera faltado eso. Tendría que hacer una copia del pastiche y llevárselo.
—Archivo
River Phoenix —le dije al ordenador, y metí un opdisk en blanco—. Donde están
los muchachos. Graba remake.
Las
pantallas con los bailes se pusieron en blanco y Alis se levantó.
—¿Quieres
que me vaya?
—¡No!
—exclamé, buscando un mando a distancia. El comp escupió el disco, y lo
recogí—. Quédate aquí. Ahora mismo vuelvo. Tengo que darle esto a un tipo.
Le
tendí el mando.
—Toma.
Pulsa M para menú y pide lo que quieras. Si la película que pides no está en
ILMGM, puedes llamar a las otras bibliotecas pulsando Archivo. Volveré antes de
que acabe el Continental. Lo prometo.
Me
dirigí a la puerta. Quería cerrarla para retenerla allí, pero parecería más
creíble que pensaba volver si la dejaba abierta.
—No
te marches —dije, y corrí escaleras abajo.
Heada
me esperaba al pie de las escaleras.
—Lo
siento —dijo—. ¿Te la estabas ñaqueando?
—Gracias
a ti, no —respondí, buscando a Mayer en la sala. Todo estaba aún más abarrotado
que antes. La pantalla también: una docena de Freds y Gingers trazaban círculos
a pantalla partida uno alrededor del otro.
—No
tendría que haberte interrumpido, pero como antes me preguntaste si Mayer
estaba aquí...
—No
importa. ¿Dónde está?
—Por
allí. —Señaló en dirección de los Freds y las Gingers. Mayer estaba bajo ellos,
escuchando a Vincent explicar su programa de montaje y retorciéndose por haber
tomado demasiado chooch—. Dijo que quería hablar contigo de un trabajo.
—Magnífico
—dije—. Eso significa que su jefe tiene una nueva amiguita y tengo que pegar
una nueva cara.
Ella
negó con la cabeza.
—Viamount
va a apoderarse de ILMGM y Arthurton va a dirigir el Proyecto Desarrollo, lo
cual significa que el jefe de Mayer está despedido, y Mayer está ahora en la
cuerda floja. Tiene que distanciarse de su jefe y convencer a Arthurton de que
debe quedarse con él en vez de traerse a su nuevo equipo. Así que este trabajo
probablemente será una perla para impresionar a Arthurton, lo que podría
significar un remake, o incluso un nuevo proyecto. Y en ese caso...
Dejé
de escuchar. El jefe de Mayer estaba en la calle: el disco que yo llevaba en la
mano valía exactamente nada, y el trabajo para el que me requería era pegar en
alguna parte la amiguita de Arthurton. O tal vez a las amiguitas de todo el
consejo de dirección de Viamount. En cualquier caso, no iba a cobrar.
—...
por lo menos —proseguía Heada—, es una buena señal que recurra a ti.
—Magnífico
—dije, frotándome las manos—. «Esto podría ser mi gran salto.»
—Bueno,
podría serlo —contestó ella, a la defensiva—. Incluso un remake sería mejor que
esos trabajos de chulo que has estado haciendo.
—Todos
son trabajos de chulo. —Empecé a abrirme paso hacia Mayer a través de la
multitud.
Heada
me siguió.
—Si
es un proyecto oficial, dile que quieres créditos.
Mayer
se había colocado al otro lado de la librepantalla, probablemente intentando
escapar de Vincent, que estaba justo tras él, todavía hablando. Sobre ellos, la
multitud de la pantalla seguía girando, pero cada vez más despacio, y los
bordes de la sala empezaban a desenfocarse. Mayer se volvió, me vio, y me
saludó, todo a cámara lenta.
Me
detuve y Heada chocó contra mí.
—¿Tienes
algo de slalom? —pregunté, y ella rebuscó de nuevo en su mano—. ¿O de hielo?
¿Algo para retener un destello de klieg?
Ella
mostró el mismo grupo de cápsulas y cubos que antes, sólo que no había tantas.
—No
creo —dijo, mirándolas.
—Encuéntrame
algo, ¿vale? —pedí. Cerré los ojos con fuerza y volví a abrirlos. El desenfoque
remitió.
—Veré
si puedo encontrar algo de lude —dijo ella—. Recuerda: si es de verdad, quieres
créditos. —Se dirigió hacia una pareja de James Deans, y yo llegué junto a
Mayer.
—Aquí
tienes —le dije, y traté de tenderle el disco. No iba a cobrar, pero al menos
había que intentarlo.
—¡Tom!
—exclamó Mayer. No cogió el disco. Heada tenía razón. Su jefe estaba despedido.
—Precisamente te andaba buscando —dijo—. ¿Qué has estado haciendo?
—Trabajando
para ti —contesté, y traté de nuevo de entregarle el disco—. Ya está. Justo lo
que pediste. River Phoenix, primer plano, beso. Ella incluso tiene cuatro
líneas.
—Muy
bien —asintió, y se metió el disco en el bolsillo. Sacó un palmtop y pulsó unos
números—. Lo quieres en tu cuenta, ¿no?
—Eso
es —asentí, preguntándome si esto era algún tipo de extraño síntoma de
predestello: conseguir lo que querías. Busqué a Heada alrededor. Ya no hablaba
con los James Deans.
—Siempre
puedo contar contigo para los trabajos duros. Tengo un nuevo proyecto que
podría interesarte. —Pasó el brazo por encima de mi hombro en un gesto amistoso
y me apartó de Vincent—. Nadie lo sabe, pero hay una posibilidad de fusión
entre ILMGM y Viamount, y si sigue adelante, mi jefe y sus amiguitas habrán
pasado a la historia.
¿Cómo
lo hace Heada?, me pregunté asombrado.
—Todavía
está en fase de negociación, por supuesto, pero todos estamos entusiasmados
ante la perspectiva de trabajar con una gran compañía como Viamount.
Traducción:
es un trato cerrado, y tambalearse no es ni siquiera la palabra. Miré las manos
de Mayer, casi esperando ver sangre bajo las uñas.
—Viamount
está tan comprometido como ILMGM en la creación de películas de calidad, pero
ya sabes lo que piensa el público americano de las fusiones. Así que nuestro
primer trabajo, si esto sigue adelante, es enviarles el mensaje: «Nos
preocupamos.» ¿Conoces a Arthur Arthurton?
Lo
siento, Heada, pensé, es otro trabajo de chulo.
—¿Qué
debo hacer? —pregunté—. ¿Meter a la amiguita de Arthurton? ¿Al amiguito? ¿Al
pastor alemán?
—¡Pero
qué dices! —respondió, y miró alrededor para asegurarse de que nadie lo había
oído—. Arthurton es un dechado de virtudes: vegetariano, limpio, un auténtico
Gary Cooper. Está completamente dedicado a convencer al público de que el
estudio está en manos responsables. Y ahí es donde entras tú. Te
suministraremos una puesta al día de memoria y un imprime-y envía automático, y
te pondremos en nómina. —Agitó ante mí el disco de la amiguita de su ex jefe—.
Se acabó eso de tener que localizarme en las fiestas —sonrió.
—¿En
qué consiste el trabajo?
No
respondió. Contempló la sala, retorciéndose.
—Veo
muchas caras nuevas —dijo, sonriendo a una Marilyn con plumas amarillas. Luces
de candilejas—. ¿Algo interesante?
Sí,
en mi habitación, y quiero destellar con ella, no contigo, Mayer, así que al
grano.
—ILMGM
ha perdido algo de impulso últimamente. Ya conoces la moda: violencia, SA,
influencia negativa. Nada serio, pero Arthurton quiere proyectar una imagen
positiva...
Y es
un auténtico Gary Cooper. Me equivocaba, Heada. Esto no es un trabajo de chulo.
Es quemar y arrasar.
—¿Qué
quiere eliminar?—dije. Él empezó a retorcerse otra vez.
—No
es un trabajo de censura, sólo unos cuantos ajustes aquí y allá. La revisión
media no será más de unos diez fotogramas. Cada uno te llevará tal vez unos
quince minutos, y la mayoría son simples anulaciones. El comp puede hacerlas
automáticamente.
—¿Y
qué tengo que quitar? ¿Sexo? ¿Chooch? —SA. Veinticinco por película, y cobrarás
aunque no tengas que cambiar nada. Podrás abastecerte de chooch durante un año.
—¿Cuántas
películas?
—No
muchas. No lo sé exactamente.
—¿Todo?
¿Cigarrillos? ¿Alcohol?
—Todas
las sustancias adictivas —asintió él—, visuales, audios y referencias. Pero la
Liga Antitabaco ya ha quitado la nicotina, y la mayoría de las películas de la
lista tiene sólo un par de escenas que deben ser reelaboradas. Muchas ya están
limpias. Sólo tendrás que verlas, hacer una impresión-y-envío, y cobrar.
Cierto. Y luego suministrar códigos de acceso durante dos horas. Borrar era
fácil, cinco minutos como máximo, y una superposición diez, incluso trabajando
a partir de un vid. El coñazo eran los accesos. Incluso mi maratón de River
Phoenix no era nada comparado con las horas que pasaría leyendo accesos,
abriéndome paso a través de guardias autorizados y cerraduras-ID para que la
fuente de fibra-op no escupiera automáticamente los cambios que hiciera.
—No,
gracias —dije, y traté de hacerle coger el disco—. No sin acceso pleno.
Mayer
pareció paciente.
—Sabes
por qué son necesarios los códigos de autorización.
Por
supuesto. Para que nadie pueda cambiar un píxel de todas esas películas
registradas, o dañar un pelo de la cabeza de todas esas estrellas compradas y
pagadas. Excepto los estudios.
—Lo
siento, Mayer. No me interesa —dije, y empecé a retirarme.
—Vale, vale —me interrumpió él,
retorciéndose—. Cincuenta por cada y acceso de ejeco pleno. No puedo hacer nada
respecto a los cerrojos-ID del enlace de fibra-op y los registros de la
Sociedad de Conservación Cinematográfica. Pero puedes tener completa libertad
en los cambios. Nada de aprobación previa. A tu aire.
—Sí
—bufé—. A mi aire.
—¿Trato
hecho?
Heada
pasaba ante la pantalla, observando a Fred y Ginger. Estaban en primer plano,
mirándose a los ojos.
Al
menos el trabajo me daría pasta suficiente para mis clases y mis propias SA, en
vez de pedir a Heada que mendigara por mí, en vez de tomar klieg por error y
tener que preocuparme por destellar con Mayer y llevar una imagen indeleble de
él grabada en mi cabeza para siempre. Y todos son trabajos de chulo, dentro o
fuera. Aunque sean oficiales.
—¿Por
qué no? —Me encogí de hombros.
Heada
se acercó. Me cogió la mano y me deslizó un lude.
—Magnífico
—dijo Mayer—. Te daré una lista. Puedes hacerlo en el orden que quieras, pero
ten listo un mínimo de doce por semana.
Asentí.
—Me
pondré ahora mismo —asentí, y me dirigí hacia las escaleras, tragándome el lude
por el camino.
Heada
me persiguió hasta el pie de las escaleras.
—¿Conseguiste
el trabajo?
—Sí.
—¿Es
un remake?
No
tenía tiempo de escuchar lo que diría cuando descubriera que era un trabajo de
barrido y quema.
—Sí
—contesté, y corrí escaleras arriba.
En
realidad no había ninguna prisa. El lude me daría al menos media hora y Alis
estaba ya en la cama. Si estaba todavía allí. Si no se había hartado de Fred y
Ginger y se había marchado.
La
puerta estaba entornada, tal como yo la había dejado, cosa que podía ser buena
o mala señal. Me asomé. Vi las pantallas más cercanas. Apagadas. Gracias,
Mayer. Se ha ido, y todo lo que tengo a cambio es una lista de la Oficina Hays.
Con un poco de suerte llegaré a destellar con Walter Brennan dando un sorbo de
whisky matarratas.
Empecé
a abrir la puerta y me detuve. Ella estaba allí, después de todo. Descubrí su
reflejo en las pantallas plateadas. Estaba sentada en la cama, inclinada hacia
delante, observando algo. Abrí más la puerta para ver de qué se trataba.
Contemplaba la pantalla central. Era la única que seguía encendida. No debía de
haber podido comprender las otras pantallas a partir de mis apresuradas
instrucciones, o a lo mejor en Bedford Falls sólo estaban acostumbrados a una
única pantalla.
Observaba
con la misma expresión concentrada que tenía abajo, pero no era el Continental.
No era ni siquiera Ginger Rogers bailando codo con codo con Fred. Era Eleanor
Powell. Fred y ella bailaban claqué sobre un oscuro suelo pulido. Había luces
al fondo, haciendo de estrellas, y el suelo las reflejaba en largos y
titilantes senderos de luz.
Fred
y Eleanor vestían de blanco: él con un traje de calle, nada de frac, ni
sombrero de copa esta vez; ella con un vestido blanco con falda hasta la
rodilla que giraba cuando ella lo hacía. Sus cabellos castaño claro eran igual
de largos que los de Alis y estaban recogidos con un pasador blanco que
destellaba, capturando la luz de los reflejos.
Fred
y Eleanor bailaban uno al lado de la otra, casualmente, los brazos apenas
despegados para conservar el equilibrio, las manos sin tocarse siquiera,
emparejados paso a paso.
Alis
había quitado el sonido, pero no necesité oír los pasos o la música para saber
qué era. Melodías de Broadway 1940, la segunda mitad del número «Begin the
Beguine». La primera mitad era un tango, chaqueta formal y vestido largo
blanco, el tipo de cosa que Fred hacía con todas sus compañeras, excepto que en
el caso de Eleanor Powell no tenía que cubrirla o maniobrar alrededor de ella
con pasitos elegantes. Su compañera sabía bailar igual de bien que él.
Y la
segunda mitad era esto: nada de trajes de fantasía, ni alboroto, los dos
bailando el uno junto al otro, plano general y una sola toma continua, sin
cortar. El zapateó una combinación, ella la repitió, marcando los pasos con
total precisión, él hizo otra, ella respondió, sin que ninguno mirara a su
pareja, concentrados en la música.
—Concentrados,
no. Error. No había concentración en ellos, ningún esfuerzo; podrían haber
inventado toda la coreografía mientras pisaban el suelo pulido, improvisando
sobre la marcha.
Me
quedé en la puerta, viendo cómo Alis los contemplaba allí sentada en el borde
de la cama, y parecía que el sexo era lo último que le preocupaba. Heada tenía
razón: había sido una mala idea. Debería regresar a la fiesta y buscar alguna
cara que no tuviera las rodillas apretadas, cuya gran ambición fuera trabajar
como cuerpo presente para Columbia Tri-Star. El lude que acababa de tomar
retendría cualquier destello el tiempo suficiente para que convenciera a una de
las Marilyns para que me acompañara.
Por
otra parte, Ruby Keeler no me echaría de menos: estaba ajena a todo menos a
Fred Astaire y Eleanor Powell, que hacían una serie de zapateados rápidos.
Probablemente ni siquiera se daría cuenta si me llevaba a la Marilyn a la cama
para ñaquear. Que es lo que debería hacer, mientras aún tenía tiempo.
Pero
no lo hice. Me apoyé contra la puerta, contemplando a Fred, Eleanor y Alis,
contemplando el reflejo de Alis en las pantallas apagadas de la derecha. Fred y
Eleanor se reflejaban también, sus imágenes superpuestas sobre la cara
concentrada de Alis en las pantallas plateadas.
Concentración
tampoco era la palabra para ella. Había perdido aquella expresión alerta y
absorta que tenía mientras veía el Continental, contando los pasos, tratando de
memorizar las combinaciones. Había ido más allá de eso, al ver a Fred y Eleanor
bailar uno a lado del otro sin tocarse siquiera. Tampoco ellos contaban,
estaban perdidos en los pasos sin esfuerzo, en los giros sencillos, perdidos en
el baile, igual que Alis. Su rostro estaba absolutamente inmóvil
contemplándolos, como un fotograma fijo, y Fred Astaire y Eleanor Powell
estaban de algún modo también inmóviles, incluso mientras bailaban.
Zapateaban,
giraban, y Eleanor hizo retroceder ahora a Fred, frente a él pero sin mirarlo,
sus pasos reflejando los de él, y luego se pusieron de nuevo a la par,
adoptaron una cadencia de zapateados, los pies y la falda girando y las
estrellas falsas reflejadas en el suelo pulido, en las pantallas, en el rostro
absorto de Alis.
Eleanor
dio una vuelta, sin mirar a Fred, sin tener que hacerlo, el giro perfectamente
compenetrado con el suyo, y volvieron a bailar uno al lado del otro, zapateando
en contrapunto, sus manos casi tocándose, la cara de Eleanor tan inmóvil como
la de Alis, intensa, ajena. Fred zapateó velozmente y Eleanor repitió los
pasos; miró de lado por encima del hombro y sonrió, una sonrisa consciente y
cómplice y totalmente alegre.
Destellé.
El
klieg suele darte al menos unos pocos segundos de advertencia, tiempo
suficiente para hacer algo que lo repela o al menos cerrar los ojos, pero esta
vez no ocurrió así. Ninguna advertencia, ningún desenfoque indicativo, nada.
En
un instante estaba apoyado contra la puerta, viendo a Alis contemplar a Fred y
Eleanor bailando, y al siguiente: congelar imagen, ¡corten!, revelar y enviar,
como un flash que te estalla en la cara, sólo que la imagen posterior es tan
clara como la foto, y no se desvanece, no se marcha.
Me
llevé la mano a los ojos, como si intentara protegerme de un estallido nuclear,
pero era demasiado tarde. La imagen ya había prendido en mi neurocórtex.
Debí
de retroceder y chocar con la puerta, y tal vez incluso grité, porque cuando
abrí los ojos, ella me miraba, alarmada, preocupada.
—¿Qué
te pasa? —dijo, levantándose de la cama y cogiéndome del brazo—. ¿Te encuentras
bien?
—Estoy
bien —aseguré. Bien. Ella tenía el mando a distancia. Se lo quité y apagué el
comp. La pantalla se volvió plateada, blanca excepto el reflejo de nosotros dos
ante la puerta. Y superpuesto sobre el reflejo otro reflejo: la cara de Alis,
embelesada, absorta, contemplando a Fred y Eleanor de blanco, bailando sobre el
suelo estrellado.
—Vamos
—dije, y cogí a Alis de la mano.
—¿Adónde?
A
alguna parte. A cualquier parte. Un cine donde pasaran cualquier película.
—A
Hollywood —dije, sacándola al pasillo—. A bailar en las películas.
Travelling
hasta plano medio: cartel de estación LATL Pantalla diamante, «Los Ángeles
Intransit» en grandes letras rosa, «Westwood Station» en verde brillante.
Cogimos
los deslizadores. Error. La sección trasera había cerrado pero estaban
prácticamente vacíos: unos cuantos turatas que volvían de los Estudios
Universal se agrupaban en el centro de la sala, un par de drogatas dormían
contra la pared del fondo, había otros tres junto a la otra pared colocando
montículos de cartas en la franja amarilla de advertencia, una Marilyn
solitaria.
Los
turatas contemplaban ansiosamente el cartel de la estación, como si tuvieran
miedo de saltarse la parada. Cosa difícil. El tiempo entre las estaciones
Intransit puede ser inst, pero los deslizadores tardan unos buenos diez minutos
en generar la región de materia-negativa que produce el tránsito, y otros cinco
antes de que enciendan las flechas de salida, y durante ese tiempo nadie va a
ninguna parte.
Los
turatas bien podían relajarse y disfrutar del espectáculo. Lo que quedaba de
él. Sólo una de las paredes laterales funcionaba, y la mitad ofrecía un bucle
continuo de anuncios de ILMGM, que al parecer no sabía todavía que le habían
hecho una opa. En el centro de la pared, un león digitalizado rugía bajo la
marca registrada del estudio en amarillo brillante: «¡Todo es posible!» La
pantalla se difuminó y se convirtió en una bruma que giraba, mientras una voz
decía: «¡ILMGM! ¡Más estrellas que en el firmamento!», y entonces anunciaba
nombres mientras dichas estrellas surgían de la niebla. Vivien Leigh corría
hacia nosotros con una gran falda de polisón; Arnold Schwarzenegger montaba en
una moto; Charlie Chaplin hacía girar su bastón.
«Trabajamos
día y noche para ofrecerle las estrellas más brillantes del firmamento», decía
la voz, lo que significaba las estrellas que actualmente estaban en litigio por
sus derechos. Marlene Dietrich, Macaulay Culkin a los diez años, Fred Astaire
con sombrero de copa y frac, avanzaban sin esfuerzo, con naturalidad, hacia
nosotros.
Yo
había arrancado a Alis del dormitorio para librarla de los espejos, del Beguine
y de Fred, que bailaba claque en mi lóbulo frontal, para encontrar algo
distinto que mirar si destellaba de nuevo, pero lo único que había hecho era
cambiar mi pantalla por otra mayor.
La
otra pared era aún peor. Al parecer, era más tarde de lo que creía. Habían
desconectado los anuncios para la noche y no era más que un largo espejo. Como
el suelo pulido sobre el que habían bailado Fred Astaire y Eleanor Powell, los
dos juntitos, las manos casi...
Me
concentré en los reflejos. Los drogatas parecían muertos. Probablemente habían
tomado unas cápsulas que Heada les había anunciado como chooch. La Marilyn
practicaba su puchero en el espejo, avanzando con una boquiabierta expresión de
sorpresa, y sujetaba su blanca falda plisada con la mano para impedir que
revoloteara. La escena de la rejilla de vapor de La tentación vive arriba.
Los
turatas seguían contemplando el cartel de la estación, que decía La Brea Tar
Pits. Alis también lo observaba, con expresión concentrada, e incluso a la luz
fluorescente y titilante de los próximos remakes de ILMGM, su pelo tenía aquel
curioso aspecto de contraluz. Mantenía los pies separados y extendió las manos,
preparada para el movimiento súbito del arranque.
—No
hay deslizadores en Riverwood, ¿eh?
Ella
sonrió.
—Riverwood.
Ésa es la ciudad natal de Mickey Rooney en Armonías de juventud —dijo—. Sólo
había uno pequeño en Galesburg. Y tenía asientos.
—Durante
la hora punta cabe más gente si no hay asientos. No es necesario que te pongas
así.
—Lo
sé —dijo, uniendo los pies—. Es que sigo esperando que nos movamos.
—Ya
lo hemos hecho —contesté, mirando el cartel de la estación. Había cambiado a
Pasadena—. Ha durado más o menos un nanosegundo. De estación a estación y sin
nada intermedio. Todo se hace con espejos.
Me
planté en la señal amarilla de advertencia y extendí la mano hacia la pared
lateral.
—Sólo
que no son espejos. Son una cortina de materia negativa que se puede atravesar
con la mano. Un ejeco de los estudios sabría explicártelo.
—¿No
es peligroso? —dijo ella, mirando la línea amarilla.
—No,
a menos que la atravieses, cosa que a veces intentan hacer los delirantes.
Antes había barreras, pero los estudios ordenaron quitarlas. Entorpecían la
imagen de sus promociones.
Ella
se volvió y miró la pared del fondo.
—¡Es
tan grande!
—Tendrías
que verlo durante el día. De noche cierran la parte trasera. Para que los
drogatas no se meen en el suelo. Hay otra sala allá —señalé la pared trasera—,
es el doble que ésta.
—Es
como una sala de ensayos —dijo Alis—. Como el estudio de baile de Al compás de
la música. Casi se podría bailar aquí.
—«No
bailaré» —dije—. «No me lo pidas.»
—Película
equivocada —sonrió ella—. Eso es de Robería.
Se
volvió hacia la pared de espejo, la falda aleteando, y su reflejo convocó la
imagen de Eleanor Powell junto a Fred Astaire en el suelo oscuro y pulido, su
mano...
Me
obligué a mirar decididamente la otra pared, donde destellaba un avance de la
nueva película de Star Trek, hasta que remitió, y luego me volví hacia Alis.
Ella
observaba el cartel de la estación. Pasadena destellaba. Una línea de flechas
verdes conducía al frente, y los turatas las seguían a través de la puerta de
salida de la izquierda y se marchaban a Disneylandia.
—¿Adónde
vamos?—preguntó Alis.
—A
ver las vistas. Las casas de las estrellas. Lo que debería ser Forrest Lawn,
sólo que ya no las hay. Han vuelto a la pantalla plateada, trabajando gratis.
Indiqué
con la mano la pared cercana, donde aparecía un anuncio del remake de Pretty
Woman, protagonizada, cómo no, por Marilyn Monroe.
Marilyn
hizo una entrada con un vestido rojo, y la Marilyn dejó de practicar su puchero
y se acercó a mirar. Marilyn agitó una escarola ante un camarero, fue a Rodeo
Drive a comprar un vestido blanco sin mangas, se difuminó en un beso de pasión
con Clark Gable.
—Aparecerá
pronto como Lena Lamont en Cantando bajo la lluvia —dije—. Así que dime por qué
odias a Gene Kelly.
—No
es eso —respondió ella, considerándolo—. Un americano en París me parece
horrible, y también esa parte fantástica de Cantando bajo la lluvia, pero
cuando baila con Donald O'Connor y Frank Sinatra, es un buen bailarín. Es sólo
que hace que resulte tan difícil. —¿Y no lo es?
—Pues
claro. De eso de trata. —Frunció el ceño—. Cuando hace saltos o pasos
complicados, agita los brazos, jadea y resopla. Es como si quisiera que sepas
lo difícil que es. Fred Astaire no hace eso. Sus pasos son muchísimo más
complejos que los de Gene Kelly, pueden llegar a ser endemoniados, pero no ves
nada de eso en la pantalla. Cuando baila, no parece que se esté esforzando en
lo más mínimo. Parece fácil, como si lo hubiera improvisado en ese momento...
La
imagen de Fred y Eleanor empujó de nuevo, los dos de blanco, bailando
tranquilamente, sin esfuerzo, por el suelo estrellado...
—E
hizo que parezca tan fácil que pensaste que podrías venir a Hollywood y hacerlo
también —señalé.
—Sé
que no será fácil —respondió ella en voz baja—. Sé que no hay muchas
vivacciones...
—Ninguna
—apunté—. No se hace ninguna. A menos que estés en Bogotá. O en Beijing. Todo
son GO. No se precisan actores. Ni bailarines tampoco, pensé, pero no lo dije.
Seguía esperando poder conseguir un ñaca de todo aquello, si podía agarrarme a
ella hasta el siguiente destello. Tenía un dolor de cabeza mortal, cosa que se
suponía no era un efecto secundario.
—Pero
si todo son gráficos de ordenador —decía Alis ansiosamente—, entonces pueden
hacer todo lo que quieran. Incluso musicales.
—¿Y
qué te hace pensar que quieran? No han rodado un musical desde 1996.
—Van
a registrar a Fred Astaire —dijo, señalando la pantalla—. Deben quererlo para
algo.
Para
algo, sí, pensé. La secuela de El coloso en llamas. O películas snuffporno.
—Ya
sé que no será fácil —repitió ella, a la defensiva—. ¿Sabes lo que dijeron
sobre Fred Astaire la primera vez que llegó a Hollywood? Todo el mundo dijo que
estaba acabado, que su hermana era la que tenía todo el talento, que era un
segundón de vodevil que nunca conseguiría triunfar en el cine. En su prueba de
imagen alguien escribió: «Treinta años, calvete, sabe bailar un poco.» Ellos
tampoco creían que pudiera conseguirlo, y mira qué sucedió.
Entonces
había películas en las que podía bailar, pensé, pero ella debió notármelo en la
cara porque dijo:
—Estaba
dispuesto a trabajar bien duro, y yo también. ¿Sabías que solía ensayar sus
números durante semanas antes de que la película empezara siquiera a rodarse?
Gastó seis pares de zapatos ensayando Descuidada. Estoy dispuesta a practicar
tanto como él. Sé que debo perfeccionarme. Necesito aprender ballet, también.
Lo único que sé es jazz y claque. Y no conozco demasiadas rutinas todavía.
Tendré que buscar a alguien que me enseñe bailes de salón.
¿Dónde?,
pensé. No ha habido ni un profesor de danza en Hollywood desde hace veinte
años. Ni un coreógrafo. Ni un musical. Los GO pueden haber matado la vivacción,
pero no al musical. Se murió él sólito allá por los sesenta.
—También
necesitaré un trabajo para pagarme las lecciones de baile —proseguía ella—. La
chica con la que hablabas en la fiesta... la que se parece a Marilyn Monroe...
dijo que tal vez podría conseguir un trabajo como cara. ¿Qué es lo que hacen?
Ir a fiestas, mariposear por todas partes intentando llamar la atención de
alguien que cambie un revolcón por un pastiche, tragar chooch, pensé, deseando
tener algo que tragar.
—Sonríen
y hablan y ponen cara triste mientras algún hackólito las escanea.
—¿Como
una prueba de pantalla?
—Como
una prueba de pantalla. Luego el hackólito digitaliza el escaneo de tu cara y
la mete en un remake de Ha nacido una estrella y puedes ser la próxima Judy
Garland. Sólo que, ¿por qué hacer eso cuando el estudio ya tiene a Judy
Garland?
Y a
Barbra Streisand. Y a Janet Gaynor. Y todas tienen copyrights, todas son
estrellas, así que, ¿por qué iban los estudios a correr riesgos con una cara
nueva? ¿Y por qué correr riesgos con una película nueva cuando pueden hacer una
secuela o una copia o un remake de algo que ya poseen? Y ya que estamos en
ello, ¿por qué no remakes con un elenco de estrellas? ¡Hollywood, el reciclador
definitivo!
Indiqué
con la mano la pantalla donde ILMGM anunciaba los próximos estrenos.
—El
fantasma de la Ópera —decía la voz—. Protagonizada por Anthony Hopkins y Meg
Ryan.
—Mira
eso —me burlé—. El último esfuerzo de Hollywood... ¡un remake de un remake de
una película muda!
El
trailer terminó, y el bucle empezó de nuevo. El león digitalizado emitió su
rugido digitalizado, y sobre él un láser digitalizado marcó en dorado: «¡Todo
es posible!»
—Todo
es posible —convine—, si tienes los digitalizadores y los Crays y la memoria y
el enlace de fibra-op para enviarlo.
Y
los copyrights.
Las
letras doradas se difumaron, y Escarlata se abrió paso hacia nosotros,
sujetándose primorosamente la falda.
—Todo
es posible, pero sólo para los estudios. Lo poseen todo, lo controlan todo,
lo...
Me
interrumpí, pensando, ahora no habrá manera de pegar un ñaca después de este
estallido. ¿Por qué no le dices directamente que su sueño es imposible?
Pero
ella no escuchaba. Miraba la pantalla, donde los casos de copyrights eran
expuestos para su inspección. Esperaba a que apareciera Fred Astaire.
—La
primera vez que lo vi, supe lo que quería —dijo, los ojos fijos en la pared—.
Sólo que «querer» no es la palabra adecuada. No es como querer un vestido
nuevo...
—O
algo de chooch.
—Ni
siquiera es esa clase de deseo. Es... hay una escena en Sombrero de copa donde
Fred Astaire está bailando en la habitación de su hotel y Ginger Rogers tiene
la habitación de debajo. Sube a quejarse del ruido y él le dice que a veces se
sorprende a sí mismo bailando, y ella responde...
—«Supongo
que es una especie de enfermedad» —la interrumpí.
Esperaba
que ella sonriera, como había hecho ante mis otras citas cinematográficas, pero
esta vez no fue así.
—Una
enfermedad —asintió, seriamente—. Sólo que tampoco es eso exactamente. Es...
cuando él baila, no es sólo que haga que parezca fácil. Es como si todos los
pasos y ensayos y la música sean sólo prácticas, y lo que él hace sea lo único
verdadero. Es como si fuera más allá del ritmo y los pasos y los giros a otro
lugar... Si pudiera llegar allí, hacer eso...
Se
detuvo. Fred Astaire surgía de la niebla con su sombrero de copa y su frac,
ladeando su sombrero con el extremo del bastón. Miré a Alis.
Le
observaba con aquella expresión perdida y arrobada que tenía en mi habitación,
cuando contemplaba a Fred y a Eleanor, los dos juntitos, vestidos de blanco,
girando y a la vez inmóviles, en silencio, más allá del movimiento, más allá...
—Vamos
—dije, y le tiré de la mano—. Nos bajamos aquí.
Y
seguimos las flechas verdes hacia la salida.
ESCENA:
Noche de estreno en el Teatro Chino de Grauman, en Hollywood. Reflectores
perforando el cielo nocturno, palmeras, fans gritando, limusinas, esmóquines,
pieles, flashes destellando.
Salimos
en Hollywood Boulevard, en la esquina de Caos y Sobrecarga Sensorial, el peor
lugar posible para destellar.
Era
una escena de De Mille, como de costumbre. Caras y turatas y liberadas y
delirantes y miles de extras, revoloteando entre los puntos de venta de vids y
las cuevas RV. Y entre las pantallas: gotas y librepantallas y diamantes y
holos, todos mostrando avances montados al estilo Psicosis de Vincent.
El
Teatro Chino de Trump tenía dos grandes gotapantallas delante, mostrando
avances del último remake de Ben-Hur. En uno de ellos, Sylvester Stallone con
faldita color bronce y sudor digitalizado se inclinaba sobre su cuadriga,
flagelando a los caballos.
No
se podía ver la otra. Había un cartel de vid-neón delante que decía Finales
Felices y una holopantalla mostraba a Escarlata O'Hara en la niebla, diciendo:
—Pero,
Rhett, yo te quiero.
—Francamente,
cariño... yo también te quiero —decía Clark Gable, y la aplastaba entre sus
brazos—. ¡Siempre te he querido!
—El
pavimento tiene estrellas —le dije a Alis, señalando hacia abajo. Había
demasiada gente para ver la acera, mucho menos las estrellas. La conduje a la
calle, que estaba igual de abarrotada, pero al menos se movía, y nos dirigimos
a las tiendas de vids.
Mirones
de las cuevas RV nos metieron a la fuerza panfletos en las manos, dos dólares
fuera de la realidad, y River Phoenix nos ofreció droga.
—¿Drag?
¿Copo? ¿Un ñaca?
Compré
un poco de chooch y lo consumí allí mismo, esperando que retuviera un destello
hasta que volviéramos a la habitación.
La
multitud se aclaró un poco y llevé a Alis de vuelta a la acera. Pasamos ante un
anuncio de cueva RV:
—¡Ciento
por ciento de enganche corporal! ¡Ciento por ciento realista!
Ciento
por ciento realista, claro. Según Heada, que lo sabe todo, el simsex ocupa más
memoria de lo que la mayoría de las cuevas RV pueden permitirse. En la mitad de
esos tugurios le colocan un casco de datos al cliente, añaden un poco de ruido
para que parezca una imagen RV, y cuelan a una liberada.
Pasé
junto a una cueva RV y nos topamos con un grupo de turatas que esperaba ante
una cabina llamada Ha Nacido Una Estrella y contemplaban un vid-tono.
—¡Convierta
sus sueños en realidad! ¡Sea una estrella de cine! Por 89.975 dólares, con el
disco incluido. ¡Autorizado por los estudios! ¡Calidad digitalizadora digna de
los estudios!
—No
sé, ¿cuál cree que debería hacer? —preguntaba una turata gorda, hojeando el
menú.
Un
hackólito de aspecto aburrido con una bata blanca y flequillo a lo James Dean
miró la película que señalaba, le tendió un bulto de plástico y la empujó hacia
un cubículo con cortina.
Ella
se detuvo a medio entrar.
—Podré
verlo en el enlace de fibra-op, ¿verdad?
—Claro
—dijo James Dean, y corrió la cortina.
—¿Tiene
algún musical? —pregunté, considerando si me mentiría como había hecho con la
turata. No iba a aparecer en el enlace de fibra-op. Nada aparece excepto los
cambios autorizados por los estudios. Pastiches y barridos y quemas. Le darían
una cinta de la escena y órdenes de no hacer copias.
Él
me miró, confuso.
—¿Musical?
—Ya
sabe. Bailes. Canciones —dije, pero la turata volvió con una túnica blanca
demasiado corta y una peluca marrón con las trenzas enrolladas sobre las
orejas.
—Súbase
aquí —indicó James Dean, señalando una caja de plástico. Abrochó un arnés de
datos sobre su grueso torso y se dirigió a un viejo compositor Digimatte y lo
conectó—. Mire a la pantalla —señaló, y todos los turatas se movieron para ver
el espectáculo. Las tropas de asalto disparaban, y Luke Skywalker apareció, de
pie en un portal ante un precipicio, con el brazo alrededor de una mancha azul
en la pantalla.
Dejé
a Alis mirando y me abrí paso entre la multitud hasta el menú. La diligencia,
El Padrino, Rebelde sin causa.
—Muy
bien, ya —dijo James Dean, escribiendo en un teclado. La turata apareció en la
pantalla junto a Luke—. Béselo en la mejilla y baje de la caja. No tiene que
saltar. El arnés de datos lo hará todo.
—¿No
se notará en la película?
—La
máquina lo corta.
No
tenían musicales. Ni siquiera Ruby Keeler. Regresé junto a Alis.
—Muy
bien, acción —anunció James Dean. La turata gorda besuqueó el aire, se rió, y
bajó de la caja. En la pantalla, besó la mejilla de Luke, y los dos saltaron a
un abismo tecnológico.
—Vamos
—le dije a Alis, y la conduje al otro lado de la calle, a la Ciudad de las
Pruebas de Pantalla.
Tenía
una multipantalla llena de rostros de estrellas, y un tipo viejo con los ojos
saltones de los consumidores de linearroja.
—¡Sea
una estrella! ¡Haga que su rostro aparezca en la pantalla plateada! ¿Quién
quiere ser, ñaqui? —dijo, mirando a Alis—. ¿Marilyn Monroe?
Ginger
Rogers y Fred Astaire bailaban juntos en la parte inferior de la pantalla.
—Ésa
—señalé yo, y la pantalla hizo zoom hasta que la llenaron.
—Tienen
suerte de haber venido esta noche —dijo el tipo—. Va a entrar en litigio. ¿Qué
quieren? ¿Foto o escena?
—Escena
—contesté—. Sólo ella. No los dos.
—Colóquese
delante del escáner —señalé—, y déjeme sacarle una foto a su sonrisa.
—No,
gracias —se opuso Alis, mirándome.
—Vamos.
Dijiste que querías bailar en las películas. Es tu oportunidad.
—No
tiene que hacer nada —le explicó el tipo viejo—. Lo único que necesito es una
imagen para digitalizarla. El escáner se encarga del resto. Ni siquiera tendrá
que sonreír.
La
cogió por el brazo y pensé que Alis se zafaría, pero ni siquiera se movió.
—Quiero
bailar en el cine —dijo ella, mirándome—, no que pongan mi cara digitalizada en
el cuerpo de Ginger Rogers. Quiero bailar.
—Y
bailará —le aseguró el tipo—. Allá arriba, en la pantalla, para que todo el
mundo lo vea. —Señaló con su mano libre al millar de transeúntes, ninguno de
los cuales miraba la pantalla—. Y en opdisk.
—No
lo entiendes —me dijo ella, con lágrimas en los ojos—. La revolución GO...
—La
tienes justo delante —contesté, súbitamente harto—. Simsex, pastiches,
snuffshows, remakes propios. Mira a tu alrededor, Ruby. ¿Quieres bailar en el
cine? ¡Esto es lo más parecido que podrás conseguir!
—Creía
que me comprendías —estalló ella bruscamente, y se dio la vuelta antes de que
ninguno de los dos pudiera detenerla, y se zambulló en la multitud.
—¡Alis,
espera! —grité, y corrí tras ella, pero ya estaba muy por delante. Desapareció
en la entrada de los deslizadores.
—¿Ha
perdido a la chica? —dijo una voz. Me di la vuelta y esbocé una mueca. Estaba
frente a la cabina de Finales Felices—. ¿Le han dado calabazas? Cambie el
final. Haga que Rhett vuelva con Escarlata. Haga que Lassie regrese a casa.
Crucé
la calle. En este lado todo eran salones de simsex, prometiendo un revolcón con
Mel Gibson, Sharon Stone, los hermanos Marx. Ciento por ciento realista. Me
pregunté si debería hacer un sim. Metí la cabeza en el casco de datos de
promoción, pero no se difuminó nada. El chooch debía de estar funcionado.
—No
deberías hacer eso —advirtió una voz femenina. Saqué la cabeza del casco. Había
una liberada ante mí, rubia, con leotardos de malla rotas y un lunar. Bus Stop.
—¿Por
qué emplear una imitación virtual cuando puedes tener la verdadera? —susurró.
—¿Y
qué es? —dije.
La
sonrisa no desapareció, pero ella pareció ponerse instantáneamente en guardia.
Mary Astor en El halcón maltés.
—¿Qué?
—¿Qué
es lo verdadero? ¿El sexo? ¿El amor? ¿El chooch?
Ella
alzó un poco las manos, como si la estuvieran arrestando.
—¿Eres
un narc? Porque no sé de qué estás hablando. Sólo era un comentario, ¿vale?
Simplemente, no creo que la gente deba acostumbrarse a la RV, eso es todo,
cuando podría hablar con personas de carne y hueso.
—¿Como
Marilyn Monroe? —repliqué, y pasé calle abajo ante otras tres freelancers más.
Marilyn con un vestido blanco sin mangas, Madonna con sujetador de conos,
Marilyn con seda rosa. Lo verdadero.
Conseguí
algo más de chooch y una raya de tinseltown de un James Dean demasiado colgado
para recordar que en principio el material era para venderlo, y lo comí
mientras paseaba ante los snuffshows, pero en algún lugar debí de dar la vuelta
porque me encontré otra vez ante Finales Felices, contemplando la holopantalla.
Escarlata corría en la niebla tras Rhett, Butch y Sundance saltaban hacia
delante en una descarga de tiros, Humphrey Bogart e Ingrid Bergman se miraban
mutuamente delante de un aeroplano.
—Ha
vuelto, ¿eh? —dijo el tipo—. Lo mejor para un corazón roto. Mate a los hijos de
puta. Consiga a la chica. ¿Qué será? ¿Horizontes perdidos? ¿Terminator IX?
Ingrid
le decía a Bogie que quería quedarse, y Bogie le contestaba que eso era
imposible.
—¿Qué
finales felices inventa la gente para ésta? —le pregunté.
—¿Casablanca?
—Se encogió de hombros—. Los nazis aparecen y matan al marido, Ingrid y Bogart
se casan.
—Y
se van de luna de miel a Auschwitz.
—Yo
no he dicho que los finales fueran buenos.
En
la pantalla, Bogie e Ingrid se miraban. En los ojos de ella asomaban las
lágrimas, y los bordes de la pantalla se desenfocaron.
—¿Qué
tal Tierras de penumbra? —dijo el tipo, pero yo atravesaba ya la multitud,
tratando de alcanzar los deslizadores antes de destellar.
Casi
lo conseguí. Había dejado atrás la carrera de cuadrigas cuando una Marilyn
chocó conmigo y caí, y pensé, no, voy a destellar en el asfalto, pero no lo
hice.
La
acera se nubló y luego se puso a parpadear, y había estrellas en ella, y Fred y
Eleanor, vestidos de blanco, danzaban gráciles y elegantes entre la multitud, y
superpuesta sobre ellos estaba Alis, contemplándolos, con expresión compungida.
Como Ingrid.
FUNDIDO
EN NEGRO
MONTAJE:
Sin sonido, el HÉROE, sentado ante el comp, teclea y borra SA mientras la
escena en la pantalla cambia. Saloon de western, club nocturno elegante, casa
de fraternidad, bar de puerto.
Fuera
cual fuese el efecto que mi conferencia a lo juez Hardy hubiera tenido sobre
Alis, no le hizo renunciar a su sueño y regresar a Meadowville. La semana
siguiente acudió otra vez a la fiesta.
Yo
no. Había recibido la lista de Mayer y una nota donde se anunciaba que mi beca
había sido anulada debido a «los escasos rendimientos», y trabajaba en la lista
de Mayer sólo para quedarme en la residencia.
A
base de chooch.
No
me perdí nada, de todas formas. Heada subió a mi habitación a media fiesta para
ponerme al corriente.
—La
opa es definitiva —dijo—. El jefe de Mayer ha sido trasladado a Desarrollo, lo
que significa que va a la calle. Warner ha presentado un recurso sobre Fred
Astaire, El juicio se celebra mañana.
Alis
debería de haber pegado su cara sobre la de Ginger cuando surgió la ocasión.
Ahora nunca tendría una oportunidad de bailar con él.
—Vincent
está en la fiesta. Tiene un nuevo morfo de deterioro.
—¡Cuánto
siento perdérmelo! —dije.
—¿Qué
estás haciendo aquí arriba, de todas formas? —preguntó, husmeando—. Tú nunca te
pierdes las fiestas. Todo el mundo está ahí abajo. Mayer, Alis... —Hizo una
pausa y me miró a la cara.
—Mayer,
¿eh? Tengo que hablar con él de un aumento. ¿Sabes quién bebe en las películas?
Todo el mundo. —Di un trago de escocés para ilustrarlo—. Incluso Gary Cooper.
—¿Es
bueno que hagas eso? —dijo Heada.
—¿Bromeas?
Es barato, es legal, y sé lo que es. —Y además me impedía destellar.
—¿Es
seguro? —Heada, que no se lo pensaba dos veces al esnifar cualquier polvo
blanco que encontrara en el suelo, miraba la botella con suspicacia.
—Claro
que es seguro. Y recomendado por W. C. Fields, John Barrymore, Bette Davis y
E.T. Y los principales estudios. Está en todas las películas de la lista de
Mayer. Margarita Gautier, El halcón maltés, Gunga Din. Incluso Cantando bajo la
lluvia. Sirven champán en la fiesta después del estreno.
Donde
Donald O'Connor decía: «Hay que pasar una película en una fiesta. Es la ley de
Hollywood.»
Apuré
la botella.
—¡Y
también en Oklahoma! El pobre Judd está muerto. Muerto borracho.
—Mayer
le estaba tirando los tejos a Alis en la fiesta —soltó ella, sin dejar de
mirarme.
Sí,
bueno, eso era inevitable.
—Alis
le estaba diciendo cuánto deseaba bailar en el cine.
Eso
también era inevitable.
—Espero
que sean muy felices —dije—. ¿O la está reservando para dársela a Gary Cooper?
—No
encuentra ningún profesor de baile.
—Bueno,
me encantaría quedarme a charlar, pero tengo que volver a la Oficina Hays.
Recuperé
de nuevo Casablanca y empecé a borrar botellas de licor.
—Creo
que deberías ayudarla —añadió Heada.
—Lo
siento. «No me juego el cuello por nadie.»
—Eso
es una cita de una película, ¿verdad?
—Bingo
—contesté.
Borré
la botella de cristal de la que Humphrey Bogart se estaba sirviendo una copa.
—Creo
que deberías buscarle un profesor de baile. Tú conoces a mucha de gente en el
negocio.
—No
hay gente en el negocio. Todo son GO, todo son unos y ceros y digiactores y
programas de montaje. Los estudios ya ni siquiera contratan cuerpos presentes.
Las únicas personas que hay en este negocio están muertas, junto con la
vivacción. Junto con el musical. Kaput. Sanseacabó. «El final de Rico.»
—Eso
también es una cita de una película, ¿verdad?
—Sí
—admití—, y el cine también está muerto, por si no lo notas en el morfo de
deterioro de Vincent.
—Podrías
conseguirle un trabajo como cara.
—¿Un
trabajo como el tuyo?
—Bueno,
entonces un empleo como hackólita, como foley, o ayudante de localización o
algo. Sabe muchísimo de cine.
—No
quiere ser una hack —dije yo—, y aunque quisiera, las únicas películas que
conoce son musicales. Un ayudante de localización tiene que saberlo todo:
tomas, pruebas, números de fotogramas. Sería un trabajo perfecto para ti,
Heada. Ahora tengo que volver a interpretar a Lee Remick.
Heada
me miró como si quisiera preguntar si eso era también una película.
—La
batalla de las colinas del whisky —dije—. La líder de la templanza, en lucha
contra el demonio del alcohol. —Volqué la botella, tratando de hacer salir las
últimas gotas—. ¿Tienes chooch?
Ella
pareció incómoda.
—No.
—Bueno,
¿qué tienes? Además de klieg. No necesito más dosis de realidad.
—No
tengo nada —dijo, y se sonrojó—. Estoy tratando de reducir el ritmo.
—¿Tú?
¿Qué ha pasado? ¿Te ha afectado el morfo de deterioro de Vincent?
—No
—contestó, a la defensiva—. La otra noche, cuando estaba hasta las cejas de
klieg, oí que Alis comentaba su vocación de bailarina. De repente me di cuenta
de que yo no quería nada, excepto chooch y hacer ñaca.
—Así
que decidiste ir por el buen camino, y ahora Alis y tú vais abriros paso al
estrellato bailando claqué. Ya puedo ver vuestros nombres iluminados: ¡Ruby
Keeler y Una Merkel en Vampiresas del 2018!
—No
—replicó ella—, pero decidí que me gustaría ser como ella, que me gustaría
querer algo.
—¿Aunque
ese algo sea imposible?
No
pude distinguir su expresión.
—Sí.
—Bueno,
renunciar al chooch no es la forma de hacerlo. Si quieres averiguar qué deseas,
lo mejor es ver un montón de películas.
Ella
volvió a ponerse a la defensiva.
—¿Cómo
crees que se le ocurrió a Alis esto de bailar? Pues viendo películas. No sólo
quiere bailar en las películas, quiere ser Ruby Keeler en La calle 42... la
pizpireta chica del coro con un corazón de oro. Las probabilidades están en su
contra, y lo único que tiene es determinación y un par de zapatos de claque,
pero no te preocupes. Sólo tiene que seguir zapateando y esperando, y lo
conseguirá. Y encima salvará el espectáculo y se quedará con Dick Powell. Todo
está en el guión. No creas que se le ocurrió a Alis.
—¿Ocurrírsele
el qué?
—Su
papel —expliqué—. Eso es lo que hacen las películas. No nos entretienen, no nos
envían el mensaje: «Nos preocupamos.» Nos dan líneas para que las digamos, nos
asignan papeles: John Wayne, Theda Bara, Shirley Temple, elige el que quieras.
Señalé
la pantalla, donde el comandante nazi pedía una botella de Veuve Cliquot '26
que no se iba a tomar.
—¿Qué
tal Claude Rains vendido a los nazis? No, perdona, Mayer ya tiene ese papel.
Pero no te preocupes, hay papeles de sobra para repartir, y todo el mundo tiene
uno, lo sepa o no, incluso las caras. Piensan que están interpretando a
Marilyn, pero se equivocan. Hacen de Greta Garbo como Sadie Thompson. ¿Por qué
crees que los ejecos siguen haciendo todos esos remakes? ¿Por qué siguen
contratando a Humphrey Bogart y Bette Davis? Porque todos los buenos papeles
han sido repartidos ya, y todo lo que nosotros hacemos son audiciones para el
remake.
Me
miró con tanta intensidad que me pregunté si había mentido en lo de dejar las
SA y estaba haciéndose klieg.
—Alis
tenía razón —dijo—. Amas el cine.
—¿Qué?
—No
me había dado cuenta, a pesar del tiempo que hace que te conozco; ella tiene
razón. Te sabes todas las frases y todos los actores, y siempre los estás
citando. Alis dice que actúas como si no te importara, pero en el fondo los
amas de verdad, o no te los sabrías de memoria.
—«Ricky,
creo que debajo de ese caparazón de cinismo eres un sentimental» —dije, con mi
mejor tono de Claude Rains—. Ruby Keeler hace de Ingrid Bergman en Recuerda.
¿Alguna otra observación psicológica por parte de la doctora Bergman?
—Dijo
que por eso te hacías tantas SA, porque amas el cine y no puedes soportar que
masacren las películas.
—Error.
No lo sabes todo, Heada. Es porque empujé a Gregory Peck contra una verja de
estacas cuando éramos niños.
—¿Ves?
—respondió ella, maravillada—. Incluso cuando lo niegas, lo haces.
—Bueno,
esto ha sido divertido, pero tengo que seguir masacrando —dije—, y tú tienes
que volver a decidir si quieres hacer de Sadie Thompson o de Una Merkel. —Me
volví hacia la pantalla. Peter Lorre agarraba a Humphey Bogart por las solapas,
suplicándole que lo salvara.
—Has
dicho que todo el mundo interpreta un papel, aunque no sea consciente de ello
—dijo Heada—. ¿Qué papel estoy interpretando?
—¿Ahora
mismo? Thelma Ritter en La ventana indiscreta. La amiga entrometida que no sabe
cuándo debe mantenerse al margen de los asuntos de otras personas. Cierra la
puerta cuando te marches.
Lo
hizo, y luego volvió a abrirla y se quedó allí, observándome.
—¿Tom?
—¿Sí?
—Si
yo soy Thelma Ritter y Alis es Ruby Keeler, ¿qué papel interpretas tú?
—King
Kong.
Heada
se marchó y me quedé allí durante un rato, viendo a Humphrey Bogart permanecer
impasible mientras arrestaban a Peter Lorre, y luego me levanté para ver si
quedaba un poco de chooch por alguna parte. Había klieg en el armarito de las
medicinas, justo lo que necesitaba, y una botella de champán de aquella vez que
Mayer trajo a una cara para enseñarle cómo la ponía en Al este del Edén. Di un
sorbo. Estaba pasado, pero era mejor que nada. Serví un poco en un vaso y
adelanté hasta la escena de «Tócala, Sam».
Bogart
apuró un trago, la pantalla se desenfocó y sirvió champán a Ingrid Bergman
delante de un borrón que se suponía era París.
La
puerta se abrió.
—¿Te
has olvidado de contarme algún cotilleo, Heada? —pregunté, dando otro sorbo.
Era
Alis.
Llevaba
un delantalito y mangas abullonadas. Su pelo parecía más oscuro y se había
hecho un gran moño, pero seguía teniendo el mismo aspecto de contraluz que daba
a su rostro un aspecto radiante.
Fred
Astaire marcó unos pasos en el suelo pulido y Eleanor Powell los repitió y se
volvió a sonreírle...
Apuré
de un trago el resto del champán, y me serví un poco más.
—Vaya,
pero si es Ruby Keeler—dije—. ¿Qué quieres?
Ella
se quedó en la puerta.
—Los
musicales que me enseñaste la otra noche. Heada comentó que a lo mejor me
prestarías los opdisks.
Tomé
un sorbo de champán.
—No
están en disco. Es un enlace directo de fibra-op —dije, y me senté ante el
comp.
—¿Es
eso lo que haces? —dijo a mis espaldas. Miraba la pantalla por encima de mi
hombro—. ¿Estropeas películas?
—Eso
es lo que hago. Protejo al público que ve las películas de los males del
alcohol y del chooch. Sobre todo del alcohol. No hay tantas películas donde
aparezcan drogas. El valle de las muñecas, Postales desde el filo, un par de
Cheech y Chongs, El ladrón de Bagdad. También quito la nicotina si la Liga
Antitabaco no ha pasado primero. —Borré la copa de champán que Ingrid Bergman
se llevaba a los labios—. ¿Qué te parece? ¿Té o café?
Ella
no dijo nada.
—Es
un gran trabajo. Tal vez podrías encargarte de los musicales. ¿Quieres que me
presente ante Mayer y le pregunte si quiere contratarte?
Ella
insistió.
—Heada
dijo que podrías hacerme opdisks sacándolos del enlace —dijo, envarada—. Los
necesito para practicar, al menos hasta que encuentre un profesor de baile.
Me
volví en la silla para mirarla.
—¿Y
luego qué?
—Si
no quieres prestármelas, podría verlas aquí y copiar los pasos. Cuando no estés
utilizando el comp.
—¿Y
luego qué? —repetí—. ¿Copias los pasos y practicas la coreografía, y luego qué?
Gene Kelly te saca del coro... no, espera, me olvidaba de que no te gusta Gene
Kelly. ¿Gene Nelson te saca del coro y te da el papel principal? ¿Mickey Rooney
decide montar un espectáculo? ¿Qué?
—No
lo sé. Cuando encuentre un profesor de baile...
—No
hay profesores de baile. Todos se fueron a su casa en Meadowville hace quince
años, cuando los estudios se pasaron a la animación por ordenador. No hay
estudios de sonido, ni salones de ensayo, ni orquestas de estudio. ¡Ni siquiera
hay estudios, por el amor de Dios! Lo único que hay es un puñado de rarotas con
Crays y un puñado de ejecos corporativos diciéndoles lo que tienen que hacer.
Mira, voy a enseñarte una cosa. —Giré de nuevo en la silla—. Menú —pedí—.
Sombrero de copa. Fotograma 97-265.
Fred
y Ginger aparecieron en la pantalla, bailando el Piccolino.
—Quieres
que los musicales vuelvan. Lo haremos aquí mismo. Avanza a cinco. —La pantalla
se redujo a una secuencia de fotogramas. Paso y. Vuelta y. Arriba.
—¿Cuánto
tiempo dijiste que tuvo que practicar estos pasos Fred?
—Seis
semanas —contestó ella, átonamente.
—Excesivo.
Piensa en el alquiler del sitio de ensayo. Y todos esos zapatos de claque.
Fotogramas 97-288 a 97-631, repite cuatro veces, y luego 99-066 a 99-115, y
bucle continuo. A veinticuatro.
La
pantalla avanzó en tiempo real, y Fred levantó a Ginger, la volvió a levantar,
y otra vez, sin esfuerzo, livianamente. Arriba y arriba, y paso y giro.
—¿Te
parece ese paso lo bastante alto? —dije, señalando la pantalla—. Fotograma
99-108 y congela. —Jugueteé con la imagen, alzando la imagen de Fred hasta que
le tocó la nariz—. ¿Demasiado alto? —La bajé un poco, borré las sombras—.
Avanza a veinticuatro.
Fred
alzó la pierna, que navegó en el aire. Y arriba. Y arriba. Y arriba. Y arriba.
—Muy
bien —dijo Alis—. Ya te entiendo.
—¿Aburrida
ya? Tienes razón. Esto debería ser un número de producción. —Pulsé
multiplicar—. Once, lado a lado —ordené, y una docena de Freds Astaires
patearon en perfecta sincronía, arriba, y arriba, y arriba, y arriba—. Filas
múltiples —dije, y la pantalla se llenó de Freds, pateando, alzando, ladeando
su sombrero de copa.
Me
volví para mirar a Alis.
—¿Por
qué iban a contratarte, cuando pueden tener a Fred Astaire? ¿A un centenar de
Fred Astaires? ¿A un millar? Y ninguno de ellos tiene el menor problema en
aprender un paso, a ninguno le salen ampollas en los pies, ni se enfadan, ni
tienen que cobrar, ni envejecen, ni...
—Se
emborrachan —terminó ella.
—¿Quieres
a Fred borracho? Puedo hacerlo también. Fotograma 97-412 y congela —dije, y la
pantalla se volvió plateada y luego apareció un mensaje: «El personaje de Fred
Astaire no está actualmente disponible para transmisión en fibra-op. Litigio
por copyright entre ILMGMV v. RKO-Warner...»
—Vaya.
Fred está en litigio. Lástima. Tendrías que haber hecho aquel pastiche cuando
se presentó la ocasión.
Ella
no miraba la pantalla. Me miraba a mí, los ojos alerta, concentrados, como
habían estado en el Piccolino.
—Si
estás tan seguro de que no podré alcanzar lo que quiero, ¿por qué intentas
disuadirme con tanto ahínco?
—Porque
no quiero verte tirada en Hollywood Boulevard con unos leotardos de red rotos.
No quiero tener que pegar tu cara en una película de River Phoenix para que el
jefe de Mayer pueda ñaquear contigo.
—Tienes
razón, Alis —dije—. ¿Por qué demonios lo hago? —Me volví hacia el comp—.
Imprime accesos, todos los archivos. —Arranqué la hoja de papel de la
impresora—. Toma. Coge mis accesos de fibra-op y haz todos los discos que
quieras. Practica hasta que tus piececitos sangren. —Se lo tiré.
Ella
no lo cogió.
—Vamos
—insistí y se lo metí en la mano, que no respondió—. ¿Quién soy yo para
interponerme en tu camino? En las inmortales palabras de Leo el León, todo es
posible. ¿A quién le importa si los estudios tienen los derechos y las fuentes
de fibra-op y los digitalizadores y los accesos? Nos coseremos nuestros propios
trajes. Construiremos nuestros propios decorados. ¡Y entonces, justo antes del
estreno, Bebe Daniels se romperá la pierna y tendrás que sustituirla!
Ella
arrugó el papel y pareció a punto de tirármelo.
—¿Cómo
sabes qué es posible o imposible? Ni siquiera lo intentas. Fred Astaire...
—Está
en litigio, pero no dejes que eso te detenga. Aún te queda Ann Miller. Y Siete
novias para siete hermanos. Y Gene Kelly. Oh, espera, olvidé que eres demasiado
buena para Gene Kelly. Tommy Tune. Y por supuesto a Ruby Keeler.
Lo
arrojó.
Cogí
el papel y lo alisé.
—«Temperamento,
temperamento, Escarlata» —dije, con acento del sur, mientras lo estiraba. Lo
metí en el bolsillo de su delantal y le di una palmadita—. Ahora sal a ese
escenario. ¡Es la hora del espectáculo! Todo el reparto cuenta contigo.
Recuerda que saldrás ahí fuera como una jovencita, pero volverás siendo una
estrella.
Su
mano se cerró, pero no volvió a tirarme el papel. Se dio la vuelta y su falda
ondeó como el vestido blanco de Eleanor. Tuve que cerrar los ojos contra la
súbita imagen de Fred y Eleanor bailando sobre el suelo pulido, las estrellas
falsas titilando en interminables oleadas, y me perdí el mutis de Alis.
Cerró
la puerta tras ella y la imagen recedió. La abrí y me asomé.
—Sé
tan buena que acabe odiándote —grité, pero ella ya se había ido.
ESCENA:
Número de producción de Busby Berkeley. Fuente giratoria gigante. Coristas
vestidas de lame rojo en cada nivel, llenando copas de champán en la fuente
brillante. Acercamiento a la copa de champán, luego primer plano de las
burbujas, dentro de cada burbuja una chica del coro con braguitas de baile
doradas y camisa sin mangas, bailando claqué.
Alis
no regresó. Heada hizo de las suyas para mantenerme informado: no encontró un
profesor de baile, la opa de Viamount era trato hecho, Columbia Tri-Star iba a
hacer un remake de En algún lugar del tiempo.
—Había
un ejeco de Columbia en la fiesta —me dijo Heada, encaramada en mi cama—. Dijo
que han estado haciendo experimentos con imágenes proyectadas en regiones de
materia negativa, y hay un intervalo medible. Dijo que están así de cerca —hizo
el gesto típico con el pulgar y el índice— de inventar el viaje temporal.
—Magnífico.
Alis puede volver a los años treinta y tomar lecciones de baile del mismísimo
Busby Berkeley.
Sólo
que no le gustaba Busby Berkeley, y después de quitar todas aquellas SA de
Desfile de candilejas y Vampiresas 1933, tampoco me gustaba a mí.
Ella
tenía razón en lo de que no había verdaderos bailes en sus películas. Había un
intento de claque en La calle 42, un ensayo en segundo plano en una escena,
unas cuantas barras en «Pettin' in the Park» para Ruby, que bailaba casi tan
bien como Judy Garland. Por lo demás, todo eran violines de neón, tartas
nupciales dando vueltas, fuentes, coristas teñidas de platino que probablemente
habían sido las ñaquis de algún ejeco de los estudios. Tomas cenitales
caleidoscópicas y barridos y contrapicados entre las piernas abiertas de las
chicas del coro que habrían producido ataques a los de la Oficina Hays. Pero ni
un baile.
Mucha
bebida, eso sí: whisky de patata y fiestas entre bambalinas y petacas guardadas
en las ligas de las chicas. Incluso un número de producción en un bar, con Ruby
Keeler como Shangai Lil, una ñaqui que tenía en su haber un montón de ron y un
buen número de marineros. Un himno a las delicadas cualidades del alcohol.
Que
por cierto eran muchas. Era barato, no resultaba tan perjudicial como la
linearroja, y no te proporcionaba el bendito olvido del chooch, detenía los
destellos y ponía un suave desenfoque al mundo en general. Lo que hacía más
fácil trabajar en la lista de Mayer.
También
se podía elegir entre un buen repertorio de sabores: martinis para Una pareja
invisible, licor de moras en Arsénico por compasión, un buen Chianti para El
silencio de los corderos. Mientras yo bebía champán, que por lo visto aparecía
en todas las películas jamás rodadas, y maldecía a Mayer, y borraba jarras y
vasos de precipitados en la escena de la cantina de La guerra de las galaxias.
Fui
a la siguiente fiesta, y a la otra, pero no encontré a Alis. En cambio Vincent
sí estaba, haciendo demostraciones de otro programa, y el ejeco de costumbre,
siempre explicando el viaje temporal a las Marilyns, y por supuesto Heada.
—No
se trataba de klieg, después de todo —me dijo—. Era chooch de diseño del
Brasil.
—Lo
cual explica por qué sigo oyendo el Beguine.
—¿Eh?
—Nada
—dije, observando la sala. El programa de Vincent debía de ser un simulador de
lágrimas. En la pantalla aparecía Jackie Cooper, con un ajado sombrero de copa
y una corbata de lazo, lloriqueando por su perro muerto.
—Alis
no está aquí —anunció Heada.
—Estaba
buscando a Mayer. Tendrá que pagarme el doble por Historias de Filadelfia. Está
llena de alcohol. Jerez antes de almorzar, martinis junto a la piscina,
champán, cócteles, resacas, bolsas de hielo. Cary Grant, Katharine Hepburn,
Jimmy Stewart. Todo el reparto da asco.
Di
un sorbo a la crème de menthe que me quedaba de Días de vino y rosas.
—Las
virtuales me llevarán al menos tres semanas, y eso sin contar los diálogos.
«Tengo hipo, me pregunto si me vendría bien un trago.»
—Ella
ha estado aquí antes —insistió Heada—. Uno de los ejecos la tenía a tiro.
—No,
no, yo digo: «Me pregunto si me vendría bien un trago», y tú dices: «Desde
luego. Carbones para Newcastle.» —Tomé otro sorbo.
—¿Tienes
que beber tanto? —preguntó Heada, la reina del chooch.
—Pues
sí. Es el pernicioso resultado de ver todas esas películas. Gracias a Dios que
ILMGM las está rehaciendo para que nadie más se corrompa. —Bebí un poco más de
crème de menthe.
Heada
me miró suspicaz, como si hubiera estado haciéndose klieg otra vez.
—ILMGM
va a hacer un remake de Los pasajeros del tiempo. El ejeco le dijo a Alis que a
lo mejor le conseguía un papel.
—Perfecto
—refunfuñé y me acerqué a mirar el programa de Vincent.
Audrey
Hepburn aparecía ahora en la pantalla, de pie bajo la lluvia, llorando por su
gato.
—Es
nuestro nuevo programa de lágrimas —dijo Vincent—. Todavía está en fase
experimental.
Le
dijo algo a su remoto, y la pantalla se dividió. Un digitactor computerizado
lloriqueó junto a Audrey, agarrado a lo que parecía una alfombra amarilla. Las
lágrimas no eran lo único que estaba en fase experimental.
—Las
lágrimas son la forma de simulación de agua más difícil de conseguir —dijo
Vincent. El Hombre de Hojalata apareció ahora, rozando sus articulaciones—.
Porque en realidad las lágrimas no son agua. Tienen mucoproteínas, lisozimas y
un alto contenido salino. Eso afecta al índice de refracción y hace que sean
difíciles de reproducir —explicó, a la defensiva.
Normal.
Las lágrimas del digithombre de hojalata parecían vaselina manando de ojos
digitalizados.
—¿Has
programado alguna vez RV? —dije—. ¿Algo como por ejemplo la escena que usaste
para el programa de montaje de hace un par de semanas? ¿La escena de Fred
Astaire y Ginger Rogers?
—¿Una
virtual? Claro. Puedo hacer casco de datos y de todo el cuerpo. ¿Es algo en lo
que estás trabajando para Mayer?
—Sí.
¿Podrías hacer que una persona, digamos, ocupara el lugar de Ginger, para que
baile con Fred Astaire?
—Claro.
Enganches de pie y rodilla, estimuladores nerviosos. Parecerá que es de verdad.
—Nada
de parecer —le conté—. ¿Puedes hacer que baile de verdad?
Lo
pensó un momento, frunciendo el ceño ante la pantalla. El Hombre de Hojalata
había desaparecido. Ingrid Bergman y Humphrey Bogart estaban despidiéndose en
el aeropuerto.
—Tal
vez —contestó Vincent—. Supongo. Podríamos poner algunos sensores en las suelas
y montar una ampliación de feedback. Así exageraremos sus movimientos
corporales para que pueda mover los pies adelante y atrás.
Miré
la pantalla. Había lágrimas en los ojos de Ingrid, titilando como si fueran de
verdad. Probablemente no lo eran. Probablemente se trataba de la octava toma, o
de la decimoctava, y una chica de maquillaje había acudido con gotas de
glicerína o zumo de cebolla para conseguir el efecto deseado. No eran las
lágrimas las que lo conseguían, de todas formas. Era el rostro, aquella
expresión dulce y triste de quien sabe que nunca podrá tener lo que desea.
—Podríamos
poner ampliadores de sudor —continuaba Vincent—. Sobacos, cuello.
—No
importa —dije yo, todavía contemplando a Ingrid. La pantalla se dividió y una
digitactriz apareció delante de un dígito-aeroplano, rezumando aceite de bebé.
—¿Qué
tal un enganche de sonido direccional para los pasos y endorfinas? —prosiguió
Vincent—. Jurará que estuvo bailando con Gene Kelly.
Me
bebí el resto de la crème de menthe y le tendí la botella vacía. Luego regresé
a mi habitación y despedacé Historias de Filadelfia durante dos días más,
intentando pensar en un buen motivo para que Jimmy Stewart se quedara con
Katharine Hepburn y cantara «En algún lugar del arco iris» sin ser despedido, y
fingí que necesitaba uno.
A
Mayer no le importaría, y probablemente al estirado de su jefe tampoco. Y ya
nadie veía vivacciones. Si el argumento no tenía sentido, los hackólitos que
hicieran el remake ya se ocuparían del tema. De todas formas harían un remake
del remake. Que también estaba en la lista.
Lo
recuperé. Alta sociedad. Bing Crosby y Grace Kelly. Frank Sinatra haciendo de
Jimmy Stewart. Avancé hasta la última mitad, buscando inspiración, pero estaba
aún más repleta de SA. Y era un musical. Volví a Historias y lo intenté de
nuevo.
Imposible.
Jimmy Stewart tenía que estar borracho en la escena de la piscina para decirle
a Katharine Hepburn que la quería. Katharine tenía que estar borracha para que
su prometido la rechazara y para que ella misma se diera cuenta de que todavía
amaba a Cary Grant.
Pasé
de esa escena y volví a la anterior. Era igual de horrible. Había que cortar
demasiado, y la mayor parte era la voz pastosa de Jimmy Stewart. Rebobiné hasta
el principio de la escena y subí el volumen, para poder doblar su diálogo.
—Todavía
la ama, ¿verdad? —decía Jimmy Stewart, inclinándose beligerante hacia Cary
Grant.
—Mudo
—dije, y vi cómo Cary Grant, imperturbable, decía algo, sin que su cara
revelara nada.
—Insuficiente
—dijo el comp—. Se precisan datos adicionales para que coincida.
—Sí.
—Aumenté de nuevo el sonido.
—Liz
dice que la ama —dijo Jimmy Stewart.
Rebobiné
al principio de la escena y la congelé para pillar el número del fotograma, y
la repetí otra vez.
—Todavía
la ama, ¿verdad? —dijo Jimmy Stewart—. Liz dice que la ama.
Apagué
la pantalla, y accedí a Heada.
—Necesito
que averigües dónde está Alis.
—¿Por
qué? —preguntó ella, recelosa.
—Creo
que le he encontrado una profesora de baile. Necesito su horario de clases.
—Lo
siento. No lo sé.
—Venga,
tú lo sabes todo. ¿Qué ha pasado con aquello de «Creo que deberías ayudarla»?
—¿Qué
pasó con «No me juego el cuello por nadie»?
—Ya
te lo he dicho, le he encontrado una profesora de baile. Una anciana dé Palo
Alto. Fue corista. Apareció en El valle del arco iris y Funny Lady en los
setenta.
Ella
aún desconfiaba, pero al final cedió.
Alis
asistía a Cinematografía 101, gráficos básicos, y a una clase de historia del
cine: El Musical 1939-1980. Estaba a la salida de Burbank.
Cogí
los deslizadores y una botella de ginebra Enemigo público, y salí a buscarla.
La clase estaba en un viejo estudio que la UCLA había comprado cuando se
construyeron los deslizadores, en el primer piso.
Entorné
la puerta y me asomé. El profe, que se parecía a Michael Caine en Educando a
Rita, una película con demasiadas SA, estaba de pie delante de un anticuado
monitor apagado con un mando a distancia, manteniendo a raya a un grupito de
estudiantes, la mayoría hackólitos que engrosaban su curriculum, algunas
Marilyns, y Alis.
—Contrariamente
a la creencia popular, la revolución de los gráficos por ordenador no acabó con
el musical —decía el profe—. El musical la espichó él solito. —Aquí hizo una
pausa para que la clase se riera—, en 1965.
Se
volvió hacia el monitor, que no era más grande que mis pantallas, y pulsó el
remoto. Tras él aparecieron unos vaqueros saltando en una estación de tren.
Oklahoma.
—Los
musicales, con sus argumentos forzados, sus irreales secuencias de canciones y
bailes, y finales felices simplistas, ya no reflejaban el mundo del público.
Miré
a Alis, preguntándome cómo se estaría tomando esto. No lo hacía. Contemplaba a
los vaqueros, con aquella expresión intensa y concentrada, y sus labios se
movían, contando los segundos, memorizando los pasos.
—...
lo cual explica por qué el musical, al contrario que el cine negro y el de
terror, no fuera revivido a pesar de la disponibilidad de estrellas como Judy
Garland y Gene Kelly. El musical es irrelevante. No tiene nada que decir al
público moderno. Por ejemplo, Melodías de Broadway 1940...
Retrocedí
hasta los escalones irregulares y me senté allí, dándole a la ginebra y
esperando a que terminara. Lo hizo, por fin, y las alumnos salieron. Un trío de
caras comentando un rumor sobre que la Disney iba a contratar cuerpos presentes
para Gran Hotel, un par de hackólitos, el profe sorbiendo copo escaleras abajo,
otro hackólito.
Acabé
la ginebra. Nadie más salió, y me pregunté si era posible que hubiera pasado
por alto a Alis. Fui a ver. Los escalones se habían vuelto más y más
irregulares en el tiempo que había permanecido allí sentado. Resbalé una vez y
me agarré al pasamanos, y luego me quedé de pie durante un minuto, escuchando.
Dentro de la habitación se produjo un golpe seco y un castañeteo, y oí una
débil música. ¿El conserje?
Abrí
la puerta y me apoyé contra ella.
Alis,
con un vestido celeste con polisón y un sombrero de flores, bailaba en medio de
la habitación, con un parasol azul apoyado en el hombro. Una canción surgía del
monitor del comp, y Alis zapateaba al compás de una fila de chicas con
polisones y sombrillas que bailaban en el monitor tras ella.
No
reconocí la película. ¿Carrusel, tal vez? ¿Las chicas de Harvey? Las chicas
fueron sustituidas por chicos que alzaban las piernas, ataviados con hongos y
sombreros de paja, y Alis se detuvo, respirando agitadamente, y sacó el mando a
distancia de su botín. Rebobinó, volvió a guardar el mando en su zapato, y
apoyó el parasol contra el hombro. Las chicas volvieron a aparecer y Alis se
apoyó en un pie e hizo un giro.
Había
amontonado los pupitres en filas a cada lado de la habitación, pero seguía sin
haber suficiente espacio. Cuando dio la segunda vuelta, su mano estirada chocó
contra ellos y estuvo a punto de derribarlos. Cogió de nuevo el mando,
rebobinó, y me descubrió. Apagó la pantalla y retrocedió un paso.
—¿Qué
quieres?
Agité
un dedo ante ella.
—Darte
un consejito. «No desees lo que no puedes tener.» Michael J. Fox, Tres
herederas. Escena de bar, fiesta, club nocturno, tres botellas de champán.
Bueno, ahora ya no. Aquí el menda ha hecho su trabajo. Todo por el desagüe.
Extendí
los brazos para dar énfasis a mis palabras, como James Masón en Ha nacido una
estrella, y volqué las sillas.
—Vas
ciego —dijo ella.
—«Ni
hablar» —sonreí—. Gary Cooper en Buffalo Bill. —Avancé hacia ella—. Ciego no.
Curda, mamado, torrija, soplado. En una palabra, borracho como una cuba. Es una
tradición de Hollywood. ¿Sabes en cuántas películas se bebe? En todas. Excepto
las que ya he manipulado. Amarga victoria, Ciudadano Kane, El truhán y su
prenda. Westerns, películas de gángsters, melodramas. En todas. Todas. Incluso
Melodías de Broadway 1940. ¿Sabes por qué Fred pudo bailar el Beguine con
Eleanor? Porque George Murphy estaba demasiado borracho para continuar. Olvida
el baile —dije, haciendo otro ademán que casi la golpeó—. Lo que necesitas es
una copa.
Intenté
tenderle la botella.
Ella
dio otro paso de rechazo hacia el monitor.
—Estás
borracho.
—Bingo
—dije—. «Muy borracho, en verdad», como diría Audrey Hepburn. Desayuno con
diamantes. Una película con final feliz.
—¿Por
qué has venido aquí? ¿Qué quieres?
Di
un sorbo a la botella, recordé que estaba vacía, y la miré con expresión
desolada.
—He
venido a decirte que las películas no son la vida real. Sólo porque quieras
algo no significa que lo consigas. He venido a decirte que te vayas a casa
antes de que hagan un remake contigo. Audrey debería volver a su casa en Tulip,
Texas. He venido a decirte que vuelvas a Carbal. —Esperé, tambaleándome, a que
pillara la referencia.
—Andy
Hardy ha bebido demasiado —dijo ella—. Él es quien necesita irse a casa.
La
pantalla se fundió en negro unos cuantos fotogramas, y entonces me encontré
sentado escaleras abajo, con Alis inclinándose sobre mí.
—¿Te
encuentras bien? —dijo, y las lágrimas titilaban corno estrellas en sus ojos.
—Estoy
bien. «El alcohol es el gran niveladoooor», como diría Jimmy Stewart. Hay que
darle un poco a estos escalones.
—Creo
que no deberías coger los deslizadores en tu estado —dijo ella.
—Todos
estamos en los deslizadores. Es lo único que nos queda.
—Tom
—dijo ella, y hubo otro fundido en negro, y Fred y Ginger aparecieron en ambas
paredes, sorbiendo martinis junto a la piscina.
—Eso
tendrá que desaparecer —dije—. Tengo que enviar el mensaje: «Nos preocupa.»
Jimmy Stewart tiene que estar sobrio. ¿Qué importa que sea la única manera de
acumular el valor necesario para decirle a ella lo que siente? Verás, sabe que
ella es demasiado buena para él. Sabe que no puede tenerla. Tiene que
emborracharse. Es la única manera de poder decirle que la quiere.
Tendí
la mano hacia su pelo.
—¿Cómo
lo haces? —le pregunté—. ¿Cómo consigues ese contraluz?
—Tom
—murmuró ella.
Dejé
caer la mano.
—No
importa. Lo estropearán en el remake. De todos modos, no es real.
Agité
la mano ante la pantalla en un gesto grandilocuente, como Gloria Swanson en El
crepúsculo de los dioses. Todo es ilusión. Maquillaje y pelucas y falsos
decorados. Incluso Tara. Sólo un frontal falso. FX y foleys.
—Creo
que será mejor que te sientes —aconsejó Alis, agarrándome la mano.
La
rechacé.
—Incluso
Fred. No es de verdad. Todos esos pasos de claque fueron doblados después, y no
son estrellas de verdad. En el suelo. Todo se hace con espejos.
Me
lancé hacia la pared.
—Sólo
que no es ni siquiera un espejo. Puedes atravesarlo con la mano.
Después
de eso, las cosas pasaron a montaje. Recuerdo que intenté bajarme en Forrest
Lawn para ver dónde estaba enterrada Holly Golightly, y Alis me tiró del brazo
y lloró con grandes lágrimas gelatinosas como las del programa de Vincent. Y
algo sobre el cartel de la estación tocando el Beguine, y luego volvimos a mi
habitación, que parecía extraña, las pantallas estaban en el lado opuesto, y
todas mostraban a Fred llevando a Eleanor a la piscina, y yo dije:
—¿Sabes
por qué el musical la espichó? Falta de bebida. Excepto Judy Garland.
—¿Va
ciego? —dijo Alis, y entonces se contestó a sí misma—: No, está borracho.
—No
quiero que penséis que tengo un problema con la bebida. Puedo dejarlo cuando
quiera. Sólo que no quiero —cité.
Esperé,
sonriendo como un bobalicón, a que las dos pillaran la referencia, pero no lo
hicieron.
—Con
faldas y alo loco, Marilyn Monroe —dije, y empecé a llorar densas lágrimas de
aceite—. Pobre Marilyn.
Y
entonces me llevé a Alis a la cama y me la estaba ñaqueando y miraba su cara
para verla cuando destellara, pero el destello no vino, y la habitación se
desenfocó por los bordes, y bombeé más fuerte, más rápido, apretándola contra
la cama para que no pudiera escaparse, pero ella se había ido ya y traté de
seguirla y tropecé contra las pantallas, Fred y Eleanor se despedían en el
aeropuerto, y alcé la mano y las atravesé, y perdí el equilibrio. Pero cuando
caí no fue en brazos de Alis o contra las pantallas. Fue en las regiones de
materia negativa de los deslizadores.
LEWIS
STONE [Severo]: Espero que hayas aprendido la lección, Andrew. Beber no
resuelve los problemas. Sólo los empeora.
MICKEY
ROONEY [Sumiso]: Ahora lo sé, papá. Y he aprendido algo más también. He
aprendido que debo preocuparme de mis propios problemas y no meterme en los
asuntos de los demás.
LEWIS
STONE [Dubitativo]: Eso espero, Andrew. Desde luego, eso espero.
En
Historias de Filadelfia, el hecho de que Katharine Hepburn se emborrache lo
resuelve todo: su remilgado prometido rompe el compromiso, Jimmy Stewart deja
la prensa del corazón y empieza la novela seria que su fiel enamorada siempre
supo que llevaba dentro, mamá y papá se reconcilian, y Katharine Hepburn por
fin admite que ha estado enamorada de Cary Grant desde el principio. Final
feliz para todos.
Pero
las películas, como tan estúpidamente había intentado decirle a Alis, no son la
Vida Real. Y lo único que había conseguido al emborracharme fue despertarme en
la habitación de Heada con una resaca de dos días y seis semanas de suspensión
de los deslizadores.
No
es que fuera a ir a ninguna parte. Andy Hardy aprende la lección, se olvida de
las chicas, y se dedica a la seria tarea de Preocuparse de Sus Propios
Problemas, un trabajo que se volvía más sencillo por el hecho de que Heada no
quería decirme dónde estaba Alis porque no me hablaba.
Y
por el hecho de que Heada (o Alis) habían tirado todo el licor por el desagüe,
como Katharine Hepburn en La reina de África, y Mayer había puesto en suspenso
mi cuenta antes que entregara la docena de la semana anterior. La docena de la
anterior consistía en Historias de Filadelfia, que sólo llevaba por la mitad.
Así que era ai-bó, ai-bó a casa a trabajar y encontrar doce películas blancas
que pudiera presentar como ya corregidas. Para ello, nada mejor que la Disney.
Sólo
que Blancanieves tenía una casita campestre llena de jarras de cerveza y un
sótano repleto de botas de vino y pociones mortales. La Bella Durmiente no era
mejor: tenía un camarero real que se emborrachaba literalmente hasta caer bajo
la mesa, y Pinocho no sólo bebía cerveza, sino que fumaba puros que la Liga
Antitabaco había pasado por alto por algún extraño motivo. Incluso Dumbo se
emborrachaba.
Pero
corregir la animación era relativamente fácil, y todo lo que Alicia en el país
de las maravillas tenía eran unos cuantos anillos de humo, así que conseguí
terminar la docena y reponer mi stock de pociones letales para al menos no
tener que ver Fantasía sobrio. Menos mal. La secuencia de la Pastoral en
Fantasía estaba tan llena de vino que tardé cinco días en limpiarla, después de
lo cual volví a Historias de Filadelfia y contemplé a Jimmy Stewart, tratando
de pensar en algún modo de salvarlo. Luego me rendí y esperé a que me
levantaran la suspensión de los deslizadores.
En
cuanto hubo acabado, fui a Burbank a pedirle disculpas a Alis, pero debió de
pasar más tiempo del que creía, porque había una clase de GO ocupando las
sillas sin amontonar, y cuando pregunté a uno de los hackólitos dónde estaban
Michael Caine y la clase de historia cinematográfica, me respondió:
—Eso
fue el semestre pasado.
Conseguí
chooch y fui a la siguiente fiesta y le pedí a Heada el horario de clases de
Alis.
—Ya
no le doy al chooch —dijo Heada. Llevaba un jersey estrecho, una falda y gafas
con montura negra. Cómo casarse con un millonario—. ¿Por qué no la dejas en
paz? No le está haciendo daño a nadie.
—Quiero...
—empecé, pero no sabía qué quería. No, eso no era cierto. Lo que quería era
encontrar una película que no tuviera una sola SA. Pero no había ninguna.
—Los
Diez Mandamientos —dije, de vuelta en mi habitación.
Había
bebida en la escena del becerro de oro y referencias al «vino de la violencia»,
pero era mejor que Historias de Filadelfia. Subí un suministro de grappa y pedí
una lista de epopeyas bíblicas, y me puse a trabajar haciendo de Charlton
Heston, borrando parras y deteniendo las orgías romanas. Mía es la venganza,
dijo el Señor.
ESCENA:
Exterior de la casa de los Hardy en verano. Verja de madera, arce, flores junto
a la puerta principal. Lento fundido con el otoño. Hojas cayendo. Plano
sostenido sobre una hoja y la seguimos al caer.
La-La-Land
no es como los deslizadores. Te quedas quieto y miras la pantalla, o peor, tu
propio reflejo, y después de un rato estás en otro sitio.
Las
fiestas continuaron, repletas de Marilyns y ejecos. Fred Astaire siguió bajo
litigio, Heada me evitaba, yo bebía. En excelente compañía.
Los
gángsters bebían, los tenientes de la Armada, las viejecitas, las jovencitas,
médicos, abogados, jefes indios. Fredric March, Jean Arthur, Spencer Tracy,
Susan Hayward, Jimmy Stewart. Y no sólo en Historias de Filadelfia. Él chico
ciento por ciento americano, el vecinito de la puerta de al lado, privaba como
un cosaco. Agua de fuego en El hombre que mató a Liberty Valance, coñac en Me
enamoré de una bruja, «licor» directamente de la jarra en La conquista del
Oeste. En Qué bello es vivir se emborrachaba lo suficiente para que lo
expulsaran de un bar y acabar empotrando el coche contra un árbol. En El
invisible Harvey se pasaba toda la película agradablemente achispado, ¿y qué
demonios se suponía que iba a hacer yo cuando llegara a esa película? ¿Qué demonios
se suponía que iba a hacer en general?
En
un momento dado, Heada vino a verme.
—Tengo
una pregunta —dijo, desde la puerta.
—¿Significa
esto que ya no estás enfadada conmigo?
—¿Porque
por poco me rompes los brazos? ¿Porque todo el tiempo que me estuviste
ñaqueando estabas pensando en otra persona? ¿De qué hay que enfadarse?
—Heada...
—Vale.
Son cosas que pasan. Tendría que abrir un garito de simsex. —Entró y se sentó
en la cama—. Tengo una pregunta que hacerte.
—Contestaré
la tuya si tú contestas la mía.
—No
sé dónde está ella.
—Lo
sabes todo.
—Se
marchó. La noticia es que parece que está trabajando en Hollywood Boulevard.
—¿Haciendo
qué?
—No
lo sé. Probablemente no baila en las películas, cosa que por otro lado debería
hacerte feliz. Siempre intentaste convencerla de que no...
La
interrumpí.
—¿Cuál
es tu pregunta?
—Vi
esa película donde me dijiste que yo hacía un papel, ¿La ventana indiscreta?
¿Thelma Ritter? Y todos los chismorreos que me dijiste que hacía, diciéndole a
él que se cuidara de sus propios asuntos, diciéndole que no se interpusiera.
Sólo estaba intentando ayudar.
—¿Cuál
es tu pregunta?
—Vi
esa otra película. Casablanca. Sobre un tipo que tiene un bar en algún lugar de
África durante la Segunda Guerra Mundial, y su antigua novia aparece, sólo que
ahora está casada con otro tipo...
—Conozco
el argumento. ¿Qué parte no comprendes?
—Todo.
¿Por qué el tipo del bar...?
—Humphrey
Bogart.
—¿Por
qué Humphrey Bogart se pasa la película bebiendo, por qué dice que no la
ayudará y luego lo hace, por qué le dice que no puede quedarse? Si los dos
están tan colados, ¿por qué no se queda ella?
—Había
una guerra —expliqué—. Los dos tenían trabajo que hacer.
—¿Y
ese trabajo era más importante que ellos dos?
—Sí
—dije, pero no lo creí, a pesar del discursito de Rick. Usa prestando apoyo
moral a su marido, Rick luchando en la Resistencia no eran más importantes.
Eran un sustituto. Eran lo que haces cuando no puedes tener lo que quieres—.
Los nazis los capturarían.
—Vale
—convino ella, dudosa—. Así que no pueden estar juntos. ¿Pero por qué sigue él
sin ñaqueársela antes de que se marche?
—¿De
pie en el aeropuerto?
—No
—dijo ella, muy seria—. Antes. En el bar.
Porque
no puede tenerla, pensé. Y lo sabe.
—Por
el Código Hays —dije.
—En
la vida real ella le habría dejado ñaqueársela.
—Es
una idea reconfortante. Pero las películas no son la vida real. Y no pueden
decirte cómo siente la gente. Tienen que mostrártelo. Valentino pone los ojos
en blanco, Rhett levanta a Escarlata en brazos, Lillian Gish se lleva la mano
al corazón. Bogie ama a Ingrid y no puede tenerla. —Vi que ella se quedaba otra
vez en blanco—. El dueño del bar ama a su antigua novia, así que tienen que
mostrártelo no dejando que la toque ni dándole siquiera un beso de despedida.
Tiene que quedarse allí de pie y mirarla.
—Como
tú, que te pasas los días bebiendo y te caes de los deslizadores —observó ella.
Ahora
me tocó el turno de quedarme en blanco.
—La
noche que Alis te trajo a mi habitación, la noche que estabas tan colocado.
Seguía
sin comprenderlo.
—Mostrar
los sentimientos —dijo Heada—. Intentaste atravesar la pantalla de los
deslizadores y por poco te matas. Alis te sacó.
ESCENA:
Exterior. Casa de los Hardy. El viento agita las hojas muertas. Lento fundido
hasta un árbol de ramas peladas. Nieve. Invierno.
Al
parecer aquella noche fue sonada. Había intentado atravesar la pared de los
deslizadores como un drogata con demasiado delirio y luego ñaqueé con la
persona equivocada. Una actuación magnífica, Andrew.
Y
Alis me había salvado.
Cogí
los deslizadores hasta Hollywood Boulevard para buscarla, comprobé en la Ciudad
de las Pruebas de Pantalla y en Ha Nacido Una Estrella, que tenía a un símil de
River Phoenix trabajando allí.
La
cabina de Finales Felices había cambiado su nombre por Felices Para Siempre
Jamás y mostraba Doctor Zhivago, Ornar Sharif y Julie Christie en el campo de
flores, sonriendo y abrazando a un bebé. Un puñado de turatas medio interesados
la veía.
—Estoy
buscando a una cara —dije.
—Elija
—dijo el tipo—. Lara, Escarlata, Marilyn...
—Estuvimos
aquí hace unos cuantos meses —proseguí, intentando refrescar su memoria—.
Hablamos sobre Casablanca...
—Tengo
Casablanca. Tengo Cumbres borrascosas, Love Story...
—Esta
cara —interrumpí— es así de alta, pelo castaño claro...
—¿Liberada?
—No
—dije—. No importa.
Seguí
caminando. No había nada más en este lado excepto cuevas RV.
Me
quedé allí plantado y pensé en ellas, y en los garitos sim-sex que había más
abajo y las liberadas que deambulaban ante ellos con leotardos de malla rotos,
y luego volví a Felices Para Siempre Jamás.
—Casablanca
—dije, colándome entre los turatas, que habían decidido guardar cola. Tendí mi
tarjeta.
El
tipo me condujo al interior.
—¿Tiene
un final feliz? —preguntó.
—Segurísimo.
Me
sentó delante del comp, un Wang de aspecto antiguo.
—Usted
sólo tiene que pulsar este botón, y sus opciones aparecerán en pantalla. Elija
la que quiera. Buena suerte.
Hice
girar el avión cuarenta grados, lo aplasté para que fuera bidimensional, y lo
hice parecer el cartón que siempre había sido. Nunca había visto una máquina de
niebla. Me contenté con una máquina de vapor que esparcía grandes vaharadas de
nubes y avancé hasta el plano donde Bogie aparecía de tres cuartos y le decía a
Ingrid aquello de «Siempre nos quedará París».
—Expande
el perímetro de encuadre —ordené, y empecé a rellenar sus pies, Ingrid con
zapatos planos y Bogie con grandes alzas de madera atadas a sus zapatos con
trozos de...
—¿Qué
demonios cree que está haciendo? —dijo el tipo, que entró de golpe.
—Sólo
intento inyectar un poco de realidad en los procedimientos.
Me
levantó de la silla y empezó a pulsar teclas.
—Fuera
de aquí.
Los
turatas que estaban delante de mí formaban cola ante la pantalla: se había
congregado una pequeña multitud.
—El
avión era de cartón y los mecánicos eran enanos —expliqué—. Bogie sólo medía
uno sesenta. Fred Astaire era hijo de un cervecero inmigrante. Sólo tenía
educación primaria.
El
tipo emergió de la cabina humeando como mi máquina de vapor.
—«Te
está mirando, sólo hicieron falta diecisiete tomas» —dije, dirigiéndome hacia
los deslizadores—. Nada es real. Todo se hace con espejos.
ESCENA:
Exterior. Casa de los Hardy. Invierno. Nieve sucia en el tejado, en el césped,
apilada a cada lado del camino de entrada. Lento fundido hasta la primavera.
No
recuerdo si regresé de nuevo a Hollywood Boulevard. Sé que asistí a las
fiestas, esperando que Alis apareciera otra vez en el umbral, pero ni siquiera
Heada asomó por allí.
Mientras
tanto, violé y saqueé y busqué algo fácil de arreglar. No había nada. Hacer
abstemio al médico de La diligencia echó a perder la escena del parto. Con las
horas contadas murió al nacer sin que Dana Andrews tragara vasos de whisky, y
La cena de los acusados desapareció por completo.
Llamé
de nuevo al menú, buscando algo libre de SA, algo limpio y ciento por ciento
americano. Como los musicales de Alis.
—Musicales
—dije, y el menú se dividió en categorías y mostró una lista. La repasé.
Carrusel
no. Billy Bigelow era un borrachín. Igual que Ava Gardner en Magnolia y Van
Johnson en Brigadoon. ¿Ellos y ellas? Ni hablar. Marión Brando emborracha a una
misionera. ¿Gigi? Estaba llena de licor y cigarros, por no mencionar «La noche
que inventaron el champán».
¿Siete
novias para siete hermanos? Tal vez. No tenía ninguna escena de salón ni
números de «Bebed hasta reventar, muchachos». Tal vez algo de whisky en la
construcción del granero o en la cabaña, pero eso podía borrarse de un plumazo.
—Siete
novias para siete hermanos —le dije al comp, y me serví un poco del bourbon que
había comprado para Gigante. Howard Keel llegó a la ciudad, se casó con Jane
Powell, y se dirigieron a las montañas en su carreta. Podía avanzar toda esta
sección: no era probable que Howard sacara una jarra y le ofreciera a Jane un
trago, pero la dejé correr a velocidad normal mientras ella le cantaba a Howard
sus esperanzas y planes, que quedarían aplastados en cuanto descubriera que
tendría que cocinar y lavar para seis hermanos piojosos. Howard azuzó los
supuestos caballos y parecía incómodo.
»Eso
es, Howard. No se lo digas. De todas formas, tampoco te haría caso. Tiene que
descubrirlo por sí misma —dije.
Llegaron
a la cabaña. Esperaba que al menos uno de los hermanos tuviera una pipa de
caña, pero no. Se produjo algún altercado en casa, otra canción, y luego un
largo fragmento de felicidad hasta la escena de la construcción del granero.
Me
serví otro bourbon y me incliné hacia delante, contemplando el derroche
hogareño. Jane Powell sacó pasteles y dulces de la carreta, y una jarra
recubierta de mimbre que tendría que convertir en un cazo de habichuelas o algo
así, y pasaron al número del granero que Alis me había pedido la noche que la
conocí.
—Avanza
hasta el final de la música —dije, y entonces—: Espera.
No
era una orden, por lo que continuaron galopando en el baile, acabaron, y
empezaron a levantar el granero en un tiempo récord.
—Alto
—le indiqué—. Vuelve a 96 —ordené, y rebobiné al principio del baile—. Avanza
en tiempo real —dije, y allí estaba. Alis. Con un vestidito rosa y medias
blancas, con el pelo a contraluz recogido en un moño.
»Congela
—pedí.
Es
el alcohol, pensé. Ray Milland en Días sin huella, viendo elefantes rosa. O
algún efecto del klieg, un destello retrasado o algo que superponía la cara de
Alis sobre las bailarinas como si fuesen las figuras de Fred Astaire y Eleanor
Powell bailando en el suelo pulido.
¿Con
qué frecuencia iba a padecer este efecto? ¿Cada vez que alguien ejecutara unos
pasos de baile? ¿Cada vez que un rostro o un lazo o una falda ondeante me
recordaran aquel primer destello? Quitar el alcohol a las películas de Mayer ya
era lo bastante malo. No creía poder conseguirlo si tenía que mirar también a
Alis.
Apagué
la pantalla y volví a encenderla, como si intentara despiojar un programa, pero
ella seguía allí.
Contemplé
de nuevo el baile, observando su cara con atención, y luego pasé a triple
velocidad a la escena en que las novias son raptadas. La bailarina, con su pelo
castaño claro cubierto por un bonete, se parecía a Alis, pero no tanto. Pasé al
siguiente número de baile, donde las chicas daban pasos de ballet en ropa
interior, sin sombreritos, pero fuera lo que fuese, su cabello o la música o el
revuelo de su falda, había pasado, y ella era sólo una chica que se parecía a
Alis. Una chica que, al contrario de Alis, había conseguido bailar en el cine.
Avancé
el resto de la película, pero no había más números de baile ni rastro de Alis,
y esto era Otra Lección, Andrew, no mezclar bourbon con tequila de Río Bravo.
—Créditos
iniciales —dije, y volví atrás y borré la botella de la escena de la casa de
huéspedes y luego avancé a la construcción del granero para convertir la jarra
en una sartén con pan de maíz, y luego me lo pensé mejor y vi la escena
completa para asegurarme de que la jarra no aparecía en ninguna otra toma.
—Imprime
y envía —ordené—, y avanza en tiempo real.
Allí
estaba ella de nuevo. Bailando.
TÓPICO
CINEMATOGRÁFICO N.° 15: La resaca (normalmente sigue a Tópico N.° 14: La
fiesta). Dolor de cabeza, sobresaltos con los ruidos, molestias por la luz
intensa.
VER:
La cena de los acusados, El solterón y el amor, Tras el hombre delgado,
¡McLintock!, Otro hombre delgado, Historias de Filadelfia, La canción del
hombre delgado.
Llamé
a Heada, sin imagen.
—¿Puedes
recomendarme algo que quite la borrachera?
—¿Rápido
o indoloro?
—Rápido.
—Ridigraña
—dijo ella rápidamente—. ¿Qué pasa?
—No
pasa nada. Mayer me está pinchando para que trabaje más rápido en sus
películas, y decidí que las SA me están retrasando. ¿Tienes algún remedio?
—Tendré
que pedirlo —contestó—. Conseguiré algo y te lo llevaré.
No
es necesario, quise decir, pero eso sólo la haría sospechar más.
—Gracias.
Mientras
la esperaba recuperé los créditos. No fueron de gran ayuda. Había siete novias,
después de todo, y las únicas que conocía eran Jane Powell y Ruta Lee, que
apareció en todas las películas de serie B de los setenta. Dorcas era Julie
Newmeyer, que más tarde cambió su nombre a Julie Newmar. Cuando volví y
contemplé de nuevo la escena de la cosecha, quedó claro cuál era ella.
La
observé, prestando atención a los nombres de los otros personajes.
La
rubita de la que estaba enamorado Russ Tamblyn se llamaba Alice, y Dorcas era
la morena alta. Avancé hasta la escena del rapto e identifiqué a las otras
chicas con los nombres de sus personajes. La del vestido rosa era Virginia
Gibson.
Virginia
Gibson.
—Directorio
del Sindicato de Actores —le dije, y le di el nombre.
Virginia
Gibson había aparecido en unas cuantas películas, incluyendo Atenea y algo
llamado Yo maté a Wild Bill Hickok.
—Musicales
—dije, y la lista se redujo a cinco. No, cuatro. Una cara con ángel era una
película de Fred Astaire, lo cual significaba que estaba en litigio.
Llamaron
a la puerta. Apagué la pantalla, luego decidí que eso me delataría.
—Encadenados
—dije, y luego me asusté. ¿Y si Ingrid Bergman también tenía la cara de Alis?—.
Cancela —ordené, tratando de pensar en otra película, cualquier película.
Excepto Atenea.
—Tom,
¿estás bien? —llamó Heada a través de la puerta.
—Ya
voy —dije, contemplando la pantalla apagada. ¿La exótica? No, también era de
Ingrid, y al fin y al cabo si esto iba a pasar de todas formas, sería mejor que
lo supiera antes de tomar nada más.
Encadenados
—dije en voz baja—. Fotograma 54-119. —Esperé a que apareciera la cara de
Ingrid.
—¡Tom!
—gritó Heada—. ¿Qué te pasa?
Cary
Grant salió del salón de baile y Ingrid lo miró con aspecto ansioso, y pareció
a punto de echarse a llorar. Seguía siendo Ingrid, lo cual fue un alivio.
—¡Tom!
—chilló Heada, y abrí la puerta.
Heada
entró y me tendió algunas cápsulas azules.
—Tómate
dos. Con agua. ¿Por qué no abrías la puerta?
—Me
estaba deshaciendo de las pruebas —dije, señalando la pantalla—. Treinta y
cuatro botellas de champán.
—He
visto esa película —comentó ella, acercándose a la pantalla—. Se desarrolla en
Brasil. Tiene tomas de archivo de Río de Janeiro y Sugar Loaf.
—Has
acertado, como siempre —dije, y añadí sin darle importancia—. Por cierto, ya
que lo sabes todo, Heada. ¿Sabes si Fred Astaire ha sido registrado ya?
—No.
ILMGM va a recurrir.
—¿Cuánto
tardará esta ridigraña en hacer efecto? —dije antes de que ella pudiera
preguntar por qué me interesaba Fred Astaire.
—Depende
de cuánto hayas bebido. Por la forma en que has estado tragando, seis semanas.
—¿Seis
semanas?
—Es
una broma. Cuatro horas, tal vez menos. ¿Estás seguro de que quieres hacerlo?
¿Y si empiezas a destellar otra vez?
No
le pregunté cómo sabía que había estado destellando. Después de todo, se
trataba de Heada.
Me
tendió el vaso.
—Bebe
mucha agua. Y orina tanto como puedas. ¿Qué haces?
—Barrido
y quema —dije, volviendo a la pantalla congelada. Borré otra botella de
champán.
Ella
se inclinó por encima de mi hombro.
—¿Ésta
es la escena en que se quedan sin champán, y Claude Rains baja a la bodega y
sorprende a Cary Grant?
—No
lo será cuando acabe con ella —dije yo—. El champán se convertirá en helado.
¿Qué te parece, escondemos el uranio en el congelador o en la bolsa de sal?
Ella
me miró con seriedad.
—Creo
que pasa algo raro. ¿Qué es?
—Llevo
cuatro semanas de retraso en la lista de Mayer, y me está apretando los
tornillos, eso es lo que pasa. ¿Estás segura de que son ridigraña? —pregunté,
mirando las cápsulas—. No están marcadas.
—Estoy
segura —contestó, mirándome con recelo.
Me
metí las cápsulas en la boca y extendí la mano hacia el bourbon.
Heada
me quitó la botella de la mano.
—Se
toman con agua.
Entró
en el cuarto de baño y oí el borboteo del bourbon al caer por el desagüe.
Salió
del baño y me tendió un vaso de agua.
—Bebe
tanto como puedas. Así te desintoxicarás antes. Y ni una gota de alcohol.
—Abrió el mueble, rebuscó dentro, sacó una botella de vodka—. Ni una gota de
alcohol —repitió, quitando el tapón, y volvió al cuarto de baño para vaciarla—.
¿Alguna otra botella?
—¿Por
qué? —dije, sentándome en la cama—. ¿Has decidido cambiarlo por chooch?
—Ya
te lo dije: lo he dejado. Levántate.
Obedecí;
ella se arrodilló y empezó a rebuscar debajo de la cama.
—Ya
conozco los efectos de la ridigraña —dijo, sacando una botella de champán—.
Querrás un trago, pero ni hablar. Lo echarás. En serio. —Se debatió con el
tapón de la botella—. Así que no bebas. Y no intentes hacer nada. Tiéndete en
cuanto empieces a sentir algo, dolor de cabeza, temblores. Y quédate aquí.
Podrías tener alucinaciones. Serpientes, monstruos...
—Conejos
de metro ochenta llamados Harvey.
—Lo
digo en serio. Cuando la tomé me sentí al borde de la muerte. Y el chooch es
mucho más fácil de superar que el alcohol.
—Entonces,
¿por qué lo dejaste?
Ella
me dirigió una mirada triste y siguió luchando con el tapón.
—Pensé
que eso haría que alguien se fijara en mí.
—¿Y
lo han hecho?
—No
—dijo, y siguió batallando con el tapón—. ¿Por qué me llamaste y me pediste que
te trajera ridigraña?
—Ya
te lo he dicho. Mayer...
Sacó
el tapón.
—Mayer
está en Nueva York, haciéndole la pelota a su nuevo jefe, que, según se
comenta, va derechito a la calle. El rumor es que a los ejecos de ILMGM no les
gusta esta moralina ultraderechista. Al menos cuando se aplica a ellos. —Vació
el champán y regresó a la habitación—. ¿Más champán?
—Montones
—dije, y regresé al comp—. Siguiente fotograma. —Un puñado de botellas apareció
en la pantalla—. ¿Quieres vaciarlas también? —Me di la vuelta, sonriendo.
Ella
me miraba muy seria.
—Ahora
de verdad, ¿qué te pasa?
—Siguiente
fotograma —dije. La pantalla cambió a Ingrid, que parecía inquieta, sus
cabellos como un halo. Le quité la copa de champán de la mano.
—Has
vuelto a verla, ¿no?
Todo.
—¿A
quién? —pregunté, aunque era inútil—. Sí. La he visto. —Apagué Encadenados—.
Ven aquí. Quiero enseñarte una cosa. Siete novias para siete hermanos —le dije
al comp—. Fotograma 25-118.
La
pantalla iluminó a Jane Powell, sentada en la carreta y sujetando una cesta.
—Avanza
en tiempo real —ordené, y Jane Powell le tendió la cesta a Julie Newmar.
—Creí
que esta película iba a entrar en litigio —dijo Heada por encima de mi hombro.
—¿Por
quién? ¿Jane Powell o Howard Keel?
—Russ
Tamblyn —contestó ella, señalándolo. Él se subió a la carreta y miraba
apasionadamente a la pequeña rubia, Alice—. Virtusonic lo ha estado empleando
en películas snuffporno, y a ILMGM no le ha gustado. Alegan abuso de copyright.
Russ
Tamblyn, con aspecto joven e inocente, probablemente la verdad, se marchó con
Alice, y Howard Keel bajó a Jane Powell del pescante.
—Alto
—dije al ordenador. Me volví hacia Heada—. Quiero que veas la próxima escena.
Fíjate en las caras. Avanza en tiempo real —ordené, y los bailarines formaron
dos filas y se saludaron para iniciar el cortejo.
No
sé qué esperaba que hiciera Heada, jadear y llevarse la mano al corazón como
Lillian Gish, tal vez. O hacerme dar la vuelta y preguntarme: «¿Qué es
exactamente lo que tengo que mirar?»
Tampoco
hizo eso. Contempló la escena entera, quieta y silenciosa, casi tan concentrada
en la pantalla como Alis, y luego dijo en voz baja:
—No
pensaba que fuera a hacer eso.
Por
un momento no entendí lo que había dicho debido al rugido en mi cabeza, el
rugido que decía: «Es ella. No es un destello. Es ella.»
—Y
toda esa chachara sobre un profesor de baile —decía Heada—. Todas esas cosas
sobre Fred Astaire. Nunca pensé que fuera...
—¿Que
fuera a hacer qué? —pregunté, aturdido.
—Esto
—dijo ella, señalando vagamente la pantalla con la mano, donde los lados del
granero empezaban a subir—. Que se convertiría en la ñaqui de alguien. Que se
rendiría. Que se vendería. —Indicó de nuevo la pantalla—. ¿Te dijo Mayer para
cuál de los ejecos lo has hecho?
—Yo
no lo he hecho —contesté.
—Bueno,
pues entonces alguien lo ha hecho. Mayer debe de haber empleado a Vincent o a
alguien. Creí que habías dicho que ella no quería que pegaran su cara encima de
la de nadie.
—No
quería. No quiere —aseguré—. Esto no es un pastiche. Es ella, está bailando.
Miró
la pantalla. Un cowboy dejó caer el martillo sobre el pulgar de Russ Tamblyn.
—Ella
no se vendería —concluí.
—Citando
a un amigo mío, todos tenemos un precio.
—No.
La gente se vende para conseguir lo que quiere. Hacer que peguen su cara sobre
el cuerpo de otra persona no es lo que ella quería. Quería bailar en las
películas.
—Tal
vez necesitaba dinero —aventuró Heada, mirando la pantalla. Alguien golpeó a
Howard Keel con un tablón y Russ Tamblyn le arreó un puñetazo—. Tal vez
comprendió que no podía tener lo que quería.
—No
—dije yo, recordando su expresión decidida en Hollywood Boulevard—. No lo
comprendes. No.
—Muy
bien —suavizó ella—. No se vendió. No es un pastiche. —Señaló la pantalla—.
Entonces, ¿qué es? ¿Cómo ha acabado ahí si no la ha pegado nadie?
Howard
Keel empujó a un rincón a un par de matones, y el granero se desplomó en medio
de un estrépito de tablones y gruñidos.
—No
lo sé —dije.
Nos
quedamos allí un instante, contemplando el destrozo.
—¿Puedo
volver a ver la escena? —preguntó Heada.
—Fotograma
25-200, avanza en tiempo real —pedí, y Howard Keel alzó de nuevo los brazos
para recoger a Jane Powell. Los bailarines se colocaron en dos filas. Y allí
estaba Alis, bailando.
—Tal
vez no es ella —sugirió Heada—. Por eso me pediste que te trajera la ridigraña,
¿verdad? Pensabas que podría ser un efecto del alcohol.
—Ahora
tú también la ves.
—Sí
—admitió ella, frunciendo el ceño—, pero en realidad no estoy segura de saber
cómo es. Quiero decir que siempre que la he visto yo estaba muy colgada, igual
que tú. Y no han sido tantas veces, ¿no?
Aquella
fiesta, y la vez que Heada la envió a pedirme el acceso, y el episodio de los
deslizadores. Ocasiones memorables, todas ellas.
—No
—convine.
—Así
que podría ser cualquier otra persona que se le parece. Su pelo es algo más
oscuro, ¿no?
—Una
peluca —dije—. Las pelucas y el maquillaje pueden hacer que parezcas muy
distinto.
—Sí
—comentó Heada, como si eso demostrara algo—. O parecido. Tal vez esa otra
persona lleva una peluca y maquillaje que hacen que se parezca a Alis. De todas
formas, ¿quién es en la película?
—Virginia
Gibson.
—Tal
vez esa Virginia Gibson y Alis se parecen. ¿Actúa en otras películas? Virginia
Gibson, quiero decir. En ese caso, podríamos buscarla y ver qué aspecto tiene,
y si es ella o no. —Me miró preocupada—. Pero será mejor que primero dejes que
la ridigraña surta efecto. ¿Sientes ya algún síntoma? ¿Dolor de cabeza?
—No
—dije, mirando la pantalla.
—Bueno,
ya falta poco. —Apartó el embozo de la cama—. Acuéstate, yo te traeré un poco
de agua. La ridigraña es rápida, pero dura. Lo mejor es que...
—La
duerma —concluí yo.
Trajo
un vaso de agua y lo dejó junto a la cabecera.
—Contacta
conmigo si tienes temblores y empiezas a ver cosas.
—Según
tú, ya he empezado.
—No
he dicho eso. He dicho que deberías comprobar esa Virginia Gibson antes de
llegar a una conclusión. Después de que la ridigraña surta efecto.
—Eso
significa que cuando esté sobrio no se parecerá a ella.
—Significa
que cuando estés sobrio, al menos podrás verla. —Me miró fijamente—. ¿Quieres
que sea ella?
—Creo
que voy a acostarme —dije para que se marchara—. Me duele la cabeza. —Me senté
en la cama.
—Ya
surte efecto —dijo ella, triunfal—. Contacta conmigo si necesitas algo.
—Lo
haré —dije, y me tendí.
Ella
miró en derredor.
—Ni
tienes más bebida por aquí, ¿verdad?
—Litros
y litros —le dije, señalando la pantalla—. Botellas, frascos, petacas, jarras.
Pide lo que quieras, está ahí dentro.
—Si
bebes algo, será peor.
—Lo
sé —dije, cubriéndome los ojos con la mano—. Temblores, elefantes rosa, conejos
de metro ochenta, «¿y cómo está usted, señor Wilson?»
—Contacta
conmigo —repitió ella, y se marchó por fin.
Esperé
cinco minutos a que volviera y me dijera que me asegurara de orinar, y luego
otros cinco para que aparecieran las serpientes y conejos, o peor, Fred y
Eleanor, vestidos de blanco y bailando muy juntitos. Y pensando en lo que había
dicho Heada. Si no se trataba de un pastiche, ¿qué era? Y no podía ser un
pastiche. Heada no había oído a Alis hablar de su deseo de bailar en las
películas. No la había visto aquella noche en Hollywood Boulevard, cuando le
ofrecí la oportunidad para aparecer en una.
Podría
haber sido digitalizada esa noche, ser Ginger Rogers, Ann Miller, cualquiera.
Incluso Eleanor Powell. ¿Por qué iba a cambiar de pronto de opinión y decidir
que quería ser una bailarina de la que nadie había oído hablar? Una actriz que
sólo aparecía en unas pocas películas, una de las cuales estaba protagonizada
por Fred Astaire.
«Estamos
así de cerca de poder viajar en el tiempo», había dicho el ejeco, aproximando
el pulgar y el índice.
¿Y
si Alis, que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por bailar en las
películas, que estaba dispuesta a practicar en una clase abarrotada con un
monitor minúsculo y trabajar por las noches en una trampa turata, había hablado
con uno de los hackólitos del viaje temporal para que la dejara ser su
conejillo de Indias? ¿Y si Alis lo había convencido para que la enviara al año
1954, vestida con un chaleco verde y guantes cortos, y luego, en vez de volver
como se suponía que debía hacer, había cambiado su nombre por el de Virginia
Gibson y se había presentado a una prueba de la MGM para un papel en Siete
novias para siete hermanos} Y luego apareció en otras seis películas, una de
las cuales era Una cara con ángel. Con Fred Astaire.
Me
senté en la cama, lentamente, para no convertir mi dolor de cabeza en algo
peor, y me acerqué al terminal y solicité Una cara con ángel.
Heada
había dicho que Fred Astaire estaba aún en litigio, y así era. Puse una alarma
en la película y en Fred por si el caso se zanjaba. Si Heada tenía razón (¿y
cuándo se equivocaba ella?), Warner respondería y presentaría una alegación
inmediatamente, pero si había una pausa o los abogados de Warner estaban
ocupados con Russ Tamblyn, tal vez se produciría un hueco. Emplacé la alarma
para que me avisara y solicité otra vez la lista de musicales de Virginia
Gibson.
Cielo
de estrellas era una cinta en blanco y negro de la Segunda Guerra Mundial, que
no me daba una imagen tan clara como en color, y Regreso a Broadway estaba
también en litigio, por alguien de quien yo nunca había oído hablar. Eso dejaba
Atenea, Nubes pintadas de luz y Té para dos. No recordaba haber visto ninguna
de ellas.
Cuando
solicité Atenea comprendí por qué. Era un cruce entre Venus era mujer y Vive
como quieras, con montones de gasas al viento, saludables excéntricos y casi
ningún baile. Virginia Gibson, con gasas de color verde, se suponía que era
Niobe, la diosa del jazz y el claque o algo así. En cualquier caso, no era
Alis. La miré, sobre todo con el pelo recogido en una trenza griega. «Y con un
quinto de bourbon dentro», habría dicho Heada. Y una dosis doble de ridigraña.
Incluso así, no se parecía tanto a ella como la bailarina de la escena de la
construcción del granero. Solicité Siete novias; la pantalla se volvió plateada
un largo instante y luego empezó a mostrar un aviso legal: «Esta película está
actualmente en litigio. No se permite su visualización.»
Bueno,
eso lo zanjaba todo. Para cuando los tribunales hubieran decidido dejar que
hicieran trochos a Russ Tamblyn, yo estaría libre de chooch y descubriría que
se trataba tan sólo de alguien que se parecía a ella, o ni siquiera eso. Un
truco de luces y maquillaje.
Y no
tenía sentido repasar más musicales. Cualquier parecido era puro alcohol, y
debería hacer lo que recomendaba la doctora Heada: acostarme y esperar a que se
me pasara. Y luego volver a hacer trocitos las películas yo mismo. Debería
solicitar Encadenados y acabar de una vez.
—Té
para dos —dije.
Era
una peli de Doris Day, y me pregunté si estaba en la lista de malas bailarinas
de Alis. Se lo merecía. Sonreía mostrando los dientes mientras marcaba los
pasos con Gene Nelson, en un local de ensayos por el que Alis habría sido capaz
de matar, todo espacio y espejos y ni un pupitre apilado. Había una terrible
versión latina de «Crazy Rhythm», Gordon MacRae cantaba «I Only Have Eyes for
You» y luego el gran número de Virginia Gibson.
Desde
luego, no era Alis. Con el pelo suelto, ni siquiera se le parecía. O tal vez la
ridigraña estaba haciendo efecto.
Los
pasos eran la idea de Hollywood de un ballet, más gasas y un montón de vueltas,
no el tipo de coreografía con el que Alis se habría molestado. Si hubiera
aprendido ballet allá en Meadowville, y no sólo jazz y claque, pero no lo había
hecho, y era evidente que Virginia sí: Alis no era Virginia, y yo estaba
sobrio, y volví a las botellas.
—Avanza
a 64 —dije, y vi cómo Doris avanzaba sonriendo a través del número del título y
una repetición innecesaria. El número siguiente era una gran producción.
Virginia no aparecía en él, y empecé a avanzar de nuevo. Entonces paré.
»
Rebobina a tema musical —ordené y vi el número de producción, contando los
fotogramas. Una pareja rubia avanzaba hacia una serie de deslizamientos y luego
retrocedía, y entonces un tipo moreno y una pelirroja con una falda blanca
plisada avanzaban dando patadas al aire y bailaban un charleston. Ella tenía el
pelo rizado y llevaba una blusa atada por delante, y los dos se pusieron las
manos en las rodillas y ejecutaron una serie de cruces.
«Fotograma
75-004, avanza a 12 —dije, y contemplé la rutina a cámara lenta—. Amplía
cuadrante dos. —Vi el pelo rojo ocupando toda la pantalla, aunque no había
necesidad de ampliación, ni de cámara lenta tampoco. No había ninguna duda de
quién era.
Lo
supe en el mismo instante en que la vi, del mismo modo que lo había hecho en la
escena del granero, y no era el alcohol (del que aún quedaban unos quince
minutos en mi estómago) ni el klieg, ni un leve parecido agudizado por el
carmín y el lápiz de ojos. Era Alis. Era imposible.
—Último
fotograma —dije, pero la peli databa de los Viejos Tiempos, cuando la línea del
coro no aparecía en los créditos, y había que descifrar la fecha del copyright.
MCML. 1950.
Repasé
toda la película, congelando la imagen y ampliando cada vez que divisaba pelo
rojo, pero no volví a verla. Avancé hasta el número del charleston y lo vi otra
vez, intentando elaborar una hipótesis.
Muy
bien. El hackólito la había enviado a 1950 (borra eso: el copyright indicaba la
fecha del estreno; la había enviado a 1949), y ella había esperado unos cuatro
años, bailando en coros y siguiendo a Virgina Gibson, esperando una oportunidad
de golpear a Virginia en la cabeza, esconderla detrás de un decorado, y ocupar
su lugar en Siete novias. Así podría impresionar al productor de Una cara con
ángel con su baile para que le ofreciera un papel, y finalmente conseguiría
bailar con Fred Astaire, aunque sólo en el mismo número de producción.
Ni
siquiera cocido de chooch me habría tragado eso. Pero era ella, así que tenía
que haber una explicación. Tal vez entre trabajos en el coro Alis había
conseguido un empleo como cuerpo presente. Entonces los tenían. Se llamaban
dobles, y tal vez hizo de Virginia Gibson porque se parecían, y Alis la había
sobornado para ocupar su lugar, o se las había arreglado para hacer que
Virginia se perdiera una sesión de rodaje. Arme Baxter en Eva al desnudo. O tal
vez Virginia tenía un problema con SA, y cuando apareció borracha, Alis tuvo
que ocupar su lugar.
Esa
teoría no era mucho más factible. Solicité de nuevo el menú. Si Alis había
conseguido un trabajo en el coro, podría haber logrado otros. Escruté los
musicales, tratando de recordar cuáles tenían números de coro. Cantando bajo la
lluvia los tenía: la escena de la fiesta de la que yo había quitado el champán.
Solicité
el registro de cambios para encontrar el número de fotograma y avancé hasta
donde no había champán, cuando Donald O'Connor decía: «Hay que pasar una
película en una fiesta. Es una ley de Hollywood», dejé atrás dicha película,
hasta el principio del número del coro.
Chicas
con falditas rosa y sombreros anchos subían corriendo al escenario al ritmo de
«You Are My Lucky Star» y con un mal ángulo de cámara. Iba a tener que hacer
una ampliación para ver sus caras con claridad. Pero no hubo necesidad.
Encontré a Alis.
Tal
vez habría conseguido sobornar a Virginia Gibson. A lo mejor incluso había
conseguido esconderla a ella y a la pelirroja de Té para dos detrás de sus
respectivos decorados. Pero Debbie Reynolds no tenía ningún problema con las
SA, y si Alis la hubiera ocultado detrás de un escenario, alguien se habría
dado cuenta.
No
era un viaje en el tiempo. Era otra cosa, una ilusión generada por ordenador de
algún tipo en la que ella conseguía de algún modo bailar y aparecer en la
película. En ese caso, no había desaparecido para siempre en el pasado. Estaba
todavía en Hollywood. Y yo iba a encontrarla.
—Apaga
—le dije al comp, cogí la chaqueta y me largué.
TÓPICO
CINEMATOGRÁFICO N.° 419: La huida frustrada. Héroe/heroína en plena evasión,
casi escapa de los malos, los elude, está a punto de conseguirlo; el villano
aparece de pronto y dice: «¿Vas a alguna parte?»
VER:
La gran evasión, El Imperio contraataca, Con la muerte en los talones, Los 39
escalones.
Heada
se encontraba ante la puerta, cruzada de brazos, dando golpecitos con el pie.
Rosalind Russell como la hermana superiora en Ángeles rebeldes.
—Deberías
estar en la cama —dijo.
—Me
encuentro bien.
—Eso
es porque aún no te has desintoxicado del todo. Unas veces tarda más que otras.
¿Has orinado?
—Sí.
Cubos enteros. Ahora, si me disculpa, hermana Ratchet...
—Vayas
adonde vayas, puede esperar hasta que estés limpio —replicó ella, bloqueándome
el paso—. En serio. La ridigraña no es cosa de broma. —Me condujo de vuelta a
la habitación—. Quédate aquí y descansa. ¿Adónde ibas? ¿A ver a Alis? Porque si
es así, ella no está. Dejó todas sus clases y abandonó la residencia.
Y
está con el jefe de Mayer, quería decir.
—No
iba a ver a Alis.
—¿Adónde
ibas?
Era
inútil mentirle a Heada, pero lo intenté de todas formas.
—Virginia
Gibson aparece en Una cara con ángel. Quería conseguir una copia.
—¿Por
qué no puedes conseguirla por fibra-op?
—Aparece
Fred Astaire. Por eso te pregunté si había salido del litigio. —Dejé que esta
información calara durante un par de fotogramas—. Dijiste que podría ser un
simple parecido. Quería ver si es Alis o simplemente alguien que se le parece.
—¿Y
por eso ibas a salir a buscar una copia pirata? —preguntó Heada, como si casi
me creyera—. Tú dijiste que aparecía en seis musicales. Todos no están en
litigio, ¿verdad?
—No
había ningún primer plano en Atenea —contesté, y esperé que no preguntara por
qué no podía conseguir una ampliación—. Y ya sabes lo que ella siente por Fred
Astaire. Si aparece en una película, será en Una cara con ángel.
Nada
de todo esto tenía sentido, ya que la idea era supuestamente encontrar alguna
cita donde estuviera Virginia Gibson, no Alis, pero Heada asintió cuando
mencioné a Fred Astaire.
—Puedo
conseguirte una.
—Gracias.
Ni siquiera tiene que ser digitalizada. Con una cinta me arreglo. —La conduje a
la puerta—. Me quedaré aquí y me acostaré y dejaré que la ridigraña haga su
trabajo.
Ella
volvió a cruzarse de brazos.
—Lo
juro —dije—. Te daré mi llave. Puedes encerrarme.
—¿Te
acostarás?
—Lo
prometo —mentí.
—No
lo harás —dijo ella—, y desearás haberlo hecho —suspiró—. Al menos no estarás
en los deslizadores. Dame la llave.
Le
tendí la tarjeta.
—Las
dos.
Le
tendí la otra tarjeta.
—Acuéstate
—me ordenó Heada; cerró la puerta y me dejó dentro.
TÓPICO
CINEMATOGRÁFICO N.° 86: Encerrado.
VER:
La culpa ajena, Cumbres borrascosas, El enemigo fantasma, Un marido rico, El
hombre del brazo de oro, El coleccionista.
Bueno,
de todas formas necesitaba más pruebas antes de enfrentarme a Alis, y empezaba
a sentir el dolor de cabeza sobre el que había mentido a Heada. Entré en el
cuarto de baño y seguí sus órdenes; luego me acosté y recuperé Cantando bajo la
lluvia.
No
había ninguna línea mate delatora ni sombras pixeladas, y cuando hice una
comprobación de ruidos, no encontré ningún signo de degradación irregular. Cosa
que no demostraba nada. Yo podía hacer pastiches indetectables con una quinta
parte del whisky de William Powell en La cena de los acusados.
Necesitaba
más datos. Preferiblemente algo en plano general y en toma continua, pero Fred
seguía en litigio. Volví a pedir la lista de musicales. Alis llevaba un polisón
el día que fui a verla, lo que significaba una pieza de época. No Espérame en
San Luis. Había dicho que no había bailes. Magnolia, tal vez. O Gigi.
Las
repasé ambas, buscando parasoles y cabellos a contraluz, pero tardé una
eternidad, y al final acabé mareado.
—Búsqueda
global —dije, frotándome los ojos—, coreografías de baile. —Me pasé los
siguientes diez minutos explicándole al comp lo que era una coreografía—.
Avanza a 40 —indiqué, y empecé con Carrusel.
El
programa funcionaba bien, aunque de todas formas tardaría una eternidad. Pensé
en eliminar el ballet, decidí que el comp no tendría más idea que Hollywood de
lo que era, y añadí una anulación en cambio.
—Instante
a siguiente coreografía, pista —dije—. Siguiente, por favor. —Pedí A la luz de
la luna.
Era
otro despliegue de monerías de Doris Day, tan cargada que el programa anulados
tardó demasiado en atravesarla, pero al menos pude decir «siguiente, por favor»
cuando vi que no había polisones.
—La
historia de Irene Castel —dije. No, ésa era de Fred Astaire. ¿Las chicas de
Harvey?
Encontré
otra nota legal. ¿Todo el mundo estaba en litigio? Pedí el menú, buscando
piezas de época.
—En
el bello verano —dije, y de inmediato me arrepentí. Era una de Judy Garland, y
Alis tenía razón, no había bailes en las películas de Judy Garland. Traté de
recordar qué más había dicho aquella noche en mi habitación y qué películas
había pedido. Un día en Nueva York.
No
estaba en litigio. Pero su némesis, Gene Kelly, actuaba en ella, dando saltos
con un trajecito blanco de marinero y haciendo que pareciera difícil.
—Siguiente,
por favor —solicité, y Ann Miller apareció con un vestido corto, mejillas
sonrosadas y figura de Marilyn, bailando entre esqueletos de dinosaurios.
Incluso con maquillaje y refuerzo digital, no se la podría haber confundido con
Alis, y tuve la sensación de que eso era importante, pero el claqueteo de los
zapatos de Ann me martirizó los oídos. Pasé al número de Meadowville que Alis
había dicho que le gustaba, Vera-Ellen y el superenérgico Gene Kelly en un
zapateado. Vera-Ellen era más de la talla de Alis, incluso llevaba un lazo en
el pelo, pero tampoco era ella.
—Siguiente,
por favor.
Gene
Kelly evolucionó en uno de sus exagerados ballets, Frank Sinatra y Betty
Garrett bailaron un tango con un telescopio del Empire State; y apareció Ann
Miller, con un vestido aún más corto, y luego Vera-Ellen. Llevaba el chalequito
verde y la falda negra que Alis lucía en la fiesta aquella primera noche. Me
senté en la cama.
Vera-Ellen
cogió la mano de Gene Kelly y se alejó de la cámara.
—Congela
—ordené—. Amplía. —Aquel pelo a contraluz, era inconfundible, y naturalmente,
cuando volvió a girar, era Alis, extendiendo la mano, dirigiéndole una arrobada
sonrisa a Gene.
Pedí
un menú de las películas de Vera-Ellen.
—La
bella de Nueva York —dije.
Aviso
legal. Fred Astaire. Lo mismo con Tres palabras. Finalmente encontré El asombro
de Brooklyn, y la repasé número por número, pero Alis no estaba allí, y debía
de haber alguna otra explicación. ¿Qué? ¿Gene Kelly? Aparecía en Cantando bajo
la lluvia y Un día en Nueva York.
—Levando
anclas —dije.
Los
compañeros de Gene eran Kathryn Grayson y José Iturbi. Ninguno de ellos era
famoso por su habilidad como bailarines, así que no esperé que hubiera ningún
número de producción. No me equivocaba. Gene Kelly bailaba con Frank Sinatra,
con un coro de marineros y con un ratón de dibujos animados.
Era
otro de sus exagerados números de fantasía, esta vez con un fondo animado, Tom
y Jerry y un montón de efectos especiales pre-GO, pero él y el ratón Tom
bailaban claque juntos, mano y pata casi tocándose, y casi parecía de verdad.
Contacté
con Vincent, decidí que no quería que esto apareciera en la comunicación, y
pulsé una tecla para anular, deseando que hubiera un modo de averiguar si Heada
estaba montando guardia sin tener que abrir la puerta.
No
lo había, pero no importaba. No estaba allí. Cerré la puerta por si regresaba,
y bajé a la fiesta. Vincent demostraba un nuevo programa a un trío de
asombradas Marilyns.
—Dale
una orden —dijo Vincent, señalando la pantalla, donde Clint Eastwood, vestido
con un poncho a rayas y un sombrero aplastado, estaba sentado en una silla, con
los brazos a los costados como si fuera una marioneta—. Adelante.
Las
Marilyns se rieron.
—De
pie —se atrevió a decir una.
Clint
se levantó torpemente.
—Retrocede
dos pasos—dijo otra Marilyn.
—Madre,
¿puedo? —le dije yo—. Vincent, necesito hablar contigo. —Me interpuse entre él
y las Marilyns—. Necesito introducir algo de vivacción en una escena por medio
de pantalla azul. ¿Cómo lo hago?
—Es
más fácil que partir de cero —dijo él, mirando la pantalla donde Clint, de pie,
esperaba órdenes—. O un pastiche. ¿Qué clase de vivacción? ¿Humana?
—Sí,
humana, pero un pastiche no funcionará. ¿Cómo meto la pantalla azul?
Él
se encogió de hombros.
—Emplaza
un pixar y un compositor. Tal vez un viejo Digimatte, si puedes encontrar uno.
Las trampas para turatas los utilizan a veces. La parte difícil es el pegado:
luces, perspectiva, ángulos de cámara, bordes.
Dejé
de escuchar. El garito de Ha Nacido Una Estrella de Hollywood Boulevard tenía
un Digimatte. Y Heada había dicho que¡ Alis había encontrado trabajo allí.
—Seguirá
sin ser tan bueno como un gráfico —decía él—, Pero si tienes un mezclador
experto, es posible.
Y un
pixar, y el manual del comp, y los accesos. Alis no tenía nada de eso.
—¿Y
si no tuvieras los accesos? ¿Y si quisieras hacerlo sin que nadie se enterara?
—Pensaba
que tenías acceso pleno —señaló él, súbitamente interesado—. ¿Te ha despedido
Mayer?
—Esto
es para Mayer. Estoy quitando las SA de la película de un hackólito —dije, a
ver si colaba—. Sol naciente. Hay demasiadas referencias visuales para hacer
una anulación. Tengo que montar una escena entera, y quiero que sea auténtica.
Contaba
con que él no hubiera visto la película, ni supiera que se había hecho antes de
los accesos, una buena apuesta con alguien que había convertido a Clint
Eastwood en una marioneta. El héroe superpone una imagen falsa sobre otra real
para coger a un criminal.
Él
frunció vagamente el ceño.
—¿Alguien
irrumpe en el enlace de fibra-op en esta película?
—Sí
—le dije—. ¿Cómo puedo hacer para que parezca de verdad?
—¿Fuente
pirata? No. Necesitas acceso de estudio.
Eso
me llevaba a un callejón sin salida. Y además rápido.
—No
tengo que mostrar algo ilegal, sólo hablar de cómo encuentra una forma de
sortear la codificación o irrumpir en las guardias de autorización —dije, pero
él sacudió la cabeza.
—No
funciona así. Los estudios han pagado demasiado por sus propiedades y actores
para dejar que se produzcan fuentes piratas. Codificaciones, guardias de
autorización, navajos, todo eso puede esquivarse. Por eso pasaron al bucle de
fibra-op. Lo que sale vuelve a entrar.
En
la pantalla Clint Eastwood había empezado a moverse. Alcé la cabeza. Caminaba
como si fuera un ocho, las manos caídas, la cabeza gacha. Acechando.
—El
enlace de fibra-op envía la señal fuera y atrás en un bucle continuo. Tengo una
cerradura-ID insertada. La cerradura coteja la señal que llega con la que sale,
y si no encajan, rechaza la que entra y sustituye la antigua.
—¿Todos
los fotogramas? —dije, pensando que tal vez la cerradura sólo comprobaba cada
cinco minutos, tiempo suficiente para colar una rutina de baile.
—Sí,
uno por uno.
—¿No
requiere eso un montón de memoria? ¿Una comprobación píxel a píxel?
—Comprobación
browniana —dijo él, pero eso no era mucho mejor. La cerradura comprobaría
píxels aleatorios y vería si encajaban, y no había forma de saber por
adelantado cuáles serían. Lo único que se podría hacer para cambiar la imagen
era meter otra exactamente igual.
—¿Qué
pasa cuando tienes accesos? —pregunté, viendo a Clint hacer el circuito, una y
otra vez. Boris Karloff en Frankenstein.
—En
ese caso, la cerradura comprueba la imagen alterada en busca de autorización y
la deja pasar.
—¿Y
no hay manera de conseguir un acceso fácil?
El
miraba irritado la pantalla, como si hubiera sido yo quien había puesto a
Frankenstein en movimiento.
—Siéntate
—ordenó. Clint obedeció.
—De
pie —dije.
Vincent
me miró.
—¿Para
qué película dijiste que era?
—Un
remake —dije, mirando hacia la puerta. Heada acababa de entrar—. Tal vez me
contentaré con borrar —dije, y corrí hacia las escaleras.
—Sigo
sin comprender por qué insistes en hacerlo a mano —gritó él—. Es absurdo. Tengo
un programa de búsqueda y anulación...
Patiné
escaleras arriba y pulsé la anulación, maldiciéndome por haber cerrado la
puerta en primer lugar, la abrí, me acosté, recordé que se suponía que la
puerta estaba cerrada, la cerré, y volví a meterme en la cama.
Correr
no había sido una buena idea. La cabeza había empezado a resonarme como los
tambores en el número latino de Té para dos.
Cerré
los ojos y esperé a Heada, pero la que asomó por la puerta no debía de ser
ella, o a lo mejor se había entretenido con Vincent y sus muñecos bailarines.
Pedí Tres marinos y una chica, pero tanto «siguiente, por favor» me mareó un
poco. Cerré los ojos, esperando que el aturdimiento pasara, y luego volví a
abrirlos y traté de elaborar una teoría que no fuera sacada de una película.
Alis
no podría haberse superpuesto en pantalla azul como el ratón de Gene Kelly. No
sabía nada de comps: estaba haciendo GO Básico 101 el otoño pasado, cuando
Heada me proporcionó su horario de clases. Y aunque hubiera dominado de algún
modo fusiones, sombras y rotoscopios, seguía sin tener los accesos.
Tal
vez había conseguido que alguien la ayudara. ¿Pero quién? Los hackólitos no
graduados tampoco tenían acceso, y Vincent no habría comprendido por qué
insistía en hacerlo a mano.
Tenía
que ser un pastiche. ¿Y por qué no? Tal vez Alis había comprendido por fin que
bailar en las películas era imposible, o tal vez Mayer le había prometido
encontrarle un profesor de baile si ñaqueaba con su jefe. No sería la primera
cara en llegar a Hollywood y acabar en un sofá de casting.
Pero
si ése era el caso, no lo parecía en absoluto. Recuperé Un día en Nueva York y
la estudié a pesar del dolor de cabeza. Alis saltaba ágilmente alrededor del
Empire State, animada y feliz. La apagué y traté de dormir.
Si
era un pastiche, no habría tenido aquella expresión intensa y concentrada.
Vincent, con programas o sin programas, nunca habría podido haber capturado esa
sonrisa.
Lento
travelling de la pantalla del comp al reloj, mostrando las 11.05, y vuelta a la
pantalla. Toma de marineros bailando. Lento travelling al reloj, que muestra
las 3.45.
A lo
largo de la noche se me ocurrió que había otro motivo por el que Mayer no
podría haber hecho un pastiche con Alis. El mejor motivo de todos: Heada no lo
sabía. Ella siempre estaba al corriente de las noticias, se enteraba de todos
los ligoteos, los movimientos de los estudios, los rumores de opas. No había
nada que se le pasara por alto. Si Alis se hubiera entregado a Mayer, Heada lo
habría sabido antes de que sucediera. Y me lo habría comunicado, como si eso
fuera lo que yo quería oír.
¿Y
no era así? Le había dicho a Alis que no lograría lo que quería, que bailar en
las películas era imposible, y que sólo conseguiría un pastiche o nada, y a
todo el mundo le gusta demostrar que tiene razón, ¿no? Sobre todo cuando tiene
razón. No se puede atravesar una pantalla de cine como Mia Farrow en La rosa
púrpura de El Cairo y ocupar el sitio de Virginia Gibson. No se puede atravesar
un espejo como Charlotte Henry y encontrarte bailando con Fred Astaire.
Aunque
parezca que eso es lo que has hecho. Es un truco de luces, eso es todo, y
maquillaje, y demasiado alcohol, demasiado klieg; y la única cura para eso era
seguir las órdenes de Heada, orinar, beber muchísima agua, tratar de dormir.
—Tres
marineros y una chica —dije, y esperé a que se revelara el truco.
Lento
travelling de la pantalla del comp al reloj, mostrando las 4.58, y vuelta a la
pantalla. Toma de marineros bailando. Lento travelling al reloj, que muestra
las 7.22.
—¿Te
encuentras mejor? —preguntó Heada. Estaba sentada en la cama, sosteniendo un
vaso de agua—. Ya te advertí que la ridigraña era dura.
—Sí
—contesté, cerrando los ojos contra el brillo del vaso.
—Bebe
esto —ordenó ella, y me metió una pajita en la boca—. ¿Cómo va la sed? ¿Mal?
Yo
no quería beber nada, ni siquiera agua.
—No.
—¿Estás
seguro? —preguntó, recelosa.
—Segurísimo
—contesté. Abrí de nuevo los ojos, y cuando vi que no pasaba nada, traté de
sentarme—. ¿Por qué has tardado tanto?
—Después
de encontrar Una cara con ángel, fui y hablé con uno de los ejecos de ILMGM.
Tenías razón: no es cosa de Mayen Ha dejado las ñaquis. Está intentando
convencer a Arthurton de que es casto y puro.
Me
metió de nuevo la pajita bajo la nariz.
—Hablé
también con uno de los hackólitos. Dice que no hay manera de meter vivacción en
la fuente de fibra-op sin acceso de estudio. Dice que hay todo tipo de medidas
de segundad, intimidades y codificaciones. Dice que hay tantas que nadie, ni
siquiera los mejores hackólitos, pueden pasarlas.
—Lo
sé —asentí, apoyando la cabeza contra la pared—. Es imposible.
—¿Te
sientes lo bastante bien para ver el disco?
No,
pero no había más que hablar, así que Heada lo puso y vimos a Fred bailar dando
vueltas alrededor de Audrey Hepburn y París.
Al
menos la ridigraña servía de algo. Fred hacía una serie de giros, y sus pies
zapateaban fácil, descuidadamente, con los brazos extendidos, pero no hubo ni
el tiritar de un destello ni un desenfoque. Todavía me dolía la cabeza, pero el
tamborileo había desaparecido, sustituido por un duro silencio que parecían los
efectos posteriores de un destello y tenía su brusca claridad, su certeza.
Estaba
seguro de que Alis no habría bailado en esta película, con su baile moderno y
sus duetos, cuidadosamente coreografiados por Fred para hacer que Audrey
Hepburn pareciera mejor bailarina de lo que era. Seguro de que cuando Virginia
Gibson apareciera sería Virginia Gibson, que se parecía mucho a Alis.
Y
seguro de que cuando solicitara Un día en Nueva York y Té para dos y Cantando
bajo la lluvia seguiría siendo Alis, no importaba cuántos bucles de fibra-op
tuviera que pasar, no importaba lo imposible que fuera.
Virginia
Gibson apareció en una parodia de la idea de Hollywood de los diseñadores de
moda.
—No
la ves, ¿verdad? —preguntó Heada ansiosamente.
—No
—contesté, observando a Fred.
—Esa
Virginia Gibson se parece mucho a Alis —comentó Heada—. ¿Quieres probar otra
vez con Siete novias para siete hermanos, sólo para asegurarte?
—Estoy
seguro.
—Bien
—dijo ella, levantándose de pronto—. Lo principal ahora que estás limpio es
mantenerte ocupado para que no pienses en la sed, y de todas formas necesitas
ponerte al día con la lista de Mayer antes de que regrese, y se me ha ocurrido
que tal vez podría ayudarte. He estado viendo un montón de películas, y podría
decirte cuáles tienen SA y dónde está. El color púrpura tiene una escena
donde...
—Heada
—dije.
—Y
cuando termines con la lista, tal vez tú y yo pudiéramos convencer a Mayer para
que nos asigne un remake de verdad. Quiero decir que ahora los dos estamos
limpios. Una vez me dijiste que yo sería una gran ayudante de localización, y
he estado viendo un montón de películas. Formaríamos el equipo perfecto. Tú
podrías hacer los GO...
—Tienes
que hacerme un favor. Había un ejeco de ILMGM que solía venir a las fiestas y
que siempre usaba el viaje temporal como gancho. Necesito que averigües su
nombre.
—¿Viaje
temporal? —dijo Heada, aturdida.
—Decía
que estamos así de cerca de descubrir el viaje temporal. No paraba de hablar de
tempomentos paralelos.
—Dijiste
que no era ella en Una cara con ángel —objetó ella lentamente.
—No
paraba de hablar de hacer un remake de Los pasajeros del tiempo.
—¿Crees
que Alis ha retrocedido en el tiempo? —preguntó ella, todavía aturdida.
—No
lo sé —contesté, y la última palabra fue casi un grito—. Tal vez encontró un
par de deslizadores de rubí, tal vez atravesó la pantalla como Buster Keaton en
El moderno Sberlock Holmes. ¡No lo sé!
Heada
me miraba con los ojos llenos de lágrimas.
—Pero
vas a seguir buscándola, ¿verdad? Aunque eso sea imposible —dijo amargamente—.
Como John Wayne en Centauros del desierto.
—Encontró
a Natalie Wood, ¿no? —repliqué yo—. ¿No?
Pero
ella ya se había marchado.
MONTAJE:
Sin sonido. El HÉROE, sentado ante el comp, con la barbilla apoyada en la mano,
diciendo «Siguiente, por favor», mientras las rutinas en la pantalla cambian.
Huía, número latino, paspié, la idea de Hollywood de un ballet, número de
vagabundos, ballet acuático, baile de muñecas.
Todavía
no había expulsado todo el alcohol de mi organismo. Media hora después de que
Heada se marchara, el dolor de cabeza regresó con una venganza. Solicité Dos
marineros y una chica, (¿o era Dos chicas y un marineros?) y dormí durante dos
días seguidos.
Cuando
me levanté, oriné varios litros y luego fui a comprobar si Heada había
contactado conmigo. No lo había hecho. Intenté llamarla, y luego a Vincent, y
empecé a revisar de nuevo las películas.
Alis
aparecía en Querido Melvin, haciendo, cómo no, de chica del coro que intentaba
abrirse paso en el cine, y en Todos a bailar y en Dos semanas de amor. La
encontré en dos películas de Vera-Ellen, que vi dos veces, convencido de que
estaba pasando por alto alguna pista importante, y en Nubes pintadas de luz,
ocupando el lugar de Virginia Gibson otra vez en una escena de baile con Gene
Nelson y Virginia Mayo.
Accedí
a Vincent y le pregunté por los tempomentos paralelos.
—¿Es
para Sol naciente? —preguntó, receloso.
—La
máquina del tiempo —dije—. Paul Newman y Julia Roberts. ¿Qué es un tempomento
paralelo? —Recibí todo un discurso verbal sobre probabilidad, causalidad y
universos colaterales.
—Cada
acontecimiento tiene una docena, un centenar, un millar de resultados posibles
—explicó—. La teoría es que cada uno de estos resultados existe en un universo
paralelo.
Un
universo en el que Alis consigue bailar en el cine, pensé. Un universo donde
Fred Astaire sigue vivo y la revolución de GO nunca se ha producido.
Había
estado buscando exclusivamente en musicales realizados durante los cincuenta.
Pero si había tempomentos paralelos, y Alis había encontrado de algún modo una
forma de entrar y salir de aquellos universos, no había ningún motivo para que
no pudiera estar en películas realizadas más tarde. O incluso antes.
Empecé
por las de Busby Berkeley, por pocos bailes que tuvieran, y me la encontré
zapateando sin música en Vampiresas 1935 y en el gran final de La calle 42,
pero eso fue todo. Me fue mejor (y al parecer también a ella) con las que no
eran de Busby. Sombreros fuera, llevando un sombrero, para variar, y en
Espectáculo de espectáculos y en Demasiada armonía, actuando en un número digno
de Marilyn, con ligas y una falda blanca que revoloteaba alrededor de sus
medias. También aparecía en Nacida para la danza, pero en el coro, y no pude
encontrarla en ninguna otra película de Eleanor Powell.
Tardé
una semana en acabar las películas en blanco y negro, y en todo ese tiempo no
pude localizar a Heada, y ella no contactó conmigo. Cuando mi comp sonó por
fin, no esperé a que apareciera.
—¿Has
descubierto algo? —pregunté.
—¡Claro
que he descubierto algo! —dijo Mayer, retorciéndose—. ¡No has enviado ni una
película en dos semanas! ¡Pensaba entregarle todo el lote a mi jefe en la
reunión de la semana que viene, y tú estás perdiendo el tiempo con Sol
naciente, que ni siquiera está en la lista!
Lo
cual significaba que Vincent tenía un papel estelar haciendo de Joe Spinell
como soplón en El Padrino II.
—Necesitaba
sustituir un par de escenas —le dije—. Había demasiadas visuales para borrar.
Una de ellas es un número de baile. ¿Conoces a alguien que sepa bailar? —Lo
observé, buscando algún signo, alguna indicación de que recordaba a Alis, la
conocía, había querido ñaqueársela con suficiente intensidad como para pegar su
cara en una docena de bailarinas. Nada. Ni siquiera una pausa.
«Había
una cara hace un par de fiestas —añadí—. Bonita, con el pelo castaño claro;
quería bailar en el cine.
Nada.
No era Mayer.
—Olvida
los bailes —estalló él—. Olvida La máquina del tiempo. ¡Tan sólo quita el
maldito alcohol! ¡Quiero el resto de la lista terminada para el lunes, o nunca
volverás a trabajar para ILMGM!
—Puede
contar conmigo, señor Potter —dije yo, y le dejé decirme que iba a cortar mi
crédito.
—¡Te
quiero sobrio! —dijo.
Deseo
que, curiosamente, podía concederle.
Quité
la canción «Moonshine Lullaby» de Annie coge el rifle y las pipas de Kismet
para demostrarle que había estado escuchando, y empecé por los cuarenta,
buscando alcohol y Alis, dos pájaros de un tiro. Ella aparecía en Yanqui dandy
y en el número de zapateado de Chicas de Broadway, con el delantal que llevaba
la noche en que vino a pedirme el disco.
Heada
llegó mientras estaba viendo Tres chicas de azul, que tenía una mezcla de
polisones y Vera-Ellen, pero ninguna Alis.
—He
encontrado al ejeco —dijo—. Ahora trabaja para Warner. Por lo visto pretenden
una posible absorción de ILMGM.
—¿Cómo
se llama?
—No
quiso decirme nada. Según él, si no han relanzado En algún lugar del tiempo es
porque no pudieron decidir si incluir a Vivien Leigh o a Marilyn Monroe.
—Hablaré
con él. ¿Cómo se llama?
Ella
vaciló.
—Hablé
también con los hackólitos. Dijeron que el año pasado transmitieron imágenes a
través de una región de materia negativa y recibieron interferencias que
atribuyeron a una discrepancia temporal, pero no han podido reproducir los
resultados, y ahora piensan que fue una transmisión de otra fuente.
—¿De
qué tamaño fue la discrepancia temporal?
Ella
pareció triste.
—Les
pregunté si podrían reproducir los resultados, si podrían enviar a una persona
al pasado, y dijeron que aunque funcionara, sólo hablaban de electrones, no de
átomos, y que no había manera de que ningún organismo vivo pudiera atravesar
una región de materia negativa.
Advertí
que aún faltaba lo peor porque Heada siguió junto a la puerta, como Clara Bow
en Alas, incapaz de decirme la mala noticia.
—¿La
has encontrado en alguna película más? —preguntó.
—En
seis —asentí—. Y si no es viaje temporal, debe de haber atravesado la pantalla
como Mia Farrow. Porque no es un pastiche. Y tampoco no es Mayer.
—Hay
otra explicación —deslizó ella tristemente—. Pasaste algún tiempo bastante
colocado. Una de las películas que vi trataba de un tipo que era alcohólico.
—Días
sin huella. Ray Milland —dije, y comprendí adonde quería ir a parar.
—Tenía
momentos en blanco cuando bebía. Hacía cosas y luego no se acordaba. —Me miró—.
Tú sabías qué aspecto tiene ella. Y disponías de los accesos.
DANA
ANDREWS [De pie junto a la mesa del sargento de policía]: Le digo que ella no
lo hizo.
BRODERICK
CRAWFORD: ¿Ah, sí? ¿Entonces quién fue?
DANA
ANDREWS: No lo sé, pero no pudo ser ella. No es de esa clase de chicas.
BRODERICK
CRAWFORD: Bueno, alguien lo hizo. [Entorna los ojos, receloso.] Tal vez lo hizo
usted. ¿Dónde estaba cuando mataron a Carson?
DANA
ANDREWS: Había salido a dar un paseo.
Era
la explicación más probable. Yo era un experto en pastiches. Además tenía su
cara grabada en la mente desde el momento en que destellé. Y tenía acceso pleno
de los estudios. Móvil y oportunidad.
Yo
la amaba, y ella quería bailar en las películas, y en el maravilloso mundo de
los GO todo es posible. Pero si yo lo hubiera hecho, no le habría dado dos
míseros minutos en un número de producción. Habría borrado a Doris Day y sus
dientes y habría dejado a Alis bailar con Gene Nelson delante de todos aquellos
espejos en la sala de ensayos. Si hubiera sabido los pasos, cosa que no era
así. Nunca había visto Té para dos.
O no
recordaba haberla visto. Justo después del episodio de los deslizadores, Mayer
había incluido en mi cuenta crédito por media docena de westerns, ninguno de
los cuales recordaba haber hecho. Pero si lo hubiera hecho, no la habría
vestido con polisón. No la habría hecho bailar con Gene Kelly.
Había
puesto una alarma en Fred Astaire y Una cara con ángel. La cambié a Melodías de
Broadway 1940 y pedí un informe sobre el estado del caso. Estaba a punto de
resolverse, pero se esperaba que hubiera una demanda secundaria, y la SCC
estaba considerando alegar.
La
Sociedad para la Conservación Cinematográfica. Todos los cambios quedaban
automáticamente registrados, y los estudios no los controlaban. Mayer no había
podido mantenerme a salvo de aquellos códigos porque eran parte básica del
enlace de fibra-op. Si era un pastiche, tenía que ser listado en sus archivos.
Accedí
a los archivos de la SCC y pedí el de Siete novias.
Aviso
legal. Había olvidado que estaba en litigio.
—Cantando
bajo la lluvia —solicité.
Las
botellas de champán que yo había borrado aparecían listadas, junto con un
cambio que no había hecho. «Fotograma 9-106», decía, y proporcionaba las
coordenadas y los datos. La boquilla del cigarrillo de Jean Hagen. Lo había
hecho la Liga Antitabaco.
—Té
para dos —dije, y traté de recordar los números de los fotogramas de la escena
del charleston, pero no importaba. La pantalla estaba vacía.
Lo
que dejaba el viaje temporal. Regresé a los musicales, diciendo «Siguiente, por
favor», a las congas y los coros masculinos y un horrible número carinegro. Me
extrañó no lo hubieran borrado antes. Ella aparecía en Can-Can y en Suenan las
campanas, ambas de 1960, una fecha después de la cual no esperaba encontrar
gran cosa. Los musicales se habían vuelto para entonces películas de gran
presupuesto, lo que significaba contratar espectáculos de Broadway y hacer que
los protagonizaran estrellas taquilleras como Audrey Hepburn o Richard Harris,
que no sabían cantar ni bailar, y luego quitaban todos los números musicales
para ocultar ese hecho. Y entonces los musicales se volvieron socialmente
irrelevantes. Como si el ataúd hubiera necesitado más clavos.
Había
bastante alcohol en los musicales de los sesenta y setenta, aunque no muchos
bailes. Un padre borrachín en My Fair Lady, una muchachita bebida en Oliver, un
campo minero completamente tajado en La leyenda de la ciudad sin nombre.
También salones, cerveza, whisky, ojos rojos, y un Lee Marvin (que tampoco
sabía cantar ni bailar, pero tampoco sabían Clint Eastwood ni Jean Seberg, ¿y a
quién le importa? Siempre queda el doblaje) que se caía de puro borracho. Los
años veinte llenos de alcohol en Ante todo mujer, con Lucille Ball (que tampoco
sabía actuar, una triple hazaña).
Y
Alis, bailando en el coro de Adiós, mister Chips y El novio. Bailando la
tapioca en Milite, chica moderna, lanzando la pierna al aire en el número «Put
on Your Sunday Clothes» de Hello, Dolly!, con un vestido celeste con polisón y
una sombrillita.
Me
acerqué a Burbank. Tal vez el viaje en el tiempo era posible. Habían pasado al
menos dos semestres, pero la clase seguía allí. Y Michael Caine daba la misma
lección.
—Se
han ofrecido varias razones para explicar la caída del musical —entonaba—,
costes de producción cada vez más altos, complicaciones tecnológicas debido a
la pantalla panorámica, montajes faltos de imaginación. Pero la verdadera razón
es más profunda.
Me
apoyé contra la puerta y le escuché hacer el responso mientras la clase tomaba
respetuosamente notas en sus palm-tops.
—La
muerte del musical no se debió a catástrofes de directores y repartos, sino a
causas naturales. El mundo que describía el musical, simplemente, había dejado
de existir.
El
monitor que Alis había utilizado para practicar seguía allí, igual que las
sillas arrinconadas, sólo que ahora había muchas más. Michael Caine y la clase
estaban apretujados en un espacio demasiado estrecho para un zapateado, y las
sillas llevaban allí bastante tiempo: estaban cubiertas de polvo.
—El
musical de los cincuenta describía un mundo de inocentes esperanzas y deseos
ingenuos. —Le murmuró algo al comp y apareció Julie Andrews, sentada en una
colina alpina con una guitarra y un grupito de niños. Una extraña elección para
su tesis de «tiempos más simples», ya que la película había sido realizada en
1965, el año de la gran concentración de tropas en Vietnam. Por no mencionar
que se desarrollaba en 1939, el año de los nazis.
—Era
una época más brillante y menos complicada —dijo—, una época donde los finales
felices todavía resultaban creíbles.
La
escena saltó a Vanessa Redgrave y Franco Nero, rodeados por soldados con
antorchas y espadas. Camelot.
—Ese
mundo idílico desapareció, y con él el musical de Hollywood.
Esperé
hasta que la clase se marchó y él se tomó su ración de copo y le pregunté si
sabía dónde estaba Alis, aunque sabía que no servía de nada, no la habría
ayudado, y lo último que Alis habría necesitado era a otra persona diciéndole
que el musical estaba muerto.
No
la recordaba, ni siquiera después de que lo untara con chooch, y se negó a
darme la lista de estudiantes de su clase. Siempre podía recurrir a Heada, pero
no quería que se pusiera compasiva y pensara que me había vuelto loco. Charles
Boyer en Luz de gas.
Volví
a mi habitación y quité la bebida de Billy Bigelow y medio argumento de
Carrusel, y luego me acosté.
Una
hora más tarde el comp me despertó de un profundo sueño, armando tanto jaleo
como el reactor de El síndrome de China, y me levanté tambaleándome. Me quedé
parpadeando ante él unos buenos cinco minutos antes de darme cuenta de que era
la alarma, y que Siete novias debía de estar fuera de litigio, y tardé otro
minuto en pensar qué orden dar.
No
era Siete novias. Era Fred Astaire, y la decisión del jurado aparecía en la
pantalla: «Derecho de propiedad intelectual negado, derecho a forma artística
irreproducible negado, derecho de propiedad colaboradora negado.» Lo cual
significaba que los herederos de Fred Astaire y RKO-Warner habían perdido, y
que ILMGM, donde Fred había pasado tantos años encubriendo a compañeras que no
sabían bailar, había ganado.
—Melodías
de Broadway 1940 —dije, y contemplé el Beguine tal como lo recordaba, estrellas
y suelo pulido y Eleanor de blanco, siempre junto a Fred.
Nunca
la había visto sobrio. Había pensado que el silencio, el embeleso, la cualidad
de belleza inmóvil y centrada se debía al efecto del klieg, pero no era así.
Bailaban con facilidad, sin esforzarse, por un suelo oscuro y pulido. Sus manos
no llegaban a tocarse, y permanecían tan serenos, tan silenciosos como aquella
noche en que vi a Alis observándolos. Lo verdadero.
Nunca
había existido aquel mundo ingenuo e inofensivo. En 1940, Hitler bombardeaba
Londres y ya metía a los judíos en vagones de ganado. Los ejecos de los
estudios se unían contra la guerra y hacían tratos, el Mayer real dirigía el
estudio, y las starlets se dejaban ñaquear en un sofá de casting por una
aparición de cinco segundos. Fred y Eleanor hacían cincuenta tomas, cien, en un
estudio caluroso y sin aire, y se iban a casa a poner en remojo sus pies
maltrechos.
Nunca
había existido este mundo de suelos estrellados y cabellos a contraluz y pasos
sencillos y fáciles, y el público de 1940 que lo veía lo sabía. Y ése era su
atractivo, no que reflejara «tiempos más brillantes y felices», sino que era
imposible. Eso era lo que querían y lo que nunca podrían tener.
La
pantalla emitió otro aviso legal, la apelación de ILMGM ya estaba en marcha, y
yo no había visto el final de la rutina, no la había grabado en cinta ni había
hecho siquiera un backup.
No
importaba. Era Eleanor, no Alis, y no importaba lo que pensara Heada, no
importaba lo lógico que fuera, no era yo quien lo hacía. Porque de ser así, con
litigio o sin litigio, ahí era donde la habría puesto: bailando con Fred,
inclinándose para dirigirle aquella sonrisa embelesada.
MONTAJE:
Primerísimo plano de la pantalla del comp. Los títulos de crédito se funden
unos en otros: Al sur del Pacífico, La feria de la vida, Armonías de juventud,
Locuras de verano.
Al
final me quedé sin sitio donde buscar. Volví a Hollywood Boulevard, pero nadie
la recordaba, y ninguno de los lugares tenían Digimattes excepto Ha Nacido Una
Estrella, y estaba cerrado durante la noche, con una verja de hierro ante la
puerta. Las otras clases de Alis trataban sobre el enlace de fibra-op, y su
compañera de habitación, muy colocada, tenía la impresión de que Alis había
regresado a casa.
—Empaquetó
todas sus cosas —dijo—. Lo cogió todo, vestidos, pelucas y eso, y se marchó.
—¿Cuánto
tiempo hace?
—No
lo sé. La semana pasada, creo. Antes de Navidad.
Hablé
con la compañera de habitación cinco semanas después de haber visto a Alis en
Siete novias. A la sexta semana, me quedé sin musicales. No había tantos, y los
había visto todos, excepto los que andaban en litigio a causa de Fred. Y Ray
Bolger, a quien Viamont quiso registar el día después de que yo fuera a
Burbank.
El
asunto de Russ Tamblyn se zanjó, y la alarma me despertó en mitad de la noche
para decirme que alguien había ganado el derecho para violarlo y saquearlo en
la pantalla grande, y grabé la escena de la construcción del granero y luego vi
West Side Story, por si acaso. Alis no estaba allí.
Vi
de nuevo el número de «Un día en Nueva York» y estudié Nubes pintadas de sol,
convencido de que allí había algo importante que se me había pasado por alto.
Era un remake de Vampiresas 1933, pero no era eso lo que me llamaba la
atención. Puse todos los números en orden en las pantallas, del más fácil al
más difícil, como si eso me pudiera proporcionar una pista de lo que ella iba a
hacer a continuación, pero no sirvió de nada. Siete novias para siete hermanos
era lo más difícil que había hecho, y eso había sido seis semanas atrás.
Ordené
las películas por fecha, estudio y bailarines; y comparé los datos. Luego me
senté y contemplé los nulos resultados durante un rato. Y las pantallas.
Llamaron
a la puerta. Mayer. Apagué las pantallas y traté de pensar en una no musical
que recuperar, pero no se me ocurría ninguna.
—Historias
de Filadelfia —dije por fin—. Fotograma 115-010. —Y grité—: Adelante.
Era
Heada.
—He
venido a decirte que Mayer va a estallar si no le envías ninguna película
—dijo, mirando la pantalla. Era la escena de la boda. Todo el mundo, Jimmy
Stewart, Cary Grant, estaban reunidos alrededor de Katharine Hepburn, que
llevaba un sombrero enorme y tenía una resaca de caballo.
»Se
comenta que Arthurton va a traer a un tipo nuevo, supuestamente para dirigir
Montaje —dijo Heada—, pero en realidad será su ayudante, y en ese caso Mayer
está en la calle.
Bien,
pensé, al menos eso pondrá fin a la masacre. Pero si despedían a Mayer, yo
perdería mi acceso, y nunca encontraría a Alis.
—Estaba
trabajando en eso ahora mismo —aseguré, y me lancé a dar una elaborada
explicación de por qué seguía todavía con Historias de Filadelfia.
—Mayer
me ofreció un trabajo —soltó Heada.
—Ya
veo: ahora que te ha contratado como cuerpo presente tienes interés en que no
lo despidan, y has venido a meterme prisa, ¿no?
—No
—dijo ella—. De cuerpo presente no. Ayudante de localización. Me marcho para
Nueva York esta tarde.
Era
lo último que podía esperar. La miré y vi que llevaba un traje chaqueta. Heada
como ejeco de estudio.
—¿Te
marchas? —pregunté, aturdido.
—Esta
misma tarde. He venido a darte mi número de acceso. —Sacó un papel—. Es
asterisco nueve dos punto ocho tres tres —dijo, y me lo tendió.
Lo
miré, esperando que fuera el número, pero era una lista de títulos de
películas.
—En
ninguna de ellas hay bebida —dijo—. Son unas tres semanas de trabajo. Con eso
tendrás contento a Mayer durante algún tiempo.
—Gracias
—dije, asombrado.
—Betsy
Booth contraataca.
Debí
de poner cara de tonto.
—Judy
Garland. Andy Hardy se enamora. Ya te dije que he estado viendo un montón de
películas. Por eso conseguí el trabajo. Una ayudante de localización tiene que
conocer todos los escenarios, decorados y pruebas, y poder encontrarlos para
que el hackólito no tenga que digitalizar otras nuevas. Ahorra memoria.
Señaló
la pantalla.
—Historias
de Filadelfia tiene una biblioteca pública, una redacción de periódico, una
piscina, y un Packard del 1936 —sonrió—. ¿Recuerdas cuando dijiste que las
películas nos enseñaban a actuar y nos daban líneas de diálogo que decir?
Tenías razón. Pero te equivocabas en el papel que yo representaba. Dijiste que
era Thelma Ritter, pero no es así. —Señaló la pantalla, donde estaban reunidos
los invitados a la boda—. Era Liz.
Fruncí
el ceño ante la pantalla, incapaz de recordar quién era Liz. ¿La precoz hermana
pequeña de Katharine Hepburn? No, espera. La otra periodista, la doliente
enamorada de Jimmy Stewart.
—He
estado haciendo de Joan Blondell —añadió Heada—. Mary Stuart Masterson, Ann
Sothern. La chica de la puerta de al lado, la secretaria enamorada de su jefe,
sólo que el tipo nunca se fija en ella, sólo la considera una chiquilla. Él
está enamorado de Tracy Lord, pero Joan Blondell le ayuda de todas formas.
Haría cualquier cosa por él, incluso ver películas.
Se
metió las manos en los bolsillos de su chaqueta y me pregunté cuándo había
dejado de llevar el vestido blanco sin mangas y los guantes de seda rosa.
—La
secretaria lo apoya —prosiguió Heada—. Lo cuida y le da consejo. Incluso le
ayuda con sus amoríos, porque sabe que al final de la película acabará
fijándose en ella, se dará cuenta de que no puede vivir sin ella, comprenderá
que Katharine Hepburn no es para él y la secretaria le ha estado amando en
secreto desde el principio. —Me miró—. Pero esto no es el cine, ¿verdad? —Me
observó fijamente..
Su
pelo ya no era rubio platino. Era castaño claro con mechas.
—Heada
—dije.
—No
importa. Ya lo he comprendido. Es lo que pasa por tomar demasiado klieg
—sonrió—. En la vida real, Liz tendría que renunciar a Jimmy Stewart,
contentarse con su amistad. Prueba para un nuevo papel. ¿Joan Crawford, tal
vez?
Sacudí
la cabeza.
—Rosalind
Russell.
—Bueno,
Melanie Griffith al menos. De todas formas, me marcho esta tarde, y sólo quería
despedirme y que me desearas buena suerte.
—Te
irá muy bien —dije—. Serás la dueña de ILMGM dentro de seis meses. —La besé en
la mejilla—. Lo sabes todo.
—Sí.
Se
encaminó hacia la puerta.
—«Cuídate,
chico» —dijo.
La
vi recorrer el pasillo y luego entré en la habitación, mirando la lista que me
había dado. Había más de treinta películas. Casi cincuenta. Las que estaban
cerca del final tenían unas notas: «Fotograma 14-1968, botella sobre la mesa» y
«Fotograma 102-166, referencia a la cerveza».
Hubiese
debido introducir las doce primeras, enviárselas a Mayer para calmarlo, pero no
lo hice. Me quedé sentado en la cama, mirando la lista. Junto a Casablanca
había escrito: «Imposible.»
—Hola
—dijo Heada desde la puerta—. Es Tess Trueheart de nuevo. —Y se quedó allí,
incómoda.
—¿Qué
pasa? —pregunté, poniéndome en pie—. ¿Ha vuelto Mayer?
—Ella
no está en 1950 —dijo, sin mirarme a los ojos—. Está en Sunset Boulevard. La
vi.
—¿En
Sunset Boulevard?
—No.
En los deslizadores.
No
en un tempomento paralelo. Ni en algún País de Nunca Jamás donde la gente
atravesara las pantallas de cine. Aquí. En los deslizadores.
—¿Hablaste
con ella?
Negó
con la cabeza.
—Era
la hora punta de la mañana. Volvía de ver a Mayer, y apenas la vi. Ya sabes
cómo es la hora punta. Traté de abrirme paso entre la multitud, pero para
cuando lo conseguí, ya se había bajado.
—¿Por
qué querría bajarse en Sunset Boulevard? ¿La viste bajarse?
—Ya
te he dicho que apenas la vi entre la multitud. Cargaba con todo su equipo.
Pero tuvo que bajarse en Sunset. Fue la única estación por la que pasamos.
—Has
dicho que llevaba equipo. ¿Qué clase de equipo?
—No
lo sé. Equipo. Ya digo que...
—Apenas
la viste. ¿Estás segura de que era ella?
Asintió.
—No
quería decírtelo, pero resulta difícil librarse de un papel como el de Betsy
Booth. Y es difícil odiar a Alis, después de todo lo que ha hecho. —Señaló sus
reflejos en la pantalla—. Mírame. Libre de chooch, libre de klieg. —Se volvió y
me miró—. Siempre quise trabajar en el cine y por fin lo he conseguido.
Volvió
a perderse pasillo abajo.
—¡Heada,
espera! —la llamé, y entonces me arrepentí temiendo que su cara estuviera llena
de esperanza cuando se volviera, que hubiera lágrimas en sus ojos.
Pero
era Heada, la que lo sabe todo.
—¿Cómo
te llamas? —pregunté—. Sólo me has dado tu acceso, y nunca te he llamado más
que Heada.
Ella
me dirigió una sonrisa de sabiduría, de tristeza. Emma Thompson en Lo que queda
del día.
—Me
gusta Heada—dijo.
La
cámara avanza a plano medio. Cartel de estación LATT. Pantalla romboidal, «Los
Ángeles Intransit» con letras rosa. «Sunset Boulevard» en amarillo.
Cogí
los opdisks de las rutinas de Alis y subí a los deslizadores. Estaban casi
desiertos: sólo había un grupito de turatas con orejas de ratón, una Marilyn
muy colgada, y Elizabeth Taylor, Sidney Poitier, Mary Pickford, Harrison Ford,
saliendo uno por uno de la niebla dorada de ILMGM. Contemplé los carteles,
esperando a Sunset Boulevard y preguntándome qué estaría haciendo Alis en aquel
lugar. Allí no había nada más que la vieja autopista.
La
Marilyn se me acercó tambaleándose. Su vestido blanco sin mangas estaba
manchado y arrugado, y había una mancha roja de carmín junto a su oreja.
—¿Te
apetece un ñaca? —dijo, no mirándome a mí, sino a Harrison Ford en la pantalla.
—No,
gracias —respondí.
—Muy
bien—dijo dócilmente—. ¿Y tú?
No
esperó a que Harrison ni yo contestáramos. Se marchó y luego regresó.
—¿Eres
ejeco de los estudios? —preguntó.
—No,
lo siento.
—Quiero
trabajar en el cine —anunció, y se marchó de nuevo.
Mantuve
los ojos fijos en la pantalla. Ésta se volvió plateada durante un segundo entre
dos anuncios, y me pude ver con aspecto limpio, responsable y sobrio. Jimmy
Stewart en Caballero sin espada. No era de extrañar que me hubiera confundido
con un ejeco.
El
anuncio de la estación de Sunset Boulevard se encendió y me bajé.
La
zona no había cambiado. Seguía sin haber nada aquí, ni siquiera luces. La
autopista abandonada acechaba sombría a la luz de las estrellas, y pude ver un
fuego muy lejos bajo uno de los árboles.
Me
pareció imposible que Alis estuviera allí. Debió de descubrir a Heada y se bajó
para que no averiguara dónde iba de verdad. ¿Adónde?
Había
otra luz ahora, un fino haz blanco que oscilaba hacia mí. Delirantes, tal vez,
en busca de víctimas. Volví a subir a los deslizadores.
La
Marilyn seguía allí, sentada en el suelo, con las piernas abiertas, rebuscando
en la palma abierta un puñado de pastis de chooch, illy, klieg. El único equipo
que necesita una liberada, pensé, lo que al menos significa que Alis no se
dedica a liberarse, y advertí que me sentía más aliviado desde que Heada me
había dicho que había visto a Alis con todo aquel equipo, aunque no supiera
dónde estaba. Al menos no se había convertido en una liberada.
Eran
las dos y media. Heada había visto a Alis en la hora punta, para la que
quedaban todavía cuatro horas. A lo mejor Alis iba al mismo lugar cada día. Si
no se estaba mudando a cualquier otro sitio con todo su equipaje. Pero Heada no
había dicho equipaje, sino equipo. Y no se trataría de un comp y un monitor,
porque Heada los habría reconocido, y de todas formas, eran ligeros.
Heada
había dicho «cargando». ¿Qué, entonces? ¿Una máquina del tiempo?
La
Marilyn se había levantado, esparciendo cápsulas por todas partes, y se dirigía
a la franja amarilla de advertencia de la pared del fondo, que seguía mostrando
la cabalgata de estrellas de la ILMGM.
—¡No!
—exclamé, y la agarré, a un paso de la pared.
Ella
me miró, los ojos completamente dilatados.
—Es
mi parada. Tengo que bajar.
—Camino
equivocado, Corrigan —dije, dándole la vuelta hacia la parte delantera. El
cartel indicaba Beverly Hills, cosa que no parecía muy probable—. ¿Dónde
quieres bajarte?
Ella
se zafó de mi brazo y volvió hacia la pantalla.
—La
salida es por ahí —insistí, señalando al frente.
Ella
sacudió la cabeza y señaló a Fred Astaire, que surgía de la niebla.
—Por
allí —dijo, y se sentó en el suelo, formando un círculo con la falda blanca.
La
pantalla se volvió plateada, la reflejó allí sentada, rebuscando en su palma
vacía, y luego se convirtió en niebla dorada. El principio del anuncio de
ILMGM.
Miré
la pared que no parecía una pared, ni un espejo. Parecía lo que era: una niebla
de electrones, un velo sobre el vacío, y durante un momento todo pareció
posible.
Durante
un momento pensé: Alis no se bajó en Sunset Boulevard. No se bajó tampoco de
los deslizadores. Atravesó la pantalla, como Mia Farrow, como Buster Keaton, en
dirección al pasado.
Casi
pude verla con su falda negra, su chalequito verde y sus guantes,
desapareciendo en la niebla dorada y emergiendo en un Hollywood Boulevard lleno
de coches y palmeras y salas de ensayo repletas de espejos.
—Todo
es posible —rugió la voz.
La
Marilyn había vuelto a ponerse en pie y se tambaleaba hacia la pared trasera.
—Por
ahí no —advertí y corrí tras ella.
Menos
mal que esta vez no se encaminó hacia las pantallas: no la habría alcanzado a
tiempo. Para cuando la agarré golpeaba la pared con los dos puños.
—¡Déjame
bajar! —gritó—. ¡Ésta es mi parada!
—La
salida es por allí —repetí, tratando de hacerla volver, pero debía de haber
tomado delirio. Sus brazos eran como de hierro.
—Tengo
que bajarme aquí —dijo, golpeando con el canto de las manos—. ¿Dónde está la
puerta?
—La
puerta está por ahí —respondí, preguntándome si había pasado lo mismo la noche
en que Alis me acompañó a casa desde Burbank—. No puedes bajarte por aquí.
—Ella
lo hizo.
Miré
a la pared trasera y luego otra vez a ella.
—¿Quién
lo hizo?
—Ella
—dijo—. Atravesó la puerta. Yo la vi.
Y
vomitó sobre mis pies.
TÓPICO
CINEMATOGRÁFICO N.° 12: La moraleja. Un personaje declara lo que es obvio, y
todo el mundo entiende el tema.
VER:
El mago de Oz, Campo de sueños, Love Story, ¿Qué tal, Pussycat?
Bajé
a la Marilyn en Wilshire y la llevé a rehab. A esas alturas ya había vaciado el
estómago, y esperé a asegurarme de que ingresaba.
—¿Estás
seguro de que tienes tiempo para hacer esto? —preguntó, menos parecida a
Marilyn y más a Jodie Foster en Taxi Driver.
—Estoy
seguro.
Había
tiempo de sobra, ahora que sabía dónde estaba Alis.
Mientras
ella rellenaba el papeleo, accedí a Vincent.
—Tengo
una pregunta —dije, sin más preámbulos—. ¿Y si coges un fotograma y lo
sustituyes por otro idéntico? ¿Podría pasar eso las cerraduras-ID de fibra-op?
—¿Un
fotograma idéntico? ¿De qué serviría eso?
—¿Podría?
—Supongo
que sí. ¿Esto es para Mayer?
—Sí.
¿Y si colocaras una nueva imagen que encajara con la original? ¿Las
cerraduras-ID detectarían la diferencia?
—¿Encajar?
—Una
imagen distinta que sea igual.
—Tú
estás colgado —dijo, y cortó.
No
importaba. Yo sabía ya por qué las cerraduras-ID no detectaban la diferencia.
Haría falta demasiada memoria. Y, como había dicho Vincent, ¿qué sentido
tendría cambiar una imagen por otra exactamente igual?
Esperé
a que la Marilyn estuviera en una cama con una intravenosa de ridigraña y luego
volví a los deslizadores. Después de La Brea estaban desiertos, pero tardé
hasta las tres y media en encontrar la puerta de servicio de la sección de
desconexión y hasta las cinco en abrirla.
Me
preocupaba que Alis la hubiera atrancado, cosa que había hecho, pero no
intencionadamente. Uno de los cables de enlace de fibra-op estaba apoyado
contra ella, y cuando por fin conseguí abrir la puerta una rendija, sólo tuve
que empujar.
Estaba
frente a la pared trasera, mirando la pantalla que en esta sección desconectada
tendría que haber estado apagada. En el centro, Peter Lawford y June Allyson
enseñaban el «Varsity Drag» a un gimnasio lleno de estudiantes ataviados con
vestidos de fiesta y esmóquines. June llevaba un vestido rosa y zapatos de
tacón color rosa con pompones, y Alis también, y ambas se habían puesto una
peluca rizada, rubia e idéntica.
Alis
había colocado el Digimatte en lo alto de su maleta, con el compositor y el
pixar a su lado, en el suelo, y el cable de fibra-op serpenteaba a lo largo de
la línea amarilla de advertencia y alrededor de la puerta hasta el alimentador
de los deslizadores. Aparté el cable de la puerta, con cuidado, para no romper
la conexión, y abrí la puerta lo suficiente para poder ver, y me quedé allí,
medio oculto, y la observé.
—Abajo
sobre los talones —instruía Peter Lawford—, arriba sobre los dedos. —Dio un
triple paso.
Alis,
con un mando a distancia en la mano, avanzó la canción y se detuvo donde
empezaba el baile, y lo observó muy concentrada, contando los pasos. Rebobinó
hasta el final de la canción. Pulsó un botón y todo se congeló a medio paso.
Caminó
rápidamente con aquellos zapatitos de tacón de aspecto estúpido hasta el fondo
de los deslizadores, fuera del alcance del encuadre, y pulsó un botón. Peter
Lawford cantaba: «...that's how it gets».
Alis
dejó el mando en el suelo, la falda se arrugó mientras se arrodillaba, y volvió
corriendo a su puesto y se puso en pie, tapando a June Allyson excepto por una
mano y un fragmento de la falda rosa, esperando su señal.
Cuando
se produjo, Alis se agachó sobre sus talones, se incorporó apoyándose en los
dedos de los pies, e inició un charlestón, con June detrás desde este ángulo
siguiéndola como una sombra. Me situé de forma que podía verla desde el mismo
ángulo que el procesador del Digimatte. June Allyson desapareció y sólo quedó
Alis.
Casi
esperaba que June Allyson se borrara de la pantalla como había pasado con la
princesa Leia en la escena de la turata en Ha Nacido Una Estrella, pero Alis no
estaba haciendo vids para la gente de casa, ni siquiera intentaba proyectar su
imagen en la pantalla. Sólo se trataba de un ensayo, y había conectado el
Digimatte al alimentador de fibra-op a través del procesador porque era la
forma en que le habían enseñado a usarlo en el trabajo. Incluso desde mi puesto
vi que la luz de grabación no estaba encendida.
Me
retiré hasta la puerta entreabierta. Ella era más alta que June Allyson, y el
vestido era de un tono más intenso, pero la imagen que el Digimatte
suministraba al enlace de fibra-op era la versión corregida, ajustada para
color, enfoque e iluminación. Y algunos de aquellos pasos, practicados durante
horas y más horas en las secciones desconectadas de los deslizadores, hechos y
rehechos y vueltos a hacer, aquella imagen corregida era tan similar a la
original que los cerrojos-ID no la captaban, tan parecida que la imagen de Alis
había engañado a los guardias y entrado en la fuente de fibra-op. Alis había
conseguido lo imposible.
Dio
una vuelta, se detuvo, corrió hasta el mando a distancia con sus zapatitos con
pompón, rebobinó hasta la mitad justo antes del giro, y lo congeló. Miró al
reloj del Digimatte y luego pulsó un botón y corrió hasta su puesto.
Sólo
disponía de otra media hora, como mucho, y luego tendría que desmantelar el
equipo y llevárselo a Hollywood Boulevard, guardarlo, abrir la tienda. Yo
debería dejarla en paz. Podía mostrarle el opdisk en otro momento, ya había
descubierto lo que quería saber. Debería cerrar la puerta y dejarla ensayar.
Pero no lo hice. Me apoyé contra la puerta, y me quedé allí, viéndola bailar.
Repasó
la parte central otras tres veces, puliendo el giro, y luego rebobinó hasta el
final del número y lo bailó entero. Permanecía concentrada, alerta, como la
noche en que contempló el Continental, pero carecía del deleite, el embeleso,
el abandono del Beguine.
Me
pregunté si aquello se debería a que aún estaba aprendiendo los pasos, o si
alguna vez la perdería. La sonrisa que June Allyson dirigió a Peter Lawford era
complacida, no alegre, y el «Varsity Drag» en sí mismo era tan sólo del montón.
No precisamente Cole Porter.
Entonces,
al verla rehacer pacientemente los mismos pasos una y otra vez, tal como Fred
debía de haber hecho a solas en el salón de ensayos antes incluso de que la
película empezara a filmarse, se me ocurrió que estaba equivocado respecto a
ella.
Había
pensado que creía, como Ruby Keeler y la ILMGM, que todo era posible. Yo
intenté decirle que no, que los deseos no siempre se cumplen. Pero ella ya lo
sabía, mucho antes de que yo la conociera, mucho antes de venir a Hollywood.
Fred Astaire había muerto el año en que ella nació, y nunca, nunca, nunca, a
pesar de la RV y los gráficos de ordenador y los copyrights, nunca podría
bailar el Beguine con él.
Y
todo esto, los disfraces, las clases y los ensayos, constituían simplemente un
sustituto. Como luchar en la Resistencia. Comparado con la imposibilidad que
Alis quería, abrirse camino en un Hollywood poblado por marionetas y chulos
debía de haber parecido cosa fácil.
Peter
Lawford cogió la mano de June Allyson, y Alis calculó mal el giro y chocó con
el aire vacío. Cogió el mando a distancia para rebobinar, miró hacia el cartel
de la estación, y me descubrió. Se quedó mirándome largo rato; luego se acercó
y desconectó el Digimatte.
—No...
—dije.
—¿No
qué? —preguntó ella, desenchufando las conexiones. Se puso una bata blanca de
laboratorio sobre el vestido rosa—. ¿No pierdas el tiempo tratando de encontrar
un profesor de baile porque no hallarás ninguno? —Se abrochó la bata y se
dirigió al enchufe y desconectó la alimentación—. Como puedes ver, ya me he
dado cuenta de eso. Nadie en Hollywood sabe bailar. O si lo saben, están
cocidos de chooch, intentando olvidar. —Empezó a enrollar el cable—. ¿Y tú?
Miró
el cartel de la estación; luego dejó el cable de alimentación sobre el
Digimatte y se arrodilló junto al compositor. La falda crujió.
—Porque
si lo estás, no tengo tiempo para acompañarte a casa, evitar que te caigas de
los deslizadores y sujetarte las manos. Tengo que devolver esto. —Guardó el
pixar en su caja y la cerró.
—No
estoy colocado —aseguré—. Ni borracho. Llevo seis semanas buscándote.
Metió
el Digimatte en su funda y empezó a guardar los cables.
—¿Por
qué? ¿Para poder convencerme de que no soy Ruby Keeler? ¿Que el musical está
muerto y que los comps harán cualquier cosa mejor que yo? Muy bien. Ya estoy
convencida.
Soltó
la maleta y se desabrochó los zapatos de tacón.
—Tú
ganas —prosiguió—. No puedo bailar en el cine. —Miró la pared espejo con el
zapato en la mano—. Es imposible.
—No.
No he venido a decirte eso.
Guardó
los zapatos en uno de los bolsillos de la bata.
—Entonces,
¿qué has venido a decirme? ¿Que quieres recuperar tu lista de acceso? Bien. —Se
puso un par de zapatillas y se levantó—. Ya he aprendido todos los solos y
números de coro, y esto no va a funcionar para los números en pareja. Voy a
tener que encontrar a alguien.
—No
quiero que me devuelvas los accesos —dije.
Ella
se quitó la peluca rubia y sacudió su hermosa melena a contraluz.
—Entonces,
¿qué quieres?
A
ti, pensé. Te quiero a ti.
Se
levantó bruscamente y se metió la peluca en el otro bolsillo.
—Sea
lo que fuere, tendrá que esperar. —Se colgó al hombro el cable del
alimentador—. Tengo mucho trabajo. —Se inclinó para recoger las maletas.
—Déjame
ayudarte —me ofrecí acercándome a ella.
—No,
gracias —contestó, echándose el pixar al hombro y agarrando el Digimatte—.
Puedo hacerlo sola.
—Al
menos te sujetaré la puerta —dije, y la abrí.
Ella
pasó.
Hora
punta. Abarrotados espejo a espejo con Ray Milland y Rosalind Russell camino
del trabajo, ninguno de los cuales se volvió para mirar a Alis. Todo el mundo
contemplaba las paredes, que tronaban a toda pastilla: ILMGM, más copyrights
que en el cielo. Un anuncio de Superdetective en Hollywood 15, un anuncio de un
remake de Los tres mosqueteros.
Cerré
la puerta detrás de mí, y un River Phoenix, agachado junto a la franja amarilla
de advertencia, alzó la cabeza de una cuchilla y un puñado de polvo, pero
estaba demasiado colocado para registrar lo que veía. Sus ojos ni siquiera
enfocaban.
Alis
estaba ya a medio camino de la parte delantera de los deslizadores, los ojos
fijos en el cartel de la estación. Éste parpadeó «Hollywood Boulevard», y se
abrió paso hasta la salida. Yo iba pisándole los talones, y salimos al bulevar.
Aún
era de noche, pero todo estaba abierto. Y todavía (o tal vez ya) había turatas
alrededor. Dos tipos mayores con bermudas y vidcámaras estaban en la cabina de
Felices Para Siempre Jamás, viendo a Ryan O'Neal salvarle la vida a Ali
MacGraw.
Alis
se detuvo ante la reja de Ha Nacido Una Estrella y se debatió con la llave,
tratando de insertar la tarjeta sin tener que soltar ninguna de sus cosas. Los
dos turatas se acercaron.
—Trae
—dije, cogiendo la llave. Abrí la reja y le cogí el Digimatte.
—¿Tiene
a Charles Bronson? —preguntó uno de los viejatas.
—Está
cerrado —contesté yo—. Tengo que mostrarte una cosa —le dije a Alis.
—¿Qué?
¿El último espectáculo de marionetas? ¿Un programa de ensayo automático?
—Empezó a emplazar el Digimatte, enchufando los cables y el alimentador de
fibra-op. Empujó el aparato a su sitio.
—Siempre
he querido aparecer en El justiciero de la ciudad —dijo el viejata—. ¿Tienen
ésa?
—Aún
no hemos abierto —insistí yo.
—Aquí
tiene el menú —dijo Alis, conectándolo para el viejata—. No tenemos a Charles
Bronson, pero sí una escena de Los siete magníficos.
—Tienes
que ver esto, Alis —dije, y metí el opdisk, satisfecho de haberlo preparado
para no tener que solicitar nada. Un día en Nueva York apareció en la pantalla.
—Tengo
clientes que... —empezó a decir Alis, y se interrumpió.
Yo
había fijado el disco para que pusiera la siguiente escena después de quince
segundos. Un día en Nueva York desapareció y Cantando bajo la lluvia la
sustituyó.
Alis
se volvió enfadada hacia mí.
—¿Por
qué has...?
—No
he sido yo —dije—. Fuiste tú. —Señalé la pantalla. Apareció Té para dos, y
Alis, con rizos rojos, bailó el charlestón hacia la pantalla.
»No
es un pastiche —dije—. Míralas. Son las películas que has estado ensayando,
¿no? ¿Eh?
En
la pantalla, Alis, con su parasol azul, lanzaba una pierna al aire.
—Hablaste
de Cantando bajo la lluvia la noche que te conocí. Y podría haber supuesto
alguna de las demás. Son en plano secuencia general. —La señalé—. Pero ni
siquiera sabía de qué película era esa escena.
Apareció
Sombreros fuera.
—Y
no había visto algunas de las otras.
—Yo
no... —balbuceó ella, mirando la pantalla.
—El
Digimatte hace una superposición en la imagen de fibra-op que entra y la pone
en disco —expliqué, y se lo demostré—. Esa imagen vuelve a través del enlace, y
la fuente de fibra-op comprueba aleatoriamente la pauta de píxels y rechaza de
forma automática cualquier imagen que haya sido cambiada. Sólo que tú no
intentabas cambiar la imagen. Intentabas duplicarla. Y tuviste éxito. Encajaste
los movimientos a la perfección, tanto que la comprobación browniana lo
identificó como la misma imagen, tan perfecta que no la rechazó, y la imagen
entró en la fuente de fibra-op. —Señalé con la mano la pantalla, donde ella
bailaba «La calle 42».
—¿Quién
aparece en esa escena de Los siete magníficos}
—preguntó
el viejata que estaba detrás de nosotros, pero Alis no le contestó. Observaba
los distintos pasos con suma gravedad. No supe interpretar su expresión.
—¿Cuántas
hay? —preguntó, todavía mirando la pantalla.
—He
encontrado catorce. Has ensayado más, ¿verdad? Las que pasaron los cerrojos-ID
son casi todas bailarinas con tus mismos rasgos y hechuras. ¿Hiciste alguna de
Anne Miller?
—Bésame,
Kate.
—Lo
imaginaba. Su cara es demasiado redonda. Tus rasgos no encajarían lo bastante
para pasar el cerrojo-ID. Sólo funciona cuando ya existe cierto parecido.
—Señalé la pantalla—. Hay otras dos que encontré que no están en disco porque
andan en litigio. Navidades blancas y también Siete novias para siete hermanos.
Ella
se volvió a mirarme.
—¿Siete
novias? ¿Estás seguro?
—Apareces
en la escena de la construcción del granero —dije—. ¿Por qué?
Ella
se había vuelto hacia la pantalla y fruncía el ceño ante Shirley Temple, que
bailaba con Alis y Jack Haley ataviados con uniformes militares.
—Tal
vez... —dijo para sí.
—Te
dije que bailar en las películas era imposible. Me equivocaba. Ahí estás.
En
ese preciso instante la pantalla se apagó, y el viejata dijo en voz alta:
—¿Qué
tal ese tipo que dice «Regálame el día»? ¿Lo tienen?
Extendí
la mano para volver a poner el disco, pero Alis ya se había dado la vuelta.
—Me
temo que no tenemos tampoco a Clint Eastwood. En la escena de Los siete
magníficos aparecen Steve McQueen y Yul Brynner —dijo—. ¿Le gustaría verla?
—Acto seguido se puso a pulsar accesos.
—¿Tiene
que afeitarse la cabeza? —preguntó el amigo del viejata.
—No
—contestó Alis, buscando una camisa, pantalones y un sombrero, todo de color
negro—. El Digimatte se encarga de eso. —Empezó a colocar el equipo de
grabación, mostrando al viejata dónde debía ponerse y qué hacer, ajena a su
amigo, que aún hablaba de Charles Bronson, ajena a mí.
Bueno,
¿qué esperaba yo? ¿Que se llenara de alegría al verse allí arriba, que me
rodeara con sus brazos como Nathalie Wood en Centauros del desierto? Yo no
había hecho nada, excepto decirle que había conseguido algo que no pretendía
hacer, algo que había rechazado cuando estaba en este mismo bulevar.
—Yul
Brynner —dijo el amigo del viejata, disgustado—, y no Charles Bronson.
Un
día en Nueva York volvió a aparecer en la pantalla. Alis la apagó sin mirarla
siquiera y solicitó Los siete magníficos.
—Quieres
a Charles Bronson y te dan a Steve McQueen —gruñó el viejata—. Siempre te
endiñan la segunda opción.
Eso
es lo que me gusta del cine. Siempre hay un personaje secundario cerca para
soltar la moraleja, por si acaso eres tan estúpido como para no reconocerla tú
sólito.
—Nunca
se consigue lo que quieres —dijo el viejata.
—Sí,
no hay nada como el hogar —contesté, y me dirigí a los deslizadores.
VERA
MILES [Dirigiéndose al corral, donde RANDOLPH SCOTT está ensillando un
caballo]:. ¿Iba a marcharse así? ¿Sin despedirse siquiera?
RANDOLPH
SCOTT [Ajustando la cincha]: Tengo una deuda que zanjar. Y usted un joven al
que atender. Le saqué la bala del brazo, pero necesita un vendaje. [RANDOLPH
SCOTT se alza en el estribo y monta.]
VERA
MILES: ¿Volveré a verle? ¿Cómo sabré que está bien?
RANDOLPH
SCOTT: Supongo que estaré bien. [Se lleva la mano al sombrero.] Cuídese,
señorita. [El caballo da la vuelta y se pierde hacia la puesta de sol]
VERA
MILES [Gritando tras él]: ¡Nunca olvidaré lo que ha hecho por mí! ¡Nunca!
Volví
a casa y empecé a trabajar. Primero hice las más importantes: restaurar el
doble encendedor en La extraña pasajera, volver a meter el uranio en la botella
de vino de Encadenados, devolver la borrachera a Lee Marvin en La ingenua
explosiva. Y las que me gustaban: Ninotchka, Río Bravo y Perdición. Y Siete
novias, que salió de litigio al día siguiente de ver a Alis. La alarma estaba
sonando cuando desperté. Devolví el vaso y la botella de whisky a Howard Keel
en la primera escena, y luego avancé hasta la construcción del granero y
convertí el pan de maíz en una jarra antes de ver a Alis.
Era
una lástima que no se lo hubiera podido mostrar, ya que parecía tan sorprendida
de que el número apareciera en la pantalla. Seguramente le había causado
problemas, y no era de extrañar. Todos aquellos pasos en alto y sin
compañero... me pregunté qué equipo había arrastrado por Hollywood Boulevard
hasta los deslizadores para que pareciera que estaba en el aire. Cómo me
hubiese gustado que Alis hubiera visto lo feliz que parecía haciendo aquellos
pasos.
Puse
la escena del granero en el disco con las demás, por si los herederos de Russ
Tamblyn o Warner apelaban, y luego borré todos los archivos de mis
transacciones, por si Mayer se apoderaba del Cray.
Calculé
que disponía de dos semanas, tal vez tres si la opa de Columbia seguía
adelante. Mayer estaría muy ocupado tratando de decidir qué camino debía tomar
y no tendría tiempo de preocuparse por SA, ni Arthurton tampoco. Pensé en
llamar a Heada (ella sabría lo que pasaba), y luego decidí que probablemente
era una mala idea. De todas formas, ella también estaría ocupada tratando de
conservar su trabajo.
Una
semana, al menos. Tiempo suficiente para devolver a Myrna Loy su resaca y ver
el resto de los musicales. Ya había encontrado la mayoría, excepto Buenas
noticias y Pájaros y abejas. Devolví el dulce la leche* a Ellos y ellas
mientras tanto, y el brandy a My Fair Lady, y convertí de nuevo a Frank Morgan
en un borracho en Vacaciones de verano. Fui más despacio de lo que quería, y
después de semana y media me detuve y puse en disco y cinta todo lo que Alis
había hecho, esperando que Mayer llamara a mi puerta en cualquier momento.
Empecé con Casablanca.
Llamaron
a la puerta. Avancé hasta el final, donde el bar de Rick seguía lleno de
limonada, saqué el disco con los bailes de Alis y me lo guardé en el zapato.
Luego abrí la puerta.
Era
Alis.
* En
castellano en el original. (N. del T.)
El
pasillo que se extendía tras ella estaba oscuro, pero sus cabellos, recogidos
en un moño, captaban la luz de alguna parte. Parecía cansada, como si acabara
de ensayar. Todavía llevaba puesta la bata. Pude ver medias blancas y una
faldita plisada debajo, y unos dos centímetros de arrugas rosa. Me pregunté qué
habría estado haciendo, ¿el número «Abba-Dabba Honeymoon» de Dos semanas de
amor? ¿O algo de A la luz plateada de la luna?
Ella
rebuscó en el bolsillo de la bata y tendió el opdisk que yo le había dado.
—He
venido a devolverte esto.
—Puedes
quedártelo.
Ella
lo miró un instante y luego se lo guardó en el bolsillo.
—Gracias
—dijo, y volvió a sacarlo—. Me sorprende que se grabaran tantos pasos. No era
muy buena cuando empecé —comentó, dándole la vuelta—. Sigo sin serlo.
—Eres
tan buena como Ruby Keeler.
Ella
sonrió.
—Ésa
era la ñaqui de alguien.
—Eres
tan buena como Vera-Ellen. Y Debbie Reynolds. Y Virginia Gibson.
Ella
frunció el ceño; miró de nuevo el disco y luego a mí, como intentando decidir
si debía decirme algo.
—Heada
me habló de su trabajo —dijo, pero no era eso—. Ayudante de localización. Es
magnífico. —Contempló las pantallas, donde Bogart brindaba con Ingrid—. Me
comentó que estabas volviendo a dejar las películas tal como estaban.
—No
todas —dije, señalando el disco en su mano—. Algunos remakes son mejores que el
original.
—¿No
te despedirán por devolver todas las SA?
—Casi
seguro. Pero es mu-mucho mejor que lo que ha-ha-cía antes. Es...
—Historia
de dos ciudades, Ronald Colman —dijo ella, mirando las pantallas donde Bogart
se despedía de Ingrid, al disco, a las pantallas otra vez, tratando de pensar
una frase que decirme.
Lo
dije por ella.
—Te
marchas.
Ella
asintió, todavía sin mirarme.
—¿Adónde
vas? ¿De vuelta a River City?
—Eso
es de El músico —dijo, pero no sonrió—. No puedo continuar sola. Necesito a
alguien que me enseñe los pasos de Eleanor Powell. Y también necesito un
compañero.
Sólo
por un instante, no, ni siquiera un instante, el parpadeo de un fotograma,
pensé en cómo habría sido si yo no hubiera pasado los largos semestres colocado
desmantelando bebidas alcohólicas, si los hubiera pasado en cambio en Burbank,
practicando pasos de baile.
—Después
de lo que dijiste la otra noche, se me ocurrió que podría usar una armadura de
posición y un arnés de datos para los saltos, y lo intenté. Funcionó, supongo.
Quiero decir que... Su voz se apagó torpemente, como si quisiera decir algo
más, y me pregunté qué sería, y qué le contestaría. ¿Que Fred podría salir de
juicio?
—Pero
el equilibrio no es igual que con una persona real —suspiró—. Y necesito
experimentar rutinas de aprendizaje, no sólo copiarlas de la pantalla.
Pensaba
ir a algún sitio donde todavía hacían vivacciones.
—¿Dónde?
—pregunté—. ¿Buenos Aires?
—No
—contestó—. China. China.
—Hacen
diez vivacciones al año —dije. Y veinte purgas. Por no mencionar las
insurrecciones provinciales. Y los disturbios antiextranjeros.
—Sus
vivacciones no son muy buenas. En realidad, son horribles. La mayoría son
películas de propaganda o de artes marciales, pero el año pasado un par de
ellas fueron musicales. —Sonrió tristemente—. Les gusta Gene Kelly.
Gene
Kelly. Pero serían coreografías de verdad. Y el brazo de un hombre alrededor de
su cintura en vez de un arnés de datos, y la mano de un hombre alzando la suya.
Lo verdadero.
—Me
marcho mañana por la mañana. Estaba haciendo las maletas, encontré el disco y
pensé que tal vez querrías recuperarlo.
—No
—dije, y luego pregunté, para no tener que decirle adiós—: ¿Desde dónde vas a
volar?
—San
Francisco. Tomaré los deslizadores esta noche. Y aún no he terminado de hacer
las maletas. —Me miró, esperando que yo dijera mi línea de diálogo.
En
realidad tenía bastantes donde elegir. Si hay algo que abunda en las películas,
son las despedidas. Desde «¡Cuídate, querida!» a «No pidas la luna cuando
tenemos las estrellas», a «¡Vuelve, Shane!». Incluso «Sayonara, baby».
Pero
no dije nada. Me quedé allí de pie y la miré, contemplé su hermoso pelo a
contraluz y su inolvidable rostro. Observé lo que deseaba y no podía tener, ni
siquiera durante unos pocos minutos.
¿Y
si le decía: «Quédate»? ¿Y si le prometía buscarle un profesor, conseguirle un
papel, ponerla en un espectáculo? Sí. Con un Cray que tuviera unos diez minutos
de memoria, un Cray que no tendría en cuanto Mayer descubriera lo que había
estado haciendo.
Tras
de mí, en la pantalla, Bogart decía «Aquí no hay sitio para ti», y miraba a
Ingrid, tratando de hacer que el momento durara para siempre. Al fondo, las
hélices del avión empezaban a girar, y al cabo de un minuto aparecerían los
nazis.
Permanecieron
allí, mirándose, y los ojos de Ingrid se llenaron de lágrimas, y Vincent podría
pasarse la vida trabajando con su programa de lágrimas, nunca lo conseguiría. O
tal vez sí. Habían hecho Casablanca con hielo seco y cartón. Y era de verdad.
—Tengo
que irme —dijo Alis.
—Lo
sé —contesté, y sonreí—. Siempre nos quedará París.
Y
según el guión se suponía que ella debía dirigirme una última mirada de anhelo
y subir al avión con Paul Henreid, ¿y por qué no he aprendido todavía que Heada
siempre tiene razón?
—Adiós
—dijo Alis, y de pronto estuvo en mis brazos, y yo la besaba, la besaba, y ella
se desabrochaba la bata, se soltaba el pelo, el vestido de fantasía rosa, y una
parte de mí pensaba «Esto es importante», pero ella se quitó el vestido, y los
pantalones, y la tendí en la cama, y ella no se difuminó, no se morfeó en
Heada, yo estaba sobre ella y dentro de ella, y nos movíamos juntos, con
facilidad, sin esfuerzo, nuestras manos extendidas pero sin llegar a tocarse
sobre las sábanas enmarañadas.
No
dejé de mirarle las manos, flexionadas y extendidas en la pasión, sabiendo que
sí la miraba a la cara sus facciones quedarían grabadas a fuego en mi cerebro
para siempre, como un fotograma congelado, con klieg o sin klieg; temeroso de
que si lo hacía ella me mirara con expresión condescendiente, o peor aún, que
no me estuviera mirando. Que mirara más allá de mí, a dos bailarines sobre un
suelo estrellado.
—¡Tom!
—exclamó al correrse, y yo la miré. Sus cabellos estaban esparcidos sobre la
almohada, a contraluz y hermosos, y su expresión era intensa, como lo había
sido aquella noche en la fiesta, cuando contemplaba a Fred y Ginger en la
librepantalla, embelesada y hermosa y triste.
Enfocada,
finalmente, en mí.
TÓPICO
CINEMATOGRÁFICO N°. 1: El final feliz. Conclusión.
VER:
Oficial y caballero, Tú y yo, Algo para recordar, El milagro de Morgan Creek,
Ritmo loco, Cadenas rotas.
Han
pasado tres años. Durante ese tiempo China ha sufrido cuatro insurrecciones
provinciales y seis revueltas estudiantiles, y Mayer ha pasado por tres opas y
ocho jefes, el penúltimo de los cuales lo ascendió a vicepresidente ejecutivo.
Mayer
no reaccionó a mi restauración de las SA durante casi tres meses, y para
entonces yo había terminado ya toda la serie de El hombre delgado, El halcón
maltés y todos los westerns, y Arthurton iba a la calle.
Heada,
todavía en su papel de Joan Blondell, convenció a Mayer de que no me matara y
redactara un vibrante discurso sobre la Censura y el Profundo Amor por el Cine,
y que se hiciera despedir espectacularmente justo a tiempo de que el nuevo jefe
volviera a contratarlo como «la única persona moral en toda esta ciudad
colocada».
Heada
fue ascendida a directora de decorados y luego (con su antepenúltimo jefe) a
ayudante de producción a cargo de nuevos proyectos, y rápidamente me contrató
para dirigir un remake. Un final feliz para todos.
Mientras
tanto, programé finales felices para Felices Para Siempre Jamás, me gradué y
busqué a Alis. La encontré en Dinero caído del cielo y En los bosques, el
último musical realizado, y en Una chica de provincias. Pensaba que ya las
había encontrado todas. Hasta esta noche.
Contemplé
la escena en la película de Indy otra vez, mirando los zapatos plateados y la
peluca platino, y pensando en los musicales. Indiana Jones y el Templo maldito
no es uno de ellos. «Anything Goes» es el único número que aparece, y sólo
porque una de las escenas se desarrolla en un club nocturno y las chicas son la
atracción.
Y
tal vez es así como debe ser. El remake en el que estoy trabajando tampoco es
un musical (es un dramón sobre una pareja de amantes separados), pero podría
cambiar la escena del comedor del hotel por un club nocturno. Y luego, dentro
de dos jefes, hacer un remake que se desarrolle en un club nocturno, y poner a
Fred (que a esas alturas ya habrá salido del litigio) como número secundario.
Es lo que hacía en Volando hacia Río de Janeiro, un número secundario, treinta
años, calvete, sabía bailar un poco. Y mira lo que pasó.
Y
antes de que te des cuenta, Mayer le estará diciendo a todo el mundo que el
musical ha vuelto, y me asignaría el remake de La calle 42 y descubriría dónde
está Alis y haría una reserva en los deslizadores y montaríamos un espectáculo.
Todo es posible.
Incluso
viajar en el tiempo.
Accedí
a Vincent el otro día para pedirle prestado su programa de montaje, y me dijo
que el viaje temporal era un cuento chino.
—Estábamos
así de cerca —dijo, aproximando el pulgar y el índice—. Teóricamente, el efecto
Cachemira debería funcionar tanto para el tiempo como para el espacio, pero han
enviado imagen tras imagen a una región de materia negativa, y nada. Ninguna
superposición. Supongo que algunas cosas no son posibles.
Se
equivoca. La noche en que Alis se marchó, me dijo:
—Después
de lo que dijiste la otra noche, pensé que tal vez podría usar un arnés de
datos para los saltos.
Y yo
me pregunté qué era lo que había dicho, y cuando le mostré el opdisk, ella
dijo:
—¿Siete
novias para siete hermanos? ¿Estás seguro? —No está en el disco —dije yo—. Está
en litigio.
Y lo
estuvo hasta el día siguiente. Y cuando quise comprobarlo permaneció en litigio
todo el tiempo que la estuve buscando.
Y durante ocho meses antes que eso, en una
alegación de Tesoro Nacional que había presentado la Sociedad de Conservación
Cinematográfica. La noche que vi Siete novias, llevaba fuera de litigio
exactamente dos horas. Y volvió a estarlo una hora después.
Alis
sólo llevaba trabajando seis meses en Ha Nacido Una Estrella. Siete novias
estuvo en litigio todo el tiempo. Hasta después de que yo la encontrara. Hasta
después de que yo le dijera que la había visto en la película. Y cuando se lo
dije, ella comentó:
—¿Siete
novias para siete hermanos? ¿Estás seguro?
Y yo
pensé que estaba sorprendida porque las piruetas eran muy difíciles,
sorprendida porque no había intentado superponer su imagen en la pantalla.
Siete
novias no había salido de litigio hasta el día siguiente.
Y
una semana y media después, Alis vino a mí. Vino directamente de los
deslizadores, directamente de practicar con el arnés y la armadura que había
pensado podría funcionar, «después de lo que dijiste la otra noche». Y había
funcionado. «Supongo —había dicho—. Quiero decir...»
Había
venido directamente desde el ensayo, con el trajecito rosa de Virginia Gibson,
sus pantalones, el disfraz para el baile del granero que acababa de hacer. La
escena del granero que yo había visto seis semanas antes de que la hiciera. Mi
teoría de que había retrocedido en el tiempo era cierta después de todo, aunque
sólo fuera su imagen, sólo píxels en una pantalla. Ella tampoco había estado
intentando descubrir el viaje en el tiempo. Sólo había intentado aprender pasos
de baile, pero la pantalla ante la que ensayó no era tal: era una región de
materia negativa, llena de electrones aleatorios y superposiciones potenciales.
Llena de posibilidades.
Nada
es imposible, Vincent, pienso, mientras veo a Alis haciendo rápidos giros con
su body de lentejuelas. No si sabes lo que quieres.
Heada
contacta conmigo.
—Estaba
equivocada. El Ford trimotor está al principio de la segunda película, Indiana
Jones y el Templo maldito. Empieza con el fotograma...
—Ya
lo he encontrado —digo, frunciendo el ceño hacia la pantalla donde Alis, con su
peluca rubio platino, hace un paso de barrido.
—¿Qué
ocurre? —pregunta Heada—. ¿No va a funcionar?
—No
estoy seguro. ¿Cuándo va a zanjarse el litigio de Fred Astaire?
—Dentro
de un mes —responde rápidamente—. Pero enseguida empezará otro.
Sofracima-Rizzoli reclama infringimiento de copyright.
—¿Quién
demonios es Sofracima-Rizzoli?
—El
estudio que posee los derechos de una película que Fred Astaire hizo en los
setenta. El taxi púrpura. Supongo que llegarán a un acuerdo. ¿Por qué? —dice,
recelosa.
—El
avión de Volando a Río de Janeiro. He decidido que eso es lo que quiero.
—¿Un
biplano? No tienes que esperar para eso. Hay montones de películas con
biplanos. Las águilas azules, Alas, La gran ruta hacia China... —se interrumpe,
parece triste.
—¿Tienen
deslizadores en China?
—¿Qué
dices? Tienen suerte de disponer de bicicletas. Y suficiente para comer. ¿Por
qué? —dice ella, súbitamente interesada—. ¿Has descubierto dónde está Alis?
—No.
Heada
vacila, tratando de decidir si debe contarme algo.
—El
ayudante del director de plato ha vuelto de China. Por lo visto, corren rumores
acerca de la tercera revolución cultural. Quemas de libros, reeducación, han
clausurado al menos un estudio y detenido a todo el equipo de rodaje.
Debería
estar preocupado, pero no lo estoy, y Heada, que lo sabe todo, reacciona
inmediatamente.
—¿Ha
vuelto? —pregunta—. ¿Has tenido noticias suyas?
—No
—digo, porque finalmente he aprendido a mentirle a Heada, y porque es verdad.
No sé dónde está ella, ni he tenido noticias suyas. Pero he recibido un
mensaje.
Fred
Astaire ha salido dos veces de litigio desde que Alis se marchó, una vez entre
demandas de copyright durante exactamente ocho segundos, y la otra hace un mes,
cuando la AFI presentó una demanda alegando que era un hito histórico.
Esa
vez yo estaba preparado. Tenía en opdisk, backup y cinta el número del Beguine,
y estaba preparado para comprobarlo antes de que la alarma dejara de sonar.
Fue
en plena noche, como de costumbre, y al principio pensé que todavía estaba
durmiendo o que experimentaba un último destello.
—Amplía
superior derecha —ordené, y volvía a verlo otra vez. Y otra. Y a la mañana
siguiente.
Fue
siempre igual, y el mensaje alto y claro: Alis se encuentra bien, a pesar de
insurreciones y revoluciones, y ha hallado un lugar para practicar y alguien
que le enseñe los pasos de Eleanor Powell. Y va a regresar, porque China no
tiene deslizadores, y cuando lo haga, va a bailar el Beguine con Fred Astaire.
O
tal vez ya lo ha hecho. La vi en el número de la construcción del granero de
Siete novias seis semanas antes de que lo hiciera, y han pasado cuatro desde
que la descubriera en Melodías. Tal vez ya ha vuelto. Tal vez ya lo ha hecho.
No
lo creo. Le prometí al actual James Dean de Ha Nacido Una Estrella el
suministro de chooch de toda una vida si me avisaba cuando alguien tocara el
Digimatte, y Fred sigue en litigio. Y no sé hasta dónde retrocede en el tiempo
la superposición. Seis semanas antes de que lo hiciera cuando la vi en Siete
novias. No hay forma de saber cuánto tiempo llevaba su imagen allí. Menos de
dos años, porque no estaba en La calle 42 cuando la vi por primera vez, cuando
empezaba con la lista de Mayer, y sí, sé que estaba colocado y que puede que se
me pasara por alto. Pero yo creo que no. Reconocería su cara en cualquier
parte.
Así
que menos de dos años. Y Heada, que lo sabe todo, dice que Fred saldrá del
litigio dentro de tres meses.
Mientras
tanto, estoy ocupado haciendo remakes y tratando de que sean buenos, naciendo
que Mayer hable con ILMGM para que registre a Ruby Keeler y Eleanor Powell,
trabajando para la Resistencia. Incluso he dado con un final feliz para
Casablanca.
Es
después de la guerra, y Rick ha vuelto a Casablanca después de luchar junto a
la Resistencia, después de quién sabe qué penalidades. El café Américain se ha
quemado, y todo ha desaparecido, incluso el loro, incluso Sam, y Bogie se queda
de pie contemplando las ruinas durante un rato, y entonces empieza a caminar
entre los escombros, intentando ver qué puede salvar.
Encuentra
el piano, pero cuando le da la vuelta, la mitad de las teclas se caen. Da con
una botella de escocés intacta entre las ruinas y la coloca sobre el piano y
empieza a buscar un vaso alrededor. Y allí está ella, de pie en lo que queda de
la puerta.
Parece
distinta, lleva el pelo recogido hacia atrás, y parece más delgada, cansada. A
verla enseguida se adivina que Paul Henreid ha muerto y que ella ha sufrido
mucho, pero esa cara se reconocería en cualquier parte.
Ella
se queda en la puerta, y Bogie, todavía intentando encontrar un vaso, alza la
cabeza y la descubre.
No
hay diálogo. No hay música. No hay abrazos, a pesar de las bienintencionadas
ideas de Heada. Sólo ellos dos, que pensaron que nunca volverían a verse,
observándose.
Cuando
acabe con mi remake, pondré mi final de Casablanca en el comp de Felices Para
Siempre Jamás para los turatas.
Mientras
tanto, tengo que separar a mis enamorados y enviarlos a sufrir penalidades
diversas para que expíen sus pecados. Para lo cual necesito un avión.
Pongo
el disco de «Anything Goes» en disco y backup, por si Kate Capshaw entra en
litigio, o luego avanzo hasta el Ford trimotor y lo salvo también, por si el
biplano no funciona.
—La
gran ruta hacia China —digo, y lo cancelo antes de que tenga tiempo de
aparecer—. Exhibición simultánea. Pantalla uno, Templo maldito. Dos, Cantando
bajo la lluvia. Tres, Buenas noticias...
Pronuncio
la letanía, y Alis aparece en las pantallas, una tras otra, con pantalones de
baile y polisones y chalequitos verdes, con coleta y rizos rojos y trenzas. Su
cara tiene en todas la misma expresión intensa, alerta, concentrada en los
pasos y la música, inconsciente de que está conquistando codificaciones,
comprobaciones brownianas y tiempo.
—Pantalla
dieciocho —ordeno—. Siete novias para siete hermanos. —Ella gira por el suelo y
salta en brazos de Russ Tamblyn. También él ha conquistado el tiempo. Todos lo
han hecho, Gene y Ruby y Fred, a pesar de la muerte del musical, a pesar de los
ejecos de los estudios y los hackólitos y los tribunales, han conquistado el
tiempo con un giro, una sonrisa, un paso, han capturado por un momento eterno
lo que anhelamos y no podemos tener.
He
estado trabajando demasiado tiempo en los melodramas. Necesito continuar con el
asunto que tengo entre manos, escoger un avión, ahorrar el sentimiento para la
Gran Despedida de mis amantes.
—Cancela
todas las pantallas —digo—. Pantalla central, La gran ruta hacia... —De pronto
me interrumpo y me quedo mirando la pantalla plateada, como Ray Milland
deseando un trago en Días sin huella—. Pantalla central. Fotograma 96-1100. Sin
sonido. Melodías de Broadway 1940 —digo, y me siento en la cama.
Bailan
los dos muy juntitos, vestidos de blanco, perdidos en la música que no puedo
oír y los pasos sincronizados que tardaron semanas en practicar, bailando
fácilmente, sin esfuerzo. El pelo castaño claro de ella captura la luz de algún
sitio.
Alis
realiza un giro, su falda blanca traza el mismo arco que la de Eleanor
(comprobación y comprobación Browniana), y es evidente que habrá tardado
semanas en conseguir eso.
Junto
a ella, indiferente, elegante, ajeno a copyrights y opas, Fred marca un triple
zapateo, y Alis lo responde, y se vuelve a sonreír por encima de su hombro.
—Congela
—ordeno, y ella se detiene, aún girando, la mano extendida y casi tocando la
mía.
Me
inclino hacia delante, mirando el rostro que he visto desde aquella primera
noche en que la contemplé desde la puerta, el rostro que reconocería en
cualquier parte. Siempre nos quedará París.
—Avanza
tres fotogramas y retiene —digo, y ella me dirige una sonrisa encantada,
infinitamente prometedora—. Avanza en tiempo real. —Y allí está Alis, como
tenía que estar, bailando en las películas.

