Libro N° 6057. Oveja Mansa. Willis, Connie.
© Libro N° 6057.
Oveja Mansa. Willis, Connie.
Emancipación. Junio 1 de 2019.
Título
original: © Belwether
Versión Original: © Oveja Mansa. Connie Willis
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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CRÍTICA TODA LA CULTURA
OVEJA MANSA
Connie Willis
PRESENTACIÓN
Y
nada más por ahora, les dejo con estas dos novelas cortas de Connie Willis. Y
con la promesa de que próximamente, antes de finalizar el año, la encontraremos
de nuevo en BELLWETHER, que trata sobre la investigación científica, la teoría
del caos y el cuidado de las ovejas... Ahí es nada.
Así
finalizaba mi presentación de REMAKE (1995, NOVA ciencia ficción, número 92)
hace sólo unos meses. En este lapso de tiempo, BELLWETHER se ha convertido en
esta OVEJA MANSA que tienen en las manos. Y debo reconocer que elegir el título
no ha sido fácil. Pero de ello ya hablaremos más adelante. Tampoco se trata del
número 101 de la colección, sino de otro capicúa, el 99. Cosas que suceden en
este mundo caótico en donde vivimos y al que Connie Willis sabe acercarnos cada
vez con mayor efectividad.
Nadie
duda de que EL LIBRO DEL DÍA DEL JUICIO FINAL (1992, NOVA ciencia ficción,
numero 68) es una obra maestra. Se trata de una de las escasas diez novelas
que, en toda la historia de la ciencia ficción, han acaparado los mayores
galardones del género: el Nebula, el Hugo y el Locus. Un hito importante en la
historia del género y el inicio de la bien merecida fama de Connie Willis.
Pero,
y creo saber bien por qué, me atrevo a decir que esta OVEJA MANSA, aún en ese
formato de comedia que parece intrascendente, está a su altura o, incluso, la
supera.
Ya
sé que el tono de comedia no favorece la atención y el interés de la crítica.
Parece ser que las cosas trascendentes deben decirse siempre de modo
trascendente y con una cierta impostación en la voz. Pero eso es un error. Un
grave error. Pueden decirse cosas muy serias en forma humorística y,
sinceramente, no logro imaginar cómo se podría decir tanto (y de tanto interés)
sobre la ciencia y la conducta humana como logra hacer Connie Willis en esta
breve novela. La sinopsis argumental es sencilla, demasiado sencilla a primera
vista: Sandra Foster estudia las modas, desde las muñecas Barbie al grunge,
cómo empiezan y qué significan. Bennett O'Reilly es un especialista en teoría
del caos que observa la conducta de un grupo de monos. Ambos trabajan para la corporación
HiTek, pero no se conocen hasta que se produce un error en la entrega de un
paquete. Es un momento de sincronía (o tal vez de casualidad caótica), que les
sumerge en un sistema caótico propio con todo tipo de equívocos, una beca de
investigación de un millón de dólares, café con leche, tatuajes, pelo corto, y
una serie de coincidencias que dejan a Bennett sin monos, sin dinero y casi sin
trabajo.
Sandra
acude al rescate aportando un rebaño de ovejas y una idea para un nuevo
proyecto conjunto. ¿Qué otro animal podría ilustrar mejor la teoría del caos y
la mentalidad de rebaño que tan a menudo caracteriza la conducta humana y su
aceptación de las modas? Pero los descubrimientos científicos rara vez son
directos y nunca resultan simples. Los contratiempos y desastres abundan, los
corazones rotos y los callejones sin salida están a la orden del día. Y las
posibles soluciones son escasas.
Pues
bien, con mimbres como ésos, Willis teje una narración que se disfruta al
leerla y, con el tiempo, se recuerda por lo que puede haber de respuesta en sus
especulaciones. Especulaciones y hallazgos que se esconden tras esa capa de
humor, pero que me parecen de especial trascendencia e interés.
Unir
un estudio sociológico y psicológico en torno a cómo surgen y se adoptan las
modas, al moderno estudio de la teoría del caos es una idea que merece
atención. Y la que Willis le presta es la que corresponde a una mente
inteligente y, según expresión coloquial, maravillosamente amueblada. Y si
además eso se logra divirtiendo, el asunto está claro: se trata de esa autora
irrepetible que es Connie Willis y de OVEJA MANSA. Una obra presuntamente menor
pero que no lo es en absoluto. Algo parecido a lo que ocurría con REMARE.
Debo
reconocer que el cóctel que organiza Willis me resulta de lo más atractivo
incluso en lo personal. Si REMAKE se centraba en el Hollywood del futuro, OVEJA
MANSA se acerca al mundo de la moda, a la teoría del caos y, en definitiva, a
la ciencia. Ése es mi mundo.
Por
si a alguien le interesa, no sigo las modas (de hecho debo vestir incluso peor
que Bennett...), no fumo y no creo en la mitología creada en torno a la ciencia
y los científicos. De hecho, por mi profesión, puedo decir que les conozco
bastante (formo parte de su comunidad), y les veo más como seres humanos con
sus defectos y argucias, y no tanto como esa figura mítica que, tal vez
interesadamente, hemos ido difundiendo por ahí.
Pero
mucho del quehacer diario de la ciencia se encuentra en OVEJA MANSA, con el
valor añadido de mezclar dos mundos científicos que no suelen comunicarse
habitualmente en nuestra realidad tan exagerada y tal vez inútilmente
especializada. Willis nos acerca a una corporación de científicos, la Hitek,
por medio de una investigadora social y un especialista en teoría del caos. No
deja de ser una ironía que sean las ovejas el nexo de unión entre esas dos
ramas de la ciencia y, en definitiva, de la cultura. Y las reflexiones de
Willis hacen pensar...
Para
terminar, un comentario sobre el título. «Bellwether», el título en inglés del
libro, se refiere a la oveja mansa que guía el rebaño. Algo así como los
cabestros en el caso de bueyes y toros. Al final, me he decidido por la
traducción casi literal, pero debo decir que Rafael Marín, el traductor de la
novela, había sugerido algunos títulos que, aunque no me he decidido a usar, no
quiero dejar de dar a conocer. El paralelismo con el conocido «efecto mariposa»
de los fenómenos caóticos le sugirió títulos como «El efecto rebaño» o «El
efecto mansa». Una buena idea. Aunque, como siempre, la mejor inspiración de
Rafael Marín proviene de los clásicos y de ahí esa propuesta irrepetible pero
sugeridora de «Genteovejuna». Lamento no haberme atrevido a usarla.
Y,
para finalizar, les recuerdo de nuevo que Connie Willis estará en Barcelona el
miércoles 10 de diciembre de 1997, ya que ha aceptado ser la conferenciante
invitada en la entrega del Premio UPC de Ciencia Ficción 1997 que organiza el
Consejo Social de la Universidad Politécnica de Catalunya (teléfono [93] 401 63
43). Gracias a la traducción simultánea, todos los asistentes tendrán ocasión
de comprobar la indiscutida calidad y amenidad de Willis como conferenciante y
presentadora. Su inteligencia y sentido del humor es algo ya proverbial en el
mundillo de la ciencia ficción. Quienes tuvimos la suerte de poder asistir a su
«performance» en la entrega de los premios Hugo de 1995 en la Worldcon de
Glasgow, somos testigos de eso. Y deseamos oírla de nuevo.
Y
también leerla. Por eso les dejo ahora con OVEJA MANSA. Una novela distinta,
refrescante y que rezuma inteligencia por los cuatro costados. Que ustedes la
disfruten.
MIQUEL
BARCELÓ
Para
John de Abigail
«Tuya,
tuya, tuya»
AGRADECIMIENTOS
Gracias
mil a las chicas del Margie's Java Joint,
que
hacen el mejor café y ofrecen la mejor
conversación
del mundo, y sin las que no habría
podido
superar los últimos meses de esta novela.
1
PRINCIPIO
Hermanos,
hermanas, maridos, esposas..
siguieron
al flautista.
De
calle en calle él anduvo tocando,
y
pasito a paso lo siguieron bailando.
ROBERT
BROWNING
HULA-HOOP
(marzo
1958-junio 1959)
El
prototipo de todas las modas de mercado, cuyo fenomenal éxito no tiene
parangón. El hula-hoop, originalmente un aro de madera para ejercicios
gimnásticos utilizado en Australia, fue rediseñado en plástico brillante por
Wham-O y vendido al precio de 1,98 dólares a niños y adultos por igual. Las
monjas, Red Skelton, las geishas, Jane Russell y la reina de Jordania lo hacían
girar sobre sus caderas, y la gente común se las dislocaba, se torcía el
cuello, y sufría hernia discal por su culpa. Rusia y China lo prohibieron por
«capitalista», un equipo de exploradores belgas se llevó veinte al polo Norte
(¿para dárselo a los pingüinos?), y se vendieron más de cincuenta millones de
unidades en todo el mundo. La moda pasó tan rápidamente como se extendió.
Es
casi imposible señalar el comienzo de una moda. Para cuando empieza a
reconocerse como tal, sus orígenes se pierden en el pasado, y tratar de
localizarlos es exponencialmente más difícil que, pongamos por caso, buscar las
fuentes del Nilo.
En
primer lugar, probablemente haya más de una fuente. En segundo lugar, estás
tratando con la conducta humana; Speke y Burton sólo tuvieron que enfrentarse a
cocodrilos, rápidos, y la mosca tsetse. En tercer lugar, sabemos algunas cosas
sobre los ríos (por ejemplo, que fluyen cuesta abajo), pero las modas parecen
brotar creciditas de la nada y sin ningún motivo aparente. Vean si no el caso
del puenting. O el de las lámparas de Java.
Lo
mismo pasa con los descubrimientos científicos. A la gente le gusta considerar
la ciencia como algo racional y razonable, que avanza paso a paso, de la
hipótesis al experimento y por último a las conclusiones. El doctor Chin, el
ganador de la beca Niebnitz del año pasado, escribió: «El proceso del
descubrimiento científico es la extensión lógica de la observación mediante la
experimentación.»
Nada
más lejos de la verdad. El proceso científico es exactamente igual que
cualquier otra empresa humana: complicado, azaroso y mal dirigido, y depende
enormemente de la casualidad.
Fíjense
en Alexander Fleming, que descubrió la penicilina cuando una espora entró por
la ventana de su laboratorio y contaminó uno de sus cultivos.
O en
Roentgen. Estaba trabajando con un tubo de rayos catódicos rodeado de planchas
de cartón negro cuando vio un parpadeo de luz al otro lado de su laboratorio.
Una hoja de papel cubierta de platinocianuro de bario fosforescía, aunque
estaba aislada del tubo. Curioso; extendió la mano y la colocó entre el tubo y
la pantalla. Y vio la sombra de los huesos de su mano.
Fíjense
en Galvani, que estaba estudiando el sistema nervioso de las ranas cuando
descubrió la corriente eléctrica. O Messier. No estaba buscando galaxias cuando
las descubrió.
Buscaba
cometas. Sólo las cartografió porque intentaba deshacerse de una molestia.
Nada
de eso hace que el doctor Chin no merezca el millón de dólares de la beca
Niebnitz. No es necesario comprender cómo funciona algo para hacerlo. Es el
caso de conducir. Y del inicio de las modas. Y de enamorarse.
¿De
qué estaba hablando? Ah, sí, de cómo se producen los descubrimientos
científicos. Normalmente la cadena de acontecimientos que conduce a ellos, como
la que conduce a una moda, sigue un curso demasiado complicado y caótico para
seguirlo. Pero yo sé exactamente dónde empezó una y quién la inició.
Era
un lunes, dos de octubre. Las nueve de la mañana. Yo estaba en los laboratorios
de estadística de HiTek, luchando con una caja de recortes sobre el pelo a lo
gargon. Por cierto, me llamo Sandra Foster, y trabajo en I+D en HiTek. Me había
pasado el fin de semana revisando periódicos amarillentos y números de los años
veinte de The Saturday Evening Post y The Delineator, avanzando contracorriente
hacia el principio de la moda del pelo corto, buscando a qué se debía que todas
las mujeres de América se hubiesen cortado de repente su «corona de gloria», a
pesar de la presión social, los sermones amenazantes, y cuatro mil años de pelo
largo.
Había
recortado infinitos reportajes, subrayado referencias, artículos de revistas, y
anuncios; los había fechado y ordenado por categorías. Flip me había robado la
grapadora, me había quedado sin clips y Desiderata no había podido encontrar
más, así que tuve que contentarme con amontonar los recortes por orden, dentro
de la caja que ahora intentaba llevar a mi laboratorio.
La
caja era pesada y parecía hecha por la misma gente que fabrica las bolsas de
papel de los supermercados, así que cuando la dejé caer ante la puerta del
laboratorio para sacar la llave, ya se le había desgarrado un lado. Iba medio
arrastrándola medio luchando con ella para acercarla a una de las mesas y así
poder sacar los montones de recortes cuando ese lado empezó a ceder.
Una
avalancha de páginas de revista y artículos de periódico cayó antes de que
pudiera cerrar el boquete, y los estaba sujetando junto con la caja cuando Flip
abrió la puerta y entró, con aspecto contrariado. Llevaba lápiz de labios
negro, una camisa negra, sin mangas, y una microfalda negra, y portaba una caja
del mismo tamaño que la mía.
—Se
supone que no estoy para repartir paquetes —dijo—. Se supone que usted tiene
que recogerlos en la sala del correo.
—No
sabía que tuviera un paquete —respondí, tratando de retener el contenido de mi
caja con una mano y coger con la otra un rollo de celo que había en medio de la
mesa—. Déjalo en cualquier parte.
Ella
puso los ojos en blanco.
—Se
supone que debe recibir una nota diciendo que tiene un paquete.
«Sí,
bien, y probablemente se supone que tú tienes que entregarla —pensé—, lo que
explica por qué no la recibí nunca.»
—¿Podrías
acercarme esa cinta adhesiva?
—Se
supone que los empleados no pueden pedir a los asistentes interdepartamentales
que les hagan recados personales ni café —dijo Flip.
—Acercarme
una cinta adhesiva no es un recado personal —respondí yo.
Flip
suspiró.
—Se
supone que estoy repartiendo el correo interdepartamental. —Se agitó el pelo.
Se había afeitado la cabeza la semana anterior pero dejándose adrede un largo
mechón sobre la frente y a un lado para poder agitarlo cuando se sintiera
ofendida.
Flip
es mi castigo por haber intentado hacer despedir a Desiderata, su predecesora.
Desiderata era tonta, aburrida y un ser completamente carente de iniciativa.
Repartía mal el correo, escribía mal los mensajes y se pasaba todo su tiempo
libre examinándose las puntas abiertas del cabello. Después de dos meses y una
llamada telefónica equivocada que me costó una beca gubernamental, fui a
Dirección y exigí que la despidieran y contrataran a otra persona, a
cualquiera, creyendo que nadie habría peor que Desiderata. Me equivocaba.
Dirección
trasladó a Desiderata a Suministros (jamás despiden a nadie en HiTek, excepto a
los científicos, y ni siquiera a nosotros nos dan el pasaporte; simplemente
cancelan nuestros proyectos por falta de fondos) y contrataron a Flip, que
llevaba un aro en la nariz, un tatuaje de un búho blanco, y tenía la costumbre
de suspirar y poner los ojos en blanco cuando le pedías que hiciera algo. Yo
tenía miedo de hacer que la despidieran. A saber a quién contratarían a
continuación.
Flip
suspiró con fuerza.
—Este
paquete es pesadísimo.
—Entonces
suéltalo —dije yo, extendiendo la mano para coger la cinta. Estaba fuera de mi
alcance. Alcé poquito a poco la mano que sujetaba el costado de la caja y me
estiré hacia la mesa. Las yemas de mis dedos rozaron la cinta.
—Es
delicado —dijo Flip, acercándose a mí, y soltó la caja. Traté de agarrarla con
ambas manos. Chocó contra la mesa, el costado aplastó mi caja, y los recortes
se dispersaron por el suelo.
—La
próxima vez tendrá que recogerlo usted misma —dijo Flip, dirigiéndose hacia la
puerta pisando los recortes.
Sacudí
la caja, por si había algo roto. No había nada, y cuando miré la tapa no ponía
FRÁGIL por ninguna parte. Ponía PERECEDERO. También ponía DOCTORA ALICIA
TURNBULL.
—Esto
no es mío —dije, pero Flip ya había salido por la puerta. Chapoteé en un mar de
recortes y la llamé—. Este paquete no es mío. Es para la doctora Turnbull, de
Biología.
Ella
suspiró.
—Tienes
que llevárselo a la doctora Turnbull.
Puso
los ojos en blanco.
—Tengo
que entregar primero el resto del correo interdepartamental —dijo, agitando su
mechón de pelo. Se perdió pasillo abajo, dejando caer dos sobres de dicho
correo mientras lo hacía.
—Asegúrate
de volver y llevártelo en cuanto acabes de repartir el correo. Es perecedero
—grité, y entonces, recordando que el analfabetismo está en boga hoy día y
perecedero es una palabra polisilábica, añadí—: Quiere decir que se estropeará.
Su
cabeza afeitada ni siquiera se volvió, pero una de las puertas del pasillo se
abrió y Gina se asomó por ella.
—¿Qué
ha hecho ahora? —preguntó.
—Ahora
la cinta adhesiva se considera un recado personal.
Gina
se acercó.
—¿Has
recibido uno de éstos? —dijo, tendiéndome un folleto azul. Era el anuncio de
una reunión. Miércoles. En la cafetería. Todo el personal de HiTek, incluyendo
I+D—. Flip tenía que entregar uno en cada despacho. —¿De qué va la reunión?
—Dirección
ha preparado otro seminario. Lo que significa un ejercicio de sensibilidad, un
nuevo acrónimo, y más papeleo para nosotros. Creo que pediré la baja. El
cumpleaños de Brittany es dentro de dos semanas, y tengo que preparar toda la
decoración de la fiesta. ¿Qué se lleva hoy en día en las fiestas de cumpleaños?
¿Circos? ¿El salvaje oeste?
—Los
Power Rangers —dije yo—. ¿Crees que reorganizarán los departamentos?
En
el último seminario preparado por Dirección se había creado el puesto de Flip
como parte del DARC (Dirección de Activación de Reformas y Comunicaciones). Tal
vez ahora eliminarán la figura del asistente interdepartamental; así yo podría
volver a hacer mis propias copias, entregar mis propios mensajes y recoger mi
correo. Total, ya lo hacía.
—Odio
los Power Rangers —respondió Gina—. No me explico cómo se han hecho tan
populares.
Volvió
a su laboratorio, y yo a mi trabajo sobre el pelo corto. Era fácil entender que
se hubiera puesto de moda.
No
más cabellos largos que dominar con peines y horquillas y crepados; se acabó
lavarlos y tener que esperar una semana a que se secaran. Las enfermeras que
sirvieron en la Primera Guerra Mundial se cortaron el pelo a causa de los
piojos, y les había gustado la libertad y la ligereza que les proporcionaba el
pelo corto. Y tenía ventajas obvias cuando se trataba de apuntarse a las otras
modas de la época: ir en bici y jugar a tenis.
¿Entonces
por qué no se había puesto ya de moda en 1918? ¿Por qué había tardado cuatro
años y luego, de pronto, sin ningún motivo aparente, se impuso con tal fuerza
que las peluquerías se llenaron y las compañías de horquillas se arruinaron de
la noche a la mañana? En 1921, el pelo corto era todavía lo bastante raro para
que apareciera en las primeras planas y despidieran a las mujeres por su causa.
Hacia 1925, era tan común que salía en todas las fotos de graduación y los
anuncios y las ilustraciones de las revistas, y los únicos sombreros que se
vendían eran bonetes en forma de campana, demasiado ajustados para llevarlos
con el pelo largo. ¿Qué había ocurrido en el ínterin? ¿Cuál fue el motor
impulsor?
Me
pasé el resto del día reordenando los recortes. Se podría pensar que las
páginas de las revistas de los años veinte se habrían vuelto amarillentas y
ásperas, pero no. Resbalaban como anguilas por el suelo, solapándose,
mezclándose con los recortes de periódico y desbaratando la ordenación. Incluso
se habían soltado algunos clips.
Hice
la reordenación en el suelo. Una de las mesas estaba cubierta de recortes que
Flip tendría que haber llevado a fotocopiar, cosa que no había hecho, y en la
otra tenía todas mis notas. Y ninguna de las dos era lo bastante grande para
contener todos los montones que necesitaba, algunos de los cuales se
entremezclaban: un artículo entero dedicado al pelo corto, referencia dentro de
un artículo dedicado a las flappers, referencia cruzada, alusión casual,
comentario desaprobador, alusión humorística, comentario de sorpresa y horror,
ilustración en anuncio, adopción por parte de mujeres de mediana edad, adopción
por parte de niñas, adopción por mujeres ancianas, artículos ordenados
cronológicamente, artículos ordenados por estados, tema urbano, tema rural, discrepancia,
completa aceptación, primeros signos de pasar de moda, fin de la moda.
A
las 4.55 todo el suelo del laboratorio estaba cubierto de montones de papel y
Flip aún no había vuelto. Pisando con cuidado entre los montones, me acerqué y
miré otra vez la caja. Biología estaba al otro lado del complejo, pero no
importaba. La caja decía PERECEDERO, y aunque la irresponsabilidad es la
tendencia más fuerte de los noventa, todavía no se ha adueñado de toda la
sociedad. Cogí la caja y se la llevé a la doctora Turnbull.
Pesaba
una tonelada. Después de conseguir subir dos tramos de escaleras y recorrer
cuatro pasillos, las razones de por qué la irresponsabilidad se había puesto de
moda empezaron a resultarme muy claras. Al menos iba a ver una parte del
edificio en la que normalmente no entraba, ni siquiera estaba muy segura de
dónde se hallaba Biología, sólo sabía que se encontraba al fondo de la planta
baja. Pero debía de ir bien encaminada: en el aire se notaba la humedad y el
leve murmullo de un zoo. Seguí el sonido por otra escalera más y por un largo
pasillo. La oficina de la doctora Turnbull estaba, naturalmente, al fondo.
La
puerta estaba cerrada. Sostuve como pude la caja con los brazos, llamé y
esperé. No hubo respuesta. Recoloqué la caja, sujetándola contra la pared con
la cadera, y probé con el pomo. La puerta tenía echada la llave.
Lo
último que quería era arrastrar la caja de vuelta a mi oficina y tratar de
encontrar luego un frigorífico. Miré la fila de puertas pasillo abajo. Todas
estaban cerradas y, presumiblemente, con llave; pero había una línea de luz
bajo la del centro, a mano izquierda.
Volví
a cargar con la caja, que se hacía más y más pesada por momentos, la llevé
hasta la luz y llamé a la puerta.
No
obtuve respuesta, pero cuando probé con el pomo, se abrió para dar paso a una
jungla de videocámaras, equipo informático, cajas abiertas, y cables de
seguimiento.
—Hola—dije—.
¿Hay alguien aquí?
Sonó
un gruñido ahogado, y esperé que no proviniera de un inquilino del zoo. Miré la
placa de la puerta.
—¿Doctor
O'Reilly?
—¿Sí?
—respondió la voz de un hombre desde debajo de lo que parecía un horno.
Lo
rodeé y vi dos piernas enfundadas en pana marrón asomando de debajo, rodeadas
de bastantes herramientas.
—Traigo
una caja para la doctora Turnbull —dije en dirección a las piernas—. No está en
su oficina. ¿Puede encargarse de ella?
—Déjela
por ahí —dijo la voz, impaciente.
Busqué
alrededor algún sitio donde dejarla y que no estuviera cubierto de equipo de
vídeo o trozos de cable.
—Sobre
el equipo no —dijo bruscamente la voz—. En el suelo. Con cuidado.
Aparté
una cuerda y dos módems y solté la caja. Me agaché junto a las dos piernas y
dije:
—Tiene
una etiqueta de «perecedero». Hay que meterla en el frigorífico.
—Muy
bien —replicó él. Apareció un brazo pecoso dentro de una manga blanca arrugada,
que palpó el suelo alrededor de la base de la caja.
Había
un rollo de cinta adhesiva más allá de su alcance.
—¿Cinta
adhesiva? —dije, poniéndosela en la mano.
Su
mano se cerró y luego se quedó allí.
—¿No
quería la cinta? —busqué alrededor a ver qué otra cosa podía querer—. ¿Tenazas?
¿Destornillador?
Las
piernas y el brazo desaparecieron bajo el horno y una cabeza sobresalió por el
otro lado.
—Lo
siento —dijo. Su cara era también pecosa, y llevaba unas gafas con cristales de
culo de botella—. Creía que era la encargada del correo.
—Flip.
No. Entregó la caja en mi oficina por error.
—No
me extraña —salió de debajo del horno y se levantó—. Lo siento muchísimo —dijo,
quitándose el polvo de encima—. No suelo ser tan rudo con la gente que intenta
repartir cosas. Pero es que Flip...
—Lo
sé —contesté, asintiendo.
Él
se pasó la mano por el pelo pajizo.
—La
última vez que me entregó una caja la dejó encima de uno de los monitores, y se
cayó y rompió una videocámara.
—Eso
es típico de Flip —dije yo, aunque realmente no le estaba escuchando. Le estaba
mirando.
Cuando
te pasas tanto tiempo como yo analizando modas y costumbres, acabas por
detectarlas a primera vista: ecohippie, deportista, corredor de Wall Street,
terrorista urbano. El doctor O'Reilly no era nada de eso. Era aproximadamente
de mi edad y mi estatura. Llevaba una bata de laboratorio y pantalones de pana
lavados tantas veces que la tela estaba completamente gastada en las rodillas.
También se le habían encogido las perneras por encima de los tobillos y se veía
claramente la marca a partir de donde se los había alargado.
El
efecto, sobre todo con las gafas de culo de botella, tendría que haber sido de
empollón de ciencias, pero no lo era. Para empezar, tenía pecas. Además,
llevaba un par de zapatillas de tenis blancas con agujeros en los dedos y
descosidas.
Los
empollones de ciencias llevan zapatos negros y calcetines blancos. Ni siquiera
usaba un protector de bolsillo, aunque le hubiese convenido. Tenía dos manchas
de tinta de boli y un borrón de marcador en el bolsillo del pecho de la bata, y
uno de los bolsillos estaba descosido por abajo. Y había algo más, algo que no
pude detectar, que me impedía encuadrarlo en ninguna categoría.
Lo
miré fijamente tratando de averiguar qué era exactamente, tanto que él me miró
con curiosidad.
—Quería
dejar la caja en la oficina de la doctora Turnbull —dije rápidamente—, pero se
ha marchado a casa.
—Tenía
una reunión para tratar el tema de la beca. Es muy buena consiguiéndolas.
—Es
la cualidad más importante de un científico hoy en día.
—Sí
—dijo él, sonriendo amargamente—. Ojalá la tuviera yo.
—Me
llamo Sandra Foster —dije, tendiéndole la mano—. Sociología.
Él
se frotó la suya en la pana y me la estrechó.
—Bennett
O'Reilly.
Eso
también era extraño. Tenía mi edad. Tendría que haberse llamado Matt, o Mike o,
Dios no lo quiera, Troy. Bennett.
Me
lo quedé mirando otra vez.
—¿Y
es usted biólogo?—dije.
—Teoría
del caos.
—¿No
es eso un oxímoron?
Él
sonrió.
—Tal
como lo planteé, sí. Por eso dejaron de financiar mi proyecto y tuve que venir
a trabajar para HiTek.
Tal
vez eso explicara la rareza; y quizá se llevaba la pana y las zapatillas
blancas entre los teóricos del caos. No, el doctor Applegate, de Química,
pertenecía al caos, y vestía como todos los de I+D: camisa de cuadros, gorra de
béisbol, vaqueros, zapatillas Nike.
Y
casi nadie en HiTek trabaja en su campo. La ciencia tiene sus modas y locuras,
como todo lo demás: la teoría de cadenas, de la eugenesia, el mesmerismo. La
teoría del caos estuvo en alza durante un par de años, a pesar de Utah y la
fusión fría, o tal vez por eso, pero ambas cosas fueron sustituidas por la
ingeniería genética. Si el doctor O'Reilly quería una beca, tendría que
renunciar al caos y crear un ratón mejor.
Se
acercó a la caja.
—No
tengo frigorífico. Tendré que dejarla en el porche —la cogió, gruñendo un
poco—. Vaya, sí que pesa. Flip probablemente se la entregó a usted a propósito
para no tener que traerla hasta aquí. —La levantó con la rodilla cubierta de
pana—. Bueno, gracias de parte de la doctora Turnbull y de todas las otras
víctimas de Flip —dijo, y se internó en la maraña de equipo.
Era
claramente una frase de despedida, y, hablando de becas, yo todavía tenía que
clasificar todos aquellos artículos sobre el pelo corto antes de irme a casa.
Pero seguía intrigada por saber qué le hacía parecer tan extraño. Le seguí por
el laberinto de material.
—¿Flip
es responsable de todo esto? —dije, escurriéndome entre dos pilas de cajas.
—No.
Estoy preparando mi nuevo proyecto —pasó por encima de un montón de cuerdas.
—¿Cuál
es? —aparté una red de plástico que colgaba. —Difusión de información —abrió
una puerta y salió al porche—. Aquí se mantendrá lo suficientemente fría —dijo,
soltando la caja.
—Sin
duda —contesté; me froté los brazos porque el viento de octubre era gélido. El
porche daba a un gran patio cerrado, rodeado por muros altos y cubierto de
rejilla. Había una puerta al fondo.
—Se
usa para los experimentos con animales grandes —informó el doctor O'Reilly—.
Esperaba tener los monos en julio para que pudieran estar aquí fuera, pero el
papeleo ha tardado más de lo previsto. —¿Monos?
—El
proyecto consiste en estudiar las pautas de difusión de información en un grupo
de macacos. Se le enseña una nueva habilidad a uno de los macacos y luego se
estudia su difusión en el grupo. Estoy trabajando en el promedio de habilidades
útiles contra las inútiles. Enseño a uno de los macacos una habilidad de escaso
valor práctico que exija poca destreza y plantee múltiples niveles de
dificultad...
—Como
el hula-hoop —dije yo.
Él
soltó la caja ante la puerta y se incorporó.
—¿El
hula-hoop?
—El
hula-hoop, el minigolf, el twist. Todas las modas requieren poca habilidad. Por
eso el ajedrez nunca se convierte en una. Ni la esgrima.
Él
se subió las gafas de culo de botella.
—Estoy
trabajando en un proyecto sobre las modas. Qué las causa y de dónde vienen
—dije.
—¿De
dónde vienen?
—No
tengo ni idea. Y si no vuelvo al trabajo, no lo sabré nunca. —Le tendí de nuevo
la mano—. Encantada de conocerle, doctor O'Reilly.
Regresé
por entre el laberinto. Él me siguió, diciendo pensativo:
—Nunca
se me habría ocurrido enseñarles a bailar el hula-hoop.
Iba
a decirle que no pensaba que allí hubiera espacio suficiente, pero eran casi
las seis, y tenía que recoger montones de papeles del suelo y clasificarlos
antes de volver a casa.
Le
dije adiós al doctor O'Reilly y regresé a Sociología. Flip estaba en el
pasillo, con las manos en las caderas sobre la falda de cuero.
—He
vuelto y usted no estaba —lo dijo como si la hubiera dejado hundida en arenas
movedizas.
—He
bajado a Biología.
—He
tenido que venir desde Personal —dijo ella, sacudiéndose el pelo—. Usted me
dijo que volviera.
—Estaba
cansada de esperarte, así que he entregado el paquete yo misma —le contesté,
esperando que protestara y dijera que repartir el correo era trabajo suyo. Me
equivocaba: eso habría implicado admitir que era responsable de algo.
—Lo
he buscado por toda la oficina —dijo virtuosamente—. Mientras la esperaba,
recogí todas esas cosas que dejó tiradas por el suelo y las eché a la basura.
LA
VIEJA TIENDA DE CURIOSIDADES
(1840-1841)
Moda
literaria suscitada por el folletín basado en una historia de Dickens sobre una
niña pequeña y su apurado padre, que son expulsados de su tienda y obligados a
vagabundear por Inglaterra. El interés por la obra fue tan grande que, en
América, la gente abarrotaba los muelles a la espera del barco procedente de
Inglaterra que traía el siguiente capítulo; incapaces de esperar a que el barco
atracara, quienes aguardaban gritaban a los pasajeros de a bordo: «¿Murió la
pequeña Nell?» Lo hizo, y su muerte condenó a lectores de todas las edades,
sexos y grados de dureza a agonías de pesar. Vaqueros y mineros del oeste
lloraron sin disimulo leyendo las últimas páginas y un diputado irlandés tiró
el libro por la ventanilla de un tren en marcha y estalló en lágrimas.
El
nacimiento del Támesis no parece tal cosa, sino un pastizal, y ni siquiera
abundante. Allí no crece ni una sola planta acuática. Si no fuera por un viejo
pozo, lleno de piedras, sería imposible incluso localizar el lugar. Las vacas,
sin prestar atención a las piedras, vagabundean perezosas por el prado,
mordisqueando flores y hierbas, ajenas a que algo significativo comienza bajo
sus patas.
La
ciencia es algo aún menos obvio. Empieza con una manzana que cae, una tetera
que hierve. Alex Fleming, al echar una última ojeada a su laboratorio cuando se
marchaba para pasar fuera un fin de semana largo, podría no haber visto nada
significativo en la ventana entreabierta por la que se colaba el aire cargado
de hollín de la estación de Paddington. Mientras se preparaba para reunir sus
notas e iba a decirle a su ayudante que no tocara nada, que cerrara con llave
la puerta, podría no haber advertido que la tapa de una de las placas de petri
se había deslizado una fracción de centímetro. Su mente tendría que haber
estado centrada en las vacaciones, en los encargos que tenía que hacer, en irse
a casa.
Igual
que la mía. Sólo era consciente de que Flip había arrugado concienzudamente
todos los recortes y había hecho una pelota con ellos antes de meterlos en la
papelera, y que no había forma de que pudiera sacarlos y alisarlos todos esta
noche, y, como resultado, no sólo pasé por alto el primer acontecimiento de una
cadena que conduciría a un descubrimiento científico, sino que estuve también a
punto de perderme el segundo. Y el tercero.
Puse
la papelera encima de la mesa, sellé la tapa con cinta adhesiva, coloqué un
cartel que decía: «No tocar. Esto va por ti, Flip», y me dirigí a mi coche. A
medio camino del aparcamiento, reflexioné sobre la capacidad de lectura de
Flip, me di la vuelta, y regresé a mi oficina para recuperar la papelera.
El
teléfono sonaba cuando abrí la puerta.
—¿Qué
tal? —dijo Billy Ray cuando lo descolgué—. Adivina dónde estoy.
—¿En
Wyoming? —pregunté. Billy Ray era un ranchero de Laramie con el que había
salido hacía tiempo, cuando estudiaba los bailes regionales.
—En
Montana. A mitad de camino entre Lodge Grass y Billings —lo que significaba que
me llamaba desde su teléfono móvil—. Voy a echarles un vistazo a unas Targhees.
Son de lo más auténtico.
Supuse
que también eran vacas. Durante mi fase de bailes regionales, lo que más se
llevaba eran las Aberdeen Longhorns. Billy Ray es un tío muy majo y un
compendio ambulante de modas country-western. Dos pájaros de un tiro.
—Voy
a estar en Denver el sábado —dijo a través del chisporroteo que indicaba que su
teléfono móvil empezaba a quedarse sin cobertura—, para un seminario sobre
ranchos informatizados.
Me
pregunté cuál sería el nombre y su acrónimo. ¿Ranchos Operativos
Informatizados?*
—Así
que me preguntaba si podríamos comer juntos. Hay un nuevo restaurante de la
pradera en Boulder.
Un
restaurante de la pradera era lo último en cocina.
—Lo
siento —dije, mirando la papelera de la mesa—. He tenido un contratiempo. Voy a
tener que trabajar este fin de semana.
—Tendrías
que introducirlo todo en tu ordenador y dejarle hacer el trabajo. Yo tengo el
rancho entero dentro de mi PC.
—Lo
sé —dije, deseando que fuera tan sencillo.
—Necesitas
uno de esos escáners de texto —dijo Billy Ray; el zumbido era cada vez más
insistente—. Así ni siquiera tienes que teclear.
Me
pregunté si un escáner de texto podría leer papeles arrugados.
El
zumbido se convertía en un estrépito.
—Bueno,
quizá la próxima vez —dijo él, más o menos, y su voz se perdió.
Colgué
mi teléfono fijo y recogí la papelera. Debajo, medio enterrados bajo los datos
de mi investigación, estaban los libros de la biblioteca que tendría que haber
devuelto hacía dos días. Los puse encima de la cinta adhesiva, aguantaron, y me
los llevé junto con la papelera al coche; luego fui a la biblioteca.
Ya
que me paso los días de trabajo estudiando modas, muchas de las cuales son
completamente repulsivas, considero que es mi deber animar después del trabajo
las modas que me gustaría que cundieran, como poner el intermitente cuando se
cambia de carril, y la tarta de queso y chocolate. Y la lectura. Además, las
bibliotecas son lugares magníficos para observar las modas en best-sellers y en
gestión. Y en el vestir de las bibliotecarias.
—¿Qué
hay esta semana en la lista de reservas, Lorraine? —pregunté a la
bibliotecaria. Llevaba una camiseta con manchas blancas y negras con el lema
COMPLETAMENTE FANTÁSTICA, y un par de pendientes blancos y negros de vacas
Holstein.
—Llevada
por el destino —dijo ella—. Todavía. La lista de reservas tiene un palmo de
longitud. Eres... —contó en la pantalla de su ordenador—, la quinta en la cola.
Eras la sexta, pero la señora Roxbury se ha dado de baja.
—¿De
veras? —pregunté, interesada. Los libros normalmente están de moda hasta que
sale una segunda parte y los lectores se dan cuenta de que les han tomado el
pelo. Vean si no Oliver Story y Vals lento en Cedar Bend. Por eso la moda de Lo
que el viento se llevó consiguió durar casi seis años, y por su culpa miles de
desafortunados niños tuvieron que vivir con el nombre de Rhett, o peor todavía,
Ashley. Si Margaret Mitchell hubiera sacado Vals lento en Tara Bend todo se
habría acabado. Lo que me recordó que tenía que comprobar si había habido
alguna merma en la popularidad de Lo que el viento se llevó desde la
publicación de Scarlett.
—No
pongas muchas esperanzas en Destino —dijo Lorraine—. La señora Roxbury se dio
de baja porque dijo que no podía esperar y compró su propio ejemplar. —Sacudió
la cabeza, y las vacas oscilaron de un lado a otro—. ¿Qué es lo que le ve la
gente?
* En
inglés Computerized Operational Wrangling, COW (vaca) en acrónimo. (N. del T.)
Sí,
bien, ¿y qué veían en El pequeño lord, el meloso relato de Francés Hodgson
Burnett sobre un niño pequeño de largos rizos que hereda un castillo inglés,
allá por 1890?
Fuera
lo que fuese, convirtió la novela en un éxito de ventas y luego, la película
protagonizada por Mary Pickford (que ya tenía los rizos) inició la moda de los
trajes de terciopelo y se convirtió en la pesadilla de una generación de niños
pequeños a quienes sus madres cargaron de cuellos de organdí, rizos y pusieron
por nombre Cedric aunque sin duda se habrían sentido contentísimos de poderse
llamar Ashley.
—¿Qué
más hay en la lista de reservas?
—El
nuevo John Grisham, el nuevo Stephen King, Angeles desde arriba, Mecido por las
alas de los ángeles, Encuentros angelicales en la tercera fase, Ángeles junto a
ti, Ángeles, ángeles por todas partes, Pon a trabajar por ti a tu ángel de la
guarda y Angeles en el internado.
Ninguno
de ésos contaba. El de Grisham y el de Stephen King eran sólo éxitos de ventas,
y la moda de los ángeles llevaba en alza más o menos un año.
—¿Quieres
que te ponga en la lista de espera de alguno de ésos? —preguntó Lorraine—.
Ángeles en el internado es magnífico.
—No,
gracias —contesté—. Nada nuevo, ¿eh?
Ella
frunció el ceño.
—Creía
que había algo... —comprobó en la pantalla de su ordenador—. La novelización de
Mujer citas —dijo—, pero no.
Le
di las gracias y regresé a los estantes. Cogí Bernice se corta el pelo de F.
Scott Fitzgerald y un par de libros de misterio, que siempre plantean problemas
sencillos y solubles del tipo «¿Cómo entró el asesino en la habitación
cerrada?» en vez de difíciles como «¿A qué se deben las modas?» y «¿Qué he
hecho yo para merecerme a Flip?»; luego pasé a la sección dedicada al siglo
XIX.
Una
de las modas más desagradables en el mantenimiento de las bibliotecas de los
últimos años es la idea de que éstas deben «satisfacer las demandas de sus
clientes». Esto significa tener docenas de ejemplares de Los puentes de Madison
County y Danielle Steel, con la consiguiente falta de espacio en los estantes,
que obliga a los bibliotecarios a purgar los libros que no han sido consultados
recientemente.
—¿Por
qué estás expulsando a Dickens? —le pregunté a Lorraine el año pasado en la
venta de libros de la biblioteca, agitando ante ella un ejemplar de Grandes
esperanzas—. No puedes expulsar a Dickens.
—Nadie
lo ha sacado —dijo ella—. Y si nadie saca un libro durante un año, hay que
quitarlo de los estantes.
Llevaba
una camiseta que decía UN OSITO DE PELUCHE ES PARA SIEMPRE, y un par de
pendientes con gordos ositos.
—Es
evidente que nadie lo leyó.
—Y
nadie lo leerá jamás porque no estará aquí para que lo saquen —dije—. Grandes
esperanzas es un libro maravilloso.
—Entonces
es tu oportunidad para comprarlo.
Bueno,
era una moda como cualquier otra, y como socióloga debería haber tomado buena
nota para tratar de determinar sus orígenes. No lo hice, sino que empecé a
sacar libros. Todos mis favoritos, que nunca sacaba porque ya tenía ejemplares
en casa, y todos los clásicos, y todo lo que estuviera encuadernado en tela y
alguien pueda querer leer algún día, cuando se acaben las actuales tendencias
de sentimentalismo y sangre.
Ese
día saqué La caja equivocada, en honor a los acontecimientos de la jornada, y
como había visto por primera vez al doctor O'Reilly con las piernas asomando de
debajo de un objeto grande, El mago de Oz, y luego me pasé a la B y busqué
Bennett. El relato de las comadres no estaba (probablemente había acabado ya en
la reventa de libros), pero al lado de Beckett estaba El camino de toda la
carne, de Butler, lo que significaba que quizás El relato de las comadres
estaba únicamente mal colocado.
Repasé
los estantes, buscando algo antiguo, encuadernado en tela, e intacto. Borges;
Cumbres borrascosas, que ya había sacado este año; Rupert Brooke. Las Obras
completas de Robert Browning. No era Arnold Bennett, pero el tomo estaba
encuadernado en tela y era grueso, y todavía tenía un anticuado bolsillo dentro
con su tarjeta y todo. Lo cogí, junto con el Borges, y los llevé al mostrador.
—Ya
me he acordado de qué más había en la lista de reservas —dijo Lorraine—. Un
libro nuevo: Guía de las hadas.
—¿Qué
es, un libro para niños?
—No
—lo sacó del estante de las reservas—. Trata de la presencia de las hadas en
nuestra vida cotidiana.
Me
lo mostró. En la portada tenía un dibujo de un hada asomándose por detrás de un
ordenador, y encajaba con uno de los criteros de la moda de libros: sólo
contaba con ochenta páginas. Los puentes de Madison County tenía 192. Juan
Salvador Gaviota tenía 93, y Adiós, Mr. Chips, muy de moda en 1934, sólo 84.
También
estaba lleno de tonterías. Los títulos de los capítulos eran «Cómo ponerse en
contacto con su hada interna», «Cómo pueden ayudarnos las hadas en el mundo
corporativo» y «Por qué no hay que prestar atención a los incrédulos».
—Será
mejor que me pongas en la lista —dije. Le tendí el Browning.
—No
han sacado éste desde hace casi un año.
—¿De
veras? —dije—. Bueno, pues ahora ya lo han sacado.
Y
cogí mi Borges, mi Browning, y mi Baum y me fui a cenar al Madre Tierra.
ZAPATOS
DE PUNTA RETORCIDA
(1350-1480)
Zapatos
puntiagudos de cuero blando o tela. Originarios de Polonia (de ahí su nombre
francés poulaine; los ingleses los llamaron crackowes por Cracovia), o más
probablemente traídos de Oriente Medio por los cruzados, se convirtieron en la
locura de todas las cortes europeas. Las punteras se fueron sofisticando
—rellenas de musgo, con forma de garra de león o pico de águila—, y se hicieron
progresivamente más largas, hasta el punto de que era imposible caminar o
arrodillarse sin pisárselas, y había que unirlas con cadenitas de oro o de
plata a las rodillas para sujetar los extremos. Aplicada a las armaduras, la
moda de las polainas resultaba enormemente peligrosa: los caballeros austríacos
de la batalla de Sempach, en 1386, se quedaron clavados al suelo por sus
alargados zapatos de hierro y se vieron obligados a cortar las puntas con la
espada para que no los pillaran «plantados», como si dijéramos. Fueron
desplazadas por el zapato de horma cuadrada, atado al tobillo y en forma de
pico de pato, que no tardó en ensancharse hasta lo ridículo.
El
Madre Tierra tiene comida aceptable y un té helado tan bueno que yo lo pido
durante todo el año. Además, es un lugar magnífico para estudiar las modas. No
sólo el menú está a la última (actualmente vegetariano muy variado), sino que
también lo están sus camareros. Además, hay un kiosco fuera con todos los
periódicos alternativos.
Los
recogí y entré. La puerta y el vestíbulo estaban repletos de gente. El té
helado tenía que estar poniéndose de moda. Me presenté a la camarera, que
llevaba el pelo rapado estilo penitenciaría, pantalones de footing, y Tevas.
Ésa
es otra moda, la de las camareras vestidas para no parecer ni de lejos
camareras, probablemente para que no puedas encontrarlas cuando quieres la
cuenta.
—¿Nombre
y número de su grupo? —dijo la camarera. Sujetaba una tablilla con al menos
veinte nombres.
—Una,
Foster —dije—. Fumadores o no fumadores, lo que sea más rápido.
Se
lo tomó a mal.
—No
tenemos sección de fumadores —dijo—. ¿No sabe el daño que puede causarle el
tabaco?
Normalmente
si fumas te sientas más pronto, pensé, pero como ya parecía dispuesta a tachar
mi nombre, dije:
—No
fumo. Simplemente no me importa sentarme junto a gente que lo hace.
—El
humo de segunda mano es igual de letal —dijo ella, y puso una X junto a mi
nombre, lo que probablemente significaba que seguiría allí esperando después de
que el infierno se congelara—. Ya la llamaré —dijo, poniendo los ojos en
blanco, y desde luego esperé que eso no fuera una moda.
Me
senté en el banco junto a la puerta y repasé los periódicos. Estaban llenos de
artículos sobre los derechos de los animales y anuncios para quitar tatuajes.
Pasé a los contactos. No son una moda. Lo fueron, a finales de los ochenta, y
entonces, como un montón de modas, en vez de desvanecerse, pasaron a ocupar un
pequeño pero permanente lugar en la sociedad.
Sucede
con un montón de modas. Las bicis, el monopoly, los crucigramas, todos fueron
modas que se asentaron en la corriente principal. Los anuncios de contactos se
instalaron en los periódicos alternativos.
Pero
puede haber modas dentro de las modas, y los contactos atraviesan modas
propias. Las variantes sexuales estuvieron en alza durante un tiempo. Ahora son
las actividades al aire libre.
La
camarera, con aspecto muy irritado, dijo:
—Foster,
grupo de uno —y me condujo a una mesa situada delante de la cocina—. Prohibimos
fumar hace dos años —dijo, y me arrojó la carta.
La
cogí, le eché un vistazo para ver si todavía tenían el milhojas de coles y
tomates secados al sol, y volví a los contactos. El footing estaba pasado, y
las bicis de montaña y los kayaks eran la última. Y los ángeles. Uno de los
anuncios estaba encabezado con las palabras MENSAJERO CELESTIAL y otro decía:
«¿Te dicen tus ángeles que me llames? El mío me dijo que escribiera este
anuncio», cosa que encontré bastante improbable.
Las
almas caritativas también estaban de moda, y la espiritualidad, y los látigos.
«Se busca S/MBD» y «Desarrollo personal/oriental/nativo americano», y «Busco
diversión/ posible compañero de por vida». Bueno, ¿no lo hacemos todos?
Apareció
un camarero, también con pantalones de correr, Tevas, y pajarita. Al parecer,
había visto la X. Antes de que pudiera soltarme un sermón sobre los peligros de
la nicotina, dije:
—Tomaré
el milhojas de coles y té helado.
—Ya
no tenemos de eso.
—¿Coles?
—Té
—abrió la carta y señaló la página de la derecha—. Nuestras bebidas están aquí.
Desde
luego. La página entera estaba dedicada a ellas: café exprés, capuchino, café
con leche, moca, café, cacao. Pero nada de té.
—Me
gustaba su té helado.
—Ya
nadie bebe té.
Porque
lo habéis quitado de la carta, menú, pensé, preguntándome si habían aplicado el
mismo principio que en la biblioteca, y si no debería haber comido allí con más
frecuencia, o pedido más de un té cada vez, para salvarlo del hacha. También me
sentía culpable porque, al parecer, me había pasado por alto el principio de
una moda, o al menos una nueva etapa.
La
moda del exprés lleva vigente unos cuantos años, sobre todo en la costa oeste y
en Seattle, donde empezó. Un montón de modas han nacido en Seattle últimamente:
bandas de garaje, el grunge, el café con leche. Antes, las modas solían
comenzar en Los Ángeles y, aún antes, en Nueva York. Desde hace poco, Boulder
muestra signos de convertirse en el nuevo centro de las modas, pero la llegada
del café exprés probablemente tiene más que ver con las últimas consecuencias
que con las leyes científicas de las modas. Con todo, deseé haber estado cerca
para ver cómo sucedía y localizar su detonante.
—Tomaré
un café con leche —dije.
—¿Sencillo
o doble?
—Doble.
—¿Largo
o corto?
—Largo.
—¿Chocolate
o canela por encima?
—Chocolate.
—¿Semidulce
o sin azúcar?
Me
equivocaba cuando le dije al doctor O'Reilly que todas las modas requieren
escasa habilidad.
Después
de varias preguntas más, referidas a si quería terrones de azúcar blanco o
azúcar moreno y leche desnatada o al dos por ciento, el camarero se marchó, y
yo volví a los contactos.
La
sinceridad no estaba de moda, como de costumbre. Todos los hombres eran «altos,
guapos y económicamente solventes seguros», y todas las mujeres eran «hermosas,
esbeltas y sensibles». Los solterones eran todos «atractivos, sofisticados y
atentos». Todo el mundo tenía un «magnífico sentido del humor», cosa que
también consideré improbable. Todos buscaban personas sensibles, inteligentes,
ecológicas, románticas, y NF declaradas.
NF.
¿Qué era NF? ¿Nórdicos de fiordo? ¿Nativos franceses? ¿Naturales fornicadores?
¿Nada de fornicadores? Y. uno decía NFS. ¿Nada de fornicadores solicitados?
Pasé a la guía de traducción. Por supuesto. No fumadores solamente.
La
gente jovial, guapa y atenta que coloca estos anuncios parece haber confundido
los contactos con el catálogo de teletienda. Me gustaría el Artículo D2481 en
rojo pasión; talla pequeña. Y frecuentemente especifican color, forma, y nada
de animales. Pero el número de no fumadores parece haber aumentado radicalmente
desde la última vez que los conté. Saqué un boli rojo del bolso y empecé a
marcarlos.
Para
cuando llegaron mi sandwich y mi complicado café, la página estaba cubierta de
rojo. Me comí el sandwich, me tomé la bebida y marqué.
La
moda de los no fumadores se remonta a finales de los setenta, y hasta ahora
había seguido la típica pauta de las modas de aversión, pero me pregunté si
estaba alcanzando otro nivel más volátil. «No importa raza, religión, partido
político, preferencia sexual», decía uno de los anuncios. «NO FUMADORES.»
En
mayúsculas.
Y
«Debe ser aventurero, osado, valiente no fumador», y «Yo: con éxito pero
cansado de estar solo. Tú: compasiva, cariñosa, no fumadora, sin hijos». Y mi
favorito: «Busco desesperadamente alguien que marche al ritmo de un tambor
distinto, huya de las convenciones, no le importe lo que está de moda o no.
Abstenerse fumadores.»
Había
alguien de pie a mi lado. El camarero, probablemente, para darme un parche
antinicotina. Alcé la cabeza.
—No
sabía que venía usted aquí —dijo Flip, poniendo los ojos en blanco.
—Yo
tampoco sabía que venías tú —dije. «Y ahora nunca volveré a venir», pensé.
«Sobre todo porque ya no sirven té helado.»
—Los
contactos, ¿en? —dijo ella, girando el cuello para ver qué había marcado—.
Están bien, supongo, si está desesperada.
Lo
estoy, pensé, preguntándome angustiada si ella se habría detenido al entrar
para vaciar la papelera y si yo había cerrado el coche con llave.
—Yo
no necesito ayudas artificiales. Tengo a Brine —dijo, señalando a un tipo con
la cabeza afeitada, botas con correajes y aros en la nariz, cejas y labio
inferior; pero yo no le miraba: estaba mirando el brazo extendido de Flip, que
tenía tres anchos brazaletes grises en la muñeca, a mitad del antebrazo y por
debajo del codo. Cinta adhesiva.
Lo
que explicaba su observación de que lo de aquella tarde era un encargo
personal. «Si ésta es la última moda —pensé—, dimito.»
—Tengo
que irme —dije, recogiendo mis periódicos y el bolso, y buscando frenéticamente
al camarero, a quien no pude encontrar porque iba vestido como todo el mundo.
Dejé sobre la mesa un billete de veinte y prácticamente corrí hacia la salida.
—No
me aprecia para nada —oí que Flip le decía a Brine mientras yo huía—. Al menos
podría haberme dado las gracias por limpiarle la oficina.
Había
cerrado mi coche, y, de vuelta a casa, empecé a sentirme casi alegre por los
brazaletes de cinta adhesiva. Después de todo, Flip tendría que quitárselos.
También pensé en Brine y en Billy Ray, que lleva Stetson y vaqueros ceñidos y
un busca; y en el logro que era la falta de moda definida en el doctor
O'Reilly.
Casi
todo lo que llevan hoy en día los hombres pertenece a alguna moda definida:
chaquetas anchas, mallas de ciclista, trajes, vaqueros demasiado grandes,
camisetas demasiado pequeñas, zapatos de tacón, botas de caña, calcetines de
ejecutivo.
Y
ahora, con la incorporación de las camisas de cuadros del grunge y la ropa
interior térmica, es difícil encontrar algo lo bastante feo para que no esté de
moda. Pero el doctor O'Reilly lo había conseguido.
Llevaba
el pelo demasiado largo y los pantalones demasiado cortos, pero era más que
eso. El batería de una de las bandas de garaje llevaba en escena trenzas y
zapatillas de ciclista, y parecía ir a la última. Y no era por las gafas,
tampoco. Miren a Elton John. Miren a Buddy Holly.
Era
algo más, algo que me había estado mortificando toda la tarde. Tal vez, me
convenía regresar a Biología y preguntarle si podía estudiarlo. Tal vez, si le
seguía mientras enseñaba a sus monos a bailar el hula-hoop o lo que fuera a
hacer, podría averiguar cómo se las arreglaba para eludir toda moda. Y
estudiando la no-tendencia, quizás encontrara alguna pista de la tendencia. O
tal vez era mejor que me fuera a casa, planchara mis recortes y tratara de
comprender por qué de pronto dos millones de mujeres empuñaron sus tijeras al
unísono y acabaron con los rizos del Pequeño Lord Fauntleroy.
No
hice nada de eso, sino que llegué a casa y me puse a leer a Browning. Leí El
flautista de Hamelín, un poema que, curiosamente, trataba sobre la moda, y
empecé Pippa Pasa: un largo poema sobre una chica italiana de una fábrica de
Asoló que sólo tenía un día libre al año (seguramente trabajaba para la HiTek
italiana) y se lo pasaba deambulando ante las ventanas y cantando, entre otras
cosas: «La alondra está en el alero,/el caracol en la espina» e inspirando a
todo el mundo que la escuchaba.
Deseé
que apareciera ante mi ventana y me inspirara, pero no parecía probable. La
inspiración iba a tener que venir, como suele hacerlo, en el campo de la
ciencia, tras alisar todos aquellos recortes y suministrar los datos al
ordenador: experimentando, fracasando y volviéndolo a intentar. Me equivocaba.
La inspiración ya había llegado. Simplemente, aún no lo sabía.
CÍRCULOS
DE CALIDAD
(1980-1985)
Moda
del mundo de los negocios inspirada por el éxito de las prácticas corporativas
japonesas. Un comité de empleados de todas ¡as áreas de la compañía se reúne
una vez al mes, normalmente después del trabajo, para compartir experiencias,
intercambiar ¡deas y hacer sugerencias sobre cómo mejorar el funcionamiento de
la empresa. Desapareció cuando quedó claro que ninguna de esas sugerencias era
tomada en cuenta. Fue sustituida por los grupos de discusión.
El
miércoles tuvimos la reunión de todo el personal. A punto estuve de llegar
tarde. Había pasado por Suministros para tratar de arrancarle una caja de clips
a Desiderata, que no sabía dónde estaban (ni qué eran), y como resultado todas
las mesas de la cafetería estaban llenas cuando llegué allí.
Gina
me saludó desde el otro lado de la habitación y señaló una silla vacía que
tenía al lado; la ocupé justo cuando Dirección decía:
—En
HiTek nunca hemos dejado de luchar por la excelencia.
—¿Qué
pasa? —le susurré a Gina.
—Dirección
está demostrando más allá de toda duda que no tienen suficiente trabajo
—murmuró—. Así que han inventado un nuevo acrónimo. Están en ello ahora
mismo.
—...
principio de nuestro excitante nuevo programa de dirección es Iniciativa —trazó
con un marcador una gran I mayúscula en una pizarra móvil—. La iniciativa es la
piedra angular de toda gran compañía.
Eché
un vistazo a la sala, tratando de localizar al doctor O'Reilly. Flip estaba
apoyada en la pared del fondo, con los brazos cubiertos de cinta adhesiva y
expresión sombría.
—La
piedra angular de Inciativa es Recursos —dijo Dirección. Dibujó una R delante
de la I—. ¿Y cuál es el recurso más valioso de HiTek? ¡Vosotros!
Finalmente,
divisé al doctor O'Reilly de pie junto a las bandejas y la cubertería, con las
manos metidas en los bolsillos. Hoy su aspecto era un poco más presentable,
pero no mucho más. Llevaba una chaqueta de poliéster marrón, aunque no del
mismo tono marrón que sus pantalones de pana y una camisa de cuadros blancos y
marrones que no pegaba ni con una cosa ni con la otra.
—Recursos
e Inciativa no sirven de nada a menos que sean guiados —dijo Dirección,
plantando una G delante de la R y de la I—. Dirección Guiada de Recursos e
Inciativas —dijo triunfante, señalando cada letra por turnos—. GRIS.*
—Nada
más cierto —murmuró Gina. —La piedra angular de GRIS es Intervención del
Personal —Dirección escribió las iniciales en la pizarra—. Quiero que os
dividáis en grupos de ideas y enumeréis cinco objetivos —escribió un gran 5 en
la pizarra.
*
Juego de palabras intraducible. En inglés, grim significa ceñudo, torvo,
sombrío, y en este caso se construye con las iniciales de Guided Resource
Initiative Management. (N. del T.)
Miré
al doctor O'Reilly, que seguía de pie junto a la cubertería, preguntándome si
debería invitarlo a nuestro grupo de ideas, pero Gina ya había traído a Sara de
Química y a una mujer de Personal llamada Elaine que llevaba una cinta en la
cabeza y mallas de ciclista.
—Cinco
objetivos —dijo Dirección, y Elaine sacó inmediatamente una libreta y numeró
una página del uno al cinco—, para mejorar el entorno de trabajo en HiTek. —Que
despidan a Flip —dije yo. —¿Sabes lo que me hizo el otro día? —preguntó Sara—.
Archivó todos mis trabajos en la L de laboratorio. —¿Debo anotar eso? —dijo
Elaine. —No —dijo Gina—, pero quiero que apuntéis esto. El cumpleaños de
Brittany es el dieciocho y todas estáis invitadas. A las dos. Regalos, tarta y
nada de Power Rangers. Me puse firme. Puedes tener el tipo de fiesta que
quieras, le dije a Brittany, pero no Power Rangers.
El
doctor O'Reilly por fin se había sentado en una mesa situada en el centro de la
sala y se había quitado la chaqueta.
No
supuso ninguna mejora; la única diferencia era que podías verle toda la
corbata, notablemente pasada de moda.
—¿Habéis
visto alguna vez los Power Rangers? —preguntó Gina.
—No
puedo ir —dijo Sara—. Voy a correr una maratón de diez kilómetros con Paul
Ottermeyer.
—¿De
Seguridad? Creía que estabas saliendo con Ted.
—Ted
tiene un asunto —dijo Sara—. Y hasta que lo resuelva, no tiene sentido tratar
de mantener una relación estable.
—¿Entonces
vas a dedicarte a correr? —preguntó Gina.
—Tendrías
que probar lo de subir escaleras —dijo Elaine, de Personal—. Afina mucho más la
silueta que correr.
Con
la barbilla apoyada en la mano, estudié la corbata del doctor O'Reilly. Las
corbatas son como el resto de la ropa de hombre. Casi todo vale. Eso no era así
hasta hace muy poco. Cada época ha tenido su propia moda en corbatas.
Las
corbatas a rayas hacían furor en la década de 1860 y las de color lavanda en la
de 1890. Las corbatas de lazo eran la última moda en los años veinte, las que
tenían bailarinas de huía pintadas a mano lo fueron en los cuarenta, las de
margaritas en los sesenta, y todo lo que no estaba a la moda no valía. Pero
ahora todas lo están, junto con los pañuelos, las pajaritas y la siempre
popular ausencia de corbata. La de Bennet no encajaba con nada de eso: era
simplemente fea.
—¿Qué
estás mirando? —quiso saber Gina.
—Al
doctor O'Reilly —contesté, preguntándome si era lo bastante mayor para haber
comprado la corbata nueva.
—¿El
empollón de Biología? —dijo Elaine, torciendo el cuello.
—Vaya
corbata —comentó Gina.
—Y
esas gafas —dijo Sara—. ¡Son tan gruesas que ni siquiera se ve de qué color
tiene los ojos!
—Grises
—dije yo, pero Elaine y Sara volvían a discutir sobre el noble deporte de subir
escaleras.
—Las
mejores escaleras están en el campus —dijo Elaine—. En el edificio de
ingeniería. Sesenta y ocho peldaños, pero siempre llenos de gente. Así que
normalmente opto por las que hay en Clover.
—Ted
vive de Iris —dijo Sara—. Tiene que reconocer su espíritu guerrero masculino, o
nunca podrá abrazar su lado femenino.
—Muy
bien, compañeros —dijo Dirección—. ¿Tenéis los cinco objetivos? Flip, ¿quieres
recogerlos?
Elaine
puso cara de aterrada. Gina le quitó la lista y escribió rápidamente:
1. Optimizar potencial.
2. Facilitar potenciación.
3. Aportar puntos de vista.
4. Seguir una estrategia de prioridades.
5. Aumentar estructuras nucleares.
—¿Cómo
has hecho eso? —pregunté, admirada.
—Son
las cinco cosas que escribo siempre —respondió, y le tendió a Flip la lista
cuando pasó por nuestro lado.
—Antes
de continuar —dijo Dirección—, quiero que todos os levantéis.
—Pausa
para ir al baño —murmuró Gina.
—Vamos
a hacer un ejercicio de sensibilidad —dijo Dirección—. Que todo el mundo busque
un compañero.
Me
di la vuelta. Sara y Elaine ya se habían escogido mutuamente, y no se veía a
Gina por ninguna parte. Vacilé, preguntándome si me daría tiempo de llegar
hasta el doctor O'Reilly, y vi a una mujer con un bonito corte de pelo y un
traje rojo acercarse hacia mí por entre la multitud.
—Soy
la doctora Alicia Turnbull —dijo.
—Oh,
bien —contesté, sonriendo—. ¿Recibió su caja?
—¿Todo
el mundo tiene una pareja? —gritó Dirección—. Bien, ahora poneos unos frente a
otros y alzad ambas manos con las palmas hacia fuera.
Lo
hicimos.
—Están
todos detenidos —bromeé.
La
doctora Turnbull alzó una ceja.
—Muy
bien, compañeros —dijo Dirección—, ahora colocad las palmas contra las de
vuestra pareja.
La
estupidez ha sido desde siempre una tendencia dominante en América, pero hace
poco que ha invadido el lugar de trabajo, aunque tiene sus orígenes en los
expertos de eficiencia de los años veinte. Frank y Lillian Gilbreth, los
fundadores del clan Más barato por docena, quienes indudablemente no se pasaban
todo el tiempo en la fábrica (doce hijos, doce), popularizaron los estudios de
movimiento, la psicología en el puesto de trabajo y el experto externo; y los
negocios americanos han ido cuesta abajo desde entonces.
—Ahora,
mirad con intensidad a vuestra pareja a los ojos —dijo Dirección—, y decidle
tres cosas que os gustan de él... o de ella. Muy bien. Una.
—¿De
dónde sacan estas cosas? —dije, mirando con intensidad los ojos de la doctora
Turnbull.
—Los
estudios han demostrado que la formación sensitiva mejora significativamente
las relaciones en el lugar de trabajo —dijo ella fríamente.
—Muy
bien. Usted primero.
—El
paquete ponía bien claro «perecedero» —dijo, presionando sus palmas contra las
mías—. Tendría que habérmelo entregado inmediatamente.
—No
estaba usted allí.
—Entonces
tendría que haber averiguado dónde estaba.
—Dos
—dijo Dirección.
—El
paquete contenía unos cultivos muy valiosos. Podrían haberse estropeado.
Parecía
no tener en cuenta un punto importante.
—Flip
es quien tenía que habérselo llevado, ¿sabe?
—¿Entonces
qué hacía en su oficina?
—Tres
—dijo Dirección.
—La
próxima vez, le agradeceré que me mande un mensaje por correo electrónico —dijo
ella—. ¿Bueno? ¿No va a decirme lo que le gusta de mí? Es su turno.
«Me
gusta que trabajes en Biología y que esté al otro lado del complejo», pensé.
—Me
gusta su traje —dije—, aunque las hombreras están terriblemente pasadas de
moda. Y además es rojo. Demasiado amenazador. Se lleva lo femenino.
—¿No
os sentís mejor? —preguntó Dirección—. ¿No os sentís más cerca de vuestros
compañeros de trabajo?
Demasiado
cerca, desde luego. Inicié una apresurada retirada hacia mi mesa y Gina.
—¿Adonde
has ido? —le reproché.
—Al
cuarto de baño —respondió ella—. Regla de Supervivencia en las Reuniones Número
Uno. Ve siempre al cuarto de baño durante los ejercicios de sensibilidad.
—Antes
de que continuemos —dijo Dirección, y me preparé para escaparme al baño por si
se trataba de otro ejercicio, pero Dirección se refirió a los numerosos papeles
de nuestro programa, que resultó ser un montón de impresos. —Hemos tenido
algunas quejas sobre Suministros —dijo—, así que promovemos una nueva política
que aumentará la eficacia en ese departamento. En vez de los antiguos impresos
departamentales, usarán un nuevo impreso interdepartamental. También hemos
reestructurado el procedimiento para conceder becas. Uno de los aspectos más
revolucionarios del GRIS es la forma en que coordina la financiación. Todas las
solicitudes de fondos para proyectos serán estudiadas por un Comité de Revisión
de Concesiones, incluyendo los proyectos que fueron previamente aprobados.
Todos los impresos deben estar entregados el lunes 23. Todas las solicitudes
deben ser cursadas en los nuevos impresos simplificados de solicitud de becas.
Los
cuales, si el fajo de papeles que Flip sostenía en sus brazos envueltos en
cinta adhesiva mientras paseaba entre la multitud era una muestra, eran más
largos que los antiguos impresos de solicitud, que ya tenían treinta y dos
páginas.
—Mientras
la ayudante interdepartamental distribuye los impresos, quiero oír vuestras
sugerencias. ¿Qué más podemos hacer para convertir HiTek en un sitio mejor?
Eliminar
las reuniones de personal, pensé, pero no lo dije. Puede que no esté tan
versada como Gina en Supervivencia a las Reuniones, pero sé lo bastante como
para no levantar la mano. Lo único que consigues con eso es que te metan en un
comité.
Aparentemente,
todos los demás lo sabían también.
—Las
sugerencias del personal son la piedra angular de HiTek—dijo. Nada.
—¿Alguien?
—preguntó Dirección, con aspecto sombrío. Sonrió—. Ah, al fin, alguien que no
teme destacar de la multitud.
Todo
el mundo se volvió. Era Flip.
—La
ayudante interdepartamental tiene demasiadas funciones —dijo, agitando su
mechón de pelo.
—¿Veis?
—dijo Dirección, señalándola—. Ése es el tipo de actitud para resolver
problemas que pretende fomentar GRIS. ¿Qué solución sugieres?
—Un
nombre diferente para el trabajo —dijo Flip—. Y una ayudante.
Miré
al doctor O'Reilly. Se sujetaba la cabeza con las manos.
—¿Muy
bien? ¿Otras ideas?
Cuarenta
manos se dispararon. Las miré y pensé en el Flautista de Hamelín y sus ratas. Y
en el pelo corto. La mayoría de las modas referidas al pelo son un claro caso
de seguir al flautista. BC Derek, Dorothy Hamill, Jackie Kennedy, todas habían
impuesto modas de peinado, y no fueron en modo alguno las primeras. Madame de
Pompapodour había sido la responsable de aquellas enormes pelucas empolvadas
con barcos de vela y famosas batallas de artillería, y Verónica Lake de que
millones de mujeres americanas fueran incapaces de ver por un ojo.
Así
que era lógico que la del pelo corto hubiera sido una moda iniciada por
alguien, ¿pero por quién? Isadora Duncan se lo había cortado a principios de
siglo, y varias sufragistas habían hecho lo mismo (y se habían puesto ropa de
hombre) mucho antes, pero ninguna atrajo suficientes seguidoras para ser tenida
en cuenta.
Las
sufragistas, obviamente, fueron unas adelantadas para su tiempo (y bastante
temibles y formidables). Isadora, que saltaba a los escenarios con túnicas
transparentes y descalza, era demasiado extraña. Un caso obvio era el de la
bailarina Irene Castle. Junto con su marido Vernon (más niños miserables),
habían iniciado varias modas de baile: el one-step, el maxixe, el tango, el
fox-trot (literalmente: trote del pavo) y, por supuesto, el paso Castle.
Irene
era bonita, y casi todo lo que se ponía se convertía en moda, desde los zapatos
de satén blanco hasta las gorras holandesas. En 1913, estando en la cima de su
popularidad, se cortó el pelo mientras convalecía en el hospital de una
operación de apendicitis; se lo dejó corto una vez recuperada y lo llevaba con
un turbante ancho, claro precursor del de las flappers.
Era.
una conocida creadora de modas, y desde luego tenía seguidoras. Pero si Irene
era la fuente de ésta, ¿por qué tardó tanto tiempo en calar? Cuando las
trencitas de BC Derek aparecieron en las pantallas en 1979, antes de una semana
aparecieron por todas partes mujeres con el pelo trenzado. ¿Por qué entonces el
pelo corto no se había puesto de moda en 1913? ¿Por qué habían tenido que pasar
nueve años y una guerra mundial?
Tal
vez las películas eran la clave. No, Mary Pickford no se cortó los rizos hasta
1928. ¿Habían hecho Irene y Vernon Castle una película muda allá por, digamos,
1921?
Dirección
seguía señalando las manos levantadas.
—Creo
que deberíamos tener una carta de café exprés en el edificio —dijo la doctora
Applegate.
—Yo
creo que deberíamos tener un gimnasio —dijo Elaine.
—Y
más escaleras.
Aquello
podía continuar todo el día, y yo quería comprobar qué películas se habían
estrenado en 1922. Me levanté procurando llamar la atención lo menos posible,
le quité un impreso a Flip, que se había saltado nuestra mesa, y me escapé por
la puerta de atrás, hojeando el impreso para ver qué longitud tenía.
Maravilla
de maravillas, era de verdad más breve que el original: sólo veintidós páginas;
y la letra era sólo ligeramente más pequeña que... choqué con alguien y alcé la
cabeza.
Era
el doctor O'Reilly, que debía estar haciendo lo mismo.
—Lo
siento —dijo—. Estaba pensando en este asunto de volver a solicitar fondos
—levantó las dos manos, todavía .sosteniendo el impreso con la derecha, y
extendió las palmas—. Dígale a su pareja tres cosas que no le gusten de
Dirección.
—¿Pueden
ser más de tres? Supongo que esto significa que no conseguirá sus macacos
inmediatamente, doctor O'Reilly.
—Llámeme
Bennett —dijo él—. Flip es la única que tiene título. Se suponía que iba a
recibirlos esta semana. Ahora tendré que esperar hasta el día veinte. ¿Y usted?
¿Afecta esto a su proyecto del hula-hoop?
—Del
pelo corto. El único efecto es que no tendré tiempo para trabajar en él porque
estaré rellenando este estúpido impreso. Ojalá Dirección encontrara otra cosa
en que pensar además de elaborar nuevos impresos.
—Shh
—dijo ferozmente alguien desde la puerta.
Nos
encaminamos pasillo abajo, hacia donde no pudieran oírnos.
—El
papeleo es la piedra angular de Dirección —susurró Bennett—. Piensan que
reducirlo todo a impresos es la clave de los descubrimientos científicos. Por
desgracia, la ciencia no funciona de esa forma. Mire a Newton. Mire a
Arquímedes.
—Dirección
nunca habría aprobado la subvención para un huerto —coincidí—, ni para una
bañera.
—Ni
para un río —dijo Bennett—. Por eso perdimos nuestra subvención para la teoría
del caos y tuve que venir a trabajar para GRIS.
—¿En
qué estaba trabajando? —pregunté. —En el Loue. Es un río de Francia. Nace en
una gruta, lo que significa que es un sistema pequeño y acotado con un número
relativamente limitado de variables. Los sistemas que los científicos han
tratado de estudiar hasta ahora eran grandes: el clima, el cuerpo humano, los
ríos. Tenían miles, incluso millones de variables, lo que hacía que fueran
imposibles de predecir, así que encontramos …
De
cerca su corbata era aún más indescriptible que de lejos. Parecía tener algún
tipo de dibujo, aunque no se distinguía claramente. No era de rayitas (tan
populares en 1988), ni de puntitos (1970), pero alguna pauta seguía.
—...
y medimos la temperatura del aire, la temperatura del agua, las dimensiones de
la gruta, la composición del agua, la vida vegetal en las riberas... —dijo, y
se detuvo—. Probablemente está usted ocupada y no tiene tiempo para escuchar
todo esto.
—No
importa. Tengo que volver a mi oficina, pero le acompañaré hasta las escaleras.
—Muy
bien. Así que mi idea fue que, midiendo con exactitud cada factor de un sistema
caótico, podría aislar las causas del caos.
—Flip
—dije yo— es la causa del caos.
Él
se echó a reír.
—Las
otras causas del caos. Sé que hablar de las causas del caos parece un
contrasentido, ya que en principio un sistema es caótico si no respeta la
relación ordinaria de causa y efecto. Los sistemas caóticos son no-lineales, lo
que significa que hay tantos factores interconectados que resulta imposible
predecir su funcionamiento. «Como pasa con las modas», pensé. —Pero hay leyes
que los gobiernan. Hemos definido matemáticamente algunas: la entropía, las
inestabilidades interiores, y la iteración que es...
—El
efecto mariposa —dije yo.
—Exacto.
Una variable diminuta se introduce en el sistema y luego la realimentación se
realimenta a su vez, hasta que influye en todo el sistema de forma inversamente
proporcional a su tamaño. Asentí.
—Una
mariposa que mueve las alas en Los Ángeles puede causar un tifón en Hong Kong.
O una reunión de todo el personal en HiTek. El pareció encantado.
—¿Sabe
usted algo del caos? —Sólo por experiencia personal.
—Sí,
parece estar a la orden del día por aquí. Bien, pues mi proyecto consistía en
calcular los efectos de iteración y entropía y ver si explicaban el caos o si
había algún otro factor implicado. —¿Lo había? Él pareció reflexionar.
—Los
teóricos del caos piensan que el principio de incertidumbre de Heisenberg
significa que los sistemas caóticos son inherentemente impredecibles. Verhoest
cree que la predicción es posible, pero ha propuesto que hay otra fuerza
impulsando el caos, un factor X que determina su conducta.
—Las
polillas —dije yo.
—¿Qué?
—O
las langostas. Algo distinto a las mariposas.
—Oh.
Cierto. Pero está equivocado. Mi teoría es que la iteración explica todo lo que
sucede en un sistema caótico si se conocen todos los factores y han sido
adecuadamente medidos. No tuve la oportunidad de averiguarlo. Sólo tuvimos
tiempo de hacer dos pruebas antes de que me retiraran la subvención. No
demostraron un aumento de la capacidad de predicción, lo que significa que yo
estaba en un error o que no tenía todas las variables.
Se
detuvo, la mano en el picaporte, y me di cuenta de que nos encontrábamos ante
su puerta. Al parecer le había acompañado todo el camino hasta Biología.
—Bueno
—dije, deseando tener más tiempo para analizar su corbata—. Será mejor que
vuelva al trabajo. Tengo que prepararme para la nueva ayudante de Flip y
rellenar el impreso de solicitud de fondos. —Él lo miró tristemente—. Al menos
es corto.
Me
miró inexpresivamente a través de sus gruesas gafas.
—Sólo
tiene veintidós páginas —dije, mostrándoselo.
—Los
impresos no están listos todavía —dijo él—. Se supone que los tendremos mañana
—señaló el que yo sostenía—. Eso es el nuevo impreso simplificado para
solicitar suministros. Para pedir clips.
2
BURBUJEOS
La
humanidad, por supuesto, siempre ha estado
y
siempre estará bajo el yugo de las mariposas
en
cuestión de costumbres sociales, ropa,
entretenimiento,
y del gasto que tales
cosas
implican.
HUGH
SHETFIELD,
The
sovereignty of society, 1909
MINIGOLF
(1927-1931)
Entretenimiento
de moda consistente en pequeños campos de golf con dieciocho hoyos muy cortos
complicados con molinos, cascadas y diminutas trampas de arena. Su popularidad
resulta fácilmente explicable. Era un sitio barato para una cita durante la
Depresión, su umbral de destreza era bajo y ofrecía múltiples niveles de logro;
además te permitía fingir durante un par de horas que formabas parte de la
refinada élite del club de campo. Más de cuarenta mil instalaciones surgieron
por todo el país y, en el momento culminante, su popularidad era tal que supuso
incluso una amenaza para el cine y los estudios prohibieron a sus actores que
los vieran jugando al minigolf. Finalizó por saturación.
El
nacimiento del río Colorado tampoco lo parece. Está en un glaciar en lo alto de
las montañas Green River, y parece más bien una tundra, nieve y roca.
Pero
incluso en lo más profundo del invierno algo se funde, una gota aquí, un
hilillo allá, una pequeña película de agua se forma en los bordes del glaciar y
cae al suelo congelado. Cae y se congela, converge, tan lentamente que resulta
imperceptible.
La
investigación científica es similar. Los eurekas como el de Arquímedes cuando
se metió en la bañera y halló de pronto la respuesta al problema de la densidad
de los metales son pocos e infrecuentes; todo suele conseguirse a base de
probar y fallar y volver a probar otra cosa, añadir datos y eliminar variables,
observar los resultados y tratar de comprender dónde metiste la pata.
Fíjense
en Arno Penzias y Robert Wilson. Su objetivo era medir la intensidad absoluta
de las señales de radio procedentes del espacio, pero primero tenían que
deshacerse del ruido de fondo de su detector.
Lo
llevaron al campo para librarse del ruido de la ciudad, las estaciones de
radar, y el ruido atmosférico; les fue de ayuda, pero siguieron teniendo ruido
de fondo.
Trataron
de determinar la causa. ¿Los pájaros? Se subieron al tejado y miraron la antena
en forma de cuerno. En efecto, las palomas habían anidado allí y sus
deposiciones podían ser la causa del problema.
Expulsaron
a las palomas, limpiaron la antena, y sellaron todas las posibles rendijas y
uniones (probablemente con cinta adhesiva). Seguía habiendo ruido de fondo.
Muy
bien. ¿Entonces de qué podía tratarse? ¿Corrientes de electrones de las pruebas
nucleares? Si era así, el ruido tenía que ir disminuyendo, ya que las pruebas
atómicas estaban prohibidas desde 1963.
Realizaron
docenas de tests sobre la intensidad para ver si era eso. No lo era. Y el
resultado era el mismo estuvieran donde estuviesen, lo cual no tenía ningún
sentido.
Durante
cinco años realizaron pruebas y más pruebas, grabaron y volvieron a grabar,
limpiaron mierda de paloma, y se desesperaron creyendo que jamás llegarían a
realizar su experimento sobre la intensidad de las señales de radio antes de
darse cuenta de que el ruido de fondo no era tal: eran microondas; el eco del
Big Bang.
El
viernes, Flip trajo el nuevo impreso para solicitar fondos. Tenía sesenta y
ocho páginas y estaba mal grapado. Tres páginas se salieron mientras Flip
atravesaba la puerta y otras dos más cuando me lo tendió.
—Gracias,
Flip —dije, y le sonreí.
La
noche anterior había leído los dos últimos tercios de pippa Pasa, donde Pippa
había convencido a dos asesinos adúlteros para que se mataran el uno al otro, a
un joven estudiante decepcionado para que eligiera el amor y no la venganza, y
reformado a varios calzonazos. Y todo ello canturreando solamente: «El año está
en primavera, / y el día en la mañana.» Piensen lo que podría haber conseguido
de tener un carnet de biblioteca.
Browning
estaba diciendo claramente que se puede cambiar el mundo siendo despabilado y
avisando antes de girar a la izquierda. Una persona puede tener un efecto
positivo en la sociedad. Y estaba claro por El flautista de Hamelín que
comprendía el mecanismo de las modas.
Yo
no había advertido ninguno de estos efectos, pero tampoco Pippa, que al parecer
había vuelto a trabajar en la fábrica de seda al día siguiente sin tener ni
idea del bien que había hecho. Me la imaginaba en la reunión de personal que
Dirección había convocado para introducir su nuevo sistema, PESTO. Justo
después del ejercicio de sensibilidad, su compañera se inclinaría hacia delante
y susurraría:
—Dime,
Pippa, ¿qué hiciste en tu día libre?
Y
Pippa se encogería de hombros y diría:
—Poca
cosa. Ya sabes, estuve por ahí.
Así
que yo quizás influyera más sobre la cultura y el indicar los giros a la
izquierda de lo que creía. Si era amable y educada, quizá detuviera la
tendencia a la rudeza.
Naturalmente,
Browning no había conocido a Flip. Pero merecía la pena intentarlo, y tenía el
consuelo de saber que no podía empeorar las cosas.
Así
que, aunque Flip no hizo ningún esfuerzo por recoger las páginas desparramadas
y, de hecho, estaba pisando una de ellas, le sonreí y dije:
—¿Cómo
te encuentras esta mañana?
—Oh,
magnífica —dijo ella, sarcástica—. Perfectamente bien.
Se
sentó sobre los recortes de mi mesa.
—¡No
se creerá lo que esperan que haga ahora!
«¿Trabajar
un poco?», pensé despiadada, y entonces recordé que se suponía que iba a seguir
los pasos de Pippa.
—¿Quiénes?
—dije, agachándome para recoger las páginas.
—Dirección
—contestó, poniendo los ojos en blanco. Llevaba unas medias amarillo
fosforescente, una camiseta con una corbata teñida, y un chaleco muy peculiar.
Era corto y extrañamente abultado en el cuello y los sobacos—. ¿Sabe que se
supone que tengo un nuevo título y una ayudante?
—Sí
—dije yo, sonriendo todavía—. ¿Lo conseguiste? ¿Un nuevo título?
—Sí-í.
Soy el contacto de comunicaciones interdepartamentales. Pero respecto a mi
ayudante, esperan que forme parte de un comité de búsqueda. Después del
trabajo.
En
la parte inferior del chaleco había una hilera de corchetes, un estilo que
nunca había visto. «Lo lleva puesto del revés», pensé.
—El
tema era que estaba saturada de trabajo. Por eso necesitaba una ayudante, ¿no?
¿Verdad?
Llevar
la ropa de forma poco corriente es una variedad de moda siempre vigente (los
cordones de los zapatos desatados, gorras de béisbol al revés, corbatas por
cinturón, combinaciones por vestido), y no puede comercializarse porque no
cuesta nada. Tampoco es nueva. Ya en 1955 las muchachas de secundaria se ponían
el jersey del revés, y sus madres habían llevado los zapatos sin abrochar y
falda corta y abrigos de piel de mofeta en los años veinte. Las hebillas de
metal de los zapatos se agitaban y aleteaban, y por eso en inglés se las llamó
flappers. O, ya que no parece haber un consenso sobre el origen de nada que
tenga que ver con las modas, se les puso el nombre por la forma de mover los
brazos, como las gallinas, cuando bailaban el charlestón. Pero el charlestón no
llegó hasta 1923, y la palabra flapper ya se usaba en 1920.
—Bien
—decía Flip—. ¿Quiere oír esto o no?
No
era extraño que Pippa pasara cantando por delante de las ventanas de sus
clientes. Si hubiera tenido que tratar con ellos, no habría estado ni la mitad
de alegre. Forcé una expresión interesada.
—¿Quién
más está en el comité?
—No
lo sé. No tengo tiempo para estas cosas.
Pero
no querrás asegurarte de que sea un buen ayudante?
—No
si tengo que quedarme después del trabajo —dijo ella, arrasando irritada los
recortes que tenía debajo—. Su oficina está hecha un lío. ¿No la limpia nunca?
—«La
alondra está en el alero; / el caracol en la espina» —dije yo.
—¿Qué?
Así
que Browning se equivocaba.
—Me
encantaría charlar, pero será mejor que empiece a rellenar este impreso —dije.
Ella
no hizo ademán de moverse. Miraba los recortes.
—Necesito
que hagas una fotocopia de cada uno. Ahora. Antes de que te vayas a la reunión
del comité de búsqueda.
Nada.
Cogí un lápiz, uní las páginas sueltas al impreso, y traté de concentrarme en
el ejemplar simplificado. Nunca me preocupo por conseguir fondos. Es cierto que
hay modas en la ciencia y en la industria, pero la avaricia siempre está en
auge. Nada le gustaría más a HiTek que descubrir la causa de las modas para
poder inventar la siguiente. Y los proyectos estadísticos son baratos. La única
subvención que yo pedía era para un ordenador con más capacidad de memoria. Lo
que no significaba que pudiera olvidarme del impreso. Daba igual que tu
proyecto fuera un plan seguro para convertir el plomo en oro: si no rellenas
los impresos y los entregas a tiempo, Dirección te borra del mapa.
Objetivos
del proyecto, método experimental, resultados previstos, promedio análisis
matriz. ¿Promedio análisis matriz?
Volví
la página para ver si había instrucciones, y la página acabó por soltarse. No
había ninguna instrucción, ni allí ni al final de la solicitud.
—¿Venían
las instrucciones incluidas con el impreso? —le pregunté a Flip.
—¿Cómo
quiere que lo sepa? —dijo ella, levantándose—. ¿Qué es esto? —agitó uno de los
recortes ante mi nariz, un anuncio de una rubia de pelo corto junto a un
Hupmobile.
—¿El
coche?
—No-o-o
—dijo ella, con un gran suspiro—. El pelo. —Un corte de pelo —contesté, y me
acerqué a ver si era un corte tipo Eton o a lo garçon. Caía en ondas regulares
a los lados de la cara—. Unas ondas de agua —dije—. Era un tipo de permanente;
se hacía con un aparato eléctrico especial de metal con cables. Resultaba tan
divertido como ir al dentista.
Pero
Flip ya había perdido interés.
—Creo
que si quieren que te quedes después del trabajo para hacer otras cosas
deberían pagarte horas extra. Cosas como grapar todos esos impresos y
repartirlos a todo el mundo; habría que llevar algunos a Biología.
—¿Le
entregaste uno al doctor O'Reilly? —pregunté, recordando su costumbre de soltar
los paquetes en las oficinas cercanas.
—Por
supuesto. Ni me dio las gracias. Qué suarb.
—¿Suarb?
—dije yo. Las modas del lenguaje son imposibles de seguir, y en principio ni
siquiera lo intento, pero conozco buena parte del argot porque con él se
describen las otras modas. Pero nunca había oído esa palabra.
—¿No
sabe lo que significa suarb? —dijo ella, en un tono que me hizo desear que
Pippa hubiera ido por Italia abofeteando a la gente—. Nada guai. Nada tope.
Cyberagh. Suarb. —Agitó sus brazos envueltos en cinta adhesiva, tratando de dar
con la descripción—. Completamente ajeno a la moda —dijo, y se marchó con su
cinta adhesiva y su chaleco del revés. Sin los recortes.
CASAS
DE CAFÉ
(1450-1554)
Moda
de Oriente Medio que se originó en Aden y luego se extendió a La Meca y por
toda Persia y Turquía. Los hombres se sentaban sobre esterillas con las piernas
cruzadas y tomaban tacitas de café denso, negro y amargo mientras escuchaban a
poetas. Las casas de café acabaron siendo más populares que las mezquitas y las
autoridades religiosas las prohibieron; sostenían que eran frecuentadas por
gente «de baja estofa y muy poca industria». Alcanzó Londres (1652), París
(1669), Boston (1675), SeaHle (1985).
El
sábado por la mañana me llamaron de la biblioteca y dijeron que mi nombre había
aparecido en la lista de reservas para Llevada por el destino, así que me
acerqué a Boulder para recoger el libro y comprar un regalo de cumpleaños para
Brittany.
—Puedes
llevarte también Ángeles, ángeles por todas partes si quieres —me dijo Lorraine
en la biblioteca. Llevaba una camiseta con un dálmata y pendientes rojos en
forma de enchufe—. Por fin tenemos dos ejemplares más, ahora que nadie los
quiere.
Lo
hojeé mientras ella pasaba Llevada por el destino por el lápiz óptico.
«Tu
ángel de la guarda te acompaña a todas partes. Está siempre allí, a tu lado,
dondequiera que vayas», decía. Había un dibujo de un ángel con grandes alas
alzándose sobre una mujer que hacía cola en la carnicería. «Puedes ignorarlos,
puedes incluso pretender que no existen, pero eso no hará que desaparezcan.»
«Hasta
que pase la moda», pensé. Saqué Llevada por el destino y un libro sobre teoría
del caos y diagramas de Mandelbrot; así tendría un pretexto para acercarme a
Biología y ver qué llevaba puesto el doctor O'Reilly. Luego me fui al centro
comercial de Pearl Street.
Lorraine
tenía razón. La librería tenía Ángel en mi chalet y El libro de cocina del
querubín en el estante de saldos, y El calendario de los ángeles estaba marcado
al cincuenta por ciento de descuento. Había un gran cartel anunciando
Encuentros con hadas en la cuarta fase.
Subí
a la sección infantil y más hadas: Las hadas de las flores (que había sido una
moda en la década de 1910); Hadas, hadas por todas partes; y La tierra de la
diversión de las hadas. También libros de Batman, el Rey León, los Power
Rangers, y la muñeca Barbie.
Por
fin conseguí encontrar un ejemplar en tapa dura de Sapos y diamantes, que me
había encantado de niña. También tenía un hada, pero no como las de Hadas,
hadas, etc., con alas de lavanda y campanitas por sombrero. Trataba de una niña
que ayuda a una anciana fea que resulta ser un hada buena disfrazada. Los
valores internos imponiéndose a la apariencia física. La clase de moraleja que
me gusta.
Lo
compré y salí al centro comercial. Era un hermoso día del veranillo de San
Martín, cálido y de cielo azul. El centro de Pearl Street, en sábado, es un
lugar estupendo para analizar tendencias; en primer lugar porque está
abarrotado de gente, y además porque Boulder es de lo más moderno.
En
el resto del estado se refieren a Boulder como la República Popular de Boulder
donde conviven todo tipo de miembros de la New Age, puestos de hierbas y
músicos callejeros.
Hay
incluso modas en lo que a música callejera se refiere. Las guitarras estaban
pasadas y los bongos andaban otra vez en alza (la primera vez fue en 1958, en
pleno auge del movimiento beat. Requieren poca habilidad). El corte de pelo de
Flip estaba de moda, y también su pinta. Y la cinta adhesiva. Vi a dos personas
con tiras alrededor de las mangas y a una con rizos y un sombrero hongo que
llevaba una ancha banda de cinta adhesiva alrededor del cuello como las que
usaban los franceses durante la moda de a la victime, después de la Revolución.
Que
fue, por cierto, la última vez que las mujeres se cortaron el pelo hasta los
años veinte; estaba chupado rastrear el origen de esa moda. Los aristócratas
tuvieron que cortarse el pelo para que no estorbara el funcionamiento de la
guillotina, y después de que el Imperio fuera restaurado, sus parientes y
amigos llevaban el pelo corto en un gesto de solidaridad. También se ataban
estrechas cintas rojas alrededor del cuello, aunque dudo que fuera eso lo que
la persona de los rizos tenía en mente. O tal vez sí.
Las
mochilas no se llevaban, lo último eran las pequeñas carteras colgadas de una
cuerda. También las botas Ugg y los vaqueros sin rodilleras, y las camisas de
cuadros. No se veía ni un centímetro de pana por ninguna parte. Patinar bajo
techo sin respeto alguno por la vida humana era muy popular, así como caminar
despacito y en grupos de cuatro, ignorando al personal. Los girasoles estaban
de vuelta y las violetas de moda; otro tanto sucedía con el look de Sinead
O'Connor. Y los mechones largos y finos de cabello envueltos en hilos de
colores vivos se veían por todas partes.
Los
cristales y la aromaterapia estaban pasados, sustituidos al parecer por lo
étnico. Las tiendas de New Age anunciaban cabañas iroquesas, terapia rusa banya
y búsquedas de visión peruanas, a 249 dólares en habitación doble, comidas
incluidas. Había dos restaurantes etíopes, uno filipino, y un carrito donde se
vendía pan frito navajo.
Y
media docena de casas de café, que al parecer habían brotado como setas de la
mañana a la noche: el Jumpstart, el Espresso Exprés, el café Lottie, el Taza
o'Joe, y el café Java.
Después
de un rato me cansé de esquivar mimos y patinadores en línea y entré en el
Madre Tierra, que ahora se llamaba café Krakatoa (este de Java). Su interior
estaba tan abarrotado como el resto del centro comercial. Una camarera con un
corte de pelo irregular anotaba nombres.
—¿Quiere
sentarse en la mesa comunal? —le preguntaba al tipo que yo tenía delante,
señalando una mesa larga con dos personas, sentadas una a cada extremo.
Es
una moda procedente de Inglaterra, donde los desconocidos tienen que compartir
mesa para mantenerse al tanto de los chismorreos del príncipe Carlos y Camilla.
No ha pegado demasiado fuerte por aquí, donde los desconocidos es más probable
que quieran hablar de Rush Limbaugh o sobre sus implantes de pelo.
Yo
me había sentado varías veces en las mesas comunales al principio, con la idea
de que era una buena manera de obtener información sobre las tendencias de
lenguaje y pensamiento; pero con haberlo probado tenía más que suficiente.
El
hecho de que la gente experimente cosas no significa que tenga ninguna
capacidad de reflexión, un hecho que los programas de debate de TV (una moda
que ha alcanzado la etapa de crecimiento incontrolado canceroso y deberá dentro
de poco agotar su suministro de alimentos) tendrían que haber comprendido a
estas alturas.
El
tipo preguntaba:
—Si
no me siento en la mesa comunal, ¿cuánto tendré que esperar?
La
camarera suspiró.
—No
lo sé. ¿Cuarenta minutos?
Y yo
desde luego esperé que eso no acabara por convertirse en una moda.
—¿Cuántos?
—me preguntó.
—Dos
—dije, para así no tener que sentarme en la mesa comunal—. Foster.
—Tiene
que darme su nombre de pila.
—¿Por
qué?
Ella
puso los ojos en blanco.
—Para
que pueda llamarla.
—Sandra
—dije yo.
—¿Cómo
se deletrea eso?
«No
—pensé—, por favor, díganme que Flip no está creando escuela. Por favor.»
Le
deletreé «Sandra», cogí los periódicos alternativos, y me fui a esperar a un
rincón. No tenía sentido dedicarme a los contactos hasta que estuviera sentada,
pero los artículos también servían. Había una nueva tecnología láser para
eliminar los tatuajes, en Berkeley habían prohibido fumar al aire libre, el
color de la primavera era el rosa posmoderno, y el matrimonio volvía a estar en
alza. «Vivir juntos está pasado —decían las actrices de Hollywood—. Lo guai
ahora son los anillos de diamante, las bodas, el compromiso, todo eso.»
—Susie
—llamó la camarera.
Nadie
respondió.
—Susie,
grupo de dos —dijo, agitando su mechón de pelo—. Susie.
Decidí
que, o bien era yo, o era otra persona que se había hartado y se había ido.
—Aquí
—dije, y dejé que un camarero con un corte de pelo al estilo Tres Chiflados me
acompañara a una mesita situada junto a la ventana, de esas que te hacen polvo
las rodillas—. Puedo pedir ya —le dije antes de que se marchara.
—Pensaba
que era un grupo de dos.
—La
otra persona llegará pronto. Tomaré un café con leche doble largo con leche
desnatada y chocolate semidulce por encima —dije animosamente.
El
camarero suspiró y pareció expectante.
—Con
azúcar moreno por los lados —dije. Él puso los ojos en blanco.
—¿Sumatra,
Yergacheffe o Sulawesi?
Miré
la carta en busca de ayuda, pero no había nada más que una cita de Kahlil
Gibran.
—Sumatra
—dije, ya que sabía dónde estaba. Él suspiró.
—¿Estilo
Seattle o California?
—Seattle.
—¿Con?
—¿Una
cucharilla? —dije, esperanzada. Él puso los ojos en blanco.
—¿Jarabe
de qué sabor?
«¿De
arce?», pensé, aunque eso parecía improbable.
—¿Frambuesa?
Al
parecer, ésa era una de las opciones. Se marchó, y yo ataqué los anuncios de
contactos. No tenía sentido marcar los NF. Los había prácticamente en cada
anuncio. Dos lo ponían en la cabecera, y uno, colocado por un atleta muy
inteligente, sorprendentemente guapo, lo pedía dos veces. «Amigos» estaba
pasado, y trabajo del alma era lo que se llevaba. Había dos referencias a las
hadas, y otra abreviatura: GC. «JBDV busca MBNFH. Debe ser GC. Sur de Baseline.
Oeste de la Veintiocho.» Lo marqué con un círculo y pasé al libro de códigos.
Geográficamente compatible.
No
había más GC, pero sí un «Preferible zona comercial de Boulder», y uno que
especificaba, «Valmont o Pearl, manzana 2500 solamente».
Sí,
en un metro cuadrado, y me gustaría que Federal Express me lo trajera a la
puerta. Eso me hizo pensar con afecto en Billy Ray, que estaba dispuesto a
conducir desde Laramie para salir conmigo.
—Este
lugar es tan ridículo —dijo Flip, sentándose frente a mí. Llevaba un vestido de
muñeca, medias rosa hasta el muslo, y un par de ajadas sandalias Mary Jane;
todo más o menos derecho—. Hay una cola de cuarenta minutos.
«Sí
—pensé—, y tú deberías estar en ella.»
—Hay
una mesa comunal—dije.
—Nadie
se sienta ahí excepto los suarbs y los bufs —dijo ella—. Brine quiso que nos
sentáramos en la mesa comunal una vez. —Se agachó para subirse las medias.
No
había cinta adhesiva a la vista. Flip llamó al camarero y pidió.
—Lattemarchia
descremado largo Jazula, sin demasiada espuma —se volvió a mirarme—Brine pidió
un café Sumatra con leche —cogió mi bolsa de la librería—. ¿Qué es esto?
—Un
regalo de cumpleaños para la hija de la doctora Damati.
Ya
lo había sacado y lo examinaba con curiosidad.
—Es
un libro —dije.
—¿No
tenían el vídeo? —volvió a meterlo en la bolsa—. Yo le habría comprado una
Barbie —agitó su mechón de pelo, y vi que llevaba una tira de cinta adhesiva en
la frente, en cuyo centro había un círculo que parecía una letra i minúscula
tatuada entre los ojos.
—¿Qué
es ese tatuaje?
—No
es un tatuaje —dijo ella, apartando el pelo para que pudiera verlo mejor. En
efecto, era una i minúscula—. Nadie lleva ya tatuajes.
Empecé
a llamar su atención sobre su búho blanco y advertí que también llevaba cinta
adhesiva, un pequeño parche circular, allí donde había estado el tatuaje del
búho.
—Los
tatuajes son artificiales. Meterte todos esos productos químicos y cancerígenos
bajo la piel... —dijo—. Es una marca.
—Una
marca —comenté, deseando, como de costumbre, no haber empezado aquello.
—Las
marcas son orgánicas. No te inyectas nada en el cuerpo. Sacas algo que ya está
en tu cuerpo de forma natural. El fuego es uno de los cuatro elementos, ya
sabe.
A
Sara, de Química, le encantaría oír eso. —Nunca había visto ninguna. ¿Qué
significa la i} Ella parecía confusa.
—¿Significar?
No significa nada. Soy yo. Ya sabe, lo que soy. Una declaración personal.
Decidí
no preguntarle por qué su marca estaba en minúsculas, * o si se le había
ocurrido que cualquiera que la viera supondría de inmediato que significaba
incompetente. —Soy «yo» —dijo—. Una persona que no necesita a nadie más, sobre
todo a un suarb que se sienta a la mesa comunal y pide un Sumatra. Suspiró
profundamente.
El
camarero trajo nuestros cafés con leche en tazas tamaño
Alicia-en-el-país-de-las-Maravillas, cosa que aunque quizás obedeciera a una
moda, probablemente era más bien un recurso práctico.
Servir
líquidos hirviendo en cristal fino podía tener resultados desastrosos.
Flip
volvió a suspirar, un suspiro enorme, y lamió la espuma del dorso de su
cucharilla.
—¿No
se siente nunca completamente impaciente?
Como
no tenía ni idea de lo que entendía por impaciente, lamí el dorso de mi propia
cucharilla y esperé que la pregunta fuera retórica.
Lo
era.
—Quiero
decir, mire el día de hoy. Aquí está, el fin de semana, y estoy aquí con usted
—puso los ojos en blanco y volvió a suspirar—. Los tíos apestan, ¿sabe?
Con
eso supuse que se refería a Brine, el de las botas de caña y las anillas
diversas.
—La
vida apesta. Una se dice, ¿qué estoy haciendo en mi trabajo?
«No
mucho», pensé.
—Así
que todo apesta. Una no va a ninguna parte, no consigue nada. ¡Tengo veintidós
años! —Tomó una cucharada de espuma—. ¿Por qué no puedo conocer a un tipo que
no sea un suarb?
«Podría
ser por la frente tatuada», pensé, y entonces recordé que yo no era mejor que
Flip.
* En
inglés, I, «yo», se escribe siempre en mayúsculas, de ahí la observación. (TV,
del T.)
—Es
como dicen los Groupthink —me miró expectante, y entonces expulsó tanto aire
que pensé que iba a desinflarse—. ¿Cómo puede no conocer a los Groupthink? Son
la mejor banda de Seattle. Es como dice su canción: «Acelerando por la pista,
bufando impaciente y no sé qué.» Esto está fatal —dijo, mirándome como si fuera
culpa mía—. Tengo que salir de aquí.
Cogió
su cuenta y corrió a través de la multitud hacia nuestro camarero.
Un
minuto después, él se acercó y me tendió la cuenta.
—Su
amiga ha dicho que usted pagaría esto. Y que me diera el veinte por ciento de
propina.
AZUL
ALICIA
(1902-1904)
Color
de moda inspirado por la preciosa y vivaracha hija quinceañera del presidente
Teddy Roosevelt, el cual dijo en una ocasión: «Puedo ser presidente de Estados
Unidos, o puedo controlar a Alicia. No puedo hacer las dos cosas.» Alicia
Roosevelt fue una de las primeras «estrellas»; cada movimiento suyo, cada
comentario y atuendo eran copiados por un público ansioso. Cuando se diseñó un
traje para que hiciera juego con sus ojos azul-grisáceos, los periodistas lo
llamaron azul Alicia, y el color se hizo instantáneamente popular. La comedia
musical Irene incluía una canción llamada «El vestido azul de Alicia», las
tiendas comercializaron telas, sombreros, y lazos de color azul-grisáceo, y
cientos de niñas fueron bautizadas con el nombre de Alicia y vestidas, no de
rosa, como era tradicional, sino de azul Alicia.
Cuando
Flip se marchó regresé a los anuncios personales, pero parecían tristes y un
poco desesperados. «Solitaria MBS busca alguien que realmente comprenda.»
Deambulé
por el centro comercial mirando camisetas con hadas, almohadas con hadas,
jabones con hadas, y una colonia en forma de flor llamada Damaduende. En la
Muñeca de Papel había tarjetas de felicitación con hadas, calendarios con
hadas, y papel de envolver con hadas. En el Peppercorn tenían una tetera de
hada. En el Unicornio Encapuchado, combinando varías modas, ofrecían una taza
de café con leche pintada con un hada vestida de violeta.
El
sol había desaparecido, y el día se había vuelto gris y frío. Parecía como si
fuera a empezar a nevar. Dejé atrás el Latte Lenya y me llegué al Frente de la
Moda y entré para calentarme y ver en qué consistía el color rosa posmoderno.
Los colores de moda suelen ser el resultado de un logro tecnológico. El malva y
el turquesa, los colores de la década de 1870, se debieron a un descubrimiento
científico en la fabricación de tintes. Igual que los colores fosforescentes de
los sesenta. Y los nuevos tonos metalizados castaño y esmeralda de los coches.
Sin
embargo, el hecho de que se obtengan nuevos colores muy de vez en cuando nunca
ha detenido a los diseñadores de moda, que se limitan a cambiarle el nombre a
un color ya existente (para muestra el rosa «chocante» de Schiparelli en 1920,
y el «beige» de Chanel para lo que antes había sido un pardo indefinido), o a
nombrar un color en honor a alguien (lo vistiera o no), como el azul Victoria,
el verde Victoria, el rojo Victoria, y el siempre popular y mucho más lógico
negro Victoria.
La
empleada del Frente de la Moda estaba hablando por teléfono con su novio y
examinando sus mechas.
—¿Tienen
rosa posmoderno? —pregunté.
—Sí
—dijo ella, beligerante, y se volvió al teléfono—. Tengo que atender a una
mujer —dijo, colgó el auricular, y se perdió entre las perchas.
Es
una moda, pensé, siguiéndola. Flip es una moda. Dejó atrás un mostrador lleno
de camisetas de ángeles marcada con el setenta y cinco por ciento de descuento,
y señaló el perchero.
—Y
es rosa pomo —dijo, poniendo los ojos en blanco—. No posmoderno.
—Se
supone que es el color de moda para el otoño.
—Como
quiera —dijo ella, y volvió al teléfono mientras yo examinaba «el color más
atrevido desde los sesenta».
No
era nuevo. Lo habían llamado ceniza-de-rosas por primera vez hacia 1928 y rosa
tórtola por segunda en 1954. En ambas ocasiones fue un rosa oscuro, grisáceo,
que hacía palidecer la piel y el cabello, y no por ello había dejado de ser
enormemente popular. Sin duda volvería a serlo en su actual encarnación como
rosa pomo.
No
era un nombre tan bueno como ceniza-de-rosas, pero los nombres no tienen que
ser atractivos para estar de moda. Vean si no el pulga, el color ganador de
1776. Y el exitazo de la corte de Luis XVI fue, no bromeo, el pus. Y no sólo el
pus a secas. Se hizo tan famoso que lo había en toda una gama de atractivas
tonalidades: pus joven, pus viejo, pus de vientre y pus de muslo.
Compré
un metro de lazo rosa pomo para llevármelo al laboratorio, lo que obligó a la
empleada a soltar el teléfono otra vez.
—Esto
es para el pelo largo —dijo, mirando con desaprobación mi pelo corto, y se
equivocó al darme el cambio.
—¿Le
gusta el rosa pomo? —le pregunté. Ella suspiró.
—Es
el color rey para el otoño.
Por
supuesto. Y ahí se encuentra el secreto de todas las modas: el instinto
gregario. Cada cual quiere parecerse al resto. Por eso todos compraban guantes
blancos y calentadores y bikinis. Pero alguien tenía que ser el primero en
llevar zapatos de plataforma, en cortarse el pelo, y eso requería lo opuesto al
instinto de manada.
Me
metí el cambio equivocado y el lazo en la bandolera (muy pasada de moda) y salí
de nuevo al paseo. Había empezado a nevar y los músicos callejeros tiritaban
con sus camisetas Ecuador y sus bermudas. Me puse los guantes (completamente
suarb) y me dirigí hacia la biblioteca, mirando las tiendas para yuppies y los
puestos de bagatelas y sintiéndome más y más deprimida. No tenía ni idea de
dónde venía ninguna de esas modas, ni siquiera el rosa pomo, que se le habría
ocurrido a algún diseñador de ropa.
Pero
el diseñador no podía conseguir que la gente comprara rosa pomo, no podía hacer
que todos lo llevaran e hicieran chistes al respecto y escribieran editoriales
con el tema de «¿Adonde va la moda?».
Los
diseñadores conseguirían que el color fuera popular aquella temporada, sobre
todo porque nadie encontraría otra cosa en las tiendas, pero no podían
convertirlo en una moda. En 1971 trataron de introducir la maxifalda y
fracasaron estrepitosamente, y llevan prediciendo la «vuelta del sombrero»
desde hace años, sin resultado. Hace falta algo más que un mercado para crear
una moda, y yo no tenía ni idea de qué era ese algo.
Y
cuanto más repasaba los datos, más convencida estaba de que la respuesta no
estaba en ellos, que la mayor independencia, los piojos y el ir en bici no eran
más que excusas, razones pensadas después para explicar lo que nadie
comprendía. Sobre todo yo.
Me
pregunté si estaba siquiera en el campo adecuado. Me sentía tan insatisfecha,
como si todo lo que hacía careciera de sentido, fuera un... prurito.
Flip,
pensé. Por culpa de su charla sobre Brine y Groupthink me siento así. Es una
especie de antiángel de la guarda; siempre siguiéndome a todas partes,
retrasándome en vez de ayudarme y poniéndome de mal humor. Y no voy a dejar que
me arruine el fin de semana. Ya tengo suficiente con que me arruine el resto de
la semana.
Compré
una porción de tarta de queso con chocolate y volví a la biblioteca y saqué El
rojo emblema del valor, Qué verde era mi valle y El color púrpura; pero el mal
humor persistió durante el resto de la tarde, durante todo el helado regreso a
casa, lo que me impidió totalmente trabajar.
Probé
con el libro de teoría del caos que había sacado, pero sólo conseguí deprimirme
más. En los sistemas caóticos incidían tantas variables que ya habría sido casi
imposible predecir su conducta aunque hubiese sido lógica, y no lo era.
Cada
variable interactuaba con otra, colisionando y estableciendo relaciones
insospechadas, bucles iterativos que alimentaban el sistema una y otra vez,
entrecruzándose y conectando las variables de tantas formas que no era
sorprendente que una mariposa tuviera un efecto devastador. O ninguno en
absoluto.
Comprendí
que el doctor O'Reilly había querido estudiar un sistema con variables
limitadas, ¿pero qué sistema era limitado? Según el libro, cualquier cosa, todo
era una variable: la entropía, la gravedad, los efectos cuánticos de un
electrón, o una estrella situada al otro lado del universo. Así que, aunque el
doctor O'Reilly tuviera razón y no hubiera ningún factor X externo operando en
el sistema, no había forma de calcular todas las variables, ni siquiera de
decidir cuáles eran.
Aquello
se parecía sospechosamente a las modas. Me pregunté qué variables estaba
pasando por alto y, cuando Billy Ray llamó, me aferré a él como un ahogado.
—Me
alegro tanto de que me hayas llamado —dije—. Mi investigación ha sido más
rápida de lo que pensaba, así que al final estoy libre. ¿Dónde estás?
—Camino
de Bozeman. Como dijiste que estabas ocupada, decidí saltarme el seminario y
fui a recoger esas Targhees que estaba buscando. —Hizo una pausa y pude oír el
zumbido de alerta de su teléfono móvil—. Volveré el lunes. ¿Qué tal si cenamos
la semana que viene?
«Quisiera
cenar esta noche», pensé descorazonada.
—Magnífico
—dije—. Llámame cuando regreses. El zumbido iba en aumento.
—Lamento
que nos perdiéramos otr... —dijo él, y se quedó sin cobertura.
Me
asomé a la ventana y contemplé la escarcha y luego me metí en la cama y leí
Llevada por el destino de cabo a rabo, cosa que no fue ninguna hazaña. Sólo
tenía noventa y cuatro páginas, y estaba tan espantosamente escrito que se
pondría sin duda muy de moda.
Se
basaba en la idea de que todo estaba ordenado y organizado por los ángeles de
la guarda, y la heroína tendía a decir cosas como «¡Todo pasa por una razón,
Derek! Rompiste nuestro compromiso y te acostaste con Edwina y estuviste
implicado en su muerte, y yo me volví hacia Paolo en busca de consuelo y me fui
con él a Nepal para aprender el significado del sufrimiento y la desesperación,
sin los cuales el amor carece de sentido. Todo (el choque del tren, el suicidio
de Lilith, la drogadicción de Halvard, el hundimiento de la bolsa) fue para que
pudiéramos estar juntos. Oh, Derek, hay una razón detrás de todo.»
Excepto,
al parecer, detrás del pelo corto. Me desperté a las tres con Irene Castle y
los clubs de golf rondándome la cabeza. Eso mismo le sucedió a Henri Poincaré.
Llevaba días y días trabajando en funciones matemáticas, y una noche tomó
demasiado café (que probablemente surtió el mismo efecto que la mala
literatura) y no pudo dormir, y se le ocurrieron ideas matemáticas «a puñados».
Y
Friedrich Kekulé. Cayó en trance en un autobús y vio cadenas de átomos de
carbono bailando salvajemente a su alrededor. Una de las cadenas se mordió de
pronto la cola y formó un anillo, y Kekulé terminó descubriendo el anillo de
benceno y revolucionando la química orgánica.
Todo
lo que Irene Castle hizo con los clubs de golf fue bailar el maxixe, así que,
pasado un rato, encendí la luz y abrí el libro de Browning.
Al
final resultó que había conocido a Flip. Había escrito un poema, Soliloquio del
monasterio español, sobre ella. «G-r-r, maldita», había escrito, obviamente
después de que le arrugara todos sus poemas, y también «Ahí tienes, la repulsa
de mi corazón». Decidí decírselo a Flip la próxima vez que me largara la
cuenta.
SHORTS
(1971)
Prenda
de moda que llevaban todas pero que sólo sentaba bien a las jóvenes y esbeltas.
Sucesores de la minifalda de los sesenta, los shorts fueron una reacción a los
intentos de los diseñadores por introducir la falda a media rodilla. Estaban
confeccionados de satén o terciopelo, a menudo con tirantes, y se llevaban con
botas altas de cuero. Las mujeres se los ponían para ir a la oficina, e incluso
los permitieron en el concurso de Miss América.
Me
pasé el resto del fin de semana planchando recortes y tratando de descifrar el
impreso simplificado de solicitud de fondos. ¿Qué eran los Parámetros de
Superposición de Impulso? ¿Y qué querían decir con «Enumere restricciones
prioritarias de situación de categorías»? Eso hacía que buscar la causa del
pelo corto (o las fuentes del Nilo) pareciera una nadería en comparación.
Nadie
más sabía tampoco lo que eran las aplicaciones EDI. Cuando fui a trabajar el
lunes, todo el mundo que conocía apareció en el laboratorio de estadística para
preguntarlo.
—¿Tienes
idea de cómo se rellena este estúpido formulario? —preguntó Sara, asomando la
cabeza, a media mañana.
—No
—contesté.
—¿Qué
crees que es un índice de gradación de gastos? —se apoyó contra la puerta—. ¿No
te dan ganas de renunciar y empezar de nuevo?
Sí,
pensé, mirando la pantalla del ordenador. Había pasado la mayor parte de la
mañana leyendo recortes, extrayendo lo que esperaba que fuera información
relevante, pasándola a un disco, y diseñando programas estadísticos para
interpretarla. Eso que Billy Ray había definido como «meterlo en el ordenador y
pulsar un botón».
Había
pulsado el botón y, sorpresa, sorpresa, no había ninguna sorpresa. Había una
correlación entre el número de mujeres trabajadoras y el número de comentarios
airados sobre el pelo corto publicados en los periódicos, y aún más fuerte
entre el pelo corto y las ventas de cigarrillos, y ninguna correlación entre la
longitud del cabello y la de las faldas, cosa que yo podría haber predicho. Las
faldas habían caído hasta la mitad de la pantorrilla en 1926, mientras qué el
pelo se había ido acortando hasta el crack del 29, con el estilo «a lo garçon»
en 1929 y el aún más corto estilo Eaton en 1926.
La
correlación más fuerte de todas era con el sombrerito ajustado, lo que apoyaba
a la teoría del carro-antes-que-el-caballo y demostraba, más allá de toda duda,
que la estadística no es tanto como dicen.
—Últimamente
todo me deprime —decía Sara—. Siempre he creído que era sólo una cuestión de
que él tiene un umbral de relación más elevado que yo, pero he acabado pensando
que tal vez sea sólo parte de la estructura negativa que acompaña a las
relaciones codependientes.
«Ted
—pensé—. Estamos hablando de Ted, que no quiere casarse.»
—Y
este fin de semana, me puse a pensar. ¿Qué sentido tiene? Estoy siguiendo un
rumbo íntimo y él ha tomado un desvío.
—Impaciente
—dije yo.
—¿Qué?
—Así
te sientes. No te encontraste con Flip este fin de semana, ¿verdad?
—La
he visto esta mañana. Me ha entregado el correo de la doctora Applegate.
Un
antiángel; deambulaba por el mundo esparciendo mal humor y destrucción.
—Bien,
como te iba diciendo, será mejor que vaya a ver si encuentro a alguien en
Dirección capaz de decirme qué es un índice de gradación de gastos —dijo Sara,
y se marchó.
Volví
a mis datos. Hice una distribución geográfica para 1923 y otra para 1922: había
grupos en Nueva York y Hollywood, cosa que no fue ninguna sorpresa, y en St.
Paul, Minnesota, y Marydale, Ohio, que sí lo fue. Siguiendo una corazonada,
pedí un informe sobre Montgomery, Alabama. Allí había un grupo demasiado
pequeño para ser estadísticamente significativo, pero que bastaba para explicar
el de St. Paul.
En
Montgomery, E Scott Fitzgerald había conocido a Zelda, y St. Paul era su ciudad
natal. Los lugareños obviamente estaban intentando vivir en conformidad con
Bernice se corta el pelo. No explicaba lo de Marydale, Ohio. Hice una
distribución geográfica para 1921. El grupo todavía estaba allí.
—Tome
—dijo Flip, metiéndome el correo bajo la nariz. Al parecer nadie le había dicho
que el rosa pomo era el color del otoño. Llevaba una biliosa túnica azul vivo y
calcetines y un montón de cinta adhesiva.
—Me
alegro de que estés aquí —dije, cogiendo un puñado de recortes—. Me debes dos
cincuenta de tu café con leche y necesito que me copies esto. Oh, y espera.
—Fui y cogí los contactos que había repasado el sábado, y dos artículos sobre
los ángeles. Se los tendí a Flip—. Una fotocopia de cada.
—No
creo en los ángeles —dijo ella. Siempre dispuesta a trabajar, como siempre.
—Solía
creer en ellos, pero ya no, desde lo de Brine.
Quiero
decir que, si realmente tuviéramos un ángel de la guarda, te animaría cuando
estás depre y te libraría de las reuniones de comités y esas cosas.
—¿Y
en las hadas? —pregunté.
—¿Quiere
usted decir en el hada madrina? Por supuesto. Claro.
Por
supuesto.
Volví
a mi pelo corto.
Marydale,
Ohio.
¿Qué
podría haber tenido ese lugar para convertirse en un centro importante para el
pelo corto?
«El
calor —pensé—. ¿Hizo mucho calor en Ohio durante el verano de 1921? ¿Tanto
calor que el pelo se pegaba a la nuca sudorosa, y las mujeres dijeron: "No
puedo soportarlo más"?»
Pedí
los datos climáticos del estado de Ohio desde junio a septiembre y empecé a
buscar Marydale.
—¿Tienes
un minuto? —dijo una voz desde la puerta. Era Elaine, de Personal. Llevaba una
cinta en la cabeza y su expresión era agria—. ¿Tienes idea de qué son las
raciones de implementación de formatos contractuales?
—Ni
zorra. ¿Has probado en Dirección?
—He
estado allí dos veces y no se puede entrar. Hay una multitud —inspiró
profundamente—. Tengo un estrés total. ¿Quieres venir a rebajarlo?
—¿Subiendo
escaleras? —pregunté, dubitativa. Ella sacudió firmemente la cabeza.
—Subir
escaleras no favorece el desarrollo muscular. Escalando paredes. En el gimnasio
de la Veintiocho. Tienen cuerdas y todo.
—No,
gracias. Tengo paredes aquí. Ella las miró con aire desaprobador y se marchó, y
yo volví a mi pelo corto. Las temperaturas en Marydale durante 1921 fueron
ligeramente inferiores a lo normal, y no se trataba tampoco de la ciudad natal
de Irene Castle o Isadora Duncan.
Lo
abandoné por el momento y tracé una gráfica Pareto y luego hice unas cuantas
regresiones más. Había una débil correlación entre la asistencia a la iglesia y
el pelo corto, una fuerte correlación entre el pelo corto y las ventas de
Hupmobile, pero no de Packard o de Ford Modelo T, y una fortísima correlación
entre el pelo corto y las mujeres dedicadas a la enfermería. Pedí una lista de
los hospitales que había en 1921: ninguno estaba a menos de cien kilómetros de
Marydale.
Entró
Gina, con aspecto agobiado.
—No,
no sé cómo rellenar el impreso —dije antes de que pudiera preguntar—, y tampoco
lo sabe nadie.
—¿De
veras? —dijo ella vagamente—. No lo he mirado todavía. Me he pasado todo el
tiempo en el estúpido comité de búsqueda de una ayudante para Flip. ¿Cuál
consideras que es la cualidad más importante en un asistente?
—Ser
lo contrario de Flip. —Y luego, como no se rió, añadí—: ¿Competencia,
entusiasmo, ganas de trabajar?
—Exactamente.
Y si una persona tuviera esas cualidades, la contratarías de inmediato, ¿no? Y
si estuviera tan bien cualificada para el trabajo como está, no la dejarías
escapar. No la rechazarías por un pequeño inconveniente y esperarías hasta
entrevistar a docenas de personas, sobre todo cuando tienes otras cosas que
hacer. Rellenar ridículos formularios de presupuesto, por ejemplo, y planear
una fiesta de cumpleaños. ¿Sabes qué escogió Brittany, cuando le dije que no
podía tener los Power Rangers? Barney. Y no se puede decir que no sea
competente y entusiasta y con ganas de trabajar. ¿No?
Yo
no tenía muy claro si estaba hablando de Brittany o de la solicitante.
—Barney
es horrible —dije.
—Exactamente
—contestó Gina, como si yo acabara de manifestar mi acuerdo con su
razonamiento, fuera cual fuese—. Voy a contratarla —y se marchó.
Volví
y me senté delante del ordenador. Somberitos ajustados, Hupmobiles, y Marydale,
Ohio. Ninguno de estos factores parecía ser el detonante de la moda. ¿Qué era?
¿Que la había originado de pronto?
Entró
Flip, con el montón de recortes y anuncios que acababa de darle.
—¿Qué
quería que hiciera con todo esto?
MESMERISMO
(1778-1784)
Moda
científica resultante de los por entonces recientes descubrimientos acerca del
magnetismo, la especulación sobre sus posibilidades médicas y la codicia. La
sociedad parisina acudía en masa al doctor Mesmer para someterse a tratamientos
de «magnetismo animal» en los que se usaban bañeras de «agua magnetizada»,
varillas de hierrro, y masajes de los ayudantes del doctor Mesmer que, en bata
color lavando, miraban profundamente a los ojos de los pacientes. Éstos
gritaban, sollozaban, caían en trance profundo, y le pagaban al doctor cuando
se marchaban. Con el magnetismo animal, es decir, el hipnotismo, se pretendía
poder curarlo todo, desde los tumores a la tisis. Pasó de moda cuando una
investigación científica dirigida por Benjamín Franklin demostró que no hacía
nada de eso.
El
martes, Dirección convocó otra reunión.
—Para
explicar los impresos simplificados —le dije a Gina, camino de la cafetería.
—Eso
espero —contestó ella, con aspecto aún más agobiado que el día anterior—. Sería
agradable tener a otra persona a la defensiva para variar.
Iba
a preguntarle qué quería decir con eso, pero entonces divisé al doctor O'Reilly
al otro lado de la sala, charlando con la doctora Turnbull. Ella llevaba un
vestido rosa pomo (sin hombreras), y él una de aquellas camisas estampadas de
poliéster de los setenta. Para cuando advertí todo eso, Gina estaba en nuestra
mesa con Sara, Elaine y un puñado de gente.
Me
acerqué, preparándome para una discusión sobre asuntos íntimos y marcha
atlética, pero al parecer hablaban de la nueva ayudante de Flip.
—No
creía que fuera posible contratar a nadie peor que Flip —decía Elaine—. ¿Cómo
pudiste, Gina?
—Pero
si es muy competente —contestó Gina, a la defensiva—. Tiene experiencia con
Windows y SPSS, y sabe reparar una fotocopiadora.
—Todo
eso es completamente irrelevante —dijo una mujer de Física, aunque a mí no me
lo parecía.
—Bueno,
yo no trabajo con ella —dijo un hombre de Desarrollo de Productos—. Y no me
digas que no sabías que era una de ésas. Se nota con sólo mirarla.
La
intolerancia es una de las tendencias más antiguas y feas, tan persistente que
sólo se considera una tendencia pasajera porque su blanco cambia
constantemente: hugonotes, coreanos, homosexuales, musulmanes, tutsis, judíos,
cuáqueros, lobos, serbios, amas de casa de Salem. A casi todos los grupos,
mientras sean pequeños y diferentes, les ha tocado el turno, y el proceso es
siempre el mismo: desaprobación, aislamiento, persecución.
Era
uno de los motivos por el que sería agradable encontrar el interruptor que
activa las modas. Me gustaría desconectarlo para siempre.
—No
debería permitirse que gente así trabajara en una gran compañía como HiTek
—decía Sara, que en realidad era una gran persona a pesar de su psicocháchara
sobre Ted.
Y la
doctora Applegate, que sin duda tenía que saber cómo funcionan las cosas,
añadió con disgusto:
—Supongo
que si la despidieras, te demandaría por discriminación. Eso es lo malo que
tiene todo esto de la conducta asertiva.
Me
pregunté a qué pequeño y diferente grupo tenía la desgracia de pertenecer la
nueva ayudante de Flip: ¿hispana, lesbiana, miembro de la ARN?
—No
va a poner un pie en mi laboratorio —dijo una mujer que llevaba turbante—. No
voy a exponerme a riesgos sanitarios innecesarios.
—Pero
si no fumará en el trabajo —dijo Gina—. Es capaz de teclear cien palabras por
minuto.
—No
puedo creer lo que estoy oyendo —comentó Elaine—. ¿No has leído el informe de
la ADF sobre los peligros del humo para el fumador pasivo?
Por
otro lado, hay momentos en que, en vez de reformar la raza humana, me gustaría
abandonarla y convertirme en, digamos, uno de los macacos del doctor O'Reilly,
que deben de tener más sentido común.
Estaba
a punto de decírselo a Elaine cuando el doctor O'Reilly me cogió del brazo.
—Venga
a sentarse conmigo —dijo, y me sacó de allí—. Necesito que sea mi pareja por si
Dirección nos sale con otro ejercicio de sensibilidad. —Me miró con
inseguridad—. A menos que prefiera sentarse con sus amigas.
—No
—dije, viendo cómo rodeaban a Gina—. De momento, no.
—Oh,
bien. En el último ejercicio de sensibilidad tuve que soportar a Flip.
Nos
sentamos.
—¿Cómo
va su investigación sobre las modas?
—No
va. Escogí el pelo corto porque quería una moda sin causas obvias. La mayoría
de las modas se deben a logro tecnológico: el nailon, los colchones de agua,
las zapatillas con lucecitas.
—Los
refugios nucleares.
Asentí.
—O
son un fenómeno de márketing, como el Trivial Pursuit y los ositos de peluche.
—Y
los refugios nucleares.
—Cierto.
El único costo del pelo corto era la tarifa del peluquero, y si no tenías para
eso, bastaba con que te agenciaras un par de tijeras, un instrumento
tecnológico que ha existido toda la vida. —Empecé a suspirar y entonces advertí
que me parecía a Flip.
—¿Entonces
cuál es el problema? —preguntó Bennett.
—El
problema es que el pelo corto no tiene una causa obvia. Irene Castle me pareció
una posibilidad durante algún tiempo, pero resultó que seguía una moda
holandesa que había sido popular en París el año antes. Y ninguna de las otras
fuentes tiene una correlación directa con el período crítico. ¿Ha oído hablar
de un lugar llamado Marydale, Ohio?
—Buenos
días —dijo Dirección desde el podio. Llevaba un polo, zapatillas, y lucía una
sonrisa complacida—. Estamos realmente satisfechos de veros a todos aquí.
—¿Qué
pretende Dirección? —le susurré a Bennett. —Supongo que imponer un nuevo
acrónimo. Asunto de Dirección de Unificación Departamental —escribió las letras
en su libreta—. D.U.M.B., o sea, tonto.
—Tenemos
varios asuntos para hoy —dijo Dirección felizmente—. Primero, algunos de
vosotros tenéis dificultades menores para rellenar los impresos simplificados
de solicitud de fondos. Recibiréis un memorándum que responde a todas vuestras
preguntas. En estos momentos el contacto de comunicaciones interdepartamentales
está haciendo una copia para cada uno.
Bennett
escondió la cabeza bajo la mesa. —Segundo, me gustaría anunciar que HiTek va a
aplicar una política de «vestir con sencillez» esta semana. Es una idea
innovadora que se está introduciendo en todas las mejores compañías. La ropa
informal favorece un ambiente más relajado en el trabajo y relaciones más
fuertes entre los empleados. Así que, a partir de mañana, espero veros a todos
con ropa informal.
Me
di la vuelta y estudié a Bennett. Tenía un aspecto terrible. Su camisa
estampada de poliéster tenía margaritas en una mezcla de marrones, ninguno de
los cuales iba a juego con sus pantalones de pana. Encima llevaba un jersey
gris.
Pero
no se trataba sólo de la ropa. La película La tribu de los Brady había vuelto a
poner de moda los años setenta. El otro día Flip llevaba pantalones de satén, y
los zapatos de plataforma y las cadenas de oro abundaban en el centro comercial
de Boulder. Pero el aspecto de Bennett no era «retro». Era «suarb». Tuve la
sensación de que si hubiese llevado una chaqueta de bombero y zapatillas Nike
habría seguido teniendo el mismo aspecto. Era como si fuera a contracorriente.
No,
tampoco era eso. Gran número de modas empieza como un rechazo a las modas
existentes. El pelo largo de los sesenta fue un rechazo a los rapados al
cepillo de los cincuenta; los trajes cortos, lisos y sin adornos una reacción a
los exagerados corsés y corpiños Victorianos.
Bennett
no se estaba rebelando. Era más bien como si fuera ajeno al concepto moda. No,
tampoco era la palabra adecuada. Inmune.
Y si
podía ser inmune a las modas, ¿significaba eso que las causaba algún tipo de
virus?
Miré
la mesa de Gina, donde Elaine y el doctor Applegate susurraban ansiosamente
sobre el enfisema y las advertencias del Ministerio de Sanidad. ¿Era realmente
Bennett inmune a las modas o sólo iba a destiempo, como había dicho Flip?
Abrí
mi cuaderno y escribí: «Han contratado a la nueva ayudante de Flip.» Se lo
planté delante.
Él
escribió a su vez: «Lo sé. La conocí esta mañana. Se llama Shirl.»
«¿Sabía
que fuma?», escribí, y vi su expresión al leerlo. No parecía sorprendido ni
repelido.
«Me
lo dijo Flip. Dijo que Shirl iba a contaminar el trabajo. La paja en el ojo
ajeno», escribió Bennett.
Sonreí.
«¿Qué
significa el tatuaje con la i que Flip lleva en la frente?», escribió él.
«No
es un tatuaje, es una marca.»
«¿Incompetente
o imposible?»
—Iniciativa
—dijo Dirección, y los dos alzamos la cabeza, sintiéndonos culpables—. Lo que
me lleva a nuestro tercer punto del día. ¿Cuántos sabéis lo que es la beca
Niebnitz?
Yo
lo sabía, y aunque nadie más alzó la mano, estaba dispuesta a apostar a que
todos los demás lo sabían también. Es la beca de investigación de más cuantía
que existe, aún mayor que la beca MacArthur, y casi sin ninguna pega. El
científico obtiene el dinero y puede aplicarlo a cualquier tipo de
investigación. O irse a tomar el sol a las Bahamas.
También
es la beca de investigación más misteriosa que existe. Nadie sabe quién la da,
por qué la dan, ni siquiera cuándo la dan. Se le concedió una el año pasado a
Lawrence Chin, un investigador sobre inteligencia artificial, cuatro el año
antes, y ninguna durante más de tres años. La gente de la Niebnitz
(quienesquiera que sean) aparece periódicamente como uno de esos Ángeles de
Arriba sobre algún científico despistado y lo hace de forma que nunca tiene que
rellenar ningún otro impreso simplificado de solicitud de fondos.
No
hay requerimientos, ningún formulario, ningún campo de estudios concreto que
favorezca la beca. De las cuatro de hace dos años, una fue para un ganador del
premio Nobel, otra para un asistente social, una para un químico de un
instituto de investigación francés y otra para un inventor a tiempo parcial. Lo
único que se sabe con seguridad es la cantidad, que Dirección acababa de
escribir en su pizarra móvil: 1.000.000 de dólares.
—El
ganador de la beca Niebnitz recibe un millón de dólares para gastar en
investigación a su antojo. —Dirección hizo girar la pizarra—. La beca Niebnitz
se concede a la sensibilidad científica —escribió «ciencia» en la pizarra—. Al
pensamiento divergente —escribió «pensamiento»—. Y a la predisposición
circunstancial a logros científicos —añadió «logro» y luego señaló las tres
palabras con su puntero—. Ciencia. Pensamiento. Logro.
—¿Qué
tiene esto que ver con nosotros? —susurró Bennett.
—Hace
dos años, el Instituto de París ganó una beca Niebnitz —dijo Dirección.
—No,
no la ganó —susurré yo—. Un científico que trabajaba en el instituto la ganó.
—Y
aplicaban técnicas de dirección anticuadas —dijo Dirección.
—Oh,
no —murmuré—. Dirección espera que ganemos una beca Niebnitz.
—¿Cómo
pueden? —susurró Bennett—. Nadie sabe cómo se conceden.
Dirección
lanzó una fría mirada en nuestra dirección.
—El
Comité de Becas Niebnitz está buscando proyectos creativos descollantes con el
potencial de logros científicos significativos, que es el objetivo de GRIS.
Ahora me gustaría que os dividierais en grupos y anotarais cinco cosas que
podéis hacer para ganar la beca Niebnitz.
—Rezar
—dijo Bennett.
Cogí
un pedazo de papel y escribí:
1.
Optimizar potencial.
2.
Facilitar potenciación.
3.
Aportar puntos de vista.
4.
Seguir una estrategia de prioridades.
5.
Aumentar estructuras nucleares.
—¿Qué
es eso? —dijo Bennett, mirando la lista—. No tiene sentido.
—Tampoco
lo tiene esperar que ganemos la beca Niebnitz. —Se la tendí.
—Ahora
vayamos al trabajo. Tenéis pensamientos divergentes a los que dedicaros. Veamos
algunos logros científicos significativos.
Dirección
se marchó, con el puntero bajo el brazo, pero todo el mundo se quedó allí
sentado, aturdido, excepto Alicia Turnbull, que empezó a tomar rápidamente
notas en su agenda, y Flip, que entró corriendo y empezó a repartir hojas de
papel.
—Resultados
Proyectados: Logro Científico Significativo —dije, sacudiendo la cabeza—.
Bueno, el pelo corto desde luego no lo es.
—¿No
saben que la ciencia no funciona así? No se puede ordenar que haya logros
científicos. Se obtienen cuando miras algo en lo que llevabas años trabajando y
de pronto ves una conexión que nunca habías advertido hasta entonces, o cuando
buscas otra cosa completamente distinta. A veces incluso por accidente. ¿No
saben que no puedes conseguir un logro científico sólo porque quieres uno?
—Hay
gente que dio a Flip un ascenso, ¿recuerdas? —frunció el ceño—. ¿Qué es
«predisposición circunstancial a logros científicos significativos»?
—Para
Fleming fue mirar un cultivo contaminado y advertir que el moho había matado
las bacterias —dijo Ben. ; —¿Y cómo sabe Dirección que el Comité de Becas
Niebnitz concede la beca a proyectos creativos con potencial? ¿Cómo saben que
hay un comité? Por lo que sabemos, Niebnitz puede ser un viejo rico que da
dinero a proyectos que no muestran ningún potencial.
—En
cuyo caso tenemos posibilidades —dijo Bennett. —Por lo que sabemos, Niebnitz
puede conceder la beca a gente cuyo nombre empiece por C, o sacar los nombres
de un sombrero.
Flip
se nos acercó y le tendió a Bennett uno de los papeles.
—¿Es
éste el memorándum que explica el impreso simplificado? —preguntó él.
—No-o-o-o
—dijo ella, poniendo los ojos en blanco—. Es una petición. Para hacer que la
cafetería sea un entorno ciento por ciento libre de humo. —Se marchó.
—Ya
sé lo que significa la i —dije yo—. «Irritante.»
Él
sacudió la cabeza.
—«Insufrible.»
GORRAS
DE MAPACHE
(mayo
1955-diciembre 1955)
Moda
infantil inspirada en la serie de televisión de Walt Disney Davy Crockett,
sobre el héroe de Kentucky que combatió en El Álamo y despellejó un oso a la
edad de tres años. Formaba parte de otra moda más amplia que incluía juegos de
arcos y flechas, cuchillos y rifles de juguete, camisas con flecos, cuernos de
pólvora, recipientes para el almuerzo, puzzles, libros de colorear, pijamas,
calzoncillos y diecisiete versiones grabadas de La balada de Davy Crockett, que
todos los niños estadounidenses se sabían entera. A consecuencia de la moda
empezaron a escasear las gorras de mapache, y se recurrió al material de un
artículo de moda anterior, el abrigo de mapache de los años veinte, para
fabricar más. Algunos niños incluso se cortaron el pelo en forma de gorra. La
moda pasó justo antes de la Navidad de 1955 y dejó a los mayoristas con cientos
de gorras en los almacenes.
Al
día siguiente, mientras buscaba en mi laboratorio los recortes que le había
dado a Flip para que los copiara, se me ocurrió que la observación de Bennett
de que ya había conocido a la nueva ayudante debía significar que la habían
destinado a Biología. Pero por la tarde Gina, con aspecto agobiado, vino a
decirme:
—No
me importa lo que digan. Hice lo correcto al contratarla. Shirl acaba de editar
y cotejar veinte copias de un artículo que escribí. Correctamente. No me
importa si estoy respirando humo de segunda mano.
—¿Humo
de segunda mano?
—Así
es como llama Flip al aire que expulsan los fumadores. Pero no me importa.
Merece la pena.
—¿Shirl
te ha sido asignada?
Ella
asintió.
—Esta
mañana repartió mi correo. Mi correo. Tendrías que hacer que te la asignaran.
—Lo
haré —contesté, pero era más fácil decirlo que hacerlo. Ahora que Flip tenía
una ayudante, ella (y mis recortes) habían desaparecido de la faz de la Tierra.
Recorrí dos veces el edificio entero, incluida la cafetería, donde habían
puesto grandes carteles de NO FUMAR en todas las mesas, y Suministros, donde
Desiderata estaba intentado comprender lo que eran los cartuchos de tinta para
impresora; al final encontré a Flip en mi laboratorio, sentada ante mi
ordenador y tecleando algo en él.
Lo
borró antes de que yo pudiera ver de qué se trataba y se levantó.
Si
hubiera sido capaz, habría dicho que parecía culpable.
—Usted
no lo estaba usando —dijo—. Ni siquiera estaba aquí.
—¿Hiciste
copia de esos recortes que te di el lunes?
Ella
no se dio por aludida.
—Había
una copia de los anuncios de contactos encima.
Ella
sacudió su mechón de pelo.
—¿Usaría
usted la palabra «elegante» para describirme?
Había
añadido un mechón envuelto en hilo a su peinado, uno largo, forrado de hilo de
bordar azul, y una banda de cinta adhesiva en su frente para enmarcar la i.
—No
—dije.
—Bueno,
nadie puede convencer a todo el mundo —dijo, a propósito de nada—. Por cierto,
no sé por qué está tan enganchada con los contactos. Ya tiene a ese vaquero.
—¿Qué?
—Billy
Boy No-sé-qué —dijo, agitando la mano ante el teléfono—. Llamó y dijo que
estaba en la ciudad para un seminario y que se supone que tiene usted que
reunirse con él para comer en algún sitio. Esta noche, creo. En el Nebraska
Daisy o algo así. A las siete.
Me
acerqué a la libreta para mensajes que había junto al teléfono. Estaba en
blanco.
—¿No
has anotado el mensaje?
Ella
suspiró.
—No
puedo hacerlo todo. Por eso se suponía que iban a darme una ayudante,
¿recuerda?, para que no tuviera que trabajar tan duro. Sólo que ella es
fumadora; la mitad de la gente a la que se la asigno no la quiere en su
laboratorio, así que tengo que copiar todo esto y bajar a Biología y todo eso.
Creo que habría que obligar a los fumadores a dejar los cigarrillos.
—¿A
quién se la has asignado?
—Biología
y Desarrollo de Productos y Química y Física y Personal y Nóminas, y a toda la
gente que me grita y me hace trabajar un montón. O meterlos en un campo o algo
donde no nos expongan a los demás a todo ese humo.
—¿Por
qué no me la asignas a mí? No me importa que fume.
Ella
se puso en jarras, con las manos sobre la falda de cuero azul.
—Además,
nunca se la asignaría a usted. Es la única que es casi amable conmigo por aquí.
PASTEL
DE ÁNGEL
(1880-1890)
Pastel
de moda, llamado así por su blancura y ligereza, procedente de un restaurante
de St. Louis, o de orillas del río Hudson, o de la India. El secreto del pastel
era una docena de claras de huevo (u once, o quince) batidas a punto de nieve.
Resultaba difícil de cocinar e inspiró todo un ritual: no había que engrasar la
sartén, y nadie podía entrar en la cocina durante la cocción. Sustituido, por
supuesto, por el pastel del diablo.
Era
en el Kansas Rose, a las cinco y media.
—Has
recibido bien mi mensaje —dijo Billy Ray, que salió a esperarme al
aparcamiento. Llevaba vaqueros negros, una camisa también vaquera blanca y
negra, un Stetson blanco, y el pelo más largo que la última vez. El pelo largo
debía estar otra vez de moda.
—Más
o menos —dije—. Estoy aquí.
—Lamento
que tenga que ser tan temprano. Hay un taller esta noche sobre «Riego en
Internet» que no quiero perderme. —Me cogió del brazo—. Se supone que esto es
el sitio más de moda en la ciudad.
Tenía
razón. Había que esperar media hora, incluso teniendo mesa reservada, y todas
las mujeres de la cola vestían de rosa pomo.
—¿Conseguiste
tus Targhees? —le pregunté, apoyandome contra un cartel de PROHIBIDO
TERMINANTEMENTE FUMAR.
—Sí,
y son magníficas. Bajo mantenimiento, gran tolerancia al frío, y siete kilos de
lana por estación.
—¿Lana?
Creía que las Targhees eran vacas.
—Ya
nadie cría vacas —dijo él, frunciendo el ceño como si yo tuviera que saberlo—.
Por lo del colesterol. El cordero tiene un menor índice de colesterol, y la
pura lana virgen se supone que va a ser el nuevo tejido de moda para el
invierno.
—Bobby
Jay —llamó la encargada, que vestía un mandil rojo y pañuelo de cabeza..
—Ésos
somos nosotros —dije yo.
—No
queremos estar sentados cerca de donde solía estar la sección de fumadores
—dijo Billy Ray, y la seguimos a la mesa.
Al
parecer, la moda de los girasoles había venido a morir aquí.
Los
había entrelazados en la verja blanca que rodeaba nuestra mesa, estampados en
la pared, pintados en las puertas de los servicios, bordados en las
servilletas. Un gran ramo artificial asomaba de un jarrón Masón en medio de
nuestro mantel, también decorado con ellos.
—Guai,
¿eh? —dijo Billy Ray, abriendo su menú en forma de girasol—. Todo el mundo dice
que el ambiente de la pradera va a ser la próxima gran moda.
—Pensaba
que lo era la pura lana virgen —murmuré, cogiendo el menú. La comida de la
pradera era más bien sustancial: filete de pollo frito, salsa cremosa y mazorca
de maíz, todo servido al estilo casero.
—¿Algo
para beber? —preguntó un camarero vestido con piel de gamo y con un pañuelo de
girasoles atado a la cabeza.
Miré
la carta. Tenían exprés, capuchino y café con leche, también muy populares en
los días de la pradera. No había té helado.
—Té
helado es la bebida del estado de Kansas —le dije al camarero—. ¿Cómo es que no
tienen?
Al
parecer, él había estado tomando lecciones de Flip. Puso los ojos en blanco,
suspiró expertamente y dijo:
—El
té helado está outré.
«Una
palabra nunca oída en la pradera», pensé, pero Billy Ray estaba ya pidiendo una
chuleta, puré de patatas y capuchino para ambos.
—Bien,
cuéntame algo de esa investigación en la que llevas trabajando semanas.
Lo
hice.
—El
problema es que tengo causas de sobra —dije, después de explicar lo que había
estado haciendo—. Igualdad femenina, bicicletas, un diseñador francés llamado
Poiret, la Primera Guerra Mundial, y Coco Chanel, que se chamuscó el pelo
cuando estalló una estufa. Por desgracia, nada de eso parece ser la fuente
principal.
Nuestra
cena llegó, en platos marrones de arcilla decorados con girasoles. La ensalada
de coles estaba sazonada con albahaca fresca, cosa que no recordaba como propia
de la pradera, y la carne con rodajas de limón.
Billy
Ray me habló de las ventajas de criar ovejas mientras comíamos. Las ovejas eran
sanas, daban beneficios, no causaban problemas, y las podías llevar a pastar a
cualquier parte. Me habría sentido más inclinada a creer todo aquello si no me
hubiera dicho lo mismo sobre las vacas cuernilargas seis meses atrás.
—¿Postre?
—dijo el camarero, y nos trajo el carrito con las tartas.
Yo
suponía que un postre de la pradera sería tarta de grosella o tal vez melocotón
en lata, pero eran los sospechosos habituales: créme brûlée, tiramisú, «y
nuestro nuevo postre, pudín de pan».
Bueno,
eso parecía un postre de Kansas, desde luego, el tipo de cosa que te ves
obligada a comer después de que la vaca se te muere y los saltamontes devoran
tu cosecha.
—Tomaré
tiramisú —dije.
—Yo
también —añadió Billy Ray—. Siempre he odiado el pudín de pan. Es como comer
sobras.
—Todo
el mundo se pirra por nuestro pudín de pan —nos reprochó el camarero—. Es
nuestro postre de más éxito.
Lo
malo que tiene estudiar tendencias es que nunca consigues desconectar. Estás en
una cita, sentada frente a alguien, comiendo tiramisú, y en vez de pensar lo
guapa que es tu pareja, te encuentras pensando en postres de moda y, como
siempre, son empalagosos y su aporte de calorías es directamente proporcional a
la obsesión por hacer dieta.
Miren
si no el tiramisú, que tiene cholocate y nata montada y dos tipos de queso. Y
el pastel de caramelo, que estuvo muy de moda en los años cuarenta a pesar de
los racionamientos de la guerra.
El
pastel con fondo de pina fue una moda en los veinte, un postre que espero que
no vuelva pronto; el pastel de huevo se puso de moda en los cincuenta; la
fondue de chocolate en los sesenta.
Me
pregunté si Bennett era también inmune a las modas culinarias, y cuáles eran
sus ideas sobre el pudín de pan y el pastel de queso y chocolate.
—¿Vuelves
a pensar en el pelo corto? —preguntó Billy Ray—. Tal vez estás prestando
atención a demasiadas cosas. En el cursillo al que asisto dicen que hay que
ref.
—¿Ref?
—REF.
Recortar El Enfoque. Eliminar todos los enfoques y periféricos de las variables
núcleo. Esto del pelo corto sólo puede tener una causa, ¿no? Tienes que
estrechar tu enfoque hasta reducirlo a las posibilidades más probables y
concentrarte en ellas. Además, funciona. Lo probé en un caso de sarna en las
ovejas. ¿Seguro que no quieres acompañarme a mi taller?
—Tengo
que ir a la biblioteca.
—Deberías
pillar el libro Cinco pasos para enfocar el éxito.
Después
de la cena, Billy Ray se fue a ref, y yo a la biblioteca a buscar el Browning.
Lorraine no estaba allí, sino una chica con cinta adhesiva, hilos en el pelo y
expresión hosca.
—Lleva
tres semanas de retraso —dijo.
—Eso
es imposible. Lo saqué la semana pasada. Y lo devolví. El lunes.
Después
de haber probado Pippa con Flip y decidir que Browning no sabía de qué estaba
hablando. Había devuelto el Browning y sacado Otelo, esa otra historia sobre
malas influencias.
Ella
suspiró.
—Nuestro
ordenador indica que todavía está fuera. ¿Ha mirado en casa?
—¿Está
por aquí Lorraine? —pregunté.
Ella
puso los ojos en blanco.
—No-o-o-o.
Decidí
que era mejor esperar a que lo estuviera y fui a los estantes a buscar el
Browning yo misma.
Las
Obras completas no estaba allí, y no pude recordar el nombre del libro que me
había sugerido Billy Ray. Saqué dos libros de Willa Cather, que sabía cómo era
de verdad la cocina de la pradera, y Lejos del mundanal ruido, en el que, según
recordé, había ovejas; luego me puse a dar vueltas por la biblioteca tratando
de recordar el nombre del libro de Billy Ray y esperando inspiración.
Las
bibliotecas han sido responsables de un montón de logros científicos
significativos. Darwin leía a Malthus por diversión (lo que debería decirnos
algo respecto a Darwin), y Alfred Wegener paseaba por la biblioteca de la
Universidad de Marburg, dando vueltas al globo terráqueo y rebuscando en
papeles científicos, cuando se le ocurrió la idea de la deriva continental.
Pero a mí no se me ocurrió nada, ni siquiera el nombre del libro de Billy Ray.
Pasé a la sección de negocios para ver si recordaba el nombre cuando lo viera.
Algo
sobre estrechar el enfoque, eliminar todo lo periférico. «Sólo puede tener una
causa, ¿no?», había dicho Billy.
No.
En un sistema lineal tal vez, pero el pelo corto no era igual que la sarna de
las ovejas. Era como uno de los sistemas caóticos de Bennett. En él confluían
docenas de variables, y todas ellas eran importantes. Se alimentaban unas a
otras, iterando y reiterando, cruzándose y colisionando, afectándose unas a
otras de formas que nadie esperaba. Tal vez el problema no era que tuviera
demasiadas causas, sino que no tenía suficientes. Pasé al siglo XX y cogí Los
locos veinte, y también Flappers, sufragistas y huelguistas, y Los años veinte:
un estudio sociológico, y tantos libros sobre la época como pude cargar, y me
los llevé todos al mostrador.
—Aquí
aparece que debe usted un libro —dijo la chica—. Desde hace cuatro semanas.
Me
fui a casa, emocionada por primera vez y convencida de que estaba sobre la
pista adecuada, y empecé a trabajar en las nuevas variables.
Los
años veinte habían estado repletos de modas: jazz, petacas, calcetines bajados,
bailes locos, abrigos de mapache, carreras de maratón, maratones de baile,
maratones de besos, coches Stutz, sentadas, puzzles. Y en medio de todas
aquellas rodillas coloradas y derbies de sillas mecedoras y paraguas estaba la
causa de que se impusiera el pelo corto. Trabajé hasta muy tarde y me fui a la
cama con Lejos del mundanal ruido. Tenía razón. Trataba de las ovejas. Y las
modas. En el capítulo cinco una de las ovejas se caía por un barranco, y las
otras la seguían, lanzándose una tras otra a las rocas del fondo.
3
AFLUENTES
Por
favor, señorías —dijo él—. ¡Soy capaz,
por
medio de un secreto encantamiento, de atraer
a
todas las criaturas vivientes bajo el sol,
que
se arrastran, corren o vuelan,
para
que me sigan como nunca se ha visto!
ROBERT
BROWNING
PELUCAS
MONUMENTALES
(1750-1760)
Moda
capilar de la corte de Luis XVI inspirada por madame de Pompadour, que era
aficionada a decorar su cabello de formas inusitadas. El pelo rodeaba un
armazón relleno de algodón o paja y cementado con una pasta que se endurecía, y
luego se cubría de polvos de talco y se decoraba con perlas y flores. La moda
se salió rápidamente de madre. Los armazones llegaron a medir más de noventa
centímetros, y los motivos se hicieron más elaborados y barrocos. Los peinados
reproducían cascadas, cupidos, escenas de novelas. Batallas navales completas,
con barcos y humo, se desarrollaban en lo alto de las cabezas de las mujeres, y
una viuda, abrumada por el dolor tras la muerte de su esposo, hizo que le
pusieran una lápida en el peinado. La moda pasó con la llegada de la Revolución
francesa y la consiguiente escasez de cabezas donde poner pelucas.
Los
ríos no son sólo anchas corrienes. Tienen acuíferos a docenas, a veces cientos
de afluentes. El río Lena de Siberia, por ejemplo, se nutre de una zona de más
de un millón de kilómetros cuadrados por donde corren los ríos Karenga, Olekma,
Vitim y Aldan, y miles de corrientes más pequeñas y arroyos, algunos de los
cuales siguen cursos tan distantes y convulsos que a nadie se le ocurriría
asociarlos con el Lena, situado a miles de kilómetros de distancia.
Los
acontecimientos que conducen a un logro científico frecuentemente son no sólo
aleatorios, sino que poco tienen que ver con la ciencia. Pongamos por caso las
paperas. Einstein las sufrió a los cuatro años y su padre intentaba distraer a
un niñito enfermo cuando le dio su brújula de bolsillo para que jugara. Y las
llaves del universo.
La
vida de Fleming es un completo cúmulo de coincidencias, empezando por su padre,
que era jardinero en la mansión de los Churchill. Cuando Winston, a los diez
años, se cayó al lago, el padre de Fleming se lanzó de cabeza al agua y lo
rescató. La agradecida familia lo recompensó enviando a su hijo Alexander a la
facultad de medicina.
Vean
a Penzias y Wilson. Robert Dicke, de la Universidad de Princeton, convenció a
P. J. E. Peebles para que calculara la temperatura del Big Bang. Este lo hizo,
advirtió que era lo bastante caliente para ser detectable como residuo de
radiación, y le dijo a Peter G. Roll y David T. Wilkinson que deberían buscar
microondas.
Peebles
(¿se han perdido ya?) dio una conferencia en el John Hopkins donde mencionó el
proyecto de Roll y Wilkinson. Ken Turner, del Instituto Carnegie, asistió a la
conferencia y se lo mencionó a Bernard Burke del Instituto Tecnológico de
Massachusets, que era amigo de Penzias. (¿Todavía me siguen?)
Cuando
Penzias llamó a Burke para hablar de otra cosa (probablemente la fiesta de
cumpleaños de su hija), le comentó su persistente ruido de fondo. Y Burke le
dijo que llamara a Wilkinson y Roll.
Durante
la semana siguiente pasaron varias cosas: Suministré datos al ordenador sobre
las sentadas y el juego chino del mahjong, Dirección declaró HiTek edificio
libre de humo, la hija de Gina, Brittany, cumplió cuatro años, y la doctora
Turnbull, nada menos, vino a verme.
Llevaba
una camisa de campamento de seda rosa pomo y vaqueros rosa y sonreía amistosa.
Los vaqueros y la camisa indicaban que cumplía el edicto de HiTek para vestir
de modo informal. No tenía ni idea de lo que significaba la sonrisa.
—Doctora
Foster —dijo, acercándose a mí a toda máquina—, justo la persona que quería
ver.
—Si
está buscando un paquete, doctora Turnbull —dije, cansina—. Flip todavía no ha
pasado por aquí.
Ella
soltó una risita alegre y cantarina de la que no la había considerado capaz.
—Llámame
Alicia —dijo—. Nada de paquetes. Simplemente, se me ocurrió pasar por aquí y
charlar un rato. Verás, deberíamos conocernos mejor. La verdad es que sólo
hemos hablado un par de veces.
«Una
vez —pensé—, y me gritaste. ¿Qué pretendes en realidad?»
—Bien
—dijo ella, sentándose en una de las mesas del laboratorio y cruzando las
piernas—. ¿A qué universidad fuiste?
En
HiTek, «conocerte mejor» significa preguntar «Oye, ¿sales con alguien?», o, en
el caso de Elaine, «¿Te interesa el aerobic de alto impacto?»; pero tal vez
éste era el concepto que tenía Alicia de una charla informal.
—Me
doctoré en Baylor.
Ella
sonrió aún más animosamente.
—Fue
en sociología, ¿verdad?
—Y
estadística.
—Un
doctorado doble —aprobó ella—. ¿Fue allí donde hiciste tu trabajo de
pregraduada?
No
podía ser una espía industrial. Trabajábamos para la misma empresa. Y, en
cualquier caso, los datos estaban en los registros de Personal.
—No
—dije—. ¿Dónde hiciste tu trabajo de graduación?
Fin
de la conversación.
—Indiana
—dijo ella, como si hubiera preguntado algo que no era asunto mío, y levantó su
culo rosado del asiento, pero no se marchó. Se quedó mirando la mesa llena de
montañas de datos.
—Tienes
mucho material aquí —dijo, examinando uno de los desórdenes.
Tal
vez Dirección la había enviado a espiar nuestra organización de trabajo.
—Tengo
previsto ordenar las cosas en cuanto termine con mis impresos de solicitud de
fondos —dije.
Ella
se acercó a mirar los montones dedicados a las sentadas.
—Yo
ya he entregado el mío. Por supuesto.
—Y
el desorden es bueno. Los laboratorios de Susan Holyrood y Dan Twofeathers
estaban desordenados. R. C. Méndez dice que es un indicador de creatividad.
Yo
no tenía ni idea de quiénes eran esos tipos ni de lo que estaba pasando allí.
Algo, obviamente. Tal vez Dirección la había enviado a buscar rastros de
fumadores. Alicia había olvidado su sonrisa amistosa y daba vueltas por el
laboratorio como un tiburón.
—Bennett
me dijo que estás trabajando analizando las fuentes de las modas. ¿Por qué
decidiste trabajar en eso?
—Todo
el mundo lo hacía.
—¿De
veras? —dijo ansiosamente—. ¿Quiénes son los otros científicos?
—Ha
sido un chiste —contesté mansamente, y me dispuse a explicarlo sin demasiada
convicción—. Ya sabes, las modas, algo que la gente hace porque todo el mundo
lo está haciendo.
—Oh,
ya lo entiendo —dijo ella, lo que quería decir que no lo entendía, pero parecía
más divertida que ofendida—. Ser ocurrente es también una señal de creatividad,
¿no? ¿Cuál crees que es la cualidad más importante en un científico?
—La
suerte.
Ahora
sí que pareció ofendida.
—¿La
suerte?
—Y
buenos ayudantes —dije—. Mira a Roy Plunkett.
El
hecho de que su ayudante utilizara un relleno de plata en el tanque de carbonos
clorofluorados fue lo que le llevó al descubrimiento del teflón. O Becquerel.
Tuvo la buena suerte de contratar a una joven polaca para que le ayudara con su
terapia de radiación. Se llamaba Marie Curie.
—Eso
es muy interesante. ¿Dónde dijiste que hiciste tu trabajo de pregraduación?
—En
la Universidad de Oregón.
—¿Qué
edad tenías cuando te doctoraste?
Volvíamos
al tercer grado.
—Veintiséis.
—¿Qué
edad tienes ahora?
—Treinta
y uno —dije, y al parecer eso fue la respuesta adecuada porque la sonrisa
regresó.
—¿Te
criaste en Oregón?
—No.
En Nebraska.
Esta
respuesta no lo fue. Alicia desconectó la sonrisa.
—Tengo
un montón de trabajo que hacer —dijo, y se marchó sin mirar atrás. Quisiera lo
que quisiese, al parecer el desorden y la inteligencia no le bastaban.
Me
quedé allí sentada mirando la pantalla y preguntándome de qué había ido todo
aquello, y Flip entró ataviada con cinta adhesiva y un par de zuecos sin talón.
Tendría
que haber empleado un poco de cinta adhesiva para los zuecos. Se le salían a
cada paso, y tuvo que avanzar hasta mí casi arrastrando los pies. Los zuecos y
la cinta adhesiva eran del mismo azul eléctrico bilioso que llevaba el otro
día.
—¿Cómo
se llama ese color? —pregunté.
—Azul
Cerenkhov.
Por
supuesto. Como la radiación azulina de los reactores nucleares. Qué apropiado.
Pero, en justicia, tenía que admitir que no era la primera vez que a un color
de moda se le daba un nombre espantoso.
En
los días de Luis XVI, los nombres de los colores eran absolutamente
nauseabundos. Alcantarilla, arsénico, viruela y español enfermo fueron nombres
extendidos del amarillo verdoso.
Flip
me tendió un papel.
—Tiene
que firmar esto.
Era
una petición para declarar el vestíbulo de personal zona de no fumadores.
—¿Dónde
fumará la gente si no puede hacerlo en el vestíbulo? —pregunté.
—No
debería fumar. Provoca cáncer —dijo ella firmemente—. Creo que a la gente que
fuma no se le debería permitir tener trabajo. —Agitó su mechón de pelo—. Y
tendrían que vivir en algún sitio donde su humo de segunda mano no pudiera
hacernos daño a los demás.
—Desde
luego, Herr Goebbels —dije, ignorando que la ignorancia es la moda mayor de
todas, y le tendí de nuevo la petición.
—El
humo de segunda mano es peligroso —rezongó ella.
—Y
la mala uva —me volví hacia el ordenador.
—¿Cuánto
cuesta una corona? —dijo ella.
Parecía
el día de las preguntas absurdas.
—¿Una
corona? —pregunté, asombrada—. ¿Quieres decir como una tiara?
—No-o-o.
Una corona.
Traté
de imaginar un corona sobre la cabeza de Flip, con el mechón colgando por un
lado, y no lo conseguí. Pero fuera lo que fuese de lo que estaba hablando,
sería mejor que le prestara atención porque probablemente sería la nueva moda.
Flip podía ser incompetente, insubordinada, y generalmente insufrible, pero
estaba justo en el meollo de la moda.
—Una
corona —dije—. ¿Hecha de oro? —Hice la pantomima de ponerme una sobre la
cabeza—. ¿Con puntas?
—¿Puntas?
—dijo ella, furiosa—. Será mejor que no tenga puntas. Una corona.
—Lo
siento, Flip. No sé...
—Usted
es científica. Se supone que tiene que conocer los términos científicos.
Me
pregunté si corona se había convertido en término científico igual que la cinta
adhesiva se había convertido en un encargo personal.
—¡Una
corona! —dijo ella, soltó un enorme suspiro y se marchó del laboratorio pasillo
abajo.
Era
mi día para los encuentros que consideraba sin pies ni cabeza, y mis datos
sobre el pelo corto tampoco lo tenían. Lamentaba haber tenido la idea de
incluir las otras modas de la época. Había demasiadas, y ninguna era lógica.
Los
cacahuetes, por ejemplo, y las sentadas, y pintarse las rodillas de carmín. Los
universitarios pintaban sus viejos Ford T con eslóganes como «Aceite de
plátano» y «¡Oh, bromeas!»; las amas de casa de mediana edad se vestían como
doncellas chinas y jugaban al mah-jong; y las modas parecían surgir de la nada,
sucediéndose unas a otras en cuestión de meses y a veces de semanas. Un baile,
el black bottom, sustituyó el mah-jong, que a su vez había sustituido el Rey
Tut, y todo era tan caótico que resultaba imposible de rastrear.
Los
crucigramas eran la única moda que resultaba medio razonable, e incluso así era
un rompecabezas. La moda había empezado en el otoño de 1924, poco después del
pelo corto, pero los crucigramas existían desde el siglo XIX, y el New York
Herald había publicado un crucigrama semanal desde 1913.
Y
razonable, pensándolo bien, no era la palabra. Un sacerdote había repartido
crucigramas durante la misa: una vez resueltos, revelaban la lección de las
escrituras. Las mujeres llevaban vestidos decorados con cuadritos blancos y
negros, y sombreros y medias a juego, y en Broadway se estrenó una revista
titulada Crucigramas de 1925. La gente citaba los crucigramas como causa de su
divorcio, las secretarias llevaban diccionarios de bolsillo en la muñeca como
si fueran brazaletes, los médico advertían del peligro de vista cansada, y en
Budapest un escritor dejó una nota de suicidio en forma de crucigrama; un
crucigrama, por cierto, que la policía jamás resolvió, probablemente porque
estaban muy ocupados con la siguiente moda: el charlestón.
Bennett
asomó la cabeza por la puerta.
—¿Tienes
un minuto? Necesito hacerte una pregunta.
Entró.
Había cambiado la camisa de cuadros por una lisa que no era de madras ni Ivy
League, y traía un ejemplar del impreso simplificado de solicitud de fondos.
—¿Palabra
de dos letras para un dios solar egipcio? —comenté—. Es Ra.
El
sonrió.
—No,
me estaba preguntando si Flip te había traído una copia del memorándum que
Dirección dijo que iban a repartir. El que explicaba el impreso simplificado.
—Sí
y no. Tuve que pedirle uno a Gina. —Lo pesqué de entre un montón de libros de
los años veinte.
—Magnífico.
Iré a hacer una copia y te lo devuelvo.
—No
importa. Puedes quedártelo.
—¿Has
terminado de rellenar tu impreso?
—No.
De leer el memorándum.
Lo
miró.
—Página
diecinueve, pregunta cuarenta y cuatro-C. Para encontrar la fórmula primaria
extensional de subvención, multiplicar el análisis de necesidades
departamentales por el cociente de base fiscal, a menos que el proyecto
implique estructuración calibrada, en cuyo caso el cociente debe ser calculado
según la Sección W-A de las instrucciones adjuntas. —Le dio la vuelta al
papel—. ¿Dónde están las instrucciones adjuntas?
—Nadie
lo sabe.
Me
devolvió el memorándum.
—Tal
vez no tenga que ir a Francia para estudiar el caos. Tal vez pueda estudiarlo
aquí mismo —dijo, sacudiendo la cabeza—. Gracias —y se dispuso a marcharse.
—Por
cierto —dije yo—, ¿cómo va tu proyecto de difusión de información?
—El
laboratorio está preparado. Podré conseguir los macacos en cuanto termine con
este estúpido impreso, cosa que deberá ser —sacó una calculadora de sus
gastados pantalones y pulsó algunos números—, dentro de seis mil años.
Flip
entró en la oficina y nos tendió a cada uno un fajo grapado de papeles.
—¿Qué
es esto? —preguntó Bennett—. ¿Las instrucciones adjuntas?
—No-o-o
—dijo Flip, sacudiendo la cabeza—. Es el informe del Ministerio de Salud sobre
los riesgos del tabaco.
MARATÓN
DE BAILE
(1923-1933)
Popular
prueba de resistencia que consistía en bailar tanto tiempo como fuese posible
con el fin de ganar dinero. Los componentes de las parejas se daban pellizcos y
patadas para permanecer despiertos, y cuando eso fallaba, se dormían por turnos
sobre el hombro del compañero hasta llegar a aguantar ciento cincuenta días.
Las maratones se convirtieron en un burdo deporte espectáculo; el público
observaba a ver quién tenía alucinaciones provocadas por la privación del
sueño, quién se desmayaba o, como el caso de Homer Moorhouse, se caía muerto, y
la Sociedad Protectora de Animales de Nueva Jersey se quejó de que las
maratones eran crueles con los animales (humanos). La moda se mantuvo durante
los primeros años de la Depresión, simplemente porque la gente necesitaba
dinero. La maratón salía a poco más de centavo por hora de beneficio. Si
ganabas.
El
martes conocí a la nueva ayudante de la contacto de comunicaciones
interdepartamentales.
Había
decidido que no podía esperar más las instrucciones adjuntas y estaba
trabajando en el impreso de subvenciones cuando advertí que al final de la
página 28 ponía «Liste todo», pero que la primera línea de la página siguiente
ponía «al cociente de diversificación». Miré el número de página. Era la 42.
Fui
a ver si Gina tenía las páginas que faltaban. Estaba sentada entre un montón de
bolsas, papel de envolver y lazos.
—Vendrás
a la fiesta de Brittany, ¿verdad? —dijo—. Tienes que hacerlo. Habrá seis niñas
de cinco años y seis madres, y no sé qué es peor.
—Estaré
allí —prometí, y le pregunté por las páginas perdidas.
—¿Hay
páginas perdidas? Tengo mi impreso en casa. ¿Cuándo voy a poder rellenar las
páginas que faltan? Todavía tengo que comprar platos y vasos y adornos y
preparar los refrescos.
Escapé
y volví al laboratorio. Una mujer de pelo canoso estaba sentada ante el
ordenador, tecleando números rápidamente.
—Lo
siento —dijo en cuanto entré por la puerta—. Flip dijo que podía utilizar su
ordenador, pero no quiero molestaría. —Empezó a pulsar rápidamente teclas para
salvar el archivo.
—¿Es
usted la nueva ayudante de Flip? —pregunté, mirándola con curiosidad. Era
delgada, de piel morena y curtida, como la que tendría Billy Ray al cabo de
otros treinta años de galopar por las llanuras.
—Shirl
Creets —dijo ella, estrechando mi mano. Apretaba como Billy Ray, y sus dedos
estaban manchados de un marrón amarillento, lo que explicaba cómo Sara y Elaine
supieron que era fumadora «nada más verla».
—Flip
estaba utilizando el ordenador de la doctora Turnbull —dijo; su voz era ronca—,
y me dijo que viniera aquí y usara el suyo, porque a usted no le importaría. Me
marcharé en cuanto salve el archivo. No he fumado —añadió. —Puede fumar si
quiere. Y puede usar el ordenador. Tengo que ir a Personal y recoger un impreso
nuevo de solicitud de fondos. A éste le faltan páginas.
—Yo
se lo traeré —dijo Shirl, levantándose de inmediato y quitándome el impreso—.
¿Qué páginas faltan?
—De
la veintiocho a la cuarenta y uno, y tal vez algunas al final, no lo sé. El mío
sólo llega hasta la página sesenta y ocho. Pero no tiene usted que...
—¿Para
qué están las ayudantes? ¿Quiere que saque una copia extra para así poder hacer
primero un borrador?
—Eso
estaría muy bien, gracias —dije, sorprendida, y me senté ante el ordenador.
Había
sido amable con Flip, y mira lo que me había conseguido. Me reafirmé en la idea
de que Browning sabía algo de modas, con flautista de Hamelín o sin él.
Los
datos que Shirl había estado tecleando seguían allí. Era una especie de tabla.
«Carbanks-48, Twofeathers-34, —decía—. Holyrood-61, Chin-39.» Me pregunté en
qué proyecto estaría trabajando Alicia.
Shirl
volvió pasados apenas cinco minutos, con un fajo de folios bien grapados y
ordenados.
—He
añadido copia de las páginas que faltaban en su original, y he hecho dos copias
de más por si acaso. —Las colocó con cuidado sobre la mesa del laboratorio y me
tendió otro grueso fajo—. Mientras estaba en la copiadora, encontré estos
recortes. Flip no sabía a quién pertenecían. He pensado que podrían ser suyos.
Me
tendió un fajo de recortes sobre las maratones de baile, cogidos con clips a un
juego de fotocopias.
—Supuse
que querría copias —dijo.
—Gracias
—contesté, anonadada—. Supongo que no podré convencer a Flip para que me la
asignen.
—Lo
dudo. Parece apreciarla. —Depositó los recortes sobre la mesa y empezó a
ordenarlos.
Sacó
el libro sobre teoría del caos del montón.
—Diagramas
de Mandelbrot —dijo, interesada—. ¿Es eso lo que investiga?
—No.
Los orígenes de las modas. Leía eso por curiosidad. Pero están conectados. Las
modas son una faceta del sistema caótico de la sociedad: un montón de variables
contribuye a ellas.
Colocó
Un mundo feliz y Bien está lo que bien acaba encima del libro sobre teoría del
caos sin hacer más comentarios y cogió Flappers, activistas y sentadas.
—¿Qué
le hizo escoger las modas? —dijo con desaprobación.
—¿No
le gustan?
—Creo
que hay formas más directas de influir en la sociedad que empezando una moda.
Tuve un maestro de física que solía decir: «No presten ninguna atención a lo
que hacen los demás. Hagan lo que quieran ustedes, y podrán cambiar el mundo.»
—Oh,
no quiero descubrir cómo iniciarlas —dije—. Supongo que HiTek sí, y por eso
financian el proyecto, aunque si el mecanismo es tan complejo como empieza a
parecerme, nunca podré aislar la variable crítica, y en ese punto probablemente
dejarán de subvencionarme. —Miré las notas sobre las maratones de baile—. Lo
que quiero es comprender qué las causa.
—¿Por
qué? —dijo ella, con curiosidad.
—Porque
quiero comprender. ¿Por qué actúa la gente de la forma en que lo hace? ¿Por qué
de repente deciden jugar al mismo juego o llevar la misma ropa o creer en la
misma cosa? En los años veinte fumar estaba de moda. Ahora lo está no fumar.
¿Por qué? ¿Se trata de una conducta instintiva o de influencias sociales? ¿O es
que hay algo en el aire? Los juicios a las brujas de Salem se debieron al miedo
y la avaricia, pero eso siempre está presente, y no seguimos quemando brujas,
así que debe de haber algo más en danza.
»No
comprendo qué es. Y no creo que lo descubra pronto. Me parece que no voy a
ninguna parte. No sabrá usted por casualidad qué originó la moda del pelo
corto, ¿verdad?
—¿Va
despacio?
—Despacio
no es la palabra —dije. Hice un gesto con las fotocopias de las maratones de
baile—. Me siento como si estuviera en uno de estas maratones. La mayor parte
del tiempo no es bailar ni nada, sólo es poner un pie delante del otro, tratar
de aguantar y permanecer despierto. Tratar de recordar por qué te dio por
inscribirte.
—Mi
profesor de física solía decir que la ciencia era un uno por ciento de
inspiración y un noventa y nueve por ciento de transpiración.
—Y
un cincuenta por ciento de rellenar impresos de financiación no simplificados
—dije. Cogí una de las copias suplementarias—. Será mejor que le lleve esto a
Gina.
—Ya
le he llevado una a la doctora Damati —contestó ella—. Oh, y tengo que volver
allí. Le prometí que le envolvería los regalos de Brittany.
—¿Está
segura de que no puede convencer a Flip?
Cuando
se marchó, empecé a leer la página 29, pero el conjunto no tenía más sentido
que cuando faltaba; empezaba a sentirme vagamente irritada otra vez. Cogí una
copia y fui a ver a Bennett a Biología.
Alicia
estaba allí, cabeza con cabeza junto a Bennett ante el ordenador, pero él alzó
la mirada inmediatamente y me sonrió.
—Hola
—dijo—. Pasa.
—No,
no importa. No pretendía interrumpir —contesté, sonriéndole a Alicia. Ella no
me devolvió la sonrisa—. Sólo quería traerte un impreso completo. —Se lo
tendí—. Había páginas de menos en el que repartió Flip.
—Incompetente
—dijo él—. Incorregible. Incapacitada.
Alicia
me miraba fijamente.
—«Interrumpidora»
—dije—. Interrumpir es lo que yo estoy haciendo en vuestra reunión. Hablaré
contigo más tarde —me dirigí hacia la puerta.
—No,
espera. Te interesará esto. La doctora Turnbull me estaba hablando de su nuevo
proyecto —miró a Alicia—. Cuéntale a la doctora Foster lo que has estado
haciendo.
—He
tomado los datos de todos los ganadores anteriores de la beca Niebnitz:
disciplina científica, área de proyectos, trasfondo educativo...
Eso
explicaba el tercer grado al que me había sometido el día anterior. Había
estado tratando de decidir si yo encajaba en los parámetros, y por la mirada
que me dirigía ahora, no me había clasificado.
—...
edad, sexo, grupo étnico, filiación política. —Hizo pasar varías pantallas, y
reconocí una tabla como aquella en la que estaba trabajando Shirl—. Estoy yendo
hacia atrás para determinar las características relevantes y luego analizar las
que constituyen el perfil del típico receptor de la beca Niebnitz y los
criterios que el Comité de Becas Niebnitz aplica para hacer sus elecciones.
«Los
criterios del comité serán la originalidad de pensamiento y la creatividad
—pensé—Suponiendo que exista un comité.»
—Todavía
no he completado el trabajo, pero ya se intuyen algunas pautas. —Hizo aparecer
una página en pantalla—. La beca se da con un intervalo medio de uno coma nueve
años de diferencia, pero las dos becas más cercanas que se han dado están a uno
coma dos años, lo que significa que la beca no se concederá hasta mayo como muy
pronto.
Eso
no significaba nada, y se lo habría dicho, pero ella estaba ya lanzada.
—El
reparto de los premios sigue una pauta cíclica; se conceden a instituciones
académicas, laboratorios de investigación y compañías comerciales
alternativamente. La siguiente beca será para una gran compañía, lo que nos da
ventaja, y —cambió de página— hay una clara tendencia hacia los científicos
situados al oeste del Misisipí, lo que también supone una ventaja para
nosotros, y hacia las ciencias biológicas. No he determinado todavía el área
específica, pero tendré esa parte del perfil mañana.
Todo
lo cual sonaba sospechosamente a ciencia a la carta. Miré a Bennett para ver
qué pensaba de todo aquello, pero él contemplaba la pantalla, abstraído, como
si hubiera olvidado dónde estábamos.
Bueno,
por supuesto que estaba interesado. ¿Por qué no iba a estarlo? De ganar la beca
Niebnitz, podría volver al río Loue a trabajar en la teoría del caos y
olvidarse de los impresos y de Flip y las incertidumbres de las subvenciones.
Excepto
que la ciencia no funciona así. No puedes poner handicaps a los logros
científicos significativos como si fueran un caballo de carreras.
Pero
ésta no sería la primera vez que alguien se convencía de algo que no era cierto
cuando había dinero de por medio. Miren la pasión por la bolsa de finales de
los años veinte. O la locura por los tulipanes holandeses del siglo XVII. En
1634, el precio de los tulipanes más bonitos o más raros empezó a subir, y de
repente todo el mundo (comerciantes, príncipes, campesinos, hermanos, hermanas,
maridos, esposas), todos empezaron a comprar y vender bulbos como locos. Los
precios se pusieron por las nubes, los especuladores hicieron fortunas de la
mañana a la noche, y la gente empeñaba sus zapatos de madera y los diques para
comprar un bulbo que costaba el sueldo de doce años. Y entonces, sin ningún
motivo aparente, el mercado se colapso, y sucedió lo mismo que el 29 de octubre
de 1929, sólo que sin ventanas de rascacielos para que los accionistas
holandeses se lanzaran al vacío.
Por
no mencionar las cartas en cadena, los planes piramidales y la explosión de
terrenos en Florida.
—El
otro factor que hay que tener en cuenta es el nombre de la beca —decía Alicia—.
Niebnitz puede referirse a Ludwig Niebnitz, que fue un oscuro botánico del
siglo XVIII, o a Karl Niebnitz von Drull, que vivió en la Bavaria del siglo XV.
Si es Ludwig, eso explicaría la tendencia a la biología. Von Drull fue más
famoso. Su campo era la alquimia.
—Tengo
que irme —dije, poniéndome en pie—. Si voy a abandonar mi proyecto de modas
para transmutar el plomo en oro, tengo que empezar a trabajar ya.
Me
marché.
Bennett
me siguió al pasillo.
—Gracias
por traerme el impreso.
—Tenemos
que permanecer unidos contra las fuerzas de Flip —dije yo—. ¿Has visto a su
nueva ayudante?
—Sí,
es magnífica. Me pregunto qué la empujó a aceptar un trabajo como éste.
—NlEBNITZ
también podría ser un acrónimo —dijo Alicia desde la puerta—. En cuyo caso...
Aproveché
la ocasión y volví a mi laboratorio.
Flip
estaba allí, tecleando algo en mi ordenador.
—¿Cómo
me describiría? —me preguntó.
Observé
el laboratorio. Estaba inmaculado. Shirl había despejado las mesas y guardado
todos mis recortes en clasificadores. Por orden alfabético.
«Como
ineludible—pensé—. Impactante.»
—Inextricable
—dije.
—Eso
suena bien —dijo ella—. ¿Se escribe con b o con v?
EL
DOCTOR SPOCK
(1945-1965)
Moda
pediátrica basada en el libro del pediatra del mismo nombre, Baby and Child
Care, así como en el creciente interés por la psicología y la fragmentación de
la familia. Spock abogaba en su obra por una política más permisiva que la
recomendada en los tratados pediátricos publicados con anterioridad; aconsejaba
además flexibilidad de horarios para las comidas y atención al desarrollo
infantil (consejo que muchos padres interpretaron, equivocadamente, como dejar
que el niño hiciera lo que se le antojara). La moda pasó cuando la primera
generación de niños educados según proponía el doctor Spock se convirtieron en
adolescentes, se dejaron crecer el pelo hasta los hombros, y empezaron a hacer
volar edificios de la administración.
El
miércoles asistí a la fiesta de cumpleaños. Había previsto salir temprano y me
estaba poniendo el abrigo cuando llegó Flip, con un corpiño de encaje y
vaqueros decorados con cinta adhesiva, y me tendió una hoja de papel.
—No
tengo tiempo para peticiones —dije.
—No
es una petición —contestó ella, agitando el pelo—. Es un memorándum sobre los
impresos de fondos.
El
memorándum decía que había que entregar los impresos antes del veintitrés, cosa
que ya sabía.
—Se
supone que tiene que entregarme el impreso.
Asentí
y se lo di.
—Lleva
esto al laboratorio del doctor O'Reilly —dije, poniéndome los guantes.
Ella
suspiró.
—Nunca
está allí. Siempre está en el laboratorio de la doctora Turnbull.
—Entonces
llévalo al laboratorio de la doctora Turnbull.
—Siempre
están juntos. Él está completamente pirado por ella, ya sabe.
«No»,
pensé. No lo sabía.
—Siempre
están sentados juntos ante el ordenador. No sé qué ve en él. Es completamente
suarb —dijo Flip, tirando de la cinta adhesiva del dorso de su mano—. Tal vez
consiga que tenga un aspecto menos pasado de moda.
«Y
si lo hace —pensé irritada—, se acabó su principal característica, y yo nunca
averiguaré por qué era inmune a las modas.»
—¿Qué
significa «sofisticada»? —preguntó Flip.
—Cosmopolita,
pero tú no lo eres —dije, y me marché a la fiesta. Había refrescado.
Normalmente cae una gran nevada en octubre, y al parecer se avecinaba.
Cuando
llegué, Gina estaba al borde del histerismo.
—No
te creerás lo que Brittany dijo que quería después de que le dijera que no
podía ser Barney —dijo, señalando los adornos, que eran de un rosa que no tenía
ninguna relación con el posmoderno.
—¡Barbie!
—gritó Brittany. Llevaba un vestido de la Sirenita y un pasador rosa
encendido—. ¿Me has traído un regalo?
Las
otras niñas llevaban todas delantales de Pocahontas excepto una linda rubita
llamada Peyton, que llevaba un jersey del Rey León y zapatillas con luces.
—¿Estás
casada? —me preguntó la madre de Peyton. —No.
Ella
sacudió la cabeza.
—Demasiados
tipos tienen un asunto hoy en día. Peyton, no vamos a abrir los regalos
todavía.
—¿Estás
saliendo con alguien? —preguntó la madre de Lindsay.
—Vamos
a abrir los regalos más tarde, Brittany —dijo Gina—. Primero vamos a jugar a un
juego. Bethany, es el cumpleaños de Brittany.
Trató
de hacer que las niñas jugaran a un juego donde había globos con Barbies rosa y
luego renunció y dejó que Brittany abriera los regalos.
—Abre
primero el de Sandy —dijo Gina, tendiéndole el libro—. No, Caitlin, los regalos
son de Brittany.
Brittany
rasgó el papel de Sapos y diamantes y lo miró sin reaccionar.
—Era
mi cuento de hadas favorito cuando era niña —dije—. Trata de una niña que
conoce a un hada buena, sólo que no lo sabe porque el hada va disfrazada...
Pero
Brittany ya lo había apartado y estaba abriendo una muñeca Barbie con un
vestido resplandeciente.
—¡Barbie
Cabellos Mágicos! —chilló.
—Mía
—dijo Peyton, y dio un tirón que dejó a Brittany con sólo el brazo de la Barbie
en la mano.
—¡Ha
roto a Barbie Cabellos Mágicos! —lloriqueó Brittany.
La
madre de Peyton se levantó y dijo tranquilamente:
—Peyton,
creo que necesitas una expulsión.
Pensé
que Peyton necesitaba una buena tunda, o al menos que le quitaran la Barbie
Cabellos Mágicos y se la devolvieran a Brittany, pero en cambio la madre la
llevó a la puerta del dormitorio de Gina.
—Puedes
volver cuando hayas controlado tus emociones —le dijo a Peyton, que a mí me
parecía controlada.
—No
puedo creer que todavía uses las expulsiones —dijo la madre de Chelsea—. Ahora
todo el mundo usa las retenciones.
—¿Retenciones?—pregunté
yo.
—Sujetas
al niño inmovilizado contra tu regazo hasta que la conducta negativa cesa.
Produce una sensación de seguridad interceptiva.
—Vaya
—dije, mirando hacia la puerta del dormitorio—. Habría odiado tratar de retener
a Peyton contra su voluntad.
—La
retención está abandonada por completo —dijo la madre de Lindsey—. Nosotros
usamos la AE.
—¿AE?
—Ampliación
de Estima. La AE dirige la conducta periférica positiva no importa cuan
negativa sea la conducta primaria.
—¿Conducta
periférica positiva? —dijo Gina, dubitativa.
—Cuando
Peyton le quitó la Barbie a Brittany hace un momento —dijo la madre de Lindsay,
obviamente encantada de explicarlo—, tendrías que haber dicho: «Vaya, Peyton,
qué conducta tan asertiva tienes.»
Brittany
abrió la Barbie Buceadora, la Barbie Ama de Casa, la moto de Barbie Nocturna y
una Barbie de peinado rebuscado con velo y traje de novia.
—La
Barbie Novia Romántica —dijo Brittany, extasiada.
—¿Podemos
tomar la tarta ahora? —preguntó Lindsay.
Peyton
debía tener la orejita pegada a la puerta, porque la abrió, sin parecer
especialmente contrita, y dijo:
—Ya
me siento mejor respecto a mí misma.
Y se
subió a la mesa.
—Nada
de tarta —dijo Gina—. Demasiado colesterol. Helado de yogur y galletas.
Y
las niñas acudieron corriendo como si hubieran oído al flautista de Hamelín.
Las
madres y yo recogimos el papel de envolver y los lazos, buscando con cuidado
zapatos de tacón de Barbie perdidos y accesorios microscópicos.
La
madre de Danielle alisó el vestido de la Barbie Novia Romántica.
—Me
pregunto si a Lisa le gustaría un vestido como éste —dijo—. Está tratando de
convencer a Eric para casarse este verano.
—¿Vas
a ser su dama de honor? —preguntó la madre de Chelsea—. ¿Qué color va a llevar?
—No
lo ha decidido todavía. El blanco y negro está de moda, pero ya lo llevó la
última vez que se casó.
—Rosa
posmoderno —dije yo—. Es el nuevo color para la primavera.
—El
rosa no me favorece —dijo la madre de Danielle—. Y todavía tiene que
convencerlo. Él dice que por qué no pueden vivir juntos.
La
madre de Lindsay cogió la Barbie Novia Romántica y empezó a arreglar sus mangas
abombadas.
—Yo
siempre digo que nunca me volveré a casar, después de ese capullo de Matt. Pero
no sé, últimamente me siento un poco... no sé..
«Impaciente»,
pensé.
Sonó
el teléfono; Gina entró en el dormitorio para atenderlo y las demás se
dirigieron a la cocina.
Se
oyó un grito procedente de allí, y todo el mundo aplicó la ampliación de
estima. Cogí la Barbie Novia Romántica y miré los capullos rosa y los lazos de
satén blanco, maravillada. La Barbie es una moda que tendría que haber durado,
como mucho, dos temporadas. Incluso la muñeca de Shirley Temple sólo duró tres.
En
cambio, la Barbie se mantenía desde hacía treinta años y estaba más de moda que
nunca, incluso en estos días de feminismo y de educación no sexista. Habría
sido perfecta para estudiar qué causa las modas, pero yo no estaba segura de
querer saberlo. La Barbie es una de esas modas cuya popularidad te hace perder
toda fe en la especie humana.
Gina
salió del dormitorio.
—Es
para ti —dijo, mirándome calculadora—. Puedes usarlo en el dormitorio.
Solté
la Barbie Novia Romántica y me levanté.
—¡Es
mi cumpleaños! —chilló Brittany.
—Vaya,
Peyton —dijo la madre de Peyton—, qué cosa tan creativa has hecho con tu yogur
congelado.
Gina
corrió a la cocina, y yo entré en el dormitorio.
Estaba
decorado con violetas, con un teléfono inalámbrico púrpura. Lo cogí.
—¿Qué
tal? —dijo Billy Ray—. Adivina desde dónde te llamo.
—¿Cómo
has sabido que estaba aquí?
—He
llamado a HiTek y tu ayudante me lo ha dicho.
—¿Flip
te ha dado el número? ¿Correctamente?
—No
sé cómo se llamaba. Voz ronca. Tosía mucho.
Shirl.
Debía de estar metiendo algunos de los datos de Alicia en mi ordenador.
—Bien,
escucha, voy camino a las Rocosas ahora mismo y... espera. Paso por un túnel.
Te llamaré en cuanto termine de atravesarlo.
Hubo
un zumbido, y un chasquido.
Colgué
el teléfono y me quedé allí sentada, sobre la cama violeta de Gina,
preguntándome cómo llegaba a atender el rancho Billy Ray cuando nunca estaba
allí. También reflexioné sobre el atractivo de la Barbie.
Parte
de su éxito se debe a que se ha suscrito a otras modas a lo largo de los años.
A mediados de los sesenta, Barbie llevaba el pelo liso y ropa de Carnaby
Street, en los sesenta ropa del baúl de la abuela, en los ochenta leotardos y
calentadores.
Hoy
en día hay Barbies astronautas y Barbies ejecutivas, e incluso una doctora,
aunque es difícil imaginar a la muñeca superando el instituto, no digamos ya la
facultad de medicina.
Al
parecer Billy Ray se había olvidado de mí, y lo mismo había hecho la madre de
Peyton. Abrió la puerta, dijo: «... y quiero que permanezcas expulsada hasta
que decidas relacionarte con tus semejantes», y empujó al interior a una Peyton
cubierta de yogur.
Ninguna
de las dos me vio, sobre todo Peyton, que se lanzó contra la puerta, la cara
colorada y sollozando, y luego, cuando quedó claro que no iba a funcionar, se
tumbó a cuatro patas junto a la cama y sacó una libreta y ceras de colores.
Se
sentó cruzada de piernas en mitad del suelo, abrió la caja de las ceras,
seleccionó una rosa, y empezó a dibujar. —Hola —dije, y me alegró ver que daba
un salto de un palmo—. ¿Qué estás haciendo?
—No
se puede hablar cuando estás expulsada —contestó ella.
«Tampoco
puedes colorear», pensé, deseando que Billy Ray recordara que debía volver a
llamarme.
Ella
escogió una cera verde y se inclinó sobre la libreta, dibujando ansiosamente.
Trasladé el teléfono al otro lado de la cama para poder ver el dibujo.
—¿Qué
estás dibujando? ¿Una mariposa?
Ella
puso los ojos en blanco.
—No-o-o.
Es una historia.
—¿Una
historia? —pregunté yo, ladeando la cabeza para verlo mejor—. ¿Sobre qué?
—Sobre
Barbie —suspiró, clavadita a Flip, y escogió una cera azul claro.
«¿Por
qué sólo las cosas horribles se convierten en moda? —pensé—. Poner los ojos en
blanco, las Barbies y el pudín de pan. ¿Por qué nunca la tarta de chocolate y
queso o pensar por ti misma?»
Miré
con más atención el dibujo. Parecía más un diagrama de Mandelbrot que una
historia. Era una especie de mapa, o tal vez un diagrama, con muchas líneas de
diminutas estrellas lavanda y símbolos rosa en zigzag que se cruzaban por todo
el papel. Obviamente, Peyton había trabajado en el tema durante bastantes
expulsiones.
—¿Qué
es esto? —dije, señalando una fila de zigzags púrpura.
—Mira
—contestó ella, colocando la libreta y los lápices de cera sobre mi regazo—.
Barbie fue a su casa de la playa de Malibú —trazó una línea de olitas azules
sobre los zigzags—. Está muy lejos. Tuvieron que ir en su Jaguar.
—¿Y
es esta línea? —le pregunté, señalando las olitas azules.
—No-o-o
—contestó ella, irritada con tantas interrupciones—. Eso representa lo que
llevaba puesto. Verás, cuando va a su casa de la playa de Malibú se pone el
sombrero azul. Así que todos fueron a la casa de Malibú —dijo, haciendo caminar
su lápiz sobre el papel como si fuera una muñeca—, y Barbie dijo «Vamos a
nadar», y yo dije «Vale, vamos», y...
Hubo
una pausa mientras Peyton buscaba una cera naranja.
—Y
Barbie dijo, «¡Vamos!», y nos fuimos a nadar —y empezó a dibujar una fila de
rápidos zigzags laterales.
—¿Eso
es su bañador?
—No-o-o.
Ésa es Barbie.
«¿Barbie?
—pensé, preguntándome por el simbolismo de los zigzags—. Por supuesto. Los
zapatos de tacón de Barbie.»
—Así
que al día siguiente —dijo Peyton, seleccionando un amarillo anaranjado, y
dibujó unos soles con puntas—, Barbie dijo, «Vamos de compras», y yo dije,
«Vale, vamos», y ella dijo, «Vamos a montar en nuestras motos», y yo dije...
Billy
Ray salió del túnel, y yo descolgué el teléfono casi antes de que sonara.
—¿Así
que vas camino de Denver? —pregunté.
—No.
En dirección contraria. Hacia Durango. Conferencia sobre teleconferencias.
Estaba pensando en ti y pensé en llamarte. ¿Alguna vez te da por querer hacer
algo aparte de lo que estás haciendo?
—Sí
—dije fervientemente, leyendo los nombres de las barritas de cera que Peyton
había descartado. Litorina. Verde gritón. Azul cerúleo.
—...
así que Barbie dijo, «Hola, Ken», y Ken dijo, «Hola, Barbie, ¿quieres salir
conmigo?» —dijo Peyton, muy ocupada dibujando rayas.
—Yo
también —dijo Billy Ray—. He estado pensando, ¿es esto lo que realmente quiero?
—¿No
salió lo de las ovejas?
—¿Las
Targhees? No, van bien. Es todo esto del rancho. Es tan solitario.
«A
pesar del fax e Internet y el teléfono móvil», pensé.
—...
así que Barbie dijo, «No quiero estar expulsada» —dijo Peyton, empuñando un
lápiz negro—. «Muy bien —dijo la madre de Barbie—, no tienes por qué».
—¿Tienes
alguna vez la sensación... —dijo Billy Ray— de... no sé cómo llamarlo...?
«Yo
sí —pensé—. Escozor.» ¿Y eso significa que esta sensación incómoda de
insatisfacción es también una especie de moda, como los tatuajes y las
violetas? Y si era así, ¿cómo empezaba?
Me
enderecé en la cama.
—¿Cuándo
empezaste exactamente a tener esa sensación? —le pregunté, pero el teléfono
móvil empezó a emitir un desagradable zumbido.
—Otro
túnel —contestó Billy Ray—. Ya hablaremos un poco más cuando vuelva. Hay algo
que quiero... —y el teléfono se apagó.
La
madre de Lindsay había comentado sentirse impaciente, y también Flip, aquel día
en la cafetería, y yo había deseado vagamente salir con Billy Ray. ¿Le había
transmitido la sensación, como una especie de virus, y era así como se
transmitían las modas, por infección?
—Tu
turno —dijo Peyton, tendiéndome una cera rojo fosforescente. Rojo radical.
—Muy
bien —contesté, aceptándola—. Así que Barbie decidió ir a... —dibujé una raya
de tacones rojo radical sobre las olitas azules—... al peluquero. «Quiero que
me corte el pelo», le dijo al peluquero —empecé una raya de tijeras color
aguamarina—. Y el peluquero dijo, «¿Por qué?». Y Barbie dijo, «Porque todo el
mundo lo hace». Así que el peluquero le cortó el pelo a Barbie y...
—No-o-o
—dijo Peyton, quitándome el color aguamarina y tendiéndome el limón láser— Ésa
es la Barbie Rizado Mágico.
—Oh
—dije yo—. Muy bien. Así que el peluquero dijo, «Pero alguien tuvo que hacerlo
primero, y no pudieron hacerlo porque todo el mundo lo hacía, así que por
qué...». Se oyó un ruido en la puerta, y Peyton me quitó de la mano el limón
láser, cerró el cuaderno, lo metió todo debajo de la cama con sorprendente
velocidad, y ya estaba sentada en el borde con las manos cruzadas sobre el
regazo cuando su madre terminó de abrir la puerta.
—Peyton,
estamos viendo un vídeo. ¿Qui...? —dijo, y se detuvo al verme—. No le hablaste
a Peyton mientras estaba expulsada, ¿verdad?
—Ni
una palabra.
Se
volvió hacia Peyton.
—¿Crees
que ahora puedes tener una conducta positiva con tus semejantes?
Peyton
asintió sabiamente y salió de la habitación, seguida por su madre. Yo volví a
colocar el teléfono sobre la mesita de noche y me dispuse a seguirlas, y
entonces me detuve, saqué la libreta de su escondite y volví a mirarla.
Era
un mapa, a pesar de lo que hubiera dicho Peyton. Una combinación de mapa,
diagrama y dibujo, que reunía una sorprendente cantidad de información en una
sola página: localización, tiempo transcurrido, trajes llevados. Una
sorprendente cantidad de datos.
Y
las líneas se cortaban de una forma también sorprendente, cruzándose y
volviéndose a cruzar para crear complicadas intersecciones, el rojo radical
cambiando al lavanda y naranja en superposición. Barbie sólo montaba en su moto
en la mitad inferior del dibujo, y había un denso nudo de estrellas en una
esquina. ¿Una anomalía estadística?
Me
pregunté si un diagrama-mapa-historia como aquél daría resultado con mis datos
de los años veinte. Había probado con mapas y esquemas estadísticos y modelos
informáticos, pero nunca con las tres cosas juntas, coloreadas en códigos de
fechas, vectores e incidencias. Si lo ponía todo junto, ¿qué clase de pautas
surgirían?
Sonó
un alarido en el salón.
—¡Es
mi cumpleaños! —gimió Brittany.
Volví
a guardar la libreta bajo la cama.
—Vaya,
Peyton —dijo la madre de Lindsay—. Qué forma tan creativa tienes de demostrar
tu necesidad de atención.
PIROGRABADO
(1900-1905)
Técnica
artesanal que fue de moda para grabar a fuego dibujos sobre madera o cuero con
un hierro candente. Flores, pájaros, caballos y caballeros con armadura se
marcaban en alfileteros, bandejas, cajas de lápices, de guantes, de cartas, de
pipas, y otros artículos igualmente inservibles. Pasó porque requería un grado
de habiliad demasiado alto. Todos los caballos parecían vacas.
El
jueves el tiempo empeoró. Chispeaba nieve cuando llegué al trabajo, y a la hora
del almuerzo era ya una tormenta en toda regla. Flip había conseguido estropear
las dos fotocopiadoras, así que reuní todos mis recortes sobre las sentadas
para copiarlos en Kinko's, pero cuando me dirigía al coche decidí que podían
esperar, y corrí de vuelta al edificio, la cabeza agachada contra la nieve.
Prácticamente, choqué con Shirl.
Estaba
acurrucada junto a una furgoneta, fumando un cigarrillo.
Tenía
un guante marrón en la mano con la que no sujetaba el cigarrillo, el cuello del
abrigo vuelto, una bufanda alrededor de la barbilla, y estaba tiritando.
—¡Shirl!
—grité contra el viento—. ¿Qué está haciendo aquí fuera?
Ella
pescó torpemente un trozo de papel del bolsillo de su chaqueta y me lo tendió
con su mano enguantada. Era un memorándum que declaraba todo el edificio libre
de humo.
—Flip
—dije, sacudiendo el memorándum ya húmedo—. Ella está detrás de esto —arrugué
el papel y lo tiré al suelo—. ¿No tiene usted coche?
Ella
sacudió la cabeza, tiritando.
—Me
traen al trabajo.
—Puede
sentarse en el mío —dije, y entonces se me ocurrió un sitio mejor—. Venga —la
cogí del brazo—. Conozco un sitio donde puede fumar.
—Todo
el edificio ha sido declarado prohibido para los fumadores —dijo ella,
resistiéndose.
—Ese
sitio no está en el edificio.
Apagó
el cigarrillo.
—Es
usted muy amable con una vieja —dijo, y las dos corrimos hacia el edificio a
través de la nieve.
Nos
detuvimos tras la puerta para sacudirnos la nieve y quitarnos los sombreros. Su
cara correosa estaba colorada de frío.
—No
tiene que hacer esto —dijo, desliando lentamente su bufanda.
—Cuando
una se pasa tanto tiempo como yo estudiando las modas, desarrollas una clara
antipatía hacia ellas —contesté—. Sobre todo hacia las modas de aversión. Sacan
a relucir lo peor de la gente. Y esto es el principio. Luego podría ser la
tarta de queso y chocolate. O la lectura. Vamos. La guié pasillo abajo.
—El
sitio no será cálido, pero no habrá viento, y no quedará cubierta de nieve, al
menos. Y esta moda antitabaco habrá pasado para la primavera. Está llegando a
la etapa extrema en que inevitablemente produce una sacudida.
—La
prohibición duró trece años.
—La
ley. La moda no. La fiebre de McCarthy sólo duró cuatro —empecé a bajar las
escaleras hacia Biología.
—¿Dónde
está exactamente ese sitio? —preguntó Shirl.
—Es
el laboratorio del doctor O'Reilly. Tiene detrás un porche con alero.
—¿Y
seguro que no le importará?
—Seguro.
Nunca presta atención a lo que piensa la gente.
—Debe
de ser un joven extraordinario —dijo Shirl, y yo pensé, «desde luego que sí».
No
encajaba en ninguna de las pautas habituales. No era un rebelde que se negara a
seguir las modas para asegurar su individualismo. La rebelión también puede ser
una moda, como ocurrió con los Ángeles del Infierno y los símbolos de la paz. Y
sin embargo tampoco era tan olvidado. Era gracioso, inteligente y observador.
Traté
de explicárselo a Shirl mientras bajábamos las escaleras camino de Biología.
—No
es que no le importe lo que piensa la gente. Es que no ve qué tiene eso que ver
con él.
—Mi
profesor de física solía decir que Diógenes no tendría que haber perdido el
tiempo buscando a un hombre honrado —dijo Shirl—. Tendría que haber buscado a
alguno que tuviera criterio propio.
Llegamos
al pasillo de Biología, y de repente se me ocurrió que quizás Alicia estuviera
en el laboratorio.
—Espere
aquí un segundo —le dije a Shirl, y me asomé a la puerta—. ¿Bennett?
Él
estaba agazapado tras su mesa, prácticamente oculto por los papeles.
—¿Puede
fumar Shirl aquí en el porche?
—Claro
—dijo él, sin levantar la cabeza.
Salí
y volví con Shirl.
—Puede
fumar aquí si quiere —dijo Bennett cuando entramos.
—No,
no puede. HiTek ha declarado todo el edificio libre de tabaco. Le dije que
podría fumar fuera, en el porche.
—Claro
—él se puso en pie—. Siéntase libre de bajar cuando quiera. Siempre estoy aquí.
—¿Sí?
—dijo Shirl—. ¿Trabaja en su proyecto incluso durante el almuerzo?
Le
dijo que no tenía ningún proyecto en el que trabajar y que tenía que esperar a
que aprobaran su subvención antes de poder obtener sus macacos, pero yo no le
prestaba atención. Estaba mirando lo que llevaba puesto.
Flip
tenía razón respecto a Bennett. Llevaba una camisa blanca y una corbata azul
Cerenkhov.
—¿Decidió
Alicia que la teoría del caos era el proyecto óptimo para ganar la beca
Niebnitz? —dije, y no pude evitar que mi voz sonara agria.
—No
—contestó él, mirándome con el ceño fruncido—. Cuando habló el otro día de las
variables, me dio una idea de por qué mi promedio de predicción no mejoraba.
Así que repasé los datos. —¿Y sirvió de algo?
—No
—dijo él, con aspecto abstraído, como cuando Alicia charlaba—. Cuanto más
trabajo en el tema, más me parece que Verhoest tenía razón y hay una fuerza
externa actuando sobre el sistema. Se volvió hacia Shirl.
—Probablemente
no le interesará esto. Venga, déjeme mostrarle dónde está el porche —la
acompañó a través de la sala hasta la puerta trasera—. Cuando lleguen mis
macacos, tendrá que dar la vuelta.
Abrió
la puerta y por ella entró viento y nieve.
—¿Seguro
que no quiere fumar aquí dentro? Podría quedarse en la puerta. Déjela abierta
al menos, para tener un poco de calor.
—Nací
en Montana —respondió ella, cubriéndose el cuello con la bufanda mientras
salía—. Esto es una suave brisa de verano —pero advertí que dejaba la puerta
abierta.
Bennett
volvió a entrar, frotándose los brazos.
—Uf,
sí que hace frío ahí fuera. ¿Qué le pasa a la gente? Enviar a una señora mayor
a la nieve en nombre de la rectitud moral. Supongo que Flip anda detrás de
esto.
—Flip
anda detrás de todo. —Miré el suelo cubierto de basura—. Supongo que será mejor
que te deje volver al trabajo. Gracias por dejar a Shirl fumar aquí.
—No,
espera. Había un par de cosas que quería preguntarte sobre el impreso de
solicitud de fondos. —Rebuscó en su mesa hasta que encontró el papel. Lo
hojeó—. Página cincuenta y uno, sección ocho. ¿Qué significa Método de
Dispersión de Documentación?
—Se
supone que tienes que poner KLA-Aumentado.
—¿Y
eso qué significa?
—Ni
idea. Es lo que Gina me dijo que pusiera.
Lo
escribió a lápiz, sacudiendo la cabeza.
—Estos
impresos de fondos van a ser mi perdición. Podría haber terminado el proyecto
en el tiempo que se tarda en rellenar este formulario. HiTek quiere que ganemos
la beca Niebnitz, que consigamos logros científicos. Pero dime un sólo
científico que consiguiera un logro significativo mientras rellenaba un
impreso. O asistía a una reunión.
—Mendeléiev
—dijo Shirl.
Los
dos nos volvimos. Shirl estaba junto a la puerta, sacudiéndose la nieve del
sombrero.
—Mendeléiev
iba de camino a una conferencia sobre la fabricación de queso cuando resolvió
el problema de la tabla periódica —dijo.
—Es
verdad, sí —dijo Bennett—. Se subió al tren y la solución se le ocurrió de
golpe.
—Como
a Poincaré —apunté yo—. Sólo que él se subió al autobús.
—Y
descubrió las funciones fuchsianas —dijo Bennett.
—Kekulé
también iba en autobús cuando descubrió el anillo del benceno —dijo Shirl,
reflexiva.
—Cierto
—contesté yo, sorprendida—. ¿Cómo sabe tanto de ciencia, Shirl?
—Tengo
que hacer copias de tantos informes científicos, que pensé que bien podía
leerlos. ¿No miraba Einstein el reloj del pueblo desde el autobús mientras
trabajaba en la relatividad?
—Un
autobús —dije—. Puede que eso sea lo que tú y yo necesitamos, Bennett. Cogemos
un autobús que nos lleve a alguna parte y de pronto todo está claro... tú sabes
qué va mal con tus datos sobre el caos y yo sé cuál fue el origen del pelo
corto.
—Eso
parece una gran idea. Vamos a...
—Oh,
bien, estás aquí, Bennett —dijo Alicia—. Tengo que hablar contigo sobre el
perfil de la beca. Shirl, haga cinco copias de esto —dejó caer un fajo de
papeles en los brazos de Shirl—. Cotejadas y grapadas. Y esta vez no las ponga
sobre mi mesa. Póngalas en mi buzón. —Se volvió hacia Bennett—. Necesito que me
ayudes a hallar factores adicionales relevantes.
—Transporte
—dije yo, y me encaminé hacia la puerta—. Y queso.
PELO
PLANCHADO
(1965-1968)
Moda
capilar inspirada por Joan Baez, Mary Travers y oirás cantantes folk. El
aspecto lánguido del pelo, largo y liso, de la moda hippie, era más difícil de
conseguir que el desaliño masculino generalizado. En los salones de belleza
aplicaban tratamientos de alisado, pero el método preferido entre las
adolescentes era colocar la cabeza sobre la tabla de planchar y aplastar los
rizos con la plancha. El planchado, que se hacía pocos centímetros cada vez,
corría a cargo de una amiga (con la esperanza de que supiera lo que estaba
haciendo), y las universitarias hacían cola en los colegios mayores a la espera
de turno.
Durante
los días siguientes no pasó gran cosa. Los impresos simplificados de solicitud
de fondos tenían que estar entregados el veintitrés, y, después de dedicar otro
fin de semana a rellenarlos, le di el mío a Flip y luego me lo pensé mejor y lo
recuperé y lo entregué en persona.
El
tiempo volvió a mejorar. Elaine trató de convencerme para que la acompañara a
hacer rafting por los rápidos para aliviar el estrés; Sara me contó que su
novio, Ted, sentía aversión por los compromisos; Gina me preguntó si sabía
dónde encontrar la Barbie Novia Romántica para Bethany (había decidido que
quería una igual que Brittany y su cumpleaños era en noviembre); y yo recibí
tres notificaciones de retraso en la devolución de las Obras completas de
Browning.
Entretanto,
terminé de introducir todos mis datos sobre el Rey Tut y el black bottom y
empecé a dibujar una Barbie.
No
tenía una caja de sesenta y cuatro barritas de cera, pero había un programa
cromático en el ordenador. Lo cargué, junto con mis programas estadísticos y de
ecuaciones diferenciales, y empecé a codificar las correlaciones y a trazarlas.
Pinté
la longitud de faldas en azul cerúleo, las ventas de cigarrillos en gris, el
color lavanda fue para Isadora Duncan y el amarillo para las temperaturas de
más de cuarenta grados. Blanco para Irene Castle, rojo radical para las
referencias al carmín, marrón para Bemice se corta el pelo.
Flip
entraba periódicamente para tenderme solicitudes y hacerme preguntas como:
—Si
tuviera un hada madrina, ¿cómo sería?
—Una
viejecita —dije, pensando en Sapos y diamantes—, o un pájaro, o algo feo, como
un sapo. Las hadas madrinas se disfrazan para saber si mereces ayuda cuando
eres amable con ellas. ¿Para qué necesitas una? Ella puso los ojos en blanco.
—No
está permitido hacer preguntas personales a los contactos de comunicaciones
interdepartamentales. Si van disfrazadas, ¿cómo sabes que hay que ser amable
con ellas?
—Se
supone que tienes que ser amable en general —dije, y advertí que no tenía
sentido—. ¿Para qué es la solicitud?
—Para
que HiTek nos conceda un seguro dental, por supuesto.
Por
supuesto.
—No
creerá que es mi ayudante, ¿verdad? —dijo Flip—. Es una mujer mayor. Le devolví
la solicitud. —Dudo mucho que Shirl sea tu hada madrina disfrazada.
—Bien.
Es imposible que yo sea amable con alguien que fuma.
No
vi a Bennett, que estaba ocupado preparándose para la llegada de sus macacos,
ni a Shirl, que estaba haciendo todo el trabajo de Flip, pero sí vi a Alicia.
Se acercó al laboratorio, vestida de rosa pomo, y me pidió prestado el
ordenador.
—Flip
está utilizando el mío —dijo, molesta—, y cuando le dije que se largara, se
negó. ¿Has conocido alguna vez a alguien tan maleducado?
Esa
pregunta era de difícil respuesta.
—¿Cómo
te va la búsqueda de la Piedra Filosofal?
—He
eliminado definitivamente la predisposición circunstancial como criterio —dijo
ella, quitando mis datos de encima de la mesa—. Sólo dos receptores de la beca
Niebnitz han conseguido un logro científico significativo tras obtener la beca.
Y he estrechado el acercamiento al proyecto a un experimento diseñado de
disciplinas cruzadas, pero aún no he determinado el perfil personal. Sigo
evaluando las variables.
Sacó
mi disco e introdujo el suyo.
—¿Has
tenido en cuenta las enfermedades? —dije.
Ella
pareció molesta.
—¿Las
enfermedades?
—Han
jugado un papel importantísimo en los logros científicos. Las paperas de
Einstein, los problemas de pulmón de Mendeléiev, la hipocondría de Darwin. La
peste bubónica. Cerraron Cambridge por su causa, y Newton tuvo que volver a
casa, al huerto de manzanos.
—No
veo...
—¿Y
en sus habilidades como tiradores?
—Si
estás tratando de hacerte la graciosa...
—La
habilidad de Fleming para disparar con rifle fue lo que hizo que St. Mary's
quisiera que se quedara después de graduarse como cirujano. Le necesitaban para
el equipo de tiro del hospital y, como no había plaza en cirugía, le ofrecieron
trabajo en microbiología.
—¿Y
qué tiene exactamente que ver Fleming con la beca Niebnitz?
—Tenía
predisposición a logros científicos significativos. ¿Qué hay de los hábitos de
ejercicio? James Watt resolvió el problema del motor de vapor mientras daba un
paseo, y William Rowan Hamilton...
Alicia
recogió sus papeles y sacó el disco.
—Usaré
otro ordenador —dijo—. Puede que te interese saber que, estadísticamente, la
investigación sobre las modas no tiene absolutamente ninguna posibilidad.
Sí,
bueno, lo sabía. Sobre todo tal como iba ahora mismo. No sólo mi diagrama no
parecía ni la mitad de bueno que el de Peyton, sino que no había aparecido en
él el perfil de ninguna mariposa. Excepto lo de Marydale, Ohio, que seguía
allí, reforzado además por los calcetines remangados y los datos sobre los
crucigramas.
Pero
no había nada que hacer sino seguir chapoteando entre los afluentes infestados
de cocodrilos y moscas tsetse. Calculé intervalos de predicción sobre el
hipnotismo de Coué y los crucigramas, y luego empecé a introducir los datos
sobre los peinados relacionados.
No
pude encontrar los recortes sobre las ondas de agua. Se los había dado a Flip
hacía casi una semana, junto con los datos sobre los ángeles y los anuncios de
contactos. Y no había vuelto a saber de ellos desde entonces.
Rebusqué
entre los montones, junto al ordenador, por si casualmente los había traído y
los había dejado caer por alguna parte, y luego busqué a Flip en Suministros;
allí estaba, cogiéndole a Desiderata largos mechones de pelo para hacerle
trenzas de hilo.
—El
otro día te di unas cuantas cosas para que las fotocopiaras —le dije a Flip—.
Eran artículos sobre ángeles y un puñado de recortes sobre el pelo. ¿Qué has
hecho con ellos?
Flip
puso los ojos en blanco.
—¿Cómo
voy a saberlo?
—Porque
te los di para que los fotocopiaras. Porque los necesito, y no están en mi
laboratorio. Había unos recortes sobre las ondas de agua —insistí—. ¿Recuerdas?
¿El corte de pelo ondulado que te gustaba?
Hice
una serie de movimientos ondulatorios sobre mi pelo, esperando que lo
recordase, pero ella estaba envolviendo las guedejas de Desiderata con papel
adhesivo.
—Había
también una página de anuncios de contactos.
Eso
le sonó a algo. Desiderata y ella intercambiaron una mirada.
—¿Ahora
me está acusando de robar?
—¿Robar?
—dije, aturdida.
¿Artículos
sobre ángeles y recortes sobre las ondas de agua?
—Son
públicos, ya sabe. Cualquiera puede escribir.
No
tenía ni idea de lo que me estaba diciendo. ¿Públicos?
—Sólo
porque lo haya marcado con un círculo no significa que sea suyo. —Dio un tirón
al pelo de Desiderata, que soltó un alarido—. Además, ya tiene a ese tipo del
rodeo.
Los
anuncios personales, pensé, viendo la luz. Estábamos hablando de los anuncios
personales. Lo que explicaba que me hubiera preguntado por el significado de
elegante y sofisticada.
—¿Respondiste
a uno de los anuncios?
—Como
si no lo supiera. Como si Darrell y usted no se estuvieran riendo juntos —dijo
ella, y cogió el rollo de cinta adhesiva y salió corriendo de la habitación.
Miré
a Desiderata, que estaba recogiendo un extremo de cinta de su mechón.
—¿De
qué estaba hablando? —pregunté.
—Él
vive en Valmont.
—¿Y?
—dije, deseando comprender al menos lo que me decían.
—Flip
vive al sur de Baseline.
Todavía
nada.
Desiderata
suspiró.
—¿No
lo comprende? Ella es geográficamente incompatible.
«También
lleva una i en la frente —pensé—, cosa que alguien que busca gente elegante y
sofisticada debe haber encontrado chocante.»
—¿Se
llama Darrell? —pregunté.
Desiderata
asintió, tratando de envolver el extremo de cinta en su pelo.
—Es
dentista.
—Creo
que es totalmente suarb, pero a Flip le gusta de veras.
Era
difícil imaginar a Flip apreciando a alguien, y nos estábamos desviando del
tema principal. Había cogido los anuncios de contactos, ¿y qué había hecho con
el resto de los artículos?
—No
sabrás dónde puede haber puesto mis recortes sobre las ondas de agua, ¿no?
—Cielos,
no —dijo Desiderata—. ¿Ha mirado en su laboratorio?
Decidí
dejarlo y bajé a la sala de fotocopias para tratar de encontrarlos yo sola. Al
parecer, Flip nunca copiaba nada. Había enormes montañas a ambos lados de la
fotocopiadora, encima de la tapa, y en todas las superficies planas de la
habitación, además de dos montones en el suelo que llegaban hasta la cintura,
dispuestos en capas como formaciones rocosas sedimentarías.
Me
senté en el suelo y empecé a buscar: memorándums, informes, un centenar de
copias sobre un ejercicio de sensibilidad que empezaba con «Listar cinco cosas
que os gusten de HiTek», una carta que ponía URGENTE fechada el 8 de julio de
1988.
Encontré
algunas notas que había tomado sobre las piedras amuleto y el recibo de la
nómina de alguien, pero nada sobre las ondas de agua. Lo recogí todo y empecé
por el siguiente montón.
—Sandy
—dijo una voz de hombre desde la puerta.
Alcé
la cabeza. Bennett se encontraba allí. Evidentemente, algo iba mal. Llevaba el
pelo arenoso revuelto y tenía la cara pecosa macilenta.
—¿Qué
ocurre? —pregunté, poniéndome en pie.
Él
señaló, un poco aturdido, al fajo de papeles que sostenía en la mano.
—No
encontrarías ahí mi solicitud de concesión de fondos, ¿verdad?
—¿Tu
solicitud de concesión de fondos? —dije, asombrada—. Tedrías que haberla
entregado el lunes.
—Lo
sé —dijo él, pasándose la mano por el pelo—. La entregué. Se la di a Flip.
4
RÁPIDOS
Supongo
que Dios podría haber creado
un
animal más tonto que la oveja,
pero
está muy claro
que
nunca lo hizo...
DOROTHY
SAYERS
JITTERBUG
(1938-1945)
Baile
de moda durante la Segunda Guerra Mundial, que implicaba curiosos pasos y
gestos atléticos. Bailando al son de las grandes orquestas de swing, los
Jitterbuggers pasaban a su pareja por encima del hombro, bajo las piernas, y la
lanzaban al aire. Los soldados llevaron el baile a ultramar, dondequiera que
los destinaran. Fue sustituido por el cha-cha-cha.
Las
catástrofes pueden conducir a veces a logros científicos. Un cultivo
contaminado y una persona casi ahogada pueden llevar al descubrimiento de la
penicilina, las placas fotográficas estropeadas al de los rayos X. Vean a
Mendeléiev.
Su
vida fue una sucesión de catástrofes: vivió en Siberia, su padre se quedó ciego
y la fábrica de vidrio donde su madre empezó a trabajar tras la muerte de su
padre se quemó hasta los cimientos. Pero ese incendio la obligó a trasladarse a
San Petersburgo, donde Mendeléiev estudió con Bunsen y, con el tiempo, llegó a
elaborar el sistema periódico de los elementos.
O
vean si no a James Christy. Tuvo que enfrentarse a una catástrofe menor: una
máquina Star Sean rota. Acababa de sacar una foto de Plutón y estaba a punto de
tirarla por causa de un bulto raro en el borde del planeta cuando la Star Sean
(construida obviamente por la misma compañía de las fotocopiadoras de HiTek) se
estropeó.
En
vez de tirar la foto al momento, Christy tuvo que llamar al reparador, que le
pidió que esperara por si necesitaba ayuda. Christy se quedó por allí un rato y
entonces echó otra mirada más atenta al bulto y decidió comprobar algunas de
las fotografías anteriores. La primera que encontró estaba marcada «Imagen de
Plutón. Alargada. Placa mala. Rechazada». La comparó con la que tenía en la
mano. Las placas parecían iguales, y Christy se dio cuenta de que estaba
mirando, no una foto estropeada, sino una luna de Plutón.
Pero
en general, las catástrofes son sólo catástrofes. Como ésta.
A
Dirección sólo le preocupa una cosa. El papeleo. Olvidarán casi todo lo demás
(gastos desorbitados, incompetencia absoluta, denuncias criminales) mientras
los impresos se rellenen adecuadamente. Y a tiempo.
—¿Le
entregaste tu solicitud de concesión de fondos a Flip?—dije, y lo lamenté al
instante.
Él
se puso aún más pálido.
—Lo
sé. Estúpido, ¿eh?
—Tus
monos.
—Mis
ex monos. No les enseñaré el hula-hoop. —Se acercó al montón que yo acababa de
revisar y empezó a buscar.
—Ya
los he repasado —dije—. No está ahí. ¿Le dijiste a Dirección que Flip lo
perdió?
—Sí
—contestó él, recogiendo los papeles de encima de la fotocopiadora—. Dirección
dice que Flip entregó todas las solicitudes que le entregó la gente.
—¿Y
la creyeron? —dije. Bueno, por supuesto que la creyeron. Lo hicieron cuando les
dijo que necesitaba una ayudante—. ¿Falta el impreso de alguien más?
—No
—contestó él, sombrío—. De las tres personas que fueron lo suficientemente
estúpidas para entregarle a Flip sus impresos, soy la única cuyo impreso se ha
perdido.
—Tal
vez...
—Ya
les he preguntado. No puedo rehacerlo y entregarlo fuera de plazo —soltó el
montón, lo volvió a coger, y empezó de nuevo.
—Mira
—dije, cogiéndoselo—. Seamos sistemáticos. Tú encárgate de esos montones —lo
añadí al fajo que ya había repasado—. Lo que ya hemos mirado, a este lado de la
habitación —le tendí uno de los montones que nos esperaban—. Lo que no, a este
otro. ¿Vale?
—Vale
—dijo él, y me pareció que recuperaba un poco de color. Se puso a trabajar en
el montón.
Yo
empecé por la papelera de reciclado, donde alguien (muy probablemente Flip)
había tirado una lata medio llena de Coca-Cola. Saqué un puñado pegajoso de
papeles, me senté en el suelo y empecé a separarlos. No estaba en el primer
montón. Me agaché hacia la papelera y cogí un segundo, esperando que la
Coca-Cola no hubiera llegado hasta el fondo. Lo había hecho.
—Sabía
que no tenía que dárselo a Flip —dijo Bennett, empezando con otro montón—, pero
estaba trabajando en los datos de mi teoría del caos, y me dijo que tenía que
llevarlos a Dirección.
—Lo
encontraremos —dije, sacando una página pringada de Coca-Cola del montón. A la
mitad del trabajo, solté un grito.
—¿Lo
encontraste? —preguntó él, esperanzado.
—No.
Lo siento —le mostré las páginas pegajosas—. Son las notas sobre las ondas de
agua que estaba buscando. Se las di a Flip para que las fotocopiara.
El
color le desapareció por completo de la cara, con pecas y todo.
—Tiró
la solicitud —dijo.
—No,
no lo hizo —contesté, tratando de no pensar en todos aquellos recortes
arrugados que había en mi papelera el día que conocí a Bennett—. Está por aquí,
en alguna parte.
No
estaba. Terminamos con los montones y los repasamos, aunque estaba claro que el
impreso no andaba por allí.
—¿Podría
haberlo dejado en tu laboratorio? —dije cuando llegué al fondo del último
montón—. Tal vez nunca salió de allí con él.
Bennett
sacudió la cabeza.
—Ya
he buscado por todas partes. Dos veces —dijo, rebuscando en la papelera—. ¿Y en
tu laboratorio? Te entregó el paquete. Tal vez...
Odié
tener que decepcionarlo.
—Acabo
de registrarlo. Buscando esto —agité mis recortes sobre las ondas de agua—.
Pero podría estar en otro laboratorio. —Me levanté, envarada—. ¿Qué hay de
Flip? ¿Le preguntaste qué hizo con él? ¿En qué estoy pensando? Estamos hablando
de Flip. Él asintió.
—Dijo:
«¿Qué impreso de solicitud?»
—Muy
bien. Necesitamos un plan de ataque. Tú encárgate de la cafetería, yo del
vestíbulo de personal.
—¿La
cafetería?
—Sí,
ya conoces a Flip. Probablemente lo entregó mal. Como aquel paquetead día que
te conocí.
Y
sentí que allí había una pista, algo significativo; no una explicación de dónde
podría estar su impreso, sino de otra cosa. ¿De la causa del pelo corto? No, no
era eso. Me quedé allí de pie, tratando de retener la sensación.
—¿Qué
pasa? —preguntó Bennett—. ¿Crees que sabes dónde está?
La
sensación se esfumó.
—No.
Lo siento. Estaba pensando en otra cosa. Me reuniré contigo en la papelera de
reciclaje de Química. No te preocupes. Lo encontraremos —dije alegremente, pero
no tenía muchas esperanzas de que así fuera. Conociendo a Flip, podía haberlo
dejado en cualquier parte. HiTek era grande. Podía estar en el laboratorio de
cualquiera. O en Suministros con Desiderata, la santa patrona de los objetos
perdidos. O en el aparcamiento—. Quedamos en la papelera de reciclaje.
Me
dirigía al vestíbulo de Personal cuando tuve una idea mejor. Fui a buscar a
Shirl. Estaba en el laboratorio de Alicia, introduciendo datos de la beca
Niebnitz en su ordenador.
—Flip
perdió el impreso de solicitud de fondos del doctor O'Reilly —dije sin más
preámbulos.
De
algún modo, esperaba que ella dijera: «Sé dónde está»; pero no lo hizo. Dijo:
«Oh, cielos.» Parecía verdaderamente preocupada.
—Si
se marcha, eso... —se detuvo—. ¿Qué puedo hacer para ayudar?
—Busque
por aquí. Bennett viene mucho, y en cualquier otro sitio donde se le ocurra que
ella puede haberlo dejado.
—Pero
el plazo de entrega ya ha terminado, ¿no?
—Sí
—contesté, furiosa de que sacara a relucir lo que yo había estado tratando de
ignorar: en Dirección, puntillosos como siempre con las fechas de entrega, se
negarían a aceptarlo aunque lo encontráramos, manchado de Coca-Cola y mal
entregado—. Estaré en el vestíbulo —dije, y fui a buscar en las taquillas.
No
estaba allí, ni en el montón de antiguos memorándums de la mesa de personal, ni
en el microondas. Ni en el laboratorio de Alicia.
—He
buscado por todas partes —dijo Shirl, asomando la cabeza—. ¿Qué día se lo dio a
Flip el doctor O'Reilly?
—No
lo sé —contesté—. Había que entregarlo el lunes.
Ella
sacudió la cabeza sombríamente.
—Eso
es lo que me temía. Recogen la basura los martes y los jueves.
Lamenté
haberla metido en aquello. Bajé a la papelera de reciclaje. Bennett estaba casi
metido dentro, las piernas agitándose al aire. Salió con un puñado de papeles y
el corazón de una manzana.
Cogí
la mitad de los papeles y los repasamos. No había ningún impreso.
—Muy
bien —dije, tratando de parecer animosa—. Si no está aquí, estará en uno de los
laboratorios. ¿Por dónde empezamos? ¿Física o Química?
—No
tiene sentido —dijo Bennett, cansado. Se hundió contra la papelera—. No está
aquí, y yo tampoco duraré mucho.
—¿No
hay ninguna forma de llevar adelante el proyecto sin fondos? Tienes el hábitat
y el ordenador y las cámaras y todo. ¿No podías sustituirlos por ratas de
laboratorio o algo así?
Él
sacudió la cabeza..
—Son
demasiado independientes. Necesito un animal con un fuerte instinto de manada.
«¿Qué
tal El flautista de Hamelín}», pensé.
—E
incluso las ratas de laboratorio cuestan dinero —dijo él.
—¿Y
la perrera municipal? Probablemente allí tienen gatos. No, gatos no. Perros. La
conducta de los perros es gregaria, y en la perrera hay montones de perros.
Parecía
casi tan irritado como Flip.
—Creía
que eras una experta en modas. ¿Nunca has oído hablar de los derechos de los
animales?
—Pero
no vas a hacer nada con ellos. Sólo vas a observarlos —contesté, pero tenía
razón. Me había olvidado del movimiento en favor de los derechos de los
animales. Nunca nos dejarían usar animales de la perrera—. ¿Y los otros
proyectos de Biología? Tal vez podrían prestarte algunos de sus animales de
laboratorio.
—El
doctor Kelly está trabajando con nematodos, y el doctor Riez con gusanos.
«Y
la doctora Turnbull con formas de ganar la beca Niebnitz», pensé.
—Además
—dijo él—, aunque tuviera los animales, no podría darles de comer. No entregué
mi impreso de solicitud de fondos a tiempo, ¿recuerdas? No importa —dijo al ver
la expresión de mi cara—. Esto me dará la oportunidad de volver a la teoría del
caos.
«Para
la cual no hay ninguna subvención —pensé—, aunque entregues a tiempo los
impresos.»
—Bueno
—añadió él, incorporándose—. Será mejor que empiece a redactar mi currículum.
Me
miró muy serio.
—Gracias
de nuevo por ayudarme. Lo digo de veras.
Se
encaminó pasillo abajo.
—No
te rindas todavía —dije yo—. Pensaré en algo.
Esto
lo decía alguien incapaz de descubrir a qué se debía la moda de los ángeles, y
mucho menos la del pelo corto.
Él
sacudió la cabeza.
—Nos
enfrentamos a Flip en este asunto. Puede más que los dos juntos.
CARTAS
EN CADENA
(primavera
de 1935)
Moda
para ganar dinero que consistía en enviar un centavo al último nombre de una
lista, añadir el tuyo debajo, y enviar cinco copias de la carta a tus amigos
con la esperanza de que fueran tan crédulos como tú. Promovida por la avaricia
y el desconocimiento de la estadística, la moda se inició en Denver, cuya
oficina de correos se colapso con la llegada de casi cien mil cartas diarias.
Duró tres semanas y luego pasó a Springfield, donde cadenas de un dólar y de
cinco dólares circularon con frenesí durante dos semanas antes del inevitable
colapso. Mutó para convertirse en el Círculo de Oro en 1978 —ahora las cartas
se entregaban en mano— y en varios esquemas piramidales.
Lo
vi marchar y luego regresé a mi laboratorio. Flip estaba usando mi ordenador.
—¿Cómo
se deletrea adorable?
Me
hizo falta recurrir a toda mi fuerza de voluntad para no sacudirla hasta que la
i sonara.
—¿Qué
has hecho con el impreso del doctor O'Reilly?
Ella
agitó su conjunto de apéndices capilares.
—Le
dije a Desiderata que se desquitaría conmigo por robarle su novio. Lo que no es
justo. Ya tiene a ese tipo de las vacas.
—Ovejas
—corregí automáticamente. Luego me la quedé mirando. Ovejas.
—Decir
a un contacto de comunicaciones interdepartamentales a quién pueden escribir
cartas es hostigamiento —dijo ella, pero no la escuché. Estaba marcando el
número de Billy Ray.
—Chica,
me alegro de oír tu voz —dijo Billy Ray—. He estado pensando mucho en ti
últimamente.
—¿Podrías
prestarme algunas ovejas? —dije, sin escucharle a él tampoco.
—Claro.
¿Para qué?
—Un
experimento de aprendizaje.
—¿Cuántas
necesitas?
—¿Cuántas
hacen falta para que empiecen a comportarse como un rebaño?
—Tres.
¿Cuándo las quieres?
Era
realmente un tipo muy agradable.
—Dentro
de un par de semanas. No estoy segura. Tengo que comprobar algunas cosas
primero. Como qué tamaño de rebaño podemos tener en el corral.
«Y
necesito que Bennett esté de acuerdo. Y también Dirección.»
—Dibujar
un círculo no convierte a nadie en propiedad de nadie —dijo Flip.
Volví
corriendo a Biología. Bennett no estaba redactando su currículum. Estaba
sentado en una roca en medio del hábitat, con aspecto deprimido.
—Ben,
tengo una proposición que hacerte.
Él
casi sonrió.
—Gracias,
pero...
—Escucha,
y no digas no hasta haberlo oído todo. Quiero que combinemos nuestros
proyectos. No, espera, escúchame. Pedí dinero para un ordenador con más
memoria, pero podría utilizar el tuyo. Flip usa siempre el mío, de todas
formas. Y podríamos usar mis fondos para comprar la comida y los suministros.
—Eso
sigue sin resolver el problema de los macacos. A menos que pidieras un
ordenador carísimo.
—Tengo
un amigo que es dueño de un rancho de ovejas en Wyoming.
—Sí,
lo sé.
—Está
dispuesto a prestarnos tantas ovejas como nos hagan falta, sin coste; sólo
tenemos que alimentarlas. —Me pareció que estaba a punto de rehusar, así que me
adelanté—: Sé que las ovejas no tienen la misma organización social que los
macacos, pero sí un fuerte instinto gregario. Lo que hace una, lo quieren hacer
todas. Y soportan el frío, pueden estar fuera.
Él
me miraba muy serio a través de sus gruesas gafas.
—Sé
que no es el proyecto que querías hacer, pero sería algo. Te mantendría en
HiTek, y probablemente pasarán sólo unos meses hasta que a Dirección se le
ocurra un nuevo acrónimo y un nuevo procedimiento para solicitar fondos, y
podrás volver a pedir macacos.
—No
sé nada de ovejas.
—Podemos
dedicarnos a la investigación básica mientras esperamos a que se resuelva el
papeleo.
—¿Y
qué consigues tú con todo eso, Sandy? —dijo Ben—. A las ovejas las esquilan.
No
podía decirle que pensaba que en su inmunidad a las modas estaba en parte la
clave para hallar el origen de éstas.
—Un
ordenador con el que pueda manejar los nuevos diagramas que se me han ocurrido
—dije—. Y una perspectiva diferente. No voy a ninguna parte con mi proyecto
sobre el pelo corto. Richard Feynman decía que si te atascas en un problema
científico, debes trabajar en otra cosa durante un tiempo. Eso te da una
perspectiva distinta del problema. Él se puso a tocar los bongos. Y un montón
de científicos consiguen sus logros más significativos mientras trabajan fuera
de su campo. Mira a Alfred Wegener, que descubrió la deriva continental. Era
meteorólogo, no geólogo. Y a Joseph Black, que descubrió el dióxido de carbono;
no era químico, sino médico. Einstein trabajaba en una oficina de patentes.
Trabajar fuera de su campo permite a los científicos establecer conexiones que
de otro modo se les habrían escapado.
—Ummm
—dijo Ben—. Y desde luego hay una conexión entre las ovejas y la gente que
sigue las modas.
—Cierto.
¿Quién sabe? Tal vez las ovejas inicien una moda.
—¿Las
sentadas?
—Los
crucigramas. Palabra de cinco letras para animal de laboratorio —le sonreí—:
oveja. Y aunque no sea así, será un alivio trabajar con ellas. A excepción de
Mary y su corderito, las ovejas nunca han estado de moda. ¿Qué te parece?
Ben
sonrió tristemente.
—Creo
que Dirección no lo aceptará nunca.
—¿Y
si lo hiciera?
—Si
lo hiciera, no se me ocurre nada mejor que trabajar contigo. Pero no querrá. Y
aunque quisiera, harán falta meses para terminar el papeleo, y todavía más para
que lo apruebe.
—Entonces
eso nos daría a ambos una perspectiva diferente. Recuerda a Mendeléiev y la
conferencia sobre el queso.
—¿Cómo
sugieres que presentemos tu propuesta a Dirección?
—Déjame
a mí eso. Ponte a adaptar el proyecto para trabajar con ovejas. Yo iré a hablar
con una experta —dije, y me fui a ver a Gina.
Estaba
escribiendo direcciones en invitaciones rosa vivo de Barbie.
—Sigo
sin encontrar una Barbie Novia Romántica por ninguna parte. He llamado a cinco
jugueterías diferentes.
Le
dije lo que había pasado.
Ella
sacudió tristemente la cabeza.
—Lástima.
Siempre me gustó... aunque no tuviera sentido de la moda.
—Necesito
tu ayuda —dije, y le conté lo de nuestros proyectos combinados.
—Así
que él recibe tu dinero y las ovejas de Billy Ray. ¿Y qué sacas tú?
—Una
victoria menor sobre Flip y las fuerzas del caos. No es justo que pierda su
subvención sólo porque Flip sea una incompetente.
Ella
me dirigió una mirada larga y considerada, y luego sacudió la cabeza.
—Dirección
nunca lo aceptará. Primero, se trata de una investigación con animales, que
siempre es controvertida. Dirección odia la controversia. Segundo, es algo
innovador, lo que significa que Dirección lo odiará por principio.
—Pensaba
que una de las piedras angulares de GRIS era la innovación.
—¿Bromeas?
Si es nuevo, Dirección no tiene un impreso para ello, y a Dirección le encantan
los impresos casi tanto como odia la controversia. Lo siento. Sé que te gusta
—dijo. Y volvió a escribir direcciones.
—Si
me ayudas, te encontraré una Barbie Romántica.
Ella
alzó la cabeza.
—Tiene
que ser la Barbie Novia Romántica. No la Barbie Novia Campestre ni la Barbie
Fantasía Nupcial.
Asentí.
—¿Trato
hecho?
—No
puedo garantizar que Dirección lo acepte aunque te ayude —dijo ella, haciendo a
un lado las invitaciones y tendiéndome una libreta y un lápiz—. Muy bien,
cuéntame qué ibas a decirle a Dirección.
—Bueno,
pensaba empezar explicando lo que sucedió con el impreso de fondos...
—Error.
Sabrán inmediatamente qué pretendes. Diles que has estado trabajando en este
proyecto desde la penúltima reunión, cuando dijeron lo importante que era la
interacción y la intervención del personal. Usa palabras como «optimizar» y
«sistemas pautales».
—Muy
bien —dije, tomando notas. —Cuéntales cualquier logro obtenido por científicos
que trabajaran en equipo. Crick y Watson, Penzias y Wilson, Gilbert y
Sullivan... Levanté la cabeza.
—Gilbert
y Sullivan no eran científicos. —Dirección no lo sabrá. Y puede que le suene el
nombre. Necesitarás un resumen de dos páginas de los objetivos del proyecto.
Pon todo lo que pienses que vaya a representar algún problema en la segunda
página. No la leen nunca.
—¿Quieres
decir un esbozo del proyecto? —pregunté, sin parar de escribir—. ¿Explicar el
método experimental que vamos a usar y describir la conexión entre el análisis
de tendencias y la investigación sobre difusión de información? —No —dijo ella,
y se volvió hacia el ordenador—. No importa, yo lo escribiré por ti —empezó a
teclear rápidamente—. Di que los proyectos de equipos integrados
interdisciplinarios son lo último en el Instituto Tecnológico de Massachusetts.
Di que los proyectos individuales están pasados de moda.
Pulsó
IMPRIMIR y una hoja empezó a rodar. —Y presta atención al lenguaje corporal de
Dirección. Si da golpecitos sobre la mesa con el dedo, es que tienes problemas.
Me
tendió el resumen. Se parecía sospechosamente a sus cinco objetivos para todo,
lo que significaba que posiblemente funcionaría.
—Y
no lleves eso —señaló mi falda y mi bata—. Se supone que hay que vestir
informal.
—Gracias.
¿Crees que lo conseguiré?
—¿Tratándose
de una investigación con animales vivos? ¿Bromeas? La Barbie Novia Romántica es
la que lleva la redecilla de rosas —dijo—. Oh, y Bethany la quiere con el pelo
castaño.
MAH-JONG
(1922-1924)
Juego
norteamericano de moda inspirado en el antiguo juego chino de los tejos. Según
lo jugaban los norteamericanos, era una especie de cruce entre el rummy y el
dominó: se construían murallas y luego se derribaban, y se «capturaba la Luna
desde el fondo del mar». Había gritos entusiastas de «¡Pung!» y «¡Chow!», y
mucho castañeteo de piezas de marfil. Los jugadores se vestían con túnicas
orientales (a veces, si no tenían claro el concepto de China, eran kimonos
japoneses) y tomaban té. Aunque fue reemplazado por la locura de los
crucigramas y el bridge, el mah-jong continuó siendo popular entre las matronas
judías hasta los años sesenta.
No
había incluido todas las variables. Era cierto que Dirección valora el papeleo
más que nada, aparte de la beca Niebnitz.
Apenas
había empezado mi discurso en el blanco despacho alfombrado de Dirección cuando
sus ojos se iluminaron.
—¿Sería
un proyecto interdisciplinar? —dijo.
—Sí.
Análisis de tendencias combinado con vectores de aprendizaje en mamíferos
superiores. Y hay ciertos aspectos de la teoría del caos...
—¿Teoría
del caos? —dijo él, dando un golpecito con el dedo sobre la cara mesa de teca.
—Sólo
en el sentido de que se trata de sistemas no-lineales que requieren un
experimento diseñado —contesté apresuradamente—. Pondríamos el énfasis
principal en la difusión de información entre los mamíferos superiores, de los
cuales las tendencias humanas son un subconjunto.
—¿Experimento
diseñado? —dijo él, ansioso.
—Sí.
El valor práctico para HiTek sería comprender mejor cómo se difunde la
información en las sociedades humanas y...
—¿Cuál
era su campo original? —cortó él.
—La
estadística. Las ventajas de utilizar ovejas en vez de macacos son...
Y
nunca llegué a terminar porque Dirección se había puesto ya en pie y me
estrechaba la mano.
—Ése
es exactamente el tipo de proyecto sobre el que se basa GRIS. Disciplinas
científicas interrelacionadas; poner en práctica la iniciativa y la cooperación
para crear nuevos paradigmas de trabajo.
Habla
con acrónimos, pensé maravillada, y casi me perdí lo que dijo a continuación.
—...
exactamente el tipo de proyecto que busca el Comité de Becas Niebnitz. Quiero
que este proyecto se inicie de inmediato. ¿Cuándo puede tenerlo preparado y en
marcha?
—Yo...
esto... —tartamudeé—. Tenemos que hacer una investigación de base sobre la
conducta de las ovejas. Y están las regulaciones sobre animales vivos, que
tendrán que ser... Él agitó una mano.
—Nosotros
nos ocuparemos de ese problema. Quiero que usted y el doctor O'Reilly se
concentren en ese pensamiento divergente y esa sensibilidad científica. Espero
grandes cosas —estrechó mi mano, entusiasmado—. HiTek va a hacer todo lo que
podamos para encontrar atajos y poner en marcha este proyecto inmediatamente. Y
lo hizo.
Se
redactaron permisos, se sorteó el papeleo, y las aprobaciones para investigar
con animales vivos llegaron casi antes de que yo pudiera bajar a Biología y
decirle a Bennett que habían dado luz verde al proyecto.
—¿Qué
significa «en marcha inmediatamente»? —dijo él, preocupado—. No hemos hecho
ninguna investigación de base sobre la conducta de las ovejas, sobre cómo
interactúan, qué habilidades son capaces de adquirir, qué comen...
—Tenemos
tiempo de sobra —dije yo—. Hablamos de Dirección, ¿recuerdas?
Otro
error. El viernes Dirección me llamó para darme otra vez carta blanca y me dijo
que los permisos habían sido concedidos y los experimentos con animales vivos
aprobados.
—¿Puede
usted tener aquí las ovejas el lunes?
—Veré
si el propietario puede lograrlo —dije, esperando que Billy Ray no pudiera.
Pudo,
y lo hizo, aunque no las trajo en persona. Estaba asistiendo a un seminario
virtual sobre ranchos en Lander. Envió en su lugar a Miguel, que llevaba un aro
en la nariz, sombrero Aussie, auriculares, y no tenía ninguna intención de
descargar las ovejas.
—¿Dónde
las quiere? —dijo en un tono que me dio ganas de mirar debajo del ala del
sombrero Aussie para ver si tenía una i en la frente.
Le
mostramos la puerta del corral, y él suspiró pesadamente, movió marcha atrás el
camión hasta más o menos chocar con ella, y luego se quedó apoyado contra la
cabina del camión, tan tranquilo.
—¿No
va a descargarlas? —dijo Ben por fin.
—Billy
Ray me dijo que las trajera —respondió Miguel—. No dijo nada de descargarlas.
—Tendría
que conocer a nuestra encargada del correo —le dije—. Obviamente, están ustedes
hechos el uno para el otro.
Él
se echó hacia delante el sombrero.
—¿Dónde
vive?
Bennett
había dado la vuelta al camión y estaba levantando la barra que cerraba la
puerta.
—No
saldrán todas corriendo a la vez y nos arrollarán, ¿no? —dijo.
No.
Las treinta ovejas quedaron plantadas en el borde del camión, balando y con
aspecto aterrorizado.
—Vamos
—insistió Ben—. ¿Crees que están demasiado arriba para saltar?
—Saltaron
un precipicio en Lejos del mundanal ruido —dije yo—. ¿Cómo pueden estar
demasiado arriba?
Sin
embargo, Ben extrajo una tabla de madera para improvisar una rampa, y yo fui a
ver si el doctor Riez, que había hecho un experimento equino antes de pasarse a
los gusanos, tenía un ronzal para prestarnos.
Tardó
una eternidad en encontrar uno, y supuse que cuando volviera al laboratorio ya
no haría falta, pero las ovejas seguían agazapadas en la parte trasera del
camión.
Ben
parecía frustrado, y Miguel, de pie en la parte delantera del camión, se mecía
al ritmo de algo que los demás no podíamos oír.
—No
vendrán —dijo Ben—. He intentado llamarlas, y silbarles, y asustarlas.
Le
tendí el ronzal.
—Tal
vez si conseguimos que una baje la rampa, las demás la sigan —dijo. Cogió el
ronzal y subió por la rampa—. Quítate de en medio, por si salen de estampida.
Extendió
la mano para colocar el ronzal en la cabeza de la oveja más cercana, y hubo una
estampida, desde luego.
Hacia
el fondo del camión.
—Tal
vez puedes coger una y traerla —dije yo, pensando en la cubierta del libro de
los ángeles, donde aparecía un ángel descalzo que sostenía un cordero perdido—.
Una pequeña.
Ben
asintió. Me tendió el ronzal y subió la rampa, moviéndose despacio para no
asustarlas.
—Shh,
shh —le decía en voz baja a un corderito—. No te haré daño. Shh, shh.La oveja
no se movió. Ben Se arrodilló y pasó los brazos por debajo de las patas del
animal y lo alzó. Se dirigió hacia la rampa.
El
ángel, claramente, había drogado al cordero con cloroformo antes de cogerlo.
El
animal pataleó con las cuatro patas en cuatro direcciones distintas, agitándose
como un loco y empujando con el hocico la barbilla de Ben, que se tambaleó;
entonces el cordero se giró y le pateó el estómago. Ben lo dejó caer de un
golpe y el animal se lanzó al centro del camión, balando histérico.
El
resto de las ovejas le siguió.
—¿Te
encuentras bien?
—No
—contestó él, tocándose la mandíbula—. ¿Qué hay de aquello de «corderito, tan
manso y tan lindo»?
—Está
claro que Blake nunca había visto una oveja —dije yo, ayudándole a bajar la
rampa y llegar al abrevadero—. ¿Y ahora qué?
Él
se apoyó contra el abrevadero, respirando con dificultad.
—Al
final acabarán por tener sed —dijo, palpándose torpemente la barbilla—.
Esperaremos a que bajen.
Miguel
se nos acercó.
—No
tengo todo el día, ¿saben? —gritó por encima de lo que fuese que estuviera
tronando en sus auriculares, y volvió a la parte delantera del camión.
—Tengo
que llamar a Billy Ray —dije, y lo hice. Su teléfono móvil estaba fuera de
cobertura.
—Tal
vez si las azuzamos con el ronzal... —dijo Ben cuando regresé.
Lo
intentamos. Y también ponernos detrás y empujar, y amenazar a Miguel, y pasamos
más de un rato apoyados contra el abrevadero, respirando con dificultad.
—Bueno,
desde luego hay una difusión de información en marcha —dijo Ben, frotándose el
brazo—. Todas han decidido no bajar del camión.
Llegó
Alicia.
—Tengo
un perfil del candidato óptimo para la beca Niebnitz —le dijo a Ben,
ignorándome—. Y he encontrado otro Niebnitz. Un industrial. Hizo su fortuna
refinando minerales y fundó varias organizaciones benéficas. Estoy buscando en
los criterios de selección de sus comités. Quiero que vengas a ver el perfil.
—Adelante
—dije yo—. Está claro que no te perderás nada. Lo intentaré de nuevo con Billy
Ray.
Lo
hice.
—Lo
que tienes que hacer es... —dijo él, y se quedó de nuevo sin cobertura.
Regresé
al corral. Las ovejas habían salido del camión y estaban mordisqueando la
hierba seca.
—¿Qué
hiciste? —dijo Ben, que llegó detrás de mí.
—Nada.
Miguel debe de haberse cansado de esperar.
Pero
estaba todavía en la parte delantera del camión, moviéndose al ritmo de
Groupthink o de quienquiera que estuviese escuchando.
Miré
las ovejas. Estaban pastando pacíficamente, deambulando felices por el corral
como si siempre hubieran pertenecido a aquel lugar. Ni siquiera cuando Miguel,
todavía con los auriculares puestos, arrancó el camión y se marchó, se dejaron
llevar por el pánico. Uno de ellas, próxima a la verja, me dirigió una mirada
larga e inteligente.
«Esto
va a funcionar», pensé.
La
oveja me miró un ratito más, bajó la cabeza para pastar, y se quedó atascada en
la cerca.
QIAO
PAI
(1977-1995)
Juego
chino de moda inspirado en el juego de cartas americano del bridge (una moda de
los años treinta). Popularizado por Deng Xiaoping, que aprendió a jugar en
Francia, el qiao pal atrajo rápidamente a más de un millón de aficionados, que
jugaban principalmente en el trabajo. Al contrario que en el bridge americano,
las apuestas son silenciosas, los jugadores no ordenan las manos y el juego es
extremadamente formal. Sustituyó al ping-pong.
A lo
largo de los siguientes días quedó claro que prácticamente no había difusión de
información en un rebaño de ovejas. Apenas había tampoco ninguna moda.
—Quiero
observarlas durante unos cuantos días —dijo Ben—. Necesitamos establecer cuáles
son sus pautas normales de difusión de información.
Observamos.
Las ovejas pastaban en la hierba seca, daban un paso o dos, pastaban un poco
más, daban otros pocos pasitos, seguían pastando. Habría parecido un cuadro
pastoral de no ser por sus caras largas de mirada vacía, y por la lana.
No
sé quién fomentó la creencia de que las ovejas son blancas como nubes. Tenían
más bien el color de una fregona vieja y la misma cantidad de tierra.
Pastaron
un poco más. Periódicamente una de ellas dejaba de mordisquear y trotaba por el
borde del corral, buscando un precipicio del que caerse, y luego volvía a
pastar. Una vez, una de ellas vomitó. Algunas pastaban siguiendo la cerca.
Cuando llegaban a una esquina se quedaban allí, incapaces de imaginar cómo
volverse, y seguían pastando, comiéndose la hierba hasta la tierra. Luego, a
falta de ideas mejores, se comían la tierra.
—¿Estás
segura de que las ovejas son un mamífero superior? —preguntó Ben, apoyado en la
cerca con la barbilla sobre las manos, observándolas.
—Lo
siento mucho. No tenía ni idea de que las ovejas fueran tan estúpidas.
—Bueno,
en realidad una estructura simple de conducta podría jugar a nuestro favor. El
problema de los macacos es que son listos. Su conducta es complicada, con un
montón de cosas actuando simultáneamente: dominio, interacción familiar,
galanteo, comunicación, aprendizaje, estructura de atención. Hay tantos
factores operando de forma simultánea que el problema es tratar de separar la
difusión de información de las otras conductas. Con menos conductas, será más
fácil ver la difusión de información.
«Si
es que hay alguna», pensé yo, observando las ovejas. Una de ellas dio un paso,
pastó, dio dos pasos más, y luego aparentemente se olvidó de lo que estaba
haciendo y se quedó mirando la nada.
Llegó
Flip. Llevaba un uniforme de camarera con un cordoncillo rojo en el cuello, las
palabras «Don's Diner» bordadas en rojo en el bolsillo, y un papel en la mano.
—¿Encontraste
trabajo? —preguntó Ben, esperanzado. Ojos en blanco. Suspiro. Meneo de pelo.
—No-o-o.
—Entonces
¿por qué llevas un uniforme? —pregunté yo.
—No
es un uniforme. Es un vestido diseñado para parecer un uniforme. Porque tengo
que hacer todo el trabajo aquí. Es una declaración. Tienen que firmar esto
—dijo, tendiéndome el papel y asomándose a la cerca—. ¿Éstas son las ovejas?
El
papel era una petición para que prohibieran fumar en el aparcamiento.
—Una
persona que fuma un cigarrillo al día en un aparcamiento de mil metros no
produce humo de segunda mano en concentración suficiente para preocuparse —dijo
Ben.
Flip
agitó el pelo, los cordoncillos se sacudieron salvajemente.
—Humo
de segunda mano no —dijo, disgustada—. Contaminación atmosférica.
Se
marchó, y nosotros continuamos observando. Al menos la falta de actividad nos
daba tiempo de sobra para establecer nuestros programas de observación y
revisar la bibliografía.
No
había mucha. Un biólogo de William and Mary había observado un rebaño de
quinientas y llegó a la conclusión de que tenían un «fuerte instinto de
rebaño», y un investigador de Indiana había identificado cinco formas distintas
de comunicación merina (los bees estaban listados fonéticamente), pero nadie
había hecho experimentos activos de aprendizaje. Sólo habían hecho lo que
hacíamos nosotros: observarlas morder, trotar, cagar y vomitar.
Tuvimos
tiempo de sobra para charlar sobre el pelo corto y la teoría del caos.
—Lo
sorprendente es que los sistemas caóticos no siempre permanecen siendo caóticos
—dijo Ben, apoyándose en la cerca—. A veces se reorganizan espontáneamente para
formar una estructura ordenada.
—¿De
pronto se vuelven menos caóticos? —dije yo, deseando que eso sucediera en
HiTek.
—No,
ésa es la cuestión. Se vuelven más y más caóticos, hasta que llegan a una
especie de masa crítica caótica. Cuando eso sucede, se reorganizan
espontáneamente en un nivel de equilibrio superior. Se llama estado crítico
auto-organizado.
Por
lo visto, teníamos una buena racha. Dirección promulgaba memorandos, las ovejas
se enganchaban la cabeza en la cerca, la puerta y bajo el abrevadero, y Flip
venía periódicamente a colgarse de la verja entre el corral y el laboratorio
para menear el pestillo monótonamente arriba y abajo y poner cara de enferma de
amor.
Al
tercer día quedó claro que las ovejas no iban a iniciar ninguna moda. Ni a
aprender a pulsar un botón para alimentarse. Ben había emplazado el aparato a
la mañana siguiente de que consiguiéramos las ovejas e hizo varias
demostraciones; se puso a cuatro patas y pulsó el botón ancho y plano con la
nariz. Cada vez cayeron bolitas de comida, y Ben metió la cabeza en el pesebre
e hizo ruidos como de masticar. Las ovejas lo observaron impasibles.
—Vamos
a tener que obligarlas a hacerlo —dije. Habíamos mirado los vídeos del día en
que llegaron y vimos cómo habían bajado del camión. Las ovejas se habían
apretujado y retrocedido hasta que una acabó por caerse de la rampa. Las otras
cayeron inmediatamente a toda prisa—. Si podemos enseñárselo a una, sabemos que
las demás la seguirán.
Resignado,
Ben fue a buscar el ronzal.
—¿Cuál?
—Esa
no —dije, señalando la oveja que había vomitado. Las miré, buscando en ellas
signos de inteligencia y viveza. No parecía haber muchos—. Ésa, supongo.
Ben
asintió, y nos encaminamos hacia ella con el ronzal. La oveja masticó pensativa
un momento y luego corrió hacia el rincón más lejano. Todo el rebaño la siguió,
saltando unas sobre otras en su ansia por llegar a la pared.
—«Y
las ratas salieron corriendo de las casas» —murmuré.
—Bueno,
al menos están todas en una esquina —dijo Ben—. Podré ponerle el ronzal a una.
Ni
hablar, aunque pudo agarrarse a un puñado de lana y llegar hasta casi la mitad
del corral.
—Creo
que las está asustando —dijo Flip desde la verja. Se había pasado allí colgada
media mañana, meneando amorosamente el pestillo arriba y abajo y hablándonos de
Darrell el dentista.
—Ellas
me están asustando a mí —contestó Ben, sacudiéndose los pantalones de pana—,
así que estamos en paz.
—Tal
vez deberíamos intentar engatusarlas —comenté yo. Me agaché—. Ven aquí —dije,
con la voz infantil que la gente utiliza con los perros—. Vamos. No te haré
daño.
La
oveja me miró desde la esquina, masticando impasible.
—¿Qué
hacen los pastores cuando guían sus rebaños? —preguntó Ben.
Traté
de recordarlo de las películas.
—No
lo sé. Se limitan a caminar delante y las ovejas los siguen.
Probamos
con eso. También tratamos de colocarnos a ambos lados de una oveja y empujar el
rebaño desde el extremo opuesto, por si los animales corrían en sentido
contrario y uno de ellos chocaba accidentalmente con el botón.
—Tal
vez no les gusten esas bolitas de comida —dijo Flip.
—Tiene
razón, ¿sabes? —dije yo, y Ben me miró, incrédulo—. Necesitamos saber más sobre
sus hábitos alimenticios y sus habilidades. Llamaré a Billy Ray a ver cómo son.
Contacté
con el servicio de mensajes de Billy Ray.
—Pulse
el uno si quiere el rancho, pulse el dos si quiere el granero, pulse el tres si
quiere el corral de las ovejas.
Billy
Ray no estaba en ninguno de los tres sitios. Iba camino de Casper.
Volví
al laboratorio, les dije a Bennett y a Flip que me iba a la biblioteca, y me
marché.
El
clon de Flip estaba en el mostrador, con una banda de cinta adhesiva en la
cabeza y la marca de una i.
—¿Tienen
libros sobre ovejas? —le pregunté.
—¿Cómo
se escribe?
—Sin
hache. —Ella siguió en blanco—. Con uve.
—El
enjambre —leyó ella en la pantalla—. Los zánganos y la miel de...
—Ovejas
—repetí—. Con uve.
—Oh
—ella tecleó el nombre, corrigiéndolo varias veces—. El misterio de la oveja
perdida —leyó—. Seis ovejas tontas van de compras, El síndrome de la oveja
negra...
—Libros
sobre ovejas —dije—. Cómo se crían y se entrenan.
Ella
puso los ojos en blanco.
—No
me lo había dicho.
Finalmente
conseguí que me dijera en qué estante se encontraban y saqué: Cría de ovejas
como diversión y negocio; Historias de un pastor australiano; Nueve sastres, de
Dorothy Sayer, Nueve sastres que, según recordaba, hablaba de ovejas;
Tratamiento y cuidado de las ovejas; y, recordando la sarna de las ovejas de
Billy Ray, Enfermedades de las ovejas comunes. Los llevé al mostrador.
—Aquí
consta que debe un libro —dijo—. Sobras completas de Robert Browning.
—Obras
—dije yo—. Obras completas. Ya pasamos por esto la última vez. Lo devolví.
—Aquí
no pone eso. Dice que tiene una multa de dieciséis cincuenta. Dice que lo sacó
usted el pasado marzo. No pueden sacarse más libros cuando la multa sobrepasa
los cinco dólares.
—Devolví
el libro —contesté, y puse sobre el mostrador veinte dólares.
—Además,
tiene que pagar el coste del nuevo libro —dijo ella—. Son cincuenta y cinco con
noventa y nueve.
Sé
cuándo darme por vencida. Le firmé un cheque y le llevé los libros a Ben. Los
repasamos.
No
nos dieron muchos ánimos. «Con el calor, las ovejas se acurrucan juntas y se
mueren sofocadas», decía Cría de ovejas como diversión y etcétera, y «En
ocasiones, las ovejas se tumban de espaldas y no son capaces de levantarse».
—Escucha
esto —dijo Ben—. «Cuando se asustan, las ovejas pueden chocar contra los
árboles y otros obstáculos.»
No
había nada sobre estrategias excepto: «Mantener las ovejas dentro de una cerca
es mucho más fácil que volverlas a meter.»
Pero
había un montón de información sobre su manejo que nos habría venido bien
antes.
Nunca
hay que tocar la cara de una oveja ni rascarla tras las orejas, y el pastor
australiano comentaba: «Tirar el sombrero al suelo y pisotearlo no sirve para
otra cosa que para estropear el sombrero.»
—«Lo
que más temen las ovejas es estar atrapadas» —le leí a Ben.
—Y
ahora me lo dices.
Y
algunos de los consejos, al parecer, no eran nada dignos de confianza.
«Quédate
sentado y quieto —decía Tratamiento y cuidado—, y las ovejas sentirán
curiosidad y vendrán a ver qué estás haciendo.»
No
lo hicieron, pero el pastor australiano tenía un método práctico para llevar
una oveja a donde querías.
—«Apóyate
sobre una rodilla junto a la oveja» —leí.
Ben
obedeció.
—«Coloca
una mano sobre la grupa» —leí—. Es la zona de la cola.
—¿Sobre
la cola?
—No.
Un poco por detrás de las caderas.
Shirl
salió al porche, encendió un cigarrillo, y luego se acercó a la verja para
observarnos.
—«Colócale
la otra mano bajo el morro. Cuando tengas la oveja sujeta de esta forma, no
podrá escapar, ni avanzar o retroceder.»
—Hasta
ahora, muy bien —dijo Ben.
—Ahora,
«agarra el morro firmemente y empuja la grupa con cuidado para que avance la
oveja.» —Bajé el libro y observé—. «Se consigue que pare tirando con la mano
que está bajo el morro.»
—Muy
bien —dijo Ben, incorporándose lentamente—. Allá va.
Dio
un suave empujón al culito lanudo. La oveja no se movió.
Shirl
dio una larga calada a su cigarrillo, sin dejar de toser, y sacudió la cabeza..
—¿Qué
estamos haciendo mal? —preguntó Ben.
—Eso
depende —contestó ella—. ¿Qué intentan hacer?
—Bueno,
lo que quiero es enseñarle a la oveja a pulsar un botón para comer —dijo él—.
Por ahora me conformaría con que alguna estuviera en la misma zona del corral
que el dispensador de comida.
Había
estado agarrando a la oveja y empujado todo el tiempo, pero la oveja al parecer
funcionaba con algún tipo de mecanismo retardado. Dio dos pasos dóciles hacia
delante y empezó a cabecear.
—No
le sueltes el morro —dije yo, cosa que era más fácil de decir que de hacer.
Los
dos nos lanzamos al cuello. Solté el libro y agarré un puñado de lana. Ben
recibió una patada en el brazo. La oveja dio un salto tremendo y se plantó en
mitad del rebaño.
—Suelen
hacer eso —dijo Shirl, exhalando humo—. Cada vez que se las separa del rebaño;
se lanzan de cabeza a él. El instinto gregario se impone. Pensar por uno mismo
es demasiado aterrador.
Los
dos nos acercamos a la verja.
—¿Entiende
de ovejas?—preguntó Ben.
Ella
asintió, chupando su cigarrillo.
—Sé
que son los bichos más tontos, testarudos y pesados del planeta.
—Eso
ya lo hemos descubierto.
—¿Cómo
es que entiende de ovejas? —pregunté yo.
—Me
crié en un rancho de ovejas, en Montana.
Ben
dio un suspiro de alivio.
—¿Puede
decirnos qué tenemos que hacer? —le pregunté—. No podemos conseguir que estas
ovejas hagan nada.
Ella
dio una larga calada.
—Necesitan
una mansa —dijo.
—¿Una
mansa? —preguntó Ben—. ¿Qué es eso? ¿Un tipo especial de ronzal?
Ella
sacudió la cabeza.
—Una
líder.
—¿Como
un perro pastor? —dije yo.
—No.
Un perro puede acosar y guiar y mantener las ovejas a raya, pero no puede hacer
que le sigan. Una mansa es una oveja.
—¿De
una raza especial?
—No.
De la misma raza. La misma clase de oveja, aunque con algo que hace que el
resto del rebaño la siga. Normalmente es una vieja hembra, y algunos creen que
ese algo tiene que ver con las hormonas, otros piensan que con su aspecto. Un
maestro mío decía que nacen con capacidad para el liderato.
—Estructura
de atención —dijo Ben—. Los monos machos dominantes la tienen.
—¿Qué
le parece? —dije yo.
—¿A
mí? —dijo ella, mirando cómo el humo de su cigarrillo se levantaba en volutas—.
Creo que una mansa es igual que cualquier otra oveja, pero peor. Un poco más
hambrienta, un poco más rápida, un poco más ansiosa. Quiere comer, refugiarse y
aparearse primero, así que siempre va delante —se detuvo para darle una calada
al cigarrillo—. No mucho. Si va muy por delante, el rebaño tendrá que buscar a
otra, y eso significa pensar por sí mismos. Sólo un poquito, porque ni siquiera
saben que las están guiando. Y la mansa no sabe que las guía.
Dejó
caer el cigarrillo al suelo y lo aplastó.
—Si
le enseña a una mansa a pulsar un botón, el resto del rebaño lo hará también.
—¿Dónde
podemos conseguir una? —dijo Ben ansioso.
—¿Dónde
consiguieron sus ovejas? El rebaño probablemente tenía una, y no les tocó en
este lote. Éstas no formaban un rebaño entero, ¿verdad?
—No
—dije yo—. Billy Ray tiene doscientas cabezas.
Ella
asintió.
—Un
rebaño tan grande casi siempre tiene una mansa.
Miré
a Ben.
—Voy
a llamar a Billy Ray.
—Buena
idea —dijo él, pero parecía haber perdido su entusiasmo.
—¿Qué
pasa? —pregunté—. ¿No crees que una mansa es una buena idea? ¿Temes que
interfiera con tu experimento?
—¿Qué
experimento? No, no, es una buena idea. La estructura de atención y su efecto
sobre la tasa de aprendizaje es una de las variables que quería estudiar. Ve y
llámalo.
—Muy
bien —dije, y entré en el laboratorio. Mientras abría la puerta la del pasillo
se cerró. Recorrí al hábitat y me asomé.
Flip,
vestida con un mono y botas de montar blancas y azul Cerenkhov, desaparecía por
las escaleras. Debía de habernos traído el correo. Me sorprendió que no se
hubiera asomado al corral para preguntarnos si pensábamos que estaba
cautivadora.
Volví
al laboratorio. Flip había dejado el correo en la mesa de Ben. Dos paquetes
para el doctor Ravenwood de Física, y una carta de Gina a los laboratorios
Bell.
BODAS
DE LOS NIÑOS DE LAS FLORES
(1968-1975)
Rebelión
popularizada por gente que no quería rebelarse totalmente contra la tradición y
no casarse. En la ceremonia, celebrada en un prado o en lo alto de una colina,
sonaba Feelings, tocada con un sitar, y los contrayentes leían votos escritos
con una pequeña ayudita de Kahlil Gibran. Normalmente, la novia llevaba flores
en el pelo e iba descalza. El novio llevaba el símbolo de la paz y patillas.
Fue sustituida en los setenta por vivir ¡untos y la falta de compromiso.
Billy
Ray trajo la mansa en persona.
—La
he metido en el corral —dijo cuando entró en el laboratorio de estadística—. La
chica que había allí me ha dicho que la pusiera con el resto del rebaño.
Debía
referirse a Alicia. Se había pasado toda la tarde acurrucada con Ben,
discutiendo sobre el perfil Niebnitz, en vista de lo cual yo subí al
laboratorio a introducir datos sobre los años veinte en el ordenador. Me
pregunté por qué Ben no estaría allí.
—¿Bonita?
—dije—. ¿Tipo ejecutiva? ¿Vestida de rosa?
—¿La
mansa?
—No,
la persona con la que hablaste. ¿Pelo oscuro? ¿Carpetas?
—No.
Un tatuaje en la frente.
—Una
marca —dije, ausente—. Será mejor que vayamos a comprobar cómo está la mansa.
—Estará
bien. Yo mismo la traje para poder llevarte a esa cena que nos perdimos la
semana pasada.
—Oh,
bien —dije. Aquello me daría la oportunidad de conseguir algunas ideas sobre
umbrales de habilidad bajos que pudiéramos enseñar a las ovejas—. Voy por mi
abrigo.
—Magnífico
—sonrió él—. Hay un sitio nuevo al que quiero llevarte.
—¿De
la pradera?
—No,
es un restaurante siberiano. Se supone que la cocina siberiana es lo que está
más de moda, lo más candente.
Esperé
que por candente quisiera decir calentita. En el aparcamiento nevaba, y hacía
un viento gélido. Me alegré de que Shirl no tuviera que irse allí a fumar un
cigarrillo.
Billy
Ray me acompañó hasta la camioneta y me ayudó a subir. Empezaba a salir del
aparcamiento cuando lo cogí por el brazo.
—Espera
—dije, recordando lo que Flip había hecho con mis recortes—. Tal vez deberíamos
comprobar antes de marcharnos que la mansa esté bien. ¿Qué te dijo exactamente
la muchacha que estaba en el laboratorio? No estaría fuera, en el corral,
¿verdad?
—No.
Yo andaba buscando a alguien a quien entregar la mansa, y ella vino con algunas
cartas y dijo que estaban en el laboratorio de la doctora Turnbull, y que
dejara la mansa en el corral, así que lo hice. Estará bien. La saqué del camión
y empezó a pastar.
Lo
que debía significar que era realmente una mansa. Las cosas mejoraban.
—No
seguía allí cuando te marchaste, ¿verdad? —dije—. La muchacha, no la mansa.
—No.
Me preguntó si me parecía que tenía sentido del humor, y cuando le dije que no
lo sabía, no me contestó nada gracioso; sólo suspiró, puso los ojos en blanco y
se marchó.
—Bien
—contesté.
Eran
ya las cinco y media. Flip no se habría quedado cinco minutos más allá de las
cinco, y normalmente se marchaba temprano, así que las posibilidades de que
volviera al laboratorio para hacer cualquier barrabasada eran prácticamente
nulas. Y Ben seguía allí; habría vuelto del laboratorio de Alicia para
comprobar las cosas antes de irse a casa. Si no estaba demasiado enamorado de
Alicia y la beca Niebnitz para recordar que tenía un rebaño de ovejas.
—Este
lugar es magnífico —dijo Billy Ray—. Tendremos que hacer una hora de cola para
entrar.
—Parece
prometedor —dije yo—. Vamos.
En
realidad fueron un hora y veinte minutos, y durante la última media hora el
viento arreció y empezó a nevar. Billy Ray me dio su chaqueta forrada de piel
de oveja para que me la pusiera sobre los hombros. Llevaba una camisa sin
cuello y pantalones de montar. Se había dejado crecer el pelo y puesto guantes,
también de montar, amarillos. El look de Brad Pitt. Como no paraba de tiritar,
dejé que me prestara además los guantes.
—Te
encantará este sitio —dijo—. La comida siberiana es magnífica. Me alegro
muchísimo de que hayamos podido venir juntos. Hay algo de lo que quiero
hablarte.
—Yo
también quería hablar contigo —dije, con los labios entumecidos—. ¿Qué trucos
se les puede enseñar a las ovejas?
—¿Trucos?
—preguntó él, aturdido—. ¿Como qué?
—Ya
sabes, como asociar un color con un regalo o correr por un laberinto.
Preferiblemente algo que requiera poca habilidad y tenga varios niveles de
dificultad.
—¿Enseñar
a las ovejas? —repitió él. Hubo una larga pausa mientras el viento ululaba a
nuestro alrededor—. Son muy buenas saliéndose de los cercados donde se supone
que tienen que estar metidas.
Eso
no era exactamente lo que yo tenía en mente.
—Te
diré una cosa. Conectaré con Internet y veré si hay alguien que haya enseñado
alguna vez un truco a una oveja. —Se quitó el sombrero, a pesar de la nieve, y
lo hizo girar entre sus manos—. Te dije que había algo de lo que quería hablar
contigo. He tenido un montón de tiempo para pensar últimamente, mientras
conducía a Durango y todo eso, y he estado pensando mucho en la vida del
rancho. Es una vida solitaria, siempre fuera de cobertura, sin ver nunca a
nadie, sin ir a ningún sitio.
«Excepto
a Lodge Grass y Lander y Durango», pensé.
—Y
últimamente me he estado preguntando si todo eso merece la pena y para qué lo
hago. He estado pensando en ti.
—Barbara
Rose —dijo el camarero siberiano.
—Somos
nosotros —dije yo. Le devolví a Billy Ray el abrigo y los guantes, él se puso
el sombrero, y seguimos al camarero hasta nuestra mesa. Tenía un hornillo en el
centro, y me calenté las manos en él.
—Creo
que te dije el otro día que me sentía incómodo, como insatisfecho —dijo Billy
Ray después de que recibiéramos nuestros menús.
—Inquieto.
—Es
una buena palabra. Inquieto, sí. Y mientras regresaba de Lodgepole finalmente
comprendí por qué —me cogió la mano.
—¿Qué?
—Tú.
Retiré
la mano involuntariamente.
—Sé
que esto es una sorpresa para ti —dijo él—. Fue una sorpresa para mí. Conducía
por las Rocosas, sintiéndome vacío y como si nada importara, y pensé, voy a
llamar a Sandy; y después de hablar contigo, me puse a pensar: tal vez
deberíamos casarnos.
—¿Casarnos?
—exclamé.
—Quiero
decirte antes que nada que, sea cual sea tu respuesta, podrás quedarte con las
ovejas todo el tiempo que quieras. Sin compromisos. Y sé que tienes una carrera
a la que no quieres renunciar. No tendríamos que casarnos hasta que acabes con
eso del pelo corto, y luego podrías instalarte en el rancho con fax y módem y
e-mail. No te darías ni cuenta de que no estás en HiTek.
«Excepto
que Flip no estaría allí —pensé absurdamente—, ni Alicia. Y no tendría que
asistir a reuniones ni hacer ejercicios de sensibilidad. ¡Pero casarme!»
—No
tienes que darme la respuesta ahora mismo —dijo Billy Ray—. Tómate todo el
tiempo que quieras. Yo he tenido un par de miles de kilómetros para pensármelo.
Puedes hacérmelo saber después del postre. Hasta entonces, te dejaré en paz.
Cogió
una carta de menú roja con un gran oso ruso grabado y empezó a leerla, y yo me
quedé sentada mirándolo, tratando de asimilar todo aquello. Casarme. Quería que
me casara con él.
Y,
bueno, ¿por qué no? Era un tipo agradable que estaba dispuesto a conducir
cientos de kilómetros para verme, y yo tenía, como le había dicho a Alicia,
treinta y uno, ¿y dónde iba a conocer a nadie más? ¿En los anuncios de
contactos, con sus atléticos y preocupados NF que ni siquiera estaban
dispuestos a cruzar la calle para conocer a alguien?
Billy
Ray había estado dispuesto a venir en coche desde cualquiera sabía qué sitio
por si podía llevarme a cenar. Y me había prestado un rebaño de ovejas y una
mansa. Y sus guantes. ¿Dónde iba a conocer a alguien tan amable? Nadie en HiTek
se me iba a declarar, eso seguro.
—¿Qué
quieres? —me preguntó Billy Ray—. Creo que voy a tomar las patatas rellenas.
Yo
tomé borscht sazonado con albahaca (no recordaba que fuera un plato de la
cocina siberiana) y patatas rellenas, y traté de pensar. ¿Qué quería?
Averiguar
de dónde venía el pelo corto, pensé, y sabía que eso era tan probable como
ganar la beca Niebnitz. A pesar de la teoría de Feynman de que trabajar en un
campo totalmente distinto favorecía los descubrimientos científicos, no estaba
más cerca que antes de hallar el origen de las modas. Tal vez lo que necesitaba
era irme por completo de Hi-Tek, a respirar aire puro, en un rancho aislado de
Wyoming.
—Lejos
del mundanal ruido —murmuré.
—¿Qué?
—Nada
—contesté, y él siguió cenando.
Le
observé comerse las patatas rellenas. De verdad que se parecía un poco a Brad
Pitt. Era horriblemente moderno, pero tal vez eso sería una ventaja para mi
proyecto, y no tendríamos que casarnos inmediatamente. Había dicho que podría
esperar a que terminara mi investigación.
Y,
contrariamente al dentista de Flip, no le importaría que fuera geográficamente
incompatible mientras trabajaba en él.
«Flip
y su dentista», pensé, preguntándome incómoda si todo aquello no era más que
otra moda. Aquel artículo decía que el matrimonio estaba a la última, y todas
las niñas pequeñas andaban locas por la Barbie Novia Romántica. La madre de
Lindsay pensaba en casarse de nuevo a pesar de aquel capullo de Mark, Sara
intentaba convencer a Ted para que se declarara, y Bennett dejaba que Alicia le
escogiera las corbatas. ¿Y si todos formaban parte de una moda de compromisos?
Estaba
siendo injusta con Billy Ray. Le encantaba todo lo que estaba de moda, incluso
podía aguantar hora y media de cola en plena tormenta, pero no se casaría con
alguien sólo porque se llevara el matrimonio. ¿Y qué si era una moda? Las modas
no son tan malas. Mira el reciclado y el movimiento en favor de los derechos
civiles. Y el vals. Y, de todas formas, ¿qué tenía de malo seguir la moda de
vez en cuando?
—Hora
de tomar el postre —dijo Billy Ray, mirándome desde debajo del ala de su
sombrero.
Llamó
a la camarera, y ella trajo a rastras los sospechosos habituales: áreme brülée,
tiramisú, pudín de pan.
—¿No
hay tarta de chocolate y queso? —pregunté.
Ella
puso los ojos en blanco.
—¿Qué
quieres tú? —dijo Billy Ray.
—Un
minuto —dije, resoplando—. Pide tú.
Billy
Ray le sonrió a la camarera.
—Tomaré
el pudín de pan.
—Es
nuestro postre de más éxito —comentó la camarera.
—Creía
que no te gustaba el pudín de pan —dije yo.
Él
alzó la cabeza, aturdido.
—¿Cuándo
he dicho eso?
—En
aquel lugar de comida de la pradera al que me llevaste. El Rosa de Kansas.
Tomaste tiramisú.
—Ya
nadie toma tiramisú —dijo él—. Me encanta el pudín de pan.
MASCOTAS
VIRTUALES
(otoño
1994-primavera 1996)
Juego
de ordenador japonés de moda en el que aparecía una mascota programada. El
cachorrito o el gatito crecía y jugaba, aprendía trucos (los perros, se
sobreentiende, no los gatos) y se escapaba si no se le cuidaba bien. Su éxito
se debió al amor de los japoneses por los animales y al problema del exceso de
población que hace que tenerlos en casa sea imposible.
Ben
se encontró conmigo en el aparcamiento a la mañana siguiente.
—¿Dónde
está la mansa? —preguntó.
—¿No
está con las otras ovejas? —Salí del coche. Sabía que no tendría que haberme
fiado de Flip—. Billy Ray dijo que la había metido en el corral.
—Bueno,
si está allí, es igual que cualquier otra oveja.
Tenía
razón. Lo era. Hicimos un rápido conteo, y había una más que antes, pero
resultaba imposible adivinar cuál era la mansa.
—¿Qué
aspecto tenía cuando tu amigo la metió en el corral?
—Yo
no estaba aquí —dije, mirando las ovejas, tratando de detectar una que fuese
diferente—. Sabía que tendría que haber bajado a comprobarlo, pero íbamos a
cenar y...
—Ya
—me cortó él—. Será mejor que busquemos a Shirl.
Shirl
no estaba por ninguna parte. Busqué en la sala de fotocopias y en Suministros,
donde Desiderata estaba examinando sus puntas abiertas, que había extendido
cortadas sobre el mostrador, delante de ella.
—¿Qué
te ha pasado, Desiderata? —pregunté, mirando su pelo trasquilado.
—No
he podido quitarme la cinta adhesiva —dijo tristemente, mostrándome uno de los
mechones, todavía envuelto—. Ha sido peor que la goma arábiga.
Di
un respingo.
—¿Has
visto a Shirl?
—Probablemente
estará fumando por alguna parte —comentó con desaprobación—. ¿Sabe usted lo
malo que es el humo de segunda mano?
—Casi
tanto como la cinta adhesiva —dije, y bajé al laboratorio de Alicia por si
Shirl estaba trabajando en sus estadísticas.
No
estaba allí, pero Alicia sí, vestida con una blusa de seda rosa pomo y
pantalones palazzo.
—Ninguno
de los ganadores de la beca Niebnitz fumaba —dijo, cuando le pregunté si había
visto a Shirl.
Pensé
en explicarle que, dado el porcentaje de no fumadores en la población general y
el exiguo número de receptores de la beca Niebnitz, la probabilidad de que
fueran no fumadores (o cualquier otra cosa) era estadísticamente
insignificante, pero todavía había que identificar a la oveja mansa.
—¿Sabes
dónde puede estar Shirl?
—La
envié a Dirección con un informe.
Pero
tampoco estaba allí. Regresé al laboratorio. Bennett no la había encontrado.
—Estamos
solos —dijo.
—Muy
bien. Es una mansa, así que es una líder. Pongamos un poco de heno a ver qué
pasa.
Lo
hicimos.
No
pasó nada. Las ovejas cercanas a Ben se escabulleron cuando introdujo el heno y
luego se pusieron a pastar. Una de ellas se acercó al abrevadero y acabó con la
cabeza enganchada entre la pared y éste, y se quedó allí balando.
—Tal
vez nos trajo la oveja equivocada —dijo Ben.
—¿Tienes
las cintas de vídeo de anoche?
—Sí
—contestó él, animado—. Estará grabado el momento en que tu amigo la trajo.
Lo
estaba. Billy Ray la sacó del camión, y la mansa lo siguió tranquilamente rampa
abajo hasta el centro del rebaño; simplemente, era cuestión de seguir su
progreso fotograma a fotograma hasta el momento presente.
O lo
habría sido si Flip no se hubiera plantado delante de la cámara. Bloqueó
completamente la visión del rebaño durante al menos diez minutos, y cuando
finalmente se apartó la colocación de las ovejas era completamente distinta.
—Quería
saber si Billy Ray pensaba que tenía sentido del humor —dije yo.
—Por
supuesto. ¿Y ahora qué?
—Vuelve
atrás. Y congela la imagen justo antes de que la mansa salga del camión. Tal
vez tenga alguna característica distintiva.
Rebobinó,
y contemplamos la imagen. La mansa era exactamente igual que las demás. Si
tenía alguna característica distintiva, sólo la apreciaban las ovejas.
—Parece
un poco bizca —dijo Ben por fin, señalando la pantalla—.¿Ves?
Pasamos
la siguiente media hora abriéndonos paso entre el rebaño, cogiendo las ovejas
por el morro y mirándolas a los ojos. Todas eran un poco bizcas y con la mirada
tan vacía que bien podrían haber tenido estampada en la frente de color blanco
sucio una i de impenetrable.
—Tiene
que haber una forma mejor de hacer esto —dije después de que una oveja
falsamente debilucha me hubiera aplastado contra la cerca y estuviera a punto
de romperme las dos piernas—. Probemos otra vez con las cintas.
—¿Las
de anoche?
—No,
las de esta mañana. Y sigue grabando. Vuelvo ahora mismo.
Subí
corriendo al laboratorio de estadística, buscando a Shirl por el camino, pero
no había ni rastro de ella. Agarré el disco donde estaban mis programas vector
y luego empecé a rebuscar entre mi colección de modas.
Se
me había ocurrido mientras subía que, si conseguíamos identificar la oveja
mansa, necesitábamos algo para marcarla. Saqué el lazo rosa pomo que había
comprado en Boulder y volví al laboratorio.
Las
ovejas estaban congregadas alrededor del heno, masticando con sus grandes
dientes cuadrados.
—¿Has
visto cuál las ha guiado hasta aquí? —le pregunté a Ben.
Él
sacudió la cabeza.
—Todas
se han acercado al mismo tiempo. Mira.
Conectó
el vídeo y me lo mostró.
Tenía
razón. En el monitor, las ovejas deambulaban sin rumbo por el corral,
deteniéndose a pastar un paso sí un paso no, sin prestarse atención unas a
otras ni al heno, hasta que, al parecer por accidente, todas estuvieron con las
patas metidas en el heno, dando bocaditos.
—Muy
bien —dije yo, sentándome ante el ordenador—. Conecta otra vez la cinta, a ver
si podemos aislar a la mansa. ¿Sigues grabando?
Él
asintió.
—En
continuo y en copia. —Bien.
Rebobiné
y detuve la imagen diez fotogramas antes de que Ben sacara el heno. Luego hice
un diagrama, asignando un punto de color distinto a cada una de las ovejas, e
hice lo mismo con los siguientes veinte fotogramas para establecer un vector.
Luego empecé a experimentar para ver cuántos fotogramas podía saltarme sin
perder la pista de cuál era cada oveja.
Cuarenta.
Pastaban durante poco más de dos minutos y luego daban una media de tres pasos
antes de detenerse y volver a comer.
Empecé
con cuarenta, perdí la pista de tres ovejas al segundo intento, reduje a
treinta, y avancé.
Cuando
tuve diez puntos para cada oveja, conecté un programa de análisis para calcular
proximidades y dirección prevista, y seguí trazando vectores.
En
la pantalla el movimiento seguía siendo aleatorio, determinado por la longitud
de la hierba y la dirección del viento o lo que fuera que hubiese en sus
diminutos procesos de pensamiento para hacer que las ovejas se movieran en un
sentido o en otro.
Había
un vector que se dirigía al heno, y lo aislé y lo seguí durante los cien
fotogramas siguientes, pero sólo era una oveja moteada decidida a quedarse
atascada en un rincón. Volví a repasar todos los vectores.
Seguía
sin aparecer nada en la pantalla, pero en los números de encima empezaba a
dibujarse una pauta. Azul cerúleo. Lo seguí, todavía sin convencimiento.
Parecía que la oveja pastaba en un amplio círculo, pero las proximidades
indicaban que se movía errática pero decididamente hacia el heno.
Aislé
su vector y la contemplé en la cinta de vídeo. Parecía completamente ordinaria
y totalmente ajena al heno. Daba un par de pasos, pastaba, daba otro paso, se
volvía un poco, pastaba otra vez, terminando cada vez un poquito más cerca del
heno, y en la mitad de los fotogramas la regresión indicaba que las demás
ovejas la seguían.
Quise
asegurarme.
—Ben
—dije—. Cubre el abrevadero y pon un barreño con agua en la puerta trasera.
Espera, déjame preparar la cinta para seguir lo que ocurra. Vale —dije al cabo
de un minuto—. Camina por un lado para no bloquear la cámara.
Contemplé
en el monitor cómo colocaba una plancha de madera sobre el abrevadero, sacaba
un barreño y lo lienaba con una manguera, sin quitar ojo a las ovejas para ver
si alguna de ellas se daba cuenta.
No
lo hicieron.
Permanecieron
junto al heno. Hubo un breve aleteo de actividad cuando Ben retiró la manguera
y alzó el pestillo de la puerta, y luego las ovejas volvieron a lo suyo como de
costumbre.
Seguí
a la azul cerúleo en tiempo real, observando los números.
—La
tengo —le dije a Bennett. Él se acercó y miró por encima de mi hombro.
—¿Estás
segura? No parece demasiado inteligente.
—Si
lo fuera, las demás no la seguirían.
—Los
he buscado arriba, pero no estaban en ninguna parte —dijo Flip.
—Estamos
ocupados, Flip —dije sin apartar los ojos de la pantalla.
—Traeré
el ronzal y un collar —se ofreció Ben—. Dirígeme.
—Sólo
tardaré un minuto —insistió Flip—. Quiero que miren una cosa.
—Tendrá
que esperar —contesté, los ojos todavía clavados en la pantalla.
Al
cabo de un minuto, Ben apareció en la imagen, sujetando el collar y el ronzal.
—¿Cuál?
—gritó.
—Ve
a la izquierda —grité yo a mi vez—. Tres, no, cuatro ovejas. Muy bien. Ahora
gira hacia la pared oeste.
—Esto
es por Darrell, ¿verdad? —dijo Flip—. Estaba en un periódico. Cualquiera que lo
leyera tenía derecho a contestarle.
—Una
más a la izquierda —grité—. No, ésa no. La que está delante. Muy bien, ahora no
la asustes. Ponle la mano en los cuartos traseros.
—Además,
decía «sofisticada y elegante». Las científicas no son elegantes, excepto la
doctora Turnbull.
—¡Cuidado!
—grité—. No la espantes. —Me levanté para ayudarlo.
Flip
me bloqueó el paso.
—Lo
único que quiero es que miren una cosa. Sólo será un minuto.
—Rápido
—llamó Ben—. No puedo sujetarla.
—No
tengo un minuto —repuse, y dejé atrás a Flip, rezando para que Ben no hubiera
perdido la oveja mansa.
Todavía
la tenía, pero por los pelos. Colgaba de su cola agarrado con ambas manos, y
todavía sujetaba el ronzal y el collar. No había forma de que pudiera soltarlos
para dármelos. Me saqué el lazo del bolsillo, lo pasé alrededor del tenso
cuello de la mansa, y se lo até con un nudo.
—Muy
bien —dije, separando los pies—, puedes soltarla.
El
brinco casi me arrojó al suelo, y la oveja mansa inmediatamente empezó a tirar
de mí y del lazo, todavía no demasiado bien atado; pero Ben ya le estaba
poniendo el ronzal.
Me
lo tendió para que lo agarrara y le puso el collar, justo cuando el lazo cedía
y se rasgaba con un fuerte chasquido.
Se
agarró al ronzal, y los dos nos aferramos a él como niños que hacen volar una
cometa.
—Él
collar... está... puesto —dijo él, jadeando.
Pero
no se veía: lo cubría completamente la densa lana de la mansa.
—Sujétala
un momento —dije, y pasé lo que quedaba de lazo por debajo del collar—. Aguanta
—insistí, atando un lazo grande y flaccido—. El rosa pomo es el color del
otoño. —Ajusté los extremos—. Ya está, oveja, vas a la última.
Al
parecer, la oveja estaba de acuerdo. Dejó de debatirse y se quedó quieta. Ben
se arrodilló a mi lado y le quitó el ronzal.
—Formamos
un gran equipo —dijo, sonriéndome.
—Sí
que es verdad.
—Bien
—dijo Flip desde la puerta. Meneaba el pestillo arriba y abajo—. ¿Tienen un
minuto ahora?
—Sí
—contesté, riéndome. Me levanté—. Tengo un minuto. ¿Qué es lo que querías que
mirara?
Pero
ahora que la observaba, era obvio.
Se
había teñido el pelo... el mechón, los hilos de tela, incluso la pelusilla de
su cráneo rapado, de un brillante y bilioso azul cerúleo.
—¿Y
bien? —dijo Flip—. ¿Cree que le gustará?
—No
lo sé, Flip. Los dentistas tienden a ser bastante conservadores.
—Lo
sé —contestó ella, poniendo los ojos en blanco—. Por eso me lo teñí de azul. El
azul es un color conservador —agitó su mechón azul—. No me ayuda usted en nada
—dijo, y se marchó.
Me
volví hacia Ben y la mansa, que seguía completamente inmóvil.
—¿Y
ahora qué?
Ben
se agachó junto a la oveja y la cogió por el morro.
—Vamos
a enseñarte cosas que requieran poca habilidad —dijo—, y tú se las enseñarás a
tus amigas. ¿Comprendido?
La
mansa masticó pensativa.
—¿Qué
sugieres, doctora Foster? ¿Scrabble? ¿Ping-pong? —Se volvió hacia la mansa—.
¿Te gustaría empezar una cadena de cartas?
—Creo
que será mejor que nos contentemos con pulsar un botón para que abra un
abrevadero. Como dijiste, no parece demasiado inteligente.
Él
volvió la cabeza a un lado y luego a otro, con el ceño fruncido.
—Se
parece a Flip —me sonrió—. Muy bien, será el Trivial Pursuit. Pero primero
tengo que traer mantequilla de cacahuete. En Tratamiento y cuidado de las
ovejas pone que les encanta.
Y se
marchó.
Até
con un doble nudo el lazo de la mansa y luego me apoyé sobre la cerca y las
observé.
Sus
movimientos parecían tan aleatorios y faltos de dirección como siempre.
Pastaban y daban un paso y volvían a pastar, y lo mismo hacía la mansa,
distinguible del resto sólo por el lazo rosa pálido, indiferenciada e
indistinguible. Y liderando.
Arrancó
un trozo de hierba, lo masticó, dio dos pasos, y contempló el vacío un buen
rato, ¿pensando en qué? ¿En ponerse un pendiente en la nariz? ¿En la moda de
ejercicios para el otoño?
—Aquí
tiene —dijo Shirl, que traía un fajo de papeles y parecía enfadada—. No estará
prometida a ese Billy Ray, ¿verdad? Porque si lo está, eso cambia toda... —se
detuvo—. Bueno, ¿lo está?
—No.
¿Quién le ha dicho que sí?
—Flip
—contestó, disgustada. Soltó los papeles y encendió un cigarrillo—. Le dijo a
Sara que iba usted a casarse y mudarse a Nevada.
—Wyoming
—dije—, pero no.
—Bien
—dijo Shirl, dando una enfática calada al cigarrillo—. Es usted una científica
con mucho talento y un futuro muy brillante. Con su talento, le sucederán cosas
muy buenas dentro de poco, y no tiene sentido echarlo todo por la borda.
—No
voy a casarme —dije, e hice un esfuerzo por cambiar de tema—. ¿Quería verme por
algo?
—Sí
—contestó, señalando el corral—. Cuando llegue la mansa, asegúrese de marcarla
antes de meterla con las demás ovejas; así podrá distinguirla. Y hay una
reunión de todo el personal mañana —cogió los memorandos y me tendió uno—. A
las dos.
—Otra
reunión no.
Ella
apagó su cigarrillo y se marchó, y yo volví a apoyarme en la cerca para
observar las ovejas. Pastaban pacíficamente, la mansa en medio de todas,
distinguible únicamente por el lazo rosa.
«Tendría
que quitar la tapa del abrevadero y comprobar los circuitos, para que todo esté
preparado cuando Ben regrese», pensé, pero volví al ordenador, tracé vectores
durante un rato, y permanecí sentada contemplando la pantalla, viéndolas
moverse, viendo cómo la mansa se movía entre ellas, y pensando en Robert
Browning y el pelo corto.
ANILLOS
DE ESTADO DE ÁNIMO
(1975)
Joya
de moda. Consistía en un anillo con una gran «piedra» que en realidad era
cristal líquido sensible a la temperatura. Los anillos de estado de ánimo
supuestamente reflejaban el de quien los llevaba y daban a conocer sus
pensamientos. Azul significaba tranquilidad; rojo significaba mal humor; negro,
depresión. Como el anillo respondía a la temperatura, y al cabo de un tiempo ni
siquiera a eso, nadie que no tuviera fiebre conseguía el ideal tono púrpura
«bendición»; pero todo el mundo acababa desesperado y deprimido cuando el
anillo se volvía permanentemente negro. La moda fue sustituida por las piedras
amuleto, que no respondían a nada.
Decididamente,
la mansa conseguía que el rebaño hiciera lo que ella quería. Lograr que la
mansa hiciera lo que nosotros queríamos era harina de otro costal.
Nos
observaba mientras untábamos con mantequilla de cacahuete el botón que
supuestamente iba a pulsar, y luego conducía todo el rebaño para que se quedara
atascado en la esquina del fondo.
Lo
intentamos otra vez. Ben la tentó con una manzana podrida, porque el autor de
Cría de ovejas como diversión y negocio juraba que les gustaban, y ella trotó
detrás de él hasta el pesebre.
—Buena
chica —dijo Ben, y se inclinó para darle la manzana; la oveja le dio un buen
golpe en el estómago que lo dejó sin aliento.
Luego
probamos con lechuga pasada y después con brécol fresco, sin obtener resultado
alguno.
—Al
menos no te ha embestido —dije, y lo dejamos por aquel día.
Cuando
llegué al trabajo al día siguiente con una bolsa llena de repollo y kiwis (por
Historias de un pastor australiano), Ben untaba con melaza el fondo del
pesebre.
—Bueno,
no cabe duda de que ha habido difusión de información —dijo—. Otras tres ovejas
me han embestido esta mañana.
Condujimos
a la mansa hasta el pesebre aplicando el método de tirar del morro y sujetar
por el rabo, además de una pistola de agua, según sugería Tratamiento y cuidado
de las ovejas.
—Se
supone que eso impide que embistan.
No
lo impidió.
Le
ayudé a levantarse.
—Historias
de un pastor australiano se refería sólo a las embestidas de las cabras, no a
las de las ovejas —le sacudí el polvo—. Es suficiente para hacerte perder la fe
en la literatura.
—No
—contestó él, sujetándose el estómago—. El poeta tenía razón. «La oveja es una
bestia peligrosa.»
Al
quinto intento conseguimos que lamiera la melaza. Al instante, las bolitas de
comida cayeron al pesebre. La mansa las miró interesada un buen rato, durante
el cual Ben me miró y cruzó los dedos, y luego embistió y me golpeó con acierto
ambos tobillos, haciéndome soltar el ronzal. Se abalanzó contra el rebaño,
espantándolo. Una de las ovejas chocó contra el pie de Ben.
—Míralo
por la parte positiva —dije, frotándome los tobillos—. Hay una reunión de
personal a las dos.
Ben
se acercó cojeando y recogió el ronzal suelto.
—Se
supone que les gustan los cacahuetes.
A la
mansa no le gustaban; ni el apio, ni pisar sombreros. Sin embargo, sí le
gustaba salir de estampida y recular y tratar de librarse del collar. A la una
menos cuarto Ben consultó el reloj y dijo:
—Ya
casi es la hora de la reunión. Y yo no lo contradije.
Fui
cojeando al laboratorio de estadística, me sacudí tanta lana y polvo como pude
y acudí a la reunión, esperando que Dirección pensara que estaba haciendo
ímprobos esfuerzos por vestir de manera informal.
Sarán
se reunió conmigo en la puerta de la cafetería.
—¿No
es emocionante?—dijo, plantándome en la cara la mano izquierda—. ¡Ted me ha
pedido que me case con él! «¿Ted el de la aversión al compromiso?—pensé—. ¿El
que tenía graves problemas íntimos y no era en el fondo más que un niño
malcriado?»
—Fuimos
a escalar sobre hielo, y él clavó su pitón y dijo: «¡Toma, sé que querías
esto!», y me tendió un anillo. Ni siquiera lo alcancé. ¡Fue tan romántico!
—¡Gina,
mira! —añadió, cargando contra su próxima víctima—. ¿No es emocionante?
Entré
en la cafetería. Dirección se encontraba en la parte delantera de la sala,
junto a Flip. Llevaba vaqueros con raya. Ella iba vestida con pantalones azul
Cerenkhov de torero y un sombrerito informe calado hasta las orejas. Los dos
vestían una camiseta con las letras DSAJ delante.
—Oh,
no —murmuré, preguntándome qué significaría eso para nuestro proyecto—, otro
acrónimo no.
—Dirección
Sistematizada de Avances Jerárquicos —dijo Ben, sentándose a mi lado—. Es el
estilo de dirección que usaba el noventa y nueve por ciento de las empresas
cuyos científicos ganaron la beca Niebnitz.
—¿Y
cuántas son?
—Una.
Y sólo lo emplearon tres días.
—¿Significa
esto que tendremos que volver a solicitar fondos para nuestro proyecto?
Él
sacudió la cabeza.
—Se
lo pregunté a Shirl. No han impreso todavía los nuevos folletos.
—Tenemos
muchas cosas en la agenda de hoy —tronó Dirección—, así que empecemos. Primero,
ha habido algunos problemas con Suministros, y para rectificar eso hemos ideado
un nuevo impreso de solicitud. La directora de suministro de mensajes de
trabajo —hizo una seña a Flip, que sostenía un montón enorme de clasificadores—
los repartirá.
—¿La
directora de suministro de mensajes de trabajo? —murmuré.
—Alégrate
de que no la nombraran vicepresidenta.
—En
segundo lugar—dijo Dirección—, tengo excelentes noticias que compartir con
vosotros referidas a la beca Niebnitz. La doctora Alicia Turnbull ha estado
elaborando con nosotros un plan que vamos a poner hoy en marcha. Pero primero
quiero que todos elijáis una pareja...
Ben
me agarró la mano.
—...
y os coloquéis uno frente al otro.
Nos
pusimos de pie y yo alcé las manos, las palmas hacia fuera.
—Si
tenemos que decir tres cosas que nos gustan sobre las ovejas, dimito.
—Muy
bien, compañeros —dijo Dirección—, ahora quiero que deis a vuestra pareja un
gran abrazo.
—La
próxima moda en HiTek será el acoso sexual —dije animadamente, y Ben me tomó en
sus brazos.
—Vamos
—dijo Dirección—. No todo el mundo está participando. Un gran abrazo.
Los
brazos de Ben me atrajeron, me envolvieron dentro de sus mangas de cuadros. Mis
manos, pilladas en aquel tonto gesto de palmas hacia afuera, rodearon su
cuello. Mi corazón empezó a redoblar.
—Un
abrazo dice: «Gracias por trabajar conmigo» —anunció Dirección—. Un abrazo
dice: «Aprecio tu disposición.»
Mi
mejilla estaba apoyada en la oreja de Ben. Olía levemente a oveja. Pude sentir
su corazón latiendo, el calor de su aliento sobre mi cuello. Mi respiración se
cortó, como un motor con hipo.
—Muy
bien, compañeros —dijo Dirección—. Quiero que miréis a vuestra pareja...
todavía abrazados, no os soltéis... y le digáis lo mucho que significa para
vosotros.
Ben
alzó la cabeza, la boca rozando mi pelo, y me miró. Sus ojos grises estaban
serios tras las gruesas gafas.
—Yo...
—dije, y me solté de su abrazo.
—¿Adonde
vas?
—Tengo
que... se me acaba de ocurrir algo que encaja en mi teoría del pelo corto
—dije, desesperada—. Tengo que introducirlo en el ordenador antes de que se me
olvide. Es sobre las maratones de baile.
—Espera
—dijo él, y me agarró la mano—. Creía que las maratones de baile no empezaron
hasta los años treinta.
—Empezaron
en 1927 —dije, y me libré de su mano.
—¿Eso
no fue después de la locura del pelo corto? —preguntó él; pero yo había salido
ya por la puerta y corría escaleras arriba.
GUIRNALDAS
DE PELO
(1870-1890)
Productos
de artesanía victoriana muy tétricos fabricados con el pelo de un ser amado (o
de varios, preferiblemente de distintos colores). El pelo (obtenido de un modo
u otro) era trenzado y tejido en forma de coronas y ramos, y colocado luego
bajo una cúpula de cristal o enmarcado y colgado de la pared. La moda fue
sustituida por el movimiento sufragista, el croquet y Elinor Glyn. La moda de
las coronas de pelo puede que fuera uno de los factores que favorecieron la
moda del pelo corto de los años veinte.
Cosas
muy diversas han conducido a logros significativos: manzanas, ancas de rana,
placas fotográficas, pájaros. Pero el mío debe de ser el único debido a uno de
los estúpidos ejercicios de sensibilidad de Dirección.
No
paré hasta llegar al laboratorio de Estadística. Me abracé con las manos contra
el pecho y me apoyé en la puerta, jadeando y murmurando una y otra vez:
—Estúpida,
estúpida, estúpida.
Se
suponía que era una experta detectando tendencias, pero había tardado semanas
en ver adonde conducía ésta. Y durante todo ese tiempo había creído que era su
inmunidad a las modas lo que me interesaba de él.
Había
tomado notas sobre sus zapatillas de lino y sus corbatas.
Incluso
había considerado en serio la propuesta de Billy Ray. Y todo ese tiempo...
Alguien
venía por el pasillo. Me senté rápidamente ante el ordenador, cargué un
programa, y me quedé allí, mirándolo sin ver.
—¿Ocupada?—dijo
Gina al entrar.
—Sí.
—Oh
—y su expresión decía claramente: «No pareces ocupada»—. No te encontraba
después de la reunión. Me he ido al cuarto de baño antes de que empezaran el
ejercicio de sensibilidad, y cuando he vuelto te habías ido. Quería traerte la
lista de jugueterías donde ya he buscado para que no pierdas el tiempo con
ellas.
—Muy
bien. Iré este fin de semana.
—Oh,
no hay prisa. El cumpleaños de Bethany no es hasta dentro de otras dos semanas,
pero me pone un poco nerviosa que en Toys «R» Us se hayan quedado sin ella. Ahí
es donde la madre de Chelsea encontró la de Brittany, y dijo que era el único
sitio donde pudo encontrar una. —Frunció el ceño—. ¿Estás bien? Tienes la cara
de alguien a quien han castigado en su habitación.
Una
expulsión. Tienes que quedarte aquí sentada y calladita hasta que puedas
controlar tus emociones, jovencita.
—Estoy
bien —dije—. Tendría que haber escuchado tu consejo e irme al cuarto de baño,
eso es todo.
Ella
asintió.
—Esos
ejercicios de sensibilidad acaban haciéndote polvo. Bueno, dejaré que vuelvas
al trabajo. O lo que sea —me palmeó en el hombro.
—Y
yo te traeré la Barbie Novia Romántica. No tienes que preocuparte. La
encontraré —dije, y empecé a rebuscar a ciegas en un grupo de recortes.
En
cuanto se fue cerré la puerta, y luego me senté otra vez ante el ordenador y
contemplé la pantalla.
El
archivo que había recuperado era mi gráfico sobre el pelo corto. Estaba allí,
con sus líneas de colores entrecruzadas y aquel anómalo grupo en Marydale,
Ohio, como un reproche.
¿Cómo
podía tener la esperanza de comprender lo que había motivado que las mujeres se
cortaran el pelo setenta años atrás cuando ni siquiera comprendía lo que me
movía a mí a actuar?
No
había tenido ni una sola pista hasta que Ben me rodeó con sus brazos. Hasta que
me atrajo hacia sí, pensaba sinceramente que intentaba salvar su proyecto
porque no podía soportar a Flip. Incluso creía que estaba irritada con Alicia
simplemente porque intentaba producir ciencia a la carta. Y todo el tiempo...
Oí
un ruido en el pasillo y coloqué las manos sobre el teclado. Necesitaba parecer
ocupada para que nadie más viniera a hablar conmigo.
Contemplé
el gráfico con sus líneas entrelazadas y sus curvas intercaladas, cada una
influyendo sobre las .otras, reiterándose y conduciendo inevitablemente a un
Resultado.
Como
mi caída. Y tal vez debería dibujar eso: señalar los hechos e interacciones que
me habían conducido a aquella situación. Recuperé el programa cromático y un
archivo vacío y empecé a reconstruirla.
Había
pedido prestadas las ovejas de Billy Ray. No, había empezado antes, con
Dirección y GRIS. Dirección había entregado un nuevo impreso de solicitud de
fondos, y el de Ben se había perdido, y yo había sugerido que trabajáramos
juntos. Y Dirección había dicho que sí porque querían que uno de los
científicos de HiTek obtuviera la beca Niebnitz.
Empecé
a dibujar las líneas que se conectaban, de las reuniones de Dirección a los
impresos de fondos, a Shirl, la nueva ayudante, que me había traído copias
extra de las páginas que faltaban y que yo había llevado a Ben, a Alicia, la
cual quería colaborar con Bennett para ganar la beca Niebnitz. Y otra vez de
vuelta a Dirección y GRIS. Y a Flip.
—Se
ha marchado de la reunión temprano —me reprochó Flip, abriendo la puerta.
Todavía llevaba el sombrero encasquetado, pero se había quitado la camiseta
DSAS; ahora lucía un vestido transparente sobre unas mallas que parecían hechas
de cinta adhesiva azul Cerenkhov.
—No
recogió el impreso mejorado para la obtención de suministros —dijo, y me tendió
una carpeta—. Y yo quería hacerle una pregunta.
—Estoy
ocupada, Flip.
—Sólo
será un minuto. Sé que todavía está enfadada porque contesté al anuncio de
contactos, pero es la única a la que puedo preguntárselo. Desiderata y Shirl
están cabreadas conmigo.
«Me
pregunto por qué», pensé.
—De
verdad que estoy muy ocupada, Flip.
—Sólo
será un minuto. —Acercó un taburete al ordenador y se encaramó en él—. ¿Hasta
dónde debe llegar una persona cuando está realmente desequilibrada por alguien?
Justo
lo que necesitaba, discutir sobre la vida sexual de una persona que lleva una
anilla en la nariz y ropa interior de cinta adhesiva.
—Quiero
decir, si pensara que nunca iba a volver a ver a ese alguien. ¿Piensa que es
estúpido hacer algo realmente suarb?
Había
hablado con Ben para unir nuestros proyectos. Había pedido prestado un rebaño
de ovejas. Estúpida, estúpida, estúpida.
—Es
sobre mi pelo —dijo, y se quitó el sombrero—. Me lo rapé.
Desde
luego, lo había hecho. Tenía el pelo a menos de un centímetro de su casco azul.
Por un segundo pensé que había tenido el mismo problema con la cinta adhesiva
que Desiderata, pero también había eliminado su mechón colgante.
Parecía
un pollito desplumado muerto de frío.
Sentí
una súbita punzada de piedad por ella, enamorada de un dentista, nada menos,
que no sabía que existía, y que probablemente ya estaba prometido.
—Así
que me pregunté si estaba bien así o si debería añadir otra marca —señaló su
sien derecha, justo debajo de la zona rapada.
—¿De
qué? —dije débilmente.
Ella
suspiró.
—De
una tira de cinta adhesiva, por supuesto.
Por
supuesto.
—Creo
que depende de cómo vayas a dejarte crecer el pelo —dije, esperando que fuera a
hacerlo.
Al
parecer así era, porque volvió a ponerse el sombrero y dijo:
—¿Así
que entonces no cree que será una estupidez?
—Flip,
¿quieres hacerme un favor? ¿Quieres bajar a Biología y decirle al doctor
O'Reilly que voy a marcharme temprano, y que hablaré con él mañana?
—Biología
está justo al otro lado del edificio —dijo ella, enfadada—. De todas formas,
dudo que esté allí. Cuando dejé la reunión, estaba hablando con la doctora
Turnbull. Como siempre. Apuesto que desea haberla tenido por compañera en todo
eso de los abrazos.
—Estoy
realmente ocupada, Flip —dije, y empecé a teclear para demostrarlo. Flip. Todo
era culpa de Flip Había perdido los impresos de Bennett y robado mis anuncios
de contactos, y por eso yo estaba en la sala de fotocopias cuando entró él.
—¿Sabía
que la doctora Patton se ha prometido? —dijo Flip buscando conversación—. ¿Con
ese tipo que no quería casarse?
—Sí.
—Apuesto
que el doctor O'Reilly y la doctora Turnbull se casarán muy pronto.
Seguí
tecleando obstinadamente, y al cabo de un ratito Flip se aburrió y se marchó;
pero no paré. No bromeanba al decir que todo aquel lío era culpa de Flip. No
sólo había perdido los impresos y robado los anuncios. Lo había empezado todo.
Si no me hubiera entregado a mí en primer lugar el paquete de la doctora
Turnbull, nunca habría conocido a Ben. Nunca habría bajado a Biología, y en
aquella primera reunión él estaba al otro lado de la sala.
Seguí
añadiendo líneas, siguiendo los hechos interconectados. Ella había echado a
perder seis semanas de investigación y me había robado la grapadora. Y había
perdido las páginas del impreso de fondos. Yo había tenido que llevarle a Ben
las páginas que faltaban. Las huellas de sus Mary Janes y sus zuecos sin talón
estaban por todas partes, denunciando sus tropelías.
Era como una especie de Yago. O algún ángel de
la guarda maligno. «Siempre allí, a tu lado, adondequiera que vayas», era lo
que ponía en Ángeles, ángeles por todas partes. Y era verdad. Estaba en todas
partes, como una horrible anti-Pippa, deambulando ante ventanas insospechadas y
sembrando la destrucción dondequiera que estuviese.
Añadí
más líneas. Flip alzando la mano y consiguiendo una ayudante, Flip promoviendo
la campaña antitabaco que me había hecho sugerirle el corral a Shirl, quien nos
había hablado de la oveja mansa. Flip deprimiéndome aquel día en Boiklder. De
no haber sido por su charla sobre sentirse inquieta, nunca habría salido con
Billy Ray, nunca habría sabido que las Targhees eran ovejas, y nunca se me
habría ocurrido la idea de pedirlas prestadas.
«Y
Ben estaría en algún lugar de Francia, estudiando la teoría del caos», pensé,
enfadada. Sabía que nada de aquello era culpa de Flip. Yo era quien había
ideado excusas para ver a Ben, para hablar con él, desde el primer día en que
lo seguí en el porche.
Flip
no era la causa. Podía haber precipitado las cosas, pero e! resultado era culpa
mía. Había seguido la tendencia más antigua de todas. Justo al borde del
precipicio.
Flip
volvió, y se puso a mirar interesada por encima de mi hombro.
—Sigo
ocupada, Flip.
Ella
agitó su mechón inexistente.
—El
doctor O'Reilly se ha marchado. Apuesto a que tiene una cita con la doctora
Turnbull.
Un
ángel de la guardia espectral, ineludible.
—¿No
tienes que ir a ningún sitio?
—Eso
es lo que venía a decirle. Adiós.
Y se
marchó. Contemplé la pantalla, preguntándome cómo incluir en mi gráfica ese
breve encuentro, pero ya había vuelto.
—¿Hay
sombreros en Texas? —preguntó.
—De
diez kilos.
Se
marchó otra vez, esta vez al parecer definitivamente. Añadí unas cuantas líneas
más a mi gráfico, y luego me quedé allí sentada, contemplando las curvas
entrecruzadas, las regresiones tan claramente trazadas.
—Las
siete —dijo Gina, asomando la cabeza por la puerta. Llevaba puesto el abrigo—.
Puedes salir ya de tu castigo. Sonreí.
—Gracias,
mamá —dije, pero no me marché. Esperé hasta asegurarme de que todo el mundo se
había ido y luego bajé y me colgué de la cerca, observando las ovejas que se
movían y pastaban y volvían a moverse, balando de vez en cuando, perdiéndose
ocasionalmente, impulsadas por una mansa que no reconocían, por un instinto que
no sabían que tenían.
KEWPIES
(1909-1915)
Muñeca
de moda inspirada en los poemas ilustrados del Ladies' Home Journal. Las
muñecas kewpie tenían aspecto de querubín de mejillas sonrosadas, con una
barriguita redonda y un rizo rubio en la cabeza. Eran muy apreciadas tanto por
niñas pequeñas como por mujeres adultas. Las kewpies aparecieron en forma de
muñecas de papel, saleros, tarjetas, motivos para decorar pasteles de boda y
premio de feria.
Durante
los dos días siguientes me mantuve apartada del laboratorio y de Ben arreglando
mi propio laboratorio e introduciendo kilómetros de datos sobre el mah-jong y
el vuelo de Lindberg sobre el Atlántico.
«Esto
es ridículo —me dije a mí misma el jueves—. No eres Peyton. Tienes que verlo
alguna vez. Crece.»
Pero
cuando llegué al laboratorio Alicia estaba allí, apoyada en la verja. Ben tenía
sujeta la mansa por el lazo rosa pomo y explicaba el principio de la estructura
de atención. Llevaba la corbata azul.
—Esto
tiene auténticas posibilidades —decía Alicia—. El treinta y uno por ciento de
los proyectos de los receptores de la beca Niebtniz eran, en el momento de
concederse el premio, colaboraciones interdisciplinarias. La clave está en
conseguir la colaboración adecuada. Obviamente el comité busca un equilibrio de
géneros, cosa en la que encajáis, pero la teoría del caos y la estadística son
disciplinas basadas en las matemáticas. Necesitáis un biólogo.
—¿Os
hago falta?
Los
dos me miraron.
—Si
no, tengo un poco de trabajo de investigación en la biblioteca.
—No,
adelante —dijo Ben—. La mansa no está de humor para aprender nada esta mañana.
—Se frotó la rodilla—. Ya me ha embestido dos veces. Mientras estás en la
biblioteca, mira a ver si tienen algo sobre cómo conseguir un líder para que le
sigan.
—Lo
haré —contesté, y me encaminé pasillo abajo.
—Espera
—dijo Ben, corriendo para alcanzarme—. Quería hablar contigo. ¿Fue un logro?
¿Lo de la maratón de baile?
«Sí—pensé,
mirándole fijamente—. Un logro.»
—No
—contesté—. Creí que habría una conexión, pero no la había.
Y me
fui a Boulder a buscar la Barbie Novia Romántica.
Gina
me había dado una lista de jugueterías; en ella aparecían marcadas aquellas
donde ya lo había intentado, lo que no me dejaba muchas. Empecé por arriba,
decidida a abrirme paso hacia abajo.
Yo
pensaba que comprendía la moda de las Barbies. Ni siquiera la fiesta de
cumpleaños de Brittany me había preparado para lo que encontré.
Había
Barbies Moda Alegre, Barbies Fiesta de Disfraces, Barbies Ángeles de Burbujas,
Barbies Girasol, e incluso una Barbie Sorpresa a la que se le abría el pecho y
dentro llevaba carmín y brillo de labios. Había Barbies multiculturales,
Barbies que se encendían, Barbies por control remoto, Barbies cuyo pelo podía
cortarse.
Barbie
tenía un Porsche, un Jaguar, un Corvette, un Mustang, una lancha motora, un
todoterreno y un caballo. También un baño de belleza, una sauna, un gimnasio y
un McDonald's. Por no mencionar los cofres para joyas, para el almuerzo, cintas
de ejercicios, audios, vídeos y laca rosa para uñas.
Pero
no había ninguna Barbie Novia Romántica. En el Palacio de los Juguetes tenían
la Barbie Novia Campestre, con un delantal rosa y un ramo de margaritas. En
Toys «R» Us tenían la Barbie Novia Ensoñadora y la Barbie Fantasía Nupcial, y
consideré seriamente la posibilidad de decidirme por alguna de ellas a pesar de
las instrucciones de Gina.
En
Cabbage Patch tenían cuatro pasillos llenos de Barbies y una empleada con una i
estampada en la frente.
—Tenemos
la Barbie Troll —dijo cuando le pregunté por la Novia Romántica—. Y Pocahontas.
Recorrí
cuatro jugueterías y tres tiendas de saldos y luego me acerqué al café Krakatoa
para ver si había alguna Barbie en los anuncios personales de los periódicos.
Ahora
se llamaba Kepler's Quark, mala señal.
—No
me diga. Ya no tienen café con leche —le dije al camarero, que llevaba un
jersey negro de cuello alto, vaqueros negros y gafas de sol.
—La
cafeína es mala —dijo, tendiéndome la carta, que ya ocupaba hasta diez
páginas—. Le sugiero una bebida inteligente.
—¿No
es eso un oxímoron? —dije yo—. ¿Creer que una bebida puede aumentar su cociente
intelectual?
Él
ladeó la cabeza, enseñando la una i de la frente.
Por
supuesto.
—Las
bebidas inteligentes son refrescos sin alcohol con neurotransmisores para
aumentar la memoria y la atención y potenciar la función cerebral. Le sugiero
el Estallido Cerebral, que aumenta la habilidad matemática, o el Levántate y
Van Gogh, que aumenta la habilidad artística.
—Tomaré
el Comprobante de Realidad —dije, esperando que aumentara mi capacidad para
aceptar los hechos.
Traté
de leer los anuncios, pero eran demasiado deprimentes: «A la rubia que almuerza
todos los días en Jane's Java. No me conoces pero estoy locamente enamorado de
ti. Por favor, responde.»
Me
pasé a los artículos.
Un
terapeuta de «lazos armónicos» ofrecía alineamientos de alma con cinta
adhesiva.
Dos
hombres habían sido detenidos en la ciudad de Nueva York por trabajar en la
nueva moda, una «tabacalera clandestina».
El
rosa pomo había fracasado como moda. Un diseñador de ropa decía: «El gusto del
público es inexplicable».
«Sabias
palabras», pensé; y era hora de que también yo aceptara eso.
Nunca
iba a descubrir la fuente de la moda del pelo corto, no importaba cuántos datos
introdujera en el gráfico de mi ordenador. No importaba cuántas líneas de
colores dibujara.
Porque
no tenía nada que ver con el sufragismo ni con la Primera Guerra Mundial ni con
el clima. Y aunque pudiera preguntarles a Bernice e Irene y a todas las demás
por qué se lo habían cortado, seguiría sin servir de nada. Porque no lo
sabrían.
Fueron
tan confiadas y ciegas como lo había sido yo; se dejaron llevar por
sentimientos de los que no eran conscientes, por fuerzas que no comprendían. De
cabeza al río.
Llegó
mi bebida inteligente. Era de un color verdoso pálido, el chartreuse, un color
que había estado de moda a finales de los años veinte.
—¿Qué
es lo que tiene?
El
camarero suspiró, un pesado suspiro surgido de un personaje de Dostoyevsky.
—Tirosina,
L-fenilamina y cofactores sinérgicos —dijo—. Y zumo de pina.
Di
un sorbo. No me sentí más inteligente.
—¿Por
qué se marcó la frente? —pregunté.
Al
parecer, él no se había acabado su bebida inteligente.
Me
miró, sin entender.
—¿Su
marca con la ¿? —dije, señalándola—. ¿Por qué decidió hacerse eso?
—Todo
el mundo lo lleva —contestó, y se dio media vuelta.
Me
pregunté si se había hecho la marca para complacer a su novia o si se rebelaba
contra el antiintelectualismo o contra sus padres, o si estaba enamorado de
alguien que no reparaba en él. Me tomé la bebida y seguí leyendo. No me sentía
más inteligente. Bantam Books había pagado una cifra de ocho ceros como
anticipo por Para ponerse en contacto con tu Hada Madrina interna. El azul
Cerenkhov era el color de moda para el invierno y, en Los Ángeles, hombres y
mujeres fumaban puros, inspirados por Rush Limbaugh o por David Letterman o
fuerzas que no comprendían. Como las ovejas. Como las ratas.
Nada
de todo eso resolvía el problema de cómo iba yo a volver a trabajar con
Bennett. O dónde iba a encontrar la Barbie Novia Romántica. Me acerqué a la
biblioteca y saqué Anna Karenina y Cyrano de Bergerac y cogí la guía telefónica
de Denver de la sección de referencias. Anoté todas las tiendas de juguetes que
no estaban en la lista de Gina y todos los grandes almacenes y los de saldos,
le expliqué al clon de Flip que ya había pagado la multa por las Obras
Completas de Browning y me marché, y fui tachando tiendas a medida que las iba
visitando.
Acabé
encontrando la Barbie Novia Romántica en un Target de Aurora... caída detrás de
un club hípico de Barbie, y la llevé al mostrador. La empleada intentaba darle
el cambio al hombre que me precedía en la cola.
—Son
dieciocho setenta y ocho —dijo.
—Lo
sé —contestó el hombre—. Le he dado un billete de veinte dólares y después de
que lo marcara como dieciocho setenta y ocho, le di tres centavos. Me debe un
dólar y veinticinco.
Ella
se echó el pelo atrás, irritada, revelando una i.
«Ríndase
—pensé—. No hay esperanza.»
—La
registradora dice que son uno veintidós —dijo.
—Lo
sé —contestó él—. Por eso le di los tres centavos. Veintidós más tres hacen un
cuarto.
—¿Un
cuarto de qué?
Coloqué
la Barbie Novia Romántica en el final del mostrador. Leí los titulares de los
periódicos sensacionalistas y miré los caprichitos de última hora colocados
junto a la caja. Cinta adhesiva de varias anchuras, y paquetitos de zapatos de
tacón alto para Barbie en diversos colores.
—Muy
bien —dijo el hombre—. Devuélvame los tres centavos y déme veintidós.
Cogí
un paquete de zapatos. «¡Nuevo! Azul Cerenkhov», decía. Lo dejé junto a la
cinta adhesiva y al hacerlo sentí una extraña sensación, como si estuviera a
punto de lograr algo importante, como la última cara de un cubo de Rubik que
encaja en su sitio.
—Esto
no tiene precio —dijo la empleada. Sostenía la Barbie Novia Romántica—. No
puedo vender nada que no tenga precio.
—Son
treinta y ocho noventa y nueve —dije—. El encargado dijo que lo marcara como
Artículos Varios.
—Oh
—dijo ella, y lo marcó.
«Ésta
es una moda que puede acabar por gustarme —pensé, sonriendo al ver su i—. Quien
avisa no es traidor.»
—Eso
hace cuarenta y uno treinta y tres —dijo ella.
Me
quedé allí de pie, la cartera en la mano, mirando las cajas de lápices de
colores, tratando de recuperar la sensación que había experimentado. Algo sobre
el azul Cerenkhov, y la cinta adhesiva o...
Fuera
lo que fuese, lo había perdido. Esperé que no fuera la cura para el cólera.
—Cuarenta
y uno treinta y tres —dijo la empleada.
Conté
con cuidado el cambio exacto y me marché con la Barbie Novia Romántica. Al
salir, pisé algo y miré al suelo. Era un centavo. Más allá había otros dos.
Parecía que alguien los había arrojado con cierta fuerza.
PROHIBICIÓN
(1895-16
de enero de 1920)
Aversión
por el alcohol promovida por la Unión de Mujeres Cristianas por la Templanza,
los destrozos en los bares y los tristes efectos del alcoholismo. Se instaba a
los niños en edad escolar a «firmar el juramento» y a las mujeres a prometer no
besar labios que hubieran tocado el licor. El movimiento ganó ímpetu y apoyo
político durante los primeros años del siglo XX; cuando los candidatos
electorales brindaban con vasos de agua y varios estados se declararon
contrarios a la bebida. El proceso culminó con el acta Volstead. La moda pasó
en cuanto la Prohibición entró en vigor. Fue sustituida por los
contrabandistas, las licorerías clandestinas, las petacas, el crimen organizado
y la Revocación.
Gina
no podía creer que hubiera encontrado la Barbie Novia Romántica.
Me
abrazó dos veces.
—Eres
maravillosa. ¡Una hacedora de milagros!
—No
tanto —dije, tratando de sonreír—. Parece que no tengo ninguna suerte tratando
de encontrar el origen del pelo corto.
—Hablando
de Roma —dijo ella, todavía admirando la Barbie Novia Romántica—. El doctor
O'Reilly estuvo aquí antes, buscándote. Parecía preocupado.
«¿Qué
habrá perdido Flip ahora? —me pregunté—. ¿La oveja mansa?» Me encaminé hacia
Biología. A medio camino, me topé con Ben. Me agarró por el brazo.
—Se
supone que teníamos que estar en el despacho de Dirección hace diez minutos.
—¿Por
qué? ¿Qué es lo que pasa? —dije, tratando de seguir su paso—. ¿Tenemos
problemas?
Bueno,
claro que teníamos problemas. Nadie entraba en el despacho de Dirección,
dejando aparte los de Impulso de Personal, a no ser que estuviera a punto de
ser trasladado a Suministros. O cuando te cortaban los fondos.
—Espero
que no sean los activistas en favor de los derechos de los animales —dijo Ben,
deteniéndose ante la puerta de Dirección—. ¿Crees que tendría que haberme
puesto una chaqueta?
—No
—contesté, recordando cómo eran las suyas—. Tal vez sea por algo sin
importancia. Tal vez no somos lo bastante informales vistiendo.
La
secretaria de la antesala nos dijo que entráramos.
—No
es por algo sin importancia —susurró Ben, y alargó la mano hacia el pomo de la
puerta.
—Tal
vez no sea nada malo —dije—. A lo mejor Dirección quiere felicitarnos por
nuestra cooperación interdisciplinaria.
Abrió
la puerta. Dirección se encontraba de pie tras su mesa, cruzado de brazos.
—No
lo creo —murmuró Ben, y entramos.
Dirección
nos dijo que nos sentáramos, otra mal señal. Una de las Ocho Máximas de
Eficacia de DSAJ era: «Celebrar reuniones de pie favorece la concisión.»
Nos
sentamos.
Dirección
permaneció de pie.
—Un
asunto extremadamente serio referente a ustedes y su proyecto me ha llamado la
atención.
«Son
los defensores de los derechos de los animales», pensé, y me preparé para lo
que iba a decir a continuación.
—La
ayudante de la facilitadora de mensajes en el trabajo fue vista fumando en la
zona del corral. Dice que tenía permiso para hacerlo. ¿Es cierto?
Fumar.
Todo aquello era por el hábito de fumar de Shirl.
—¿Quién
dio ese permiso? —preguntó Dirección.
—Yo
—dijimos los dos.
—Fue
idea mía —añadí yo—. Le pregunté al doctor O'Reilly si no le importaba.
—¿Es
usted consciente de que el edificio HiTek es una zona libre de humo?
—Era
al aire libre —dije, y entonces recordé Berkeley—. No me parecía bien que
tuviera que soportar una nevada para fumar.
—A
mí tampoco —dijo Ben—. No fumaba dentro. Sólo en el corral.
Dirección
parecía aún más sombrío.
—¿Son
conscientes de las directrices de HiTek para la investigación con animales
vivos?
—Sí—contestó
Ben, asombrado—. Las seguimos...
—Los
animales vivos deben tener un entorno sano —dijo Dirección—. ¿Están al
corriente de los peligros de los carcinógenos atmosféricos, del informe del
Ministerio de Salud sobre los peligros del humo para el fumador pasivo? Puede
causar cáncer de pulmón, enfisema, tensión alta y ataques cardíacos.
Ben
parecía aún más confundido.
—No
fumaba cerca de nosotros, y era al aire libre. Yo...
—Se
requiere que los animales vivos tengan un entorno sano —dijo Dirección—.
¿Llamarían al humo del tabaco un entorno sano?
«Nunca
subestimes el poder de una moda contraria a algo», pensé. La última de este
país condujo a un montón de acusaciones por comunismo, reputaciones arruinadas,
carreras destruidas.
—«¡...
y de las casas salieron las ratas en tropel!» —murmuré.
—¿Qué?
—dijo Dirección, mirándome fijamente.
—Nada.
—¿Sabe
usted cuáles son los efectos del humo sobre las ovejas? —dijo Dirección.
«No
—pensé—, ni tú tampoco. Sólo estás siguiendo al rebaño.»
—Su
patente despreocupación por la salud de las ovejas impide que este proyecto sea
tenido en cuenta como serio aspirante a la concesión de becas.
—Ella
sólo fuma un cigarrillo al día —dijo Ben—. El corral de las ovejas mide treinta
metros por veinticinco. La densidad del humo de un solo cigarrillo sería de
menos de una parte por mil millones.
«Déjalo,
Ben», pensé. Las tendencias de aversión no tienen nada que ver con la lógica
científica, y no sólo hemos expuesto las ovejas al humo de segunda mano: HiTek
piensa que hemos puesto en peligro sus posibilidades de obtener lo que desea su
corazón: la beca Niebnitz.
Miré
a Dirección. «HiTek va a despedir por fin a alguien, —pensé—, y seremos
nosotros.» Me equivocaba.
—Doctora
Foster, usted consiguió las ovejas, ¿verdad? —Sí —contesté, resistiendo la
tentación de añadir «señor»—. De un ranchero de Wyoming.
—¿Y
es él consciente de que intentó exponer sus ovejas a dañinos carcinógenos?
—No,
pero no pondrá pegas —dije, y entonces recordé el pudín de pan. Nunca le había
preguntado su punto de vista sobre el tabaco, pero sabía cuál era: lo que todo
el mundo pensara.
—Según
recuerdo, este proyecto también fue idea suya, doctora Foster. Fue idea suya
usar ovejas, a pesar de las objeciones de Dirección.
—Sólo
intentaba ayudarme a salvar mi proyecto —dijo Ben, pero Dirección no le
escuchaba.
—Doctor
O'Reilly, esta desafortunada situación no es, evidentemente, culpa suya. Habrá
que cancelar el proyecto, me temo; pero la doctora Turnbull necesita un colega
para el proyecto en el que está trabajando, y se refirió en concreto a usted.
—¿Qué
proyecto? —preguntó Ben.
—Eso
no está decidido todavía —contestó Dirección—. La doctora estudia varias
posibilidades. Sea cual fuere, estoy seguro de que será un excelente proyecto
en el que participar. Consideramos que tiene un setenta y ocho por ciento de
probabilidades de ganar la beca Niebnitz. —Se volvió hacia mí—. Doctora Foster,
encárguese de devolver las ovejas a su dueño inmediatamente.
Entonces
entró la secretaria.
—Lamento
interrumpir, señor...
—Habrá
una reprimenda en su expediente, doctora Foster —dijo Dirección, ignorándola—,
y reevaluaremos en profundidad su proyecto en el próximo período de
adjudicación de fondos. Mientras tanto...
—Señor,
tiene usted que salir —dijo la secretaría.
—Estoy
en mitad de una reunión —cortó Dirección—. Quiero un informe completo
detallando sus avances en la investigación de tendencias —me dijo.
—Espere
un momento —dijo Ben—. La doctora Foster sólo estaba...
—Discúlpeme,
señor...
—¿Qué
pasa, señorita Shepard? —dijo Dirección.
—Las
ovejas...
—¿Ha
llamado el propietario para quejarse? —dijo él, dirigiéndome una mirada
venenosa.
—No,
señor. Son las ovejas. Están en el pasillo.
5
CURSO
PRINCIPAL
Dios
está en el cielo...
Todo
va bien en el mundo.
ROBERT
BROWNING
BAILE
OBSESIVO
(1374)
Moda
religiosa del norte de Europa. La gente bailaba sin control durante horas.
Formaban círculos en las calles y saltaban, chillaban y rodaban por el suelo,
gritando a menudo que estaban poseídos por los demonios y suplicando a dichos
demonios que dejaran de atormentarlos. Causada por histeria nerviosa y/o calzar
zapatos puntiagudos.
Quien
primero propuso la idea de que el caos y los logros científicos significativos
están conectados fue Henri Poincaré, que había sido incapaz de poner el pie en
el escalón del autobús y lo vio todo claro. Su descubrimiento, dijo en la
Société de Psychologie, fue una inesperada reflexión surgida de la frustración,
la confusión y el caos mental.
Otros
teóricos del caos han explicado la experiencia de Poincaré como el resultado de
la conjunción de dos marcos de referencia distintos. Las circunstancias
caóticas (la frustración de Poincaré con el problema, su insomnio, las
distracciones de hacer las maletas para el viaje, el cambio de escenario)
crearon una situación alejada del equilibrio donde ideas desconectadas entraron
en nuevas y sorprendentes conjunciones y acontecimientos insignificantes
tuvieron enormes consecuencias.
Hasta
que el caos cristalizó en un orden superior de equilibrio por el simple hecho
de subirse a un autobús. O toparse con un rebaño de ovejas.
No
estaban en el pasillo. Estaban en la antesala y camino del santuario interior
de Dirección y su alfombra blanca. La secretaria se aplastó contra la pared
para dejarlas pasar, apretando el bloc de notas contra el pecho.
—¡Esperad!
—dijo Dirección, alzando las manos como si hiciera un ejercicio de
sensibilidad—. ¡No podéis entrar aquí!
Ben
se lanzó de cabeza contra la primera oveja, que puede que no fuera la mansa,
porque aunque la paró en la puerta y la retuvo allí, empujándola con los
hombros como en un saque de fútbol, las otras ovejas simplemente la esquivaron
y entraron en el despacho. Tal vez yo las había juzgado mal y en efecto tenían
cerebro. Se habían dirigido de cabeza a la parte del edificio donde podían
causar más daños.
Lo
hicieron. Parecía mentira que pudieran llevar tanta suciedad en sus pequeñas
pezuñas, y además dejaron a su paso una mancha alargada de lana sucia en las
paredes blancas y en el vestido de la secretaria de Dirección.
Ben
seguía luchando con la oveja, que estaba ansiosa por unirse al rebaño, que
ahora se dirigía recto a la pulida mesa de teca de Dirección.
—¡Han
puesto en peligro el bienestar de unos animales vivos! —dijo Dirección,
subiéndose a la mesa—. Además, la supervisión del proyecto es inadecuada.
Las
ovejas daban vueltas a la mesa como los indios de las películas alrededor de
una caravana.
—¡No
han establecido las medidas de seguridad apropiadas! —dijo Dirección.
—Facilitamos
el potencial —murmuré, tratando de hacer que se movieran en otra dirección, en
cualquier dirección.
—¡Estos
animales no deberían estar aquí! —gritó Dirección desde lo alto de la mesa.
Al
parecer a las ovejas se les había ocurrido la misma idea. Entonaron un
apesadumbrado balido, todas a la vez, abriendo la boca con un continuo y
ensordecedor bee.
Miré
con atención a las ovejas, tratando de localizar dónde se había originado el
balido, pero parecía haber surgido de todas partes al mismo tiempo. Como el
pelo corto.
—¿Has
oído dónde ha empezado el balido? —le grité a Ben.
El
soltó la oveja y todas se movieron de repente, deambulando al azar por el
despacho y dirigiéndose a la puerta.
—¿Adonde
van? —dijo Ben.
Dirección
se había bajado de la mesa y gritaba de nuevo advertencias, un poquito más
agitado que antes.
—¡HiTek
no tolerará sabotajes por parte de los empleados! Si alguno de ustedes o esa
fumadora soltó esas ovejas a propósito...
—No
lo hicimos —dijo Ben, tratando de llegar a la puerta—. Deben de haber salido
solas.
Y
tuve una súbita visión de Flip apoyada contra la puerta del corral, jugando con
el pestillo, arriba y abajo, arriba y abajo.
Ben
llegó a la puerta justo cuando las dos últimas ovejas la atravesaban, balando
frenéticamente ante la perspectiva de quedarse rezagadas.
Pero
una vez en el pasillo empezaron a dar vueltas sin rumbo. Parecían perdidas,
pero inamovibles.
—Tenemos
que encontrar a la mansa —dije. Empecé a abrirme paso entre ellas, buscando el
lazo rosa.
Hubo
un grito al fondo del pasillo, seguido de un:
—¡Maldita
seas, bicho sin cerebro!
Era
Shirl, con los brazos llenos de papeles.
—¡Apártate
de mi camino, estúpido animal! —gritó—. ¿Cómo has...? —Se detuvo en seco al ver
el rebaño entero—. ¿Quién las ha dejado salir?
—Flip
—contesté, palpando el cuello de una oveja en busca del lazo.
—No
puede ser —dijo Shirl, avanzando hacia mí por entre las ovejas—. No está aquí.
—¿Cómo
que no está aquí? —dije. Dos ovejas me pasaron una por cada lado y estuvieron a
punto de tirarme al suelo.
—Dimitió
—contestó Shirl, manteniendo a raya a la de la izquierda con sus papeles—. Hace
tres días.
—No
me importa —dije, empujando a la otra—. De algún modo, Flip está detrás de
esto. Está detrás de todo.
Las
ovejas de pronto corrieron pasillo abajo, hacia Personal.
—¿Adonde
van ahora? —dijo Ben.
—No
tienen ni idea —respondí—. Contempla al público americano.
Dirección
salió de su oficina con la corbata torcida.
—¡Este
tipo de conducta es obviamente un efecto secundario de la nicotina!
—Tenemos
que encontrar a la mansa. Es la clave.
Ben
se detuvo. Me miró.
—La
clave —dijo.
—Cuando
averigüe quién está causando este... este caos —gritó Dirección.
—Caos
—dijo Ben lentamente, casi para sí—. La clave es la mansa.
—Sí
—contesté—. Es la única forma de hacerlas volver a Biología. Empieza tú por
este extremo, y yo por el otro. ¿De acuerdo?
Él
no me contestó. Se quedó de pie, transfigurado, mientras las ovejas daban
vueltas a su alrededor, con la boca medio abierta y los ojos encogidos tras sus
gafas de culo de botella.
—Una
mansa —dijo en voz baja.
—Sí,
la mansa —repuse, y pasó un buen rato antes de que sus ojos se posaran en mí—.
Encuentra a la mansa. Piensa en rosa.
Me
encaminé hacia el fondo del pasillo.
—Shirl,
corra al laboratorio y traiga un ronzal. —De pronto recordé algo—. ¿Dijo que
Flip ha dimitido? Shirl asintió.
—Ese
dentista que conoció por los anuncios de contactos se mudó de casa y lo ha
seguido. Para que pudieran ser geográficamente compatibles —corrió pasillo
abajo en dirección al laboratorio.
Las
ovejas estaban en las escaleras, moviéndose asustadas en el borde del último
escalón; lástima que no fuera un acantilado. Tal vez podrían caerse y romperse
el cuello, pero no hubo tanta suerte. Bajaron un tramo y luego recorrieron el
pasillo hasta Estadística. Yo corrí hacia arriba. —¡Van hacia Estadística! —le
grité a Ben. No estaba allí. Bajé corriendo las escaleras y me detuve a medio
camino.
En
un rincón del suelo, aplastado y muy sucio, estaba el lazo rosa. «Maravilloso»,
pensé, y alcé la mirada y vi a Alicia Turnbull, que me miraba a su vez.
—Doctora
Foster —dijo con desaprobación.
—No
me digas. Ninguno de los ganadores de la beca Niebnitz estuvo jamás relacionado
con las estampidas.
—¿Dónde
está el doctor O'Reilly? —me preguntó.
—No
lo sé —recogí el lazo estropeado—. Y tampoco sé dónde está la mansa. O qué tipo
de proyecto ganará la beca Niebnitz. Pero sí tengo una idea aproximada de lo
que van a hacer las ovejas en Estadística ahora mismo, así que, si me
disculpas... —dije, y la dejé atrás y corrí por el pasillo.
«Al
menos no pueden hacer ningún daño en mi laboratorio», pensé, esperando que las
demás puertas estuvieran cerradas.
El
rebaño seguía todavía en el pasillo, así que debían estarlo. Gina se encontraba
en el otro extremo, saliendo del laboratorio de Estadística.
—Hora
de la pausa para el baño —dijo en cuanto las vio, y se escabulló tras una
puerta.
Atravesé
el rebaño de ovejas, agachándome para cogerlas por la barbilla y mirar aquellos
rostros vacíos en busca de una mirada ligeramente bizca o medio inteligente.
La
puerta volvió a abrirse.
—¡Hay
una en el cuarto de baño! —dijo Gina. Se abrió paso hacia donde yo estaba
mirando a los ojos de las ovejas.
Todas
parecían bizcas. Escudriñé ansiosamente sus caras, sus ojos vacuos hechos para
tener una i marcada entre ellos.
—Será
mejor que no haya una en mi oficina —dijo Gina, y abrió la puerta.
—¡Ciérrala!
—grité, pero demasiado tarde. Una oveja gorda la había atravesado ya—. Ciérrala
—repetí, y lo hizo.
El
resto de las ovejas se congregó ante la puerta, dando vueltas y balando,
buscando desesperadamente alguna que les dijera qué hacer, adonde ir. Lo que
debía significar que la oveja que estaba dentro de la oficina de Gina era la
mansa.
—¡Quédate
ahí! —grité a través de la puerta. El lazo no era lo bastante fuerte para
servir de correa, pero tenía una cuerda de Davy Crockett que podría servir. Me
dirigí a mi laboratorio, preguntándome qué le habría pasado a Ben.
Probablemente Alicia lo había encontrado y le estaba hablando de su beca
Niebnitz.
Hubo
un grito dentro de la oficina de Gina, y la puerta se abrió.
—¡No...!
—grité. La oveja atravesó la puerta y se mezcló con el resto del rebaño como
una carta que desaparece dentro de una baraja—. ¿Has visto adonde iba, Gina?
—No
—dijo ella tristemente—. No.
Agarraba
una ajada caja rosa. Un trozo de gasa blanca colgaba de una esquina.
—¡Mira
lo que esa oveja le ha hecho a la Barbie Novia Romántica! —dijo, alzando un
rizo de pelo castaño—. Era la última de todo Boulder.
—De
toda la zona de Denver —contesté yo, y entré en el laboratorio de Estadística.
«Lo
único que me falta ahora es Flip», pensé, y me sorprendió que no estuviera en
el laboratorio, con dimisión o sin ella. Lo que sí había era una oveja, que
mordisqueaba pensativa un disquete. Se lo quité de la boca, o lo que quedaba,
le separé los grandes dientes cuadrados, pesqué la pieza restante, y la miré de
lleno a sus ojos levemente bizcos.
—Escúchame
—dije, sujetándola por la mandíbula—. Ya he tenido suficiente por hoy. He
perdido mi trabajo, he perdido a la única persona que conozco que no actúa como
una oveja, no sé de dónde vienen las modas y nunca voy a averiguarlo, y ya
estoy harta. Quiero que me sigas, quiero que me sigas ahora mismo.
Tiré
al suelo los pedazos del disquete y me di la vuelta y salí del laboratorio.
Y la
oveja debía ser la mansa, porque trotó detrás de mí todo el camino hasta
Biología, y cruzó el laboratorio hasta el corral, igual que Mary y su corderito
de blanco vellón. Y el resto del rebaño la siguió, sacudiendo el rabo.
PLUMAS
DE AVESTRUZ
(1890-1913)
Moda
de vestir eduardiana inspirada por Charles Darwin y el interés público por la
historia natural. Las plumas se teñían de todos los colores y se ponían en el
pelo, en los sombreros, abanicos, e incluso en los plumeros para el polvo.
Modas similares incluían los sombreros de ala ancha y vestidos con lagartos,
arañas, sapos y ciempiés. Como resultado de la moda, los avestruces fueron
cazados hasta la extinción en Egipto, norte de África y Oriente Medio.
Resucitada en la década de 1960 con los minivestidos, las pelucas y las capas
de plumas de avestruz teñidas de naranja neón y rosa fuerte.
Llamé
a Billy Ray para que viniera a recoger las ovejas.
—Enviaré
a Miguel con el camión ahora mismo —dijo—. Iría yo en persona, pero tengo que
ir a Nuevo México para hablar con un granjero sobre los avestruces.
—Avestruces
—repetí yo.
—Son
lo último. Reba está criando cincuenta en una granja cerca de Gallup, y los
filetes de avestruz se venden como rosquillas. Son más bajos en colesterol que
los de pollo y saben mejor.
Una
de las ovejas se había atascado otra vez en la esquina de la cerca. Se quedó
allí, mirando estúpidamente la valla como si no tuviera ni idea de cómo había
llegado a ese sitio.
—Además
se pueden vender las plumas y la piel curtida se usa para fabricar bolsos y
botas —dijo Billy Ray—. Reba dice que van a ser el ganado de los noventa.
La
oveja golpeó el poste un par de veces con la cabeza y luego se rindió y se
quedó allí, balando, aprendida la lección.
—Lamento
que lo de las ovejas no saliera bien.
«Yo
también», pensé.
—Te
estás quedando sin cobertura —dije—. No puedo oírte.
Y
colgué.
Se
puede aprender mucho de las ovejas. Me acerqué al rincón y la cogí por debajo
del morro y por detrás.
—Tienes
que darte la vuelta. Tienes que ir en otra dirección.
La
arrastré desde la cerca, dándole la vuelta. Inmediatamente, se puso a pastar.
—Tienes
que admitir que no sirve de nada y probar con otra cosa —dije, y volví a entrar
en el laboratorio. Shirl estaba allí—. ¿Dónde está el doctor O'Reilly?
—Hace
un minuto hablaba con la doctora Turnbull.
—Bien
—dije yo, y regresé a mi laboratorio de Estadística para redactar mi informe
para Dirección.
«Sandra
Foster: Informe de Proyecto», escribí en un disco que la oveja no se había
comido.
Objetivos
del proyecto:
1.
Encontrar qué produce las modas.
2.
Encontrar el nacimiento del Nilo.
Resultados
del proyecto:
1. No encontrado. El flautista de Hamelín podría
tener algo que ver, por lo que yo sé. O Italia.
2.
Encontrado. Lago Victoria.
Sugerencias
para nuevas investigaciones:
1.
Eliminar los acrónimos.
2.
Eliminar las reuniones.
3.
Estudiar los efectos de la moda antitabaco sobre la capacidad para pensar con
claridad.
4.
Leer a Browning. Y a Dickens. Y al resto de los clásicos.
Imprimí
el documento; luego recogí la chaqueta y el bolso con correa y subí a ver a
Dirección.
Shirl
estaba allí, manejando una aspiradora para limpiar la alfombra.
Dirección
limpiaba su mesa, que había sido retirada a un rincón.
—No
pise la alfombra —dijo cuando entré—. Está mojada.
Chapoteé
hasta la mesa.
—Las
ovejas están todas en el corral —dije por encima del sonido atronador de la
aspiradora—. Lo he dispuesto todo para que se las lleven.
Le
tendí mi informe.
—¿Qué
es esto?
—Dijo
usted que quería reevaluar los objetivos de mi proyecto —contesté—. Y yo
también.
—¿Qué
es esto? —dijo, con el ceño fruncido—. ¿El flautista de Hamelín?
—De
Robert Browning. Ya conoce la historia. Contratan al flautista para que limpie
de ratas Hamelín; lo hace, pero la ciudad se niega a pagarle. «Y en cuanto a
nuestro Consistorio... sorprendente.»
Dirección
se colocó detrás de la mesa.
—¿Me
está amenazando, doctora Foster?
—No
—dije yo, sorprendida—. «¿Insultado por un perezoso indigente? —cité—. ¿Nos
amenazas, amigo? Haz lo que quieras/sopla tu flauta hasta que mueras.» Tendría
que leer usted más poesía. Se aprende mucho. ¿Tiene carnet de biblioteca?
—¿Carnet
de...? —dijo Dirección, como si fuera a darle una apoplegía.
—No
le estoy amenazando. ¿Por qué habría de hacerlo? No me he deshecho de ninguna
rata ni he encontrado la causa del pelo corto. Ni siquiera he conseguido
localizar a un flautista.
Me
detuve, pensé en ello, y al igual que la noche anterior, cuando estaba en la
cola del Target con la Barbie Novia Romántica, sentí que estaba al borde de
algo importante.
—¿Está
comparando HiTek con las ratas? —dijo Dirección, y yo le hice un gesto
impaciente con la mano, tratando de atrapar mi escurridiza idea.
Un
flautista.
—¿Está
diciendo...? —gritó Dirección, y la idea se esfumó.
—Estoy
diciendo que me contrataron para un fin equivocado. En vez de buscar el secreto
para hacer que la gente siga las modas, deberían buscar el modo de que piense
por sí misma. Porque en eso consiste la ciencia. Y porque la próxima moda
podría ser peligrosa, y lo averiguará con el resto del rebaño cuando caiga por
el acantilado. Y no, no necesito un guardia de seguridad que me escolte hasta
mi laboratorio —dije, abriendo el bolso para que pudiera ver el interior—. Me
marcho. «Más allá de la colina, a través de la mañana.»
Volví
a chapotear sobre la alfombra.
—Adiós,
Shirl —le dije—. Puede venir a fumar a mi casa cuando quiera.
Y
fui a buscar el coche y me marché a la biblioteca.
CUBO
DE RUBIK
(1980-1981)
Famoso
juego de moda consistente en un cubo compuesto de cubos más pequeños de
distintos colores que podían rotar para formar diferentes combinaciones. El
objeto del juego (que más de cien millones de personas trataron de resolver)
era girar los lados del cubo hasta que cada cara fuera de un solo color. El
grado de habilidad que exigía era demasiado elevado (como atestiguan las
docenas de libros de ayuda publicados), y cuando pasó de moda mucha gente ni
siquiera lo había resuelto una sola vez.
Lorraine
había vuelto.
—¿Quieres
Su Ángel de la Guarda puede cambiarle la vida? —me preguntó. Llevaba una
camiseta con un hada madrina y pendientes con chispeantes varitas mágicas—. Ya
ha llegado, y también su libro sobre el pelo corto.
—No
lo quiero —dije—. No sé qué originó esa moda ni me importa.
—Encontramos
ese libro de Browning. Lo habías devuelto después de todo. Nuestra ayudante de
organización lo colocó con los libros de cocina.
«Ya
ves —me dije, mientras entraba en el Kepler's Quark y le daba mi nombre a una
camarera con el pelo rapado y un uniforme de camarera que probablemente no era
tal cosa—, las cosas empiezan a mejorar. Encontraron el Browning, nunca tendrás
que volver a leer los anuncios de contactos, y Flip no puede entrar aquí para
estropearte el día y cargarte la cuenta.»
La
camarera me sentó en una mesa junto a la ventana. «Ya ves —volví a decirme—, no
te ha colocado en la mesa comunal. No lleva cinta adhesiva. Decididamente, las
cosas mejoran.»
Pero
no sentía que fuera así. Sentía que me había quedado sin trabajo. Sentía que
estaba enamorada de alguien que no me correspondía.
«Es
totalmente ajeno a las modas —me dije—. Míralo por el lado bueno. Ya no tienes
que preocuparte por lo que causó el pelo corto.» Lo que era una buena cosa,
porque me estaba quedando sin ideas.
—Hola
—dijo Ben, sentándose frente a mí.
—¿Qué
haces aquí? —dije, en cuanto pude hablar—. ¿No deberías estar trabajando?
—He
dimitido.
—¿Dimitido?
¿Por qué? Creía que ibas a trabajar en el proyecto de la doctora Turnbull.
—¿Te
refieres al proyecto de Alicia, estadísticamente concienzudo, ciencia a la
carta, que sin duda ninguna iba a ganar la beca Niebnitz? Demasiado tarde. La
beca Niebnitz ya ha sido concedida.
No
parecía que eso le molestara. No tenía el aspecto de alguien que acaba de
renunciar a su trabajo. Parecía contenidamente excitado, los ojos jubilosos
tras los cristales de culo de botella. «Va a decirme que se ha prometido a
Alicia», pensé.
—¿Quién
la ganó? —dije, para detenerlo—. La beca Niebnitz. ¿Un diseñador experimentado
de treinta y ocho años que vive al oeste del Misisipí?
Ben
llamó a la camarera.
—¿Qué
tienen para beber que no sea café?
La
camarera puso los ojos en blanco.
—Nuestra
nueva bebida. El chinatasse. Es lo último.
—Dos
chinatasses —dijo él, y yo esperé a que la camarera lo interrogara sobre si los
quería enteros o desnatados, con azúcar blanco o integral, Beijing o Guangzhou;
pero al parecer pedir chinatasses requería menos habilidad que pedir café con
leche.
La
camarera se marchó, y Ben dijo:
—Ha
llegado esto para ti.
Y me
entregó una carta.
—¿Cómo
sabías dónde encontrarme? —pregunté, mirando el sobre. Sólo ponía mi nombre.
—Me
lo dijo Flip.
—Creía
que se había marchado.
—Me
lo dijo hace tiempo. Dijo que venías mucho por aquí. He venido tres o cuatro
veces, esperando encontrarme contigo, pero no hubo suerte. Dijo que venías a
buscar hombres en los anuncios de contactos.
—Flip
—dije, sacudiendo la cabeza—. Los leía para mi investigación sobre las modas.
No intentaba... ¿venías?
Él
asintió. Había desaparecido el júbilo de su mirada. Sus ojos grises asomaban
serios tras las gafas de culo de botella.
—Dejé
de venir hace un par de semanas porque Flip me dijo que estabas prometida al
tipo de las ovejas.
—Avestruces
—dije—. Flip me dijo que estabas loco por Alicia, y que por eso querías
trabajar con ella.
—Bueno,
al menos ahora sabemos lo que significaba la i de su frente. Interferencia. No
quiero trabajar con Alicia. Quiero trabajar contigo.
—No
estoy prometida al tipo de las ovejas —dije. Pensé en una cosa—. ¿Por qué
compraste esa corbata azul Cerenkhov?
—Para
impresionarte. Flip me dijo que nunca saldrías conmigo a menos que me comprara
ropa nueva, y este horrible azul fue lo único que encontré en las tiendas.
—Pareció tímido—. También puse un anuncio en la sección de contactos.
—¿Lo
hiciste? ¿Qué decía?
—«Inseguro
y mal vestido teórico del caos desea investigadora de modas inteligente,
reflexiva, incandescente. Debe ser CC.»
—¿CC?
—Científicamente
compatible —sonrió—. La gente hace locuras cuando está enamorada.
—¿Como
pedir prestado un rebaño de ovejas para evitar que alguien pierda su
subvención?
La
camarera plantó dos vasos delante de nosotros, esparciendo chinatasse por todas
partes.
—Son
para llevar —dijo Ben.
La
camarera suspiró y se marchó con los vasos.
—Si
vamos a trabajar juntos —me dijo Ben—, será mejor que empecemos cuanto antes.
—Espera
un momento. Los dos hemos dimitido.
—Bueno,
el caso es que HiTek nos quiere de vuelta.
—¿Cómo?
—Todo
está perdonado —asintió—. Dicen que podemos disponer de todo lo que
necesitemos: espacio de laboratorio, ayudantes, ordenadores.
—¿Pero
qué hay de las ovejas y el humo de segunda mano?
—Abre
la carta.
La
abrí.
—Léela.
La
leí.
—No
comprendo —dije.
Le
di la vuelta a la carta. No había nada en el dorso. Miré de nuevo el sobre.
Sólo ponía mi nombre. Miré a Ben, que parecía feliz.
—No
comprendo —repetí.
—Yo
tampoco. Alicia estaba presente cuando abrí la mía. Tuvo que recalcular todos
los porcentajes.
Leí
de nuevo la carta.
—¿Ganamos
la beca Niebnitz?
—Ganamos
la beca Niebnitz.
—Pero...
nosotros no somos... no...
—Bueno,
así está la cosa —dijo él, inclinándose sobre la mesa y tomando por fin mi
mano—. He tenido una idea. ¿Recuerdas que te dije que se podían predecir los
sistemas caóticos midiendo todas las variables y calculando la iteración?
Bueno, pues pienso que Verhoest tenía razón después de todo. Hay otro factor en
funcionamiento. Pero no es externo. Es algo que ya está en el sistema.
¿Recuerdas que Shirl dijo que la oveja mansa era igual que cualquier otra
oveja, sólo que un poco más ansiosa, un poco más rápida, un poco adelantada? ¿Y
si...?
—¿...
en vez de mariposas hay una mansa en los sistemas caóticos?
—Exactamente.
—Ahora me sostenía ambas manos—. Y no parece diferente de ninguna de las otras
variables del sistema, pero es lo que dispara la iteración, es el catalizador,
es...
—Pippa
—dije, agarrando sus manos—. Hay un poema, Pippa Pasa, de...
—Browning.
Canta bajo las ventanas de la gente...
—Y
cambia sus vidas, y ellos nunca llegan a verla. Si hicieras un modelo
informático del pueblo de Asoló, ni siquiera la incluirías en él, pero es...
—...
la variable que pone en movimiento las alas de la mariposa, la fuerza que hay
detrás de la iteración, el gatillo que activa el disparador, el factor que
causa...
—...
que las mujeres se corten el pelo en Hong Kong.
—Exactamente.
La fuerza que causa tus modas. La...
—...
fuente del Nilo.
La
camarera volvió con los mismos vasos.
—No
tengo vasos de plástico para llevar. Contaminan el entorno. —Dejó las bebidas y
se marchó.
—Como
Flip —dijo Ben, pensando en el tema—. Entregó mal el paquete, y así es como te
conocí.
—Entre
otras cosas —dije yo, y sentí de nuevo que estaba al borde de algo, que el cubo
de Rubik empezaba a girar.
—Vamos
—dijo Ben—. Quiero ver qué pasa cuando añada la mansa a mis datos sobre teoría
del caos.
—Espera...
quiero tomarme el chinatasse, por si es la próxima moda. Y hay algo más... No
habrás comunicado todavía a HiTek nuestra decisión de quedarnos o no, ¿verdad?
Él
sacudió la cabeza.
—Supuse
que querrías estar presente.
—Bien.
No les digas que no todavía. Hay algo que quiero comprobar.
—Muy
bien. Me reuniré contigo en HiTek dentro de unos minutos. ¿De acuerdo? —y se
marchó.
—Umm
—dije yo, tratando de capturar el pensamiento que acababa de tener. Algo sobre
trenes, ¿o eran autobuses? Y algo que había dicho la camarera.
Tomé
un sorbo de chinatasse meditando... y si necesitaba un signo de que el caos
estaba recuperando el equilibro a un nivel nuevo y superior, ahí lo tenía: era
el maravilloso té helado del Madre Tierra.
Lo
que debería haberme inspirado, si es que algo podía hacerlo. Pero no conseguí
capturar el pensamiento. La idea de que había recuperado a Ben me lo impedía, y
también el pensar que, a excepción de aquel ejercicio de sensibilidad, y algún
apretón de manos ocasional, él nunca me había tocado.
Y al
parecer había algún tipo de bucle de realimentación en nuestro sistema, porque
él regresó y apartó a la camarera, que intentaba anotar su nombre, y pasó entre
las mesas y me puso en pie. Y me besó.
—Muy
bien —dijo, y nos separamos.
—Muy
bien —dije yo, sin aliento.
—¡Guau!
—exclamó la camarera—. ¿Lo conoció en los anuncios de contactos?
—No
—contesté, deseando que se callara y Ben volviera a besarme—. A través de Flip.
—Nos
presentó una oveja mansa —dijo Ben, rodeándome de nuevo con sus brazos.
—¡Guau!—volvió
a exclamar la camarera.
EL
HIPNOTISMO DE COUÉ
(1923)
Moda
psicológica iniciada por el doctor Emile Coué, un psicólogo francés y autor de
Autodominio por medio de la autosugestión. El método de Coué de automejora
consistía en anudar un trozo de cuerda y repetir una y otra vez: «Todos los
días, mejoro en todos los sentidos más y más». Pasó cuando quedó claro que
nadie lo lograba.
Los
acontecimientos más nimios han impulsado logros científicos: ver desbordarse el
agua del baño, el movimiento producido por una brisa, la presión de un pie
sobre un escalón. Pero nunca había oído de ninguno provocado por un beso.
Pero
fue un beso que llevaba detrás todo el peso de cinco semanas de caótica
turbulencia, de cambiar pautas de pensamiento de sus posiciones acostumbradas,
de sacudir variables, separándolas y mezclándolas de nuevo en nuevas
conjunciones, nuevas posibilidades. Y cuando Ben me rodeó con sus brazos, fue
como el descubrimiento de la penicilina y el anillo del benceno y el Big Bang
todo en uno. Un eureka elevado a la décima potencia. Como llegar a la fuente
del Nilo.
—Ese
FLIP donde lo conoció —me decía la camarera—, ¿es como un grupo de
recuperación?
—De
descubrimiento —contesté, mirando transfigurada a Ben, preguntándome cómo podía
haber sido tan ciega. Todo estaba tan claro: lo que impulsaba las modas y cómo
se obtienen logros científicos y por qué habíamos ganado la beca Niebnitz.
—¿Puede
unirse alguien a ese FLIP? —preguntó la camarera—. Ya estoy en un grupo de
recuperación del café con leche, pero no hay tipos guapos en él.
—Necesito
la cuenta —dije, pescando un billete de veinte de mi bolso y tendiéndoselo para
poder regresar a HiTek y meter todo aquello en el ordenador.
—Él
ya ha pagado —contestó, tratando de devolvérmelo.
—Quédeselo
—dije, y le sonreí cuando recordé otra cosa—. Somos ricos. ¡Hemos ganado la
beca Niebnitz!
Corrí
de regreso a HiTek y subí al laboratorio de Estadística, y recuperé mi modelo
del pelo corto.
Supongamos
que las modas fueran una forma de punto crítico auto-organizado que surge del
sistema caótico de la cultura popular. Y supongamos que, como otros sistemas
caóticos, estuvieran bajo la influencia de una mansa. La independencia de las
mujeres, Irene Castle, los deportes al aire libre, la rebelión contra la
guerra, todo eso serían simplemente variables del sistema. Requerirían un
catalizador, una mariposa que las pusiera en marcha.
Me
concentré en el grupo de Marydale, Ohio. Supongamos que no se tratara de una
anomalía estadística. Supongamos que hubiera una chica en Marydale, Ohio, una
chica como cualquier otra, con faldas ondulantes y rodillas con carmín,
indiferenciable del resto del rebaño, sólo que un poco más ansiosa, un poco más
rápida, un poco más hambrienta. Un poco avanzada al rebaño. Una chica que
estuviera enamorada de un dentista del otro lado de la ciudad y que hubiera
entrado en la peluquería y, sin tener ni idea de que estaba iniciando una moda,
de que estaba cristalizando el caos en el punto crítico, le hubiese dicho al
peluquero que le cortara el pelo.
Recuperé
el resto de los datos de los años veinte y pedí esbozos geográficos, y allí
estaba de nuevo la anomalía para los calcetines bajos y los crucigramas, justo
en Marydale. Y para el shimmy, aunque el baile se había originado en Nueva
York. Pero no se había puesto de moda hasta que una chica de pelo corto de
Marydale, Ohio, lo bailó. Una chica como Flip. Una mariposa. Una oveja mansa.
La fuente del Nilo.
Cargué
el programa cromático y seguí el curso de acontecimientos en HiTek, desde el
momento en que Flip se equivocó al entregar el paquete de la doctora Turnbull
hasta sus juegos con el pestillo de la cerca, pero esta vez también incluí
Llevada por el destino y el pudín de pan, los ejercicios de sensibilidad de
Dirección, la cinta adhesiva, los ejercicios de Elaine, el tabaco de Shirl, el
novio de Sara, la Barbie Novia Romántica y los diversos niveles de dificultad
del café con leche.
Todas
las variables que se me ocurrieron y cada una de las acciones de Flip,
irrelevantes o no, todas ellas volvían a alimentar el sistema, añadiendo
turbulencias, y llevando no al desastre, como había pensado después del
ejercicio de sensibilidad, sino a la beca Niebnitz, al amor y la compatibilidad
geográfica y el origen del pelo corto. A un nuevo y superior estado de
equilibrio.
Flip
se había sentido inquieta y, como resultado, yo le había dicho a Billy Ray que
saldría con él, y Billy Ray también había dicho que se sentía inquieto, y me
habló de las ovejas, en las que pensé cuando Flip perdió el impreso de
solicitud de fondos de Ben.
Flip.
Sus pisadas, como los afilados tacones de la Barbie, como los ecos de la voz de
Pippa, estaban por toda la escena del crimen. Le había dicho a Ben que yo era
la prometida de Billy Ray, no había fotocopiado las páginas entre la 29 y la
41, le había enseñado a la oveja mansa a abrir la cerca, le había dicho a
Dirección que Shirl fumaba, aumentando cada vez más el nivel de caos, mezclando
y separando las variables.
La
pantalla se llenó de líneas. Las conecté y añadí las ecuaciones de iteración, y
las líneas se convirtieron en una maraña, y ésta en un nudo. La grapadora
perdida, El flautista de Hamelín de Browning, el teléfono móvil de Billy Ray,
el color rosa pomo. Flip había repartido una petición para prohibir fumar y
Shirl había acabado en el aparcamiento en medio de una nevada y yo la llevé al
laboratorio de Ben y ella nos vio a Ben y a mí pelear con la oveja y dijo:
«Necesitan una mansa».
La
pantalla se oscureció, capa tras capa de acontecimientos alimentándose unos a
otros, y entonces brotó de repente un nuevo diseño. Una hermosa y elaborada
estructura, vivida rojo radical y azul cerúleo.
Punto
crítico auto-organizado. Logro científico.
Me
quedé mirándola durante un rato, maravillándome de su sencillez y pensando en
Flip. Estaba equivocada. La i de su frente no significaba «incompetencia» ni
«ineptitud». Ni siquiera «influencia». Significaba inspiración. Era como Pippa
después de todo, sólo que en vez de cantar agitaba las variables, aumentando el
nivel de caos con cada petición y cada paquete mal entregado hasta que el
sistema se volvía crítico.
También
pensé en la penicilina y en Alexander Fleming, con su abarrotado y diminuto
laboratorio, lleno de montones de placas de Petri cubiertas de moho. El
instituto en el que trabajaba estaba en el centro del caos, a media manzana de
la estación de Paddington, en una calle ruidosa. Añadamos las vacaciones y el
calor de agosto y el nuevo ayudante de investigación al que tuvo que hacer
sitio, y todos esos detalles-afluente como su padre y el equipo de tiro con
rifle. Y el waterpolo. En la escuela estaba en el equipo que jugó un partido de
waterpolo contra el hospital St. Mary's. Tres años después, cuando se preparaba
para ir a la facultad de medicina, escogió St. Mary's porque recordaba el
nombre.
Añadamos
eso, y el hollín y la ventana abierta del laboratorio, y tenemos un verdadero
lío. ¿O no?
David
Wilson había definido el descubrimiento de la penicilina como «uno de los
accidentes más afortunados que jamás ocurrieron en la naturaleza». ¿Pero fue
así? ¿O fue un descubrimiento científico que esperaba para poder suceder, un
sistema tan caótico que lo único que hacía falta para empujarlo por el borde de
un punto crítico auto-organizado era una espora que entrara por una ventana
abierta como la canción de Pippa?
Poincaré
creía que el pensamiento creativo era un proceso de inducir el caos interno
para conseguir un nivel superior de equilibrio. ¿Pero tenía que ser interno?
Lo
grabé todo en un disco, me lo guardé en el bolsillo y bajé a Biología.
—Necesito
saber una cosa —le dije a Ben—. Tu teoría del caos de la mansa. ¿La ideaste
poco a poco o se te ocurrió de sopetón?
Él
frunció el ceño.
—Las
dos cosas. Estaba pensando en Verhoest y su factor X, y en que tal vez tuviera
razón, y empecé a pensar qué forma podía tomar otro factor.
—¿Y
fue entonces cuando la manzana te golpeó en la cabeza?
Él
lo negó.
—Alicia
entró para decirme que su investigación demostraba que el siguiente receptor de
la beca Niebnitz sería un radioastrónomo, y entonces Dirección convocó otra
reunión y nos dimos el abrazo del ejercicio de sensibilidad y durante un par de
días sólo pude pensar en ti y en que estabas prometida a ese vaquero.
—Criador
de avestruces —corregí—. Durante un par de semanas, por lo menos. Así que las
ideas se estaban filtrando, ¿pero recuerdas qué fue lo que lo unió todo?
—Fuiste
tú. Las ovejas estaban dando vueltas por el salón ante Dirección, y tu dijiste:
«Flip hizo esto, lo sé», y Shirl dijo que no estaba allí, y tú añadiste: «No me
importa. De algún modo está detrás de todo esto.» Y yo pensé, no, no lo está.
La oveja mansa sí. Y recordé a Flip apoyada en la verja del corral, jugueteando
con el pestillo arriba y abajo, y pensé que la mansa debía de haber aprendido a
abrirla gracias a ella, y conducido el resto del rebaño a aquel caos.
»Y
se me ocurrió, así sin más. Las mansas causan caos. Son el factor invisible.
—Lo
sabía —dije yo—. Tengo que averiguar una cosa. Justo lo que pensaba. Eres
maravilloso. Ahora vuelvo.
Le
besé para inspirarme, y fui a buscar a Flip.
Había
olvidado su dimisión.
—Hace
tres días —me dijo Elaine, de Personal. Llevaba un par de patines azul
Cerenkhov—. Patinaje en línea —dijo, alzando la pierna para mostrármelo—. Con
esto consigues una silueta mucho mejor que escalando paredes, y te ayuda a ir
más rápido por la oficina. ¿Te enteraste de lo de Sara y su amigo?
—¿Han
roto?
—No.
¡Se han casado!
Reflexioné
sobre las implicaciones de aquello.
—¿Dejó
Flip alguna dirección? ¿Dijo adonde iba?
Ella
sacudió la cabeza.
—Dijo
que le entregaran su cheque a Desiderata, de Suministros, y que ella se lo
enviaría.
—¿Puedo
ver su expediente?
—Los
expedientes de Personal son confidenciales —dijo ella, súbitamente oficial.
—Llama
a Dirección y pídeselo. Di que es para mí.
Lo
hizo.
—Dirección
ha dicho que te diera todo lo que quisieras —dijo ella asombrada, mientras
colgaba—. ¿Quieres todo su expediente?
—Sólo
lo referente a sus trabajos anteriores.
Patinó
hasta el archivador, lo encontró, patinó de vuelta hasta mí y frenó
limpiamente.
Era
lo que esperaba. Flip había trabajado en una cafetería en Seattle, y antes que
eso en un Burger King de Los Ángeles.
—Gracias
—dije, tendiéndole el expediente, y entonces se me ocurrió otra cosa más—.
Déjamelo un momento.
Lo
abrí y miré a la línea superior, donde ponía «apellido, nombre de pila,
inicial».
«Orliotti,
Philippa J.», decía.
TATUAJES
(1691)
Moda
de automutilación que se hizo por primera vez popular en la Europa del siglo
XVII cuando los exploradores importaron la práctica de los mares del sur. La
moda se convirtió en una locura típica de las clases pudientes en la época
eduardiana. Jennie Jerome, la madre de Winston Churchill, llevaba una serpiente
tatuada en la muñeca. Los tatuajes volvieron a ponerse de moda durante la
Segunda Guerra Mundial, esta vez entre los soldados y, especialmente, los
marineros, y de nuevo en los sesenta con el movimiento hippie, y otra vez a
finales de los ochenta. Los tatuajes tienen la desventaja de ser una moda
pasajera con resultados permanentes.
Copié
el apellido de Flip y me propuse buscar el nombre de soltera de su abuela y
comprobar si vivía cerca de Marydale, Ohio, en 1921. Luego bajé a Suministros.
Desiderata
no pudo encontrar la dirección de Flip.
—Dijo
que se iba a algún lugar de Arizona—dijo Desiderata, buscando entre las gomas
de borrar—. Albuquerque, creo.
—Albuquerque
está en Nuevo México.
—Oh
—dijo ella, frunciendo el ceño—. Entonces tal vez fuera Forth Worth. Donde él
fuera.
—¿Quién?
Puso
los ojos en blanco.
—El
dentista.
Por
supuesto. Había especificado que hubiera compatibilidad geográfica.
—Tal
vez se lo dijo a Shirl —comentó Desiderata, rebuscando entre los lápices.
—Creía
que habían despedido a Shirl por fumar en el corral.
—No.
Dimitió. Dijo que sólo iba a quedarse hasta que contrataran una nueva directora
de facilitación de mensajes de trabajo, y lo han hecho esta mañana, así que tal
vez se haya ido ya.
No
se había ido. Estaba en la sala de fotocopias, arreglando la máquina antes de
marcharse; pero Flip tampoco le había dicho adonde se iba.
—Mencionó
algo de que el tal Darrell trasladaba su consulta a Prescott —dijo Shirl,
inclinada sobre la alimentadora de papel—. Me he enterado de que el doctor
O'Reilly y usted han obtenido la beca Niebnitz. Eso es maravilloso.
—Lo
es —dije mientras la miraba arrancar un papel atascado con los dedos. No había
en ellos mancha alguna de nicotina—. Es una lástima que no sepa quién concede
la beca. Había algo que quería decirles.
Shirl
colocó el alimentador en posición y cerró la tapa.
—Seguro
que el comité quiere permanecer en el anonimato.
—Si
es un comité —dije—. Los comités son terribles a la hora de guardar secretos, y
ni siquiera la doctora Turnbull pudo averiguar nada. Creo que es una sola
persona.
—Una
persona muy rica —dijo ella. Su voz había dejado de ser ronca.
—Cierto.
Una persona «circunstancialmente predispuesta» a la riqueza, que piensa por sí
misma y quiere que otras personas lo hagan también. ¿Cuándo dejó de fumar?
—Flip
me convirtió. Es un mal hábito. Peligroso para la salud.
—Umm
—dije—. Una persona extremadamente competente...
—Por
cierto, ¿ha visto ya a la sustituía de Flip? Me alegro de no trabajar ya aquí.
No creía que fuera posible contratar a alguien peor que Flip, pero Dirección lo
ha conseguido.
—Una
persona extremadamente competente —repetí, mirándola con firmeza—, que viaja
por todo el país como Diógenes, buscando científicos «circunstancialmente
predispuestos» a los descubrimientos. Una persona de la que nadie sospecharía.
—Interesante
teoría —dijo Shirl, sin hacerme caso, centrando el papel en la placa de
cristal—. ¿Qué es lo que quería decirle a esa persona? Si viaja de incógnito,
probablemente no querrá que le den las gracias.
Pulsó
un botón y empezó a bajar la tapa.
—Oh,
no iba a darle las gracias —dije—. Iba a decirle que está haciendo las cosas
mal.
La
luz de la fotocopiadora destelló, cegadora. Shirl parpadeó.
—¿Está
diciendo que la gente de la Niebnitz eligió a los ganadores equivocados?
—No
se trata de a quién eligen. Es la beca en sí. Un millón de dólares significa
que el científico agraciado puede dejar su trabajo, comprarse un laboratorio
propio, continuar su obra en completa paz y tranquilidad.
—¿Y
eso es malo?
—Tal
vez. Mire a Einstein. Descubrió la relatividad mientras trabajaba en una
apestosa oficina de patentes, llena de papeles e inventos. Cuando trataba de
trabajar en casa, era aún peor. Ropa lavada colgando de todas partes, un bebé
llorando sobre una rodilla, su primera esposa gritándole.
—¿Y
ésas le parecen condiciones ideales de trabajo?
—Tal
vez. ¿Y si en vez de ser molestias, el ruido y la ropa limpia y el apartamento
abarrotado se combinaran para crear una situación en la que pudieran formarse
nuevas ideas? —Alcé dos dedos—. Sólo dos de los ganadores de la beca Niebnitz
han continuado haciendo descubrimientos significativos.¿Por qué?
—Los
descubrimientos científicos no se sirven a la carta. Requieren muchos años de
trabajo concienzudo...
—Y
suerte. Y casualidad. Una brisa que sopla y empuja las patas de las ranas de
Galvani contra una varilla y cierra un circuito, una mano que intercepta los
rayos catódicos, una manzana que cae. Fleming. Penzias y Wilson. Kekulé. Los
logros científicos implican asociar ideas que nadie ha asociado antes, ver
conexiones que nadie antes ha visto. Los sistemas caóticos crean bucles de
realimentación que tienden a organizar aleatoriamente los elementos del
sistema, a desplazarlos y repartirlos de forma que quedan junto a elementos con
los que nunca antes habían estado en contacto. Los sistemas caóticos tienden a
aumentar en caos, pero no siempre. A veces se reestabilizan en un nuevo nivel
de orden.
—Arquímedes
—dijo Shirl.
—Y
Poincaré. Y Roentgen. Todas sus ideas provinieron de situaciones caóticas, no
de la paz y la tranquilidad. Y si una situación caótica pudiera ser inducida en
vez de tener que esperar a que se presente... Es sólo una idea, pero explica
por qué docenas de científicos pudieron experimentar con gases eléctricamente
descargados sin descubrir los rayos X. Explica por qué tantos científicos
realizan descubrimientos ajenos a su propio campo. Por eso especificó usted
«circunstancialmente predispuesto», por eso eligió gente que trabajaba fuera de
su terreno, porque intuía cómo funcionaba, aunque no lo supiera. Naturalmente,
todavía no es más que una idea. Pero encaja con la teoría de Bennett del efecto
oveja mansa. Necesito muchos más datos, y...
Shirl
me sonreía más que complacida.
—¿Y
sigue creyendo que lo estoy haciendo todo mal? —dijo. Se agachó para recoger la
copia de la máquina—.
Interesante
teoría —cogió un fajo de papeles—. Si alguna vez me encuentro a quienquiera que
concede la beca Niebnitz, me aseguraré de comunicárselo.
Se
encaminó hacia la puerta.
—Adiós
—dije, y la besé en la chupada mejilla.
—¿Y
eso por qué? —gruñó ella, frotándosela con la mano.
—Por
arreglar la fotocopiadora —dije—. Oh, por cierto, ¿en honor de quién se llama
Niebnitz la beca?
—De
Alfred Taylor Niebnitz —contestó ella, sin volver la cabeza—. Mi profesor de
física del instituto.
TABLERO
OUIJA
(1917-1918)
Juego
psíquico con el que se pretende predecir el futuro. Los jugadores empujan por
un tablero decorado con letras y números un vaso que deletrea las respuestas a
sus preguntas. Originado o bien en Maryland, en la década de 1880, por C.W.
Kennard o por William e Isaac Fiuld, o en Europa, en la de 1850; pero no se
puso de moda hasta que América entró en la Primera Guerra Mundial. Reaparece
cada vez que hay una guerra. Fue muy popular durante la Segunda Guerra Mundial
y el conflicto de Corea. Cuando más se vendió fue entre 1966 y 1977, durante la
guerra de Vietnam.
Una
teoría es tanto mejor cuanto mayor es su capacidad de predicción. Mendeléiev
predijo que los huecos en su tabla periódica serían rellenados con elementos de
ciertos pesos atómicos y ciertas propiedades y un peso atómico concreto. El
posterior descubrimiento del galio, el escandio y germanio cumplieron sus
predicciones. La teoría especial de la relatividad de Einstein predijo
correctamente la desviación de la luz por el sol, probada por el eclipse de
1919. La teoría de la deriva continental de Wegener fue corroborada por los
fósiles y las fotografías tomadas desde los satélites. Y la penicilina de
Fleming salvó la vida de Winston Churchill durante la Segunda Guerra Mundial.
La
teoría de la mansa de los sistemas caóticos es sólo eso, y Ben y yo estamos
todavía en las primeras fases de nuestra investigación. Pero estoy dispuesta a
aventurar algunas predicciones:
HiTek
cambiará de acrónimos al menos dos veces durante el próximo año, impondrá un
código de vestir, y hará que el personal se estreche la mano y potencie al niño
que todos llevamos dentro.
La
doctora Turnbull se pasará todo el año que viene intentando poner trabas a la
beca Niebnitz, sin conseguirlo. La ciencia no funciona así.
Predigo
varias modas nuevas en Prescott, Arizona o Albuquerque o Fort Worth. Boulder,
Seattle y Los Ángeles perderán peso como centros creadores de modas. Las marcas
en la frente serán lo máximo, y el hilo dental, y el pelo corto volverá, sobre
todo las ondas de agua.
En
el terreno espiritual, los ángeles se acabarán y las hadas estarán a la última,
sobre todo las hadas madrinas, que después de todo existen. Los comerciantes se
pondrán las botas con ella y luego perderán la camisa tratando de adelantarse a
la próxima moda.
Predigo
un brusco declive de la cría de ovejas, un aumento de las bodas y ningún cambio
en los anuncios de contactos. El postre en alza de este otoño será el pastel
con fondo de pina.
Y en
alguna compañía o instituto de investigación o facultad contratarán a una
ejemplar encargada del correo con exceso de peso o que viste prendas de piel o
lleva una Biblia, y los científicos de esos lugares harían bien en recordar los
cuentos de hadas de su infancia.
Habrá
un brusco resurgir de logros científicos significativos y el caos, como de
costumbre, reinará. Predigo grandes cosas.
Esta
mañana he conocido a la sustituta de Flip. Había subido a Estadística a recoger
mis datos sobre el pelo corto, y ella salía de la sala de la fotocopiadora,
perdiendo por el camino los memorandos de alguien.
Llevaba
el pelo lavanda, peinado como un surtidor, con varios hilos de alambre de
espino alrededor. Iba con una camiseta para jugar a bolos, pantalones de
ciclista, zapatos negros de baile, y los labios pintados de color naranja.
—¿Es
usted la nueva encargada del correo?
Ella
ha arrugado sus labios naranja en un gesto de desdén.
—Soy
la directora de facilitación de mensajes de trabajo —me ha dicho, recalcando
cada sílaba—. ¿Y cuál es su trabajo, por cierto?
—Bienvenida
a HiTek —he dicho, y le habría estrechado la mano, pero llevaba un anillo de
alambre de espino.
Grandes
cosas.
Connie
Willis, nació en 1945, ha trabajado como profesora y en la actualidad vive en
Greely, Colorado (EE. UU.), con su marido y una hija adolescente. Aunque hasta
hoy su obra ha sido poco publicada en España, es indudablemente uno de los
nuevos valores de la ciencia ficción moderna. Tras esporádicas publicaciones de
relatos iniciadas en 1971, Connie Willis pasó a dedicarse a tiempo completo a
su trabajo de narradora.
Escribió
su primera novela, WATER WlTCH (1982), en colaboración con Cynthia Felice, con
quien también trabajó en RAID DE LUZ (1989). Se trata de obras interesantes
pero que tal vez no llegan al alto nivel de sus novelas en solitario: LlNCOLN'S
DREAM (1987), que obtuvo el John W. Campbell Memorial, y EL LIBRO DEL DÍA DEL
JUICIO FINAL (1992, NOVA ciencia ficción, número 68), que le ha valido los
premios Nebula, Hugo y Locus, y la confirman como la mejor novela del género
aparecida en el año 1992.
Varios
de los primeros relatos de Willis se han recogido en la antología FlRE WATCH
(1985) que incluye el relato del mismo título galardonado con el Nebula y el
Hugo. Otra antología más reciente es IMPOSSIBLE THINGS (1993).
Una
de sus preocupaciones centrales es el tema del viaje en el tiempo, eje de su
primer relato famoso, Servicio de Vigilancia (1982; en Martínez Roca
SuperFicción número 114), en el cual el protagonista, un historiador del
futuro, viaja a la época del bombardeo de Londres durante la Segunda Guerra
Mundial para acabar mezclado en el intento de salvar la catedral, durante el
cual conocerá bastante más de sí mismo que de la historia que pretendía
estudiar. Willis utiliza también el tema del viaje temporal en su novela
LINCOLN'S DREAMS (LOS sueños de Lincoln, 1987) con una joven cuyos sueños de la
Guerra de Secesión norteamericana la llevan a experimentar dicha situación como
un personaje histórico. De nuevo, el viaje en el tiempo permite a una
historiadora del futuro visitar la Edad Media asolada por la Peste Negra en EL
LIBRO DEL DÍA DEL JUICIO FINAL (1992, NOVA ciencia ficción, número 68), el más
reciente éxito editorial de Willis. En la misma línea temática se aloja su
futura To SAY NOTHING OF THE DOG, cuya publicación en inglés está anunciada
para enero de 1998.
Gran
especialista en la narración breve, cabe destacar también, entre las
interesantes obras cortas de Willis, el relato A Letter from Clearys (1982,
premio Nebula), la novela corta The last of Winnebagos (1988, premio Nebula y
Hugo), el relato At The Rialto (1989, premio Nébula), y los cuentos cortos Even
The Queen (1992, premio Nebula, Hugo y Locus) y Death on the Nile (1993, premio
Hugo).
Connie
Willis ha publicado recientemente tres novelas cortas de gran interés:
TERRITORIO INEXPLORADO (1994, aparecida en español en el volumen REMAKE) y
REMAKE (1995, NOVA ciencia ficción, número 92) que ha sido finalista del premio
Hugo 1996. La última es OVEJA MANSA (1996, NOVA ciencia ficción, número 99). Si
la escritura de Willis resulta maravillosa y emotiva en obras de larga
extensión, la destilación condensada de su excepcional arte narrativo en un par
de centenares de páginas compone una muestra perfecta de lo mejor que con esta
extensión puede lograr la ciencia ficción de todos los tiempos.
Datos
actualizados a partir de Ciencia Ficción: Guía
de
lectura de MlQUEL BARCELÓ, NOVA ciencia
ficción,
número 28, Ediciones B, Barcelona (1990).

