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Libro N° 6056. El Libro Del Día Del Juicio Final. Willis, Connie.

Guillermo Molina Miranda junio 30, 2025

 


© Libro N° 6056. El Libro Del Día Del Juicio Final. Willis, Connie. Emancipación. Junio 1 de 2019.

Título original: © Domsday Book

 

Versión Original: © El Libro Del Día Del Juicio Final. Connie Willis.  1º edición: junio 1997

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

Libros Tauro: http://www.LibrosTauro.com.ar

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL LIBRO DEL DÍA DEL JUICIO FINAL

Connie Willis

 

1º edición: junio 1997

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A Laura y Cordelia, mis Kivrins

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

AGRADECIMIENTOS

Mi agradecimiento especial al bibliotecario jefe Jamie LaRue y al resto del personal de la Biblioteca Pública de Greeley, por su continua y valiosa ayuda.

Y mi eterna gratitud a Sheila y Kelly y Frazier y Cee, y sobre todo a Marta, las amigas a quienes quiero.

“Y para que las cosas que deben ser recordadas no perezcan con el tiempo y desaparezcan de la memoria de quienes nos sucedan, yo, al ver tantos males y a todo el mundo al alcance del Maligno, como si ya estuviera entre los muertos, yo, que espero a la muerte, he puesto por escrito todas las cosas que he presenciado.

Y para que lo escrito no fenezca con el escritor y la obra desaparezca con el artífice, dejo notas para que se continúe este trabajo, por si algún hombre sobrevive y algún miembro de la raza de Adán escapa a esta pestilencia y retoma el trabajo que he comenzado...

 

HERMANO JOHN CLYN 1349

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LIBRO PRIMERO

 

 

 

Un campanero no necesita fuerza,

sino habilidad para llevar el tiempo...

 Debes guardar estas dos cosas en tu mente

y retenerlas allí para siempre:

campanas y tiempo, campanas y tiempo.

 

RONALD BLYTHE

Akenfield

 

 

 

 

 

 

 

 

1

 

 

El señor Dunworthy abrió la puerta del laborato¬rio y las gafas se le empañaron al instante.

preguntó, tras qui¬társelas y mirar a Mary.

—Cierra la puerta —respondió ella—. No puedo oírte con esos horribles villancicos.

Dunworthy cerró la puerta, pero eso no apagó por completo el sonido del Adeste Fideles que se filtraba desde el patio.

—¿Llego demasiado tarde? —repitió.

Mary sacudió la cabeza.

—Sólo te has perdido el discurso de Gilchrist. —

Se echó atrás en el asiento para que Dunworthy pudiera ir a la estrecha zona de observación. Se había quitado el abrigo y el sombrero de lana y los había colocado sobre la otra única silla existente, junto con una gran bolsa de la compra repleta de paquetes. Su pelo gris estaba revuelto, como si hubiera intentado arreglarlo después de haberse quitado el sombrero—. Un discur¬so muy largo sobre el primer viaje en el tiempo de Me¬dieval y de cómo la facultad de Brasenose ocuparía el destacado lugar que se merece en la historia. ¿Sigue llo¬viendo?

—Sí —contestó él, mientras frotaba las gafas con la bufanda. Se enganchó las patillas de alambre en las ore¬jas y subió a la partición de fino-cristal para contem¬plar la red. En el centro del laboratorio había una ca¬rreta aplastada rodeada de cofres volcados y cajas de madera. Sobre ellos colgaban los escudos protectores de la red, envueltos como un paracaídas de seda.

Latimer, el tutor de Kivrin, con aspecto más ave¬jentado y enfermizo que de costumbre, se encontraba junto a uno de los cofres. Montoya se hallaba junto a la consola, vestida con vaqueros y una chaqueta de terro-rista, mirando con impaciencia el digital de su muñeca. Badri estaba sentado delante de la consola, tecleando algo y mirando las pantallas con el ceño fruncido.

—¿Dónde está Kivrin? —preguntó Dunworthy.

—No la he visto —dijo Mary—. Ven y siéntate. El lanzamiento no está previsto hasta mediodía, y no creo que la tengan preparada para entonces. Sobre todo si Gilchrist pronuncia otro discurso.

Colgó el abrigo en el respaldo de su silla y colocó la bolsa de la compra llena de paquetes en el suelo, jun¬to a sus pies.

—Espero que esto no dure todo el día. Tengo que recoger a mi sobrino nieto Colin en la estación de me¬tro a las tres.

Rebuscó en la bolsa.

—Mi sobrina Deirdre va a pasar las vacaciones en Kent y me pidió que cuidara de él. Espero que no llue¬va todo el tiempo que esté aquí—dijo, sin dejar de bus¬car—. Tiene doce años, es un niño simpático y muy in¬teligente, aunque tiene un vocabulario retorcido. Para él todo es necrótico o apocalíptico. Y Deirdre le deja tomar demasiados dulces.

Continuó rebuscando en la bolsa de la compra.

—Le compré esto para Navidad. —Sacó una caja alargada con franjas rojas y verdes—. Esperaba poder terminar mis compras antes de venir, pero llovía, y sólo soporto esa horrible música de carillón de High Street a intervalos cortos.

Abrió la caja y desplegó el papel de seda.

—No tengo ni idea de qué ropa les gusta a los chi¬cos de doce años hoy en día, pero las bufandas siempre se llevan, ¿no crees, James? ¿James?

Él se volvió.

—¿Qué? —Había estado contemplando abstraído las pantallas.

—Decía que las bufandas son siempre un buen re-galo de Navidad para los chavales, ¿no crees?

Él miró la bufanda que ella le tendía para que la inspeccionara. Era de lana gris oscura, a cuadros. De niño no se la hubiera puesto ni que lo hubiesen mata¬do, y eso había sido cincuenta años atrás.

—Sí—dijo, y se volvió hacia el fino-cristal.

—¿ Qué pasa, James ? ¿ Algo va mal ?

Latimer cogió un pequeño cofre con cierres de me¬tal, y luego miró alrededor, como si hubiera olvidado qué pretendía hacer con él. Montoya miró impaciente su digital.

—¿Dónde está Gilchrist? —dijo Dunworthy.

—Se fue por allí —contestó Mary, señalando la puerta al otro lado de la red—. Disertó sobre el lugar de Medieval en la historia, habló con Kivrin un mo¬mento, los técnicos hicieron algunas pruebas, y luego Gilchrist y Kivrin se fueron por esa puerta. Supongo que todavía estará ahí dentro con ella, preparándola.

—Preparándola —murmuró Dunworthy.

—James, ven y siéntate, y dime qué va mal —dijo ella, guardando la bufanda en su caja y metiéndolo todo en la bolsa.

miró esperanzado a Mary—. No sabes dónde se encuentra, ¿verdad?

—No. En alguna parte de Escocia, creo.

—En alguna parte de Escocia —repitió él amarga¬mente—. Y mientras tanto, Gilchrist piensa enviar a Kivrin a un siglo que es claramente un diez, un siglo en el que se sufría escrófula y peste, y en el que quemaron a Juana de Arco.

Miró a Badri, que ahora hablaba al oído de la con¬sola.

—Dijiste que Badri había hecho pruebas. ¿Cuáles fueron? ¿Una comprobación de coordenadas? ¿Una proyección de campo?

—No lo sé. —Ella señaló vagamente a las pantallas, con sus matrices y columnas de cifras en cambio cons¬tante—. Sólo soy doctora, no técnico. Me pareció reco¬nocer al técnico. Es de Balliol, ¿no?

Dunworthy asintió.

—El mejor técnico que tiene Balliol —dijo, obser¬vando a Badri, que pulsaba las teclas de la consola una a una y observaba atentamente las lecturas cambiantes—. Todos los técnicos del New College estaban de vacacio¬nes. Gilchrist pensaba usar un aprendiz de primero que nunca había dirigido un lanzamiento tripulado. ¡Un aprendiz de primero para un remoto! Lo convencí para que empleara a Badri. Si no puedo impedir este lanza¬miento, al menos que lo dirija un técnico competente.

Badri miró la pantalla con el ceño fruncido, sacó un medidor de su bolsillo y se dirigió a la carreta.

—¡Badri! —llamó Dunworthy.

Badri no dio muestra alguna de haberle oído. Ro¬deó el perímetro de las cajas y cofres, mirando el me¬didor. Desplazó una de las cajas ligeramente a la iz¬quierda.

—No te oye —dijo Mary.

—¡Badri! —gritó él—. Necesito hablar contigo.

Mary se levantó.

—No te oye, James. La mampara es a prueba de sonidos.

Badri dijo algo a Latimer, quien todavía sostenía el cofre con cierres de metal. Parecía asombrado. Badri le quitó el cofre y lo colocó sobre la marca de tiza.

Dunworthy buscó un micrófono. No vio ninguno.

—¿Cómo oíste el discurso de Gilchrist? —pregun¬tó a Mary.

—Gilchrist pulsó un botón ahí dentro —dijo ella, señalando un panel junto a la red.

Badri había vuelto a sentarse ante la consola y ha¬blaba a su oído. Los escudos de la red empezaron a descender. Badri dijo algo más, y volvieron a donde es¬taban antes.

—Le pedí a Badri que volviera a comprobarlo to¬do: la red, los cálculos del aprendiz, todo —dijo Dun¬worthy—. Y que abortara inmediatamente el lanza¬miento si detectaba algún error, a pesar de lo que dijera Gilchrist.

—Pero supongo que Gilchrist no pondrá en peli¬gro la seguridad de Kivrin —protestó Mary—. Me dijo que había tomado todas las precauciones...

—¡Todas las precauciones! No ha realizado prue¬bas de reconocimiento ni comprobaciones de parámetros. Hicimos dos años de lanzamientos no tripulados al siglo XX antes de enviar a nadie. Él no ha hecho nin¬guno. Badri le dijo que debería retrasar el lanzamiento hasta que pudiera hacer al menos uno, y en vez de eso lo adelantó dos días. Ese tipo es un incompetente total.

—Pero explicó por qué el lanzamiento tenía que ser hoy —alegó Mary—. Dijo que los habitantes del si¬glo XIV no prestaban atención a las fechas, excepto a las siembras y las cosechas y los días festivos de la Iglesia. Dijo que la concentración de días sagrados era mayor en Navidad, y por eso Medieval ha decidido enviar a Kivrin ahora, para que pueda utilizar los días de Ad¬viento para determinar su localización temporal y ase¬gurarse de estar en el lugar de recogida el veintiocho de diciembre.

—Enviarla ahora no tiene nada que ver con el Ad¬viento ni las festividades —protestó él, observando a Badri. Volvía a pulsar una tecla cada vez, con el ceño fruncido—. Podría enviarla la semana que viene y usar la Epifanía para la cita de encuentro. Podría hacer lan¬zamientos no tripulados durante seis meses y luego en¬viarla haciendo un bucle. Gilchrist la envía ahora por¬que Basingame está de vacaciones y no se encuentra aquí para detenerlo.

—Oh, cielos —suspiró Mary—. Ya me parecía a mí demasiada prisa. Cuando le pregunté cuánto tiem¬po tendría que estar Kivrin en el hospital, intentó con¬vencerme de que no sería necesario internarla. Tuve que explicarle que las vacunas necesitaban un tiempo para hacer efecto.

—Un encuentro el veintiocho de diciembre —dijo Dunworthy con amargura—. ¿Te das cuenta de qué festividad es? La celebración de la matanza de los San¬tos Inocentes. Cosa que, dada la manera en que se está dirigiendo este lanzamiento, puede ser completamente apropiada.

—¿Por qué no lo detienes? —dijo Mary—. Puedes prohibir a Kivrin que vaya, ¿no? Eres su tutor.

—No. No lo soy. Ella es estudiante en Brasenose. Su tutor es Latimer —señaló en dirección a Latimer, quien había vuelto a coger el cofre y lo contemplaba, ausente—. Vino a Balliol y me pidió que fuera su tutor extraoficialmente.

Se volvió y observó el fino cristal, sin verlo.

—Entonces le dije que no podía ir.

Kivrin había ido a verle cuando era estudiante de primer curso.

—Quiero viajar a la Edad Media —le había dicho. Ni siquiera llegaba al metro y medio de altura, y lleva¬ba el cabello rubio recogido en trenzas. No parecía te¬ner edad suficiente para cruzar la calle sola.

—No puedes —le dijo él, su primer error. Tendría que haberla enviado de vuelta a Medieval, decirle que tratara el tema con su tutor—. La Edad Media está ce¬rrada. Tiene un baremo de diez.

—Un diez prohibitivo que según el señor Gilchrist no se merece —replicó Kivrin—. Dice que ese baremo no se aguantaría con un análisis año por año. Se basa en la tasa de mortalidad de los contemporáneos, que se debía sobre todo a la mala nutrición y a la falta de apo¬yo médico. Ese baremo no sería tan alto para un histo¬riador que hubiera sido vacunado contra las enferme¬dades. El señor Gilchrist piensa pedir a la Facultad de Historia que vuelva a evaluar el baremo y abran parte del siglo XIV.

—No puedo concebir que la Facultad de Historia abra un siglo que no sólo tenía la peste negra y el cóle¬ra, sino la Guerra de los Cien Años también —dijo Dunworthy.

—Pero podrían hacerlo, y en ese caso, quiero ir.

—Imposible —dijo él—. Aunque se abra, Medie¬val no enviaría a una mujer. Una mujer sola era algo inaudito en el siglo XIV. Sólo las mujeres de las clases inferiores iban sin compañía, y eran presa fácil para cualquier hombre o bestia que se encontraran en el ca¬mino. Las mujeres de la nobleza e incluso de la emer¬gente clase media iban constantemente en compañía de sus padres, maridos o criados, normalmente los tres a la vez. Además, aunque no fueras mujer, todavía no te has graduado. El siglo XIV es demasiado peligroso para que Medieval considere enviar a un estudiante. Envia¬rían a un historiador experimentado.

—No es más peligroso que el siglo XX —objetó Ki¬vrin—. Gas mostaza, accidentes de coche y otras mi¬nucias. Al menos no me tirarán una bomba encima. ¿Y quién tiene experiencia en historia medieval? Nadie tiene experiencia de campo, y sus historiadores del si¬glo XX aquí en Balliol no saben nada acerca de la Edad Media. Nadie sabe nada. Apenas hay archivos, excepto de los registros de las parroquias y las listas de impues-tos, y nadie sabe cómo se vivía. Por eso quiero ir. Quie¬ro averiguar datos acerca de ellos: cómo vivían, cómo eran. ¿No querrá ayudarme, por favor?

—Me temo que tendrás que hablar con Medieval —dijo él por fin, pero ya era demasiado tarde.

—Ya he hablado con ellos. Tampoco saben nada sobre la Edad Media. Quiero decir nada práctico. El señor Latimer me está enseñando inglés medieval, pero todo se reduce a inflexiones pronominales y cambios vocálicos. No me ha enseñado a decir nada.

Se inclinó sobre la mesa de Dunworthy.

—Necesito aprender el idioma y las costumbres, y el dinero y los modales en la mesa y todas esas cosas. ¿Sabe que no usaban platos ? Usaban obleas de pan planas llama¬das manchets, y cuando terminaban la comida, las rom¬pían en pedacitos y se las comían. Necesito que alguien me enseñe cosas como ésas, para no cometer errores.

—Soy historiador del siglo XX, no medieval. Hace cuarenta años que no estudio la Edad Media.

—Pero sabe el tipo de cosas que necesito. Puedo estudiarlas y aprenderlas, si me dice cuáles son.

—¿Qué hay de Gilchrist? —apuntó él, aunque consideraba a Gilchrist un idiota presuntuoso.

—Está trabajando en la reevaluación del baremo y no tiene tiempo.

¿Y de qué le servirá la reevaluación si no tiene his¬toriadores que enviar?, pensó Dunworthy.

—¿Y la profesora visitante americana, Montoya? Está trabajando en la excavación medieval cerca de Witney, ¿no? Debe de saber algo acerca de las costum¬bres de la época.

—La señora Montoya tampoco tiene tiempo, está demasiado ocupada tratando de reclutar gente para tra¬bajar en la excavación de Skendgate. ¿No lo compren¬de? Todos son inútiles. Usted es el único que puede ayudarme.

Dunworthy tendría que haber dicho que todos eran miembros de la facultad de Brasenose y él no, pero en cambio se sintió maliciosamente halagado al oírle decir lo que siempre había pensado, que Latimer era un viejo chocho y Montoya una arqueóloga frus¬trada, que Gilchrist era incapaz de formar historiado¬res. Estaba ansioso por utilizarla para demostrar a Me¬dieval cómo había que hacer las cosas.

—Te asignaremos un intérprete —decidió—. Y quiero que aprendas latín eclesiástico, francés norman¬do y alemán antiguo, además del inglés medieval de Latimer.

Ella sacó inmediatamente un lápiz y un cuaderno de ejercicios de su bolsillo y empezó a hacer una lista.

—Necesitarás experiencia práctica en agricultura... ordeñar una vaca, recoger huevos, plantar verduras —prosiguió él, contando con los dedos—. Tendrías que llevar el pelo más largo; toma corticoides. Deberás aprender a tejer con un huso, no con un telar. El telar no se había inventado todavía. Y también tendrás que aprender a montar a caballo.

Se detuvo, recuperando por fin la cordura.

—¿Sabes lo que tienes que aprender? —dijo, ob¬servándola, inclinado ansiosamente sobre la lista que ella garabateaba, las trenzas colgando sobre sus hom¬bros—. Cómo tratar llagas abiertas y heridas infecta¬das, cómo preparar el cadáver de un niño para ente¬rrarlo, cómo cavar una tumba. La tasa de mortalidad seguirá valiendo diez, aunque Gilchrist consiga que cambien el baremo. La esperanza media de vida en 1300 era de treinta y ocho años. No tienes nada que ha¬cer allí.

Kivrin alzó la cabeza, con el lápiz sobre el papel.

—¿Dónde puedo ir a buscar cadáveres? —pregun¬tó ansiosamente—. ¿Al depósito? ¿O debo acudir a la doctora Ahrens en el hospital?

—Le dije que no podía ir —suspiró Dunworthy, todavía contemplando el cristal—, pero no quiso escu¬charme.

—Lo sé —asintió Mary—. A mí tampoco me hizo caso.

Dunworthy se sentó junto a ella, incómodo. La lluvia y la búsqueda de Basingame habían agravado su artritis. Todavía llevaba el abrigo puesto. Se lo quitó, junto con la bufanda que le colgaba del cuello.

—Quise cauterizarle la nariz —dijo Mary—. Le advertí que los olores del siglo XIV podrían ser comple¬tamente incapacitadores, que en la actualidad no esta¬mos acostumbrados a los excrementos, a la carne po-drida ni a la descomposición. Le dije que las náuseas interferirían de forma significativa con su habilidad para actuar.

—Pero no quiso escucharte —dijo Dunworthy.

—No.

—Intenté explicarle que la Edad Media era peli¬grosa y que Gilchrist no estaba tomando suficientes precauciones, y ella me aseguró que me estaba preocu¬pando por nada.

—Quizá sea así —contestó Mary—. Después de todo, es Badri quien dirige el lanzamiento, no Gil¬christ, y le ordenaste que lo abortara si detectaba algún error.

—Sí —dijo él, observando a Badri a través del cris¬tal. Volvía a teclear, una tecla cada vez, los ojos fijos en las pantallas. Badri no era sólo el mejor técnico de Balliol, sino de la universidad entera. Y había dirigido do¬cenas de lanzamientos remotos.

—Y Kivrin está bien preparada —añadió Mary—. Tú has sido su tutor, y yo he pasado el último mes en el hospital preparándola físicamente. Está protegida con¬tra el cólera, el tifus y todas las demás enfermedades que existían en 1320; por cierto, la peste que temías no es una de ellas. No hubo ningún caso en Inglaterra has¬ta que llegó la Peste Negra en 1348. Le he extirpado el apéndice y aumentado su sistema inmunológico. Le he suministrado antivirales en todo el espectro y le he im¬partido un curso acelerado de medicina medieval. Ade¬más, ha trabajado un montón por su cuenta. Estudió hierbas medicinales mientras estuvo en el hospital.

—Lo sé —asintió Dunworthy. Ella había pasado las últimas vacaciones de Navidad memorizando misas en latín y aprendiendo a tejer y bordar, y él le había en¬señado todo lo que pudo imaginar. ¿Pero bastaría eso para protegerla de ser arrollada por un caballo, o viola¬da por un caballero borracho que volviera a casa de las Cruzadas? En 1320 todavía quemaban a gente en la ho¬guera. No existía ninguna vacuna para protegerla de eso, ni de que alguien la viera aparecer y decidiera que era una bruja.

Contempló de nuevo el fino-cristal. Latimer alzó el cofre por tercera vez y lo soltó. Montoya consultó de nuevo su reloj. El técnico pulsaba las teclas y fruncía el ceño.

—Tendría que haberme negado a ser su tutor —di¬jo él—. Sólo lo hice para demostrarle a Gilchrist lo in¬competente que es.

—Tonterías. Lo hiciste porque ella es Kivrin. Eres tú de nuevo: inteligente, llena de recursos, decidida.

—Yo nunca fui tan insensato.

—Ya lo creo. Aún recuerdo la época en que no po¬días esperar viajar a los bombardeos de Londres para que te cayeran las bombas encima de la cabeza. Y me parece recordar cierto incidente relacionado con el vie¬jo Bodleian...

La puerta de la habitación de preparativos se abrió, y Kivrin y Gilchrist salieron de la estancia. Kivrin se levantó la larga falda mientras pasaba por encima de las cajas dispersas. Llevaba la capa con el forro blanco de pelo de conejo y la brillante saya azul que había ido a enseñarle el día anterior. Le había dicho que la capa era tejida a mano. Parecía una vieja manta de lana que al¬guien le hubiera echado sobre los hombros, y las man¬gas de la saya le venían demasiado largas. Casi le cu¬brían las manos. Su cabello largo y rubio quedaba recogido por un rodete y le caía sobre los hombros. Se¬guía sin parecer lo bastante mayor para cruzar la calle sola.

Dunworthy se levantó, dispuesto a golpear de nue¬vo el cristal en cuanto ella mirara en su dirección, pero Kivrin se detuvo en mitad del desorden, todavía vuelta, miró las marcas del suelo, avanzó un poco, y se arregló la falda.

Gilchrist se acercó a Badri, le dijo algo y cogió un clasificador que había encima de la consola. Empezó a comprobar cada artículo con una breve sacudida del lá¬piz óptico.

Kivrin le dijo algo y señaló el cofre con cierres de metal. Montoya se enderezó impaciente y se acercó al lugar donde se encontraba Kivrin, sacudiendo la cabe¬za. Kivrin dijo algo más, decidida, y Montoya se arro-dilló y acercó el cofre a la carreta.

Gilchrist comprobó otro artículo de su lista. Le dijo algo a Latimer y éste fue y cogió una caja plana de metal y se la tendió. Gilchrist le dijo algo a Kivrin, y ella unió las manos delante de su pecho. Inclinó la ca¬beza y empezó a hablar.

—¿Está practicando sus rezos? —dijo Dunwor¬thy—. Eso será útil, ya que la ayuda de Dios tal vez sea la única que reciba en este lanzamiento.

—Están comprobando el implante —le explicó Mary.

—¿Qué implante?

—Un chip grabador especial para que pueda regis¬trar su trabajo de campo. La mayoría de los contempo¬ráneos no saben leer ni escribir, así que le implanté un oído y un A-a-D en una muñeca y una memoria en la otra. La activa presionando las palmas de las manos. Cuando habla, parece que está rezando. Los chips tie¬nen una capacidad de 2,5 Gigabytes, así que podrá re-gistrar sus observaciones durante las dos semanas y media completas.

—Tendrías que haber implantado también un lo¬calizador por si pide ayuda.

Gilchrist jugueteaba con la caja plana de metal. Sa¬cudió la cabeza y levantó un poco más las manos cru¬zadas de Kivrin. La larga manga se replegó. Ella tenía un corte en la mano. Una fina línea marrón de sangre seca cubría el corte.

—Algo va mal —dijo Dunworthy, volviéndose ha¬cia Mary—. Está herida.

Kivrin volvía a hablar a sus manos. Gilchrist asin¬tió. Kivrin le miró, vio a Dunworthy, y le dirigió una sonrisa de alegría. También tenía la sien ensangrentada. Bajo el rodete, los cabellos aparecían manchados de sangre. Gilchrist levantó la cabeza, vio a Dunworthy, y se dirigió a toda prisa a la partición de fino-cristal, con aspecto irritado.

—¡Todavía no ha partido, y ya está herida! —Dun¬worthy golpeó el cristal.

Gilchrist se acercó al panel de la pared, pulsó una te¬cla, y luego se dio la vuelta y se plantó ante Dunworthy.

—Señor Dunworthy —dijo. Saludó a Mary con un movimiento de cabeza—. Doctora Ahrens. Me com¬place mucho que hayan venido a despedir a Kivrin —hizo especial hincapié en las tres últimas palabras, para que parecieran una amenaza.

—¿Qué le ha pasado a Kivrin? —dijo Dunworthy.

—¿Pasado? —preguntó Gilchrist. Parecía sor¬prendido—. No sé a qué se refiere.

Kivrin se había acercado a la partición, sujetándose la falda con una mano ensangrentada. En la mejilla te¬nía una magulladura rojiza.

—Quiero hablar con ella —exigió Dunworthy.

—Me temo que no hay tiempo —contestó Gil¬christ—. Tenemos un horario que cumplir.

—Tengo que hablar con ella.

Gilchrist arrugó los labios y dos líneas blancas aparecieron a cada lado de su nariz.

—He de recordarle, señor Dunworthy, que este lanzamiento es de Brasenose, no de Balliol. Por su¬puesto, agradezco la ayuda que nos ha ofrecido al pres¬tarnos a su técnico, y respeto sus muchos años de expe-riencia como historiador, pero le aseguro que todo está bajo control.

—Entonces, ¿por qué está herida su historiadora antes de haber sido enviada siquiera?

—Oh, señor Dunworthy, me alegro mucho de que haya venido —dijo Kivrin, acercándose al cristal—. Temía no poder despedirme de usted. ¿No es emocio¬nante?

Emocionante.

—Estás sangrando —señaló Dunworthy—. ¿Qué ha pasado?

—Nada —contestó Kivrin, tocando torpemente la sien y luego mirándose los dedos—. Forma parte del disfraz. —Miró a Mary—. Doctora Ahrens, ha venido también. Me alegro mucho.

Mary se había levantado, todavía con la bolsa de la compra en la mano.

—Quiero examinar tu vacuna antiviral —dijo—. ¿Has tenido alguna otra reacción además de la hincha¬zón? ¿Picores?

—Todo va bien, doctora Ahrens —aseguró Kivrin.

Se recogió la manga y la dejó caer antes de que Mary tuviera tiempo de echar un buen vistazo a la parte inte¬rior de su brazo. Había otra magulladura rojiza en el antebrazo de Kivrin, que ya empezaba a volverse negra y azul.

—Me gustaría volver al tema de por qué está san¬grando —insistió Dunworthy.

—Ya le digo que forma parte del disfraz. Soy Isa¬bel de Beauvrier, y se supone que he sido asaltada por unos ladrones mientras estoy de viaje —dijo Kivrin. Se volvió y señaló hacia las cajas y la carreta aplastada—. Me han robado mis cosas, y me han dado por muerta. Usted me dio la idea, señor Dunworthy —añadió, en tono de reproche.

—Desde luego, nunca he sugerido que comenzaras herida y sangrante.

—La sangre falsa no era práctica —señaló Gilchrist—. Probabilidad no pudo darnos estadísticas sig¬nificativas de que fueran a atender su herida.

—¿Y no se le ocurrió falsificar una herida realista? ¿Tuvo que golpearla en la cabeza? —estalló Dunwor¬thy, furioso.

—Señor Dunworthy, debo recordarle...

—¿Que este proyecto es de Brasenose, no de Balliol? Tiene toda la razón. Si fuera del siglo XX intenta¬ríamos proteger al historiador de las heridas, no inflingírselas nosotros mismos. Quiero hablar con Badri. Quiero saber si ha vuelto a comprobar los cálculos del estudiante.

Gilchrist frunció los labios.

—Señor Dunworthy, el señor Chaudhuri puede ser su técnico de red, pero éste es mi lanzamiento. Le aseguro que hemos tenido en cuenta todas las contin¬gencias posibles...

—Es sólo un arañazo —intervino Kivrin—. Ni si¬quiera me duele. Estoy bien, de verdad. Por favor, no se preocupe, señor Dunworthy. La idea de ser herida fue mía. Recordé lo que dijo usted sobre cómo las mu¬jeres eran tan vulnerables en la Edad Media, y pensé que sería buena idea parecer más vulnerable de lo que. soy.

Sería imposible que parecieras aún más vulnerable, pensó Dunworthy.

—Si finjo estar inconsciente, oiré todo lo que diga la gente acerca de mí, y no me harán muchas preguntas sobre quién soy, porque quedará claro que...

—Ya es hora de que te coloques en posición —la interrumpió Gilchrist, quien avanzó amenazadora-mente hacia el panel de la pared.

—Ya voy —dijo Kivrin, sin pestañear.

—Estamos preparados para enviar la red.

—Lo sé —replicó ella con firmeza—. Iré en cuanto me despida del señor Dunworthy y de la doctora Ahrens.

Gilchrist asintió cortante y regresó junto al carro. Latimer le preguntó algo y le contestó con malos modos.

—¿Qué implica colocarte en posición? —preguntó Dunworthy—. ¿Permitirle darte una paliza porque Probabilidad le ha dicho que existe una posibilidad es¬tadística de que alguien no crea que estás de verdad in-consciente?

—Implica tenderme y cerrar los ojos —contestó Kivrin, sonriendo—. No se preocupe.

—No hay ninguna razón para que no puedas espe¬rar a mañana y dar al menos tiempo para que Badri haga una comprobación de parámetros.

—Quiero volver a ver esa vacuna —dijo Mary.

—¿Quieren dejar de preocuparse? No me pica la vacuna, no me duele el corte, Badri ha pasado toda la mañana haciendo comprobaciones. Sé que se interesan por mí, pero por favor, no lo hagan. El lanzamiento es en la carretera principal de Oxford a Bath, a sólo dos millas de Skendgate. Si no aparece nadie, caminaré hasta el pueblo y les diré que me han atacado y robado. Antes de nada determinaré mi localización para poder encontrar el punto de recogida —colocó la mano sobre el cristal—. Quiero darles las gracias a los dos por todo lo que han hecho. Quería ir a la Edad Media más que nada en el mundo, y ahora voy a hacerlo.

—Es probable que sientas dolor de cabeza y fatiga después del lanzamiento —advirtió Mary—. Es un efecto secundario normal del desplazamiento temporal.

Gilchrist volvió a acercarse al fino-cristal.

—Es hora de que te coloques en posición.

—Tengo que irme —dijo Kivrin, recogiendo sus pesadas faldas—. Muchísimas gracias a los dos. No me encontraría aquí si no fuera por su ayuda.

—Adiós —dijo Mary.

—Ten cuidado —recomendó Dunworthy.

—Lo haré —aseguró Kivrin, pero Gilchrist ya ha¬bía pulsado el panel de la pared y Dunworthy no la oyó. Ella sonrió, agitó la mano y se dirigió a la carreta volcada.

Mary volvió a sentarse y empezó a buscar su pa¬ñuelo en la bolsa de la compra. Gilchrist leía los artícu¬los anotados en el clasificador. Kivrin asintió ante cada uno de ellos, y él los fue tachando con el lápiz óptico.

—¿Y si se le gangrena la herida de la sien? —dijo Dunworthy, todavía de pie ante el cristal.

—Imposible —dijo Mary—. Le aumenté el sistema inmunológico. —Se sonó la nariz.

Kivrin discutía con Gilchrist por algo. Las líneas blancas alrededor de la nariz del hombre estaban clara¬mente definidas. Ella sacudió la cabeza, y después de un instante él tachó el siguiente artículo con un movi¬miento furioso y brusco.

Gilchrist y el resto de Medieval podrían ser unos incompetentes, pero Kivrin no lo era. Había aprendido inglés medieval y latín eclesiástico y anglosajón. Había memorizado las misas en latín y había aprendido a bordar y a ordeñar una vaca. Había ideado una identidad y un motivo para estar sola en el camino entre Oxford y Bath, y tenía el intérprete y le habían extirpado el apéndice y aumentado los anticuerpos.

—Lo hará maravillosamente —dijo Mary—, lo que sólo servirá para convencer a Gilchrist de que los métodos de Medieval no son chapuceros ni peli¬grosos.

Gilchrist se acercó a la consola y le tendió el clasifi¬cador a Badri. Kivrin volvió a cruzar las manos, más cerca de su cara esta vez, casi tocándolas con la boca, y empezó a hablarles.

Mary se acercó y se situó junto a Dunworthy, aga¬rrando su pañuelo.

—Cuando yo tenía diecinueve años... cosa que fue, oh, Dios, hace cuarenta años, no parece tanto... mi her¬mana y yo viajamos por todo Egipto. Fue durante la Pandemia. Había cuarentena por todas partes, y los israelíes disparaban a los americanos en cuanto los veían, pero no nos importaba. No creo que ni siquiera se nos ocurriera la posibilidad de que corriéramos peligro, que pudieran secuestrarnos o confundirnos con ameri¬canas. Queríamos ver las pirámides.

Kivrin había terminado de rezar. Badri dejó su consola y se acercó al lugar donde se encontraba. Le habló durante varios minutos, siempre con el ceño fruncido. Ella se arrodilló y se tumbó de costado junto a la carreta, girando para quedar de espaldas con un brazo sobre el rostro y la falda enmarañada alrededor de las piernas. El técnico le arregló la falda, sacó el me¬didor y caminó a su alrededor; regresó a la consola y le habló al oído. Kivrin permaneció muy quieta, la sangre de su frente casi negra bajo la luz.

—Dios mío, qué joven parece —suspiró Mary.

Badri habló al oído, miró los resultados de la pan¬talla, regresó junto a Kivrin. Pasó sobre ella, esquivan¬do sus piernas, y se inclinó para ajustarle la manga. Hizo una medición, le movió el brazo para que quedara situado sobre su rostro como si hubiese querido esquivar un golpe de sus atacantes, y volvió a medir.

—¿Viste las pirámides? —preguntó Dunworthy.

-¿Qué?

—Cuando estuviste en Egipto. Cuando recorriste Oriente Medio ajena al peligro. ¿Llegaste a ver las pirá¬mides?

—No. El Cairo estaba en cuarentena el día que aterrizamos. —Mary miró a Kivrin, tendida en el suelo—. pero sí vimos el Valle de los Reyes.

Badri movió el brazo de Kivrin una fracción de centímetro, la contempló con el entrecejo fruncido durante un instante, y luego regresó a la consola. Gilchrist y Latimer le siguieron. Montoya se apartó para dejarles sitio .alrededor de la pantalla. Badri habló al oído de la consola, y los escudos semitransparentes empezaron a bajar, cubriendo a Kivrin como un velo.

—Nos alegramos de haber ido —dijo Mary—. Vol¬vimos a casa sanas y salvas.

Los escudos tocaron el suelo, se liaron un poco al-rededor de las faldas de Kivrin, demasiado largas, y se detuvieron.

—Ten cuidado —susurró Dunworthy. Mary le co¬gió la mano.

Latimer y Gilchrist se acurrucaron delante de la pantalla, contemplando la súbita explosión de núme¬ros. Montoya miró su digital. Badri se inclinó hacia de¬lante y abrió la red. El aire del interior de los escudos titiló con la súbita condensación.

—No vayas —dijo Dunworthy.

 

TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL JUICIO FINAL

(000008-000242)

Primera entrada. 22 de diciembre, 2054. Oxford. Esto será una grabación de mis observaciones históri¬cas de la vida en Oxfordshire, Inglaterra, desde 13 de diciembre de 1320 hasta el 28 de diciembre de 1320 (Calendario Antiguo).

(Pausa)

Señor Dunworthy, llamo a esta grabación el Libro del Día del Juicio Final porque se supone que es un re¬gistro de la vida en la Edad Media, que es lo que resultó ser la investigación ordenada por Guillermo el Con-quistador, aunque él lo pretendiera como método para asegurarse de obtener hasta la última libra de oro e im¬puestos que le debían sus vasallos. También he decidi¬do llamarlo de esta forma porque imagino que es así como a usted le gustaría llamarlo, pues está convencido de que me pasará algo horrible. Le estoy viendo en la zona de observación ahora mismo, contándole a la po¬bre doctora Ahrens todos los temibles peligros del si¬glo XIV. No se preocupe. Ella ya me habló del desplaza¬miento temporal y de las enfermedades medievales con todo lujo de detalles, aunque se supone que soy inmu¬ne a todas ellas. También me advirtió sobre la vigencia de las violaciones en el siglo XIV. Y cuando le digo que estoy perfectamente bien, tampoco quiere hacerme caso. Estaré perfectamente bien, señor Dunworthy.

Por supuesto, usted ya lo sabrá, y que volví de una pieza según lo previsto, para cuando oiga esto, así que no le importará que le regañe un poco. Sé que sólo se preocupa por mí, y que sin toda su ayuda y prepara-ción no habría vuelto sana y salva.

Por tanto, le dedico el Libro del Día del Juicio Fi¬nal, señor Dunworthy. Si no fuera por usted, no estaría aquí con la saya y la capa, hablando a este grabador, es¬perando a que Badri y el señor Gilchrist finalicen sus interminables cálculos y deseando que se den prisa para poder partir.

(Pausa)

 

 

 

 

 

 

 

 

2

 

 

 —Bueno —dijo Mary, mientras dejaba escapar un largo suspiro—. Me vendría bien una copa.

—Creía que tenías que ir a recoger a tu sobrino nieto —contestó Dunworthy, todavía contemplando el lugar donde antes había estado Kivrin. El aire titilaba con partículas de hielo dentro del velo de escudos. Cerca del suelo, en el interior del fino-cristal, se había formado escarcha.

Los tres ineptos de Medieval todavía estaban con¬templando las pantallas, aunque sólo mostraban la lí¬nea plana de la llegada.

—No tengo que recoger a Colin hasta las tres —di¬jo Mary—. Te sentaría bien algo que te animara, y el Cordero y la Cruz está calle abajo.

—Quiero esperar hasta que tenga la comprobación —dijo Dunworthy, observando al técnico.

Seguía sin haber ningún dato en las pantallas. Badri tenía el ceño fruncido. Montoya miró a su digital y dijo algo a Gilchrist, quien asintió, y ella recogió una bolsa que se encontraba debajo de la consola, se despidió de Latimer y se marchó por una puerta lateral.

—Muy al contrario que Montoya, quien está claro que se muere de ganas por regresar a su excavación, me gustaría quedarme hasta asegurarme de que Kivrin ha conseguido pasar sin más problemas —dijo Dunworthy.

—No te estoy sugiriendo que vuelvas a Balliol —contestó Mary, que tenía algún problema para po¬nerse el abrigo—, pero la comprobación tardará al me¬nos una hora, si no dos, y el hecho de que te quedes aquí no acelerará las cosas. Ya sabes cómo es. El pub está justo enfrente. Es muy pequeño y agradable, el tipo de lugar que no pone adornos de Navidad ni toca música de campanas artificiales. —Le tendió su abri¬go—. Tomaremos una copa y comeremos algo, y luego podrás volver aquí a abrir surcos en el suelo hasta que llegue la comprobación.

—Quiero esperar aquí —insistió él, todavía miran¬do la red vacía—. ¿Por qué no hizo Basingame que le implantaran un localizador en la muñeca? Y al rector de la Facultad de Historia no se le ocurre nada más que irse de vacaciones sin dejar siquiera un número donde poder localizarlo.

Gilchrist se apartó de la pantalla, que no mostraba ningún cambio todavía, y palmeó a Badri en los hom¬bros. Latimer parpadeó como si no estuviera seguro de dónde se encontraba. Gilchrist le estrechó la mano con una amplia sonrisa. Se dirigió a la partición de fino-cristal con aspecto satisfecho.

—Vamos —dijo Dunworthy, quien cogió el abri¬go que le tendía Mary y abrió la puerta. Unos acordes de While Shepherds Watched Their Flocks By Night les alcanzaron. Mary atravesó la puerta como si estuviera huyendo; Dunworthy la cerró tras ellos y la siguió a través del patio hasta llegar a la puerta de Brasenose.

Hacía un frío cortante, pero no llovía. Sin embar¬go, parecía que podía hacerlo de un momento a otro, y el puñado de gente que recorría la acera al parecer ha¬bía decidido que así sería. Al menos la mitad ya tenían paraguas abiertos. Una mujer con uno rojo y grande y los dos brazos cargados de paquetes chocó contra Dunworthy.

—Mire por donde va, ¿quiere? —dijo, y continuó su camino.

—El espíritu navideño —protestó Mary, sujetán¬dose el abrigo con una mano y agarrando con la otra su bolsa con las compras—. El pub está junto a la farma¬cia. —Señaló con la cabeza el otro lado de la calle—. Creo que son esas malditas campanas. Marean a todo el mundo.

Cruzó la calle entre el laberinto de paraguas. Dun¬worthy decidió si debía ponerse el abrigo y luego consi¬deró que no merecía la pena para una distancia tan corta. Se apresuró tras ella, procurando mantenerse a salvo de los letales paraguas e intentando dilucidar qué villanci¬co estaban masacrando ahora. Parecía un cruce entre una llamada a las armas y un canto fúnebre, pero proba¬blemente se trataba de Jingle Bells.

Mary se encontraba en la acera, ante la farmacia, rebuscando de nuevo en su bolsa.

—¿Qué se supone que es ese estruendo? —sacó un paraguas plegable—. ¿ O Little Town of Bethlehemf

—Jingle Bells —dijo Dunworthy, y bajó de la acera.

—¡James! —exclamó Mary, y lo agarró brusca¬mente por la manga.

El neumático delantero de la bicicleta no le alcanzó por centímetros, y el pedal le dio en la pierna. El con¬ductor esquivó, gritando.

—¿No sabe cruzar la calle, idiota?

Dunworthy dio un paso atrás y chocó con un niño de seis años que abrazaba un Papá Noel de peluche. La madre del niño se le quedó mirando.

—Ten cuidado, James —advirtió Mary.

Cruzaron la calle; Mary guiaba el camino. Hacia la mitad empezó a llover. Mary se guareció bajo la mar¬quesina de la farmacia y trató de abrir el paraguas. El escaparate de la farmacia estaba adornado con guirnaldas verdes y doradas, y entre los perfumes tenía colo¬cado un cartel que decía: «Salve las campanas de la pa¬rroquia Marston. Dé un donativo al Fondo de Restau¬ración.»

El carillón había terminado de masacrar Jingle Bells u O Little Town of Bethlehem y se enzarzaba ahora con We Three Kings of Orient Are. Dunworthy reconoció la clave menor.

Mary seguía sin poder abrir el paraguas. Volvió a guardarlo en la bolsa y cruzó la acera. Dunworthy la siguió, tratando de evitar colisiones; dejó atrás un es¬tanco y una tienda de regalos adornados con luces in-termitentes rojas y verdes, y atravesó la puerta que Mary le abrió.

Las gafas se le empañaron inmediatamente. Se las quitó para limpiarlas en el cuello de su abrigo. Mary cerró la puerta y se internó en una atmósfera de silen¬cio marrón y bendito.

—¡Señor! —suspiró Mary—. Y yo te dije que eran de los que no ponían adornos.

Dunworthy volvió a colocarse las gafas. Los estan¬tes tras la barra estaban salpicados de lucecitas parpa¬deantes en verde claro, rosa y azul anémico. En a es¬quina del bar había un gran árbol de Navidad de fibra sobre una base giratoria.

No había nadie más en el estrecho pub a excepción de un hombre de aspecto regordete tras la barra. Mary pasó entre dos mesas vacías y se dirigió al rincón.

—Al menos aquí dentro no se oyen esas malditas campanas —dijo, colocando su bolsa en el suelo—. No, yo traeré las bebidas. Tú siéntate. Ese ciclista casi te mata.

Sacó algunos billetes que estaban arrugados de la bolsa y se dirigió a la barra.

—Dos pintas de cerveza —le dijo al camarero—. ¿Quieres algo de comer? —preguntó a Dunworthy—. Hay sandwiches y también rollitos de queso.

—¿Viste a Gilchrist contemplando la consola y sonriendo como el gato de Cheshire? Ni siquiera se volvió para ver si Kivrin había desaparecido o si toda¬vía estaba allí tendida, medio muerta.

—Que sean dos pintas y un buen vaso de whisky —pidió Mary.

Dunworthy se sentó. Había un belén sobre la mesa, con sus ovejas de plástico y un bebé medio desnudo en una cuna.

—Gilchrist debería haberla enviado desde la exca¬vación —añadió—. Los cálculos de un remoto son exponencialmente más complicados que para uno en el sitio. Supongo que tendría que darle las gracias por no haberla enviado en un bucle. El estudiante de primer año no podría haber hecho los cálculos. Cuando le conseguí a Badri, temí que Gilchrist quisiera un lanza¬miento con bucle en vez de en tiempo-real.

Acercó una de las ovejas de plástico al pastor.

—Si es consciente de que hay una diferencia. ¿Sa¬bes qué respondió cuando le dije que debería hacer al menos un lanzamiento sin tripulante? Contestó: «Si ocurre alguna desgracia, podemos volver atrás en el tiempo y recoger a la señorita Engle antes de que suce¬da, ¿no?» Ese hombre no tiene ni idea de cómo funcio¬na la red, ni idea de las paradojas, ni idea de que Kivrin está allí, y de que cualquier cosa que le suceda es real e irrevocable.

Mary se abrió paso entre las mesas, llevando el whisky en una mano y las dos pintas torpemente en la otra. Colocó el whisky ante él.

—Es mi receta estándar para las víctimas de atro¬pello y padres sobreprotectores. ¿Te dio en la pierna?

—No.

—Tuve un accidente de bici la semana pasada. Uno de tus Siglo Veinte. Volvía de un lanzamiento a la Pri¬mera Guerra Mundial. Dos semanas sin recibir un ara¬ñazo en Belleau Wood y luego va y se topa con una bicicleta en la Broad. —Volvió a la barra para recoger su rollo de queso.

—Odio las parábolas —refunfuñó Dunworthy. Cogió la virgen de plástico. Iba vestida de azul, con una capa blanca—. Si la hubiera enviado haciendo un bucle, al menos no habría corrido el peligro de morir congelada. Debería haber llevado algo más cálido que una capa de piel de conejo, ¿o es que a Gilchrist no se le ocurrió que 1320 fue el principio de la Pequeña Era del Hielo?

—Ya sé a quién me recuerdas —saltó Mary, soltan¬do su plato y una servilleta—. A la madre de William Gaddson.

Era una observación verdaderamente injusta. Wi¬lliam Gaddson era uno de los estudiantes de primer cur¬so. Su madre los había visitado en seis ocasiones aquel trimestre, la primera vez para llevarle a William un par de orejeras.

—Se resfría si no las lleva —le dijo a Dunworthy—. Willy siempre ha sido propenso a los catarros, y ahora está demasiado lejos de casa y todo eso. Su tutor no cui¬da bien de él, aunque le he hablado varias veces.

Willy tenía el tamaño de un roble y parecía tan propenso a resfriarse como uno de ellos.

—Estoy seguro de que sabrá cuidar de sí mismo —le dijo Dunworthy a la señora Gaddson, lo cual fue un error. La buena mujer añadió inmediatamente a Dunworthy en la lista de personas que se negaban a cuidar de Willy, pero eso no le impidió visitarle cada dos semanas para entregarle vitaminas e insistir en que quitaran a Willy del equipo de remo porque se estaba agotando.

—Yo no situaría mi preocupación por Kivrin en la misma categoría que el grado de sobreprotección de la señora Gaddson —dijo Dunworthy—. El siglo XIV está lleno de ladrones y asesinos. Y cosas peores.

 —Eso es lo que la señora Gaddson dice de Oxford —contestó Mary plácidamente, sorbiendo su pinta de cerveza—. Le dije que no podía proteger a Willy de la vida. Tampoco tú puedes proteger a Kivrin. No te con¬vertiste en historiador quedándote tan tranquilo en casa. Tienes que dejarla ir, aunque sea peligroso. Cada siglo es un diez, James.

—Este siglo no tiene la Peste Negra.

—Tuvo la Pandemia, que mató a sesenta y cinco millones de personas. Y la Peste Negra no existía en Inglaterra en 1320. No llegó allí hasta 1348. —Dejó la jarra sobre la mesa, y la figurita de María se cayó—. Pero aunque existiera, Kivrin no podría contraerla. La inmunicé contra la peste bubónica. —Sonrió triste¬mente—. Tengo mis propios momentos de Gaddsonitis. Además, ella nunca contraerá la enfermedad por¬que los dos nos preocupamos al respecto. Ninguna de las cosas que nos preocupan suceden jamás. Siempre es algo en lo que nadie ha pensado.

—Todo un consuelo. —Colocó la figura azul y blanca de María junto a la de José. Se cayó. Volvió a en¬derezarla con cuidado.

—Debería serlo, James —dijo ella, animada—. Por¬que es evidente que has pensado en todas las desgracias que podrían sucederle a Kivrin, de forma que ella estará a salvo. Probablemente ya está sentada en un castillo al¬morzando pastel de pavo real, aunque supongo que allí no será el mismo día.

Él sacudió la cabeza.

—Habrá habido un deslizamiento... Sólo Dios sabe cuánto, ya que Gilchrist no hizo comprobación de parámetros. Badri pensaba que sería de varios días.

O varias semanas, pensó, y si era mediados de ene¬ro, no habría ningún día festivo para que Kivrin deter¬minara la fecha. Incluso una discrepancia de varias ho¬ras podría ponerla en la carretera Oxford-Bath en mitad de la noche.

—Espero que el deslizamiento no signifique que se pierda Navidad —dijo Mary—. Tenía muchísimas ga¬nas de asistir a una misa navideña medieval.

—Allí todavía faltan dos semanas para Navidad. Todavía utilizan el calendario juliano. El calendario gregoriano no se adoptó hasta 1752.

—Lo sé. Gilchrist trató el tema del calendario ju¬liano en su discurso. Se extendió a sus anchas sobre la historia de la reforma del calendario y la discrepancia en las fechas entre el calendario antiguo y el calendario gregoriano. Por un momento pensé que iba a dibujar un diagrama. ¿A qué día están allí?

—A trece de diciembre.

—Quizá sea mejor que no sepamos la fecha exacta. Deirdre y Colin estuvieron en Estados Unidos durante un año, y yo estaba muerta de preocupación por ellos, pero desincronizada. Siempre me imaginaba que Colin era atropellado camino del colegio cuando en realidad era medianoche. Preocuparse no sirve de nada a menos que una pueda visualizar los desastres hasta el último de¬talle, incluyendo el clima y la hora del día. Me preocupa¬ba no saber de qué preocuparme, y luego ya no me pre¬ocupé de nada. Quizás ocurra lo mismo con Kivrin.

Era cierto. Él había estado imaginando a Kivrin tal como la había visto por última vez, tendida entre los restos del carromato con la sien ensangrentada, pero eso era probablemente un error. Ella había partido ha¬cía casi una hora. Aunque no hubiera aparecido ningún viajero todavía, haría frío en la carretera, y no podía imaginar a Kivrin tendida dócilmente en plena Edad Media con los ojos cerrados.

La primera vez que él viajó al pasado estuvo hacien¬do idas y vueltas mientras calibraban el ajuste. Lo envia¬ron al centro del patio en mitad de la noche, y se suponía que tenía que quedarse allí mientras hacían los cálculos del ajuste y lo recogían de nuevo. Pero estaba en Oxford en 1956, y la comprobación tardaría al menos diez mi¬nutos. Recorrió corriendo cuatro manzanas Broad abajo para ver el viejo Bodleian y a la técnico casi le dio un infarto cuando abrió la red y no lo encontró.

Kivrin no se quedaría allí tendida con los ojos ce¬rrados, no con el mundo medieval abierto ante ella. De pronto se la imaginó, de pie con aquella ridícula capa blanca, escrutando la carretera Oxford-Bath en busca de viajeros desprevenidos, dispuesta para volver a tum¬barse en un instante, grabándolo todo mientras tanto, las manos implantadas unidas en una plegaria de impa¬ciencia y entusiasmo, y se sintió súbitamente tranquili-zado.

Ella estaría perfectamente bien. Regresaría a la red al cabo de dos semanas, la capa blanca sucia más allá de todo lo imaginable, llena de historias sobre aventuras imposibles y escapadas en el último instante, cuentos para helar la sangre, sin duda, relatos que le produci¬rían pesadillas durante semanas después de que se las narrara.

—Estará bien y tú lo sabes, James —dijo Mary, mi¬rándole con el ceño fruncido.

—Lo sé —contestó él. Fue y trajo otra ronda de medias pintas—. ¿Cuándo dijiste que venía tu sobrino nieto?

—A las tres. Colin se quedará una semana, y no tengo ni idea de qué hacer con él. Supongo que podría llevarlo al Ashmolean. A los niños siempre les gustan los museos, ¿no? ¿La túnica de Pocahontas y todo eso?

Dunworthy recordaba la túnica de Pocahontas como un retazo tieso de materia gris muy parecido a la bufanda de Colin.

—Yo sugeriría el Museo de Historia Natural.

Hubo un tintineo y un poco de Ding Dong, Merrily on High y Dunworthy se volvió ansiosamente hacia la puerta. Su secretario se encontraba en el umbral, par¬padeando.

—Tal vez debería enviar a Colin a la Torre de Carfax para que destroce el carillón —bufó Mary.

—Es Finch —dijo Dunworthy, y levantó la mano para que el otro los viera, pero Finch se dirigía ya hacia la mesa.

—Le he estado buscando por todas partes, señor —le dijo—. Algo va mal.

—¿Con el ajuste?

El secretario pareció no comprenderle.

—¿El ajuste? No, señor. Son las americanas. Han llegado temprano.

—¿ Qué americanas ?

—Las campaneras. De Colorado. La Cofradía Fe¬menina de Campaneras de los Estados del Oeste.

—No me digas que habéis importado más campa¬nas navideñas —dijo Mary.

—Se suponía que debían llegar el veintidós —dijo Dunworthy a Finch.

—Estamos a veintidós —respondió Finch—. En principio iban a llegar esta tarde, pero su concierto en Exeter fue cancelado, así que han llegado antes de lo previsto. Llamé a Medieval, y el señor Gilchrist me dijo que habían salido a celebrarlo. —Miró la jarra va¬cía de Dunworthy.

—No estoy celebrando nada —replicó Dunwor¬thy—. Estoy esperando el ajuste de uno de mis estu¬diantes. —Consultó su reloj—. Tardará al menos otra hora.

—Usted prometió que les enseñaría las campanas locales, señor.

—En realidad no eres necesario aquí —dijo Ma¬ry—. Puedo llamarte a Balliol en cuanto esté el ajuste.

—Iré cuando tengamos el ajuste —decidió Dun¬worthy, mirando a Mary—. Enséñeles el colegio y lue¬go déles de almorzar. Eso les llevará una hora.

Finch no pareció muy satisfecho.

—Sólo estarán aquí hasta las cuatro. Tienen un concierto de campanas esta noche en Ely, y están an¬siosas por ver las campanas de Christ Church.

—Entonces llévelas a Christ Church. Muéstreles el Gran Tom. Llévelas a la Torre de St. Martin o a dar un paseo por el New College. Yo iré en cuanto pueda.

Finch pareció a punto de preguntar algo más y en¬tonces cambió de opinión.

—Les diré que estará usted dentro de una hora, se¬ñor —dijo, y se dirigió hacia la puerta. A mitad de ca¬mino, se detuvo y retrocedió—. Casi se me olvidaba, señor. El vicario llamó para preguntar si estaría usted dispuesto a leer el Evangelio en la misa de Nochebue¬na. Este año será en St. Mary the Virgin.

—Dígale que sí —contestó Dunworthy, agradeci¬do porque hubiera cambiado el tema de las campane¬ras—. Y dígale también que tendremos que ir a la torre esta tarde para poder mostrar las campanas a esas ame-ricanas.

—Sí, señor. ¿Qué tal Iffley? ¿Cree que debería lle¬varlas a Iffley? Tienen un siglo XI muy bonito.

—Por supuesto. Llévelas a Iffley. Yo volveré en cuanto pueda.

Finch abrió la boca y volvió a cerrarla.

—Sí, señor —dijo, y salió por la puerta con el acompañamiento de The Holly and the Ivy.

—¿No crees que has sido un poco duro con él? —preguntó Mary—. Después de todo, las americanas pueden ser terribles.

—Volverá dentro de cinco minutos para pregun¬tarme si debe llevarlas primero a Christ Church. Ese chico no tiene la menor iniciativa.

—Creía que admirabas esta característica en los jó¬venes —dijo Mary amargamente—. En cualquier caso, no se marchará corriendo a la Edad Media.

La puerta se abrió, y The Holly and the Ivy empe¬zó otra vez.

—Debe de ser él, para preguntar qué les da de al¬morzar.

 —Carne hervida y verduras pasadas —le dijo Mary—. A los americanos les encanta contar historias so¬bre nuestra pésima cocina. Dios mío.

Dunworthy miró hacia la puerta; Gilchrist y Latimer estaban allí, envueltos en un halo de luz grisácea procedente del exterior. Gilchrist sonreía de oreja a oreja y decía algo por encima de la música de las cam-panas. Latimer se esforzaba por cerrar un gran para¬guas negro.

—Supongo que tendremos que ser civilizados e in¬vitarlos a que se unan a nosotros.

Dunworthy recogió su abrigo.

—Sé civilizada tú si quieres. Yo no tengo ninguna intención de escuchar a esos dos felicitándose por ha¬ber enviado al peligro a una joven sin experiencia.

—Vuelves a hablar como ya sabes quién —señaló Mary—. No estarían aquí si algo hubiera salido mal. Tal vez Badri tiene ya el ajuste.

Al parecer, Gilchrist lo había visto cuando se le¬vantaba. Estuvo a punto de volverse como para mar¬charse, pero Latimer ya estaba junto a la mesa. Gil¬christ lo siguió, sin sonreír ya.

—¿Está terminado el ajuste? —preguntó Dun¬worthy.

—¿El ajuste? —preguntó Gilchrist, vagamente.

—El ajuste. La determinación de dónde y cuándo está Kivrin, lo que hace posible volver a recogerla.

—Su técnico dijo que tardaría al menos una hora en determinar las coordenadas —replicó Gilchrist, en¬varado—. ¿Siempre tarda tanto? Dijo que vendría a de¬círnoslo cuando hubiera terminado, pero que las lectu¬ras preliminares indicaban que el lanzamiento había ido a la perfección y que el deslizamiento era mínimo.

—¡Qué buena noticia! —suspiró Mary, aliviada—. Siéntense. También estamos esperando el ajuste y to¬mando una pinta mientras tanto. ¿Quieren tomar algo? —preguntó a Latimer, que había terminado de plegar el paraguas y abrochaba la cinta.

—Bueno, creo que sí—asintió Latimer—. Después de todo, éste es un gran día. Un poco de coñac, creo. «Strong was the wyn, and wel to drinke us leste» —di¬jo citando a Chaucer, y se debatió con la cinta, liándola en las varillas del paraguas—. Al fin tendremos la opor¬tunidad de observar de primera mano la pérdida de inflexión adjetival y el cambio del nominativo sin¬gular.

Un gran día, pensó Dunworthy, pero se sentía ali¬viado a su pesar. El deslizamiento era su mayor pre¬ocupación.

Era la parte más impredecible de un lanzamiento, incluso con comprobaciones de parámetros.

La teoría decía que se trataba del propio mecanis¬mo de seguridad e interrupción de la red, la forma que tenía el Tiempo de protegerse a sí mismo de las parado¬jas del continuum. El salto hacia delante en el tiempo se suponía que impedía colisiones, encuentros o accio¬nes que pudieran afectar a la historia, deslizando al his¬toriador más allá del momento crucial en que pudiera matar a Hitler o rescatar al niño ahogado.

Pero la teoría de la red nunca había podido decidir cuáles eran esos momentos críticos o cuánto desliza¬miento produciría un lanzamiento determinado. Las comprobaciones de parámetros daban probabilidades, pero Gilchrist no había hecho ninguna. El lanzamiento de Kivrin podría haberse desviado en dos semanas o un mes. Por lo que Gilchrist sabía, ella bien podría haber llegado en abril, con su capa forrada de piel y su saya de invierno.

Pero Badri había dicho que el deslizamiento era mínimo. Eso significaba que Kivrin sólo se había des¬viado unos pocos días, con tiempo de sobra para averi¬guar la fecha y establecer el encuentro.

—¿Señor Gilchrist? —decía Mary—. ¿Puedo invi¬tarle a un coñac?

—No, gracias.

Mary rebuscó otro billete arrugado y se dirigió a la barra.

—Su técnico parece haber hecho un trabajo acep¬table —dijo Gilchrist, volviéndose hacia Dunworthy—. A Medieval le gustaría contar con él para nues¬tro próximo lanzamiento. Enviaremos a la señorita Engle a 1355 para observar los efectos de la Peste Ne¬gra. Los relatos de los contemporáneos no son dignos de crédito, sobre todo en lo referente a la tasa de mor¬talidad. La cifra aceptada de cincuenta millones de muertes es claramente inexacta, y las estimaciones de que mató de 2ntre un tercio hasta la mitad de la pobla-ción europea son evidentes exageraciones. Estoy an¬sioso por que la señorita Engle haga observaciones en¬trenadas.

—¿No se está precipitando un poco? —dijo Dunworthy—. Tal vez debería esperar a ver si Kivrin consi¬gue sobrevivir a este lanzamiento a 1320.

La cara de Gilchrist asumió su expresión contraída.

—Me molesta que presuponga usted constante¬mente que Medieval es incapaz de llevar a cabo un lan¬zamiento con éxito. Le aseguro que hemos previsto cuidadosamente todos los aspectos. El método de la llegada de Kivrin ha sido estudiado con todo detalle.

»Probabilidad coloca la frecuencia de viajeros en la carretera Oxford-Bath en uno cada seis horas, e indica que hay un noventa y dos por ciento de posibilidades de que su historia del asalto sea creída, debido a la fre¬cuencia de esos asaltos. Un viajero en Oxfordshire te¬nía un 42,5 por ciento de probabilidades de ser robado en invierno, y del 58,6 en verano. Es la media, por su¬puesto. Las posibilidades aumentaban en partes de Otmoor y Wycbwood y en los caminos más pequeños.

Dunworthy se preguntó cómo demonios había obtenido Probabilidad esas cifras. El Libro del Día del Juicio Final no mencionaba a los ladrones, con la posi¬ble excepción de los propios agentes censales del rey, quienes a veces tomaban algo más que el censo, y los asesinos de la época seguro que no llevaban un registro de a quiénes habían robado y asesinado, marcando cla¬ramente su emplazamiento en un mapa. Las pruebas de las muertes fuera de casa eran enteramente de facto: la persona no regresaba. ¿Y cuántos cadáveres yacían en los bosques, sin ser descubiertos ni reconocidos por nadie?

—Le aseguro que hemos tomado todas las precau¬ciones posibles para proteger a Kivrin —repitió Gilchrist.

—¿Como comprobaciones de parámetros? ¿Y tests de simetría y no tripulados?

Mary regresó.

—Aquí tiene, señor Latimer —dijo, colocando un vaso de coñac ante él. Colgó el paraguas mojado de La¬timer en el respaldo del asiento y se sentó a su lado.

—Le estaba asegurando al señor Dunworthy que todos los aspectos de este lanzamiento se han estudia¬do exhaustivamente —dijo Gilchrist. Alzó la figurita de plástico de un rey mago con un cofre dorado—. El cofre de su equipaje es una reproducción exacta de un joyero que está en el Ashmolean. —Soltó al rey—. In¬cluso su nombre fue estudiado a conciencia. Isabel es el nombre de mujer que aparece listado con más frecuen¬cia en los Pergaminos Jurídicos y el Regista Regum desde 1295 hasta 1320.

—En realidad es una derivación de Elizabeth —ex¬plicó Latimer, como si fuera una de sus conferencias—. Se cree que su extendido uso en Inglaterra a partir del si¬glo XII tiene por origen a Isabel de Angouleme, esposa del Rey Juan.

—Kivrin me dijo que le habían dado una identidad real, que Isabel de Beauvrier era una de las hijas de un noble de Yorkshire.

—Así es —confirmó Gilchrist—. Gilbert de Beau¬vrier tenía cuatro hijas de la edad adecuada, pero sus nombres no aparecían en los pergaminos. Era una práctica habitual. Las mujeres sólo aparecían por el apellido y el parentesco, incluso en los registros parro¬quiales y las tumbas.

Mary colocó una mano sobre el brazo de Dunworthy, conteniéndolo.

—¿Por qué eligieron Yorkshire? —preguntó rápi¬damente—. ¿No estará un poco lejos de casa?

Está a setecientos años de casa, pensó Dunworthy, en un siglo que no valora a las mujeres lo suficiente para registrar sus nombres cuando morían.

—La señorita Engle fue quien lo sugirió. Le pare¬cía que tener su casa tan lejos aseguraría que no se haría ningún intento de contactar con la familia.

O de llevarla de vuelta, a kilómetros del lugar del lanzamiento. Kivrin lo había sugerido. Probablemente lo había sugerido todo, tras haber estudiado los perga¬minos y los registros parroquiales en busca de una fa-milia con la edad adecuada y sin relaciones cortesanas, una familia lo bastante lejana en el East Riding para que la nieve y las carreteras intransitables hicieran im¬posible que un mensajero llegara a caballo y les comu¬nicara que habían encontrado a su hija desaparecida.

—Medieval ha puesto la misma cuidadosa atención en todos los detalles de este lanzamiento —prosiguió Gilchrist—, incluso un pretexto para su viaje: la enfer¬medad de su hermano. Tuvimos cuidado de asegurar¬nos de que se produjo un brote de gripe en esa parte de Gloucestershire en 1319, aunque la enfermedad era frecuente durante la Edad Media, y bien podría haber contraído el cólera o gangrena.

—James —advirtió Mary.

—El traje de la señorita Engle fue cosido a mano. La tela azul de su vestido fue teñida a mano usando una fórmula medieval. Y la señora Montoya ha estudiado a fondo la aldea de Skendgate donde Kivrin pasará las dos semanas.

—Si llega allí—objetó Dunworthy.

—James —terció Mary.

—¿Qué precauciones han tomado para asegurarse de que el amistoso viajero que pasa cada una coma seis horas no decida llevarla al convento de Godstow o a un burdel en Londres, o la vea aparecer y decida que es una bruja? ¿Qué precauciones han tomado para asegu¬rarse de que el amistoso viajero es en efecto amistoso y no uno de los asesinos que mataban al cuarenta y dos coma cinco por ciento de los viajeros?

—Probabilidad indicó que no había más de un cero coma cero cuatro por ciento de posibilidades de que alguien estuviera en ese lugar en el momento de la llegada.

—Oh, miren, aquí está Badri —señaló Mary, le¬vantándose y colocándose entre Dunworthy y Gilchrist—. Ha sido un trabajo rápido, Badri. ¿Tienes ya el ajuste?

—Badri había salido sin el abrigo. Su uniforme de laboratorio estaba húmedo y tenía la cara amoratada.

—Parece medio congelado —observó Mary—. Ven¬ga a sentarse. —Le acercó la silla vacía situada junto a Latimer—. Le traeré un coñac.

—¿Tienes el ajuste? —preguntó Dunworthy.

Badri no sólo estaba húmedo, sino empapado.

—Sí—dijo, y sus dientes empezaron a castañetear.

—Muy bien —dijo Gilchrist, incorporándose y dándole una palmada en el hombro—. Pensaba que tardarías una hora. Esto requiere un brindis. ¿Tienen champán? —le preguntó al camarero, volvió a dar una palmada a Badri, y se acercó a la barra.

Badri se le quedó mirando, frotándose los brazos y tiritando. Parecía abstraído, casi aturdido.

—¿Tienes definitivamente el ajuste? —preguntó Dunworthy.

—Sí —contestó él, todavía mirando a Gilchrist.

Mary volvió con el coñac.

—Esto le calentará un poco —dijo, tendiéndose¬lo—. Tome. Bébaselo. Ordenes del médico.

Él miró el vaso con el ceño fruncido, como si no su¬piera de qué se trataba. Los dientes aún le castañeteaban.

—¿Qué pasa? —preguntó Dunworthy—. Kivrin está bien, ¿verdad?

—Kivrin —dijo él, todavía mirando el vaso, y en¬tonces pareció recuperarse súbitamente. Soltó el va¬so—. Tiene que venir —dijo y empezó a dirigirse hacia 1a puerta.

—¿Qué ha pasado? —dijo Dunworthy, levantán¬dose. Las figuras del belén se volcaron, y una de las ovejas rodó por la mesa y cayó al suelo.

Badri abrió la puerta al son de Good Christian Men, Rejoice.

—Badri, espere, tenemos que hacer un brindis —di¬jo Gilchrist, que volvía a la mesa con una botella y un puñado de vasos.

Dunworthy cogió su chaqueta.

—¿Qué pasa? —dijo Mary, recogiendo su bolsa—. ¿No consiguió el ajuste?

Dunworthy no respondió. Cogió el abrigo y se marchó tras Badri. El técnico ya estaba en la calle, abriéndose paso entre los transeúntes como si ni si¬quiera estuviesen allí. Llovía intensamente, pero Badri también parecía ajeno a ese hecho. Dunworthy consi¬guió ponerse el abrigo, más o menos, y se zambulló en la multitud.

Algo había salido mal. Se había producido un des-lizamiento, después de todo, o el estudiante de primer curso había cometido un error en los cálculos. Tal vez algo había ido mal con la propia red. Pero tenía sus modos de seguridad y de interrupción. Si algo hubiera ido mal con la red, Kivrin no habría logrado pasar. Y Badri había dicho que tenía el ajuste.

Tenía que ser el deslizamiento. Era lo único que podía haber fallado con el lanzamiento en marcha.

Ante él, Badri cruzó la calle, esquivando por los pe¬los una bicicleta. Dunworthy se deslizó entre dos muje¬res que llevaban bolsas de compras aún más grandes que las de Mary, pasó por encima de un terrier blanco y su correa, y volvió a verlo dos puertas más allá.

—¡Badri! —llamó. El técnico hizo ademán de vol¬verse y chocó con una mujer de mediana edad con un gran paraguas floreado.

La mujer sostenía el paraguas ante ella, protegién¬dose de la lluvia, y obviamente tampoco había visto a Badri. El paraguas, que estaba cubierto de violetas, pa¬reció explotar hacia dentro, y luego cayó a la acera. Ba¬dri, todavía avanzando a ciegas, estuvo a punto de ate¬rrizar encima.

—¡Eh, mire por donde anda! —exclamó la mujer, furiosa, agarrada al filo de su paraguas—. Éste no es lu¬gar para ir corriendo, ¿no?

Badri la miró con la misma expresión aturdida que tenía en el pub.

—Lo siento.

Dunworthy vio que se inclinaba a recoger el para¬guas. Los dos parecieron luchar por encima de las vio¬letas por un instante antes de que Badri agarrara el mango y enderezara el paraguas. Lo tendió a la mujer, cuyo redondo rostro estaba colorado por la furia, la fría lluvia o ambas cosas.

—¿Lo siente? —espetó, alzando el mango por en¬cima de su cabeza como si fuera a golpearlo con él—. ¿Es todo lo que tiene que decir?

Él se llevó la mano a la frente, inseguro, y entonces, como había hecho en el pub, pareció recordar dónde se hallaba y volvió a ponerse en marcha, prácticamente a la carrera. Entró en la puerta de Brasenose, y Dunwor¬thy le siguió, cruzó el patio, entró por una puerta late¬ral al laboratorio, recorrió un pasillo y avanzó hasta la zona de la red. Badri estaba ya ante la consola, inclina¬do sobre ella, mirando la pantalla con el ceño fruncido.

Dunworthy tenía miedo de que estuviera llena de nieve, o aún peor, en blanco, pero Tiostraba las ordena¬das columnas de cifras y matices de un ajuste.

—¿Tienes el ajuste? —jadeó Dunworthy.

—Sí —contestó Badri. Se volvió y miró a Dunwor¬thy. Había dejado de fruncir el ceño, pero tenía una ex¬presión extraña y abstraída en el rostro, como si inten¬tara concentrarse con esfuerzo—. ¿Cuándo fue...? —dijo, y empezó a tiritar. Su voz se apagó, como si hubiera olvidado qué iba a decir.

La puerta de fino-cristal se ab-ió de golpe, y entra¬ron Gilchrist y Mary, seguidos de Latimer, que se de¬batía con su paraguas.

—¿Qué pasa? ¿Qué ha ocurrido? —les preguntó Mary.

—¿Cuándo fue qué, Badri! —demandó Dun¬worthy.

—¿Es esto? —intervino Gilchrist, inclinado sobre su hombro—. ¿Qué significan todos estos símbolos? Tendrá que traducirlos para los profanos.

—¿Cuándo fue qué? —repitió Dunworthy.

Badri se llevó la mano a la frente.

—Algo falla —declaró.

—¿Qué? —gritó Dunworthy—. ¿El deslizamien¬to? ¿Es el deslizamiento?

—¿Deslizamiento? —dijo Badri, temblando tanto que apenas pudo pronunciar la palabra.

—Badri —dijo Mary—. ¿Se encuentra bien?

Badri puso de nuevo la expresión extraña y abstraí¬da, como si estuviera considerando la respuesta.

—No —dijo, y se desplomó sobre la consola.

 

 

 

 

 

3

 

 

Oyó la campana mientras pasaba. Parecía débil y metálica, como la música ambiental que sonaba en la High en Navidad. Se suponía que la sala de control es¬taba insonorizada, pero cada vez que alguien abría la puerta de la antesala percibía el débil y espectral sonido de los villancicos.

La doctora Ahrens había llegado primero, y luego el señor Dunworthy, y las dos veces Kivrin estuvo convencida de que habían ido a decirle que no iba a ha¬cer el viaje, después de todo. La doctora Ahrens casi había cancelado el lanzamiento en el hospital, cuando la vacuna antiviral de Kivrin se le inflamó en una gigan¬tesca ampolla roja en la parte interior del brazo.

—No vas a ir a ninguna parte hasta que la hinchazón desaparezca—había dicho la doctora, y se negó a darle de alta. A Kivrin todavía le picaba el brazo, pero no estaba dispuesta a decírselo a la doctora Ahrens, porque ella bien podría decírselo al señor Dunworthy, quien estaba horrorizado desde que descubrió que iba a hacer el viaje.

Hace dos años le dije que quería ir, pensó Kivrin. Habían transcurrido dos años, y cuando el día anterior fue a mostrarle su disfraz, él todavía intentaba conven¬cerla de lo contrario.

—No me gusta la forma en que Medieval está diri¬giendo este lanzamiento —dijo—. Y aunque estuvieran tomando las precauciones adecuadas, una joven no tie¬ne nada que hacer sola en la Edad Media.

—Todo está previsto —le dijo ella—. Soy Isabel de Beauvrier, hija de Gilbert de Beauvrier, un noble que vivió en el East Riding de 1276 a 1332.

—¿Y qué está haciendo la hija de un noble en el ca¬mino de Oxford a Bath, sola?

—No lo estaba. Iba con mis sirvientes, camino de Evesham, para recoger a mi hermano, que está enfermo en el monasterio de allí, cuando fuimos asaltados por ladrones.

—Por ladronesasintió ella, impaciente—, y transmiso¬res de enfermedades, y caballeros bandidos, y otra gen¬tuza peligrosa. ¿Es que no había personas agradables en la Edad Media?

—Todos estaban muy ocupados quemando a las brujas en la hoguera.

Ella decidió que sería mejor cambiar de tema.

—He venido a mostrarle mi disfraz —dijo, vol¬viéndose despacio para que él observara su saya azul y la capa forrada de piel blanca—. Durante el lanzamien¬to llevaré el cabello suelto.

—No tienes nada que hacer vestida de blanco en la Edad Media —dijo él—. Sólo te ensuciarás.

Él no se mostró más optimista esta mañana. Pa¬seaba por la estrecha zona de observación como un padre expectante. Ella estuvo preocupada toda la ma¬ñana, temiendo que de repente interrumpiera todo el proceso.

Había habido retrasos y más retrasos. El señor Gilchrist tuvo que repetirle una y otra vez cómo fun¬cionaba el grabador, como si fuera una estudiante de primer curso. Nadie tenía fe en ella, excepto tal vez Ba-dri, e incluso él fue enloquecedoramente cuidadoso, midiendo y volviendo a medir la zona de la red y bo¬rrando en una ocasión toda una serie de coordenadas que tuvo que volver a introducir.

Kivrin pensaba que nunca llegaría el momento de colocarse en posición, y después de haberlo hecho, fue aún peor, tendida allí con los ojos cerrados, preguntán¬dose qué sucedía. Latimer le dijo a Gilchrist que le pre¬ocupaba la forma ortográfica del nombre que habían escogido, como si la gente de aquella época supiera leer, ¡cómo iba a importarles la ortografía! Montoya se acercó y le dijo la forma de identificar Skendgate por sus frescos del Juicio Final en la iglesia, algo que había dicho a Kivrin al menos una docena de veces antes.

Alguien, le parecía que Badri porque era el único que no le daba instrucciones, se inclinó y le movió un poco el brazo hacia el cuerpo, y le tiró de la falda. El suelo estaba duro, y algo se le clavaba en el costado, justo por debajo de las costillas. El señor Gilchrist dijo algo, y la campana empezó a sonar de nuevo.

Por favor, por favor, pensó Kivrin, al tiempo que se preguntaba si la doctora Ahrens había decidido de pronto que necesitaba otra vacuna o si Dunworthy se había marchado corriendo a la Facultad de Historia y conseguido cambiar el baremo de nuevo a diez.

Fuera quien fuese debía de tener la puerta abierta, pues aún oía la campana, aunque no lograba identificar la canción. No se trataba de una canción. Era un lento y firme tañido que se detenía y continuaba, y Kivrin pensó, lo he conseguido.

Yacía sobre el costado izquierdo, con las piernas torpemente extendidas como si hubiera sido derribada por los hombres que la habían asaltado, el brazo cu¬briéndole a medias la cara para protegerse del golpe que le había manchado el rostro de sangre. La posición del brazo debería permitirle abrir los ojos sin ser vista, pero no los abrió todavía. Permaneció inmóvil, inten¬tando escuchar.

A excepción de la campana, no había ningún otro sonido. Si se encontraba tendida en una carretera del siglo XIV, tendría que haber pájaros y ardillas, al menos. Probablemente su súbita aparición o el halo de la red, que dejaba en el aire durante varios minutos partículas parecidas a escarcha, los había hecho enmudecer.

Tras un largo minuto, un pájaro trinó, y luego otro. Algo se movió cerca, se detuvo y volvió a mover¬se. Una ardilla del siglo XIV o un ratón de campo. Hubo un movimiento más leve, probablemente el viento en las ramas de los árboles, aunque no notaba ninguna brisa en el rostro, y en lo alto, desde muy lejos, el dis¬tante sonido de la campana.

Se preguntó por qué doblaba. Podía estar llamando a vísperas. O a maitines. Badri le había advertido que no sabía cuánto deslizamiento habría. Había querido retrasar el lanzamiento mientras hacía una serie de comprobaciones, pero el señor Gilchrist aseguró que Probabilidad había predicho un deslizamiento medio de seis coma cuatro horas.

Kivrin no sabía a qué hora había llegado. Eran las once menos cuarto cuando salió de la sala de prepara¬ción (había visto a la señora Montoya mirar su digital y le preguntó qué hora era), pero no tenía ni idea de cuánto tiempo había pasado después. Le habían pareci¬do horas.

El lanzamiento estaba previsto para mediodía. Si había saltado según lo previsto y Probabilidad tenía ra¬zón en lo del deslizamiento, debían de ser las seis de la tarde, lo cual era demasiado tarde para vísperas. Y por cierto, ¿por qué seguía doblando la campana?

Podía estar llamando a misa, o a un funeral o una boda. Las campanas repicaban casi constantemente en la Edad Media, para avisar de invasiones o incendios, para ayudar a un niño perdido a encontrar el camino de vuelta a la aldea, incluso para detener tormentas. Podía estar sonando por cualquier motivo.

Si el señor Dunworthy se encontrara aquí, estaría convencido de que se trataba de un funeral. «La espe¬ranza de vida en el siglo XIV era de treinta y ocho años —le había dicho—, y sólo llegabas a esta edad si sobre¬vivías al cólera, la viruela y la gangrena; y si no comías carne podrida o bebías agua contaminada o te atropellaba un caballo. O te quemaban en la hoguera por bruja.»

O si te mueres congelada, pensó Kivrin. Empezaba a sentirse aterida, aunque sólo llevaba allí tendida un ratito. Fuera lo que fuese lo que la pinchaba en el costado, le había atravesado las costillas y le hería el pulmón. El señor Gilchrist le había indicado que permaneciera ten¬dida durante varios minutos y luego se levantara tamba¬leándose, como si recuperara el sentido. A Kivrin le pa¬reció que varios minutos no era suficiente, teniendo en cuenta la valoración que Probabilidad había hecho del número de personas en la carretera. Seguro que pasarían bastantes minutos antes de que un viajero pasara por allí, y ella no estaba dispuesta a renunciar a la ventaja que le proporcionaría el hecho de parecer inconsciente.

Y era una ventaja, a pesar de la idea del señor Dunworthy de que media Inglaterra se abalanzaría so¬bre una mujer inconsciente para violarla mientras la otra media esperaba cerca con la pira donde pretendían quemarla. Si estaba consciente, sus rescatadores le for¬mularían preguntas. Si no lo estaba, discutirían acerca de ella y de otras cosas. Hablarían sobre dónde llevarla y especularían acerca de quién podría ser y de dónde po¬dría venir, especulaciones que le proporcionarían mu¬cha más información que un simple «¿Quién eres?».

Pero ahora sentía una abrumadora urgencia por hacer lo que el señor Gilchrist había sugerido: levan¬tarse y echar un vistazo alrededor. El suelo estaba frío, le dolía el costado, y la cabeza empezaba a latirle al compás de la campana. La doctora Ahrens le había ad¬vertido que eso sucedería. Viajar hasta tan lejos en el pasado le daría síntomas de desplazamiento temporal: dolor de cabeza, insomnio y una alteración general de los ritmos circadianos. Estaba helada. ¿Era también un síntoma del desplazamiento temporal, o estaba el suelo tan frío que penetraba rápidamente su capa forrada de piel? ¿O era el deslizamiento peor de lo que el técni¬co pensaba y se encontraba realmente en mitad de la noche?

Se preguntó si estaría tendida en la carretera. En ese caso, no debería quedarse allí. Un caballo rápido o la carreta que había hecho los surcos podrían atrope¬llada en la oscuridad.

Las campanas no suenan en mitad de la noche, se dijo, y a través de los párpados cerrados se filtraba de¬masiada luz para que estuviera oscuro. Pero si la cam¬pana que oía estaba tocando a vísperas, eso significaba que anochecía, y sería mejor que se levantara y echara un vistazo antes de que oscureciera.

Volvió a prestar atención, a los pájaros, al viento en las ramas, a un firme ruido de roce. La campana se de¬tuvo, y el eco quedó resonando en el aire. Hubo un pe¬queño sonido, como un suspiro o el roce de un pie so¬bre el suelo, muy cerca.

Kivrin se tensó, esperando que el movimiento invo¬luntario no se notara a través de la capa, y aguardó, pero no hubo pasos, ni voces. Ni pájaros. Había alguien, o algo, sobre ella. Estaba segura. Percibía su respiración, sentía su aliento encima. Permaneció allí durante largo rato, inmóvil. Después de lo que le pareció una eterni¬dad, Kivrin advirtió que estaba conteniendo la respira¬ción y soltó el aire lentamente. Escuchó, pero no oyó nada por encima del golpeteo de su propio pulso. Inspi¬ró hondo, suspirando, y gimió.

Nada. Fuera lo que fuese no se movió, no hizo nin¬gún ruido, y el señor Dunworthy tenía razón: fingir estar inconsciente no era forma de llegar a un siglo donde los lobos todavía merodeaban por los bosques. Y los osos. Los pájaros volvieron a cantar repentina¬mente, lo cual significaba que no se trataba de un lobo, o que el lobo se había marchado. Kivrin volvió a pres¬tar atención, y abrió los ojos.

Sólo vio su propia manga pegada contra la nariz, pero el mero hecho de abrir los ojos hizo que la cabeza le doliera aún más. Los cerró, gimió, se agitó, movien¬do el brazo lo suficiente para que cuando volviera a abrirlos pudiera ver algo. Gimió de nuevo y parpadeó.

No había nadie de pie junto a ella, y no era de no¬che. El cielo que aparecía más allá de las enmarañadas ramas de los árboles era de un pálido azul grisáceo. Ki¬vrin se sentó y miró alrededor.

Casi lo primero que el señor Dunworthy le había dicho la primera vez que ella le confesó su deseo de ir a la Edad Media fue: «Eran sucios y estaban llenos de en¬fermedades, el estercolero de la historia, y cuanto antes te desprendas de cualquier noción de cuento de hadas al respecto, mejor.»

Tenía razón. Por supuesto que tenía razón. Pero aquí estaba ella, en un bosque digno de hadas. Ella y la carreta y el resto de lo que había hecho el viaje en un pequeño espacio abierto demasiado diminuto y oscuro para ser llamado claro. Gruesos y altos árboles se alza¬ban alrededor.

Kivrin se encontraba bajo un roble. Vio unas cuan¬tas hojas dispersas en las ramas peladas. El roble estaba lleno de nidos, aunque los pájaros habían vuelto a callar, acobardados por su movimiento. Los matorrales eran espesos, una alfombra de hojas muertas y hierbas secas que debería haber sido blanda pero no lo era. Lo que había estado molestando a Kivrin era la punta de una bellota. Setas blancas salpicadas de rojo se arraci¬maban cerca de las retorcidas raíces del roble. Como todo lo demás en el pequeño claro (los troncos de los árboles, la carreta, la hiedra) brillaban con el helado rocío.

Era obvio que allí no había nadie, que no lo había habido nunca; que aquello no era la carretera de Oxford a Bath y que ningún viajero iba a aparecer en una coma seis horas. Ni nunca. Los mapas medievales que habían utilizado para determinar el lugar del lan¬zamiento por lo visto eran tan inexactos como había predicho el señor Dunworthy. La carretera se encon¬traba más al norte de lo que indicaban los mapas, y ella estaba al sur, en el bosque de Wychwood.

—Asegure inmediatamente su emplazamiento tem¬poral y espacial exacto —le había dicho el señor Gilchrist.

Cómo iba a hacerlo, ¿preguntándoselo a los pája¬ros? Estaban demasiado arriba para poder determinar a qué especie pertenecían, y las extinciones en masa no habían comenzado hasta la década de 1970. A menos que fueran palomas peregrinas o dodos, su presencia no indicaría ningún tiempo o lugar concreto de todas formas.

Empezó a sentarse en el suelo, y los pájaros estalla¬ron en un salvaje aleteo. Permaneció inmóvil hasta que el ruido remitió y entonces se puso de rodillas. El ale¬teo comenzó de nuevo. Unió las manos, presionando la carne de sus palmas y cerrando los ojos para que el posible viajero que la viera al pasar pensara que estaba rezando.

—Estoy aquí —dijo, y entonces se detuvo. Si in¬formaba que había aterrizado en mitad de un bosque,

en vez de en la carretera de Oxford a Bath, sólo confir¬maría los temores del señor Dunworthy: que Gilchrist no sabía lo que hacía y que ella no podía cuidar de sí misma, y entonces recordó que no importaría nada, pues él nunca oiría su informe hasta que hubiera regre¬sado sana y salva.

Si regresaba, cosa que no haría si todavía se encon¬traba en este bosque cuando cayera la noche. Se levan¬tó y miró alrededor. Eran las últimas horas de la tarde o las primeras de la mañana, no podía asegurarlo den¬tro del bosque, y tal vez no pudiera determinarlo por la posición del sol cuando viera el cielo. Dunworthy le había dicho que algunos historiadores pasaban toda su estancia en el pasado sin saber dónde se hallaban. Le había hecho aprender a ver usando sombras, pero tenía que saber qué hora era para hacerlo, y no había tiempo que perder preguntándose qué dirección era cada cual. Tenía que salir de aquel sitio. El bosque estaba casi en¬teramente cubierto por las sombras.

No había ni rastro de una carretera, ni de una sen¬da siquiera. Kivrin rodeó la carreta y las cajas, buscan¬do una abertura entre los árboles. Los matorrales pare¬cían más escasos en lo que parecía ser el oeste, pero cuando se encaminó en esa dirección, mirando hacia atrás cada pocos pasos para asegurarse de que todavía podía ver el ajado azul del toldo de la carreta, se trataba sólo de un puñado de abedules cuyos blancos troncos daban impresión de espacio. Volvió a la carreta y se puso en marcha de nuevo en dirección contraria, aun¬que el bosque parecía más oscuro por ese lado.

La carretera se encontraba tan sólo a un centenar de metros de distancia. Kivrin pasó por encima de un tron¬co caído, atravesó un bosquecillo de sauces llorones, y llegó a la carretera. Así la había llamado Probabilidad, aunque no parecía una carretera. Ni siquiera parecía un camino, sino una trocha. Un sendero de vacas. Así que éstas eran las maravillosas carreteras de la Inglaterra del siglo XIV, las carreteras que estaban abriendo comercios y ensanchando horizontes.

Apenas era lo bastante ancha para un carromato, aunque estaba claro que los carros la usaban, o al me¬nos un carro. Estaba llena de baches y cubierta de ho¬jas. Había algunos charcos de lodo negro, y a lo largo del borde de la carretera se había formado hielo en los charcos.

Kivrin se encontraba en el fondo de una depresión. La carretera se extendía empinada en ambas direcciones y, en lo que parecía ser el norte, los árboles se detenían a mitad de la colina. Kivrin se volvió y miró atrás. Desde allí distinguió la carreta, una leve mancha azul, pero na¬die la descubriría. La carretera se hundía en los bosques a cada lado, y se estrechaba, convirtiéndola en un punto perfecto para el acecho de ladrones y asesinos.

Era el lugar adecuado para dar credibilidad a su historia, pero nunca la verían al pasar por la estrecha carretera, y si llegaban a ver la pequeña mancha azul, pensarían que era alguien que esperaba para asaltarlos y espolearían a sus caballos para huir.

A Kivrin se le ocurrió de repente que, acechando entre los matorrales, parecía más un asesino que una doncella inocente que acababa de ser golpeada en la ca¬beza.

Salió a la carretera y se llevó la mano a la sien.

—¡Socorredme, pues me hallo en gran necesidad! —exclamó.

Se suponía que el intérprete traduciría automáti¬camente lo que dijera en inglés medio, pero el señor Dunworthy había insistido en que memorizara sus pri¬meras palabras. Latimer y ella habían trabajado en la pronunciación toda la tarde del día anterior.

—¡Socorredme, pues he sido robada por unos ale¬vosos villanos!

Pensó en tenderse en el camino, pero ahora que es¬taba al descubierto comprendió que era aún más tarde de lo que pensaba, casi la puesta de sol, y si quería ver qué había más allá de la colina, era mejor que no se re¬trasara. Pero primero tenía que marcar su punto de en¬cuentro con algún tipo de señal.

No había nada distintivo en los sauces que flan¬queaban la carretera. Buscó una piedra para colocarla en un lugar desde donde pudiera ver la carreta, pero no encontró ninguna entre los matorrales situados al bor¬de del camino. Finalmente, volvió a abrirse paso entre la maleza, enganchándose el cabello y la capa en las ra¬mas de los sauces, cogió el pequeño cofre que era copia del que había en el Ashmolean, y volvió con él al borde de la carretera.

No era perfecto (era lo bastante pequeño para que alguien que pasara se lo llevara), pero sólo iba a llegar a la cima de la colina. Si decidía dirigirse a la aldea más cercana, volvería y haría una señal más permanente. Y pronto no pasaría nadie. Los empinados lados de los surcos estaban congelados, las hojas no habían sido to¬cadas, y la capa de hielo de los charcos estaba intacta. No había pasado nadie por la carretera en todo el día, tal vez en toda la semana.

Disimuló el cofre con hierbas y empezó a subir la colina. La carretera, a excepción del congelado barrizal del fondo, era más lisa de lo que Kivrin esperaba, y pla¬na, lo cual significaba que los caballos la usaban bas¬tante a pesar de su aspecto desierto.

Fue una escalada fácil, pero Kivrin se sintió agota¬da antes de haber dado unos pocos pasos, y la sien em¬pezó a latirle de nuevo. Esperaba que sus síntomas de desplazamiento temporal no empeoraran: comprobó que estaba muy lejos de ninguna parte. O tal vez se tra¬taba sólo de una ilusión. Todavía no había «asegurado su emplazamiento temporal exacto», y el camino, el bosque, no contenían nada que indicara con seguridad que se trataba de 1320.

Los únicos signos de civilización eran aquellos surcos, que significaban que podía estar en cualquier época después de la invención de la rueda y antes de las carre¬teras asfaltadas, y tal vez ni siquiera eso. Había caminos exactamente igual que éste apenas a diez kilómetros de Oxford, amorosamente conservados por el Fondo Na¬cional para los turistas americanos y japoneses.

Tal vez no hubiera viajado a ningún sitio, y al otro lado de la colina encontraría la M-l o la excavación de la señora Montoya, o una instalación de Iniciativa de Defensa Estratégica. Odiaría certificar mi emplaza¬miento temporal siendo atropellada por una bicicleta o un automóvil, pensó, y se colocó torpemente junto a la carretera. Pero si no he ido a ninguna parte, ¿por qué tengo este horrible dolor de cabeza y siento que no puedo dar ni un paso más?

Llegó a la cima de la colina y se detuvo, sin aliento. No había necesidad de apartarse del camino. Ningún coche lo había recorrido todavía. Ni ningún caballo o carreta tampoco. Y se encontraba, como había pensa¬do, muy lejos de cualquier lugar. Allí no había árboles, y veía a kilómetros de distancia. El bosque donde se encontraba la carreta estaba a mitad de la colina y se extendía al sur y al oeste. Si Kivrin hubiera aparecido más al interior del bosque, se habría perdido.

También había árboles al este, siguiendo un río del que vislumbraba ocasionales destellos azules y platea¬dos (¿el Támesis?, ¿el Cherwell?), y un bosquecillo de árboles salpicando todo el paisaje intermedio, más ár¬boles de los que había creído que pudieran existir en Inglaterra. El Libro del Día del Juicio Final de 1086 in¬formaba que sólo el quince por ciento de la tierra era bosque, y Probabilidad había calculado que las tierras despejadas para crear prados y asentamientos lo ha¬brían reducido al doce por ciento en el siglo XIV. Ellos, o los hombres que habían escrito el Libro del Día del Juicio Final, habían subestimado las cifras. Había árbo¬les por todas partes.

Kivrin no vio ninguna aldea. Los bosques estaban pelados, las ramas grises y negras a la luz del ocaso, y debería poder ver las iglesias y mansiones a través de ellos, pero no avistó nada que pareciera una población.

Pero tenía que haber asentamientos, porque había prados, y estrechas franjas valladas que eran claramen¬te medievales. Unas ovejas pastaban en uno de los pra¬dos, y eso también era medieval, pero no pudo ver a nadie cuidándolas. Al este, a lo lejos, había una mancha cuadrada gris que tenía que ser Oxford. Entornando los ojos, Kivrin casi distinguió las paredes y la forma achaparrada de la torre de Carfax, aunque no veía nin¬gún indicio de las torres de St. Frideswide's o de Os-ney con la escasa luz.

Decididamente, estaba oscureciendo. El cielo era de un pálido azul violeta con una pincelada de rosa cer¬ca del horizonte occidental, y no se sorprendió porque mientras contemplaba seguía oscureciendo.

Kivrin se persignó y cruzó las manos en una ora¬ción, acercando los dedos a su rostro.

—Bien, señor Dunworthy, aquí estoy. Al parecer me encuentro en el lugar adecuado, más o menos. No estoy justo en la carretera de Oxford a Bath, sino a unos quinientos metros al sur, en un camino lateral. Diviso Oxford. Queda a unos quince kilómetros de distancia.

Dio su estimación de la estación y la hora del día que era, y describió lo que le parecía ver, y luego se de¬tuvo y se cubrió el rostro con las manos. Debería decir al Libro del Día del Juicio Final lo que pretendía hacer, pero estaba desorientada. Tendría que haber una doce¬na de aldeas en la llanura al oeste de Oxford, pero no veía ninguna, aunque los terrenos cultivados que les pertenecían estaban allí, y también la carretera.

No había nadie en el camino, que se curvaba al otro lado de la colina y desaparecía inmediatamente en un denso bosquecillo, pero un kilómetro más allá estaba la carretera donde debería haberla dejado el lanza¬miento, ancha y lisa y verde claro, a la que este camino conducía claramente. Por lo que alcanzaba a ver, no había nadie en la carretera tampoco.

A la izquierda, a mitad de camino de Oxford, atis¬bo un movimiento distante, pero sólo se trataba de una fila de vacas que volvía a casa ante un puñado de árbo¬les que debían de ocultar una aldea. No era la aldea que la señora Montoya quería que buscara: Skendgate se encontraba al sur de la carretera.

A menos que estuviera en un lugar completamente equivocado, lo cual no era el caso. Oxford se encontra¬ba definitivamente al este, y el Támesis se curvaba al sur, dirigiéndose a lo que tenía que ser Londres, pero nada de eso le indicaba dónde quedaba la aldea. Podía estar entre este lugar y la carretera, alejada de la vista, o al otro lado, o en otro camino o sendero lateral. No ha¬bía tiempo de comprobarlo.

Oscurecía rápidamente. Al cabo de media hora ha¬bría luces con que guiarse, pero no podía esperar tanto. El color sonrosado ya se había convertido en un violeta oscuro al oeste, y el azul era casi púrpura. Empezaba a hacer frío. Se había levantado viento. Los pliegues de la capa se agitaban a su espalda, y se arrebujó en ella. No quería pasar una noche de diciembre en un bosque con un horrible dolor de cabeza y una carnada de lobos, pero tampoco quería pasarla en una carretera de frío aspecto, esperando a que apareciera alguien.

Podría encaminarse hacia Oxford, pero no había forma de llegar allí antes de que anocheciera. Si encon¬trara una aldea, cualquier aldea, podría pasar allí la no¬che y buscaría más tarde el poblado de la señora Mon¬toya. Miró de nuevo hacia la carretera por la que había subido, intentando captar un destello de luz o de humo de una chimenea, pero no había nada. Empezaron a castañetearle los dientes.

Entonces las campanas empezaron a repicar. La campana de Carfax primero, sonando igual que siempre  aunque debía de haber sido refundida al menos tres ve¬ces desde 1300, y luego, antes de que el primer golpe se apagara, las demás, como si hubieran estado esperando una señal de Oxford. Estaban llamando a vísperas, por supuesto, llamando a la gente de los campos, advirtién¬doles que dejaran de trabajar y fueran a rezar. Y dicién-doles dónde estaban las aldeas. Las campanas sonaban casi al unísono, aunque percibía cada una por separado, algunas tan lejanas que sólo un eco final y más profundo la alcanzaba. Allí, tras la fila de árboles, y allí, y allí. La aldea a la que se dirigían las vacas estaba allí, tras un pro-montorio bajo. Las vacas empezaron a caminar más rá¬pido con el sonido de la campana.

Había dos aldeas prácticamente ante sus narices, una al otro lado de la carretera, la otra varios prados más allá, junto al arroyo flanqueado por los árboles. Skendgate, la aldea de la señora Montoya, se encontra¬ba donde creía, por donde había venido, tras los surcos helados, tras la colina baja, a_unos tres kilómetros.

Kivrin unió las manos.

—Acabo de descubrir dónde está la aldea —dijo, preguntándose si los tañidos de la campana llegarían al Libro del Día del Juicio Final—. Está en este camino lateral. Voy a recoger la carreta y la arrastraré hasta el camino, y luego iré tambaleándome a la aldea antes de que oscurezca y me desplomaré ante la puerta de al¬guien.

Una de las campanas sonaba muy lejos al suroeste, tan débil que apenas la oía. Se preguntó si era la que ha¬bía escuchado antes, y por qué sonaba. Tal vez Dunworthy tuviera razón y se trataba de un funeral.

—Estoy bien, señor Dunworthy —dijo a sus ma¬nos—. No se preocupe por mí. Llevo aquí más de una hora y no me ha pasado nada malo.

Las campanas se apagaron lentamente, guiadas una vez más por la de Oxford, aunque curiosamente su sonido gravitó en el aire más tiempo que las demás. El cielo se volvió azul-violeta, y una estrella apareció en el suroeste. Las manos de Kivrin estaban todavía unidas en una plegaria. —Es hermoso.

 

 

TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL JUICIO FINAL

(000249-000614)

Bien, señor Dunworthy, aquí estoy. Al parecer me encuentro en el lugar adecuado, más o menos. No estoy justo en la carretera de Oxford a Bath, sino a unos quinientos metros al sur, en un camino lateral. Diviso Oxford. Queda a unos quince kilómetros de distancia.

No sé exactamente cuándo he aparecido, pero si era mediodía según lo previsto, ha habido unas cuatro horas de deslizamiento. Es la época del año adecuada. Los árboles están pelados, pero las hojas que cubren el suelo están más o menos intactas, y sólo un tercio de los prados han sido arados. No podré decir mi locali-zación temporal exacta hasta que llegue a la aldea y le pregunte a alguien qué día es. Probablemente usted sabe más que yo acerca de dónde y cuándo estoy, o al menos lo sabrá después de hacer el ajuste.

Pero sé que estoy en el siglo adecuado. Desde la pequeña colina donde me encuentro veo prados. Hay las clásicas franjas medievales, con los finales redon¬deados donde giran los bueyes. Los pastos están limi¬tados por setos, y una tercera parte son típicos setos sajones, mientras el resto son espinos normandos.

Probabilidad puso la ratio de 1300 entre el veinticinco y el setenta y cinco por ciento, pero basándose en Suffolk, que está más al este.

Al sur y al oeste se extiende un bosque (¿Wychwo-od?), todo helado, por lo que puedo ver. Al este veo el Támesis. Casi diviso Londres, aunque sé que es impo¬sible. En 1320 tendría que estar a más de cincuenta mi¬llas, en vez de sólo a veinte. Sigo pensando que desde aquí lo veo. Distingo claramente las murallas de la ciu¬dad de Oxford, y la torre de Carfax.

Es hermoso. No me parece que esté a setecientos años de usted. Oxford queda ahí mismo, a mi alcance, y no puedo quitarme de la cabeza la idea de que si baja¬ra de esta colina y me dirigiera a la ciudad, los encon¬traría a todos ustedes, todavía en el laboratorio de Bra-senose esperando el ajuste; Badri con el ceño fruncido ante las pantallas y la señora Montoya ansiosa por vol¬ver a su excavación, y a usted, señor Dunworthy, clo-queando como una vieja gallina clueca. No me siento separada de ustedes, ni tampoco muy lejana.

 

 

 

 

4

 

 

La mano de Badri se retiró de su frente mientras se derrumbaba, y su codo golpeó la consola e interrum¬pió su caída durante un segundo, y Dunworthy miró ansiosamente a la pantalla, temiendo que hubiera gol-peado alguna tecla e interferido los datos. Badri se des¬plomó en el suelo.

Latimer y Gilchrist no intentaron sujetarlo tampo¬co. Latimer ni siquiera pareció advertir que hubiera su¬cedido nada. Mary se abalanzó hacia Badri de inmedia¬to, pero estaba detrás de los demás y sólo consiguió cogerlo por la manga. Se arrodilló al instante junto a él, lo puso de espaldas y se colocó un auricular en el oído.

Rebuscó en su bolsa, sacó un blíper, y pulsó el bo¬tón de llamada durante cinco segundos.

—¿Badri? —dijo en voz alta, y sólo entonces Dun¬worthy advirtió lo silenciosa que se había quedado la sala. Gilchrist se encontraba de pie en su sitio. Parecía furioso. Le aseguro que hemos considerado todas las contingencias posibles. Evidentemente, no había consi¬derado ésta.

Mary dejó de pulsar el botón del blíper y sacudió suavemente los hombros de Badri. No hubo respuesta. Le echó la cabeza atrás y se inclinó sobre su rostro, la oreja prácticamente en su boca abierta y la cabeza vuel¬ta para poder ver su pecho. Badri no había dejado de respirar. Dunworthy comprobó que su pecho subía y bajaba, y Mary también. Ella alzó la cabeza inmediata¬mente, pulsando el blíper, y colocó dos dedos contra el cuello del hombre, los mantuvo allí durante lo que pa¬reció una eternidad, y entonces se llevó el blíper a la boca.

—Estamos en Brasenose. En el laboratorio de His¬toria—dijo al aparato—. Cinco-dos. Colapso. Síncope. No hay evidencia de ataque. —Retiró la mano del botón de llamada y levantó el párpado de Badri.

—¿Síncope? —preguntó Gilchrist—. ¿Qué es eso? ¿Qué ha sucedido?

Ella lo miró, irritada.

—Se ha desmayado —dijo—. Dame mi maletín —pidió a Dunworthy—. En la bolsa de las compras.

Ella había derribado la bolsa mientras sacaba el blí¬per. Yacía de lado. Dunworthy rebuscó entre las cajas y paquetes, encontró una dura caja de plástico que pa¬recía del tamaño adecuado, y la abrió. Estaba llena de petardos sorpresa de Navidad rojos y verdes. Volvió a guardarlos en la bolsa.

—Vamos —urgió Mary, desabrochando la camisa de Badri—. No tengo todo el día.

—Es que no lo encuentro... —empezó a decir Dun¬worthy.

Ella le arrebató la bolsa y la volcó. Los petardos sorpresa rodaron por todas partes. La caja de la bufan¬da se abrió, y la prenda cayó al suelo. Mary cogió su bolso, lo abrió, y sacó un gran maletín plano. Lo abrió y sacó un taquiobrazalete. Lo abrochó alrededor de la muñeca de Badri y se volvió a mirar las lecturas de ten¬sión sanguínea en el monitor del maletín.

La forma de la señal no dijo nada a Dunworthy, y por la reacción de Mary no supo lo que pensaba que significaba. Badri no había dejado de respirar, su corazón no había dejado de latir, y no estaba sangrando, por lo que Dunworthy podía ver. Tal vez sólo se había desmayado. Pero la gente no se caía sin más, excepto en los libros y los vids. Debía de estar herido o enfermo. Cuando llegó al pub parecía casi en estado de conmo¬ción. ¿Le habría atropellado una bicicleta como la que había estado a punto de arrollar a Dunworthy, y no haberse dado cuenta al principio de que estaba herido? Eso explicaría su desconcierto, su peculiar agitación.

Pero no el hecho de que hubiera salido sin abrigo, que hubiera dicho: «Necesito que venga», que hubiera dicho: «Algo falla.»

Dunworthy se volvió y miró la pantalla de la con¬sola. Todavía mostraba las matrices que tenía cuando el técnico se desplomó. No sabía interpretarlas, pero pa¬recía un ajuste normal, y Badri había dicho que Kivrin había pasado bien. Algo falla.

Con la palma de las manos, Mary palpaba los bra¬zos de Badri, los lados de su pecho, las piernas. Los párpados de Badri se agitaron, y entonces volvió a ce¬rrar los ojos.

—¿Saben si Badri tenía algún problema de salud?

—Es técnico del señor Dunworthy —acusó Gilchrist—. De Balliol. Nos lo prestó —añadió, haciendo que pareciera como si Dunworthy fuese de algún modo responsable de lo sucedido, como si hubiera pre¬parado el colapso del técnico para sabotear el proyecto.

—No sé nada de problemas de salud —dijo Dun¬worthy—. Debió de pasar pruebas completas al princi¬pio del trimestre.

Mary no pareció satisfecha. Se puso el estetoscopio y escuchó el corazón del técnico durante un largo mi¬nuto, volvió a comprobar las lecturas de la tensión san¬guínea, le tomó el pulso de nuevo.

—¿Y no sabes nada de un historial de epilepsia? ¿Diabetes?

—No —dijo Dunworthy.

—¿Ha tomado alguna vez drogas o endorfinas ile¬gales? —No esperó a que él le respondiera. Pulsó de nuevo el botón del blíper—. Aquí Ahrens. Pulso cien¬to diez. Tensión sanguínea sesenta, cien. Estoy ha¬ciendo un análisis. —Rasgó una gasa, clavó una aguja en el brazo donde no estaba el brazalete, abrió otro pa¬quete.

Drogas o endorfinas ilegales. Eso explicaría su agi¬tación, su habla inconexa. Pero si las tomaba, habrían aparecido en la prueba de principios de trimestre y no habría podido elaborar los complicados cálculos de la red. Algo falla.

Mary volvió a pinchar el brazo y deslizó una cánu¬la bajo la piel. Badri abrió los ojos.

—Badri, ¿me oyes? —preguntó Mary. Buscó en el bolsillo de su abrigo y sacó una brillante cápsula roja—. Tengo que darle un temp —dijo, y se la acercó a los la¬bios, pero él no mostró ninguna señal de haber oído.

Ella volvió a guardarse la cápsula y empezó a re¬buscar en el maletín.

—Avísame cuando las lecturas aparezcan en esa cánula —le dijo a Dunworthy, lo sacó todo del maletín y luego volvió a guardarlo. Soltó el botiquín y buscó en su bolso—. Creía que tenía un termómetro de piel.

—Las lecturas ya están —informó Dunworthy.

Mary alzó el blíper y empezó a leer los números.

Badri abrió los ojos.

—Tienen que... —dijo, y volvió a cerrarlos—. Tan¬to frío —murmuró.

Dunworthy se quitó el abrigo, pero estaba dema¬siado húmedo para ponérselo encima. Miró alrededor, buscando algo con lo que poder cubrirlo. Si esto hu¬biera sucedido antes de la marcha de Kivrin, podría ha-ber usado aquella especie de capa que ella llevaba. La chaqueta de Badri estaba bajo la consola. Dunworthy se la tendió encima.

—Frío —murmuró Badri, y empezó a tiritar.

Mary, todavía recitando lecturas en el blíper, lo miró bruscamente.

—¿Qué ha dicho?

Badri murmuró algo más y entonces dijo clara¬mente:

—Me duele la cabeza.

—Dolor de cabeza —dijo Mary—. ¿Siente náu¬seas?

Él movió un poco la cabeza para indicar que no.

—¿Cuándo fue... ? —empezó, y la cogió por el brazo.

Ella le cogió el brazo a su vez, frunció el ceño, y le colocó la otra mano en la frente.

—Tiene fiebre —observó.

—Algo falla —murmuró Badri, y cerró los ojos. Le soltó el brazo y su mano cayó al suelo.

Mary la recogió, miró las lecturas y le palpó la frente una vez más.

—¿Dónde está ese maldito termómetro? —excla¬mó, y empezó a buscar de nuevo en el maletín.

El blíper trinó.

—Ya están aquí —suspiró ella—. Que alguien vaya y les muestre el camino. —Dio una palmadita en el pe¬cho de Badri—. Quédese quieto.

Dos auxiliares del hospital, hombre y mujer, esta¬ban ya en la puerta cuando Dunworthy la abrió. Entra¬ron cargando maletines del tamaño de baúles.

—Transporte inmediato —dijo Mary antes de que pudieran abrir los baúles. Se incorporó—. Trae la ca¬milla —indicó a la doctora—. Y dame un termómetro y una sonda.

—Creía que el personal de Siglo Veinte habría sido investigado en busca de dorfinas y drogas —dijo Gilchrist.

Uno de los enfermeros pasó junto a él con una bomba de aire.

—Medieval nunca permitiría... —Se apartó para dejar paso a la mujer, que traía la camilla.

—¿Es una sobredosis? —preguntó el enfermero, mirando fijamente a Gilchrist.

—No —contestó Mary—. ¿Has traído el termó¬metro de piel?

—No tenemos —dijo él, insertando el tubo en la ranura—. Sólo un termistor y temps. Tendremos que esperar hasta que lo ingresemos. —Sostuvo la bolsa de plástico por encima de su cabeza durante un momento, hasta que el alimentador de grav puso el motor en mar¬cha, y luego pegó la bolsa en el pecho de Badri.

La doctora le quitó la chaqueta a Badri y lo cubrió con una gran manta gris.

—Frío —musitó Badri—. Tiene que...

—¿Qué tengo que hacer? —preguntó Dunworthy.

—El ajuste...

—Una, dos y tres —contaron los enfermeros al unísono, y lo colocaron sobre la camilla.

—James, señor Gilchrist, tendrán que venir al hos¬pital conmigo para rellenar los impresos de admisión —dijo Mary—. Y necesitaré su historial médico. Uno de ustedes puede venir en la ambulancia; que el otro nos siga.

Dunworthy no esperó a discutir con Gilchrist cuál de los dos viajaría en la ambulancia. Subió detrás de Badri, que respiraba con dificultad, como si el hecho de haber sido transportado a la camilla hubiera sido un es¬fuerzo demasiado grande.

—Badri —urgió—, dijiste que algo fallaba. ¿Te re¬ferías al ajuste?

—Conseguí el ajuste —dijo Badri, con el ceño frun¬cido.

El enfermero, que conectaba a Badri a un extraño conjunto de pantallas, parecía irritado.

—¿Se equivocó el estudiante con las coordenadas? Es importante, Badri. ¿Cometió un error con las coor¬denadas remotas?

Mary subió a la ambulancia.

—Como jefe en funciones, yo debería ser quien acompañara al paciente en la ambulancia —oyó Dunworthy decir a Gilchrist.

—Reúnase con nosotros en Admisiones en el hos¬pital —dijo Mary, y cerró las puertas—. ¿Tenéis ya su temperatura? —preguntó al enfermero.

—Sí. Treinta y nueve coma cinco grados. Tensión noventa, cincuenta y cinco; pulso ciento quince.

—¿Hubo un error en las coordenadas? —preguntó Dunworthy a Badri.

—¿Están seguros ahí atrás? —preguntó el conduc¬tor a través del interfono.

—Sí —respondió Mary—. Código uno.

—¿Cometió Puhalski un error en las coordenadas de emplazamiento del remoto?

—No —dijo Badri. Agarró la solapa de la chaqueta de Dunworthy.

—¿Es el deslizamiento entonces?

—Debo estar... —murmuró Badri—. Tan preocu¬pado.

Las sirenas ulularon, apagando el resto de sus pa¬labras.

—¿Debes estar qué? —gritó Dunworthy por enci¬ma del gemido que subía y bajaba.

—Algo falla —repitió Badri, y volvió a desmayarse.

Algo fallaba. Tenía que ser el deslizamiento. Ex¬cepto las coordenadas, era lo único que podía haber ido mal en un lanzamiento ya efectuado, y Badri había dicho que las coordenadas de situación eran correctas. ¿Pero cuánto deslizamiento se había producido, en¬tonces? Badri le había dicho que podía llegar a las dos semanas, y no habría ido corriendo hasta el pub sin el abrigo en medio de la lluvia a menos que fuera mucho más. ¿Cuánto? ¿Un mes? ¿Tres meses? Sin embargo, le había dicho a Gilchrist que los preliminares mostraban un deslizamiento mínimo. Mary se abrió paso y colocó la mano sobre la frente de Badri otra vez.

—Añade tiosalicilato de sodio al gotero —orde¬nó—. Y empieza un test WBC. James, quítate de enmedio.

Dunworthy se sentó en un banco, al fondo de la ambulancia.

Mary volvió a coger el blíper.

—Preparados para un CBC completo y serotipeo.

—¿Pileonefritis? —dijo el enfermero, viendo cómo las lecturas cambiaban. Tensión noventa y seis, sesenta; pulso ciento veinte, temperatura treinta y nueve coma cinco.

—No lo creo —respondió Mary—. En principio no hay dolores abdominales, pero es evidente que con esta temperatura se trata de una infección de algún tipo.

Las sirenas redujeron bruscamente su frecuencia y se apagaron. El auxiliar empezó a arrancar los cables de los enchufes de la pared.

—Ya estamos aquí, Badri —dijo Mary, dándole de nuevo un golpecito en el pecho—. Pronto le tendremos como una rosa.

Él no dio señal alguna de haberla oído. Mary le su¬bió la manta hasta el cuello y colocó encima el manojo de llaves. El conductor abrió la puerta y sacaron la ca¬milla.

—Quiero un hemograma completo —dijo Mary, agarrándose a la puerta mientras bajaba—. CF, HI e ID antigénica.

Dunworthy bajó tras ella y la siguió al Departa¬mento de Bajas.

—Necesito un historial médico —le estaba dicien¬do ella a la encargada de registro—. De Badri... ¿cuál es su apellido, James?

—Chaudhuri.

—¿Número de Seguridad Social? —preguntó la encargada.

—No lo sé —dijo Dunworthy—. Trabaja en Balliol.

—¿Sería tan amable de deletrearme el nombre, por favor?

—C-H-A... —dijo él. Mary desaparecía ya hacia el interior de Admisiones. La siguió.

—Lo siento, señor —dijo la encargada, quien salió de detrás del mostrador para bloquearle el paso—. Debe esperar aquí...

—Tengo que hablar con el paciente que acaban de admitir.

—¿Es usted pariente suyo?

—No. Soy su jefe. Es muy importante.

—Ahora mismo está en un cubículo de análisis —explicó ella—. Pediré permiso para que pueda usted verlo en cuanto hayan terminado el examen. —Volvió a sentarse torpemente tras el mostrador, como dis¬puesta a saltar de nuevo ante el menor movimiento por su parte.

Dunworthy pensó en colarse en la sala, pero no quería arriesgarse a que lo expulsaran del hospital, y en cualquier caso Badri no estaba en condiciones de ha¬blar. Estaba claramente inconsciente cuando lo sacaron de la ambulancia. Inconsciente y con una fiebre de treinta y nueve coma cinco. Algo fallaba.

La encargada lo miraba con recelo.

—¿Le importaría volver a deletrearme el nombre del paciente?

Él le deletreó Chaudhuri y luego le preguntó dón¬de podría encontrar un teléfono.

—Pasillo abajo. ¿Edad?

—No lo sé. ¿Veinticinco? Lleva cuatro años en Balliol.

Respondió como mejor pudo al resto de las pre¬guntas y luego miró hacia la puerta para ver si Gilchrist había llegado ya, recorrió el pasillo hasta los teléfonos y llamó a Brasenose. Se puso el portero, que decoraba un árbol de Navidad artificial en el mostrador de la portería.

—Póngame con Puhalski —dijo Dunworthy, es¬perando que ése fuera el nombre del técnico de primer curso.

—No está aquí —contestó el portero, envolviendo una guirnalda plateada sobre las ramas con la mano libre.

—Bien, en cuanto vuelva, dígale por favor que ne¬cesito hablar con él. Es muy importante. Necesito que me lea un ajuste. Estoy en... —Dunworthy esperó a que el portero terminara de colocar la guirnalda y es¬cribiera el número de la cabina, cosa que hizo por fin, en la tapa de una caja de adornos—. Si no me localiza en este número, dígale que llame al Departamento de Admisiones del hospital. ¿Cuándo cree que volverá?

—Es difícil de decir —dijo el portero, desenvol¬viendo un ángel—. Algunos vuelven unos días antes, pero la mayoría no aparece hasta el primer día del tri¬mestre.

—¿Qué quiere decir? ¿No está en el colegio?

—Lo estaba. Iba a dirigir la red para Medieval, pero cuando descubrió que no lo necesitaban, se fue a casa.

—Necesito su dirección y su número de teléfono.

—Está en algún lugar de Gales, creo, pero para conseguir estos datos tendría que hablar con la secreta¬ria del colegio, y ahora mismo tampoco está aquí.

—¿Cuándo volverá ella?

—No podría decírselo, señor. Se fue a Londres a hacer unas compras navideñas.

Dunworthy dio otro mensaje mientras el portero enderezaba las alas del ángel, y luego colgó y trató de pensar si había algún otro técnico en Oxford durante Navidad. Naturalmente que no, o Gilchrist no habría usado un estudiante de primer curso.

Llamó a Magdalen de todas formas, pero no obtu¬vo respuesta. Colgó, pensó un instante, y luego llamó a Balliol. Tampoco hubo respuesta allí. Finch debía de estar mostrando a las campaneras americanas las cam¬panas del Gran Tom. Miró su digital. Sólo eran las dos y media. Parecía mucho más tarde. Tal vez sólo esta¬rían almorzando.

Llamó al comedor de Balliol, pero siguió sin obte¬ner respuesta. Volvió a la zona de espera, deseando que Gilchrist estuviera allí. No la encontró, pero sí a los dos auxiliares médicos, hablando con una enfermera. Gilchrist probablemente había vuelto a Brasenose para planear su siguiente lanzamiento. Tal vez enviaría a Kivrin  directamente a la Peste Negra para que hiciera ob¬servaciones directas.

—Está usted aquí—dijo la enfermera—. Temía que se hubiera marchado. ¿Tendría la bondad de acompa¬ñarme?

Dunworthy había supuesto que le hablaba a él, pero los auxiliares lo siguieron.

—Aquí estamos, pues —dijo ella, abriéndoles una puerta. Los auxiliares entraron en fila—. Hay té en el carrito, y un aseo justo allí.

—¿Cuándo podré ver a Badri Chaudhuri? —pre¬guntó Dunworthy, sosteniendo la puerta para que ella no la cerrara.

—La doctora Ahrens le atenderá directamente —respondió la enfermera, y cerró la puerta de todas formas.

La auxiliar estaba ya sentada en una silla, las manos en los bolsillos. El hombre se hallaba junto al carrito de té, enchufando la tetera eléctrica. Ninguno de ellos ha¬bía hecho ninguna pregunta a la encargada mientras re¬corrían el pasillo, de forma que todo aquello taj vez fuera asunto de rutina, aunque Dunworthy no podía imaginar por qué querían ver a Badri. O por qué los habían llevado a todos aquí.

La sala de espera estaba en un ala completamente distinta de Admisiones. Tenía las mismas sillas destro-zaespaldas, las mismas mesas con inspirados panfletos encima, las mismas guirnaldas de papel de estaño colo¬cadas sobre el carrito de té y aseguradas con puñados de acebo de plasteno. Sin embargo, no había ventanas, ni siquiera en la puerta. Era apartada y privada, el tipo de sala donde la gente esperaba malas noticias.

Dunworthy se sentó, súbitamente agotado. Malas noticias. Una infección de algún tipo. Tensión de no¬venta y seis, pulso ciento veinte, temperatura treinta y nueve coma cinco. El otro único técnico de Oxford es-taba en Gales y la secretaria de Basingame hacía sus compras de Navidad. Y Kivrin se encontraba en algún lugar de 1320, a días o incluso semanas de donde se su¬ponía que debía estar. O meses.

El auxiliar médico sirvió leche y azúcar en una taza y la removió, esperando a que la tetera eléctrica se ca¬lentara. La mujer parecía haberse quedado dormida.

Dunworthy la miró, pensando en el deslizamiento. Badri había dicho que los cálculos preliminares indica¬ban un deslizamiento mínimo, pero sólo eran prelimina¬res. Según pensaba Badri, dos semanas de deslizamiento era lo más probable, y eso sonaba bastante lógico.

Cuanto más atrás era enviado un historiador, ma¬yor era el deslizamiento medio. Los lanzamientos de Siglo Veinte normalmente tenían sólo unos minutos, los de Siglo Dieciocho unas cuantas horas. Magdalen, que todavía estaba dirigiendo lanzamientos no tripula¬dos al Renacimiento, tenía deslizamientos de entre tres y seis días.

Pero eran sólo promedios.

El deslizamiento variaba de una persona a otra, y era imposible predecirlo para un lanzamiento determi¬nado. Siglo Diecinueve había tenido uno de cuarenta y ocho días, y en zonas deshabitadas normalmente no había deslizamiento ninguno.

Y con frecuencia la cantidad parecía arbitraria, ca¬prichosa. Cuando hicieron las primeras comprobacio¬nes de deslizamiento para Siglo Veinte allá en los años veinte, Dunworthy se colocó en el patio vacío de Ba-lliol y fue enviado a las dos de la madrugada del catorce de septiembre de 1956, con un deslizamiento de sólo tres minutos. Pero cuando le enviaron de nuevo a las 2.08, el deslizamiento fue de casi dos horas, y apareció casi encima de un estudiante que volvía a hurtadillas después de una noche de juerga.

Kivrin podría estar a seis meses de donde se supo¬nía que debía estar, completamente ajena a cuándo se¬ría el encuentro. Y Badri había ido corriendo al pub para decirle que la rescataran.

Mary entró, aún con el abrigo puesto. Dunworthy se levantó.

—¿Es Badri? —preguntó, temiendo la respuesta.

—Todavía está en Admisiones —dijo ella—. Nece¬sitamos su número de la Seguridad Social, y no encon¬tramos sus archivos en el registro de Balliol.

Su pelo gris estaba revuelto de nuevo, pero por lo demás parecía tan profesional como cuando discutía con Dunworthy sobre sus estudiantes.

—No es miembro del colegio —explicó Dun¬worthy, sintiéndose aliviado—. Los técnicos son asig¬nados a colegios individuales, pero son empleados ofi¬cialmente por la Universidad.

—Entonces, sus archivos deberían estar en la ofici¬na del administrador. Bien. ¿Sabes si ha salido de Ingla¬terra en el último mes?

—Hizo un trabajo para Siglo Diecinueve en Hun¬gría hace dos semanas. Ha estado en Inglaterra desde entonces.

—¿Ha recibido alguna visita de parientes de Pa-quistán?

—No tiene ninguno. Es tercera generación. ¿Has averiguado lo que tiene?

Ella no le estaba escuchando.

—¿ Dónde están Gilchrist y Montoya ? —preguntó.

—Le dijiste a Gilchrist que se reuniera con nosotros, pero no había llegado todavía cuando me trajeron aquí.

—¿Y Montoya?

—Se marchó en cuanto terminó el lanzamiento.

—¿Tienes idea de dónde puede haber ido?

No más que tú, pensó Dunworthy. También la viste marcharse.

—Supongo que volvió a Witney, a su excavación. Casi siempre está allí.

—¿Su excavación? —dijo Mary, como si nunca hu¬biera oído hablar de ello.

¿Qué pasa?, pensó él. ¿Qué va mal?

—En Witney —explicó—. La granja del Fondo Na¬cional. Está excavando una aldea medieval.

—¿Witney? —dijo ella, con aspecto triste—. Ten¬drá que volver inmediatamente.

—¿ Intento llamarla ? —preguntó Dunworthy, pero Mary ya se había acercado al auxiliar que esperaba junto al carrito de té.

—Tienes que recoger a una persona en Witney —le dijo. Él soltó la taza y el plato, y se encogió de hom¬bros—. En la excavación del Fondo Nacional. Lupe Montoya.

Salió por la puerta con él.

Dunworthy esperaba que volviera en cuanto ter¬minara de darle las instrucciones. Cuando no lo hizo, la siguió. Ella no estaba en el pasillo, ni tampoco el auxiliar, pero a quien sí encontró fue a la enfermera de Admisiones.

—Lo siento, señor —se disculpó, obstaculizándole el paso como había hecho la recepcionista—. La docto¬ra Ahrens pidió que la esperara aquí.

—No voy a salir del hospital. Tengo que llamar a mi secretario.

—Le traeré un teléfono, señor —dijo ella con fir¬meza. Se volvió y miró pasillo abajo.

Gilchrist y Latimer se acercaban.

—... espero que la señorita Engle tenga la oportu¬nidad de observar una muerte —decía Gilchrist—. Las actitudes hacia la muerte en el siglo XIV eran muy dis¬tintas a las nuestras. La muerte era una parte común y aceptada de la vida, y los contemporáneos eran incapa¬ces de sentir pesar.

—Señor Dunworthy —lo llamó la enfermera, ti¬rándole del brazo—, si quiere esperar dentro, le traeré un teléfono.

Se dirigió al encuentro de Gilchrist y Latimer.

—Si me acompañan, por favor —dijo, y los condu¬jo a la sala de espera.

—Soy rector en funciones de la Facultad de Histo¬ria —dijo Gilchrist, mirando a Dunworthy—. Badri Chaudhuri es responsabilidad mía.

—De acuerdo, señor —dijo la enfermera, cerrando la puerta—. La doctora Ahrens tratará con usted direc¬tamente.

Latimer colocó su paraguas sobre una de las sillas y la bolsa de compras de Mary en la de al lado. Por lo vis¬to, había recogido todos los paquetes que Mary había esparcido por el suelo. Dunworthy vio la caja de la bu¬fanda y uno de los petardos sorpresa en lo alto.

—No encontramos ningún taxi —jadeó Latimer. Se sentó junto a los paquetes—. Tuvimos que coger el metro.

—¿De dónde es el estudiante de primer curso que iban a usar en el lanzamiento... Puhalski? —dijo Dun¬worthy—. Necesito hablar con él.

—¿Acerca de qué, si no es mucho preguntar? ¿O se ha apropiado completamente de Medieval en mi au¬sencia?

—Es esencial leer el ajuste y asegurarse de que ella está bien.

—Le encantaría que algo saliera mal, ¿verdad? Ha estado intentando obstaculizar este lanzamiento desde el principio.

—¿Que algo saliera mal? —estalló Dunworthy, in¬crédulo—. Ya ha salido mal. Badri está hospitalizado, inconsciente, y no sabemos si Kivrin está cuando o donde se supone que debe estar. Ya oyó a Badri. Dijo que algo fallaba con el ajuste. Tenemos que encontrar un técnico para que averigüe qué es.

—Yo no daría mucho crédito a lo que dice una persona bajo la influencia de drogas, dorfinas o lo que quiera que esté tomando —dijo Gilchrist—. Y debo re¬cordarle, señor Dunworthy, que lo único que ha salido mal en este lanzamiento es la intervención de Siglo Veinte. El señor Puhalski estaba llevando a cabo su tra¬bajo a la perfección. Sin embargo, dada su insistencia, permití que su técnico lo sustituyera. Es evidente que no debería haberlo hecho.

La puerta se abrió y todos se volvieron a mirarla. La enfermera trajo un teléfono portátil, se lo tendió a Dunworthy, y se marchó.

—Tengo que llamar a Brasenose y decirles dónde estoy —dijo Gilchrist.

Dunworthy le ignoró, conectó la pantalla visual del teléfono, y llamó al Jesús.

—Necesito los nombres y teléfonos de sus técni¬cos —le dijo a la secretaria del director en funciones cuando apareció en la pantalla—. Ninguno está de va¬caciones, ¿verdad?

Ninguno lo estaba. Dunworthy anotó los nombres y números en uno de los panfletos, le dio las gracias al tutor sénior, y comenzó a llamar a los teléfonos de la lista.

El primer teléfono que marcó estaba comunican¬do. Los otros le dieron tono de comunicando antes de terminar siquiera de teclear los prefijos, y en el último una voz computarizada le interrumpió y dijo:

—Todas las líneas están ocupadas. Por favor, llame más tarde.

Llamó a Balliol, tanto al salón como a su propio despacho. No recibió respuesta en ninguno de los dos

números. Finch debía haber llevado a las americanas a Londres a escuchar el Big Ben.

Gilchrist estaba a su lado, esperando para usar el teléfono. Latimer se había acercado al carrito del té e intentaba conectar la tetera eléctrica. La auxiliar des¬pertó de su modorra para ayudarle.

—¿Ha terminado con el teléfono? —preguntó Gil¬christ, de mal talante.

—No —replicó Dunworthy, y trató de localizar a Finch de nuevo. Seguía sin haber respuesta.

Colgó.

—Exijo que haga volver a su técnico a Oxford y que saque de allí a Kivrin. Ahora. Antes de que se mar¬che del lugar del lanzamiento.

—¿Usted lo exige? —exclamó Gilchrist—. Debo recordarle que este lanzamiento es de Medieval, no suyo.

—No importa de quién sea —dijo Dunworthy, in¬tentando controlar su temperamento—. La política de la Universidad es abortar los lanzamientos si se presen¬ta algún tipo de problema.

—Debo recordarle también que el único problema que hemos encontrado en este lanzamiento es que us¬ted no hizo examinar a su técnico en busca de dorfinas. —Extendió la mano hacia el teléfono—. Yo decidiré si y cuándo hay que interrumpir este lanzamiento.

Sonó el teléfono.

—Aquí Gilchrist. Un momento, por favor. —Le tendió el teléfono a Dunworthy.

—Señor Dunworthy —dijo Finch, con voz apura¬da—. Gracias a Dios. Le he estado llamando a todas partes. No creerá las dificultades que he tenido.

—He estado ocupado —replicó Dunworthy, antes de que Finch pudiera hacer recuento de sus dificulta¬des—. Ahora escuche con atención. Tiene que ir a re¬coger el archivo de Badri Chaudhuri a la oficina del administrador. La doctora Ahrens lo necesita. Llámela. Está aquí en el hospital. Insista en que desea hablar di¬rectamente con ella. Le dirá qué información quiere del archivo.

—Sí, señor —dijo Finch, quien cogió papel y lápiz y empezó a tomar rápidas notas.

—En cuanto lo haya hecho, vaya directamente al New College y vea al tutor sénior. Dígale que tengo que hablar con él de inmediato y déle este número de teléfono. Dígale que es una emergencia, que es esencial que localicemos a Basingame. Debe volver a Oxford de inmediato.

—¿Cree que podrá, señor?

—¿Qué quiere decir? ¿Ha habido algún mensaje de Basingame? ¿Le ha pasado algo?

—No que yo sepa, señor.

—Bien, por supuesto que tendrá que volver. Sólo está en viaje de pesca, no es un viaje de trabajo. Des¬pués de hablar con el tutor sénior, pregunte a todos los estudiantes y miembros del personal que pueda. Tal vez alguien tenga idea de dónde está Basingame. Y de paso, averigüe si alguno de sus técnicos está aquí en Oxford.

—Sí, señor. ¿Pero qué hago con las americanas?

—Tendrá que decirles que siento no haberlas podi¬do atender, pero que me he visto en un compromiso ineludible. Se supone que se marcharán a Ely a las cua¬tro, ¿no?

—Sí, pero...

—¿Pero qué?

—Bueno, señor, las llevé a ver el Gran Tom y la vieja iglesia de Marston y todo eso, pero cuando inten¬té llevarlas a Iffley, nos detuvieron.

—¿Los detuvieron? ¿Quién?

—La policía, señor. Habían emplazado barricadas. Lo cierto es que las americanas están muy molestas con su concierto de campanas.

—¿Barricadas? —se extrañó Dunworthy.

—Sí, señor. En la A4158. ¿He de alojar a las ameri¬canas en Salvin, señor? William Gaddson y Tom Gailey están en la escalera norte, pero están pintando Basevin.

—No entiendo nada —refunfuñó Dunworthy—. ¿Por qué los detuvieron?

—La cuarentena —explicó Finch, sorprendido—. Podría alojarlas en Fisher's. Han desconectado la cale¬facción durante las vacaciones, pero podrían encender las chimeneas.

 

 

TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL JUICIO FINAL

(000618-000735)

He vuelto al punto de llegada. Está un poco apar¬tado de la carretera. Voy a arrastrar la carreta hasta el camino para que las posibilidades de que me vean sean mayores, pero si no aparece nadie en la próxima media hora, pienso ir caminando a Skendgate, que he locali¬zado gracias a las campanadas de vísperas.

Estoy experimentando un considerable desajuste temporal. Me duele mucho la cabeza y sigo teniendo escalofríos. Los síntomas son peores de lo que me ha¬bían advertido Badri y la doctora Ahrens. Sobre todo el dolor de cabeza. Me alegro de que la aldea no quede lejos.

 

 

 

 

 

 

5

 

 

Cuarentena. Por supuesto, pensó Dunworthy. El auxiliar médico enviado a recoger a Montoya, y las preguntas de Mary acerca de Paquistán, y todos ellos en aquella habitación aislada con una enfermera vigi¬lando la puerta. Por supuesto.

—Entonces, ¿le parece bien Salvin para las ameri¬canas? —preguntaba Finch.

—¿Dijo la policía el motivo de la cuaren...? —se in¬terrumpió. Gilchrist le observaba, pero a Dunworthy no le parecía que pudiera ver la pantalla desde donde es¬taba. Latimer se encontraba junto al carrito de té, inten¬tando abrir un paquete de azúcar. La auxiliar médico dormía—. ¿Dijo la policía por qué se habían tomado esas precauciones?

—No, señor. Sólo que se trataba de Oxford y sus inmediaciones, y que contactara con el Ministerio de Sanidad para recibir instrucciones.

—¿Lo hizo usted?

—No, señor, lo he estado intentando. No puedo comunicar. Todas las líneas están ocupadas. Las ameri¬canas han intentado llamar a Ely para cancelar su con¬cierto, pero las líneas están saturadas.

Oxford e inmediaciones. Eso significaba que ha-

 

bían detenido el metro también, y el tren bala a Lon¬dres, además de bloquear todas las carreteras. No era de extrañar que las líneas estuvieran saturadas.

—¿Cuánto tiempo hace de eso? ¿Cuándo iban us¬tedes hacia Iffley?

—Fue un poco después de las tres, señor. He esta¬do telefoneando desde entonces, intentando localizar¬le, y luego pensé que ya lo sabría. Llamé al hospital y luego empecé a hacerlo a todos los hospitales.

No lo sabía, pensó Dunworthy. Intentó recordar las condiciones necesarias para establecer una cuaren¬tena. Las regulaciones originales la exigían en cada caso de «enfermedad no identificada o sospecha de conta-gio», pero habían sido aprobadas en la primera histeria tras la Pandemia, y desde entonces habían sufrido en¬miendas y recortes, de modo que Dunworthy no tenía ni idea de dónde se encontraban ahora.

Sí sabía que unos años antes habría sido «identifica¬ción absoluta de una peligrosa enfermedad infecciosa», porque en los periódicos hubo un alboroto cuando la fiebre de Lasa se reprodujo durante tres semanas en un pueblo de España. Los médicos locales no habían iden¬tificado el virus, y todo se redujo a un incremento de las regulaciones, pero no sabía si habían tenido éxito.

—¿Les asigno entonces habitaciones en Salvin, se¬ñor? —insistió Finch.

—Sí. No. Alójelas en la sala común júnior por aho¬ra. Podrán practicar su ritmo o lo que quiera que hagan. Consiga el archivo de Badri y telefonee. Si las líneas están ocupadas, será mejor que llame a este número. Estaré aquí aunque la doctora Ahrens se vaya. Y luego averi¬güe qué ha sido de Brasingame. Localizarlo es más im¬portante que nunca. Puede asignar más tarde las habita¬ciones a las americanas.

—Están muy molestas, señor.

Yo también, pensó Dunworthy.

—Dígale a las americanas que averiguaré lo que

pueda sobre la situación y llamaré. —Vio cómo la pan¬talla se volvía gris.

—Se muere de ganas por informar a Basingame de lo que considera un fallo de Medieval, ¿eh? —masculló Gilchrist—. A pesar de que ha sido su técnico quien ha puesto en peligro este lanzamiento consumiendo dro¬gas, un hecho del que puede estar seguro que informa¬ré al señor Basingame a su retorno.

Dunworthy miró a su digital. Eran las cuatro y me¬dia. Finch había dicho que los habían detenido poco después de las tres. Una hora y media. Oxford sólo ha¬bía tenido dos cuarentenas en los últimos años. Una ha¬bía resultado ser una reacción alérgica a una inyección, y la otra nada más que una broma estudiantil. Las dos fueron canceladas en cuanto tuvieron los resultados de los análisis de sangre, que no habían tardado ni un cuar¬to de hora. Mary había extraído sangre en la ambulan¬cia. Dunworthy había visto al auxiliar tender los frascos al encargado cuando llegaron a Admisiones. Había ha¬bido tiempo de sobra para obtener los resultados.

—Estoy seguro de que al señor Basingame tam¬bién le interesará oír que fue su fallo en hacer los análi¬sis a su técnico lo que puso en peligro este lanzamiento —prosiguió Gilchrist.

Dunworthy tendría que haber reconocido los sín¬tomas como infección. La baja presión sanguínea de Ba-dri, su respiración entrecortada, la elevada temperatura. Mary incluso había dicho en la ambulancia que tenía que ser una infección de algún tipo para tener una tem¬peratura tan alta, pero él había supuesto que se refería a una infección localizada, estafilococos o inflamación del apéndice. ¿Y qué enfermedad podría ser? La viruela y el tifus habían sido erradicados ya en el siglo XX, y la polio en éste. Las bacteriales no tenían ninguna oportu¬nidad contra los anticuerpos, y las antivirales funciona¬ban tan bien que nadie sufría ya ni un resfriado.

—Parece muy extraño que después de preocuparse tanto por las precauciones que tomaba Medieval, ni siquiera se le ocurriera examinar a su técnico en busca de drogas —machacó Gilchrist.

Tenía que ser una enfermedad del Tercer Mundo. Mary había hecho todas aquellas preguntas sobre si Ba-dri había salido de la Comunidad, sobre sus parientes paquistaníes. Pero Paquistán no pertenecía al Tercer Mundo, y Badri no podría haber salido de la Comuni¬dad sin ponerse toda una serie de vacunas. Y no había salido de la CEE. A excepción de aquel trabajo en Hun¬gría, había pasado en Inglaterra todo el trimestre.

—Quisiera utilizar el teléfono —decía Gilchrist—. Estoy de acuerdo en que necesitamos a Basingame para encauzar las cosas.

Dunworthy aún tenía el teléfono en la mano. Lo miró parpadeando, sorprendido.

—¿Pretende impedirme que telefonee a Basinga¬me? —dijo Gilchrist.

Latimer se levantó.

—¿Qué pasa? —dijo, los brazos extendidos como si pensara que Dunworthy podría abalanzarse hacia ellos—. ¿Qué ocurre?

—Badri no está drogado —respondió Dunworthy a Gilchrist—. Está enfermo.

—No comprendo cómo puede asegurarlo sin ha¬ber hecho un análisis —replicó Gilchrist, mirando el teléfono.

—Estamos en cuarentena —declaró Dunworthy—. Es una especie de enfermedad infecciosa.

—Es un virus —terció Mary desde la puerta—. No lo hemos secuenciado todavía, pero los resultados pre¬liminares lo identifican como una infección viral.

Se había desabrochado el abrigo, que ahora ondea¬ba tras ella como la capa de Kivrin mientras entraba en la habitación. Llevaba una bandeja de laboratorio llena de equipo y bolsas de papel.

—Las pruebas indican que probablemente es un mixovirus —añadió, colocando la bandeja sobre una de las mesas del fondo—. Los síntomas de Badri coin¬ciden con esta teoría: fiebre alta, desorientación, dolor de  cabeza. Definitivamente, no es un retrovirus o un picornavirus, lo cual es una buena noticia, pero pasará algún tiempo antes de que lo identifiquemos plena-mente.

Acercó dos sillas a la mesa y se sentó en una.

—Lo hemos notificado al World Influenza Centre de Londres y les hemos enviado muestras para que las identifiquen y secuencien. Hasta que tengamos una identificación positiva, se ha declarado una cuarentena temporal según especifican las regulaciones del Minis¬terio de Sanidad en casos de posibles condiciones epi¬démicas. —Se colocó un par de guantes impermeables.

—¡Una epidemia! —exclamó Gilchrist, dirigiendo una furiosa mirada a Dunworthy, como si lo acusara de haber preparado la cuarentena para desacreditar a Medieval.

—Posibles condiciones epidémicas —corrigió Ma-ry, abriendo una de las bolsas de papel—. Todavía no hay epidemia. Badri es el único caso hasta el momento. Hemos hecho una comprobación por ordenador en la Comunidad, y no se han detectado otros casos con el perfil de Badri, lo cual también es buena noticia.

—¿Cómo puede tener una infección viral? —dijo Gilchrist, todavía mirando a Dunworthy—. Supongo que el señor Dunworthy no se molestó en comprobar eso tampoco.

—Badri es empleado de la Universidad —dijo Ma-ry—. Debería haber pasado las habituales pruebas físi¬cas y antivirales de principio de trimestre.

—¿No lo saben? —se exasperó Gilchrist.

—Administración está cerrada por Navidad. No he podido contactar con el administrador, y no puedo conseguir los archivos de Badri sin su número de la Se¬guridad Social.

—He enviado a mi secretario a la oficina de nuestro administrador para ver si tenemos copias en papel de los archivos de la Universidad —dijo Dunworthy—. Al menos deberíamos tener su número.

—Bien —asintió Mary—. Podremos averiguar mucho más sobre el tipo de virus con el que estamos tratando cuando sepamos qué antivirales ha recibido Badri y cuándo. Puede que tenga un historial de reac¬ciones anómalas, y también es posible que se le haya pasado por alto una inoculación de temporada. ¿Co¬noces su religión? ¿Es neohindú?

Dunworthy negó con la cabeza.

—Es anglicano —respondió, sabiendo adonde que¬ría llegar Mary. Los neohindúes creían que toda vida era sagrada, incluyendo los virus. Se negaban a ser vacuna¬dos o inoculados para no matar a los virus, si matar era la palabra adecuada. La Universidad les dejaba en paz en el terreno religioso, pero no les permitía vivir en un cole¬gio mayor—. Badri tenía su certificación de principios de trimestre. Nunca le habrían permitido trabajar en la red sin ella.

Mary asintió, como si ya hubiera llegado por su cuenta a la misma conclusión.

—Como decía, es muy probable que se trate de una anomalía.

Gilchrist empezó a decir algo, pero se interrumpió cuando se abrió la puerta. La enfermera de guardia en¬tró, llevando una mascarilla y una bata, y lápices y pa¬pel en las manos enguantadas.

—Como precaución, debemos examinar a todas aquellas personas que han estado en contacto con el pa¬ciente, para buscar anticuerpos. Necesitaremos mues¬tras de sangre y temperatura, y será conveniente que cada uno de ustedes haga una lista de sus contactos y de los del señor Chaudhuri.

La enfermera tendió varias hojas de papel y un lá¬piz a Dunworthy. La hoja superior era un impreso de ingreso en el hospital. La de debajo estaba titulada «Primarios», y estaba dividida en columnas marcadas «Nombre, lugar, hora». La última hoja era igual, pero indicaba «Secundarios».

—Ya que Badri es nuestro único caso —explicó Mary—, le consideramos el caso índice. Todavía no te¬nemos un modo positivo de transmisión, así que deben apuntar ustedes a cualquier persona que haya tenido algún contacto con él, aunque fuese momentáneo. To¬das aquellas personas con las que haya hablado, a las que haya tocado, o haya tenido algún contacto.

Dunworthy tuvo una súbita imagen de Badri incli¬nado sobre Kivrin, ajustándole la manga, moviéndole el brazo.

—Todos los que puedan haber quedado expuestos —concluyó Mary.

—Incluyéndonos a todos nosotros —dijo el au¬xiliar.

—Sí —afirmó Mary.

—Y Kivrin —señaló Dunworthy.

Por un momento, pareció como si ella no tuviese ni idea de quién era Kivrin.

—-La señorita Engle recibió antivirales para todo el espectro, y potenciación de leucocitos-T —dijo Gilchrist—. No correrá ningún peligro, ¿verdad?

La doctora Ahrens vaciló sólo un instante.

—No. No tuvo ningún contacto con Badri antes de esta mañana, ¿verdad?

—El señor Dunworthy tan sólo me ofreció em¬plear a su técnico hace dos días —dijo Gilchrist, quien casi arrancó el lápiz y papel de las manos de la enfer¬mera—. Por supuesto, yo asumí que el señor Dunwor¬thy había tomado las mismas precauciones con sus téc¬nicos que las que toma Medieval con los suyos. Sin embargo, es evidente que no lo hizo, y pueden estar se¬guros de que informaré al señor Basingame de su negli¬gencia.

—Si el primer contacto de Kivrin con Badri fue esta mañana, ya estaba plenamente protegida —asegu¬ró Mary—. Señor Gilchrist, si fuese tan amable... —In¬dicó la silla; él se acercó y se sentó.

Mary cogió uno de los impresos de la enfermera y alzó la hoja marcada «Primarios».

—Toda persona con la que Badri haya tenido con¬tacto es un contacto primario. Toda persona con la que ustedes hayan tenido contacto es un secundario. Me gustaría que hicieran una lista en esta hoja de todos los contactos que hayan tenido con Badri Chaudhuri du¬rante los tres últimos días, y cualquier contacto de él que conozcan. En esta hoja —alzó el papel marcado «Secundarios»—, incluyan todos sus contactos con la hora en que se realizaron. Empiecen por el presente y vayan retrocediendo en el tiempo.

Metió un temp en la boca de Gilchrist, sacó un mo¬nitor portátil de su envoltorio de papel, y se lo pegó a la muñeca. La enfermera pasó los papeles a Latimer y la auxiliar. Dunworthy se sentó y empezó a llenar los suyos.

El impreso del hospital preguntaba su nombre, nú¬mero de la Seguridad Social y un historial médico com¬pleto, cosa que sin duda el número de la Seguridad Social podía conseguir con más detalle que su memo¬ria. Enfermedades. Operaciones. Vacunas. Si Mary no tenía el número de la Seguridad Social de Badri, eso significaba que seguía inconsciente.

Dunworthy no tenía ni idea de cuándo le habían puesto las últimas vacunas antivirales de principios de trimestre. Colocó un signo de interrogación al lado, pasó a la hoja de Primarios, y escribió su propio nombre en la parte superior de la columna. Latimer, Gilchrist, los dos auxiliares. No sabía sus nombres, y la mujer estaba todavía dormida. Sostenía los papeles en una ma¬no, los brazos cruzados sobre el pecho. Dunworthy se preguntó si debería incluir en la lista los médicos y enfermeros que habían atendido a Badri a su llegada. Es¬cribió: «Personal del Departamento de Admisiones», y luego un signo de interrogación. Montoya.

Y Kivrin, quien según Mary estaba plenamente protegida. «Algo falla», había dicho Badri. ¿Se refería a esta infección? ¿Había advertido que se ponía enfermo mientras intentaba hacer el ajuste y fue corriendo al pub para decirles que había contagiado a Kivrin?

El pub. No había nadie allí, excepto el camarero. Y Finch, pero se había marchado antes de que llegara Ba¬dri. Dunworthy levantó la hoja y escribió el nombre de Finch en «Secundarios», y luego volvió a la primera página y escribió «camarero de El Cordero y la Cruz». El pub estaba vacío, pero las calles no. Vio a Badri mentalmente, abriéndose paso entre la multitud navi¬deña, chocando con la mujer del paraguas de flores y dejando atrás al anciano y el niñito del terrier blanco. «Toda persona con la que haya tenido contacto», había dicho Mary. Miró a Mary, quien sostenía la muñeca de Gilchrist y hacía cuidadosas entradas en un registro. ¿Intentaría tomar muestras de sangre y temperatura a todas las personas que aparecieran en las listas? Era im¬posible. Badri había tocado o rozado o respirado junto a docenas de personas en su larga carrera hacia Brase-nose, y ni Dunworthy ni el propio Badri reconocerían a ninguna de ellas. Sin duda había entrado en contacto con muchas más camino del pub, y cada una de ellas habría entrado en contacto... ¿con cuántas más en las tiendas abarrotadas ?

Después escribió: «Gran número de consumidores y peatones, High Street (?)», trazó una línea, y trató de recordar las otras ocasiones en que había visto a Badri. No le había pedido que dirigiera la red hasta hacía dos días, cuando supo por Kivrin que Gilchrist pretendía utilizar a un estudiante de primer curso.

Badri acababa de volver de Londres cuando Dun¬worthy le telefoneó. Kivrin estaba en el hospital ese día para su último examen, lo cual era un alivio. No pudo tener ningún contacto con él entonces, y Badri había estado en Londres antes de eso.

El martes, Badri fue a ver a Dunworthy para decir¬le que había revisado las coordenadas del estudiante de primero y hecho una comprobación total de sistemas. Dunworthy no estaba allí, así que le dejó una nota. Kivrin  había ido a Balliol el martes también, para ense¬ñarle su disfraz, pero eso fue por la mañana. En su nota, Badri decía que pasaría toda la mañana en la red. Y Kivrin comentó que iba a ver a Latimer en el Bod-leian por la tarde. Pero podría haber vuelto a la red des¬pués, o estado allí antes de ir a enseñarle la ropa.

La puerta se abrió, y la enfermera hizo pasar a Montoya. Tenía la cazadora terrorista y los vaqueros empapados. Debía de estar lloviendo todavía.

—¿Qué pasa? —le preguntó a Mary, quien estaba etiquetando una ampolla con la sangre de Gilchrist.

—Por lo visto —dijo Gilchrist, sujetando un algo¬dón contra su brazo—, el señor Dunworthy no hizo que su técnico fuera debidamente inoculado antes de dirigir la red, y ahora está en el hospital con una tempe¬ratura de treinta y nueve coma cinco. Al parecer sufre algún tipo de fiebre exótica.

—¿Fiebre? —preguntó Montoya, asombrada—. ¿No es treinta y nueve coma cinco una cifra baja?

—Son ciento tres grados Farenheit —explicó Mary, guardando la ampolla—. La infección de Badri proba¬blemente sea contagiosa. Necesito hacerle algunas pruebas. Tendrá que anotar todos sus contactos y  los de Badri.

—Muy bien —asintió Montoya. Se sentó en la silla que Gilchrist había dejado libre y se quitó la cazadora. Mary le pinchó el brazo y le insertó un nuevo vial y una jeringuilla desechable—. Acabemos pronto. Tengo que volver a la excavación.

—No puede volver —bufó Gilchrist—. ¿No se ha enterado? Estamos en cuarentena, gracias al descuido del señor Dunworthy.

—¿Cuarentena? —dijo ella, y se sacudió de forma que la jeringuilla le saltó. La idea de contraer una enfer¬medad no la había afectado en absoluto, pero la men¬ción de la cuarentena, sí—. Tengo que volver —suplicó a Mary—. ¿Significa eso que tengo que quedarme aquí?

—Hasta que tengamos los resultados de los análi¬sis de sangre —dijo Mary, intentando encontrar una vena.

—¿Cuánto tardará eso? —preguntó Montoya, in¬tentando mirar su digital con el brazo en que trabajaba Mary—. El tipo que me trajo ni siquiera me dejó cubrir la excavación o conectar los calefactores, y allí está llo¬viendo a cántaros. La excavación se llenará de agua si no voy.

—Lo que se tarde en obtener las muestras de san¬gre de todos ustedes y hacer un recuento de anticuer¬pos —respondió Mary, y Montoya debió de captar el mensaje, porque enderezó el brazo y lo dejó quieto.

Mary llenó un vial con su sangre, le dio un temp, y le colocó un taquiobrazalete. Dunworthy la observó, preguntándose si se estaba ajustando a la verdad. No había dicho que Montoya pudiera marcharse después de los resultados de los análisis, sólo que tenía que que¬darse allí hasta que estuvieran listos. ¿Y luego qué? ¿Los llevarían a un pabellón de aislamiento juntos o por separado? ¿O les administrarían algún tipo de me-dicación? ¿O harían más pruebas?

Mary le quitó a Montoya el taquiobrazalete y le tendió el último fajo de impresos.

—¿Señor Latimer? Usted es el siguiente.

Latimer se levantó, con los papeles en la mano. Los miró confundido, luego los dejó sobre la silla en que había estado sentado y se dirigió a Mary. A mitad de camino, se dio la vuelta y regresó a por la bolsa de compras de Mary.

—Oh, gracias —dijo ella—. Déjela junto a la mesa, ¿quiere? Estos guantes están esterilizados.

Latimer soltó la bolsa, volcándola un poco. El ex¬tremo de la bufanda cayó al suelo. Metódicamente, la recogió.

—Me había olvidado por completo de que la había dejado allí—dijo Mary, observándole—. Con tanto aje¬treo, yo... —Se llevó a la boca la mano enguantada—. ¡Oh, Dios mío! ¡Colin! Me había olvidado de él. ¿Qué hora es?

—Las cuatro cero ocho —dijo Montoya, mirando su digital.

—Y él llegaba a las tres —exclamó Mary, levantán¬dose y derribando los frascos de sangre.

—Al ver que no estabas allí, tal vez se haya ido a tu casa —dijo Dunworthy.

Mary sacudió la cabeza.

—Es la primera vez que visita Oxford. Por eso le dije que iría a recibirlo. No me he acordado de él hasta ahora —dijo, casi para sí.

—Bueno, entonces todavía estará en la estación de metro. ¿Voy y lo recojo?

—No. Has estado expuesto.

—Telefonearé a la estación, entonces. Puedes de¬cirle que coja un taxi hasta aquí. ¿Adonde venía? ¿A Cornmarket?

—Sí, Cornmarket.

Dunworthy llamó a información, consiguió con¬tactar a la tercera llamada, obtuvo el número en la pan¬talla, y llamó a la estación. La línea estaba ocupada. Pulsó la tecla de desconexión y volvió a marcar el nú¬mero.

—¿Colin es su nieto? —preguntó Montoya. Ha¬bía apartado los papeles. Los demás no parecían pres¬tar atención a este último incidente. Gilchrist iba lle¬nando los impresos y ponía mala cara, como si todo aquello fuera un ejemplo más de negligencia e incompetencia. Latimer estaba pacientemente sentado junto a la bandeja, con la manga subida. La auxiliar seguía dormida.

—Colin es mi sobrino nieto —explicó Mary—. Venía en el metro para pasar la Navidad conmigo.

—¿A qué hora se impuso la cuarentena?

—A las tres y diez —respondió Mary.

Dunworthy alzó la mano para indicar que había conseguido comunicar.

—¿Es la estación de metro de Cornmarket? —dijo. Evidentemente, lo era. Se veían las puertas y a una mu¬chedumbre tras un jefe de estación de aspecto irrita¬do—. Es para informarme acerca de un chico que venía en el metro a las tres. Tiene doce años. Venía de Lon¬dres —Dunworthy colocó la mano sobre el receptor y preguntó a Mary—: ¿Qué aspecto tiene?

—Es rubio, con los ojos azules. Alto para su edad.

—Alto —dijo Dunworthy, intentando hacerse oír por encima del bullicio de la multitud—. Se llama Colin...

—Templer —añadió Mary—. Deirdre dijo que tomó el metro en Marble Arch a la una.

—Colin Templer. ¿Le ha visto?

—¿Qué demonios quiere decir con eso? —gritó el jefe de estación—. Hay quinientas personas en esta es¬tación y usted quiere saber si he visto a un niño peque¬ño. Mire este caos.

La visual mostró bruscamente una multitud con¬gregada. Dunworthy la observó, buscando a un chico alto, con cabello rubio y ojos azules. Luego la imagen volvió al jefe de estación.

—Hay una cuarentena temporal —gritó por enci¬ma del rugido que parecía intensificarse por momen¬tos—, y tengo la estación llena de gente que quiere sa¬ber por qué han parado los trenes y por qué no hago algo al respecto. Ya no sé cómo impedir que destrocen este lugar. No puedo ocuparme de un niño.

—Se llama Colin Templer —gritó Dunworthy—. Su tía abuela tenía que encontrarse allí con él.

—Bien, ¿entonces por qué no lo hace y me quita un problema de encima? Tengo una muchedumbre enfurecida que quiere saber cuánto tiempo va a durar la cuarentena y por qué no hago nada. —La comunica-ción se cortó bruscamente. Dunworthy se preguntó si había colgado o si algún comprador furioso le había arrancado el teléfono de la mano.

—¿Le ha visto el jefe de estación? —preguntó Mary.

—No. Tendrás que enviar a alguien a recogerlo.

—Sí, claro. Enviaré a un miembro del personal —suspiró ella, y se marchó.

—La cuarentena se impuso a las tres y diez, y el chico no debía llegar hasta las tres —intervino Monto-ya—. Tal vez llegó tarde.

Esta posibilidad no se le había ocurrido a Dun¬worthy. Si la cuarentena se había declarado antes de que el tren llegara a Oxford, habría sido detenido en la estación más cercana y los pasajeros desviados o de¬vueltos a Londres.

—Vuelva a llamar a la estación —pidió, tendiéndo¬le el teléfono. Le dio el número—. Dígales que su tren salió de Marble Arch a la una. Haré que Mary telefonee a su sobrina. Tal vez Colin ya haya vuelto.

Salió al pasillo para pedirle a la enfermera que loca¬lizara a Mary, pero no estaba allí. Mary debía de haber¬la enviado a la estación.

No había nadie en el pasillo. Miró en la cabina que había utilizado antes y luego marcó el número de Ba-lliol. Después de todo, cabía la remota posibilidad de que Colin hubiera ido al apartamento de Mary. Envia¬ría a Finch allí y, si no lo encontraba, que se dirigiera a la estación. Era muy probable que hiciera falta más de una persona para localizar al chico en aquel lío.

—Hola —dijo una mujer.

Dunworthy miró con el ceño fruncido al número que había marcado, pero no se había equivocado.

—Estoy intentando localizar al señor Finch en Ba-lliol College.

—No está aquí ahora mismo —respondió la mujer, obviamente americana—. Soy la señora Taylor. ¿Quie¬re dejarle un mensaje?

Debía de ser una de las campaneras. Era más joven de lo que esperaba, poco más de treinta años, y parecía muy delicada para dedicarse a tocar campanas.

—¿Podría decirle que llame al señor Dunworthy al hospital en cuanto regrese, por favor?

—Señor Dunworthy. —Ella lo anotó, y entonces alzó bruscamente la cabeza—. Señor Dunworthy —re¬pitió con un tono de voz absolutamente distinto—, ¿es usted la persona responsable de que estemos prisione¬ras aquí?

No había ninguna buena respuesta a eso. No ten¬dría que haber llamado al salón común. Había enviado a Finch al despacho del administrador.

—El Ministerio de Sanidad instaura cuarentenas temporales en casos de enfermedad no identificada. Es una medida preventiva. Lamento que les haya causado inconveniencias. He dado instrucciones a mi secretario para que su estancia sea agradable, y si hay algo que pueda hacer por ustedes...

—¿Hacer? ¿Hacer? Puede llevarnos a Ely, eso es lo que puede hacer. Mis campaneras tenían que dar un concierto en la catedral a las ocho, y mañana debemos estar en Norwich. Vamos a tocar un repique en Nochebuena.

Dunworthy no estaba dispuesto a ser quien le anunciara que no iban a estar en Norwich al día siguiente.

—Estoy seguro de que en Ely ya son conscientes de la situación, pero puedo telefonear a la catedral y explicar...

—¡Explicar! Tal vez le gustaría explicármelo a mí también. No estoy acostumbrada a verme privada de mis libertades civiles de esta forma. En Estados Unidos, nadie soñaría con decir dónde puedes y no puedes ir.

Y más de treinta millones de norteamericanos mu¬rieron durante la Pandemia como resultado de esa for¬ma de pensar.

—Le aseguro, señora, que la cuarentena es sola¬mente para protegerlas, y que todas las fechas de sus conciertos volverán a fijarse. Mientras tanto, Balliol se enorgullece de tenerlas como invitadas. Deseo de todo corazón conocerla en persona. Su reputación la precede.

Y si eso fuera cierto, pensó, le habría dicho queOxford estaba en cuarentena cuando escribió solicitando permiso para venir.

—No hay manera de volver a fijar un repique de Nochebuena. íbamos a tocar un repique nuevo, el Chi¬cago Surprise Minor. La Capilla de Norwich cuenta con que estemos allí, y le aseguro que...

Dunworthy pulsó el botón de desconexión.

Finch probablemente estaba en el despacho del ad¬ministrador, buscando los archivos médicos de Badri, pero Dunworthy no pensaba arriesgarse a encontrarse con otra campanera. En cambio, buscó el número de Transportes Regionales y empezó a marcarlo.

La puerta del fondo del pasillo se abrió y apareció Mary.

—Estoy intentando con Transportes Regionales —anunció Dunworthy, mientras terminaba de marcar el número. Le pasó el teléfono.

Ella lo rechazó, sonriendo.

—No importa. Acabo de hablar con Deirdre. El tren de Colin fue detenido en Barton. Los pasajeros fueron llevados de vuelta a Londres. Ella va a ir a Mar-ble Arch a recogerlo. —Suspiró—. Deirdre no parecía muy contenta. Pensaba pasar la Navidad con la familia de su nuevo compañero, y creo que prefería que el niño no estuviera presente, pero qué se le va a hacer. Me alegro de que no se vea mezclado en todo esto.

Él pudo percibir el alivio en su voz. Recogió el te¬léfono.

—¿Tan malo es?

—Acabamos de recibir la identificación prelimi¬nar. Es un mixovirus tipo A, sin ninguna duda. Gripe.

Él esperaba algo peor, alguna fiebre del Tercer Mundo o un retrovirus. Había sufrido la gripe en los días anteriores a las antivirales. Se había sentido fatal, congestionado, febril y dolorido durante unos cuantos días, y luego se recuperó simplemente a base de des¬cansar y tomar líquidos.

—¿Retirarán la cuarentena, entonces?

—No, hasta que tengamos los archivos médicos de Badri. Sigo esperando que se haya saltado su última dosis de antivirales. De lo contrario, tendremos que es¬perar hasta que localicemos la fuente.

—Pero se trata sólo de la gripe.

—Si hay un pequeño cambio antigénico, de un punto o dos, es sólo la gripe —corrigió ella—. Si hay un cambio mayor, es influenza, que es un asunto com¬pletamente distinto. La pandemia de la Gripe Española de 1918 era un mixovirus. Mató a veinte millones de personas. Los virus mutan cada pocos meses. Los antí-genos de su superficie cambian, de forma que los hace irreconocibles para el sistema inmunológico. Por eso las vacunas son necesarias en cada estación. A pesar de ello, no sirven de nada contra grandes cambios.

—¿Y es éste el caso?

—Lo dudo. Las mutaciones importantes sólo su¬ceden cada diez años o así. Creo que lo más probable es que Badri no recibiera su vacuna estacional. ¿Sabes si tuvo que trasladarse a principios de trimestre?

—No. Pero es posible.

 —Si tuvo algún trabajo urgente, es probable que se le olvidara, y en ese caso lo único que tiene es la gripe de este invierno.

—¿Y Kivrin? ¿Recibió las vacunas estacionales?

—Sí, y antivirales en todo el espectro y potencia¬ción de leucocitos-T. Está plenamente protegida.

—¿Aunque sea influenza?

Ella vaciló una fracción de segundo.

—Si estuvo expuesta al virus a través de Badri esta mañana, está plenamente protegida.

—¿Y si se encontró con él antes?

—Si te respondo, sólo servirá para que te preocu¬pes. —Respiró hondo—. La potenciación y las antivi¬rales se le administraron para que tuviera inmunidad total al principio del lanzamiento.

—Y Gilchrist lo adelantó dos días —dijo Dunworthy amargamente.

—Yo no habría permitido que fuera si no creyera que se encontraba bien.

—Pero no contaste con la posibilidad de que estu¬viera expuesta a un virus de influenza antes de mar¬charse siquiera.

—No, pero eso no cambia nada. Tiene inmunidad parcial, y no estamos seguros de que estuviera expues¬ta. Badri apenas se le acercó.

—¿Y si estuvo expuesta antes?

—Sé que no debería de habértelo dicho —suspiró Mary—. La mayoría de los mixovirus tienen un perío¬do de incubación de doce a cuarenta y ocho horas. Aunque Kivrin estuviera expuesta hace dos días, ha¬bría tenido suficiente inmunidad para impedir que el virus se replicara lo suficiente para causar más que sín¬tomas menores. Pero no es influenza. —Le palmeó el brazo—. Y estás olvidando las paradojas. Si hubiera es¬tado expuesta, habría sido altamente contagiosa. La red no la habría dejado pasar.

Tenía razón. Las enfermedades no podían atrave¬sar la red si existía alguna posibilidad de que los contemporáneos las contrajeran. Las paradojas no lo per¬mitirían. La red no se habría abierto.

—¿Cuáles son las probabilidades de que la pobla¬ción de 1320 sea inmune? —preguntó.

—¿A un virus actual? Casi ninguna. Hay mil ocho¬cientos puntos posibles de mutación. Los contemporá¬neos tendrían que tener todos el virus exacto, o serían vulnerables.

Vulnerables.

—Quiero ver a Badri —dijo—. Cuando llegó al pub, dijo que algo fallaba. Lo estuvo repitiendo en la ambulancia camino del hospital.

—Algo falla —contestó Mary—. Sufre una grave infección vírica.

—O sabe que ha contagiado a Kivrin. O no hizo el ajuste.

—Dijo lo contrario. —Ella le miró, compasiva—. Supongo que es inútil decirte que no te preocupes por Kivrin. Ya has visto cómo acabo de actuar con respecto a Colin. Pero hablaba en serio cuando dije que los dos están a salvo. Kivrin está mucho mejor que aquí, inclu¬so entre esos ladrones y asesinos que no paras de ima¬ginar. Al menos no tendrá que tratar con las regulacio¬nes de cuarentena del Ministerio de Sanidad.

Él sonrió.

—O con las campaneras americanas. América no ha sido descubierta todavía. —Extendió la mano hacia el pomo de la puerta.

La puerta de otro extremo del pasillo se abrió de golpe y una mujer corpulenta que llevaba una maleta la atravesó.

—Está usted ahí, señor Dunworthy —gritó desde la otra punta del pasillo—. Le he estado buscando.

—¿Es una de tus campaneras? —preguntó Mary, volviéndose a mirarla.

—Peor —contestó Dunworthy—. Es la señora Gaddson.

 

 

 

 

 

6

 

 

Oscurecía bajo los árboles y al pie de la colina. A Kivrin empezó a dolerle la cabeza incluso antes de lle¬gar a los surcos helados, como si eso tuviera algo que ver con cambios microscópicos en luz o altura.

No podía ver la carreta, a pesar de que se encontra¬ba directamente delante del pequeño cofre, y si se es¬forzaba la cabeza le dolía aún más. Si esto era uno de los «síntomas menores» del desplazamiento temporal, se preguntó cómo serían los mayores.

Cuando vuelva, pensó mientras avanzaba entre los matorrales, pienso tener una charla al respecto con la doctora Ahrens. Creo que subestiman los efectos debi¬litadores que estos síntomas pueden tener sobre un historiador. Bajar la colina la había dejado más exhaus¬ta que subirla, y tenía mucho frío.

La capa y los cabellos se le enredaron en los sauces mientras se abría paso entre los matorrales, y se hizo un largo arañazo en el brazo que inmediatamente em¬pezó a dolerle también. Resbaló una vez y estuvo a punto de caerse, y el efecto sobre su migraña fue que la cabeza dejó de dolerle y luego la sensación de molestia volvió con fuerza redoblada.

El claro estaba casi completamente oscuro, aunque lo poco que podía ver era aún muy diáfano; no era que los colores se apagaran, sino que se hacían más profun¬dos hacia el negro. Los pájaros se disponían a dormir. Debían de haberse acostumbrado a ella. No hicieron tanta pausa en sus revoloteos y aleteos.

Kivrin recogió rápidamente las cajas dispersas y los barrilitos rotos, y los metió en el carro. Agarró el tiro de la carreta y empezó a empujarla hacia el camino. La carreta ofreció un poco de resistencia, luego se des¬lizó fácilmente sobre un puñado de hojas, y al final se atascó. Kivrin hizo palanca y tiró de nuevo. La carreta avanzó unos cuantos centímetros más y se ladeó. Una de las cajas se cayó.

Kivrin la recogió y rodeó la carreta, intentando ver dónde se había atascado. La rueda derecha estaba atas¬cada contra una raíz de árbol, pero podría sacarla si conseguía una buena palanca. No podía hacerlo por aquel lado: Medieval había golpeado con un hacha el costado para que pareciera que se había roto al volcar, y habían hecho un buen trabajo: la dejaron reducida a astillas. Le dije al señor Gilchrist que debería haberme permitido traer guantes, pensó Kivrin.

Dio la vuelta hasta el otro lado, agarró la rueda y empujó. No se movió. Se apartó las faldas y la capa y se arrodilló junto a la rueda para poder empujarla con el hombro.

La pisada estaba delante de la rueda, en un peque¬ño espacio despejado de hojas, apenas de la anchura del pie. Las hojas se habían arremolinado contra las raíces de los robles a cada lado. No tenían ninguna huella que pudiera verse bajo la luz grisácea, pero la pisada en la tierra era perfectamente clara.

No puede ser una pisada, pensó Kivrin. El suelo está helado. Extendió la mano hacia la marca, pensan¬do que podría tratarse de algún juego de luces y som¬bras. Los surcos helados de la carretera no tenían nin¬guna huella. Pero la tierra cedió fácilmente bajo su mano, y la huella era lo bastante profunda para poder palparla.

Había sido hecha por un zapato de suela blanda, sin tacón, y el pie era grande, más que el suyo. Un pie de hombre, pero los hombres del siglo XIV eran más menu¬dos, más bajos, y sus pies ni siquiera eran tan grandes como el suyo. Aquél era el pie de un gigante.

Tal vez se trate de una pisada antigua, pensó des¬cabelladamente. Tal vez es la pisada de un leñador, o de un campesino que buscaba a una oveja perdida. Tal vez es uno de los monteros del rey, y han estado cazando por aquí. Pero ésta no era la pisada de al¬guien que persiguiera un ciervo. Era la pisada de un hombre que había permanecido allí de pie durante largo rato, observándola. Le oí, pensó Kivrin, y un pequeño aleteo de pánico se alojó en su garganta. Le oí aquí de pie.

Todavía estaba arrodillada, sujetándose a la rueda para conservar el equilibrio. Si el hombre, fuera quien fuese, y tenía que ser un hombre, un gigante, estaba to¬davía en aquel claro, observando, debía de 'saber que ella había encontrado la huella. Se incorporó.

—¿Hola? —llamó, y dio de nuevo un susto de muerte a los pájaros, que aletearon y piaron, hasta que volvió a reinar el silencio—. ¿Hay alguien ahí?

Esperó, escuchando, y le pareció que en el silencio percibía de nuevo la respiración.

—Hablad —dijo—. Hallóme en un apuro y mis siervos huyeron.

Magnífico, pensó. Dile que estás indefensa y com¬pletamente sola.

—¡Holaaa! —gritó de nuevo, y empezó a recorrer cautelosamente el claro, escrutando los árboles.

Si el hombre se encontraba todavía allí, estaba tan oscuro que ella no lo vería. No distinguía nada más allá de los bordes del claro. Ni siquiera sabía con seguridad dónde se encontraba el bosquecillo y la carretera. Si esperaba más tiempo, estaría completamente oscuro y nunca podría llevar la carreta al camino.

Pero no podía moverla. Fuera quien fuese quien la había observado entre los dos árboles, sabía que la carre¬ta estaba allí. Tal vez incluso la había visto aparecer, sali¬da de la nada como un ser conjurado por un alquimista. Si ése era el caso, probablemente había salido corriendo para preparar la pira que Dunworthy estaba tan seguro era del agrado del populacho. Pero si así hubiera sido, el hombre habría dicho algo, aunque fuera sólo «¡Pardiez!» o «¡Padre celestial!», y ella le habría oído abrirse paso en¬tre los matorrales mientras se marchaba corriendo.

No había corrido, lo cual significaba que no la ha¬bía visto aparecer. La había encontrado más tarde, ten¬dida de modo inexplicable en mitad del bosque junto a una carreta aplastada. ¿Qué había pensado? ¿Que la habían atacado en el camino y la habían arrastrado has¬ta allí para ocultar toda prueba?

¿Entonces, por qué no había intentado ayudarla? ¿Por qué había permanecido allí, silencioso como un roble, lo suficiente para dejar una marca de su pisada, y luego había vuelto a marcharse? Tal vez pensó que es¬taba muerta. La habría asustado su cuerpo yaciente. Hasta el siglo xv, la gente creía que los espíritus malig¬nos tomaban posesión inmediata de cualquier cadáver que no hubiera sido adecuadamente enterrado.

O tal vez había ido en busca de ayuda, a una de aquellas aldeas que Kivrin había oído, tal vez incluso a Skendgate, y ahora estaba en camino con la mitad del pueblo, todos ellos con antorchas.

En tal caso, debería quedarse donde estaba y espe¬rar su regreso. Debería incluso volver a tenderse. Cuando los aldeanos llegaran, tal vez especularían acerca de ella y luego la llevarían al pueblo, dándole muestras del idioma, tal como pretendía su plan origi¬nal. ¿Pero, y si volvía solo, o con amigos que no tuvie¬ran intención ninguna de ayudarla?

No podía pensar. El dolor de cabeza se había ex¬tendido desde las sienes a detrás de los ojos. Mientras se frotaba la frente, ésta empezó a latirle. ¡Y tenía tanto frío! La capa, a pesar de su forro de piel de conejo, no era nada cálida. ¿Cómo había sobrevivido la gente a la Pequeña Era del Hielo vestida tan sólo con ropas como aquélla? ¿Cómo habían sobrevivido los conejos?

Al menos podría hacer algo respecto al frío. Podría recoger madera y encender una fogata, y si la persona de la huella volvía con malas intenciones, podría man¬tenerlo a raya con una rama ardiente. Y si había ido a buscar ayuda y no encontraba el camino en la oscuri¬dad, el fuego lo guiaría hasta ella.

Volvió a recorrer el claro, en busca de leña. Dunworthy había insistido en que aprendiera a encender fuego sin yesca o pedernal.

—¿Gilchrist pretende que vayas por la Edad Me¬dia en pleno invierno sin saber encender fuego? —ha¬bía dicho, enfurecido, y ella le defendió, le dijo que Medieval no esperaba que pasara tanto tiempo al aire libre. Pero tendrían que haber tenido en cuenta el frío que haría.

Los palos le enfriaban las manos, y cada vez que se agachaba para recoger uno, le dolía la cabeza. Por fin, dejó de agacharse y simplemente se detuvo y fue arran¬cando ramas secas, manteniendo la cabeza recta. Eso fue un ligero alivio, pero no mucho. Tal vez se sentía así porque tenía mucho frío. Tal vez el dolor de cabeza y la dificultad para respirar se debían al frío. Tenía que encender el fuego.

La madera parecía helada; nunca ardería. Y las ho¬jas también estarían húmedas, demasiado para usarlas como yesca. Tendría que utilizar leña seca y un palo afilado. Formó un montoncito con la leña junto a las raíces de un árbol, cuidando de mantener la cabeza rec¬ta, y volvió a la carreta.

El lateral aplastado de la carreta tenía varios trozos rotos de madera que podría utilizar. Se clavó dos asti¬llas en la mano antes de poder arrancar los pedazos, pero la madera al menos estaba seca, aunque también fría. Había un trozo grande y afilado justo sobre la rueda. Se inclinó para cogerlo y estuvo a punto de caer¬se, jadeando ante el súbito mareo.

—Será mejor que te tiendas —dijo en voz alta.

Se sentó, agarrándose a los lados de la carreta.

—Doctora Ahrens —murmuró, casi sin aliento—, deberían inventar algo que impida el desplazamiento temporal. Esto es horrible.

Si pudiera tumbarse un poquito, tal vez el mareo desaparecería y podría encender el fuego. Pero no po¬día hacerlo sin inclinarse, y la simple idea de intentarlo hacía que las náuseas regresaran.

Se cubrió la cabeza con la capucha y cerró los ojos, e incluso eso le dolió, pues la acción pareció concentrar el dolor en su cabeza. Algo fallaba. Esto no podía ser una reacción al desplazamiento temporal. Se suponía que debía tener unos pocos síntomas menores que desapa¬recerían en cuestión de un par de horas tras su llegada, no que empeorarían. Un poco de dolor de cabeza, había dicho la doctora Ahrens, un poco de fatiga. No había di¬cho nada de náuseas, ni de estar aterida de frío.

Tenía tanto frío... Se arrebujó en la capa, como si fuera una manta, pero la acción pareció hacer que sin¬tiera aún más frío.

Los dientes le empezaron a castañetear, como le había pasado en lo alto de la colina, y grandes y con¬vulsivos estertores sacudieron sus hombros.

Voy a morir congelada, pensó. Pero no se puede evitar. No puedo levantarme y encender la hoguera. No puedo. Tengo demasiado frío. Es una lástima que estuviera usted equivocado respecto a los contemporá¬neos, señor Dunworthy, pensó, e incluso el pensa¬miento fue difuso. Ser quemada en la hoguera me pare¬ce una idea excelente.

No habría creído que pudiera quedarse dormida, acurrucada en el gélido suelo. No había advertido nin¬gún calor extendiéndose sobre ella, y si hubiera sido así, habría temido que se tratara del entumecimiento provocado por la hipotermia y habría intentado com¬batirlo. Pero debió de quedarse dormida, porque cuan¬do abrió los ojos de nuevo era de noche en el claro, no¬che cerrada con estrellas heladas tras la red de ramas, y ella estaba tendida en el suelo, contemplándolas.

Había resbalado mientras dormía, de modo que te¬nía la cabeza apoyada contra la rueda. Todavía tiritaba de frío, aunque los dientes ya no le castañeteaban. La cabeza había empezado a latirle, redoblando como una campana, y le dolía todo el cuerpo, sobre todo el pe¬cho, contra el que había sujetado la madera mientras recogía leña para el fuego.

Algo falla, pensó, y esta vez había auténtico pánico en el pensamiento. Tal vez experimentaba algún tipo de reacción alérgica al viaje en el tiempo. ¿Existía una cosa así? Dunworthy nunca había hablado de nada pa¬recido, y le había advertido de todo: violación y cólera y tifus y peste.

Retorció la mano bajo la capa y palpó en su brazo en busca del lugar donde tenía la hinchazón provocada por la vacuna antiviral. Todavía estaba allí, aunque ya no le picaba ni le dolía al tocarla. Tal vez eso era mala señal. Tal vez el hecho de que hubiera dejado de picarle significaba que había dejado de funcionar.

Intentó levantar la cabeza. El mareo volvió al ins¬tante. Bajó la cabeza y sacó las manos del interior de la capa, cuidadosa y lentamente, la náusea cortando ca¬da movimiento. Cruzó las manos y las unió contra su rostro.

—Señor Dunworthy, creo que será mejor que ven¬ga y me saque de aquí.

Volvió a quedarse dormida, y cuando despertó oyó el leve y distante sonido de música navideña. Oh,

bien, pensó, han abierto la red, e intentó incorporarse y sentarse contra la rueda.

—Oh, señor Dunworthy, me alegro de que haya vuelto —dijo, combatiendo la náusea—. Tenía miedo de que no recibiera mi mensaje.

El sonido de campanas se intensificó y vio una luz fluctuante. Se incorporó un poco más.

—Ha encendido usted el fuego —suspiró—. Tenía razón con lo del frío.

Sentía la rueda de la carreta helada contra la capa. Los dientes empezaron a castañetearle de nuevo.

—La doctora Ahrens tenía razón. Debí esperar a que bajara la hinchazón. No sabía que la reacción sería tan mala.

No era un fuego, después de todo, sino una linter¬na. Dunworthy la portaba mientras se acercaba a ella.

—Esto no significa que he contraído un virus, ¿ver¬dad? ¿O la peste? —Tenía problemas para hablar, pues los dientes le castañeteaban con fuerza—. ¿No sería ho¬rrible? ¿ Sufrir la peste en la Edad Media? Al menos sería adecuado.

Se echó a reír, una risa aguda y casi histérica que pro¬bablemente asustaría de muerte al señor Dunworthy.

—No pasa nada —dijo, y apenas pudo entender sus propias palabras—. Sé que estaba preocupado, pero me encuentro perfectamente bien. Sólo...

Él se detuvo ante Kivrin, la linterna iluminando un círculo bamboleante en el suelo. Vio los pies de Dun¬worthy. Llevaba zapatos de cuero, informes, como los que habían dejado la huella. Ella intentó decir algo acer¬ca de los zapatos, preguntarle si el señor Gilchrist le ha¬bía obligado a ponerse un auténtico traje medieval sólo para ir a rescatarla, pero los movimientos de la linterna volvieron a marearla.

Cerró los ojos, y cuando los abrió de nuevo, él es¬taba arrodillado ante Kivrin. Había soltado la linterna, y la luz le iluminaba la capucha y las manos cruzadas.

—No pasa nada —repitió ella—. Sé que estaba pre¬ocupado, pero me encuentro bien. De verdad. Sólo me siento un poco enferma.

Él levantó la cabeza.

—Certes, it been derlostuh dayes forgott foreto getest hissahntes im aller —dijo.

Tenía un rostro duro y arrugado, la cara de un asesino. La había visto allí tendida y luego se había marchado a esperar que oscureciera, y ahora había vuelto.

Kivrin intentó alzar una mano para repelerlo, pero de algún modo las manos se le quedaron enmarañadas dentro de la capa.

—Márchese —dijo, y los dientes le castañeteaban con tanta fuerza que apenas pudo pronunciar la pala¬bra—. Márchese.

Él dijo algo más, con entonación ascendente esta vez, una pregunta. Ella no entendió lo que decía. Es in¬glés medio, pensó. Lo he estudiado durante tres años, y el señor Latimer me ha enseñado todo lo que hay que saber sobre inflexiones adjetivales. Tendría que poder comprenderlo. Es la fiebre, pensó. Por eso no entiendo lo que dice.

Él repitió la pregunta o hizo alguna otra, ni siquie¬ra podía asegurar eso.

Es porque estoy enferma, pensó. No lo compren¬do porque estoy enferma.

—Amable señor —empezó a decir, pero no pudo recordar el resto del discurso—. Ayúdeme —pidió, y trató de pensar cómo expresarlo en inglés medio, pero no pudo recordar más que el latín eclesiástico—. Do¬mine, ad adjuvandum me festina.

Él inclinó la cabeza sobre las manos y empezó a murmurar tan bajo que ella no pudo oírlo, y entonces debió de perder el sentido de nuevo porque él la había levantado y la llevaba en brazos. Aún oía el sonido de las campanas de la red abierta, e intentó decidir de qué dirección procedían, pero los dientes le castañeteaban tanto que no podía oír bien.

—Estoy enferma —dijo, y él la colocó sobre el ca¬ballo blanco. Se desplomó hacia adelante, aferrándose a la crin del animal para no caerse. Él puso una mano en el costado y la sostuvo—. No sé cómo ha sucedido. Me pusieron todas las vacunas.

Él condujo al burro lentamente. Las campanillas de las riendas tintinearon débilmente.

 

 

TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL JUICIO FINAL

(000740-000751)

Señor Dunworthy, creo que será mejor que venga y me saque de aquí.

 

 

 

 

 

7

 

—Lo sabía —dijo la señora Gaddson, recorriendo el pasillo hacia ellos—. Ha contraído alguna horrible enfermedad, ¿verdad? Ahora lo comprendo todo.

Mary avanzó un paso.

—No puede entrar aquí —dijo—. Es una zona ais¬lada.

La señora Gaddson continuó su marcha. El imper¬meable transparente que llevaba por encima del abrigo salpicaba goterones de agua mientras caminaba hacia ellos, blandiendo la maleta como si fuera un arma.

—No puede echarme por las buenas. Soy su ma¬dre. Exijo verlo.

Mary levantó la mano como un policía.

—¡Alto! —exclamó con su mejor voz autoritaria.

Sorprendentemente, la señora Gaddson se detuvo.

—Una madre tiene derecho a ver a su hijo —pro¬testó. Su expresión se suavizó—. ¿Está muy enfermo?

—Si se refiere a su hijo William, no está enfermo en absoluto, al menos que yo sepa —contestó Mary. Vol¬vió a levantar la mano—. Por favor, no se acerque más. ¿Por qué piensa que William está enfermo?

—Lo supe en el momento en que me enteré de la cuarentena. Un agudo dolor me atravesó cuando el jefe de estación dijo «cuarentena temporal». —Soltó la ma¬leta para poder indicar el emplazamiento del agudo do¬lor—. Es porque no se tomó sus vitaminas. Le pedí al colegio que se asegurara de dárselas —dirigió a Dunworthy una mirada que rivalizaba con las de Gilchrist—, y ellos me contestaron que podía cuidar de sí mismo. Bien, es evidente que se equivocaban.

—William no es el motivo de la cuarentena. Uno de los técnicos de la Universidad sufre una infección viral —explicó Mary.

Dunworthy advirtió, agradecido, que no había di¬cho «técnico de Balliol».

—El técnico es el único caso, y no hay ninguna in¬dicación de que vaya a haber más. La cuarentena es una medida puramente preventiva, se lo aseguro.

La señora Gaddson no parecía convencida.

—Mi Willy siempre ha sido enfermizo, y no sabe cuidar de sí mismo. Estudia demasiado en esa habita¬ción llena de corrientes de aire —se lamentó, con otra sombría mirada a Dunworthy—. Me sorprende que no haya sufrido antes una infección viral.

Mary bajó la mano y se la metió en el bolsillo don¬de llevaba el blíper. Espero que esté pidiendo ayuda, pensó Dunworthy.

—Al final de un trimestre en Balliol, la salud de Willy estaba completamente arruinada, y entonces su tutor le obligó a quedarse en Navidad y estudiar a Pe¬trarca —gimoteó la señora Gaddson—. Por eso he venido. La idea de que pase solo la Navidad en este horri¬ble lugar, comiendo Dios sabe qué y haciendo todo tipo de cosas para poner en peligro su salud, fue algo que el corazón de esta madre no pudo soportar.

Señaló el lugar que el dolor había atravesado cuan¬do oyó las palabras «cuarentena temporal».

—Y desde luego, es providencial que viniera cuan¬do lo hice. Providencial. Estuve a punto de perder el tren, porque la maleta me pesaba demasiado, y casi pensé, ah, bueno, ya vendrá otro, pero quería venir con mi Willy, así que grité para que sujetaran las puertas, y apenas me había bajado en Cornmarket cuando el jefe de estación dijo: «Cuarentena temporal. El servicio de trenes queda temporalmente suspendido.» Si hubiera perdido ese tren y cogido el siguiente, la cuarentena me habría detenido. Da miedo pensarlo.

Sí, daba miedo.

—Estoy seguro de que William se sorprenderá al verla —dijo Dunworthy, esperando que se fuera a bus¬carlo.

—Sí —respondió ella, sombría—. Posiblemente estará por ahí sin la bufanda puesta. Pillará esta infec¬ción viral, lo sé. Lo pilla todo. De pequeño le salían unos sarpullidos horribles. Seguro que acaba pillando esta enfermedad. Al menos su madre está aquí para cuidar de él.

La puerta se abrió y entraron corriendo dos perso¬nas que llevaban mascarillas, batas, guantes y una espe¬cie de bolsa que les cubría los zapatos. Redujeron el paso cuando vieron que no había nadie desplomado en el suelo.

—Necesito que se acordone esta zona y que colo¬quen un cartel de aislamiento —dijo Mary. Se volvió hacia la señora Gaddson—. Me temo que existe una posibilidad de que haya quedado usted expuesta al vi¬rus. Todavía no tenemos un modo positivo de transmi¬sión, y no podemos descartar la posibilidad de que esté en el aire —dijo, y por un horrible momento Dunwor¬thy pensó que pretendía poner a la señora Gaddson en la sala de espera con ellos—. ¿Quieren escoltar a la se¬ñora Gaddson a un cubículo de aislamiento? —pre¬guntó a uno de los recién llegados—. Necesitaremos hacerle análisis de sangre y una lista de sus contactos. Señor Dunworthy, si quiere acompañarme —dijo; lo condujo al interior de la sala de espera y cerró la puerta antes de que la señora Gaddson pudiera protestar.

—Podrán retenerla un rato y dar al pobre Willy unas cuantas horas de libertad.

—Esa mujer podría crearle sarpullidos a cualquiera —observó él.

Todos, excepto la auxiliar, se habían vuelto al ver¬los entrar. Latimer estaba sentado pacientemente junto a la bandeja, con la manga subida. Montoya hablaba todavía por teléfono.

—El tren de Colin regresó —informó Mary—. Ya está a salvo en casa.

—Oh, bien —contestó Montoya, y soltó el teléfo¬no. Gilchrist saltó para cogerlo.

—Señor Latimer, siento haberle hecho esperar —le dijo Mary. Abrió un par de guantes impermeables, se los calzó, y empezó a preparar una hipodérmica.

—Aquí Gilchrist. Quiero hablar con el tutor sé¬nior. Sí, intento contactar con el señor Basingame. Sí, esperaré.

El tutor sénior no tiene ni idea de dónde está, pen¬só Dunworthy, ni tampoco la secretaria. Ya había ha¬blado con ellos cuando intentaba detener el lanzamien¬to. La secretaria ni siquiera sabía que estaba en Escocia.

—Me alegro de que encontraran al chico —dijo Montoya, mirando su digital—. ¿Cuánto tiempo cree que nos retendrán aquí? Tengo que volver a mi excava¬ción antes de que se convierta en un lodazal. Ahora es¬tamos excavando el patio de la iglesia de Skendgate. La mayoría de las tumbas son del siglo xv, pero tenemos algunas de la Peste Negra y unas cuantas anteriores a Guillermo el Conquistador. La semana pasada encon¬tramos la tumba de un caballero. Me pregunto si Kivrin  estará allí.

Dunworthy asumió que Montoya se refería a la al¬dea y no a una de las tumbas.

—Eso espero.

—Le pedí que empezara a grabar sus observacio¬nes de Skendgate inmediatamente, de la aldea y la iglesia. Sobre todo de la tumba. La inscripción está borra¬da en parte, como algunos de los grabados. La fecha es legible, 1318.

—Es una emergencia —dijo Gilchrist. Puso mala cara mientras se producía una larga pausa—. Ya sé que está pescando en Escocia. Quiero saber dónde.

Mary puso un parche en el brazo de Latimer y se volvió hacia Gilchrist. Él negó con la cabeza. Entonces ella se dirigió a la auxiliar y la despertó. La auxiliar la siguió hasta la bandeja, parpadeando soñolienta.

—Hay muchas cosas que sólo podemos saber por observación directa —prosiguió Montoya—. Le dije a Kivrin que grabara cada detalle. Espero que haya espa¬cio en el grabador. ¡Es tan pequeño! —Volvió a consultar su reloj—. Por supuesto, tenía que serlo. ¿Tuvo oportunidad de verlo antes de que se lo implantaran? Es tan pequeño que parece un espolón óseo.

—¿Espolón óseo? —se extrañó Dunworthy, mien¬tras veía cómo la sangre de la auxiliar llenaba el vial.

—Es para que no pueda causar un anacronismo aunque lo descubran. Encaja contra la superficie pal¬mar del hueso escafoides. —Frotó el hueso de la muñe¬ca sobre el pulgar.

Mary se volvió hacia Dunworthy y la auxiliar se le¬vantó, bajándose la manga. Dunworthy ocupó su lugar en la silla. Mary despegó la parte trasera de un monitor, lo pegó al interior de la muñeca de Dunworthy, y le tendió un temp para que lo tragara.

—Que el administrador me llame a este número en cuanto regrese —dijo Gilchrist, y colgó.

Montoya cogió el teléfono y marcó un número.

—Hola. ¿Podría decirme el perímetro de la cua¬rentena? Necesito saber si Witney está dentro. Mi ex¬cavación está allí. —Al parecer, le contestaron que no—. ¿Entonces con quién puedo hablar para que cambie el perímetro? Se trata de una emergencia.

Están tan preocupados por sus supuestas «emergencias», pensó Dunworthy, que a nadie le ha dado por preocuparse por Kivrin. Bien, ¿de qué había que preocuparse? Habían disimulado el grabador para que pareciera un espolón óseo y no causara un anacronis¬mo cuando los contemporáneos decidieran cortarle las manos antes de quemarla en la hoguera.

Mary le tomó la tensión y luego le pinchó con la aguja.

—Si el teléfono vuelve a quedar disponible alguna vez —dijo, dándole un golpecito al aposito y volvién¬dose hacia Gilchrist, que se encontraba de pie junto a Montoya, con aspecto impaciente—, podrías llamar a William Gaddson y advertirle de que ha venido su madre.

—Sí—dijo Montoya—. El número del Fondo Na¬cional. —Colgó, y apuntó un número en uno de los fo¬lletos.

El teléfono sonó. Gilchrist, que se dirigía a Mary, se abalanzó hacia el aparato, agarrándolo antes de que Montoya pudiera cogerlo.

—No —dijo, y lo tendió a Dunworthy de mala gana.

Era Finch. Estaba en el despacho del adminis¬trador.

—¿Tiene los archivos médicos de Badri?

—Sí, señor. La policía está aquí, señor. Están bus¬cando sitio para meter a todos los retenidos que no vi¬ven en Oxford.

—Y quieren que los alojemos en Balliol —adivinó Dunworthy.

—Sí, señor. ¿A cuántos podemos aceptar?

Mary se había levantado, con el vial con la sangre de Gilchrist en una mano, y le hacía señas.

—Espere un momento, por favor —dijo Dunwor¬thy, y cubrió el micrófono.

—¿Os han pedido que alojéis a los retenidos? —preguntó Mary.

—Sí.

—No te comprometas a ocupar todas vuestras ha¬bitaciones. Puede que necesitemos espacio para los en¬fermos.

Dunworthy retiró la mano.

—Dígales que podemos alojarlos en Fisher y en las habitaciones que quedan en Savin. Si no ha asignado todavía habitaciones a las campaneras, dóblelas. Dígale a la policía que el hospital ha solicitado Bulkeley-John-son como pabellón de emergencia. ¿Ha encontrado los archivos médicos de Badri?

—Sí, señor. Fue una odisea encontrarlos. El admi¬nistrador los había archivado como Badri coma Chau-dhuri, y las americanas...

—¿Ha encontrado el número de la Seguridad Social?

—Sí, señor.

—Va a ponerse la doctora Ahrens —dijo antes de que Finch se embarcara a contar historias sobre las campaneras. Hizo un gesto a Mary—. Puede darle la información directamente.

Mary colocó un aposito sobre el brazo de Gilchrist y un monitor temp en el dorso de su mano.

—Llamé a Ely, señor —decía Finch—. Les infor¬mé de la cancelación del concierto de campanas y fue¬ron bastante amables, pero las americanas todavía es¬tán muy molestas.

Mary terminó de introducir las lecturas de Lati-mer, se quitó los guantes y se acercó para recoger el te¬léfono.

—¿Finch? Soy la doctora Ahrens. Dícteme el nú¬mero de la Seguridad Social de Badri.

Dunworthy le tendió su lista de Secundarios y un lápiz, y ella lo apuntó y luego preguntó los registros de vacunas de Badri e hizo una serie de anotaciones que Dunworthy no supo descifrar.

—¿Alguna reacción o alergia? —Hubo una pausa—Muy bien, no. Puedo conseguir el resto del ordenador.

Volveré a llamarle si necesito más información. —Le tendió el teléfono a Dunworthy—. Quiere hablar conti¬go otra vez —dijo, y se marchó, llevándose el papel.

—Están muy molestas —insistió Finch—. La se¬ñora Taylor amenaza con demandarnos por incumpli¬miento involuntario de contrato.

—¿Cuándo fue la última dosis de antivirales de Badri?

Finch tardó bastante tiempo en buscarlo en sus do¬cumentos.

—Aquí está, señor. Catorce de septiembre.

—¿Recibió la dosis completa?

—Así es, señor. Receptores análogos, impulsor de APM, y estacionales.

—¿Ha tenido alguna vez una reacción a las antivi¬rales?

—No, señor. No hay alergias en su historial. Ya se lo he dicho a la doctora Ahrens.

Badri había recibido todas las antivirales. No tenía historial de reacciones.

—¿Ha ido ya al New College? —preguntó.

—No, señor. Voy para allá. ¿Qué hago con los su¬ministros, señor? Tenemos jabón de sobra, pero anda¬mos cortos de papel higiénico.

La puerta se abrió, pero no era Mary, sino el auxi¬liar que habían enviado a recoger a Montoya. Se dirigió al carrito y enchufó la tetera eléctrica.

—¿Cree que debo racionar el papel higiénico, se¬ñor? —preguntó Finch—. ¿O coloco notas pidiendo a todo el mundo que modere el consumo?

—Lo que considere más oportuno —le respondió Dunworthy, y colgó.

Todavía debía de estar lloviendo. El médico lleva¬ba el uniforme mojado, y cuando la tetera hirvió, colo¬có las manos enrojecidas sobre el vapor, como para ca¬lentarlas.

—¿Ha terminado de usar el teléfono? —dijo Gilchrist.

Dunworthy se lo tendió. Se preguntó cómo sería el clima allí donde estaba Kivrin, y si Gilchrist había he¬cho que Probabilidad computara las posibilidades de que apareciera en medio de la lluvia. Su capa no era es-pecialmente impermeable, y el viajero amistoso que en principio debía aparecer al cabo de una coma seis horas podría haberse guarecido en una hostería o un granero hasta que los caminos se secaran lo suficiente para ser transitables.

Dunworthy le había enseñado a Kivrin a encender fuego, pero le resultaría muy difícil con la leña mojada y las manos entumecidas. En el siglo XIV los inviernos eran fríos. Tal vez incluso estuviera nevando. La Pe-queña Era del Hielo acababa de empezar en 1320, y el clima se fue haciendo tan frío que incluso el Támesis llegó a congelarse. Las bajas temperaturas y el clima variable habían causado tal desastre en las cosechas que algunos historiadores achacaban la Peste Negra a la desnutrición del campesinado. El clima fue malo, en efecto. En el otoño de 1348, en una parte de Oxford-shire llovió todos los días desde San Miguel hasta Navi¬dad. Probablemente Kivrin yacía en una carretera mo¬jada, medio muerta de hipotermia.

Y llena de sarpullidos, pensó, pues su chocho tutor se preocupaba demasiado por ella. Mary tenía razón. Parecía la señora Gaddson. Sólo le faltaba salir corrien¬do hacia 1320, abrir a viva fuerza las puertas de la red, como la señora Gaddson con el metro, y Kivrin se alegraría tanto de verle como William de ver a su ma¬dre. Y estaría tan necesitada de ayuda como él.

Kivrin era la estudiante más inteligente y llena de recursos que había tenido. Seguro que sabría guarecer¬se de la lluvia. Por lo que sabía, había pasado las últi¬mas vacaciones con los esquimales, aprendiendo a construir un iglú.

Desde luego, había pensado en todos los detalles, incluso las uñas. Cuando fue a mostrarle su disfraz, le enseñó las manos. Tenía las uñas rotas, y había rastros de suciedad en las cutículas.

—Sé que se supone que pertenezco a la nobleza, pero a la nobleza rural, y hacían muchas tareas de granja según los tapices de Bayeaux, y las damas del East Riding no tuvieron tijeras hasta el siglo xvn, así que me pasé la tarde del domingo en la excavación de Montoya, arañando entre los restos, para conseguir este efecto.

Sus uñas tenían un aspecto espantoso, muy autén¬tico. Desde luego, no había ningún motivo para pre¬ocuparse por un detalle menor como la nieve.

Pero no podía evitarlo. Si lograra hablar con Badri, preguntarle qué quiso decir con aquello de que «Algo falla», asegurarse de que el lanzamiento había salido bien y no se había producido demasiado deslizamien¬to, seguramente dejaría de preocuparse. Pero Mary no había podido conseguir el número de la Seguridad So¬cial de Badri hasta que Finch telefoneó. Se preguntó si Badri estaría aún inconsciente. O algo peor.

Se levantó y se acercó al carrito y se preparó una taza de té. Gilchrist estaba otra vez al teléfono, al pare¬cer hablando con el portero, que tampoco sabía dónde se encontraba Basingame. Cuando Dunworthy habló con él, le había dicho que le parecía recordar que Ba¬singame había mencionado Loch Balkillan, un lago que no existía.

Dunworthy se tomó el té. Gilchrist llamó al admi¬nistrador y al director del colegio, pero ninguno de los dos sabía dónde estaba Basingame. La enfermera que custodiaba la puerta antes entró y terminó de hacer las extracciones de sangre. El auxiliar cogió uno de los fo¬lletos y empezó a leerlo.

Montoya rellenó con rapidez el impreso de admi¬sión y las listas de contactos.

—¿Qué se supone que tengo que hacer? —pregun¬tó a Dunworthy—. ¿Apuntar toda la gente con quien he estado en contacto hoy?

—Los últimos tres días.

Siguieron esperando. Dunworthy se tomó otra taza de té. Montoya llamó al Ministerio de Sanidad y trató de convencerlos de que la libraran de la cuarentena para poder regresar a la excavación. La auxiliar clínico volvió a dormirse.

La enfermera trajo un carrito con la cena.

—Grande alborozo produjo nuestro anfitrión en todos, y nos dispusimos a cenar —declamó Latimer, la única observación que había hecho en toda la tarde.

Mientras comían, Gilchrist contó a Latimer sus pla¬nes para enviar a Kivrin al período posterior a la Peste Negra.

—El punto de vista histórico aceptado es que des¬truyó por completo a la sociedad medieval —dijo mientras cortaba su asado—, pero mi investigación in¬dica que fue un purgante más que una catástrofe.

¿Desde el punto de vista de quién?, pensó Dunwor¬thy, inquieto porque ya tardaban demasiado. Se pre¬guntó si en verdad estaban analizando la sangre o si es¬peraban simplemente que uno de ellos se desplomara sobre el carrito del té para tener una idea de cuál era el período de incubación.

Gilchrist volvió a llamar al New College y pregun¬tó por la secretaria de Basingame.

—No está —dijo Dunworthy—. Ha ido a pasar la Navidad en Devonshire con su hija.

Gilchrist le ignoró.

—Sí. Necesito hacerle llegar un mensaje. Intento localizar al señor Basingame. Es una emergencia. Aca¬bamos de enviar a una historiadora al siglo XIV, y Ba-lliol no había analizado bien al técnico que dirigía la red. Como resultado, contrajo un virus contagioso. —Colgó el teléfono—. Si el señor Chaudhuri dejó de recibir las antivirales necesarias, le haré responsable, Dunworthy.

—Recibió la dosis completa en septiembre —de¬claró Dunworthy.

—¿Tiene pruebas de eso?

—¿Pasó? —preguntó la auxiliar.

Todos ellos, incluido Latimer, se volvieron hacia ella, sorprendidos. Hasta el momento de hablar, parecía profundamente dormida, con la cabeza sobre el pecho y los brazos cruzados, sujetando la lista de contactos.

—Ha dicho que enviaron a alguien a la Edad Me¬dia —dijo, con mal ceño—. ¿Pasó?

—Me temo que no... —dijo Gilchrist.

—El virus. ¿Pudo atravesar la máquina del tiempo?

Gilchrist miró a Dunworthy, nervioso.

—Eso no es posible, ¿verdad?

—No —dijo Dunworthy. Era evidente que Gil¬christ no sabía nada de las paradojas del continuum o de la teoría de cuerdas. El hombre no servía para rector en funciones. Ni siquiera sabía cómo funcionaba la red en la que tan alocadamente había enviado a Kivrin—. El virus no pudo haber atravesado la red.

—La doctora Ahrens dijo que el hindú era el único caso —dijo la auxiliar—, y usted —señaló a Dunwor¬thy—, que había recibido la dosis completa. Si recibió las antivirales, no pudo contagiarse a menos que fuera una enfermedad de algún otro lugar. Y la Edad Media estaba llena de enfermedades, ¿no? ¿Viruela y peste?

—Estoy seguro de que Medieval ha tomado los pa¬sos necesarios para prevenir esa posibilidad... —dijo Gilchrist.

—Es imposible que un virus atraviese la red —sal¬tó Dunworthy, enfadado—. El continuum espacio-temporal no lo permite.

—Han enviado a personas —insistió ella—, y un virus es más pequeño que una persona.

      Dunworthy no había oído este argumento desde los primeros días de las redes, cuando la teoría se cono¬cía sólo en parte.

—Le aseguro que hemos tomado todas las precau¬ciones —aseveró Gilchrist.

—Nada que pudiera afectar el curso de la historia puede atravesar una red —explicó Dunworthy, miran¬do a Gilchrist. El hombre no la estaba animando con su charla de precauciones y probabilidades—. Radia¬ción, toxinas, microbios, nada de eso ha atravesado ja¬más una red. Si están presentes, la red simplemente no se abre.

La auxiliar no parecía convencida.

—Le aseguro... —repitió Gilchrist, y entonces en¬tró Mary.

Llevaba un fajo con papeles de diferentes colores. Gilchrist se levantó inmediatamente.

—Doctora Ahrens, ¿hay alguna posibilidad de que esta infección viral que ha contraído el señor Chaud-huri pueda haber atravesado la red?

—Por supuesto que no —respondió ella, fruncien¬do el ceño como si la idea le pareciera ridicula—. En primer lugar, las enfermedades no pueden atravesar la red. Violaría las paradojas. En segundo lugar, si lo hi¬ciera, que no puede, Badri se habría contagiado menos de una hora después de que pasara, lo cual significaría que el virus tendría un período de incubación de una hora, algo por completo imposible. Pero si lo hizo, y no pudo hacerlo, todos ustedes estarían ya enfermos —miró su digital—, ya que han transcurrido más de tres horas desde que quedaron expuestos.

Empezó a recoger las listas de contactos.

Gilchrist parecía irritado.

—Como rector en funciones de la Facultad de His¬toria tengo responsabilidades que atender —protes¬tó—. ¿Cuánto tiempo pretende retenernos aquí?

—Sólo lo suficiente para recoger sus listas y darles instrucciones. Unos cinco minutos.

Recogió la lista de Latimer. Montoya cogió la suya y empezó a escribir rápidamente.

—¿Cinco minutos? —preguntó la auxiliar—. ¿Quie¬re decir que podemos marcharnos?

—De momento —dijo. Puso las listas al fondo de su fajo de papeles y empezó a repartir las hojas, que eran de un rosa intenso. Parecían una especie de decla¬ración que absolvía al hospital de cualquier tipo de res-ponsabilidad—. Hemos terminado los análisis de san¬gre y ninguno muestra un nivel anormalmente alto de anticuerpos.

Tendió a Dunworthy una hoja azul que absolvía al Ministerio de Sanidad de cualquier responsabilidad y confirmaba su disposición a pagar todos los gastos no cu¬biertos por la Seguridad Social en el plazo de treinta días.

—Me he puesto en contacto con el WIC, y reco¬miendan que se siga una observación controlada, con comprobación continua de la fiebre y muestras de san¬gre cada doce horas.

La hoja que distribuía ahora era verde y tenía el tí¬tulo «Instrucciones para los contactos primarios». La primera de ellas decía: «Evite el contacto con otras per¬sonas.»

Dunworthy pensó en Finch y en las campaneras que estarían esperando, sin duda, en la puerta de Ba-lliol con demandas y protestas, y en todas aquellas per¬sonas que estarían haciendo compras navideñas o se hallarían retenidas entre un sitio y otro.

—Contrólense la temperatura a intervalos de media hora —indicó Mary, mientras les tendía un impreso amarillo—. Vengan inmediatamente si su monitor —palmeó el suyo propio—, muestra un aumento nota¬ble en temperatura. Un poco de fluctuación es normal. La temperatura tiende a subir a últimas horas de la tarde y por la noche. La temperatura puede considerarse nor¬mal entre treinta y seis y treinta y siete coma cuatro. Vengan inmediatamente si su temperatura excede treinta y siete coma cuatro o sube de repente, o si empiezan a sentir algunos síntomas: dolor de cabeza, opresión en el pecho, confusión o mareo.

Todos miraron sus monitores y, sin duda, empeza¬ron a sentir que se acercaba un dolor de cabeza. Dunworthy lo había tenido toda la tarde.

—Eviten entrar en contacto con otras personas tanto como sea posible. Cuiden todos los contactos que hagan. Todavía no estamos seguros del modo de transmisión, pero la mayoría de los mixovirus se ex-tienden por vaporización y contacto directo. Lávense frecuentemente las manos con agua y jabón.

Tendió a Dunworthy otra hoja rosa. Se estaba que¬dando sin colores. Ésta era una tabla, titulada «Contac¬tos», y debajo decía: «Nombre, Dirección, Tipo de contacto, Hora.»

Era una lástima que el virus de Badri no hubiera te¬nido que tratar con el Ministerio de Sanidad, el CDC y la WIC. Nunca habría pasado de la puerta.

—Tendrán que personarse aquí mañana a las siete. Mientras tanto, les recomiendo que tomen una buena cena y que se acuesten. El descanso es la mejor defensa contra cualquier virus. Están ustedes relevados del ser¬vicio mientras dure la cuarentena —dijo a los auxilia¬res. Tendió algunas otras hojas multicolores—. ¿Algu¬na pregunta?

Dunworthy miró a la auxiliar, esperando que le preguntara a Mary si la viruela había atravesado la red, pero ella miraba sin ningún interés sus papeles.

—¿Puedo volver a mi excavación? —preguntó Montoya.

—No, a menos que esté dentro del perímetro de la cuarentena.

—Vaya, hombre —bufó, guardándose con enfado los papeles en los bolsillos de su cazadora—. Todo el pueblo se habrá inundado mientras estoy atrapada aquí. —Se marchó.

—¿Alguna otra pregunta? —dijo Mary, imper¬turbable—. Muy bien, entonces. Les veré a todos a las siete.

Los auxiliares se marcharon, la mujer que había preguntado por el virus bostezaba y se desperezaba como si se dispusiera a echar otra cabezada. Latimer es¬taba todavía sentado, observando su monitor de tem-peratura. Gilchrist le dijo algo con mal tono, y él se le¬vantó, se puso la chaqueta y recogió el abrigo y el fajo de papeles.

—Espero ser informado de todos los pasos —dijo Gilchrist—. Me pondré en contacto con Basingame y le pediré que regrese para hacerse cargo de este asunto. —Se marchó y luego tuvo que esperar, manteniendo la puerta abierta, a que Latimer recogiera dos hojas que se le habían caído.

—Recoja por la mañana a Latimer, ¿quiere? —pi¬dió Mary, revisando las listas de contactos—. No se acordará de estar aquí a las siete.

—Quiero ver a Badri —exigió Dunworthy.

—«Laboratorio, Brasenose» —dijo Mary, leyendo los papeles—. «Despacho del decano. Laboratorio, Brasenose.» ¿Nadie vio a Badri más que en la red?

—Mientras veníamos de camino en la ambulancia dijo «Algo falla» —respondió Dunworthy—. Pudo haber un deslizamiento. Si es de más de una semana, Kivrin no tendrá ni idea de cuándo hacer el encuentro.

Mary no respondió. Volvió a repasar las hojas con el ceño fruncido. —Necesito asegurarme de que no hubo ningún problema con el ajuste —insistió él.

Ella levantó la cabeza.

—Muy bien. Estas hojas de contacto no sirven de nada. Hay grandes agujeros en el paradero de Badri durante los últimos tres días. Él es la única persona que puede decirnos dónde estuvo y con quién estableció contacto. —Guió a Dunworthy pasillo abajo—. Hay una enfermera con él, haciéndole preguntas, pero está muy desorientado y le tiene miedo. Tal vez contigo no esté tan asustado.

Llegaron al ascensor.

—Planta baja, por favor —dijo ella, a su oído—. Badri está sólo consciente durante unos instantes. Es posible que tardemos toda la noche.

—No importa. No podré descansar hasta conven¬cerme de que Kivrin está a salvo.

Subieron dos pisos en el ascensor, recorrieron otro pasillo y atravesaron una puerta que indicaba: «NO EN¬TRAR. PABELLÓN DE AISLAMIENTO.» Tras la puerta, una enfermera de aspecto sombrío estaba sentada ante una mesa, observando un monitor.

—Voy a llevar al señor Dunworthy a ver al señor Chaudhuri —dijo Mary—. Necesitaremos dos RPE. ¿Cómo se encuentra?

—Ha vuelto a subirle la fiebre... treinta y nueve coma ocho —respondió la enfermera, tendiéndoles las RPE, que eran batas de papel selladas en plastileno que abrochaban por detrás, gorras, mascarillas impermea¬bles que eran imposibles de poner por encima de las gorras, patucos con aspecto de botas para colocarlos sobre los zapatos, y guantes impermeables. Dunwor¬thy cometió el error de ponerse primero los guantes y tardó lo que parecieron horas en desplegar la bata y fi¬jar la mascarilla.

—Tendrás que hacer preguntas muy concretas —dijo Mary—. Pregúntale qué hizo cuando se levantó esta mañana, si pasó la noche con alguien, dónde desa¬yunó, quién había allí, todo eso. Estará desorientado por la fiebre; es posible que tengas que preguntarle va¬rias veces. —Abrió la puerta de la habitación.

No era realmente una habitación: sólo había sitio para la cama y un estrecho taburete, ni siquiera una silla. La pared tras la cama estaba cubierta de panta¬llas y equipo médico. La otra pared tenía una ventana cubierta por una cortina y más equipo. Mary miró brevemente a Badri y luego empezó a observar las pantallas.

Dunworthy las miró. La más cercana estaba llena de números y de letras. La última línea decía «icu 1432069122-12-54 1803 200 ¿PT 1800CRS IMJPCLN 200 MG/Q6H NHS40-2 11 -7 M AHRENS» . Al parecer, las órde¬nes del doctor.

Las otras pantallas mostraban gráficas puntiagudas y columnas de cifras. Ninguna de ellas tenía sentido a excepción de un numero en mitad de la segunda pantallita de la derecha. Decía: «Temp.: 39,9.» Santo Dios.

Miró a Badri. Yacía con los brazos por encima de las sábanas, ambos conectados a goteros que colgaban de sendas perchas. Uno de los goteros tenía al menos cinco bolsas unidas al tubo principal. Tenía los ojos ce-rrados, y su rostro parecía delgado y demacrado, como si hubiera perdido peso desde la mañana. Su piel oscura tenía un extraño tinte purpúreo.

—Badri —llamó Mary, inclinándose sobre él—, ¿nos oye?

Él abrió los ojos y los miró sin reconocerlos, cosa que probablemente no se debía tanto al virus como al he¬cho de que iban cubiertos de papel de la cabeza a los pies.

—Es el señor Dunworthy —indicó Mary—. Ha venido a verle. —Su blíper empezó a sonar.

—¿Señor Dunworthy? —dijo Badri roncamente, y trató de incorporarse.

Mary lo sujetó amablemente contra la almohada.

—El señor Dunworthy tiene que hacerle algunas preguntas —dijo, palmeándole el pecho con suavidad, como había hecho en el laboratorio de Brasenose. Se enderezó, observando los monitores en la pared—. Permanezca tendido. Ahora tengo que marcharme, pero el señor Dunworthy se quedará con usted. Des¬canse e intente responder a sus preguntas.

—¿Señor Dunworthy? —repitió Badri, como si intentara encontrar sentido a las palabras.

—Sí —dijo Dunworthy. Se sentó en el taburete—. ¿Cómo te encuentras?

—¿Cuándo esperan que vuelva? —preguntó Badri, y su voz sonó débil y forzada.

Trató de incorporarse otra vez. Dunworthy exten¬dió la mano para impedírselo.

—Tengo que encontrarlo —dijo—. Algo falla.

 

 

 

 

 

8

 

La estaban quemando en una hoguera. Ya sentía las llamas. Debían de haberla atado al poste, aunque no lo recordaba. Sí recordaba que habían encendido el fuego. Se había caído del caballo blanco, y el asesino la recogió y volvió a montarla.

—Debemos volver al lugar —le había dicho.

El hombre se inclinó sobre ella, y Kivrin vio su cruel rostro bajo la fluctuante luz del fuego.

—El señor Dunworthy abrirá la red en cuanto se dé cuenta de que algo está fallando —le había adverti¬do. No tendría que haberlo hecho. Él había pensado que era una bruja y la había llevado a aquel lugar para que la quemaran.

—No soy una bruja —dijo, y de inmediato una mano surgió de ninguna parte y se posó sobre su frente.

—Shh —dijo una voz.

—No soy una bruja —insistió ella, intentando ha¬blar despacio para que la comprendieran. El asesino no la había entendido. Había intentado decirle que no de¬bían marcharse de aquel lugar, pero él no le hizo caso. La colocó sobre su caballo blanco y la sacó del claro, atravesando el macizo de abedules de tronco blanco, hacia la parte más profunda del bosque.

Ella había intentado prestar atención a la dirección en la que iban para así poder encontrar el camino de vuelta, pero la oscilante antorcha del hombre sólo ilu¬minaba unos cuantos centímetros de terreno a sus pies, y la luz la deslumhraba. Cerró los ojos, y eso fue un error, porque el molesto paso del caballo la mareó y se cayó al suelo.

—No soy una bruja —repitió—. Soy historiadora.

—Hawey fond enyowuh thissla dey? —dijo la voz de la mujer, muy lejana. Debía de haber avanzado para poner leña al fuego y luego se apartó del calor.

—Enwodes fillenun gleydund sore destrayste —re¬plicó una voz de hombre, y parecía la del señor Dunworthy—. Ayeen mynarmehs hoor alie op hiderybar.

—Sweltes shay dumoret blauen? —preguntó la mujer.

—Señor Dunworthy, ¡he caído entre asesinos! —ex¬clamó Kivrin, extendiendo los brazos hacia él. Pero a través del humo no pudo verlo.

—Shh —dijo la mujer.

Kivrin intuyó que era más tarde, que aunque pare¬ciera imposible había dormido. ¿Cuánto se tarda en ar¬der?, se preguntó. El fuego era tan caliente que ella ya debería ser cenizas, pero cuando levantó la mano pare¬cía intacta, aunque pequeñas llamas rojas fluctuaban en los bordes de sus dedos. La luz de las llamas le hería los ojos. Los cerró.

Espero no volver a caerme del caballo, pensó. Se había estado agarrando al cuello del animal con los dos brazos, aunque su paso inestable hacía que la cabeza le doliera aún más, y no se soltó, pero se cayó, a pesar de que el señor Dunworthy había insistido en que apren¬diera a cabalgar, se había encargado de que tomara lec¬ciones en un picadero cerca de Woodstock. El señor Dunworthy le había advertido que todo aquello suce¬dería. Le había predicho que acabarían quemándola en la hoguera.

La mujer le acercó una copa a los labios. Debe de ser vinagre en una esponja, pensó Kivrin; se lo daban a los mártires. Pero no lo era. Se trataba de un líquido cá¬lido y amargo. La mujer tuvo que inclinar la cabeza de Kivrin hacia delante para que bebiera, y ella compren¬dió por primera vez que estaba tendida.

Tendré que decirle al señor Dunworthy que que¬maban a la gente acostada, pensó. Intentó llevarse las manos a los labios en la posición de rezo para activar el grabador, pero el peso de las llamas se lo impidió.

Estoy enferma, pensó Kivrin, y comprendió que el líquido cálido era una poción medicinal de algún tipo, y que le había bajado un poco la fiebre. No estaba ten¬dida en el suelo, después de todo, sino en una cama en una habitación oscura; y la mujer que le había manda¬do callar y le había dado el líquido estaba junto a ella. Oía su respiración. Kivrin intentó mover la cabeza para verla, pero el esfuerzo hizo que volviera a dolerle. La mujer debía de estar dormida. Su respiración era re¬gular y ruidosa, casi como si roncara. A Kivrin le dolía la cabeza al escucharla.

Debo de estar en la aldea, pensó. El hombre peli¬rrojo me habrá traído aquí.

Se había caído del caballo y el asesino la había ayu¬dado a montar de nuevo, pero cuando ella lo miró a la cara no le pareció un asesino. Era joven, con el cabello rojo y expresión amable, y se inclinó sobre ella cuando estaba sentada contra la rueda de la carreta, apoyándo¬se sobre una rodilla a su lado, y preguntó:

—¿Quién sois?

Ella le había comprendido perfectamente.

—Canstawd ranken derwyn? —dijo la mujer, e in¬clinó la cabeza de Kivrin hacia delante para que bebiera más del amargo líquido. Apenas pudo tragarlo. El fue¬go estaba ahora dentro de su garganta. Sentía las pe-queñas llamas anaranjadas, aunque el líquido debería haberlas extinguido. Se preguntó si el hombre la habría llevado a alguna tierra extranjera, España o Grecia, donde la gente hablaba un idioma que no habían in¬cluido en el intérprete.

Había comprendido al pelirrojo perfectamente.

—¿Quién sois? —le había preguntado, y ella pensó que el otro hombre debía de ser un esclavo que había traído de las Cruzadas, un esclavo que hablaba turco o árabe, y por eso no entendía sus palabras.

—Soy historiadora —respondió, pero cuando mi¬ró su amable rostro no era él. Era el asesino.

Buscó desesperadamente al hombre pelirrojo, pero no lo encontró. El asesino recogió trozos de madera y los colocó sobre algunas piedras para encender una hoguera.

—¡Señor Dunworthy! —llamó Kivrin, desespera¬da, y el asesino se acercó y se arrodilló ante ella. La luz de su antorcha aleteó sobre su cara.

—No temáis —dijo—. Regresará pronto.

—¡Señor Dunworthy! —gritó ella, y el pelirrojo volvió y se arrodilló de nuevo a su lado—. No tendría que haberme marchado del lugar —le dijo, observando su rostro para que no se convirtiera en el asesino—. Algo debe de haber fallado con el ajuste. Tengo que volver allí.

Él se desabrochó la capa, se la pasó por encima de los hombros, y la colocó sobre ella, y Kivrin supo que la comprendía.

—Tengo que ir a casa —le dijo mientras se inclina¬ba sobre ella. El hombre tenía una linterna que ilumi¬naba su amable rostro y aleteaba como llamas sobre su cabello rojo.

—Godufadur —llamó, y ella pensó que ése era el nombre del esclavo: Gauddefaudre. Le pedirá al esclavo que le diga dónde me encontró, y entonces me llevará al lugar. Y el señor Dunworthy. El señor Dunworthy se pondría frenético cuando abrieran la red y no la encon¬traran allí. No pasa nada, señor Dunworthy, dijo en si¬lencio. Ya voy.

—Dreede nawmaydde —dijo el pelirrojo, y la co¬gió en brazos—. Fawrthah Galwinnath coam.

—Estoy enferma, por eso no les entiendo —le dijo Kivrin a la mujer, pero esta vez nadie surgió de la oscu¬ridad para apaciguarla. Tal vez se habían cansado de verla arder y se habían marchado. Desde luego, estaba tardando un buen rato, aunque el fuego parecía más ca¬liente ahora.

El hombre pelirrojo la había colocado sobre el ca¬ballo blanco y se internó en el bosque, y ella supuso que la estaba llevando de regreso al lugar. El caballo te¬nía silla, y campanillas que sonaban mientras cabalga¬ba, tocando una canción. Era Adeste Fideles y las cam¬panas sonaban más y más fuerte a cada verso, hasta que sonaron como las campanas de St. Mary the Virgin.

Cabalgaron largo rato, y ella pensó que segura¬mente ya estarían cerca del lugar del lanzamiento.

—¿A qué distancia está? —le preguntó al pelirro¬jo—. El señor Dunworthy estará muy preocupado.

Pero él no le contestó. Salió del bosque y descen¬dió una colina. La luna estaba alta en el cielo, brillando pálida sobre las ramas de un bosquecillo de estrechos árboles sin hojas, y sobre la iglesia al pie de la colina.

—Éste no es el lugar —señaló ella, y trató de tirar de las riendas del caballo para que volvieran por donde habían venido, pero no se atrevió a retirar los brazos del cuello del hombre pelirrojo por miedo a caer. Y en-tonces se encontraron ante una puerta, y ésta se abrió, y se abrió de nuevo, y había fuego y luz y el sonido de campanas, y ella supo que, después de todo, la habían llevado de vuelta al lugar del lanzamiento.

—Shay boyen syke nighonn tdeeth —dijo la mujer. Kivrin sintió sus manos ásperas y arrugadas sobre la piel. La arropó. Piel, Kivrin pudo sentir el suave pelaje contra el rostro, o tal vez era su pelo.

—¿Dónde me habéis traído? —preguntó Kivrin. La mujer se inclinó un poco hacia delante, como si no la oyera bien, y Kivrin supuso que debía de haber ha¬blado en inglés.

Su intérprete no funcionaba. Se suponía que tenía que pensar las palabras en inglés moderno y expresar¬las en inglés medieval. Tal vez por eso no los compren¬día, porque su intérprete no funcionaba.

Intentó pensar la forma de decirlo en inglés me¬dieval.

—Wbere hast thou bnngen me to ?

La construcción era equivocada. Debería pregun¬tar «¿Qué lugar es éste?», pero no podía recordar có¬mo se decía «lugar» en inglés medieval.

No podía pensar. La mujer seguía apilando man¬tas, y cuantas más pieles le caían encima, más frío sentía Kivrin, como si de algún modo la mujer estuviera apa¬gando el fuego.

No comprenderían lo que quería decir si pregunta¬ba: «¿Qué lugar es éste?» Estaba en una aldea. El hom¬bre pelirrojo la había llevado a una aldea.

Habían cabalgado ante una iglesia, hasta una casa grande. Debía preguntar: «¿Cuál es el nombre de esta aldea?»

La palabra para «lugar» era demain, pero la cons¬trucción seguía siendo equivocada. Usarían la construc¬ción francesa, ¿no?

—Quelle demeure avez vous a'pporté? —dijo en voz alta, pero la mujer se había ido, y además era un error. No había habido franceses aquí durante dos¬cientos años. Debía formular la pregunta en inglés. «¿Dónde está la aldea a la que me han traído?» ¿Pero cuál era la palabra para «aldea» ?

El señor Dunworthy le había advertido que tal vez no podría confiar en el intérprete, que debía dar clases de inglés medieval, francés normando y alemán para contrarrestar discrepancias en pronunciación. Le había hecho memorizar páginas y más páginas de Chaucer. «Soun ye nought but eyr ybroken And every speche thatye spoken.» No. No. «¿Dónde está la aldea a la que me han traído?» ¿Cuál era la palabra para «aldea»?

Él la había llevado a una aldea y llamó a una puerta. Un hombre corpulento acudió, llevando un hacha. Para cortar la leña de la hoguera, por supuesto. Un hombre corpulento y luego una mujer, y los dos pro-nunciaron palabras que Kivrin no logró comprender, y la puerta se cerró, y se quedaron fuera en la oscuridad.

—¡Señor Dunworthy! ¡Doctora Ahrens! —había gritado ella, y el pecho le dolió—. No debe dejar que cierren el lugar de recogida —le dijo al hombre pelirro¬jo, pero él se había convertido de nuevo en un asesino, un ladrón.

—No —dijo él—. Sólo está herida. —Y entonces la puerta se abrió de nuevo, y él la llevó a que la quemaran.

Tenía muchísimo calor.

—Thawmot goonawt plersoun roshundtprayenum comth ithre —dijo la mujer, y Kivrin trató de alzar la cabeza para beber, pero la mujer no sostenía ninguna copa, sino una vela junto a su cara. Demasiado cerca. El pelo le prendería—. Der maydemot nedes dya.

La vela fluctuó cerca de la mejilla. Su cabello estaba ardiendo.

Llamas rojas y anaranjadas ardían en los bordes de su pelo, alcanzando rizos sueltos y convirtiéndolos en cenizas.

—Shh —dijo la mujer, y trató de capturar las ma¬nos de Kivrin, pero Kivrin se debatió contra ella hasta que consiguió librarse. Se llevó las manos al cabello, in¬tentando apagar las llamas. Sus manos prendieron.

—Shh —dijo la mujer, y le sujetó las manos. No era la mujer. Las manos eran demasiado fuertes. Kivrin agitó la cabeza de un lado a otro, tratando de huir de las llamas, pero también le sujetaban la cabeza. El cabe-llo le ardió en una nube de fuego.

Cuando despertó, la habitación estaba llena de humo.

El fuego debía de haberse apagado mientras dor¬mía. Eso le había sucedido a uno de los mártires cuan¬do lo quemaron en la hoguera. Sus amigos habían api¬lado leña verde para que muriera por el humo antes de que el fuego le alcanzara, pero eso casi apagó la hogue¬ra, y estuvo ardiendo durante horas.

La mujer se inclinó sobre ella.

Había tanto humo que Kivrin no pudo ver si era joven o vieja.

El hombre pelirrojo debía de haber apagado el fue¬go. La había cubierto con su capa y luego se acercó al fuego y lo apagó, pisoteándolo con las botas, y el humo se alzó y la cegó.

La mujer le echó agua encima, y las gotas hirvieron sobre su piel.

—Hauccaym anchi towoem denswile? —le pre¬guntó.

—Soy Isabel de Beauvrier—dijo Kivrin—. Mi her¬mano está enfermo en Evesham. —No recordaba nin¬guna de las palabras. Quelle demeure. Perced to the rote—. ¿Dónde estoy? —dijo en inglés.

Una cara se acercó a la suya.

—Hau hightes towef—dijo. Era la cara del asesino del bosque encantado. Ella se apartó, asustada.

—¡Márchate! ¿Qué quieres?

—In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti —re¬citó.

Latín, pensó ella, agradecida. Debe haber un sacer¬dote aquí.

Intentó levantar la cabeza para ver al sacerdote más allá del asesino, pero no pudo. Había demasiado humo en la habitación. Sé hablar latín, pensó. El señor Dunworthy me obligó a aprenderlo.

—¡No deberían dejar que estuviera aquí! —dijo en latín—. ¡Es un asesino!

Le dolía la garganta, y parecía carecer de aliento para dar fuerza a sus palabras, pero por la manera en que el asesino se apartó sorprendido, comprendió que la habían oído.

—No temáis —dijo el sacerdote, y ella le entendió perfectamente—. Volvéis a estar en casa.

—¿Al lugar de recogida? —preguntó Kivrin—. ¿Me lleváis allí?

—Asperges me, Domine, hyssope et mundabor —dijo el sacerdote. Rocíame con agua bendita, Señor, y quedaré limpio. Ella lo comprendió a la perfección.

—Ayudadme —dijo en latín—. Debo regresar al lugar del que vine.

—... nominus... —musitó el sacerdote, en voz tan baja que ella no pudo oírle. Nombre. Algo sobre su nombre. Levantó la cabeza. La sentía curiosamente li¬viana, como si todo el cabello hubiera ardido.

—¿Mi nombre?

—¿Podéis decirme vuestro nombre? —preguntó él en latín.

Se suponía que tenía que decirle que era Isabel de Beauvrier, hija de Gilbert de Beauvrier, del East Ri-ding, pero le dolía tanto la garganta que le pareció que no sería capaz.

—Tengo que volver —murmuró—. No sabrán adonde he ido.

—Confíteor deo omnipotenti —dijo el sacerdote desde muy lejos. Ella no lo veía. Cuando intentó mirar más allá del asesino, lo único que distinguió fueron lla¬mas. Debían de haber vuelto a encender el fuego—. Beatae Mariae semper Virgini...

Está recitando el Confíteor Deo, pensó, la oración de la confesión. El asesino no debería estar aquí. No debería haber nadie en la habitación durante una con¬fesión.

Era su turno.

Intentó unir las manos en una plegaria y no pudo, pero el sacerdote la ayudó, y cuando fue incapaz de re¬cordar las palabras, las recitó con ella.

—Perdonadme, padre, pues he pecado. Confieso ante Dios Todopoderoso, y ante vos, Padre, que he pecado de pensamiento, palabra, obra y omisión, por mi culpa.

—Mea culpa —susurró ella—, mea culpa, mea máxima culpa.

Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa; pero eso no estaba bien, no era lo que se suponía que tenía que decir.

—¿Cómo habéis pecado? —dijo el sacerdote.

—¿Pecado?

—Sí —respondió él amablemente, inclinándose tanto que prácticamente le susurró al oído—. Para que podáis confesar vuestros pecados y obtener el perdón de Dios, y entrar en el reino eterno.

Todo lo que quería hacer era ir a la Edad Media, pensó ella. Trabajé muchísimo, estudiando los idio¬mas, las costumbres y todo lo que el señor Dunworthy me aconsejó. Yo sólo quería ser historiadora.

Deglutió, una sensación como de llamas.

—No he pecado.

El sacerdote se retiró entonces, y Kívrin pensó que se había enfadado porque ella no quería confesar sus pecados.

—Tendría que haber escuchado al señor Dunwor¬thy —dijo ella—. No tendría que haberme alejado del lugar.

—In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Amen —recitó el sacerdote. Su voz sonaba amable, tranquilizadora. Ella sintió su contacto refrescante en la frente—. Quid quid deliquisti —murmuró el sacer¬dote—. Por esta sagrada unción y por la divina mise¬ricordia...

Le tocó los ojos, las orejas, la nariz, de forma tan suave que ella no notó su mano, solamente el fresco contacto del aceite.

Esto no forma parte del sacramento de la peniten¬cia, pensó Kivrin. Es el ritual de la extremaunción. Está diciendo los últimos sacramentos.

—No...

—No temáis. Que el Señor perdone las ofensas que hayáis podido cometer —dijo él, y apagó el fuego que quemaba las plantas de sus pies.

—¿Por qué me administran los últimos sacramen¬tos? —preguntó Kivrin, y entonces recordó que la es¬taban quemando en la hoguera. Voy a morir aquí, pensó, y el señor Dunworthy nunca sabrá lo que me ha sucedido—. Me llamo Kivrin. Dígale al señor Dun¬worthy....

—Que contempléis a vuestro Redentor cara a cara —prosiguió el sacerdote, sólo que era el asesino quien hablaba—. Y que al encontraros ante Él vuestra mirada sea bendita con la verdad hecha manifiesta.

—Me estoy muriendo, ¿verdad? —le preguntó al sacerdote.

—No hay nada que temer —la tranquilizó él, y le cogió la mano.

—No me deje —suplicó ella, y le agarró la mano con fuerza.

—No lo haré —prometió él, pero con todo aquel humo Kivrin no lo veía bien—. Que Dios Todopode¬roso tenga piedad de vos, perdone vuestros pecados y os lleve a la vida eterna.

—Por favor, venga a rescatarme, señor Dunwor¬thy —gimió ella, y las llamas rugieron entre ambos.

 

TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL JUICIO FINAL

 (000806-000882)

 

Domine, mittere digneris sanctum Angelum tuum de caelis, qui custodiat, foveat, protegat, visitet, atque defendat omnes habitantes in hoc habitáculo.

(Pausa)

Exaudí oratioim meam et clamor meus ad te veniat.*

(Pausa) Oye mi plegaria, y que mi súplica llegue a Ti.*

Traducción: Oh, Señor, dígnate enviar a Tu ángel sagrado del cielo, para guardar, proteger, visitar y defender a todos los congrega¬dos en esta casa.

 

 

 

 

 

 

9

 

—¿Qué ocurre, Badri? ¿Qué va mal? —preguntó Dunworthy.

—Frío —dijo Badri. Dunworthy se inclinó sobre él y lo arropó hasta los hombros. La sábana parecía doiorosamente inadecuada, tan fina como la bata de papel que llevaba Badri. No le extrañaba que tuviera frío.

—Gracias —murmuró Badri. Sacó una mano de debajo de la sábana y agarró la de Dunworthy. Cerró los ojos.

Dunworthy miró ansiosamente las pantallas, pero eran tan inescrutables como siempre. La temperatura todavía era de treinta y nueve coma nueve. La mano de Badri estaba muy caliente, incluso a través del guante impermeable, y las uñas parecían extrañas, casi de co¬lor azul oscuro. La piel de Badri parecía también más oscura, y su cara, de algún modo, se veía más delgada que cuando lo habían traído.

La enfermera, cuya silueta bajo la bata de papel le recordaba desagradablemente a la de la señora Gad-dson, entró y dijo a regañadientes:

—La lista de contactos primarios está en la gráfica.

Ahora se explicaba que Badri le tuviera miedo.

—CH1 —dijo ella, señalando el teclado bajo la pri¬mera pantalla a la izquierda.

Una gráfica dividida en dos bloques de una hora apareció en la pantalla. El nombre de Dunworthy, el de Mary y las encargadas de la planta aparecían en la parte superior con las letras RPE detrás, entre paréntesis, presumiblemente para indicar que llevaban ropa pro¬tectora especial cuando entraron en contacto con él.

—Avanza —dijo Dunworthy, y la gráfica se desli¬zó sobre la pantalla incluyendo la llegada al hospital, los auxiliares de la ambulancia, la red, los dos últimos días. Badri había estado en Londres el lunes por la ma¬ñana preparando un lanzamiento para el Jesús College. Había regresado a Oxford en metro a mediodía.

Había ido a ver a Dunworthy a las dos y media y permaneció allí hasta las cuatro. Dunworthy introdujo las horas en la gráfica. Badri le había dicho que el do¬mingo fue a Londres, aunque no recordaba a qué hora. Introdujo: «Londres, telefonear a Jesús College para confirmar hora de llegada.»

—De vez en cuando se despierta —señaló la enfer¬mera, con tono desaprobador—. Es la fiebre. —Com¬probó los goteros, dio un tirón a las sábanas, y luego se marchó.

La puerta, al cerrarse, pareció despertar a Badri. Abrió los ojos.

—Tengo que hacerte algunas preguntas, Badri —dijo Dunworthy—. Necesitamos averiguar a quién has visto y hablado. No queremos que también se pon¬gan enfermos, y necesitamos que nos digas quiénes son.

—Kivrin —dijo él. Su voz era débil, casi un susu¬rro, pero su mano agarraba con fuerza la de Dunwor¬thy—. En el laboratorio.

—¿Esta mañana? ¿Viste a Kivrin antes de esta ma¬ñana? ¿La viste ayer?

—No.

—¿Qué hiciste ayer?

—Comprobé la red —respondió débilmente, y su mano se aferró a la de Dunworthy.

—¿Estuviste allí todo el día?

Él sacudió la cabeza, y el esfuerzo produjo toda una serie de pitidos y subidas en las pantallas.

—Fui a verle.

Dunworthy asintió.

—Me dejaste una nota. ¿Qué hiciste después? ¿Vis¬te a Kivrin?

—Kivrin. Comprobé las coordenadas de Puhalski.

—¿Eran correctas?

Badri frunció el ceño.

—Sí.

—¿Estás seguro?

—Sí. Las comprobé dos veces. —Se interrumpió para tomar aliento—. Hice un chequeo interno y una comparación.

Dunworthy sintió un arrebato de alivio. No se ha¬bía producido ningún error en las coordenadas.

—¿Y el deslizamiento? ¿Cuánto hubo?

—Qué dolor de cabeza —murmuró Badri—. Esta mañana. Será que bebí demasiado en el baile.

—¿Qué baile?

—Estoy cansado —murmuró.

—¿A qué baile fuiste? —insistió Dunworthy, sin¬tiéndose como un inquisidor—. ¿ Cuándo fue ? ¿ El lunes ?

—El martes. Bebí demasiado —volvió la cabeza en la almohada.

—Descansa ahora —aconsejó Dunworthy. Suave¬mente, retiró la mano—. Intenta dormir un poco.

—Me alegro de que haya venido —dijo Badri, y volvió a cogerle la mano.

Dunworthy la sostuvo, observando alternativa¬mente a Badri y las pantallas mientras dormía. Estaba lloviendo. Oía el repiqueteo de las gotas tras las corti¬nas echadas.

 

No se había dado cuenta de lo enfermo que estaba Badri. Estaba demasiado preocupado por Kivrin para pensar en él. Tal vez no debería estar tan enfadado con Montoya y los demás. También tenían sus preocupa¬ciones, y ninguno de ellos se había parado a pensar lo que significaba la enfermedad de Badri excepto en tér¬minos de las dificultades e inconveniencias que causa¬ba. Incluso Mary, que hablaba de habilitar Bulkeley-Johnson para una enfermería y las posibilidades de una epidemia, no había captado la realidad de la enferme¬dad de Badri y lo que significaba. Había recibido las vacunas antivirales, y sin embargo yacía con una fiebre de treinta y nueve coma nueve.

Pasó la tarde. Dunworthy oyó la lluvia y el repicar de los cuartos de hora en St. Hilda y, más distante, los de Christ Church. La enfermera le informó sombría¬mente de que su turno acababa, y una enfermera rubia, mucho más alegre y más menuda, con las insignias de estudiante, entró a comprobar los goteros y observar las pantallas.

Badri se debatía entre la vigila y el sueño con un es¬fuerzo que Dunworthy difícilmente habría calificado de «oscilante». Parecía cada vez más exhausto cuando recuperaba el conocimiento, y cada vez menos capaz de responder a las preguntas de Dunworthy.

Pero Dunworthy continuó haciéndolas, implaca¬ble. El baile de Navidad se había celebrado en Hea-dington. Badri había ido a un pub después. No recor¬daba el nombre. La mañana del lunes había trabajado solo en el laboratorio, comprobando las coordenadas de Puhalski. Había llegado de Londres a mediodía. En metro. Era imposible. Pasajeros del metro y asis¬tentes a la fiesta, y toda la gente con quien había contactado en Londres. Nunca podrían localizarlos y estudiarlos a todos, aunque Badri supiera quiénes eran.

—¿Cómo llegaste a Brasenose esta mañana? —le preguntó Dunworthy la siguiente vez que Badri

despertó.

—¿Mañana? —dijo Badri, mirando la ventana co¬rrida como si pensara que ya era de día—. ¿Cuánto tiempo he dormido?

Dunworthy no supo qué contestar. Había dormi¬do de forma intermitente toda la tarde.

—Son las diez —dijo, mirando su digital—. Te tra¬jimos al hospital a la una y media. Dirigiste la red esta mañana y enviaste a Kivrin. ¿Recuerdas cuándo empe¬zaste a encontrarte mal?

—¿Qué fecha es hoy? —dijo Badri, de pronto.

—Veintidós de diciembre. Sólo has estado aquí parte de un día.

—El año —replicó Badri, intentando incorporar¬se—. ¿Qué año es?

Dunworthy miró ansiosamente las pantallas. La temperatura era de casi cuarenta.

—El año es el 2054 —respondió, inclinándose para calmarlo—. Es veintidós de diciembre.

—Apártese —dijo Badri.

Dunworthy se enderezó y se apartó de la cama.

—Apártese —repitió Badri. Se incorporó más y contempló la habitación—. ¿Dónde está el señor Dun¬worthy? Tengo que hablar con él.

—Estoy aquí, Badri. —Dunworthy avanzó un pa¬so hacia la cama y luego se detuvo, temiendo sobresal¬tarlo—. ¿Qué querías decirme?

—¿Sabe entonces dónde podría estar? ¿Quiere darle esta nota?

Le tendió una hoja de papel imaginaria, y Dun¬worthy advirtió que debía de estar reviviendo la tarde del martes, cuando fue a verle a Balliol.

—Tengo que volver a la red. —Consultó un digital imaginario—. ¿Está abierto el laboratorio?

—¿De qué querías hablar con el señor Dunwor¬thy? ¿Del deslizamiento?

—No. ¡Apártese! Va a dejarla caer. ¡La tapa! —Mi¬ró fijamente a Dunworthy, con los ojos brillantes de fie¬bre—. ¿A qué espera? ¡Vaya y recójalo!

Entró la estudiante de enfermería.

—Está delirando —comentó Dunworthy.

Dirigió a Badri una rápida mirada y luego contem¬pló las pantallas. A Dunworthy le parecían siniestras, veloces números que cruzaban frenéticamente las pan¬tallas y zigzagueaban en tres dimensiones, pero la en-fermera no parecía especialmente preocupada. Miró por turnos cada una de las pantallas y empezó a ajustar tranquilamente el flujo de los goteros.

—Tiéndase, ¿quiere? —dijo, todavía sin mirar a Badri, y sorprendentemente él obedeció.

—Creía que se había marchado —dijo él, recosta¬do contra la almohada—. Gracias a Dios que está aquí —continuó, y pareció desplomarse de nuevo, aunque esta vez no había ningún sitio al que caer.

La estudiante de enfermería no se dio cuenta. To¬davía estaba ajustando los goteros.

—Se ha desmayado —advirtió Dunworthy.

Ella asintió y empezó a leer la pantalla. Ni siquiera miró a Badri, que parecía mortalmente pálido bajo su piel oscura.

—¿No cree que debería llamar a un médico? —dijo Dunworthy, y la puerta se abrió y entró una mujer alta vestida con RPE.

Tampoco miró a Badri. Leyó los monitores uno a uno, y entonces preguntó:

—¿Indicaciones de implicación pleural?

—Cianosis y escalofríos —dijo la enfermera.

—¿Qué le están dando?

—Mixabravina.

La doctora cogió un estetoscopio de la pared, y desenrolló la pieza del cable.

—¿Alguna hemoptisis?

Ella sacudió la cabeza.

—Tengo frío —murmuró Badri desde la cama. Ninguna de ellas le prestó la más mínima atención. Ba¬dri empezó a tiritar—. No lo deje caer. Era de porcela¬na, ¿verdad?

—Cincuenta centímetros cúbicos de penicilina acuosa y una dosis de ASA —ordenó la doctora. Sentó a Badri en la cama y abrió las tiras de velero de su bata de papel. Badri tiritaba más que nunca. La doctora presio-nó el estetoscopio contra la espalda de Badri en lo que Dunworthy consideró un castigo cruel e inusitado.

—Respire hondo —dijo la doctora, los ojos fi¬jos en la pantalla. Badri obedeció, castañeteando los dientes.

—Consolidación pleural menor inferior izquierda —anunció la doctora crípticamente, y movió el aparato un centímetro—. Otra vez. —Movió el aparato varias veces más—. ¿Tenemos ya una identificación?

—Mixovirus —respondió la enfermera, llenando una jeringuilla—. Tipo A.

—¿ Secuenciado ?

—Todavía no. —Insertó la jeringuilla en la cánula y la vació. En el exterior sonó un teléfono.

La doctora cerró la bata de Badri, lo volvió a acos¬tar y le cubrió las piernas descuidadamente.

—Déme un gramo —dijo, y se marchó. El teléfono siguió sonando.

Dunworthy ansiaba tapar bien a Badri, pero la es¬tudiante de enfermería estaba colocando otro gotero en la percha. Esperó hasta que ella hubo terminado y se marchó, y luego alisó la sábana y arropó cuidadosa-mente a Badri hasta los hombros, remetiendo la tela por debajo de la cama.

—¿Estás mejor? —preguntó, pero Badri ya había dejado de tiritar y se había quedado dormido. Dunwor¬thy miró las pantallas. Su temperatura era ya de treinta y nueve coma dos, y las anteriores líneas frenéticas de las otras pantallas eran firmes y fuertes.

—Señor Dunworthy —dijo la voz de la estudiante de enfermería desde algún lugar de la pared—, hay una llamada para usted. Un tal señor Finch.

Dunworthy abrió la puerta. La enfermera, sin su RPE, le indicó que se quitara la bata. Él la obedeció, y tiró las ropas en la gran bolsa que ella le señaló.

—Sus gafas, por favor.

Se las tendió, y ella las roció con desinfectante. Dunworthy cogió el teléfono, entornando los ojos ante la pantalla.

—Señor Dunworthy, le he estado buscando por todas partes —dijo Finch—. Ha ocurrido algo terrible.

—¿De qué se trata? —Dunworthy miró su digital. Eran las diez. Demasiado pronto para que alguien hu¬biera aparecido con el virus si el período de incubación era de doce horas—. ¿Hay alguien enfermo?

—No, señor. Mucho peor que eso: la señora Gad-dson. Está en Oxford. De algún modo ha logrado cru¬zar el perímetro de la cuarentena.

—Lo sé. Cogió el último tren. Les hizo sujetar las puertas.

—Sí, bueno, llamó desde el hospital. Insiste en alo¬jarse en Balliol, y me acusa de no haber cuidado ade¬cuadamente de William porque fui quien designó a los tutores, y por lo visto su tutor le hizo quedarse durante las vacaciones para estudiar a Petrarca.

—Dígale que no tenemos sitio, que los dormito¬rios están siendo esterilizados.

—Ya se lo dije, señor, pero respondió que en ese caso se alojaría con William en su habitación. No me gusta hacerle eso, señor.

—No —dijo Dunworthy—. Hay algunas cosas que nadie debería tener que soportar, ni siquiera en una epidemia. ¿Le ha dicho a William que ha venido su madre?

—No, señor. Lo intenté, pero no está en el colegio. Tom Gailey me dijo que estaba visitando a una jovencita en Shrewsbury, así que la telefoneé, pero no me contestaron.

—Seguramente estarán estudiando a Petrarca en alguna parte —ironizó Dunworthy, preguntándose qué sucedería si la señora Gaddson se tropezara con la desprevenida pareja camino de Balliol.

—No comprendo por qué debe hacer eso, señor —comentó Finch, con voz preocupada—. O por qué su tutor le ha asignado Petrarca. Estudia literatura mo¬derna.

—Sí, bueno, cuando llegue la señora Gaddson, aló¬jela en Warren. —La enfermera alzó la cabeza brusca¬mente mientras terminaba de limpiarle las gafas—. Está al otro lado del patio de todas formas. Ofrézcale una habitación que no dé a ningún sitio. Y compruebe nuestro suministro de pomada contra los sarpullidos.

—Sí, señor —dijo Finch—. Hablé con la adminis¬tradora del New College. Dijo que antes de marcharse, el señor Basingame le comentó que quería estar «libre de distracciones», pero suponía que le habría dicho a alguien adonde iba y que intentaría telefonear a su mu¬jer en cuanto las líneas queden libres.

—¿Preguntó por sus técnicos?

—Sí, señor. Todos ellos se han ido a casa a pasar las vacaciones.

—¿Cual de nuestros técnicos vive más cerca de Oxford?

Finch reflexionó durante un momento.

—Andrews, en Reading. ¿Quiere su número?

—Sí, y prepáreme una lista con los números y di¬recciones de los demás.

Finch recitó el número de Andrews.

—He tomado medidas para remediar la situación del papel higiénico. He colocado carteles con la si¬guiente frase: «El derroche conduce a la necesidad.»

—Maravilloso —dijo Dunworthy. Colgó e intentó llamar a Andrews. Comunicaba.

La estudiante de enfermería le tendió sus gafas y un nuevo fardo de RPE, y él se las puso, procurando colocarse la mascarilla antes que la gorra y dejar los guantes para lo último.

Con todo, tardó una considerable cantidad de tiem¬po en prepararse. Esperaba que la enfermera fuera mu¬chísimo más rápida si Badri tocaba/el timbre pidiendo ayuda.

Entró de nuevo. Badri estaba dormido, inquieto. Miró las pantallas. Su temperatura era de treinta y nue¬ve coma cuatro.

Le dolía la cabeza. Se quitó las gafas y se frotó en¬tre los ojos. Entonces se sentó en el taburete y miró la lista de contactos que había preparado hasta el mo¬mento. Apenas podía considerarse una lista, pues había muchos agujeros en ella. El nombre del pub al que ha¬bía ido Badri después del baile. Dónde había estado Badri el lunes por la noche. Y el domingo por la tarde. Había llegado de Londres en metro a las doce, y Dunworthy le había llamado para pedirle que dirigiera la red a las dos y media. ¿Dónde había estado durante esas dos horas y media?

¿Y dónde había ido el martes por la tarde después de ir a Balliol y dejar una nota diciendo que había hecho una comprobación de sistemas en la red? ¿De vuelta al laboratorio? ¿O a otro pub? Se preguntó si tal vez al-guien de Balliol había hablado con Badri mientras estu¬vo allí. Cuando Finch volviera a llamar para informarle de las últimas novedades acerca de las campaneras ame¬ricanas y el papel higiénico, le diría que preguntara a todos los que estuvieran en el colegio si habían visto a Badri.

La puerta se abrió, y la estudiante de enfermería, enfundada en RPE, entró. Dunworthy miró automáti¬camente las pantallas, pero no detectó ningún cambio dramático. Badri seguía dormido. La enfermera intro¬dujo algunas cifras en la pantalla, comprobó el gotero, y tiró de una esquina de las sábanas. Descorrió la corti¬na y se quedó allí, retorciendo el cordón en sus manos.

—No pude evitar oír lo que decía por teléfono —comentó—. Mencionó a la señora Gaddson. Sé que es una falta de educación por mi parte, ¿pero es posible que estuvieran hablando de la madre de William Gaddson?

—Sí —contestó él, sorprendido—. William estudia en Balliol. ¿Le conoce?

—Es amigo mío —asintió ella, sonrojándose tanto que él lo notó a través de la máscara impermeable.

—Ah. —Dunworthy se preguntó cuándo tenía tiempo William para estudiar a Petrarca—. La madre de William está aquí, en el hospital —comentó, sintien¬do que debía advertirla, pero sin tener muy claro el motivo—. Ha venido a visitarle durante la Navidad.

—¿Está aquí? —preguntó la enfermera, sonroján¬dose todavía más—. Creía que estábamos en cuaren¬tena.

—Su tren fue el último que llegó de Londres —ex¬plicó Dunworthy tristemente.

—¿Lo sabe William?

—Mi secretario está intentando notificárselo —di¬jo él, omitiendo la parte de la joven de Shrewsbury.

—Está en el Bodleian, estudiando a Petrarca —dijo ella. Soltó el cordón de la cortina y salió, sin duda para telefonear al Bodleian.

Badri se agitó y murmuró algo que Dunworthy no pudo distinguir. Parecía acalorado y su respiración se había vuelto más dificultosa.

—¿Badri? —llamó.

Badri abrió los ojos.

—¿Dónde estoy?

Dunworthy miró los monitores. La fiebre le había bajado medio grado y parecía más alerta que antes.

—En el hospital —respondió—. Te desmayaste en el laboratorio de Brasenose mientras operabas la red. ¿Te acuerdas?

—Recuerdo que me notaba raro. Frío,. Fui al pub para decirle que tenía el ajuste... —Una expresión ex¬traña y asustada asomó a su cara.

—Me dijiste que algo fallaba. ¿De que se trataba? ¿Del deslizamiento?

—Algo fallaba —repitió Badri. Intentó apoyarse en un codo—. ¿Qué me está pasando?

—Estás enfermo. Tienes la gripe.

—¿Enfermo? Nunca he estado enfermo. —Se es¬forzó por sentarse—. Murieron, ¿verdad?

—¿Quiénes?

—Los mató a todos.

—¿Viste a alguien, Badri? Es muy importante. ¿Tenía alguien más el virus?

—¿Virus? —dijo él, y había un claro alivio en su voz—. ¿Tengo un virus?

—Sí. Un tipo de gripe. No es fatal. Te han estado dando antimicrobiales, y un análogo viene de camino. Te recuperarás enseguida. ¿Sabes quién te la contagió? ¿Tenía alguien más el virus?

—No. —Volvió a acomodarse sobre la almoha¬da—. Creía... ¡Oh! —Miró a Dunworthy, alarmado—. Algo falla —repitió desesperadamente.

—¿Qué es? —Extendió la mano hacia el timbre—. ¿Qué va mal?

Los ojos de Badri estaban espantados.

—¡Duele!

Dunworthy pulsó el timbre. La enfermera y un médico de guardia entraron inmediatamente y ejecuta¬ron la misma rutina, sondeándolo con el estetoscopio helado.

—Se quejaba de frío —explicó Dunworthy—. Y de que le dolía algo.

—¿Dónde le duele? —preguntó el médico, miran¬do la pantalla.

—Aquí —contestó Badri. Se llevó la mano a la par¬te derecha del pecho. Empezó a tiritar de nuevo.

—Pleuritis inferior derecha —dijo el médico.

—Me duele cuando respiro —añadió Badri. Los dientes les castañeteaban—. Algo falla.

Algo falla. No se refería al ajuste. Se refería a sí mismo. ¿Qué edad tenía? ¿La misma edad que Kivrin? Habían empezado a suministrar rinovirus antivirales rutinarios hacía casi treinta años. Era muy posible que cuando dijo que nunca había estado enfermo quisiera decir que no había sufrido ni siquiera un resfriado.

—¿Oxígeno? —preguntó la enfermera.

—Todavía no —dijo el médico mientras salía—. Comience con doscientas unidades de cloramfenicol.

La enfermera volvió a acostar a Badri, unió una nueva bolsa al gotero, vio cómo la temperatura bajaba durante un momento, y se marchó.

Dunworthy contempló a través de la ventana la noche lluviosa. Recuerdo que me notaba raro, había dicho. No enfermo. Curioso. Alguien que nunca hu¬biera pasado un resfriado no sabría cómo reaccionar ante la fiebre o los escalofríos. Sólo habría sabido que algo iba mal y habría dejado la red y corrido hacia el pub para contárselo a alguien. Tenía que decírselo a Dunworthy. Algo fallaba.

Dunworthy se quitó las gafas y se frotó los ojos. El desinfectante hacía que le escocieran. Se sentía agota¬do. Había dicho que no podría relajarse hasta conven,-cerse de que Badri se encontraba bien. Badri estaba descansando, el malestar de su respiración reducido por la magia impersonal de los médicos. Y Kivrin dor¬mía también, en una cama infestada de chinches a sete¬cientos años de distancia. O completamente despierta, impresionando a los contemporáneos con sus modales en la mesa y sus uñas sucias, o arrodillada sobre un su¬cio suelo de piedra, contándole a sus manos sus aven¬turas.

Debió de quedarse dormido. Soñó que oía sonar un teléfono. Era Finch. Le dijo que las americanas amenazaban con demandarlos por suministros insuficientes de papel higiénico y que el vicario había venido con las Escrituras.

—Es Mateo 2,11 —decía Finch—. El derroche conduce a la necesidad.

En ese momento la enfermera abrió la puerta y le dijo que Mary necesitaba verle en Admisiones.

Consultó su digital. Eran las cuatro y veinte. Badri dormía aún, con aspecto casi pacífico. La enfermera le esperaba fuera con el frasco de desinfectante y le indicó que cogiera el ascensor.

El olor a desinfectante de sus gafas le ayudó a des¬pejarse. Cuando llegó a la planta baja estaba casi des¬pierto del todo. Mary le esperaba con una mascarilla y el resto del atuendo.

—Tenemos otro caso —dijo, tendiéndole el fardo de RPE—. Es una de las retenidas. Debía de pertenecer a la multitud de compradores. Quiero que intentes identificarla.

Él se puso la ropa con tanta torpeza como la pri¬mera vez, y estuvo a punto de romper la bata con sus esfuerzos por separar las tiras de velero.

—Había docenas de compradores en la High —objetó, mientras se calzaba los guantes—. Y yo esta¬ba observando a Badri. Dudo de que pueda identificar a nadie de esa calle.

—Lo sé —contestó Mary. Lo guió pasillo abajo y atravesó la puerta de Admisiones. Parecía que habían pasado años desde que él estuvo aquí.

Por delante, un puñado de personas, todos vesti¬dos de anónimo papel, introducían una camilla. El mé¬dico de guardia, también cubierto de papel, tomaba los datos a una mujer delgada y de aspecto asustado con una gabardina Mackintosh mojada y un sombrero del mismo color.

—Se llama Beverly Breen —decía la mujer con voz débil—. Plover Way, doscientos veintiséis, Surbiton.

Supe que algo iba mal. No paraba de decir que tenía que coger el metro para Northampton.

Llevaba un paraguas y un gran bolso de mano, y cuando el médico de guardia le preguntó el número de la Seguridad Social de la paciente, apoyó el paraguas contra el mostrador de admisiones, abrió el bolso, y lo examinó.

—Acaban de traerla de la estación de metro que¬jándose de dolor de cabeza y escalofríos —explicó Mary—. Estaba en la cola, esperando ser alojada.

Indicó a los médicos que detuvieran la camilla y re¬tiró la sábana del pecho y el cuello de la mujer para que él pudiera verla mejor, pero no fue necesario.

La mujer de la gabardina mojada había encontrado la tarjeta. Se la tendió al médico de guardia, recogió el paraguas, el bolso y un puñado de documentos multi¬colores, y se acercó con todo el pertrecho a la camilla. El paraguas era grande. Estaba cubierto de violetas co¬lor lavanda.

—Badri chocó con ella cuando volvía a la red —de¬claró Dunworthy.

—¿Estás absolutamente seguro? —le preguntó Mary.

Él señaló a la amiga de la mujer, que se había senta¬do y rellenaba los impresos.

—Reconozco el paraguas.

—¿A qué hora fue eso?

—No estoy seguro. ¿La una y media?

—¿Qué tipo de contacto fue? ¿La tocó?

—Chocó con ella —dijo él, tratando de recordar la escena—. Chocó con el paraguas, y luego le pidió dis¬culpas, y ella le gritó. Badri recogió el paraguas y se lo entregó.

—¿Tosió o estornudó?

—No lo recuerdo.

La mujer fue conducida a Admisiones. Mary se le¬vantó.

—Quiero que la pongan en Aislamiento —ordenó, y los siguió.

La amiga de la mujer se levantó, apretando torpe¬mente los impresos contra su pecho. Uno se le cayó.

—¿Aislamiento? —dijo, asustada—. ¿Qué le pasa?

—Venga conmigo, por favor —indicó Mary, y la condujo a alguna parte para que le hicieran un análisis de sangre y rociaran con desinfectante el paraguas de su amiga antes de que Dunworthy pudiera preguntarle si quería que la esperara.

Fue a preguntárselo a la celadora y entonces se sen¬tó cansinamente en una de las sillas. Había un folleto educativo junto a él. El título rezaba: «La importancia de dormir bien de noche.»

Le dolía el cuello por haber dormido en el tabure¬te, y los ojos volvían a escocerle. Supuso que debería volver a la habitación de Badri, pero no estaba seguro de tener ánimos para colocarse otra RPE. Y tampoco creía ser capaz de despertar a Badri y preguntarle quién más iba a ingresar pronto con una temperatura de treinta y nueve coma cinco.

En cualquier caso, Kivrin no sería uno de ellos. Eran las cuatro y media. Badri había chocado con la mujer del paraguas lavanda a la una y media. Eso signi¬ficaba una incubación de quince horas, y quince horas atrás Kivrin estaba plenamente protegida.

Mary volvió, sin la gorra y con la mascarilla col¬gándole del cuello. Tenía el cabello despeinado, y pare¬cía tan cansada como el propio Dunworthy.

—Voy a dar de alta a la señora Gaddson —le dijo a la celadora—. Tiene que volver a las siete para un análisis de sangre. —Se acercó a Dunworthy—. Me había olvidado de ella —sonrió—. Estaba bastante molesta. Amenazó con demandarme por retención ilegal.

—Se llevará bien con mis campaneras. Amenazan con ir a los tribunales por incumplimiento de contrato.

Mary se pasó la mano por el pelo.

—Tenemos un informe del Word Influenza Cen¬tre sobre el virus de la influenza. —Se levantó como si hubiera recibido una súbita inyección de energía—. Me vendría bien una taza de té. Acompáñame.

Dunworthy miró a la celadora, que los observaba atentamente, y se levantó.

—Estaré en la sala de espera de cirugía —le dijo Mary.

—Sí, doctora. Sin querer oí su conversación... —dijo la celadora, vacilante.

Mary se envaró.

—Ha comentado usted que iba a dar de alta a la se¬ñora Gaddson, y luego le oí mencionar el nombre de William, y me preguntaba si por casualidad la señora Gaddson es la madre de William Gaddson.

—Sí —contestó Mary, sorprendida.

—¿Es amiga suya? —intervino Dunworthy, pre¬guntándose si se ruborizaría como la estudiante de en¬fermería rubia.

Lo hizo.

—He llegado a conocerlo bastante bien durante estas vacaciones. Se ha quedado para estudiar a Pe¬trarca.

—Entre otras cosas —masculló Dunworthy. Dejó a la celadora todavía ruborizada y condujo a Mary tras el cartel de «PROHIBIDO EL PASO: ZONA DE AISLAMIENTO» y pasillo abajo.

—¿Qué diantres pasa aquí? —preguntó ella.

—El enfermizo William tiene muchos más recur¬sos de lo que suponíamos en un principio —rió él, y abrió la puerta de la sala de espera.

Mary encendió la luz y se dirigió al carrito del té. Agitó la tetera eléctrica y desapareció con el aparato en el cuarto de baño. Él se sentó. Alguien se había llevado la bandeja con el equipo para tomar muestras de sangre y devuelto la mesa a su sitio, pero la bolsa de las compras de Mary estaba todavía en mitad del suelo. Se in¬clinó hacia delante y la acercó a las sillas.

Mary volvió a aparecer con la tetera. Se inclinó y la enchufó.

—¿Has tenido suerte con los contactos de Badri?

—Si quieres llamarlo así... Fue a un baile de Navi¬dad en Headington anoche. Cogió el metro las dos ve¬ces. ¿Cómo está la situación?

Mary abrió dos bolsas de té y las esparció sobre las tazas.

—Me temo que sólo hay leche en polvo. ¿Sabes si ha tenido contacto recientemente con alguien de Esta¬dos Unidos?

—No. ¿Porqué?

—¿Tomas azúcar?

—¿Cómo está la situación?

Ella sirvió leche en polvo en las tazas.

—La mala noticia es que Badri está muy enfermo. —Añadió azúcar—. Recibió las vacunas estacionales a través de la Universidad, que exige más protección de amplio espectro que el ministerio. Debería estar com-pletamente protegido contra un cambio de cinco pun¬tos, y parcialmente resistente a uno de diez. Sin embar¬go, muestra síntomas absolutos de influenza, lo cual indica una mutación importante.

La tetera silbó.

—Eso significa una epidemia.

—Sí.

—¿Una pandemia?

—Posiblemente. Si el WIC no puede secuenciar el virus rápidamente, o el personal cae fulminado. O si no se mantiene la cuarentena.

Desenchufó la tetera y sirvió agua caliente en las tazas.

—La buena noticia es que el WIC opina que es una influenza que se originó en Carolina del Sur. —Le ten¬dió una taza a Dunworthy—. En ese caso, ya ha sido secuenciada y se ha creado una vacuna y un análogo, responde bien a las antimicrobiales y al tratamiento sintomático, y no es mortal.

—¿De cuánto es el período de incubación?

—Entre doce y cuarenta y ocho horas. —Se apoyó contra el carrito y tomó un sorbo de té—. El WIC va a enviar muestras de sangre al CDC de Atlanta para compararlas, y ellos nos mandarán las recomendacio¬nes para el tratamiento.

—¿A qué hora ingresó Kivrin en enfermería el lu¬nes para recibir las antivirales?

—A las tres. Estuvo aquí hasta las nueve de la ma¬ñana. Le pedí que se quedara para asegurarme de que dormía bien.

—Badri dice que no la vio ayer, pero podía haber contactado con ella el lunes antes de que viniera.

—Tendría que haber quedado expuesta antes de su vacuna antiviral, y el virus disponer de una oportuni¬dad de replicarse para que ella corra peligro, James. Aunque viera a Badri el lunes o el martes, tiene menos peligro de desarrollar los síntomas que tú. —Lo miró gravemente por encima de la taza de té—. Todavía es¬tás preocupado por el ajuste, ¿verdad?

Él apenas sacudió la cabeza.

—Badri dice que comprobó las coordenadas del estudiante y que eran correctas, y que ya había dicho a Gilchrist que el deslizamiento era mínimo —dijo, de¬seando que Badri le hubiera contestado cuando le pre¬guntó por el deslizamiento.

—¿Qué más pudo haber salido mal?

—No lo sé. Nada. Excepto que ella está sola en la Edad Media.

Mary depositó su taza de té en el carrito.

—Es posible que esté más segura allí que aquí. Va¬mos a tener un montón de pacientes enfermos. La in¬fluenza se extiende como el fuego, y la cuarentena sólo la empeorará. El personal médico es siempre el primero en quedar expuesto. Si la contraen, o si el suministro de antimicrobiales se agota, este siglo podría ser el que tenga un diez.

Se pasó la mano por la cabeza, agotada.

—Lo siento, es el cansancio el que habla. Esto no es la Edad Media, después de todo. Ni siquiera es el si¬glo XX. Tenemos metabolizadores y adjutores, y si es el virus de Carolina del Sur, también disponemos de un análogo y una vacuna. Pero me alegro de que Colin y Kivrin estén a salvo de todo esto.

—Sí, a salvo en la Edad Media —rezongó Dunworthy.

Mary le sonrió.

—Con los asesinos.

La puerta se abrió de golpe. Un niño alto y rubito con pies grandes y camiseta de rugby entró, goteando agua.

—¡Colin! —exclamó Mary.

—Vaya, así que estabas aquí —dijo el niño—. Te he estado buscando por todas partes.

 

TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL JUICIO FINAL

(000893-000898)

Señor Dunworthy, ad adjuvandum me festina*

* Traducción: Dése prisa en ayudarme.

 

 

 

 

 

LIBRO SEGUNDO

 

 

 

 

En el frío invierno el viento helado me hizo gemir,

la tierra era dura como el hierro, el agua como una piedra;

había caído nieve, nieve sobre nieve, nieve sobre nieve,

en el frío invierno hace mucho tiempo.

CHRISTINA ROSETTI

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

10

 

El fuego se había apagado. Kivrin aún olía el humo en la habitación, pero sabía que se trataba de un fuego que ardía en un hogar. No le extrañaba, pues las chime¬neas no aparecieron en Inglaterra hasta finales del si¬glo XIV, y estaba sólo en 1320. En cuanto formó los pen¬samientos, fue consciente de todo lo demás: estoy en 1320, y he pasado una enfermedad. He tenido fiebre.

Durante un rato no pensó en nada más. Se sentía bien allí tendida, descansando. Estaba extenuada, como si hubiera realizado un terrible esfuerzo que hubiera re¬querido todas sus energías. Creí que iban a quemarme en la hoguera, pensó. Recordó haberse debatido contra ellos y las llamas saltando, lamiendo sus manos, que¬mándole el cabello.

Me cortaron el pelo, pensó, y se preguntó si era un recuerdo o algo que había soñado. Estaba demasiado cansada para llevarse la mano a la cabeza, demasia¬do cansada incluso para intentar recordar. He estado muy enferma, pensó. Me administraron los últimos sa¬cramentos.

—No hay nada que temer —había dicho el hom¬bre—. Volveréis a casa.

Requiescat in pace. Y durmió.

Cuando volvió a despertarse, la habitación estaba a oscuras, y una campana repicaba a lo lejos. Kivrin pensó que llevaba soñando mucho rato, igual que tañía la cam¬pana solitaria cuando se desmayó, pero un momento después otra campana empezó a sonar, tan cerca que de¬bía de estar ante la ventana, apagando las demás. Maiti¬nes, pensó, y le pareció recordar haberlas oído antes, un repique entrecortado y desfasado que seguía el ritmo de los latidos de su corazón, pero eso era imposible.

Debía de haberlo soñado. Había soñado que la quemaban en la hoguera. Había soñado que le corta¬ban el pelo. Había soñado que los contemporáneos ha¬blaban un idioma que no comprendía.

La campana más cercana se calló, y las otras conti¬nuaron durante un rato, como si se alegraran ante la oportunidad de hacerse oír, y Kivrin recordó eso tam¬bién. ¿Cuánto tiempo llevaba en este sitio? Al princi¬pio era de noche, y ahora era de día. Parecía una sola noche, pero entonces recordó los rostros inclinados sobre ella. Cuando la mujer volvió a traerle la taza y de nuevo cuando llegó el sacerdote, y el asesino con él, pudo verlos claramente, sin el fluctuar de la inquieta vela. Y en medio recordaba la oscuridad y la luz bru¬mosa de las lámparas de sebo y las campanas, sonando y callando y sonando otra vez.

Sintió una súbita puñalada de pánico. ¿Cuánto tiem¬po llevaba allí tendida? ¿Y si había estado enferma se¬manas y había pasado ya el encuentro ? Pero eso era im¬posible. La gente no deliraba durante semanas, aunque tuviera fiebre tifoidea, y ella no podía tenerla. Le habían puesto las vacunas.

Hacía frío en la habitación, como si el fuego se hubie¬ra apagado durante la noche. Palpó en busca de las man¬tas, y unas manos surgieron inmediatamente de la oscuri¬dad y las colocaron suavemente sobre sus hombros.

—Gracias —dijo Kivrin, y se durmió.

El frío volvió a despertarla, y tuvo la sensación de que sólo había dormido unos minutos, aunque ahora había un poco de luz en la habitación. Entraba por una estrecha ventana ubicada en la pared de piedra. Alguien había abierto los postigos y por ahí entraba también el frío.

Había una mujer de puntillas en lo alto del asiento de piedra situado bajo la ventana, colocando un paño en la abertura. Llevaba una túnica negra, una saya blan¬ca y una cofia, y por un instante Kivrin pensó que esta-ba en un convento, pero entonces recordó que las mu¬jeres del siglo XIV se cubrían el pelo cuando estaban casadas. Sólo las muchachas solteras llevaban el cabello suelto y sin cubrir.

La mujer no parecía lo bastante mayor para estar ca¬sada, ni tampoco para ser una monja. Había una mujer en la habitación cuando Kivrin estuvo enferma, pero era mucho mayor. Cuando Kivrin le aferró las manos en su delirio, las manos eran ásperas y arrugadas, y la voz de la mujer sonaba cascada por la edad, aunque tal vez aque¬llo también formara parte del delirio.

La mujer se asomó a la luz desde la ventana. La co¬fia blanca era amarillenta y no se trataba de una túnica, sino de una saya como la de Kivrin, con un sobretodo verde oscuro encima. Estaba mal teñida y parecía con¬feccionada con tela de arpillera, el tejido tan basto que Kivrin lo distinguía fácilmente a pesar de la tenue luz. Debía de ser una criada, entonces, pero las criadas no llevaban tocas de lino ni manojos de llaves como el que colgaba del cinto de la mujer. Tenía que ser una perso¬na de cierta importancia, el ama de llaves, tal vez.

Y éste era un lugar de importancia. Probablemente no se trataba de un castillo, porque la pared contra la que se situaba la cama no era de piedra, sino de madera sin debastar. Sin duda era un caserón de al menos la primera orden de nobleza, un barón menor, o posible¬mente un rango más alto. La cama donde yacía era una cama de verdad, con un dosel de madera, colgantes y gruesas sábanas de lino, no un simple jergón, y las mantas eran de piel. El asiento de piedra bajo la venta¬na tenía cojines bordados.

La mujer ató el paño a las pequeñas proyecciones de piedra situadas a cada lado de la ventanita, bajó del asiento de la ventana y se agachó hacia algo. Kivrin no distinguió qué era porque los colgantes de la cama le impedían verlo. Eran pesados, casi como alfombras, y habían sido retirados y atados con una cuerda.

La mujer se enderezó de nuevo, sosteniendo un cuenco de madera, y entonces, alzando sus faldas con la mano libre, se subió al asiento de la ventana y empe¬zó a frotar el paño con algo denso. Aceite, pensó Ki¬vrin. No, cera. Utilizaban lino frotado con cera en vez de cristal en las ventanas. Se suponía que el cristal era de uso común en las mansiones del siglo XIV. Se supo¬nía que la nobleza llevaba los cristales junto con el equipaje y los muebles cuando viajaban de casa en casa.

Debo grabar esto, pensó Kivrin, que algunas man¬siones no tenían ventanas de cristal, y levantó las ma¬nos y las unió, pero el esfuerzo fue excesivo, y las dejó caer sobre las sábanas.

La mujer miró hacia la cama y luego se volvió hacia la ventana y empezó a pintar la tela con largos brocha¬zos. Debo de estar mejorando, pensó Kivrin. Ella per¬maneció junto a la cama todo el tiempo que estuve en¬ferma. Se preguntó de nuevo cuánto tiempo había transcurrido. Tendré que averiguarlo, y luego he de encontrar el lugar del lanzamiento.

No podía estar muy lejos. Si ésa era la aldea a la que pretendía ir, el lugar no quedaba a más de dos kilóme¬tros. Intentó recordar cuánto tiempo había durado el viaje a la aldea. Le pareció que duraba mucho rato. El asesino la había subido a su caballo blanco, que tenía campanillas en el arnés. Pero no era un asesino. Era un joven pelirrojo de aspecto agradable.

Tendría que preguntar el nombre de la aldea adonde la habían llevado, y esperaba que se tratara de Skendgate. Pero aunque no lo fuera, gracias al nom¬bre sabría dónde se encontraba en relación con el lu¬gar del lanzamiento. Y, por supuesto, en cuanto se sintiera un poco más fuerte, podrían mostrarle dónde se hallaba.

¿Cuál es el nombre de la aldea a la que me habéis traído? No había podido pensar las palabras la noche anterior, pero eso se debió a la fiebre, por supuesto. Ahora no tenía ningún problema. El señor Latimer ha¬bía empleado meses en enseñarle la pronunciación. Ciertamente, podrían comprender In whatte londe am I? o incluso Whatte be thisse holding?, y aunque hu¬biera alguna variación en el dialecto local, el intérprete lo corregiría automáticamente.

—Whatte place hast thou brotte me? —preguntó Kivrin.

La mujer se volvió, sorprendida. Se bajó del asien¬to, todavía con el cuenco en una mano y el cepillo en la otra, sólo que no era un cepillo, según descubrió Ki¬vrin mientras se acercaba a la cama. Era una especie de cuchara de madera con el cuenco casi plano.

—Gottehae plaise tthar tleve —dijo la mujer, uniendo cuchara y cuenco ante ella—. Beth naught agast.

Se suponía que el intérprete debía traducir lo que se decía inmediatamente. Tal vez la pronunciación de Kivrin era defectuosa, tanto que la mujer pensaba que hablaba un idioma extranjero e intentaba responderle en su torpe francés o alemán.

—Whatte place hast thou brotte me? —dijo lenta¬mente, para que el intérprete tuviera tiempo de tradu¬cir lo que decía.

—Wick londehay yae comen lawdayke awtreen godelae deynorm andoar sic straunguwlondes. Speke-faw eek waenoot awfthy taloorbrede.

—Lawyes sharess loostee? —intervino una voz.

La mujer se volvió a mirar una puerta que Kivrin no podía ver, y entró otra mujer, mucho mayor, de rostro arrugado. Sus manos eran las que Kivrin recor¬daba de su delirio, ásperas y viejas. Llevaba una cadena de plata y un pequeño cofre de cuero. Se parecía al co¬fre que Kivrin había llevado consigo, pero era más pe¬queño y con cierres de hierro en vez de bronce. Colocó el cofre en el asiento de la ventana.

—Auf spechryit darrnayt?

Kivrin recordaba también la voz, áspera y casi aira¬da. Hablaba a la otra mujer como si fuera una criada. Bueno, tal vez lo era, y ésta era la señora de la casa, aunque su cofia no se veía más blanca, ni su vestido mejor. Pero no llevaba ninguna llave en el cinturón, y ahora Kivrin recordó que no era el ama de gobierno quien llevaba las llaves, sino la señora de la casa.

La señora de la mansión con lino amarillento y ar¬pillera mal teñida, lo cual significaba que el vestido de Kivrin era un error, tanto como la pronunciación de Latimer, como las afirmaciones de la doctora Ahrens de que no contraería ninguna enfermedad medieval.

—Me pusieron todas las vacunas —murmuró, y las dos mujeres se volvieron a mirarla.

—Ellavih swot wardesdoorfenden iss? —preguntó bruscamente la mujer mayor. ¿Era la madre de la mujer más joven, o su suegra, o su criada? Kivrin no tenía ni idea. Ninguna de las palabras que había dicho, ni si¬quiera un nombre propio o una forma de dirigirse, se lo aclararon.

—Maetinkerr woun dahest wexe hoordoumbe —contestó la otra mujer, y la más mayor respondió:

—Ñor nayte bawcows derouthe.

Nada. Se suponía que las frases más cortas eran más fáciles de traducir, pero Kivrin ni siquiera podía discernir si había dicho una palabra o varias.

La mujer joven irguió la barbilla, furiosa.

—Certessan, shreevadwomn wolde nadae seyvous —dijo bruscamente.

Kivrin se preguntó si estarían discutiendo sobre qué debían hacer con ella. Tiró de las mantas con sus débiles manos, como para apartarse de ellas, y la joven soltó la cuchara y el cuenco y acudió inmediatamente.

—Spaegun yovor tongawn glais? —dijo, y podía ser «Buenos días» o «¿Te encuentras mejor?» o «Te quemaremos al amanecer», por lo que Kivrin sabía. Quizá su enfermedad impedía un correcto funciona¬miento del traductor. Tal vez cuando la fiebre bajara, comprendería todo lo que decían.

La mujer mayor se arrodilló junto a la cama, soste¬niendo una pequeña caja de plata al final de la cadena entre las manos cruzadas, y empezó a rezar. La joven se inclinó hacia delante para mirar la frente de Kivrin y luego palpó tras su cabeza, haciendo algo que tiró del pelo de Kivrin. Entonces advirtió que debían de haber¬le vendado la herida de la frente. Se llevó la mano a la tela y luego al cuello, buscando sus rizos, pero no en-contró nada. Su cabello terminaba en un mechón irre¬gular justo debajo de las orejas.

—Vae motten tiyez thynt —dijo la mujer joven, preocupada—. Far thotyiwort wount sorr.

Le estaba dando algún tipo de explicación, pensó Kivrin. Aunque no la entendía, sí comprendía que ha¬bía estado muy enferma, tanto que pensó que su pelo estaba ardiendo. Recordó a alguien (¿la mujer mayor?) intentando agarrarle las manos y a sí misma debatién¬dose salvajemente ante las llamas. No habían tenido ninguna alternativa.

Y Kivrin que odiaba su maraña de pelo y todo el tiempo que tardaba en peinárselo, y lo mucho que se había preocupado por cómo llevaban el cabello las mu¬jeres medievales, si se recogían en trenzas o no, y cómo demonios iba a soportar dos semanas sin lavárselo. Tendría que alegrarse de que se lo hubieran cortado,pero en ese momento sólo pudo pensar en Juana de Arco, que llevaba el cabello corto, y a la que habían quemado en la hoguera.

La joven retiró las manos del vendaje y observaba a Kivrin, con aspecto asustado. Kivrin le sonrió, algo temblorosa, y ella le devolvió la sonrisa. Le faltaban dos dientes en la parte derecha de la boca, y el diente situado junto a la abertura era marrón, pero cuando sonrió no pareció mayor que una estudiante de primer año.

Terminó de desatar el vendaje y lo depositó sobre las mantas. Era el mismo lino amarillento de su cofia, pero hecho tiras, y manchado de sangre oscura. Había más sangre de lo que Kivrin había creído en un princi¬pio. Por lo visto la herida del señor Gilchrist había em¬pezado a sangrar de nuevo.

La mujer tocó la sien de Kivrin, nerviosa, como si no estuviera segura de qué hacer.

—Vexeyaw hongroot? —preguntó, y puso una ma¬no tras el cuello de Kivrin y la ayudó a levantar la ca¬beza.

Se sintió muy mareada. Debe de ser por mi pelo, pensó Kivrin.

La anciana tendió a la joven un cuenco de madera, y ella lo acercó a los labios de Kivrin, quien sorbió con cuidado, pensando confundida que era el mismo cuen¬co que contenía la cera. No lo era, ni tampoco la bebida que le habían dado antes. Era una papilla fina y granu¬losa, menos amarga que la bebida de la noche anterior, pero con un regusto grasiento.

—Tbasholde nayive gros vitaille towayte —dijo la anciana, la voz áspera por la impaciencia y el reproche.

Definitivamente, la suegra, pensó Kivrin.

—Shimote lese hoor fource —respondió la joven mansamente.

La papilla estaba buena. Kivrin intentó tomársela toda, pero después de unos cuantos sorbos, se sintió agotada.

La mujer joven tendió el cuenco a la otra, que ha¬bía rodeado la cama, y ayudó a Kivrin a apoyar la ca¬beza en la almohada. Recogió el vendaje ensangrenta¬do, tocó de nuevo la sien de Kivrin como si estuviera decidiendo si debía poner el vendaje otra vez, y luego lo entregó a la otra mujer, quien lo colocó junto con el cuenco en el cofre que debía de estar al pie de la cama.

—Lo, liggethsteallouw —dijo la joven, mostrando su sonrisa mellada, y su tono resultaba inconfundible, aunque Kivrin no comprendía las palabras. La mujer le había dicho que durmiera. Cerró los ojos.

—Durmidde shoalausbrekkeynow —dijo la ancia¬na. Las dos se marcharon de la habitación, y cerraron tras ellas la pesada puerta.

Kivrin repitió lentamente las palabras para sí, in¬tentando captar algún sonido familiar. Se suponía que el intérprete ampliaba su habilidad para separar fone¬mas y reconocer pautas sintácticas, no sólo almacenar vocabulario del inglés medieval, pero para el caso bien podría haber estado escuchando servo-croata.

Y tal vez sea así, pensó. ¿Quién sabe dónde me han traído? Estaba febril. Tal vez el asesino me embarcó y me hizo cruzar el Canal. Sabía que eso no era posible. Recordaba gran parte del viaje nocturno, aunque había una cualidad deslabazada e inconexa en todo aquello. Me caí del caballo, y el pelirrojo me recogió. Y pasa¬mos ante una iglesia.

Frunció el ceño, intentando recordar más sobre la dirección que habían tomado. Se habían internado en el bosque, alejándose del claro, y salieron a un camino, y el camino se bifurcó, y ahí fue donde ella se cayó del caballo. Si pudiera encontrar la bifurcación en la carre¬tera, tal vez sería capaz de localizar el lugar del lanza¬miento desde allí. Estaba casi al lado de la torre.

Pero si el lugar del lanzamiento estaba tan cerca, se encontraba en Skendgate y las mujeres hablaban inglés

medieval. Y si hablaban inglés medieval, ¿por qué no entendía nada de lo que decían?

Tal vez me di un golpe en la cabeza al caer del ca¬ballo, y le ha pasado algo al intérprete, pensó, pero no se había golpeado la cabeza. Se había soltado y se había ido deslizando hasta que quedó sentada en el suelo. Es la fiebre, pensó. Algo impide que el intérprete reco¬nozca las palabras.

Reconoció el latín, pensó, y un nudo de miedo em¬pezó a formarse en su pecho. Reconoció el latín, y no puedo estar enferma. Me pusieron las vacunas. Recor¬dó de repente que la vacuna antiviral le picaba y le for¬mó un bultito bajo el brazo, pero la doctora Ahrens lo comprobó antes de su partida. La doctora aseguró que no importaba. Y ninguna de las otras vacunas le había picado, excepto la vacuna de la peste. No puedo tener la peste, pensó. No tengo ninguno de los síntomas.

Las víctimas de la peste tenían grandes bultos bajo los brazos y en la parte interior de los muslos. Vomita¬ban sangre, y las venas bajo la piel se rompían y se vol¬vían negras. No era la peste, ¿pero qué era, y cómo lo había contraído? Había sido vacunada contra todas las enfermedades importantes que existían en 1320, y por otra parte, no había estado expuesta a ninguna enfer¬medad. Había empezado a tener síntomas en cuanto atravesó, antes de encontrarse con nadie. Los gérmenes no gravitaban sin más cerca de un sitio de lanzamiento, esperando a que alguien atravesara. Tenían que propa¬garse por contacto, o por estornudos, o por las pulgas. La peste había sido extendida por las pulgas.

No es la peste, se dijo firmemente. La gente que tiene la peste no se pregunta si la tiene. Están demasia¬do ocupados muñéndose.

No era la peste. Las pulgas que la habían propaga¬do vivían en ratas y humanos, no en mitad de un bos¬que, y la Peste Negra no alcanzó Inglaterra hasta 1348. Debe de ser alguna enfermedad medieval de la que la doctora Ahrens no tenía conocimiento. Había todo tipo de enfermedades extrañas en la Edad Media: el mal del rey y el baile de san Vito y un sinfín de fiebres. De¬bía de ser una de ellas, y su sistema inmunológico au¬mentado había tardado en descubrir qué era y en em¬pezar a combatirla. Pero ahora lo había hecho, y su temperatura bajaba y el intérprete empezaría a funcio¬nar. Sólo tenía que descansar y esperar y recuperarse. Reconfortada por este pensamiento, volvió a cerrar los ojos y se durmió.

Alguien la tocaba. Abrió los ojos. Era la suegra. Estaba examinando las manos de Kivrin, volviéndolas una y otra vez en las suyas, frotando su calloso índice por los dorsos, escrutando las uñas. Cuando vio que Kivrin tenía los ojos abiertos soltó las manos, como disgustada, y dijo:

—Sbeavost ahvheigh parage attelest, baht hoore der wikkonsasshae haswfolletwe?

Nada. Kivrin había esperado que de algún modo, mientras dormía, los ampliadores del intérprete hubie¬ran clasificado y descifrado todo lo que había oído, y que despertaría para descubrir que ya funcionaba. Pero las palabras seguían resultándole ininteligibles. Sonaba un poco a francés, con sus entonaciones y sus delicadas inflexiones, pero Kivrin conocía el francés normando (el señor Dunworthy le había hecho aprenderlo), y no distinguía ninguna de las palabras.

—Hastow naydepesse? —dijo la anciana.

Parecía una pregunta, pero todo el francés lo pa¬recía.

La mujer cogió el brazo de Kivrin con una ruda mano y la rodeó con el otro brazo, como para ayudarla a levantarse. Estoy demasiado enferma, pensó Kivrin. ¿Por qué quiere hacerme levantar? ¿Para interrogar¬me? ¿Para quemarme?

La mujer más joven entró en la habitación, llevan¬do una palangana. La colocó sobre el asiento y se acer¬có a coger el otro brazo de Kivrin.

—Hastontee natour yowrese? —preguntó, mos¬trando su sonrisa desdentada, y Kivrin pensó que tal vez la llevarían al lavabo, e hizo un esfuerzo por sen¬tarse y pasar las piernas por el lado de la cama.

Se mareó inmediatamente. Se sentó, las piernas des¬nudas colgando por el lado de la alta cama, esperando a que pasara. Llevaba su muda de lino y nada más. Se pre¬guntó dónde estaría su ropa. Al menos le habían dejado la muda. En la Edad Media, la gente normalmente no llevaba nada al acostarse.

La gente de la Edad Media tampoco tenía agua co¬rriente, pensó, y esperó no tener que salir a un retrete. Los castillos a veces tenían guardarropas cerrados, o esquinas sobre un conducto que tenía que ser limpiado al fondo, pero esto no era un castillo.

La mujer joven colocó una fina manta doblada so¬bre los hombros de Kivrin, como un chai, y las dos la ayudaron a levantarse de la cama. El suelo de tablas de madera estaba helado. Kivrin dio unos cuantos pasos y se mareó de nuevo. Nunca llegaré al exterior, pensó.

—Wotan shay wootes nawdaor youse der jordane? —dijo la mujer mayor bruscamente, y a Kivrin le pare¬ció reconocer la palabra francesa jardín, ¿pero por qué iban a discutir de jardines?

—Thanway maunhollp anhour —replicó la joven, quien rodeó a Kivrin con el brazo y pasó un brazo de Kivrin por encima de sus hombros. La anciana agarró el otro brazo con ambas manos. Apenas le llegaba a Ki-vrin al hombro, y la mujer joven no parecía pesar más de cuarenta kilos, pero entre las dos la llevaron al final de la cama.

Kivrin se mareó a cada paso. Nunca llegaré al exte¬rior, pensó, pero se detuvieron al final de la cama. Ha¬bía un cofre allí, una baja caja de madera con un pájaro o tal vez un ángel toscamente tallado en lo alto. Encima había una bacina de madera llena de agua, el vendaje ensangrentado de la frente de Kivrin, y un cuenco va¬cío y más pequeño. Kivrin, concentrándose en no caer, no advirtió lo que era hasta que la mujer mayor habló.

—Swone nawmaydar oupondre yorresette. —Con las manos hizo gestos de levantar sus pesadas faldas y sentarse.

Un orinal, pensó Kivrin, agradecida. Señor Dunworthy, los orinales existían en las mansiones rurales en 1320. Asintió para demostrar que comprendía y las dejó colocarla encima, aunque estaba tan mareada que tuvo que aferrarse a los pesados postes de la cama para no caer, y el pecho le dolió tanto cuando intentó levantarse de nuevo que se dobló.

—Maisry! —gritó la anciana, volviéndose hacia la puerta—. Maisry, com undtvae holpoon!

La inflexión indicaba claramente que estaba lla¬mando a alguien—¿Marjorie? ¿Mary?—, para que acu¬diera y ayudara, pero no apareció nadie, así que tal vez Kivrin también se equivocaba en eso.

Se enderezó un poco, tanteando el dolor, y luego trató de levantarse, y el dolor se había reducido un po¬quito, pero tuvieron que ayudarla a regresar a la cama, y cuando volvió a estar tapada, se encontraba exhausta. Cerró los ojos.

—Slaeponpon donupaw daton —dijo la mujer más joven, y tenía que estar diciendo «descansa» o «duer¬me», pero seguía sin poder descifrarlo. El intérprete está estropeado, pensó, y el pequeño nudo de pánico empezó a formarse de nuevo, peor que el dolor en su pecho.

No puede estar estropeado, se dijo. No es una má¬quina. Es un ampliador químico sintáctico y memorís-tico. Sin embargo, sólo podía funcionar con las pala¬bras de su memoria, y el inglés medieval del señor Latimer era inútil. Whan that Aprille with his shoures sote. La pronunciación del señor Latimer era tan dife¬rente que el intérprete no reconocía lo que oía como las mismas palabras; sin embargo eso no significaba que estuviera estropeado. Sólo significaba que tenía que re¬copilar nuevos datos, y las pocas frases que había oído de momento no bastaban.

Reconoció el latín, pensó, y el pánico volvió a apu¬ñalarla, pero lo resistió. Había podido reconocer el la¬tín porque el rito de la extremaunción era un conjunto establecido. Ella ya sabía qué palabras estarían presen¬tes. Las palabras que pronunciaban las mujeres no eran un conjunto establecido, pero seguían siendo descifra¬bles. Nombres propios, fórmulas de vocativo, sustanti¬vos y adverbios y proposiciones subordinadas apare-cerían en posiciones fijas que se repetían una y otra vez. Se separarían entre sí rápidamente, y el intérprete podría usarlas como clave para el resto del código. Ahora lo que necesitaba era recopilar datos, escuchar lo que se decía sin intentar comprender, y dejar que el intérprete trabajara.

—Thin keowre hoorwoun desmoortale?—pregun¬tó la mujer joven.

—Got tallón wottes —respondió la anciana.

Una campana empezó a sonar. Kivrin abrió los ojos. Las dos mujeres se habían vuelto hacia la ventana, aunque no podían ver nada a través del lino.

—Bere wichehay gansanon —dijo la joven.

La anciana no respondió. Miraba la ventana, como si pudiera ver más allá del rígido lino, las manos unidas como en una oración.

—Aydreddit isterfayve nblaun —dijo la joven, y a pesar de su decisión, Kivrin trató de convertirlo en «Es hora de vísperas» o «Es la campana de vísperas», pero no era eso. La campana siguió doblando, y ninguna otra campana se le unió. Se preguntó si se trataba de la campana que había oído antes, sonando sola a última hora de la tarde.

La mujer mayor se apartó bruscamente de la ven¬tana.

—Nay, Elwiss, ithahn diwolffin. —Recogió el ori¬nal del cofre de madera—. Gawynha thesspyd...

Hubo un súbito roce ante la puerta, un sonido de pasos subiendo las escaleras, y una voz infantil gritando:

—Modder! Eysmertemay!

Una niña pequeña entró en la habitación, las tren¬zas rubias revoloteando, y estuvo a punto de chocar con la anciana y el orinal. La carita redonda de la niña estaba roja y surcada de lágrimas.

—Wol yadothoos forshame ahnyous! —gruñó la anciana, quitando de su alcance el traicionero cuen¬co—. Yowe maun naroonso mhus.

La niña no le prestó atención. Corrió directo hacia la mujer joven, sollozando.

—Rawzamun hattmay smerte, Modder!

Kivrin abrió la boca. Modder. Eso tenía que ser «madre».

La niñita alzó los brazos, y su madre, oh, sí, defini¬tivamente su madre, la cogió. La niña pasó los brazos alrededor del cuello de la mujer y empezó a aullar.

—Shh, ahnyous, shh —murmuró la madre. Esa gu¬tural es una G, pensó Kivrin. Una G alemana inspira¬da. Shh, Agnes.

Todavía abrazándola, la mujer joven se sentó junto a la ventana. Secó las lágrimas con una punta de la cofia.

—Spekenaw dotbass bifel, Agnes.

Sí, decididamente Agnes. Y speken era «dime». Dime qué ha pasado.

—Shayoss mayswerte! —respondió Agnes, seña¬lando a otra niña que acababa de entrar en la habita¬ción. La segunda niña era considerablemente mayor, tendría nueve o diez años al menos. Tenía el cabello largo y castaño que le caía por la espalda y quedaba su¬jeto por un pañuelo azul.

 

—Itgan naso, ahnyous—dijo—. Thapighte rennin gawn derstayres.

No había posibilidad de confusión en la combina¬ción de afecto y desdén. No se parecía a la niñita rubia, pero Kivrin estaba dispuesta a apostar a que esta niña morena era la hermana mayor de la otra.

—Shay pighte renninge ahndist eyres, Modder.

Otra vez «madre», y shay era «ella», y pighte debía de ser «caer». Parecía francés, pero la clave era el ale¬mán. Tanto la pronunciación como las construcciones eran alemanas. Poco a poco todo iba encajando.

—Na comfitte horr thusselwys —dijo la mujer ma¬yor—. She hathnau woundes. Hoor teres been fornaught mais gain typitye.

—Hoor nayu ganful bloody —respondió la joven, pero Kivrin no la oyó. En cambio oía la traducción del intérprete, aún torpe y obviamente retrasado, pero tra¬ducción al fin y al cabo:

—No la mimes, Eliwys. No está herida. Sólo llora para llamar tu atención.

Y la madre, que se llamaba Eliwys:

—Le sangra la rodilla.

—Rossmnt, brangund oorwarsted frommecofre —dijo, señalando al pie de la cama, y el intérprete la si¬guió—: Rosemund, acércame el paño del cofre.

La niña de diez años se dirigió inmediatamente al cofre al pie de la cama.

La niña mayor era Rosemund, la pequeña Agnes, y la madre imposiblemente joven con su toca y su cofia se llamaba Eliwys.

Rosemund tendió un paño ajado que era sin duda el que Eliwys le había quitado a Kivrin de la frente.

—¡No lo toques! ¡No lo toques! —gritó Agnes, y Kivrin no habría necesitado el intérprete para enten¬derlo. Seguía un poco retrasado.

—Te pondré una venda para que no te salga más sangre —dijo Eliwys, cogiendo el trapo de Rosemund. Agnes intentó apartarlo—. El paño no te... —hubo un espacio en blanco, como si el intérprete no supiera la palabra, y luego: Agnes. La palabra obviamente era «hará daño» o «dolerá», y Kivrin se preguntó si el in¬térprete no tenía la palabra en su memoria y por qué no había ofrecido una aproximación por el contexto.

—... me dolerá —gritó Agnes, y el intérprete repi¬tió: «Me...» y luego el espacio en blanco. El espacio de¬bía de ser para que ella oyera la palabra real y dedujera su significado. No era mala idea, pero el intérprete iba tan retrasado con respecto al original que Kivrin no pudo oír la palabra en cuestión. Si el intérprete hacía esto cada vez que no reconocía una palabra, tendría graves problemas.

—Dolerá —gimió Agnes, apartando la mano de su madre de su rodilla.

—Duelerá —susurró a continuación el intérprete, y Kivrin se sintió aliviada de que hubiera encontrado algo, aunque «dueler» no era exactamente un verbo.

—¿Cómo te has caído? —preguntó Eliwys para distraer a Agnes.

—Subía corriendo las escaleras —intervino Rose-mund—. Corría para darte la noticia de que... ha llegado.

El intérprete volvió a dejar un espacio, pero esta vez Kivrin captó la palabra, Gawyn, probablemente un nombre propio, y el intérprete llegó al parecer a la mis¬ma conclusión, porque para cuando Agnes gritó «¡Yo tendría que haberle dicho a mamá que ha llegado Gawyn!», lo incluyó en su traducción.

—Se lo tendría que haber dicho yo —repitió Ag¬nes, llorando de verdad ahora, y hundió la cara en su madre, quien aprovechó la ocasión para vendar la rodi¬lla de la niña.

—Puedes decírmelo ahora —sugirió.

Agnes sacudió la cabeza.

—Pones la venda demasiado floja, nuera —obser¬vó la anciana—. Se le caerá.

El vendaje le pareció a Kivrin bastante tenso, y era evidente que cualquier intento por tensarlo más provo¬caría nuevos llantos. La mujer mayor sujetaba todavía el orinal con las dos manos. Kivrin se preguntó por qué no iba a vaciarlo.

—Shh, shh —murmuró Eliwys, meciendo a la niña y palmeándola en la espalda—. Habría preferido que tú me lo hubieras dicho.

—El orgullo provoca la caída —rezongó la anciana, al parecer decidida a hacer llorar a Agnes otra vez—. Si te caíste, la culpa es tuya. No tendrías que haber subido corriendo las escaleras.

—¿Cabalgaba Gawyn una yegua blanca? —pre¬guntó Eliwys.

Una yegua blanca. Kivrin se preguntó si Gawyn sería el hombre que la había ayudado a subir a su caba¬llo y la había traído al caserón.

—No —respondió Agnes, en un tono que indicaba que su madre había hecho algún tipo de chiste—. Mon¬taba su caballo negro, Gringolet. Y se acercó a mí y me dijo: «Bella lady Agnes, quisiera hablar con tu madre.»

—Rosemund, tu hermana se ha hecho daño por tu descuido —dijo la anciana. No había conseguido mo¬lestar a Agnes, así que decidió buscar otra víctima—. ¿Por qué no la estabas cuidando?

—Estaba con mi bordado —intentó justificarse Rosemund, buscando apoyo en su madre—. Maisry te¬nía que cuidarla.

—Maisry salió a ver a Gawyn —dijo Agnes, quien se sentó en el regazo de su madre.

—Y a charlar con el mozo del establo —refunfuñó la anciana. Se acercó a la puerta y gritó—: ¡Maisry!

Maisry. Ése era el nombre que la anciana había di¬cho antes, y ahora el intérprete ni siquiera dejaba ya es¬pacios en blanco cuando se trataba de nombres pro¬pios. Kivrin no sabía quién era Maisry, probablemente una criada, pero si la forma en que se desarrollaban las cosas era una indicación, Maisry iba a tener un buen número de problemas. La anciana estaba decidida a en¬contrar un culpable, y la desaparecida Maisry parecía la persona ideal.

—¡Maisry! —volvió a gritar, y el nombre hizo eco.

Rosemund aprovechó la oportunidad para colo¬carse al lado de su madre.

—Gawyn nos pidió que te transmitiéramos su sú¬plica de venir a hablar contigo.

—¿Espera abajo? —preguntó Eliwys.

—No. Primero fue a la iglesia para hablar de la dama con el padre Piedra.

El orgullo provoca la caída. El intérprete obvia¬mente se estaba confiando demasiado. Padre Rolfe, tal vez, o padre Peter. Pero seguro que no padre Piedra.

—Tal vez ha descubierto algo de la dama —aven¬turó Eliwys, mirando a Kivrin. Por primera vez daban alguna indicación de que recordaban que Kivrin estaba presente en la habitación. Kivrin cerró rápidamente los ojos para hacerles creer que estaba dormida y así si¬guieran hablando acerca de ella.

—Gawyn salió esta mañana a buscar a los bandi¬dos —dijo Eliwys. Kivrin abrió un poquito los ojos, pero ya no la estaba mirando—. Tal vez los ha encon¬trado. —Se inclinó y ató las tiras de la gorrita de lino de la niña pequeña—. Agnes, ve a la iglesia con Rosemund y dile a Gawyn que hablaremos con él en el salón. La dama duerme. No debemos molestarla.

Agnes corrió hacia la puerta, gritando.

—¡Se lo diré yo, Rosemund!

—Rosemund, deja que tu hermana se lo diga —or¬denó Eliwys tras ellas—. Agnes, no corras.

Las niñas desaparecieron por la puerta y bajaron unas escaleras invisibles, obviamente corriendo.

—Rosemund es casi una mujer —comentó la an¬ciana—. No está bien que corra detrás de los hombres de tu marido. Tus hijas se malcriarán si no están bien atendidas. Harías bien en mandar a buscar una aya a Oxenford.

—No —contestó Eliwys con una firmeza que Kivrin  no habría imaginado—. Maisry puede cuidar de ellas.

—Maisry no sirve ni para cuidar ovejas. No ten¬dríamos que haber venido de Bath con tanta prisa. Po¬dríamos haber esperado hasta... —Algo.

El intérprete volvió a dejar un espacio en blanco, y Kivrin no reconoció la frase, pero había entendido lo principal. Habían venido de Bath. Estaban cerca de Oxford.

—Deja que Gawyn busque una aya. Y una curan¬dera para la dama.

—No llamaremos a nadie —dijo Eliwys.

—A... —otro nombre de lugar que el intérprete no supo descifrar—. Lady Yvolde tiene fama de saber cu¬rar las heridas. Y nos cedería alegremente una de sus mujeres como aya.

—No. La atenderemos nosotras. El padre Roche...

—El padre Roche no sabe nada de medicina.

Pero yo comprendí todo lo que dijo, pensó Kivrin. Recordó su voz amable cantando los últimos sacra¬mentos, su suave contacto en las sienes, las palmas, las plantas de los pies. Le había dicho que no tuviera mie¬do y le preguntó su nombre. Y le sostuvo la mano.

—Si la dama es de noble cuna, ¿dejarías que un ig¬norante cura de pueblo la atendiera? Lady Yvolde...

—No llamaremos a nadie —repitió Eliwys, y por primera vez Kivrin advirtió que tenía miedo—. Mi ma¬rido nos dijo que la tuviéramos aquí hasta que él vol¬viera.

—Tendría que haber venido antes con nosotras.

—Sabes que no podía. Vendrá cuando pueda. He de ir a hablar con Gawyn —dijo Eliwys, dirigiéndose hacia la puerta—. Gawyn me dijo que exploraría el lu¬gar donde encontró a la dama para buscar pistas de sus atacantes. Tal vez haya encontrado algo que nos diga quién es.

El lugar donde encontró a la dama. Gawyn era el hombre que la había encontrado, el hombre pelirrojo y el rostro amable que la había subido a su caballo y la había llevado allí. Al menos eso no lo había soñado, aunque debía haber imaginado al caballo blanco. La había llevado allí, y sabía dónde era el sitio del lanza¬miento.

—Esperad —dijo Kivrin. Se apoyó en las almoha¬das—. Esperad. Por favor. Quisiera hablar con Gawyn.

Las mujeres se detuvieron. Eliwys se acercó a la cama, alarmada.

—Quisiera hablar con el hombre llamado Gawyn —repitió Kivrin con cuidado, esperando antes de cada palabra hasta que tuvo la traducción. Con el tiempo el proceso sería automático, pero por ahora pensaba la palabra y esperaba a que el intérprete la tradujera y la repetía en voz alta—. Tengo que descubrir el lugar donde me encontró.

Eliwys le puso la mano en la frente y Kivrin la apartó, impaciente.

—Quiero hablar con Gawyn —insistió.

—No tiene fiebre, Imeyne —le dijo Eliwys a la an¬ciana—, y sin embargo intenta hablar, aunque sabe que no podemos comprenderla.

—Habla en una lengua extranjera —observó Ime¬yne, haciendo que pareciera un acto criminal—. A lo mejor es una espía francesa.

—No estoy hablando francés —dijo Kivrin—. Es¬toy hablando inglés medieval.

—Tal vez es latín —opinó Eliwys—. El padre Ro¬che dijo que había hablado en latín cuando la confesó.

—El padre Roche apenas sabe decir el Padrenuestro —bufó lady Imeyne—. Tendríamos que llamar a... —El nombre irreconocible otra vez. ¿Kersey? ¿Courcy?

—Quiero hablar con Gawyn —dijo Kivrin en latín.

 

—No —contestó Eliwys—. Esperaremos a mi ma¬rido.

La anciana se volvió, furiosa, y acabó derramándo¬se sobre la mano el contenido del orinal. Se la secó en la falda, salió por la puerta y la cerró de golpe tras ella. Eliwys se la quedó mirando.

Kivrin la agarró por las manos.

—¿Por qué no me comprendéis? Yo os entiendo. Tengo que hablar con Gawyn. Tiene que decirme dón¬de está el lugar.

Eliwys se zafó de la mano de Kivrin.

—No lloréis —dijo amablemente—. Intentad dor¬mir. Debéis descansar, para poder volver a casa.

 

 

TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL JUICIO FINAL

(000915-001284)

 

Estoy en un buen lío, señor Dunworthy. No sé dónde estoy, y no puedo hablar el idioma. Algo falla con el intérprete. Comprendo parte de lo que dicen los contemporáneos, pero ellos no me entienden en abso¬luto. Y eso no es lo peor.

He contraído algún tipo de enfermedad. No sé qué es. No es la peste, porque no tengo ninguno de los sín¬tomas y porque voy mejorando. Además, recibí una vacuna contra la peste. Recibí todas las vacunas, y la potenciación de leucocitos-T y todo eso, pero una de las inyecciones no debe de haber funcionado o bien se trata de alguna enfermedad de la Edad Media para la que no existen vacunas.

Los síntomas son dolor de cabeza, fiebre y mareo, y me duele el pecho cuando intento moverme. Estuve delirando durante algún tiempo, y por eso no sé dónde estoy. Un hombre llamado Gawyn me trajo en su ca¬ballo, pero no recuerdo gran cosa del viaje, excepto que estaba oscuro y pareció tardar horas. Espero haberme equivocado y que la fiebre lo haya hecho parecer más largo, y que esté en la aldea de la señora Montoya des¬pués de todo.

Podría ser Skendgate. Recuerdo una iglesia, y creo que esto es un caserón. Estoy en un dormitorio o un solario, y no es sólo un desván porque hay escaleras, así que eso significa que es la casa de un barón menor como mínimo. Hay una ventana, y en cuanto el mareo remita me subiré al asiento que hay debajo e intentaré localizar la iglesia. Tiene una campana... acaba de lla¬mar a vísperas. La de la aldea de la señora Montoya no tenía campanario, y eso me hace temer que no estoy en el lugar adecuado. Sé que estamos cerca de Oxford, porque una de las contemporáneas habló de traer a un médico de allí. También está cerca de una aldea llamada Kersey, o Courcy, que no es una de las aldeas del mapa de la señora Montoya que memoricé, pero también po¬dría ser el nombre del propietario.

Como perdí el conocimiento, tampoco estoy segu¬ra de mi localización temporal. He estado intentando recordar, y creo que sólo he estado enferma dos días, pero es posible que sean más. Y no puedo preguntarles qué día es porque no me comprenden, y no puedo le¬vantarme de la cama sin caerme, y me han cortado el pelo, y no sé qué hacer. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué no funciona el intérprete? ¿Por qué no funcionó la poten¬ciación de leucocitos-T?

(Pausa)

Hay una rata bajo mi cama. La oigo arrastrarse en la oscuridad.

 

 

 

 

 

 

11

 

No la entendían. Kivrin había intentado comuni¬carse con Eliwys, hacerla comprender, pero ella se ha¬bía limitado a sonreír amablemente, ajena al significa¬do, y le dijo que descansara.

—Por favor —rogó Kivrin mientras Eliwys se diri¬gía a la puerta—. No te marches. Es importante. Gawyn es el único que sabe dónde es el sitio.

—Dormid —sonrió Eliwys—. Volveré pronto.

—Tenéis que dejarme verlo —suplicó Kivrin, de¬sesperada, pero Eliwys ya estaba junto a la puerta—. No sé dónde es el sitio.

Hubo un ruido en las escaleras. Eliwys abrió la puerta y dijo:

—Agnes, te dije que fueras a decirle...

Se interrumpió a mitad de la frase y retrocedió un paso. No parecía asustada o inquieta, pero su mano en el dintel se agitó un poco, como si hubiera preferido cerrar la puerta de golpe, y el corazón de Kivrin empe¬zó a redoblar. Ya está, pensó descabelladamente. Han venido a llevarme a la hoguera.

—Buen día, mi señora —dijo una voz de hom¬bre—. Vuestra hija Rosamund me dijo que os encon¬traría en el salón, pero no os hallé.

El hombre entró en la habitación. Kivrin no pudo verle la cara. Estaba al pie de la cama, oculto por los colgantes. Intentó doblar la cabeza para poder verlo, pero el movimiento hizo que todo girara violentamen¬te. Volvió a tenderse.

—Pensé que os encontraría con la dama herida —dijo el hombre. Llevaba una pelliza acolchada y bo¬tas de cuero. Y una espada. Kivrin la oía resonar cada vez que daba un paso—. ¿Cómo se encuentra?

—Parece mejor hoy —contestó Eliwys—. La ma¬dre de mi esposo ha ido a prepararle una cocción de vulneraria para las heridas.

Había retirado la mano de la puerta, y el comentario del hombre sobre «vuestra hija Rosamund» indicaba con toda seguridad que se trataba de Gawyn, el hombre que había enviado a buscar a los atacantes de Kivrin, pero Eliwys retrocedió otros dos pasos mientras él ha¬blaba, y su cara parecía alerta. La idea de peligro fluctuó de nuevo en la mente de Kivrin, y de repente se pregun¬tó si tal vez, después de todo, el asesino no había sido un sueño, si ese hombre, con su rostro cruel, podría ser Gawyn.

—¿Habéis encontrado algo que pueda indicarnos la identidad de la dama? —preguntó Eliwys, con cuidado.

—No. Sus bienes y sus caballos habían sido roba¬dos. Esperaba que la dama me dijera algo de sus ata¬cantes, cuántos eran y desde qué dirección la asaltaron.

—Me temo que no puede deciros nada.

—¿Es muda, pues? —se extrañó él, y se colocó en un lugar donde Kivrin pudo verlo.

No era tan alto como lo recordaba, y su cabello pa¬recía menos rojo y más rubio a la luz del día, pero su rostro seguía pareciendo tan amable como cuando la colocó sobre su caballo. Su caballo negro Gringolet.

Después de que la encontrara en el claro. No era el asesino (ella había imaginado al asesino, lo había con¬jurado con su delirio y los temores del señor Dunworthy, junto con el caballo blanco y los villancicos), y de¬bía de estar malinterpretando las reacciones de Eliwys igual que se había equivocado cuando la levantaron de la cama para que usara el orinal.

—No es muda, pero habla en una extraña lengua que no comprendo —explicó Eliwys—. Temo que sus heridas han nublado su entendimiento. —Se acercó al lecho y Gawyn la siguió—. Buena señora. He traído al valido de mi esposo, Gawyn.

—Buen día, mi señora —saludó Gawyn, hablando despacio y en voz alta, como si pensara que Kivrin era sorda.

—Él es quien os encontró en el bosque —informó Eliwys.

¿En el bosque dónde?, pensó Kivrin desesperada¬mente.

—Me complace saber que vuestras heridas están sanando —dijo Gawyn, recalcando cada palabra—. ¿Podéis hablarme de los hombres que os atacaron?

No sé si puedo decirte nada, pensó Kivrin, temero¬sa de que él no la entendiera tampoco.

Tenía que hacerlo. Sabía dónde estaba el lugar.

—¿Cuántos hombres eran? ¿Iban a caballo?

¿Dónde me encontraste?, pensó ella, recalcando las palabras como hacía Gawyn. Esperó a que el intérprete pronunciara toda la frase, prestando atención a las en¬tonaciones, comparándolas con las lecciones de len¬guaje que le había impartido el señor Dunworthy.

Gawyn y Eliwys esperaban, observándola con suma atención. Kivrin inspiró profundamente.

—¿Dónde me encontrasteis?

Ellos intercambiaron rápidas miradas, la de él sor¬prendida, la de ella diciendo claramente: «¿Veis?»

—También habló así esa noche —dijo Gawyn—. Pensé que se debía a la herida.

—Y yo también —asintió Eliwys—. La madre de mi esposo piensa que es de Francia.

Él sacudió la cabeza.

—No habla francés. —Se volvió hacia Kivrin—. Buena señora —dijo, casi gritando—, ¿venís de otra tierra?

Sí, pensó Kivrin, otra tierra, y la única forma de volver es a través del lugar de lanzamiento, y sólo tú sa¬bes dónde está.

—¿Dónde me encontrasteis? —repitió.

—Se llevaron todas sus pertenencias —dijo Ga-wyn—, pero su carreta era de buena calidad, y tenía mu¬chas cajas.

Eliwys asintió.

—Me temo que es de noble cuna y los suyos la es¬tarán buscando.

—¿En qué parte del bosque me encontrasteis? —insistió Kivrin, alzando la voz.

—La estamos asustando —observó Eliwys. Se in¬clinó sobre Kivrin y le palmeó la mano—. Shh. Des¬cansad.

Se retiró de la cama y Gawyn la siguió.

—¿Queréis que cabalgue hasta Bath a buscar a lord Guillaume? —preguntó Gawyn, fuera de la vista, más allá de los colgantes.

—No —contestó Eliwys, mirándose las manos—. Mi señor ya tiene suficientes motivos de preocupación, y no puede marcharse hasta que el juicio haya termina¬do. Y os dijo que os quedarais con nosotras y nos pro-tegierais.

—Con vuestro permiso, entonces, regresaré al lu¬gar donde hallé a la dama e investigaré un poco más.

—Sí —dijo Eliwys, todavía sin mirarlo—. Puede que alguna prenda cayera al suelo y nos diga algo de ella.

El lugar donde hallé a la dama, recitó Kivrin para sí, intentando oír las palabras de Gawyn bajo la traduc¬ción del intérprete y memorizarlas. El lugar donde me encontraron.

—Me pondré en camino de nuevo —dijo Gawyn.

Eliwys lo miró.

—¿Ahora? Está oscureciendo.

—Mostradme el lugar donde me hallasteis —dijo Kivrin.

—No temo a la oscuridad, lady Eliwys —replicó él, y dio un paso, la espada colgando.

—Llevadme con vos —terció Kivrin, pero no sir¬vió de nada. Ya se habían marchado, y el intérprete estaba roto. Se había engañado a sí misma al creer que funcionaba.

Había comprendido lo que decían por las lecciones de lengua que le había dado el señor Dunworthy, no gracias al intérprete, y tal vez sólo se estaba engañando a sí misma al creer que los comprendía.

Tal vez la conversación no había tratado sobre quién era ella, sino sobre algo completamente distinto: una oveja perdida, o llevarla a juicio.

Lady Eliwys había cerrado la puerta al salir, y Ki¬vrin no oyó nada más. Incluso la campana había cesa¬do, y la luz a través del lino encerado era levemente azulada. Anochecía.

Gawyn había dicho que iba a regresar al lugar. Si la ventana daba al patio, al menos vería en qué dirección se marchaba. No está lejos, había dicho. Si pudiera ave¬riguar en qué dirección cabalgaba, lograría encontrar el lugar ella sola.

Se incorporó en la cama, pero incluso ese pequeño esfuerzo hizo que el dolor del pecho la apuñalara de nuevo. Pasó los pies por el lado, pero la acción la ma¬reó. Se tendió contra la almohada y cerró los ojos.

Mareo, fiebre y dolor en el pecho. ¿De qué eran síntomas? La viruela empezaba con fiebre y escalo¬fríos, y las pústulas no aparecían hasta el segundo o el tercer día. Levantó el brazo para comprobar si tenía al¬gún indicio. No sabía cuánto tiempo había estado en¬ferma, pero no podía ser viruela, porque el período de incubación era de diez a veintiún días. Diez días antes se encontraba en el hospital de Oxford, donde el virus de la viruela llevaba extinguido casi cien años.

Estaba en el hospital, recibiendo vacunas contra todo: viruela, fiebre tifoidea, cólera, peste. ¿Entonces cómo podría ser nada de eso? Y si no era ninguna de estas enfermedades, ¿qué era? ¿El baile de san Vito? Sí, eso era algo contra lo que no había sido vacunada, pero de todas formas habían potenciado su sistema inmu-nológico para combatir cualquier infección.

Hubo un sonido de carrera en las escaleras.

—¡Madre! —gritó una voz que reconoció como perteneciente a Agnes—. ¡Rosemund no esperó!

No entró en la habitación con tanta violencia como antes porque la pesada puerta estaba cerrada y tuvo que empujarla, pero en cuanto la atravesó, corrió hacia el asiento de la ventana, gimiendo.

—¡Madre! ¡Yo se lo tendría que haber dicho a Gawyn! —gimoteó, y entonces se detuvo al ver que su madre no estaba en la habitación. Las lágrimas cesaron también, según advirtió Kivrin.

Agnes permaneció un instante junto a la ventana. como si decidiera intentar su escena una última vez, y luego corrió hacia la puerta. A la mitad del camino, es¬pió a Kivrin y se detuvo nuevamente.

—Sé quién sois —dijo, acercándose a la cama. Ape¬nas era lo bastante alta para ver por encima de la ropa. Las cintas de su gorrito se habían soltado de nuevo—. Sois la dama que Gawyn encontró en el bosque.

Kivrin temía que su respuesta, confusa como la ha¬ría el intérprete, asustara a la niñita. Se incorporó un poco contra las almohadas y asintió.

—¿Qué le ha pasado a vuestro cabello? —pregun¬tó Agnes—. ¿Lo robaron los ladrones?

Kivrin sacudió la cabeza, sonriendo ante la extraña idea.

—Maisry dice que los ladrones os robaron la lengua —Agnes señaló la frente de Kivrin—. ¿Os hirieron

en la cabeza?

Kivrin asintió.

—Yo me hice daño en la rodilla —dijo la niña, y trató de levantarla con ambas manos para que Kivrin pudiera ver el vendaje sucio. La anciana tenía razón. Ya se estaba aflojando. Kivrin vio la herida debajo. Había supuesto que sería sólo una rodilla despellejada, pero la herida parecía bastante profunda.

Agnes dio unos saltitos a la pata coja, soltó su rodi¬lla y se apoyó contra la cama otra vez.

—¿Os vais a morir?

No lo sé, pensó Kivrin, recordando el dolor de su pecho. La tasa de mortandad de la viruela era del seten¬ta y cinco por ciento en 1320, y su sistema inmunológi-co potenciado no funcionaba.

—El hermano Hubard murió —dijo Agnes sabia¬mente—. Y también Gilbert. Se cayó del caballo. Yo lo vi. Se le quedó la cabeza toda roja. Rosemund dijo que el hermano Hubard murió del mal azul.

Kivrin se preguntó qué sería el mal azul, asfixia tal vez, o apoplejía, y supuso que se refería al capellán que la suegra de Eliwys quería sustituir con tanta premura.

Era habitual que las casas nobles viajaran con sus propios sacerdotes. Al parecer el padre Roche era el cura local, probablemente sin educación e incluso anal¬fabeto, aunque ella había comprendido su latín perfec¬tamente. Y había sido amable. Le había sostenido la mano y le había dicho que no tuviera miedo. También hay buena gente en la Edad Media, señor Dunworthy, pensó. El padre Roche y Eliwys y Agnes.

—Mi padre dijo que me traería una cotorra cuando vuelva de Bath. Adeliza tiene un azor. A veces me deja cogerlo. —Dobló el brazo y lo alzó, el puño cerrado como si hubiera un halcón encaramado en el guantelete imaginario—. Yo tengo un perro.

—¿Cómo se llama tu perro? —preguntó Kivrin.

—Lo llamo Blackie —respondió Agnes, aunque Kivrin estaba segura de que se trataba sólo de la ver¬sión del intérprete. Lo más probable era que hubiera dicho Blackamon o Blakkin—. Es negro. ¿Tenéis vos un perro?

Kivrin estaba demasiado sorprendida para respon¬der. Había hablado y se había hecho entender. Agnes ni siquiera había reaccionado como si su pronuncia¬ción fuera extraña. Kivrin había hablado sin pensar en el intérprete ni esperar a que tradujera, y tal vez ése era el secreto.

—No, no tengo perro —contestó por fin, inten¬tando reproducir lo que había hecho antes.

—Enseñaré a hablar a mi cotorra. Le enseñaré a decir, «Buenos días, Agnes».

—¿Dónde está tu perro? —dijo Kivrin, intentán¬dolo otra vez. Las palabras le sonaron diferentes, más ligeras, con aquella inflexión francesa que había oído en el habla de la mujer.

—¿Deseáis ver a Blackie? Está en el establo —con¬testó Agnes. Parecía una respuesta directa, pero por la forma en que hablaba la niña era difícil asegurarlo. A lo mejor sólo le estaba ofreciendo información. Para cer-ciorarse, Kivrin tendría que preguntarle algo comple¬tamente apartado del tema, algo que sólo tuviera una respuesta.

Agnes acariciaba la suave piel de la manta y tara¬reaba una cancioncilla.

—¿ Cómo te llamas ? —preguntó Kivrin, intentan¬do que el intérprete controlara sus palabras. Tradujo su frase moderna a algo parecido a How are youe clepedf, cosa que estaba segura no era correcta, pero Agnes no vaciló.

—Agnes —contestó la niñita al instante—. Mi pa¬dre dice que podré tener un azor cuando sea lo bastan¬te mayor para montar una yegua. Tengo un pony. —Dejó de acariciar la piel, apoyó los codos en el borde de la cama y descansó la barbilla en sus manitas—. Sé vuestro nombre —dijo, como si estuviera orgullosa y contenta—. Os llamáis Katherine.

—¿Qué? —dijo Kivrin, completamente aturdida. Katherine. ¿Cómo se les había ocurrido eso? Se supo¬nía que se llamaba Isabel. ¿Era posible que creyeran sa¬ber quién era?

—Rosemund dijo que nadie sabía vuestro nombre —continuó la niña, orgullosa—, pero oí al padre Ro¬che decirle a Gawyn que os llamabais Katherine. Rose¬mund dijo que no podíais hablar, pero sí podéis.

Kivrin tuvo una súbita imagen del sacerdote incli¬nado sobre ella, su rostro oscurecido por las llamas que parecían arder constantemente delante, diciendo en la¬tín: «¿Cuál es vuestro nombre, para que podáis confe¬saros?»

Y ella, intentando formar la palabra aunque tenía la boca tan seca que apenas podía hablar, temerosa de morir sin que supieran qué había sido de ella.

—¿Os llamáis Katherine? —insistía Agnes, y Ki¬vrin oyó claramente la voz de la niñita bajo la traduc¬ción del intérprete. Se parecía a Kivrin.

—Sí —contestó, y le entraron ganas de llorar.

—Blackie tiene un... —dijo Agnes. El intérprete no captó la palabra. ¿ Karette?¿ Cbavette ?—. Es rojo. ¿ Que¬réis verlo?

Antes de que Kivrin pudiera detenerla, echó a co¬rrer hacia la puerta, todavía entornada.

Kivrin esperó, deseando que volviera y que el ka-rette no estuviera vivo, deseando haber preguntado dónde estaba y cuánto tiempo llevaba en ese sitio, aun¬que probablemente Agnes era demasiado joven para saberlo. No parecía tener más de tres años, aunque, por supuesto, sería mucho más pequeña que una niña de tres años moderna. Cinco, entonces, o tal vez seis. Ten¬dría que haberle preguntado la edad, pensó Kivrin, y entonces recordó que tal vez tampoco lo supiera. Juana de Arco no sabía su edad cuando los inquisidores la in¬terrogaron en el juicio.

Al menos podía hacer preguntas, pensó Kivrin. El intérprete no estaba estropeado después de todo. De¬bía de haber quedado temporalmente entorpecido por la extraña pronunciación, o afectado de algún modo por su fiebre, pero ahora el problema se había solucio¬nado, y Gawyn sabía dónde estaba el lugar del lanza¬miento y podría mostrárselo.

Se incorporó un poco más para poder ver la puerta. El esfuerzo le lastimó el pecho y la mareó, y le hizo do¬ler la cabeza. Se palpó ansiosamente la frente y luego las mejillas. Parecían calientes, pero podía deberse a que tuviera las manos frías. La habitación estaba hela¬da, y en su excursión hasta el orinal no había visto nin¬gún brasero, ni siquiera una copa.

¿Se habían inventado ya las copas? Posiblemente. De lo contrario, ¿cómo podría haber sobrevivido la gente a la Pequeña Era del Hielo? Hacía muchísimo frío.

Empezaba a tiritar. La fiebre debía de estar vol¬viéndole. ¿Otra vez le subía la temperatura? En la His¬toria de la Medicina había leído sobre los cortes de las fiebres, y que después el paciente se sentía débil, pero la fiebre no volvía, ¿verdad? Por supuesto que sí. ¿Y la malaria? Temblores, dolor de cabeza, sudor, fiebre re¬currente. Por supuesto que volvía.

Bueno, evidentemente no era malaria. La malaria nunca había sido endémica de Inglaterra, los mosqui¬tos no vivían en Oxford en pleno invierno y nunca lo habían hecho, y los síntomas eran distintos. No había experimentado sudor, y los temblores se debían a la fiebre.

El tifus producía dolor de cabeza y fiebre alta, y se transmitía por los piojos y las pulgas de las ratas, que sí eran endémicas en Inglaterra en la Edad Media y pro¬bablemente en la cama donde ahora yacía, pero el período de incubación era demasiado largo, casi de dos semanas.

El período de incubación de la fiebre tifoidea era de sólo unos pocos días, y causaba dolor de cabeza, en las articulaciones, y también fiebre alta. No creía que fuera fiebre recurrente, pero recordaba que por lo ge¬neral era más alta de noche, así que eso debía de signifi¬car que bajaba durante el día y luego subía durante la noche.

Kivrin se preguntó qué hora sería. «Anochece», había dicho Eliwys, y la luz de la ventana cubierta de lino era levemente azulada, pero los días eran cortos en diciembre. Tal vez sólo fuera media tarde. Tenía sueño, pero eso tampoco era ninguna señal. Había dormido intermitentemente todo el día.

El mareo era un síntoma evidente de la fiebre tifoi¬dea. Intentó recordar los otros síntomas del «cursillo» de medicina medieval de la doctora Ahrens. Hemorra¬gias nasales, lengua hinchada, sarpullidos rosáceos. Se suponía que los sarpullidos no salían hasta el séptimo u octavo día, pero Kivrin se levantó la camisa y se miró el estómago y el pecho. No había ningún sarpullido, así que no podía ser tifoidea. Ni viruela. Con la viruela, las pústulas empezaban a aparecer al segundo o tercer día.

Se preguntó qué le habría sucedido a Agnes. Tal vez alguien había tenido el buen sentido de prohibirle que entrara en el cuarto, o tal vez la poco fiable Maisry la estaba vigilando de verdad. O, más probable, se ha¬bía ido a ver a su cachorrito en el establo y se había ol¬vidado de ir a enseñarle su chavotte a Kivrin.

La peste empezaba con dolor de cabeza y fiebre. No puede ser la peste, pensó Kivrin. No tienes ningu¬no de los síntomas. Bubas que crecen hasta el tamaño de naranjas, una lengua que se hincha hasta llenar toda la boca, hemorragias subcutáneas que oscurecían todo el cuerpo. No tienes la peste.

Debía de ser algún tipo de gripe. Era la única enfermedad que aparecía tan repentinamente, y la doc¬tora Ahrens estaba molesta porque el señor Gilchrist había adelantado la fecha y los antivirales no harían pleno efecto hasta el día quince, y Kivrin sólo tendría inmunidad parcial. Tenía que ser la gripe. ¿Cuál era el tratamiento para la gripe? Antivirales, descanso y lí-quido.

Entonces descansa, se dijo, y cerró los ojos.

No recordaba haberse quedado dormida, pero al parecer lo había hecho, porque las dos mujeres estaban de nuevo en la habitación, hablando, y Kivrin no re¬cordaba haberlas visto entrar.

—¿Qué dijo Gawyn? —preguntó la anciana. Ha¬cía algo con un cuenco y una cuchara, batiendo la cu¬chara contra el lado. El cofre estaba abierto a su lado, y metió la mano dentro, sacó una pequeña bolsa, vertió su contenido en el cuenco, y volvió a batir.

—Entre sus pertenencias no encontró nada que pudiera decirnos los orígenes de la dama. Le robaron todos los bienes, abrieron sus cofres y los vaciaron de todo lo que pudiera identificarla. Pero Gawyn dijo que la carreta era de buena calidad. En efecto, procede de buena familia.

—Y desde luego, su familia la estará buscando —di¬jo la anciana. Había soltado el cuenco y rasgaba una tela haciendo mucho ruido—. Debemos enviar a alguien a Oxenford y decirles que está a salvo con nosotras.

—No —repitió Eliwys, y Kivrin pudo oír la resis¬tencia en su voz—. A Oxenford, no.

—¿ Qué has oído ?

—No he oído nada, excepto que mi señor nos indi¬có que nos quedáramos aquí. Volverá esta semana si todo va bien.

—Si todo hubiera ido bien, ya estaría aquí.

—El juicio apenas ha comenzado. Tal vez ya está en camino.

—O tal vez... —otro de aquellos nombres intraducibles, ¿Torquil?—, espera a ser ahorcado, y mi hijo Con él. No tendría que haber mediado en ese asunto.

—Es su amigo, e inocente de los cargos.

—Es un idiota, y mi hijo aún más idiota por testifi¬car a su favor. Un amigo le habría hecho dejar Bath. —Volvió a meter la cuchara en el cuenco—. Necesito mostaza para esto —dijo, y se dirigió a la puerta—. ¡Maisry! —llamó, y siguió rompiendo la tela—. ¿En¬contró Gawyn algo de los sirvientes de la dama?

Eliwys se sentó junto a la ventana.

—No, ni sus caballos ni el de ella.

Una muchacha con la cara picada de viruelas y el pelo grasiento entró en la habitación. Seguro que no podía ser Maisry, que tonteaba con los muchachos del establo en vez de vigilar a las niñas. Dobló la rodilla en Una cortesía que casi fue un tropezón y dijo:

—Wotwardstu, Lawttymayeen?

Oh, no, pensó Kivnn. ¿Qué le pasa al intérprete ahora?

—Tráeme el bote de mostaza de la cocina y no tar¬des —dijo la anciana, y la muchacha se encaminó hacia la puerta—. ¿Dónde están Agnes y Rosemund? ¿Por qué no están contigo?

—Shiyrouthamay —respondió la muchacha hos¬camente.

Eliwys se levantó.

—Habla —dijo con brusquedad.

—Ocultan (algo) de mí.

No era el intérprete después de todo. Era simple-mente la diferencia del inglés normando que hablaban los nobles y el dialecto aún sajón de los campesinos, ninguno de los cuales sonaba como el inglés medieval que el señor Latimer le había enseñado tan alegremen¬te. Era sorprendente que el intérprete entendiera algo.

—Las estaba buscando cuando lady Imeyne llamó, buena señora —se justificó Maisry, y el intérprete lo captó todo, aunque tardó varios segundos. Aquello le daba un tono de estupidez a las palabras de Maisry, lo cual podía ser apropiado, o tal vez no.

—¿Dónde las has buscado? ¿En el establo? —dijo Eliwys, y unió las dos manos a cada lado de la cabeza de Maisry como si fueran un par de címbalos. Maisry aulló y se llevó una mano sucia a la oreja izquierda. Kivrin  se encogió contra las almohadas.

—Ve y trae la mostaza para lady Imeyne y encuen¬tra a Agnes.

Maisry asintió; no parecía particularmente asusta¬da pero todavía se sujetaba la oreja. Hizo otra torpe re¬verencia y salió no más rápidamente de lo que había entrado. Parecía menos trastornada por la súbita vio¬lencia que Kivrin, quien se preguntó si lady Imeyne re¬cibiría pronto la mostaza.

Lo que la había sorprendido era la rapidez y tran¬quilidad de la violencia. Eliwys ni siquiera parecía fu¬riosa, y en cuanto Maisry se fue, volvió al asiento junto a la ventana.

—La dama no podría moverse aunque viniera su familia —dijo—. Puede quedarse con nosotras hasta que regrese mi esposo. Seguro que estará aquí para Na¬vidad.

Hubo un ruido en las escaleras. Al parecer se había equivocado, pensó Kivrin, y el tirón de orejas había ser¬vido de algo. Agnes entró corriendo, apretando algo contra el pecho.

—¡Agnes! —dijo Eliwys—. ¿Qué haces aquí?

—He traído mi... —el intérprete no lo entendió. ¿ Charette?—, para enseñárselo a la señora.

—Eres una niña mala por esconderte de Maisry y venir aquí a molestar a la señora —la regañó Imeyne—. Sufre mucho por sus heridas.

—Pero me dijo que deseaba verlo. —Agnes alzó un carrito de juguete de dos ruedas, pintado de rojo y dorado.

—Dios castiga a quienes dan falso testimonio con tormentos eternos —dijo lady Imeyne, agarrando brusca-

mente a la niñita—. La dama no puede hablar. Lo sa¬bes muy bien.

—Me habló —replicó Agnes, obstinada.

Bien por ti, pensó Kivrin. Tormentos eternos. Qué cosa tan horrible con la que amenazar a una niña pe¬queña. Pero esto era la Edad Media, cuando los sacer¬dotes hablaban constantemente de los últimos días y el Juicio Final, y los tormentos del infierno.

—Me dijo que deseaba ver mi carro —insistió Ag¬nes—. Dijo que no tenía perro.

—Te estás inventando historias —la reprendió Eliwys—. La dama no puede hablar.

Tengo que detener esto, pensó Kivrin. Le darán también un tirón de orejas.

Se incorporó sobre los codos. El esfuerzo la dejó sin aliento.

—Hablé con Agnes —dijo, rezando para que el in¬térprete hiciera lo que se suponía que debía hacer. Si elegía apagarse de nuevo en este momento y Agnes acababa recibiendo un pescozón, sería el colmo—. Le pedí que me trajera el carro.

Las dos mujeres se volvieron y la miraron. Eliwys abrió mucho los ojos. La anciana pareció asombrada y luego furiosa, como si pensara que Kivrin las había en¬gañado.

—¿Lo veis? —sonrió Agnes, y se acercó a la cama con el carro.

Kivrin volvió a tenderse contra las almohadas, ago¬tada.

—¿Dónde estoy? —preguntó.

Eliwys tardó un instante en recuperarse.

—Descansáis a salvo en la casa de mi esposo y se¬ñor... —El intérprete tuvo problemas con el nombre. Parecía algo así como Guillaume D'Iverie o posible¬mente Deveraux.

Eliwys la miraba con ansiedad.

—El valido de mi esposo os encontró en el bosque y os trajo aquí. Habéis sido asaltada y malherida. ¿Quién os atacó?

—No lo sé —respondió Kivrin.

—Me llamo Eliwys, y ésta es la madre de mi espo¬so, lady Imeyne. ¿Cómo os llamáis?

Y éste era el momento de contarles toda la historia cuidadosamente estudiada. Le había dicho al sacerdote que se llamaba Katherine, pero lady Imeyne ya había dejado claro que no confiaba en nada de lo que él hacía. Ni siquiera creía que supiera hablar latín. Kivrin po¬dría decir que se había confundido, que su nombre era Isabel de Beauvrier. Podía decirles que había llamado a su madre o a su hermana en su delirio. Podía decirles que había estado rezando a Santa Catalina.

—¿De qué familia sois? —preguntó lady Imeyne.

Era una historia muy buena. Establecería su identi¬dad y posición en sociedad y aseguraría que no intenta¬ran contactar con su familia. Yorkshire quedaba muy lejos, y el camino al norte era infranqueable.

—¿Adonde os dirigíais? —terció Eliwys.

Medieval había estudiado a conciencia el clima y las condiciones de las carreteras. Había llovido durante dos semanas seguidas en diciembre, y hubo hielo en las carreteras hasta finales de enero. Pero ella había visto la carretera que conducía a Oxford. Estaba seca y despe¬jada. Y Medieval había estudiado también a conciencia el color de su traje, y la prevalencia de las ventanas de cristal entre las clases superiores. Habían estudiado a conciencia el lenguaje.

—No recuerdo, no —dijo Kivrin.

—¿No? —preguntó Eliwys, y se volvió hacia lady Imeyne—. No recuerda nada.

Piensan que estoy diciendo «nada» en vez de «no». En inglés medieval la pronunciación de las dos palabras no se diferenciaba. Piensan que no recuerdo nada.

—Es su herida —asintió Eliwys—. Ha aturdido su memoria.

—No... no... —dijo Kivrin. No se suponía que de¬biera fingir amnesia. Se suponía que era Isabel de Beau-vrier, del East Riding. El hecho de que las carreteras es¬tuvieran secas aquí no significaba que no fueran infranqueables más al norte, y Eliwys ni siquiera deja¬ría que Gawyn cabalgara hasta Oxford para recibir no¬ticias de ella o a Bath para recoger a su marido. Sin duda, no lo enviaría al East Riding.

—¿Recordáis vuestro nombre? —preguntó impa¬ciente lady Imeyne, acercándose tanto a ella que Kivrin olió su aliento. Era muy agrio, un olor a podredumbre. Debía de tener los dientes picados también—. ¿Cómo os llamáis?

El señor Latimer había dicho que Isabel era el nombre de mujer más corriente en el siglo XIV. ¿Hasta qué punto era corriente Katherine? Y Medieval no sa¬bía los nombres de las hijas. ¿Y si Yorkshire no estaba lo bastante lejos, después de todo, y lady Imeyne cono¬cía a la familia? Lo tomaría como una prueba más de que era una espía. Era mejor que se ciñera al nombre corriente y les dijera que era Isabel de Beauvrier.

La anciana estaría encantada de pensar que el sa¬cerdote había entendido mal su nombre. Sería una nue¬va prueba de su ignorancia, de su incompetencia, otro motivo para enviar a buscar un nuevo capellán a Bath. Pero él había sostenido la mano de Kivrin, le había di¬cho que no tuviera miedo.

—Me llamo Katherine —dijo.

 

TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL JUICIO FINAL

(001300-002018)

 

No soy la única que tiene problemas, señor Dunworthy. Creo que los contemporáneos que me han re¬cogido también los tienen.

El señor de la casa, lord Guillaume, no está aquí. Está en Bath, declarando en el juicio de un amigo suyo, lo que al parecer es algo peligroso. Su madre, lady Imey-ne, le llamó idiota por mezclarse en ello, y lady Eliwys, su esposa, parece preocupada y nerviosa.

Han venido con prisa y sin criados. Las nobles del siglo XIV tenían al menos una dama de compañía parti¬cular, pero ni Eliwys ni Imeyne tienen ninguna, y deja¬ron detrás a la aya de sus hijas (las dos hijas pequeñas de Guillaume están aquí). Lady Imeyne quería traer a una nueva, y también a un capellán, pero lady Eliwys no la dejó.

Creo que lord Guillaume espera problemas y ha mandado a sus mujeres a donde piensa que pueden es¬tar a salvo. O posiblemente los problemas ya han co¬menzado: Agnes, la hija menor, me habló de la muerte del capellán y de alguien llamado Gilbert, que tenía «la cabeza toda roja», así que tal vez ya haya habido derra¬mamiento de sangre, y las mujeres han venido aquí para escapar de los conflictos. Uno de los validos de lord Guillaume ha venido con ellas, y está plenamente armado.

No hubo ningún levantamiento de importancia contra Eduardo II en Oxfordshire en 1320, aunque na¬die estaba muy contento con el rey y su favorito, Hugh Despenser, y hubo conjuras y escaramuzas menores en todas partes. Dos de los barones, Lancaster y Morti-mer, arrebataron sesenta y seis mansiones a los Des¬penser ese año... este año. Lord Guillaume, o su amigo, pueden haberse visto envueltos en alguna de esas con¬juras.

Por supuesto, podría ser algo completamente dis¬tinto, una disputa por tierras o algo así. La gente del si¬glo XIV pasaba casi tanto tiempo en los tribunales como los contemporáneos de finales del siglo XX. Pero no lo creo. Lady Eliwys salta a cada ruido, y ha prohibido a lady Imeyne decirles a los vecinos que están aquí.

Supongo que en cierto modo es buena cosa. Si no le dicen a nadie que están aquí, no le hablarán a nadie de mí ni enviarán mensajeros para intentar averiguar quién soy. Por otro lado, existe la posibilidad de que hombres armados derriben la puerta a patadas en cual¬quier momento. O que Gawyn, la única persona que sabe dónde está el lugar de encuentro, muera en defen¬sa de la mansión.

(Pausa)

15 de diciembre de 1320 (Calendario Antiguo). El intérprete funciona ya, más o menos, y los contempo¬ráneos parecen entender lo que digo. Yo puedo com¬prenderlos a ellos, aunque su inglés medio no se parece en nada al que el señor Latimer me enseñó. Está lleno de inflexiones y tiene un acento francés mucho más suave. El señor Latimer ni siquiera reconocería su «Whan that Aprille with his shoures sote».

El intérprete traduce lo que los contemporáneos dicen con la sintaxis y algunas otras palabras intactas, y al principio intenté ordenar las frases de la misma for¬ma que ellos, diciendo «Aye» por «sí» y «Nay» por «no», y cosas como «Nada recuerdo de por dónde vine», pero pensarlo es horrible, el intérprete tarda una eternidad en encontrar una traducción, y me atasco y me debato con la pronunciación. Así que hablo inglés moderno y espero que lo que salga de mi boca sea más o menos correcto, y que el intérprete no esté masacrando los modismos y las inflexiones. Sólo el cielo sabe cómo hablo. Como una espía francesa, probablemente.

El idioma no es lo único distinto. Mi vestido es un error, el tejido de demasiada calidad, y el azul es dema¬siado brillante, teñido con glasto o no. No he visto nin¬gún color brillante. Soy demasiado alta, tengo los dien¬tes demasiado sanos, y mis manos son distintas, a pesar de haber escarbado la tierra. No sólo tendrían que estar más sucias, sino cubiertas de sabañones. Las manos de todo el mundo, incluso las de las niñas, están llenas de callos y sangran. Después de todo, es diciembre.

Quince de diciembre. He oído parte de una discu¬sión entre lady Imeyne y lady Eliwys sobre conseguir un nuevo capellán, e Imeyne ha dicho: «Hay tiempo más que suficiente para traer uno. Faltan diez días para Navidad.» Así que dígale al señor Gilchrist que al me¬nos he establecido mi emplazamiento temporal. Pero no sé a qué distancia del lugar estoy. He intentado re¬cordar cómo me trajo Gawyn, pero toda aquella noche es un borrón, y parte de lo que recuerdo no sucedió realmente. Me acuerdo de un caballo blanco con cam¬panillas en el arnés, y las campanillas tocaban villanci¬cos, como el carillón de la torre de Carfax.

El quince de diciembre significa que allí es Noche¬buena, y estarán ustedes tomando jerez y luego irán a St. Mary the Virgin's para la Misa del Gallo. Es difícil comprender que están a setecientos años de distancia. Sigo pensando que si me levantara de la cama (cosa que no puedo hacer, porque estoy demasiado mareada; creo que la temperatura me vuelve a subir), y abriera la puerta, no me encontraría en una mansión medieval, sino en el laboratorio de Brasenose, y les vería a todos ustedes esperándome, Badri y la doctora Ahrens y us¬ted, señor Dunworthy, limpiándose las gafas y dicien¬do que ya me lo había advertido. Ojalá fuera así.

 

 

 

12

 

Lady Imeyne no creía la historia de la amnesia de Kivrin. Cuando Agnes le trajo su perro a Kivrin, que resultó ser un pequeño cachorrillo de patas grandes, dijo:

—Éste es mi perro, lady Kivrin —se lo tendió, aga¬rrándolo por su abultado vientre—. Podéis acariciarlo. ¿Recordáis cómo?

—Sí —Kivrin cogió al perrito y acarició su suave pelaje de cachorro—. ¿No se supone que debes estar cosiendo?

Agnes recuperó el cachorro.

—Abuela fue a reñirle al senescal, y Maisry se fue al establo. —Volvió al cachorro para darle un beso—. Así que vine a hablar con vos. Abuela está muy enfada¬da. El senescal y toda su familia vivían en el salón cuan¬do llegamos. —Le dio otro beso al cachorro—. Abuela dice que es su mujer quien le tienta para pecar.

Abuela. Agnes no había dicho nada que se parecie¬ra a «abuela». La palabra ni siquiera existió hasta el si¬glo xvín, pero el intérprete daba ahora grandes y des¬concertantes saltos, aunque dejaba intacta la confusión de Agnes al pronunciar Katherine y a veces espacios en blanco donde el significado debería haber sido evidente por el contexto. Esperaba que su subconsciente su¬piera qué hacía.

—¿Sois una daltriss, lady Kivrin? —le preguntó Agnes.

Obviamente, su subconsciente no lo sabía.

-¿Qué?

—Una daltriss —repitió Agnes. El cachorrillo in¬tentaba desesperadamente huir de sus brazos—. Abue¬la dice que lo sois. Dice que una mujer que huye con su amante tendría buenos motivos para no recordar nada.

Una adúltera. Bueno, al menos era mejor que una espía francesa. O tal vez lady Imeyne pensaba que era las dos cosas.

Agnes volvió a besar al cachorro.

—Abuela dice que una dama no tiene buenos mo¬tivos para viajar por los bosques en invierno.

Lady Imeyne tenía razón, pensó Kivrin, y también el señor Dunworthy. Todavía no había descubierto dónde estaba el lugar de encuentro, aunque había pedi¬do hablar con Gawyn cuando lady Eliwys fue a curarle la sien por la mañana.

—Ha salido a buscar a los bandidos que os asalta¬ron —explicó Eliwys, mientras ponía en la sien de Ki¬vrin una cataplasma que olía a ajo y picaba terrible¬mente—. ¿Recordáis algo de ellos?

Kivrin sacudió la cabeza, esperando que su falsa amnesia no acabara provocando el ahorcamiento de al¬gún pobre campesino. No podría decir «No, éste no es el hombre» cuando se suponía que no podía recordar nada.

Tal vez no tendría que haberles dicho eso. La pro¬babilidad de que conocieran a los Beauvrier era remo¬ta, y su falta de explicación había hecho que Imeyne desconfiara aún más de ella.

Agnes intentaba poner su gorrito al cachorro.

—Hay lobos en el bosque. Gawyn mató a uno con el hacha.

—Agnes, ¿te contó Gawyn cómo me encontró?

—Sí. A Blackie le gusta llevar mi gorra —sonrió, atando las cintas en un nudo asfixiante.

—Yo diría que no —dijo Kivrin—. ¿Dónde me en¬contró Gawyn?

—En el bosque —contestó Agnes. El cachorro es¬capó de la gorra y estuvo a punto de caerse de la cama. La niña lo depositó en mitad de la cama y lo alzó por las patas delanteras—. Blackie sabe bailar.

—Trae. Déjame cogerlo —pidió Kivrin, al rescate del animalito. Lo acunó lentamente en sus brazos—. ¿En qué parte del bosque me encontró Gawyn?

Agnes se puso de puntillas, intentando ver al ca¬chorro.

—Blackie duerme —susurró.

El cachorro estaba dormido, agotado por las aten¬ciones de la niña. Kivrin lo colocó junto a ella entre las mantas de piel.

—¿Estaba lejos de aquí el lugar donde me en¬contró?

—Sí—dijo Agnes, pero Kivrin intuyó que no tenía ni idea.

Esto no servía de nada. Evidentemente, Agnes no sabía nada. Tendría que hablar con Gawyn.

—¿Ha vuelto Gawyn?

—Sí—dijo Agnes, acariciando al cachorro dormi¬do—. ¿Queréis hablar con él?

—Sí.

—¿Entonces, sí que sois una daltriss?

Era difícil seguir los saltos que Agnes daba a la conversación.

—No —contestó, y entonces cayó en la cuenta de que en principio no recordaba nada—. No recuerdo nada sobre quién soy.

Agnes acarició a Blackie.

—Abuela dice que sólo una daltriss pediría tan descaradamente hablar con Gawyn.

La puerta se abrió, y entró Rosemund.

—Te están buscando por todas partes, tontorrona —dijo, con las manos en las caderas.

—Estaba hablando con lady Kivrin —respondió Agnes, con una ansiosa mirada hacia las mantas donde yacía Blackie, casi invisible entre la piel de marta. Al parecer, no se permitía a los animales dentro de la casa. Kivrin lo cubrió con la sábana para que Rosemund no lo descubriera.

—Madre dice que la dama debe descansar para que sus heridas sanen —dijo Rosemund formalmente—. Vamos. Tengo que decirle a la abuela que te he encon¬trado.

Sacó a la niñita de la habitación.

Kivrin las vio marchar, esperando fervientemente que Agnes no le dijera a lady Imeyne que Kivrin había pedido otra vez hablar con Gawyn. Pensaba que tenía una buena excusa para hablar con él, que comprende¬rían que estuviera ansiosa por saber de sus pertenencias y sus atacantes. Pero estaba mal visto que las nobles solteras del siglo XIV «pidieran descaradamente» hablar con hombres jóvenes.

Eliwys podía hablar con él porque era la señora de la casa en ausencia de su marido, y su patrona, y lady Imeyne era la madre de su señor, pero Kivrin tendría que esperar a que Gawyn hablara con ella y luego con¬testarle «con toda la modestia digna de una doncella». Pero tengo que hablar con él, pensó. Es el único que sabe dónde está el lugar.

Agnes volvió corriendo y recogió al cachorrillo dormido.

—Abuela estaba muy enfadada. Creyó que me ha¬bía caído al pozo —dijo, y se marchó corriendo.

Y sin duda «abuela» le había dado a Maisry un ti¬rón de orejas por ello, pensó Kivrin. Maisry ya había tenido problemas aquel mismo día por haber perdido a Agnes, que había ido a mostrarle a Kivrin la cadena de plata de lady Imeyne, que era un «relicario», una palabra que derrotó al intérprete. Dentro de la cajita había un pedazo de la mortaja de san Esteban. Imeyne había abofeteado a Maisry por haber dejado que Agnes cogiera el relicario y por no vigilarla, aunque no por dejar entrar a la niña en el cuarto de la enferma.

Ninguna de ellas parecía preocupada porque las pequeñas estuvieran cerca de Kivrin, ni eran conscien¬tes de que podían contagiarse de su enfermedad. Ni Eliwys ni Imeyne tomaban precaución alguna al cuidar de ella.

Los contemporáneos no comprendían el mecanis¬mo de la transmisión de enfermedades, por supuesto: creían que era una consecuencia del pecado y conside¬raban las epidemias un castigo de Dios, pero sí sabían de contagios. El lema de la Peste Negra era «Márchate rápidamente y vete muy, muy lejos» y había habido cuarentenas antes de eso.

Aquí no, pensó Kivrin, ¿y si las niñas pequeñas caen enfermas? ¿O el padre Roche?

El sacerdote había estado con ella durante la fiebre, tocándola, preguntándole su nombre. Kivrin frunció el ceño, tratando de recordar esa noche. Se había caído del caballo, y luego hubo un incendio. No, eso lo había imaginado en su delirio. Y el caballo blanco. El caballo de Gawyn era negro.

Habían cabalgado por el bosque y bajaron una co¬lina ante una iglesia, y el asesino le... Era absurdo. La noche era un sueño informe de rostros aterradores, campanas y fuegos. Incluso el lugar del lanzamiento era brumoso, confuso. Había un roble y sauces, y ella se sentó contra la rueda de la carreta porque se sentía mareada, y el asesino le... No, había imaginado al asesi¬no. Y también al caballo blanco. Tal vez la iglesia era otra visión del delirio.

Tendría que preguntarle a Gawyn dónde estaba el lugar, pero no delante de lady Imeyne, que pensaba que era una daltriss. Tenía que restablecerse, recuperar fuerzas para levantarse de la cama y bajar al pasillo, sa¬lir al establo, encontrar a Gawyn y hablarle a solas. Te¬nía que mejorar.

Se sentía un poco más fuerte, aunque estaba aún demasiado débil para caminar hasta el orinal sin ayuda. El mareo había desaparecido, y también la fiebre, pero seguía teniendo problemas para respirar. Por lo visto ellas también pensaban que estaba mejorando. La ha¬bían dejado sola casi toda la mañana, y Eliwys sólo se había quedado el tiempo suficiente para untarle el apestoso ungüento. Y para impedir que haga avances indecentes hacia Gawyn, pensó Kivrin.

Intentó no pensar en lo que Agnes le había dicho o por qué las antivirales no habían funcionado o a qué distancia quedaba el lugar de recogida, y decidió con¬centrarse en recuperar fuerzas. Nadie fue a verla en toda la tarde, y practicó para sentarse y pasar los pies por el lado de la cama. Cuando Maisry acudió con una vela para ayudarla a llegar al orinal, pudo caminar sola.

Hizo más frío por la noche, y cuando Agnes fue a verla por la mañana, llevaba una capa roja, una capucha de lana muy gruesa y mitones de piel blanca.

—¿Queréis ver mi hebilla de plata? Me la regaló sir Bloet. Os la traeré mañana. Hoy no puedo venir, pues vamos a cortar el tronco de Nochebuena.

—¿El tronco de Nochebuena? —preguntó Kivrin, alarmada.

El tronco ceremonial se cortaba tradicionalmente el día veinticuatro, y se suponía que sólo estaban a die¬cisiete. ¿Había entendido mal a lady Imeyne?

—Sí. En casa no vamos hasta Nochebuena, pero es probable que haya una tormenta, y abuela quiere que vayamos a buscarlo mientras haga buen tiempo.

Una tormenta, pensó Kivrin. ¿Cómo iba a recono¬cer el lugar de encuentro si nevaba? La carreta y las ca¬jas estaban todavía allí, pero si nevaba más de unos pocos centímetros le resultaría imposible reconocer la ca¬rretera.

—¿Va todo el mundo a recoger el tronco? —pre¬guntó Kivrin.

—No. El padre Roche llamó a madre para que atendiera a un campesino enfermo.

Eso explicaba por qué Imeyne se comportaba co¬mo una tirana, incordiando a Maisry y al senescal y acu¬sando a Kivrin de adulterio.

—¿Irá tu abuela con vosotras?

—Sí. Montaré en mi pony.

—¿Irá Rosemund?

—Sí.

—¿Y el senescal?

—Sí —dijo ella, impaciente—. Irá todo el pueblo.

—¿Y Gawyn?

—Nooo —respondió la niña, como si estuviera clarísimo—. Tengo que ir al establo a despedirme de Blackie.

Se marchó corriendo.

Lady Imeyne iba a ir, y también el senescal, y lady Eliwys estaba en alguna parte, atendiendo a un campe¬sino enfermo. Y Gawyn, por algún motivo que era evi¬dente para Agnes pero no para ella, no iría. Tal vez ha¬bía acompañado a Eliwys. Pero si no lo había hecho, si se quedaba para proteger la mansión, podría hablar con él a solas.

Maisry se marcharía también. Cuando le trajo a Kivrin el desayuno, llevaba un basto poncho marrón y tenía tiras de tela envueltas alrededor de las piernas. Ayudó a Kivrin a llegar al orinal, lo sacó y trajo un bra¬sero lleno de carbones calientes, moviéndose con más rapidez e iniciativa de lo que Kivrin había visto antes.

Kivrin esperó una hora después de que Maisry se marchara, hasta asegurarse de que todos se habían ido, y entonces se levantó de la cama, se acercó a la ventana y retiró la cobertura de lino. Sólo vio ramas y cielo grisoscuro, pero el aire era aún más frío que en la habita¬ción. Se subió al asiento.

Se hallaba sobre el patio. Estaba vacío, y el gran portón de madera aparecía abierto. Las piedras del pa¬tio y de los tejados a su alrededor parecían mojadas. Extendió la mano, temiendo que ya hubiera empezado a nevar, pero no notó ninguna humedad. Bajó del ban¬co, agarrándose a las piedras heladas, y se acurrucó junto al brasero.

Casi no daba calor alguno. Kivrin se cruzó de bra¬zos, tiritando con su fina camisa. Se preguntó qué ha¬brían hecho con su ropa. En la Edad Media la ropa col¬gaba de palos junto a la cama, pero en esta habitación no había ninguno, ni tampoco colgadores.

Su ropa estaba en el cofre al pie de la cama, perfec¬tamente doblada. La sacó, agradecida de que sus botas estuvieran aún allí, y entonces se sentó sobre la tapa ce¬rrada del cofre durante largo rato, intentando recupe¬rar el aliento.

Tengo que hablar con Gawyn esta mañana, pensó, deseando que su cuerpo estuviera lo suficientemente recuperado. Es el único momento en que todo el mun¬do estará fuera, y va a nevar.

Se vistió, sentándose todo lo posible y apoyándose contra los postes de la cama para ponerse las calzas y las botas, y luego volvió a la cama. Descansaré un poco, pensó, sólo hasta que entre en calor, y se quedó dormida inmediatamente.

La campana, la del suroeste que había oído cuando llegó, la despertó. El día anterior estuvo sonando todo el día, y Eliwys se acercó a la ventana y permaneció allí durante un rato, como si intentara averiguar qué había pasado. La luz de la ventana era más tenue, pero sólo porque las nubes eran más espesas, más bajas. Kivrin se puso la capa y abrió la puerta. Las escaleras eran empi¬nadas, talladas en el lado de piedra del salón, y no te-nían barandilla. Agnes había tenido suerte al despellejarse sólo la rodilla. Podría haber caído directamente al suelo. Kivrin mantuvo la mano en la pared y descansó a medio camino, para contemplar el salón.

Estoy aquí de verdad, pensó. Es realmente 1320. El hogar en el centro de la habitación brillaba con un rojo oscuro, y había un poco de luz del tiro para el humo y las altas y estrechas ventanas, pero la mayor parte del salón estaba en sombras.

Se detuvo donde estaba, contemplando la penum¬bra, intentando distinguir si había alguien allí. El alto sillón, con su respaldo y sus brazos tallados, estaba en la pared del fondo, y al lado se hallaba el sillón de lady Eliwys, un poco más bajo y menos adornado. Vio tapi¬ces colgando de las paredes y una escalerilla al fondo que debía de conducir a un desván. Apoyadas sobre las otras paredes se extendían pesadas mesas de madera y anchos bancos, y un banco más estrecho ocupaba el es¬pacio junto a la pared situada debajo de las escaleras. El banco de los mendigos, apoyado contra un tabique de separación.

Kivrin bajó el resto de las escaleras y se dirigió de puntillas hacia los tabiques; sus pasos resonaban en la paja reseca esparcida por el suelo. Los tabiques forma¬ban una división, una pared interna que aislaba la co¬rriente de la puerta.

A veces formaban una habitación separada, con ca¬mas a cada lado, pero aquí sólo había un estrecho co¬rredor, con ganchos donde colgar la ropa. Ahora no había ninguna. Bien, pensó Kivrin, se han ido todos.

La puerta estaba abierta. En el suelo había un par de viejas botas, un cubo de madera y el carrito de Ag-nes. Kivrin se detuvo en la pequeña antesala para recu¬perar el aliento, ya jadeante, deseando poder sentarse un instante, y luego se asomó con sumo cuidado a la puerta y salió.

No había nadie en el patio. Estaba enlosado con piedras planas amarillas, pero el centro, donde había una fuente, estaba cubierto de barro. Había huellas de cascos y de pisadas, y varios charcos de agua fangosa. Una gallina escuálida y de aspecto roñoso bebía intré¬pidamente en uno de los charcos. Las gallinas sólo se criaban por los huevos. Los palomos y pichones eran las principales aves comestibles del siglo XIV.

Y allí estaba el palomar junto a la puerta, y el edifi¬cio con tejado de paja de al lado debía de ser la cocina, y los otros edificios más pequeños los almacenes. El es¬tablo, con sus amplias puertas, se encontraba al otro lado, y luego había un estrecho pasaje, y el gran grane¬ro de piedra.

Probó primero con el establo. El cachorrito de Ag¬nes salió trotando a recibirla, ladrando feliz, y ella tuvo que volver a meterlo dentro rápidamente y cerrar el pe¬sado portón de madera. Evidentemente, Gawyn no es¬taba allí dentro. Tampoco estaba en el granero, ni en la cocina o los otros edificios, el mayor de los cuales resul¬tó ser el lagar. Agnes había dicho que él no iba a ir a la procesión para cortar el tronco de Nochebuena como si fuera algo sabido, y Kivrin había supuesto que se que¬daría para proteger la casa, pero ahora se preguntó si ha¬bría acompañado a Eliwys a visitar al campesino.

Si lo ha hecho, tendré que buscar yo sola el lugar del lanzamiento, pensó. Se dirigió de nuevo hacia el es¬tablo, pero a mitad de camino se detuvo. No podría su¬birse a un caballo ella sola, sintiéndose tan débil, y si llegaba a conseguirlo, estaría demasiado mareada para sostenerse. Y demasiado mareada para ir a buscar el lu¬gar. Pero tengo que hacerlo, pensó. Todos se han ido, y va a nevar.

Miró hacia la puerta y luego al pasaje entre el gra¬nero y el establo, preguntándose qué camino debía to¬mar. Habían venido bajando por una colina, y habían dejado atrás una iglesia; recordaba el tañido de la cam¬pana. No se había fijado en la puerta ni en el patio, pero ése era probablemente el camino que habían seguido.

Cruzó el empedrado, haciendo que la gallina huye¬ra frenéticamente al refugio del pozo, y contempló el camino desde la puerta. Cruzaba un estrecho arroyo con un puente de troncos y se perdía hacia el sur entre los árboles. Pero no había ninguna colina, ninguna iglesia, ninguna indicación de que ése fuera el camino hacia el lugar del lanzamiento.

Tenía que haber una iglesia. Había oído la campa¬na cuando estaba tendida en la cama. Volvió a entrar en el patio y siguió el sendero fangoso. El sendero pasaba por una pocilga con dos cerdos sucios, y el excusado, inconfundible por su hedor, y Kivrin temió que el sen-derito fuera sólo el camino hacia el retrete, pero por suerte rodeaba el excusado y daba a un prado.

Y allí estaba la aldea. Y también la iglesia, al fondo del prado, tal como Kivrin la recordaba, y tras ella se encontraba la colina por donde habían bajado.

El prado no parecía tal. Era un espacio despejado con cabanas a un lado y el arroyo flanqueado de sauces al otro, pero había una vaca pastando lo que quedaba de hierba y una cabra atada a un gran roble sin hojas.

Las cabanas se alzaban entre pilas de heno y mon¬tones de barro, cada vez más pequeñas y deformes a medida que se alejaban de la mansión, pero incluso la más cercana a ella, que debía de ser la del senescal, no era más que una choza. Todo era más pequeño y sucio y destartalado que las ilustraciones de los vids de histo¬ria. Sólo la iglesia tenía el aspecto que se le suponía.

El campanario estaba separado, entre el patio de la iglesia y el prado. Era evidente que lo habían construi¬do después que la iglesia, con sus ventanas normandas de medio punto y su piedra gris. La torre era alta y re-donda, y la piedra de construcción era más amarilla, casi dorada.

Un sendero, no mucho más ancho que la trocha del lugar de lanzamiento, se perdía colina arriba, hacia el bosque.

Por ahí vinimos, pensó Kivrin, y cruzó el prado, pero en cuanto dejó atrás el granero, el viento la asaltó. Le atravesó la capa como si no llevara nada, y pareció apuñalarle el pecho. Se apretó la capa en torno al cuello, la sostuvo con la mano plana contra el pecho y continuó.

La campana del suroeste empezó a sonar otra vez. Se preguntó qué significaba. Eliwys e Imeyne habían hablado al respecto, pero eso fue antes de que Kivrin pudiera comprender lo que decían, y cuando comenzó a sonar de nuevo el día anterior, Eliwys actuó como si no la oyera. Tal vez tenía que ver con el Adviento. Se suponía que las campanas tenían que sonar al anoche¬cer en Nochebuena y luego durante una hora antes de la medianoche, según sabía Kivrin. Tal vez sonaban también en otros momentos durante el Adviento.

El sendero estaba embarrado y resbaladizo. A Ki¬vrin empezó a dolerle el pecho. Apretó la mano con más fuerza y continuó, intentando darse prisa. Distin¬guió movimiento más allá de los campos. Serían cam¬pesinos que volvían con el tronco de Nochebuena, o de recoger a los animales. No lo veía bien. Parecía que allí ya estaba nevando. Debía apresurarse.

El viento le agitó la capa y levantó hojas muertas a su paso. La vaca se marchó, la cabeza gacha, hacia el re¬fugio de las chozas. No eran ningún refugio. Apenas parecían más altas que Kivrin, como si hubieran sido hechas con estacas y puestas en ese sitio, y no detenían al viento en absoluto.

La campana siguió sonando, un repique lento y fir¬me, y Kivrin advirtió que había reducido el paso para seguir su compás. No debía hacer eso. Tenía que darse prisa. Pero correr hacía que el dolor fuera tan intenso que empezó a toser. Se detuvo, se dobló por la tos.

No lo conseguiría. No seas tonta, se dijo, tienes que encontrar el sitio. Estás enferma. Tienes que volver a casa. Llega hasta la iglesia y descansa dentro un momentito.

Reemprendió la marcha, deseando no toser, pero no le fue posible. No podía respirar. No podía llegar a la iglesia, mucho menos al lugar de recogida. Tienes que hacerlo, se gritó por encima del dolor. Esfuérzate.

Se detuvo otra vez, doblada de dolor. Antes le pre¬ocupaba que algún campesino saliera de una de las cho¬zas, pero ahora deseaba que alguien lo hiciera para que la ayudara a volver a la casa. No había nadie. Todos es-taban lejos, cogiendo el tronco de Nochebuena y re¬uniendo a los animales. Miró hacia los campos. Las dis¬tantes figuras de antes habían desaparecido.

Estaba frente a la última cabana. Tras ella había un puñado de cobertizos ruinosos donde no esperaba que viviera nadie. Debían de ser graneros y corrales, y tras ellos, seguramente no muy lejos, estaba la iglesia. Tal vez si voy despacio, pensó, y se encaminó hacia la igle¬sia de nuevo. Todo el pecho le dolía a cada paso. Se de¬tuvo, tambaleándose un poco, pensando no debo des¬mayarme. Nadie sabe que estoy aquí.

Se volvió y miró hacia la mansión. Ni siquiera po¬dría regresar al salón. Tengo que sentarme, pensó, pero no había ningún sitio donde hacerlo en el sendero em¬barrado. Lady Eliwys estaba atendiendo al campesino; lady Imeyne, las niñas y toda la aldea estaban cortando el tronco de Nochebuena. Nadie sabe que estoy aquí.

El viento arreciaba; ahora no soplaba a ráfagas, sino con un impulso intenso y sostenido. Debo inten¬tar volver a la casa, pensó Kivrin, pero tampoco pudo hacerlo. Incluso permanecer de pie le suponía un gran esfuerzo. Si hubiera algún sitio donde sentarse lo haría, pero el espacio entre las cabanas, hasta las verjas, era todo barro. Entraría en la choza.

Tenía una valla desvencijada alrededor, hecha de ramas verdes entretejidas entre estacas. La valla apenas le llegaba a la altura de la rodilla y no habría mantenido a un gato a raya, mucho menos a las ovejas y vacas con¬tra las que se suponía que la habían alzado. Sólo la puerta tenía sujecciones hasta la altura de la cintura, y Kivrin se apoyó agradecida en una de ellas.

—Hola —gritó al viento—, ¿hay alguien aquí?

La puerta principal de la choza estaba sólo a unos pocos pasos de la valla, y la choza no podía ser a prue¬ba de ruidos. Ni siquiera era a prueba de viento. Vio un agujero en la pared donde el barro amasado y la paja se habían resquebrajado y caído a las enmarañadas ramas de abajo. Seguramente podían oírla. Levantó la tira de cuero que sujetaba la valla, entró, y llamó a la baja puerta de madera.

No hubo respuesta, aunque Kivrin tampoco espe¬raba ninguna. Volvió a gritar.

—¿Hay alguien en casa?

No se molestó en escuchar siquiera cómo lo tradu¬cía el intérprete, y trató de alzar la barra de madera que cruzaba la puerta. Era demasiado pesada. Intentó sa¬carla por las ranuras que sobresalían de los dinteles, pero no pudo. Aunque parecía como si la choza pudie¬ra salir volando de un momento a otro, ella no era ca¬paz de abrir la puerta. Tendría que decirle al señor Dunworthy que las cabanas medievales no eran tan en¬debles como parecían. Se apoyó contra la puerta, suje¬tándose el pecho.

Algo sonó a su espalda, y se volvió.

—Lamento haber entrado en su jardín —dijo al momento.

Era la vaca, que se apoyaba casualmente contra la valla y mordisqueaba las hojas marrones, a las que ape¬nas llegaba.

Kivrin tendría que volver a la mansión. Se apoyó en la valla, asegurándose de que quedaba cerrada; pasó la tira de cuero sobre la estaca, y luego se apoyó en el huesudo lomo de la vaca. El animal la siguió unos po¬cos pasos, como si pensara que Kivrin la llevaba a or¬deñar, pero después volvió al jardín.

La puerta de uno de los cobertizos donde no podía vivir nadie se abrió, y un niño descalzo se asomó. Se detuvo. Parecía asustado.

Kivrin intentó enderezarse.

—Por favor —dijo, jadeando—, ¿puedo descansar un momento en tu casa?

El niño la miró aturdido, con la boca abierta. Esta¬ba patéticamente delgado, sus brazos y piernas no eran más gruesos que las ramas de las vallas.

—Por favor, corre y dile a alguien que venga. Diles que estoy enferma.

No puede correr mejor que yo, pensó en cuanto lo hubo dicho. Los pies del niño estaban azules de frío. Su boca parecía ulcerada, y las mejillas y el labio superior estaban manchados de sangre seca de una hemorragia nasal. Tiene escorbuto, pensó Kivrin, está peor que yo, pero repitió:

—Corre a la mansión y pídeles que vengan.

El niño se persignó con una mano huesuda y agrie¬tada.

—Bighaull emuerdroud ooghattund enblasthardey —dijo, y volvió a la choza.

Oh, no, pensó Kivrin desesperada. No me entien¬de, y yo no tengo fuerzas para intentarlo.

—Por favor, ayúdame —suplicó, y pareció que el niño casi entendía eso. Avanzó un paso hacia ella y lue¬go corrió súbitamente en dirección a la iglesia.

—¡Espera! —llamó Kivrin.

Dejó atrás a la vaca, sorteó la valla y desapareció tras la cabana. Kivrin miró el cobertizo. Apenas mere¬cía este nombre. Más parecía una hacina de heno, hier¬ba y trozos de paja metidos en los espacios situados en-tre los postes, pero la puerta era un tejido de palos unidos por cuerda negra, el tipo de puerta que se puede derribar de un soplido, y el niño la había dejado abier¬ta. Kivrin atravesó el umbral y entró en la choza.

El interior estaba oscuro, y había tanto humo que no distinguió nada. Olía fatal, como un establo. Peor.

Mezclado con los olores de corral había humo, moho y el desagradable olor de las ratas. Kivrin casi tuvo que doblarse para poder pasar por la puerta. Se enderezó, y su cabeza chocó con los palos que servían de vigas.

No había ningún lugar donde sentarse en la choza, si realmente era eso. El suelo estaba cubierto de sacos y herramientas, como si efectivamente fuera un coberti¬zo, y no había muebles excepto una mesa irregular cu¬yas toscas patas se desplegaban desde el centro. Pero la mesa tenía un cuenco de madera y una hogaza de pan, y en el centro de la choza, en el único espacio despeja¬do, ardía un pequeño fuego en un agujero poco pro¬fundo.

Por lo visto era la fuente de todo el humo, aunque en el techo había un agujero que hacía las veces de tiro. El fuego era pequeño, sólo unos pocos palos, pero los otros agujeros de las irregulares paredes y el techo tira- ban también del humo, y el viento, que entraba por to¬das partes, lo arremolinaba. Kivrin empezó a toser, lo cual fue un terrible error. Sentía como si el pecho fuera a partírsele con cada espasmo.

Apretando los dientes para no toser, se sentó en un saco de cebollas, aferrándose a la azada que había al lado y luego a la pared de frágil aspecto. En cuanto se hubo sentado se sintió inmediatamente mejor, aunque hacía tanto frío que su aliento formaba nubéculas. Me pregunto cómo olerá este sitio en verano, pensó. Se arrebujó en la capa, doblando las puntas como si fuera una manta sobre sus rodillas.

Había una corriente fría en el suelo. Envolvió la capa en sus pies y luego cogió un atizador que yacía junto al saco y removió el exiguo fuego. Las llamas se animaron un poco, iluminando la choza y haciendo que pareciera un cobertizo más que nunca. Una peque¬ña valla había sido construida en un lado, probable¬mente para un establo, porque estaba separada del res¬to de la choza por una valla aún más pequeña que la que tenía la cabaña de antes. El fuego no proporciona¬ba luz suficiente para que Kivrin pudiera ver el rincón, pero un sonido de roce llegaba desde allí.

Un cerdo, pensó, aunque se suponía que los cerdos de los campesinos habrían sido sacrificados ya por es¬tas fechas, o tal vez una cabra. Volvió a avivar el fuego, intentando iluminar el rincón.

El sonido de roce se produjo delante de la patética valla, procedente de una gran jaula en forma de cúpula. Parecía fuera de lugar en la sucia esquina, con su banda de metal lisa, su complicada puerta y su bonita asa. Dentro de la jaula, con los ojos brillantes a la luz del fuego, había una rata.

Estaba sentada sobre los cuartos traseros, y entre sus patas como manos sujetaba un trozo de queso que la había hecho caer en la trampa. Contemplaba a Ki¬vrin. Había otros pedazos de queso probablemente mohosos en el suelo de la jaula. Más comida que en toda la choza, pensó Kivrin, sentada muy quieta sobre el saco de cebollas. No parecía que tuvieran nada que mereciera la pena proteger de una rata.

Kivrin había visto a una rata antes, por supuesto, en Historia de la Psicología y cuando hicieron pruebas sobre sus fobias en primer curso, pero no de este tipo. Nadie las había visto de este tipo, en Inglaterra al me¬nos, desde hacía cincuenta años. Era una rata bonita, con pelaje negro brillante, no mucho mayor que las ra¬tas blancas de laboratorio, no tan grande como la rata marrón con la que le habían hecho la prueba.

También parecía mucho más limpia que la rata ma¬rrón. Ésa parecía pertenecer a las alcantarillas y tuberías de las que sin duda había salido, con su pelaje marrón mugriento y su larga cola obscenamente pelada. Cuan¬do estudió por primera vez la Edad Media, Kivrin no comprendió cómo los contemporáneos habían tolera¬do a aquellos bichos repugnantes en sus graneros, mu¬cho menos en las casas. La idea de que había una en la pared junto a su cama la llenó de repulsión. Pero esta rata tenía un aspecto bastante limpio, con sus ojillos ne¬gros y su lustroso pelaje. Desde luego, estaba mucho más limpia que Maisry, y probablemente era más inteli¬gente. Parecía inofensiva.

Como para demostrar su razonamiento, la rata mordisqueó de nuevo el queso.

—Pero no eres inofensiva —señaló Kivrin—. Eres el azote de la Edad Media.

La rata soltó el trozo de queso y avanzó un paso, cimbreando los bigotes. Se agarró a dos de los barrotes de metal con sus manitas rosadas y miró suplicante a través de ellos.

—Sabes que no puedo dejarte salir —dijo Kivrin, y el animal irguió las orejas como si la comprendiera—. Te comes el grano que es precioso, contaminas la co¬mida, tienes pulgas y dentro de veintiocho años tú y tus amigas acabaréis con media Europa. Lady Imeyne debería preocuparse por ti, y no por espías franceses o curas analfabetos. —La rata la miró—. Me gustaría de¬jarte salir, pero no puedo. La Peste Negra ya fue bas¬tante mala. Mató a la mitad de Europa. Si te dejo salir, tus descendientes podrían hacer que fuera aún peor.

La rata soltó los barrotes y empezó a correr por la jaula, chocando contra ellos, dando vueltas con movi¬mientos frenéticos y aleatorios.

—Te dejaría salir si pudiera —repitió Kivrin.

El fuego casi se había apagado. Kivrin volvió a re¬moverlo, pero ya no había más que cenizas. La puerta que había dejado abierta con la esperanza de que el niño trajera a alguien se cerró de golpe, sumiendo la choza en la oscuridad.

No sabrán dónde buscarme, pensó, aunque era consciente de que ni siquiera lo estaban haciendo. To¬dos pensaban que estaba en su habitación, dormida. Lady Imeyne ni siquiera iría a echarle un vistazo hasta que le llevara la cena. Ni siquiera empezarían a buscarla hasta después de vísperas, y para entonces ya habría anochecido.

La choza estaba en silencio. El viento debía de ha¬ber cesado. No oía a la rata. Una rama del fuego chas¬queó, y las chispas volaron por el suelo.

Nadie sabe dónde estoy, pensó, y se llevó la mano al pecho, como si hubiera sido apuñalada. Nadie sabe dónde estoy. Ni siquiera el señor Dunworthy.

Pero seguramente eso no era cierto. Lady Eliwys podría haber vuelto y subido a ponerle más ungüento, o Maisry habría vuelto a casa enviada por Imeyne, o el niño podría haber ido a traer a los hombres de los cam¬pos, y llegarían allí de un momento a otro, aunque la puerta estuviera cerrada. Y aunque no advirtieran que se había ido hasta después de vísperas, tenían antorchas y linternas, y los padres del niño con escorbuto volve¬rían a preparar la cena y la encontrarían y llamarían a alguien de la mansión. No importa lo que pase, se dijo, no estás completamente sola, y eso la reconfortó.

Porque estaba completamente sola. Había intenta¬do convencerse de lo contrario, de que alguna lectura en las pantallas de la red le había dicho a Gilchrist y Montoya que algo había salido mal, que el señor Dun¬worthy había hecho que Badri comprobara y volviera a comprobarlo todo, que de algún modo sabían lo que había sucedido y mantendrían abierto el lugar de reco¬gida. Pero se equivocaba. No sabían dónde estaba más que Agnes o lady Eliwys. Creían que estaba a salvo en Skendgate, estudiando la Edad Media, con el lugar cla¬ramente localizado y el grabador medio lleno ya de ob¬servaciones acerca de costumbres curiosas y la rotación de las cosechas. Ni siquiera se darían cuenta de que ha¬bía desaparecido hasta que abrieran la red al cabo de dos semanas.

—Y para entonces estará oscuro —murmuró Kivrin.

Permaneció inmóvil, contemplando el fuego. Casi se había apagado, y no había más leña en ninguna parte. Se preguntó si habían dejado al niño en casa para re¬coger leña y qué fuego harían esta noche.

Estaba completamente sola, y el fuego se extinguía, y nadie sabía dónde se encontraba excepto la rata que iba a matar a media Europa. Se levantó, volvió a darse un golpe en la cabeza, abrió la puerta de la choza y salió.

Seguía sin haber nadie en los campos. El viento ha¬bía cesado, y oía la campana del suroeste doblando cla¬ramente. Unos cuantos copos de nieve caían del cielo gris. El pequeño promontorio donde se alzaba la igle¬sia estaba completamente oscurecido por la nieve. Kivrin  se dirigió hacia la iglesia.

Otra campana empezó a sonar. Estaba más al sur y más cerca, pero con un tono más agudo y metálico que indicaba que se trataba de una campana más pequeña. Doblaba con decisión, pero un poco retrasada con res¬pecto a la primera campana, de manera que parecía un eco.

—¡Kivrin! ¡Lady Kivrin! —llamó Agnes—. ¿Dón¬de habéis estado?

Corrió junto a ella, con la carita encendida por el esfuerzo y el frío. O la excitación.

—Os hemos estado buscando por todas partes. —Corrió en la dirección por donde había llegado, gri¬tando—. ¡La he encontrado! ¡La he encontrado!

—¡No, no lo has hecho! —intervino Rosemund—. Todos la hemos visto.

Corrió delante de lady Imeyne y Maisry, que tenía el poncho sobre los hombros. Tenía las orejas de un rojo brillante. Parecía enfadada, probablemente por¬que le echaban la culpa de la desaparición de Kivrin o porque pensaba que iban a hacerlo, o tal vez era sólo el frío. Lady Imeyne parecía furiosa.

—No sabías que era lady Kivrin —gritó Agnes, corriendo de vuelta hacia ella—. Dijiste que no era se¬guro que fuera Kivrin. Yo la he encontrado.

Rosemund la ignoró. Agarró a Kivrin por el brazo.

—¿Qué ha sucedido? ¿Por qué os habéis levanta¬do? —preguntó ansiosamente—. Gawyn fue a hablar con vos y descubrió que os habíais marchado.

Gawyn vino, pensó Kivrin débilmente. Gawyn, que podría haberme dicho exactamente dónde está el lugar, y no me encontró.

—Sí, vino a deciros que no había encontrado rastro alguno de vuestros atacantes, y que...

Lady Imeyne se acercó.

—¿Adonde os dirigíais? —preguntó, y pareció una acusación.

—No encontraba el camino de vuelta —respondió Kivrin, intentando pensar qué decir para explicar su paseo por la aldea.

—¿Queríais encontraros con alguien? —demandó lady Imeyne, y era claramente una acusación.

—¿Cómo podía ir a encontrarse con alguien? —le preguntó Rosemund—. No conoce a nadie aquí ni re¬cuerda nada de antes.

—Quería ir al lugar donde me encontraron —dijo Kivrin, tratando de no apoyarse en Rosemund—. Pen¬sé que tal vez si veía mis pertenencias podría...

—Recordar algo —terminó Rosemund—. Pero...

—No tendríais que haber arriesgado vuestra salud para hacerlo —dijo lady Imeyne—. Gawyn lo ha traí¬do todo.

—¿Todo? —preguntó Kivrin.

—Sí —dijo Rosemund—, la carreta y todas vues¬tras cajas.

La segunda campana guardó silencio, y la primera continuó sola, firme, lentamente, como si se tratara de un funeral. Sonaba como la muerte de la propia espe¬ranza. Gawyn lo había traído todo a la casa.

—No está bien hablar con lady Katherine con este frío —señaló Rosemund, hablando como una madre—. Ha estado enferma. Debemos llevarla dentro, no vaya a resfriarse.

Ya me he resfriado, pensó Kivrin. Gawyn lo había traído todo a la casa, todas las huellas de dónde se en¬contraba el lugar de recogida. Incluso la carreta.

—Es culpa tuya, Maisry —dijo lady Imeyne, em¬pujando a Maisry para que cogiera a Kivrin por el bra¬zo—. No tendrías que haberla dejado sola.

Kivrin se apartó de la sucia Maisry.

—¿Podéis caminar? —preguntó Rosemund, do¬blada ya por el peso de Kivrin—. ¿Debemos traer la yegua?

—No —contestó Kivrin. De algún modo no podía soportar la idea de regresar como una prisionera captu¬rada a lomos de un caballo trotón—. No —repitió—. Puedo caminar.

Tuvo que apoyarse en los brazos de Rosemund y Maisry, y fue algo lento, pero lo consiguió. Dejaron atrás las chozas y la casa del criado y los curiosos cer¬dos, y entraron en el patio. El tocón de un gran fresno yacía sobre el empedrado ante el granero; las raíces re¬torcidas aparecían cubiertas de copos de nieve.

—Con su conducta habrá atraído la muerte —re¬funfuñó lady Imeyne, quien indicó a Maisry que abrie¬ra la pesada puerta de madera—. Sin duda sufrirá una recaída.

Empezó a nevar con fuerza. Maisry abrió la puerta. Tenía un pestillo como la puertecita de la jaula de la rata. Tendría que haberla soltado, pensó Kivrin. Ten¬dría que haberla dejado ir.

Lady Imeyne dirigió un gesto a Maisry, que regre¬só para coger a Kivrin del brazo.

—No —dijo ella, y se zafó de su mano y de la de Rosemund y caminó sola sin ayuda hacia la puerta y la oscuridad del interior.

 

TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL JUICIO FINAL

(005982-013198)

 

18 de diciembre de 1320 (Calendario Antiguo). Creo que tengo neumonía. Intenté encontrar el lugar de recogida, y he sufrido algún tipo de recaída. Siento un dolor agudo bajo las costillas cada vez que respiro, y cuando toso, cosa que es constante, noto como si por dentro todo se me rompiera en pedazos. Intenté sen¬tarme en la cama hace un rato y al instante quedé baña¬da en sudor, y creo que la temperatura me ha vuelto a subir.

Por lo que me enseñó la doctora Ahrens, ésos son los síntomas que indican neumonía.

Lady Eliwys no ha vuelto todavía. Lady Imeyne me puso en el pecho una pócima de olor horrible y lue¬go mandó llamar a la esposa del senescal.

Pensé que quería reprenderla por usurpar la man¬sión, pero cuando llegó la mujer, llevando en brazos a su hijo de seis meses, lady Imeyne le dijo: «La herida ha enfebrecido sus pulmones», y la esposa del senescal me miró la sien y luego salió y regresó sin el bebé, con un cuenco lleno de una infusión de sabor amargo. De¬bía tener corteza de sauce o algo porque la temperatura me bajó, y las costillas no me duelen tanto.

La mujer del senescal es delgada y menuda, con cara afilada y cabello color ceniza. Creo que lady Ime¬yne tiene razón cuando dice que ella es la que tienta «a pecar» al senescal. Entró vestida con una saya forrada de piel con mangas tan largas que casi las arrastraba por el suelo, y el bebé envuelto en una hermosa manta de lana, y habla con un acento extraño que me parece un intento de imitar el habla de lady Imeyne.

«Un embrión de la clase media», como diría el se¬ñor Latimer, nouveau riche y esperando su oportunidad, que llegará dentro de treinta años, cuando la Peste Negra golpee y un tercio de la nobleza sea aniquilado.

—¿Es ésta la dama que encontraron en el bosque? —le preguntó a lady Imeyne cuando entró, y no había ninguna «modestia aparente» en sus modales. Sonrió a Imeyne como si fueran viejas amigas y se acercó a la cama.

—Sí —replicó lady Imeyne, consiguiendo expresar impaciencia, desdén y disgusto en una sola sílaba.

La mujer del senescal la ignoró. Se acercó a la cama y luego se apartó, la primera persona que mostró algu¬na indicación de que yo podía ser contagiosa.

—¿Tiene la fiebre (algo)?

El intérprete no entendió la palabra, ni yo tampo¬co, dado su peculiar acento. ¿Fluorina? ¿Florentina?

—Tiene una herida en la cabeza —señaló Imeyne con brusquedad—. Ha enfebrecido sus pulmones.

La mujer del senescal asintió.

—El padre Roche nos contó cómo Gawyn y él la encontraron en el bosque.

Imeyne se envaró ante el uso familiar del nombre de Gawyn, y la esposa del senescal sí captó este detalle y corrió a cocer la corteza de sauce. Incluso hizo una reverencia a lady Imeyne cuando se marchó por segun¬da vez.

Rosemund entró para sentarse conmigo después de que Imeyne se fuera. Creo que le habían encomen¬dado que me vigilara para que no intentara escapar de nuevo, y le pregunté si era verdad que el padre Roche estaba con Gawyn cuando me encontró.

—No —respondió—. Gawyn se encontró al padre Roche en el camino mientras os traía y os dejó a su cui¬dado para poder buscar a vuestros atacantes, pero no los encontró, y el padre Roche y él os trajeron aquí. No tenéis que preocuparos por eso. Gawyn ha traído vuestras cosas a la mansión.

No recuerdo que el padre Roche estuviera allí, excepto en la habitación, pero si fuera cierto, y Gawyn no me

encontró demasiado lejos del lugar de recogida, tal vez sepa dónde es.

(Pausa)

He estado pensando en lo que dijo lady Imeyne. «La herida de la cabeza le ha enfebrecido sus pulmo¬nes.» No creo que nadie aquí se dé cuenta de que estoy enferma. Dejaron a las niñas en la habitación sin pre-ocuparse, y ninguno de ellos parece tener miedo, ex¬cepto la mujer del senescal, y en cuanto lady Imeyne le dijo que tenía los «pulmones enfebrecidos» se acercó a la cama sin vacilación.

Pero obviamente le preocupaba la posibilidad de que mi enfermedad fuera contagiosa, y cuando le pre¬gunté a Rosemund por qué no había ido con su madre a ver al campesino, me contestó, como si estuviera muy claro: «Me prohibió ir. El campesino está enfermo.»

No creo que sepan que sufro una enfermedad. No tengo ninguno de los síntomas en forma de marcas, como sarpullidos o bubas, y supongo que achacan mi fiebre y mis delirios a mis heridas. Las heridas a menu¬do se infectaban, y había casos frecuentes de gangrena. No habría ningún motivo para mantener a raya a los niños si se tratara de una persona herida.

Por otra parte, ninguno de ellos se ha contagiado. Han transcurrido cinco días, y si es un virus, el período de incubación debería ser sólo de doce a cuarenta y ocho horas. La doctora Ahrens me dijo que el momento más contagioso es antes de que aparezca ningún síntoma, así que tal vez no era contagioso cuando las niñas empeza¬ron a venir. O tal vez es algo que ya han tenido, y son in¬munes. La mujer del senescal preguntó si yo había teni¬do la fiebre ¿florentina? ¿flantina?, y el señor Gilchrist está convencido de que hubo una epidemia de influenza en 1320. Tal vez eso es lo que tengo.

Es por la tarde. Rosemund está sentada junto a la ventana, cosiendo una pieza de lino con lana roja oscu¬ra, y Blackie está a mi lado. He estado pensando en cuánta razón tenía usted, señor Dunworthy. Yo no es¬taba preparada en absoluto, y todo es completamente distinto a lo que yo me había imaginado. Pero se equi¬vocaba al afirmar que no es como un cuento de hadas.

Donde quiera que miro veo cosas de cuento de ha¬das. La caperuza roja de Agnes, y la jaula de la rata, y cuencos de gachas, y las casitas de paja y estacas de los campesinos que podrían ser derribadas a soplidos por un lobo si se lo propusiera.

El campanario se parece al lugar donde estuvo pri¬sionera Rapunzel; y Rosemund, inclinada sobre su bor¬dado, con su cabello negro y su gorra blanca y sus meji¬llas arreboladas parece clavadita a Blancanieves.

(Pausa)

Creo que la fiebre me ha vuelto a subir. Huelo a humo en la habitación. Lady Imeyne está rezando, arrodillada junto a la cama con su Libro de las Horas. Rosemund me dijo que habían vuelto a llamar a la es¬posa del senescal. Lady Imeyne la desprecia. Debo de estar muy grave para que Imeyne tenga que mandarla llamar. Me pregunto si irán a buscar al sacerdote. Si lo hacen, debo preguntarle si sabe dónde me encontró Gawyn. Hace mucho calor aquí dentro. Esta parte no se parece en nada a un cuento de hadas. Sólo mandan llamar a un sacerdote cuando alguien se está muriendo, pero Probabilidad dice que había una posibilidad del setenta y dos por ciento de morir de neumonía en el si¬glo XIV. Espero que venga pronto, para decirme dónde está el lugar y cogerme de la mano.

 

 

 

13

 

Dos casos más, ambas estudiantes, llegaron mien¬tras Mary interrogaba a Colin para saber cómo había atravesado el perímetro.

—Fue muy fácil —dijo Colin, indignado—. Inten¬tan impedir que la gente salga, no que entre.

Estaba a punto de contar los detalles cuando llegó la administradora.

Mary había hecho que Dunworthy la acompañara al Pabellón de Admisiones para ver si podía identifi¬carlos.

—Y tú quédate aquí —le advirtió a Colin—. Ya has causado bastantes problemas por una noche.

Dunworthy no reconoció a ninguno de los otros dos casos, pero no importaba. Estaban conscientes y lúcidas, y ya estaban dando al encargado los nombres de sus contactos cuando Mary y él llegaron. Dunwor¬thy las observó detenidamente y sacudió la cabeza.

—Puede que estuvieran entre la multitud de High Street, no podría asegurarlo.

—No importa. Puedes irte a casa si quieres.

—Pensaba esperar a hacerme el análisis de sangre.

—Oh, pero si todavía no son... —dijo ella, miran¬do su digital—. Santo Dios, son más de las seis.

 

—Iré a ver a Badri, y luego volveré a la sala de espera.

Badri estaba dormido, según informó la enfermera.

—Yo no lo despertaría.

—No, claro que no —dijo Dunworthy, y volvió a la sala de espera.

Colin estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, rebuscando en su mochila.

—¿Dónde está mi tía Mary? Está un poco enfada¬da porque he venido, ¿verdad?

—Creía que estabas a salvo en Londres —explicó Dunworthy—. Tu madre le dijo que habían detenido tu tren en Barton.

—Es verdad. Hicieron que todo el mundo se baja¬ra y se subiera a otro tren que volvía a Londres.

—¿Y te perdiste en el trasbordo?

—No. Oí a esa gente hablando de la cuarentena, y cómo había una horrible enfermedad y que todo el mundo se iba a morir y todo... —Se interrumpió para seguir rebuscando en la mochila. Sacó y volvió a meter un montón de cosas, vids y un vidder de bolsillo, y un par de zapatillas sucias y gastadas. Desde luego, era pa¬riente de Mary—. Y no quería quedarme con Eric y perderme lo más emocionante.

—¿Eric?

—El compañero de mi madre —sacó un enorme chicle rojo, arrancó unos trocitos de papel, y se lo me¬tió en la boca. Formó un bulto como de paperas en su mejilla—. Es la persona más necrótica del mundo —dijo alrededor del chicle—. Tiene un apartamento en Kent y no hay absolutamente nada que hacer.

—Así que te bajaste del tren en Barton. ¿Qué hi¬ciste entonces? ¿Venir andando hasta Oxford?

Se sacó el chicle de la boca. Ya no era rojo. Tenía un tono azul verdoso. Colin lo miró con ojo crítico y vol¬vió a metérselo en la boca.

—¡Pero qué dice! Barton está muy lejos de Oxford. Cogí un taxi.

—Sí, claro —dijo Dunworthy.

—Le dije al conductor que iba a informar de la cuarentena para el periódico de mi colegio y que quería sacar vids del bloqueo. Tenía mi vidder encima, ya ve, así que pareció lo más lógico. —Alzó el vidder de bol¬sillo para ilustrarlo, y luego lo volvió a guardar en la mochila y empezó a rebuscar de nuevo.

—¿Te creyó?

—Eso creo. Me preguntó a qué colegio iba, pe¬ro yo le respondí, muy ofendido, «Tendría que saber¬lo», y él dijo que St. Edward's, y yo dije, «Por su¬puesto». Supongo que me creyó. Me llevó al períme¬tro, ¿no?

Y yo preocupado por lo que haría Kivrin si no apa¬recía ningún viajero amistoso, pensó Dunworthy.

—¿Qué hiciste entonces, contarle a la policía la misma historia?

Collin sacó un jersey de lana verde, formó una bola con él, y lo puso encima de la mochila abierta.

—No. Cuando lo pensé, me pareció una historia muy pobre. ¿De qué hay que tomar imágenes, después de todo? No es como un incendio, ¿no? Así que me di¬rigí al agente como si fuera a preguntarle algo sobre la cuarentena, y luego me escabullí y me deslicé bajo la barrera.

—¿No te persiguieron?

—Pues claro que sí. Pero sólo unas cuantas calles. Intentan impedir que la gente salga, no que entre. Y luego caminé un rato hasta que encontré una cabina.

Al parecer había estado lloviendo sin parar, pero Colin no lo mencionó, y no había ningún paraguas ple¬gable entre los artículos que sacó de su mochila.

—Lo difícil fue encontrar a la tía Mary —suspiró. Se tumbó y apoyó la cabeza en la mochila—. Fui a su apartamento, pero no estaba allí. Se me ocurrió que a lo mejor aún estaba en la estación de metro esperándome, pero la habían cerrado. —Se sentó en el suelo, manoseó el jersey de lana, y volvió a tumbarse—. Y luego recor¬dé que es médica, y pensé que estaría en el hospital.

Volvió a sentarse, ahuecó la mochila de nuevo, se tumbó y cerró los ojos. Dunworthy se recostó en su incómoda silla, envidiando al joven. Probablemente Colin estaba ya dormido, sin asustarse en lo más míni¬mo por su aventura.

Había paseado por todo Oxford en plena noche, o tal vez había cogido nuevos taxis o sacado una bicicleta plegable de su mochila, completamente solo en medio de una helada lluvia de invierno, y ni siquiera estaba nervioso por la aventura.

Kivrin se encontraba bien. Si la aldea no estaba donde se suponía que debía estar, caminaría hasta en¬contrarla, o cogería un taxi, o se tumbaría en alguna parte con la cabeza sobre la capa doblada, y dormiría el imperturbable sueño de los jóvenes.

Llegó Mary.

—Las dos fueron a un baile en Headington anoche —dijo, y bajó la voz cuando vio a Colin.

—Badri estuvo allí también —susurró Dunworthy.

—Lo sé. Una de ellas bailó con él. Estuvieron allí desde las nueve hasta las dos, lo cual nos da entre vein¬ticinco y treinta horas dentro de un período de incuba¬ción de cuarenta y ocho. Si Badri es quien las infectó.

—¿No crees que fuera él?

—Creo que lo más probable es que los tres fueran contagiados por la misma persona, probablemente al¬guien a quien Badri vio antes, por la tarde, y las dos chicas después.

—¿Un portador?

Ella sacudió la cabeza.

—La gente normalmente no transmite los mixovi-rus sin contraer también la enfermedad, pero podría te¬ner una manifestación leve o haber estado ignorando los síntomas.

Dunworthy pensó en Badri desplomándose contra

la consola y se preguntó cómo era posible ignorar los síntomas.

—Y si esa persona estuvo en Carolina del Sur hace cuatro días... —continuó Mary.

—Ahí tienes tu enlace con el virus americano.

—Y puedes dejar de preocuparte por Kivrin. No asistió al baile en Headington. Por supuesto, es más probable que la conexión esté a varios enlaces de dis¬tancia.

Frunció el ceño, y Dunworthy pensó que varios enlaces no habían acudido al hospital o llamado al mé¬dico. Varios enlaces que habían ignorado todos los sín¬tomas.

Al parecer, Mary estaba pensando lo mismo.

—Esas campaneras tuyas... ¿cuándo llegaron a In¬glaterra?

—No lo sé. Pero no llegaron a Oxford hasta esta tarde, después de que Badri estuviera en la red.

—Bueno, pregúntaselo de todas formas. Cuándo aterrizaron, dónde han estado, si alguna de ellas ha su¬frido alguna enfermedad. Alguna podría tener conoci¬dos en Oxford y haber llegado antes. ¿No tienes nin¬gún estudiante americano en el colegio ?

—No. Montoya es americana.

—No lo había pensado. ¿ Cuánto tiempo lleva aquí?

—Todo el trimestre. Pero podría haber estado en contacto con algún americano de visita.

—Se lo preguntaré cuando venga a hacerse el análi¬sis de sangre —dijo ella—. Me gustaría que interroga¬ras a Badri sobre los americanos que conoce, o sobre estudiantes que hayan estado en Estados Unidos de in-tercambio.

—Está dormido.

—Y tú deberías dormir también. No me refiero a ahora mismo. —Le palmeó el brazo—. No hay necesi¬dad de esperar hasta las siete. Enviaré a alguien para que te extraiga sangre y te haga un PB, así podrás irte a dormir. —Le cogió la muñeca y miró el monitor temp—. ¿Escalofríos?

—No.

—¿Dolor de cabeza?

—Sí.

—Eso es porque estás agotado. —Le soltó la mu¬ñeca—. Enviaré a alguien ahora mismo.

Miró a Colin, tendido en el suelo.

—Habrá que hacerle análisis a Colin también, al menos hasta que estemos seguros de que se transmite por vaporización.

Colin dormía con la boca abierta, pero todavía te¬nía el chicle en la mejilla. Dunworthy se preguntó si podría ahogarse.

—¿Qué hay de tu sobrino? ¿Quieres que me lo lle¬ve a Balliol?

Ella se lo agradeció sinceramente.

—¿De verdad? Me sabe mal que tengas que cargar con él, pero dudo que pueda llegar a casa hasta que esto quede bajo control. —Suspiró—. Pobrecillo. Espero no estropearle demasiado las Navidades.

—Yo no me preocuparía demasiado al respecto.

—Bueno, te lo agradezco mucho. Me encargaré de las pruebas inmediatamente.

Se marchó. Colin se sentó en el suelo al instante.

—¿Qué tipo de pruebas? —preguntó—. ¿Significa eso que tengo el virus?

—Sinceramente, espero que no —dijo Dunwor¬thy, pensando en la cara roja de Badri, su respiración entrecortada.

—Pero podría ser.

—Las posibilidades son muy remotas. Yo no me preocuparía.

—No estoy preocupado. —Colin extendió el bra¬zo—. Creo que tengo un sarpullido —dijo ansiosa¬mente, señalando una peca.

—Eso no es un síntoma del virus. Recoge tus cosas. Te llevaré conmigo a casa después de las pruebas. —Recogió la bufanda y el abrigo de las sillas donde los había colocado.

—¿Cuáles son los síntomas, entonces?

—Fiebre y dificultad para respirar —dijo Dunworthy. La bolsa de la compra de Mary estaba en el suelo, junto a la silla de Latimer. Decidió que lo mej or sería lle¬vársela.

Entró la enfermera, con su bandeja de muestras.

—Me noto caliente —dijo Colin. Se agarró la gar¬ganta dramáticamente—. No puedo respirar.

La enfermera dio un sobresaltado paso hacia atrás, haciendo tintinear la bandeja.

Dunworthy agarró a Colin por el brazo.

—No se alarme —le dijo a la enfermera—. Es sólo un caso de envenenamiento por chicle.

Colin sonrió y se levantó la manga intrépidamente para someterse al análisis de sangre, luego metió el jer¬sey en la mochila y sacó la chaqueta, todavía mojada, mientras Dunworthy pasaba su análisis.

—La doctora Ahrens ha dicho que no tienen que esperar a los resultados —anunció la enfermera, y se marchó.

Dunworthy se puso el abrigo, recogió la bolsa de Mary y guió a Colin pasillo abajo. No vio a Mary en ninguna parte, pero había dicho que no tenían que es¬perar, y de pronto se sintió tan cansado que apenas se mantenía en pie.

Salieron. Empezaba a amanecer y todavía llovía. Dunworthy vaciló bajo el porche del hospital, pregun¬tándose si debería llamar a un taxi, pero no tenía ganas de que Gilchrist apareciera para hacerse los análisis mientras ellos esperaban y tener que escuchar sus pla¬nes para enviar a Kivrin a la Peste Negra y la batalla de Agincourt. Sacó el paraguas plegable de Mary de su bolsa y lo abrió.

—Gracias a Dios que todavía está aquí —exclamó Montoya, que frenaba su bicicleta, salpicando agua—.

Tengo que encontrar a Basingame.

Eso nos pasa a todos, pensó Dunworthy, pregun¬tándose dónde había estado durante todas aquellas conversaciones telefónicas.

Se bajó de la bici, la colocó en la barra, y echó el candado.

—Su secretaria dijo que nadie sabe dónde está. ¿Se imagina?

—Sí. Llevo todo el día de hoy... de ayer, intentan¬do localizarlo. Está de vacaciones en algún lugar de Es¬cocia, nadie sabe exactamente dónde. Según su mujer, se ha ido a pescar.

—¿ En esta época del año ? ¿ Quién querría ir a pescar a Escocia en diciembre? Seguro que su mujer sabe dónde está o tiene un número donde se le podrá localizar.

Dunworthy sacudió la cabeza.

—¡Esto es ridículo! ¡Me tomé la molestia de con¬tactar con el Consejo Nacional de Salud para que me permitieran acceder a mi excavación, y Basingame está de vacaciones! —Buscó bajo su impermeable y sacó un fajo de impresos de colores—. Accedieron a darme permiso si el decano de Historia firmaba una instancia declarando que la excavación era un proyecto necesa¬rio y esencial para el bien de la Universidad. ¿Cómo pudo marcharse así sin decírselo a nadie? —Golpeó los papeles contra su pierna, y algunas gotas de lluvia salie¬ron volando por todas partes—. Tengo que conseguir que firme esto antes de que toda la excavación se pier¬da. ¿Dónde está Gilchrist?

—Tiene que venir dentro de poco para hacerse los análisis de sangre —dijo Dunworthy—. Si consigue encontrar a Basingame, dígale que tiene que volver in¬mediatamente. Dígale que tenemos una cuarentena en marcha, no sabemos dónde está una historiadora, y el técnico está demasiado enfermo para decírnoslo.

—Pescando —bufó Montoya, disgustada, dirigiéndose a Admisiones—. Si mi excavación se echa a perder,  tendrá que responder de muchas cosas.

—Vamos —le dijo Dunworthy a Colin, ansioso por marcharse antes de que apareciera alguien más. Le¬vantó el paraguas para que cubriera también a Colin, y luego desistió. Colin caminaba rápidamente por delan¬te, consiguiendo pisar casi todos los charcos, y luego se quedó rezagado para mirar los escaparates.

No había nadie en las calles, aunque Dunworthy no sabía si se debía a la cuarentena o a que era muy temprano.

A lo mejor todos estarán dormidos, pensó, y po¬dremos entrar e ir directamente a la cama.

—Creí que pasarían más cosas —suspiró Colin, decepcionado—. Sirenas y todo eso.

—Y carros con cadáveres por las calles, y gritos de «Traed a vuestros muertos», ¿eh? —rió Dunworthy—. Tendrías que haber ido con Kivrin. Las cuarentenas en la Edad Media eran mucho más emocionantes que ésta, con sólo cuatro casos y una vacuna que ya está en ca¬mino desde Estados Unidos.

—¿Quién es esa Kivrin? ¿Su hija?

—Mi alumna. Acaba de ir a 1320.

—¿Viaje en el tiempo? ¡Apocalíptico!

Doblaron la esquina hacia Broad.

—La Edad Media —dijo Colin—. Eso es Napo¬león, ¿no? ¿Trafalgar y todo eso?

—Es la Guerra de los Cien Años —explicó Dun¬worthy, y Colin puso cara de no enterarse de nada. ¿ Qué enseñan en los colegios hoy en día?, pensó—. Caballe¬ros, damas y castillos.

—¿Las Cruzadas?

—Las Cruzadas son un poco antes.

—Ahí es donde quiero ir. A las Cruzadas.

Llegaron a la puerta de Balliol.

—Ahora, silencio —murmuró Dunworthy—. To¬do el mundo estará dormido.

No encontraron a nadie en la portería, ni en el pa¬tio principal. Había luz en el salón; las campaneras de¬sayunando, probablemente; pero no había luces en el comedor sénior, ni en Salvin. Si pudieran subir las es-caleras sin que nadie los viera y sin que Colin anuncia¬ra que tenía hambre, podrían llegar a salvo a sus habita¬ciones.

—Shh —dijo Dunworthy, volviéndose para adver¬tir al niño, que se había detenido en el patio para sacar¬se el chicle y examinar su color, que era ahora de un púrpura negruzco—. No queremos despertar a todo el mundo —susurró, con el dedo en los labios. Se volvió, y chocó con una pareja en la puerta.

Llevaban impermeables y se abrazaban entusiásti¬camente. El joven pareció ajeno a la colisión, pero la muchacha se soltó, asustada. Tenía el cabello corto y rojo, y llevaba un uniforme de estudiante de enferme¬ría bajo el impermeable.

El joven era William Gaddson.

—Su conducta es inapropiada tanto para el mo¬mento como para el lugar —dijo Dunworthy, muy formal—. Las muestras públicas de afecto están estric¬tamente prohibidas en el colegio. También es desacon¬sejable, puesto que su madre puede llegar de un mo¬mento a otro.

—¿Mi madre? —exclamó él, tan angustiado como Dunworthy cuando la vio acercarse por el pasillo con la maleta—. ¿Aquí? ¿En Oxford? ¿Qué está haciendo aquí? Pensaba que había una cuarentena.

—La hay, pero el amor de una madre no conoce barreras. Le preocupa su salud, igual que a mí, consi¬derando las circunstancias. —Frunció el ceño ante William y la muchacha, quien soltó una risita—. Suge¬riría que acompañara a su pareja a casa y luego hiciera los preparativos para la llegada de su madre.

—¿Preparativos? —dijo él, verdaderamente pre¬ocupado—. ¿Quiere decir que piensa quedarse?

—Me temo que no tiene más remedio. Hay una cuarentena en marcha.

Las luces se encendieron de pronto en las escaleras, y al instante apareció Finch.

—Gracias a Dios que está usted aquí, señor Dunworthy —suspiró.

Tenía también un fajo de impresos de colores, que agitó ante Dunworthy.

—El Ministerio de Sanidad acaba de enviar a otros treinta retenidos. Les dije que no teníamos sitio, pero no quisieron escuchar, y no sé qué hacer. No tenemos los suministros necesarios para tanta gente.

—Papel higiénico —dijo Dunworthy.

—¡Sí! —exclamó Finch, agitando los impresos—. Y comida. Esta mañana ya acabamos con la mitad de los huevos y bacon.

—¿Huevos y bacon? —se interesó Colin—. ¿Que¬da algo?

Finch miró interrogante a Colin y luego a Dun¬worthy.

—Es el sobrino de la doctora Ahrens —expli¬có Dunworthy, y antes de que Finch pudiera empe¬zar de nuevo, añadió—: Se quedará en mis habita-ciones.

—Bien, porque le aseguro que no puedo encontrar espacio para otra persona.

—Los dos hemos estado despiertos toda la noche, señor Finch, así que...

—Aquí hay una lista de los suministros de esta ma¬ñana. —Le tendió a Dunworthy un papel azulado—. Como puede ver...

—Señor Finch, aprecio su preocupación por los suministros, pero seguro que este asunto puede esperar a que...

—Esto es una lista de sus llamadas telefónicas, jun¬to con las que tiene que contestar, marcadas con aste¬riscos. Esto es una lista de sus citas. El vicario desea que esté en St. Mary's mañana a las seis y cuarto para ensayar la ceremonia de Nochebuena.

—Responderé a todas esas llamadas, pero después de...

—La doctora Ahrens telefoneó dos veces. Quería saber si había averiguado algo acerca de las campa¬neras.

Dunworthy se rindió.

—Asigne los nuevos retenidos a Warren y Basevi, tres por habitación. Hay colchones extra en el sótano del salón.

Finch abrió la boca para protestar.

—Tendrán que soportar el olor a pintura.

Tendió a Colin la bolsa de la compra de Mary y el paraguas.

—Ese edificio de las luces encendidas es el salón —dijo, señalando la puerta—. Diles a los encargados que quieres desayunar y que uno te acompañe luego a mis habitaciones.

Se volvió hacia William, que hacía algo con las ma¬nos bajo el impermeable de la estudiante de enfermería.

—Señor Gaddson, encuentre un taxi para su acom¬pañante; luego localice a los estudiantes que hayan es¬tado aquí durante las vacaciones y pregúnteles si han viajado a América durante la semana pasada o han teni¬do contactos con alguien que haya estado allí. Haga una lista. Usted no ha ido recientemente a Estados Unidos, ¿verdad?

—No, señor —contestó William, retirando las ma¬nos de la enfermera—. He estado aquí todas las vaca¬ciones, estudiando a Petrarca.

—Ah, sí, Petrarca. Pregúntele a los estudiantes qué saben acerca de las actividades de Badri Chaudhuri desde el lunes e interrogue al personal. Necesito averi¬guar dónde estuvo y con quién. Quiero el mismo tipo de informe sobre Kivrin Engle. Haga el trabajo a fon¬do, absténgase de nuevas muestras públicas de afecto, y yo me encargaré de que su madre reciba una habitación lo más lejos posible de usted.

—Gracias, señor —suspiró William—. Eso signifi¬caría mucho para mí, señor.

—Ahora, señor Finch, ¿quiere decirme dónde pue¬do encontrar a la señora Taylor?

Finch le tendió más impresos, donde aparecían las asignaciones de habitaciones, pero la señora Taylor no estaba allí, sino en la sala común júnior con sus campane¬ras y los retenidos que aún no tenían sitio donde alojarse.

Una de ellas, una mujer enorme con abrigo de pie¬les, le cogió del brazo en cuanto entró.

—¿Usted es quien manda en este sitio? —barbotó.

Está claro que no, pensó Dunworthy.

—Sí —respondió.

—Bien, ¿qué piensa hacer para buscarnos un sitio donde dormir? Llevamos despiertos toda la noche.

—Yo también, señora —repitió Dunworthy, te¬meroso de que fuera la señora Taylor. Parecía más del¬gada y menos peligrosa por teléfono, pero los visuales podían ser decepcionantes y el acento y la actitud eran inconfundibles—. No será usted la señora Taylor, ¿verdad?

—Yo soy la señora Taylor —intervino una mujer sentada en una de las sillas. Se levantó. Parecía aún más delgada que por teléfono, y aparentemente menos fu¬riosa—. Hablé con usted por teléfono antes —dijo, y por el tono en que se expresó podrían haber mantenido una agradable charla sobre las complicaciones de hacer redobles—. Ésta es la señora Piantini, nuestra tenor —dijo, indicando a la mujer del abrigo de pieles.

La señora Piantini parecía capaz de arrancar al Gran Tom de sus cimientos. Saltaba a la vista que no había sufrido ningún virus últimamente.

—¿Podría hablar con usted en privado un momen¬to, señora Taylor? —La condujo al pasillo—. ¿Pudie¬ron cancelar su concierto en Ely?

—Sí. Y en Norwich. Se mostraron muy compren¬sivos. —Se inclinó hacia delante, ansiosa—. ¿Es verdad que es cólera?

—¿Cólera? —se extrañó Dunworthy, aturdido.

—Una de las mujeres que estuvo en la estación dijo que era cólera, que alguien lo había traído de la India y que la gente estaba muriendo como moscas.

Por lo visto no había sido una buena noche de sue¬ño lo que había operado el cambio en sus modales, sino el miedo. Si le decía que sólo había cuatro casos, era muy probable que exigiera que las llevaran a Ely.

—La enfermedad parece un mixovirus —dijo, con cuidado—. ¿Cuándo vino su grupo a Inglaterra?

Los ojos de ella se ensancharon.

—¿Cree que somos quienes lo trajimos? No he¬mos estado en la India.

—Hay una posibilidad de que sea el mismo mixo¬virus que apareció en Carolina del Sur. ¿Alguna de sus miembros es de allí?

—No. Todas somos de Colorado, excepto la seño¬ra Piantini, que procede de Wyoming. Y ninguna de nosotras ha estado enferma.

—¿Cuánto tiempo llevan en Inglaterra?

—Tres semanas. Hemos estado visitando todas las capillas del Traditional Council y hemos dado concier¬tos. Tocamos un Boston Trenle Bob en St. Katherine's y Post Office Caters con tres de los campaneros de la capilla de St. Edmund's, pero por supuesto, nada de eso fue nuevo. Un Chicago Surprise Minor...

—¿Y llegaron ustedes a Oxford ayer por la ma¬ñana?

—Sí.

—¿Ninguna de ustedes llegó antes, para ver las vis¬tas o visitar a algún amigo?

—No —aseguró ella; parecía sorprendida—. Esta¬mos de gira, señor Dunworthy, no de vacaciones.

—¿Y dice que ninguna ha estado enferma?

Ella sacudió la cabeza.

—No podemos permitirnos el lujo de estar enfer¬mas. Sólo somos seis.

—Gracias por su ayuda —se despidió Dunworthy, y la envió de vuelta a la sala.

Llamó a Mary, pero no pudo localizarla; dejó un mensaje y empezó con los asteriscos de Finch. Llamó a Andrews, al Jesús College, a la secretaria de Basinga-me, y a St. Mary's sin conseguir comunicación. Colgó, esperó cinco minutos, y lo intentó de nuevo. Durante uno de los intervalos, llamó Mary.

—¿Por qué no estás acostado ya? —preguntó—. Pareces agotado.

—He estado interrogando a las campaneras. Llevan tres semanas en Inglaterra. Ninguna de ellas llegó a Ox¬ford antes de ayer por la tarde y ninguna de ellas ha esta¬do enferma. ¿Quieres que vuelva e interrogue a Badri?

—Me temo que no serviría de nada. No es cohe¬rente.

—Estoy intentando ponerme en contacto con el Jesús College para ver si saben de sus idas y venidas.

—Bien. Pregúntale también a su casera. Y duerme un poco. No quiero que caigas enfermo. —Hizo una pausa—. Tenemos seis casos más.

—¿Alguien de Carolina del Sur?

—No, y nadie que no pudiera haber tenido contac¬to con Badri. Así que sigue siendo el caso índice. ¿Está bien Colin?

—Ha ido a desayunar. Se encuentra bien. No te preocupes por él.

Dunworthy no se acostó hasta la una y media de la tarde. Tardó dos horas en contactar con todos los telé¬fonos marcados en la lista de Finch, y otra hora en des¬cubrir dónde vivía Badri. Su casera había salido, y cuando Dunworthy regresó, Finch insistió en hacer un inventario completo de los suministros.

Dunworthy finalmente se libró de él prometiendo telefonear al Ministerio de Sanidad para pedir papel higiénico adicional. Se dirigió a sus habitaciones.

Colin se había acurrucado ante la ventana, con la cabeza apoyada en la mochila y una colcha encima. No le llegaba hasta los pies. Dunworthy sacó una manta de los pies de la cama y lo cubrió, y se sentó en el Chester-field de enfrente para quitarse los zapatos.

Casi estaba demasiado cansado para descalzarse, aunque sabía que lo lamentaría si se acostaba vestido. Eso era terreno de los jóvenes y los no artríticos. Colin se despertaría tan fresco a pesar de haberse clavado bo-tones y mangas arrugadas. Kivrin podría envolverse en su fina capa y apoyar la cabeza en el tocón de un árbol sin nada que temer, pero si él dormía sin almohada o se dejaba la camisa puesta, despertaría entumecido y con calambres. Y si se quedaba allí sentado con los zapatos en la mano, no se acostaría nunca.

Se levantó del sillón, todavía con los zapatos en la mano, apagó la luz, y se dirigió al dormitorio. Se puso el pijama y abrió la cama. Le pareció imposiblemente seductora.

Me dormiré antes de que mi cabeza toque la almo¬hada, pensó, mientras se quitaba las gafas. Se acostó y se arropó. Antes de apagar la luz siquiera, pensó, y apagó la luz.

Apenas llegaba luz de la ventana, sólo un gris som¬brío que asomaba entre las enredaderas. La débil lluvia golpeaba levemente las hojas correosas. Tendría que haber echado las cortinas, pensó, pero estaba demasia¬do cansado para volver a levantarse.

Al menos Kivrin no tendría que enfrentarse a la lluvia. Era la Pequeña Era del Hielo. En todo caso, es¬taría nevando. Los contemporáneos dormían todos juntos y acurrucados al lado del hogar, hasta que a al¬guien se le ocurrió por fin inventar la chimenea, que no existió en las aldeas de Oxfordshire hasta mitad del si¬glo xv. Pero a Kivrin no le importaría. Se acurrucaría como Colín y dormiría el sueño fácil y despreocupado de los jóvenes.

Se preguntó si habría dejado de llover. No oía el golpeteo de la lluvia en el cristal. Tal vez había escam¬pado o se preparaba para volver a llover. Estaba muy oscuro, y era demasiado temprano. Sacó la mano de debajo de las mantas y miró los números iluminados del digital. Sólo las dos. Serían las seis de la tarde donde estaba Kivrin. Tenía que volver a telefonear a Andrews de nuevo cuando se despertara y le haría leer el ajuste para que supieran exactamente dónde y cuándo estaba ella.

Badri le había dicho a Gilchrist que había un desli¬zamiento mínimo, que comprobó dos veces las coor¬denadas del estudiante de primero y que eran correc¬tas, pero quería asegurarse. Gilchrist no había tomado ninguna precaución, e incluso con todas las reservas las cosas podían salir mal. El día de hoy lo había demos¬trado.

Badri había recibido la dosis completa de antivira¬les. La madre de Colin le había enviado a salvo en el metro y le había dado dinero extra. La primera vez que Dunworthy fue a Londres estuvo a punto de no regre¬sar, y habían tomado todo tipo de precauciones.

Fue una simple ida y vuelta para probar la red en el sitio. Sólo treinta años. Dunworthy tenía que atravesar Trafalgar Square, coger el metro desde Charing Cross hasta Paddington y luego el tren de las 10.48 a Oxford, donde se abriría la red principal. Habían concedido tiempo de sobra, comprobado y vuelto a comprobar la red, investigado los horarios del metro y el ABC, com¬probado las fechas y el dinero. Y cuando Dunworthy llegó a Charing Cross, la estación de metro estaba ce¬rrada. Las luces de las taquillas estaban apagadas, y una verja de hierro cruzaba la entrada, delante de los torni¬quetes de madera.

Se subió las mantas hasta los hombros. Un montón de cosas podían haber ido mal con el lanzamiento, co¬sas que nadie habría imaginado. Probablemente a la madre de Colin nunca se le había ocurrido que su tren se detendría en Barton. A ninguno de ellos se le había ocurrido que Badri pudiera desplomarse de pronto so¬bre la consola.

Mary tiene razón, pensó, eres un grave caso de se¬ñora Gaddsonitis. Kivrin superó todo tipo de obstácu¬los para llegar a la Edad Media. Aunque algo vaya mal, se las arreglará. Colin no dejó que una bobada como la cuarentena le cerrara el paso. Y el propio Dunworthy había regresado a salvo de Londres.

Golpeó la verja cerrada y luego subió corriendo las escaleras para leer los carteles, pensando que tal vez ha¬bía entrado por un sitio equivocado. No era eso. Buscó un reloj. Tal vez se había producido un deslizamiento mayor del que indicaban las pruebas, y el metro estaba cerrado durante la noche. Pero el reloj de la entrada anunciaba las nueve y cuarto.

—Un accidente —explicó un hombre desagradable con una gorra sucia—. Han cerrado hasta que puedan despejarlo todo.

—P-pero tengo que coger la línea de Bakerloo —tartamudeó Dunworthy, pero el hombre se marchó.

Se quedó allí mirando la estación oscura, incapaz de pensar qué debía hacer. No llevaba dinero suficiente para tomar un taxi, y Paddington estaba en la otra pun¬ta de Londres. No conseguiría llegar a las 10.48.

—¿Qué passa, tronco? —dijo un joven con una chaqueta de cuero negro y el pelo verde como un gri¬llo. Dunworthy apenas pudo comprenderlo. Un punk, pensó. El joven se acercó, amenazador.

—Paddington —dijo, poco más que un gemido.

El punk buscó en el bolsillo de su chaqueta lo que Dunworthy estaba seguro sería una navaja, pero sacó un plano del metro plastificado y empezó a leer.

—Puedes coger las líneas District o Circle en la estación de Embankment. Baja por Craven Street y gira a la izquierda.

Echó a correr, seguro de que la banda del punk le asaltaría y le robaría el dinero históricamente exacto en cualquier momento, y cuando llegó a Embankment no tenía ni idea de cómo funcionaba la máquina expende¬dora de billetes.

Una mujer con dos bebés le ayudó, le pulsó su des¬tino y cantidad y le mostró cómo insertar el billete en la ranura. Llegó a Paddington justo a tiempo.

—¿No hay gente agradable en la Edad Media? —le había preguntado Kivrin, y por supuesto que la había. Jóvenes con navajas y mapas de metro habían existido en todas las épocas. Y las madres con bebés y señoras Gaddson y Latimer. Y también Gilchrist.

Se dio la vuelta.

—Estará perfectamente bien —dijo en voz alta, pe¬ro suavemente, para no despertar a Colin—. La Edad Media no es nada para mi mejor alumna.

Se subió la manta por encima de los hombros y ce¬rró los ojos, pensando en el joven con el pelo verde que consultaba el mapa. Pero la imagen que flotó ante él era la verja de hierro, extendida ante él y los torniquetes, y la estación oscura al otro lado de las barras.

 

TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL JUICIO FINAL

(015104-016615)

 

19 de diciembre de 1320 (Calendario Antiguo). Me encuentro mejor. Puedo hacer tres o cuatro inspiraciones seguidas sin toser, y esta mañana tenía hambre, aunque no me apetecían las gachas grasientas que me trajo Maisry.

No sé qué daría por un plato de huevos con bacon.

Y un baño. Estoy hecha una guarrería. No me han lavado nada desde que llegué aquí, a excepción de la frente, y los dos últimos días lady Imeyne me ha pues¬to en el pecho emplastos hechos con tiras de lino cu¬biertas de una pasta que huele fatal. Con eso, los sudo¬res intermitentes que sigo teniendo, y la cama (que no han cambiado desde el siglo pasado), apesto a rayos, y el cabello, aunque corto, me pica. Soy la persona más limpia que hay aquí.

La doctora Ahrens tenía razón al querer cauterizar mi nariz. Todo el mundo huele fatal, incluso las niñas pequeñas, a pesar de que es pleno invierno y hace un frío terrible. No puedo imaginar cómo será en agosto. Todos tienen pulgas. Lady Imeyne se para en mitad de los rezos para rascarse, y cuando Agnes se bajó las cal¬zas para enseñarme la rodilla, tenía marcas rojas por toda la pierna.

Eliwys, Imeyne y Rosemund tienen la cara relati¬vamente limpia, pero no se lavan las manos, ni siquiera después de vaciar el orinal, y la idea de lavar los platos o cambiar las sábanas no se ha inventado todavía. Bien mirado, todos deberían de haber muerto de infección hace mucho tiempo, pero excepto por el escorbuto y un montón de dientes cariados, todo el mundo parece gozar de buena salud. Incluso la rodilla de Agnes sana bien. Viene a mostrarme la costra cada día. Y su cinturón de plata, y su caballero de madera, y el pobre y mi¬mado Blackie.

Es un auténtico tesoro como fuente de informa¬ción, que me ofrece sin que yo tenga que preguntar si¬quiera. Rosemund está en su «decimotercer año», lo cual significa que ha cumplido doce, y la estancia don¬de me atienden es su habitación de soltera. Es difícil imaginar que pronto estará en edad casadera, y por eso tiene una «habitación de doncella», pero en el siglo XIV las muchachas se casaban con catorce o quince años. Eliwys no podía ser mucho mayor cuando se casó. Agnes también me ha dicho que tiene tres hermanos ma¬yores, que se han quedado en Bath con su padre.

La campana del suroeste es Swindone. Agnes dis¬tingue las campanas por el sonido. La más lejana que siempre suena primero es la campana de Osney, la an¬tepasada del Gran Tom. Las campanas dobles están en Courcy, donde vive sir Bloet, y las dos más cercanas son Witenie y Esthcote. Eso significa que estoy cerca de Skendgate, que bien podría ser este sitio. Tiene los fresnos, es aproximadamente del mismo tamaño, y la iglesia está en el lugar adecuado. La señora Montoya tal vez no haya encontrado el campanario todavía. Por desgracia, el nombre de la aldea es la única cosa que Agnes ignora.

Sí sabía dónde estaba Gawyn. Me dijo que estaba persiguiendo a mis atacantes. «Y cuando los encuentre, los matará con su espada. Así», dijo, haciendo la de¬mostración con Blackie. No estoy segura de que las co¬sas que me dice sean siempre dignas de crédito. Me dijo que el rey Eduardo está en Francia, y que el padre Ro¬che había visto al Diablo, todo vestido de negro y ca¬balgando un corcel negro.

Esto último es posible (que el padre Roche se lo di¬jera, no que viera al Diablo). La línea entre el mundo espiritual y el físico no se dibujó claramente hasta el Renacimiento, y los contemporáneos tenían constan-temente visiones de ángeles, el Juicio Final y la Virgen María.

Lady Imeyne se queja constantemente de lo igno¬rante, inculto e incompetente que es el padre Roche. Aún intenta convencer a Eliwys para que envíe a Gawyn a Osney y traiga a un monje. Cuando le pre¬gunté si quería enviármelo para que pudiera rezar con¬migo (decidí que esa petición no podría ser considera¬da «osada») me dio un recital de media hora sobre cómo había olvidado parte del Venite, soplaba las velas en vez de apagarlas con los dedos de forma que «mal¬gasta mucha cera» y llenaba las cabezas de los criados con charla supersticiosa (sin duda lo del Diablo y su caballo).

Los curas rurales del siglo XIV eran simples campe¬sinos que se aprendían la misa de memoria y sabían un poco de latín. Todo el mundo me huele igual, pero la nobleza veía a sus siervos como una especie completa-mente diferente, y estoy seguro de que Imeyne se sien¬te ofendida en su alma aristocrática al tener que confe¬sarse a este «villano».

Sin duda es tan supersticioso e inculto como ella dice. Pero no es incompetente. Me sostuvo la mano cuando me estaba muriendo. Me dijo que no tuviera miedo. Y no lo tuve.

(Pausa)

Me estoy recuperando a pasos agigantados. Esta tarde me senté durante media hora, y por la noche bajé para cenar. Lady Eliwys me trajo una saya marrón de guata y un sobretodo color mostaza, y una especie de pañuelo para cubrir mi cabello rapado (no una toca y una cofia, así que Eliwys debe de seguir pensando que soy una doncella, a pesar de toda la charla de Imeyne sobre «daltrisses»).

No sé si mis ropas eran inadecuadas o simplemente demasiado bonitas para llevarlas todos los días, Eliwys no dijo nada. Imeyne y ella me ayudaron a vestirme. Quise preguntar si podría lavarme antes de ponerme la ropa nueva, pero me temo que una cosa así haría que Imeyne sospechara aún más.

Me vio ajustar las cintas y atarme los zapatos, y no dejó de observarme durante toda la cena. Me senté en¬tre las niñas y compartí una fuente de comida con ellas.

El senescal estaba relegado al extremo de la mesa, y no se veía a Maisry por ninguna parte. Según el señor

Latimer, los párrocos comían en la mesa del señor, pero a lady Imeyne probablemente tampoco le gustan los modales a la mesa del padre Roche.

Comimos carne, creo que venado, y pan. El vena¬do sabía a canela, sal y falta de refrigeración, y el pan estaba duro como una piedra, pero era mejor que las gachas, y no creo haber cometido ningún error. Sin embargo, estoy segura de que debo de cometerlos constantemente, y por eso lady Imeyne desconfía tan¬to de mí. Mi ropa, mis manos, probablemente mi for-ma de hablar, son un poco (o bastante) diferentes, y todo se combina para nacerme parecer extraña, pecu¬liar... sospechosa.

Lady Eliwys está demasiado preocupada con el juicio de su marido para darse cuenta de mis errores, y las niñas son demasiado jóvenes. Pero lady Imeyne se fija en todo y probablemente está confeccionando una lista como la que tiene del padre Roche. Gracias a Dios que no les dije que era Isabel de Beauvrier. Habría ca¬balgado hasta Yorkshire, a pesar del mal tiempo, para descubrirme.

Gawyn vino después de la cena. Maisry, que al fi¬nal apareció con una oreja al rojo vivo y un cuenco de cerveza, acercó los bancos al hogar y puso varios leños de pino en el fuego, y las mujeres se pusieron a coser a la luz amarillenta.

Gawyn se detuvo ante la puerta; era evidente que acababa de llegar después de una dura cabalgada, y du¬rante un ratito nadie se fijó en él. Rosemund estaba en¬frascada en su bordado. Agnes tiraba de su carrito con el caballero de madera dentro, y Eliwys hablaba con Imey¬ne acerca del campesino, que por lo visto no se encuen¬tra muy bien. El humo del fuego hacía que me doliera el pecho, y aparté la cabeza, intentando no toser; entonces lo vi allí de pie, mirando a Eliwys.

Un momento después Agnes atropello con su co¬che el pie de Imeyne, y la abuela le dijo que era hija del propio Diablo, y Gawyn entró en el salón. Bajé los ojos y recé para que me dirigiera la palabra.

Lo hizo, hincando una rodilla delante del banco donde yo me sentaba.

—Buena señora —dijo—, me alegra ver que habéis mejorado.

Yo no tenía ni idea de lo qué era apropiado decir, si es que había algo que decir. Bajé aún más la cabeza.

Él permaneció de rodillas, como un servidor.

—Me han dicho que no recordáis nada de vuestros atacantes, lady Katherine. ¿Es cierto?

—Sí —murmuré.

—¿Ni de vuestros sirvientes, de adonde podrían haber huido?

Sacudí la cabeza, los ojos todavía bajos.

Él se volvió hacia Eliwys.

—Tengo noticias de los renegados, lady Eliwys. He encontrado su pista. Había muchos, y tenían caballos.

Temí que anunciara que había capturado a algún pobre campesino que recogía leña y lo había ahorcado.

—Os pido permiso para perseguirlos y vengar a la dama —prosiguió Gawyn, mirando a Eliwys.

Eliwys parecía incómoda, alerta, como había esta¬do antes.

—Mi esposo nos ordenó que permaneciéramos aquí hasta que él regresara, y que vos os quedarais con noso¬tras para protegernos. No.

—No habéis cenado —señaló lady Imeyne, con un tono que zanjaba el asunto.

Gawyn se levantó.

—Os agradezco la amabilidad, señor —dije rápi¬damente—. Sé que fuisteis vos quien me encontró en el bosque. —Inspiré, y tosí—. Os lo suplico, ¿podéis de¬cirme el lugar donde me hallasteis, dónde está?

Intenté decir muchas cosas y demasiado rápido. Empecé a toser, jadeé para tomar aliento, y me doblé de dolor.

Para cuando pude controlar la tos, Imeyne ha¬bía colocado carne y queso en la mesa para Gawyn, y Eliwys había vuelto a coser, así que sigo sin saber nada.

No, eso no es cierto. Sé por qué Eliwys parecía tan alerta cuando él entró y por qué Gawyn inventó una historia acerca de una banda de renegados. Y también sé qué significaba toda aquella conversación acerca de «daltrisses».

Lo vi de pie en la puerta, contemplando a Eliwys, y no necesité un intérprete para descifrar la expresión de su rostro. Salta a la vista: está enamorado de la esposa de su señor.

 

 

 

 

 

14

 

Dunworthy durmió hasta el día siguiente.

—Su secretario quería despertarlo, pero no le dejé —dijo Colin—. Me pidió que le diera esto. —Le tendió un arrugado montón de papeles.

—¿Qué hora es? —preguntó Dunworthy, sentán¬dose en la cama con dificultad.

—Las ocho y media. Todas las campaneras y los retenidos están en el salón, desayunando. Gachas de avena. —Hizo un sonido de asco—. Fue absolutamen¬te necrótico. Su secretario dice que debemos racionar los huevos con bacon por la cuarentena.

—¿Las ocho y media de la mañana? —preguntó Dunworthy, parpadeando ciegamente ante la ventana. Estaba tan oscuro como cuando se quedó dormido—. Santo Dios, se suponía que debía haber regresado al hospital para interrogar a Badri.

—Lo sé —asintió Colin—. Tía Mary dijo que le dejara dormir, que no podría interrogarlo de todas for¬mas porque le están haciendo pruebas.

—¿Llamó por teléfono? —preguntó Dunwor¬thy, buscando a tientas sus gafas en la mesilla de noche.

—Yo fui esta mañana para que me hicieran un análisis de sangre. Tía Mary me pidió que le dijera que sólo tenemos que ir una vez al día para los análisis.

Dunworthy se caló las gafas y miró a Colín.

—¿Te dijo si han identificado el virus?

—Ah-ah —respondió Colin, alrededor de un tro¬zo de chicle. Dunworthy se preguntó si lo había tenido en la boca toda la noche, y en ese caso por qué no había disminuido de tamaño—. Le envió las gráficas de con¬tacto. —Le tendió los papeles—. La señora que vimos en el hospital también llamó. La de la bici.

—¿Montoya?

—Sí. Preguntó si sabía usted cómo ponerse en con¬tacto con la esposa del señor Basingame. Le dije que la llamaría usted. ¿Cuándo llega el correo?

—¿El correo? —dijo Dunworthy, rebuscando en¬tre los impresos.

—Mi madre no me compró los regalos a tiempo para que me los trajera en el metro. Prometió que me los enviaría por correo. La cuarentena no lo retrasará, ¿verdad?

Algunos de los papeles que le había tendido Colin estaban pegados, sin duda por los periódicos exámenes que el joven hacía de su chicle, y la mayoría de ellos no parecían gráficas de contacto, sino informes de Finch: uno de los conductos de calefacción de Salvin estaba estropeado.

El Ministerio de Sanidad ordenaba a todos los ha¬bitantes de Oxford y alrededores que evitaran el con¬tacto con las personas infectadas. La señora Basingame estaba en Torquay durante la Navidad. Se estaban que¬dando sin papel higiénico.

—No lo cree, ¿verdad? ¿Piensa que lo retrasará? —preguntó Colin.

—¿Retrasar qué?

—¡El correo! —repitió Colin, disgustado—. La cuarentena no lo retrasará, ¿eh? ¿ A qué hora se supone que debe llegar?

—A las diez —Dunworthy agrupó todos los infor¬mes en un montón y abrió un gran sobre marrón—. Normalmente llega un poco más tarde en Navidad, por todos los paquetes y tarjetas.

Las hojas grapadas del sobre tampoco eran las gráfi¬cas de contactos, sino el informe de William Gaddson so¬bre los paraderos de Badri y Kivrin, claramente mecano¬grafiados y organizados según la mañana, tarde y noche de cada día. Parecía mucho más ordenado que ningún trabajo que hubiera entregado en su vida. Era sorpren¬dente lo que la influencia de una madre podía conseguir.

—No veo por qué —prosiguió Colin—. Quiero decir que no es como si fueran personas, ¿eh? Así que no puede ser contagioso. ¿Adonde lo traen, al salón?

-¿Qué?

—El correo.

—A la casa del portero —respondió Dunworthy, al tiempo que leía el informe sobre Badri.

Había vuelto a la red el martes por la tarde, des¬pués de estar en Balliol. Finch habló con él a las dos, cuando le preguntó dónde estaba el propio Dunwor¬thy, y otra vez un poco después de las tres, cuando le dio la nota. Entre las dos y las tres, John Yi, un estu¬diante de tercer curso, le vio cruzar el patio hacia el la¬boratorio, al parecer buscando a alguien.

A las tres, el portero de Brasenose dejó entrar a Ba¬dri. Trabajó en la red hasta las siete y media, luego vol¬vió a su apartamento y se vistió para el baile.

Dunworthy telefoneó a Latimer.

—¿Cuándo estuvo usted en la red el martes por la tarde?

Latimer parpadeó asombrado desde la pantalla.

—El martes... —dijo, mirando alrededor como si hubiera pasado algo por alto—. ¿Eso fue ayer?

—El día antes del lanzamiento. Fue usted al Bod-leian por la tarde.

Él asintió.

—Ella quería saber cómo se dice: «Socorredme, pues unos ladrones me han asaltado.»

Dunworthy supuso que se refería a Kivrin.

—¿Se reunió Kivrin con usted en el Bodleian o en Brasenose?

Él se llevó las manos a la barbilla, reflexionando.

—Estuvimos trabajando hasta tarde, decidiendo la forma de los pronombres. En el siglo XIV la decadencia de las inflexiones pronominales estaba avanzada, pero no era completa.

—¿Fue Kivrin a la red para reunirse con usted?

—¿La red? —preguntó Latimer, dubitativo.

—Al laboratorio de Brasenose —estalló Dun¬worthy.

—¿Brasenose? El servicio de Nochebuena no es en Brasenose, ¿verdad?

—¿El servicio de Nochebuena?

—El vicario me dijo que deseaba que yo leyera la bendición. ¿Se celebra en Brasenose?

—No. Se reunió usted con Kivrin el martes por la tarde para trabajar en su pronunciación. ¿Dónde se re¬unió con ella?

—La palabra «ladrones» fue muy difícil de tra¬ducir...

Era inútil.

—El servicio de Navidad es en St. Mary the Virgin's a las siete —espetó Dunworthy, y colgó.

Telefoneó al portero de Brasenose, que todavía es¬taba decorando su árbol, y le pidió que buscara a Ki¬vrin en el libro de entradas. No había estado allí el mar¬tes por la tarde.

Introdujo la gráfica de contactos en la consola y las adiciones del informe de William. Kivrin no había vis¬to a Badri el martes. Por la mañana estuvo en el hospi¬tal y luego con Dunworthy. Por la tarde, estuvo con Latimer y Badri se marcharía al baile en Headington antes de que salieran del Bodleian.

A partir de las tres del lunes estuvo en la enferme¬ría, pero seguía habiendo un agujero entre las doce y las dos y media del lunes en que podría haber visto a Badri.

Escrutó las hojas de contacto que habían vuelto a rellenar. La de Montoya sólo tenía unas cuantas líneas. Había marcado sus contactos del miércoles por la ma¬ñana, pero ninguno para el lunes y el martes, y no ha¬bía introducido ninguna información acerca de Badri. Dunworthy se preguntó por qué, y recordó que había llegado después de que Mary diera las instrucciones para rellenar los impresos.

Tal vez Montoya había visto a Badri antes del miércoles por la mañana, o sabía dónde había pasado el lapso entre el mediodía y las dos de la tarde del lunes.

—Cuando llamó la señora Montoya, ¿te dio su nú¬mero de teléfono? —le preguntó a Colin. No hubo res¬puesta. Alzó la cabeza—. ¿Colin?

No estaba en la habitación, ni en la salita, aunque su mochila sí estaba, con el contenido esparcido por la alfombra.

Dunworthy buscó el número de Montoya en Bra-senose y llamó, sin esperar ninguna respuesta. Si ella aún estaba buscando a Basingame, eso significaba que no había recibido permiso para ir a la excavación y sin duda se encontraba en el Ministerio o el Fondo Nacio¬nal, insistiéndoles para que lo declararan «de valor irreemplazable».

Se vistió y se dirigió al salón, buscando a Colin. Se¬guía lloviendo, el cielo era del mismo gris oscuro que las piedras del pavimento y la corteza de los fresnos. Esperaba que las campaneras y los demás retenidos hu-bieran desayunado temprano y hubieran regresado a sus habitaciones, pero era una falsa esperanza. Oyó el agudo parloteo de las voces femeninas antes de cruzar medio patio.

—Gracias a Dios que está usted aquí, señor —suspiró Finch, quien se reunió con él en la puerta—. Aca¬ban de llamar del Ministerio. Quieren que aceptemos otros veinte retenidos más.

—Dígales que no podemos. —Dunworthy estudió la multitud—. Tenemos órdenes de evitar contacto con personas infectadas. ¿Ha visto al sobrino de la doctora Ahrens?

—Estaba aquí —respondió Finch, mirando por encima de las cabezas de las mujeres, pero Dunworthy ya le había localizado. Se encontraba de pie al fondo de la mesa donde estaban sentadas las campaneras, untan¬do de mantequilla varias tostadas.

Dunworthy se dirigió a él.

—Cuando llamó la señora Montoya, ¿te dijo dón¬de podría localizarla?

—¿La de la bicicleta? —preguntó Colin, mientras esparcía mermelada sobre las tostadas.

—Sí.

—No.

—¿Quiere desayunar, señor? —dijo Finch—. Me temo que no quedan huevos ni bacon, y nos estamos quedando sin mermelada —miró a Colin—, pero hay gachas de avena y...

—Sólo té —replicó Dunworthy—. ¿No mencionó desde dónde telefoneaba?

—Siéntese —invitó la señora Taylor—. Quería ha¬blar con usted sobre nuestra Chicago Surprise.

—¿Qué dijo Montoya exactamente? —preguntó Dunworthy a Colin.

—Que a nadie le importaba que su excavación se estropeara y se perdiera un vínculo de valor incalcula¬ble con el pasado, y qué tipo de persona se iba a pescar en pleno invierno —respondió Colin, rebañando mer¬melada de los lados del cuenco.

—Nos estamos quedando sin té —se lamentó Finch, al tiempo que servía a Dunworthy una taza muy clara.

Dunworthy se sentó.

—¿Quieres un poco de cacao, Colín? ¿O un vaso de leche?

—No necesito nada, gracias —contestó Colín, pe¬gando las tostadas por la parte de la mermelada—. Voy a llevarme esto a la puerta mientras espero el correo.

—Telefoneó el vicario —dijo Finch—. Me pidió que le recordara que no tiene que ir a repasar la cere¬monia hasta las seis y media.

—¿Van a mantener el servicio de Nochebuena? —dijo Dunworthy—. No creo que venga nadie, dadas las circunstancias.

—Dijo que el Comité Intereclesiástico votó por mantenerlo de todas formas —dijo Finch, sirviendo un cuarto de cucharada de leche en el pálido té y tendién¬doselo—. Consideran que si se celebra la ceremonia como de costumbre, servirá para elevar la moral.

—Vamos a tocar varias piezas con las campanas —dijo la señora Taylor—. No es un buen sustituto para un repique, claro, pero algo es algo. El sacerdote de San¬ta Re-Formada va a leer la Misa en Tiempos de Peste.

—Ah —dijo Dunworthy—. Eso ayudará a elevar la moral.

—¿Tengo que ir?—preguntó Colin.

—No tienes nada que hacer fuera con este tiempo —dijo la señora Gaddson, que apareció como una ar¬pía con un gran cuenco de gachas grises. Lo colocó de¬lante de Colin—. Y no tienes nada que hacer quedando expuesto a los gérmenes en una iglesia llena de corrien¬tes de aire. —Le puso una silla detrás—. Siéntate y có¬mete las gachas.

Colin miró a Dunworthy, implorante.

—Colin, me he dejado el número de la señora Montoya en la habitación —dijo Dunworthy—. ¿Po¬drías ir a buscarlo?

—¡Sí! —exclamó Colin, y se levantó de la silla co¬mo una bala.

—Cuando ese niño venga con la gripe hindú —re¬funfuñó la señora Gaddson—, espero que recuerde usted que fue quien le animó con sus pobres hábitos alimenticios. Está claro cuál es la causa de esta epidemia: una nutrición deficiente y una completa falta de disci¬plina. Es una desgracia la forma en que está dirigido este colegio. Pedí que me pusieran con mi hijo William y en cambio me han asignado una habitación en otro edificio completamente distinto y...

—Me temo que tendrá que hablarlo con Finch —dijo Dunworthy. Se levantó y envolvió las tostadas con mermelada de Colin en una servilleta—. Me espe¬ran en el hospital —anunció, y escapó antes de que la señora Gaddson empezara otra vez.

Volvió a sus habitaciones y llamó a Andrews. La línea estaba ocupada. Llamó a la excavación, por si Montoya había recibido el permiso para abandonar la cuarentena, pero no hubo respuesta. Llamó de nuevo a Andrews. Sor¬prendentemente, la línea estaba libre. Sonó tres veces an¬tes de que atendiera el comestador automático.

—Soy el señorJDunworthy —dijo. Vaciló y luego dio el número de sus habitaciones—. Necesito hablar con usted urgentemente. Es importante.

Colgó, se metió el disco en el bolsillo, recogió el paraguas y la tostada de Colin, y atravesó el patio.

Colin estaba acurrucado al abrigo de la puerta, mi¬rando ansiosamente calle abajo, hacia Carfax.

—Voy al hospital a ver a mi técnico y tu tía —le dijo Dunworthy, al tiempo que le tendía la tostada en¬vuelta—. ¿Quieres acompañarme?

—No, gracias. No quiero perderme el correo.

—Bueno, y por el amor de Dios, ve y coge tu cha¬queta no sea que venga la señora Gaddson y empiece a regañarte.

—Ya ha estado aquí—dijo Colin—. Ha intentado que me ponga una bufanda. ¡Una bufanda! —Dirigió otra ansiosa mirada hacia la calle—. No le hice caso.

—Qué cosas —dijo Dunworthy—. Volveré para almorzar, espero. Si necesitas algo, pídeselo a Finch.

—Umm —dijo Colin; obviamente, no estaba escu¬chando. Dunworthy se preguntó qué le enviaría su ma¬dre que requería tanta devoción. Desde luego, no sería una bufanda.

Se puso la suya alrededor del cuello y se dirigió al hospital a través de la lluvia. Sólo había unas cuantas personas en la calle, y se mantenían apartadas unas de otras. Una mujer se bajó de la acera para no toparse con Dunworthy.

Sin el carillón martilleando It Came Upon the Midnight Clear, nadie habría dicho que era Nochebuena. Nadie llevaba regalos, adornos ni paquetes. Era como si la cuarentena hubiera arrancado de las cabezas el re¬cuerdo de la Navidad.

Bueno, ¿y no lo había hecho? Él ni siquiera había pensado en comprar regalos o un árbol. Recordó a Co¬lín acurrucado en la puerta de Balliol y esperó que su madre al menos no hubiera olvidado enviarle sus rega¬los. De vuelta a casa le compraría un regalito, un jugue¬te o un vid o algo que no fuera una bufanda.

En el hospital, lo llevaron inmediatamente a Aisla¬miento y se marcharon a interrogar los nuevos casos.

—Es esencial que establezcamos una conexión americana —dijo Mary—. Hay un contratiempo en el WIC. Debido a las vacaciones no hay nadie de servicio que pueda secuenciar el virus. Se supone que deben es¬tar disponibles en todo momento, claro, pero por lo visto cuando tienen problemas es después de Navidad: intoxicaciones alimenticias y atracones disfrazados de virus, así que cogen las vacaciones antes. En cualquier caso, el CDC de Atlanta acordó enviar un prototipo de la vacuna al WIC sin una identificación positiva, pero no pueden empezar a fabricarla sin una conexión clara.

Le condujo por un pasillo acordonado.

—Todos los casos siguen el perfil del virus de Carolina del Sur: fiebre alta, dolor generalizado, complicacio-

nes pulmonares secundarias, pero por desgracia eso no es ninguna prueba. —Se detuvo ante el pabe¬llón—. No has encontrado ninguna conexión america¬na con Badri, ¿verdad?

—No, pero sigue habiendo muchos huecos. ¿ Quie¬res que lo interrogue también?

Ella vaciló.

—Está peor —supuso Dunworthy.

—Ha desarrollado neumonía. No sé si podrá de¬cirte gran cosa. Su fiebre es todavía muy alta, cosa que sigue el perfil. Le hemos administrado las antimicro-biales y los potenciadores a los que responde el virus de Carolina del Sur. —Abrió la puerta—. Las gráficas incluyen todos los casos que tenemos. Pregúntale a la enfermera de guardia en qué cama están.

Tecleó algo en la consola de la primera cama. Una gráfica se iluminó, tan enrevesada y con tantas ramas como el gran fresno del patio.

—No te importa que Colin se quede contigo otra noche, ¿no?

—No me importa en absoluto.

—Oh, bien. Dudo mucho que pueda regresar a casa antes de mañana, y me preocupa que esté solo en el apartamento. Por lo visto, soy la única que lo hace —dijo, enfadada—. Por fin localicé a Deirdre en Kent, y ni siquiera estaba preocupada. «Oh, ¿hay una cua¬rentena en marcha?», dijo. «He estado tan ocupada, que no he tenido tiempo de escuchar las noticias», y luego me contó los planes que tenían ella y su novio, con la clara implicación de que no tendría tiempo para Colin y que se alegraba de haberse librado de él. A ve¬ces pienso que no puede ser sobrina mía.

—¿Sabes si le envió a Colin sus regalos de Navi¬dad? Él dijo que planeaba enviárselos por correo.

—Estoy segura de que ha estado demasiado ocu¬pada para comprarlos, mucho menos para enviárselos.

La última vez que Colin pasó las Navidades conmigo, sus regalos no llegaron hasta el día de Reyes. Oh, eso me recuerda... ¿sabes qué ha sido de mi bolsa de la compra? Tenía allí mis regalos para Colin.

—La tengo en Balliol.

—Oh, bien. No terminé mis compras, pero si en¬vuelves la bufanda y las otras cosas, tendrá algo bajo el árbol, ¿no? —Se levantó—. Si encuentras alguna posi¬ble relación, ven a decírmelo enseguida. Como ves, ya hemos relacionado varios secundarios con Badri, pero tal vez se trate sólo de conexiones cruzadas, y la autén¬tica podría ser otra persona.

Se marchó, y Dunworthy se sentó junto a la cama de la mujer del paraguas lavanda.

—¿Señora Breen? —dijo—. Me temo que debo ha¬cerle algunas preguntas.

Ella tenía la cara arrebolada, y su respiración so¬naba como la de Badri, pero respondió a sus pregun¬tas con claridad y precisión. No, no había estado en Estados Unidos en los últimos seis meses. No, no co¬nocía a ningún americano o a nadie que hubiera esta¬do en América. Pero había cogido el metro en Lon¬dres para ir de compras. «En Blackwell's, ya sabe», y había estado comprando por todo Oxford y luego en la estación de metro, y allí había al menos quinientas personas que podrían ser la conexión que Mary anda¬ba buscando.

A Dunworthy le llevó hasta más de las dos termi¬nar de interrogar a los primarios y añadir los contactos a la gráfica, ninguno de los cuales era la conexión ame¬ricana, aunque descubrió que dos más habían estado en el baile de Headington.

Subió a Aislamiento, aunque no albergaba muchas esperanzas de que Badri pudiera contestar a sus pregun¬tas, pero el técnico parecía algo mejor. Dormía cuando Dunworthy entró, pero cuando le tocó la mano, abrió los ojos y fue capaz de enfocar la mirada.

—Señor Dunworthy —dijo. Su voz sonaba débil y ronca—. ¿Qué está haciendo aquí?

Dunworthy se sentó.

—¿Cómo te encuentras?

—Es raro, las cosas que uno sueña. Pensé... tenía un dolor de cabeza tan grande...

—Tengo que hacerte algunas preguntas, Badri. ¿Re¬cuerdas a quién viste en el baile de Headington?

—Había tanta gente... —suspiró él, y deglutió co¬mo si le doliera la garganta—. No conocía a la mayoría.

—¿Recuerdas con quién bailaste?

—Elizabeth... —croó Badri—. Sisu no sé qué, no recuerdo su apellido. Y Elizabeth Yakamoto.

La enfermera de aspecto ceñudo entró.

—Es la hora de los rayos X —dijo, sin mirar a Ba¬dri—. Tendrá que marcharse, señor Dunworthy.

—¿Puedo quedarme un momento? Es importante —dijo Dunworthy, pero la enfermera ya estaba pul¬sando las teclas de la consola.

Se inclinó sobre la cama.

—Badri, cuando obtuviste el ajuste, ¿cuánto desli¬zamiento hubo?

—Señor Dunworthy —insistió la enfermera.

Dunworthy la ignoró.

—¿Hubo más deslizamiento del que esperabas?

—No —respondió Badri roncamente.

Se llevó la mano a la garganta.

—¿Cuánto deslizamiento hubo?

—Cuatro horas —susurró Badri, y Dunworthy dejó que lo condujeran fuera de la habitación.

Cuatro horas. Kivrin había atravesado a las doce y media. Eso la habría hecho llegar a las cuatro y media, casi al atardecer, pero con luz suficiente para ver dónde estaba, con tiempo de sobra para caminar hasta Skend-gate, si era necesario.

Fue a buscar a Mary y le dio los dos nombres de las chicas con las que Badri había bailado. Mary comprobó la lista de nuevas admisiones. No figuraba ninguna de ellas, y Mary le dijo que volviera a casa, pero antes comprobó su temperatura y su sangre para que no tu¬viera que volver. Estaba a punto de marcharse cuando trajeron a Sisu Fairchild. No llegó a casa hasta casi la hora del té.

Colin no estaba en la puerta ni en el salón, donde Finch se había quedado casi sin azúcar y mantequilla.

—¿Dónde está el sobrino de la doctora Ahrens? —le preguntó Dunworthy.

—Esperó junto a la puerta toda la mañana —dijo Finch, quien contaba ansiosamente los terrones de azúcar—. El correo no vino hasta más de la una, y lue¬go se fue al apartamento de su tía a ver si habían envia¬do los paquetes allí. Supongo que no lo han hecho, porque volvió con muy mala cara, y hace más o menos media hora dijo de repente: «Se me ocurre una idea», y salió disparado. Tal vez pensó en algún otro sitio al que hubieran podido enviar sus paquetes.

Pero no era así, pensó Dunworthy.

—¿A qué hora cierran hoy las tiendas?

—¿En Nochebuena? Oh, ya han cerrado, señor. Siempre cierran temprano en Nochebuena, y algunas de ellas cerraron a mediodía debido a la falta de ventas. Tengo varios mensajes, señor...

—Tendrán que esperar —replicó Dunworthy, co¬gió su paraguas y se marchó otra vez.

Finch tenía razón. Las tiendas estaban todas cerra¬das. Se dirigió a Blackwell's, pensando que estarían abiertos, pero habían cerrado también. Pero se habían aprovechado de la situación. En el escaparate, entre las casitas cubiertas de nieve del poblado Victoriano de ju¬guete, había libros de medicina, compendios de medi¬camentos y un libro en rústica de vivos colores titulado Ríase y tenga una salud perfecta.

Finalmente, encontró abierto un estanco a la salida de High, pero sólo tenía cigarrillos, chucherías y un estante de postales navideñas, nada que pareciera un re¬galo apropiado para un niño de doce años. Salió sin comprar nada y luego volvió a entrar y compró una li¬bra de toffees, un chicle del tamaño de un pequeño as¬teroide, y varios paquetes de un caramelo que parecían pastillas de jabón. No era mucho, pero Mary había di¬cho que le había comprado otras cosas.

Las otras cosas resultaron ser un par de calcetines de lana grises, aún más feos que la bufanda, y un vid para mejorar el vocabulario. Había petardos con sor¬presa, al menos, y láminas de papel de envolver, pero un par de calcetines y algunas chucherías apenas hacían una Navidad. Buscó en el estudio, intentando pensar qué tenía que pudiera valer.

«¡Apocalíptico!», había dicho Colin cuando Dunworthy le contó que Kivrin estaba en la Edad Media. Sacó La era de la caballería. Sólo tenía ilustraciones, no holos, pero era lo mejor que pudo improvisar. Lo en¬volvió rápidamente, junto con el resto de los regalos, se cambió de ropa y se dirigió rápidamente a St. Mary the Virgin's bajo un auténtico aguacero.

Atajó por el patio desierto del Bodleian y trató de evitar los charcos.

Nadie en su sano juicio saldría con aquel tiempo. El año pasado el clima fue seco, y la iglesia estaba sólo medio llena. Kivrin le acompañó. Se había quedado durante las vacaciones para estudiar, y Dunworthy la encontró en el Bodleian e insistió en que fuera a su fies¬ta del jerez y luego a la iglesia.

—No debería estar haciendo esto —dijo ella, de ca¬mino a la iglesia—. Tendría que estar investigando.

—Puedes hacerlo en St. Mary the Virgin's. Se cons¬truyó en 1139 y nada ha cambiado desde la Edad Media, ni siquiera el sistema de calefacción.

—El servicio interiglesias también será auténtico, supongo.

—No tengo ninguna duda de que en espíritu tiene tan buenas intenciones y está tan cargado de tonterías como cualquier misa medieval.

Cruzó corriendo el estrecho sendero que corría junto a Brasenose y abrió la puerta de St. Mary's para recibir una bocanada de aire caliente. Se le empañaron las gafas. Se detuvo en el pórtico y se las limpió con la punta de la bufanda, pero se le volvieron a empañar al instante.

—El vicario le está buscando —dijo Colin. Llevaba una camisa y una chaqueta, y se había peinado. Le ten¬dió a Dunworthy un programa de actos de un gran fajo que llevaba.

—Creía que ibas a quedarte en casa.

—¿Con la señora Gaddson? ¡Qué idea tan necróti-ca! Incluso la iglesia es mejor que eso, así que le dije a la señora Taylor que ayudaría a traer las campanas.

—Y el vicario te dio algo que hacer —adivinó Dun¬worthy, todavía intentando limpiar sus gafas—. ¿Has tenido trabajo?

—¿Bromea? La iglesia está a tope.

Dunworthy se asomó a la nave. Los bancos estaban ya llenos, y habían colocado sillas plegables al fondo.

—Oh, bien, ya está aquí —dijo el vicario, ocupado con un puñado de himnos—. Lamento el calor. Es la caldera. El Fondo Nacional no nos deja poner una ins¬talación nueva por aire, pero es casi imposible conse¬guir componentes para una caldera de combustible fó¬sil. Ahora se ha averiado el termostato. El calor viene o se va. —Sacó dos papeles del bolsillo de su sotana y los miró—. No ha visto al señor Latimer todavía, ¿no? Tiene que leer la bendición.

—No —dijo Dunworthy—. Le recordé la hora.

—Sí, bueno, el año pasado se confundió y llegó una hora antes. —Le tendió a Dunworthy uno de los papeles—. Aquí tiene sus Escrituras. Es de la Biblia del Rey Jaime. La Iglesia del Milenio insistió, pero al me¬nos no es del Común del Pueblo, como el año pasado.

El Rey Jaime puede ser arcaica, pero al menos no es criminal.

La puerta exterior se abrió y entró un grupo de gente, todos con paraguas y sombreros. Colin les dio el programa de actos y entraron en la nave.

—Sabía que tendríamos que haber utilizado Christ Church —suspiró el vicario.

—¿Qué están haciendo todos aquí? ¿No se dan cuenta de que estamos en medio de una epidemia?

—Siempre es así. Recuerdo el principio de la Pan¬demia. Más gente que nunca. Luego nadie podrá hacer¬les salir de sus casas, pero ahora quieren estar juntos para consolarse.

—Y es emocionante —terció el sacerdote de Santa Re-Formada. Llevaba un jersey de cuello alto negro, y una alba roja y verde a cuadros—. Ocurre lo mismo en tiempo de guerra. Vienen por el dramatismo de la cosa.

—Y a extender la infección el doble de rápido, di¬ría yo. ¿No les ha dicho nadie que el virus es conta¬gioso?

—Lo intenté —asintió el vicario—. Su Escritura viene justo después de las campaneras. Iglesia del Mile¬nio de nuevo. Lucas, 2,1-19. —Se marchó a distribuir los libros de himnos.

—¿Dónde está su alumna, Kivrin Engle? —pre¬guntó el sacerdote—. No la vi en la misa en latín de esta tarde.

—Está en el año 1320, esperemos que en la aldea de Skendgate y a salvo de la lluvia.

—Ah, muy bien. Tenía muchas ganas de ir. Y ha tenido suerte de librarse de todo esto.

—Sí —dijo Dunworthy—. Supongo que debería leer las Escrituras al menos una vez.

Entró en la nave. Dentro hacía aún más calor, y olía intensamente a lana mojada y piedra húmeda. Ve¬las láser fluctuaban en las ventanas y sobre el altar. Las campaneras colocaban dos grandes mesas delante del

altar y las cubrían con gruesos tapetes de lana roja. Dunworthy subió al atril y abrió la Biblia por Lucas.

—«Y aconteció que por aquellos días se promulgó un decreto de César Augusto para que todo el mundo se empadronase» —leyó.

El Rey Jaime es arcaica, pensó. Y donde está Kivrin no ha sido escrita todavía.

Regresó junto a Colin. Seguía entrando gente. El sacerdote de la Santa Re-Formada y el imán musulmán fueron al Oriel por más sillas, y el vicario toqueteó el termostato de la caldera.

—He reservado dos asientos para nosotros en la segunda fila —dijo Colin—. ¿Sabe qué hizo la señora Gaddson en el té? Tiró mi chicle. Dijo que estaba lleno de gérmenes. Me alegro de que mi madre no sea así. —Enderezó el fajo de programas, que se había reduci¬do considerablemente—. Supongo que sus regalos no han podido llegar por culpa de la cuarentena, ¿sabe? Quiero decir que probablemente tuvieron que enviar provisiones y otras cosas primero. —Volvió a endere¬zar el delgado fajo.

—Es muy probable. ¿Cuándo te gustaría abrir tus otros regalos? ¿Esta noche o por la mañana?

Colin intentó parecer indiferente.

—La mañana de Navidad, por favor.

Ofreció un programa de actos y una deslumbrante sonrisa a una mujer con un impermeable amarillo.

—Bien —exclamó ella, arrancándoselo de la ma¬no—. Me alegra ver que alguien conserva el espíritu navideño, aunque haya una epidemia mortal.

Dunworthy entró y se sentó. Las atenciones del vi¬cario a la caldera no parecían servir de nada. Se quitó la bufanda y el abrigo y los colocó en la silla que tenía al lado.

El año anterior hacía un frío helador.

—Sumamente auténtico —le susurró Kivrin—, igual que las Escrituras. «Entonces los políticos cargaron un censo a los contribuyentes» —dijo, citando al Común del Pueblo. Sonrió—. La Biblia de la Edad Me¬dia estaba escrita en una lengua que tampoco entendían.

Colin entró y se sentó sobre el abrigo y la bufanda de Dunworthy. El sacerdote de Santa Re-Formada se levantó y pasó entre las mesas de las campaneras hasta llegar al altar.

—Oremos.

Hubo un rumor de reclinatorios sobre el suelo de piedra, y todo el mundo se arrodilló.

—«Oh, Dios, que nos has enviado esta aflicción, dile a tu Ángel destructor: Deten tu mano y no dejes que la tierra sea aniquilada, y no destruyas a todos los seres vivos.»

Vaya con la moral, pensó Dunworthy.

—«Como en aquellos días en que el Señor envió una plaga a Israel y murieron del pueblo de Dan a Ber-sabee setenta mil hombres, ahora nos encontramos en medio de la aflicción y te pedimos que retires la plaga de Tu ira.»

Las tuberías de la antigua caldera empezaron a cru¬jir, pero eso no inmutó al sacerdote. Continuó durante unos buenos cinco minutos, mencionando un montón de ejemplos en que Dios había aniquilado a los malva¬dos y «llevado plagas entre ellos», y luego pidió a todo el mundo que se levantaran y cantaran God Rest Ye Merry, Gentlemen, Let Nothing Yon Dismay.

Montoya se sentó junto a Colin.

—He pasado todo el día en el Ministerio intentan¬do que me concedan una dispensa —susurró—. Al pa¬recer creen que pretendo ir por ahí corriendo y espar¬ciendo el virus. Les dije que iría directa a la excavación, que allí no hay nadie a quien infectar, ¿pero creen que me hicieron el menor caso?

Se volvió hacia Colin.

—Si consigo la dispensa, necesitaré voluntarios que me ayuden. ¿Te gustaría desenterrar cadáveres?

—No puede —dijo Dunworthy rápidamente—. Su tía no le dejará. —Se inclinó sobre Colin y susu¬rró—: Estamos intentando decidir el paradero de Badri Chaudhuri desde el lunes a mediodía hasta las dos y media. ¿Lo vio usted?

—Shh —dijo la mujer que había replicado a Colin.

Montoya sacudió la cabeza.

—Estuve con Kivrin, repasando el mapa y la situa¬ción de Skendgate —susurró.

—¿Dónde? ¿En la excavación?

—No, en Brasenose.

—¿Y Badri no estaba allí? —preguntó Dunwor¬thy, pero no había ningún motivo para que Badri estu¬viera en Brasenose. Él no le había pedido a Badri que dirigiera el lanzamiento hasta que se reunió con él a las dos y media.

—No.

—¡Shh! —siseó la mujer.

—¿Cuánto tiempo estuvo con Kivrin?

—Desde las diez hasta que tuvo que presentarse en el hospital, a eso de las tres, creo —susurró Montoya.

—¡Shh!

—Tengo que leer una «Oración al Gran Espíritu». —Montoya se levantó y avanzó por la fila de sillas.

Leyó su cántico indio americano, y después las cam¬paneras, con sus guantes blancos y expresiones decidi¬das, tocaron O Chnst Who Interfaces with the World, que sonó muy parecido al golpeteo de las tuberías.

—Son absolutamente necróticas, ¿verdad? —susu¬rró Colin tras su programa de actos.

—Es un atonal de finales del siglo XX —contestó Dunworthy—. Se supone que debe sonar fatal.

Cuando las campaneras parecieron terminar, Dun¬worthy subió al atril y leyó las Escrituras.

—«Y aconteció que por aquellos días se promulgó un edicto de César Augusto para que todo el mundo se empadronase.»

Montoya se levantó, se abrió paso hasta el pasillo lateral y salió por la puerta. Dunworthy hubiese desea¬do preguntarle si había visto a Badri el lunes o el mar¬tes, o si sabía de algún americano con quien pudiera haber tenido contacto.

Podría preguntárselo al día siguiente, cuando fue¬ran a hacerse sus análisis de sangre. Había averiguado lo más importante: Kivrin no había visto a Badri el lu¬nes por la tarde. Montoya había dicho que había estado con ella desde las diez hasta las tres, cuando se marchó al hospital. Para entonces Badri estaba ya en Balliol ha¬blando con él, y no había llegado de Londres hasta las doce, así que no podía haberla contagiado.

—«Y el ángel les dijo: "No tengáis miedo, pues os traigo una gran alegría, que será para todo el pue¬blo"...»

Nadie parecía estar prestando atención. La mujer que había reprendido a Colin se desembarazó del abri¬go; todo el mundo se había quitado ya el suyo y se aba¬nicaba con los programas.

Dunworthy pensó en Kivrin durante la ceremonia del año anterior, arrodillada sobre el suelo de piedra, mirándole absorta mientras leía. Tampoco escuchaba. Imaginaba la Nochebuena en 1320, cuando las Escritu¬ras eran en latín y las velas fluctuaban en las ventanas.

Me pregunto si es como ella lo imaginaba, pensó; y luego recordó que allí no era Nochebuena. Donde es¬taba Kivrin faltaban aún dos semanas. Si estaba real¬mente allí. Si estaba bien.

—«... María, por su parte, guardaba todas estas co¬sas, meditándolas en su corazón» —terminó Dunwor¬thy, y regresó a su asiento.

El imán anunció las horas de las misas el día de Na¬vidad en todas las iglesias, y leyó el boletín del Ministe¬rio de Sanidad sobre evitar el contacto con las personas infectadas. El vicario empezó su sermón.

—Hay quienes piensan que las enfermedades son un castigo de Dios, y sin embargo Cristo se pasó la vida

curando a los enfermos, y aquí estamos nosotros, y sin duda él también curaría a los afligidos por este vi¬rus, igual que curó al samaritano leproso —dijo, mi¬rando fijamente al sacerdote de Santa Re-Formada, y se lanzó a un sermón de diez minutos sobre cómo pro¬tegerse de la gripe. Enumeró los síntomas y explicó la transmisión por el aire.

—Bebed mucho líquido y descansad —aconsejó, extendiendo las manos sobre el pulpito como si fuera una bendición—, y a la primera señal de alguno de los síntomas, telefonead al médico.

Las campaneras volvieron a ponerse los guantes blancos y acompañaron al órgano con Angels of the Realm ofGlory, que sonó reconocible.

El ministro de la Iglesia Unitaria Convertida subió al pulpito.

—Esta misma noche, hace más de dos mil años, Dios envió a Su Hijo, Su precioso Hijo, a nuestro mundo. ¿Podéis imaginar qué clase de increíble amor fue necesario para ello? Esa noche Jesús dejó su hogar celestial y entró en un mundo lleno de peligros y enfer¬medades. Entró como un bebé ignorante e indefenso, sin saber nada del mal, de la traición que encontraría. ¿Cómo pudo Dios enviar a Su único Hijo, Su precioso Hijo, a tal peligro? La respuesta es amor. Amor.

—O incompetencia —murmuró Dunworthy.

Colin dejó de investigar el chicle y le miró.

Y después de dejarle ir, se preocupó por Él cada minuto, pensó Dunworthy. Me pregunto si intentó detenerlo.

—Cristo llegó a este mundo por amor, y por amor él estaba dispuesto, no, ansioso por venir.

Ella está bien, pensó Dunworthy. Las coordenadas eran correctas. Sólo había un deslizamiento de cuatro horas. No estaba expuesta a la infección. Se encontraba a salvo en Skendgate, con la fecha de encuentro determinada y su grabador medio lleno ya de observaciones, sana y nerviosa y maravillosamente inconsciente de todo esto.

—Fue enviado al mundo para ayudarnos en nues¬tras dudas y tribulaciones —prosiguió el ministro.

El vicario hacía señas a Dunworthy, que se inclinó sobre Colin.

—Acabo de enterarme de que el señor Latimer está enfermo —susurró el vicario. Le tendió a Dunworthy una hoja doblada—. ¿ Quiere leer usted las bendiciones ?

—... un mensajero de Dios, un emisario del amor —concluyó el ministro, y se sentó.

Dunworthy subió al atril.

—¿Quieren ponerse en pie para las bendiciones? —dijo. Abrió la hoja de papel y la miró. «Oh, Señor, deten tu mano airada», empezaba.

Dunworthy la arrugó.

—Padre Piadoso —rogó—, protege a los que están ausentes, y tráelos sanos y salvos a casa.

 

TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL JUICIO FINAL

(035850-037745)

20 de diciembre de 1320. Ya estoy casi recuperada. Los leucocitos-T potenciados o las antivirales o algo debe de haber funcionado por fin. Ya no me duele al respirar, la tos ha desaparecido, y me siento como si pudiera caminar hasta el lugar de encuentro, si supiera dónde está.

La herida de la frente también ha sanado. Lady Eliwys la miró esta mañana y luego salió y trajo a Imey-ne para que la examinara.

—Es un milagro —exclamó Eliwys, encantada, pero Imeyne sólo pareció desconfiar. Sólo le falta deci¬dir que soy una bruja.

Enseguida ha quedado claro que ahora que ya no soy una inválida, represento un problema. Aparte de que Imeyne piensa que soy una espía o que les robo las cucharas, está la dificultad de quién soy, cuál es mi es¬tatus y cómo debo ser tratada, y Eliwys no tiene el tiempo ni la energía suficientes para tratar del tema.

Ya tiene bastantes problemas. Lord Guillaume si¬gue sin venir, su valido está enamorado de ella, y se acer¬ca la Navidad. Ha reclutado a la mitad de la aldea como sirvientes y cocineros, y se han quedado sin tantos su¬ministros que Imeyne insiste en que manden a buscar¬los a Oxford o Courcy. Agnes añade el problema de ser muy traviesa, pues se escapa constantemente de Maisry.

—Debes llamar a sir Bloet para que envíe a una mujer de espera —dijo Imeyne cuando la encontraron jugando en el desván del granero—. Y por azúcar. No tenemos ambrosías ni dulces.

Eliwys parecía exasperada.

—Mi esposo nos ordenó...

—Yo cuidaré de Agnes —dije, esperando que el in¬térprete hubiera traducido bien «mujer de espera» y que los vids de historia fueran correctos, y que el pues¬to de aya de las niñas lo ocuparan a veces mujeres de noble cuna. Por lo visto, así era. Eliwys pareció inme¬diatamente agradecida, e Imeyne no protestó más que de costumbre. Así que estoy a cargo de Agnes. Y al pa¬recer de Rosemund, que pidió ayuda con su bordado esta mañana.

Las ventajas de ser su aya es que puedo preguntar¬les por su padre y la aldea, y que puedo salir al establo y a la iglesia, y encontrar al sacerdote y a Gawyn. El in¬conveniente es que a las niñas se les ocultan muchas co¬sas. En una ocasión Eliwys ha dejado de hablar con Imeyne cuando Agnes y yo hemos entrado en el salón, y cuando le pregunté a Rosemund por qué habían ve¬nido aquí para quedarse, me contestó: «Mi padre con¬sidera que el aire es más saludable en Ashencote.»

Es la primera vez que alguien menciona el nombre de la aldea. No figura ningún Ashencote en el mapa ni en el Libro del Día del Juicio Final. Supongo que existe la posibilidad de que sea otro «pueblo perdido». Con una población de cuarenta habitantes, bien podría ha¬ber sido aniquilada fácilmente durante la Peste Negra o absorbida por uno de los pueblos cercanos, pero sigo pensando que es Skendgate.

Le pregunté a las niñas si conocían una aldea lla¬mada Skendgate, y Rosemund dijo que nunca lo había oído mencionar, lo cual no demuestra nada, ya que no son de por aquí, pero por lo visto Agnes se lo preguntó a Maisry, quien tampoco había oído ese nombre. La primera referencia escrita a la «puerta», gate, a que alu¬de su nombre (en realidad era una verja) no se produjo hasta 1360, y muchos de los gentilicios anglosajones fueron sustituidos por nombres normandos o por los de sus nuevos propietarios. Lo cual es mala señal para Guillaume d'Iverie, y para el juicio del que aún no ha vuelto. A menos que se trate de otra aldea. Lo cual se¬ría una mala señal para mí.

(Pausa)

Los sentimientos de amor cortés de Gawyn hacia Eliwys no se ven alterados, al parecer, por sus escar¬ceos con las criadas. Le pedí a Agnes que me acompa¬ñara al establo para ver a su pony por si Gawyn estaba allí. Y estaba, en uno de los corrales, con Maisry, ha¬ciendo sonidos guturales menos-que-corteses. Maisry no parecía más alterada que de costumbre, y sus manos se sujetaban las faldas por encima de la cintura en vez de cubrirse las orejas, así que en principio no parecía una violación. Tampoco era l'amour courtois.

Tenía que distraer rápidamente a Agnes y sacarla del establo, así que le dije que quería cruzar el prado para ver el campanario. Entramos y contemplamos la pesada cuerda.

—El padre Roche toca la campana cuando muere alguien —explicó Agnes—. Si no lo hace, el Diablo vie¬ne y se lleva su alma, y no pueden ir al cielo.

Supongo que forma parte de la chachara supersti¬ciosa que tanto irrita a lady Imeyne.

Agnes quiso tocar la campana, pero la convencí para que fuéramos a la iglesia a buscar al padre Roche.

No estaba allí. Agnes me dijo que probablemente acompañaría aún al campesino, «que no muere aunque ha sido confesado», o estaría en algún lugar rezando.

—Al padre Roche le gusta mucho rezar en el bos¬que —observó, contemplando el altar desde la reja.

La iglesia es normanda, con un pasillo central y pi¬lares de arenisca, y un ajado suelo de piedra. Las vidrie¬ras son muy estrechas, pequeñas y de colores oscuros. Casi no dejan entrar la luz. Hacia la mitad de la nave hay una sola tumba, que puede ser aquella en la que trabajé en la excavación. Tiene encima la efigie de un caballero con armadura, las manos enfundadas en guanteletes, cruzadas sobre el pecho, y la espada al lado. La inscrip¬ción reza: «Requiescat cum Sanctis tuis in aeternum» Descanse eternamente con Tus santos. La tumba de la excavación tenía una inscripción que empezaba con «Requiescat»; cuando estuve allí aún no se había excava¬do nada más.

Agnes me contó que es la tumba de su abuelo, que murió de fiebre «hace mucho tiempo», aunque parece casi nueva y por lo tanto me resulta muy distinta de la tumba de la excavación. Tiene varias decoraciones de las que carece la otra tumba, pero podrían haberse roto o simplemente gastado.

A excepción de la tumba y una burda estatua, la nave está completamente vacía. Los contemporáneos permanecían de pie en la iglesia, así que no hay bancos, y la práctica de llenar la nave de monumentos e imáge¬nes no se afianzó hasta el siglo XVI.

Una reja de madera tallada, del siglo XII, separa la nave de los oscuros huecos del presbiterio y el altar. En¬cima, a cada lado del crucifijo, hay dos burdas pinturas del Juicio Final. Una es de los fieles entrando en el cielo y la otra de los pecadores siendo confinados al infierno, pero parecen casi iguales. Las dos están pintadas con rojos chillones y sus expresiones parecen igualmente compungidas.

El altar es sencillo, cubierto con una tela de lino blanco, con dos candelabros de plata a cada lado. La es¬tatua mal tallada no es, como había supuesto, la Virgen, sino santa Catalina de Alejandría. Tiene el cuerpo cor¬to y la cabeza grande de la escultura prerrenacentista, y una cofia extraña y cuadrada que se acaba justo bajo las orejas. Con un brazo rodea a un niño del tamaño de un muñeco y con el otro sostiene una rueca. Delante, en el suelo, había una pequeña vela amarillenta y dos lámpa¬ras de aceite.

—Lady Kivrin, el padre Roche dice que sois un án¬gel —dijo Agnes cuando volvimos al exterior.

Era fácil comprender a qué se debía la confusión esta vez, y me pregunté si había pasado lo mismo con la campana y el Diablo con el caballo negro.

—Me pusieron el nombre por santa Catalina de Alejandría —expliqué—, igual que a ti por santa Ana, pero no somos santas.

Ella sacudió la cabeza.

—El padre dice que en los últimos días Dios envia¬rá a Sus santos al hombre pecador. Dice que cuando vos rezáis, habláis en la lengua de Dios.

He intentado tener cuidado al hablar al grabador, registrar mis observaciones sólo cuando no hay nadie en la habitación, pero no sé qué pasó cuando estuve en¬ferma. Recuerdo que pedía que me ayudaran, y que usted viniera y me rescatara. Y si el padre Roche me oyó hablar en inglés moderno, bien pudo creer que hablaba otra lengua. Al menos piensa que soy una santa, y no una bruja, pero lady Imeyne estaba también presente en la habitación. Tendré que ir con más cuidado.

(Pausa)

Volví al establo (después de asegurarme de que Maisry estaba en la cocina), pero Gawyn no estaba allí, ni Gringolet. Pero sí estaban mis cajas y los restos des¬mantelados de la carreta. Gawyn debió de hacer una docena de viajes para traerlo todo. Estuve rebuscando, pero no encontré el cofre. Espero que Gawyn lo pasara por alto y esté todavía en la carretera, donde lo dejé. En ese caso, probablemente ahora estará completamente sepultado bajo la nieve, pero hoy ha salido el sol, y está empezando a derretirse un poco

 

 

 

 

15

 

Kivrin se había recuperado de la neumonía tan rá¬pidamente, que estaba convencida de que finalmente algo había activado su sistema inmunológico. El dolor de su pecho se desvaneció de la noche a la mañana, y la herida de la frente desapareció como por arte de magia.

Imeyne la examinó recelosa, como si sospechara que Kivrin había falsificado la herida, y Kivrin se ale¬gró de que no hubiera sido fingida.

—Debéis dar gracias a Dios de que os haya sanado en este día de Sabbath —desaprobó Imeyne, y se arro¬dilló junto a la cama.

Había ido a misa y llevaba su relicario de plata. Lo enrolló entre las palmas («como el grabador», pensó Kivrin) y recitó el Paternoster. Luego se levantó.

—Ojalá hubiera podido ir con vos a misa —suspi¬ró Kivrin.

Imeyne esbozó una mueca.

—Consideré que estabais demasiado enferma—di¬jo, con insinuante énfasis en la palabra «enferma»—, y fue una misa pobre.

Se lanzó a recitar los defectos del padre Roche: ha¬bía leído el Evangelio antes del Kirie, llevaba el alba manchada de cera, había olvidado parte del Confíteor Deo. Enumerar sus fallos pareció ponerla de mejor hu-mor, y cuando terminó palmeó la mano de Kivrin y dijo:

—Aún no os habéis recuperado del todo. Quedaos en cama un día más.

Kivrin lo hizo, aprovechando el tiempo para gra¬bar sus observaciones, describiendo la mansión y la al¬dea y todo el mundo a quien había conocido hasta el momento. El senescal la visitó y le llevó otro cuenco del amargo té de su esposa. Era un hombre ceñudo y cetrino, que parecía incómodo con su mejor pelliza de los domingos y un cinturón de plata demasiado elabo¬rado. Un muchacho de la edad de Rosemund fue a de¬cirle a Eliwys que la herradura de su yegua se había perdido. Pero el sacerdote no regresó.

—Ha ido a confesar al campesino —le dijo Agnes.

La niña seguía siendo una excelente fuente de in¬formación, contestaba al momento todas las preguntas de Kivrin, supiera las respuestas o no, y ofrecía volun¬tariamente todo tipo de información acerca de la aldea y sus ocupantes. Rosemund era más silenciosa y le pre¬ocupaba mucho parecer adulta.

—Agnes, es una chiquillería hablar así. Debes apren¬der a tener la boca cerrada —decía constantemente, un comentario que por fortuna no tenía ningún efecto so¬bre su hermana. Rosemund hablaba acerca de sus her-manos y su padre, que «ha prometido venir para Navi¬dad sin tardanza». Obviamente, le quería mucho y lo echaba de menos—. Ojalá yo fuera un chico —dijo cuando Agnes mostraba a Kivrin el penique de plata que sir Bloet le había dado—. Entonces me habría quedado con padre en Bath.

Entre las dos niñas, los fragmentos de las conversa¬ciones de Eliwys e Imeyne, más sus propias observa¬ciones, Kivrin consiguió recoger muchos datos acerca de la aldea. Era más pequeña de lo que Probabilidad había predicho que sería Skendgate, incluso para una aldea medieval. Kivrin supuso que no tenía más de cua¬renta habitantes, incluyendo a la familia de lord Gui-llaume y la del senescal, que tenía cinco hijos además del bebé.

Había dos pastores y varios granjeros, pero era «la más pobre de todas las posesiones de Guillaume», se¬gún comentó Imeyne, quien se quejó de tener que pa¬sar la Navidad allí. La mujer del senescal era la arribista social del lugar, y la familia de Maisry los inútiles lo¬cales. Kivrin lo grabó todo, estadísticas y cotilleos, uniendo las manos en oración cada vez que tenía la oportunidad.

La nieve había empezado a caer cuando la llevaron de vuelta a la casa y continuó durante toda la noche hasta la tarde siguiente, cubriendo casi un palmo de te¬rreno. El primer día que Kivrin se levantó, estuvo llo¬viendo, y Kivrin esperó que la lluvia derritiera la nieve, pero sólo convirtió la superficie en hielo.

Temía no poder encontrar el lugar de recogida sin la carreta y las cajas. Tendría que pedir a Gawyn que se lo mostrara, pero era más fácil decirlo que hacerlo. Gawyn sólo iba al salón para comer o pedirle algo a Eliwys, e Imeyne estaba siempre allí, vigilando, así que Kivrin no se atrevía a abordarlo.

Kivrin empezó a llevar a las niñas a dar pequeñas excursiones (alrededor del patio, a la aldea), con la es¬peranza de encontrarse con él, pero no estaba en el gra¬nero ni en el establo. Gringolet tampoco. Kivrin se preguntó si había ido tras sus atacantes a pesar de las órdenes de Eliwys, pero Rosemund dijo que había sali¬do a cazar.

—Caza ciervos para el banquete de Navidad —di¬jo Agnes.

A nadie parecía importarle adonde llevaba a las ni¬ñas o cuánto tiempo pasaban fuera. Lady Eliwys asen¬tía distraída cuando Kivrin le preguntaba si podía lle¬varlas al establo, y lady Imeyne ni siquiera le decía a Agnes que se cerrara la capa o se pusiera los guantes. Era como si hubieran entregado las niñas al cuidado de Kivrin y se hubieran olvidado de ellas.

Estaban muy ocupadas con los preparativos de la Navidad. Eliwys había reclutado a todas las niñas y an¬cianas de la aldea, y las había puesto a hornear y co¬cinar.

Sacrificaron los dos cerdos y la mitad de las palo¬mas. El patio estaba lleno de plumas y del olor a pan en el horno.

En el siglo XIV la Navidad era una celebración de dos semanas, con banquetes, juegos y bailes, pero a Ki¬vrin le sorprendía que Eliwys hiciera todos aquellos preparativos dadas las circunstancias. Debía de estar convencida de que lord Guillaume regresaría para la Navidad, tal como había prometido.

Imeyne supervisaba la limpieza del salón, queján¬dose constantemente de las pobres condiciones y la fal¬ta de ayuda decente. Aquella mañana trajo al senescal y a otro hombre para que ayudaran a retirar las grandes mesas de las paredes y las colocaran sobre dos bastido¬res. Supervisó a Maisry y a una mujer con las cicatrices blancas de la escrófula mientras frotaban la mesa con arena y gruesos cepillos.

—No hay lavanda —le dijo a Eliwys—. Ni sebo suficiente para el suelo.

—Tendremos que arreglarnos con lo que tenemos, entonces —dijo Eliwys.

—No tenemos azúcar para las ambrosías, ni cane¬la. En Courcy hay de sobra. Nos recibirían bien.

Kivrin le estaba poniendo las botas a Agnes, prepa¬rándose para llevarla a ver de nuevo su pony en el esta¬blo. Levantó la cabeza, alarmada.

—Sólo está a medio día de viaje —dijo Imeyne—. El capellán de lady Yvolde dirá la misa y...

Kivrin no oyó el resto porque Agnes dijo:

—Mi pony se llama Sarraceno.

—Um —murmuró Kivrin, intentando oír la con¬versación. La Navidad era una época en que la nobleza hacía visitas. Tendría que haber pensado eso antes. Co¬gían todas sus pertenencias y se marchaban durante se¬manas, al menos hasta la Epifanía. Si iban a Courcy, podrían quedarse allí hasta mucho después del encuen¬tro fijado.

—Padre le llamó Sarraceno porque tiene corazón de pagano.

—Sir Bloet se ofenderá cuando descubra que he¬mos estado aquí tan cerca de la Navidad y no le hemos hecho una visita —continuó lady Imeyne—. Pensará que el compromiso se ha roto.

—No podemos ir a Courcy para Navidad —repli¬có Rosemund. Estaba sentada en el banco frente a Ki¬vrin y Agnes, cosiendo, pero ahora se levantó—. Mi padre prometió que vendría sin falta para Navidad. Se enfadará si viene y no nos encuentra aquí.

Imeyne se volvió y miró a Rosemund.

—Se enfadará cuando descubra que sus hijas son tan maleducadas que hablan cuando quieren e intervie¬nen en asuntos que no les conciernen. —Se volvió de nuevo hacia Eliwys, que parecía preocupada—. Mi hijo seguramente tendrá el sentido común de buscarnos en Courcy.

—Mi esposo nos ordenó que esperáramos aquí hasta que llegara. Le complacerá que hayamos seguido sus órdenes. —Se dirigió al hogar y recogió la costura de Rosemund, zanjando claramente el asunto.

Pero no por mucho tiempo, pensó Kivrin, obser¬vando a Imeyne.

La anciana frunció los labios, enfadada, y señaló una mancha en la mesa. La mujer con las cicatrices de escrófula la limpió inmediatamente.

Imeyne no olvidaría el tema. Lo sacaría a colación una y otra vez, ofreciendo un argumento tras otro so¬bre por qué deberían ir con sir Bloet, que tenía azúcar y velas y canela. Y un capellán educado para decir las misas de Navidad. Lady Imeyne estaba decidida a no escuchar la misa del padre Roche. Y Eliwys estaba cada vez más preocupada. Podría decidir de repente ir a buscar ayuda a Courcy, o incluso a Bath. Kivrin tenía que encontrar el lugar de recogida.

Ató las rebeldes cintas de la gorra de Agnes y le co¬locó la capucha de la capa sobre la cabeza.

—Montaba a Sarraceno todos los días en Bath —prosiguió Agnes—. Ojalá pudiéramos ir a cabalgar allí. Me llevaría a mi perro.

—Los perros no montan a caballo —objetó Rose-mund—. Corren al lado.

Agnes frunció el labio, testaruda.

—Blackie es demasiado pequeño para correr.

—¿Por qué no podéis cabalgar aquí? —preguntó Kivrin, para evitar una discusión.

—No hay nadie que nos acompañe —contestó Ro-semund—. En Bath nuestra aya y uno de los secreta¬rios de nuestro padre cabalgaban con nosotras.

Uno de los secretarios de nuestro padre. Gawyn las acompañaría, y entonces ella podría preguntarle no sólo dónde estaba el lugar, sino que también le pediría que se lo mostrara. Gawyn estaba allí. Lo había visto en el patio esa mañana, y por eso había sugerido el via¬je al establo, pero hacer que cabalgara con ellas era aún mejor idea.

Imeyne se acercó al lugar donde Eliwys estaba sen¬tada.

—Si vamos a quedarnos aquí, debemos tener carne para el pastel de Navidad.

Lady Eliwys soltó su costura y se levantó.

—Le ordenaré al senescal y a su hijo mayor que va¬yan a cazar —dijo tranquilamente.

—Entonces no habrá nadie para recoger la hiedra y el acebo.

—El padre Roche ha ido a recogerlo hoy.

—Lo recoge para la iglesia —replicó lady Imey-ne—. ¿No tendremos ninguno en el salón, entonces?

—Nosotras lo recogeremos.

Eliwys e Imeyne se volvieron a mirarla. Un error, pensó Kivrin. Estaba tan pendiente de buscar una for¬ma de hablar con Gawyn que se había olvidado de todo lo demás, y ahora había hablado sin que le dirigie-ran antes la palabra y había «intervenido en asuntos» que obviamente no le concernían. Lady Imeyne estaría más convencida que nunca de que deberían ir a Courcy y encontrar una aya adecuada para las niñas.

—Lamento si he hablado de más, buena señora —dijo, inclinando la cabeza—. Sé que hay mucho tra¬bajo y muy pocos para hacerlo. Agnes y Rosemund y yo podríamos cabalgar hasta el bosque para recoger el acebo.

—Sí —dijo Agnes ansiosamente—. Yo podría mon¬tar a Sarraceno.

Eliwys empezó a hablar, pero Imeyne la interrum¬pió.

—¿No tenéis miedo al bosque, pues, aunque ape¬nas habéis sanado de vuestras heridas?

Un error tras otro. Se suponía que la habían atacado y la habían dado por muerta, y ahora se ofrecía volunta¬ria para llevar a dos niñas pequeñas al mismo bosque.

—No pretendía que fuéramos solas —dijo Kivrin, esperando no estar empeorando las cosas—. Agnes me dijo que cuando cabalgaba, siempre iba uno de los hombres de vuestro esposo para protegerla.

—Sí —intervino Agnes—. Gawyn puede cabalgar con nosotras, y mi perro Blackie.

—Gawyn no está aquí —dijo Imeyne, y en el silen¬cio que siguió se volvió rápidamente hacia las mujeres que frotaban las mesas.

—¿Adonde ha ido? —preguntó Eliwys con suavi¬dad, pero sus mejillas se habían vuelto de un rojo bri¬llante.

Imeyne le quitó un trapo a Maisry y empezó a fro¬tar una mancha en la mesa.

—Ha ido a cumplir un encargo para mí.

—Lo habéis enviado a Courcy —dijo Eliwys. Era una declaración, no una pregunta.

Imeyne se volvió hacia ella.

—No es digno de nosotros estar tan cerca de Cour¬cy y no enviar un saludo. Él dirá que lo hemos ignorado, y en estos tiempos que corren no podemos de ningún modo permitirnos desairar a un hombre tan poderoso como...

—Mi esposo nos ordenó que no dijéramos a nadie que estamos aquí—cortó Eliwys.

—Mi hijo no nos ordenó que insultáramos a sir Bloet y perdiéramos su buena voluntad, ahora que tal vez le necesitemos más que nunca.

—¿Qué le ordenasteis decir a sir Bloet?

—Le pedí que le enviara nuestros más cordiales sa¬ludos —dijo Imeyne, retorciendo el trapo en sus ma¬nos—. Le ordené decir que nos alegraría recibirlos para Navidad. —Alzó la barbilla, desafiante—. No podía¬mos hacer otra cosa, con nuestras dos familias a punto de unirse en matrimonio. Traerán provisiones para el banquete de Navidad, y criados...

—¿Y al capellán de lady Yvolde para decir misa? —preguntó Eliwys fríamente.

—¿Van a venir aquí? —preguntó Rosemund. Ha¬bía vuelto a ponerse en pie, y su costura había resbala¬do hasta el suelo.

Eliwys e Imeyne la miraron sin expresión, como si hubieran olvidado que había alguien más en el salón, y entonces Eliwys se volvió hacia Kivrin.

—Lady Katherine —exclamó—, ¿no ibais a llevar a las niñas a recoger flores para el salón?

—No podemos ir sin Gawyn —adujo Agnes.

—El padre Roche puede cabalgar con vosotras —dijo Eliwys.

—Sí, buena señora —respondió Kivrin. Cogió a Agnes de la mano para sacarla de la habitación.

—¿Van a venir aquí? —repitió Rosemund, y sus mejillas estaban casi tan arreboladas como las de su madre.

—No lo sé —dijo Eliwys—. Ve con tu hermana y lady Katherine.

—Voy a montar a Sarraceno —anunció Agnes, y se soltó de la mano de Kivrin y salió corriendo del salón.

Rosemund pareció a punto de decir algo y enton¬ces cogió su capa del pasillo tras los tabiques.

—Maisry —dijo Eliwys—. La mesa ya está bien. Ve y trae el salero y las fuentes de plata del cofre del desván.

La mujer con las cicatrices de escrófula salió de la sala e incluso Maisry no se demoró en subir las escale¬ras. Kivrin se puso la capa y la ató rápidamente, teme¬rosa de que lady Imeyne dijera algo más acerca de ser atacada, pero ninguna de las dos mujeres volvió a ha¬blar. Permanecieron de pie, Imeyne todavía retorcien¬do el trapo entre las manos, esperando obviamente a que Kivrin y Rosemund se marcharan.

—¿Van a...? —dijo Rosemund, y entonces echó a correr detrás de Agnes.

Kivrin corrió tras ellas. Gawyn no estaba, pero te¬nía permiso para ir al bosque y también medios de transporte. Y el sacerdote las acompañaría. Rosemund había dicho que Gawyn se había encontrado con él en el camino, cuando la traía a la casa. Tal vez Gawyn lo había llevado al claro.

Cruzó prácticamente corriendo el patio hasta el es¬tablo, temiendo que en el último instante Eliwys la lla¬mara para decirle que había cambiado de idea, que Ki¬vrin no estaba lo bastante recuperada, y que el bosque era demasiado peligroso.

Por lo visto las niñas habían pensado lo mismo. Agnes estaba ya montada en su pony, y Rosemund ata-

ba la cincha de la silla de su yegua. El pony no era tal, sino un rechoncho alazán más pequeño que la yegua de Rosemund, y Agnes parecía imposiblemente alta sobre la silla con respaldo. El muchacho que le había dicho a Eliwys que su yegua había perdido una herradura suje¬taba las riendas.

—¡No te quedes ahí mirando con la boca abierta, Cob! —le gritó Rosemund—. ¡Ensilla el ruano para lady Katherine!

Obediente, el muchacho soltó las riendas. Agnes se inclinó hacia delante para cogerlas.

—¡La yegua de madre no! —exclamó Rosemund—. ¡El rocín!

—Cabalgaremos hasta la iglesia, Sarraceno —in¬formó Agnes—, y le pediremos al padre Roche que nos acompañe, y luego iremos de paseo. A Sarraceno le en¬canta ir de paseo. —Se inclinó demasiado hacia delante para acariciar la crin rizada del pony, y Kivrin tuvo que contenerse para no agarrarla.

Obviamente, era perfectamente capaz de montar a caballo (ni Rosemund ni el muchacho que ensillaba el caballo de Kivrin le dirigieron una mirada), pero pare¬cía diminuta en lo alto de la silla con sus botas de suela blanda en el estribo, y no parecía más capaz de cabalgar despacio que de caminar despacio.

Cob ensilló al ruano, lo sacó del establo, y se que¬dó allí de pie, esperando.

—¡Cob! —dijo Rosemund bruscamente. El mu¬chacho se agachó y unió las manos para formar un es¬calón. Rosemund lo pisó y montó en la silla—. No te quedes ahí como un idiota sin seso. Ayuda a lady Ka¬therine.

El muchacho se apresuró torpemente para ayudar a Kivrin. Ella vaciló, preguntándose qué le pasaba a Rosemund. Era evidente que la había preocupado la noticia de que Gawyn había ido a ver a sir Bloet. Pare¬cía que la niña no sabía nada del juicio de su padre, pero tal vez estaba más enterada de lo que Kivrin, o su madre y su abuela, creían.

«Un hombre tan poderoso como sir Bloet», había dicho Imeyne, y «su buena voluntad, ahora que tal vez la necesitemos más que nunca». Tal vez la invitación de Imeyne no era tan egoísta como parecía. Tal vez signi¬ficaba que lord Guillaume tenía más problemas de los que Eliwys imaginaba, y Rosemund, sentada en silen¬cio ante su costura, lo había calculado.

—¡Cob! —exclamó Rosemund, aunque el mucha¬cho estaba esperando claramente a que Kivrin monta¬ra—. ¡Por tu culpa no encontraremos al padre Roche!

Kivrin sonrió a Cob para tranquilizarlo, y puso las manos sobre el hombro del muchacho. Una de las pri¬meras cosas en las que el señor Dunworthy había insis¬tido era en lecciones de equitación, y ella se las había arreglado bastante bien. La silla de amazona no había sido introducida hasta 1390, lo cual era una suerte, y las sillas medievales tenían un alto fuste delantero y arzón trasero.

Esta silla era aún más alta que la que le sirvió para aprender a montar.

Probablemente seré yo la que se caiga, no Agnes, pensó, mirando a la niña cómodamente aupada a su si¬lla. Ni siquiera se sujetaba, sino que estaba vuelta, tra¬tando con algo que tenía en la alforja tras ella.

—¡Vamonos! —dijo Rosemund, impaciente.

—Sir Bloet dice que me regalará una brida de plata para Sarraceno —comentó Agnes, todavía luchando con la alforja.

—¡Agnes, deja de hacer el tonto y vamonos!

—Sir Bloet dice que me la traerá cuando venga por Pascua.

—¡Agnes! ¡Vamos! ¡Parece que va a llover!

—No, no lloverá —replicó Agnes, sin preocuparse en lo más mínimo—. Sir Bloet...

Rosemund se volvió furiosa hacia su hermana.

—Oh, ¿ahora entiendes del tiempo? ¡Si sólo eres una cría! ¡Una cría llorona!

—¡Rosemund! —dijo Kivrin—. No hables a tu hermana de esa forma. —Avanzó hasta la yegua de Ro¬semund y agarró las riendas—. ¿Qué te pasa, Rose¬mund? ¿Estás preocupada por algo?

Rosemund tensó las riendas, furiosa.

—¡Sólo que nos retrasamos aquí mientras la cría charla!

Kivrin soltó las riendas, con el ceño fruncido, y dejó que Cob uniera las manos para ayudarla a montar. Nunca había visto a Rosemund actuar de esta forma.

Salieron del patio y dejaron atrás los corrales ahora vacíos mientras se dirigían al prado. Era un día plomi¬zo, con una capa de densas nubes y ni el menor soplo de viento. Rosemund tenía razón: parecía que iba a llo¬ver. Había una sensación húmeda y brumosa en el aire frío. Kivrin espoleó su caballo.

La aldea se preparaba para la Navidad. Salía humo de todas las cabanas, y había dos hombres al fondo del prado, cortando madera y formando una gran pila. Un trozo de carne, grande y renegrido (¿la cabra?) se asaba en una espeta junto a la casa del senescal. Su mujer esta¬ba delante, ordeñando a la huesuda vaca en la que Kivrin se había apoyado el día que intentó encontrar el lugar de recogida. El señor Dunworthy y ella habían discutido sobre la necesidad de aprender a ordeñar. Ella le había dicho que nadie ordeñaba a las vacas en los inviernos del siglo XIV, que los contemporáneos dejaban que se seca¬ran y usaban la leche de cabra para hacer queso. Tam¬bién le había dicho que las cabras no se comían.

—¡Agnes! —gritó Rosemund, furiosa.

Kivrin levantó la cabeza. La niña se había detenido y se había vuelto en la silla otra vez. Avanzó obediente.

—¡No te esperaré más, mocosa! —amenazó Rose¬mund, y salió al trote, asustando a las gallinas y atrope-llando a una niñita descalza con una carga de leña.

—¡Rosemund! —llamó Kivrin, pero ya estaba de¬masiado lejos para que pudiera oírla, y no quería dejar sola a Agnes para seguirla—. ¿Está enfadada tu herma¬na porque vamos a recoger acebo? —le preguntó a Ag-nes, sabiendo que no era así, pero con la esperanza de que la niña le contara algo más.

—Siempre está enfadada. Abuela se enfadará por¬que cabalga como una niña. —Hizo trotar a su pony decorosamente por el prado, un modelo de madurez, saludando con la cabeza a los aldeanos.

La niña que Rosemund había estado a punto de arrollar se detuvo y las miró con la boca abierta. La mujer del senescal levantó la cabeza y sonrió cuando pasaron, y luego continuó ordeñando, pero los hom¬bres que cortaban leña se quitaron los gorros y se incli¬naron.

Cabalgaron ante la choza donde Kivrin se había re¬fugiado, la choza donde se había sentado mientras Gawyn traía sus cosas a la mansión.

—Agnes —dijo Kivrin—, ¿fue el padre Roche con vosotros cuando fuisteis a por el tronco de Noche¬buena?

—Sí. Tenía que bendecirlo.

—Oh —dijo Kivrin, decepcionada. Esperaba que tal vez hubiera ido con Gawyn a traer sus cosas y su¬piera dónde estaba el lugar de recogida—. ¿Ayudó al¬guien a Gawyn a traer mis cosas a la casa?

—No —respondió Agnes, y Kivrin se dio cuenta de que en realidad no lo sabía—. Gawyn es muy fuerte. Mató a cuatro lobos con su espada.

Eso parecía improbable, pero también lo parecía el hecho de rescatar a una doncella en los bosques. Y es¬taba claro que él haría cualquier cosa si pensaba que eso le granjearía el amor de Eliwys, incluso arrastrar la carreta con sus manos desnudas.

—El padre Roche es fuerte —dijo Agnes.

—El padre Roche se ha ido —anunció Rosemund, que ya había descabalgado. Había atado el caballo a la valla, y se encontraba en el patio de la iglesia, con las manos en las caderas.

—¿Has mirado dentro de la iglesia? —preguntó Kivrin.

—No —le respondió Rosemund, hosca—. Pero mirad qué frío hace. El padre Roche tendrá el buen tino de no esperar aquí hasta que nieve.

—Miraremos en la iglesia —sugirió Kivrin. Cogió a la niña pequeña y la bajó del caballo—. Vamos, Agnes.

—No —dijo Agnes, y parecía casi tan testaruda como su hermana—. Esperaré aquí con Sarraceno. —Palmeó la crin del pony.

—Sarraceno estará bien. Vamos, miraremos en la iglesia primero. —La cogió de la mano y empujó la va¬lla que daba a la iglesia.

Agnes no protestó, pero siguió mirando ansiosa¬mente a los caballos por encima del hombro.

—A Sarraceno no le gusta estar solo.

Rosemund se detuvo en mitad del patio de la igle¬sia y se dio la vuelta, con los brazos en jarras.

—¿Qué estás escondiendo, niña mala? ¿Robaste manzanas y las guardaste en tus alforjas?

—¡No! —exclamó Agnes, alarmada, pero Rose¬mund se dirigía ya hacia el pony—. ¡No te acerques! ¡No es tu pony! ¡Es mío!

Bueno, no tendremos que ir a buscar al cura, pensó Kivrin. Si está aquí, vendrá a ver qué es todo este jaleo.

Rosemund soltó las correas de la alforja.

—¡Mirad! —dijo, y cogió al cachorrito de Agnes por el pelaje del cuello.

—Oh, Agnes.

—Eres una niña mala —la regañó Rosemund—. Tendría que llevarlo al río y ahogarlo. —Se volvió en esa dirección.

—¡No! —gimió Agnes, y corrió hacia la valla. Rosemund alzó inmediatamente el cachorrito fuera del al¬cance de su hermana.

Esto ya ha llegado demasiado lejos, pensó Kivrin. Dio un paso al frente y cogió al cachorro.

—Agnes, deja de llorar. Tu hermana no le hará daño al perrito.

El cachorrillo se debatió contra el hombro de Ki¬vrin, intentando lamerle la mejilla.

—Agnes, los perros no pueden cabalgar. Blackie no podría respirar en tu alforja.

—Puedo llevarlo en brazos —apuntó Agnes, pero sin mucha convicción—. Quería cabalgar en mi pony.

—Ya ha cabalgado hasta la iglesia —dijo Kivrin—. Y cabalgará de vuelta al establo. Rosemund, lleva a Blackie de regreso. —El perro intentaba morderle la oreja. Se lo dio a Rosemund, que lo cogió por la base del cuello—. Es muy pequeñín, Agnes. Ahora debe volver con su madre y dormir.

—¡Tú eres la pequeñina, Agnes! —dijo Rosemund, tan furiosamente que Kivrin no estuvo segura de que fuera a llevar al cachorrito de regreso—. ¡Subir un pe¬rro a un caballo! ¡Y ahora perderemos aún más tiempo llevándolo de vuelta! ¡Me alegraré cuando sea mayor y ya no tenga que tratar con crías!

Montó, todavía agarrando al cachorro por el cue¬llo, pero una vez estuvo sobre la silla, lo envolvió tier¬namente con una esquina de su capa y lo abrazó contra su pecho. Cogió las riendas con la mano libre e hizo volverse al caballo.

—¡Seguro que el padre Roche se ha ido ya! —repi¬tió furiosa, y se marchó galopando.

Kivrin temió que tuviera razón. El alboroto que habían formado era suficiente para despertar a los muertos de sus tumbas de madera, pero nadie había sa¬lido de la iglesia. Sin duda se había marchado antes de que llegaran, pero Kivrin cogió a Agnes de la mano y la condujo a la iglesia.

—Rosemund es una niña mala —protestó Agnes.

Kivrin se sintió inclinada a darle la razón, pero no podía decirlo, y tampoco le apetecía defender a Rose¬mund, así que no dijo nada.

—Y yo no soy una cría —prosiguió Agnes, miran¬do a Kivrin en busca de confirmación, pero no había nada que decir a eso tampoco. Kivrin abrió la pesada puerta y contempló la iglesia.

No había nadie dentro. La nave estaba oscura, casi negra, y el día gris del exterior apenas proyectaba nin¬guna luz a través de las estrechas vidrieras, pero la puerta entornada permitía ver que estaba vacía.

—Tal vez está en el presbiterio —aventuró Agnes. Entró en la oscura nave, se arrodilló, se persignó, y lue¬go miró impaciente a Kivrin por encima del hombro.

Tampoco había nadie en el presbiterio. Desde allí Kivrin vio que no había velas encendidas en el altar, pero Agnes no iba a darse por satisfecha hasta que hu¬bieran recorrido toda la iglesia. Kivrin se arrodilló y se persignó junto a ella, y avanzaron hacia la reja en la os¬curidad. Las velas delante de la imagen de santa Catalina se habían apagado. Percibió el intenso aroma del sebo y el humo. Se preguntó si el padre Roche las había apaga¬do antes de marcharse. El fuego habría sido un gran problema, incluso en una iglesia de piedra, y no había palmatorias para que las velas ardieran sin problemas.

Agnes se dirigió a la reja, apretó la cara contra la madera tallada, y llamó:

—¡Padre Roche!

Se volvió inmediatamente y anunció:

—No está aquí, lady Kivrin. Tal vez se haya ido a su casa —dijo, y salió corriendo por la puerta.

Kivrin estaba segura de que la niña no debería ha¬cer eso, pero no pudo hacer más que seguirla por el pa¬tio hasta la casa más cercana.

Tenía que pertenecer al sacerdote, porque Agnes se encontraba ya ante la puerta gritando «¡Padre Roche!» y por supuesto la casa del cura estaba siempre junto a la iglesia, pero Kivrin no dejó de sorprenderse.

La casa era tan destartalada como la choza donde había descansado, y no mucho más grande. Se suponía que el sacerdote obtenía un diezmo de todas las cose¬chas y ganados, pero no había ningún animal en el es¬trecho patio a excepción de unas cuantas gallinas es¬cuálidas, y un poco de madera apilada delante.

Agnes había empezado a aporrear la puerta, que parecía tan frágil como la de la choza, y Kivrin tuvo miedo de que la abriera de golpe y entrara, pero antes de que pudiera alcanzarla, la niña se volvió.

—Tal vez esté en el campanario.

—No, no lo creo —dijo Kivrin, cogiendo la mano de Agnes para que no volviera a escaparse. Se dirigie¬ron juntas hacia la valla—. El padre Roche no toca la campana hasta vísperas.

—Podría estar —insistió Agnes, ladeando la cabe¬za como si quisiera escuchar la campana.

Kivrin prestó atención también, pero no había nin¬gún sonido, y de repente advirtió que la campana del suroeste había cesado. Había estado tocando de forma casi ininterrumpida mientras tuvo neumonía, y la ha¬bía oído cuando salió al establo la segunda vez, buscan¬do a Gawyn, pero no recordaba si la había vuelto a oír desde entonces.

—¿Habéis oído eso, lady Kivrin? —preguntó Ag¬nes. Se zafó de la mano de Kivrin y echó a correr, no hacia el campanario, sino alrededor de la iglesia, hacia la cara norte—. ¿Veis? —dijo, señalando lo que había encontrado—. No se ha marchado.

Era el burro blanco del sacerdote, que pastaba plá¬cidamente entre la nieve. Tenía una cuerda a modo de brida y varias bolsas de arpillera al lomo, obviamente vacías y destinadas a la hiedra y el acebo.

—Está en el campanario, lo sé —dijo Agnes, y re¬gresó corriendo por donde había venido. Kivrin la siguió por el patio, hasta verla desapare¬cer en la torre. Esperó, preguntándose dónde si no de¬berían buscar. Tal vez el sacerdote estaba atendiendo a algún enfermo en una de las chozas.

Captó un destello de movimiento a través de la ventana de la iglesia. Una luz. Tal vez el sacerdote ha¬bía regresado mientras ellas miraban al burro. Abrió la puerta y se asomó al interior. Habían encendido una vela delante de la imagen de santa Catalina. Distinguió su leve brillo a los pies de la estatua.

—¿Padre Roche? —llamó en voz baja. No hubo respuesta. Entró, dejando que la puerta se cerrara tras ella, y se dirigió a la imagen.

La vela estaba colocada entre los pies de la talla, que parecían bloques. El burdo rostro de santa Catali¬na y su pelo estaban en sombras, inclinado de forma protectora sobre la pequeña figura adulta que se supo¬nía era una niña pequeña. Kivrin se arrodilló y cogió la vela. Acababan de encenderla. Ni siquiera había tenido tiempo de derretir el sebo en el hueco alrededor del pa¬bilo.

Kivrin contempló la nave. No distinguió nada. La vela iluminaba el suelo y el tocado de santa Catalina y dejaba el resto de la nave en total oscuridad.

Dio unos cuantos pasos, todavía sosteniendo la vela.

—¿Padre Roche?

La iglesia se hallaba en completo silencio, como es¬taba el bosque el día que lo atravesó. Demasiado silen¬cio, como si hubiera alguien allí, de pie junto a la tum¬ba o tras una de las columnas, esperando.

—¿Padre Roche? —llamó claramente—. ¿Estáis ahí?

No hubo respuesta, sólo aquel silencio acechante. No había nadie en el bosque, se dijo Kivrin, y avanzó unos cuantos pasos más en la oscuridad. No había na¬die junto a la tumba. El esposo de Imeyne yacía con las manos cruzadas sobre el pecho y su espada al lado, pa¬cífico y silencioso. No había nadie junto a la puerta tampoco. Ahora lo veía, a pesar del resplandor cegador de la vela. No había nadie allí.

Sentía su corazón latiendo como en el bosque, tan fuerte que podía acallar el sonido de pasos, o de respi¬ración, o de alguien que esperara tras ella. Se dio la vuelta, y la vela dibujó un feroz trazo en el aire.

Él estaba justo detrás. La vela casi se apagó. La lla¬ma se dobló, fluctuando, y entonces se reafirmó, ilumi¬nando su cara de asesino desde abajo, como había he¬cho con la linterna.

—¿Qué queréis? —dijo Kivrin, tan sobresaltada que casi no emitió ningún sonido—. ¿Cómo habéis en¬trado aquí?

El asesino no le respondió. Simplemente se la que¬dó mirando como había hecho en el claro. No fue un sueño, pensó Kivrin asustada. Estaba allí. Había pre¬tendido... ¿qué? ¿Robarle? ¿Violarla? y Gawyn le ha¬bía hecho huir.

Dio un paso atrás.

—¿Qué quieres? ¿Quién eres?

Estaba hablando en inglés. Oyó su voz resonando huecamente en el frío espacio de piedra. Por favor, pensó, que el intérprete no se estropee ahora.

—¿Qué estáis haciendo aquí? —dijo, obligándose a hablar más despacio, y oyó su propia voz decir—: Whette wolde tbou withe me?

Él extendió la mano, una mano grande, sucia y en¬rojecida, la mano de un asesino, como si quisiera tocar su pelo rapado.

—Marchaos —dijo Kivrin. Retrocedió otro paso y tropezó con la tumba. La vela se apagó—. No sé quién eres o qué quieres, pero será mejor que te vayas.

Era inglés otra vez, ¿pero qué diferencia había? Él quería robarle, matarla, ¿y dónde estaba el sacerdote?

—¡Padre Roche! —gritó, desesperada—. ¡Padre Roche!

Hubo un sonido en la puerta, un golpe y luego el roce de madera sobre piedra, y Agnes abrió la puerta.

—Aquí estáis —exclamó felizmente—. Os he bus¬cado por todas partes.

El asesino miró la puerta.

—¡Agnes! —gritó Kivrin—. ¡Corre!

La niñita se quedó inmóvil, la mano todavía en la pesada puerta.

—¡Sal de aquí! —gritó Kivrin, y advirtió con ho¬rror que seguía hablando en inglés. ¿Cuál era la palabra para «correr» ?

El asesino avanzó otro paso hacia Kivrin. Ella se encogió contra la tumba.

—Runne! ¡Huye, Agnes! —gritó, y entonces la puerta se cerró y Kivrin echó a correr tras ella, dejando caer la vela.

Agnes casi había llegado a la valla, pero se detuvo en cuanto Kivrin salió por la puerta y luego corrió ha¬cia ella.

—¡No! —le gritó Kivrin, agitando los brazos—. ¡Corre!

—¿Es un lobo? —preguntó Agnes, con los ojos muy abiertos.

No había tiempo de explicar ni de obligarla a co¬rrer. Los hombres que cortaban leña habían desapa¬recido. Cogió a Agnes en brazos y corrió hacia los ca¬ballos.

—¡Había un hombre malo en la iglesia! —explicó, colocando a Agnes sobre su pony.

—¿Un hombre malo? —preguntó Agnes, ignoran¬do las riendas que Kivrin le tendía—. ¿Fue uno de los que os asaltaron en el bosque?

—Sí—dijo Kivrin, desatando las riendas—. Debes cabalgar tan rápido como puedas hasta la mansión. No te detengas por nada.

—No le vi —dijo Agnes.

Era bastante normal. Al venir del exterior, no po¬dría haber visto nada en la oscuridad de la iglesia.

—¿Era el hombre que robó vuestras posesiones y os pegó en la cabeza?

—Sí. —Kivrin cogió sus riendas y empezó a des¬atarlas.

—¿Estaba el hombre malo oculto en la tumba?

—¿Qué? —dijo Kivrin. No podía desatar el tenso cuero. Miró ansiosamente hacia la puerta de la iglesia.

—Os vi al padre Roche y a vos junto a la tumba. ¿Estaba el hombre malo escondido en la tumba del abuelo?

 

 

 

16

 

El padre Roche.

Las tensas riendas se aflojaron de pronto en su mano.

—¿El padre Roche?

—Fui al campanario, pero no estaba allí. Estaba en la iglesia —asintió Agnes—. ¿Por qué se escondía el hombre malo en la tumba del abuelo, lady Kivrin?

El padre Roche. Pero no podía ser. El padre Roche le había administrado los últimos sacramentos. Le ha¬bía uncido las sienes y las palmas de las manos.

—¿Hará daño el hombre malo al padre Roche?

No podía ser el padre Roche. El padre Roche le ha¬bía sostenido la mano. Le había dicho que no tuviera miedo. Intentó recordar el rostro del sacerdote. Se ha¬bía inclinado sobre ella y le había preguntado su nom¬bre, pero no pudo ver su cara debido al humo.

Y mientras le administraba los últimos sacramen¬tos, ella vio al asesino, y tuvo miedo porque le habían dejado entrar en la habitación, había intentado huir de él.

Pero no era un asesino. Era el padre Roche.

—¿Viene el hombre malo? —preguntó Agnes, mi¬rando ansiosamente hacia la puerta de la iglesia.

Todo encajaba. El asesino inclinado sobre ella en el claro, colocándola sobre el caballo. Kivrin había su¬puesto que era una visión provocada por su delirio, pero se equivocaba. Fue el padre Roche, que fue a ayu¬dar a Gawyn a llevarla a la mansión.

—El hombre malo no va a venir —suspiró Ki¬vrin—. No hay ningún hombre malo.

—¿Se esconde todavía en la iglesia?

—No. Me he equivocado. No hay ningún hombre malo.

Agnes no parecía convencida.

—Pero habéis gritado.

Kivrin ya imaginaba cómo le diría a su abuela: «Lady Kivrin y el padre Roche estaban juntos en la iglesia y ella gritó.» Lady Imeyne se sentiría encantada por añadir esto a la letanía de pecados del padre Roche. Y a la lista de la sospechosa conducta de Kivrin.

—Sé que grité. La iglesia estaba oscura. El padre Roche apareció de repente y me asusté.

—Pero era el padre Roche —insistió Agnes, como si no alcanzara a imaginar que nadie pudiera tener mie¬do de él.

—Cuando Rosemund y tú jugáis al escondite y ella salta de pronto desde detrás de un árbol, tú también gritas —alegó Kivrin, desesperada.

—Una vez Rosemund se escondió en el desván cuando yo buscaba a mi perro, y saltó sobre mí. Me asusté tanto que grité. Así—dijo Agnes, y dejó escapar un alarido espantoso—. Y otra vez estaba oscuro en el salón y Gawyn apareció por detrás de la puerta y dijo «¡Bu!» y yo grité y...

—Eso es. La iglesia estaba oscura.

—¿Saltó el padre Roche sobre vos y dijo «Bu»?

Sí, pensó Kivrin. Saltó sobre mí, y pensé que era un asesino.

—No. No hizo nada.

—¿Vamos a ir con el padre Roche a buscar acebo?

Si no lo he asustado, pensó Kivrin. Si no se ha mar¬chado mientras nosotras hablábamos aquí.

Bajó a Agnes del caballo.

—Vamos. Tenemos que encontrarlo.

No sabría qué hacer si se había marchado ya. No podía llevar a Agnes de vuelta a la mansión y decirle a lady Imeyne cómo había gritado. Y no podía regresar sin darle una explicación al padre Roche. ¿Una explica¬ción de qué? ¿De que había pensado que era un ladrón, un violador? ¿Que lo había confundido con una pesa¬dilla de su delirio?

—¿Debemos entrar en la iglesia otra vez? —pre¬guntó Agnes, reticente.

—No pasa nada. No hay nadie más que el padre Roche.

A pesar de las palabras de Kivrin, Agnes no tenía ningún deseo de volver a la iglesia. Escondió la cabeza en las faldas de Kivrin cuando ésta abrió la puerta, y se aferró a su pierna.

—No pasa nada —la tranquilizó Kivrin, quien contempló la nave. El padre Roche ya no estaba junto a la tumba. La puerta se cerró tras ella, y se quedó allí, con Agnes apretujada contra ella, esperando que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad—. No hay nada que temer.

No es un asesino, se dijo. No hay nada que temer. Te administró los últimos sacramentos. Te sostuvo la mano. Pero su corazón latía desbocado.

—¿Está ahí el hombre malo? —susurró Agnes, con la mano apretada contra la rodilla de Kivrin.

—No hay ningún hombre malo —repitió ella, y entonces lo vio. Estaba de pie ante la imagen de santa Catalina. Tenía en la mano la vela que Kivrin había de¬jado caer, se inclinó y la depositó delante de la talla, y luego se incorporó.

Kivrin pensó que tal vez fuera algún engaño de la oscuridad y la llama de la vela, al iluminar su cara desde abajo, y que acaso no fuera el asesino, pero sí lo era. Tenía una capucha en la cabeza aquella noche, así que ella no pudo verle la tonsura, pero se inclinaba ante la estatua como se había inclinado ante ella. El corazón volvió a latirle con fuerza.

—¿Dónde está el padre Roche? —preguntó Agnes, irguiendo la cabeza—. Allí. —Corrió hacia él.

—No —dijo Kivrin, y la siguió—. No...

—¡Padre Roche! —gritó Agnes—. ¡Padre Roche! ¡Os hemos estado buscando! —Obviamente, se había olvidado del hombre malo—. ¡Buscamos en la iglesia y en la casa, pero no estabais allí!

Corría hacia él a toda velocidad. Él se volvió, se agachó y la cogió en brazos en un solo movimiento.

—¿Os escondíais? —preguntó Agnes. Le pasó un brazo alrededor del cuello—. Una vez Rosemund se escondió en el granero y me sorprendió. Grité muy fuerte.

—¿Por qué me buscabas, Agnes? ¿Hay alguien en¬fermo ?

Pronunció Agnes como «Agnus», y tenía casi el mismo acento que el niño con escorbuto. El intérprete tardó un instante en traducir lo que había dicho, y Ki¬vrin se sorprendió al no poder entenderlo. Había en¬tendido todo lo que le dijo en la habitación.

Debió de hablarme en latín, pensó, porque su voz era la misma. Era la voz que había pronunciado los úl¬timos ritos, la voz que le había dicho que no tuviera miedo. Y ya no tuvo miedo. Con el sonido de su voz, su corazón recobró un ritmo acompasado.

—No, no hay nadie enfermo —sonrió Agnes—. Queremos que nos acompañéis a recoger hiedra y acebo para el salón. Lady Kivrin, Rosemund, Sarraceno y yo.

Ante las palabras «lady Kivrin», Roche se volvió y la vio allí de pie, junto a la columna. Soltó a Agnes.

Kivrin apoyó la mano en la columna para soste¬nerse.

—Os pido perdón, santo padre —dijo—. Lamento haber gritado y huido. Estaba oscuro y no os reco¬nocí...

El intérprete, todavía retrasado, lo tradujo como «no os supe».

—No sabe nada —interrumpió Agnes—. El hom¬bre malo la golpeó en la cabeza, y sólo recuerda su nombre.

—Eso he oído —asintió él, todavía mirando a Kivrin —. ¿Es cierto que no tenéis memoria de por qué habéis venido entre nosotros?

Ella experimentó la misma necesidad de decirle la verdad que sintió cuando le preguntó su nombre. Soy historiadora, quiso decir. He venido a observaros, y caí enferma, y no sé dónde está el lugar de recogida.

—No recuerda nada de quien es —insistió Ag¬nes—. No recordaba cómo hablar. Tuve que enseñarle.

—¿No recordáis nada de quién sois?

—No.

—¿Y nada de vuestra venida aquí?

Al menos podía ser sincera al respecto.

—No —dijo—. Excepto que vos y Gawyn me tra¬jisteis a la mansión.

Agnes se cansó de la conversación.

—¿Podemos ir con vos a recoger acebo?

Él no actuó como si la hubiera oído. Extendió la mano como si fuera a bendecir a Kivrin, pero en cam¬bio le tocó la sien, y ella advirtió que era eso lo que ha¬bía pretendido hacer antes, junto a la tumba.

—No tenéis ninguna herida —observó.

—Ha sanado.

—Queremos marcharnos ya —adujo Agnes, tiran¬do del brazo de Roche.

Él levantó la mano, como para volver a tocarle la sien, y entonces la retiró.

—No debéis tener miedo —dijo—. Dios os ha en¬viado entre nosotros para algún buen propósito. No, no lo ha hecho, pensó Kivrin. Él no me ha en¬viado. Me envió Medieval. Pero se sintió reconfortada.

—Gracias —sonrió.

—¡Quiero irme ahora! —exclamó Agnes, tirando del brazo de Kivrin—. Id a coger a vuestro burro —le dijo al padre Roche—, y nosotras recogeremos a Ro¬semund.

Agnes echó a andar, y Kivrin no tuvo más remedio que seguirla para que no corriera. La puerta se abrió de golpe antes de que la alcanzaran, y Rosemund se aso¬mó, parpadeando.

—Está lloviendo. ¿Habéis encontrado al padre Roche? —demandó.

—¿Has llevado a Blackie al establo? —preguntó Agnes.

—Sí. ¿Habéis llegado demasiado tarde, y el padre Roche ya se ha ido?

—No. Está aquí, y nos acompañará. Estaba en la iglesia, y lady Kivrin...

—Ha ido a coger su burro —la interrumpió Ki¬vrin, para impedir que Agnes contara lo sucedido.

—Me asusté aquella vez que saltaste del desván, Rosemund —dijo Agnes, pero Rosemund ya se había vuelto hacia su caballo.

No llovía, pero una fina bruma flotaba en el aire. Kivrin ayudó a Agnes a montar y luego montó en su ruano, usando la valla para auparse. El padre Roche llegó con su burro, y siguieron el sendero hasta dejar atrás la iglesia y un puñado de árboles, cruzaron un prado cubierto de nieve y se internaron en el bosque.

—Hay lobos en el bosque —comentó Agnes—. Gawyn mató a uno.

Kivrin apenas la oía. Observaba al padre Roche ca¬minar junto a su burro, intentando recordar la noche en que la llevó a la mansión. Rosemund había dicho que Gawyn se lo había encontrado en el camino y le había ayudado a llevarla a la casa, pero no podía ser cierto.

Roche se había inclinado sobre ella mientras estaba sentada contra la rueda de la carreta. Kivrin distinguió su cara a la fluctuante luz del fuego. Él le dijo algo que no comprendió, y ella le pidió: «Dígale al señor Dunworthy que venga a buscarme.»

—Rosemund no cabalga de forma apropiada para una doncella —señaló Agnes, presuntuosa.

Se había adelantado al burro y casi se había perdi¬do de vista en la curva del camino, esperando impa¬ciente a que la alcanzaran.

—¡Rosemund! —llamó Kivrin, y Rosemund re¬gresó al galope, casi chocó con el burro y luego tiró de las riendas de su yegua.

—¿No podemos ir más rápido? —demandó, dio media vuelta, y avanzó otra vez—. Ya veréis, empezará a llover antes de que hayamos terminado.

Se encontraban ahora en pleno bosque, y el camino no era más que un estrecho sendero. Kivrin contem¬plaba los árboles, intentando recordar si los había visto antes. Pasaron ante un grupito de sauces, pero estaba demasiado apartado de la carretera, y un hilillo de agua helada corría a su lado.

Había un gran sicómoro al otro lado del sendero. Se alzaba en un pequeño espacio abierto, cubierto de muérdago. Detrás había una hilera de árboles, tan dis¬tanciados que debían de haber sido plantados. No re¬cordaba haberlos visto con anterioridad.

La habían llevado por este camino, y ella esperaba que algo disparara su memoria, pero nada le resultaba familiar. Estaba demasiado oscuro y ella demasiado enferma.

Todo lo que recordaba en realidad era el lugar del lanzamiento, aunque tenía la misma cualidad brumosa e irreal que el viaje a la mansión. Había un claro, un ro¬ble y un grupito de sauces. Y la cara del padre Roche inclinándose sobre ella mientras se apoyaba en la rueda del carro.

Debía de estar con Gawyn cuando la encontraron, o bien Gawyn lo había llevado de vuelta al lugar. Ella distinguió su rostro claramente a la luz de la llama. Y luego se cayó del caballo en la encrucijada.

Todavía no habían llegado a ninguna encrucijada. Ni siquiera había visto ninguna trocha, aunque sabía que tenían que estar por allí, enlazando una aldea con otra para conducir a los campos y la choza del campe¬sino enfermo que Eliwys había ido a ver.

Subieron una loma, y en la cima el padre Roche se volvió para comprobar que lo seguían. Sabe dónde está el lugar de recogida, pensó Kivrin. Esperaba que tuvie¬ra alguna idea de dónde estaba, que Gawyn se lo hu¬biera descrito o le hubiera dicho junto a qué camino se encontraba, pero no. El padre Roche ya sabía dónde estaba el lugar. Ya había estado allí.

Agnes y Kivrin llegaron a la cima de la colina, pero lo único que divisó fueron árboles y más árboles. Te¬nían que estar en el bosque de Wychwood, pero en ese caso, había más de cien kilómetros cuadrados donde podía esconderse el lugar de recogida. Por su cuenta, nunca daría con él. Apenas podía ver a diez metros en¬tre la maleza.

Le sorprendía la espesura del bosque. Desde luego, allí no corrían senderos entre los árboles. Apenas había espacio, y el que había estaba ocupado por ramas caí¬das, arbustos retorcidos y nieve.

Se equivocaba en lo de no reconocer nada: después de todo aquel bosque le resultaba familiar. Era el bos¬que donde se había perdido Blancanieves, y Hansel y Gretel, y todos aquellos príncipes. Había lobos en él, y osos, y tal vez incluso casas de brujas, y de ahí venían todas esas historias, ¿no?, de la Edad Media. No le ex¬trañaba. Cualquiera podía perderse allí.

Roche se detuvo y esperó junto a su burro mien¬tras Rosemund volvía a su lado y ellas los alcanzaban; Kivrin se preguntó amargamente si se habrían perdido.

Pero en cuanto lo alcanzaron, él se desvió hacia un sen¬dero aún más estrecho que no era visible desde el ca¬mino.

Rosemund no podía adelantar al padre Roche y su burro sin empujarlos a un lado, pero los siguió casi pi¬sando los cascos del animal, y Kivrin volvió a pregun¬tarse por qué estaba tan molesta. «Sir Bloet tiene mu¬chos amigos poderosos», había dicho lady Imeyne. Lo llamó aliado, pero Kivrin se preguntó si en realidad lo era, o si el padre de Rosemund le había contado algo acerca de él que la había inquietado sobre la perspecti¬va de que viniera a Ashencote.

Avanzaron un poco por el sendero, dejaron atrás un grupito de sauces que se parecía al del lugar del lan¬zamiento, y luego se desviaron, internándose entre un puñado de abetos hasta salir a un bosquecillo de fresnos.

Kivrin esperaba encontrar arbustos como los que había en el patio de Brasenose, pero era un árbol. Se al¬zaba sobre ellos, extendiéndose sobre los confines de las hojas, y sus bayas rojas brillaban entre las masas de hojas satinadas.

El padre Roche empezó a coger los sacos, y Agnes intentó ayudarle. Rosemund sacó un cuchillo corto de hoja plana de su cinturón y empezó a tirar de las ramas inferiores.

Kivrin chapoteó entre la nieve hasta llegar al otro lado del árbol. Había advertido un destello blanco que podría ser el grupito de abedules, pero sólo era una rama, medio caída entre dos árboles y cubierta de nieve.

Agnes apareció, con Roche tras ella llevando una daga de temible aspecto. Kivrin pensaba que saber quién era produciría algún tipo de transformación, pero cuando lo vio allí de pie detrás de la niña, le siguió pareciendo un asesino.

Le tendió a Agnes una de las toscas bolsas.

—Debes mantener abierta la bolsa de esta forma —le explicó, inclinándose para enseñarle cómo doblar

hacia atrás la parte superior de la bolsa—, y yo iré me¬tiendo las ramas.

Empezó a cortar ramas, sin hacer caso a las afiladas hojas. Kivrin cogía las ramas y las ponía con cuidado sobre la bolsa, para que no se rompieran.

—Padre Roche —dijo—. Quería daros las gracias por ayudarme cuando estuve tan enferma y por haber¬me llevado a la mansión cuando...

—Cuando caísteis —la interrumpió él, tirando de una rama que se resistía.

Ella quiso decir «cuando me asaltaron los ladro¬nes», y su intervención la sorprendió. Recordó que se había caído del caballo y se preguntó si fue entonces cuando él apareció. Pero en ese caso, ya estaban bas¬tante lejos del lugar del lanzamiento, y no podría saber dónde se encontraba. Y ella le recordaba allí, en el lugar mismo.

No tenía sentido especular.

—¿Sabéis dónde me encontró Gawyn? —pregun¬tó, y contuvo la respiración.

—Sí—dijo él, mientras cortaba la gruesa rama.

Kivrin se sintió súbitamente enferma de alivio. Él sabía dónde estaba el lugar.

—¿Queda lejos de aquí?

—No —dijo. Arrancó la rama.

—¿Me llevaríais allí?

—¿Por qué queréis ir? —preguntó Agnes, con los brazos bien extendidos para mantener la bolsa abierta—. ¿Y si los hombres malos están allí todavía?

Roche la miraba como si se estuviera preguntando lo mismo.

—Pensé que si veía el lugar, quizá recordaría quién soy y de dónde vengo —adujo Kivrin.

Él le tendió la rama, sosteniéndola de forma que ella pudiera cogerla sin pincharse.

—Os llevaré —dijo.

—Gracias —respondió Kivrin. Gracias. Metió la rama junto a las demás y Roche cerró la bolsa y se la cargó al hombro.

Rosemund apareció, arrastrando su bolsa por la nieve.

—¿No habéis terminado todavía?

Roche cogió también su bolsa, y las ató ambas a lo¬mos del burro. Kivrin subió a Agnes a su pony y ayudó a montar a Rosemund, y el padre Roche se arrodilló y unió sus grandes manos para que Kivrin subiera al estribo.

La había ayudado a montar en el caballo blanco cuando se cayó. Cuando cayó. Recordaba sus grandes manos sujetándola. Pero entonces estaban ya bastante lejos del lugar, ¿y por qué iba Gawyn a llevar a Roche de vuelta hasta allí? No recordaba haber regresado, pero todo era confuso y oscuro. En su delirio, seguramente le pareció más lejos de lo que era.

Roche guió al burro entre los abetos y regresó al sendero. Rosemund le dejó ir delante y luego dijo, con una voz igual que la de Imeyne:

—¿Adonde va? La hiedra no está por ahí.

—Vamos a ver el lugar donde encontraron a lady Kivrin —dijo Agnes.

Rosemund miró a Kivrin con desconfianza.

—¿Por qué queréis ir allí? Vuestras posesiones ya han sido llevadas a la mansión.

—Cree que si ve el lugar recordará algo —dijo Ag¬nes—. Lady Kivrin, si recordáis quién sois, ¿volveréis a casa?

—En efecto, lo hará —respondió Rosemund—. De¬be regresar con su familia. No puede quedarse con no¬sotros para siempre.

Sólo lo hacía para provocar a Agnes, y funcionó.

—¡Sí puede! Será nuestra aya.

—¿Por qué querría quedarse con una cría llorona? —dijo Rosemund, espoleando a su caballo para poner¬lo al trote.

—¡No soy una cría! —gritó Agnes tras ella—. ¡La cría eres tú! —Se volvió hacia Kivrin—. ¡No quiero que me dejéis!

—No te dejaré. Vamos, el padre Roche espera.

Estaba en el camino, y en cuanto le alcanzaron, vol¬vió a ponerse en marcha. Rosemund ya estaba muy ade¬lantada, avanzando por el sendero cubierto de nieve.

Cruzaron un pequeño arroyo y llegaron a una en¬crucijada. La parte donde se encontraban se curvaba a la derecha, la otra continuaba recta durante un cente¬nar de metros y luego hacía un brusco giro a la izquier¬da. Rosemund se encontraba en la encrucijada, dejando que su caballo pastara y sacudiera la cabeza para expre¬sar su impaciencia.

Me caí del caballo blanco en una encrucijada, pen¬só Kivrin, intentando recordar los árboles, el camino, el arroyuelo, cualquier cosa. Había docenas de encru¬cijadas en los caminos que surcaban el bosque de Wychwood y ningún motivo para pensar que ésta era la que buscaba, pero por lo visto lo era. El padre Roche giró a la derecha y avanzó unos cuantos metros, y lue¬go se internó en el bosque, guiando al burro.

No había ningún sauce donde dejó el camino, nin¬guna colina. Debe de estar siguiendo el camino por donde la había traído Gawyn. Kivrin recordaba que habían recorrido un buen trecho de bosque antes de llegar a la encrucijada.

Lo siguieron entre los árboles, Rosemund en últi¬mo lugar, y casi inmediatamente tuvieron que desmon¬tar y guiar a sus caballos. Roche no seguía ningún sen¬dero. Se abría paso entre la nieve, esquivando las ramas bajas que le arrojaban nieve al cuello, y sorteando un matorral de espinos.

Kivrin intentó memorizar el escenario para poder encontrar el camino de vuelta, pero todo parecía igual. En cuanto hubiera nieve podría seguir las huellas. Ten¬dría que volver antes de que se derritiera y marcar el camino con ramas o trozos de tela o algo. O migas de pan, como Hansel y Gretel.

Ahora comprendía cómo ellos, Blancanieves, y los distintos príncipes, se habían perdido en los bosques. Sólo habían avanzado unos cientos de metros y al mi¬rar atrás Kivrin ya no estaba segura de en qué dirección se encontraba el camino, incluso las huellas. Hansel y Gretel podrían haber vagado durante meses sin encon¬trar el camino de vuelta a casa, ni la casa de la bruja tampoco.

El asno del padre Roche se detuvo.

—¿Qué ocurre? —preguntó Kivrin.

El padre Roche condujo al burro a un lado y lo ató a un aliso.

—Éste es el lugar.

No era el sitio del lanzamiento. Ni siquiera había un claro, sólo un espacio donde un roble había exten¬dido sus ramas e impedido que crecieran otros árboles. Casi formaba una tienda, y debajo el terreno estaba tan sólo espolvoreado de nieve.

—¿Podemos encender fuego? —preguntó Agnes, caminando bajo las ramas hasta los restos de una ho¬guera. Un tronco caído había sido arrastrado encima. Agnes se sentó sobre él—. Tengo frío —dijo, empujan-do las piedras renegridas con el pie.

No había ardido mucho tiempo. Los palos apenas estaban chamuscados. Alguien le había echado tierra encima para apagarla. El padre Roche se había arro¬dillado ante ella, la luz de la hoguera fluctuaba en su rostro.

—¿Bien? —dijo Rosemund, impaciente—. ¿Re¬cordáis algo?

Ella había estado aquí. Recordaba el fuego. Había creído que lo encendían para quemarla. Pero eso era imposible. Roche había estado en el lugar del lanza¬miento. Le recordaba inclinado sobre ella mientras es¬taba apoyada en la rueda de la carreta.

—¿Estáis totalmente seguro de que éste es el lugar donde me encontró Gawyn?

—Sí—dijo él, frunciendo el ceño.

—Si viene el hombre malo, le atacaré con mi daga —dijo Agnes, sacando de la hoguera uno de los palos medio consumidos y blandiéndolo en el aire. El extre¬mo ennegrecido se rompió. Agnes se agachó junto al fuego y cogió otro palo, y luego se sentó en el suelo, con la espalda apoyada contra el tronco, y golpeó los dos palos juntos. Pedazos de carbón salieron volando en todas direcciones.

Kivrin miró a Agnes. Se había sentado contra el tronco mientras los hombres encendían el fuego, y Gawyn se inclinó sobre ella, su cabello rojo a la luz de la hoguera, y dijo algo que Kivrin no comprendió. Entonces apagó el fuego con sus botas, y el humo la cegó.

—¿Habéis recordado quién sois? —preguntó Ag¬nes, tirando los palos entre las piedras.

Roche todavía la miraba con el ceño fruncido.

—¿Estáis enferma, lady Katherine? —preguntó.

—No. —Kivrin trató de sonreír—. Es que... Espe¬raba que si veía el lugar donde me atacaron, lograría re¬cordar.

Él la miró solemnemente durante un instante, como había hecho en la iglesia, y entonces se volvió ha¬cia su burro.

—Venid —dijo.

—¿Habéis recordado? —insistió Agnes, dando una palmada. Tenía los guantes cubiertos de hollín.

—¡Agnes! —exclamó Rosemund—. Mira cómo te has ensuciado los guantes. —Puso a la niña bruscamen¬te en pie—. Y también te has estropeado la capa, al sen¬tarte en la nieve fría. ¡Niña mala!

Kivrin separó a las dos hermanas.

—Rosemund, desata el pony de Agnes —orde¬nó—. Es hora de recoger la yedra. —Limpió la nieve de la capa de Agnes y frotó la piel blanca, pero fue en vano.

El padre Roche estaba de pie junto al asno, esperán¬dolas, todavía con aquella expresión extraña y sobria.

—Te limpiaremos los guantes cuando lleguemos a casa —dijo Kivrin rápidamente—. Vamos, debemos ir con el padre Roche.

Kivrin cogió las riendas de la yegua y siguió a las niñas y al padre Roche por donde habían venido du¬rante unos cuantos metros, y luego en otra dirección que los llevó casi de inmediato a un camino. No pudo ver la bifurcación, y se preguntó si estaban más lejos o en un camino completamente distinto. Todo le parecía igual: sauces y pequeños calveros y robles.

Estaba claro lo que había sucedido. Gawyn había intentado llevarla a la casa, pero ella estaba demasiado enferma. Se cayó del caballo, él la llevó al bosque, en¬cendió una hoguera y la dejó allí, apoyada contra el tronco caído, mientras buscaba ayuda.

O tal vez había intentado encender una hoguera y quedarse allí con ella hasta la mañana, y el padre Roche vio el fuego y se acercó a ayudar, y entre los dos la lle¬varon a la casa. El padre Roche no sabía dónde estaba el lugar del lanzamiento. Había asumido que Gawyn la encontró allí, bajo el roble.

La imagen de él inclinado mientras Kivrin estaba apoyada contra la rueda de la carreta formaba parte de su delirio. Lo había soñado mientras yacía en la habita¬ción, igual que había soñado las campanas, la hoguera y el caballo blanco.

—¿Adonde vamos ahora? —preguntó Rosemund, irritada, y Kivrin sintió ganas de abofetearla—. Hay yedra más cerca de casa. Y está empezando a llover.

Tenía razón. La niebla se estaba convirtiendo en llovizna.

—¡Podríamos haber terminado ya, y ahora estaría¬mos en casa si esta cría no hubiera traído a su cachorro! —Se adelantó galopando otra vez, y Kivrin ni siquiera intentó detenerla.

—Rosemund es una idiota —refunfuñó Agnes.

—Sí. Lo es. ¿Sabes qué le pasa?

—Es por culpa de sir Bloet. Va a casarse con él.

—¿Qué? —exclamó Kivrin. Imeyne había comen¬tado algo acerca de una boda, pero ella había supuesto que una de las hijas de sir Bloet iba a casarse con uno de los hijos de lord Guillaume—. ¿Cómo puede sir Bloet casarse con Rosemund? ¿No está casado ya con lady Yvolde?

—No —dijo Agnes; parecía sorprendida—. Lady Yvolde es su hermana.

—Pero Rosemund no es lo bastante mayor —adu¬jo Kivrin, aunque sabía que lo era. Las niñas en el siglo XIV normalmente se prometían antes de la mayoría de edad, a veces incluso al nacer. El matrimonio en la Edad Media era un acuerdo comercial, una forma de unir tierras y aumentar el estatus social, y sin duda Ro¬semund había sido educada desde la edad de Agnes para casarse con alguien como sir Bloet. Pero todas las historias medievales de niñas virginales casadas con viejos arrugados y desdentados acudieron de inmedia¬to a su mente.

—¿Le gusta sir Bloet a Rosemund? —preguntó Kivrin. Por supuesto que no. Se había mostrado desagradable, malhumorada, casi histérica desde que oyó que iba a venir.

—A mí me cae bien —dijo Agnes—. Va a regalar¬me una brida de plata cuando se casen.

Kivrin miró a Rosemund, muy adelantada ya en el camino. Sir Bloet tal vez no fuera viejo y arrugado. Eran sólo suposiciones, igual que había supuesto que lady Yvolde era su esposa. Podía ser joven, y el mal humor de Rosemund tal vez se debía sólo a los nervios. Y Rosemund podría cambiar de opinión sobre él antes de la boda. Las muchachas normalmente no se casaban hasta que tenían catorce o quince años, no antes de que empezaran a mostrar signos de maduración.

—¿Cuándo van a casarse? —le preguntó a Agnes.

—En Pascua.

Habían llegado a otra encrucijada. Ésta era mucho más estrecha, y los dos caminos corrían casi paralelos durante un centenar de metros antes de que el que ha¬bía seguido Rosemund subiera por una loma.

Doce años, y se iba a casar al cabo de tres meses. No era extraño que lady Eliwys no quisiera que sir Bloet supiera que estaban allí. Tal vez no aprobaba que Rosemund se casara tan joven, y el compromiso había sido dispuesto sólo para sacar a su padre del lío en el que estaba metido.

Rosemund subió a lo alto de la loma y galopó de vuelta junto al padre Roche.

—¿Adonde nos lleváis? —preguntó—. Pronto lle¬garemos a terreno descubierto.

—Ya casi hemos llegado —dijo el padre Roche mansamente.

Ella hizo girar a su yegua y se perdió de vista colina arriba, volvió a aparecer, regresó junto a Kivrin y Ag¬nes, hizo girar a la yegua bruscamente, y se adelantó de nuevo. Como una rata en la trampa, pensó Kivrin, bus-cando frenéticamente una salida.

La lluvia arreciaba. El padre Roche se cubrió la ca¬beza con la capucha y condujo al burro colina arriba. El animal avanzó con dificultad y luego se detuvo. El pa¬dre Roche tiró de las riendas, pero el burro se resistió.

Kivrin y Agnes le alcanzaron.

—¿Qué ocurre? —preguntó Kivrin.

—Vamos, Balaam —dijo el padre Roche, y agarró las riendas con las dos manos, pero el burro no se mo¬vió. Se debatió contra el cura, clavando en el suelo los cascos traseros y casi sentándose.

—Tal vez no le gusta la lluvia —observó Agnes.

—¿Podemos ayudar? —preguntó Kivrin.

—No —respondió él, indicándoles que siguieran—. Continuad. Será mejor si los caballos no están aquí.

Se envolvió las riendas en la mano y se colocó de¬trás del animal como si intentara empujarlo. Kivrin re¬montó la cima con Agnes, y miró hacia atrás para ase¬gurarse de que el burro no le coceaba en la cabeza. Empezaron a descender por el otro lado.

El bosque de abajo quedaba velado por la lluvia. La nieve del camino se estaba fundiendo ya, y el pie de la colina era un charco de barro. Había matorrales a ambos lados, cubiertos de nieve. Rosemund esperaba en lo alto de la siguiente colina. Había árboles sólo has¬ta la mitad de la ladera, y en la cima había nieve. Y más allá, pensó Kivrin, hay una llanura despejada y se ve la carretera, y Oxford.

—¿Adonde vais, Kivrin? ¡Esperad! —gritó Agnes, pero Kivrin ya había desmontado de su caballo y baja¬ba la colina, agitando los matorrales cubiertos de nieve, intentando ver si había sauces. Los había, y tras ellos distinguió la cima de un gran roble. Lanzó las riendas del caballo sobre las ramas rojizas de los sauces y se in¬ternó en el bosquecillo. La nieve había congelado las ramas de los sauces, uniéndolas. Las agitó y la nieve le cayó encima. Una bandada de pájaros echó a volar, graznando. Kivrin se abrió paso entre las ramas neva¬das y llegó al claro. Allí estaba.

Y el roble, y detrás, al otro lado de la carretera, el grupito de abedules de tronco blanco que parecía un claro. Tenía que ser el lugar del lanzamiento.

Pero no lo parecía. El claro era más pequeño, ¿no? Y el roble tenía más hojas, más nidos. Había un mato¬rral de espinos a un lado, sus capullos púrpura oscuro asomaban entre los espinos. No recordaba que estuvie¬ra allí.

Es la nieve, pensó, hace que todo parezca más grande. Tenía casi medio metro de profundidad, y es¬taba lisa, intacta. No parecía que aquí hubiera habido nadie.

—¿Éste es el lugar donde el padre Roche quiere que recojamos yedra? —preguntó Rosemund, abrién¬dose paso entre los matorrales. Contempló el claro, con las manos en las caderas—. Aquí no hay yedra.

Sí la había, ¿verdad?, en la base del roble, y tam¬bién setas. Es la nieve, pensó Kivrin. Ha cubierto todos los puntos de referencia. Y las huellas, donde Gawyn había arrastrado la carreta y las cajas.

El cofre... Gawyn no había llevado el cofre a la mansión. No lo había visto porque ella lo había escon¬dido entre unos matojos junto al camino.

Se abrió paso entre los sauces, sin intentar siquie¬ra evitar la nieve que caía. El cofre estaría enterrado bajo la nieve también, pero no era tan profunda junto al camino, y el cofre tenía casi cuarenta centímetros de altura.

—¡Lady Katherine! —gritó Rosemund, tras ella—. Pero ¿adonde vais ahora?

—¡Kivrin! —dijo Agnes, un eco patético. Había in¬tentado desmontar de su pony en medio del camino, pero se le había enganchado el pie en el estribo—. ¡Lady Kivrin, regresad!

Kivrin la miró un instante, aturdida, y luego se vol¬vió hacia la colina.

El padre Roche estaba todavía en la cima, deba¬tiéndose con el burro. Tenía que encontrar el cofre an¬tes de que llegara.

—Quédate ahí, Agnes —ordenó, y empezó a es¬carbar la nieve bajo los sauces.

—¿Qué buscáis? —dijo Rosemund—. ¡Aquí no hay yedra!

—¡Lady Kivrin, volved! —gritó Agnes.

Tal vez la nieve había doblado los sauces, y el cofre estaba más hundido. Se agachó, agarrándose a las ra¬mas finas y quebradizas, y trató de apartar la nieve. Pero el cofre no estaba allí. Lo supo en cuanto empezó a trabajar. Los sauces habían protegido los matojos y el suelo bajo ellos. Sólo había unos pocos centímetros de nieve. Pero si éste es el lugar, debe estar aquí, pensó Kivrin , aturdida. Si éste es el lugar.

—¡Lady Kivrin! —gritó Agnes, y Kivrin se volvió a mirarla. Había conseguido desmontar del pony y co¬rría hacia ella.

—No corras —empezó a decir Kivrin, pero no ha¬bía acabado de decirlo cuando Agnes metió el pie en uno de los surcos y cayó.

Se quedó sin aliento, y Kivrin y Rosemund la al¬canzaron antes de que empezara a llorar. Kivrin la co¬gió en brazos y le colocó la mano en la cintura para ayudarla a incorporarse y hacerla respirar.

Agnes jadeó, y tras inspirar largamente empezó a berrear.

—Ve y llama al padre Roche —le dijo Kivrin a Ro¬semund—. Está en lo alto de la colina. Su burro se ha atascado.

—Ya viene —dijo Rosemund. Kivrin volvió la ca¬beza. El cura bajaba torpemente la colina, sin el burro, y Kivrin estuvo a punto de gritarle que no corriera también, pero él no podría oírle con el llanto de Agnes.

—Shh —dijo Kivrin—. No pasa nada. Te has que¬dado sin aliento, eso es todo.

El padre Roche las alcanzó, y Agnes corrió inme¬diatamente a sus brazos. Él la abrazó.

—Calla, Agnus —murmuró con su voz maravillo¬sa y reconfortante—. Calla.

Sus gritos se convirtieron en sollozos.

—¿Dónde te has hecho daño? —preguntó Kivrin, apartando la nieve de la capa de Agnes—. ¿Te has ara¬ñado las manos ?

El padre Roche la volvió en sus brazos para que Kivrin pudiera quitarle los guantes blancos. Las manos estaban rojas, pero no arañadas.

—¿Dónde te has hecho daño?

—No se ha hecho daño —dijo Rosemund—. ¡Llora porque es una cría!

—¡No soy una cría! —estalló Agnes, con tanta fuerza que casi se zafó de los brazos del padre Roche—. Me di un golpe en la rodilla contra el suelo.

—¿Cuál? —preguntó Kivrin—. ¿La que te lasti¬maste antes?

—¡Sí! ¡No miréis! —gritó cuando Kivrin extendió la mano hacia la pierna.

—De acuerdo, no lo haré.

La rodilla estaba sanando. Probablemente se había arrancado la costra. A menos que sangrara tanto que empapara las calzas de cuero, no tenía sentido hacer que la niña pasara más frío desnudándola allí en la nieve.

—Pero debes dejarme mirarla en casa.

—¿Podemos irnos ya? —preguntó Agnes.

Kivrin contempló el claro, indefensa. Éste tenía que ser el lugar. Los sauces, el claro, la cima sin árboles. Tal vez había enterrado el cofre más de lo que creía, y la nieve...

—¡Quiero irme a casa ahora! —exigió Agnes, y empezó a sollozar—. ¡Tengo frío!

—Muy bien —asintió Kivrin. Los guantes de Ag¬nes estaban demasiado mojados para que volviera a po¬nérselos. Kivrin se quitó los suyos y se los dio. A la niña le llegaban hasta los brazos, cosa que le encantó, y Kivrin empezó a pensar que ya se había olvidado de la rodilla, pero cuando el padre Roche la ayudó a subir a su pony, sollozó.

—Prefiero ir con vos.

Kivrin volvió a asentir y montó en su ruano. El pa¬dre Roche le tendió a la niña y condujo el pony colina arriba. El burro estaba allí, junto al camino, mordis¬queando las hierbas que asomaban entre la fina nieve.

Kivrin se volvió hacia el bosquecillo, intentando divisar el claro. Sin duda es el lugar, se dijo, pero no es¬taba segura. Incluso la colina parecía distinta desde allí.

El padre Roche cogió las riendas del burro; el ani¬mal se envaró de inmediato y clavó los cascos en tierra, pero en cuanto el cura le hizo volver la cabeza y empe¬zó a bajar la colina con el pony de Agnes, obedeció.

La lluvia estaba derritiendo la nieve, y la yegua de Rosemund resbaló un poco mientras galopaba hacia la encrucijada. Redujo su paso al trote.

En la siguiente encrucijada, Roche tomó por el ca¬mino de la izquierda. Había sauces por todas partes, y robles, y surcos de barro al pie de cada colina.

—¿Nos vamos a casa ya, Kivrin? —preguntó Ag¬nes, tiritando contra ella.

—Sí. —Kivrin cubrió a la niña con su capa—. ¿Aún te duele la rodilla?

—No. No hemos recogido yedra. —Se enderezó y se volvió para mirar a Kivrin—. ¿Recordasteis algo cuando visteis el lugar?

—No.

—Bien —sonrió Agnes, apoyándose contra ella—. Ahora tendréis que quedaros con nosotras para

siempre.

 

 

 

 

17

 

Andrews no telefoneó a Dunworthy hasta últimas horas de la tarde del día de Navidad. Colin, natural¬mente, había insistido en levantarse a una hora intem¬pestiva para abrir su montoncito de regalos.

—¿Va a quedarse en la cama todo el día? —pre¬guntó mientras Dunworthy buscaba a tientas sus gafas—. Son casi las ocho.

De hecho, eran las seis y cuarto, y fuera estaba tan oscuro que ni siquiera se veía si aún estaba lloviendo. Colin había dormido bastante más que él. Después del servicio ecuménico, Dunworthy lo envió de vuelta a Balliol y fue al hospital a interesarse por el estado de Latimer.

—Tiene fiebre, pero de momento los pulmones no han sido afectados —le dijo Mary—. Ingresó a las cin¬co, dijo que había empezado a sentir dolor de cabeza y confusión a eso de la una. Cuarenta y ocho horas, fijo. Obviamente, no hay necesidad de preguntarle de quién lo contrajo. ¿Cómo te encuentras tú?

Mary le hizo quedarse para los análisis de sangre y entonces ingresó un nuevo caso. Dunworthy esperó por si podía identificarlo. No se acostó hasta casi la una.

Colín tendió a Dunworthy un petardo sorpresa e insistió en que lo rompiera, se pusiera la corona de papel amarillo, y leyera en voz alta el mensaje. Decía: «¿Cuándo es más probable que entren los renos de Noel? Cuando la puerta está abierta.»

Colin ya tenía puesta su corona roja. Se sentó en el suelo y abrió los regalos. Las pastillas de jabón fueron un gran éxito.

—Mire —dijo Colin, sacando la lengua—, cambian de color.

Lo mismo le pasaba a sus dientes y a las comisuras de sus labios.

Pareció satisfecho con el libro, aunque saltaba a la vista que hubiese deseado que hubiera holos. Lo hojeó, buscando las ilustraciones.

—Mire esto —exclamó, y lanzó el libro a Dunwor¬thy, que aún intentaba despertarse.

Era la tumba de un caballero, con la típica efigie de la armadura tallada en lo alto. El rostro y la postura eran la viva imagen del eterno descanso, pero en el lado, en un friso que parecía una ventana a la tumba, el cadáver del caballero muerto se debatía en su ataúd, la carne ajada se desprendía como envoltorios secos, sus manos de esqueleto se retorcían en frenéticas garras, su cara era un cráneo horrible de cuencas vacías. Entre sus piernas corrían los gusanos, y también sobre su espada. «Oxfordshire, h. 1350 —decía el texto—. Un ejemplo de la macabra decoración de tumbas que siguió a la peste bubónica.»

—¿No es apocalíptico? —dijo Colin, encantado.

Se mostró incluso amable respecto a la bufanda.

—Supongo que la intención es lo que cuenta, ¿no? —dijo, cogiéndola por un extremo, y luego, un minuto después añadió—: Tal vez pueda llevarla cuando visite a los enfermos. No les importará qué aspecto tenga.

—¿A qué enfermos piensas visitar? —preguntó Dunworthy.

Colin se levantó del suelo, se dirigió a su mochila y empezó a rebuscar en ella.

—El vicario me pidió anoche si quería hacerle al¬gunos encargos, comprobar el estado de la gente, y lle¬varles medicinas y cosas.

Sacó un papel de la mochila.

—Esto es su regalo —dijo, tendiéndoselo a Dunworthy—. No está envuelto —señaló innecesariamen¬te—. Finch dijo que debíamos ahorrar papel para la epidemia.

Dunworthy abrió la caja y sacó un librito plano y rojo.

—Es una agenda —explicó Colin—. Así podrá marcar los días que faltan para que vuelva su chica. —La abrió por la primera página—. Mire, me aseguré de que tuviera diciembre.

—Gracias —respondió Dunworthy, abriéndola. Navidad. Los Santos Inocentes. Año Nuevo. Epifanía—. Has sido muy amable.

—¡Quería regalarle el modelo de la torre de Carfax que toca IHeard the Bells on Christmas Day, pero cos¬taba veinte libras!

Sonó el teléfono, y Colin y Dunworthy saltaron hacia él.

—Seguro que es mi madre.

Era Mary, que llamaba desde el hospital.

—¿Cómo te encuentras?

—Medio dormido —dijo Dunworthy.

Colin le sonrió.

—¿Cómo está Latimer?

—Bien —respondió Mary. Todavía llevaba la bata de laboratorio, pero se había peinado y estaba conten¬ta—. Parece ser un caso muy leve. Hemos establecido una conexión con el virus de Carolina del Sur.

—¿Latimer estuvo en Carolina del Sur?

—No. Uno de los estudiantes que te hice interro¬gar anoche... santo Dios, quiero decir hace dos noches.

Estoy perdiendo el sentido del tiempo. Uno de los que estuvieron en el baile en Headington. Mintió al princi¬pio porque se escapó de su residencia para ver a una jo¬ven y dejó a un amigo para hacerse pasar por él.

—¿Se escapó a Carolina del Sur?

—No, a Londres. Pero la joven era americana. Ve¬nía de Texas e hizo transbordo en Charleston, Caroli¬na del Sur. El CDC está trabajando para averiguar qué casos había en el aeropuerto. Déjame hablar con Colin. Quiero desearle feliz Navidad.

Dunworthy lo pasó, y el joven se lanzó a recitar sus regalos, incluyendo el mensaje del petardo.

—El señor Dunworthy me ha regalado un libro sobre la Edad Media —lo levantó ante la pantalla—. ¿Sabías que le cortaban el cuello a la gente y colgaban las cabezas del puente de Londres?

—Dale las gracias por la bufanda, y no le digas que vas a hacerle encargos al vicario —susurró Dunwor¬thy, pero Colin ya le estaba tendiendo el receptor—. Quiere hablar con usted otra vez.

—Ya veo que estás cuidando bien de él —dijo Mary—. Te lo agradezco mucho. No he ido a casa todavía, y no quisiera que pasara la Navidad solo. Su¬pongo que los regalos que prometió su madre no ha¬brán llegado todavía, ¿eh?

—No —dijo Dunworthy, con cautela, mirando a Colin, que observaba las ilustraciones del libro de la Edad Media.

—Tampoco habrá telefoneado —dijo Mary, dis¬gustada—. Esa mujer no tiene ni una gota de sangre maternal en las venas. Por lo que sabe, Colin podría es¬tar ingresado con una temperatura de cuarenta grados, ¿verdad?

—¿Cómo está Badri? —preguntó Dunworthy.

—La fiebre le bajó un poco esta mañana, pero si¬gue teniendo los pulmones afectados. Vamos a admi¬nistrarle sintamicina. Los casos de Carolina del Sur han respondido muy bien a este tratamiento. —Prometió que intentaría asistir a la cena de Navidad y colgó.

Colin levantó la cabeza.

—¿Sabía que en la Edad Media solían quemar a la gente en la hoguera?

Mary no vino ni telefoneó, ni tampoco lo hizo An¬drews. Dunworthy envió a Colin al salón para desayu¬nar y trató de llamar al técnico, pero todas las líneas es¬taban ocupadas, «debido a las vacaciones», dijo la voz del ordenador, que obviamente no había sido repro-gramado desde el principio de la cuarentena. Aconsejó retrasar todas las llamadas que no fueran absolutamen¬te necesarias hasta el día siguiente. Dunworthy lo in-tentó dos veces más, con el mismo resultado.

Finch llegó con una bandeja.

—¿Se encuentra bien, señor? —preguntó con an¬siedad—. ¿No se siente enfermo?

—No me siento enfermo. Estoy esperando una lla¬mada.

—Oh, gracias a Dios, señor. Cuando no vino a de¬sayunar me temí lo peor. —Quitó la tapa salpicada de lluvia de la bandeja—. Me temo que es un desayuno de Navidad muy pobre, pero casi nos hemos quedado sin huevos. No sé qué cena de Navidad tendremos. No queda un solo ganso dentro del perímetro.

En realidad parecía un desayuno bastante respeta¬ble: un huevo pasado por agua, salmón ahumado y pa¬necillos con mermelada.

—Intenté preparar pudding de Navidad, señor, pero casi nos hemos quedado sin coñac —dijo Finch, mientras sacaba un sobre de plástico de debajo de la bandeja y se lo tendía.

Dunworthy lo abrió. En la parte superior había una directriz del Ministerio de Sanidad que decía: «Prime¬ros síntomas de infección: 1) Desorientación. 2) Dolor de cabeza. 3) Dolores musculares. Evite contraerla. Lle¬ve su mascarilla reglamentada en todo momento.»

—¿Mascarillas? —preguntó Dunworthy.

—El Ministerio las repartió esta mañana —aclaró Finch—. No sé cómo vamos a conseguir lavarnos. Por¬que, casi nos hemos quedado sin jabón.

Había otras cuatro directrices, todas acerca de lo mismo, y una nota de William Gaddson con una copia de la cuenta corriente de Badri el lunes, 20 de diciem¬bre. Por lo visto, Badri había pasado el tiempo que fal¬taba desde el mediodía hasta las dos y media haciendo compras de Navidad. Había adquirido cuatro libros en Blackwell's, una bufanda roja, un carillón digital en miniatura, en Debenham's. Pues vaya. Eso significaba docenas y docenas de contactos más.

Colin llegó con un puñado de panecillos envuel¬tos en una servilleta. Todavía llevaba puesta su coro¬na de papel, lo cual no era gran cosa para protegerlo de la lluvia.

—Todo el mundo estará mucho más tranquilo, se¬ñor —dijo Finch—, si después de recibir su llamada acude usted al salón. Sobre todo la señora Gaddson, que está convencida de que usted ha contraído el virus. Dice que lo ha contraído por la deficiente ventilación de los dormitorios.

—Iré —prometió Dunworthy.

Finch se dirigió a la puerta y entonces se volvió.

—Respecto a la señora Gaddson, señor. Se está comportando de un modo horrible; no para de criticar al colegio y exige que sea trasladada con su hijo. Está minando completamente la moral.

—Es verdad —intervino Colin, quien depositaba los panecillos sobre la mesa—. Me dijo que los panes calientes eran malos para mi sistema inmunológico.

—¿No hay algún tipo de trabajo voluntario que pueda hacer para el hospital o algo así? ¿Para mante¬nerla apartada del colegio? —preguntó Finch.

—No podemos endilgársela a las pobres víctimas de la infección. Podría matarlas. ¿Y si se lo preguntamos al vicario? Estaba buscando voluntarios para ha¬cer encargos.

—¿El vicario? —dijo Colin—. Tenga piedad, señor Dunworthy. Yo trabajo para él.

—El sacerdote de Santa Re-Formada, entonces —dijo Dunworthy—. Le gusta recitar la Misa en Tiem¬pos de Peste para levantar la moral. Se llevarán bien.

—Le telefonearé ahora mismo —asintió Finch, y se marchó.

Dunworthy se comió el desayuno, a excepción del salmón, del que se apropió Colin, y luego llevó la ban¬deja vacía al salón, dejando órdenes para que Colin fuera a buscarlo inmediatamente si llamaba el técnico. Aún llovía, los árboles goteaban y las luces del árbol de Navidad estaban manchadas.

Todo el mundo estaba a la mesa excepto las campa¬neras, que se encontraban a un lado con sus guantes blancos y las campanas sobre la mesa, ante ellas. Finch hacía demostraciones sobre cómo llevar las mascarillas ordenadas por el ministerio, quitaba las cintas a cada lado y se las pegaba a las mejillas.

—No tiene muy buen aspecto, señor Dunworthy —comentó la señora Gaddson—. Y no me extraña. Las condiciones de este colegio son sorprendentes. Lo raro es que no haya habido una epidemia antes. Deficiente ventilación y personal extremadamente poco coopera¬tivo. Su señor Finch fue bastante brusco cuando le dije que me trasladara a las habitaciones de mi hijo. Me dijo que yo había elegido estar en Oxford durante una cua¬rentena, y que tenía que aceptar lo que me ofrecieran.

Colin llegó corriendo.

—Hay alguien al teléfono para usted —dijo.

Dunworthy se puso en marcha, pero la señora Gaddson le bloqueó el paso.

—Le dije al señor Finch que él podría quedarse tan tranquilo en casa cuando su hijo corría peligro, pero que yo no.

—Me temo que me requieren al teléfono.

—Le dije que ninguna madre de verdad podía que¬darse tan tranquila cuando su hijo estaba solo y enfer¬mo en un lugar lejano.

—Señor Dunworthy —dijo Colin—. ¡Vamos!

—Por supuesto, usted no tiene ni idea de lo que es¬toy hablando. ¡Mire a este niño! —agarró a Colin por el brazo—. ¡Va por ahí corriendo bajo la lluvia y sin abrigo!

Dunworthy se aprovechó de que había cambiado de posición para pasar.

—Desde luego, no le importa en absoluto que este pobre niño pille la gripe hindú —insistió ella. Colin se zafó—. Le deja que se atiborre con panecillos y que vaya por ahí empapado hasta los huesos.

Dunworthy cruzó corriendo el patio, con Colin pegado a sus talones.

—No me extrañaría que este virus se hubiera origi¬nado aquí en Balliol —gritó la señora Gaddson tras ellos—. Pura negligencia, ni más ni menos. ¡Pura negli¬gencia!

Dunworthy entró en la habitación y agarró el telé¬fono. No había imagen.

—Andrews —gritó—. ¿Está usted ahí? No le veo.

—El sistema telefónico está saturado —le dijo una voz—. Han cortado el visual. Soy Lupe Montoya. ¿Qué prefiere el señor Basingame: el salmón o las truchas?

—¿Qué? —dijo Dunworthy, frunciendo el ceño ante la pantalla en blanco.

—Llevo toda la mañana llamando a los guías de pesca de Escocia. Cuando he podido establecer comu¬nicación. Dicen que estará según prefiera el salmón o las truchas. ¿Y sus amigos? ¿Hay alguien en la univer¬sidad con quien vaya a pescar y pueda saberlo?

—No lo sé. Señora Montoya, me temo que estoy esperando una importantísima...

—Lo he intentado en todas partes: hoteles, al¬bergues, alquileres de barcos, incluso su barbero. Localicé a su esposa en Torquay, y me dijo que no le había comentado adonde iba. Espero que eso no signifique que estará por ahí con una mujer en vez de en Escocia.

—No creo que el señor Basingame...

—Sí, bueno, ¿entonces por qué nadie sabe dónde está? ¿Y por qué no ha llamado ahora que la epidemia aparece en todos los periódicos y vids?

—Señora Montoya, yo...

—Supongo que tendré que llamar a los guías del salmón y también a los de la trucha. Si le encuentro, se lo haré saber.

Colgó por fin, y Dunworthy soltó el receptor y se quedó mirándolo, convencido de que Andrews había intentado llamar mientras estaba hablando con Mon¬toya.

—¿No dijo que hubo un montón de epidemias en la Edad Media? —preguntó Colin. Estaba sentado jun¬to a la ventana con el libro en las rodillas, comiendo pa¬necillos.

—Sí.

—Bueno, pues no las encuentro. ¿Cómo se escribe?

—Prueba con Peste Negra.

Dunworthy esperó un ansioso cuarto de hora y luego trató de llamar a Andrews otra vez. Las líneas seguían colapsadas.

—¿Sabía que hubo Peste Negra en Oxford? —le dijo Colin. Se había ventilado los panecillos y había vuelto a las pastillas de jabón—. En Navidad. Igual que nosotros.

—La infección no puede compararse con la peste —respondió él mirando el teléfono como si pudiera hacerlo sonar con la fuerza de su voluntad—. La Peste Negra mató entre un tercio y la mitad de la población europea.

—Lo sé. Y la peste era mucho más interesante. La transmitían las ratas, y te salían esos enormes bobos...

—Bubas.

—¡Bubas bajo los brazos, y se volvían negras y se hinchaban hasta que eran enormes y entonces te mo¬rías! La infección no hace nada de todo eso —se lamen¬tó. Parecía decepcionado.

—No.

—Y la gripe es sólo una enfermedad. Había tres ti¬pos de peste. La bubónica, que es la de las bubas, la neumónica, que se te metía en los pulmones y tosías sangre, y la septiescénica...

—Septicemia.

—La septicemia que se te metía en la sangre y te mataba en tres horas y el cuerpo se te ponía todo ne¬gro. ¿No es apocalíptico?

—Sí.

El teléfono sonó justo después de las once, y Dunworthy lo cogió de nuevo, pero era Mary, dicien¬do que no podría ir a cenar.

—Hemos tenido cinco nuevos casos esta mañana.

—Iremos al hospital en cuanto reciba mi llamada —prometió Dunworthy—. Estoy esperando que tele¬fonee uno de mis técnicos. Voy a hacer que venga y lea el ajuste.

Mary parecía cansada.

—¿Lo has aclarado con Gilchrist?

—¡Gilchrist! ¡Está muy ocupado planeando enviar a Kivrin a la Peste Negra!

—De todos modos, creo que deberías decírselo. Es el decano en funciones, y sería absurdo enfrentarte con él. Si algo ha salido mal, y Andrews tiene que abortar el lanzamiento, necesitarás su cooperación. —Le son¬rió—. Lo discutiremos cuando vengas. Y cuando estés aquí, quiero que te vacunes.

—Creía que estabais esperando el análogo.

—Sí, pero no me acaba de convencer cómo responden los casos primarios al tratamiento recomendado por Atlanta. Unos pocos muestran una leve mejoría, pero Badri está peor. Quiero que la gente de alto riesgo reciba potenciación de leucocitos-T.

A mediodía, Andrews no había llamado todavía. Dunworthy envió a Colín al hospital para que se vacu¬nara. Regresó con aspecto dolorido.

—¿Tan malo fue? —preguntó Dunworthy.

—Peor —dijo Colin, aupándose al asiento de la ventana—. La señora Gaddson me pilló al entrar. Me estaba frotando el brazo, y exigió saber dónde había estado y por qué me vacunaban a mí en vez de a William. —Miró a Dunworthy con aire de reproche—. ¡Bueno, pues duele! Ella dijo que si alguien era alto riesgo era el pobre Willy y que era absoluta necrofilia que me inyectaran a mí en vez de a él.

—Nepotismo.

—Nepotismo. Espero que el cura le encuentre un trabajo absolutamente cadavérico.

—¿Cómo estaba tu tía Mary?

—No la vi. Estaban muy ocupados, con camas en los pasillos y todo el follón.

Colin y Dunworthy fueron por turnos a la cena de Navidad. Colin volvió al cabo de un cuarto de hora es¬caso.

—Las campaneras empezaron a tocar. El señor Finch me pidió que le dijera que se ha terminado el azúcar y la mantequilla, y casi no queda nata. —Sacó un pastelito del bolsillo de su chaqueta—. ¿Por qué nunca se quedan sin coles de Bruselas?

Dunworthy le dijo que lo avisara enseguida si lla¬maba Andrews y que anotara cualquier otro mensaje, y se fue a cenar. Las campaneras estaban en plena eufo¬ria, destrozando un canon de Mozart.

Finch le tendió un plato que parecía consistir casi exclusivamente en coles de Bruselas.

—Me temo que casi nos hemos quedado sin pavo, señor. Me alegro de que haya venido. Casi es la hora del mensaje de la Reina.

Las campaneras terminaron el Mozart entre aplau¬sos entusiastas, y la señora Taylor se acercó, todavía con los guantes blancos puestos.

—Por fin le encuentro, señor Dunworthy —dijo—. No le vi en el desayuno, y el señor Finch dijo que tenía que hablar con usted. Necesitamos una sala de prác¬ticas.

Dunworthy estuvo tentado de decir «No sabía que practicaban ustedes». Comió una col de Bruselas.

—¿Una sala de prácticas?

—Sí. Para que podamos practicar nuestro Chicago Surprise Minor. He acordado con el capellán de Christ Church que tocaremos nuestro repique allí el día de Año Nuevo, pero tenemos que ensayar en algún sitio. Le dije al señor Finch que la sala grande de Beard sería perfecta...

—La sala común sénior.

—Pero el señor Finch dijo que la estaban utilizan¬do como almacén de suministros.

¿Qué suministros?, pensó él. Según Finch, apenas quedaba nada, aparte de coles de Bruselas.

—Y dijo que las salas de conferencias se habilitarían como enfermería. Necesitamos un sitio tranquilo don¬de podamos concentrarnos. El Chicago Surprise Minor es muy complicado. Los cambios de entrada y salida y las alteraciones del final requieren una completa con¬centración. Y por supuesto, está el requiebro extra.

—Sí, claro.

—La sala no tiene por qué ser grande, pero sí debe estar apartada. Hemos estado practicando aquí en el comedor, pero la gente entra y sale constantemente, y el tenor no para de perder el ritmo.

—Estoy seguro de que ya encontraremos algo.

—Naturalmente, con siete campanas podríamos tocar triples, pero el North American Council tocó Triples de Filadelfia aquí el año pasado, e hizo un tra¬bajo horrible, según he oído decir. El tenor quedó des¬fasado y tocó fatal. Ésa es otra de las razones por las que necesitamos una buena sala de prácticas. El com¬pás es muy importante.

—Sí, claro —repitió Dunworthy.

La señora Gaddson apareció al fondo, con aspecto fiero y maternal.

—Me temo que estoy esperando una conferencia muy importante —dijo, poniéndose en pie para que la señora Taylor quedara entre él y la señora Gaddson.

—¿Una conferencia? —dijo la señora Taylor, sa¬cudiendo la cabeza—. Oh, se refiere a una llamada de larga distancia. ¡Ingleses! ¡La mitad de las veces no en¬tiendo lo que dicen!

Dunworthy escapó por la puerta trasera, prome¬tiendo encontrar una sala de ensayos para que pudie¬ran perfeccionar sus redobles, y volvió a sus habitacio¬nes. Andrews no había llamado. Había un mensaje de Montoya.

—Me pidió que le dijera «No importa» —informó Colin.

—¿Eso es todo? ¿No dijo nada más?

—No. Sólo esta frase: «Dile al señor Dunworthy que no importa.»

Dunworthy se preguntó si por algún milagro Mon¬toya había localizado a Basingame y conseguido su fir¬ma, o si simplemente había descubierto si prefería el sal¬món o las truchas. Pensó en llamarla, pero temió que las líneas escogieran ese momento para quedar libres y que Andrews telefoneara.

No lo hizo, o no lo hicieron, hasta casi las cuatro.

—Lamento muchísimo no haber llamado antes —dijo Andrews.

Seguía sin haber imagen, pero Dunworthy oía mú¬sica y conversación de fondo.

—Estuve fuera hasta anoche, y he tenido muchísimos problemas para localizarle —dijo Andrews—. Las líneas estaban saturadas, por cosa de las vacaciones, ya sabe. He estado intentando todo...

—Necesito que venga a Oxford —interrumpió Dunworthy—. Necesito que lea un ajuste.

—Por supuesto, señor —dijo Andrews al instan¬te—. ¿Cuándo?

—En cuanto sea posible. ¿Esta noche?

—Oh —dijo, menos dispuesto—. ¿Le importa que sea mañana? Mi pareja no vendrá hasta esta noche, y habíamos planeado celebrar la Navidad mañana, pero podría coger un tren por la tarde o por la noche. ¿Servirá eso, o hay un límite para calcular el ajuste?

—El ajuste ya está calculado, pero el técnico ha contraído un virus, y necesito que alguien lo lea —dijo Dunworthy. Hubo un súbito estallido de risas al otro lado de la conexión—. ¿A qué hora cree que puede es¬tar aquí?

—No estoy seguro. ¿Puedo llamarle mañana y de¬cirle cuándo llegaré en el metro ?

—Sí, pero sólo se puede coger el metro hasta Barton. Tendrá que coger un taxi hasta el perímetro. Me encargaré de que le dejen pasar. ¿De acuerdo, An¬drews?

No contestó, aunque Dunworthy seguía oyendo la música.

—¿Andrews? ¿Está todavía ahí? —Era enloquece¬dor no poder ver.

—Sí, señor —respondió Andrews, pero con tono alerta—. ¿Qué dijo que quería que hiciera?

—Que leyera un ajuste. Ya se ha hecho, pero el técnico...

—No, lo otro. Lo de coger el metro hasta Barton.

—Coja el metro hasta Barton —dijo Dunworthy, en voz alta y con cuidado—. Llega hasta ahí. A partir de entonces, tendrá que coger un taxi hasta el períme¬tro de la cuarentena.

—¿ Cuarentena ?

—Sí —replicó Dunworthy, irritado—. Me encar¬garé de que le dejen pasar.

—¿Qué tipo de cuarentena?

—Un virus. ¿No se ha enterado?

—No, señor. He estado dirigiendo un lanzamiento en Florencia. He llegado esta misma tarde. ¿Es grave? —No parecía asustado, sólo interesado.

—Ochenta casos hasta el momento.

—Ochenta y dos —puntualizó Colin desde el asien¬to de la ventana.

—Pero lo han identificado, y la vacuna ya está en camino. No ha habido ninguna muerte.

—Pero apuesto a que sí un montón de gente desdi¬chada que quería pasar las Navidades en casa. Le llama¬ré por la mañana, entonces, en cuanto sepa a qué hora llegaré.

—Sí. Estaré aquí —gritó Dunworthy para ase¬gurarse de que Andrews le oiría sobre el ruido de fondo.

—Bien —dijo Andrews. Hubo otro estallido de risa y entonces silencio cuando colgó.

—¿Va a venir? —preguntó Colin.

—Sí. Mañana. —Dunworthy marcó el número de Gilchrist.

Apareció Gilchrist, sentado ante su mesa y con as¬pecto beligerante.

—Señor Dunworthy, si lo que pretende es poder sacar a la señorita Engle...

Lo haría si pudiera, pensó Dunworthy, y se pre¬guntó si Gilchrist era consciente de que Kivrin ya ha¬bía dejado el lugar del lanzamiento y no estaría allí si abrían la red.

—No —lo interrumpió—. He localizado a un téc¬nico que podrá venir a leer el ajuste.

—Señor Dunworthy, he de recordarle...

—Soy plenamente consciente de que está usted al cargo de este lanzamiento —añadió Dunworthy, tra¬tando de controlar su temperamento—. Sólo intentaba ayudar. Como conocía la dificultad de encontrar técni¬cos durante las vacaciones, telefoneé a uno en Reading. Puede estar aquí mañana.

Gilchrist frunció los labios en una mueca de des¬aprobación.

—Nada de esto sería necesario si su técnico no hu¬biera caído enfermo, pero como lo ha hecho, supongo que tendré que aceptarlo. Haga que se presente ante mí en cuanto llegue.

Dunworthy consiguió despedirse de forma civili¬zada, pero en cuanto la pantalla se quedó en blanco, colgó de golpe, volvió a descolgar el receptor y empezó a marcar números. Encontraría a Basingame aunque le llevara toda la tarde.

Pero el ordenador intervino y le informó de que todas las líneas estaban ocupadas. Colgó y se quedó mirando la pantalla en blanco.

—¿Espera otra llamada? —preguntó Colin.

—No.

—Entonces, ¿podemos ir al hospital? Tengo un re¬galo para mi tía Mary.

Y yo he de encargarme de que dejen entrar a An¬drews en la zona de cuarentena, pensó Dunworthy.

—Buena idea. Puedes llevar tu bufanda nueva.

Colin se la guardó en el bolsillo de la chaqueta.

—Me la pondré cuando lleguemos —sonrió—. No quiero que nadie me vea por el camino.

No había nadie para verlos. Las calles estaban de¬siertas, ni siquiera había bicicletas o taxis. Dunwor¬thy recordó la observación del vicario de que cuando la epidemia se afianzara, la gente se atrincheraría en sus casas. Se trataba de eso, o bien se habían quedado en casa por el sonido del carillón de Carfax, que no sólo estaba masacrando The Carol of the Bells, sino que parecía más fuerte, resonando en las calles vacías. O a lo mejor estaban durmiendo después de cenar demasiado. O no eran tontos y permanecían a salvo de la lluvia.

No vieron a nadie hasta que llegaron al hospital. Una mujer con una gabardina Burberry esperaba de¬lante del Pabellón de Admisiones con una pancarta que decía «Prohiban las enfermedades extranjeras». Un hombre con mascarilla les abrió la puerta y le tendió a Dunworthy un folleto húmedo.

Dunworthy preguntó por Mary en el mostrador de admisiones y entonces leyó el folleto. En letra ne¬grita decía: «COMBATA  LA  INFLUENZA, VOTE  POR  SALIR  DE  LA C.E..» Debajo había un párrafo: «¿Por qué esta sepa-rado de sus seres queridos esta Navidad? ¿Por qué se ve obligado a quedarse en Oxford? ¿Por qué corre pe¬ligro de caer enfermo y morir? Porque la C.E. permite que extranjeros infectados entren en Inglaterra, e In-glaterra no dice nada al respecto. Un inmigrante hindú con un virus letal...»

Dunworthy no leyó el resto. Dio la vuelta al papel. Decía: «Votar por la Secesión es votar por la salud. Co¬mité por una Gran Bretaña Independiente.»

Mary llegó, y Colin sacó la bufanda del bolsillo y se la puso rápidamente alrededor del cuello.

—Feliz Navidad —dijo—. Gracias por la bufanda. ¿Quieres que abra tu petardo?

—Sí, por favor —contestó Mary. Parecía cansada. Llevaba la misma bata que hacía dos días. Alguien le había prendido una ramita de acebo en la solapa.

Colin abrió el petardo sorpresa.

—Ponte el sombrero —dijo, desplegando una gran corona de papel azul.

—¿Has conseguido descansar algo? —preguntó Dunworthy.

—Un poco —asintió ella, mientras se ponía la co¬rona sobre el pelo canoso y despeinado—. Hemos te¬nido treinta nuevos casos desde mediodía, y he pasado la mayor parte del día intentando que el WIC me dé las secuencias, pero las líneas están ocupadas.

—Lo sé. ¿Puedo ver a Badri?

—Sólo un par de minutos. —Ella frunció el ceño—. No responde a la sintamicina, ni tampoco las dos estu¬diantes del baile de Headington. Beverly Breen ha me¬jorado un poco. Eso me preocupa. ¿Has recibido tu po¬tenciación de leucocitos-T?

—Todavía no. Colin sí.

—Y dolió un montón —protestó el niño, que esta¬ba desplegando el papel del interior del petardo—. ¿Quieres que lea tu mensaje?

Ella asintió.

—Necesito que un técnico entre en la zona de cua¬rentena mañana para que lea el ajuste de Kivrin —dijo Dunworthy—. ¿Qué debo hacer para conseguirlo?

—Nada, que yo sepa. Intentan que la gente no sal¬ga, pero no impiden que entre.

La encargada de Admisiones llevó a Mary a un lado, y le habló en voz baja y urgente.

—Debo irme —dijo Mary—. No te marches hasta que recibas tu potenciación. Vuelve aquí cuando hayas visto a Badri. Colin, espera aquí al señor Dunworthy.

Dunworthy subió a Aislamiento. No había nadie en el mostrador, así que se puso un equipo de RPE, re¬cordando dejar los guantes para lo último, y entró.

La enfermera guapa que estaba tan interesada en William tomaba el pulso a Badri, con los ojos fijos en las pantallas. Dunworthy se detuvo al pie de la cama.

Mary había dicho que Badri no respondía al trata¬miento, pero de todos modos Dunworthy se sorpren¬dió al verlo. Tenía la cara más oscura por efecto de la fiebre, y los ojos parecían hinchados, como si alguien le hubiera golpeado. Tenía el brazo derecho torcido. Estaba púrpura en la parte interior del codo. El otro brazo estaba peor, negro.

—¿Badri? —dijo, y la enfermera sacudió la cabeza.

—Sólo puede quedarse un momento.

Dunworthy asintió.

Ella colocó la mano de Badri a un lado, tecleó algo en la consola, y salió.

Dunworthy se sentó junto a la cama y observó las pantallas. Parecían igual, todavía indescifrables, las grá¬ficas y puntas y números no le decían nada. Contempló a Badri, que yacía con aspecto derrotado. Le palmeó la mano suavemente y se levantó para marcharse.

—Fueron las ratas —murmuró Badri.

—¿Badri? Soy el señor Dunworthy.

—Señor Dunworthy... —dijo Badri, pero no abrió los ojos—. Me estoy muriendo, ¿verdad?

Dunworthy sintió un retortijón de miedo.

—No, claro que no —dijo roncamente—. ¿De dón¬de has sacado esta idea?

—Siempre es fatal.

—¿El qué?

Badri no contestó. Dunworthy se sentó con él has¬ta que llegó la enfermera, pero no dijo nada más.

—¿Señor Dunworthy? —dijo ella—. Necesita des¬cansar.

—Lo sé.

Dunworthy se dirigió a la puerta y luego miró a Badri. Abrió la puerta.

—Los mató a todos —dijo Badri—. A media Eu¬ropa.

Colin esperaba junto al mostrador de Admisiones cuando Dunworthy volvió abajo.

—Los regalos de mi madre no han llegado por cul¬pa de la cuarentena. El cartero no los dejó pasar.

Dunworthy le habló a la enfermera de Admisiones de la potenciación de leucocitos-T y la mujer asintió.

—Sólo será un momento.

—No pude leerle su mensaje —le dijo Colin—. ¿Quiere oírlo? —No esperó una respuesta—, «¿Dónde estaba Papá Noel cuando se apagó la luz?»

Esperó, ansioso.

Dunworthy sacudió la cabeza.

—En la oscuridad.

Se sacó el chicle del bolsillo, le quitó el envoltorio, y se lo metió en la boca.

—Está preocupado por su chica, ¿eh?

—Sí.

Dobló el envoltorio del chicle en un paquete dimi¬nuto.

—Lo que no comprendo es por qué no va a bus¬carla.

—No está allí. Debemos esperar al encuentro.

—No, quiero decir por qué no va al mismo tiempo en que la envió y la encuentra mientras está allí. Antes de que suceda nada. Puede ir a cualquier tiempo que quiera, ¿no?

—No. Puedes enviar a un historiador a cualquier momento, pero una vez está allí, la red sólo puede ope¬rar en tiempo real. ¿Estudiaste las paradojas en el co¬legio?

—Sí —dijo Colin, pero parecía inseguro—. ¿Son como las reglas de los viajes en el tiempo?

—El continuum espacio-tiempo no permite para¬dojas. Sería una paradoja si Kivrin hiciera que sucedie¬ra algo que no pasó, o si provocara un anacronismo.

Colin seguía pareciendo inseguro.

—Una de las paradojas es que nadie puede estar en dos sitios al mismo tiempo. Ella lleva ya en el pasado cuatro días. No hay nada que podamos hacer para cambiar eso. Ya ha sucedido.

—¿Entonces, cómo vuelve?

—Cuando atravesó, el técnico hizo lo que llama¬mos un ajuste. Eso le dice exactamente dónde está, y actúa como... um... —Buscó una palabra comprensi¬ble—. Una cuerda. Ata los dos tiempos para que la red pueda volver a ser abierta en un momento determina¬do, y podamos recogerla.

—Como «¿Nos veremos en la iglesia a las seis y media?»

—Exactamente. Eso se llama encuentro. El de Kivrin  ocurrirá dentro de dos semanas. El veintiocho de diciembre. Ese día, el técnico abrirá la red, y Kivrin volverá a atravesar.

—Creí que había dicho que allí era el mismo tiem¬po. ¿Cómo puede ser el veintiocho dentro de dos semanas?

—En la Edad Media se regían por un calendario distinto. Allí es diecisiete de diciembre. La fecha de nuestro encuentro es el seis de enero.

Si ella está allí. Si puedo encontrar un técnico que abra la red.

Colin se sacó el chicle de la boca y lo miró, pensati¬vo. Tenía puntitos blancos y azules y parecía un mapa de la luna. Volvió a metérselo en la boca.

—Así que si yo fuera a 1320 el veintiséis de diciem¬bre, podría pasar la Navidad dos veces.

—Sí, supongo que sí.

—Apocalíptico. —Desplegó el envoltorio del chi¬cle y lo volvió a plegar en un paquete aún más diminu¬to—. Creo que se han olvidado de usted, ¿no?

—Eso parece —suspiró Dunworthy. Cuando pasó un enfermero, Dunworthy lo detuvo y le dijo que esta¬ba esperando una potenciación de leucocitos-T.

—¿Sí? —se extrañó el hombre. Parecía sorprendi¬do—. Intentaré averiguar qué pasa. —Desapareció en Admisiones.

Esperaron un poco más. «Fueron las ratas», había dicho Badri. Y la primera noche le preguntó a Badri por el año que era. Pero había dicho que se produjo un deslizamiento mínimo. Había dicho que los cálculos del estudiante eran correctos.

Colin se sacó el chicle y lo examinó varias veces para ver si cambiaba de color.

—Si sucediera algo terrible, ¿no podrían quebrantar las reglas? —preguntó, mirando el chicle—. ¿Si ella se cortara el brazo, o muriera, o una bomba la hiciera volar, o algo así?

—No son reglas, Colin. Son leyes científicas. No podríamos quebrantarlas aunque lo intentáramos. Si quisiéramos dar marcha atrás a hechos que hayan suce¬dido, la red simplemente no se abriría.

Colin escupió el chicle en el envoltorio y dobló cuidadosamente el papelito arrugado a su alrededor.

Se guardó el chicle envuelto en el bolsillo de su chaqueta y sacó un grueso paquete.

—Me olvidé de darle a tía Mary su regalo de Na¬vidad.

Se levantó de un salto y se asomó a Admisiones an¬tes de que Dunworthy le pidiera que esperase, se diri¬gió a la puerta opuesta y volvió rápidamente.

—¡Mierda! ¡La gorda está aquí! ¡Viene para acá!

Dunworthy se levantó.

—Lo que nos faltaba.

—Por aquí —dijo Dunworthy—. Entré por la puerta trasera la noche que llegué. —Salió corriendo en dirección contraria—. ¡Vamos!

Dunworthy no pudo echar a correr, pero recorrió velozmente el laberinto de pasillos que Colin indicaba y salió por una entrada de servicio a una calle lateral. Un hombre con un tablón de anuncios esperaba bajo la lluvia. El tablón decía: «La condena que temíamos ha llegado», lo cual parecía extrañamente adecuado.

—Me aseguraré de que no nos ve —murmuró Co¬lin, y corrió hacia la parte delantera del edificio.

El hombre le tendió a Dunworthy un folleto. «¡EL FINAL DE LOS TIEMPOS ESTÁ CERCA!», decía en feroces letras mayúsculas. «"Temed a Dios, pues la hora del Juicio ha llegado." Apocalipsis, 14.7.»

Colín le hizo señas desde la esquina.

—Todo va bien —jadeó Colin, casi sin aliento—. Está dentro gritándole a la enfermera.

Dunworthy le devolvió el folleto al hombre y si¬guió a Colin, quien le guió hasta Woodstock Road. Dunworthy miró ansiosamente hacia la puerta de Ad¬misiones, pero no vio a nadie, ni siquiera a los piquetes contra la CE.

Colin recorrió otra manzana, y luego redujo la marcha. Sacó el paquete de pastillas de jabón de su bolsillo y ofreció una a Dunworthy, quien declinó la oferta.

Colin se metió una pastilla rosa en la boca y dijo, no demasiado claramente:

—Es la mejor Navidad que he pasado en mi vida.

Dunworthy reflexionó sobre aquel comentario durante varias manzanas.

El carillón estaba masacrando In the Bleak Mid-winter, cosa que también parecía adecuada, y las calles seguían desiertas, pero cuando salieron a Broad, una figura conocida corrió hacia ellos, encogida contra la lluvia.

—Ahí viene el señor Finch —anunció Colin.

—Vaya por Dios. ¿Qué se nos habrá acabado ahora?

—Espero que sean las coles de Bruselas.

Finch alzó la cabeza al oír sus voces.

—Por fin le encuentro, señor Dunworthy. Gracias a Dios. Le he estado buscando por todas partes.

—¿Qué pasa? Le dije a la señora Taylor que me encargaría de su sala de ensayos.

—No es eso, señor. Son los retenidos. Dos de ellos han contraído el virus.

 

TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL JUICIO FINAL

(032631-034122)

 

21 de diciembre de 1320 (Calendario Antiguo). El padre Roche no sabe dónde está el lugar de recogida. Le pedí que me llevara a donde lo encontró Gawyn, pero aunque estuve en el claro no recuperé la memoria. Está claro que Gawyn no se topó con él hasta que estu¬vo bastante lejos del lugar, y para entonces yo deliraba por completo.

Y hoy me he dado cuenta de que nunca daré con el sitio yo sola. El bosque es demasiado grande, y está lle¬no de claros y robles y grupitos de sauces que parecen iguales ahora que ha nevado. Tendría que haber marca¬do el lugar con algo más que el cofre.

Gawyn tendrá que mostrarme dónde está el lugar, y todavía no ha vuelto. Rosemund me dijo que sólo hay medio día de viaje hasta Courcy, pero que proba¬blemente pasará allí la noche debido a la lluvia.

Ha estado lloviendo mucho desde que regresamos, y supongo que debería alegrarme, porque eso tal vez derrita la nieve, pero me imposibilita salir y buscar el lugar, y hace mucho frío en la casa. Todo el mundo lle¬va la capa puesta y se acurruca junto al fuego.

¿Qué hacen los aldeanos? Sus chozas ni siquiera pueden protegerlos del viento, y en la que yo estuve no había ni mantas. Deben de estar congelándose literal¬mente, y según me contó Rosemund, el senescal dijo que iba a llover hasta Nochebuena.

Rosemund pidió disculpas por su mala conducta en el bosque y me dijo que estaba enfadada con su her¬mana.

Agnes no tenía nada que ver: sin duda lo que la irritaba era la noticia de que su prometido había sido invitado para Navidad, y cuando tuve la oportunidad de estar con ella a solas, le pregunté si le preocupaba el matrimonio.

—Mi padre lo ha dispuesto así —dijo, ensartando su aguja—. Nos prometimos en san Martín. Vamos a casarnos en Pascua.

—¿Y tú consientes? —pregunté.

—Es una buena boda. Sir Bloet goza de muy buena situación, y tiene posesiones que se unirán a las de mi padre.

—¿Te gusta?

Ella clavó la aguja en el lino enmarcado en madera.

—Mi padre nunca dejaría que me ocurriera nada malo —afirmó, y sacó el largo hilo.

No añadió nada más, y todo lo que pude sacarle a Agnes fue que sir Bloet es simpático y que le había re¬galado un penique de plata, sin duda como parte de los regalos del compromiso.

Agnes estaba demasiado preocupada por su rodilla para decirme nada más. Dejó de quejarse a medio ca¬mino de regreso a casa, y luego cojeó exageradamente cuando se bajó del caballo. Pensé que sólo intentaba llamar la atención, pero cuando le miré la rodilla, la costra había desaparecido casi por completo. La zona alrededor estaba roja e hinchada.

La lavé, la envolví en la tela más limpia que encontré (me temo que fue una de las cofias de Imeyne, la encon¬tré en el cofre al pie de la cama), e hice que permaneciera sentada junto al fuego y jugara con su caballero, pero es¬toy preocupada. Si se infecta, podría ser grave. No había antimicrobiales en el siglo XIV.

Eliwys está muy preocupada también. A todas lu¬ces, esperaba que Gawyn regresara esta noche, y ha ido a asomarse a la puerta continuamente. A veces, como hoy, creo que le ama, y tiene miedo de lo que eso signi¬fica para ambos. El adulterio era un pecado mortal a los ojos de la Iglesia, y a menudo resultaba peligroso. Pero casi todo el tiempo pienso que el amour de él no es correspondido en lo más mínimo, que ella está tan preocupada por su marido que ni siquiera se da cuenta de su existencia.

La dama pura e inconquistable era el ideal de los amores corteses, pero está claro que él no sabe si ella le corresponde. Su rescate y su historia de los renegados en el bosque era sólo un intento de impresionarla (hu¬biera sido mucho más impresionante si hubiera habido veinte renegados, todos armados con espadas y mazas y hachas de batalla). Es evidente que haría cualquier cosa por conseguirla, y lady Imeyne lo sabe. Y por eso creo que lo ha enviado a Courcy.

 

18

 

Cuando volvieron a Balliol, otros dos retenidos habían contraído el virus. Dunworthy envió a Colin a la cama y ayudó a Finch a acostar a los retenidos y tele¬foneó al hospital.

—Todas nuestras ambulancias están fuera —le dijo la encargada—. Enviaremos una en cuanto nos sea po¬sible.

Eso fue a medianoche. Dunworthy no regresó y se acostó hasta pasada la una.

Colin estaba dormido en el jergón que Finch le ha¬bía preparado, con La Era de la Caballería junto a la cabeza. Dunworthy pensó en guardar el libro, pero no quería arriesgarse a despertarlo. Se metió en la cama.

Kivrin no podía estar en la peste. Badri había dicho que había un deslizamiento de cuatro horas, y la peste no alcanzó Inglaterra hasta 1348. Kivrin había sido en¬viada a 1320.

Se dio la vuelta y cerró los ojos. No podía estar en la peste. Badri deliraba. Había dicho todo tipo de co¬sas, habló de tapas, porcelana rota y ratas. Nada de aquello tenía el menor sentido. Era puro delirio. Le ha¬bía dicho a Dunworthy que lo siguiera. Le había dado notas imaginarias. Nada de aquello significaba nada.

«Fueron las ratas», había dicho. Los contemporá¬neos no sabían que se transmitía por las pulgas de las ratas. No tenían ni idea de qué la causaba. Habían acu¬sado a todo el mundo, a los judíos, a las brujas y a los locos. Habían murmurado conjuros y colgado a las viejas. Habían quemado a los forasteros en la hoguera.

Se levantó de la cama y se dirigió al salón. Caminó de puntillas alrededor del colchón de Colin y quitó La Era de la Caballería de debajo de su cabeza. Colin se agitó, pero no se despertó.

Dunworthy se sentó junto a la ventana y buscó la Peste Negra. Empezó en China en 1333, y se propagó al oeste en los barcos mercantes que iban a Mesina en Sicilia y de ahí pasó a Pisa. Se extendió por Italia y Francia (ochenta mil muertos en Siena, cien mil en Flo¬rencia, trescientos mil en Roma) antes de cruzar el Ca¬nal. Alcanzó Inglaterra en 1348, «un poco antes de la fiesta de San Juan», el veinticuatro de junio.

Eso significaba un deslizamiento de veintiocho años. A Badri le preocupaba que se hubiera producido mucho deslizamiento, pero se refería a semanas, no a años.

Extendió la mano hacia la estantería y cogió Pan¬demias, de Fitzwiller.

—¿Qué hace? —preguntó Colin, adormilado.

—Leyendo sobre la Peste Negra —susurró él—. Duérmete.

—No la llamaban así entonces —murmuró Colin alrededor de su chicle. Se dio la vuelta, arrebujándose en las mantas—. La llamaban el mal azul.

Dunworthy se llevó los dos libros a la cama. Según Fitzwiller, la peste llegó a Inglaterra el día de san Pe¬dro, el veintinueve de junio de 1348. Alcanzó Oxford en diciembre, Londres en octubre de 1349, y luego se movió hacia el norte y volvió a cruzar el Canal hacia los Países Bajos y Noruega. Llegó a todas partes excep¬to a Bohemia, y Polonia, que tenía establecida una cuarentena, y, extrañamente, tampoco alcanzó algunas zo-nas de Escocia.

Dondequiera que fue, barrió el territorio como el Ángel de la Muerte, devastando pueblos enteros, sin dejar a nadie con vida para administrar los últimos sa¬cramentos o enterrar los cuerpos putrefactos. En un monasterio, murieron todos los monjes menos uno.

El único superviviente, John Clyn, dejó un regis¬tro: «Y para que las cosas que deben ser recordadas no perezcan con el tiempo y desaparezcan de la memoria de quienes nos sucedan —había escrito—, yo, al ver tantos males y a todo el mundo al alcance del Maligno, como si ya estuviera entre los muertos, yo, que espero a la muerte, he puesto por escrito todas las cosas que he presenciado.»

Lo había anotado todo, un auténtico historiador, y luego al parecer murió, completamente solo. Su escri¬tura en el manuscrito se acababa, y luego, con otra le¬tra, alguien había escrito: «Aquí parece que murió el autor.»

Alguien llamó a la puerta. Era Finch, en bata y con aspecto preocupado y agotado.

—Otra de las retenidas, señor —dijo.

Dunworthy se llevó un dedo a los labios y salió al pasillo con Finch.

—¿Ha telefoneado al hospital?

—Sí, señor, pero pasarán varias horas antes de que puedan enviar a una ambulancia. Dijeron que la aislá¬ramos, y le diéramos dimantadina y zumo de naranja.

Dunworthy hizo que Finch esperara fuera mien¬tras se vestía y encontraba su mascarilla, y fueron jun¬tos a Salvin. Un grupo de retenidos esperaba junto a la puerta, vestidos con una extraña mezcla de ropa inte-rior, abrigos y mantas. Sólo unos pocos llevaban pues¬tas las mascarillas. Pasado mañana todos habrán caído, pensó Dunworthy.

—Gracias a Dios que está usted aquí —dijo fervientemente una de las retenidas—. No podemos hacer nada con ella.

Finch le condujo a la retenida, que estaba sentada en su cama. Era una mujer mayor de pelo cano y algo escaso, y tenía los mismos ojos brillantes de fiebre, la misma expresión alerta de Badri la primera noche.

—¡Márchese! —dijo cuando vio a Finch, e hizo ademán de abofetearlo. Volvió sus ojos ardientes hacia Dunworthy—. ¡Papi! —gritó, e hizo un puchero—. He sido muy mala —dijo con voz infantil—. Me comí todo el pastel de cumpleaños, y ahora me duele la ba¬rriga.

—¿Ve a qué me refería, señor? —intervino Finch.

—¿Vienen los indios, papi? No me gustan los in¬dios. Tienen arcos y flechas.

Hasta el amanecer no pudieron llevarla a una de las salas de conferencias y acostarla en un colchón. Dun¬worthy acabó por decirle:

—Tu papi quiere que su niña buena se acueste.

Justo después de que la calmaran, llegó la ambu¬lancia.

—¡Papi! —gimió ella cuando cerraron las puer¬tas—. ¡No me dejes aquí sola!

—Dios mío —exclamó Finch cuando la ambulan¬cia se hubo marchado—. Ya ha pasado la hora del de¬sayuno. Espero que no se hayan comido todo el bacon.

Se dirigió al almacén de suministros, y Dunworthy volvió a sus habitaciones a esperar la llamada de An¬drews. Colin bajaba las escaleras, comiendo una tosta¬da y poniéndose la chaqueta al mismo tiempo.

—El vicario quiere que ayude a recoger ropa para los retenidos —dijo, con la boca llena—. Tía Mary ha telefoneado. Tiene que volver a llamarla.

—¿Pero Andrews no?

—No.

—¿Ha sido restaurado el visual?

—No.

—Ponte la mascarilla —gritó Dunworthy a sus es¬paldas—. ¡Y la bufanda!

Llamó a Mary y esperó impaciente durante casi cinco minutos hasta que ella se puso al teléfono.

—¿James? —dijo la voz de Mary—. Es Badri. Pre¬gunta por ti.

—¿Está mejor, entonces?

—No. La fiebre sigue siendo muy alta, y está muy inquieto; no para de decir tu nombre, insiste en que tie¬ne algo que decirte. Está muy mal. Si pudieras venir y hablar con él, tal vez se calmaría.

—¿Ha dicho algo acerca de la peste?

—¿La peste? —preguntó ella, molesta—. No me digas que tú también has hecho caso a esos rumores ri¬dículos que van corriendo por ahí, James... que si es có¬lera, que si es dengue, que si es una recurrencia de la Pandemia...

—No. Es Badri. Anoche dijo: «Mató a media Eu¬ropa» y «Fueron las ratas».

—Está delirando, James. Es la fiebre. No significa nada.

Tiene razón, se dijo él. La retenida hablaba de in¬dios con arcos y flechas, y no te pusiste a buscar gue¬rreros sioux. Había mencionado el pastel de cumplea¬ños como explicación a su enfermedad, y Badri había hablado de la peste. No significaba nada.

Sin embargo, dijo que iría para allá inmediatamente y fue a buscar a Finch. Andrews no había especificado a qué hora llamaría, pero Dunworthy no podía dejar el teléfono desatendido. Deseó haber hecho quedarse a Colin mientras hablaba con Mary.

Finch estaría probablemente en el salón, prote¬giendo el bacon con su vida. Descolgó el receptor de la horquilla para que pareciera que estaba comunicando y cruzó el patio hasta el salón.

La señora Taylor lo encontró en la puerta.

—Estaba buscándole —dijo—. He oído que algu¬nos de los retenidos contrajeron el virus anoche.

—Sí —contestó él, buscando a Finch en el salón.

—Oh, cielos. Supongo que todos hemos quedado expuestos.

No encontró a Finch por ninguna parte.

—¿De cuánto es el período de incubación? —pre¬guntó la señora Taylor.

—Entre doce y cuarenta y ocho horas —respondió él. Estiró el cuello, intentando ver por encima de las ca¬bezas de los retenidos.

—Eso es horrible. ¿Y si una de nosotras cae en me¬dio del recital? Pertenecemos al Traditional, ya sabe, no al Council. Las reglas son muy explícitas.

Dunworthy se preguntó por qué Traditional, fuera lo que fuese aquello, había considerado necesario tener reglas referidas a los campaneros afectados por la gripe.

—Regla Número Tres —recitó la señora Taylor—. «Todo hombre debe ceñirse a su campana sin interrup¬ción.» No podemos poner a otra persona en medio de un recital aunque una de nosotras caiga. Y eso estro-pearía el ritmo.

Dunworthy tuvo una súbita imagen de una de las campaneras con sus guantecitos blancos desplomándo¬se y siendo sacada a patadas para que no perturbara el ritmo.

—¿Hay algún síntoma previo? —preguntó la se¬ñora Taylor.

—No.

—El papel que distribuyó el Ministerio de Sanidad hablaba de desorientación, fiebre y dolor de cabeza, pero eso no sirve de nada. Las campanas siempre dan dolor de cabeza.

Me lo imagino, pensó él, buscando a William Gad-dson o a cualquiera de los otros estudiantes que pudiera atender el teléfono.

—Si perteneciéramos al Council, por supuesto, no habría ningún problema. Dejan que la gente sustituya a diestro y siniestro. Durante un concierto en Titum Bob Maxims en York, tuvieron a diecinueve campane-ros. ¡Diecinueve! No veo cómo pueden considerarlo siquiera un recital.

Ninguno de sus estudiantes parecía estar en el sa¬lón, Finch sin duda se había atrincherado en la despen¬sa, y Colin se había marchado hacía un rato.

—¿Siguen necesitando una sala para ensayar? —le preguntó a la señora Taylor.

—Sí, a menos que una de nosotras caiga con esa en¬fermedad. Por supuesto, podríamos hacer Stedmans, pero no sería lo mismo, ¿verdad?

—Les dejaré usar mi sala de estar si responden al teléfono y anotan los mensajes que haya para mí. Espe¬ro una conferencia importante... una llamada de larga distancia, así que es esencial que haya alguien en la ha-bitación en todo momento.

La condujo a sus habitaciones.

—Oh, no es muy grande, ¿verdad? —observó ella—. No estoy segura de que haya espacio para ensayar nues¬tro crescendo. ¿Podemos apartar los muebles?

—Pueden hacer lo que quieran, siempre que atien¬dan al teléfono y anoten los mensajes. Espero una llamada del señor Andrews. Dígale que no necesita per¬miso para entrar en la zona de cuarentena. Que vaya di¬recto a Brasenose, que yo me reuniré allí con él.

—Bueno, bien, de acuerdo —suspiró ella, como si le estuviera haciendo un favor—. Al menos es mejor que esa cafetería llena de corrientes de aire.

La dejó redistribuyendo sus muebles, no muy con¬vencido de que fuera una buena idea encargarle aquella misión, y corrió a ver a Badri. Tenía que decirle algo. Los mató a todos. Media Europa.

La lluvia se había convertido en una pequeña bru¬ma, y los piquetes contra la CE habían crecido en nú¬mero delante del hospital. Un grupo de jóvenes de la edad de Colin se les había unido, llevando máscaras ne¬gras en la cara y gritando: «¡Dejad salir a mi pueblo!»

Uno de ellos agarró a Dunworthy por el brazo.

—El Gobierno no tiene derecho a mantenerle aquí en contra de su voluntad —dijo, acercando su cara pin¬tarrajeada a la mascarilla de Dunworthy.

—No seas idiota. ¿Quieres empezar otra Pan¬demia?

El niño le soltó el brazo, confundido, y Dunwor¬thy escapó al interior.

Admisiones estaba lleno de pacientes en camillas, y había una de pie junto al ascensor. Una figura de aspec¬to impresionante con voluminosas RPE leía algo al pa¬ciente de un libro envuelto en politeno.

—«¿Quién perecerá, siendo inocente? —dijo, y Dunworthy advirtió con horror que no era una enfer¬mera, sino la señora Gaddson—. ¿O dónde estaban los justos?» —recitó ella.

Se detuvo y hojeó las finas páginas de la Biblia, buscando otro pasaje consolador, y Dunworthy se desvió hacia un pasillo lateral y las escaleras, eterna¬mente agradecido al Ministerio de Sanidad por haber suministrado mascarillas.

—«El Señor los castigará a todos con consumi¬ción —entonó, su voz resonando en el pasillo mien¬tras Dunworthy huía—, y con fiebre, y con inflama¬ción».

Y los castigará con la señora Gaddson, pensó, y ella os leerá las Escrituras para levantaros la moral.

Subió las escaleras hasta Aislamiento, que al pare¬cer ocupaba ahora casi toda la primera planta.

—Aquí está —dijo la enfermera. Era otra vez la es¬tudiante rubia. Dunworthy se preguntó si tendría que advertirle sobre la señora Gaddson—. Casi le había dado por perdido. Le ha estado llamando toda la mañana.

Le tendió un paquete de RPE; él se las puso y la siguió.

—Hace media hora estaba completamente frené¬tico, llamándole sin parar —murmuró la enfermera—. Insistía en que tenía que decirle una cosa. Ahora está un poco mejor.

De hecho, Badri parecía considerablemente re¬cuperado. Había perdido el tono rojo y asustante, y aunque estaba un poco pálido, parecía casi como siem¬pre. Estaba medio sentado contra unas cuantas almoha¬das, y sus manos yacían sobre la tela, con los dedos do¬blados. Tenía los ojos cerrados.

—Badri —llamó la enfermera, y colocó la mano enguantada sobre su hombro y se inclinó hacia él—. El señor Dunworthy está aquí.

Él abrió los ojos.

—¿Señor Dunworthy?

—Sí. —Ella hizo una indicación con la cabeza—. Le dije que vendría.

Badri se enderezó, pero no miró a Dunworthy, sino hacia delante.

—Estoy aquí, Badri —dijo Dunworthy, y avanzó hasta quedar en su línea de visión.

Badri siguió mirando hacia delante y sus manos em¬pezaron a moverse inquietas sobre las rodillas. Dun¬worthy miró a la enfermera.

—Lleva un rato haciendo eso —dijo ella—. Creo que está tecleando. —Miró las pantallas y salió.

Estaba tecleando, en efecto. Tenía las muñecas apo¬yadas en las rodillas, y sus dedos pulsaban la manta en una compleja secuencia. Sus ojos contemplaban algo ante él (¿una pantalla?), y tras un momento frunció el ceño.

—Eso no puede estar bien —dijo, y empezó a te¬clear rápidamente.

—¿Qué es, Badri? ¿Qué anda mal?

—Debe de haber un error —dijo Badri. Se inclinó un poco hacia el lado—. Dame un línea-a-línea con la AAT.

Estaba hablando al oído de la consola, advirtió Dunworthy. Está leyendo el ajuste, pensó.

—¿Qué no puede estar bien, Badri?

—El deslizamiento —respondió Badri, los ojos fi¬jos en la pantalla imaginaria—. Comprueba los pará¬metros. Eso no puede estar bien.

—¿Qué ocurre con el deslizamiento? ¿Hubo más del que esperabas?

Badri no respondió. Tecleó un instante, se detu¬vo, contempló la pantalla y empezó a teclear frenéti¬camente.

—¿Cuánto deslizamiento hubo? ¿Badri? —pre¬guntó Dunworthy.

Él tecleó durante un minuto entero y se detuvo y miró a Dunworthy.

—Estoy muy preocupado —dijo, pensativo.

—¿Por qué estás preocupado, Badri?

Badri apartó de repente las mantas y se agarró a las barandillas de la cama.

—Tengo que encontrar al señor Dunworthy —ex¬clamó. Agarró la cánula y tiró de la cinta.

Las pantallas tras él se volvieron locas, llenas de crestas y pitidos. En alguna parte sonó una alarma.

—No debes hacer eso —dijo Dunworthy, y exten¬dió las manos para detenerlo.

—Está en el pub —jadeó Badri, rompiendo la cinta.

Las pantallas se quedaron súbitamente planas.

—Desconexión —dijo una voz de ordenador—. Desconexión.

La enfermera entró corriendo.

—Oh, cielos, ya es la segunda vez que lo hace. Se¬ñor Chaudhuri, no debe hacer eso. Se sacará la cánula.

—Vaya y traiga al señor Dunworthy. Ahora. Algo va mal —dijo Badri, pero se tendió y dejó que ella le ta¬para—. ¿Por qué no viene?

Dunworthy esperó a que la enfermera volviera a pegar la cánula y conectara nuevamente las pantallas, observando a Badri. Éste parecía agotado y apático, casi aburrido. Una nueva magulladura empezaba a for-marse sobre la cánula.

—Creo que será mejor traer un sedante —dijo la enfermera, y se marchó.

—Badri —dijo Dunworthy en cuanto se hubo ido—, soy el señor Dunworthy. Querías decirme algo. Mírame, Badri. ¿Qué es? ¿Qué va mal?

Badri lo miró, pero sin interés.

—¿Acaso, hubo demasiado deslizamiento, Badri? ¿Está Kivrin en la peste?

—No tengo tiempo —dijo Badri—. Estuve fuera el sábado y el domingo. —Empezó a teclear de nuevo, moviendo los dedos incesantemente sobre las man¬tas—. Eso no puede estar bien.

La enfermera volvió con un frasco para el gotero.

—Oh, bien —dijo él, y su expresión se relajó y se suavizó, como si le hubieran quitado un gran peso de encima—. No sé qué sucedió. Tenía un dolor de cabeza terrible.

Cerró los ojos antes de que ella terminara de co¬nectar la sonda a la cánula y empezó a roncar suavemente.

La enfermera condujo a Dunworthy al exterior.

—¿Qué dijo exactamente antes de que yo llegara? —preguntó él mientras se quitaba el traje.

—No dejaba de llamarle y decía que tenía que en¬contrarle, que tenía que decirle algo importante.

—¿Mencionó algo sobre ratas?

—No. Una vez dijo que tenía que encontrar a Ka-ren... o Katherine...

—Kivrin.

Ella asintió.

—Sí. Dijo: «Tengo que encontrar a Kivrin. ¿Está abierto el laboratorio?» Y luego comentó algo acerca de un cordero, pero nada de ratas, no creo. No enten¬día muchas cosas de las que decía.

Dunworthy lanzó los guantes impermeables a la bolsa.

—Quiero que anote todo lo que diga. No las par¬tes ininteligibles —añadió antes de que ella pudiera po¬ner ninguna objeción—. Todo lo demás. Volveré esta tarde.

—Lo intentaré —dijo ella—. Casi todo son ton¬terías.

Dunworthy bajó las escaleras. Casi todo eran ton¬terías, delirios febriles que no significaban nada, pero salió a coger un taxi. Quería volver a Balliol cuanto an¬tes, para hablar con Andrews y hacer que viniera a leer el ajuste.

«Eso no puede estar bien», había dicho Badri, y te¬nía que referirse al deslizamiento. ¿Podría haber mal-interpretado la cifra, aunque sólo era de cuatro horas, y luego descubrió... qué? ¿Que era de cuatro años? ¿O veintiocho?

—Llegará más rápido caminando —dijo alguien. Era el muchacho con las pinturas negras en la cara—. Si espera un taxi, se quedará aquí eternamente. Todos han sido requisados por el maldito Gobierno.

Señaló uno que aparcaba junto a la puerta de Ad¬misiones. Tenía una placa del Ministerio de Sanidad en la ventanilla.

Dunworthy dio las gracias al niño y regresó a Ba¬lliol. Volvía a llover, y caminó rápidamente, esperando que Andrews hubiera telefoneado ya, que estuviera ya en camino. «Vaya y traiga al señor Dunworthy inme-diatamente —había dicho Badri—. Ahora. Algo va mal», y era evidente que estaba reviviendo sus acciones después de haber hecho el ajuste, cuando corrió bajo la lluvia hasta el Cordero y la Cruz para buscarlo. «Eso no puede estar bien.»

Casi cruzó corriendo el patio hasta sus habitacio¬nes. Le preocupaba que la señora Taylor no hubiera oído el timbre del teléfono con el estruendo de sus campaneras, pero cuando abrió la puerta las encontró de pie en un círculo en medio de la habitación con las mascarillas puestas, los brazos levantados y las manos cruzadas como en súplica, bajando las manos y do-blando las rodillas una tras otra en solemne silencio.

—Ha llamado el guía del señor Basingame —anun¬ció la señora Taylor, levantándose e inclinándose—. Dijo que pensaba que el señor Basingame estaba en al¬guna parte de las Tierras Altas. Y el señor Andrews dijo que le telefoneara usted. Acaba de llamar.

Dunworthy llamó, sintiéndose inmensamente ali¬viado. Mientras esperaba a que Andrews contestara, observó la curiosa danza y trató de decidir la pauta. La señora Taylor parecía bambolearse en una base semi-rregular, pero las otras hacían sus extraños movimien¬tos sin ningún orden aparente. La más corpulenta, la señora Piantini, contaba para sí, con el ceño fruncido en gesto de concentración.

—He obtenido permiso para que entre en la zona de cuarentena. ¿Cuándo va a venir? —preguntó en cuanto el técnico contestó.

—Ésa es la cuestión, señor —dijo Andrews. Había visual, pero era demasiado borroso para interpretar su expresión—. No creo que pueda. He estado viendo la cuarentena en los vids, señor. Dicen que esta gripe hin¬dú es extremadamente peligrosa.

—No tiene por qué entrar en contacto con ninguno de los casos —observó Dunworthy—. Puedo disponer que vaya directamente al laboratorio de Brasenose. Es¬tará completamente a salvo. Es muy importante.

—Sí, señor, pero los vids dicen que puede haber sido causada por el sistema de calefacción de la Univer¬sidad.

—¿El sistema de calefacción? En la Universidad no hay sistema de calefacción, y las individuales de los co¬legios tienen más de cien años y no sirven ni para ca¬lentar, mucho menos podrán infectar. —Las campaneras se volvieron a una para mirarle, pero no alteraron su ritmo—. No tiene absolutamente nada que ver con el sistema de calefacción. Ni con la India, ni con la ira de Dios. Empezó en Carolina del Sur. La vacuna ya está en camino. Es perfectamente seguro.

Andrews parecía obstinado.

—De todas formas, señor, no me parece aconseja¬ble trasladarme allí.

Las campaneras se detuvieron bruscamente.

—Lo siento —dijo la señora Piantini, y empezaron otra vez.

—Hay que leer el ajuste. Tenemos a una historia¬dora en 1320, y no sabemos cuánto deslizamiento ha habido. Me encargaré que le paguen un plus de peli¬grosidad —dijo Dunworthy, y entonces advirtió que ésa era exactamente la estrategia equivocada—. Puedo disponer que esté aislado, o que lleve RPE o...

—Podría leer el ajuste desde aquí —sugirió An¬drews—. Tengo una amiga que establecerá la conexión de acceso. Es estudiante en Shrewsbury. —Hizo una pausa—. Es lo mejor que puedo hacer. Lo siento.

—Lo siento —repitió la señora Piantini.

—No, no, tocas en segundo lugar —dijo la señora Taylor—. Te mueves dos-tres-arriba y abajo y tres-cuatro abajo y luego conduces un tirón entero. Y man¬ten los ojos en las otras campaneras, no en el suelo. ¡Uno-dos-y-va! —Empezaron su danza otra vez.

—Simplemente, no puedo correr el riesgo —se jus¬tificó Andrews.

Estaba claro que no se iba a dejar convencer.

—¿Cómo se llama su amiga de Shrewsbury? —le preguntó Dunworthy.

—Polly Wilson —respondió Andrews, con tono aliviado. Le dio su número—. Dígale que necesita una lectura remota, solicitud IA, y transmisión puente. Me quedaré en este número. —Se dispuso a colgar.

—¡Espere! —exclamó Dunworthy. Las campañeras le miraron, con expresión de desaprobación—. ¿Cuál podría ser el deslizamiento máximo en un lanza¬miento a 1320?

—No tengo ni idea. Es difícil predecir los desliza¬mientos. Hay muchos factores.

—Una estimación. ¿Podrían ser veintiocho años?

—¿Veintiocho años? —dijo Andrews, y el tono de sorpresa hizo que Dunworthy experimentara un arre¬bato de alivio—. Oh, no lo creo. Hay una tendencia general a deslizamientos mayores cuanto más atrás se viaja, pero el aumento no es exponencial. Las compro¬baciones de parámetros se lo dirán.

—Medieval no hizo ninguna.

—¿Enviaron a una historiadora sin hacer compro¬baciones de parámetros? —Andrews parecía asom¬brado.

—Sin comprobaciones de parámetros, sin remo¬tos, sin tests de reconocimiento. Por eso es esencial que consiga ese ajuste. Quiero que me haga un favor.

Andrews se envaró.

—No será necesario que venga aquí —aclaró Dun¬worthy rápidamente—. Jesús College tiene una instala¬ción en Londres. Quiero que vaya y haga una compro¬bación de parámetros de un lanzamiento al mediodía del 13 de diciembre de 1320.

—¿Cuáles son las coordenadas locales?

—No lo sé. Las obtendré cuando vaya a Brasenose. Quiero que me telefonee aquí en cuanto haya determi¬nado el deslizamiento máximo. ¿Podrá hacerlo?

—Sí —contestó, pero parecía dubitativo otra vez.

—Bien. Llamaré a Polly Wilson. Lectura remota, solicitud IA, transmisión puente. Le llamaré en cuanto ella haya entablado contacto con Brasenose —dijo Dunworthy, y colgó antes de que Andrews pudiera cambiar de parecer.

Se quedó con el receptor en la mano, contemplan¬do a las campaneras. El orden cambiaba continuamente, pero por lo visto la señora Piantini no volvió a per¬der la cuenta.

Llamó a Polly Wilson y le dio los datos específicos que había dictado Andrews, preguntándose si también ella había estado viendo los vids, y tendría miedo del sistema de calefacción de Brasenose, pero la joven dijo rápidamente:

—Necesito encontrar un acceso. Le veré allí den¬tro de tres cuartos de hora.

Dunworthy dejó a las campaneras haciendo flexio¬nes y fue a Brasenose. La lluvia había menguado otra vez y por las calles circulaba más gente, aunque mu¬chas de las tiendas estaban cerradas. Quienquiera que estuviera a cargo del carillón de Carfax había pillado la gripe o se había olvidado de él debido a la cuarentena. Seguía tocando Bnng a Torch, Jeanette Isabella, o po¬siblemente O Tannebaum.

Había un piquete formado por tres personas de¬lante de una tienda hindú y media docena más ante Brasenose con una gran pancarta que decía: «LOS VIAJES EN EL TIEMPO SON UNA AMENAZA PARA LA SALUD.»

Reconoció a la joven que sujetaba uno de los extremos: era la auxiliar médico de la ambulancia.

Sistemas de calefacción, la CE y los viajes en el tiempo. Durante la Pandemia fueron el programa de guerra bacteriológica americano y el aire acondiciona¬do. En la Edad Media responsabilizaron a Satán y a la aparición de cometas de sus epidemias. Sin duda cuan¬do se descubriera el hecho de que el virus se había ori¬ginado en Carolina del Sur, la Confederación o el pollo frito del sur serían los culpables.

Entró en la portería. El árbol de Navidad se encon¬traba en un extremo del mostrador, con su ángel en lo alto.

—Vendrá a verme una estudiante de Shrewsbury para establecer un equipo de comunicación —le dijo al portero—. Tendrá que dejarnos entrar en el laboratorio.

—El laboratorio está restringido, señor.

—¿ Restringido ?

—Sí, señor. Lo han clausurado y no se permite en¬trar a nadie.

—¿Por qué? ¿Qué ha sucedido?

—Es debido a la epidemia, señor.

—¿La epidemia?

—Sí, señor. Tal vez sea mejor que hable con el se¬ñor Gilchrist, señor.

—Bien. Dígale que estoy aquí y que necesito en¬trar en el laboratorio.

—Me temo que ahora mismo no se encuentra aquí.

—¿Dónde está?

—En el hospital, creo. Fue...

Dunworthy no esperó a oír el resto. A mitad de ca¬mino se le ocurrió que Polly Wilson se quedaría espe¬rando sin saber adonde había ido, y mientras llegaba al hospital, pensó que Gilchrist podría estar allí porque había contraído el virus.

Bien, pensó, es lo que se merece, pero Gilchrist es¬taba en la pequeña sala de espera, sano y salvo, con una mascarilla del ministerio, subiéndose la manga para re¬cibir la vacuna que preparaba una enfermera.

—Su portero me dijo que el laboratorio está restrin¬gido —dijo Dunworthy, colocándose entre ellos—. Tengo que entrar. He encontrado un técnico para hacer un ajuste remoto. Necesitamos establecer un equipo transmisor.

—Me temo que eso será imposible. El laboratorio está en cuarentena hasta que la fuente del virus haya sido determinada.

—¿La fuente del virus? —preguntó Dunworthy, incrédulo—. El virus se originó en Carolina del Sur.

—No estaremos seguros de eso hasta que obtenga¬mos una identificación positiva. Hasta entonces, consi¬dero que lo mejor es minimizar cualquier riesgo po¬sible para la Universidad restringiendo el acceso al laboratorio. Ahora, si me disculpa, estoy aquí para reci¬bir mi potenciación del sistema inmunológico. —Se di¬rigió hacia la enfermera.

Dunworthy extendió el brazo para detenerlo.

—¿Qué riesgos?

—Ha habido considerable preocupación pública de que el virus haya sido transmitido a través de la red.

—¿Preocupación pública? ¿Se refiere a esos tres ta¬rados con la pancarta que hay ante su puerta?

—Esto es un hospital, señor Dunworthy —advir¬tió la enfermera—. Por favor, no alce la voz.

Él la ignoró.

—Ha habido «considerable preocupación públi¬ca», como usted dice, de que el virus haya sido causa¬do por las leyes de inmigración liberales —señaló—. ¿También pretende separarse de la CE?

Gilchrist levantó la barbilla y unas arruguitas apa¬recieron junto a su nariz, visibles incluso a través de la mascarilla.

—Como decano en funciones de la Facultad de Historia, es mi responsabilidad actuar en interés de la Universidad. Nuestra posición en la comunidad, como sin duda ya sabrá, depende del mantenimiento de la buena voluntad del pueblo. Me pareció importante cal¬mar los temores del público cerrando el laboratorio hasta que llegue la secuencia. Si indica que el virus es de Carolina del Sur, entonces por supuesto el laboratorio volverá a ser abierto inmediatamente.

—¿Y mientras tanto, qué será de Kivrin?

—Si no puede mantener un tono de voz normal —advirtió la enfermera—, me veré obligada a llamar a la doctora Ahrens.

—Excelente. Vaya y tráigala. Quiero que le diga al señor Gilchrist lo ridículo que está siendo. Este virus no puede haber llegado a través de la red.

La enfermera se marchó.

—Si sus manifestantes son demasiado ignorantes para entender las leyes de la física , seguro que podrán comprender el simple hecho de que fue un lanzamiento. La red se abrió a 1320, no desde allí. Nada la atravesó desde el pasado.

—Si ése es el caso, entonces la señorita Engle no corre ningún peligro, y no le hará ningún daño esperar a que llegue la secuencia.

—¿Que no corre peligro? ¡Ni siquiera sabe dónde está!

—Su técnico obtuvo el ajuste, e indicó que el lanza¬miento había sido un éxito y que se produjo un desliza¬miento mínimo —replicó Gilchrist. Se bajó la manga y abrochó el puño cuidadosamente—. Estoy satisfecho de que la señorita Engle esté donde se supone que debe estar.

—Bien, pues yo no. Y no lo estaré hasta que me asegure de que Kivrin atravesó la red a salvo.

—Debo recordarle de nuevo que la señorita Engle es mi responsabilidad, no la suya, señor Dunworthy. —Se puso el abrigo—. He de hacer lo que considero mejor.

—Y cree que lo mejor es establecer una cuarente¬na alrededor del laboratorio para aplacar a un puñado de chalados. También hay «considerable preocupa¬ción pública» de que el virus sea un castigo de Dios. ¿Qué pretende hacer para mantener la buena volun¬tad de esa gente? ¿Volver a quemar mártires en la ho¬guera?

—Lamento mucho esa observación. Y lamento su constante interferencia en asuntos que no le concier¬nen. Desde el principio decidió boicotear Medie¬val, impedir que obtuviera acceso a los viajes en el tiempo, y ahora está decidido a socavar mi autoridad. He de recordarle que soy decano en funciones de Historia en ausencia del señor Basingame, y como tal...

—¡Lo que es usted es un idiota ignorante y engreído al que nunca debería habérsele confiado Medieval, y

mucho menos la segundad de Kivrin!

—No veo ningún motivo para continuar con esta discusión —dijo Gilchrist—. El laboratorio está en cuarentena. Continuará así hasta que consigamos la se¬cuencia.

Se marchó.

Dunworthy le siguió y estuvo a punto de chocar con Mary. Ella llevaba RPE y leía una gráfica.

—No te creerás lo que ha hecho Gilchrist ahora. Un puñado de manifestantes le ha convencido de que el virus llegó a través de la red, y ha clausurado el labo¬ratorio.

Ella no dijo nada, ni siquiera levantó la cabeza de la gráfica.

—Badri dijo esta mañana que las cifras del desliza¬miento no podían estar bien. Lo dijo varias veces: «Algo va mal.»

Ella le miró, distraída, y volvió a consultar la gráfica.

—Tengo a un técnico listo para leer el ajuste de Ki¬vrin en modo remoto, pero Gilchrist ha cerrado las puertas. Tienes que hablar con él, decirle que se ha es¬tablecido firmemente que el virus procede de Carolina del Sur.

—Eso no sería cierto.

—¿Qué quieres decir? ¿Ha llegado la secuencia?

Ella sacudió la cabeza.

—El WIC localizó a su técnico, pero todavía está trabajando en ello. Pero su lectura preliminar indica que no es el virus de Carolina del Sur. —Le miró—. Y ahora sé que no lo es. —Consultó de nuevo la gráfica—. El vi¬rus de Carolina del Sur tenía una tasa de mortalidad cero.

—¿Qué quieres decir? ¿Le ha ocurrido algo a Badri?

—No —dijo ella, cerrando la gráfica y apretándola contra su pecho—. Beverly Green.

Dunworthy debió de quedarse blanco. Creía que iba a decir Latimer.

—La mujer del paraguas lavanda —dijo ella, y pa¬recía furiosa—. Acaba de morir.

 

TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL JUICIO FINAL

 (046381-054957)

 

22 de diciembre de 1320 (Calendario Antiguo). La rodilla de Agnes ha empeorado. Está roja y le duele (es una forma suave de decirlo, grita cuando intento tocar¬la), y apenas puede andar. No sé qué hacer, si se lo digo a lady Imeyne le pondrá uno de sus emplastos y aún será peor, y Eliwys está distraída y obviamente pre¬ocupada.

Gawyn no ha vuelto todavía. Tendría que haber llegado ayer a mediodía, y cuando no apareció para vísperas, Eliwys acusó a Imeyne de haberlo enviado a Oxford.

—Lo he enviado a Courcy, como te dije —repuso Imeyne, a la defensiva—. Sin duda la lluvia lo retiene allí.

—¿Sólo a Courcy? —estalló Eliwys, enfadada—. ¿O lo habéis enviado a otra parte en busca de un nuevo capellán?

Imeyne se irguió.

—El padre Roche no es adecuado para decir las misas de Navidad si vienen sir Bloet y su séquito. ¿Quieres quedar en evidencia ante el prometido de Rosemund ?

Eliwys palideció.

—¿Dónde lo habéis enviado?

—Lo he mandado con un mensaje para el obispo, diciéndole que necesitamos un capellán.

—¿A Bath? —exclamó Eliwys, y alzó la mano como si fuera a golpearla.

—No. Sólo a Cirencestre. El archidiácono iba a en¬contrarse en la abadía para Navidad. Ordené a Gawyn que le transmitiera el mensaje. Uno de sus sacerdotes vendrá. Aunque, sin duda, las cosas no estarán tan mal en Bath para que Gawyn no pueda llegar hasta allí sin recibir daños, o de lo contrario mi hijo se habría mar¬chado.

—Vuestro hijo se enojará mucho cuando descu¬bra que le hemos desobedecido. Nos ordenó, junto con Gawyn, que nos quedáramos en la casa hasta su regreso.

Todavía parecía furiosa, y mientras bajaba la mano la cerró en un puño, como si le hubiera gustado darle un pescozón a Imeyne en las orejas como hace con Maisry. Pero el color volvió a sus mejillas cuando Ime¬yne dijo «Cirencestre», y creo que al menos se sintió un poco aliviada.

Imeyne dijo que las cosas no podían estar tan mal en Bath para que Gawyn no pudiera ir hasta allí, pero es evidente que Eliwys no opina lo mismo.

¿Teme que le tiendan una trampa o que pudiera traer hasta aquí a los enemigos de lord Guillaume? ¿Tan mal están las cosas que Guillaume no puede salir de Bath?

Tal vez es todo eso. Eliwys se ha asomado a la puerta al menos una docena de veces esta mañana, y está de tan mal humor como Rosemund en el bosque. Ahora mismo acaba de preguntarle a Imeyne si está se¬gura de que el archidiácono estaba en Cirencestre. Ob¬viamente le preocupa que si está allí, Gawyn haya lle¬vado el mensaje hasta Bath.

Su temor ha contagiado a todo el mundo. Lady Imeyne se ha retirado a un rincón con su relicario a rezar, Agnes gimotea, y Rosemund está sentada con su bordado en el regazo, mirándolo sin verlo.

(Pausa)

He llevado a Agnes al padre Roche esta tarde. Tie¬ne la rodilla mucho peor. No podía caminar, y tenía lo que me pareció el principio de una veta roja encima. No pude decirlo con seguridad (toda la rodilla está roja e inflamada), pero tuve miedo de esperar.

No había cura para la gangrena en 1320, y es culpa mía que se le haya infectado la rodilla. Si no hubiera in¬sistido en ir a buscar el lugar de recogida, no se habría caído.

Se supone que las paradojas no pueden permitir que mi presencia aquí tenga ningún efecto sobre lo que le sucede a los contemporáneos, pero no puedo correr ese riesgo. Se suponía que yo tampoco podía caer en¬ferma.

Así que cuando Imeyne subió al ático, llevé a Ag¬nes a la iglesia para pedirle al sacerdote que la tratara. Lloviznaba cuando llegamos, pero Agnes no se queja¬ba por mojarse, y eso me asustó aún más que la veta roja.

La iglesia estaba a oscuras y olía a moho. Oí la voz del padre Roche en la parte delantera, y parecía que es¬taba hablando con alguien.

—Lord Guillaume no ha llegado aún de Bath. Temo por su seguridad.

Pensé que tal vez Gawyn había regresado, y quise oír qué decía acerca del juicio, así que no continué avanzando. Me quedé allí, con Agnes en brazos, y es¬cuché.

—Ha llovido estos dos días —dijo Roche—, y so¬pla un desagradable viento del oeste. Hemos tenido que traer a las ovejas.

Tras intentar ver durante un minuto en la oscura nave, al fin lo divisé. Estaba de rodillas delante de la reja, sus grandes manos unidas en oración.

—El bebé del senescal tiene un cólico de estómago y no puede contener la leche. Tabord el campesino si¬gue enfermo.

No rezaba en latín, y en su voz no había nada del canturreo del cura de Santa Re-Formada ni de la orato¬ria del vicario. Parecía tranquilo y familiar, como yo hablo ahora.

Se suponía que Dios era muy real para los contem¬poráneos del siglo XIV, más vivido que el mundo físico que habitaban. «Ahora volveréis a casa», me dijo el pa¬dre Roche cuando me estaba muriendo, y eso es lo que creían los contemporáneos: que la vida del cuerpo es ilusoria, carente de importancia; y que la vida real es la del alma eterna, como si sólo estuviéramos de visita por la vida como yo estoy de visita en este siglo. Sin embargo, no he visto muchas pruebas de esta concep¬ción del mundo. Eliwys murmura diligentemente sus ave en vísperas y maitines y luego se levanta y se sacu¬de la saya como si sus oraciones no tuvieran nada que ver con sus preocupaciones por su marido, las niñas o Gawyn. Y a Imeyne, a pesar de su relicario y su Libro de las Horas, sólo le preocupa su posición social. No había visto ninguna prueba de que Dios fuera real para ellos hasta que me encontré en la iglesia húmeda, escu¬chando al padre Roche.

Me pregunto si ve a Dios y el cielo tan claramente como yo le veo a usted y a Oxford, la lluvia cayendo en el patio y sus gafas empañándose de forma que tiene que quitárselas y limpiarlas con la bufanda. Me pre¬gunto si parecen tan cercanos como me lo parece usted, y tan difíciles de alcanzar.

—Salva a nuestras almas del mal y llévanos al cielo —rezó Roche, y como si eso fuera una entradilla, Ag-nes se enderezó en mis brazos.

—Quiero ir con el padre Roche —dijo.

El padre Roche se levantó y se acercó a nosotras.

—¿Quién es? ¿Quién está ahí?

—Soy lady Katherine. He traído a Agnes. Su rodi¬lla está... —¿Qué? ¿Infectada?—. Quiero que miréis su rodilla.

Él intentó hacerlo, pero la iglesia estaba demasiado oscura, así que la llevó a su casa. Allí apenas había más luz. La casa no era mucho mayor que la choza en la que me había refugiado, ni más alta. Tuvo que permanecer agachado todo el tiempo que estuvimos allí para no chocar con las vigas.

Abrió el postigo de la única ventana, que dejó en¬trar la lluvia, y luego encendió una vela y colocó a Ag¬nes sobre una burda mesa de madera. Desató el venda¬je, y ella se apartó del cura.

—Quédate quieta, Agnus, y te contaré cómo Cris¬to vino a la tierra desde el lejano cielo.

—El día de Navidad —dijo Agnes.

Roche examinó la herida, palpando las partes infla¬madas, mientras hablaba con firmeza.

—«Y los pastores se asustaron, pues no sabían qué era aquella luz resplandeciente. Y oyeron sonidos como de campanas repicando en el cielo. Pero se trata¬ba del ángel del Señor que se les presentó.»

Agnes gritó y me hizo retirar las manos cuando in¬tenté tocarle la rodilla, pero dejó que Roche palpara la zona roja con sus grandes dedos. Definitivamente, aquello era el principio de una veta roja. Roche la tocó con cuidado y acercó la vela para ver mejor.

—«Y de una tierra lejana llegaron tres reyes carga¬dos de regalos» —prosiguió, con el ceño fruncido. Tocó de nuevo la veta roja, torpemente, y luego unió las manos, como si fuera a rezar, y yo pensé, no pien¬ses. Haz algo.

El bajó las manos y me miró.

—Me temo que la herida está envenenada. Haré una infusión de hisopo para sacar el veneno.

Se acercó al hogar, meneó unos carbones de aspec¬to tibio, y vertió agua de un cubo en una olla de hierro.

El cubo estaba sucio, la olla estaba sucia, las manos con las que había tocado la herida de Agnes estaban su¬cias, y mientras le veía colocar la olla al fuego y rebus¬car en una sucia bolsa, lamenté haber acudido a él. No era mejor que Imeyne. Una infusión de hojas y semi¬llas no curaría mejor la gangrena que uno de los em¬plastos de Imeyne, y sus oraciones tampoco serían de ayuda, aunque hablara con Dios como si realmente es¬tuviera allí.

«¿Es eso todo lo que podéis hacer?», estuve a pun¬to de decir, y entonces advertí que esperaba lo impo¬sible.

La cura para la infección era la penicilina, poten¬ciación de leucocitos-T, antisépticos; y él no tenía nada de eso en su bolsa de arpillera.

Recuerdo que el señor Gilchrist habló de médicos medievales en una de sus conferencias. Habló de lo idiotas que eran por sangrar a la gente y tratarlos con arsénico y orina de cabra durante la Peste Negra. ¿Pero qué esperaba que hicieran? No tenían análogos ni anti-microbiales.

Ni siquiera sabían qué la causaba. Allí de pie, aplastando hojas y pétalos secos entre sus dedos sucios, el padre Roche hacía todo lo que podía.

—¿Tenéis vino? —le pregunté—. ¿Vino añejo?

Apenas hay alcohol en la cerveza, y poco más en el vino, pero cuanto más añejo es, más alto es el conteni¬do alcohólico, y el alcohol es un antiséptico.

—He recordado de pronto que el vino viejo verti¬do sobre una herida puede detener las infecciones —le expliqué.

El padre Roche no me preguntó que era una «in¬fección» o cómo podía recordar eso cuando se suponía que no recordaba nada más. Fue inmediatamente a la iglesia y trajo una botella de barro llena de un vino de olor intenso, y lo vertí sobre la venda y lavé la herida con él.

Me traje la botella a casa. La he escondido bajo la cama en la habitación de Rosemund (por si es parte del vino sacramental; Imeyne no necesitaría más excusa para hacer quemar a Roche por hereje), para así poder seguir limpiándola. Antes de que se acostara, le eché un poco más.

 

 

 

 

 

 

 

19

 

Llovió hasta Nochebuena, una lluvia dura y arras¬trada por el viento que se colaba por el tiro del techo y hacía que el fuego siseara y humeara.

Kivrin echaba vino sobre la rodilla de Agnes cada vez que podía, y la tarde del veintitrés pareció mejorar un poco. Todavía estaba inflamada, pero la veta roja desapareció. Kivrin corrió hasta la iglesia, cubriéndose la cabeza con la capa, para decírselo al padre Roche, pero no lo encontró allí.

Ni Imeyne ni Eliwys habían advertido que Agnes tenía una herida en la rodilla. Intentaban frenéticamen¬te prepararlo todo para la familia de sir Bloet, por si ve¬nían, limpiando la habitación del desván para que las mujeres pudieran dormir allí, rociando pétalos de rosa sobre los pebeteros del salón, horneando una sorpren¬dente cantidad de panes, tortas y pasteles, incluyendo uno algo grotesco con la forma de Niño Jesús en el pe¬sebre, con pastas tejidas en vez de pañales.

Por la tarde, el padre Roche vino a la casa, empapado y tembloroso. Había salido a recoger yedra para el salón en mitad de la lluvia. Imeyne no estaba allí (se encontraba en la cocina horneando al niño Jesús), y Kivrin hizo en¬trar a Roche para que secara sus ropas junto al fuego.

Llamó a Maisry, y cómo ésta no acudió tuvo que cruzar el patio hasta la cocina y traerle una copa de cer¬veza caliente. Cuando regresó, Maisry estaba sentada junto a Roche, apartándose el pelo sucio y enmarañado con una mano, y Roche le ponía grasa de ganso en la oreja. En cuanto vio a Kivrin se llevó la mano a la oreja, probablemente deshaciendo todo el bien del trata¬miento de Roche, y se escabulló.

—La rodilla de Agnes está mejor —le dijo Kivrin al sacerdote—. La hinchazón ha bajado, y se está for¬mando una nueva costra.

Él no pareció sorprenderse, y Kivrin se preguntó si se había confundido, si no se trataba de gangrena des¬pués de todo.

Durante la noche, la lluvia se convirtió en nieve.

—No vendrán —dijo lady Eliwys a la mañana si¬guiente. Parecía aliviada.

Kivrin tuvo que darle la razón. Habían caído casi treinta centímetros de nieve durante la noche, y toda¬vía nevaba copiosamente. Incluso Imeyne parecía re¬signada a que no vinieran, aunque continuó con los preparativos, bajando jarras de peltre del ático y gri¬tando a Maisry.

Alrededor de mediodía la nevada cesó bruscamen¬te y a eso de las dos empezó a clarear. Eliwys ordenó que todo el mundo se pusiera sus mejores ropas. Ki¬vrin vistió a las niñas, sorprendida de la belleza de sus trajes de seda. Agnes se puso una saya de terciopelo verde oscuro encima, y un cinturón de plata, y la saya verde hoja de Rosemund tenía largas mangas abiertas y un corpino bajo que mostraba el bordado de su camisa amarilla. A Kivrin no le habían dicho qué debía poner¬se, pero después de que les deshiciera las trenzas a las niñas y las peinara con el cabello suelto sobre los hom¬bros, Agnes dijo:

—Debéis poneros vuestro vestido azul.

Sacó su vestido del cofre al pie de la cama. Entre las elegantes ropas de las niñas resultaba menos fuera de lugar, pero el tejido seguía pareciendo demasiado bue¬no, el color demasiado intenso.

No sabía qué debería hacerse en el pelo. Las mu¬chachas solteras lo llevaban suelto en ocasiones festi¬vas, sujeto por un lazo o una cinta, pero ella lo llevaba demasiado corto, y sólo las mujeres casadas se lo cu¬brían. No podía dejarlo descubierto sin más: el pelo re¬cortado tenía un aspecto horrible.

Por lo visto, Eliwys estaba de acuerdo. Cuando Kivrin bajó a las niñas al salón, se mordió el labio y en¬vió a Maisry al desván para que trajera un velo fino, casi transparente, que sujetó con la cinta hacia la mitad de su cabeza, dejando que los cabellos delanteros aso¬maran y ocultando las puntas mal cortadas.

El nerviosismo de Eliwys pareció regresar con la mejora del tiempo. Se sobresaltó cuando entró Maisry y luego le pegó por ensuciar el suelo de barro. De re¬pente pensó en una docena de cosas que no estaban preparadas y le echó la culpa a todo el mundo. Cuando lady Imeyne dijo por enésima vez «Si hubiéramos ido a Courcy...», Eliwys casi le arrancó la cabeza.

Kivrin pensó que era una mala idea vestir a Agnes antes del último minuto posible, y efectivamente, a media tarde las mangas bordadas de la niña pequeña ya estaban sucias y se manchó de harina un lado de la fal¬da de terciopelo.

A última hora de la tarde Gawyn seguía sin regre¬sar, todo el mundo tenía los nervios de punta, y las ore¬jas de Maisry habían cobrado un color rojo brillante. Cuando lady Imeyne le pidió a Kivrin que le llevara seis velas de cera al padre Roche, a la historiadora le en¬cantó la idea de sacar a las niñas de la casa.

—Decidle que deben durar para todas las misas —advirtió Imeyne, irritada—, y serán pobres misas pa¬ra el nacimiento de Nuestro Señor. Tendríamos que haber ido a Courcy.

Kivrin le puso a Agnes su capa y llamó a Rose-mund, y se dirigieron a la iglesia. Roche no estaba allí. En medio del altar había una gran vela amarillenta con una serie de marcas, apagada. La encendería al anoche¬cer y la usaría para contar las horas hasta media noche. De rodillas en la iglesia helada.

Tampoco lo encontró en su casa. Kivrin dejó las velas sobre la mesa. Al cruzar el prado de regreso, vieron al burro de Roche junto a la valla, lamiendo la nieve.

—Nos olvidamos de dar de comer a los animales —advirtió Agnes.

—¿Dar de comer a los animales? —preguntó Ki¬vrin, cansada, pensando en sus ropas.

—Es Nochebuena —advirtió Agnes—. ¿No dais de comer a los animales en casa?

—No lo recuerda—intervino Rosemund—. En Na¬vidad damos de comer a los animales en honor a Nues¬tro Señor, que nació en un establo.

—¿No recordáis nada de la Navidad, entonces?

—Un poco —respondió Kivrin, pensando en la Nochebuena en Oxford, en las tiendas de Carfax deco¬radas con hojas de plasteno y luces láser y repleta de compradores de última hora, la High llena de bicicle¬tas, y Magdalen Tower asomando tenuemente a través de la nieve.

—Primero repican las campanas y luego comemos y después vamos a misa y después el tronco de Noche¬buena —dijo Agnes.

—Lo has dicho todo al revés —reprendió Rose¬mund—. Primero encendemos el tronco de Noche¬buena y luego vamos a misa.

—Primero las campanas —insistió Agnes, mirando a Rosemund—, y luego la misa.

Fueron al granero a buscar un saco de avena y un poco de heno y lo llevaron al establo para dar de comer a los caballos. Gringolet no estaba entre ellos, lo cual significaba que Gawyn no había vuelto todavía. Kivrin debía hablar con él en cuanto regresara.

Faltaba menos de una semana para el encuentro, y todavía no tenía ni idea de dónde estaba el lugar. Y con la llegada de lord Guillaume, todo podría cambiar.

Eliwys había pospuesto toda decisión respecto a ella hasta que llegara su esposo, y le había dicho a las niñas otra vez que esperaba que viniera hoy. Él podría decidir si debía llevar a Kivrin a Oxford, o a Londres, a buscar a su familia, o sir Bloet tal vez se ofrecería a lle¬varla con ellos a Courcy. Tenía que hablar con Gawyn pronto. Pero con los invitados en la mansión, sería mu¬cho más fácil encontrarlo a solas, y con todo el jaleo de Navidad, tal vez incluso podría conseguir que le mos¬trara el lugar.

Kivrin se retrasó todo lo que pudo con los caba¬llos, esperando que Gawyn volviera, pero Agnes se aburrió y quiso dar de comer a las gallinas. Kivrin sugi¬rió que fueran a atender a la vaca del senescal.

—No es nuestra vaca —replicó Rosemund.

—Me ayudó aquel día que estuve enferma —dijo Kivrin, pensando en cómo se había apoyado contra la huesuda espalda del animal el día que intentó encon¬trar el lugar de recogida—. Querría darle las gracias por su amabilidad.

Dejaron atrás la porqueriza donde antes estuvie¬ron los cerdos.

—Pobres cerditos —suspiró Agnes—. Me habría gustado darles una manzana.

—El cielo vuelve a oscurecerse por el norte —ob¬servó Rosemund—. Creo que no vendrán.

—Ah, pero lo harán —rió Agnes—. Sir Bloet me ha prometido un regalito.

La vaca del senescal estaba casi en el mismo sitio donde Kivrin la había encontrado, tras la antepenúlti¬ma choza, comiendo lo que quedaba de las mismas en¬redaderas negras.

—Feliz Navidad, señora Vaca —le deseó Agnes, sosteniendo un puñado de heno a un metro de la boca de la vaca.

—Sólo hablan a medianoche —dijo Rosemund.

—Podríamos venir a verla a medianoche, lady Kivrin  —palmoteo Agnes. La vaca avanzó. Agnes retro¬cedió.

—No puedes, idiota —dijo Rosemund—. Estarás en misa.

La vaca alargó el cuello y dio un paso adelante. Ag¬nes retrocedió de nuevo. Kivrin le dio al animal un pu¬ñado de heno.

Agnes la miró con envidia.

—Si todos estamos en misa, ¿cómo saben que los animales hablan? —preguntó.

Buen razonamiento, pensó Kivrin.

—Porque el padre Roche lo dice —contestó Rose¬mund.

Agnes salió de detrás de las faldas de Kivrin y co¬gió otro puñado de heno.

—¿Qué dicen? —Apuntó en la dirección general de la vaca.

—Dicen que no sabes darles de comer —respondió Rosemund.

—No dicen eso —replicó Agnes, alargando la mano. La vaca intentó coger el heno, con la boca muy abierta y mostrando los dientes. Agnes le lanzó el puña¬do de heno y corrió a protegerse detrás de Kivrin—. Alaban a Nuestro Señor bendito. El padre Roche lo dijo.

Hubo un sonido de caballos. Agnes corrió entre las chozas.

—¡Han venido! —gritó, corriendo de vuelta—. Sir Bloet está aquí. Los he visto. Ahora están cruzando la puerta.

Kivrin dispersó rápidamente el resto del heno de¬lante de la vaca. Rosemund sacó un puñado de avena y se la dio a la vaca, dejando que el animal mordisqueara el grano en su mano abierta.

—¡Vamos, Rosemund! —gritó Agnes—. ¡Sir Bloet ha llegado!

Rosemund se limpió la mano de lo que quedaba de avena.

—Prefiero dar de comer al burro del padre Roche —dijo, y se dirigió hacia la iglesia, sin mirar siquiera hacia la casa.

—Pero han venido, Rosemund —gritó Agnes, co¬rriendo tras ella—. ¿No quieres ver qué han traído?

Obviamente, no. Rosemund había llegado junto al burro, que había encontrado un puñado de hierba ca-rricera junto a la valla. Se agachó y le puso bajo el hoci¬co un puñado de avena, que el asno ignoró, y luego se quedó allí de pie con la mano en el lomo del animal; su largo cabello oscuro le ocultaba el rostro.

—¡Rosemund! —exclamó Agnes, ruborizada de frustración—. ¿No me oyes? ¡Han venido!

El burro apartó la avena y mordisqueó un puñado de hierba. Rosemund siguió ofreciéndosela.

—Rosemund —dijo Kivrin—. Yo daré de comer al burro. Debes ir a saludar a vuestros invitados.

—Sir Bloet dijo que me traería un regalito —dijo Agnes.

Rosemund abrió las manos y dejó caer la avena.

—Si tanto te gusta, ¿por qué no le pides a padre que te deje casarte con él? —dijo, y se encaminó hacia la casa.

—Soy demasiado pequeña —respondió Agnes.

También lo es Rosemund, pensó Kivrin, quien co¬gió a la niña de la mano y siguió a su hermana mayor. Rosemund caminaba rápidamente por delante, la bar¬billa erguida, sin molestarse en levantarse las faldas que arrastraba por el suelo e ignorando las repetidas súpli¬cas de Agnes para que esperase.

La partida había entrado en el patio y Rosemund ya había llegado a las pocilgas. Kivrin avivó el paso arrastrando a Agnes, y todas llegaron al patio al mismo tiempo. Kivrin se detuvo, sorprendida.

Esperaba una reunión formal, la familia en la puer¬ta con discursos solemnes y sonrisas envaradas, pero esto era como el primer día de trimestre: todo el mun¬do llevaba cajas y bolsas, y se saludaban con exclama¬ciones y abrazos, hablando al mismo tiempo, riendo. Ni siquiera habían echado de menos a Rosemund. Una mujer corpulenta ataviada con una enorme cofia almi¬donada agarró a Agnes y la besó, y tres muchachas jó¬venes rodearon a Rosemund entre chillidos de entu¬siasmo.

Unos criados, obviamente vestidos también con sus mejores ropas, llevaron a la cocina cestas cubiertas y un enorme ganso, y condujeron los caballos al esta¬blo. Gawyn, todavía montando a Gringolet, se inclinó para hablar con Imeyne.

—No, el obispo está en Wiveliscombe —le oyó de¬cir Kivrin, pero Imeyne no parecía contrariada, así que debía de haber entregado el mensaje al archidiácono.

Imeyne se volvió a ayudar a bajar de su caballo a una joven que llevaba una vivida capa azul aún más bri¬llante que la de Kivrin, y la condujo hacia Eliwys, son¬riendo.

Eliwys sonreía también.

Kivrin trató de identificar a sir Bloet, pero había al menos media docena de hombres a caballo, todos con bridas de plata y capas forradas de piel. Ninguno de ellos parecía decrépito, gracias al cielo, y uno o dos te¬nían aspecto bastante presentable. Se volvió para pre¬guntarle a Agnes quién era, pero la niña todavía estaba en las garras de la mujer de la cofia almidonada, que le palmeaba la cabeza.

—¡Pero cómo has crecido! ¡Si casi no te reconoz¬co! —decía la mujer. Kivrin reprimió una sonrisa. Al¬gunas cosas no cambian nunca.

Varios de los recién llegados eran pelirrojos, in¬cluyendo a una mujer casi tan vieja como Imeyne, que sin embargo llevaba el cabello descolorido suelto a la espalda como una muchachita joven. Tenía la boca fruncida en un gesto de descontento, y obvia¬mente no estaba satisfecha con la manera en que los criados descargaban las cosas. Arrancó una cesta re¬pleta de las manos de un criado que luchaba con ella y se la lanzó a un hombre gordo que vestía una saya de terciopelo verde.

También él era pelirrojo, igual que el más guapo de los hombres jóvenes. Tenía unos treinta años, pero su rostro era redondo, despejado y pecoso, y al menos su expresión parecía agradable.

—¡Sir Bloet! —exclamó Agnes, y se abalanzó hacia las rodillas del hombre gordo.

Oh, no, pensó Kivrin. Había supuesto que el hom¬bre gordo era el marido de la fiera del pelo rojo o de la mujer de la cofia almidonada. Tenía al menos cincuenta años, y debía de pesar casi cien kilos, y cuando sonrió a Agnes, Kivrin se fijó en que sus grandes dientes eran marrones, producto del deterioro.

—¿No tenéis ningún regalo para mí? —le pregun¬taba Agnes, tirando del borde de su saya.

—Sí —dijo él, mirando hacia el lugar donde Rose-mund charlaba con las otras muchachas—, para ti y para tu hermana.

—La traeré.

Agnes corrió hacia Rosemund antes de que Kivrin pudiera detenerla. Bloet la siguió. Las muchachas se rieron y se separaron mientras él se acercaba, y Rose¬mund dirigió una mirada asesina a Agnes, luego sonrió y extendió la mano.

—Buen día y bienvenido seáis, señor —dijo.

Alzaba la barbilla todo lo posible, y en sus páli¬das mejillas aparecieron dos manchas de rojo febril, pero por lo visto Bloet tomó aquello por timidez y

excitación. Cogió los deditos con sus gruesas manos y dijo:

—Sin duda no saludarás a tu marido con tanta for¬malidad esta primavera.

Ella se ruborizó aún más.

—Todavía es invierno, señor.

—Muy pronto será primavera —replicó él, y se echó a reír, mostrando sus dientes marrones.

—¿Dónde está mi regalo? —exigió Agnes.

—Agnes, no seas tan codiciosa —dijo Eliwys, in¬terponiéndose entre sus hijas—. ¡Vaya una bienveni¬da!: pedir regalos a un invitado. —Le sonrió, y si temía este matrimonio, no lo demostró. Kivrin no la había visto nunca tan relajada.

—Le prometí a mi cuñada un regalo —sonrió él, rebuscando en su apretado cinturón y sacando una bolsita de tela—, y otro a mi prometida.

Buscó en la bolsita y sacó un broche adornado con piedras preciosas.

—Una alianza de amor para mi prometida —dijo, abriendo el cierre—. Piensa en mí cuando lo lleves.

Avanzó resoplando para prendérselo en la capa. Espero que sufra un infarto, pensó Kivrin. Rosemund permaneció inmóvil, con las mejillas completamente ruborizadas, mientras los gruesos dedos del hombre le tocaban el cuello.

—Rubíes —observó Eliwys, complacida—. ¿No das las gracias a tu prometido por este magnífico rega¬lo, Rosemund?

—Os agradezco el broche —murmuró Rosemund, inexpresiva.

—¿Dónde está mi regalo? —terció Agnes, saltando sobre un pie y luego sobre el otro mientras él rebusca¬ba de nuevo en la bolsita y sacaba algo con el puño ce¬rrado. Se agachó hasta la altura de la niña, respirando con dificultad, y abrió la mano.

—¡Es una campana! —exclamó Agnes, encantada, tras cogerla y agitarla. Era metálica y redonda, como la 

campanita de un caballo, y tenía un aro en la parte su¬perior.

Agnes insistió en que Kivrin la acompañara a la ha¬bitación para buscar un lazo con el que poder sujetár¬sela alrededor de la muñeca como un brazalete.

—Mi padre me trajo este lazo de la feria —dijo, sa¬cándolo del cofre donde estaban las ropas de Kivrin. Estaba teñido a parches y tan tieso que Kivrin tuvo problemas para ensartarlo en el aro. Incluso los lazos más baratos de Woolworth's o los lazos de papel que se usaban para envolver los regalos de Navidad eran mejores que aquél, aunque obviamente a la niña le en¬cantaba.

Kivrin lo sujetó a la muñeca de Agnes y bajaron las escaleras. El jaleo se había trasladado al interior. Los criados trajeron al salón cofres, ropa de cama y lo que parecían ser versiones primitivas de alfombras. No tendría que haberse preocupado de que sir Bloet se la llevara. Parecía como si hubieran ido a pasar el invier¬no, como mínimo.

Tampoco tendría que haberse preocupado porque discutieran acerca de su destino. Ninguno de ellos la había mirado, ni siquiera cuando Agnes insistió en en¬señarle el brazalete a su madre. Eliwys conversaba con Bloet, Gawyn, y el hombre guapo, que debía de ser un hijo o un sobrino, y volvía a retorcerse las manos. Las noticias de Bath debían de ser malas.

Lady Imeyne estaba al fondo del salón, hablando con la mujer gruesa y un hombre pálido con túnica de clérigo, y por la expresión de su rostro Kivrin com¬prendió que se estaba quejando del padre Roche.

Kivrin se aprovechó de la ruidosa confusión para apartar a Rosemund de las otras chicas y preguntarle quién era todo el mundo. El hombre pálido era el cape¬llán de sir Bloet, cosa que ya había supuesto. La dama de la brillante capa azul era su hija adoptiva. La mujer gorda de la cofia almidonada era la mujer del hermano de sir Bloet, que había venido de Dorset para quedarse con él. Los dos jóvenes pelirrojos y las muchachas ri-sueñas eran hijos suyos. Sir Bloet no tenía hijos.

Y por eso iba a casarse con una niña, por lo visto con la aprobación de todo el mundo. Continuar el lina¬je era la preocupación más importante en 1320.

Cuanto más joven fuera la mujer, más posibilida¬des había de producir herederos suficientes para que al menos uno sobreviviera hasta la edad adulta, aunque la madre no lo hiciera.

La furia de cabello rojo descolorido era, horror de horrores, lady Yvolde, su hermana soltera. Vivía con él en Courcy y, según descubrió Kivrin mientras le grita¬ba a la pobre Maisry por dejar caer una cesta, tenía un manojo de llaves en el cinturón. Eso significaba que di¬rigía la casa, o lo haría hasta Pascua. La pobre Rose-mund no tendría ninguna oportunidad.

—¿Quiénes son todos los demás? —preguntó Ki¬vrin, esperando que al menos hubiera un aliado para Rosemund entre ellos.

—Criados —contestó Rosemund, como si eso fue¬ra evidente, y corrió a reunirse de nuevo con las mu¬chachas.

Había al menos veinte servidores, aparte de los pa¬lafreneros que atendían los caballos, y nadie, ni siquie¬ra la nerviosa Eliwys, parecía sorprendida por el eleva¬do número. Kivrin había leído que las casas nobles tenían docenas de sirvientes, pero consideraba que las cifras eran desproporcionadas. Eliwys e Imeyne ape¬nas tenían criados, y habían tenido que poner prácti¬camente a trabajar a todo el pueblo para preparar la Navidad, y aunque había achacado parte de aquella situación al hecho de que se encontraran en problemas, también creía que el número de criados en las mansio¬nes rurales debían de haber sido exagerado. Ahora veía que no era así.

Los criados atestaban el salón, sirviendo la cena. Kivrin no sabía si iban a cenar o no, puesto que la No¬chebuena era un día de ayuno, pero en cuanto el pálido capellán terminó sus vísperas, siguiendo claramente las órdenes de lady Imeyne, la tropa de criados entró tra¬yendo pan, vino aguado y bacalao seco que había sido empapado en vino y luego asado.

Agnes estaba tan nerviosa que no probó bocado, y después de que retiraran la cena, se negó a quedarse sentadita junto al fuego, y echó a correr por el salón, tocando la campana y molestando a los perros.

Los criados de sir Bloet y el senescal llevaron el tronco de Nochebuena y lo echaron al fuego, haciendo saltar chispas en todas direcciones. Las mujeres retro¬cedieron, riendo, y los niños chillaron de placer. Rose-mund, como hija mayor de la casa, encendió el tronco con un trozo de leña salvado del árbol del año anterior, acercándolo torpemente a la punta de una de las raíces retorcidas. Hubo risas y aplausos cuando prendió, y Agnes agitó los brazos locamente para hacer que su campana sonara.

Rosemund había dicho antes que se permitía a los niños estar despiertos para la misa de medianoche, pero Kivrin esperaba poder convencer al menos a Ag¬nes para que se acostara en el banco a su lado y diera una cabezada. En cambio, a medida que la velada avan¬zaba, Agnes se fue poniendo cada vez más frenética, chillando y haciendo sonar la campana, hasta que Ki¬vrin tuvo que quitársela.

Las mujeres permanecían sentadas alrededor del hogar, charlando en voz baja. Los hombres se encontra¬ban en grupos, con los brazos cruzados sobre el pecho, y varias veces fueron al exterior, a excepción del cape¬llán, y volvieron sacudiéndose la nieve de los pies y rien¬do. Estaba claro, por sus caras rubicundas y la mirada de desaprobación de Imeyne, que habían estado en el lagar con una jarra de cerveza, rompiendo el ayuno.

Cuando entraron por tercera vez, Bloet se sentó al otro lado del hogar y extendió las piernas, observando a las muchachas. Las tres risueñas y Rosemund juga¬ban a la gallinita ciega. Cuando Rosemund se acercó a los bancos con los ojos vendados, Bloet extendió las manos y la sentó en su regazo. Todo el mundo se rió.

Imeyne pasó la larga noche sentada junto al cape¬llán, recitando sus objeciones al padre Roche. Era ig¬norante, era torpe, había dicho el Confíteor antes del Adjutorum durante la misa del domingo anterior. Y estaba en aquella iglesia helada de rodillas, pensó Kivrin , mientras el capellán se calentaba las manos en el fuego y sacudía la cabeza a modo de reproche.

El fuego se redujo a ascuas. Rosemund escapó del regazo de Bloet y corrió de vuelta al juego. Gawyn contó la historia de cómo había matado a seis lobos, mirando a Eliwys fijamente. El capellán contó la histo¬ria de una mujer moribunda que había hecho falsa con¬fesión. Cuando el capellán le tocó la frente con el aceite sagrado, la piel humeó y se volvió negra ante sus ojos.

A mitad de la historia del capellán, Gawyn se le¬vantó, se frotó las manos sobre el fuego, y se dirigió al banco de los mendigos. Se sentó y se sacó la bota.

Un minuto después Eliwys se levantó y se le acer¬có. Kivrin no oyó lo que le dijo, pero Gawyn se puso en pie, con la bota todavía en la mano.

—El juicio se ha retrasado una vez más —oyó de¬cir a Gawyn—. El juez está enfermo.

No captó la respuesta de Eliwys, pero Gawyn asintió y dijo:

—Es una buena noticia. El nuevo juez es de Swin-done y está menos dispuesto a favor del rey Eduardo.

No parecía que fuera una buena noticia para ellos dos. Eliwys estaba casi tan pálida como lo estuvo cuan¬do Imeyne le dijo que había enviado a Gawyn a Courcy.

Retorció su pesado anillo. Gawyn volvió a sentar¬se, se sacudió las calzas, volvió a ponerse la bota, y luego levantó la cabeza y dijo algo. Eliwys se volvió y Kivrin  no pudo ver su expresión en la penumbra, pero sí la de Gawyn.

Y también pudo verla todo el mundo en el salón, pensó Kivrin, y miró rápidamente alrededor para com¬probar si habían observado a la pareja. Imeyne seguía quejándose al capellán, pero la hermana de sir Bloet es¬taba mirando, con un tenso gesto de reproche. Al otro lado del fuego estaban sir Bloet y los otros hombres.

Kivrin esperaba tener la oportunidad de hablar con Gawyn esta noche, pero obviamente no podría hacerlo entre tanta gente. Una campana sonó, y Eliwys se so¬bresaltó y miró hacia la puerta.

—Es el tañido del Diablo —dijo el capellán en voz baja, e incluso las niñas detuvieron sus juegos para es¬cuchar.

En algunas aldeas los contemporáneos tocaban la campana una vez por cada año desde el nacimiento de Cristo. En la mayoría sólo lo hacían durante la hora antes de medianoche, y Kivrin dudaba que Roche, o incluso el capellán, supiera contar lo bastante para anunciar los años, pero empezó a llevar la cuenta de to¬das formas.

Entraron tres criados, llevando troncos y yesca, y volvieron a alimentar el fuego, que enseguida se animó y empezó a proyectar sombras grandes y distorsionadas sobre las paredes. Agnes saltaba y señalaba, y uno de los sobrinos de sir Bloet hizo un conejo con las manos.

El señor Latimer le había dicho que los contempo¬ráneos leían el futuro en las sombras del tronco de No¬chebuena. Kivrin se preguntó qué les depararía el futu¬ro, con lord Guillaume en problemas y todos ellos en peligro.

El rey había confiscado las tierras y propiedades de los criminales convictos, que se veían obligados a vivir en Francia o aceptar caridad de sir Bloet y soportar desaires de la esposa del senescal.

O lord Guillaume podría llegar esa misma noche con buenas noticias y un halcón para Agnes, y todos vivirían felices para siempre jamás. Excepto Eliwys. Y Rosemund. ¿Qué les sucedería?

Ya ha sucedido, se dijo Kivrin. El veredicto ya está dado y lord Guillaume ha vuelto a casa y descubierto lo de Gawyn y Eliwys. Rosemund ya ha sido entrega¬da a sir Bloet. Y Agnes ha crecido y se ha casado y mu¬rió al dar a luz, o de gangrena, o de cólera, o neumonía.

Todos han muerto, pensó, y no pudo obligarse a creerlo. Todos llevan muertos más de setecientos años.

—¡Mirad! —chilló Agnes—. ¡Rosemund no tiene cabeza! —Señaló las sombras distorsionadas que el fuego proyectaba sobre las paredes. Rosemund, extra¬ñamente alargada, terminaba en los hombros.

Uno de los niños pelirrojos corrió hacia Agnes.

—¡Yo tampoco tengo cabeza! —dijo, saltando de puntillas para cambiar la forma de la sombra.

—No tienes cabeza, Rosemund —gritó Agnes fe¬lizmente—. Morirás antes de que termine el año.

—No digas esas cosas —ordenó Eliwys, dirigién¬dose hacia ella. Todo el mundo la miró.

—Kivrin tiene cabeza —insistió Agnes—. Yo ten¬go cabeza, pero la pobre Rosemund no.

Eliwys cogió a Agnes por los dos brazos.

—Sólo son juegos estúpidos. No digas esas cosas.

—La sombra... —repuso Agnes, como si fuera a llorar.

—Siéntate junto a lady Katherine y quédate quieta —ordenó Eliwys, y casi la arrastró al banco—. Te has vuelto demasiado maleducada.

Agnes se acurrucó junto a Kivrin, intentando deci¬dir si ponerse a llorar o no. Kivrin había perdido la cuenta, pero continuó donde lo había dejado. Cuarenta y seis, cuarenta y siete.

—Quiero mi campana —lloriqueó Agnes, levan¬tándose del banco.

—No. Debemos estar aquí sentaditas —respondió K.ivrin. Sentó a Agnes en su regazo.

—Habladme de la Navidad.

—No puedo, Agnes. No lo recuerdo.

—¿No recordáis nada que podáis contarme?

Lo recuerdo todo, pensó Kivrin. Las tiendas están llenas de lazos, satén y mylar y terciopelo, rojo y dora¬do y azul, más brillante aún que mi túnica teñida, y hay luces por todas partes y música. Las campanas del Gran Tom y Magdalen y los villancicos.

Pensó en el carillón de Carfax, intentando tocar It Carne Upon the Midnight Clear, y los viejos villanci¬cos en las tiendas de High Street. Esos villancicos ni si¬quiera han sido compuestos todavía, pensó Kivrin, y sintió una súbita oleada de añoranza.

—Quiero tocar mi campana —insistió Agnes, de¬batiéndose para librarse de ella—. Dádmela. —Exten¬dió la muñeca.

—Te la ataré si te tiendes un ratito en el banco jun¬to a mí.

Ella empezó a hacer un puchero.

—¿Tengo que dormir?

—No. Te contaré una historia —dijo Kivrin, des¬atando la campana de su propia muñeca, donde la ha¬bía puesto antes—. Érase una vez...

Se detuvo, preguntándose si «Érase una vez» se re¬montaba a 1320 y qué tipo de historias contaban los contemporáneos a los niños. Historias de lobos y bru¬jas cuya piel se volvía negra cuando se les daba la extre-maunción.

—Había una vez una doncella —le dijo, atando la campanita a la rechoncha muñeca de Agnes. El lazo rojo ya había empezado a pelarse por los bordes. No toleraría muchos más nudos—. Una doncella que vi¬vía...

—¿Es ésta la doncella? —dijo una voz de mujer.

Kivrin levantó la cabeza. Era Yvolde, la hermana de sir Bloet, e Imeyne estaba tras ella. Miró a Kivrin, con

la boca torcida en una mueca de desaprobación, y entonces sacudió la cabeza.

—No, no es la hija de Uluric —dijo—. Esa donce¬lla es morena y pequeña.

—¿Ni la pupila de Ferrers? —preguntó Imeyne.

—Está muerta —contestó Yvolde—. ¿No recor¬dáis nada de quién sois? —le preguntó a Kivrin.

—No, buena señora —respondió Kivrin, recor¬dando demasiado tarde que se suponía que debía mirar modestamente al suelo.

—Le dieron un golpe en la cabeza —informó Agnes.

—Sin embargo, recordáis vuestro nombre y cómo hablar. ¿Procedéis de buena familia?

—No recuerdo a mi familia, buena señora —dijo Kivrin, intentando parecer mansa.

Yvolde hizo una mueca.

—Parece del oeste. ¿Habéis enviado la noticia a Bath?

—No —dijo Imeyne—. La esposa de mi hijo quie¬re esperar a su llegada. ¿No habéis oído nada de Oxenford?

—No, pero hay mucha enfermedad allí.

Rosemund se acercó.

—¿Conocéis a la familia de lady Katherine, lady Yvolde?

Yvolde se volvió y la miró de mal talante.

—No. ¿Dónde está el broche que te dio mi her¬mano?

—Yo... está en mi capa —tartamudeó Rosemund.

—¿No honras lo bastante sus regalos para lle¬varlos?

—Ve y tráelo —ordenó lady Imeyne—. Quiero ver ese broche.

Rosemund irguió la barbilla, pero se dirigió a la otra habitación donde colgaba la capa.

—Muestra tan poca disposición hacia los regalos de mi hermano como hacia su persona —protestó Yvolde—. No le habló ni una sola vez en la cena.

Rosemund regresó, trayendo su capa verde con el broche prendido. Lo mostró a Imeyne sin decir palabra.

—Quiero verlo —pidió Agnes, y Rosemund se in¬clinó para enseñárselo.

El broche tenía gemas rojas colocadas alrededor de un anillo rodado, y el alfiler en el centro. No tenía en¬garce, sino que tenía que ser sacado y puesto a través de la ropa. Por la parte exterior del anillo había letras: «lo suiicen luí dami amo».

—¿Qué dice? —Agnes señaló las letras.

—No lo sé —dijo Rosemund, con un tono que in¬dicaba claramente «Ni me importa».

La mandíbula de Yvolde se tensó, y Kivrin dijo rá¬pidamente:

—Dice: «Estás aquí en lugar del amigo al que amo», Agnes.

Entonces advirtió lo que había hecho. Miró a Ime¬yne, pero la mujer no pareció darse cuenta de nada.

—Esas palabras deberían estar en tu pecho en vez de colgar de una percha —declaró Imeyne. Cogió el broche y lo prendió en la saya de Rosemund.

—Y tendrías que estar junto a mi hermano, como corresponde a su prometida —añadió Yvolde—, en vez de estar jugando como una niña. —Extendió la mano en dirección al hogar, donde estaba sentado sir Bloet, casi dormido y en peor estado que los demás de¬bido a sus frecuentes excursiones al lagar, y Rosemund miró implorante a Kivrin.

—Ve y dale las gracias a sir Bloet por tan generoso regalo —ordenó Imeyne fríamente.

Rosemund le tendió a Kivrin su capa y se dirigió al hogar.

—Vamos, Agnes —dijo Kivrin—. Tienes que des¬cansar.

—Prefiero escuchar el tañido del Diablo.

—Lady Katherine —dijo Yvolde, y había un extra¬ño énfasis en la palabra «lady»—, nos habéis dicho que no recordáis nada. Sin embargo habéis leído con facili¬dad el broche de lady Rosemund. ¿ Sabéis leer, entonces ?

Sé leer, pensó Kivrin, pero menos de un tercio de los contemporáneos sabían hacerlo, y menos aún las mujeres.

Miró a Imeyne, que la observaba como había he¬cho la primera mañana, al tocar sus ropas y examinar sus manos.

—No —dijo Kivrin, mirando a Yvolde directa¬mente a los ojos—. Me temo que no sé leer ni siquiera el Paternóster. Vuestro hermano nos dijo lo que signi¬ficaban las palabras cuando le entregó el broche a Ro¬semund.

—No, no lo hizo —replicó Agnes. ,        —Estabas mirando tu campana —adujo Kivrin, pensando que lady Yvolde nunca lo creería, que pre¬guntaría a su hermano y éste diría que nunca había ha¬blado con ella.

Pero Yvolde pareció satisfecha.

—No me parecía que alguien como ella supiera leer —le dijo a Imeyne. Le dio la mano, y se dirigieron hacia sir Bloet.

Kivrin se encogió en el banco.

—Quiero mi campana —dijo Agnes.

—No te la ataré si no te tiendes.

Agnes se acomodó en su regazo.

—Primero debéis contarme la historia. Había una vez una doncella...

—Había una vez una doncella —dijo Kivrin. Miró a Imeyne e Yvolde. Se habían sentado junto a sir Bloet y hablaban con Rosemund. La niña dijo algo, con la barbilla erguida y las mejillas muy rojas. Sir Bloet se echó a reír, y su mano se cerró sobre el broche y luego resbaló sobre el pecho de Rosemund.

—Había una vez una doncella... —insistió Agnes.

—... que vivía en la linde de un gran bosque. «No vayas nunca sola al bosque», le decía su padre...

—Pero ella no le hizo caso —dijo Agnes, boste¬zando.

—No, ella no le hizo caso. Su padre la quería y sólo le preocupaba su seguridad, pero ella no le hizo caso.

—¿Qué había en el bosque? —inquirió Agnes, acurrucándose contra Kivrin.

Kivrin la cubrió con la capa de Rosemund. Ladro¬nes y asesinos, pensó. Y viejos libidinosos y sus retorci¬das hermanas. Y amantes ilícitos. Y maridos. Y jueces.

—Todo tipo de cosas peligrosas.

—Lobos —dijo Agnes, adormilada.

—Sí, lobos —Kivrin miró a Imeyne e Yvolde. Se habían apartado de sir Bloet y la miraban, susurrando.

—¿Qué le pasó? —preguntó Agnes, con los ojos ya cerrados.

Kivrin la acunó.

—No lo sé —murmuró—. No lo sé.

 

 

20

 

Agnes no podía llevar dormida más de cinco minu¬tos cuando la campana cesó y luego empezó a sonar de nuevo, esta vez más rápidamente, llamándolos a misa.

—El padre Roche empieza demasiado pronto. To¬davía no es media noche —protestó lady Imeyne, y no había terminado de decirlo cuando otras campanas so¬naron: Wychlade y Bureford y, muy lejos al este, tan lejos que apenas era el suspiro de un eco, las campanas de Oxford.

Son las campanas de Osney, y ésa es Carfax, pensó Kivrin, y se preguntó si también sonarían esta noche en casa.

Sir Bloet se incorporó con dificultad y entonces ayudó a su hermana a levantarse. Uno de los criados entró con sus capas y un manto forrado de piel de ardi¬lla. Las muchachas cogieron sus capas del montón y se las pusieron, sin dejar de charlar. Lady Imeyne desper¬tó a Maisry que se había quedado dormida en el banco de los mendigos, y le pidió que trajera su Libro de las Horas, y Maisry se dirigió a las escaleras del desván, bostezando. Rosemund se acercó y cogió su capa, que había resbalado de los hombros de Agnes, con exagera¬do cuidado.

Agnes estaba completamente ajena al mundo, Kivrin  vaciló, reacia a despertarla, aunque estaba conven¬cida de que incluso las niñas agotadas de cinco años no estaban excluidas de esta misa.

—Agnes —llamó en voz baja.

—Tendréis que llevarla a la iglesia en brazos —dijo Rosemund, debatiéndose con el broche de oro de sir Bloet. El hijo menor del senescal entró y esperó ante Kivrin con su capa blanca en las manos, arrastrándola por el suelo.

—Agnes —repitió Kivrin, y la sacudió un poco, sorprendida de que la campana de la iglesia no la hu¬biera despertado. Sonaba más fuerte y más cercana que para maitines o vísperas, y sus ecos casi apagaban el ta¬ñido de las otras campanas.

Agnes abrió los ojos.

—No me has despertado —le dijo a Rosemund, adormilada—. Prometiste que me despertarías.

—Ponte la capa —dijo Kivrin—. Tenemos que ir a la iglesia.

—Kivrin, quiero llevar mi campana.

—Ya la llevas —dijo Kivrin, intentando abrocharle la capa roja sin clavarle el alfiler en el cuello.

—No, no la llevo —replicó Agnes, buscándose el brazo—. ¡Quiero llevar mi campana!

—Aquí está —declaró Rosemund, recogiéndola del suelo—. Se te habrá caído de la muñeca. Pero no está bien llevarla ahora. Esta campana nos llama a misa. Las campanas de Navidad vienen después.

—No la tocaré —aseguró Agnes—. Sólo la llevaré.

Kivrin no lo creyó ni por un minuto, pero todo el mundo estaba ya preparado. Uno de los hombres de sir Bloet encendía las linternas con una antorcha del fuego y se las tendía a los criados. Ató apresuradamente la campanita a la muñeca de Agnes y cogió a las niñas de la mano.

Lady Eliwys aceptó la mano tendida de sir Bloet.

Lady Imeyne indicó a Kivrin que las siguiera con las niñas, y los demás fueron andando solemnemente, 

co¬mo si fueran una procesión; lady Imeyne con la herma¬na de sir Bloet, y luego el resto del séquito de sir Bloet. Lady Eliwys y sir Bloet los guiaron a todos hacia el pa¬tio, atravesaron la verja y salieron al prado.

Había dejado de nevar y habían salido las estrellas. La aldea estaba silenciosa bajo su capa de nieve. Con¬gelada en el tiempo, pensó Kivrin. Los destartalados edificios resultaban distintos, las débiles vallas y las su¬cias chozas parecían suavizadas y agraciadas por la nie¬ve. Las linternas prendían las caras cristalinas de los co¬pos de nieve y les arrancaban destellos, pero fueron las estrellas las que sorprendieron a Kivrin, cientos, miles de estrellas, todas ellas brillando como joyas en el aire helado.

—Brilla —dijo Agnes, y Kivrin no supo si se refe¬ría a la nieve o al cielo.

La campana redoblaba firmemente y sonaba dis¬tinta en el aire helado: un repique no más fuerte, sino más pleno, de algún modo más claro. Kivrin oyó ahora todas las otras campanas y las reconoció: Esthcote y Witenie y Chertelintone, aunque también sonaban dis¬tintas. Intentó oír la campana de Swindone, que había sonado todo este tiempo, pero no la captó. Tampoco percibió las campanas de Oxford. Se preguntó si sólo las habría imaginado.

—Estás haciendo sonar tu campana, Agnes —se¬ñaló Rosemund.

—No. Sólo estoy caminando.

—Mirad la iglesia —dijo Kivrin—. ¿No es her¬mosa?

Ardía como una bengala al otro lado del prado, en¬cendida por dentro y por fuera; las vidrieras proyecta¬ban luces de zafiro y rubí sobre la nieve. Había luces alrededor, llenando el patio hasta la torre del campana¬rio. Antorchas. Kivrin olía su denso humo. Más antorchas se abrían paso desde los campos blancos, serpen¬teando desde la colina que se alzaba detrás de la iglesia.

Pensó de pronto en Oxford en Nochebuena, las tiendas abiertas para las compras de último momento y las ventanas de Brasenose iluminando el patio de ama¬rillo. Y el árbol de Navidad de Balliol, encendido con cadenas multicolores de luces láser.

—Ojalá hubiéramos ido a pasar la Navidad a vues¬tra casa —le dijo lady Imeyne a lady Yvolde—. Enton¬ces tendríamos un sacerdote adecuado para decir las misas. El cura de aquí apenas sabe decir el Paternóster.

El cura de aquí se ha pasado horas arrodillado en una iglesia helada, pensó Kivrin, horas arrodillado con calzas que tenían agujeros en las rodillas, y ahora está tocando una pesada campana que tiene que sonar du¬rante una hora y luego ejecutar una elaborada ceremo¬nia que ha tenido que aprenderse de memoria porque no sabe leer.

—Me temo que será un pobre sermón y una pobre misa —suspiró lady Imeyne.

—Desde luego, hay muchos que no aman a Dios en estos días —dijo lady Yvolde—, pero debemos re¬zar a Dios para que arregle el mundo y lleve de nuevo a los hombres a la virtud.

Kivrin dudaba de que esa respuesta fuera lo que lady Imeyne deseaba oír.

—He pedido al obispo de Bath que nos envíe un capellán —dijo Imeyne—, pero todavía no ha llegado.

—Mi hermano dice que hay muchos problemas en Bath.

Casi habían alcanzado el patio de la iglesia. Kivrin distinguió ahora rostros, iluminados por las humeantes antorchas y por pequeñas lámparas de aceite que lleva¬ban algunas mujeres. Sus rostros, enrojecidos e ilumi-nados desde abajo, parecían levemente siniestros. El señor Dunworthy creería que eran una turba enfureci¬da, pensó Kivrin, congregada para quemar en la hoguera a algún pobre mártir. Es la luz, pensó. Todo el mun¬do parece un asesino a la luz de las antorchas. No le ex¬trañaba que al final inventaran la electricidad.

Entraron en el patio. Kivrin reconoció a algunas de las personas congregadas cerca del pórtico de la iglesia: el niño con escorbuto que había huido de ella, dos de las muchachitas que las habían ayudado a hornear pan, Cob. La esposa del senescal llevaba una capa con cuello de armiño y una linterna de metal con cuatro diminu¬tas hojas de cristal de verdad. Charlaba animadamente con la mujer de las cicatrices de escrófula que había ayudado a recoger el acebo. Todos charlaban y se mo¬vían para entrar en calor, y un hombre de barba negra se reía tan fuerte que su antorcha se acercó peligrosa¬mente a la toca de la esposa del senescal.

Con el tiempo, la jerarquía eclesiástica acabaría con la misa de medianoche debido a tanta bebida y jol¬gorio, recordó Kivrin, y algunos de estos feligreses de¬cididamente parecía que se habían pasado la noche sal-tándose el ayuno. El senescal charlaba animadamente con un hombre de aspecto rudo a quien Rosemund se¬ñaló como el padre de Maisry. Sus rostros estaban ro¬jos por el frío, la luz de las antorchas o el licor, o por las tres cosas a la vez, pero parecían alegres en vez de peli¬grosos. El senescal recalcaba cuanto decía con duros golpes en la espalda del padre de Maisry, y cada vez que lo hacía, éste reía con más fuerza, una risita feliz y tonta que hizo pensar a Kivrin que estaba mucho más alegre de lo que había supuesto.

La mujer del senescal le tiró de la manga, y el hom¬bre se zafó de ella, pero en cuanto lady Eliwys y sir Blo-et atravesaron la valla, se apartó rápidamente a un lado para dejar paso. Lo mismo hicieron todos los demás, guardando silencio mientras la procesión atravesaba el patio y franqueaba las pesadas puertas, y luego comen¬zaron a charlar de nuevo, pero en voz baja, mientras entraban en la iglesia tras ellos.

Sir Bloet se desprendió de la espada y se la tendió a un criado, y lady Eliwys y él hicieron una genuflexión, y se persignaron en cuanto llegaron a la puerta. Cami¬naron juntos hasta la reja que separaba el coro de la nave y volvieron a arrodillarse.

Kivrin y las niñas les siguieron. Cuando Agnes se persignó, su campanita resonó en la iglesia. Tendré que quitársela, pensó Kivrin, y se preguntó si debería salir¬se de la procesión y llevar a Agnes a un lado, junto a la tumba del esposo de lady Imeyne para desatar la cinta, pero lady Imeyne esperaba impaciente en la puerta con la hermana de sir Bloet.

Condujo a las niñas hasta el frente. Sir Bloet ya se había vuelto a poner en pie. Eliwys permaneció de ro¬dillas un poco más, y luego se levantó, y sir Bloet la es¬coltó a la zona norte de la iglesia, hizo una leve reve¬rencia, y se dirigió a ocupar su sitio en el lado de los hombres.

Kivrin se arrodilló con las niñas, rezando para que Agnes no hiciera demasiado ruido cuando volviera a persignarse. No lo hizo, pero cuando se puso en pie, la niña se pisó el borde de la túnica y dio un traspié con un sonido tan fuerte como la campana que seguía do¬blando en el exterior. Lady Imeyne estaba, por supues¬to, justo detrás de ellas. Miró a Kivrin.

Kivrin llevó a las niñas detrás de Eliwys. Lady Imeyne se arrodilló, pero lady Yvolde sólo hizo una reverencia. En cuanto Imeyne se levantó, un criado se adelantó con un prie-dieu tapizado de oscuro terciope¬lo, y lo colocó en el suelo junto a Rosemund para que lady Yvolde se arrodillara sobre él. Otro criado había colocado uno igual delante de sir Bloet en el lado de los hombres y le estaba ayudando a arrodillarse. Sir Bloet resopló y se agarró al brazo del criado mientras lo ha¬cía, y se ruborizó intensamente.

Kivrin miró anhelante el prie-dieu de lady Yvolde, pensando en los reclinatorios de plástico que colgaban en la parte trasera de las sillas de St. Mary. Hasta enton¬ces no se había dado cuenta de la bendición que era, la bendición que eran también las duras sillas de madera hasta que volvieron a levantarse y pensó en que tendría que permanecer de pie durante toda la ceremonia. El suelo estaba frío. La iglesia estaba fría, a pesar de todas las luces. Eran sobre todo lámparas de aceite, colocadas en las paredes y delante de la imagen de santa Catalina, aunque había una vela alta, fina y amarillenta situada en los adornos de cada ventana, pero el efecto no era pro¬bablemente lo que el padre Roche había pretendido. Las brillantes llamas sólo hacían que los cristales coloreados parecieran más oscuros, casi negros.

Había más velas amarillentas en los candelabros de plata situados a ambos lados del altar, y había acebo amontonado delante de ellos y en lo alto de la reja, y el padre Roche había colocado las velas de lady Imeyne entre las hojas puntiagudas y brillantes. Su trabajo al decorar la iglesia complacería a lady Imeyne, pensó Kivrin , y la miró.

Ella tenía el relicario entre las manos, pero sus ojos estaban abiertos, y contemplaba la parte superior de la reja. Su boca tensa expresaba desaprobación, y Kivrin supuso que no hubiese querido que colocara las velas allí, aunque era el lugar perfecto. Iluminaban el crucifi¬jo y el Juicio Final y también iluminaban casi toda la nave.

Hacían que toda la iglesia pareciera distinta, más acogedora y familiar, como St. Mary en Nochebuena. Dunworthy la llevó el año pasado al servicio ecumé¬nico.

Kivrin pensaba ir a la misa de medianoche de Santa Re-Formada para oírla en latín, pero no había misa del gallo. Le habían pedido al sacerdote que leyera el evan¬gelio en el servicio ecuménico, así que la trasladó a las cuatro de la tarde.

Agnes jugueteaba de nuevo con su campana. Lady Imeyne se volvió y la miró por entre sus manos piado¬samente cruzadas, Rosemund se inclinó hacia delante y Kivrin la hizo callar.

—No debes tocar la campana hasta que termine la misa —susurró Kivrin, inclinándose hacia Agnes para que nadie más la oyera.

—No la he tocado —susurró a su vez Agnes, con una voz que se pudo oír en toda la iglesia—. Los lazos están demasiado apretados. ¿Veis?

Kivrin no veía nada de eso. De hecho, si se hubiera tomado más tiempo en apretarlos más, la campanita no sonaría a cada instante, pero no iba a ponerse a discutir con una niña agotada cuando la misa iba a empezar de un momento a otro. Extendió la mano hacia el nudo.

Por lo visto Agnes había intentado sacar la campa¬na por la muñeca. El lazo ya ajado se había tensado en un nudo de aspecto sólido. Kivrin tiró de los bordes con las uñas, alerta a la gente que tenía detrás. El servi¬cio empezaría con una procesión, el padre Roche y sus monaguillos, si tenía alguno, que recorrerían el pasillo esparciendo agua bendita y cantando el Asperges.

Kivrin tiró del lazo y de ambos lados del nudo, y quedó tan tenso que ya no habría forma de quitárselo sin cortarlo, y encima estaba un poco más suelto. No logró soltar el lazo. Miró hacia la puerta de la iglesia. La campana había cesado, pero no vio la menor señal del padre Roche ni pasillo alguno para que pudiera pa¬sar. Los aldeanos se habían congregado, llenando todo el fondo de la iglesia. Alguien había aupado a un niño a lo alto de la tumba del marido de Imeyne y lo sujetaba para que pudiera ver, pero no había nada que ver to¬davía.

Siguió trabajando con la campanita. Metió dos de¬dos bajo el lazo y tiró, intentando estirarlo.

—¡No lo rompáis! —exclamó Agnes, con su fuerte susurro. Kivrin cogió la campanita y le dio la vuelta hasta depositarla en la palma de Agnes.

—Sujétala así —susurró, cerrando los dedos de Agnes sobre ella—. Con fuerza.

Agnes cerró el puño. Kivrin le hizo cerrar la otra mano encima del puño, en una copia aceptable de una actitud de rezo.

—Sujeta con fuerza la campana, y no sonará.

Agnes se llevó las manos a la frente en actitud de piedad angelical.

—Buena chica —asintió Kivrin, y la rodeó con el brazo. Miró hacia las puertas de la iglesia. Seguían ce¬rradas. Suspiró aliviada y se volvió hacia el altar.

El padre Roche estaba allí de pie. Iba vestido con una estola blanca bordada y una alba blanca amarillen¬ta con un dobladillo más ajado que el lazo de Agnes, y sostenía un libro en sus manos. Obviamente, la había estado esperando, la había estado observando mientras ella atendía a Agnes, pero no había ningún reproche en su rostro, ni tampoco impaciencia. Su cara tenía una expresión completamente distinta, y Kivrin recordó de pronto al señor Dunworthy, mientras la observaba a través de la partición de fino-cristal.

Lady Imeyne carraspeó, un sonido que fue casi un gruñido, y él pareció recuperarse. Tendió el libro a Cob, que llevaba una sotana sucia y un par de zapatos de cuero demasiado grandes, y se arrodilló delante del altar. Entonces volvió a coger el libro y empezó a reci¬tar las oraciones.

Kivrin las dijo para sí al mismo tiempo que él, pen¬sando en latín y oyendo el eco de la traducción del in¬térprete.

—«¿A quién visteis, oh, pastores? —recitó el pa¬dre Roche en latín, comenzando el acto responso-rial—. «Responded: decidnos quién ha aparecido en la tierra.»

Se detuvo, mirando a Kivrin con el ceño fruncido.

Se le ha olvidado, pensó ella. Miró ansiosamente a Imeyne, esperando que la mujer no advirtiera lo que iba a suceder, pero Imeyne ya había alzado la cabeza y le miraba de mal talante, con la mandíbula apretada.

Roche seguía mirando a Kivrin con el ceño frun¬cido.

—«Responded, ¿a quién visteis? —dijo él, y Ki¬vrin suspiró aliviada—. «Decidnos quién ha apare¬cido.»

Se había equivocado. Silabeó la siguiente línea, de¬seando que él la comprendiera.

—«Vimos al Niño recién nacido.»

Él no dio ninguna señal de haber visto lo que ella decía, aunque la miraba directamente.

—Vi... —dijo, y se interrumpió de nuevo.

—«Vimos al Niño recién nacido» —susurró Ki¬vrin, y notó que lady Imeyne se volvía hacia ella.

—«Y ángeles cantando alabanzas al Señor» —pro¬siguió Roche, y eso tampoco era correcto, pero lady Imeyne se volvió hacia el frente para dirigir su mirada desaprobatoria hacia Roche.

Sin duda el obispo se enteraría de esto, y de las ve¬las y la alba ajada, y quién sabía qué otros errores e in¬fracciones había cometido.

—«Responded, ¿a quién visteis?» —articuló Ki¬vrin, y Roche pareció recuperarse de pronto.

—«Responded, ¿a quién visteis? —dijo claramen¬te—. Y habladnos del nacimiento de Cristo. Vimos al Niño recién nacido y a ángeles cantando alabanzas al Señor.»

Empezó el Confíteor Deo, y Kivrin lo susurró a la vez, pero él lo terminó sin ningún error, y Kivrin se re¬lajó un poco, aunque lo observó atentamente mientras volvía al altar para el Orámus Te.

Llevaba una sotana negra bajo la alba, y ambas prendas parecían haber sido confeccionadas en rico paño. A Roche le quedaban demasiado cortas. Kivrin alcanzó a ver unos buenos diez centímetros de su gas¬tada calza marrón por debajo del borde de la sotana cuando se inclinó sobre el altar. El alba y la sotana pro¬bablemente habían pertenecido al sacerdote que le pre¬cedió, o eran restos del capellán de Imeyne.

El sacerdote de la Santa Re-Formada llevaba una alba de poliéster sobre un jersey marrón y téjanos. Le había asegurado a Kivrin que la misa era completamen¬te auténtica, a pesar de que se celebrara a media tarde. La antífona databa del siglo vin, y las burdas y detalla¬das estaciones de la cruz eran reproducciones exactas de las de Turín. Pero la iglesia era una papelería refor¬mada, usaron una mesa plegable como altar, y el cari¬llón de Carfax destrozaba fuera It Carne Upon the Mi-dnight Clear.

—Kyrie eléison —dijo Cob, con las manos unidas en oración.

—Kyrie eléison —repitió el padre Roche.

—Christe eléison —dijo Cob.

—Christe eléison —participó Agnes, animada.

Kivrin la hizo callar llevándose el dedo a los labios. Señor ten piedad. Cristo ten piedad. Señor ten Piedad.

Habían utilizado el Kyrie en el servicio ecuménico, probablemente por algún trato que el sacerdote de Santa Re-Formada había hecho con el vicario a cambio de haber adelantado la hora de la misa, y el ministro de la Iglesia del Milenio se negó a recitarlo y permaneció con un talante desaprobatorio todo el tiempo. Como lady Imeyne.

El padre Roche parecía bien ahora. Dijo el Gloria y el gradual sin equivocarse y empezó el evangelio.

—Inituim sancti Evangelii secundum Luke —dijo, y empezó a leer entrecortadamente en latín—. «Y suce¬dió que en aquellos días salió un decreto de César Au¬gusto para que se empadronara todo el mundo.»

El vicario había leído los mismos versículos en St. Mary's. Lo leyó de la Biblia Común del Pueblo, según había insistido la Iglesia del Milenio, y comenzaba: «Por entonces los políticos cargaron un impuesto a los contribuyentes», pero era el mismo evangelio que el padre Roche recitaba laboriosamente.

—«Y enseguida se unió al ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo, Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de bue¬na voluntad.»

El padre Roche besó el evangelio.

—Per evangélica dicta deléantur nostro delicia.

A continuación vendría el sermón, si lo había. En la mayoría de las iglesias rurales el cura sólo predicaba en las misas importantes, e incluso entonces no era más que una lección de catecismo, el recitado de los siete pecados capitales o las siete virtudes teologales. El ser¬món sería probablemente durante la gran misa de la mañana de Navidad.

Pero el padre Roche avanzó hacia el pasillo central, que casi se había cerrado de nuevo mientras los aldea¬nos se apretujaban contra las columnas y entre sí, in¬tentando encontrar una posición más cómoda, y empe¬zó a hablar.

—En los días en que Cristo vino a la tierra desde los cielos, Dios envió signos para que los hombres co¬nocieran su llegada, y en los últimos días también ha¬brá signos. Habrá hambres y peste, y Satán cabalgará por la tierra.

Oh, no, pensó Kivrin, no digas que viste al Diablo montando en un caballo negro.

Miró a Imeyne. La anciana parecía furiosa, aunque lo de menos era lo que Roche dijera, pensó Kivrin. Es¬taba decidida a encontrar errores y fallos para poder contárselos al obispo. Lady Yvolde parecía mediana¬mente irritada, y todos los demás tenían el aspecto de cansada paciencia que siempre adopta la gente cuando escucha un sermón, no importa en qué siglo. Kivrin había visto la misma expresión en St. Mary's la Navi¬dad anterior.

El sermón del año anterior en St. Mary's trataba de los vertidos de basura, y el diácono de Christ Church lo

comenzó diciendo: «El cristianismo empezó en un establo. ¿Terminará en un estercolero?»

Pero no importó. Era medianoche, y St. Mary's te¬nía un suelo de piedra y un altar de verdad, y cuando Kivrin cerró los ojos, pudo olvidar la nave alfombrada y los paraguas y las velas láser. Retiró el reclinatorio de plástico y se arrodilló en el suelo de piedra e imaginó cómo sería en la Edad Media.

El señor Dunworthy le dijo que no se parecería a nada que pudiera imaginar, y tenía razón, por supues¬to. Pero se equivocó respecto a esta misa. La había ima¬ginado justo así, el suelo de piedra y el Kyrie entre murmullos, el olor a incienso y velas y el frío.

—El Señor vendrá con fuego y peste, y todos pere¬cerán —prosiguió Roche—, pero incluso en los últi¬mos días, la piedad de Dios no nos olvidará. Nos en¬viará ayuda y consuelo y nos llevará a salvo al cielo.

A salvo al cielo. Kivrin pensó en el señor Dunwor¬thy. «No vayas —le había rogado él—. Nada será como tú imaginas.» Y tenía razón. Siempre tenía razón.

Pero incluso él, con todos sus temores a la viruela, a los asesinos y a las quemas de brujas, nunca habría imaginado esto: que ella estaba perdida. Qué no sabía dónde se encontraba el lugar de recogida, y faltaba me¬nos de una semana para la cita. Miró a Gawyn al otro lado del pasillo. Gawyn miraba a Eliwys. Tenía que hablar con él después de la misa.

El padre Roche se dirigió al altar para comenzar la misa propiamente dicha. Agnes se apoyó en Kivrin, y ésta la rodeó con el brazo. Pobrecilla, debe de estar agotada. Despierta desde antes del amanecer y además sin parar ni un momento. Se preguntó cuánto duraría la misa.

El servicio en St. Mary's duró una hora y cuarto, y hacia la mitad del ofertorio el blíper de la doctora Ahrens sonó.

—Es un parto —le susurró a Kivrin y a Dunworthy mientras se marchaba rápidamente—, qué apropiado.

Me pregunto si ahora estarán en la iglesia, pensó Kivrin, y entonces recordó que ya no era Navidad allí. Habían celebrado la Navidad tres días después de que ella llegara, mientras aún estaba enferma. ¿Sería, qué? Dos de enero, las vacaciones casi habrían terminado y todos los adornos habrían sido retirados.

Empezaba a hacer calor en la iglesia, y las velas pa¬recían absorber todo el aire. Kivrin percibía los roces y movimientos tras ella mientras el padre Roche ejecuta¬ba el ritual de la misa, y Agnes se fue apoyando cada vez más contra ella. Kivrin se alegró cuando llegaron al Sanctus y pudo arrodillarse.

Intentó imaginar Oxford el dos de enero: las tien¬das anunciando las rebajas de Año Nuevo y el carillón de Carfax en silencio. La doctora Ahrens estaría en el hospital tratando con afecciones digestivas después de las vacaciones y el señor Dunworthy se estaría prepa¬rando para el segundo trimestre. No, pensó, y lo vio de pie ante el fino-cristal. Estará preocupándose por mí.

El padre Roche alzó el cáliz, se arrodilló, besó el altar. Hubo más roces y un susurro en la parte de los hombres. Gawyn estaba apoyado en los talones, con aspecto aburrido. Sir Bloet se había quedado dormido.

Y Agnes también. Se había desplomado por com¬pleto contra Kivrin, de forma que no podría levantarse para el Paternóster. Ni siquiera lo intentó. Cuando to¬dos los demás lo hicieron, aprovechó la oportunidad para acercar a la niña y colocarle la cabeza en una pos¬tura más cómoda. A Kivrin le dolía la rodilla. Debía de haberse arrodillado en una depresión entre dos pie¬dras. Se movió para levantarla un poco, y colocó un pliegue de la capa debajo.

El padre Roche metió un trozo de pan en el cáliz y dijo el Haec Commixtio, y todos se arrodillaron para el Agnus Dei.

—Agnus Dei, qui tollis peccata mundi: miserere nobis —cantó—. Cordero de Dios, que quitas el peca¬do del mundo, ten piedad de nosotros.

Agnus Dei. Cordero de Dios. Kivrin sonrió a Ag-nes. Estaba completamente dormida, su cuerpo era un peso muerto contra el costado de Kivrin; tenía la boca abierta, pero su puño seguía cerrado sobre la campani-ta. Mi corderito, pensó Kivrin.

Arrodillada sobre el suelo de piedra de St. Mary's había imaginado las velas y el frío, pero no a lady Ime-yne, esperando a que Roche cometiera un error en la misa, ni a Eliwys, Gawyn o Rosemund. Ni al padre Roche, con su cara de asesino y sus calzas gastadas.

Ni en cien años, ni en setecientos treinta y cuatro años habría podido imaginar a Agnes, con su perrito y sus insoportables pataletas, y su rodilla infectada. Me alegro de haber venido, pensó. A pesar de todo.

El padre Roche hizo el signo de la cruz con el cáliz y bebió de él.

—Dominus vobiscum —dijo, y hubo una conmo¬ción general detrás de Kivrin. La parte principal del es¬pectáculo había acabado, y la gente se marchaba ya, para evitar las aglomeraciones. Por lo visto, no había ninguna deferencia a la familia del señor cuando se tra¬taba de marcharse. Tampoco esperaron a llegar fuera para empezar a hablar. Apenas oyó la despedida.

—I te, Missa est —dijo el padre Roche por encima del clamor, y lady Imeyne llegó al pasillo antes de que el sacerdote pudiera bajar la cabeza. Parecía que quería llegar a Bath para hablar con el obispo inme¬diatamente.

—¿Visteis las velas de sebo junto al altar? —le dijo a lady Yvolde—. Le ordené que pusiera las de cera que le di.

Lady Yvolde sacudió la cabeza y miró sombría¬mente al padre Roche, y las dos se marcharon con Ro¬semund pisándoles los talones.

Estaba claro que Rosemund no tenía ninguna in¬tención de volver a la casa con sir Bloet si podía evitar¬lo, y esto le vendría bien. Los aldeanos se cerraron tras las tres mujeres, charlando y riendo. Para cuando sir Bloet consiguiera ponerse en pie, ellas ya estarían ca¬mino de la mansión.

Kivrin tenía problemas para levantarse. Se le había quedado un pie entumecido, y Agnes estaba profunda¬mente dormida.

—Agnes. Despierta. Es hora de ir a casa.

Sir Bloet se había levantado, la cara casi púrpura por el esfuerzo, y se acercó a ofrecerle el brazo a Eliwys.

—Vuestra hija se ha quedado dormida —observó.

—Sí —respondió Eliwys, mirando a Agnes.

Ella cogió su brazo y salieron.

—Vuestro marido no ha venido como prometió.

—No —oyó Kivrin que decía Eliwys. Su tenaza se tensó mucho más en su brazo.

Fuera, las campanas empezaron a sonar de inme¬diato, y a destiempo, un repique salvaje e irregular. Pa¬recía maravilloso.

—Agnes —llamó Kivrin, sacudiéndola—, es hora de tocar tu campana.

Ni siquiera se agitó. Kivrin intentó cargársela al hombro. Los brazos de la niña colgaron flácidos sobre su espalda, y la campana tintineó.

—Has esperado toda la noche para tocar la campa¬nilla —dijo Kivrin, apoyándose en una rodilla—. Des¬pierta, corderito.

Miró alrededor en busca de alguien que la ayudase. Apenas quedaba nadie en la iglesia. Cob hacía la ronda de las ventanas, apagando las velas con los dedos. Gawyn y los sobrinos de sir Bloet estaban al fondo de la nave, recogiendo sus espadas. El padre Roche no aparecía por ningún sitio. Kivrin se preguntó si era el que tocaba la campana con tanto entusiasmo.

Su pie dormido empezaba a hormiguearle. Lo flexionó y luego apoyó su peso sobre él. Le dolió mucho, pero pudo soportarlo. Se cargó a Agnes al hombro y trató de levantarse. Sin querer se pisó el borde de la falda y cayó hacia delante.

Gawyn la agarró.

—Buena dama Katherine, mi señora Eliwys me or¬denó que viniera a ayudaros —dijo, sujetándola. Reco¬gió fácilmente a Agnes y se la cargó al hombro, y salió de la iglesia, con Kivrin detrás.

—Gracias t—dijo ella cuando salieron del patio abarrotado—. Sentía como si se me fueran a caer los brazos.

—Es una chica fuerte.

La campanita de Agnes le resbaló de la muñeca y cayó sobre la nieve, sonando con las otras campanas al hacerlo. Kivrin se agachó y la recogió. El nudo era casi demasiado pequeño para poder verlo, y los cortos ex-tremos del lazo se habían convertido en finos hilillos, pero en el momento en que lo cogió, el nudo se soltó. Lo ató a la muñeca de Agnes con un lacito.

—Me alegro de ayudar a una dama en apuros —sonrió Gawyn, pero ella no le oyó.

Estaban solos en el prado. El resto de la familia casi había llegado a la puerta de la mansión. Kivrin distin¬guió al senescal alzando la linterna sobre lady Imeyne y lady Yvolde mientras entraban en el pasillo. Todavía había un nutrido grupo de gente en el patio de la igle¬sia; alguien había encendido una hoguera junto al ca¬mino y la gente se congregaba a su alrededor, calentán¬dose las manos y pasándose un cuenco de madera con algo, pero aquí en medio del prado estaban completa¬mente solos. La oportunidad que había creído que nunca se iba a presentar había llegado.

—Quería daros las gracias por intentar encontrar a mis asaltantes, y por rescatarme en el bosque y traerme aquí. ¿Me encontrasteis muy lejos de aquí? ¿Podéis acompañarme al lugar?

Él se detuvo y la miró.

—¿No os lo dijeron? Llevé a la mansión todas las pertenencias vuestras que encontré. Los ladrones se llevaron todo lo demás, y aunque los perseguí, me temo que no encontré nada. —Echó a andar de nuevo.

—Sé que trajisteis mis cajas. Gracias. Pero no que¬ría ver el lugar donde me encontrasteis por este motivo —dijo Kivrin rápidamente, temiendo que alcanzaran a los demás antes de haber terminado de pedírselo—. Perdí la memoria cuando fui herida en el ataque. Se me ocurrió que si podía ver el lugar donde me encontras¬teis, tal vez recordaría algo.

Él se había detenido de nuevo y contempló el ca¬mino que conducía a la iglesia. Había luces que fluc¬tuaban inestables y se acercaban rápidamente. ¿Gente que llegaba tarde a la misa?

—Sois el único que sabe dónde está el lugar —dijo Kivrin—, o de lo contrario no os molestaría, pero si tan sólo pudierais decirme dónde está, yo...

—Allí no hay nada —replicó él vagamente, todavía mirando las luces—. Llevé vuestra carreta y vuestras cajas a la mansión.

—Lo sé, y os lo agradezco, pero...

—Están en el granero —añadió él. Se volvió ante el sonido de caballos. Las luces oscilantes eran linternas que llevaban hombres a caballo. Pasaron de largo ante la iglesia y atravesaron la aldea. Eran al menos media docena, y se detuvieron junto a lady Eliwys y los demás.

Es su marido, pensó Kivrin, pero antes de que ter¬minara de pensarlo, Gawyn le entregó a Agnes y echó a correr hacia ellos, desenvainando la espada.

Oh, no, pensó Kivrin, y echó a correr también, torpemente. No era su marido. Eran los hombres que los perseguían, el motivo de que se estuvieran escon¬diendo, la razón de que Eliwys se enfadara tanto con Imeyne por haberle dicho a sir Bloet que estaban aquí.

Los hombres de las antorchas habían desmontado. Eliwys avanzó hacia uno de los tres hombres que toda¬vía estaban a caballo y luego cayó de rodillas como si hubiera sido golpeada.

No, oh, no, pensó Kivrin, sin aliento. La campani-ta de Agnes tintineaba salvajemente mientras corría.

Gawyn se dirigió hacia ellos, la espada destellando a la luz de las linternas, y entonces también cayó de ro¬dillas. Eliwys se levantó y avanzó hacia los hombres a caballo, con los brazos extendidos en un gesto de bien¬venida.

Kivrin se detuvo, sin aliento. Sir Bloet avanzó, se arrodilló, se levantó. Los jinetes retiraron sus capu¬chas. Llevaban algún tipo de sombrero o coronas. Gawyn, todavía de rodillas, envainó la espada. Uno de los hombres a caballo levantó la mano y algo brilló.

—¿Qué es eso? —preguntó Agnes, adormilada.

—No lo sé —respondió Kivrin.

Agnes se debatió en brazos de Kivrin para poder ver.

—Son los tres Reyes —suspiró, maravillada.

 

 

TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL JUICIO FINAL

 (064996-065537)

 

Nochebuena de 1320 (Calendario Antiguo). Ha llegado un enviado del obispo, junto con otros dos hombres. Llegaron justo después de la misa del gallo. Lady Imeyne no cabe en sí de gozo. Está convencida de que han venido en respuesta a su mensaje, en el que pedía a un nuevo capellán, pero yo no estoy tan segura de eso. Han venido sin séquito, y hay un aire de nerviosismo en ellos, como si estuvieran en alguna misión apresurada y secreta.

Tiene que estar relacionado con lord Guillaume, aunque los juicios son en un tribunal secular, no ecle¬siástico. Tal vez el obispo sea amigo de lord Guillaume, o del rey Eduardo II, y hayan venido a hacer algún tipo de trato con Eliwys por su libertad.

Sea cual fuese el motivo de su presencia aquí, lo han hecho con estilo. Agnes pensó que eran los Reyes Ma¬gos cuando los vio, y en efecto parecen pertenecer a la realeza. Uno de ellos lleva una capa de terciopelo púr¬pura con el dibujo de una cruz blanca bordado en seda.

Lady Imeyne le asaltó al instante con la triste his¬toria de lo ignorante, torpe e imposible que es el padre Roche. «No se merece una parroquia», dijo. Por des¬gracia (y por suerte para el padre Roche), no era el en¬viado, sino sólo su clérigo. El enviado era el que vestía de rojo, también muy impresionante, con bordados dorados y ribetes de marta.

El tercero es un monje cisterciense. Al menos lleva los hábitos blancos, aunque están hechos de lana aún más fina que mi capa y tiene un cordón de oro por cín-gulo. Lleva un anillo propio de un rey en cada uno de sus gruesos dedos y no actúa como un monje. El envia¬do y él pidieron vino antes de desmontar siquiera, y está claro que el clérigo ya había bebido bastante antes de llegar aquí. Acabó resbalando del caballo y el grueso monje tuvo que llevarlo al salón.

(Pausa)

Por lo visto me equivoqué respecto a los motivos de su venida. Eliwys y sir Bloet se retiraron a un rincón con el enviado del obispo en cuanto entraron en la casa, pero sólo hablaron con él durante unos minutos, y únicamente oí decirle a Imeyne: «No saben nada de Guillaume.»

Imeyne no pareció sorprendida ni especialmente preocupada por esta noticia. Evidentemente, piensa que han venido a traerle un nuevo capellán, y se desvi¬ve por ellos, insistiendo en que celebren de inmediato el banquete de Navidad y que el enviado del obispo ocupe el asiento principal. Ellos parecen más interesa¬dos en beber que en comer. La propia Imeyne les sirvió copas de vino, y aún no se las habían terminado cuan¬do pidieron más. El clérigo agarró la falda de Maisry cuando ésta trajo las jarras, la atrajo hacia sí y le metió la mano por la camisa. Ella, naturalmente, se cubrió las orejas con las manos.

Lo único bueno que tiene su llegada es que han au¬mentado todavía más la confusión general. Únicamen¬te tuve un momento para hablar con Gawyn, pero ma¬ñana o pasado seguramente podré hablar con él sin que nadie se dé cuenta (sobre todo ya que la atención de Imeyne está centrada en el enviado, que acaba de qui¬tarle a Maisry la jarra de las manos y se está sirviendo el vino él mismo), y le pediré que me enseñe dónde está el lugar de recogida. Hay tiempo de sobra. Tengo casi una semana.

 

 

 

 

 

 

21

 

Dos personas más murieron el día veintiocho, am¬bas primarios que habían asistido al baile en Headington, y Latimer sufrió de repente un infarto.

—Desarrolló miocarditis, que a su vez causó una tromboembolia —dijo Mary cuando telefoneó—. En este momento, no responde absolutamente a nada.

Más de la mitad de los retenidos de Dunworthy habían caído con gripe, y en el hospital sólo había sitio para los casos más severos. Dunworthy y Finch, y una retenida que había encontrado William y que tenía un año de estudios de enfermería, daban temps y servían continuamente zumo de naranja. Dunworthy prepara¬ba camas y daba medicaciones.

Y se preocupaba. Cuando le dijo a Mary que Badri había dicho «Eso no puede estar bien», y «Fueron las ratas», ella respondió:

—Es la fiebre, James. No tiene ninguna conexión con la realidad. Tengo un paciente que no para de ha¬blar de los elefantes de la reina.

Pero Dunworthy no podía librarse de la idea de que Kivrin estaba en 1348.

«¿Qué año es?», dijo Badri la primera noche y «Eso no puede ser correcto».

Dunworthy telefoneó a Andrews después de su discusión con Gilchrist y le dijo que no podía acceder a la red de Brasenose.

—No importa —le respondió Andrews—. Las co¬ordenadas de situación no son tan críticas como las temporales. Haré un L-y-L desde Jesús College. Ya les pedí permiso para hacer comprobaciones de paráme¬tros, y no pusieron pegas.

Las visuales se habían perdido de nuevo, pero An¬drews parecía nervioso, como si temiera que Dunwor¬thy abordara de nuevo el tema de su venida a Oxford.

—He hecho algunas investigaciones sobre el desli¬zamiento —dijo—. No hay límites teóricos, pero en la práctica, el deslizamiento mínimo es siempre mayor que cero, incluso en las zonas deshabitadas. El desliza-miento máximo nunca ha sobrepasado los cinco años, y todos fueron sin tripulantes. El mayor deslizamiento de un lanzamiento tripulado fue un remoto al siglo XVII... doscientos veintiséis días.

—¿Puede ser otra cosa? ¿Pudo salir mal algo más, aparte del deslizamiento?

—Si las coordenadas son correctas, nada —dijo Andrews, y prometió informarle en cuanto hiciera las comprobaciones de parámetros.

Cinco años implicaba 1325. La peste ni siquiera había comenzado en China entonces, y Badri le había dicho a Gilchrist que se produjo un deslizamiento mí¬nimo. Tampoco podían ser las coordenadas. Badri las había comprobado antes de caer enfermo. Pero el mie¬do siguió royéndole, y pasaba los pocos momentos li¬bres que podía telefoneando a técnicos, intentando en¬contrar a alguien dispuesto a venir para leer el ajuste cuando llegara la secuencia del virus y Gilchrist volvie¬ra a abrir el laboratorio. Se suponía que la secuencia debía haber llegado el día anterior, pero cuando Mary llamó, todavía la estaban esperando.

Volvió a llamar a últimas horas de la tarde.

—¿Puedes prepararnos un pabellón? —preguntó. Las visuales habían vuelto. Parecía como si ella hubiera dormido con su RPE puesta, y llevaba la mascarilla colgando de un lazo.

—Ya he preparado uno. Está lleno de retenidos. Hasta el momento se han presentado treinta y un casos.

—¿Tenéis espacio para preparar otro? No lo nece¬sito todavía —dijo ella, cansada—, pero a este paso ten¬dremos que recurrir a vosotros. Casi estamos a plena capacidad aquí, y varios miembros del personal han caído ya o se niegan a venir.

—¿No ha llegado todavía la secuencia?

—No. El WIC acaba de llamar. Tuvieron un resul¬tado defectuoso la primera vez y han tenido que empe¬zar de nuevo. Se supone que llegará mañana. Ahora piensan que es un virus uruguayo. —Sonrió débilmen¬te—. Badri no ha estado en contacto con nadie de Uru¬guay, ¿verdad? ¿Cuándo podrás tener las camas prepa¬radas ?

—Esta noche —respondió Dunworthy, pero Finch le informó de que casi se habían quedado sin colchones plegables, y tuvo que ir al Ministerio y discutir con ellos para que le dieran una docena más. No consiguieron terminar de preparar el pabellón, en dos aulas, hasta la mañana siguiente.

Finch, mientras le ayudaba a montar los colchones y hacer las camas, anunció que casi se habían quedado sin sábanas limpias, mascarillas, y papel higiénico.

—No tenemos suficiente para los retenidos —dijo, metiendo una sábana—, mucho menos para todos es¬tos pacientes. Y tampoco tenemos vendas.

—No es una guerra —objetó Dunworthy—. Dudo de que haya heridos. ¿Ha averiguado si alguno de los otros colegios tienen un técnico aquí en Oxford?

—Sí, señor, los telefoneé a todos, pero no encon¬tré a ninguno. —Se puso una almohada bajo la barbilla—. He colocado carteles pidiendo que todo el mundo ahorre papel higiénico, pero de momento no ha servido de nada. Las americanas son particular¬mente derrochonas. —Colocó la funda sobre la sába¬na—. Pero lo siento por ellas. Helen cayó anoche, y no tienen sustituías.

—¿Helen?

—La señora Piantini. La tenor. Tenía fiebre de treinta y nueve punto siete. Las americanas no podrán hacer su Chicago Surprise.

Lo cual es probablemente una bendición, pensó Dunworthy.

—Pídales que sigan atendiendo mi teléfono, aun¬que ya no estén ensayando —dijo—. Espero varias lla¬madas importantes. ¿Volvió a telefonear Andrews?

—No, señor, todavía no. Y las visuales no funcio¬nan. —Ahuecó la almohada—. Es una lástima lo del concierto. Pueden hacer Stedmans, claro, pero eso ya no se lleva. Es una pena que no haya una solución al¬ternativa.

—¿Consiguió la lista de técnicos?

—Sí, señor —respondió Finch, luchando con un colchón que se resistía. Indicó con la cabeza—. Está junto a la pizarra.

Dunworthy recogió los papeles y miró el que en¬cabezaba el grupo. Estaba lleno de columnas de núme¬ros, todos ellos con los dígitos del uno al seis, en orden diverso.

—No es eso —advirtió Finch, recogiendo los pa¬peles—. Son los cambios para el Chicago Surprise. —Le tendió a Dunworthy una sola hoja—. Aquí está. He apuntado los técnicos por colegios con sus respec-tivas direcciones y números de teléfono.

Colin entró. Llevaba la chaqueta mojada y traía un rollo de cinta y un bulto cubierto de plasteno.

—El vicario me pidió que pusiera esto en todos los pabellones —dijo, sacando una placa que decía: «¿Se siente desorientado? ¿Mareado? La confusión mental puede ser un primer síntoma de infección.»

Rasgó un trozo de cinta adhesiva y pegó el cartel en la pizarra.

—Los estaba colocando en el hospital, ¿y qué cree que hacía la fiera de la Gaddson? —dijo, mientras saca¬ba otro cartel de la caja. Decía: «Lleve puesta su masca¬rilla.» Lo pegó en la pared sobre el colchón que Finch estaba preparando—. Estaba leyendo la Biblia a los pa¬cientes. —Se metió la cinta en el bolsillo—. Espero no pillarla. —Se guardó el resto de los carteles bajo el bra¬zo y se marchó.

—Ponte la mascarilla —aconsejó Dunworthy.

Colin sonrió.

—Eso mismo me dijo la fiera. Y que el Señor ani¬quilaría a quienes no oyeran las palabras de los justos. —Se sacó la bufanda gris del bolsillo—. Llevo esto en vez de mascarilla —dijo, atándosela sobre la boca y la nariz al estilo bandolero.

—La tela no puede mantener a raya a los virus mi¬croscópicos —advirtió Dunworthy.

—Lo sé. Es el color. Los asusta. —Echó a correr.

Dunworthy llamó a Mary para decirle que el pabe¬llón ya estaba listo, pero no pudo entablar comunica¬ción, así que fue al hospital. La lluvia había remitido un poco y la gente había vuelto a salir, casi todos con mas¬carillas, y regresaban de la carnicería y hacían cola de¬lante de las farmacias. Pero las calles parecían silencio¬sas de un modo innatural.

Alguien ha apagado el carillón, pensó Dunworthy. Casi lo lamentó.

Mary estaba en su despacho, observando una pan¬talla.

—La secuencia ha llegado —anunció, antes de que él pudiera informarla del pabellón.

—¿Se lo has dicho a Gilchrist? —preguntó, an¬sioso.

—No. No es el virus uruguayo ni el de Carolina del Sur.

—¿Qué es?

—Un H9N2. El uruguayo y el otro eran H3.

—¿De dónde procede?

—El WIC no lo sabe. No es un virus conocido. No se ha secuenciado anteriormente. —Le tendió una co¬pia impresa—. Tiene una mutación de siete puntos, lo cual explica por qué es letal.

Dunworthy miró el papel. Estaba cubierto con co¬lumnas de números, como la lista de cambios de Finch, y era igual de ininteligible.

—Tiene que venir de alguna parte.

—No necesariamente. Aproximadamente cada diez años se produce un cambio antigénico importante con potencial epidémico, así que puede haberse origi¬nado con Badri. —Ella volvió a coger el impreso—. ¿Sabes si vive cerca de ganado?

—¿Ganado? No, vive en un apartamento en Hea-dington.

—Las cadenas mutantes a veces se producen por la intersección de un virus avícola con una cadena huma¬na. El WIC quiere que comprobemos posibles contac¬tos avícolas y exposición a radiación. Las mutaciones virales a veces son causadas por los rayos-X. —Estudió el papel como si tuviera sentido—. Es una mutación inusitada. No hay recombinación de los genes hema-glutininos, sólo una mutación de punto extremada¬mente grande.

Ahora comprendía por qué no había informado a Gilchrist. Éste había dicho que abriría el laboratorio cuando llegara la secuencia, pero esta noticia sólo le re¬afirmaría en su decisión de mantenerlo clausurado.

—¿Hay cura?

—La habrá en cuanto podamos crear un análogo. Y una vacuna. Ya han empezado a trabajar en el proto¬tipo.

—¿Cuánto?

—De tres a cuatro días para producir un prototipo, luego al menos otros cinco para fabricarlo, si no en¬cuentran dificultades para duplicar las proteínas. De¬beríamos empezar a poder inocular dentro de diez días.

Diez días. Entonces podrían empezar a suminis¬trar las vacunas. ¿Cuánto tardarían en inmunizar la zona en cuarentena? ¿Una semana? ¿Dos? ¿Antes de que Gilchrist y los idiotas manifestantes consideraran seguro abrir el laboratorio?

—Es demasiado.

—Lo sé —asintió Mary, y suspiró—. Dios sabe cuántos casos tendremos para entonces. Ha habido veinte nuevos esta mañana.

—¿Crees que es una cadena imitante? Ella refle¬xionó.

—No. Creo que es mucho más probable que Badri lo pillara de alguien en el baile de Headington. Tal vez hubiera neo-hindúes allí, o terranos, o alguien que no cree en las antivirales o en la medicina moderna. La gri¬pe del ganso canadiense del 2010, si lo recuerdas, fue originada en una comuna de la Ciencia Cristiana. Hay una fuente. La encontraremos.

—¿Y qué le pasará a Kivrin mientras tanto? ¿Y si no encontráis la fuente para el encuentro? Se supone que debe volver el seis de enero. ¿Habréis descubierto la fuente para entonces?

—No lo sé —suspiró ella, cansada—. Tal vez ella no quiera volver a un siglo que se está convirtiendo cla¬ramente en un diez. Puede que prefiera quedarse en el 1320.

Si está en 1320, pensó Dunworthy, y subió a ver a Badri. No había vuelto a mencionar las ratas desde la Nochebuena. Había regresado a la tarde en Balliol, cuando fue a buscar a Dunworthy.

—¿Laboratorio? —murmuró cuando vio a Dunworthy. Intentó tenderle una nota, y luego pareció dor¬mirse,

agotado por el esfuerzo.

Dunworthy se quedó sólo unos minutos y luego fue a ver a Gilchrist.

Cuando llegó a Brasenose la lluvia había arreciado. Los miembros del piquete se acurrucaban bajo la pan¬carta, tiritando.

El portero estaba en el mostrador, quitando los adornos del arbolito de Navidad. Miró a Dunworthy y pareció súbitamente alarmado. Dunworthy pasó de largo ante él y se dirigió a la puerta.

—No puede entrar ahí, señor Dunworthy —advir¬tió el portero—. El colegio está restringido.

Dunworthy entró en el patio. Las habitaciones de Gilchrist estaban en el edificio situado tras el laborato¬rio. Corrió hacia ellas, esperando que el portero le al¬canzara y tratara de detenerlo.

El laboratorio tenía un gran cartel amarillo que de¬cía: «Prohibido el paso sin autorización», y una alarma electrónica unida al marco de la puerta.

—Señor Dunworthy —dijo Gilchrist, avanzando hacia él bajo la lluvia. Por lo visto el portero le había te¬lefoneado—. El laboratorio está fuera de los límites.

—He venido a verle a usted.

El portero llegó, arrastrando una guirnalda de pa¬pel de plata.

—¿Llamo a la policía universitaria? —preguntó.

—No será necesario. Venga a mis habitaciones —le dijo Gilchrist a Dunworthy—. Quiero que vea una cosa.

Condujo a Dunworthy a su despacho, se sentó ante la mesa abarrotada, y sacó una complicada masca¬rilla con alguna especie de filtros.

—Acabo de hablar con el WIC —dijo. Su voz so¬naba hueca, como si llegara desde muy lejos—. El virus no ha sido secuenciado con anterioridad y su origen es desconocido.

—Se ha secuenciado ya, y el análogo y la vacuna llegarán dentro de unos cuantos días. La doctora Ahrens ha conseguido que se dé a Brasenose prioridad en la inmunización, y yo estoy intentando localizar a un técnico que pueda leer el ajuste en cuanto la inmu¬nización se haya completado.

—Me temo que eso será imposible —dijo Gilchrist con tono hueco—. He estado estudiando la incidencia de la gripe en el siglo XIV. Hay claras indicaciones de que una serie de epidemias de influenza en la primera mitad de ese siglo debilitó gravemente a la población, reduciendo por tanto su resistencia a la Peste Negra.

Cogió un libro de aspecto antiguo.

—He encontrado seis referencias independientes a brotes de gripe entre octubre de 1318 y febrero de 1321. —Levantó el libro y empezó a leer—. «Después de la cosecha hubo en todo Dorset una fiebre tan fiera que produjo muchos muertos. Esta fiebre comenzaba con dolor de cabeza y confusión en todas las partes del cuerpo. Los médicos sangraban a los pacientes, pero muchos murieron a pesar de todo.»

Una fiebre. En una época de fiebres, tifoideas y có¬lera y paperas, donde todas ellas producían «dolor de cabeza y confusión en todas las partes del cuerpo».

—Año 1319. Los juicios de Bath para el año ante¬rior fueron cancelados —prosiguió Gilchrist, quien había cogido otro libro—. «Un mal del pecho cayó so¬bre el tribunal y ninguno, juez ni jurado, quedó para oír los casos.» —Gilchrist miró a Dunworthy por enci¬ma de la máscara—. Dijo usted que los temores públi¬cos sobre la red eran histéricos y sin fundamento. Sin embargo, parece que se basan en datos históricos docu-mentados.

Datos históricos documentados. Referencias a fie¬bres y males del pecho que podrían deberse a cualquier cosa, gangrena o tifus o un centenar de infecciones sin nombre.

—El virus no puede haber atravesado la red. Se han hecho lanzamientos a la Pandemia, a batallas de la Pri¬mera Guerra Mundial donde se usó gas mostaza, a Tel Aviv. Siglo Veinte envió equipo detector a St. Paul's dos días después de que cayera la bomba. Nada atrave¬só la red.

—Eso es lo que dice usted. —Levantó un papel—. Probabilidad indica un cero coma cero cero tres por ciento de posibilidades de que un microorganismo cru¬ce la red y un veintidós coma uno de posibilidades de que un mixovirus viable esté dentro de la zona crítica cuando se abra la red.

—En nombre de Dios, ¿de dónde saca esas cifras? ¿De una chistera? Según Probabilidad —dijo, ponien¬do un énfasis desagradable en la palabra—, sólo había un cero coma cero cuatro por ciento de posibilidades de que alguien estuviera presente cuando Kivrin atra¬vesara la red, una posibilidad que usted consideró esta¬dísticamente irrelevante.

—Los virus son organismos extraordinariamente re¬sistentes —prosiguió Gilchrist—. Se sabe que permane¬cen latentes durante largos períodos de tiempo, expues¬tos a extremos de temperatura y humedad, y siguen siendo viables. Bajo ciertas condiciones, forman cristales que conservan su estructura indefinidamente. Cuando se les devuelve a una solución húmeda, siguen siendo infec¬ciosos. Se han encontrado cristales del mosaico del taba¬co que databan del siglo xvi. Hay un riesgo significativo de que los virus penetraran la red si se abriera, y dadas las circunstancias, no puedo permitir que eso suceda.

—El virus no puede haber atravesado la red.

—Entonces, ¿por qué está tan ansioso por leer el ajuste?

—Porque... —dijo Dunworthy, y se detuvo para controlarse—. Porque leer el ajuste nos dirá si el lanza¬miento salió según lo planeado o si algo fue mal.

—Oh, ¿admite entonces que hay una posibilidad de error? Entonces, ¿por qué no puede producirse un

error que permita que un virus atraviese la red? Mien¬tras esa posibilidad exista, el laboratorio permanecerá clausurado. Estoy seguro de que el señor Basingame aprobará la decisión que he tomado.

Basingame, pensó Dunworthy, de eso se trata. No tiene nada que ver con el virus, los manifestantes o los «males del pecho» en 1318. Todo esto es para justifi¬carse ante Basingame.

Gilchrist era rector en funciones en ausencia de Basingame, y se había apresurado a corregir el baremo, a hacer un lanzamiento, y sin duda pretendía presen¬tarle a Basingame un brillante fait accompli. Pero no lo había hecho. En cambio, tenía una epidemia y una his¬toriadora perdida, la gente se manifestaba delante del colegio, y ahora lo único que le importaba era justificar sus acciones, salvarse a sí mismo aunque eso significara sacrificar a Kivrin.

—¿Qué hay de Kivrin? ¿Aprueba ella su decisión?

—La señorita Engle era plenamente consciente cuando se ofreció voluntaria para ir a 1320.

—¿Era consciente de que pretendía usted abando¬narla?

—Doy por terminada esta conversación, señor Dunworthy —Gilchrist se levantó—. Abriré el labora¬torio cuando la fuente del virus haya sido localizada, y quede plenamente demostrado que no existe ninguna posibilidad de que atraviese la red.

Le mostró la puerta a Dunworthy. El portero es¬peraba fuera.

—No permitiré que abandone a Kivrin —dijo Dunworthy.

Gilchrist frunció los labios bajo la máscara.

—Y yo no permitiré que ponga en peligro la salud de esta comunidad. —Se volvió hacia el portero—. Acompañe al señor Dunworthy a la salida. Si intenta volver a entrar en Brasenose, llame a la policía.

Cerró de un portazo. El portero acompañó a Dunworthy mientras cruzaban el patio, observándole alerta, como si pensara que podría volverse repentina¬mente peligroso.

Podría hacerlo, pensó Dunworthy.

—Quisiera usar su teléfono —dijo cuando llegaron a la puerta—. Asuntos de la universidad.

El portero parecía nervioso, pero colocó el teléfo¬no sobre el mostrador y se le quedó mirando mientras Dunworthy marcaba el número de Balliol.

—Tenemos que localizar a Basingame —dijo Dun¬worthy cuando Finch respondió—. Es una emergencia. Llame a la Oficina de Licencias de Pesca de Escocia y re¬copile una lista de hoteles y albergues. Y déme el núme¬ro de Polly Wilson.

Anotó el número, colgó, y empezó a marcar. Cam¬bió de idea y telefoneó a Mary.

—Quiero ayudar a localizar la fuente del virus.

—Gilchrist no quiere abrir la red —dijo ella.

—No. ¿Qué puedo hacer para ayudar?

—Lo que hiciste antes con los primarios. Rastrea los contactos, busca las cosas que te dije: exposición a radiación, proximidad a aves o ganado, religiones que prohiban las antivirales. Necesitarás las tablas de con¬tacto.

—Enviaré a Colin por ellas.

—Haré que alguien las prepare. Será mejor que compruebes los contactos de Badri entre cuatro y seis días, por si el virus se originó con él. El tiempo de incu¬bación a partir de un portador no humano o de otro depósito, por ejemplo, puede ser más largo que el pe¬ríodo de incubación de persona a persona.

—Pondré a trabajar a William —dijo. Devolvió el teléfono al portero, que inmediatamente rodeó el mos¬trador y le acompañó al exterior. A Dunworthy le sor¬prendió que no le escoltara hasta Balliol.

En cuanto llegó, telefoneó a Polly Wilson.

—¿Hay algún medio de entrar en la consola de la red sin tener acceso al laboratorio? —le preguntó—. ¿Puede entrar directamente a través del ordenador de la Universidad?

—No lo sé. El ordenador de la Universidad está protegido. Tal vez pueda conseguir un ariete, o infil¬trarme con un gusano desde la consola de Balliol. Ten¬dré que ver qué medidas de seguridad hay. ¿Tiene un técnico para leerlo si consigo entrar?

—Buscaré uno —dijo él. Colgó.

Colin entró, goteando, para coger otro rollo de cinta.

—¿Sabía que llegó la secuencia, y que el virus es un mutante?

—Sí. Quiero que vayas al hospital y me traigas las tablas de contactos.

Colin soltó su montón de carteles. El de encima decía: «No tenga una recaída.»

—Dicen que es una especie de arma biológica —añadió Colin—. Que ha escapado de un laboratorio.

No será del de Gilchrist, pensó Dunworthy amar¬gamente.

—¿Sabes dónde está William Gaddson?

—No. —Colin esbozó una mueca—. Probable¬mente estará en las escaleras besándose con alguna chica.

Estaba en la despensa, besando a una de las reteni¬das. Dunworthy le pidió que averiguara el paradero de Badri desde el viernes hasta el domingo por la mañana y que consiguiera una copia de las compras mediante tarjeta de Basingame durante el mes de diciembre. Lue¬go volvió a sus habitaciones para llamar a los técnicos.

Uno de ellos dirigía una red para Siglo Diecinueve en Moscú, y otros dos habían ido a esquiar. Los demás no estaban en casa, o tal vez, alertados por Andrews, no contestaban al teléfono.

Colin le llevó las tablas de contactos. Eran un desastre. No se había hecho ningún intento por conseguir

correlaciones excepto posibles conexiones americanas, y había demasiados contactos. La mitad de los prima¬rios estaban en el baile de Headington, dos tercios ha¬bían hecho compras de Navidad, y todos menos dos habían viajado en metro. Era como buscar una aguja en un pajar.

Dunworthy se pasó la mitad de la noche compro¬bando afiliaciones religiosas. Cuarenta y dos eran angli-canos, nueve de la Santa Re-Formada, diecisiete no te¬nían afiliación. Ocho eran estudiantes de Shrewsbury College, once guardaron cola en Debenham's para ver a Papá Noel, nueve habían trabajado en la excavación de Montoya, treinta habían comprado en BlackwelPs.

Veintiuno habían tenido contactos cruzados con al menos dos secundarios, y el Papá Noel de Debenham's había contactado con treinta y dos (todos menos once en un pub después de su turno), pero ninguno podía ser relacionado con todos los primarios excepto Badri.

Mary trajo los nuevos casos por la mañana. Lleva¬ba RPE, pero no mascarilla.

—¿Están preparadas las camas?

—Sí. Tenemos dos pabellones de diez camas cada uno.

—Bien. Las necesitaré todas.

Ayudaron a acostarse a los pacientes y los dejaron al cuidado de la estudiante de enfermería de William.

—Los que están en camillas se solucionarán en cuanto tengamos una ambulancia libre —declaró Mary, mientras cruzaba el patio con Dunworthy.

La lluvia había cesado por completo, y el cielo era más claro, como si fuera a despejar.

—¿Cuándo llegará el análogo? —preguntó él.

—Tardará dos días como mínimo.

Llegaron a la puerta. Ella se apoyó contra el muro de piedra.

—Cuando todo esto acabe, voy a atravesar la red—dijo—. Iré a algún siglo donde no haya epidemias,

donde no haya que esperar, ni preocuparse, ni sentirse indefenso.

Se pasó la mano por el pelo gris.

—A un siglo que no sea un diez —sonrió—. Pero no hay ninguno, ¿verdad?

Él sacudió la cabeza.

—¿Te he hablado alguna vez del Valle de los Reyes?

—Me contaste que lo habías visitado durante la Pandemia.

Ella asintió.

—El Cairo estaba en cuarentena, así que tuvimos que volar a Addis Abeba, y por el camino soborné al taxista para que nos llevara al Valle de los Reyes para poder ver la tumba de Tutankamon. Fue una tontería. La Pandemia ya había alcanzado Luxor, y por poco no nos pilla la cuarentena. Nos dispararon dos veces. —Sacudió la cabeza—. Podrían habernos matado. Mi hermana se negó a bajar del coche, pero yo descendí las escaleras y llegué hasta la puerta de la tumba, y pensé, así estaba cuando Cárter la encontró.

Miró a Dunworthy sin verlo, recordando.

—Cuando llegaron a la puerta de la tumba, estaba cerrada, y tuvieron que esperar a que las autoridades competentes la abrieran. Cárter abrió un agujero en la puerta, y metió una vela y se asomó. —Su voz era un susurro—. Carnarvon dijo: «¿Ves algo?», y Cárter con¬testó: «Sí, cosas maravillosas.»

Cerró los ojos.

—Nunca he olvidado eso, haber estado allí de pie ante aquella puerta cerrada. La veo claramente incluso ahora. —Abrió los ojos—. A lo mejor decido ir cuando se acabe todo esto. A la apertura de la tumba del rey Tut.

Atravesó la puerta.

—Oh, vaya, ya está lloviendo otra vez. Tengo que volver. Enviaré los casos de camillas en cuanto haya una

ambulancia. —Lo miró con suspicacia—. ¿Por qué no tienes puesta tu mascarilla?

—Hace que se me empañen las gafas. ¿Por qué no llevas tú la tuya?

—Empiezan a escasear. Has recibido tu potencia¬ción de leucocitos-T, ¿verdad?

Él negó con la cabeza.

—No he tenido tiempo.

—Búscalo —dijo ella—. Y ponte la mascarilla. No le servirás de nada a Kivrin si caes enfermo.

No le sirvo de nada a Kivrin ahora, pensó Dunworthy, mientras volvía a sus habitaciones. No me dejan en¬trar en el laboratorio. No consigo que un técnico venga a Oxford. No encuentro a Basingame. Intentó pensar con quién más podía ponerse en contacto. Había com¬probado todas las agencias de viajes y guías de pesca y alquileres de botes de Escocia. No había ni rastro de Ba¬singame. Tal vez Montoya tenía razón y no estaba allí, sino en los trópicos con alguna mujer.

Montoya. Se había olvidado por completo de ella. No la había visto desde la misa de Nochebuena. Estaba buscando a Basingame para que le firmara la autoriza¬ción para ir a la excavación, y luego llamó el día de Na-vidad para preguntarle si Basingame prefería las tru¬chas o el salmón. Y llamó de nuevo con el mensaje «No importa». Lo que podría significar que había descu¬bierto no sólo si le gustaban las truchas o el salmón, sino también al propio hombre.

Subió a sus habitaciones. Si Montoya había locali¬zado a Basingame y conseguido la autorización, habría ido directamente a la excavación. No habría esperado a decírselo a nadie. Dunworthy ni siquiera estaba seguro de que supiera que él también lo estaba buscando.

Basingame seguramente regresaría en cuanto Mon¬toya le hablara de la cuarentena, a menos que se lo hu¬biera impedido el mal tiempo o las carreteras infranqueables. O Montoya tal vez no le hubiera dicho nada de la cuarentena. Obsesionada como estaba con la exca¬vación, tal vez se limitó a pedirle su firma.

La señora Taylor, sus cuatro campaneras sanas y Finch estaban en sus habitaciones, formando un círcu¬lo y flexionando las rodillas. Finch tenía un papel en la mano y contaba en voz baja.

—Iba a ir al pabellón a asignar a las enfermeras —dijo mansamente—. Aquí está el informe de William. —Se lo entregó a Dunworthy y se marchó.

La señora Taylor y su cuarteto recogieron las cam¬panillas.

—Ha llamado una tal señora Wilson —anunció la señora Taylor—. Me pidió que le dijera que un ariete no funcionaría, y que tendrá que entrar a través de la consola de Brasenose.

—Gracias.

Ella se marchó seguida de sus cuatro campaneras en fila india.

Dunworthy llamó a la excavación. No hubo res¬puesta. Llamó al apartamento de Montoya, a su despa¬cho en Brasenose, otra vez a la excavación. No obtuvo respuesta en ningún sitio. Llamó de nuevo a su aparta¬mento y dejó que el teléfono sonara mientras miraba el informe de William. Badri se había pasado todo el sá¬bado y la mañana del domingo trabajando en la excava¬ción. William debía de haber entrado en contacto con Montoya para averiguarlo.

De pronto, se preguntó por la excavación. Estaba en el campo, en Witney, una granja del Fondo Nacio¬nal. Tal vez tenía patos, o gallinas, o cerdos, o las tres cosas. Y Badri había pasado un día y medio trabajando allí, revolviendo en el barro, una ocasión perfecta para entrar en contacto con un portador no humano.

Colin llegó, calado hasta los huesos.

—Se han quedado sin carteles —dijo, rebuscando en la mochila—. Londres enviará más mañana. —Limpió el chicle y se lo metió en la boca, con suciedad y todo—. ¿Sabe quién está en su escalera? —preguntó. Se sentó en el asiento de la ventana y abrió su libro de la Edad Media—. William y una chica. Besándose y char¬lando de cursilerías. Por poco no puedo pasar.

Dunworthy abrió la puerta. William se separó de mala gana de una morenita menuda vestida con un Burberry y entró.

—¿Sabe dónde está la señora Montoya? —pregun¬tó Dunworthy.

—No. El Ministerio dijo que estaba en la excava¬ción, pero no contesta al teléfono. Probablemente está en la iglesia o en alguna parte de la granja y no oye el te¬léfono. Pensé en utilizar un aullador, pero luego me acordé de esa chica que estudia arqueohistoria y... —Se¬ñaló a la morenita—. Ella me dij o que había visto las ho-jas de asignaciones de la excavación, y que Badri apare¬cía el sábado y el domingo.

—¿Un aullador? ¿Qué es eso?

—Lo enganchas a la línea y amplía la llamada al otro lado. Por si la persona está en el jardín, en la ducha o algún sitio de esos.

—¿Puede poner uno en este teléfono?

—Son un poco complicados para mí. Conozco a una estudiante que podría hacerlo. Tengo su número en mi habitación —se marchó, cogido de la mano de la morenita.

—¿Sabe? Si Montoya está en la excavación, puedo sacarle del perímetro —dijo Colin. Sacó el chicle y lo examinó—. Será fácil. Hay muchísimos sitios que no están vigilados. A los guardias no les gusta permanecer de pie bajo la lluvia.

—No tengo ninguna intención de quebrantar la cuarentena. Queremos detener esta epidemia, no ex¬tenderla.

—Así se extendía la plaga durante la Peste Negra —añadió Colin. Volvió a sacarse el chicle y lo examinó.

Tenía un desagradable color amarillo—. Intentaban huir de ella, pero se la llevaban consigo.

William asomó la cabeza en la puerta.

—Dice que tardará dos días en colocarlo, pero tie¬ne uno en su teléfono por si quiere utilizarlo.

Colin cogió su chaqueta.

—¿Puedo ir?

—No —respondió Dunworthy—. Y quítate esas ropas mojadas. No quiero que pilles la gripe. —Bajó las escaleras con William.

—Ella estudia en Shrewsbury —informó William, abriendo el camino bajo la lluvia.

Colin los alcanzó a mitad del patio.

—No me pondré enfermo. Me pusieron la poten¬ciación. No tenían cuarentenas en la Peste Negra, así que iba a todas partes. —Sacó su bufanda del bolsillo de la chaqueta—. Botley Road es un buen sitio para saltarse el perímetro. Hay un pub en la esquina junto a la barrera, y el guardia entra de vez en cuando a tomar¬se una copa para calentarse.

—Abróchate la chaqueta —dijo Dunworthy.

La muchacha resultó ser Polly Wilson. Le dijo a Dunworthy que había estado trabajando en un traidor óptico que pudiera irrumpir en la consola, pero no lo había conseguido todavía. Dunworthy telefoneó a la excavación, pero no obtuvo respuesta.

—Déjelo sonar —dijo Polly—. Tal vez tenga que recorrer un buen trecho para atenderlo. El aullador tie¬ne un alcance de medio kilómetro.

Lo dejó sonar durante diez minutos, colgó, esperó cinco minutos, lo intentó de nuevo y lo dejó sonar un cuarto de hora antes de darse por vencido. Polly mira¬ba amorosamente a William, y Colin tiritaba con su chaqueta mojada. Dunworthy se lo llevó a casa y lo acostó.

—Yo podría saltarme el perímetro y decirle que le telefonee —se ofreció Colin, guardando el chicle en la mochila—. Por si le preocupa ser demasiado viejo para hacerlo. Soy muy hábil saltándome perímetros.

Dunworthy esperó hasta que William regresó a la mañana siguiente y después volvió a Shrewsbury y lo intentó de nuevo, pero fue en vano.

—Haré que llame a intervalos de media hora —dijo Polly, mientras lo acompañaba a la puerta—. No sabrá usted si William sale con otras chicas, ¿verdad?

—No —respondió Dunworthy.

El sonido de campanas llegó de repente desde Christ Church, repicando con fuerza a través de la lluvia.

—¿Ha conectado alguien ese horrible carillón otra vez? —preguntó Polly.

—No —contestó él—. Son las americanas. —Vol¬vió la cabeza en dirección al sonido, intentando decidir si la señora Taylor se había decidido por los Stedmans, pero percibió seis campanas, las viejas campanas de Osney: Douce y Gabriel y Marie, una tras otra, Cle-ment y Hautclerc y Taylor—. Y Finch.

Sonaban bastante bien, no como cuando el carillón digital tocaba O Christ Wbo Interfaces with the World. Sonaban clara y alegremente, y Dunworthy se imaginó a las campaneras formando un círculo en la torre, flexionando las rodillas y alzando los brazos, mientras Finch consultaba su lista de números.

«Cada hombre debe ceñirse a su campana sin inte¬rrupción», había dicho la señora Taylor. Él no había tenido más que interrupciones, pero se sentía extra¬ñamente animado. La señora Taylor no había podido llevar a sus campaneras a Norwich para Nochebue¬na, pero se había ceñido a sus campanas, y sonaban en-sordecedoramente, delirantemente fuertes, como una celebración, una victoria. Como la mañana de Navi¬dad. Encontraría a Montoya. Y a Basingame. O a un téc¬nico que no tuviera miedo de la cuarentena. Encontra¬ría a Kivrin.

El teléfono sonaba cuando regresó a Balliol. Subió corriendo las escaleras, esperando que fuera Polly. Era Montoya.

—¿Dunworthy? Hola. Soy Lupe Montoya. ¿Qué pasa?

—¿Dónde está usted? —demandó él.

—En la excavación —contestó ella, pero eso saltaba a la vista. Se encontraba de pie delante de la arruinada nave de la iglesia en el patio medieval medio excavado. Dunworthy comprendió por qué estaba tan ansiosa por volver allí. En algunos lugares había hasta un palmo de agua. Montoya había colocado toldos y sábanas de plas-teno por toda la excavación, pero la lluvia se filtraba por una docena de sitios, y donde las coberturas se encon¬traban, el agua caía en auténticas cascadas. Todo: las tumbas, las luces que había colocado en los toldos, las palas apoyadas contra la pared, absolutamente todo es¬taba cubierto de lodo.

También Montoya. Llevaba su cazadora y unas su¬cias botas de pescador hasta los muslos, como tal vez llevara Basingame, dondequiera que estuviese. La ma¬no con la que sujetaba el teléfono estaba cubierta de ba¬rro seco.

—La he estado llamando durante días —dijo Dun¬worthy.

—No oigo el teléfono con el ruido de la bomba de succión. —Indicó algo más allá de la imagen, presumi¬blemente la bomba, aunque él sólo oía el tamborileo de la lluvia sobre los toldos—. Acabo de romper una co¬rrea, y no tengo otra. Oí las campanas. ¿Significa eso que la cuarentena se ha acabado?

—Lo dudo. Estamos en medio de una epidemia a gran escala. Setecientos ochenta casos y dieciséis muer¬tos. ¿No ha visto los periódicos?

—No he visto a nadie desde que llegué aquí. He pasado los últimos seis días intentando secar esta mal¬dita excavación, pero no puedo hacerlo sola. Y sin bomba. —Se apartó el pelo de la cara con una mano su¬cia—. ¿Por qué tocaban las campanas entonces, si la cuarentena no ha acabado?

—Un repique de Chicago Surprise Minor.

Ella parecía irritada.

—Si la cuarentena es tan mala, ¿por qué no se dedi¬can a algo útil?

Ya lo han hecho, pensó Dunworthy. Gracias a ellas, tú has llamado.

—Desde luego, podría ponerlas a trabajar aquí. —Volvió a apartarse el pelo. Parecía casi tan cansada co¬mo Mary—. Esperaba que hubieran levantado la cua¬rentena, para que alguien viniera a ayudarme. ¿ Cuánto tiempo cree que tardará?

Demasiado, pensó él, al observar cómo caía la llu¬via en cascada entre los toldos. Nunca recibirás a tiem¬po la ayuda que precisas.

—Necesito cierta información acerca de Basinga-me y Badri Chaudhuri. Intentamos localizar el origen del virus y con quién ha tenido contacto Badri. Trabajó en la excavación el dieciocho y la mañana del diecinue¬ve. ¿Quién más había?

—Yo.

—¿Quién más?

—Nadie. Me resultó dificilísimo encontrar ayuda en diciembre. Todos mis estudiantes de arqueohistoria se marcharon el día que empezaban las vacaciones. Tuve que sacar voluntarios de donde pude.

—¿Está segura de que sólo estaban ustedes dos?

—Sí. Lo recuerdo porque abrimos la tumba del ca¬ballero el sábado y nos costó mucho trabajo levantar la tapa. Gillian Ledbetter tenía que venir el sábado, pero llamó en el último momento diciendo que tenía una cita.

Con William, pensó Dunworthy.

—¿Estuvo alguien con Badri el domingo?

—Sólo vino aquí por la mañana, y después no hubo nadie. Tuvo que marcharse a Londres. Mire, tengo que irme. Si no recibo ayuda pronto, tengo que volver a tra¬bajar. —Empezó a retirar el receptor de la oreja.

—¡Un momento! —gritó Dunworthy—. No cuel¬gue.

Ella volvió a llevarse el receptor al oído. Parecía impaciente.

—Tengo que hacerle algunas preguntas más. Es muy importante. Cuanto antes localicemos la fuente de este virus, más pronto se levantará la cuarentena y usted podrá recibir ayuda para la excavación.

Ella no parecía convencida, pero pulsó un código, • colgó el receptor en la horquilla, y dijo:

—No le importa que trabaje mientras hablamos, ¿verdad?

—No —contestó Dunworthy, aliviado—. Hágalo, por favor.

Ella salió bruscamente de cuadro y regresó, des¬pués pulsó algo más.

—Lo siento. No alcanza —dijo, y la pantalla se nu¬bló mientras ella movía el teléfono hasta su lugar de trabajo. Cuando volvió a aparecer la imagen, Montoya estaba agachada en un agujero lleno de barro junto a una tumba de piedra. Dunworthy supuso que era la que Badri y ella habían abierto.

La tapa mostraba la efigie de un caballero con ar¬madura, con los brazos cruzados sobre el pecho acora¬zado de forma que las manos reposaban en unos pesa¬dos guanteletes y con la espada a sus pies. Estaba apoyado en un precario ángulo a un lado, oscureciendo las elaboradas letras talladas. Dunworthy sólo consi¬guió leer «Requiesc». Requiescat inpace. Descanse en paz, una bendición que el caballero no había consegui¬do. Su rostro dormido bajo el casco tallado tenía un aire desaprobatorio.

Montoya había colocado una fina sábana de plaste-no sobre la tumba abierta. Estaba empapada de agua. Dunworthy se preguntó si el otro lado de la tumba tambien mostraba un morboso relieve del horror que guar¬daba dentro, como la que aparecía en la ilustración de Colin, y si era tan horrible como la realidad. El agua chorreaba sobre la cabecera de la tumba, hundiendo el plástico.

Montoya se enderezó y sacó una caja plana llena de barro.

—¿Bien? —dijo, mientras la colocaba sobre la es¬quina de la tumba—. ¿No tenía más preguntas?

—Sí. Dijo usted que no había nadie más en la exca¬vación cuando Badri estuvo allí.

—No lo había —contestó ella, secándose el sudor de la frente—. Vaya, hace calor aquí. —Se quitó la ca¬zadora y la colgó de la tapa de la tumba.

—¿Y los lugareños? ¿Gente no relacionada con la excavación?

—Si hubiera alguien aquí, los habría reclutado. —Empezó a rebuscar en el barro de la caja, y sacó va¬rias piedras marrones—. La tapa pesaba una tonelada, y acabábamos de quitarla cuando empezó a llover. Ha¬bría reclutado a cualquiera que pasara por aquí, pero la excavación está demasiado lejos.

—¿Y el personal del Fondo Nacional?

Ella sumergió las piedras en agua para limpiarlas.

—Sólo vienen durante el verano.

Dunworthy esperaba que alguien de la excavación resultara ser la fuente, que Badri hubiera entrado en contacto con un lugareño, un miembro del Fondo Na¬cional, o un cazador de patos que pasara por allí. Pero los mixovirus no tenían portadores. El misterioso lu¬gareño tendría que sufrir la enfermedad también, y Mary había estado en contacto con todas las clínicas y hospitales de Inglaterra. No se había presentado nin¬gún caso fuera del perímetro.

Montoya levantó las piedras una por una a la luz de la batería sujeta a uno de los postes, les dio la vuelta y examinó los bordes, todavía llenos de barro.

—¿Y las aves?

—¿Aves? —se extrañó ella, y Dunworthy advirtió que debía de parecer que estaba sugiriendo que reclu-tara a los gorriones para ayudarla a levantar la tapa de la tumba.

—El virus puede haber sido diseminado por las aves. Patos, gansos, gallinas —dijo, aunque no estaba seguro de que las gallinas pudieran ser portadores—. ¿Hay alguna en la excavación?

—¿Gallinas? —preguntó ella, alzando una de las piedras a la luz.

—Los virus se producen a veces por la intersección de virus animales y humanos —explicó él—. Las aves son los portadores más comunes, pero los peces tam¬bién pueden serlo. O los cerdos. ¡Hay algún cerdo en la excavación?

Ella seguía mirándole como si pensara que estaba chalado.

—La excavación está en una granja del Fondo Na¬cional, ¿ no ?

—Sí, pero la granja en sí queda a tres kilómetros de distancia. Nos encontramos en medio de un campo de cebada. No hay cerdos cerca, ni aves, ni peces. —Vol¬vió a examinar las piedras.

No había aves. Ni cerdos. Ni gente que habitara en aquel lugar. La fuente del virus tampoco estaba allí. Posiblemente no estaba en ninguna parte, y la gripe de Badri había mutado de forma espontánea, como suce¬día de vez en cuando, según dijo Mary; apareció de la nada y descendió sobre Oxford igual que la peste había descendido sobre los inconscientes residentes del ce¬menterio.

Montoya alzó de nuevo las piedras a la luz, rascó con las uñas algún pegote ocasional de barro y luego frotó la superficie. De pronto Dunworthy advirtió que estaba examinando huesos. Vértebras, tal vez, o los de¬dos de los pies del caballero. Requiescat in pace.

Encontró lo que al parecer había estado buscando: un hueso irregular del tamaño de una castaña, con un lado curvo. Guardó el resto en la bandeja, sacó del bol¬sillo de su camisa un cepillo de dientes y empezó a fro-tar los bordes cóncavos, con el ceño fruncido.

Gilchrist nunca aceptaría la mutación espontánea como fuente. Estaba demasiado encantado con la teo¬ría de que algún virus del siglo XIV había atravesado la red. Y demasiado encantado con su autoridad como rector en funciones de la Facultad de Historia para ce¬der, aunque Dunworthy hubiera encontrado patos na¬dando en los charcos del patio.

—Necesito ponerme en contacto con el señor Ba-singame. ¿Dónde está?

—¿Basingame? —preguntó ella, mientras miraba aún el hueso con el ceño fruncido—. No tengo ni idea.

—Pero... creía que lo había encontrado. Cuando telefoneó el día de Navidad dijo que tenía que encon¬trarlo para que le firmara su dispensa ante el minis¬terio.

—Lo sé. Me pasé dos días enteros llamando a to¬dos los guías de truchas y salmón de Escocia antes de decidir que no podía esperar más. Si quiere saber mi opinión, no está en ninguna parte de Escocia. —Sacó una navajita de sus vaqueros y empezó a rascar el áspe¬ro borde del hueso—. Hablando del ministerio, ¿po¬dría hacerme un favor? No paro de llamar a su número pero siempre está comunicando. ¿Podría acercarse y decirles que necesito ayuda? Adviértales que la excava¬ción tiene un valor histórico irreemplazable, y que se va a perder irremediablemente si no me envían al me¬nos a cinco personas. Y una bomba. —El cuchillo chas¬queó. Ella frunció el ceño y rascó un poco más.

—¿Cómo consiguió la autorización de Basingame, si no sabía dónde estaba? Creí que había dicho que el impreso necesitaba su firma.

—Pues sí —dijo ella. Un borde del hueso salió disparado y aterrizó en la mortaja de plasteno. Montoya

examinó el hueso y lo dejó caer en la caja—. La falsifi¬qué.

Se agachó de nuevo junto a la tumba, buscando más huesos. Parecía tan absorta como Colin cuando examinaba su chicle. Dunworthy no estaba seguro de si recordaba que Kivrin estaba en el pasado, o si la ha¬bía olvidado como parecía haber olvidado la epidemia.

Colgó, preguntándose si Montoya se daría cuenta, y regresó al hospital para decirle a Mary lo que había averiguado y empezar a interrogar de nuevo a los se¬cundarios en busca de la fuente. Llovía intensamente y el agua rebosaba los desagües y estropeaba cosas de irreemplazable valor histórico.

Las campaneras y Finch seguían con lo suyo, tocan¬do los cambios uno tras otro en su orden determinado, doblando las rodillas y ceñidas a sus campanas, como Montoya a su trabajo. El sonido se repetía insistente-mente, plomizo, a través de la lluvia, como un rebato, como un grito de socorro.

 

TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL JUICIO FINAL

(066440-066879)

 

Nochebuena de 1320 (Calendario Antiguo). No tengo tanto tiempo como creía. Acabo de regresar de la cocina y Rosemund me ha dicho que lady Imeyne que¬ría verme. Conversaba animadamente con el enviado del obispo, y por su expresión supuse que estaba cata¬logando los pecados del padre Roche, pero cuando Ro¬semund y yo nos acercamos, me señaló y dijo:

—Ésta es la mujer.

Mujer, no doncella, y su tono sonaba crítico, casi acusador. Me pregunté si le había contado al obispo su teoría de que soy una espía francesa.

—Asegura que no recuerda nada —explicó lady Imeyne—, y sin embargo puede hablar y leer. —Se volvió hacia Rosemund—. ¿Dónde está el broche?

—En mi capa. La dejé en el desván.

—Ve y tráelo.

Rosemund obedeció, de mala gana.

—Sir Bloet le regaló a mi nieta un hermoso broche con palabras en la lengua romana —dijo Imeyne en cuanto Rosemund se hubo ido. Me miró, triunfante—. Ella sabía qué significaban, y esta noche en la iglesia murmuró las palabras de la misa antes de que el cura las pronunciara.

—¿Quién os enseñó a leer? —preguntó el enviado del obispo, la voz pastosa por el vino.

Pensé en decir que Sir Bloet me había contado lo que significaban las palabras, pero temí que ya lo hu¬biera negado.

—No lo sé —respondí—. No tengo ningún re¬cuerdo de mi vida desde que me encontraron en el bos¬que, pues me golpearon en la cabeza.

—La primera vez que se despertó habló en una lengua que nadie comprendía —dijo Imeyne, como si eso fuera una nueva prueba, pero no supe de qué inten¬taba acusarme o cómo estaba implicado el enviado del obispo.

—Santo Padre, ¿iréis a Oxenford cuando nos de¬jéis? —le preguntó.

—Sí —contestó él, cansado—. Sólo nos quedare¬mos unos días aquí.

—Me gustaría que la llevarais con vosotros a las buenas hermanas de Godstow.

—No vamos a Godstow —objetó él. Evidente¬mente, era una excusa. El convento ni siquiera estaba a cinco millas de Oxford—. Pero a mi regreso pediré al obispo que haga averiguaciones acerca de la mujer y os lo haré saber.

—Supongo que es una monja que habla latín y co¬noce los pasajes de la misa —dijo Imeyne—. Me gusta¬ría que la llevarais a Godstow para que ellas puedan preguntar entre los conventos quién puede ser.

El enviado del obispo pareció aún más nervioso, pero accedió. Así que tengo de tiempo hasta que se marchen. Unos pocos días, según dijo el enviado, y con suerte eso significa que no se marcharán hasta después del día de los Inocentes. Pero pienso acostar a Agnes y hablar con Gawyn en cuanto sea posible.

 

 

 

 

 

 

22

 

Kivrin no consiguió que Agnes se acostara hasta casi el amanecer. La llegada de los «tres reyes», como seguía llamándolos, la había desvelado por completo, y se negó incluso a considerar la idea de acostarse por miedo a perderse algo, aunque era evidente que estaba rendida.

Siguió a Kivrin mientras intentaba ayudar a Eliwys a traer la comida para el banquete, quejándose de que tenía hambre, y luego, cuando las mesas estuvieron ya dispuestas y el festín comenzó, se negó a comer nada.

Kivrin no tenía tiempo para discutir con ella. Ha¬bía que traer plato tras plato desde la cocina a través del patio, bandejas de venado y cerdo asado, y una enorme tarta de la que Kivrin casi esperó que salieran pájaros volando cuando la cortaron. Según los sacerdotes de Santa Re-Formada, entre la misa de medianoche y la gran misa de la mañana de Navidad, se guardaba ayuno pero todos, incluyendo al enviado del obispo, devora¬ron el faisán asado y el ganso y el conejo guisado con salsa de azafrán. Y también bebieron. Los «tres reyes» pedían constantemente más vino.

Ya habían bebido más que suficiente. El monje mi¬raba lascivamente a Maisry, y el clérigo, borracho ya cuando llegó, estaba casi debajo de la mesa. El enviado del obispo bebía más que ninguno, y llamaba constan-temente a Rosemund para que le trajera el cuenco de vino mezclado con cerveza y especias; sus gestos se ha¬cían más amplios y menos claros con cada trago.

Bien, pensó Kivrin. A lo mejor se emborracha tan¬to que se olvida de que ha prometido a lady Imeyne llevarme al convento de Godstow. Llevó el cuenco a donde estaba Gawyn, esperando tener la oportuni¬dad para preguntarle dónde estaba el lugar, pero él reía con uno de los hombres de sir Bloet, y le pidieron cer¬veza y más carne. Para cuando regresó junto a Agnes, la niña estaba profundamente dormida, con la cabeza sobre el plato. Kivrin la cogió en brazos con cuidado y la llevó a la habitación de Rosemund.

La puerta se abrió ante ellas.

—Lady Katherine —dijo Eliwys, cargada de sába¬nas—. Menos mal que habéis venido. Necesito vuestra ayuda.

Agnes se agitó.

—Traed las sábanas de lino del desván —pidió Eliwys—. Los hombres de la Iglesia dormirán en es¬ta cama, y la hermana de sir Bloet y sus mujeres en el desván.

—¿Dónde voy a dormir yo? —preguntó Agnes, zafándose de los brazos de Kivrin.

—Dormiremos en el granero —contestó Eliwys—. Pero debes esperar a que hayamos hecho las camas, Agnes. Ve y juega.

No tuvo que decírselo dos veces. Agnes bajó las escaleras dando saltos y agitando el brazo para hacer sonar su campanita.

Eliwys tendió las sábanas a Kivrin.

—Llevadlas al desván y traed la colcha de armiño que está en el cofre tallado de mi esposo.

—¿Cuántos días pensáis que se quedarán el envia¬do del obispo y sus hombres?

—No lo sé —suspiró Eliwys, con aspecto preocu¬pado—. Rezo porque no sean más de quince días, o de lo contrario no tendremos suficiente carne. No os olvi¬déis de los almohadones buenos.

Quince días eran más que suficientes, pasado el en¬cuentro, y desde luego de momento no parecían dis¬puestos a marcharse. Cuando Kivrin bajó del desván con las sábanas, el enviado del obispo estaba dormido en el alto asiento, roncando, y su clérigo tenía los pies sobre la mesa. El monje había acorralado a una de las ayas de sir Bloet en un rincón y jugueteaba con su pa¬ñuelo. Gawyn no estaba por ninguna parte.

Kivrin le dio las sábanas y la colcha a Eliwys, luego se ofreció a llevarlas al granero.

—Agnes está muy cansada —adujo—. La acostaré pronto.

Eliwys asintió, ausente, ahuecando uno de los pe¬sados almohadones, y Kivrin corrió escaleras abajo y salió al patio. Gawyn no estaba en el establo ni en el la¬gar. Se retrasó junto a los excusados hasta que salieron dos de los jóvenes pelirrojos, quienes la miraron con curiosidad, y luego se dirigió al granero. Tal vez Gawyn se había marchado con Maisry otra vez, o se había unido a la fiesta de los aldeanos en el prado. Po¬día oír el sonido de las risas mientras extendía paja so¬bre el suelo de madera pelada del desván.

Colocó las pieles y las colchas sobre la paja y se asomó a la puerta por si lograba verlo. Los contempo¬ráneos habían encendido una hoguera delante del patio de la iglesia y se calentaban las manos alrededor y be¬bían en grandes cuernos. Distinguió los rostros enroje¬cidos del padre de Maisry y del senescal a la luz del fue¬go, pero no a Gawyn.

No estaba en el patio tampoco. Rosemund espera¬ba junto a la puerta, envuelta en su capa.

—¿Qué estás haciendo aquí, con el frío que hace? —preguntó Kivrin.

—Espero a mi padre. Gawyn me dijo que lo espe¬raba antes del amanecer.

—¿Has visto a Gawyn?

—Sí. Está en el establo.

Kivrin miró ansiosamente en esa dirección.

—Hace demasiado frío para esperar aquí fuera. Entra en la casa, y yo le diré a Gawyn que te avise cuando llegue tu padre.

—No, esperaré aquí —se obstinó Rosemund—. Prometió que vendría por Navidad. —La voz le tem¬bló un poco.

Kivrin alzó la linterna. Rosemund no lloraba, pero tenía las mejillas arreboladas. Kivrin se preguntó qué habría hecho sir Bloet para que se escondiera de él. O tal vez era el monje quien la había asustado, o el clérigo borracho.

Kivrin la cogió del brazo.

—Puedes esperarlo igualmente en la cocina, y allí se está mucho más caliente.

Rosemund accedió.

—Mi padre me prometió que no tardaría.

¿Para qué?, pensó Kivrin. ¿Para echar a los ecle¬siásticos? ¿Para cancelar el compromiso de Rosemund con sir Bloet? «Mi padre nunca permitiría que me su¬cediera nada malo», le había dicho a Kivrin, pero no es¬taba en posición para cancelar el compromiso cuando el acuerdo de matrimonio ya había sido firmado. Eso podría molestar a sir Bloet, que tenía «muchos amigos poderosos».

Kivrin acompañó a Rosemund a la cocina y le dijo a Maisry que le calentara una copa de vino.

—Iré a decirle a Gawyn que venga a avisarte en cuanto llegue tu padre —dijo, y se dirigió al establo, pero Gawyn no estaba allí, ni en el lagar.

Entró en la casa, preguntándose si Imeyne le ha¬bría enviado a otro de sus encargos. Pero la anciana es¬taba sentada junto al enviado del obispo, al que obviamente había despertado, y le hablaba enérgicamente. Gawyn estaba junto al fuego, rodeado por los hombres de sir Bloet, incluyendo a los dos que habían salido del excusado. Sir Bloet estaba sentado cerca del hogar, con su cuñada y Eliwys.

Kivrin se sentó en el banco de los mendigos. No había forma de acercarse a Gawyn, mucho menos de preguntarle por el lugar de recogida.

—¡Dámelo! —gimió Agnes. Ella y el resto de los niños se encontraban junto a las escaleras, y los niños se pasaban a Blackie, lo acariciaban y jugaban con sus orejas. Agnes debía de haber salido al establo a coger al cachorro mientras Kivrin estaba en el granero.

—¡Es mi perro! —exclamó Agnes, agarrando a Blackie. El niño se lo quitó—. ¡Dámelo!

Kivrin se levantó.

—Cabalgando por el bosque, me encontré a una doncella —decía Gawyn en voz alta—. Unos ladrones la habían asaltado y estaba malherida, tenía la cabeza abierta y sangraba copiosamente.

Kivrin vaciló. Miró a Agnes, que golpeaba el brazo del niño, y entonces volvió a sentarse.

—«Bella dama», le dije. «¿Quién ha hecho esta fe¬lonía?» —relató Gawyn—. Pero ella no podía hablar por causa de sus heridas.

Agnes había recuperado al cachorro y lo abraza¬ba. Kivrin hubiese debido ir al rescate del pobre ani-malito, pero se quedó donde estaba, moviéndose un poco para poder ver más allá de la cofia de la cuñada. Diles dónde me encontraste, suplicó a Gawyn. Diles dónde estaba.

—«Soy vuestro vasallo y encontraré a esos malan¬drines», dije, «pero temo dejaros en tan triste situa¬ción» —continuó Gawyn, mirando a Eliwys—. Pero ella se había recuperado y me suplicó que fuera y en-contrara a quienes la habían herido.

Eliwys se levantó y se dirigió a la puerta. Permaneció allí durante un instante, con aspecto algo ansioso, y luego volvió y se sentó de nuevo.

—¡No! —chilló Agnes.

Uno de los sobrinos pelirrojos de sir Bloet tenía ahora a Blackie y lo levantaba por encima de su cabeza. Si Kivrin no lo rescataba pronto, asfixiarían al pobre perro, y no tenía sentido seguir escuchando el relato del Rescate de la Doncella en el Bosque, cuya intención no era contar lo que había sucedido, sino impresionar a Eliwys. Se acercó a los niños.

—Los ladrones se habían marchado hacía poco; encontré su pista con facilidad y la seguí, espoleando mi corcel tras ellos.

El sobrino de sir Bloet sostenía a Blackie por las patas delanteras, y el cachorro gemía patéticamente.

—¡Kivrin! —gimió Agnes al verla, y se abalanzó hacia ella. El sobrino de sir Bloet le tendió inmediata¬mente el perro a Kivrin y retrocedió. Los demás niños se dispersaron.

—¡Habéis rescatado a Blackie! —dijo Agnes, ex¬tendiendo las manos para cogerlo.

Kivrin sacudió la cabeza.

—Es hora de irse a la cama.

—¡No estoy cansada! —protestó Agnes con un ge¬mido que no fue muy convincente. Se frotó los ojos.

—Pues Blackie sí está cansado —Kivrin se agachó ante Agnes—, y no se irá a la cama a menos que tú te acuestes con él.

Ese argumento pareció interesarla, y antes de que encontrara alguna excusa, Kivrin le tendió a Blackie y lo colocó en los brazos de la niña como un bebé.

—A Blackie le gustaría que le contaras una historia —prosiguió Kivrin, dirigiéndose hacia la puerta.

—Pronto me encontré en un lugar que no conocía —relataba Gawyn—. Un bosque oscuro.

Kivrin atravesó el patio con la niña y el perro.

—A Blackie le gustan las historias de gatos —dijo Agnes, meciendo amablemente al perrito en sus bra¬zos.

—Entonces debes contarle una historia de gatos —asintió Kivrin. Cogió al cachorro mientras Agnes subía las escaleras del altillo. Estaba ya dormido, ago¬tado por tanto manoseo. Kivrin lo colocó en la paja cerca del camastro.

—Un gato malo —dijo Agnes, agarrándolo otra vez—. No voy a dormir. Sólo voy a echarme con Blac-kie, así que no tengo por qué quitarme la ropa.

—Es verdad —concedió Kivrin, cubriendo a Ag¬nes y a Blackie con una tupida piel. Hacía demasiado frío en el granero para desnudarse.

—A Blackie le gustaría oír sonar mi campana —di¬jo la niña, e intentó poner el lazo sobre su cabeza.

—No, no le gustaría —contestó Kivrin. Confiscó la campana y les echó otra manta encima. Kivrin se ten¬dió junto a la niña. Agnes se acurrucó contra ella.

—Había una vez un gato malo —dijo, bostezan¬do—. Su padre le advirtió que no fuera al bosque, pero él no le hizo caso.

Luchó valientemente contra el sueño; se frotó los ojos e inventó aventuras del gato malo, pero la oscuri¬dad y el calor de la piel finalmente la vencieron. Kivrin siguió allí tendida, esperando a que la respiración de Agnes se hiciera liviana y regular, y luego le quitó con cuidado a Blackie y lo colocó sobre la paja.

Agnes frunció el ceño en sueños y extendió la mano para cogerlo, y Kivrin la abrazó. Tendría que le¬vantarse y buscar a Gawyn. Faltaba menos de una se¬mana para el encuentro.

Agnes se agitó y se acurrucó más, el pelo contra la mejilla de Kivrin.

¿Y cómo voy a dejarte?, pensó Kivrin. ¿Y a Rose-mund? ¿ Y al padre Roche? Entonces se quedó dormida.

Cuando despertó, ya había amanecido y Rose-mund se había acostado junto a Agnes.

Kivrin las dejó dormir; bajó del altillo y cruzó el patio gris, temiendo haberse perdido la campana que avisaba para la misa, pero Gawyn seguía junto al fuego, y el enviado del obispo aún estaba sentado en el alto asiento, escuchando a lady Imeyne.

Encontró al monje en la esquina, abrazado a Mais-ry, pero al clérigo no lo vio por ninguna parte. Tal vez había quedado inconsciente y lo habían acostado.

También los niños debían de haberse acostado, y al parecer algunas mujeres habían subido al desván a des¬cansar. Kivrin no vio a la hermana de sir Bloet ni a la cuñada de Dorset.

—«¡Detente, malandrín!», exclamé —decía Ga¬wyn—. «Lucharé contigo en buena lid.»

Kivrin se preguntó si sería aún la historia del resca¬te o una de las aventuras de sir Lancelot. Era imposible decirlo, y si su propósito era impresionar a Eliwys, no servía de nada, pues ella no se encontraba en el salón.

Lo que quedaba del público de Gawyn tampoco parecía impresionado. Dos hombres jugaban una abu¬rrida partida de dados en el banco que había entre ellos, y sir Bloet dormía, con la barbilla hundida en su abultado pecho.

Desde luego, Kivrin no se había perdido ninguna oportunidad de hablar con Gawyn al quedarse dormi¬da, y por el aspecto de las cosas tampoco tendría nin¬guna en algún tiempo. Bien podría haberse quedado en el altillo con Agnes.

Tendría que buscar una oportunidad, abordar a Gawyn camino del retrete o acercarse a él cuando fue¬ran a misa y susurrarle: «Reunios conmigo después, en el establo.»

Los sacerdotes no parecían dispuestos a marcharse a menos que se acabara el vino, pero era arriesgado re¬ducirlo demasiado. A los hombres podría ocurrírseles ir de caza al día siguiente, o el tiempo podría cambiar, y tanto si se marchaba el enviado del obispo como si decidía quedarse, sólo faltaban cinco días para el encuen¬tro. No, cuatro. Ya era Navidad.

—Lanzó un salvaje golpe —dijo Gawyn, quien se levantó para ilustrar su historia—, y si me hubiera al¬canzado con la misma habilidad con que esquivó, me habría partido la cabeza en dos.

—Lady Katherine —dijo Imeyne. Se había levan¬tado y la llamaba. El enviado del obispo la miraba con interés, y el corazón empezó a latirle con fuerza. Se preguntó qué se les habría ocurrido, pero antes de que Kivrin cruzara el salón, Imeyne se le acercó con un pa-quetito envuelto en lino en la mano.

—Quiero que llevéis esto al padre Roche para la misa —dijo, y desplegó el lino para que Kivrin viera las velas de cera que había en el interior—. Ordenadle que las ponga en el altar y decidle que no las apague con los dedos, pues se rompe el pabilo. Ordenadle que prepare la iglesia para que el enviado del obispo pueda decir la misa de Navidad. Quiero que la iglesia parezca la casa del Señor, no una pocilga. Y ordenadle que se ponga una túnica limpia.

Vaya, por fin has conseguido tener una misa apro¬piada, pensó Kivrin, mientras atravesaba el patio. Y te has librado de mí. Todo lo que necesitas ahora es des¬hacerte de Roche, convencer al enviado del obispo para que lo destituya o se lo lleve a la abadía de Bicester.

En el prado no había nadie. La hoguera moribunda fluctuaba pálidamente a la luz gris del amanecer, y la nieve que se había fundido a su alrededor volvía a con¬gelarse en los charcos. Los aldeanos debían de haberse acostado, y Kivrin se preguntó si el padre Roche lo ha¬bría hecho también, pues de su casa no salía humo y no obtuvo respuesta cuando llamó a la puerta. Siguió el sendero y entró en la iglesia por la puerta lateral. El interior seguía oscuro y hacía más frío que durante la noche.

—Padre Roche —llamó Kivrin en voz baja, tanteando el camino mientras se acercaba a la imagen de santa Catalina.

Él no contestó, pero Kivrin oyó el murmullo de su voz. Estaba tras la reja, arrodillado ante el altar.

—Guía a quienes han viajado hasta tan lejos para que regresen a salvo a sus casas y protégelos del peligro y la enfermedad durante el camino —decía, y su suave voz le recordó la noche en que ella estuvo tan grave, firme y reconfortante a través de las llamas. También recordó al señor Dunworthy. No volvió a llamar al sa¬cerdote, sino que se quedó donde estaba, apoyada con¬tra la estatua helada, escuchando su voz en la oscuridad.

—Sir Bloet y su familia vinieron desde Courcy para la misa, y todos sus criados, y Theodulf  Freeman de Henefelde. La nieve cesó anteayer, y los cielos se mostraron claros para la noche del Santo Nacimiento de Cristo.

Hablaba con aquella voz cotidiana, como cuando ella se dirigía al grabador. La lista de asistentes a la misa y el informe del tiempo.

La luz empezaba a filtrarse ahora por las ventanas y lo distinguió a través del entramado de la reja, con la túnica deshilachada y sucia por el dobladillo; tenía la cara tosca y de aspecto cruel comparada con el aristo-crático enviado, el delgado clérigo.

—Esta bendita noche, cuando terminó la misa, lle¬gó un enviado del obispo con dos sacerdotes, los tres de gran sabiduría y bondad —rezaba. Roche.

No te dejes engañar por los oropeles y las ropas lu¬josas, pensó Kivrin. Tú vales por diez de ellos. «El en¬viado del obispo dirá la misa de Navidad», había dicho Imeyne, y no parecía preocupada en absoluto por el hecho de que no hubiera ayunado o se hubiera moles¬tado en ir a la iglesia para prepararse para la misa. Vales por cincuenta de ellos. Por cien.

—Dicen que hay enfermedad en Oxenford. Tord el campesino se encuentra mejor, aunque le aconsejé que no viniera a la misa. Uctreda estaba demasiado dé¬bil para venir. Le llevé sopa, pero no se la tomó. Wal-thef cayó vomitando tras el baile por haber bebido de¬masiada cerveza. Gytha se quemó la mano al coger una rama de la hoguera. No temeré, aunque vengan los úl¬timos días, los días de la ira y el juicio final, pues Tú has enviado mucha ayuda.

Mucha ayuda. No tendría ninguna ayuda si ella se¬guía allí escuchándole mucho más tiempo. El sol había salido ya y a la luz rosácea y dorada de las ventanas dis¬tinguió la cera derretida en los candelabros, sus bases deslucidas, un gran pegote de cera en el paño del altar. El día de la ira y el juicio final serían las palabras ade¬cuadas para lo que sucedería si la iglesia tenía aquel mismo aspecto cuando Imeyne viniera a la misa.

—Padre Roche —llamó.

El sacerdote se volvió inmediatamente y entonces intentó levantarse, pero tenía las piernas entumecidas por el frío. Parecía sobresaltado, incluso asustado.

—Soy Katherine —le dijo Kivrin rápidamente, y avanzó a la luz de una de las ventanas para que él la viera.

Roche se santiguó, todavía con aspecto asustado, y ella se preguntó si se había quedado adormilado duran¬te sus oraciones y no había despertado del todo aún.

—Lady Imeyne me envía con velas —explicó ella, mientras rodeaba la reja para acercarse a él—. Me orde¬nó que os dijera que las pusierais en los candelabros de plata a cada lado del altar. Me ordenó que os dijera...

Se detuvo, avergonzada de tener que comunicar los edictos de Imeyne.

—He venido a ayudaros a preparar la iglesia para la misa. ¿Qué queréis que haga? ¿Pulo los candelabros? —Le tendió las velas.

Él no las cogió ni dijo nada, y ella frunció el ceño, preguntándose si en su ansiedad por protegerlo de la ira de Imeyne había quebrantado alguna regla. No se permitía que las mujeres tocaran los elementos o los cálices de la misa. Tal vez tampoco se les permitía tocar los candelabros.

—¿No se me permite ayudar? ¿No debería haber entrado en el presbiterio?

Roche pareció recuperarse súbitamente.

—No hay ningún sitio donde los siervos de Dios no puedan ir —la tranquilizó. Cogió las velas y las co¬locó sobre el altar—. Pero alguien como vos no debería hacer un trabajo tan humilde.

—Es trabajo de Dios —sonrió ella, animada. Sacó las velas medio consumidas del pesado candelabro. La cera se había vertido por los lados—. Necesitaremos un poco de arena, y un cuchillo para rascar la cera.

Roche salió inmediatamente, y mientras estuvo fuera, Kivrin sacó las velas de la reja y las sustituyó por las velas de sebo.

El sacerdote llegó con la arena, un puñado de tra¬pos sucios, y un pobre remedo de cuchillo. Pero servía para cortar la cera, y Kivrin empezó por el mantel del altar. Fue rascando la mancha de cera, preocupada por¬que no tenían mucho tiempo. No parecía que el envia¬do del obispo tuviera mucha prisa por levantarse del si¬llón y empezar a prepararse para la misa, pero quién sabía cuánto podría aguantar a Imeyne.

Yo tampoco tengo tiempo, pensó, cuando empeza¬ba con los candelabros. Se había dicho que tenía tiem¬po de sobra, pero había pasado toda la noche persi¬guiendo a Gawyn y ni siquiera había conseguido acercarse a él. Y al día siguiente Gawyn bien podría de¬cidir irse a cazar o rescatar damiselas en peligro, o el enviado del obispo y su cuadrilla tal vez acabarían con el vino y decidirían marcharse a buscar más, llevándo¬sela consigo.

«No hay ningún sitio donde los siervos de Dios no puedan ir», había dicho el padre Roche. Excepto al lu¬gar de recogida. Excepto a casa.

 

Frotó enérgicamente con la arena mojada la ce¬ra pegada en el borde del candelabro, y un pedazo sa¬lió volando y golpeó la vela que Roche estaba ras¬cando.

—Lo siento —dijo—. Lady Imeyne... —se detuvo.

No tenía sentido contarle que iban a llevársela. Si intercedía por ella ante lady Imeyne sólo empeoraría las cosas, y no quería que lo desterraran a Osney por intentar ayudarla.

Él esperaba a que terminara la frase.

—Lady Imeyne me ordenó que os dijera que el en¬viado del obispo dirá la misa de Navidad.

—Será una bendición oír a su eminencia el día del Nacimiento de Cristo Jesús —dijo él, y soltó el cáliz pulido.

El día del nacimiento de Cristo Jesús. Intentó ima¬ginar St. Mary's tal como estaría esa mañana: la música y el calor, las velas láser destellando en los candelabros de acero inoxidable, pero era como algo que hubiera imaginado, intangible e irreal.

Dispuso los dos candelabros uno a cada lado del altar. Brillaron sombríos con las luces multicolores de las velas. Colocó tres de las velas de Imeyne en ellos y movió el izquierdo un poco más cerca del altar para que quedaran simétricos.

No podía hacer nada con la sotana de Roche, pues Imeyne sabía bien que era la única que tenía. Tenía are¬na mojada en la manga, y se la frotó con la mano.

—Debo ir a despertar a Agnes y Rosemund para la misa —dijo ella, frotándole la parte delantera de la so¬tana, y luego continuó, casi sin querer—: Lady Imeyne ha pedido al enviado del obispo que me lleven con ellos al convento de Godstow.

—Dios os ha enviado a este lugar para que nos ayudéis. No permitirá que os aparten de aquí.

Ojalá pudiera creerte, pensó Kivrin mientras re¬gresaba por el prado. Seguía sin haber señal de vida, aunque salía humo de un par de tejados y habían solta¬do a la vaca, que mordisqueaba la hierba cerca de la ho¬guera, donde la nieve se había derretido. Quizás están todos dormidos y pueda despertar a Gawyn y pregun¬tarle dónde está el lugar, pensó, y vio que Rosemund y Agnes se dirigían hacia ella. Tenían un aspecto lamen¬table. El vestido de terciopelo verde de Rosemund es¬taba cubierto de briznas de paja, y Agnes tenía todo el cabello cubierto de polvo de heno. La pequeña se zafó de Rosemund en cuanto vio a Kivrin y salió corriendo hacia ella.

—Tendrías que estar dormida —dijo Kivrin, y le sacudió la saya para quitarle la paja.

—Han venido unos hombres. Nos han despertado.

Kivrin miró a Rosemund.

—¿Ha llegado vuestro padre?

—No. No sé quiénes son. Creo que deben ser sir¬vientes del enviado del obispo.

Lo eran. Había cuatro monjes, aunque no eran de la orden cisterciense, y dos burros cargados. Era evi¬dente que sólo ahora alcanzaban a su señor.

Mientras Kivrin y las niñas observaban, descarga¬ron dos grandes cofres, varias bolsas de arpillera y un enorme barril de vino.

—Parece que piensan quedarse bastante tiempo —comentó Agnes.

—Sí —contestó Kivrin. Dios os ha enviado a este lugar. No permitirá que os aparten de aquí—. Vamos —dijo alegremente—. Te peinaré.

Llevó a Agnes dentro de la casa y la lavó. El sueño no había mejorado la disposición de la niña, que se negó a quedarse quieta mientras Kivrin la peinaba. Tardó hasta la misa en quitarle toda la paja y la mayo¬ría de las marañas, y Agnes estuvo quejándose todo el camino hasta la iglesia.

Al parecer había ropa además de vino en el equi¬paje del enviado, pues ahora llevaba una casulla de terciopelo negro sobre sus deslumbrantes vestiduras blancas, y el monje resplandecía con adornos de seda y bordados de oro. El clérigo no estaba en ninguna parte, y tampoco el padre Roche, probablemente exi¬liado debido a su sotana sucia. Kivrin miró hacia el fondo de la iglesia, esperando que le hubieran permi¬tido ver toda esta santidad, pero no lo localizó entre los aldeanos.

Tampoco tenían muy buen aspecto, y evidente¬mente alguno de ellos sufría una buena resaca. Como el enviado del obispo. Recitó las palabras de la misa sin entonación ninguna y con un acento que Kivrin apenas logró descifrar. No se parecía en nada al latín del padre Roche. Ni al que Latimer y el sacerdote de Santa Re-Formada le habían enseñado. Las vocales eran todas distintas y la «c» de excelsis sonaba casi como una «z». Pensó en Latimer insistiéndole en las vocales largas, en el sacerdote de Santa Re-Formada haciendo hincapié en la «c de casa», en «el verdadero latín».

Y esto era el verdadero latín, pensó. «No os deja¬ré», había dicho Roche. «No tengáis miedo», había di¬cho. Y yo le comprendí.

A medida que la misa avanzaba, el enviado fue can¬tando cada vez más rápido, como si estuviera deseando acabar de una vez. Lady Imeyne no dio muestras de darse cuenta.

Parecía muy tranquila, convencida de haber actua¬do correctamente, y asintió aprobando el sermón, que parecía tratar sobre olvidar las cosas terrenales.

Sin embargo, mientras salían, se detuvo en el pórti¬co y miró hacia el campanario, con los labios fruncidos en un gesto de desaprobación. ¿Y ahora qué?, pensó Kivrin. ¿Una mota de polvo en la campana?

—¿Habéis visto qué aspecto tenía la iglesia, la¬dy Yvolde? —dijo Imeyne, airada, a la hermana de sir Bloet por encima del tañido de la campana—. No puso velas en las ventanas del presbiterio, sino sólo lámparas de aceite, como usan los campesinos. —Se detu¬vo—. Debo quedarme para hablar con él de esto. Ha desgraciado nuestra casa ante el obispo.

Se encaminó hacia el campanario, con el rostro fruncido de justa ira. Y si él hubiera puesto velas en las ventanas, pensó Kivrin, habrían sido del tipo equivoca¬do o las habría colocado en un sitio erróneo. O las ha¬bría apagado de forma incorrecta.

Deseó que hubiera algún modo de avisarle, pero Imeyne ya casi estaba a medio camino de la torre, y Agnes le tiraba insistentemente de la mano.

—Estoy cansada —dijo—. Quiero irme a la cama.

Kivrin llevó a Agnes al granero, esquivando a los aldeanos que se preparaban para una segunda ronda de fiestas. Habían echado madera al fuego, y varias de las jóvenes se habían cogido de la mano y bailaban alrede¬dor. Agnes se acostó en el altillo, pero se levantó de nuevo antes de que Kivrin llegara a la casa, y cruzó co¬rriendo el patio en su busca.

—Agnes —reprendió Kivrin, las manos en las ca¬deras—. ¿Qué haces levantada? Me dijiste que estabas cansada.

—Blackie está enfermo.

—¿Enfermo? ¿Qué le pasa?

—Está enfermo —repitió Agnes. Cogió a Kivrin de la mano y la siguió hasta el granero y el altillo. Blac¬kie yacía sobre la paja. Era un bultito sin vida—. ¿Le haréis una pócima?

Kivrin cogió al cachorro y lo soltó torpemente. Ya estaba rígido.

—Oh, Agnes, me temo que ha muerto.

Agnes se agachó y lo miró interesada.

—El capellán de la abuela murió —comentó—. ¿Tuvo Blackie fiebre?

Habían toqueteado demasiado a Blackie, pensó Kivrin. El animal había pasado de mano en mano, lo habían apretado, pisado, medio asfixiado. Muerto por un exceso de amabilidad. Y en Navidad, aunque Agnes no parecía especialmente afectada.

—¿Habrá un funeral? —preguntó, tocando la ore¬ja de Blackie.

No, pensó Kivrin. No había enterramientos en ca¬jas de zapatos en la Edad Media. Los contemporáneos se libraban de los animales muertos tirándolos a los matorrales, o al río.

—Lo enterraremos en el bosque —dijo, aunque no tenía ni idea de cómo hacerlo, pues el suelo estaría con¬gelado—. Bajo un árbol.

Por primera vez, Agnes pareció triste.

—El padre Roche tiene que enterrar a Blackie en el cementerio.

El padre Roche haría cualquier cosa por Agnes, pero Kivrin no podía imaginarlo accediendo a dar cristiana sepultura a un animal. La idea de que los animales de compañía eran criaturas con alma no se hizo popular hasta el siglo xix, y ni siquiera los Victo¬rianos exigieron enterramientos cristianos para sus perros y gatos.

—Yo diré las oraciones por los muertos —objetó Kivrin.

—El padre Roche debe enterrarlo en el cementerio —repitió Agnes, haciendo un puchero—. Y luego debe tocar la campana.

—No podemos enterrarlo hasta después de Navi¬dad —dijo Kivrin rápidamente—. Después de Navidad le preguntaré al padre Roche qué hacemos.

Se preguntó dónde debería poner el cadáver de momento. No podía dejarlo allí tendido mientras las niñas dormían.

—Ven, llevaremos a Blackie abajo.

Cogió al cachorro, intentando no hacer muecas de desagrado, y lo llevó escaleras abajo.

Buscó una caja o una bolsa donde meter a Blackie, pero no encontró nada. Finalmente lo puso en un rincon bajo una hoz e hizo que Agnes llevara puñados de paja para cubrirlo.

Agnes lo cubrió con la paja.

—Si el padre Roche no toca la campana por Blac-kie, no irá al cielo —gimoteó, y se echó a llorar.

Kivrin tardó media hora en volver a calmarla. La meció y secó su cara llorosa.

—Shh, shh.

Había ruido en el patio. Se preguntó si la celebra¬ción de la Navidad se había trasladado allí, o si los hombres salían de caza. Oyó relinchar a los caballos.

—Vamos a ver qué ocurre en el patio. Tal vez tu padre esté allí.

Agnes se incorporó, frotándose la nariz.

—Le hablaré de Blackie —dijo, y se levantó del re¬gazo de Kivrin.

Salieron. El patio estaba lleno de gente y caballos.

—¿Qué están haciendo? —preguntó Agnes.

—No lo sé —respondió Kivrin, pero estaba claro lo que hacían. Cob sacaba del establo el corcel blanco del enviado, y los criados transportaban las bolsas y ca¬jas que habían desempaquetado por la mañana tempra¬no. Lady Eliwys estaba en la puerta, mirando ansiosa¬mente el patio.

—¿Se marchan? —preguntó Agnes.

—No —dijo Kivrin. No. No pueden marcharse. No sé dónde está el lugar.

El monje salió, vestido con el hábito blanco y la capa. Cob regresó al establo y volvió a salir, guiando a la yegua que Kivrin había montado cuando fueron a buscar acebo y cargado con una silla de montar.

—Se marchan —dijo Agnes.

—Lo sé. Ya lo veo.

preguntó Agnes.

Kivrin esquivó a dos de los criados de sir Bloet, que cargaban un cofre.

—Al altillo.

Agnes se detuvo en seco.

—¡No quiero acostarme! —gimió—. No estoy can¬sada.

—¡Lady Katherine! —gritó alguien desde el patio.

Kivrin cogió a Agnes en brazos y corrió hacia el granero.

—¡No estoy cansada! —chilló Agnes—. ¡No lo estoy!

Rosemund corrió junto a ella.

—¡Lady Katherine! ¿No me oís? Madre os busca. El enviado del obispo se marcha. —Cogió a Kivrin por el brazo y la hizo volverse hacia la casa.

Eliwys estaba todavía en la puerta, mirándolas, y el enviado del obispo había salido y se encontraba junto a ella, con la capa roja. Kivrin no vio a Imeyne por nin¬guna parte. Probablemente estaba dentro, empaque-tando la ropa de Kivrin.

—El enviado del obispo tiene asuntos urgentes en el priorato de Bernecestre —explicó Rosemund, mien¬tras conducía a Kivrin a la casa—, y sir Bloet se va con ellos. —Sonrió feliz—. Sir Bloet dice que los acompa-ñará a Courcy para que puedan descansan allí esta no¬che y llegar a Bernecestre mañana.

Bernecestre. Bicester. Al menos no era Godstow. Pero Godstow estaba de camino.

—¿Qué asuntos?

—No lo sé —contestó Rosemund, como si eso ca¬reciera de importancia, y Kivrin supuso que para ella así era. Sir Bloet se marchaba, y eso era lo único que contaba. Rosemund se dirigió felizmente a través de la aglomeración de sirvientes, equipaje y caballos hacia su madre.

El enviado del obispo hablaba a uno de sus criados, y Eliwys le observaba, con el ceño fruncido. Ninguno de ellos la vería si se daba la vuelta y se metía rápida¬mente tras las puertas abiertas del establo, pero Rose¬mund seguía agarrándola de la manga y la empujaba hacia delante.

—Rosemund, debo volver al granero. He dejado mi capa...

—¡Madre! —gritó Agnes. Salió corriendo hacia Eliwys y estuvo a punto de chocar con uno de los ca¬ballos. El animal relinchó y sacudió la cabeza, y un criado se lanzó para cogerle la brida.

—¡Agnes! —gritó Rosemund y soltó la manga de Kivrin, pero ya era demasiado tarde. Eliwys y el envia¬do del obispo las habían visto y se dirigían hacia ellas.

—No debes correr entre los caballos —advirtió Eliwys, abrazando a Agnes.

—Mi perro ha muerto.

—Ésa no es razón para correr —la regañó Eliwys, y Kivrin comprendió que ni siquiera había oído lo que le dijo la niña. Eliwys se volvió hacia el enviado del obispo.

—Decidle a vuestro esposo que agradecemos que nos hayáis prestado vuestros caballos, para que los nuestros puedan descansar para el viaje a Bernecestre —dijo, y también parecía distraído—. Enviaré a un criado a buscarlos desde Courcy.

—¿Quieres ver a mi perro? —preguntó Agnes, ti¬rando de la falda de su madre.

—Silencio —exigió Eliwys.

—Mi clérigo no cabalgará con nosotros esta tarde. Me temo que se puso demasiado alegre ayer y ahora siente el dolor de tanta bebida. Apelo a vuestra indul¬gencia, buena señora, para que pueda quedarse y se¬guirnos cuando se haya recuperado.

—Por supuesto que puede quedarse. ¿Hay algo que podamos hacer para ayudarle? La madre de mi esposo...

—No. Dejadle tranquilo. No hay nada que pueda ayudar a una cabeza dolorida excepto un buen sueño. Estará bien por la noche —respondió. Parecía que tam¬bién él había bebido demasiado. Se le veía nervioso, distraído, como si tuviera dolor de cabeza, y su rostro aristocrático tenía un tono grisáceo a la brillante luz de la mañana. Tiritó y se arrebujó en su capa.

Ni siquiera miró a Kivrin, y ella se preguntó si en su prisa había olvidado la promesa que le hizo a lady Imeyne. Miró ansiosamente hacia la puerta, esperando que Imeyne estuviera todavía regañando a Roche y no apareciera de repente para recordárselo.

—Lamento que mi esposo no esté aquí —dijo Eliwys—, y que no pudiéramos daros una bienvenida mejor. Mi esposo...

—Debo ver a mis criados —la interrumpió él. Ex¬tendió la mano y Eliwys se arrodilló y le besó el anillo. Antes de que pudiera levantarse, el enviado del obispo ya se había encaminado hacia el establo. Eliwys le miró, preocupada.

—¿Quieres verlo? —preguntó Agnes.

—Ahora no.  Rosemund, debes despedirte de sir Bloet y lady Yvolde.

—Está frío —insistió Agnes.

Eliwys se volvió hacia Kivrin.

—Lady Katherine, ¿sabéis dónde está lady Imeyne?

—Se quedó en la iglesia —dijo Rosemund.

—Quizás esté rezando todavía —aventuró Eliwys. Se puso de puntillas y escrutó el patio abarrotado—. ¿Dónde está Maisry?

Escondida, pensó Kivrin, que es como debería es¬tar yo.

—¿Quieres que la busque? —se ofreció Rose¬mund.

—No. Despídete de sir Bloet. Lady Katherine, id a la iglesia y traed a lady Imeyne para que pueda despe¬dirse del enviado del obispo. Rosemund, ¿por qué es¬tás todavía ahí? Ve a despedirte de tu prometido.

—Encontraré a lady Imeyne —dijo Kivrin, pen¬sando: atravesaré el portalón, y si está todavía en la iglesia, me esconderé entre las chozas e iré al bosque.

Dio media vuelta. Dos de los sirvientes de sir Bloet se debatían con un pesado cofre.

Lo soltaron de golpe ante ella, y se volcó a un lado. Kivrin retrocedió y los rodeó, intentando ocultarse tras los caballos.

—¡Esperad! —llamó Rosemund, alcanzándola. La cogió por la manga—. Debéis venir conmigo a despe¬diros de sir Bloet.

—Rosemund... —dijo Kivrin, mirando hacia el por¬talón.

Lady Imeyne lo atravesaría de un momento a otro, aferrada a su Libro de las Horas.

—Por favor. —Rosemund parecía pálida y asustada.

—Rosemund...

—Sólo será un momento, y luego podréis traer a la abuela. —Arrastró a Kivrin hacia el establo—. Venga. Vamos ahora que su cuñada está con él.

Sir Bloet esperaba a que ensillaran su caballo y charlaba con la dama de la cofia sorprendente. No era menos enorme esta mañana, pero era evidente que se la había puesto demasiado deprisa. Estaba bastante incli-nada a un lado.

—¿Qué es ese asunto urgente del enviado del obis¬po? —preguntaba. Sir Bloet sacudió la cabeza, frunció el ceño, y entonces sonrió a Rosemund y avanzó un paso. Ella retrocedió, agarrando con fuerza el brazo de Kivrin.

La cuñada inclinó la toca ante Rosemund y conti¬nuó hablando.

—¿Ha recibido noticias de Bath?

—No llegó ningún mensajero anoche, ni tampoco esta mañana.

—Si no ha recibido ningún mensaje, ¿por qué no comentó este urgente asunto cuando llegó? —pregun¬tó la cuñada.

—No lo sé —replicó él, impaciente—. Esperad. Debo despedirme de mi prometida. —Cogió la mano de Rosemund, y Kivrin advirtió el esfuerzo que ella hizo para no retirarla.

—Adiós, sir Bloet —dijo, envarada.

—¿De esta manera te despedirías de tu esposo? ¿No le darás un beso?

Rosemund avanzó y le estampó un rápido beso en la mejilla, luego retrocedió de inmediato y se puso fue¬ra de su alcance.

—Os doy las gracias por vuestro regalo —dijo.

Bloet dejó de mirar su pálida carita y contempló el cuello de la capa.

—«Estás aquí en lugar del amigo que amo» —dijo, acariciando la joya.

Agnes llegó corriendo y gritando.

—¡Sir Bloet! ¡Sir Bloet!

Él la cogió y la alzó en brazos.

—He venido para despedirme. Mi perro ha muerto.

—Te traeré un perro nuevo como regalo de bodas si me das un beso.

Agnes le rodeó el cuello con los brazos y le plantó un ruidoso beso en cada una de las rubicundas mejillas.

—No eres tan avara con tus besos como tu herma¬na —comentó él, mirando a Rosemund. Soltó a Ag¬nes—. ¿O le darás a tu marido dos besos también?

Rosemund guardó silencio.

Él avanzó y acarició el broche.

—«lo suiicien lui dami amo» —dijo. Le colocó las manos sobre los hombros—. Piensa en mí cada vez que lleves el broche. —Se inclinó hacia delante y la besó en la garganta.

Rosemund no se apartó, pero el color desapareció de su rostro.

Él la soltó.

—Vendré a buscarte en Pascua —prometió, aun¬que sonó como una amenaza.

—¿Me traeréis un perro negro? —preguntó Agnes.

Lady Yvolde llegó entonces, refunfuñando.

—¿Qué han hecho tus criados con mi capa de viaje?

—Yo os la traeré —se ofreció Rosemund, y corrió hacia la casa. Kivrin la siguió.

—He de encontrar a lady Imeyne —dijo Kivrin, en cuanto estuvieron a salvo de sir Bloet—. Mira, están a punto de partir.

Era cierto. El grupo de sirvientes y cajas y caballos había formado una hilera, y Cob había abierto la puer¬ta. Los caballos que los tres reyes habían montado la noche anterior estaban cargados de cofres y bolsas, las riendas atadas unas a otras. La cuñada de sir Bloet y sus hijas ya habían montado, y el enviado del obispo se en¬contraba de pie junto a la yegua de Eliwys, tensando la cincha.

Sólo unos cuantos minutos más, pensó Kivrin, que se quede en la iglesia unos cuantos minutos más, y ya se habrán ido.

—Tu madre me pidió que buscara a lady Imeyne.

—Primero debéis venir conmigo al salón. —A Ro-semund aún le temblaba la mano.

—Rosemund, no hay tiempo...

—Por favor. ¿Y si él entra en el salón y me en¬cuentra?

Kivrin pensó en sir Bloet besándole la garganta.

—Te acompañaré, pero debemos darnos prisa.

Cruzaron corriendo el patio, atravesaron la puerta y estuvieron a punto de chocar con el monje gordo, que bajaba de la habitación de Rosemund y parecía furioso o con resaca. Salió al patio sin mirarlas siquiera.

No había nadie más en el salón. La mesa estaba to¬davía cubierta de copas y bandejas de comida, y el fue¬go humeaba, desatendido.

—La capa de lady Yvolde está en el desván —dijo Rosemund—. Esperadme.

Subió la escalerilla como si la persiguiera sir Bloet.

Kivrin se asomó a la puerta. No vio el pasaje. El enviado del obispo estaba de pie junto a la yegua de Eliwys, con una mano en el pomo de la silla, escuchando al monje, que le hablaba agitadamente. Kivrin miró las escaleras y la puerta cerrada de la habitación, pregun¬tándose si sería verdad que el clérigo tenía resaca o si se había peleado con su superior. Los gestos del monje eran obviamente inquietos.

—Aquí está —dijo Rosemund, agarrando la capa con una mano y la escalerilla con la otra—. Tendré que llevársela a lady Yvolde. Sólo será un momento.

Era la oportunidad que Kivrin estaba esperando.

—Yo lo haré —dijo. Cogió la pesada capa y salió. En cuanto estuviera fuera, le daría la capa al sirviente más cercano para que se la entregara a la hermana de Bloet y se encaminaría directamente al pasaje. Que se quede en la iglesia unos cuantos minutos más, rezó. Así podré llegar al prado. Salió por la puerta y se topó con lady Imeyne.

—¿Por qué no estáis preparada para marchar? —preguntó Imeyne, mirando la capa—. ¿Dónde está vuestra capa?

Kivrin observó al enviado del obispo. Tenía las dos manos sobre el pomo de la silla y se aupaba con la ayu¬da de Cob. El fraile ya había montado.

—Tengo la capa en la iglesia. La cogeré.

—No queda tiempo. Ya se marchan.

Kivrin miró desesperada al patio, pero todos se ha¬llaban fuera de su alcance: Eliwys estaba con Gawyn junto al establo, Agnes charlaba animadamente con una de las sobrinas de sir Bloet, y no se veía a Rose-mund por ninguna parte. Posiblemente estaba todavía escondida en la casa.

—Lady Yvolde me pidió que le llevara su capa —adujo Kivrin.

—Maisry puede llevársela —replicó Imeyne—. ¡Maisry!

Que esté todavía escondida, rezó Kivrin.

—¡Maisry! —gritó Imeyne, y Maisry salió cojean¬do de la puerta del lagar, cubriéndose la oreja. Lady Imeyne le quitó a Kivrin la capa y se la entregó a Mais¬ry—. Deja de hacer el vago y llévale esto a lady Yvolde —ordenó.

Cogió a Kivrin por la muñeca.

—Venid —indicó, y se dirigió al enviado del obis¬po—. Santo Padre, habéis olvidado a lady Katherine, a quien prometisteis llevar con vosotros a Godstow.

—No vamos a Godstow —contestó él, y se aupó con esfuerzo a la silla—. Nos dirigimos a Bernecestre.

Gawyn había montado a Gringolet y lo dirigía ha¬cia la puerta. Se va con ellos, pensó Kivrin. Quizás en el camino de Courcy logre persuadirlo de que me lleve al lugar. Quizá consiga convencerlo de que me diga dón¬de está, y tal vez pueda escaparme de ellos y encontrar¬lo yo sola.

—¿No puede cabalgar con vosotros hasta Bernecestre y que luego un monje la escolte a Godstow?

Quisiera que regresara a su convento.

—No hay tiempo —adujo él, mientras cogía las riendas.

Imeyne agarró su capa escarlata.

—¿Por qué os marcháis tan repentinamente? ¿Os ha ofendido alguien?

Él miró al fraile, que sujetaba las riendas de la ye¬gua de Kivrin.

—No. —Hizo un vago signo de la cruz sobre Ime¬yne—. Dominus vobiscum, et cum spiritu tuo —mur¬muró, mirando claramente a la mano en su capa.

—¿Y el nuevo capellán? —insistió Imeyne.

—Dejo a mi clérigo para que os sirva de capellán.

Está mintiendo, pensó Kivrin, y lo miró. Él inter¬cambió otra mirada de inteligencia con el monje, y Ki¬vrin se preguntó si sus urgentes asuntos eran tan sólo librarse de aquella vieja pesada.

—¿Vuestro clérigo? —preguntó lady Imeyne, complacida, y soltó la capa.

El enviado del obispo espoleó su caballo y cruzó galopando el patio; estuvo a punto de atropellar a Ag-nes, quien lo esquivó, salió corriendo hacia Kivrin y enterró la cabeza en su falda. El monje montó en la ye¬gua de Kivrin y lo siguió.

—Id con Dios, Santo Padre —dijo lady Imeyne, pero él ya había atravesado la puerta.

Y entonces todos se marcharon. Gawyn salió el úl¬timo, al galope, para que Eliwys se fijara en él. Kivrin se sintió tan aliviada de que no se la hubieran llevado a Godstow, que ni siquiera le preocupó que Gawyn se hubiera marchado con ellos. Había menos de medio día a caballo hasta Courcy. Seguramente volvería al anochecer.

Todo el mundo parecía aliviado, o tal vez era sólo la resaca de la tarde de Navidad y el hecho de que estu¬vieran despiertos desde el día anterior por la mañana.

Nadie hizo ningún movimiento para limpiar las mesas, que estaban aún cubiertas de bandejas sucias y cuencos medio llenos. Eliwys se hundió en el alto sillón, con los brazos colgando por los lados, y miró a la mesa sin nin¬gún interés. Tras unos minutos llamó a Maisry, pero la criada no contestó y ella no volvió a llamarla. Apoyó la cabeza en el respaldo tallado y cerró los ojos.

Rosemund subió al desván para acostarse; Agnes se sentó al lado de Kivrin junto al hogar y apoyó la ca¬beza en su regazo, jugando ausente con la campanita.

Sólo lady Imeyne se resistía a dejarse vencer por el sopor de la tarde.

—Me gustaría que mi nuevo capellán diga las oracio¬nes —dijo, y subió a llamar a la puerta de la habitación.

Eliwys protestó perezosamente, con los ojos toda¬vía cerrados, alegando que el enviado del obispo había ordenado que no molestaran al clérigo, pero Imeyne llamó varias veces con fuerza, sin resultado alguno. Es¬peró unos minutos, volvió a llamar, y luego bajó las es¬caleras y se arrodilló al pie para leer su Libro de las Horas, manteniendo un ojo en la puerta para abordar al clérigo en cuanto saliera.

Agnes golpeó su campanita con un dedo y bostezó.

—¿Por qué no subes al desván y te acuestas con tu hermana? —sugirió Kivrin.

—No estoy cansada —replicó Agnes, incorporán¬dose—. Contadme qué le sucedió a la doncella que no podía ir al bosque.

—Sólo si te acuestas —dijo Kivrin, y comenzó la historia. Agnes no aguantó dos frases.

A última hora de la tarde, Kivrin recordó al cacho¬rro de Agnes. Todo el mundo estaba ya dormido, in¬cluso lady Imeyne, que había renunciado a despertar al clérigo y había subido al desván para acostarse. Maisry había llegado en algún momento y se había tumbado bajo una de las mesas. Roncaba ruidosamente.

Kivrin se levantó con cuidado para no despertar a Agnes y fue a enterrar al perrito. No había nadie en el pa¬tio.

Los restos de una hoguera aún humeaban en el cen¬tro del prado, pero no había nadie alrededor. Los aldea¬nos también debían de estar echando una siesta.

Kivrin cogió el cadáver de Blackie y entró en el es¬tablo a coger una pala de madera. Allí sólo estaba el pony de Agnes, y ella lo miró con el ceño fruncido, preguntándose cómo iba a seguir el clérigo al enviado del obispo hasta Courcy. Tal vez no mentía después de todo, y el clérigo sería el nuevo capellán de buen grado o por la fuerza.

Kivrin llevó la pala y el cuerpo ya rígido de Blackie a la parte norte de la iglesia. Soltó al cachorro y empezó a cavar en la nieve.

El terreno estaba literalmente duro como una pie¬dra. La pala de madera ni siquiera hizo una mella, ni si¬quiera cuando se apoyó en ella con los dos pies. Subió la colina hasta la linde del bosque, cavó en la nieve en la base de un fresno, y enterró al perrito en la tierra hú¬meda.

—Requiescat in pace —dijo, para poder contarle a Agnes que el perrito había tenido una sepultura cristia¬na, y regresó.

Deseó que llegara Gawyn, para pedirle que la acom¬pañara al lugar mientras todo el mundo dormía. Cruzó despacio el prado, prestando atención por si oía el caba¬llo. Probablemente llegaría por el camino principal. Dejó la pala junto a la verja de zarzas de la pocilga y lue¬go se dirigió a la puerta, pero no oyó nada.

La luz de la tarde empezaba a difuminarse. Si Ga¬wyn no llegaba pronto, estaría demasiado oscuro para que la llevara al lugar de recogida. Faltaba media hora para que el padre Roche llamara a vísperas, y eso des-pertaría a todo el mundo. Pero Gawyn tendría que aten¬der a su caballo, no importaba a qué hora volviera, y ella podría acercarse al establo y pedirle que la llevara al lu¬gar por la mañana.

O tal vez él podría contarle simplemente dónde es¬taba, y dibujarle un mapa para que ella pudiera encon¬trarlo por su cuenta. De esa forma no tendría que ir al bosque con él a solas, y si lady Imeyne lo mandaba a otra misión el día del encuentro, Kivrin podría coger uno de los caballos y encontrar el sitio.

Esperó junto a la puerta hasta que le entró frío, y entonces volvió al patio siguiendo la pared de la pocil¬ga. Todavía no había nadie en el patio, pero Rosemund estaba en la antesala, con la capa puesta.

—¿Dónde habéis ido? Os he estado buscando por todas partes. El clérigo...

El corazón de Kivrin dio un brinco.

—¿Qué pasa? ¿Se marcha?

Seguramente se había recuperado de la resaca y es¬taba dispuesto a marcharse, y lady Imeyne le había persuadido para que se la llevara con él a Godstow.

—No —contestó Rosemund, dirigiéndose al sa¬lón. Eliwys e Imeyne debían de estar en la habitación con él. La niña se quitó el broche de sir Bloet y la capa—. Está enfermo. El padre Roche me ha enviado a buscaros. —Subió las escaleras.

—¿Enfermo?

—Sí. Abuela envió a Maisry a la habitación para que le llevara algo de comer.

Y para ponerlo a trabajar, pensó Kivrin, mientras la seguía.

—¿Y Maisry lo encontró enfermo?

—Sí. Tiene fiebre.

Tiene resaca, pensó Kivrin, frunciendo el ceño. Pero sin duda Roche reconocería los efectos de la bebi¬da, aunque lady Imeyne no supiera, o no quisiera.

Se le ocurrió una idea terrible. Ha estado durmien¬do en mi cama, y se ha contagiado del virus.

—¿Qué síntomas tiene? —preguntó.

Rosemund abrió la puerta.

Apenas había espacio para todos en la pequeña habitación. El padre Roche estaba junto a la cama, y Eliwys

se encontraba tras él, con la mano sobre la ca¬beza de Agnes. Maisry se acurrucaba junto a la venta¬na. Lady Imeyne estaba arrodillada al pie de la cama, junto al cofre de las medicinas, atareada con una de sus malolientes cataplasmas. Había otro olor en la habita¬ción, mareante y tan intenso que superaba el olor a mostaza y puerros de la pócima.

Todos, a excepción de Agnes, parecían asustados. La niña miraba interesada, como había hecho con Blac-kie, y Kivrin pensó está muerto, ha pillado mi enferme¬dad y ha muerto. Pero eso era ridículo. Llevaba allí desde mediados de diciembre. Eso significaría un pe¬ríodo de incubación de casi dos semanas, y nadie más lo había pillado, ni siquiera el padre Roche, o Eliwys, que la habían atendido constantemente cuando estuvo enferma.

Miró al clérigo. Yacía destapado sobre la cama, vestido solamente con una camisa. El resto de su ro¬pa estaba amontonado al pie de la cama y la capa púr¬pura yacía en el suelo. La camisa era de seda amarilla, y tenía los lazos abiertos hasta la mitad del pecho, pero Kivrin no se fijó en su piel lampiña ni en las bandas de armiño de la camisa. Estaba enfermo. Yo nunca es¬tuve así, pensó Kivrin, ni siquiera cuando me estaba muriendo.

Se acercó a la cama. Su pie chocó con una botella de barro medio llena y la hizo rodar bajo la cama. El clérigo dio un respingo. Otra botella, con el sello toda¬vía sin romper, se encontraba en la cabecera de la cama.

—Ha comido demasiado —dijo lady Imeyne, al tiempo que aplastaba algo en el cuenco de piedra, pero estaba claro que no se trataba de indigestión. Ni de un exceso de bebida, a pesar de las botellas de vino. Está enfermo, pensó Kivrin. Gravemente enfermo.

El clérigo respiraba entrecortadamente por la boca, jadeando como el pobre Blackie, con la lengua fuera. Era roja brillante y parecía hinchada. Tenía la cara de un rojo aún más oscuro, y sus facciones estaban distorsio¬nadas, como si estuviera aterrado.

Kivrin se preguntó si lo habrían envenenado. El enviado del obispo tenía tanta prisa por marcharse que por poco atropella a Agnes, y le había dicho a Eliwys que no molestaran al clérigo. La iglesia hacía cosas así en el siglo XIV, ¿no? Muertes misteriosas en el monaste¬rio y la catedral. Muertes convenientes.

Pero eso era absurdo. El enviado del obispo y el monje no se habrían marchado tan deprisa dando órde¬nes de que no molestaran a la víctima cuando el propósi¬to del envenenamiento era hacer que pareciera botulis-mo, peritonitis o la otra docena de males inexplicables de los que moría la gente en la Edad Media. Y para qué querría el enviado del obispo envenenar a uno de sus propios servidores cuando podía destituirlo, tal como lady Imeyne quería que destituyera al padre Roche.

—¿Es cólera? —preguntó lady Eliwys.

No, pensó Kivrin, tratando de recordar los sínto¬mas. Diarrea aguda y vómitos con pérdida masiva de fluidos corporales. Expresión dolorida, deshidrata-ción, cianosis, sed insaciable.

—¿Tenéis sed? —preguntó.

El clérigo no dio ninguna señal de haberla oído. Tenía los ojos entornados, y los párpados también pa¬recían abotargados.

Kivrin le puso una mano en la frente. Él dio un pe¬queño respingo. Abrió y cerró los ojos, enrojecidos.

—Está ardiendo de fiebre —dijo. Sabía que el cóle¬ra no causaba fiebre tan alta—. Traedme un paño em¬papado en agua.

—¡Maisry! —ordenó Eliwys, pero Rosemund ya estaba a su lado con el mismo trapo sucio que habían usado con ella.

Al menos estaba fresco. Kivrin lo dobló en un rec¬tángulo, sin dejar de observar el rostro del clérigo. Todavía jadeaba, y su cara se contorsionó cuando le puso el paño en la frente, como si le doliera. Se llevó la mano al vientre. ¿Apendicitis? No, por lo general eso no cau¬saba una fiebre tan alta. Las fiebres tifoideas podían producir temperaturas de casi cuarenta grados, aunque normalmente no al principio. También producían hin¬chazón del bazo, lo cual frecuentemente causaba dolor abdominal.

—¿Sentís dolor? —preguntó—. ¿Dónde os duele?

Abrió los ojos de nuevo y movió las manos sobre la colcha. Aquellos movimientos inquietos eran sínto¬mas de fiebre tifoidea, pero sólo en las últimas etapas, a los ocho o nueve días de la enfermedad. Kivrin se pre-guntó si el sacerdote ya estaría enfermo cuando llegó.

Cuando llegaron, se tambaleó al desmontar del ca¬ballo y el monje tuvo que sujetarlo. Pero había comido y bebido más que bastante en el banquete, y agarró a Maisry. No estaría tan enfermo, y el tifus comenzaba gradualmente con dolor de cabeza y temperaturas poco altas. No alcanzaba los treinta y nueve grados hasta la tercera semana.

Kivrin se inclinó hacia delante y le apartó la camisa para ver los sarpullidos rosáceos del tifus. No encontró ninguno. Tenía los lados del cuello ligeramente hin¬chados, pero las glándulas linfáticas inflamadas acom¬pañaban a casi todas las infecciones. Le subió la manga. Tampoco distinguió manchas rosadas en el brazo, pero las uñas tenían un color azul violáceo, lo cual significa¬ba falta de oxígeno. Y la cianosis era un síntoma del có¬lera.

—¿Ha vomitado o se le ha soltado el vientre? —preguntó.

—No —respondió lady Imeyne, esparciendo una pasta verdosa sobre un trozo de lino tieso—. Sólo ha tomado demasiados dulces y especias, y tiene fiebre.

No podía ser cólera si no había vómitos, y en cual¬quier caso la fiebre era demasiado alta. Tal vez era el virus, que ella había sufrido pero Kivrin no había sentido ningún dolor estomacal, ni se le había hinchado la len¬gua de esta manera.

El clérigo levantó la mano, se apartó el paño de la frente y lo dejó caer sobre la almohada; luego de¬jó caer el brazo a un lado. Kivrin recogió el paño. Notó que estaba completamente seco. ¿Qué otra enferme¬dad podía causar una fiebre tan alta? Sólo se le ocurría el tifus.

—¿Ha sangrado por la nariz? —le preguntó a Ro-semund.

—No —dijo Rosemund, avanzando y recogiendo el paño—. No he visto ninguna mancha de sangre.

—Mójalo con agua fría pero no lo escurras —indi¬có Kivrin—. Padre Roche, ayudadme a levantarlo.

Roche sujetó al enfermo por los hombros y lo le¬vantó. No había sangre bajo la cabeza.

Roche lo soltó con cuidado.

—¿Pensáis que es fiebre tifoidea? —dijo, y había algo curioso en su voz, un tono casi esperanzado.

—No lo sé.

Rosemund le tendió el paño. Había obedecido la orden de Kivrin. El paño goteaba agua helada.

Kivrin se inclinó hacia adelante y lo colocó sobre la frente del clérigo.

El enfermo levantó los brazos de repente, en un gesto salvaje, y arrancó el paño de las manos de Kivrin. Luego se incorporó, pataleando y empujándola. Su puño la alcanzó en la pierna, y Kivrin estuvo a punto de caer sobre la cama.

—Lo siento, lo siento —dijo Kivrin, tratando de recuperar el equilibrio y sujetarle las manos—. Lo siento.

Sus ojos inyectados en sangre estaban ahora com¬pletamente abiertos y miraban al frente.

—Gloriam tuam —dijo con una extraña voz aguda que era casi un grito.

—Lo siento —repitió Kivrin. Lo sujetó por la mu¬ñeca, pero su otra mano se disparó y la golpeó en el pecho.

—Réquiem aeternam dona eis —rugió él, ponién¬dose primero de rodillas y luego de pie en la cama—. Et lux perpetu luceat eis.

De pronto Kivrin se dio cuenta de que intentaba cantar la misa por los muertos.

El padre Roche lo aferró por la camisa, y el clérigo se sacudió, liberándose a patadas, y luego siguió pata¬leando y dando vueltas como si bailara.

—Miserere nobis.

Estaba demasiado cerca de la pared para que pu¬dieran cogerlo, y golpeaba los maderos con los pies y los brazos involuntariamente.

—Cuando esté a nuestro alcance, tenemos que co¬gerlo por los tobillos y derribarlo —dijo Kivrin.

El padre Roche asintió, sin aliento. Los demás pa¬recían transfigurados, ni siquiera trataban de detener¬lo. Imeyne seguía de rodillas. Maisry se apartó de la ventana, con las manos sobre las orejas y los ojos cerra¬dos. Rosemund había recuperado el trapo mojado y lo tenía en las manos extendidas como si pensara que Ki¬vrin iba a intentar volver a ponérselo en la frente. Ag-nes miraba boquiabierta el cuerpo medio desnudo del clérigo.

El clérigo se volvió hacia ellos, tirando de los lazos de su camisa para intentar abrirlos.

—Ahora —dijo Kivrin.

El padre Roche y ella se abalanzaron hacia los to¬billos del enfermo. El clérigo cayó sobre una rodilla, agitando los brazos, se liberó y se lanzó hacia Rose¬mund. Ella levantó las manos, todavía sosteniendo el trapo, y él la golpeó con fuerza en el pecho.

—Miserere nobis —aulló, y los dos cayeron juntos.

—Cogedle los brazos antes de que le haga daño —dijo Kivrin, pero el clérigo ya no se agitaba. Yacía encima de Rosemund, inmóvil, con la boca casi junto a la de la niña, los brazos flácidos a los costados.

El padre Roche lo cogió y le hizo dar la vuelta. El clérigo respiraba entrecortadamente, pero ya no ja¬deaba.

—¿Está muerto? —preguntó Agnes.

Como si su voz hubiera liberado a las demás muje¬res de un hechizo, todas avanzaron. Lady Imeyne se puso en pie, agarrándose al poste de la cama.

—Blackie se murió —comentó Agnes, agarrada a las faldas de su madre.

—No está muerto —replicó Imeyne, arrodillada junto a él—, pero la fiebre de la sangre le ha subido al cerebro. Pasa a menudo.

Te equivocas, pensó Kivrin. Esto no es un síntoma de ninguna enfermedad de la que yo haya oído hablar. ¿Qué podría ser? ¿Meningitis? ¿Epilepsia?

Se inclinó hacia Rosemund. La niña yacía rígida en el suelo, con los ojos cerrados las manos convertidas en puños blancos.

—¿Te ha hecho daño?

Rosemund abrió los ojos.

—Me ha empujado —dijo con un hilo de voz.

—¿Puedes levantarte? —preguntó Kivrin.

Rosemund asintió y Eliwys avanzó un paso, con Agnes todavía pegada a sus faldas. Ayudaron a Rose¬mund a levantarse.

—Me duele el pie —dijo, apoyándose en su madre, pero enseguida pudo sostenerse sola—. De repente...

Eliwys la acompañó hasta la cama y la hizo sentar¬se en el cofre de madera tallada. Agnes se le acercó.

—El clérigo del obispo te saltó encima —comentó la pequeña.

El clérigo murmuró algo, y Rosemund lo miró, te¬merosa.

—¿Se levantará otra vez? —preguntó a Eliwys.

—No —la tranquilizó su madre, pero ayudó a Rosemund a levantarse y la guió hasta la puerta—. Acom¬paña a

tu hermana al hogar y siéntate con ella —le dijo a Agnes.

Agnes cogió a Rosemund de la mano y la condujo fuera.

—Cuando el clérigo se muera, lo enterrarán en el cementerio —oyó Kivrin que decía—. Como a Blac-kie.

El clérigo parecía ya muerto, con los ojos entorna¬dos pero ciegos. El padre Roche se arrodilló junto a él y se lo cargó fácilmente al hombro. La cabeza y los brazos del enfermo colgaron flácidos, como Kivrin ha¬bía llevado a Agnes a la mansión después de la misa del gallo. Kivrin destapó rápidamente la cama y Roche lo acostó.

—Tenemos que sacarle la fiebre de la cabeza —dijo lady Imeyne, quien regresó a su pócima—. Las espe¬cias le han enfebrecido el cerebro.

—No —susurró Kivrin, mirando al sacerdote. Ya¬cía de espaldas con las manos en los costados, con las palmas hacia arriba. La fina camisa estaba abierta por delante y le había resbalado por el hombro izquier¬do, de modo que el brazo extendido quedaba al descu¬bierto. Bajo el brazo había una hinchazón roja—. No —jadeó.

La hinchazón era roja, brillante, y casi tan grande como un huevo. Fiebre alta, lengua hinchada, intoxica¬ción del sistema nervioso, bubas bajo los brazos y en la ingle.

Kivrin se apartó de la cama.

—No puede ser —suspiró—. Será otra cosa.

Tenía que serlo. Un furúnculo o una úlcera de al¬gún tipo. Extendió la mano para apartar la manga.

Las manos del clérigo se retorcieron. Roche lo aga¬rró por las muñecas, sujetándolas contra la cama. La hinchazón era dura al tacto, y a su alrededor la piel es¬taba negra y violácea.

—No puede ser —repitió Kivrin—. Sólo estamos en 1320.

—Esto le quitará la fiebre —dijo Imeyne. Se levan¬tó, entumecida, sosteniendo la pócima—. Quitadle la camisa para que pueda extenderle la pócima. —Se diri¬gió a la cama.

—¡No! —exclamó Kivrin. Tendió las manos para detenerla—. ¡Apartaos! ¡No lo toquéis!

—No digáis insensateces —replicó Imeyne. Miró a Roche—. Es una simple fiebre de estómago.

—¡No es fiebre! —gritó Kivrin. Se volvió hacia Roche—. Soltadle las manos y apartaos de él. No es fiebre. Es la peste.

Todos ellos, Roche, Imeyne y Eliwys la miraron tan estúpidamente como Maisry.

No siquiera saben lo que es, pensó desesperada, porque todavía no existe, la Peste Negra no existe to¬davía. Ni siquiera empezó en China hasta 1333. Y no alcanzó Inglaterra hasta 1348.

—Pero lo es —declaró—. Tiene todos los sínto¬mas. Las bubas, la lengua hinchada y las hemorragias bajo la piel.

—Es una simple fiebre de estómago —repitió Ime¬yne, y se dirigió a la cama.

—No... —dijo Kivrin, pero Imeyne ya se había de¬tenido y extendió el emplasto sobre el pecho del clé¬rigo.

—Dios se apiade de nosotros —rezó, y retrocedió, todavía sujetando la pócima.

—¿Es el mal azul? —preguntó Eliwys, asustada.

Y de repente Kivrin lo vio todo. No habían venido aquí a causa del juicio, porque lord Guillaume tuviera problemas con el rey. Él las había enviado aquí porque había peste en Bath.

«Nuestra aya murió», había dicho Agnes. Y tam¬bién había muerto el capellán de lady Imeyne, el herma¬no Hubard. Murió del mal azul, según le había contado la niña. Y sir Bloet había dicho que el juicio de Bath se había suspendido porque el juez estaba enfermo.

Por eso Eliwys no quería mandar noticias a Courcy y se había enfadado tanto cuando Imeyne envió a Gawyn al obispo. Porque había peste en Bath. Pero no podía ser. La Peste Negra no llegó a Bath hasta el oto¬ño de 1348.

—¿Qué año es? —preguntó Kivrin.

Las mujeres la miraron aturdidas; Imeyne toda¬vía sujetaba la pócima olvidada. Kivrin se volvió hacia Roche.

—¿Qué año es?

—¿Estáis enferma, lady Katherine? —preguntó él ansiosamente. La cogió por las muñecas como si temie¬ra que fuera a sufrir uno de los ataques del clérigo.

Ella apartó las manos.

—Decidme el año.

—Es el vigésimo primer año del reinado de Eduar¬do III —dijo Eliwys.

Eduardo tercero, no segundo. En su pánico, no lo¬gró recordar cuándo había reinado.

—Decidme el año.

—Anno Domine —murmuró el clérigo desde la cama. Intentó lamerse los labios con la lengua hinchada—. Mil trescientos cuarenta y ocho.

 

 

 

LIBRO TERCERO

 

 

 

Enterré con mis propias manos

a cinco hijos en una sola tumba...

No hubo campanas. Ni lágrimas.

Esto es el fin del mundo.

AGNIOLA DI TURA Siena, 1347

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

24

 

Dunworthy pasó los dos días siguientes llamando a la lista de técnicos de Finch y a guías de pesca escoce¬ses, e instalando otro pabellón en Burley-Johnson. Quince retenidos más habían caído con la gripe, entre ellos la señora Taylor, que se había desplomado cuan¬do sólo faltaban cuarenta y nueve toques para comple¬tar un repique.

—Se desmayó y soltó la campana —informó Finch—. Dio la vuelta con un ruido infernal y la cuer¬da se agitó como si estuviera viva. Se me enrolló al cue¬llo y por poco me estrangula. La señora Taylor quiso continuar cuando volvió en sí, pero naturalmente ya era demasiado tarde. Me gustaría que hablara usted con ella, señor Dunworthy. Está muy deprimida. Dice que nunca se perdonará por haber dejado tiradas a las otras. Le dije que no era culpa suya, que a veces las cosas es¬capan a nuestro control, ¿no le parece?

—Sí—dijo Dunworthy.

No había conseguido encontrar a un técnico, mu¬cho menos convencerlo de que fuera a Oxford, ni ha¬bía encontrado a Basingame. Finch y él habían tele¬foneado a todos los hoteles de Escocia, a todos los albergues y chalets de alquiler. William había conseguido los registros de las tarjetas de crédito de Basin-game, pero no había compras de equipo de pesca ni alquileres en algún pueblo escocés perdido, como Dunworthy esperaba, ni entradas después del quince de diciembre.

El sistema telefónico era cada vez más precario. El visual se cortó otra vez, y la voz grabada, anunciando que debido a la epidemia todos los circuitos estaban ocupados, interrumpía casi todas las llamadas que in-tentaba hacer después de sólo dos dígitos.

No se preocupaba tanto por Kivrin, puesto que la llevaba consigo, una pesada carga, mientras marcaba una y otra vez los números, esperaba ambulancias, escucha¬ba las quejas de la señora Gaddson. Andrews no había vuelto a telefonear, o tal vez no había conseguido comu¬nicar. Badri murmuraba incesantemente acerca de la muerte, y las enfermeras apuntaban todos sus delirios. Mientras Dunworthy esperaba a los técnicos, a los guías de pesca, a alguien que respondiera al teléfono, repasó las palabras de Badri, en busca de alguna pista. «Negra», había dicho Badri, y «laboratorio», y «Europa».

El sistema telefónico empeoró. La voz grabada in¬terrumpía en cuanto marcaba el primer número, y va¬rias veces no obtuvo línea. Decidió dejarlo de momen¬to y trabajó en las listas de contactos. William había conseguido los archivos médicos confidenciales del Ministerio, y Dunworthy los repasó, buscando trata¬mientos de radiación y visitas al dentista. A uno de los primarios le habían examinado la mandíbula por rayos X, pero había sido el día veinticuatro, después de que comenzara la epidemia.

Fue al hospital para preguntar a los primarios que no deliraban si tenían animales de compañía o habían cazado patos últimamente. Los pasillos estaban atesta¬dos de camillas, cada una con un paciente. Se apoyaban contra las puertas de Admisiones y delante del ascen¬sor. No había manera de pasar. Fue por las escaleras.

La estudiante de enfermería rubia se reunió con él en la puerta de Aislamiento. Llevaba una bata blanca y una mascarilla.

—Me temo que no puede entrar —dijo levantando una mano enguantada.

Badri ha muerto, pensó él.

—¿Ha empeorado el señor Chaudhuri?

—No. Parece que descansa un poco mejor. Pero nos hemos quedado sin RPE. Londres prometió enviar equi¬po mañana, y el personal se las arregla con trajes de tela, pero no tenemos suficiente para las visitas. —Rebuscó en su bolsillo una tira de papel—. He anotado todo lo que ha dicho. Me temo que la mayor parte es ininteligible. Dijo su nombre y... ¿Kivrin?... ¿Es correcto?

Él asintió, mirando el papel.

—Y a veces palabras sueltas, pero casi todo carece de sentido.

Había intentado anotarlo fonéticamente, y cuando entendía una palabra, la subrayaba. Badri había dicho «no puedo», y «ratas», y «muy preocupado».

Más de la mitad de los retenidos había caído el do¬mingo por la mañana, y todos los que no estaban en¬fermos los atendían. Dunworthy y Finch habían re¬nunciado a ponerlos en pabellones, y en cualquier caso se habían quedado sin colchones. Los dejaban en sus propias camas, o los trasladaban, con cama y todo, a las habitaciones de Salvin, para que sus enfermeros impro¬visados no se agotaran.

Las campaneras fueron cayendo una por una, y Dunworthy ayudó a acostarlas en la vieja biblioteca. La señora Taylor, que todavía podía andar, insistió en ir a visitarlas.

—Es lo menos que puedo hacer —dijo, jadeando por el esfuerzo de cruzar el pasillo—, después de ha¬berlas abandonado de aquel modo.

Dunworthy la ayudó a acostarse en el colchón hinchable que había traído William y la tapó con una sábana.

—El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil —dijo.

El mismo se sentía débil, agotado por la falta de sueño y las constantes decepciones. Mientras hervía agua para el té y limpiaba cuñas, por fin consiguió con¬tactar con una de los técnicos de Magdalen.

—Está en el hospital —dijo su madre. Parecía triste y cansada.

—¿Cuándo cayó enferma?

—El día de Navidad.

La esperanza brotó en él.

Tal vez la técnico de Magdalen era la fuente.

—¿Qué síntomas tiene su hija? —preguntó ansio¬samente—. ¿Dolor de cabeza? ¿Fiebre? ¿Desorienta¬ción?

—Apendicitis.

El lunes por la mañana las tres cuartas partes de los retenidos estaban enfermos. Como Finch había predi-cho, se les acabaron las sábanas limpias y las mascari¬llas, y algo mucho más urgente, también se quedaron sin temps, antimicrobiales y aspirinas.

—Intenté llamar al hospital para pedir más —dijo Finch, quien tendió una lista a Dunworthy—, pero los teléfonos están todos fuera de servicio.

Dunworthy fue caminando al hospital a buscar los suministros. La calle delante de Admisiones estaba abarrotada con un buen número de ambulancias, taxis y manifestantes con un gran cartel que proclamaba: «El primer ministro nos ha dejado para que muramos.» Mientras Dunworthy conseguía pasar entre ellos y lle¬gaba a la puerta, Colin salió de allí corriendo. Iba mo¬jado, como de costumbre, y con la cara y la nariz rojas de frío. Llevaba la chaqueta abierta.

—Los teléfonos no funcionan. Las líneas están sa¬turadas. Estoy transmitiendo mensajes. —Del bolsillo de su chaqueta sacó un desordenado montón de hojas dobladas—. ¿Quiere que le lleve un mensaje a alguien?

Sí, pensó él. A Andrews. A Basingame. A Kivrin.

—No —respondió.

Colin se guardó en el bolsillo los papeles ya mo¬jados.

—Pues me marcho. Si busca a mi tía Mary, está en Admisiones. Acaban de llegar cinco casos más. Una fa¬milia. El hijo menor estaba muerto.

Se internó corriendo entre el atasco de tráfico.

Dunworthy se abrió paso hasta Admisiones y mostró su lista a la encargada, quien le envió a Sumi¬nistros. Los corredores seguían llenos de camillas, aun¬que ahora estaban alineadas a ambos lados, de modo que quedaba un estrecho pasillo entre ellas. Inclinada sobre una de las camillas había una enfermera con una mascarilla rosa y una bata leyendo algo a uno de los pa¬cientes.

—«El Señor hará que la peste caiga sobre vosotros —decía, y de repente Dunworthy reconoció a la señora Gaddson. Estaba intensamente concentrada en su lec¬tura y no levantó la cabeza—. Hasta que os haya hecho desaparecer de la tierra.»

La peste caerá sobre vosotros, dijo él en silencio, y pensó en Badri. «Fueron las ratas —había dicho—. Los mató a todos. Media Europa.»

Ella no puede estar en la Peste Negra, pensó mien¬tras se dirigía a Suministros. Andrews había dicho que el deslizamiento máximo era de cinco años. En 1325 la peste ni siquiera había comenzado en China. Andrews había asegurado que las dos únicas cosas que no habrían abortado automáticamente el lanzamiento eran el desli¬zamiento y las coordenadas, y Badri, cuando podía con¬testar a las preguntas de Dunworthy, insistía en que ha¬bía comprobado las coordenadas de Pulhaski.

Entró en Suministros. No había nadie en el mos¬trador. Llamó al timbre.

Cada vez que Dunworthy le preguntaba, Badri de¬cía que las coordenadas del estudiante eran correctas, pero empezaba a mover los dedos nerviosamente sobre la sábana, tecleando, tecleando el ajuste. £50 no puede estar bien. Algo falla.

Volvió a llamar al timbre y una enfermera salió de entre los estantes. Era evidente que había abandonado la jubilación expresamente para la epidemia. Tenía al menos noventa años, y su uniforme blanco estaba ama-rillento, pero aún seguía tieso por el almidón. Crujió cuando cogió la lista.

—¿Tiene una autorización?

—No.

Le tendió su lista y un impreso de tres páginas.

—Todas las órdenes deben ser autorizadas por la enfermera jefa del pabellón.

—No tenemos ninguna enfermera de pabellón —dijo él, controlando su mal genio—. No tenemos ningún pabellón. Tenemos cincuenta retenidos en dos dormitorios y ningún suministro.

—En ese caso el médico que está al cargo debe fir¬mar la autorización.

—La médica al cargo está en un hospital atestado de enfermos. No tiene tiempo para firmar autorizacio¬nes. ¡Estamos en plena epidemia!

—Soy bien consciente de ello. Todas las órdenes deben estar firmadas por el médico al cargo —dijo la enfermera gélidamente, y se marchó crujiendo entre los pasillos.

Dunworthy volvió a Admisiones. Mary ya no es¬taba allí. La encargada lo envió a Aislamiento, pero tampoco estaba allí. Jugueteó con la idea de falsificar la firma de Mary, pero quería verla, quería contarle su fracaso en localizar a los técnicos, su fracaso para en¬contrar una forma de esquivar a Gilchrist y abrir la red. Ni siquiera podía conseguir una miserable aspirina, y ya era tres de enero.

Finalmente encontró a Mary en el laboratorio. Ha¬blaba por teléfono, que por lo visto volvía a funcionar, aunque en la visual sólo aparecía nieve. Mary no lo mi¬raba. Contemplaba la consola, donde aparecían las grá¬ficas de contactos.

—¿Qué problema hay? —preguntó—. Ustedes di¬jeron que estaría aquí hace dos días.

Hubo una pausa mientras la persona perdida en la nieve ponía algún tipo de excusa.

—¿Cómo que fue rechazado? —exclamó ella, in¬crédula—. Aquí hay mil personas con gripe.

Hubo otra pausa. Mary tecleó algo en la consola y apareció una gráfica diferente.

—Bien, pues vuelvan a enviarlo —gritó—. ¡La ne¬cesito ahora mismo! ¡Mis pacientes se están muriendo! Lo quiero aquí para... ¿oiga? ¿Está usted ahí?

La pantalla se volvió negra. Mary se volvió para pulsar el interruptor y vio a Dunworthy.

Le indicó que entrara en el despacho.

—¿Está usted ahí? —dijo al teléfono—. ¿Oiga? —Colgó—. ¡Los teléfonos no funcionan, la mitad de mi personal ha caído con el virus, y los análogos no han llegado porque algún idiota no los dejó pasar a la zona de cuarentena!

Se sentó ante la consola y se frotó los pómulos con los dedos.

—Lo siento —suspiró—. Ha sido un mal día. Hubo tres ingresos cadáveres esta mañana. Uno de ellos tenía seis meses.

Todavía llevaba la ramita de acebo en la bata. Tan¬to la bata como la ramita estaban completamente arru¬gadas, y Mary parecía exhausta. Las líneas alrededor de la boca y los ojos surcaban profundamente su cara. Dunworthy se preguntó cuánto tiempo llevaba sin dormir, y si lo sabría siquiera.

Se frotó los párpados con dos dedos.

—Nunca me acostumbraré a la idea de que no hay nada que hacer —dijo.

—Claro.

Ella le miró, casi como si no hubiera advertido que estaba allí.

—¿Necesitabas algo, James?

Ella no había dormido, ni había recibido ninguna ayuda, y había visto tres ingresos cadáveres, uno de ellos un bebé. Ya tenía bastantes problemas sin preocu¬parse por Kivrin.

—No —dijo él, levantándose. Le tendió el impre¬so—. Únicamente tu firma.

Ella lo firmó sin mirarlo.

—Fui a ver a Gilchrist esta mañana —dijo al devol¬vérselo.

Él la miró, demasiado sorprendido y conmovido para hablar.

—Fui a verlo para ver si lograba convencerlo de que abriera la red antes. Le expliqué que no hay necesi¬dad de esperar a que haya inmunización plena. Cierto porcentaje de inmunización reduce las posibilidades de contagio.

—Y ninguno de tus argumentos tuvo el más míni¬mo efecto.

—No. Está plenamente convencido de que el virus vino del pasado —Mary suspiró—. Ha dibujado gráfi¬cas de las pautas de mutación cíclica de los mixovirus tipo A. Según su teoría, uno de los mixovirus tipo A existente en 1318-1319 era un H9N2. —Volvió a fro¬tarse la frente—. No abrirá el laboratorio hasta que se haya completado la inmunización plena y se levante la cuarentena.

—¿Y cuándo será eso? —preguntó él, aunque tenía una ligera idea.

—La cuarentena tiene que permanecer en efecto hasta siete días después de la inmunización total o cua¬renta días después de la incidencia final —dijo ella, como si le estuviera dando malas noticias.

Incidencia final. Dos semanas sin ningún nuevo caso.

—¿Cuánto tardará la inmunización a toda la nación?

—Cuando consigamos suficientes suministros de la vacuna, no mucho. La Pandemia sólo duró diecio¬cho días.

Dieciocho días. Después de que se fabricaran sufi¬cientes suministros de la vacuna. Finales de enero.

—Demasiado tarde —dijo él.

—Sí, lo sé. Debemos identificar positivamente la fuente, eso es todo. —Se volvió a mirar la consola—. La respuesta está ahí. Simplemente, no sabemos mirar en el lugar adecuado. —Recuperó una^ nueva gráfica—. He estado haciendo correlaciones, buscando estudian¬tes de veterinaria, primarios que vivan cerca de zoos, direcciones rurales. Ésta es de los secundarios que es¬tuvieron en DeBrett, cazando pájaros y todo eso. Pero lo más parecido que tenemos a un ave son los que co¬mieron ganso en Navidad.

Recuperó la gráfica de contactos. El nombre de Badri seguía apareciendo en cabeza. Se sentó y la con¬templó durante un largo rato, tan absorta como Mon-toya mirando sus huesos.

—Lo primero que tiene que aprender un médico es a no ser demasiado duro consigo mismo cuando pierde a un paciente —dijo, y Dunworthy se preguntó si se refería a Kivrin o a Badri.

—Tengo que abrir la red.

—Eso espero.

La respuesta no se encontraba en las gráficas de contacto ni en los encuentros comunes. Había que buscarla en Badri, cuyo nombre, a pesar de todas las preguntas que habían hecho a los primarios, a pesar de todas las falsas pistas, seguía siendo la fuente. Badri era el caso índice, y en algún momento de cuatro a seis días antes del lanzamiento había entrado en contacto con un portador.

Subió a verlo. Había un enfermero distinto ante la habitación, un joven alto y nervioso que no parecía te¬ner más de diecisiete años.

—¿Dónde está...? —empezó a preguntar Dunworthy, y entonces advirtió que no sabía el nombre de la enfermera rubia.

—Lo ha pillado. Ayer. Ya hay veinte enfermos en¬tre el personal, y se han quedado sin sustitutos. Pidie¬ron a los estudiantes de tercero que ayudaran. Yo sólo estoy en primero, pero he recibido formación en pri-meros auxilios.

Ayer. Entonces había pasado todo un día sin que nadie registrara lo que decía Badri.

—¿Recuerda algo de lo que haya dicho Badri mientras estaba con él? —preguntó sin esperanza. Un estudiante de primero—. ¿Alguna palabra o frase que fuera inteligible?

—Usted es el señor Dunworthy, ¿verdad? —dijo el muchacho. Le tendió un paquete de RPE—. Eloise me advirtió que quería usted saber todo lo que dijera el paciente.

Dunworthy se puso las RPE recién llegadas. Eran blancas y estaban marcadas con pequeñas cruces ne¬gras en la abertura trasera de la bata. Se preguntó de dónde las habrían sacado.

—Estaba muy enferma y no paraba de repetir lo importante que era.

El muchacho condujo a Dunworthy a la habita¬ción de Badri, miró a las pantallas y luego al enfermo. Al menos ha mirado al paciente, pensó Dunworthy.

Badri yacía con los brazos por fuera de las sábanas y tironeaba de ellas con manos que parecían sacadas de la ilustración de la tumba del caballero en el libro de Colin. Sus ojos hundidos estaban abiertos, pero no miró al enfermero ni a Dunworthy, ni siquiera a las sábanas, que sus manos inquietas no parecían poder agarrar.

—Había leído sobre esto, pero nunca lo había visto

—comentó el muchacho—. Es un síntoma terminal co¬mún en casos respiratorios. —Se dirigió a la consola, tecleó algo y señaló la pantalla superior izquierda—. He anotado todo esto.

Lo había hecho. Incluso los galimatías. Lo había escrito fonéticamente, con elipses para representar las pausas, y (sic) después de las palabras dudosas. «Me¬dia», había escrito, y «atrás» (sic) y «¿Por qué no viene?».

—Eso es casi todo de ayer —dijo. Movió el cursor al tercio inferior de la pantalla—. Habló un poco esta mañana. Ahora, como ve, no dice nada.

Dunworthy se sentó junto a Badri y le cogió la mano. La notó helada, incluso a través del guante im¬permeable. Miró la pantalla de la temperatura. Badri ya no tenía fiebre ni el color oscuro que la acompañaba. Parecía haber perdido todo color. Su piel tenía el tono de la ceniza mojada.

—Badri. Soy el señor Dunworthy. Tengo que ha¬certe algunas preguntas.

No hubo respuesta. Su mano fría yació flácida en la de Dunworthy, y la otra siguió tirando en vano de la sábana.

—La doctora Ahrens piensa que podrías haber contraído tu enfermedad por algún animal, un pato sil¬vestre o un ganso.

El enfermero miró interesado a Dunworthy y lue¬go a Badri, como si esperara que mostrara otro fenó¬meno médico que aún no había observado.

—Badri, ¿lo recuerdas? ¿Tuviste algún contacto con patos o gansos la semana anterior al lanzamiento?

La mano de Badri se movió. Dunworthy la miró con el ceño fruncido, preguntándose si intentaba co¬municarse, pero cuando aflojó un poco la mano, los delgadísimos dedos sólo intentaron tirar de su palma, de sus dedos, de su muñeca.

Se sintió súbitamente avergonzado por estar allí torturando a Badri con preguntas, aunque no le oía,

aunque no sabía que Dunworthy estaba allí, ni le im¬portaba.

Colocó la mano de Badri sobre la sábana.

—Descansa —dijo, palmeándola amablemente—, intenta descansar.

—Dudo que pueda oírle —declaró el enfermero—. En este estado ya no son conscientes.

—Sí, lo sé —asintió Dunworthy, pero continuó sentado allí.

El enfermero ajustó el gotero, lo miró nerviosa¬mente, y volvió a ajustarlo. Observó a Badri, ajustó el gotero por tercera vez, y por fin salió de la habita¬ción. Dunworthy continuó sentado, viendo cómo Ba¬dri tiraba a ciegas de la sábana, intentando agarrarla pero incapaz de hacerlo. Quería incorporarse. De vez en cuando murmuraba algo, con voz demasiado baja para que resultara audible. Dunworthy le frotó el brazo amablemente, arriba y abajo. Al cabo de un rato, los movimientos del enfermo se hicieron más lentos, aunque Dunworthy no sabía si eso era un buena señal.

—Cementerio —dijo Badri.

—No. No.

Dunworthy se quedó un rato más, acariciando el brazo de Badri, pero su agitación pareció empeorar poco después. Se levantó.

—Intenta descansar —dijo, y salió.

El enfermero estaba sentado ante el mostrador, le¬yendo un ejemplar de Patient Care.

—Por favor, avíseme cuando... —dijo Dunworthy, y advirtió que no era capaz de terminar la frase—. Por favor, avíseme.

—Sí, señor. ¿Dónde estará usted?

Dunworthy rebuscó en su bolsillo un pedazo de papel para anotarlo y se encontró con la lista de sumi¬nistros. Casi lo había olvidado.

—Estoy en Balliol, envíe un mensajero —pidió, y regresó a Suministros.

—No lo ha rellenado del todo —señaló la anciana almidonada cuando le tendió el impreso.

—Lo tengo firmado —contestó él, tendiéndole la lista—. Rellénelo usted.

Ella miró la lista con expresión de desaprobación.

—No tenemos temps ni mascarillas. —Sacó un frasquito de aspirinas—. Nos hemos quedado sin sin-tamicina y AZL.

El frasco de aspirinas contenía unas veinte tabletas. Dunworthy se lo guardó en el bolsillo y recorrió la High hasta la farmacia. Un grupito de manifestantes esperaba bajo la lluvia, empuñando pancartas que de¬cían: ¡INJUSTO! y «¡Abusón!». Dunworthy entró. No tenían mascarillas, y los temps y las aspirinas habían subido espantosamente de precio. Compró todas las existencias.

Se pasó toda la noche administrando los medica¬mentos y estudiando la gráfica de Badri, buscando al¬guna pista que indicara la fuente del virus. Badri había dirigido un lanzamiento vn situ para Siglo Diecinueve en Hungría el diez de diciembre, pero la gráfica no de¬cía dónde, y William, que coqueteaba con las retenidas que aún seguían en pie, no lo sabía. Los teléfonos ha¬bían vuelto a estropearse.

Seguían sin funcionar por la mañana cuando Dun¬worthy intentó llamar para saber del estado de Badri. Ni siquiera consiguió línea, pero en cuanto colgó, el te¬léfono sonó.

Era Andrews. Dunworthy apenas podía oír su voz a través de la estática.

—Lamento haber tardado tanto —se disculpó, y luego dijo algo que se perdió por completo.

—No le oigo —dijo Dunworthy.

—He dicho que he tenido dificultades para poner¬me en contacto. Los teléfonos... —Más estática—. Hice las comprobaciones de parámetros. Usé tres L-y-L di¬ferentes y triangulé la... —El resto se perdió.

—¿Cuál fue el deslizamiento máximo? —gritó al teléfono.

La línea se despejó momentáneamente.

—Seis días. Eso fue con un L-y-L de... —Más está¬tica—. Calculé las probabilidades, y el máximo posible para cualquier L-y-L en una circunferencia de cin¬cuenta kilómetros seguía siendo de cinco años. —La estática interrumpió de nuevo la conversación, y la lí¬nea se cortó.

Dunworthy colgó. La noticia tendría que haberle tranquilizado, pero no parecía capaz de experimentar ninguna emoción. Gilchrist no tenía ninguna intención de abrir la red el seis de enero, estuviera allí Kivrin o no. Fue a coger el teléfono para llamar a la Oficina de Turismo Escocesa, y entonces volvió a sonar.

—Diga, soy Dunworthy. —Miró la pantalla, pero las visuales sólo mostraban nieve.

—¿Quién? —preguntó una voz de mujer que pare¬cía ronca o agotada—. Lo siento —murmuró—. Que¬ría llamar... —Añadió algo más, demasiado confuso para que pudiera entenderse, y la visual se volvió negra.

Dunworthy esperó por si volvían a llamar, y luego se dirigió a Salvin. La campana de Magdalen daba la hora. Sonaba como un toque de difuntos en medio de la incesante lluvia. Al parecer, la señora Piantini tam¬bién había oído la campana. Estaba de pie en el patio, vestida con una bata, levantando solemnemente los brazos para seguir un compás insólito.

—Al centro, mal, y a la caza —dijo mientras Dun¬worthy intentaba conducirla al interior.

Finch apareció, con aspecto agotado.

—Son las campanas, señor —dijo, agarrando a la mujer por el otro brazo—. La perturban. Dadas las cir¬cunstancias, creo que no deberían sonar.

La señora Piantini se libró de la mano de Dunworthy.

—Cada hombre debe ceñirse a su campana sin in¬terrupción —declaro, furiosa.

—Estoy de acuerdo —asintió Finch, agarrando su brazo con tanta fuerza como si fuera la cuerda de una campana, y la condujo a su jergón.

Colin llegó corriendo, empapado como de cos¬tumbre y casi azul por el frío. Tenía la chaqueta abierta y llevaba la bufanda gris de Mary inútilmente colgada del cuello. Le tendió a Dunworthy un mensaje.

—Es del enfermero de Badri —dijo. Abrió un pa¬quete de pastillas de jabón y se metió una celeste en la boca.

La nota también estaba empapada. Decía «Badri pregunta por usted», aunque la palabra «Badri» estaba tan borrosa que sólo se distinguía la B.

—¿Dijo el enfermero si Badri estaba peor?

—No, sólo me pidió que le diera el mensaje. Y tía Mary dice que cuando llegue usted, vaya a recibir su potenciación. Me ha comentado que no sabe cuándo recibirá el análogo.

Dunworthy ayudó a Finch a acostar a la señora Piantini y corrió al hospital y luego a Aislamiento. Ha¬bía una enfermera nueva, una mujer de mediana edad con los pies hinchados. Estaba sentada y los apoyaba en las pantallas. Estaba mirando un vidder portátil, pero se levantó inmediatamente cuando él entró.

—¿Es usted el señor Dunworthy? —preguntó, bloqueándole el paso—. La doctora Ahrens dijo que fuera usted a verla inmediatamente.

Lo dijo en voz baja, incluso con amabilidad, y Dunworthy pensó que se compadecía de él. No quiere que entre a ver qué hay dentro. Quiere que Mary me lo diga primero.

—Es Badri, ¿verdad? Ha muerto.

Ella pareció genuinamente sorprendida.

—Oh, no, está mucho mejor esta mañana. ¿No ha recibido mi nota? Se ha sentado.

—¿Sentado? —Dunworthy la miró fijamente, pre¬guntándose si deliraba de fiebre.

—Todavía está muy débil, claro, pero su tempera¬tura es normal y está despierto. Tiene que ver usted a la doctora Ahrens en Admisiones. Dijo que era urgente.

Él miró hacia la puerta de la habitación de Badri.

—Dígale que vendré a verlo en cuanto pueda. —Sa¬lió corriendo por la puerta.

Casi chocó con Colin, que al parecer iba a entrar.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó—. ¿Ha llamado alguno de los técnicos?

—Me han asignado a usted. Tía Mary dice que no se fía de que vaya a recibir su potenciación de leucocitos-T. Se supone que he de llevarlo a que se la pongan.

—No puedo. Hay una emergencia en Admisiones —alegó él, andando rápidamente por el pasillo.

Colin lo alcanzó.

—Bueno, pues entonces iremos después de la emer¬gencia. Tía Mary me advirtió que no le dejara salir del hospital sin la potenciación.

Cuando el ascensor se abrió, Mary estaba allí para recibirlo.

—Tenemos otro caso —anunció, sombría—. Es Montoya. —Se dirigió a Admisiones—. La traen de Witney.

—¿Montoya? Eso es imposible. Ha estado sola en la excavación.

Ella empujó las puertas dobles.

—Pues parece que no.

—Pero ella dijo... ¿estás segura de que es el virus? Ha estado trabajando en medio de la lluvia. Tal vez su¬fra alguna otra enfermedad.

Mary sacudió la cabeza.

—El equipo de la ambulancia realizó un chequeo preliminar. Encaja con el virus. —Se detuvo en el mostrador de Admisiones y preguntó al encargado—. ¿Ha llegado ya?

Él negó con la cabeza.

—Acaban de atravesar el perímetro.

Mary se acercó a las puertas y se asomó, como si no le creyera.

—Recibimos una llamada suya esta mañana. Estaba muy confundida. Llamé a Chipping Norton, que es el hospital más cercano, y les pedí que enviaran una ambu¬lancia, pero me dijeron que la excavación estaba oficial¬mente en cuarentena. Y no pude conseguir una de las nuestras para que fuera a buscarla. Al final tuve que convencer al ministerio de que enviaran una dispensa para mandar una ambulancia. —Se asomó de nuevo a las puertas—. ¿Cuándo se marchó a la excavación?

—Yo... —Dunworthy intentó recordar. Montoya le había telefoneado para preguntarle por los guías de pesca escoceses el día de Navidad y luego aquella mis¬ma tarde para decir «No importa», porque había deci¬dido falsificar la firma de Basingame—. El día de Navi¬dad. Si las oficinas del ministerio estaban abiertas. O el veintiséis. No, ése fue el día del aguinaldo. El veintisie¬te. Y no ha visto a nadie desde entonces.

—¿Cómo lo sabes?

—Cuando hablé con Montoya, se quejó de que no podría secar la excavación ella sola. Quería que yo lla¬mara al ministerio para que le enviara ayudantes.

—¿Cuándo fue eso?

—Hace dos... no, tres días —respondió él, frun¬ciendo el ceño. Los días se unían unos a otros cuando uno no se acostaba.

—¿Podría haber encontrado a alguien en la granja después de hablar contigo?

—No hay nadie allí en invierno.

—Que yo recuerde, Montoya recluta a cualquiera que se le ponga a tiro. Tal vez alistó a alguien que esta¬ba de paso.

—Dijo que no había nadie. La excavación está muy aislada.

—Bueno, pues tiene que haber encontrado a al¬guien. Lleva siete días en la excavación, y el período de incubación es sólo de cuarenta y ocho horas.

—¡La ambulancia ya está aquí! —informó Colin.

Mary empujó las puertas, con Dunworthy y Colin siguiéndola. Los hombres de la ambulancia, protegidos con mascarillas, levantaron una camilla y la colocaron sobre unas ruedas. Dunworthy reconoció a uno de ellos. Había ayudado a entrar a Badri. Colin se inclinó sobre la camilla, mirando interesado a Montoya, que yacía con los ojos cerrados. Su cara tenía el mismo tono rojo que la señora Breen. Colin se inclinó más y ella le tosió directamente en la cara.

Dunworthy agarró a Colin por el cuello de la cha¬queta y lo apartó de ella.

—Apártate de ahí. ¿Quieres pillar el virus? ¿Por qué no llevas puesta tu mascarilla?

—No queda ninguna.

—No deberías estar aquí. Vete directamente a Ba-llioly...

—No puedo. Me han asignado a usted para que me asegure de que recibe su potenciación.

—Entonces siéntate por aquí —ordenó Dunwor¬thy, y lo arrastró a una silla en la zona de recepción—. No te acerques a los pacientes.

—Será mucho mejor que no intente escapar de mí —advirtió Colin, pero se sentó, sacó su chicle del bol¬sillo, y lo frotó en la manga de la chaqueta.

Dunworthy regresó a la camilla.

—Lupe —decía Mary—, tenemos que hacerle al¬gunas preguntas. ¿Cuándo cayó enferma?

—Esta mañana. —Montoya estaba afónica, y Dun¬worthy advirtió de repente que debía ser la persona que le había telefoneado—. Anoche tuve mucho dolor de cabeza... —levantó una mano sucia y se frotó las cejas—, pero pensé que era porque estaba forzando demasiado la vista.

—¿Quién había con usted en la excavación?

—Nadie —dijo Montoya. Parecía sorprendida.

—¿Y los repartos? ¿No le llevó suministros al¬guien de Witney?

Empezó a sacudir la cabeza, pero al parecer eso le dolió, y se detuvo.

—No. Me lo llevé todo conmigo.

—¿Y no había nadie ayudándola en la excavación?

—No, le pedí al señor Dunworthy que se pusiera en contacto con el Ministerio para pedir ayuda, pero no lo hizo. —Mary miró a Dunworthy, y Montoya si¬guió su mirada—. ¿Van a enviar a alguien? —le pre¬guntó a él—. Nunca lo encontrarán si no mandan a al¬guien.

—¿Qué tienen que encontrar? —dijo él, pregun¬tándose si debían fiarse de la respuesta de Montoya o si estaba delirando.

—La excavación está medio sumergida —dijo ella.

—¿Qué deben encontrar?

—El grabador de Kivrin.

Él recordó de repente a Montoya junto a la tumba, rebuscando en la caja de huesos en forma de piedra. Huesos de muñeca. Eran huesos de muñeca, y estaba examinando los bordes irregulares, buscando un espo¬lón óseo que era en realidad una pieza del equipo gra¬bador. El grabador de Kivrin.

—Aún no he excavado todas las tumbas —dijo Montoya—, y sigue lloviendo. Tienen que enviar a al¬guien enseguida.

—¿Tumbas? —preguntó Mary, mirándolo sin com¬prender—. ¿De qué habla?

—Ha estado excavando en el cementerio de la igle¬sia medieval buscando el cuerpo de Kivrin —explicó él amargamente—, buscando el grabador que le implan¬taste en la muñeca.

Mary no estaba escuchando.

—Quiero las gráficas de contacto —pidió al encar¬gado. Se volvió hacia Dunworthy—. Badri estuvo en la excavación, ¿verdad?

—Sí.

—¿Cuándo?

—El dieciocho y el diecinueve.

—¿En el cementerio?

—Sí. Montoya y él abrieron la tumba de un caba¬llero.

—Una tumba —dijo Mary, como si ésa fuera la respuesta a una pregunta. Se inclinó hacia Montoya—. ¿De cuándo era la tumba?

—De 1318 —contestó Montoya.

—¿Ha estado trabajando en la tumba del caballero esta semana?

Montoya intentó asentir, pero se detuvo.

—Me mareo mucho cuando muevo la cabeza... Tuve que trasladar el esqueleto. Entraba agua en la tumba.

—¿Qué día trabajó en la tumba?

Montoya frunció el ceño.

—No lo recuerdo. El día antes de las campanas, creo.

—El treinta y uno —intervino Dunworthy. Se in¬clinó hacia ella—. ¿Ha trabajado en la tumba desde en¬tonces?

Ella intentó sacudir la cabeza otra vez.

—Las gráficas de contacto están aquí —anunció el encargado.

Mary se acercó rápidamente al mostrador y cogió el teclado. Pulsó varias teclas, miró la pantalla, volvió a teclear.

—¿Qué pasa? —preguntó Dunworthy.

—¿Cómo está el cementerio?

—¿El cementerio? Hay barro. Ella lo ha cubierto con toldos, pero entraba mucha lluvia.

—¿Hacía calor?

—Sí. Al menos eso dijo ella. Tenía varios calefacto¬res eléctricos conectados. ¿Qué ocurre?

Ella pasó el dedo por la pantalla, buscando algo.

—Los virus son organismos extraordinariamente resistentes. Pueden permanecer latentes durante largos períodos de tiempo y revivir. Se han encontrado virus vivos en las momias egipcias. —Su dedo se detuvo en una fecha—. Lo que sospechaba. Badri estuvo en la ex¬cavación cuatro días antes de contraer el virus.

Se volvió hacia el encargado.

—Quiero que un equipo vaya a la excavación in¬mediatamente. Consiga permiso del Ministerio. Díga¬les que tal vez hayamos encontrado la fuente del virus. —Recuperó una nueva pantalla, pasó el dedo por los nombres, tecleó algo más y se echó hacia atrás, con¬templando la pantalla—. Teníamos cuatro primarios sin ninguna conexión positiva con Badri. Dos de ellos estuvieron en la excavación cuatro días antes de pillar el virus. El otro visitó el lugar tres días antes.

—¿El virus está en la excavación? —preguntó Dunworthy.

—Sí. —Mary sonrió tristemente—. Me temo que, después de todo, Gilchrist tenía razón. El virus vino del pasado: de la tumba del caballero.

—Kivrin estuvo en la excavación.

Ahora fue Mary quien le miró sin comprender.

—¿Cuándo?

—La tarde del domingo antes del lanzamiento. El diecinueve.

—¿Estás seguro?

—Sí, me lo dijo antes de marcharse. Quería estro¬pearse un poco las manos para que no parecieran tan cuidadas.

—Oh, Dios mío. Si estuvo expuesta cuatro días an¬tes del lanzamiento, no había recibido aún su potencia¬ción de leucocitos-T. Es posible que el virus se replicara e invadiera su sistema. Puede que lo haya pillado.

Dunworthy la agarró por el brazo.

—Pero eso es imposible. La red no la habría dejado pasar si hubiera el menor peligro de contagiar a los contemporáneos.

—No habría nadie a quien contagiar si el virus sa¬lió de la tumba del caballero —objetó Mary—. No si éste murió en 1318. Los contemporáneos ya lo habrían tenido. Serían inmunes. —Se acercó rápidamente a Montoya—. Cuando Kivrin visitó la excavación, ¿tra¬bajó en la tumba?

—No lo sé, yo no estaba. Tuve una reunión con Gilchrist.

—¿Quién podría saberlo? ¿Quién más estuvo allí ese día?

—Nadie. Todo el mundo se fue a casa por vaca¬ciones.

—¿Cómo sabía Kivrin lo que tenía que hacer?

—Los voluntarios se dejan notas unos a otros cuando se marchan.

—¿Quién estuvo allí esa mañana? —-intervino Mary.

—Badri —respondió Dunworthy, y se dirigió a Aislamiento.

Entró directamente en la habitación de Badri. Pilló desprevenida a la enfermera, que tenía los pies sobre las pantallas.

—No puede entrar sin RPE —advirtió.

Le siguió, pero Dunworthy ya estaba dentro.

Badri yacía reclinado en una almohada. Parecía dé¬bil y muy pálido, como si la enfermedad le hubiera quitado todo el color de la piel, pero levantó la cabeza cuando entró Dunworthy y empezó a hablar.

—¿Trabajó Kivrin en la tumba del caballero? —le preguntó Dunworthy.

—¿ Kivrin ? —Su voz era tan débil que apenas se oía.

La enfermera llamó a la puerta.

—Señor Dunworthy, no puede entrar aquí...

—El lunes —insistió Dunworthy—. Fuiste a de¬jarle un mensaje donde le especificabas qué debía ha¬cer. ¿Le pediste que trabajara en la tumba?

—Señor Dunworthy, se está usted exponiendo al virus...

Mary entró, poniéndose un par de guantes.

—No puedes estar aquí sin RPE, James.

—Se lo he dicho, doctora Ahrens, pero no me hizo caso y...

—¿Le dejaste a Kivrin un mensaje en la excavación para que trabajara en la tumba? —insistió Dunworthy.

Badri asintió débilmente.

—Estuvo expuesta al virus —dijo Dunworthy a Mary—. El domingo. Cuatro días antes de partir.

—Oh, no —susurró Mary.

—¿Qué ocurre? ¿Qué ha pasado? —preguntó Ba¬dri, e intentó incorporarse en la cama—. ¿Dónde está Kivrin? —Miró de Dunworthy a Mary—. La sacaron, ¿verdad? Advirtieron lo sucedido y la rescataron, ¿no?

—Lo sucedido... —repitió Mary—. ¿A qué se re¬fiere?

—Tienen que sacarla de allí —dijo Badri—. No está en 1320, sino en 1348.

 

 

 

 

 

 

25

 

—Eso es imposible —jadeó Dunworthy.

—-¿1348? —preguntó Mary, incrédula—. Pero qué dices. Ése es el año de la Peste Negra.

No puede estar en 1348, pensó Dunworthy. An¬drews aseguró que el deslizamiento máximo era sólo de cinco años, y Badri confirmó las coordenadas de Puhalski.

—¿1348? —repitió Mary. Dunworthy la vio mirar las pantallas tras Badri, como si esperara que estuviese delirando—. ¿Está seguro?

Badri asintió.

—Supe que algo fallaba en cuanto vi el desliza¬miento... —Parecía tan asombrado como Mary.

—No pudo producirse un deslizamiento tan im¬portante como para que esté en 1348 —intervino Dun¬worthy—. Le pedí a Andrews que comprobara los parámetros. Dijo que el deslizamiento máximo era só¬lo de cinco años.

Badri sacudió la cabeza.

—No fue el deslizamiento. Eso fue sólo de cuatro horas. Era demasiado pequeño. El deslizamiento míni¬mo de un lanzamiento tan lejano al pasado tendría que haber sido al menos de cuarenta y ocho horas.

El deslizamiento no había sido demasiado grande, sino demasiado pequeño. No le pregunté a Andrews cuál era el deslizamiento mínimo, sólo el máximo.

—No sé qué sucedió —prosiguió Badri—. Me do¬lía muchísimo la cabeza. Todo el tiempo que estuve atendiendo la red, me dolió la cabeza.

—Era el virus —asintió Mary. Parecía aturdida—. Los primeros síntomas son dolor de cabeza y des¬orientación. —Se hundió en la silla que había junto a la cama—. 1348.

1348. Dunworthy no podía creerlo. Le había pre¬ocupado que Kivrin contrajera el virus, que se hubiera producido demasiado deslizamiento, y desde el princi¬pio la pobre había estado en 1348. La plaga alcanzó Oxford en 1348. En Navidad.

—En cuanto vi lo pequeño que era el deslizamien¬to, comprendí que algo fallaba —murmuró Badri—, así que calculé las coordenadas...

—Dijiste que habías comprobado las coordenadas de Puhalski —le acusó Dunworthy.

—Era sólo un estudiante de primer curso. Nunca había hecho ni siquiera un remoto. Y Gilchrist no tenía la menor idea de lo que tenía entre manos. Intenté de¬círselo. ¿No estuvo Kivrin en el encuentro? —Miró a Dunworthy—. ¿Por qué no la sacaron de allí?

—No lo sabíamos —dijo Mary, todavía aturdi¬da—. Usted no logró decirnos nada. Deliraba.

—La plaga mató a cincuenta millones de personas —sentenció Dunworthy—. Mató a media Europa.

—James —dijo Mary.

—Intenté decírselo. Por eso fui a verlo —prosiguió Badri—. Para que pudiéramos recuperarla antes de que abandonara el lugar de encuentro.

Había intentado decírselo. Había corrido hasta el pub en mitad de la lluvia y sin abrigo para decírselo, abriéndose paso entre los transeúntes de Navidad y sus bolsas de compras y paraguas como si no estuvieran  allí, y llegó mojado y medio congelado, castañeando los dientes de fiebre. Algo falla.

Intenté decírselo. «Mató a media Europa», había di¬cho, y «Fueron las ratas», y «¿Qué año es?». Había in¬tentado advertirlo.

—Si no fue el deslizamiento, tuvo que tratarse de un error en las coordenadas —dijo Dunworthy, aga¬rrado a los pies de la cama.

Badri se hundió contra las almohadas como un ani¬mal acorralado.

—Dijiste que las coordenadas de Pulhaski eran co¬rrectas.

—James —advirtió Mary.

—Las coordenadas son lo único que podría fallar —gritó él—. Todo lo demás habría abortado el lanza¬miento. Dijiste que las habías comprobado dos veces. Dijiste que no habías encontrado ningún error.

—No pude —suspiró Badri—. Pero tampoco me fiaba. Temía que el estudiante hubiera cometido un error en los cálculos sidéreos que hubiera pasado inad¬vertido. —Su cara se puso gris—. Las volví a calcular la mañana del lanzamiento.

La mañana del lanzamiento. Cuando tenía aquel terrible dolor de cabeza. Cuando ya estaba febril y des¬orientado. Dunworthy lo recordó tecleando en la con¬sola, frunciendo el ceño ante las pantallas. Le vi hacer¬lo, pensó. Me quedé allí plantado y vi cómo enviaba a Kivrin a la Peste Negra.

—No sé qué sucedió —añadió Badri—. Debo de haber...

—La peste arrasó pueblos enteros —dijo Dunwor¬thy—. Murió tanta gente que no quedó nadie para en¬terrarlos.

—Déjalo en paz, James. No es culpa suya. Estaba enfermo.

—Enfermo. Kivrin quedó expuesta a tu virus. Está en 1348.

—James —le regañó Mary.

Él no quería oírlo. Abrió la puerta y salió.

Colin hacía equilibrios en una silla del pasillo, echado hacia atrás de forma que las dos patas delante¬ras quedaban al aire.

—Ya está usted aquí.

Dunworthy pasó rápidamente de largo.

—¿Adonde va? —exclamó Colin, y lanzó la silla hacia delante con gran estrépito—. Tía Mary me orde¬nó que no le dejara marchar hasta que recibiera la po¬tenciación. —Se dejó caer de lado, se apoyó en las ma¬nos, y se incorporó—. ¿Por qué no lleva la RPE?

Dunworthy atravesó las puertas del pabellón.

Colin le siguió.

—Tía Mary dijo que no le dejara marchar de nin¬guna manera.

—No tengo tiempo para potenciaciones. Ella está en 1348.

—¿Tía Mary?

Dunworthy empezó a recorrer el pasillo.

—¿Kivrin? —preguntó Colin, corriendo para al¬canzarlo—. No puede ser. Es la fecha de la Peste Ne¬gra, ¿no?

Dunworthy empujó la puerta que conducía a las escaleras y empezó a bajar los escalones de dos en dos.

—No comprendo —continuó Colin—. ¿Cómo ha ido a parar a 1348 ?

Dunworthy empujó la puerta al pie de las escaleras y se dirigió al teléfono público que había al fondo del pasillo, rebuscando en su bolsillo la agenda que Colin le había regalado.

—¿Cómo la sacará de allí? —preguntó Colin—. El laboratorio está cerrado.

Dunworthy sacó la agenda y empezó a pasar pá¬ginas.

Había escrito el número de Andrews por detrás.

—El señor Gilchrist no le dejará pasar. ¿Cómo piensa entrar en el laboratorio ? Dijo que no se lo permi¬tiría.

El número de Andrews estaba en la última página. Cogió el receptor.

—Y si le deja, ¿quién dirigirá la red? ¿El señor Chaudhuri?

—Andrews —replicó Dunworthy secamente, y empezó a marcar el numero.

—Creía que no quería venir por lo del virus.

Dunworthy se llevó el receptor al oído.

—No pienso dejarla allí.

Una mujer contestó.

—Aquí el 24837 —dijo—. H. F. Shepherd's Li¬mited.

Dunworthy miró aturdido la agenda en su mano.

—Quisiera hablar con Ronald Andrews —dijo—. ¿A qué número he llamado?

—Al 24837 —respondió ella, impaciente—. Aquí no hay nadie con ese nombre.

Colgó.

—Estúpido servicio telefónico.

Volvió a marcar el número.

—Aunque acceda a venir, ¿cómo va a encontrarla? —preguntó Colin, mirando el receptor por encima de su hombro—. No estará allí, ¿verdad? El encuentro no será hasta dentro de tres días.

Dunworthy escuchó la señal de llamada, pregun¬tándose qué habría hecho Kivrin al advertir dónde es¬taba. Volver al lugar de encuentro y esperar allí, sin duda. Si podía hacerlo. Si no estaba enferma. Si no la habían acusado de llevar la peste a Skendgate.

—Aquí el 24837 —respondió la misma voz de mu¬jer—. H. F. Shepherd's Limited.

—¿Qué número ha dicho? —gritó Dunworthy.

—El 24837 —dijo ella, exasperada.

—24837 —repitió Dunworthy—. Es el número al que intento llamar.

—No, se equivoca —dijo Colin, extendiendo la mano para señalar el número de Andrews en la página—. Ha confundido usted los números. —Le quitó el receptor—. Traiga, déjeme intentarlo.

Marcó el número y le tendió el receptor a Dunworthy.

El timbre sonaba distinto, más lejano. Dunworthy pensó en Kivrin. La peste no había golpeado en todas partes a la vez. Estaba en Oxford en Navidad, pero no había forma de saber si había alcanzado Skendgate.

No obtuvo respuesta. Dejó sonar el teléfono diez veces, once. No recordaba qué camino había seguido la peste. Procedía de Francia. Seguramente eso significa¬ba que venía del Canal, del este. Y Skendgate estaba al oeste de Oxford. Tal vez no hubiera llegado allí hasta después de Navidad.

—¿Dónde está el libro? —le preguntó a Colin.

—¿ Qué libro ? ¿ Se refiere a su agenda? Aquí la tiene.

—El libro que te regalé por Navidad. ¿Por qué no lo tienes?

—¿Aquí? —dijo Colin, asombrado—. Pesa una to¬nelada.

Seguía sin haber respuesta. Dunworthy colgó, re¬cogió la agenda y se dirigió a la puerta.

—Espero que lo tengas contigo en todo momento. ¿No sabes que hay una epidemia?

—¿Se encuentra bien, señor Dunworthy?

—Ve y tráelo.

—¿Qué? ¿Quiere decir ahora?

—Vuelve a Balliol y tráelo. Quiero saber cuándo llegó la peste a Oxfordshire. No a la ciudad, sino a las aldeas. Y de qué dirección vino.

—¿Adonde va usted? —preguntó Colin, que co¬rría a su lado.

—A hacer que Gilchrist abra el laboratorio.

—Si no lo abre por la gripe, mucho menos lo abrirá para la peste —observó Colin.

Dunworthy abrió la puerta y salió. Llovía intensa¬mente. Los manifestantes contra la CE estaban acurru¬cados bajo el alero del hospital. Uno se dirigió hacia ellos, tendiéndoles un panfleto. Colin tenía razón. De-cirle a Gilchrist la fuente no serviría de nada. Seguiría convencido de que el virus había llegado a través de la red. No querría abrirla por miedo a que la peste la atra¬vesara.

—Dame una hoja de papel —pidió al tiempo que buscaba su bolígrafo.

—¿Una hoja de papel? ¿Para qué?

Dunworthy cogió el panfleto del manifestante y empezó a escribir por detrás.

—El señor Basingame va a autorizar la apertura de la red.

Colin miró lo que escribía.

—Nunca se lo creerá, señor Dunworthy. ¿En la parte de atrás de un panfleto?

—¡Entonces tráeme una hoja de papel! —gritó.

Colin abrió mucho los ojos.

—Lo haré. Espere aquí, ¿de acuerdo? No se mar¬che, por favor.

Corrió al interior del hospital y salió inmediata¬mente con varias hojas de papel continuo. Dunworthy las cogió y garabateó las órdenes y el nombre de Basin¬game.

—Ve a buscar tu libro. Me reuniré contigo en Bra-senose.

—¿Y su abrigo?

—No hay tiempo. —Dobló el papel en cuatro y se lo guardó en la chaqueta.

—Está lloviendo. ¿No debería coger un taxi?

—No hay taxis. —Dunworthy se marchó calle abajo.

—Tía Mary va a matarme, ¿sabe? —gritó Colin tras él—. Dijo que era mi responsabilidad encargarme de que recibiera su potenciación.

Tendría que haber cogido un taxi. Cuando llegó a Brasenose caía un chaparrón, un aguacero helado que se convertiría en nieve al cabo de otra hora. Dunworthy se sentía calado hasta los huesos.

Al menos la lluvia había repelido a los manifestan¬tes. Delante de Brasenose sólo quedaban unos cuantos panfletos que habían dejado olvidados. Habían coloca¬do una reja de metal delante de la entrada. El portero se había retirado al interior de su casa, y los postigos esta¬ban bajados.

—¡Abra! —gritó Dunworthy. Sacudió la puerta ruidosamente—. ¡Abra inmediatamente!

El portero abrió el postigo y se asomó. Al ver que era Dunworthy, pareció primero alarmado y luego be¬ligerante.

—Brasenose está en cuarentena. Está restringido.

—Abra esta puerta ahora mismo.

—Lo siento, pero no puedo hacerlo. El señor Gilchrist ha dado órdenes de que no se admita a nadie en Brasenose hasta que no se haya descubierto la fuente del virus.

—Conocemos la fuente —declaró Dunworthy—. Abra la puerta.

El portero cerró el postigo; un instante después sa¬lió de la casa y se dirigió a la puerta.

—¿Eran los adornos de Navidad? —preguntó—. Dijeron que estaban infectados.

—No. Abra la puerta y déjeme entrar.

—No sé si debería hacerlo, señor —dudó, parecía incómodo—. El señor Gilchrist...

—El señor Gilchrist ya no está al cargo —Dun¬worthy sacó el papel doblado y lo introdujo a través de la reja de metal.

El portero lo desplegó y lo leyó, de pie bajo la lluvia.

—El señor Gilchrist ya no es decano en funciones —dijo Dunworthy—. El señor Basingame me ha auto¬rizado a hacerme cargo del lanzamiento. Abra la puerta.

—El señor Basingame —dijo el portero, exami¬nando la firma ya corrida—. Iré a buscar las llaves.

Entró en la casa, llevándose el papel consigo. Dun¬worthy se acurrucó contra la puerta, intentando man¬tenerse a salvo de la fría lluvia, tiritando.

Le había preocupado que Kivrin durmiera en el frío suelo, y estaba en medio de un holocausto, donde la gente moría congelada porque no quedaba nadie en pie para cortar leña, y los animales agonizaban en los campos porque no quedaba nadie vivo para hacerlos entrar en los corrales. Ochenta mil muertos en Siena, trescientos mil en Roma, más de cien mil en Florencia. Media Europa.

El portero salió por fin con un gran llavero y se acercó a la puerta.

—Enseguida abro, señor —le dijo, mientras rebus¬caba entre las llaves.

Sin duda Kivrin habría regresado al punto de en¬cuentro en cuanto advirtió que estaba en 1348. Habría aguardado allí todo el tiempo, esperando a que abrie¬ran la red, frenética porque no habían ido a buscarla.

Si se había dado cuenta. No tendría ningún modo de saber que estaba en 1348. Badri le había dicho que el deslizamiento sería de varios días. Ella habría compro¬bado la fecha con los días sagrados de Adviento y ha¬bría pensado que estaba exactamente donde se suponía que debía estar. Nunca se le ocurriría preguntar el año. Pensaría que estaba en 1320, y todo el tiempo la peste iría avanzando hacia ella.

La cerradura de la puerta se abrió con un chasqui¬do, y Dunworthy la empujó para poder pasar.

—Traiga las llaves —ordenó—. Necesito que abra el laboratorio.

—Esa llave no está aquí —objetó el portero, y des¬apareció de nuevo en la casa.

El túnel de comunicación estaba helado y la lluvia entraba de lado, todavía más fría. Dunworthy se acurrucó junto a la puerta, intentando recibir algo del ca¬lor de la vivienda, y hundió las manos en los bolsillos de su chaqueta para detener el temblor.

Le habían preocupado los asesinos y ladrones, y desde el principio ella había estado en 1348, donde api¬laban a los muertos en las calles, donde quemaban a ju¬díos y forasteros en la hoguera, presas del pánico.

Le había preocupado que Gilchrist no hubiera he¬cho comprobaciones de parámetros, tanto que había contagiado a Badri su ansiedad, y Badri, ya febril, ha¬bía vuelto a calcular las coordenadas. Muy preocupado.

De repente se dio cuenta de que el portero tardaba demasiado, que debía de estar advirtiendo a Gilchrist.

Se dirigió a la puerta, y en aquel momento el por¬tero salió, con un paraguas y haciendo comentarios acerca del frío. Ofreció la mitad del paraguas a Dunworthy.

—Ya estoy mojado del todo —dijo Dunworthy, y se encaminó hacia el patio.

La puerta del laboratorio tenía una banda de plásti¬co amarillo cruzándola. Dunworthy la arrancó mien¬tras el portero buscaba en sus bolsillos la llave de la alarma, pasándose el paraguas de una mano a otra.

Dunworthy miró hacia las habitaciones de Gil¬christ, que daban al laboratorio. Había luz en la sala de estar, pero no detectó ningún movimiento.

El portero encontró la tarjeta magnética que des¬conectaba la alarma. Luego empezó a buscar la llave de la puerta.

—Sigo sin estar convencido de que deba abrir el laboratorio sin la autorización del señor Gilchrist —murmuró.

—¡Señor Dunworthy! —gritó Colin desde el otro lado del patio. Los dos se volvieron. El muchacho ve¬nía corriendo, calado hasta los huesos con el libro bajo el brazo, envuelto en su bufanda—. No... alcanzó... zo¬nas de Oxfordshire... hasta... marzo —jadeó, deteniéndose entre palabras para recuperar el aliento—. Lo siento. He venido... corriendo todo el camino.

—¿Qué zonas? —preguntó Dunworthy.

Colin le tendió el libro y se dobló, con las manos en las rodillas, inspirando ruidosamente.

—No... lo... dice.

Dunworthy deslió la bufanda y abrió el libro por la página que Colin había señalado, pero tenía las gafas demasiado mojadas por la lluvia para poder leer, y las páginas abiertas se empaparon rápidamente.

—Dice que empezó en Melcombe y se dirigió al norte, a Bath, y luego al este —informó Colin—. Llegó a Oxford por Navidad y a Londres en octubre del año siguiente, pero partes de Oxfordshire no la tuvieron hasta final de primavera, y unas cuantas aldeas aisladas se salvaron hasta julio.

Dunworthy miró las páginas ilegibles, sin verlas.

—Eso no nos dice nada.

—Lo sé —asintió Colin. Se enderezó, todavía res¬pirando con dificultad—, pero al menos no dice que la peste se extendiera por todo Oxfordshire en Navidad. Tal vez Kivrin está en una de esas aldeas que no caye¬ron hasta julio.

Dunworthy secó las páginas mojadas con la bufan¬da y cerró el libro.

—Se desplazó hacia el este desde Bath —dijo en voz baja—. Skendgate está al sur de la carretera de Oxford a Bath.

El portero se había decidido al fin por una llave. La insertó en la cerradura.

—Volví a llamar a Andrews, pero no contestaron.

El portero abrió la puerta.

—¿ Cómo piensa dirigir la red sin un técnico ? —di-jo Colin.

—¿Dirigir la red? —preguntó el portero, con la lla¬ve todavía en la mano—. Pensé que quería obtener da¬tos del ordenador. El señor Gilchrist no le permitirá dirigir la red sin un permiso previo. —Cogió la autori¬zación de Basingame y la examinó.

—Yo lo autorizo —replicó Dunworthy, y entró en el laboratorio.

El portero se le quedó mirando, con el paraguas abierto, buscando el cierre en el mango.

Colin se agachó para pasar por debajo del paraguas y siguió a Dunworthy.

Gilchrist debía de haber desconectado la calefac¬ción. El laboratorio estaba tan frío como el exterior, pero las gafas de Dunworthy, a pesar de estar mojadas, se empañaron. Se las quitó y trató de limpiarlas con su chaqueta empapada.

—Tome —le ofreció Colin, y le tendió un pedazo de papel—. Es papel higiénico. Lo he estado recogien¬do para el señor Finch. De todas formas, será difícil en¬contrarla aunque aterricemos en el lugar adecuado, y usted mismo dijo que conseguir el tiempo y lugar exac¬tos era sumamente complicado.

—Ya tenemos el tiempo y lugar exactos —declaró Dunworthy, quien se estaba limpiando las gafas con el papel higiénico. Volvió a ponérselas. Todavía estaban sucias.

—Me temo que tendré que pedirle que se marche —intervino el portero—. No puedo permitir que entre sin la autorización del señor Gilchrist... —se interrumpió.

—Oh, vaya —murmuró Colin—. Es el señor Gil¬christ.

—¿Qué significa esto? —barbotó Gilchrist—. ¿Qué está haciendo aquí?

—Voy a traer a Kivrin de vuelta.

—¿Con qué permiso? Esta red es de Brasenose, y usted ha entrado ilegalmente. —Gilchrist se volvió ha¬cia el portero—. Le di órdenes de que el señor Dun¬worthy no entrara.

—El señor Basingame lo autorizó —alegó el porte¬ro. Mostró el papel mojado.

Gilchrist se lo arrancó de la mano.

—¡Basingame! —Lo miró—. Ésta no es su firma —exclamó furiosamente—. Entrada ilegal y ahora fal¬sificación, señor Dunworthy. Voy a presentar cargos. Y cuando regrese el señor Basingame, pienso infor-marle de su...

Dunworthy dio un paso hacia él.

—Y yo pienso informar al señor Basingame de cómo su decano de Historia en funciones se negó a abortar un lanzamiento, que intencionadamente puso en peligro a una historiadora, que se negó a permitir el acceso a este laboratorio, y como resultado de eso no se pudo determinar la localización temporal de la his¬toriadora. —Indicó la consola—. ¿Sabe qué dice este ajuste? ¿Este ajuste que durante diez días usted ha im¬pedido leer a mi técnico por culpa de un montón de imbéciles que no entienden de viajes en el tiempo, in¬cluido usted? ¿Sabe lo que dice? Kivrin no está en 1320, sino en 1348, en plena Peste Negra. —Se volvió y señaló las pantallas—. Y lleva allí dos semanas. Por cul¬pa de su estupidez. Por culpa de... —Se interrumpió.

—No tiene derecho a hablarme de esa forma —sostuvo Gilchrist—. Y ningún derecho a estar en este laboratorio. Le exijo que se marche inmediatamente.

Dunworthy no respondió. Avanzó hacia la con¬sola.

—Llame al censor—ordenó Gilchrist al portero—. Quiero que los echen.

La pantalla no sólo estaba en blanco, sino apagada, igual que las luces de funcionamiento de la consola. El interruptor general estaba desconectado.

—Ha desconectado la energía —dijo Dunworthy, y su voz sonó tan cascada como la de Badri—. Ha apa¬gado la red.

—Sí —asintió Gilchrist—, y veo que hice bien, ya que por lo visto se cree usted con derecho a manipular¬la sin autorización.

Dunworthy extendió una mano hacia la pantalla apagada, a ciegas, temblando un poco.

—Ha apagado la red —repitió.

—¿Se encuentra bien, señor Dunworthy? —dijo Colin, y dio un paso al frente.

—Pensé que podría intentar entrar y abrir la red —prosiguió Gilchrist—, ya que no parece tener nin¬gún respeto por la autoridad de Medieval. Corté la energía para impedir que eso pasara, y parece que hice bien.

Dunworthy había oído hablar de gente anonadada por las malas noticias. Cuando Badri le dijo que Kivrin estaba en 1348, no logró absorber lo que significaba, pero esta noticia pareció golpearlo con fuerza física. No podía respirar.

—Ha desconectado la red —jadeó—. Ha perdido el ajuste.

—¿Perder el ajuste? Tonterías. Sin duda hay archi¬vos de seguridad y todo eso. Cuando se conecte de nuevo la energía...

—¿Significa eso que no sabemos dónde está Ki¬vrin? —preguntó Colin.

—Sí —respondió Dunworthy, y mientras caía pensó voy a golpear la consola como Badri, pero no fue así. Cayó casi suavemente, como un hombre sin aliento, y se desplomó como un amante en los brazos extendidos de Gilchrist.

—Lo sabía —oyó decir a Colin—. Esto le ha pasa¬do por no haber recibido la potenciación. Tía Mary me va a matar.

 

 

 

 

 

26

 

—Eso es imposible —dijo Kivrin—. No puede ser 1348.

Pero de repente todo encajaba; la muerte del cape¬llán de Imeyne, y que no tuvieran ningún criado, el he¬cho de que Eliwys no quisiera enviar a Gawyn a Oxford para averiguar quién era ella. «Hay mucha enfermedad allí», había dicho lady Yvolde, y la Peste Negra golpeó Oxford en la Navidad de 1348.

—¿Qué ha pasado? —exclamó, y su voz escapó al control—. ¿Qué ha pasado? Se suponía que debía ir a 1320. ¡1320! ¡El señor Dunworthy me dijo que no de¬bería venir, que en Medieval no sabía lo que se llevaban entre manos, pero no han podido enviarme al año equivocado! —Se detuvo—. ¡Tenéis que marcharos! ¡Es la Peste Negra!

Todos la miraron tan asombrados que pensó que el intérprete había vuelto a hablar en inglés.

—Es la Peste Negra —repitió—. ¡El mal azul!

—No —dijo Eliwys en voz baja.

—Lady Eliwys, debéis llevar a lady Imeyne y al padre Roche al salón.

—No puede ser —murmuró ella, pero cogió a lady Imeyne por el brazo y la condujo fuera. Imeyne se

abrazaba a su pócima como si fuera un relicario. Mais-ry corrió tras ellas, con las manos sobre las orejas.

—Debéis salir también —le dijo Kivrin a Roche—. Yo me quedaré con el clérigo.

—Poooor... —murmuró el clérigo desde la cama, y Roche se volvió a mirarlo. El clérigo luchaba por le¬vantarse, y Roche se acercó a él.

—¡No! —exclamó Kivrin, y le agarró por la man¬ga—. No os acerquéis. —Se interpuso entre el sacerdo¬te y la cama—. La enfermedad del clérigo es contagiosa —dijo, esperando que el intérprete lo tradujera—. In-fecciosa. Se propaga por las pulgas y... —Se interrum¬pió, intentando describir la infección por vapori¬zación—, por los humores y exhalaciones de los afecta¬dos. Es una enfermedad letal, que mata a casi todos lo que se acercan.

Lo miró ansiosamente, preguntándose si había comprendido algo de lo que le había dicho, si podría comprenderlo. En el siglo XIV no se sabía nada de los gérmenes, ni cómo se propagaban las enfermedades. Los contemporáneos creían que la Peste Negra era un juicio de Dios. Pensaban que se propagaba por las bru¬mas venenosas que flotaban por el campo, por la mira¬da de un muerto, por arte de magia.

—Padre —llamó el clérigo, y Roche trató de acer¬carse a él, pero Kivrin se lo impidió.

—No podemos dejarlo morir —objetó el sacer¬dote.

Pero ellos sí lo han hecho, pensó Kivrin. Huyeron y lo han dejado allí. La gente abandonaba a sus propios hijos, y los médicos se negaban a acudir, y todos los sa¬cerdotes huían.

Se agachó y cogió una de las tiras de tela que lady Imeyne había rasgado para su pócima.

—Cubrios la nariz y la boca con esto —dijo.

Se la tendió y él la miró, frunciendo el ceño, y lue¬go la dobló y se la llevó a la cara.

—Atadla —indicó Kivrin, y cogió otra tira. La do¬bló en diagonal y se la colocó sobre la nariz y la boca como si fuera la máscara de un bandido, y se la ató por detrás—. Así.

Roche obedeció y miró a Kivrin. Ella se hizo a un lado y el sacerdote se inclinó sobre el clérigo y le colo¬có la mano sobre el pecho.

—No le toquéis más de lo necesario —advirtió ella.

Contuvo la respiración mientras Roche lo exami¬naba, temiendo que se sobresaltara de nuevo y agarrara a Roche, pero el enfermo no se movió. De las bubas de la axila había empezado a manar sangre y un lento pus verdoso.

Kivrin cogió a Roche por el brazo.

—No le toquéis —dijo—. Debe de haberse reven¬tado mientras luchábamos con él.

Secó la sangre y el pus con una tercera tira de tela de Imeyne y vendó la herida con otra, sujetándola con fuerza al hombro. El clérigo no se quejó, y cuando ella le miró vio que estaba contemplando el techo, inmóvil.

—¿Está muerto? —preguntó.

—No —dijo Roche. Le colocó de nuevo la mano sobre el pecho, y Kivrin comprobó que se alzaba y caía lentamente—. Debo traer los sacramentos —dijo a tra¬vés de la máscara, y sus palabras resultaron casi tan confusas como las del clérigo.

No, pensó Kivrin, presa de pánico otra vez. No va¬yas. ¿Y si se muere? ¿Y si vuelve a levantarse?

Roche se incorporó.

—No temáis. Volveré.

Salió rápidamente, sin cerrar la puerta, y Kivrin se acercó a cerrarla. Oyó sonidos procedentes de abajo: las voces de Eliwys y Roche. Tendría que haberle di¬cho que no hablara con nadie.

—Quiero ir con Kivrin —lloriqueó Agnes y Rose-mund le contestó con furia, gritando por encima del llanto.

—Se lo diré a Kivrin —la amenazó la niña pequeña, furiosa, y Kivrin empujó la puerta y la cerró por dentro.

Agnes no debe entrar aquí, ni Rosemund, ni nadie. No deben quedar expuestos. No había cura para la Peste Negra. La única manera de protegerlos era impe¬dir que la contrajeran. Intentó recordar frenéticamente lo que sabía acerca de la peste. La había estudiado en Siglo Catorce, y la doctora Ahrens habló sobre el tema cuando la vacunó.

Había dos tipos distintos, no, tres: uno iba directa¬mente a la sangre y mataba a la víctima en cuestión de horas. La peste bubónica se propagaba por las pulgas de las ratas, y ésa era la que producía las bubas. El otro tipo era neumónica, y no tenía bubas. La víctima tosía y vomitaba sangre, y ese tipo se propagaba por el aire y era sumamente contagiosa. Pero el clérigo tenía la peste bubónica, y ésa no era tan contagiosa. No se contagia¬ría por simple contacto: la pulga tenía que saltar de una persona a otra.

Tuvo una vivida imagen del clérigo cayendo sobre Rosemund, arrastrándola al suelo. ¿Y si cae enferma?, pensó. No puede, no puede contraerla. No hay cura.

El clérigo se agitó en la cama, y Kivrin se acercó a él.

—Tengo sed —dijo, humedeciéndose los labios con la lengua hinchada. Kivrin le trajo un cuenco de agua, y él dio unos cuantos sorbos ansiosos, luego se atragantó y se la escupió encima.

Kivrin retrocedió y se arrancó la máscara empapa¬da. Es la bubónica, se dijo, frotándose frenéticamente el pecho. Este tipo no se contagia por la saliva. Ade¬más, no puedes contraer la peste, te han vacunado. Pero también había recibido las antivirales y su poten¬ciación de leucocitos-T. Tampoco tendría que haber contraído el virus ni haber aterrizado en 1348.

—¿Qué ha pasado? —susurró.

No podía ser el deslizamiento. Al señor Dunworthy le preocupó que no hicieran comprobaciones, pero incluso en el peor de los casos, el lanzamiento sólo se habría desviado unas semanas, no años. Algo tenía que haber fallado en la red.

El señor Dunworthy dijo que Gilchrist no sabía qué estaba haciendo: algo había salido mal y ella había aparecido en 1348, ¿pero por qué no habían abortado el lanzamiento en cuanto advirtieron que la fecha esta¬ba equivocada?

Él señor Gilchrist tal vez no tuviera el sentido co¬mún necesario para sacarla de allí, pero Dunworthy sí. Ni siquiera quería que hiciera el salto. ¿Por qué no ha¬bía vuelto a abrir la red?

Porque yo no estaba allí, pensó. Habrían tardado al menos dos horas en conseguir el ajuste. Para enton¬ces ya se había perdido en el bosque. Pero Dunworthy habría mantenido la red abierta. No la habría vuelto a cerrar y esperado al encuentro. La habría mantenido abierta para ella.

Casi corrió a la puerta y levantó la barra. Tenía que encontrar a Gawyn. Tenía que obligarlo a decirle dón¬de estaba el lugar.

El clérigo se incorporó y pasó la pierna desnuda por encima de la cama como si quisiera seguirla.

—Ayudadme —murmuró, y trató de mover la otra pierna.

—No puedo ayudaros —contestó ella, furiosa—. No pertenezco a este lugar. —Sacó la barra de sus hue¬cos—. Debo encontrar a Gawyn.

Pero en cuanto lo dijo, recordó que no estaba allí, que había ido a Courcy con el enviado del obispo y sir Bloet.

Con el enviado del obispo, que tenía tanta prisa que por poco se lleva a Agnes por delante.

Soltó la barra y se volvió hacia él.

—¿Tenían los otros la peste? —inquirió—. ¿La te¬nía el enviado del obispo?

Recordó su cara gris y cómo tiritaba cuando se arrebujó en su capa. Los contagiaría a todos: a Bloet y su regañona hermana y las muchachas charlatanas. Y también a Gawyn.

—Sabíais que estabais enfermo cuando llegasteis, ¿verdad? ¿Lo sabíais?

El clérigo le tendió los brazos, como un niño.

—Ayudadme —pidió, y cayó hacia atrás, con la ca¬beza y el hombro casi fuera de la cama.

—No merecéis ninguna ayuda. Habéis traído la peste aquí.

Llamaron a la puerta.

—¿Quién es? —preguntó, airada.

—Roche —contestó él a través de la puerta, y Kivrin  sintió una oleada de alivio, de alegría por su regre¬so, pero no se movió. Miró al clérigo, todavía tendido a medias en la cama. Tenía la boca abierta, y su lengua hinchada le ocupaba toda la boca.

—Dejadme entrar. He de oír su confesión.

Su confesión.

—No —dijo Kivrin.

Él volvió a llamar, esta vez con más fuerza.

—No puedo dejaros entrar. Es contagioso. Po¬dríais caer enfermo.

—Está en peligro de muerte —insistió Roche—. Debe ser perdonado para poder entrar en el cielo.

No va a ir al cielo, pensó Kivrin. Ha traído la peste.

El clérigo abrió los ojos. Los tenía inflamados e in¬yectados en sangre, y había un leve rumor en su respi¬ración. Se está muriendo, pensó ella.

—Katherine —rogó Roche.

Se está muriendo, y tan lejos de casa. Como yo. También había traído una enfermedad consigo, y si na¬die había sucumbido a ella, no era porque ella se hubie¬ra esforzado en evitarlo. Todos la habían ayudado: Eliwys, Imeyne y Roche. Podría haberlos contagiado a todos. Roche le había administrado los últimos sacra¬mentos, le había sostenido la mano.

Kivrin levantó amablemente la cabeza del clérigo y lo acomodó en la cama. Luego se dirigió a la puerta.

—Os dejaré administrarle los últimos sacramentos —dijo, abriéndola una rendija—, pero primero he de hablaros.

Roche se había puesto sus vestiduras y se había quitado la máscara. Llevaba el santo óleo y el viático en una cesta. Los depositó en el cofre al pie de la cama, sin dejar de observar al clérigo, cuya respiración se volvía cada vez más dificultosa.

—He de oír su confesión.

—¡No! Primero debéis escucharme. —Kivrin res¬piró hondo—. El clérigo tiene la peste bubónica —di¬jo, escuchando atentamente la traducción—. Es una enfermedad terrible. Casi todos los que la contraen mueren. Se propaga por las ratas y el aliento de los en¬fermos, y sus ropas y pertenencias.

Le miró con ansiedad, deseando que comprendie¬ra. Él también parecía ansioso, y no menos asombrado.

—Es una enfermedad terrible. No es como el tifus o el cólera. Ya ha matado a centenares de miles de per¬sonas en Italia y Francia, a tantas que en algunos sitios no queda nadie para enterrar a los muertos.

El sacerdote permaneció inexpresivo.

—Habéis recordado quién sois y de dónde venís —dijo, y no era una pregunta.

Cree que huía de la peste cuando Gawyn me encon¬tró en el bosque, pensó ella. Si lo admito, pensará que he sido yo quien la ha traído. Pero no había nada acusador en su mirada, y tenía que hacerle comprender.

—Sí—dijo, y esperó.

—¿Qué debemos hacer?

—Tenéis que impedir que los demás entren en esta habitación, y decidles que se queden en la casa y que no dejen entrar a nadie. Advertid a los aldeanos que se queden también en sus casas, y si ven una rata muerta que no se acerquen a ella. No se celebrarán más fiestas ni bailes en el prado. Los aldeanos no deben acercarse a la mansión, al patio ni a la iglesia. No deben reunirse en ninguna parte.

—Le pediré a lady Eliwys que mantenga a Agnes y Rosemund en casa, y les diré a los aldeanos que no salgan.

El clérigo emitió un sonido estrangulado desde la cama, y los dos se volvieron a mirarlo.

—¿No podemos hacer nada para ayudar a los que ya tienen esta peste? —preguntó él, pronunciando tor¬pemente la palabra.

Kivrin había intentado recordar qué remedios usa¬ban los contemporáneos. Llevaban ramilletes de flores y bebían esmeraldas en polvo y aplicaban sanguijuelas a las bubas, pero nada de eso servía, y la doctora Ahrens había dicho que no importaba con qué lo hubieran in-tentado, porque sólo los antimicrobiales como la tetra-ciclina o la estreptomicina habrían funcionado, y eso no se descubrió hasta el siglo XX.

—Debemos darle líquido y mantenerlo caliente —dijo.

Roche miró al clérigo.

—Seguramente Dios le ayudará.

No lo hará, pensó ella. No lo hizo. Media Europa.

—Dios no puede ayudarnos contra la Peste Negra.

Roche asintió y cogió el santo óleo.

—Debéis poneros la máscara —señaló Kivrin, y se arrodilló para recoger el último trozo de tela. Se lo co¬locó a Roche sobre la nariz y la boca—. Llevadlo siem¬pre cuando lo atendáis —dijo, esperando que Roche no advirtiera que ella no llevaba la suya.

—¿Es Dios quien nos ha enviado esto? —preguntó Roche.

—No. No.

—¿El Diablo entonces?

Era tentador decir que sí. La mayor parte de Euro¬pa creyó que el responsable de la Peste Negra era Satan. Y buscaron a los agentes del Diablo, torturaron a judíos y leprosos, lapidaron a ancianas, quemaron a ni¬ñas en la hoguera.

—Nadie lo ha enviado —respondió Kivrin—. Es una enfermedad. No es culpa de nadie. Dios nos ayudaría si pudiera, pero...

¿Pero qué? ¿No puede oírnos? ¿Se ha marchado? ¿No existe?

—No puede venir —terminó Kivrin mansamente.

—¿Y nosotros debemos actuar en Su nombre? —di¬jo Roche.

—Sí.

Roche se arrodilló ante la cama. Inclinó la cabeza sobre las manos y luego volvió a alzarla.

—Sabía que Dios os había enviado entre nosotros por una buena causa.

Ella también se arrodilló y cruzó las manos.

—Mittere dignens sanctum Angelum —rezó Ro¬che—. Envíanos a Tu santo ángel del cielo para guardar¬nos y proteger a todos los que se reúnen en esta casa.

—No dejes que Roche la contraiga —murmuró Kivrin al grabador—. No dejes que Rosemund se pon¬ga enferma. Que el clérigo muera antes de que alcance Sus pulmones.

La voz de Roche entonando los ritos era igual que cuando ella estuvo enferma, y esperó que reconfortara al clérigo como la había consolado a ella. No podía de¬cirlo. El enfermo era incapaz de confesarse, y la unción pareció hacerle daño. Dio un respingo cuando el aceite le tocó las palmas y su respiración pareció hacerse más fuerte mientras Roche rezaba. El clérigo levantó la ca¬beza y lo miró. Sus brazos mostraban las diminutas magulladuras purpúreas que indicaban que las venas bajo la piel se estaban rompiendo, una por una.

Roche se volvió y miró a Kivrin.

—¿Son estos los últimos días, el fin del mundo que los apóstoles de Dios predijeron?

Sí, pensó Kivrin.

—No —dijo—. No. Son sólo malos tiempos. Tiem¬pos terribles, pero no todo el mundo morirá. Y vendrán tiempos maravillosos después de esto. El Renacimiento y la reforma de clases y la música. Tiempos maravillo¬sos. Se inventarán nuevas medicinas, y la gente no ten¬drá que morir de esto ni de viruela o neumonía. Y todo el mundo tendrá comida suficiente, y sus casas serán cá¬lidas incluso en invierno. —Pensó en Oxford, decorado para la Navidad, las calles y tiendas iluminadas—. Ha¬brá luces por todas partes, y campanas que no habrá que tocar.

Sus palabras habían calmado al clérigo. Su respira¬ción se tranquilizó, y se quedó dormido.

—Ahora debéis apartaros de él —ordenó Kivrin, y condujo a Roche a la ventana. Le acercó el cuenco—. Lavaos las manos siempre después de tocarlo.

Apenas había agua en el cuenco.

—Debemos lavar los cuencos y cucharas que use¬mos para darle de comer —prosiguió mientras él se la¬vaba las manazas—, y debemos quemar las ropas y vendas. La peste está en ellas.

Roche se secó las manos en la falda de su sotana y bajó para decirle a Eliwys lo que tenía que hacer. Vol¬vió con una pieza de lino y un cuenco de agua fresca. Kivrin rasgó el lino en tiras y se ató una sobre la nariz y la boca.

El cuenco de agua no duró mucho. El clérigo des¬pertó de su sueño y pidió de beber varias veces. Kivrin le sostuvo la copa, intentando mantener a Roche apar¬tado de él cuanto fuera posible.

Roche fue a decir vísperas y a tocar la campana. Ki¬vrin cerró la puerta tras él y prestó atención a los soni¬dos de abajo, pero no oyó nada. Tal vez están dormi¬das, pensó, o enfermas. Pensó en Imeyne inclinada sobre el clérigo con su pócima, en Agnes de pie ante la cama, en Rosemund bajo él.

Es demasiado tarde, pensó, caminando arriba y abajo junto a la cama, todos han quedado expuestos. ¿De cuánto era el período de incubación? ¿Dos sema¬nas? Eso era el tiempo que tardaba la vacuna en hacer efecto. ¿Tres días? ¿Dos? No lo recordaba. ¿Y cuánto tiempo había sido contagioso el clérigo? Trató de re¬cordar junto a quién se había sentado en el banquete de Navidad, con quién había hablado, pero Kivrin no le había prestado atención. Observaba a Gawyn. El único recuerdo claro que tenía era de que había agarrado la falda de Maisry.

Fue a la puerta y la abrió.

—¡Maisry! —llamó.

No obtuvo respuesta, pero eso no significaba nada. Maisry probablemente estaba dormida o escondida, y el clérigo tenía la peste bubónica, que se propagaba por las pulgas, no la neumónica. Era posible que no hubie¬ra contagiado a nadie, pero en cuanto Roche regresó, lo dejó con el clérigo y llevó el brasero abajo para coger carbones calientes. Y para asegurarse de que todas se¬guían sanas.

Rosemund y Eliwys estaban sentadas junto al fue¬go, con el bordado en el regazo, y lady Imeyne estaba junto a ellas, leyendo el Libro de las Horas. Agnes ju¬gaba con su carrito, empujándolo de un lado a otro so¬bre las losas de piedra y hablándole. Maisry dormía en uno de los bancos cerca de la mesa, con la cara enfurru¬ñada incluso en sueños.

Agnes atropello el pie de Imeyne con el carrito y la anciana la miró de mal talante.

—Te quitaré el juguete si no sabes jugar tranquila, Agnes —la regañó, y lo brusco de su reprimenda, la sonrisita rápidamente reprimida de Rosemund, el sano tono sonrosado de sus caras a la luz del fuego resulta¬ron inefablemente tranquilizadores para Kivrin. Era como cualquier otro día en la mansión.

Eliwys no cosía. Cortaba el lino en largas tiras con las tijeras y miraba constantemente hacia la puerta. La voz de Imeyne, al leer el Libro de las Horas, tenía un tono de preocupación, y Rosemund, mientras rasgaba el lino, miraba ansiosamente a su madre. Eliwys se le¬vantó y se dirigió a la puerta. Kivrin se preguntó si ha¬bía oído llegar a alguien, pero un momento después volvió a su asiento y continuó su tarea con el lino.

Kivrin bajó las escaleras en silencio, pero no lo su¬ficiente. Agnes abandonó su carrito y se le acercó co¬rriendo.

—¡Kivrin! —gritó, y se abalanzó hacia ella.

—¡Cuidado! —advirtió Kivrin, manteniéndola a raya con la mano libre—. Son carbones calientes.

No estaban calientes, por supuesto. Si lo hubiesen estado, no habría bajado para cambiarlos por otros, pero Agnes retrocedió unos cuantos pasos.

—¿Por qué lleváis una máscara? ¿Me contaréis una historia?

Eliwys se había levantado también, e incluso Ime¬yne se volvió a mirarla.

—¿Cómo está el clérigo del obispo? —preguntó Eliwys.

En pleno tormento, quiso decir.

—La fiebre le ha bajado un poco —respondió en cambio—. Todas debéis manteneros apartadas de mí. La infección podría estar en mi ropa.

Las mujeres se levantaron, incluso Imeyne, que ce¬rró el Libro de las Horas sobre su relicario, y se aparta¬ron del hogar para observarla.

El tronco de Navidad estaba todavía en el fuego. Kivrin usó su falda para quitar la tapa del brasero y arrojó los carbones grises al borde del hogar. Se levan¬tó ceniza, y uno de los carbones golpeó el tronco, re¬botó y rodó por el suelo.

Agnes se echó a reír, y todas observaron cómo ro¬daba el carbón por el suelo hasta quedar bajo un banco, excepto Eliwys, que se había vuelto hacia la puerta.

—¿Ha regresado Gawyn con los caballos? —pre¬guntó Kivrin, y entonces se arrepintió de haberlo he¬cho. Ya sabía la respuesta por la expresión forzada de Eliwys, y la pregunta hizo que Imeyne se volviera a mirarla fríamente.

—No —contestó Eliwys sin volver la cabeza—. ¿Creéis que los otros miembros de la partida del obis¬po estaban también enfermos?

Kivrin pensó en la tez grisácea del obispo, en la ex¬presión abotargada del fraile.

—No lo sé.

—El tiempo empeora —observó Rosemund—. Tal vez Gawyn prefirió pasar allí la noche.

Eliwys no respondió. Kivrin se arrodilló junto al fuego y agitó los carbones con el pesado atizador, sa¬cando las ascuas a la superficie. Intentó pasarlas al bra¬sero, usando el atizador, y luego renunció a ello y los recogió con la tapa del brasero.

—Tú nos has traído esto —la acusó Imeyne.

Kivrin levantó la cabeza. El corazón le latía con fuerza, pero Imeyne no se dirigía a ella. Miraba a Eliwys.

—Son tus pecados los que nos han traído este cas¬tigo.

Eliwys se volvió a mirar a Imeyne, y Kivrin esperó que en su rostro asomara la sorpresa o la furia, pero no fue así. Miraba a su suegra sin interés, como si su mente estuviera en otra parte.

—El Señor castiga a los adúlteros y a toda su casa —manifestó Imeyne—, y ahora te castiga. —Agitó el Libro de las Horas delante de su cara—. Es tu pecado lo que ha traído la peste.

—Fuisteis vos quien mandó llamar al obispo —adu¬jo Eliwys fríamente—. No estabais contenta con el pa¬dre Roche. Fuisteis vos quien los trajo aquí, y a la peste con ellos.

Dio media vuelta y se dirigió a la puerta.

Imeyne permaneció en pie, envarada, como si hu¬biera recibido un golpe, y regresó al banco donde esta¬ba sentada. Se puso de rodillas y sacó el relicario de su libro y se pasó la cadena por los dedos.

—¿Me contaréis una historia ahora? —le preguntó Agnes a Kivrin.

Imeyne apoyó los codos en el banco y apretó la frente contra sus manos.

—Contadme una historia de la doncella valiente.

—Mañana. Te contaré una historia mañana —pro¬metió Kivrin, y se llevó el brasero escaleras arriba.

Al clérigo le había vuelto a subir la fiebre. Delira¬ba, gritando los versículos de la misa de difuntos como si fueran obscenidades. Pedía agua incesantemente, y Roche primero, y luego Kivrin, fueron al patio para traer más.

Kivrin bajó de puntillas las escaleras, llevando el cubo y una vela. Esperaba que Agnes no la viera, pero todas estaban dormidas excepto lady Imeyne. Estaba de rodillas rezando, con la espalda recta e inmisericorde. Tú nos has traído esto.

Kivrin salió al oscuro patio. Sonaban dos campa¬nas, levemente descompasadas, y se preguntó si eran vísperas o si anunciaban un funeral. Había un cubo medio lleno de agua junto al pozo, pero lo vació y sacó agua fresca. Dejó el cubo junto a la puerta de la cocina y entró a buscar algo de comer. Las gruesas telas que usaban para cubrir la comida cuando la transportaban a la casa yacían en un extremo de la mesa. Recogió en una pan y un trozo de carne fría y la ató por las esqui¬nas, y después recogió el resto y lo llevó todo escaleras arriba. Comieron sentados en el suelo delante del bra¬sero y al primer bocado Kivrin se sintió reconfortada.

El clérigo también parecía haber mejorado. Volvió a quedarse dormido, y luego lo asaltó un sudor frío. Kivrin lo lavó con uno de los burdos paños de cocina; él suspiró como si le sentara bien, y acabó durmiéndose. Cuando volvió a despertar, le había bajado la fiebre. Acercaron el cofre a la cama y colocaron una lámpara de sebo encima, y Roche y ella se sentaron junto al en¬fermo por turnos, y descansaron en el asiento de la ventana. Hacía demasiado frío para dormir, pero Kivrin  se acurrucó contra el alféizar de piedra y echó una cabezada, y cada vez que despertaba el clérigo parecía algo más recuperado.

Había leído en Historia de la Medicina que si se abrían las bubas a veces se salvaba al paciente. A él ya no le supuraba la herida y tampoco hacía ruido al res¬pirar. Tal vez no moriría después de todo.

Algunos historiadores pensaban que la Peste Ne¬gra no había matado a tanta gente como indicaban los registros. El señor Gilchrist opinaba que las estadísti¬cas habían sido muy exageradas por el miedo y la igno¬rancia, e incluso si eran correctas, la peste no había ma¬tado a la mitad de cada aldea. Algunos lugares sólo tuvieron uno o dos casos. En algunas aldeas no había muerto nadie.

Habían aislado al clérigo en cuanto comprendió qué enfermedad era, y ella había conseguido que Ro¬che no se acercara demasiado. Habían tomado todas las precauciones posibles. Y no se había convertido en neumónica. Tal vez con eso bastaría, y lo habían dete¬nido a tiempo. Tenía que decirle a Roche que cerrara la aldea, que impidiera que entrara nadie, y tal vez la pes-te pasaría de largo. Había sucedido. Aldeas enteras ha¬bían quedado intactas, y en algunas partes de Escocia la peste no llegó jamás.

Debió de quedarse dormida. Cuando despertó, amanecía y Roche se había marchado. Miró hacia la cama. El clérigo yacía completamente inmóvil, con los ojos abiertos, y ella pensó ha muerto y Roche ha ido a cavar su tumba, pero vio que las mantas subían y baja¬ban sobre el pecho del enfermo. Le buscó el pulso. Era tan rápido y débil que apenas lo sintió.

 

La campana empezó a sonar y Kivrin advirtió que Roche debía de haber ido a decir maitines. Se puso la máscara sobre la nariz y se inclinó sobre la cama.

—Padre —dijo suavemente, pero él no dio ninguna muestra de oírla. Le puso la mano en la frente. La fie¬bre había vuelto a bajarle, pero el tacto de la piel no pa¬recía normal. Estaba seca, como de papel, y las hemo¬rragias de las piernas y brazos se habían oscurecido y extendido. Su lengua hinchada asomaba entre los dien¬tes, horriblemente amoratada.

Olía fatal, un hedor nauseabundo que ella percibía incluso a través de la máscara. Kivrin se subió al asien¬to de la ventana y desató el lino encerado. El aire fresco olía maravillosamente, fresco y penetrante, y se asomó al alféizar e inhaló profundamente.

No había nadie en el patio, pero mientras se embe¬bía del aire fresco y límpido, Roche apareció en la puerta de la cocina, con un cuenco humeante. Se diri¬gió a la puerta de la casa, y al hacerlo, apareció lady Eliwys. Le dijo algo a Roche, y él se dirigió a la dama y entonces se detuvo y se puso la máscara antes de res¬ponderle. Intenta mantenerse apartado de la gente por todos los medios, pensó Kivrin. Entró en la casa, y Eliwys se dirigió al pozo.

Kivrin ató la tela a un lado de la ventana y buscó algo para agitar el aire. Se bajó del alféizar, cogió uno de los trapos que había traído de la cocina y se subió de nuevo.

Eliwys estaba todavía junto al pozo, llenando el cubo. Se detuvo, agarrada a la cuerda, y se volvió a mi¬rar hacia el portón. Gawyn estaba entrando, llevaba a su caballo de la brida.

Se detuvo al verla; Gringolet chocó con él y sacu¬dió la cabeza, molesto. La expresión de Gawyn era la misma de siempre, llena de esperanza y anhelo, y Ki¬vrin sintió un arrebato de furia porque no había cam¬biado, ni siquiera ahora. No lo sabe, pensó. Acaba de regresar de Courcy. Sintió piedad por él, de que tuvie¬ra que enterarse, de que Eliwys debiera decírselo.

Eliwys subió el cubo hasta el borde del pozo y Gawyn dio un paso más hacia ella, sujetando la brida de Gringolet, y entonces se detuvo.

Lo sabe, pensó Kivrin. Sí que lo sabe. El enviado del obispo ha caído, y él ha vuelto a casa para advertir¬las. De pronto se dio cuenta de que no había traído los caballos consigo. El fraile tiene la peste, y los demás han huido.

Vio cómo Eliwys colocaba el pesado cubo en el borde de piedra del pozo, sin moverse. Gawyn haría cualquier cosa por ella, pensó Kivrin, cualquier cosa, la rescataría de un centenar de asesinos en el bosque, pero no puede salvarla de esto.

Gringolet, por llegar al establo, sacudió la cabeza. Gawyn le acarició el hocico para tranquilizarlo, pero era demasiado tarde. Eliwys ya lo había visto.

Soltó el cubo, que aterrizó con un golpe que inclu¬so Kivrin oyó, y se arrojó en sus brazos. Kivrin se llevó la mano a la boca.

Llamaron a la puerta. Kivrin fue a abrirla. Era Agnes.

—¿No me contaréis una historia ahora? —dijo. Estaba muy desaliñada. Nadie la había peinado desde el día anterior. El cabello le asomaba por debajo de la gorrita de lino, y era evidente que había dormido junto al hogar. Llevaba una mancha de ceniza en una manga.

Kivrin resistió la urgencia de limpiarla.

—No puedes entrar —advirtió, manteniendo la puerta apenas entreabierta—. Te pondrías enferma.

—No hay nadie para jugar conmigo. Madre ha sa¬lido y Rosemund todavía duerme.

—Tu madre sólo ha ido a buscar agua. ¿Dónde está tu abuela?

—Rezando. —Extendió la mano hacia su falda, y Kivrin se apartó.

—No me toques —ordenó bruscamente.

Agnes hizo un puchero.

—¿Por qué estáis enfadada conmigo?

—No estoy enfadada contigo —dijo Kivrin, con más amabilidad—. Pero no puedes entrar. El clérigo está muy enfermo, y todos los que se acerquen a él pueden... —no había ninguna posibilidad de explicar el contagio a Agnespreguntó Agnes, intentando aso¬marse a la puerta.

—Creo que sí.

—¿Y vos?

—No —contestó, y advirtió que ya no estaba asus¬tada—. Rosemund despertará pronto. Pídele a ella que te cuente una historia.

—¿Morirá el padre Roche?

—No. Ve y juega con tu carrito hasta que despierte Rosemund.

—¿Me contaréis una historia cuando se muera el clérigo?

—Sí. Vete abajo.

Agnes bajó tres escalones de mala gana, agarrándo¬se a la pared.

—¿Moriremos todos? —preguntó.

—No —respondió Kivrin. No si puedo evitarlo. Cerró la puerta y se apoyó contra ella.

El clérigo continuaba inconsciente, todo su ser volcado hacia el interior en una batalla con un enemigo completamente desconocido para su sistema inmuno-lógico, y contra el que no tenía defensas.

Volvieron a llamar a la puerta.

—Vete abajo, Agnes —dijo Kivrin, pero era Ro¬che, con el cuenco de comida que había cogido en la cocina y un puñado de ascuas. Las echó al brasero y se arrodilló para soplarlas.

Le tendió el cuenco a Kivrin. Estaba tibio y olía fa¬tal. Se preguntó qué le había puesto para bajar la fiebre.

Roche se levantó y cogió el cuenco, y trataron de darle de comer al clérigo, pero el guiso le resbalaba por la lengua hinchada y por las comisuras de la boca.

Alguien llamó a la puerta.

—Agnes, te he dicho que no puedes entrar aquí —espetó Kivrin impaciente, tratando de limpiar las mantas.

—Abuela me envía para deciros que vayáis.

—¿Está enferma lady Imeyne? —preguntó Roche. Se dirigió a la puerta.

—No. Es Rosemund.

El corazón de Kivrin empezó a latir desbocado.

Roche abrió la puerta, pero Agnes no entró. Se quedó en el rellano, mirándole la máscara.

—¿Está enferma Rosemund? —preguntó Roche con ansiedad.

—Se ha caído.

Kivrin bajó corriendo las escaleras.

Rosemund estaba sentada en uno de los bancos junto al hogar, y lady Imeyne le hacía compañía.

—¿Qué ha pasado? —demandó Kivrin.

—Me he caído —dijo Rosemund, atónita—. Me he hecho daño en el brazo. —Lo mostró. Tenía el codo extrañamente doblado.

Lady Imeyne murmuró algo.

—¿ Qué ? —dijo Kivrin, y advirtió que la anciana es¬taba rezando. Buscó a Eliwys. No estaba allí. Sólo Maisry se agazapaba aterrada junto a la mesa, y Kivrin pensó que a lo mejor Rosemund había tropezado con ella.

—¿Tropezaste con algo? —preguntó.

—No —contestó Rosemund, todavía aturdida—. Me duele la cabeza.

—¿Te diste un golpe?

—No. —Se subió la manga—. Me golpeé el codo con las piedras.

Kivrin le subió la manga hasta el codo. Tenía una magulladura, pero no había sangre. Se preguntó si se lo habría roto. Lo sujetaba en un ángulo extraño.

—¿Duele? —preguntó, moviéndolo con suavidad.

—No.

Dobló el brazo.

—¿Y esto?

—No.

—¿Puedes mover los dedos?

Rosemund los movió uno por uno, con el brazo todavía torcido. Kivrin frunció el ceño, asombrada. Podía ser una luxación, pero no creía que pudiera mo¬verlo tan fácilmente.

—Lady Imeyne, ¿podéis llamar al padre Roche?

—No será de ninguna ayuda —despreció Imeyne, pero se encaminó hacia las escaleras.

—No creo que esté roto —le dijo Kivrin a Rose¬mund.

La niña bajó el brazo, jadeó, y volvió a subirlo. El color desapareció de su rostro y unas perlas de sudor aparecieron en el labio superior.

Tiene que estar roto, pensó Kivrin, e intentó co¬gerlo de nuevo. Rosemund lo retiró y, antes de que Kivrin se diera cuenta de lo que sucedía, se cayó al suelo.

Esta vez se dio en la cabeza. Kivrin la oyó golpear la piedra. Se arrodilló junto a ella.

—Rosemund, Rosemund. ¿Me oyes?

Ella no se movió. Había movido el brazo herido al caer, como para protegerse, y cuando Kivrin se lo tocó, la jovencita dio un respingo, pero no abrió los ojos. Ki¬vrin buscó a Imeyne, pero la anciana no estaba en las escaleras.

Rosemund abrió los ojos.

—No me dejéis —sollozó.

—Debo traer ayuda.

Rosemund sacudió la cabeza.

—¡Padre Roche! —llamó Kivrin, aunque sabía que no la oiría a través de la pesada puerta. Lady Eliwys en¬tró en ese momento y corrió hacia ellas.

—¿Tiene el mal azul?

No.

—Se ha caído —dijo Kivrin. Puso la mano sobre el brazo extendido y desnudo de Rosemund. Lo tenía ca¬liente. Rosemund había vuelto a cerrar los ojos y respi¬raba despacio, regularmente, como si se hubiera que¬dado dormida.

Kivrin le subió la pesada manga hasta el hombro. Le alzó el brazo para examinar la axila, y Rosemund trató de retirarlo, pero Kivrin la sujetó con fuerza.

No le pareció tan grande como la del clérigo, pero era de un color rojo intenso y ya estaba dura al contac¬to. No, pensó Kivrin. No. Rosemund gimió y trató de retirar el brazo, y Kivrin lo soltó amablemente, arre¬glando la manga.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Agnes desde las escaleras—. ¿Está Rosemund enferma?

No puedo dejar que pase esto, pensó Kivrin. Ten¬go que conseguir ayuda. Todos han quedado expues¬tos, incluso Agnes, y aquí no hay nada para ayudarlos. Las antimicrobiales no se descubrirán hasta dentro de seiscientos años.

—Tus pecados han provocado esto —acusó Imeyne.

Kivrin alzó la cabeza. Eliwys miraba a Imeyne, pe¬ro parecía ausente, como si no la hubiera oído.

—Tus pecados y los de Gawyn.

—Gawyn —dijo Kivrin. Él podía enseñarle dónde estaba el lugar de encuentro, y entonces iría a buscar ayuda. La doctora Ahrens sabría qué hacer. Y también el señor Dunworthy. La doctora Ahrens le daría vacu¬nas y estreptomicina para que las trajera—. ¿Dónde está Gawyn?

Eliwys la miraba ahora, el rostro lleno de ansia, lle¬no de esperanza. El nombre de Gawyn por fin la ha he¬cho reaccionar, pensó Kivrin.

—Gawyn. ¿Dónde está?

—Se ha ido —dijo Eliwys.

—¿Adonde? Debo hablar con él. Tenemos que ir a buscar ayuda.

—No hay ninguna ayuda —replicó lady Imeyne. Se arrodilló junto a Rosemund y cruzó las manos—. Es el castigo de Dios.

Kivrin se levantó.

—¿Adonde ha ido?

—A Bath —dijo Eliwys—. A buscar a mi esposo.

 

TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL JUICIO FINAL

 (070114-070526)

 

He decidido que lo mejor es anotar todo esto. El señor Gilchrist dijo que con la apertura de Medieval esperaba obtener información de primera mano acerca de la Peste Negra, y supongo que de esto se trata.

El primer caso fue el clérigo que vino con el enviado del obispo. No sé si al llegar estaba ya enfermo. Tal vez sí, y por eso vinieron aquí en vez de ir a Oxford, para deshacerse de él antes de que los contagiara. Estaba de-cididamente enfermo la mañana de Navidad cuando se fueron, lo cual significa que la noche antes, cuando en¬tró en contacto con al menos la mitad de la aldea, ya era contagioso.

Ha transmitido la enfermedad a la hija de lord Guillaume, Rosemund, que cayó enferma el... ¿veinti¬séis? He perdido el sentido del tiempo. Los dos mues¬tran las típicas bubas. La del clérigo se ha reventado y supura. La de Rosemund es dura y crece. Es casi del ta¬maño de una castaña. La zona de alrededor está infla¬mada. Los dos tienen fiebres altas y deliran intermiten-temente.

El padre Roche y yo los hemos aislado en la habi¬tación y le hemos dicho a todos que se queden en sus casas y eviten contactar con los demás, pero me temo que es demasiado tarde. Casi todos los de la aldea estu¬vieron en el banquete de Navidad, y toda la familia es¬tuvo aquí dentro con el clérigo.

Ojalá supiera si la enfermedad es contagiosa antes de que aparezcan los síntomas y de cuánto es el perío¬do de incubación. Sé que la peste tiene tres formas: bu¬bónica, neumónica y septicémica, y sé que la forma neumónica es la más contagiosa, ya que puede transmi¬tirse por la tos o la respiración y por el contacto. El clé¬rigo y Rosemund parecen tener la bubónica.

Estoy tan asustada que apenas puedo pensar. Me abruma. Me controlo durante un rato, y de repente el te¬mor me domina y tengo que agarrarme al marco de la puerta para no salir corriendo de la habitación, de la ca¬sa, de la aldea, para alejarme de todo.

Sé que he recibido vacunación contra la peste, pero también recibí la potenciación de leucocitos-T y las an¬tivirales, y pillé no sé qué, y cada vez que el clérigo me toca, doy un respingo. El padre Roche olvida constan-temente ponerse la máscara, y tengo miedo de que se ponga enfermo, o Agnes. Y temo que el clérigo se mue¬ra. Y Agnes. Y tengo miedo de que alguien de la aldea contraiga la peste neumónica, y de que Gawyn no re-grese, y de no poder localizar el lugar de recogida antes del encuentro.

(Pausa)

Estoy un poco más calmada. Parece que el hablar con usted me ayuda, aunque no pueda oírme. Rosemund es joven y fuerte. Y la peste no mató a todo el mundo. En algunas aldeas no murió nadie.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

27

 

Subieron a Rosemund a la habitación, y le prepara¬ron un jergón en el suelo en el estrecho espacio junto a la cama. Roche la cubrió con una sábana de lino y se encaminó al altillo del granero para traer mantas.

Kivrin temía que Rosemund quisiera huir al ver al clérigo, con su grotesca lengua y la piel ennegrecida, pero apenas lo miró. Se quitó la saya y los zapatos y se tendió graciosamente en el estrecho jergón. Kivrin qui¬tó de la cama la manta de piel de conejo y la tapó con ella.

—¿Gritaré y atacaré a la gente como el clérigo? —preguntó Rosemund.

—No —dijo Kivrin, y trató de sonreír—. Intenta descansar. ¿Te duele algo?

—El estómago —respondió Rosemund, y se llevó la mano a la cintura—. Y la cabeza. Sir Bloet me dijo que la fiebre hace danzar a los hombres. Pensé que era una patraña para asustarme. Dijo que bailaban hasta que les salía sangre por la boca y se morían. ¿Dónde está Agnes?

—En el desván, con tu madre.

Kivrin le había dicho a Eliwys que se llevara a Ag¬nes e Imeyne al desván y se encerraran allí, y Eliwys lo hizo sin dirigir siquiera otra mirada a Rosemund.

—Mi padre vendrá muy pronto —murmuró Rose-mund.

—Ahora debes callar y descansar.

—Abuela dice que es un pecado mortal temer a tu marido, pero yo no puedo evitarlo. Me toca de forma indecorosa y me cuenta relatos de cosas que no pueden ser verdad.

Espero que tenga una larga agonía, pensó Kivrin. Espero que ya esté contagiado.

—Mi padre ya está en camino.

—Intenta dormir.

—Si sir Bloet estuviera aquí ahora, no se atrevería a tocarme —musitó la niña, y cerró los ojos—. Sería él quien tendría miedo.

Roche entró con un puñado de mantas y volvió a marcharse. Kivrin las apiló encima de Rosemund, la arropó, y devolvió al clérigo la piel que le había quita¬do de la cama.

El clérigo permanecía tranquilo, pero el rumor que hacía al respirar había comenzado de nuevo, y de vez en cuando tosía. Tenía la boca abierta, y la parte infe¬rior de la lengua estaba cubierta de espuma blanca.

No puedo dejar que Rosemund acabe así, pensó Kivrin, sólo tiene doce años. Tengo que hacer algo. Algo. El bacilo de la peste era una bacteria. La estrep¬tomicina y las sulfamidas eran eficaces, pero Kivrin no podía fabricarlas, y no sabía dónde estaba el lugar de recogida.

Y Gawyn se había marchado a Oxford. Claro. Eliwys había corrido hacia él, lo había abrazado, y él habría ido a cualquier sitio, habría hecho cualquier cosa por ella, aunque significara traer a su marido a casa.

Intentó calcular cuánto tiempo tardaría Gawyn en ir a Bath y volver. Estaba a setenta kilómetros de dis¬tancia. Cabalgando rápido, podría llegar en un día y medio. Tres días, ida y vuelta. Si no se retrasaba, si lograba encontrar a lord Guillaume, si no caía enfermo. La doctora Ahrens había dicho que las víctimas de la peste que no recibían atención morían al cabo de cua¬tro o cinco días, pero no imaginaba que el clérigo fuera a durar tanto. La fiebre le volvía a subir.

Había metido el cofre de lady Imeyne bajo la cama cuando subieron a Rosemund. Lo sacó y buscó entre las hierbas y polvos. Los contemporáneos usaban re¬medios caseros como verrugas de san Juan y dulcamara durante la peste, pero resultaron tan inútiles como el polvo de esmeraldas.

La coniza podría ayudar, pero no encontró ningu¬na de las flores rosas o moradas en las bolsitas de lino.

Cuando Roche volvió, Kivrin le pidió que fuera a buscar ramas de sauce del arroyo, y las puso en un té amargo.

—¿Qué es esto? —le preguntó Roche, tras probar¬lo y hacer una mueca.

—Aspirina—dijo Kivrin—. Al menos eso espero.

Roche le dio una taza al clérigo, a quien no le im¬portaba ya el sabor, y eso pareció bajarle un poco la temperatura, pero Rosemund estuvo con fiebre toda la tarde, hasta que tiritó con escalofríos. Para cuando Ro¬che se marchó a decir vísperas, casi estaba demasiado caliente para tocarla.

Kivrin la destapó e intentó bañarle los brazos y piernas en agua fría para que le bajara la temperatura, pero Rosemund se apartó de ella, furiosa.

—No me parece digno que me toquéis de esta for¬ma, señor —dijo, mientras le castañeteaban los dien¬tes—. Tened por seguro que se lo diré a mi padre cuando regrese.

A la mortecina luz parecía peor: con la cara pálida y atormentada. Murmuraba, repitiendo el nombre de Agnes incesantemente, y una vez preguntó temerosa:

—¿Dónde está? Ya tendría que haber llegado.

Tienes razón, pensó Kivrin. La campana había anunciado vísperas hacía media hora. Seguramente Roche estará en la cocina, se dijo, preparándonos sopa. O habrá ido a decirle a Eliwys cómo se encuentra Rosemund. Pero se levantó y se subió a la ventana y se aso¬mó al patio. Empezaba a hacer frío, y el cielo oscuro estaba nublado. No había nadie en el patio, ninguna luz ni sonido en ninguna parte.

Roche abrió la puerta, y Kivrin se bajó de la venta¬na con una sonrisa.

—¿Dónde habéis estado? Me... —se interrumpió.

Roche llevaba sus hábitos y traía el aceite y el viáti¬co. No, pensó ella, mirando a Rosemund. No.

—He estado con Ulf el molinero —dijo—. Le he oído en confesión.

Gracias a Dios que no es Rosemund, pensó Kivrin, y entonces advirtió lo que él estaba diciendo. La peste ya había llegado a la aldea.

—¿Estáis seguro? ¿Tiene los bultos de la peste?

—Sí.

—¿Cuántos más viven en su casa?

—Su esposa y dos hijos —respondió él, cansado—. Le ordené a ella que se pusiera una máscara y envié a sus hijos a cortar sauces.

—Bueno —dijo ella. No había nada de bueno en todo aquello. No, eso no era cierto. Al menos era peste bubónica y no neumónica, así que seguía habiendo una posibilidad de que la mujer y los dos hijos no la contra¬jeran. ¿Pero a cuántas otras personas había contagiado Ulf, y quién le había contagiado a él? Ulf no habría te¬nido ningún contacto con el clérigo. Debía de haberla contraído a través de uno de los criados.

—¿Hay más enfermos?

—No.

Eso no significaba nada. Sólo mandaban llamar a Roche cuando estaban muy graves, cuando tenían mie¬do. Ya podía haber tres o cuatro casos más en la aldea. O tal vez una docena.

Se sentó junto a la ventana, intentando decidir qué hacer. Nada, pensó. No hay nada que puedas hacer. La peste barrió una aldea tras otra, mató a familias enteras, a ciudades enteras. Entre un tercio y la mitad de Europa.-

—¡No! —gritó Rosemund, y se esforzó por levan¬tarse.

Kivrin y Roche se lanzaron hacia ella, pero ya se había tendido. La cubrieron, aunque Rosemund volvió a destaparse.

—Se lo diré a madre, Agnes, niña mala —murmu¬ró—. Déjame salir.

Hizo más frío durante la noche. Roche trajo más carbones para el brasero, y Kivrin se subió de nuevo a la ventana para colocar el lino encerado, pero seguía haciendo frío. Kivrin y Roche se acurrucaron por tur-nos ante el brasero, intentando dormir un poco, y des¬pertaron tiritando como Rosemund.

El clérigo no tiritaba, pero se quejaba de frío, con palabras pastosas y confusas, como de borracho. Tenía los pies y las manos fríos, inertes.

—Deben acercarse al fuego —dijo Roche—. Debe¬mos llevarlos al salón.

No lo entiendes, pensó ella. Su única esperanza es¬tribaba en mantener a los pacientes aislados, en no de¬jar que la infección se extendiera. Pero ya se había ex¬tendido, pensó, y se preguntó si las extremidades de Ulf se estaban enfriando y en cómo encendería un fue¬go. Ella misma se había sentado en una de sus chozas, junto a una de sus hogueras. No serviría ni para calen¬tar a un gato.

Los gatos también murieron, pensó, y miró a Ro¬semund. Los temblores sacudían su pobre cuerpecillo, y ya parecía más delgada, más agotada.

—La vida se les escapa —observó Roche.

—Lo sé —asintió ella, y empezó recoger las man¬tas—. Decidle a Maisry que esparza paja sobre el suelo del salón.

El clérigo pudo bajar las escaleras, con la ayuda de Kivrin y Roche, pero el sacerdote tuvo que bajar a Ro-semund en brazos. Eliwys y Maisry colocaban paja al otro lado del salón. Agnes aún dormía, e Imeyne se arrodillaba en el mismo lugar de la noche anterior, con las manos cruzadas ante el rostro.

Roche acostó a Rosemund y Eliwys empezó a ta¬parla.

—¿Dónde está mi padre? —preguntó Rosemund roncamente—. ¿Por qué no está aquí?

Agnes se agitó. Despertaría de un momento a otro y se acercaría al jergón de Rosemund, para observar al clé¬rigo. Kivrin tenía que idear algún sistema para mantener a la niña apartada. Miró las vigas, pero eran demasiado altas, incluso bajo el altillo, para colgar cortinas, y todas las colchas y mantas disponibles ya estaban siendo utili¬zadas. Empezó a volcar los bancos para formar una se¬paración.

Roche y Eliwys fueron a ayudarla, y volcaron la mesa y la apoyaron contra los bancos.

Eliwys regresó junto a Rosemund y se sentó a su lado. La niña dormía, con el rostro enrojecido por la luz del fuego.

—Debéis poneros una máscara —dijo Kivrin.

Eliwys asintió, pero no se movió. Le apartó a Ro¬semund el pelo enmarañado de la cara.

—Era la preferida de mi esposo —dijo.

Rosemund estuvo durmiendo casi toda la mañana. Kivrin apartó el tronco de Navidad del hogar y apiló leños cortados en el fuego. Destapó los pies del clérigo para que le llegara el calor.

Durante la Peste Negra, el médico del Papa le hizo sentarse en una habitación entre dos grandes hogueras, y no contrajo la enfermedad. Algunos historiadores pensaban que el calor había matado al bacilo de la pes¬te. Lo más probable era que el hecho de permanecer apartado de su contagioso rebaño le hubiera salvado, pero merecía la pena intentarlo. Merecía la pena inten¬tar cualquier cosa, pensó, mirando a Rosemund. Apiló más madera.

El padre Roche fue a decir maitines, aunque ya era más de media mañana. La campana despertó a Agnes.

—¿Quién ha volcado los bancos? —preguntó, co¬rriendo a la separación.

—No debes pasar esta barrera —advirtió Kivrin, manteniéndose bien lejos—. Debes quedarte junto a tu abuela.

Agnes se subió a un banco y se asomó por encima de la mesa volcada.

—Veo a Rosemund. ¿Está muerta?

—Está muy enferma —dijo Kivrin seriamente—. No te acerques a nosotros. Ve y juega con tu carrito.

—Quiero ver a Rosemund. —La niña pasó una pierna por encima de la mesa.

—¡No! —gritó Kivrin—. ¡Ve y siéntate con tu abuela!

Agnes pareció sorprendida y de repente se echó a llorar.

—¡Quiero ver a Rosemund! —gimió, pero se dio la vuelta y se sentó malhumorada junto a Imeyne.

Roche entró.

—El hijo de Rulf está enfermo. Tiene los bultos.

Se manifestaron dos casos más durante la mañana y uno por la tarde, incluyendo a la esposa del senescal. Todos tenían bubas o pequeños bultos como semillas en las glándulas linfáticas, excepto la mujer del senescal.

Kivrin fue con Roche a verla. Estaba amamantan¬do al bebé, su cara fina y delgada parecía aún más afila¬da que de costumbre. No tosía ni vomitaba, y Kivrin esperaba que las bubas simplemente no se hubieran de¬sarrollado todavía.

—Poneos máscaras —le dijo al senescal—. Dad al bebé leche de la vaca. Mantened a los niños apartados de ella.

Lo dijo sin ninguna esperanza. Seis niños en dos habitaciones. No dejes que sea peste neumónica, rezó. No dejes que todos se contagien.

Al menos Agnes estaba a salvo. No se había acerca¬do a la barricada desde que Kivrin le gritó. Permaneció sentada durante un rato, mirándola con una expresión tan feroz que habría resultado cómica en otras circuns-tancias, y luego subió al altillo a coger su carrito. Lo había colocado en la mesa, y ahora estaba jugando.

Rosemund estaba despierta. Pidió de beber a Ki¬vrin con voz ronca, y en cuanto Kivrin le dio agua, se quedó dormida. Incluso el clérigo dormitaba, y el ru¬mor de su respiración ya no era tan fuerte. Kivrin se sentó agradecida junto a Rosemund.

Tendría que salir y ayudar a Roche con los hijos del senescal, asegurarse al menos de que llevaba puesta la máscara y se lavaba las manos, pero de pronto se sin¬tió demasiado cansada para moverse. Si pudiera acos¬tarme un ratito, lograría pensar en algo.

—Quiero ver a Blackie —dijo Agnes.

Kivrin sacudió la cabeza, al despertar sobresaltada.

Agnes se había puesto la capa roja y la capucha y se encontraba lo más cerca de la barricada que se atrevía.

—Prometisteis que me llevaríais a ver la tumba de mi perro.

—Calla, despertarás a tu hermana.

Agnes empezó a llorar, pero no era el fuerte gemi¬do que empleaba cuando quería salirse con la suya, sino unos sollozos silenciosos. También ha llegado al límite, pensó Kivrin. Sola todo el día, con Rosemund y Roche fuera de su alcance, todo el mundo ocupado, distraído y asustado. Pobrecilla.

—Lo prometisteis —insistió Agnes con labios tem¬blorosos.

—No puedo llevarte a ver a tu perro ahora —dijo Kivrin amablemente—, pero te contaré una historia. Pero debes estarte muy callada. —Se llevó un dedo a los labios—. No querrás despertar a Rosemund o al clérigo, ¿verdad?

Agnes se frotó con la mano la nariz mojada.

—¿Me contaréis una historia de la doncella del bosque? —murmuró.

—Sí.

—¿Puede escuchar Carro?

—Sí —susurró Kivrin, y Agnes cruzó el salón para coger el carrito, regresó corriendo y se sentó en el ban¬co, dispuesta a franquear la barricada.

—Debes sentarte en el suelo contra la mesa —indi¬có Kivrin—, y yo me pondré al otro lado.

—No oiré nada —repuso Agnes, haciendo un pu¬chero otra vez.

—Claro que sí, si te estás callada.

Agnes se bajó del banco y se sentó, apoyándose en la mesa. Colocó el carro en el suelo a su lado.

—Debes estar muy callada —le advirtió.

Kivrin se acercó a examinar rápidamente a sus pa¬cientes y luego se sentó apoyada contra la mesa, sin¬tiéndose agotada.

—Érase una vez en una tierra lejana —apuntó Agnes.

—Érase una vez en una tierra lejana, una doncella. Vivía junto a un gran bosque...

—Su padre le decía: «No vayas al bosque», pero ella era mala y no hacía caso —apuntó Agnes.

—Era mala y no hacía caso —repitió Kivrin—. Se puso su capa...

—Su capa roja con una capucha —dijo Agnes—. Y se fue al bosque, aunque su padre le advirtió que no lo hiciera.

Aunque su padre le advirtió que no lo hiciera. «Es¬taré perfectamente bien —le había dicho ella al señor Dunworthy—. Sé cuidar de mí misma.»

—No se fue al bosque, ¿verdad? —le preguntó Agnes.

—Quería ver qué había allí. Pensó en caminar sólo un ratito.

—No tendría que haberlo hecho —juzgó Agnes—. Yo no lo haría. El bosque está oscuro.

—El bosque está oscuro y lleno de sonidos aterra¬dores.

—Lobos —deslizó Agnes, y Kivrin oyó cómo se acercaba a la mesa, para estar lo más cerca posible de ella. Se la imaginaba acurrucada contra la madera, con las rodillas dobladas, abrazada al carrito.

—La doncella se dijo, «No me gusta estar aquí», y trató de volver, pero no encontró el camino, pues esta¬ba muy oscuro. De pronto, algo saltó hacia ella.

—Un lobo —jadeó Agnes.

—No, no. Era un oso. Y el oso dijo: «¿Qué estás haciendo en mi bosque?»

—La doncella se asustó —añadió Agnes con voz temerosa.

—Sí. «Oh, por favor, no me comas, oso», dijo la doncella. «Me he perdido y no encuentro el camino a casa.» El oso era un oso bueno, aunque parecía malo, y dijo: «Te ayudaré a encontrar la salida del bosque», y la doncella dijo: «¿Cómo? Está muy oscuro.» «Se lo pre¬guntaremos al buho», dijo el oso. «Él ve en la oscu¬ridad.»

Siguió hablando, inventando el cuento sobre la marcha, extrañamente reconfortada por ello. Agnes dejó de interrumpir, y después de un rato Kivrin se le¬vantó, sin dejar de hablar, y se asomó a la barricada.

—«¿Sabes dónde está la salida del bosque?», le pre¬guntó el oso al cuervo. «Sí», dijo el cuervo.

Agnes estaba dormida contra la mesa, con la capa arrugada a sus pies, abrazada al carrito.

Tendría que taparla, pero no se atrevió. Todas las mantas estaban llenas de gérmenes de la peste. Miró a lady Imeyne, que seguía rezando en el rincón, de cara a la pared.

—Lady Imeyne —llamó en voz baja, pero la ancia¬na no dio muestras de haberla oído.

Kivrin echó más leña al fuego y se sentó contra la mesa, apoyando la cabeza en ella.

—«Sé el camino de salida», dijo el cuervo. «Te lo mostraré», pero se marchó volando sobre las copas de los árboles, tan rápido que no pudieron seguirlo.

Debió de quedarse dormida, porque cuando abrió los ojos el fuego se había apagado y le dolía el cuello. Agnes seguía durmiendo, pero el clérigo estaba des¬pierto. Llamó a Kivrin con palabras ininteligibles. La borra blanca le cubría toda la lengua, y su aliento hedía tanto que Kivrin tuvo que apartar la cabeza para poder respirar. La buba había empezado a supurarle de nue¬vo, un líquido denso y oscuro que olía a podredumbre. Kivrin le cambió el vendaje, apretando los dientes para no vomitar, y llevó el vendaje sucio al otro extremo del salón. Luego salió y se lavó las manos en el pozo, ver¬tiendo el agua helada del pozo sobre una mano y luego la otra, tomando a sorbos el aire frío.

Roche entró en el patio.

—Ulric, el hijo de Hal —dijo, camino de la man¬sión—, y uno de los hijos del senescal, Walthef. —Se desplomó en el banco más cercano a la mesa.

—Estáis agotado —dijo Kivrin—. Tendríais que descansar.

Al otro lado del salón, Imeyne se levantó torpe¬mente, como si se le hubieran quedado dormidas las piernas, y cruzó el salón hacia ellos.

—No puedo quedarme. He venido a coger un cu¬chillo para cortar sauces —dijo Roche, pero permane¬ció sentado junto al fuego, contemplándolo abstraído.

—Descansad al menos un minuto. Os traeré un poco de cerveza —Kivrin apartó el banco a un lado y se marchó.

—Habéis traído esta enfermedad —le dijo lady Imeyne.

Kivrin se volvió. La anciana se encontraba en me¬dio del salón, mirando a Roche. Apretaba el libro con¬tra su pecho. El relicario colgaba de sus manos.

—Vuestros pecados han traído la enfermedad.

Se volvió hacia Kivrin.

—Dijo la letanía de san Martín el día de san Eusebio. Lleva el alba sucia. —Hablaba como lo había he¬cho al quejarse a la hermana de sir Bloet, y sus manos jugueteaban con el relicario, contando sus pecados en los eslabones de la cadena—. Apagó las velas con los dedos y rompió los pabilos.

Kivrin la miró, pensando que trataba de justificar su propia culpa. Le escribió al obispo pidiendo un nuevo capellán, le dijo dónde estaban. No puede so¬portar la idea de haber contribuido a traer la peste, pero tampoco es capaz de sentir piedad. No tienes ningún derecho a culpar a Roche, pensó, ha hecho todo lo que puede. Y tú te has arrodillado a rezar en el rincón.

—Dios no ha enviado esta plaga como castigo —le dijo a Imeyne con frialdad—. Es una enfermedad.

—Olvidó el Confíteor Deo. —Imeyne regresó a su rincón y se arrodilló—. Puso las velas del altar en la reja.

Kivrin se acercó a Roche.

—Nadie tiene la culpa.

Él contemplaba el fuego.

—Si Dios nos castiga, debe de ser por algún terri¬ble pecado.

—Ningún pecado. No es un castigo.

—Dominus! —gritó el clérigo, intentando sentar¬se. Volvió a toser, una tos terrible y seca que parecía capaz de romperle el pecho, aunque no escupió nada. El sonido despertó a Rosemund, que empezó a ge¬mir. Si no es un castigo, pensó Kivrin, desde luego lo parece.

Rosemund no había mejorado durante el sueño. Otra vez tenía mucha fiebre, y sus ojos empezaban a

parecer hundidos. Se sacudía por el menor movimiento como si la hubieran golpeado.

La está matando, pensó Kivrin. Tengo que hacer algo.

Cuando Roche volvió a entrar, ella subió a la habi¬tación y cogió el cofre de las medicinas de Imeyne. La anciana la observó, moviendo los labios en silencio, pero cuando Kivrin lo colocó delante de ella y le pre¬guntó qué había en las bolsas de lino, se llevó las manos a la cara y cerró los ojos.

Kivrin reconoció algunas cosas. La doctora Ah-rens le había hecho estudiar hierbas medicinales, y re¬conoció la consuelda y la pulmonaria, y las hojas aplastadas de la balsamita. Había una bolsita de sulfato de mercurio en polvo, que nadie en su sano juicio ofre¬cería, y un paquete de dedalera, que era casi igual de pernicioso.

Hirvió agua y echó en ella todas las hierbas que re¬conoció. Olía a gloria, como un soplo de verano, y no sabía peor que el té de corteza de sauce, pero tampoco sirvió de nada.

Al anochecer, el clérigo tosía continuamente, y en el estómago y los brazos de Rosemund empezaron a aparecer manchas rojas. Su buba tenía el tamaño y la dureza de un huevo. Cuando Kivrin la tocó, la niña gritó de dolor.

Durante la Peste Negra los médicos pusieron em¬plastos en las bubas o las abrían. También sangraban a la gente y las dormían con arsénico, aunque el clérigo pareció mejorar cuando se le reventaron las bubas, y estaba todavía vivo. Pero si la rompía podía extender la infección o, aún peor, llevarla a la sangre.

Calentó agua y trapos mojados para colocarlos so¬bre las bubas, pero aunque el agua estaba tibia, Rose¬mund gritó al primer contacto. Kivrin tuvo que volver a buscar agua fría, que no sirvió de nada. Nada sirve, pensó, sosteniendo el trapo mojado contra la axila de Rosemund. Nada.

Debo encontrar el lugar, pensó. Pero el bosque se extendía durante kilómetros, con cientos de robles, do¬cenas de claros. Nunca lo encontraría. Además, no po¬día dejar a Rosemund.

Tal vez Gawyn regresaría. Habían cerrado las puer¬tas de algunas ciudades: posiblemente no podría entrar, o tal vez hablaría con alguien por el camino y advertiría que lord Guillaume debía de estar muerto. Vuelve, su¬plicó, rápido. Vuelve.

Kivrin rebuscó de nuevo en el cofre de Imeyne, probando el contenido de las bolsas. El polvo amarillo era azufre. Los médicos lo usaban durante las epide¬mias: lo quemaban para fumigar el aire, y recordó ha¬ber aprendido en Historia de la Medicina que el azufre mataba algunas bacterias, aunque no recordaba cuáles. Sin embargo, era menos arriesgado que abrir las bubas.

Esparció un poco en el fuego para probarlo, y el azufre se convirtió en una nube amarilla que le irritó la garganta incluso a través de la máscara. El clérigo jadeó buscando aire, e Imeyne, en su rincón, entonó una sal¬modia continua.

Kivrin esperaba que el olor a huevos podridos se dispersara al cabo de unos minutos, pero el humo ama¬rillo gravitó en el aire como un palio, irritándole los ojos. Maisry salió corriendo al exterior, tosiendo en su delantal, y Eliwys llevó a Imeyne y a Agnes al desván para escapar del humo.

Kivrin abrió la puerta y agitó el aire con uno de los paños de la cocina, y poco después el ambiente se des¬pejó un poco, aunque la garganta seguía molestándole.

El clérigo continuó tosiendo, pero Rosemund ca¬lló, y su pulso se redujo hasta que Kivrin apenas lo per¬cibió.

—No sé qué hacer—dijo Kivrin, sujetando su mu¬ñeca seca y caliente—. Lo he intentado todo.

Roche entró, tosiendo.

—Es el azufre —dijo Kivrin—. Rosemund ha em¬peorado.

Él la miró y le tomó el pulso, luego volvió a salir. Kivrin lo interpretó como una buena señal. No se ha¬bría marchado si Rosemund estuviera realmente mal.

Volvió unos minutos después, con sus vestiduras, los óleos y el viático de los últimos sacramentos.

—¿Qué pasa? —preguntó Kivrin—. ¿Ha muerto la mujer del senescal?

—No —contestó él, mirando a Rosemund.

—No —Kivrin se levantó para interponerse entre los dos—. No os dejaré.

—No debe morir sin confesión —dijo él, sin apar¬tar la mirada de Rosemund.

—Rosemund no se está muriendo —declaró Ki¬vrin, y siguió su mirada.

Ya parecía muerta, con los labios entreabiertos, los ojos ciegos y sin parpadear. Su piel había cobrado un tono amarillento y tenía la carita tensa. No, pensó Ki¬vrin, desesperada. Debo hacer algo para impedir esto. Solo tiene doce años.

Roche avanzó con el cáliz y Rosemund levantó el brazo como si suplicara, y lo dejó caer.

—Debemos abrir el bulto de la peste —dijo Ki¬vrin—. Así saldrá el veneno.

Pensó que el sacerdote se negaría, que insistiría en oír primero la confesión de Rosemund, pero no fue así. Depositó los óleos y el cáliz sobre el suelo de piedra y fue a coger un cuchillo.

—Que esté afilado —dijo Kivrin—, y traed vino.

Puso la olla al fuego otra vez. Cuando Roche vol¬vió con el cuchillo, lo lavó con agua del cubo, frotando la suciedad del mango con las uñas. Lo tendió al fuego, con el mango envuelto en la saya; luego le echó agua hirviendo encima, después vino y otra vez agua.

Acercaron a Rosemund al fuego, con la buba expuesta para tener la mejor luz posible, y Roche se arrodilló ante la cabeza de la niña. Kivrin le pasó la mano amablemente por encima y dobló las mantas para pre¬pararle una almohada. Roche la cogió por el brazo y lo volvió para que la hinchazón quedara al descubierto.

Tenía casi el tamaño de una manzana, y toda la ar¬ticulación del hombro estaba inflamada y tumefacta. Los bordes de la buba era suaves y casi gelatinosos, pero el centro seguía duro.

Kivrin abrió la botella de vino que había traído el sacerdote, vertió un poco en un trapo y frotó suave¬mente la buba. Parecía como si hubiese una piedra den¬tro de la piel. No estaba segura de que el cuchillo fuera capaz de cortarla.

Levantó el cuchillo sobre la hinchazón, temiendo cortar una arteria, extender la infección, empeorar la situación de la enferma.

—Ni siquiera siente el dolor —declaró Roche.

Kivrin la miró. No se había movido, ni siquiera cuando Kivrin presionó la hinchazón. Miraba más allá de ellos, a algo terrible. No puedo empeorarlo, pensó. Aunque la mate, no puede ser peor.

—Sujetadle el brazo —indicó, y Roche le sujetó la muñeca y el antebrazo contra el suelo. Rosemund si¬guió sin moverse.

Dos cortes rápidos y limpios, pensó Kivrin. Inspi¬ró profundamente y acercó el cuchillo a la hinchazón.

El brazo de Rosemund se sacudió, retorció el hom¬bro para apartarse del cuchillo, con la mano convertida en una garra.

—¿Qué hacéis? —exclamó roncamente—. ¡Se lo diré a mi padre!

Kivrin volvió a acercar el cuchillo. Roche cogió a Rosemund por el brazo y lo apoyó de nuevo contra el suelo, y ella le golpeó débilmente con la otra mano.

—Soy la hija de lord Guillaume d'Iverie. No po¬déis tratarme así.

Kivrin se retiró y se levantó, procurando que el cu¬chillo no tocara nada. Roche la cogió fácilmente por las muñecas, pero Rosemund se debatió débilmente. El cáliz se cayó y el vino se derramó en un charco oscuro.

—Debemos atarla —dijo Kivrin, y advirtió que su¬jetaba el cuchillo en alto, como una asesina. Lo envol¬vió en una de las telas que había rasgado Eliwys y rom¬pió otra en tiras.

Roche ató las muñecas de Rosemund por encima de su cabeza mientras Kivrin le ataba los tobillos a la pata de uno de los bancos volcados. Rosemund no se resistió, pero cuando Roche le subió la camisa para descubrir su pecho, la niña dijo:

—Os conozco. Sois el asesino que asaltó a lady Katherine.

Roche se inclinó hacia delante y apoyó todo su peso sobre el antebrazo. Kivrin cortó la hinchazón.

La sangre manó y luego borboteó. He seccionado una arteria, pensó Kivrin. Roche y ella rebuscaron en el montón de trapos, y cogió unos cuantos gruesos y los apretó contra la herida. Enseguida quedaron empapa¬dos, y cuando Kivrin apartó la mano para coger el que Roche le tendía, salió sangre del pequeño corte. Kivrin lo cubrió con su falda y Rosemund gimió, un sonido ahogado e indefenso que le recordó al perrillo de Agnes, y pareció desplomarse, aunque no había ningún si¬tio donde caer.

La he matado, pensó Kivrin.

—No puedo detener la hemorragia —dijo, pero ya había cesado. Apretó la falda de su saya contra la heri¬da, contó hasta cien y luego hasta doscientos, y levantó con precaución una esquina.

Todavía manaba sangre del corte, pero estaba mez¬clada con un pus denso, grisáceo y amarillento. Roche se inclinó para limpiarlo, pero ella se lo impidió.

—No, está lleno de gérmenes de la plaga —dijo, quitándole el paño—. No lo toquéis.

Limpió el repulsivo pus. Volvió a manar, seguido de un suero acuoso.

—Ya está, creo. Acercadme el vino.

Buscó un trapo limpio alrededor.

No había ninguno. Los habían usado todos, inten¬tando contener la hemorragia. Volcó la botella con cui¬dado y dejó que el líquido oscuro goteara en el corte.

Rosemund no se movió. Tenía la cara macilenta, como si le faltara la sangre. Y no puedo hacerle una transfusión. Ni siquiera tengo un trapo limpio.

Roche desató a Rosemund. Cogió su mano flácida.

—Ahora su corazón late con más fuerza.

—Necesitamos más lino —dijo Kivrin, y se echó a llorar.

—Mi padre os ahorcará por esto —murmuró Ro¬semund.

 

TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL JUICIO FINAL

(071145-071862)

 

Rosemund está inconsciente. Intenté desbridarle la buba anoche para sacar la infección, pero me temo que sólo he empeorado las cosas. Ha perdido mucha san¬gre. Está muy pálida y su pulso es tan débil que apenas se lo encuentro.

El clérigo también está peor. Sigue teniendo hemo¬rragias en la piel, y salta a la vista que se encuentra cer¬ca del final.

Recuerdo que la doctora Ahrens dijo que la peste bubónica sin tratar mata a la gente en cuatro o cinco días, pero no creo que dure tanto.

Lady Eliwys, lady Imeyne y Agnes aún no han caído enfermas, aunque lady Imeyne parece haberse vuel¬to medio loca en su afán de encontrar a alguien a quien echar la culpa. Le tiró a Maisry de las orejas esta maña¬na y le dijo que Dios nos castigaba a todos por su pere¬za y estupidez.

Desde luego, Maisry es perezosa y estúpida. No se puede confiar en que vigile a Agnes cinco minutos se¬guidos, y cuando la envié a buscar agua para lavar la herida de Rosemund esta mañana volvió sin ella más de media hora después.

No dije nada. No quería que lady Imeyne volviera a pegarle, y es sólo cuestión de tiempo antes de que me eche las culpas a mí. La vi observándome por encima de su Libro de las Horas cuando fui a por el agua que Maisry olvidó, y ya me imagino lo que está pensando: que sé demasiado acerca de la peste para no haber esta¬do huyendo de ella, que se supone que he perdido la memoria, que no estaba herida sino enferma.

Si hace esas acusaciones, me temo que acabará con¬venciendo a lady Eliwys de que soy la causa de la peste y que no debería escucharme, que deberían derribar la separación y rezar todos juntos a Dios para que les perdone.

¿Y cómo me defenderé? ¿Diciendo que vengo del futuro, donde sabemos todo lo necesario acerca de la Peste Negra excepto cómo curarla sin estreptomicina y cómo regresar allí?

Gawyn no ha vuelto aún. Eliwys está frenética de preocupación. Cuando Roche fue a decir vísperas se quedó en la puerta, sin capa, sin cofia, mirando el cami¬no. Me pregunto si se le habrá ocurrido pensar que él tal vez estuviera ya infectado cuando se marchó hacia Bath. Cabalgó hasta Courcy con el grupo del obispo, y cuando volvió ya sabía de la peste.

(Pausa)

 

Ulf el molinero no tardará en morir, y su mujer y sus hijos tienen la peste. No tienen bubas, pero a la mujer le han salido varios bultitos como semillas en la parte interior del muslo.

Tengo que recordar constantemente a Roche que se ponga la máscara y no toque a los pacientes más de lo necesario.

Los vids de historia dicen que los contemporáneos se comportaron con pánico y cobardía durante la Peste Negra, que huyeron y no atendieron a los enfermos, y que los sacerdotes fueron los peores de todos, pero no es así en absoluto.

Todo el mundo está asustado, pero se hace todo lo posible, y Roche es maravilloso. Se sentó y sostuvo la mano de la mujer del molinero todo el tiempo que la estuve examinando, y no vacila ante los trabajos más repulsivos: lavar la herida de Rosemund, vaciar orina¬les, limpiar al clérigo.

Nunca parece tener miedo. No sé de dónde saca el valor.

Sigue diciendo maitines y vísperas y rezando, hablándole a Dios de Rosemund y de quién tiene la peste ahora, informando de los síntomas y contando qué ha¬cemos por ellos, como si Él de verdad pudiera oírle. Es como cuando yo le hablo a usted.

No dejo de preguntarme si Dios está aquí también, pero separado de nosotros por algo peor que el tiem¬po, incapaz de atravesar la barrera, incapaz de encon¬trarnos.

(Pausa)

Oímos la peste. Las aldeas tocan a muerto después de un enterramiento, nueve golpes por un hombre, tres por una mujer, uno por un bebé, y luego una hora de firmes tañidos. Esthcote tuvo dos esta mañana, y Osney ha estado tocando continuamente desde ayer. La campana del sureste, la que le dije que oí cuando atra¬vesé, ha callado. No sé si eso significa que la peste ha terminado o si no queda nadie con vida para tocar la campana.

(Pausa)

Por favor, no dejes que Rosemund muera. No de¬jes que Agnes se ponga enferma. Envía a Gawyn de vuelta.

 

 

 

 

 

 

28

 

El niño que huyó de Kivrin el día que ella intentó encontrar el lugar de recogida contrajo la peste por la noche. Su madre esperaba al padre Roche cuando fue a decir maitines. El niño tenía una buba en la espalda, y Kivrin la abrió mientras Roche y la madre sostenían al pequeño.

No quería hacerlo. El escorbuto lo había dejado ya débil, y Kivrin no sabía si había alguna arteria bajo los omóplatos. Rosemund no parecía haber mejorado, aunque Roche sostenía que su pulso era más fuerte. Es-taba tan pálida que parecía que la habían dejado sin sangre, y permanecía inmóvil. Y no parecía que el niño pudiera soportar perder sangre.

Pero apenas sangró, y el color regresó a sus me¬jillas antes de que Kivrin terminara de lavar el cu¬chillo.

—Dadle una infusión de pétalos de rosa —dijo Ki¬vrin, pensando que al menos eso ayudaría al escorbu¬to—. Y corteza de sauce.

Sostuvo la hoja del cuchillo sobre la hoguera. El fuego no era mayor que el día que ella se sentó a su lado, demasiado agotada para encontrar el lugar de re¬cogida. No mantendría caliente al niño, y si le decía a la mujer que fuera a recoger madera, tal vez contagiaría a alguien más.

—Os traeremos leña —dijo, y se preguntó cómo.

Todavía quedaba comida del banquete de Navi¬dad, pero se estaban quedando rápidamente sin todo lo demás. Habían usado casi toda la madera cortada para mantener calientes a Rosemund y el clérigo, y no había nadie a quien pedirle que cortara los leños que ha¬bía apilados en la cocina. El molinero estaba enfermo, el senescal atendía a su mujer y su hijo.

Kivrin recogió un montón de madera ya cortada y algunos pedazos de corteza suelta para hacer leña y lo llevó a la choza, deseando poder trasladar al niño a la casa, pero Eliwys tenía que atender a su hija y al cléri-go, y ya parecía al borde del agotamiento.

Eliwys permaneció sentada junto a Rosemund to¬da la noche, dándole sorbos de infusión de sauce y ven¬dando la herida. Se habían quedado sin tela, de forma que se quitó la cofia y la rasgó en tiras. Se sentó en un sitio donde podía ver la puerta, y de vez en cuando se levantaba y se asomaba, como si oyera venir a alguien. Con el cabello oscuro suelto sobre los hombros, no pa¬recía mayor que Rosemund.

Kivrin llevó la leña a la mujer y la dejó en el suelo, junto a la jaula de la rata. El animal había desaparecido. La habían matado, sin duda, y ni siquiera era culpable.

—El Señor nos bendice —le dijo la mujer. Se arro¬dilló junto al fuego y empezó a añadirle cuidadosa¬mente madera con esmero.

Kivrin volvió a examinar al niño. Su buba seguía supurando un fluido claro y acuoso, lo cual era bueno. La de Rosemund había sangrado durante la noche y luego empezó a hincharse y a crecer otra vez. Y no puedo abrirla otra vez, pensó Kivrin. No puede perder más sangre.

Regresó al salón, preguntándose si debería relevar a Eliwys o intentar cortar más leña. Roche, que salía de la casa del senescal, le dio la noticia de que otros dos hi¬jos del senescal estaban enfermos.

Eran los dos hijos menores y era sin lugar a dudas la peste neumónica. Los dos tosían y la madre expulsa¬ba intermitentemente un esputo acuoso. El Señor nos bendice.

Kivrin volvió al salón. Todavía estaba brumoso por el azufre, y el brazo del clérigo parecía casi negro bajo la luz amarillenta. El fuego no era mejor que el de la choza de la mujer. Kivrin trajo los restos de madera cortada y le dijo a Eliwys que se acostara, pues ella atendería a Rosemund.

—No —dijo Eliwys, mirando hacia la puerta—. Lleva tres días en camino —añadió, casi para sí misma.

Había setenta kilómetros a Bath, un día y medio al menos a caballo y el mismo tiempo para regresar, si ha¬bía podido encontrar un caballo fresco en Bath. Tal vez volvería aquel mismo día, siempre que hubiese encon¬trado a lord Guillaume inmediatamente. Si es que vuel¬ve, pensó Kivrin.

Eliwys miró de nuevo hacia la puerta, como si oye¬ra algo, pero el único sonido era Agnes, que le cantu¬rreaba a su carrito. Le había puesto un pañuelo encima como si fuera una manta y hacía como si le estuviera dando de comer.

—Tiene el mal azul —le dijo a Kivrin.

Kivrin pasó el resto del día haciendo tareas de la casa: trayendo agua, haciendo un guiso con los restos del asado, vaciando los orinales. La vaca del senescal, con las ubres hinchadas a pesar de las órdenes de Ki¬vrin, entró en el patio y la siguió, empujándola con los cuernos hasta que Kivrin se rindió y la ordeñó. Roche cortó madera entre sus visitas al senescal y al niño, y Kivrin deseaba haber aprendido a cortar madera mien¬tras golpeaba torpemente los grandes leños.

El senescal fue a buscarlos antes del anochecer. Ahora era su hija pequeña. Ya van ocho casos hasta  ahora, pensó Kivrin. Sólo había cuarenta personas en la aldea. Se suponía que entre un tercio y la mitad de Eu¬ropa habían contraído la peste y muerto, y el señor Gilchrist pensaba que este cálculo era una exageración. Un tercio serían trece casos, sólo cinco más. Incluso con el cincuenta por ciento, sólo la contraerían doce más, y los hijos del senescal ya habían sido todos ex¬puestos.

Los contempló, la niña mayor gruesa y morena como su padre, el niño menor con el rostro afilado co¬mo su madre, el bebé tan delgadito. Todos os pondréis enfermos, pensó, y eso dejará a ocho.

No parecía poder sentir nada, ni siquiera cuando el bebé empezó a llorar y la niña se lo sentó sobre las ro¬dillas y le metió el dedo sucio en la boca. Trece, rezó. Veinte como máximo.

Tampoco podía sentir nada por el clérigo, aunque estaba claro que no pasaría de esa noche. Tenía los la¬bios y la lengua cubiertos de una costra marrón, y tosía una baba acuosa veteada de sangre. Le atendía automá-ticamente, sin sentir nada.

Es la falta de sueño, pensó, nos está aturdiendo a to¬dos. Se tumbó junto al fuego y trató de dormir, pero parecía encontrarse más allá del sueño, más allá del can¬sancio. Ocho personas más, pensó, sumándolas mental¬mente. La madre la contraerá, y la mujer del molinero y también sus hijos. Eso deja a cuatro. No dejes que uno de ellos sea Agnes o Eliwys. Ni Roche.

Por la mañana Roche encontró a la cocinera tendi¬da en la nieve delante de su choza, medio helada y to¬siendo sangre.

Nueve, pensó Kivrin.

La cocinera era viuda y no tenía nadie que la cuida¬ra, así que la llevaron al salón y la colocaron junto al clérigo, que extrañamente, horriblemente, seguía vivo todavía.

Las hemorragias se le habían extendido ahora por todo el cuerpo, y tenía el pecho cruzado por marcas

azules y amoratadas, los brazos y piernas eran casi ne¬gros. Tenía las mejillas cubiertas por una barba negra que de algún modo también parecía un síntoma, y de¬bajo su rostro se iba oscureciendo.

Rosemund yacía pálida y silenciosa, debatiéndose entre la vida y la muerte, y Eliwys la atendía en silen¬cio, con cuidado, como si el más leve movimiento, el menor sonido, pudieran empujarla a la muerte. Kivrin caminaba de puntillas entre los jergones, y Agnes, ad¬virtiendo la necesidad de silencio, se sentía completa¬mente aparte.

Gemía, se colgaba de la separación, le suplicaba a Kivrin una docena de veces que la llevara a ver a su perro, o a su pony, que le trajera algo de comer, que terminara de contarle la historia de la niña mala en el bosque.

—¿Cómo acaba? —preguntó con un tono que a Kivrin le crispaba los nervios—. ¿Se comen los lobos a la niña?

—No lo sé —respondió Kivrin después de la cuar¬ta vez—. Ve y siéntate junto a tu abuela.

Agnes miró desdeñosa a lady Imeyne, que estaba todavía arrodillada en el rincón, de espaldas a todos. Había pasado allí toda la noche.

—Abuela no jugará conmigo.

—Bueno, pues entonces juega con Maisry.

Lo hizo durante cinco minutos, molestándola tan implacablemente que la criada contraatacó y Agnes re¬gresó llorando, quejándose de que Maisry la había pe¬llizcado.

—No se lo reprocho —dijo Kivrin, y las envió a las dos al desván.

Fue a ver al niño, que había mejorado tanto que in¬cluso se había incorporado, y cuando regresó encontró a Maisry sentada en el sillón, profundamente dormida.

—¿Dónde está Agnes?

Eliwys miró aturdida a su alrededor.

—No lo sé. Estaban en el desván.

—Maisry —llamó Kivrin, acercándose al dosel—. Despierta. ¿Dónde está Agnes?

Maisry parpadeó estúpidamente.

—No tendrías que haberla dejado sola.

Kivrin subió al desván, pero Agnes no estaba allí, así que comprobó en la habitación. Tampoco la en¬contró.

Maisry se llevó una mano a la oreja, a la defensiva, y la miró boquiabierta.

—Eso es —la amenazó Kivrin—. Te tiraré de las orejas si no me dices dónde está.

Maisry enterró el rostro en su falda.

—¿Dónde está? —Kivrin la cogió por el brazo—. Se suponía que tenías que vigilarla. ¡Era tu responsabi¬lidad!

Maisry empezó a aullar, un alarido agudo como el de un animal.

—¡Basta! ¡Dime por dónde se marchó! —Kivrin la empujó hacia la puerta.

—¿Qué pasa? —preguntó Roche al entrar.

—Es Agnes. Tenemos que encontrarla. Puede ha¬ber ido a la aldea.

Roche sacudió la cabeza.

—No la he visto. Es probable que esté en uno de los edificios externos.

—El establo —apuntó Kivrin—. Dijo que quería ver a su pony.

No estaba allí.

—¡Agnes! —llamó Kivrin en medio de la oscuri¬dad que olía a estiércol—. ¡Agnes!

El pony relinchó y trató de salir del establo, y Ki¬vrin se preguntó cuándo le habrían dado de comer por última vez, y dónde estarían los perros.

—Agnes.

Miró en cada uno de los establos y detrás del pesebre, en todos los rincones donde podía esconderse una ni¬ña pequeña, donde se hubiera podido quedar dormida.

Puede que esté en el granero, pensó Kivrin, y salió del establo, protegiéndose los ojos de la súbita clari¬dad. Roche salía de la cocina.

—¿La habéis encontrado? —preguntó Kivrin, pero él no la oyó. Miraba hacia la puerta con la cabeza ladea¬da, como si intentara escuchar algo.

Kivrin prestó atención, pero no percibió nada.

—Es el señor —dijo él, y corrió hacia la puerta.

Oh, no, Roche no, pensó Kivrin, y corrió tras él. Se había detenido y abría la puerta.

—Padre Roche —llamó Kivrin, y oyó el caballo.

Galopaba hacia ellos, el sonido de los cascos era fuerte sobre el suelo helado. Kivrin comprendió que Roche se refería al señor de la casa. Cree que el marido de Eliwys ha llegado por fin, pensó, y entonces, con un destello de esperanza, pensó es el señor Dunworthy.

Roche alzó la pesada barra y la deslizó a un lado.

Necesitamos estreptomicina y desinfectante, y tie¬ne que llevarse a Rosemund a un hospital. Necesitará una transfusión.

Roche había descorrido ya la barra. Abrió la puerta.

Una vacuna, pensó ella descabelladamente. Será mejor que traiga la oral. ¿Dónde está Agnes? Tiene que sacarla de aquí.

El caballo casi había llegado a la puerta antes de que ella recuperara el sentido.

—¡No! —exclamó, pero era demasiado tarde. Ro¬che ya había terminado de abrir la puerta.

—No puede entrar aquí—gritó Kivrin, y buscó al¬rededor algo con que advertirle—. Contraerá la peste.

Había dejado la pala junto al corral de los cerdos después de enterrar a Blackie. Corrió a cogerla.

—No le dejéis entrar—gritó. Roche agitó los bra¬zos en signo de advertencia, pero él ya había entrado en el patio.

Roche bajó los brazos.

—¡Gawyn! —dijo. El corcel negro parecía el de Gawyn, pero lo montaba un niño. No sería mayor que Rosemund, y llevaba la cara y la ropa manchadas de barro. También el caballo estaba sucio, respiraba con dificultad y salpicaba espuma, y el muchacho parecía igual de agotado.

Tenía la nariz y las orejas enrojecidas por el frío. Empezó a desmontar, mirándolos.

—No entres —advirtió Kivrin, pronunciando con cuidado para no volver al inglés—. Hay peste en esta aldea. —Levantó la pala, apuntando con ella como si fuera un rifle.

El niño se detuvo, a medio desmontar, y volvió a sentarse en la silla.

—El mal azul —añadió ella, por si no lo había en¬tendido, pero él asintió.

—Está en todas partes —dijo, y se volvió para co¬ger algo de la alforja—. Traigo un mensaje. —Tendió una bolsa de cuero hacia Roche, quien se adelantó a co¬gerla.

—¡No! —intervino Kivrin, y dio un paso al frente, agitando la pala en el aire—. ¡Déjala caer al suelo! No nos toques.

El niño sacó un rollo de pergamino y lo tiró a los pies de Roche.

El sacerdote lo recogió y lo desenrolló.

—¿Qué dice el mensaje? —preguntó al niño, y Ki¬vrin pensó, claro, no sabe leer.

—No lo sé —contestó el niño—. Es del obispo de Bath. Tengo que llevarlo a todas las parroquias.

—¿Me dejáis leerlo? —preguntó Kivrin.

—Tal vez sea del señor —aventuró Roche—. Tal vez nos envía la noticia de que se ha retrasado.

—Sí—dijo Kivrin, cogiendo el pergamino, pero ya sabía que no se trataba de eso.

Estaba en latín, escrito con letras tan elaboradas que resultaban difíciles de leer, pero no importaba. Lo

había leído antes. En el Bodleian.

Se echó la pala al hombro y leyó el mensaje, tradu¬ciéndolo.

—La contagiosa pestilencia de estos días, que se extiende con rapidez, ha dejado a muchas parroquias y otras casas de nuestra diócesis sin personas ni sacerdo¬tes para cuidar de sus feligreses.

Miró a Roche. No, pensó. Aquí no. No dejaré que suceda aquí.

—Ya que no se puede encontrar ningún sacerdote que esté dispuesto...

Los sacerdotes habían muerto o huido, y no se po¬día persuadir a nadie para que ocupara su lugar, y la gente moría «sin el sacramento de la Penitencia».

Siguió leyendo, viendo no las letras negras sino las marrones ajadas que había descifrado en el Bo¬dleian. Entonces le pareció que la carta era pomposa y ridicula.

—Moría gente a diestro y siniestro, y al obispo sólo le importaba el protocolo de la Iglesia —le había comentado al señor Dunworthy.

Pero ahora, al leerla al chico agotado y al padre Roche, ella parecía también agotada. Y desesperada.

—Si están al borde de la muerte y no pueden ase¬gurarse los servicios de un sacerdote, entonces deben confesarse unos a otros. Con la presente os instamos, en nombre de Jesucristo, a hacer esto.

Ni el niño ni Roche dijeron nada cuando Kivrin terminó de leer. La joven se preguntó si el niño sabía lo que llevaba. Enrolló el pergamino y se lo devolvió.

—Llevo cabalgando tres días —dijo él, y se desplo¬mó exhausto en la silla—. ¿No puedo descansar un poco?

—Este sitio no es seguro —contestó Kivrin, apia¬dándose de él—. Te daremos comida para que te la lleves.

 

Roche se volvió hacia la cocina y Kivrin recordó de pronto a Agnes.

—¿Has visto una niña pequeña por el camino? ¿Una niña de cinco años, con capa y capucha rojas?

—No, pero hay mucha gente en los caminos. Hu¬yen de la peste.

Roche volvió con un saco de arpillera. Kivrin dio media vuelta y cogió avena para el caballo, y Eliwys pasó ante ellos con las faldas recogidas entre las piernas y el cabello suelto a la espalda.

—¡No...! —gritó Kivrin, pero Eliwys ya había co¬gido el caballo por la brida.

—¿De dónde vienes? —le preguntó, y cogió al ni¬ño de la manga—. ¿Has visto al valido de mi esposo, Gawyn?

El niño parecía asustado.

—Vengo de Bath, con un mensaje del obispo —le respondió, tirando de las riendas. El caballo relinchó y sacudió la cabeza.

—¿Qué mensaje? —preguntó Eliwys, histérica—. ¿Es de Gawyn?

—No conozco al hombre del que habláis.

—Lady Eliwys... —dijo Kivrin, y avanzó un paso.

—Gawyn cabalga un corcel negro con una silla re¬pujada en plata —insistió Eliwys, tirando de la brida del caballo—. Ha ido a Bath para traer a mi esposo, que es testigo en los juicios.

—Nadie va a Bath. Todos los que pueden huyen de allí.

Eliwys se tambaleó, como si el caballo hubiera re¬trocedido, y pareció caer contra su flanco.

—No hay tribunales, ni leyes —prosiguió el ni¬ño—. Los muertos yacen en las calles, y todos los que los ven también mueren. Hay quien dice que es el fin del mundo.

Eliwys soltó la brida y retrocedió un paso. Se vol¬vió y miró esperanzada a Kivrin y Roche.

—Entonces seguramente volverán pronto. ¿Estás seguro que no los has visto por el camino? Cabalga un corcel negro.

—Había muchos caballos. —Hizo avanzar a su montura hacia Roche, pero Eliwys no se movió.

Roche se adelantó con el saco de comida. El chico se inclinó, la recogió, y cuando hizo girar al caballo es¬tuvo a punto de atropellar a Eliwys. Ella no hizo ade¬mán de apartarse.

Kivrin avanzó y cogió una de las riendas.

—No regreses junto al obispo —le aconsejó.

El chico tiró de las riendas. Parecía más asustado de ella que de Eliwys.

Kivrin no las soltó.

—Ve al norte —le conminó—. La peste no ha lle¬gado allí todavía.

Él liberó las riendas de un tirón, espoleó al caballo y salió al galope del patio.

—Apártate de los caminos principales —le gritó Kivrin—. No hables con nadie.

Eliwys se quedó donde estaba.

—Venid —le dijo Kivrin—. Tenemos que encon¬trar a Agnes.

—Mi esposo y Gawyn habrán cabalgado primero a Courcy para advertir a sir Bloet —aventuró Eliwys, y dejó que Kivrin la condujera de regreso a la casa.

Kivrin la dejó junto al fuego y se fue al granero. Agnes no estaba allí, pero encontró su propia capa, que había dejado el día de Nochebuena. Se la puso y subió al altillo. Miró en el lagar y Roche buscó en los otros edificios, pero fue en vano. Un frío viento se levantó mientras hablaban con el mensajero, y olía a nieve.

—Tal vez está en la casa —suspiró Roche—. ¿Ha¬béis mirado tras el sillón alto?

Ella registró de nuevo la casa, mirando tras el si¬llón y bajo la cama. Maisry yacía gimiendo donde la había dejado, y tuvo que resistir la tentación de pegarle una buena patada. Le preguntó a lady Imeyne, que estaba arrodillada de cara a la pared, si había vis¬to a Agnes.

La anciana la ignoró y siguió moviendo las cuentas de su rosario y los labios en silencio.

Kivrin la sacudió por el hombro.

—¿La visteis salir?

Lady Imeyne se volvió y la miró, echando chispas por los ojos.

—La culpa es de ella.

—¿De Agnes? —preguntó Kivrin, furiosa—. ¿Có¬mo puede ser culpa suya?

Imeyne sacudió la cabeza y miró a Maisry.

—Dios nos castiga por la maldad de Maisry.

—Agnes se ha perdido y ya está anocheciendo —dijo Kivrin—. Tenemos que encontrarla. ¿No habéis visto adonde fue?

—Su culpa —susurró la anciana, y se volvió hacia la pared.

Se hacía tarde y el viento silbaba contra los muros. Kivrin recorrió el pasaje y salió al prado.

Era como el día que había intentado encontrar por su cuenta el lugar de recogida. No había nadie en el pra¬do cubierto de nieve, y el viento agitaba sus ropas al co¬rrer. Una campana tañía al noreste, lentamente, anun¬ciando un funeral.

A Agnes le encantaba el campanario. Kivrin entró y la llamó, aunque distinguía claramente la campana. Salió y se quedó mirando las chozas, tratando de pen¬sar adonde habría ido la niña.

A las chozas no, a menos que hubiera tenido frío. El perrito. Quería ver la tumba. Kivrin no le había di¬cho que lo había enterrado en el bosque. Agnes le ha¬bía dicho que había que enterrarlo en el cementerio. Ya veía que la niña no estaba allí, pero de todas formas atravesó la valla.

Agnes había estado allí. Las huellas de sus botitas iban de tumba en tumba y luego se dirigían a la parte

norte de la iglesia. Kivrin se volvió hacia la colina y la linde del bosque, pensando. ¿Y si ha ido al bosque? Nunca la encontraremos.

Rodeó la iglesia. Las huellas se detenían y volvían al otro lado. Kivrin abrió la puerta. Dentro casi estaba oscuro y hacía más frío que en el patio sacudido por el viento.

—¡Agnes! —llamó.

No obtuvo respuesta, pero un leve sonido llegó de junto al altar, como una rata huyendo.

—¿Agnes? —dijo Kivrin, escrutando la penumbra tras la tumba, los pasillos laterales—. ¿Estás aquí?

—¿Kivrin? —respondió una vocecita temblorosa.

Estaba junto a la imagen de santa Catalina, acurru¬cada entre las velas de la peana. Se había apretujado contra las burdas faldas de piedra de la estatua, con los ojos aterrados, envuelta en su capa. Tenía la cara roja y surcada por las lágrimas.

—¿Kivrin? —gimió, y se abalanzó a sus brazos.

—¿Qué estás haciendo aquí, Agnes? —dijo Kivrin, furiosa de puro alivio. La abrazó con fuerza—. Te he¬mos estado buscando por todas partes.

Ella enterró el rostro contra el cuello de Kivrin.

—Me escondía —dijo—. Llevé a Carro a ver a mi perro, y me caí. —Se frotó la nariz—. Os llamé muchas veces, pero vos no veníais.

—No sabíamos dónde estabas, cariño —la consoló Kivrin, acariciándole el pelo—. ¿Por qué has venido a la iglesia?

—Me escondía del hombre malo.

—¿Qué hombre malo? —Kivrin frunció el ceño.

La puerta de la iglesia se abrió, y Agnes se apretó contra el cuello de Kivrin.

—Es el hombre malo —susurró, histérica.

—¡Padre Roche! —llamó Kivrin—. La he encon¬trado. Está aquí. —La puerta se cerró y oyó los pasos

del sacerdote—. Es el padre Roche. También te ha esta¬do buscando. No sabíamos dónde te habías metido.

La niña aflojó un poco su abrazo.

—Maisry dijo que el hombre malo vendría y me cogería.

Roche llegó jadeando, y Agnes volvió a enterrar la cabeza contra Kivrin.

—¿Está enferma? —preguntó ansiosamente.

—No lo creo. Está helada. Ponedle mi capa.

Roche desabrochó torpemente la capa de Kivrin y envolvió con ella a Agnes.

—Me escondía del hombre malo —le explicó a Ki¬vrin, volviéndose.

—¿Qué hombre malo?

—El hombre malo que os persiguió en la iglesia. Maisry dijo que viene y te coge y te da el mal azul.

—No hay ningún hombre malo —replicó Kivrin, pensando que cuando volviera a la casa sacudiría a Maisry hasta que le castañetearan los dientes. Se levan¬tó. Agnes la abrazó con más fuerza.

Roche fue tanteando la pared hasta llegar a la puer¬ta y la abrió. Una luz azulina los asaltó.

—Maisry dijo que él se llevó a mi perro —prosi¬guió Agnes, tiritando—. Pero a mí no. Me escondí.

Kivrin pensó en el cachorro negro, flácido en sus manos, con sangre en la boca.

No, pensó, y caminó rápidamente sobre la nieve. La niña tiritaba porque había estado demasiado tiempo en la iglesia helada. Notó su carita caliente contra el cuello. Es de tanto llorar, pensó, y le preguntó si le do¬lía la cabeza.

Agnes asintió o sacudió la cabeza contra Kivrin, pero no respondió. No, pensó Kivrin, y apretó el paso seguida de Roche. Dejó atrás la casa del senescal hasta llegar al patio.

—No fui al bosque —dijo Agnes cuando llegaron a la casa—. La niña mala sí fue, ¿verdad?

—Sí —contestó Kivrin, acercándola al fuego—. Pero no pasó nada. El padre la encontró y la llevó a casa. Y vivieron felices y comieron perdices. —Sentó a Agnes en el banco y le desabrochó la capa.

—Y nunca volvió al bosque.

—Nunca. —Kivrin le quitó los zapatos mojados y las calzas—. Acuéstate —le ordenó al tiempo que ex¬tendía la capa junto al fuego—. Te traeré un poco de sopa caliente. —Agnes se tendió dócilmente y Kivrin la cubrió con la capa.

Le trajo sopa, pero Agnes la rechazó, y se quedó dormida casi de inmediato.

—Ha cogido frío —le dijo a Eliwys y Roche casi ferozmente—. Ha estado fuera toda la tarde. Ha cogi¬do frío.

Pero después de que Roche se marchara a decir vís¬peras, destapó a Agnes y le palpó bajo los brazos y en la ingle. Incluso le dio la vuelta, buscando un bulto como el del niño entre sus omóplatos.

Roche no tocó la campana. Volvió con una colcha ajada, sin duda de su propia cama, la tendió en el suelo y trasladó a Agnes a ella.

Las otras campanas de vísperas sonaban. Oxford, Godstow y la campana del suroeste. Kivrin no oyó la doble campana de Courcy. Miró ansiosamente a Eli¬wys, pero ella no parecía estar escuchando. Miraba ha¬cia la puerta.

Las campanas cesaron, y la de Courcy comenzó. Parecía extraña, apagada y lenta. Kivrin miró a Roche.

—¿Es un funeral?

—No —respondió él, mirando a Agnes—. Es un día sagrado.

Kivrin había perdido cuenta de los días. El envia¬do del obispo se había marchado la mañana de Navi¬dad y por la tarde ella descubrió que se trataba de la peste, y después de eso todo pareció un único día interminable.

Cuatro días, pensó, han sido cuatro días.

Había querido venir por Navidad porque había tantos días de fiesta que incluso los campesinos sabían qué día era, y así no perdería el encuentro.

Gawyn fue a Bath por ayuda, señor Dunworthy, pensó, y el obispo se llevó todos los caballos, y no sabía dónde estaba.

Eliwys se había levantado y escuchaba las cam¬panas.

—¿Son las campanas de Courcy?

—Sí —dijo Roche—. No temáis. Es la Matanza de los Santos Inocentes.

La matanza de los inocentes, pensó Kivrin, miran¬do a Agnes. Dormía, y había dejado de temblar, aunque aún estaba caliente.

La cocinera gimió algo y Kivrin se acercó a ella. Estaba encogida en su jergón, intentando levantarse.

—Debo ir a casa —murmuró.

Kivrin la obligó a acostarse y le llevó un poco de agua. El cubo estaba casi vacío, así que lo cogió y salió con él.

—Decidle a Kivrin que quiero que venga —pro¬rrumpió Agnes. Estaba sentada.

Kivrin soltó el cubo.

—Estoy aquí —dijo, arrodillándose junto a la ni¬ña—. Aquí mismo.

Agnes la miró, la cara roja y distorsionada por la furia.

—El hombre malo me cogerá si Kivrin no viene —gimoteó—. Pedidle que venga ahora mismo.

 

TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL JUICIO FINAL

(073453-074912)

 

No fui al encuentro. Perdí la cuenta de los días, cuidando de Rosemund, y no encontraba a Agnes, y no sabía dónde estaba el lugar.

Debe de estar usted muy preocupado, señor Dunworthy. Probablemente pensará que he caído entre ase¬sinos y ladrones. Bueno, así ha sido. Y ahora tienen a Agnes.

Tiene fiebre, pero no le han salido bubas, y no tose ni vomita. Sólo fiebre. Es muy alta... no me conoce y sigue pidiendo que yo vaya. Roche y yo intentamos bajarle la fiebre lavándola con compresas frías, pero si¬gue aumentándole la temperatura.

(Pausa)

Lady Imeyne está enferma. El padre Roche la en¬contró esta mañana en el suelo. Tal vez llevaba allí toda la noche. Las dos últimas noches se negó a acostarse y permaneció de rodillas en el rincón, rezándole a Dios para que la protegiera a ella y al resto de los piadosos de la peste.

No lo ha hecho. Tiene la neumónica. Tose y vomi¬ta mucosidad manchada de sangre.

No quiere que Roche ni yo la atendamos.

—Ella tiene la culpa de esto —le dijo a Roche, y me señaló—. Miradle el cabello. No es una doncella. Mi¬rad su ropa.

Mi ropa son una pelliza de chico y unas calzas de cuero que encontré en uno de los cofres del des¬ván. Mi saya se estropeó cuando lady Imeyne me vo¬mitó encima, y tuve que romper mi camisa para hacer vendas.

Roche intentó darle a Imeyne un poco de infusión de corteza de sauce, pero ella lo escupió.

—Mintió cuando dijo que la habían asaltado en el bosque. La han enviado para matarnos —dijo ella.

Una baba ensangrentada le resbalaba por la barbi¬lla mientras hablaba, y Roche se la secó.

—El mal os hace creer esas cosas —dijo amable¬mente.

—La enviaron para que nos envenene —prosiguió Imeyne—. Ved cómo ha envenenado a las hijas de mi hijo. Y ahora quiere envenenarme a mí también, pero no permitiré que me dé nada de comer ni de beber.

—Shhh —dijo Roche amablemente—. No debéis hablar mal de quien pretende ayudaros.

Ella sacudió la cabeza violentamente, de un lado a otro.

—Pretende matarnos a todos. Es una sierva del diablo.

Yo nunca había visto a Roche enfadado. Casi vol¬vió a parecer un asesino.

—No sabéis lo que decís. Es Dios quien la ha en¬viado para ayudarnos.

Ojalá fuera cierto que estoy aquí para servir de ayuda, pero se equivoca. Agnes grita para que yo vaya y Rosemund yace como hechizada, y el clérigo se vuel¬ve negro y yo no puedo hacer nada para ayudarlos. Nada.

(Pausa)

Toda la familia del senescal la tiene. El hijo menor. Lefric, era el único con bubas, y lo he traído aquí para desbridárselas. No puedo hacer nada por los demás. Todos tienen peste neumónica.

(Pausa)

El bebé del senescal ha muerto.

                   (Pausa)

Las campanas de Courcy doblan. Nueve golpes. ¿Cuál de ellos es? ¿El enviado del obispo? ¿El mon¬je gordo que ayudó a robarnos los caballos? ¿O sir Bloet?

Espero que así sea.

(Pausa)

Un día aciago. La mujer del senescal y el niño que huyó de mí cuando fui a buscar el lugar de encuentro han muerto esta tarde.

El senescal está cavando sus tumbas, aunque el suelo está tan congelado que no sé cómo puede hacerle siquiera una mella. Rosemund y Lefric han empeora¬do. Rosemund apenas puede tragar y su pulso es débil e irregular.

Agnes no está tan mal, pero no consigo que le baje la fiebre.

Roche dijo vísperas aquí esta noche.

—Buen Jesús —rezó después de las oraciones esta¬blecidas—, sé que has enviado la ayuda que has podi¬do, pero me temo que no podemos prevalecer contra esta oscura plaga. Tu santa servidora Katherine dice que este terror es una enfermedad, ¿pero cómo es posi¬ble? Pues no se mueve de hombre a hombre, sino que está en todas partes a la vez.

Así es.

(Pausa)

Ulf el molinero ha muerto. También Sibbe, hija del senescal Joan, hija del senescal.

 

La cocinera (no sé su nombre). Walthef, hijo mayor del senescal.

(Pausa)

Más del cincuenta por ciento de la aldea la sufre. Por favor, no dejes que Eliwys la contraiga. Ni Roche.

 

—Os haré esto —dijo alguien.

Dunworthy abrió mucho los ojos y buscó las ga¬fas, pero no estaban allí.

—Os enviaré terror, destrucción, y fiebre ardiente.

Era la señora Gaddson. Estaba sentada en la silla junto a su cama, leyendo la Biblia. No tenía puesta la mascarilla ni la bata, aunque la Biblia parecía cubierta de politeno. Dunworthy la miró con el ceño fruncido.

—Y cuando estéis congregados en vuestras ciuda¬des, os enviaré la peste.

—¿Qué día es? —preguntó Dunworthy.

Ella hizo una pausa, le observó y continuó plácida¬mente.

—Y seréis entregados a las manos del enemigo.

No podía llevar allí mucho tiempo. La señora Gad¬dson estaba leyendo a los pacientes cuando fue a ver a Badri. Tal vez era la misma tarde, y Mary aún no había acudido para echarla.

—¿Puede tragar? —preguntó la enfermera. Era la anciana de Suministros—. Tengo que darle un temp —gruñó—. ¿Puede tragar?

Él abrió la boca y la enfermera le puso el temp en la lengua. Le inclinó la cabeza hacia delante para que pu¬diera beber y Dunworthy oyó el crujido del delantal.

—¿La ha tragado? —preguntó, y dejó que se re¬costara un poco.

La cápsula se le había atascado en algún lugar de la garganta, pero asintió. El esfuerzo hizo que le doliera la cabeza.

—Bien. Entonces me llevaré esto. —Le quitó algo del antebrazo.

—¿Qué hora es? —preguntó él, tratando de no es¬cupir la cápsula.

—Hora de descansar —replicó ella, mirando mio¬pe las pantallas tras su cabeza.

—¿Qué hora es? —repitió él, pero la enfermera ya se había marchado—. ¿Qué día es hoy? —le pre¬guntó a la señora Gaddson, pero también ella se había marchado.

No podía llevar allí mucho tiempo. Todavía tenía fiebre y dolor de cabeza, que eran los primeros síntomas de la gripe. Tal vez sólo llevaba enfermo unas horas. Tal vez todavía era la misma tarde y había despertado al trasladarlo a la habitación, antes de tener tiempo de co¬nectar el botón de llamada o darle un temp.

—Hora de su temp —dijo la enfermera. Era una distinta, la rubia guapa que le había preguntado por William Gaddson.

—Ya he tomado uno.

—Eso fue ayer. Vamos, tómeselo.

El estudiante de primer curso le había dicho que había contraído el virus.

—Creía que estaba enferma —comentó él.

—Lo estuve, pero ya me he curado. Y usted tam¬bién se curará. —Le puso la mano detrás de la cabeza para que pudiera tomar un sorbo de agua.

—¿Qué día es?

—Once —respondió ella—. He tenido que pensar¬lo un poco. Al final las cosas se volvieron un poco con¬fusas. Casi todo el personal cayó, y tuvimos que traba¬jar turnos dobles. Perdí la cuenta de los días. —Tecleó algo en la consola y contempló las pantallas con el ceño fruncido.

Él ya lo sabía antes de que se lo dijera, antes de in¬tentar coger la campana para pedir ayuda. La fiebre había convertido las noches delirantes y las mañanas drogadas en una interminable tarde lluviosa, pero su cuerpo había seguido computando el tiempo, los días. Lo sabía antes incluso de que ella se lo dijera: había perdido el encuentro.

En realidad no hubo ningún encuentro, se dijo amargamente. Gilchrist desconectó la red. No habría importado que hubiera estado allí o que no hubiera es¬tado enfermo. La red estaba cerrada y él no podría ha¬ber hecho nada.

Once de enero. ¿Cuánto tiempo había esperado Kivrin ante el lugar de recogida? ¿Un día? ¿Dos? ¿Tres antes de empezar a pensar que se había equivocado de fecha o de lugar? ¿Había esperado toda la noche en la carretera de Oxford a Bath, acurrucada en su inútil capa blanca, reacia a encender fuego por miedo a que la luz atrajera a lobos, o ladrones, o campesinos huyendo de la peste? ¿Cuándo comprendió por fin que nadie iría a rescatarla?

—¿Puedo traerle algo? —preguntó la enfermera. Introdujo una jeringuilla en la cánula.

—¿Ahí hay algo para hacerme dormir?

—Sí.

—Bien —murmuró él, y cerró los ojos, agradecido.

Durmió unos cuantos minutos, o un día, o un mes. La luz, la lluvia, la falta de sombras seguían igual cuando despertó. Colin estaba sentado junto a la cama, leyendo el libro que Dunworthy le había regalado por Navidad y chupando algo. No puede haber pasado tanto tiempo, pensó Dunworthy, todavía tiene el chicle.

—Vaya —dijo Colin y cerró el libro de golpe—. Esa horrible enfermera dijo que sólo podía quedarme si prometía no despertarlo, y no lo he hecho, ¿verdad? Le dirá que se ha despertado solo, ¿verdad?

Se sacó el chicle, lo examinó y se lo guardó en el bolsillo.

—¿La ha visto? Debió de vivir durante la Edad Media. Es casi tan necrótica como la señora Gaddson.

Dunworthy le observó. La chaqueta donde se ha¬bía guardado el chicle era nueva, verde, y la bufanda a cuadros grises que llevaba al cuello resultaba aún más sombría contra el verdor. Colin parecía mayor, como si hubiera crecido mientras Dunworthy dormía.

Colin frunció el ceño.

—Soy yo, Colín. ¿Me conoce?

—Sí, claro que te conozco. ¿Por qué no llevas una mascarilla?

Colín sonrió.

—No tengo por qué. Y en cualquier caso ya no es usted contagioso. ¿Quiere las gafas?

Dunworthy asintió, con cuidado, para que el dolor de cabeza, no comenzara otra vez.

—Cuando se despertó las otras veces, no me re¬conoció. —Rebuscó en el cajón de la mesilla de noche y le tendió a Dunworthy sus gafas—. Estuvo usted fatal. Pensé que iba a palmarla. No dejaba de llamar¬me Kivrin.

—¿Qué día es?

—Doce —replicó Colin, impaciente—. Esta maña¬na ya me lo ha preguntado. ¿No lo recuerda?

Dunworthy se puso las gafas.

—No.

—¿Recuerda algo de lo que ha pasado?

Recuerdo cómo le fallé a Kivrin. Recuerdo que la he dejado en 1348.

Colin acercó la silla y dejó el libro sobre la cama.

—La enfermera me dijo que no se acordaría por culpa de la fiebre —dijo, pero parecía casi furioso con Dunworthy, como si él fuera responsable—. No me dejó entrar a verlo ni me decía nada. Creo que es una injusticia. Te hacen sentarte en una sala de espera, y no paran de decirte que te vayas a casa, que no puedes ha¬cer nada aquí, y cuando les preguntas te dicen: «Ense¬guida vendrá el doctor», y no te dicen nada. Te tratan como a un niño. Quiero decir que hay que enterarse al¬guna vez, ¿no? ¿Sabe lo que hizo la enfermera esta ma¬ñana? Me echó. Dijo: «El señor Dunworthy ha estado muy enfermo. No quiero que le molestes.» Como si fuera a hacerlo.

Parecía indignado, pero también cansado, preocu¬pado. Dunworthy lo imaginó acechando en los pasillos y sentado en la sala de espera, aguardando noticias. No era extraño que pareciera mayor.

—Y ahora la señora Gaddson me dice que sólo le diga buenas noticias, porque las malas noticias pueden hacerle recaer, y si se muriera sería por mi culpa.

—Ya veo que la señora Gaddson sigue elevando la moral —sonrió Dunworthy—. Supongo que no hay ninguna posibilidad de que contraiga el virus, ¿no?

Colin pareció sorprendido.

—La epidemia ha acabado —dijo—. Van a levantar la cuarentena la semana que viene.

El análogo había llegado, después de todas las sú¬plicas de Mary. Se preguntó si habría llegado a tiempo para ayudar a Badri, y entonces pensó cuáles serían las malas noticias que la señora Gaddson no quería que le dijeran. Ya me la han dicho. Se ha perdido el ajuste y Kivrin está en 1348.

—Dame alguna buena noticia —pidió.

—Bueno, nadie ha caído enfermo desde hace dos días, y los suministros por fin han pasado, así que ya tenemos algo decente para comer.

—Ya veo que llevas ropa nueva.

Colin miró la chaqueta verde.

—Es uno de los regalos de Navidad de mi madre. Los envió después... —Se detuvo y frunció el ceño—. Me envió más vids, y un juego de máscaras también.

Dunworthy se preguntó si habría esperado a que la epidemia hubiera pasado efectivamente antes de mo¬lestarse en enviar los regalos de Colin, y qué habría di¬cho Mary al respecto.

—Mire —dijo Colin, incorporándose—. La cha¬queta se cierra automáticamente. Sólo hay que tocar el botón, así. Ya no tendrá que volver a decirme que me abroche.

La enfermera llegó entre crujidos.

—¿Le ha despertado? —demandó.

—¿Lo ve? —murmuró Colin—. Yo no he sido, hermana. Estuve tan callado que ni siquiera se oía cómo pasaba las páginas.

—No me despertó, y no me está molestando —in¬tervino Dunworthy antes de que ella pudiera hacerle la siguiente pregunta—. Sólo me está contando las bue¬nas noticias.

—No tendrías que decirle nada al señor Dunwor¬thy. Debe descansar —advirtió ella, y colgó una bolsa de líquido claro en el gotero—. El señor Dunworthy sigue demasiado enfermo para que lo molesten las visi¬tas. —Empujó a Colin hacia la salida.

—Si le preocupan tanto las visitas, ¿por qué no im¬pide que la señora Gaddson le lea la Biblia? —protestó Colin—. Eso pondría enfermo a cualquiera. —Se detu¬vo en la puerta, mirando a la enfermera—. Volveré ma¬ñana. ¿Quiere que le traiga algo?

—¿Cómo está Badri? —preguntó Dunworthy, y se preparó para la respuesta.

—Mejor. Estaba casi recuperado, pero tuvo una recaída. Ahora está mucho mejor. Quiere verle.

—No —dijo Dunworthy, pero la enfermera ya ha¬bía cerrado la puerta.

«No es culpa de Badri», había dicho Mary, y por supuesto tenía razón. La desorientación era uno de los primeros síntomas. Recordó que había sido incapaz de marcar el número de Andrews, que la señora Piantini cometía un error tras otro con las campanillas, y mur¬muraba «Lo siento» sin cesar.

—Lo siento —murmuró. No fue culpa de Badri. Fue suya. Le preocupaban tanto los cálculos del estu¬diante que contagió a Badri sus temores, tanto que Ba¬dri decidió volver a introducir las coordenadas. Colin había dejado su libro en la cama. Dunworthy lo acercó. Parecía imposiblemente pesado, tanto que el brazo le tembló por el esfuerzo de abrirlo, pero lo apoyó contra la baranda de la cama y pasó las páginas, casi ilegibles desde el ángulo en que se hallaba, hasta que encontró lo que buscaba. La Peste Negra había golpeado Oxford en Navidad. Por ello habían cerrado las universidades y los que pudieron huir a las aldeas vecinas llevaron la epidemia consigo. Los que no pudieron marcharse ca-yeron a miles, de modo que «no quedó nadie para ha¬cerse cargo ni para enterrar a los muertos». Y los pocos que quedaron se atrincheraron en los colegios, escon¬diéndose y buscando a alguien a quien echar la culpa.

Se quedó dormido con las gafas puestas, pero cuan¬do la enfermera se las quitó, se despertó. Era la enferme¬ra de William, y le sonrió.

—Lo siento —dijo, guardándolas en el cajón—. No quería despertarlo.

Dunworthy la miró.

—Colin dice que la epidemia ha pasado.

—Sí —confirmó ella, sin perder de vista las panta¬llas que había tras él—. Descubrieron la fuente del vi¬rus y consiguieron el análogo al mismo tiempo; menos mal. Probabilidad estimaba una tasa de incidencia del ochenta y cinco por ciento y del treinta y dos por cien¬to de mortalidad incluso con antimicrobiales y poten¬ciación de leucocitos-T, y eso sin tener en cuenta la es¬casez de suministros y el elevado número de miembros del personal enfermos. Tuvimos casi el diecinueve por ciento de mortalidad y un buen número de casos si¬guen siendo críticos.

Le cogió la muñeca y miró la pantalla.

—Le ha bajado un poco la fiebre —anunció—. Tiene mucha suerte, ¿sabe? El análogo no funcionó en todo el mundo que estaba ya infectado. La doctora Ahrens... —dijo, y entonces se interrumpió. Él se pre¬guntó qué habría dicho Mary. Que la palmaría—. Tie¬ne usted mucha suerte —repitió—. Ahora intente dormir.

Durmió, y cuando volvió a despertar, la señora Gaddson estaba junto a él, preparada para arremeter con su Biblia.

—«Caerán sobre ti todas las plagas de Egipto —leyó en cuanto Dunworthy abrió los ojos—. Tam¬bién cada enfermedad y cada epidemia, hasta que seas destruido.»

—«Y serás entregado a las manos del enemigo» —murmuró Dunworthy.

—¿Qué? —preguntó la señora Gaddson.

—Nada.

Había perdido por dónde iba. Pasó las páginas de un lado a otro, buscando las pestes, y empezó a leer.

—... por eso Dios envió a Su único Hijo al mundo.

Dios nunca le habría enviado si hubiera sabido lo que sucedería. Herodes y la matanza de los inocentes y Getsemaní.

—Léame a san Mateo —pidió—. Capítulo 26, ver¬sículo 39.

La señora Gaddson se interrumpió, irritada, y lue¬go buscó a Mateo entre las páginas.

—«Y avanzando un poco más, cayó sobre su ros¬tro y oraba, diciendo: "Padre mío, si es posible, haz que pase de mí este cáliz."»

Dios no sabía dónde estaba Su Hijo, pensó Dun¬worthy. Había enviado a Su único Hijo al mundo, y algo había salido mal con el ajuste, alguien había desco¬nectado la red, y no pudo recuperarlo; lo arrestaron, le pusieron una corona de espinas en la cabeza y lo clava¬ron en una cruz.

—Capítulo 27, versículo 46.

Ella frunció los labios y pasó la página.

—Realmente no creo que estas Lecturas sean apro¬piadas para...

—Lea.

—«Y hacia la hora nona, gritó Jesús con fuerte voz, diciendo: "Eloi, Eloi, lama sabactani?", que quiere de¬cir: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abando¬nado?"»

Kivrin no sabría lo qué había sucedido. Pensaría que había equivocado el lugar o el momento, que de al¬gún

modo había perdido la cuenta de los días durante la peste, que algo había ido mal con el lanzamiento. Pensaría que la habían olvidado.

—¿Bien? —dijo la señora Gaddson—. ¿Alguna otra petición?

—No.

La señora Gaddson volvió al Antiguo Testamento.

—«Pues caerán por la espada, por el hambre y por la peste —siguió leyendo—. El mayor pecador morirá de peste.»

A pesar de todo, Dunworthy se durmió, y cuando despertó por fin ya no era la tarde interminable. Seguía lloviendo, pero ahora había sombras en la habitación y las campanas daban las cuatro. La enfermera de William le ayudó a ir al cuarto de baño. El libro había desaparecido y se preguntó si William había vuelto sin que lo recordara, pero cuando la enfermera abrió la puerta de la mesilla de noche para coger sus zapatillas, lo vio allí. Le pidió que le levantara la cama para estar más incorporado, y cuando ella se marchó se puso las gafas y sacó el libro.

La peste se había extendido de forma tan aleatoria, tan implacable, que los contemporáneos no pudieron creer que se trataba de una enfermedad natural. Acusa¬ron a los leprosos, a las viejas y a los enfermos mentales de envenenar pozos y echarles maldiciones. Todos los forasteros y desconocidos se convirtieron inmedia¬tamente en sospechosos. En Sussex lapidaron a dos viajeros. En Yorkshire quemaron a una joven en la ho-guera.

—Por fin le encuentro —dijo Colin, entrando en la habitación—. Creía que lo había perdido.

Llevaba la chaqueta verde y estaba muy mojado.

—Tuve que llevar las fundas de las campanillas a Santa Reformada para la señora Taylor, y está llo¬viendo a mares.

El alivio inundó a Dunworthy al oír el nombre de la señora Taylor, y advirtió que no había preguntado por ninguno de los retenidos por miedo a recibir malas noticias.

—¿Está bien entonces la señora Taylor?

Colin tocó el botón de su chaqueta, y la prenda se abrió de golpe, salpicando agua por todas partes.

—Sí. Van a tocar en Santa Re-Formada el día quin¬ce. —Se inclinó hacia delante para poder ver qué estaba leyendo Dunworthy.

Dunworthy cerró el libro y se lo tendió.

—¿Y el resto de las campaneras? ¿La señora Pian-tini?

Colin asintió.

—Está todavía en el hospital. Ha adelgazado tanto que no la reconocería. —Abrió el libro—. Ha estado leyendo sobre la Peste Negra, ¿verdad?

—Sí. El señor Finch no contrajo el virus, ¿verdad?

—No. Sustituye como tenor a la señora Piantini. Está muy preocupado. No recibimos papel higiénico en el envío de Londres, y dice que casi nos hemos que¬dado sin existencias. Tuvo una discusión con la fiera al respecto. —Puso el libro sobre la cama—. ¿Qué le va a pasar a su chica?

—No lo sé.

—¿No puede hacer nada para sacarla de allí?

—No.

—La Peste Negra fue terrible. Murió tanta gente que ni siquiera los enterraban. Sólo los dejaban amon¬tonados.

—No puedo ir a buscarla, Colin. Perdimos el ajus¬te cuando Gilchrist desconectó la red.

—Lo sé, pero de todas formas, ¿no podemos hacer nada?

—No.

—Pero...

—Intenté hablar con su médico para que restringiera sus visitas —dijo la enfermera, y agarró a Colin por el cuello de la chaqueta.

—Empiecen por la señora Gaddson —replicó Dunworthy—, y dígale a Mary que quiero verla.

Mary no vino, pero sí Montoya, obviamente des¬de la excavación. Tenía barro hasta las rodillas, y su cabello oscuro y rizado también estaba manchado. Colin la acompañaba, con la chaqueta verde toda sal¬picada.

—Hemos tenido que colarnos cuando ella no mi¬raba—jadeó Colin.

Montoya había perdido mucho peso. Sus manos parecían muy delgadas, y el digital en su muñeca le quedaba suelto.

—¿Cómo se encuentra? —preguntó.

—Mejor —mintió él, mirándole las manos. Tenía barro bajo las uñas—. ¿Y usted?

—Mejor.

Debía de haber ido directamente a la excavación a buscar el grabador en cuanto le dieron de alta en el hospital. Y ahora había venido directamente aquí.

—Está muerta, ¿verdad?

Sus manos soltaron la barandilla.

—Sí.

Kivrin estaba en el lugar correcto, después de todo. Las situacionales sólo habían cambiado unos pocos ki¬lómetros, unos pocos metros, y había conseguido en¬contrar la carretera de Oxford a Bath, había encontra¬do Skendgate. Y había muerto allí, víctima de la gripe que había contraído antes del salto. O de hambre des¬pués de la peste, o de desesperación. Llevaba muerta setecientos años.

—Lo encontró entonces —dijo, y no era una pre¬gunta.

—¿Encontrar el qué? —intervino Colin.

—El grabador de Kivrin.

—No —respondió Montoya.

Sus manos temblaron un poco, aferradas a la ba¬randilla.

—Kivrin me lo pidió —explicó—. El día del lanza¬miento. Fue ella quien sugirió que el grabador parecie¬ra un espolón óseo, para que la grabación sobreviviera aunque ella no lo hiciera. «El señor Dunworthy se pre¬ocupa en vano —dijo—, pero si algo va mal, intentaré que me entierren en el cementerio de la iglesia para que no tengan que excavar por media Inglaterra.» —Le tembló la voz.

Dunworthy cerró los ojos.

—Pero no saben que está muerta si no han encon¬trado el grabador —estalló Colin—. Usted dijo que ni siquiera sabían dónde estaba Kivrin. ¿Cómo pueden estar tan seguros de que ha muerto?

—Hemos hecho experimentos con ratas de labora¬torio en la excavación. Sólo una exposición de un cuar¬to de hora al virus basta para que se produzca el conta¬gio. Kivrin estuvo directamente expuesta a la tumba durante más de tres horas. Hay un setenta y cinco por ciento de probabilidades de que contrajera el virus, y con el limitado apoyo médico del siglo XIV, es casi se¬guro que desarrolló complicaciones.

Limitado apoyo médico. Era un siglo que había suministrado a la gente sanguijuelas y estricnina, que nunca había oído hablar de esterilización, gérmenes ni leucocitos-T. Le habrían puesto apestosas cataplasmas y murmurado oraciones, o le habrían abierto las venas. «Y los médicos los sangraban —decía el libro de Gilchrist, dijo Montoya—, la tasa de mortalidad del vi¬rus es del cuarenta y nueve por ciento. Probabilidad...

—Probabilidad —dijo Dunworthy—. ¿Son cifras de Gilchrist?

Montoya miró a Colin y frunció el ceño.

—Hay una probabilidad del setenta y cinco por ciento de que Kivrin haya contraído el virus, y un sesenta y ocho por ciento de que quedara expuesta a la peste. La tasa de contagio de la peste bubónica es del noventa y uno por ciento, y la de mortalidad...

—No ha contraído la peste —dijo Dunworthy—. Recibió su inmunización. ¿No se lo dijeron la doctora Ahrens o Gilchrist?

Montoya volvió a mirar a Colin.

—Me advirtieron que no debía decírselo —alegó Colin, mirándola desafiante.

—¿Decirme qué? ¿Está enfermo Gilchrist? —re¬cordó que había mirado las pantallas y luego se desplo¬mó en sus brazos. Se preguntó si lo habría contagiado al caer.

—El señor Gilchrist murió de gripe hace tres días.

Dunworthy miró a Colin.

—¿Qué más te ordenaron que no me contaras? —exigió—. ¿Quién más ha muerto mientras yo estaba enfermo ?

Montoya alzó la mano para silenciar a Colin, pero ya era demasiado tarde.

—Tía Mary.

 

TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL JUICIO FINAL

 (077076-078924)

 

Maisry ha huido. Roche y yo la hemos buscado por todas partes, por miedo de que hubiera caído en¬ferma y se hubiera arrastrado hasta algún rincón, pero el senescal dijo que cuando cavaba la tumba de Walthef la había visto dirigirse al bosque. Cabalgaba el pony de Agnes.

 

Sólo propagará la peste, o llegará a una aldea que ya la tenga. Ahora está en todas partes. Las campanas suenan como a vísperas, pero desacompasadas, como si los cam¬paneros se hubieran vuelto locos. Es imposible distinguir si son nueve golpes o tres. Las campanas dobles de Cour-cy sólo han tocado una vez esta mañana. Me pregunto si es el bebé. O una de las muchachas charlatanas.

Rosemund sigue inconsciente y su pulso es muy débil. Agnes grita y se debate en su delirio. Sigue lla¬mándome a gritos, pero no deja que me acerque. Cuan¬do intento hablarle, patalea y chilla como si tuviera una rabieta. Eliwys se esfuerza intentando atender a Agnes y lady Imeyne, que me grita «¡Diablo!» cuando la atiendo y casi me puso un ojo morado esta mañana. El único que me deja acercarme es el clérigo, que está más allá de los cuidados. No creo que pase de hoy. Huele tan mal que tuvimos que trasladarlo al fondo de la ha¬bitación. La buba le ha empezado a supurar otra vez.

(Pausa)

Gunni, segundo hijo del senescal.

La mujer con las cicatrices de escrófula en el cuello.

El padre de Maisry.

El monaguillo de Roche, Cob.

(Pausa)

Lady Imeyne está muy mal. Roche intentó admi¬nistrarle los últimos sacramentos, pero se negó a confe¬sarse.

—Debéis hacer las paces con Dios antes de morir —insistió Roche, pero ella volvió el rostro a la pared y dijo:

—Él tiene la culpa de todo esto.

(Pausa)

Treinta y un casos. Más del setenta y cinco por ciento. Roche ha consagrado parte del prado esta ma¬ñana porque el cementerio está casi lleno.

Maisry no ha vuelto. Probablemente está durmien¬do en el sillón de alguna mansión abandonada por sus habitantes, y cuando todo esto se acabe se convertirá en antepasada de alguna rancia familia de abolengo.

Tal vez eso es lo malo de nuestra época, señor Dunworthy: fue fundada por Maisry, el enviado del obispo y sir Bloet. Y toda la gente que se quedó e in¬tentó ayudar contrajo la peste y murió.

(Pausa)

Lady Imeyne ha caído inconsciente y Roche le está administrando los últimos sacramentos. Yo se lo pedí.

—Es la enfermedad la que habla. Su alma no se ha vuelto contra Dios —afirmé, lo cual no es cierto, y qui¬zás ella no se merezca el perdón, pero tampoco se me¬rece esto, su cuerpo envenenado, pudriéndose, y ape¬nas puedo condenarla por culpar a Dios cuando yo la culpo a ella. Y nadie es responsable. Es una enfer¬medad.

El vino consagrado se ha acabado y no queda acei¬te de oliva. Roche utiliza aceite de cocinar. Huele a rancio. Cuando le toca las sienes y las palmas de las manos, su piel se vuelve negra.

Es una enfermedad.

(Pausa)

Agnes ha empeorado. Es horrible mirarla, allí ten¬dida y jadeando como su pobre cachorrito.

—¡Decidle a Kivrin que venga a buscarme! ¡No me gusta estar aquí! —grita.

Ni siquiera Roche puede soportarlo.

 

—¿Por qué nos castiga así Dios? —me preguntó.

—No lo hace. Es una enfermedad —repetí. Pero no es ninguna enfermedad, y él lo sabe.

Toda Europa lo sabe, y la Iglesia lo sabe también. Continuará durante unos cuantos siglos más, poniendo excusas, pero no puede ocultar el hecho esencial: que El dejó que esto pasara. No viene a rescatar a nadie.

(Pausa)

Las campanas han cesado. Roche me preguntó si creía que era un signo de que la epidemia ha terminado.

—Después de todo, quizá Dios ha podido venir a ayudarnos —aventuró.

No lo creo. En Tournai las autoridades eclesiásti¬cas ordenaron que cesaran las campanas porque el sonido asustaba a la gente. Tal vez el obispo de Bath ha hecho lo mismo.

Desde luego, el sonido era pavoroso, pero el silen¬cio es aún peor. Es como el fin del mundo.

 

 

 

 

 

 

30

 

Mary murió al principio de la enfermedad de Dunworthy. Contrajo la gripe el día en que llegó el análo¬go. Desarrolló neumonía casi inmediatamente, y al segundo día su corazón se detuvo. El seis de enero. Epi¬fanía.

—Tendrías que habérmelo dicho —se lamentó Dunworthy.

—Se lo dije —protestó Colin—. ¿No lo recuerda?

Él no recordaba nada, no había visto ninguna ad¬vertencia ni siquiera en el hecho de que la señora Gaddson tuviera libre acceso a su habitación, ni cuan¬do Colin dijo que no le permitían decirle nada. No le había parecido extraño que ella no hubiera venido a verlo.

—Se lo dije cuando se puso enferma —aseguró Colin—, y también cuando se murió, pero estaba usted demasiado débil para importarle.

Pensó en Colin esperando ante la habitación de ella, aguardando noticias y luego velándolo junto a su cama, deseando que le dijera «Lo siento, Colin».

—No pudo evitar estar enfermo —añadió el mu¬chacho—. No fue culpa suya.

Dunworthy le había dicho lo mismo a la señora Taylor, y ella no le creyó más que él a Colin ahora. No

creía que Colin lo creyera tampoco.

—No importa —prosiguió Colin—. Todo el mun¬do fue muy amable excepto la enfermera jefa. No me dejó decírselo ni siquiera cuando se puso usted mejor, pero todo el mundo fue amable excepto la fiera. Se pa¬saba las horas leyéndome las Escrituras sobre cómo Dios castiga a los malvados. El señor Finch llamó a mi madre, pero ella no pudo venir y Finch se encargó de todos los preparativos del funeral. Fue muy ama¬ble. Las americanas también. Me dieron un montón de dulces.

—Lo siento —dijo Dunworthy entonces, y des¬pués de que Colin se marchara, expulsado por la vieja enfermera—. Lo siento.

Colin no volvió, y Dunworthy no sabía si la enfer¬mera le había prohibido acceder al hospital o si, a pesar de lo que decía, Colin no lo perdonaba.

Había abandonado al muchacho, lo había dejado a merced de la señora Gaddson, de la enfermera y de los médicos que no querían decirle nada. Había ido a un sitio donde nadie podía alcanzarlo, tan incomunicado como Basingame, que seguía pescando salmones en al¬gún río de Escocia. Y no importaba lo que dijera Colin, el muchacho pensaba que si Dunworthy lo hubiera de¬seado realmente, con enfermedad o sin ella, podría ha¬ber estado allí para ayudarlo.

—Usted también cree que Kivrin ha muerto, ¿ver¬dad? —le preguntó después de que se marchara Montoya.

—Me temo que sí.

—Pero dijo usted que no podía contraer la peste. ¿Y si no está muerta? ¿Y si está en el lugar de encuentro ahora mismo, esperándolo?

—Estaba contagiada por la infección, Colin.

—Usted también, y no se ha muerto. Tal vez ella tampoco. Creo que debería ir a ver a Badri por si se le ocurre alguna idea. Tal vez pueda conectar la máquina de nuevo o algo así.

—No lo comprendes. No es como una linterna de bolsillo. El ajuste no puede ser conectado otra vez.

—Bueno, pero a lo mejor podría hacer otro. Un ajuste nuevo, a la misma época.

A la misma época. Un lanzamiento, incluso cuan¬do las coordenadas ya eran conocidas, tardaba días en ser establecido. Y Badri no tenía las coordenadas, sólo tenía la fecha. Podía establecer un nuevo grupo de co-ordenadas basándose en la fecha, si las situacionales ha¬bían permanecido igual, si Badri en su fiebre no las ha¬bía confundido también y si las paradojas permitían un segundo lanzamiento.

No había forma de explicárselo a Colin, no había forma de decirle que Kivrin no podría haber sobrevivi¬do a la influenza en un siglo donde el tratamiento habi¬tual era hacer sangrías.

—No funcionará, Colin —suspiró, demasiado can¬sado para explicar nada—. Lo siento.

—¿Entonces, la va a dejar allí, aunque no esté muerta? ¿Ni siquiera piensa preguntárselo a Badri?

—Colin...

—Tía Mary lo hizo todo por usted. ¡No se rindió!

—¿Qué está pasando aquí? —profirió la enferme¬ra, que entró con una serie de crujidos—. Si continúas molestando al paciente, tendré que pedirte que te marches.

—Me marchaba ya de todas formas —replicó Co¬lin, y se fue.

No había vuelto esa tarde ni por la noche, ni tam¬poco a la mañana siguiente.

—¿Se me permiten visitas? —le preguntó Dunworthy a la enfermera de William cuando le tocó el turno.

—Sí—dijo ella, mirando las pantallas—. Una per¬sona está esperando para verle.

Era la señora Gaddson. Ya tenía la Biblia abierta.

—Lucas, capítulo 23, versículo 33 —dijo, mirán¬dolo pestíferamente—. Ya que está tan interesado en la crucifixión. «Y cuando llegaron al lugar llamado Cal¬vario, lo crucificaron.»

Si Dios hubiera sabido dónde estaba Su Hijo, nun¬ca habría dejado que le hicieran eso. Le habría salvado, habría ido y le habría rescatado.

Durante la Peste Negra, los contemporáneos pen¬saban que Dios les había abandonado. «¿Por qué nos vuelves el rostro? —habían escrito—. ¿Por qué ignoras nuestros lamentos?» Pero tal vez Él no los había oído. Tal vez estaba inconsciente, enfermo en el cielo, inde¬fenso e incapaz de acudir.

—«Y hacia el mediodía las tinieblas cubrieron la tierra hasta las tres de la tarde —leyó la señora Gadd¬son—. Y el sol se eclipsó...»

Los contemporáneos creyeron que era el fin del mundo, que había llegado el Armageddon, que Satán había triunfado por fin. Lo hizo, pensó Dunworthy. Cerró la red. Perdió el ajuste.

Pensó en Gilchrist. Se preguntó si había advertido lo que había hecho antes de morir o si falleció incons¬ciente y ajeno, ignorando que había asesinado a Kivrin.

—«Y Jesús los llevó hasta cerca de Betania, alzó las manos y los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos y subió al cielo.»

Se separó de ellos y subió al cielo. Dios fue a bus¬carlo, pensó Dunworthy. Pero demasiado tarde. De¬masiado tarde.

Ella siguió leyendo hasta que la enfermera de Wi-lliam entró en el turno.

—Hora de dormir —anunció cortante, y echó a la señora Gaddson. Se acercó a la cama, le quitó la almo¬hada de debajo de la cabeza y le dio unos golpéenos.

—¿Ha venido Colin? —preguntó él.

—No lo he visto desde ayer —dijo ella, y volvió a colocarle la almohada bajo la cabeza—. Ahora tiene que dormir un poco.

—¿No ha estado aquí la señora Montoya?

—Desde ayer, no. —Le tendió una cápsula y un vaso de papel.

—¿Ha habido algún mensaje?

—Ninguno. —Recogió el vaso vacío—. Trate de dormir.

Ningún mensaje. «Intentaré que me entierren en el cementerio de la iglesia», le había dicho Kivrin a Mon¬toya, pero en las iglesias ya no cabía ningún cadáver. Acabaron enterrando a las víctimas de la peste en zan¬jas, en trincheras. Las arrojaban al río. Al final, ni si¬quiera las enterraban. Las amontonaban y les prendían fuego.

Montoya nunca encontraría el grabador. Y si lo hacía, ¿cuál sería el mensaje? «Fui al lugar de recogida, pero no se abrió. ¿Qué ha pasado?» La voz de Kivrin alzándose llena de pánico, de reproche, gimiendo: «Eloi, Eloi, ¿por qué me has abandonado?»

La enfermera de William le hizo sentarse en una si¬lla para que comiera el almuerzo. Mientras se termina¬ba unas ciruelas escarchadas, llegó Finch.

—Casi nos hemos quedado sin fruta en lata —dijo, señalando la bandeja de Dunworthy—. Y papel higié¬nico. No tengo ni idea de cómo esperan que empece¬mos el trimestre. —Se sentó al pie de la cama—. La Universidad ha dispuesto el principio del trimestre para el día veintiuno, pero no podremos estar listos para esa fecha. Todavía tenemos cincuenta pacientes en Salvin, las vacunas en masa apenas han comenzado, y no estoy tan seguro de que hayamos visto el último caso de gripe.

—¿Y Colin? ¿Está bien?

—Sí, señor. Estuvo un poco melancólico cuando la doctora Ahrens murió, pero se ha animado bastante desde que usted se ha recuperado.

—Quiero darle las gracias por haberle ayudado. Colin me dijo que usted se encargó del funeral.

—Oh, me alegré de hacerlo, señor. No tiene a na¬die más, ¿sabe? Estaba convencido de que su madre vendría cuando el peligro pasó, pero ella le dijo que le resultaba demasiado complicado hacer los preparati¬vos con tan poco tiempo. Ni siquiera envió flores bo¬nitas. Lirios y flores láser. Celebramos el servicio en la capilla de Balliol. —Se rebulló en la cama—. Oh, ha¬blando de Balliol, espero que no le importe, pero le he dado permiso a la Santa Re-Formada para que lo utilice para un concierto de campanillas el día quince. Las campaneras americanas van a interpretar When at Last My Savior Cometle de Rimbaud, y el ministerio ha re¬querido, Santa Re-Formada como centro de vacuna¬ción. Espero que no le importe.

—No —dijo Dunworthy, pensando en Mary. Se preguntó cuándo habría sido el funeral, y si habrían to¬cado las campanas después.

—Puedo llamarlas para decirles que prefiere usted que utilicen St. Mary's —apuntó Finch ansiosamente.

—No, claro que no. La capilla está perfectamente bien. Veo que ha hecho usted un gran trabajo en mi au¬sencia.

—Bueno, lo he intentado, señor. Ha sido difícil, con la señora Gaddson. —Se levantó—. No quiero pri¬varle de su descanso. ¿Hay algo que pueda traerle, algo que pueda hacer?

—No —respondió Dunworthy—, nada.

Finch se dirigió a la puerta y entonces se detuvo.

—Espero que acepte mis condolencias, señor Dun¬worthy —dijo. Parecía incómodo—. Sé la estrecha rela¬ción que le unía a la doctora Ahrens.

Estrecha relación, pensó después de que Finch se marchara. No estuve con ella en los momentos impor¬tantes. Intentó recordar a Mary inclinada sobre él, dán¬dole su temp, mirando ansiosamente las pantallas, a Colín de pie junto a su cama con la chaqueta nueva y la bufanda, diciendo «Tía Mary ha muerto. Muerto. ¿No me oye?», pero no le quedaba ningún recuerdo. Nada.

La enfermera anciana vino y enganchó otro gotero que lo dejó dormido, y cuando despertó se sintió mejor.

—Es su potenciación de leucocitos-T, que empieza a responder —le dijo la enfermera de William—. Se ha dado en bastantes casos. Algunos hacen recuperacio¬nes milagrosas.

Le hizo caminar hasta el cuarto de baño, y después de almorzar, por el pasillo.

—Cuanto más lejos llegue, mejor —le dijo, arrodi¬llada para ponerle las zapatillas.

No voy a ir a ninguna parte, pensó él. Gilchrist desconectó la red.

Ella le colgó el suero al hombro, conectó el motor portátil y le ayudó con la bata.

—No debe preocuparse por la depresión —dijo, ayudándole a ponerse en pie—. Es un síntoma habitual después de la gripe. Desaparecerá en cuanto su equili¬brio químico quede restaurado.

Caminó con él hasta el pasillo.

—Tal vez le apetezca visitar a algunos de sus ami¬gos. Hay dos pacientes de Balliol en el pabellón al fon¬do del pasillo. La señora Piantini está en la cuarta cama. Le vendrá bien un poco de alegría.

—¿El señor Latimer...? —preguntó él, y se inte¬rrumpió—. ¿El señor Latimer está todavía aquí?

—Sí —contestó ella, y Dunworthy comprendió por su tono de voz que Latimer no se había recuperado del infarto—. Está dos puertas más abajo.

Recorrió el pasillo hasta la puerta de Latimer. No había ido a verle después de que cayera enfermo, pri¬mero porque tenía que esperar la llamada de Andrews y luego porque el hospital se quedó sin RPE. Mary le había dicho que sufría parálisis total y pérdida de fun¬ciones.

Abrió la puerta de la habitación. Latimer yacía con las manos a los costados, el izquierdo ligeramente do¬blado para acomodar los enganches y el gotero. Tenía tubos en la nariz y en la garganta, y fibras-op que le co-nectaban la cabeza y el pecho con las pantallas situadas sobre la cama. Su cara quedaba medio oculta por ellas, pero no daba muestras de que le molestaran.

—¿Latimer? —preguntó Dunworthy, acercándose a la cama.

No dio ninguna señal de haberle oído. Tenía los ojos abiertos, pero no los movió ante el sonido, y su cara bajo la maraña de tubos no cambió. Parecía va¬go, distante, como si intentara recordar un verso de Chaucer.

—Señor Latimer —llamó, con más fuerza, y miró las pantallas. Tampoco cambiaron.

No es consciente de nada, pensó. Se apoyó en el respaldo de la silla.

—No sabe nada de lo que ha pasado, ¿verdad? Mary ha muerto. Kivrin está en 1348 —declaró, miran¬do las pantallas—, y usted ni siquiera se ha enterado. Gilchrist desconectó la red.

Las pantallas no cambiaron. Las líneas siguieron moviéndose firmemente, ajenas.

—Gilchrist y usted la enviaron a la Peste Negra —gritó—, y se queda ahí tendido...

Se detuvo y se desplomó en la silla.

«Intenté decirle que tía Mary había muerto —ha¬bía dicho Colin—, pero usted estaba demasiado enfer¬mo.» El muchacho había intentado decírselo, pero él permaneció acostado, como Latimer, ajeno, sin pre-ocuparse por nada.

Colin nunca me perdonará, pensó. No más de lo que perdonará a su madre por no venir al funeral. ¿Qué había dicho Finch? ¿Que le resultaba demasiado difícil hacer los preparativos con tan poco tiempo? Pensó en Colin solo en el funeral, mirando los lirios y flores láser que su madre había enviado, a merced de la señora Gaddson y las campaneras.

«Mi madre no pudo venir», había dicho, pero no lo creía.

Por supuesto que podía haber venido, si de verdad lo hubiera querido.

Nunca me perdonará, pensó. Ni Kivrin. Es mayor que Colín, imaginará todo tipo de circunstancias ate¬nuantes, tal vez incluso la auténtica. Pero en el fondo de su corazón, dejada a merced de quién sabe qué ase¬sinos, ladrones y pestilencias, no creerá que no pude ir a buscarla. Si de verdad lo hubiera querido.

Dunworthy se levantó con dificultad, agarrado al respaldo de la silla, sin mirar a Latimer ni a las panta¬llas, y volvió al pasillo. Había una camilla vacía contra la pared y se apoyó en ella durante un instante.

La señora Gaddson salió del pabellón.

—Por fin le encuentro, señor Dunworthy. Iba a leerle. —Abrió la Biblia—. ¿Tiene que estar levantado?

—Sí.

—Bien, he de decir que me alegro de que se esté re¬cuperando. Las cosas han sido un desastre mientras us¬ted ha estado enfermo.

—Sí.

—Debe hacer algo con el señor Finch. Permite que las americanas ensayen con sus campanas a cualquier hora del día o de la noche, y cuando me quejé fue bas¬tante descortés. Y ha asignado a mi Willy labores de enfermería. ¡Labores de enfermería! Cuando Willy siempre ha sido muy enfermizo. Es un milagro que no contrajera el virus.

Desde luego, pensó Dunworthy, considerando el número de jóvenes probablemente infecciosas con las que había contactado durante la epidemia. Se pregun¬tó qué porcentaje habría dado Probabilidad al hecho de que quedara inmune.

—¡Mira que asignarle labores de enfermería! —machacaba la señora Gaddson—. No lo permití, por supuesto. «No pienso permitir que ponga en peligro la sa¬lud de Willy de esta manera irresponsable —le dije—. No puedo permanecer impasible mientras mi pequeñín está en peligro mortal.»

Peligro mortal.

—Debo ir a ver a la señora Piantini —dijo Dunworthy.

—Tendría que regresar a la cama. Tiene muy mal aspecto. —Agitó la Biblia ante él—. Es un escándalo la forma en que dirigen este hospital, como eso de permi¬tir a los pacientes ir de paseo. Tendrá una recaída y mo¬rirá, y no podrá echarle la culpa a nadie más que a sí mismo.

—No —dijo Dunworthy. Empujó la puerta del pabellón y entró.

Esperaba que el pabellón estuviera casi vacío, que los pacientes hubieran sido enviados a casa, pero todas las camas estaban ocupadas. La mayoría de los pacien¬tes estaban sentados, leyendo o viendo vidders portáti¬les, y había uno sentado en una silla de ruedas junto a la cama, contemplando la lluvia.

Dunworthy tardó un momento en reconocerlo. Colin le había dicho que había sufrido una recaída, pero no esperaba esto. Parecía un anciano, su rostro oscuro estaba escuálido y arrugado a ambos lados de la boca. Tenía el pelo completamente blanco.

—Badri —llamó.

Él se volvió.

—Señor Dunworthy.

—No sabía que estabas en este pabellón.

—Me trasladaron aquí después... —Se interrum¬pió—. Oí decir que estaba usted mejor.

—Sí.

No puedo soportar esto, pensó Dunworthy. ¿Có¬mo te encuentras? Mejor, gracias. ¿Y tú? Voy tirando. Claro, que es la depresión, un síntoma posviral habitual.

Badri giró la silla para mirar la ventana y Dunworthy se preguntó si tampoco él podía soportarlo.

—Cometí un error en las coordenadas cuando vol¬ví a introducirlas —manifestó Badri, contemplando la lluvia—. Los datos eran erróneos.

Dunworthy debería decirle que tenía fiebre, que estaba enfermo. Debería decirle que la confusión men¬tal era uno de los primeros síntomas. Debería decirle que no fue culpa suya.

—No me di cuenta de que estaba enfermo —prosi¬guió Badri, tirando de la bata como había tirado de las sábanas en su delirio—. Tuve dolor de cabeza toda la mañana, pero no le hice caso y fui a trabajar en la red. Tendría que haber advertido que algo iba mal y aborta¬do el lanzamiento.

Y yo tendría que haberme negado a tutorarla, ten¬dría que haber insistido a Gilchrist para que hiciera comprobaciones de parámetros, tendría que haberle hecho abrir la red en cuanto dijiste que algo fallaba.

—Tendría que haber abierto la red el día que usted cayó enfermo y no haber esperado al encuentro —se lamentó Badri, retorciendo el cinturón entre los de¬dos—. Tendría que haberla abierto enseguida.

Dunworthy miró automáticamente la pared sobre la cabeza, de Badri, pero no había ninguna pantalla so¬bre la cama. Badri ni siquiera llevaba un parche de temp. Se preguntó si era posible que no supiera que Gilchrist había desconectado la red, si en su preocupa¬ción por que sanara no se lo habían dicho, igual que a él le habían ocultado la noticia de la muerte de Mary.

—Se negaron a dejarme salir del hospital. Tendría que haberlos obligado a dejarme ir.

Tendré que decírselo, pensó Dunworthy, pero no lo hizo. Permaneció allí en silencio, viendo a Badri torturar el cinturón, sintiéndose infinitamente apenado por él.

—La señora Montoya me mostró las estadísticas de Probabilidad. ¿Cree que Kivrin está muerta?

Eso espero, pensó. Espero que muriera del virus antes de darse cuenta de dónde estaba. Antes de adver¬tir que la abandonamos allí.

—No fue culpa tuya —dijo.

—Sólo abrí la red dos días más tarde. Estaba con¬vencido de que ella estaría allí, esperando. Sólo llegué dos días tarde.

—¿Qué? —dijo Dunworthy.

—Intenté conseguir permiso para salir del hospital el seis, pero se negaron a darme de alta hasta el ocho. Abrí la red en cuanto pude, pero ella no estaba allí.

—¿Pero qué estás diciendo? ¿Cómo pudiste abrir la red? Gilchrist la desconectó.

Badri le miró.

—Usamos el backup.

—¿ Qué backup ?

—El ajuste que yo hice en nuestra red —explicó Badri. Parecía asombrado—. Estaba usted tan preocu¬pado por la forma en que Medieval dirigía el lanza¬miento, que decidí hacer una copia de seguridad, por si algo fallaba. Fui a Balliol a pedirle permiso el martes por la tarde, pero usted no estaba allí. Le dejé una nota diciendo que necesitaba hablarle.

—Una nota.

—El laboratorio estaba abierto. Hice un ajuste re¬dundante a través de la red de Balliol. Usted estaba tan preocupado...

De pronto la fuerza pareció abandonar las piernas de Dunworthy. Se sentó en la cama.

—Intenté decírselo —prosiguió Badri—, pero es¬taba demasiado enfermo para hacerme entender.

Había habido un backup todo el tiempo. Había malgastado días intentando obligar a Gilchrist a que abriera el laboratorio, buscando a Basingame, esperan¬do que Polly Wilson encontrara una forma de entrar en el ordenador de la Universidad, y mientras tanto el ajuste estaba en la red de Balliol.

«Tan preocupado», había dicho Badri en su deli¬rio. «¿Está abierto el laboratorio?» «Atrás.» «Backup.»

—¿Ruedes volver a abrir la red?

—Claro, pero aunque ella no haya contraído la peste...

—No, no —cortó Dunworthy—. La inmunizaron.

—... ya no estará allí. Han pasado ocho días des¬de el encuentro. No podrá haber esperado todo este tiempo.

—¿Puede atravesar alguien más?

—¿Alguien más? —se extrañó Badri, aturdido.

—Para ir a buscarla. ¿Podría alguien más usar el mismo lanzamiento?

—No lo sé.

—¿Cuánto tiempo tardarías en establecerlo para que pudiéramos intentarlo?

—Dos horas como mucho. Las temporales y situa-cionales están ya establecidas, pero no sé cuánto desli¬zamiento habría.

La puerta del pabellón se abrió de golpe y entró Colin.

—Está usted aquí—dijo—. La enfermera dijo que había ido a dar un paseo, pero no le encontraba por ninguna parte. Creí que se había perdido.

—No —dijo Dunworthy, mirando a Badri.

—Ella dijo que le hiciera regresar —Colin cogió a Dunworthy del brazo y le ayudó a levantarse—, y que no se agotara.

Le acompañó hasta la puerta.

Dunworthy se detuvo.

—¿Qué red utilizaste cuando abriste la red el día ocho?

—La de Balliol —dijo Badri—. Temía que parte de la memoria permanente se hubiera borrado cuando la de Brasenose fue desconectada, y no había tiempo de realizar una rutina de evaluación de daños.

Colin abrió la puerta.

—La hermana entra de servicio dentro de media hora. No querrá usted que le encuentre levantado, ¿eh? —Dejó que la puerta se cerrara—. Lamento no haber vuelto antes, pero tuve que llevar a Godstow los planes de vacunación.

Dunworthy se apoyó contra la puerta. Podría ha¬ber demasiado deslizamiento, y el técnico estaba en una silla de ruedas, y él no estaba seguro de poder lle¬gar al fondo del pasillo, mucho menos hasta su habita-ción. Tan preocupado. Creía que Badri había vuelto a introducir las coordenadas, pero en realidad había he¬cho un backup. Un backup.

—¿Se encuentra bien? —preguntó Colin—. No tendrá una recaída o algo de eso, ¿verdad?

—No.

—¿Le ha podido preguntar al señor Chaudhuri si podía rehacer el ajuste?

—No. Había un backup.

—¿Un backup? —exclamó él, excitado—. ¿Quiere decir, otro ajuste?

—Sí.

—¿Significa eso que puede rescatarla?

Dunworthy se detuvo y se apoyó en la camilla.

—No lo sé.

—Le ayudaré. ¿Qué puedo hacer? Quiero serle útil. Iré a hacer encargos, o traerle cosas. No tendrá que preocuparse por nada.

—Tal vez no funcione. El deslizamiento...

—Pero lo intentará, ¿verdad? ¿Verdad?

Una cadena se tensaba en su pecho con cada paso, y Badri ya había tenido una recaída, y aunque lo inten¬taran, la red tal vez no lo enviaría.

—Sí —decidió—. Voy a intentarlo.

—¡Apocalíptico! —exclamó Colin.

 

TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL JUICIO FINAL

 (078926-079064)

 

Lady Imeyne, madre de Guillaume dYverie. (Pausa)

Rosemund se hunde. No le encuentro el pulso en la muñeca, y su piel está amarillenta, cerúlea, y sé que eso es una mala señal. Agnes lucha con fuerza. Todavía no tiene ninguna buba ni vomita, lo cual es un buen signo, creo. Eliwys tuvo que cortarle el pelo. No para¬ba de tirarse de él, y gritaba para que yo acudiera a trenzárselo.

(Pausa)

Roche ha dado los sacramentos a Rosemund. Ella no pudo confesar, por supuesto Agnes parece mejor, aunque tuvo una hemorragia nasal hace un ratito. Pidió su campana.

(Pausa)

¡Cabrona! No dejaré que te la lleves. Es sólo una niña Pero ésa es tu especialidad, ¿no? Matar a los ino¬centes. Ya has matado al bebé del senescal y al perrito de Agnes y al niño que fue a buscar ayuda mientras yo esta¬ba en la choza, y eso ya es suficiente. ¡No dejaré que la mates a ella también, hija de puta! ¡No te dejaré!

 

 

 

 

 

 

 

31

 

Agnes murió el día después de Año Nuevo, toda¬vía gritando para que Kivrin acudiera.

—Está aquí—dijo Eliwys, apretándole la mano—. Lady Katherine está aquí.

—¡No está! —gimió Agnes, con la voz ronca pero todavía enérgica—. ¡Decidle que venga!

—Lo haré —prometió Eliwys, y entonces miró a Kivrin con una expresión levemente aturdida—. Id a buscar al padre Roche.

—¿Qué ocurre? —preguntó Kivrin.

El sacerdote había administrado los últimos sacra¬mentos la primera noche, mientras Agnes se agitaba y pataleaba como si tuviera un berrinche, y desde enton¬ces la niña no había permitido que se le acercara.

—¿Estáis enferma, señora?

Eliwys sacudió la cabeza, todavía mirando a Kivrin.

—¿Qué le diré a mi esposo cuando venga? —dijo entonces, y le colocó a Agnes la mano en el costado. Sólo en ese momento advirtió Kivrin que estaba muerta.

Kivrin lavó el cuerpecito, que estaba casi cubierto de magulladuras púrpuras. Donde Eliwys le había sos¬tenido la mano, la piel estaba completamente negra.

Parecía que la habían golpeado. Y así era, pensó Kivrin, golpeado y torturado. Y asesinado. La matanza de los inocentes.

La saya y la camisa de Agnes estaban totalmente estropeadas, una masa seca de sangre y vómito, y su ca¬misa de lino de diario hacía tiempo que había sido rota a tiras. Kivrin envolvió el cadáver con su propia capa blanca, y Roche y el senescal la enterraron.

Eliwys no acudió.

—Debo quedarme con Rosemund —dijo cuando Kivrin le comunicó que era la hora. No había nada que Eliwys pudiera hacer por Rosemund, la niña yacía in¬móvil, como hechizada, y Kivrin pensaba que la fiebre debía de haberle causado alguna lesión cerebral—. Además, Gawyn puede venir —añadió Eliwys.

Hacía mucho frío. Roche y el senescal exhalaban grandes nubes de vapor mientras bajaban a Agnes a la tumba, y la vista de su blanco aliento enfureció a Ki¬vrin. No pesa nada, pensó amargamente, podrían sos¬tenerla con una mano.

La vista de todas las tumbas la enfureció también. El cementerio estaba lleno, y casi todo el prado que ha¬bía consagrado Roche. La tumba de lady Imeyne esta¬ba casi en el sendero, y el bebé del senescal no tenía ninguna: el padre Roche había dejado que lo enterraran a los pies de su madre, aunque no había sido bautizado. El cementerio seguía lleno.

¿Y el hijo menor del senescal, pensó Kivrin furio¬samente, y el clérigo? ¿Dónde piensas ponerlos? Se su¬ponía que la Peste Negra había matado entre un tercio y la mitad de Europa, no a toda.

—Reqmescat tnpace. Amén —dijo Roche, y el se¬nescal empezó a echar tierra helada sobre el pequeño bulto.

Tenía usted razón, señor Dunworthy, pensó Ki¬vrin amargamente. El blanco sólo se ensucia. Tenía ra¬zón en todo, ¿verdad? Me advirtió que no viniera, que sucederían cosas terribles. Bien, pues tenía razón. Y le faltará tiempo para decirme que me avisó. Pero no ten¬drá esa satisfacción, porque no sé dónde está el lugar de recogida, y la única persona que lo sabe probablemente está muerta.

No esperó a que el senescal terminara de echar tie¬rra sobre Agnes ni a que Roche terminara su charla de amigos con Dios. Cruzó el prado, furiosa con todos ellos: con el senescal por estar allí con la pala, dispuesto a cavar más tumbas; con Eliwys por no haber ido; con Gawyn por no regresar. No viene nadie, pensó. Nadie.

—Katherine —llamó Roche.

Se volvió, y él casi corrió hasta alcanzarla, su alien¬to formó como una nube a su alrededor.

—¿Qué pasa? —barbotó ella.

Él la miró con solemnidad.

—No debemos renunciar a la esperanza.

—¿Por qué no? —estalló Kivrin—. Hemos llegado al ochenta y cinco por ciento, y esto no ha hecho más que empezar. El clérigo se está muriendo, Rosemund también, todos habéis quedado expuestos. ¿Por qué no iba a renunciar a la esperanza?

—Dios no nos ha abandonado por completo. Ag¬nes está a salvo en Sus brazos.

A salvo, pensó ella con amargura. En la tierra. En el frío. En la oscuridad. Se cubrió el rostro con las manos.

—Está en el cielo, donde la plaga no puede alcan¬zarla. El amor de Dios siempre nos acompaña —dijo él—, y nada puede separarnos de eso: ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni las cosas presentes...

—Ni las cosas por venir.

—Ni las alturas, ni la profundidad, ni ninguna otra criatura. —Le puso la mano en el hombro, amable¬mente, como si le estuviera dando la unción—. Fue Su amor el que os envió para que nos ayudarais.

Ella le cogió la mano y la sostuvo con fuerza con¬tra su hombro.

—Debemos ayudarnos mutuamente.

Se quedaron allí durante un largo instante, y en¬tonces Roche dijo:

—Debo ir a tocar la campana para que el alma de Agnes tenga un tránsito seguro.

Ella asintió y retiró la mano.

—Iré a ver cómo están Rosemund y los demás —murmuró, y entró en el patio.

Eliwys había dicho que tenía que quedarse con Rosemund, pero cuando Kivrin regresó a la casa, no la encontró junto a la niña, sino acurrucada en el jergón de Agnes, envuelta en su capa, mirando fijamente la puerta.

—Tal vez los que huyen de la peste le han robado el caballo —dijo—, y por eso tarda tanto en volver.

—Hemos enterrado a Agnes —declaró Kivrin fría¬mente, y fue a ver a Rosemund.

Estaba despierta. Miró solemnemente a Kivrin cuan¬do se arrodilló a su lado y le cogió la mano.

—Oh, Rosemund —suspiró Kivrin, y las lágrimas le quemaron la nariz y los ojos—. Cariño, ¿cómo te en¬cuentras?

—Tengo sed. ¿Ha venido mi padre?

—Todavía no —respondió Kivrin; no parecía po¬sible que pudiera hacerlo—. Te traeré un poco de gui¬so. Debes descansar hasta que vuelva. Has estado muy enferma.

Rosemund cerró obedientemente los ojos. Pare¬cían menos hundidos, aunque seguía teniendo oscuras ojeras.

—¿Dónde está Agnes? —preguntó.

Kivrin le apartó el cabello oscuro y enmarañado del rostro.

—Está durmiendo.

—Bien —murmuró Rosemund—. No quiero que esté por ahí gritando y jugando. Hace demasiado ruido.

—Te traeré el guiso. —Kivrin se dirigió a Eliwys—.

Lady Eliwys, tengo buenas noticias —anunció ansiosa¬mente—. Rosemund está despierta.

Eliwys se incorporó apoyándose en un codo y miró a Rosemund, pero apáticamente, como si estuviera pen¬sando en otra cosa, y enseguida volvió a tenderse.

Kivrin, alarmada, le puso la mano en la frente. Pa¬recía caliente, pero Kivrin tenía las manos frías por ha¬ber estado fuera, y no estaba segura.

—¿Estáis enferma? —preguntó.

—No —dijo Eliwys, pero como si su mente siguie¬ra en otra parte—. ¿Qué le diré?

—Podéis decirle que Rosemund está mejor—sugi¬rió ella, y esta vez Eliwys pareció comprender. Se le¬vantó, se acercó a Rosemund y se sentó a su lado. Pero cuando Kivrin regresó de la cocina con el guiso, la mu¬jer había vuelto al jergón de Agnes y yacía acurrucada bajo su capa de piel.

Rosemund estaba dormida, pero no era el sueño aterrador de antes, tan similar a la muerte. Tenía mejor color, aunque la piel seguía tensa alrededor de los pó¬mulos.

Eliwys dormía también, o fingía hacerlo. No im¬portaba. Mientras Kivrin estaba en la cocina, el clérigo se había levantado del jergón y se había arrastrado has¬ta la separación, y cuando eíla intentó arrastrarlo de vuelta, la golpeó violentamente. Tuvo que ir a buscar al padre Roche para que le ayudara a someterlo.

El ojo derecho se le había ulcerado. La plaga se abría camino royendo desde dentro, y el clérigo se ras¬caba sañudamente con ambas manos.

—Domine Jesu Christe —juraba—, fidelium de-functorium depoenis infernis.

Salva a las almas de los fieles de las penas del in¬fierno.

Sí, rezó Kivrin, mientras luchaba contra las manos del enfermo convertidas en garras, sálvalo ahora.

Buscó de nuevo en el zurrón de las medicinas de Imeyne, intentando encontrar algo para combatir el

dolor. No había polvo de opio, ¿existía la adormidera en la Inglaterra de 1348? Encontró unas tiras anaranja¬das y secas que se parecían remotamente a las semillas de adormidera y las metió en agua caliente, pero el clé¬rigo no quiso beber. Su boca era un horror de llagas abiertas, tenía los dientes y la lengua cubiertos de san¬gre seca.

No se merece esto, pensó Kivrin. Aunque trajera la peste. Nadie se merece esto.

—Por favor —rezó, sin estar segura de qué pedía.

Fuera lo que fuese, no le fue concedido. El clérigo empezó a vomitar una bilis oscura, manchada de sangre. Estuvo nevando durante dos días; y Eliwys empeoró a ojos vistas. No parecía ser la peste. No tenía bubas, no tosía ni vomitaba, y Kivrin se preguntaba si era enfer¬medad o simplemente sentimiento de pena o culpa.

—¿Qué le diré? —repetía Eliwys hasta la sacie¬dad—. Nos envió aquí para que estuviéramos a salvo.

Kivrin le palpó la frente. Estaba caliente. Todos acabarán enfermos, pensó. Lord Guillaume los envió aquí para que estuvieran a salvo, pero todos acabarán enfermos, uno por uno. Tengo que hacer algo. Pero no se le ocurría nada. La única protección contra la peste era huir, pero ya habían huido aquí, y eso no los había protegido; además, no podían escapar con Rosemund y Eliwys enfermas.

Pero Rosemund recupera fuerzas cada día, pensó Kivrin, y Eliwys no tiene la peste. Es sólo una fiebre. Tal vez tengan otras posesiones a las que podamos ir. Al norte.

La peste no había llegado todavía a Yorkshire. Po¬dría encargarse de que se mantuvieran apartadas de otras gentes en los caminos, de que no quedaran ex¬puestas.

Le preguntó a Rosemund si tenían una casa en Yorkshire.

—No —respondió Rosemund, apoyada en uno de los bancos—. En Dorset.

Eso no servía de nada. La peste ya estaba allí. Y Rosemund, aunque se iba recuperando, estaba aún de¬masiado débil para permanecer sentada más de unos pocos minutos. Nunca podría montar a caballo. Si tu¬viéramos caballos, pensó Kivrin.

—Mi padre tenía una casa en Surrey también —pro¬siguió Rosemund—. Nos alojamos allí cuando nació Agnes. —Miró a Kivrin—. ¿Ha muerto Agnes?

—Sí.

Ella asintió, como si la noticia no le sorprendiera.

—La oí gritar.

Kivrin no supo qué decir.

—Mi padre ha muerto, ¿verdad?

Tampoco había nada que decir a eso. Era casi segu¬ro que lord Guillaume había muerto, y Gawyn tam¬bién. Habían transcurrido ocho días desde que partió a Bath.

—Vendrá ahora que ha pasado la tormenta —dijo Eliwys, todavía febril, esta mañana. Pero ni siquiera ella parecía creerlo.

—Puede que venga —asintió Kivrin—. La nieve tal vez lo ha retrasado.

El senescal entró con su pala al hombro y se detu¬vo ante la separación. Iba todos los días a ver a su hijo, lo contemplaba aturdido desde el otro lado de la mesa volcada, pero esta vez se limitó a observarlo y luego se volvió a mirar a Kivrin y Rosemund, apoyado en su pala.

Llevaba la gorra y los hombros cubiertos de nieve, y la hoja de la pala estaba mojada. Ha estado abriendo otra tumba, pensó Kivrin. ¿Para quién?

—¿Ha muerto alguien?

—No —respondió él, y siguió mirando especula¬tivamente a Rosemund.

Kivrin se levantó.

—¿Queréis algo?

Él la miró sin expresión, como si no hubiera enten¬dido la pregunta, y luego volvió a mirar a Rosemund.

—No —dijo, y recogió la pala y se fue.

—¿Va a cavar la tumba de Agnes? —preguntó Ro¬semund, mirándole marchar.

—No —contestó Kivrin amablemente—. Ya ha sido enterrada en el cementerio.

—¿Entonces va a cavar la mía?

—No —estalló Kivrin, sorprendida—. ¡No! No vas a morir. Has estado muy enferma, pero lo peor ha pasado. Ahora debes descansar y tratar de dormir para que puedas recuperarte.

Rosemund se tendió dócilmente y cerró los ojos, pero al cabo de un instante volvió a abrirlos.

—Si mi padre ha muerto, la corona dispondrá de mi dote. ¿Creéis que sir Bloet vive aún?

Espero que no, pensó Kivrin. Pobrecilla, ¿ha esta¬do preocupada por su matrimonio todo este tiempo? El hecho de que él haya muerto es lo único bueno de esta epidemia. Si es que ha muerto.

—No te preocupes por él ahora. Debes descansar y recuperar fuerzas.

—El rey a veces respeta un compromiso matrimo¬nial si las dos partes están de acuerdo —dijo Rose¬mund, tirando de las mantas con sus finas manos.

No tienes que estar de acuerdo con nada, pensó Kivrin. Está muerto. El obispo los mató.

—Si no están de acuerdo, el rey me ordenará casar¬me con quien él quiera —añadió Rosemund—, y al menos a sir Bloet ya lo conozco.

No, pensó Kivrin, y supo que eso era probable¬mente lo mejor. Rosemund había estado conjurando horrores peores que sir Bloet, monstruos y asesinos, y Kivrin sabía que existían.

Rosemund sería vendida a algún noble con quien el rey estuviera en deuda o con quien quisiera establecer una alianza, uno de los problemáticos partidarios del Príncipe Negro, tal vez, y la llevaría Dios sabía dónde a Dios sabía qué situación.

Había cosas peores que un viejo lascivo y una cu¬ñada mandona. El barón Garnier había mantenido a su esposa encadenada durante veinte años. El conde de Anjou había quemado a la suya viva. Y Rosemund no tendría familia, ni amigos para protegerla, para aten¬derla si se ponía enferma. Me la llevaré, pensó Kivrin de repente, a algún lugar donde Bloet no la encuentre y donde estemos a salvo de la peste.

No había un lugar así. La peste ya había llegado a Bath y Oxford, y se movía hacia el sureste, a Londres, y luego a Kent, al norte a través de las Tierras Medias hasta Yorkshire y de vuelta al canal hasta Alemania y los Países Bajos. Incluso había llegado a Noruega, flo¬tando en un barco de cadáveres. No había ningún lugar que estuviera a salvo.

—¿Está aquí Gawyn? —preguntó Rosemund, y habló como su madre, como su abuela—. Quiero que vaya a Courcy y le diga a sir Bloet que me reuniré con él.

—¿Gawyn? —dijo Eliwys desde su jergón—. ¿Ha venido?

No, pensó Kivrin. No ha venido nadie. Ni siquiera el señor Dunworthy.

No importaba que hubiera perdido el encuentro. Ellos no habrían estado allí, porque no sabían que se encontraba en 1348. Si lo supieran, nunca la habrían abandonado a su suerte.

Algo debía haber fallado en la red. Al señor Dun¬worthy le preocupaba que la enviaran tan atrás en el tiempo sin hacer comprobaciones de parámetros. «A esa distancia, podría haber complicaciones imprevis¬tas», había dicho.

Tal vez una complicación imprevista había marra¬do el ajuste o los había hecho perderlo, y la estaban buscando en 1320. He perdido el encuentro por casi treinta años, pensó.

—¿Gawyn? —repitió Eliwys, y trató de levan¬tarse.

Fue en vano. Empeoraba a ojos vista, aunque se¬guía sin tener ninguna de las marcas de la peste.

—Ahora no vendrá hasta que la tormenta haya pa¬sado —dijo aliviada cuando empezó a nevar, y se le¬vantó y fue a sentarse junto a Rosemund, pero por la tarde tuvo que volver a acostarse, y la fiebre le subió.

Roche la oyó en confesión. Parecía agotado. Todos estaban agotados. Si se sentaban a descansar, se dor¬mían en cuestión de segundos. El senescal, cuando en¬tró a mirar a su hijo Lefric, permaneció junto a la sepa¬ración, roncando, y Kivrin se quedó dormida mientras atendía el fuego y se quemó la mano.

No podemos seguir así, pensó, mientras veía cómo el padre Roche hacía el signo de la cruz sobre Eliwys. Morirá de agotamiento. Contraerá la peste.

Tengo que sacarlos de aquí, pensó de nuevo. La peste no llegó a todas partes. Hubo aldeas que queda¬ron completamente intactas. No afectó a Polonia y Bo¬hemia, y hubo partes del norte de Escocia que no fue¬ron afectadas.

—Agnus dei, qui tollis peccata mundi, miserere no-bis —rezó el padre Roche, y su voz fue tan reconfor¬tante como cuando ella se estaba muriendo, y de re¬pente Kivrin comprendió que no serviría de nada.

Nunca dejaría a sus feligreses. La historia de la Peste Negra estaba llena de sacerdotes que habían abandonado a su gente, que se habían negado a cele¬brar funerales, que se habían encerrado en sus iglesias y monasterios o bien habían huido. Ahora Kivrin se pre¬guntó si aquellas estadísticas eran también erróneas.

Y aunque encontrara un medio de llevárselos a todos, Eliwys, que se volvía hacia la puerta incluso mientras se confesaba, insistiría en que esperaran a Gawyn y a su esposo, ya que estaba convencida de que llegarían en cualquier momento, ahora que había dejado de nevar.

—¿Ha ido el padre Roche a recibirlo? —le pregun¬tó a Kivrin cuando Roche se marchó a devolver los sa¬cramentos a la iglesia—. Estará aquí pronto. Sin duda ha ido primero a Courcy para advertirlos de la peste, y desde allí sólo hay medio día de viaje. —Insistió en que Kivrin le colocara el jergón delante de la puerta.

Mientras Kivrin ordenaba la separación para pro¬tegerla de la corriente de la puerta, el clérigo empezó a gritar y a convulsionarse. Todo su cuerpo se retorció en espasmos, como si recibiera una descarga eléctrica, y su cara adquirió un rictus terrible, con el ojo ulcera¬do mirando hacia arriba.

—No le hagas esto —gritó Kivrin, intentando me¬terle la cuchara de Rosemund entre los dientes—. ¿No ha tenido suficiente?

El clérigo se sacudió.

—¡Basta! —gimió Kivrin—. ¡Basta!

Su cuerpo se aflojó bruscamente. Ella le metió la cuchara entre los dientes y un hilillo de baba negra manó por la comisura de su boca.

Está muerto, pensó, y no pudo creerlo. Le miró, tenía el ojo ulcerado medio abierto, la cara abotargada y ennegrecida bajo la barba de varios días. Mantenía los puños cerrados a los costados. No parecía humano, allí tendido, y Kivrin le cubrió el rostro con una burda manta, por miedo a que Rosemund lo viera.

—¿Está muerto? —preguntó la niña, incorporán¬dose curiosa.

—Sí. Gracias a Dios. —Kivrin se levantó—. Debo ir a decírselo al padre Roche.

—No quiero que me dejéis sola.

—Tu madre está aquí, y también el hijo del senes¬cal. Yo sólo estaré fuera unos minutos.

—Tengo miedo —dijo Rosemund.

Yo también, pensó Kivrin, contemplando la bur¬da manta. El estaba muerto, pero ni siquiera eso ha¬bía aliviado su sufrimiento. Todavía parecía angustia¬do, aterrorizado, aunque su rostro ni siquiera parecía humano.

Los dolores del infierno.

—Por favor, no me dejéis —gimió Rosemund.

—He de decírselo al padre Roche —contestó Ki¬vrin, pero se sentó entre el clérigo y la niña y esperó a que se durmiera antes de ir a buscarlo.

No lo encontró en el patio ni en la cocina. La vaca del senescal estaba en el pasaje, comiendo el heno del fondo del corral, y la siguió al prado.

El senescal estaba en el cementerio, cavando una tumba, hundido hasta el pecho en el suelo nevado. Ya lo sabe, pensó ella, pero era imposible. El corazón le empezó a latir con fuerza.

—¿Dónde está el padre Roche? —preguntó, pero el senescal no le respondió ni la miró. La vaca se acercó a ella y mugió—. Márchate —le dijo, y corrió hacia el senescal.

—¿Qué hacéis? —exigió—. ¿Para quién son estas tumbas?

El senescal arrojó una paletada de tierra al montón. Los terrones helados producían un sonido chasquean¬te, como piedras.

—¿Por qué caváis tres tumbas? ¿Quién ha muerto? —La vaca le empujó el hombro con su cuerno. Ella se apartó—. ¿Quién ha muerto?

El senescal clavó la pala en el duro suelo, como de hierro.

—Son los últimos días, chico —replicó, pisando con fuerza la hoja, y Kivrin sintió un arrebato de mie¬do, pero entonces advirtió que no la había reconocido con sus ropas de muchacho.

—Soy yo, Katherine.

Él la miró y asintió.

—Es el final de los tiempos —dijo—. Los que no han muerto, pronto lo harán. —Se inclinó hacia delan¬te, apoyando todo el peso en la pala.

La vaca trató de meter la cabeza bajo el brazo de Kivrin.

—¡Márchate! —exclamó ella, y la golpeó en el mo¬rro. EÍ animal retrocedió torpemente, sorteando las tumbas, y Kivrin advirtió que no todas tenían el mismo tamaño.

La primera era grande, pero la de al lado no era mayor que la de Agnes, y la tumba donde se encontra¬ba el senescal no era mucho más larga. Le dije a Rose-mund que no estaba cavando su tumba, pensó, pero le mentí.

—¡No tenéis derecho a hacer esto! Vuestro hijo y Rosemund están mejorando. Y lady Eliwys sólo está agotada por la pena. No van a morir.

El senescal la miró, con el rostro tan inexpresivo como cuando se plantó ante la separación, midiendo a Rosemund para su tumba.

—El padre Roche dice que habéis sido enviada para que nos ayudéis, ¿pero cómo podréis prevalecer contra el fin del mundo? —Pisó de nuevo la pala—. Necesitaréis estas tumbas. Todos, todos morirán.

La vaca trotó hasta el otro lado de la tumba, con la cabeza al nivel de la cara del senescal, pero él no pare¬ció advertirlo.

—No cavéis más tumbas —exigió ella—. Lo pro¬hibo.

Él siguió cavando, como si tampoco la hubiera ad¬vertido.

—No van a morir. La Peste Negra sólo mató entre un tercio y la mitad de los contemporáneos. Ya hemos tenido nuestra cuota.

Él siguió cavando.

Eliwys murió por la noche. El senescal tuvo que ampliar la tumba de Rosemund para ella, y cuando la enterraron, Kivrin vio que ya había empezado otra para Rosemund.

Debo sacarlos de aquí, pensó, mirando al senescal. Tenía la pala al hombro, y en cuanto terminó de llenar la tumba de Eliwys, empezó de nuevo con la de Rose¬mund. Debo sacarlos de aquí antes de que se contagien.

Porque acabarían contagiándose. La enfermedad les esperaba en los bacilos de sus ropas, en las mantas, en el mismo aire que respiraban. Y si por algún milagro no la contraían, la peste barrería todo Oxfordshire en primavera, mensajeros y aldeanos y enviados del obis¬po. No podían quedarse.

Escocia, pensó, y se dirigió a la casa. Podría llevar¬los al norte de Escocia. La peste no llegó tan lejos. El hijo del senescal podría montar el burro, y ella fabrica¬ría una litera para Rosemund.

La niña estaba sentada en su jergón.

—El hijo del senescal os ha estado llamando —le anunció en cuanto Kivrin entró.

Había vomitado un moco sanguinolento. El jergón estaba completamente manchado, y cuando Kivrin lo limpió, vio que el niño estaba demasiado débil para le¬vantar la cabeza. Aunque Rosemund pueda cabalgar, él no puede, pensó desesperada. No podemos marchar¬nos a ninguna parte.

Por la noche, pensó en la carreta que había traído consigo. Tal vez el senescal la ayudaría a repararla, y Rosemund podría viajar en ella. Encendió una linterna con las brasas del fuego y fue al establo. El burro de Roche le rebuznó cuando abrió la puerta, y hubo un sonido de roce y huida cuando alzó la humeante luz.

Las cajas aplastadas se alzaban contra la carreta como una barricada, y en cuanto las retiró supo que aquello no funcionaría. Era demasiado grande.

El burro no podría tirar de ella, y faltaba el eje de madera, que algún contemporáneo emprendedor se habría llevado para reparar una cerca o para alimentar una hoguera. O para empalarse y librarse de la peste, pensó Kivrin.

El patio estaba negro como la boca de un lobo cuan¬do salió y las estrellas titilaban afiladas y brillantes, como en Nochebuena. Pensó en Agnes dormida contra su hombro, en la campanita que llevaba en la muñeca, y el sonido de las campanas, tocando el repique del Dia¬blo. Prematuramente, pensó Kivrin. El Diablo no ha muerto todavía. Campa a sus anchas por el mundo.

Permaneció despierta largo rato, intentando idear otro plan. Tal vez podrían construir una especie de li¬tera para que las arrastrara el burro si la nieve no era demasiado profunda. O montar a los dos niños en el burro y llevar el equipaje en mochilas a la espalda.

Por fin se quedó dormida y se despertó de nuevo casi de inmediato, o eso le pareció. Todavía estaba os¬curo, y Roche se hallaba inclinado sobre ella. El fuego moribundo le iluminaba el rostro desde abajo, de modo que tenía el mismo aspecto que en el claro, cuan¬do ella pensó que era un asesino, y todavía medio dor¬mida extendió la mano y la colocó amablemente en su mejilla.

—Lady Katherine —llamó él, y Kivrin despertó.

Es Rosemund, pensó, y se dio la vuelta para verla, pero la niña dormía tranquilamente, con la manita bajo la mejilla.

—¿Qué ocurre? ¿Estáis enfermo?

Él sacudió la cabeza. Abrió la boca y volvió a ce¬rrarla.

—¿Ha venido alguien? —preguntó ella, y se puso en pie.

Él volvió a sacudir la cabeza.

No puede ser alguien enfermo, pensó. No queda nadie. Miró al montón de mantas junto a la puerta donde dormía el senescal, pero no estaba allí.

—¿Está enfermo el senescal?

—Él hijo del senescal ha muerto —anunció él con voz extraña y aturdida, y Kivrin vio que Lefric tampo¬co

estaba allí—. Fui a la iglesia a decir maitines... —La voz se le apagó—. Venid conmigo —dijo, y salió.

Kivrin cogió su ajada manta y lo siguió al patio.

No podían ser más de las seis. El sol apenas des¬puntaba por el horizonte, tiñendo de rosa el cielo nu¬blado y la nieve. Roche se dirigía ya al prado. Kivrin se echó la manta sobre los hombros y le siguió.

La vaca del senescal estaba en el pasaje, con la cabeza metida en una grieta de la valla del corral, mordisquean¬do la hierba. Levantó la cabeza y le mugió a Kivrin.

—¡Eh! —gritó ella, agitando las manos, pero el animal tan sólo sacó la cabeza de la valla y se dirigió ha¬cia ella.

—No tengo tiempo para ordeñarte —murmuró Kivrin. Le dio una palmada en los cuartos traseros y continuó su camino.

El padre Roche ya había recorrido la mitad del prado cuando lo alcanzó.

—¿Qué pasa? ¿No podéis decírmelo? —preguntó ella, pero él no se detuvo ni la miró. Tomó hacia la fila de tumbas en el prado, y ella pensó con súbito alivio, que el senescal había intentado enterrar a su hijo solo, sin un sacerdote.

La tumba pequeña estaba cubierta, con la tierra ne¬vada amontonada encima; también había terminado la tumba de Rosemund y había cavado otra, más grande. De ella asomaba la pala, apoyada contra el borde.

Roche no fue a la tumba de Lefric. Se detuvo ante la más nueva, y repitió, con la misma voz aturdida:

—Fui a la iglesia a decir maitines...

Kivrin miró la tumba.

Al parecer el senescal había intentado enterrarse con la pala, pero no pudo hacerlo en tan estrecho espa¬cio, de forma que la había apoyado en el extremo de la tumba y empezó a atraer tierra con las manos. Tenía un gran terrón en la mano congelada.

Sus piernas estaban casi cubiertas, y aquello le daba un aspecto indecente, como si estuviera tendido en el baño.

—Debemos enterrarle adecuadamente —dijo Kivrin , y trató de coger la pala.

Roche sacudió la cabeza.

—Es suelo santo —objetó aturdido, y ella compren¬dió que el padre Roche pensaba que el senescal se había suicidado.

No importa, pensó, y advirtió que a pesar de todo, a pesar de todos los horrores, Roche seguía creyendo en Dios. Iba a la iglesia a decir maitines cuando encontró al senescal, y si todos murieran, seguiría diciéndolos y no encontraría nada incongruente en sus oraciones.

—Es la enfermedad —apuntó Kivrin, aunque no tenía ni idea de si estaba en lo cierto—. La peste septicémica. Infecta la sangre.

Roche la miró sin comprender.

—Debió de caer enfermo mientras cavaba. La pes¬te septicémica envenena el cerebro. No estaba en su sano juicio.

—Como lady Imeyne —asintió él. Parecía casi alegre.

No quería tener que enterrarlo fuera del suelo san¬to, pensó Kivrin, a pesar de lo que cree.

Ayudó a Roche a enderezar un poco el cuerpo del senescal, aunque ya estaba rígido.

No intentaron moverlo ni envolverlo en una mor¬taja. Roche le colocó una tela negra sobre el rostro, y se turnaron para cubrirlo de tierra. La tierra negra chas¬queaba como piedras.

Roche no fue a la iglesia a buscar sus vestimentas o el misal. Se acercó primero a la tumba de Lefric y luego a la del senescal y dijo las oraciones por los muertos. Kivrin, tras él, con las manos cruzadas, pensó: no esta¬ba en su sano juicio. Había enterrado a su esposa y seis hijos, había enterrado a casi todos los que conocía, y aunque no hubiera tenido fiebre, si se había arrastrado hasta la tumba para morir allí congelado, la peste había sido la culpable de su muerte.

No se merecía una tumba de suicida. No se merece ninguna tumba, pensó Kivrin. Se suponía que iba a ve¬nir con nosotros a Escocia, y se horrorizó ante la súbi¬ta alegría que sintió.

Ahora podemos irnos a Escocia, pensó, mirando la tumba que había cavado para Rosemund. Ella puede montar el burro, y Roche y yo llevaremos la comida y las mantas. Abrió los ojos y miró al cielo, pero ahora que el sol estaba alto, las nubes parecían más claras, como si pudieran disolverse a media mañana. Si se mar¬chaban esa misma mañana, podrían haber salido del bosque a mediodía y llegado a la carretera de Oxford a Bath. Por la noche estarían camino de York.

—Agnus dei, qui tollis peccata mundi, dona eis ré¬quiem —oró Roche.

Debemos coger avena para el burro, pensó ella, y el hacha para cortar leña. Y mantas.

Roche terminó las oraciones.

—Dominus vobiscum et cum spiritu tuo. Requies-cat inpace. Amén.

Se marchó a tocar la campana.

No hay tiempo para eso, pensó Kivrin, y se dirigió a la casa. Cuando Roche hubiera terminado de doblar a difuntos, casi habría terminado de empaquetar y le contaría. Entonces él cargaría el burro y se marcharían. Cruzó corriendo el patio y entró en la casa. Tendrían que llevarse carbones para alimentar el fuego. Podrían utilizar el cofre de las medicinas de Imeyne.

Entró en el salón. Rosemund aún dormía. Eso era bueno. No era necesario despertarla hasta que estuvie¬ran listos para partir. Pasó junto a ella de puntillas y cogió el cofre y lo vació. Lo colocó junto al fuego y se dirigió a la cocina.

—Me desperté y no estabais aquí —dijo Rosemund. Se sentó en el jergón—. Temía que os hubieseis ido.

—Nos vamos todos —explicó Kivrin—. Iremos a Escocia. —Se acercó a ella—. Debes descansar para el viaje. Volveré enseguida.

—¿Adonde vais?

—Sólo a la cocina. ¿Tienes hambre? Te traeré unas gachas. Ahora tiéndete y descansa.

—No me gusta estar sola —protestó Rosemund—. ¿No podéis quedaros conmigo un poco?

No tengo tiempo para esto, pensó Kivrin.

—Sólo voy a la cocina. Y el padre Roche está aquí. ¿No lo oyes? Está tocando la campana. Sólo tardaré unos minutos. ¿De acuerdo? —Le sonrió alegremente a Rosemund y ella asintió, de mala gana—. Volveré pronto.

Casi corrió al exterior. Roche seguía tocando a di¬funtos, lenta, firmemente. Venga, pensó, no nos queda mucho tiempo. Registró la cocina, colocando la comi¬da sobre la mesa. Había una pieza de queso y bastantes panes planos. Los metió como si fueran platos en un saco de arpillera, junto con el queso, y lo llevó todo junto al pozo.

Rosemund se encontraba en la puerta de la casa, agarrada al quicio.

—¿No puedo sentarme en la cocina con vos ? —pre¬guntó. Se había puesto la saya y los zapatos, pero tirita¬ba en el aire helado.

—Hace demasiado frío —objetó Kivrin—. Tienes que descansar.

—Cuando os vais, me da miedo de que no regreséis.

—Estoy aquí —declaró Kivrin, pero entró con ella y cogió la capa de Rosemund y un puñado de pieles—. Puedes sentarte en los escalones mientras yo hago los paquetes. —Echó la capa sobre los hombros de Rose-mund y la sentó, apilando las pieles a su alrededor como si fueran un nido—. ¿De acuerdo?

El broche que sir Bloet le había regalado a Rosemund estaba todavía en el cuello de la capa. La niña ju¬gueteó con el cierre, las manos le temblaban un poco.

—¿Vamos a Courcy? —preguntó.

—No —respondió Kivrin, y le prendió el broche. Ib suiicien lui dami amo. Estás aquí en el lugar del ami¬go que amo—. Nos vamos a Escocia. Allí estaremos a salvo de la peste.

—¿Creéis que mi padre ha muerto?

Kivrin vaciló.

—Mi madre dijo que sólo se había retrasado o que no podía venir. Dijo que tal vez mis hermanos estaban enfermos, y que vendría cuando se hubieran recuperado.

—Y tal vez tuviera razón —dijo Kivrin, colocando una piel alrededor de sus pies—. Le dejaremos una car¬ta para que sepa adonde hemos ido.

Rosemund sacudió la cabeza.

—Si viviera, habría venido a buscarme.

Kivrin la envolvió con una colcha.

—Tengo que coger comida —dijo amablemente.

Rosemund asintió, y Kivrin fue a la cocina. Había un saco de cebollas contra una pared y otro de manza¬nas. Estaban arrugadas, y la mayoría tenía manchas marrones, pero Kivrin arrastró el saco afuera. No ha¬bría que cocerlas y todos necesitarían vitaminas antes de la primavera.

—¿Te apetece una manzana? —le preguntó a Ro¬semund.

—Sí —respondió la niña, y Kivrin rebuscó en el saco, tratando de encontrar una que estuviera sana y sin arrugas. Limpió de tierra una marrón rojiza, la fro¬tó contra sus calzas de cuero, y se la dio, sonriendo ante el recuerdo de lo buena que le habría sabido una manzana cuando estuvo enferma.

Pero después del primer mordisco, Rosemund pa¬reció perder interés. Se apoyó contra el marco de la puerta y miró en silencio al cielo escuchando el rítmico repique de la campana de Roche.

Kivrin siguió rebuscando entre las manzanas, es¬cogiendo las que merecía la pena llevar, y preguntán¬dose cuántas podría cargar el burro. Tenían que llevar avena para el animal. No habría pasto, aunque cuando llegaran a Escocia encontrarían brezo que le serviría de alimento. No era necesario que llevaran agua. Había arroyos de sobra. Pero necesitarían una olla para her¬virla.

—Vuestra gente no vino a recogeros —dijo Rose-mund.

Kivrin levantó la cabeza. La niña estaba todavía apoyada en la puerta, con la manzana en la mano.

Sí vinieron, pensó, pero yo no estaba allí.

—No —dijo.

—¿Creéis que la peste los ha matado?

—No —respondió Kivrin, y pensó, al menos no tengo que preocuparme por si están muertos o inde¬fensos en alguna parte. Al menos sé que se encuentran bien.

—Cuando vaya con sir Bloet, le diré cómo nos ha¬béis ayudado —dijo Rosemund—. Le pediré que el pa¬dre Roche y vos os quedéis conmigo. —Alzó la cabeza con orgullo—. Se me permiten mis propios sirvientes y un capellán.

—Gracias —dijo Kivrin, solemne.

Colocó el saco de manzanas buenas junto al de que¬so y pan. La campana se detuvo y su eco se difundió to¬davía en el aire frío. Cogió el cubo y lo bajó al pozo.

Cocinaría unas gachas y le añadiría las manzanas pasadas. Sería una buena comida para el viaje.

La manzana de Rosemund rodó ante sus pies hasta la base del pozo y se detuvo allí.

Kivrin se agachó para recogerla. Sólo tenía un bo¬cadito, blanco contra la roja piel. Kivrin la frotó contra su pelliza.

—Se te ha caído la manzana —señaló, y se volvió para dársela.

Todavía tenía la mano abierta, como si se hubiera inclinado a cogerla cuando cayó.

—Oh, Rosemund.

 

TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL JUICIO FINAL

 (079110-079239)

 

El padre Roche y yo nos vamos a Escocia. A decir verdad no tiene sentido contarle esto, supongo, puesto que nunca oirá lo que hay en este grabador, pero qui¬zás alguien lo encuentre en algún páramo un día, o la señora Montoya haga una excavación en el norte de Escocia cuando termine en Skendgate, y si eso sucede, quiero que sepa usted lo que nos ha pasado.

Sé que huir es probablemente lo peor que pode¬mos hacer, pero tengo que sacar al padre Roche de aquí. Toda la casa está contaminada por la peste: ca¬mas, ropa, el aire, y las ratas campan por todas partes. Vi una en la iglesia cuando fui a coger el alba y la estola de Roche para el funeral de Rosemund. Y aunque no la contraiga por ellas, la plaga se cierne a nuestro alrede¬dor, y nunca podré convencerle de que se quede aquí. Querrá ir y ayudar.

Nos mantendremos apartados de los caminos y los poblados. Tenemos comida suficiente para una sema¬na, y entonces estaremos lo bastante lejos al norte para poder comprar comida en alguna aldea. El clérigo tenía una bolsa con monedas de plata. Y no se preocupe. Es¬taremos bien. Como diría el señor Gilchrist: «He to¬mado todas las precauciones posibles.»

 

 

 

 

 

32

 

Era más que probable que apocalíptico fuera el tér¬mino adecuado para definir la posibilidad de rescatar a Kivrin. Dunworthy estaba agotado cuando Colin lo llevó de regreso a su habitación y volvía a tener fiebre.

—Descanse —dijo Colin, y le ayudó a meterse en la cama—. No puede tener una recaída si quiere ir a rescatar a Kivrin.

—Necesito ver a Badri y a Finch.

—Yo me encargaré de todo —le prometió Colin, y se marchó corriendo.

Necesitaría conseguir su alta y la de Badri, y equi¬po médico para la recogida, por si Kivrin estaba enfer¬ma. Necesitaría una vacuna contra la peste. Se pregun¬tó cuánto tiempo haría falta para que surtiera efecto. Mary había dicho que había inmunizado a Kivrin mientras estaba en el hospital para que le implantaran el grabador. Eso fue dos semanas antes del lanzamien¬to, pero tal vez no era necesario tanto tiempo para con¬ferir inmunidad.

La enfermera entró para comprobar su tempera¬tura.

—Estoy terminando el turno —dijo, leyendo su parche.

—¿Cuándo me darán de alta?

—¿De alta? —ella se sorprendió—. Vaya, veo que se encuentra mucho mejor.

—Sí. ¿Cuándo?

Ella frunció el ceño.

—No es lo mismo dar un paseíto que marcharse a casa. —Ajustó el gotero—. No se agote.

Salió, y después de unos minutos Colin entró con Finch y el libro de la Edad Media.

—Se me ocurrió que a lo mejor lo necesitaría para disfraces y esas cosas. —Lo dejó caer sobre las piernas de Dunworthy—. Voy a buscar a Badri. —Se marchó corriendo.

—Tiene usted mucho mejor aspecto, señor —ob¬servó Finch—. Me alegro muchísimo. Me temo que es usted necesario en Balliol. Es la señora Gaddson. Ha acusado a Balliol de minar la salud de William. Dice que la tensión combinada de la epidemia y los estudios de Petrarca han acabado con su salud. Amenaza con acudir al decano de Historia.

—Dígale que lo intente. Basingame está en alguna parte de Escocia. Necesito que averigüe cuánto tiempo se necesita para una vacuna contra la peste bubónica, y que el laboratorio esté preparado para un lanzamiento.

—Lo estamos utilizando como almacén —objetó Finch—. Nos han llegado varios envíos de suministros desde Londres, aunque no de papel higiénico, a pesar de que solicité específicamente...

—Trasládelo todo al salón —ordenó Dunwor¬thy—. Quiero que la red esté lista cuanto antes.

Colin abrió la puerta con el codo y empujó la silla de ruedas de Badri, usando el otro brazo y la rodilla para mantenerla abierta.

—Tuve que esquivar a la hermana —dijo, sin alien¬to. Acercó la silla a la cama.

—Quiero... —empezó a decir Dunworthy, y se de¬tuvo al ver a Badri. Era imposible. Badri no estaba en condiciones de dirigir la red. Parecía agotado por el mero esfuerzo de haberse trasladado desde su pabe¬llón, y tiraba del bolsillo de su bata como lo había he¬cho con el cinturón.

—Necesitamos dos RTN, un medidor de luz, y un portal —dijo Badri, y su voz también sonó agotada, pero la desesperación había desaparecido de ella—. Y necesitaremos autorizaciones para el lanzamiento y la recogida.

—¿Y los manifestantes que había ante Brasenose? —preguntó Dunworthy—. ¿Intentarán impedir el lan¬zamiento ?

—No —respondió Colin—. Están en la sede del Fondo Nacional. Pretenden clausurar la excavación.

Bien, pensó Dunworthy. Montoya estará demasia¬do ocupada intentando defender su iglesia contra los piquetes para interferir. Demasiado ocupada para bus¬car el grabador de Kivrin.

—¿Qué más necesitarás? —le preguntó a Badri.

—Una memoria insular y un redundante para el backup —sacó una hoja de papel del bolsillo y la miró—. Y un enlace remoto para poder hacer compro¬baciones de parámetros.

Seguidamente le tendió la lista a Dunworthy, quien a su vez se la pasó a Finch.

—También necesitaremos apoyo médico para Ki¬vrin —añadió Dunworthy—, y quiero que instalen un teléfono en esta habitación.

Finch frunció el ceño ante la lista.

—Y no me diga que nos hemos quedado sin algo de eso —apuntó Dunworthy antes de que pudiera pro¬testar—. Suplique, tómelo prestado o róbelo. —Se vol¬vió a Badri—. ¿Necesitarás algo más?

—Sí, que me den de alta. Y me temo que eso será el mayor obstáculo.

—Tiene razón —dijo Colin—. La hermana nunca le dejará salir. Tuve que colarlo aquí.

—¿Quién es tu médico? —preguntó Dunworthy.

—El doctor Gates, pero...

—Seguro que podremos explicarle la situación —le interrumpió Dunworthy—, explicarle que se trata de una emergencia.

Badri sacudió la cabeza.

—Lo último que puedo hacer es contarle las cir¬cunstancias. Le pedí que me diera de alta para abrir la red cuando estaba usted enfermo. No creía que estu¬viera bien, pero accedió, y entonces tuve la recaída...

Dunworthy le miró ansiosamente.

—¿Estás seguro de que eres capaz de dirigir la red? Tal vez pueda conseguir a Andrews ahora que la epide¬mia está bajo control.

—No nos queda tiempo —alegó Badri—. Y fue culpa mía. Quiero dirigir la red. Tal vez el señor Finch pueda encontrar otro médico.

—Sí. Y dígale al mío que necesito hablar con él. —Cogió el libro de Colin—. Necesitaré un disfraz.

Pasó las páginas, buscando una ilustración de ro¬pas medievales.

—Nada de correas, ni cremalleras, ni siquiera boto¬nes. —Encontró un retrato de Boccaccio y se lo mostró a Finch—. No creo que Siglo Veinte tenga nada. Llame a la Sociedad Dramática y mire a ver si tienen algo.

—Haré lo que pueda, señor —asintió Finch, con¬templando la ilustración con el ceño fruncido.

La puerta se abrió de golpe y entró la hermana, ai¬rada.

—Señor Dunworthy, esto es un disparate —dijo con un tono que sin duda había causado bajas entre los terrores de la Segunda Guerra de las Malvinas—. Si no cuida de su propia salud, al menos podría respetar la de los otros pacientes —clavó sus ojos en Finch—. El se¬ñor Dunworthy no puede tener visitas.

Miró a Colin y le quitó la silla de ruedas de las manos.

—¿ En qué estaba pensando, señor Chaudhuri ? —dijo, e hizo girar la silla con tanto ímpetu que la cabeza de

Badri osciló hacia atrás—. Ya ha sufrido una recaída. No voy a permitir que tenga otra. —Lo empujó hasta la puerta.

—Ya le dije que no nos permitirían sacarlo —dijo Colin.

Ella abrió la puerta.

—No quiero visitas —le advirtió a Colin.

—Volveré —susurró el niño y pasó esquivándola.

Ella lo miró fijamente.

—No, si yo tengo algo que decir.

Al parecer, lo tenía. Colin no regresó hasta des¬pués que terminara su turno, y sólo para traerle a Badri el enlace remoto e informarle a Dunworthy sobre las vacunas contra la peste. Finch había telefoneado al mi¬nisterio. La vacuna tardaba dos semanas en dar inmu¬nidad total, y siete días para la parcial.

—Y el señor Finch quiere saber si no debería ser vacunado contra el cólera y el tifus.

—No hay tiempo —dijo él. Tampoco lo había para vacunarse contra la peste. Kivrin ya llevaba allí más de tres semanas, y cada día que pasaba reducía sus posibi¬lidades de sobrevivir. Y a él no iban a darlo de alta.

En cuanto Colin se marchó, llamó a la enfermera de William y le dijo que quería ver a su médico.

—Estoy listo para que me den de alta —aseguró.

Ella se echó a reír.

—Estoy completamente recuperado. Esta mañana he recorrido el pasillo tres veces.

Ella sacudió la cabeza.

—Las recaídas en este virus son enormemente al¬tas. No puedo correr el riesgo. —Le sonrió—. ¿Adon¬de está tan decidido a ir? Sea lo que fuere, seguro que puede pasar otra semana sin usted.

—Es el principio del trimestre —alegó él, y advir¬tió que era cierto—. Por favor, dígale a mi médico que quiero verlo.

—El doctor Warden sólo le dirá lo mismo que yo.

Pero al parecer transmitió el mensaje, porque el médico volvió después del té.

Obviamente, era un jubilado que había vuelto al trabajo para ayudar con la epidemia. Contó una larga y absurda historia acerca de estados médicos durante la Pandemia y luego dijo, temblequeando:

—En mis tiempos manteníamos a la gente en el hospital hasta que se recuperaban del todo.

Dunworthy no intentó discutir con él. Esperó has¬ta que el médico y la vieja enfermera se perdieron tam¬baleándose pasillo abajo, compartiendo recuerdos de la Guerra de los Cien Años, y entonces se enganchó su sonda portátil y se dirigió a la cabina telefónica junto a Admisiones para que Finch le informara de sus pro¬gresos.

—La hermana no dejará instalar un teléfono en su habitación —dijo Finch—, pero tengo noticias sobre la peste. Una aplicación de inyecciones de estreptomicina junto con gammaglobulina y potenciación de leucoci-tos-T proporcionará inmunidad temporal y puede ini¬ciarse doce horas antes de la exposición.

—Bien, búsqueme a un médico que me las aplique y autorice mi alta. Un médico joven. Y envíeme a Co-lin. ¿Está preparada la red?

—Casi, señor. He conseguido las autorizaciones necesarias para el lanzamiento y la recogida, y he loca¬lizado un enlace remoto. Iba a buscarlo ahora.

Colgó y Dunworthy regresó a la habitación. No le había mentido a la enfermera. Se encontraba más recu¬perado a cada momento, aunque sentía una presión en las costillas inferiores cuando llegó a la habitación. La señora Gaddson estaba allí, buscando ansiosamente en su Biblia plagas, fiebres y pestilencias.

—Léame Lucas 11, versículo 9 —pidió Dun¬worthy.

Ella lo buscó.

—«Y yo os digo: Pedid y se os dará —leyó, mirán¬dolo con recelo—; buscad, y encontraréis, llamad y se os abrirán las puertas.»

La señora Taylor llegó al final de la hora de visita, con una cinta métrica.

—Colin me envió a tomarle las medidas —dijo—. La vieja bruja de ahí fuera no le deja entrar en la planta. —Le pasó la cinta alrededor de la cintura—. Tuve que decirle que iba a visitar a la señora Piantini. Extienda el brazo. —Ella estiró la cinta—. Se encuentra mucho mejor. Puede que incluso toque When at Last My Sau-vior Cometh de Rimbaud con nosotras el día quince. Actuaremos para Santa Re-Formada, ya sabe, pero el ministerio ha ocupado su iglesia, así que el señor Finch ha sido tan amable de cedernos la capilla de Balliol. ¿Qué número de zapatos usa?

Ella anotó sus medidas, le aseguró que Colin iría a visitarlo al día siguiente y le dijo que no se preocupara, que la red estaba casi lista. Se marchó, posiblemente para visitar a la señora Piantini, y volvió unos minutos después con un mensaje de Badri.

«Señor Dunworthy, he hecho veinticuatro com¬probaciones de parámetros —decía—. Las veinticuatro muestran un deslizamiento mínimo, once muestran un deslizamiento de menos de una hora, cinco de menos de cinco minutos. Voy a hacer comprobaciones de di¬vergencia y DAR para intentar averiguar qué pasa.»

Yo ya sé lo que pasa, pensó Dunworthy. Es la Pes¬te Negra. La función del deslizamiento era impedir in¬teracciones que pudieran afectar la historia. Un desli¬zamiento de cinco minutos significaba que no había anacronismos, ningún encuentro crítico que el conti¬nuo debiera impedir. Significaba que el lanzamiento se realizaba a una zona deshabitada. Significaba que la peste había estado allí y que todos los contemporáneos habían muerto.

Colin no fue a verlo por la mañana, y después del almuerzo Dunworthy se acercó a la cabina telefónica y llamó a Finch.

—No he podido encontrar a un médico dispues¬to a aceptar nuevos casos. He llamado a todos los médicos y enfermeros del perímetro. Muchos de ellos siguen con gripe —se disculpó Finch—, y va¬rios...

Se interrumpió, pero Dunworthy supo qué había querido decir. Varios han muerto, incluyendo la que sin duda habría ayudado, la que le habría administrado las vacunas y dado el alta a Badri.

«Tía Mary no habría abandonado», había dicho Colin. No lo habría hecho, a pesar de la hermana y la señora Gaddson y el dolor bajo las costillas. Si estuvie¬ra aquí, le habría ayudado en todo lo posible.

Regresó a su habitación. La hermana había coloca¬do en su puerta un enorme cartel que decía: «No se permite ninguna visita», pero ella no estaba en su mesa, ni en su habitación. Dentro le esperaba Colin, con un gran paquete mojado.

—La enfermera está en el pabellón —sonrió el ni¬ño—. La señora Piantini se desmayó muy convenien¬temente. Tendría que haberla visto. Es muy hábil. —Jugueteó con la cuerda—. La otra enfermera acaba de entrar en su turno, pero no tiene que preocuparse tampoco por ella. Está en la habitación de las sábanas con William Gaddson. —Abrió el paquete. Estaba lle¬no de ropa: un largo jubón negro y polainas negras, que no parecían ni remotamente medievales, y unas medias negras de mujer.

—¿De dónde has sacado esto? ¿De un montaje de Hamlet?

—Ricardo III —dijo Colin—. Keble lo representó el trimestre pasado. Le quité la joroba.

—¿Hay una capa? —preguntó Dunworthy, rebus¬cando entre las ropas—. Dile a Finch que me consiga una capa. Una capa larga que lo oculte todo.

—Vale —asintió Colin, ausente. Estaba distraído con la cinta de su chaqueta verde. Se abrió, y Colin se la quitó de los hombros—. ¿Bien? ¿Qué le parece?

Lo había hecho considerablemente mejor que Finch. Las botas no eran adecuadas (parecían un par de Wellingtons de jardinero), pero la saya de arpillera ma¬rrón y los pantalones grises e informes parecían la ilus¬tración de un siervo del libro.

—Los pantalones tienen cremallera—señaló—, pe¬ro debajo de la camisa no se ve. Lo copié de un libro. Se supone que soy su escudero.

Dunworthy tendría que haberlo esperado.

—Colin, no puedes venir conmigo.

—¿Por qué no? Yo le ayudaré a encontrarla. Soy muy hábil encontrando cosas.

—Es imposible. La...

—Oh, ahora va a decirme lo peligrosa que es la Edad Media, ¿ no ? Bueno, esto también es bastante peli¬groso, ¿no? Mire qué le pasó a tía Mary. Habría estado más segura en la Edad Media, ¿no? He estado haciendo montones de cosas peligrosas. Llevando medicinas a la gente y colocando carteles en los pabellones. Mientras usted estuvo enfermo, hice todo tipo de cosas peligrosas que ni siquiera sabe...

—Colin...

—Es usted demasiado viejo para ir solo. Y tía Ma¬ry me pidió que le cuidara. ¿Y si sufre una recaída?

—Colin...

—A mi madre no le importa que vaya.

—Pero a mí sí. No puedo llevarte conmigo.

—Entonces tengo que sentarme aquí a esperar —se lamentó amargamente—, y nadie me dirá nada, y no sabré si está usted vivo o muerto. —Cogió su chaque¬ta—. Es una injusticia.

—Lo sé.

—¿Puedo ir al laboratorio, al menos?

—Sí.

—Todavía pienso que debería dejarme ir —insis¬tió. Empezó a doblar los leotardos—. ¿Dejo aquí su disfraz?

—Será mejor que no. La hermana podría confis¬carlo.

—¿Qué está pasando aquí, señor Dunworthy? —preguntó la señora Gaddson.

Los dos dieron un respingo. La mujer entró en la habitación con su Biblia en ristre.

—Colin ha estado recogiendo ropa —explicó Dun¬worthy, ayudándole a hacer un paquete—. Son para los retenidos.

—Pasar ropa de una persona a otra es un modo excelente de propagar la infección —le dijo ella a Dunworthy.

Colin recogió el paquete y se marchó.

—¡Y permitir que un niño entre aquí y pille algo! Se ofreció a venir y acompañarme a casa desde el hos¬pital anoche, y le dije: «¡No permitiré que arriesgues tu salud por mí!»

Se sentó junto a la cama y abrió la Biblia.

—No me parece prudente que ese jovencito le visi¬te. Pero supongo que es lo que cabría esperar dada la manera en que dirige su colegio. En su ausencia, el se¬ñor Finch se ha convertido en un auténtico tirano. Me echó con malos modos ayer, cuando solicité otro rollo de papel higiénico...

—Quiero ver a William —dijo Dunworthy.

—¡Aquí! —estalló—. ¿En el hospital? —Cerró la Biblia de golpe—. No lo permitiré. Sigue habiendo muchos casos infecciosos y el pobre Willy...

Está en la habitación de las sábanas con mi enfer¬mera, pensó él.

—Dígale que deseo verlo cuanto antes.

Ella agitó la Biblia ante Dunworthy. Era la viva imagen de Moisés anunciando las plagas de Egipto.

—Pienso informar al decano de Historia de su fría indiferencia por el bienestar de sus alumnos —amena¬zó, y

se marchó.

La oyó quejarse en voz alta a alguien en el pasillo, presumiblemente la enfermera, porque William apare¬ció casi de inmediato, ordenándose el pelo.

—Necesito inyecciones de estreptomicina y gam-maglobulina —le dijo Dunworthy—. También necesi¬taré que me den de alta, igual que Badri Chaudhuri.

El asintió.

—Lo sé. Colin me dijo que intentaría recuperar a su historiadora. —Pareció reflexionar—. Conozco a una enfermera...

—Una enfermera no puede poner una inyección sin la autorización de un médico, y en Altas también necesitarán autorización.

—Conozco a una chica en Archivos. ¿Para cuándo lo quiere?

—Cuanto antes.

—Me pondré en marcha. A lo mejor tardo un par o tres de días —dijo, y se marchó—. Vi a Kivrin una vez. Fue a Balliol para verle. Es muy bonita, ¿verdad?

Tengo que acordarme de advertirle sobre él, pensó Dunworthy, y se dio cuenta de que había empezado a confiar en poder rescatarla a pesar de todo. Aguanta, pensó, ya voy. Sólo dos o tres días.

Pasó la tarde caminando arriba y abajo por el pasi¬llo, intentando recuperar fuerzas. El pabellón de Badri tenía un cartel de «No se permite ninguna visita» en cada puerta, y la hermana le miraba con un ojo azul acuoso cada vez que se acercaba a ellas.

Colin entró, empapado y sin aliento, con un par de botas para Dunworthy.

—Tiene guardias por todas partes —dijo—. El se¬ñor Finch dice que la red está lista, pero no encuentra a nadie para proveer ayuda médica.

—Pídele a William que se encargue de eso. Se ocu¬pa de las altas y de la inyección de estreptomicina.

—Lo sé. Tengo que entregarle un mensaje suyo a Badri. Enseguida vuelvo.

No volvió, ni tampoco apareció William. Cuando Dunworthy se acercó al teléfono para llamar a Balliol, la hermana lo cogió a medio camino y lo escoltó de regre¬so a su habitación. O sus defensas reforzadas incluían a la señora Gaddson, o ésta todavía estaba enfadada con Dunworthy por causa de William. No apareció en toda la tarde.

Justo después del té, una bonita enfermera a la que nunca había visto antes entró con una jeringuilla.

—Han llamado a la hermana a una emergencia.

—¿Qué es eso? —preguntó él, señalando la jerin¬guilla.

Ella tecleó en la consola con un dedo de su mano libre. Miró la pantalla, tecleó unos cuantos caracteres más, y se acercó para inyectarlo.

—Estreptomicina —dijo.

No parecía nerviosa o furtiva, lo cual significaba que de algún modo William debía de haber conseguido la autorización. Inyectó la larga jeringuilla en la cánula, le sonrió, y salió. Había dejado la consola conectada. Dunworthy se levantó de la cama y fue a leer lo que ha¬bía en la pantalla.

Era su historial. Lo reconoció porque se parecía al de Badri y era igual de ilegible. La última entrada decía: «icu 1580269114-1-551805150/ RPT 1 800CRSIMSTMC 4ML/Q6H NHS40-21 1-7 M AHRENS.»

Se sentó en la cama. Oh, Mary.

William debía de haber obtenido su código de ac¬ceso, quizá gracias a su amiga de Archivos, y lo había introducido en el ordenador. Sin duda Archivos iba re¬trasado, atascado con el papeleo de la epidemia, y toda¬vía no había recibido la noticia de la muerte de Mary. Encontrarían el error algún día, aunque sin duda el in¬genioso William ya habría dispuesto que se borrara.

Corrió hacia atrás la pantalla de su historial. Había entradas de M. AHRENS hasta el 8-1-55, el día en que ella murió. Debía de haberle atendido hasta que ya no pudo más. No le extrañaba que su corazón se hubiera detenido.

Desconectó la pantalla para que la hermana no pu¬diera ver la entrada y volvió a la cama. Se preguntó si William había preparado firmar también las altas con el mismo nombre. Eso esperaba. Ella habría querido ayudar.

No fue a verlo nadie en toda la noche. La hermana entró para comprobar su taquiobrazalete y darle el temp de las ocho, e introdujo los datos en la consola, pero no pareció advertir nada. A las diez entró una se¬gunda enfermera, también muy guapa, repitió la inyec¬ción de estreptomicina y le dio una de gammaglobulina.

Dejó la pantalla conectada, y Dunworthy se tumbó y vio el nombre de Mary. No se creía capaz de dormir, pero lo hizo. Soñó con Egipto y el Valle de los Reyes.

—Señor Dunworthy, despierte —susurró Colin. Le estaba apuntando a la cara con una linterna de bol¬sillo.

—¿Quién es ? —dijo Dunworthy, parpadeando con¬tra la luz. Buscó sus gafas a tientas—. ¿Qué pasa?

—Soy yo, Colin. —Volvió la linterna sobre sí mis¬mo. Por algún motivo desconocido, llevaba una gran bata blanca de laboratorio, y su expresión parecía for¬zada, siniestra bajo la luz de la linterna.

—¿Qué ocurre? —preguntó Dunworthy.

—Nada —susurró Colin—. Tiene usted el alta.

Dunworthy se enganchó las gafas tras las orejas. Seguía sin ver nada.

—¿Qué hora es?

—Las cuatro. —Le tendió las zapatillas y apuntó al armario con la linterna—. Dése prisa. —Cogió la bata de Dunworthy y se la entregó—. Ella puede volver en cualquier momento.

Dunworthy se puso torpemente la bata y las zapatillas, intentando despertarse, preguntándose por qué le daban de alta a aquella hora tan extraña y dónde es¬taba la hermana.

Colin fue a la puerta y se asomó. Apagó la linterna, se la guardó en el bolsillo de su bata demasiado grande, y cerró la puerta. Tras un largo momento de tensión, la abrió ligeramente y miró.

—Todo está despejado —dijo, haciendo señas a Dunworthy—. Se la ha llevado a la habitación de las sábanas.

—¿A quién, a la enfermera? —preguntó Dunwor¬thy, todavía adormilado—. ¿Por qué está ella de ser¬vicio?

—A la enfermera joven no. A la hermana. William la entretendrá allí mientras nos vamos.

—¿Y la señora Gaddson?

Colin pareció tímido.

—Le está leyendo al señor Latimer —dijo a la de¬fensiva—. Tenía que hacer algo con ella, y de todas for¬mas el señor Latimer no la oye. —Abrió del todo la puerta. Había una silla de ruedas fuera. Cogió los ma¬nillares.

—Puedo andar —protestó Dunworthy.

—No hay tiempo. Y si alguien nos ve, siempre puedo decir que le llevo a Rayos.

Dunworthy se sentó y dejó que Colin lo empujara pasillo abajo, más allá del cuarto de las sábanas y de la ha¬bitación de Latimer. Oyó tenuemente la voz de la señora Gaddson a través de la puerta, una lectura del Éxodo.

Colin continuó de puntillas hasta el fondo del pa¬sillo y luego emprendió una carrera que no podría in¬terpretarse como que llevara a nadie a Rayos; recorrió otro pasillo, dobló una esquina y salió por la puerta la¬teral donde les había asaltado el tipo del cartel «El fin del mundo se acerca».

El callejón estaba completamente oscuro y llovía intensamente. Dunworthy sólo distinguió la ambulancia aparcada al fondo de la calle. Colín llamó a la puerta trasera con el puño y una camillera se bajó. Era la auxi¬liar que había ayudado a entrar a Badri y que formó parte del piquete ante Brasenose.

—¿Puede subir? —preguntó, ruborizada.

Dunworthy asintió y se levantó.

—Cierra las puertas —le indicó a Colin, y rodeó la ambulancia.

—No me lo digas, es amiga de William —dijo Dun¬worthy, mirándola.

—Por supuesto —contestó Colin—. Me preguntó qué tipo de suegra pensaba yo que sería la señora Gaddson. —Lo ayudó a subir a la ambulancia.

—¿Dónde está Badri? —preguntó Dunworthy, se¬cándose la lluvia de las gafas.

Colin cerró las puertas.

—En Balliol. Lo llevamos primero, para que pre¬parara la red. —Miró ansiosamente por la ventana tra¬sera—. Espero que la hermana no haga sonar la alarma antes de que nos vayamos.

—Yo no me preocuparía por eso —dijo Dunwor¬thy. Evidentemente, había subestimado los poderes de William. La vieja hermana probablemente estaría sen¬tada en el regazo de William, bordando sus iniciales conjuntas en las toallas.

Colin encendió la linterna y apuntó a la camilla.

—He traído su disfraz —informó y tendió a Dun¬worthy el jubón negro.

Dunworthy se quitó la bata y se lo puso. La ambu¬lancia aceleró y estuvo a punto de caerse. Se sentó en el banco, preparándose contra el traqueteo del viaje, y se puso los leotardos negros.

La auxiliar de William no había conectado la sirena, pero conducía a tal velocidad que debería haberlo he¬cho. Dunworthy se agarró a la correílla con una mano y se puso las polainas con la otra, y Colin, que cogía las botas, por poco da una voltereta.

—Le encontramos una capa. El señor Finch la pidió prestada a la Sociedad de Teatro Clásico. —La sacó. Era victoriana, negra y forrada de seda roja. La pasó sobre los hombros de Dunworthy.

—¿Qué estaban montando? ¿Dracula?

La ambulancia frenó de golpe y la auxiliar abrió las puertas. Colin ayudó a Dunworthy a bajar, sujetando la cola de la enorme capa como si fuera un paje. Corrie¬ron a la puerta. La lluvia golpeteaba con fuerza sobre las piedras, pero por debajo se oía un sonido metálico.

—¿Qué es eso? —le preguntó Dunworthy, obser¬vando el oscuro patio.

—When at Last My Savior Cometh —dijo Co¬lin—. Las americanas están ensayando. Necrótico, ¿verdad?

—La señora Gaddson dijo que practicaban a todas horas, pero no tenía ni idea de que fuera a las cinco de la mañana.

—El concierto es esta noche.

—¿Esta noche? —se extrañó Dunworthy, y advir¬tió que era día quince. El seis del calendario juliano. Epifanía. La llegada de los Reyes Magos.

Finch corrió hacia ellos con un paraguas.

—Lamento llegar tarde, pero no encontraba nin¬gún paraguas. No tiene usted ni idea de cuántos de los retenidos se van y los olvidan por ahí. Sobre todo las americanas...

Dunworthy empezó a cruzar el patio.

—¿Está todo preparado?

—El apoyo médico no ha llegado todavía —dijo Finch, intentando sostener el paraguas sobre la cabeza de Dunworthy—, pero William Gaddson acaba de lla¬mar para decir que todo estaba listo y que vendría den¬tro de poco.

Dunworthy no se sorprendería si le hubiera di¬cho a la hermana que se presentara voluntaria para el trabajo.

—Espero que William nunca decida consagrar su vida al crimen —dijo.

—Oh, no lo creo, señor. Su madre nunca lo permiti¬ría. —Corrió unos pocos pasos, intentando no quedar¬se rezagado—. El señor Chaudhuri está estableciendo las coordenadas preliminares. Y la señora Montoya está aquí.

Dunworthy se detuvo.

—¿Montoya? ¿Qué pasa?

—No lo sé, señor. Dijo que tenía información para usted.

Ahora no, pensó. No cuando estaban tan cerca.

Entró en el laboratorio. Badri se encontraba ante la consola, y Montoya, con su cazadora y sus vaqueros embarrados, estaba a su lado, contemplando la panta¬lla. Badri le dijo algo, y ella sacudió la cabeza y miró su digital. Levantó la cabeza, y cuando vio a Dunworthy, una expresión de compasión asomó a su rostro. Se le¬vantó y rebuscó en el bolsillo de su camisa.

No, pensó Dunworthy.

Se acercó a él.

—No sabía que planeaba usted esto —dijo, sacan¬do un papel doblado—. Quiero ayudar. —Le tendió el papel—. Es la información con que contaba Kivrin cuando atravesó.

Él miró el papel. Era un mapa.

—Éste es el lugar de llegada. —Montoya señaló una cruz sobre una línea negra—. Y esto es Skendgate. Lo reconocerá por la iglesia. Es normanda, con mura¬les sobre la reja y una imagen de san Antón. —Le son-rió—. El santo patrón de los objetos perdidos. Encon¬tré la imagen ayer.

Señaló otras cruces.

—Si por alguna circunstancia no fue a Skendgate, las aldeas más probables son Esthcote, Henefelde y Shrivendun. He apuntado sus características distinti¬vas por detrás.

Badri se levantó y se acercó. Parecía aún más frágil que en el hospital, aunque parecía imposible, y se mo¬vía despacio, como el anciano en que se había conver¬tido.

—Sigo recibiendo un deslizamiento mínimo, sean cuales sean las variables que introduzca —dijo. Se llevó una mano a las costillas—. Estoy haciendo un intermi¬tente, abriendo a intervalos de cinco minutos a dos ho-ras. De esa forma podremos mantener la red abierta hasta veinticuatro horas, treinta y seis con un poco de suerte.

Dunworthy se preguntó cuántos de aquellos inter¬valos de dos horas soportaría Badri. Ya parecía ago¬tado.

—Cuando vea el titilar o los principios de la con¬densación de humedad, entre en la zona de encuentro —prosiguió Badri.

—¿Y si está oscuro? —preguntó Colin. Se había quitado la bata de laboratorio, y Dunworthy vio que llevaba su disfraz de escudero.

—De todas formas vería el titilar, y además le lla¬maríamos —dijo Badri. Emitió un gruñido y volvió a llevarse la mano al costado—. ¿Ha sido inmunizado?

—Sí.

—Bien. Entonces sólo nos falta el apoyo médico. —Miró intensamente a Dunworthy—. ¿Está seguro de que se encuentra bien para hacer esto?

—¿Y tú? —preguntó Dunworthy.

La puerta se abrió y entró la enfermera de William, vestida con un impermeable. Se ruborizó al ver a Dunworthy.

—William dijo que necesitarían apoyo médico. ¿Dónde quieren que me coloque?

Desde luego, tengo que acordarme de advertir a Kivrin contra él, pensó Dunworthy. Badri le mostró a la enfermera dónde quería que estuviese y Colin fue corriendo a buscar su equipo.

Montoya condujo a Dunworthy a un círculo de tiza bajo los escudos.

—¿Piensa llevarse las gafas?

—Sí. Podrá excavarlas en su cementerio.

—Estoy segura de que no estarán allí —declaró ella solemnemente—. ¿Quiere estar sentado o tendido?

Él pensó en Kivrin, tendida con el brazo sobre el rostro, indefensa y ciega.

—Estaré de pie —decidió.

Colin volvió con un baúl. Lo colocó junto a la con¬sola y se acercó a la red.

—No tiene sentido que vaya solo.

—Tengo que ir solo, Colin.

—¿Porqué?

—Es demasiado peligroso. No puedes imaginar cómo fue la Peste Negra.

—Sí que puedo. Me he leído todo el libro dos ve¬ces, y me han puesto la... —Se interrumpió—. Sé todo lo necesario sobre la Peste Negra. Además, si fuese tan peligroso, usted no debería ir tampoco. Le prometo que no le daré la lata.

—Colin, estás bajo mi custodia. No puedo correr el riesgo.

Badri se acercó a la red con un medidor de luz.

—La enfermera necesita ayuda con el resto del equipo —dijo.

—Si no vuelve usted, nunca sabré qué le ha pasado —insistió Colin. Dio media vuelta y salió corriendo.

Badri hizo un lento circuito alrededor de Dunwor¬thy, tomando medidas. Frunció el ceño, lo cogió por el codo, tomó más medidas. La enfermera se acercó con una jeringuilla. Dunworthy se subió la manga del jubón.

—Quiero que sepa que no apruebo nada de esto —advirtió, pinchando el brazo de Dunworthy—. Us¬tedes dos tendrían que estar en el hospital. —Retiró la jeringuilla y volvió a su baúl.

 

Badri esperó mientras Dunworthy se bajaba la manga y entonces movió el brazo, tomó más medidas, lo movió de nuevo.

Colin entró con una unidad sean y salió sin mirar a Dunworthy.

Éste vio que las pantallas cambiaban una y otra vez. Oía a las campaneras, un sonido casi musical con la puerta cerrada.

Colin abrió la puerta y las campanas tañeron salva¬jemente por un instante mientras el muchacho intro¬ducía un segundo baúl.

Colin lo arrastró hasta la enfermera y entonces se acercó a la consola y se colocó junto a Montoya, vien¬do cómo las pantallas generaban números. Dunworthy deseó haberles dicho que atravesaría sentado. Las bo¬tas le lastimaban los pies y estaba cansado por el es¬fuerzo de permanecer de pie.

Badri volvió a hablar al oído y los escudos bajaron, tocaron el suelo, se alzaron un poco. Colin le dijo algo a Montoya, y ella alzó la cabeza, frunció el ceño y lue¬go asintió, finalmente se volvió hacia la pantalla. Colin se acercó a la red.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Dunworthy.

—Una de las cortinas se ha enganchado —dijo Co¬lin. Se acercó al otro lado y tiró del pliegue.

—¿Listo? —preguntó Badri.

—Sí —dijo Colin, y volvió hacia la puerta—. No, espere. —Se acercó a los escudos—. ¿No debería qui¬tarse las gafas, por si alguien le ve atravesar?

Dunworthy se quitó las gafas y se las guardó en el jubón.

—Si no vuelve, iré a buscarle —prometió Colin, y retrocedió—. Listo —exclamó.

Dunworthy miró las pantallas. Sólo eran un bo¬rrón, igual que Montoya, que se apoyaba en el hombro de Badri. Miró el digital.

Badri le habló al oído.

Dunworthy cerró los ojos.

Oía a las campaneras tocando When at Last My Savior Cometh.

Los abrió de nuevo.

—Ahora —indicó Badri. Pulsó un botón y Colin saltó hacia los escudos, justo a los brazos de Dun¬worthy.

 

 

 

 

 

 

 

33

 

Enterraron a Rosemund en la tumba que el senes¬cal había cavado para ella. «Necesitaréis estas tumbas», había dicho, y tuvo razón. Nunca habrían conseguido cavarla ellos solos. Ya les resultó bastante difícil sacar a la niña al prado.

La colocaron en el suelo junto a la tumba. Parecía imposiblemente delgada, consumida casi hasta la nada. Los dedos de la mano derecha, todavía en el rictus de coger la manzana que había dejado caer, no eran más que huesos.

—¿La oísteis en confesión? —preguntó Roche.

—Sí —dijo Kivrin, y le pareció que no faltaba a la verdad. Rosemund había confesado tener miedo de la oscuridad, de la peste y a estar sola, dijo que amaba a su padre y era consciente de que nunca volvería a verlo. Todas las cosas que ella misma no se atrevía a confesar.

Kivrin desabrochó el alfiler que sir Bloet le había regalado a Rosemund y la envolvió en la capa hasta cu¬brirle la cabeza, y Roche la cogió en brazos como si fuera una niña dormida y bajó a la tumba.

Tuvo problemas para salir, y Kivrin tuvo que aga¬rrar sus grandes manos y tirar de él. Y cuando empezó las oraciones por los muertos, Roche dijo:

—Domine, ad adjuvandum me festina.

Kivrin le miró ansiosamente. Debemos salir de aquí antes de que también él la contraiga, pensó, y no le corrigió. No tenemos ni un momento que perder.

—Dormiunt in somno pacis —concluyó Roche, y cogió la pala y empezó a llenar la tumba.

Le pareció que tardaba una eternidad. Kivrin le ayudó, arrojando tierra al montón que se había con¬vertido en una sólida masa congelada y tratando de calcular hasta dónde llegarían antes del anochecer. Todavía no era mediodía. Si se marchaban pronto, podrían atravesar Wychwood y cruzar la carretera de Oxford a Bath para dirigirse a la meseta central. Po-drían estar en Escocia en menos de una semana, cerca de Invercassley o de Dornoch, donde nunca llegó la peste.

—Padre Roche —dijo en cuanto él empezó a alisar la tierra con el plano de la pala—. Tenemos que mar¬charnos a Escocia.

—¿Escocia? —se extrañó él, como si nunca hubie¬ra oído hablar de aquel lugar.

—Sí. Tenemos que irnos de aquí. Debemos coger el burro e ir a Escocia.

Él asintió.

—Bien, nos llevaremos los sacramentos. Pero antes tengo que tocar la campana por Rosemund, para que su alma pase al cielo.

Kivrin quiso decirle que no, que no había tiempo, que debían marcharse enseguida, inmediatamente, pe¬ro asintió.

—Recogeré a Balaam —dijo.

Roche se dirigió al campanario y ella corrió al gra¬nero antes de que el sacerdote llegara siquiera. Quería ponerse en marcha a toda prisa, antes de que sucediera nada más, como si la peste esperara para saltarles enci¬ma como el hombre del saco que se escondía en la igle¬sia o el lagar o el granero.

Cruzó corriendo el patio, entró en el establo y sacó al burro. Empezó a atarle las alforjas.

La campana sonó una vez y luego guardó silencio. Kivrin se detuvo, con la cincha en la mano, y prestando atención, esperando a que volviera a sonar. Tres golpes por una mujer, pensó, y comprendió por qué Roche se había detenido. Uno por cada niño. Oh, Rosemund.

Ató la cincha y empezó a llenar las alforjas. Eran de¬masiado pequeñas para contenerlo todo. Tendría que atar también sacos. Llenó una bolsa con avena para el burro, apilándola del montón con las dos manos y de-rramándola por el suelo sucio, y la ató con una burda cuerda que colgaba del establo del pony de Agnes. La cuerda estaba atada al establo con un grueso nudo que no consiguió soltar. Acabó corriendo hacia la cocina en busca de un cuchillo y regresó, con los sacos de comida que había recogido antes.

Cortó la cuerda y luego volvió a cortarla en seccio¬nes más pequeñas, soltó el cuchillo, y salió a buscar el burro. El animal intentaba mordisquear el saco de ave¬na. Kivrin ató el saco junto con las otras bolsas en el lomo del burro con los trozos de cuerda y condujo al animal hasta la iglesia.

Roche no aparecía por ninguna parte. Kivrin toda¬vía tenía que coger las mantas y las velas, pero quería meter los sacramentos en las alforjas primero. Comida, avena, mantas, velas. ¿Qué más debía llevarse?

Roche apareció en la puerta. No traía nada.

—¿Dónde están los sacramentos? —preguntó ella.

Él no respondió. Se apoyó un instante contra la puerta de la iglesia, mirándola, y la expresión de su rostro era la misma que cuando fue a hablarle del molinero. Pero todos han muerto, pensó, ya no que¬da nadie.

—Voy a tocar la campana —dijo, y se dirigió al campanario.

—Ya la habéis tocado. No hay tiempo para un funeral. Tenemos que marcharnos a Escocia. —Ató al burro a la puerta, sus dedos helados maniobrando tor¬pemente con la burda cuerda, y corrió tras él. Lo cogió por la manga—. ¿Qué pasa?

Roche se volvió casi violentamente, y la expresión de su rostro la asustó. Parecía un asesino.

—Debo tocar vísperas —adujo, y se liberó brusca¬mente de su mano.

Oh, no, pensó Kivrin.

—Sólo es mediodía. Aún no es hora de vísperas.

Sólo está cansado, pensó. Los dos estamos tan can¬sados que lo confundimos todo. Volvió a agarrarlo por la manga.

—Venid, padre. Debemos partir si queremos haber salido del bosque al anochecer.

—Ya ha pasado la hora, y no las he tocado todavía. Lady Imeyne se enfadará.

Oh, no, pensó ella, oh, no, no.

—Yo la tocaré —manifestó, y se plantó ante él para detenerlo—. Entrad en la casa y descansad.

—Está oscureciendo —barbotó él, furioso. Abrió la boca como para gritarle, y expulsó un gran borbotón de vómito y sangre que manchó la pelliza de Kivrin.

Oh, no, oh, no, oh, no.

Él contempló asombrado la pelliza empapada. La violencia había desaparecido de su rostro.

—Vamos, debéis acostaros —dijo Kivrin, pensan¬do que nunca llegaría a la casa.

—¿Estoy enfermo? —preguntó él, todavía miran¬do la pelliza cubierta de sangre.

—No. Sólo estáis agotado; debéis descansar.

Lo condujo a la iglesia.

El sacerdote tropezó, y Kivrin pensó que si se caía, nunca conseguiría levantarlo. Lo ayudó a entrar, man¬teniendo la puerta abierta con la espalda, y lo sentó contra la pared.

—Temo que el trabajo me ha agotado —murmuró él y apoyó la cabeza contra las piedras—. Me gustaría dormir un poco.

—Sí, dormid.

En cuanto cerró los ojos, Kivrin corrió a la casa a buscar mantas y un almohadón para hacerle un jergón. Cuando regresó, él ya no estaba allí.

—¡Roche! —llamó, tratando de ver en la oscura nave—. ¿Dónde estáis?

No hubo respuesta. Salió de nuevo, todavía apre¬tando las mantas contra su pecho, pero no lo encontró en el campanario ni en el patio de la iglesia, y sin duda no podría haber llegado a la casa. Regresó corriendo a la iglesia y lo encontró allí, arrodillado delante de la imagen de santa Catalina.

—Deberíais acostaros —dijo y extendió las mantas en el suelo.

Él se tumbó obediente, y Kivrin le colocó el almo¬hadón detrás de la cabeza.

—Es la peste, ¿verdad? —preguntó, mirándola.

—No —contestó Kivrin, arropándolo—. Estáis cansado, eso es todo. Intentad dormir.

Se tendió de lado, apartándose de ella, pero unos pocos minutos después se sentó y se quitó las mantas. La expresión asesina había regresado.

—Debo tocar la campana de vísperas —declaró, acusador, y Kivrin apenas pudo impedir que se levan¬tara. Cuando volvió a dormirse, ella hizo tiras con su ajada pelliza y le ató las manos a la reja.

—No le hagas esto —murmuraba Kivrin una y otra vez, sin ser consciente de ello—. ¡Por favor! ¡Por favor! No le hagas esto.

Él abrió los ojos.

—Sin ninguna duda Dios oirá tan fervientes plega¬rias —musitó, y se sumergió en un sueño más profun¬do y tranquilo.

Kivrin salió, descargó al burro y lo desató, recogió los sacos de comida y la linterna y lo llevó todo a la iglesia. El padre Roche dormía aún. Kivrin salió de nuevo, cruzó corriendo el patio y llenó un cubo de agua.

Él seguía sin despertar, pero cuando Kivrin rasgó una tira del mantel del altar y le lavó la frente con ella, dijo, sin abrir los ojos:

—Temía que os hubierais ido.

Ella le limpió la sangre seca de la boca.

—No me iría a Escocia sin vos.

—A Escocia no. Al cielo.

Kivrin comió un poco del pan rancio y el queso del saco y trató de dormir, pero hacía demasiado frío. Cuando Roche se volvió y suspiró en sueños, vio que su aliento formaba una nube.

Encendió una hoguera, tras derribar la valla de una de las chozas y apilar los palos delante de la reja, pero la iglesia se llenó de humo, incluso con las puertas abiertas. Roche tosió y vomitó de nuevo. Esta vez era casi todo sangre. Ella apagó el fuego e hizo otros dos viajes apresurados en busca de tantas pieles y mantas como pudo hallar, y formó una especie de nido con ellas.

Por la noche, el sacerdote tuvo más fiebre. Pataleó y maldijo a Kivrin, casi siempre con palabras que ella no comprendía, aunque una vez dijo claramente:

—¡Vete, maldito seas! —y luego repitió varias ve¬ces, furiosamente—: ¡Está oscuro!

Kivrin trajo las velas del altar y de lo alto de la reja y las colocó delante de la imagen de santa Catalina. Cuando sus delirios sobre la oscuridad arreciaban, las encendía y volvía a taparlo, y eso parecía aliviarlo un poco.

La fiebre le subió y los dientes le castañetearon a pesar de las mantas. A Kivrin le pareció que su tez esta¬ba ya oscura por las venas que reventaban bajo la piel. No le hagas esto. Por favor.

Por la mañana mejoró. Descubrió que su piel no se había ennegrecido, era sólo la débil luz de las velas lo que le había dado una apariencia moteada. La fiebre le bajó un poco y estuvo durmiendo durante toda la ma-ñana y casi toda la tarde, sin vomitar. Kivrin salió a por más agua antes de que oscureciera.

Algunas personas se recuperaban espontáneamen¬te y algunas se salvaban con sus oraciones. No todos los contagiados morían.

La tasa de mortalidad de la peste neumónica era sólo del noventa por ciento.

Roche estaba despierto cuando ella entró, tendido en un charco de luz. Kivrin se arrodilló y le acercó un cuenco de agua, sosteniéndole la cabeza para que pu¬diera beber.

—Es el mal azul —murmuró él cuando ella le soltó la cabeza.

—No vais a morir —aseguró Kivrin. Noventa por ciento. Noventa por ciento.

—Debéis oír mi confesión.

No. No podía morir. Se quedaría allí sola. Sacudió la cabeza, incapaz de hablar.

—Bendígame, padre, pues he pecado —empezó a decir él, en latín.

No había pecado. Había atendido a los enfermos, confesado a los moribundos, enterrado a los muertos. Era Dios quien tendría que suplicar perdón.

—... de pensamiento, palabra, obra y omisión. Me en¬fadé con lady Imeyne. Le grité a Maisry —tragó saliva—. Tuve pensamientos carnales con una santa del Señor.

Pensamientos carnales.

—Pido humildemente perdón a Dios, y vuestra ab¬solución, padre, si me consideráis digno.

No hay nada que perdonar, quiso decir ella. Tus pecados no son tales. Pensamientos carnales. Sostuvi¬mos a Rosemund, impedimos que entrara en la aldea un niño inofensivo, enterramos a un bebé de seis me¬ses. Es el fin del mundo. Sin duda se te pueden permitir unos cuantos pensamientos carnales.

Alzó la mano, indefensa, incapaz de pronunciar las palabras de la absolución, pero él no pareció advertirlo.

—Oh, Dios mío —oró—. Lamento de todo cora¬zón el haberos ofendido.

Ofendido. Tú eres el santo del Señor, quiso decirle, I y dónde demonios está Él ? ¿ Por qué no viene y te salva ?

No quedaba aceite. Kivrin introdujo los dedos en el cubo y le hizo la señal de la cruz sobre los ojos y oí¬dos, la nariz y la boca, sobre las manos que habían sos¬tenido las suyas cuando estaba muriéndose.

—Quid quid deliquiste —dijo él, y ella metió de nuevo la mano en el agua y le hizo la señal de la cruz sobre las plantas de los pies.

—Libera nos, quaesumus, Domine —instó él.

—Ab ómnibus malis —rezó Kivrin—, praeteritis, prasentibus, etfuturis.

Te pedimos, Señor, que nos libres de todo pecado, presente, pasado y futuro.

—Perducat te ad vitam aeternam —murmuró él.

Y llévanos a la vida eterna.

—Amén —dijo Kivrin, y se inclinó hacia delante para detener la sangre que le brotaba de la boca.

Roche estuvo vomitando el resto de la noche y casi todo el día siguiente, y luego se hundió en la incons¬ciencia por la tarde, respirando de forma inestable y entrecortada. Kivrin se sentó a su lado, lavándole la frente ardiente.

—No te mueras —rogó cuando su respiración se interrumpió y luego continuó, más forzada—. No te mueras —dijo en voz baja—. ¿Qué haré sin ti? Me quedaré sola.

—No debéis permanecer aquí —dijo él. Abrió un poco los ojos. Los tenía rojos e hinchados.

—Creía que estabais dormido —lamentó ella—. No pretendía despertaros.

—Debéis regresar al cielo, y rezad por mi alma en el purgatorio, para que mi tiempo allí sea corto.

Purgatorio. Como si Dios quisiera hacerle sufrir más de lo que ya estaba sufriendo.

—No necesitaréis mis oraciones —le sonrió.

—Debéis regresar al lugar de donde vinisteis —pro¬siguió él, y su mano hizo un movimiento rápido y vago ante su rostro, como si intentara esquivar un golpe.

Kivrin le cogió la mano y la sostuvo, pero con cui¬dado, para no magullar la piel, y la colocó contra su mejilla.

Debéis regresar al lugar de donde vinisteis. Lo haría si pudiera, pensó. Se preguntó cuánto tiempo habrían mantenido abierta la red antes de desistir. ¿ Cuatro días ? ¿Una semana? Tal vez todavía estaba abierta. El señor Dunworthy no los habría dejado cerrarla mientras que¬dara la menor esperanza. Pero no la hay, pensó. No es¬toy en 1320. Estoy aquí, en el fin del mundo.

—No puedo —dijo—. No conozco el camino.

—Debéis intentar recordar —Roche liberó su ma¬no y la agitó—. Agnes, tras la bifurcación.

Estaba delirando. Kivrin se puso de rodillas, te¬miendo que intentara levantarse de nuevo.

—Donde caísteis —prosiguió él, sujetándose el co¬do tembloroso, y Kivrin advirtió que intentaba seña¬lar—. Tras la bifurcación.

Tras la bifurcación.

—¿Qué hay tras la bifurcación?

—El lugar donde os encontré cuando bajasteis del cielo —dijo, y dejó caer los brazos.

—Creía que me había encontrado Gawyn.

—Sí —afirmó él, como si no viera ninguna contra¬dicción en lo que decía—. Lo encontré en el camino cuando os llevaba a la casa.

Roche había encontrado a Gawyn en el camino.

—El lugar donde cayó Agnes —repitió, intentan¬do ayudarla a recordar—. El día que fuimos a buscar acebo.

¿Por qué no me lo dijiste cuando estuvimos allí?, pensó Kivrin, pero enseguida comprendió por qué. Él estaba muy ocupado con el burro, que se había atascado en la cima de la colina y se negaba a conti¬nuar.

Porque me vio atravesar, pensó, y comprendió que Roche se encontraba junto a ella en el claro, mientras yacía allí tendida con el brazo sobre el rostro. Lo vi, pensó. Vi su huella.

—Debéis regresar a ese lugar, y de allí al cielo —dijo él, y cerró los ojos.

La había visto atravesar, la había contemplado mientras yacía allí con los ojos cerrados, la había mon¬tado en su burro cuando estuvo enferma. Y ella nunca lo había sospechado, ni siquiera cuando le vio en la iglesia, ni siquiera cuando Agnes le dijo que él pensaba que era una santa.

Porque Gawyn le había dicho que la había encon¬trado él. Gawyn, a quien gustaba alardear y sólo quería impresionar a lady Eliwys. «Os encontré y os traje aquí», le había dicho, y tal vez ni siquiera lo considera¬ba una mentira. A fin de cuentas, el cura de la aldea no era nadie. Y todo el tiempo, mientras Rosemund estaba enferma y Gawyn se marchaba a Bath y la red se abría y luego volvía a cerrarse para siempre, Roche sabía dónde estaba el lugar.

—No es necesario que me esperéis. Sin duda anhe¬lan vuestro regreso.

—Callad —dijo ella amablemente—. Intentad des¬cansar.

Él volvió a hundirse en un sueño preocupado, mo¬viendo las manos con inquietud, intentando señalar y tirando de las mantas. Se destapó y se llevó la mano a la entrepierna. Pobre hombre, pensó Kivrin, no se le per-donaba ninguna indignidad.

Ella volvió a colocarle las manos sobre el pecho y lo tapó, pero él apartó de nuevo las mantas y se subió la túnica. Volvió a agarrarse la entrepierna y de pronto se estremeció y retiró las manos, y algo en el movimiento hizo que Kivrin pensara en Rosemund.

Frunció el ceño. Había vomitado sangre. Eso y el estado que había alcanzado la epidemia le habían suge¬rido que Roche tenía peste neumónica; además no le había visto ninguna buba bajo los brazos cuando le quitó la casulla. Le apartó la túnica y dejó al descubier¬to sus calzas de lana burdamente tejidas. Estaban ten¬sas en el centro y enmarañadas con la cola de su alba. Le resultaría imposible quitárselas sin levantarlo, y ha¬bía tanta tela que no pudo ver nada.

Le puso con suavidad la mano sobre el muslo, re¬cordando lo sensible que era el brazo de Rosemund. Él dio un respingo pero no despertó, y Kivrin deslizó la mano hasta el interior y la subió, tocando apenas la te¬la. Estaba caliente.

—Perdóname —dijo, y deslizó la mano entre sus piernas.

Roche gritó e hizo un movimiento convulsivo, al¬zando las rodillas bruscamente, pero Kivrin ya se había apartado, la mano en la boca. La buba era gigantesca y ardía al contacto. Tendría que haberla drenado hacía horas.

Roche no había despertado, ni siquiera cuando gri¬tó. Tenía la cara oscura, y su respiración era firme, rui¬dosa. Su movimiento espasmódico había vuelto a des¬taparlo. Kivrin se detuvo y lo cubrió. Roche alzó las rodillas, pero ya con menos violencia, y ella le arropó. Luego cogió la última vela de la reja y la colocó en la linterna, y la encendió con una de las velas de santa Ca¬talina.

—Enseguida vuelvo —dijo, y salió de la iglesia.

La luz de fuera la hizo parpadear, aunque ya casi había anochecido. El cielo estaba nublado, pero había un poco de viento, y parecía más cálido fuera que den¬tro de la iglesia. Cruzó corriendo el prado, protegien¬do con la mano la parte abierta de la linterna.

Había un cuchillo afilado en el granero. Lo había utilizado para cortar la cuerda cuando empaquetaba. Tendría que esterilizarlo antes de abrir la buba. Tenía que desbridar el nodulo linfático inflamado antes de que reventara. Cuando las bubas se encontraban en la ingle, estaban peligrosamente cerca de la artería femo¬ral. Aunque Roche no muriera desangrado, cuando se rompiera el ganglio, todo aquel veneno iría directo a su corriente sanguínea. Tendría que haberla drenado ha¬cía horas.

Corrió entre el granero y el corral vacío y llegó al patio. La puerta del establo estaba abierta y oyó a al¬guien dentro. Su corazón dio un respingo.

—¿Quién anda ahí? —llamó, alzando la linterna.

La vaca del senescal se encontraba en uno de los es¬tablos, comiendo la avena derramada. Levantó la testa y miró a Kivrin, y se dirigió a ella al trote.

—No tengo tiempo —dijo Kivrin. Cogió el cuchi¬llo del suelo y salió. La vaca la siguió, avanzando con torpeza a causa de sus ubres repletas, mugiendo peno¬samente.

—Márchate —ordenó Kivrin, a punto de llorar—. Tengo que ayudarlo o morirá.

Contempló el cuchillo. Estaba sucio. Cuando lo encontró en la cocina, ya lo estaba, y lo había dejado caer en el estiércol del granero mientras cortaba las cuerdas.

Se acercó al pozo e izó el cubo. Sólo quedaban unos centímetros de agua en el fondo, y tenía una lige¬ra capa de hielo. No había suficiente para cubrir siquie¬ra el cuchillo, y tardaría una eternidad en encender fue¬go y hacerla hervir. No quedaba tiempo para eso. La buba podía haber reventado ya. Lo que necesitaba era alcohol, pero habían empleado todo el vino para perfo¬rar las bubas y administrar los sacramentos a los mori-bundos. Pensó en la botella que tenía el clérigo en la habitación de Rosemund.

La vaca se apretujó contra ella.

—No —dijo firmemente, y abrió la puerta de la casa, con la linterna en la mano.

La antesala estaba oscura, pero la luz del sol se fil¬traba en el salón a través de las estrechas ventanas, creando largas y neblinosas lanzas doradas que ilumi¬naban el frío hogar, la alta mesa y el saco de manzanas que Kivrin había vaciado.

Las ratas no escaparon corriendo. La miraron cuan¬do entró, retorciendo sus orejitas negras, y luego vol¬vieron a dedicarse a las manzanas.

Había casi una docena sobre la mesa, y una estaba sentada en el taburete de Agnes, con las patitas ante la cara como si estuviera rezando.

Kivrin depositó la linterna en el suelo.

—Marchaos —estalló.

Las ratas de la mesa ni siquiera la miraron. La que estaba rezando sí lo hizo, por encima de las patas cru¬zadas, una mirada fría y calculadora, como si la intrusa fuese Kivrin.

—¡Fuera de aquí! —gritó, y corrió hacia los ani¬males.

Siguieron sin escapar. Dos de ellas se colocaron de¬trás del salero, y otra soltó la manzana que sujetaba, que rodó hasta el borde de la mesa y cayó al suelo.

Kivrin levantó el cuchillo.

—¡Fuera!

Lo descargó sobre la mesa y las ratas se disper¬saron.

—¡Fuera de aquí!

Volvió a alzarlo. Tiró al suelo las manzanas, que rebotaron y salieron rodando. Debido a la sorpresa o al miedo, la rata que se encontraba en el taburete de Ag¬nes echó a correr directamente hacia Kivrin.

—¡Fuera!

Kivrin le lanzó el cuchillo; la rata volvió a correr bajo el taburete y desapareció entre la paja.

—¡Marchaos de aquí! —gritó Kivrin, y se cubrió el rostro con las manos.

La vaca mugió en la antesala.

—Es una enfermedad —susurró Kivrin, tembloro¬sa, con las manos todavía sobre la boca—. No es culpa de nadie.

Recogió el cuchillo y la linterna. La vaca se había quedado atascada en la puerta. La miró suplicante.

Kivrin la dejó allí y subió a la habitación, ignoran¬do los ruidos de roces a su alrededor. La habitación es¬taba helada. El lino que Eliwys había atado sobre la ventana se había soltado y colgaba de una esquina. Los colgantes de la cama también se hallaban a un lado, donde el clérigo había intentado apoyarse, y el colchón de plumas yacía medio fuera de la cama. Había peque¬ños sonidos bajo la cama, pero no intentó averiguar de dónde procedían. El cofre aún seguía abierto, con la tapa tallada apoyada contra el pie de la cama, y la grue¬sa capa púrpura del clérigo estaba doblada en su in-terior.

La botella de vino había rodado bajo la cama. Ki¬vrin se echó al suelo y palpó. La botella rodó escapan¬do a su contacto, y tuvo que arrastrarse bajo la cama para alcanzarla.

El tapón se había salido, probablemente cuando rodó bajo la cama. Un poco de vino reposaba pegajoso en el gollete.

—No —sollozó, desesperanzada, y permaneció allí durante un largo minuto, sosteniendo la botella vacía.

No quedaba vino en la iglesia. Roche lo había usa¬do todo para los últimos sacramentos.

De pronto recordó la botella que el sacerdote le había dado para que curara la rodilla de Agnes. Se arrastró bajo la cama y barrió con cuidado el brazo, te¬miendo volcarla. No recordaba cuánto vino quedaba, pero le parecía que no lo había gastado todo.

A pesar de su cuidado, estuvo a punto de volcarla, y la agarró por el grueso cuello cuando ya se tambalea¬ba.

La sacó de debajo de la cama y la agitó. Estaba casi medio llena. Se guardó el cuchillo en el cinturón de la pelliza, se puso la botella bajo el brazo, cogió la capa del clérigo, y bajó las escaleras. Las ratas habían vuelto y se entretenían con las manzanas, pero esta vez echa¬ron a correr cuando ella bajó las escaleras de piedra, y Kivrin no intentó ver dónde se escondían.

La vaca había conseguido introducir medio cuerpo por la puerta y ahora bloqueaba el camino. Kivrin des¬pejó el suelo para poder depositar la botella sin que se volcara, y empujó a la vaca hacia atrás. El animal gimió tristemente todo el tiempo.

Una vez fuera, intentó volver enseguida junto a Kivrin.

—No. No hay tiempo —dijo ella, pero volvió al granero, subió al altillo y arrojó un puñado de heno. Luego lo recogió todo y corrió de vuelta a la iglesia.

Roche se había quedado inconsciente. Su cuerpo se había relajado. Tenía las piernas separadas y las manos a los costados, con las palmas vueltas hacia arriba. Pa¬recía un hombre derribado por un puñetazo. Su res¬piración era pesada y trémula, como si estuviera tiri¬tando.

Kivrin lo cubrió con la gruesa capa púrpura.

—He vuelto, Roche —dijo, y le palmeó el brazo extendido, pero él no dio ninguna señal de haber oído.

Quitó la caperuza de la linterna y usó la llama para encender todas las velas. Sólo quedaban tres de las ve¬las de lady Imeyne, todas medio quemadas ya. Encen¬dió también las velas de sebo, y la gruesa vela del nicho de la imagen de santa Catalina, y las acercó a las piernas de Roche para tener luz.

—Tengo que quitaros las calzas —advirtió mien¬tras retiraba las mantas—. Hay que abrir la buba.

Desató las calzas y Roche no se agitó ante su con¬tacto, pero gimió un poco, un sonido líquido.

Kivrin tiró de las calzas, intentando bajarlas hasta las piernas, pero eran demasiado estrechas. Tendría que cortarlas.

—Voy a cortaros las calzas —anunció, y se arras¬tró hasta donde había dejado el cuchillo y la botella de vino—. Intentaré no haceros daño.

Olisqueó la botella, luego dio un sorbito y se atra¬gantó. Bien. Era añejo, bastante alcohólico. Lo vertió sobre la hoja del cuchillo, secó el filo en su pierna, ver¬tió un poco más, cuidando de dejar suficiente para echarlo sobre la herida cuando la hubiera abierto.

—Beata —murmuró Roche. Acercó la mano a la ingle.

—Tranquilo —dijo Kivrin. Agarró una de las per¬neras y cortó la lana—. Sé que ahora duele, pero voy a perforar la buba.

Con las dos manos tiró del tejido, que afortunada¬mente se rasgó, produciendo un fuerte ruido. Las rodi¬llas de Roche se contrajeron.

—No, no, bajad las piernas. —Kivrin intentó em¬pujar las rodillas—. Tengo que abrir la buba.

No consiguió hacerle bajar las piernas. Las soltó un momento y terminó de rasgar la pernera, metiendo la mano por debajo para romper el resto y así poder ver la buba. Era el doble de grande de la de Rosemund y estaba completamente negra. Tendría que haberla per¬forado hacía horas, días.

—Roche, por favor, bajad las piernas —rogó, apo¬yándose en las rodillas con todas sus fuerzas—. Tengo que abrir el furúnculo de la peste.

No le respondió. No estaba segura de que él pu¬diera contestar, de que sus músculos no se estuvieran contrayendo solos, como había hecho el clérigo, pero no podía esperar a que el espasmo pasara, si se trataba de eso. Podía reventar en cualquier momento.

Se retiró un instante y luego se arrodilló junto a sus pies, e introdujo la mano entre sus piernas dobladas, sujetando el cuchillo. Roche gimió; Kivrin bajó un poco el cuchillo y lo hizo avanzar despacio, con cuida¬do, hasta que tocó la buba.

La patada la alcanzó de lleno en las costillas y la de¬rribó. Soltó el cuchillo, que resbaló ruidosamente so¬bre el suelo de piedra. La patada la dejó sin aliento, y Kivrin permaneció allí tendida, jadeando en busca de aire. Intentó sentarse. El dolor le acuchillaba el costado derecho, y cayó hacia atrás, sujetándose las costillas.

Roche gritaba, un sonido largo e imposible, como un animal torturado. Kivrin rodó lentamente sobre el costado izquierdo, apretándose las costillas, para po¬der verlo. El se mecía adelante y atrás como un niño, sin dejar de gritar, con las piernas encogidas protecto-ramente contra el pecho. No pudo ver la buba.

Kivrin intentó levantarse, apoyando la mano en el suelo hasta que quedó sentada a medias, y luego tanteó hasta que consiguió arrodillarse. Gritó, débiles gemi¬dos que se perdían entre los gritos de Roche. Segura-mente le había roto varias costillas. Escupió sobre la mano, temiendo ver sangre.

Cuando por fin consiguió arrodillarse, se sentó so¬bre los pies durante un minuto, intentando contener el dolor.

—Lo siento —susurró—. No pretendía haceros daño.

Avanzó de rodillas hacia él, usando la mano dere¬cha para sostenerse. El esfuerzo la hizo respirar más profundamente, y cada inspiración le apuñalaba el cos¬tado.

—Tranquilo, Roche —susurró—. Ya voy. Ya voy.

Él levantó las piernas espasmódicamente ante el sonido de su voz, y Kivrin se retiró a un lado, colocán¬dose entre él y la pared, fuera de su alcance.

Al darle la patada, había derribado una de las velas de Santa Catalina, que ahora yacía en un charquito amarillo junto al sacerdote, todavía ardiendo.

Kivrin la enderezó y le puso la mano en el hombro.

—Shh, Roche —dijo—. Tranquilo. Estoy aquí.

Él dejó de gritar.

—Lo siento —murmuró Kivrin, inclinándose so¬bre él—. No quería haceros daño. Sólo intentaba abrir la buba.

Roche levantó las rodillas con más ímpetu que an¬tes. Kivrin cogió la vela roja y la sostuvo sobre su trase¬ro desnudo. Veía la buba, negra y dura a la luz de la vela. No la había perforado. Levantó más la vela, inten¬tando ver adonde había ido a parar el cuchillo. Se había perdido en dirección a la tumba. Extendió la vela, espe¬rando distinguir un destello metálico. No vislumbró nada.

Empezó a levantarse, moviéndose con mucho cui¬dado para protegerse del dolor, pero a mitad de camino la asaltó, y ella gritó y se inclinó adelante.

—¿Qué pasa? —preguntó Roche. Había abierto los ojos y tenía un poco de sangre en la comisura de los labios. Kivrin se preguntó si se habría mordido la len¬gua al gritar—. ¿Os he hecho daño?

—No —contestó ella, y volvió a arrodillarse a su lado—. No, no me habéis hecho daño. —Le limpió los labios con la manga de la pelliza.

—Debéis... —empezó él, y cuando abrió la boca brotó más sangre. Tragó saliva—. Debéis decir las ora¬ciones para los muertos.

—No. No moriréis. —Volvió a limpiarle la boca—. Pero he de perforaros la buba antes de que reviente.

—No —respondió él, y Kivrin no supo si quería decir que no lo hiciera o que no se marchara. El sacer¬dote apretaba los dientes, y entre ellos manaba sangre.

Kivrin se sentó, con cuidado para no gritar, y le apoyó la cabeza en su regazo.

—Réquiem aeternam dona ei —Roche emitió un sonido borboteante

alzó la cabeza, colocó debajo la capa púrpura, y le secó la boca y la barbilla con la pelliza. Estaba empapada en sangre. Extendió la mano para coger su alba.

—No —dijo él.

—No me iré. Estoy aquí.

—Rezad por mí —pidió, y trató de unir las manos sobre el pecho—. Rec... —Se atragantó con la palabra que intentaba pronunciar, que terminó en un sonido borboteante.

—Réquiem aeternam —rezó Kivrin. Cruzó las manos—. Réquiem aternam dona ei, Domine.

—Etlux...

La vela roja se apagó y la iglesia se llenó del pene¬trante olor a humo. Kivrin se volvió hacia las otras ve¬las. Sólo quedaba una encendida, la última de las velas de cera de lady Imeyne, casi consumida ya.

—Et lux perpetua.

—Luceat eis —prosiguió Roche. Se detuvo y trató de lamerse los labios ensangrentados. Tenía la lengua hinchada y rígida—. Dies irae, dies illa. —Deglutió de nuevo e intentó cerrar los ojos.

—No le hagas sufrir más —susurró ella en inglés—. Por favor. No es justo.

—Beata —le pareció que decía, y Kivrin intentó pensar la siguiente línea, pero no comenzaba con «ben¬dita».

—¿Qué? —preguntó, inclinándose.

—En los últimos días —dijo, con la voz nublada por la lengua hinchada.

Kivrin se acercó más.

—Temía que Dios nos olvidara por completo —ja¬deó él.

Y lo ha hecho, pensó Kivrin. Le limpió la boca y la barbilla con la punta de la pelliza. Lo ha hecho.

—Pero en Su gran misericordia no nos olvidó —vol¬vió a deglutir—. Envió a Su santa para que viviera entre nosotros.

Levantó la cabeza y tosió, y la sangre los manchó a ambos, empapando el pecho de él y las rodillas de Kivrin. Ella la frotó frenéticamente, intentando detenerla, intentando levantarle la cabeza, y no pudo ver nada en¬tre las lágrimas.

—Y no sirvo de nada —se lamentó.

—¿Por qué lloráis?

—Me salvasteis la vida, y yo no puedo hacer nada para salvar la vuestra —contestó, la voz prendida en un sollozo.

—Todos los hombres deben morir—dijo Roche—, y nadie, ni siquiera Cristo, tiene poder para salvarlos.

—Lo sé.

Kivrin se llevó la mano al rostro, intentando conte¬ner el llanto. Las lágrimas se acumularon en su mano y cayeron goteando sobre el cuello de Roche.

—Sin embargo, me habéis salvado —suspiró él, y su voz sonó más clara—. Del miedo. —Inspiró, borbo¬teando—. Y de la falta de fe.

Kivrin se secó las lágrimas con el dorso de la mano y cogió la del padre Roche. La sintió fría, ya rígida.

—Soy el más bendito de los hombres por teneros aquí conmigo —murmuró él, y cerró los ojos.

Kivrin se movió un poco para apoyar la espalda contra la pared. Fuera estaba oscuro, no entraba luz ninguna por las estrechas ventanas. La vela de lady Imeyne borboteó y luego prendió otra vez. Kivrin mo¬vió la cabeza de Roche para que no le lastimara las cos¬tillas. El sacerdote gimió y sacudió la mano como para liberarse de la de Kivrin, pero ella le sujetó. La vela ale¬teó, adquiriendo un súbito brillo, y los dejó sumidos en la oscuridad.

 

TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL JUICIO FINAL

(082808-083108)

 

Creo que no conseguiré volver, señor Dunworthy. Roche me ha dicho dónde está el lugar, pero me he roto algunas costillas, creo, y todos los caballos han desaparecido. Me parece que no podré montar el burro de Roche sin silla.

Voy a intentar que la señora Montoya encuentre esto. Dígale al señor Latimer que la inflexión adjetiva era aún considerable en 1348. Y dígale al señor Gilchrist que se equivocaba. Las estadísticas no eran exa¬geradas.

(Pausa)

No quiero que se sienta culpable de lo sucedido. Sé que habría venido a buscarme si hubiese podido, pero de todas formas no me habría marchado, no con Agnes enferma.

Quise venir, y si no lo hubiera hecho, habrían esta¬do solos, y nadie habría sabido jamás lo asustados y va¬lientes e insustituibles que eran.

(Pausa)

Es extraño. Cuando no encontraba el lugar y llegó la peste, me resultaba usted tan lejano que me parecía que nunca volvería a encontrarlo. Pero ahora sé que es¬tuvo usted aquí todo el tiempo, y que nada, ni la Peste Negra, ni setecientos años, ni la muerte ni las cosas ve¬nideras ni ninguna otra criatura podría separarme ja¬más de su cuidado y preocupación. Ha estado conmigo en todo momento.

 

 

 

 

 

 

34

 

—¡Colin! —gritó Dunworthy, agarrando el brazo del niño mientras se zambullía bajo la gasa y entraba en la red, boca abajo—. En nombre de Dios, ¿qué estás haciendo?

Colin se soltó de su tenaza.

—¡No debería ir usted solo!

—¡No puedes atravesar la red! Esto no es un perí¬metro de cuarentena. ¿Y si la red se hubiera abierto? ¡Te podrías haber matado! —Cogió de nuevo a Colin por el brazo y se dirigió hacia la consola—. ¡Badri! ¡Deten el lanzamiento!

Badri no estaba allí. Dunworthy observó miope el lugar donde se hallaba la consola. Estaban en un bos¬que, rodeados de árboles. Había nieve en el suelo y el aire chispeaba con cristales de condensación.

—Si va usted solo, ¿quién le cuidará? —prosiguió Colin—. ¿Y si sufre una recaída? —Miró más allá de Dunworthy, y se quedó boquiabierto—. ¿Estamos allí?

Dunworthy soltó el brazo del niño y rebuscó sus gafas en la pelliza.

—¡Badri! —gritó—. ¡Abre la red! —Se puso las ga¬fas. Estaban cubiertas de escarcha. Se las quitó de nue¬vo y frotó las lentes—. ¡Badri!

—¿Dónde estamos? —preguntó Colín.

Dunworthy se caló las gafas y miró alrededor. Los árboles eran viejos, la yedra que cubría sus troncos esta¬ba plateada por la escarcha. No había ni rastro de Kivrin.

Había esperado que estuviera allí, lo cual era ridícu¬lo. Ya habían abierto la red y no la habían encontrado, pero tenía la esperanza de que cuando advirtiera dónde estaba, volvería al lugar de encuentro y esperaría. Pero no estaba allí, y no había el menor rastro de que hubiera ido en algún momento.

La nieve estaba lisa, sin ninguna huella. Era lo bas¬tante profunda para ocultar cualquier pisada que Ki¬vrin hubiera podido dejar antes de la nevada, pero no lo bastante para cubrir totalmente el carro aplastado y las cajas dispersas. Tampoco había rastro de la carrete¬ra de Oxford a Bath.

—No sé dónde estamos.

—Bueno, sé que no es Oxford —comentó Colin, que pisoteaba la nieve—, porque no está lloviendo.

Dunworthy levantó la cabeza y contempló a través de los árboles el cielo pálido y despejado. Si se había producido el mismo deslizamiento que en el lanza¬miento de Kivrin, tenía que ser media mañana.

Colin corrió hasta un macizo de sauces rojizos.

—¿Adonde vas? —preguntó Dunworthy.

—A encontrar una carretera. Se supone que el lu¬gar está cerca de una carretera, ¿no? —Se internó en el bosquecillo y desapareció.

—¡Vuelve aquí! —gritó Dunworthy.

Colin apareció, separando los sauces.

—Ven aquí —ordenó Dunworthy, más calmado.

—Sube hasta una colina —informó el niño, que re¬gresó al claro a través de los sauces—. Podemos subirla y ver dónde estamos.

Ya se había mojado, su traje marrón aparecía cu¬bierto de nieve de los sauces, y parecía alerta, prepara¬do para las malas noticias.

—Va a enviarme de vuelta, ¿no?

—Debería hacerlo —dijo Dunworthy, pero el co¬razón se le encogió ante la perspectiva. Como mínimo faltaban dos horas para que Badri abriera la red, y no estaba seguro de cuánto tiempo permanecería abierta. No podía malgastar dos horas esperando para enviar de vuelta a Colín, ni tampoco dejarlo atrás—. Eres mi responsabilidad.

—Y usted es responsabilidad mía —replicó Colin, testarudo—. Tía Mary me dijo que cuidara de usted. ¿Y si sufre una recaída?

—No lo entiendes. La Peste Negra...

—Tranquilo. No se preocupe. Recibí la estrepto¬micina y todo eso. Hice que William le pidiera a su en¬fermera que me inyectara. No puede enviarme de re¬greso ahora; la red no está abierta y hace demasiado frío para quedarnos aquí y esperar una hora. Si vamos a buscar a Kivrin ahora, puede que la hayamos encontra¬do para entonces.

Tenía razón: no podían quedarse allí. El frío empe¬zaba ya a calar la chillona capa victoriana, y el traje de arpillera de Colin le daba aún menos protección que su antigua chaqueta, y ya estaba igual de mojado.

—Subiremos a la cima de la colina —dijo—, pero primero debemos marcar el claro para poder encon¬trarlo después. Y no vayas por ahí corriendo de esa forma. Quiero tenerte a la vista en todo momento. No tendré tiempo para ir a buscarte a ti también.

—No me perderé —aseguró Colin, rebuscando en su bolsa. Mostró un rectángulo plano—. He traí¬do un localizador. Ya está preparado para rastrear el claro.

Separó los sauces para que Dunworthy pasara, y salieron a la carretera. Apenas era un sendero de cabras y estaba cubierto de nieve y sin marca alguna a excep¬ción de huellas de ardillas y un perro, o posiblemente un lobo. Colin caminó dócilmente junto a Dunworthy hasta que estuvieron a mitad de la colina, entonces no pudo contenerse y echó a correr.

Dunworthy trotó tras él, luchando con la tensión que ya sentía en el pecho. Los árboles se detenían en mitad de la colina, y entonces empezó a soplar viento. Era dolorosamente frío.

—Veo la aldea —le gritó Colin.

Llegó junto a Colin. El viento era peor allí, atrave¬saba la capa, a pesar del forro, y empujaba largas cade¬nas de nubes por el cielo pálido. A lo lejos, al sur, una columna de humo ascendía directa al cielo, y entonces, capturada por el viento, giró bruscamente hacia el este.

—¿Ve? —señaló Colin.

Una llanura se extendía bajo ellos, cubierta de nie¬ve y casi demasiado brillante para poder mirarla. Los árboles pelados y los caminos se extendían oscuros so¬bre la nieve, como marcas en un mapa. La carretera de Oxford a Bath era una línea recta y negra, que dividía la llanura nevada, y Oxford era un dibujo a lápiz. Vis¬lumbró los tejados nevados y la torre cuadrada de St. Michael's sobre las oscuras murallas.

—No parece que la Peste Negra haya llegado toda¬vía, ¿verdad? —dijo Colin.

Tenía razón. Todo parecía sereno, intacto, el anti¬guo Oxford de leyenda. No lo imaginaba asolado por la peste: los carros de muertos llenos de cadáveres arrastrados por las estrechas callejas, los colegios cerra¬dos y abandonados, y en todas partes los moribundos y los ya muertos. No imaginaba a Kivrin allí, en alguna de aquellas aldeas que no podía ver.

—¿No lo ve? —le preguntó Colin, señalando al sur—. Tras aquellos árboles.

Él se esforzó por distinguir edificios entre el maci¬zo de árboles. Vislumbró una sombra más oscura entre las ramas grises, la torre de una iglesia, tal vez, o el ale¬ro de una mansión.

—Hay un camino que conduce hasta allí —señaló Colin, mostrando una estrecha línea gris que comenza¬ba en

alguna parte bajo ellos.

Dunworthy examinó el mapa que le había dado Montoya. No había forma de adivinar qué aldea era, ni siquiera con las notas, sin saber a qué distancia estaban del sitio de llegada. Si se encontraban directamente al sur, la aldea que estaba al este tenía que ser Skendgate, pero donde pensaba que tendrían que haber árboles no encontró nada, sólo una llanura de nieve.

—¿Qué? —dijo Colin—. ¿Vamos?

Era la única aldea visible, si era una aldea, y no pa¬recía estar a más de un kilómetro de distancia. Si no era Skendgate, al menos estaba en la dirección adecuada, y si tenía una de las «características distintivas» de Mon¬toya, podrían usarla para decidir dónde se hallaban.

—No te apartes de mi lado y no hables con nadie, ¿me entiendes?

Colin asintió, aunque estaba claro que no le escu¬chaba.

—Creo que la carretera está por aquí —dijo, y co¬rrió al otro lado de la colina.

Dunworthy le siguió, intentando no pensar cuán¬tas aldeas había, el poco tiempo que les quedaba, lo cansado que se sentía después de sólo una colina.

—¿Cómo convenciste a William para que te inyec¬taran la estreptomicina? —preguntó cuando alcanzó a Colin.

—Me pidió el número de médico de tía Mary pa¬ra poder falsificar las autorizaciones. Estaba en su ma¬letín.

—¿Y te negaste a dárselo a menos que accediera?

—Sí, y además le amenacé con contarle a su madre lo de sus novias —contestó el niño, y de nuevo echó a correr.

El camino que había visto era un sendero vallado. Dunworthy se negó a atravesar el campo que rodeaba.

—Debemos ceñirnos a los caminos —dijo.

—Por aquí es más rápido —protestó Colín—. No nos perderemos. Tenemos el localizador.

Dunworthy se negó a discutir. Continuó adelante, buscando un giro. Los estrechos campos daban paso a bosques y el camino se dirigía al norte.

—¿Y si no hay un camino a la aldea? —preguntó Colin después de medio kilómetro, pero a la siguiente curva lo encontraron.

Era más estrecho que el anterior, y nadie lo había surcado desde la nevada. Avanzaron a trancas y ba¬rrancas, hundiendo los pies en la capa de hielo a cada paso. Dunworthy intentó ansiosamente divisar la al¬dea, pero el bosque era demasiado denso.

La nieve los obligaba a avanzar despacio y ya se había quedado sin aliento. La tensión en su pecho era como una correa de hierro.

—¿Qué haremos cuando lleguemos allí? —pre¬guntó Colin, avanzando sin esfuerzo sobre la nieve.

—Tú te quitas de en medio y me esperas. ¿Queda claro?

—Sí. ¿ Está seguro de que éste es el camino correcto ?

Dunworthy no estaba seguro de nada. El camino se curvaba hacia el oeste, apartándose del lugar donde creía que se encontraba la aldea, y por delante volvía a curvarse hacia el norte. Escrutó ansiosamente los árbo¬les, intentando así avistar un destello de piedra o un te¬cho de paja.

—Estoy seguro de que la aldea no estaba tan lejos —añadió Colin, frotándose los brazos—. Llevamos horas caminando.

No era tanto, pero sí al menos una hora, y no ha¬bían llegado siquiera a una choza, mucho menos a un aldea. Había varias, ¿pero dónde?

Colin sacó su localizador.

—Mire —indicó a Dunworthy la lectura—. Nos hemos desviado demasiado al sur. Creo que debería¬mos volver al otro camino.

Dunworthy miró la lectura y luego el mapa. Esta¬ban al sur del lugar de llegada, a más de tres kilómetros de distancia. Tendrían que desandar casi todo el cami¬no, sin esperanza ninguna de encontrar a Kivrin en ese tiempo, y al final, no estaba seguro de poder llegar más lejos. Ya se sentía agotado, la tensión en su pecho au¬mentaba a cada paso, y sentía un brusco dolor en las costillas. Se giró y contempló la curva que tenían de¬lante, intentando decidir qué debían hacer.

—Se me están congelando los pies —protestó Co-lin. Pisoteó la nieve y un pájaro salió volando, asusta¬do. Dunworthy alzó la cabeza y frunció el ceño. El cie¬lo se estaba nublando.

—Tendríamos que haber seguido ese sendero —se quejó Colin—. Habría sido mucho más...

—Calla.

—¿Qué pasa? ¿Viene alguien?

—Shh —susurró Dunworthy. Retrocedió con Co¬lin al borde del camino y volvió a prestar atención. Le había parecido oír un caballo, pero ahora no percibía nada. Tal vez había sido el pájaro.

Condujo a Colin detrás de un árbol.

—Quédate aquí —susurró, y se arrastró hasta que divisó la curva.

El caballo negro estaba atado a un matorral. Dun¬worthy retrocedió rápidamente hasta un grupo de abe¬tos y se quedó quieto, intentando ver al jinete. No había nadie en el camino. Esperó, tratando de acallar su propia respiración para atender cualquier ruido, pe¬ro no vino nadie, y no captaba más que los pasos del caballo.

Estaba ensillado y la brida estaba repujada de plata, pero parecía delgado: las costillas se le marcaban contra la cincha, que estaba suelta, y la silla se ladeó un poco mientras el animal retrocedía. El caballo agitó la cabe-za, tirando enérgicamente de las riendas. Era evidente que intentaba liberarse, y cuando Dunworthy se acercó descubrió que no estaba atado, sino enganchado en las zarzas.

Salió al camino. El caballo volvió la cabeza hacia él y empezó a relinchar salvajemente.

—Tranquilo, tranquilo —murmuró, acercándose con cuidado a su flanco izquierdo. Le puso la mano en el cuello, y el caballo dejó de relinchar y empujó a Dunworthy con el hocico, buscando comida.

Él buscó hierba entre la nieve, pero la zona alrede¬dor del matorral estaba casi pelada.

—¿Cuánto tiempo llevas atrapado aquí, amigo? —preguntó. ¿Había caído su jinete alcanzado por la plaga mientras cabalgaba, o había muerto, y el caballo había echado a correr, presa del pánico, hasta que las riendas se quedaron enganchadas en los matorrales?

Se internó un poco en el bosque, buscando huellas, pero no encontró ninguna. El caballo empezó a relin¬char de nuevo, y Dunworthy regresó a liberarlo, arran¬cando de paso las briznas de hierba que asomaban en¬tre la nieve.

—¡Un caballo! ¡Apocalíptico! —exclamó Colin, que se acercó corriendo—. ¿Dónde lo ha encontrado?

—Te dije que te quedaras donde estabas.

—Lo sé, pero oí relinchar al caballo, y pensé que tal vez tenía problemas.

—Razón de más para que me obedecieras. —Le tendió la hierba a Colin—. Dale de comer esto.

Se inclinó sobre el matorral y cogió las riendas. En sus esfuerzos por liberarse, el caballo había retorcido las riendas alrededor de las zarzas. Dunworthy tuvo que re¬tirar las ramas con una mano y extender la otra para des¬atarlas. Se llenó de arañazos en cuestión de segundos.

—¿De quién es este caballo? —preguntó Colin, mientras ofrecía al animal un puñado de hierba desde una distancia de varios pasos. El caballo, hambriento, intentó morderla y Colin saltó hacia atrás—. ¿Está se¬guro de que es manso?

Dunworthy acababa de hacerse un profundo corte cuando el caballo se abalanzó hacia la hierba, pero lo¬gró liberar la rienda. Se la envolvió en la mano sangran¬te y cogió la otra.

—Sí—dijo.

—¿De quién es este caballo? —repitió Colin, acari¬ciándole tímidamente el hocico.

—Nuestro. —Tensó la cincha y aupó a Colin tras la silla, pese a sus protestas, luego montó él.

El caballo, sin advertir todavía que estaba libre, volvió la cabeza con aire acusador cuando Dunworthy lo espoleó amablemente, pero luego comenzó a trotar por el camino nevado, feliz de encontrarse libre.

Colin se agarró con fuerza a la cintura de Dunwor¬thy, justo donde le dolía, pero cuando avanzaron un centenar de metros se enderezó y preguntó:

—¿Cómo lo guía? ¿Y si quiere que vaya más rá¬pido?

No tardaron nada en llegar a la carretera principal. Colin quería volver al sendero y cortar a campo través, pero Dunworthy hizo girar al caballo hacia el otro lado. La carretera se bifurcaba un kilómetro más allá, y tomó por el camino de la izquierda.

Parecía más transitado que el primero, aunque el bosque al que conducía era aún más tupido. El cielo es¬taba ahora completamente nublado y empezaba a so¬plar viento.

—¡La veo! —exclamó Colin, y se soltó de una mano para señalar más allá de un grupito de fresnos un deste¬llo de piedra gris oscura. Una iglesia, tal vez, o un grane¬ro. Se encontraba al este, y casi inmediatamente un es-trecho sendero se bifurcaba del camino. Una plancha de madera cruzaba un arroyo, y al otro lado se extendía un pequeño prado.

El caballo no irguió las orejas ni intentó avivar el paso, y Dunworthy llegó a la conclusión de que no de¬bía ser de aquella aldea. Menos mal, pensó, o nos ahorcarán por robar caballos antes de poder preguntar dón¬de está Kivrin. Entonces descubrió las ovejas.

Yacían de costado, montones de lana de un gris su¬cio, aunque algunas de ellas estaban acurrucadas cerca de los árboles, al abrigo del viento y la nieve.

Colin no las había visto.

—¿Qué haremos cuando lleguemos allí? ¿Nos co¬lamos sin que nos vean, o le preguntamos a alguien si la han visto?

No habrá nadie a quien preguntar, pensó Dunworthy. Espoleó el caballo y entraron al trote en la aldea.

No se parecía a las ilustraciones del libro de Colin, edificios alrededor de un claro central. Las chozas esta¬ban esparcidas entre los árboles, casi fuera de la vista unas de otras. Vio techos de paja, y más allá, en un bos-quecillo de fresnos, la iglesia, pero aquí, en un claro tan pequeño como en del lanzamiento, sólo había una casa de troncos y un cobertizo bajo.

Era demasiado pequeña para ser la casa del señor: sin duda era la del senescal, o la del molinero. La puerta de madera del cobertizo estaba abierta y había entrado nieve. Del techo no salía humo. No se oía ningún ruido.

—Tal vez han huido —apuntó Colin—. Muchas personas huyeron cuando se enteraron de que venía la peste. Así se extendía.

Tal vez habían huido. La nieve ante la casa estaba plana y dura, como si hubiera habido muchas personas y caballos en el patio.

—Quédate con el caballo —ordenó Dunworthy, y se acercó a la casa. La puerta tampoco estaba cerrada, aunque lo habían intentado.

El interior de la casa estaba helado y tan oscuro después de la brillante nieve que sólo vio una imagen roja. Abrió del todo la puerta, pero apenas había luz, y todo parecía teñido de rojo.

Debía de ser la casa del senescal. Había dos habita¬ciones separadas por una partición de troncos, y alfombras en el suelo. La mesa estaba vacía y el fuego del hogar llevaba días apagado. La habitación pequeña olía a cenizas frías. El senescal y su familia habían huido, y tal vez todos los demás aldeanos también, llevando sin duda la peste consigo. Y Kivrin.

De pronto, la tensión de su pecho se convirtió en dolor y tuvo que apoyarse en el marco de la puerta. Pese a todas sus preocupaciones sobre Kivrin, nunca se le había ocurrido esto: que ella se hubiera marchado.

Miró en la otra habitación. Colin se asomó a la puerta.

—El caballo quiere beber de un cubo que hay aquí fuera. ¿Le dejo?

—Sí —dijo Dunworthy, y se levantó para que Co¬lin no pudiera ver lo que había tras la partición—. Pero no dejes que se atraque. Hace días que no bebe agua.

—No hay mucha en el cubo. —Contempló la ha¬bitación, interesado—. Ésta es una de las chozas de los siervos, ¿verdad? Eran muy pobres, ¿no? ¿Ha encon¬trado algo?

—No. Ve y vigila al caballo. Y no dejes que se escape.

Colin salió, y rozó con la cabeza la parte superior de la puerta.

El bebé yacía en una bolsa de plumas en el rincón. Al parecer todavía estaba vivo cuando su madre murió; ella yacía sobre el suelo de barro, con las manos exten¬didas hacia él. Las tenía oscuras, casi negras, y la ropita del bebé estaba rígida por la sangre seca.

—¡Señor Dunworthy! —llamó Colin, alarmado, y Dunworthy se volvió, temiendo que hubiera regresa¬do, pero continuaba fuera con el caballo, que tenía la nariz dentro del cubo.

—¿Qué pasa?

—Hay algo allí en el suelo. —Señaló hacia las cho¬zas—. Creo que es un cuerpo. —Tiró de las riendas del caballo con tanta fuerza, que el cubo se volcó y se for¬mó un charquito de agua sobre la nieve.

—Espera —dijo Dunworthy, pero Colin ya corría hacia los árboles, seguido por el caballo.

—Es un ca... —empezó Colin, y su voz se apagó bruscamente. Dunworthy le alcanzó, sujetándose el costado.

Era el cadáver de un joven. Yacía boca arriba en la nieve, en medio de un charco congelado de líquido ne¬gro. Había una capa de polvo de nieve sobre su rostro. Se le habrán reventado las bubas, pensó Dunworthy, y miró a Colin, pero el muchacho no observaba el cadá¬ver, sino el claro que había más allá.

Era más grande que el que había delante de la casa del senescal. Alrededor se alzaba una media docena de chozas, y al fondo la iglesia normanda. En el centro, sobre la nieve pisoteada, se amontonaban los cadá-veres.

No habían hecho ningún intento por enterrarlos, aunque junto a la iglesia había una zanja, y un montón de tierra cubierta de nieve al lado. Parecía que habían arrastrado algunos hasta el patio de la iglesia (había lar-gas marcas en la nieve), y uno al menos se había arras¬trado hasta la puerta de su choza. Yacía medio dentro, medio fuera.

—«Temed a Dios, pues la hora del Juicio ha llega¬do» —murmuró Dunworthy.

—Parece como si se hubiese librado una batalla aquí.

—La hubo.

Colin dio un paso al frente, contemplando el cuerpo.

—¿Cree que todos están muertos?

—No los toques —advirtió Dunworthy—. No te acerques siquiera.

—Recibí la gammaglobulina —dijo él, pero se apar¬tó del cuerpo, tragando saliva.

—Respira hondo —aconsejó Dunworthy, apo¬yándole una mano sobre el hombro—, y mira otra cosa.

—En el libro decían que era así —comentó el niño, observando fijamente un roble—. En realidad, temía que fuera mucho peor. Quiero decir que no huele mal ni nada de eso.

—Sí.

Tragó saliva otra vez.

—Ya estoy bien. —Contempló el claro—. ¿Dónde cree que puede estar Kivrin?

Aquí no, rogó Dunworthy.

—Tal vez esté en la iglesia. —Se dirigió hacia allí con el caballo—. Además, necesitamos ver si la tumba está allí. Puede que ésta no sea la aldea.

El caballo dio dos pasos y echó atrás la cabeza, con las orejas retraídas. Relinchó asustado.

—Llévalo al cobertizo —dijo Dunworthy, cogien¬do las riendas—. Huele la sangre, y está asustado. Átalo.

Apartó al caballo de la vista del cuerpo y le tendió las riendas a Colín, quien las cogió con aspecto preocu¬pado.

—Tranquilo —dijo, guiándolo hacia la casa del se¬nescal—. Sé cómo te sientes.

Dunworthy se dirigió rápidamente al patio de la iglesia. Había cuatro cuerpos en el pozo y dos tumbas al lado, cubiertas de nieve, los primeros en morir tal vez, cuando todavía se celebraban funerales. Se enca¬minó hacia la parte delantera de la iglesia.

Había dos cuerpos más ante la puerta. Yacían boca abajo, uno encima de otro; el de arriba era un anciano. El cadáver de debajo era una mujer. Vio los faldones de su burda capa y una de sus manos. Los brazos del hombre cubrían la cabeza y los hombros de la mujer.

Dunworthy alzó torpemente la mano del hombre, y el cuerpo resbaló hacia el lado, tirando de la capa. La saya de debajo estaba sucia y manchada de sangre, pero vio que había sido azul. Retiró la capucha. Había una cuerda alrededor del cuello de la mujer. Su largo pelo rubio se había enredado en las ásperas fibras.

 

La ahorcaron, pensó, sin sorprenderse en absoluto.

Colin llegó corriendo.

—He descubierto qué son esas marcas del suelo. Por ahí arrastraron los cuerpos. Hay un niño pequeño tras el granero con una cuerda alrededor del cuello.

Dunworthy miró la cuerda y la maraña de pelo. Estaba tan sucio que apenas era rubio.

—Apuesto a que los arrastraron hasta el patio de la iglesia porque no podían con ellos —añadió Colin.

—¿Dejaste al caballo en el cobertizo?

—Sí. Lo até a una viga. Quería venir conmigo.

—Tiene hambre. Vuelve al cobertizo y dale un poco de heno.

—¿ Ha pasado algo ? No estará sufriendo una recaída, ¿verdad?

Dunworthy no creía que Colin distinguiera el ves¬tido azul desde donde se encontraba.

—No —respondió—. Debe de haber algo de heno en el granero. O avena. Ve a darle de comer al caballo.

—Muy bien —dijo Colin, a la defensiva, y corrió hacia el cobertizo. Se detuvo a mitad del prado—. No tengo que darle el heno, ¿verdad? —gritó—. ¿Puedo ponerlo en el suelo delante de él?

—Sí —dijo Dunworthy, mirándose la mano. Ha¬bía sangre en la mano de la mujer también, y en el inte¬rior de su muñeca. Tenía el brazo doblado, como si hu¬biera intentado detener la caída. Dunworthy podía cogerla y darle la vuelta fácilmente. Sólo tenía que co¬gerla del codo.

Le levantó la mano. Estaba rígida y fría. Bajo la su¬ciedad estaba roja y agrietada, con la piel levantada en una docena de sitios. No podía ser de Kivrin, y si lo fuera, ¿qué había vivido durante las dos últimas sema¬nas para acabar en este estado?

Todo estaría en el grabador. Le volvió la mano sua¬vemente, buscando la cicatriz del implante, pero la mu¬ñeca estaba demasiado sucia para distinguirla, si la había.

Y si la encontraba, ¿entonces qué? ¿Debía llamar a Colín y decirle que buscara un hacha en la cocina del senescal? ¿Debía cortar la mano muerta para poder oír la voz de Kivrin contando los horrores que le habían sucedido? No podría hacerlo, desde luego, como tam¬poco podía darle la vuelta al cuerpo y averiguar de una vez por todas si era Kivrin.

Colocó la mano junto al cuerpo, la cogió por el codo y le dio la vuelta.

Había muerto de una variedad bubónica. Descu¬brió una repugnante mancha amarilla en el costado de su saya azul, donde la buba de su brazo se había reven¬tado. Tenía la lengua negra y tan hinchada que le llena¬ba toda la boca, como un objeto obsceno introducido entre sus dientes para ahogarla, y la cara pálida estaba abotargada y tumefacta.

No era Kivrin. Intentó levantarse, tambaleándose un poco, y entonces pensó, demasiado tarde, que debía haber cubierto el rostro de la mujer.

—¡Señor Dunworthy! —gritó Colin, corriendo de¬sesperadamente, y él lo miró a ciegas, indefenso.

—¿Qué ha pasado? —acusó el niño—. ¿La ha en¬contrado ?

—No —respondió él, bloqueándole el paso. No vamos a encontrarla.

Colin miró a la mujer. Su cara era de un azul pálido contra la nieve blanca y el brillante traje azul.

—La ha encontrado, ¿verdad? ¿Es ella?

—No —repitió Dunworthy. Pero podía serlo. Po¬día serlo. Y no podía dar la vuelta a más cuerpos, a pe¬sar de que debería hacerlo. Sentía las rodillas de trapo, como si no pudieran soportar más su peso—. Ayúda¬me a regresar al cobertizo.

Colin permaneció donde estaba, obstinado.

—Si es ella, puede decírmelo. Lo soportaré.

Pero yo no, pensó Dunworthy. No podré sopor¬tarlo si está muerta. Volvió hacia la casa del senescal, apoyando una mano en la fría pared de piedra de la iglesia y pregun¬tándose qué haría cuando llegara a espacio abierto.

Colin saltó a su lado, le cogió el brazo y lo miró ansiosamente.

—¿Qué pasa? ¿Sufre una recaída?

—Sólo necesito descansar un poco —dijo él, y continuó, casi sin darse cuenta—: Kivrin llevaba un vestido azul cuando partió.

Cuando partió, cuando se tendió en el suelo y ce¬rró los ojos, indefensa y confiada, y desapareció para siempre en esta cámara de los horrores.

Colin abrió la puerta del cobertizo y ayudó a en¬trar a Dunworthy, sujetándole el brazo con ambas ma¬nos. El caballo, que mordisqueaba un saco de avena, ir-guió la cabeza.

—No encontré heno —dijo Colin—, así que le di grano. Los caballos comen grano, ¿verdad?

—Sí —contestó Dunworthy, apoyándose en los sacos—. No dejes que se lo coma todo. Se atiborrará y acabará reventando.

Colin se acercó al saco y empezó a apartarlo del al¬cance del caballo.

—¿Por qué creyó que era Kivrin?

Vi el vestido azul. El vestido de Kivrin era de ese mismo color. El saco era demasiado pesado para Colin. Tiró de él con las dos manos y la tela se partió por el lado, esparciendo avena sobre la paja. El caballo la mordisqueó ansiosamente.

—No, quiero decir que toda esa gente murió de peste, ¿no? Y ella fue inmunizada. Así que no pudo contagiarse. ¿De qué más podría morirse?

De esto, pensó Dunworthy. Nadie podría sobrevi¬vir a esto, viendo a niños y bebés morir como animales, apilados en zanjas y cubiertos de tierra, arrastrados con una cuerda pasada alrededor de sus cuellos muertos. ¿Cómo podría haber sobrevivido a semejante horror?

Colin consiguió apartar el saco del alcance del ca¬ballo. Lo dejó caer junto a un pequeño cofre y se plan¬tó ante Dunworthy, algo cansado.

—¿Está seguro de que no sufre una recaída?

—No —dijo él, pero empezaba a tiritar.

—Quizá sólo está cansado. Repose, ahora mismo vuelvo.

Salió y cerró tras él la puerta del cobertizo. El ca¬ballo mordisqueaba la avena derramada, con bocados ruidosos y voraces. Dunworthy se levantó, agarrándo¬se al travesano, y se inclinó sobre el pequeño cofre. Los cierres de metal habían perdido el brillo y el cuero de la tapa tenía un pequeño arañazo, pero por lo demás pa¬recía nuevo.

Se sentó y abrió la tapa.

El senescal lo usaba para guardar las herramientas. Había un rollo de cuerda de cuero y una cabeza de pico oxidada. El forro azul del que Gilchrist había hablado en el pub estaba rasgado donde se había apoyado el pico.

Colin regresó, cargando con el cubo.

—Le he traído un poco de agua. La cogí del arro¬yo. —Soltó el cubo y buscó un frasquito en el bolsillo—. Sólo tengo diez aspirinas, así que no puede sufrir una recaída. Se las escatimé al señor Finch.

Cogió dos.

—Conseguí también sintamicina, pero temía que no se hubiera inventado todavía. Supuse que tendrían que contentarse con aspirina. —Le tendió las pastillas a Dunworthy y acercó el cubo—. Tendrá que usar la mano. Me pareció que los cuencos de los contemporá¬neos estarían llenos de gérmenes de la peste.

Dunworthy tragó la aspirina y cogió con la mano agua del cubo para tragársela.

—Colin —dijo.

El muchacho acercó el cubo al caballo.

—Creo que ésta no es la aldea. Fui a la iglesia y la única tumba que encontré es de una dama. —Sacó el mapa y el localizador de otro bolsillo—. Hemos ido demasiado al este. Creo que estamos aquí —señaló una de las marcas de Montoya—, de manera que si volvemos al otro sendero y cortamos camino hacia el este...

—Vamos a volver al lugar del lanzamiento —dijo Dunworthy. Se levantó con cuidado, para no tocar la pared ni el cofre.

—¿Por qué? Badri dijo que teníamos un día como mínimo, y sólo hemos comprobado una aldea. Hay muchas más. Podría estar en cualquiera de ellas.

Dunworthy desató al caballo.

—Podría coger el caballo e ir a buscarla —propuso Colin—. Podría cabalgar muy rápido, mirar en todas esas aldeas y volver y decírselo en cuanto la encontrara. O podríamos dividirnos las aldeas y encargarnos de la mitad cada uno, y quien la encontrara primero enviaría algún tipo de señal. Podríamos encender un fuego o algo así, y el otro lo vería y acudiría.

—Está muerta, Colin. No la encontraremos.

—¡No diga eso! —exclamó Colin, y su voz sonó aguda e infantil—. ¡No está muerta! ¡Se vacunó!

Dunworthy señaló el cofre de cuero.

—Éste es el cofre que se llevó.

—¿Bueno, y qué? Podría haber montones de co¬fres iguales. O podría haber huido cuando llegó la pes¬te. ¡No podemos irnos y dejarla aquí! ¿Y si fuera yo quien estuviera perdido, y esperara días y más días a que alguien viniera, y no llegara nadie?

Empezó a gimotear.

—Colin, a veces se hace cuanto se puede, y no se les salva.

—Como tía Mary —dijo Colin. Se secó las lágri¬mas con el dorso de la mano—. Pero no siempre.

No siempre, pensó Dunworthy.

—No —admitió—. No siempre.

—A veces se les puede salvar —insistió Colín, tes¬tarudo.

—Sí. De acuerdo —Dunworthy volvió a atar al ca¬ballo—. Iremos y la buscaremos. Dame dos aspirinas más, y déjame descansar un poco hasta que me hagan efecto, y luego iremos a buscarla.

—Apocalíptico —dijo Colin. Apartó el cofre del caballo, que había empezado a lamerlo—. Traeré más agua.

Salió corriendo y Dunworthy se sentó contra la pared.

—Por favor —rezó—. Por favor, déjanos encon¬trarla.

La puerta se abrió lentamente. Colin se recortaba contra la luz.

—¿La oye? —preguntó—. Escuche.

Era un sonido lejano, ahogado por las paredes del cobertizo. Había una larga pausa entre los repiques, lo oyó claramente. Se levantó y salió.

—Procede de allí —dijo Colin, señalando hacia el suroeste.

—Trae el caballo.

—¿Está seguro de que es Kivrin? Está en dirección opuesta.

—Es Kivrin.

 

 

 

 

 

 

35

 

La campana calló antes de que terminaran de ensi¬llar el caballo.

—¡Rápido! —dijo Dunworthy, apretando la cincha.

—Tranquilo —contestó Colin, mirando el mapa—. Ha tocado tres veces. La tengo localizada. Está al su¬roeste, ¿no? Y esto es Henefelde, ¿verdad? —Alzó el mapa ante Dunworthy, señalando cada sitio—. Enton-ces tiene que ser esta aldea de aquí.

Dunworthy observó el mapa y luego se volvió ha¬cia el suroeste, intentando mantener la dirección de la campana en su mente. Ya estaba inseguro, aunque aún sentía las reverberaciones del tañido. Deseó que la as-pirina actuara pronto.

—Vamos —dijo Colin, tirando del caballo hasta la puerta del cobertizo—. Monte y en marcha.

Dunworthy puso el pie en el estribo y pasó la otra pierna. Se mareó al instante. Colin le miró.

—Será mejor que yo lo guíe —sugirió, y se sentó delante de Dunworthy.

Colin aguijó al caballo con demasiada amabilidad y tiró de las riendas con excesiva violencia, pero el ani¬mal, sorprendentemente, se puso en marcha.

—Sabemos dónde está la aldea —declaró Colin, confiado—. Ahora sólo tenemos que encontrar un ca¬mino que vaya en esa dirección.

Casi inmediatamente anunció que lo había encon¬trado. Era un sendero bastante ancho, bajaba por una pendiente y se internaba en un bosquecillo de pinos, pero apenas unos metros más allá se dividía en dos, y Colin miró a Dunworthy, indeciso.

El caballo no vaciló. Se encaminó al sendero de la derecha.

—Mire, sabe adonde va —se sorprendió Colin, de¬leitado.

Menos mal que uno de nosotros lo sabe, pensó Dunworthy, y cerró los ojos para protegerse del bam¬boleante paisaje y del dolor de cabeza. Era evidente que el caballo regresaba a casa y sabía que debería de¬círselo a Colin, pero la enfermedad volvía a cebarse en él y tenía miedo de soltar la cintura del niño aunque fuera por un momento, por miedo a que la fiebre se apoderara de su cuerpo. Tenía mucho frío. Era la fie¬bre, claro; el mareo, el dolor, todo se debía a la fiebre, y eso era buen síntoma: el cuerpo hacía acopio de fuerzas para combatir el virus, reunía a la tropa. El escalofrío era sólo un efecto secundario de la fiebre.

—Caray, cómo aprieta el frío —dijo Colin, cerrán¬dose el abrigo con una mano—. Espero que no nieve.

Soltó las riendas y se cubrió la nariz y la boca con la bufanda. El caballo ni siquiera lo notó. Se internaba decididamente en el bosque cada vez más profundo. Llegaron a otra bifurcación y luego a otra, y cada vez Colin consultó el mapa y el localizador, pero Dunwor¬thy ignoraba si el muchacho elegía la dirección o si era el caballo quien simplemente continuaba el rumbo que había escogido.

Empezó a nevar, copos pequeños que cubrieron el sendero y se fundieron en las gafas de Dunworthy.

La aspirina empezó a hacer efecto. Dunworthy se enderezó en la silla y se arrebujó en la capa. Se limpió las gafas con una punta. Tenía los dedos entumecidos y rojos. Se frotó las manos y las sopló. Todavía estaban en el bosque y el sendero era ahora más estrecho.

—El mapa dice que Skendgate está a cinco kilóme¬tros de Henefelde —comentó Colin, limpiando la nie¬ve del localizador—, y ya hemos recorrido casi cuatro; ya falta poco.

Saltaba a la vista que no estaban en ninguna parte. Se encontraban en medio de Wychwood, en un sende¬ro de vacas o de ciervos. Terminaría en la choza de un campesino o una salina, o un matorral con bayas que el caballo recordaría con agrado.

—¿Ve? Ya lo decía yo. —Entre los árboles asomó la cima de un campanario. El caballo inició un trote—. Alto —le dijo Colin, y tiró de las riendas—. Espera un momento.

Dunworthy cogió las riendas y redujo el paso del caballo mientras salían del bosque, dejaban atrás un pra¬do cubierto de nieve, y llegaban a la cima de la colina.

La aldea se extendía ante ellos, tras un bosquecillo de fresnos. No era la aldea adecuada (Skendgate no te¬nía campanario), pero si Colin se dio cuenta, no dijo nada. Espoleó al caballo sin conseguir nada unas cuan¬tas veces, y bajaron lentamente la colina, Dunworthy todavía sujetando las riendas.

No había cadáveres a la vista, pero tampoco gente, y no salía humo de las chozas. El campanario parecía silencioso y desierto, y no había huellas de pisadas a su alrededor.

—He visto algo —anunció Colin a la mitad de la colina. Dunworthy también lo había visto. Un leve movimiento que podía deberse a un pájaro o a una rama—. Por allí.

Colin señaló la segunda choza. Una vaca salió de entre las cabanas, suelta, con las ubres repletas, y Dun¬worthy tuvo la seguridad de que, como temía, la peste había asolado también aquel lugar.

—Es una vaca —dijo Colin, decepcionado.

La vaca alzó la cabeza ante el sonido de su voz y empezó a caminar hacia ellos, mugiendo.

—¿Dónde está todo el mundo? —preguntó Co¬lin—. Alguien tuvo que tocar la campana.

Están todos muertos, pensó Dunworthy, mirando hacia el patio de la iglesia. Había tumbas nuevas allí, con la tierra amontonada sobre ellas, y la nieve no las había cubierto por completo todavía. Afortunadamen¬te, todos están enterrados en ese patio, pensó, y vio el primer cuerpo. Era un muchachito. Estaba sentado con la espalda apoyada en una lápida, como si descansara.

—Mire, ahí hay alguien —dijo Colin, tirando de las riendas y señalando el cuerpo—. ¡Hola!

Se volvió para mirar a Dunworthy.

—¿Cree que entenderán lo que digamos?

—Está... —dijo Dunworthy.

El muchachito se levantó, incorporándose doloro-samente, se apoyó con una mano en la lápida como si buscara un arma alrededor.

—No te haremos daño —exclamó Dunworthy, in¬tentando pensar cómo sería el inglés medio. Bajó del caballo, agarrándose a la silla ante el súbito asalto del mareo. Se enderezó y extendió la mano, con la palma hacia arriba.

La cara del muchachito estaba sucia, manchada de tierra y sangre, y la parte delantera de su túnica y de sus pantalones remangados estaba empapada y rígida. Se agachó, sujetándose el costado como si el movimiento le doliera, cogió un palo que yacía enterrado en la nieve y avanzó para impedirle el paso.

—Kepe from huiré. Der fevreblau hast bifalien us.

—Kivrin —dijo Dunworthy, y se dirigió hacia ella.

—No se acerque —exclamó ella en inglés, alzando el palo como si fuera una escopeta. El extremo estaba roto.

—Soy yo, Kivrin, el señor Dunworthy —anunció él, todavía acercándose.

—¡No! —Kivrin retrocedió, agitando la pala ro¬ta—. No comprende. Es la peste.

—No importa, Kivrin. Hemos sido vacunados.

—Vacunados —dijo ella, como si no supiera lo que significaba la palabra—. Fue el clérigo del obispo. Ya la tenía cuando vino.

Colin llegó corriendo y ella volvió a levantar el palo.

—No importa—repitió Dunworthy—. Éste es Co¬lin. También le han puesto la vacuna. Hemos venido para llevarte a casa.

Ella le miró fijamente durante un largo minuto. La nieve caía a su alrededor.

—Para llevarme a casa —dijo, sin ninguna entona¬ción en la voz, y miró la tumba a sus pies. Era más pe¬queña que las demás, y más estrecha, como si albergara a un niño.

Miró a Dunworthy, y tampoco había ninguna ex¬presión en su rostro. Llego demasiado tarde, pensó él, desesperado, mirándola allí de pie con la ropa ensan¬grentada, rodeada de tumbas. Ya la han crucificado.

—Kivrin —dijo.

Ella dejó caer la pala.

—Tiene que ayudarme —pidió. Se volvió y se diri¬gió a la iglesia.

—¿Está seguro de que es ella? —susurró Colin.

—Sí.

—¿Qué le pasa?

Llego demasiado tarde, pensó Dunworthy, y se apoyó en el hombro de Colin. Nunca me perdonará.

—¿Qué pasa? —se inquietó Colin—. ¿Se siente en¬fermo otra vez?

—No —contestó, pero esperó un momento antes de retirar la mano.

Kivrin se había detenido ante la puerta de la iglesia y se sujetaba de nuevo el costado. Un escalofrío reco¬rrió a Dunworthy. La tiene, pensó. Tiene la peste.

—¿Estás enferma? —preguntó.

—No —Kivrin retiró la mano y la miró, como si esperara encontrarla cubierta de sangre—. Me dio una patada. —Intentó abrir la puerta de la iglesia, dio un respingo, y dejó que lo hiciera Colin—. Creo que me rompió algunas costillas.

Colin abrió el pesado portón de madera, y entra¬ron juntos. Dunworthy parpadeó contra la oscuridad, deseando que sus ojos se acostumbraran a ella.

Por las estrechas ventanas no entraba ninguna luz, aunque vio dónde se encontraban. Distinguió una for¬ma baja y pesada a la izquierda (¿un cuerpo?), y las ma¬sas más oscuras de las primeras columnas, pero más allá estaba completamente oscuro. A su lado, Colin re¬buscaba en sus abultados bolsillos.

Por delante, una llama aleteó, iluminando sólo a sí misma. Luego se extinguió. Dunworthy se dirigió ha¬cia ella.

—Espere un momento —advirtió Colin, y sacó una linterna de bolsillo. Cegó a Dunworthy, hacien¬do que todo lo que rodeaba su difuso haz se volviera tan negro como cuando entraron. Colin apuntó con ella las paredes pintadas, las gruesas columnas, el sue¬lo irregular. La luz reveló la forma que Dunworthy había confundido con un cuerpo. Era una tumba de piedra.

—Ella está allí—dijo Dunworthy, señalando hacia el altar, y Colin apuntó la linterna en esa dirección.

Kivrin estaba arrodillada junto a alguien que yacía en el suelo delante de la reja. Era un hombre, según vio Dunworthy mientras se acercaban. La parte inferior de su cuerpo estaba cubierta por una manta púrpura, y te¬nía las grandes manos cruzadas sobre el pecho. Kivrin intentaba encender una vela con un carbón, pero la vela se había consumido y no prendía. Pareció agradecida cuando Colin se acercó con la linterna. Los iluminó a los dos.

—Tienen que ayudarme con Roche —dijo ella, parpadeando ante la luz. Se inclinó hacia el hombre y le cogió la mano.

Cree que todavía está vivo, pensó Dunworthy, pero ella añadió, con aquella voz inexpresiva e indife¬rente:

—Murió esta mañana.

Colin iluminó el cuerpo. Las manos cruzadas esta¬ban casi tan púrpuras como la manta, pero su rostro aparecía pálido y completamente sereno.

—¿ Quién era, un caballero ? —preguntó Colin, asom¬brado.

—No. Un santo.

Colocó la mano sobre la mano de él, ya rígida. Sus dedos eran callosos y ensangrentados, con las uñas ne¬gras de suciedad.

—Tienen que ayudarme.

—¿Ayudarte a qué? —preguntó Colin.

Quiere que la ayudemos a enterrarlo, pensó Dun¬worthy, y no podemos. El hombre al que había llamado Roche era corpulento. Aunque consiguieran cavar una tumba, los tres no serían capaces de levantarlo, y Kivrin nunca los dejaría ponerle una cuerda alrededor del cue¬llo para arrastrarlo hasta el patio de la iglesia.

—¿Ayudarte a qué? —repitió Colin—. No nos que¬da mucho tiempo.

No les quedaba nada de tiempo. Ya era tarde, y les resultaría imposible encontrar el camino en el bosque después de oscurecer. No había forma de saber cuánto tiempo podría mantener Badri el intermitente en mar¬cha. Había dicho veinticuatro horas, pero no parecía lo bastante recuperado para durar dos, y ya habían trans¬currido casi ocho. Y el suelo estaba congelado, y Ki¬vrin tenía las costillas rotas, y los efectos de la aspirina se estaban acabando. Empezó a tiritar de nuevo en la gélida iglesia.

No podemos enterrarlo, pensó, mirándola allí arrodillada. ¿Cómo voy a decírselo cuando he llegado tarde para todo lo demás?

—Kivrin —dijo.

Ella palmeó amablemente la mano rígida.

—No podremos enterrarlo —dijo con aquella voz tranquila, inexpresiva—. Tuvimos que poner a Rose-mund en su tumba, después de que el senescal... —Miró a Dunworthy—. Intenté cavar otra esta mañana, pero el suelo está demasiado duro. Rompí la pala. Dije la misa de difuntos por él y traté de tocar la campana.

—Te oímos —asintió Colin—. Fue así como te en¬contramos.

—Deberían haber sido nueve golpes, pero tuve que parar. —Se llevó la mano al costado, como si recordara el dolor—. Tienen que ayudarme a tocar el resto.

—¿Por qué? —se extrañó Colin—. No creo que quede nadie vivo para oírla.

—No importa —dijo Kivrin, y miró a Dunwor¬thy.

—No tenemos tiempo. Pronto oscurecerá, y el lu¬gar de encuentro está...

—Yo la tocaré —dijo Dunworthy. Se levantó—. Quédate aquí. —Ordenó, aunque ella no hizo ningún ademán por levantarse—. Yo tocaré la campana.

—Está oscureciendo —insistió Colin y echó a co¬rrer para alcanzarlo. La luz de su linterna bailaba loca¬mente sobre las columnas y el suelo mientras corría—. Usted dijo que no sabía cuánto tiempo podrían mante¬ner la red abierta. Espere un momento.

Dunworthy abrió la puerta, parpadeó para prote¬gerse del brillo de la nieve, pero había oscurecido mientras estaban en la iglesia, el cielo era gris y olía a nieve. Cruzó rápidamente el patio en dirección al cam¬panario. La vaca que Colin había visto cuando entra¬ron en la aldea se coló entre la valla y se dirigió hacia ellos., hundiendo las pezuñas en la nieve.

—¿ Qué sentido tiene tocar la campana cuando no hay nadie para oírla? —preguntó Colin, y se detuvo para apagar su linterna. Luego corrió para volver a al¬canzarlo.

Dunworthy entró en la torre. Estaba tan fría y os¬cura como la iglesia, y olía a ratas.

La vaca asomó la cabeza y Colin pasó por su lado y se apoyó contra la pared curva.

—Usted es el que no para de decir que tenemos que volver, que la red va a cerrarse y dejarnos aquí —insis¬tió—. Usted es el que dijo que no teníamos tiempo ni para encontrar a Kivrin.

Dunworthy permaneció allí un momento, dejando que sus ojos se acostumbraran a la luz y tratando de re¬cuperar el aliento. Había caminado demasiado rápido y la tensión en su pecho había vuelto. Miró a la cuerda. Colgaba por encima de sus cabezas en la oscuridad, y había un nudo de aspecto grasiento a un palmo del ex¬tremo deshilachado.

—¿Puedo tocarla yo? —preguntó Colin, contem¬plándola.

—Eres demasiado pequeño.

—No lo soy —replicó, y saltó hacia la cuerda. Co¬gió el extremo, bajo el nudo, y colgó de allí varios se¬gundos antes de caer, pero la cuerda apenas se movió, y la campana sólo dobló débilmente, desafinada, como si alguien la hubiera golpeado con una piedra—. Sí que es pesada.

Dunworthy levantó los brazos y agarró la áspera cuerda. Estaba fría y resbaladiza. Tiró bruscamente ha¬cia abajo, sin estar seguro de poder hacerlo mejor que Colin, y la cuerda le hirió las manos. Bong.

—¡Qué fuerte suena! —exclamó Colin, tapándo¬se los oídos con las manos y mirando deleitado hacia arriba.

—Una —contó Dunworthy. Una y arriba. Recor¬dando a las americanas, dobló las rodillas y tiró recto de la cuerda. Dos. Y arriba. Y tres.

Se preguntó cómo había podido tocar Kivrin con las costillas lastimadas. La campana era mucho más pe¬sada, más fuerte de lo que había imaginado, y parecía reverberar en su cabeza, en su tenso pecho. Bong.

Pensó en la señora Piantini, doblando sus gruesas rodillas y contando para sí. Cinco. Desde luego, no ha¬bía apreciado lo difícil que era. Cada tirón parecía arrancarle el aire de los pulmones. Seis.

Quiso detenerse y descansar, pero no quería que Kivrin, que estaría escuchando en la iglesia, pensara que se había rendido, que sólo pretendía terminar los golpes que ella había comenzado. Agarró con más fuerza la cuerda y se apoyó contra la pared de piedra un instante, tratando de aliviar la tensión del pecho.

—¿Se encuentra bien, señor Dunworthy?

—Sí —contestó él, y tiró con tanta fuerza que pa¬reció que los pulmones se le abrían. Siete.

No tendría que haberse apoyado contra la pared. Las piedras estaban frías como el hielo. Ahora volvía a tiritar. Pensó en la señora Taylor, intentando terminar su Chicago Surpnse Mmor, contando los golpes que le quedaban, intentando no ceder a las pulsaciones que sentía en la cabeza.

—Puedo terminarlo yo —dijo Colin, y Dunwor¬thy apenas lo oyó—. Si quiere iré a buscar a Kivrin, y entre los dos daremos los últimos golpes. Los dos po¬demos tirar de la cuerda.

Dunworthy sacudió la cabeza.

—Cada hombre debe ceñirse a su campana —dijo sin aliento, y tiró de la cuerda. Ocho. No debía soltar¬la. La señora Taylor se había desmayado y la soltó, y la campana dio la vuelta, y la cuerda coleteó como un ser vivo. Se enroscó en el cuello de Finch y por poco lo es¬trangula. Tenía que aguantar, a pesar de todo.

Tiró de la cuerda hacia abajo y se agarró a ella hasta que estuvo seguro de que podría soportarla y entonces la dejó subir.

—Nueve —dijo.

Colin le miraba con el ceño fruncido.

—No tendrá una recaída, ¿verdad? —preguntó, te¬meroso.

—No —contestó Dunworthy, y soltó la cuerda.

La vaca estaba asomada a la puerta. Dunworthy empujó bruscamente al animal a un lado y regresó a la iglesia.

Kivrin seguía arrodillada junto a Roche, sostenien¬do su mano rígida.

Dunworthy se detuvo ante ella.

—He tocado la campana —dijo.

Ella levantó la cabeza, sin asentir.

—¿No cree que deberíamos irnos ya? —intervino Colin—. Está oscureciendo.

—Sí —concedió Dunworthy—. Creo que será me¬jor... —El mareo lo cogió completamente despreveni¬do; se tambaleó y estuvo a punto de caer sobre el cuer¬po de Roche.

Kivrin extendió la mano y Colin se abalanzó para sujetarlo. La linterna destelló errática por el techo cuando le agarró la mano. Dunworthy detuvo su caída con una mano, apoyándose en una rodilla, y extendió la otra mano hacia Kivrin, pero ella estaba en pie, re¬trocediendo.

—¡Está enfermo! —Era una acusación—. Tiene la peste, ¿verdad? —preguntó, y por primera vez su voz mostró alguna emoción—. ¿Verdad?

—No, es...

—Tiene una recaída —explicó Colin, y apoyó la linterna en el codo de la estatua para poder ayudar a Dunworthy a sentarse—. No prestó atención a mis carteles.

—Es un virus —dijo Dunworthy, quien se sentó de espaldas a la estatua—. No es la peste. Los dos hemos recibido estreptomicina y gammaglobulina. No pode¬mos contraer la peste.

Apoyó la cabeza contra la estatua.

—Es un virus. Me pondré bien. Sólo necesito des¬cansar un momento.

—Le advertí que no tocara la campana —le regañó Colin, vaciando el saco de arpillera en el suelo. Cubrió con el saco vacío los hombros de Dunworthy.

—¿Quedan aspirinas?

—Se supone que tiene que tomárselas cada tres ho¬ras —dijo Colin—, y siempre con agua.

—Entonces ve a buscar agua—replicó Dunworthy.

Colin miró a Kivrin en busca de apoyo, pero ella se encontraba al otro lado del cuerpo de Roche, obser¬vando a Dunworthy recelosamente.

—Vamos —ordenó Dunworthy, y Colin se mar¬chó corriendo. Sus botas resonaron sobre el suelo de piedra. Dunworthy miró a Kivrin, que retrocedió un paso—. No es la peste —aseguró—. Es un virus. Te¬míamos que hubieras quedado expuesta a él antes de atravesar. ¿Lo contrajiste?

—Sí—contestó ella, y se arrodilló junto a Roche—. Él me salvó la vida.

Alisó la manta púrpura y Dunworthy advirtió que se trataba de una capa de terciopelo. Tenía una gran cruz de seda bordada en el centro.

—Me dijo que no tuviera miedo —añadió ella. Le subió la capa hasta el pecho, sobre las manos cruzadas, pero la acción dejó sus pies descubiertos. Roche calza¬ba unas sandalias bastas e incongruentes. Dunworthy se quitó el saco de arpillera de los hombros y lo exten¬dió amablemente sobre los pies, y entonces se levan¬tó, con cuidado, aferrándose a la estatua para no caer otra vez.

Colin volvió con un cubo medio lleno de agua que debía de haber encontrado en un charco. Respiraba en¬trecortadamente.

—¡La vaca me atacó! —protestó y sacó un sucio cazo del cubo.

Depositó las aspirinas en la mano de Dunworthy. Quedaban cinco tabletas.

Dunworthy tomó dos de ellas, tragando la menor cantidad de agua posible, y tendió las otras a Kivrin. Ella las cogió con solemnidad, todavía arrodillada en el suelo.

—No he encontrado ningún caballo —informó Colin, mientras tendía el cazo a Kivrin—. Sólo una muía.

—Un burro —rectificó Kivrin—. Maisry robó el pony de Agnes. —Le devolvió el cazo y volvió a coger la mano de Roche—. Él tocó la campana por todos, para que sus almas pudieran ir seguras al cielo.

—¿No le parece mejor que nos vayamos? —susu¬rró Colin—. Fuera está casi oscuro.

—Incluso por Rosemund —prosiguió Kivrin, co¬mo si no lo hubiera oído—. Ya estaba enfermo. Le dije que no nos quedaba tiempo, que debíamos marcharnos a Escocia.

—Tenemos que irnos ahora, antes de que se haga de noche —dijo Dunworthy.

Ella no se movió ni soltó la mano de Roche.

—Me sostuvo la mano mientras yo me estaba mu¬riendo.

—Kivrin —insistió él amablemente.

Ella colocó la mano sobre la mejilla de Roche, lo miró un largo instante, y entonces se puso de rodillas. Dunworthy le ofreció la mano, pero ella se levantó sola, sujetándose el costado, y recorrió la nave.

Se volvió en la puerta y contempló la oscuridad.

—Cuando ya agonizaba, me dijo dónde estaba el lugar de recogida para que pudiera volver al cielo. Me dijo que quería que lo dejara y me fuera, para que cuando él llegara yo ya estuviera allí —dijo, y salió a la nieve.

 

 

 

 

 

 

36

 

La nieve caía silenciosa, pacíficamente sobre el ca¬ballo y el burro que esperaban junto al vallado. Dunworthy ayudó a Kivrin a montar en el caballo; ella no se apartó ante su contacto como había temido, pero en cuanto estuvo sentada a lomos del animal, se retiró de él y agarró las riendas. Cuando Dunworthy apartó las manos, Kivrin se desplomó contra la silla, sujetán¬dose el costado.

Dunworthy tiritaba, apretando los dientes para que Colin no se diera cuenta.

Subió al burro al tercer intento, y pensó que se res¬balaría de un momento a otro.

—Será mejor que guíe su muía —apuntó Colin, mirándolo con aire de desaprobación.

—No hay tiempo. Está oscureciendo. Monta de¬trás de Kivrin.

Colin condujo al caballo hasta la valla, se subió al dintel de la puerta, y montó tras Kivrin.

—¿Tienes el localizador? —le preguntó Dunwor¬thy, tratando de espolear al burro sin caerse.

—Conozco el camino —dijo Kivrin.

—Sí —respondió Colin. Lo alzó—. Y también la linterna. —La encendió, iluminando el patio, como si buscara algo que hubieran dejado olvidado. Por prime¬ra vez pareció reparar en las tumbas—. ¿Es ahí donde enterraste a todo el mundo?

—Sí—dijo Kivrin.

—¿Murieron hace mucho tiempo?

Ella hizo girar al caballo y empezó a subir la colina.

—No.

La vaca los siguió un trecho, bamboleando las ubres hinchadas, y entonces se detuvo y empezó a mu¬gir penosamente. Dunworthy la miró. El animal volvió a mugirle, indeciso, y luego regresó a la aldea. Casi ha¬bían llegado a la cima de la colina y la nevada remitía, pero abajo, en la aldea, seguía nevando intensamente. Las tumbas quedaban completamente cubiertas y la iglesia estaba oscura. El campanario apenas era visible.

Kivrin ni siquiera miró atrás. Cabalgó decidida¬mente hacia delante, muy erguida, con Colín detrás, que no se agarraba a su cintura, sino al respaldo de la silla. La nieve caía a ráfagas, y luego en copos sueltos, y cuando volvieron a internarse en el bosque, casi había cesado de nevar por completo.

Dunworthy siguió al caballo, procurando mante¬ner su vivo ritmo, intentando no ceder a la fiebre. La aspirina no hacía efecto (la había tomado con demasia¬do poca agua), y notaba que la fiebre empezaba a apo¬derarse de él, aislándolo del bosque, del huesudo lomo del burro y de la voz de Colin.

El niño le hablaba alegremente a Kivrin, contándo¬le sobre la epidemia, y por la forma en que lo exponía, parecía una aventura.

—Dijeron que había cuarentena y que teníamos que volver a Londres, pero yo no quise. Quería ver a tía Mary. Así que me colé a través de la barrera, y el guardia me vio y dijo: «¡Eh! ¡Alto!», y empezó a perse¬guirme, y yo corrí calle abajo hasta el pasaje.

Se detuvieron, y Colin y Kivrin desmontaron. Co¬lin se quitó la bufanda; ella se subió la casaca manchada de sangre y se la ató alrededor de las costillas. Dunworthy sabía que el dolor debía de ser aún peor de lo que pensaba, que al menos debería intentar ayudarla, pero temía que si bajaba del burro no sería capaz de volver a subir en él.

Kivrin y Colin volvieron a montar y se pusieron en marcha de nuevo, frenando el ritmo en cada intersec¬ción y camino lateral para comprobar su dirección, Colin encogido sobre la pantalla del localizador y se¬ñalando, Kivrin asintiendo su conformidad.

—Aquí fue donde me caí del burro la primera no¬che —indicó Kivrin cuando se detuvieron en una bi¬furcación—. Estaba enferma. Creía que era un asesino.

Llegaron a otra bifurcación. Ya no nevaba, pero las nubes eran oscuras y pesadas.

Colin tuvo que enfocar la linterna sobre el locali¬zador para leerlo. Señaló el sendero con la mano dere¬cha, montó de nuevo tras Kivrin, y prosiguió el relato de sus aventuras.

—«Ha perdido el ajuste», dijo el señor Dunworthy, y entonces se lanzó sobre el señor Gilchrist y los dos ca¬yeron. El señor Gilchrist actuaba como si lo hubiera he¬cho a propósito, y ni siquiera me ayudó a taparlo. Tiri¬taba como un poseso, y tenía fiebre, y yo no dejaba de gritar: «¡SeñorDunworthy! ¡SeñorDunworthy!»,pero él no me oía. Y el señor Gilchrist decía todo el rato: «Le considero personalmente responsable.»

Empezó a nevar de nuevo y el viento arreció. Dunworthy se aferró a la rígida crin del burro, tiri¬tando.

—No querían decirme nada —proseguía Colin—, y cuando intenté ver a tía Mary, me dijeron que no se permitía la entrada a los niños.

Cabalgaban contra el viento, la nieve levantaba la capa de Dunworthy en frías ráfagas. Se inclinó hacia delante, hasta quedar casi tendido sobre el cuello del animal.

—El doctor salió —dijo Colin—, y empezó a susu¬rrarle a la enfermera, y supe que estaba muerta.

Dunworthy sintió una súbita puñalada de pena, como si lo oyera por primera vez. Oh, Mary, pensó.

—No supe qué hacer, así que me quedé allí senta¬do, y la señora Gaddson, que es una persona necrótica, llegó y empezó a leerme la Biblia y a decirme que era la voluntad de Dios. ¡Odio a la señora Gaddson! —decla-ró Colin violentamente—. ¡Ella sí que se merecía la gripe!

Sus voces empezaron a resonar en el bosque, de forma que Dunworthy no tendría que haber captado las palabras, pero extrañamente le parecían cada vez más claras en el aire frío, y le pareció que deberían po¬der oírlos hasta Oxford, a setecientos años de dis¬tancia.

De pronto se le ocurrió que Mary no estaba muer¬ta, que en aquel terrible año, en aquel siglo que era peor que un diez, aún no había muerto, y le pareció una bendición superior a nada que tuviera derecho a esperar.

—Y entonces oímos la campana —concluyó Co¬lin—. El señor Dunworthy dijo que eras tú pidiendo ayuda.

—Lo era —asintió Kivrin—. Esto no funcionará. Se caerá.

—Tienes razón —contestó Colin, y Dunworthy advirtió que habían vuelto a desmontar y se encontra¬ban junto al burro. Kivrin sujetaba la brida de cuerda.

—Tenemos que ponerle en el caballo —dijo Ki¬vrin, y agarró a Dunworthy por la cintura—. Va a caer¬se del burro. Vamos. Baje. Le ayudaré.

Los dos tuvieron que ayudarle, Kivrin lo sujetó de una forma que por fuerza tenía que lastimarle las costi¬llas, y Colin casi lo sostenía en vilo.

—Si pudiera sentarme un momento —jadeó Dun¬worthy, los dientes castañeteando.

—No hay tiempo —dijo Colin, pero lo ayudaron a llegar a un lado del camino y lo sentaron contra una roca.

Kivrin rebuscó bajo la camisa y sacó tres aspirinas.

—Tenga. Tómeselas —le ofreció ella, y se las ten¬dió en la palma abierta.

—Eran para ti. Tus costillas...

Ella le miró fijamente, sin sonreír.

—Me pondré bien —dijo, y fue a atar al caballo a un matorral.

—¿Quiere un poco de agua? —preguntó Colin—. Podría encender una hoguera y derretir nieve.

—Estaré bien —murmuró Dunworthy. Se metió las aspirinas en la boca y las tragó.

Kivrin ajustaba las cinchas, desatando las tiras de cuero con habilidad. Las sujetó y volvió junto a Dun¬worthy para ayudarlo a montar.

—¿Listo? —dijo, y puso la mano bajo el brazo de Dunworthy.

—Sí —contestó él, y trató de levantarse.

—Esto ha sido un error —se lamentó Colin—. Nun¬ca conseguiremos auparlo.

Pero lo lograron, le pusieron los pies en los estri¬bos y las manos alrededor del pomo de la silla, luego lo empujaron, y al final Dunworthy incluso los ayudó un poco, al tender una mano para que Colin se sentara de¬lante de él.

Ya no tiritaba, pero no estaba seguro de que eso fuera una buena señal.

Cuando volvieron a ponerse en marcha, Kivrin por delante a lomos del burro mientras Colin empezaba a charlar de nuevo, Dunworthy se apoyó en la espalda del muchacho y cerró los ojos.

—Pues he decidido que cuando acabe el colegio, voy a ir a Oxford para ser historiador como tú —decía Colin—. No quiero venir a la Peste Negra, sino a las Cruzadas.

Él los escuchaba, apoyado contra Colin. Oscure¬cía, y se encontraban en la Edad Media, en mitad de un bosque, dos enfermos y un niño, y Badri, otro enfer¬mo, intentando mantener la red abierta, a pesar de que en cualquier momento podría sufrir una nueva recaída. Pero Dunworthy no parecía capaz de experimentar pá¬nico ni preocupación. Colin tenía el localizador y Kivrin  sabía dónde estaba el lugar. Estarían bien.

Aunque no encontraran el sitio y quedaran atra¬pados allí para siempre, aunque Kivrin no le perdona¬ra, se curaría. Les llevaría a Escocia, donde nunca ha¬bía llegado la peste, y Colin sacaría anzuelos y una sartén de su bolsa de trucos y pescarían truchas y sal¬mones para comer. Tal vez incluso encontrarían a Ba-singame.

—He visto peleas a espada en los vids, y sé montar a caballo —dijo Colin—. ¡Alto!

Colin tiró de las riendas, y el caballo se detuvo, con la nariz contra la cola del burro. El burro se había dete¬nido en seco. Se encontraban en la cima de una peque¬ña colina. Al pie había un charco congelado y una hile¬ra de sauces.

—Espoléalo —dijo Colin, pero Kivrin ya había desmontado.

—No irá más lejos. Es como la otra vez. Me vio atravesar. Creía que había sido Gawyn, pero fue Ro¬che. —Pasó la brida por encima de la cabeza del burro, y el animal regresó inmediatamente por el estrecho sendero.

—¿Quieres montar? —le preguntó Colin, y desca¬balgó.

Ella sacudió la cabeza.

—Me duele más montar y desmontar que caminar.

Contemplaba la colina. Los árboles sólo la cubrían hasta la mitad, y más allá la colina estaba blanca debido a la nieve. Debía de haber dejado de nevar, aunque Dunworthy no se había dado cuenta de ello. Las nubes iban separándose, y entre ellas el cielo era de un lavan-da pálido y claro.

—Pensó que era santa Catalina —prosiguió Kivrin —. Me vio atravesar, como usted temía que suce¬diera. Creyó que Dios me había enviado para ayudar¬los en su hora de necesidad.

—Bueno, y lo hiciste, ¿no? —dijo Colin. Tiró de las riendas torpemente, y el caballo empezó a bajar la colina, mientras Kivrin caminaba a su lado—. Tendrías que haber visto el desorden que había en el otro sitio adonde fuimos. Cadáveres por todas partes, y creo que nadie los ayudó.

Le tendió las riendas a Kivrin.

—Iré a ver si la red está abierta —dijo, y echó a correr por delante—. Badri tenía que abrirla cada dos horas.

Se internó en un matorral y desapareció.

Kivrin hizo que el caballo se detuviera al pie de la colina y ayudó a desmontar a Dunworthy.

—Será mejor que le quitemos la silla y la brida —dijo Dunworthy—. Cuando lo encontramos, estaba enganchando a un matorral.

Se ocuparon de ello juntos. Kivrin le quitó la brida y extendió la mano para acariciar la cabeza, del caballo.

—Estará bien —la tranquilizó Dunworthy.

—Tal vez.

Colin apareció entre los sauces, esparciendo nieve por todas partes.

—No está abierta.

—Se abrirá pronto —aseguró Dunworthy.

—¿Vamos a llevarnos el caballo? Creía que no se permitía a los historiadores llevarse nada al futuro. Pero sería magnífico si pudiéramos llevárnoslo. Podría montarlo cuando vaya a las Cruzadas.

Volvió a internarse entre los sauces, esparciendo nieve.

—Vamos, chicos, podría abrirse en cualquier mo¬mento.

Kivrin asintió. Palmeó al caballo en el flanco. El animal se retiró unos cuantos pasos y luego se detuvo y los miró, vacilante.

—Vamos —urgió Colin desde alguna parte, pero Kivrin no se movió.

Se llevó la mano al costado.

—Kivrin —dijo Dunworthy, y se acercó a ayu¬darla.

—Me pondré bien —dijo, y se apartó de él para re¬tirar las enmarañadas ramas del bosquecillo.

Ya estaba oscuro entre los árboles. El cielo en¬tre las ramas negras del roble era de un color azul la-vanda. Colin arrastraba un tronco caído al centro del claro.

—Por si lo perdemos y tenemos que esperar otras dos horas —explicó. Dunworthy se sentó, agradecido.

—¿Cómo sabremos dónde debemos colocarnos cuando se abra la red? —le preguntó Colin a Kivrin.

—Veremos la condensación. —Se acercó al roble y se inclinó para limpiar la nieve de la base.

—¿Y si oscurece?

Ella se sentó contra el árbol, mordiéndose los la¬bios mientras se acomodaba entre las raíces.

Colin se sentó entre ellas.

—No traje cerillas, sino encendería un fuego.

—No importa —dijo Dunworthy.

Colin encendió su linterna de bolsillo y luego vol¬vió a apagarla.

—Creo que es mejor ahorrarla por si algo sale mal.

Hubo un movimiento en los sauces. Colin se in¬corporó.

—Creo que ya empieza.

—Es el caballo —dijo Dunworthy—. Está co¬miendo.

—Oh. —Colin volvió a sentarse—. No cree usted que la red ya se abrió y no la vimos porque estaba os¬curo, ¿verdad?

—No.

—Tal vez Badri tuvo otra recaída y no pudo abrirla —insistió, parecía más nervioso que asustado.

Esperaron. El cielo se convirtió en un azul púrpu¬ra, y las estrellas empezaron a despuntar entre las ra¬mas del roble. Colin se sentó en el tronco junto a Dunworthy y habló de las Cruzadas.

—Tú lo sabes todo acerca de la Edad Media —le dijo a Kivrin—, y se me ha ocurrido que a lo mejor me ayudarías a prepararme, ya sabes, a enseñarme cosas.

—Eres demasiado joven. Es muy peligroso.

—Lo sé. Pero quiero ir. Tienes que ayudarme. Por favor.

—No se parecerá a nada de lo que esperas —dijo ella.

—¿Es necrótica la comida? Leí en el libro que me regaló el señor Dunworthy cómo comían carne podri¬da, cisnes y cosas así.

Kivrin se contempló las manos durante un largo minuto.

—La mayor parte era terrible —dijo en voz baja—, pero había algunas cosas maravillosas.

Cosas maravillosas. Dunworthy pensó en Mary, apoyada contra la puerta de Balliol, hablando del Valle de los Reyes, diciendo: «Nunca lo olvidaré.» Cosas maravillosas.

—¿Y las coles de Bruselas? —preguntó Colin—. ¿Comían coles de Bruselas en la Edad Media?

Kivrin casi sonrió.

—Creo que no se habían inventado todavía.

—¡Magnífico! —Se levantó de un salto—. ¡Oigan! Creo que está empezando. Parece una campana.

Kivrin alzó la cabeza, escuchando.

—Cuando vine sonaba una campana —recordó.

—Vamos —dijo Colin, y obligó a Dunworthy a ponerse en pie—. ¿No la oye?

Era una campana, débil y lejana.

—Viene de allí —indicó Colin. Corrió hacia el borde del claro—. ¡Vamos!

Kivrin apoyó una mano en el suelo para sostenerse y se puso de rodillas.

Su mano libre se dirigió involuntariamente a sus costillas.

Dunworthy le tendió la mano, pero ella no la aceptó.

—Estaré bien —musitó.

—Lo sé —contestó él, y dejó caer la mano.

Kivrin se levantó con cuidado, apoyándose en el tronco del roble, y luego se enderezó y lo soltó.

—Lo tengo todo en el grabador —dijo—. Todo lo que sucedió.

Como John Clyn, pensó él, mirándole el pelo ra¬pado, la cara sucia. Un verdadero historiador, escri¬biendo en la iglesia vacía, rodeado de tumbas. Yo, al ver tantos males, he puesto por escrito todas las cosas de las que he sido testigo. Para que las cosas que merecen ser recordadas no perezcan con el tiempo.

Kivrin volvió sus manos hacia arriba y se miró las palmas en la penumbra.

—El padre Roche, Agnes, Rosemund y todos los demás —dijo—. Lo tengo todo.

Trazó una línea por su muñeca con un dedo.

—lo suiicien lui damo amo —dijo en voz baja—. Estás aquí en lugar de los amigos que amo.

—Kivrin.

—¡Vamos! —exclamó Colin—. Ya empieza. ¿No oye las campanas ?

—Sí —dijo Dunworthy. Era la señora Piantini con el tenor, tocando la introducción a When at Last My Savior Cometh.

Kivrin se acercó y se colocó junto a Dunworthy. Unió las manos, como si rezara.

—¡Ya veo a Badri! —estalló Colin. Hizo bocina con las manos alrededor de la boca—. ¡Ella está bien! —gritó—. ¡La hemos salvado!

El tenor de la señora Piantini tañó, y las otras cam¬panas se le unieron alegremente. El aire empezó a titi¬lar, como si cayeran copos de nieve.

—¡Apocalíptico! —dijo Colin, la cara iluminada.

Kivrin cogió la mano de Dunworthy y la agarró con fuerza contra la suya.

—Sabía que vendría —afirmó, y la red se abrió.

 

 

 

FIN

 

 

 

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