Libro N° 6056. El Libro Del Día Del Juicio Final. Willis, Connie.
© Libro N° 6056.
El Libro Del Día Del Juicio Final. Willis, Connie. Emancipación. Junio 1 de 2019.
Título
original: © Domsday Book
Versión Original: © El Libro Del Día Del Juicio Final. Connie Willis. 1º edición: junio 1997
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A
CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL LIBRO DEL DÍA DEL JUICIO FINAL
Connie Willis
1º
edición: junio 1997
A Laura y Cordelia, mis Kivrins
AGRADECIMIENTOS
Mi agradecimiento especial al
bibliotecario jefe Jamie LaRue y al resto del personal de la Biblioteca Pública
de Greeley, por su continua y valiosa ayuda.
Y mi eterna gratitud a Sheila y Kelly y
Frazier y Cee, y sobre todo a Marta, las amigas a quienes quiero.
“Y para que las cosas que deben ser
recordadas no perezcan con el tiempo y desaparezcan de la memoria de quienes
nos sucedan, yo, al ver tantos males y a todo el mundo al alcance del Maligno,
como si ya estuviera entre los muertos, yo, que espero a la muerte, he puesto
por escrito todas las cosas que he presenciado.
Y para que lo escrito no fenezca con el
escritor y la obra desaparezca con el artífice, dejo notas para que se continúe
este trabajo, por si algún hombre sobrevive y algún miembro de la raza de Adán
escapa a esta pestilencia y retoma el trabajo que he comenzado...
HERMANO JOHN CLYN 1349
LIBRO PRIMERO
Un campanero no necesita fuerza,
sino habilidad para llevar el tiempo...
Debes guardar estas dos cosas en tu mente
y retenerlas allí para siempre:
campanas y tiempo, campanas y tiempo.
RONALD BLYTHE
Akenfield
1
El señor Dunworthy abrió la puerta del
laborato¬rio y las gafas se le empañaron al instante.
preguntó, tras qui¬társelas y mirar a
Mary.
—Cierra la puerta —respondió ella—. No
puedo oírte con esos horribles villancicos.
Dunworthy cerró la puerta, pero eso no
apagó por completo el sonido del Adeste Fideles que se filtraba desde el patio.
—¿Llego demasiado tarde? —repitió.
Mary sacudió la cabeza.
—Sólo te has perdido el discurso de
Gilchrist. —
Se echó atrás en el asiento para que
Dunworthy pudiera ir a la estrecha zona de observación. Se había quitado el
abrigo y el sombrero de lana y los había colocado sobre la otra única silla
existente, junto con una gran bolsa de la compra repleta de paquetes. Su pelo
gris estaba revuelto, como si hubiera intentado arreglarlo después de haberse
quitado el sombrero—. Un discur¬so muy largo sobre el primer viaje en el tiempo
de Me¬dieval y de cómo la facultad de Brasenose ocuparía el destacado lugar que
se merece en la historia. ¿Sigue llo¬viendo?
—Sí —contestó él, mientras frotaba las
gafas con la bufanda. Se enganchó las patillas de alambre en las ore¬jas y
subió a la partición de fino-cristal para contem¬plar la red. En el centro del
laboratorio había una ca¬rreta aplastada rodeada de cofres volcados y cajas de
madera. Sobre ellos colgaban los escudos protectores de la red, envueltos como
un paracaídas de seda.
Latimer, el tutor de Kivrin, con aspecto
más ave¬jentado y enfermizo que de costumbre, se encontraba junto a uno de los
cofres. Montoya se hallaba junto a la consola, vestida con vaqueros y una
chaqueta de terro-rista, mirando con impaciencia el digital de su muñeca. Badri
estaba sentado delante de la consola, tecleando algo y mirando las pantallas
con el ceño fruncido.
—¿Dónde está Kivrin? —preguntó
Dunworthy.
—No la he visto —dijo Mary—. Ven y
siéntate. El lanzamiento no está previsto hasta mediodía, y no creo que la
tengan preparada para entonces. Sobre todo si Gilchrist pronuncia otro
discurso.
Colgó el abrigo en el respaldo de su
silla y colocó la bolsa de la compra llena de paquetes en el suelo, jun¬to a
sus pies.
—Espero que esto no dure todo el día.
Tengo que recoger a mi sobrino nieto Colin en la estación de me¬tro a las tres.
Rebuscó en la bolsa.
—Mi sobrina Deirdre va a pasar las
vacaciones en Kent y me pidió que cuidara de él. Espero que no llue¬va todo el
tiempo que esté aquí—dijo, sin dejar de bus¬car—. Tiene doce años, es un niño
simpático y muy in¬teligente, aunque tiene un vocabulario retorcido. Para él
todo es necrótico o apocalíptico. Y Deirdre le deja tomar demasiados dulces.
Continuó rebuscando en la bolsa de la
compra.
—Le compré esto para Navidad. —Sacó una
caja alargada con franjas rojas y verdes—. Esperaba poder terminar mis compras
antes de venir, pero llovía, y sólo soporto esa horrible música de carillón de
High Street a intervalos cortos.
Abrió la caja y desplegó el papel de
seda.
—No tengo ni idea de qué ropa les gusta
a los chi¬cos de doce años hoy en día, pero las bufandas siempre se llevan, ¿no
crees, James? ¿James?
Él se volvió.
—¿Qué? —Había estado contemplando
abstraído las pantallas.
—Decía que las bufandas son siempre un
buen re-galo de Navidad para los chavales, ¿no crees?
Él miró la bufanda que ella le tendía
para que la inspeccionara. Era de lana gris oscura, a cuadros. De niño no se la
hubiera puesto ni que lo hubiesen mata¬do, y eso había sido cincuenta años
atrás.
—Sí—dijo, y se volvió hacia el
fino-cristal.
—¿ Qué pasa, James ? ¿ Algo va mal ?
Latimer cogió un pequeño cofre con
cierres de me¬tal, y luego miró alrededor, como si hubiera olvidado qué
pretendía hacer con él. Montoya miró impaciente su digital.
—¿Dónde está Gilchrist? —dijo Dunworthy.
—Se fue por allí —contestó Mary,
señalando la puerta al otro lado de la red—. Disertó sobre el lugar de Medieval
en la historia, habló con Kivrin un mo¬mento, los técnicos hicieron algunas
pruebas, y luego Gilchrist y Kivrin se fueron por esa puerta. Supongo que
todavía estará ahí dentro con ella, preparándola.
—Preparándola —murmuró Dunworthy.
—James, ven y siéntate, y dime qué va
mal —dijo ella, guardando la bufanda en su caja y metiéndolo todo en la bolsa.
miró esperanzado a Mary—. No sabes dónde
se encuentra, ¿verdad?
—No. En alguna parte de Escocia, creo.
—En alguna parte de Escocia —repitió él
amarga¬mente—. Y mientras tanto, Gilchrist piensa enviar a Kivrin a un siglo
que es claramente un diez, un siglo en el que se sufría escrófula y peste, y en
el que quemaron a Juana de Arco.
Miró a Badri, que ahora hablaba al oído
de la con¬sola.
—Dijiste que Badri había hecho pruebas.
¿Cuáles fueron? ¿Una comprobación de coordenadas? ¿Una proyección de campo?
—No lo sé. —Ella señaló vagamente a las
pantallas, con sus matrices y columnas de cifras en cambio cons¬tante—. Sólo
soy doctora, no técnico. Me pareció reco¬nocer al técnico. Es de Balliol, ¿no?
Dunworthy asintió.
—El mejor técnico que tiene Balliol
—dijo, obser¬vando a Badri, que pulsaba las teclas de la consola una a una y
observaba atentamente las lecturas cambiantes—. Todos los técnicos del New
College estaban de vacacio¬nes. Gilchrist pensaba usar un aprendiz de primero
que nunca había dirigido un lanzamiento tripulado. ¡Un aprendiz de primero para
un remoto! Lo convencí para que empleara a Badri. Si no puedo impedir este
lanza¬miento, al menos que lo dirija un técnico competente.
Badri miró la pantalla con el ceño
fruncido, sacó un medidor de su bolsillo y se dirigió a la carreta.
—¡Badri! —llamó Dunworthy.
Badri no dio muestra alguna de haberle
oído. Ro¬deó el perímetro de las cajas y cofres, mirando el me¬didor. Desplazó
una de las cajas ligeramente a la iz¬quierda.
—No te oye —dijo Mary.
—¡Badri! —gritó él—. Necesito hablar
contigo.
Mary se levantó.
—No te oye, James. La mampara es a
prueba de sonidos.
Badri dijo algo a Latimer, quien todavía
sostenía el cofre con cierres de metal. Parecía asombrado. Badri le quitó el
cofre y lo colocó sobre la marca de tiza.
Dunworthy buscó un micrófono. No vio
ninguno.
—¿Cómo oíste el discurso de Gilchrist?
—pregun¬tó a Mary.
—Gilchrist pulsó un botón ahí dentro
—dijo ella, señalando un panel junto a la red.
Badri había vuelto a sentarse ante la
consola y ha¬blaba a su oído. Los escudos de la red empezaron a descender.
Badri dijo algo más, y volvieron a donde es¬taban antes.
—Le pedí a Badri que volviera a
comprobarlo to¬do: la red, los cálculos del aprendiz, todo —dijo Dun¬worthy—. Y
que abortara inmediatamente el lanza¬miento si detectaba algún error, a pesar
de lo que dijera Gilchrist.
—Pero supongo que Gilchrist no pondrá en
peli¬gro la seguridad de Kivrin —protestó Mary—. Me dijo que había tomado todas
las precauciones...
—¡Todas las precauciones! No ha
realizado prue¬bas de reconocimiento ni comprobaciones de parámetros. Hicimos
dos años de lanzamientos no tripulados al siglo XX antes de enviar a nadie. Él
no ha hecho nin¬guno. Badri le dijo que debería retrasar el lanzamiento hasta
que pudiera hacer al menos uno, y en vez de eso lo adelantó dos días. Ese tipo
es un incompetente total.
—Pero explicó por qué el lanzamiento
tenía que ser hoy —alegó Mary—. Dijo que los habitantes del si¬glo XIV no
prestaban atención a las fechas, excepto a las siembras y las cosechas y los
días festivos de la Iglesia. Dijo que la concentración de días sagrados era
mayor en Navidad, y por eso Medieval ha decidido enviar a Kivrin ahora, para
que pueda utilizar los días de Ad¬viento para determinar su localización
temporal y ase¬gurarse de estar en el lugar de recogida el veintiocho de
diciembre.
—Enviarla ahora no tiene nada que ver
con el Ad¬viento ni las festividades —protestó él, observando a Badri. Volvía a
pulsar una tecla cada vez, con el ceño fruncido—. Podría enviarla la semana que
viene y usar la Epifanía para la cita de encuentro. Podría hacer lan¬zamientos
no tripulados durante seis meses y luego en¬viarla haciendo un bucle. Gilchrist
la envía ahora por¬que Basingame está de vacaciones y no se encuentra aquí para
detenerlo.
—Oh, cielos —suspiró Mary—. Ya me
parecía a mí demasiada prisa. Cuando le pregunté cuánto tiem¬po tendría que
estar Kivrin en el hospital, intentó con¬vencerme de que no sería necesario
internarla. Tuve que explicarle que las vacunas necesitaban un tiempo para
hacer efecto.
—Un encuentro el veintiocho de diciembre
—dijo Dunworthy con amargura—. ¿Te das cuenta de qué festividad es? La
celebración de la matanza de los San¬tos Inocentes. Cosa que, dada la manera en
que se está dirigiendo este lanzamiento, puede ser completamente apropiada.
—¿Por qué no lo detienes? —dijo Mary—.
Puedes prohibir a Kivrin que vaya, ¿no? Eres su tutor.
—No. No lo soy. Ella es estudiante en
Brasenose. Su tutor es Latimer —señaló en dirección a Latimer, quien había
vuelto a coger el cofre y lo contemplaba, ausente—. Vino a Balliol y me pidió
que fuera su tutor extraoficialmente.
Se volvió y observó el fino cristal, sin
verlo.
—Entonces le dije que no podía ir.
Kivrin había ido a verle cuando era
estudiante de primer curso.
—Quiero viajar a la Edad Media —le había
dicho. Ni siquiera llegaba al metro y medio de altura, y lleva¬ba el cabello
rubio recogido en trenzas. No parecía te¬ner edad suficiente para cruzar la
calle sola.
—No puedes —le dijo él, su primer error.
Tendría que haberla enviado de vuelta a Medieval, decirle que tratara el tema
con su tutor—. La Edad Media está ce¬rrada. Tiene un baremo de diez.
—Un diez prohibitivo que según el señor
Gilchrist no se merece —replicó Kivrin—. Dice que ese baremo no se aguantaría
con un análisis año por año. Se basa en la tasa de mortalidad de los
contemporáneos, que se debía sobre todo a la mala nutrición y a la falta de
apo¬yo médico. Ese baremo no sería tan alto para un histo¬riador que hubiera
sido vacunado contra las enferme¬dades. El señor Gilchrist piensa pedir a la
Facultad de Historia que vuelva a evaluar el baremo y abran parte del siglo
XIV.
—No puedo concebir que la Facultad de
Historia abra un siglo que no sólo tenía la peste negra y el cóle¬ra, sino la
Guerra de los Cien Años también —dijo Dunworthy.
—Pero podrían hacerlo, y en ese caso,
quiero ir.
—Imposible —dijo él—. Aunque se abra,
Medie¬val no enviaría a una mujer. Una mujer sola era algo inaudito en el siglo
XIV. Sólo las mujeres de las clases inferiores iban sin compañía, y eran presa
fácil para cualquier hombre o bestia que se encontraran en el ca¬mino. Las
mujeres de la nobleza e incluso de la emer¬gente clase media iban
constantemente en compañía de sus padres, maridos o criados, normalmente los
tres a la vez. Además, aunque no fueras mujer, todavía no te has graduado. El
siglo XIV es demasiado peligroso para que Medieval considere enviar a un
estudiante. Envia¬rían a un historiador experimentado.
—No es más peligroso que el siglo XX
—objetó Ki¬vrin—. Gas mostaza, accidentes de coche y otras mi¬nucias. Al menos
no me tirarán una bomba encima. ¿Y quién tiene experiencia en historia
medieval? Nadie tiene experiencia de campo, y sus historiadores del si¬glo XX
aquí en Balliol no saben nada acerca de la Edad Media. Nadie sabe nada. Apenas
hay archivos, excepto de los registros de las parroquias y las listas de
impues-tos, y nadie sabe cómo se vivía. Por eso quiero ir. Quie¬ro averiguar
datos acerca de ellos: cómo vivían, cómo eran. ¿No querrá ayudarme, por favor?
—Me temo que tendrás que hablar con
Medieval —dijo él por fin, pero ya era demasiado tarde.
—Ya he hablado con ellos. Tampoco saben
nada sobre la Edad Media. Quiero decir nada práctico. El señor Latimer me está
enseñando inglés medieval, pero todo se reduce a inflexiones pronominales y
cambios vocálicos. No me ha enseñado a decir nada.
Se inclinó sobre la mesa de Dunworthy.
—Necesito aprender el idioma y las
costumbres, y el dinero y los modales en la mesa y todas esas cosas. ¿Sabe que
no usaban platos ? Usaban obleas de pan planas llama¬das manchets, y cuando
terminaban la comida, las rom¬pían en pedacitos y se las comían. Necesito que
alguien me enseñe cosas como ésas, para no cometer errores.
—Soy historiador del siglo XX, no
medieval. Hace cuarenta años que no estudio la Edad Media.
—Pero sabe el tipo de cosas que
necesito. Puedo estudiarlas y aprenderlas, si me dice cuáles son.
—¿Qué hay de Gilchrist? —apuntó él,
aunque consideraba a Gilchrist un idiota presuntuoso.
—Está trabajando en la reevaluación del
baremo y no tiene tiempo.
¿Y de qué le servirá la reevaluación si
no tiene his¬toriadores que enviar?, pensó Dunworthy.
—¿Y la profesora visitante americana,
Montoya? Está trabajando en la excavación medieval cerca de Witney, ¿no? Debe
de saber algo acerca de las costum¬bres de la época.
—La señora Montoya tampoco tiene tiempo,
está demasiado ocupada tratando de reclutar gente para tra¬bajar en la
excavación de Skendgate. ¿No lo compren¬de? Todos son inútiles. Usted es el
único que puede ayudarme.
Dunworthy tendría que haber dicho que
todos eran miembros de la facultad de Brasenose y él no, pero en cambio se
sintió maliciosamente halagado al oírle decir lo que siempre había pensado, que
Latimer era un viejo chocho y Montoya una arqueóloga frus¬trada, que Gilchrist
era incapaz de formar historiado¬res. Estaba ansioso por utilizarla para
demostrar a Me¬dieval cómo había que hacer las cosas.
—Te asignaremos un intérprete —decidió—.
Y quiero que aprendas latín eclesiástico, francés norman¬do y alemán antiguo,
además del inglés medieval de Latimer.
Ella sacó inmediatamente un lápiz y un
cuaderno de ejercicios de su bolsillo y empezó a hacer una lista.
—Necesitarás experiencia práctica en
agricultura... ordeñar una vaca, recoger huevos, plantar verduras —prosiguió
él, contando con los dedos—. Tendrías que llevar el pelo más largo; toma
corticoides. Deberás aprender a tejer con un huso, no con un telar. El telar no
se había inventado todavía. Y también tendrás que aprender a montar a caballo.
Se detuvo, recuperando por fin la
cordura.
—¿Sabes lo que tienes que aprender?
—dijo, ob¬servándola, inclinado ansiosamente sobre la lista que ella
garabateaba, las trenzas colgando sobre sus hom¬bros—. Cómo tratar llagas
abiertas y heridas infecta¬das, cómo preparar el cadáver de un niño para ente¬rrarlo,
cómo cavar una tumba. La tasa de mortalidad seguirá valiendo diez, aunque
Gilchrist consiga que cambien el baremo. La esperanza media de vida en 1300 era
de treinta y ocho años. No tienes nada que ha¬cer allí.
Kivrin alzó la cabeza, con el lápiz
sobre el papel.
—¿Dónde puedo ir a buscar cadáveres?
—pregun¬tó ansiosamente—. ¿Al depósito? ¿O debo acudir a la doctora Ahrens en
el hospital?
—Le dije que no podía ir —suspiró
Dunworthy, todavía contemplando el cristal—, pero no quiso escu¬charme.
—Lo sé —asintió Mary—. A mí tampoco me
hizo caso.
Dunworthy se sentó junto a ella,
incómodo. La lluvia y la búsqueda de Basingame habían agravado su artritis.
Todavía llevaba el abrigo puesto. Se lo quitó, junto con la bufanda que le
colgaba del cuello.
—Quise cauterizarle la nariz —dijo
Mary—. Le advertí que los olores del siglo XIV podrían ser comple¬tamente
incapacitadores, que en la actualidad no esta¬mos acostumbrados a los
excrementos, a la carne po-drida ni a la descomposición. Le dije que las náuseas
interferirían de forma significativa con su habilidad para actuar.
—Pero no quiso escucharte —dijo
Dunworthy.
—No.
—Intenté explicarle que la Edad Media
era peli¬grosa y que Gilchrist no estaba tomando suficientes precauciones, y
ella me aseguró que me estaba preocu¬pando por nada.
—Quizá sea así —contestó Mary—. Después
de todo, es Badri quien dirige el lanzamiento, no Gil¬christ, y le ordenaste
que lo abortara si detectaba algún error.
—Sí —dijo él, observando a Badri a
través del cris¬tal. Volvía a teclear, una tecla cada vez, los ojos fijos en
las pantallas. Badri no era sólo el mejor técnico de Balliol, sino de la
universidad entera. Y había dirigido do¬cenas de lanzamientos remotos.
—Y Kivrin está bien preparada —añadió
Mary—. Tú has sido su tutor, y yo he pasado el último mes en el hospital
preparándola físicamente. Está protegida con¬tra el cólera, el tifus y todas
las demás enfermedades que existían en 1320; por cierto, la peste que temías no
es una de ellas. No hubo ningún caso en Inglaterra has¬ta que llegó la Peste
Negra en 1348. Le he extirpado el apéndice y aumentado su sistema inmunológico.
Le he suministrado antivirales en todo el espectro y le he im¬partido un curso
acelerado de medicina medieval. Ade¬más, ha trabajado un montón por su cuenta.
Estudió hierbas medicinales mientras estuvo en el hospital.
—Lo sé —asintió Dunworthy. Ella había
pasado las últimas vacaciones de Navidad memorizando misas en latín y
aprendiendo a tejer y bordar, y él le había en¬señado todo lo que pudo
imaginar. ¿Pero bastaría eso para protegerla de ser arrollada por un caballo, o
viola¬da por un caballero borracho que volviera a casa de las Cruzadas? En 1320
todavía quemaban a gente en la ho¬guera. No existía ninguna vacuna para
protegerla de eso, ni de que alguien la viera aparecer y decidiera que era una
bruja.
Contempló de nuevo el fino-cristal.
Latimer alzó el cofre por tercera vez y lo soltó. Montoya consultó de nuevo su
reloj. El técnico pulsaba las teclas y fruncía el ceño.
—Tendría que haberme negado a ser su
tutor —di¬jo él—. Sólo lo hice para demostrarle a Gilchrist lo in¬competente
que es.
—Tonterías. Lo hiciste porque ella es
Kivrin. Eres tú de nuevo: inteligente, llena de recursos, decidida.
—Yo nunca fui tan insensato.
—Ya lo creo. Aún recuerdo la época en
que no po¬días esperar viajar a los bombardeos de Londres para que te cayeran
las bombas encima de la cabeza. Y me parece recordar cierto incidente
relacionado con el vie¬jo Bodleian...
La puerta de la habitación de
preparativos se abrió, y Kivrin y Gilchrist salieron de la estancia. Kivrin se
levantó la larga falda mientras pasaba por encima de las cajas dispersas.
Llevaba la capa con el forro blanco de pelo de conejo y la brillante saya azul
que había ido a enseñarle el día anterior. Le había dicho que la capa era
tejida a mano. Parecía una vieja manta de lana que al¬guien le hubiera echado
sobre los hombros, y las man¬gas de la saya le venían demasiado largas. Casi le
cu¬brían las manos. Su cabello largo y rubio quedaba recogido por un rodete y
le caía sobre los hombros. Se¬guía sin parecer lo bastante mayor para cruzar la
calle sola.
Dunworthy se levantó, dispuesto a
golpear de nue¬vo el cristal en cuanto ella mirara en su dirección, pero Kivrin
se detuvo en mitad del desorden, todavía vuelta, miró las marcas del suelo,
avanzó un poco, y se arregló la falda.
Gilchrist se acercó a Badri, le dijo
algo y cogió un clasificador que había encima de la consola. Empezó a comprobar
cada artículo con una breve sacudida del lá¬piz óptico.
Kivrin le dijo algo y señaló el cofre
con cierres de metal. Montoya se enderezó impaciente y se acercó al lugar donde
se encontraba Kivrin, sacudiendo la cabe¬za. Kivrin dijo algo más, decidida, y
Montoya se arro-dilló y acercó el cofre a la carreta.
Gilchrist comprobó otro artículo de su
lista. Le dijo algo a Latimer y éste fue y cogió una caja plana de metal y se
la tendió. Gilchrist le dijo algo a Kivrin, y ella unió las manos delante de su
pecho. Inclinó la ca¬beza y empezó a hablar.
—¿Está practicando sus rezos? —dijo
Dunwor¬thy—. Eso será útil, ya que la ayuda de Dios tal vez sea la única que
reciba en este lanzamiento.
—Están comprobando el implante —le
explicó Mary.
—¿Qué implante?
—Un chip grabador especial para que
pueda regis¬trar su trabajo de campo. La mayoría de los contempo¬ráneos no
saben leer ni escribir, así que le implanté un oído y un A-a-D en una muñeca y
una memoria en la otra. La activa presionando las palmas de las manos. Cuando
habla, parece que está rezando. Los chips tie¬nen una capacidad de 2,5
Gigabytes, así que podrá re-gistrar sus observaciones durante las dos semanas y
media completas.
—Tendrías que haber implantado también
un lo¬calizador por si pide ayuda.
Gilchrist jugueteaba con la caja plana
de metal. Sa¬cudió la cabeza y levantó un poco más las manos cru¬zadas de
Kivrin. La larga manga se replegó. Ella tenía un corte en la mano. Una fina
línea marrón de sangre seca cubría el corte.
—Algo va mal —dijo Dunworthy,
volviéndose ha¬cia Mary—. Está herida.
Kivrin volvía a hablar a sus manos.
Gilchrist asin¬tió. Kivrin le miró, vio a Dunworthy, y le dirigió una sonrisa
de alegría. También tenía la sien ensangrentada. Bajo el rodete, los cabellos
aparecían manchados de sangre. Gilchrist levantó la cabeza, vio a Dunworthy, y
se dirigió a toda prisa a la partición de fino-cristal, con aspecto irritado.
—¡Todavía no ha partido, y ya está
herida! —Dun¬worthy golpeó el cristal.
Gilchrist se acercó al panel de la
pared, pulsó una te¬cla, y luego se dio la vuelta y se plantó ante Dunworthy.
—Señor Dunworthy —dijo. Saludó a Mary
con un movimiento de cabeza—. Doctora Ahrens. Me com¬place mucho que hayan
venido a despedir a Kivrin —hizo especial hincapié en las tres últimas
palabras, para que parecieran una amenaza.
—¿Qué le ha pasado a Kivrin? —dijo
Dunworthy.
—¿Pasado? —preguntó Gilchrist. Parecía
sor¬prendido—. No sé a qué se refiere.
Kivrin se había acercado a la partición,
sujetándose la falda con una mano ensangrentada. En la mejilla te¬nía una
magulladura rojiza.
—Quiero hablar con ella —exigió
Dunworthy.
—Me temo que no hay tiempo —contestó
Gil¬christ—. Tenemos un horario que cumplir.
—Tengo que hablar con ella.
Gilchrist arrugó los labios y dos líneas
blancas aparecieron a cada lado de su nariz.
—He de recordarle, señor Dunworthy, que
este lanzamiento es de Brasenose, no de Balliol. Por su¬puesto, agradezco la
ayuda que nos ha ofrecido al pres¬tarnos a su técnico, y respeto sus muchos
años de expe-riencia como historiador, pero le aseguro que todo está bajo
control.
—Entonces, ¿por qué está herida su
historiadora antes de haber sido enviada siquiera?
—Oh, señor Dunworthy, me alegro mucho de
que haya venido —dijo Kivrin, acercándose al cristal—. Temía no poder
despedirme de usted. ¿No es emocio¬nante?
Emocionante.
—Estás sangrando —señaló Dunworthy—.
¿Qué ha pasado?
—Nada —contestó Kivrin, tocando
torpemente la sien y luego mirándose los dedos—. Forma parte del disfraz. —Miró
a Mary—. Doctora Ahrens, ha venido también. Me alegro mucho.
Mary se había levantado, todavía con la
bolsa de la compra en la mano.
—Quiero examinar tu vacuna antiviral
—dijo—. ¿Has tenido alguna otra reacción además de la hincha¬zón? ¿Picores?
—Todo va bien, doctora Ahrens —aseguró
Kivrin.
Se recogió la manga y la dejó caer antes
de que Mary tuviera tiempo de echar un buen vistazo a la parte inte¬rior de su
brazo. Había otra magulladura rojiza en el antebrazo de Kivrin, que ya empezaba
a volverse negra y azul.
—Me gustaría volver al tema de por qué
está san¬grando —insistió Dunworthy.
—Ya le digo que forma parte del disfraz.
Soy Isa¬bel de Beauvrier, y se supone que he sido asaltada por unos ladrones
mientras estoy de viaje —dijo Kivrin. Se volvió y señaló hacia las cajas y la
carreta aplastada—. Me han robado mis cosas, y me han dado por muerta. Usted me
dio la idea, señor Dunworthy —añadió, en tono de reproche.
—Desde luego, nunca he sugerido que
comenzaras herida y sangrante.
—La sangre falsa no era práctica —señaló
Gilchrist—. Probabilidad no pudo darnos estadísticas sig¬nificativas de que
fueran a atender su herida.
—¿Y no se le ocurrió falsificar una
herida realista? ¿Tuvo que golpearla en la cabeza? —estalló Dunwor¬thy,
furioso.
—Señor Dunworthy, debo recordarle...
—¿Que este proyecto es de Brasenose, no
de Balliol? Tiene toda la razón. Si fuera del siglo XX intenta¬ríamos proteger
al historiador de las heridas, no inflingírselas nosotros mismos. Quiero hablar
con Badri. Quiero saber si ha vuelto a comprobar los cálculos del estudiante.
Gilchrist frunció los labios.
—Señor Dunworthy, el señor Chaudhuri
puede ser su técnico de red, pero éste es mi lanzamiento. Le aseguro que hemos
tenido en cuenta todas las contin¬gencias posibles...
—Es sólo un arañazo —intervino Kivrin—.
Ni si¬quiera me duele. Estoy bien, de verdad. Por favor, no se preocupe, señor
Dunworthy. La idea de ser herida fue mía. Recordé lo que dijo usted sobre cómo
las mu¬jeres eran tan vulnerables en la Edad Media, y pensé que sería buena
idea parecer más vulnerable de lo que. soy.
Sería imposible que parecieras aún más
vulnerable, pensó Dunworthy.
—Si finjo estar inconsciente, oiré todo
lo que diga la gente acerca de mí, y no me harán muchas preguntas sobre quién
soy, porque quedará claro que...
—Ya es hora de que te coloques en
posición —la interrumpió Gilchrist, quien avanzó amenazadora-mente hacia el
panel de la pared.
—Ya voy —dijo Kivrin, sin pestañear.
—Estamos preparados para enviar la red.
—Lo sé —replicó ella con firmeza—. Iré
en cuanto me despida del señor Dunworthy y de la doctora Ahrens.
Gilchrist asintió cortante y regresó
junto al carro. Latimer le preguntó algo y le contestó con malos modos.
—¿Qué implica colocarte en posición?
—preguntó Dunworthy—. ¿Permitirle darte una paliza porque Probabilidad le ha
dicho que existe una posibilidad es¬tadística de que alguien no crea que estás
de verdad in-consciente?
—Implica tenderme y cerrar los ojos
—contestó Kivrin, sonriendo—. No se preocupe.
—No hay ninguna razón para que no puedas
espe¬rar a mañana y dar al menos tiempo para que Badri haga una comprobación de
parámetros.
—Quiero volver a ver esa vacuna —dijo
Mary.
—¿Quieren dejar de preocuparse? No me
pica la vacuna, no me duele el corte, Badri ha pasado toda la mañana haciendo
comprobaciones. Sé que se interesan por mí, pero por favor, no lo hagan. El
lanzamiento es en la carretera principal de Oxford a Bath, a sólo dos millas de
Skendgate. Si no aparece nadie, caminaré hasta el pueblo y les diré que me han
atacado y robado. Antes de nada determinaré mi localización para poder
encontrar el punto de recogida —colocó la mano sobre el cristal—. Quiero darles
las gracias a los dos por todo lo que han hecho. Quería ir a la Edad Media más
que nada en el mundo, y ahora voy a hacerlo.
—Es probable que sientas dolor de cabeza
y fatiga después del lanzamiento —advirtió Mary—. Es un efecto secundario
normal del desplazamiento temporal.
Gilchrist volvió a acercarse al
fino-cristal.
—Es hora de que te coloques en posición.
—Tengo que irme —dijo Kivrin, recogiendo
sus pesadas faldas—. Muchísimas gracias a los dos. No me encontraría aquí si no
fuera por su ayuda.
—Adiós —dijo Mary.
—Ten cuidado —recomendó Dunworthy.
—Lo haré —aseguró Kivrin, pero Gilchrist
ya ha¬bía pulsado el panel de la pared y Dunworthy no la oyó. Ella sonrió,
agitó la mano y se dirigió a la carreta volcada.
Mary volvió a sentarse y empezó a buscar
su pa¬ñuelo en la bolsa de la compra. Gilchrist leía los artícu¬los anotados en
el clasificador. Kivrin asintió ante cada uno de ellos, y él los fue tachando
con el lápiz óptico.
—¿Y si se le gangrena la herida de la
sien? —dijo Dunworthy, todavía de pie ante el cristal.
—Imposible —dijo Mary—. Le aumenté el
sistema inmunológico. —Se sonó la nariz.
Kivrin discutía con Gilchrist por algo.
Las líneas blancas alrededor de la nariz del hombre estaban clara¬mente
definidas. Ella sacudió la cabeza, y después de un instante él tachó el
siguiente artículo con un movi¬miento furioso y brusco.
Gilchrist y el resto de Medieval podrían
ser unos incompetentes, pero Kivrin no lo era. Había aprendido inglés medieval
y latín eclesiástico y anglosajón. Había memorizado las misas en latín y había
aprendido a bordar y a ordeñar una vaca. Había ideado una identidad y un motivo
para estar sola en el camino entre Oxford y Bath, y tenía el intérprete y le
habían extirpado el apéndice y aumentado los anticuerpos.
—Lo hará maravillosamente —dijo Mary—,
lo que sólo servirá para convencer a Gilchrist de que los métodos de Medieval
no son chapuceros ni peli¬grosos.
Gilchrist se acercó a la consola y le
tendió el clasifi¬cador a Badri. Kivrin volvió a cruzar las manos, más cerca de
su cara esta vez, casi tocándolas con la boca, y empezó a hablarles.
Mary se acercó y se situó junto a
Dunworthy, aga¬rrando su pañuelo.
—Cuando yo tenía diecinueve años... cosa
que fue, oh, Dios, hace cuarenta años, no parece tanto... mi her¬mana y yo
viajamos por todo Egipto. Fue durante la Pandemia. Había cuarentena por todas
partes, y los israelíes disparaban a los americanos en cuanto los veían, pero
no nos importaba. No creo que ni siquiera se nos ocurriera la posibilidad de
que corriéramos peligro, que pudieran secuestrarnos o confundirnos con
ameri¬canas. Queríamos ver las pirámides.
Kivrin había terminado de rezar. Badri
dejó su consola y se acercó al lugar donde se encontraba. Le habló durante
varios minutos, siempre con el ceño fruncido. Ella se arrodilló y se tumbó de
costado junto a la carreta, girando para quedar de espaldas con un brazo sobre
el rostro y la falda enmarañada alrededor de las piernas. El técnico le arregló
la falda, sacó el me¬didor y caminó a su alrededor; regresó a la consola y le
habló al oído. Kivrin permaneció muy quieta, la sangre de su frente casi negra bajo
la luz.
—Dios mío, qué joven parece —suspiró
Mary.
Badri habló al oído, miró los resultados
de la pan¬talla, regresó junto a Kivrin. Pasó sobre ella, esquivan¬do sus
piernas, y se inclinó para ajustarle la manga. Hizo una medición, le movió el
brazo para que quedara situado sobre su rostro como si hubiese querido esquivar
un golpe de sus atacantes, y volvió a medir.
—¿Viste las pirámides? —preguntó
Dunworthy.
-¿Qué?
—Cuando estuviste en Egipto. Cuando
recorriste Oriente Medio ajena al peligro. ¿Llegaste a ver las pirá¬mides?
—No. El Cairo estaba en cuarentena el
día que aterrizamos. —Mary miró a Kivrin, tendida en el suelo—. pero sí vimos
el Valle de los Reyes.
Badri movió el brazo de Kivrin una
fracción de centímetro, la contempló con el entrecejo fruncido durante un
instante, y luego regresó a la consola. Gilchrist y Latimer le siguieron.
Montoya se apartó para dejarles sitio .alrededor de la pantalla. Badri habló al
oído de la consola, y los escudos semitransparentes empezaron a bajar,
cubriendo a Kivrin como un velo.
—Nos alegramos de haber ido —dijo Mary—.
Vol¬vimos a casa sanas y salvas.
Los escudos tocaron el suelo, se liaron
un poco al-rededor de las faldas de Kivrin, demasiado largas, y se detuvieron.
—Ten cuidado —susurró Dunworthy. Mary le
co¬gió la mano.
Latimer y Gilchrist se acurrucaron
delante de la pantalla, contemplando la súbita explosión de núme¬ros. Montoya
miró su digital. Badri se inclinó hacia de¬lante y abrió la red. El aire del
interior de los escudos titiló con la súbita condensación.
—No vayas —dijo Dunworthy.
TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL
JUICIO FINAL
(000008-000242)
Primera entrada. 22 de diciembre, 2054.
Oxford. Esto será una grabación de mis observaciones históri¬cas de la vida en
Oxfordshire, Inglaterra, desde 13 de diciembre de 1320 hasta el 28 de diciembre
de 1320 (Calendario Antiguo).
(Pausa)
Señor Dunworthy, llamo a esta grabación
el Libro del Día del Juicio Final porque se supone que es un re¬gistro de la
vida en la Edad Media, que es lo que resultó ser la investigación ordenada por
Guillermo el Con-quistador, aunque él lo pretendiera como método para
asegurarse de obtener hasta la última libra de oro e im¬puestos que le debían
sus vasallos. También he decidi¬do llamarlo de esta forma porque imagino que es
así como a usted le gustaría llamarlo, pues está convencido de que me pasará
algo horrible. Le estoy viendo en la zona de observación ahora mismo,
contándole a la po¬bre doctora Ahrens todos los temibles peligros del si¬glo
XIV. No se preocupe. Ella ya me habló del desplaza¬miento temporal y de las
enfermedades medievales con todo lujo de detalles, aunque se supone que soy
inmu¬ne a todas ellas. También me advirtió sobre la vigencia de las violaciones
en el siglo XIV. Y cuando le digo que estoy perfectamente bien, tampoco quiere
hacerme caso. Estaré perfectamente bien, señor Dunworthy.
Por supuesto, usted ya lo sabrá, y que
volví de una pieza según lo previsto, para cuando oiga esto, así que no le
importará que le regañe un poco. Sé que sólo se preocupa por mí, y que sin toda
su ayuda y prepara-ción no habría vuelto sana y salva.
Por tanto, le dedico el Libro del Día
del Juicio Fi¬nal, señor Dunworthy. Si no fuera por usted, no estaría aquí con
la saya y la capa, hablando a este grabador, es¬perando a que Badri y el señor
Gilchrist finalicen sus interminables cálculos y deseando que se den prisa para
poder partir.
(Pausa)
2
—Bueno —dijo Mary, mientras dejaba escapar un
largo suspiro—. Me vendría bien una copa.
—Creía que tenías que ir a recoger a tu
sobrino nieto —contestó Dunworthy, todavía contemplando el lugar donde antes
había estado Kivrin. El aire titilaba con partículas de hielo dentro del velo
de escudos. Cerca del suelo, en el interior del fino-cristal, se había formado
escarcha.
Los tres ineptos de Medieval todavía
estaban con¬templando las pantallas, aunque sólo mostraban la lí¬nea plana de
la llegada.
—No tengo que recoger a Colin hasta las
tres —di¬jo Mary—. Te sentaría bien algo que te animara, y el Cordero y la Cruz
está calle abajo.
—Quiero esperar hasta que tenga la
comprobación —dijo Dunworthy, observando al técnico.
Seguía sin haber ningún dato en las
pantallas. Badri tenía el ceño fruncido. Montoya miró a su digital y dijo algo
a Gilchrist, quien asintió, y ella recogió una bolsa que se encontraba debajo
de la consola, se despidió de Latimer y se marchó por una puerta lateral.
—Muy al contrario que Montoya, quien
está claro que se muere de ganas por regresar a su excavación, me gustaría
quedarme hasta asegurarme de que Kivrin ha conseguido pasar sin más problemas
—dijo Dunworthy.
—No te estoy sugiriendo que vuelvas a
Balliol —contestó Mary, que tenía algún problema para po¬nerse el abrigo—, pero
la comprobación tardará al me¬nos una hora, si no dos, y el hecho de que te
quedes aquí no acelerará las cosas. Ya sabes cómo es. El pub está justo
enfrente. Es muy pequeño y agradable, el tipo de lugar que no pone adornos de
Navidad ni toca música de campanas artificiales. —Le tendió su abri¬go—.
Tomaremos una copa y comeremos algo, y luego podrás volver aquí a abrir surcos
en el suelo hasta que llegue la comprobación.
—Quiero esperar aquí —insistió él,
todavía miran¬do la red vacía—. ¿Por qué no hizo Basingame que le implantaran
un localizador en la muñeca? Y al rector de la Facultad de Historia no se le
ocurre nada más que irse de vacaciones sin dejar siquiera un número donde poder
localizarlo.
Gilchrist se apartó de la pantalla, que
no mostraba ningún cambio todavía, y palmeó a Badri en los hom¬bros. Latimer
parpadeó como si no estuviera seguro de dónde se encontraba. Gilchrist le
estrechó la mano con una amplia sonrisa. Se dirigió a la partición de
fino-cristal con aspecto satisfecho.
—Vamos —dijo Dunworthy, quien cogió el
abri¬go que le tendía Mary y abrió la puerta. Unos acordes de While Shepherds
Watched Their Flocks By Night les alcanzaron. Mary atravesó la puerta como si
estuviera huyendo; Dunworthy la cerró tras ellos y la siguió a través del patio
hasta llegar a la puerta de Brasenose.
Hacía un frío cortante, pero no llovía.
Sin embar¬go, parecía que podía hacerlo de un momento a otro, y el puñado de
gente que recorría la acera al parecer ha¬bía decidido que así sería. Al menos
la mitad ya tenían paraguas abiertos. Una mujer con uno rojo y grande y los dos
brazos cargados de paquetes chocó contra Dunworthy.
—Mire por donde va, ¿quiere? —dijo, y
continuó su camino.
—El espíritu navideño —protestó Mary,
sujetán¬dose el abrigo con una mano y agarrando con la otra su bolsa con las
compras—. El pub está junto a la farma¬cia. —Señaló con la cabeza el otro lado
de la calle—. Creo que son esas malditas campanas. Marean a todo el mundo.
Cruzó la calle entre el laberinto de
paraguas. Dun¬worthy decidió si debía ponerse el abrigo y luego consi¬deró que
no merecía la pena para una distancia tan corta. Se apresuró tras ella,
procurando mantenerse a salvo de los letales paraguas e intentando dilucidar
qué villanci¬co estaban masacrando ahora. Parecía un cruce entre una llamada a
las armas y un canto fúnebre, pero proba¬blemente se trataba de Jingle Bells.
Mary se encontraba en la acera, ante la
farmacia, rebuscando de nuevo en su bolsa.
—¿Qué se supone que es ese estruendo?
—sacó un paraguas plegable—. ¿ O Little Town of Bethlehemf
—Jingle Bells —dijo Dunworthy, y bajó de
la acera.
—¡James! —exclamó Mary, y lo agarró
brusca¬mente por la manga.
El neumático delantero de la bicicleta
no le alcanzó por centímetros, y el pedal le dio en la pierna. El con¬ductor
esquivó, gritando.
—¿No sabe cruzar la calle, idiota?
Dunworthy dio un paso atrás y chocó con
un niño de seis años que abrazaba un Papá Noel de peluche. La madre del niño se
le quedó mirando.
—Ten cuidado, James —advirtió Mary.
Cruzaron la calle; Mary guiaba el
camino. Hacia la mitad empezó a llover. Mary se guareció bajo la mar¬quesina de
la farmacia y trató de abrir el paraguas. El escaparate de la farmacia estaba
adornado con guirnaldas verdes y doradas, y entre los perfumes tenía colo¬cado
un cartel que decía: «Salve las campanas de la pa¬rroquia Marston. Dé un
donativo al Fondo de Restau¬ración.»
El carillón había terminado de masacrar
Jingle Bells u O Little Town of Bethlehem y se enzarzaba ahora con We Three
Kings of Orient Are. Dunworthy reconoció la clave menor.
Mary seguía sin poder abrir el paraguas.
Volvió a guardarlo en la bolsa y cruzó la acera. Dunworthy la siguió, tratando
de evitar colisiones; dejó atrás un es¬tanco y una tienda de regalos adornados
con luces in-termitentes rojas y verdes, y atravesó la puerta que Mary le
abrió.
Las gafas se le empañaron
inmediatamente. Se las quitó para limpiarlas en el cuello de su abrigo. Mary
cerró la puerta y se internó en una atmósfera de silen¬cio marrón y bendito.
—¡Señor! —suspiró Mary—. Y yo te dije
que eran de los que no ponían adornos.
Dunworthy volvió a colocarse las gafas.
Los estan¬tes tras la barra estaban salpicados de lucecitas parpa¬deantes en
verde claro, rosa y azul anémico. En a es¬quina del bar había un gran árbol de
Navidad de fibra sobre una base giratoria.
No había nadie más en el estrecho pub a
excepción de un hombre de aspecto regordete tras la barra. Mary pasó entre dos
mesas vacías y se dirigió al rincón.
—Al menos aquí dentro no se oyen esas
malditas campanas —dijo, colocando su bolsa en el suelo—. No, yo traeré las
bebidas. Tú siéntate. Ese ciclista casi te mata.
Sacó algunos billetes que estaban
arrugados de la bolsa y se dirigió a la barra.
—Dos pintas de cerveza —le dijo al
camarero—. ¿Quieres algo de comer? —preguntó a Dunworthy—. Hay sandwiches y
también rollitos de queso.
—¿Viste a Gilchrist contemplando la
consola y sonriendo como el gato de Cheshire? Ni siquiera se volvió para ver si
Kivrin había desaparecido o si toda¬vía estaba allí tendida, medio muerta.
—Que sean dos pintas y un buen vaso de
whisky —pidió Mary.
Dunworthy se sentó. Había un belén sobre
la mesa, con sus ovejas de plástico y un bebé medio desnudo en una cuna.
—Gilchrist debería haberla enviado desde
la exca¬vación —añadió—. Los cálculos de un remoto son exponencialmente más
complicados que para uno en el sitio. Supongo que tendría que darle las gracias
por no haberla enviado en un bucle. El estudiante de primer año no podría haber
hecho los cálculos. Cuando le conseguí a Badri, temí que Gilchrist quisiera un
lanza¬miento con bucle en vez de en tiempo-real.
Acercó una de las ovejas de plástico al
pastor.
—Si es consciente de que hay una
diferencia. ¿Sa¬bes qué respondió cuando le dije que debería hacer al menos un
lanzamiento sin tripulante? Contestó: «Si ocurre alguna desgracia, podemos
volver atrás en el tiempo y recoger a la señorita Engle antes de que suce¬da,
¿no?» Ese hombre no tiene ni idea de cómo funcio¬na la red, ni idea de las
paradojas, ni idea de que Kivrin está allí, y de que cualquier cosa que le
suceda es real e irrevocable.
Mary se abrió paso entre las mesas,
llevando el whisky en una mano y las dos pintas torpemente en la otra. Colocó
el whisky ante él.
—Es mi receta estándar para las víctimas
de atro¬pello y padres sobreprotectores. ¿Te dio en la pierna?
—No.
—Tuve un accidente de bici la semana
pasada. Uno de tus Siglo Veinte. Volvía de un lanzamiento a la Pri¬mera Guerra
Mundial. Dos semanas sin recibir un ara–azo en Belleau Wood y luego va y se
topa con una bicicleta en la Broad. —Volvió a la barra para recoger su rollo de
queso.
—Odio las parábolas —refunfuñó
Dunworthy. Cogió la virgen de plástico. Iba vestida de azul, con una capa
blanca—. Si la hubiera enviado haciendo un bucle, al menos no habría corrido el
peligro de morir congelada. Debería haber llevado algo más cálido que una capa
de piel de conejo, ¿o es que a Gilchrist no se le ocurrió que 1320 fue el
principio de la Pequeña Era del Hielo?
—Ya sé a quién me recuerdas —saltó Mary,
soltan¬do su plato y una servilleta—. A la madre de William Gaddson.
Era una observación verdaderamente
injusta. Wi¬lliam Gaddson era uno de los estudiantes de primer cur¬so. Su madre
los había visitado en seis ocasiones aquel trimestre, la primera vez para
llevarle a William un par de orejeras.
—Se resfría si no las lleva —le dijo a
Dunworthy—. Willy siempre ha sido propenso a los catarros, y ahora está
demasiado lejos de casa y todo eso. Su tutor no cui¬da bien de él, aunque le he
hablado varias veces.
Willy tenía el tamaño de un roble y
parecía tan propenso a resfriarse como uno de ellos.
—Estoy seguro de que sabrá cuidar de sí
mismo —le dijo Dunworthy a la señora Gaddson, lo cual fue un error. La buena
mujer añadió inmediatamente a Dunworthy en la lista de personas que se negaban
a cuidar de Willy, pero eso no le impidió visitarle cada dos semanas para
entregarle vitaminas e insistir en que quitaran a Willy del equipo de remo
porque se estaba agotando.
—Yo no situaría mi preocupación por
Kivrin en la misma categoría que el grado de sobreprotección de la señora
Gaddson —dijo Dunworthy—. El siglo XIV está lleno de ladrones y asesinos. Y
cosas peores.
—Eso es lo que la señora Gaddson dice de
Oxford —contestó Mary plácidamente, sorbiendo su pinta de cerveza—. Le dije que
no podía proteger a Willy de la vida. Tampoco tú puedes proteger a Kivrin. No
te con¬vertiste en historiador quedándote tan tranquilo en casa. Tienes que
dejarla ir, aunque sea peligroso. Cada siglo es un diez, James.
—Este siglo no tiene la Peste Negra.
—Tuvo la Pandemia, que mató a sesenta y
cinco millones de personas. Y la Peste Negra no existía en Inglaterra en 1320.
No llegó allí hasta 1348. —Dejó la jarra sobre la mesa, y la figurita de María
se cayó—. Pero aunque existiera, Kivrin no podría contraerla. La inmunicé
contra la peste bubónica. —Sonrió triste¬mente—. Tengo mis propios momentos de
Gaddsonitis. Además, ella nunca contraerá la enfermedad por¬que los dos nos
preocupamos al respecto. Ninguna de las cosas que nos preocupan suceden jamás.
Siempre es algo en lo que nadie ha pensado.
—Todo un consuelo. —Colocó la figura
azul y blanca de María junto a la de José. Se cayó. Volvió a en¬derezarla con
cuidado.
—Debería serlo, James —dijo ella,
animada—. Por¬que es evidente que has pensado en todas las desgracias que
podrían sucederle a Kivrin, de forma que ella estará a salvo. Probablemente ya
está sentada en un castillo al¬morzando pastel de pavo real, aunque supongo que
allí no será el mismo día.
Él sacudió la cabeza.
—Habrá habido un deslizamiento... Sólo
Dios sabe cuánto, ya que Gilchrist no hizo comprobación de parámetros. Badri
pensaba que sería de varios días.
O varias semanas, pensó, y si era
mediados de ene¬ro, no habría ningún día festivo para que Kivrin deter¬minara
la fecha. Incluso una discrepancia de varias ho¬ras podría ponerla en la
carretera Oxford-Bath en mitad de la noche.
—Espero que el deslizamiento no
signifique que se pierda Navidad —dijo Mary—. Tenía muchísimas ga¬nas de
asistir a una misa navideña medieval.
—Allí todavía faltan dos semanas para
Navidad. Todavía utilizan el calendario juliano. El calendario gregoriano no se
adoptó hasta 1752.
—Lo sé. Gilchrist trató el tema del
calendario ju¬liano en su discurso. Se extendió a sus anchas sobre la historia
de la reforma del calendario y la discrepancia en las fechas entre el
calendario antiguo y el calendario gregoriano. Por un momento pensé que iba a
dibujar un diagrama. ¿A qué día están allí?
—A trece de diciembre.
—Quizá sea mejor que no sepamos la fecha
exacta. Deirdre y Colin estuvieron en Estados Unidos durante un año, y yo
estaba muerta de preocupación por ellos, pero desincronizada. Siempre me
imaginaba que Colin era atropellado camino del colegio cuando en realidad era
medianoche. Preocuparse no sirve de nada a menos que una pueda visualizar los
desastres hasta el último de¬talle, incluyendo el clima y la hora del día. Me
preocupa¬ba no saber de qué preocuparme, y luego ya no me pre¬ocupé de nada.
Quizás ocurra lo mismo con Kivrin.
Era cierto. Él había estado imaginando a
Kivrin tal como la había visto por última vez, tendida entre los restos del
carromato con la sien ensangrentada, pero eso era probablemente un error. Ella
había partido ha¬cía casi una hora. Aunque no hubiera aparecido ningún viajero
todavía, haría frío en la carretera, y no podía imaginar a Kivrin tendida
dócilmente en plena Edad Media con los ojos cerrados.
La primera vez que él viajó al pasado
estuvo hacien¬do idas y vueltas mientras calibraban el ajuste. Lo envia¬ron al
centro del patio en mitad de la noche, y se suponía que tenía que quedarse allí
mientras hacían los cálculos del ajuste y lo recogían de nuevo. Pero estaba en
Oxford en 1956, y la comprobación tardaría al menos diez mi¬nutos. Recorrió
corriendo cuatro manzanas Broad abajo para ver el viejo Bodleian y a la técnico
casi le dio un infarto cuando abrió la red y no lo encontró.
Kivrin no se quedaría allí tendida con
los ojos ce¬rrados, no con el mundo medieval abierto ante ella. De pronto se la
imaginó, de pie con aquella ridícula capa blanca, escrutando la carretera
Oxford-Bath en busca de viajeros desprevenidos, dispuesta para volver a
tum¬barse en un instante, grabándolo todo mientras tanto, las manos implantadas
unidas en una plegaria de impa¬ciencia y entusiasmo, y se sintió súbitamente
tranquili-zado.
Ella estaría perfectamente bien.
Regresaría a la red al cabo de dos semanas, la capa blanca sucia más allá de
todo lo imaginable, llena de historias sobre aventuras imposibles y escapadas
en el último instante, cuentos para helar la sangre, sin duda, relatos que le
produci¬rían pesadillas durante semanas después de que se las narrara.
—Estará bien y tú lo sabes, James —dijo
Mary, mi¬rándole con el ceño fruncido.
—Lo sé —contestó él. Fue y trajo otra
ronda de medias pintas—. ¿Cuándo dijiste que venía tu sobrino nieto?
—A las tres. Colin se quedará una
semana, y no tengo ni idea de qué hacer con él. Supongo que podría llevarlo al
Ashmolean. A los niños siempre les gustan los museos, ¿no? ¿La túnica de
Pocahontas y todo eso?
Dunworthy recordaba la túnica de
Pocahontas como un retazo tieso de materia gris muy parecido a la bufanda de
Colin.
—Yo sugeriría el Museo de Historia
Natural.
Hubo un tintineo y un poco de Ding Dong,
Merrily on High y Dunworthy se volvió ansiosamente hacia la puerta. Su
secretario se encontraba en el umbral, par¬padeando.
—Tal vez debería enviar a Colin a la
Torre de Carfax para que destroce el carillón —bufó Mary.
—Es Finch —dijo Dunworthy, y levantó la
mano para que el otro los viera, pero Finch se dirigía ya hacia la mesa.
—Le he estado buscando por todas partes,
señor —le dijo—. Algo va mal.
—¿Con el ajuste?
El secretario pareció no comprenderle.
—¿El ajuste? No, señor. Son las
americanas. Han llegado temprano.
—¿ Qué americanas ?
—Las campaneras. De Colorado. La
Cofradía Fe¬menina de Campaneras de los Estados del Oeste.
—No me digas que habéis importado más
campa¬nas navideñas —dijo Mary.
—Se suponía que debían llegar el
veintidós —dijo Dunworthy a Finch.
—Estamos a veintidós —respondió Finch—.
En principio iban a llegar esta tarde, pero su concierto en Exeter fue
cancelado, así que han llegado antes de lo previsto. Llamé a Medieval, y el
señor Gilchrist me dijo que habían salido a celebrarlo. —Miró la jarra va¬cía
de Dunworthy.
—No estoy celebrando nada —replicó
Dunwor¬thy—. Estoy esperando el ajuste de uno de mis estu¬diantes. —Consultó su
reloj—. Tardará al menos otra hora.
—Usted prometió que les enseñaría las
campanas locales, señor.
—En realidad no eres necesario aquí
—dijo Ma¬ry—. Puedo llamarte a Balliol en cuanto esté el ajuste.
—Iré cuando tengamos el ajuste —decidió
Dun¬worthy, mirando a Mary—. Enséñeles el colegio y lue¬go déles de almorzar.
Eso les llevará una hora.
Finch no pareció muy satisfecho.
—Sólo estarán aquí hasta las cuatro.
Tienen un concierto de campanas esta noche en Ely, y están an¬siosas por ver
las campanas de Christ Church.
—Entonces llévelas a Christ Church.
Muéstreles el Gran Tom. Llévelas a la Torre de St. Martin o a dar un paseo por
el New College. Yo iré en cuanto pueda.
Finch pareció a punto de preguntar algo
más y en¬tonces cambió de opinión.
—Les diré que estará usted dentro de una
hora, se¬ñor —dijo, y se dirigió hacia la puerta. A mitad de ca¬mino, se detuvo
y retrocedió—. Casi se me olvidaba, señor. El vicario llamó para preguntar si
estaría usted dispuesto a leer el Evangelio en la misa de Nochebue¬na. Este año
será en St. Mary the Virgin.
—Dígale que sí —contestó Dunworthy,
agradeci¬do porque hubiera cambiado el tema de las campane¬ras—. Y dígale
también que tendremos que ir a la torre esta tarde para poder mostrar las
campanas a esas ame-ricanas.
—Sí, señor. ¿Qué tal Iffley? ¿Cree que
debería lle¬varlas a Iffley? Tienen un siglo XI muy bonito.
—Por supuesto. Llévelas a Iffley. Yo
volveré en cuanto pueda.
Finch abrió la boca y volvió a cerrarla.
—Sí, señor —dijo, y salió por la puerta
con el acompañamiento de The Holly and the Ivy.
—¿No crees que has sido un poco duro con
él? —preguntó Mary—. Después de todo, las americanas pueden ser terribles.
—Volverá dentro de cinco minutos para
pregun¬tarme si debe llevarlas primero a Christ Church. Ese chico no tiene la
menor iniciativa.
—Creía que admirabas esta característica
en los jó¬venes —dijo Mary amargamente—. En cualquier caso, no se marchará
corriendo a la Edad Media.
La puerta se abrió, y The Holly and the
Ivy empe¬zó otra vez.
—Debe de ser él, para preguntar qué les
da de al¬morzar.
—Carne hervida y verduras pasadas —le dijo
Mary—. A los americanos les encanta contar historias so¬bre nuestra pésima
cocina. Dios mío.
Dunworthy miró hacia la puerta;
Gilchrist y Latimer estaban allí, envueltos en un halo de luz grisácea
procedente del exterior. Gilchrist sonreía de oreja a oreja y decía algo por
encima de la música de las cam-panas. Latimer se esforzaba por cerrar un gran
para¬guas negro.
—Supongo que tendremos que ser
civilizados e in¬vitarlos a que se unan a nosotros.
Dunworthy recogió su abrigo.
—Sé civilizada tú si quieres. Yo no
tengo ninguna intención de escuchar a esos dos felicitándose por ha¬ber enviado
al peligro a una joven sin experiencia.
—Vuelves a hablar como ya sabes quién
—señaló Mary—. No estarían aquí si algo hubiera salido mal. Tal vez Badri tiene
ya el ajuste.
Al parecer, Gilchrist lo había visto
cuando se le¬vantaba. Estuvo a punto de volverse como para mar¬charse, pero
Latimer ya estaba junto a la mesa. Gil¬christ lo siguió, sin sonreír ya.
—¿Está terminado el ajuste? —preguntó
Dun¬worthy.
—¿El ajuste? —preguntó Gilchrist,
vagamente.
—El ajuste. La determinación de dónde y
cuándo está Kivrin, lo que hace posible volver a recogerla.
—Su técnico dijo que tardaría al menos
una hora en determinar las coordenadas —replicó Gilchrist, en¬varado—. ¿Siempre
tarda tanto? Dijo que vendría a de¬círnoslo cuando hubiera terminado, pero que
las lectu¬ras preliminares indicaban que el lanzamiento había ido a la
perfección y que el deslizamiento era mínimo.
—¡Qué buena noticia! —suspiró Mary,
aliviada—. Siéntense. También estamos esperando el ajuste y to¬mando una pinta
mientras tanto. ¿Quieren tomar algo? —preguntó a Latimer, que había terminado
de plegar el paraguas y abrochaba la cinta.
—Bueno, creo que sí—asintió Latimer—.
Después de todo, éste es un gran día. Un poco de coñac, creo. «Strong was the
wyn, and wel to drinke us leste» —di¬jo citando a Chaucer, y se debatió con la
cinta, liándola en las varillas del paraguas—. Al fin tendremos la opor¬tunidad
de observar de primera mano la pérdida de inflexión adjetival y el cambio del
nominativo sin¬gular.
Un gran día, pensó Dunworthy, pero se
sentía ali¬viado a su pesar. El deslizamiento era su mayor pre¬ocupación.
Era la parte más impredecible de un
lanzamiento, incluso con comprobaciones de parámetros.
La teoría decía que se trataba del
propio mecanis¬mo de seguridad e interrupción de la red, la forma que tenía el
Tiempo de protegerse a sí mismo de las parado¬jas del continuum. El salto hacia
delante en el tiempo se suponía que impedía colisiones, encuentros o accio¬nes
que pudieran afectar a la historia, deslizando al his¬toriador más allá del
momento crucial en que pudiera matar a Hitler o rescatar al niño ahogado.
Pero la teoría de la red nunca había
podido decidir cuáles eran esos momentos críticos o cuánto desliza¬miento
produciría un lanzamiento determinado. Las comprobaciones de parámetros daban
probabilidades, pero Gilchrist no había hecho ninguna. El lanzamiento de Kivrin
podría haberse desviado en dos semanas o un mes. Por lo que Gilchrist sabía,
ella bien podría haber llegado en abril, con su capa forrada de piel y su saya
de invierno.
Pero Badri había dicho que el
deslizamiento era mínimo. Eso significaba que Kivrin sólo se había des¬viado
unos pocos días, con tiempo de sobra para averi¬guar la fecha y establecer el
encuentro.
—¿Señor Gilchrist? —decía Mary—. ¿Puedo
invi¬tarle a un coñac?
—No, gracias.
Mary rebuscó otro billete arrugado y se
dirigió a la barra.
—Su técnico parece haber hecho un
trabajo acep¬table —dijo Gilchrist, volviéndose hacia Dunworthy—. A Medieval le
gustaría contar con él para nues¬tro próximo lanzamiento. Enviaremos a la
señorita Engle a 1355 para observar los efectos de la Peste Ne¬gra. Los relatos
de los contemporáneos no son dignos de crédito, sobre todo en lo referente a la
tasa de mor¬talidad. La cifra aceptada de cincuenta millones de muertes es
claramente inexacta, y las estimaciones de que mató de 2ntre un tercio hasta la
mitad de la pobla-ción europea son evidentes exageraciones. Estoy an¬sioso por
que la señorita Engle haga observaciones en¬trenadas.
—¿No se está precipitando un poco? —dijo
Dunworthy—. Tal vez debería esperar a ver si Kivrin consi¬gue sobrevivir a este
lanzamiento a 1320.
La cara de Gilchrist asumió su expresión
contraída.
—Me molesta que presuponga usted
constante¬mente que Medieval es incapaz de llevar a cabo un lan¬zamiento con
éxito. Le aseguro que hemos previsto cuidadosamente todos los aspectos. El
método de la llegada de Kivrin ha sido estudiado con todo detalle.
»Probabilidad coloca la frecuencia de
viajeros en la carretera Oxford-Bath en uno cada seis horas, e indica que hay
un noventa y dos por ciento de posibilidades de que su historia del asalto sea
creída, debido a la fre¬cuencia de esos asaltos. Un viajero en Oxfordshire
te¬nía un 42,5 por ciento de probabilidades de ser robado en invierno, y del
58,6 en verano. Es la media, por su¬puesto. Las posibilidades aumentaban en
partes de Otmoor y Wycbwood y en los caminos más pequeños.
Dunworthy se preguntó cómo demonios
había obtenido Probabilidad esas cifras. El Libro del Día del Juicio Final no
mencionaba a los ladrones, con la posi¬ble excepción de los propios agentes
censales del rey, quienes a veces tomaban algo más que el censo, y los asesinos
de la época seguro que no llevaban un registro de a quiénes habían robado y
asesinado, marcando cla¬ramente su emplazamiento en un mapa. Las pruebas de las
muertes fuera de casa eran enteramente de facto: la persona no regresaba. ¿Y
cuántos cadáveres yacían en los bosques, sin ser descubiertos ni reconocidos
por nadie?
—Le aseguro que hemos tomado todas las
precau¬ciones posibles para proteger a Kivrin —repitió Gilchrist.
—¿Como comprobaciones de parámetros? ¿Y
tests de simetría y no tripulados?
Mary regresó.
—Aquí tiene, señor Latimer —dijo,
colocando un vaso de coñac ante él. Colgó el paraguas mojado de La¬timer en el
respaldo del asiento y se sentó a su lado.
—Le estaba asegurando al señor Dunworthy
que todos los aspectos de este lanzamiento se han estudia¬do exhaustivamente
—dijo Gilchrist. Alzó la figurita de plástico de un rey mago con un cofre
dorado—. El cofre de su equipaje es una reproducción exacta de un joyero que
está en el Ashmolean. —Soltó al rey—. In¬cluso su nombre fue estudiado a
conciencia. Isabel es el nombre de mujer que aparece listado con más
frecuen¬cia en los Pergaminos Jurídicos y el Regista Regum desde 1295 hasta
1320.
—En realidad es una derivación de
Elizabeth —ex¬plicó Latimer, como si fuera una de sus conferencias—. Se cree
que su extendido uso en Inglaterra a partir del si¬glo XII tiene por origen a
Isabel de Angouleme, esposa del Rey Juan.
—Kivrin me dijo que le habían dado una
identidad real, que Isabel de Beauvrier era una de las hijas de un noble de
Yorkshire.
—Así es —confirmó Gilchrist—. Gilbert de
Beau¬vrier tenía cuatro hijas de la edad adecuada, pero sus nombres no
aparecían en los pergaminos. Era una práctica habitual. Las mujeres sólo
aparecían por el apellido y el parentesco, incluso en los registros parro¬quiales
y las tumbas.
Mary colocó una mano sobre el brazo de
Dunworthy, conteniéndolo.
—¿Por qué eligieron Yorkshire? —preguntó
rápi¬damente—. ¿No estará un poco lejos de casa?
Está a setecientos años de casa, pensó
Dunworthy, en un siglo que no valora a las mujeres lo suficiente para registrar
sus nombres cuando morían.
—La señorita Engle fue quien lo sugirió.
Le pare¬cía que tener su casa tan lejos aseguraría que no se haría ningún
intento de contactar con la familia.
O de llevarla de vuelta, a kilómetros
del lugar del lanzamiento. Kivrin lo había sugerido. Probablemente lo había
sugerido todo, tras haber estudiado los perga¬minos y los registros
parroquiales en busca de una fa-milia con la edad adecuada y sin relaciones
cortesanas, una familia lo bastante lejana en el East Riding para que la nieve
y las carreteras intransitables hicieran im¬posible que un mensajero llegara a
caballo y les comu¬nicara que habían encontrado a su hija desaparecida.
—Medieval ha puesto la misma cuidadosa
atención en todos los detalles de este lanzamiento —prosiguió Gilchrist—,
incluso un pretexto para su viaje: la enfer¬medad de su hermano. Tuvimos
cuidado de asegurar¬nos de que se produjo un brote de gripe en esa parte de
Gloucestershire en 1319, aunque la enfermedad era frecuente durante la Edad
Media, y bien podría haber contraído el cólera o gangrena.
—James —advirtió Mary.
—El traje de la señorita Engle fue
cosido a mano. La tela azul de su vestido fue teñida a mano usando una fórmula
medieval. Y la señora Montoya ha estudiado a fondo la aldea de Skendgate donde
Kivrin pasará las dos semanas.
—Si llega allí—objetó Dunworthy.
—James —terció Mary.
—¿Qué precauciones han tomado para
asegurarse de que el amistoso viajero que pasa cada una coma seis horas no
decida llevarla al convento de Godstow o a un burdel en Londres, o la vea
aparecer y decida que es una bruja? ¿Qué precauciones han tomado para asegu¬rarse
de que el amistoso viajero es en efecto amistoso y no uno de los asesinos que
mataban al cuarenta y dos coma cinco por ciento de los viajeros?
—Probabilidad indicó que no había más de
un cero coma cero cuatro por ciento de posibilidades de que alguien estuviera
en ese lugar en el momento de la llegada.
—Oh, miren, aquí está Badri —señaló
Mary, le¬vantándose y colocándose entre Dunworthy y Gilchrist—. Ha sido un
trabajo rápido, Badri. ¿Tienes ya el ajuste?
—Badri había salido sin el abrigo. Su
uniforme de laboratorio estaba húmedo y tenía la cara amoratada.
—Parece medio congelado —observó Mary—.
Ven¬ga a sentarse. —Le acercó la silla vacía situada junto a Latimer—. Le
traeré un coñac.
—¿Tienes el ajuste? —preguntó Dunworthy.
Badri no sólo estaba húmedo, sino
empapado.
—Sí—dijo, y sus dientes empezaron a
castañetear.
—Muy bien —dijo Gilchrist,
incorporándose y dándole una palmada en el hombro—. Pensaba que tardarías una
hora. Esto requiere un brindis. ¿Tienen champán? —le preguntó al camarero,
volvió a dar una palmada a Badri, y se acercó a la barra.
Badri se le quedó mirando, frotándose
los brazos y tiritando. Parecía abstraído, casi aturdido.
—¿Tienes definitivamente el ajuste?
—preguntó Dunworthy.
—Sí —contestó él, todavía mirando a
Gilchrist.
Mary volvió con el coñac.
—Esto le calentará un poco —dijo,
tendiéndose¬lo—. Tome. Bébaselo. Ordenes del médico.
Él miró el vaso con el ceño fruncido,
como si no su¬piera de qué se trataba. Los dientes aún le castañeteaban.
—¿Qué pasa? —preguntó Dunworthy—. Kivrin
está bien, ¿verdad?
—Kivrin —dijo él, todavía mirando el
vaso, y en¬tonces pareció recuperarse súbitamente. Soltó el va¬so—. Tiene que
venir —dijo y empezó a dirigirse hacia 1a puerta.
—¿Qué ha pasado? —dijo Dunworthy,
levantán¬dose. Las figuras del belén se volcaron, y una de las ovejas rodó por
la mesa y cayó al suelo.
Badri abrió la puerta al son de Good
Christian Men, Rejoice.
—Badri, espere, tenemos que hacer un
brindis —di¬jo Gilchrist, que volvía a la mesa con una botella y un puñado de
vasos.
Dunworthy cogió su chaqueta.
—¿Qué pasa? —dijo Mary, recogiendo su
bolsa—. ¿No consiguió el ajuste?
Dunworthy no respondió. Cogió el abrigo
y se marchó tras Badri. El técnico ya estaba en la calle, abriéndose paso entre
los transeúntes como si ni si¬quiera estuviesen allí. Llovía intensamente, pero
Badri también parecía ajeno a ese hecho. Dunworthy consi¬guió ponerse el
abrigo, más o menos, y se zambulló en la multitud.
Algo había salido mal. Se había
producido un des-lizamiento, después de todo, o el estudiante de primer curso
había cometido un error en los cálculos. Tal vez algo había ido mal con la
propia red. Pero tenía sus modos de seguridad y de interrupción. Si algo
hubiera ido mal con la red, Kivrin no habría logrado pasar. Y Badri había dicho
que tenía el ajuste.
Tenía que ser el deslizamiento. Era lo
único que podía haber fallado con el lanzamiento en marcha.
Ante él, Badri cruzó la calle,
esquivando por los pe¬los una bicicleta. Dunworthy se deslizó entre dos
muje¬res que llevaban bolsas de compras aún más grandes que las de Mary, pasó
por encima de un terrier blanco y su correa, y volvió a verlo dos puertas más
allá.
—¡Badri! —llamó. El técnico hizo ademán
de vol¬verse y chocó con una mujer de mediana edad con un gran paraguas
floreado.
La mujer sostenía el paraguas ante ella,
protegién¬dose de la lluvia, y obviamente tampoco había visto a Badri. El
paraguas, que estaba cubierto de violetas, pa¬reció explotar hacia dentro, y
luego cayó a la acera. Ba¬dri, todavía avanzando a ciegas, estuvo a punto de
ate¬rrizar encima.
—¡Eh, mire por donde anda! —exclamó la
mujer, furiosa, agarrada al filo de su paraguas—. Éste no es lu¬gar para ir
corriendo, ¿no?
Badri la miró con la misma expresión
aturdida que tenía en el pub.
—Lo siento.
Dunworthy vio que se inclinaba a recoger
el para¬guas. Los dos parecieron luchar por encima de las vio¬letas por un
instante antes de que Badri agarrara el mango y enderezara el paraguas. Lo
tendió a la mujer, cuyo redondo rostro estaba colorado por la furia, la fría
lluvia o ambas cosas.
—¿Lo siente? —espetó, alzando el mango
por en¬cima de su cabeza como si fuera a golpearlo con él—. ¿Es todo lo que
tiene que decir?
Él se llevó la mano a la frente,
inseguro, y entonces, como había hecho en el pub, pareció recordar dónde se
hallaba y volvió a ponerse en marcha, prácticamente a la carrera. Entró en la
puerta de Brasenose, y Dunwor¬thy le siguió, cruzó el patio, entró por una
puerta late¬ral al laboratorio, recorrió un pasillo y avanzó hasta la zona de
la red. Badri estaba ya ante la consola, inclina¬do sobre ella, mirando la
pantalla con el ceño fruncido.
Dunworthy tenía miedo de que estuviera
llena de nieve, o aún peor, en blanco, pero Tiostraba las ordena¬das columnas
de cifras y matices de un ajuste.
—¿Tienes el ajuste? —jadeó Dunworthy.
—Sí —contestó Badri. Se volvió y miró a
Dunwor¬thy. Había dejado de fruncir el ceño, pero tenía una ex¬presión extraña
y abstraída en el rostro, como si inten¬tara concentrarse con esfuerzo—.
¿Cuándo fue...? —dijo, y empezó a tiritar. Su voz se apagó, como si hubiera
olvidado qué iba a decir.
La puerta de fino-cristal se ab-ió de
golpe, y entra¬ron Gilchrist y Mary, seguidos de Latimer, que se de¬batía con
su paraguas.
—¿Qué pasa? ¿Qué ha ocurrido? —les
preguntó Mary.
—¿Cuándo fue qué, Badri! —demandó
Dun¬worthy.
—¿Es esto? —intervino Gilchrist,
inclinado sobre su hombro—. ¿Qué significan todos estos símbolos? Tendrá que
traducirlos para los profanos.
—¿Cuándo fue qué? —repitió Dunworthy.
Badri se llevó la mano a la frente.
—Algo falla —declaró.
—¿Qué? —gritó Dunworthy—. ¿El
deslizamien¬to? ¿Es el deslizamiento?
—¿Deslizamiento? —dijo Badri, temblando
tanto que apenas pudo pronunciar la palabra.
—Badri —dijo Mary—. ¿Se encuentra bien?
Badri puso de nuevo la expresión extraña
y abstraí¬da, como si estuviera considerando la respuesta.
—No —dijo, y se desplomó sobre la
consola.
3
Oyó la campana mientras pasaba. Parecía
débil y metálica, como la música ambiental que sonaba en la High en Navidad. Se
suponía que la sala de control es¬taba insonorizada, pero cada vez que alguien
abría la puerta de la antesala percibía el débil y espectral sonido de los
villancicos.
La doctora Ahrens había llegado primero,
y luego el señor Dunworthy, y las dos veces Kivrin estuvo convencida de que
habían ido a decirle que no iba a ha¬cer el viaje, después de todo. La doctora
Ahrens casi había cancelado el lanzamiento en el hospital, cuando la vacuna
antiviral de Kivrin se le inflamó en una gigan¬tesca ampolla roja en la parte
interior del brazo.
—No vas a ir a ninguna parte hasta que
la hinchazón desaparezca—había dicho la doctora, y se negó a darle de alta. A
Kivrin todavía le picaba el brazo, pero no estaba dispuesta a decírselo a la
doctora Ahrens, porque ella bien podría decírselo al señor Dunworthy, quien
estaba horrorizado desde que descubrió que iba a hacer el viaje.
Hace dos años le dije que quería ir,
pensó Kivrin. Habían transcurrido dos años, y cuando el día anterior fue a
mostrarle su disfraz, él todavía intentaba conven¬cerla de lo contrario.
—No me gusta la forma en que Medieval
está diri¬giendo este lanzamiento —dijo—. Y aunque estuvieran tomando las
precauciones adecuadas, una joven no tie¬ne nada que hacer sola en la Edad
Media.
—Todo está previsto —le dijo ella—. Soy
Isabel de Beauvrier, hija de Gilbert de Beauvrier, un noble que vivió en el
East Riding de 1276 a 1332.
—¿Y qué está haciendo la hija de un
noble en el ca¬mino de Oxford a Bath, sola?
—No lo estaba. Iba con mis sirvientes,
camino de Evesham, para recoger a mi hermano, que está enfermo en el monasterio
de allí, cuando fuimos asaltados por ladrones.
—Por ladronesasintió ella, impaciente—,
y transmiso¬res de enfermedades, y caballeros bandidos, y otra gen¬tuza
peligrosa. ¿Es que no había personas agradables en la Edad Media?
—Todos estaban muy ocupados quemando a
las brujas en la hoguera.
Ella decidió que sería mejor cambiar de
tema.
—He venido a mostrarle mi disfraz —dijo,
vol¬viéndose despacio para que él observara su saya azul y la capa forrada de
piel blanca—. Durante el lanzamien¬to llevaré el cabello suelto.
—No tienes nada que hacer vestida de
blanco en la Edad Media —dijo él—. Sólo te ensuciarás.
Él no se mostró más optimista esta
mañana. Pa¬seaba por la estrecha zona de observación como un padre expectante.
Ella estuvo preocupada toda la ma–ana, temiendo que de repente interrumpiera
todo el proceso.
Había habido retrasos y más retrasos. El
señor Gilchrist tuvo que repetirle una y otra vez cómo fun¬cionaba el grabador,
como si fuera una estudiante de primer curso. Nadie tenía fe en ella, excepto
tal vez Ba-dri, e incluso él fue enloquecedoramente cuidadoso, midiendo y
volviendo a medir la zona de la red y bo¬rrando en una ocasión toda una serie
de coordenadas que tuvo que volver a introducir.
Kivrin pensaba que nunca llegaría el
momento de colocarse en posición, y después de haberlo hecho, fue aún peor,
tendida allí con los ojos cerrados, preguntán¬dose qué sucedía. Latimer le dijo
a Gilchrist que le pre¬ocupaba la forma ortográfica del nombre que habían
escogido, como si la gente de aquella época supiera leer, ¡cómo iba a
importarles la ortografía! Montoya se acercó y le dijo la forma de identificar
Skendgate por sus frescos del Juicio Final en la iglesia, algo que había dicho
a Kivrin al menos una docena de veces antes.
Alguien, le parecía que Badri porque era
el único que no le daba instrucciones, se inclinó y le movió un poco el brazo
hacia el cuerpo, y le tiró de la falda. El suelo estaba duro, y algo se le
clavaba en el costado, justo por debajo de las costillas. El señor Gilchrist
dijo algo, y la campana empezó a sonar de nuevo.
Por favor, por favor, pensó Kivrin, al
tiempo que se preguntaba si la doctora Ahrens había decidido de pronto que
necesitaba otra vacuna o si Dunworthy se había marchado corriendo a la Facultad
de Historia y conseguido cambiar el baremo de nuevo a diez.
Fuera quien fuese debía de tener la
puerta abierta, pues aún oía la campana, aunque no lograba identificar la
canción. No se trataba de una canción. Era un lento y firme tañido que se
detenía y continuaba, y Kivrin pensó, lo he conseguido.
Yacía sobre el costado izquierdo, con
las piernas torpemente extendidas como si hubiera sido derribada por los
hombres que la habían asaltado, el brazo cu¬briéndole a medias la cara para
protegerse del golpe que le había manchado el rostro de sangre. La posición del
brazo debería permitirle abrir los ojos sin ser vista, pero no los abrió
todavía. Permaneció inmóvil, inten¬tando escuchar.
A excepción de la campana, no había
ningún otro sonido. Si se encontraba tendida en una carretera del siglo XIV,
tendría que haber pájaros y ardillas, al menos. Probablemente su súbita
aparición o el halo de la red, que dejaba en el aire durante varios minutos
partículas parecidas a escarcha, los había hecho enmudecer.
Tras un largo minuto, un pájaro trinó, y
luego otro. Algo se movió cerca, se detuvo y volvió a mover¬se. Una ardilla del
siglo XIV o un ratón de campo. Hubo un movimiento más leve, probablemente el
viento en las ramas de los árboles, aunque no notaba ninguna brisa en el
rostro, y en lo alto, desde muy lejos, el dis¬tante sonido de la campana.
Se preguntó por qué doblaba. Podía estar
llamando a vísperas. O a maitines. Badri le había advertido que no sabía cuánto
deslizamiento habría. Había querido retrasar el lanzamiento mientras hacía una
serie de comprobaciones, pero el señor Gilchrist aseguró que Probabilidad había
predicho un deslizamiento medio de seis coma cuatro horas.
Kivrin no sabía a qué hora había
llegado. Eran las once menos cuarto cuando salió de la sala de prepara¬ción
(había visto a la señora Montoya mirar su digital y le preguntó qué hora era),
pero no tenía ni idea de cuánto tiempo había pasado después. Le habían
pareci¬do horas.
El lanzamiento estaba previsto para
mediodía. Si había saltado según lo previsto y Probabilidad tenía ra¬zón en lo
del deslizamiento, debían de ser las seis de la tarde, lo cual era demasiado
tarde para vísperas. Y por cierto, ¿por qué seguía doblando la campana?
Podía estar llamando a misa, o a un
funeral o una boda. Las campanas repicaban casi constantemente en la Edad
Media, para avisar de invasiones o incendios, para ayudar a un niño perdido a
encontrar el camino de vuelta a la aldea, incluso para detener tormentas. Podía
estar sonando por cualquier motivo.
Si el señor Dunworthy se encontrara
aquí, estaría convencido de que se trataba de un funeral. «La espe¬ranza de
vida en el siglo XIV era de treinta y ocho años —le había dicho—, y sólo
llegabas a esta edad si sobre¬vivías al cólera, la viruela y la gangrena; y si
no comías carne podrida o bebías agua contaminada o te atropellaba un caballo.
O te quemaban en la hoguera por bruja.»
O si te mueres congelada, pensó Kivrin.
Empezaba a sentirse aterida, aunque sólo llevaba allí tendida un ratito. Fuera
lo que fuese lo que la pinchaba en el costado, le había atravesado las
costillas y le hería el pulmón. El señor Gilchrist le había indicado que
permaneciera ten¬dida durante varios minutos y luego se levantara
tamba¬leándose, como si recuperara el sentido. A Kivrin le pa¬reció que varios
minutos no era suficiente, teniendo en cuenta la valoración que Probabilidad
había hecho del número de personas en la carretera. Seguro que pasarían
bastantes minutos antes de que un viajero pasara por allí, y ella no estaba
dispuesta a renunciar a la ventaja que le proporcionaría el hecho de parecer
inconsciente.
Y era una ventaja, a pesar de la idea
del señor Dunworthy de que media Inglaterra se abalanzaría so¬bre una mujer
inconsciente para violarla mientras la otra media esperaba cerca con la pira
donde pretendían quemarla. Si estaba consciente, sus rescatadores le
for¬mularían preguntas. Si no lo estaba, discutirían acerca de ella y de otras
cosas. Hablarían sobre dónde llevarla y especularían acerca de quién podría ser
y de dónde po¬dría venir, especulaciones que le proporcionarían mu¬cha más
información que un simple «¿Quién eres?».
Pero ahora sentía una abrumadora
urgencia por hacer lo que el señor Gilchrist había sugerido: levan¬tarse y
echar un vistazo alrededor. El suelo estaba frío, le dolía el costado, y la
cabeza empezaba a latirle al compás de la campana. La doctora Ahrens le había
ad¬vertido que eso sucedería. Viajar hasta tan lejos en el pasado le daría
síntomas de desplazamiento temporal: dolor de cabeza, insomnio y una alteración
general de los ritmos circadianos. Estaba helada. ¿Era también un síntoma del
desplazamiento temporal, o estaba el suelo tan frío que penetraba rápidamente
su capa forrada de piel? ¿O era el deslizamiento peor de lo que el técni¬co
pensaba y se encontraba realmente en mitad de la noche?
Se preguntó si estaría tendida en la
carretera. En ese caso, no debería quedarse allí. Un caballo rápido o la
carreta que había hecho los surcos podrían atrope¬llada en la oscuridad.
Las campanas no suenan en mitad de la
noche, se dijo, y a través de los párpados cerrados se filtraba de¬masiada luz
para que estuviera oscuro. Pero si la cam¬pana que oía estaba tocando a
vísperas, eso significaba que anochecía, y sería mejor que se levantara y
echara un vistazo antes de que oscureciera.
Volvió a prestar atención, a los
pájaros, al viento en las ramas, a un firme ruido de roce. La campana se
de¬tuvo, y el eco quedó resonando en el aire. Hubo un pe¬queño sonido, como un
suspiro o el roce de un pie so¬bre el suelo, muy cerca.
Kivrin se tensó, esperando que el
movimiento invo¬luntario no se notara a través de la capa, y aguardó, pero no
hubo pasos, ni voces. Ni pájaros. Había alguien, o algo, sobre ella. Estaba
segura. Percibía su respiración, sentía su aliento encima. Permaneció allí
durante largo rato, inmóvil. Después de lo que le pareció una eterni¬dad,
Kivrin advirtió que estaba conteniendo la respira¬ción y soltó el aire
lentamente. Escuchó, pero no oyó nada por encima del golpeteo de su propio
pulso. Inspi¬ró hondo, suspirando, y gimió.
Nada. Fuera lo que fuese no se movió, no
hizo nin¬gún ruido, y el señor Dunworthy tenía razón: fingir estar inconsciente
no era forma de llegar a un siglo donde los lobos todavía merodeaban por los
bosques. Y los osos. Los pájaros volvieron a cantar repentina¬mente, lo cual
significaba que no se trataba de un lobo, o que el lobo se había marchado.
Kivrin volvió a pres¬tar atención, y abrió los ojos.
Sólo vio su propia manga pegada contra
la nariz, pero el mero hecho de abrir los ojos hizo que la cabeza le doliera
aún más. Los cerró, gimió, se agitó, movien¬do el brazo lo suficiente para que
cuando volviera a abrirlos pudiera ver algo. Gimió de nuevo y parpadeó.
No había nadie de pie junto a ella, y no
era de no¬che. El cielo que aparecía más allá de las enmarañadas ramas de los
árboles era de un pálido azul grisáceo. Ki¬vrin se sentó y miró alrededor.
Casi lo primero que el señor Dunworthy
le había dicho la primera vez que ella le confesó su deseo de ir a la Edad
Media fue: «Eran sucios y estaban llenos de en¬fermedades, el estercolero de la
historia, y cuanto antes te desprendas de cualquier noción de cuento de hadas
al respecto, mejor.»
Tenía razón. Por supuesto que tenía
razón. Pero aquí estaba ella, en un bosque digno de hadas. Ella y la carreta y
el resto de lo que había hecho el viaje en un pequeño espacio abierto demasiado
diminuto y oscuro para ser llamado claro. Gruesos y altos árboles se alza¬ban
alrededor.
Kivrin se encontraba bajo un roble. Vio
unas cuan¬tas hojas dispersas en las ramas peladas. El roble estaba lleno de
nidos, aunque los pájaros habían vuelto a callar, acobardados por su
movimiento. Los matorrales eran espesos, una alfombra de hojas muertas y
hierbas secas que debería haber sido blanda pero no lo era. Lo que había estado
molestando a Kivrin era la punta de una bellota. Setas blancas salpicadas de
rojo se arraci¬maban cerca de las retorcidas raíces del roble. Como todo lo
demás en el pequeño claro (los troncos de los árboles, la carreta, la hiedra)
brillaban con el helado rocío.
Era obvio que allí no había nadie, que
no lo había habido nunca; que aquello no era la carretera de Oxford a Bath y
que ningún viajero iba a aparecer en una coma seis horas. Ni nunca. Los mapas
medievales que habían utilizado para determinar el lugar del lan¬zamiento por
lo visto eran tan inexactos como había predicho el señor Dunworthy. La
carretera se encon¬traba más al norte de lo que indicaban los mapas, y ella
estaba al sur, en el bosque de Wychwood.
—Asegure inmediatamente su emplazamiento
tem¬poral y espacial exacto —le había dicho el señor Gilchrist.
Cómo iba a hacerlo, ¿preguntándoselo a
los pája¬ros? Estaban demasiado arriba para poder determinar a qué especie
pertenecían, y las extinciones en masa no habían comenzado hasta la década de
1970. A menos que fueran palomas peregrinas o dodos, su presencia no indicaría
ningún tiempo o lugar concreto de todas formas.
Empezó a sentarse en el suelo, y los
pájaros estalla¬ron en un salvaje aleteo. Permaneció inmóvil hasta que el ruido
remitió y entonces se puso de rodillas. El ale¬teo comenzó de nuevo. Unió las
manos, presionando la carne de sus palmas y cerrando los ojos para que el
posible viajero que la viera al pasar pensara que estaba rezando.
—Estoy aquí —dijo, y entonces se detuvo.
Si in¬formaba que había aterrizado en mitad de un bosque,
en vez de en la carretera de Oxford a
Bath, sólo confir¬maría los temores del señor Dunworthy: que Gilchrist no sabía
lo que hacía y que ella no podía cuidar de sí misma, y entonces recordó que no
importaría nada, pues él nunca oiría su informe hasta que hubiera regre¬sado
sana y salva.
Si regresaba, cosa que no haría si
todavía se encon¬traba en este bosque cuando cayera la noche. Se levan¬tó y
miró alrededor. Eran las últimas horas de la tarde o las primeras de la mañana,
no podía asegurarlo den¬tro del bosque, y tal vez no pudiera determinarlo por
la posición del sol cuando viera el cielo. Dunworthy le había dicho que algunos
historiadores pasaban toda su estancia en el pasado sin saber dónde se
hallaban. Le había hecho aprender a ver usando sombras, pero tenía que saber
qué hora era para hacerlo, y no había tiempo que perder preguntándose qué
dirección era cada cual. Tenía que salir de aquel sitio. El bosque estaba casi
en¬teramente cubierto por las sombras.
No había ni rastro de una carretera, ni
de una sen¬da siquiera. Kivrin rodeó la carreta y las cajas, buscan¬do una
abertura entre los árboles. Los matorrales pare¬cían más escasos en lo que
parecía ser el oeste, pero cuando se encaminó en esa dirección, mirando hacia
atrás cada pocos pasos para asegurarse de que todavía podía ver el ajado azul
del toldo de la carreta, se trataba sólo de un puñado de abedules cuyos blancos
troncos daban impresión de espacio. Volvió a la carreta y se puso en marcha de
nuevo en dirección contraria, aun¬que el bosque parecía más oscuro por ese
lado.
La carretera se encontraba tan sólo a un
centenar de metros de distancia. Kivrin pasó por encima de un tron¬co caído,
atravesó un bosquecillo de sauces llorones, y llegó a la carretera. Así la
había llamado Probabilidad, aunque no parecía una carretera. Ni siquiera
parecía un camino, sino una trocha. Un sendero de vacas. Así que éstas eran las
maravillosas carreteras de la Inglaterra del siglo XIV, las carreteras que
estaban abriendo comercios y ensanchando horizontes.
Apenas era lo bastante ancha para un
carromato, aunque estaba claro que los carros la usaban, o al me¬nos un carro.
Estaba llena de baches y cubierta de ho¬jas. Había algunos charcos de lodo
negro, y a lo largo del borde de la carretera se había formado hielo en los
charcos.
Kivrin se encontraba en el fondo de una
depresión. La carretera se extendía empinada en ambas direcciones y, en lo que
parecía ser el norte, los árboles se detenían a mitad de la colina. Kivrin se
volvió y miró atrás. Desde allí distinguió la carreta, una leve mancha azul,
pero na¬die la descubriría. La carretera se hundía en los bosques a cada lado,
y se estrechaba, convirtiéndola en un punto perfecto para el acecho de ladrones
y asesinos.
Era el lugar adecuado para dar
credibilidad a su historia, pero nunca la verían al pasar por la estrecha
carretera, y si llegaban a ver la pequeña mancha azul, pensarían que era
alguien que esperaba para asaltarlos y espolearían a sus caballos para huir.
A Kivrin se le ocurrió de repente que,
acechando entre los matorrales, parecía más un asesino que una doncella
inocente que acababa de ser golpeada en la ca¬beza.
Salió a la carretera y se llevó la mano
a la sien.
—¡Socorredme, pues me hallo en gran
necesidad! —exclamó.
Se suponía que el intérprete traduciría
automáti¬camente lo que dijera en inglés medio, pero el señor Dunworthy había
insistido en que memorizara sus pri¬meras palabras. Latimer y ella habían
trabajado en la pronunciación toda la tarde del día anterior.
—¡Socorredme, pues he sido robada por
unos ale¬vosos villanos!
Pensó en tenderse en el camino, pero
ahora que es¬taba al descubierto comprendió que era aún más tarde de lo que
pensaba, casi la puesta de sol, y si quería ver qué había más allá de la
colina, era mejor que no se re¬trasara. Pero primero tenía que marcar su punto
de en¬cuentro con algún tipo de señal.
No había nada distintivo en los sauces
que flan¬queaban la carretera. Buscó una piedra para colocarla en un lugar
desde donde pudiera ver la carreta, pero no encontró ninguna entre los
matorrales situados al bor¬de del camino. Finalmente, volvió a abrirse paso
entre la maleza, enganchándose el cabello y la capa en las ra¬mas de los
sauces, cogió el pequeño cofre que era copia del que había en el Ashmolean, y
volvió con él al borde de la carretera.
No era perfecto (era lo bastante pequeño
para que alguien que pasara se lo llevara), pero sólo iba a llegar a la cima de
la colina. Si decidía dirigirse a la aldea más cercana, volvería y haría una
señal más permanente. Y pronto no pasaría nadie. Los empinados lados de los
surcos estaban congelados, las hojas no habían sido to¬cadas, y la capa de
hielo de los charcos estaba intacta. No había pasado nadie por la carretera en
todo el día, tal vez en toda la semana.
Disimuló el cofre con hierbas y empezó a
subir la colina. La carretera, a excepción del congelado barrizal del fondo,
era más lisa de lo que Kivrin esperaba, y pla¬na, lo cual significaba que los
caballos la usaban bas¬tante a pesar de su aspecto desierto.
Fue una escalada fácil, pero Kivrin se
sintió agota¬da antes de haber dado unos pocos pasos, y la sien em¬pezó a
latirle de nuevo. Esperaba que sus síntomas de desplazamiento temporal no
empeoraran: comprobó que estaba muy lejos de ninguna parte. O tal vez se
tra¬taba sólo de una ilusión. Todavía no había «asegurado su emplazamiento
temporal exacto», y el camino, el bosque, no contenían nada que indicara con
seguridad que se trataba de 1320.
Los únicos signos de civilización eran
aquellos surcos, que significaban que podía estar en cualquier época después de
la invención de la rueda y antes de las carre¬teras asfaltadas, y tal vez ni
siquiera eso. Había caminos exactamente igual que éste apenas a diez kilómetros
de Oxford, amorosamente conservados por el Fondo Na¬cional para los turistas
americanos y japoneses.
Tal vez no hubiera viajado a ningún
sitio, y al otro lado de la colina encontraría la M-l o la excavación de la
señora Montoya, o una instalación de Iniciativa de Defensa Estratégica. Odiaría
certificar mi emplaza¬miento temporal siendo atropellada por una bicicleta o un
automóvil, pensó, y se colocó torpemente junto a la carretera. Pero si no he
ido a ninguna parte, ¿por qué tengo este horrible dolor de cabeza y siento que
no puedo dar ni un paso más?
Llegó a la cima de la colina y se
detuvo, sin aliento. No había necesidad de apartarse del camino. Ningún coche
lo había recorrido todavía. Ni ningún caballo o carreta tampoco. Y se
encontraba, como había pensa¬do, muy lejos de cualquier lugar. Allí no había
árboles, y veía a kilómetros de distancia. El bosque donde se encontraba la
carreta estaba a mitad de la colina y se extendía al sur y al oeste. Si Kivrin
hubiera aparecido más al interior del bosque, se habría perdido.
También había árboles al este, siguiendo
un río del que vislumbraba ocasionales destellos azules y platea¬dos (¿el
Támesis?, ¿el Cherwell?), y un bosquecillo de árboles salpicando todo el
paisaje intermedio, más ár¬boles de los que había creído que pudieran existir
en Inglaterra. El Libro del Día del Juicio Final de 1086 in¬formaba que sólo el
quince por ciento de la tierra era bosque, y Probabilidad había calculado que
las tierras despejadas para crear prados y asentamientos lo ha¬brían reducido
al doce por ciento en el siglo XIV. Ellos, o los hombres que habían escrito el
Libro del Día del Juicio Final, habían subestimado las cifras. Había árbo¬les
por todas partes.
Kivrin no vio ninguna aldea. Los bosques
estaban pelados, las ramas grises y negras a la luz del ocaso, y debería poder
ver las iglesias y mansiones a través de ellos, pero no avistó nada que
pareciera una población.
Pero tenía que haber asentamientos,
porque había prados, y estrechas franjas valladas que eran claramen¬te
medievales. Unas ovejas pastaban en uno de los pra¬dos, y eso también era
medieval, pero no pudo ver a nadie cuidándolas. Al este, a lo lejos, había una
mancha cuadrada gris que tenía que ser Oxford. Entornando los ojos, Kivrin casi
distinguió las paredes y la forma achaparrada de la torre de Carfax, aunque no
veía nin¬gún indicio de las torres de St. Frideswide's o de Os-ney con la
escasa luz.
Decididamente, estaba oscureciendo. El
cielo era de un pálido azul violeta con una pincelada de rosa cer¬ca del
horizonte occidental, y no se sorprendió porque mientras contemplaba seguía
oscureciendo.
Kivrin se persignó y cruzó las manos en
una ora¬ción, acercando los dedos a su rostro.
—Bien, señor Dunworthy, aquí estoy. Al
parecer me encuentro en el lugar adecuado, más o menos. No estoy justo en la
carretera de Oxford a Bath, sino a unos quinientos metros al sur, en un camino
lateral. Diviso Oxford. Queda a unos quince kilómetros de distancia.
Dio su estimación de la estación y la
hora del día que era, y describió lo que le parecía ver, y luego se de¬tuvo y
se cubrió el rostro con las manos. Debería decir al Libro del Día del Juicio
Final lo que pretendía hacer, pero estaba desorientada. Tendría que haber una
doce¬na de aldeas en la llanura al oeste de Oxford, pero no veía ninguna,
aunque los terrenos cultivados que les pertenecían estaban allí, y también la
carretera.
No había nadie en el camino, que se
curvaba al otro lado de la colina y desaparecía inmediatamente en un denso
bosquecillo, pero un kilómetro más allá estaba la carretera donde debería
haberla dejado el lanza¬miento, ancha y lisa y verde claro, a la que este
camino conducía claramente. Por lo que alcanzaba a ver, no había nadie en la
carretera tampoco.
A la izquierda, a mitad de camino de
Oxford, atis¬bo un movimiento distante, pero sólo se trataba de una fila de
vacas que volvía a casa ante un puñado de árbo¬les que debían de ocultar una
aldea. No era la aldea que la señora Montoya quería que buscara: Skendgate se
encontraba al sur de la carretera.
A menos que estuviera en un lugar
completamente equivocado, lo cual no era el caso. Oxford se encontra¬ba
definitivamente al este, y el Támesis se curvaba al sur, dirigiéndose a lo que
tenía que ser Londres, pero nada de eso le indicaba dónde quedaba la aldea.
Podía estar entre este lugar y la carretera, alejada de la vista, o al otro
lado, o en otro camino o sendero lateral. No ha¬bía tiempo de comprobarlo.
Oscurecía rápidamente. Al cabo de media
hora ha¬bría luces con que guiarse, pero no podía esperar tanto. El color
sonrosado ya se había convertido en un violeta oscuro al oeste, y el azul era
casi púrpura. Empezaba a hacer frío. Se había levantado viento. Los pliegues de
la capa se agitaban a su espalda, y se arrebujó en ella. No quería pasar una
noche de diciembre en un bosque con un horrible dolor de cabeza y una carnada
de lobos, pero tampoco quería pasarla en una carretera de frío aspecto,
esperando a que apareciera alguien.
Podría encaminarse hacia Oxford, pero no
había forma de llegar allí antes de que anocheciera. Si encon¬trara una aldea,
cualquier aldea, podría pasar allí la no¬che y buscaría más tarde el poblado de
la señora Mon¬toya. Miró de nuevo hacia la carretera por la que había subido,
intentando captar un destello de luz o de humo de una chimenea, pero no había
nada. Empezaron a castañetearle los dientes.
Entonces las campanas empezaron a
repicar. La campana de Carfax primero, sonando igual que siempre aunque debía de haber sido refundida al menos
tres ve¬ces desde 1300, y luego, antes de que el primer golpe se apagara, las
demás, como si hubieran estado esperando una señal de Oxford. Estaban llamando
a vísperas, por supuesto, llamando a la gente de los campos, advirtién¬doles
que dejaran de trabajar y fueran a rezar. Y dicién-doles dónde estaban las
aldeas. Las campanas sonaban casi al unísono, aunque percibía cada una por
separado, algunas tan lejanas que sólo un eco final y más profundo la
alcanzaba. Allí, tras la fila de árboles, y allí, y allí. La aldea a la que se
dirigían las vacas estaba allí, tras un pro-montorio bajo. Las vacas empezaron
a caminar más rá¬pido con el sonido de la campana.
Había dos aldeas prácticamente ante sus
narices, una al otro lado de la carretera, la otra varios prados más allá,
junto al arroyo flanqueado por los árboles. Skendgate, la aldea de la señora
Montoya, se encontra¬ba donde creía, por donde había venido, tras los surcos
helados, tras la colina baja, a_unos tres kilómetros.
Kivrin unió las manos.
—Acabo de descubrir dónde está la aldea
—dijo, preguntándose si los tañidos de la campana llegarían al Libro del Día
del Juicio Final—. Está en este camino lateral. Voy a recoger la carreta y la
arrastraré hasta el camino, y luego iré tambaleándome a la aldea antes de que
oscurezca y me desplomaré ante la puerta de al¬guien.
Una de las campanas sonaba muy lejos al
suroeste, tan débil que apenas la oía. Se preguntó si era la que ha¬bía
escuchado antes, y por qué sonaba. Tal vez Dunworthy tuviera razón y se trataba
de un funeral.
—Estoy bien, señor Dunworthy —dijo a sus
ma¬nos—. No se preocupe por mí. Llevo aquí más de una hora y no me ha pasado
nada malo.
Las campanas se apagaron lentamente,
guiadas una vez más por la de Oxford, aunque curiosamente su sonido gravitó en
el aire más tiempo que las demás. El cielo se volvió azul-violeta, y una
estrella apareció en el suroeste. Las manos de Kivrin estaban todavía unidas en
una plegaria. —Es hermoso.
TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL
JUICIO FINAL
(000249-000614)
Bien, señor Dunworthy, aquí estoy. Al
parecer me encuentro en el lugar adecuado, más o menos. No estoy justo en la
carretera de Oxford a Bath, sino a unos quinientos metros al sur, en un camino
lateral. Diviso Oxford. Queda a unos quince kilómetros de distancia.
No sé exactamente cuándo he aparecido,
pero si era mediodía según lo previsto, ha habido unas cuatro horas de
deslizamiento. Es la época del año adecuada. Los árboles están pelados, pero
las hojas que cubren el suelo están más o menos intactas, y sólo un tercio de
los prados han sido arados. No podré decir mi locali-zación temporal exacta
hasta que llegue a la aldea y le pregunte a alguien qué día es. Probablemente
usted sabe más que yo acerca de dónde y cuándo estoy, o al menos lo sabrá
después de hacer el ajuste.
Pero sé que estoy en el siglo adecuado.
Desde la pequeña colina donde me encuentro veo prados. Hay las clásicas franjas
medievales, con los finales redon¬deados donde giran los bueyes. Los pastos
están limi¬tados por setos, y una tercera parte son típicos setos sajones,
mientras el resto son espinos normandos.
Probabilidad puso la ratio de 1300 entre
el veinticinco y el setenta y cinco por ciento, pero basándose en Suffolk, que
está más al este.
Al sur y al oeste se extiende un bosque
(¿Wychwo-od?), todo helado, por lo que puedo ver. Al este veo el Támesis. Casi
diviso Londres, aunque sé que es impo¬sible. En 1320 tendría que estar a más de
cincuenta mi¬llas, en vez de sólo a veinte. Sigo pensando que desde aquí lo
veo. Distingo claramente las murallas de la ciu¬dad de Oxford, y la torre de
Carfax.
Es hermoso. No me parece que esté a
setecientos años de usted. Oxford queda ahí mismo, a mi alcance, y no puedo
quitarme de la cabeza la idea de que si baja¬ra de esta colina y me dirigiera a
la ciudad, los encon¬traría a todos ustedes, todavía en el laboratorio de
Bra-senose esperando el ajuste; Badri con el ceño fruncido ante las pantallas y
la señora Montoya ansiosa por vol¬ver a su excavación, y a usted, señor
Dunworthy, clo-queando como una vieja gallina clueca. No me siento separada de
ustedes, ni tampoco muy lejana.
4
La mano de Badri se retiró de su frente
mientras se derrumbaba, y su codo golpeó la consola e interrum¬pió su caída
durante un segundo, y Dunworthy miró ansiosamente a la pantalla, temiendo que
hubiera gol-peado alguna tecla e interferido los datos. Badri se des¬plomó en
el suelo.
Latimer y Gilchrist no intentaron
sujetarlo tampo¬co. Latimer ni siquiera pareció advertir que hubiera su¬cedido
nada. Mary se abalanzó hacia Badri de inmedia¬to, pero estaba detrás de los
demás y sólo consiguió cogerlo por la manga. Se arrodilló al instante junto a
él, lo puso de espaldas y se colocó un auricular en el oído.
Rebuscó en su bolsa, sacó un blíper, y
pulsó el bo¬tón de llamada durante cinco segundos.
—¿Badri? —dijo en voz alta, y sólo
entonces Dun¬worthy advirtió lo silenciosa que se había quedado la sala.
Gilchrist se encontraba de pie en su sitio. Parecía furioso. Le aseguro que
hemos considerado todas las contingencias posibles. Evidentemente, no había
consi¬derado ésta.
Mary dejó de pulsar el botón del blíper
y sacudió suavemente los hombros de Badri. No hubo respuesta. Le echó la cabeza
atrás y se inclinó sobre su rostro, la oreja prácticamente en su boca abierta y
la cabeza vuel¬ta para poder ver su pecho. Badri no había dejado de respirar.
Dunworthy comprobó que su pecho subía y bajaba, y Mary también. Ella alzó la
cabeza inmediata¬mente, pulsando el blíper, y colocó dos dedos contra el cuello
del hombre, los mantuvo allí durante lo que pa¬reció una eternidad, y entonces
se llevó el blíper a la boca.
—Estamos en Brasenose. En el laboratorio
de His¬toria—dijo al aparato—. Cinco-dos. Colapso. Síncope. No hay evidencia de
ataque. —Retiró la mano del botón de llamada y levantó el párpado de Badri.
—¿Síncope? —preguntó Gilchrist—. ¿Qué es
eso? ¿Qué ha sucedido?
Ella lo miró, irritada.
—Se ha desmayado —dijo—. Dame mi maletín
—pidió a Dunworthy—. En la bolsa de las compras.
Ella había derribado la bolsa mientras
sacaba el blí¬per. Yacía de lado. Dunworthy rebuscó entre las cajas y paquetes,
encontró una dura caja de plástico que pa¬recía del tamaño adecuado, y la
abrió. Estaba llena de petardos sorpresa de Navidad rojos y verdes. Volvió a
guardarlos en la bolsa.
—Vamos —urgió Mary, desabrochando la
camisa de Badri—. No tengo todo el día.
—Es que no lo encuentro... —empezó a
decir Dun¬worthy.
Ella le arrebató la bolsa y la volcó.
Los petardos sorpresa rodaron por todas partes. La caja de la bufan¬da se
abrió, y la prenda cayó al suelo. Mary cogió su bolso, lo abrió, y sacó un gran
maletín plano. Lo abrió y sacó un taquiobrazalete. Lo abrochó alrededor de la
muñeca de Badri y se volvió a mirar las lecturas de ten¬sión sanguínea en el
monitor del maletín.
La forma de la señal no dijo nada a
Dunworthy, y por la reacción de Mary no supo lo que pensaba que significaba.
Badri no había dejado de respirar, su corazón no había dejado de latir, y no
estaba sangrando, por lo que Dunworthy podía ver. Tal vez sólo se había
desmayado. Pero la gente no se caía sin más, excepto en los libros y los vids.
Debía de estar herido o enfermo. Cuando llegó al pub parecía casi en estado de
conmo¬ción. ¿Le habría atropellado una bicicleta como la que había estado a
punto de arrollar a Dunworthy, y no haberse dado cuenta al principio de que
estaba herido? Eso explicaría su desconcierto, su peculiar agitación.
Pero no el hecho de que hubiera salido
sin abrigo, que hubiera dicho: «Necesito que venga», que hubiera dicho: «Algo
falla.»
Dunworthy se volvió y miró la pantalla
de la con¬sola. Todavía mostraba las matrices que tenía cuando el técnico se
desplomó. No sabía interpretarlas, pero pa¬recía un ajuste normal, y Badri
había dicho que Kivrin había pasado bien. Algo falla.
Con la palma de las manos, Mary palpaba
los bra¬zos de Badri, los lados de su pecho, las piernas. Los párpados de Badri
se agitaron, y entonces volvió a ce¬rrar los ojos.
—¿Saben si Badri tenía algún problema de
salud?
—Es técnico del señor Dunworthy —acusó
Gilchrist—. De Balliol. Nos lo prestó —añadió, haciendo que pareciera como si
Dunworthy fuese de algún modo responsable de lo sucedido, como si hubiera
pre¬parado el colapso del técnico para sabotear el proyecto.
—No sé nada de problemas de salud —dijo
Dun¬worthy—. Debió de pasar pruebas completas al princi¬pio del trimestre.
Mary no pareció satisfecha. Se puso el
estetoscopio y escuchó el corazón del técnico durante un largo mi¬nuto, volvió
a comprobar las lecturas de la tensión san¬guínea, le tomó el pulso de nuevo.
—¿Y no sabes nada de un historial de
epilepsia? ¿Diabetes?
—No —dijo Dunworthy.
—¿Ha tomado alguna vez drogas o
endorfinas ile¬gales? —No esperó a que él le respondiera. Pulsó de nuevo el
botón del blíper—. Aquí Ahrens. Pulso cien¬to diez. Tensión sanguínea sesenta,
cien. Estoy ha¬ciendo un análisis. —Rasgó una gasa, clavó una aguja en el brazo
donde no estaba el brazalete, abrió otro pa¬quete.
Drogas o endorfinas ilegales. Eso
explicaría su agi¬tación, su habla inconexa. Pero si las tomaba, habrían
aparecido en la prueba de principios de trimestre y no habría podido elaborar
los complicados cálculos de la red. Algo falla.
Mary volvió a pinchar el brazo y deslizó
una cánu¬la bajo la piel. Badri abrió los ojos.
—Badri, ¿me oyes? —preguntó Mary. Buscó
en el bolsillo de su abrigo y sacó una brillante cápsula roja—. Tengo que darle
un temp —dijo, y se la acercó a los la¬bios, pero él no mostró ninguna señal de
haber oído.
Ella volvió a guardarse la cápsula y
empezó a re¬buscar en el maletín.
—Avísame cuando las lecturas aparezcan
en esa cánula —le dijo a Dunworthy, lo sacó todo del maletín y luego volvió a
guardarlo. Soltó el botiquín y buscó en su bolso—. Creía que tenía un
termómetro de piel.
—Las lecturas ya están —informó
Dunworthy.
Mary alzó el blíper y empezó a leer los
números.
Badri abrió los ojos.
—Tienen que... —dijo, y volvió a
cerrarlos—. Tan¬to frío —murmuró.
Dunworthy se quitó el abrigo, pero
estaba dema¬siado húmedo para ponérselo encima. Miró alrededor, buscando algo
con lo que poder cubrirlo. Si esto hu¬biera sucedido antes de la marcha de
Kivrin, podría ha-ber usado aquella especie de capa que ella llevaba. La
chaqueta de Badri estaba bajo la consola. Dunworthy se la tendió encima.
—Frío —murmuró Badri, y empezó a
tiritar.
Mary, todavía recitando lecturas en el
blíper, lo miró bruscamente.
—¿Qué ha dicho?
Badri murmuró algo más y entonces dijo
clara¬mente:
—Me duele la cabeza.
—Dolor de cabeza —dijo Mary—. ¿Siente
náu¬seas?
Él movió un poco la cabeza para indicar
que no.
—¿Cuándo fue... ? —empezó, y la cogió
por el brazo.
Ella le cogió el brazo a su vez, frunció
el ceño, y le colocó la otra mano en la frente.
—Tiene fiebre —observó.
—Algo falla —murmuró Badri, y cerró los
ojos. Le soltó el brazo y su mano cayó al suelo.
Mary la recogió, miró las lecturas y le
palpó la frente una vez más.
—¿Dónde está ese maldito termómetro?
—excla¬mó, y empezó a buscar de nuevo en el maletín.
El blíper trinó.
—Ya están aquí —suspiró ella—. Que
alguien vaya y les muestre el camino. —Dio una palmadita en el pe¬cho de
Badri—. Quédese quieto.
Dos auxiliares del hospital, hombre y
mujer, esta¬ban ya en la puerta cuando Dunworthy la abrió. Entra¬ron cargando
maletines del tamaño de baúles.
—Transporte inmediato —dijo Mary antes
de que pudieran abrir los baúles. Se incorporó—. Trae la ca¬milla —indicó a la
doctora—. Y dame un termómetro y una sonda.
—Creía que el personal de Siglo Veinte
habría sido investigado en busca de dorfinas y drogas —dijo Gilchrist.
Uno de los enfermeros pasó junto a él
con una bomba de aire.
—Medieval nunca permitiría... —Se apartó
para dejar paso a la mujer, que traía la camilla.
—¿Es una sobredosis? —preguntó el
enfermero, mirando fijamente a Gilchrist.
—No —contestó Mary—. ¿Has traído el
termó¬metro de piel?
—No tenemos —dijo él, insertando el tubo
en la ranura—. Sólo un termistor y temps. Tendremos que esperar hasta que lo
ingresemos. —Sostuvo la bolsa de plástico por encima de su cabeza durante un
momento, hasta que el alimentador de grav puso el motor en mar¬cha, y luego
pegó la bolsa en el pecho de Badri.
La doctora le quitó la chaqueta a Badri
y lo cubrió con una gran manta gris.
—Frío —musitó Badri—. Tiene que...
—¿Qué tengo que hacer? —preguntó
Dunworthy.
—El ajuste...
—Una, dos y tres —contaron los
enfermeros al unísono, y lo colocaron sobre la camilla.
—James, señor Gilchrist, tendrán que
venir al hos¬pital conmigo para rellenar los impresos de admisión —dijo Mary—.
Y necesitaré su historial médico. Uno de ustedes puede venir en la ambulancia;
que el otro nos siga.
Dunworthy no esperó a discutir con
Gilchrist cuál de los dos viajaría en la ambulancia. Subió detrás de Badri, que
respiraba con dificultad, como si el hecho de haber sido transportado a la
camilla hubiera sido un es¬fuerzo demasiado grande.
—Badri —urgió—, dijiste que algo
fallaba. ¿Te re¬ferías al ajuste?
—Conseguí el ajuste —dijo Badri, con el
ceño frun¬cido.
El enfermero, que conectaba a Badri a un
extraño conjunto de pantallas, parecía irritado.
—¿Se equivocó el estudiante con las
coordenadas? Es importante, Badri. ¿Cometió un error con las coor¬denadas
remotas?
Mary subió a la ambulancia.
—Como jefe en funciones, yo debería ser
quien acompañara al paciente en la ambulancia —oyó Dunworthy decir a Gilchrist.
—Reúnase con nosotros en Admisiones en
el hos¬pital —dijo Mary, y cerró las puertas—. ¿Tenéis ya su temperatura?
—preguntó al enfermero.
—Sí. Treinta y nueve coma cinco grados.
Tensión noventa, cincuenta y cinco; pulso ciento quince.
—¿Hubo un error en las coordenadas?
—preguntó Dunworthy a Badri.
—¿Están seguros ahí atrás? —preguntó el
conduc¬tor a través del interfono.
—Sí —respondió Mary—. Código uno.
—¿Cometió Puhalski un error en las
coordenadas de emplazamiento del remoto?
—No —dijo Badri. Agarró la solapa de la
chaqueta de Dunworthy.
—¿Es el deslizamiento entonces?
—Debo estar... —murmuró Badri—. Tan
preocu¬pado.
Las sirenas ulularon, apagando el resto
de sus pa¬labras.
—¿Debes estar qué? —gritó Dunworthy por
enci¬ma del gemido que subía y bajaba.
—Algo falla —repitió Badri, y volvió a
desmayarse.
Algo fallaba. Tenía que ser el
deslizamiento. Ex¬cepto las coordenadas, era lo único que podía haber ido mal
en un lanzamiento ya efectuado, y Badri había dicho que las coordenadas de
situación eran correctas. ¿Pero cuánto deslizamiento se había producido,
en¬tonces? Badri le había dicho que podía llegar a las dos semanas, y no habría
ido corriendo hasta el pub sin el abrigo en medio de la lluvia a menos que
fuera mucho más. ¿Cuánto? ¿Un mes? ¿Tres meses? Sin embargo, le había dicho a
Gilchrist que los preliminares mostraban un deslizamiento mínimo. Mary se abrió
paso y colocó la mano sobre la frente de Badri otra vez.
—Añade tiosalicilato de sodio al gotero
—orde¬nó—. Y empieza un test WBC. James, quítate de enmedio.
Dunworthy se sentó en un banco, al fondo
de la ambulancia.
Mary volvió a coger el blíper.
—Preparados para un CBC completo y
serotipeo.
—¿Pileonefritis? —dijo el enfermero,
viendo cómo las lecturas cambiaban. Tensión noventa y seis, sesenta; pulso
ciento veinte, temperatura treinta y nueve coma cinco.
—No lo creo —respondió Mary—. En
principio no hay dolores abdominales, pero es evidente que con esta temperatura
se trata de una infección de algún tipo.
Las sirenas redujeron bruscamente su
frecuencia y se apagaron. El auxiliar empezó a arrancar los cables de los
enchufes de la pared.
—Ya estamos aquí, Badri —dijo Mary,
dándole de nuevo un golpecito en el pecho—. Pronto le tendremos como una rosa.
Él no dio señal alguna de haberla oído.
Mary le su¬bió la manta hasta el cuello y colocó encima el manojo de llaves. El
conductor abrió la puerta y sacaron la ca¬milla.
—Quiero un hemograma completo —dijo
Mary, agarrándose a la puerta mientras bajaba—. CF, HI e ID antigénica.
Dunworthy bajó tras ella y la siguió al
Departa¬mento de Bajas.
—Necesito un historial médico —le estaba
dicien¬do ella a la encargada de registro—. De Badri... ¿cuál es su apellido,
James?
—Chaudhuri.
—¿Número de Seguridad Social? —preguntó
la encargada.
—No lo sé —dijo Dunworthy—. Trabaja en
Balliol.
—¿Sería tan amable de deletrearme el
nombre, por favor?
—C-H-A... —dijo él. Mary desaparecía ya
hacia el interior de Admisiones. La siguió.
—Lo siento, señor —dijo la encargada,
quien salió de detrás del mostrador para bloquearle el paso—. Debe esperar
aquí...
—Tengo que hablar con el paciente que
acaban de admitir.
—¿Es usted pariente suyo?
—No. Soy su jefe. Es muy importante.
—Ahora mismo está en un cubículo de
análisis —explicó ella—. Pediré permiso para que pueda usted verlo en cuanto
hayan terminado el examen. —Volvió a sentarse torpemente tras el mostrador,
como dis¬puesta a saltar de nuevo ante el menor movimiento por su parte.
Dunworthy pensó en colarse en la sala,
pero no quería arriesgarse a que lo expulsaran del hospital, y en cualquier
caso Badri no estaba en condiciones de ha¬blar. Estaba claramente inconsciente
cuando lo sacaron de la ambulancia. Inconsciente y con una fiebre de treinta y
nueve coma cinco. Algo fallaba.
La encargada lo miraba con recelo.
—¿Le importaría volver a deletrearme el
nombre del paciente?
Él le deletreó Chaudhuri y luego le
preguntó dón¬de podría encontrar un teléfono.
—Pasillo abajo. ¿Edad?
—No lo sé. ¿Veinticinco? Lleva cuatro
años en Balliol.
Respondió como mejor pudo al resto de
las pre¬guntas y luego miró hacia la puerta para ver si Gilchrist había llegado
ya, recorrió el pasillo hasta los teléfonos y llamó a Brasenose. Se puso el
portero, que decoraba un árbol de Navidad artificial en el mostrador de la
portería.
—Póngame con Puhalski —dijo Dunworthy,
es¬perando que ése fuera el nombre del técnico de primer curso.
—No está aquí —contestó el portero,
envolviendo una guirnalda plateada sobre las ramas con la mano libre.
—Bien, en cuanto vuelva, dígale por
favor que ne¬cesito hablar con él. Es muy importante. Necesito que me lea un
ajuste. Estoy en... —Dunworthy esperó a que el portero terminara de colocar la
guirnalda y es¬cribiera el número de la cabina, cosa que hizo por fin, en la
tapa de una caja de adornos—. Si no me localiza en este número, dígale que
llame al Departamento de Admisiones del hospital. ¿Cuándo cree que volverá?
—Es difícil de decir —dijo el portero,
desenvol¬viendo un ángel—. Algunos vuelven unos días antes, pero la mayoría no
aparece hasta el primer día del tri¬mestre.
—¿Qué quiere decir? ¿No está en el
colegio?
—Lo estaba. Iba a dirigir la red para
Medieval, pero cuando descubrió que no lo necesitaban, se fue a casa.
—Necesito su dirección y su número de
teléfono.
—Está en algún lugar de Gales, creo,
pero para conseguir estos datos tendría que hablar con la secreta¬ria del
colegio, y ahora mismo tampoco está aquí.
—¿Cuándo volverá ella?
—No podría decírselo, señor. Se fue a
Londres a hacer unas compras navideñas.
Dunworthy dio otro mensaje mientras el
portero enderezaba las alas del ángel, y luego colgó y trató de pensar si había
algún otro técnico en Oxford durante Navidad. Naturalmente que no, o Gilchrist
no habría usado un estudiante de primer curso.
Llamó a Magdalen de todas formas, pero
no obtu¬vo respuesta. Colgó, pensó un instante, y luego llamó a Balliol.
Tampoco hubo respuesta allí. Finch debía de estar mostrando a las campaneras
americanas las cam¬panas del Gran Tom. Miró su digital. Sólo eran las dos y
media. Parecía mucho más tarde. Tal vez sólo esta¬rían almorzando.
Llamó al comedor de Balliol, pero siguió
sin obte¬ner respuesta. Volvió a la zona de espera, deseando que Gilchrist
estuviera allí. No la encontró, pero sí a los dos auxiliares médicos, hablando
con una enfermera. Gilchrist probablemente había vuelto a Brasenose para
planear su siguiente lanzamiento. Tal vez enviaría a Kivrin directamente a la Peste Negra para que
hiciera ob¬servaciones directas.
—Está usted aquí—dijo la enfermera—.
Temía que se hubiera marchado. ¿Tendría la bondad de acompa¬ñarme?
Dunworthy había supuesto que le hablaba
a él, pero los auxiliares lo siguieron.
—Aquí estamos, pues —dijo ella,
abriéndoles una puerta. Los auxiliares entraron en fila—. Hay té en el carrito,
y un aseo justo allí.
—¿Cuándo podré ver a Badri Chaudhuri?
—pre¬guntó Dunworthy, sosteniendo la puerta para que ella no la cerrara.
—La doctora Ahrens le atenderá
directamente —respondió la enfermera, y cerró la puerta de todas formas.
La auxiliar estaba ya sentada en una
silla, las manos en los bolsillos. El hombre se hallaba junto al carrito de té,
enchufando la tetera eléctrica. Ninguno de ellos ha¬bía hecho ninguna pregunta
a la encargada mientras re¬corrían el pasillo, de forma que todo aquello taj
vez fuera asunto de rutina, aunque Dunworthy no podía imaginar por qué querían
ver a Badri. O por qué los habían llevado a todos aquí.
La sala de espera estaba en un ala
completamente distinta de Admisiones. Tenía las mismas sillas
destro-zaespaldas, las mismas mesas con inspirados panfletos encima, las mismas
guirnaldas de papel de estaño colo¬cadas sobre el carrito de té y aseguradas con
puñados de acebo de plasteno. Sin embargo, no había ventanas, ni siquiera en la
puerta. Era apartada y privada, el tipo de sala donde la gente esperaba malas
noticias.
Dunworthy se sentó, súbitamente agotado.
Malas noticias. Una infección de algún tipo. Tensión de no¬venta y seis, pulso
ciento veinte, temperatura treinta y nueve coma cinco. El otro único técnico de
Oxford es-taba en Gales y la secretaria de Basingame hacía sus compras de
Navidad. Y Kivrin se encontraba en algún lugar de 1320, a días o incluso
semanas de donde se su¬ponía que debía estar. O meses.
El auxiliar médico sirvió leche y azúcar
en una taza y la removió, esperando a que la tetera eléctrica se ca¬lentara. La
mujer parecía haberse quedado dormida.
Dunworthy la miró, pensando en el
deslizamiento. Badri había dicho que los cálculos preliminares indica¬ban un
deslizamiento mínimo, pero sólo eran prelimina¬res. Según pensaba Badri, dos
semanas de deslizamiento era lo más probable, y eso sonaba bastante lógico.
Cuanto más atrás era enviado un
historiador, ma¬yor era el deslizamiento medio. Los lanzamientos de Siglo
Veinte normalmente tenían sólo unos minutos, los de Siglo Dieciocho unas
cuantas horas. Magdalen, que todavía estaba dirigiendo lanzamientos no tripula¬dos
al Renacimiento, tenía deslizamientos de entre tres y seis días.
Pero eran sólo promedios.
El deslizamiento variaba de una persona
a otra, y era imposible predecirlo para un lanzamiento determi¬nado. Siglo
Diecinueve había tenido uno de cuarenta y ocho días, y en zonas deshabitadas
normalmente no había deslizamiento ninguno.
Y con frecuencia la cantidad parecía
arbitraria, ca¬prichosa. Cuando hicieron las primeras comprobacio¬nes de
deslizamiento para Siglo Veinte allá en los años veinte, Dunworthy se colocó en
el patio vacío de Ba-lliol y fue enviado a las dos de la madrugada del catorce
de septiembre de 1956, con un deslizamiento de sólo tres minutos. Pero cuando
le enviaron de nuevo a las 2.08, el deslizamiento fue de casi dos horas, y
apareció casi encima de un estudiante que volvía a hurtadillas después de una
noche de juerga.
Kivrin podría estar a seis meses de
donde se supo¬nía que debía estar, completamente ajena a cuándo se¬ría el
encuentro. Y Badri había ido corriendo al pub para decirle que la rescataran.
Mary entró, aún con el abrigo puesto.
Dunworthy se levantó.
—¿Es Badri? —preguntó, temiendo la
respuesta.
—Todavía está en Admisiones —dijo ella—.
Nece¬sitamos su número de la Seguridad Social, y no encon¬tramos sus archivos
en el registro de Balliol.
Su pelo gris estaba revuelto de nuevo,
pero por lo demás parecía tan profesional como cuando discutía con Dunworthy
sobre sus estudiantes.
—No es miembro del colegio —explicó
Dun¬worthy, sintiéndose aliviado—. Los técnicos son asig¬nados a colegios
individuales, pero son empleados ofi¬cialmente por la Universidad.
—Entonces, sus archivos deberían estar
en la ofici¬na del administrador. Bien. ¿Sabes si ha salido de Ingla¬terra en
el último mes?
—Hizo un trabajo para Siglo Diecinueve
en Hun¬gría hace dos semanas. Ha estado en Inglaterra desde entonces.
—¿Ha recibido alguna visita de parientes
de Pa-quistán?
—No tiene ninguno. Es tercera
generación. ¿Has averiguado lo que tiene?
Ella no le estaba escuchando.
—¿ Dónde están Gilchrist y Montoya ?
—preguntó.
—Le dijiste a Gilchrist que se reuniera
con nosotros, pero no había llegado todavía cuando me trajeron aquí.
—¿Y Montoya?
—Se marchó en cuanto terminó el
lanzamiento.
—¿Tienes idea de dónde puede haber ido?
No más que tú, pensó Dunworthy. También
la viste marcharse.
—Supongo que volvió a Witney, a su
excavación. Casi siempre está allí.
—¿Su excavación? —dijo Mary, como si
nunca hu¬biera oído hablar de ello.
¿Qué pasa?, pensó él. ¿Qué va mal?
—En Witney —explicó—. La granja del
Fondo Na¬cional. Está excavando una aldea medieval.
—¿Witney? —dijo ella, con aspecto
triste—. Ten¬drá que volver inmediatamente.
—¿ Intento llamarla ? —preguntó
Dunworthy, pero Mary ya se había acercado al auxiliar que esperaba junto al
carrito de té.
—Tienes que recoger a una persona en
Witney —le dijo. Él soltó la taza y el plato, y se encogió de hom¬bros—. En la
excavación del Fondo Nacional. Lupe Montoya.
Salió por la puerta con él.
Dunworthy esperaba que volviera en
cuanto ter¬minara de darle las instrucciones. Cuando no lo hizo, la siguió.
Ella no estaba en el pasillo, ni tampoco el auxiliar, pero a quien sí encontró
fue a la enfermera de Admisiones.
—Lo siento, señor —se disculpó,
obstaculizándole el paso como había hecho la recepcionista—. La docto¬ra Ahrens
pidió que la esperara aquí.
—No voy a salir del hospital. Tengo que
llamar a mi secretario.
—Le traeré un teléfono, señor —dijo ella
con fir¬meza. Se volvió y miró pasillo abajo.
Gilchrist y Latimer se acercaban.
—... espero que la señorita Engle tenga
la oportu¬nidad de observar una muerte —decía Gilchrist—. Las actitudes hacia
la muerte en el siglo XIV eran muy dis¬tintas a las nuestras. La muerte era una
parte común y aceptada de la vida, y los contemporáneos eran incapa¬ces de
sentir pesar.
—Señor Dunworthy —lo llamó la enfermera,
ti¬rándole del brazo—, si quiere esperar dentro, le traeré un teléfono.
Se dirigió al encuentro de Gilchrist y
Latimer.
—Si me acompañan, por favor —dijo, y los
condu¬jo a la sala de espera.
—Soy rector en funciones de la Facultad
de Histo¬ria —dijo Gilchrist, mirando a Dunworthy—. Badri Chaudhuri es
responsabilidad mía.
—De acuerdo, señor —dijo la enfermera,
cerrando la puerta—. La doctora Ahrens tratará con usted direc¬tamente.
Latimer colocó su paraguas sobre una de
las sillas y la bolsa de compras de Mary en la de al lado. Por lo vis¬to, había
recogido todos los paquetes que Mary había esparcido por el suelo. Dunworthy
vio la caja de la bu¬fanda y uno de los petardos sorpresa en lo alto.
—No encontramos ningún taxi —jadeó
Latimer. Se sentó junto a los paquetes—. Tuvimos que coger el metro.
—¿De dónde es el estudiante de primer
curso que iban a usar en el lanzamiento... Puhalski? —dijo Dun¬worthy—.
Necesito hablar con él.
—¿Acerca de qué, si no es mucho
preguntar? ¿O se ha apropiado completamente de Medieval en mi au¬sencia?
—Es esencial leer el ajuste y asegurarse
de que ella está bien.
—Le encantaría que algo saliera mal,
¿verdad? Ha estado intentando obstaculizar este lanzamiento desde el principio.
—¿Que algo saliera mal? —estalló
Dunworthy, in¬crédulo—. Ya ha salido mal. Badri está hospitalizado,
inconsciente, y no sabemos si Kivrin está cuando o donde se supone que debe
estar. Ya oyó a Badri. Dijo que algo fallaba con el ajuste. Tenemos que encontrar
un técnico para que averigüe qué es.
—Yo no daría mucho crédito a lo que dice
una persona bajo la influencia de drogas, dorfinas o lo que quiera que esté
tomando —dijo Gilchrist—. Y debo re¬cordarle, señor Dunworthy, que lo único que
ha salido mal en este lanzamiento es la intervención de Siglo Veinte. El señor
Puhalski estaba llevando a cabo su tra¬bajo a la perfección. Sin embargo, dada
su insistencia, permití que su técnico lo sustituyera. Es evidente que no
debería haberlo hecho.
La puerta se abrió y todos se volvieron
a mirarla. La enfermera trajo un teléfono portátil, se lo tendió a Dunworthy, y
se marchó.
—Tengo que llamar a Brasenose y decirles
dónde estoy —dijo Gilchrist.
Dunworthy le ignoró, conectó la pantalla
visual del teléfono, y llamó al Jesús.
—Necesito los nombres y teléfonos de sus
técni¬cos —le dijo a la secretaria del director en funciones cuando apareció en
la pantalla—. Ninguno está de va¬caciones, ¿verdad?
Ninguno lo estaba. Dunworthy anotó los
nombres y números en uno de los panfletos, le dio las gracias al tutor sénior,
y comenzó a llamar a los teléfonos de la lista.
El primer teléfono que marcó estaba
comunican¬do. Los otros le dieron tono de comunicando antes de terminar
siquiera de teclear los prefijos, y en el último una voz computarizada le
interrumpió y dijo:
—Todas las líneas están ocupadas. Por
favor, llame más tarde.
Llamó a Balliol, tanto al salón como a
su propio despacho. No recibió respuesta en ninguno de los dos
números. Finch debía haber llevado a las
americanas a Londres a escuchar el Big Ben.
Gilchrist estaba a su lado, esperando
para usar el teléfono. Latimer se había acercado al carrito del té e intentaba
conectar la tetera eléctrica. La auxiliar des¬pertó de su modorra para
ayudarle.
—¿Ha terminado con el teléfono?
—preguntó Gil¬christ, de mal talante.
—No —replicó Dunworthy, y trató de
localizar a Finch de nuevo. Seguía sin haber respuesta.
Colgó.
—Exijo que haga volver a su técnico a
Oxford y que saque de allí a Kivrin. Ahora. Antes de que se mar¬che del lugar
del lanzamiento.
—¿Usted lo exige? —exclamó Gilchrist—.
Debo recordarle que este lanzamiento es de Medieval, no suyo.
—No importa de quién sea —dijo
Dunworthy, in¬tentando controlar su temperamento—. La política de la
Universidad es abortar los lanzamientos si se presen¬ta algún tipo de problema.
—Debo recordarle también que el único
problema que hemos encontrado en este lanzamiento es que us¬ted no hizo
examinar a su técnico en busca de dorfinas. —Extendió la mano hacia el
teléfono—. Yo decidiré si y cuándo hay que interrumpir este lanzamiento.
Sonó el teléfono.
—Aquí Gilchrist. Un momento, por favor.
—Le tendió el teléfono a Dunworthy.
—Señor Dunworthy —dijo Finch, con voz
apura¬da—. Gracias a Dios. Le he estado llamando a todas partes. No creerá las
dificultades que he tenido.
—He estado ocupado —replicó Dunworthy,
antes de que Finch pudiera hacer recuento de sus dificulta¬des—. Ahora escuche
con atención. Tiene que ir a re¬coger el archivo de Badri Chaudhuri a la
oficina del administrador. La doctora Ahrens lo necesita. Llámela. Está aquí en
el hospital. Insista en que desea hablar di¬rectamente con ella. Le dirá qué
información quiere del archivo.
—Sí, señor —dijo Finch, quien cogió
papel y lápiz y empezó a tomar rápidas notas.
—En cuanto lo haya hecho, vaya
directamente al New College y vea al tutor sénior. Dígale que tengo que hablar
con él de inmediato y déle este número de teléfono. Dígale que es una
emergencia, que es esencial que localicemos a Basingame. Debe volver a Oxford
de inmediato.
—¿Cree que podrá, señor?
—¿Qué quiere decir? ¿Ha habido algún
mensaje de Basingame? ¿Le ha pasado algo?
—No que yo sepa, señor.
—Bien, por supuesto que tendrá que
volver. Sólo está en viaje de pesca, no es un viaje de trabajo. Des¬pués de
hablar con el tutor sénior, pregunte a todos los estudiantes y miembros del
personal que pueda. Tal vez alguien tenga idea de dónde está Basingame. Y de
paso, averigüe si alguno de sus técnicos está aquí en Oxford.
—Sí, señor. ¿Pero qué hago con las
americanas?
—Tendrá que decirles que siento no
haberlas podi¬do atender, pero que me he visto en un compromiso ineludible. Se
supone que se marcharán a Ely a las cua¬tro, ¿no?
—Sí, pero...
—¿Pero qué?
—Bueno, señor, las llevé a ver el Gran
Tom y la vieja iglesia de Marston y todo eso, pero cuando inten¬té llevarlas a
Iffley, nos detuvieron.
—¿Los detuvieron? ¿Quién?
—La policía, señor. Habían emplazado
barricadas. Lo cierto es que las americanas están muy molestas con su concierto
de campanas.
—¿Barricadas? —se extrañó Dunworthy.
—Sí, señor. En la A4158. ¿He de alojar a
las ameri¬canas en Salvin, señor? William Gaddson y Tom Gailey están en la
escalera norte, pero están pintando Basevin.
—No entiendo nada —refunfuñó Dunworthy—.
¿Por qué los detuvieron?
—La cuarentena —explicó Finch,
sorprendido—. Podría alojarlas en Fisher's. Han desconectado la cale¬facción
durante las vacaciones, pero podrían encender las chimeneas.
TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL
JUICIO FINAL
(000618-000735)
He vuelto al punto de llegada. Está un
poco apar¬tado de la carretera. Voy a arrastrar la carreta hasta el camino para
que las posibilidades de que me vean sean mayores, pero si no aparece nadie en
la próxima media hora, pienso ir caminando a Skendgate, que he locali¬zado
gracias a las campanadas de vísperas.
Estoy experimentando un considerable
desajuste temporal. Me duele mucho la cabeza y sigo teniendo escalofríos. Los
síntomas son peores de lo que me ha¬bían advertido Badri y la doctora Ahrens.
Sobre todo el dolor de cabeza. Me alegro de que la aldea no quede lejos.
5
Cuarentena. Por supuesto, pensó
Dunworthy. El auxiliar médico enviado a recoger a Montoya, y las preguntas de
Mary acerca de Paquistán, y todos ellos en aquella habitación aislada con una
enfermera vigi¬lando la puerta. Por supuesto.
—Entonces, ¿le parece bien Salvin para
las ameri¬canas? —preguntaba Finch.
—¿Dijo la policía el motivo de la
cuaren...? —se in¬terrumpió. Gilchrist le observaba, pero a Dunworthy no le
parecía que pudiera ver la pantalla desde donde es¬taba. Latimer se encontraba
junto al carrito de té, inten¬tando abrir un paquete de azúcar. La auxiliar
médico dormía—. ¿Dijo la policía por qué se habían tomado esas precauciones?
—No, señor. Sólo que se trataba de
Oxford y sus inmediaciones, y que contactara con el Ministerio de Sanidad para
recibir instrucciones.
—¿Lo hizo usted?
—No, señor, lo he estado intentando. No
puedo comunicar. Todas las líneas están ocupadas. Las ameri¬canas han intentado
llamar a Ely para cancelar su con¬cierto, pero las líneas están saturadas.
Oxford e inmediaciones. Eso significaba
que ha-
bían detenido el metro también, y el
tren bala a Lon¬dres, además de bloquear todas las carreteras. No era de
extrañar que las líneas estuvieran saturadas.
—¿Cuánto tiempo hace de eso? ¿Cuándo
iban us¬tedes hacia Iffley?
—Fue un poco después de las tres, señor.
He esta¬do telefoneando desde entonces, intentando localizar¬le, y luego pensé
que ya lo sabría. Llamé al hospital y luego empecé a hacerlo a todos los
hospitales.
No lo sabía, pensó Dunworthy. Intentó
recordar las condiciones necesarias para establecer una cuaren¬tena. Las
regulaciones originales la exigían en cada caso de «enfermedad no identificada
o sospecha de conta-gio», pero habían sido aprobadas en la primera histeria
tras la Pandemia, y desde entonces habían sufrido en¬miendas y recortes, de
modo que Dunworthy no tenía ni idea de dónde se encontraban ahora.
Sí sabía que unos años antes habría sido
«identifica¬ción absoluta de una peligrosa enfermedad infecciosa», porque en
los periódicos hubo un alboroto cuando la fiebre de Lasa se reprodujo durante
tres semanas en un pueblo de España. Los médicos locales no habían
iden¬tificado el virus, y todo se redujo a un incremento de las regulaciones,
pero no sabía si habían tenido éxito.
—¿Les asigno entonces habitaciones en
Salvin, se¬ñor? —insistió Finch.
—Sí. No. Alójelas en la sala común
júnior por aho¬ra. Podrán practicar su ritmo o lo que quiera que hagan. Consiga
el archivo de Badri y telefonee. Si las líneas están ocupadas, será mejor que
llame a este número. Estaré aquí aunque la doctora Ahrens se vaya. Y luego
averi¬güe qué ha sido de Brasingame. Localizarlo es más im¬portante que nunca.
Puede asignar más tarde las habita¬ciones a las americanas.
—Están muy molestas, señor.
Yo también, pensó Dunworthy.
—Dígale a las americanas que averiguaré
lo que
pueda sobre la situación y llamaré. —Vio
cómo la pan¬talla se volvía gris.
—Se muere de ganas por informar a
Basingame de lo que considera un fallo de Medieval, ¿eh? —masculló Gilchrist—.
A pesar de que ha sido su técnico quien ha puesto en peligro este lanzamiento
consumiendo dro¬gas, un hecho del que puede estar seguro que informa¬ré al
señor Basingame a su retorno.
Dunworthy miró a su digital. Eran las
cuatro y me¬dia. Finch había dicho que los habían detenido poco después de las
tres. Una hora y media. Oxford sólo ha¬bía tenido dos cuarentenas en los
últimos años. Una ha¬bía resultado ser una reacción alérgica a una inyección, y
la otra nada más que una broma estudiantil. Las dos fueron canceladas en cuanto
tuvieron los resultados de los análisis de sangre, que no habían tardado ni un
cuar¬to de hora. Mary había extraído sangre en la ambulan¬cia. Dunworthy había visto
al auxiliar tender los frascos al encargado cuando llegaron a Admisiones. Había
ha¬bido tiempo de sobra para obtener los resultados.
—Estoy seguro de que al señor Basingame
tam¬bién le interesará oír que fue su fallo en hacer los análi¬sis a su técnico
lo que puso en peligro este lanzamiento —prosiguió Gilchrist.
Dunworthy tendría que haber reconocido
los sín¬tomas como infección. La baja presión sanguínea de Ba-dri, su
respiración entrecortada, la elevada temperatura. Mary incluso había dicho en
la ambulancia que tenía que ser una infección de algún tipo para tener una
tem¬peratura tan alta, pero él había supuesto que se refería a una infección
localizada, estafilococos o inflamación del apéndice. ¿Y qué enfermedad podría
ser? La viruela y el tifus habían sido erradicados ya en el siglo XX, y la
polio en éste. Las bacteriales no tenían ninguna oportu¬nidad contra los
anticuerpos, y las antivirales funciona¬ban tan bien que nadie sufría ya ni un
resfriado.
—Parece muy extraño que después de
preocuparse tanto por las precauciones que tomaba Medieval, ni siquiera se le
ocurriera examinar a su técnico en busca de drogas —machacó Gilchrist.
Tenía que ser una enfermedad del Tercer
Mundo. Mary había hecho todas aquellas preguntas sobre si Ba-dri había salido
de la Comunidad, sobre sus parientes paquistaníes. Pero Paquistán no pertenecía
al Tercer Mundo, y Badri no podría haber salido de la Comuni¬dad sin ponerse
toda una serie de vacunas. Y no había salido de la CEE. A excepción de aquel
trabajo en Hun¬gría, había pasado en Inglaterra todo el trimestre.
—Quisiera utilizar el teléfono —decía
Gilchrist—. Estoy de acuerdo en que necesitamos a Basingame para encauzar las
cosas.
Dunworthy aún tenía el teléfono en la
mano. Lo miró parpadeando, sorprendido.
—¿Pretende impedirme que telefonee a
Basinga¬me? —dijo Gilchrist.
Latimer se levantó.
—¿Qué pasa? —dijo, los brazos extendidos
como si pensara que Dunworthy podría abalanzarse hacia ellos—. ¿Qué ocurre?
—Badri no está drogado —respondió
Dunworthy a Gilchrist—. Está enfermo.
—No comprendo cómo puede asegurarlo sin
ha¬ber hecho un análisis —replicó Gilchrist, mirando el teléfono.
—Estamos en cuarentena —declaró
Dunworthy—. Es una especie de enfermedad infecciosa.
—Es un virus —terció Mary desde la
puerta—. No lo hemos secuenciado todavía, pero los resultados pre¬liminares lo
identifican como una infección viral.
Se había desabrochado el abrigo, que
ahora ondea¬ba tras ella como la capa de Kivrin mientras entraba en la
habitación. Llevaba una bandeja de laboratorio llena de equipo y bolsas de
papel.
—Las pruebas indican que probablemente
es un mixovirus —añadió, colocando la bandeja sobre una de las mesas del
fondo—. Los síntomas de Badri coin¬ciden con esta teoría: fiebre alta,
desorientación, dolor de cabeza.
Definitivamente, no es un retrovirus o un picornavirus, lo cual es una buena
noticia, pero pasará algún tiempo antes de que lo identifiquemos plena-mente.
Acercó dos sillas a la mesa y se sentó
en una.
—Lo hemos notificado al World Influenza
Centre de Londres y les hemos enviado muestras para que las identifiquen y
secuencien. Hasta que tengamos una identificación positiva, se ha declarado una
cuarentena temporal según especifican las regulaciones del Minis¬terio de
Sanidad en casos de posibles condiciones epi¬démicas. —Se colocó un par de
guantes impermeables.
—¡Una epidemia! —exclamó Gilchrist,
dirigiendo una furiosa mirada a Dunworthy, como si lo acusara de haber
preparado la cuarentena para desacreditar a Medieval.
—Posibles condiciones epidémicas
—corrigió Ma-ry, abriendo una de las bolsas de papel—. Todavía no hay epidemia.
Badri es el único caso hasta el momento. Hemos hecho una comprobación por
ordenador en la Comunidad, y no se han detectado otros casos con el perfil de
Badri, lo cual también es buena noticia.
—¿Cómo puede tener una infección viral?
—dijo Gilchrist, todavía mirando a Dunworthy—. Supongo que el señor Dunworthy
no se molestó en comprobar eso tampoco.
—Badri es empleado de la Universidad
—dijo Ma-ry—. Debería haber pasado las habituales pruebas físi¬cas y
antivirales de principio de trimestre.
—¿No lo saben? —se exasperó Gilchrist.
—Administración está cerrada por
Navidad. No he podido contactar con el administrador, y no puedo conseguir los
archivos de Badri sin su número de la Se¬guridad Social.
—He enviado a mi secretario a la oficina
de nuestro administrador para ver si tenemos copias en papel de los archivos de
la Universidad —dijo Dunworthy—. Al menos deberíamos tener su número.
—Bien —asintió Mary—. Podremos averiguar
mucho más sobre el tipo de virus con el que estamos tratando cuando sepamos qué
antivirales ha recibido Badri y cuándo. Puede que tenga un historial de
reac¬ciones anómalas, y también es posible que se le haya pasado por alto una
inoculación de temporada. ¿Co¬noces su religión? ¿Es neohindú?
Dunworthy negó con la cabeza.
—Es anglicano —respondió, sabiendo
adonde que¬ría llegar Mary. Los neohindúes creían que toda vida era sagrada,
incluyendo los virus. Se negaban a ser vacuna¬dos o inoculados para no matar a
los virus, si matar era la palabra adecuada. La Universidad les dejaba en paz
en el terreno religioso, pero no les permitía vivir en un cole¬gio mayor—.
Badri tenía su certificación de principios de trimestre. Nunca le habrían
permitido trabajar en la red sin ella.
Mary asintió, como si ya hubiera llegado
por su cuenta a la misma conclusión.
—Como decía, es muy probable que se
trate de una anomalía.
Gilchrist empezó a decir algo, pero se
interrumpió cuando se abrió la puerta. La enfermera de guardia en¬tró, llevando
una mascarilla y una bata, y lápices y pa¬pel en las manos enguantadas.
—Como precaución, debemos examinar a
todas aquellas personas que han estado en contacto con el pa¬ciente, para
buscar anticuerpos. Necesitaremos mues¬tras de sangre y temperatura, y será
conveniente que cada uno de ustedes haga una lista de sus contactos y de los
del señor Chaudhuri.
La enfermera tendió varias hojas de
papel y un lá¬piz a Dunworthy. La hoja superior era un impreso de ingreso en el
hospital. La de debajo estaba titulada «Primarios», y estaba dividida en
columnas marcadas «Nombre, lugar, hora». La última hoja era igual, pero
indicaba «Secundarios».
—Ya que Badri es nuestro único caso
—explicó Mary—, le consideramos el caso índice. Todavía no te¬nemos un modo
positivo de transmisión, así que deben apuntar ustedes a cualquier persona que
haya tenido algún contacto con él, aunque fuese momentáneo. To¬das aquellas
personas con las que haya hablado, a las que haya tocado, o haya tenido algún
contacto.
Dunworthy tuvo una súbita imagen de
Badri incli¬nado sobre Kivrin, ajustándole la manga, moviéndole el brazo.
—Todos los que puedan haber quedado
expuestos —concluyó Mary.
—Incluyéndonos a todos nosotros —dijo el
au¬xiliar.
—Sí —afirmó Mary.
—Y Kivrin —señaló Dunworthy.
Por un momento, pareció como si ella no
tuviese ni idea de quién era Kivrin.
—-La señorita Engle recibió antivirales
para todo el espectro, y potenciación de leucocitos-T —dijo Gilchrist—. No
correrá ningún peligro, ¿verdad?
La doctora Ahrens vaciló sólo un
instante.
—No. No tuvo ningún contacto con Badri
antes de esta mañana, ¿verdad?
—El señor Dunworthy tan sólo me ofreció
em¬plear a su técnico hace dos días —dijo Gilchrist, quien casi arrancó el
lápiz y papel de las manos de la enfer¬mera—. Por supuesto, yo asumí que el
señor Dunwor¬thy había tomado las mismas precauciones con sus téc¬nicos que las
que toma Medieval con los suyos. Sin embargo, es evidente que no lo hizo, y
pueden estar se¬guros de que informaré al señor Basingame de su negli¬gencia.
—Si el primer contacto de Kivrin con
Badri fue esta mañana, ya estaba plenamente protegida —asegu¬ró Mary—. Señor
Gilchrist, si fuese tan amable... —In¬dicó la silla; él se acercó y se sentó.
Mary cogió uno de los impresos de la
enfermera y alzó la hoja marcada «Primarios».
—Toda persona con la que Badri haya
tenido con¬tacto es un contacto primario. Toda persona con la que ustedes hayan
tenido contacto es un secundario. Me gustaría que hicieran una lista en esta
hoja de todos los contactos que hayan tenido con Badri Chaudhuri du¬rante los
tres últimos días, y cualquier contacto de él que conozcan. En esta hoja —alzó
el papel marcado «Secundarios»—, incluyan todos sus contactos con la hora en
que se realizaron. Empiecen por el presente y vayan retrocediendo en el tiempo.
Metió un temp en la boca de Gilchrist,
sacó un mo¬nitor portátil de su envoltorio de papel, y se lo pegó a la muñeca.
La enfermera pasó los papeles a Latimer y la auxiliar. Dunworthy se sentó y
empezó a llenar los suyos.
El impreso del hospital preguntaba su
nombre, nú¬mero de la Seguridad Social y un historial médico com¬pleto, cosa
que sin duda el número de la Seguridad Social podía conseguir con más detalle
que su memo¬ria. Enfermedades. Operaciones. Vacunas. Si Mary no tenía el número
de la Seguridad Social de Badri, eso significaba que seguía inconsciente.
Dunworthy no tenía ni idea de cuándo le
habían puesto las últimas vacunas antivirales de principios de trimestre.
Colocó un signo de interrogación al lado, pasó a la hoja de Primarios, y
escribió su propio nombre en la parte superior de la columna. Latimer,
Gilchrist, los dos auxiliares. No sabía sus nombres, y la mujer estaba todavía
dormida. Sostenía los papeles en una ma¬no, los brazos cruzados sobre el pecho.
Dunworthy se preguntó si debería incluir en la lista los médicos y enfermeros
que habían atendido a Badri a su llegada. Es¬cribió: «Personal del Departamento
de Admisiones», y luego un signo de interrogación. Montoya.
Y Kivrin, quien según Mary estaba
plenamente protegida. «Algo falla», había dicho Badri. ¿Se refería a esta
infección? ¿Había advertido que se ponía enfermo mientras intentaba hacer el
ajuste y fue corriendo al pub para decirles que había contagiado a Kivrin?
El pub. No había nadie allí, excepto el
camarero. Y Finch, pero se había marchado antes de que llegara Ba¬dri.
Dunworthy levantó la hoja y escribió el nombre de Finch en «Secundarios», y
luego volvió a la primera página y escribió «camarero de El Cordero y la Cruz».
El pub estaba vacío, pero las calles no. Vio a Badri mentalmente, abriéndose
paso entre la multitud navi¬deña, chocando con la mujer del paraguas de flores
y dejando atrás al anciano y el niñito del terrier blanco. «Toda persona con la
que haya tenido contacto», había dicho Mary. Miró a Mary, quien sostenía la
muñeca de Gilchrist y hacía cuidadosas entradas en un registro. ¿Intentaría
tomar muestras de sangre y temperatura a todas las personas que aparecieran en
las listas? Era im¬posible. Badri había tocado o rozado o respirado junto a
docenas de personas en su larga carrera hacia Brase-nose, y ni Dunworthy ni el
propio Badri reconocerían a ninguna de ellas. Sin duda había entrado en
contacto con muchas más camino del pub, y cada una de ellas habría entrado en
contacto... ¿con cuántas más en las tiendas abarrotadas ?
Después escribió: «Gran número de
consumidores y peatones, High Street (?)», trazó una línea, y trató de recordar
las otras ocasiones en que había visto a Badri. No le había pedido que
dirigiera la red hasta hacía dos días, cuando supo por Kivrin que Gilchrist
pretendía utilizar a un estudiante de primer curso.
Badri acababa de volver de Londres
cuando Dun¬worthy le telefoneó. Kivrin estaba en el hospital ese día para su
último examen, lo cual era un alivio. No pudo tener ningún contacto con él
entonces, y Badri había estado en Londres antes de eso.
El martes, Badri fue a ver a Dunworthy
para decir¬le que había revisado las coordenadas del estudiante de primero y
hecho una comprobación total de sistemas. Dunworthy no estaba allí, así que le
dejó una nota. Kivrin había ido a
Balliol el martes también, para ense¬ñarle su disfraz, pero eso fue por la
mañana. En su nota, Badri decía que pasaría toda la mañana en la red. Y Kivrin
comentó que iba a ver a Latimer en el Bod-leian por la tarde. Pero podría haber
vuelto a la red des¬pués, o estado allí antes de ir a enseñarle la ropa.
La puerta se abrió, y la enfermera hizo
pasar a Montoya. Tenía la cazadora terrorista y los vaqueros empapados. Debía
de estar lloviendo todavía.
—¿Qué pasa? —le preguntó a Mary, quien
estaba etiquetando una ampolla con la sangre de Gilchrist.
—Por lo visto —dijo Gilchrist, sujetando
un algo¬dón contra su brazo—, el señor Dunworthy no hizo que su técnico fuera
debidamente inoculado antes de dirigir la red, y ahora está en el hospital con
una tempe¬ratura de treinta y nueve coma cinco. Al parecer sufre algún tipo de
fiebre exótica.
—¿Fiebre? —preguntó Montoya, asombrada—.
¿No es treinta y nueve coma cinco una cifra baja?
—Son ciento tres grados Farenheit
—explicó Mary, guardando la ampolla—. La infección de Badri proba¬blemente sea
contagiosa. Necesito hacerle algunas pruebas. Tendrá que anotar todos sus
contactos y los de Badri.
—Muy bien —asintió Montoya. Se sentó en
la silla que Gilchrist había dejado libre y se quitó la cazadora. Mary le
pinchó el brazo y le insertó un nuevo vial y una jeringuilla desechable—.
Acabemos pronto. Tengo que volver a la excavación.
—No puede volver —bufó Gilchrist—. ¿No
se ha enterado? Estamos en cuarentena, gracias al descuido del señor Dunworthy.
—¿Cuarentena? —dijo ella, y se sacudió
de forma que la jeringuilla le saltó. La idea de contraer una enfer¬medad no la
había afectado en absoluto, pero la men¬ción de la cuarentena, sí—. Tengo que
volver —suplicó a Mary—. ¿Significa eso que tengo que quedarme aquí?
—Hasta que tengamos los resultados de
los análi¬sis de sangre —dijo Mary, intentando encontrar una vena.
—¿Cuánto tardará eso? —preguntó Montoya,
in¬tentando mirar su digital con el brazo en que trabajaba Mary—. El tipo que
me trajo ni siquiera me dejó cubrir la excavación o conectar los calefactores,
y allí está llo¬viendo a cántaros. La excavación se llenará de agua si no voy.
—Lo que se tarde en obtener las muestras
de san¬gre de todos ustedes y hacer un recuento de anticuer¬pos —respondió
Mary, y Montoya debió de captar el mensaje, porque enderezó el brazo y lo dejó
quieto.
Mary llenó un vial con su sangre, le dio
un temp, y le colocó un taquiobrazalete. Dunworthy la observó, preguntándose si
se estaba ajustando a la verdad. No había dicho que Montoya pudiera marcharse
después de los resultados de los análisis, sólo que tenía que que¬darse allí
hasta que estuvieran listos. ¿Y luego qué? ¿Los llevarían a un pabellón de
aislamiento juntos o por separado? ¿O les administrarían algún tipo de
me-dicación? ¿O harían más pruebas?
Mary le quitó a Montoya el
taquiobrazalete y le tendió el último fajo de impresos.
—¿Señor Latimer? Usted es el siguiente.
Latimer se levantó, con los papeles en
la mano. Los miró confundido, luego los dejó sobre la silla en que había estado
sentado y se dirigió a Mary. A mitad de camino, se dio la vuelta y regresó a
por la bolsa de compras de Mary.
—Oh, gracias —dijo ella—. Déjela junto a
la mesa, ¿quiere? Estos guantes están esterilizados.
Latimer soltó la bolsa, volcándola un
poco. El ex¬tremo de la bufanda cayó al suelo. Metódicamente, la recogió.
—Me había olvidado por completo de que
la había dejado allí—dijo Mary, observándole—. Con tanto aje¬treo, yo... —Se
llevó a la boca la mano enguantada—. ¡Oh, Dios mío! ¡Colin! Me había olvidado
de él. ¿Qué hora es?
—Las cuatro cero ocho —dijo Montoya,
mirando su digital.
—Y él llegaba a las tres —exclamó Mary,
levantán¬dose y derribando los frascos de sangre.
—Al ver que no estabas allí, tal vez se
haya ido a tu casa —dijo Dunworthy.
Mary sacudió la cabeza.
—Es la primera vez que visita Oxford.
Por eso le dije que iría a recibirlo. No me he acordado de él hasta ahora
—dijo, casi para sí.
—Bueno, entonces todavía estará en la
estación de metro. ¿Voy y lo recojo?
—No. Has estado expuesto.
—Telefonearé a la estación, entonces.
Puedes de¬cirle que coja un taxi hasta aquí. ¿Adonde venía? ¿A Cornmarket?
—Sí, Cornmarket.
Dunworthy llamó a información, consiguió
con¬tactar a la tercera llamada, obtuvo el número en la pan¬talla, y llamó a la
estación. La línea estaba ocupada. Pulsó la tecla de desconexión y volvió a
marcar el nú¬mero.
—¿Colin es su nieto? —preguntó Montoya.
Ha¬bía apartado los papeles. Los demás no parecían pres¬tar atención a este
último incidente. Gilchrist iba lle¬nando los impresos y ponía mala cara, como
si todo aquello fuera un ejemplo más de negligencia e incompetencia. Latimer
estaba pacientemente sentado junto a la bandeja, con la manga subida. La
auxiliar seguía dormida.
—Colin es mi sobrino nieto —explicó
Mary—. Venía en el metro para pasar la Navidad conmigo.
—¿A qué hora se impuso la cuarentena?
—A las tres y diez —respondió Mary.
Dunworthy alzó la mano para indicar que
había conseguido comunicar.
—¿Es la estación de metro de Cornmarket?
—dijo. Evidentemente, lo era. Se veían las puertas y a una mu¬chedumbre tras un
jefe de estación de aspecto irrita¬do—. Es para informarme acerca de un chico
que venía en el metro a las tres. Tiene doce años. Venía de Lon¬dres —Dunworthy
colocó la mano sobre el receptor y preguntó a Mary—: ¿Qué aspecto tiene?
—Es rubio, con los ojos azules. Alto
para su edad.
—Alto —dijo Dunworthy, intentando
hacerse oír por encima del bullicio de la multitud—. Se llama Colin...
—Templer —añadió Mary—. Deirdre dijo que
tomó el metro en Marble Arch a la una.
—Colin Templer. ¿Le ha visto?
—¿Qué demonios quiere decir con eso?
—gritó el jefe de estación—. Hay quinientas personas en esta es¬tación y usted
quiere saber si he visto a un niño peque¬ño. Mire este caos.
La visual mostró bruscamente una
multitud con¬gregada. Dunworthy la observó, buscando a un chico alto, con
cabello rubio y ojos azules. Luego la imagen volvió al jefe de estación.
—Hay una cuarentena temporal —gritó por
enci¬ma del rugido que parecía intensificarse por momen¬tos—, y tengo la
estación llena de gente que quiere sa¬ber por qué han parado los trenes y por
qué no hago algo al respecto. Ya no sé cómo impedir que destrocen este lugar.
No puedo ocuparme de un niño.
—Se llama Colin Templer —gritó
Dunworthy—. Su tía abuela tenía que encontrarse allí con él.
—Bien, ¿entonces por qué no lo hace y me
quita un problema de encima? Tengo una muchedumbre enfurecida que quiere saber
cuánto tiempo va a durar la cuarentena y por qué no hago nada. —La
comunica-ción se cortó bruscamente. Dunworthy se preguntó si había colgado o si
algún comprador furioso le había arrancado el teléfono de la mano.
—¿Le ha visto el jefe de estación?
—preguntó Mary.
—No. Tendrás que enviar a alguien a
recogerlo.
—Sí, claro. Enviaré a un miembro del
personal —suspiró ella, y se marchó.
—La cuarentena se impuso a las tres y
diez, y el chico no debía llegar hasta las tres —intervino Monto-ya—. Tal vez
llegó tarde.
Esta posibilidad no se le había ocurrido
a Dun¬worthy. Si la cuarentena se había declarado antes de que el tren llegara
a Oxford, habría sido detenido en la estación más cercana y los pasajeros
desviados o de¬vueltos a Londres.
—Vuelva a llamar a la estación —pidió,
tendiéndo¬le el teléfono. Le dio el número—. Dígales que su tren salió de
Marble Arch a la una. Haré que Mary telefonee a su sobrina. Tal vez Colin ya
haya vuelto.
Salió al pasillo para pedirle a la
enfermera que loca¬lizara a Mary, pero no estaba allí. Mary debía de haber¬la
enviado a la estación.
No había nadie en el pasillo. Miró en la
cabina que había utilizado antes y luego marcó el número de Ba-lliol. Después
de todo, cabía la remota posibilidad de que Colin hubiera ido al apartamento de
Mary. Envia¬ría a Finch allí y, si no lo encontraba, que se dirigiera a la
estación. Era muy probable que hiciera falta más de una persona para localizar
al chico en aquel lío.
—Hola —dijo una mujer.
Dunworthy miró con el ceño fruncido al
número que había marcado, pero no se había equivocado.
—Estoy intentando localizar al señor
Finch en Ba-lliol College.
—No está aquí ahora mismo —respondió la
mujer, obviamente americana—. Soy la señora Taylor. ¿Quie¬re dejarle un
mensaje?
Debía de ser una de las campaneras. Era
más joven de lo que esperaba, poco más de treinta años, y parecía muy delicada
para dedicarse a tocar campanas.
—¿Podría decirle que llame al señor
Dunworthy al hospital en cuanto regrese, por favor?
—Señor Dunworthy. —Ella lo anotó, y
entonces alzó bruscamente la cabeza—. Señor Dunworthy —re¬pitió con un tono de
voz absolutamente distinto—, ¿es usted la persona responsable de que estemos
prisione¬ras aquí?
No había ninguna buena respuesta a eso.
No ten¬dría que haber llamado al salón común. Había enviado a Finch al despacho
del administrador.
—El Ministerio de Sanidad instaura
cuarentenas temporales en casos de enfermedad no identificada. Es una medida
preventiva. Lamento que les haya causado inconveniencias. He dado instrucciones
a mi secretario para que su estancia sea agradable, y si hay algo que pueda
hacer por ustedes...
—¿Hacer? ¿Hacer? Puede llevarnos a Ely,
eso es lo que puede hacer. Mis campaneras tenían que dar un concierto en la
catedral a las ocho, y mañana debemos estar en Norwich. Vamos a tocar un
repique en Nochebuena.
Dunworthy no estaba dispuesto a ser
quien le anunciara que no iban a estar en Norwich al día siguiente.
—Estoy seguro de que en Ely ya son
conscientes de la situación, pero puedo telefonear a la catedral y explicar...
—¡Explicar! Tal vez le gustaría
explicármelo a mí también. No estoy acostumbrada a verme privada de mis
libertades civiles de esta forma. En Estados Unidos, nadie soñaría con decir
dónde puedes y no puedes ir.
Y más de treinta millones de
norteamericanos mu¬rieron durante la Pandemia como resultado de esa for¬ma de
pensar.
—Le aseguro, señora, que la cuarentena
es sola¬mente para protegerlas, y que todas las fechas de sus conciertos
volverán a fijarse. Mientras tanto, Balliol se enorgullece de tenerlas como
invitadas. Deseo de todo corazón conocerla en persona. Su reputación la
precede.
Y si eso fuera cierto, pensó, le habría
dicho queOxford estaba en cuarentena cuando escribió solicitando permiso para
venir.
—No hay manera de volver a fijar un
repique de Nochebuena. íbamos a tocar un repique nuevo, el Chi¬cago Surprise
Minor. La Capilla de Norwich cuenta con que estemos allí, y le aseguro que...
Dunworthy pulsó el botón de desconexión.
Finch probablemente estaba en el
despacho del ad¬ministrador, buscando los archivos médicos de Badri, pero
Dunworthy no pensaba arriesgarse a encontrarse con otra campanera. En cambio,
buscó el número de Transportes Regionales y empezó a marcarlo.
La puerta del fondo del pasillo se abrió
y apareció Mary.
—Estoy intentando con Transportes
Regionales —anunció Dunworthy, mientras terminaba de marcar el número. Le pasó
el teléfono.
Ella lo rechazó, sonriendo.
—No importa. Acabo de hablar con
Deirdre. El tren de Colin fue detenido en Barton. Los pasajeros fueron llevados
de vuelta a Londres. Ella va a ir a Mar-ble Arch a recogerlo. —Suspiró—.
Deirdre no parecía muy contenta. Pensaba pasar la Navidad con la familia de su
nuevo compañero, y creo que prefería que el niño no estuviera presente, pero
qué se le va a hacer. Me alegro de que no se vea mezclado en todo esto.
Él pudo percibir el alivio en su voz.
Recogió el te¬léfono.
—¿Tan malo es?
—Acabamos de recibir la identificación
prelimi¬nar. Es un mixovirus tipo A, sin ninguna duda. Gripe.
Él esperaba algo peor, alguna fiebre del
Tercer Mundo o un retrovirus. Había sufrido la gripe en los días anteriores a
las antivirales. Se había sentido fatal, congestionado, febril y dolorido
durante unos cuantos días, y luego se recuperó simplemente a base de des¬cansar
y tomar líquidos.
—¿Retirarán la cuarentena, entonces?
—No, hasta que tengamos los archivos
médicos de Badri. Sigo esperando que se haya saltado su última dosis de
antivirales. De lo contrario, tendremos que es¬perar hasta que localicemos la
fuente.
—Pero se trata sólo de la gripe.
—Si hay un pequeño cambio antigénico, de
un punto o dos, es sólo la gripe —corrigió ella—. Si hay un cambio mayor, es
influenza, que es un asunto com¬pletamente distinto. La pandemia de la Gripe
Española de 1918 era un mixovirus. Mató a veinte millones de personas. Los
virus mutan cada pocos meses. Los antí-genos de su superficie cambian, de forma
que los hace irreconocibles para el sistema inmunológico. Por eso las vacunas
son necesarias en cada estación. A pesar de ello, no sirven de nada contra
grandes cambios.
—¿Y es éste el caso?
—Lo dudo. Las mutaciones importantes
sólo su¬ceden cada diez años o así. Creo que lo más probable es que Badri no
recibiera su vacuna estacional. ¿Sabes si tuvo que trasladarse a principios de
trimestre?
—No. Pero es posible.
—Si tuvo algún trabajo urgente, es probable
que se le olvidara, y en ese caso lo único que tiene es la gripe de este
invierno.
—¿Y Kivrin? ¿Recibió las vacunas
estacionales?
—Sí, y antivirales en todo el espectro y
potencia¬ción de leucocitos-T. Está plenamente protegida.
—¿Aunque sea influenza?
Ella vaciló una fracción de segundo.
—Si estuvo expuesta al virus a través de
Badri esta mañana, está plenamente protegida.
—¿Y si se encontró con él antes?
—Si te respondo, sólo servirá para que
te preocu¬pes. —Respiró hondo—. La potenciación y las antivi¬rales se le
administraron para que tuviera inmunidad total al principio del lanzamiento.
—Y Gilchrist lo adelantó dos días —dijo
Dunworthy amargamente.
—Yo no habría permitido que fuera si no
creyera que se encontraba bien.
—Pero no contaste con la posibilidad de
que estu¬viera expuesta a un virus de influenza antes de mar¬charse siquiera.
—No, pero eso no cambia nada. Tiene
inmunidad parcial, y no estamos seguros de que estuviera expues¬ta. Badri
apenas se le acercó.
—¿Y si estuvo expuesta antes?
—Sé que no debería de habértelo dicho
—suspiró Mary—. La mayoría de los mixovirus tienen un perío¬do de incubación de
doce a cuarenta y ocho horas. Aunque Kivrin estuviera expuesta hace dos días,
ha¬bría tenido suficiente inmunidad para impedir que el virus se replicara lo
suficiente para causar más que sín¬tomas menores. Pero no es influenza. —Le
palmeó el brazo—. Y estás olvidando las paradojas. Si hubiera es¬tado expuesta,
habría sido altamente contagiosa. La red no la habría dejado pasar.
Tenía razón. Las enfermedades no podían
atrave¬sar la red si existía alguna posibilidad de que los contemporáneos las
contrajeran. Las paradojas no lo per¬mitirían. La red no se habría abierto.
—¿Cuáles son las probabilidades de que
la pobla¬ción de 1320 sea inmune? —preguntó.
—¿A un virus actual? Casi ninguna. Hay
mil ocho¬cientos puntos posibles de mutación. Los contemporá¬neos tendrían que
tener todos el virus exacto, o serían vulnerables.
Vulnerables.
—Quiero ver a Badri —dijo—. Cuando llegó
al pub, dijo que algo fallaba. Lo estuvo repitiendo en la ambulancia camino del
hospital.
—Algo falla —contestó Mary—. Sufre una
grave infección vírica.
—O sabe que ha contagiado a Kivrin. O no
hizo el ajuste.
—Dijo lo contrario. —Ella le miró,
compasiva—. Supongo que es inútil decirte que no te preocupes por Kivrin. Ya
has visto cómo acabo de actuar con respecto a Colin. Pero hablaba en serio
cuando dije que los dos están a salvo. Kivrin está mucho mejor que aquí,
inclu¬so entre esos ladrones y asesinos que no paras de ima¬ginar. Al menos no
tendrá que tratar con las regulacio¬nes de cuarentena del Ministerio de
Sanidad.
Él sonrió.
—O con las campaneras americanas.
América no ha sido descubierta todavía. —Extendió la mano hacia el pomo de la
puerta.
La puerta de otro extremo del pasillo se
abrió de golpe y una mujer corpulenta que llevaba una maleta la atravesó.
—Está usted ahí, señor Dunworthy —gritó
desde la otra punta del pasillo—. Le he estado buscando.
—¿Es una de tus campaneras? —preguntó
Mary, volviéndose a mirarla.
—Peor —contestó Dunworthy—. Es la señora
Gaddson.
6
Oscurecía bajo los árboles y al pie de
la colina. A Kivrin empezó a dolerle la cabeza incluso antes de lle¬gar a los
surcos helados, como si eso tuviera algo que ver con cambios microscópicos en
luz o altura.
No podía ver la carreta, a pesar de que
se encontra¬ba directamente delante del pequeño cofre, y si se es¬forzaba la
cabeza le dolía aún más. Si esto era uno de los «síntomas menores» del
desplazamiento temporal, se preguntó cómo serían los mayores.
Cuando vuelva, pensó mientras avanzaba
entre los matorrales, pienso tener una charla al respecto con la doctora
Ahrens. Creo que subestiman los efectos debi¬litadores que estos síntomas
pueden tener sobre un historiador. Bajar la colina la había dejado más
exhaus¬ta que subirla, y tenía mucho frío.
La capa y los cabellos se le enredaron
en los sauces mientras se abría paso entre los matorrales, y se hizo un largo
arañazo en el brazo que inmediatamente em¬pezó a dolerle también. Resbaló una
vez y estuvo a punto de caerse, y el efecto sobre su migraña fue que la cabeza
dejó de dolerle y luego la sensación de molestia volvió con fuerza redoblada.
El claro estaba casi completamente
oscuro, aunque lo poco que podía ver era aún muy diáfano; no era que los
colores se apagaran, sino que se hacían más profun¬dos hacia el negro. Los
pájaros se disponían a dormir. Debían de haberse acostumbrado a ella. No
hicieron tanta pausa en sus revoloteos y aleteos.
Kivrin recogió rápidamente las cajas
dispersas y los barrilitos rotos, y los metió en el carro. Agarró el tiro de la
carreta y empezó a empujarla hacia el camino. La carreta ofreció un poco de
resistencia, luego se des¬lizó fácilmente sobre un puñado de hojas, y al final
se atascó. Kivrin hizo palanca y tiró de nuevo. La carreta avanzó unos cuantos
centímetros más y se ladeó. Una de las cajas se cayó.
Kivrin la recogió y rodeó la carreta,
intentando ver dónde se había atascado. La rueda derecha estaba atas¬cada
contra una raíz de árbol, pero podría sacarla si conseguía una buena palanca.
No podía hacerlo por aquel lado: Medieval había golpeado con un hacha el
costado para que pareciera que se había roto al volcar, y habían hecho un buen
trabajo: la dejaron reducida a astillas. Le dije al señor Gilchrist que debería
haberme permitido traer guantes, pensó Kivrin.
Dio la vuelta hasta el otro lado, agarró
la rueda y empujó. No se movió. Se apartó las faldas y la capa y se arrodilló
junto a la rueda para poder empujarla con el hombro.
La pisada estaba delante de la rueda, en
un peque–o espacio despejado de hojas, apenas de la anchura del pie. Las hojas
se habían arremolinado contra las raíces de los robles a cada lado. No tenían
ninguna huella que pudiera verse bajo la luz grisácea, pero la pisada en la
tierra era perfectamente clara.
No puede ser una pisada, pensó Kivrin.
El suelo está helado. Extendió la mano hacia la marca, pensan¬do que podría
tratarse de algún juego de luces y som¬bras. Los surcos helados de la carretera
no tenían nin¬guna huella. Pero la tierra cedió fácilmente bajo su mano, y la
huella era lo bastante profunda para poder palparla.
Había sido hecha por un zapato de suela
blanda, sin tacón, y el pie era grande, más que el suyo. Un pie de hombre, pero
los hombres del siglo XIV eran más menu¬dos, más bajos, y sus pies ni siquiera
eran tan grandes como el suyo. Aquél era el pie de un gigante.
Tal vez se trate de una pisada antigua,
pensó des¬cabelladamente. Tal vez es la pisada de un leñador, o de un campesino
que buscaba a una oveja perdida. Tal vez es uno de los monteros del rey, y han
estado cazando por aquí. Pero ésta no era la pisada de al¬guien que persiguiera
un ciervo. Era la pisada de un hombre que había permanecido allí de pie durante
largo rato, observándola. Le oí, pensó Kivrin, y un pequeño aleteo de pánico se
alojó en su garganta. Le oí aquí de pie.
Todavía estaba arrodillada, sujetándose
a la rueda para conservar el equilibrio. Si el hombre, fuera quien fuese, y
tenía que ser un hombre, un gigante, estaba to¬davía en aquel claro,
observando, debía de 'saber que ella había encontrado la huella. Se incorporó.
—¿Hola? —llamó, y dio de nuevo un susto
de muerte a los pájaros, que aletearon y piaron, hasta que volvió a reinar el
silencio—. ¿Hay alguien ahí?
Esperó, escuchando, y le pareció que en
el silencio percibía de nuevo la respiración.
—Hablad —dijo—. Hallóme en un apuro y
mis siervos huyeron.
Magnífico, pensó. Dile que estás
indefensa y com¬pletamente sola.
—¡Holaaa! —gritó de nuevo, y empezó a
recorrer cautelosamente el claro, escrutando los árboles.
Si el hombre se encontraba todavía allí,
estaba tan oscuro que ella no lo vería. No distinguía nada más allá de los
bordes del claro. Ni siquiera sabía con seguridad dónde se encontraba el
bosquecillo y la carretera. Si esperaba más tiempo, estaría completamente
oscuro y nunca podría llevar la carreta al camino.
Pero no podía moverla. Fuera quien fuese
quien la había observado entre los dos árboles, sabía que la carre¬ta estaba
allí. Tal vez incluso la había visto aparecer, sali¬da de la nada como un ser
conjurado por un alquimista. Si ése era el caso, probablemente había salido
corriendo para preparar la pira que Dunworthy estaba tan seguro era del agrado
del populacho. Pero si así hubiera sido, el hombre habría dicho algo, aunque
fuera sólo «¡Pardiez!» o «¡Padre celestial!», y ella le habría oído abrirse
paso en¬tre los matorrales mientras se marchaba corriendo.
No había corrido, lo cual significaba
que no la ha¬bía visto aparecer. La había encontrado más tarde, ten¬dida de
modo inexplicable en mitad del bosque junto a una carreta aplastada. ¿Qué había
pensado? ¿Que la habían atacado en el camino y la habían arrastrado has¬ta allí
para ocultar toda prueba?
¿Entonces, por qué no había intentado
ayudarla? ¿Por qué había permanecido allí, silencioso como un roble, lo
suficiente para dejar una marca de su pisada, y luego había vuelto a marcharse?
Tal vez pensó que es¬taba muerta. La habría asustado su cuerpo yaciente. Hasta
el siglo xv, la gente creía que los espíritus malig¬nos tomaban posesión
inmediata de cualquier cadáver que no hubiera sido adecuadamente enterrado.
O tal vez había ido en busca de ayuda, a
una de aquellas aldeas que Kivrin había oído, tal vez incluso a Skendgate, y
ahora estaba en camino con la mitad del pueblo, todos ellos con antorchas.
En tal caso, debería quedarse donde
estaba y espe¬rar su regreso. Debería incluso volver a tenderse. Cuando los
aldeanos llegaran, tal vez especularían acerca de ella y luego la llevarían al
pueblo, dándole muestras del idioma, tal como pretendía su plan origi¬nal.
¿Pero, y si volvía solo, o con amigos que no tuvie¬ran intención ninguna de
ayudarla?
No podía pensar. El dolor de cabeza se
había ex¬tendido desde las sienes a detrás de los ojos. Mientras se frotaba la
frente, ésta empezó a latirle. ¡Y tenía tanto frío! La capa, a pesar de su
forro de piel de conejo, no era nada cálida. ¿Cómo había sobrevivido la gente a
la Pequeña Era del Hielo vestida tan sólo con ropas como aquélla? ¿Cómo habían
sobrevivido los conejos?
Al menos podría hacer algo respecto al
frío. Podría recoger madera y encender una fogata, y si la persona de la huella
volvía con malas intenciones, podría man¬tenerlo a raya con una rama ardiente.
Y si había ido a buscar ayuda y no encontraba el camino en la oscuri¬dad, el
fuego lo guiaría hasta ella.
Volvió a recorrer el claro, en busca de
leña. Dunworthy había insistido en que aprendiera a encender fuego sin yesca o
pedernal.
—¿Gilchrist pretende que vayas por la
Edad Me¬dia en pleno invierno sin saber encender fuego? —ha¬bía dicho,
enfurecido, y ella le defendió, le dijo que Medieval no esperaba que pasara
tanto tiempo al aire libre. Pero tendrían que haber tenido en cuenta el frío
que haría.
Los palos le enfriaban las manos, y cada
vez que se agachaba para recoger uno, le dolía la cabeza. Por fin, dejó de
agacharse y simplemente se detuvo y fue arran¬cando ramas secas, manteniendo la
cabeza recta. Eso fue un ligero alivio, pero no mucho. Tal vez se sentía así
porque tenía mucho frío. Tal vez el dolor de cabeza y la dificultad para
respirar se debían al frío. Tenía que encender el fuego.
La madera parecía helada; nunca ardería.
Y las ho¬jas también estarían húmedas, demasiado para usarlas como yesca.
Tendría que utilizar leña seca y un palo afilado. Formó un montoncito con la
leña junto a las raíces de un árbol, cuidando de mantener la cabeza rec¬ta, y
volvió a la carreta.
El lateral aplastado de la carreta tenía
varios trozos rotos de madera que podría utilizar. Se clavó dos asti¬llas en la
mano antes de poder arrancar los pedazos, pero la madera al menos estaba seca,
aunque también fría. Había un trozo grande y afilado justo sobre la rueda. Se
inclinó para cogerlo y estuvo a punto de caer¬se, jadeando ante el súbito
mareo.
—Será mejor que te tiendas —dijo en voz
alta.
Se sentó, agarrándose a los lados de la
carreta.
—Doctora Ahrens —murmuró, casi sin
aliento—, deberían inventar algo que impida el desplazamiento temporal. Esto es
horrible.
Si pudiera tumbarse un poquito, tal vez
el mareo desaparecería y podría encender el fuego. Pero no po¬día hacerlo sin
inclinarse, y la simple idea de intentarlo hacía que las náuseas regresaran.
Se cubrió la cabeza con la capucha y
cerró los ojos, e incluso eso le dolió, pues la acción pareció concentrar el
dolor en su cabeza. Algo fallaba. Esto no podía ser una reacción al
desplazamiento temporal. Se suponía que debía tener unos pocos síntomas menores
que desapa¬recerían en cuestión de un par de horas tras su llegada, no que
empeorarían. Un poco de dolor de cabeza, había dicho la doctora Ahrens, un poco
de fatiga. No había di¬cho nada de náuseas, ni de estar aterida de frío.
Tenía tanto frío... Se arrebujó en la
capa, como si fuera una manta, pero la acción pareció hacer que sin¬tiera aún
más frío.
Los dientes le empezaron a castañetear,
como le había pasado en lo alto de la colina, y grandes y con¬vulsivos
estertores sacudieron sus hombros.
Voy a morir congelada, pensó. Pero no se
puede evitar. No puedo levantarme y encender la hoguera. No puedo. Tengo
demasiado frío. Es una lástima que estuviera usted equivocado respecto a los
contemporá¬neos, señor Dunworthy, pensó, e incluso el pensa¬miento fue difuso.
Ser quemada en la hoguera me pare¬ce una idea excelente.
No habría creído que pudiera quedarse
dormida, acurrucada en el gélido suelo. No había advertido nin¬gún calor
extendiéndose sobre ella, y si hubiera sido así, habría temido que se tratara
del entumecimiento provocado por la hipotermia y habría intentado com¬batirlo.
Pero debió de quedarse dormida, porque cuan¬do abrió los ojos de nuevo era de
noche en el claro, no¬che cerrada con estrellas heladas tras la red de ramas, y
ella estaba tendida en el suelo, contemplándolas.
Había resbalado mientras dormía, de modo
que te¬nía la cabeza apoyada contra la rueda. Todavía tiritaba de frío, aunque
los dientes ya no le castañeteaban. La cabeza había empezado a latirle,
redoblando como una campana, y le dolía todo el cuerpo, sobre todo el pe¬cho,
contra el que había sujetado la madera mientras recogía leña para el fuego.
Algo falla, pensó, y esta vez había
auténtico pánico en el pensamiento. Tal vez experimentaba algún tipo de
reacción alérgica al viaje en el tiempo. ¿Existía una cosa así? Dunworthy nunca
había hablado de nada pa¬recido, y le había advertido de todo: violación y
cólera y tifus y peste.
Retorció la mano bajo la capa y palpó en
su brazo en busca del lugar donde tenía la hinchazón provocada por la vacuna
antiviral. Todavía estaba allí, aunque ya no le picaba ni le dolía al tocarla.
Tal vez eso era mala señal. Tal vez el hecho de que hubiera dejado de picarle
significaba que había dejado de funcionar.
Intentó levantar la cabeza. El mareo
volvió al ins¬tante. Bajó la cabeza y sacó las manos del interior de la capa,
cuidadosa y lentamente, la náusea cortando ca¬da movimiento. Cruzó las manos y
las unió contra su rostro.
—Señor Dunworthy, creo que será mejor
que ven¬ga y me saque de aquí.
Volvió a quedarse dormida, y cuando
despertó oyó el leve y distante sonido de música navideña. Oh,
bien, pensó, han abierto la red, e
intentó incorporarse y sentarse contra la rueda.
—Oh, señor Dunworthy, me alegro de que
haya vuelto —dijo, combatiendo la náusea—. Tenía miedo de que no recibiera mi
mensaje.
El sonido de campanas se intensificó y
vio una luz fluctuante. Se incorporó un poco más.
—Ha encendido usted el fuego —suspiró—.
Tenía razón con lo del frío.
Sentía la rueda de la carreta helada
contra la capa. Los dientes empezaron a castañetearle de nuevo.
—La doctora Ahrens tenía razón. Debí
esperar a que bajara la hinchazón. No sabía que la reacción sería tan mala.
No era un fuego, después de todo, sino
una linter¬na. Dunworthy la portaba mientras se acercaba a ella.
—Esto no significa que he contraído un
virus, ¿ver¬dad? ¿O la peste? —Tenía problemas para hablar, pues los dientes le
castañeteaban con fuerza—. ¿No sería ho¬rrible? ¿ Sufrir la peste en la Edad
Media? Al menos sería adecuado.
Se echó a reír, una risa aguda y casi
histérica que pro¬bablemente asustaría de muerte al señor Dunworthy.
—No pasa nada —dijo, y apenas pudo
entender sus propias palabras—. Sé que estaba preocupado, pero me encuentro
perfectamente bien. Sólo...
Él se detuvo ante Kivrin, la linterna
iluminando un círculo bamboleante en el suelo. Vio los pies de Dun¬worthy.
Llevaba zapatos de cuero, informes, como los que habían dejado la huella. Ella
intentó decir algo acer¬ca de los zapatos, preguntarle si el señor Gilchrist le
ha¬bía obligado a ponerse un auténtico traje medieval sólo para ir a
rescatarla, pero los movimientos de la linterna volvieron a marearla.
Cerró los ojos, y cuando los abrió de
nuevo, él es¬taba arrodillado ante Kivrin. Había soltado la linterna, y la luz
le iluminaba la capucha y las manos cruzadas.
—No pasa nada —repitió ella—. Sé que
estaba pre¬ocupado, pero me encuentro bien. De verdad. Sólo me siento un poco
enferma.
Él levantó la cabeza.
—Certes, it been derlostuh dayes forgott
foreto getest hissahntes im aller —dijo.
Tenía un rostro duro y arrugado, la cara
de un asesino. La había visto allí tendida y luego se había marchado a esperar
que oscureciera, y ahora había vuelto.
Kivrin intentó alzar una mano para
repelerlo, pero de algún modo las manos se le quedaron enmarañadas dentro de la
capa.
—Márchese —dijo, y los dientes le
castañeteaban con tanta fuerza que apenas pudo pronunciar la pala¬bra—.
Márchese.
Él dijo algo más, con entonación
ascendente esta vez, una pregunta. Ella no entendió lo que decía. Es in¬glés
medio, pensó. Lo he estudiado durante tres años, y el señor Latimer me ha
enseñado todo lo que hay que saber sobre inflexiones adjetivales. Tendría que
poder comprenderlo. Es la fiebre, pensó. Por eso no entiendo lo que dice.
Él repitió la pregunta o hizo alguna
otra, ni siquie¬ra podía asegurar eso.
Es porque estoy enferma, pensó. No lo
compren¬do porque estoy enferma.
—Amable señor —empezó a decir, pero no
pudo recordar el resto del discurso—. Ayúdeme —pidió, y trató de pensar cómo
expresarlo en inglés medio, pero no pudo recordar más que el latín
eclesiástico—. Do¬mine, ad adjuvandum me festina.
Él inclinó la cabeza sobre las manos y
empezó a murmurar tan bajo que ella no pudo oírlo, y entonces debió de perder
el sentido de nuevo porque él la había levantado y la llevaba en brazos. Aún
oía el sonido de las campanas de la red abierta, e intentó decidir de qué
dirección procedían, pero los dientes le castañeteaban tanto que no podía oír
bien.
—Estoy enferma —dijo, y él la colocó
sobre el ca¬ballo blanco. Se desplomó hacia adelante, aferrándose a la crin del
animal para no caerse. Él puso una mano en el costado y la sostuvo—. No sé cómo
ha sucedido. Me pusieron todas las vacunas.
Él condujo al burro lentamente. Las
campanillas de las riendas tintinearon débilmente.
TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL
JUICIO FINAL
(000740-000751)
Señor Dunworthy, creo que será mejor que
venga y me saque de aquí.
7
—Lo sabía —dijo la señora Gaddson,
recorriendo el pasillo hacia ellos—. Ha contraído alguna horrible enfermedad,
¿verdad? Ahora lo comprendo todo.
Mary avanzó un paso.
—No puede entrar aquí —dijo—. Es una
zona ais¬lada.
La señora Gaddson continuó su marcha. El
imper¬meable transparente que llevaba por encima del abrigo salpicaba goterones
de agua mientras caminaba hacia ellos, blandiendo la maleta como si fuera un
arma.
—No puede echarme por las buenas. Soy su
ma¬dre. Exijo verlo.
Mary levantó la mano como un policía.
—¡Alto! —exclamó con su mejor voz
autoritaria.
Sorprendentemente, la señora Gaddson se
detuvo.
—Una madre tiene derecho a ver a su hijo
—pro¬testó. Su expresión se suavizó—. ¿Está muy enfermo?
—Si se refiere a su hijo William, no
está enfermo en absoluto, al menos que yo sepa —contestó Mary. Vol¬vió a
levantar la mano—. Por favor, no se acerque más. ¿Por qué piensa que William
está enfermo?
—Lo supe en el momento en que me enteré
de la cuarentena. Un agudo dolor me atravesó cuando el jefe de estación dijo
«cuarentena temporal». —Soltó la ma¬leta para poder indicar el emplazamiento
del agudo do¬lor—. Es porque no se tomó sus vitaminas. Le pedí al colegio que
se asegurara de dárselas —dirigió a Dunworthy una mirada que rivalizaba con las
de Gilchrist—, y ellos me contestaron que podía cuidar de sí mismo. Bien, es
evidente que se equivocaban.
—William no es el motivo de la
cuarentena. Uno de los técnicos de la Universidad sufre una infección viral
—explicó Mary.
Dunworthy advirtió, agradecido, que no
había di¬cho «técnico de Balliol».
—El técnico es el único caso, y no hay
ninguna in¬dicación de que vaya a haber más. La cuarentena es una medida
puramente preventiva, se lo aseguro.
La señora Gaddson no parecía convencida.
—Mi Willy siempre ha sido enfermizo, y
no sabe cuidar de sí mismo. Estudia demasiado en esa habita¬ción llena de
corrientes de aire —se lamentó, con otra sombría mirada a Dunworthy—. Me
sorprende que no haya sufrido antes una infección viral.
Mary bajó la mano y se la metió en el
bolsillo don¬de llevaba el blíper. Espero que esté pidiendo ayuda, pensó
Dunworthy.
—Al final de un trimestre en Balliol, la
salud de Willy estaba completamente arruinada, y entonces su tutor le obligó a
quedarse en Navidad y estudiar a Pe¬trarca —gimoteó la señora Gaddson—. Por eso
he venido. La idea de que pase solo la Navidad en este horri¬ble lugar,
comiendo Dios sabe qué y haciendo todo tipo de cosas para poner en peligro su
salud, fue algo que el corazón de esta madre no pudo soportar.
Señaló el lugar que el dolor había
atravesado cuan¬do oyó las palabras «cuarentena temporal».
—Y desde luego, es providencial que
viniera cuan¬do lo hice. Providencial. Estuve a punto de perder el tren, porque
la maleta me pesaba demasiado, y casi pensé, ah, bueno, ya vendrá otro, pero
quería venir con mi Willy, así que grité para que sujetaran las puertas, y
apenas me había bajado en Cornmarket cuando el jefe de estación dijo:
«Cuarentena temporal. El servicio de trenes queda temporalmente suspendido.» Si
hubiera perdido ese tren y cogido el siguiente, la cuarentena me habría
detenido. Da miedo pensarlo.
Sí, daba miedo.
—Estoy seguro de que William se
sorprenderá al verla —dijo Dunworthy, esperando que se fuera a bus¬carlo.
—Sí —respondió ella, sombría—.
Posiblemente estará por ahí sin la bufanda puesta. Pillará esta infec¬ción
viral, lo sé. Lo pilla todo. De pequeño le salían unos sarpullidos horribles.
Seguro que acaba pillando esta enfermedad. Al menos su madre está aquí para
cuidar de él.
La puerta se abrió y entraron corriendo
dos perso¬nas que llevaban mascarillas, batas, guantes y una espe¬cie de bolsa
que les cubría los zapatos. Redujeron el paso cuando vieron que no había nadie
desplomado en el suelo.
—Necesito que se acordone esta zona y
que colo¬quen un cartel de aislamiento —dijo Mary. Se volvió hacia la señora
Gaddson—. Me temo que existe una posibilidad de que haya quedado usted expuesta
al vi¬rus. Todavía no tenemos un modo positivo de transmi¬sión, y no podemos
descartar la posibilidad de que esté en el aire —dijo, y por un horrible
momento Dunwor¬thy pensó que pretendía poner a la señora Gaddson en la sala de
espera con ellos—. ¿Quieren escoltar a la se¬ñora Gaddson a un cubículo de
aislamiento? —pre¬guntó a uno de los recién llegados—. Necesitaremos hacerle
análisis de sangre y una lista de sus contactos. Señor Dunworthy, si quiere
acompañarme —dijo; lo condujo al interior de la sala de espera y cerró la
puerta antes de que la señora Gaddson pudiera protestar.
—Podrán retenerla un rato y dar al pobre
Willy unas cuantas horas de libertad.
—Esa mujer podría crearle sarpullidos a
cualquiera —observó él.
Todos, excepto la auxiliar, se habían
vuelto al ver¬los entrar. Latimer estaba sentado pacientemente junto a la
bandeja, con la manga subida. Montoya hablaba todavía por teléfono.
—El tren de Colin regresó —informó
Mary—. Ya está a salvo en casa.
—Oh, bien —contestó Montoya, y soltó el
teléfo¬no. Gilchrist saltó para cogerlo.
—Señor Latimer, siento haberle hecho
esperar —le dijo Mary. Abrió un par de guantes impermeables, se los calzó, y
empezó a preparar una hipodérmica.
—Aquí Gilchrist. Quiero hablar con el
tutor sé¬nior. Sí, intento contactar con el señor Basingame. Sí, esperaré.
El tutor sénior no tiene ni idea de
dónde está, pen¬só Dunworthy, ni tampoco la secretaria. Ya había ha¬blado con
ellos cuando intentaba detener el lanzamien¬to. La secretaria ni siquiera sabía
que estaba en Escocia.
—Me alegro de que encontraran al chico
—dijo Montoya, mirando su digital—. ¿Cuánto tiempo cree que nos retendrán aquí?
Tengo que volver a mi excava¬ción antes de que se convierta en un lodazal.
Ahora es¬tamos excavando el patio de la iglesia de Skendgate. La mayoría de las
tumbas son del siglo xv, pero tenemos algunas de la Peste Negra y unas cuantas
anteriores a Guillermo el Conquistador. La semana pasada encon¬tramos la tumba
de un caballero. Me pregunto si Kivrin
estará allí.
Dunworthy asumió que Montoya se refería
a la al¬dea y no a una de las tumbas.
—Eso espero.
—Le pedí que empezara a grabar sus
observacio¬nes de Skendgate inmediatamente, de la aldea y la iglesia. Sobre
todo de la tumba. La inscripción está borra¬da en parte, como algunos de los
grabados. La fecha es legible, 1318.
—Es una emergencia —dijo Gilchrist. Puso
mala cara mientras se producía una larga pausa—. Ya sé que está pescando en
Escocia. Quiero saber dónde.
Mary puso un parche en el brazo de
Latimer y se volvió hacia Gilchrist. Él negó con la cabeza. Entonces ella se
dirigió a la auxiliar y la despertó. La auxiliar la siguió hasta la bandeja,
parpadeando soñolienta.
—Hay muchas cosas que sólo podemos saber
por observación directa —prosiguió Montoya—. Le dije a Kivrin que grabara cada
detalle. Espero que haya espa¬cio en el grabador. ¡Es tan pequeño! —Volvió a
consultar su reloj—. Por supuesto, tenía que serlo. ¿Tuvo oportunidad de verlo
antes de que se lo implantaran? Es tan pequeño que parece un espolón óseo.
—¿Espolón óseo? —se extrañó Dunworthy,
mien¬tras veía cómo la sangre de la auxiliar llenaba el vial.
—Es para que no pueda causar un
anacronismo aunque lo descubran. Encaja contra la superficie pal¬mar del hueso
escafoides. —Frotó el hueso de la muñe¬ca sobre el pulgar.
Mary se volvió hacia Dunworthy y la
auxiliar se le¬vantó, bajándose la manga. Dunworthy ocupó su lugar en la silla.
Mary despegó la parte trasera de un monitor, lo pegó al interior de la muñeca
de Dunworthy, y le tendió un temp para que lo tragara.
—Que el administrador me llame a este
número en cuanto regrese —dijo Gilchrist, y colgó.
Montoya cogió el teléfono y marcó un
número.
—Hola. ¿Podría decirme el perímetro de
la cua¬rentena? Necesito saber si Witney está dentro. Mi ex¬cavación está allí.
—Al parecer, le contestaron que no—. ¿Entonces con quién puedo hablar para que
cambie el perímetro? Se trata de una emergencia.
Están tan preocupados por sus supuestas
«emergencias», pensó Dunworthy, que a nadie le ha dado por preocuparse por
Kivrin. Bien, ¿de qué había que preocuparse? Habían disimulado el grabador para
que pareciera un espolón óseo y no causara un anacronis¬mo cuando los
contemporáneos decidieran cortarle las manos antes de quemarla en la hoguera.
Mary le tomó la tensión y luego le
pinchó con la aguja.
—Si el teléfono vuelve a quedar
disponible alguna vez —dijo, dándole un golpecito al aposito y volvién¬dose
hacia Gilchrist, que se encontraba de pie junto a Montoya, con aspecto
impaciente—, podrías llamar a William Gaddson y advertirle de que ha venido su
madre.
—Sí—dijo Montoya—. El número del Fondo
Na¬cional. —Colgó, y apuntó un número en uno de los fo¬lletos.
El teléfono sonó. Gilchrist, que se
dirigía a Mary, se abalanzó hacia el aparato, agarrándolo antes de que Montoya
pudiera cogerlo.
—No —dijo, y lo tendió a Dunworthy de
mala gana.
Era Finch. Estaba en el despacho del
adminis¬trador.
—¿Tiene los archivos médicos de Badri?
—Sí, señor. La policía está aquí, señor.
Están bus¬cando sitio para meter a todos los retenidos que no vi¬ven en Oxford.
—Y quieren que los alojemos en Balliol
—adivinó Dunworthy.
—Sí, señor. ¿A cuántos podemos aceptar?
Mary se había levantado, con el vial con
la sangre de Gilchrist en una mano, y le hacía señas.
—Espere un momento, por favor —dijo
Dunwor¬thy, y cubrió el micrófono.
—¿Os han pedido que alojéis a los
retenidos? —preguntó Mary.
—Sí.
—No te comprometas a ocupar todas
vuestras ha¬bitaciones. Puede que necesitemos espacio para los en¬fermos.
Dunworthy retiró la mano.
—Dígales que podemos alojarlos en Fisher
y en las habitaciones que quedan en Savin. Si no ha asignado todavía
habitaciones a las campaneras, dóblelas. Dígale a la policía que el hospital ha
solicitado Bulkeley-John-son como pabellón de emergencia. ¿Ha encontrado los
archivos médicos de Badri?
—Sí, señor. Fue una odisea encontrarlos.
El admi¬nistrador los había archivado como Badri coma Chau-dhuri, y las
americanas...
—¿Ha encontrado el número de la
Seguridad Social?
—Sí, señor.
—Va a ponerse la doctora Ahrens —dijo
antes de que Finch se embarcara a contar historias sobre las campaneras. Hizo
un gesto a Mary—. Puede darle la información directamente.
Mary colocó un aposito sobre el brazo de
Gilchrist y un monitor temp en el dorso de su mano.
—Llamé a Ely, señor —decía Finch—. Les
infor¬mé de la cancelación del concierto de campanas y fue¬ron bastante
amables, pero las americanas todavía es¬tán muy molestas.
Mary terminó de introducir las lecturas
de Lati-mer, se quitó los guantes y se acercó para recoger el te¬léfono.
—¿Finch? Soy la doctora Ahrens. Dícteme
el nú¬mero de la Seguridad Social de Badri.
Dunworthy le tendió su lista de
Secundarios y un lápiz, y ella lo apuntó y luego preguntó los registros de
vacunas de Badri e hizo una serie de anotaciones que Dunworthy no supo
descifrar.
—¿Alguna reacción o alergia? —Hubo una
pausa—Muy bien, no. Puedo conseguir el resto del ordenador.
Volveré a llamarle si necesito más
información. —Le tendió el teléfono a Dunworthy—. Quiere hablar conti¬go otra
vez —dijo, y se marchó, llevándose el papel.
—Están muy molestas —insistió Finch—. La
se¬ñora Taylor amenaza con demandarnos por incumpli¬miento involuntario de
contrato.
—¿Cuándo fue la última dosis de
antivirales de Badri?
Finch tardó bastante tiempo en buscarlo
en sus do¬cumentos.
—Aquí está, señor. Catorce de
septiembre.
—¿Recibió la dosis completa?
—Así es, señor. Receptores análogos,
impulsor de APM, y estacionales.
—¿Ha tenido alguna vez una reacción a
las antivi¬rales?
—No, señor. No hay alergias en su
historial. Ya se lo he dicho a la doctora Ahrens.
Badri había recibido todas las
antivirales. No tenía historial de reacciones.
—¿Ha ido ya al New College? —preguntó.
—No, señor. Voy para allá. ¿Qué hago con
los su¬ministros, señor? Tenemos jabón de sobra, pero anda¬mos cortos de papel
higiénico.
La puerta se abrió, pero no era Mary,
sino el auxi¬liar que habían enviado a recoger a Montoya. Se dirigió al carrito
y enchufó la tetera eléctrica.
—¿Cree que debo racionar el papel
higiénico, se¬ñor? —preguntó Finch—. ¿O coloco notas pidiendo a todo el mundo
que modere el consumo?
—Lo que considere más oportuno —le
respondió Dunworthy, y colgó.
Todavía debía de estar lloviendo. El
médico lleva¬ba el uniforme mojado, y cuando la tetera hirvió, colo¬có las
manos enrojecidas sobre el vapor, como para ca¬lentarlas.
—¿Ha terminado de usar el teléfono?
—dijo Gilchrist.
Dunworthy se lo tendió. Se preguntó cómo
sería el clima allí donde estaba Kivrin, y si Gilchrist había he¬cho que
Probabilidad computara las posibilidades de que apareciera en medio de la
lluvia. Su capa no era es-pecialmente impermeable, y el viajero amistoso que en
principio debía aparecer al cabo de una coma seis horas podría haberse
guarecido en una hostería o un granero hasta que los caminos se secaran lo
suficiente para ser transitables.
Dunworthy le había enseñado a Kivrin a
encender fuego, pero le resultaría muy difícil con la leña mojada y las manos
entumecidas. En el siglo XIV los inviernos eran fríos. Tal vez incluso
estuviera nevando. La Pe-queña Era del Hielo acababa de empezar en 1320, y el
clima se fue haciendo tan frío que incluso el Támesis llegó a congelarse. Las
bajas temperaturas y el clima variable habían causado tal desastre en las
cosechas que algunos historiadores achacaban la Peste Negra a la desnutrición
del campesinado. El clima fue malo, en efecto. En el otoño de 1348, en una
parte de Oxford-shire llovió todos los días desde San Miguel hasta Navi¬dad.
Probablemente Kivrin yacía en una carretera mo¬jada, medio muerta de
hipotermia.
Y llena de sarpullidos, pensó, pues su
chocho tutor se preocupaba demasiado por ella. Mary tenía razón. Parecía la
señora Gaddson. Sólo le faltaba salir corrien¬do hacia 1320, abrir a viva
fuerza las puertas de la red, como la señora Gaddson con el metro, y Kivrin se
alegraría tanto de verle como William de ver a su ma¬dre. Y estaría tan
necesitada de ayuda como él.
Kivrin era la estudiante más inteligente
y llena de recursos que había tenido. Seguro que sabría guarecer¬se de la
lluvia. Por lo que sabía, había pasado las últi¬mas vacaciones con los
esquimales, aprendiendo a construir un iglú.
Desde luego, había pensado en todos los
detalles, incluso las uñas. Cuando fue a mostrarle su disfraz, le enseñó las
manos. Tenía las uñas rotas, y había rastros de suciedad en las cutículas.
—Sé que se supone que pertenezco a la
nobleza, pero a la nobleza rural, y hacían muchas tareas de granja según los
tapices de Bayeaux, y las damas del East Riding no tuvieron tijeras hasta el
siglo xvn, así que me pasé la tarde del domingo en la excavación de Montoya,
arañando entre los restos, para conseguir este efecto.
Sus uñas tenían un aspecto espantoso,
muy autén¬tico. Desde luego, no había ningún motivo para pre¬ocuparse por un
detalle menor como la nieve.
Pero no podía evitarlo. Si lograra
hablar con Badri, preguntarle qué quiso decir con aquello de que «Algo falla»,
asegurarse de que el lanzamiento había salido bien y no se había producido
demasiado deslizamien¬to, seguramente dejaría de preocuparse. Pero Mary no
había podido conseguir el número de la Seguridad So¬cial de Badri hasta que
Finch telefoneó. Se preguntó si Badri estaría aún inconsciente. O algo peor.
Se levantó y se acercó al carrito y se
preparó una taza de té. Gilchrist estaba otra vez al teléfono, al pare¬cer
hablando con el portero, que tampoco sabía dónde se encontraba Basingame.
Cuando Dunworthy habló con él, le había dicho que le parecía recordar que
Ba¬singame había mencionado Loch Balkillan, un lago que no existía.
Dunworthy se tomó el té. Gilchrist llamó
al admi¬nistrador y al director del colegio, pero ninguno de los dos sabía
dónde estaba Basingame. La enfermera que custodiaba la puerta antes entró y
terminó de hacer las extracciones de sangre. El auxiliar cogió uno de los
fo¬lletos y empezó a leerlo.
Montoya rellenó con rapidez el impreso
de admi¬sión y las listas de contactos.
—¿Qué se supone que tengo que hacer?
—pregun¬tó a Dunworthy—. ¿Apuntar toda la gente con quien he estado en contacto
hoy?
—Los últimos tres días.
Siguieron esperando. Dunworthy se tomó
otra taza de té. Montoya llamó al Ministerio de Sanidad y trató de convencerlos
de que la libraran de la cuarentena para poder regresar a la excavación. La
auxiliar clínico volvió a dormirse.
La enfermera trajo un carrito con la
cena.
—Grande alborozo produjo nuestro
anfitrión en todos, y nos dispusimos a cenar —declamó Latimer, la única
observación que había hecho en toda la tarde.
Mientras comían, Gilchrist contó a
Latimer sus pla¬nes para enviar a Kivrin al período posterior a la Peste Negra.
—El punto de vista histórico aceptado es
que des¬truyó por completo a la sociedad medieval —dijo mientras cortaba su
asado—, pero mi investigación in¬dica que fue un purgante más que una
catástrofe.
¿Desde el punto de vista de quién?,
pensó Dunwor¬thy, inquieto porque ya tardaban demasiado. Se pre¬guntó si en
verdad estaban analizando la sangre o si es¬peraban simplemente que uno de
ellos se desplomara sobre el carrito del té para tener una idea de cuál era el
período de incubación.
Gilchrist volvió a llamar al New College
y pregun¬tó por la secretaria de Basingame.
—No está —dijo Dunworthy—. Ha ido a
pasar la Navidad en Devonshire con su hija.
Gilchrist le ignoró.
—Sí. Necesito hacerle llegar un mensaje.
Intento localizar al señor Basingame. Es una emergencia. Aca¬bamos de enviar a
una historiadora al siglo XIV, y Ba-lliol no había analizado bien al técnico
que dirigía la red. Como resultado, contrajo un virus contagioso. —Colgó el
teléfono—. Si el señor Chaudhuri dejó de recibir las antivirales necesarias, le
haré responsable, Dunworthy.
—Recibió la dosis completa en septiembre
—de¬claró Dunworthy.
—¿Tiene pruebas de eso?
—¿Pasó? —preguntó la auxiliar.
Todos ellos, incluido Latimer, se
volvieron hacia ella, sorprendidos. Hasta el momento de hablar, parecía
profundamente dormida, con la cabeza sobre el pecho y los brazos cruzados,
sujetando la lista de contactos.
—Ha dicho que enviaron a alguien a la
Edad Me¬dia —dijo, con mal ceño—. ¿Pasó?
—Me temo que no... —dijo Gilchrist.
—El virus. ¿Pudo atravesar la máquina
del tiempo?
Gilchrist miró a Dunworthy, nervioso.
—Eso no es posible, ¿verdad?
—No —dijo Dunworthy. Era evidente que
Gil¬christ no sabía nada de las paradojas del continuum o de la teoría de
cuerdas. El hombre no servía para rector en funciones. Ni siquiera sabía cómo
funcionaba la red en la que tan alocadamente había enviado a Kivrin—. El virus
no pudo haber atravesado la red.
—La doctora Ahrens dijo que el hindú era
el único caso —dijo la auxiliar—, y usted —señaló a Dunwor¬thy—, que había
recibido la dosis completa. Si recibió las antivirales, no pudo contagiarse a
menos que fuera una enfermedad de algún otro lugar. Y la Edad Media estaba
llena de enfermedades, ¿no? ¿Viruela y peste?
—Estoy seguro de que Medieval ha tomado
los pa¬sos necesarios para prevenir esa posibilidad... —dijo Gilchrist.
—Es imposible que un virus atraviese la
red —sal¬tó Dunworthy, enfadado—. El continuum espacio-temporal no lo permite.
—Han enviado a personas —insistió ella—,
y un virus es más pequeño que una persona.
Dunworthy no había oído este argumento desde los primeros días de las
redes, cuando la teoría se cono¬cía sólo en parte.
—Le aseguro que hemos tomado todas las
precau¬ciones —aseveró Gilchrist.
—Nada que pudiera afectar el curso de la
historia puede atravesar una red —explicó Dunworthy, miran¬do a Gilchrist. El
hombre no la estaba animando con su charla de precauciones y probabilidades—.
Radia¬ción, toxinas, microbios, nada de eso ha atravesado ja¬más una red. Si
están presentes, la red simplemente no se abre.
La auxiliar no parecía convencida.
—Le aseguro... —repitió Gilchrist, y
entonces en¬tró Mary.
Llevaba un fajo con papeles de
diferentes colores. Gilchrist se levantó inmediatamente.
—Doctora Ahrens, ¿hay alguna posibilidad
de que esta infección viral que ha contraído el señor Chaud-huri pueda haber
atravesado la red?
—Por supuesto que no —respondió ella,
fruncien¬do el ceño como si la idea le pareciera ridicula—. En primer lugar,
las enfermedades no pueden atravesar la red. Violaría las paradojas. En segundo
lugar, si lo hi¬ciera, que no puede, Badri se habría contagiado menos de una
hora después de que pasara, lo cual significaría que el virus tendría un
período de incubación de una hora, algo por completo imposible. Pero si lo
hizo, y no pudo hacerlo, todos ustedes estarían ya enfermos —miró su digital—,
ya que han transcurrido más de tres horas desde que quedaron expuestos.
Empezó a recoger las listas de
contactos.
Gilchrist parecía irritado.
—Como rector en funciones de la Facultad
de His¬toria tengo responsabilidades que atender —protes¬tó—. ¿Cuánto tiempo
pretende retenernos aquí?
—Sólo lo suficiente para recoger sus
listas y darles instrucciones. Unos cinco minutos.
Recogió la lista de Latimer. Montoya
cogió la suya y empezó a escribir rápidamente.
—¿Cinco minutos? —preguntó la auxiliar—.
¿Quie¬re decir que podemos marcharnos?
—De momento —dijo. Puso las listas al
fondo de su fajo de papeles y empezó a repartir las hojas, que eran de un rosa
intenso. Parecían una especie de decla¬ración que absolvía al hospital de
cualquier tipo de res-ponsabilidad—. Hemos terminado los análisis de san¬gre y
ninguno muestra un nivel anormalmente alto de anticuerpos.
Tendió a Dunworthy una hoja azul que
absolvía al Ministerio de Sanidad de cualquier responsabilidad y confirmaba su
disposición a pagar todos los gastos no cu¬biertos por la Seguridad Social en
el plazo de treinta días.
—Me he puesto en contacto con el WIC, y
reco¬miendan que se siga una observación controlada, con comprobación continua
de la fiebre y muestras de san¬gre cada doce horas.
La hoja que distribuía ahora era verde y
tenía el tí¬tulo «Instrucciones para los contactos primarios». La primera de
ellas decía: «Evite el contacto con otras per¬sonas.»
Dunworthy pensó en Finch y en las
campaneras que estarían esperando, sin duda, en la puerta de Ba-lliol con
demandas y protestas, y en todas aquellas per¬sonas que estarían haciendo
compras navideñas o se hallarían retenidas entre un sitio y otro.
—Contrólense la temperatura a intervalos
de media hora —indicó Mary, mientras les tendía un impreso amarillo—. Vengan
inmediatamente si su monitor —palmeó el suyo propio—, muestra un aumento
nota¬ble en temperatura. Un poco de fluctuación es normal. La temperatura
tiende a subir a últimas horas de la tarde y por la noche. La temperatura puede
considerarse nor¬mal entre treinta y seis y treinta y siete coma cuatro. Vengan
inmediatamente si su temperatura excede treinta y siete coma cuatro o sube de
repente, o si empiezan a sentir algunos síntomas: dolor de cabeza, opresión en
el pecho, confusión o mareo.
Todos miraron sus monitores y, sin duda,
empeza¬ron a sentir que se acercaba un dolor de cabeza. Dunworthy lo había
tenido toda la tarde.
—Eviten entrar en contacto con otras
personas tanto como sea posible. Cuiden todos los contactos que hagan. Todavía
no estamos seguros del modo de transmisión, pero la mayoría de los mixovirus se
ex-tienden por vaporización y contacto directo. Lávense frecuentemente las
manos con agua y jabón.
Tendió a Dunworthy otra hoja rosa. Se
estaba que¬dando sin colores. Ésta era una tabla, titulada «Contac¬tos», y
debajo decía: «Nombre, Dirección, Tipo de contacto, Hora.»
Era una lástima que el virus de Badri no
hubiera te¬nido que tratar con el Ministerio de Sanidad, el CDC y la WIC. Nunca
habría pasado de la puerta.
—Tendrán que personarse aquí mañana a
las siete. Mientras tanto, les recomiendo que tomen una buena cena y que se
acuesten. El descanso es la mejor defensa contra cualquier virus. Están ustedes
relevados del ser¬vicio mientras dure la cuarentena —dijo a los auxilia¬res.
Tendió algunas otras hojas multicolores—. ¿Algu¬na pregunta?
Dunworthy miró a la auxiliar, esperando
que le preguntara a Mary si la viruela había atravesado la red, pero ella
miraba sin ningún interés sus papeles.
—¿Puedo volver a mi excavación?
—preguntó Montoya.
—No, a menos que esté dentro del
perímetro de la cuarentena.
—Vaya, hombre —bufó, guardándose con
enfado los papeles en los bolsillos de su cazadora—. Todo el pueblo se habrá
inundado mientras estoy atrapada aquí. —Se marchó.
—¿Alguna otra pregunta? —dijo Mary,
imper¬turbable—. Muy bien, entonces. Les veré a todos a las siete.
Los auxiliares se marcharon, la mujer
que había preguntado por el virus bostezaba y se desperezaba como si se
dispusiera a echar otra cabezada. Latimer es¬taba todavía sentado, observando
su monitor de tem-peratura. Gilchrist le dijo algo con mal tono, y él se
le¬vantó, se puso la chaqueta y recogió el abrigo y el fajo de papeles.
—Espero ser informado de todos los pasos
—dijo Gilchrist—. Me pondré en contacto con Basingame y le pediré que regrese
para hacerse cargo de este asunto. —Se marchó y luego tuvo que esperar,
manteniendo la puerta abierta, a que Latimer recogiera dos hojas que se le
habían caído.
—Recoja por la mañana a Latimer,
¿quiere? —pi¬dió Mary, revisando las listas de contactos—. No se acordará de
estar aquí a las siete.
—Quiero ver a Badri —exigió Dunworthy.
—«Laboratorio, Brasenose» —dijo Mary,
leyendo los papeles—. «Despacho del decano. Laboratorio, Brasenose.» ¿Nadie vio
a Badri más que en la red?
—Mientras veníamos de camino en la
ambulancia dijo «Algo falla» —respondió Dunworthy—. Pudo haber un
deslizamiento. Si es de más de una semana, Kivrin no tendrá ni idea de cuándo
hacer el encuentro.
Mary no respondió. Volvió a repasar las
hojas con el ceño fruncido. —Necesito asegurarme de que no hubo ningún problema
con el ajuste —insistió él.
Ella levantó la cabeza.
—Muy bien. Estas hojas de contacto no
sirven de nada. Hay grandes agujeros en el paradero de Badri durante los
últimos tres días. Él es la única persona que puede decirnos dónde estuvo y con
quién estableció contacto. —Guió a Dunworthy pasillo abajo—. Hay una enfermera
con él, haciéndole preguntas, pero está muy desorientado y le tiene miedo. Tal
vez contigo no esté tan asustado.
Llegaron al ascensor.
—Planta baja, por favor —dijo ella, a su
oído—. Badri está sólo consciente durante unos instantes. Es posible que
tardemos toda la noche.
—No importa. No podré descansar hasta
conven¬cerme de que Kivrin está a salvo.
Subieron dos pisos en el ascensor,
recorrieron otro pasillo y atravesaron una puerta que indicaba: «NO EN¬TRAR.
PABELLÓN DE AISLAMIENTO.» Tras la puerta, una enfermera de aspecto sombrío
estaba sentada ante una mesa, observando un monitor.
—Voy a llevar al señor Dunworthy a ver
al señor Chaudhuri —dijo Mary—. Necesitaremos dos RPE. ¿Cómo se encuentra?
—Ha vuelto a subirle la fiebre...
treinta y nueve coma ocho —respondió la enfermera, tendiéndoles las RPE, que
eran batas de papel selladas en plastileno que abrochaban por detrás, gorras,
mascarillas impermea¬bles que eran imposibles de poner por encima de las
gorras, patucos con aspecto de botas para colocarlos sobre los zapatos, y
guantes impermeables. Dunwor¬thy cometió el error de ponerse primero los
guantes y tardó lo que parecieron horas en desplegar la bata y fi¬jar la
mascarilla.
—Tendrás que hacer preguntas muy
concretas —dijo Mary—. Pregúntale qué hizo cuando se levantó esta mañana, si
pasó la noche con alguien, dónde desa¬yunó, quién había allí, todo eso. Estará
desorientado por la fiebre; es posible que tengas que preguntarle va¬rias
veces. —Abrió la puerta de la habitación.
No era realmente una habitación: sólo
había sitio para la cama y un estrecho taburete, ni siquiera una silla. La
pared tras la cama estaba cubierta de panta¬llas y equipo médico. La otra pared
tenía una ventana cubierta por una cortina y más equipo. Mary miró brevemente a
Badri y luego empezó a observar las pantallas.
Dunworthy las miró. La más cercana
estaba llena de números y de letras. La última línea decía «icu
1432069122-12-54 1803 200 ¿PT 1800CRS IMJPCLN 200 MG/Q6H NHS40-2 11 -7 M
AHRENS» . Al parecer, las órde¬nes del doctor.
Las otras pantallas mostraban gráficas
puntiagudas y columnas de cifras. Ninguna de ellas tenía sentido a excepción de
un numero en mitad de la segunda pantallita de la derecha. Decía: «Temp.:
39,9.» Santo Dios.
Miró a Badri. Yacía con los brazos por
encima de las sábanas, ambos conectados a goteros que colgaban de sendas
perchas. Uno de los goteros tenía al menos cinco bolsas unidas al tubo
principal. Tenía los ojos ce-rrados, y su rostro parecía delgado y demacrado,
como si hubiera perdido peso desde la mañana. Su piel oscura tenía un extraño
tinte purpúreo.
—Badri —llamó Mary, inclinándose sobre
él—, ¿nos oye?
Él abrió los ojos y los miró sin
reconocerlos, cosa que probablemente no se debía tanto al virus como al he¬cho
de que iban cubiertos de papel de la cabeza a los pies.
—Es el señor Dunworthy —indicó Mary—. Ha
venido a verle. —Su blíper empezó a sonar.
—¿Señor Dunworthy? —dijo Badri
roncamente, y trató de incorporarse.
Mary lo sujetó amablemente contra la
almohada.
—El señor Dunworthy tiene que hacerle
algunas preguntas —dijo, palmeándole el pecho con suavidad, como había hecho en
el laboratorio de Brasenose. Se enderezó, observando los monitores en la
pared—. Permanezca tendido. Ahora tengo que marcharme, pero el señor Dunworthy
se quedará con usted. Des¬canse e intente responder a sus preguntas.
—¿Señor Dunworthy? —repitió Badri, como
si intentara encontrar sentido a las palabras.
—Sí —dijo Dunworthy. Se sentó en el
taburete—. ¿Cómo te encuentras?
—¿Cuándo esperan que vuelva? —preguntó
Badri, y su voz sonó débil y forzada.
Trató de incorporarse otra vez.
Dunworthy exten¬dió la mano para impedírselo.
—Tengo que encontrarlo —dijo—. Algo
falla.
8
La estaban quemando en una hoguera. Ya
sentía las llamas. Debían de haberla atado al poste, aunque no lo recordaba. Sí
recordaba que habían encendido el fuego. Se había caído del caballo blanco, y
el asesino la recogió y volvió a montarla.
—Debemos volver al lugar —le había
dicho.
El hombre se inclinó sobre ella, y
Kivrin vio su cruel rostro bajo la fluctuante luz del fuego.
—El señor Dunworthy abrirá la red en
cuanto se dé cuenta de que algo está fallando —le había adverti¬do. No tendría
que haberlo hecho. Él había pensado que era una bruja y la había llevado a
aquel lugar para que la quemaran.
—No soy una bruja —dijo, y de inmediato
una mano surgió de ninguna parte y se posó sobre su frente.
—Shh —dijo una voz.
—No soy una bruja —insistió ella,
intentando ha¬blar despacio para que la comprendieran. El asesino no la había
entendido. Había intentado decirle que no de¬bían marcharse de aquel lugar,
pero él no le hizo caso. La colocó sobre su caballo blanco y la sacó del claro,
atravesando el macizo de abedules de tronco blanco, hacia la parte más profunda
del bosque.
Ella había intentado prestar atención a
la dirección en la que iban para así poder encontrar el camino de vuelta, pero
la oscilante antorcha del hombre sólo ilu¬minaba unos cuantos centímetros de
terreno a sus pies, y la luz la deslumhraba. Cerró los ojos, y eso fue un
error, porque el molesto paso del caballo la mareó y se cayó al suelo.
—No soy una bruja —repitió—. Soy
historiadora.
—Hawey fond enyowuh thissla dey? —dijo
la voz de la mujer, muy lejana. Debía de haber avanzado para poner leña al
fuego y luego se apartó del calor.
—Enwodes fillenun gleydund sore
destrayste —re¬plicó una voz de hombre, y parecía la del señor Dunworthy—.
Ayeen mynarmehs hoor alie op hiderybar.
—Sweltes shay dumoret blauen? —preguntó
la mujer.
—Señor Dunworthy, ¡he caído entre
asesinos! —ex¬clamó Kivrin, extendiendo los brazos hacia él. Pero a través del
humo no pudo verlo.
—Shh —dijo la mujer.
Kivrin intuyó que era más tarde, que
aunque pare¬ciera imposible había dormido. ¿Cuánto se tarda en ar¬der?, se
preguntó. El fuego era tan caliente que ella ya debería ser cenizas, pero
cuando levantó la mano pare¬cía intacta, aunque pequeñas llamas rojas
fluctuaban en los bordes de sus dedos. La luz de las llamas le hería los ojos.
Los cerró.
Espero no volver a caerme del caballo,
pensó. Se había estado agarrando al cuello del animal con los dos brazos,
aunque su paso inestable hacía que la cabeza le doliera aún más, y no se soltó,
pero se cayó, a pesar de que el señor Dunworthy había insistido en que
apren¬diera a cabalgar, se había encargado de que tomara lec¬ciones en un
picadero cerca de Woodstock. El señor Dunworthy le había advertido que todo
aquello suce¬dería. Le había predicho que acabarían quemándola en la hoguera.
La mujer le acercó una copa a los
labios. Debe de ser vinagre en una esponja, pensó Kivrin; se lo daban a los
mártires. Pero no lo era. Se trataba de un líquido cá¬lido y amargo. La mujer
tuvo que inclinar la cabeza de Kivrin hacia delante para que bebiera, y ella
compren¬dió por primera vez que estaba tendida.
Tendré que decirle al señor Dunworthy
que que¬maban a la gente acostada, pensó. Intentó llevarse las manos a los
labios en la posición de rezo para activar el grabador, pero el peso de las
llamas se lo impidió.
Estoy enferma, pensó Kivrin, y
comprendió que el líquido cálido era una poción medicinal de algún tipo, y que
le había bajado un poco la fiebre. No estaba ten¬dida en el suelo, después de
todo, sino en una cama en una habitación oscura; y la mujer que le había
manda¬do callar y le había dado el líquido estaba junto a ella. Oía su
respiración. Kivrin intentó mover la cabeza para verla, pero el esfuerzo hizo
que volviera a dolerle. La mujer debía de estar dormida. Su respiración era
re¬gular y ruidosa, casi como si roncara. A Kivrin le dolía la cabeza al
escucharla.
Debo de estar en la aldea, pensó. El
hombre peli¬rrojo me habrá traído aquí.
Se había caído del caballo y el asesino
la había ayu¬dado a montar de nuevo, pero cuando ella lo miró a la cara no le
pareció un asesino. Era joven, con el cabello rojo y expresión amable, y se
inclinó sobre ella cuando estaba sentada contra la rueda de la carreta,
apoyándo¬se sobre una rodilla a su lado, y preguntó:
—¿Quién sois?
Ella le había comprendido perfectamente.
—Canstawd ranken derwyn? —dijo la mujer,
e in¬clinó la cabeza de Kivrin hacia delante para que bebiera más del amargo
líquido. Apenas pudo tragarlo. El fue¬go estaba ahora dentro de su garganta.
Sentía las pe-queñas llamas anaranjadas, aunque el líquido debería haberlas
extinguido. Se preguntó si el hombre la habría llevado a alguna tierra
extranjera, España o Grecia, donde la gente hablaba un idioma que no habían
in¬cluido en el intérprete.
Había comprendido al pelirrojo
perfectamente.
—¿Quién sois? —le había preguntado, y
ella pensó que el otro hombre debía de ser un esclavo que había traído de las
Cruzadas, un esclavo que hablaba turco o árabe, y por eso no entendía sus
palabras.
—Soy historiadora —respondió, pero
cuando mi¬ró su amable rostro no era él. Era el asesino.
Buscó desesperadamente al hombre
pelirrojo, pero no lo encontró. El asesino recogió trozos de madera y los
colocó sobre algunas piedras para encender una hoguera.
—¡Señor Dunworthy! —llamó Kivrin,
desespera¬da, y el asesino se acercó y se arrodilló ante ella. La luz de su
antorcha aleteó sobre su cara.
—No temáis —dijo—. Regresará pronto.
—¡Señor Dunworthy! —gritó ella, y el
pelirrojo volvió y se arrodilló de nuevo a su lado—. No tendría que haberme
marchado del lugar —le dijo, observando su rostro para que no se convirtiera en
el asesino—. Algo debe de haber fallado con el ajuste. Tengo que volver allí.
Él se desabrochó la capa, se la pasó por
encima de los hombros, y la colocó sobre ella, y Kivrin supo que la comprendía.
—Tengo que ir a casa —le dijo mientras
se inclina¬ba sobre ella. El hombre tenía una linterna que ilumi¬naba su amable
rostro y aleteaba como llamas sobre su cabello rojo.
—Godufadur —llamó, y ella pensó que ése
era el nombre del esclavo: Gauddefaudre. Le pedirá al esclavo que le diga dónde
me encontró, y entonces me llevará al lugar. Y el señor Dunworthy. El señor
Dunworthy se pondría frenético cuando abrieran la red y no la encon¬traran
allí. No pasa nada, señor Dunworthy, dijo en si¬lencio. Ya voy.
—Dreede nawmaydde —dijo el pelirrojo, y
la co¬gió en brazos—. Fawrthah Galwinnath coam.
—Estoy enferma, por eso no les entiendo
—le dijo Kivrin a la mujer, pero esta vez nadie surgió de la oscu¬ridad para
apaciguarla. Tal vez se habían cansado de verla arder y se habían marchado.
Desde luego, estaba tardando un buen rato, aunque el fuego parecía más
ca¬liente ahora.
El hombre pelirrojo la había colocado
sobre el ca¬ballo blanco y se internó en el bosque, y ella supuso que la estaba
llevando de regreso al lugar. El caballo te¬nía silla, y campanillas que
sonaban mientras cabalga¬ba, tocando una canción. Era Adeste Fideles y las
cam¬panas sonaban más y más fuerte a cada verso, hasta que sonaron como las
campanas de St. Mary the Virgin.
Cabalgaron largo rato, y ella pensó que
segura¬mente ya estarían cerca del lugar del lanzamiento.
—¿A qué distancia está? —le preguntó al
pelirro¬jo—. El señor Dunworthy estará muy preocupado.
Pero él no le contestó. Salió del bosque
y descen¬dió una colina. La luna estaba alta en el cielo, brillando pálida
sobre las ramas de un bosquecillo de estrechos árboles sin hojas, y sobre la
iglesia al pie de la colina.
—Éste no es el lugar —señaló ella, y
trató de tirar de las riendas del caballo para que volvieran por donde habían
venido, pero no se atrevió a retirar los brazos del cuello del hombre pelirrojo
por miedo a caer. Y en-tonces se encontraron ante una puerta, y ésta se abrió,
y se abrió de nuevo, y había fuego y luz y el sonido de campanas, y ella supo
que, después de todo, la habían llevado de vuelta al lugar del lanzamiento.
—Shay boyen syke nighonn tdeeth —dijo la
mujer. Kivrin sintió sus manos ásperas y arrugadas sobre la piel. La arropó.
Piel, Kivrin pudo sentir el suave pelaje contra el rostro, o tal vez era su
pelo.
—¿Dónde me habéis traído? —preguntó
Kivrin. La mujer se inclinó un poco hacia delante, como si no la oyera bien, y
Kivrin supuso que debía de haber ha¬blado en inglés.
Su intérprete no funcionaba. Se suponía
que tenía que pensar las palabras en inglés moderno y expresar¬las en inglés
medieval. Tal vez por eso no los compren¬día, porque su intérprete no
funcionaba.
Intentó pensar la forma de decirlo en
inglés me¬dieval.
—Wbere hast thou bnngen me to ?
La construcción era equivocada. Debería
pregun¬tar «¿Qué lugar es éste?», pero no podía recordar có¬mo se decía «lugar»
en inglés medieval.
No podía pensar. La mujer seguía
apilando man¬tas, y cuantas más pieles le caían encima, más frío sentía Kivrin,
como si de algún modo la mujer estuviera apa¬gando el fuego.
No comprenderían lo que quería decir si
pregunta¬ba: «¿Qué lugar es éste?» Estaba en una aldea. El hom¬bre pelirrojo la
había llevado a una aldea.
Habían cabalgado ante una iglesia, hasta
una casa grande. Debía preguntar: «¿Cuál es el nombre de esta aldea?»
La palabra para «lugar» era demain, pero
la cons¬trucción seguía siendo equivocada. Usarían la construc¬ción francesa,
¿no?
—Quelle demeure avez vous a'pporté?
—dijo en voz alta, pero la mujer se había ido, y además era un error. No había
habido franceses aquí durante dos¬cientos años. Debía formular la pregunta en
inglés. «¿Dónde está la aldea a la que me han traído?» ¿Pero cuál era la
palabra para «aldea» ?
El señor Dunworthy le había advertido
que tal vez no podría confiar en el intérprete, que debía dar clases de inglés
medieval, francés normando y alemán para contrarrestar discrepancias en
pronunciación. Le había hecho memorizar páginas y más páginas de Chaucer. «Soun
ye nought but eyr ybroken And every speche thatye spoken.» No. No. «¿Dónde está
la aldea a la que me han traído?» ¿Cuál era la palabra para «aldea»?
Él la había llevado a una aldea y llamó
a una puerta. Un hombre corpulento acudió, llevando un hacha. Para cortar la
leña de la hoguera, por supuesto. Un hombre corpulento y luego una mujer, y los
dos pro-nunciaron palabras que Kivrin no logró comprender, y la puerta se
cerró, y se quedaron fuera en la oscuridad.
—¡Señor Dunworthy! ¡Doctora Ahrens!
—había gritado ella, y el pecho le dolió—. No debe dejar que cierren el lugar
de recogida —le dijo al hombre pelirro¬jo, pero él se había convertido de nuevo
en un asesino, un ladrón.
—No —dijo él—. Sólo está herida. —Y
entonces la puerta se abrió de nuevo, y él la llevó a que la quemaran.
Tenía muchísimo calor.
—Thawmot goonawt plersoun
roshundtprayenum comth ithre —dijo la mujer, y Kivrin trató de alzar la cabeza
para beber, pero la mujer no sostenía ninguna copa, sino una vela junto a su
cara. Demasiado cerca. El pelo le prendería—. Der maydemot nedes dya.
La vela fluctuó cerca de la mejilla. Su
cabello estaba ardiendo.
Llamas rojas y anaranjadas ardían en los
bordes de su pelo, alcanzando rizos sueltos y convirtiéndolos en cenizas.
—Shh —dijo la mujer, y trató de capturar
las ma¬nos de Kivrin, pero Kivrin se debatió contra ella hasta que consiguió
librarse. Se llevó las manos al cabello, in¬tentando apagar las llamas. Sus
manos prendieron.
—Shh —dijo la mujer, y le sujetó las
manos. No era la mujer. Las manos eran demasiado fuertes. Kivrin agitó la
cabeza de un lado a otro, tratando de huir de las llamas, pero también le
sujetaban la cabeza. El cabe-llo le ardió en una nube de fuego.
Cuando despertó, la habitación estaba
llena de humo.
El fuego debía de haberse apagado
mientras dor¬mía. Eso le había sucedido a uno de los mártires cuan¬do lo
quemaron en la hoguera. Sus amigos habían api¬lado leña verde para que muriera
por el humo antes de que el fuego le alcanzara, pero eso casi apagó la
hogue¬ra, y estuvo ardiendo durante horas.
La mujer se inclinó sobre ella.
Había tanto humo que Kivrin no pudo ver
si era joven o vieja.
El hombre pelirrojo debía de haber
apagado el fue¬go. La había cubierto con su capa y luego se acercó al fuego y
lo apagó, pisoteándolo con las botas, y el humo se alzó y la cegó.
La mujer le echó agua encima, y las
gotas hirvieron sobre su piel.
—Hauccaym anchi towoem denswile? —le
pre¬guntó.
—Soy Isabel de Beauvrier—dijo Kivrin—.
Mi her¬mano está enfermo en Evesham. —No recordaba nin¬guna de las palabras.
Quelle demeure. Perced to the rote—. ¿Dónde estoy? —dijo en inglés.
Una cara se acercó a la suya.
—Hau hightes towef—dijo. Era la cara del
asesino del bosque encantado. Ella se apartó, asustada.
—¡Márchate! ¿Qué quieres?
—In nomine Patris, et Filii, et Spiritus
Sancti —re¬citó.
Latín, pensó ella, agradecida. Debe
haber un sacer¬dote aquí.
Intentó levantar la cabeza para ver al
sacerdote más allá del asesino, pero no pudo. Había demasiado humo en la
habitación. Sé hablar latín, pensó. El señor Dunworthy me obligó a aprenderlo.
—¡No deberían dejar que estuviera aquí!
—dijo en latín—. ¡Es un asesino!
Le dolía la garganta, y parecía carecer
de aliento para dar fuerza a sus palabras, pero por la manera en que el asesino
se apartó sorprendido, comprendió que la habían oído.
—No temáis —dijo el sacerdote, y ella le
entendió perfectamente—. Volvéis a estar en casa.
—¿Al lugar de recogida? —preguntó
Kivrin—. ¿Me lleváis allí?
—Asperges me, Domine, hyssope et
mundabor —dijo el sacerdote. Rocíame con agua bendita, Señor, y quedaré limpio.
Ella lo comprendió a la perfección.
—Ayudadme —dijo en latín—. Debo regresar
al lugar del que vine.
—... nominus... —musitó el sacerdote, en
voz tan baja que ella no pudo oírle. Nombre. Algo sobre su nombre. Levantó la
cabeza. La sentía curiosamente li¬viana, como si todo el cabello hubiera
ardido.
—¿Mi nombre?
—¿Podéis decirme vuestro nombre?
—preguntó él en latín.
Se suponía que tenía que decirle que era
Isabel de Beauvrier, hija de Gilbert de Beauvrier, del East Ri-ding, pero le
dolía tanto la garganta que le pareció que no sería capaz.
—Tengo que volver —murmuró—. No sabrán
adonde he ido.
—Confíteor deo omnipotenti —dijo el
sacerdote desde muy lejos. Ella no lo veía. Cuando intentó mirar más allá del
asesino, lo único que distinguió fueron lla¬mas. Debían de haber vuelto a
encender el fuego—. Beatae Mariae semper Virgini...
Está recitando el Confíteor Deo, pensó,
la oración de la confesión. El asesino no debería estar aquí. No debería haber
nadie en la habitación durante una con¬fesión.
Era su turno.
Intentó unir las manos en una plegaria y
no pudo, pero el sacerdote la ayudó, y cuando fue incapaz de re¬cordar las
palabras, las recitó con ella.
—Perdonadme, padre, pues he pecado.
Confieso ante Dios Todopoderoso, y ante vos, Padre, que he pecado de
pensamiento, palabra, obra y omisión, por mi culpa.
—Mea culpa —susurró ella—, mea culpa,
mea máxima culpa.
Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran
culpa; pero eso no estaba bien, no era lo que se suponía que tenía que decir.
—¿Cómo habéis pecado? —dijo el
sacerdote.
—¿Pecado?
—Sí —respondió él amablemente,
inclinándose tanto que prácticamente le susurró al oído—. Para que podáis
confesar vuestros pecados y obtener el perdón de Dios, y entrar en el reino
eterno.
Todo lo que quería hacer era ir a la
Edad Media, pensó ella. Trabajé muchísimo, estudiando los idio¬mas, las
costumbres y todo lo que el señor Dunworthy me aconsejó. Yo sólo quería ser
historiadora.
Deglutió, una sensación como de llamas.
—No he pecado.
El sacerdote se retiró entonces, y
Kívrin pensó que se había enfadado porque ella no quería confesar sus pecados.
—Tendría que haber escuchado al señor
Dunwor¬thy —dijo ella—. No tendría que haberme alejado del lugar.
—In nomine Patris, et Filii, et Spiritus
Sancti. Amen —recitó el sacerdote. Su voz sonaba amable, tranquilizadora. Ella
sintió su contacto refrescante en la frente—. Quid quid deliquisti —murmuró el
sacer¬dote—. Por esta sagrada unción y por la divina mise¬ricordia...
Le tocó los ojos, las orejas, la nariz,
de forma tan suave que ella no notó su mano, solamente el fresco contacto del
aceite.
Esto no forma parte del sacramento de la
peniten¬cia, pensó Kivrin. Es el ritual de la extremaunción. Está diciendo los
últimos sacramentos.
—No...
—No temáis. Que el Señor perdone las
ofensas que hayáis podido cometer —dijo él, y apagó el fuego que quemaba las
plantas de sus pies.
—¿Por qué me administran los últimos
sacramen¬tos? —preguntó Kivrin, y entonces recordó que la es¬taban quemando en
la hoguera. Voy a morir aquí, pensó, y el señor Dunworthy nunca sabrá lo que me
ha sucedido—. Me llamo Kivrin. Dígale al señor Dun¬worthy....
—Que contempléis a vuestro Redentor cara
a cara —prosiguió el sacerdote, sólo que era el asesino quien hablaba—. Y que
al encontraros ante Él vuestra mirada sea bendita con la verdad hecha
manifiesta.
—Me estoy muriendo, ¿verdad? —le
preguntó al sacerdote.
—No hay nada que temer —la tranquilizó
él, y le cogió la mano.
—No me deje —suplicó ella, y le agarró
la mano con fuerza.
—No lo haré —prometió él, pero con todo
aquel humo Kivrin no lo veía bien—. Que Dios Todopode¬roso tenga piedad de vos,
perdone vuestros pecados y os lleve a la vida eterna.
—Por favor, venga a rescatarme, señor
Dunwor¬thy —gimió ella, y las llamas rugieron entre ambos.
TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL
JUICIO FINAL
(000806-000882)
Domine, mittere digneris sanctum Angelum
tuum de caelis, qui custodiat, foveat, protegat, visitet, atque defendat omnes
habitantes in hoc habitáculo.
(Pausa)
Exaudí oratioim meam et clamor meus ad
te veniat.*
(Pausa) Oye mi plegaria, y que mi
súplica llegue a Ti.*
Traducción: Oh, Señor, dígnate enviar a
Tu ángel sagrado del cielo, para guardar, proteger, visitar y defender a todos
los congrega¬dos en esta casa.
9
—¿Qué ocurre, Badri? ¿Qué va mal?
—preguntó Dunworthy.
—Frío —dijo Badri. Dunworthy se inclinó
sobre él y lo arropó hasta los hombros. La sábana parecía doiorosamente
inadecuada, tan fina como la bata de papel que llevaba Badri. No le extrañaba
que tuviera frío.
—Gracias —murmuró Badri. Sacó una mano
de debajo de la sábana y agarró la de Dunworthy. Cerró los ojos.
Dunworthy miró ansiosamente las
pantallas, pero eran tan inescrutables como siempre. La temperatura todavía era
de treinta y nueve coma nueve. La mano de Badri estaba muy caliente, incluso a
través del guante impermeable, y las uñas parecían extrañas, casi de co¬lor
azul oscuro. La piel de Badri parecía también más oscura, y su cara, de algún
modo, se veía más delgada que cuando lo habían traído.
La enfermera, cuya silueta bajo la bata
de papel le recordaba desagradablemente a la de la señora Gad-dson, entró y
dijo a regañadientes:
—La lista de contactos primarios está en
la gráfica.
Ahora se explicaba que Badri le tuviera
miedo.
—CH1 —dijo ella, señalando el teclado
bajo la pri¬mera pantalla a la izquierda.
Una gráfica dividida en dos bloques de
una hora apareció en la pantalla. El nombre de Dunworthy, el de Mary y las
encargadas de la planta aparecían en la parte superior con las letras RPE
detrás, entre paréntesis, presumiblemente para indicar que llevaban ropa
pro¬tectora especial cuando entraron en contacto con él.
—Avanza —dijo Dunworthy, y la gráfica se
desli¬zó sobre la pantalla incluyendo la llegada al hospital, los auxiliares de
la ambulancia, la red, los dos últimos días. Badri había estado en Londres el
lunes por la ma¬ñana preparando un lanzamiento para el Jesús College. Había
regresado a Oxford en metro a mediodía.
Había ido a ver a Dunworthy a las dos y
media y permaneció allí hasta las cuatro. Dunworthy introdujo las horas en la
gráfica. Badri le había dicho que el do¬mingo fue a Londres, aunque no
recordaba a qué hora. Introdujo: «Londres, telefonear a Jesús College para
confirmar hora de llegada.»
—De vez en cuando se despierta —señaló
la enfer¬mera, con tono desaprobador—. Es la fiebre. —Com¬probó los goteros,
dio un tirón a las sábanas, y luego se marchó.
La puerta, al cerrarse, pareció
despertar a Badri. Abrió los ojos.
—Tengo que hacerte algunas preguntas,
Badri —dijo Dunworthy—. Necesitamos averiguar a quién has visto y hablado. No
queremos que también se pon¬gan enfermos, y necesitamos que nos digas quiénes
son.
—Kivrin —dijo él. Su voz era débil, casi
un susu¬rro, pero su mano agarraba con fuerza la de Dunwor¬thy—. En el
laboratorio.
—¿Esta mañana? ¿Viste a Kivrin antes de
esta ma¬ñana? ¿La viste ayer?
—No.
—¿Qué hiciste ayer?
—Comprobé la red —respondió débilmente,
y su mano se aferró a la de Dunworthy.
—¿Estuviste allí todo el día?
Él sacudió la cabeza, y el esfuerzo
produjo toda una serie de pitidos y subidas en las pantallas.
—Fui a verle.
Dunworthy asintió.
—Me dejaste una nota. ¿Qué hiciste
después? ¿Vis¬te a Kivrin?
—Kivrin. Comprobé las coordenadas de
Puhalski.
—¿Eran correctas?
Badri frunció el ceño.
—Sí.
—¿Estás seguro?
—Sí. Las comprobé dos veces. —Se
interrumpió para tomar aliento—. Hice un chequeo interno y una comparación.
Dunworthy sintió un arrebato de alivio.
No se ha¬bía producido ningún error en las coordenadas.
—¿Y el deslizamiento? ¿Cuánto hubo?
—Qué dolor de cabeza —murmuró Badri—.
Esta mañana. Será que bebí demasiado en el baile.
—¿Qué baile?
—Estoy cansado —murmuró.
—¿A qué baile fuiste? —insistió
Dunworthy, sin¬tiéndose como un inquisidor—. ¿ Cuándo fue ? ¿ El lunes ?
—El martes. Bebí demasiado —volvió la
cabeza en la almohada.
—Descansa ahora —aconsejó Dunworthy.
Suave¬mente, retiró la mano—. Intenta dormir un poco.
—Me alegro de que haya venido —dijo
Badri, y volvió a cogerle la mano.
Dunworthy la sostuvo, observando
alternativa¬mente a Badri y las pantallas mientras dormía. Estaba lloviendo.
Oía el repiqueteo de las gotas tras las corti¬nas echadas.
No se había dado cuenta de lo enfermo
que estaba Badri. Estaba demasiado preocupado por Kivrin para pensar en él. Tal
vez no debería estar tan enfadado con Montoya y los demás. También tenían sus
preocupa¬ciones, y ninguno de ellos se había parado a pensar lo que significaba
la enfermedad de Badri excepto en tér¬minos de las dificultades e
inconveniencias que causa¬ba. Incluso Mary, que hablaba de habilitar
Bulkeley-Johnson para una enfermería y las posibilidades de una epidemia, no
había captado la realidad de la enferme¬dad de Badri y lo que significaba.
Había recibido las vacunas antivirales, y sin embargo yacía con una fiebre de
treinta y nueve coma nueve.
Pasó la tarde. Dunworthy oyó la lluvia y
el repicar de los cuartos de hora en St. Hilda y, más distante, los de Christ
Church. La enfermera le informó sombría¬mente de que su turno acababa, y una
enfermera rubia, mucho más alegre y más menuda, con las insignias de
estudiante, entró a comprobar los goteros y observar las pantallas.
Badri se debatía entre la vigila y el
sueño con un es¬fuerzo que Dunworthy difícilmente habría calificado de
«oscilante». Parecía cada vez más exhausto cuando recuperaba el conocimiento, y
cada vez menos capaz de responder a las preguntas de Dunworthy.
Pero Dunworthy continuó haciéndolas,
implaca¬ble. El baile de Navidad se había celebrado en Hea-dington. Badri había
ido a un pub después. No recor¬daba el nombre. La mañana del lunes había
trabajado solo en el laboratorio, comprobando las coordenadas de Puhalski.
Había llegado de Londres a mediodía. En metro. Era imposible. Pasajeros del
metro y asis¬tentes a la fiesta, y toda la gente con quien había contactado en
Londres. Nunca podrían localizarlos y estudiarlos a todos, aunque Badri supiera
quiénes eran.
—¿Cómo llegaste a Brasenose esta mañana?
—le preguntó Dunworthy la siguiente vez que Badri
despertó.
—¿Mañana? —dijo Badri, mirando la
ventana co¬rrida como si pensara que ya era de día—. ¿Cuánto tiempo he dormido?
Dunworthy no supo qué contestar. Había
dormi¬do de forma intermitente toda la tarde.
—Son las diez —dijo, mirando su
digital—. Te tra¬jimos al hospital a la una y media. Dirigiste la red esta
mañana y enviaste a Kivrin. ¿Recuerdas cuándo empe¬zaste a encontrarte mal?
—¿Qué fecha es hoy? —dijo Badri, de
pronto.
—Veintidós de diciembre. Sólo has estado
aquí parte de un día.
—El año —replicó Badri, intentando
incorporar¬se—. ¿Qué año es?
Dunworthy miró ansiosamente las
pantallas. La temperatura era de casi cuarenta.
—El año es el 2054 —respondió,
inclinándose para calmarlo—. Es veintidós de diciembre.
—Apártese —dijo Badri.
Dunworthy se enderezó y se apartó de la
cama.
—Apártese —repitió Badri. Se incorporó
más y contempló la habitación—. ¿Dónde está el señor Dun¬worthy? Tengo que
hablar con él.
—Estoy aquí, Badri. —Dunworthy avanzó un
pa¬so hacia la cama y luego se detuvo, temiendo sobresal¬tarlo—. ¿Qué querías
decirme?
—¿Sabe entonces dónde podría estar?
¿Quiere darle esta nota?
Le tendió una hoja de papel imaginaria,
y Dun¬worthy advirtió que debía de estar reviviendo la tarde del martes, cuando
fue a verle a Balliol.
—Tengo que volver a la red. —Consultó un
digital imaginario—. ¿Está abierto el laboratorio?
—¿De qué querías hablar con el señor
Dunwor¬thy? ¿Del deslizamiento?
—No. ¡Apártese! Va a dejarla caer. ¡La
tapa! —Mi¬ró fijamente a Dunworthy, con los ojos brillantes de fie¬bre—. ¿A qué
espera? ¡Vaya y recójalo!
Entró la estudiante de enfermería.
—Está delirando —comentó Dunworthy.
Dirigió a Badri una rápida mirada y
luego contem¬pló las pantallas. A Dunworthy le parecían siniestras, veloces
números que cruzaban frenéticamente las pan¬tallas y zigzagueaban en tres
dimensiones, pero la en-fermera no parecía especialmente preocupada. Miró por
turnos cada una de las pantallas y empezó a ajustar tranquilamente el flujo de
los goteros.
—Tiéndase, ¿quiere? —dijo, todavía sin
mirar a Badri, y sorprendentemente él obedeció.
—Creía que se había marchado —dijo él,
recosta¬do contra la almohada—. Gracias a Dios que está aquí —continuó, y
pareció desplomarse de nuevo, aunque esta vez no había ningún sitio al que
caer.
La estudiante de enfermería no se dio
cuenta. To¬davía estaba ajustando los goteros.
—Se ha desmayado —advirtió Dunworthy.
Ella asintió y empezó a leer la
pantalla. Ni siquiera miró a Badri, que parecía mortalmente pálido bajo su piel
oscura.
—¿No cree que debería llamar a un
médico? —dijo Dunworthy, y la puerta se abrió y entró una mujer alta vestida
con RPE.
Tampoco miró a Badri. Leyó los monitores
uno a uno, y entonces preguntó:
—¿Indicaciones de implicación pleural?
—Cianosis y escalofríos —dijo la
enfermera.
—¿Qué le están dando?
—Mixabravina.
La doctora cogió un estetoscopio de la
pared, y desenrolló la pieza del cable.
—¿Alguna hemoptisis?
Ella sacudió la cabeza.
—Tengo frío —murmuró Badri desde la
cama. Ninguna de ellas le prestó la más mínima atención. Ba¬dri empezó a
tiritar—. No lo deje caer. Era de porcela¬na, ¿verdad?
—Cincuenta centímetros cúbicos de
penicilina acuosa y una dosis de ASA —ordenó la doctora. Sentó a Badri en la
cama y abrió las tiras de velero de su bata de papel. Badri tiritaba más que
nunca. La doctora presio-nó el estetoscopio contra la espalda de Badri en lo
que Dunworthy consideró un castigo cruel e inusitado.
—Respire hondo —dijo la doctora, los
ojos fi¬jos en la pantalla. Badri obedeció, castañeteando los dientes.
—Consolidación pleural menor inferior
izquierda —anunció la doctora crípticamente, y movió el aparato un centímetro—.
Otra vez. —Movió el aparato varias veces más—. ¿Tenemos ya una identificación?
—Mixovirus —respondió la enfermera,
llenando una jeringuilla—. Tipo A.
—¿ Secuenciado ?
—Todavía no. —Insertó la jeringuilla en
la cánula y la vació. En el exterior sonó un teléfono.
La doctora cerró la bata de Badri, lo
volvió a acos¬tar y le cubrió las piernas descuidadamente.
—Déme un gramo —dijo, y se marchó. El
teléfono siguió sonando.
Dunworthy ansiaba tapar bien a Badri,
pero la es¬tudiante de enfermería estaba colocando otro gotero en la percha.
Esperó hasta que ella hubo terminado y se marchó, y luego alisó la sábana y
arropó cuidadosa-mente a Badri hasta los hombros, remetiendo la tela por debajo
de la cama.
—¿Estás mejor? —preguntó, pero Badri ya
había dejado de tiritar y se había quedado dormido. Dunwor¬thy miró las
pantallas. Su temperatura era ya de treinta y nueve coma dos, y las anteriores
líneas frenéticas de las otras pantallas eran firmes y fuertes.
—Señor Dunworthy —dijo la voz de la
estudiante de enfermería desde algún lugar de la pared—, hay una llamada para
usted. Un tal señor Finch.
Dunworthy abrió la puerta. La enfermera,
sin su RPE, le indicó que se quitara la bata. Él la obedeció, y tiró las ropas
en la gran bolsa que ella le señaló.
—Sus gafas, por favor.
Se las tendió, y ella las roció con
desinfectante. Dunworthy cogió el teléfono, entornando los ojos ante la
pantalla.
—Señor Dunworthy, le he estado buscando
por todas partes —dijo Finch—. Ha ocurrido algo terrible.
—¿De qué se trata? —Dunworthy miró su
digital. Eran las diez. Demasiado pronto para que alguien hu¬biera aparecido
con el virus si el período de incubación era de doce horas—. ¿Hay alguien
enfermo?
—No, señor. Mucho peor que eso: la
señora Gad-dson. Está en Oxford. De algún modo ha logrado cru¬zar el perímetro
de la cuarentena.
—Lo sé. Cogió el último tren. Les hizo
sujetar las puertas.
—Sí, bueno, llamó desde el hospital.
Insiste en alo¬jarse en Balliol, y me acusa de no haber cuidado ade¬cuadamente
de William porque fui quien designó a los tutores, y por lo visto su tutor le
hizo quedarse durante las vacaciones para estudiar a Petrarca.
—Dígale que no tenemos sitio, que los
dormito¬rios están siendo esterilizados.
—Ya se lo dije, señor, pero respondió
que en ese caso se alojaría con William en su habitación. No me gusta hacerle
eso, señor.
—No —dijo Dunworthy—. Hay algunas cosas
que nadie debería tener que soportar, ni siquiera en una epidemia. ¿Le ha dicho
a William que ha venido su madre?
—No, señor. Lo intenté, pero no está en
el colegio. Tom Gailey me dijo que estaba visitando a una jovencita en
Shrewsbury, así que la telefoneé, pero no me contestaron.
—Seguramente estarán estudiando a
Petrarca en alguna parte —ironizó Dunworthy, preguntándose qué sucedería si la
señora Gaddson se tropezara con la desprevenida pareja camino de Balliol.
—No comprendo por qué debe hacer eso,
señor —comentó Finch, con voz preocupada—. O por qué su tutor le ha asignado
Petrarca. Estudia literatura mo¬derna.
—Sí, bueno, cuando llegue la señora
Gaddson, aló¬jela en Warren. —La enfermera alzó la cabeza brusca¬mente mientras
terminaba de limpiarle las gafas—. Está al otro lado del patio de todas formas.
Ofrézcale una habitación que no dé a ningún sitio. Y compruebe nuestro
suministro de pomada contra los sarpullidos.
—Sí, señor —dijo Finch—. Hablé con la
adminis¬tradora del New College. Dijo que antes de marcharse, el señor
Basingame le comentó que quería estar «libre de distracciones», pero suponía
que le habría dicho a alguien adonde iba y que intentaría telefonear a su
mu¬jer en cuanto las líneas queden libres.
—¿Preguntó por sus técnicos?
—Sí, señor. Todos ellos se han ido a
casa a pasar las vacaciones.
—¿Cual de nuestros técnicos vive más
cerca de Oxford?
Finch reflexionó durante un momento.
—Andrews, en Reading. ¿Quiere su número?
—Sí, y prepáreme una lista con los
números y di¬recciones de los demás.
Finch recitó el número de Andrews.
—He tomado medidas para remediar la
situación del papel higiénico. He colocado carteles con la si¬guiente frase:
«El derroche conduce a la necesidad.»
—Maravilloso —dijo Dunworthy. Colgó e
intentó llamar a Andrews. Comunicaba.
La estudiante de enfermería le tendió
sus gafas y un nuevo fardo de RPE, y él se las puso, procurando colocarse la
mascarilla antes que la gorra y dejar los guantes para lo último.
Con todo, tardó una considerable
cantidad de tiem¬po en prepararse. Esperaba que la enfermera fuera mu¬chísimo
más rápida si Badri tocaba/el timbre pidiendo ayuda.
Entró de nuevo. Badri estaba dormido,
inquieto. Miró las pantallas. Su temperatura era de treinta y nue¬ve coma
cuatro.
Le dolía la cabeza. Se quitó las gafas y
se frotó en¬tre los ojos. Entonces se sentó en el taburete y miró la lista de
contactos que había preparado hasta el mo¬mento. Apenas podía considerarse una
lista, pues había muchos agujeros en ella. El nombre del pub al que ha¬bía ido
Badri después del baile. Dónde había estado Badri el lunes por la noche. Y el
domingo por la tarde. Había llegado de Londres en metro a las doce, y Dunworthy
le había llamado para pedirle que dirigiera la red a las dos y media. ¿Dónde había
estado durante esas dos horas y media?
¿Y dónde había ido el martes por la
tarde después de ir a Balliol y dejar una nota diciendo que había hecho una
comprobación de sistemas en la red? ¿De vuelta al laboratorio? ¿O a otro pub?
Se preguntó si tal vez al-guien de Balliol había hablado con Badri mientras
estu¬vo allí. Cuando Finch volviera a llamar para informarle de las últimas
novedades acerca de las campaneras ame¬ricanas y el papel higiénico, le diría
que preguntara a todos los que estuvieran en el colegio si habían visto a
Badri.
La puerta se abrió, y la estudiante de
enfermería, enfundada en RPE, entró. Dunworthy miró automáti¬camente las
pantallas, pero no detectó ningún cambio dramático. Badri seguía dormido. La
enfermera intro¬dujo algunas cifras en la pantalla, comprobó el gotero, y tiró
de una esquina de las sábanas. Descorrió la corti¬na y se quedó allí,
retorciendo el cordón en sus manos.
—No pude evitar oír lo que decía por
teléfono —comentó—. Mencionó a la señora Gaddson. Sé que es una falta de
educación por mi parte, ¿pero es posible que estuvieran hablando de la madre de
William Gaddson?
—Sí —contestó él, sorprendido—. William
estudia en Balliol. ¿Le conoce?
—Es amigo mío —asintió ella,
sonrojándose tanto que él lo notó a través de la máscara impermeable.
—Ah. —Dunworthy se preguntó cuándo tenía
tiempo William para estudiar a Petrarca—. La madre de William está aquí, en el
hospital —comentó, sintien¬do que debía advertirla, pero sin tener muy claro el
motivo—. Ha venido a visitarle durante la Navidad.
—¿Está aquí? —preguntó la enfermera,
sonroján¬dose todavía más—. Creía que estábamos en cuaren¬tena.
—Su tren fue el último que llegó de
Londres —ex¬plicó Dunworthy tristemente.
—¿Lo sabe William?
—Mi secretario está intentando
notificárselo —di¬jo él, omitiendo la parte de la joven de Shrewsbury.
—Está en el Bodleian, estudiando a
Petrarca —dijo ella. Soltó el cordón de la cortina y salió, sin duda para
telefonear al Bodleian.
Badri se agitó y murmuró algo que
Dunworthy no pudo distinguir. Parecía acalorado y su respiración se había
vuelto más dificultosa.
—¿Badri? —llamó.
Badri abrió los ojos.
—¿Dónde estoy?
Dunworthy miró los monitores. La fiebre
le había bajado medio grado y parecía más alerta que antes.
—En el hospital —respondió—. Te
desmayaste en el laboratorio de Brasenose mientras operabas la red. ¿Te
acuerdas?
—Recuerdo que me notaba raro. Frío,. Fui
al pub para decirle que tenía el ajuste... —Una expresión ex¬traña y asustada
asomó a su cara.
—Me dijiste que algo fallaba. ¿De que se
trataba? ¿Del deslizamiento?
—Algo fallaba —repitió Badri. Intentó
apoyarse en un codo—. ¿Qué me está pasando?
—Estás enfermo. Tienes la gripe.
—¿Enfermo? Nunca he estado enfermo. —Se
es¬forzó por sentarse—. Murieron, ¿verdad?
—¿Quiénes?
—Los mató a todos.
—¿Viste a alguien, Badri? Es muy
importante. ¿Tenía alguien más el virus?
—¿Virus? —dijo él, y había un claro
alivio en su voz—. ¿Tengo un virus?
—Sí. Un tipo de gripe. No es fatal. Te
han estado dando antimicrobiales, y un análogo viene de camino. Te recuperarás
enseguida. ¿Sabes quién te la contagió? ¿Tenía alguien más el virus?
—No. —Volvió a acomodarse sobre la
almoha¬da—. Creía... ¡Oh! —Miró a Dunworthy, alarmado—. Algo falla —repitió
desesperadamente.
—¿Qué es? —Extendió la mano hacia el
timbre—. ¿Qué va mal?
Los ojos de Badri estaban espantados.
—¡Duele!
Dunworthy pulsó el timbre. La enfermera
y un médico de guardia entraron inmediatamente y ejecuta¬ron la misma rutina,
sondeándolo con el estetoscopio helado.
—Se quejaba de frío —explicó Dunworthy—.
Y de que le dolía algo.
—¿Dónde le duele? —preguntó el médico,
miran¬do la pantalla.
—Aquí —contestó Badri. Se llevó la mano
a la par¬te derecha del pecho. Empezó a tiritar de nuevo.
—Pleuritis inferior derecha —dijo el
médico.
—Me duele cuando respiro —añadió Badri.
Los dientes les castañeteaban—. Algo falla.
Algo falla. No se refería al ajuste. Se
refería a sí mismo. ¿Qué edad tenía? ¿La misma edad que Kivrin? Habían empezado
a suministrar rinovirus antivirales rutinarios hacía casi treinta años. Era muy
posible que cuando dijo que nunca había estado enfermo quisiera decir que no
había sufrido ni siquiera un resfriado.
—¿Oxígeno? —preguntó la enfermera.
—Todavía no —dijo el médico mientras
salía—. Comience con doscientas unidades de cloramfenicol.
La enfermera volvió a acostar a Badri,
unió una nueva bolsa al gotero, vio cómo la temperatura bajaba durante un
momento, y se marchó.
Dunworthy contempló a través de la
ventana la noche lluviosa. Recuerdo que me notaba raro, había dicho. No
enfermo. Curioso. Alguien que nunca hu¬biera pasado un resfriado no sabría cómo
reaccionar ante la fiebre o los escalofríos. Sólo habría sabido que algo iba
mal y habría dejado la red y corrido hacia el pub para contárselo a alguien.
Tenía que decírselo a Dunworthy. Algo fallaba.
Dunworthy se quitó las gafas y se frotó
los ojos. El desinfectante hacía que le escocieran. Se sentía agota¬do. Había
dicho que no podría relajarse hasta conven,-cerse de que Badri se encontraba
bien. Badri estaba descansando, el malestar de su respiración reducido por la
magia impersonal de los médicos. Y Kivrin dor¬mía también, en una cama
infestada de chinches a sete¬cientos años de distancia. O completamente
despierta, impresionando a los contemporáneos con sus modales en la mesa y sus
uñas sucias, o arrodillada sobre un su¬cio suelo de piedra, contándole a sus
manos sus aven¬turas.
Debió de quedarse dormido. Soñó que oía
sonar un teléfono. Era Finch. Le dijo que las americanas amenazaban con
demandarlos por suministros insuficientes de papel higiénico y que el vicario
había venido con las Escrituras.
—Es Mateo 2,11 —decía Finch—. El
derroche conduce a la necesidad.
En ese momento la enfermera abrió la
puerta y le dijo que Mary necesitaba verle en Admisiones.
Consultó su digital. Eran las cuatro y
veinte. Badri dormía aún, con aspecto casi pacífico. La enfermera le esperaba
fuera con el frasco de desinfectante y le indicó que cogiera el ascensor.
El olor a desinfectante de sus gafas le
ayudó a des¬pejarse. Cuando llegó a la planta baja estaba casi des¬pierto del
todo. Mary le esperaba con una mascarilla y el resto del atuendo.
—Tenemos otro caso —dijo, tendiéndole el
fardo de RPE—. Es una de las retenidas. Debía de pertenecer a la multitud de
compradores. Quiero que intentes identificarla.
Él se puso la ropa con tanta torpeza
como la pri¬mera vez, y estuvo a punto de romper la bata con sus esfuerzos por
separar las tiras de velero.
—Había docenas de compradores en la High
—objetó, mientras se calzaba los guantes—. Y yo esta¬ba observando a Badri.
Dudo de que pueda identificar a nadie de esa calle.
—Lo sé —contestó Mary. Lo guió pasillo
abajo y atravesó la puerta de Admisiones. Parecía que habían pasado años desde
que él estuvo aquí.
Por delante, un puñado de personas,
todos vesti¬dos de anónimo papel, introducían una camilla. El mé¬dico de
guardia, también cubierto de papel, tomaba los datos a una mujer delgada y de
aspecto asustado con una gabardina Mackintosh mojada y un sombrero del mismo
color.
—Se llama Beverly Breen —decía la mujer
con voz débil—. Plover Way, doscientos veintiséis, Surbiton.
Supe que algo iba mal. No paraba de
decir que tenía que coger el metro para Northampton.
Llevaba un paraguas y un gran bolso de
mano, y cuando el médico de guardia le preguntó el número de la Seguridad
Social de la paciente, apoyó el paraguas contra el mostrador de admisiones,
abrió el bolso, y lo examinó.
—Acaban de traerla de la estación de
metro que¬jándose de dolor de cabeza y escalofríos —explicó Mary—. Estaba en la
cola, esperando ser alojada.
Indicó a los médicos que detuvieran la
camilla y re¬tiró la sábana del pecho y el cuello de la mujer para que él
pudiera verla mejor, pero no fue necesario.
La mujer de la gabardina mojada había
encontrado la tarjeta. Se la tendió al médico de guardia, recogió el paraguas,
el bolso y un puñado de documentos multi¬colores, y se acercó con todo el
pertrecho a la camilla. El paraguas era grande. Estaba cubierto de violetas
co¬lor lavanda.
—Badri chocó con ella cuando volvía a la
red —de¬claró Dunworthy.
—¿Estás absolutamente seguro? —le
preguntó Mary.
Él señaló a la amiga de la mujer, que se
había senta¬do y rellenaba los impresos.
—Reconozco el paraguas.
—¿A qué hora fue eso?
—No estoy seguro. ¿La una y media?
—¿Qué tipo de contacto fue? ¿La tocó?
—Chocó con ella —dijo él, tratando de
recordar la escena—. Chocó con el paraguas, y luego le pidió dis¬culpas, y ella
le gritó. Badri recogió el paraguas y se lo entregó.
—¿Tosió o estornudó?
—No lo recuerdo.
La mujer fue conducida a Admisiones.
Mary se le¬vantó.
—Quiero que la pongan en Aislamiento
—ordenó, y los siguió.
La amiga de la mujer se levantó,
apretando torpe¬mente los impresos contra su pecho. Uno se le cayó.
—¿Aislamiento? —dijo, asustada—. ¿Qué le
pasa?
—Venga conmigo, por favor —indicó Mary,
y la condujo a alguna parte para que le hicieran un análisis de sangre y
rociaran con desinfectante el paraguas de su amiga antes de que Dunworthy
pudiera preguntarle si quería que la esperara.
Fue a preguntárselo a la celadora y
entonces se sen¬tó cansinamente en una de las sillas. Había un folleto
educativo junto a él. El título rezaba: «La importancia de dormir bien de
noche.»
Le dolía el cuello por haber dormido en
el tabure¬te, y los ojos volvían a escocerle. Supuso que debería volver a la
habitación de Badri, pero no estaba seguro de tener ánimos para colocarse otra
RPE. Y tampoco creía ser capaz de despertar a Badri y preguntarle quién más iba
a ingresar pronto con una temperatura de treinta y nueve coma cinco.
En cualquier caso, Kivrin no sería uno
de ellos. Eran las cuatro y media. Badri había chocado con la mujer del
paraguas lavanda a la una y media. Eso signi¬ficaba una incubación de quince
horas, y quince horas atrás Kivrin estaba plenamente protegida.
Mary volvió, sin la gorra y con la
mascarilla col¬gándole del cuello. Tenía el cabello despeinado, y pare¬cía tan
cansada como el propio Dunworthy.
—Voy a dar de alta a la señora Gaddson
—le dijo a la celadora—. Tiene que volver a las siete para un análisis de
sangre. —Se acercó a Dunworthy—. Me había olvidado de ella —sonrió—. Estaba
bastante molesta. Amenazó con demandarme por retención ilegal.
—Se llevará bien con mis campaneras.
Amenazan con ir a los tribunales por incumplimiento de contrato.
Mary se pasó la mano por el pelo.
—Tenemos un informe del Word Influenza
Cen¬tre sobre el virus de la influenza. —Se levantó como si hubiera recibido
una súbita inyección de energía—. Me vendría bien una taza de té. Acompáñame.
Dunworthy miró a la celadora, que los
observaba atentamente, y se levantó.
—Estaré en la sala de espera de cirugía
—le dijo Mary.
—Sí, doctora. Sin querer oí su
conversación... —dijo la celadora, vacilante.
Mary se envaró.
—Ha comentado usted que iba a dar de
alta a la se¬ñora Gaddson, y luego le oí mencionar el nombre de William, y me
preguntaba si por casualidad la señora Gaddson es la madre de William Gaddson.
—Sí —contestó Mary, sorprendida.
—¿Es amiga suya? —intervino Dunworthy,
pre¬guntándose si se ruborizaría como la estudiante de en¬fermería rubia.
Lo hizo.
—He llegado a conocerlo bastante bien
durante estas vacaciones. Se ha quedado para estudiar a Pe¬trarca.
—Entre otras cosas —masculló Dunworthy.
Dejó a la celadora todavía ruborizada y condujo a Mary tras el cartel de
«PROHIBIDO EL PASO: ZONA DE AISLAMIENTO» y pasillo abajo.
—¿Qué diantres pasa aquí? —preguntó
ella.
—El enfermizo William tiene muchos más
recur¬sos de lo que suponíamos en un principio —rió él, y abrió la puerta de la
sala de espera.
Mary encendió la luz y se dirigió al
carrito del té. Agitó la tetera eléctrica y desapareció con el aparato en el
cuarto de baño. Él se sentó. Alguien se había llevado la bandeja con el equipo
para tomar muestras de sangre y devuelto la mesa a su sitio, pero la bolsa de
las compras de Mary estaba todavía en mitad del suelo. Se in¬clinó hacia
delante y la acercó a las sillas.
Mary volvió a aparecer con la tetera. Se
inclinó y la enchufó.
—¿Has tenido suerte con los contactos de
Badri?
—Si quieres llamarlo así... Fue a un
baile de Navi¬dad en Headington anoche. Cogió el metro las dos ve¬ces. ¿Cómo
está la situación?
Mary abrió dos bolsas de té y las
esparció sobre las tazas.
—Me temo que sólo hay leche en polvo.
¿Sabes si ha tenido contacto recientemente con alguien de Esta¬dos Unidos?
—No. ¿Porqué?
—¿Tomas azúcar?
—¿Cómo está la situación?
Ella sirvió leche en polvo en las tazas.
—La mala noticia es que Badri está muy
enfermo. —Añadió azúcar—. Recibió las vacunas estacionales a través de la
Universidad, que exige más protección de amplio espectro que el ministerio.
Debería estar com-pletamente protegido contra un cambio de cinco pun¬tos, y
parcialmente resistente a uno de diez. Sin embar¬go, muestra síntomas absolutos
de influenza, lo cual indica una mutación importante.
La tetera silbó.
—Eso significa una epidemia.
—Sí.
—¿Una pandemia?
—Posiblemente. Si el WIC no puede
secuenciar el virus rápidamente, o el personal cae fulminado. O si no se
mantiene la cuarentena.
Desenchufó la tetera y sirvió agua
caliente en las tazas.
—La buena noticia es que el WIC opina
que es una influenza que se originó en Carolina del Sur. —Le ten¬dió una taza a
Dunworthy—. En ese caso, ya ha sido secuenciada y se ha creado una vacuna y un
análogo, responde bien a las antimicrobiales y al tratamiento sintomático, y no
es mortal.
—¿De cuánto es el período de incubación?
—Entre doce y cuarenta y ocho horas. —Se
apoyó contra el carrito y tomó un sorbo de té—. El WIC va a enviar muestras de
sangre al CDC de Atlanta para compararlas, y ellos nos mandarán las
recomendacio¬nes para el tratamiento.
—¿A qué hora ingresó Kivrin en
enfermería el lu¬nes para recibir las antivirales?
—A las tres. Estuvo aquí hasta las nueve
de la ma¬ñana. Le pedí que se quedara para asegurarme de que dormía bien.
—Badri dice que no la vio ayer, pero
podía haber contactado con ella el lunes antes de que viniera.
—Tendría que haber quedado expuesta
antes de su vacuna antiviral, y el virus disponer de una oportuni¬dad de
replicarse para que ella corra peligro, James. Aunque viera a Badri el lunes o
el martes, tiene menos peligro de desarrollar los síntomas que tú. —Lo miró
gravemente por encima de la taza de té—. Todavía es¬tás preocupado por el
ajuste, ¿verdad?
Él apenas sacudió la cabeza.
—Badri dice que comprobó las coordenadas
del estudiante y que eran correctas, y que ya había dicho a Gilchrist que el
deslizamiento era mínimo —dijo, de¬seando que Badri le hubiera contestado
cuando le pre¬guntó por el deslizamiento.
—¿Qué más pudo haber salido mal?
—No lo sé. Nada. Excepto que ella está
sola en la Edad Media.
Mary depositó su taza de té en el
carrito.
—Es posible que esté más segura allí que
aquí. Va¬mos a tener un montón de pacientes enfermos. La in¬fluenza se extiende
como el fuego, y la cuarentena sólo la empeorará. El personal médico es siempre
el primero en quedar expuesto. Si la contraen, o si el suministro de
antimicrobiales se agota, este siglo podría ser el que tenga un diez.
Se pasó la mano por la cabeza, agotada.
—Lo siento, es el cansancio el que
habla. Esto no es la Edad Media, después de todo. Ni siquiera es el si¬glo XX.
Tenemos metabolizadores y adjutores, y si es el virus de Carolina del Sur,
también disponemos de un análogo y una vacuna. Pero me alegro de que Colin y
Kivrin estén a salvo de todo esto.
—Sí, a salvo en la Edad Media —rezongó
Dunworthy.
Mary le sonrió.
—Con los asesinos.
La puerta se abrió de golpe. Un niño
alto y rubito con pies grandes y camiseta de rugby entró, goteando agua.
—¡Colin! —exclamó Mary.
—Vaya, así que estabas aquí —dijo el
niño—. Te he estado buscando por todas partes.
TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL
JUICIO FINAL
(000893-000898)
Señor Dunworthy, ad adjuvandum me
festina*
* Traducción: Dése prisa en ayudarme.
LIBRO SEGUNDO
En el frío invierno el viento helado me
hizo gemir,
la tierra era dura como el hierro, el
agua como una piedra;
había caído nieve, nieve sobre nieve,
nieve sobre nieve,
en el frío invierno hace mucho tiempo.
CHRISTINA ROSETTI
10
El fuego se había apagado. Kivrin aún
olía el humo en la habitación, pero sabía que se trataba de un fuego que ardía
en un hogar. No le extrañaba, pues las chime¬neas no aparecieron en Inglaterra
hasta finales del si¬glo XIV, y estaba sólo en 1320. En cuanto formó los
pen¬samientos, fue consciente de todo lo demás: estoy en 1320, y he pasado una
enfermedad. He tenido fiebre.
Durante un rato no pensó en nada más. Se
sentía bien allí tendida, descansando. Estaba extenuada, como si hubiera
realizado un terrible esfuerzo que hubiera re¬querido todas sus energías. Creí
que iban a quemarme en la hoguera, pensó. Recordó haberse debatido contra ellos
y las llamas saltando, lamiendo sus manos, que¬mándole el cabello.
Me cortaron el pelo, pensó, y se
preguntó si era un recuerdo o algo que había soñado. Estaba demasiado cansada
para llevarse la mano a la cabeza, demasia¬do cansada incluso para intentar
recordar. He estado muy enferma, pensó. Me administraron los últimos
sa¬cramentos.
—No hay nada que temer —había dicho el
hom¬bre—. Volveréis a casa.
Requiescat in pace. Y durmió.
Cuando volvió a despertarse, la
habitación estaba a oscuras, y una campana repicaba a lo lejos. Kivrin pensó
que llevaba soñando mucho rato, igual que tañía la cam¬pana solitaria cuando se
desmayó, pero un momento después otra campana empezó a sonar, tan cerca que
de¬bía de estar ante la ventana, apagando las demás. Maiti¬nes, pensó, y le
pareció recordar haberlas oído antes, un repique entrecortado y desfasado que
seguía el ritmo de los latidos de su corazón, pero eso era imposible.
Debía de haberlo soñado. Había soñado
que la quemaban en la hoguera. Había soñado que le corta¬ban el pelo. Había
soñado que los contemporáneos ha¬blaban un idioma que no comprendía.
La campana más cercana se calló, y las
otras conti¬nuaron durante un rato, como si se alegraran ante la oportunidad de
hacerse oír, y Kivrin recordó eso tam¬bién. ¿Cuánto tiempo llevaba en este
sitio? Al princi¬pio era de noche, y ahora era de día. Parecía una sola noche,
pero entonces recordó los rostros inclinados sobre ella. Cuando la mujer volvió
a traerle la taza y de nuevo cuando llegó el sacerdote, y el asesino con él,
pudo verlos claramente, sin el fluctuar de la inquieta vela. Y en medio recordaba
la oscuridad y la luz bru¬mosa de las lámparas de sebo y las campanas, sonando
y callando y sonando otra vez.
Sintió una súbita puñalada de pánico.
¿Cuánto tiem¬po llevaba allí tendida? ¿Y si había estado enferma se¬manas y
había pasado ya el encuentro ? Pero eso era im¬posible. La gente no deliraba
durante semanas, aunque tuviera fiebre tifoidea, y ella no podía tenerla. Le
habían puesto las vacunas.
Hacía frío en la habitación, como si el
fuego se hubie¬ra apagado durante la noche. Palpó en busca de las man¬tas, y
unas manos surgieron inmediatamente de la oscuri¬dad y las colocaron suavemente
sobre sus hombros.
—Gracias —dijo Kivrin, y se durmió.
El frío volvió a despertarla, y tuvo la
sensación de que sólo había dormido unos minutos, aunque ahora había un poco de
luz en la habitación. Entraba por una estrecha ventana ubicada en la pared de
piedra. Alguien había abierto los postigos y por ahí entraba también el frío.
Había una mujer de puntillas en lo alto
del asiento de piedra situado bajo la ventana, colocando un paño en la
abertura. Llevaba una túnica negra, una saya blan¬ca y una cofia, y por un
instante Kivrin pensó que esta-ba en un convento, pero entonces recordó que las
mu¬jeres del siglo XIV se cubrían el pelo cuando estaban casadas. Sólo las
muchachas solteras llevaban el cabello suelto y sin cubrir.
La mujer no parecía lo bastante mayor
para estar ca¬sada, ni tampoco para ser una monja. Había una mujer en la
habitación cuando Kivrin estuvo enferma, pero era mucho mayor. Cuando Kivrin le
aferró las manos en su delirio, las manos eran ásperas y arrugadas, y la voz de
la mujer sonaba cascada por la edad, aunque tal vez aque¬llo también formara
parte del delirio.
La mujer se asomó a la luz desde la
ventana. La co¬fia blanca era amarillenta y no se trataba de una túnica, sino
de una saya como la de Kivrin, con un sobretodo verde oscuro encima. Estaba mal
teñida y parecía con¬feccionada con tela de arpillera, el tejido tan basto que
Kivrin lo distinguía fácilmente a pesar de la tenue luz. Debía de ser una
criada, entonces, pero las criadas no llevaban tocas de lino ni manojos de
llaves como el que colgaba del cinto de la mujer. Tenía que ser una perso¬na de
cierta importancia, el ama de llaves, tal vez.
Y éste era un lugar de importancia.
Probablemente no se trataba de un castillo, porque la pared contra la que se
situaba la cama no era de piedra, sino de madera sin debastar. Sin duda era un
caserón de al menos la primera orden de nobleza, un barón menor, o
posible¬mente un rango más alto. La cama donde yacía era una cama de verdad,
con un dosel de madera, colgantes y gruesas sábanas de lino, no un simple
jergón, y las mantas eran de piel. El asiento de piedra bajo la venta¬na tenía
cojines bordados.
La mujer ató el paño a las pequeñas
proyecciones de piedra situadas a cada lado de la ventanita, bajó del asiento
de la ventana y se agachó hacia algo. Kivrin no distinguió qué era porque los
colgantes de la cama le impedían verlo. Eran pesados, casi como alfombras, y
habían sido retirados y atados con una cuerda.
La mujer se enderezó de nuevo,
sosteniendo un cuenco de madera, y entonces, alzando sus faldas con la mano
libre, se subió al asiento de la ventana y empe¬zó a frotar el paño con algo
denso. Aceite, pensó Ki¬vrin. No, cera. Utilizaban lino frotado con cera en vez
de cristal en las ventanas. Se suponía que el cristal era de uso común en las
mansiones del siglo XIV. Se supo¬nía que la nobleza llevaba los cristales junto
con el equipaje y los muebles cuando viajaban de casa en casa.
Debo grabar esto, pensó Kivrin, que
algunas man¬siones no tenían ventanas de cristal, y levantó las ma¬nos y las
unió, pero el esfuerzo fue excesivo, y las dejó caer sobre las sábanas.
La mujer miró hacia la cama y luego se
volvió hacia la ventana y empezó a pintar la tela con largos brocha¬zos. Debo
de estar mejorando, pensó Kivrin. Ella per¬maneció junto a la cama todo el
tiempo que estuve en¬ferma. Se preguntó de nuevo cuánto tiempo había
transcurrido. Tendré que averiguarlo, y luego he de encontrar el lugar del
lanzamiento.
No podía estar muy lejos. Si ésa era la
aldea a la que pretendía ir, el lugar no quedaba a más de dos kilóme¬tros.
Intentó recordar cuánto tiempo había durado el viaje a la aldea. Le pareció que
duraba mucho rato. El asesino la había subido a su caballo blanco, que tenía
campanillas en el arnés. Pero no era un asesino. Era un joven pelirrojo de
aspecto agradable.
Tendría que preguntar el nombre de la
aldea adonde la habían llevado, y esperaba que se tratara de Skendgate. Pero
aunque no lo fuera, gracias al nom¬bre sabría dónde se encontraba en relación
con el lu¬gar del lanzamiento. Y, por supuesto, en cuanto se sintiera un poco
más fuerte, podrían mostrarle dónde se hallaba.
¿Cuál es el nombre de la aldea a la que
me habéis traído? No había podido pensar las palabras la noche anterior, pero
eso se debió a la fiebre, por supuesto. Ahora no tenía ningún problema. El
señor Latimer ha¬bía empleado meses en enseñarle la pronunciación. Ciertamente,
podrían comprender In whatte londe am I? o incluso Whatte be thisse holding?, y
aunque hu¬biera alguna variación en el dialecto local, el intérprete lo
corregiría automáticamente.
—Whatte place hast thou brotte me?
—preguntó Kivrin.
La mujer se volvió, sorprendida. Se bajó
del asien¬to, todavía con el cuenco en una mano y el cepillo en la otra, sólo
que no era un cepillo, según descubrió Ki¬vrin mientras se acercaba a la cama.
Era una especie de cuchara de madera con el cuenco casi plano.
—Gottehae plaise tthar tleve —dijo la
mujer, uniendo cuchara y cuenco ante ella—. Beth naught agast.
Se suponía que el intérprete debía
traducir lo que se decía inmediatamente. Tal vez la pronunciación de Kivrin era
defectuosa, tanto que la mujer pensaba que hablaba un idioma extranjero e
intentaba responderle en su torpe francés o alemán.
—Whatte place hast thou brotte me? —dijo
lenta¬mente, para que el intérprete tuviera tiempo de tradu¬cir lo que decía.
—Wick londehay yae comen lawdayke
awtreen godelae deynorm andoar sic straunguwlondes. Speke-faw eek waenoot
awfthy taloorbrede.
—Lawyes sharess loostee? —intervino una
voz.
La mujer se volvió a mirar una puerta
que Kivrin no podía ver, y entró otra mujer, mucho mayor, de rostro arrugado.
Sus manos eran las que Kivrin recor¬daba de su delirio, ásperas y viejas.
Llevaba una cadena de plata y un pequeño cofre de cuero. Se parecía al co¬fre
que Kivrin había llevado consigo, pero era más pe¬queño y con cierres de hierro
en vez de bronce. Colocó el cofre en el asiento de la ventana.
—Auf spechryit darrnayt?
Kivrin recordaba también la voz, áspera
y casi aira¬da. Hablaba a la otra mujer como si fuera una criada. Bueno, tal
vez lo era, y ésta era la señora de la casa, aunque su cofia no se veía más
blanca, ni su vestido mejor. Pero no llevaba ninguna llave en el cinturón, y
ahora Kivrin recordó que no era el ama de gobierno quien llevaba las llaves,
sino la señora de la casa.
La señora de la mansión con lino
amarillento y ar¬pillera mal teñida, lo cual significaba que el vestido de
Kivrin era un error, tanto como la pronunciación de Latimer, como las
afirmaciones de la doctora Ahrens de que no contraería ninguna enfermedad medieval.
—Me pusieron todas las vacunas —murmuró,
y las dos mujeres se volvieron a mirarla.
—Ellavih swot wardesdoorfenden iss?
—preguntó bruscamente la mujer mayor. ¿Era la madre de la mujer más joven, o su
suegra, o su criada? Kivrin no tenía ni idea. Ninguna de las palabras que había
dicho, ni si¬quiera un nombre propio o una forma de dirigirse, se lo aclararon.
—Maetinkerr woun dahest wexe hoordoumbe
—contestó la otra mujer, y la más mayor respondió:
—Ñor nayte bawcows derouthe.
Nada. Se suponía que las frases más
cortas eran más fáciles de traducir, pero Kivrin ni siquiera podía discernir si
había dicho una palabra o varias.
La mujer joven irguió la barbilla,
furiosa.
—Certessan, shreevadwomn wolde nadae
seyvous —dijo bruscamente.
Kivrin se preguntó si estarían
discutiendo sobre qué debían hacer con ella. Tiró de las mantas con sus débiles
manos, como para apartarse de ellas, y la joven soltó la cuchara y el cuenco y
acudió inmediatamente.
—Spaegun yovor tongawn glais? —dijo, y
podía ser «Buenos días» o «¿Te encuentras mejor?» o «Te quemaremos al
amanecer», por lo que Kivrin sabía. Quizá su enfermedad impedía un correcto
funciona¬miento del traductor. Tal vez cuando la fiebre bajara, comprendería
todo lo que decían.
La mujer mayor se arrodilló junto a la
cama, soste¬niendo una pequeña caja de plata al final de la cadena entre las
manos cruzadas, y empezó a rezar. La joven se inclinó hacia delante para mirar
la frente de Kivrin y luego palpó tras su cabeza, haciendo algo que tiró del
pelo de Kivrin. Entonces advirtió que debían de haber¬le vendado la herida de
la frente. Se llevó la mano a la tela y luego al cuello, buscando sus rizos,
pero no en-contró nada. Su cabello terminaba en un mechón irre¬gular justo
debajo de las orejas.
—Vae motten tiyez thynt —dijo la mujer
joven, preocupada—. Far thotyiwort wount sorr.
Le estaba dando algún tipo de
explicación, pensó Kivrin. Aunque no la entendía, sí comprendía que ha¬bía
estado muy enferma, tanto que pensó que su pelo estaba ardiendo. Recordó a
alguien (¿la mujer mayor?) intentando agarrarle las manos y a sí misma debatién¬dose
salvajemente ante las llamas. No habían tenido ninguna alternativa.
Y Kivrin que odiaba su maraña de pelo y
todo el tiempo que tardaba en peinárselo, y lo mucho que se había preocupado
por cómo llevaban el cabello las mu¬jeres medievales, si se recogían en trenzas
o no, y cómo demonios iba a soportar dos semanas sin lavárselo. Tendría que
alegrarse de que se lo hubieran cortado,pero en ese momento sólo pudo pensar en
Juana de Arco, que llevaba el cabello corto, y a la que habían quemado en la
hoguera.
La joven retiró las manos del vendaje y
observaba a Kivrin, con aspecto asustado. Kivrin le sonrió, algo temblorosa, y
ella le devolvió la sonrisa. Le faltaban dos dientes en la parte derecha de la
boca, y el diente situado junto a la abertura era marrón, pero cuando sonrió no
pareció mayor que una estudiante de primer año.
Terminó de desatar el vendaje y lo
depositó sobre las mantas. Era el mismo lino amarillento de su cofia, pero
hecho tiras, y manchado de sangre oscura. Había más sangre de lo que Kivrin
había creído en un princi¬pio. Por lo visto la herida del señor Gilchrist había
em¬pezado a sangrar de nuevo.
La mujer tocó la sien de Kivrin,
nerviosa, como si no estuviera segura de qué hacer.
—Vexeyaw hongroot? —preguntó, y puso una
ma¬no tras el cuello de Kivrin y la ayudó a levantar la ca¬beza.
Se sintió muy mareada. Debe de ser por
mi pelo, pensó Kivrin.
La anciana tendió a la joven un cuenco
de madera, y ella lo acercó a los labios de Kivrin, quien sorbió con cuidado,
pensando confundida que era el mismo cuen¬co que contenía la cera. No lo era,
ni tampoco la bebida que le habían dado antes. Era una papilla fina y
granu¬losa, menos amarga que la bebida de la noche anterior, pero con un
regusto grasiento.
—Tbasholde nayive gros vitaille towayte
—dijo la anciana, la voz áspera por la impaciencia y el reproche.
Definitivamente, la suegra, pensó
Kivrin.
—Shimote lese hoor fource —respondió la
joven mansamente.
La papilla estaba buena. Kivrin intentó
tomársela toda, pero después de unos cuantos sorbos, se sintió agotada.
La mujer joven tendió el cuenco a la
otra, que ha¬bía rodeado la cama, y ayudó a Kivrin a apoyar la ca¬beza en la
almohada. Recogió el vendaje ensangrenta¬do, tocó de nuevo la sien de Kivrin
como si estuviera decidiendo si debía poner el vendaje otra vez, y luego lo
entregó a la otra mujer, quien lo colocó junto con el cuenco en el cofre que
debía de estar al pie de la cama.
—Lo, liggethsteallouw —dijo la joven,
mostrando su sonrisa mellada, y su tono resultaba inconfundible, aunque Kivrin
no comprendía las palabras. La mujer le había dicho que durmiera. Cerró los
ojos.
—Durmidde shoalausbrekkeynow —dijo la
ancia¬na. Las dos se marcharon de la habitación, y cerraron tras ellas la
pesada puerta.
Kivrin repitió lentamente las palabras
para sí, in¬tentando captar algún sonido familiar. Se suponía que el intérprete
ampliaba su habilidad para separar fone¬mas y reconocer pautas sintácticas, no
sólo almacenar vocabulario del inglés medieval, pero para el caso bien podría
haber estado escuchando servo-croata.
Y tal vez sea así, pensó. ¿Quién sabe
dónde me han traído? Estaba febril. Tal vez el asesino me embarcó y me hizo
cruzar el Canal. Sabía que eso no era posible. Recordaba gran parte del viaje
nocturno, aunque había una cualidad deslabazada e inconexa en todo aquello. Me
caí del caballo, y el pelirrojo me recogió. Y pasa¬mos ante una iglesia.
Frunció el ceño, intentando recordar más
sobre la dirección que habían tomado. Se habían internado en el bosque,
alejándose del claro, y salieron a un camino, y el camino se bifurcó, y ahí fue
donde ella se cayó del caballo. Si pudiera encontrar la bifurcación en la
carre¬tera, tal vez sería capaz de localizar el lugar del lanza¬miento desde
allí. Estaba casi al lado de la torre.
Pero si el lugar del lanzamiento estaba
tan cerca, se encontraba en Skendgate y las mujeres hablaban inglés
medieval. Y si hablaban inglés medieval,
¿por qué no entendía nada de lo que decían?
Tal vez me di un golpe en la cabeza al
caer del ca¬ballo, y le ha pasado algo al intérprete, pensó, pero no se había
golpeado la cabeza. Se había soltado y se había ido deslizando hasta que quedó
sentada en el suelo. Es la fiebre, pensó. Algo impide que el intérprete
reco¬nozca las palabras.
Reconoció el latín, pensó, y un nudo de
miedo em¬pezó a formarse en su pecho. Reconoció el latín, y no puedo estar
enferma. Me pusieron las vacunas. Recor¬dó de repente que la vacuna antiviral
le picaba y le for¬mó un bultito bajo el brazo, pero la doctora Ahrens lo
comprobó antes de su partida. La doctora aseguró que no importaba. Y ninguna de
las otras vacunas le había picado, excepto la vacuna de la peste. No puedo
tener la peste, pensó. No tengo ninguno de los síntomas.
Las víctimas de la peste tenían grandes
bultos bajo los brazos y en la parte interior de los muslos. Vomita¬ban sangre,
y las venas bajo la piel se rompían y se vol¬vían negras. No era la peste,
¿pero qué era, y cómo lo había contraído? Había sido vacunada contra todas las
enfermedades importantes que existían en 1320, y por otra parte, no había
estado expuesta a ninguna enfer¬medad. Había empezado a tener síntomas en
cuanto atravesó, antes de encontrarse con nadie. Los gérmenes no gravitaban sin
más cerca de un sitio de lanzamiento, esperando a que alguien atravesara.
Tenían que propa¬garse por contacto, o por estornudos, o por las pulgas. La
peste había sido extendida por las pulgas.
No es la peste, se dijo firmemente. La
gente que tiene la peste no se pregunta si la tiene. Están demasia¬do ocupados
muñéndose.
No era la peste. Las pulgas que la
habían propaga¬do vivían en ratas y humanos, no en mitad de un bos¬que, y la
Peste Negra no alcanzó Inglaterra hasta 1348. Debe de ser alguna enfermedad
medieval de la que la doctora Ahrens no tenía conocimiento. Había todo tipo de
enfermedades extrañas en la Edad Media: el mal del rey y el baile de san Vito y
un sinfín de fiebres. De¬bía de ser una de ellas, y su sistema inmunológico
au¬mentado había tardado en descubrir qué era y en em¬pezar a combatirla. Pero
ahora lo había hecho, y su temperatura bajaba y el intérprete empezaría a
funcio¬nar. Sólo tenía que descansar y esperar y recuperarse. Reconfortada por
este pensamiento, volvió a cerrar los ojos y se durmió.
Alguien la tocaba. Abrió los ojos. Era
la suegra. Estaba examinando las manos de Kivrin, volviéndolas una y otra vez
en las suyas, frotando su calloso índice por los dorsos, escrutando las uñas.
Cuando vio que Kivrin tenía los ojos abiertos soltó las manos, como disgustada,
y dijo:
—Sbeavost ahvheigh parage attelest, baht
hoore der wikkonsasshae haswfolletwe?
Nada. Kivrin había esperado que de algún
modo, mientras dormía, los ampliadores del intérprete hubie¬ran clasificado y
descifrado todo lo que había oído, y que despertaría para descubrir que ya
funcionaba. Pero las palabras seguían resultándole ininteligibles. Sonaba un
poco a francés, con sus entonaciones y sus delicadas inflexiones, pero Kivrin
conocía el francés normando (el señor Dunworthy le había hecho aprenderlo), y
no distinguía ninguna de las palabras.
—Hastow naydepesse? —dijo la anciana.
Parecía una pregunta, pero todo el
francés lo pa¬recía.
La mujer cogió el brazo de Kivrin con
una ruda mano y la rodeó con el otro brazo, como para ayudarla a levantarse.
Estoy demasiado enferma, pensó Kivrin. ¿Por qué quiere hacerme levantar? ¿Para
interrogar¬me? ¿Para quemarme?
La mujer más joven entró en la
habitación, llevan¬do una palangana. La colocó sobre el asiento y se acer¬có a
coger el otro brazo de Kivrin.
—Hastontee natour yowrese? —preguntó,
mos¬trando su sonrisa desdentada, y Kivrin pensó que tal vez la llevarían al
lavabo, e hizo un esfuerzo por sen¬tarse y pasar las piernas por el lado de la
cama.
Se mareó inmediatamente. Se sentó, las
piernas des¬nudas colgando por el lado de la alta cama, esperando a que pasara.
Llevaba su muda de lino y nada más. Se pre¬guntó dónde estaría su ropa. Al
menos le habían dejado la muda. En la Edad Media, la gente normalmente no
llevaba nada al acostarse.
La gente de la Edad Media tampoco tenía
agua co¬rriente, pensó, y esperó no tener que salir a un retrete. Los castillos
a veces tenían guardarropas cerrados, o esquinas sobre un conducto que tenía
que ser limpiado al fondo, pero esto no era un castillo.
La mujer joven colocó una fina manta
doblada so¬bre los hombros de Kivrin, como un chai, y las dos la ayudaron a
levantarse de la cama. El suelo de tablas de madera estaba helado. Kivrin dio
unos cuantos pasos y se mareó de nuevo. Nunca llegaré al exterior, pensó.
—Wotan shay wootes nawdaor youse der
jordane? —dijo la mujer mayor bruscamente, y a Kivrin le pare¬ció reconocer la
palabra francesa jardín, ¿pero por qué iban a discutir de jardines?
—Thanway maunhollp anhour —replicó la
joven, quien rodeó a Kivrin con el brazo y pasó un brazo de Kivrin por encima
de sus hombros. La anciana agarró el otro brazo con ambas manos. Apenas le
llegaba a Ki-vrin al hombro, y la mujer joven no parecía pesar más de cuarenta
kilos, pero entre las dos la llevaron al final de la cama.
Kivrin se mareó a cada paso. Nunca
llegaré al exte¬rior, pensó, pero se detuvieron al final de la cama. Ha¬bía un
cofre allí, una baja caja de madera con un pájaro o tal vez un ángel toscamente
tallado en lo alto. Encima había una bacina de madera llena de agua, el vendaje
ensangrentado de la frente de Kivrin, y un cuenco va¬cío y más pequeño. Kivrin,
concentrándose en no caer, no advirtió lo que era hasta que la mujer mayor
habló.
—Swone nawmaydar oupondre yorresette.
—Con las manos hizo gestos de levantar sus pesadas faldas y sentarse.
Un orinal, pensó Kivrin, agradecida.
Señor Dunworthy, los orinales existían en las mansiones rurales en 1320.
Asintió para demostrar que comprendía y las dejó colocarla encima, aunque
estaba tan mareada que tuvo que aferrarse a los pesados postes de la cama para
no caer, y el pecho le dolió tanto cuando intentó levantarse de nuevo que se
dobló.
—Maisry! —gritó la anciana, volviéndose
hacia la puerta—. Maisry, com undtvae holpoon!
La inflexión indicaba claramente que
estaba lla¬mando a alguien—¿Marjorie? ¿Mary?—, para que acu¬diera y ayudara,
pero no apareció nadie, así que tal vez Kivrin también se equivocaba en eso.
Se enderezó un poco, tanteando el dolor,
y luego trató de levantarse, y el dolor se había reducido un po¬quito, pero
tuvieron que ayudarla a regresar a la cama, y cuando volvió a estar tapada, se
encontraba exhausta. Cerró los ojos.
—Slaeponpon donupaw daton —dijo la mujer
más joven, y tenía que estar diciendo «descansa» o «duer¬me», pero seguía sin
poder descifrarlo. El intérprete está estropeado, pensó, y el pequeño nudo de
pánico empezó a formarse de nuevo, peor que el dolor en su pecho.
No puede estar estropeado, se dijo. No
es una má¬quina. Es un ampliador químico sintáctico y memorís-tico. Sin
embargo, sólo podía funcionar con las pala¬bras de su memoria, y el inglés
medieval del señor Latimer era inútil. Whan that Aprille with his shoures sote.
La pronunciación del señor Latimer era tan dife¬rente que el intérprete no
reconocía lo que oía como las mismas palabras; sin embargo eso no significaba
que estuviera estropeado. Sólo significaba que tenía que re¬copilar nuevos
datos, y las pocas frases que había oído de momento no bastaban.
Reconoció el latín, pensó, y el pánico
volvió a apu¬ñalarla, pero lo resistió. Había podido reconocer el la¬tín porque
el rito de la extremaunción era un conjunto establecido. Ella ya sabía qué
palabras estarían presen¬tes. Las palabras que pronunciaban las mujeres no eran
un conjunto establecido, pero seguían siendo descifra¬bles. Nombres propios,
fórmulas de vocativo, sustanti¬vos y adverbios y proposiciones subordinadas
apare-cerían en posiciones fijas que se repetían una y otra vez. Se separarían
entre sí rápidamente, y el intérprete podría usarlas como clave para el resto
del código. Ahora lo que necesitaba era recopilar datos, escuchar lo que se
decía sin intentar comprender, y dejar que el intérprete trabajara.
—Thin keowre hoorwoun
desmoortale?—pregun¬tó la mujer joven.
—Got tallón wottes —respondió la
anciana.
Una campana empezó a sonar. Kivrin abrió
los ojos. Las dos mujeres se habían vuelto hacia la ventana, aunque no podían
ver nada a través del lino.
—Bere wichehay gansanon —dijo la joven.
La anciana no respondió. Miraba la
ventana, como si pudiera ver más allá del rígido lino, las manos unidas como en
una oración.
—Aydreddit isterfayve nblaun —dijo la
joven, y a pesar de su decisión, Kivrin trató de convertirlo en «Es hora de
vísperas» o «Es la campana de vísperas», pero no era eso. La campana siguió
doblando, y ninguna otra campana se le unió. Se preguntó si se trataba de la
campana que había oído antes, sonando sola a última hora de la tarde.
La mujer mayor se apartó bruscamente de
la ven¬tana.
—Nay, Elwiss, ithahn diwolffin. —Recogió
el ori¬nal del cofre de madera—. Gawynha thesspyd...
Hubo un súbito roce ante la puerta, un
sonido de pasos subiendo las escaleras, y una voz infantil gritando:
—Modder! Eysmertemay!
Una niña pequeña entró en la habitación,
las tren¬zas rubias revoloteando, y estuvo a punto de chocar con la anciana y
el orinal. La carita redonda de la niña estaba roja y surcada de lágrimas.
—Wol yadothoos forshame ahnyous! —gruñó
la anciana, quitando de su alcance el traicionero cuen¬co—. Yowe maun naroonso
mhus.
La niña no le prestó atención. Corrió
directo hacia la mujer joven, sollozando.
—Rawzamun hattmay smerte, Modder!
Kivrin abrió la boca. Modder. Eso tenía
que ser «madre».
La niñita alzó los brazos, y su madre,
oh, sí, defini¬tivamente su madre, la cogió. La niña pasó los brazos alrededor
del cuello de la mujer y empezó a aullar.
—Shh, ahnyous, shh —murmuró la madre.
Esa gu¬tural es una G, pensó Kivrin. Una G alemana inspira¬da. Shh, Agnes.
Todavía abrazándola, la mujer joven se
sentó junto a la ventana. Secó las lágrimas con una punta de la cofia.
—Spekenaw dotbass bifel, Agnes.
Sí, decididamente Agnes. Y speken era
«dime». Dime qué ha pasado.
—Shayoss mayswerte! —respondió Agnes,
seña¬lando a otra niña que acababa de entrar en la habita¬ción. La segunda niña
era considerablemente mayor, tendría nueve o diez años al menos. Tenía el
cabello largo y castaño que le caía por la espalda y quedaba su¬jeto por un
pañuelo azul.
—Itgan naso, ahnyous—dijo—. Thapighte
rennin gawn derstayres.
No había posibilidad de confusión en la
combina¬ción de afecto y desdén. No se parecía a la niñita rubia, pero Kivrin
estaba dispuesta a apostar a que esta niña morena era la hermana mayor de la
otra.
—Shay pighte renninge ahndist eyres,
Modder.
Otra vez «madre», y shay era «ella», y
pighte debía de ser «caer». Parecía francés, pero la clave era el ale¬mán.
Tanto la pronunciación como las construcciones eran alemanas. Poco a poco todo
iba encajando.
—Na comfitte horr thusselwys —dijo la
mujer ma¬yor—. She hathnau woundes. Hoor teres been fornaught mais gain
typitye.
—Hoor nayu ganful bloody —respondió la
joven, pero Kivrin no la oyó. En cambio oía la traducción del intérprete, aún
torpe y obviamente retrasado, pero tra¬ducción al fin y al cabo:
—No la mimes, Eliwys. No está herida.
Sólo llora para llamar tu atención.
Y la madre, que se llamaba Eliwys:
—Le sangra la rodilla.
—Rossmnt, brangund oorwarsted
frommecofre —dijo, señalando al pie de la cama, y el intérprete la si¬guió—:
Rosemund, acércame el paño del cofre.
La niña de diez años se dirigió
inmediatamente al cofre al pie de la cama.
La niña mayor era Rosemund, la pequeña
Agnes, y la madre imposiblemente joven con su toca y su cofia se llamaba
Eliwys.
Rosemund tendió un paño ajado que era
sin duda el que Eliwys le había quitado a Kivrin de la frente.
—¡No lo toques! ¡No lo toques! —gritó
Agnes, y Kivrin no habría necesitado el intérprete para enten¬derlo. Seguía un
poco retrasado.
—Te pondré una venda para que no te
salga más sangre —dijo Eliwys, cogiendo el trapo de Rosemund. Agnes intentó
apartarlo—. El paño no te... —hubo un espacio en blanco, como si el intérprete
no supiera la palabra, y luego: Agnes. La palabra obviamente era «hará daño» o
«dolerá», y Kivrin se preguntó si el in¬térprete no tenía la palabra en su
memoria y por qué no había ofrecido una aproximación por el contexto.
—... me dolerá —gritó Agnes, y el
intérprete repi¬tió: «Me...» y luego el espacio en blanco. El espacio de¬bía de
ser para que ella oyera la palabra real y dedujera su significado. No era mala
idea, pero el intérprete iba tan retrasado con respecto al original que Kivrin
no pudo oír la palabra en cuestión. Si el intérprete hacía esto cada vez que no
reconocía una palabra, tendría graves problemas.
—Dolerá —gimió Agnes, apartando la mano
de su madre de su rodilla.
—Duelerá —susurró a continuación el
intérprete, y Kivrin se sintió aliviada de que hubiera encontrado algo, aunque
«dueler» no era exactamente un verbo.
—¿Cómo te has caído? —preguntó Eliwys
para distraer a Agnes.
—Subía corriendo las escaleras
—intervino Rose-mund—. Corría para darte la noticia de que... ha llegado.
El intérprete volvió a dejar un espacio,
pero esta vez Kivrin captó la palabra, Gawyn, probablemente un nombre propio, y
el intérprete llegó al parecer a la mis¬ma conclusión, porque para cuando Agnes
gritó «¡Yo tendría que haberle dicho a mamá que ha llegado Gawyn!», lo incluyó
en su traducción.
—Se lo tendría que haber dicho yo
—repitió Ag¬nes, llorando de verdad ahora, y hundió la cara en su madre, quien
aprovechó la ocasión para vendar la rodi¬lla de la niña.
—Puedes decírmelo ahora —sugirió.
Agnes sacudió la cabeza.
—Pones la venda demasiado floja, nuera
—obser¬vó la anciana—. Se le caerá.
El vendaje le pareció a Kivrin bastante
tenso, y era evidente que cualquier intento por tensarlo más provo¬caría nuevos
llantos. La mujer mayor sujetaba todavía el orinal con las dos manos. Kivrin se
preguntó por qué no iba a vaciarlo.
—Shh, shh —murmuró Eliwys, meciendo a la
niña y palmeándola en la espalda—. Habría preferido que tú me lo hubieras
dicho.
—El orgullo provoca la caída —rezongó la
anciana, al parecer decidida a hacer llorar a Agnes otra vez—. Si te caíste, la
culpa es tuya. No tendrías que haber subido corriendo las escaleras.
—¿Cabalgaba Gawyn una yegua blanca?
—pre¬guntó Eliwys.
Una yegua blanca. Kivrin se preguntó si
Gawyn sería el hombre que la había ayudado a subir a su caba¬llo y la había
traído al caserón.
—No —respondió Agnes, en un tono que
indicaba que su madre había hecho algún tipo de chiste—. Mon¬taba su caballo
negro, Gringolet. Y se acercó a mí y me dijo: «Bella lady Agnes, quisiera
hablar con tu madre.»
—Rosemund, tu hermana se ha hecho daño
por tu descuido —dijo la anciana. No había conseguido mo¬lestar a Agnes, así
que decidió buscar otra víctima—. ¿Por qué no la estabas cuidando?
—Estaba con mi bordado —intentó
justificarse Rosemund, buscando apoyo en su madre—. Maisry te¬nía que cuidarla.
—Maisry salió a ver a Gawyn —dijo Agnes,
quien se sentó en el regazo de su madre.
—Y a charlar con el mozo del establo
—refunfuñó la anciana. Se acercó a la puerta y gritó—: ¡Maisry!
Maisry. Ése era el nombre que la anciana
había di¬cho antes, y ahora el intérprete ni siquiera dejaba ya es¬pacios en
blanco cuando se trataba de nombres pro¬pios. Kivrin no sabía quién era Maisry,
probablemente una criada, pero si la forma en que se desarrollaban las cosas
era una indicación, Maisry iba a tener un buen número de problemas. La anciana
estaba decidida a en¬contrar un culpable, y la desaparecida Maisry parecía la
persona ideal.
—¡Maisry! —volvió a gritar, y el nombre
hizo eco.
Rosemund aprovechó la oportunidad para
colo¬carse al lado de su madre.
—Gawyn nos pidió que te transmitiéramos
su sú¬plica de venir a hablar contigo.
—¿Espera abajo? —preguntó Eliwys.
—No. Primero fue a la iglesia para
hablar de la dama con el padre Piedra.
El orgullo provoca la caída. El
intérprete obvia¬mente se estaba confiando demasiado. Padre Rolfe, tal vez, o
padre Peter. Pero seguro que no padre Piedra.
—Tal vez ha descubierto algo de la dama
—aven¬turó Eliwys, mirando a Kivrin. Por primera vez daban alguna indicación de
que recordaban que Kivrin estaba presente en la habitación. Kivrin cerró
rápidamente los ojos para hacerles creer que estaba dormida y así si¬guieran
hablando acerca de ella.
—Gawyn salió esta mañana a buscar a los
bandi¬dos —dijo Eliwys. Kivrin abrió un poquito los ojos, pero ya no la estaba
mirando—. Tal vez los ha encon¬trado. —Se inclinó y ató las tiras de la gorrita
de lino de la niña pequeña—. Agnes, ve a la iglesia con Rosemund y dile a Gawyn
que hablaremos con él en el salón. La dama duerme. No debemos molestarla.
Agnes corrió hacia la puerta, gritando.
—¡Se lo diré yo, Rosemund!
—Rosemund, deja que tu hermana se lo
diga —or¬denó Eliwys tras ellas—. Agnes, no corras.
Las niñas desaparecieron por la puerta y
bajaron unas escaleras invisibles, obviamente corriendo.
—Rosemund es casi una mujer —comentó la
an¬ciana—. No está bien que corra detrás de los hombres de tu marido. Tus hijas
se malcriarán si no están bien atendidas. Harías bien en mandar a buscar una
aya a Oxenford.
—No —contestó Eliwys con una firmeza que
Kivrin no habría imaginado—. Maisry
puede cuidar de ellas.
—Maisry no sirve ni para cuidar ovejas.
No ten¬dríamos que haber venido de Bath con tanta prisa. Po¬dríamos haber
esperado hasta... —Algo.
El intérprete volvió a dejar un espacio
en blanco, y Kivrin no reconoció la frase, pero había entendido lo principal.
Habían venido de Bath. Estaban cerca de Oxford.
—Deja que Gawyn busque una aya. Y una
curan¬dera para la dama.
—No llamaremos a nadie —dijo Eliwys.
—A... —otro nombre de lugar que el
intérprete no supo descifrar—. Lady Yvolde tiene fama de saber cu¬rar las
heridas. Y nos cedería alegremente una de sus mujeres como aya.
—No. La atenderemos nosotras. El padre
Roche...
—El padre Roche no sabe nada de
medicina.
Pero yo comprendí todo lo que dijo,
pensó Kivrin. Recordó su voz amable cantando los últimos sacra¬mentos, su suave
contacto en las sienes, las palmas, las plantas de los pies. Le había dicho que
no tuviera mie¬do y le preguntó su nombre. Y le sostuvo la mano.
—Si la dama es de noble cuna, ¿dejarías
que un ig¬norante cura de pueblo la atendiera? Lady Yvolde...
—No llamaremos a nadie —repitió Eliwys,
y por primera vez Kivrin advirtió que tenía miedo—. Mi ma¬rido nos dijo que la
tuviéramos aquí hasta que él vol¬viera.
—Tendría que haber venido antes con
nosotras.
—Sabes que no podía. Vendrá cuando
pueda. He de ir a hablar con Gawyn —dijo Eliwys, dirigiéndose hacia la puerta—.
Gawyn me dijo que exploraría el lu¬gar donde encontró a la dama para buscar
pistas de sus atacantes. Tal vez haya encontrado algo que nos diga quién es.
El lugar donde encontró a la dama. Gawyn
era el hombre que la había encontrado, el hombre pelirrojo y el rostro amable
que la había subido a su caballo y la había llevado allí. Al menos eso no lo
había soñado, aunque debía haber imaginado al caballo blanco. La había llevado
allí, y sabía dónde era el sitio del lanza¬miento.
—Esperad —dijo Kivrin. Se apoyó en las
almoha¬das—. Esperad. Por favor. Quisiera hablar con Gawyn.
Las mujeres se detuvieron. Eliwys se
acercó a la cama, alarmada.
—Quisiera hablar con el hombre llamado
Gawyn —repitió Kivrin con cuidado, esperando antes de cada palabra hasta que
tuvo la traducción. Con el tiempo el proceso sería automático, pero por ahora
pensaba la palabra y esperaba a que el intérprete la tradujera y la repetía en
voz alta—. Tengo que descubrir el lugar donde me encontró.
Eliwys le puso la mano en la frente y
Kivrin la apartó, impaciente.
—Quiero hablar con Gawyn —insistió.
—No tiene fiebre, Imeyne —le dijo Eliwys
a la an¬ciana—, y sin embargo intenta hablar, aunque sabe que no podemos
comprenderla.
—Habla en una lengua extranjera —observó
Ime¬yne, haciendo que pareciera un acto criminal—. A lo mejor es una espía
francesa.
—No estoy hablando francés —dijo
Kivrin—. Es¬toy hablando inglés medieval.
—Tal vez es latín —opinó Eliwys—. El
padre Ro¬che dijo que había hablado en latín cuando la confesó.
—El padre Roche apenas sabe decir el
Padrenuestro —bufó lady Imeyne—. Tendríamos que llamar a... —El nombre
irreconocible otra vez. ¿Kersey? ¿Courcy?
—Quiero hablar con Gawyn —dijo Kivrin en
latín.
—No —contestó Eliwys—. Esperaremos a mi
ma¬rido.
La anciana se volvió, furiosa, y acabó
derramándo¬se sobre la mano el contenido del orinal. Se la secó en la falda,
salió por la puerta y la cerró de golpe tras ella. Eliwys se la quedó mirando.
Kivrin la agarró por las manos.
—¿Por qué no me comprendéis? Yo os
entiendo. Tengo que hablar con Gawyn. Tiene que decirme dón¬de está el lugar.
Eliwys se zafó de la mano de Kivrin.
—No lloréis —dijo amablemente—. Intentad
dor¬mir. Debéis descansar, para poder volver a casa.
TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL
JUICIO FINAL
(000915-001284)
Estoy en un buen lío, señor Dunworthy.
No sé dónde estoy, y no puedo hablar el idioma. Algo falla con el intérprete.
Comprendo parte de lo que dicen los contemporáneos, pero ellos no me entienden
en abso¬luto. Y eso no es lo peor.
He contraído algún tipo de enfermedad.
No sé qué es. No es la peste, porque no tengo ninguno de los sín¬tomas y porque
voy mejorando. Además, recibí una vacuna contra la peste. Recibí todas las
vacunas, y la potenciación de leucocitos-T y todo eso, pero una de las
inyecciones no debe de haber funcionado o bien se trata de alguna enfermedad de
la Edad Media para la que no existen vacunas.
Los síntomas son dolor de cabeza, fiebre
y mareo, y me duele el pecho cuando intento moverme. Estuve delirando durante
algún tiempo, y por eso no sé dónde estoy. Un hombre llamado Gawyn me trajo en
su ca¬ballo, pero no recuerdo gran cosa del viaje, excepto que estaba oscuro y
pareció tardar horas. Espero haberme equivocado y que la fiebre lo haya hecho
parecer más largo, y que esté en la aldea de la señora Montoya des¬pués de
todo.
Podría ser Skendgate. Recuerdo una
iglesia, y creo que esto es un caserón. Estoy en un dormitorio o un solario, y
no es sólo un desván porque hay escaleras, así que eso significa que es la casa
de un barón menor como mínimo. Hay una ventana, y en cuanto el mareo remita me
subiré al asiento que hay debajo e intentaré localizar la iglesia. Tiene una
campana... acaba de lla¬mar a vísperas. La de la aldea de la señora Montoya no
tenía campanario, y eso me hace temer que no estoy en el lugar adecuado. Sé que
estamos cerca de Oxford, porque una de las contemporáneas habló de traer a un
médico de allí. También está cerca de una aldea llamada Kersey, o Courcy, que
no es una de las aldeas del mapa de la señora Montoya que memoricé, pero
también po¬dría ser el nombre del propietario.
Como perdí el conocimiento, tampoco
estoy segu¬ra de mi localización temporal. He estado intentando recordar, y
creo que sólo he estado enferma dos días, pero es posible que sean más. Y no
puedo preguntarles qué día es porque no me comprenden, y no puedo le¬vantarme
de la cama sin caerme, y me han cortado el pelo, y no sé qué hacer. ¿Qué ha
pasado? ¿Por qué no funciona el intérprete? ¿Por qué no funcionó la
poten¬ciación de leucocitos-T?
(Pausa)
Hay una rata bajo mi cama. La oigo
arrastrarse en la oscuridad.
11
No la entendían. Kivrin había intentado
comuni¬carse con Eliwys, hacerla comprender, pero ella se ha¬bía limitado a
sonreír amablemente, ajena al significa¬do, y le dijo que descansara.
—Por favor —rogó Kivrin mientras Eliwys
se diri¬gía a la puerta—. No te marches. Es importante. Gawyn es el único que
sabe dónde es el sitio.
—Dormid —sonrió Eliwys—. Volveré pronto.
—Tenéis que dejarme verlo —suplicó
Kivrin, de¬sesperada, pero Eliwys ya estaba junto a la puerta—. No sé dónde es
el sitio.
Hubo un ruido en las escaleras. Eliwys
abrió la puerta y dijo:
—Agnes, te dije que fueras a decirle...
Se interrumpió a mitad de la frase y
retrocedió un paso. No parecía asustada o inquieta, pero su mano en el dintel
se agitó un poco, como si hubiera preferido cerrar la puerta de golpe, y el
corazón de Kivrin empe¬zó a redoblar. Ya está, pensó descabelladamente. Han
venido a llevarme a la hoguera.
—Buen día, mi señora —dijo una voz de
hom¬bre—. Vuestra hija Rosamund me dijo que os encon¬traría en el salón, pero
no os hallé.
El hombre entró en la habitación. Kivrin
no pudo verle la cara. Estaba al pie de la cama, oculto por los colgantes.
Intentó doblar la cabeza para poder verlo, pero el movimiento hizo que todo
girara violentamen¬te. Volvió a tenderse.
—Pensé que os encontraría con la dama
herida —dijo el hombre. Llevaba una pelliza acolchada y bo¬tas de cuero. Y una
espada. Kivrin la oía resonar cada vez que daba un paso—. ¿Cómo se encuentra?
—Parece mejor hoy —contestó Eliwys—. La
ma¬dre de mi esposo ha ido a prepararle una cocción de vulneraria para las
heridas.
Había retirado la mano de la puerta, y
el comentario del hombre sobre «vuestra hija Rosamund» indicaba con toda
seguridad que se trataba de Gawyn, el hombre que había enviado a buscar a los
atacantes de Kivrin, pero Eliwys retrocedió otros dos pasos mientras él
ha¬blaba, y su cara parecía alerta. La idea de peligro fluctuó de nuevo en la
mente de Kivrin, y de repente se pregun¬tó si tal vez, después de todo, el
asesino no había sido un sueño, si ese hombre, con su rostro cruel, podría ser
Gawyn.
—¿Habéis encontrado algo que pueda
indicarnos la identidad de la dama? —preguntó Eliwys, con cuidado.
—No. Sus bienes y sus caballos habían
sido roba¬dos. Esperaba que la dama me dijera algo de sus ata¬cantes, cuántos
eran y desde qué dirección la asaltaron.
—Me temo que no puede deciros nada.
—¿Es muda, pues? —se extrañó él, y se
colocó en un lugar donde Kivrin pudo verlo.
No era tan alto como lo recordaba, y su
cabello pa¬recía menos rojo y más rubio a la luz del día, pero su rostro seguía
pareciendo tan amable como cuando la colocó sobre su caballo. Su caballo negro
Gringolet.
Después de que la encontrara en el
claro. No era el asesino (ella había imaginado al asesino, lo había con¬jurado
con su delirio y los temores del señor Dunworthy, junto con el caballo blanco y
los villancicos), y de¬bía de estar malinterpretando las reacciones de Eliwys
igual que se había equivocado cuando la levantaron de la cama para que usara el
orinal.
—No es muda, pero habla en una extraña
lengua que no comprendo —explicó Eliwys—. Temo que sus heridas han nublado su
entendimiento. —Se acercó al lecho y Gawyn la siguió—. Buena señora. He traído
al valido de mi esposo, Gawyn.
—Buen día, mi señora —saludó Gawyn,
hablando despacio y en voz alta, como si pensara que Kivrin era sorda.
—Él es quien os encontró en el bosque
—informó Eliwys.
¿En el bosque dónde?, pensó Kivrin
desesperada¬mente.
—Me complace saber que vuestras heridas
están sanando —dijo Gawyn, recalcando cada palabra—. ¿Podéis hablarme de los
hombres que os atacaron?
No sé si puedo decirte nada, pensó
Kivrin, temero¬sa de que él no la entendiera tampoco.
Tenía que hacerlo. Sabía dónde estaba el
lugar.
—¿Cuántos hombres eran? ¿Iban a caballo?
¿Dónde me encontraste?, pensó ella,
recalcando las palabras como hacía Gawyn. Esperó a que el intérprete
pronunciara toda la frase, prestando atención a las en¬tonaciones,
comparándolas con las lecciones de len¬guaje que le había impartido el señor
Dunworthy.
Gawyn y Eliwys esperaban, observándola
con suma atención. Kivrin inspiró profundamente.
—¿Dónde me encontrasteis?
Ellos intercambiaron rápidas miradas, la
de él sor¬prendida, la de ella diciendo claramente: «¿Veis?»
—También habló así esa noche —dijo
Gawyn—. Pensé que se debía a la herida.
—Y yo también —asintió Eliwys—. La madre
de mi esposo piensa que es de Francia.
Él sacudió la cabeza.
—No habla francés. —Se volvió hacia
Kivrin—. Buena señora —dijo, casi gritando—, ¿venís de otra tierra?
Sí, pensó Kivrin, otra tierra, y la
única forma de volver es a través del lugar de lanzamiento, y sólo tú sa¬bes
dónde está.
—¿Dónde me encontrasteis? —repitió.
—Se llevaron todas sus pertenencias
—dijo Ga-wyn—, pero su carreta era de buena calidad, y tenía mu¬chas cajas.
Eliwys asintió.
—Me temo que es de noble cuna y los
suyos la es¬tarán buscando.
—¿En qué parte del bosque me
encontrasteis? —insistió Kivrin, alzando la voz.
—La estamos asustando —observó Eliwys.
Se in¬clinó sobre Kivrin y le palmeó la mano—. Shh. Des¬cansad.
Se retiró de la cama y Gawyn la siguió.
—¿Queréis que cabalgue hasta Bath a
buscar a lord Guillaume? —preguntó Gawyn, fuera de la vista, más allá de los
colgantes.
—No —contestó Eliwys, mirándose las
manos—. Mi señor ya tiene suficientes motivos de preocupación, y no puede
marcharse hasta que el juicio haya termina¬do. Y os dijo que os quedarais con
nosotras y nos pro-tegierais.
—Con vuestro permiso, entonces,
regresaré al lu¬gar donde hallé a la dama e investigaré un poco más.
—Sí —dijo Eliwys, todavía sin mirarlo—.
Puede que alguna prenda cayera al suelo y nos diga algo de ella.
El lugar donde hallé a la dama, recitó
Kivrin para sí, intentando oír las palabras de Gawyn bajo la traduc¬ción del
intérprete y memorizarlas. El lugar donde me encontraron.
—Me pondré en camino de nuevo —dijo
Gawyn.
Eliwys lo miró.
—¿Ahora? Está oscureciendo.
—Mostradme el lugar donde me hallasteis
—dijo Kivrin.
—No temo a la oscuridad, lady Eliwys
—replicó él, y dio un paso, la espada colgando.
—Llevadme con vos —terció Kivrin, pero
no sir¬vió de nada. Ya se habían marchado, y el intérprete estaba roto. Se
había engañado a sí misma al creer que funcionaba.
Había comprendido lo que decían por las
lecciones de lengua que le había dado el señor Dunworthy, no gracias al
intérprete, y tal vez sólo se estaba engañando a sí misma al creer que los
comprendía.
Tal vez la conversación no había tratado
sobre quién era ella, sino sobre algo completamente distinto: una oveja
perdida, o llevarla a juicio.
Lady Eliwys había cerrado la puerta al
salir, y Ki¬vrin no oyó nada más. Incluso la campana había cesa¬do, y la luz a
través del lino encerado era levemente azulada. Anochecía.
Gawyn había dicho que iba a regresar al
lugar. Si la ventana daba al patio, al menos vería en qué dirección se
marchaba. No está lejos, había dicho. Si pudiera ave¬riguar en qué dirección
cabalgaba, lograría encontrar el lugar ella sola.
Se incorporó en la cama, pero incluso
ese pequeño esfuerzo hizo que el dolor del pecho la apuñalara de nuevo. Pasó
los pies por el lado, pero la acción la ma¬reó. Se tendió contra la almohada y
cerró los ojos.
Mareo, fiebre y dolor en el pecho. ¿De
qué eran síntomas? La viruela empezaba con fiebre y escalo¬fríos, y las
pústulas no aparecían hasta el segundo o el tercer día. Levantó el brazo para
comprobar si tenía al¬gún indicio. No sabía cuánto tiempo había estado
en¬ferma, pero no podía ser viruela, porque el período de incubación era de
diez a veintiún días. Diez días antes se encontraba en el hospital de Oxford,
donde el virus de la viruela llevaba extinguido casi cien años.
Estaba en el hospital, recibiendo
vacunas contra todo: viruela, fiebre tifoidea, cólera, peste. ¿Entonces cómo
podría ser nada de eso? Y si no era ninguna de estas enfermedades, ¿qué era?
¿El baile de san Vito? Sí, eso era algo contra lo que no había sido vacunada,
pero de todas formas habían potenciado su sistema inmu-nológico para combatir
cualquier infección.
Hubo un sonido de carrera en las
escaleras.
—¡Madre! —gritó una voz que reconoció
como perteneciente a Agnes—. ¡Rosemund no esperó!
No entró en la habitación con tanta
violencia como antes porque la pesada puerta estaba cerrada y tuvo que
empujarla, pero en cuanto la atravesó, corrió hacia el asiento de la ventana,
gimiendo.
—¡Madre! ¡Yo se lo tendría que haber
dicho a Gawyn! —gimoteó, y entonces se detuvo al ver que su madre no estaba en
la habitación. Las lágrimas cesaron también, según advirtió Kivrin.
Agnes permaneció un instante junto a la
ventana. como si decidiera intentar su escena una última vez, y luego corrió
hacia la puerta. A la mitad del camino, es¬pió a Kivrin y se detuvo nuevamente.
—Sé quién sois —dijo, acercándose a la
cama. Ape¬nas era lo bastante alta para ver por encima de la ropa. Las cintas
de su gorrito se habían soltado de nuevo—. Sois la dama que Gawyn encontró en
el bosque.
Kivrin temía que su respuesta, confusa
como la ha¬ría el intérprete, asustara a la niñita. Se incorporó un poco contra
las almohadas y asintió.
—¿Qué le ha pasado a vuestro cabello?
—pregun¬tó Agnes—. ¿Lo robaron los ladrones?
Kivrin sacudió la cabeza, sonriendo ante
la extraña idea.
—Maisry dice que los ladrones os robaron
la lengua —Agnes señaló la frente de Kivrin—. ¿Os hirieron
en la cabeza?
Kivrin asintió.
—Yo me hice daño en la rodilla —dijo la
niña, y trató de levantarla con ambas manos para que Kivrin pudiera ver el
vendaje sucio. La anciana tenía razón. Ya se estaba aflojando. Kivrin vio la
herida debajo. Había supuesto que sería sólo una rodilla despellejada, pero la
herida parecía bastante profunda.
Agnes dio unos saltitos a la pata coja,
soltó su rodi¬lla y se apoyó contra la cama otra vez.
—¿Os vais a morir?
No lo sé, pensó Kivrin, recordando el
dolor de su pecho. La tasa de mortandad de la viruela era del seten¬ta y cinco
por ciento en 1320, y su sistema inmunológi-co potenciado no funcionaba.
—El hermano Hubard murió —dijo Agnes
sabia¬mente—. Y también Gilbert. Se cayó del caballo. Yo lo vi. Se le quedó la
cabeza toda roja. Rosemund dijo que el hermano Hubard murió del mal azul.
Kivrin se preguntó qué sería el mal
azul, asfixia tal vez, o apoplejía, y supuso que se refería al capellán que la
suegra de Eliwys quería sustituir con tanta premura.
Era habitual que las casas nobles
viajaran con sus propios sacerdotes. Al parecer el padre Roche era el cura
local, probablemente sin educación e incluso anal¬fabeto, aunque ella había
comprendido su latín perfec¬tamente. Y había sido amable. Le había sostenido la
mano y le había dicho que no tuviera miedo. También hay buena gente en la Edad
Media, señor Dunworthy, pensó. El padre Roche y Eliwys y Agnes.
—Mi padre dijo que me traería una
cotorra cuando vuelva de Bath. Adeliza tiene un azor. A veces me deja cogerlo.
—Dobló el brazo y lo alzó, el puño cerrado como si hubiera un halcón encaramado
en el guantelete imaginario—. Yo tengo un perro.
—¿Cómo se llama tu perro? —preguntó
Kivrin.
—Lo llamo Blackie —respondió Agnes,
aunque Kivrin estaba segura de que se trataba sólo de la ver¬sión del
intérprete. Lo más probable era que hubiera dicho Blackamon o Blakkin—. Es
negro. ¿Tenéis vos un perro?
Kivrin estaba demasiado sorprendida para
respon¬der. Había hablado y se había hecho entender. Agnes ni siquiera había
reaccionado como si su pronuncia¬ción fuera extraña. Kivrin había hablado sin
pensar en el intérprete ni esperar a que tradujera, y tal vez ése era el
secreto.
—No, no tengo perro —contestó por fin,
inten¬tando reproducir lo que había hecho antes.
—Enseñaré a hablar a mi cotorra. Le
enseñaré a decir, «Buenos días, Agnes».
—¿Dónde está tu perro? —dijo Kivrin,
intentán¬dolo otra vez. Las palabras le sonaron diferentes, más ligeras, con
aquella inflexión francesa que había oído en el habla de la mujer.
—¿Deseáis ver a Blackie? Está en el
establo —con¬testó Agnes. Parecía una respuesta directa, pero por la forma en
que hablaba la niña era difícil asegurarlo. A lo mejor sólo le estaba
ofreciendo información. Para cer-ciorarse, Kivrin tendría que preguntarle algo
comple¬tamente apartado del tema, algo que sólo tuviera una respuesta.
Agnes acariciaba la suave piel de la
manta y tara¬reaba una cancioncilla.
—¿ Cómo te llamas ? —preguntó Kivrin,
intentan¬do que el intérprete controlara sus palabras. Tradujo su frase moderna
a algo parecido a How are youe clepedf, cosa que estaba segura no era correcta,
pero Agnes no vaciló.
—Agnes —contestó la niñita al instante—.
Mi pa¬dre dice que podré tener un azor cuando sea lo bastan¬te mayor para
montar una yegua. Tengo un pony. —Dejó de acariciar la piel, apoyó los codos en
el borde de la cama y descansó la barbilla en sus manitas—. Sé vuestro nombre
—dijo, como si estuviera orgullosa y contenta—. Os llamáis Katherine.
—¿Qué? —dijo Kivrin, completamente
aturdida. Katherine. ¿Cómo se les había ocurrido eso? Se supo¬nía que se
llamaba Isabel. ¿Era posible que creyeran sa¬ber quién era?
—Rosemund dijo que nadie sabía vuestro
nombre —continuó la niña, orgullosa—, pero oí al padre Ro¬che decirle a Gawyn
que os llamabais Katherine. Rose¬mund dijo que no podíais hablar, pero sí
podéis.
Kivrin tuvo una súbita imagen del
sacerdote incli¬nado sobre ella, su rostro oscurecido por las llamas que
parecían arder constantemente delante, diciendo en la¬tín: «¿Cuál es vuestro
nombre, para que podáis confe¬saros?»
Y ella, intentando formar la palabra
aunque tenía la boca tan seca que apenas podía hablar, temerosa de morir sin
que supieran qué había sido de ella.
—¿Os llamáis Katherine? —insistía Agnes,
y Ki¬vrin oyó claramente la voz de la niñita bajo la traduc¬ción del
intérprete. Se parecía a Kivrin.
—Sí —contestó, y le entraron ganas de
llorar.
—Blackie tiene un... —dijo Agnes. El
intérprete no captó la palabra. ¿ Karette?¿ Cbavette ?—. Es rojo. ¿ Que¬réis
verlo?
Antes de que Kivrin pudiera detenerla,
echó a co¬rrer hacia la puerta, todavía entornada.
Kivrin esperó, deseando que volviera y
que el ka-rette no estuviera vivo, deseando haber preguntado dónde estaba y
cuánto tiempo llevaba en ese sitio, aun¬que probablemente Agnes era demasiado
joven para saberlo. No parecía tener más de tres años, aunque, por supuesto,
sería mucho más pequeña que una niña de tres años moderna. Cinco, entonces, o
tal vez seis. Ten¬dría que haberle preguntado la edad, pensó Kivrin, y entonces
recordó que tal vez tampoco lo supiera. Juana de Arco no sabía su edad cuando
los inquisidores la in¬terrogaron en el juicio.
Al menos podía hacer preguntas, pensó
Kivrin. El intérprete no estaba estropeado después de todo. De¬bía de haber
quedado temporalmente entorpecido por la extraña pronunciación, o afectado de
algún modo por su fiebre, pero ahora el problema se había solucio¬nado, y Gawyn
sabía dónde estaba el lugar del lanza¬miento y podría mostrárselo.
Se incorporó un poco más para poder ver
la puerta. El esfuerzo le lastimó el pecho y la mareó, y le hizo do¬ler la
cabeza. Se palpó ansiosamente la frente y luego las mejillas. Parecían
calientes, pero podía deberse a que tuviera las manos frías. La habitación
estaba hela¬da, y en su excursión hasta el orinal no había visto nin¬gún
brasero, ni siquiera una copa.
¿Se habían inventado ya las copas?
Posiblemente. De lo contrario, ¿cómo podría haber sobrevivido la gente a la
Pequeña Era del Hielo? Hacía muchísimo frío.
Empezaba a tiritar. La fiebre debía de
estar vol¬viéndole. ¿Otra vez le subía la temperatura? En la His¬toria de la
Medicina había leído sobre los cortes de las fiebres, y que después el paciente
se sentía débil, pero la fiebre no volvía, ¿verdad? Por supuesto que sí. ¿Y la
malaria? Temblores, dolor de cabeza, sudor, fiebre re¬currente. Por supuesto
que volvía.
Bueno, evidentemente no era malaria. La
malaria nunca había sido endémica de Inglaterra, los mosqui¬tos no vivían en
Oxford en pleno invierno y nunca lo habían hecho, y los síntomas eran
distintos. No había experimentado sudor, y los temblores se debían a la fiebre.
El tifus producía dolor de cabeza y
fiebre alta, y se transmitía por los piojos y las pulgas de las ratas, que sí
eran endémicas en Inglaterra en la Edad Media y pro¬bablemente en la cama donde
ahora yacía, pero el período de incubación era demasiado largo, casi de dos
semanas.
El período de incubación de la fiebre
tifoidea era de sólo unos pocos días, y causaba dolor de cabeza, en las
articulaciones, y también fiebre alta. No creía que fuera fiebre recurrente,
pero recordaba que por lo ge¬neral era más alta de noche, así que eso debía de
signifi¬car que bajaba durante el día y luego subía durante la noche.
Kivrin se preguntó qué hora sería.
«Anochece», había dicho Eliwys, y la luz de la ventana cubierta de lino era
levemente azulada, pero los días eran cortos en diciembre. Tal vez sólo fuera
media tarde. Tenía sueño, pero eso tampoco era ninguna señal. Había dormido
intermitentemente todo el día.
El mareo era un síntoma evidente de la
fiebre tifoi¬dea. Intentó recordar los otros síntomas del «cursillo» de
medicina medieval de la doctora Ahrens. Hemorra¬gias nasales, lengua hinchada,
sarpullidos rosáceos. Se suponía que los sarpullidos no salían hasta el séptimo
u octavo día, pero Kivrin se levantó la camisa y se miró el estómago y el
pecho. No había ningún sarpullido, así que no podía ser tifoidea. Ni viruela.
Con la viruela, las pústulas empezaban a aparecer al segundo o tercer día.
Se preguntó qué le habría sucedido a
Agnes. Tal vez alguien había tenido el buen sentido de prohibirle que entrara
en el cuarto, o tal vez la poco fiable Maisry la estaba vigilando de verdad. O,
más probable, se ha¬bía ido a ver a su cachorrito en el establo y se había
ol¬vidado de ir a enseñarle su chavotte a Kivrin.
La peste empezaba con dolor de cabeza y
fiebre. No puede ser la peste, pensó Kivrin. No tienes ningu¬no de los
síntomas. Bubas que crecen hasta el tamaño de naranjas, una lengua que se
hincha hasta llenar toda la boca, hemorragias subcutáneas que oscurecían todo
el cuerpo. No tienes la peste.
Debía de ser algún tipo de gripe. Era la
única enfermedad que aparecía tan repentinamente, y la doc¬tora Ahrens estaba
molesta porque el señor Gilchrist había adelantado la fecha y los antivirales
no harían pleno efecto hasta el día quince, y Kivrin sólo tendría inmunidad
parcial. Tenía que ser la gripe. ¿Cuál era el tratamiento para la gripe?
Antivirales, descanso y lí-quido.
Entonces descansa, se dijo, y cerró los
ojos.
No recordaba haberse quedado dormida,
pero al parecer lo había hecho, porque las dos mujeres estaban de nuevo en la
habitación, hablando, y Kivrin no re¬cordaba haberlas visto entrar.
—¿Qué dijo Gawyn? —preguntó la anciana.
Ha¬cía algo con un cuenco y una cuchara, batiendo la cu¬chara contra el lado.
El cofre estaba abierto a su lado, y metió la mano dentro, sacó una pequeña
bolsa, vertió su contenido en el cuenco, y volvió a batir.
—Entre sus pertenencias no encontró nada
que pudiera decirnos los orígenes de la dama. Le robaron todos los bienes,
abrieron sus cofres y los vaciaron de todo lo que pudiera identificarla. Pero
Gawyn dijo que la carreta era de buena calidad. En efecto, procede de buena
familia.
—Y desde luego, su familia la estará
buscando —di¬jo la anciana. Había soltado el cuenco y rasgaba una tela haciendo
mucho ruido—. Debemos enviar a alguien a Oxenford y decirles que está a salvo
con nosotras.
—No —repitió Eliwys, y Kivrin pudo oír
la resis¬tencia en su voz—. A Oxenford, no.
—¿ Qué has oído ?
—No he oído nada, excepto que mi señor
nos indi¬có que nos quedáramos aquí. Volverá esta semana si todo va bien.
—Si todo hubiera ido bien, ya estaría
aquí.
—El juicio apenas ha comenzado. Tal vez
ya está en camino.
—O tal vez... —otro de aquellos nombres
intraducibles, ¿Torquil?—, espera a ser ahorcado, y mi hijo Con él. No tendría
que haber mediado en ese asunto.
—Es su amigo, e inocente de los cargos.
—Es un idiota, y mi hijo aún más idiota
por testifi¬car a su favor. Un amigo le habría hecho dejar Bath. —Volvió a
meter la cuchara en el cuenco—. Necesito mostaza para esto —dijo, y se dirigió
a la puerta—. ¡Maisry! —llamó, y siguió rompiendo la tela—. ¿En¬contró Gawyn
algo de los sirvientes de la dama?
Eliwys se sentó junto a la ventana.
—No, ni sus caballos ni el de ella.
Una muchacha con la cara picada de
viruelas y el pelo grasiento entró en la habitación. Seguro que no podía ser
Maisry, que tonteaba con los muchachos del establo en vez de vigilar a las
niñas. Dobló la rodilla en Una cortesía que casi fue un tropezón y dijo:
—Wotwardstu, Lawttymayeen?
Oh, no, pensó Kivnn. ¿Qué le pasa al
intérprete ahora?
—Tráeme el bote de mostaza de la cocina
y no tar¬des —dijo la anciana, y la muchacha se encaminó hacia la puerta—.
¿Dónde están Agnes y Rosemund? ¿Por qué no están contigo?
—Shiyrouthamay —respondió la muchacha
hos¬camente.
Eliwys se levantó.
—Habla —dijo con brusquedad.
—Ocultan (algo) de mí.
No era el intérprete después de todo.
Era simple-mente la diferencia del inglés normando que hablaban los nobles y el
dialecto aún sajón de los campesinos, ninguno de los cuales sonaba como el
inglés medieval que el señor Latimer le había enseñado tan alegremen¬te. Era
sorprendente que el intérprete entendiera algo.
—Las estaba buscando cuando lady Imeyne
llamó, buena señora —se justificó Maisry, y el intérprete lo captó todo, aunque
tardó varios segundos. Aquello le daba un tono de estupidez a las palabras de
Maisry, lo cual podía ser apropiado, o tal vez no.
—¿Dónde las has buscado? ¿En el establo?
—dijo Eliwys, y unió las dos manos a cada lado de la cabeza de Maisry como si
fueran un par de címbalos. Maisry aulló y se llevó una mano sucia a la oreja
izquierda. Kivrin se encogió contra las
almohadas.
—Ve y trae la mostaza para lady Imeyne y
encuen¬tra a Agnes.
Maisry asintió; no parecía
particularmente asusta¬da pero todavía se sujetaba la oreja. Hizo otra torpe
re¬verencia y salió no más rápidamente de lo que había entrado. Parecía menos
trastornada por la súbita vio¬lencia que Kivrin, quien se preguntó si lady
Imeyne re¬cibiría pronto la mostaza.
Lo que la había sorprendido era la
rapidez y tran¬quilidad de la violencia. Eliwys ni siquiera parecía fu¬riosa, y
en cuanto Maisry se fue, volvió al asiento junto a la ventana.
—La dama no podría moverse aunque
viniera su familia —dijo—. Puede quedarse con nosotras hasta que regrese mi
esposo. Seguro que estará aquí para Na¬vidad.
Hubo un ruido en las escaleras. Al
parecer se había equivocado, pensó Kivrin, y el tirón de orejas había ser¬vido
de algo. Agnes entró corriendo, apretando algo contra el pecho.
—¡Agnes! —dijo Eliwys—. ¿Qué haces aquí?
—He traído mi... —el intérprete no lo
entendió. ¿ Charette?—, para enseñárselo a la señora.
—Eres una niña mala por esconderte de
Maisry y venir aquí a molestar a la señora —la regañó Imeyne—. Sufre mucho por
sus heridas.
—Pero me dijo que deseaba verlo. —Agnes
alzó un carrito de juguete de dos ruedas, pintado de rojo y dorado.
—Dios castiga a quienes dan falso
testimonio con tormentos eternos —dijo lady Imeyne, agarrando brusca-
mente a la niñita—. La dama no puede
hablar. Lo sa¬bes muy bien.
—Me habló —replicó Agnes, obstinada.
Bien por ti, pensó Kivrin. Tormentos
eternos. Qué cosa tan horrible con la que amenazar a una niña pe¬queña. Pero
esto era la Edad Media, cuando los sacer¬dotes hablaban constantemente de los
últimos días y el Juicio Final, y los tormentos del infierno.
—Me dijo que deseaba ver mi carro
—insistió Ag¬nes—. Dijo que no tenía perro.
—Te estás inventando historias —la
reprendió Eliwys—. La dama no puede hablar.
Tengo que detener esto, pensó Kivrin. Le
darán también un tirón de orejas.
Se incorporó sobre los codos. El
esfuerzo la dejó sin aliento.
—Hablé con Agnes —dijo, rezando para que
el in¬térprete hiciera lo que se suponía que debía hacer. Si elegía apagarse de
nuevo en este momento y Agnes acababa recibiendo un pescozón, sería el colmo—.
Le pedí que me trajera el carro.
Las dos mujeres se volvieron y la
miraron. Eliwys abrió mucho los ojos. La anciana pareció asombrada y luego
furiosa, como si pensara que Kivrin las había en¬gañado.
—¿Lo veis? —sonrió Agnes, y se acercó a
la cama con el carro.
Kivrin volvió a tenderse contra las
almohadas, ago¬tada.
—¿Dónde estoy? —preguntó.
Eliwys tardó un instante en recuperarse.
—Descansáis a salvo en la casa de mi
esposo y se¬ñor... —El intérprete tuvo problemas con el nombre. Parecía algo
así como Guillaume D'Iverie o posible¬mente Deveraux.
Eliwys la miraba con ansiedad.
—El valido de mi esposo os encontró en
el bosque y os trajo aquí. Habéis sido asaltada y malherida. ¿Quién os atacó?
—No lo sé —respondió Kivrin.
—Me llamo Eliwys, y ésta es la madre de
mi espo¬so, lady Imeyne. ¿Cómo os llamáis?
Y éste era el momento de contarles toda
la historia cuidadosamente estudiada. Le había dicho al sacerdote que se
llamaba Katherine, pero lady Imeyne ya había dejado claro que no confiaba en
nada de lo que él hacía. Ni siquiera creía que supiera hablar latín. Kivrin
po¬dría decir que se había confundido, que su nombre era Isabel de Beauvrier.
Podía decirles que había llamado a su madre o a su hermana en su delirio. Podía
decirles que había estado rezando a Santa Catalina.
—¿De qué familia sois? —preguntó lady
Imeyne.
Era una historia muy buena. Establecería
su identi¬dad y posición en sociedad y aseguraría que no intenta¬ran contactar
con su familia. Yorkshire quedaba muy lejos, y el camino al norte era
infranqueable.
—¿Adonde os dirigíais? —terció Eliwys.
Medieval había estudiado a conciencia el
clima y las condiciones de las carreteras. Había llovido durante dos semanas
seguidas en diciembre, y hubo hielo en las carreteras hasta finales de enero.
Pero ella había visto la carretera que conducía a Oxford. Estaba seca y
despe¬jada. Y Medieval había estudiado también a conciencia el color de su
traje, y la prevalencia de las ventanas de cristal entre las clases superiores.
Habían estudiado a conciencia el lenguaje.
—No recuerdo, no —dijo Kivrin.
—¿No? —preguntó Eliwys, y se volvió
hacia lady Imeyne—. No recuerda nada.
Piensan que estoy diciendo «nada» en vez
de «no». En inglés medieval la pronunciación de las dos palabras no se
diferenciaba. Piensan que no recuerdo nada.
—Es su herida —asintió Eliwys—. Ha
aturdido su memoria.
—No... no... —dijo Kivrin. No se suponía
que de¬biera fingir amnesia. Se suponía que era Isabel de Beau-vrier, del East
Riding. El hecho de que las carreteras es¬tuvieran secas aquí no significaba
que no fueran infranqueables más al norte, y Eliwys ni siquiera deja¬ría que
Gawyn cabalgara hasta Oxford para recibir no¬ticias de ella o a Bath para
recoger a su marido. Sin duda, no lo enviaría al East Riding.
—¿Recordáis vuestro nombre? —preguntó
impa¬ciente lady Imeyne, acercándose tanto a ella que Kivrin olió su aliento.
Era muy agrio, un olor a podredumbre. Debía de tener los dientes picados
también—. ¿Cómo os llamáis?
El señor Latimer había dicho que Isabel
era el nombre de mujer más corriente en el siglo XIV. ¿Hasta qué punto era
corriente Katherine? Y Medieval no sa¬bía los nombres de las hijas. ¿Y si
Yorkshire no estaba lo bastante lejos, después de todo, y lady Imeyne cono¬cía
a la familia? Lo tomaría como una prueba más de que era una espía. Era mejor
que se ciñera al nombre corriente y les dijera que era Isabel de Beauvrier.
La anciana estaría encantada de pensar
que el sa¬cerdote había entendido mal su nombre. Sería una nue¬va prueba de su
ignorancia, de su incompetencia, otro motivo para enviar a buscar un nuevo
capellán a Bath. Pero él había sostenido la mano de Kivrin, le había di¬cho que
no tuviera miedo.
—Me llamo Katherine —dijo.
TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL
JUICIO FINAL
(001300-002018)
No soy la única que tiene problemas,
señor Dunworthy. Creo que los contemporáneos que me han re¬cogido también los
tienen.
El señor de la casa, lord Guillaume, no
está aquí. Está en Bath, declarando en el juicio de un amigo suyo, lo que al
parecer es algo peligroso. Su madre, lady Imey-ne, le llamó idiota por
mezclarse en ello, y lady Eliwys, su esposa, parece preocupada y nerviosa.
Han venido con prisa y sin criados. Las
nobles del siglo XIV tenían al menos una dama de compañía parti¬cular, pero ni
Eliwys ni Imeyne tienen ninguna, y deja¬ron detrás a la aya de sus hijas (las
dos hijas pequeñas de Guillaume están aquí). Lady Imeyne quería traer a una
nueva, y también a un capellán, pero lady Eliwys no la dejó.
Creo que lord Guillaume espera problemas
y ha mandado a sus mujeres a donde piensa que pueden es¬tar a salvo. O
posiblemente los problemas ya han co¬menzado: Agnes, la hija menor, me habló de
la muerte del capellán y de alguien llamado Gilbert, que tenía «la cabeza toda
roja», así que tal vez ya haya habido derra¬mamiento de sangre, y las mujeres
han venido aquí para escapar de los conflictos. Uno de los validos de lord
Guillaume ha venido con ellas, y está plenamente armado.
No hubo ningún levantamiento de
importancia contra Eduardo II en Oxfordshire en 1320, aunque na¬die estaba muy
contento con el rey y su favorito, Hugh Despenser, y hubo conjuras y
escaramuzas menores en todas partes. Dos de los barones, Lancaster y Morti-mer,
arrebataron sesenta y seis mansiones a los Des¬penser ese año... este año. Lord
Guillaume, o su amigo, pueden haberse visto envueltos en alguna de esas
con¬juras.
Por supuesto, podría ser algo
completamente dis¬tinto, una disputa por tierras o algo así. La gente del
si¬glo XIV pasaba casi tanto tiempo en los tribunales como los contemporáneos
de finales del siglo XX. Pero no lo creo. Lady Eliwys salta a cada ruido, y ha
prohibido a lady Imeyne decirles a los vecinos que están aquí.
Supongo que en cierto modo es buena
cosa. Si no le dicen a nadie que están aquí, no le hablarán a nadie de mí ni
enviarán mensajeros para intentar averiguar quién soy. Por otro lado, existe la
posibilidad de que hombres armados derriben la puerta a patadas en cual¬quier
momento. O que Gawyn, la única persona que sabe dónde está el lugar de
encuentro, muera en defen¬sa de la mansión.
(Pausa)
15 de diciembre de 1320 (Calendario
Antiguo). El intérprete funciona ya, más o menos, y los contempo¬ráneos parecen
entender lo que digo. Yo puedo com¬prenderlos a ellos, aunque su inglés medio
no se parece en nada al que el señor Latimer me enseñó. Está lleno de
inflexiones y tiene un acento francés mucho más suave. El señor Latimer ni
siquiera reconocería su «Whan that Aprille with his shoures sote».
El intérprete traduce lo que los
contemporáneos dicen con la sintaxis y algunas otras palabras intactas, y al
principio intenté ordenar las frases de la misma for¬ma que ellos, diciendo
«Aye» por «sí» y «Nay» por «no», y cosas como «Nada recuerdo de por dónde
vine», pero pensarlo es horrible, el intérprete tarda una eternidad en
encontrar una traducción, y me atasco y me debato con la pronunciación. Así que
hablo inglés moderno y espero que lo que salga de mi boca sea más o menos
correcto, y que el intérprete no esté masacrando los modismos y las
inflexiones. Sólo el cielo sabe cómo hablo. Como una espía francesa,
probablemente.
El idioma no es lo único distinto. Mi
vestido es un error, el tejido de demasiada calidad, y el azul es dema¬siado
brillante, teñido con glasto o no. No he visto nin¬gún color brillante. Soy
demasiado alta, tengo los dien¬tes demasiado sanos, y mis manos son distintas,
a pesar de haber escarbado la tierra. No sólo tendrían que estar más sucias,
sino cubiertas de sabañones. Las manos de todo el mundo, incluso las de las
niñas, están llenas de callos y sangran. Después de todo, es diciembre.
Quince de diciembre. He oído parte de
una discu¬sión entre lady Imeyne y lady Eliwys sobre conseguir un nuevo
capellán, e Imeyne ha dicho: «Hay tiempo más que suficiente para traer uno.
Faltan diez días para Navidad.» Así que dígale al señor Gilchrist que al me¬nos
he establecido mi emplazamiento temporal. Pero no sé a qué distancia del lugar
estoy. He intentado re¬cordar cómo me trajo Gawyn, pero toda aquella noche es
un borrón, y parte de lo que recuerdo no sucedió realmente. Me acuerdo de un
caballo blanco con cam¬panillas en el arnés, y las campanillas tocaban
villanci¬cos, como el carillón de la torre de Carfax.
El quince de diciembre significa que
allí es Noche¬buena, y estarán ustedes tomando jerez y luego irán a St. Mary
the Virgin's para la Misa del Gallo. Es difícil comprender que están a
setecientos años de distancia. Sigo pensando que si me levantara de la cama
(cosa que no puedo hacer, porque estoy demasiado mareada; creo que la
temperatura me vuelve a subir), y abriera la puerta, no me encontraría en una
mansión medieval, sino en el laboratorio de Brasenose, y les vería a todos
ustedes esperándome, Badri y la doctora Ahrens y us¬ted, señor Dunworthy,
limpiándose las gafas y dicien¬do que ya me lo había advertido. Ojalá fuera
así.
12
Lady Imeyne no creía la historia de la
amnesia de Kivrin. Cuando Agnes le trajo su perro a Kivrin, que resultó ser un
pequeño cachorrillo de patas grandes, dijo:
—Éste es mi perro, lady Kivrin —se lo
tendió, aga¬rrándolo por su abultado vientre—. Podéis acariciarlo. ¿Recordáis
cómo?
—Sí —Kivrin cogió al perrito y acarició
su suave pelaje de cachorro—. ¿No se supone que debes estar cosiendo?
Agnes recuperó el cachorro.
—Abuela fue a reñirle al senescal, y
Maisry se fue al establo. —Volvió al cachorro para darle un beso—. Así que vine
a hablar con vos. Abuela está muy enfada¬da. El senescal y toda su familia
vivían en el salón cuan¬do llegamos. —Le dio otro beso al cachorro—. Abuela
dice que es su mujer quien le tienta para pecar.
Abuela. Agnes no había dicho nada que se
parecie¬ra a «abuela». La palabra ni siquiera existió hasta el si¬glo xvín,
pero el intérprete daba ahora grandes y des¬concertantes saltos, aunque dejaba
intacta la confusión de Agnes al pronunciar Katherine y a veces espacios en
blanco donde el significado debería haber sido evidente por el contexto.
Esperaba que su subconsciente su¬piera qué hacía.
—¿Sois una daltriss, lady Kivrin? —le
preguntó Agnes.
Obviamente, su subconsciente no lo
sabía.
-¿Qué?
—Una daltriss —repitió Agnes. El
cachorrillo in¬tentaba desesperadamente huir de sus brazos—. Abue¬la dice que
lo sois. Dice que una mujer que huye con su amante tendría buenos motivos para
no recordar nada.
Una adúltera. Bueno, al menos era mejor
que una espía francesa. O tal vez lady Imeyne pensaba que era las dos cosas.
Agnes volvió a besar al cachorro.
—Abuela dice que una dama no tiene
buenos mo¬tivos para viajar por los bosques en invierno.
Lady Imeyne tenía razón, pensó Kivrin, y
también el señor Dunworthy. Todavía no había descubierto dónde estaba el lugar
de encuentro, aunque había pedi¬do hablar con Gawyn cuando lady Eliwys fue a
curarle la sien por la mañana.
—Ha salido a buscar a los bandidos que
os asalta¬ron —explicó Eliwys, mientras ponía en la sien de Ki¬vrin una
cataplasma que olía a ajo y picaba terrible¬mente—. ¿Recordáis algo de ellos?
Kivrin sacudió la cabeza, esperando que
su falsa amnesia no acabara provocando el ahorcamiento de al¬gún pobre
campesino. No podría decir «No, éste no es el hombre» cuando se suponía que no
podía recordar nada.
Tal vez no tendría que haberles dicho
eso. La pro¬babilidad de que conocieran a los Beauvrier era remo¬ta, y su falta
de explicación había hecho que Imeyne desconfiara aún más de ella.
Agnes intentaba poner su gorrito al
cachorro.
—Hay lobos en el bosque. Gawyn mató a
uno con el hacha.
—Agnes, ¿te contó Gawyn cómo me
encontró?
—Sí. A Blackie le gusta llevar mi gorra
—sonrió, atando las cintas en un nudo asfixiante.
—Yo diría que no —dijo Kivrin—. ¿Dónde
me en¬contró Gawyn?
—En el bosque —contestó Agnes. El
cachorro es¬capó de la gorra y estuvo a punto de caerse de la cama. La niña lo
depositó en mitad de la cama y lo alzó por las patas delanteras—. Blackie sabe
bailar.
—Trae. Déjame cogerlo —pidió Kivrin, al
rescate del animalito. Lo acunó lentamente en sus brazos—. ¿En qué parte del
bosque me encontró Gawyn?
Agnes se puso de puntillas, intentando
ver al ca¬chorro.
—Blackie duerme —susurró.
El cachorro estaba dormido, agotado por
las aten¬ciones de la niña. Kivrin lo colocó junto a ella entre las mantas de
piel.
—¿Estaba lejos de aquí el lugar donde me
en¬contró?
—Sí—dijo Agnes, pero Kivrin intuyó que
no tenía ni idea.
Esto no servía de nada. Evidentemente,
Agnes no sabía nada. Tendría que hablar con Gawyn.
—¿Ha vuelto Gawyn?
—Sí—dijo Agnes, acariciando al cachorro
dormi¬do—. ¿Queréis hablar con él?
—Sí.
—¿Entonces, sí que sois una daltriss?
Era difícil seguir los saltos que Agnes
daba a la conversación.
—No —contestó, y entonces cayó en la
cuenta de que en principio no recordaba nada—. No recuerdo nada sobre quién
soy.
Agnes acarició a Blackie.
—Abuela dice que sólo una daltriss
pediría tan descaradamente hablar con Gawyn.
La puerta se abrió, y entró Rosemund.
—Te están buscando por todas partes,
tontorrona —dijo, con las manos en las caderas.
—Estaba hablando con lady Kivrin
—respondió Agnes, con una ansiosa mirada hacia las mantas donde yacía Blackie,
casi invisible entre la piel de marta. Al parecer, no se permitía a los
animales dentro de la casa. Kivrin lo cubrió con la sábana para que Rosemund no
lo descubriera.
—Madre dice que la dama debe descansar
para que sus heridas sanen —dijo Rosemund formalmente—. Vamos. Tengo que
decirle a la abuela que te he encon¬trado.
Sacó a la niñita de la habitación.
Kivrin las vio marchar, esperando
fervientemente que Agnes no le dijera a lady Imeyne que Kivrin había pedido
otra vez hablar con Gawyn. Pensaba que tenía una buena excusa para hablar con
él, que comprende¬rían que estuviera ansiosa por saber de sus pertenencias y
sus atacantes. Pero estaba mal visto que las nobles solteras del siglo XIV
«pidieran descaradamente» hablar con hombres jóvenes.
Eliwys podía hablar con él porque era la
señora de la casa en ausencia de su marido, y su patrona, y lady Imeyne era la
madre de su señor, pero Kivrin tendría que esperar a que Gawyn hablara con ella
y luego con¬testarle «con toda la modestia digna de una doncella». Pero tengo
que hablar con él, pensó. Es el único que sabe dónde está el lugar.
Agnes volvió corriendo y recogió al
cachorrillo dormido.
—Abuela estaba muy enfadada. Creyó que
me ha¬bía caído al pozo —dijo, y se marchó corriendo.
Y sin duda «abuela» le había dado a
Maisry un ti¬rón de orejas por ello, pensó Kivrin. Maisry ya había tenido
problemas aquel mismo día por haber perdido a Agnes, que había ido a mostrarle
a Kivrin la cadena de plata de lady Imeyne, que era un «relicario», una palabra
que derrotó al intérprete. Dentro de la cajita había un pedazo de la mortaja de
san Esteban. Imeyne había abofeteado a Maisry por haber dejado que Agnes
cogiera el relicario y por no vigilarla, aunque no por dejar entrar a la niña
en el cuarto de la enferma.
Ninguna de ellas parecía preocupada
porque las pequeñas estuvieran cerca de Kivrin, ni eran conscien¬tes de que
podían contagiarse de su enfermedad. Ni Eliwys ni Imeyne tomaban precaución
alguna al cuidar de ella.
Los contemporáneos no comprendían el
mecanis¬mo de la transmisión de enfermedades, por supuesto: creían que era una
consecuencia del pecado y conside¬raban las epidemias un castigo de Dios, pero
sí sabían de contagios. El lema de la Peste Negra era «Márchate rápidamente y
vete muy, muy lejos» y había habido cuarentenas antes de eso.
Aquí no, pensó Kivrin, ¿y si las niñas
pequeñas caen enfermas? ¿O el padre Roche?
El sacerdote había estado con ella
durante la fiebre, tocándola, preguntándole su nombre. Kivrin frunció el ceño,
tratando de recordar esa noche. Se había caído del caballo, y luego hubo un
incendio. No, eso lo había imaginado en su delirio. Y el caballo blanco. El
caballo de Gawyn era negro.
Habían cabalgado por el bosque y bajaron
una co¬lina ante una iglesia, y el asesino le... Era absurdo. La noche era un
sueño informe de rostros aterradores, campanas y fuegos. Incluso el lugar del
lanzamiento era brumoso, confuso. Había un roble y sauces, y ella se sentó
contra la rueda de la carreta porque se sentía mareada, y el asesino le... No,
había imaginado al asesi¬no. Y también al caballo blanco. Tal vez la iglesia
era otra visión del delirio.
Tendría que preguntarle a Gawyn dónde
estaba el lugar, pero no delante de lady Imeyne, que pensaba que era una
daltriss. Tenía que restablecerse, recuperar fuerzas para levantarse de la cama
y bajar al pasillo, sa¬lir al establo, encontrar a Gawyn y hablarle a solas.
Te¬nía que mejorar.
Se sentía un poco más fuerte, aunque
estaba aún demasiado débil para caminar hasta el orinal sin ayuda. El mareo
había desaparecido, y también la fiebre, pero seguía teniendo problemas para
respirar. Por lo visto ellas también pensaban que estaba mejorando. La ha¬bían
dejado sola casi toda la mañana, y Eliwys sólo se había quedado el tiempo
suficiente para untarle el apestoso ungüento. Y para impedir que haga avances
indecentes hacia Gawyn, pensó Kivrin.
Intentó no pensar en lo que Agnes le
había dicho o por qué las antivirales no habían funcionado o a qué distancia
quedaba el lugar de recogida, y decidió con¬centrarse en recuperar fuerzas.
Nadie fue a verla en toda la tarde, y practicó para sentarse y pasar los pies
por el lado de la cama. Cuando Maisry acudió con una vela para ayudarla a
llegar al orinal, pudo caminar sola.
Hizo más frío por la noche, y cuando
Agnes fue a verla por la mañana, llevaba una capa roja, una capucha de lana muy
gruesa y mitones de piel blanca.
—¿Queréis ver mi hebilla de plata? Me la
regaló sir Bloet. Os la traeré mañana. Hoy no puedo venir, pues vamos a cortar
el tronco de Nochebuena.
—¿El tronco de Nochebuena? —preguntó
Kivrin, alarmada.
El tronco ceremonial se cortaba
tradicionalmente el día veinticuatro, y se suponía que sólo estaban a
die¬cisiete. ¿Había entendido mal a lady Imeyne?
—Sí. En casa no vamos hasta Nochebuena,
pero es probable que haya una tormenta, y abuela quiere que vayamos a buscarlo
mientras haga buen tiempo.
Una tormenta, pensó Kivrin. ¿Cómo iba a
recono¬cer el lugar de encuentro si nevaba? La carreta y las ca¬jas estaban
todavía allí, pero si nevaba más de unos pocos centímetros le resultaría
imposible reconocer la ca¬rretera.
—¿Va todo el mundo a recoger el tronco?
—pre¬guntó Kivrin.
—No. El padre Roche llamó a madre para
que atendiera a un campesino enfermo.
Eso explicaba por qué Imeyne se
comportaba co¬mo una tirana, incordiando a Maisry y al senescal y acu¬sando a
Kivrin de adulterio.
—¿Irá tu abuela con vosotras?
—Sí. Montaré en mi pony.
—¿Irá Rosemund?
—Sí.
—¿Y el senescal?
—Sí —dijo ella, impaciente—. Irá todo el
pueblo.
—¿Y Gawyn?
—Nooo —respondió la niña, como si
estuviera clarísimo—. Tengo que ir al establo a despedirme de Blackie.
Se marchó corriendo.
Lady Imeyne iba a ir, y también el
senescal, y lady Eliwys estaba en alguna parte, atendiendo a un campe¬sino
enfermo. Y Gawyn, por algún motivo que era evi¬dente para Agnes pero no para
ella, no iría. Tal vez ha¬bía acompañado a Eliwys. Pero si no lo había hecho,
si se quedaba para proteger la mansión, podría hablar con él a solas.
Maisry se marcharía también. Cuando le
trajo a Kivrin el desayuno, llevaba un basto poncho marrón y tenía tiras de
tela envueltas alrededor de las piernas. Ayudó a Kivrin a llegar al orinal, lo
sacó y trajo un bra¬sero lleno de carbones calientes, moviéndose con más
rapidez e iniciativa de lo que Kivrin había visto antes.
Kivrin esperó una hora después de que
Maisry se marchara, hasta asegurarse de que todos se habían ido, y entonces se
levantó de la cama, se acercó a la ventana y retiró la cobertura de lino. Sólo
vio ramas y cielo grisoscuro, pero el aire era aún más frío que en la
habita¬ción. Se subió al asiento.
Se hallaba sobre el patio. Estaba vacío,
y el gran portón de madera aparecía abierto. Las piedras del pa¬tio y de los
tejados a su alrededor parecían mojadas. Extendió la mano, temiendo que ya
hubiera empezado a nevar, pero no notó ninguna humedad. Bajó del ban¬co,
agarrándose a las piedras heladas, y se acurrucó junto al brasero.
Casi no daba calor alguno. Kivrin se
cruzó de bra¬zos, tiritando con su fina camisa. Se preguntó qué ha¬brían hecho
con su ropa. En la Edad Media la ropa col¬gaba de palos junto a la cama, pero
en esta habitación no había ninguno, ni tampoco colgadores.
Su ropa estaba en el cofre al pie de la
cama, perfec¬tamente doblada. La sacó, agradecida de que sus botas estuvieran
aún allí, y entonces se sentó sobre la tapa ce¬rrada del cofre durante largo
rato, intentando recupe¬rar el aliento.
Tengo que hablar con Gawyn esta mañana,
pensó, deseando que su cuerpo estuviera lo suficientemente recuperado. Es el
único momento en que todo el mun¬do estará fuera, y va a nevar.
Se vistió, sentándose todo lo posible y
apoyándose contra los postes de la cama para ponerse las calzas y las botas, y
luego volvió a la cama. Descansaré un poco, pensó, sólo hasta que entre en
calor, y se quedó dormida inmediatamente.
La campana, la del suroeste que había
oído cuando llegó, la despertó. El día anterior estuvo sonando todo el día, y
Eliwys se acercó a la ventana y permaneció allí durante un rato, como si
intentara averiguar qué había pasado. La luz de la ventana era más tenue, pero
sólo porque las nubes eran más espesas, más bajas. Kivrin se puso la capa y
abrió la puerta. Las escaleras eran empi¬nadas, talladas en el lado de piedra
del salón, y no te-nían barandilla. Agnes había tenido suerte al despellejarse
sólo la rodilla. Podría haber caído directamente al suelo. Kivrin mantuvo la
mano en la pared y descansó a medio camino, para contemplar el salón.
Estoy aquí de verdad, pensó. Es
realmente 1320. El hogar en el centro de la habitación brillaba con un rojo
oscuro, y había un poco de luz del tiro para el humo y las altas y estrechas
ventanas, pero la mayor parte del salón estaba en sombras.
Se detuvo donde estaba, contemplando la
penum¬bra, intentando distinguir si había alguien allí. El alto sillón, con su
respaldo y sus brazos tallados, estaba en la pared del fondo, y al lado se
hallaba el sillón de lady Eliwys, un poco más bajo y menos adornado. Vio
tapi¬ces colgando de las paredes y una escalerilla al fondo que debía de
conducir a un desván. Apoyadas sobre las otras paredes se extendían pesadas
mesas de madera y anchos bancos, y un banco más estrecho ocupaba el es¬pacio
junto a la pared situada debajo de las escaleras. El banco de los mendigos,
apoyado contra un tabique de separación.
Kivrin bajó el resto de las escaleras y
se dirigió de puntillas hacia los tabiques; sus pasos resonaban en la paja
reseca esparcida por el suelo. Los tabiques forma¬ban una división, una pared
interna que aislaba la co¬rriente de la puerta.
A veces formaban una habitación
separada, con ca¬mas a cada lado, pero aquí sólo había un estrecho co¬rredor,
con ganchos donde colgar la ropa. Ahora no había ninguna. Bien, pensó Kivrin,
se han ido todos.
La puerta estaba abierta. En el suelo
había un par de viejas botas, un cubo de madera y el carrito de Ag-nes. Kivrin
se detuvo en la pequeña antesala para recu¬perar el aliento, ya jadeante,
deseando poder sentarse un instante, y luego se asomó con sumo cuidado a la
puerta y salió.
No había nadie en el patio. Estaba
enlosado con piedras planas amarillas, pero el centro, donde había una fuente,
estaba cubierto de barro. Había huellas de cascos y de pisadas, y varios
charcos de agua fangosa. Una gallina escuálida y de aspecto roñoso bebía
intré¬pidamente en uno de los charcos. Las gallinas sólo se criaban por los
huevos. Los palomos y pichones eran las principales aves comestibles del siglo
XIV.
Y allí estaba el palomar junto a la
puerta, y el edifi¬cio con tejado de paja de al lado debía de ser la cocina, y
los otros edificios más pequeños los almacenes. El es¬tablo, con sus amplias
puertas, se encontraba al otro lado, y luego había un estrecho pasaje, y el
gran grane¬ro de piedra.
Probó primero con el establo. El
cachorrito de Ag¬nes salió trotando a recibirla, ladrando feliz, y ella tuvo
que volver a meterlo dentro rápidamente y cerrar el pe¬sado portón de madera.
Evidentemente, Gawyn no es¬taba allí dentro. Tampoco estaba en el granero, ni
en la cocina o los otros edificios, el mayor de los cuales resul¬tó ser el
lagar. Agnes había dicho que él no iba a ir a la procesión para cortar el
tronco de Nochebuena como si fuera algo sabido, y Kivrin había supuesto que se
que¬daría para proteger la casa, pero ahora se preguntó si ha¬bría acompañado a
Eliwys a visitar al campesino.
Si lo ha hecho, tendré que buscar yo
sola el lugar del lanzamiento, pensó. Se dirigió de nuevo hacia el es¬tablo,
pero a mitad de camino se detuvo. No podría su¬birse a un caballo ella sola,
sintiéndose tan débil, y si llegaba a conseguirlo, estaría demasiado mareada
para sostenerse. Y demasiado mareada para ir a buscar el lu¬gar. Pero tengo que
hacerlo, pensó. Todos se han ido, y va a nevar.
Miró hacia la puerta y luego al pasaje
entre el gra¬nero y el establo, preguntándose qué camino debía to¬mar. Habían
venido bajando por una colina, y habían dejado atrás una iglesia; recordaba el
tañido de la cam¬pana. No se había fijado en la puerta ni en el patio, pero ése
era probablemente el camino que habían seguido.
Cruzó el empedrado, haciendo que la
gallina huye¬ra frenéticamente al refugio del pozo, y contempló el camino desde
la puerta. Cruzaba un estrecho arroyo con un puente de troncos y se perdía
hacia el sur entre los árboles. Pero no había ninguna colina, ninguna iglesia,
ninguna indicación de que ése fuera el camino hacia el lugar del lanzamiento.
Tenía que haber una iglesia. Había oído
la campa¬na cuando estaba tendida en la cama. Volvió a entrar en el patio y
siguió el sendero fangoso. El sendero pasaba por una pocilga con dos cerdos
sucios, y el excusado, inconfundible por su hedor, y Kivrin temió que el
sen-derito fuera sólo el camino hacia el retrete, pero por suerte rodeaba el
excusado y daba a un prado.
Y allí estaba la aldea. Y también la
iglesia, al fondo del prado, tal como Kivrin la recordaba, y tras ella se
encontraba la colina por donde habían bajado.
El prado no parecía tal. Era un espacio
despejado con cabanas a un lado y el arroyo flanqueado de sauces al otro, pero
había una vaca pastando lo que quedaba de hierba y una cabra atada a un gran
roble sin hojas.
Las cabanas se alzaban entre pilas de
heno y mon¬tones de barro, cada vez más pequeñas y deformes a medida que se
alejaban de la mansión, pero incluso la más cercana a ella, que debía de ser la
del senescal, no era más que una choza. Todo era más pequeño y sucio y
destartalado que las ilustraciones de los vids de histo¬ria. Sólo la iglesia
tenía el aspecto que se le suponía.
El campanario estaba separado, entre el
patio de la iglesia y el prado. Era evidente que lo habían construi¬do después
que la iglesia, con sus ventanas normandas de medio punto y su piedra gris. La
torre era alta y re-donda, y la piedra de construcción era más amarilla, casi
dorada.
Un sendero, no mucho más ancho que la
trocha del lugar de lanzamiento, se perdía colina arriba, hacia el bosque.
Por ahí vinimos, pensó Kivrin, y cruzó
el prado, pero en cuanto dejó atrás el granero, el viento la asaltó. Le
atravesó la capa como si no llevara nada, y pareció apuñalarle el pecho. Se
apretó la capa en torno al cuello, la sostuvo con la mano plana contra el pecho
y continuó.
La campana del suroeste empezó a sonar
otra vez. Se preguntó qué significaba. Eliwys e Imeyne habían hablado al
respecto, pero eso fue antes de que Kivrin pudiera comprender lo que decían, y
cuando comenzó a sonar de nuevo el día anterior, Eliwys actuó como si no la
oyera. Tal vez tenía que ver con el Adviento. Se suponía que las campanas
tenían que sonar al anoche¬cer en Nochebuena y luego durante una hora antes de
la medianoche, según sabía Kivrin. Tal vez sonaban también en otros momentos
durante el Adviento.
El sendero estaba embarrado y
resbaladizo. A Ki¬vrin empezó a dolerle el pecho. Apretó la mano con más fuerza
y continuó, intentando darse prisa. Distin¬guió movimiento más allá de los
campos. Serían cam¬pesinos que volvían con el tronco de Nochebuena, o de
recoger a los animales. No lo veía bien. Parecía que allí ya estaba nevando.
Debía apresurarse.
El viento le agitó la capa y levantó
hojas muertas a su paso. La vaca se marchó, la cabeza gacha, hacia el re¬fugio
de las chozas. No eran ningún refugio. Apenas parecían más altas que Kivrin,
como si hubieran sido hechas con estacas y puestas en ese sitio, y no detenían
al viento en absoluto.
La campana siguió sonando, un repique
lento y fir¬me, y Kivrin advirtió que había reducido el paso para seguir su
compás. No debía hacer eso. Tenía que darse prisa. Pero correr hacía que el
dolor fuera tan intenso que empezó a toser. Se detuvo, se dobló por la tos.
No lo conseguiría. No seas tonta, se
dijo, tienes que encontrar el sitio. Estás enferma. Tienes que volver a casa.
Llega hasta la iglesia y descansa dentro un momentito.
Reemprendió la marcha, deseando no
toser, pero no le fue posible. No podía respirar. No podía llegar a la iglesia,
mucho menos al lugar de recogida. Tienes que hacerlo, se gritó por encima del
dolor. Esfuérzate.
Se detuvo otra vez, doblada de dolor.
Antes le pre¬ocupaba que algún campesino saliera de una de las cho¬zas, pero
ahora deseaba que alguien lo hiciera para que la ayudara a volver a la casa. No
había nadie. Todos es-taban lejos, cogiendo el tronco de Nochebuena y
re¬uniendo a los animales. Miró hacia los campos. Las dis¬tantes figuras de
antes habían desaparecido.
Estaba frente a la última cabana. Tras
ella había un puñado de cobertizos ruinosos donde no esperaba que viviera
nadie. Debían de ser graneros y corrales, y tras ellos, seguramente no muy
lejos, estaba la iglesia. Tal vez si voy despacio, pensó, y se encaminó hacia
la igle¬sia de nuevo. Todo el pecho le dolía a cada paso. Se de¬tuvo,
tambaleándose un poco, pensando no debo des¬mayarme. Nadie sabe que estoy aquí.
Se volvió y miró hacia la mansión. Ni
siquiera po¬dría regresar al salón. Tengo que sentarme, pensó, pero no había
ningún sitio donde hacerlo en el sendero em¬barrado. Lady Eliwys estaba
atendiendo al campesino; lady Imeyne, las niñas y toda la aldea estaban
cortando el tronco de Nochebuena. Nadie sabe que estoy aquí.
El viento arreciaba; ahora no soplaba a
ráfagas, sino con un impulso intenso y sostenido. Debo inten¬tar volver a la
casa, pensó Kivrin, pero tampoco pudo hacerlo. Incluso permanecer de pie le
suponía un gran esfuerzo. Si hubiera algún sitio donde sentarse lo haría, pero
el espacio entre las cabanas, hasta las verjas, era todo barro. Entraría en la
choza.
Tenía una valla desvencijada alrededor,
hecha de ramas verdes entretejidas entre estacas. La valla apenas le llegaba a
la altura de la rodilla y no habría mantenido a un gato a raya, mucho menos a
las ovejas y vacas con¬tra las que se suponía que la habían alzado. Sólo la
puerta tenía sujecciones hasta la altura de la cintura, y Kivrin se apoyó
agradecida en una de ellas.
—Hola —gritó al viento—, ¿hay alguien
aquí?
La puerta principal de la choza estaba
sólo a unos pocos pasos de la valla, y la choza no podía ser a prue¬ba de
ruidos. Ni siquiera era a prueba de viento. Vio un agujero en la pared donde el
barro amasado y la paja se habían resquebrajado y caído a las enmarañadas ramas
de abajo. Seguramente podían oírla. Levantó la tira de cuero que sujetaba la
valla, entró, y llamó a la baja puerta de madera.
No hubo respuesta, aunque Kivrin tampoco
espe¬raba ninguna. Volvió a gritar.
—¿Hay alguien en casa?
No se molestó en escuchar siquiera cómo
lo tradu¬cía el intérprete, y trató de alzar la barra de madera que cruzaba la
puerta. Era demasiado pesada. Intentó sa¬carla por las ranuras que sobresalían
de los dinteles, pero no pudo. Aunque parecía como si la choza pudie¬ra salir
volando de un momento a otro, ella no era ca¬paz de abrir la puerta. Tendría
que decirle al señor Dunworthy que las cabanas medievales no eran tan en¬debles
como parecían. Se apoyó contra la puerta, suje¬tándose el pecho.
Algo sonó a su espalda, y se volvió.
—Lamento haber entrado en su jardín
—dijo al momento.
Era la vaca, que se apoyaba casualmente
contra la valla y mordisqueaba las hojas marrones, a las que ape¬nas llegaba.
Kivrin tendría que volver a la mansión.
Se apoyó en la valla, asegurándose de que quedaba cerrada; pasó la tira de
cuero sobre la estaca, y luego se apoyó en el huesudo lomo de la vaca. El
animal la siguió unos po¬cos pasos, como si pensara que Kivrin la llevaba a
or¬deñar, pero después volvió al jardín.
La puerta de uno de los cobertizos donde
no podía vivir nadie se abrió, y un niño descalzo se asomó. Se detuvo. Parecía
asustado.
Kivrin intentó enderezarse.
—Por favor —dijo, jadeando—, ¿puedo
descansar un momento en tu casa?
El niño la miró aturdido, con la boca
abierta. Esta¬ba patéticamente delgado, sus brazos y piernas no eran más
gruesos que las ramas de las vallas.
—Por favor, corre y dile a alguien que
venga. Diles que estoy enferma.
No puede correr mejor que yo, pensó en
cuanto lo hubo dicho. Los pies del niño estaban azules de frío. Su boca parecía
ulcerada, y las mejillas y el labio superior estaban manchados de sangre seca
de una hemorragia nasal. Tiene escorbuto, pensó Kivrin, está peor que yo, pero
repitió:
—Corre a la mansión y pídeles que
vengan.
El niño se persignó con una mano huesuda
y agrie¬tada.
—Bighaull emuerdroud ooghattund
enblasthardey —dijo, y volvió a la choza.
Oh, no, pensó Kivrin desesperada. No me
entien¬de, y yo no tengo fuerzas para intentarlo.
—Por favor, ayúdame —suplicó, y pareció
que el niño casi entendía eso. Avanzó un paso hacia ella y lue¬go corrió
súbitamente en dirección a la iglesia.
—¡Espera! —llamó Kivrin.
Dejó atrás a la vaca, sorteó la valla y
desapareció tras la cabana. Kivrin miró el cobertizo. Apenas mere¬cía este
nombre. Más parecía una hacina de heno, hier¬ba y trozos de paja metidos en los
espacios situados en-tre los postes, pero la puerta era un tejido de palos
unidos por cuerda negra, el tipo de puerta que se puede derribar de un soplido,
y el niño la había dejado abier¬ta. Kivrin atravesó el umbral y entró en la
choza.
El interior estaba oscuro, y había tanto
humo que no distinguió nada. Olía fatal, como un establo. Peor.
Mezclado con los olores de corral había
humo, moho y el desagradable olor de las ratas. Kivrin casi tuvo que doblarse
para poder pasar por la puerta. Se enderezó, y su cabeza chocó con los palos
que servían de vigas.
No había ningún lugar donde sentarse en
la choza, si realmente era eso. El suelo estaba cubierto de sacos y
herramientas, como si efectivamente fuera un coberti¬zo, y no había muebles
excepto una mesa irregular cu¬yas toscas patas se desplegaban desde el centro.
Pero la mesa tenía un cuenco de madera y una hogaza de pan, y en el centro de
la choza, en el único espacio despeja¬do, ardía un pequeño fuego en un agujero
poco pro¬fundo.
Por lo visto era la fuente de todo el
humo, aunque en el techo había un agujero que hacía las veces de tiro. El fuego
era pequeño, sólo unos pocos palos, pero los otros agujeros de las irregulares
paredes y el techo tira- ban también del humo, y el viento, que entraba por
to¬das partes, lo arremolinaba. Kivrin empezó a toser, lo cual fue un terrible
error. Sentía como si el pecho fuera a partírsele con cada espasmo.
Apretando los dientes para no toser, se
sentó en un saco de cebollas, aferrándose a la azada que había al lado y luego
a la pared de frágil aspecto. En cuanto se hubo sentado se sintió
inmediatamente mejor, aunque hacía tanto frío que su aliento formaba nubéculas.
Me pregunto cómo olerá este sitio en verano, pensó. Se arrebujó en la capa,
doblando las puntas como si fuera una manta sobre sus rodillas.
Había una corriente fría en el suelo.
Envolvió la capa en sus pies y luego cogió un atizador que yacía junto al saco
y removió el exiguo fuego. Las llamas se animaron un poco, iluminando la choza
y haciendo que pareciera un cobertizo más que nunca. Una peque¬ña valla había
sido construida en un lado, probable¬mente para un establo, porque estaba
separada del res¬to de la choza por una valla aún más pequeña que la que tenía
la cabaña de antes. El fuego no proporciona¬ba luz suficiente para que Kivrin
pudiera ver el rincón, pero un sonido de roce llegaba desde allí.
Un cerdo, pensó, aunque se suponía que
los cerdos de los campesinos habrían sido sacrificados ya por es¬tas fechas, o
tal vez una cabra. Volvió a avivar el fuego, intentando iluminar el rincón.
El sonido de roce se produjo delante de
la patética valla, procedente de una gran jaula en forma de cúpula. Parecía
fuera de lugar en la sucia esquina, con su banda de metal lisa, su complicada
puerta y su bonita asa. Dentro de la jaula, con los ojos brillantes a la luz
del fuego, había una rata.
Estaba sentada sobre los cuartos
traseros, y entre sus patas como manos sujetaba un trozo de queso que la había
hecho caer en la trampa. Contemplaba a Ki¬vrin. Había otros pedazos de queso
probablemente mohosos en el suelo de la jaula. Más comida que en toda la choza,
pensó Kivrin, sentada muy quieta sobre el saco de cebollas. No parecía que
tuvieran nada que mereciera la pena proteger de una rata.
Kivrin había visto a una rata antes, por
supuesto, en Historia de la Psicología y cuando hicieron pruebas sobre sus
fobias en primer curso, pero no de este tipo. Nadie las había visto de este
tipo, en Inglaterra al me¬nos, desde hacía cincuenta años. Era una rata bonita,
con pelaje negro brillante, no mucho mayor que las ra¬tas blancas de
laboratorio, no tan grande como la rata marrón con la que le habían hecho la
prueba.
También parecía mucho más limpia que la
rata ma¬rrón. Ésa parecía pertenecer a las alcantarillas y tuberías de las que
sin duda había salido, con su pelaje marrón mugriento y su larga cola
obscenamente pelada. Cuan¬do estudió por primera vez la Edad Media, Kivrin no
comprendió cómo los contemporáneos habían tolera¬do a aquellos bichos
repugnantes en sus graneros, mu¬cho menos en las casas. La idea de que había
una en la pared junto a su cama la llenó de repulsión. Pero esta rata tenía un
aspecto bastante limpio, con sus ojillos ne¬gros y su lustroso pelaje. Desde
luego, estaba mucho más limpia que Maisry, y probablemente era más
inteli¬gente. Parecía inofensiva.
Como para demostrar su razonamiento, la
rata mordisqueó de nuevo el queso.
—Pero no eres inofensiva —señaló
Kivrin—. Eres el azote de la Edad Media.
La rata soltó el trozo de queso y avanzó
un paso, cimbreando los bigotes. Se agarró a dos de los barrotes de metal con
sus manitas rosadas y miró suplicante a través de ellos.
—Sabes que no puedo dejarte salir —dijo
Kivrin, y el animal irguió las orejas como si la comprendiera—. Te comes el
grano que es precioso, contaminas la co¬mida, tienes pulgas y dentro de
veintiocho años tú y tus amigas acabaréis con media Europa. Lady Imeyne debería
preocuparse por ti, y no por espías franceses o curas analfabetos. —La rata la
miró—. Me gustaría de¬jarte salir, pero no puedo. La Peste Negra ya fue
bas¬tante mala. Mató a la mitad de Europa. Si te dejo salir, tus descendientes
podrían hacer que fuera aún peor.
La rata soltó los barrotes y empezó a
correr por la jaula, chocando contra ellos, dando vueltas con movi¬mientos
frenéticos y aleatorios.
—Te dejaría salir si pudiera —repitió
Kivrin.
El fuego casi se había apagado. Kivrin
volvió a re¬moverlo, pero ya no había más que cenizas. La puerta que había
dejado abierta con la esperanza de que el niño trajera a alguien se cerró de
golpe, sumiendo la choza en la oscuridad.
No sabrán dónde buscarme, pensó, aunque
era consciente de que ni siquiera lo estaban haciendo. To¬dos pensaban que
estaba en su habitación, dormida. Lady Imeyne ni siquiera iría a echarle un
vistazo hasta que le llevara la cena. Ni siquiera empezarían a buscarla hasta
después de vísperas, y para entonces ya habría anochecido.
La choza estaba en silencio. El viento
debía de ha¬ber cesado. No oía a la rata. Una rama del fuego chas¬queó, y las
chispas volaron por el suelo.
Nadie sabe dónde estoy, pensó, y se
llevó la mano al pecho, como si hubiera sido apuñalada. Nadie sabe dónde estoy.
Ni siquiera el señor Dunworthy.
Pero seguramente eso no era cierto. Lady
Eliwys podría haber vuelto y subido a ponerle más ungüento, o Maisry habría
vuelto a casa enviada por Imeyne, o el niño podría haber ido a traer a los
hombres de los cam¬pos, y llegarían allí de un momento a otro, aunque la puerta
estuviera cerrada. Y aunque no advirtieran que se había ido hasta después de
vísperas, tenían antorchas y linternas, y los padres del niño con escorbuto
volve¬rían a preparar la cena y la encontrarían y llamarían a alguien de la
mansión. No importa lo que pase, se dijo, no estás completamente sola, y eso la
reconfortó.
Porque estaba completamente sola. Había
intenta¬do convencerse de lo contrario, de que alguna lectura en las pantallas
de la red le había dicho a Gilchrist y Montoya que algo había salido mal, que
el señor Dun¬worthy había hecho que Badri comprobara y volviera a comprobarlo
todo, que de algún modo sabían lo que había sucedido y mantendrían abierto el
lugar de reco¬gida. Pero se equivocaba. No sabían dónde estaba más que Agnes o
lady Eliwys. Creían que estaba a salvo en Skendgate, estudiando la Edad Media,
con el lugar cla¬ramente localizado y el grabador medio lleno ya de
ob¬servaciones acerca de costumbres curiosas y la rotación de las cosechas. Ni
siquiera se darían cuenta de que ha¬bía desaparecido hasta que abrieran la red
al cabo de dos semanas.
—Y para entonces estará oscuro —murmuró
Kivrin.
Permaneció inmóvil, contemplando el
fuego. Casi se había apagado, y no había más leña en ninguna parte. Se preguntó
si habían dejado al niño en casa para re¬coger leña y qué fuego harían esta
noche.
Estaba completamente sola, y el fuego se
extinguía, y nadie sabía dónde se encontraba excepto la rata que iba a matar a
media Europa. Se levantó, volvió a darse un golpe en la cabeza, abrió la puerta
de la choza y salió.
Seguía sin haber nadie en los campos. El
viento ha¬bía cesado, y oía la campana del suroeste doblando cla¬ramente. Unos
cuantos copos de nieve caían del cielo gris. El pequeño promontorio donde se
alzaba la igle¬sia estaba completamente oscurecido por la nieve. Kivrin se dirigió hacia la iglesia.
Otra campana empezó a sonar. Estaba más
al sur y más cerca, pero con un tono más agudo y metálico que indicaba que se
trataba de una campana más pequeña. Doblaba con decisión, pero un poco
retrasada con res¬pecto a la primera campana, de manera que parecía un eco.
—¡Kivrin! ¡Lady Kivrin! —llamó Agnes—.
¿Dón¬de habéis estado?
Corrió junto a ella, con la carita
encendida por el esfuerzo y el frío. O la excitación.
—Os hemos estado buscando por todas
partes. —Corrió en la dirección por donde había llegado, gri¬tando—. ¡La he
encontrado! ¡La he encontrado!
—¡No, no lo has hecho! —intervino
Rosemund—. Todos la hemos visto.
Corrió delante de lady Imeyne y Maisry,
que tenía el poncho sobre los hombros. Tenía las orejas de un rojo brillante.
Parecía enfadada, probablemente por¬que le echaban la culpa de la desaparición
de Kivrin o porque pensaba que iban a hacerlo, o tal vez era sólo el frío. Lady
Imeyne parecía furiosa.
—No sabías que era lady Kivrin —gritó
Agnes, corriendo de vuelta hacia ella—. Dijiste que no era se¬guro que fuera
Kivrin. Yo la he encontrado.
Rosemund la ignoró. Agarró a Kivrin por
el brazo.
—¿Qué ha sucedido? ¿Por qué os habéis
levanta¬do? —preguntó ansiosamente—. Gawyn fue a hablar con vos y descubrió que
os habíais marchado.
Gawyn vino, pensó Kivrin débilmente.
Gawyn, que podría haberme dicho exactamente dónde está el lugar, y no me
encontró.
—Sí, vino a deciros que no había
encontrado rastro alguno de vuestros atacantes, y que...
Lady Imeyne se acercó.
—¿Adonde os dirigíais? —preguntó, y
pareció una acusación.
—No encontraba el camino de vuelta
—respondió Kivrin, intentando pensar qué decir para explicar su paseo por la
aldea.
—¿Queríais encontraros con alguien?
—demandó lady Imeyne, y era claramente una acusación.
—¿Cómo podía ir a encontrarse con
alguien? —le preguntó Rosemund—. No conoce a nadie aquí ni re¬cuerda nada de
antes.
—Quería ir al lugar donde me encontraron
—dijo Kivrin, tratando de no apoyarse en Rosemund—. Pen¬sé que tal vez si veía
mis pertenencias podría...
—Recordar algo —terminó Rosemund—.
Pero...
—No tendríais que haber arriesgado
vuestra salud para hacerlo —dijo lady Imeyne—. Gawyn lo ha traí¬do todo.
—¿Todo? —preguntó Kivrin.
—Sí —dijo Rosemund—, la carreta y todas
vues¬tras cajas.
La segunda campana guardó silencio, y la
primera continuó sola, firme, lentamente, como si se tratara de un funeral.
Sonaba como la muerte de la propia espe¬ranza. Gawyn lo había traído todo a la
casa.
—No está bien hablar con lady Katherine
con este frío —señaló Rosemund, hablando como una madre—. Ha estado enferma.
Debemos llevarla dentro, no vaya a resfriarse.
Ya me he resfriado, pensó Kivrin. Gawyn
lo había traído todo a la casa, todas las huellas de dónde se en¬contraba el
lugar de recogida. Incluso la carreta.
—Es culpa tuya, Maisry —dijo lady
Imeyne, em¬pujando a Maisry para que cogiera a Kivrin por el bra¬zo—. No
tendrías que haberla dejado sola.
Kivrin se apartó de la sucia Maisry.
—¿Podéis caminar? —preguntó Rosemund,
do¬blada ya por el peso de Kivrin—. ¿Debemos traer la yegua?
—No —contestó Kivrin. De algún modo no
podía soportar la idea de regresar como una prisionera captu¬rada a lomos de un
caballo trotón—. No —repitió—. Puedo caminar.
Tuvo que apoyarse en los brazos de
Rosemund y Maisry, y fue algo lento, pero lo consiguió. Dejaron atrás las
chozas y la casa del criado y los curiosos cer¬dos, y entraron en el patio. El
tocón de un gran fresno yacía sobre el empedrado ante el granero; las raíces
re¬torcidas aparecían cubiertas de copos de nieve.
—Con su conducta habrá atraído la muerte
—re¬funfuñó lady Imeyne, quien indicó a Maisry que abrie¬ra la pesada puerta de
madera—. Sin duda sufrirá una recaída.
Empezó a nevar con fuerza. Maisry abrió
la puerta. Tenía un pestillo como la puertecita de la jaula de la rata. Tendría
que haberla soltado, pensó Kivrin. Ten¬dría que haberla dejado ir.
Lady Imeyne dirigió un gesto a Maisry,
que regre¬só para coger a Kivrin del brazo.
—No —dijo ella, y se zafó de su mano y
de la de Rosemund y caminó sola sin ayuda hacia la puerta y la oscuridad del
interior.
TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL
JUICIO FINAL
(005982-013198)
18 de diciembre de 1320 (Calendario
Antiguo). Creo que tengo neumonía. Intenté encontrar el lugar de recogida, y he
sufrido algún tipo de recaída. Siento un dolor agudo bajo las costillas cada
vez que respiro, y cuando toso, cosa que es constante, noto como si por dentro
todo se me rompiera en pedazos. Intenté sen¬tarme en la cama hace un rato y al
instante quedé baña¬da en sudor, y creo que la temperatura me ha vuelto a
subir.
Por lo que me enseñó la doctora Ahrens,
ésos son los síntomas que indican neumonía.
Lady Eliwys no ha vuelto todavía. Lady
Imeyne me puso en el pecho una pócima de olor horrible y lue¬go mandó llamar a
la esposa del senescal.
Pensé que quería reprenderla por usurpar
la man¬sión, pero cuando llegó la mujer, llevando en brazos a su hijo de seis
meses, lady Imeyne le dijo: «La herida ha enfebrecido sus pulmones», y la
esposa del senescal me miró la sien y luego salió y regresó sin el bebé, con un
cuenco lleno de una infusión de sabor amargo. De¬bía tener corteza de sauce o
algo porque la temperatura me bajó, y las costillas no me duelen tanto.
La mujer del senescal es delgada y
menuda, con cara afilada y cabello color ceniza. Creo que lady Ime¬yne tiene
razón cuando dice que ella es la que tienta «a pecar» al senescal. Entró
vestida con una saya forrada de piel con mangas tan largas que casi las
arrastraba por el suelo, y el bebé envuelto en una hermosa manta de lana, y
habla con un acento extraño que me parece un intento de imitar el habla de lady
Imeyne.
«Un embrión de la clase media», como
diría el se¬ñor Latimer, nouveau riche y esperando su oportunidad, que llegará
dentro de treinta años, cuando la Peste Negra golpee y un tercio de la nobleza
sea aniquilado.
—¿Es ésta la dama que encontraron en el
bosque? —le preguntó a lady Imeyne cuando entró, y no había ninguna «modestia
aparente» en sus modales. Sonrió a Imeyne como si fueran viejas amigas y se
acercó a la cama.
—Sí —replicó lady Imeyne, consiguiendo
expresar impaciencia, desdén y disgusto en una sola sílaba.
La mujer del senescal la ignoró. Se
acercó a la cama y luego se apartó, la primera persona que mostró algu¬na
indicación de que yo podía ser contagiosa.
—¿Tiene la fiebre (algo)?
El intérprete no entendió la palabra, ni
yo tampo¬co, dado su peculiar acento. ¿Fluorina? ¿Florentina?
—Tiene una herida en la cabeza —señaló
Imeyne con brusquedad—. Ha enfebrecido sus pulmones.
La mujer del senescal asintió.
—El padre Roche nos contó cómo Gawyn y
él la encontraron en el bosque.
Imeyne se envaró ante el uso familiar
del nombre de Gawyn, y la esposa del senescal sí captó este detalle y corrió a
cocer la corteza de sauce. Incluso hizo una reverencia a lady Imeyne cuando se
marchó por segun¬da vez.
Rosemund entró para sentarse conmigo
después de que Imeyne se fuera. Creo que le habían encomen¬dado que me vigilara
para que no intentara escapar de nuevo, y le pregunté si era verdad que el
padre Roche estaba con Gawyn cuando me encontró.
—No —respondió—. Gawyn se encontró al
padre Roche en el camino mientras os traía y os dejó a su cui¬dado para poder
buscar a vuestros atacantes, pero no los encontró, y el padre Roche y él os
trajeron aquí. No tenéis que preocuparos por eso. Gawyn ha traído vuestras
cosas a la mansión.
No recuerdo que el padre Roche estuviera
allí, excepto en la habitación, pero si fuera cierto, y Gawyn no me
encontró demasiado lejos del lugar de
recogida, tal vez sepa dónde es.
(Pausa)
He estado pensando en lo que dijo lady
Imeyne. «La herida de la cabeza le ha enfebrecido sus pulmo¬nes.» No creo que
nadie aquí se dé cuenta de que estoy enferma. Dejaron a las niñas en la
habitación sin pre-ocuparse, y ninguno de ellos parece tener miedo, ex¬cepto la
mujer del senescal, y en cuanto lady Imeyne le dijo que tenía los «pulmones
enfebrecidos» se acercó a la cama sin vacilación.
Pero obviamente le preocupaba la
posibilidad de que mi enfermedad fuera contagiosa, y cuando le pre¬gunté a
Rosemund por qué no había ido con su madre a ver al campesino, me contestó,
como si estuviera muy claro: «Me prohibió ir. El campesino está enfermo.»
No creo que sepan que sufro una
enfermedad. No tengo ninguno de los síntomas en forma de marcas, como
sarpullidos o bubas, y supongo que achacan mi fiebre y mis delirios a mis
heridas. Las heridas a menu¬do se infectaban, y había casos frecuentes de gangrena.
No habría ningún motivo para mantener a raya a los niños si se tratara de una
persona herida.
Por otra parte, ninguno de ellos se ha
contagiado. Han transcurrido cinco días, y si es un virus, el período de
incubación debería ser sólo de doce a cuarenta y ocho horas. La doctora Ahrens
me dijo que el momento más contagioso es antes de que aparezca ningún síntoma,
así que tal vez no era contagioso cuando las niñas empeza¬ron a venir. O tal
vez es algo que ya han tenido, y son in¬munes. La mujer del senescal preguntó
si yo había teni¬do la fiebre ¿florentina? ¿flantina?, y el señor Gilchrist
está convencido de que hubo una epidemia de influenza en 1320. Tal vez eso es
lo que tengo.
Es por la tarde. Rosemund está sentada
junto a la ventana, cosiendo una pieza de lino con lana roja oscu¬ra, y Blackie
está a mi lado. He estado pensando en cuánta razón tenía usted, señor
Dunworthy. Yo no es¬taba preparada en absoluto, y todo es completamente
distinto a lo que yo me había imaginado. Pero se equi¬vocaba al afirmar que no
es como un cuento de hadas.
Donde quiera que miro veo cosas de
cuento de ha¬das. La caperuza roja de Agnes, y la jaula de la rata, y cuencos
de gachas, y las casitas de paja y estacas de los campesinos que podrían ser
derribadas a soplidos por un lobo si se lo propusiera.
El campanario se parece al lugar donde
estuvo pri¬sionera Rapunzel; y Rosemund, inclinada sobre su bor¬dado, con su
cabello negro y su gorra blanca y sus meji¬llas arreboladas parece clavadita a
Blancanieves.
(Pausa)
Creo que la fiebre me ha vuelto a subir.
Huelo a humo en la habitación. Lady Imeyne está rezando, arrodillada junto a la
cama con su Libro de las Horas. Rosemund me dijo que habían vuelto a llamar a
la es¬posa del senescal. Lady Imeyne la desprecia. Debo de estar muy grave para
que Imeyne tenga que mandarla llamar. Me pregunto si irán a buscar al
sacerdote. Si lo hacen, debo preguntarle si sabe dónde me encontró Gawyn. Hace
mucho calor aquí dentro. Esta parte no se parece en nada a un cuento de hadas.
Sólo mandan llamar a un sacerdote cuando alguien se está muriendo, pero
Probabilidad dice que había una posibilidad del setenta y dos por ciento de
morir de neumonía en el si¬glo XIV. Espero que venga pronto, para decirme dónde
está el lugar y cogerme de la mano.
13
Dos casos más, ambas estudiantes,
llegaron mien¬tras Mary interrogaba a Colin para saber cómo había atravesado el
perímetro.
—Fue muy fácil —dijo Colin, indignado—.
Inten¬tan impedir que la gente salga, no que entre.
Estaba a punto de contar los detalles
cuando llegó la administradora.
Mary había hecho que Dunworthy la
acompañara al Pabellón de Admisiones para ver si podía identifi¬carlos.
—Y tú quédate aquí —le advirtió a
Colin—. Ya has causado bastantes problemas por una noche.
Dunworthy no reconoció a ninguno de los
otros dos casos, pero no importaba. Estaban conscientes y lúcidas, y ya estaban
dando al encargado los nombres de sus contactos cuando Mary y él llegaron.
Dunwor¬thy las observó detenidamente y sacudió la cabeza.
—Puede que estuvieran entre la multitud
de High Street, no podría asegurarlo.
—No importa. Puedes irte a casa si
quieres.
—Pensaba esperar a hacerme el análisis
de sangre.
—Oh, pero si todavía no son... —dijo
ella, miran¬do su digital—. Santo Dios, son más de las seis.
—Iré a ver a Badri, y luego volveré a la
sala de espera.
Badri estaba dormido, según informó la
enfermera.
—Yo no lo despertaría.
—No, claro que no —dijo Dunworthy, y
volvió a la sala de espera.
Colin estaba sentado en el suelo, con
las piernas cruzadas, rebuscando en su mochila.
—¿Dónde está mi tía Mary? Está un poco
enfada¬da porque he venido, ¿verdad?
—Creía que estabas a salvo en Londres
—explicó Dunworthy—. Tu madre le dijo que habían detenido tu tren en Barton.
—Es verdad. Hicieron que todo el mundo
se baja¬ra y se subiera a otro tren que volvía a Londres.
—¿Y te perdiste en el trasbordo?
—No. Oí a esa gente hablando de la
cuarentena, y cómo había una horrible enfermedad y que todo el mundo se iba a
morir y todo... —Se interrumpió para seguir rebuscando en la mochila. Sacó y
volvió a meter un montón de cosas, vids y un vidder de bolsillo, y un par de
zapatillas sucias y gastadas. Desde luego, era pa¬riente de Mary—. Y no quería
quedarme con Eric y perderme lo más emocionante.
—¿Eric?
—El compañero de mi madre —sacó un
enorme chicle rojo, arrancó unos trocitos de papel, y se lo me¬tió en la boca.
Formó un bulto como de paperas en su mejilla—. Es la persona más necrótica del
mundo —dijo alrededor del chicle—. Tiene un apartamento en Kent y no hay
absolutamente nada que hacer.
—Así que te bajaste del tren en Barton.
¿Qué hi¬ciste entonces? ¿Venir andando hasta Oxford?
Se sacó el chicle de la boca. Ya no era
rojo. Tenía un tono azul verdoso. Colin lo miró con ojo crítico y vol¬vió a
metérselo en la boca.
—¡Pero qué dice! Barton está muy lejos
de Oxford. Cogí un taxi.
—Sí, claro —dijo Dunworthy.
—Le dije al conductor que iba a informar
de la cuarentena para el periódico de mi colegio y que quería sacar vids del
bloqueo. Tenía mi vidder encima, ya ve, así que pareció lo más lógico. —Alzó el
vidder de bol¬sillo para ilustrarlo, y luego lo volvió a guardar en la mochila
y empezó a rebuscar de nuevo.
—¿Te creyó?
—Eso creo. Me preguntó a qué colegio
iba, pe¬ro yo le respondí, muy ofendido, «Tendría que saber¬lo», y él dijo que
St. Edward's, y yo dije, «Por su¬puesto». Supongo que me creyó. Me llevó al
períme¬tro, ¿no?
Y yo preocupado por lo que haría Kivrin
si no apa¬recía ningún viajero amistoso, pensó Dunworthy.
—¿Qué hiciste entonces, contarle a la
policía la misma historia?
Collin sacó un jersey de lana verde,
formó una bola con él, y lo puso encima de la mochila abierta.
—No. Cuando lo pensé, me pareció una
historia muy pobre. ¿De qué hay que tomar imágenes, después de todo? No es como
un incendio, ¿no? Así que me di¬rigí al agente como si fuera a preguntarle algo
sobre la cuarentena, y luego me escabullí y me deslicé bajo la barrera.
—¿No te persiguieron?
—Pues claro que sí. Pero sólo unas
cuantas calles. Intentan impedir que la gente salga, no que entre. Y luego
caminé un rato hasta que encontré una cabina.
Al parecer había estado lloviendo sin
parar, pero Colin no lo mencionó, y no había ningún paraguas ple¬gable entre
los artículos que sacó de su mochila.
—Lo difícil fue encontrar a la tía Mary
—suspiró. Se tumbó y apoyó la cabeza en la mochila—. Fui a su apartamento, pero
no estaba allí. Se me ocurrió que a lo mejor aún estaba en la estación de metro
esperándome, pero la habían cerrado. —Se sentó en el suelo, manoseó el jersey
de lana, y volvió a tumbarse—. Y luego recor¬dé que es médica, y pensé que
estaría en el hospital.
Volvió a sentarse, ahuecó la mochila de
nuevo, se tumbó y cerró los ojos. Dunworthy se recostó en su incómoda silla,
envidiando al joven. Probablemente Colin estaba ya dormido, sin asustarse en lo
más míni¬mo por su aventura.
Había paseado por todo Oxford en plena
noche, o tal vez había cogido nuevos taxis o sacado una bicicleta plegable de
su mochila, completamente solo en medio de una helada lluvia de invierno, y ni
siquiera estaba nervioso por la aventura.
Kivrin se encontraba bien. Si la aldea
no estaba donde se suponía que debía estar, caminaría hasta en¬contrarla, o
cogería un taxi, o se tumbaría en alguna parte con la cabeza sobre la capa
doblada, y dormiría el imperturbable sueño de los jóvenes.
Llegó Mary.
—Las dos fueron a un baile en Headington
anoche —dijo, y bajó la voz cuando vio a Colin.
—Badri estuvo allí también —susurró
Dunworthy.
—Lo sé. Una de ellas bailó con él.
Estuvieron allí desde las nueve hasta las dos, lo cual nos da entre
vein¬ticinco y treinta horas dentro de un período de incuba¬ción de cuarenta y
ocho. Si Badri es quien las infectó.
—¿No crees que fuera él?
—Creo que lo más probable es que los
tres fueran contagiados por la misma persona, probablemente al¬guien a quien
Badri vio antes, por la tarde, y las dos chicas después.
—¿Un portador?
Ella sacudió la cabeza.
—La gente normalmente no transmite los
mixovi-rus sin contraer también la enfermedad, pero podría te¬ner una
manifestación leve o haber estado ignorando los síntomas.
Dunworthy pensó en Badri desplomándose
contra
la consola y se preguntó cómo era
posible ignorar los síntomas.
—Y si esa persona estuvo en Carolina del
Sur hace cuatro días... —continuó Mary.
—Ahí tienes tu enlace con el virus
americano.
—Y puedes dejar de preocuparte por
Kivrin. No asistió al baile en Headington. Por supuesto, es más probable que la
conexión esté a varios enlaces de dis¬tancia.
Frunció el ceño, y Dunworthy pensó que
varios enlaces no habían acudido al hospital o llamado al mé¬dico. Varios
enlaces que habían ignorado todos los sín¬tomas.
Al parecer, Mary estaba pensando lo
mismo.
—Esas campaneras tuyas... ¿cuándo
llegaron a In¬glaterra?
—No lo sé. Pero no llegaron a Oxford
hasta esta tarde, después de que Badri estuviera en la red.
—Bueno, pregúntaselo de todas formas.
Cuándo aterrizaron, dónde han estado, si alguna de ellas ha su¬frido alguna
enfermedad. Alguna podría tener conoci¬dos en Oxford y haber llegado antes. ¿No
tienes nin¬gún estudiante americano en el colegio ?
—No. Montoya es americana.
—No lo había pensado. ¿ Cuánto tiempo
lleva aquí?
—Todo el trimestre. Pero podría haber
estado en contacto con algún americano de visita.
—Se lo preguntaré cuando venga a hacerse
el análi¬sis de sangre —dijo ella—. Me gustaría que interroga¬ras a Badri sobre
los americanos que conoce, o sobre estudiantes que hayan estado en Estados
Unidos de in-tercambio.
—Está dormido.
—Y tú deberías dormir también. No me
refiero a ahora mismo. —Le palmeó el brazo—. No hay necesi¬dad de esperar hasta
las siete. Enviaré a alguien para que te extraiga sangre y te haga un PB, así
podrás irte a dormir. —Le cogió la muñeca y miró el monitor temp—.
¿Escalofríos?
—No.
—¿Dolor de cabeza?
—Sí.
—Eso es porque estás agotado. —Le soltó
la mu¬ñeca—. Enviaré a alguien ahora mismo.
Miró a Colin, tendido en el suelo.
—Habrá que hacerle análisis a Colin
también, al menos hasta que estemos seguros de que se transmite por
vaporización.
Colin dormía con la boca abierta, pero
todavía te¬nía el chicle en la mejilla. Dunworthy se preguntó si podría
ahogarse.
—¿Qué hay de tu sobrino? ¿Quieres que me
lo lle¬ve a Balliol?
Ella se lo agradeció sinceramente.
—¿De verdad? Me sabe mal que tengas que
cargar con él, pero dudo que pueda llegar a casa hasta que esto quede bajo
control. —Suspiró—. Pobrecillo. Espero no estropearle demasiado las Navidades.
—Yo no me preocuparía demasiado al
respecto.
—Bueno, te lo agradezco mucho. Me
encargaré de las pruebas inmediatamente.
Se marchó. Colin se sentó en el suelo al
instante.
—¿Qué tipo de pruebas? —preguntó—.
¿Significa eso que tengo el virus?
—Sinceramente, espero que no —dijo
Dunwor¬thy, pensando en la cara roja de Badri, su respiración entrecortada.
—Pero podría ser.
—Las posibilidades son muy remotas. Yo
no me preocuparía.
—No estoy preocupado. —Colin extendió el
bra¬zo—. Creo que tengo un sarpullido —dijo ansiosa¬mente, señalando una peca.
—Eso no es un síntoma del virus. Recoge
tus cosas. Te llevaré conmigo a casa después de las pruebas. —Recogió la
bufanda y el abrigo de las sillas donde los había colocado.
—¿Cuáles son los síntomas, entonces?
—Fiebre y dificultad para respirar —dijo
Dunworthy. La bolsa de la compra de Mary estaba en el suelo, junto a la silla
de Latimer. Decidió que lo mej or sería lle¬vársela.
Entró la enfermera, con su bandeja de
muestras.
—Me noto caliente —dijo Colin. Se agarró
la gar¬ganta dramáticamente—. No puedo respirar.
La enfermera dio un sobresaltado paso
hacia atrás, haciendo tintinear la bandeja.
Dunworthy agarró a Colin por el brazo.
—No se alarme —le dijo a la enfermera—.
Es sólo un caso de envenenamiento por chicle.
Colin sonrió y se levantó la manga
intrépidamente para someterse al análisis de sangre, luego metió el jer¬sey en
la mochila y sacó la chaqueta, todavía mojada, mientras Dunworthy pasaba su
análisis.
—La doctora Ahrens ha dicho que no
tienen que esperar a los resultados —anunció la enfermera, y se marchó.
Dunworthy se puso el abrigo, recogió la
bolsa de Mary y guió a Colin pasillo abajo. No vio a Mary en ninguna parte,
pero había dicho que no tenían que es¬perar, y de pronto se sintió tan cansado
que apenas se mantenía en pie.
Salieron. Empezaba a amanecer y todavía
llovía. Dunworthy vaciló bajo el porche del hospital, pregun¬tándose si debería
llamar a un taxi, pero no tenía ganas de que Gilchrist apareciera para hacerse
los análisis mientras ellos esperaban y tener que escuchar sus pla¬nes para
enviar a Kivrin a la Peste Negra y la batalla de Agincourt. Sacó el paraguas
plegable de Mary de su bolsa y lo abrió.
—Gracias a Dios que todavía está aquí
—exclamó Montoya, que frenaba su bicicleta, salpicando agua—.
Tengo que encontrar a Basingame.
Eso nos pasa a todos, pensó Dunworthy,
pregun¬tándose dónde había estado durante todas aquellas conversaciones
telefónicas.
Se bajó de la bici, la colocó en la
barra, y echó el candado.
—Su secretaria dijo que nadie sabe dónde
está. ¿Se imagina?
—Sí. Llevo todo el día de hoy... de
ayer, intentan¬do localizarlo. Está de vacaciones en algún lugar de Es¬cocia,
nadie sabe exactamente dónde. Según su mujer, se ha ido a pescar.
—¿ En esta época del año ? ¿ Quién
querría ir a pescar a Escocia en diciembre? Seguro que su mujer sabe dónde está
o tiene un número donde se le podrá localizar.
Dunworthy sacudió la cabeza.
—¡Esto es ridículo! ¡Me tomé la molestia
de con¬tactar con el Consejo Nacional de Salud para que me permitieran acceder
a mi excavación, y Basingame está de vacaciones! —Buscó bajo su impermeable y
sacó un fajo de impresos de colores—. Accedieron a darme permiso si el decano
de Historia firmaba una instancia declarando que la excavación era un proyecto
necesa¬rio y esencial para el bien de la Universidad. ¿Cómo pudo marcharse así
sin decírselo a nadie? —Golpeó los papeles contra su pierna, y algunas gotas de
lluvia salie¬ron volando por todas partes—. Tengo que conseguir que firme esto
antes de que toda la excavación se pier¬da. ¿Dónde está Gilchrist?
—Tiene que venir dentro de poco para
hacerse los análisis de sangre —dijo Dunworthy—. Si consigue encontrar a
Basingame, dígale que tiene que volver in¬mediatamente. Dígale que tenemos una
cuarentena en marcha, no sabemos dónde está una historiadora, y el técnico está
demasiado enfermo para decírnoslo.
—Pescando —bufó Montoya, disgustada,
dirigiéndose a Admisiones—. Si mi excavación se echa a perder, tendrá que responder de muchas cosas.
—Vamos —le dijo Dunworthy a Colin,
ansioso por marcharse antes de que apareciera alguien más. Le¬vantó el paraguas
para que cubriera también a Colin, y luego desistió. Colin caminaba rápidamente
por delan¬te, consiguiendo pisar casi todos los charcos, y luego se quedó
rezagado para mirar los escaparates.
No había nadie en las calles, aunque
Dunworthy no sabía si se debía a la cuarentena o a que era muy temprano.
A lo mejor todos estarán dormidos,
pensó, y po¬dremos entrar e ir directamente a la cama.
—Creí que pasarían más cosas —suspiró
Colin, decepcionado—. Sirenas y todo eso.
—Y carros con cadáveres por las calles,
y gritos de «Traed a vuestros muertos», ¿eh? —rió Dunworthy—. Tendrías que
haber ido con Kivrin. Las cuarentenas en la Edad Media eran mucho más
emocionantes que ésta, con sólo cuatro casos y una vacuna que ya está en
ca¬mino desde Estados Unidos.
—¿Quién es esa Kivrin? ¿Su hija?
—Mi alumna. Acaba de ir a 1320.
—¿Viaje en el tiempo? ¡Apocalíptico!
Doblaron la esquina hacia Broad.
—La Edad Media —dijo Colin—. Eso es
Napo¬león, ¿no? ¿Trafalgar y todo eso?
—Es la Guerra de los Cien Años —explicó
Dun¬worthy, y Colin puso cara de no enterarse de nada. ¿ Qué enseñan en los
colegios hoy en día?, pensó—. Caballe¬ros, damas y castillos.
—¿Las Cruzadas?
—Las Cruzadas son un poco antes.
—Ahí es donde quiero ir. A las Cruzadas.
Llegaron a la puerta de Balliol.
—Ahora, silencio —murmuró Dunworthy—.
To¬do el mundo estará dormido.
No encontraron a nadie en la portería,
ni en el pa¬tio principal. Había luz en el salón; las campaneras de¬sayunando,
probablemente; pero no había luces en el comedor sénior, ni en Salvin. Si
pudieran subir las es-caleras sin que nadie los viera y sin que Colin
anuncia¬ra que tenía hambre, podrían llegar a salvo a sus habita¬ciones.
—Shh —dijo Dunworthy, volviéndose para
adver¬tir al niño, que se había detenido en el patio para sacar¬se el chicle y
examinar su color, que era ahora de un púrpura negruzco—. No queremos despertar
a todo el mundo —susurró, con el dedo en los labios. Se volvió, y chocó con una
pareja en la puerta.
Llevaban impermeables y se abrazaban
entusiásti¬camente. El joven pareció ajeno a la colisión, pero la muchacha se
soltó, asustada. Tenía el cabello corto y rojo, y llevaba un uniforme de
estudiante de enferme¬ría bajo el impermeable.
El joven era William Gaddson.
—Su conducta es inapropiada tanto para
el mo¬mento como para el lugar —dijo Dunworthy, muy formal—. Las muestras
públicas de afecto están estric¬tamente prohibidas en el colegio. También es
desacon¬sejable, puesto que su madre puede llegar de un mo¬mento a otro.
—¿Mi madre? —exclamó él, tan angustiado
como Dunworthy cuando la vio acercarse por el pasillo con la maleta—. ¿Aquí?
¿En Oxford? ¿Qué está haciendo aquí? Pensaba que había una cuarentena.
—La hay, pero el amor de una madre no
conoce barreras. Le preocupa su salud, igual que a mí, consi¬derando las
circunstancias. —Frunció el ceño ante William y la muchacha, quien soltó una
risita—. Suge¬riría que acompañara a su pareja a casa y luego hiciera los
preparativos para la llegada de su madre.
—¿Preparativos? —dijo él, verdaderamente
pre¬ocupado—. ¿Quiere decir que piensa quedarse?
—Me temo que no tiene más remedio. Hay
una cuarentena en marcha.
Las luces se encendieron de pronto en
las escaleras, y al instante apareció Finch.
—Gracias a Dios que está usted aquí,
señor Dunworthy —suspiró.
Tenía también un fajo de impresos de
colores, que agitó ante Dunworthy.
—El Ministerio de Sanidad acaba de
enviar a otros treinta retenidos. Les dije que no teníamos sitio, pero no
quisieron escuchar, y no sé qué hacer. No tenemos los suministros necesarios
para tanta gente.
—Papel higiénico —dijo Dunworthy.
—¡Sí! —exclamó Finch, agitando los
impresos—. Y comida. Esta mañana ya acabamos con la mitad de los huevos y
bacon.
—¿Huevos y bacon? —se interesó Colin—.
¿Que¬da algo?
Finch miró interrogante a Colin y luego
a Dun¬worthy.
—Es el sobrino de la doctora Ahrens
—expli¬có Dunworthy, y antes de que Finch pudiera empe¬zar de nuevo, añadió—:
Se quedará en mis habita-ciones.
—Bien, porque le aseguro que no puedo
encontrar espacio para otra persona.
—Los dos hemos estado despiertos toda la
noche, señor Finch, así que...
—Aquí hay una lista de los suministros
de esta ma¬ñana. —Le tendió a Dunworthy un papel azulado—. Como puede ver...
—Señor Finch, aprecio su preocupación
por los suministros, pero seguro que este asunto puede esperar a que...
—Esto es una lista de sus llamadas
telefónicas, jun¬to con las que tiene que contestar, marcadas con aste¬riscos.
Esto es una lista de sus citas. El vicario desea que esté en St. Mary's mañana
a las seis y cuarto para ensayar la ceremonia de Nochebuena.
—Responderé a todas esas llamadas, pero
después de...
—La doctora Ahrens telefoneó dos veces.
Quería saber si había averiguado algo acerca de las campa¬neras.
Dunworthy se rindió.
—Asigne los nuevos retenidos a Warren y
Basevi, tres por habitación. Hay colchones extra en el sótano del salón.
Finch abrió la boca para protestar.
—Tendrán que soportar el olor a pintura.
Tendió a Colin la bolsa de la compra de
Mary y el paraguas.
—Ese edificio de las luces encendidas es
el salón —dijo, señalando la puerta—. Diles a los encargados que quieres
desayunar y que uno te acompañe luego a mis habitaciones.
Se volvió hacia William, que hacía algo
con las ma¬nos bajo el impermeable de la estudiante de enfermería.
—Señor Gaddson, encuentre un taxi para
su acom¬pañante; luego localice a los estudiantes que hayan es¬tado aquí
durante las vacaciones y pregúnteles si han viajado a América durante la semana
pasada o han teni¬do contactos con alguien que haya estado allí. Haga una
lista. Usted no ha ido recientemente a Estados Unidos, ¿verdad?
—No, señor —contestó William, retirando
las ma¬nos de la enfermera—. He estado aquí todas las vaca¬ciones, estudiando a
Petrarca.
—Ah, sí, Petrarca. Pregúntele a los
estudiantes qué saben acerca de las actividades de Badri Chaudhuri desde el
lunes e interrogue al personal. Necesito averi¬guar dónde estuvo y con quién.
Quiero el mismo tipo de informe sobre Kivrin Engle. Haga el trabajo a fon¬do,
absténgase de nuevas muestras públicas de afecto, y yo me encargaré de que su
madre reciba una habitación lo más lejos posible de usted.
—Gracias, señor —suspiró William—. Eso
signifi¬caría mucho para mí, señor.
—Ahora, señor Finch, ¿quiere decirme
dónde pue¬do encontrar a la señora Taylor?
Finch le tendió más impresos, donde
aparecían las asignaciones de habitaciones, pero la señora Taylor no estaba
allí, sino en la sala común júnior con sus campane¬ras y los retenidos que aún
no tenían sitio donde alojarse.
Una de ellas, una mujer enorme con
abrigo de pie¬les, le cogió del brazo en cuanto entró.
—¿Usted es quien manda en este sitio?
—barbotó.
Está claro que no, pensó Dunworthy.
—Sí —respondió.
—Bien, ¿qué piensa hacer para buscarnos
un sitio donde dormir? Llevamos despiertos toda la noche.
—Yo también, señora —repitió Dunworthy,
te¬meroso de que fuera la señora Taylor. Parecía más del¬gada y menos peligrosa
por teléfono, pero los visuales podían ser decepcionantes y el acento y la
actitud eran inconfundibles—. No será usted la señora Taylor, ¿verdad?
—Yo soy la señora Taylor —intervino una
mujer sentada en una de las sillas. Se levantó. Parecía aún más delgada que por
teléfono, y aparentemente menos fu¬riosa—. Hablé con usted por teléfono antes
—dijo, y por el tono en que se expresó podrían haber mantenido una agradable
charla sobre las complicaciones de hacer redobles—. Ésta es la señora Piantini,
nuestra tenor —dijo, indicando a la mujer del abrigo de pieles.
La señora Piantini parecía capaz de
arrancar al Gran Tom de sus cimientos. Saltaba a la vista que no había sufrido
ningún virus últimamente.
—¿Podría hablar con usted en privado un
momen¬to, señora Taylor? —La condujo al pasillo—. ¿Pudie¬ron cancelar su
concierto en Ely?
—Sí. Y en Norwich. Se mostraron muy
compren¬sivos. —Se inclinó hacia delante, ansiosa—. ¿Es verdad que es cólera?
—¿Cólera? —se extrañó Dunworthy,
aturdido.
—Una de las mujeres que estuvo en la
estación dijo que era cólera, que alguien lo había traído de la India y que la
gente estaba muriendo como moscas.
Por lo visto no había sido una buena
noche de sue¬ño lo que había operado el cambio en sus modales, sino el miedo.
Si le decía que sólo había cuatro casos, era muy probable que exigiera que las
llevaran a Ely.
—La enfermedad parece un mixovirus
—dijo, con cuidado—. ¿Cuándo vino su grupo a Inglaterra?
Los ojos de ella se ensancharon.
—¿Cree que somos quienes lo trajimos? No
he¬mos estado en la India.
—Hay una posibilidad de que sea el mismo
mixo¬virus que apareció en Carolina del Sur. ¿Alguna de sus miembros es de
allí?
—No. Todas somos de Colorado, excepto la
seño¬ra Piantini, que procede de Wyoming. Y ninguna de nosotras ha estado
enferma.
—¿Cuánto tiempo llevan en Inglaterra?
—Tres semanas. Hemos estado visitando
todas las capillas del Traditional Council y hemos dado concier¬tos. Tocamos un
Boston Trenle Bob en St. Katherine's y Post Office Caters con tres de los
campaneros de la capilla de St. Edmund's, pero por supuesto, nada de eso fue
nuevo. Un Chicago Surprise Minor...
—¿Y llegaron ustedes a Oxford ayer por
la ma–ana?
—Sí.
—¿Ninguna de ustedes llegó antes, para
ver las vis¬tas o visitar a algún amigo?
—No —aseguró ella; parecía sorprendida—.
Esta¬mos de gira, señor Dunworthy, no de vacaciones.
—¿Y dice que ninguna ha estado enferma?
Ella sacudió la cabeza.
—No podemos permitirnos el lujo de estar
enfer¬mas. Sólo somos seis.
—Gracias por su ayuda —se despidió
Dunworthy, y la envió de vuelta a la sala.
Llamó a Mary, pero no pudo localizarla;
dejó un mensaje y empezó con los asteriscos de Finch. Llamó a Andrews, al Jesús
College, a la secretaria de Basinga-me, y a St. Mary's sin conseguir
comunicación. Colgó, esperó cinco minutos, y lo intentó de nuevo. Durante uno
de los intervalos, llamó Mary.
—¿Por qué no estás acostado ya?
—preguntó—. Pareces agotado.
—He estado interrogando a las
campaneras. Llevan tres semanas en Inglaterra. Ninguna de ellas llegó a Ox¬ford
antes de ayer por la tarde y ninguna de ellas ha esta¬do enferma. ¿Quieres que
vuelva e interrogue a Badri?
—Me temo que no serviría de nada. No es
cohe¬rente.
—Estoy intentando ponerme en contacto
con el Jesús College para ver si saben de sus idas y venidas.
—Bien. Pregúntale también a su casera. Y
duerme un poco. No quiero que caigas enfermo. —Hizo una pausa—. Tenemos seis
casos más.
—¿Alguien de Carolina del Sur?
—No, y nadie que no pudiera haber tenido
contac¬to con Badri. Así que sigue siendo el caso índice. ¿Está bien Colin?
—Ha ido a desayunar. Se encuentra bien.
No te preocupes por él.
Dunworthy no se acostó hasta la una y
media de la tarde. Tardó dos horas en contactar con todos los telé¬fonos
marcados en la lista de Finch, y otra hora en des¬cubrir dónde vivía Badri. Su
casera había salido, y cuando Dunworthy regresó, Finch insistió en hacer un
inventario completo de los suministros.
Dunworthy finalmente se libró de él
prometiendo telefonear al Ministerio de Sanidad para pedir papel higiénico
adicional. Se dirigió a sus habitaciones.
Colin se había acurrucado ante la
ventana, con la cabeza apoyada en la mochila y una colcha encima. No le llegaba
hasta los pies. Dunworthy sacó una manta de los pies de la cama y lo cubrió, y
se sentó en el Chester-field de enfrente para quitarse los zapatos.
Casi estaba demasiado cansado para
descalzarse, aunque sabía que lo lamentaría si se acostaba vestido. Eso era
terreno de los jóvenes y los no artríticos. Colin se despertaría tan fresco a
pesar de haberse clavado bo-tones y mangas arrugadas. Kivrin podría envolverse
en su fina capa y apoyar la cabeza en el tocón de un árbol sin nada que temer,
pero si él dormía sin almohada o se dejaba la camisa puesta, despertaría
entumecido y con calambres. Y si se quedaba allí sentado con los zapatos en la
mano, no se acostaría nunca.
Se levantó del sillón, todavía con los
zapatos en la mano, apagó la luz, y se dirigió al dormitorio. Se puso el pijama
y abrió la cama. Le pareció imposiblemente seductora.
Me dormiré antes de que mi cabeza toque
la almo¬hada, pensó, mientras se quitaba las gafas. Se acostó y se arropó.
Antes de apagar la luz siquiera, pensó, y apagó la luz.
Apenas llegaba luz de la ventana, sólo
un gris som¬brío que asomaba entre las enredaderas. La débil lluvia golpeaba
levemente las hojas correosas. Tendría que haber echado las cortinas, pensó,
pero estaba demasia¬do cansado para volver a levantarse.
Al menos Kivrin no tendría que
enfrentarse a la lluvia. Era la Pequeña Era del Hielo. En todo caso, es¬taría
nevando. Los contemporáneos dormían todos juntos y acurrucados al lado del
hogar, hasta que a al¬guien se le ocurrió por fin inventar la chimenea, que no
existió en las aldeas de Oxfordshire hasta mitad del si¬glo xv. Pero a Kivrin
no le importaría. Se acurrucaría como Colín y dormiría el sueño fácil y
despreocupado de los jóvenes.
Se preguntó si habría dejado de llover.
No oía el golpeteo de la lluvia en el cristal. Tal vez había escam¬pado o se
preparaba para volver a llover. Estaba muy oscuro, y era demasiado temprano.
Sacó la mano de debajo de las mantas y miró los números iluminados del digital.
Sólo las dos. Serían las seis de la tarde donde estaba Kivrin. Tenía que volver
a telefonear a Andrews de nuevo cuando se despertara y le haría leer el ajuste
para que supieran exactamente dónde y cuándo estaba ella.
Badri le había dicho a Gilchrist que
había un desli¬zamiento mínimo, que comprobó dos veces las coor¬denadas del
estudiante de primero y que eran correc¬tas, pero quería asegurarse. Gilchrist
no había tomado ninguna precaución, e incluso con todas las reservas las cosas
podían salir mal. El día de hoy lo había demos¬trado.
Badri había recibido la dosis completa
de antivira¬les. La madre de Colin le había enviado a salvo en el metro y le
había dado dinero extra. La primera vez que Dunworthy fue a Londres estuvo a
punto de no regre¬sar, y habían tomado todo tipo de precauciones.
Fue una simple ida y vuelta para probar
la red en el sitio. Sólo treinta años. Dunworthy tenía que atravesar Trafalgar
Square, coger el metro desde Charing Cross hasta Paddington y luego el tren de
las 10.48 a Oxford, donde se abriría la red principal. Habían concedido tiempo
de sobra, comprobado y vuelto a comprobar la red, investigado los horarios del
metro y el ABC, com¬probado las fechas y el dinero. Y cuando Dunworthy llegó a
Charing Cross, la estación de metro estaba ce¬rrada. Las luces de las taquillas
estaban apagadas, y una verja de hierro cruzaba la entrada, delante de los
torni¬quetes de madera.
Se subió las mantas hasta los hombros.
Un montón de cosas podían haber ido mal con el lanzamiento, co¬sas que nadie
habría imaginado. Probablemente a la madre de Colin nunca se le había ocurrido
que su tren se detendría en Barton. A ninguno de ellos se le había ocurrido que
Badri pudiera desplomarse de pronto so¬bre la consola.
Mary tiene razón, pensó, eres un grave
caso de se¬ñora Gaddsonitis. Kivrin superó todo tipo de obstácu¬los para llegar
a la Edad Media. Aunque algo vaya mal, se las arreglará. Colin no dejó que una
bobada como la cuarentena le cerrara el paso. Y el propio Dunworthy había
regresado a salvo de Londres.
Golpeó la verja cerrada y luego subió
corriendo las escaleras para leer los carteles, pensando que tal vez ha¬bía
entrado por un sitio equivocado. No era eso. Buscó un reloj. Tal vez se había
producido un deslizamiento mayor del que indicaban las pruebas, y el metro
estaba cerrado durante la noche. Pero el reloj de la entrada anunciaba las
nueve y cuarto.
—Un accidente —explicó un hombre
desagradable con una gorra sucia—. Han cerrado hasta que puedan despejarlo
todo.
—P-pero tengo que coger la línea de
Bakerloo —tartamudeó Dunworthy, pero el hombre se marchó.
Se quedó allí mirando la estación
oscura, incapaz de pensar qué debía hacer. No llevaba dinero suficiente para
tomar un taxi, y Paddington estaba en la otra pun¬ta de Londres. No conseguiría
llegar a las 10.48.
—¿Qué passa, tronco? —dijo un joven con
una chaqueta de cuero negro y el pelo verde como un gri¬llo. Dunworthy apenas
pudo comprenderlo. Un punk, pensó. El joven se acercó, amenazador.
—Paddington —dijo, poco más que un
gemido.
El punk buscó en el bolsillo de su
chaqueta lo que Dunworthy estaba seguro sería una navaja, pero sacó un plano
del metro plastificado y empezó a leer.
—Puedes coger las líneas District o
Circle en la estación de Embankment. Baja por Craven Street y gira a la
izquierda.
Echó a correr, seguro de que la banda
del punk le asaltaría y le robaría el dinero históricamente exacto en cualquier
momento, y cuando llegó a Embankment no tenía ni idea de cómo funcionaba la
máquina expende¬dora de billetes.
Una mujer con dos bebés le ayudó, le
pulsó su des¬tino y cantidad y le mostró cómo insertar el billete en la ranura.
Llegó a Paddington justo a tiempo.
—¿No hay gente agradable en la Edad
Media? —le había preguntado Kivrin, y por supuesto que la había. Jóvenes con
navajas y mapas de metro habían existido en todas las épocas. Y las madres con
bebés y señoras Gaddson y Latimer. Y también Gilchrist.
Se dio la vuelta.
—Estará perfectamente bien —dijo en voz
alta, pe¬ro suavemente, para no despertar a Colin—. La Edad Media no es nada
para mi mejor alumna.
Se subió la manta por encima de los
hombros y ce¬rró los ojos, pensando en el joven con el pelo verde que
consultaba el mapa. Pero la imagen que flotó ante él era la verja de hierro,
extendida ante él y los torniquetes, y la estación oscura al otro lado de las
barras.
TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL
JUICIO FINAL
(015104-016615)
19 de diciembre de 1320 (Calendario
Antiguo). Me encuentro mejor. Puedo hacer tres o cuatro inspiraciones seguidas
sin toser, y esta mañana tenía hambre, aunque no me apetecían las gachas
grasientas que me trajo Maisry.
No sé qué daría por un plato de huevos
con bacon.
Y un baño. Estoy hecha una guarrería. No
me han lavado nada desde que llegué aquí, a excepción de la frente, y los dos
últimos días lady Imeyne me ha pues¬to en el pecho emplastos hechos con tiras
de lino cu¬biertas de una pasta que huele fatal. Con eso, los sudo¬res
intermitentes que sigo teniendo, y la cama (que no han cambiado desde el siglo
pasado), apesto a rayos, y el cabello, aunque corto, me pica. Soy la persona
más limpia que hay aquí.
La doctora Ahrens tenía razón al querer
cauterizar mi nariz. Todo el mundo huele fatal, incluso las niñas pequeñas, a
pesar de que es pleno invierno y hace un frío terrible. No puedo imaginar cómo
será en agosto. Todos tienen pulgas. Lady Imeyne se para en mitad de los rezos
para rascarse, y cuando Agnes se bajó las cal¬zas para enseñarme la rodilla,
tenía marcas rojas por toda la pierna.
Eliwys, Imeyne y Rosemund tienen la cara
relati¬vamente limpia, pero no se lavan las manos, ni siquiera después de
vaciar el orinal, y la idea de lavar los platos o cambiar las sábanas no se ha
inventado todavía. Bien mirado, todos deberían de haber muerto de infección
hace mucho tiempo, pero excepto por el escorbuto y un montón de dientes
cariados, todo el mundo parece gozar de buena salud. Incluso la rodilla de
Agnes sana bien. Viene a mostrarme la costra cada día. Y su cinturón de plata,
y su caballero de madera, y el pobre y mi¬mado Blackie.
Es un auténtico tesoro como fuente de
informa¬ción, que me ofrece sin que yo tenga que preguntar si¬quiera. Rosemund
está en su «decimotercer año», lo cual significa que ha cumplido doce, y la
estancia don¬de me atienden es su habitación de soltera. Es difícil imaginar
que pronto estará en edad casadera, y por eso tiene una «habitación de
doncella», pero en el siglo XIV las muchachas se casaban con catorce o quince
años. Eliwys no podía ser mucho mayor cuando se casó. Agnes también me ha dicho
que tiene tres hermanos ma¬yores, que se han quedado en Bath con su padre.
La campana del suroeste es Swindone.
Agnes dis¬tingue las campanas por el sonido. La más lejana que siempre suena
primero es la campana de Osney, la an¬tepasada del Gran Tom. Las campanas
dobles están en Courcy, donde vive sir Bloet, y las dos más cercanas son
Witenie y Esthcote. Eso significa que estoy cerca de Skendgate, que bien podría
ser este sitio. Tiene los fresnos, es aproximadamente del mismo tamaño, y la
iglesia está en el lugar adecuado. La señora Montoya tal vez no haya encontrado
el campanario todavía. Por desgracia, el nombre de la aldea es la única cosa
que Agnes ignora.
Sí sabía dónde estaba Gawyn. Me dijo que
estaba persiguiendo a mis atacantes. «Y cuando los encuentre, los matará con su
espada. Así», dijo, haciendo la de¬mostración con Blackie. No estoy segura de
que las co¬sas que me dice sean siempre dignas de crédito. Me dijo que el rey
Eduardo está en Francia, y que el padre Ro¬che había visto al Diablo, todo
vestido de negro y ca¬balgando un corcel negro.
Esto último es posible (que el padre
Roche se lo di¬jera, no que viera al Diablo). La línea entre el mundo
espiritual y el físico no se dibujó claramente hasta el Renacimiento, y los
contemporáneos tenían constan-temente visiones de ángeles, el Juicio Final y la
Virgen María.
Lady Imeyne se queja constantemente de
lo igno¬rante, inculto e incompetente que es el padre Roche. Aún intenta
convencer a Eliwys para que envíe a Gawyn a Osney y traiga a un monje. Cuando
le pre¬gunté si quería enviármelo para que pudiera rezar con¬migo (decidí que
esa petición no podría ser considera¬da «osada») me dio un recital de media
hora sobre cómo había olvidado parte del Venite, soplaba las velas en vez de
apagarlas con los dedos de forma que «mal¬gasta mucha cera» y llenaba las
cabezas de los criados con charla supersticiosa (sin duda lo del Diablo y su
caballo).
Los curas rurales del siglo XIV eran
simples campe¬sinos que se aprendían la misa de memoria y sabían un poco de
latín. Todo el mundo me huele igual, pero la nobleza veía a sus siervos como
una especie completa-mente diferente, y estoy seguro de que Imeyne se sien¬te
ofendida en su alma aristocrática al tener que confe¬sarse a este «villano».
Sin duda es tan supersticioso e inculto
como ella dice. Pero no es incompetente. Me sostuvo la mano cuando me estaba
muriendo. Me dijo que no tuviera miedo. Y no lo tuve.
(Pausa)
Me estoy recuperando a pasos
agigantados. Esta tarde me senté durante media hora, y por la noche bajé para
cenar. Lady Eliwys me trajo una saya marrón de guata y un sobretodo color
mostaza, y una especie de pañuelo para cubrir mi cabello rapado (no una toca y
una cofia, así que Eliwys debe de seguir pensando que soy una doncella, a pesar
de toda la charla de Imeyne sobre «daltrisses»).
No sé si mis ropas eran inadecuadas o
simplemente demasiado bonitas para llevarlas todos los días, Eliwys no dijo
nada. Imeyne y ella me ayudaron a vestirme. Quise preguntar si podría lavarme
antes de ponerme la ropa nueva, pero me temo que una cosa así haría que Imeyne
sospechara aún más.
Me vio ajustar las cintas y atarme los
zapatos, y no dejó de observarme durante toda la cena. Me senté en¬tre las
niñas y compartí una fuente de comida con ellas.
El senescal estaba relegado al extremo
de la mesa, y no se veía a Maisry por ninguna parte. Según el señor
Latimer, los párrocos comían en la mesa
del señor, pero a lady Imeyne probablemente tampoco le gustan los modales a la
mesa del padre Roche.
Comimos carne, creo que venado, y pan.
El vena¬do sabía a canela, sal y falta de refrigeración, y el pan estaba duro
como una piedra, pero era mejor que las gachas, y no creo haber cometido ningún
error. Sin embargo, estoy segura de que debo de cometerlos constantemente, y
por eso lady Imeyne desconfía tan¬to de mí. Mi ropa, mis manos, probablemente
mi for-ma de hablar, son un poco (o bastante) diferentes, y todo se combina
para nacerme parecer extraña, pecu¬liar... sospechosa.
Lady Eliwys está demasiado preocupada
con el juicio de su marido para darse cuenta de mis errores, y las niñas son
demasiado jóvenes. Pero lady Imeyne se fija en todo y probablemente está
confeccionando una lista como la que tiene del padre Roche. Gracias a Dios que
no les dije que era Isabel de Beauvrier. Habría ca¬balgado hasta Yorkshire, a
pesar del mal tiempo, para descubrirme.
Gawyn vino después de la cena. Maisry,
que al fi¬nal apareció con una oreja al rojo vivo y un cuenco de cerveza,
acercó los bancos al hogar y puso varios leños de pino en el fuego, y las
mujeres se pusieron a coser a la luz amarillenta.
Gawyn se detuvo ante la puerta; era
evidente que acababa de llegar después de una dura cabalgada, y du¬rante un
ratito nadie se fijó en él. Rosemund estaba en¬frascada en su bordado. Agnes
tiraba de su carrito con el caballero de madera dentro, y Eliwys hablaba con
Imey¬ne acerca del campesino, que por lo visto no se encuen¬tra muy bien. El
humo del fuego hacía que me doliera el pecho, y aparté la cabeza, intentando no
toser; entonces lo vi allí de pie, mirando a Eliwys.
Un momento después Agnes atropello con
su co¬che el pie de Imeyne, y la abuela le dijo que era hija del propio Diablo,
y Gawyn entró en el salón. Bajé los ojos y recé para que me dirigiera la
palabra.
Lo hizo, hincando una rodilla delante
del banco donde yo me sentaba.
—Buena señora —dijo—, me alegra ver que
habéis mejorado.
Yo no tenía ni idea de lo qué era
apropiado decir, si es que había algo que decir. Bajé aún más la cabeza.
Él permaneció de rodillas, como un
servidor.
—Me han dicho que no recordáis nada de
vuestros atacantes, lady Katherine. ¿Es cierto?
—Sí —murmuré.
—¿Ni de vuestros sirvientes, de adonde
podrían haber huido?
Sacudí la cabeza, los ojos todavía
bajos.
Él se volvió hacia Eliwys.
—Tengo noticias de los renegados, lady
Eliwys. He encontrado su pista. Había muchos, y tenían caballos.
Temí que anunciara que había capturado a
algún pobre campesino que recogía leña y lo había ahorcado.
—Os pido permiso para perseguirlos y
vengar a la dama —prosiguió Gawyn, mirando a Eliwys.
Eliwys parecía incómoda, alerta, como
había esta¬do antes.
—Mi esposo nos ordenó que
permaneciéramos aquí hasta que él regresara, y que vos os quedarais con
noso¬tras para protegernos. No.
—No habéis cenado —señaló lady Imeyne,
con un tono que zanjaba el asunto.
Gawyn se levantó.
—Os agradezco la amabilidad, señor —dije
rápi¬damente—. Sé que fuisteis vos quien me encontró en el bosque. —Inspiré, y
tosí—. Os lo suplico, ¿podéis de¬cirme el lugar donde me hallasteis, dónde
está?
Intenté decir muchas cosas y demasiado
rápido. Empecé a toser, jadeé para tomar aliento, y me doblé de dolor.
Para cuando pude controlar la tos,
Imeyne ha¬bía colocado carne y queso en la mesa para Gawyn, y Eliwys había
vuelto a coser, así que sigo sin saber nada.
No, eso no es cierto. Sé por qué Eliwys
parecía tan alerta cuando él entró y por qué Gawyn inventó una historia acerca
de una banda de renegados. Y también sé qué significaba toda aquella
conversación acerca de «daltrisses».
Lo vi de pie en la puerta, contemplando
a Eliwys, y no necesité un intérprete para descifrar la expresión de su rostro.
Salta a la vista: está enamorado de la esposa de su señor.
14
Dunworthy durmió hasta el día siguiente.
—Su secretario quería despertarlo, pero
no le dejé —dijo Colin—. Me pidió que le diera esto. —Le tendió un arrugado
montón de papeles.
—¿Qué hora es? —preguntó Dunworthy,
sentán¬dose en la cama con dificultad.
—Las ocho y media. Todas las campaneras
y los retenidos están en el salón, desayunando. Gachas de avena. —Hizo un
sonido de asco—. Fue absolutamen¬te necrótico. Su secretario dice que debemos
racionar los huevos con bacon por la cuarentena.
—¿Las ocho y media de la mañana?
—preguntó Dunworthy, parpadeando ciegamente ante la ventana. Estaba tan oscuro
como cuando se quedó dormido—. Santo Dios, se suponía que debía haber regresado
al hospital para interrogar a Badri.
—Lo sé —asintió Colin—. Tía Mary dijo
que le dejara dormir, que no podría interrogarlo de todas for¬mas porque le
están haciendo pruebas.
—¿Llamó por teléfono? —preguntó
Dunwor¬thy, buscando a tientas sus gafas en la mesilla de noche.
—Yo fui esta mañana para que me hicieran
un análisis de sangre. Tía Mary me pidió que le dijera que sólo tenemos que ir
una vez al día para los análisis.
Dunworthy se caló las gafas y miró a
Colín.
—¿Te dijo si han identificado el virus?
—Ah-ah —respondió Colin, alrededor de un
tro¬zo de chicle. Dunworthy se preguntó si lo había tenido en la boca toda la
noche, y en ese caso por qué no había disminuido de tamaño—. Le envió las
gráficas de con¬tacto. —Le tendió los papeles—. La señora que vimos en el
hospital también llamó. La de la bici.
—¿Montoya?
—Sí. Preguntó si sabía usted cómo
ponerse en con¬tacto con la esposa del señor Basingame. Le dije que la llamaría
usted. ¿Cuándo llega el correo?
—¿El correo? —dijo Dunworthy, rebuscando
en¬tre los impresos.
—Mi madre no me compró los regalos a
tiempo para que me los trajera en el metro. Prometió que me los enviaría por
correo. La cuarentena no lo retrasará, ¿verdad?
Algunos de los papeles que le había
tendido Colin estaban pegados, sin duda por los periódicos exámenes que el
joven hacía de su chicle, y la mayoría de ellos no parecían gráficas de
contacto, sino informes de Finch: uno de los conductos de calefacción de Salvin
estaba estropeado.
El Ministerio de Sanidad ordenaba a
todos los ha¬bitantes de Oxford y alrededores que evitaran el con¬tacto con las
personas infectadas. La señora Basingame estaba en Torquay durante la Navidad.
Se estaban que¬dando sin papel higiénico.
—No lo cree, ¿verdad? ¿Piensa que lo
retrasará? —preguntó Colin.
—¿Retrasar qué?
—¡El correo! —repitió Colin,
disgustado—. La cuarentena no lo retrasará, ¿eh? ¿ A qué hora se supone que
debe llegar?
—A las diez —Dunworthy agrupó todos los
infor¬mes en un montón y abrió un gran sobre marrón—. Normalmente llega un poco
más tarde en Navidad, por todos los paquetes y tarjetas.
Las hojas grapadas del sobre tampoco
eran las gráfi¬cas de contactos, sino el informe de William Gaddson so¬bre los
paraderos de Badri y Kivrin, claramente mecano¬grafiados y organizados según la
mañana, tarde y noche de cada día. Parecía mucho más ordenado que ningún
trabajo que hubiera entregado en su vida. Era sorpren¬dente lo que la
influencia de una madre podía conseguir.
—No veo por qué —prosiguió Colin—.
Quiero decir que no es como si fueran personas, ¿eh? Así que no puede ser
contagioso. ¿Adonde lo traen, al salón?
-¿Qué?
—El correo.
—A la casa del portero —respondió
Dunworthy, al tiempo que leía el informe sobre Badri.
Había vuelto a la red el martes por la
tarde, des¬pués de estar en Balliol. Finch habló con él a las dos, cuando le
preguntó dónde estaba el propio Dunwor¬thy, y otra vez un poco después de las
tres, cuando le dio la nota. Entre las dos y las tres, John Yi, un estu¬diante
de tercer curso, le vio cruzar el patio hacia el la¬boratorio, al parecer
buscando a alguien.
A las tres, el portero de Brasenose dejó
entrar a Ba¬dri. Trabajó en la red hasta las siete y media, luego vol¬vió a su
apartamento y se vistió para el baile.
Dunworthy telefoneó a Latimer.
—¿Cuándo estuvo usted en la red el
martes por la tarde?
Latimer parpadeó asombrado desde la
pantalla.
—El martes... —dijo, mirando alrededor
como si hubiera pasado algo por alto—. ¿Eso fue ayer?
—El día antes del lanzamiento. Fue usted
al Bod-leian por la tarde.
Él asintió.
—Ella quería saber cómo se dice:
«Socorredme, pues unos ladrones me han asaltado.»
Dunworthy supuso que se refería a
Kivrin.
—¿Se reunió Kivrin con usted en el
Bodleian o en Brasenose?
Él se llevó las manos a la barbilla,
reflexionando.
—Estuvimos trabajando hasta tarde,
decidiendo la forma de los pronombres. En el siglo XIV la decadencia de las
inflexiones pronominales estaba avanzada, pero no era completa.
—¿Fue Kivrin a la red para reunirse con
usted?
—¿La red? —preguntó Latimer, dubitativo.
—Al laboratorio de Brasenose —estalló
Dun¬worthy.
—¿Brasenose? El servicio de Nochebuena
no es en Brasenose, ¿verdad?
—¿El servicio de Nochebuena?
—El vicario me dijo que deseaba que yo
leyera la bendición. ¿Se celebra en Brasenose?
—No. Se reunió usted con Kivrin el
martes por la tarde para trabajar en su pronunciación. ¿Dónde se re¬unió con
ella?
—La palabra «ladrones» fue muy difícil
de tra¬ducir...
Era inútil.
—El servicio de Navidad es en St. Mary
the Virgin's a las siete —espetó Dunworthy, y colgó.
Telefoneó al portero de Brasenose, que
todavía es¬taba decorando su árbol, y le pidió que buscara a Ki¬vrin en el
libro de entradas. No había estado allí el mar¬tes por la tarde.
Introdujo la gráfica de contactos en la
consola y las adiciones del informe de William. Kivrin no había vis¬to a Badri
el martes. Por la mañana estuvo en el hospi¬tal y luego con Dunworthy. Por la
tarde, estuvo con Latimer y Badri se marcharía al baile en Headington antes de
que salieran del Bodleian.
A partir de las tres del lunes estuvo en
la enferme¬ría, pero seguía habiendo un agujero entre las doce y las dos y
media del lunes en que podría haber visto a Badri.
Escrutó las hojas de contacto que habían
vuelto a rellenar. La de Montoya sólo tenía unas cuantas líneas. Había marcado
sus contactos del miércoles por la ma¬ñana, pero ninguno para el lunes y el
martes, y no ha¬bía introducido ninguna información acerca de Badri. Dunworthy
se preguntó por qué, y recordó que había llegado después de que Mary diera las
instrucciones para rellenar los impresos.
Tal vez Montoya había visto a Badri
antes del miércoles por la mañana, o sabía dónde había pasado el lapso entre el
mediodía y las dos de la tarde del lunes.
—Cuando llamó la señora Montoya, ¿te dio
su nú¬mero de teléfono? —le preguntó a Colin. No hubo res¬puesta. Alzó la
cabeza—. ¿Colin?
No estaba en la habitación, ni en la
salita, aunque su mochila sí estaba, con el contenido esparcido por la
alfombra.
Dunworthy buscó el número de Montoya en
Bra-senose y llamó, sin esperar ninguna respuesta. Si ella aún estaba buscando
a Basingame, eso significaba que no había recibido permiso para ir a la
excavación y sin duda se encontraba en el Ministerio o el Fondo Nacio¬nal,
insistiéndoles para que lo declararan «de valor irreemplazable».
Se vistió y se dirigió al salón,
buscando a Colin. Se¬guía lloviendo, el cielo era del mismo gris oscuro que las
piedras del pavimento y la corteza de los fresnos. Esperaba que las campaneras
y los demás retenidos hu-bieran desayunado temprano y hubieran regresado a sus
habitaciones, pero era una falsa esperanza. Oyó el agudo parloteo de las voces
femeninas antes de cruzar medio patio.
—Gracias a Dios que está usted aquí,
señor —suspiró Finch, quien se reunió con él en la puerta—. Aca¬ban de llamar
del Ministerio. Quieren que aceptemos otros veinte retenidos más.
—Dígales que no podemos. —Dunworthy
estudió la multitud—. Tenemos órdenes de evitar contacto con personas
infectadas. ¿Ha visto al sobrino de la doctora Ahrens?
—Estaba aquí —respondió Finch, mirando
por encima de las cabezas de las mujeres, pero Dunworthy ya le había
localizado. Se encontraba de pie al fondo de la mesa donde estaban sentadas las
campaneras, untan¬do de mantequilla varias tostadas.
Dunworthy se dirigió a él.
—Cuando llamó la señora Montoya, ¿te
dijo dón¬de podría localizarla?
—¿La de la bicicleta? —preguntó Colin,
mientras esparcía mermelada sobre las tostadas.
—Sí.
—No.
—¿Quiere desayunar, señor? —dijo Finch—.
Me temo que no quedan huevos ni bacon, y nos estamos quedando sin mermelada
—miró a Colin—, pero hay gachas de avena y...
—Sólo té —replicó Dunworthy—. ¿No
mencionó desde dónde telefoneaba?
—Siéntese —invitó la señora Taylor—.
Quería ha¬blar con usted sobre nuestra Chicago Surprise.
—¿Qué dijo Montoya exactamente?
—preguntó Dunworthy a Colin.
—Que a nadie le importaba que su
excavación se estropeara y se perdiera un vínculo de valor incalcula¬ble con el
pasado, y qué tipo de persona se iba a pescar en pleno invierno —respondió
Colin, rebañando mer¬melada de los lados del cuenco.
—Nos estamos quedando sin té —se lamentó
Finch, al tiempo que servía a Dunworthy una taza muy clara.
Dunworthy se sentó.
—¿Quieres un poco de cacao, Colín? ¿O un
vaso de leche?
—No necesito nada, gracias —contestó
Colín, pe¬gando las tostadas por la parte de la mermelada—. Voy a llevarme esto
a la puerta mientras espero el correo.
—Telefoneó el vicario —dijo Finch—. Me
pidió que le recordara que no tiene que ir a repasar la cere¬monia hasta las
seis y media.
—¿Van a mantener el servicio de
Nochebuena? —dijo Dunworthy—. No creo que venga nadie, dadas las
circunstancias.
—Dijo que el Comité Intereclesiástico
votó por mantenerlo de todas formas —dijo Finch, sirviendo un cuarto de
cucharada de leche en el pálido té y tendién¬doselo—. Consideran que si se
celebra la ceremonia como de costumbre, servirá para elevar la moral.
—Vamos a tocar varias piezas con las
campanas —dijo la señora Taylor—. No es un buen sustituto para un repique,
claro, pero algo es algo. El sacerdote de San¬ta Re-Formada va a leer la Misa
en Tiempos de Peste.
—Ah —dijo Dunworthy—. Eso ayudará a
elevar la moral.
—¿Tengo que ir?—preguntó Colin.
—No tienes nada que hacer fuera con este
tiempo —dijo la señora Gaddson, que apareció como una ar¬pía con un gran cuenco
de gachas grises. Lo colocó de¬lante de Colin—. Y no tienes nada que hacer
quedando expuesto a los gérmenes en una iglesia llena de corrien¬tes de aire.
—Le puso una silla detrás—. Siéntate y có¬mete las gachas.
Colin miró a Dunworthy, implorante.
—Colin, me he dejado el número de la
señora Montoya en la habitación —dijo Dunworthy—. ¿Po¬drías ir a buscarlo?
—¡Sí! —exclamó Colin, y se levantó de la
silla co¬mo una bala.
—Cuando ese niño venga con la gripe
hindú —re¬funfuñó la señora Gaddson—, espero que recuerde usted que fue quien
le animó con sus pobres hábitos alimenticios. Está claro cuál es la causa de
esta epidemia: una nutrición deficiente y una completa falta de disci¬plina. Es
una desgracia la forma en que está dirigido este colegio. Pedí que me pusieran
con mi hijo William y en cambio me han asignado una habitación en otro edificio
completamente distinto y...
—Me temo que tendrá que hablarlo con
Finch —dijo Dunworthy. Se levantó y envolvió las tostadas con mermelada de
Colin en una servilleta—. Me espe¬ran en el hospital —anunció, y escapó antes
de que la señora Gaddson empezara otra vez.
Volvió a sus habitaciones y llamó a
Andrews. La línea estaba ocupada. Llamó a la excavación, por si Montoya había
recibido el permiso para abandonar la cuarentena, pero no hubo respuesta. Llamó
de nuevo a Andrews. Sor¬prendentemente, la línea estaba libre. Sonó tres veces
an¬tes de que atendiera el comestador automático.
—Soy el señorJDunworthy —dijo. Vaciló y
luego dio el número de sus habitaciones—. Necesito hablar con usted
urgentemente. Es importante.
Colgó, se metió el disco en el bolsillo,
recogió el paraguas y la tostada de Colin, y atravesó el patio.
Colin estaba acurrucado al abrigo de la
puerta, mi¬rando ansiosamente calle abajo, hacia Carfax.
—Voy al hospital a ver a mi técnico y tu
tía —le dijo Dunworthy, al tiempo que le tendía la tostada en¬vuelta—. ¿Quieres
acompañarme?
—No, gracias. No quiero perderme el
correo.
—Bueno, y por el amor de Dios, ve y coge
tu cha¬queta no sea que venga la señora Gaddson y empiece a regañarte.
—Ya ha estado aquí—dijo Colin—. Ha
intentado que me ponga una bufanda. ¡Una bufanda! —Dirigió otra ansiosa mirada
hacia la calle—. No le hice caso.
—Qué cosas —dijo Dunworthy—. Volveré
para almorzar, espero. Si necesitas algo, pídeselo a Finch.
—Umm —dijo Colin; obviamente, no estaba
escu¬chando. Dunworthy se preguntó qué le enviaría su ma¬dre que requería tanta
devoción. Desde luego, no sería una bufanda.
Se puso la suya alrededor del cuello y
se dirigió al hospital a través de la lluvia. Sólo había unas cuantas personas
en la calle, y se mantenían apartadas unas de otras. Una mujer se bajó de la
acera para no toparse con Dunworthy.
Sin el carillón martilleando It Came
Upon the Midnight Clear, nadie habría dicho que era Nochebuena. Nadie llevaba
regalos, adornos ni paquetes. Era como si la cuarentena hubiera arrancado de
las cabezas el re¬cuerdo de la Navidad.
Bueno, ¿y no lo había hecho? Él ni
siquiera había pensado en comprar regalos o un árbol. Recordó a Co¬lín
acurrucado en la puerta de Balliol y esperó que su madre al menos no hubiera
olvidado enviarle sus rega¬los. De vuelta a casa le compraría un regalito, un
jugue¬te o un vid o algo que no fuera una bufanda.
En el hospital, lo llevaron
inmediatamente a Aisla¬miento y se marcharon a interrogar los nuevos casos.
—Es esencial que establezcamos una
conexión americana —dijo Mary—. Hay un contratiempo en el WIC. Debido a las
vacaciones no hay nadie de servicio que pueda secuenciar el virus. Se supone
que deben es¬tar disponibles en todo momento, claro, pero por lo visto cuando
tienen problemas es después de Navidad: intoxicaciones alimenticias y atracones
disfrazados de virus, así que cogen las vacaciones antes. En cualquier caso, el
CDC de Atlanta acordó enviar un prototipo de la vacuna al WIC sin una
identificación positiva, pero no pueden empezar a fabricarla sin una conexión
clara.
Le condujo por un pasillo acordonado.
—Todos los casos siguen el perfil del
virus de Carolina del Sur: fiebre alta, dolor generalizado, complicacio-
nes pulmonares secundarias, pero por
desgracia eso no es ninguna prueba. —Se detuvo ante el pabe¬llón—. No has
encontrado ninguna conexión america¬na con Badri, ¿verdad?
—No, pero sigue habiendo muchos huecos.
¿ Quie¬res que lo interrogue también?
Ella vaciló.
—Está peor —supuso Dunworthy.
—Ha desarrollado neumonía. No sé si
podrá de¬cirte gran cosa. Su fiebre es todavía muy alta, cosa que sigue el
perfil. Le hemos administrado las antimicro-biales y los potenciadores a los
que responde el virus de Carolina del Sur. —Abrió la puerta—. Las gráficas
incluyen todos los casos que tenemos. Pregúntale a la enfermera de guardia en
qué cama están.
Tecleó algo en la consola de la primera
cama. Una gráfica se iluminó, tan enrevesada y con tantas ramas como el gran
fresno del patio.
—No te importa que Colin se quede
contigo otra noche, ¿no?
—No me importa en absoluto.
—Oh, bien. Dudo mucho que pueda regresar
a casa antes de mañana, y me preocupa que esté solo en el apartamento. Por lo
visto, soy la única que lo hace —dijo, enfadada—. Por fin localicé a Deirdre en
Kent, y ni siquiera estaba preocupada. «Oh, ¿hay una cua¬rentena en marcha?»,
dijo. «He estado tan ocupada, que no he tenido tiempo de escuchar las
noticias», y luego me contó los planes que tenían ella y su novio, con la clara
implicación de que no tendría tiempo para Colin y que se alegraba de haberse
librado de él. A ve¬ces pienso que no puede ser sobrina mía.
—¿Sabes si le envió a Colin sus regalos
de Navi¬dad? Él dijo que planeaba enviárselos por correo.
—Estoy segura de que ha estado demasiado
ocu¬pada para comprarlos, mucho menos para enviárselos.
La última vez que Colin pasó las
Navidades conmigo, sus regalos no llegaron hasta el día de Reyes. Oh, eso me
recuerda... ¿sabes qué ha sido de mi bolsa de la compra? Tenía allí mis regalos
para Colin.
—La tengo en Balliol.
—Oh, bien. No terminé mis compras, pero
si en¬vuelves la bufanda y las otras cosas, tendrá algo bajo el árbol, ¿no? —Se
levantó—. Si encuentras alguna posi¬ble relación, ven a decírmelo enseguida.
Como ves, ya hemos relacionado varios secundarios con Badri, pero tal vez se
trate sólo de conexiones cruzadas, y la autén¬tica podría ser otra persona.
Se marchó, y Dunworthy se sentó junto a
la cama de la mujer del paraguas lavanda.
—¿Señora Breen? —dijo—. Me temo que debo
ha¬cerle algunas preguntas.
Ella tenía la cara arrebolada, y su
respiración so¬naba como la de Badri, pero respondió a sus pregun¬tas con
claridad y precisión. No, no había estado en Estados Unidos en los últimos seis
meses. No, no co¬nocía a ningún americano o a nadie que hubiera esta¬do en
América. Pero había cogido el metro en Lon¬dres para ir de compras. «En
Blackwell's, ya sabe», y había estado comprando por todo Oxford y luego en la
estación de metro, y allí había al menos quinientas personas que podrían ser la
conexión que Mary anda¬ba buscando.
A Dunworthy le llevó hasta más de las
dos termi¬nar de interrogar a los primarios y añadir los contactos a la
gráfica, ninguno de los cuales era la conexión ame¬ricana, aunque descubrió que
dos más habían estado en el baile de Headington.
Subió a Aislamiento, aunque no albergaba
muchas esperanzas de que Badri pudiera contestar a sus pregun¬tas, pero el
técnico parecía algo mejor. Dormía cuando Dunworthy entró, pero cuando le tocó
la mano, abrió los ojos y fue capaz de enfocar la mirada.
—Señor Dunworthy —dijo. Su voz sonaba
débil y ronca—. ¿Qué está haciendo aquí?
Dunworthy se sentó.
—¿Cómo te encuentras?
—Es raro, las cosas que uno sueña.
Pensé... tenía un dolor de cabeza tan grande...
—Tengo que hacerte algunas preguntas,
Badri. ¿Re¬cuerdas a quién viste en el baile de Headington?
—Había tanta gente... —suspiró él, y
deglutió co¬mo si le doliera la garganta—. No conocía a la mayoría.
—¿Recuerdas con quién bailaste?
—Elizabeth... —croó Badri—. Sisu no sé
qué, no recuerdo su apellido. Y Elizabeth Yakamoto.
La enfermera de aspecto ceñudo entró.
—Es la hora de los rayos X —dijo, sin
mirar a Ba¬dri—. Tendrá que marcharse, señor Dunworthy.
—¿Puedo quedarme un momento? Es
importante —dijo Dunworthy, pero la enfermera ya estaba pul¬sando las teclas de
la consola.
Se inclinó sobre la cama.
—Badri, cuando obtuviste el ajuste,
¿cuánto desli¬zamiento hubo?
—Señor Dunworthy —insistió la enfermera.
Dunworthy la ignoró.
—¿Hubo más deslizamiento del que
esperabas?
—No —respondió Badri roncamente.
Se llevó la mano a la garganta.
—¿Cuánto deslizamiento hubo?
—Cuatro horas —susurró Badri, y
Dunworthy dejó que lo condujeran fuera de la habitación.
Cuatro horas. Kivrin había atravesado a
las doce y media. Eso la habría hecho llegar a las cuatro y media, casi al
atardecer, pero con luz suficiente para ver dónde estaba, con tiempo de sobra
para caminar hasta Skend-gate, si era necesario.
Fue a buscar a Mary y le dio los dos
nombres de las chicas con las que Badri había bailado. Mary comprobó la lista
de nuevas admisiones. No figuraba ninguna de ellas, y Mary le dijo que volviera
a casa, pero antes comprobó su temperatura y su sangre para que no tu¬viera que
volver. Estaba a punto de marcharse cuando trajeron a Sisu Fairchild. No llegó
a casa hasta casi la hora del té.
Colin no estaba en la puerta ni en el
salón, donde Finch se había quedado casi sin azúcar y mantequilla.
—¿Dónde está el sobrino de la doctora
Ahrens? —le preguntó Dunworthy.
—Esperó junto a la puerta toda la mañana
—dijo Finch, quien contaba ansiosamente los terrones de azúcar—. El correo no
vino hasta más de la una, y lue¬go se fue al apartamento de su tía a ver si
habían envia¬do los paquetes allí. Supongo que no lo han hecho, porque volvió
con muy mala cara, y hace más o menos media hora dijo de repente: «Se me ocurre
una idea», y salió disparado. Tal vez pensó en algún otro sitio al que hubieran
podido enviar sus paquetes.
Pero no era así, pensó Dunworthy.
—¿A qué hora cierran hoy las tiendas?
—¿En Nochebuena? Oh, ya han cerrado,
señor. Siempre cierran temprano en Nochebuena, y algunas de ellas cerraron a
mediodía debido a la falta de ventas. Tengo varios mensajes, señor...
—Tendrán que esperar —replicó Dunworthy,
co¬gió su paraguas y se marchó otra vez.
Finch tenía razón. Las tiendas estaban
todas cerra¬das. Se dirigió a Blackwell's, pensando que estarían abiertos, pero
habían cerrado también. Pero se habían aprovechado de la situación. En el
escaparate, entre las casitas cubiertas de nieve del poblado Victoriano de
ju¬guete, había libros de medicina, compendios de medi¬camentos y un libro en
rústica de vivos colores titulado Ríase y tenga una salud perfecta.
Finalmente, encontró abierto un estanco
a la salida de High, pero sólo tenía cigarrillos, chucherías y un estante de
postales navideñas, nada que pareciera un re¬galo apropiado para un niño de
doce años. Salió sin comprar nada y luego volvió a entrar y compró una li¬bra
de toffees, un chicle del tamaño de un pequeño as¬teroide, y varios paquetes de
un caramelo que parecían pastillas de jabón. No era mucho, pero Mary había
di¬cho que le había comprado otras cosas.
Las otras cosas resultaron ser un par de
calcetines de lana grises, aún más feos que la bufanda, y un vid para mejorar
el vocabulario. Había petardos con sor¬presa, al menos, y láminas de papel de
envolver, pero un par de calcetines y algunas chucherías apenas hacían una
Navidad. Buscó en el estudio, intentando pensar qué tenía que pudiera valer.
«¡Apocalíptico!», había dicho Colin
cuando Dunworthy le contó que Kivrin estaba en la Edad Media. Sacó La era de la
caballería. Sólo tenía ilustraciones, no holos, pero era lo mejor que pudo
improvisar. Lo en¬volvió rápidamente, junto con el resto de los regalos, se
cambió de ropa y se dirigió rápidamente a St. Mary the Virgin's bajo un
auténtico aguacero.
Atajó por el patio desierto del Bodleian
y trató de evitar los charcos.
Nadie en su sano juicio saldría con
aquel tiempo. El año pasado el clima fue seco, y la iglesia estaba sólo medio
llena. Kivrin le acompañó. Se había quedado durante las vacaciones para
estudiar, y Dunworthy la encontró en el Bodleian e insistió en que fuera a su
fies¬ta del jerez y luego a la iglesia.
—No debería estar haciendo esto —dijo
ella, de ca¬mino a la iglesia—. Tendría que estar investigando.
—Puedes hacerlo en St. Mary the
Virgin's. Se cons¬truyó en 1139 y nada ha cambiado desde la Edad Media, ni
siquiera el sistema de calefacción.
—El servicio interiglesias también será
auténtico, supongo.
—No tengo ninguna duda de que en
espíritu tiene tan buenas intenciones y está tan cargado de tonterías como
cualquier misa medieval.
Cruzó corriendo el estrecho sendero que
corría junto a Brasenose y abrió la puerta de St. Mary's para recibir una
bocanada de aire caliente. Se le empañaron las gafas. Se detuvo en el pórtico y
se las limpió con la punta de la bufanda, pero se le volvieron a empañar al
instante.
—El vicario le está buscando —dijo
Colin. Llevaba una camisa y una chaqueta, y se había peinado. Le ten¬dió a
Dunworthy un programa de actos de un gran fajo que llevaba.
—Creía que ibas a quedarte en casa.
—¿Con la señora Gaddson? ¡Qué idea tan
necróti-ca! Incluso la iglesia es mejor que eso, así que le dije a la señora
Taylor que ayudaría a traer las campanas.
—Y el vicario te dio algo que hacer
—adivinó Dun¬worthy, todavía intentando limpiar sus gafas—. ¿Has tenido
trabajo?
—¿Bromea? La iglesia está a tope.
Dunworthy se asomó a la nave. Los bancos
estaban ya llenos, y habían colocado sillas plegables al fondo.
—Oh, bien, ya está aquí —dijo el
vicario, ocupado con un puñado de himnos—. Lamento el calor. Es la caldera. El
Fondo Nacional no nos deja poner una ins¬talación nueva por aire, pero es casi
imposible conse¬guir componentes para una caldera de combustible fó¬sil. Ahora
se ha averiado el termostato. El calor viene o se va. —Sacó dos papeles del
bolsillo de su sotana y los miró—. No ha visto al señor Latimer todavía, ¿no?
Tiene que leer la bendición.
—No —dijo Dunworthy—. Le recordé la
hora.
—Sí, bueno, el año pasado se confundió y
llegó una hora antes. —Le tendió a Dunworthy uno de los papeles—. Aquí tiene
sus Escrituras. Es de la Biblia del Rey Jaime. La Iglesia del Milenio insistió,
pero al me¬nos no es del Común del Pueblo, como el año pasado.
El Rey Jaime puede ser arcaica, pero al
menos no es criminal.
La puerta exterior se abrió y entró un
grupo de gente, todos con paraguas y sombreros. Colin les dio el programa de
actos y entraron en la nave.
—Sabía que tendríamos que haber
utilizado Christ Church —suspiró el vicario.
—¿Qué están haciendo todos aquí? ¿No se
dan cuenta de que estamos en medio de una epidemia?
—Siempre es así. Recuerdo el principio
de la Pan¬demia. Más gente que nunca. Luego nadie podrá hacer¬les salir de sus
casas, pero ahora quieren estar juntos para consolarse.
—Y es emocionante —terció el sacerdote
de Santa Re-Formada. Llevaba un jersey de cuello alto negro, y una alba roja y
verde a cuadros—. Ocurre lo mismo en tiempo de guerra. Vienen por el dramatismo
de la cosa.
—Y a extender la infección el doble de
rápido, di¬ría yo. ¿No les ha dicho nadie que el virus es conta¬gioso?
—Lo intenté —asintió el vicario—. Su
Escritura viene justo después de las campaneras. Iglesia del Mile¬nio de nuevo.
Lucas, 2,1-19. —Se marchó a distribuir los libros de himnos.
—¿Dónde está su alumna, Kivrin Engle?
—pre¬guntó el sacerdote—. No la vi en la misa en latín de esta tarde.
—Está en el año 1320, esperemos que en
la aldea de Skendgate y a salvo de la lluvia.
—Ah, muy bien. Tenía muchas ganas de ir.
Y ha tenido suerte de librarse de todo esto.
—Sí —dijo Dunworthy—. Supongo que
debería leer las Escrituras al menos una vez.
Entró en la nave. Dentro hacía aún más
calor, y olía intensamente a lana mojada y piedra húmeda. Ve¬las láser
fluctuaban en las ventanas y sobre el altar. Las campaneras colocaban dos
grandes mesas delante del
altar y las cubrían con gruesos tapetes
de lana roja. Dunworthy subió al atril y abrió la Biblia por Lucas.
—«Y aconteció que por aquellos días se
promulgó un decreto de César Augusto para que todo el mundo se empadronase»
—leyó.
El Rey Jaime es arcaica, pensó. Y donde
está Kivrin no ha sido escrita todavía.
Regresó junto a Colin. Seguía entrando
gente. El sacerdote de la Santa Re-Formada y el imán musulmán fueron al Oriel
por más sillas, y el vicario toqueteó el termostato de la caldera.
—He reservado dos asientos para nosotros
en la segunda fila —dijo Colin—. ¿Sabe qué hizo la señora Gaddson en el té?
Tiró mi chicle. Dijo que estaba lleno de gérmenes. Me alegro de que mi madre no
sea así. —Enderezó el fajo de programas, que se había reduci¬do
considerablemente—. Supongo que sus regalos no han podido llegar por culpa de
la cuarentena, ¿sabe? Quiero decir que probablemente tuvieron que enviar
provisiones y otras cosas primero. —Volvió a endere¬zar el delgado fajo.
—Es muy probable. ¿Cuándo te gustaría
abrir tus otros regalos? ¿Esta noche o por la mañana?
Colin intentó parecer indiferente.
—La mañana de Navidad, por favor.
Ofreció un programa de actos y una
deslumbrante sonrisa a una mujer con un impermeable amarillo.
—Bien —exclamó ella, arrancándoselo de
la ma¬no—. Me alegra ver que alguien conserva el espíritu navideño, aunque haya
una epidemia mortal.
Dunworthy entró y se sentó. Las
atenciones del vi¬cario a la caldera no parecían servir de nada. Se quitó la
bufanda y el abrigo y los colocó en la silla que tenía al lado.
El año anterior hacía un frío helador.
—Sumamente auténtico —le susurró
Kivrin—, igual que las Escrituras. «Entonces los políticos cargaron un censo a
los contribuyentes» —dijo, citando al Común del Pueblo. Sonrió—. La Biblia de
la Edad Me¬dia estaba escrita en una lengua que tampoco entendían.
Colin entró y se sentó sobre el abrigo y
la bufanda de Dunworthy. El sacerdote de Santa Re-Formada se levantó y pasó
entre las mesas de las campaneras hasta llegar al altar.
—Oremos.
Hubo un rumor de reclinatorios sobre el
suelo de piedra, y todo el mundo se arrodilló.
—«Oh, Dios, que nos has enviado esta
aflicción, dile a tu Ángel destructor: Deten tu mano y no dejes que la tierra
sea aniquilada, y no destruyas a todos los seres vivos.»
Vaya con la moral, pensó Dunworthy.
—«Como en aquellos días en que el Señor
envió una plaga a Israel y murieron del pueblo de Dan a Ber-sabee setenta mil
hombres, ahora nos encontramos en medio de la aflicción y te pedimos que
retires la plaga de Tu ira.»
Las tuberías de la antigua caldera
empezaron a cru¬jir, pero eso no inmutó al sacerdote. Continuó durante unos
buenos cinco minutos, mencionando un montón de ejemplos en que Dios había
aniquilado a los malva¬dos y «llevado plagas entre ellos», y luego pidió a todo
el mundo que se levantaran y cantaran God Rest Ye Merry, Gentlemen, Let Nothing
Yon Dismay.
Montoya se sentó junto a Colin.
—He pasado todo el día en el Ministerio
intentan¬do que me concedan una dispensa —susurró—. Al pa¬recer creen que
pretendo ir por ahí corriendo y espar¬ciendo el virus. Les dije que iría
directa a la excavación, que allí no hay nadie a quien infectar, ¿pero creen
que me hicieron el menor caso?
Se volvió hacia Colin.
—Si consigo la dispensa, necesitaré
voluntarios que me ayuden. ¿Te gustaría desenterrar cadáveres?
—No puede —dijo Dunworthy rápidamente—.
Su tía no le dejará. —Se inclinó sobre Colin y susu¬rró—: Estamos intentando
decidir el paradero de Badri Chaudhuri desde el lunes a mediodía hasta las dos
y media. ¿Lo vio usted?
—Shh —dijo la mujer que había replicado
a Colin.
Montoya sacudió la cabeza.
—Estuve con Kivrin, repasando el mapa y
la situa¬ción de Skendgate —susurró.
—¿Dónde? ¿En la excavación?
—No, en Brasenose.
—¿Y Badri no estaba allí? —preguntó
Dunwor¬thy, pero no había ningún motivo para que Badri estu¬viera en Brasenose.
Él no le había pedido a Badri que dirigiera el lanzamiento hasta que se reunió
con él a las dos y media.
—No.
—¡Shh! —siseó la mujer.
—¿Cuánto tiempo estuvo con Kivrin?
—Desde las diez hasta que tuvo que
presentarse en el hospital, a eso de las tres, creo —susurró Montoya.
—¡Shh!
—Tengo que leer una «Oración al Gran
Espíritu». —Montoya se levantó y avanzó por la fila de sillas.
Leyó su cántico indio americano, y
después las cam¬paneras, con sus guantes blancos y expresiones decidi¬das,
tocaron O Chnst Who Interfaces with the World, que sonó muy parecido al
golpeteo de las tuberías.
—Son absolutamente necróticas, ¿verdad?
—susu¬rró Colin tras su programa de actos.
—Es un atonal de finales del siglo XX
—contestó Dunworthy—. Se supone que debe sonar fatal.
Cuando las campaneras parecieron
terminar, Dun¬worthy subió al atril y leyó las Escrituras.
—«Y aconteció que por aquellos días se
promulgó un edicto de César Augusto para que todo el mundo se empadronase.»
Montoya se levantó, se abrió paso hasta
el pasillo lateral y salió por la puerta. Dunworthy hubiese desea¬do
preguntarle si había visto a Badri el lunes o el mar¬tes, o si sabía de algún
americano con quien pudiera haber tenido contacto.
Podría preguntárselo al día siguiente,
cuando fue¬ran a hacerse sus análisis de sangre. Había averiguado lo más
importante: Kivrin no había visto a Badri el lu¬nes por la tarde. Montoya había
dicho que había estado con ella desde las diez hasta las tres, cuando se marchó
al hospital. Para entonces Badri estaba ya en Balliol ha¬blando con él, y no
había llegado de Londres hasta las doce, así que no podía haberla contagiado.
—«Y el ángel les dijo: "No tengáis
miedo, pues os traigo una gran alegría, que será para todo el pue¬blo"...»
Nadie parecía estar prestando atención.
La mujer que había reprendido a Colin se desembarazó del abri¬go; todo el mundo
se había quitado ya el suyo y se aba¬nicaba con los programas.
Dunworthy pensó en Kivrin durante la
ceremonia del año anterior, arrodillada sobre el suelo de piedra, mirándole
absorta mientras leía. Tampoco escuchaba. Imaginaba la Nochebuena en 1320,
cuando las Escritu¬ras eran en latín y las velas fluctuaban en las ventanas.
Me pregunto si es como ella lo
imaginaba, pensó; y luego recordó que allí no era Nochebuena. Donde es¬taba
Kivrin faltaban aún dos semanas. Si estaba real¬mente allí. Si estaba bien.
—«... María, por su parte, guardaba
todas estas co¬sas, meditándolas en su corazón» —terminó Dunwor¬thy, y regresó
a su asiento.
El imán anunció las horas de las misas
el día de Na¬vidad en todas las iglesias, y leyó el boletín del Ministe¬rio de
Sanidad sobre evitar el contacto con las personas infectadas. El vicario empezó
su sermón.
—Hay quienes piensan que las
enfermedades son un castigo de Dios, y sin embargo Cristo se pasó la vida
curando a los enfermos, y aquí estamos
nosotros, y sin duda él también curaría a los afligidos por este vi¬rus, igual
que curó al samaritano leproso —dijo, mi¬rando fijamente al sacerdote de Santa
Re-Formada, y se lanzó a un sermón de diez minutos sobre cómo pro¬tegerse de la
gripe. Enumeró los síntomas y explicó la transmisión por el aire.
—Bebed mucho líquido y descansad
—aconsejó, extendiendo las manos sobre el pulpito como si fuera una bendición—,
y a la primera señal de alguno de los síntomas, telefonead al médico.
Las campaneras volvieron a ponerse los
guantes blancos y acompañaron al órgano con Angels of the Realm ofGlory, que
sonó reconocible.
El ministro de la Iglesia Unitaria
Convertida subió al pulpito.
—Esta misma noche, hace más de dos mil
años, Dios envió a Su Hijo, Su precioso Hijo, a nuestro mundo. ¿Podéis imaginar
qué clase de increíble amor fue necesario para ello? Esa noche Jesús dejó su
hogar celestial y entró en un mundo lleno de peligros y enfer¬medades. Entró
como un bebé ignorante e indefenso, sin saber nada del mal, de la traición que
encontraría. ¿Cómo pudo Dios enviar a Su único Hijo, Su precioso Hijo, a tal
peligro? La respuesta es amor. Amor.
—O incompetencia —murmuró Dunworthy.
Colin dejó de investigar el chicle y le
miró.
Y después de dejarle ir, se preocupó por
Él cada minuto, pensó Dunworthy. Me pregunto si intentó detenerlo.
—Cristo llegó a este mundo por amor, y
por amor él estaba dispuesto, no, ansioso por venir.
Ella está bien, pensó Dunworthy. Las
coordenadas eran correctas. Sólo había un deslizamiento de cuatro horas. No
estaba expuesta a la infección. Se encontraba a salvo en Skendgate, con la
fecha de encuentro determinada y su grabador medio lleno ya de observaciones,
sana y nerviosa y maravillosamente inconsciente de todo esto.
—Fue enviado al mundo para ayudarnos en
nues¬tras dudas y tribulaciones —prosiguió el ministro.
El vicario hacía señas a Dunworthy, que
se inclinó sobre Colin.
—Acabo de enterarme de que el señor
Latimer está enfermo —susurró el vicario. Le tendió a Dunworthy una hoja
doblada—. ¿ Quiere leer usted las bendiciones ?
—... un mensajero de Dios, un emisario
del amor —concluyó el ministro, y se sentó.
Dunworthy subió al atril.
—¿Quieren ponerse en pie para las
bendiciones? —dijo. Abrió la hoja de papel y la miró. «Oh, Señor, deten tu mano
airada», empezaba.
Dunworthy la arrugó.
—Padre Piadoso —rogó—, protege a los que
están ausentes, y tráelos sanos y salvos a casa.
TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL
JUICIO FINAL
(035850-037745)
20 de diciembre de 1320. Ya estoy casi
recuperada. Los leucocitos-T potenciados o las antivirales o algo debe de haber
funcionado por fin. Ya no me duele al respirar, la tos ha desaparecido, y me
siento como si pudiera caminar hasta el lugar de encuentro, si supiera dónde
está.
La herida de la frente también ha
sanado. Lady Eliwys la miró esta mañana y luego salió y trajo a Imey-ne para
que la examinara.
—Es un milagro —exclamó Eliwys,
encantada, pero Imeyne sólo pareció desconfiar. Sólo le falta deci¬dir que soy
una bruja.
Enseguida ha quedado claro que ahora que
ya no soy una inválida, represento un problema. Aparte de que Imeyne piensa que
soy una espía o que les robo las cucharas, está la dificultad de quién soy,
cuál es mi es¬tatus y cómo debo ser tratada, y Eliwys no tiene el tiempo ni la
energía suficientes para tratar del tema.
Ya tiene bastantes problemas. Lord
Guillaume si¬gue sin venir, su valido está enamorado de ella, y se acer¬ca la
Navidad. Ha reclutado a la mitad de la aldea como sirvientes y cocineros, y se
han quedado sin tantos su¬ministros que Imeyne insiste en que manden a
buscar¬los a Oxford o Courcy. Agnes añade el problema de ser muy traviesa, pues
se escapa constantemente de Maisry.
—Debes llamar a sir Bloet para que envíe
a una mujer de espera —dijo Imeyne cuando la encontraron jugando en el desván
del granero—. Y por azúcar. No tenemos ambrosías ni dulces.
Eliwys parecía exasperada.
—Mi esposo nos ordenó...
—Yo cuidaré de Agnes —dije, esperando
que el in¬térprete hubiera traducido bien «mujer de espera» y que los vids de
historia fueran correctos, y que el pues¬to de aya de las niñas lo ocuparan a
veces mujeres de noble cuna. Por lo visto, así era. Eliwys pareció
inme¬diatamente agradecida, e Imeyne no protestó más que de costumbre. Así que
estoy a cargo de Agnes. Y al pa¬recer de Rosemund, que pidió ayuda con su
bordado esta mañana.
Las ventajas de ser su aya es que puedo
preguntar¬les por su padre y la aldea, y que puedo salir al establo y a la
iglesia, y encontrar al sacerdote y a Gawyn. El in¬conveniente es que a las
niñas se les ocultan muchas co¬sas. En una ocasión Eliwys ha dejado de hablar
con Imeyne cuando Agnes y yo hemos entrado en el salón, y cuando le pregunté a
Rosemund por qué habían ve¬nido aquí para quedarse, me contestó: «Mi padre
con¬sidera que el aire es más saludable en Ashencote.»
Es la primera vez que alguien menciona
el nombre de la aldea. No figura ningún Ashencote en el mapa ni en el Libro del
Día del Juicio Final. Supongo que existe la posibilidad de que sea otro «pueblo
perdido». Con una población de cuarenta habitantes, bien podría ha¬ber sido
aniquilada fácilmente durante la Peste Negra o absorbida por uno de los pueblos
cercanos, pero sigo pensando que es Skendgate.
Le pregunté a las niñas si conocían una
aldea lla¬mada Skendgate, y Rosemund dijo que nunca lo había oído mencionar, lo
cual no demuestra nada, ya que no son de por aquí, pero por lo visto Agnes se
lo preguntó a Maisry, quien tampoco había oído ese nombre. La primera
referencia escrita a la «puerta», gate, a que alu¬de su nombre (en realidad era
una verja) no se produjo hasta 1360, y muchos de los gentilicios anglosajones
fueron sustituidos por nombres normandos o por los de sus nuevos propietarios.
Lo cual es mala señal para Guillaume d'Iverie, y para el juicio del que aún no
ha vuelto. A menos que se trate de otra aldea. Lo cual se¬ría una mala señal
para mí.
(Pausa)
Los sentimientos de amor cortés de Gawyn
hacia Eliwys no se ven alterados, al parecer, por sus escar¬ceos con las
criadas. Le pedí a Agnes que me acompa¬ñara al establo para ver a su pony por
si Gawyn estaba allí. Y estaba, en uno de los corrales, con Maisry, ha¬ciendo
sonidos guturales menos-que-corteses. Maisry no parecía más alterada que de
costumbre, y sus manos se sujetaban las faldas por encima de la cintura en vez
de cubrirse las orejas, así que en principio no parecía una violación. Tampoco
era l'amour courtois.
Tenía que distraer rápidamente a Agnes y
sacarla del establo, así que le dije que quería cruzar el prado para ver el
campanario. Entramos y contemplamos la pesada cuerda.
—El padre Roche toca la campana cuando
muere alguien —explicó Agnes—. Si no lo hace, el Diablo vie¬ne y se lleva su
alma, y no pueden ir al cielo.
Supongo que forma parte de la chachara
supersti¬ciosa que tanto irrita a lady Imeyne.
Agnes quiso tocar la campana, pero la
convencí para que fuéramos a la iglesia a buscar al padre Roche.
No estaba allí. Agnes me dijo que
probablemente acompañaría aún al campesino, «que no muere aunque ha sido
confesado», o estaría en algún lugar rezando.
—Al padre Roche le gusta mucho rezar en
el bos¬que —observó, contemplando el altar desde la reja.
La iglesia es normanda, con un pasillo
central y pi¬lares de arenisca, y un ajado suelo de piedra. Las vidrie¬ras son
muy estrechas, pequeñas y de colores oscuros. Casi no dejan entrar la luz.
Hacia la mitad de la nave hay una sola tumba, que puede ser aquella en la que
trabajé en la excavación. Tiene encima la efigie de un caballero con armadura,
las manos enfundadas en guanteletes, cruzadas sobre el pecho, y la espada al
lado. La inscrip¬ción reza: «Requiescat cum Sanctis tuis in aeternum» Descanse
eternamente con Tus santos. La tumba de la excavación tenía una inscripción que
empezaba con «Requiescat»; cuando estuve allí aún no se había excava¬do nada
más.
Agnes me contó que es la tumba de su
abuelo, que murió de fiebre «hace mucho tiempo», aunque parece casi nueva y por
lo tanto me resulta muy distinta de la tumba de la excavación. Tiene varias
decoraciones de las que carece la otra tumba, pero podrían haberse roto o
simplemente gastado.
A excepción de la tumba y una burda
estatua, la nave está completamente vacía. Los contemporáneos permanecían de
pie en la iglesia, así que no hay bancos, y la práctica de llenar la nave de
monumentos e imáge¬nes no se afianzó hasta el siglo XVI.
Una reja de madera tallada, del siglo
XII, separa la nave de los oscuros huecos del presbiterio y el altar. En¬cima,
a cada lado del crucifijo, hay dos burdas pinturas del Juicio Final. Una es de
los fieles entrando en el cielo y la otra de los pecadores siendo confinados al
infierno, pero parecen casi iguales. Las dos están pintadas con rojos chillones
y sus expresiones parecen igualmente compungidas.
El altar es sencillo, cubierto con una
tela de lino blanco, con dos candelabros de plata a cada lado. La es¬tatua mal
tallada no es, como había supuesto, la Virgen, sino santa Catalina de
Alejandría. Tiene el cuerpo cor¬to y la cabeza grande de la escultura
prerrenacentista, y una cofia extraña y cuadrada que se acaba justo bajo las
orejas. Con un brazo rodea a un niño del tamaño de un muñeco y con el otro
sostiene una rueca. Delante, en el suelo, había una pequeña vela amarillenta y
dos lámpa¬ras de aceite.
—Lady Kivrin, el padre Roche dice que
sois un án¬gel —dijo Agnes cuando volvimos al exterior.
Era fácil comprender a qué se debía la
confusión esta vez, y me pregunté si había pasado lo mismo con la campana y el
Diablo con el caballo negro.
—Me pusieron el nombre por santa
Catalina de Alejandría —expliqué—, igual que a ti por santa Ana, pero no somos
santas.
Ella sacudió la cabeza.
—El padre dice que en los últimos días
Dios envia¬rá a Sus santos al hombre pecador. Dice que cuando vos rezáis,
habláis en la lengua de Dios.
He intentado tener cuidado al hablar al
grabador, registrar mis observaciones sólo cuando no hay nadie en la
habitación, pero no sé qué pasó cuando estuve en¬ferma. Recuerdo que pedía que
me ayudaran, y que usted viniera y me rescatara. Y si el padre Roche me oyó
hablar en inglés moderno, bien pudo creer que hablaba otra lengua. Al menos
piensa que soy una santa, y no una bruja, pero lady Imeyne estaba también
presente en la habitación. Tendré que ir con más cuidado.
(Pausa)
Volví al establo (después de asegurarme
de que Maisry estaba en la cocina), pero Gawyn no estaba allí, ni Gringolet.
Pero sí estaban mis cajas y los restos des¬mantelados de la carreta. Gawyn
debió de hacer una docena de viajes para traerlo todo. Estuve rebuscando, pero
no encontré el cofre. Espero que Gawyn lo pasara por alto y esté todavía en la
carretera, donde lo dejé. En ese caso, probablemente ahora estará completamente
sepultado bajo la nieve, pero hoy ha salido el sol, y está empezando a derretirse
un poco
15
Kivrin se había recuperado de la
neumonía tan rá¬pidamente, que estaba convencida de que finalmente algo había
activado su sistema inmunológico. El dolor de su pecho se desvaneció de la
noche a la mañana, y la herida de la frente desapareció como por arte de magia.
Imeyne la examinó recelosa, como si
sospechara que Kivrin había falsificado la herida, y Kivrin se ale¬gró de que
no hubiera sido fingida.
—Debéis dar gracias a Dios de que os
haya sanado en este día de Sabbath —desaprobó Imeyne, y se arro¬dilló junto a
la cama.
Había ido a misa y llevaba su relicario
de plata. Lo enrolló entre las palmas («como el grabador», pensó Kivrin) y
recitó el Paternoster. Luego se levantó.
—Ojalá hubiera podido ir con vos a misa
—suspi¬ró Kivrin.
Imeyne esbozó una mueca.
—Consideré que estabais demasiado
enferma—di¬jo, con insinuante énfasis en la palabra «enferma»—, y fue una misa
pobre.
Se lanzó a recitar los defectos del
padre Roche: ha¬bía leído el Evangelio antes del Kirie, llevaba el alba
manchada de cera, había olvidado parte del Confíteor Deo. Enumerar sus fallos
pareció ponerla de mejor hu-mor, y cuando terminó palmeó la mano de Kivrin y
dijo:
—Aún no os habéis recuperado del todo.
Quedaos en cama un día más.
Kivrin lo hizo, aprovechando el tiempo
para gra¬bar sus observaciones, describiendo la mansión y la al¬dea y todo el
mundo a quien había conocido hasta el momento. El senescal la visitó y le llevó
otro cuenco del amargo té de su esposa. Era un hombre ceñudo y cetrino, que
parecía incómodo con su mejor pelliza de los domingos y un cinturón de plata
demasiado elabo¬rado. Un muchacho de la edad de Rosemund fue a de¬cirle a
Eliwys que la herradura de su yegua se había perdido. Pero el sacerdote no
regresó.
—Ha ido a confesar al campesino —le dijo
Agnes.
La niña seguía siendo una excelente
fuente de in¬formación, contestaba al momento todas las preguntas de Kivrin,
supiera las respuestas o no, y ofrecía volun¬tariamente todo tipo de
información acerca de la aldea y sus ocupantes. Rosemund era más silenciosa y
le pre¬ocupaba mucho parecer adulta.
—Agnes, es una chiquillería hablar así.
Debes apren¬der a tener la boca cerrada —decía constantemente, un comentario
que por fortuna no tenía ningún efecto so¬bre su hermana. Rosemund hablaba
acerca de sus her-manos y su padre, que «ha prometido venir para Navi¬dad sin
tardanza». Obviamente, le quería mucho y lo echaba de menos—. Ojalá yo fuera un
chico —dijo cuando Agnes mostraba a Kivrin el penique de plata que sir Bloet le
había dado—. Entonces me habría quedado con padre en Bath.
Entre las dos niñas, los fragmentos de
las conversa¬ciones de Eliwys e Imeyne, más sus propias observa¬ciones, Kivrin
consiguió recoger muchos datos acerca de la aldea. Era más pequeña de lo que
Probabilidad había predicho que sería Skendgate, incluso para una aldea
medieval. Kivrin supuso que no tenía más de cua¬renta habitantes, incluyendo a
la familia de lord Gui-llaume y la del senescal, que tenía cinco hijos además
del bebé.
Había dos pastores y varios granjeros,
pero era «la más pobre de todas las posesiones de Guillaume», se¬gún comentó
Imeyne, quien se quejó de tener que pa¬sar la Navidad allí. La mujer del
senescal era la arribista social del lugar, y la familia de Maisry los inútiles
lo¬cales. Kivrin lo grabó todo, estadísticas y cotilleos, uniendo las manos en
oración cada vez que tenía la oportunidad.
La nieve había empezado a caer cuando la
llevaron de vuelta a la casa y continuó durante toda la noche hasta la tarde
siguiente, cubriendo casi un palmo de te¬rreno. El primer día que Kivrin se
levantó, estuvo llo¬viendo, y Kivrin esperó que la lluvia derritiera la nieve,
pero sólo convirtió la superficie en hielo.
Temía no poder encontrar el lugar de
recogida sin la carreta y las cajas. Tendría que pedir a Gawyn que se lo
mostrara, pero era más fácil decirlo que hacerlo. Gawyn sólo iba al salón para
comer o pedirle algo a Eliwys, e Imeyne estaba siempre allí, vigilando, así que
Kivrin no se atrevía a abordarlo.
Kivrin empezó a llevar a las niñas a dar
pequeñas excursiones (alrededor del patio, a la aldea), con la es¬peranza de
encontrarse con él, pero no estaba en el gra¬nero ni en el establo. Gringolet
tampoco. Kivrin se preguntó si había ido tras sus atacantes a pesar de las
órdenes de Eliwys, pero Rosemund dijo que había sali¬do a cazar.
—Caza ciervos para el banquete de
Navidad —di¬jo Agnes.
A nadie parecía importarle adonde
llevaba a las ni¬ñas o cuánto tiempo pasaban fuera. Lady Eliwys asen¬tía
distraída cuando Kivrin le preguntaba si podía lle¬varlas al establo, y lady
Imeyne ni siquiera le decía a Agnes que se cerrara la capa o se pusiera los
guantes. Era como si hubieran entregado las niñas al cuidado de Kivrin y se
hubieran olvidado de ellas.
Estaban muy ocupadas con los
preparativos de la Navidad. Eliwys había reclutado a todas las niñas y
an¬cianas de la aldea, y las había puesto a hornear y co¬cinar.
Sacrificaron los dos cerdos y la mitad
de las palo¬mas. El patio estaba lleno de plumas y del olor a pan en el horno.
En el siglo XIV la Navidad era una
celebración de dos semanas, con banquetes, juegos y bailes, pero a Ki¬vrin le
sorprendía que Eliwys hiciera todos aquellos preparativos dadas las
circunstancias. Debía de estar convencida de que lord Guillaume regresaría para
la Navidad, tal como había prometido.
Imeyne supervisaba la limpieza del
salón, queján¬dose constantemente de las pobres condiciones y la fal¬ta de
ayuda decente. Aquella mañana trajo al senescal y a otro hombre para que
ayudaran a retirar las grandes mesas de las paredes y las colocaran sobre dos
bastido¬res. Supervisó a Maisry y a una mujer con las cicatrices blancas de la
escrófula mientras frotaban la mesa con arena y gruesos cepillos.
—No hay lavanda —le dijo a Eliwys—. Ni
sebo suficiente para el suelo.
—Tendremos que arreglarnos con lo que
tenemos, entonces —dijo Eliwys.
—No tenemos azúcar para las ambrosías,
ni cane¬la. En Courcy hay de sobra. Nos recibirían bien.
Kivrin le estaba poniendo las botas a
Agnes, prepa¬rándose para llevarla a ver de nuevo su pony en el esta¬blo.
Levantó la cabeza, alarmada.
—Sólo está a medio día de viaje —dijo
Imeyne—. El capellán de lady Yvolde dirá la misa y...
Kivrin no oyó el resto porque Agnes
dijo:
—Mi pony se llama Sarraceno.
—Um —murmuró Kivrin, intentando oír la
con¬versación. La Navidad era una época en que la nobleza hacía visitas.
Tendría que haber pensado eso antes. Co¬gían todas sus pertenencias y se
marchaban durante se¬manas, al menos hasta la Epifanía. Si iban a Courcy,
podrían quedarse allí hasta mucho después del encuen¬tro fijado.
—Padre le llamó Sarraceno porque tiene
corazón de pagano.
—Sir Bloet se ofenderá cuando descubra
que he¬mos estado aquí tan cerca de la Navidad y no le hemos hecho una visita
—continuó lady Imeyne—. Pensará que el compromiso se ha roto.
—No podemos ir a Courcy para Navidad
—repli¬có Rosemund. Estaba sentada en el banco frente a Ki¬vrin y Agnes,
cosiendo, pero ahora se levantó—. Mi padre prometió que vendría sin falta para
Navidad. Se enfadará si viene y no nos encuentra aquí.
Imeyne se volvió y miró a Rosemund.
—Se enfadará cuando descubra que sus
hijas son tan maleducadas que hablan cuando quieren e intervie¬nen en asuntos
que no les conciernen. —Se volvió de nuevo hacia Eliwys, que parecía
preocupada—. Mi hijo seguramente tendrá el sentido común de buscarnos en
Courcy.
—Mi esposo nos ordenó que esperáramos
aquí hasta que llegara. Le complacerá que hayamos seguido sus órdenes. —Se
dirigió al hogar y recogió la costura de Rosemund, zanjando claramente el
asunto.
Pero no por mucho tiempo, pensó Kivrin,
obser¬vando a Imeyne.
La anciana frunció los labios, enfadada,
y señaló una mancha en la mesa. La mujer con las cicatrices de escrófula la
limpió inmediatamente.
Imeyne no olvidaría el tema. Lo sacaría
a colación una y otra vez, ofreciendo un argumento tras otro so¬bre por qué
deberían ir con sir Bloet, que tenía azúcar y velas y canela. Y un capellán
educado para decir las misas de Navidad. Lady Imeyne estaba decidida a no
escuchar la misa del padre Roche. Y Eliwys estaba cada vez más preocupada.
Podría decidir de repente ir a buscar ayuda a Courcy, o incluso a Bath. Kivrin
tenía que encontrar el lugar de recogida.
Ató las rebeldes cintas de la gorra de
Agnes y le co¬locó la capucha de la capa sobre la cabeza.
—Montaba a Sarraceno todos los días en
Bath —prosiguió Agnes—. Ojalá pudiéramos ir a cabalgar allí. Me llevaría a mi
perro.
—Los perros no montan a caballo —objetó
Rose-mund—. Corren al lado.
Agnes frunció el labio, testaruda.
—Blackie es demasiado pequeño para
correr.
—¿Por qué no podéis cabalgar aquí?
—preguntó Kivrin, para evitar una discusión.
—No hay nadie que nos acompañe —contestó
Ro-semund—. En Bath nuestra aya y uno de los secreta¬rios de nuestro padre
cabalgaban con nosotras.
Uno de los secretarios de nuestro padre.
Gawyn las acompañaría, y entonces ella podría preguntarle no sólo dónde estaba
el lugar, sino que también le pediría que se lo mostrara. Gawyn estaba allí. Lo
había visto en el patio esa mañana, y por eso había sugerido el via¬je al
establo, pero hacer que cabalgara con ellas era aún mejor idea.
Imeyne se acercó al lugar donde Eliwys
estaba sen¬tada.
—Si vamos a quedarnos aquí, debemos
tener carne para el pastel de Navidad.
Lady Eliwys soltó su costura y se
levantó.
—Le ordenaré al senescal y a su hijo
mayor que va¬yan a cazar —dijo tranquilamente.
—Entonces no habrá nadie para recoger la
hiedra y el acebo.
—El padre Roche ha ido a recogerlo hoy.
—Lo recoge para la iglesia —replicó lady
Imey-ne—. ¿No tendremos ninguno en el salón, entonces?
—Nosotras lo recogeremos.
Eliwys e Imeyne se volvieron a mirarla.
Un error, pensó Kivrin. Estaba tan pendiente de buscar una for¬ma de hablar con
Gawyn que se había olvidado de todo lo demás, y ahora había hablado sin que le
dirigie-ran antes la palabra y había «intervenido en asuntos» que obviamente no
le concernían. Lady Imeyne estaría más convencida que nunca de que deberían ir
a Courcy y encontrar una aya adecuada para las niñas.
—Lamento si he hablado de más, buena
señora —dijo, inclinando la cabeza—. Sé que hay mucho tra¬bajo y muy pocos para
hacerlo. Agnes y Rosemund y yo podríamos cabalgar hasta el bosque para recoger
el acebo.
—Sí —dijo Agnes ansiosamente—. Yo podría
mon¬tar a Sarraceno.
Eliwys empezó a hablar, pero Imeyne la
interrum¬pió.
—¿No tenéis miedo al bosque, pues,
aunque ape¬nas habéis sanado de vuestras heridas?
Un error tras otro. Se suponía que la
habían atacado y la habían dado por muerta, y ahora se ofrecía volunta¬ria para
llevar a dos niñas pequeñas al mismo bosque.
—No pretendía que fuéramos solas —dijo
Kivrin, esperando no estar empeorando las cosas—. Agnes me dijo que cuando
cabalgaba, siempre iba uno de los hombres de vuestro esposo para protegerla.
—Sí —intervino Agnes—. Gawyn puede
cabalgar con nosotras, y mi perro Blackie.
—Gawyn no está aquí —dijo Imeyne, y en
el silen¬cio que siguió se volvió rápidamente hacia las mujeres que frotaban
las mesas.
—¿Adonde ha ido? —preguntó Eliwys con
suavi¬dad, pero sus mejillas se habían vuelto de un rojo bri¬llante.
Imeyne le quitó un trapo a Maisry y
empezó a fro¬tar una mancha en la mesa.
—Ha ido a cumplir un encargo para mí.
—Lo habéis enviado a Courcy —dijo
Eliwys. Era una declaración, no una pregunta.
Imeyne se volvió hacia ella.
—No es digno de nosotros estar tan cerca
de Cour¬cy y no enviar un saludo. Él dirá que lo hemos ignorado, y en estos
tiempos que corren no podemos de ningún modo permitirnos desairar a un hombre
tan poderoso como...
—Mi esposo nos ordenó que no dijéramos a
nadie que estamos aquí—cortó Eliwys.
—Mi hijo no nos ordenó que insultáramos
a sir Bloet y perdiéramos su buena voluntad, ahora que tal vez le necesitemos
más que nunca.
—¿Qué le ordenasteis decir a sir Bloet?
—Le pedí que le enviara nuestros más
cordiales sa¬ludos —dijo Imeyne, retorciendo el trapo en sus ma¬nos—. Le ordené
decir que nos alegraría recibirlos para Navidad. —Alzó la barbilla,
desafiante—. No podía¬mos hacer otra cosa, con nuestras dos familias a punto de
unirse en matrimonio. Traerán provisiones para el banquete de Navidad, y
criados...
—¿Y al capellán de lady Yvolde para
decir misa? —preguntó Eliwys fríamente.
—¿Van a venir aquí? —preguntó Rosemund.
Ha¬bía vuelto a ponerse en pie, y su costura había resbala¬do hasta el suelo.
Eliwys e Imeyne la miraron sin
expresión, como si hubieran olvidado que había alguien más en el salón, y
entonces Eliwys se volvió hacia Kivrin.
—Lady Katherine —exclamó—, ¿no ibais a
llevar a las niñas a recoger flores para el salón?
—No podemos ir sin Gawyn —adujo Agnes.
—El padre Roche puede cabalgar con
vosotras —dijo Eliwys.
—Sí, buena señora —respondió Kivrin.
Cogió a Agnes de la mano para sacarla de la habitación.
—¿Van a venir aquí? —repitió Rosemund, y
sus mejillas estaban casi tan arreboladas como las de su madre.
—No lo sé —dijo Eliwys—. Ve con tu
hermana y lady Katherine.
—Voy a montar a Sarraceno —anunció
Agnes, y se soltó de la mano de Kivrin y salió corriendo del salón.
Rosemund pareció a punto de decir algo y
enton¬ces cogió su capa del pasillo tras los tabiques.
—Maisry —dijo Eliwys—. La mesa ya está
bien. Ve y trae el salero y las fuentes de plata del cofre del desván.
La mujer con las cicatrices de escrófula
salió de la sala e incluso Maisry no se demoró en subir las escale¬ras. Kivrin
se puso la capa y la ató rápidamente, teme¬rosa de que lady Imeyne dijera algo
más acerca de ser atacada, pero ninguna de las dos mujeres volvió a ha¬blar.
Permanecieron de pie, Imeyne todavía retorcien¬do el trapo entre las manos,
esperando obviamente a que Kivrin y Rosemund se marcharan.
—¿Van a...? —dijo Rosemund, y entonces
echó a correr detrás de Agnes.
Kivrin corrió tras ellas. Gawyn no
estaba, pero te¬nía permiso para ir al bosque y también medios de transporte. Y
el sacerdote las acompañaría. Rosemund había dicho que Gawyn se había
encontrado con él en el camino, cuando la traía a la casa. Tal vez Gawyn lo
había llevado al claro.
Cruzó prácticamente corriendo el patio
hasta el es¬tablo, temiendo que en el último instante Eliwys la lla¬mara para
decirle que había cambiado de idea, que Ki¬vrin no estaba lo bastante
recuperada, y que el bosque era demasiado peligroso.
Por lo visto las niñas habían pensado lo
mismo. Agnes estaba ya montada en su pony, y Rosemund ata-
ba la cincha de la silla de su yegua. El
pony no era tal, sino un rechoncho alazán más pequeño que la yegua de Rosemund,
y Agnes parecía imposiblemente alta sobre la silla con respaldo. El muchacho
que le había dicho a Eliwys que su yegua había perdido una herradura suje¬taba
las riendas.
—¡No te quedes ahí mirando con la boca
abierta, Cob! —le gritó Rosemund—. ¡Ensilla el ruano para lady Katherine!
Obediente, el muchacho soltó las
riendas. Agnes se inclinó hacia delante para cogerlas.
—¡La yegua de madre no! —exclamó
Rosemund—. ¡El rocín!
—Cabalgaremos hasta la iglesia,
Sarraceno —in¬formó Agnes—, y le pediremos al padre Roche que nos acompañe, y
luego iremos de paseo. A Sarraceno le en¬canta ir de paseo. —Se inclinó
demasiado hacia delante para acariciar la crin rizada del pony, y Kivrin tuvo
que contenerse para no agarrarla.
Obviamente, era perfectamente capaz de
montar a caballo (ni Rosemund ni el muchacho que ensillaba el caballo de Kivrin
le dirigieron una mirada), pero pare¬cía diminuta en lo alto de la silla con
sus botas de suela blanda en el estribo, y no parecía más capaz de cabalgar
despacio que de caminar despacio.
Cob ensilló al ruano, lo sacó del
establo, y se que¬dó allí de pie, esperando.
—¡Cob! —dijo Rosemund bruscamente. El
mu¬chacho se agachó y unió las manos para formar un es¬calón. Rosemund lo pisó
y montó en la silla—. No te quedes ahí como un idiota sin seso. Ayuda a lady
Ka¬therine.
El muchacho se apresuró torpemente para
ayudar a Kivrin. Ella vaciló, preguntándose qué le pasaba a Rosemund. Era
evidente que la había preocupado la noticia de que Gawyn había ido a ver a sir
Bloet. Pare¬cía que la niña no sabía nada del juicio de su padre, pero tal vez
estaba más enterada de lo que Kivrin, o su madre y su abuela, creían.
«Un hombre tan poderoso como sir Bloet»,
había dicho Imeyne, y «su buena voluntad, ahora que tal vez la necesitemos más
que nunca». Tal vez la invitación de Imeyne no era tan egoísta como parecía.
Tal vez signi¬ficaba que lord Guillaume tenía más problemas de los que Eliwys
imaginaba, y Rosemund, sentada en silen¬cio ante su costura, lo había
calculado.
—¡Cob! —exclamó Rosemund, aunque el
mucha¬cho estaba esperando claramente a que Kivrin monta¬ra—. ¡Por tu culpa no
encontraremos al padre Roche!
Kivrin sonrió a Cob para tranquilizarlo,
y puso las manos sobre el hombro del muchacho. Una de las pri¬meras cosas en
las que el señor Dunworthy había insis¬tido era en lecciones de equitación, y
ella se las había arreglado bastante bien. La silla de amazona no había sido
introducida hasta 1390, lo cual era una suerte, y las sillas medievales tenían
un alto fuste delantero y arzón trasero.
Esta silla era aún más alta que la que
le sirvió para aprender a montar.
Probablemente seré yo la que se caiga,
no Agnes, pensó, mirando a la niña cómodamente aupada a su si¬lla. Ni siquiera
se sujetaba, sino que estaba vuelta, tra¬tando con algo que tenía en la alforja
tras ella.
—¡Vamonos! —dijo Rosemund, impaciente.
—Sir Bloet dice que me regalará una
brida de plata para Sarraceno —comentó Agnes, todavía luchando con la alforja.
—¡Agnes, deja de hacer el tonto y
vamonos!
—Sir Bloet dice que me la traerá cuando
venga por Pascua.
—¡Agnes! ¡Vamos! ¡Parece que va a
llover!
—No, no lloverá —replicó Agnes, sin
preocuparse en lo más mínimo—. Sir Bloet...
Rosemund se volvió furiosa hacia su
hermana.
—Oh, ¿ahora entiendes del tiempo? ¡Si
sólo eres una cría! ¡Una cría llorona!
—¡Rosemund! —dijo Kivrin—. No hables a
tu hermana de esa forma. —Avanzó hasta la yegua de Ro¬semund y agarró las
riendas—. ¿Qué te pasa, Rose¬mund? ¿Estás preocupada por algo?
Rosemund tensó las riendas, furiosa.
—¡Sólo que nos retrasamos aquí mientras
la cría charla!
Kivrin soltó las riendas, con el ceño
fruncido, y dejó que Cob uniera las manos para ayudarla a montar. Nunca había
visto a Rosemund actuar de esta forma.
Salieron del patio y dejaron atrás los
corrales ahora vacíos mientras se dirigían al prado. Era un día plomi¬zo, con
una capa de densas nubes y ni el menor soplo de viento. Rosemund tenía razón:
parecía que iba a llo¬ver. Había una sensación húmeda y brumosa en el aire
frío. Kivrin espoleó su caballo.
La aldea se preparaba para la Navidad.
Salía humo de todas las cabanas, y había dos hombres al fondo del prado,
cortando madera y formando una gran pila. Un trozo de carne, grande y renegrido
(¿la cabra?) se asaba en una espeta junto a la casa del senescal. Su mujer
esta¬ba delante, ordeñando a la huesuda vaca en la que Kivrin se había apoyado
el día que intentó encontrar el lugar de recogida. El señor Dunworthy y ella
habían discutido sobre la necesidad de aprender a ordeñar. Ella le había dicho
que nadie ordeñaba a las vacas en los inviernos del siglo XIV, que los
contemporáneos dejaban que se seca¬ran y usaban la leche de cabra para hacer
queso. Tam¬bién le había dicho que las cabras no se comían.
—¡Agnes! —gritó Rosemund, furiosa.
Kivrin levantó la cabeza. La niña se
había detenido y se había vuelto en la silla otra vez. Avanzó obediente.
—¡No te esperaré más, mocosa! —amenazó
Rose¬mund, y salió al trote, asustando a las gallinas y atrope-llando a una
niñita descalza con una carga de leña.
—¡Rosemund! —llamó Kivrin, pero ya
estaba de¬masiado lejos para que pudiera oírla, y no quería dejar sola a Agnes
para seguirla—. ¿Está enfadada tu herma¬na porque vamos a recoger acebo? —le
preguntó a Ag-nes, sabiendo que no era así, pero con la esperanza de que la
niña le contara algo más.
—Siempre está enfadada. Abuela se
enfadará por¬que cabalga como una niña. —Hizo trotar a su pony decorosamente
por el prado, un modelo de madurez, saludando con la cabeza a los aldeanos.
La niña que Rosemund había estado a
punto de arrollar se detuvo y las miró con la boca abierta. La mujer del
senescal levantó la cabeza y sonrió cuando pasaron, y luego continuó ordeñando,
pero los hom¬bres que cortaban leña se quitaron los gorros y se incli¬naron.
Cabalgaron ante la choza donde Kivrin se
había re¬fugiado, la choza donde se había sentado mientras Gawyn traía sus
cosas a la mansión.
—Agnes —dijo Kivrin—, ¿fue el padre
Roche con vosotros cuando fuisteis a por el tronco de Noche¬buena?
—Sí. Tenía que bendecirlo.
—Oh —dijo Kivrin, decepcionada. Esperaba
que tal vez hubiera ido con Gawyn a traer sus cosas y su¬piera dónde estaba el
lugar de recogida—. ¿Ayudó al¬guien a Gawyn a traer mis cosas a la casa?
—No —respondió Agnes, y Kivrin se dio
cuenta de que en realidad no lo sabía—. Gawyn es muy fuerte. Mató a cuatro
lobos con su espada.
Eso parecía improbable, pero también lo
parecía el hecho de rescatar a una doncella en los bosques. Y es¬taba claro que
él haría cualquier cosa si pensaba que eso le granjearía el amor de Eliwys,
incluso arrastrar la carreta con sus manos desnudas.
—El padre Roche es fuerte —dijo Agnes.
—El padre Roche se ha ido —anunció
Rosemund, que ya había descabalgado. Había atado el caballo a la valla, y se
encontraba en el patio de la iglesia, con las manos en las caderas.
—¿Has mirado dentro de la iglesia?
—preguntó Kivrin.
—No —le respondió Rosemund, hosca—. Pero
mirad qué frío hace. El padre Roche tendrá el buen tino de no esperar aquí
hasta que nieve.
—Miraremos en la iglesia —sugirió
Kivrin. Cogió a la niña pequeña y la bajó del caballo—. Vamos, Agnes.
—No —dijo Agnes, y parecía casi tan
testaruda como su hermana—. Esperaré aquí con Sarraceno. —Palmeó la crin del
pony.
—Sarraceno estará bien. Vamos, miraremos
en la iglesia primero. —La cogió de la mano y empujó la va¬lla que daba a la
iglesia.
Agnes no protestó, pero siguió mirando
ansiosa¬mente a los caballos por encima del hombro.
—A Sarraceno no le gusta estar solo.
Rosemund se detuvo en mitad del patio de
la igle¬sia y se dio la vuelta, con los brazos en jarras.
—¿Qué estás escondiendo, niña mala?
¿Robaste manzanas y las guardaste en tus alforjas?
—¡No! —exclamó Agnes, alarmada, pero
Rose¬mund se dirigía ya hacia el pony—. ¡No te acerques! ¡No es tu pony! ¡Es
mío!
Bueno, no tendremos que ir a buscar al
cura, pensó Kivrin. Si está aquí, vendrá a ver qué es todo este jaleo.
Rosemund soltó las correas de la
alforja.
—¡Mirad! —dijo, y cogió al cachorrito de
Agnes por el pelaje del cuello.
—Oh, Agnes.
—Eres una niña mala —la regañó
Rosemund—. Tendría que llevarlo al río y ahogarlo. —Se volvió en esa dirección.
—¡No! —gimió Agnes, y corrió hacia la
valla. Rosemund alzó inmediatamente el cachorrito fuera del al¬cance de su
hermana.
Esto ya ha llegado demasiado lejos,
pensó Kivrin. Dio un paso al frente y cogió al cachorro.
—Agnes, deja de llorar. Tu hermana no le
hará daño al perrito.
El cachorrillo se debatió contra el
hombro de Ki¬vrin, intentando lamerle la mejilla.
—Agnes, los perros no pueden cabalgar.
Blackie no podría respirar en tu alforja.
—Puedo llevarlo en brazos —apuntó Agnes,
pero sin mucha convicción—. Quería cabalgar en mi pony.
—Ya ha cabalgado hasta la iglesia —dijo
Kivrin—. Y cabalgará de vuelta al establo. Rosemund, lleva a Blackie de
regreso. —El perro intentaba morderle la oreja. Se lo dio a Rosemund, que lo
cogió por la base del cuello—. Es muy pequeñín, Agnes. Ahora debe volver con su
madre y dormir.
—¡Tú eres la pequeñina, Agnes! —dijo
Rosemund, tan furiosamente que Kivrin no estuvo segura de que fuera a llevar al
cachorrito de regreso—. ¡Subir un pe¬rro a un caballo! ¡Y ahora perderemos aún
más tiempo llevándolo de vuelta! ¡Me alegraré cuando sea mayor y ya no tenga
que tratar con crías!
Montó, todavía agarrando al cachorro por
el cue¬llo, pero una vez estuvo sobre la silla, lo envolvió tier¬namente con
una esquina de su capa y lo abrazó contra su pecho. Cogió las riendas con la
mano libre e hizo volverse al caballo.
—¡Seguro que el padre Roche se ha ido
ya! —repi¬tió furiosa, y se marchó galopando.
Kivrin temió que tuviera razón. El
alboroto que habían formado era suficiente para despertar a los muertos de sus
tumbas de madera, pero nadie había sa¬lido de la iglesia. Sin duda se había
marchado antes de que llegaran, pero Kivrin cogió a Agnes de la mano y la
condujo a la iglesia.
—Rosemund es una niña mala —protestó
Agnes.
Kivrin se sintió inclinada a darle la
razón, pero no podía decirlo, y tampoco le apetecía defender a Rose¬mund, así
que no dijo nada.
—Y yo no soy una cría —prosiguió Agnes,
miran¬do a Kivrin en busca de confirmación, pero no había nada que decir a eso
tampoco. Kivrin abrió la pesada puerta y contempló la iglesia.
No había nadie dentro. La nave estaba
oscura, casi negra, y el día gris del exterior apenas proyectaba nin¬guna luz a
través de las estrechas vidrieras, pero la puerta entornada permitía ver que
estaba vacía.
—Tal vez está en el presbiterio
—aventuró Agnes. Entró en la oscura nave, se arrodilló, se persignó, y lue¬go
miró impaciente a Kivrin por encima del hombro.
Tampoco había nadie en el presbiterio.
Desde allí Kivrin vio que no había velas encendidas en el altar, pero Agnes no
iba a darse por satisfecha hasta que hu¬bieran recorrido toda la iglesia.
Kivrin se arrodilló y se persignó junto a ella, y avanzaron hacia la reja en la
os¬curidad. Las velas delante de la imagen de santa Catalina se habían apagado.
Percibió el intenso aroma del sebo y el humo. Se preguntó si el padre Roche las
había apaga¬do antes de marcharse. El fuego habría sido un gran problema, incluso
en una iglesia de piedra, y no había palmatorias para que las velas ardieran
sin problemas.
Agnes se dirigió a la reja, apretó la
cara contra la madera tallada, y llamó:
—¡Padre Roche!
Se volvió inmediatamente y anunció:
—No está aquí, lady Kivrin. Tal vez se
haya ido a su casa —dijo, y salió corriendo por la puerta.
Kivrin estaba segura de que la niña no
debería ha¬cer eso, pero no pudo hacer más que seguirla por el pa¬tio hasta la
casa más cercana.
Tenía que pertenecer al sacerdote,
porque Agnes se encontraba ya ante la puerta gritando «¡Padre Roche!» y por
supuesto la casa del cura estaba siempre junto a la iglesia, pero Kivrin no
dejó de sorprenderse.
La casa era tan destartalada como la
choza donde había descansado, y no mucho más grande. Se suponía que el
sacerdote obtenía un diezmo de todas las cose¬chas y ganados, pero no había
ningún animal en el es¬trecho patio a excepción de unas cuantas gallinas
es¬cuálidas, y un poco de madera apilada delante.
Agnes había empezado a aporrear la
puerta, que parecía tan frágil como la de la choza, y Kivrin tuvo miedo de que
la abriera de golpe y entrara, pero antes de que pudiera alcanzarla, la niña se
volvió.
—Tal vez esté en el campanario.
—No, no lo creo —dijo Kivrin, cogiendo
la mano de Agnes para que no volviera a escaparse. Se dirigie¬ron juntas hacia
la valla—. El padre Roche no toca la campana hasta vísperas.
—Podría estar —insistió Agnes, ladeando
la cabe¬za como si quisiera escuchar la campana.
Kivrin prestó atención también, pero no
había nin¬gún sonido, y de repente advirtió que la campana del suroeste había
cesado. Había estado tocando de forma casi ininterrumpida mientras tuvo
neumonía, y la ha¬bía oído cuando salió al establo la segunda vez, buscan¬do a
Gawyn, pero no recordaba si la había vuelto a oír desde entonces.
—¿Habéis oído eso, lady Kivrin?
—preguntó Ag¬nes. Se zafó de la mano de Kivrin y echó a correr, no hacia el
campanario, sino alrededor de la iglesia, hacia la cara norte—. ¿Veis? —dijo,
señalando lo que había encontrado—. No se ha marchado.
Era el burro blanco del sacerdote, que
pastaba plá¬cidamente entre la nieve. Tenía una cuerda a modo de brida y varias
bolsas de arpillera al lomo, obviamente vacías y destinadas a la hiedra y el
acebo.
—Está en el campanario, lo sé —dijo
Agnes, y re¬gresó corriendo por donde había venido. Kivrin la siguió por el
patio, hasta verla desapare¬cer en la torre. Esperó, preguntándose dónde si no
de¬berían buscar. Tal vez el sacerdote estaba atendiendo a algún enfermo en una
de las chozas.
Captó un destello de movimiento a través
de la ventana de la iglesia. Una luz. Tal vez el sacerdote ha¬bía regresado
mientras ellas miraban al burro. Abrió la puerta y se asomó al interior. Habían
encendido una vela delante de la imagen de santa Catalina. Distinguió su leve
brillo a los pies de la estatua.
—¿Padre Roche? —llamó en voz baja. No
hubo respuesta. Entró, dejando que la puerta se cerrara tras ella, y se dirigió
a la imagen.
La vela estaba colocada entre los pies
de la talla, que parecían bloques. El burdo rostro de santa Catali¬na y su pelo
estaban en sombras, inclinado de forma protectora sobre la pequeña figura
adulta que se supo¬nía era una niña pequeña. Kivrin se arrodilló y cogió la
vela. Acababan de encenderla. Ni siquiera había tenido tiempo de derretir el
sebo en el hueco alrededor del pa¬bilo.
Kivrin contempló la nave. No distinguió
nada. La vela iluminaba el suelo y el tocado de santa Catalina y dejaba el
resto de la nave en total oscuridad.
Dio unos cuantos pasos, todavía
sosteniendo la vela.
—¿Padre Roche?
La iglesia se hallaba en completo
silencio, como es¬taba el bosque el día que lo atravesó. Demasiado silen¬cio,
como si hubiera alguien allí, de pie junto a la tum¬ba o tras una de las
columnas, esperando.
—¿Padre Roche? —llamó claramente—.
¿Estáis ahí?
No hubo respuesta, sólo aquel silencio
acechante. No había nadie en el bosque, se dijo Kivrin, y avanzó unos cuantos
pasos más en la oscuridad. No había na¬die junto a la tumba. El esposo de
Imeyne yacía con las manos cruzadas sobre el pecho y su espada al lado,
pa¬cífico y silencioso. No había nadie junto a la puerta tampoco. Ahora lo
veía, a pesar del resplandor cegador de la vela. No había nadie allí.
Sentía su corazón latiendo como en el
bosque, tan fuerte que podía acallar el sonido de pasos, o de respi¬ración, o
de alguien que esperara tras ella. Se dio la vuelta, y la vela dibujó un feroz
trazo en el aire.
Él estaba justo detrás. La vela casi se
apagó. La lla¬ma se dobló, fluctuando, y entonces se reafirmó, ilumi¬nando su
cara de asesino desde abajo, como había he¬cho con la linterna.
—¿Qué queréis? —dijo Kivrin, tan
sobresaltada que casi no emitió ningún sonido—. ¿Cómo habéis en¬trado aquí?
El asesino no le respondió. Simplemente
se la que¬dó mirando como había hecho en el claro. No fue un sueño, pensó
Kivrin asustada. Estaba allí. Había pre¬tendido... ¿qué? ¿Robarle? ¿Violarla? y
Gawyn le ha¬bía hecho huir.
Dio un paso atrás.
—¿Qué quieres? ¿Quién eres?
Estaba hablando en inglés. Oyó su voz
resonando huecamente en el frío espacio de piedra. Por favor, pensó, que el
intérprete no se estropee ahora.
—¿Qué estáis haciendo aquí? —dijo,
obligándose a hablar más despacio, y oyó su propia voz decir—: Whette wolde
tbou withe me?
Él extendió la mano, una mano grande,
sucia y en¬rojecida, la mano de un asesino, como si quisiera tocar su pelo
rapado.
—Marchaos —dijo Kivrin. Retrocedió otro
paso y tropezó con la tumba. La vela se apagó—. No sé quién eres o qué quieres,
pero será mejor que te vayas.
Era inglés otra vez, ¿pero qué
diferencia había? Él quería robarle, matarla, ¿y dónde estaba el sacerdote?
—¡Padre Roche! —gritó, desesperada—.
¡Padre Roche!
Hubo un sonido en la puerta, un golpe y
luego el roce de madera sobre piedra, y Agnes abrió la puerta.
—Aquí estáis —exclamó felizmente—. Os he
bus¬cado por todas partes.
El asesino miró la puerta.
—¡Agnes! —gritó Kivrin—. ¡Corre!
La niñita se quedó inmóvil, la mano
todavía en la pesada puerta.
—¡Sal de aquí! —gritó Kivrin, y advirtió
con ho¬rror que seguía hablando en inglés. ¿Cuál era la palabra para «correr» ?
El asesino avanzó otro paso hacia
Kivrin. Ella se encogió contra la tumba.
—Runne! ¡Huye, Agnes! —gritó, y entonces
la puerta se cerró y Kivrin echó a correr tras ella, dejando caer la vela.
Agnes casi había llegado a la valla,
pero se detuvo en cuanto Kivrin salió por la puerta y luego corrió ha¬cia ella.
—¡No! —le gritó Kivrin, agitando los
brazos—. ¡Corre!
—¿Es un lobo? —preguntó Agnes, con los
ojos muy abiertos.
No había tiempo de explicar ni de
obligarla a co¬rrer. Los hombres que cortaban leña habían desapa¬recido. Cogió
a Agnes en brazos y corrió hacia los ca¬ballos.
—¡Había un hombre malo en la iglesia!
—explicó, colocando a Agnes sobre su pony.
—¿Un hombre malo? —preguntó Agnes,
ignoran¬do las riendas que Kivrin le tendía—. ¿Fue uno de los que os asaltaron
en el bosque?
—Sí—dijo Kivrin, desatando las riendas—.
Debes cabalgar tan rápido como puedas hasta la mansión. No te detengas por
nada.
—No le vi —dijo Agnes.
Era bastante normal. Al venir del
exterior, no po¬dría haber visto nada en la oscuridad de la iglesia.
—¿Era el hombre que robó vuestras
posesiones y os pegó en la cabeza?
—Sí. —Kivrin cogió sus riendas y empezó
a des¬atarlas.
—¿Estaba el hombre malo oculto en la
tumba?
—¿Qué? —dijo Kivrin. No podía desatar el
tenso cuero. Miró ansiosamente hacia la puerta de la iglesia.
—Os vi al padre Roche y a vos junto a la
tumba. ¿Estaba el hombre malo escondido en la tumba del abuelo?
16
El padre Roche.
Las tensas riendas se aflojaron de
pronto en su mano.
—¿El padre Roche?
—Fui al campanario, pero no estaba allí.
Estaba en la iglesia —asintió Agnes—. ¿Por qué se escondía el hombre malo en la
tumba del abuelo, lady Kivrin?
El padre Roche. Pero no podía ser. El
padre Roche le había administrado los últimos sacramentos. Le ha¬bía uncido las
sienes y las palmas de las manos.
—¿Hará daño el hombre malo al padre
Roche?
No podía ser el padre Roche. El padre
Roche le ha¬bía sostenido la mano. Le había dicho que no tuviera miedo. Intentó
recordar el rostro del sacerdote. Se ha¬bía inclinado sobre ella y le había
preguntado su nom¬bre, pero no pudo ver su cara debido al humo.
Y mientras le administraba los últimos
sacramen¬tos, ella vio al asesino, y tuvo miedo porque le habían dejado entrar
en la habitación, había intentado huir de él.
Pero no era un asesino. Era el padre
Roche.
—¿Viene el hombre malo? —preguntó Agnes,
mi¬rando ansiosamente hacia la puerta de la iglesia.
Todo encajaba. El asesino inclinado
sobre ella en el claro, colocándola sobre el caballo. Kivrin había su¬puesto
que era una visión provocada por su delirio, pero se equivocaba. Fue el padre
Roche, que fue a ayu¬dar a Gawyn a llevarla a la mansión.
—El hombre malo no va a venir —suspiró
Ki¬vrin—. No hay ningún hombre malo.
—¿Se esconde todavía en la iglesia?
—No. Me he equivocado. No hay ningún
hombre malo.
Agnes no parecía convencida.
—Pero habéis gritado.
Kivrin ya imaginaba cómo le diría a su
abuela: «Lady Kivrin y el padre Roche estaban juntos en la iglesia y ella
gritó.» Lady Imeyne se sentiría encantada por añadir esto a la letanía de
pecados del padre Roche. Y a la lista de la sospechosa conducta de Kivrin.
—Sé que grité. La iglesia estaba oscura.
El padre Roche apareció de repente y me asusté.
—Pero era el padre Roche —insistió
Agnes, como si no alcanzara a imaginar que nadie pudiera tener mie¬do de él.
—Cuando Rosemund y tú jugáis al
escondite y ella salta de pronto desde detrás de un árbol, tú también gritas
—alegó Kivrin, desesperada.
—Una vez Rosemund se escondió en el
desván cuando yo buscaba a mi perro, y saltó sobre mí. Me asusté tanto que
grité. Así—dijo Agnes, y dejó escapar un alarido espantoso—. Y otra vez estaba
oscuro en el salón y Gawyn apareció por detrás de la puerta y dijo «¡Bu!» y yo
grité y...
—Eso es. La iglesia estaba oscura.
—¿Saltó el padre Roche sobre vos y dijo
«Bu»?
Sí, pensó Kivrin. Saltó sobre mí, y
pensé que era un asesino.
—No. No hizo nada.
—¿Vamos a ir con el padre Roche a buscar
acebo?
Si no lo he asustado, pensó Kivrin. Si
no se ha mar¬chado mientras nosotras hablábamos aquí.
Bajó a Agnes del caballo.
—Vamos. Tenemos que encontrarlo.
No sabría qué hacer si se había marchado
ya. No podía llevar a Agnes de vuelta a la mansión y decirle a lady Imeyne cómo
había gritado. Y no podía regresar sin darle una explicación al padre Roche.
¿Una explica¬ción de qué? ¿De que había pensado que era un ladrón, un violador?
¿Que lo había confundido con una pesa¬dilla de su delirio?
—¿Debemos entrar en la iglesia otra vez?
—pre¬guntó Agnes, reticente.
—No pasa nada. No hay nadie más que el
padre Roche.
A pesar de las palabras de Kivrin, Agnes
no tenía ningún deseo de volver a la iglesia. Escondió la cabeza en las faldas
de Kivrin cuando ésta abrió la puerta, y se aferró a su pierna.
—No pasa nada —la tranquilizó Kivrin,
quien contempló la nave. El padre Roche ya no estaba junto a la tumba. La
puerta se cerró tras ella, y se quedó allí, con Agnes apretujada contra ella,
esperando que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad—. No hay nada que temer.
No es un asesino, se dijo. No hay nada
que temer. Te administró los últimos sacramentos. Te sostuvo la mano. Pero su
corazón latía desbocado.
—¿Está ahí el hombre malo? —susurró
Agnes, con la mano apretada contra la rodilla de Kivrin.
—No hay ningún hombre malo —repitió
ella, y entonces lo vio. Estaba de pie ante la imagen de santa Catalina. Tenía
en la mano la vela que Kivrin había de¬jado caer, se inclinó y la depositó
delante de la talla, y luego se incorporó.
Kivrin pensó que tal vez fuera algún
engaño de la oscuridad y la llama de la vela, al iluminar su cara desde abajo,
y que acaso no fuera el asesino, pero sí lo era. Tenía una capucha en la cabeza
aquella noche, así que ella no pudo verle la tonsura, pero se inclinaba ante la
estatua como se había inclinado ante ella. El corazón volvió a latirle con
fuerza.
—¿Dónde está el padre Roche? —preguntó
Agnes, irguiendo la cabeza—. Allí. —Corrió hacia él.
—No —dijo Kivrin, y la siguió—. No...
—¡Padre Roche! —gritó Agnes—. ¡Padre
Roche! ¡Os hemos estado buscando! —Obviamente, se había olvidado del hombre
malo—. ¡Buscamos en la iglesia y en la casa, pero no estabais allí!
Corría hacia él a toda velocidad. Él se
volvió, se agachó y la cogió en brazos en un solo movimiento.
—¿Os escondíais? —preguntó Agnes. Le
pasó un brazo alrededor del cuello—. Una vez Rosemund se escondió en el granero
y me sorprendió. Grité muy fuerte.
—¿Por qué me buscabas, Agnes? ¿Hay
alguien en¬fermo ?
Pronunció Agnes como «Agnus», y tenía
casi el mismo acento que el niño con escorbuto. El intérprete tardó un instante
en traducir lo que había dicho, y Ki¬vrin se sorprendió al no poder entenderlo.
Había en¬tendido todo lo que le dijo en la habitación.
Debió de hablarme en latín, pensó,
porque su voz era la misma. Era la voz que había pronunciado los úl¬timos
ritos, la voz que le había dicho que no tuviera miedo. Y ya no tuvo miedo. Con
el sonido de su voz, su corazón recobró un ritmo acompasado.
—No, no hay nadie enfermo —sonrió
Agnes—. Queremos que nos acompañéis a recoger hiedra y acebo para el salón.
Lady Kivrin, Rosemund, Sarraceno y yo.
Ante las palabras «lady Kivrin», Roche
se volvió y la vio allí de pie, junto a la columna. Soltó a Agnes.
Kivrin apoyó la mano en la columna para
soste¬nerse.
—Os pido perdón, santo padre —dijo—.
Lamento haber gritado y huido. Estaba oscuro y no os reco¬nocí...
El intérprete, todavía retrasado, lo
tradujo como «no os supe».
—No sabe nada —interrumpió Agnes—. El
hom¬bre malo la golpeó en la cabeza, y sólo recuerda su nombre.
—Eso he oído —asintió él, todavía
mirando a Kivrin —. ¿Es cierto que no tenéis memoria de por qué habéis venido
entre nosotros?
Ella experimentó la misma necesidad de
decirle la verdad que sintió cuando le preguntó su nombre. Soy historiadora,
quiso decir. He venido a observaros, y caí enferma, y no sé dónde está el lugar
de recogida.
—No recuerda nada de quien es —insistió
Ag¬nes—. No recordaba cómo hablar. Tuve que enseñarle.
—¿No recordáis nada de quién sois?
—No.
—¿Y nada de vuestra venida aquí?
Al menos podía ser sincera al respecto.
—No —dijo—. Excepto que vos y Gawyn me
tra¬jisteis a la mansión.
Agnes se cansó de la conversación.
—¿Podemos ir con vos a recoger acebo?
Él no actuó como si la hubiera oído.
Extendió la mano como si fuera a bendecir a Kivrin, pero en cam¬bio le tocó la
sien, y ella advirtió que era eso lo que ha¬bía pretendido hacer antes, junto a
la tumba.
—No tenéis ninguna herida —observó.
—Ha sanado.
—Queremos marcharnos ya —adujo Agnes,
tiran¬do del brazo de Roche.
Él levantó la mano, como para volver a
tocarle la sien, y entonces la retiró.
—No debéis tener miedo —dijo—. Dios os
ha en¬viado entre nosotros para algún buen propósito. No, no lo ha hecho, pensó
Kivrin. Él no me ha en¬viado. Me envió Medieval. Pero se sintió reconfortada.
—Gracias —sonrió.
—¡Quiero irme ahora! —exclamó Agnes,
tirando del brazo de Kivrin—. Id a coger a vuestro burro —le dijo al padre
Roche—, y nosotras recogeremos a Ro¬semund.
Agnes echó a andar, y Kivrin no tuvo más
remedio que seguirla para que no corriera. La puerta se abrió de golpe antes de
que la alcanzaran, y Rosemund se aso¬mó, parpadeando.
—Está lloviendo. ¿Habéis encontrado al
padre Roche? —demandó.
—¿Has llevado a Blackie al establo?
—preguntó Agnes.
—Sí. ¿Habéis llegado demasiado tarde, y
el padre Roche ya se ha ido?
—No. Está aquí, y nos acompañará. Estaba
en la iglesia, y lady Kivrin...
—Ha ido a coger su burro —la interrumpió
Ki¬vrin, para impedir que Agnes contara lo sucedido.
—Me asusté aquella vez que saltaste del
desván, Rosemund —dijo Agnes, pero Rosemund ya se había vuelto hacia su
caballo.
No llovía, pero una fina bruma flotaba
en el aire. Kivrin ayudó a Agnes a montar y luego montó en su ruano, usando la
valla para auparse. El padre Roche llegó con su burro, y siguieron el sendero
hasta dejar atrás la iglesia y un puñado de árboles, cruzaron un prado cubierto
de nieve y se internaron en el bosque.
—Hay lobos en el bosque —comentó Agnes—.
Gawyn mató a uno.
Kivrin apenas la oía. Observaba al padre
Roche ca¬minar junto a su burro, intentando recordar la noche en que la llevó a
la mansión. Rosemund había dicho que Gawyn se lo había encontrado en el camino
y le había ayudado a llevarla a la casa, pero no podía ser cierto.
Roche se había inclinado sobre ella
mientras estaba sentada contra la rueda de la carreta. Kivrin distinguió su
cara a la fluctuante luz del fuego. Él le dijo algo que no comprendió, y ella
le pidió: «Dígale al señor Dunworthy que venga a buscarme.»
—Rosemund no cabalga de forma apropiada
para una doncella —señaló Agnes, presuntuosa.
Se había adelantado al burro y casi se
había perdi¬do de vista en la curva del camino, esperando impa¬ciente a que la
alcanzaran.
—¡Rosemund! —llamó Kivrin, y Rosemund
re¬gresó al galope, casi chocó con el burro y luego tiró de las riendas de su
yegua.
—¿No podemos ir más rápido? —demandó,
dio media vuelta, y avanzó otra vez—. Ya veréis, empezará a llover antes de que
hayamos terminado.
Se encontraban ahora en pleno bosque, y
el camino no era más que un estrecho sendero. Kivrin contem¬plaba los árboles,
intentando recordar si los había visto antes. Pasaron ante un grupito de
sauces, pero estaba demasiado apartado de la carretera, y un hilillo de agua
helada corría a su lado.
Había un gran sicómoro al otro lado del
sendero. Se alzaba en un pequeño espacio abierto, cubierto de muérdago. Detrás
había una hilera de árboles, tan dis¬tanciados que debían de haber sido
plantados. No re¬cordaba haberlos visto con anterioridad.
La habían llevado por este camino, y
ella esperaba que algo disparara su memoria, pero nada le resultaba familiar.
Estaba demasiado oscuro y ella demasiado enferma.
Todo lo que recordaba en realidad era el
lugar del lanzamiento, aunque tenía la misma cualidad brumosa e irreal que el
viaje a la mansión. Había un claro, un ro¬ble y un grupito de sauces. Y la cara
del padre Roche inclinándose sobre ella mientras se apoyaba en la rueda del
carro.
Debía de estar con Gawyn cuando la
encontraron, o bien Gawyn lo había llevado de vuelta al lugar. Ella distinguió
su rostro claramente a la luz de la llama. Y luego se cayó del caballo en la
encrucijada.
Todavía no habían llegado a ninguna
encrucijada. Ni siquiera había visto ninguna trocha, aunque sabía que tenían
que estar por allí, enlazando una aldea con otra para conducir a los campos y
la choza del campe¬sino enfermo que Eliwys había ido a ver.
Subieron una loma, y en la cima el padre
Roche se volvió para comprobar que lo seguían. Sabe dónde está el lugar de
recogida, pensó Kivrin. Esperaba que tuvie¬ra alguna idea de dónde estaba, que
Gawyn se lo hu¬biera descrito o le hubiera dicho junto a qué camino se
encontraba, pero no. El padre Roche ya sabía dónde estaba el lugar. Ya había
estado allí.
Agnes y Kivrin llegaron a la cima de la
colina, pero lo único que divisó fueron árboles y más árboles. Te¬nían que
estar en el bosque de Wychwood, pero en ese caso, había más de cien kilómetros
cuadrados donde podía esconderse el lugar de recogida. Por su cuenta, nunca
daría con él. Apenas podía ver a diez metros en¬tre la maleza.
Le sorprendía la espesura del bosque.
Desde luego, allí no corrían senderos entre los árboles. Apenas había espacio,
y el que había estaba ocupado por ramas caí¬das, arbustos retorcidos y nieve.
Se equivocaba en lo de no reconocer
nada: después de todo aquel bosque le resultaba familiar. Era el bos¬que donde
se había perdido Blancanieves, y Hansel y Gretel, y todos aquellos príncipes.
Había lobos en él, y osos, y tal vez incluso casas de brujas, y de ahí venían
todas esas historias, ¿no?, de la Edad Media. No le ex¬trañaba. Cualquiera
podía perderse allí.
Roche se detuvo y esperó junto a su
burro mien¬tras Rosemund volvía a su lado y ellas los alcanzaban; Kivrin se
preguntó amargamente si se habrían perdido.
Pero en cuanto lo alcanzaron, él se
desvió hacia un sen¬dero aún más estrecho que no era visible desde el ca¬mino.
Rosemund no podía adelantar al padre
Roche y su burro sin empujarlos a un lado, pero los siguió casi pi¬sando los
cascos del animal, y Kivrin volvió a pregun¬tarse por qué estaba tan molesta.
«Sir Bloet tiene mu¬chos amigos poderosos», había dicho lady Imeyne. Lo llamó
aliado, pero Kivrin se preguntó si en realidad lo era, o si el padre de
Rosemund le había contado algo acerca de él que la había inquietado sobre la
perspecti¬va de que viniera a Ashencote.
Avanzaron un poco por el sendero,
dejaron atrás un grupito de sauces que se parecía al del lugar del
lan¬zamiento, y luego se desviaron, internándose entre un puñado de abetos
hasta salir a un bosquecillo de fresnos.
Kivrin esperaba encontrar arbustos como
los que había en el patio de Brasenose, pero era un árbol. Se al¬zaba sobre
ellos, extendiéndose sobre los confines de las hojas, y sus bayas rojas
brillaban entre las masas de hojas satinadas.
El padre Roche empezó a coger los sacos,
y Agnes intentó ayudarle. Rosemund sacó un cuchillo corto de hoja plana de su
cinturón y empezó a tirar de las ramas inferiores.
Kivrin chapoteó entre la nieve hasta
llegar al otro lado del árbol. Había advertido un destello blanco que podría
ser el grupito de abedules, pero sólo era una rama, medio caída entre dos
árboles y cubierta de nieve.
Agnes apareció, con Roche tras ella
llevando una daga de temible aspecto. Kivrin pensaba que saber quién era
produciría algún tipo de transformación, pero cuando lo vio allí de pie detrás
de la niña, le siguió pareciendo un asesino.
Le tendió a Agnes una de las toscas
bolsas.
—Debes mantener abierta la bolsa de esta
forma —le explicó, inclinándose para enseñarle cómo doblar
hacia atrás la parte superior de la
bolsa—, y yo iré me¬tiendo las ramas.
Empezó a cortar ramas, sin hacer caso a
las afiladas hojas. Kivrin cogía las ramas y las ponía con cuidado sobre la
bolsa, para que no se rompieran.
—Padre Roche —dijo—. Quería daros las
gracias por ayudarme cuando estuve tan enferma y por haber¬me llevado a la
mansión cuando...
—Cuando caísteis —la interrumpió él,
tirando de una rama que se resistía.
Ella quiso decir «cuando me asaltaron
los ladro¬nes», y su intervención la sorprendió. Recordó que se había caído del
caballo y se preguntó si fue entonces cuando él apareció. Pero en ese caso, ya
estaban bas¬tante lejos del lugar del lanzamiento, y no podría saber dónde se
encontraba. Y ella le recordaba allí, en el lugar mismo.
No tenía sentido especular.
—¿Sabéis dónde me encontró Gawyn?
—pregun¬tó, y contuvo la respiración.
—Sí—dijo él, mientras cortaba la gruesa
rama.
Kivrin se sintió súbitamente enferma de
alivio. Él sabía dónde estaba el lugar.
—¿Queda lejos de aquí?
—No —dijo. Arrancó la rama.
—¿Me llevaríais allí?
—¿Por qué queréis ir? —preguntó Agnes,
con los brazos bien extendidos para mantener la bolsa abierta—. ¿Y si los
hombres malos están allí todavía?
Roche la miraba como si se estuviera
preguntando lo mismo.
—Pensé que si veía el lugar, quizá
recordaría quién soy y de dónde vengo —adujo Kivrin.
Él le tendió la rama, sosteniéndola de
forma que ella pudiera cogerla sin pincharse.
—Os llevaré —dijo.
—Gracias —respondió Kivrin. Gracias.
Metió la rama junto a las demás y Roche cerró la bolsa y se la cargó al hombro.
Rosemund apareció, arrastrando su bolsa
por la nieve.
—¿No habéis terminado todavía?
Roche cogió también su bolsa, y las ató
ambas a lo¬mos del burro. Kivrin subió a Agnes a su pony y ayudó a montar a
Rosemund, y el padre Roche se arrodilló y unió sus grandes manos para que
Kivrin subiera al estribo.
La había ayudado a montar en el caballo
blanco cuando se cayó. Cuando cayó. Recordaba sus grandes manos sujetándola.
Pero entonces estaban ya bastante lejos del lugar, ¿y por qué iba Gawyn a
llevar a Roche de vuelta hasta allí? No recordaba haber regresado, pero todo
era confuso y oscuro. En su delirio, seguramente le pareció más lejos de lo que
era.
Roche guió al burro entre los abetos y
regresó al sendero. Rosemund le dejó ir delante y luego dijo, con una voz igual
que la de Imeyne:
—¿Adonde va? La hiedra no está por ahí.
—Vamos a ver el lugar donde encontraron
a lady Kivrin —dijo Agnes.
Rosemund miró a Kivrin con desconfianza.
—¿Por qué queréis ir allí? Vuestras
posesiones ya han sido llevadas a la mansión.
—Cree que si ve el lugar recordará algo
—dijo Ag¬nes—. Lady Kivrin, si recordáis quién sois, ¿volveréis a casa?
—En efecto, lo hará —respondió
Rosemund—. De¬be regresar con su familia. No puede quedarse con no¬sotros para
siempre.
Sólo lo hacía para provocar a Agnes, y
funcionó.
—¡Sí puede! Será nuestra aya.
—¿Por qué querría quedarse con una cría
llorona? —dijo Rosemund, espoleando a su caballo para poner¬lo al trote.
—¡No soy una cría! —gritó Agnes tras
ella—. ¡La cría eres tú! —Se volvió hacia Kivrin—. ¡No quiero que me dejéis!
—No te dejaré. Vamos, el padre Roche
espera.
Estaba en el camino, y en cuanto le
alcanzaron, vol¬vió a ponerse en marcha. Rosemund ya estaba muy ade¬lantada,
avanzando por el sendero cubierto de nieve.
Cruzaron un pequeño arroyo y llegaron a
una en¬crucijada. La parte donde se encontraban se curvaba a la derecha, la
otra continuaba recta durante un cente¬nar de metros y luego hacía un brusco
giro a la izquier¬da. Rosemund se encontraba en la encrucijada, dejando que su
caballo pastara y sacudiera la cabeza para expre¬sar su impaciencia.
Me caí del caballo blanco en una
encrucijada, pen¬só Kivrin, intentando recordar los árboles, el camino, el
arroyuelo, cualquier cosa. Había docenas de encru¬cijadas en los caminos que
surcaban el bosque de Wychwood y ningún motivo para pensar que ésta era la que
buscaba, pero por lo visto lo era. El padre Roche giró a la derecha y avanzó
unos cuantos metros, y lue¬go se internó en el bosque, guiando al burro.
No había ningún sauce donde dejó el
camino, nin¬guna colina. Debe de estar siguiendo el camino por donde la había
traído Gawyn. Kivrin recordaba que habían recorrido un buen trecho de bosque
antes de llegar a la encrucijada.
Lo siguieron entre los árboles, Rosemund
en últi¬mo lugar, y casi inmediatamente tuvieron que desmon¬tar y guiar a sus
caballos. Roche no seguía ningún sen¬dero. Se abría paso entre la nieve,
esquivando las ramas bajas que le arrojaban nieve al cuello, y sorteando un
matorral de espinos.
Kivrin intentó memorizar el escenario
para poder encontrar el camino de vuelta, pero todo parecía igual. En cuanto
hubiera nieve podría seguir las huellas. Ten¬dría que volver antes de que se
derritiera y marcar el camino con ramas o trozos de tela o algo. O migas de
pan, como Hansel y Gretel.
Ahora comprendía cómo ellos,
Blancanieves, y los distintos príncipes, se habían perdido en los bosques. Sólo
habían avanzado unos cientos de metros y al mi¬rar atrás Kivrin ya no estaba
segura de en qué dirección se encontraba el camino, incluso las huellas. Hansel
y Gretel podrían haber vagado durante meses sin encon¬trar el camino de vuelta
a casa, ni la casa de la bruja tampoco.
El asno del padre Roche se detuvo.
—¿Qué ocurre? —preguntó Kivrin.
El padre Roche condujo al burro a un
lado y lo ató a un aliso.
—Éste es el lugar.
No era el sitio del lanzamiento. Ni
siquiera había un claro, sólo un espacio donde un roble había exten¬dido sus
ramas e impedido que crecieran otros árboles. Casi formaba una tienda, y debajo
el terreno estaba tan sólo espolvoreado de nieve.
—¿Podemos encender fuego? —preguntó
Agnes, caminando bajo las ramas hasta los restos de una ho¬guera. Un tronco
caído había sido arrastrado encima. Agnes se sentó sobre él—. Tengo frío —dijo,
empujan-do las piedras renegridas con el pie.
No había ardido mucho tiempo. Los palos
apenas estaban chamuscados. Alguien le había echado tierra encima para
apagarla. El padre Roche se había arro¬dillado ante ella, la luz de la hoguera
fluctuaba en su rostro.
—¿Bien? —dijo Rosemund, impaciente—.
¿Re¬cordáis algo?
Ella había estado aquí. Recordaba el
fuego. Había creído que lo encendían para quemarla. Pero eso era imposible.
Roche había estado en el lugar del lanza¬miento. Le recordaba inclinado sobre
ella mientras es¬taba apoyada en la rueda de la carreta.
—¿Estáis totalmente seguro de que éste
es el lugar donde me encontró Gawyn?
—Sí—dijo él, frunciendo el ceño.
—Si viene el hombre malo, le atacaré con
mi daga —dijo Agnes, sacando de la hoguera uno de los palos medio consumidos y
blandiéndolo en el aire. El extre¬mo ennegrecido se rompió. Agnes se agachó
junto al fuego y cogió otro palo, y luego se sentó en el suelo, con la espalda
apoyada contra el tronco, y golpeó los dos palos juntos. Pedazos de carbón
salieron volando en todas direcciones.
Kivrin miró a Agnes. Se había sentado
contra el tronco mientras los hombres encendían el fuego, y Gawyn se inclinó
sobre ella, su cabello rojo a la luz de la hoguera, y dijo algo que Kivrin no
comprendió. Entonces apagó el fuego con sus botas, y el humo la cegó.
—¿Habéis recordado quién sois? —preguntó
Ag¬nes, tirando los palos entre las piedras.
Roche todavía la miraba con el ceño
fruncido.
—¿Estáis enferma, lady Katherine?
—preguntó.
—No. —Kivrin trató de sonreír—. Es
que... Espe¬raba que si veía el lugar donde me atacaron, lograría re¬cordar.
Él la miró solemnemente durante un
instante, como había hecho en la iglesia, y entonces se volvió ha¬cia su burro.
—Venid —dijo.
—¿Habéis recordado? —insistió Agnes,
dando una palmada. Tenía los guantes cubiertos de hollín.
—¡Agnes! —exclamó Rosemund—. Mira cómo
te has ensuciado los guantes. —Puso a la niña bruscamen¬te en pie—. Y también
te has estropeado la capa, al sen¬tarte en la nieve fría. ¡Niña mala!
Kivrin separó a las dos hermanas.
—Rosemund, desata el pony de Agnes
—orde¬nó—. Es hora de recoger la yedra. —Limpió la nieve de la capa de Agnes y
frotó la piel blanca, pero fue en vano.
El padre Roche estaba de pie junto al
asno, esperán¬dolas, todavía con aquella expresión extraña y sobria.
—Te limpiaremos los guantes cuando
lleguemos a casa —dijo Kivrin rápidamente—. Vamos, debemos ir con el padre
Roche.
Kivrin cogió las riendas de la yegua y
siguió a las niñas y al padre Roche por donde habían venido du¬rante unos
cuantos metros, y luego en otra dirección que los llevó casi de inmediato a un
camino. No pudo ver la bifurcación, y se preguntó si estaban más lejos o en un
camino completamente distinto. Todo le parecía igual: sauces y pequeños
calveros y robles.
Estaba claro lo que había sucedido.
Gawyn había intentado llevarla a la casa, pero ella estaba demasiado enferma.
Se cayó del caballo, él la llevó al bosque, en¬cendió una hoguera y la dejó
allí, apoyada contra el tronco caído, mientras buscaba ayuda.
O tal vez había intentado encender una
hoguera y quedarse allí con ella hasta la mañana, y el padre Roche vio el fuego
y se acercó a ayudar, y entre los dos la lle¬varon a la casa. El padre Roche no
sabía dónde estaba el lugar del lanzamiento. Había asumido que Gawyn la
encontró allí, bajo el roble.
La imagen de él inclinado mientras
Kivrin estaba apoyada contra la rueda de la carreta formaba parte de su
delirio. Lo había soñado mientras yacía en la habita¬ción, igual que había
soñado las campanas, la hoguera y el caballo blanco.
—¿Adonde vamos ahora? —preguntó
Rosemund, irritada, y Kivrin sintió ganas de abofetearla—. Hay yedra más cerca
de casa. Y está empezando a llover.
Tenía razón. La niebla se estaba
convirtiendo en llovizna.
—¡Podríamos haber terminado ya, y ahora
estaría¬mos en casa si esta cría no hubiera traído a su cachorro! —Se adelantó
galopando otra vez, y Kivrin ni siquiera intentó detenerla.
—Rosemund es una idiota —refunfuñó
Agnes.
—Sí. Lo es. ¿Sabes qué le pasa?
—Es por culpa de sir Bloet. Va a casarse
con él.
—¿Qué? —exclamó Kivrin. Imeyne había
comen¬tado algo acerca de una boda, pero ella había supuesto que una de las
hijas de sir Bloet iba a casarse con uno de los hijos de lord Guillaume—. ¿Cómo
puede sir Bloet casarse con Rosemund? ¿No está casado ya con lady Yvolde?
—No —dijo Agnes; parecía sorprendida—.
Lady Yvolde es su hermana.
—Pero Rosemund no es lo bastante mayor
—adu¬jo Kivrin, aunque sabía que lo era. Las niñas en el siglo XIV normalmente
se prometían antes de la mayoría de edad, a veces incluso al nacer. El
matrimonio en la Edad Media era un acuerdo comercial, una forma de unir tierras
y aumentar el estatus social, y sin duda Ro¬semund había sido educada desde la
edad de Agnes para casarse con alguien como sir Bloet. Pero todas las historias
medievales de niñas virginales casadas con viejos arrugados y desdentados
acudieron de inmedia¬to a su mente.
—¿Le gusta sir Bloet a Rosemund?
—preguntó Kivrin. Por supuesto que no. Se había mostrado desagradable,
malhumorada, casi histérica desde que oyó que iba a venir.
—A mí me cae bien —dijo Agnes—. Va a
regalar¬me una brida de plata cuando se casen.
Kivrin miró a Rosemund, muy adelantada
ya en el camino. Sir Bloet tal vez no fuera viejo y arrugado. Eran sólo
suposiciones, igual que había supuesto que lady Yvolde era su esposa. Podía ser
joven, y el mal humor de Rosemund tal vez se debía sólo a los nervios. Y
Rosemund podría cambiar de opinión sobre él antes de la boda. Las muchachas
normalmente no se casaban hasta que tenían catorce o quince años, no antes de
que empezaran a mostrar signos de maduración.
—¿Cuándo van a casarse? —le preguntó a
Agnes.
—En Pascua.
Habían llegado a otra encrucijada. Ésta
era mucho más estrecha, y los dos caminos corrían casi paralelos durante un
centenar de metros antes de que el que ha¬bía seguido Rosemund subiera por una
loma.
Doce años, y se iba a casar al cabo de
tres meses. No era extraño que lady Eliwys no quisiera que sir Bloet supiera
que estaban allí. Tal vez no aprobaba que Rosemund se casara tan joven, y el
compromiso había sido dispuesto sólo para sacar a su padre del lío en el que
estaba metido.
Rosemund subió a lo alto de la loma y
galopó de vuelta junto al padre Roche.
—¿Adonde nos lleváis? —preguntó—. Pronto
lle¬garemos a terreno descubierto.
—Ya casi hemos llegado —dijo el padre
Roche mansamente.
Ella hizo girar a su yegua y se perdió
de vista colina arriba, volvió a aparecer, regresó junto a Kivrin y Ag¬nes,
hizo girar a la yegua bruscamente, y se adelantó de nuevo. Como una rata en la
trampa, pensó Kivrin, bus-cando frenéticamente una salida.
La lluvia arreciaba. El padre Roche se
cubrió la ca¬beza con la capucha y condujo al burro colina arriba. El animal
avanzó con dificultad y luego se detuvo. El pa¬dre Roche tiró de las riendas,
pero el burro se resistió.
Kivrin y Agnes le alcanzaron.
—¿Qué ocurre? —preguntó Kivrin.
—Vamos, Balaam —dijo el padre Roche, y
agarró las riendas con las dos manos, pero el burro no se mo¬vió. Se debatió
contra el cura, clavando en el suelo los cascos traseros y casi sentándose.
—Tal vez no le gusta la lluvia —observó
Agnes.
—¿Podemos ayudar? —preguntó Kivrin.
—No —respondió él, indicándoles que
siguieran—. Continuad. Será mejor si los caballos no están aquí.
Se envolvió las riendas en la mano y se
colocó de¬trás del animal como si intentara empujarlo. Kivrin re¬montó la cima
con Agnes, y miró hacia atrás para ase¬gurarse de que el burro no le coceaba en
la cabeza. Empezaron a descender por el otro lado.
El bosque de abajo quedaba velado por la
lluvia. La nieve del camino se estaba fundiendo ya, y el pie de la colina era
un charco de barro. Había matorrales a ambos lados, cubiertos de nieve.
Rosemund esperaba en lo alto de la siguiente colina. Había árboles sólo has¬ta
la mitad de la ladera, y en la cima había nieve. Y más allá, pensó Kivrin, hay
una llanura despejada y se ve la carretera, y Oxford.
—¿Adonde vais, Kivrin? ¡Esperad! —gritó
Agnes, pero Kivrin ya había desmontado de su caballo y baja¬ba la colina,
agitando los matorrales cubiertos de nieve, intentando ver si había sauces. Los
había, y tras ellos distinguió la cima de un gran roble. Lanzó las riendas del
caballo sobre las ramas rojizas de los sauces y se in¬ternó en el bosquecillo.
La nieve había congelado las ramas de los sauces, uniéndolas. Las agitó y la
nieve le cayó encima. Una bandada de pájaros echó a volar, graznando. Kivrin se
abrió paso entre las ramas neva¬das y llegó al claro. Allí estaba.
Y el roble, y detrás, al otro lado de la
carretera, el grupito de abedules de tronco blanco que parecía un claro. Tenía
que ser el lugar del lanzamiento.
Pero no lo parecía. El claro era más
pequeño, ¿no? Y el roble tenía más hojas, más nidos. Había un mato¬rral de
espinos a un lado, sus capullos púrpura oscuro asomaban entre los espinos. No
recordaba que estuvie¬ra allí.
Es la nieve, pensó, hace que todo
parezca más grande. Tenía casi medio metro de profundidad, y es¬taba lisa,
intacta. No parecía que aquí hubiera habido nadie.
—¿Éste es el lugar donde el padre Roche
quiere que recojamos yedra? —preguntó Rosemund, abrién¬dose paso entre los
matorrales. Contempló el claro, con las manos en las caderas—. Aquí no hay
yedra.
Sí la había, ¿verdad?, en la base del
roble, y tam¬bién setas. Es la nieve, pensó Kivrin. Ha cubierto todos los
puntos de referencia. Y las huellas, donde Gawyn había arrastrado la carreta y
las cajas.
El cofre... Gawyn no había llevado el
cofre a la mansión. No lo había visto porque ella lo había escon¬dido entre
unos matojos junto al camino.
Se abrió paso entre los sauces, sin
intentar siquie¬ra evitar la nieve que caía. El cofre estaría enterrado bajo la
nieve también, pero no era tan profunda junto al camino, y el cofre tenía casi
cuarenta centímetros de altura.
—¡Lady Katherine! —gritó Rosemund, tras
ella—. Pero ¿adonde vais ahora?
—¡Kivrin! —dijo Agnes, un eco patético.
Había in¬tentado desmontar de su pony en medio del camino, pero se le había
enganchado el pie en el estribo—. ¡Lady Kivrin, regresad!
Kivrin la miró un instante, aturdida, y
luego se vol¬vió hacia la colina.
El padre Roche estaba todavía en la
cima, deba¬tiéndose con el burro. Tenía que encontrar el cofre an¬tes de que
llegara.
—Quédate ahí, Agnes —ordenó, y empezó a
es¬carbar la nieve bajo los sauces.
—¿Qué buscáis? —dijo Rosemund—. ¡Aquí no
hay yedra!
—¡Lady Kivrin, volved! —gritó Agnes.
Tal vez la nieve había doblado los
sauces, y el cofre estaba más hundido. Se agachó, agarrándose a las ra¬mas
finas y quebradizas, y trató de apartar la nieve. Pero el cofre no estaba allí.
Lo supo en cuanto empezó a trabajar. Los sauces habían protegido los matojos y
el suelo bajo ellos. Sólo había unos pocos centímetros de nieve. Pero si éste
es el lugar, debe estar aquí, pensó Kivrin , aturdida. Si éste es el lugar.
—¡Lady Kivrin! —gritó Agnes, y Kivrin se
volvió a mirarla. Había conseguido desmontar del pony y co¬rría hacia ella.
—No corras —empezó a decir Kivrin, pero
no ha¬bía acabado de decirlo cuando Agnes metió el pie en uno de los surcos y
cayó.
Se quedó sin aliento, y Kivrin y
Rosemund la al¬canzaron antes de que empezara a llorar. Kivrin la co¬gió en
brazos y le colocó la mano en la cintura para ayudarla a incorporarse y hacerla
respirar.
Agnes jadeó, y tras inspirar largamente
empezó a berrear.
—Ve y llama al padre Roche —le dijo
Kivrin a Ro¬semund—. Está en lo alto de la colina. Su burro se ha atascado.
—Ya viene —dijo Rosemund. Kivrin volvió
la ca¬beza. El cura bajaba torpemente la colina, sin el burro, y Kivrin estuvo
a punto de gritarle que no corriera también, pero él no podría oírle con el
llanto de Agnes.
—Shh —dijo Kivrin—. No pasa nada. Te has
que¬dado sin aliento, eso es todo.
El padre Roche las alcanzó, y Agnes
corrió inme¬diatamente a sus brazos. Él la abrazó.
—Calla, Agnus —murmuró con su voz
maravillo¬sa y reconfortante—. Calla.
Sus gritos se convirtieron en sollozos.
—¿Dónde te has hecho daño? —preguntó
Kivrin, apartando la nieve de la capa de Agnes—. ¿Te has ara¬ñado las manos ?
El padre Roche la volvió en sus brazos
para que Kivrin pudiera quitarle los guantes blancos. Las manos estaban rojas,
pero no arañadas.
—¿Dónde te has hecho daño?
—No se ha hecho daño —dijo Rosemund—.
¡Llora porque es una cría!
—¡No soy una cría! —estalló Agnes, con
tanta fuerza que casi se zafó de los brazos del padre Roche—. Me di un golpe en
la rodilla contra el suelo.
—¿Cuál? —preguntó Kivrin—. ¿La que te
lasti¬maste antes?
—¡Sí! ¡No miréis! —gritó cuando Kivrin
extendió la mano hacia la pierna.
—De acuerdo, no lo haré.
La rodilla estaba sanando. Probablemente
se había arrancado la costra. A menos que sangrara tanto que empapara las
calzas de cuero, no tenía sentido hacer que la niña pasara más frío
desnudándola allí en la nieve.
—Pero debes dejarme mirarla en casa.
—¿Podemos irnos ya? —preguntó Agnes.
Kivrin contempló el claro, indefensa.
Éste tenía que ser el lugar. Los sauces, el claro, la cima sin árboles. Tal vez
había enterrado el cofre más de lo que creía, y la nieve...
—¡Quiero irme a casa ahora! —exigió
Agnes, y empezó a sollozar—. ¡Tengo frío!
—Muy bien —asintió Kivrin. Los guantes
de Ag¬nes estaban demasiado mojados para que volviera a po¬nérselos. Kivrin se
quitó los suyos y se los dio. A la niña le llegaban hasta los brazos, cosa que
le encantó, y Kivrin empezó a pensar que ya se había olvidado de la rodilla,
pero cuando el padre Roche la ayudó a subir a su pony, sollozó.
—Prefiero ir con vos.
Kivrin volvió a asentir y montó en su
ruano. El pa¬dre Roche le tendió a la niña y condujo el pony colina arriba. El
burro estaba allí, junto al camino, mordis¬queando las hierbas que asomaban
entre la fina nieve.
Kivrin se volvió hacia el bosquecillo,
intentando divisar el claro. Sin duda es el lugar, se dijo, pero no es¬taba
segura. Incluso la colina parecía distinta desde allí.
El padre Roche cogió las riendas del
burro; el ani¬mal se envaró de inmediato y clavó los cascos en tierra, pero en
cuanto el cura le hizo volver la cabeza y empe¬zó a bajar la colina con el pony
de Agnes, obedeció.
La lluvia estaba derritiendo la nieve, y
la yegua de Rosemund resbaló un poco mientras galopaba hacia la encrucijada.
Redujo su paso al trote.
En la siguiente encrucijada, Roche tomó
por el ca¬mino de la izquierda. Había sauces por todas partes, y robles, y
surcos de barro al pie de cada colina.
—¿Nos vamos a casa ya, Kivrin? —preguntó
Ag¬nes, tiritando contra ella.
—Sí. —Kivrin cubrió a la niña con su
capa—. ¿Aún te duele la rodilla?
—No. No hemos recogido yedra. —Se
enderezó y se volvió para mirar a Kivrin—. ¿Recordasteis algo cuando visteis el
lugar?
—No.
—Bien —sonrió Agnes, apoyándose contra
ella—. Ahora tendréis que quedaros con nosotras para
siempre.
17
Andrews no telefoneó a Dunworthy hasta
últimas horas de la tarde del día de Navidad. Colin, natural¬mente, había
insistido en levantarse a una hora intem¬pestiva para abrir su montoncito de
regalos.
—¿Va a quedarse en la cama todo el día?
—pre¬guntó mientras Dunworthy buscaba a tientas sus gafas—. Son casi las ocho.
De hecho, eran las seis y cuarto, y
fuera estaba tan oscuro que ni siquiera se veía si aún estaba lloviendo. Colin
había dormido bastante más que él. Después del servicio ecuménico, Dunworthy lo
envió de vuelta a Balliol y fue al hospital a interesarse por el estado de
Latimer.
—Tiene fiebre, pero de momento los
pulmones no han sido afectados —le dijo Mary—. Ingresó a las cin¬co, dijo que
había empezado a sentir dolor de cabeza y confusión a eso de la una. Cuarenta y
ocho horas, fijo. Obviamente, no hay necesidad de preguntarle de quién lo
contrajo. ¿Cómo te encuentras tú?
Mary le hizo quedarse para los análisis
de sangre y entonces ingresó un nuevo caso. Dunworthy esperó por si podía
identificarlo. No se acostó hasta casi la una.
Colín tendió a Dunworthy un petardo
sorpresa e insistió en que lo rompiera, se pusiera la corona de papel amarillo,
y leyera en voz alta el mensaje. Decía: «¿Cuándo es más probable que entren los
renos de Noel? Cuando la puerta está abierta.»
Colin ya tenía puesta su corona roja. Se
sentó en el suelo y abrió los regalos. Las pastillas de jabón fueron un gran
éxito.
—Mire —dijo Colin, sacando la lengua—,
cambian de color.
Lo mismo le pasaba a sus dientes y a las
comisuras de sus labios.
Pareció satisfecho con el libro, aunque
saltaba a la vista que hubiese deseado que hubiera holos. Lo hojeó, buscando
las ilustraciones.
—Mire esto —exclamó, y lanzó el libro a
Dunwor¬thy, que aún intentaba despertarse.
Era la tumba de un caballero, con la
típica efigie de la armadura tallada en lo alto. El rostro y la postura eran la
viva imagen del eterno descanso, pero en el lado, en un friso que parecía una
ventana a la tumba, el cadáver del caballero muerto se debatía en su ataúd, la
carne ajada se desprendía como envoltorios secos, sus manos de esqueleto se
retorcían en frenéticas garras, su cara era un cráneo horrible de cuencas
vacías. Entre sus piernas corrían los gusanos, y también sobre su espada.
«Oxfordshire, h. 1350 —decía el texto—. Un ejemplo de la macabra decoración de
tumbas que siguió a la peste bubónica.»
—¿No es apocalíptico? —dijo Colin,
encantado.
Se mostró incluso amable respecto a la
bufanda.
—Supongo que la intención es lo que
cuenta, ¿no? —dijo, cogiéndola por un extremo, y luego, un minuto después
añadió—: Tal vez pueda llevarla cuando visite a los enfermos. No les importará
qué aspecto tenga.
—¿A qué enfermos piensas visitar?
—preguntó Dunworthy.
Colin se levantó del suelo, se dirigió a
su mochila y empezó a rebuscar en ella.
—El vicario me pidió anoche si quería
hacerle al¬gunos encargos, comprobar el estado de la gente, y lle¬varles
medicinas y cosas.
Sacó un papel de la mochila.
—Esto es su regalo —dijo, tendiéndoselo
a Dunworthy—. No está envuelto —señaló innecesariamen¬te—. Finch dijo que
debíamos ahorrar papel para la epidemia.
Dunworthy abrió la caja y sacó un
librito plano y rojo.
—Es una agenda —explicó Colin—. Así
podrá marcar los días que faltan para que vuelva su chica. —La abrió por la
primera página—. Mire, me aseguré de que tuviera diciembre.
—Gracias —respondió Dunworthy,
abriéndola. Navidad. Los Santos Inocentes. Año Nuevo. Epifanía—. Has sido muy
amable.
—¡Quería regalarle el modelo de la torre
de Carfax que toca IHeard the Bells on Christmas Day, pero cos¬taba veinte
libras!
Sonó el teléfono, y Colin y Dunworthy
saltaron hacia él.
—Seguro que es mi madre.
Era Mary, que llamaba desde el hospital.
—¿Cómo te encuentras?
—Medio dormido —dijo Dunworthy.
Colin le sonrió.
—¿Cómo está Latimer?
—Bien —respondió Mary. Todavía llevaba
la bata de laboratorio, pero se había peinado y estaba conten¬ta—. Parece ser
un caso muy leve. Hemos establecido una conexión con el virus de Carolina del
Sur.
—¿Latimer estuvo en Carolina del Sur?
—No. Uno de los estudiantes que te hice
interro¬gar anoche... santo Dios, quiero decir hace dos noches.
Estoy perdiendo el sentido del tiempo.
Uno de los que estuvieron en el baile en Headington. Mintió al princi¬pio
porque se escapó de su residencia para ver a una jo¬ven y dejó a un amigo para
hacerse pasar por él.
—¿Se escapó a Carolina del Sur?
—No, a Londres. Pero la joven era
americana. Ve¬nía de Texas e hizo transbordo en Charleston, Caroli¬na del Sur.
El CDC está trabajando para averiguar qué casos había en el aeropuerto. Déjame
hablar con Colin. Quiero desearle feliz Navidad.
Dunworthy lo pasó, y el joven se lanzó a
recitar sus regalos, incluyendo el mensaje del petardo.
—El señor Dunworthy me ha regalado un
libro sobre la Edad Media —lo levantó ante la pantalla—. ¿Sabías que le
cortaban el cuello a la gente y colgaban las cabezas del puente de Londres?
—Dale las gracias por la bufanda, y no
le digas que vas a hacerle encargos al vicario —susurró Dunwor¬thy, pero Colin
ya le estaba tendiendo el receptor—. Quiere hablar con usted otra vez.
—Ya veo que estás cuidando bien de él
—dijo Mary—. Te lo agradezco mucho. No he ido a casa todavía, y no quisiera que
pasara la Navidad solo. Su¬pongo que los regalos que prometió su madre no
ha¬brán llegado todavía, ¿eh?
—No —dijo Dunworthy, con cautela,
mirando a Colin, que observaba las ilustraciones del libro de la Edad Media.
—Tampoco habrá telefoneado —dijo Mary,
dis¬gustada—. Esa mujer no tiene ni una gota de sangre maternal en las venas.
Por lo que sabe, Colin podría es¬tar ingresado con una temperatura de cuarenta
grados, ¿verdad?
—¿Cómo está Badri? —preguntó Dunworthy.
—La fiebre le bajó un poco esta mañana,
pero si¬gue teniendo los pulmones afectados. Vamos a admi¬nistrarle
sintamicina. Los casos de Carolina del Sur han respondido muy bien a este
tratamiento. —Prometió que intentaría asistir a la cena de Navidad y colgó.
Colin levantó la cabeza.
—¿Sabía que en la Edad Media solían
quemar a la gente en la hoguera?
Mary no vino ni telefoneó, ni tampoco lo
hizo An¬drews. Dunworthy envió a Colin al salón para desayu¬nar y trató de
llamar al técnico, pero todas las líneas es¬taban ocupadas, «debido a las
vacaciones», dijo la voz del ordenador, que obviamente no había sido
repro-gramado desde el principio de la cuarentena. Aconsejó retrasar todas las
llamadas que no fueran absolutamen¬te necesarias hasta el día siguiente.
Dunworthy lo in-tentó dos veces más, con el mismo resultado.
Finch llegó con una bandeja.
—¿Se encuentra bien, señor? —preguntó
con an¬siedad—. ¿No se siente enfermo?
—No me siento enfermo. Estoy esperando
una lla¬mada.
—Oh, gracias a Dios, señor. Cuando no
vino a de¬sayunar me temí lo peor. —Quitó la tapa salpicada de lluvia de la
bandeja—. Me temo que es un desayuno de Navidad muy pobre, pero casi nos hemos
quedado sin huevos. No sé qué cena de Navidad tendremos. No queda un solo ganso
dentro del perímetro.
En realidad parecía un desayuno bastante
respeta¬ble: un huevo pasado por agua, salmón ahumado y pa¬necillos con
mermelada.
—Intenté preparar pudding de Navidad,
señor, pero casi nos hemos quedado sin coñac —dijo Finch, mientras sacaba un
sobre de plástico de debajo de la bandeja y se lo tendía.
Dunworthy lo abrió. En la parte superior
había una directriz del Ministerio de Sanidad que decía: «Prime¬ros síntomas de
infección: 1) Desorientación. 2) Dolor de cabeza. 3) Dolores musculares. Evite
contraerla. Lle¬ve su mascarilla reglamentada en todo momento.»
—¿Mascarillas? —preguntó Dunworthy.
—El Ministerio las repartió esta mañana
—aclaró Finch—. No sé cómo vamos a conseguir lavarnos. Por¬que, casi nos hemos
quedado sin jabón.
Había otras cuatro directrices, todas
acerca de lo mismo, y una nota de William Gaddson con una copia de la cuenta
corriente de Badri el lunes, 20 de diciem¬bre. Por lo visto, Badri había pasado
el tiempo que fal¬taba desde el mediodía hasta las dos y media haciendo compras
de Navidad. Había adquirido cuatro libros en Blackwell's, una bufanda roja, un
carillón digital en miniatura, en Debenham's. Pues vaya. Eso significaba
docenas y docenas de contactos más.
Colin llegó con un puñado de panecillos
envuel¬tos en una servilleta. Todavía llevaba puesta su coro¬na de papel, lo
cual no era gran cosa para protegerlo de la lluvia.
—Todo el mundo estará mucho más
tranquilo, se¬ñor —dijo Finch—, si después de recibir su llamada acude usted al
salón. Sobre todo la señora Gaddson, que está convencida de que usted ha
contraído el virus. Dice que lo ha contraído por la deficiente ventilación de
los dormitorios.
—Iré —prometió Dunworthy.
Finch se dirigió a la puerta y entonces
se volvió.
—Respecto a la señora Gaddson, señor. Se
está comportando de un modo horrible; no para de criticar al colegio y exige
que sea trasladada con su hijo. Está minando completamente la moral.
—Es verdad —intervino Colin, quien
depositaba los panecillos sobre la mesa—. Me dijo que los panes calientes eran
malos para mi sistema inmunológico.
—¿No hay algún tipo de trabajo
voluntario que pueda hacer para el hospital o algo así? ¿Para mante¬nerla
apartada del colegio? —preguntó Finch.
—No podemos endilgársela a las pobres
víctimas de la infección. Podría matarlas. ¿Y si se lo preguntamos al vicario?
Estaba buscando voluntarios para ha¬cer encargos.
—¿El vicario? —dijo Colin—. Tenga
piedad, señor Dunworthy. Yo trabajo para él.
—El sacerdote de Santa Re-Formada,
entonces —dijo Dunworthy—. Le gusta recitar la Misa en Tiem¬pos de Peste para
levantar la moral. Se llevarán bien.
—Le telefonearé ahora mismo —asintió
Finch, y se marchó.
Dunworthy se comió el desayuno, a
excepción del salmón, del que se apropió Colin, y luego llevó la ban¬deja vacía
al salón, dejando órdenes para que Colin fuera a buscarlo inmediatamente si
llamaba el técnico. Aún llovía, los árboles goteaban y las luces del árbol de
Navidad estaban manchadas.
Todo el mundo estaba a la mesa excepto
las campa¬neras, que se encontraban a un lado con sus guantes blancos y las
campanas sobre la mesa, ante ellas. Finch hacía demostraciones sobre cómo
llevar las mascarillas ordenadas por el ministerio, quitaba las cintas a cada
lado y se las pegaba a las mejillas.
—No tiene muy buen aspecto, señor
Dunworthy —comentó la señora Gaddson—. Y no me extraña. Las condiciones de este
colegio son sorprendentes. Lo raro es que no haya habido una epidemia antes.
Deficiente ventilación y personal extremadamente poco coopera¬tivo. Su señor
Finch fue bastante brusco cuando le dije que me trasladara a las habitaciones
de mi hijo. Me dijo que yo había elegido estar en Oxford durante una
cua¬rentena, y que tenía que aceptar lo que me ofrecieran.
Colin llegó corriendo.
—Hay alguien al teléfono para usted
—dijo.
Dunworthy se puso en marcha, pero la
señora Gaddson le bloqueó el paso.
—Le dije al señor Finch que él podría
quedarse tan tranquilo en casa cuando su hijo corría peligro, pero que yo no.
—Me temo que me requieren al teléfono.
—Le dije que ninguna madre de verdad
podía que¬darse tan tranquila cuando su hijo estaba solo y enfer¬mo en un lugar
lejano.
—Señor Dunworthy —dijo Colin—. ¡Vamos!
—Por supuesto, usted no tiene ni idea de
lo que es¬toy hablando. ¡Mire a este niño! —agarró a Colin por el brazo—. ¡Va
por ahí corriendo bajo la lluvia y sin abrigo!
Dunworthy se aprovechó de que había
cambiado de posición para pasar.
—Desde luego, no le importa en absoluto
que este pobre niño pille la gripe hindú —insistió ella. Colin se zafó—. Le
deja que se atiborre con panecillos y que vaya por ahí empapado hasta los
huesos.
Dunworthy cruzó corriendo el patio, con
Colin pegado a sus talones.
—No me extrañaría que este virus se
hubiera origi¬nado aquí en Balliol —gritó la señora Gaddson tras ellos—. Pura
negligencia, ni más ni menos. ¡Pura negli¬gencia!
Dunworthy entró en la habitación y
agarró el telé¬fono. No había imagen.
—Andrews —gritó—. ¿Está usted ahí? No le
veo.
—El sistema telefónico está saturado —le
dijo una voz—. Han cortado el visual. Soy Lupe Montoya. ¿Qué prefiere el señor
Basingame: el salmón o las truchas?
—¿Qué? —dijo Dunworthy, frunciendo el
ceño ante la pantalla en blanco.
—Llevo toda la mañana llamando a los
guías de pesca de Escocia. Cuando he podido establecer comu¬nicación. Dicen que
estará según prefiera el salmón o las truchas. ¿Y sus amigos? ¿Hay alguien en
la univer¬sidad con quien vaya a pescar y pueda saberlo?
—No lo sé. Señora Montoya, me temo que
estoy esperando una importantísima...
—Lo he intentado en todas partes:
hoteles, al¬bergues, alquileres de barcos, incluso su barbero. Localicé a su
esposa en Torquay, y me dijo que no le había comentado adonde iba. Espero que
eso no signifique que estará por ahí con una mujer en vez de en Escocia.
—No creo que el señor Basingame...
—Sí, bueno, ¿entonces por qué nadie sabe
dónde está? ¿Y por qué no ha llamado ahora que la epidemia aparece en todos los
periódicos y vids?
—Señora Montoya, yo...
—Supongo que tendré que llamar a los
guías del salmón y también a los de la trucha. Si le encuentro, se lo haré
saber.
Colgó por fin, y Dunworthy soltó el
receptor y se quedó mirándolo, convencido de que Andrews había intentado llamar
mientras estaba hablando con Mon¬toya.
—¿No dijo que hubo un montón de
epidemias en la Edad Media? —preguntó Colin. Estaba sentado jun¬to a la ventana
con el libro en las rodillas, comiendo pa¬necillos.
—Sí.
—Bueno, pues no las encuentro. ¿Cómo se
escribe?
—Prueba con Peste Negra.
Dunworthy esperó un ansioso cuarto de
hora y luego trató de llamar a Andrews otra vez. Las líneas seguían colapsadas.
—¿Sabía que hubo Peste Negra en Oxford?
—le dijo Colin. Se había ventilado los panecillos y había vuelto a las
pastillas de jabón—. En Navidad. Igual que nosotros.
—La infección no puede compararse con la
peste —respondió él mirando el teléfono como si pudiera hacerlo sonar con la
fuerza de su voluntad—. La Peste Negra mató entre un tercio y la mitad de la
población europea.
—Lo sé. Y la peste era mucho más
interesante. La transmitían las ratas, y te salían esos enormes bobos...
—Bubas.
—¡Bubas bajo los brazos, y se volvían
negras y se hinchaban hasta que eran enormes y entonces te mo¬rías! La
infección no hace nada de todo eso —se lamen¬tó. Parecía decepcionado.
—No.
—Y la gripe es sólo una enfermedad.
Había tres ti¬pos de peste. La bubónica, que es la de las bubas, la neumónica,
que se te metía en los pulmones y tosías sangre, y la septiescénica...
—Septicemia.
—La septicemia que se te metía en la
sangre y te mataba en tres horas y el cuerpo se te ponía todo ne¬gro. ¿No es
apocalíptico?
—Sí.
El teléfono sonó justo después de las
once, y Dunworthy lo cogió de nuevo, pero era Mary, dicien¬do que no podría ir
a cenar.
—Hemos tenido cinco nuevos casos esta
mañana.
—Iremos al hospital en cuanto reciba mi
llamada —prometió Dunworthy—. Estoy esperando que tele¬fonee uno de mis
técnicos. Voy a hacer que venga y lea el ajuste.
Mary parecía cansada.
—¿Lo has aclarado con Gilchrist?
—¡Gilchrist! ¡Está muy ocupado planeando
enviar a Kivrin a la Peste Negra!
—De todos modos, creo que deberías
decírselo. Es el decano en funciones, y sería absurdo enfrentarte con él. Si
algo ha salido mal, y Andrews tiene que abortar el lanzamiento, necesitarás su
cooperación. —Le son¬rió—. Lo discutiremos cuando vengas. Y cuando estés aquí,
quiero que te vacunes.
—Creía que estabais esperando el
análogo.
—Sí, pero no me acaba de convencer cómo
responden los casos primarios al tratamiento recomendado por Atlanta. Unos
pocos muestran una leve mejoría, pero Badri está peor. Quiero que la gente de
alto riesgo reciba potenciación de leucocitos-T.
A mediodía, Andrews no había llamado
todavía. Dunworthy envió a Colín al hospital para que se vacu¬nara. Regresó con
aspecto dolorido.
—¿Tan malo fue? —preguntó Dunworthy.
—Peor —dijo Colin, aupándose al asiento
de la ventana—. La señora Gaddson me pilló al entrar. Me estaba frotando el
brazo, y exigió saber dónde había estado y por qué me vacunaban a mí en vez de
a William. —Miró a Dunworthy con aire de reproche—. ¡Bueno, pues duele! Ella
dijo que si alguien era alto riesgo era el pobre Willy y que era absoluta
necrofilia que me inyectaran a mí en vez de a él.
—Nepotismo.
—Nepotismo. Espero que el cura le
encuentre un trabajo absolutamente cadavérico.
—¿Cómo estaba tu tía Mary?
—No la vi. Estaban muy ocupados, con
camas en los pasillos y todo el follón.
Colin y Dunworthy fueron por turnos a la
cena de Navidad. Colin volvió al cabo de un cuarto de hora es¬caso.
—Las campaneras empezaron a tocar. El
señor Finch me pidió que le dijera que se ha terminado el azúcar y la
mantequilla, y casi no queda nata. —Sacó un pastelito del bolsillo de su
chaqueta—. ¿Por qué nunca se quedan sin coles de Bruselas?
Dunworthy le dijo que lo avisara
enseguida si lla¬maba Andrews y que anotara cualquier otro mensaje, y se fue a
cenar. Las campaneras estaban en plena eufo¬ria, destrozando un canon de
Mozart.
Finch le tendió un plato que parecía
consistir casi exclusivamente en coles de Bruselas.
—Me temo que casi nos hemos quedado sin
pavo, señor. Me alegro de que haya venido. Casi es la hora del mensaje de la
Reina.
Las campaneras terminaron el Mozart
entre aplau¬sos entusiastas, y la señora Taylor se acercó, todavía con los
guantes blancos puestos.
—Por fin le encuentro, señor Dunworthy
—dijo—. No le vi en el desayuno, y el señor Finch dijo que tenía que hablar con
usted. Necesitamos una sala de prác¬ticas.
Dunworthy estuvo tentado de decir «No
sabía que practicaban ustedes». Comió una col de Bruselas.
—¿Una sala de prácticas?
—Sí. Para que podamos practicar nuestro
Chicago Surprise Minor. He acordado con el capellán de Christ Church que
tocaremos nuestro repique allí el día de Año Nuevo, pero tenemos que ensayar en
algún sitio. Le dije al señor Finch que la sala grande de Beard sería
perfecta...
—La sala común sénior.
—Pero el señor Finch dijo que la estaban
utilizan¬do como almacén de suministros.
¿Qué suministros?, pensó él. Según
Finch, apenas quedaba nada, aparte de coles de Bruselas.
—Y dijo que las salas de conferencias se
habilitarían como enfermería. Necesitamos un sitio tranquilo don¬de podamos
concentrarnos. El Chicago Surprise Minor es muy complicado. Los cambios de
entrada y salida y las alteraciones del final requieren una completa
con¬centración. Y por supuesto, está el requiebro extra.
—Sí, claro.
—La sala no tiene por qué ser grande,
pero sí debe estar apartada. Hemos estado practicando aquí en el comedor, pero
la gente entra y sale constantemente, y el tenor no para de perder el ritmo.
—Estoy seguro de que ya encontraremos
algo.
—Naturalmente, con siete campanas
podríamos tocar triples, pero el North American Council tocó Triples de
Filadelfia aquí el año pasado, e hizo un tra¬bajo horrible, según he oído
decir. El tenor quedó des¬fasado y tocó fatal. Ésa es otra de las razones por
las que necesitamos una buena sala de prácticas. El com¬pás es muy importante.
—Sí, claro —repitió Dunworthy.
La señora Gaddson apareció al fondo, con
aspecto fiero y maternal.
—Me temo que estoy esperando una
conferencia muy importante —dijo, poniéndose en pie para que la señora Taylor
quedara entre él y la señora Gaddson.
—¿Una conferencia? —dijo la señora
Taylor, sa¬cudiendo la cabeza—. Oh, se refiere a una llamada de larga
distancia. ¡Ingleses! ¡La mitad de las veces no en¬tiendo lo que dicen!
Dunworthy escapó por la puerta trasera,
prome¬tiendo encontrar una sala de ensayos para que pudie¬ran perfeccionar sus
redobles, y volvió a sus habitacio¬nes. Andrews no había llamado. Había un
mensaje de Montoya.
—Me pidió que le dijera «No importa»
—informó Colin.
—¿Eso es todo? ¿No dijo nada más?
—No. Sólo esta frase: «Dile al señor
Dunworthy que no importa.»
Dunworthy se preguntó si por algún
milagro Mon¬toya había localizado a Basingame y conseguido su fir¬ma, o si
simplemente había descubierto si prefería el sal¬món o las truchas. Pensó en
llamarla, pero temió que las líneas escogieran ese momento para quedar libres y
que Andrews telefoneara.
No lo hizo, o no lo hicieron, hasta casi
las cuatro.
—Lamento muchísimo no haber llamado
antes —dijo Andrews.
Seguía sin haber imagen, pero Dunworthy
oía mú¬sica y conversación de fondo.
—Estuve fuera hasta anoche, y he tenido
muchísimos problemas para localizarle —dijo Andrews—. Las líneas estaban
saturadas, por cosa de las vacaciones, ya sabe. He estado intentando todo...
—Necesito que venga a Oxford
—interrumpió Dunworthy—. Necesito que lea un ajuste.
—Por supuesto, señor —dijo Andrews al
instan¬te—. ¿Cuándo?
—En cuanto sea posible. ¿Esta noche?
—Oh —dijo, menos dispuesto—. ¿Le importa
que sea mañana? Mi pareja no vendrá hasta esta noche, y habíamos planeado
celebrar la Navidad mañana, pero podría coger un tren por la tarde o por la
noche. ¿Servirá eso, o hay un límite para calcular el ajuste?
—El ajuste ya está calculado, pero el
técnico ha contraído un virus, y necesito que alguien lo lea —dijo Dunworthy.
Hubo un súbito estallido de risas al otro lado de la conexión—. ¿A qué hora
cree que puede es¬tar aquí?
—No estoy seguro. ¿Puedo llamarle mañana
y de¬cirle cuándo llegaré en el metro ?
—Sí, pero sólo se puede coger el metro
hasta Barton. Tendrá que coger un taxi hasta el perímetro. Me encargaré de que
le dejen pasar. ¿De acuerdo, An¬drews?
No contestó, aunque Dunworthy seguía
oyendo la música.
—¿Andrews? ¿Está todavía ahí? —Era
enloquece¬dor no poder ver.
—Sí, señor —respondió Andrews, pero con
tono alerta—. ¿Qué dijo que quería que hiciera?
—Que leyera un ajuste. Ya se ha hecho,
pero el técnico...
—No, lo otro. Lo de coger el metro hasta
Barton.
—Coja el metro hasta Barton —dijo
Dunworthy, en voz alta y con cuidado—. Llega hasta ahí. A partir de entonces,
tendrá que coger un taxi hasta el períme¬tro de la cuarentena.
—¿ Cuarentena ?
—Sí —replicó Dunworthy, irritado—. Me
encar¬garé de que le dejen pasar.
—¿Qué tipo de cuarentena?
—Un virus. ¿No se ha enterado?
—No, señor. He estado dirigiendo un
lanzamiento en Florencia. He llegado esta misma tarde. ¿Es grave? —No parecía
asustado, sólo interesado.
—Ochenta casos hasta el momento.
—Ochenta y dos —puntualizó Colin desde
el asien¬to de la ventana.
—Pero lo han identificado, y la vacuna
ya está en camino. No ha habido ninguna muerte.
—Pero apuesto a que sí un montón de
gente desdi¬chada que quería pasar las Navidades en casa. Le llama¬ré por la
mañana, entonces, en cuanto sepa a qué hora llegaré.
—Sí. Estaré aquí —gritó Dunworthy para
ase¬gurarse de que Andrews le oiría sobre el ruido de fondo.
—Bien —dijo Andrews. Hubo otro estallido
de risa y entonces silencio cuando colgó.
—¿Va a venir? —preguntó Colin.
—Sí. Mañana. —Dunworthy marcó el número
de Gilchrist.
Apareció Gilchrist, sentado ante su mesa
y con as¬pecto beligerante.
—Señor Dunworthy, si lo que pretende es
poder sacar a la señorita Engle...
Lo haría si pudiera, pensó Dunworthy, y
se pre¬guntó si Gilchrist era consciente de que Kivrin ya ha¬bía dejado el
lugar del lanzamiento y no estaría allí si abrían la red.
—No —lo interrumpió—. He localizado a un
téc¬nico que podrá venir a leer el ajuste.
—Señor Dunworthy, he de recordarle...
—Soy plenamente consciente de que está
usted al cargo de este lanzamiento —añadió Dunworthy, tra¬tando de controlar su
temperamento—. Sólo intentaba ayudar. Como conocía la dificultad de encontrar
técni¬cos durante las vacaciones, telefoneé a uno en Reading. Puede estar aquí
mañana.
Gilchrist frunció los labios en una
mueca de des¬aprobación.
—Nada de esto sería necesario si su
técnico no hu¬biera caído enfermo, pero como lo ha hecho, supongo que tendré
que aceptarlo. Haga que se presente ante mí en cuanto llegue.
Dunworthy consiguió despedirse de forma
civili¬zada, pero en cuanto la pantalla se quedó en blanco, colgó de golpe,
volvió a descolgar el receptor y empezó a marcar números. Encontraría a
Basingame aunque le llevara toda la tarde.
Pero el ordenador intervino y le informó
de que todas las líneas estaban ocupadas. Colgó y se quedó mirando la pantalla
en blanco.
—¿Espera otra llamada? —preguntó Colin.
—No.
—Entonces, ¿podemos ir al hospital?
Tengo un re¬galo para mi tía Mary.
Y yo he de encargarme de que dejen
entrar a An¬drews en la zona de cuarentena, pensó Dunworthy.
—Buena idea. Puedes llevar tu bufanda
nueva.
Colin se la guardó en el bolsillo de la
chaqueta.
—Me la pondré cuando lleguemos —sonrió—.
No quiero que nadie me vea por el camino.
No había nadie para verlos. Las calles
estaban de¬siertas, ni siquiera había bicicletas o taxis. Dunwor¬thy recordó la
observación del vicario de que cuando la epidemia se afianzara, la gente se
atrincheraría en sus casas. Se trataba de eso, o bien se habían quedado en casa
por el sonido del carillón de Carfax, que no sólo estaba masacrando The Carol
of the Bells, sino que parecía más fuerte, resonando en las calles vacías. O a
lo mejor estaban durmiendo después de cenar demasiado. O no eran tontos y permanecían
a salvo de la lluvia.
No vieron a nadie hasta que llegaron al
hospital. Una mujer con una gabardina Burberry esperaba de¬lante del Pabellón
de Admisiones con una pancarta que decía «Prohiban las enfermedades
extranjeras». Un hombre con mascarilla les abrió la puerta y le tendió a
Dunworthy un folleto húmedo.
Dunworthy preguntó por Mary en el
mostrador de admisiones y entonces leyó el folleto. En letra ne¬grita decía:
«COMBATA LA INFLUENZA, VOTE POR
SALIR DE LA C.E..» Debajo había un párrafo: «¿Por qué
esta sepa-rado de sus seres queridos esta Navidad? ¿Por qué se ve obligado a
quedarse en Oxford? ¿Por qué corre pe¬ligro de caer enfermo y morir? Porque la
C.E. permite que extranjeros infectados entren en Inglaterra, e In-glaterra no
dice nada al respecto. Un inmigrante hindú con un virus letal...»
Dunworthy no leyó el resto. Dio la
vuelta al papel. Decía: «Votar por la Secesión es votar por la salud. Co¬mité
por una Gran Bretaña Independiente.»
Mary llegó, y Colin sacó la bufanda del
bolsillo y se la puso rápidamente alrededor del cuello.
—Feliz Navidad —dijo—. Gracias por la
bufanda. ¿Quieres que abra tu petardo?
—Sí, por favor —contestó Mary. Parecía
cansada. Llevaba la misma bata que hacía dos días. Alguien le había prendido
una ramita de acebo en la solapa.
Colin abrió el petardo sorpresa.
—Ponte el sombrero —dijo, desplegando
una gran corona de papel azul.
—¿Has conseguido descansar algo?
—preguntó Dunworthy.
—Un poco —asintió ella, mientras se
ponía la co¬rona sobre el pelo canoso y despeinado—. Hemos te¬nido treinta
nuevos casos desde mediodía, y he pasado la mayor parte del día intentando que
el WIC me dé las secuencias, pero las líneas están ocupadas.
—Lo sé. ¿Puedo ver a Badri?
—Sólo un par de minutos. —Ella frunció
el ceño—. No responde a la sintamicina, ni tampoco las dos estu¬diantes del
baile de Headington. Beverly Breen ha me¬jorado un poco. Eso me preocupa. ¿Has
recibido tu po¬tenciación de leucocitos-T?
—Todavía no. Colin sí.
—Y dolió un montón —protestó el niño,
que esta¬ba desplegando el papel del interior del petardo—. ¿Quieres que lea tu
mensaje?
Ella asintió.
—Necesito que un técnico entre en la
zona de cua¬rentena mañana para que lea el ajuste de Kivrin —dijo Dunworthy—.
¿Qué debo hacer para conseguirlo?
—Nada, que yo sepa. Intentan que la
gente no sal¬ga, pero no impiden que entre.
La encargada de Admisiones llevó a Mary
a un lado, y le habló en voz baja y urgente.
—Debo irme —dijo Mary—. No te marches
hasta que recibas tu potenciación. Vuelve aquí cuando hayas visto a Badri.
Colin, espera aquí al señor Dunworthy.
Dunworthy subió a Aislamiento. No había
nadie en el mostrador, así que se puso un equipo de RPE, re¬cordando dejar los
guantes para lo último, y entró.
La enfermera guapa que estaba tan
interesada en William tomaba el pulso a Badri, con los ojos fijos en las
pantallas. Dunworthy se detuvo al pie de la cama.
Mary había dicho que Badri no respondía
al trata¬miento, pero de todos modos Dunworthy se sorpren¬dió al verlo. Tenía
la cara más oscura por efecto de la fiebre, y los ojos parecían hinchados, como
si alguien le hubiera golpeado. Tenía el brazo derecho torcido. Estaba púrpura
en la parte interior del codo. El otro brazo estaba peor, negro.
—¿Badri? —dijo, y la enfermera sacudió
la cabeza.
—Sólo puede quedarse un momento.
Dunworthy asintió.
Ella colocó la mano de Badri a un lado,
tecleó algo en la consola, y salió.
Dunworthy se sentó junto a la cama y
observó las pantallas. Parecían igual, todavía indescifrables, las grá¬ficas y
puntas y números no le decían nada. Contempló a Badri, que yacía con aspecto
derrotado. Le palmeó la mano suavemente y se levantó para marcharse.
—Fueron las ratas —murmuró Badri.
—¿Badri? Soy el señor Dunworthy.
—Señor Dunworthy... —dijo Badri, pero no
abrió los ojos—. Me estoy muriendo, ¿verdad?
Dunworthy sintió un retortijón de miedo.
—No, claro que no —dijo roncamente—. ¿De
dón¬de has sacado esta idea?
—Siempre es fatal.
—¿El qué?
Badri no contestó. Dunworthy se sentó
con él has¬ta que llegó la enfermera, pero no dijo nada más.
—¿Señor Dunworthy? —dijo ella—. Necesita
des¬cansar.
—Lo sé.
Dunworthy se dirigió a la puerta y luego
miró a Badri. Abrió la puerta.
—Los mató a todos —dijo Badri—. A media
Eu¬ropa.
Colin esperaba junto al mostrador de
Admisiones cuando Dunworthy volvió abajo.
—Los regalos de mi madre no han llegado
por cul¬pa de la cuarentena. El cartero no los dejó pasar.
Dunworthy le habló a la enfermera de
Admisiones de la potenciación de leucocitos-T y la mujer asintió.
—Sólo será un momento.
—No pude leerle su mensaje —le dijo
Colin—. ¿Quiere oírlo? —No esperó una respuesta—, «¿Dónde estaba Papá Noel
cuando se apagó la luz?»
Esperó, ansioso.
Dunworthy sacudió la cabeza.
—En la oscuridad.
Se sacó el chicle del bolsillo, le quitó
el envoltorio, y se lo metió en la boca.
—Está preocupado por su chica, ¿eh?
—Sí.
Dobló el envoltorio del chicle en un
paquete dimi¬nuto.
—Lo que no comprendo es por qué no va a
bus¬carla.
—No está allí. Debemos esperar al
encuentro.
—No, quiero decir por qué no va al mismo
tiempo en que la envió y la encuentra mientras está allí. Antes de que suceda
nada. Puede ir a cualquier tiempo que quiera, ¿no?
—No. Puedes enviar a un historiador a
cualquier momento, pero una vez está allí, la red sólo puede ope¬rar en tiempo
real. ¿Estudiaste las paradojas en el co¬legio?
—Sí —dijo Colin, pero parecía inseguro—.
¿Son como las reglas de los viajes en el tiempo?
—El continuum espacio-tiempo no permite
para¬dojas. Sería una paradoja si Kivrin hiciera que sucedie¬ra algo que no
pasó, o si provocara un anacronismo.
Colin seguía pareciendo inseguro.
—Una de las paradojas es que nadie puede
estar en dos sitios al mismo tiempo. Ella lleva ya en el pasado cuatro días. No
hay nada que podamos hacer para cambiar eso. Ya ha sucedido.
—¿Entonces, cómo vuelve?
—Cuando atravesó, el técnico hizo lo que
llama¬mos un ajuste. Eso le dice exactamente dónde está, y actúa como... um...
—Buscó una palabra comprensi¬ble—. Una cuerda. Ata los dos tiempos para que la
red pueda volver a ser abierta en un momento determina¬do, y podamos recogerla.
—Como «¿Nos veremos en la iglesia a las
seis y media?»
—Exactamente. Eso se llama encuentro. El
de Kivrin ocurrirá dentro de dos
semanas. El veintiocho de diciembre. Ese día, el técnico abrirá la red, y
Kivrin volverá a atravesar.
—Creí que había dicho que allí era el
mismo tiem¬po. ¿Cómo puede ser el veintiocho dentro de dos semanas?
—En la Edad Media se regían por un
calendario distinto. Allí es diecisiete de diciembre. La fecha de nuestro
encuentro es el seis de enero.
Si ella está allí. Si puedo encontrar un
técnico que abra la red.
Colin se sacó el chicle de la boca y lo
miró, pensati¬vo. Tenía puntitos blancos y azules y parecía un mapa de la luna.
Volvió a metérselo en la boca.
—Así que si yo fuera a 1320 el
veintiséis de diciem¬bre, podría pasar la Navidad dos veces.
—Sí, supongo que sí.
—Apocalíptico. —Desplegó el envoltorio
del chi¬cle y lo volvió a plegar en un paquete aún más diminu¬to—. Creo que se
han olvidado de usted, ¿no?
—Eso parece —suspiró Dunworthy. Cuando
pasó un enfermero, Dunworthy lo detuvo y le dijo que esta¬ba esperando una
potenciación de leucocitos-T.
—¿Sí? —se extrañó el hombre. Parecía
sorprendi¬do—. Intentaré averiguar qué pasa. —Desapareció en Admisiones.
Esperaron un poco más. «Fueron las
ratas», había dicho Badri. Y la primera noche le preguntó a Badri por el año
que era. Pero había dicho que se produjo un deslizamiento mínimo. Había dicho
que los cálculos del estudiante eran correctos.
Colin se sacó el chicle y lo examinó
varias veces para ver si cambiaba de color.
—Si sucediera algo terrible, ¿no podrían
quebrantar las reglas? —preguntó, mirando el chicle—. ¿Si ella se cortara el
brazo, o muriera, o una bomba la hiciera volar, o algo así?
—No son reglas, Colin. Son leyes
científicas. No podríamos quebrantarlas aunque lo intentáramos. Si quisiéramos
dar marcha atrás a hechos que hayan suce¬dido, la red simplemente no se
abriría.
Colin escupió el chicle en el envoltorio
y dobló cuidadosamente el papelito arrugado a su alrededor.
Se guardó el chicle envuelto en el
bolsillo de su chaqueta y sacó un grueso paquete.
—Me olvidé de darle a tía Mary su regalo
de Na¬vidad.
Se levantó de un salto y se asomó a
Admisiones an¬tes de que Dunworthy le pidiera que esperase, se diri¬gió a la
puerta opuesta y volvió rápidamente.
—¡Mierda! ¡La gorda está aquí! ¡Viene
para acá!
Dunworthy se levantó.
—Lo que nos faltaba.
—Por aquí —dijo Dunworthy—. Entré por la
puerta trasera la noche que llegué. —Salió corriendo en dirección contraria—.
¡Vamos!
Dunworthy no pudo echar a correr, pero
recorrió velozmente el laberinto de pasillos que Colin indicaba y salió por una
entrada de servicio a una calle lateral. Un hombre con un tablón de anuncios
esperaba bajo la lluvia. El tablón decía: «La condena que temíamos ha llegado»,
lo cual parecía extrañamente adecuado.
—Me aseguraré de que no nos ve —murmuró
Co¬lin, y corrió hacia la parte delantera del edificio.
El hombre le tendió a Dunworthy un
folleto. «¡EL FINAL DE LOS TIEMPOS ESTÁ CERCA!», decía en feroces letras
mayúsculas. «"Temed a Dios, pues la hora del Juicio ha llegado."
Apocalipsis, 14.7.»
Colín le hizo señas desde la esquina.
—Todo va bien —jadeó Colin, casi sin
aliento—. Está dentro gritándole a la enfermera.
Dunworthy le devolvió el folleto al
hombre y si¬guió a Colin, quien le guió hasta Woodstock Road. Dunworthy miró
ansiosamente hacia la puerta de Ad¬misiones, pero no vio a nadie, ni siquiera a
los piquetes contra la CE.
Colin recorrió otra manzana, y luego
redujo la marcha. Sacó el paquete de pastillas de jabón de su bolsillo y
ofreció una a Dunworthy, quien declinó la oferta.
Colin se metió una pastilla rosa en la
boca y dijo, no demasiado claramente:
—Es la mejor Navidad que he pasado en mi
vida.
Dunworthy reflexionó sobre aquel
comentario durante varias manzanas.
El carillón estaba masacrando In the
Bleak Mid-winter, cosa que también parecía adecuada, y las calles seguían
desiertas, pero cuando salieron a Broad, una figura conocida corrió hacia
ellos, encogida contra la lluvia.
—Ahí viene el señor Finch —anunció
Colin.
—Vaya por Dios. ¿Qué se nos habrá
acabado ahora?
—Espero que sean las coles de Bruselas.
Finch alzó la cabeza al oír sus voces.
—Por fin le encuentro, señor Dunworthy.
Gracias a Dios. Le he estado buscando por todas partes.
—¿Qué pasa? Le dije a la señora Taylor
que me encargaría de su sala de ensayos.
—No es eso, señor. Son los retenidos.
Dos de ellos han contraído el virus.
TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL
JUICIO FINAL
(032631-034122)
21 de diciembre de 1320 (Calendario
Antiguo). El padre Roche no sabe dónde está el lugar de recogida. Le pedí que
me llevara a donde lo encontró Gawyn, pero aunque estuve en el claro no
recuperé la memoria. Está claro que Gawyn no se topó con él hasta que estu¬vo
bastante lejos del lugar, y para entonces yo deliraba por completo.
Y hoy me he dado cuenta de que nunca
daré con el sitio yo sola. El bosque es demasiado grande, y está lle¬no de
claros y robles y grupitos de sauces que parecen iguales ahora que ha nevado.
Tendría que haber marca¬do el lugar con algo más que el cofre.
Gawyn tendrá que mostrarme dónde está el
lugar, y todavía no ha vuelto. Rosemund me dijo que sólo hay medio día de viaje
hasta Courcy, pero que proba¬blemente pasará allí la noche debido a la lluvia.
Ha estado lloviendo mucho desde que
regresamos, y supongo que debería alegrarme, porque eso tal vez derrita la
nieve, pero me imposibilita salir y buscar el lugar, y hace mucho frío en la
casa. Todo el mundo lle¬va la capa puesta y se acurruca junto al fuego.
¿Qué hacen los aldeanos? Sus chozas ni
siquiera pueden protegerlos del viento, y en la que yo estuve no había ni
mantas. Deben de estar congelándose literal¬mente, y según me contó Rosemund,
el senescal dijo que iba a llover hasta Nochebuena.
Rosemund pidió disculpas por su mala
conducta en el bosque y me dijo que estaba enfadada con su her¬mana.
Agnes no tenía nada que ver: sin duda lo
que la irritaba era la noticia de que su prometido había sido invitado para
Navidad, y cuando tuve la oportunidad de estar con ella a solas, le pregunté si
le preocupaba el matrimonio.
—Mi padre lo ha dispuesto así —dijo,
ensartando su aguja—. Nos prometimos en san Martín. Vamos a casarnos en Pascua.
—¿Y tú consientes? —pregunté.
—Es una buena boda. Sir Bloet goza de
muy buena situación, y tiene posesiones que se unirán a las de mi padre.
—¿Te gusta?
Ella clavó la aguja en el lino enmarcado
en madera.
—Mi padre nunca dejaría que me ocurriera
nada malo —afirmó, y sacó el largo hilo.
No añadió nada más, y todo lo que pude
sacarle a Agnes fue que sir Bloet es simpático y que le había re¬galado un
penique de plata, sin duda como parte de los regalos del compromiso.
Agnes estaba demasiado preocupada por su
rodilla para decirme nada más. Dejó de quejarse a medio ca¬mino de regreso a
casa, y luego cojeó exageradamente cuando se bajó del caballo. Pensé que sólo
intentaba llamar la atención, pero cuando le miré la rodilla, la costra había
desaparecido casi por completo. La zona alrededor estaba roja e hinchada.
La lavé, la envolví en la tela más
limpia que encontré (me temo que fue una de las cofias de Imeyne, la encon¬tré
en el cofre al pie de la cama), e hice que permaneciera sentada junto al fuego
y jugara con su caballero, pero es¬toy preocupada. Si se infecta, podría ser
grave. No había antimicrobiales en el siglo XIV.
Eliwys está muy preocupada también. A
todas lu¬ces, esperaba que Gawyn regresara esta noche, y ha ido a asomarse a la
puerta continuamente. A veces, como hoy, creo que le ama, y tiene miedo de lo
que eso signi¬fica para ambos. El adulterio era un pecado mortal a los ojos de
la Iglesia, y a menudo resultaba peligroso. Pero casi todo el tiempo pienso que
el amour de él no es correspondido en lo más mínimo, que ella está tan
preocupada por su marido que ni siquiera se da cuenta de su existencia.
La dama pura e inconquistable era el
ideal de los amores corteses, pero está claro que él no sabe si ella le
corresponde. Su rescate y su historia de los renegados en el bosque era sólo un
intento de impresionarla (hu¬biera sido mucho más impresionante si hubiera
habido veinte renegados, todos armados con espadas y mazas y hachas de
batalla). Es evidente que haría cualquier cosa por conseguirla, y lady Imeyne
lo sabe. Y por eso creo que lo ha enviado a Courcy.
18
Cuando volvieron a Balliol, otros dos
retenidos habían contraído el virus. Dunworthy envió a Colin a la cama y ayudó
a Finch a acostar a los retenidos y tele¬foneó al hospital.
—Todas nuestras ambulancias están fuera
—le dijo la encargada—. Enviaremos una en cuanto nos sea po¬sible.
Eso fue a medianoche. Dunworthy no
regresó y se acostó hasta pasada la una.
Colin estaba dormido en el jergón que
Finch le ha¬bía preparado, con La Era de la Caballería junto a la cabeza.
Dunworthy pensó en guardar el libro, pero no quería arriesgarse a despertarlo.
Se metió en la cama.
Kivrin no podía estar en la peste. Badri
había dicho que había un deslizamiento de cuatro horas, y la peste no alcanzó
Inglaterra hasta 1348. Kivrin había sido en¬viada a 1320.
Se dio la vuelta y cerró los ojos. No
podía estar en la peste. Badri deliraba. Había dicho todo tipo de co¬sas, habló
de tapas, porcelana rota y ratas. Nada de aquello tenía el menor sentido. Era
puro delirio. Le ha¬bía dicho a Dunworthy que lo siguiera. Le había dado notas
imaginarias. Nada de aquello significaba nada.
«Fueron las ratas», había dicho. Los
contemporá¬neos no sabían que se transmitía por las pulgas de las ratas. No
tenían ni idea de qué la causaba. Habían acu¬sado a todo el mundo, a los
judíos, a las brujas y a los locos. Habían murmurado conjuros y colgado a las
viejas. Habían quemado a los forasteros en la hoguera.
Se levantó de la cama y se dirigió al
salón. Caminó de puntillas alrededor del colchón de Colin y quitó La Era de la
Caballería de debajo de su cabeza. Colin se agitó, pero no se despertó.
Dunworthy se sentó junto a la ventana y
buscó la Peste Negra. Empezó en China en 1333, y se propagó al oeste en los
barcos mercantes que iban a Mesina en Sicilia y de ahí pasó a Pisa. Se extendió
por Italia y Francia (ochenta mil muertos en Siena, cien mil en Flo¬rencia,
trescientos mil en Roma) antes de cruzar el Ca¬nal. Alcanzó Inglaterra en 1348,
«un poco antes de la fiesta de San Juan», el veinticuatro de junio.
Eso significaba un deslizamiento de
veintiocho años. A Badri le preocupaba que se hubiera producido mucho
deslizamiento, pero se refería a semanas, no a años.
Extendió la mano hacia la estantería y
cogió Pan¬demias, de Fitzwiller.
—¿Qué hace? —preguntó Colin, adormilado.
—Leyendo sobre la Peste Negra —susurró
él—. Duérmete.
—No la llamaban así entonces —murmuró
Colin alrededor de su chicle. Se dio la vuelta, arrebujándose en las mantas—.
La llamaban el mal azul.
Dunworthy se llevó los dos libros a la
cama. Según Fitzwiller, la peste llegó a Inglaterra el día de san Pe¬dro, el
veintinueve de junio de 1348. Alcanzó Oxford en diciembre, Londres en octubre
de 1349, y luego se movió hacia el norte y volvió a cruzar el Canal hacia los
Países Bajos y Noruega. Llegó a todas partes excep¬to a Bohemia, y Polonia, que
tenía establecida una cuarentena, y, extrañamente, tampoco alcanzó algunas
zo-nas de Escocia.
Dondequiera que fue, barrió el
territorio como el Ángel de la Muerte, devastando pueblos enteros, sin dejar a
nadie con vida para administrar los últimos sa¬cramentos o enterrar los cuerpos
putrefactos. En un monasterio, murieron todos los monjes menos uno.
El único superviviente, John Clyn, dejó
un regis¬tro: «Y para que las cosas que deben ser recordadas no perezcan con el
tiempo y desaparezcan de la memoria de quienes nos sucedan —había escrito—, yo,
al ver tantos males y a todo el mundo al alcance del Maligno, como si ya
estuviera entre los muertos, yo, que espero a la muerte, he puesto por escrito
todas las cosas que he presenciado.»
Lo había anotado todo, un auténtico
historiador, y luego al parecer murió, completamente solo. Su escri¬tura en el
manuscrito se acababa, y luego, con otra le¬tra, alguien había escrito: «Aquí
parece que murió el autor.»
Alguien llamó a la puerta. Era Finch, en
bata y con aspecto preocupado y agotado.
—Otra de las retenidas, señor —dijo.
Dunworthy se llevó un dedo a los labios
y salió al pasillo con Finch.
—¿Ha telefoneado al hospital?
—Sí, señor, pero pasarán varias horas
antes de que puedan enviar a una ambulancia. Dijeron que la aislá¬ramos, y le
diéramos dimantadina y zumo de naranja.
Dunworthy hizo que Finch esperara fuera
mien¬tras se vestía y encontraba su mascarilla, y fueron jun¬tos a Salvin. Un
grupo de retenidos esperaba junto a la puerta, vestidos con una extraña mezcla
de ropa inte-rior, abrigos y mantas. Sólo unos pocos llevaban pues¬tas las
mascarillas. Pasado mañana todos habrán caído, pensó Dunworthy.
—Gracias a Dios que está usted aquí
—dijo fervientemente una de las retenidas—. No podemos hacer nada con ella.
Finch le condujo a la retenida, que
estaba sentada en su cama. Era una mujer mayor de pelo cano y algo escaso, y
tenía los mismos ojos brillantes de fiebre, la misma expresión alerta de Badri
la primera noche.
—¡Márchese! —dijo cuando vio a Finch, e
hizo ademán de abofetearlo. Volvió sus ojos ardientes hacia Dunworthy—. ¡Papi!
—gritó, e hizo un puchero—. He sido muy mala —dijo con voz infantil—. Me comí
todo el pastel de cumpleaños, y ahora me duele la ba¬rriga.
—¿Ve a qué me refería, señor? —intervino
Finch.
—¿Vienen los indios, papi? No me gustan
los in¬dios. Tienen arcos y flechas.
Hasta el amanecer no pudieron llevarla a
una de las salas de conferencias y acostarla en un colchón. Dun¬worthy acabó
por decirle:
—Tu papi quiere que su niña buena se
acueste.
Justo después de que la calmaran, llegó
la ambu¬lancia.
—¡Papi! —gimió ella cuando cerraron las
puer¬tas—. ¡No me dejes aquí sola!
—Dios mío —exclamó Finch cuando la
ambulan¬cia se hubo marchado—. Ya ha pasado la hora del de¬sayuno. Espero que
no se hayan comido todo el bacon.
Se dirigió al almacén de suministros, y
Dunworthy volvió a sus habitaciones a esperar la llamada de An¬drews. Colin
bajaba las escaleras, comiendo una tosta¬da y poniéndose la chaqueta al mismo
tiempo.
—El vicario quiere que ayude a recoger
ropa para los retenidos —dijo, con la boca llena—. Tía Mary ha telefoneado.
Tiene que volver a llamarla.
—¿Pero Andrews no?
—No.
—¿Ha sido restaurado el visual?
—No.
—Ponte la mascarilla —gritó Dunworthy a
sus es¬paldas—. ¡Y la bufanda!
Llamó a Mary y esperó impaciente durante
casi cinco minutos hasta que ella se puso al teléfono.
—¿James? —dijo la voz de Mary—. Es
Badri. Pre¬gunta por ti.
—¿Está mejor, entonces?
—No. La fiebre sigue siendo muy alta, y
está muy inquieto; no para de decir tu nombre, insiste en que tie¬ne algo que
decirte. Está muy mal. Si pudieras venir y hablar con él, tal vez se calmaría.
—¿Ha dicho algo acerca de la peste?
—¿La peste? —preguntó ella, molesta—. No
me digas que tú también has hecho caso a esos rumores ri¬dículos que van
corriendo por ahí, James... que si es có¬lera, que si es dengue, que si es una
recurrencia de la Pandemia...
—No. Es Badri. Anoche dijo: «Mató a
media Eu¬ropa» y «Fueron las ratas».
—Está delirando, James. Es la fiebre. No
significa nada.
Tiene razón, se dijo él. La retenida
hablaba de in¬dios con arcos y flechas, y no te pusiste a buscar gue¬rreros
sioux. Había mencionado el pastel de cumplea¬ños como explicación a su
enfermedad, y Badri había hablado de la peste. No significaba nada.
Sin embargo, dijo que iría para allá
inmediatamente y fue a buscar a Finch. Andrews no había especificado a qué hora
llamaría, pero Dunworthy no podía dejar el teléfono desatendido. Deseó haber
hecho quedarse a Colin mientras hablaba con Mary.
Finch estaría probablemente en el salón,
prote¬giendo el bacon con su vida. Descolgó el receptor de la horquilla para
que pareciera que estaba comunicando y cruzó el patio hasta el salón.
La señora Taylor lo encontró en la
puerta.
—Estaba buscándole —dijo—. He oído que
algu¬nos de los retenidos contrajeron el virus anoche.
—Sí —contestó él, buscando a Finch en el
salón.
—Oh, cielos. Supongo que todos hemos
quedado expuestos.
No encontró a Finch por ninguna parte.
—¿De cuánto es el período de incubación?
—pre¬guntó la señora Taylor.
—Entre doce y cuarenta y ocho horas
—respondió él. Estiró el cuello, intentando ver por encima de las ca¬bezas de
los retenidos.
—Eso es horrible. ¿Y si una de nosotras
cae en me¬dio del recital? Pertenecemos al Traditional, ya sabe, no al Council.
Las reglas son muy explícitas.
Dunworthy se preguntó por qué
Traditional, fuera lo que fuese aquello, había considerado necesario tener
reglas referidas a los campaneros afectados por la gripe.
—Regla Número Tres —recitó la señora
Taylor—. «Todo hombre debe ceñirse a su campana sin interrup¬ción.» No podemos
poner a otra persona en medio de un recital aunque una de nosotras caiga. Y eso
estro-pearía el ritmo.
Dunworthy tuvo una súbita imagen de una
de las campaneras con sus guantecitos blancos desplomándo¬se y siendo sacada a
patadas para que no perturbara el ritmo.
—¿Hay algún síntoma previo? —preguntó la
se–ora Taylor.
—No.
—El papel que distribuyó el Ministerio
de Sanidad hablaba de desorientación, fiebre y dolor de cabeza, pero eso no
sirve de nada. Las campanas siempre dan dolor de cabeza.
Me lo imagino, pensó él, buscando a
William Gad-dson o a cualquiera de los otros estudiantes que pudiera atender el
teléfono.
—Si perteneciéramos al Council, por
supuesto, no habría ningún problema. Dejan que la gente sustituya a diestro y
siniestro. Durante un concierto en Titum Bob Maxims en York, tuvieron a
diecinueve campane-ros. ¡Diecinueve! No veo cómo pueden considerarlo siquiera
un recital.
Ninguno de sus estudiantes parecía estar
en el sa¬lón, Finch sin duda se había atrincherado en la despen¬sa, y Colin se
había marchado hacía un rato.
—¿Siguen necesitando una sala para
ensayar? —le preguntó a la señora Taylor.
—Sí, a menos que una de nosotras caiga
con esa en¬fermedad. Por supuesto, podríamos hacer Stedmans, pero no sería lo
mismo, ¿verdad?
—Les dejaré usar mi sala de estar si
responden al teléfono y anotan los mensajes que haya para mí. Espe¬ro una
conferencia importante... una llamada de larga distancia, así que es esencial
que haya alguien en la ha-bitación en todo momento.
La condujo a sus habitaciones.
—Oh, no es muy grande, ¿verdad? —observó
ella—. No estoy segura de que haya espacio para ensayar nues¬tro crescendo.
¿Podemos apartar los muebles?
—Pueden hacer lo que quieran, siempre
que atien¬dan al teléfono y anoten los mensajes. Espero una llamada del señor
Andrews. Dígale que no necesita per¬miso para entrar en la zona de cuarentena.
Que vaya di¬recto a Brasenose, que yo me reuniré allí con él.
—Bueno, bien, de acuerdo —suspiró ella,
como si le estuviera haciendo un favor—. Al menos es mejor que esa cafetería
llena de corrientes de aire.
La dejó redistribuyendo sus muebles, no
muy con¬vencido de que fuera una buena idea encargarle aquella misión, y corrió
a ver a Badri. Tenía que decirle algo. Los mató a todos. Media Europa.
La lluvia se había convertido en una
pequeña bru¬ma, y los piquetes contra la CE habían crecido en nú¬mero delante
del hospital. Un grupo de jóvenes de la edad de Colin se les había unido,
llevando máscaras ne¬gras en la cara y gritando: «¡Dejad salir a mi pueblo!»
Uno de ellos agarró a Dunworthy por el
brazo.
—El Gobierno no tiene derecho a
mantenerle aquí en contra de su voluntad —dijo, acercando su cara
pin¬tarrajeada a la mascarilla de Dunworthy.
—No seas idiota. ¿Quieres empezar otra
Pan¬demia?
El niño le soltó el brazo, confundido, y
Dunwor¬thy escapó al interior.
Admisiones estaba lleno de pacientes en
camillas, y había una de pie junto al ascensor. Una figura de aspec¬to
impresionante con voluminosas RPE leía algo al pa¬ciente de un libro envuelto
en politeno.
—«¿Quién perecerá, siendo inocente?
—dijo, y Dunworthy advirtió con horror que no era una enfer¬mera, sino la
señora Gaddson—. ¿O dónde estaban los justos?» —recitó ella.
Se detuvo y hojeó las finas páginas de
la Biblia, buscando otro pasaje consolador, y Dunworthy se desvió hacia un
pasillo lateral y las escaleras, eterna¬mente agradecido al Ministerio de
Sanidad por haber suministrado mascarillas.
—«El Señor los castigará a todos con
consumi¬ción —entonó, su voz resonando en el pasillo mien¬tras Dunworthy huía—,
y con fiebre, y con inflama¬ción».
Y los castigará con la señora Gaddson,
pensó, y ella os leerá las Escrituras para levantaros la moral.
Subió las escaleras hasta Aislamiento,
que al pare¬cer ocupaba ahora casi toda la primera planta.
—Aquí está —dijo la enfermera. Era otra
vez la es¬tudiante rubia. Dunworthy se preguntó si tendría que advertirle sobre
la señora Gaddson—. Casi le había dado por perdido. Le ha estado llamando toda
la mañana.
Le tendió un paquete de RPE; él se las
puso y la siguió.
—Hace media hora estaba completamente
frené¬tico, llamándole sin parar —murmuró la enfermera—. Insistía en que tenía
que decirle una cosa. Ahora está un poco mejor.
De hecho, Badri parecía
considerablemente re¬cuperado. Había perdido el tono rojo y asustante, y aunque
estaba un poco pálido, parecía casi como siem¬pre. Estaba medio sentado contra
unas cuantas almoha¬das, y sus manos yacían sobre la tela, con los dedos
do¬blados. Tenía los ojos cerrados.
—Badri —llamó la enfermera, y colocó la
mano enguantada sobre su hombro y se inclinó hacia él—. El señor Dunworthy está
aquí.
Él abrió los ojos.
—¿Señor Dunworthy?
—Sí. —Ella hizo una indicación con la
cabeza—. Le dije que vendría.
Badri se enderezó, pero no miró a
Dunworthy, sino hacia delante.
—Estoy aquí, Badri —dijo Dunworthy, y
avanzó hasta quedar en su línea de visión.
Badri siguió mirando hacia delante y sus
manos em¬pezaron a moverse inquietas sobre las rodillas. Dun¬worthy miró a la
enfermera.
—Lleva un rato haciendo eso —dijo ella—.
Creo que está tecleando. —Miró las pantallas y salió.
Estaba tecleando, en efecto. Tenía las
muñecas apo¬yadas en las rodillas, y sus dedos pulsaban la manta en una
compleja secuencia. Sus ojos contemplaban algo ante él (¿una pantalla?), y tras
un momento frunció el ceño.
—Eso no puede estar bien —dijo, y empezó
a te¬clear rápidamente.
—¿Qué es, Badri? ¿Qué anda mal?
—Debe de haber un error —dijo Badri. Se
inclinó un poco hacia el lado—. Dame un línea-a-línea con la AAT.
Estaba hablando al oído de la consola,
advirtió Dunworthy. Está leyendo el ajuste, pensó.
—¿Qué no puede estar bien, Badri?
—El deslizamiento —respondió Badri, los
ojos fi¬jos en la pantalla imaginaria—. Comprueba los pará¬metros. Eso no puede
estar bien.
—¿Qué ocurre con el deslizamiento? ¿Hubo
más del que esperabas?
Badri no respondió. Tecleó un instante,
se detu¬vo, contempló la pantalla y empezó a teclear frenéti¬camente.
—¿Cuánto deslizamiento hubo? ¿Badri?
—pre¬guntó Dunworthy.
Él tecleó durante un minuto entero y se
detuvo y miró a Dunworthy.
—Estoy muy preocupado —dijo, pensativo.
—¿Por qué estás preocupado, Badri?
Badri apartó de repente las mantas y se
agarró a las barandillas de la cama.
—Tengo que encontrar al señor Dunworthy
—ex¬clamó. Agarró la cánula y tiró de la cinta.
Las pantallas tras él se volvieron
locas, llenas de crestas y pitidos. En alguna parte sonó una alarma.
—No debes hacer eso —dijo Dunworthy, y
exten¬dió las manos para detenerlo.
—Está en el pub —jadeó Badri, rompiendo
la cinta.
Las pantallas se quedaron súbitamente
planas.
—Desconexión —dijo una voz de
ordenador—. Desconexión.
La enfermera entró corriendo.
—Oh, cielos, ya es la segunda vez que lo
hace. Se¬ñor Chaudhuri, no debe hacer eso. Se sacará la cánula.
—Vaya y traiga al señor Dunworthy.
Ahora. Algo va mal —dijo Badri, pero se tendió y dejó que ella le ta¬para—.
¿Por qué no viene?
Dunworthy esperó a que la enfermera
volviera a pegar la cánula y conectara nuevamente las pantallas, observando a
Badri. Éste parecía agotado y apático, casi aburrido. Una nueva magulladura
empezaba a for-marse sobre la cánula.
—Creo que será mejor traer un sedante
—dijo la enfermera, y se marchó.
—Badri —dijo Dunworthy en cuanto se hubo
ido—, soy el señor Dunworthy. Querías decirme algo. Mírame, Badri. ¿Qué es?
¿Qué va mal?
Badri lo miró, pero sin interés.
—¿Acaso, hubo demasiado deslizamiento,
Badri? ¿Está Kivrin en la peste?
—No tengo tiempo —dijo Badri—. Estuve
fuera el sábado y el domingo. —Empezó a teclear de nuevo, moviendo los dedos
incesantemente sobre las man¬tas—. Eso no puede estar bien.
La enfermera volvió con un frasco para
el gotero.
—Oh, bien —dijo él, y su expresión se
relajó y se suavizó, como si le hubieran quitado un gran peso de encima—. No sé
qué sucedió. Tenía un dolor de cabeza terrible.
Cerró los ojos antes de que ella
terminara de co¬nectar la sonda a la cánula y empezó a roncar suavemente.
La enfermera condujo a Dunworthy al
exterior.
—¿Qué dijo exactamente antes de que yo
llegara? —preguntó él mientras se quitaba el traje.
—No dejaba de llamarle y decía que tenía
que en¬contrarle, que tenía que decirle algo importante.
—¿Mencionó algo sobre ratas?
—No. Una vez dijo que tenía que
encontrar a Ka-ren... o Katherine...
—Kivrin.
Ella asintió.
—Sí. Dijo: «Tengo que encontrar a
Kivrin. ¿Está abierto el laboratorio?» Y luego comentó algo acerca de un
cordero, pero nada de ratas, no creo. No enten¬día muchas cosas de las que
decía.
Dunworthy lanzó los guantes impermeables
a la bolsa.
—Quiero que anote todo lo que diga. No
las par¬tes ininteligibles —añadió antes de que ella pudiera po¬ner ninguna
objeción—. Todo lo demás. Volveré esta tarde.
—Lo intentaré —dijo ella—. Casi todo son
ton¬terías.
Dunworthy bajó las escaleras. Casi todo
eran ton¬terías, delirios febriles que no significaban nada, pero salió a coger
un taxi. Quería volver a Balliol cuanto an¬tes, para hablar con Andrews y hacer
que viniera a leer el ajuste.
«Eso no puede estar bien», había dicho
Badri, y te¬nía que referirse al deslizamiento. ¿Podría haber mal-interpretado
la cifra, aunque sólo era de cuatro horas, y luego descubrió... qué? ¿Que era
de cuatro años? ¿O veintiocho?
—Llegará más rápido caminando —dijo
alguien. Era el muchacho con las pinturas negras en la cara—. Si espera un
taxi, se quedará aquí eternamente. Todos han sido requisados por el maldito
Gobierno.
Señaló uno que aparcaba junto a la
puerta de Ad¬misiones. Tenía una placa del Ministerio de Sanidad en la
ventanilla.
Dunworthy dio las gracias al niño y
regresó a Ba¬lliol. Volvía a llover, y caminó rápidamente, esperando que
Andrews hubiera telefoneado ya, que estuviera ya en camino. «Vaya y traiga al
señor Dunworthy inme-diatamente —había dicho Badri—. Ahora. Algo va mal», y era
evidente que estaba reviviendo sus acciones después de haber hecho el ajuste,
cuando corrió bajo la lluvia hasta el Cordero y la Cruz para buscarlo. «Eso no
puede estar bien.»
Casi cruzó corriendo el patio hasta sus
habitacio¬nes. Le preocupaba que la señora Taylor no hubiera oído el timbre del
teléfono con el estruendo de sus campaneras, pero cuando abrió la puerta las
encontró de pie en un círculo en medio de la habitación con las mascarillas
puestas, los brazos levantados y las manos cruzadas como en súplica, bajando
las manos y do-blando las rodillas una tras otra en solemne silencio.
—Ha llamado el guía del señor Basingame
—anun¬ció la señora Taylor, levantándose e inclinándose—. Dijo que pensaba que
el señor Basingame estaba en al¬guna parte de las Tierras Altas. Y el señor
Andrews dijo que le telefoneara usted. Acaba de llamar.
Dunworthy llamó, sintiéndose
inmensamente ali¬viado. Mientras esperaba a que Andrews contestara, observó la
curiosa danza y trató de decidir la pauta. La señora Taylor parecía bambolearse
en una base semi-rregular, pero las otras hacían sus extraños movimien¬tos sin
ningún orden aparente. La más corpulenta, la señora Piantini, contaba para sí,
con el ceño fruncido en gesto de concentración.
—He obtenido permiso para que entre en
la zona de cuarentena. ¿Cuándo va a venir? —preguntó en cuanto el técnico
contestó.
—Ésa es la cuestión, señor —dijo
Andrews. Había visual, pero era demasiado borroso para interpretar su
expresión—. No creo que pueda. He estado viendo la cuarentena en los vids,
señor. Dicen que esta gripe hin¬dú es extremadamente peligrosa.
—No tiene por qué entrar en contacto con
ninguno de los casos —observó Dunworthy—. Puedo disponer que vaya directamente
al laboratorio de Brasenose. Es¬tará completamente a salvo. Es muy importante.
—Sí, señor, pero los vids dicen que
puede haber sido causada por el sistema de calefacción de la Univer¬sidad.
—¿El sistema de calefacción? En la
Universidad no hay sistema de calefacción, y las individuales de los co¬legios
tienen más de cien años y no sirven ni para ca¬lentar, mucho menos podrán
infectar. —Las campaneras se volvieron a una para mirarle, pero no alteraron su
ritmo—. No tiene absolutamente nada que ver con el sistema de calefacción. Ni
con la India, ni con la ira de Dios. Empezó en Carolina del Sur. La vacuna ya
está en camino. Es perfectamente seguro.
Andrews parecía obstinado.
—De todas formas, señor, no me parece
aconseja¬ble trasladarme allí.
Las campaneras se detuvieron
bruscamente.
—Lo siento —dijo la señora Piantini, y
empezaron otra vez.
—Hay que leer el ajuste. Tenemos a una
historia¬dora en 1320, y no sabemos cuánto deslizamiento ha habido. Me
encargaré que le paguen un plus de peli¬grosidad —dijo Dunworthy, y entonces
advirtió que ésa era exactamente la estrategia equivocada—. Puedo disponer que
esté aislado, o que lleve RPE o...
—Podría leer el ajuste desde aquí
—sugirió An¬drews—. Tengo una amiga que establecerá la conexión de acceso. Es
estudiante en Shrewsbury. —Hizo una pausa—. Es lo mejor que puedo hacer. Lo
siento.
—Lo siento —repitió la señora Piantini.
—No, no, tocas en segundo lugar —dijo la
señora Taylor—. Te mueves dos-tres-arriba y abajo y tres-cuatro abajo y luego
conduces un tirón entero. Y man¬ten los ojos en las otras campaneras, no en el
suelo. ¡Uno-dos-y-va! —Empezaron su danza otra vez.
—Simplemente, no puedo correr el riesgo
—se jus¬tificó Andrews.
Estaba claro que no se iba a dejar
convencer.
—¿Cómo se llama su amiga de Shrewsbury?
—le preguntó Dunworthy.
—Polly Wilson —respondió Andrews, con
tono aliviado. Le dio su número—. Dígale que necesita una lectura remota,
solicitud IA, y transmisión puente. Me quedaré en este número. —Se dispuso a
colgar.
—¡Espere! —exclamó Dunworthy. Las
campañeras le miraron, con expresión de desaprobación—. ¿Cuál podría ser el
deslizamiento máximo en un lanza¬miento a 1320?
—No tengo ni idea. Es difícil predecir
los desliza¬mientos. Hay muchos factores.
—Una estimación. ¿Podrían ser veintiocho
años?
—¿Veintiocho años? —dijo Andrews, y el
tono de sorpresa hizo que Dunworthy experimentara un arre¬bato de alivio—. Oh,
no lo creo. Hay una tendencia general a deslizamientos mayores cuanto más atrás
se viaja, pero el aumento no es exponencial. Las compro¬baciones de parámetros
se lo dirán.
—Medieval no hizo ninguna.
—¿Enviaron a una historiadora sin hacer
compro¬baciones de parámetros? —Andrews parecía asom¬brado.
—Sin comprobaciones de parámetros, sin
remo¬tos, sin tests de reconocimiento. Por eso es esencial que consiga ese
ajuste. Quiero que me haga un favor.
Andrews se envaró.
—No será necesario que venga aquí
—aclaró Dun¬worthy rápidamente—. Jesús College tiene una instala¬ción en
Londres. Quiero que vaya y haga una compro¬bación de parámetros de un
lanzamiento al mediodía del 13 de diciembre de 1320.
—¿Cuáles son las coordenadas locales?
—No lo sé. Las obtendré cuando vaya a
Brasenose. Quiero que me telefonee aquí en cuanto haya determi¬nado el
deslizamiento máximo. ¿Podrá hacerlo?
—Sí —contestó, pero parecía dubitativo
otra vez.
—Bien. Llamaré a Polly Wilson. Lectura
remota, solicitud IA, transmisión puente. Le llamaré en cuanto ella haya
entablado contacto con Brasenose —dijo Dunworthy, y colgó antes de que Andrews
pudiera cambiar de parecer.
Se quedó con el receptor en la mano,
contemplan¬do a las campaneras. El orden cambiaba continuamente, pero por lo
visto la señora Piantini no volvió a per¬der la cuenta.
Llamó a Polly Wilson y le dio los datos
específicos que había dictado Andrews, preguntándose si también ella había
estado viendo los vids, y tendría miedo del sistema de calefacción de
Brasenose, pero la joven dijo rápidamente:
—Necesito encontrar un acceso. Le veré
allí den¬tro de tres cuartos de hora.
Dunworthy dejó a las campaneras haciendo
flexio¬nes y fue a Brasenose. La lluvia había menguado otra vez y por las
calles circulaba más gente, aunque mu¬chas de las tiendas estaban cerradas.
Quienquiera que estuviera a cargo del carillón de Carfax había pillado la gripe
o se había olvidado de él debido a la cuarentena. Seguía tocando Bnng a Torch,
Jeanette Isabella, o po¬siblemente O Tannebaum.
Había un piquete formado por tres
personas de¬lante de una tienda hindú y media docena más ante Brasenose con una
gran pancarta que decía: «LOS VIAJES EN EL TIEMPO SON UNA AMENAZA PARA LA
SALUD.»
Reconoció a la joven que sujetaba uno de
los extremos: era la auxiliar médico de la ambulancia.
Sistemas de calefacción, la CE y los
viajes en el tiempo. Durante la Pandemia fueron el programa de guerra
bacteriológica americano y el aire acondiciona¬do. En la Edad Media
responsabilizaron a Satán y a la aparición de cometas de sus epidemias. Sin duda
cuan¬do se descubriera el hecho de que el virus se había ori¬ginado en Carolina
del Sur, la Confederación o el pollo frito del sur serían los culpables.
Entró en la portería. El árbol de
Navidad se encon¬traba en un extremo del mostrador, con su ángel en lo alto.
—Vendrá a verme una estudiante de
Shrewsbury para establecer un equipo de comunicación —le dijo al portero—.
Tendrá que dejarnos entrar en el laboratorio.
—El laboratorio está restringido, señor.
—¿ Restringido ?
—Sí, señor. Lo han clausurado y no se
permite en¬trar a nadie.
—¿Por qué? ¿Qué ha sucedido?
—Es debido a la epidemia, señor.
—¿La epidemia?
—Sí, señor. Tal vez sea mejor que hable
con el se¬ñor Gilchrist, señor.
—Bien. Dígale que estoy aquí y que
necesito en¬trar en el laboratorio.
—Me temo que ahora mismo no se encuentra
aquí.
—¿Dónde está?
—En el hospital, creo. Fue...
Dunworthy no esperó a oír el resto. A
mitad de ca¬mino se le ocurrió que Polly Wilson se quedaría espe¬rando sin
saber adonde había ido, y mientras llegaba al hospital, pensó que Gilchrist
podría estar allí porque había contraído el virus.
Bien, pensó, es lo que se merece, pero
Gilchrist es¬taba en la pequeña sala de espera, sano y salvo, con una
mascarilla del ministerio, subiéndose la manga para re¬cibir la vacuna que
preparaba una enfermera.
—Su portero me dijo que el laboratorio
está restrin¬gido —dijo Dunworthy, colocándose entre ellos—. Tengo que entrar.
He encontrado un técnico para hacer un ajuste remoto. Necesitamos establecer un
equipo transmisor.
—Me temo que eso será imposible. El
laboratorio está en cuarentena hasta que la fuente del virus haya sido
determinada.
—¿La fuente del virus? —preguntó
Dunworthy, incrédulo—. El virus se originó en Carolina del Sur.
—No estaremos seguros de eso hasta que
obtenga¬mos una identificación positiva. Hasta entonces, consi¬dero que lo
mejor es minimizar cualquier riesgo po¬sible para la Universidad restringiendo
el acceso al laboratorio. Ahora, si me disculpa, estoy aquí para reci¬bir mi
potenciación del sistema inmunológico. —Se di¬rigió hacia la enfermera.
Dunworthy extendió el brazo para
detenerlo.
—¿Qué riesgos?
—Ha habido considerable preocupación
pública de que el virus haya sido transmitido a través de la red.
—¿Preocupación pública? ¿Se refiere a
esos tres ta¬rados con la pancarta que hay ante su puerta?
—Esto es un hospital, señor Dunworthy
—advir¬tió la enfermera—. Por favor, no alce la voz.
Él la ignoró.
—Ha habido «considerable preocupación
públi¬ca», como usted dice, de que el virus haya sido causa¬do por las leyes de
inmigración liberales —señaló—. ¿También pretende separarse de la CE?
Gilchrist levantó la barbilla y unas
arruguitas apa¬recieron junto a su nariz, visibles incluso a través de la
mascarilla.
—Como decano en funciones de la Facultad
de Historia, es mi responsabilidad actuar en interés de la Universidad. Nuestra
posición en la comunidad, como sin duda ya sabrá, depende del mantenimiento de
la buena voluntad del pueblo. Me pareció importante cal¬mar los temores del
público cerrando el laboratorio hasta que llegue la secuencia. Si indica que el
virus es de Carolina del Sur, entonces por supuesto el laboratorio volverá a
ser abierto inmediatamente.
—¿Y mientras tanto, qué será de Kivrin?
—Si no puede mantener un tono de voz
normal —advirtió la enfermera—, me veré obligada a llamar a la doctora Ahrens.
—Excelente. Vaya y tráigala. Quiero que
le diga al señor Gilchrist lo ridículo que está siendo. Este virus no puede
haber llegado a través de la red.
La enfermera se marchó.
—Si sus manifestantes son demasiado
ignorantes para entender las leyes de la física , seguro que podrán comprender
el simple hecho de que fue un lanzamiento. La red se abrió a 1320, no desde
allí. Nada la atravesó desde el pasado.
—Si ése es el caso, entonces la señorita
Engle no corre ningún peligro, y no le hará ningún daño esperar a que llegue la
secuencia.
—¿Que no corre peligro? ¡Ni siquiera
sabe dónde está!
—Su técnico obtuvo el ajuste, e indicó
que el lanza¬miento había sido un éxito y que se produjo un desliza¬miento
mínimo —replicó Gilchrist. Se bajó la manga y abrochó el puño cuidadosamente—.
Estoy satisfecho de que la señorita Engle esté donde se supone que debe estar.
—Bien, pues yo no. Y no lo estaré hasta
que me asegure de que Kivrin atravesó la red a salvo.
—Debo recordarle de nuevo que la
señorita Engle es mi responsabilidad, no la suya, señor Dunworthy. —Se puso el
abrigo—. He de hacer lo que considero mejor.
—Y cree que lo mejor es establecer una
cuarente¬na alrededor del laboratorio para aplacar a un puñado de chalados.
También hay «considerable preocupa¬ción pública» de que el virus sea un castigo
de Dios. ¿Qué pretende hacer para mantener la buena volun¬tad de esa gente?
¿Volver a quemar mártires en la ho¬guera?
—Lamento mucho esa observación. Y
lamento su constante interferencia en asuntos que no le concier¬nen. Desde el
principio decidió boicotear Medie¬val, impedir que obtuviera acceso a los
viajes en el tiempo, y ahora está decidido a socavar mi autoridad. He de
recordarle que soy decano en funciones de Historia en ausencia del señor
Basingame, y como tal...
—¡Lo que es usted es un idiota ignorante
y engreído al que nunca debería habérsele confiado Medieval, y
mucho menos la segundad de Kivrin!
—No veo ningún motivo para continuar con
esta discusión —dijo Gilchrist—. El laboratorio está en cuarentena. Continuará
así hasta que consigamos la se¬cuencia.
Se marchó.
Dunworthy le siguió y estuvo a punto de
chocar con Mary. Ella llevaba RPE y leía una gráfica.
—No te creerás lo que ha hecho Gilchrist
ahora. Un puñado de manifestantes le ha convencido de que el virus llegó a
través de la red, y ha clausurado el labo¬ratorio.
Ella no dijo nada, ni siquiera levantó
la cabeza de la gráfica.
—Badri dijo esta mañana que las cifras
del desliza¬miento no podían estar bien. Lo dijo varias veces: «Algo va mal.»
Ella le miró, distraída, y volvió a
consultar la gráfica.
—Tengo a un técnico listo para leer el
ajuste de Ki¬vrin en modo remoto, pero Gilchrist ha cerrado las puertas. Tienes
que hablar con él, decirle que se ha es¬tablecido firmemente que el virus
procede de Carolina del Sur.
—Eso no sería cierto.
—¿Qué quieres decir? ¿Ha llegado la
secuencia?
Ella sacudió la cabeza.
—El WIC localizó a su técnico, pero
todavía está trabajando en ello. Pero su lectura preliminar indica que no es el
virus de Carolina del Sur. —Le miró—. Y ahora sé que no lo es. —Consultó de
nuevo la gráfica—. El vi¬rus de Carolina del Sur tenía una tasa de mortalidad
cero.
—¿Qué quieres decir? ¿Le ha ocurrido
algo a Badri?
—No —dijo ella, cerrando la gráfica y
apretándola contra su pecho—. Beverly Green.
Dunworthy debió de quedarse blanco.
Creía que iba a decir Latimer.
—La mujer del paraguas lavanda —dijo
ella, y pa¬recía furiosa—. Acaba de morir.
TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL
JUICIO FINAL
(046381-054957)
22 de diciembre de 1320 (Calendario
Antiguo). La rodilla de Agnes ha empeorado. Está roja y le duele (es una forma
suave de decirlo, grita cuando intento tocar¬la), y apenas puede andar. No sé
qué hacer, si se lo digo a lady Imeyne le pondrá uno de sus emplastos y aún
será peor, y Eliwys está distraída y obviamente pre¬ocupada.
Gawyn no ha vuelto todavía. Tendría que
haber llegado ayer a mediodía, y cuando no apareció para vísperas, Eliwys acusó
a Imeyne de haberlo enviado a Oxford.
—Lo he enviado a Courcy, como te dije
—repuso Imeyne, a la defensiva—. Sin duda la lluvia lo retiene allí.
—¿Sólo a Courcy? —estalló Eliwys,
enfadada—. ¿O lo habéis enviado a otra parte en busca de un nuevo capellán?
Imeyne se irguió.
—El padre Roche no es adecuado para
decir las misas de Navidad si vienen sir Bloet y su séquito. ¿Quieres quedar en
evidencia ante el prometido de Rosemund ?
Eliwys palideció.
—¿Dónde lo habéis enviado?
—Lo he mandado con un mensaje para el
obispo, diciéndole que necesitamos un capellán.
—¿A Bath? —exclamó Eliwys, y alzó la
mano como si fuera a golpearla.
—No. Sólo a Cirencestre. El archidiácono
iba a en¬contrarse en la abadía para Navidad. Ordené a Gawyn que le
transmitiera el mensaje. Uno de sus sacerdotes vendrá. Aunque, sin duda, las
cosas no estarán tan mal en Bath para que Gawyn no pueda llegar hasta allí sin
recibir daños, o de lo contrario mi hijo se habría mar¬chado.
—Vuestro hijo se enojará mucho cuando
descu¬bra que le hemos desobedecido. Nos ordenó, junto con Gawyn, que nos
quedáramos en la casa hasta su regreso.
Todavía parecía furiosa, y mientras
bajaba la mano la cerró en un puño, como si le hubiera gustado darle un
pescozón a Imeyne en las orejas como hace con Maisry. Pero el color volvió a
sus mejillas cuando Ime¬yne dijo «Cirencestre», y creo que al menos se sintió
un poco aliviada.
Imeyne dijo que las cosas no podían
estar tan mal en Bath para que Gawyn no pudiera ir hasta allí, pero es evidente
que Eliwys no opina lo mismo.
¿Teme que le tiendan una trampa o que
pudiera traer hasta aquí a los enemigos de lord Guillaume? ¿Tan mal están las
cosas que Guillaume no puede salir de Bath?
Tal vez es todo eso. Eliwys se ha
asomado a la puerta al menos una docena de veces esta mañana, y está de tan mal
humor como Rosemund en el bosque. Ahora mismo acaba de preguntarle a Imeyne si
está se¬gura de que el archidiácono estaba en Cirencestre. Ob¬viamente le
preocupa que si está allí, Gawyn haya lle¬vado el mensaje hasta Bath.
Su temor ha contagiado a todo el mundo.
Lady Imeyne se ha retirado a un rincón con su relicario a rezar, Agnes gimotea,
y Rosemund está sentada con su bordado en el regazo, mirándolo sin verlo.
(Pausa)
He llevado a Agnes al padre Roche esta
tarde. Tie¬ne la rodilla mucho peor. No podía caminar, y tenía lo que me
pareció el principio de una veta roja encima. No pude decirlo con seguridad
(toda la rodilla está roja e inflamada), pero tuve miedo de esperar.
No había cura para la gangrena en 1320,
y es culpa mía que se le haya infectado la rodilla. Si no hubiera in¬sistido en
ir a buscar el lugar de recogida, no se habría caído.
Se supone que las paradojas no pueden
permitir que mi presencia aquí tenga ningún efecto sobre lo que le sucede a los
contemporáneos, pero no puedo correr ese riesgo. Se suponía que yo tampoco
podía caer en¬ferma.
Así que cuando Imeyne subió al ático,
llevé a Ag¬nes a la iglesia para pedirle al sacerdote que la tratara.
Lloviznaba cuando llegamos, pero Agnes no se queja¬ba por mojarse, y eso me
asustó aún más que la veta roja.
La iglesia estaba a oscuras y olía a
moho. Oí la voz del padre Roche en la parte delantera, y parecía que es¬taba
hablando con alguien.
—Lord Guillaume no ha llegado aún de
Bath. Temo por su seguridad.
Pensé que tal vez Gawyn había regresado,
y quise oír qué decía acerca del juicio, así que no continué avanzando. Me
quedé allí, con Agnes en brazos, y es¬cuché.
—Ha llovido estos dos días —dijo Roche—,
y so¬pla un desagradable viento del oeste. Hemos tenido que traer a las ovejas.
Tras intentar ver durante un minuto en
la oscura nave, al fin lo divisé. Estaba de rodillas delante de la reja, sus
grandes manos unidas en oración.
—El bebé del senescal tiene un cólico de
estómago y no puede contener la leche. Tabord el campesino si¬gue enfermo.
No rezaba en latín, y en su voz no había
nada del canturreo del cura de Santa Re-Formada ni de la orato¬ria del vicario.
Parecía tranquilo y familiar, como yo hablo ahora.
Se suponía que Dios era muy real para
los contem¬poráneos del siglo XIV, más vivido que el mundo físico que
habitaban. «Ahora volveréis a casa», me dijo el pa¬dre Roche cuando me estaba
muriendo, y eso es lo que creían los contemporáneos: que la vida del cuerpo es
ilusoria, carente de importancia; y que la vida real es la del alma eterna,
como si sólo estuviéramos de visita por la vida como yo estoy de visita en este
siglo. Sin embargo, no he visto muchas pruebas de esta concep¬ción del mundo.
Eliwys murmura diligentemente sus ave en vísperas y maitines y luego se levanta
y se sacu¬de la saya como si sus oraciones no tuvieran nada que ver con sus
preocupaciones por su marido, las niñas o Gawyn. Y a Imeyne, a pesar de su
relicario y su Libro de las Horas, sólo le preocupa su posición social. No
había visto ninguna prueba de que Dios fuera real para ellos hasta que me
encontré en la iglesia húmeda, escu¬chando al padre Roche.
Me pregunto si ve a Dios y el cielo tan
claramente como yo le veo a usted y a Oxford, la lluvia cayendo en el patio y
sus gafas empañándose de forma que tiene que quitárselas y limpiarlas con la
bufanda. Me pre¬gunto si parecen tan cercanos como me lo parece usted, y tan
difíciles de alcanzar.
—Salva a nuestras almas del mal y
llévanos al cielo —rezó Roche, y como si eso fuera una entradilla, Ag-nes se
enderezó en mis brazos.
—Quiero ir con el padre Roche —dijo.
El padre Roche se levantó y se acercó a
nosotras.
—¿Quién es? ¿Quién está ahí?
—Soy lady Katherine. He traído a Agnes.
Su rodi¬lla está... —¿Qué? ¿Infectada?—. Quiero que miréis su rodilla.
Él intentó hacerlo, pero la iglesia
estaba demasiado oscura, así que la llevó a su casa. Allí apenas había más luz.
La casa no era mucho mayor que la choza en la que me había refugiado, ni más
alta. Tuvo que permanecer agachado todo el tiempo que estuvimos allí para no
chocar con las vigas.
Abrió el postigo de la única ventana,
que dejó en¬trar la lluvia, y luego encendió una vela y colocó a Ag¬nes sobre
una burda mesa de madera. Desató el venda¬je, y ella se apartó del cura.
—Quédate quieta, Agnus, y te contaré
cómo Cris¬to vino a la tierra desde el lejano cielo.
—El día de Navidad —dijo Agnes.
Roche examinó la herida, palpando las
partes infla¬madas, mientras hablaba con firmeza.
—«Y los pastores se asustaron, pues no
sabían qué era aquella luz resplandeciente. Y oyeron sonidos como de campanas
repicando en el cielo. Pero se trata¬ba del ángel del Señor que se les
presentó.»
Agnes gritó y me hizo retirar las manos
cuando in¬tenté tocarle la rodilla, pero dejó que Roche palpara la zona roja
con sus grandes dedos. Definitivamente, aquello era el principio de una veta
roja. Roche la tocó con cuidado y acercó la vela para ver mejor.
—«Y de una tierra lejana llegaron tres
reyes carga¬dos de regalos» —prosiguió, con el ceño fruncido. Tocó de nuevo la
veta roja, torpemente, y luego unió las manos, como si fuera a rezar, y yo
pensé, no pien¬ses. Haz algo.
El bajó las manos y me miró.
—Me temo que la herida está envenenada.
Haré una infusión de hisopo para sacar el veneno.
Se acercó al hogar, meneó unos carbones
de aspec¬to tibio, y vertió agua de un cubo en una olla de hierro.
El cubo estaba sucio, la olla estaba
sucia, las manos con las que había tocado la herida de Agnes estaban su¬cias, y
mientras le veía colocar la olla al fuego y rebus¬car en una sucia bolsa,
lamenté haber acudido a él. No era mejor que Imeyne. Una infusión de hojas y
semi¬llas no curaría mejor la gangrena que uno de los em¬plastos de Imeyne, y
sus oraciones tampoco serían de ayuda, aunque hablara con Dios como si
realmente es¬tuviera allí.
«¿Es eso todo lo que podéis hacer?»,
estuve a pun¬to de decir, y entonces advertí que esperaba lo impo¬sible.
La cura para la infección era la
penicilina, poten¬ciación de leucocitos-T, antisépticos; y él no tenía nada de
eso en su bolsa de arpillera.
Recuerdo que el señor Gilchrist habló de
médicos medievales en una de sus conferencias. Habló de lo idiotas que eran por
sangrar a la gente y tratarlos con arsénico y orina de cabra durante la Peste
Negra. ¿Pero qué esperaba que hicieran? No tenían análogos ni anti-microbiales.
Ni siquiera sabían qué la causaba. Allí
de pie, aplastando hojas y pétalos secos entre sus dedos sucios, el padre Roche
hacía todo lo que podía.
—¿Tenéis vino? —le pregunté—. ¿Vino
añejo?
Apenas hay alcohol en la cerveza, y poco
más en el vino, pero cuanto más añejo es, más alto es el conteni¬do alcohólico,
y el alcohol es un antiséptico.
—He recordado de pronto que el vino
viejo verti¬do sobre una herida puede detener las infecciones —le expliqué.
El padre Roche no me preguntó que era
una «in¬fección» o cómo podía recordar eso cuando se suponía que no recordaba
nada más. Fue inmediatamente a la iglesia y trajo una botella de barro llena de
un vino de olor intenso, y lo vertí sobre la venda y lavé la herida con él.
Me traje la botella a casa. La he
escondido bajo la cama en la habitación de Rosemund (por si es parte del vino
sacramental; Imeyne no necesitaría más excusa para hacer quemar a Roche por
hereje), para así poder seguir limpiándola. Antes de que se acostara, le eché
un poco más.
19
Llovió hasta Nochebuena, una lluvia dura
y arras¬trada por el viento que se colaba por el tiro del techo y hacía que el
fuego siseara y humeara.
Kivrin echaba vino sobre la rodilla de
Agnes cada vez que podía, y la tarde del veintitrés pareció mejorar un poco.
Todavía estaba inflamada, pero la veta roja desapareció. Kivrin corrió hasta la
iglesia, cubriéndose la cabeza con la capa, para decírselo al padre Roche, pero
no lo encontró allí.
Ni Imeyne ni Eliwys habían advertido que
Agnes tenía una herida en la rodilla. Intentaban frenéticamen¬te prepararlo
todo para la familia de sir Bloet, por si ve¬nían, limpiando la habitación del
desván para que las mujeres pudieran dormir allí, rociando pétalos de rosa
sobre los pebeteros del salón, horneando una sorpren¬dente cantidad de panes,
tortas y pasteles, incluyendo uno algo grotesco con la forma de Niño Jesús en
el pe¬sebre, con pastas tejidas en vez de pañales.
Por la tarde, el padre Roche vino a la
casa, empapado y tembloroso. Había salido a recoger yedra para el salón en
mitad de la lluvia. Imeyne no estaba allí (se encontraba en la cocina horneando
al niño Jesús), y Kivrin hizo en¬trar a Roche para que secara sus ropas junto
al fuego.
Llamó a Maisry, y cómo ésta no acudió
tuvo que cruzar el patio hasta la cocina y traerle una copa de cer¬veza
caliente. Cuando regresó, Maisry estaba sentada junto a Roche, apartándose el
pelo sucio y enmarañado con una mano, y Roche le ponía grasa de ganso en la
oreja. En cuanto vio a Kivrin se llevó la mano a la oreja, probablemente
deshaciendo todo el bien del trata¬miento de Roche, y se escabulló.
—La rodilla de Agnes está mejor —le dijo
Kivrin al sacerdote—. La hinchazón ha bajado, y se está for¬mando una nueva
costra.
Él no pareció sorprenderse, y Kivrin se
preguntó si se había confundido, si no se trataba de gangrena des¬pués de todo.
Durante la noche, la lluvia se convirtió
en nieve.
—No vendrán —dijo lady Eliwys a la
mañana si¬guiente. Parecía aliviada.
Kivrin tuvo que darle la razón. Habían
caído casi treinta centímetros de nieve durante la noche, y toda¬vía nevaba
copiosamente. Incluso Imeyne parecía re¬signada a que no vinieran, aunque
continuó con los preparativos, bajando jarras de peltre del ático y gri¬tando a
Maisry.
Alrededor de mediodía la nevada cesó
bruscamen¬te y a eso de las dos empezó a clarear. Eliwys ordenó que todo el
mundo se pusiera sus mejores ropas. Ki¬vrin vistió a las niñas, sorprendida de
la belleza de sus trajes de seda. Agnes se puso una saya de terciopelo verde
oscuro encima, y un cinturón de plata, y la saya verde hoja de Rosemund tenía
largas mangas abiertas y un corpino bajo que mostraba el bordado de su camisa
amarilla. A Kivrin no le habían dicho qué debía poner¬se, pero después de que
les deshiciera las trenzas a las niñas y las peinara con el cabello suelto
sobre los hom¬bros, Agnes dijo:
—Debéis poneros vuestro vestido azul.
Sacó su vestido del cofre al pie de la
cama. Entre las elegantes ropas de las niñas resultaba menos fuera de lugar,
pero el tejido seguía pareciendo demasiado bue¬no, el color demasiado intenso.
No sabía qué debería hacerse en el pelo.
Las mu¬chachas solteras lo llevaban suelto en ocasiones festi¬vas, sujeto por
un lazo o una cinta, pero ella lo llevaba demasiado corto, y sólo las mujeres
casadas se lo cu¬brían. No podía dejarlo descubierto sin más: el pelo
re¬cortado tenía un aspecto horrible.
Por lo visto, Eliwys estaba de acuerdo.
Cuando Kivrin bajó a las niñas al salón, se mordió el labio y en¬vió a Maisry
al desván para que trajera un velo fino, casi transparente, que sujetó con la
cinta hacia la mitad de su cabeza, dejando que los cabellos delanteros
aso¬maran y ocultando las puntas mal cortadas.
El nerviosismo de Eliwys pareció
regresar con la mejora del tiempo. Se sobresaltó cuando entró Maisry y luego le
pegó por ensuciar el suelo de barro. De re¬pente pensó en una docena de cosas
que no estaban preparadas y le echó la culpa a todo el mundo. Cuando lady
Imeyne dijo por enésima vez «Si hubiéramos ido a Courcy...», Eliwys casi le
arrancó la cabeza.
Kivrin pensó que era una mala idea
vestir a Agnes antes del último minuto posible, y efectivamente, a media tarde
las mangas bordadas de la niña pequeña ya estaban sucias y se manchó de harina
un lado de la fal¬da de terciopelo.
A última hora de la tarde Gawyn seguía
sin regre¬sar, todo el mundo tenía los nervios de punta, y las ore¬jas de
Maisry habían cobrado un color rojo brillante. Cuando lady Imeyne le pidió a
Kivrin que le llevara seis velas de cera al padre Roche, a la historiadora le
en¬cantó la idea de sacar a las niñas de la casa.
—Decidle que deben durar para todas las
misas —advirtió Imeyne, irritada—, y serán pobres misas pa¬ra el nacimiento de
Nuestro Señor. Tendríamos que haber ido a Courcy.
Kivrin le puso a Agnes su capa y llamó a
Rose-mund, y se dirigieron a la iglesia. Roche no estaba allí. En medio del
altar había una gran vela amarillenta con una serie de marcas, apagada. La
encendería al anoche¬cer y la usaría para contar las horas hasta media noche.
De rodillas en la iglesia helada.
Tampoco lo encontró en su casa. Kivrin
dejó las velas sobre la mesa. Al cruzar el prado de regreso, vieron al burro de
Roche junto a la valla, lamiendo la nieve.
—Nos olvidamos de dar de comer a los
animales —advirtió Agnes.
—¿Dar de comer a los animales? —preguntó
Ki¬vrin, cansada, pensando en sus ropas.
—Es Nochebuena —advirtió Agnes—. ¿No
dais de comer a los animales en casa?
—No lo recuerda—intervino Rosemund—. En
Na¬vidad damos de comer a los animales en honor a Nues¬tro Señor, que nació en
un establo.
—¿No recordáis nada de la Navidad,
entonces?
—Un poco —respondió Kivrin, pensando en
la Nochebuena en Oxford, en las tiendas de Carfax deco¬radas con hojas de
plasteno y luces láser y repleta de compradores de última hora, la High llena
de bicicle¬tas, y Magdalen Tower asomando tenuemente a través de la nieve.
—Primero repican las campanas y luego
comemos y después vamos a misa y después el tronco de Noche¬buena —dijo Agnes.
—Lo has dicho todo al revés —reprendió
Rose¬mund—. Primero encendemos el tronco de Noche¬buena y luego vamos a misa.
—Primero las campanas —insistió Agnes,
mirando a Rosemund—, y luego la misa.
Fueron al granero a buscar un saco de
avena y un poco de heno y lo llevaron al establo para dar de comer a los
caballos. Gringolet no estaba entre ellos, lo cual significaba que Gawyn no
había vuelto todavía. Kivrin debía hablar con él en cuanto regresara.
Faltaba menos de una semana para el
encuentro, y todavía no tenía ni idea de dónde estaba el lugar. Y con la
llegada de lord Guillaume, todo podría cambiar.
Eliwys había pospuesto toda decisión
respecto a ella hasta que llegara su esposo, y le había dicho a las niñas otra
vez que esperaba que viniera hoy. Él podría decidir si debía llevar a Kivrin a
Oxford, o a Londres, a buscar a su familia, o sir Bloet tal vez se ofrecería a
lle¬varla con ellos a Courcy. Tenía que hablar con Gawyn pronto. Pero con los
invitados en la mansión, sería mu¬cho más fácil encontrarlo a solas, y con todo
el jaleo de Navidad, tal vez incluso podría conseguir que le mos¬trara el lugar.
Kivrin se retrasó todo lo que pudo con
los caba¬llos, esperando que Gawyn volviera, pero Agnes se aburrió y quiso dar
de comer a las gallinas. Kivrin sugi¬rió que fueran a atender a la vaca del
senescal.
—No es nuestra vaca —replicó Rosemund.
—Me ayudó aquel día que estuve enferma
—dijo Kivrin, pensando en cómo se había apoyado contra la huesuda espalda del
animal el día que intentó encon¬trar el lugar de recogida—. Querría darle las
gracias por su amabilidad.
Dejaron atrás la porqueriza donde antes
estuvie¬ron los cerdos.
—Pobres cerditos —suspiró Agnes—. Me
habría gustado darles una manzana.
—El cielo vuelve a oscurecerse por el
norte —ob¬servó Rosemund—. Creo que no vendrán.
—Ah, pero lo harán —rió Agnes—. Sir
Bloet me ha prometido un regalito.
La vaca del senescal estaba casi en el
mismo sitio donde Kivrin la había encontrado, tras la antepenúlti¬ma choza,
comiendo lo que quedaba de las mismas en¬redaderas negras.
—Feliz Navidad, señora Vaca —le deseó
Agnes, sosteniendo un puñado de heno a un metro de la boca de la vaca.
—Sólo hablan a medianoche —dijo
Rosemund.
—Podríamos venir a verla a medianoche,
lady Kivrin —palmoteo Agnes. La vaca
avanzó. Agnes retro¬cedió.
—No puedes, idiota —dijo Rosemund—.
Estarás en misa.
La vaca alargó el cuello y dio un paso
adelante. Ag¬nes retrocedió de nuevo. Kivrin le dio al animal un pu¬ñado de
heno.
Agnes la miró con envidia.
—Si todos estamos en misa, ¿cómo saben
que los animales hablan? —preguntó.
Buen razonamiento, pensó Kivrin.
—Porque el padre Roche lo dice —contestó
Rose¬mund.
Agnes salió de detrás de las faldas de
Kivrin y co¬gió otro puñado de heno.
—¿Qué dicen? —Apuntó en la dirección
general de la vaca.
—Dicen que no sabes darles de comer
—respondió Rosemund.
—No dicen eso —replicó Agnes, alargando
la mano. La vaca intentó coger el heno, con la boca muy abierta y mostrando los
dientes. Agnes le lanzó el puña¬do de heno y corrió a protegerse detrás de
Kivrin—. Alaban a Nuestro Señor bendito. El padre Roche lo dijo.
Hubo un sonido de caballos. Agnes corrió
entre las chozas.
—¡Han venido! —gritó, corriendo de
vuelta—. Sir Bloet está aquí. Los he visto. Ahora están cruzando la puerta.
Kivrin dispersó rápidamente el resto del
heno de¬lante de la vaca. Rosemund sacó un puñado de avena y se la dio a la
vaca, dejando que el animal mordisqueara el grano en su mano abierta.
—¡Vamos, Rosemund! —gritó Agnes—. ¡Sir
Bloet ha llegado!
Rosemund se limpió la mano de lo que
quedaba de avena.
—Prefiero dar de comer al burro del
padre Roche —dijo, y se dirigió hacia la iglesia, sin mirar siquiera hacia la
casa.
—Pero han venido, Rosemund —gritó Agnes,
co¬rriendo tras ella—. ¿No quieres ver qué han traído?
Obviamente, no. Rosemund había llegado
junto al burro, que había encontrado un puñado de hierba ca-rricera junto a la
valla. Se agachó y le puso bajo el hoci¬co un puñado de avena, que el asno
ignoró, y luego se quedó allí de pie con la mano en el lomo del animal; su
largo cabello oscuro le ocultaba el rostro.
—¡Rosemund! —exclamó Agnes, ruborizada
de frustración—. ¿No me oyes? ¡Han venido!
El burro apartó la avena y mordisqueó un
puñado de hierba. Rosemund siguió ofreciéndosela.
—Rosemund —dijo Kivrin—. Yo daré de
comer al burro. Debes ir a saludar a vuestros invitados.
—Sir Bloet dijo que me traería un
regalito —dijo Agnes.
Rosemund abrió las manos y dejó caer la
avena.
—Si tanto te gusta, ¿por qué no le pides
a padre que te deje casarte con él? —dijo, y se encaminó hacia la casa.
—Soy demasiado pequeña —respondió Agnes.
También lo es Rosemund, pensó Kivrin,
quien co¬gió a la niña de la mano y siguió a su hermana mayor. Rosemund
caminaba rápidamente por delante, la bar¬billa erguida, sin molestarse en
levantarse las faldas que arrastraba por el suelo e ignorando las repetidas
súpli¬cas de Agnes para que esperase.
La partida había entrado en el patio y
Rosemund ya había llegado a las pocilgas. Kivrin avivó el paso arrastrando a
Agnes, y todas llegaron al patio al mismo tiempo. Kivrin se detuvo,
sorprendida.
Esperaba una reunión formal, la familia
en la puer¬ta con discursos solemnes y sonrisas envaradas, pero esto era como
el primer día de trimestre: todo el mun¬do llevaba cajas y bolsas, y se
saludaban con exclama¬ciones y abrazos, hablando al mismo tiempo, riendo. Ni
siquiera habían echado de menos a Rosemund. Una mujer corpulenta ataviada con
una enorme cofia almi¬donada agarró a Agnes y la besó, y tres muchachas
jó¬venes rodearon a Rosemund entre chillidos de entu¬siasmo.
Unos criados, obviamente vestidos
también con sus mejores ropas, llevaron a la cocina cestas cubiertas y un
enorme ganso, y condujeron los caballos al esta¬blo. Gawyn, todavía montando a
Gringolet, se inclinó para hablar con Imeyne.
—No, el obispo está en Wiveliscombe —le
oyó de¬cir Kivrin, pero Imeyne no parecía contrariada, así que debía de haber
entregado el mensaje al archidiácono.
Imeyne se volvió a ayudar a bajar de su
caballo a una joven que llevaba una vivida capa azul aún más bri¬llante que la
de Kivrin, y la condujo hacia Eliwys, son¬riendo.
Eliwys sonreía también.
Kivrin trató de identificar a sir Bloet,
pero había al menos media docena de hombres a caballo, todos con bridas de
plata y capas forradas de piel. Ninguno de ellos parecía decrépito, gracias al
cielo, y uno o dos te¬nían aspecto bastante presentable. Se volvió para
pre¬guntarle a Agnes quién era, pero la niña todavía estaba en las garras de la
mujer de la cofia almidonada, que le palmeaba la cabeza.
—¡Pero cómo has crecido! ¡Si casi no te
reconoz¬co! —decía la mujer. Kivrin reprimió una sonrisa. Al¬gunas cosas no
cambian nunca.
Varios de los recién llegados eran
pelirrojos, in¬cluyendo a una mujer casi tan vieja como Imeyne, que sin embargo
llevaba el cabello descolorido suelto a la espalda como una muchachita joven.
Tenía la boca fruncida en un gesto de descontento, y obvia¬mente no estaba
satisfecha con la manera en que los criados descargaban las cosas. Arrancó una
cesta re¬pleta de las manos de un criado que luchaba con ella y se la lanzó a
un hombre gordo que vestía una saya de terciopelo verde.
También él era pelirrojo, igual que el
más guapo de los hombres jóvenes. Tenía unos treinta años, pero su rostro era
redondo, despejado y pecoso, y al menos su expresión parecía agradable.
—¡Sir Bloet! —exclamó Agnes, y se
abalanzó hacia las rodillas del hombre gordo.
Oh, no, pensó Kivrin. Había supuesto que
el hom¬bre gordo era el marido de la fiera del pelo rojo o de la mujer de la
cofia almidonada. Tenía al menos cincuenta años, y debía de pesar casi cien
kilos, y cuando sonrió a Agnes, Kivrin se fijó en que sus grandes dientes eran
marrones, producto del deterioro.
—¿No tenéis ningún regalo para mí? —le
pregun¬taba Agnes, tirando del borde de su saya.
—Sí —dijo él, mirando hacia el lugar
donde Rose-mund charlaba con las otras muchachas—, para ti y para tu hermana.
—La traeré.
Agnes corrió hacia Rosemund antes de que
Kivrin pudiera detenerla. Bloet la siguió. Las muchachas se rieron y se
separaron mientras él se acercaba, y Rose¬mund dirigió una mirada asesina a
Agnes, luego sonrió y extendió la mano.
—Buen día y bienvenido seáis, señor
—dijo.
Alzaba la barbilla todo lo posible, y en
sus páli¬das mejillas aparecieron dos manchas de rojo febril, pero por lo visto
Bloet tomó aquello por timidez y
excitación. Cogió los deditos con sus
gruesas manos y dijo:
—Sin duda no saludarás a tu marido con
tanta for¬malidad esta primavera.
Ella se ruborizó aún más.
—Todavía es invierno, señor.
—Muy pronto será primavera —replicó él,
y se echó a reír, mostrando sus dientes marrones.
—¿Dónde está mi regalo? —exigió Agnes.
—Agnes, no seas tan codiciosa —dijo
Eliwys, in¬terponiéndose entre sus hijas—. ¡Vaya una bienveni¬da!: pedir
regalos a un invitado. —Le sonrió, y si temía este matrimonio, no lo demostró.
Kivrin no la había visto nunca tan relajada.
—Le prometí a mi cuñada un regalo
—sonrió él, rebuscando en su apretado cinturón y sacando una bolsita de tela—,
y otro a mi prometida.
Buscó en la bolsita y sacó un broche
adornado con piedras preciosas.
—Una alianza de amor para mi prometida
—dijo, abriendo el cierre—. Piensa en mí cuando lo lleves.
Avanzó resoplando para prendérselo en la
capa. Espero que sufra un infarto, pensó Kivrin. Rosemund permaneció inmóvil,
con las mejillas completamente ruborizadas, mientras los gruesos dedos del
hombre le tocaban el cuello.
—Rubíes —observó Eliwys, complacida—.
¿No das las gracias a tu prometido por este magnífico rega¬lo, Rosemund?
—Os agradezco el broche —murmuró
Rosemund, inexpresiva.
—¿Dónde está mi regalo? —terció Agnes,
saltando sobre un pie y luego sobre el otro mientras él rebusca¬ba de nuevo en
la bolsita y sacaba algo con el puño ce¬rrado. Se agachó hasta la altura de la
niña, respirando con dificultad, y abrió la mano.
—¡Es una campana! —exclamó Agnes,
encantada, tras cogerla y agitarla. Era metálica y redonda, como la
campanita de un caballo, y tenía un aro
en la parte su¬perior.
Agnes insistió en que Kivrin la
acompañara a la ha¬bitación para buscar un lazo con el que poder sujetár¬sela
alrededor de la muñeca como un brazalete.
—Mi padre me trajo este lazo de la feria
—dijo, sa¬cándolo del cofre donde estaban las ropas de Kivrin. Estaba teñido a
parches y tan tieso que Kivrin tuvo problemas para ensartarlo en el aro.
Incluso los lazos más baratos de Woolworth's o los lazos de papel que se usaban
para envolver los regalos de Navidad eran mejores que aquél, aunque obviamente
a la niña le en¬cantaba.
Kivrin lo sujetó a la muñeca de Agnes y
bajaron las escaleras. El jaleo se había trasladado al interior. Los criados
trajeron al salón cofres, ropa de cama y lo que parecían ser versiones
primitivas de alfombras. No tendría que haberse preocupado de que sir Bloet se
la llevara. Parecía como si hubieran ido a pasar el invier¬no, como mínimo.
Tampoco tendría que haberse preocupado
porque discutieran acerca de su destino. Ninguno de ellos la había mirado, ni
siquiera cuando Agnes insistió en en¬señarle el brazalete a su madre. Eliwys
conversaba con Bloet, Gawyn, y el hombre guapo, que debía de ser un hijo o un
sobrino, y volvía a retorcerse las manos. Las noticias de Bath debían de ser
malas.
Lady Imeyne estaba al fondo del salón,
hablando con la mujer gruesa y un hombre pálido con túnica de clérigo, y por la
expresión de su rostro Kivrin com¬prendió que se estaba quejando del padre
Roche.
Kivrin se aprovechó de la ruidosa
confusión para apartar a Rosemund de las otras chicas y preguntarle quién era
todo el mundo. El hombre pálido era el cape¬llán de sir Bloet, cosa que ya
había supuesto. La dama de la brillante capa azul era su hija adoptiva. La
mujer gorda de la cofia almidonada era la mujer del hermano de sir Bloet, que
había venido de Dorset para quedarse con él. Los dos jóvenes pelirrojos y las
muchachas ri-sueñas eran hijos suyos. Sir Bloet no tenía hijos.
Y por eso iba a casarse con una niña,
por lo visto con la aprobación de todo el mundo. Continuar el lina¬je era la
preocupación más importante en 1320.
Cuanto más joven fuera la mujer, más
posibilida¬des había de producir herederos suficientes para que al menos uno
sobreviviera hasta la edad adulta, aunque la madre no lo hiciera.
La furia de cabello rojo descolorido
era, horror de horrores, lady Yvolde, su hermana soltera. Vivía con él en
Courcy y, según descubrió Kivrin mientras le grita¬ba a la pobre Maisry por
dejar caer una cesta, tenía un manojo de llaves en el cinturón. Eso significaba
que di¬rigía la casa, o lo haría hasta Pascua. La pobre Rose-mund no tendría
ninguna oportunidad.
—¿Quiénes son todos los demás? —preguntó
Ki¬vrin, esperando que al menos hubiera un aliado para Rosemund entre ellos.
—Criados —contestó Rosemund, como si eso
fue¬ra evidente, y corrió a reunirse de nuevo con las mu¬chachas.
Había al menos veinte servidores, aparte
de los pa¬lafreneros que atendían los caballos, y nadie, ni siquie¬ra la
nerviosa Eliwys, parecía sorprendida por el eleva¬do número. Kivrin había leído
que las casas nobles tenían docenas de sirvientes, pero consideraba que las
cifras eran desproporcionadas. Eliwys e Imeyne ape¬nas tenían criados, y habían
tenido que poner prácti¬camente a trabajar a todo el pueblo para preparar la
Navidad, y aunque había achacado parte de aquella situación al hecho de que se
encontraran en problemas, también creía que el número de criados en las
mansio¬nes rurales debían de haber sido exagerado. Ahora veía que no era así.
Los criados atestaban el salón,
sirviendo la cena. Kivrin no sabía si iban a cenar o no, puesto que la
No¬chebuena era un día de ayuno, pero en cuanto el pálido capellán terminó sus
vísperas, siguiendo claramente las órdenes de lady Imeyne, la tropa de criados
entró tra¬yendo pan, vino aguado y bacalao seco que había sido empapado en vino
y luego asado.
Agnes estaba tan nerviosa que no probó
bocado, y después de que retiraran la cena, se negó a quedarse sentadita junto
al fuego, y echó a correr por el salón, tocando la campana y molestando a los
perros.
Los criados de sir Bloet y el senescal
llevaron el tronco de Nochebuena y lo echaron al fuego, haciendo saltar chispas
en todas direcciones. Las mujeres retro¬cedieron, riendo, y los niños chillaron
de placer. Rose-mund, como hija mayor de la casa, encendió el tronco con un
trozo de leña salvado del árbol del año anterior, acercándolo torpemente a la
punta de una de las raíces retorcidas. Hubo risas y aplausos cuando prendió, y
Agnes agitó los brazos locamente para hacer que su campana sonara.
Rosemund había dicho antes que se
permitía a los niños estar despiertos para la misa de medianoche, pero Kivrin
esperaba poder convencer al menos a Ag¬nes para que se acostara en el banco a
su lado y diera una cabezada. En cambio, a medida que la velada avan¬zaba,
Agnes se fue poniendo cada vez más frenética, chillando y haciendo sonar la
campana, hasta que Ki¬vrin tuvo que quitársela.
Las mujeres permanecían sentadas
alrededor del hogar, charlando en voz baja. Los hombres se encontra¬ban en
grupos, con los brazos cruzados sobre el pecho, y varias veces fueron al
exterior, a excepción del cape¬llán, y volvieron sacudiéndose la nieve de los
pies y rien¬do. Estaba claro, por sus caras rubicundas y la mirada de
desaprobación de Imeyne, que habían estado en el lagar con una jarra de
cerveza, rompiendo el ayuno.
Cuando entraron por tercera vez, Bloet
se sentó al otro lado del hogar y extendió las piernas, observando a las
muchachas. Las tres risueñas y Rosemund juga¬ban a la gallinita ciega. Cuando
Rosemund se acercó a los bancos con los ojos vendados, Bloet extendió las manos
y la sentó en su regazo. Todo el mundo se rió.
Imeyne pasó la larga noche sentada junto
al cape¬llán, recitando sus objeciones al padre Roche. Era ig¬norante, era
torpe, había dicho el Confíteor antes del Adjutorum durante la misa del domingo
anterior. Y estaba en aquella iglesia helada de rodillas, pensó Kivrin ,
mientras el capellán se calentaba las manos en el fuego y sacudía la cabeza a
modo de reproche.
El fuego se redujo a ascuas. Rosemund
escapó del regazo de Bloet y corrió de vuelta al juego. Gawyn contó la historia
de cómo había matado a seis lobos, mirando a Eliwys fijamente. El capellán
contó la histo¬ria de una mujer moribunda que había hecho falsa con¬fesión.
Cuando el capellán le tocó la frente con el aceite sagrado, la piel humeó y se
volvió negra ante sus ojos.
A mitad de la historia del capellán,
Gawyn se le¬vantó, se frotó las manos sobre el fuego, y se dirigió al banco de
los mendigos. Se sentó y se sacó la bota.
Un minuto después Eliwys se levantó y se
le acer¬có. Kivrin no oyó lo que le dijo, pero Gawyn se puso en pie, con la
bota todavía en la mano.
—El juicio se ha retrasado una vez más
—oyó de¬cir a Gawyn—. El juez está enfermo.
No captó la respuesta de Eliwys, pero
Gawyn asintió y dijo:
—Es una buena noticia. El nuevo juez es
de Swin-done y está menos dispuesto a favor del rey Eduardo.
No parecía que fuera una buena noticia
para ellos dos. Eliwys estaba casi tan pálida como lo estuvo cuan¬do Imeyne le
dijo que había enviado a Gawyn a Courcy.
Retorció su pesado anillo. Gawyn volvió
a sentar¬se, se sacudió las calzas, volvió a ponerse la bota, y luego levantó
la cabeza y dijo algo. Eliwys se volvió y Kivrin no pudo ver su expresión en la penumbra, pero
sí la de Gawyn.
Y también pudo verla todo el mundo en el
salón, pensó Kivrin, y miró rápidamente alrededor para com¬probar si habían
observado a la pareja. Imeyne seguía quejándose al capellán, pero la hermana de
sir Bloet es¬taba mirando, con un tenso gesto de reproche. Al otro lado del
fuego estaban sir Bloet y los otros hombres.
Kivrin esperaba tener la oportunidad de
hablar con Gawyn esta noche, pero obviamente no podría hacerlo entre tanta
gente. Una campana sonó, y Eliwys se so¬bresaltó y miró hacia la puerta.
—Es el tañido del Diablo —dijo el
capellán en voz baja, e incluso las niñas detuvieron sus juegos para es¬cuchar.
En algunas aldeas los contemporáneos
tocaban la campana una vez por cada año desde el nacimiento de Cristo. En la
mayoría sólo lo hacían durante la hora antes de medianoche, y Kivrin dudaba que
Roche, o incluso el capellán, supiera contar lo bastante para anunciar los
años, pero empezó a llevar la cuenta de to¬das formas.
Entraron tres criados, llevando troncos
y yesca, y volvieron a alimentar el fuego, que enseguida se animó y empezó a
proyectar sombras grandes y distorsionadas sobre las paredes. Agnes saltaba y
señalaba, y uno de los sobrinos de sir Bloet hizo un conejo con las manos.
El señor Latimer le había dicho que los
contempo¬ráneos leían el futuro en las sombras del tronco de No¬chebuena.
Kivrin se preguntó qué les depararía el futu¬ro, con lord Guillaume en
problemas y todos ellos en peligro.
El rey había confiscado las tierras y
propiedades de los criminales convictos, que se veían obligados a vivir en
Francia o aceptar caridad de sir Bloet y soportar desaires de la esposa del
senescal.
O lord Guillaume podría llegar esa misma
noche con buenas noticias y un halcón para Agnes, y todos vivirían felices para
siempre jamás. Excepto Eliwys. Y Rosemund. ¿Qué les sucedería?
Ya ha sucedido, se dijo Kivrin. El
veredicto ya está dado y lord Guillaume ha vuelto a casa y descubierto lo de
Gawyn y Eliwys. Rosemund ya ha sido entrega¬da a sir Bloet. Y Agnes ha crecido
y se ha casado y mu¬rió al dar a luz, o de gangrena, o de cólera, o neumonía.
Todos han muerto, pensó, y no pudo
obligarse a creerlo. Todos llevan muertos más de setecientos años.
—¡Mirad! —chilló Agnes—. ¡Rosemund no
tiene cabeza! —Señaló las sombras distorsionadas que el fuego proyectaba sobre
las paredes. Rosemund, extra–amente alargada, terminaba en los hombros.
Uno de los niños pelirrojos corrió hacia
Agnes.
—¡Yo tampoco tengo cabeza! —dijo,
saltando de puntillas para cambiar la forma de la sombra.
—No tienes cabeza, Rosemund —gritó Agnes
fe¬lizmente—. Morirás antes de que termine el año.
—No digas esas cosas —ordenó Eliwys,
dirigién¬dose hacia ella. Todo el mundo la miró.
—Kivrin tiene cabeza —insistió Agnes—.
Yo ten¬go cabeza, pero la pobre Rosemund no.
Eliwys cogió a Agnes por los dos brazos.
—Sólo son juegos estúpidos. No digas
esas cosas.
—La sombra... —repuso Agnes, como si
fuera a llorar.
—Siéntate junto a lady Katherine y
quédate quieta —ordenó Eliwys, y casi la arrastró al banco—. Te has vuelto
demasiado maleducada.
Agnes se acurrucó junto a Kivrin,
intentando deci¬dir si ponerse a llorar o no. Kivrin había perdido la cuenta,
pero continuó donde lo había dejado. Cuarenta y seis, cuarenta y siete.
—Quiero mi campana —lloriqueó Agnes,
levan¬tándose del banco.
—No. Debemos estar aquí sentaditas
—respondió K.ivrin. Sentó a Agnes en su regazo.
—Habladme de la Navidad.
—No puedo, Agnes. No lo recuerdo.
—¿No recordáis nada que podáis contarme?
Lo recuerdo todo, pensó Kivrin. Las
tiendas están llenas de lazos, satén y mylar y terciopelo, rojo y dora¬do y
azul, más brillante aún que mi túnica teñida, y hay luces por todas partes y
música. Las campanas del Gran Tom y Magdalen y los villancicos.
Pensó en el carillón de Carfax,
intentando tocar It Carne Upon the Midnight Clear, y los viejos villanci¬cos en
las tiendas de High Street. Esos villancicos ni si¬quiera han sido compuestos
todavía, pensó Kivrin, y sintió una súbita oleada de añoranza.
—Quiero tocar mi campana —insistió
Agnes, de¬batiéndose para librarse de ella—. Dádmela. —Exten¬dió la muñeca.
—Te la ataré si te tiendes un ratito en
el banco jun¬to a mí.
Ella empezó a hacer un puchero.
—¿Tengo que dormir?
—No. Te contaré una historia —dijo
Kivrin, des¬atando la campana de su propia muñeca, donde la ha¬bía puesto
antes—. Érase una vez...
Se detuvo, preguntándose si «Érase una
vez» se re¬montaba a 1320 y qué tipo de historias contaban los contemporáneos a
los niños. Historias de lobos y bru¬jas cuya piel se volvía negra cuando se les
daba la extre-maunción.
—Había una vez una doncella —le dijo,
atando la campanita a la rechoncha muñeca de Agnes. El lazo rojo ya había
empezado a pelarse por los bordes. No toleraría muchos más nudos—. Una doncella
que vi¬vía...
—¿Es ésta la doncella? —dijo una voz de
mujer.
Kivrin levantó la cabeza. Era Yvolde, la
hermana de sir Bloet, e Imeyne estaba tras ella. Miró a Kivrin, con
la boca torcida en una mueca de
desaprobación, y entonces sacudió la cabeza.
—No, no es la hija de Uluric —dijo—. Esa
donce¬lla es morena y pequeña.
—¿Ni la pupila de Ferrers? —preguntó
Imeyne.
—Está muerta —contestó Yvolde—. ¿No
recor¬dáis nada de quién sois? —le preguntó a Kivrin.
—No, buena señora —respondió Kivrin,
recor¬dando demasiado tarde que se suponía que debía mirar modestamente al
suelo.
—Le dieron un golpe en la cabeza
—informó Agnes.
—Sin embargo, recordáis vuestro nombre y
cómo hablar. ¿Procedéis de buena familia?
—No recuerdo a mi familia, buena señora
—dijo Kivrin, intentando parecer mansa.
Yvolde hizo una mueca.
—Parece del oeste. ¿Habéis enviado la
noticia a Bath?
—No —dijo Imeyne—. La esposa de mi hijo
quie¬re esperar a su llegada. ¿No habéis oído nada de Oxenford?
—No, pero hay mucha enfermedad allí.
Rosemund se acercó.
—¿Conocéis a la familia de lady
Katherine, lady Yvolde?
Yvolde se volvió y la miró de mal
talante.
—No. ¿Dónde está el broche que te dio mi
her¬mano?
—Yo... está en mi capa —tartamudeó
Rosemund.
—¿No honras lo bastante sus regalos para
lle¬varlos?
—Ve y tráelo —ordenó lady Imeyne—.
Quiero ver ese broche.
Rosemund irguió la barbilla, pero se
dirigió a la otra habitación donde colgaba la capa.
—Muestra tan poca disposición hacia los
regalos de mi hermano como hacia su persona —protestó Yvolde—. No le habló ni
una sola vez en la cena.
Rosemund regresó, trayendo su capa verde
con el broche prendido. Lo mostró a Imeyne sin decir palabra.
—Quiero verlo —pidió Agnes, y Rosemund
se in¬clinó para enseñárselo.
El broche tenía gemas rojas colocadas
alrededor de un anillo rodado, y el alfiler en el centro. No tenía en¬garce,
sino que tenía que ser sacado y puesto a través de la ropa. Por la parte
exterior del anillo había letras: «lo suiicen luí dami amo».
—¿Qué dice? —Agnes señaló las letras.
—No lo sé —dijo Rosemund, con un tono
que in¬dicaba claramente «Ni me importa».
La mandíbula de Yvolde se tensó, y
Kivrin dijo rá¬pidamente:
—Dice: «Estás aquí en lugar del amigo al
que amo», Agnes.
Entonces advirtió lo que había hecho.
Miró a Ime¬yne, pero la mujer no pareció darse cuenta de nada.
—Esas palabras deberían estar en tu
pecho en vez de colgar de una percha —declaró Imeyne. Cogió el broche y lo
prendió en la saya de Rosemund.
—Y tendrías que estar junto a mi
hermano, como corresponde a su prometida —añadió Yvolde—, en vez de estar
jugando como una niña. —Extendió la mano en dirección al hogar, donde estaba
sentado sir Bloet, casi dormido y en peor estado que los demás de¬bido a sus
frecuentes excursiones al lagar, y Rosemund miró implorante a Kivrin.
—Ve y dale las gracias a sir Bloet por
tan generoso regalo —ordenó Imeyne fríamente.
Rosemund le tendió a Kivrin su capa y se
dirigió al hogar.
—Vamos, Agnes —dijo Kivrin—. Tienes que
des¬cansar.
—Prefiero escuchar el tañido del Diablo.
—Lady Katherine —dijo Yvolde, y había un
extra¬ño énfasis en la palabra «lady»—, nos habéis dicho que no recordáis nada.
Sin embargo habéis leído con facili¬dad el broche de lady Rosemund. ¿ Sabéis
leer, entonces ?
Sé leer, pensó Kivrin, pero menos de un
tercio de los contemporáneos sabían hacerlo, y menos aún las mujeres.
Miró a Imeyne, que la observaba como
había he¬cho la primera mañana, al tocar sus ropas y examinar sus manos.
—No —dijo Kivrin, mirando a Yvolde
directa¬mente a los ojos—. Me temo que no sé leer ni siquiera el Paternóster.
Vuestro hermano nos dijo lo que signi¬ficaban las palabras cuando le entregó el
broche a Ro¬semund.
—No, no lo hizo —replicó Agnes. , —Estabas mirando tu campana —adujo
Kivrin, pensando que lady Yvolde nunca lo creería, que pre¬guntaría a su
hermano y éste diría que nunca había ha¬blado con ella.
Pero Yvolde pareció satisfecha.
—No me parecía que alguien como ella
supiera leer —le dijo a Imeyne. Le dio la mano, y se dirigieron hacia sir
Bloet.
Kivrin se encogió en el banco.
—Quiero mi campana —dijo Agnes.
—No te la ataré si no te tiendes.
Agnes se acomodó en su regazo.
—Primero debéis contarme la historia.
Había una vez una doncella...
—Había una vez una doncella —dijo
Kivrin. Miró a Imeyne e Yvolde. Se habían sentado junto a sir Bloet y hablaban
con Rosemund. La niña dijo algo, con la barbilla erguida y las mejillas muy
rojas. Sir Bloet se echó a reír, y su mano se cerró sobre el broche y luego
resbaló sobre el pecho de Rosemund.
—Había una vez una doncella... —insistió
Agnes.
—... que vivía en la linde de un gran
bosque. «No vayas nunca sola al bosque», le decía su padre...
—Pero ella no le hizo caso —dijo Agnes,
boste¬zando.
—No, ella no le hizo caso. Su padre la
quería y sólo le preocupaba su seguridad, pero ella no le hizo caso.
—¿Qué había en el bosque? —inquirió
Agnes, acurrucándose contra Kivrin.
Kivrin la cubrió con la capa de
Rosemund. Ladro¬nes y asesinos, pensó. Y viejos libidinosos y sus retorci¬das
hermanas. Y amantes ilícitos. Y maridos. Y jueces.
—Todo tipo de cosas peligrosas.
—Lobos —dijo Agnes, adormilada.
—Sí, lobos —Kivrin miró a Imeyne e
Yvolde. Se habían apartado de sir Bloet y la miraban, susurrando.
—¿Qué le pasó? —preguntó Agnes, con los
ojos ya cerrados.
Kivrin la acunó.
—No lo sé —murmuró—. No lo sé.
20
Agnes no podía llevar dormida más de
cinco minu¬tos cuando la campana cesó y luego empezó a sonar de nuevo, esta vez
más rápidamente, llamándolos a misa.
—El padre Roche empieza demasiado
pronto. To¬davía no es media noche —protestó lady Imeyne, y no había terminado
de decirlo cuando otras campanas so¬naron: Wychlade y Bureford y, muy lejos al
este, tan lejos que apenas era el suspiro de un eco, las campanas de Oxford.
Son las campanas de Osney, y ésa es
Carfax, pensó Kivrin, y se preguntó si también sonarían esta noche en casa.
Sir Bloet se incorporó con dificultad y
entonces ayudó a su hermana a levantarse. Uno de los criados entró con sus
capas y un manto forrado de piel de ardi¬lla. Las muchachas cogieron sus capas
del montón y se las pusieron, sin dejar de charlar. Lady Imeyne desper¬tó a
Maisry que se había quedado dormida en el banco de los mendigos, y le pidió que
trajera su Libro de las Horas, y Maisry se dirigió a las escaleras del desván,
bostezando. Rosemund se acercó y cogió su capa, que había resbalado de los hombros
de Agnes, con exagera¬do cuidado.
Agnes estaba completamente ajena al
mundo, Kivrin vaciló, reacia a
despertarla, aunque estaba conven¬cida de que incluso las niñas agotadas de
cinco años no estaban excluidas de esta misa.
—Agnes —llamó en voz baja.
—Tendréis que llevarla a la iglesia en
brazos —dijo Rosemund, debatiéndose con el broche de oro de sir Bloet. El hijo
menor del senescal entró y esperó ante Kivrin con su capa blanca en las manos,
arrastrándola por el suelo.
—Agnes —repitió Kivrin, y la sacudió un
poco, sorprendida de que la campana de la iglesia no la hu¬biera despertado.
Sonaba más fuerte y más cercana que para maitines o vísperas, y sus ecos casi
apagaban el ta–ido de las otras campanas.
Agnes abrió los ojos.
—No me has despertado —le dijo a
Rosemund, adormilada—. Prometiste que me despertarías.
—Ponte la capa —dijo Kivrin—. Tenemos
que ir a la iglesia.
—Kivrin, quiero llevar mi campana.
—Ya la llevas —dijo Kivrin, intentando
abrocharle la capa roja sin clavarle el alfiler en el cuello.
—No, no la llevo —replicó Agnes,
buscándose el brazo—. ¡Quiero llevar mi campana!
—Aquí está —declaró Rosemund,
recogiéndola del suelo—. Se te habrá caído de la muñeca. Pero no está bien
llevarla ahora. Esta campana nos llama a misa. Las campanas de Navidad vienen
después.
—No la tocaré —aseguró Agnes—. Sólo la
llevaré.
Kivrin no lo creyó ni por un minuto,
pero todo el mundo estaba ya preparado. Uno de los hombres de sir Bloet
encendía las linternas con una antorcha del fuego y se las tendía a los
criados. Ató apresuradamente la campanita a la muñeca de Agnes y cogió a las
niñas de la mano.
Lady Eliwys aceptó la mano tendida de
sir Bloet.
Lady Imeyne indicó a Kivrin que las
siguiera con las niñas, y los demás fueron andando solemnemente,
co¬mo si fueran una procesión; lady
Imeyne con la herma¬na de sir Bloet, y luego el resto del séquito de sir Bloet.
Lady Eliwys y sir Bloet los guiaron a todos hacia el pa¬tio, atravesaron la
verja y salieron al prado.
Había dejado de nevar y habían salido
las estrellas. La aldea estaba silenciosa bajo su capa de nieve. Con¬gelada en
el tiempo, pensó Kivrin. Los destartalados edificios resultaban distintos, las
débiles vallas y las su¬cias chozas parecían suavizadas y agraciadas por la
nie¬ve. Las linternas prendían las caras cristalinas de los co¬pos de nieve y
les arrancaban destellos, pero fueron las estrellas las que sorprendieron a
Kivrin, cientos, miles de estrellas, todas ellas brillando como joyas en el
aire helado.
—Brilla —dijo Agnes, y Kivrin no supo si
se refe¬ría a la nieve o al cielo.
La campana redoblaba firmemente y sonaba
dis¬tinta en el aire helado: un repique no más fuerte, sino más pleno, de algún
modo más claro. Kivrin oyó ahora todas las otras campanas y las reconoció:
Esthcote y Witenie y Chertelintone, aunque también sonaban dis¬tintas. Intentó
oír la campana de Swindone, que había sonado todo este tiempo, pero no la
captó. Tampoco percibió las campanas de Oxford. Se preguntó si sólo las habría
imaginado.
—Estás haciendo sonar tu campana, Agnes
—se¬ñaló Rosemund.
—No. Sólo estoy caminando.
—Mirad la iglesia —dijo Kivrin—. ¿No es
her¬mosa?
Ardía como una bengala al otro lado del
prado, en¬cendida por dentro y por fuera; las vidrieras proyecta¬ban luces de
zafiro y rubí sobre la nieve. Había luces alrededor, llenando el patio hasta la
torre del campana¬rio. Antorchas. Kivrin olía su denso humo. Más antorchas se
abrían paso desde los campos blancos, serpen¬teando desde la colina que se
alzaba detrás de la iglesia.
Pensó de pronto en Oxford en Nochebuena,
las tiendas abiertas para las compras de último momento y las ventanas de
Brasenose iluminando el patio de ama¬rillo. Y el árbol de Navidad de Balliol,
encendido con cadenas multicolores de luces láser.
—Ojalá hubiéramos ido a pasar la Navidad
a vues¬tra casa —le dijo lady Imeyne a lady Yvolde—. Enton¬ces tendríamos un
sacerdote adecuado para decir las misas. El cura de aquí apenas sabe decir el
Paternóster.
El cura de aquí se ha pasado horas
arrodillado en una iglesia helada, pensó Kivrin, horas arrodillado con calzas
que tenían agujeros en las rodillas, y ahora está tocando una pesada campana
que tiene que sonar du¬rante una hora y luego ejecutar una elaborada ceremo¬nia
que ha tenido que aprenderse de memoria porque no sabe leer.
—Me temo que será un pobre sermón y una
pobre misa —suspiró lady Imeyne.
—Desde luego, hay muchos que no aman a
Dios en estos días —dijo lady Yvolde—, pero debemos re¬zar a Dios para que
arregle el mundo y lleve de nuevo a los hombres a la virtud.
Kivrin dudaba de que esa respuesta fuera
lo que lady Imeyne deseaba oír.
—He pedido al obispo de Bath que nos
envíe un capellán —dijo Imeyne—, pero todavía no ha llegado.
—Mi hermano dice que hay muchos
problemas en Bath.
Casi habían alcanzado el patio de la
iglesia. Kivrin distinguió ahora rostros, iluminados por las humeantes
antorchas y por pequeñas lámparas de aceite que lleva¬ban algunas mujeres. Sus
rostros, enrojecidos e ilumi-nados desde abajo, parecían levemente siniestros.
El señor Dunworthy creería que eran una turba enfureci¬da, pensó Kivrin,
congregada para quemar en la hoguera a algún pobre mártir. Es la luz, pensó.
Todo el mun¬do parece un asesino a la luz de las antorchas. No le ex¬trañaba
que al final inventaran la electricidad.
Entraron en el patio. Kivrin reconoció a
algunas de las personas congregadas cerca del pórtico de la iglesia: el niño
con escorbuto que había huido de ella, dos de las muchachitas que las habían
ayudado a hornear pan, Cob. La esposa del senescal llevaba una capa con cuello
de armiño y una linterna de metal con cuatro diminu¬tas hojas de cristal de
verdad. Charlaba animadamente con la mujer de las cicatrices de escrófula que
había ayudado a recoger el acebo. Todos charlaban y se mo¬vían para entrar en
calor, y un hombre de barba negra se reía tan fuerte que su antorcha se acercó
peligrosa¬mente a la toca de la esposa del senescal.
Con el tiempo, la jerarquía eclesiástica
acabaría con la misa de medianoche debido a tanta bebida y jol¬gorio, recordó
Kivrin, y algunos de estos feligreses de¬cididamente parecía que se habían
pasado la noche sal-tándose el ayuno. El senescal charlaba animadamente con un
hombre de aspecto rudo a quien Rosemund se¬ñaló como el padre de Maisry. Sus
rostros estaban ro¬jos por el frío, la luz de las antorchas o el licor, o por
las tres cosas a la vez, pero parecían alegres en vez de peli¬grosos. El
senescal recalcaba cuanto decía con duros golpes en la espalda del padre de
Maisry, y cada vez que lo hacía, éste reía con más fuerza, una risita feliz y
tonta que hizo pensar a Kivrin que estaba mucho más alegre de lo que había
supuesto.
La mujer del senescal le tiró de la
manga, y el hom¬bre se zafó de ella, pero en cuanto lady Eliwys y sir Blo-et
atravesaron la valla, se apartó rápidamente a un lado para dejar paso. Lo mismo
hicieron todos los demás, guardando silencio mientras la procesión atravesaba
el patio y franqueaba las pesadas puertas, y luego comen¬zaron a charlar de
nuevo, pero en voz baja, mientras entraban en la iglesia tras ellos.
Sir Bloet se desprendió de la espada y
se la tendió a un criado, y lady Eliwys y él hicieron una genuflexión, y se
persignaron en cuanto llegaron a la puerta. Cami¬naron juntos hasta la reja que
separaba el coro de la nave y volvieron a arrodillarse.
Kivrin y las niñas les siguieron. Cuando
Agnes se persignó, su campanita resonó en la iglesia. Tendré que quitársela,
pensó Kivrin, y se preguntó si debería salir¬se de la procesión y llevar a
Agnes a un lado, junto a la tumba del esposo de lady Imeyne para desatar la
cinta, pero lady Imeyne esperaba impaciente en la puerta con la hermana de sir
Bloet.
Condujo a las niñas hasta el frente. Sir
Bloet ya se había vuelto a poner en pie. Eliwys permaneció de ro¬dillas un poco
más, y luego se levantó, y sir Bloet la es¬coltó a la zona norte de la iglesia,
hizo una leve reve¬rencia, y se dirigió a ocupar su sitio en el lado de los
hombres.
Kivrin se arrodilló con las niñas,
rezando para que Agnes no hiciera demasiado ruido cuando volviera a
persignarse. No lo hizo, pero cuando se puso en pie, la niña se pisó el borde
de la túnica y dio un traspié con un sonido tan fuerte como la campana que
seguía do¬blando en el exterior. Lady Imeyne estaba, por supues¬to, justo
detrás de ellas. Miró a Kivrin.
Kivrin llevó a las niñas detrás de
Eliwys. Lady Imeyne se arrodilló, pero lady Yvolde sólo hizo una reverencia. En
cuanto Imeyne se levantó, un criado se adelantó con un prie-dieu tapizado de
oscuro terciope¬lo, y lo colocó en el suelo junto a Rosemund para que lady
Yvolde se arrodillara sobre él. Otro criado había colocado uno igual delante de
sir Bloet en el lado de los hombres y le estaba ayudando a arrodillarse. Sir
Bloet resopló y se agarró al brazo del criado mientras lo ha¬cía, y se ruborizó
intensamente.
Kivrin miró anhelante el prie-dieu de
lady Yvolde, pensando en los reclinatorios de plástico que colgaban en la parte
trasera de las sillas de St. Mary. Hasta enton¬ces no se había dado cuenta de
la bendición que era, la bendición que eran también las duras sillas de madera
hasta que volvieron a levantarse y pensó en que tendría que permanecer de pie
durante toda la ceremonia. El suelo estaba frío. La iglesia estaba fría, a
pesar de todas las luces. Eran sobre todo lámparas de aceite, colocadas en las
paredes y delante de la imagen de santa Catalina, aunque había una vela alta,
fina y amarillenta situada en los adornos de cada ventana, pero el efecto no
era pro¬bablemente lo que el padre Roche había pretendido. Las brillantes
llamas sólo hacían que los cristales coloreados parecieran más oscuros, casi
negros.
Había más velas amarillentas en los
candelabros de plata situados a ambos lados del altar, y había acebo amontonado
delante de ellos y en lo alto de la reja, y el padre Roche había colocado las
velas de lady Imeyne entre las hojas puntiagudas y brillantes. Su trabajo al
decorar la iglesia complacería a lady Imeyne, pensó Kivrin , y la miró.
Ella tenía el relicario entre las manos,
pero sus ojos estaban abiertos, y contemplaba la parte superior de la reja. Su
boca tensa expresaba desaprobación, y Kivrin supuso que no hubiese querido que
colocara las velas allí, aunque era el lugar perfecto. Iluminaban el crucifi¬jo
y el Juicio Final y también iluminaban casi toda la nave.
Hacían que toda la iglesia pareciera
distinta, más acogedora y familiar, como St. Mary en Nochebuena. Dunworthy la
llevó el año pasado al servicio ecumé¬nico.
Kivrin pensaba ir a la misa de
medianoche de Santa Re-Formada para oírla en latín, pero no había misa del
gallo. Le habían pedido al sacerdote que leyera el evan¬gelio en el servicio
ecuménico, así que la trasladó a las cuatro de la tarde.
Agnes jugueteaba de nuevo con su
campana. Lady Imeyne se volvió y la miró por entre sus manos piado¬samente
cruzadas, Rosemund se inclinó hacia delante y Kivrin la hizo callar.
—No debes tocar la campana hasta que
termine la misa —susurró Kivrin, inclinándose hacia Agnes para que nadie más la
oyera.
—No la he tocado —susurró a su vez
Agnes, con una voz que se pudo oír en toda la iglesia—. Los lazos están
demasiado apretados. ¿Veis?
Kivrin no veía nada de eso. De hecho, si
se hubiera tomado más tiempo en apretarlos más, la campanita no sonaría a cada
instante, pero no iba a ponerse a discutir con una niña agotada cuando la misa
iba a empezar de un momento a otro. Extendió la mano hacia el nudo.
Por lo visto Agnes había intentado sacar
la campa¬na por la muñeca. El lazo ya ajado se había tensado en un nudo de
aspecto sólido. Kivrin tiró de los bordes con las uñas, alerta a la gente que
tenía detrás. El servi¬cio empezaría con una procesión, el padre Roche y sus
monaguillos, si tenía alguno, que recorrerían el pasillo esparciendo agua
bendita y cantando el Asperges.
Kivrin tiró del lazo y de ambos lados
del nudo, y quedó tan tenso que ya no habría forma de quitárselo sin cortarlo,
y encima estaba un poco más suelto. No logró soltar el lazo. Miró hacia la
puerta de la iglesia. La campana había cesado, pero no vio la menor señal del
padre Roche ni pasillo alguno para que pudiera pa¬sar. Los aldeanos se habían
congregado, llenando todo el fondo de la iglesia. Alguien había aupado a un
niño a lo alto de la tumba del marido de Imeyne y lo sujetaba para que pudiera
ver, pero no había nada que ver to¬davía.
Siguió trabajando con la campanita.
Metió dos de¬dos bajo el lazo y tiró, intentando estirarlo.
—¡No lo rompáis! —exclamó Agnes, con su
fuerte susurro. Kivrin cogió la campanita y le dio la vuelta hasta depositarla
en la palma de Agnes.
—Sujétala así —susurró, cerrando los
dedos de Agnes sobre ella—. Con fuerza.
Agnes cerró el puño. Kivrin le hizo
cerrar la otra mano encima del puño, en una copia aceptable de una actitud de
rezo.
—Sujeta con fuerza la campana, y no
sonará.
Agnes se llevó las manos a la frente en
actitud de piedad angelical.
—Buena chica —asintió Kivrin, y la rodeó
con el brazo. Miró hacia las puertas de la iglesia. Seguían ce¬rradas. Suspiró
aliviada y se volvió hacia el altar.
El padre Roche estaba allí de pie. Iba
vestido con una estola blanca bordada y una alba blanca amarillen¬ta con un
dobladillo más ajado que el lazo de Agnes, y sostenía un libro en sus manos.
Obviamente, la había estado esperando, la había estado observando mientras ella
atendía a Agnes, pero no había ningún reproche en su rostro, ni tampoco
impaciencia. Su cara tenía una expresión completamente distinta, y Kivrin
recordó de pronto al señor Dunworthy, mientras la observaba a través de la
partición de fino-cristal.
Lady Imeyne carraspeó, un sonido que fue
casi un gruñido, y él pareció recuperarse. Tendió el libro a Cob, que llevaba
una sotana sucia y un par de zapatos de cuero demasiado grandes, y se arrodilló
delante del altar. Entonces volvió a coger el libro y empezó a reci¬tar las
oraciones.
Kivrin las dijo para sí al mismo tiempo
que él, pen¬sando en latín y oyendo el eco de la traducción del in¬térprete.
—«¿A quién visteis, oh, pastores?
—recitó el pa¬dre Roche en latín, comenzando el acto responso-rial—.
«Responded: decidnos quién ha aparecido en la tierra.»
Se detuvo, mirando a Kivrin con el ceño
fruncido.
Se le ha olvidado, pensó ella. Miró
ansiosamente a Imeyne, esperando que la mujer no advirtiera lo que iba a
suceder, pero Imeyne ya había alzado la cabeza y le miraba de mal talante, con
la mandíbula apretada.
Roche seguía mirando a Kivrin con el
ceño frun¬cido.
—«Responded, ¿a quién visteis? —dijo él,
y Ki¬vrin suspiró aliviada—. «Decidnos quién ha apare¬cido.»
Se había equivocado. Silabeó la
siguiente línea, de¬seando que él la comprendiera.
—«Vimos al Niño recién nacido.»
Él no dio ninguna señal de haber visto
lo que ella decía, aunque la miraba directamente.
—Vi... —dijo, y se interrumpió de nuevo.
—«Vimos al Niño recién nacido» —susurró
Ki¬vrin, y notó que lady Imeyne se volvía hacia ella.
—«Y ángeles cantando alabanzas al Señor»
—pro¬siguió Roche, y eso tampoco era correcto, pero lady Imeyne se volvió hacia
el frente para dirigir su mirada desaprobatoria hacia Roche.
Sin duda el obispo se enteraría de esto,
y de las ve¬las y la alba ajada, y quién sabía qué otros errores e
in¬fracciones había cometido.
—«Responded, ¿a quién visteis?»
—articuló Ki¬vrin, y Roche pareció recuperarse de pronto.
—«Responded, ¿a quién visteis? —dijo
claramen¬te—. Y habladnos del nacimiento de Cristo. Vimos al Niño recién nacido
y a ángeles cantando alabanzas al Señor.»
Empezó el Confíteor Deo, y Kivrin lo
susurró a la vez, pero él lo terminó sin ningún error, y Kivrin se re¬lajó un
poco, aunque lo observó atentamente mientras volvía al altar para el Orámus Te.
Llevaba una sotana negra bajo la alba, y
ambas prendas parecían haber sido confeccionadas en rico paño. A Roche le
quedaban demasiado cortas. Kivrin alcanzó a ver unos buenos diez centímetros de
su gas¬tada calza marrón por debajo del borde de la sotana cuando se inclinó
sobre el altar. El alba y la sotana pro¬bablemente habían pertenecido al
sacerdote que le pre¬cedió, o eran restos del capellán de Imeyne.
El sacerdote de la Santa Re-Formada
llevaba una alba de poliéster sobre un jersey marrón y téjanos. Le había
asegurado a Kivrin que la misa era completamen¬te auténtica, a pesar de que se
celebrara a media tarde. La antífona databa del siglo vin, y las burdas y
detalla¬das estaciones de la cruz eran reproducciones exactas de las de Turín.
Pero la iglesia era una papelería refor¬mada, usaron una mesa plegable como
altar, y el cari¬llón de Carfax destrozaba fuera It Carne Upon the Mi-dnight
Clear.
—Kyrie eléison —dijo Cob, con las manos
unidas en oración.
—Kyrie eléison —repitió el padre Roche.
—Christe eléison —dijo Cob.
—Christe eléison —participó Agnes,
animada.
Kivrin la hizo callar llevándose el dedo
a los labios. Señor ten piedad. Cristo ten piedad. Señor ten Piedad.
Habían utilizado el Kyrie en el servicio
ecuménico, probablemente por algún trato que el sacerdote de Santa Re-Formada
había hecho con el vicario a cambio de haber adelantado la hora de la misa, y
el ministro de la Iglesia del Milenio se negó a recitarlo y permaneció con un
talante desaprobatorio todo el tiempo. Como lady Imeyne.
El padre Roche parecía bien ahora. Dijo
el Gloria y el gradual sin equivocarse y empezó el evangelio.
—Inituim sancti Evangelii secundum Luke
—dijo, y empezó a leer entrecortadamente en latín—. «Y suce¬dió que en aquellos
días salió un decreto de César Au¬gusto para que se empadronara todo el mundo.»
El vicario había leído los mismos
versículos en St. Mary's. Lo leyó de la Biblia Común del Pueblo, según había
insistido la Iglesia del Milenio, y comenzaba: «Por entonces los políticos
cargaron un impuesto a los contribuyentes», pero era el mismo evangelio que el
padre Roche recitaba laboriosamente.
—«Y enseguida se unió al ángel una
multitud del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo, Gloria a Dios en
el cielo y en la tierra paz a los hombres de bue¬na voluntad.»
El padre Roche besó el evangelio.
—Per evangélica dicta deléantur nostro
delicia.
A continuación vendría el sermón, si lo
había. En la mayoría de las iglesias rurales el cura sólo predicaba en las
misas importantes, e incluso entonces no era más que una lección de catecismo,
el recitado de los siete pecados capitales o las siete virtudes teologales. El
ser¬món sería probablemente durante la gran misa de la mañana de Navidad.
Pero el padre Roche avanzó hacia el
pasillo central, que casi se había cerrado de nuevo mientras los aldea¬nos se
apretujaban contra las columnas y entre sí, in¬tentando encontrar una posición
más cómoda, y empe¬zó a hablar.
—En los días en que Cristo vino a la
tierra desde los cielos, Dios envió signos para que los hombres co¬nocieran su
llegada, y en los últimos días también ha¬brá signos. Habrá hambres y peste, y
Satán cabalgará por la tierra.
Oh, no, pensó Kivrin, no digas que viste
al Diablo montando en un caballo negro.
Miró a Imeyne. La anciana parecía
furiosa, aunque lo de menos era lo que Roche dijera, pensó Kivrin. Es¬taba
decidida a encontrar errores y fallos para poder contárselos al obispo. Lady
Yvolde parecía mediana¬mente irritada, y todos los demás tenían el aspecto de
cansada paciencia que siempre adopta la gente cuando escucha un sermón, no
importa en qué siglo. Kivrin había visto la misma expresión en St. Mary's la
Navi¬dad anterior.
El sermón del año anterior en St. Mary's
trataba de los vertidos de basura, y el diácono de Christ Church lo
comenzó diciendo: «El cristianismo
empezó en un establo. ¿Terminará en un estercolero?»
Pero no importó. Era medianoche, y St.
Mary's te¬nía un suelo de piedra y un altar de verdad, y cuando Kivrin cerró
los ojos, pudo olvidar la nave alfombrada y los paraguas y las velas láser.
Retiró el reclinatorio de plástico y se arrodilló en el suelo de piedra e
imaginó cómo sería en la Edad Media.
El señor Dunworthy le dijo que no se
parecería a nada que pudiera imaginar, y tenía razón, por supues¬to. Pero se
equivocó respecto a esta misa. La había ima¬ginado justo así, el suelo de
piedra y el Kyrie entre murmullos, el olor a incienso y velas y el frío.
—El Señor vendrá con fuego y peste, y
todos pere¬cerán —prosiguió Roche—, pero incluso en los últi¬mos días, la
piedad de Dios no nos olvidará. Nos en¬viará ayuda y consuelo y nos llevará a
salvo al cielo.
A salvo al cielo. Kivrin pensó en el
señor Dunwor¬thy. «No vayas —le había rogado él—. Nada será como tú imaginas.»
Y tenía razón. Siempre tenía razón.
Pero incluso él, con todos sus temores a
la viruela, a los asesinos y a las quemas de brujas, nunca habría imaginado
esto: que ella estaba perdida. Qué no sabía dónde se encontraba el lugar de
recogida, y faltaba me¬nos de una semana para la cita. Miró a Gawyn al otro
lado del pasillo. Gawyn miraba a Eliwys. Tenía que hablar con él después de la
misa.
El padre Roche se dirigió al altar para
comenzar la misa propiamente dicha. Agnes se apoyó en Kivrin, y ésta la rodeó
con el brazo. Pobrecilla, debe de estar agotada. Despierta desde antes del
amanecer y además sin parar ni un momento. Se preguntó cuánto duraría la misa.
El servicio en St. Mary's duró una hora
y cuarto, y hacia la mitad del ofertorio el blíper de la doctora Ahrens sonó.
—Es un parto —le susurró a Kivrin y a
Dunworthy mientras se marchaba rápidamente—, qué apropiado.
Me pregunto si ahora estarán en la
iglesia, pensó Kivrin, y entonces recordó que ya no era Navidad allí. Habían
celebrado la Navidad tres días después de que ella llegara, mientras aún estaba
enferma. ¿Sería, qué? Dos de enero, las vacaciones casi habrían terminado y
todos los adornos habrían sido retirados.
Empezaba a hacer calor en la iglesia, y
las velas pa¬recían absorber todo el aire. Kivrin percibía los roces y
movimientos tras ella mientras el padre Roche ejecuta¬ba el ritual de la misa,
y Agnes se fue apoyando cada vez más contra ella. Kivrin se alegró cuando
llegaron al Sanctus y pudo arrodillarse.
Intentó imaginar Oxford el dos de enero:
las tien¬das anunciando las rebajas de Año Nuevo y el carillón de Carfax en
silencio. La doctora Ahrens estaría en el hospital tratando con afecciones
digestivas después de las vacaciones y el señor Dunworthy se estaría
prepa¬rando para el segundo trimestre. No, pensó, y lo vio de pie ante el
fino-cristal. Estará preocupándose por mí.
El padre Roche alzó el cáliz, se
arrodilló, besó el altar. Hubo más roces y un susurro en la parte de los
hombres. Gawyn estaba apoyado en los talones, con aspecto aburrido. Sir Bloet
se había quedado dormido.
Y Agnes también. Se había desplomado por
com¬pleto contra Kivrin, de forma que no podría levantarse para el Paternóster.
Ni siquiera lo intentó. Cuando to¬dos los demás lo hicieron, aprovechó la
oportunidad para acercar a la niña y colocarle la cabeza en una pos¬tura más
cómoda. A Kivrin le dolía la rodilla. Debía de haberse arrodillado en una
depresión entre dos pie¬dras. Se movió para levantarla un poco, y colocó un
pliegue de la capa debajo.
El padre Roche metió un trozo de pan en
el cáliz y dijo el Haec Commixtio, y todos se arrodillaron para el Agnus Dei.
—Agnus Dei, qui tollis peccata mundi:
miserere nobis —cantó—. Cordero de Dios, que quitas el peca¬do del mundo, ten
piedad de nosotros.
Agnus Dei. Cordero de Dios. Kivrin
sonrió a Ag-nes. Estaba completamente dormida, su cuerpo era un peso muerto
contra el costado de Kivrin; tenía la boca abierta, pero su puño seguía cerrado
sobre la campani-ta. Mi corderito, pensó Kivrin.
Arrodillada sobre el suelo de piedra de
St. Mary's había imaginado las velas y el frío, pero no a lady Ime-yne,
esperando a que Roche cometiera un error en la misa, ni a Eliwys, Gawyn o
Rosemund. Ni al padre Roche, con su cara de asesino y sus calzas gastadas.
Ni en cien años, ni en setecientos
treinta y cuatro años habría podido imaginar a Agnes, con su perrito y sus
insoportables pataletas, y su rodilla infectada. Me alegro de haber venido,
pensó. A pesar de todo.
El padre Roche hizo el signo de la cruz
con el cáliz y bebió de él.
—Dominus vobiscum —dijo, y hubo una
conmo¬ción general detrás de Kivrin. La parte principal del es¬pectáculo había
acabado, y la gente se marchaba ya, para evitar las aglomeraciones. Por lo
visto, no había ninguna deferencia a la familia del señor cuando se tra¬taba de
marcharse. Tampoco esperaron a llegar fuera para empezar a hablar. Apenas oyó
la despedida.
—I te, Missa est —dijo el padre Roche
por encima del clamor, y lady Imeyne llegó al pasillo antes de que el sacerdote
pudiera bajar la cabeza. Parecía que quería llegar a Bath para hablar con el
obispo inme¬diatamente.
—¿Visteis las velas de sebo junto al
altar? —le dijo a lady Yvolde—. Le ordené que pusiera las de cera que le di.
Lady Yvolde sacudió la cabeza y miró
sombría¬mente al padre Roche, y las dos se marcharon con Ro¬semund pisándoles
los talones.
Estaba claro que Rosemund no tenía
ninguna in¬tención de volver a la casa con sir Bloet si podía evitar¬lo, y esto
le vendría bien. Los aldeanos se cerraron tras las tres mujeres, charlando y
riendo. Para cuando sir Bloet consiguiera ponerse en pie, ellas ya estarían
ca¬mino de la mansión.
Kivrin tenía problemas para levantarse.
Se le había quedado un pie entumecido, y Agnes estaba profunda¬mente dormida.
—Agnes. Despierta. Es hora de ir a casa.
Sir Bloet se había levantado, la cara
casi púrpura por el esfuerzo, y se acercó a ofrecerle el brazo a Eliwys.
—Vuestra hija se ha quedado dormida
—observó.
—Sí —respondió Eliwys, mirando a Agnes.
Ella cogió su brazo y salieron.
—Vuestro marido no ha venido como
prometió.
—No —oyó Kivrin que decía Eliwys. Su
tenaza se tensó mucho más en su brazo.
Fuera, las campanas empezaron a sonar de
inme¬diato, y a destiempo, un repique salvaje e irregular. Pa¬recía
maravilloso.
—Agnes —llamó Kivrin, sacudiéndola—, es
hora de tocar tu campana.
Ni siquiera se agitó. Kivrin intentó
cargársela al hombro. Los brazos de la niña colgaron flácidos sobre su espalda,
y la campana tintineó.
—Has esperado toda la noche para tocar
la campa¬nilla —dijo Kivrin, apoyándose en una rodilla—. Des¬pierta, corderito.
Miró alrededor en busca de alguien que
la ayudase. Apenas quedaba nadie en la iglesia. Cob hacía la ronda de las
ventanas, apagando las velas con los dedos. Gawyn y los sobrinos de sir Bloet
estaban al fondo de la nave, recogiendo sus espadas. El padre Roche no aparecía
por ningún sitio. Kivrin se preguntó si era el que tocaba la campana con tanto
entusiasmo.
Su pie dormido empezaba a hormiguearle.
Lo flexionó y luego apoyó su peso sobre él. Le dolió mucho, pero pudo
soportarlo. Se cargó a Agnes al hombro y trató de levantarse. Sin querer se
pisó el borde de la falda y cayó hacia delante.
Gawyn la agarró.
—Buena dama Katherine, mi señora Eliwys
me or¬denó que viniera a ayudaros —dijo, sujetándola. Reco¬gió fácilmente a
Agnes y se la cargó al hombro, y salió de la iglesia, con Kivrin detrás.
—Gracias t—dijo ella cuando salieron del
patio abarrotado—. Sentía como si se me fueran a caer los brazos.
—Es una chica fuerte.
La campanita de Agnes le resbaló de la
muñeca y cayó sobre la nieve, sonando con las otras campanas al hacerlo. Kivrin
se agachó y la recogió. El nudo era casi demasiado pequeño para poder verlo, y
los cortos ex-tremos del lazo se habían convertido en finos hilillos, pero en
el momento en que lo cogió, el nudo se soltó. Lo ató a la muñeca de Agnes con
un lacito.
—Me alegro de ayudar a una dama en
apuros —sonrió Gawyn, pero ella no le oyó.
Estaban solos en el prado. El resto de
la familia casi había llegado a la puerta de la mansión. Kivrin distin¬guió al
senescal alzando la linterna sobre lady Imeyne y lady Yvolde mientras entraban
en el pasillo. Todavía había un nutrido grupo de gente en el patio de la
igle¬sia; alguien había encendido una hoguera junto al ca¬mino y la gente se
congregaba a su alrededor, calentán¬dose las manos y pasándose un cuenco de
madera con algo, pero aquí en medio del prado estaban completa¬mente solos. La
oportunidad que había creído que nunca se iba a presentar había llegado.
—Quería daros las gracias por intentar
encontrar a mis asaltantes, y por rescatarme en el bosque y traerme aquí. ¿Me
encontrasteis muy lejos de aquí? ¿Podéis acompañarme al lugar?
Él se detuvo y la miró.
—¿No os lo dijeron? Llevé a la mansión
todas las pertenencias vuestras que encontré. Los ladrones se llevaron todo lo
demás, y aunque los perseguí, me temo que no encontré nada. —Echó a andar de
nuevo.
—Sé que trajisteis mis cajas. Gracias.
Pero no que¬ría ver el lugar donde me encontrasteis por este motivo —dijo
Kivrin rápidamente, temiendo que alcanzaran a los demás antes de haber
terminado de pedírselo—. Perdí la memoria cuando fui herida en el ataque. Se me
ocurrió que si podía ver el lugar donde me encontras¬teis, tal vez recordaría
algo.
Él se había detenido de nuevo y
contempló el ca¬mino que conducía a la iglesia. Había luces que fluc¬tuaban
inestables y se acercaban rápidamente. ¿Gente que llegaba tarde a la misa?
—Sois el único que sabe dónde está el
lugar —dijo Kivrin—, o de lo contrario no os molestaría, pero si tan sólo
pudierais decirme dónde está, yo...
—Allí no hay nada —replicó él vagamente,
todavía mirando las luces—. Llevé vuestra carreta y vuestras cajas a la
mansión.
—Lo sé, y os lo agradezco, pero...
—Están en el granero —añadió él. Se
volvió ante el sonido de caballos. Las luces oscilantes eran linternas que
llevaban hombres a caballo. Pasaron de largo ante la iglesia y atravesaron la
aldea. Eran al menos media docena, y se detuvieron junto a lady Eliwys y los
demás.
Es su marido, pensó Kivrin, pero antes
de que ter¬minara de pensarlo, Gawyn le entregó a Agnes y echó a correr hacia
ellos, desenvainando la espada.
Oh, no, pensó Kivrin, y echó a correr
también, torpemente. No era su marido. Eran los hombres que los perseguían, el
motivo de que se estuvieran escon¬diendo, la razón de que Eliwys se enfadara
tanto con Imeyne por haberle dicho a sir Bloet que estaban aquí.
Los hombres de las antorchas habían
desmontado. Eliwys avanzó hacia uno de los tres hombres que toda¬vía estaban a
caballo y luego cayó de rodillas como si hubiera sido golpeada.
No, oh, no, pensó Kivrin, sin aliento.
La campani-ta de Agnes tintineaba salvajemente mientras corría.
Gawyn se dirigió hacia ellos, la espada
destellando a la luz de las linternas, y entonces también cayó de ro¬dillas.
Eliwys se levantó y avanzó hacia los hombres a caballo, con los brazos
extendidos en un gesto de bien¬venida.
Kivrin se detuvo, sin aliento. Sir Bloet
avanzó, se arrodilló, se levantó. Los jinetes retiraron sus capu¬chas. Llevaban
algún tipo de sombrero o coronas. Gawyn, todavía de rodillas, envainó la
espada. Uno de los hombres a caballo levantó la mano y algo brilló.
—¿Qué es eso? —preguntó Agnes,
adormilada.
—No lo sé —respondió Kivrin.
Agnes se debatió en brazos de Kivrin
para poder ver.
—Son los tres Reyes —suspiró,
maravillada.
TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL
JUICIO FINAL
(064996-065537)
Nochebuena de 1320 (Calendario Antiguo).
Ha llegado un enviado del obispo, junto con otros dos hombres. Llegaron justo
después de la misa del gallo. Lady Imeyne no cabe en sí de gozo. Está
convencida de que han venido en respuesta a su mensaje, en el que pedía a un
nuevo capellán, pero yo no estoy tan segura de eso. Han venido sin séquito, y
hay un aire de nerviosismo en ellos, como si estuvieran en alguna misión
apresurada y secreta.
Tiene que estar relacionado con lord
Guillaume, aunque los juicios son en un tribunal secular, no ecle¬siástico. Tal
vez el obispo sea amigo de lord Guillaume, o del rey Eduardo II, y hayan venido
a hacer algún tipo de trato con Eliwys por su libertad.
Sea cual fuese el motivo de su presencia
aquí, lo han hecho con estilo. Agnes pensó que eran los Reyes Ma¬gos cuando los
vio, y en efecto parecen pertenecer a la realeza. Uno de ellos lleva una capa
de terciopelo púr¬pura con el dibujo de una cruz blanca bordado en seda.
Lady Imeyne le asaltó al instante con la
triste his¬toria de lo ignorante, torpe e imposible que es el padre Roche. «No
se merece una parroquia», dijo. Por des¬gracia (y por suerte para el padre
Roche), no era el en¬viado, sino sólo su clérigo. El enviado era el que vestía
de rojo, también muy impresionante, con bordados dorados y ribetes de marta.
El tercero es un monje cisterciense. Al
menos lleva los hábitos blancos, aunque están hechos de lana aún más fina que
mi capa y tiene un cordón de oro por cín-gulo. Lleva un anillo propio de un rey
en cada uno de sus gruesos dedos y no actúa como un monje. El envia¬do y él
pidieron vino antes de desmontar siquiera, y está claro que el clérigo ya había
bebido bastante antes de llegar aquí. Acabó resbalando del caballo y el grueso
monje tuvo que llevarlo al salón.
(Pausa)
Por lo visto me equivoqué respecto a los
motivos de su venida. Eliwys y sir Bloet se retiraron a un rincón con el
enviado del obispo en cuanto entraron en la casa, pero sólo hablaron con él
durante unos minutos, y únicamente oí decirle a Imeyne: «No saben nada de
Guillaume.»
Imeyne no pareció sorprendida ni
especialmente preocupada por esta noticia. Evidentemente, piensa que han venido
a traerle un nuevo capellán, y se desvi¬ve por ellos, insistiendo en que
celebren de inmediato el banquete de Navidad y que el enviado del obispo ocupe
el asiento principal. Ellos parecen más interesa¬dos en beber que en comer. La
propia Imeyne les sirvió copas de vino, y aún no se las habían terminado
cuan¬do pidieron más. El clérigo agarró la falda de Maisry cuando ésta trajo
las jarras, la atrajo hacia sí y le metió la mano por la camisa. Ella,
naturalmente, se cubrió las orejas con las manos.
Lo único bueno que tiene su llegada es
que han au¬mentado todavía más la confusión general. Únicamen¬te tuve un
momento para hablar con Gawyn, pero ma¬ñana o pasado seguramente podré hablar
con él sin que nadie se dé cuenta (sobre todo ya que la atención de Imeyne está
centrada en el enviado, que acaba de qui¬tarle a Maisry la jarra de las manos y
se está sirviendo el vino él mismo), y le pediré que me enseñe dónde está el
lugar de recogida. Hay tiempo de sobra. Tengo casi una semana.
21
Dos personas más murieron el día
veintiocho, am¬bas primarios que habían asistido al baile en Headington, y
Latimer sufrió de repente un infarto.
—Desarrolló miocarditis, que a su vez
causó una tromboembolia —dijo Mary cuando telefoneó—. En este momento, no
responde absolutamente a nada.
Más de la mitad de los retenidos de
Dunworthy habían caído con gripe, y en el hospital sólo había sitio para los
casos más severos. Dunworthy y Finch, y una retenida que había encontrado
William y que tenía un año de estudios de enfermería, daban temps y servían
continuamente zumo de naranja. Dunworthy prepara¬ba camas y daba medicaciones.
Y se preocupaba. Cuando le dijo a Mary
que Badri había dicho «Eso no puede estar bien», y «Fueron las ratas», ella
respondió:
—Es la fiebre, James. No tiene ninguna
conexión con la realidad. Tengo un paciente que no para de ha¬blar de los
elefantes de la reina.
Pero Dunworthy no podía librarse de la
idea de que Kivrin estaba en 1348.
«¿Qué año es?», dijo Badri la primera
noche y «Eso no puede ser correcto».
Dunworthy telefoneó a Andrews después de
su discusión con Gilchrist y le dijo que no podía acceder a la red de
Brasenose.
—No importa —le respondió Andrews—. Las
co¬ordenadas de situación no son tan críticas como las temporales. Haré un
L-y-L desde Jesús College. Ya les pedí permiso para hacer comprobaciones de
paráme¬tros, y no pusieron pegas.
Las visuales se habían perdido de nuevo,
pero An¬drews parecía nervioso, como si temiera que Dunwor¬thy abordara de
nuevo el tema de su venida a Oxford.
—He hecho algunas investigaciones sobre
el desli¬zamiento —dijo—. No hay límites teóricos, pero en la práctica, el
deslizamiento mínimo es siempre mayor que cero, incluso en las zonas
deshabitadas. El desliza-miento máximo nunca ha sobrepasado los cinco años, y
todos fueron sin tripulantes. El mayor deslizamiento de un lanzamiento
tripulado fue un remoto al siglo XVII... doscientos veintiséis días.
—¿Puede ser otra cosa? ¿Pudo salir mal
algo más, aparte del deslizamiento?
—Si las coordenadas son correctas, nada
—dijo Andrews, y prometió informarle en cuanto hiciera las comprobaciones de
parámetros.
Cinco años implicaba 1325. La peste ni
siquiera había comenzado en China entonces, y Badri le había dicho a Gilchrist
que se produjo un deslizamiento mí¬nimo. Tampoco podían ser las coordenadas.
Badri las había comprobado antes de caer enfermo. Pero el mie¬do siguió
royéndole, y pasaba los pocos momentos li¬bres que podía telefoneando a
técnicos, intentando en¬contrar a alguien dispuesto a venir para leer el ajuste
cuando llegara la secuencia del virus y Gilchrist volvie¬ra a abrir el
laboratorio. Se suponía que la secuencia debía haber llegado el día anterior,
pero cuando Mary llamó, todavía la estaban esperando.
Volvió a llamar a últimas horas de la
tarde.
—¿Puedes prepararnos un pabellón?
—preguntó. Las visuales habían vuelto. Parecía como si ella hubiera dormido con
su RPE puesta, y llevaba la mascarilla colgando de un lazo.
—Ya he preparado uno. Está lleno de
retenidos. Hasta el momento se han presentado treinta y un casos.
—¿Tenéis espacio para preparar otro? No
lo nece¬sito todavía —dijo ella, cansada—, pero a este paso ten¬dremos que
recurrir a vosotros. Casi estamos a plena capacidad aquí, y varios miembros del
personal han caído ya o se niegan a venir.
—¿No ha llegado todavía la secuencia?
—No. El WIC acaba de llamar. Tuvieron un
resul¬tado defectuoso la primera vez y han tenido que empe¬zar de nuevo. Se
supone que llegará mañana. Ahora piensan que es un virus uruguayo. —Sonrió
débilmen¬te—. Badri no ha estado en contacto con nadie de Uru¬guay, ¿verdad?
¿Cuándo podrás tener las camas prepa¬radas ?
—Esta noche —respondió Dunworthy, pero
Finch le informó de que casi se habían quedado sin colchones plegables, y tuvo
que ir al Ministerio y discutir con ellos para que le dieran una docena más. No
consiguieron terminar de preparar el pabellón, en dos aulas, hasta la mañana
siguiente.
Finch, mientras le ayudaba a montar los
colchones y hacer las camas, anunció que casi se habían quedado sin sábanas
limpias, mascarillas, y papel higiénico.
—No tenemos suficiente para los
retenidos —dijo, metiendo una sábana—, mucho menos para todos es¬tos pacientes.
Y tampoco tenemos vendas.
—No es una guerra —objetó Dunworthy—.
Dudo de que haya heridos. ¿Ha averiguado si alguno de los otros colegios tienen
un técnico aquí en Oxford?
—Sí, señor, los telefoneé a todos, pero
no encon¬tré a ninguno. —Se puso una almohada bajo la barbilla—. He colocado
carteles pidiendo que todo el mundo ahorre papel higiénico, pero de momento no
ha servido de nada. Las americanas son particular¬mente derrochonas. —Colocó la
funda sobre la sába¬na—. Pero lo siento por ellas. Helen cayó anoche, y no
tienen sustituías.
—¿Helen?
—La señora Piantini. La tenor. Tenía
fiebre de treinta y nueve punto siete. Las americanas no podrán hacer su
Chicago Surprise.
Lo cual es probablemente una bendición,
pensó Dunworthy.
—Pídales que sigan atendiendo mi
teléfono, aun¬que ya no estén ensayando —dijo—. Espero varias lla¬madas
importantes. ¿Volvió a telefonear Andrews?
—No, señor, todavía no. Y las visuales
no funcio¬nan. —Ahuecó la almohada—. Es una lástima lo del concierto. Pueden
hacer Stedmans, claro, pero eso ya no se lleva. Es una pena que no haya una
solución al¬ternativa.
—¿Consiguió la lista de técnicos?
—Sí, señor —respondió Finch, luchando
con un colchón que se resistía. Indicó con la cabeza—. Está junto a la pizarra.
Dunworthy recogió los papeles y miró el
que en¬cabezaba el grupo. Estaba lleno de columnas de núme¬ros, todos ellos con
los dígitos del uno al seis, en orden diverso.
—No es eso —advirtió Finch, recogiendo
los pa¬peles—. Son los cambios para el Chicago Surprise. —Le tendió a Dunworthy
una sola hoja—. Aquí está. He apuntado los técnicos por colegios con sus
respec-tivas direcciones y números de teléfono.
Colin entró. Llevaba la chaqueta mojada
y traía un rollo de cinta y un bulto cubierto de plasteno.
—El vicario me pidió que pusiera esto en
todos los pabellones —dijo, sacando una placa que decía: «¿Se siente
desorientado? ¿Mareado? La confusión mental puede ser un primer síntoma de
infección.»
Rasgó un trozo de cinta adhesiva y pegó
el cartel en la pizarra.
—Los estaba colocando en el hospital, ¿y
qué cree que hacía la fiera de la Gaddson? —dijo, mientras saca¬ba otro cartel
de la caja. Decía: «Lleve puesta su masca¬rilla.» Lo pegó en la pared sobre el
colchón que Finch estaba preparando—. Estaba leyendo la Biblia a los
pa¬cientes. —Se metió la cinta en el bolsillo—. Espero no pillarla. —Se guardó
el resto de los carteles bajo el bra¬zo y se marchó.
—Ponte la mascarilla —aconsejó
Dunworthy.
Colin sonrió.
—Eso mismo me dijo la fiera. Y que el
Señor ani¬quilaría a quienes no oyeran las palabras de los justos. —Se sacó la
bufanda gris del bolsillo—. Llevo esto en vez de mascarilla —dijo, atándosela
sobre la boca y la nariz al estilo bandolero.
—La tela no puede mantener a raya a los
virus mi¬croscópicos —advirtió Dunworthy.
—Lo sé. Es el color. Los asusta. —Echó a
correr.
Dunworthy llamó a Mary para decirle que
el pabe¬llón ya estaba listo, pero no pudo entablar comunica¬ción, así que fue
al hospital. La lluvia había remitido un poco y la gente había vuelto a salir,
casi todos con mas¬carillas, y regresaban de la carnicería y hacían cola
de¬lante de las farmacias. Pero las calles parecían silencio¬sas de un modo
innatural.
Alguien ha apagado el carillón, pensó
Dunworthy. Casi lo lamentó.
Mary estaba en su despacho, observando
una pan¬talla.
—La secuencia ha llegado —anunció, antes
de que él pudiera informarla del pabellón.
—¿Se lo has dicho a Gilchrist?
—preguntó, an¬sioso.
—No. No es el virus uruguayo ni el de
Carolina del Sur.
—¿Qué es?
—Un H9N2. El uruguayo y el otro eran H3.
—¿De dónde procede?
—El WIC no lo sabe. No es un virus
conocido. No se ha secuenciado anteriormente. —Le tendió una co¬pia impresa—.
Tiene una mutación de siete puntos, lo cual explica por qué es letal.
Dunworthy miró el papel. Estaba cubierto
con co¬lumnas de números, como la lista de cambios de Finch, y era igual de
ininteligible.
—Tiene que venir de alguna parte.
—No necesariamente. Aproximadamente cada
diez años se produce un cambio antigénico importante con potencial epidémico,
así que puede haberse origi¬nado con Badri. —Ella volvió a coger el impreso—.
¿Sabes si vive cerca de ganado?
—¿Ganado? No, vive en un apartamento en
Hea-dington.
—Las cadenas mutantes a veces se
producen por la intersección de un virus avícola con una cadena huma¬na. El WIC
quiere que comprobemos posibles contac¬tos avícolas y exposición a radiación.
Las mutaciones virales a veces son causadas por los rayos-X. —Estudió el papel
como si tuviera sentido—. Es una mutación inusitada. No hay recombinación de
los genes hema-glutininos, sólo una mutación de punto extremada¬mente grande.
Ahora comprendía por qué no había
informado a Gilchrist. Éste había dicho que abriría el laboratorio cuando
llegara la secuencia, pero esta noticia sólo le re¬afirmaría en su decisión de
mantenerlo clausurado.
—¿Hay cura?
—La habrá en cuanto podamos crear un
análogo. Y una vacuna. Ya han empezado a trabajar en el proto¬tipo.
—¿Cuánto?
—De tres a cuatro días para producir un
prototipo, luego al menos otros cinco para fabricarlo, si no en¬cuentran
dificultades para duplicar las proteínas. De¬beríamos empezar a poder inocular
dentro de diez días.
Diez días. Entonces podrían empezar a
suminis¬trar las vacunas. ¿Cuánto tardarían en inmunizar la zona en cuarentena?
¿Una semana? ¿Dos? ¿Antes de que Gilchrist y los idiotas manifestantes
consideraran seguro abrir el laboratorio?
—Es demasiado.
—Lo sé —asintió Mary, y suspiró—. Dios
sabe cuántos casos tendremos para entonces. Ha habido veinte nuevos esta
mañana.
—¿Crees que es una cadena imitante? Ella
refle¬xionó.
—No. Creo que es mucho más probable que
Badri lo pillara de alguien en el baile de Headington. Tal vez hubiera
neo-hindúes allí, o terranos, o alguien que no cree en las antivirales o en la
medicina moderna. La gri¬pe del ganso canadiense del 2010, si lo recuerdas, fue
originada en una comuna de la Ciencia Cristiana. Hay una fuente. La
encontraremos.
—¿Y qué le pasará a Kivrin mientras
tanto? ¿Y si no encontráis la fuente para el encuentro? Se supone que debe
volver el seis de enero. ¿Habréis descubierto la fuente para entonces?
—No lo sé —suspiró ella, cansada—. Tal
vez ella no quiera volver a un siglo que se está convirtiendo cla¬ramente en un
diez. Puede que prefiera quedarse en el 1320.
Si está en 1320, pensó Dunworthy, y
subió a ver a Badri. No había vuelto a mencionar las ratas desde la Nochebuena.
Había regresado a la tarde en Balliol, cuando fue a buscar a Dunworthy.
—¿Laboratorio? —murmuró cuando vio a
Dunworthy. Intentó tenderle una nota, y luego pareció dor¬mirse,
agotado por el esfuerzo.
Dunworthy se quedó sólo unos minutos y
luego fue a ver a Gilchrist.
Cuando llegó a Brasenose la lluvia había
arreciado. Los miembros del piquete se acurrucaban bajo la pan¬carta,
tiritando.
El portero estaba en el mostrador,
quitando los adornos del arbolito de Navidad. Miró a Dunworthy y pareció
súbitamente alarmado. Dunworthy pasó de largo ante él y se dirigió a la puerta.
—No puede entrar ahí, señor Dunworthy
—advir¬tió el portero—. El colegio está restringido.
Dunworthy entró en el patio. Las
habitaciones de Gilchrist estaban en el edificio situado tras el laborato¬rio.
Corrió hacia ellas, esperando que el portero le al¬canzara y tratara de
detenerlo.
El laboratorio tenía un gran cartel
amarillo que de¬cía: «Prohibido el paso sin autorización», y una alarma
electrónica unida al marco de la puerta.
—Señor Dunworthy —dijo Gilchrist,
avanzando hacia él bajo la lluvia. Por lo visto el portero le había
te¬lefoneado—. El laboratorio está fuera de los límites.
—He venido a verle a usted.
El portero llegó, arrastrando una
guirnalda de pa¬pel de plata.
—¿Llamo a la policía universitaria?
—preguntó.
—No será necesario. Venga a mis
habitaciones —le dijo Gilchrist a Dunworthy—. Quiero que vea una cosa.
Condujo a Dunworthy a su despacho, se
sentó ante la mesa abarrotada, y sacó una complicada masca¬rilla con alguna
especie de filtros.
—Acabo de hablar con el WIC —dijo. Su
voz so¬naba hueca, como si llegara desde muy lejos—. El virus no ha sido
secuenciado con anterioridad y su origen es desconocido.
—Se ha secuenciado ya, y el análogo y la
vacuna llegarán dentro de unos cuantos días. La doctora Ahrens ha conseguido
que se dé a Brasenose prioridad en la inmunización, y yo estoy intentando
localizar a un técnico que pueda leer el ajuste en cuanto la inmu¬nización se
haya completado.
—Me temo que eso será imposible —dijo
Gilchrist con tono hueco—. He estado estudiando la incidencia de la gripe en el
siglo XIV. Hay claras indicaciones de que una serie de epidemias de influenza
en la primera mitad de ese siglo debilitó gravemente a la población, reduciendo
por tanto su resistencia a la Peste Negra.
Cogió un libro de aspecto antiguo.
—He encontrado seis referencias
independientes a brotes de gripe entre octubre de 1318 y febrero de 1321.
—Levantó el libro y empezó a leer—. «Después de la cosecha hubo en todo Dorset
una fiebre tan fiera que produjo muchos muertos. Esta fiebre comenzaba con
dolor de cabeza y confusión en todas las partes del cuerpo. Los médicos
sangraban a los pacientes, pero muchos murieron a pesar de todo.»
Una fiebre. En una época de fiebres,
tifoideas y có¬lera y paperas, donde todas ellas producían «dolor de cabeza y
confusión en todas las partes del cuerpo».
—Año 1319. Los juicios de Bath para el
año ante¬rior fueron cancelados —prosiguió Gilchrist, quien había cogido otro
libro—. «Un mal del pecho cayó so¬bre el tribunal y ninguno, juez ni jurado,
quedó para oír los casos.» —Gilchrist miró a Dunworthy por enci¬ma de la
máscara—. Dijo usted que los temores públi¬cos sobre la red eran histéricos y
sin fundamento. Sin embargo, parece que se basan en datos históricos
docu-mentados.
Datos históricos documentados.
Referencias a fie¬bres y males del pecho que podrían deberse a cualquier cosa,
gangrena o tifus o un centenar de infecciones sin nombre.
—El virus no puede haber atravesado la
red. Se han hecho lanzamientos a la Pandemia, a batallas de la Pri¬mera Guerra
Mundial donde se usó gas mostaza, a Tel Aviv. Siglo Veinte envió equipo
detector a St. Paul's dos días después de que cayera la bomba. Nada atrave¬só
la red.
—Eso es lo que dice usted. —Levantó un
papel—. Probabilidad indica un cero coma cero cero tres por ciento de
posibilidades de que un microorganismo cru¬ce la red y un veintidós coma uno de
posibilidades de que un mixovirus viable esté dentro de la zona crítica cuando
se abra la red.
—En nombre de Dios, ¿de dónde saca esas
cifras? ¿De una chistera? Según Probabilidad —dijo, ponien¬do un énfasis
desagradable en la palabra—, sólo había un cero coma cero cuatro por ciento de
posibilidades de que alguien estuviera presente cuando Kivrin atra¬vesara la
red, una posibilidad que usted consideró esta¬dísticamente irrelevante.
—Los virus son organismos
extraordinariamente re¬sistentes —prosiguió Gilchrist—. Se sabe que permane¬cen
latentes durante largos períodos de tiempo, expues¬tos a extremos de
temperatura y humedad, y siguen siendo viables. Bajo ciertas condiciones, forman
cristales que conservan su estructura indefinidamente. Cuando se les devuelve a
una solución húmeda, siguen siendo infec¬ciosos. Se han encontrado cristales
del mosaico del taba¬co que databan del siglo xvi. Hay un riesgo significativo
de que los virus penetraran la red si se abriera, y dadas las circunstancias,
no puedo permitir que eso suceda.
—El virus no puede haber atravesado la
red.
—Entonces, ¿por qué está tan ansioso por
leer el ajuste?
—Porque... —dijo Dunworthy, y se detuvo
para controlarse—. Porque leer el ajuste nos dirá si el lanza¬miento salió
según lo planeado o si algo fue mal.
—Oh, ¿admite entonces que hay una
posibilidad de error? Entonces, ¿por qué no puede producirse un
error que permita que un virus atraviese
la red? Mien¬tras esa posibilidad exista, el laboratorio permanecerá
clausurado. Estoy seguro de que el señor Basingame aprobará la decisión que he
tomado.
Basingame, pensó Dunworthy, de eso se
trata. No tiene nada que ver con el virus, los manifestantes o los «males del
pecho» en 1318. Todo esto es para justifi¬carse ante Basingame.
Gilchrist era rector en funciones en
ausencia de Basingame, y se había apresurado a corregir el baremo, a hacer un
lanzamiento, y sin duda pretendía presen¬tarle a Basingame un brillante fait
accompli. Pero no lo había hecho. En cambio, tenía una epidemia y una
his¬toriadora perdida, la gente se manifestaba delante del colegio, y ahora lo
único que le importaba era justificar sus acciones, salvarse a sí mismo aunque
eso significara sacrificar a Kivrin.
—¿Qué hay de Kivrin? ¿Aprueba ella su
decisión?
—La señorita Engle era plenamente
consciente cuando se ofreció voluntaria para ir a 1320.
—¿Era consciente de que pretendía usted
abando¬narla?
—Doy por terminada esta conversación,
señor Dunworthy —Gilchrist se levantó—. Abriré el labora¬torio cuando la fuente
del virus haya sido localizada, y quede plenamente demostrado que no existe
ninguna posibilidad de que atraviese la red.
Le mostró la puerta a Dunworthy. El
portero es¬peraba fuera.
—No permitiré que abandone a Kivrin
—dijo Dunworthy.
Gilchrist frunció los labios bajo la
máscara.
—Y yo no permitiré que ponga en peligro
la salud de esta comunidad. —Se volvió hacia el portero—. Acompañe al señor
Dunworthy a la salida. Si intenta volver a entrar en Brasenose, llame a la
policía.
Cerró de un portazo. El portero acompañó
a Dunworthy mientras cruzaban el patio, observándole alerta, como si pensara
que podría volverse repentina¬mente peligroso.
Podría hacerlo, pensó Dunworthy.
—Quisiera usar su teléfono —dijo cuando
llegaron a la puerta—. Asuntos de la universidad.
El portero parecía nervioso, pero colocó
el teléfo¬no sobre el mostrador y se le quedó mirando mientras Dunworthy
marcaba el número de Balliol.
—Tenemos que localizar a Basingame —dijo
Dun¬worthy cuando Finch respondió—. Es una emergencia. Llame a la Oficina de
Licencias de Pesca de Escocia y re¬copile una lista de hoteles y albergues. Y
déme el núme¬ro de Polly Wilson.
Anotó el número, colgó, y empezó a
marcar. Cam¬bió de idea y telefoneó a Mary.
—Quiero ayudar a localizar la fuente del
virus.
—Gilchrist no quiere abrir la red —dijo
ella.
—No. ¿Qué puedo hacer para ayudar?
—Lo que hiciste antes con los primarios.
Rastrea los contactos, busca las cosas que te dije: exposición a radiación,
proximidad a aves o ganado, religiones que prohiban las antivirales.
Necesitarás las tablas de con¬tacto.
—Enviaré a Colin por ellas.
—Haré que alguien las prepare. Será
mejor que compruebes los contactos de Badri entre cuatro y seis días, por si el
virus se originó con él. El tiempo de incu¬bación a partir de un portador no
humano o de otro depósito, por ejemplo, puede ser más largo que el pe¬ríodo de
incubación de persona a persona.
—Pondré a trabajar a William —dijo.
Devolvió el teléfono al portero, que inmediatamente rodeó el mos¬trador y le
acompañó al exterior. A Dunworthy le sor¬prendió que no le escoltara hasta
Balliol.
En cuanto llegó, telefoneó a Polly
Wilson.
—¿Hay algún medio de entrar en la
consola de la red sin tener acceso al laboratorio? —le preguntó—. ¿Puede entrar
directamente a través del ordenador de la Universidad?
—No lo sé. El ordenador de la
Universidad está protegido. Tal vez pueda conseguir un ariete, o infil¬trarme
con un gusano desde la consola de Balliol. Ten¬dré que ver qué medidas de
seguridad hay. ¿Tiene un técnico para leerlo si consigo entrar?
—Buscaré uno —dijo él. Colgó.
Colin entró, goteando, para coger otro
rollo de cinta.
—¿Sabía que llegó la secuencia, y que el
virus es un mutante?
—Sí. Quiero que vayas al hospital y me
traigas las tablas de contactos.
Colin soltó su montón de carteles. El de
encima decía: «No tenga una recaída.»
—Dicen que es una especie de arma
biológica —añadió Colin—. Que ha escapado de un laboratorio.
No será del de Gilchrist, pensó
Dunworthy amar¬gamente.
—¿Sabes dónde está William Gaddson?
—No. —Colin esbozó una mueca—.
Probable¬mente estará en las escaleras besándose con alguna chica.
Estaba en la despensa, besando a una de
las reteni¬das. Dunworthy le pidió que averiguara el paradero de Badri desde el
viernes hasta el domingo por la mañana y que consiguiera una copia de las
compras mediante tarjeta de Basingame durante el mes de diciembre. Lue¬go
volvió a sus habitaciones para llamar a los técnicos.
Uno de ellos dirigía una red para Siglo
Diecinueve en Moscú, y otros dos habían ido a esquiar. Los demás no estaban en
casa, o tal vez, alertados por Andrews, no contestaban al teléfono.
Colin le llevó las tablas de contactos.
Eran un desastre. No se había hecho ningún intento por conseguir
correlaciones excepto posibles
conexiones americanas, y había demasiados contactos. La mitad de los prima¬rios
estaban en el baile de Headington, dos tercios ha¬bían hecho compras de
Navidad, y todos menos dos habían viajado en metro. Era como buscar una aguja
en un pajar.
Dunworthy se pasó la mitad de la noche
compro¬bando afiliaciones religiosas. Cuarenta y dos eran angli-canos, nueve de
la Santa Re-Formada, diecisiete no te¬nían afiliación. Ocho eran estudiantes de
Shrewsbury College, once guardaron cola en Debenham's para ver a Papá Noel,
nueve habían trabajado en la excavación de Montoya, treinta habían comprado en
BlackwelPs.
Veintiuno habían tenido contactos
cruzados con al menos dos secundarios, y el Papá Noel de Debenham's había
contactado con treinta y dos (todos menos once en un pub después de su turno),
pero ninguno podía ser relacionado con todos los primarios excepto Badri.
Mary trajo los nuevos casos por la
mañana. Lleva¬ba RPE, pero no mascarilla.
—¿Están preparadas las camas?
—Sí. Tenemos dos pabellones de diez
camas cada uno.
—Bien. Las necesitaré todas.
Ayudaron a acostarse a los pacientes y
los dejaron al cuidado de la estudiante de enfermería de William.
—Los que están en camillas se
solucionarán en cuanto tengamos una ambulancia libre —declaró Mary, mientras
cruzaba el patio con Dunworthy.
La lluvia había cesado por completo, y
el cielo era más claro, como si fuera a despejar.
—¿Cuándo llegará el análogo? —preguntó
él.
—Tardará dos días como mínimo.
Llegaron a la puerta. Ella se apoyó
contra el muro de piedra.
—Cuando todo esto acabe, voy a atravesar
la red—dijo—. Iré a algún siglo donde no haya epidemias,
donde no haya que esperar, ni
preocuparse, ni sentirse indefenso.
Se pasó la mano por el pelo gris.
—A un siglo que no sea un diez —sonrió—.
Pero no hay ninguno, ¿verdad?
Él sacudió la cabeza.
—¿Te he hablado alguna vez del Valle de
los Reyes?
—Me contaste que lo habías visitado
durante la Pandemia.
Ella asintió.
—El Cairo estaba en cuarentena, así que
tuvimos que volar a Addis Abeba, y por el camino soborné al taxista para que
nos llevara al Valle de los Reyes para poder ver la tumba de Tutankamon. Fue
una tontería. La Pandemia ya había alcanzado Luxor, y por poco no nos pilla la
cuarentena. Nos dispararon dos veces. —Sacudió la cabeza—. Podrían habernos
matado. Mi hermana se negó a bajar del coche, pero yo descendí las escaleras y
llegué hasta la puerta de la tumba, y pensé, así estaba cuando Cárter la
encontró.
Miró a Dunworthy sin verlo, recordando.
—Cuando llegaron a la puerta de la
tumba, estaba cerrada, y tuvieron que esperar a que las autoridades competentes
la abrieran. Cárter abrió un agujero en la puerta, y metió una vela y se asomó.
—Su voz era un susurro—. Carnarvon dijo: «¿Ves algo?», y Cárter con¬testó: «Sí,
cosas maravillosas.»
Cerró los ojos.
—Nunca he olvidado eso, haber estado
allí de pie ante aquella puerta cerrada. La veo claramente incluso ahora.
—Abrió los ojos—. A lo mejor decido ir cuando se acabe todo esto. A la apertura
de la tumba del rey Tut.
Atravesó la puerta.
—Oh, vaya, ya está lloviendo otra vez.
Tengo que volver. Enviaré los casos de camillas en cuanto haya una
ambulancia. —Lo miró con suspicacia—.
¿Por qué no tienes puesta tu mascarilla?
—Hace que se me empañen las gafas. ¿Por
qué no llevas tú la tuya?
—Empiezan a escasear. Has recibido tu
potencia¬ción de leucocitos-T, ¿verdad?
Él negó con la cabeza.
—No he tenido tiempo.
—Búscalo —dijo ella—. Y ponte la
mascarilla. No le servirás de nada a Kivrin si caes enfermo.
No le sirvo de nada a Kivrin ahora,
pensó Dunworthy, mientras volvía a sus habitaciones. No me dejan en¬trar en el
laboratorio. No consigo que un técnico venga a Oxford. No encuentro a
Basingame. Intentó pensar con quién más podía ponerse en contacto. Había
com¬probado todas las agencias de viajes y guías de pesca y alquileres de botes
de Escocia. No había ni rastro de Ba¬singame. Tal vez Montoya tenía razón y no
estaba allí, sino en los trópicos con alguna mujer.
Montoya. Se había olvidado por completo
de ella. No la había visto desde la misa de Nochebuena. Estaba buscando a
Basingame para que le firmara la autoriza¬ción para ir a la excavación, y luego
llamó el día de Na-vidad para preguntarle si Basingame prefería las tru¬chas o
el salmón. Y llamó de nuevo con el mensaje «No importa». Lo que podría
significar que había descu¬bierto no sólo si le gustaban las truchas o el
salmón, sino también al propio hombre.
Subió a sus habitaciones. Si Montoya
había locali¬zado a Basingame y conseguido la autorización, habría ido
directamente a la excavación. No habría esperado a decírselo a nadie. Dunworthy
ni siquiera estaba seguro de que supiera que él también lo estaba buscando.
Basingame seguramente regresaría en
cuanto Mon¬toya le hablara de la cuarentena, a menos que se lo hu¬biera
impedido el mal tiempo o las carreteras infranqueables. O Montoya tal vez no le
hubiera dicho nada de la cuarentena. Obsesionada como estaba con la
exca¬vación, tal vez se limitó a pedirle su firma.
La señora Taylor, sus cuatro campaneras
sanas y Finch estaban en sus habitaciones, formando un círcu¬lo y flexionando
las rodillas. Finch tenía un papel en la mano y contaba en voz baja.
—Iba a ir al pabellón a asignar a las
enfermeras —dijo mansamente—. Aquí está el informe de William. —Se lo entregó a
Dunworthy y se marchó.
La señora Taylor y su cuarteto
recogieron las cam¬panillas.
—Ha llamado una tal señora Wilson
—anunció la señora Taylor—. Me pidió que le dijera que un ariete no
funcionaría, y que tendrá que entrar a través de la consola de Brasenose.
—Gracias.
Ella se marchó seguida de sus cuatro
campaneras en fila india.
Dunworthy llamó a la excavación. No hubo
res¬puesta. Llamó al apartamento de Montoya, a su despa¬cho en Brasenose, otra
vez a la excavación. No obtuvo respuesta en ningún sitio. Llamó de nuevo a su
aparta¬mento y dejó que el teléfono sonara mientras miraba el informe de
William. Badri se había pasado todo el sá¬bado y la mañana del domingo
trabajando en la excava¬ción. William debía de haber entrado en contacto con
Montoya para averiguarlo.
De pronto, se preguntó por la
excavación. Estaba en el campo, en Witney, una granja del Fondo Nacio¬nal. Tal
vez tenía patos, o gallinas, o cerdos, o las tres cosas. Y Badri había pasado
un día y medio trabajando allí, revolviendo en el barro, una ocasión perfecta
para entrar en contacto con un portador no humano.
Colin llegó, calado hasta los huesos.
—Se han quedado sin carteles —dijo,
rebuscando en la mochila—. Londres enviará más mañana. —Limpió el chicle y se
lo metió en la boca, con suciedad y todo—. ¿Sabe quién está en su escalera?
—preguntó. Se sentó en el asiento de la ventana y abrió su libro de la Edad
Media—. William y una chica. Besándose y char¬lando de cursilerías. Por poco no
puedo pasar.
Dunworthy abrió la puerta. William se
separó de mala gana de una morenita menuda vestida con un Burberry y entró.
—¿Sabe dónde está la señora Montoya?
—pregun¬tó Dunworthy.
—No. El Ministerio dijo que estaba en la
excava¬ción, pero no contesta al teléfono. Probablemente está en la iglesia o
en alguna parte de la granja y no oye el te¬léfono. Pensé en utilizar un
aullador, pero luego me acordé de esa chica que estudia arqueohistoria y...
—Se¬ñaló a la morenita—. Ella me dij o que había visto las ho-jas de
asignaciones de la excavación, y que Badri apare¬cía el sábado y el domingo.
—¿Un aullador? ¿Qué es eso?
—Lo enganchas a la línea y amplía la
llamada al otro lado. Por si la persona está en el jardín, en la ducha o algún
sitio de esos.
—¿Puede poner uno en este teléfono?
—Son un poco complicados para mí.
Conozco a una estudiante que podría hacerlo. Tengo su número en mi habitación
—se marchó, cogido de la mano de la morenita.
—¿Sabe? Si Montoya está en la
excavación, puedo sacarle del perímetro —dijo Colin. Sacó el chicle y lo
examinó—. Será fácil. Hay muchísimos sitios que no están vigilados. A los
guardias no les gusta permanecer de pie bajo la lluvia.
—No tengo ninguna intención de
quebrantar la cuarentena. Queremos detener esta epidemia, no ex¬tenderla.
—Así se extendía la plaga durante la
Peste Negra —añadió Colin. Volvió a sacarse el chicle y lo examinó.
Tenía un desagradable color amarillo—.
Intentaban huir de ella, pero se la llevaban consigo.
William asomó la cabeza en la puerta.
—Dice que tardará dos días en colocarlo,
pero tie¬ne uno en su teléfono por si quiere utilizarlo.
Colin cogió su chaqueta.
—¿Puedo ir?
—No —respondió Dunworthy—. Y quítate
esas ropas mojadas. No quiero que pilles la gripe. —Bajó las escaleras con
William.
—Ella estudia en Shrewsbury —informó
William, abriendo el camino bajo la lluvia.
Colin los alcanzó a mitad del patio.
—No me pondré enfermo. Me pusieron la
poten¬ciación. No tenían cuarentenas en la Peste Negra, así que iba a todas
partes. —Sacó su bufanda del bolsillo de la chaqueta—. Botley Road es un buen
sitio para saltarse el perímetro. Hay un pub en la esquina junto a la barrera,
y el guardia entra de vez en cuando a tomar¬se una copa para calentarse.
—Abróchate la chaqueta —dijo Dunworthy.
La muchacha resultó ser Polly Wilson. Le
dijo a Dunworthy que había estado trabajando en un traidor óptico que pudiera
irrumpir en la consola, pero no lo había conseguido todavía. Dunworthy
telefoneó a la excavación, pero no obtuvo respuesta.
—Déjelo sonar —dijo Polly—. Tal vez
tenga que recorrer un buen trecho para atenderlo. El aullador tie¬ne un alcance
de medio kilómetro.
Lo dejó sonar durante diez minutos,
colgó, esperó cinco minutos, lo intentó de nuevo y lo dejó sonar un cuarto de
hora antes de darse por vencido. Polly mira¬ba amorosamente a William, y Colin
tiritaba con su chaqueta mojada. Dunworthy se lo llevó a casa y lo acostó.
—Yo podría saltarme el perímetro y
decirle que le telefonee —se ofreció Colin, guardando el chicle en la mochila—.
Por si le preocupa ser demasiado viejo para hacerlo. Soy muy hábil saltándome
perímetros.
Dunworthy esperó hasta que William
regresó a la mañana siguiente y después volvió a Shrewsbury y lo intentó de
nuevo, pero fue en vano.
—Haré que llame a intervalos de media
hora —dijo Polly, mientras lo acompañaba a la puerta—. No sabrá usted si
William sale con otras chicas, ¿verdad?
—No —respondió Dunworthy.
El sonido de campanas llegó de repente
desde Christ Church, repicando con fuerza a través de la lluvia.
—¿Ha conectado alguien ese horrible
carillón otra vez? —preguntó Polly.
—No —contestó él—. Son las americanas.
—Vol¬vió la cabeza en dirección al sonido, intentando decidir si la señora
Taylor se había decidido por los Stedmans, pero percibió seis campanas, las
viejas campanas de Osney: Douce y Gabriel y Marie, una tras otra, Cle-ment y
Hautclerc y Taylor—. Y Finch.
Sonaban bastante bien, no como cuando el
carillón digital tocaba O Christ Wbo Interfaces with the World. Sonaban clara y
alegremente, y Dunworthy se imaginó a las campaneras formando un círculo en la
torre, flexionando las rodillas y alzando los brazos, mientras Finch consultaba
su lista de números.
«Cada hombre debe ceñirse a su campana
sin inte¬rrupción», había dicho la señora Taylor. Él no había tenido más que
interrupciones, pero se sentía extra¬ñamente animado. La señora Taylor no había
podido llevar a sus campaneras a Norwich para Nochebue¬na, pero se había ceñido
a sus campanas, y sonaban en-sordecedoramente, delirantemente fuertes, como una
celebración, una victoria. Como la mañana de Navi¬dad. Encontraría a Montoya. Y
a Basingame. O a un téc¬nico que no tuviera miedo de la cuarentena. Encontra¬ría
a Kivrin.
El teléfono sonaba cuando regresó a
Balliol. Subió corriendo las escaleras, esperando que fuera Polly. Era Montoya.
—¿Dunworthy? Hola. Soy Lupe Montoya.
¿Qué pasa?
—¿Dónde está usted? —demandó él.
—En la excavación —contestó ella, pero
eso saltaba a la vista. Se encontraba de pie delante de la arruinada nave de la
iglesia en el patio medieval medio excavado. Dunworthy comprendió por qué
estaba tan ansiosa por volver allí. En algunos lugares había hasta un palmo de
agua. Montoya había colocado toldos y sábanas de plas-teno por toda la
excavación, pero la lluvia se filtraba por una docena de sitios, y donde las
coberturas se encon¬traban, el agua caía en auténticas cascadas. Todo: las
tumbas, las luces que había colocado en los toldos, las palas apoyadas contra
la pared, absolutamente todo es¬taba cubierto de lodo.
También Montoya. Llevaba su cazadora y
unas su¬cias botas de pescador hasta los muslos, como tal vez llevara
Basingame, dondequiera que estuviese. La ma¬no con la que sujetaba el teléfono
estaba cubierta de ba¬rro seco.
—La he estado llamando durante días
—dijo Dun¬worthy.
—No oigo el teléfono con el ruido de la
bomba de succión. —Indicó algo más allá de la imagen, presumi¬blemente la
bomba, aunque él sólo oía el tamborileo de la lluvia sobre los toldos—. Acabo
de romper una co¬rrea, y no tengo otra. Oí las campanas. ¿Significa eso que la
cuarentena se ha acabado?
—Lo dudo. Estamos en medio de una
epidemia a gran escala. Setecientos ochenta casos y dieciséis muer¬tos. ¿No ha
visto los periódicos?
—No he visto a nadie desde que llegué
aquí. He pasado los últimos seis días intentando secar esta mal¬dita
excavación, pero no puedo hacerlo sola. Y sin bomba. —Se apartó el pelo de la
cara con una mano su¬cia—. ¿Por qué tocaban las campanas entonces, si la
cuarentena no ha acabado?
—Un repique de Chicago Surprise Minor.
Ella parecía irritada.
—Si la cuarentena es tan mala, ¿por qué
no se dedi¬can a algo útil?
Ya lo han hecho, pensó Dunworthy.
Gracias a ellas, tú has llamado.
—Desde luego, podría ponerlas a trabajar
aquí. —Volvió a apartarse el pelo. Parecía casi tan cansada co¬mo Mary—.
Esperaba que hubieran levantado la cua¬rentena, para que alguien viniera a
ayudarme. ¿ Cuánto tiempo cree que tardará?
Demasiado, pensó él, al observar cómo
caía la llu¬via en cascada entre los toldos. Nunca recibirás a tiem¬po la ayuda
que precisas.
—Necesito cierta información acerca de
Basinga-me y Badri Chaudhuri. Intentamos localizar el origen del virus y con
quién ha tenido contacto Badri. Trabajó en la excavación el dieciocho y la
mañana del diecinue¬ve. ¿Quién más había?
—Yo.
—¿Quién más?
—Nadie. Me resultó dificilísimo
encontrar ayuda en diciembre. Todos mis estudiantes de arqueohistoria se
marcharon el día que empezaban las vacaciones. Tuve que sacar voluntarios de
donde pude.
—¿Está segura de que sólo estaban
ustedes dos?
—Sí. Lo recuerdo porque abrimos la tumba
del ca¬ballero el sábado y nos costó mucho trabajo levantar la tapa. Gillian
Ledbetter tenía que venir el sábado, pero llamó en el último momento diciendo
que tenía una cita.
Con William, pensó Dunworthy.
—¿Estuvo alguien con Badri el domingo?
—Sólo vino aquí por la mañana, y después
no hubo nadie. Tuvo que marcharse a Londres. Mire, tengo que irme. Si no recibo
ayuda pronto, tengo que volver a tra¬bajar. —Empezó a retirar el receptor de la
oreja.
—¡Un momento! —gritó Dunworthy—. No
cuel¬gue.
Ella volvió a llevarse el receptor al
oído. Parecía impaciente.
—Tengo que hacerle algunas preguntas
más. Es muy importante. Cuanto antes localicemos la fuente de este virus, más
pronto se levantará la cuarentena y usted podrá recibir ayuda para la
excavación.
Ella no parecía convencida, pero pulsó
un código, • colgó el receptor en la horquilla, y dijo:
—No le importa que trabaje mientras
hablamos, ¿verdad?
—No —contestó Dunworthy, aliviado—.
Hágalo, por favor.
Ella salió bruscamente de cuadro y
regresó, des¬pués pulsó algo más.
—Lo siento. No alcanza —dijo, y la
pantalla se nu¬bló mientras ella movía el teléfono hasta su lugar de trabajo.
Cuando volvió a aparecer la imagen, Montoya estaba agachada en un agujero lleno
de barro junto a una tumba de piedra. Dunworthy supuso que era la que Badri y
ella habían abierto.
La tapa mostraba la efigie de un
caballero con ar¬madura, con los brazos cruzados sobre el pecho acora¬zado de
forma que las manos reposaban en unos pesa¬dos guanteletes y con la espada a
sus pies. Estaba apoyado en un precario ángulo a un lado, oscureciendo las
elaboradas letras talladas. Dunworthy sólo consi¬guió leer «Requiesc».
Requiescat inpace. Descanse en paz, una bendición que el caballero no había
consegui¬do. Su rostro dormido bajo el casco tallado tenía un aire
desaprobatorio.
Montoya había colocado una fina sábana
de plaste-no sobre la tumba abierta. Estaba empapada de agua. Dunworthy se
preguntó si el otro lado de la tumba tambien mostraba un morboso relieve del
horror que guar¬daba dentro, como la que aparecía en la ilustración de Colin, y
si era tan horrible como la realidad. El agua chorreaba sobre la cabecera de la
tumba, hundiendo el plástico.
Montoya se enderezó y sacó una caja
plana llena de barro.
—¿Bien? —dijo, mientras la colocaba
sobre la es¬quina de la tumba—. ¿No tenía más preguntas?
—Sí. Dijo usted que no había nadie más
en la exca¬vación cuando Badri estuvo allí.
—No lo había —contestó ella, secándose
el sudor de la frente—. Vaya, hace calor aquí. —Se quitó la ca¬zadora y la
colgó de la tapa de la tumba.
—¿Y los lugareños? ¿Gente no relacionada
con la excavación?
—Si hubiera alguien aquí, los habría
reclutado. —Empezó a rebuscar en el barro de la caja, y sacó va¬rias piedras
marrones—. La tapa pesaba una tonelada, y acabábamos de quitarla cuando empezó
a llover. Ha¬bría reclutado a cualquiera que pasara por aquí, pero la
excavación está demasiado lejos.
—¿Y el personal del Fondo Nacional?
Ella sumergió las piedras en agua para
limpiarlas.
—Sólo vienen durante el verano.
Dunworthy esperaba que alguien de la
excavación resultara ser la fuente, que Badri hubiera entrado en contacto con
un lugareño, un miembro del Fondo Na¬cional, o un cazador de patos que pasara
por allí. Pero los mixovirus no tenían portadores. El misterioso lu¬gareño
tendría que sufrir la enfermedad también, y Mary había estado en contacto con
todas las clínicas y hospitales de Inglaterra. No se había presentado nin¬gún
caso fuera del perímetro.
Montoya levantó las piedras una por una
a la luz de la batería sujeta a uno de los postes, les dio la vuelta y examinó
los bordes, todavía llenos de barro.
—¿Y las aves?
—¿Aves? —se extrañó ella, y Dunworthy
advirtió que debía de parecer que estaba sugiriendo que reclu-tara a los
gorriones para ayudarla a levantar la tapa de la tumba.
—El virus puede haber sido diseminado
por las aves. Patos, gansos, gallinas —dijo, aunque no estaba seguro de que las
gallinas pudieran ser portadores—. ¿Hay alguna en la excavación?
—¿Gallinas? —preguntó ella, alzando una
de las piedras a la luz.
—Los virus se producen a veces por la
intersección de virus animales y humanos —explicó él—. Las aves son los
portadores más comunes, pero los peces tam¬bién pueden serlo. O los cerdos.
¡Hay algún cerdo en la excavación?
Ella seguía mirándole como si pensara
que estaba chalado.
—La excavación está en una granja del
Fondo Na¬cional, ¿ no ?
—Sí, pero la granja en sí queda a tres
kilómetros de distancia. Nos encontramos en medio de un campo de cebada. No hay
cerdos cerca, ni aves, ni peces. —Vol¬vió a examinar las piedras.
No había aves. Ni cerdos. Ni gente que
habitara en aquel lugar. La fuente del virus tampoco estaba allí. Posiblemente
no estaba en ninguna parte, y la gripe de Badri había mutado de forma
espontánea, como suce¬día de vez en cuando, según dijo Mary; apareció de la
nada y descendió sobre Oxford igual que la peste había descendido sobre los
inconscientes residentes del ce¬menterio.
Montoya alzó de nuevo las piedras a la
luz, rascó con las uñas algún pegote ocasional de barro y luego frotó la
superficie. De pronto Dunworthy advirtió que estaba examinando huesos.
Vértebras, tal vez, o los de¬dos de los pies del caballero. Requiescat in pace.
Encontró lo que al parecer había estado
buscando: un hueso irregular del tamaño de una castaña, con un lado curvo.
Guardó el resto en la bandeja, sacó del bol¬sillo de su camisa un cepillo de
dientes y empezó a fro-tar los bordes cóncavos, con el ceño fruncido.
Gilchrist nunca aceptaría la mutación
espontánea como fuente. Estaba demasiado encantado con la teo¬ría de que algún
virus del siglo XIV había atravesado la red. Y demasiado encantado con su
autoridad como rector en funciones de la Facultad de Historia para ce¬der,
aunque Dunworthy hubiera encontrado patos na¬dando en los charcos del patio.
—Necesito ponerme en contacto con el
señor Ba-singame. ¿Dónde está?
—¿Basingame? —preguntó ella, mientras
miraba aún el hueso con el ceño fruncido—. No tengo ni idea.
—Pero... creía que lo había encontrado.
Cuando telefoneó el día de Navidad dijo que tenía que encon¬trarlo para que le
firmara su dispensa ante el minis¬terio.
—Lo sé. Me pasé dos días enteros
llamando a to¬dos los guías de truchas y salmón de Escocia antes de decidir que
no podía esperar más. Si quiere saber mi opinión, no está en ninguna parte de
Escocia. —Sacó una navajita de sus vaqueros y empezó a rascar el áspe¬ro borde
del hueso—. Hablando del ministerio, ¿po¬dría hacerme un favor? No paro de
llamar a su número pero siempre está comunicando. ¿Podría acercarse y decirles
que necesito ayuda? Adviértales que la excava¬ción tiene un valor histórico
irreemplazable, y que se va a perder irremediablemente si no me envían al
me¬nos a cinco personas. Y una bomba. —El cuchillo chas¬queó. Ella frunció el
ceño y rascó un poco más.
—¿Cómo consiguió la autorización de
Basingame, si no sabía dónde estaba? Creí que había dicho que el impreso
necesitaba su firma.
—Pues sí —dijo ella. Un borde del hueso
salió disparado y aterrizó en la mortaja de plasteno. Montoya
examinó el hueso y lo dejó caer en la
caja—. La falsifi¬qué.
Se agachó de nuevo junto a la tumba,
buscando más huesos. Parecía tan absorta como Colin cuando examinaba su chicle.
Dunworthy no estaba seguro de si recordaba que Kivrin estaba en el pasado, o si
la ha¬bía olvidado como parecía haber olvidado la epidemia.
Colgó, preguntándose si Montoya se daría
cuenta, y regresó al hospital para decirle a Mary lo que había averiguado y
empezar a interrogar de nuevo a los se¬cundarios en busca de la fuente. Llovía
intensamente y el agua rebosaba los desagües y estropeaba cosas de
irreemplazable valor histórico.
Las campaneras y Finch seguían con lo
suyo, tocan¬do los cambios uno tras otro en su orden determinado, doblando las
rodillas y ceñidas a sus campanas, como Montoya a su trabajo. El sonido se
repetía insistente-mente, plomizo, a través de la lluvia, como un rebato, como
un grito de socorro.
TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL
JUICIO FINAL
(066440-066879)
Nochebuena de 1320 (Calendario Antiguo).
No tengo tanto tiempo como creía. Acabo de regresar de la cocina y Rosemund me
ha dicho que lady Imeyne que¬ría verme. Conversaba animadamente con el enviado
del obispo, y por su expresión supuse que estaba cata¬logando los pecados del
padre Roche, pero cuando Ro¬semund y yo nos acercamos, me señaló y dijo:
—Ésta es la mujer.
Mujer, no doncella, y su tono sonaba
crítico, casi acusador. Me pregunté si le había contado al obispo su teoría de
que soy una espía francesa.
—Asegura que no recuerda nada —explicó
lady Imeyne—, y sin embargo puede hablar y leer. —Se volvió hacia Rosemund—.
¿Dónde está el broche?
—En mi capa. La dejé en el desván.
—Ve y tráelo.
Rosemund obedeció, de mala gana.
—Sir Bloet le regaló a mi nieta un
hermoso broche con palabras en la lengua romana —dijo Imeyne en cuanto Rosemund
se hubo ido. Me miró, triunfante—. Ella sabía qué significaban, y esta noche en
la iglesia murmuró las palabras de la misa antes de que el cura las
pronunciara.
—¿Quién os enseñó a leer? —preguntó el
enviado del obispo, la voz pastosa por el vino.
Pensé en decir que Sir Bloet me había
contado lo que significaban las palabras, pero temí que ya lo hu¬biera negado.
—No lo sé —respondí—. No tengo ningún
re¬cuerdo de mi vida desde que me encontraron en el bos¬que, pues me golpearon
en la cabeza.
—La primera vez que se despertó habló en
una lengua que nadie comprendía —dijo Imeyne, como si eso fuera una nueva
prueba, pero no supe de qué inten¬taba acusarme o cómo estaba implicado el
enviado del obispo.
—Santo Padre, ¿iréis a Oxenford cuando
nos de¬jéis? —le preguntó.
—Sí —contestó él, cansado—. Sólo nos
quedare¬mos unos días aquí.
—Me gustaría que la llevarais con
vosotros a las buenas hermanas de Godstow.
—No vamos a Godstow —objetó él.
Evidente¬mente, era una excusa. El convento ni siquiera estaba a cinco millas
de Oxford—. Pero a mi regreso pediré al obispo que haga averiguaciones acerca
de la mujer y os lo haré saber.
—Supongo que es una monja que habla
latín y co¬noce los pasajes de la misa —dijo Imeyne—. Me gusta¬ría que la
llevarais a Godstow para que ellas puedan preguntar entre los conventos quién
puede ser.
El enviado del obispo pareció aún más
nervioso, pero accedió. Así que tengo de tiempo hasta que se marchen. Unos
pocos días, según dijo el enviado, y con suerte eso significa que no se
marcharán hasta después del día de los Inocentes. Pero pienso acostar a Agnes y
hablar con Gawyn en cuanto sea posible.
22
Kivrin no consiguió que Agnes se
acostara hasta casi el amanecer. La llegada de los «tres reyes», como seguía
llamándolos, la había desvelado por completo, y se negó incluso a considerar la
idea de acostarse por miedo a perderse algo, aunque era evidente que estaba
rendida.
Siguió a Kivrin mientras intentaba
ayudar a Eliwys a traer la comida para el banquete, quejándose de que tenía
hambre, y luego, cuando las mesas estuvieron ya dispuestas y el festín comenzó,
se negó a comer nada.
Kivrin no tenía tiempo para discutir con
ella. Ha¬bía que traer plato tras plato desde la cocina a través del patio,
bandejas de venado y cerdo asado, y una enorme tarta de la que Kivrin casi
esperó que salieran pájaros volando cuando la cortaron. Según los sacerdotes de
Santa Re-Formada, entre la misa de medianoche y la gran misa de la mañana de
Navidad, se guardaba ayuno pero todos, incluyendo al enviado del obispo,
devora¬ron el faisán asado y el ganso y el conejo guisado con salsa de azafrán.
Y también bebieron. Los «tres reyes» pedían constantemente más vino.
Ya habían bebido más que suficiente. El
monje mi¬raba lascivamente a Maisry, y el clérigo, borracho ya cuando llegó,
estaba casi debajo de la mesa. El enviado del obispo bebía más que ninguno, y
llamaba constan-temente a Rosemund para que le trajera el cuenco de vino
mezclado con cerveza y especias; sus gestos se ha¬cían más amplios y menos
claros con cada trago.
Bien, pensó Kivrin. A lo mejor se
emborracha tan¬to que se olvida de que ha prometido a lady Imeyne llevarme al
convento de Godstow. Llevó el cuenco a donde estaba Gawyn, esperando tener la
oportuni¬dad para preguntarle dónde estaba el lugar, pero él reía con uno de
los hombres de sir Bloet, y le pidieron cer¬veza y más carne. Para cuando
regresó junto a Agnes, la niña estaba profundamente dormida, con la cabeza
sobre el plato. Kivrin la cogió en brazos con cuidado y la llevó a la
habitación de Rosemund.
La puerta se abrió ante ellas.
—Lady Katherine —dijo Eliwys, cargada de
sába¬nas—. Menos mal que habéis venido. Necesito vuestra ayuda.
Agnes se agitó.
—Traed las sábanas de lino del desván
—pidió Eliwys—. Los hombres de la Iglesia dormirán en es¬ta cama, y la hermana
de sir Bloet y sus mujeres en el desván.
—¿Dónde voy a dormir yo? —preguntó
Agnes, zafándose de los brazos de Kivrin.
—Dormiremos en el granero —contestó
Eliwys—. Pero debes esperar a que hayamos hecho las camas, Agnes. Ve y juega.
No tuvo que decírselo dos veces. Agnes
bajó las escaleras dando saltos y agitando el brazo para hacer sonar su
campanita.
Eliwys tendió las sábanas a Kivrin.
—Llevadlas al desván y traed la colcha
de armiño que está en el cofre tallado de mi esposo.
—¿Cuántos días pensáis que se quedarán
el envia¬do del obispo y sus hombres?
—No lo sé —suspiró Eliwys, con aspecto
preocu¬pado—. Rezo porque no sean más de quince días, o de lo contrario no
tendremos suficiente carne. No os olvi¬déis de los almohadones buenos.
Quince días eran más que suficientes,
pasado el en¬cuentro, y desde luego de momento no parecían dis¬puestos a
marcharse. Cuando Kivrin bajó del desván con las sábanas, el enviado del obispo
estaba dormido en el alto asiento, roncando, y su clérigo tenía los pies sobre
la mesa. El monje había acorralado a una de las ayas de sir Bloet en un rincón
y jugueteaba con su pa–uelo. Gawyn no estaba por ninguna parte.
Kivrin le dio las sábanas y la colcha a
Eliwys, luego se ofreció a llevarlas al granero.
—Agnes está muy cansada —adujo—. La
acostaré pronto.
Eliwys asintió, ausente, ahuecando uno
de los pe¬sados almohadones, y Kivrin corrió escaleras abajo y salió al patio.
Gawyn no estaba en el establo ni en el la¬gar. Se retrasó junto a los excusados
hasta que salieron dos de los jóvenes pelirrojos, quienes la miraron con
curiosidad, y luego se dirigió al granero. Tal vez Gawyn se había marchado con
Maisry otra vez, o se había unido a la fiesta de los aldeanos en el prado.
Po¬día oír el sonido de las risas mientras extendía paja so¬bre el suelo de
madera pelada del desván.
Colocó las pieles y las colchas sobre la
paja y se asomó a la puerta por si lograba verlo. Los contempo¬ráneos habían
encendido una hoguera delante del patio de la iglesia y se calentaban las manos
alrededor y be¬bían en grandes cuernos. Distinguió los rostros enroje¬cidos del
padre de Maisry y del senescal a la luz del fue¬go, pero no a Gawyn.
No estaba en el patio tampoco. Rosemund
espera¬ba junto a la puerta, envuelta en su capa.
—¿Qué estás haciendo aquí, con el frío
que hace? —preguntó Kivrin.
—Espero a mi padre. Gawyn me dijo que lo
espe¬raba antes del amanecer.
—¿Has visto a Gawyn?
—Sí. Está en el establo.
Kivrin miró ansiosamente en esa
dirección.
—Hace demasiado frío para esperar aquí
fuera. Entra en la casa, y yo le diré a Gawyn que te avise cuando llegue tu
padre.
—No, esperaré aquí —se obstinó
Rosemund—. Prometió que vendría por Navidad. —La voz le tem¬bló un poco.
Kivrin alzó la linterna. Rosemund no
lloraba, pero tenía las mejillas arreboladas. Kivrin se preguntó qué habría
hecho sir Bloet para que se escondiera de él. O tal vez era el monje quien la
había asustado, o el clérigo borracho.
Kivrin la cogió del brazo.
—Puedes esperarlo igualmente en la
cocina, y allí se está mucho más caliente.
Rosemund accedió.
—Mi padre me prometió que no tardaría.
¿Para qué?, pensó Kivrin. ¿Para echar a
los ecle¬siásticos? ¿Para cancelar el compromiso de Rosemund con sir Bloet? «Mi
padre nunca permitiría que me su¬cediera nada malo», le había dicho a Kivrin,
pero no es¬taba en posición para cancelar el compromiso cuando el acuerdo de
matrimonio ya había sido firmado. Eso podría molestar a sir Bloet, que tenía
«muchos amigos poderosos».
Kivrin acompañó a Rosemund a la cocina y
le dijo a Maisry que le calentara una copa de vino.
—Iré a decirle a Gawyn que venga a
avisarte en cuanto llegue tu padre —dijo, y se dirigió al establo, pero Gawyn
no estaba allí, ni en el lagar.
Entró en la casa, preguntándose si
Imeyne le ha¬bría enviado a otro de sus encargos. Pero la anciana es¬taba
sentada junto al enviado del obispo, al que obviamente había despertado, y le
hablaba enérgicamente. Gawyn estaba junto al fuego, rodeado por los hombres de
sir Bloet, incluyendo a los dos que habían salido del excusado. Sir Bloet
estaba sentado cerca del hogar, con su cuñada y Eliwys.
Kivrin se sentó en el banco de los
mendigos. No había forma de acercarse a Gawyn, mucho menos de preguntarle por
el lugar de recogida.
—¡Dámelo! —gimió Agnes. Ella y el resto
de los niños se encontraban junto a las escaleras, y los niños se pasaban a
Blackie, lo acariciaban y jugaban con sus orejas. Agnes debía de haber salido
al establo a coger al cachorro mientras Kivrin estaba en el granero.
—¡Es mi perro! —exclamó Agnes, agarrando
a Blackie. El niño se lo quitó—. ¡Dámelo!
Kivrin se levantó.
—Cabalgando por el bosque, me encontré a
una doncella —decía Gawyn en voz alta—. Unos ladrones la habían asaltado y
estaba malherida, tenía la cabeza abierta y sangraba copiosamente.
Kivrin vaciló. Miró a Agnes, que
golpeaba el brazo del niño, y entonces volvió a sentarse.
—«Bella dama», le dije. «¿Quién ha hecho
esta fe¬lonía?» —relató Gawyn—. Pero ella no podía hablar por causa de sus
heridas.
Agnes había recuperado al cachorro y lo
abraza¬ba. Kivrin hubiese debido ir al rescate del pobre ani-malito, pero se
quedó donde estaba, moviéndose un poco para poder ver más allá de la cofia de
la cuñada. Diles dónde me encontraste, suplicó a Gawyn. Diles dónde estaba.
—«Soy vuestro vasallo y encontraré a
esos malan¬drines», dije, «pero temo dejaros en tan triste situa¬ción»
—continuó Gawyn, mirando a Eliwys—. Pero ella se había recuperado y me suplicó
que fuera y en-contrara a quienes la habían herido.
Eliwys se levantó y se dirigió a la
puerta. Permaneció allí durante un instante, con aspecto algo ansioso, y luego
volvió y se sentó de nuevo.
—¡No! —chilló Agnes.
Uno de los sobrinos pelirrojos de sir
Bloet tenía ahora a Blackie y lo levantaba por encima de su cabeza. Si Kivrin
no lo rescataba pronto, asfixiarían al pobre perro, y no tenía sentido seguir
escuchando el relato del Rescate de la Doncella en el Bosque, cuya intención no
era contar lo que había sucedido, sino impresionar a Eliwys. Se acercó a los
niños.
—Los ladrones se habían marchado hacía
poco; encontré su pista con facilidad y la seguí, espoleando mi corcel tras
ellos.
El sobrino de sir Bloet sostenía a
Blackie por las patas delanteras, y el cachorro gemía patéticamente.
—¡Kivrin! —gimió Agnes al verla, y se
abalanzó hacia ella. El sobrino de sir Bloet le tendió inmediata¬mente el perro
a Kivrin y retrocedió. Los demás niños se dispersaron.
—¡Habéis rescatado a Blackie! —dijo
Agnes, ex¬tendiendo las manos para cogerlo.
Kivrin sacudió la cabeza.
—Es hora de irse a la cama.
—¡No estoy cansada! —protestó Agnes con
un ge¬mido que no fue muy convincente. Se frotó los ojos.
—Pues Blackie sí está cansado —Kivrin se
agachó ante Agnes—, y no se irá a la cama a menos que tú te acuestes con él.
Ese argumento pareció interesarla, y
antes de que encontrara alguna excusa, Kivrin le tendió a Blackie y lo colocó
en los brazos de la niña como un bebé.
—A Blackie le gustaría que le contaras
una historia —prosiguió Kivrin, dirigiéndose hacia la puerta.
—Pronto me encontré en un lugar que no
conocía —relataba Gawyn—. Un bosque oscuro.
Kivrin atravesó el patio con la niña y
el perro.
—A Blackie le gustan las historias de
gatos —dijo Agnes, meciendo amablemente al perrito en sus bra¬zos.
—Entonces debes contarle una historia de
gatos —asintió Kivrin. Cogió al cachorro mientras Agnes subía las escaleras del
altillo. Estaba ya dormido, ago¬tado por tanto manoseo. Kivrin lo colocó en la
paja cerca del camastro.
—Un gato malo —dijo Agnes, agarrándolo
otra vez—. No voy a dormir. Sólo voy a echarme con Blac-kie, así que no tengo
por qué quitarme la ropa.
—Es verdad —concedió Kivrin, cubriendo a
Ag¬nes y a Blackie con una tupida piel. Hacía demasiado frío en el granero para
desnudarse.
—A Blackie le gustaría oír sonar mi
campana —di¬jo la niña, e intentó poner el lazo sobre su cabeza.
—No, no le gustaría —contestó Kivrin.
Confiscó la campana y les echó otra manta encima. Kivrin se ten¬dió junto a la
niña. Agnes se acurrucó contra ella.
—Había una vez un gato malo —dijo,
bostezan¬do—. Su padre le advirtió que no fuera al bosque, pero él no le hizo
caso.
Luchó valientemente contra el sueño; se
frotó los ojos e inventó aventuras del gato malo, pero la oscuri¬dad y el calor
de la piel finalmente la vencieron. Kivrin siguió allí tendida, esperando a que
la respiración de Agnes se hiciera liviana y regular, y luego le quitó con
cuidado a Blackie y lo colocó sobre la paja.
Agnes frunció el ceño en sueños y
extendió la mano para cogerlo, y Kivrin la abrazó. Tendría que le¬vantarse y
buscar a Gawyn. Faltaba menos de una se¬mana para el encuentro.
Agnes se agitó y se acurrucó más, el
pelo contra la mejilla de Kivrin.
¿Y cómo voy a dejarte?, pensó Kivrin. ¿Y
a Rose-mund? ¿ Y al padre Roche? Entonces se quedó dormida.
Cuando despertó, ya había amanecido y
Rose-mund se había acostado junto a Agnes.
Kivrin las dejó dormir; bajó del altillo
y cruzó el patio gris, temiendo haberse perdido la campana que avisaba para la
misa, pero Gawyn seguía junto al fuego, y el enviado del obispo aún estaba
sentado en el alto asiento, escuchando a lady Imeyne.
Encontró al monje en la esquina,
abrazado a Mais-ry, pero al clérigo no lo vio por ninguna parte. Tal vez había
quedado inconsciente y lo habían acostado.
También los niños debían de haberse
acostado, y al parecer algunas mujeres habían subido al desván a des¬cansar.
Kivrin no vio a la hermana de sir Bloet ni a la cuñada de Dorset.
—«¡Detente, malandrín!», exclamé —decía
Ga¬wyn—. «Lucharé contigo en buena lid.»
Kivrin se preguntó si sería aún la
historia del resca¬te o una de las aventuras de sir Lancelot. Era imposible
decirlo, y si su propósito era impresionar a Eliwys, no servía de nada, pues
ella no se encontraba en el salón.
Lo que quedaba del público de Gawyn
tampoco parecía impresionado. Dos hombres jugaban una abu¬rrida partida de
dados en el banco que había entre ellos, y sir Bloet dormía, con la barbilla
hundida en su abultado pecho.
Desde luego, Kivrin no se había perdido
ninguna oportunidad de hablar con Gawyn al quedarse dormi¬da, y por el aspecto
de las cosas tampoco tendría nin¬guna en algún tiempo. Bien podría haberse
quedado en el altillo con Agnes.
Tendría que buscar una oportunidad,
abordar a Gawyn camino del retrete o acercarse a él cuando fue¬ran a misa y
susurrarle: «Reunios conmigo después, en el establo.»
Los sacerdotes no parecían dispuestos a
marcharse a menos que se acabara el vino, pero era arriesgado re¬ducirlo
demasiado. A los hombres podría ocurrírseles ir de caza al día siguiente, o el
tiempo podría cambiar, y tanto si se marchaba el enviado del obispo como si
decidía quedarse, sólo faltaban cinco días para el encuen¬tro. No, cuatro. Ya
era Navidad.
—Lanzó un salvaje golpe —dijo Gawyn,
quien se levantó para ilustrar su historia—, y si me hubiera al¬canzado con la
misma habilidad con que esquivó, me habría partido la cabeza en dos.
—Lady Katherine —dijo Imeyne. Se había
levan¬tado y la llamaba. El enviado del obispo la miraba con interés, y el
corazón empezó a latirle con fuerza. Se preguntó qué se les habría ocurrido,
pero antes de que Kivrin cruzara el salón, Imeyne se le acercó con un
pa-quetito envuelto en lino en la mano.
—Quiero que llevéis esto al padre Roche
para la misa —dijo, y desplegó el lino para que Kivrin viera las velas de cera
que había en el interior—. Ordenadle que las ponga en el altar y decidle que no
las apague con los dedos, pues se rompe el pabilo. Ordenadle que prepare la
iglesia para que el enviado del obispo pueda decir la misa de Navidad. Quiero
que la iglesia parezca la casa del Señor, no una pocilga. Y ordenadle que se
ponga una túnica limpia.
Vaya, por fin has conseguido tener una
misa apro¬piada, pensó Kivrin, mientras atravesaba el patio. Y te has librado
de mí. Todo lo que necesitas ahora es des¬hacerte de Roche, convencer al
enviado del obispo para que lo destituya o se lo lleve a la abadía de Bicester.
En el prado no había nadie. La hoguera
moribunda fluctuaba pálidamente a la luz gris del amanecer, y la nieve que se
había fundido a su alrededor volvía a con¬gelarse en los charcos. Los aldeanos
debían de haberse acostado, y Kivrin se preguntó si el padre Roche lo ha¬bría
hecho también, pues de su casa no salía humo y no obtuvo respuesta cuando llamó
a la puerta. Siguió el sendero y entró en la iglesia por la puerta lateral. El
interior seguía oscuro y hacía más frío que durante la noche.
—Padre Roche —llamó Kivrin en voz baja,
tanteando el camino mientras se acercaba a la imagen de santa Catalina.
Él no contestó, pero Kivrin oyó el
murmullo de su voz. Estaba tras la reja, arrodillado ante el altar.
—Guía a quienes han viajado hasta tan
lejos para que regresen a salvo a sus casas y protégelos del peligro y la
enfermedad durante el camino —decía, y su suave voz le recordó la noche en que
ella estuvo tan grave, firme y reconfortante a través de las llamas. También
recordó al señor Dunworthy. No volvió a llamar al sa¬cerdote, sino que se quedó
donde estaba, apoyada con¬tra la estatua helada, escuchando su voz en la
oscuridad.
—Sir Bloet y su familia vinieron desde
Courcy para la misa, y todos sus criados, y Theodulf Freeman de Henefelde. La nieve cesó anteayer,
y los cielos se mostraron claros para la noche del Santo Nacimiento de Cristo.
Hablaba con aquella voz cotidiana, como
cuando ella se dirigía al grabador. La lista de asistentes a la misa y el
informe del tiempo.
La luz empezaba a filtrarse ahora por
las ventanas y lo distinguió a través del entramado de la reja, con la túnica
deshilachada y sucia por el dobladillo; tenía la cara tosca y de aspecto cruel
comparada con el aristo-crático enviado, el delgado clérigo.
—Esta bendita noche, cuando terminó la
misa, lle¬gó un enviado del obispo con dos sacerdotes, los tres de gran
sabiduría y bondad —rezaba. Roche.
No te dejes engañar por los oropeles y
las ropas lu¬josas, pensó Kivrin. Tú vales por diez de ellos. «El en¬viado del
obispo dirá la misa de Navidad», había dicho Imeyne, y no parecía preocupada en
absoluto por el hecho de que no hubiera ayunado o se hubiera moles¬tado en ir a
la iglesia para prepararse para la misa. Vales por cincuenta de ellos. Por
cien.
—Dicen que hay enfermedad en Oxenford.
Tord el campesino se encuentra mejor, aunque le aconsejé que no viniera a la
misa. Uctreda estaba demasiado dé¬bil para venir. Le llevé sopa, pero no se la
tomó. Wal-thef cayó vomitando tras el baile por haber bebido de¬masiada
cerveza. Gytha se quemó la mano al coger una rama de la hoguera. No temeré,
aunque vengan los úl¬timos días, los días de la ira y el juicio final, pues Tú
has enviado mucha ayuda.
Mucha ayuda. No tendría ninguna ayuda si
ella se¬guía allí escuchándole mucho más tiempo. El sol había salido ya y a la
luz rosácea y dorada de las ventanas dis¬tinguió la cera derretida en los
candelabros, sus bases deslucidas, un gran pegote de cera en el paño del altar.
El día de la ira y el juicio final serían las palabras ade¬cuadas para lo que
sucedería si la iglesia tenía aquel mismo aspecto cuando Imeyne viniera a la
misa.
—Padre Roche —llamó.
El sacerdote se volvió inmediatamente y
entonces intentó levantarse, pero tenía las piernas entumecidas por el frío.
Parecía sobresaltado, incluso asustado.
—Soy Katherine —le dijo Kivrin
rápidamente, y avanzó a la luz de una de las ventanas para que él la viera.
Roche se santiguó, todavía con aspecto
asustado, y ella se preguntó si se había quedado adormilado duran¬te sus
oraciones y no había despertado del todo aún.
—Lady Imeyne me envía con velas —explicó
ella, mientras rodeaba la reja para acercarse a él—. Me orde¬nó que os dijera
que las pusierais en los candelabros de plata a cada lado del altar. Me ordenó
que os dijera...
Se detuvo, avergonzada de tener que
comunicar los edictos de Imeyne.
—He venido a ayudaros a preparar la
iglesia para la misa. ¿Qué queréis que haga? ¿Pulo los candelabros? —Le tendió
las velas.
Él no las cogió ni dijo nada, y ella
frunció el ceño, preguntándose si en su ansiedad por protegerlo de la ira de
Imeyne había quebrantado alguna regla. No se permitía que las mujeres tocaran
los elementos o los cálices de la misa. Tal vez tampoco se les permitía tocar
los candelabros.
—¿No se me permite ayudar? ¿No debería
haber entrado en el presbiterio?
Roche pareció recuperarse súbitamente.
—No hay ningún sitio donde los siervos
de Dios no puedan ir —la tranquilizó. Cogió las velas y las co¬locó sobre el
altar—. Pero alguien como vos no debería hacer un trabajo tan humilde.
—Es trabajo de Dios —sonrió ella,
animada. Sacó las velas medio consumidas del pesado candelabro. La cera se
había vertido por los lados—. Necesitaremos un poco de arena, y un cuchillo
para rascar la cera.
Roche salió inmediatamente, y mientras
estuvo fuera, Kivrin sacó las velas de la reja y las sustituyó por las velas de
sebo.
El sacerdote llegó con la arena, un
puñado de tra¬pos sucios, y un pobre remedo de cuchillo. Pero servía para
cortar la cera, y Kivrin empezó por el mantel del altar. Fue rascando la mancha
de cera, preocupada por¬que no tenían mucho tiempo. No parecía que el envia¬do
del obispo tuviera mucha prisa por levantarse del si¬llón y empezar a
prepararse para la misa, pero quién sabía cuánto podría aguantar a Imeyne.
Yo tampoco tengo tiempo, pensó, cuando
empeza¬ba con los candelabros. Se había dicho que tenía tiem¬po de sobra, pero
había pasado toda la noche persi¬guiendo a Gawyn y ni siquiera había conseguido
acercarse a él. Y al día siguiente Gawyn bien podría de¬cidir irse a cazar o
rescatar damiselas en peligro, o el enviado del obispo y su cuadrilla tal vez
acabarían con el vino y decidirían marcharse a buscar más, llevándo¬sela
consigo.
«No hay ningún sitio donde los siervos
de Dios no puedan ir», había dicho el padre Roche. Excepto al lu¬gar de
recogida. Excepto a casa.
Frotó enérgicamente con la arena mojada
la ce¬ra pegada en el borde del candelabro, y un pedazo sa¬lió volando y golpeó
la vela que Roche estaba ras¬cando.
—Lo siento —dijo—. Lady Imeyne... —se
detuvo.
No tenía sentido contarle que iban a
llevársela. Si intercedía por ella ante lady Imeyne sólo empeoraría las cosas,
y no quería que lo desterraran a Osney por intentar ayudarla.
Él esperaba a que terminara la frase.
—Lady Imeyne me ordenó que os dijera que
el en¬viado del obispo dirá la misa de Navidad.
—Será una bendición oír a su eminencia
el día del Nacimiento de Cristo Jesús —dijo él, y soltó el cáliz pulido.
El día del nacimiento de Cristo Jesús.
Intentó ima¬ginar St. Mary's tal como estaría esa mañana: la música y el calor,
las velas láser destellando en los candelabros de acero inoxidable, pero era
como algo que hubiera imaginado, intangible e irreal.
Dispuso los dos candelabros uno a cada
lado del altar. Brillaron sombríos con las luces multicolores de las velas.
Colocó tres de las velas de Imeyne en ellos y movió el izquierdo un poco más
cerca del altar para que quedaran simétricos.
No podía hacer nada con la sotana de
Roche, pues Imeyne sabía bien que era la única que tenía. Tenía are¬na mojada
en la manga, y se la frotó con la mano.
—Debo ir a despertar a Agnes y Rosemund
para la misa —dijo ella, frotándole la parte delantera de la so¬tana, y luego
continuó, casi sin querer—: Lady Imeyne ha pedido al enviado del obispo que me
lleven con ellos al convento de Godstow.
—Dios os ha enviado a este lugar para
que nos ayudéis. No permitirá que os aparten de aquí.
Ojalá pudiera creerte, pensó Kivrin
mientras re¬gresaba por el prado. Seguía sin haber señal de vida, aunque salía
humo de un par de tejados y habían solta¬do a la vaca, que mordisqueaba la
hierba cerca de la ho¬guera, donde la nieve se había derretido. Quizás están
todos dormidos y pueda despertar a Gawyn y pregun¬tarle dónde está el lugar,
pensó, y vio que Rosemund y Agnes se dirigían hacia ella. Tenían un aspecto
lamen¬table. El vestido de terciopelo verde de Rosemund es¬taba cubierto de
briznas de paja, y Agnes tenía todo el cabello cubierto de polvo de heno. La
pequeña se zafó de Rosemund en cuanto vio a Kivrin y salió corriendo hacia
ella.
—Tendrías que estar dormida —dijo
Kivrin, y le sacudió la saya para quitarle la paja.
—Han venido unos hombres. Nos han
despertado.
Kivrin miró a Rosemund.
—¿Ha llegado vuestro padre?
—No. No sé quiénes son. Creo que deben
ser sir¬vientes del enviado del obispo.
Lo eran. Había cuatro monjes, aunque no
eran de la orden cisterciense, y dos burros cargados. Era evi¬dente que sólo
ahora alcanzaban a su señor.
Mientras Kivrin y las niñas observaban,
descarga¬ron dos grandes cofres, varias bolsas de arpillera y un enorme barril
de vino.
—Parece que piensan quedarse bastante
tiempo —comentó Agnes.
—Sí —contestó Kivrin. Dios os ha enviado
a este lugar. No permitirá que os aparten de aquí—. Vamos —dijo alegremente—.
Te peinaré.
Llevó a Agnes dentro de la casa y la
lavó. El sueño no había mejorado la disposición de la niña, que se negó a
quedarse quieta mientras Kivrin la peinaba. Tardó hasta la misa en quitarle
toda la paja y la mayo¬ría de las marañas, y Agnes estuvo quejándose todo el
camino hasta la iglesia.
Al parecer había ropa además de vino en
el equi¬paje del enviado, pues ahora llevaba una casulla de terciopelo negro
sobre sus deslumbrantes vestiduras blancas, y el monje resplandecía con adornos
de seda y bordados de oro. El clérigo no estaba en ninguna parte, y tampoco el
padre Roche, probablemente exi¬liado debido a su sotana sucia. Kivrin miró
hacia el fondo de la iglesia, esperando que le hubieran permi¬tido ver toda
esta santidad, pero no lo localizó entre los aldeanos.
Tampoco tenían muy buen aspecto, y
evidente¬mente alguno de ellos sufría una buena resaca. Como el enviado del
obispo. Recitó las palabras de la misa sin entonación ninguna y con un acento
que Kivrin apenas logró descifrar. No se parecía en nada al latín del padre
Roche. Ni al que Latimer y el sacerdote de Santa Re-Formada le habían enseñado.
Las vocales eran todas distintas y la «c» de excelsis sonaba casi como una «z».
Pensó en Latimer insistiéndole en las vocales largas, en el sacerdote de Santa
Re-Formada haciendo hincapié en la «c de casa», en «el verdadero latín».
Y esto era el verdadero latín, pensó.
«No os deja¬ré», había dicho Roche. «No tengáis miedo», había di¬cho. Y yo le
comprendí.
A medida que la misa avanzaba, el
enviado fue can¬tando cada vez más rápido, como si estuviera deseando acabar de
una vez. Lady Imeyne no dio muestras de darse cuenta.
Parecía muy tranquila, convencida de
haber actua¬do correctamente, y asintió aprobando el sermón, que parecía tratar
sobre olvidar las cosas terrenales.
Sin embargo, mientras salían, se detuvo
en el pórti¬co y miró hacia el campanario, con los labios fruncidos en un gesto
de desaprobación. ¿Y ahora qué?, pensó Kivrin. ¿Una mota de polvo en la
campana?
—¿Habéis visto qué aspecto tenía la
iglesia, la¬dy Yvolde? —dijo Imeyne, airada, a la hermana de sir Bloet por
encima del tañido de la campana—. No puso velas en las ventanas del
presbiterio, sino sólo lámparas de aceite, como usan los campesinos. —Se detu¬vo—.
Debo quedarme para hablar con él de esto. Ha desgraciado nuestra casa ante el
obispo.
Se encaminó hacia el campanario, con el
rostro fruncido de justa ira. Y si él hubiera puesto velas en las ventanas,
pensó Kivrin, habrían sido del tipo equivoca¬do o las habría colocado en un
sitio erróneo. O las ha¬bría apagado de forma incorrecta.
Deseó que hubiera algún modo de
avisarle, pero Imeyne ya casi estaba a medio camino de la torre, y Agnes le
tiraba insistentemente de la mano.
—Estoy cansada —dijo—. Quiero irme a la
cama.
Kivrin llevó a Agnes al granero,
esquivando a los aldeanos que se preparaban para una segunda ronda de fiestas.
Habían echado madera al fuego, y varias de las jóvenes se habían cogido de la
mano y bailaban alrede¬dor. Agnes se acostó en el altillo, pero se levantó de
nuevo antes de que Kivrin llegara a la casa, y cruzó co¬rriendo el patio en su
busca.
—Agnes —reprendió Kivrin, las manos en
las ca¬deras—. ¿Qué haces levantada? Me dijiste que estabas cansada.
—Blackie está enfermo.
—¿Enfermo? ¿Qué le pasa?
—Está enfermo —repitió Agnes. Cogió a
Kivrin de la mano y la siguió hasta el granero y el altillo. Blac¬kie yacía
sobre la paja. Era un bultito sin vida—. ¿Le haréis una pócima?
Kivrin cogió al cachorro y lo soltó
torpemente. Ya estaba rígido.
—Oh, Agnes, me temo que ha muerto.
Agnes se agachó y lo miró interesada.
—El capellán de la abuela murió
—comentó—. ¿Tuvo Blackie fiebre?
Habían toqueteado demasiado a Blackie,
pensó Kivrin. El animal había pasado de mano en mano, lo habían apretado,
pisado, medio asfixiado. Muerto por un exceso de amabilidad. Y en Navidad,
aunque Agnes no parecía especialmente afectada.
—¿Habrá un funeral? —preguntó, tocando
la ore¬ja de Blackie.
No, pensó Kivrin. No había
enterramientos en ca¬jas de zapatos en la Edad Media. Los contemporáneos se
libraban de los animales muertos tirándolos a los matorrales, o al río.
—Lo enterraremos en el bosque —dijo,
aunque no tenía ni idea de cómo hacerlo, pues el suelo estaría con¬gelado—.
Bajo un árbol.
Por primera vez, Agnes pareció triste.
—El padre Roche tiene que enterrar a
Blackie en el cementerio.
El padre Roche haría cualquier cosa por
Agnes, pero Kivrin no podía imaginarlo accediendo a dar cristiana sepultura a
un animal. La idea de que los animales de compañía eran criaturas con alma no
se hizo popular hasta el siglo xix, y ni siquiera los Victo¬rianos exigieron
enterramientos cristianos para sus perros y gatos.
—Yo diré las oraciones por los muertos
—objetó Kivrin.
—El padre Roche debe enterrarlo en el
cementerio —repitió Agnes, haciendo un puchero—. Y luego debe tocar la campana.
—No podemos enterrarlo hasta después de
Navi¬dad —dijo Kivrin rápidamente—. Después de Navidad le preguntaré al padre
Roche qué hacemos.
Se preguntó dónde debería poner el
cadáver de momento. No podía dejarlo allí tendido mientras las niñas dormían.
—Ven, llevaremos a Blackie abajo.
Cogió al cachorro, intentando no hacer
muecas de desagrado, y lo llevó escaleras abajo.
Buscó una caja o una bolsa donde meter a
Blackie, pero no encontró nada. Finalmente lo puso en un rincon bajo una hoz e
hizo que Agnes llevara puñados de paja para cubrirlo.
Agnes lo cubrió con la paja.
—Si el padre Roche no toca la campana
por Blac-kie, no irá al cielo —gimoteó, y se echó a llorar.
Kivrin tardó media hora en volver a
calmarla. La meció y secó su cara llorosa.
—Shh, shh.
Había ruido en el patio. Se preguntó si
la celebra¬ción de la Navidad se había trasladado allí, o si los hombres salían
de caza. Oyó relinchar a los caballos.
—Vamos a ver qué ocurre en el patio. Tal
vez tu padre esté allí.
Agnes se incorporó, frotándose la nariz.
—Le hablaré de Blackie —dijo, y se
levantó del re¬gazo de Kivrin.
Salieron. El patio estaba lleno de gente
y caballos.
—¿Qué están haciendo? —preguntó Agnes.
—No lo sé —respondió Kivrin, pero estaba
claro lo que hacían. Cob sacaba del establo el corcel blanco del enviado, y los
criados transportaban las bolsas y ca¬jas que habían desempaquetado por la
mañana tempra¬no. Lady Eliwys estaba en la puerta, mirando ansiosa¬mente el
patio.
—¿Se marchan? —preguntó Agnes.
—No —dijo Kivrin. No. No pueden
marcharse. No sé dónde está el lugar.
El monje salió, vestido con el hábito
blanco y la capa. Cob regresó al establo y volvió a salir, guiando a la yegua
que Kivrin había montado cuando fueron a buscar acebo y cargado con una silla
de montar.
—Se marchan —dijo Agnes.
—Lo sé. Ya lo veo.
preguntó Agnes.
Kivrin esquivó a dos de los criados de
sir Bloet, que cargaban un cofre.
—Al altillo.
Agnes se detuvo en seco.
—¡No quiero acostarme! —gimió—. No estoy
can¬sada.
—¡Lady Katherine! —gritó alguien desde
el patio.
Kivrin cogió a Agnes en brazos y corrió
hacia el granero.
—¡No estoy cansada! —chilló Agnes—. ¡No
lo estoy!
Rosemund corrió junto a ella.
—¡Lady Katherine! ¿No me oís? Madre os
busca. El enviado del obispo se marcha. —Cogió a Kivrin por el brazo y la hizo
volverse hacia la casa.
Eliwys estaba todavía en la puerta,
mirándolas, y el enviado del obispo había salido y se encontraba junto a ella,
con la capa roja. Kivrin no vio a Imeyne por nin¬guna parte. Probablemente
estaba dentro, empaque-tando la ropa de Kivrin.
—El enviado del obispo tiene asuntos
urgentes en el priorato de Bernecestre —explicó Rosemund, mien¬tras conducía a
Kivrin a la casa—, y sir Bloet se va con ellos. —Sonrió feliz—. Sir Bloet dice
que los acompa-ñará a Courcy para que puedan descansan allí esta no¬che y
llegar a Bernecestre mañana.
Bernecestre. Bicester. Al menos no era
Godstow. Pero Godstow estaba de camino.
—¿Qué asuntos?
—No lo sé —contestó Rosemund, como si
eso ca¬reciera de importancia, y Kivrin supuso que para ella así era. Sir Bloet
se marchaba, y eso era lo único que contaba. Rosemund se dirigió felizmente a
través de la aglomeración de sirvientes, equipaje y caballos hacia su madre.
El enviado del obispo hablaba a uno de
sus criados, y Eliwys le observaba, con el ceño fruncido. Ninguno de ellos la
vería si se daba la vuelta y se metía rápida¬mente tras las puertas abiertas
del establo, pero Rose¬mund seguía agarrándola de la manga y la empujaba hacia
delante.
—Rosemund, debo volver al granero. He
dejado mi capa...
—¡Madre! —gritó Agnes. Salió corriendo
hacia Eliwys y estuvo a punto de chocar con uno de los ca¬ballos. El animal
relinchó y sacudió la cabeza, y un criado se lanzó para cogerle la brida.
—¡Agnes! —gritó Rosemund y soltó la
manga de Kivrin, pero ya era demasiado tarde. Eliwys y el envia¬do del obispo
las habían visto y se dirigían hacia ellas.
—No debes correr entre los caballos
—advirtió Eliwys, abrazando a Agnes.
—Mi perro ha muerto.
—Ésa no es razón para correr —la regañó
Eliwys, y Kivrin comprendió que ni siquiera había oído lo que le dijo la niña.
Eliwys se volvió hacia el enviado del obispo.
—Decidle a vuestro esposo que
agradecemos que nos hayáis prestado vuestros caballos, para que los nuestros
puedan descansar para el viaje a Bernecestre —dijo, y también parecía
distraído—. Enviaré a un criado a buscarlos desde Courcy.
—¿Quieres ver a mi perro? —preguntó
Agnes, ti¬rando de la falda de su madre.
—Silencio —exigió Eliwys.
—Mi clérigo no cabalgará con nosotros
esta tarde. Me temo que se puso demasiado alegre ayer y ahora siente el dolor
de tanta bebida. Apelo a vuestra indul¬gencia, buena señora, para que pueda
quedarse y se¬guirnos cuando se haya recuperado.
—Por supuesto que puede quedarse. ¿Hay
algo que podamos hacer para ayudarle? La madre de mi esposo...
—No. Dejadle tranquilo. No hay nada que
pueda ayudar a una cabeza dolorida excepto un buen sueño. Estará bien por la
noche —respondió. Parecía que tam¬bién él había bebido demasiado. Se le veía
nervioso, distraído, como si tuviera dolor de cabeza, y su rostro aristocrático
tenía un tono grisáceo a la brillante luz de la mañana. Tiritó y se arrebujó en
su capa.
Ni siquiera miró a Kivrin, y ella se
preguntó si en su prisa había olvidado la promesa que le hizo a lady Imeyne.
Miró ansiosamente hacia la puerta, esperando que Imeyne estuviera todavía
regañando a Roche y no apareciera de repente para recordárselo.
—Lamento que mi esposo no esté aquí
—dijo Eliwys—, y que no pudiéramos daros una bienvenida mejor. Mi esposo...
—Debo ver a mis criados —la interrumpió
él. Ex¬tendió la mano y Eliwys se arrodilló y le besó el anillo. Antes de que
pudiera levantarse, el enviado del obispo ya se había encaminado hacia el
establo. Eliwys le miró, preocupada.
—¿Quieres verlo? —preguntó Agnes.
—Ahora no. Rosemund, debes despedirte de sir Bloet y
lady Yvolde.
—Está frío —insistió Agnes.
Eliwys se volvió hacia Kivrin.
—Lady Katherine, ¿sabéis dónde está lady
Imeyne?
—Se quedó en la iglesia —dijo Rosemund.
—Quizás esté rezando todavía —aventuró
Eliwys. Se puso de puntillas y escrutó el patio abarrotado—. ¿Dónde está
Maisry?
Escondida, pensó Kivrin, que es como
debería es¬tar yo.
—¿Quieres que la busque? —se ofreció
Rose¬mund.
—No. Despídete de sir Bloet. Lady
Katherine, id a la iglesia y traed a lady Imeyne para que pueda despe¬dirse del
enviado del obispo. Rosemund, ¿por qué es¬tás todavía ahí? Ve a despedirte de
tu prometido.
—Encontraré a lady Imeyne —dijo Kivrin,
pen¬sando: atravesaré el portalón, y si está todavía en la iglesia, me
esconderé entre las chozas e iré al bosque.
Dio media vuelta. Dos de los sirvientes
de sir Bloet se debatían con un pesado cofre.
Lo soltaron de golpe ante ella, y se
volcó a un lado. Kivrin retrocedió y los rodeó, intentando ocultarse tras los
caballos.
—¡Esperad! —llamó Rosemund,
alcanzándola. La cogió por la manga—. Debéis venir conmigo a despe¬diros de sir
Bloet.
—Rosemund... —dijo Kivrin, mirando hacia
el por¬talón.
Lady Imeyne lo atravesaría de un momento
a otro, aferrada a su Libro de las Horas.
—Por favor. —Rosemund parecía pálida y
asustada.
—Rosemund...
—Sólo será un momento, y luego podréis
traer a la abuela. —Arrastró a Kivrin hacia el establo—. Venga. Vamos ahora que
su cuñada está con él.
Sir Bloet esperaba a que ensillaran su
caballo y charlaba con la dama de la cofia sorprendente. No era menos enorme
esta mañana, pero era evidente que se la había puesto demasiado deprisa. Estaba
bastante incli-nada a un lado.
—¿Qué es ese asunto urgente del enviado
del obis¬po? —preguntaba. Sir Bloet sacudió la cabeza, frunció el ceño, y
entonces sonrió a Rosemund y avanzó un paso. Ella retrocedió, agarrando con
fuerza el brazo de Kivrin.
La cuñada inclinó la toca ante Rosemund
y conti¬nuó hablando.
—¿Ha recibido noticias de Bath?
—No llegó ningún mensajero anoche, ni
tampoco esta mañana.
—Si no ha recibido ningún mensaje, ¿por
qué no comentó este urgente asunto cuando llegó? —pregun¬tó la cuñada.
—No lo sé —replicó él, impaciente—.
Esperad. Debo despedirme de mi prometida. —Cogió la mano de Rosemund, y Kivrin
advirtió el esfuerzo que ella hizo para no retirarla.
—Adiós, sir Bloet —dijo, envarada.
—¿De esta manera te despedirías de tu
esposo? ¿No le darás un beso?
Rosemund avanzó y le estampó un rápido
beso en la mejilla, luego retrocedió de inmediato y se puso fue¬ra de su
alcance.
—Os doy las gracias por vuestro regalo
—dijo.
Bloet dejó de mirar su pálida carita y
contempló el cuello de la capa.
—«Estás aquí en lugar del amigo que amo»
—dijo, acariciando la joya.
Agnes llegó corriendo y gritando.
—¡Sir Bloet! ¡Sir Bloet!
Él la cogió y la alzó en brazos.
—He venido para despedirme. Mi perro ha
muerto.
—Te traeré un perro nuevo como regalo de
bodas si me das un beso.
Agnes le rodeó el cuello con los brazos
y le plantó un ruidoso beso en cada una de las rubicundas mejillas.
—No eres tan avara con tus besos como tu
herma¬na —comentó él, mirando a Rosemund. Soltó a Ag¬nes—. ¿O le darás a tu
marido dos besos también?
Rosemund guardó silencio.
Él avanzó y acarició el broche.
—«lo suiicien lui dami amo» —dijo. Le
colocó las manos sobre los hombros—. Piensa en mí cada vez que lleves el
broche. —Se inclinó hacia delante y la besó en la garganta.
Rosemund no se apartó, pero el color
desapareció de su rostro.
Él la soltó.
—Vendré a buscarte en Pascua —prometió,
aun¬que sonó como una amenaza.
—¿Me traeréis un perro negro? —preguntó
Agnes.
Lady Yvolde llegó entonces,
refunfuñando.
—¿Qué han hecho tus criados con mi capa
de viaje?
—Yo os la traeré —se ofreció Rosemund, y
corrió hacia la casa. Kivrin la siguió.
—He de encontrar a lady Imeyne —dijo
Kivrin, en cuanto estuvieron a salvo de sir Bloet—. Mira, están a punto de
partir.
Era cierto. El grupo de sirvientes y
cajas y caballos había formado una hilera, y Cob había abierto la puer¬ta. Los
caballos que los tres reyes habían montado la noche anterior estaban cargados
de cofres y bolsas, las riendas atadas unas a otras. La cuñada de sir Bloet y
sus hijas ya habían montado, y el enviado del obispo se en¬contraba de pie
junto a la yegua de Eliwys, tensando la cincha.
Sólo unos cuantos minutos más, pensó
Kivrin, que se quede en la iglesia unos cuantos minutos más, y ya se habrán
ido.
—Tu madre me pidió que buscara a lady
Imeyne.
—Primero debéis venir conmigo al salón.
—A Ro-semund aún le temblaba la mano.
—Rosemund, no hay tiempo...
—Por favor. ¿Y si él entra en el salón y
me en¬cuentra?
Kivrin pensó en sir Bloet besándole la
garganta.
—Te acompañaré, pero debemos darnos
prisa.
Cruzaron corriendo el patio, atravesaron
la puerta y estuvieron a punto de chocar con el monje gordo, que bajaba de la
habitación de Rosemund y parecía furioso o con resaca. Salió al patio sin
mirarlas siquiera.
No había nadie más en el salón. La mesa
estaba to¬davía cubierta de copas y bandejas de comida, y el fue¬go humeaba,
desatendido.
—La capa de lady Yvolde está en el
desván —dijo Rosemund—. Esperadme.
Subió la escalerilla como si la
persiguiera sir Bloet.
Kivrin se asomó a la puerta. No vio el
pasaje. El enviado del obispo estaba de pie junto a la yegua de Eliwys, con una
mano en el pomo de la silla, escuchando al monje, que le hablaba agitadamente.
Kivrin miró las escaleras y la puerta cerrada de la habitación, pregun¬tándose
si sería verdad que el clérigo tenía resaca o si se había peleado con su
superior. Los gestos del monje eran obviamente inquietos.
—Aquí está —dijo Rosemund, agarrando la
capa con una mano y la escalerilla con la otra—. Tendré que llevársela a lady
Yvolde. Sólo será un momento.
Era la oportunidad que Kivrin estaba
esperando.
—Yo lo haré —dijo. Cogió la pesada capa
y salió. En cuanto estuviera fuera, le daría la capa al sirviente más cercano
para que se la entregara a la hermana de Bloet y se encaminaría directamente al
pasaje. Que se quede en la iglesia unos cuantos minutos más, rezó. Así podré
llegar al prado. Salió por la puerta y se topó con lady Imeyne.
—¿Por qué no estáis preparada para
marchar? —preguntó Imeyne, mirando la capa—. ¿Dónde está vuestra capa?
Kivrin observó al enviado del obispo.
Tenía las dos manos sobre el pomo de la silla y se aupaba con la ayu¬da de Cob.
El fraile ya había montado.
—Tengo la capa en la iglesia. La cogeré.
—No queda tiempo. Ya se marchan.
Kivrin miró desesperada al patio, pero
todos se ha¬llaban fuera de su alcance: Eliwys estaba con Gawyn junto al
establo, Agnes charlaba animadamente con una de las sobrinas de sir Bloet, y no
se veía a Rose-mund por ninguna parte. Posiblemente estaba todavía escondida en
la casa.
—Lady Yvolde me pidió que le llevara su
capa —adujo Kivrin.
—Maisry puede llevársela —replicó
Imeyne—. ¡Maisry!
Que esté todavía escondida, rezó Kivrin.
—¡Maisry! —gritó Imeyne, y Maisry salió
cojean¬do de la puerta del lagar, cubriéndose la oreja. Lady Imeyne le quitó a
Kivrin la capa y se la entregó a Mais¬ry—. Deja de hacer el vago y llévale esto
a lady Yvolde —ordenó.
Cogió a Kivrin por la muñeca.
—Venid —indicó, y se dirigió al enviado
del obis¬po—. Santo Padre, habéis olvidado a lady Katherine, a quien
prometisteis llevar con vosotros a Godstow.
—No vamos a Godstow —contestó él, y se
aupó con esfuerzo a la silla—. Nos dirigimos a Bernecestre.
Gawyn había montado a Gringolet y lo
dirigía ha¬cia la puerta. Se va con ellos, pensó Kivrin. Quizás en el camino de
Courcy logre persuadirlo de que me lleve al lugar. Quizá consiga convencerlo de
que me diga dón¬de está, y tal vez pueda escaparme de ellos y encontrar¬lo yo
sola.
—¿No puede cabalgar con vosotros hasta
Bernecestre y que luego un monje la escolte a Godstow?
Quisiera que regresara a su convento.
—No hay tiempo —adujo él, mientras cogía
las riendas.
Imeyne agarró su capa escarlata.
—¿Por qué os marcháis tan
repentinamente? ¿Os ha ofendido alguien?
Él miró al fraile, que sujetaba las
riendas de la ye¬gua de Kivrin.
—No. —Hizo un vago signo de la cruz
sobre Ime¬yne—. Dominus vobiscum, et cum spiritu tuo —mur¬muró, mirando
claramente a la mano en su capa.
—¿Y el nuevo capellán? —insistió Imeyne.
—Dejo a mi clérigo para que os sirva de
capellán.
Está mintiendo, pensó Kivrin, y lo miró.
Él inter¬cambió otra mirada de inteligencia con el monje, y Ki¬vrin se preguntó
si sus urgentes asuntos eran tan sólo librarse de aquella vieja pesada.
—¿Vuestro clérigo? —preguntó lady
Imeyne, complacida, y soltó la capa.
El enviado del obispo espoleó su caballo
y cruzó galopando el patio; estuvo a punto de atropellar a Ag-nes, quien lo
esquivó, salió corriendo hacia Kivrin y enterró la cabeza en su falda. El monje
montó en la ye¬gua de Kivrin y lo siguió.
—Id con Dios, Santo Padre —dijo lady
Imeyne, pero él ya había atravesado la puerta.
Y entonces todos se marcharon. Gawyn
salió el úl¬timo, al galope, para que Eliwys se fijara en él. Kivrin se sintió
tan aliviada de que no se la hubieran llevado a Godstow, que ni siquiera le
preocupó que Gawyn se hubiera marchado con ellos. Había menos de medio día a
caballo hasta Courcy. Seguramente volvería al anochecer.
Todo el mundo parecía aliviado, o tal
vez era sólo la resaca de la tarde de Navidad y el hecho de que estu¬vieran
despiertos desde el día anterior por la mañana.
Nadie hizo ningún movimiento para
limpiar las mesas, que estaban aún cubiertas de bandejas sucias y cuencos medio
llenos. Eliwys se hundió en el alto sillón, con los brazos colgando por los
lados, y miró a la mesa sin nin¬gún interés. Tras unos minutos llamó a Maisry,
pero la criada no contestó y ella no volvió a llamarla. Apoyó la cabeza en el
respaldo tallado y cerró los ojos.
Rosemund subió al desván para acostarse;
Agnes se sentó al lado de Kivrin junto al hogar y apoyó la ca¬beza en su
regazo, jugando ausente con la campanita.
Sólo lady Imeyne se resistía a dejarse
vencer por el sopor de la tarde.
—Me gustaría que mi nuevo capellán diga
las oracio¬nes —dijo, y subió a llamar a la puerta de la habitación.
Eliwys protestó perezosamente, con los
ojos toda¬vía cerrados, alegando que el enviado del obispo había ordenado que
no molestaran al clérigo, pero Imeyne llamó varias veces con fuerza, sin
resultado alguno. Es¬peró unos minutos, volvió a llamar, y luego bajó las
es¬caleras y se arrodilló al pie para leer su Libro de las Horas, manteniendo
un ojo en la puerta para abordar al clérigo en cuanto saliera.
Agnes golpeó su campanita con un dedo y
bostezó.
—¿Por qué no subes al desván y te
acuestas con tu hermana? —sugirió Kivrin.
—No estoy cansada —replicó Agnes,
incorporán¬dose—. Contadme qué le sucedió a la doncella que no podía ir al
bosque.
—Sólo si te acuestas —dijo Kivrin, y
comenzó la historia. Agnes no aguantó dos frases.
A última hora de la tarde, Kivrin
recordó al cacho¬rro de Agnes. Todo el mundo estaba ya dormido, in¬cluso lady
Imeyne, que había renunciado a despertar al clérigo y había subido al desván
para acostarse. Maisry había llegado en algún momento y se había tumbado bajo
una de las mesas. Roncaba ruidosamente.
Kivrin se levantó con cuidado para no
despertar a Agnes y fue a enterrar al perrito. No había nadie en el pa¬tio.
Los restos de una hoguera aún humeaban
en el cen¬tro del prado, pero no había nadie alrededor. Los aldea¬nos también
debían de estar echando una siesta.
Kivrin cogió el cadáver de Blackie y
entró en el es¬tablo a coger una pala de madera. Allí sólo estaba el pony de
Agnes, y ella lo miró con el ceño fruncido, preguntándose cómo iba a seguir el
clérigo al enviado del obispo hasta Courcy. Tal vez no mentía después de todo,
y el clérigo sería el nuevo capellán de buen grado o por la fuerza.
Kivrin llevó la pala y el cuerpo ya
rígido de Blackie a la parte norte de la iglesia. Soltó al cachorro y empezó a
cavar en la nieve.
El terreno estaba literalmente duro como
una pie¬dra. La pala de madera ni siquiera hizo una mella, ni si¬quiera cuando
se apoyó en ella con los dos pies. Subió la colina hasta la linde del bosque,
cavó en la nieve en la base de un fresno, y enterró al perrito en la tierra
hú¬meda.
—Requiescat in pace —dijo, para poder
contarle a Agnes que el perrito había tenido una sepultura cristia¬na, y
regresó.
Deseó que llegara Gawyn, para pedirle
que la acom¬pañara al lugar mientras todo el mundo dormía. Cruzó despacio el
prado, prestando atención por si oía el caba¬llo. Probablemente llegaría por el
camino principal. Dejó la pala junto a la verja de zarzas de la pocilga y
lue¬go se dirigió a la puerta, pero no oyó nada.
La luz de la tarde empezaba a
difuminarse. Si Ga¬wyn no llegaba pronto, estaría demasiado oscuro para que la
llevara al lugar de recogida. Faltaba media hora para que el padre Roche
llamara a vísperas, y eso des-pertaría a todo el mundo. Pero Gawyn tendría que
aten¬der a su caballo, no importaba a qué hora volviera, y ella podría
acercarse al establo y pedirle que la llevara al lu¬gar por la mañana.
O tal vez él podría contarle simplemente
dónde es¬taba, y dibujarle un mapa para que ella pudiera encon¬trarlo por su
cuenta. De esa forma no tendría que ir al bosque con él a solas, y si lady
Imeyne lo mandaba a otra misión el día del encuentro, Kivrin podría coger uno
de los caballos y encontrar el sitio.
Esperó junto a la puerta hasta que le
entró frío, y entonces volvió al patio siguiendo la pared de la pocil¬ga.
Todavía no había nadie en el patio, pero Rosemund estaba en la antesala, con la
capa puesta.
—¿Dónde habéis ido? Os he estado
buscando por todas partes. El clérigo...
El corazón de Kivrin dio un brinco.
—¿Qué pasa? ¿Se marcha?
Seguramente se había recuperado de la
resaca y es¬taba dispuesto a marcharse, y lady Imeyne le había persuadido para
que se la llevara con él a Godstow.
—No —contestó Rosemund, dirigiéndose al
sa¬lón. Eliwys e Imeyne debían de estar en la habitación con él. La niña se
quitó el broche de sir Bloet y la capa—. Está enfermo. El padre Roche me ha
enviado a buscaros. —Subió las escaleras.
—¿Enfermo?
—Sí. Abuela envió a Maisry a la
habitación para que le llevara algo de comer.
Y para ponerlo a trabajar, pensó Kivrin,
mientras la seguía.
—¿Y Maisry lo encontró enfermo?
—Sí. Tiene fiebre.
Tiene resaca, pensó Kivrin, frunciendo
el ceño. Pero sin duda Roche reconocería los efectos de la bebi¬da, aunque lady
Imeyne no supiera, o no quisiera.
Se le ocurrió una idea terrible. Ha
estado durmien¬do en mi cama, y se ha contagiado del virus.
—¿Qué síntomas tiene? —preguntó.
Rosemund abrió la puerta.
Apenas había espacio para todos en la
pequeña habitación. El padre Roche estaba junto a la cama, y Eliwys
se encontraba tras él, con la mano sobre
la ca¬beza de Agnes. Maisry se acurrucaba junto a la venta¬na. Lady Imeyne
estaba arrodillada al pie de la cama, junto al cofre de las medicinas, atareada
con una de sus malolientes cataplasmas. Había otro olor en la habita¬ción,
mareante y tan intenso que superaba el olor a mostaza y puerros de la pócima.
Todos, a excepción de Agnes, parecían
asustados. La niña miraba interesada, como había hecho con Blac-kie, y Kivrin
pensó está muerto, ha pillado mi enferme¬dad y ha muerto. Pero eso era
ridículo. Llevaba allí desde mediados de diciembre. Eso significaría un
pe¬ríodo de incubación de casi dos semanas, y nadie más lo había pillado, ni
siquiera el padre Roche, o Eliwys, que la habían atendido constantemente cuando
estuvo enferma.
Miró al clérigo. Yacía destapado sobre
la cama, vestido solamente con una camisa. El resto de su ro¬pa estaba
amontonado al pie de la cama y la capa púr¬pura yacía en el suelo. La camisa
era de seda amarilla, y tenía los lazos abiertos hasta la mitad del pecho, pero
Kivrin no se fijó en su piel lampiña ni en las bandas de armiño de la camisa.
Estaba enfermo. Yo nunca es¬tuve así, pensó Kivrin, ni siquiera cuando me
estaba muriendo.
Se acercó a la cama. Su pie chocó con
una botella de barro medio llena y la hizo rodar bajo la cama. El clérigo dio
un respingo. Otra botella, con el sello toda¬vía sin romper, se encontraba en
la cabecera de la cama.
—Ha comido demasiado —dijo lady Imeyne,
al tiempo que aplastaba algo en el cuenco de piedra, pero estaba claro que no
se trataba de indigestión. Ni de un exceso de bebida, a pesar de las botellas
de vino. Está enfermo, pensó Kivrin. Gravemente enfermo.
El clérigo respiraba entrecortadamente
por la boca, jadeando como el pobre Blackie, con la lengua fuera. Era roja
brillante y parecía hinchada. Tenía la cara de un rojo aún más oscuro, y sus
facciones estaban distorsio¬nadas, como si estuviera aterrado.
Kivrin se preguntó si lo habrían
envenenado. El enviado del obispo tenía tanta prisa por marcharse que por poco
atropella a Agnes, y le había dicho a Eliwys que no molestaran al clérigo. La
iglesia hacía cosas así en el siglo XIV, ¿no? Muertes misteriosas en el
monaste¬rio y la catedral. Muertes convenientes.
Pero eso era absurdo. El enviado del
obispo y el monje no se habrían marchado tan deprisa dando órde¬nes de que no
molestaran a la víctima cuando el propósi¬to del envenenamiento era hacer que
pareciera botulis-mo, peritonitis o la otra docena de males inexplicables de
los que moría la gente en la Edad Media. Y para qué querría el enviado del
obispo envenenar a uno de sus propios servidores cuando podía destituirlo, tal
como lady Imeyne quería que destituyera al padre Roche.
—¿Es cólera? —preguntó lady Eliwys.
No, pensó Kivrin, tratando de recordar
los sínto¬mas. Diarrea aguda y vómitos con pérdida masiva de fluidos
corporales. Expresión dolorida, deshidrata-ción, cianosis, sed insaciable.
—¿Tenéis sed? —preguntó.
El clérigo no dio ninguna señal de
haberla oído. Tenía los ojos entornados, y los párpados también pa¬recían
abotargados.
Kivrin le puso una mano en la frente. Él
dio un pe¬queño respingo. Abrió y cerró los ojos, enrojecidos.
—Está ardiendo de fiebre —dijo. Sabía
que el cóle¬ra no causaba fiebre tan alta—. Traedme un paño em¬papado en agua.
—¡Maisry! —ordenó Eliwys, pero Rosemund
ya estaba a su lado con el mismo trapo sucio que habían usado con ella.
Al menos estaba fresco. Kivrin lo dobló
en un rec¬tángulo, sin dejar de observar el rostro del clérigo. Todavía
jadeaba, y su cara se contorsionó cuando le puso el paño en la frente, como si
le doliera. Se llevó la mano al vientre. ¿Apendicitis? No, por lo general eso
no cau¬saba una fiebre tan alta. Las fiebres tifoideas podían producir
temperaturas de casi cuarenta grados, aunque normalmente no al principio.
También producían hin¬chazón del bazo, lo cual frecuentemente causaba dolor
abdominal.
—¿Sentís dolor? —preguntó—. ¿Dónde os
duele?
Abrió los ojos de nuevo y movió las
manos sobre la colcha. Aquellos movimientos inquietos eran sínto¬mas de fiebre
tifoidea, pero sólo en las últimas etapas, a los ocho o nueve días de la
enfermedad. Kivrin se pre-guntó si el sacerdote ya estaría enfermo cuando
llegó.
Cuando llegaron, se tambaleó al
desmontar del ca¬ballo y el monje tuvo que sujetarlo. Pero había comido y
bebido más que bastante en el banquete, y agarró a Maisry. No estaría tan
enfermo, y el tifus comenzaba gradualmente con dolor de cabeza y temperaturas
poco altas. No alcanzaba los treinta y nueve grados hasta la tercera semana.
Kivrin se inclinó hacia delante y le
apartó la camisa para ver los sarpullidos rosáceos del tifus. No encontró
ninguno. Tenía los lados del cuello ligeramente hin¬chados, pero las glándulas
linfáticas inflamadas acom¬pañaban a casi todas las infecciones. Le subió la
manga. Tampoco distinguió manchas rosadas en el brazo, pero las uñas tenían un
color azul violáceo, lo cual significa¬ba falta de oxígeno. Y la cianosis era
un síntoma del có¬lera.
—¿Ha vomitado o se le ha soltado el
vientre? —preguntó.
—No —respondió lady Imeyne, esparciendo
una pasta verdosa sobre un trozo de lino tieso—. Sólo ha tomado demasiados
dulces y especias, y tiene fiebre.
No podía ser cólera si no había vómitos,
y en cual¬quier caso la fiebre era demasiado alta. Tal vez era el virus, que
ella había sufrido pero Kivrin no había sentido ningún dolor estomacal, ni se
le había hinchado la len¬gua de esta manera.
El clérigo levantó la mano, se apartó el
paño de la frente y lo dejó caer sobre la almohada; luego de¬jó caer el brazo a
un lado. Kivrin recogió el paño. Notó que estaba completamente seco. ¿Qué otra
enferme¬dad podía causar una fiebre tan alta? Sólo se le ocurría el tifus.
—¿Ha sangrado por la nariz? —le preguntó
a Ro-semund.
—No —dijo Rosemund, avanzando y
recogiendo el paño—. No he visto ninguna mancha de sangre.
—Mójalo con agua fría pero no lo
escurras —indi¬có Kivrin—. Padre Roche, ayudadme a levantarlo.
Roche sujetó al enfermo por los hombros
y lo le¬vantó. No había sangre bajo la cabeza.
Roche lo soltó con cuidado.
—¿Pensáis que es fiebre tifoidea? —dijo,
y había algo curioso en su voz, un tono casi esperanzado.
—No lo sé.
Rosemund le tendió el paño. Había
obedecido la orden de Kivrin. El paño goteaba agua helada.
Kivrin se inclinó hacia adelante y lo
colocó sobre la frente del clérigo.
El enfermo levantó los brazos de
repente, en un gesto salvaje, y arrancó el paño de las manos de Kivrin. Luego
se incorporó, pataleando y empujándola. Su puño la alcanzó en la pierna, y
Kivrin estuvo a punto de caer sobre la cama.
—Lo siento, lo siento —dijo Kivrin,
tratando de recuperar el equilibrio y sujetarle las manos—. Lo siento.
Sus ojos inyectados en sangre estaban
ahora com¬pletamente abiertos y miraban al frente.
—Gloriam tuam —dijo con una extraña voz
aguda que era casi un grito.
—Lo siento —repitió Kivrin. Lo sujetó
por la mu¬ñeca, pero su otra mano se disparó y la golpeó en el pecho.
—Réquiem aeternam dona eis —rugió él,
ponién¬dose primero de rodillas y luego de pie en la cama—. Et lux perpetu
luceat eis.
De pronto Kivrin se dio cuenta de que
intentaba cantar la misa por los muertos.
El padre Roche lo aferró por la camisa,
y el clérigo se sacudió, liberándose a patadas, y luego siguió pata¬leando y
dando vueltas como si bailara.
—Miserere nobis.
Estaba demasiado cerca de la pared para
que pu¬dieran cogerlo, y golpeaba los maderos con los pies y los brazos
involuntariamente.
—Cuando esté a nuestro alcance, tenemos
que co¬gerlo por los tobillos y derribarlo —dijo Kivrin.
El padre Roche asintió, sin aliento. Los
demás pa¬recían transfigurados, ni siquiera trataban de detener¬lo. Imeyne
seguía de rodillas. Maisry se apartó de la ventana, con las manos sobre las
orejas y los ojos cerra¬dos. Rosemund había recuperado el trapo mojado y lo
tenía en las manos extendidas como si pensara que Ki¬vrin iba a intentar volver
a ponérselo en la frente. Ag-nes miraba boquiabierta el cuerpo medio desnudo
del clérigo.
El clérigo se volvió hacia ellos,
tirando de los lazos de su camisa para intentar abrirlos.
—Ahora —dijo Kivrin.
El padre Roche y ella se abalanzaron
hacia los to¬billos del enfermo. El clérigo cayó sobre una rodilla, agitando
los brazos, se liberó y se lanzó hacia Rose¬mund. Ella levantó las manos,
todavía sosteniendo el trapo, y él la golpeó con fuerza en el pecho.
—Miserere nobis —aulló, y los dos
cayeron juntos.
—Cogedle los brazos antes de que le haga
daño —dijo Kivrin, pero el clérigo ya no se agitaba. Yacía encima de Rosemund,
inmóvil, con la boca casi junto a la de la niña, los brazos flácidos a los
costados.
El padre Roche lo cogió y le hizo dar la
vuelta. El clérigo respiraba entrecortadamente, pero ya no ja¬deaba.
—¿Está muerto? —preguntó Agnes.
Como si su voz hubiera liberado a las
demás muje¬res de un hechizo, todas avanzaron. Lady Imeyne se puso en pie,
agarrándose al poste de la cama.
—Blackie se murió —comentó Agnes,
agarrada a las faldas de su madre.
—No está muerto —replicó Imeyne,
arrodillada junto a él—, pero la fiebre de la sangre le ha subido al cerebro.
Pasa a menudo.
Te equivocas, pensó Kivrin. Esto no es
un síntoma de ninguna enfermedad de la que yo haya oído hablar. ¿Qué podría
ser? ¿Meningitis? ¿Epilepsia?
Se inclinó hacia Rosemund. La niña yacía
rígida en el suelo, con los ojos cerrados las manos convertidas en puños
blancos.
—¿Te ha hecho daño?
Rosemund abrió los ojos.
—Me ha empujado —dijo con un hilo de
voz.
—¿Puedes levantarte? —preguntó Kivrin.
Rosemund asintió y Eliwys avanzó un
paso, con Agnes todavía pegada a sus faldas. Ayudaron a Rose¬mund a levantarse.
—Me duele el pie —dijo, apoyándose en su
madre, pero enseguida pudo sostenerse sola—. De repente...
Eliwys la acompañó hasta la cama y la
hizo sentar¬se en el cofre de madera tallada. Agnes se le acercó.
—El clérigo del obispo te saltó encima
—comentó la pequeña.
El clérigo murmuró algo, y Rosemund lo
miró, te¬merosa.
—¿Se levantará otra vez? —preguntó a
Eliwys.
—No —la tranquilizó su madre, pero ayudó
a Rosemund a levantarse y la guió hasta la puerta—. Acom¬paña a
tu hermana al hogar y siéntate con ella
—le dijo a Agnes.
Agnes cogió a Rosemund de la mano y la
condujo fuera.
—Cuando el clérigo se muera, lo
enterrarán en el cementerio —oyó Kivrin que decía—. Como a Blac-kie.
El clérigo parecía ya muerto, con los
ojos entorna¬dos pero ciegos. El padre Roche se arrodilló junto a él y se lo
cargó fácilmente al hombro. La cabeza y los brazos del enfermo colgaron
flácidos, como Kivrin ha¬bía llevado a Agnes a la mansión después de la misa
del gallo. Kivrin destapó rápidamente la cama y Roche lo acostó.
—Tenemos que sacarle la fiebre de la
cabeza —dijo lady Imeyne, quien regresó a su pócima—. Las espe¬cias le han
enfebrecido el cerebro.
—No —susurró Kivrin, mirando al
sacerdote. Ya¬cía de espaldas con las manos en los costados, con las palmas
hacia arriba. La fina camisa estaba abierta por delante y le había resbalado
por el hombro izquier¬do, de modo que el brazo extendido quedaba al descu¬bierto.
Bajo el brazo había una hinchazón roja—. No —jadeó.
La hinchazón era roja, brillante, y casi
tan grande como un huevo. Fiebre alta, lengua hinchada, intoxica¬ción del
sistema nervioso, bubas bajo los brazos y en la ingle.
Kivrin se apartó de la cama.
—No puede ser —suspiró—. Será otra cosa.
Tenía que serlo. Un furúnculo o una
úlcera de al¬gún tipo. Extendió la mano para apartar la manga.
Las manos del clérigo se retorcieron.
Roche lo aga¬rró por las muñecas, sujetándolas contra la cama. La hinchazón era
dura al tacto, y a su alrededor la piel es¬taba negra y violácea.
—No puede ser —repitió Kivrin—. Sólo
estamos en 1320.
—Esto le quitará la fiebre —dijo Imeyne.
Se levan¬tó, entumecida, sosteniendo la pócima—. Quitadle la camisa para que
pueda extenderle la pócima. —Se diri¬gió a la cama.
—¡No! —exclamó Kivrin. Tendió las manos
para detenerla—. ¡Apartaos! ¡No lo toquéis!
—No digáis insensateces —replicó Imeyne.
Miró a Roche—. Es una simple fiebre de estómago.
—¡No es fiebre! —gritó Kivrin. Se volvió
hacia Roche—. Soltadle las manos y apartaos de él. No es fiebre. Es la peste.
Todos ellos, Roche, Imeyne y Eliwys la
miraron tan estúpidamente como Maisry.
No siquiera saben lo que es, pensó
desesperada, porque todavía no existe, la Peste Negra no existe to¬davía. Ni
siquiera empezó en China hasta 1333. Y no alcanzó Inglaterra hasta 1348.
—Pero lo es —declaró—. Tiene todos los
sínto¬mas. Las bubas, la lengua hinchada y las hemorragias bajo la piel.
—Es una simple fiebre de estómago
—repitió Ime¬yne, y se dirigió a la cama.
—No... —dijo Kivrin, pero Imeyne ya se
había de¬tenido y extendió el emplasto sobre el pecho del clé¬rigo.
—Dios se apiade de nosotros —rezó, y
retrocedió, todavía sujetando la pócima.
—¿Es el mal azul? —preguntó Eliwys,
asustada.
Y de repente Kivrin lo vio todo. No
habían venido aquí a causa del juicio, porque lord Guillaume tuviera problemas
con el rey. Él las había enviado aquí porque había peste en Bath.
«Nuestra aya murió», había dicho Agnes.
Y tam¬bién había muerto el capellán de lady Imeyne, el herma¬no Hubard. Murió
del mal azul, según le había contado la niña. Y sir Bloet había dicho que el
juicio de Bath se había suspendido porque el juez estaba enfermo.
Por eso Eliwys no quería mandar noticias
a Courcy y se había enfadado tanto cuando Imeyne envió a Gawyn al obispo.
Porque había peste en Bath. Pero no podía ser. La Peste Negra no llegó a Bath
hasta el oto–o de 1348.
—¿Qué año es? —preguntó Kivrin.
Las mujeres la miraron aturdidas; Imeyne
toda¬vía sujetaba la pócima olvidada. Kivrin se volvió hacia Roche.
—¿Qué año es?
—¿Estáis enferma, lady Katherine?
—preguntó él ansiosamente. La cogió por las muñecas como si temie¬ra que fuera
a sufrir uno de los ataques del clérigo.
Ella apartó las manos.
—Decidme el año.
—Es el vigésimo primer año del reinado
de Eduar¬do III —dijo Eliwys.
Eduardo tercero, no segundo. En su
pánico, no lo¬gró recordar cuándo había reinado.
—Decidme el año.
—Anno Domine —murmuró el clérigo desde
la cama. Intentó lamerse los labios con la lengua hinchada—. Mil trescientos
cuarenta y ocho.
LIBRO TERCERO
Enterré con mis propias manos
a cinco hijos en una sola tumba...
No hubo campanas. Ni lágrimas.
Esto es el fin del mundo.
AGNIOLA DI TURA Siena, 1347
24
Dunworthy pasó los dos días siguientes
llamando a la lista de técnicos de Finch y a guías de pesca escoce¬ses, e
instalando otro pabellón en Burley-Johnson. Quince retenidos más habían caído
con la gripe, entre ellos la señora Taylor, que se había desplomado cuan¬do
sólo faltaban cuarenta y nueve toques para comple¬tar un repique.
—Se desmayó y soltó la campana —informó
Finch—. Dio la vuelta con un ruido infernal y la cuer¬da se agitó como si
estuviera viva. Se me enrolló al cue¬llo y por poco me estrangula. La señora
Taylor quiso continuar cuando volvió en sí, pero naturalmente ya era demasiado
tarde. Me gustaría que hablara usted con ella, señor Dunworthy. Está muy
deprimida. Dice que nunca se perdonará por haber dejado tiradas a las otras. Le
dije que no era culpa suya, que a veces las cosas es¬capan a nuestro control,
¿no le parece?
—Sí—dijo Dunworthy.
No había conseguido encontrar a un
técnico, mu¬cho menos convencerlo de que fuera a Oxford, ni ha¬bía encontrado a
Basingame. Finch y él habían tele¬foneado a todos los hoteles de Escocia, a
todos los albergues y chalets de alquiler. William había conseguido los
registros de las tarjetas de crédito de Basin-game, pero no había compras de
equipo de pesca ni alquileres en algún pueblo escocés perdido, como Dunworthy
esperaba, ni entradas después del quince de diciembre.
El sistema telefónico era cada vez más
precario. El visual se cortó otra vez, y la voz grabada, anunciando que debido
a la epidemia todos los circuitos estaban ocupados, interrumpía casi todas las
llamadas que in-tentaba hacer después de sólo dos dígitos.
No se preocupaba tanto por Kivrin,
puesto que la llevaba consigo, una pesada carga, mientras marcaba una y otra
vez los números, esperaba ambulancias, escucha¬ba las quejas de la señora
Gaddson. Andrews no había vuelto a telefonear, o tal vez no había conseguido
comu¬nicar. Badri murmuraba incesantemente acerca de la muerte, y las
enfermeras apuntaban todos sus delirios. Mientras Dunworthy esperaba a los
técnicos, a los guías de pesca, a alguien que respondiera al teléfono, repasó
las palabras de Badri, en busca de alguna pista. «Negra», había dicho Badri, y
«laboratorio», y «Europa».
El sistema telefónico empeoró. La voz
grabada in¬terrumpía en cuanto marcaba el primer número, y va¬rias veces no
obtuvo línea. Decidió dejarlo de momen¬to y trabajó en las listas de contactos.
William había conseguido los archivos médicos confidenciales del Ministerio, y
Dunworthy los repasó, buscando trata¬mientos de radiación y visitas al
dentista. A uno de los primarios le habían examinado la mandíbula por rayos X,
pero había sido el día veinticuatro, después de que comenzara la epidemia.
Fue al hospital para preguntar a los
primarios que no deliraban si tenían animales de compañía o habían cazado patos
últimamente. Los pasillos estaban atesta¬dos de camillas, cada una con un
paciente. Se apoyaban contra las puertas de Admisiones y delante del ascen¬sor.
No había manera de pasar. Fue por las escaleras.
La estudiante de enfermería rubia se
reunió con él en la puerta de Aislamiento. Llevaba una bata blanca y una
mascarilla.
—Me temo que no puede entrar —dijo
levantando una mano enguantada.
Badri ha muerto, pensó él.
—¿Ha empeorado el señor Chaudhuri?
—No. Parece que descansa un poco mejor.
Pero nos hemos quedado sin RPE. Londres prometió enviar equi¬po mañana, y el
personal se las arregla con trajes de tela, pero no tenemos suficiente para las
visitas. —Rebuscó en su bolsillo una tira de papel—. He anotado todo lo que ha
dicho. Me temo que la mayor parte es ininteligible. Dijo su nombre y...
¿Kivrin?... ¿Es correcto?
Él asintió, mirando el papel.
—Y a veces palabras sueltas, pero casi
todo carece de sentido.
Había intentado anotarlo fonéticamente,
y cuando entendía una palabra, la subrayaba. Badri había dicho «no puedo», y
«ratas», y «muy preocupado».
Más de la mitad de los retenidos había
caído el do¬mingo por la mañana, y todos los que no estaban en¬fermos los
atendían. Dunworthy y Finch habían re¬nunciado a ponerlos en pabellones, y en
cualquier caso se habían quedado sin colchones. Los dejaban en sus propias
camas, o los trasladaban, con cama y todo, a las habitaciones de Salvin, para
que sus enfermeros impro¬visados no se agotaran.
Las campaneras fueron cayendo una por
una, y Dunworthy ayudó a acostarlas en la vieja biblioteca. La señora Taylor,
que todavía podía andar, insistió en ir a visitarlas.
—Es lo menos que puedo hacer —dijo,
jadeando por el esfuerzo de cruzar el pasillo—, después de ha¬berlas abandonado
de aquel modo.
Dunworthy la ayudó a acostarse en el
colchón hinchable que había traído William y la tapó con una sábana.
—El espíritu está dispuesto, pero la
carne es débil —dijo.
El mismo se sentía débil, agotado por la
falta de sueño y las constantes decepciones. Mientras hervía agua para el té y
limpiaba cuñas, por fin consiguió con¬tactar con una de los técnicos de
Magdalen.
—Está en el hospital —dijo su madre.
Parecía triste y cansada.
—¿Cuándo cayó enferma?
—El día de Navidad.
La esperanza brotó en él.
Tal vez la técnico de Magdalen era la
fuente.
—¿Qué síntomas tiene su hija? —preguntó
ansio¬samente—. ¿Dolor de cabeza? ¿Fiebre? ¿Desorienta¬ción?
—Apendicitis.
El lunes por la mañana las tres cuartas
partes de los retenidos estaban enfermos. Como Finch había predi-cho, se les
acabaron las sábanas limpias y las mascari¬llas, y algo mucho más urgente,
también se quedaron sin temps, antimicrobiales y aspirinas.
—Intenté llamar al hospital para pedir
más —dijo Finch, quien tendió una lista a Dunworthy—, pero los teléfonos están
todos fuera de servicio.
Dunworthy fue caminando al hospital a
buscar los suministros. La calle delante de Admisiones estaba abarrotada con un
buen número de ambulancias, taxis y manifestantes con un gran cartel que
proclamaba: «El primer ministro nos ha dejado para que muramos.» Mientras
Dunworthy conseguía pasar entre ellos y lle¬gaba a la puerta, Colin salió de
allí corriendo. Iba mo¬jado, como de costumbre, y con la cara y la nariz rojas
de frío. Llevaba la chaqueta abierta.
—Los teléfonos no funcionan. Las líneas
están sa¬turadas. Estoy transmitiendo mensajes. —Del bolsillo de su chaqueta
sacó un desordenado montón de hojas dobladas—. ¿Quiere que le lleve un mensaje
a alguien?
Sí, pensó él. A Andrews. A Basingame. A
Kivrin.
—No —respondió.
Colin se guardó en el bolsillo los
papeles ya mo¬jados.
—Pues me marcho. Si busca a mi tía Mary,
está en Admisiones. Acaban de llegar cinco casos más. Una fa¬milia. El hijo
menor estaba muerto.
Se internó corriendo entre el atasco de
tráfico.
Dunworthy se abrió paso hasta Admisiones
y mostró su lista a la encargada, quien le envió a Sumi¬nistros. Los corredores
seguían llenos de camillas, aun¬que ahora estaban alineadas a ambos lados, de
modo que quedaba un estrecho pasillo entre ellas. Inclinada sobre una de las
camillas había una enfermera con una mascarilla rosa y una bata leyendo algo a
uno de los pa¬cientes.
—«El Señor hará que la peste caiga sobre
vosotros —decía, y de repente Dunworthy reconoció a la señora Gaddson. Estaba
intensamente concentrada en su lec¬tura y no levantó la cabeza—. Hasta que os
haya hecho desaparecer de la tierra.»
La peste caerá sobre vosotros, dijo él
en silencio, y pensó en Badri. «Fueron las ratas —había dicho—. Los mató a
todos. Media Europa.»
Ella no puede estar en la Peste Negra,
pensó mien¬tras se dirigía a Suministros. Andrews había dicho que el
deslizamiento máximo era de cinco años. En 1325 la peste ni siquiera había
comenzado en China. Andrews había asegurado que las dos únicas cosas que no
habrían abortado automáticamente el lanzamiento eran el desli¬zamiento y las
coordenadas, y Badri, cuando podía con¬testar a las preguntas de Dunworthy,
insistía en que ha¬bía comprobado las coordenadas de Pulhaski.
Entró en Suministros. No había nadie en
el mos¬trador. Llamó al timbre.
Cada vez que Dunworthy le preguntaba,
Badri de¬cía que las coordenadas del estudiante eran correctas, pero empezaba a
mover los dedos nerviosamente sobre la sábana, tecleando, tecleando el ajuste.
£50 no puede estar bien. Algo falla.
Volvió a llamar al timbre y una
enfermera salió de entre los estantes. Era evidente que había abandonado la
jubilación expresamente para la epidemia. Tenía al menos noventa años, y su
uniforme blanco estaba ama-rillento, pero aún seguía tieso por el almidón.
Crujió cuando cogió la lista.
—¿Tiene una autorización?
—No.
Le tendió su lista y un impreso de tres
páginas.
—Todas las órdenes deben ser autorizadas
por la enfermera jefa del pabellón.
—No tenemos ninguna enfermera de
pabellón —dijo él, controlando su mal genio—. No tenemos ningún pabellón.
Tenemos cincuenta retenidos en dos dormitorios y ningún suministro.
—En ese caso el médico que está al cargo
debe fir¬mar la autorización.
—La médica al cargo está en un hospital
atestado de enfermos. No tiene tiempo para firmar autorizacio¬nes. ¡Estamos en
plena epidemia!
—Soy bien consciente de ello. Todas las
órdenes deben estar firmadas por el médico al cargo —dijo la enfermera
gélidamente, y se marchó crujiendo entre los pasillos.
Dunworthy volvió a Admisiones. Mary ya
no es¬taba allí. La encargada lo envió a Aislamiento, pero tampoco estaba allí.
Jugueteó con la idea de falsificar la firma de Mary, pero quería verla, quería
contarle su fracaso en localizar a los técnicos, su fracaso para en¬contrar una
forma de esquivar a Gilchrist y abrir la red. Ni siquiera podía conseguir una
miserable aspirina, y ya era tres de enero.
Finalmente encontró a Mary en el
laboratorio. Ha¬blaba por teléfono, que por lo visto volvía a funcionar, aunque
en la visual sólo aparecía nieve. Mary no lo mi¬raba. Contemplaba la consola,
donde aparecían las grá¬ficas de contactos.
—¿Qué problema hay? —preguntó—. Ustedes
di¬jeron que estaría aquí hace dos días.
Hubo una pausa mientras la persona
perdida en la nieve ponía algún tipo de excusa.
—¿Cómo que fue rechazado? —exclamó ella,
in¬crédula—. Aquí hay mil personas con gripe.
Hubo otra pausa. Mary tecleó algo en la
consola y apareció una gráfica diferente.
—Bien, pues vuelvan a enviarlo —gritó—.
¡La ne¬cesito ahora mismo! ¡Mis pacientes se están muriendo! Lo quiero aquí
para... ¿oiga? ¿Está usted ahí?
La pantalla se volvió negra. Mary se
volvió para pulsar el interruptor y vio a Dunworthy.
Le indicó que entrara en el despacho.
—¿Está usted ahí? —dijo al teléfono—.
¿Oiga? —Colgó—. ¡Los teléfonos no funcionan, la mitad de mi personal ha caído
con el virus, y los análogos no han llegado porque algún idiota no los dejó
pasar a la zona de cuarentena!
Se sentó ante la consola y se frotó los
pómulos con los dedos.
—Lo siento —suspiró—. Ha sido un mal
día. Hubo tres ingresos cadáveres esta mañana. Uno de ellos tenía seis meses.
Todavía llevaba la ramita de acebo en la
bata. Tan¬to la bata como la ramita estaban completamente arru¬gadas, y Mary
parecía exhausta. Las líneas alrededor de la boca y los ojos surcaban
profundamente su cara. Dunworthy se preguntó cuánto tiempo llevaba sin dormir,
y si lo sabría siquiera.
Se frotó los párpados con dos dedos.
—Nunca me acostumbraré a la idea de que
no hay nada que hacer —dijo.
—Claro.
Ella le miró, casi como si no hubiera
advertido que estaba allí.
—¿Necesitabas algo, James?
Ella no había dormido, ni había recibido
ninguna ayuda, y había visto tres ingresos cadáveres, uno de ellos un bebé. Ya
tenía bastantes problemas sin preocu¬parse por Kivrin.
—No —dijo él, levantándose. Le tendió el
impre¬so—. Únicamente tu firma.
Ella lo firmó sin mirarlo.
—Fui a ver a Gilchrist esta mañana —dijo
al devol¬vérselo.
Él la miró, demasiado sorprendido y
conmovido para hablar.
—Fui a verlo para ver si lograba
convencerlo de que abriera la red antes. Le expliqué que no hay necesi¬dad de
esperar a que haya inmunización plena. Cierto porcentaje de inmunización reduce
las posibilidades de contagio.
—Y ninguno de tus argumentos tuvo el más
míni¬mo efecto.
—No. Está plenamente convencido de que
el virus vino del pasado —Mary suspiró—. Ha dibujado gráfi¬cas de las pautas de
mutación cíclica de los mixovirus tipo A. Según su teoría, uno de los mixovirus
tipo A existente en 1318-1319 era un H9N2. —Volvió a fro¬tarse la frente—. No
abrirá el laboratorio hasta que se haya completado la inmunización plena y se
levante la cuarentena.
—¿Y cuándo será eso? —preguntó él,
aunque tenía una ligera idea.
—La cuarentena tiene que permanecer en
efecto hasta siete días después de la inmunización total o cua¬renta días
después de la incidencia final —dijo ella, como si le estuviera dando malas
noticias.
Incidencia final. Dos semanas sin ningún
nuevo caso.
—¿Cuánto tardará la inmunización a toda
la nación?
—Cuando consigamos suficientes
suministros de la vacuna, no mucho. La Pandemia sólo duró diecio¬cho días.
Dieciocho días. Después de que se
fabricaran sufi¬cientes suministros de la vacuna. Finales de enero.
—Demasiado tarde —dijo él.
—Sí, lo sé. Debemos identificar
positivamente la fuente, eso es todo. —Se volvió a mirar la consola—. La
respuesta está ahí. Simplemente, no sabemos mirar en el lugar adecuado.
—Recuperó una^ nueva gráfica—. He estado haciendo correlaciones, buscando estudian¬tes
de veterinaria, primarios que vivan cerca de zoos, direcciones rurales. Ésta es
de los secundarios que es¬tuvieron en DeBrett, cazando pájaros y todo eso. Pero
lo más parecido que tenemos a un ave son los que co¬mieron ganso en Navidad.
Recuperó la gráfica de contactos. El
nombre de Badri seguía apareciendo en cabeza. Se sentó y la con¬templó durante
un largo rato, tan absorta como Mon-toya mirando sus huesos.
—Lo primero que tiene que aprender un
médico es a no ser demasiado duro consigo mismo cuando pierde a un paciente
—dijo, y Dunworthy se preguntó si se refería a Kivrin o a Badri.
—Tengo que abrir la red.
—Eso espero.
La respuesta no se encontraba en las
gráficas de contacto ni en los encuentros comunes. Había que buscarla en Badri,
cuyo nombre, a pesar de todas las preguntas que habían hecho a los primarios, a
pesar de todas las falsas pistas, seguía siendo la fuente. Badri era el caso
índice, y en algún momento de cuatro a seis días antes del lanzamiento había
entrado en contacto con un portador.
Subió a verlo. Había un enfermero
distinto ante la habitación, un joven alto y nervioso que no parecía te¬ner más
de diecisiete años.
—¿Dónde está...? —empezó a preguntar
Dunworthy, y entonces advirtió que no sabía el nombre de la enfermera rubia.
—Lo ha pillado. Ayer. Ya hay veinte
enfermos en¬tre el personal, y se han quedado sin sustitutos. Pidie¬ron a los
estudiantes de tercero que ayudaran. Yo sólo estoy en primero, pero he recibido
formación en pri-meros auxilios.
Ayer. Entonces había pasado todo un día
sin que nadie registrara lo que decía Badri.
—¿Recuerda algo de lo que haya dicho
Badri mientras estaba con él? —preguntó sin esperanza. Un estudiante de
primero—. ¿Alguna palabra o frase que fuera inteligible?
—Usted es el señor Dunworthy, ¿verdad?
—dijo el muchacho. Le tendió un paquete de RPE—. Eloise me advirtió que quería
usted saber todo lo que dijera el paciente.
Dunworthy se puso las RPE recién
llegadas. Eran blancas y estaban marcadas con pequeñas cruces ne¬gras en la
abertura trasera de la bata. Se preguntó de dónde las habrían sacado.
—Estaba muy enferma y no paraba de
repetir lo importante que era.
El muchacho condujo a Dunworthy a la
habita¬ción de Badri, miró a las pantallas y luego al enfermo. Al menos ha
mirado al paciente, pensó Dunworthy.
Badri yacía con los brazos por fuera de
las sábanas y tironeaba de ellas con manos que parecían sacadas de la
ilustración de la tumba del caballero en el libro de Colin. Sus ojos hundidos
estaban abiertos, pero no miró al enfermero ni a Dunworthy, ni siquiera a las
sábanas, que sus manos inquietas no parecían poder agarrar.
—Había leído sobre esto, pero nunca lo
había visto
—comentó el muchacho—. Es un síntoma
terminal co¬mún en casos respiratorios. —Se dirigió a la consola, tecleó algo y
señaló la pantalla superior izquierda—. He anotado todo esto.
Lo había hecho. Incluso los galimatías.
Lo había escrito fonéticamente, con elipses para representar las pausas, y
(sic) después de las palabras dudosas. «Me¬dia», había escrito, y «atrás» (sic)
y «¿Por qué no viene?».
—Eso es casi todo de ayer —dijo. Movió
el cursor al tercio inferior de la pantalla—. Habló un poco esta mañana. Ahora,
como ve, no dice nada.
Dunworthy se sentó junto a Badri y le
cogió la mano. La notó helada, incluso a través del guante im¬permeable. Miró
la pantalla de la temperatura. Badri ya no tenía fiebre ni el color oscuro que
la acompañaba. Parecía haber perdido todo color. Su piel tenía el tono de la
ceniza mojada.
—Badri. Soy el señor Dunworthy. Tengo
que ha¬certe algunas preguntas.
No hubo respuesta. Su mano fría yació
flácida en la de Dunworthy, y la otra siguió tirando en vano de la sábana.
—La doctora Ahrens piensa que podrías
haber contraído tu enfermedad por algún animal, un pato sil¬vestre o un ganso.
El enfermero miró interesado a Dunworthy
y lue¬go a Badri, como si esperara que mostrara otro fenó¬meno médico que aún
no había observado.
—Badri, ¿lo recuerdas? ¿Tuviste algún
contacto con patos o gansos la semana anterior al lanzamiento?
La mano de Badri se movió. Dunworthy la
miró con el ceño fruncido, preguntándose si intentaba co¬municarse, pero cuando
aflojó un poco la mano, los delgadísimos dedos sólo intentaron tirar de su
palma, de sus dedos, de su muñeca.
Se sintió súbitamente avergonzado por
estar allí torturando a Badri con preguntas, aunque no le oía,
aunque no sabía que Dunworthy estaba
allí, ni le im¬portaba.
Colocó la mano de Badri sobre la sábana.
—Descansa —dijo, palmeándola
amablemente—, intenta descansar.
—Dudo que pueda oírle —declaró el
enfermero—. En este estado ya no son conscientes.
—Sí, lo sé —asintió Dunworthy, pero
continuó sentado allí.
El enfermero ajustó el gotero, lo miró
nerviosa¬mente, y volvió a ajustarlo. Observó a Badri, ajustó el gotero por
tercera vez, y por fin salió de la habita¬ción. Dunworthy continuó sentado,
viendo cómo Ba¬dri tiraba a ciegas de la sábana, intentando agarrarla pero
incapaz de hacerlo. Quería incorporarse. De vez en cuando murmuraba algo, con
voz demasiado baja para que resultara audible. Dunworthy le frotó el brazo
amablemente, arriba y abajo. Al cabo de un rato, los movimientos del enfermo se
hicieron más lentos, aunque Dunworthy no sabía si eso era un buena señal.
—Cementerio —dijo Badri.
—No. No.
Dunworthy se quedó un rato más,
acariciando el brazo de Badri, pero su agitación pareció empeorar poco después.
Se levantó.
—Intenta descansar —dijo, y salió.
El enfermero estaba sentado ante el
mostrador, le¬yendo un ejemplar de Patient Care.
—Por favor, avíseme cuando... —dijo
Dunworthy, y advirtió que no era capaz de terminar la frase—. Por favor,
avíseme.
—Sí, señor. ¿Dónde estará usted?
Dunworthy rebuscó en su bolsillo un
pedazo de papel para anotarlo y se encontró con la lista de sumi¬nistros. Casi
lo había olvidado.
—Estoy en Balliol, envíe un mensajero
—pidió, y regresó a Suministros.
—No lo ha rellenado del todo —señaló la
anciana almidonada cuando le tendió el impreso.
—Lo tengo firmado —contestó él,
tendiéndole la lista—. Rellénelo usted.
Ella miró la lista con expresión de
desaprobación.
—No tenemos temps ni mascarillas. —Sacó
un frasquito de aspirinas—. Nos hemos quedado sin sin-tamicina y AZL.
El frasco de aspirinas contenía unas
veinte tabletas. Dunworthy se lo guardó en el bolsillo y recorrió la High hasta
la farmacia. Un grupito de manifestantes esperaba bajo la lluvia, empuñando
pancartas que de¬cían: ¡INJUSTO! y «¡Abusón!». Dunworthy entró. No tenían
mascarillas, y los temps y las aspirinas habían subido espantosamente de
precio. Compró todas las existencias.
Se pasó toda la noche administrando los
medica¬mentos y estudiando la gráfica de Badri, buscando al¬guna pista que
indicara la fuente del virus. Badri había dirigido un lanzamiento vn situ para
Siglo Diecinueve en Hungría el diez de diciembre, pero la gráfica no de¬cía
dónde, y William, que coqueteaba con las retenidas que aún seguían en pie, no
lo sabía. Los teléfonos ha¬bían vuelto a estropearse.
Seguían sin funcionar por la mañana
cuando Dun¬worthy intentó llamar para saber del estado de Badri. Ni siquiera
consiguió línea, pero en cuanto colgó, el te¬léfono sonó.
Era Andrews. Dunworthy apenas podía oír
su voz a través de la estática.
—Lamento haber tardado tanto —se
disculpó, y luego dijo algo que se perdió por completo.
—No le oigo —dijo Dunworthy.
—He dicho que he tenido dificultades
para poner¬me en contacto. Los teléfonos... —Más estática—. Hice las
comprobaciones de parámetros. Usé tres L-y-L di¬ferentes y triangulé la... —El
resto se perdió.
—¿Cuál fue el deslizamiento máximo?
—gritó al teléfono.
La línea se despejó momentáneamente.
—Seis días. Eso fue con un L-y-L de...
—Más está¬tica—. Calculé las probabilidades, y el máximo posible para cualquier
L-y-L en una circunferencia de cin¬cuenta kilómetros seguía siendo de cinco
años. —La estática interrumpió de nuevo la conversación, y la lí¬nea se cortó.
Dunworthy colgó. La noticia tendría que
haberle tranquilizado, pero no parecía capaz de experimentar ninguna emoción.
Gilchrist no tenía ninguna intención de abrir la red el seis de enero,
estuviera allí Kivrin o no. Fue a coger el teléfono para llamar a la Oficina de
Turismo Escocesa, y entonces volvió a sonar.
—Diga, soy Dunworthy. —Miró la pantalla,
pero las visuales sólo mostraban nieve.
—¿Quién? —preguntó una voz de mujer que
pare¬cía ronca o agotada—. Lo siento —murmuró—. Que¬ría llamar... —Añadió algo
más, demasiado confuso para que pudiera entenderse, y la visual se volvió
negra.
Dunworthy esperó por si volvían a
llamar, y luego se dirigió a Salvin. La campana de Magdalen daba la hora.
Sonaba como un toque de difuntos en medio de la incesante lluvia. Al parecer,
la señora Piantini tam¬bién había oído la campana. Estaba de pie en el patio,
vestida con una bata, levantando solemnemente los brazos para seguir un compás
insólito.
—Al centro, mal, y a la caza —dijo
mientras Dun¬worthy intentaba conducirla al interior.
Finch apareció, con aspecto agotado.
—Son las campanas, señor —dijo,
agarrando a la mujer por el otro brazo—. La perturban. Dadas las
cir¬cunstancias, creo que no deberían sonar.
La señora Piantini se libró de la mano
de Dunworthy.
—Cada hombre debe ceñirse a su campana
sin in¬terrupción —declaro, furiosa.
—Estoy de acuerdo —asintió Finch,
agarrando su brazo con tanta fuerza como si fuera la cuerda de una campana, y
la condujo a su jergón.
Colin llegó corriendo, empapado como de
cos¬tumbre y casi azul por el frío. Tenía la chaqueta abierta y llevaba la
bufanda gris de Mary inútilmente colgada del cuello. Le tendió a Dunworthy un
mensaje.
—Es del enfermero de Badri —dijo. Abrió
un pa¬quete de pastillas de jabón y se metió una celeste en la boca.
La nota también estaba empapada. Decía
«Badri pregunta por usted», aunque la palabra «Badri» estaba tan borrosa que
sólo se distinguía la B.
—¿Dijo el enfermero si Badri estaba
peor?
—No, sólo me pidió que le diera el
mensaje. Y tía Mary dice que cuando llegue usted, vaya a recibir su
potenciación. Me ha comentado que no sabe cuándo recibirá el análogo.
Dunworthy ayudó a Finch a acostar a la
señora Piantini y corrió al hospital y luego a Aislamiento. Ha¬bía una
enfermera nueva, una mujer de mediana edad con los pies hinchados. Estaba
sentada y los apoyaba en las pantallas. Estaba mirando un vidder portátil, pero
se levantó inmediatamente cuando él entró.
—¿Es usted el señor Dunworthy?
—preguntó, bloqueándole el paso—. La doctora Ahrens dijo que fuera usted a
verla inmediatamente.
Lo dijo en voz baja, incluso con
amabilidad, y Dunworthy pensó que se compadecía de él. No quiere que entre a
ver qué hay dentro. Quiere que Mary me lo diga primero.
—Es Badri, ¿verdad? Ha muerto.
Ella pareció genuinamente sorprendida.
—Oh, no, está mucho mejor esta mañana.
¿No ha recibido mi nota? Se ha sentado.
—¿Sentado? —Dunworthy la miró fijamente,
pre¬guntándose si deliraba de fiebre.
—Todavía está muy débil, claro, pero su
tempera¬tura es normal y está despierto. Tiene que ver usted a la doctora
Ahrens en Admisiones. Dijo que era urgente.
Él miró hacia la puerta de la habitación
de Badri.
—Dígale que vendré a verlo en cuanto
pueda. —Sa¬lió corriendo por la puerta.
Casi chocó con Colin, que al parecer iba
a entrar.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó—.
¿Ha llamado alguno de los técnicos?
—Me han asignado a usted. Tía Mary dice
que no se fía de que vaya a recibir su potenciación de leucocitos-T. Se supone
que he de llevarlo a que se la pongan.
—No puedo. Hay una emergencia en
Admisiones —alegó él, andando rápidamente por el pasillo.
Colin lo alcanzó.
—Bueno, pues entonces iremos después de
la emer¬gencia. Tía Mary me advirtió que no le dejara salir del hospital sin la
potenciación.
Cuando el ascensor se abrió, Mary estaba
allí para recibirlo.
—Tenemos otro caso —anunció, sombría—.
Es Montoya. —Se dirigió a Admisiones—. La traen de Witney.
—¿Montoya? Eso es imposible. Ha estado
sola en la excavación.
Ella empujó las puertas dobles.
—Pues parece que no.
—Pero ella dijo... ¿estás segura de que
es el virus? Ha estado trabajando en medio de la lluvia. Tal vez su¬fra alguna
otra enfermedad.
Mary sacudió la cabeza.
—El equipo de la ambulancia realizó un
chequeo preliminar. Encaja con el virus. —Se detuvo en el mostrador de
Admisiones y preguntó al encargado—. ¿Ha llegado ya?
Él negó con la cabeza.
—Acaban de atravesar el perímetro.
Mary se acercó a las puertas y se asomó,
como si no le creyera.
—Recibimos una llamada suya esta mañana.
Estaba muy confundida. Llamé a Chipping Norton, que es el hospital más cercano,
y les pedí que enviaran una ambu¬lancia, pero me dijeron que la excavación
estaba oficial¬mente en cuarentena. Y no pude conseguir una de las nuestras
para que fuera a buscarla. Al final tuve que convencer al ministerio de que
enviaran una dispensa para mandar una ambulancia. —Se asomó de nuevo a las
puertas—. ¿Cuándo se marchó a la excavación?
—Yo... —Dunworthy intentó recordar.
Montoya le había telefoneado para preguntarle por los guías de pesca escoceses
el día de Navidad y luego aquella mis¬ma tarde para decir «No importa», porque
había deci¬dido falsificar la firma de Basingame—. El día de Navi¬dad. Si las
oficinas del ministerio estaban abiertas. O el veintiséis. No, ése fue el día
del aguinaldo. El veintisie¬te. Y no ha visto a nadie desde entonces.
—¿Cómo lo sabes?
—Cuando hablé con Montoya, se quejó de
que no podría secar la excavación ella sola. Quería que yo lla¬mara al
ministerio para que le enviara ayudantes.
—¿Cuándo fue eso?
—Hace dos... no, tres días —respondió
él, frun¬ciendo el ceño. Los días se unían unos a otros cuando uno no se
acostaba.
—¿Podría haber encontrado a alguien en
la granja después de hablar contigo?
—No hay nadie allí en invierno.
—Que yo recuerde, Montoya recluta a
cualquiera que se le ponga a tiro. Tal vez alistó a alguien que esta¬ba de
paso.
—Dijo que no había nadie. La excavación
está muy aislada.
—Bueno, pues tiene que haber encontrado
a al¬guien. Lleva siete días en la excavación, y el período de incubación es
sólo de cuarenta y ocho horas.
—¡La ambulancia ya está aquí! —informó
Colin.
Mary empujó las puertas, con Dunworthy y
Colin siguiéndola. Los hombres de la ambulancia, protegidos con mascarillas,
levantaron una camilla y la colocaron sobre unas ruedas. Dunworthy reconoció a
uno de ellos. Había ayudado a entrar a Badri. Colin se inclinó sobre la
camilla, mirando interesado a Montoya, que yacía con los ojos cerrados. Su cara
tenía el mismo tono rojo que la señora Breen. Colin se inclinó más y ella le
tosió directamente en la cara.
Dunworthy agarró a Colin por el cuello
de la cha¬queta y lo apartó de ella.
—Apártate de ahí. ¿Quieres pillar el
virus? ¿Por qué no llevas puesta tu mascarilla?
—No queda ninguna.
—No deberías estar aquí. Vete
directamente a Ba-llioly...
—No puedo. Me han asignado a usted para
que me asegure de que recibe su potenciación.
—Entonces siéntate por aquí —ordenó
Dunwor¬thy, y lo arrastró a una silla en la zona de recepción—. No te acerques
a los pacientes.
—Será mucho mejor que no intente escapar
de mí —advirtió Colin, pero se sentó, sacó su chicle del bol¬sillo, y lo frotó
en la manga de la chaqueta.
Dunworthy regresó a la camilla.
—Lupe —decía Mary—, tenemos que hacerle
al¬gunas preguntas. ¿Cuándo cayó enferma?
—Esta mañana. —Montoya estaba afónica, y
Dun¬worthy advirtió de repente que debía ser la persona que le había
telefoneado—. Anoche tuve mucho dolor de cabeza... —levantó una mano sucia y se
frotó las cejas—, pero pensé que era porque estaba forzando demasiado la vista.
—¿Quién había con usted en la
excavación?
—Nadie —dijo Montoya. Parecía
sorprendida.
—¿Y los repartos? ¿No le llevó
suministros al¬guien de Witney?
Empezó a sacudir la cabeza, pero al
parecer eso le dolió, y se detuvo.
—No. Me lo llevé todo conmigo.
—¿Y no había nadie ayudándola en la
excavación?
—No, le pedí al señor Dunworthy que se
pusiera en contacto con el Ministerio para pedir ayuda, pero no lo hizo. —Mary
miró a Dunworthy, y Montoya si¬guió su mirada—. ¿Van a enviar a alguien? —le
pre¬guntó a él—. Nunca lo encontrarán si no mandan a al¬guien.
—¿Qué tienen que encontrar? —dijo él,
pregun¬tándose si debían fiarse de la respuesta de Montoya o si estaba
delirando.
—La excavación está medio sumergida
—dijo ella.
—¿Qué deben encontrar?
—El grabador de Kivrin.
Él recordó de repente a Montoya junto a
la tumba, rebuscando en la caja de huesos en forma de piedra. Huesos de muñeca.
Eran huesos de muñeca, y estaba examinando los bordes irregulares, buscando un
espo¬lón óseo que era en realidad una pieza del equipo gra¬bador. El grabador
de Kivrin.
—Aún no he excavado todas las tumbas
—dijo Montoya—, y sigue lloviendo. Tienen que enviar a al¬guien enseguida.
—¿Tumbas? —preguntó Mary, mirándolo sin
com¬prender—. ¿De qué habla?
—Ha estado excavando en el cementerio de
la igle¬sia medieval buscando el cuerpo de Kivrin —explicó él amargamente—,
buscando el grabador que le implan¬taste en la muñeca.
Mary no estaba escuchando.
—Quiero las gráficas de contacto —pidió
al encar¬gado. Se volvió hacia Dunworthy—. Badri estuvo en la excavación,
¿verdad?
—Sí.
—¿Cuándo?
—El dieciocho y el diecinueve.
—¿En el cementerio?
—Sí. Montoya y él abrieron la tumba de
un caba¬llero.
—Una tumba —dijo Mary, como si ésa fuera
la respuesta a una pregunta. Se inclinó hacia Montoya—. ¿De cuándo era la
tumba?
—De 1318 —contestó Montoya.
—¿Ha estado trabajando en la tumba del
caballero esta semana?
Montoya intentó asentir, pero se detuvo.
—Me mareo mucho cuando muevo la
cabeza... Tuve que trasladar el esqueleto. Entraba agua en la tumba.
—¿Qué día trabajó en la tumba?
Montoya frunció el ceño.
—No lo recuerdo. El día antes de las
campanas, creo.
—El treinta y uno —intervino Dunworthy.
Se in¬clinó hacia ella—. ¿Ha trabajado en la tumba desde en¬tonces?
Ella intentó sacudir la cabeza otra vez.
—Las gráficas de contacto están aquí
—anunció el encargado.
Mary se acercó rápidamente al mostrador
y cogió el teclado. Pulsó varias teclas, miró la pantalla, volvió a teclear.
—¿Qué pasa? —preguntó Dunworthy.
—¿Cómo está el cementerio?
—¿El cementerio? Hay barro. Ella lo ha
cubierto con toldos, pero entraba mucha lluvia.
—¿Hacía calor?
—Sí. Al menos eso dijo ella. Tenía
varios calefacto¬res eléctricos conectados. ¿Qué ocurre?
Ella pasó el dedo por la pantalla,
buscando algo.
—Los virus son organismos
extraordinariamente resistentes. Pueden permanecer latentes durante largos
períodos de tiempo y revivir. Se han encontrado virus vivos en las momias
egipcias. —Su dedo se detuvo en una fecha—. Lo que sospechaba. Badri estuvo en la
ex¬cavación cuatro días antes de contraer el virus.
Se volvió hacia el encargado.
—Quiero que un equipo vaya a la
excavación in¬mediatamente. Consiga permiso del Ministerio. Díga¬les que tal
vez hayamos encontrado la fuente del virus. —Recuperó una nueva pantalla, pasó
el dedo por los nombres, tecleó algo más y se echó hacia atrás, con¬templando
la pantalla—. Teníamos cuatro primarios sin ninguna conexión positiva con
Badri. Dos de ellos estuvieron en la excavación cuatro días antes de pillar el
virus. El otro visitó el lugar tres días antes.
—¿El virus está en la excavación?
—preguntó Dunworthy.
—Sí. —Mary sonrió tristemente—. Me temo
que, después de todo, Gilchrist tenía razón. El virus vino del pasado: de la
tumba del caballero.
—Kivrin estuvo en la excavación.
Ahora fue Mary quien le miró sin
comprender.
—¿Cuándo?
—La tarde del domingo antes del
lanzamiento. El diecinueve.
—¿Estás seguro?
—Sí, me lo dijo antes de marcharse.
Quería estro¬pearse un poco las manos para que no parecieran tan cuidadas.
—Oh, Dios mío. Si estuvo expuesta cuatro
días an¬tes del lanzamiento, no había recibido aún su potencia¬ción de
leucocitos-T. Es posible que el virus se replicara e invadiera su sistema.
Puede que lo haya pillado.
Dunworthy la agarró por el brazo.
—Pero eso es imposible. La red no la
habría dejado pasar si hubiera el menor peligro de contagiar a los
contemporáneos.
—No habría nadie a quien contagiar si el
virus sa¬lió de la tumba del caballero —objetó Mary—. No si éste murió en 1318.
Los contemporáneos ya lo habrían tenido. Serían inmunes. —Se acercó rápidamente
a Montoya—. Cuando Kivrin visitó la excavación, ¿tra¬bajó en la tumba?
—No lo sé, yo no estaba. Tuve una
reunión con Gilchrist.
—¿Quién podría saberlo? ¿Quién más
estuvo allí ese día?
—Nadie. Todo el mundo se fue a casa por
vaca¬ciones.
—¿Cómo sabía Kivrin lo que tenía que
hacer?
—Los voluntarios se dejan notas unos a
otros cuando se marchan.
—¿Quién estuvo allí esa mañana?
—-intervino Mary.
—Badri —respondió Dunworthy, y se
dirigió a Aislamiento.
Entró directamente en la habitación de
Badri. Pilló desprevenida a la enfermera, que tenía los pies sobre las
pantallas.
—No puede entrar sin RPE —advirtió.
Le siguió, pero Dunworthy ya estaba
dentro.
Badri yacía reclinado en una almohada.
Parecía dé¬bil y muy pálido, como si la enfermedad le hubiera quitado todo el
color de la piel, pero levantó la cabeza cuando entró Dunworthy y empezó a
hablar.
—¿Trabajó Kivrin en la tumba del
caballero? —le preguntó Dunworthy.
—¿ Kivrin ? —Su voz era tan débil que
apenas se oía.
La enfermera llamó a la puerta.
—Señor Dunworthy, no puede entrar
aquí...
—El lunes —insistió Dunworthy—. Fuiste a
de¬jarle un mensaje donde le especificabas qué debía ha¬cer. ¿Le pediste que
trabajara en la tumba?
—Señor Dunworthy, se está usted
exponiendo al virus...
Mary entró, poniéndose un par de
guantes.
—No puedes estar aquí sin RPE, James.
—Se lo he dicho, doctora Ahrens, pero no
me hizo caso y...
—¿Le dejaste a Kivrin un mensaje en la
excavación para que trabajara en la tumba? —insistió Dunworthy.
Badri asintió débilmente.
—Estuvo expuesta al virus —dijo
Dunworthy a Mary—. El domingo. Cuatro días antes de partir.
—Oh, no —susurró Mary.
—¿Qué ocurre? ¿Qué ha pasado? —preguntó
Ba¬dri, e intentó incorporarse en la cama—. ¿Dónde está Kivrin? —Miró de
Dunworthy a Mary—. La sacaron, ¿verdad? Advirtieron lo sucedido y la
rescataron, ¿no?
—Lo sucedido... —repitió Mary—. ¿A qué
se re¬fiere?
—Tienen que sacarla de allí —dijo
Badri—. No está en 1320, sino en 1348.
25
—Eso es imposible —jadeó Dunworthy.
—-¿1348? —preguntó Mary, incrédula—.
Pero qué dices. Ése es el año de la Peste Negra.
No puede estar en 1348, pensó Dunworthy.
An¬drews aseguró que el deslizamiento máximo era sólo de cinco años, y Badri
confirmó las coordenadas de Puhalski.
—¿1348? —repitió Mary. Dunworthy la vio
mirar las pantallas tras Badri, como si esperara que estuviese delirando—.
¿Está seguro?
Badri asintió.
—Supe que algo fallaba en cuanto vi el
desliza¬miento... —Parecía tan asombrado como Mary.
—No pudo producirse un deslizamiento tan
im¬portante como para que esté en 1348 —intervino Dun¬worthy—. Le pedí a
Andrews que comprobara los parámetros. Dijo que el deslizamiento máximo era
só¬lo de cinco años.
Badri sacudió la cabeza.
—No fue el deslizamiento. Eso fue sólo
de cuatro horas. Era demasiado pequeño. El deslizamiento míni¬mo de un
lanzamiento tan lejano al pasado tendría que haber sido al menos de cuarenta y
ocho horas.
El deslizamiento no había sido demasiado
grande, sino demasiado pequeño. No le pregunté a Andrews cuál era el
deslizamiento mínimo, sólo el máximo.
—No sé qué sucedió —prosiguió Badri—. Me
do¬lía muchísimo la cabeza. Todo el tiempo que estuve atendiendo la red, me
dolió la cabeza.
—Era el virus —asintió Mary. Parecía
aturdida—. Los primeros síntomas son dolor de cabeza y des¬orientación. —Se
hundió en la silla que había junto a la cama—. 1348.
1348. Dunworthy no podía creerlo. Le
había pre¬ocupado que Kivrin contrajera el virus, que se hubiera producido
demasiado deslizamiento, y desde el princi¬pio la pobre había estado en 1348.
La plaga alcanzó Oxford en 1348. En Navidad.
—En cuanto vi lo pequeño que era el
deslizamien¬to, comprendí que algo fallaba —murmuró Badri—, así que calculé las
coordenadas...
—Dijiste que habías comprobado las
coordenadas de Puhalski —le acusó Dunworthy.
—Era sólo un estudiante de primer curso.
Nunca había hecho ni siquiera un remoto. Y Gilchrist no tenía la menor idea de
lo que tenía entre manos. Intenté de¬círselo. ¿No estuvo Kivrin en el
encuentro? —Miró a Dunworthy—. ¿Por qué no la sacaron de allí?
—No lo sabíamos —dijo Mary, todavía
aturdi¬da—. Usted no logró decirnos nada. Deliraba.
—La plaga mató a cincuenta millones de
personas —sentenció Dunworthy—. Mató a media Europa.
—James —dijo Mary.
—Intenté decírselo. Por eso fui a verlo
—prosiguió Badri—. Para que pudiéramos recuperarla antes de que abandonara el
lugar de encuentro.
Había intentado decírselo. Había corrido
hasta el pub en mitad de la lluvia y sin abrigo para decírselo, abriéndose paso
entre los transeúntes de Navidad y sus bolsas de compras y paraguas como si no
estuvieran allí, y llegó mojado y medio
congelado, castañeando los dientes de fiebre. Algo falla.
Intenté decírselo. «Mató a media
Europa», había di¬cho, y «Fueron las ratas», y «¿Qué año es?». Había in¬tentado
advertirlo.
—Si no fue el deslizamiento, tuvo que
tratarse de un error en las coordenadas —dijo Dunworthy, aga¬rrado a los pies
de la cama.
Badri se hundió contra las almohadas
como un ani¬mal acorralado.
—Dijiste que las coordenadas de Pulhaski
eran co¬rrectas.
—James —advirtió Mary.
—Las coordenadas son lo único que podría
fallar —gritó él—. Todo lo demás habría abortado el lanza¬miento. Dijiste que
las habías comprobado dos veces. Dijiste que no habías encontrado ningún error.
—No pude —suspiró Badri—. Pero tampoco
me fiaba. Temía que el estudiante hubiera cometido un error en los cálculos
sidéreos que hubiera pasado inad¬vertido. —Su cara se puso gris—. Las volví a
calcular la mañana del lanzamiento.
La mañana del lanzamiento. Cuando tenía
aquel terrible dolor de cabeza. Cuando ya estaba febril y des¬orientado.
Dunworthy lo recordó tecleando en la con¬sola, frunciendo el ceño ante las
pantallas. Le vi hacer¬lo, pensó. Me quedé allí plantado y vi cómo enviaba a
Kivrin a la Peste Negra.
—No sé qué sucedió —añadió Badri—. Debo
de haber...
—La peste arrasó pueblos enteros —dijo
Dunwor¬thy—. Murió tanta gente que no quedó nadie para en¬terrarlos.
—Déjalo en paz, James. No es culpa suya.
Estaba enfermo.
—Enfermo. Kivrin quedó expuesta a tu
virus. Está en 1348.
—James —le regañó Mary.
Él no quería oírlo. Abrió la puerta y
salió.
Colin hacía equilibrios en una silla del
pasillo, echado hacia atrás de forma que las dos patas delante¬ras quedaban al
aire.
—Ya está usted aquí.
Dunworthy pasó rápidamente de largo.
—¿Adonde va? —exclamó Colin, y lanzó la
silla hacia delante con gran estrépito—. Tía Mary me orde¬nó que no le dejara
marchar hasta que recibiera la po¬tenciación. —Se dejó caer de lado, se apoyó
en las ma¬nos, y se incorporó—. ¿Por qué no lleva la RPE?
Dunworthy atravesó las puertas del
pabellón.
Colin le siguió.
—Tía Mary dijo que no le dejara marchar
de nin¬guna manera.
—No tengo tiempo para potenciaciones.
Ella está en 1348.
—¿Tía Mary?
Dunworthy empezó a recorrer el pasillo.
—¿Kivrin? —preguntó Colin, corriendo
para al¬canzarlo—. No puede ser. Es la fecha de la Peste Ne¬gra, ¿no?
Dunworthy empujó la puerta que conducía
a las escaleras y empezó a bajar los escalones de dos en dos.
—No comprendo —continuó Colin—. ¿Cómo ha
ido a parar a 1348 ?
Dunworthy empujó la puerta al pie de las
escaleras y se dirigió al teléfono público que había al fondo del pasillo,
rebuscando en su bolsillo la agenda que Colin le había regalado.
—¿Cómo la sacará de allí? —preguntó
Colin—. El laboratorio está cerrado.
Dunworthy sacó la agenda y empezó a
pasar pá¬ginas.
Había escrito el número de Andrews por
detrás.
—El señor Gilchrist no le dejará pasar.
¿Cómo piensa entrar en el laboratorio ? Dijo que no se lo permi¬tiría.
El número de Andrews estaba en la última
página. Cogió el receptor.
—Y si le deja, ¿quién dirigirá la red?
¿El señor Chaudhuri?
—Andrews —replicó Dunworthy secamente, y
empezó a marcar el numero.
—Creía que no quería venir por lo del
virus.
Dunworthy se llevó el receptor al oído.
—No pienso dejarla allí.
Una mujer contestó.
—Aquí el 24837 —dijo—. H. F. Shepherd's
Li¬mited.
Dunworthy miró aturdido la agenda en su
mano.
—Quisiera hablar con Ronald Andrews
—dijo—. ¿A qué número he llamado?
—Al 24837 —respondió ella, impaciente—.
Aquí no hay nadie con ese nombre.
Colgó.
—Estúpido servicio telefónico.
Volvió a marcar el número.
—Aunque acceda a venir, ¿cómo va a
encontrarla? —preguntó Colin, mirando el receptor por encima de su hombro—. No
estará allí, ¿verdad? El encuentro no será hasta dentro de tres días.
Dunworthy escuchó la señal de llamada,
pregun¬tándose qué habría hecho Kivrin al advertir dónde es¬taba. Volver al
lugar de encuentro y esperar allí, sin duda. Si podía hacerlo. Si no estaba
enferma. Si no la habían acusado de llevar la peste a Skendgate.
—Aquí el 24837 —respondió la misma voz
de mu¬jer—. H. F. Shepherd's Limited.
—¿Qué número ha dicho? —gritó Dunworthy.
—El 24837 —dijo ella, exasperada.
—24837 —repitió Dunworthy—. Es el número
al que intento llamar.
—No, se equivoca —dijo Colin,
extendiendo la mano para señalar el número de Andrews en la página—. Ha
confundido usted los números. —Le quitó el receptor—. Traiga, déjeme
intentarlo.
Marcó el número y le tendió el receptor
a Dunworthy.
El timbre sonaba distinto, más lejano.
Dunworthy pensó en Kivrin. La peste no había golpeado en todas partes a la vez.
Estaba en Oxford en Navidad, pero no había forma de saber si había alcanzado
Skendgate.
No obtuvo respuesta. Dejó sonar el
teléfono diez veces, once. No recordaba qué camino había seguido la peste.
Procedía de Francia. Seguramente eso significa¬ba que venía del Canal, del
este. Y Skendgate estaba al oeste de Oxford. Tal vez no hubiera llegado allí
hasta después de Navidad.
—¿Dónde está el libro? —le preguntó a
Colin.
—¿ Qué libro ? ¿ Se refiere a su agenda?
Aquí la tiene.
—El libro que te regalé por Navidad.
¿Por qué no lo tienes?
—¿Aquí? —dijo Colin, asombrado—. Pesa
una to¬nelada.
Seguía sin haber respuesta. Dunworthy
colgó, re¬cogió la agenda y se dirigió a la puerta.
—Espero que lo tengas contigo en todo
momento. ¿No sabes que hay una epidemia?
—¿Se encuentra bien, señor Dunworthy?
—Ve y tráelo.
—¿Qué? ¿Quiere decir ahora?
—Vuelve a Balliol y tráelo. Quiero saber
cuándo llegó la peste a Oxfordshire. No a la ciudad, sino a las aldeas. Y de
qué dirección vino.
—¿Adonde va usted? —preguntó Colin, que
co¬rría a su lado.
—A hacer que Gilchrist abra el
laboratorio.
—Si no lo abre por la gripe, mucho menos
lo abrirá para la peste —observó Colin.
Dunworthy abrió la puerta y salió.
Llovía intensa¬mente. Los manifestantes contra la CE estaban acurru¬cados bajo
el alero del hospital. Uno se dirigió hacia ellos, tendiéndoles un panfleto.
Colin tenía razón. De-cirle a Gilchrist la fuente no serviría de nada. Seguiría
convencido de que el virus había llegado a través de la red. No querría abrirla
por miedo a que la peste la atra¬vesara.
—Dame una hoja de papel —pidió al tiempo
que buscaba su bolígrafo.
—¿Una hoja de papel? ¿Para qué?
Dunworthy cogió el panfleto del
manifestante y empezó a escribir por detrás.
—El señor Basingame va a autorizar la
apertura de la red.
Colin miró lo que escribía.
—Nunca se lo creerá, señor Dunworthy.
¿En la parte de atrás de un panfleto?
—¡Entonces tráeme una hoja de papel!
—gritó.
Colin abrió mucho los ojos.
—Lo haré. Espere aquí, ¿de acuerdo? No
se mar¬che, por favor.
Corrió al interior del hospital y salió
inmediata¬mente con varias hojas de papel continuo. Dunworthy las cogió y
garabateó las órdenes y el nombre de Basin¬game.
—Ve a buscar tu libro. Me reuniré
contigo en Bra-senose.
—¿Y su abrigo?
—No hay tiempo. —Dobló el papel en
cuatro y se lo guardó en la chaqueta.
—Está lloviendo. ¿No debería coger un
taxi?
—No hay taxis. —Dunworthy se marchó
calle abajo.
—Tía Mary va a matarme, ¿sabe? —gritó
Colin tras él—. Dijo que era mi responsabilidad encargarme de que recibiera su
potenciación.
Tendría que haber cogido un taxi. Cuando
llegó a Brasenose caía un chaparrón, un aguacero helado que se convertiría en
nieve al cabo de otra hora. Dunworthy se sentía calado hasta los huesos.
Al menos la lluvia había repelido a los
manifestan¬tes. Delante de Brasenose sólo quedaban unos cuantos panfletos que
habían dejado olvidados. Habían coloca¬do una reja de metal delante de la
entrada. El portero se había retirado al interior de su casa, y los postigos
esta¬ban bajados.
—¡Abra! —gritó Dunworthy. Sacudió la
puerta ruidosamente—. ¡Abra inmediatamente!
El portero abrió el postigo y se asomó.
Al ver que era Dunworthy, pareció primero alarmado y luego be¬ligerante.
—Brasenose está en cuarentena. Está
restringido.
—Abra esta puerta ahora mismo.
—Lo siento, pero no puedo hacerlo. El
señor Gilchrist ha dado órdenes de que no se admita a nadie en Brasenose hasta
que no se haya descubierto la fuente del virus.
—Conocemos la fuente —declaró
Dunworthy—. Abra la puerta.
El portero cerró el postigo; un instante
después sa¬lió de la casa y se dirigió a la puerta.
—¿Eran los adornos de Navidad?
—preguntó—. Dijeron que estaban infectados.
—No. Abra la puerta y déjeme entrar.
—No sé si debería hacerlo, señor —dudó,
parecía incómodo—. El señor Gilchrist...
—El señor Gilchrist ya no está al cargo
—Dun¬worthy sacó el papel doblado y lo introdujo a través de la reja de metal.
El portero lo desplegó y lo leyó, de pie
bajo la lluvia.
—El señor Gilchrist ya no es decano en
funciones —dijo Dunworthy—. El señor Basingame me ha auto¬rizado a hacerme
cargo del lanzamiento. Abra la puerta.
—El señor Basingame —dijo el portero,
exami¬nando la firma ya corrida—. Iré a buscar las llaves.
Entró en la casa, llevándose el papel
consigo. Dun¬worthy se acurrucó contra la puerta, intentando man¬tenerse a
salvo de la fría lluvia, tiritando.
Le había preocupado que Kivrin durmiera
en el frío suelo, y estaba en medio de un holocausto, donde la gente moría
congelada porque no quedaba nadie en pie para cortar leña, y los animales
agonizaban en los campos porque no quedaba nadie vivo para hacerlos entrar en
los corrales. Ochenta mil muertos en Siena, trescientos mil en Roma, más de
cien mil en Florencia. Media Europa.
El portero salió por fin con un gran
llavero y se acercó a la puerta.
—Enseguida abro, señor —le dijo,
mientras rebus¬caba entre las llaves.
Sin duda Kivrin habría regresado al
punto de en¬cuentro en cuanto advirtió que estaba en 1348. Habría aguardado
allí todo el tiempo, esperando a que abrie¬ran la red, frenética porque no
habían ido a buscarla.
Si se había dado cuenta. No tendría
ningún modo de saber que estaba en 1348. Badri le había dicho que el
deslizamiento sería de varios días. Ella habría compro¬bado la fecha con los
días sagrados de Adviento y ha¬bría pensado que estaba exactamente donde se
suponía que debía estar. Nunca se le ocurriría preguntar el año. Pensaría que
estaba en 1320, y todo el tiempo la peste iría avanzando hacia ella.
La cerradura de la puerta se abrió con
un chasqui¬do, y Dunworthy la empujó para poder pasar.
—Traiga las llaves —ordenó—. Necesito
que abra el laboratorio.
—Esa llave no está aquí —objetó el
portero, y des¬apareció de nuevo en la casa.
El túnel de comunicación estaba helado y
la lluvia entraba de lado, todavía más fría. Dunworthy se acurrucó junto a la
puerta, intentando recibir algo del ca¬lor de la vivienda, y hundió las manos
en los bolsillos de su chaqueta para detener el temblor.
Le habían preocupado los asesinos y
ladrones, y desde el principio ella había estado en 1348, donde api¬laban a los
muertos en las calles, donde quemaban a ju¬díos y forasteros en la hoguera,
presas del pánico.
Le había preocupado que Gilchrist no
hubiera he¬cho comprobaciones de parámetros, tanto que había contagiado a Badri
su ansiedad, y Badri, ya febril, ha¬bía vuelto a calcular las coordenadas. Muy
preocupado.
De repente se dio cuenta de que el
portero tardaba demasiado, que debía de estar advirtiendo a Gilchrist.
Se dirigió a la puerta, y en aquel
momento el por¬tero salió, con un paraguas y haciendo comentarios acerca del
frío. Ofreció la mitad del paraguas a Dunworthy.
—Ya estoy mojado del todo —dijo
Dunworthy, y se encaminó hacia el patio.
La puerta del laboratorio tenía una
banda de plásti¬co amarillo cruzándola. Dunworthy la arrancó mien¬tras el
portero buscaba en sus bolsillos la llave de la alarma, pasándose el paraguas
de una mano a otra.
Dunworthy miró hacia las habitaciones de
Gil¬christ, que daban al laboratorio. Había luz en la sala de estar, pero no
detectó ningún movimiento.
El portero encontró la tarjeta magnética
que des¬conectaba la alarma. Luego empezó a buscar la llave de la puerta.
—Sigo sin estar convencido de que deba
abrir el laboratorio sin la autorización del señor Gilchrist —murmuró.
—¡Señor Dunworthy! —gritó Colin desde el
otro lado del patio. Los dos se volvieron. El muchacho ve¬nía corriendo, calado
hasta los huesos con el libro bajo el brazo, envuelto en su bufanda—. No...
alcanzó... zo¬nas de Oxfordshire... hasta... marzo —jadeó, deteniéndose entre
palabras para recuperar el aliento—. Lo siento. He venido... corriendo todo el
camino.
—¿Qué zonas? —preguntó Dunworthy.
Colin le tendió el libro y se dobló, con
las manos en las rodillas, inspirando ruidosamente.
—No... lo... dice.
Dunworthy deslió la bufanda y abrió el
libro por la página que Colin había señalado, pero tenía las gafas demasiado
mojadas por la lluvia para poder leer, y las páginas abiertas se empaparon
rápidamente.
—Dice que empezó en Melcombe y se
dirigió al norte, a Bath, y luego al este —informó Colin—. Llegó a Oxford por
Navidad y a Londres en octubre del año siguiente, pero partes de Oxfordshire no
la tuvieron hasta final de primavera, y unas cuantas aldeas aisladas se
salvaron hasta julio.
Dunworthy miró las páginas ilegibles,
sin verlas.
—Eso no nos dice nada.
—Lo sé —asintió Colin. Se enderezó,
todavía res¬pirando con dificultad—, pero al menos no dice que la peste se
extendiera por todo Oxfordshire en Navidad. Tal vez Kivrin está en una de esas
aldeas que no caye¬ron hasta julio.
Dunworthy secó las páginas mojadas con
la bufan¬da y cerró el libro.
—Se desplazó hacia el este desde Bath
—dijo en voz baja—. Skendgate está al sur de la carretera de Oxford a Bath.
El portero se había decidido al fin por
una llave. La insertó en la cerradura.
—Volví a llamar a Andrews, pero no
contestaron.
El portero abrió la puerta.
—¿ Cómo piensa dirigir la red sin un
técnico ? —di-jo Colin.
—¿Dirigir la red? —preguntó el portero,
con la lla¬ve todavía en la mano—. Pensé que quería obtener da¬tos del
ordenador. El señor Gilchrist no le permitirá dirigir la red sin un permiso
previo. —Cogió la autori¬zación de Basingame y la examinó.
—Yo lo autorizo —replicó Dunworthy, y
entró en el laboratorio.
El portero se le quedó mirando, con el
paraguas abierto, buscando el cierre en el mango.
Colin se agachó para pasar por debajo
del paraguas y siguió a Dunworthy.
Gilchrist debía de haber desconectado la
calefac¬ción. El laboratorio estaba tan frío como el exterior, pero las gafas
de Dunworthy, a pesar de estar mojadas, se empañaron. Se las quitó y trató de
limpiarlas con su chaqueta empapada.
—Tome —le ofreció Colin, y le tendió un
pedazo de papel—. Es papel higiénico. Lo he estado recogien¬do para el señor
Finch. De todas formas, será difícil en¬contrarla aunque aterricemos en el
lugar adecuado, y usted mismo dijo que conseguir el tiempo y lugar exac¬tos era
sumamente complicado.
—Ya tenemos el tiempo y lugar exactos
—declaró Dunworthy, quien se estaba limpiando las gafas con el papel higiénico.
Volvió a ponérselas. Todavía estaban sucias.
—Me temo que tendré que pedirle que se
marche —intervino el portero—. No puedo permitir que entre sin la autorización
del señor Gilchrist... —se interrumpió.
—Oh, vaya —murmuró Colin—. Es el señor
Gil¬christ.
—¿Qué significa esto? —barbotó
Gilchrist—. ¿Qué está haciendo aquí?
—Voy a traer a Kivrin de vuelta.
—¿Con qué permiso? Esta red es de
Brasenose, y usted ha entrado ilegalmente. —Gilchrist se volvió ha¬cia el
portero—. Le di órdenes de que el señor Dun¬worthy no entrara.
—El señor Basingame lo autorizó —alegó
el porte¬ro. Mostró el papel mojado.
Gilchrist se lo arrancó de la mano.
—¡Basingame! —Lo miró—. Ésta no es su
firma —exclamó furiosamente—. Entrada ilegal y ahora fal¬sificación, señor
Dunworthy. Voy a presentar cargos. Y cuando regrese el señor Basingame, pienso
infor-marle de su...
Dunworthy dio un paso hacia él.
—Y yo pienso informar al señor Basingame
de cómo su decano de Historia en funciones se negó a abortar un lanzamiento,
que intencionadamente puso en peligro a una historiadora, que se negó a
permitir el acceso a este laboratorio, y como resultado de eso no se pudo
determinar la localización temporal de la his¬toriadora. —Indicó la consola—.
¿Sabe qué dice este ajuste? ¿Este ajuste que durante diez días usted ha
im¬pedido leer a mi técnico por culpa de un montón de imbéciles que no
entienden de viajes en el tiempo, in¬cluido usted? ¿Sabe lo que dice? Kivrin no
está en 1320, sino en 1348, en plena Peste Negra. —Se volvió y señaló las
pantallas—. Y lleva allí dos semanas. Por cul¬pa de su estupidez. Por culpa
de... —Se interrumpió.
—No tiene derecho a hablarme de esa
forma —sostuvo Gilchrist—. Y ningún derecho a estar en este laboratorio. Le
exijo que se marche inmediatamente.
Dunworthy no respondió. Avanzó hacia la
con¬sola.
—Llame al censor—ordenó Gilchrist al
portero—. Quiero que los echen.
La pantalla no sólo estaba en blanco,
sino apagada, igual que las luces de funcionamiento de la consola. El
interruptor general estaba desconectado.
—Ha desconectado la energía —dijo
Dunworthy, y su voz sonó tan cascada como la de Badri—. Ha apa¬gado la red.
—Sí —asintió Gilchrist—, y veo que hice
bien, ya que por lo visto se cree usted con derecho a manipular¬la sin
autorización.
Dunworthy extendió una mano hacia la
pantalla apagada, a ciegas, temblando un poco.
—Ha apagado la red —repitió.
—¿Se encuentra bien, señor Dunworthy?
—dijo Colin, y dio un paso al frente.
—Pensé que podría intentar entrar y
abrir la red —prosiguió Gilchrist—, ya que no parece tener nin¬gún respeto por
la autoridad de Medieval. Corté la energía para impedir que eso pasara, y
parece que hice bien.
Dunworthy había oído hablar de gente
anonadada por las malas noticias. Cuando Badri le dijo que Kivrin estaba en
1348, no logró absorber lo que significaba, pero esta noticia pareció golpearlo
con fuerza física. No podía respirar.
—Ha desconectado la red —jadeó—. Ha
perdido el ajuste.
—¿Perder el ajuste? Tonterías. Sin duda
hay archi¬vos de seguridad y todo eso. Cuando se conecte de nuevo la energía...
—¿Significa eso que no sabemos dónde
está Ki¬vrin? —preguntó Colin.
—Sí —respondió Dunworthy, y mientras
caía pensó voy a golpear la consola como Badri, pero no fue así. Cayó casi
suavemente, como un hombre sin aliento, y se desplomó como un amante en los
brazos extendidos de Gilchrist.
—Lo sabía —oyó decir a Colin—. Esto le
ha pasa¬do por no haber recibido la potenciación. Tía Mary me va a matar.
26
—Eso es imposible —dijo Kivrin—. No
puede ser 1348.
Pero de repente todo encajaba; la muerte
del cape¬llán de Imeyne, y que no tuvieran ningún criado, el he¬cho de que
Eliwys no quisiera enviar a Gawyn a Oxford para averiguar quién era ella. «Hay
mucha enfermedad allí», había dicho lady Yvolde, y la Peste Negra golpeó Oxford
en la Navidad de 1348.
—¿Qué ha pasado? —exclamó, y su voz
escapó al control—. ¿Qué ha pasado? Se suponía que debía ir a 1320. ¡1320! ¡El
señor Dunworthy me dijo que no de¬bería venir, que en Medieval no sabía lo que
se llevaban entre manos, pero no han podido enviarme al año equivocado! —Se
detuvo—. ¡Tenéis que marcharos! ¡Es la Peste Negra!
Todos la miraron tan asombrados que
pensó que el intérprete había vuelto a hablar en inglés.
—Es la Peste Negra —repitió—. ¡El mal
azul!
—No —dijo Eliwys en voz baja.
—Lady Eliwys, debéis llevar a lady
Imeyne y al padre Roche al salón.
—No puede ser —murmuró ella, pero cogió
a lady Imeyne por el brazo y la condujo fuera. Imeyne se
abrazaba a su pócima como si fuera un
relicario. Mais-ry corrió tras ellas, con las manos sobre las orejas.
—Debéis salir también —le dijo Kivrin a
Roche—. Yo me quedaré con el clérigo.
—Poooor... —murmuró el clérigo desde la
cama, y Roche se volvió a mirarlo. El clérigo luchaba por le¬vantarse, y Roche
se acercó a él.
—¡No! —exclamó Kivrin, y le agarró por
la man¬ga—. No os acerquéis. —Se interpuso entre el sacerdo¬te y la cama—. La
enfermedad del clérigo es contagiosa —dijo, esperando que el intérprete lo
tradujera—. In-fecciosa. Se propaga por las pulgas y... —Se interrum¬pió,
intentando describir la infección por vapori¬zación—, por los humores y
exhalaciones de los afecta¬dos. Es una enfermedad letal, que mata a casi todos
lo que se acercan.
Lo miró ansiosamente, preguntándose si
había comprendido algo de lo que le había dicho, si podría comprenderlo. En el
siglo XIV no se sabía nada de los gérmenes, ni cómo se propagaban las
enfermedades. Los contemporáneos creían que la Peste Negra era un juicio de
Dios. Pensaban que se propagaba por las bru¬mas venenosas que flotaban por el
campo, por la mira¬da de un muerto, por arte de magia.
—Padre —llamó el clérigo, y Roche trató
de acer¬carse a él, pero Kivrin se lo impidió.
—No podemos dejarlo morir —objetó el
sacer¬dote.
Pero ellos sí lo han hecho, pensó
Kivrin. Huyeron y lo han dejado allí. La gente abandonaba a sus propios hijos,
y los médicos se negaban a acudir, y todos los sa¬cerdotes huían.
Se agachó y cogió una de las tiras de
tela que lady Imeyne había rasgado para su pócima.
—Cubrios la nariz y la boca con esto
—dijo.
Se la tendió y él la miró, frunciendo el
ceño, y lue¬go la dobló y se la llevó a la cara.
—Atadla —indicó Kivrin, y cogió otra
tira. La do¬bló en diagonal y se la colocó sobre la nariz y la boca como si
fuera la máscara de un bandido, y se la ató por detrás—. Así.
Roche obedeció y miró a Kivrin. Ella se
hizo a un lado y el sacerdote se inclinó sobre el clérigo y le colo¬có la mano
sobre el pecho.
—No le toquéis más de lo necesario
—advirtió ella.
Contuvo la respiración mientras Roche lo
exami¬naba, temiendo que se sobresaltara de nuevo y agarrara a Roche, pero el
enfermo no se movió. De las bubas de la axila había empezado a manar sangre y
un lento pus verdoso.
Kivrin cogió a Roche por el brazo.
—No le toquéis —dijo—. Debe de haberse
reven¬tado mientras luchábamos con él.
Secó la sangre y el pus con una tercera
tira de tela de Imeyne y vendó la herida con otra, sujetándola con fuerza al
hombro. El clérigo no se quejó, y cuando ella le miró vio que estaba
contemplando el techo, inmóvil.
—¿Está muerto? —preguntó.
—No —dijo Roche. Le colocó de nuevo la
mano sobre el pecho, y Kivrin comprobó que se alzaba y caía lentamente—. Debo
traer los sacramentos —dijo a tra¬vés de la máscara, y sus palabras resultaron
casi tan confusas como las del clérigo.
No, pensó Kivrin, presa de pánico otra
vez. No va¬yas. ¿Y si se muere? ¿Y si vuelve a levantarse?
Roche se incorporó.
—No temáis. Volveré.
Salió rápidamente, sin cerrar la puerta,
y Kivrin se acercó a cerrarla. Oyó sonidos procedentes de abajo: las voces de
Eliwys y Roche. Tendría que haberle di¬cho que no hablara con nadie.
—Quiero ir con Kivrin —lloriqueó Agnes y
Rose-mund le contestó con furia, gritando por encima del llanto.
—Se lo diré a Kivrin —la amenazó la niña
pequeña, furiosa, y Kivrin empujó la puerta y la cerró por dentro.
Agnes no debe entrar aquí, ni Rosemund,
ni nadie. No deben quedar expuestos. No había cura para la Peste Negra. La
única manera de protegerlos era impe¬dir que la contrajeran. Intentó recordar
frenéticamente lo que sabía acerca de la peste. La había estudiado en Siglo
Catorce, y la doctora Ahrens habló sobre el tema cuando la vacunó.
Había dos tipos distintos, no, tres: uno
iba directa¬mente a la sangre y mataba a la víctima en cuestión de horas. La
peste bubónica se propagaba por las pulgas de las ratas, y ésa era la que
producía las bubas. El otro tipo era neumónica, y no tenía bubas. La víctima
tosía y vomitaba sangre, y ese tipo se propagaba por el aire y era sumamente
contagiosa. Pero el clérigo tenía la peste bubónica, y ésa no era tan
contagiosa. No se contagia¬ría por simple contacto: la pulga tenía que saltar
de una persona a otra.
Tuvo una vivida imagen del clérigo
cayendo sobre Rosemund, arrastrándola al suelo. ¿Y si cae enferma?, pensó. No
puede, no puede contraerla. No hay cura.
El clérigo se agitó en la cama, y Kivrin
se acercó a él.
—Tengo sed —dijo, humedeciéndose los
labios con la lengua hinchada. Kivrin le trajo un cuenco de agua, y él dio unos
cuantos sorbos ansiosos, luego se atragantó y se la escupió encima.
Kivrin retrocedió y se arrancó la
máscara empapa¬da. Es la bubónica, se dijo, frotándose frenéticamente el pecho.
Este tipo no se contagia por la saliva. Ade¬más, no puedes contraer la peste,
te han vacunado. Pero también había recibido las antivirales y su poten¬ciación
de leucocitos-T. Tampoco tendría que haber contraído el virus ni haber
aterrizado en 1348.
—¿Qué ha pasado? —susurró.
No podía ser el deslizamiento. Al señor
Dunworthy le preocupó que no hicieran comprobaciones, pero incluso en el peor
de los casos, el lanzamiento sólo se habría desviado unas semanas, no años.
Algo tenía que haber fallado en la red.
El señor Dunworthy dijo que Gilchrist no
sabía qué estaba haciendo: algo había salido mal y ella había aparecido en
1348, ¿pero por qué no habían abortado el lanzamiento en cuanto advirtieron que
la fecha esta¬ba equivocada?
Él señor Gilchrist tal vez no tuviera el
sentido co¬mún necesario para sacarla de allí, pero Dunworthy sí. Ni siquiera
quería que hiciera el salto. ¿Por qué no ha¬bía vuelto a abrir la red?
Porque yo no estaba allí, pensó. Habrían
tardado al menos dos horas en conseguir el ajuste. Para enton¬ces ya se había
perdido en el bosque. Pero Dunworthy habría mantenido la red abierta. No la
habría vuelto a cerrar y esperado al encuentro. La habría mantenido abierta
para ella.
Casi corrió a la puerta y levantó la
barra. Tenía que encontrar a Gawyn. Tenía que obligarlo a decirle dón¬de estaba
el lugar.
El clérigo se incorporó y pasó la pierna
desnuda por encima de la cama como si quisiera seguirla.
—Ayudadme —murmuró, y trató de mover la
otra pierna.
—No puedo ayudaros —contestó ella,
furiosa—. No pertenezco a este lugar. —Sacó la barra de sus hue¬cos—. Debo
encontrar a Gawyn.
Pero en cuanto lo dijo, recordó que no
estaba allí, que había ido a Courcy con el enviado del obispo y sir Bloet.
Con el enviado del obispo, que tenía
tanta prisa que por poco se lleva a Agnes por delante.
Soltó la barra y se volvió hacia él.
—¿Tenían los otros la peste? —inquirió—.
¿La te¬nía el enviado del obispo?
Recordó su cara gris y cómo tiritaba
cuando se arrebujó en su capa. Los contagiaría a todos: a Bloet y su regañona
hermana y las muchachas charlatanas. Y también a Gawyn.
—Sabíais que estabais enfermo cuando
llegasteis, ¿verdad? ¿Lo sabíais?
El clérigo le tendió los brazos, como un
niño.
—Ayudadme —pidió, y cayó hacia atrás,
con la ca¬beza y el hombro casi fuera de la cama.
—No merecéis ninguna ayuda. Habéis
traído la peste aquí.
Llamaron a la puerta.
—¿Quién es? —preguntó, airada.
—Roche —contestó él a través de la
puerta, y Kivrin sintió una oleada de
alivio, de alegría por su regre¬so, pero no se movió. Miró al clérigo, todavía
tendido a medias en la cama. Tenía la boca abierta, y su lengua hinchada le
ocupaba toda la boca.
—Dejadme entrar. He de oír su confesión.
Su confesión.
—No —dijo Kivrin.
Él volvió a llamar, esta vez con más
fuerza.
—No puedo dejaros entrar. Es contagioso.
Po¬dríais caer enfermo.
—Está en peligro de muerte —insistió
Roche—. Debe ser perdonado para poder entrar en el cielo.
No va a ir al cielo, pensó Kivrin. Ha
traído la peste.
El clérigo abrió los ojos. Los tenía
inflamados e in¬yectados en sangre, y había un leve rumor en su respi¬ración.
Se está muriendo, pensó ella.
—Katherine —rogó Roche.
Se está muriendo, y tan lejos de casa.
Como yo. También había traído una enfermedad consigo, y si na¬die había
sucumbido a ella, no era porque ella se hubie¬ra esforzado en evitarlo. Todos
la habían ayudado: Eliwys, Imeyne y Roche. Podría haberlos contagiado a todos.
Roche le había administrado los últimos sacra¬mentos, le había sostenido la
mano.
Kivrin levantó amablemente la cabeza del
clérigo y lo acomodó en la cama. Luego se dirigió a la puerta.
—Os dejaré administrarle los últimos
sacramentos —dijo, abriéndola una rendija—, pero primero he de hablaros.
Roche se había puesto sus vestiduras y
se había quitado la máscara. Llevaba el santo óleo y el viático en una cesta.
Los depositó en el cofre al pie de la cama, sin dejar de observar al clérigo,
cuya respiración se volvía cada vez más dificultosa.
—He de oír su confesión.
—¡No! Primero debéis escucharme. —Kivrin
res¬piró hondo—. El clérigo tiene la peste bubónica —di¬jo, escuchando
atentamente la traducción—. Es una enfermedad terrible. Casi todos los que la
contraen mueren. Se propaga por las ratas y el aliento de los en¬fermos, y sus
ropas y pertenencias.
Le miró con ansiedad, deseando que
comprendie¬ra. Él también parecía ansioso, y no menos asombrado.
—Es una enfermedad terrible. No es como
el tifus o el cólera. Ya ha matado a centenares de miles de per¬sonas en Italia
y Francia, a tantas que en algunos sitios no queda nadie para enterrar a los
muertos.
El sacerdote permaneció inexpresivo.
—Habéis recordado quién sois y de dónde
venís —dijo, y no era una pregunta.
Cree que huía de la peste cuando Gawyn
me encon¬tró en el bosque, pensó ella. Si lo admito, pensará que he sido yo
quien la ha traído. Pero no había nada acusador en su mirada, y tenía que
hacerle comprender.
—Sí—dijo, y esperó.
—¿Qué debemos hacer?
—Tenéis que impedir que los demás entren
en esta habitación, y decidles que se queden en la casa y que no dejen entrar a
nadie. Advertid a los aldeanos que se queden también en sus casas, y si ven una
rata muerta que no se acerquen a ella. No se celebrarán más fiestas ni bailes
en el prado. Los aldeanos no deben acercarse a la mansión, al patio ni a la
iglesia. No deben reunirse en ninguna parte.
—Le pediré a lady Eliwys que mantenga a
Agnes y Rosemund en casa, y les diré a los aldeanos que no salgan.
El clérigo emitió un sonido estrangulado
desde la cama, y los dos se volvieron a mirarlo.
—¿No podemos hacer nada para ayudar a
los que ya tienen esta peste? —preguntó él, pronunciando tor¬pemente la
palabra.
Kivrin había intentado recordar qué
remedios usa¬ban los contemporáneos. Llevaban ramilletes de flores y bebían
esmeraldas en polvo y aplicaban sanguijuelas a las bubas, pero nada de eso
servía, y la doctora Ahrens había dicho que no importaba con qué lo hubieran
in-tentado, porque sólo los antimicrobiales como la tetra-ciclina o la
estreptomicina habrían funcionado, y eso no se descubrió hasta el siglo XX.
—Debemos darle líquido y mantenerlo
caliente —dijo.
Roche miró al clérigo.
—Seguramente Dios le ayudará.
No lo hará, pensó ella. No lo hizo.
Media Europa.
—Dios no puede ayudarnos contra la Peste
Negra.
Roche asintió y cogió el santo óleo.
—Debéis poneros la máscara —señaló
Kivrin, y se arrodilló para recoger el último trozo de tela. Se lo co¬locó a
Roche sobre la nariz y la boca—. Llevadlo siem¬pre cuando lo atendáis —dijo,
esperando que Roche no advirtiera que ella no llevaba la suya.
—¿Es Dios quien nos ha enviado esto?
—preguntó Roche.
—No. No.
—¿El Diablo entonces?
Era tentador decir que sí. La mayor
parte de Euro¬pa creyó que el responsable de la Peste Negra era Satan. Y
buscaron a los agentes del Diablo, torturaron a judíos y leprosos, lapidaron a
ancianas, quemaron a ni–as en la hoguera.
—Nadie lo ha enviado —respondió Kivrin—.
Es una enfermedad. No es culpa de nadie. Dios nos ayudaría si pudiera, pero...
¿Pero qué? ¿No puede oírnos? ¿Se ha
marchado? ¿No existe?
—No puede venir —terminó Kivrin
mansamente.
—¿Y nosotros debemos actuar en Su
nombre? —di¬jo Roche.
—Sí.
Roche se arrodilló ante la cama. Inclinó
la cabeza sobre las manos y luego volvió a alzarla.
—Sabía que Dios os había enviado entre
nosotros por una buena causa.
Ella también se arrodilló y cruzó las
manos.
—Mittere dignens sanctum Angelum —rezó
Ro¬che—. Envíanos a Tu santo ángel del cielo para guardar¬nos y proteger a
todos los que se reúnen en esta casa.
—No dejes que Roche la contraiga
—murmuró Kivrin al grabador—. No dejes que Rosemund se pon¬ga enferma. Que el
clérigo muera antes de que alcance Sus pulmones.
La voz de Roche entonando los ritos era
igual que cuando ella estuvo enferma, y esperó que reconfortara al clérigo como
la había consolado a ella. No podía de¬cirlo. El enfermo era incapaz de
confesarse, y la unción pareció hacerle daño. Dio un respingo cuando el aceite
le tocó las palmas y su respiración pareció hacerse más fuerte mientras Roche
rezaba. El clérigo levantó la ca¬beza y lo miró. Sus brazos mostraban las
diminutas magulladuras purpúreas que indicaban que las venas bajo la piel se
estaban rompiendo, una por una.
Roche se volvió y miró a Kivrin.
—¿Son estos los últimos días, el fin del
mundo que los apóstoles de Dios predijeron?
Sí, pensó Kivrin.
—No —dijo—. No. Son sólo malos tiempos.
Tiem¬pos terribles, pero no todo el mundo morirá. Y vendrán tiempos
maravillosos después de esto. El Renacimiento y la reforma de clases y la
música. Tiempos maravillo¬sos. Se inventarán nuevas medicinas, y la gente no
ten¬drá que morir de esto ni de viruela o neumonía. Y todo el mundo tendrá
comida suficiente, y sus casas serán cá¬lidas incluso en invierno. —Pensó en
Oxford, decorado para la Navidad, las calles y tiendas iluminadas—. Ha¬brá
luces por todas partes, y campanas que no habrá que tocar.
Sus palabras habían calmado al clérigo.
Su respira¬ción se tranquilizó, y se quedó dormido.
—Ahora debéis apartaros de él —ordenó
Kivrin, y condujo a Roche a la ventana. Le acercó el cuenco—. Lavaos las manos
siempre después de tocarlo.
Apenas había agua en el cuenco.
—Debemos lavar los cuencos y cucharas
que use¬mos para darle de comer —prosiguió mientras él se la¬vaba las manazas—,
y debemos quemar las ropas y vendas. La peste está en ellas.
Roche se secó las manos en la falda de
su sotana y bajó para decirle a Eliwys lo que tenía que hacer. Vol¬vió con una
pieza de lino y un cuenco de agua fresca. Kivrin rasgó el lino en tiras y se
ató una sobre la nariz y la boca.
El cuenco de agua no duró mucho. El
clérigo des¬pertó de su sueño y pidió de beber varias veces. Kivrin le sostuvo
la copa, intentando mantener a Roche apar¬tado de él cuanto fuera posible.
Roche fue a decir vísperas y a tocar la
campana. Ki¬vrin cerró la puerta tras él y prestó atención a los soni¬dos de
abajo, pero no oyó nada. Tal vez están dormi¬das, pensó, o enfermas. Pensó en
Imeyne inclinada sobre el clérigo con su pócima, en Agnes de pie ante la cama,
en Rosemund bajo él.
Es demasiado tarde, pensó, caminando
arriba y abajo junto a la cama, todos han quedado expuestos. ¿De cuánto era el
período de incubación? ¿Dos sema¬nas? Eso era el tiempo que tardaba la vacuna
en hacer efecto. ¿Tres días? ¿Dos? No lo recordaba. ¿Y cuánto tiempo había sido
contagioso el clérigo? Trató de re¬cordar junto a quién se había sentado en el
banquete de Navidad, con quién había hablado, pero Kivrin no le había prestado
atención. Observaba a Gawyn. El único recuerdo claro que tenía era de que había
agarrado la falda de Maisry.
Fue a la puerta y la abrió.
—¡Maisry! —llamó.
No obtuvo respuesta, pero eso no
significaba nada. Maisry probablemente estaba dormida o escondida, y el clérigo
tenía la peste bubónica, que se propagaba por las pulgas, no la neumónica. Era
posible que no hubie¬ra contagiado a nadie, pero en cuanto Roche regresó, lo
dejó con el clérigo y llevó el brasero abajo para coger carbones calientes. Y
para asegurarse de que todas se¬guían sanas.
Rosemund y Eliwys estaban sentadas junto
al fue¬go, con el bordado en el regazo, y lady Imeyne estaba junto a ellas,
leyendo el Libro de las Horas. Agnes ju¬gaba con su carrito, empujándolo de un
lado a otro so¬bre las losas de piedra y hablándole. Maisry dormía en uno de
los bancos cerca de la mesa, con la cara enfurru¬ñada incluso en sueños.
Agnes atropello el pie de Imeyne con el
carrito y la anciana la miró de mal talante.
—Te quitaré el juguete si no sabes jugar
tranquila, Agnes —la regañó, y lo brusco de su reprimenda, la sonrisita
rápidamente reprimida de Rosemund, el sano tono sonrosado de sus caras a la luz
del fuego resulta¬ron inefablemente tranquilizadores para Kivrin. Era como
cualquier otro día en la mansión.
Eliwys no cosía. Cortaba el lino en
largas tiras con las tijeras y miraba constantemente hacia la puerta. La voz de
Imeyne, al leer el Libro de las Horas, tenía un tono de preocupación, y
Rosemund, mientras rasgaba el lino, miraba ansiosamente a su madre. Eliwys se
le¬vantó y se dirigió a la puerta. Kivrin se preguntó si ha¬bía oído llegar a
alguien, pero un momento después volvió a su asiento y continuó su tarea con el
lino.
Kivrin bajó las escaleras en silencio,
pero no lo su¬ficiente. Agnes abandonó su carrito y se le acercó co¬rriendo.
—¡Kivrin! —gritó, y se abalanzó hacia
ella.
—¡Cuidado! —advirtió Kivrin,
manteniéndola a raya con la mano libre—. Son carbones calientes.
No estaban calientes, por supuesto. Si
lo hubiesen estado, no habría bajado para cambiarlos por otros, pero Agnes
retrocedió unos cuantos pasos.
—¿Por qué lleváis una máscara? ¿Me
contaréis una historia?
Eliwys se había levantado también, e
incluso Ime¬yne se volvió a mirarla.
—¿Cómo está el clérigo del obispo?
—preguntó Eliwys.
En pleno tormento, quiso decir.
—La fiebre le ha bajado un poco
—respondió en cambio—. Todas debéis manteneros apartadas de mí. La infección
podría estar en mi ropa.
Las mujeres se levantaron, incluso
Imeyne, que ce¬rró el Libro de las Horas sobre su relicario, y se aparta¬ron
del hogar para observarla.
El tronco de Navidad estaba todavía en
el fuego. Kivrin usó su falda para quitar la tapa del brasero y arrojó los
carbones grises al borde del hogar. Se levan¬tó ceniza, y uno de los carbones
golpeó el tronco, re¬botó y rodó por el suelo.
Agnes se echó a reír, y todas observaron
cómo ro¬daba el carbón por el suelo hasta quedar bajo un banco, excepto Eliwys,
que se había vuelto hacia la puerta.
—¿Ha regresado Gawyn con los caballos?
—pre¬guntó Kivrin, y entonces se arrepintió de haberlo he¬cho. Ya sabía la
respuesta por la expresión forzada de Eliwys, y la pregunta hizo que Imeyne se
volviera a mirarla fríamente.
—No —contestó Eliwys sin volver la
cabeza—. ¿Creéis que los otros miembros de la partida del obis¬po estaban
también enfermos?
Kivrin pensó en la tez grisácea del
obispo, en la ex¬presión abotargada del fraile.
—No lo sé.
—El tiempo empeora —observó Rosemund—.
Tal vez Gawyn prefirió pasar allí la noche.
Eliwys no respondió. Kivrin se arrodilló
junto al fuego y agitó los carbones con el pesado atizador, sa¬cando las ascuas
a la superficie. Intentó pasarlas al bra¬sero, usando el atizador, y luego
renunció a ello y los recogió con la tapa del brasero.
—Tú nos has traído esto —la acusó
Imeyne.
Kivrin levantó la cabeza. El corazón le
latía con fuerza, pero Imeyne no se dirigía a ella. Miraba a Eliwys.
—Son tus pecados los que nos han traído
este cas¬tigo.
Eliwys se volvió a mirar a Imeyne, y
Kivrin esperó que en su rostro asomara la sorpresa o la furia, pero no fue así.
Miraba a su suegra sin interés, como si su mente estuviera en otra parte.
—El Señor castiga a los adúlteros y a
toda su casa —manifestó Imeyne—, y ahora te castiga. —Agitó el Libro de las
Horas delante de su cara—. Es tu pecado lo que ha traído la peste.
—Fuisteis vos quien mandó llamar al
obispo —adu¬jo Eliwys fríamente—. No estabais contenta con el pa¬dre Roche.
Fuisteis vos quien los trajo aquí, y a la peste con ellos.
Dio media vuelta y se dirigió a la
puerta.
Imeyne permaneció en pie, envarada, como
si hu¬biera recibido un golpe, y regresó al banco donde esta¬ba sentada. Se
puso de rodillas y sacó el relicario de su libro y se pasó la cadena por los
dedos.
—¿Me contaréis una historia ahora? —le
preguntó Agnes a Kivrin.
Imeyne apoyó los codos en el banco y
apretó la frente contra sus manos.
—Contadme una historia de la doncella
valiente.
—Mañana. Te contaré una historia mañana
—pro¬metió Kivrin, y se llevó el brasero escaleras arriba.
Al clérigo le había vuelto a subir la
fiebre. Delira¬ba, gritando los versículos de la misa de difuntos como si
fueran obscenidades. Pedía agua incesantemente, y Roche primero, y luego
Kivrin, fueron al patio para traer más.
Kivrin bajó de puntillas las escaleras,
llevando el cubo y una vela. Esperaba que Agnes no la viera, pero todas estaban
dormidas excepto lady Imeyne. Estaba de rodillas rezando, con la espalda recta
e inmisericorde. Tú nos has traído esto.
Kivrin salió al oscuro patio. Sonaban
dos campa¬nas, levemente descompasadas, y se preguntó si eran vísperas o si
anunciaban un funeral. Había un cubo medio lleno de agua junto al pozo, pero lo
vació y sacó agua fresca. Dejó el cubo junto a la puerta de la cocina y entró a
buscar algo de comer. Las gruesas telas que usaban para cubrir la comida cuando
la transportaban a la casa yacían en un extremo de la mesa. Recogió en una pan
y un trozo de carne fría y la ató por las esqui¬nas, y después recogió el resto
y lo llevó todo escaleras arriba. Comieron sentados en el suelo delante del
bra¬sero y al primer bocado Kivrin se sintió reconfortada.
El clérigo también parecía haber
mejorado. Volvió a quedarse dormido, y luego lo asaltó un sudor frío. Kivrin lo
lavó con uno de los burdos paños de cocina; él suspiró como si le sentara bien,
y acabó durmiéndose. Cuando volvió a despertar, le había bajado la fiebre.
Acercaron el cofre a la cama y colocaron una lámpara de sebo encima, y Roche y
ella se sentaron junto al en¬fermo por turnos, y descansaron en el asiento de
la ventana. Hacía demasiado frío para dormir, pero Kivrin se acurrucó contra el alféizar de piedra y
echó una cabezada, y cada vez que despertaba el clérigo parecía algo más
recuperado.
Había leído en Historia de la Medicina
que si se abrían las bubas a veces se salvaba al paciente. A él ya no le
supuraba la herida y tampoco hacía ruido al res¬pirar. Tal vez no moriría
después de todo.
Algunos historiadores pensaban que la
Peste Ne¬gra no había matado a tanta gente como indicaban los registros. El
señor Gilchrist opinaba que las estadísti¬cas habían sido muy exageradas por el
miedo y la igno¬rancia, e incluso si eran correctas, la peste no había ma¬tado
a la mitad de cada aldea. Algunos lugares sólo tuvieron uno o dos casos. En
algunas aldeas no había muerto nadie.
Habían aislado al clérigo en cuanto
comprendió qué enfermedad era, y ella había conseguido que Ro¬che no se
acercara demasiado. Habían tomado todas las precauciones posibles. Y no se
había convertido en neumónica. Tal vez con eso bastaría, y lo habían dete¬nido
a tiempo. Tenía que decirle a Roche que cerrara la aldea, que impidiera que
entrara nadie, y tal vez la pes-te pasaría de largo. Había sucedido. Aldeas
enteras ha¬bían quedado intactas, y en algunas partes de Escocia la peste no
llegó jamás.
Debió de quedarse dormida. Cuando
despertó, amanecía y Roche se había marchado. Miró hacia la cama. El clérigo
yacía completamente inmóvil, con los ojos abiertos, y ella pensó ha muerto y
Roche ha ido a cavar su tumba, pero vio que las mantas subían y baja¬ban sobre
el pecho del enfermo. Le buscó el pulso. Era tan rápido y débil que apenas lo
sintió.
La campana empezó a sonar y Kivrin
advirtió que Roche debía de haber ido a decir maitines. Se puso la máscara
sobre la nariz y se inclinó sobre la cama.
—Padre —dijo suavemente, pero él no dio
ninguna muestra de oírla. Le puso la mano en la frente. La fie¬bre había vuelto
a bajarle, pero el tacto de la piel no pa¬recía normal. Estaba seca, como de
papel, y las hemo¬rragias de las piernas y brazos se habían oscurecido y
extendido. Su lengua hinchada asomaba entre los dien¬tes, horriblemente
amoratada.
Olía fatal, un hedor nauseabundo que
ella percibía incluso a través de la máscara. Kivrin se subió al asien¬to de la
ventana y desató el lino encerado. El aire fresco olía maravillosamente, fresco
y penetrante, y se asomó al alféizar e inhaló profundamente.
No había nadie en el patio, pero
mientras se embe¬bía del aire fresco y límpido, Roche apareció en la puerta de
la cocina, con un cuenco humeante. Se diri¬gió a la puerta de la casa, y al
hacerlo, apareció lady Eliwys. Le dijo algo a Roche, y él se dirigió a la dama
y entonces se detuvo y se puso la máscara antes de res¬ponderle. Intenta
mantenerse apartado de la gente por todos los medios, pensó Kivrin. Entró en la
casa, y Eliwys se dirigió al pozo.
Kivrin ató la tela a un lado de la
ventana y buscó algo para agitar el aire. Se bajó del alféizar, cogió uno de
los trapos que había traído de la cocina y se subió de nuevo.
Eliwys estaba todavía junto al pozo,
llenando el cubo. Se detuvo, agarrada a la cuerda, y se volvió a mi¬rar hacia
el portón. Gawyn estaba entrando, llevaba a su caballo de la brida.
Se detuvo al verla; Gringolet chocó con
él y sacu¬dió la cabeza, molesto. La expresión de Gawyn era la misma de
siempre, llena de esperanza y anhelo, y Ki¬vrin sintió un arrebato de furia
porque no había cam¬biado, ni siquiera ahora. No lo sabe, pensó. Acaba de
regresar de Courcy. Sintió piedad por él, de que tuvie¬ra que enterarse, de que
Eliwys debiera decírselo.
Eliwys subió el cubo hasta el borde del
pozo y Gawyn dio un paso más hacia ella, sujetando la brida de Gringolet, y
entonces se detuvo.
Lo sabe, pensó Kivrin. Sí que lo sabe.
El enviado del obispo ha caído, y él ha vuelto a casa para advertir¬las. De
pronto se dio cuenta de que no había traído los caballos consigo. El fraile
tiene la peste, y los demás han huido.
Vio cómo Eliwys colocaba el pesado cubo
en el borde de piedra del pozo, sin moverse. Gawyn haría cualquier cosa por
ella, pensó Kivrin, cualquier cosa, la rescataría de un centenar de asesinos en
el bosque, pero no puede salvarla de esto.
Gringolet, por llegar al establo,
sacudió la cabeza. Gawyn le acarició el hocico para tranquilizarlo, pero era
demasiado tarde. Eliwys ya lo había visto.
Soltó el cubo, que aterrizó con un golpe
que inclu¬so Kivrin oyó, y se arrojó en sus brazos. Kivrin se llevó la mano a
la boca.
Llamaron a la puerta. Kivrin fue a
abrirla. Era Agnes.
—¿No me contaréis una historia ahora?
—dijo. Estaba muy desaliñada. Nadie la había peinado desde el día anterior. El
cabello le asomaba por debajo de la gorrita de lino, y era evidente que había
dormido junto al hogar. Llevaba una mancha de ceniza en una manga.
Kivrin resistió la urgencia de
limpiarla.
—No puedes entrar —advirtió, manteniendo
la puerta apenas entreabierta—. Te pondrías enferma.
—No hay nadie para jugar conmigo. Madre
ha sa¬lido y Rosemund todavía duerme.
—Tu madre sólo ha ido a buscar agua.
¿Dónde está tu abuela?
—Rezando. —Extendió la mano hacia su
falda, y Kivrin se apartó.
—No me toques —ordenó bruscamente.
Agnes hizo un puchero.
—¿Por qué estáis enfadada conmigo?
—No estoy enfadada contigo —dijo Kivrin,
con más amabilidad—. Pero no puedes entrar. El clérigo está muy enfermo, y
todos los que se acerquen a él pueden... —no había ninguna posibilidad de
explicar el contagio a Agnespreguntó Agnes, intentando aso¬marse a la puerta.
—Creo que sí.
—¿Y vos?
—No —contestó, y advirtió que ya no
estaba asus¬tada—. Rosemund despertará pronto. Pídele a ella que te cuente una
historia.
—¿Morirá el padre Roche?
—No. Ve y juega con tu carrito hasta que
despierte Rosemund.
—¿Me contaréis una historia cuando se
muera el clérigo?
—Sí. Vete abajo.
Agnes bajó tres escalones de mala gana,
agarrándo¬se a la pared.
—¿Moriremos todos? —preguntó.
—No —respondió Kivrin. No si puedo
evitarlo. Cerró la puerta y se apoyó contra ella.
El clérigo continuaba inconsciente, todo
su ser volcado hacia el interior en una batalla con un enemigo completamente
desconocido para su sistema inmuno-lógico, y contra el que no tenía defensas.
Volvieron a llamar a la puerta.
—Vete abajo, Agnes —dijo Kivrin, pero
era Ro¬che, con el cuenco de comida que había cogido en la cocina y un puñado
de ascuas. Las echó al brasero y se arrodilló para soplarlas.
Le tendió el cuenco a Kivrin. Estaba
tibio y olía fa¬tal. Se preguntó qué le había puesto para bajar la fiebre.
Roche se levantó y cogió el cuenco, y
trataron de darle de comer al clérigo, pero el guiso le resbalaba por la lengua
hinchada y por las comisuras de la boca.
Alguien llamó a la puerta.
—Agnes, te he dicho que no puedes entrar
aquí —espetó Kivrin impaciente, tratando de limpiar las mantas.
—Abuela me envía para deciros que
vayáis.
—¿Está enferma lady Imeyne? —preguntó
Roche. Se dirigió a la puerta.
—No. Es Rosemund.
El corazón de Kivrin empezó a latir
desbocado.
Roche abrió la puerta, pero Agnes no
entró. Se quedó en el rellano, mirándole la máscara.
—¿Está enferma Rosemund? —preguntó Roche
con ansiedad.
—Se ha caído.
Kivrin bajó corriendo las escaleras.
Rosemund estaba sentada en uno de los
bancos junto al hogar, y lady Imeyne le hacía compañía.
—¿Qué ha pasado? —demandó Kivrin.
—Me he caído —dijo Rosemund, atónita—.
Me he hecho daño en el brazo. —Lo mostró. Tenía el codo extrañamente doblado.
Lady Imeyne murmuró algo.
—¿ Qué ? —dijo Kivrin, y advirtió que la
anciana es¬taba rezando. Buscó a Eliwys. No estaba allí. Sólo Maisry se
agazapaba aterrada junto a la mesa, y Kivrin pensó que a lo mejor Rosemund
había tropezado con ella.
—¿Tropezaste con algo? —preguntó.
—No —contestó Rosemund, todavía
aturdida—. Me duele la cabeza.
—¿Te diste un golpe?
—No. —Se subió la manga—. Me golpeé el
codo con las piedras.
Kivrin le subió la manga hasta el codo.
Tenía una magulladura, pero no había sangre. Se preguntó si se lo habría roto.
Lo sujetaba en un ángulo extraño.
—¿Duele? —preguntó, moviéndolo con
suavidad.
—No.
Dobló el brazo.
—¿Y esto?
—No.
—¿Puedes mover los dedos?
Rosemund los movió uno por uno, con el
brazo todavía torcido. Kivrin frunció el ceño, asombrada. Podía ser una
luxación, pero no creía que pudiera mo¬verlo tan fácilmente.
—Lady Imeyne, ¿podéis llamar al padre
Roche?
—No será de ninguna ayuda —despreció
Imeyne, pero se encaminó hacia las escaleras.
—No creo que esté roto —le dijo Kivrin a
Rose¬mund.
La niña bajó el brazo, jadeó, y volvió a
subirlo. El color desapareció de su rostro y unas perlas de sudor aparecieron
en el labio superior.
Tiene que estar roto, pensó Kivrin, e
intentó co¬gerlo de nuevo. Rosemund lo retiró y, antes de que Kivrin se diera
cuenta de lo que sucedía, se cayó al suelo.
Esta vez se dio en la cabeza. Kivrin la
oyó golpear la piedra. Se arrodilló junto a ella.
—Rosemund, Rosemund. ¿Me oyes?
Ella no se movió. Había movido el brazo
herido al caer, como para protegerse, y cuando Kivrin se lo tocó, la jovencita
dio un respingo, pero no abrió los ojos. Ki¬vrin buscó a Imeyne, pero la
anciana no estaba en las escaleras.
Rosemund abrió los ojos.
—No me dejéis —sollozó.
—Debo traer ayuda.
Rosemund sacudió la cabeza.
—¡Padre Roche! —llamó Kivrin, aunque
sabía que no la oiría a través de la pesada puerta. Lady Eliwys en¬tró en ese
momento y corrió hacia ellas.
—¿Tiene el mal azul?
No.
—Se ha caído —dijo Kivrin. Puso la mano
sobre el brazo extendido y desnudo de Rosemund. Lo tenía ca¬liente. Rosemund
había vuelto a cerrar los ojos y respi¬raba despacio, regularmente, como si se
hubiera que¬dado dormida.
Kivrin le subió la pesada manga hasta el
hombro. Le alzó el brazo para examinar la axila, y Rosemund trató de retirarlo,
pero Kivrin la sujetó con fuerza.
No le pareció tan grande como la del
clérigo, pero era de un color rojo intenso y ya estaba dura al contac¬to. No,
pensó Kivrin. No. Rosemund gimió y trató de retirar el brazo, y Kivrin lo soltó
amablemente, arre¬glando la manga.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Agnes desde
las escaleras—. ¿Está Rosemund enferma?
No puedo dejar que pase esto, pensó
Kivrin. Ten¬go que conseguir ayuda. Todos han quedado expues¬tos, incluso
Agnes, y aquí no hay nada para ayudarlos. Las antimicrobiales no se descubrirán
hasta dentro de seiscientos años.
—Tus pecados han provocado esto —acusó
Imeyne.
Kivrin alzó la cabeza. Eliwys miraba a
Imeyne, pe¬ro parecía ausente, como si no la hubiera oído.
—Tus pecados y los de Gawyn.
—Gawyn —dijo Kivrin. Él podía enseñarle
dónde estaba el lugar de encuentro, y entonces iría a buscar ayuda. La doctora
Ahrens sabría qué hacer. Y también el señor Dunworthy. La doctora Ahrens le
daría vacu¬nas y estreptomicina para que las trajera—. ¿Dónde está Gawyn?
Eliwys la miraba ahora, el rostro lleno
de ansia, lle¬no de esperanza. El nombre de Gawyn por fin la ha he¬cho
reaccionar, pensó Kivrin.
—Gawyn. ¿Dónde está?
—Se ha ido —dijo Eliwys.
—¿Adonde? Debo hablar con él. Tenemos
que ir a buscar ayuda.
—No hay ninguna ayuda —replicó lady
Imeyne. Se arrodilló junto a Rosemund y cruzó las manos—. Es el castigo de
Dios.
Kivrin se levantó.
—¿Adonde ha ido?
—A Bath —dijo Eliwys—. A buscar a mi
esposo.
TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL
JUICIO FINAL
(070114-070526)
He decidido que lo mejor es anotar todo
esto. El señor Gilchrist dijo que con la apertura de Medieval esperaba obtener
información de primera mano acerca de la Peste Negra, y supongo que de esto se
trata.
El primer caso fue el clérigo que vino
con el enviado del obispo. No sé si al llegar estaba ya enfermo. Tal vez sí, y
por eso vinieron aquí en vez de ir a Oxford, para deshacerse de él antes de que
los contagiara. Estaba de-cididamente enfermo la mañana de Navidad cuando se
fueron, lo cual significa que la noche antes, cuando en¬tró en contacto con al
menos la mitad de la aldea, ya era contagioso.
Ha transmitido la enfermedad a la hija
de lord Guillaume, Rosemund, que cayó enferma el... ¿veinti¬séis? He perdido el
sentido del tiempo. Los dos mues¬tran las típicas bubas. La del clérigo se ha
reventado y supura. La de Rosemund es dura y crece. Es casi del ta¬maño de una
castaña. La zona de alrededor está infla¬mada. Los dos tienen fiebres altas y
deliran intermiten-temente.
El padre Roche y yo los hemos aislado en
la habi¬tación y le hemos dicho a todos que se queden en sus casas y eviten
contactar con los demás, pero me temo que es demasiado tarde. Casi todos los de
la aldea estu¬vieron en el banquete de Navidad, y toda la familia es¬tuvo aquí
dentro con el clérigo.
Ojalá supiera si la enfermedad es
contagiosa antes de que aparezcan los síntomas y de cuánto es el perío¬do de
incubación. Sé que la peste tiene tres formas: bu¬bónica, neumónica y
septicémica, y sé que la forma neumónica es la más contagiosa, ya que puede
transmi¬tirse por la tos o la respiración y por el contacto. El clé¬rigo y
Rosemund parecen tener la bubónica.
Estoy tan asustada que apenas puedo
pensar. Me abruma. Me controlo durante un rato, y de repente el te¬mor me
domina y tengo que agarrarme al marco de la puerta para no salir corriendo de
la habitación, de la ca¬sa, de la aldea, para alejarme de todo.
Sé que he recibido vacunación contra la
peste, pero también recibí la potenciación de leucocitos-T y las an¬tivirales,
y pillé no sé qué, y cada vez que el clérigo me toca, doy un respingo. El padre
Roche olvida constan-temente ponerse la máscara, y tengo miedo de que se ponga
enfermo, o Agnes. Y temo que el clérigo se mue¬ra. Y Agnes. Y tengo miedo de
que alguien de la aldea contraiga la peste neumónica, y de que Gawyn no
re-grese, y de no poder localizar el lugar de recogida antes del encuentro.
(Pausa)
Estoy un poco más calmada. Parece que el
hablar con usted me ayuda, aunque no pueda oírme. Rosemund es joven y fuerte. Y
la peste no mató a todo el mundo. En algunas aldeas no murió nadie.
27
Subieron a Rosemund a la habitación, y
le prepara¬ron un jergón en el suelo en el estrecho espacio junto a la cama.
Roche la cubrió con una sábana de lino y se encaminó al altillo del granero
para traer mantas.
Kivrin temía que Rosemund quisiera huir
al ver al clérigo, con su grotesca lengua y la piel ennegrecida, pero apenas lo
miró. Se quitó la saya y los zapatos y se tendió graciosamente en el estrecho
jergón. Kivrin qui¬tó de la cama la manta de piel de conejo y la tapó con ella.
—¿Gritaré y atacaré a la gente como el
clérigo? —preguntó Rosemund.
—No —dijo Kivrin, y trató de sonreír—.
Intenta descansar. ¿Te duele algo?
—El estómago —respondió Rosemund, y se
llevó la mano a la cintura—. Y la cabeza. Sir Bloet me dijo que la fiebre hace
danzar a los hombres. Pensé que era una patraña para asustarme. Dijo que
bailaban hasta que les salía sangre por la boca y se morían. ¿Dónde está Agnes?
—En el desván, con tu madre.
Kivrin le había dicho a Eliwys que se
llevara a Ag¬nes e Imeyne al desván y se encerraran allí, y Eliwys lo hizo sin
dirigir siquiera otra mirada a Rosemund.
—Mi padre vendrá muy pronto —murmuró
Rose-mund.
—Ahora debes callar y descansar.
—Abuela dice que es un pecado mortal
temer a tu marido, pero yo no puedo evitarlo. Me toca de forma indecorosa y me
cuenta relatos de cosas que no pueden ser verdad.
Espero que tenga una larga agonía, pensó
Kivrin. Espero que ya esté contagiado.
—Mi padre ya está en camino.
—Intenta dormir.
—Si sir Bloet estuviera aquí ahora, no
se atrevería a tocarme —musitó la niña, y cerró los ojos—. Sería él quien
tendría miedo.
Roche entró con un puñado de mantas y
volvió a marcharse. Kivrin las apiló encima de Rosemund, la arropó, y devolvió
al clérigo la piel que le había quita¬do de la cama.
El clérigo permanecía tranquilo, pero el
rumor que hacía al respirar había comenzado de nuevo, y de vez en cuando tosía.
Tenía la boca abierta, y la parte infe¬rior de la lengua estaba cubierta de
espuma blanca.
No puedo dejar que Rosemund acabe así,
pensó Kivrin, sólo tiene doce años. Tengo que hacer algo. Algo. El bacilo de la
peste era una bacteria. La estrep¬tomicina y las sulfamidas eran eficaces, pero
Kivrin no podía fabricarlas, y no sabía dónde estaba el lugar de recogida.
Y Gawyn se había marchado a Oxford.
Claro. Eliwys había corrido hacia él, lo había abrazado, y él habría ido a
cualquier sitio, habría hecho cualquier cosa por ella, aunque significara traer
a su marido a casa.
Intentó calcular cuánto tiempo tardaría
Gawyn en ir a Bath y volver. Estaba a setenta kilómetros de dis¬tancia.
Cabalgando rápido, podría llegar en un día y medio. Tres días, ida y vuelta. Si
no se retrasaba, si lograba encontrar a lord Guillaume, si no caía enfermo. La
doctora Ahrens había dicho que las víctimas de la peste que no recibían
atención morían al cabo de cua¬tro o cinco días, pero no imaginaba que el
clérigo fuera a durar tanto. La fiebre le volvía a subir.
Había metido el cofre de lady Imeyne
bajo la cama cuando subieron a Rosemund. Lo sacó y buscó entre las hierbas y
polvos. Los contemporáneos usaban re¬medios caseros como verrugas de san Juan y
dulcamara durante la peste, pero resultaron tan inútiles como el polvo de
esmeraldas.
La coniza podría ayudar, pero no
encontró ningu¬na de las flores rosas o moradas en las bolsitas de lino.
Cuando Roche volvió, Kivrin le pidió que
fuera a buscar ramas de sauce del arroyo, y las puso en un té amargo.
—¿Qué es esto? —le preguntó Roche, tras
probar¬lo y hacer una mueca.
—Aspirina—dijo Kivrin—. Al menos eso
espero.
Roche le dio una taza al clérigo, a
quien no le im¬portaba ya el sabor, y eso pareció bajarle un poco la
temperatura, pero Rosemund estuvo con fiebre toda la tarde, hasta que tiritó
con escalofríos. Para cuando Ro¬che se marchó a decir vísperas, casi estaba
demasiado caliente para tocarla.
Kivrin la destapó e intentó bañarle los
brazos y piernas en agua fría para que le bajara la temperatura, pero Rosemund
se apartó de ella, furiosa.
—No me parece digno que me toquéis de
esta for¬ma, señor —dijo, mientras le castañeteaban los dien¬tes—. Tened por
seguro que se lo diré a mi padre cuando regrese.
A la mortecina luz parecía peor: con la
cara pálida y atormentada. Murmuraba, repitiendo el nombre de Agnes
incesantemente, y una vez preguntó temerosa:
—¿Dónde está? Ya tendría que haber
llegado.
Tienes razón, pensó Kivrin. La campana
había anunciado vísperas hacía media hora. Seguramente Roche estará en la
cocina, se dijo, preparándonos sopa. O habrá ido a decirle a Eliwys cómo se
encuentra Rosemund. Pero se levantó y se subió a la ventana y se aso¬mó al
patio. Empezaba a hacer frío, y el cielo oscuro estaba nublado. No había nadie
en el patio, ninguna luz ni sonido en ninguna parte.
Roche abrió la puerta, y Kivrin se bajó
de la venta¬na con una sonrisa.
—¿Dónde habéis estado? Me... —se
interrumpió.
Roche llevaba sus hábitos y traía el
aceite y el viáti¬co. No, pensó ella, mirando a Rosemund. No.
—He estado con Ulf el molinero —dijo—.
Le he oído en confesión.
Gracias a Dios que no es Rosemund, pensó
Kivrin, y entonces advirtió lo que él estaba diciendo. La peste ya había
llegado a la aldea.
—¿Estáis seguro? ¿Tiene los bultos de la
peste?
—Sí.
—¿Cuántos más viven en su casa?
—Su esposa y dos hijos —respondió él,
cansado—. Le ordené a ella que se pusiera una máscara y envié a sus hijos a
cortar sauces.
—Bueno —dijo ella. No había nada de
bueno en todo aquello. No, eso no era cierto. Al menos era peste bubónica y no
neumónica, así que seguía habiendo una posibilidad de que la mujer y los dos
hijos no la contra¬jeran. ¿Pero a cuántas otras personas había contagiado Ulf,
y quién le había contagiado a él? Ulf no habría te¬nido ningún contacto con el
clérigo. Debía de haberla contraído a través de uno de los criados.
—¿Hay más enfermos?
—No.
Eso no significaba nada. Sólo mandaban
llamar a Roche cuando estaban muy graves, cuando tenían mie¬do. Ya podía haber
tres o cuatro casos más en la aldea. O tal vez una docena.
Se sentó junto a la ventana, intentando
decidir qué hacer. Nada, pensó. No hay nada que puedas hacer. La peste barrió
una aldea tras otra, mató a familias enteras, a ciudades enteras. Entre un
tercio y la mitad de Europa.-
—¡No! —gritó Rosemund, y se esforzó por
levan¬tarse.
Kivrin y Roche se lanzaron hacia ella,
pero ya se había tendido. La cubrieron, aunque Rosemund volvió a destaparse.
—Se lo diré a madre, Agnes, niña mala
—murmu¬ró—. Déjame salir.
Hizo más frío durante la noche. Roche
trajo más carbones para el brasero, y Kivrin se subió de nuevo a la ventana
para colocar el lino encerado, pero seguía haciendo frío. Kivrin y Roche se
acurrucaron por tur-nos ante el brasero, intentando dormir un poco, y
des¬pertaron tiritando como Rosemund.
El clérigo no tiritaba, pero se quejaba
de frío, con palabras pastosas y confusas, como de borracho. Tenía los pies y
las manos fríos, inertes.
—Deben acercarse al fuego —dijo Roche—.
Debe¬mos llevarlos al salón.
No lo entiendes, pensó ella. Su única
esperanza es¬tribaba en mantener a los pacientes aislados, en no de¬jar que la
infección se extendiera. Pero ya se había ex¬tendido, pensó, y se preguntó si
las extremidades de Ulf se estaban enfriando y en cómo encendería un fue¬go.
Ella misma se había sentado en una de sus chozas, junto a una de sus hogueras.
No serviría ni para calen¬tar a un gato.
Los gatos también murieron, pensó, y
miró a Ro¬semund. Los temblores sacudían su pobre cuerpecillo, y ya parecía más
delgada, más agotada.
—La vida se les escapa —observó Roche.
—Lo sé —asintió ella, y empezó recoger
las man¬tas—. Decidle a Maisry que esparza paja sobre el suelo del salón.
El clérigo pudo bajar las escaleras, con
la ayuda de Kivrin y Roche, pero el sacerdote tuvo que bajar a Ro-semund en
brazos. Eliwys y Maisry colocaban paja al otro lado del salón. Agnes aún
dormía, e Imeyne se arrodillaba en el mismo lugar de la noche anterior, con las
manos cruzadas ante el rostro.
Roche acostó a Rosemund y Eliwys empezó
a ta¬parla.
—¿Dónde está mi padre? —preguntó
Rosemund roncamente—. ¿Por qué no está aquí?
Agnes se agitó. Despertaría de un
momento a otro y se acercaría al jergón de Rosemund, para observar al clé¬rigo.
Kivrin tenía que idear algún sistema para mantener a la niña apartada. Miró las
vigas, pero eran demasiado altas, incluso bajo el altillo, para colgar
cortinas, y todas las colchas y mantas disponibles ya estaban siendo
utili¬zadas. Empezó a volcar los bancos para formar una se¬paración.
Roche y Eliwys fueron a ayudarla, y
volcaron la mesa y la apoyaron contra los bancos.
Eliwys regresó junto a Rosemund y se
sentó a su lado. La niña dormía, con el rostro enrojecido por la luz del fuego.
—Debéis poneros una máscara —dijo
Kivrin.
Eliwys asintió, pero no se movió. Le
apartó a Ro¬semund el pelo enmarañado de la cara.
—Era la preferida de mi esposo —dijo.
Rosemund estuvo durmiendo casi toda la
mañana. Kivrin apartó el tronco de Navidad del hogar y apiló leños cortados en
el fuego. Destapó los pies del clérigo para que le llegara el calor.
Durante la Peste Negra, el médico del
Papa le hizo sentarse en una habitación entre dos grandes hogueras, y no
contrajo la enfermedad. Algunos historiadores pensaban que el calor había
matado al bacilo de la pes¬te. Lo más probable era que el hecho de permanecer
apartado de su contagioso rebaño le hubiera salvado, pero merecía la pena
intentarlo. Merecía la pena inten¬tar cualquier cosa, pensó, mirando a
Rosemund. Apiló más madera.
El padre Roche fue a decir maitines,
aunque ya era más de media mañana. La campana despertó a Agnes.
—¿Quién ha volcado los bancos?
—preguntó, co¬rriendo a la separación.
—No debes pasar esta barrera —advirtió
Kivrin, manteniéndose bien lejos—. Debes quedarte junto a tu abuela.
Agnes se subió a un banco y se asomó por
encima de la mesa volcada.
—Veo a Rosemund. ¿Está muerta?
—Está muy enferma —dijo Kivrin
seriamente—. No te acerques a nosotros. Ve y juega con tu carrito.
—Quiero ver a Rosemund. —La niña pasó
una pierna por encima de la mesa.
—¡No! —gritó Kivrin—. ¡Ve y siéntate con
tu abuela!
Agnes pareció sorprendida y de repente
se echó a llorar.
—¡Quiero ver a Rosemund! —gimió, pero se
dio la vuelta y se sentó malhumorada junto a Imeyne.
Roche entró.
—El hijo de Rulf está enfermo. Tiene los
bultos.
Se manifestaron dos casos más durante la
mañana y uno por la tarde, incluyendo a la esposa del senescal. Todos tenían
bubas o pequeños bultos como semillas en las glándulas linfáticas, excepto la
mujer del senescal.
Kivrin fue con Roche a verla. Estaba
amamantan¬do al bebé, su cara fina y delgada parecía aún más afila¬da que de
costumbre. No tosía ni vomitaba, y Kivrin esperaba que las bubas simplemente no
se hubieran de¬sarrollado todavía.
—Poneos máscaras —le dijo al senescal—.
Dad al bebé leche de la vaca. Mantened a los niños apartados de ella.
Lo dijo sin ninguna esperanza. Seis
niños en dos habitaciones. No dejes que sea peste neumónica, rezó. No dejes que
todos se contagien.
Al menos Agnes estaba a salvo. No se
había acerca¬do a la barricada desde que Kivrin le gritó. Permaneció sentada
durante un rato, mirándola con una expresión tan feroz que habría resultado
cómica en otras circuns-tancias, y luego subió al altillo a coger su carrito.
Lo había colocado en la mesa, y ahora estaba jugando.
Rosemund estaba despierta. Pidió de
beber a Ki¬vrin con voz ronca, y en cuanto Kivrin le dio agua, se quedó
dormida. Incluso el clérigo dormitaba, y el ru¬mor de su respiración ya no era
tan fuerte. Kivrin se sentó agradecida junto a Rosemund.
Tendría que salir y ayudar a Roche con
los hijos del senescal, asegurarse al menos de que llevaba puesta la máscara y
se lavaba las manos, pero de pronto se sin¬tió demasiado cansada para moverse.
Si pudiera acos¬tarme un ratito, lograría pensar en algo.
—Quiero ver a Blackie —dijo Agnes.
Kivrin sacudió la cabeza, al despertar
sobresaltada.
Agnes se había puesto la capa roja y la
capucha y se encontraba lo más cerca de la barricada que se atrevía.
—Prometisteis que me llevaríais a ver la
tumba de mi perro.
—Calla, despertarás a tu hermana.
Agnes empezó a llorar, pero no era el
fuerte gemi¬do que empleaba cuando quería salirse con la suya, sino unos
sollozos silenciosos. También ha llegado al límite, pensó Kivrin. Sola todo el
día, con Rosemund y Roche fuera de su alcance, todo el mundo ocupado, distraído
y asustado. Pobrecilla.
—Lo prometisteis —insistió Agnes con
labios tem¬blorosos.
—No puedo llevarte a ver a tu perro
ahora —dijo Kivrin amablemente—, pero te contaré una historia. Pero debes
estarte muy callada. —Se llevó un dedo a los labios—. No querrás despertar a
Rosemund o al clérigo, ¿verdad?
Agnes se frotó con la mano la nariz
mojada.
—¿Me contaréis una historia de la
doncella del bosque? —murmuró.
—Sí.
—¿Puede escuchar Carro?
—Sí —susurró Kivrin, y Agnes cruzó el
salón para coger el carrito, regresó corriendo y se sentó en el ban¬co,
dispuesta a franquear la barricada.
—Debes sentarte en el suelo contra la
mesa —indi¬có Kivrin—, y yo me pondré al otro lado.
—No oiré nada —repuso Agnes, haciendo un
pu¬chero otra vez.
—Claro que sí, si te estás callada.
Agnes se bajó del banco y se sentó,
apoyándose en la mesa. Colocó el carro en el suelo a su lado.
—Debes estar muy callada —le advirtió.
Kivrin se acercó a examinar rápidamente
a sus pa¬cientes y luego se sentó apoyada contra la mesa, sin¬tiéndose agotada.
—Érase una vez en una tierra lejana
—apuntó Agnes.
—Érase una vez en una tierra lejana, una
doncella. Vivía junto a un gran bosque...
—Su padre le decía: «No vayas al
bosque», pero ella era mala y no hacía caso —apuntó Agnes.
—Era mala y no hacía caso —repitió
Kivrin—. Se puso su capa...
—Su capa roja con una capucha —dijo
Agnes—. Y se fue al bosque, aunque su padre le advirtió que no lo hiciera.
Aunque su padre le advirtió que no lo
hiciera. «Es¬taré perfectamente bien —le había dicho ella al señor Dunworthy—.
Sé cuidar de mí misma.»
—No se fue al bosque, ¿verdad? —le
preguntó Agnes.
—Quería ver qué había allí. Pensó en
caminar sólo un ratito.
—No tendría que haberlo hecho —juzgó
Agnes—. Yo no lo haría. El bosque está oscuro.
—El bosque está oscuro y lleno de
sonidos aterra¬dores.
—Lobos —deslizó Agnes, y Kivrin oyó cómo
se acercaba a la mesa, para estar lo más cerca posible de ella. Se la imaginaba
acurrucada contra la madera, con las rodillas dobladas, abrazada al carrito.
—La doncella se dijo, «No me gusta estar
aquí», y trató de volver, pero no encontró el camino, pues esta¬ba muy oscuro.
De pronto, algo saltó hacia ella.
—Un lobo —jadeó Agnes.
—No, no. Era un oso. Y el oso dijo:
«¿Qué estás haciendo en mi bosque?»
—La doncella se asustó —añadió Agnes con
voz temerosa.
—Sí. «Oh, por favor, no me comas, oso»,
dijo la doncella. «Me he perdido y no encuentro el camino a casa.» El oso era
un oso bueno, aunque parecía malo, y dijo: «Te ayudaré a encontrar la salida
del bosque», y la doncella dijo: «¿Cómo? Está muy oscuro.» «Se lo
pre¬guntaremos al buho», dijo el oso. «Él ve en la oscu¬ridad.»
Siguió hablando, inventando el cuento
sobre la marcha, extrañamente reconfortada por ello. Agnes dejó de interrumpir,
y después de un rato Kivrin se le¬vantó, sin dejar de hablar, y se asomó a la
barricada.
—«¿Sabes dónde está la salida del
bosque?», le pre¬guntó el oso al cuervo. «Sí», dijo el cuervo.
Agnes estaba dormida contra la mesa, con
la capa arrugada a sus pies, abrazada al carrito.
Tendría que taparla, pero no se atrevió.
Todas las mantas estaban llenas de gérmenes de la peste. Miró a lady Imeyne,
que seguía rezando en el rincón, de cara a la pared.
—Lady Imeyne —llamó en voz baja, pero la
ancia¬na no dio muestras de haberla oído.
Kivrin echó más leña al fuego y se sentó
contra la mesa, apoyando la cabeza en ella.
—«Sé el camino de salida», dijo el
cuervo. «Te lo mostraré», pero se marchó volando sobre las copas de los
árboles, tan rápido que no pudieron seguirlo.
Debió de quedarse dormida, porque cuando
abrió los ojos el fuego se había apagado y le dolía el cuello. Agnes seguía
durmiendo, pero el clérigo estaba des¬pierto. Llamó a Kivrin con palabras
ininteligibles. La borra blanca le cubría toda la lengua, y su aliento hedía
tanto que Kivrin tuvo que apartar la cabeza para poder respirar. La buba había
empezado a supurarle de nue¬vo, un líquido denso y oscuro que olía a
podredumbre. Kivrin le cambió el vendaje, apretando los dientes para no
vomitar, y llevó el vendaje sucio al otro extremo del salón. Luego salió y se
lavó las manos en el pozo, ver¬tiendo el agua helada del pozo sobre una mano y
luego la otra, tomando a sorbos el aire frío.
Roche entró en el patio.
—Ulric, el hijo de Hal —dijo, camino de
la man¬sión—, y uno de los hijos del senescal, Walthef. —Se desplomó en el
banco más cercano a la mesa.
—Estáis agotado —dijo Kivrin—. Tendríais
que descansar.
Al otro lado del salón, Imeyne se
levantó torpe¬mente, como si se le hubieran quedado dormidas las piernas, y
cruzó el salón hacia ellos.
—No puedo quedarme. He venido a coger un
cu¬chillo para cortar sauces —dijo Roche, pero permane¬ció sentado junto al
fuego, contemplándolo abstraído.
—Descansad al menos un minuto. Os traeré
un poco de cerveza —Kivrin apartó el banco a un lado y se marchó.
—Habéis traído esta enfermedad —le dijo
lady Imeyne.
Kivrin se volvió. La anciana se
encontraba en me¬dio del salón, mirando a Roche. Apretaba el libro con¬tra su
pecho. El relicario colgaba de sus manos.
—Vuestros pecados han traído la
enfermedad.
Se volvió hacia Kivrin.
—Dijo la letanía de san Martín el día de
san Eusebio. Lleva el alba sucia. —Hablaba como lo había he¬cho al quejarse a
la hermana de sir Bloet, y sus manos jugueteaban con el relicario, contando sus
pecados en los eslabones de la cadena—. Apagó las velas con los dedos y rompió
los pabilos.
Kivrin la miró, pensando que trataba de
justificar su propia culpa. Le escribió al obispo pidiendo un nuevo capellán,
le dijo dónde estaban. No puede so¬portar la idea de haber contribuido a traer
la peste, pero tampoco es capaz de sentir piedad. No tienes ningún derecho a
culpar a Roche, pensó, ha hecho todo lo que puede. Y tú te has arrodillado a
rezar en el rincón.
—Dios no ha enviado esta plaga como
castigo —le dijo a Imeyne con frialdad—. Es una enfermedad.
—Olvidó el Confíteor Deo. —Imeyne
regresó a su rincón y se arrodilló—. Puso las velas del altar en la reja.
Kivrin se acercó a Roche.
—Nadie tiene la culpa.
Él contemplaba el fuego.
—Si Dios nos castiga, debe de ser por
algún terri¬ble pecado.
—Ningún pecado. No es un castigo.
—Dominus! —gritó el clérigo, intentando
sentar¬se. Volvió a toser, una tos terrible y seca que parecía capaz de
romperle el pecho, aunque no escupió nada. El sonido despertó a Rosemund, que
empezó a ge¬mir. Si no es un castigo, pensó Kivrin, desde luego lo parece.
Rosemund no había mejorado durante el
sueño. Otra vez tenía mucha fiebre, y sus ojos empezaban a
parecer hundidos. Se sacudía por el
menor movimiento como si la hubieran golpeado.
La está matando, pensó Kivrin. Tengo que
hacer algo.
Cuando Roche volvió a entrar, ella subió
a la habi¬tación y cogió el cofre de las medicinas de Imeyne. La anciana la
observó, moviendo los labios en silencio, pero cuando Kivrin lo colocó delante
de ella y le pre¬guntó qué había en las bolsas de lino, se llevó las manos a la
cara y cerró los ojos.
Kivrin reconoció algunas cosas. La
doctora Ah-rens le había hecho estudiar hierbas medicinales, y re¬conoció la
consuelda y la pulmonaria, y las hojas aplastadas de la balsamita. Había una
bolsita de sulfato de mercurio en polvo, que nadie en su sano juicio
ofre¬cería, y un paquete de dedalera, que era casi igual de pernicioso.
Hirvió agua y echó en ella todas las
hierbas que re¬conoció. Olía a gloria, como un soplo de verano, y no sabía peor
que el té de corteza de sauce, pero tampoco sirvió de nada.
Al anochecer, el clérigo tosía
continuamente, y en el estómago y los brazos de Rosemund empezaron a aparecer
manchas rojas. Su buba tenía el tamaño y la dureza de un huevo. Cuando Kivrin
la tocó, la niña gritó de dolor.
Durante la Peste Negra los médicos
pusieron em¬plastos en las bubas o las abrían. También sangraban a la gente y
las dormían con arsénico, aunque el clérigo pareció mejorar cuando se le
reventaron las bubas, y estaba todavía vivo. Pero si la rompía podía extender
la infección o, aún peor, llevarla a la sangre.
Calentó agua y trapos mojados para
colocarlos so¬bre las bubas, pero aunque el agua estaba tibia, Rose¬mund gritó
al primer contacto. Kivrin tuvo que volver a buscar agua fría, que no sirvió de
nada. Nada sirve, pensó, sosteniendo el trapo mojado contra la axila de
Rosemund. Nada.
Debo encontrar el lugar, pensó. Pero el
bosque se extendía durante kilómetros, con cientos de robles, do¬cenas de
claros. Nunca lo encontraría. Además, no po¬día dejar a Rosemund.
Tal vez Gawyn regresaría. Habían cerrado
las puer¬tas de algunas ciudades: posiblemente no podría entrar, o tal vez
hablaría con alguien por el camino y advertiría que lord Guillaume debía de
estar muerto. Vuelve, su¬plicó, rápido. Vuelve.
Kivrin rebuscó de nuevo en el cofre de
Imeyne, probando el contenido de las bolsas. El polvo amarillo era azufre. Los
médicos lo usaban durante las epide¬mias: lo quemaban para fumigar el aire, y
recordó ha¬ber aprendido en Historia de la Medicina que el azufre mataba
algunas bacterias, aunque no recordaba cuáles. Sin embargo, era menos
arriesgado que abrir las bubas.
Esparció un poco en el fuego para
probarlo, y el azufre se convirtió en una nube amarilla que le irritó la
garganta incluso a través de la máscara. El clérigo jadeó buscando aire, e
Imeyne, en su rincón, entonó una sal¬modia continua.
Kivrin esperaba que el olor a huevos
podridos se dispersara al cabo de unos minutos, pero el humo ama¬rillo gravitó
en el aire como un palio, irritándole los ojos. Maisry salió corriendo al
exterior, tosiendo en su delantal, y Eliwys llevó a Imeyne y a Agnes al desván
para escapar del humo.
Kivrin abrió la puerta y agitó el aire
con uno de los paños de la cocina, y poco después el ambiente se des¬pejó un
poco, aunque la garganta seguía molestándole.
El clérigo continuó tosiendo, pero
Rosemund ca¬lló, y su pulso se redujo hasta que Kivrin apenas lo per¬cibió.
—No sé qué hacer—dijo Kivrin, sujetando
su mu¬ñeca seca y caliente—. Lo he intentado todo.
Roche entró, tosiendo.
—Es el azufre —dijo Kivrin—. Rosemund ha
em¬peorado.
Él la miró y le tomó el pulso, luego
volvió a salir. Kivrin lo interpretó como una buena señal. No se ha¬bría
marchado si Rosemund estuviera realmente mal.
Volvió unos minutos después, con sus
vestiduras, los óleos y el viático de los últimos sacramentos.
—¿Qué pasa? —preguntó Kivrin—. ¿Ha
muerto la mujer del senescal?
—No —contestó él, mirando a Rosemund.
—No —Kivrin se levantó para interponerse
entre los dos—. No os dejaré.
—No debe morir sin confesión —dijo él,
sin apar¬tar la mirada de Rosemund.
—Rosemund no se está muriendo —declaró
Ki¬vrin, y siguió su mirada.
Ya parecía muerta, con los labios
entreabiertos, los ojos ciegos y sin parpadear. Su piel había cobrado un tono
amarillento y tenía la carita tensa. No, pensó Ki¬vrin, desesperada. Debo hacer
algo para impedir esto. Solo tiene doce años.
Roche avanzó con el cáliz y Rosemund
levantó el brazo como si suplicara, y lo dejó caer.
—Debemos abrir el bulto de la peste
—dijo Ki¬vrin—. Así saldrá el veneno.
Pensó que el sacerdote se negaría, que
insistiría en oír primero la confesión de Rosemund, pero no fue así. Depositó
los óleos y el cáliz sobre el suelo de piedra y fue a coger un cuchillo.
—Que esté afilado —dijo Kivrin—, y traed
vino.
Puso la olla al fuego otra vez. Cuando
Roche vol¬vió con el cuchillo, lo lavó con agua del cubo, frotando la suciedad
del mango con las uñas. Lo tendió al fuego, con el mango envuelto en la saya;
luego le echó agua hirviendo encima, después vino y otra vez agua.
Acercaron a Rosemund al fuego, con la
buba expuesta para tener la mejor luz posible, y Roche se arrodilló ante la
cabeza de la niña. Kivrin le pasó la mano amablemente por encima y dobló las
mantas para pre¬pararle una almohada. Roche la cogió por el brazo y lo volvió
para que la hinchazón quedara al descubierto.
Tenía casi el tamaño de una manzana, y
toda la ar¬ticulación del hombro estaba inflamada y tumefacta. Los bordes de la
buba era suaves y casi gelatinosos, pero el centro seguía duro.
Kivrin abrió la botella de vino que
había traído el sacerdote, vertió un poco en un trapo y frotó suave¬mente la
buba. Parecía como si hubiese una piedra den¬tro de la piel. No estaba segura
de que el cuchillo fuera capaz de cortarla.
Levantó el cuchillo sobre la hinchazón,
temiendo cortar una arteria, extender la infección, empeorar la situación de la
enferma.
—Ni siquiera siente el dolor —declaró
Roche.
Kivrin la miró. No se había movido, ni
siquiera cuando Kivrin presionó la hinchazón. Miraba más allá de ellos, a algo
terrible. No puedo empeorarlo, pensó. Aunque la mate, no puede ser peor.
—Sujetadle el brazo —indicó, y Roche le
sujetó la muñeca y el antebrazo contra el suelo. Rosemund si¬guió sin moverse.
Dos cortes rápidos y limpios, pensó
Kivrin. Inspi¬ró profundamente y acercó el cuchillo a la hinchazón.
El brazo de Rosemund se sacudió,
retorció el hom¬bro para apartarse del cuchillo, con la mano convertida en una
garra.
—¿Qué hacéis? —exclamó roncamente—. ¡Se
lo diré a mi padre!
Kivrin volvió a acercar el cuchillo.
Roche cogió a Rosemund por el brazo y lo apoyó de nuevo contra el suelo, y ella
le golpeó débilmente con la otra mano.
—Soy la hija de lord Guillaume d'Iverie.
No po¬déis tratarme así.
Kivrin se retiró y se levantó,
procurando que el cu¬chillo no tocara nada. Roche la cogió fácilmente por las
muñecas, pero Rosemund se debatió débilmente. El cáliz se cayó y el vino se
derramó en un charco oscuro.
—Debemos atarla —dijo Kivrin, y advirtió
que su¬jetaba el cuchillo en alto, como una asesina. Lo envol¬vió en una de las
telas que había rasgado Eliwys y rom¬pió otra en tiras.
Roche ató las muñecas de Rosemund por
encima de su cabeza mientras Kivrin le ataba los tobillos a la pata de uno de
los bancos volcados. Rosemund no se resistió, pero cuando Roche le subió la
camisa para descubrir su pecho, la niña dijo:
—Os conozco. Sois el asesino que asaltó
a lady Katherine.
Roche se inclinó hacia delante y apoyó
todo su peso sobre el antebrazo. Kivrin cortó la hinchazón.
La sangre manó y luego borboteó. He
seccionado una arteria, pensó Kivrin. Roche y ella rebuscaron en el montón de
trapos, y cogió unos cuantos gruesos y los apretó contra la herida. Enseguida
quedaron empapa¬dos, y cuando Kivrin apartó la mano para coger el que Roche le
tendía, salió sangre del pequeño corte. Kivrin lo cubrió con su falda y
Rosemund gimió, un sonido ahogado e indefenso que le recordó al perrillo de
Agnes, y pareció desplomarse, aunque no había ningún si¬tio donde caer.
La he matado, pensó Kivrin.
—No puedo detener la hemorragia —dijo,
pero ya había cesado. Apretó la falda de su saya contra la heri¬da, contó hasta
cien y luego hasta doscientos, y levantó con precaución una esquina.
Todavía manaba sangre del corte, pero
estaba mez¬clada con un pus denso, grisáceo y amarillento. Roche se inclinó
para limpiarlo, pero ella se lo impidió.
—No, está lleno de gérmenes de la plaga
—dijo, quitándole el paño—. No lo toquéis.
Limpió el repulsivo pus. Volvió a manar,
seguido de un suero acuoso.
—Ya está, creo. Acercadme el vino.
Buscó un trapo limpio alrededor.
No había ninguno. Los habían usado
todos, inten¬tando contener la hemorragia. Volcó la botella con cui¬dado y dejó
que el líquido oscuro goteara en el corte.
Rosemund no se movió. Tenía la cara
macilenta, como si le faltara la sangre. Y no puedo hacerle una transfusión. Ni
siquiera tengo un trapo limpio.
Roche desató a Rosemund. Cogió su mano
flácida.
—Ahora su corazón late con más fuerza.
—Necesitamos más lino —dijo Kivrin, y se
echó a llorar.
—Mi padre os ahorcará por esto —murmuró
Ro¬semund.
TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL
JUICIO FINAL
(071145-071862)
Rosemund está inconsciente. Intenté
desbridarle la buba anoche para sacar la infección, pero me temo que sólo he
empeorado las cosas. Ha perdido mucha san¬gre. Está muy pálida y su pulso es
tan débil que apenas se lo encuentro.
El clérigo también está peor. Sigue
teniendo hemo¬rragias en la piel, y salta a la vista que se encuentra cer¬ca
del final.
Recuerdo que la doctora Ahrens dijo que
la peste bubónica sin tratar mata a la gente en cuatro o cinco días, pero no
creo que dure tanto.
Lady Eliwys, lady Imeyne y Agnes aún no
han caído enfermas, aunque lady Imeyne parece haberse vuel¬to medio loca en su
afán de encontrar a alguien a quien echar la culpa. Le tiró a Maisry de las
orejas esta maña¬na y le dijo que Dios nos castigaba a todos por su pere¬za y
estupidez.
Desde luego, Maisry es perezosa y
estúpida. No se puede confiar en que vigile a Agnes cinco minutos se¬guidos, y
cuando la envié a buscar agua para lavar la herida de Rosemund esta mañana
volvió sin ella más de media hora después.
No dije nada. No quería que lady Imeyne
volviera a pegarle, y es sólo cuestión de tiempo antes de que me eche las
culpas a mí. La vi observándome por encima de su Libro de las Horas cuando fui
a por el agua que Maisry olvidó, y ya me imagino lo que está pensando: que sé
demasiado acerca de la peste para no haber esta¬do huyendo de ella, que se
supone que he perdido la memoria, que no estaba herida sino enferma.
Si hace esas acusaciones, me temo que
acabará con¬venciendo a lady Eliwys de que soy la causa de la peste y que no
debería escucharme, que deberían derribar la separación y rezar todos juntos a
Dios para que les perdone.
¿Y cómo me defenderé? ¿Diciendo que
vengo del futuro, donde sabemos todo lo necesario acerca de la Peste Negra
excepto cómo curarla sin estreptomicina y cómo regresar allí?
Gawyn no ha vuelto aún. Eliwys está
frenética de preocupación. Cuando Roche fue a decir vísperas se quedó en la
puerta, sin capa, sin cofia, mirando el cami¬no. Me pregunto si se le habrá
ocurrido pensar que él tal vez estuviera ya infectado cuando se marchó hacia
Bath. Cabalgó hasta Courcy con el grupo del obispo, y cuando volvió ya sabía de
la peste.
(Pausa)
Ulf el molinero no tardará en morir, y
su mujer y sus hijos tienen la peste. No tienen bubas, pero a la mujer le han
salido varios bultitos como semillas en la parte interior del muslo.
Tengo que recordar constantemente a
Roche que se ponga la máscara y no toque a los pacientes más de lo necesario.
Los vids de historia dicen que los
contemporáneos se comportaron con pánico y cobardía durante la Peste Negra, que
huyeron y no atendieron a los enfermos, y que los sacerdotes fueron los peores
de todos, pero no es así en absoluto.
Todo el mundo está asustado, pero se
hace todo lo posible, y Roche es maravilloso. Se sentó y sostuvo la mano de la
mujer del molinero todo el tiempo que la estuve examinando, y no vacila ante
los trabajos más repulsivos: lavar la herida de Rosemund, vaciar orina¬les,
limpiar al clérigo.
Nunca parece tener miedo. No sé de dónde
saca el valor.
Sigue diciendo maitines y vísperas y
rezando, hablándole a Dios de Rosemund y de quién tiene la peste ahora,
informando de los síntomas y contando qué ha¬cemos por ellos, como si Él de
verdad pudiera oírle. Es como cuando yo le hablo a usted.
No dejo de preguntarme si Dios está aquí
también, pero separado de nosotros por algo peor que el tiem¬po, incapaz de
atravesar la barrera, incapaz de encon¬trarnos.
(Pausa)
Oímos la peste. Las aldeas tocan a
muerto después de un enterramiento, nueve golpes por un hombre, tres por una
mujer, uno por un bebé, y luego una hora de firmes tañidos. Esthcote tuvo dos
esta mañana, y Osney ha estado tocando continuamente desde ayer. La campana del
sureste, la que le dije que oí cuando atra¬vesé, ha callado. No sé si eso
significa que la peste ha terminado o si no queda nadie con vida para tocar la
campana.
(Pausa)
Por favor, no dejes que Rosemund muera.
No de¬jes que Agnes se ponga enferma. Envía a Gawyn de vuelta.
28
El niño que huyó de Kivrin el día que
ella intentó encontrar el lugar de recogida contrajo la peste por la noche. Su
madre esperaba al padre Roche cuando fue a decir maitines. El niño tenía una
buba en la espalda, y Kivrin la abrió mientras Roche y la madre sostenían al
pequeño.
No quería hacerlo. El escorbuto lo había
dejado ya débil, y Kivrin no sabía si había alguna arteria bajo los omóplatos.
Rosemund no parecía haber mejorado, aunque Roche sostenía que su pulso era más
fuerte. Es-taba tan pálida que parecía que la habían dejado sin sangre, y
permanecía inmóvil. Y no parecía que el niño pudiera soportar perder sangre.
Pero apenas sangró, y el color regresó a
sus me¬jillas antes de que Kivrin terminara de lavar el cu¬chillo.
—Dadle una infusión de pétalos de rosa
—dijo Ki¬vrin, pensando que al menos eso ayudaría al escorbu¬to—. Y corteza de
sauce.
Sostuvo la hoja del cuchillo sobre la
hoguera. El fuego no era mayor que el día que ella se sentó a su lado,
demasiado agotada para encontrar el lugar de re¬cogida. No mantendría caliente
al niño, y si le decía a la mujer que fuera a recoger madera, tal vez
contagiaría a alguien más.
—Os traeremos leña —dijo, y se preguntó
cómo.
Todavía quedaba comida del banquete de
Navi¬dad, pero se estaban quedando rápidamente sin todo lo demás. Habían usado
casi toda la madera cortada para mantener calientes a Rosemund y el clérigo, y
no había nadie a quien pedirle que cortara los leños que ha¬bía apilados en la
cocina. El molinero estaba enfermo, el senescal atendía a su mujer y su hijo.
Kivrin recogió un montón de madera ya
cortada y algunos pedazos de corteza suelta para hacer leña y lo llevó a la
choza, deseando poder trasladar al niño a la casa, pero Eliwys tenía que
atender a su hija y al cléri-go, y ya parecía al borde del agotamiento.
Eliwys permaneció sentada junto a
Rosemund to¬da la noche, dándole sorbos de infusión de sauce y ven¬dando la
herida. Se habían quedado sin tela, de forma que se quitó la cofia y la rasgó
en tiras. Se sentó en un sitio donde podía ver la puerta, y de vez en cuando se
levantaba y se asomaba, como si oyera venir a alguien. Con el cabello oscuro
suelto sobre los hombros, no pa¬recía mayor que Rosemund.
Kivrin llevó la leña a la mujer y la
dejó en el suelo, junto a la jaula de la rata. El animal había desaparecido. La
habían matado, sin duda, y ni siquiera era culpable.
—El Señor nos bendice —le dijo la mujer.
Se arro¬dilló junto al fuego y empezó a añadirle cuidadosa¬mente madera con
esmero.
Kivrin volvió a examinar al niño. Su
buba seguía supurando un fluido claro y acuoso, lo cual era bueno. La de
Rosemund había sangrado durante la noche y luego empezó a hincharse y a crecer
otra vez. Y no puedo abrirla otra vez, pensó Kivrin. No puede perder más
sangre.
Regresó al salón, preguntándose si
debería relevar a Eliwys o intentar cortar más leña. Roche, que salía de la
casa del senescal, le dio la noticia de que otros dos hi¬jos del senescal
estaban enfermos.
Eran los dos hijos menores y era sin
lugar a dudas la peste neumónica. Los dos tosían y la madre expulsa¬ba
intermitentemente un esputo acuoso. El Señor nos bendice.
Kivrin volvió al salón. Todavía estaba
brumoso por el azufre, y el brazo del clérigo parecía casi negro bajo la luz
amarillenta. El fuego no era mejor que el de la choza de la mujer. Kivrin trajo
los restos de madera cortada y le dijo a Eliwys que se acostara, pues ella
atendería a Rosemund.
—No —dijo Eliwys, mirando hacia la
puerta—. Lleva tres días en camino —añadió, casi para sí misma.
Había setenta kilómetros a Bath, un día
y medio al menos a caballo y el mismo tiempo para regresar, si ha¬bía podido
encontrar un caballo fresco en Bath. Tal vez volvería aquel mismo día, siempre
que hubiese encon¬trado a lord Guillaume inmediatamente. Si es que vuel¬ve,
pensó Kivrin.
Eliwys miró de nuevo hacia la puerta,
como si oye¬ra algo, pero el único sonido era Agnes, que le cantu¬rreaba a su
carrito. Le había puesto un pañuelo encima como si fuera una manta y hacía como
si le estuviera dando de comer.
—Tiene el mal azul —le dijo a Kivrin.
Kivrin pasó el resto del día haciendo
tareas de la casa: trayendo agua, haciendo un guiso con los restos del asado,
vaciando los orinales. La vaca del senescal, con las ubres hinchadas a pesar de
las órdenes de Ki¬vrin, entró en el patio y la siguió, empujándola con los
cuernos hasta que Kivrin se rindió y la ordeñó. Roche cortó madera entre sus
visitas al senescal y al niño, y Kivrin deseaba haber aprendido a cortar madera
mien¬tras golpeaba torpemente los grandes leños.
El senescal fue a buscarlos antes del
anochecer. Ahora era su hija pequeña. Ya van ocho casos hasta ahora, pensó Kivrin. Sólo había cuarenta
personas en la aldea. Se suponía que entre un tercio y la mitad de Eu¬ropa
habían contraído la peste y muerto, y el señor Gilchrist pensaba que este
cálculo era una exageración. Un tercio serían trece casos, sólo cinco más.
Incluso con el cincuenta por ciento, sólo la contraerían doce más, y los hijos
del senescal ya habían sido todos ex¬puestos.
Los contempló, la niña mayor gruesa y
morena como su padre, el niño menor con el rostro afilado co¬mo su madre, el
bebé tan delgadito. Todos os pondréis enfermos, pensó, y eso dejará a ocho.
No parecía poder sentir nada, ni
siquiera cuando el bebé empezó a llorar y la niña se lo sentó sobre las
ro¬dillas y le metió el dedo sucio en la boca. Trece, rezó. Veinte como máximo.
Tampoco podía sentir nada por el
clérigo, aunque estaba claro que no pasaría de esa noche. Tenía los la¬bios y
la lengua cubiertos de una costra marrón, y tosía una baba acuosa veteada de
sangre. Le atendía automá-ticamente, sin sentir nada.
Es la falta de sueño, pensó, nos está
aturdiendo a to¬dos. Se tumbó junto al fuego y trató de dormir, pero parecía
encontrarse más allá del sueño, más allá del can¬sancio. Ocho personas más,
pensó, sumándolas mental¬mente. La madre la contraerá, y la mujer del molinero
y también sus hijos. Eso deja a cuatro. No dejes que uno de ellos sea Agnes o
Eliwys. Ni Roche.
Por la mañana Roche encontró a la
cocinera tendi¬da en la nieve delante de su choza, medio helada y to¬siendo
sangre.
Nueve, pensó Kivrin.
La cocinera era viuda y no tenía nadie
que la cuida¬ra, así que la llevaron al salón y la colocaron junto al clérigo,
que extrañamente, horriblemente, seguía vivo todavía.
Las hemorragias se le habían extendido
ahora por todo el cuerpo, y tenía el pecho cruzado por marcas
azules y amoratadas, los brazos y
piernas eran casi ne¬gros. Tenía las mejillas cubiertas por una barba negra que
de algún modo también parecía un síntoma, y de¬bajo su rostro se iba
oscureciendo.
Rosemund yacía pálida y silenciosa,
debatiéndose entre la vida y la muerte, y Eliwys la atendía en silen¬cio, con
cuidado, como si el más leve movimiento, el menor sonido, pudieran empujarla a
la muerte. Kivrin caminaba de puntillas entre los jergones, y Agnes,
ad¬virtiendo la necesidad de silencio, se sentía completa¬mente aparte.
Gemía, se colgaba de la separación, le
suplicaba a Kivrin una docena de veces que la llevara a ver a su perro, o a su
pony, que le trajera algo de comer, que terminara de contarle la historia de la
niña mala en el bosque.
—¿Cómo acaba? —preguntó con un tono que
a Kivrin le crispaba los nervios—. ¿Se comen los lobos a la niña?
—No lo sé —respondió Kivrin después de
la cuar¬ta vez—. Ve y siéntate junto a tu abuela.
Agnes miró desdeñosa a lady Imeyne, que
estaba todavía arrodillada en el rincón, de espaldas a todos. Había pasado allí
toda la noche.
—Abuela no jugará conmigo.
—Bueno, pues entonces juega con Maisry.
Lo hizo durante cinco minutos,
molestándola tan implacablemente que la criada contraatacó y Agnes re¬gresó
llorando, quejándose de que Maisry la había pe¬llizcado.
—No se lo reprocho —dijo Kivrin, y las
envió a las dos al desván.
Fue a ver al niño, que había mejorado
tanto que in¬cluso se había incorporado, y cuando regresó encontró a Maisry
sentada en el sillón, profundamente dormida.
—¿Dónde está Agnes?
Eliwys miró aturdida a su alrededor.
—No lo sé. Estaban en el desván.
—Maisry —llamó Kivrin, acercándose al
dosel—. Despierta. ¿Dónde está Agnes?
Maisry parpadeó estúpidamente.
—No tendrías que haberla dejado sola.
Kivrin subió al desván, pero Agnes no
estaba allí, así que comprobó en la habitación. Tampoco la en¬contró.
Maisry se llevó una mano a la oreja, a
la defensiva, y la miró boquiabierta.
—Eso es —la amenazó Kivrin—. Te tiraré
de las orejas si no me dices dónde está.
Maisry enterró el rostro en su falda.
—¿Dónde está? —Kivrin la cogió por el
brazo—. Se suponía que tenías que vigilarla. ¡Era tu responsabi¬lidad!
Maisry empezó a aullar, un alarido agudo
como el de un animal.
—¡Basta! ¡Dime por dónde se marchó!
—Kivrin la empujó hacia la puerta.
—¿Qué pasa? —preguntó Roche al entrar.
—Es Agnes. Tenemos que encontrarla.
Puede ha¬ber ido a la aldea.
Roche sacudió la cabeza.
—No la he visto. Es probable que esté en
uno de los edificios externos.
—El establo —apuntó Kivrin—. Dijo que
quería ver a su pony.
No estaba allí.
—¡Agnes! —llamó Kivrin en medio de la
oscuri¬dad que olía a estiércol—. ¡Agnes!
El pony relinchó y trató de salir del
establo, y Ki¬vrin se preguntó cuándo le habrían dado de comer por última vez,
y dónde estarían los perros.
—Agnes.
Miró en cada uno de los establos y
detrás del pesebre, en todos los rincones donde podía esconderse una ni¬ña
pequeña, donde se hubiera podido quedar dormida.
Puede que esté en el granero, pensó
Kivrin, y salió del establo, protegiéndose los ojos de la súbita clari¬dad.
Roche salía de la cocina.
—¿La habéis encontrado? —preguntó
Kivrin, pero él no la oyó. Miraba hacia la puerta con la cabeza ladea¬da, como
si intentara escuchar algo.
Kivrin prestó atención, pero no percibió
nada.
—Es el señor —dijo él, y corrió hacia la
puerta.
Oh, no, Roche no, pensó Kivrin, y corrió
tras él. Se había detenido y abría la puerta.
—Padre Roche —llamó Kivrin, y oyó el
caballo.
Galopaba hacia ellos, el sonido de los
cascos era fuerte sobre el suelo helado. Kivrin comprendió que Roche se refería
al señor de la casa. Cree que el marido de Eliwys ha llegado por fin, pensó, y
entonces, con un destello de esperanza, pensó es el señor Dunworthy.
Roche alzó la pesada barra y la deslizó
a un lado.
Necesitamos estreptomicina y
desinfectante, y tie¬ne que llevarse a Rosemund a un hospital. Necesitará una
transfusión.
Roche había descorrido ya la barra.
Abrió la puerta.
Una vacuna, pensó ella
descabelladamente. Será mejor que traiga la oral. ¿Dónde está Agnes? Tiene que
sacarla de aquí.
El caballo casi había llegado a la
puerta antes de que ella recuperara el sentido.
—¡No! —exclamó, pero era demasiado
tarde. Ro¬che ya había terminado de abrir la puerta.
—No puede entrar aquí—gritó Kivrin, y
buscó al¬rededor algo con que advertirle—. Contraerá la peste.
Había dejado la pala junto al corral de
los cerdos después de enterrar a Blackie. Corrió a cogerla.
—No le dejéis entrar—gritó. Roche agitó
los bra¬zos en signo de advertencia, pero él ya había entrado en el patio.
Roche bajó los brazos.
—¡Gawyn! —dijo. El corcel negro parecía
el de Gawyn, pero lo montaba un niño. No sería mayor que Rosemund, y llevaba la
cara y la ropa manchadas de barro. También el caballo estaba sucio, respiraba
con dificultad y salpicaba espuma, y el muchacho parecía igual de agotado.
Tenía la nariz y las orejas enrojecidas
por el frío. Empezó a desmontar, mirándolos.
—No entres —advirtió Kivrin,
pronunciando con cuidado para no volver al inglés—. Hay peste en esta aldea.
—Levantó la pala, apuntando con ella como si fuera un rifle.
El niño se detuvo, a medio desmontar, y
volvió a sentarse en la silla.
—El mal azul —añadió ella, por si no lo
había en¬tendido, pero él asintió.
—Está en todas partes —dijo, y se volvió
para co¬ger algo de la alforja—. Traigo un mensaje. —Tendió una bolsa de cuero
hacia Roche, quien se adelantó a co¬gerla.
—¡No! —intervino Kivrin, y dio un paso
al frente, agitando la pala en el aire—. ¡Déjala caer al suelo! No nos toques.
El niño sacó un rollo de pergamino y lo
tiró a los pies de Roche.
El sacerdote lo recogió y lo desenrolló.
—¿Qué dice el mensaje? —preguntó al
niño, y Ki¬vrin pensó, claro, no sabe leer.
—No lo sé —contestó el niño—. Es del
obispo de Bath. Tengo que llevarlo a todas las parroquias.
—¿Me dejáis leerlo? —preguntó Kivrin.
—Tal vez sea del señor —aventuró Roche—.
Tal vez nos envía la noticia de que se ha retrasado.
—Sí—dijo Kivrin, cogiendo el pergamino,
pero ya sabía que no se trataba de eso.
Estaba en latín, escrito con letras tan
elaboradas que resultaban difíciles de leer, pero no importaba. Lo
había leído antes. En el Bodleian.
Se echó la pala al hombro y leyó el
mensaje, tradu¬ciéndolo.
—La contagiosa pestilencia de estos
días, que se extiende con rapidez, ha dejado a muchas parroquias y otras casas
de nuestra diócesis sin personas ni sacerdo¬tes para cuidar de sus feligreses.
Miró a Roche. No, pensó. Aquí no. No
dejaré que suceda aquí.
—Ya que no se puede encontrar ningún
sacerdote que esté dispuesto...
Los sacerdotes habían muerto o huido, y
no se po¬día persuadir a nadie para que ocupara su lugar, y la gente moría «sin
el sacramento de la Penitencia».
Siguió leyendo, viendo no las letras
negras sino las marrones ajadas que había descifrado en el Bo¬dleian. Entonces
le pareció que la carta era pomposa y ridicula.
—Moría gente a diestro y siniestro, y al
obispo sólo le importaba el protocolo de la Iglesia —le había comentado al
señor Dunworthy.
Pero ahora, al leerla al chico agotado y
al padre Roche, ella parecía también agotada. Y desesperada.
—Si están al borde de la muerte y no
pueden ase¬gurarse los servicios de un sacerdote, entonces deben confesarse
unos a otros. Con la presente os instamos, en nombre de Jesucristo, a hacer
esto.
Ni el niño ni Roche dijeron nada cuando
Kivrin terminó de leer. La joven se preguntó si el niño sabía lo que llevaba.
Enrolló el pergamino y se lo devolvió.
—Llevo cabalgando tres días —dijo él, y
se desplo¬mó exhausto en la silla—. ¿No puedo descansar un poco?
—Este sitio no es seguro —contestó
Kivrin, apia¬dándose de él—. Te daremos comida para que te la lleves.
Roche se volvió hacia la cocina y Kivrin
recordó de pronto a Agnes.
—¿Has visto una niña pequeña por el
camino? ¿Una niña de cinco años, con capa y capucha rojas?
—No, pero hay mucha gente en los
caminos. Hu¬yen de la peste.
Roche volvió con un saco de arpillera.
Kivrin dio media vuelta y cogió avena para el caballo, y Eliwys pasó ante ellos
con las faldas recogidas entre las piernas y el cabello suelto a la espalda.
—¡No...! —gritó Kivrin, pero Eliwys ya
había co¬gido el caballo por la brida.
—¿De dónde vienes? —le preguntó, y cogió
al ni¬ño de la manga—. ¿Has visto al valido de mi esposo, Gawyn?
El niño parecía asustado.
—Vengo de Bath, con un mensaje del
obispo —le respondió, tirando de las riendas. El caballo relinchó y sacudió la
cabeza.
—¿Qué mensaje? —preguntó Eliwys,
histérica—. ¿Es de Gawyn?
—No conozco al hombre del que habláis.
—Lady Eliwys... —dijo Kivrin, y avanzó
un paso.
—Gawyn cabalga un corcel negro con una
silla re¬pujada en plata —insistió Eliwys, tirando de la brida del caballo—. Ha
ido a Bath para traer a mi esposo, que es testigo en los juicios.
—Nadie va a Bath. Todos los que pueden
huyen de allí.
Eliwys se tambaleó, como si el caballo
hubiera re¬trocedido, y pareció caer contra su flanco.
—No hay tribunales, ni leyes —prosiguió
el ni¬ño—. Los muertos yacen en las calles, y todos los que los ven también
mueren. Hay quien dice que es el fin del mundo.
Eliwys soltó la brida y retrocedió un
paso. Se vol¬vió y miró esperanzada a Kivrin y Roche.
—Entonces seguramente volverán pronto.
¿Estás seguro que no los has visto por el camino? Cabalga un corcel negro.
—Había muchos caballos. —Hizo avanzar a
su montura hacia Roche, pero Eliwys no se movió.
Roche se adelantó con el saco de comida.
El chico se inclinó, la recogió, y cuando hizo girar al caballo es¬tuvo a punto
de atropellar a Eliwys. Ella no hizo ade¬mán de apartarse.
Kivrin avanzó y cogió una de las
riendas.
—No regreses junto al obispo —le
aconsejó.
El chico tiró de las riendas. Parecía
más asustado de ella que de Eliwys.
Kivrin no las soltó.
—Ve al norte —le conminó—. La peste no
ha lle¬gado allí todavía.
Él liberó las riendas de un tirón,
espoleó al caballo y salió al galope del patio.
—Apártate de los caminos principales —le
gritó Kivrin—. No hables con nadie.
Eliwys se quedó donde estaba.
—Venid —le dijo Kivrin—. Tenemos que
encon¬trar a Agnes.
—Mi esposo y Gawyn habrán cabalgado
primero a Courcy para advertir a sir Bloet —aventuró Eliwys, y dejó que Kivrin
la condujera de regreso a la casa.
Kivrin la dejó junto al fuego y se fue
al granero. Agnes no estaba allí, pero encontró su propia capa, que había
dejado el día de Nochebuena. Se la puso y subió al altillo. Miró en el lagar y
Roche buscó en los otros edificios, pero fue en vano. Un frío viento se levantó
mientras hablaban con el mensajero, y olía a nieve.
—Tal vez está en la casa —suspiró
Roche—. ¿Ha¬béis mirado tras el sillón alto?
Ella registró de nuevo la casa, mirando
tras el si¬llón y bajo la cama. Maisry yacía gimiendo donde la había dejado, y
tuvo que resistir la tentación de pegarle una buena patada. Le preguntó a lady
Imeyne, que estaba arrodillada de cara a la pared, si había vis¬to a Agnes.
La anciana la ignoró y siguió moviendo
las cuentas de su rosario y los labios en silencio.
Kivrin la sacudió por el hombro.
—¿La visteis salir?
Lady Imeyne se volvió y la miró, echando
chispas por los ojos.
—La culpa es de ella.
—¿De Agnes? —preguntó Kivrin, furiosa—.
¿Có¬mo puede ser culpa suya?
Imeyne sacudió la cabeza y miró a
Maisry.
—Dios nos castiga por la maldad de
Maisry.
—Agnes se ha perdido y ya está
anocheciendo —dijo Kivrin—. Tenemos que encontrarla. ¿No habéis visto adonde
fue?
—Su culpa —susurró la anciana, y se
volvió hacia la pared.
Se hacía tarde y el viento silbaba
contra los muros. Kivrin recorrió el pasaje y salió al prado.
Era como el día que había intentado
encontrar por su cuenta el lugar de recogida. No había nadie en el pra¬do
cubierto de nieve, y el viento agitaba sus ropas al co¬rrer. Una campana tañía
al noreste, lentamente, anun¬ciando un funeral.
A Agnes le encantaba el campanario.
Kivrin entró y la llamó, aunque distinguía claramente la campana. Salió y se
quedó mirando las chozas, tratando de pen¬sar adonde habría ido la niña.
A las chozas no, a menos que hubiera
tenido frío. El perrito. Quería ver la tumba. Kivrin no le había di¬cho que lo
había enterrado en el bosque. Agnes le ha¬bía dicho que había que enterrarlo en
el cementerio. Ya veía que la niña no estaba allí, pero de todas formas
atravesó la valla.
Agnes había estado allí. Las huellas de
sus botitas iban de tumba en tumba y luego se dirigían a la parte
norte de la iglesia. Kivrin se volvió
hacia la colina y la linde del bosque, pensando. ¿Y si ha ido al bosque? Nunca
la encontraremos.
Rodeó la iglesia. Las huellas se
detenían y volvían al otro lado. Kivrin abrió la puerta. Dentro casi estaba
oscuro y hacía más frío que en el patio sacudido por el viento.
—¡Agnes! —llamó.
No obtuvo respuesta, pero un leve sonido
llegó de junto al altar, como una rata huyendo.
—¿Agnes? —dijo Kivrin, escrutando la
penumbra tras la tumba, los pasillos laterales—. ¿Estás aquí?
—¿Kivrin? —respondió una vocecita
temblorosa.
Estaba junto a la imagen de santa
Catalina, acurru¬cada entre las velas de la peana. Se había apretujado contra
las burdas faldas de piedra de la estatua, con los ojos aterrados, envuelta en
su capa. Tenía la cara roja y surcada por las lágrimas.
—¿Kivrin? —gimió, y se abalanzó a sus
brazos.
—¿Qué estás haciendo aquí, Agnes? —dijo
Kivrin, furiosa de puro alivio. La abrazó con fuerza—. Te he¬mos estado
buscando por todas partes.
Ella enterró el rostro contra el cuello
de Kivrin.
—Me escondía —dijo—. Llevé a Carro a ver
a mi perro, y me caí. —Se frotó la nariz—. Os llamé muchas veces, pero vos no
veníais.
—No sabíamos dónde estabas, cariño —la
consoló Kivrin, acariciándole el pelo—. ¿Por qué has venido a la iglesia?
—Me escondía del hombre malo.
—¿Qué hombre malo? —Kivrin frunció el
ceño.
La puerta de la iglesia se abrió, y
Agnes se apretó contra el cuello de Kivrin.
—Es el hombre malo —susurró, histérica.
—¡Padre Roche! —llamó Kivrin—. La he
encon¬trado. Está aquí. —La puerta se cerró y oyó los pasos
del sacerdote—. Es el padre Roche.
También te ha esta¬do buscando. No sabíamos dónde te habías metido.
La niña aflojó un poco su abrazo.
—Maisry dijo que el hombre malo vendría
y me cogería.
Roche llegó jadeando, y Agnes volvió a
enterrar la cabeza contra Kivrin.
—¿Está enferma? —preguntó ansiosamente.
—No lo creo. Está helada. Ponedle mi
capa.
Roche desabrochó torpemente la capa de
Kivrin y envolvió con ella a Agnes.
—Me escondía del hombre malo —le explicó
a Ki¬vrin, volviéndose.
—¿Qué hombre malo?
—El hombre malo que os persiguió en la
iglesia. Maisry dijo que viene y te coge y te da el mal azul.
—No hay ningún hombre malo —replicó
Kivrin, pensando que cuando volviera a la casa sacudiría a Maisry hasta que le
castañetearan los dientes. Se levan¬tó. Agnes la abrazó con más fuerza.
Roche fue tanteando la pared hasta
llegar a la puer¬ta y la abrió. Una luz azulina los asaltó.
—Maisry dijo que él se llevó a mi perro
—prosi¬guió Agnes, tiritando—. Pero a mí no. Me escondí.
Kivrin pensó en el cachorro negro,
flácido en sus manos, con sangre en la boca.
No, pensó, y caminó rápidamente sobre la
nieve. La niña tiritaba porque había estado demasiado tiempo en la iglesia
helada. Notó su carita caliente contra el cuello. Es de tanto llorar, pensó, y
le preguntó si le do¬lía la cabeza.
Agnes asintió o sacudió la cabeza contra
Kivrin, pero no respondió. No, pensó Kivrin, y apretó el paso seguida de Roche.
Dejó atrás la casa del senescal hasta llegar al patio.
—No fui al bosque —dijo Agnes cuando
llegaron a la casa—. La niña mala sí fue, ¿verdad?
—Sí —contestó Kivrin, acercándola al
fuego—. Pero no pasó nada. El padre la encontró y la llevó a casa. Y vivieron
felices y comieron perdices. —Sentó a Agnes en el banco y le desabrochó la
capa.
—Y nunca volvió al bosque.
—Nunca. —Kivrin le quitó los zapatos
mojados y las calzas—. Acuéstate —le ordenó al tiempo que ex¬tendía la capa
junto al fuego—. Te traeré un poco de sopa caliente. —Agnes se tendió
dócilmente y Kivrin la cubrió con la capa.
Le trajo sopa, pero Agnes la rechazó, y
se quedó dormida casi de inmediato.
—Ha cogido frío —le dijo a Eliwys y
Roche casi ferozmente—. Ha estado fuera toda la tarde. Ha cogi¬do frío.
Pero después de que Roche se marchara a
decir vís¬peras, destapó a Agnes y le palpó bajo los brazos y en la ingle.
Incluso le dio la vuelta, buscando un bulto como el del niño entre sus
omóplatos.
Roche no tocó la campana. Volvió con una
colcha ajada, sin duda de su propia cama, la tendió en el suelo y trasladó a
Agnes a ella.
Las otras campanas de vísperas sonaban.
Oxford, Godstow y la campana del suroeste. Kivrin no oyó la doble campana de
Courcy. Miró ansiosamente a Eli¬wys, pero ella no parecía estar escuchando.
Miraba ha¬cia la puerta.
Las campanas cesaron, y la de Courcy
comenzó. Parecía extraña, apagada y lenta. Kivrin miró a Roche.
—¿Es un funeral?
—No —respondió él, mirando a Agnes—. Es
un día sagrado.
Kivrin había perdido cuenta de los días.
El envia¬do del obispo se había marchado la mañana de Navi¬dad y por la tarde
ella descubrió que se trataba de la peste, y después de eso todo pareció un
único día interminable.
Cuatro días, pensó, han sido cuatro
días.
Había querido venir por Navidad porque
había tantos días de fiesta que incluso los campesinos sabían qué día era, y
así no perdería el encuentro.
Gawyn fue a Bath por ayuda, señor
Dunworthy, pensó, y el obispo se llevó todos los caballos, y no sabía dónde
estaba.
Eliwys se había levantado y escuchaba
las cam¬panas.
—¿Son las campanas de Courcy?
—Sí —dijo Roche—. No temáis. Es la
Matanza de los Santos Inocentes.
La matanza de los inocentes, pensó
Kivrin, miran¬do a Agnes. Dormía, y había dejado de temblar, aunque aún estaba
caliente.
La cocinera gimió algo y Kivrin se
acercó a ella. Estaba encogida en su jergón, intentando levantarse.
—Debo ir a casa —murmuró.
Kivrin la obligó a acostarse y le llevó
un poco de agua. El cubo estaba casi vacío, así que lo cogió y salió con él.
—Decidle a Kivrin que quiero que venga
—pro¬rrumpió Agnes. Estaba sentada.
Kivrin soltó el cubo.
—Estoy aquí —dijo, arrodillándose junto
a la ni¬ña—. Aquí mismo.
Agnes la miró, la cara roja y
distorsionada por la furia.
—El hombre malo me cogerá si Kivrin no
viene —gimoteó—. Pedidle que venga ahora mismo.
TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL
JUICIO FINAL
(073453-074912)
No fui al encuentro. Perdí la cuenta de
los días, cuidando de Rosemund, y no encontraba a Agnes, y no sabía dónde
estaba el lugar.
Debe de estar usted muy preocupado,
señor Dunworthy. Probablemente pensará que he caído entre ase¬sinos y ladrones.
Bueno, así ha sido. Y ahora tienen a Agnes.
Tiene fiebre, pero no le han salido
bubas, y no tose ni vomita. Sólo fiebre. Es muy alta... no me conoce y sigue
pidiendo que yo vaya. Roche y yo intentamos bajarle la fiebre lavándola con
compresas frías, pero si¬gue aumentándole la temperatura.
(Pausa)
Lady Imeyne está enferma. El padre Roche
la en¬contró esta mañana en el suelo. Tal vez llevaba allí toda la noche. Las
dos últimas noches se negó a acostarse y permaneció de rodillas en el rincón,
rezándole a Dios para que la protegiera a ella y al resto de los piadosos de la
peste.
No lo ha hecho. Tiene la neumónica. Tose
y vomi¬ta mucosidad manchada de sangre.
No quiere que Roche ni yo la atendamos.
—Ella tiene la culpa de esto —le dijo a
Roche, y me señaló—. Miradle el cabello. No es una doncella. Mi¬rad su ropa.
Mi ropa son una pelliza de chico y unas
calzas de cuero que encontré en uno de los cofres del des¬ván. Mi saya se
estropeó cuando lady Imeyne me vo¬mitó encima, y tuve que romper mi camisa para
hacer vendas.
Roche intentó darle a Imeyne un poco de
infusión de corteza de sauce, pero ella lo escupió.
—Mintió cuando dijo que la habían
asaltado en el bosque. La han enviado para matarnos —dijo ella.
Una baba ensangrentada le resbalaba por
la barbi¬lla mientras hablaba, y Roche se la secó.
—El mal os hace creer esas cosas —dijo
amable¬mente.
—La enviaron para que nos envenene
—prosiguió Imeyne—. Ved cómo ha envenenado a las hijas de mi hijo. Y ahora
quiere envenenarme a mí también, pero no permitiré que me dé nada de comer ni
de beber.
—Shhh —dijo Roche amablemente—. No
debéis hablar mal de quien pretende ayudaros.
Ella sacudió la cabeza violentamente, de
un lado a otro.
—Pretende matarnos a todos. Es una
sierva del diablo.
Yo nunca había visto a Roche enfadado.
Casi vol¬vió a parecer un asesino.
—No sabéis lo que decís. Es Dios quien
la ha en¬viado para ayudarnos.
Ojalá fuera cierto que estoy aquí para
servir de ayuda, pero se equivoca. Agnes grita para que yo vaya y Rosemund yace
como hechizada, y el clérigo se vuel¬ve negro y yo no puedo hacer nada para
ayudarlos. Nada.
(Pausa)
Toda la familia del senescal la tiene.
El hijo menor. Lefric, era el único con bubas, y lo he traído aquí para
desbridárselas. No puedo hacer nada por los demás. Todos tienen peste
neumónica.
(Pausa)
El bebé del senescal ha muerto.
(Pausa)
Las campanas de Courcy doblan. Nueve
golpes. ¿Cuál de ellos es? ¿El enviado del obispo? ¿El mon¬je gordo que ayudó a
robarnos los caballos? ¿O sir Bloet?
Espero que así sea.
(Pausa)
Un día aciago. La mujer del senescal y
el niño que huyó de mí cuando fui a buscar el lugar de encuentro han muerto
esta tarde.
El senescal está cavando sus tumbas,
aunque el suelo está tan congelado que no sé cómo puede hacerle siquiera una
mella. Rosemund y Lefric han empeora¬do. Rosemund apenas puede tragar y su
pulso es débil e irregular.
Agnes no está tan mal, pero no consigo
que le baje la fiebre.
Roche dijo vísperas aquí esta noche.
—Buen Jesús —rezó después de las
oraciones esta¬blecidas—, sé que has enviado la ayuda que has podi¬do, pero me
temo que no podemos prevalecer contra esta oscura plaga. Tu santa servidora
Katherine dice que este terror es una enfermedad, ¿pero cómo es posi¬ble? Pues
no se mueve de hombre a hombre, sino que está en todas partes a la vez.
Así es.
(Pausa)
Ulf el molinero ha muerto. También
Sibbe, hija del senescal Joan, hija del senescal.
La cocinera (no sé su nombre). Walthef,
hijo mayor del senescal.
(Pausa)
Más del cincuenta por ciento de la aldea
la sufre. Por favor, no dejes que Eliwys la contraiga. Ni Roche.
—Os haré esto —dijo alguien.
Dunworthy abrió mucho los ojos y buscó
las ga¬fas, pero no estaban allí.
—Os enviaré terror, destrucción, y
fiebre ardiente.
Era la señora Gaddson. Estaba sentada en
la silla junto a su cama, leyendo la Biblia. No tenía puesta la mascarilla ni
la bata, aunque la Biblia parecía cubierta de politeno. Dunworthy la miró con
el ceño fruncido.
—Y cuando estéis congregados en vuestras
ciuda¬des, os enviaré la peste.
—¿Qué día es? —preguntó Dunworthy.
Ella hizo una pausa, le observó y
continuó plácida¬mente.
—Y seréis entregados a las manos del
enemigo.
No podía llevar allí mucho tiempo. La
señora Gad¬dson estaba leyendo a los pacientes cuando fue a ver a Badri. Tal
vez era la misma tarde, y Mary aún no había acudido para echarla.
—¿Puede tragar? —preguntó la enfermera.
Era la anciana de Suministros—. Tengo que darle un temp —gruñó—. ¿Puede tragar?
Él abrió la boca y la enfermera le puso
el temp en la lengua. Le inclinó la cabeza hacia delante para que pu¬diera
beber y Dunworthy oyó el crujido del delantal.
—¿La ha tragado? —preguntó, y dejó que
se re¬costara un poco.
La cápsula se le había atascado en algún
lugar de la garganta, pero asintió. El esfuerzo hizo que le doliera la cabeza.
—Bien. Entonces me llevaré esto. —Le
quitó algo del antebrazo.
—¿Qué hora es? —preguntó él, tratando de
no es¬cupir la cápsula.
—Hora de descansar —replicó ella,
mirando mio¬pe las pantallas tras su cabeza.
—¿Qué hora es? —repitió él, pero la
enfermera ya se había marchado—. ¿Qué día es hoy? —le pre¬guntó a la señora
Gaddson, pero también ella se había marchado.
No podía llevar allí mucho tiempo.
Todavía tenía fiebre y dolor de cabeza, que eran los primeros síntomas de la
gripe. Tal vez sólo llevaba enfermo unas horas. Tal vez todavía era la misma
tarde y había despertado al trasladarlo a la habitación, antes de tener tiempo
de co¬nectar el botón de llamada o darle un temp.
—Hora de su temp —dijo la enfermera. Era
una distinta, la rubia guapa que le había preguntado por William Gaddson.
—Ya he tomado uno.
—Eso fue ayer. Vamos, tómeselo.
El estudiante de primer curso le había
dicho que había contraído el virus.
—Creía que estaba enferma —comentó él.
—Lo estuve, pero ya me he curado. Y
usted tam¬bién se curará. —Le puso la mano detrás de la cabeza para que pudiera
tomar un sorbo de agua.
—¿Qué día es?
—Once —respondió ella—. He tenido que
pensar¬lo un poco. Al final las cosas se volvieron un poco con¬fusas. Casi todo
el personal cayó, y tuvimos que traba¬jar turnos dobles. Perdí la cuenta de los
días. —Tecleó algo en la consola y contempló las pantallas con el ceño
fruncido.
Él ya lo sabía antes de que se lo
dijera, antes de in¬tentar coger la campana para pedir ayuda. La fiebre había
convertido las noches delirantes y las mañanas drogadas en una interminable
tarde lluviosa, pero su cuerpo había seguido computando el tiempo, los días. Lo
sabía antes incluso de que ella se lo dijera: había perdido el encuentro.
En realidad no hubo ningún encuentro, se
dijo amargamente. Gilchrist desconectó la red. No habría importado que hubiera
estado allí o que no hubiera es¬tado enfermo. La red estaba cerrada y él no
podría ha¬ber hecho nada.
Once de enero. ¿Cuánto tiempo había
esperado Kivrin ante el lugar de recogida? ¿Un día? ¿Dos? ¿Tres antes de
empezar a pensar que se había equivocado de fecha o de lugar? ¿Había esperado
toda la noche en la carretera de Oxford a Bath, acurrucada en su inútil capa
blanca, reacia a encender fuego por miedo a que la luz atrajera a lobos, o
ladrones, o campesinos huyendo de la peste? ¿Cuándo comprendió por fin que
nadie iría a rescatarla?
—¿Puedo traerle algo? —preguntó la
enfermera. Introdujo una jeringuilla en la cánula.
—¿Ahí hay algo para hacerme dormir?
—Sí.
—Bien —murmuró él, y cerró los ojos,
agradecido.
Durmió unos cuantos minutos, o un día, o
un mes. La luz, la lluvia, la falta de sombras seguían igual cuando despertó.
Colin estaba sentado junto a la cama, leyendo el libro que Dunworthy le había
regalado por Navidad y chupando algo. No puede haber pasado tanto tiempo, pensó
Dunworthy, todavía tiene el chicle.
—Vaya —dijo Colin y cerró el libro de
golpe—. Esa horrible enfermera dijo que sólo podía quedarme si prometía no
despertarlo, y no lo he hecho, ¿verdad? Le dirá que se ha despertado solo,
¿verdad?
Se sacó el chicle, lo examinó y se lo
guardó en el bolsillo.
—¿La ha visto? Debió de vivir durante la
Edad Media. Es casi tan necrótica como la señora Gaddson.
Dunworthy le observó. La chaqueta donde
se ha¬bía guardado el chicle era nueva, verde, y la bufanda a cuadros grises
que llevaba al cuello resultaba aún más sombría contra el verdor. Colin parecía
mayor, como si hubiera crecido mientras Dunworthy dormía.
Colin frunció el ceño.
—Soy yo, Colín. ¿Me conoce?
—Sí, claro que te conozco. ¿Por qué no
llevas una mascarilla?
Colín sonrió.
—No tengo por qué. Y en cualquier caso
ya no es usted contagioso. ¿Quiere las gafas?
Dunworthy asintió, con cuidado, para que
el dolor de cabeza, no comenzara otra vez.
—Cuando se despertó las otras veces, no
me re¬conoció. —Rebuscó en el cajón de la mesilla de noche y le tendió a
Dunworthy sus gafas—. Estuvo usted fatal. Pensé que iba a palmarla. No dejaba
de llamar¬me Kivrin.
—¿Qué día es?
—Doce —replicó Colin, impaciente—. Esta
maña¬na ya me lo ha preguntado. ¿No lo recuerda?
Dunworthy se puso las gafas.
—No.
—¿Recuerda algo de lo que ha pasado?
Recuerdo cómo le fallé a Kivrin.
Recuerdo que la he dejado en 1348.
Colin acercó la silla y dejó el libro
sobre la cama.
—La enfermera me dijo que no se
acordaría por culpa de la fiebre —dijo, pero parecía casi furioso con
Dunworthy, como si él fuera responsable—. No me dejó entrar a verlo ni me decía
nada. Creo que es una injusticia. Te hacen sentarte en una sala de espera, y no
paran de decirte que te vayas a casa, que no puedes ha¬cer nada aquí, y cuando
les preguntas te dicen: «Ense¬guida vendrá el doctor», y no te dicen nada. Te
tratan como a un niño. Quiero decir que hay que enterarse al¬guna vez, ¿no?
¿Sabe lo que hizo la enfermera esta ma¬ñana? Me echó. Dijo: «El señor Dunworthy
ha estado muy enfermo. No quiero que le molestes.» Como si fuera a hacerlo.
Parecía indignado, pero también cansado,
preocu¬pado. Dunworthy lo imaginó acechando en los pasillos y sentado en la
sala de espera, aguardando noticias. No era extraño que pareciera mayor.
—Y ahora la señora Gaddson me dice que
sólo le diga buenas noticias, porque las malas noticias pueden hacerle recaer,
y si se muriera sería por mi culpa.
—Ya veo que la señora Gaddson sigue
elevando la moral —sonrió Dunworthy—. Supongo que no hay ninguna posibilidad de
que contraiga el virus, ¿no?
Colin pareció sorprendido.
—La epidemia ha acabado —dijo—. Van a
levantar la cuarentena la semana que viene.
El análogo había llegado, después de
todas las sú¬plicas de Mary. Se preguntó si habría llegado a tiempo para ayudar
a Badri, y entonces pensó cuáles serían las malas noticias que la señora
Gaddson no quería que le dijeran. Ya me la han dicho. Se ha perdido el ajuste y
Kivrin está en 1348.
—Dame alguna buena noticia —pidió.
—Bueno, nadie ha caído enfermo desde
hace dos días, y los suministros por fin han pasado, así que ya tenemos algo
decente para comer.
—Ya veo que llevas ropa nueva.
Colin miró la chaqueta verde.
—Es uno de los regalos de Navidad de mi
madre. Los envió después... —Se detuvo y frunció el ceño—. Me envió más vids, y
un juego de máscaras también.
Dunworthy se preguntó si habría esperado
a que la epidemia hubiera pasado efectivamente antes de mo¬lestarse en enviar
los regalos de Colin, y qué habría di¬cho Mary al respecto.
—Mire —dijo Colin, incorporándose—. La
cha¬queta se cierra automáticamente. Sólo hay que tocar el botón, así. Ya no
tendrá que volver a decirme que me abroche.
La enfermera llegó entre crujidos.
—¿Le ha despertado? —demandó.
—¿Lo ve? —murmuró Colin—. Yo no he sido,
hermana. Estuve tan callado que ni siquiera se oía cómo pasaba las páginas.
—No me despertó, y no me está molestando
—in¬tervino Dunworthy antes de que ella pudiera hacerle la siguiente pregunta—.
Sólo me está contando las bue¬nas noticias.
—No tendrías que decirle nada al señor
Dunwor¬thy. Debe descansar —advirtió ella, y colgó una bolsa de líquido claro
en el gotero—. El señor Dunworthy sigue demasiado enfermo para que lo molesten
las visi¬tas. —Empujó a Colin hacia la salida.
—Si le preocupan tanto las visitas, ¿por
qué no im¬pide que la señora Gaddson le lea la Biblia? —protestó Colin—. Eso
pondría enfermo a cualquiera. —Se detu¬vo en la puerta, mirando a la
enfermera—. Volveré ma¬ñana. ¿Quiere que le traiga algo?
—¿Cómo está Badri? —preguntó Dunworthy,
y se preparó para la respuesta.
—Mejor. Estaba casi recuperado, pero
tuvo una recaída. Ahora está mucho mejor. Quiere verle.
—No —dijo Dunworthy, pero la enfermera
ya ha¬bía cerrado la puerta.
«No es culpa de Badri», había dicho
Mary, y por supuesto tenía razón. La desorientación era uno de los primeros
síntomas. Recordó que había sido incapaz de marcar el número de Andrews, que la
señora Piantini cometía un error tras otro con las campanillas, y mur¬muraba
«Lo siento» sin cesar.
—Lo siento —murmuró. No fue culpa de
Badri. Fue suya. Le preocupaban tanto los cálculos del estu¬diante que contagió
a Badri sus temores, tanto que Ba¬dri decidió volver a introducir las
coordenadas. Colin había dejado su libro en la cama. Dunworthy lo acercó.
Parecía imposiblemente pesado, tanto que el brazo le tembló por el esfuerzo de
abrirlo, pero lo apoyó contra la baranda de la cama y pasó las páginas, casi
ilegibles desde el ángulo en que se hallaba, hasta que encontró lo que buscaba.
La Peste Negra había golpeado Oxford en Navidad. Por ello habían cerrado las
universidades y los que pudieron huir a las aldeas vecinas llevaron la epidemia
consigo. Los que no pudieron marcharse ca-yeron a miles, de modo que «no quedó
nadie para ha¬cerse cargo ni para enterrar a los muertos». Y los pocos que
quedaron se atrincheraron en los colegios, escon¬diéndose y buscando a alguien
a quien echar la culpa.
Se quedó dormido con las gafas puestas,
pero cuan¬do la enfermera se las quitó, se despertó. Era la enferme¬ra de
William, y le sonrió.
—Lo siento —dijo, guardándolas en el
cajón—. No quería despertarlo.
Dunworthy la miró.
—Colin dice que la epidemia ha pasado.
—Sí —confirmó ella, sin perder de vista
las panta¬llas que había tras él—. Descubrieron la fuente del vi¬rus y
consiguieron el análogo al mismo tiempo; menos mal. Probabilidad estimaba una
tasa de incidencia del ochenta y cinco por ciento y del treinta y dos por
cien¬to de mortalidad incluso con antimicrobiales y poten¬ciación de
leucocitos-T, y eso sin tener en cuenta la es¬casez de suministros y el elevado
número de miembros del personal enfermos. Tuvimos casi el diecinueve por ciento
de mortalidad y un buen número de casos si¬guen siendo críticos.
Le cogió la muñeca y miró la pantalla.
—Le ha bajado un poco la fiebre
—anunció—. Tiene mucha suerte, ¿sabe? El análogo no funcionó en todo el mundo
que estaba ya infectado. La doctora Ahrens... —dijo, y entonces se interrumpió.
Él se pre¬guntó qué habría dicho Mary. Que la palmaría—. Tie¬ne usted mucha
suerte —repitió—. Ahora intente dormir.
Durmió, y cuando volvió a despertar, la
señora Gaddson estaba junto a él, preparada para arremeter con su Biblia.
—«Caerán sobre ti todas las plagas de
Egipto —leyó en cuanto Dunworthy abrió los ojos—. Tam¬bién cada enfermedad y
cada epidemia, hasta que seas destruido.»
—«Y serás entregado a las manos del
enemigo» —murmuró Dunworthy.
—¿Qué? —preguntó la señora Gaddson.
—Nada.
Había perdido por dónde iba. Pasó las
páginas de un lado a otro, buscando las pestes, y empezó a leer.
—... por eso Dios envió a Su único Hijo
al mundo.
Dios nunca le habría enviado si hubiera
sabido lo que sucedería. Herodes y la matanza de los inocentes y Getsemaní.
—Léame a san Mateo —pidió—. Capítulo 26,
ver¬sículo 39.
La señora Gaddson se interrumpió,
irritada, y lue¬go buscó a Mateo entre las páginas.
—«Y avanzando un poco más, cayó sobre su
ros¬tro y oraba, diciendo: "Padre mío, si es posible, haz que pase de mí
este cáliz."»
Dios no sabía dónde estaba Su Hijo,
pensó Dun¬worthy. Había enviado a Su único Hijo al mundo, y algo había salido
mal con el ajuste, alguien había desco¬nectado la red, y no pudo recuperarlo;
lo arrestaron, le pusieron una corona de espinas en la cabeza y lo clava¬ron en
una cruz.
—Capítulo 27, versículo 46.
Ella frunció los labios y pasó la
página.
—Realmente no creo que estas Lecturas
sean apro¬piadas para...
—Lea.
—«Y hacia la hora nona, gritó Jesús con
fuerte voz, diciendo: "Eloi, Eloi, lama sabactani?", que quiere
de¬cir: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abando¬nado?"»
Kivrin no sabría lo qué había sucedido.
Pensaría que había equivocado el lugar o el momento, que de al¬gún
modo había perdido la cuenta de los días
durante la peste, que algo había ido mal con el lanzamiento. Pensaría que la
habían olvidado.
—¿Bien? —dijo la señora Gaddson—.
¿Alguna otra petición?
—No.
La señora Gaddson volvió al Antiguo
Testamento.
—«Pues caerán por la espada, por el
hambre y por la peste —siguió leyendo—. El mayor pecador morirá de peste.»
A pesar de todo, Dunworthy se durmió, y
cuando despertó por fin ya no era la tarde interminable. Seguía lloviendo, pero
ahora había sombras en la habitación y las campanas daban las cuatro. La
enfermera de William le ayudó a ir al cuarto de baño. El libro había
desaparecido y se preguntó si William había vuelto sin que lo recordara, pero
cuando la enfermera abrió la puerta de la mesilla de noche para coger sus
zapatillas, lo vio allí. Le pidió que le levantara la cama para estar más
incorporado, y cuando ella se marchó se puso las gafas y sacó el libro.
La peste se había extendido de forma tan
aleatoria, tan implacable, que los contemporáneos no pudieron creer que se
trataba de una enfermedad natural. Acusa¬ron a los leprosos, a las viejas y a
los enfermos mentales de envenenar pozos y echarles maldiciones. Todos los
forasteros y desconocidos se convirtieron inmedia¬tamente en sospechosos. En
Sussex lapidaron a dos viajeros. En Yorkshire quemaron a una joven en la
ho-guera.
—Por fin le encuentro —dijo Colin,
entrando en la habitación—. Creía que lo había perdido.
Llevaba la chaqueta verde y estaba muy
mojado.
—Tuve que llevar las fundas de las
campanillas a Santa Reformada para la señora Taylor, y está llo¬viendo a mares.
El alivio inundó a Dunworthy al oír el
nombre de la señora Taylor, y advirtió que no había preguntado por ninguno de
los retenidos por miedo a recibir malas noticias.
—¿Está bien entonces la señora Taylor?
Colin tocó el botón de su chaqueta, y la
prenda se abrió de golpe, salpicando agua por todas partes.
—Sí. Van a tocar en Santa Re-Formada el
día quin¬ce. —Se inclinó hacia delante para poder ver qué estaba leyendo
Dunworthy.
Dunworthy cerró el libro y se lo tendió.
—¿Y el resto de las campaneras? ¿La
señora Pian-tini?
Colin asintió.
—Está todavía en el hospital. Ha
adelgazado tanto que no la reconocería. —Abrió el libro—. Ha estado leyendo
sobre la Peste Negra, ¿verdad?
—Sí. El señor Finch no contrajo el
virus, ¿verdad?
—No. Sustituye como tenor a la señora
Piantini. Está muy preocupado. No recibimos papel higiénico en el envío de
Londres, y dice que casi nos hemos que¬dado sin existencias. Tuvo una discusión
con la fiera al respecto. —Puso el libro sobre la cama—. ¿Qué le va a pasar a
su chica?
—No lo sé.
—¿No puede hacer nada para sacarla de
allí?
—No.
—La Peste Negra fue terrible. Murió
tanta gente que ni siquiera los enterraban. Sólo los dejaban amon¬tonados.
—No puedo ir a buscarla, Colin. Perdimos
el ajus¬te cuando Gilchrist desconectó la red.
—Lo sé, pero de todas formas, ¿no
podemos hacer nada?
—No.
—Pero...
—Intenté hablar con su médico para que
restringiera sus visitas —dijo la enfermera, y agarró a Colin por el cuello de
la chaqueta.
—Empiecen por la señora Gaddson —replicó
Dunworthy—, y dígale a Mary que quiero verla.
Mary no vino, pero sí Montoya,
obviamente des¬de la excavación. Tenía barro hasta las rodillas, y su cabello
oscuro y rizado también estaba manchado. Colin la acompañaba, con la chaqueta
verde toda sal¬picada.
—Hemos tenido que colarnos cuando ella
no mi¬raba—jadeó Colin.
Montoya había perdido mucho peso. Sus
manos parecían muy delgadas, y el digital en su muñeca le quedaba suelto.
—¿Cómo se encuentra? —preguntó.
—Mejor —mintió él, mirándole las manos.
Tenía barro bajo las uñas—. ¿Y usted?
—Mejor.
Debía de haber ido directamente a la
excavación a buscar el grabador en cuanto le dieron de alta en el hospital. Y
ahora había venido directamente aquí.
—Está muerta, ¿verdad?
Sus manos soltaron la barandilla.
—Sí.
Kivrin estaba en el lugar correcto,
después de todo. Las situacionales sólo habían cambiado unos pocos ki¬lómetros,
unos pocos metros, y había conseguido en¬contrar la carretera de Oxford a Bath,
había encontra¬do Skendgate. Y había muerto allí, víctima de la gripe que había
contraído antes del salto. O de hambre des¬pués de la peste, o de
desesperación. Llevaba muerta setecientos años.
—Lo encontró entonces —dijo, y no era
una pre¬gunta.
—¿Encontrar el qué? —intervino Colin.
—El grabador de Kivrin.
—No —respondió Montoya.
Sus manos temblaron un poco, aferradas a
la ba¬randilla.
—Kivrin me lo pidió —explicó—. El día
del lanza¬miento. Fue ella quien sugirió que el grabador parecie¬ra un espolón
óseo, para que la grabación sobreviviera aunque ella no lo hiciera. «El señor
Dunworthy se pre¬ocupa en vano —dijo—, pero si algo va mal, intentaré que me
entierren en el cementerio de la iglesia para que no tengan que excavar por
media Inglaterra.» —Le tembló la voz.
Dunworthy cerró los ojos.
—Pero no saben que está muerta si no han
encon¬trado el grabador —estalló Colin—. Usted dijo que ni siquiera sabían
dónde estaba Kivrin. ¿Cómo pueden estar tan seguros de que ha muerto?
—Hemos hecho experimentos con ratas de
labora¬torio en la excavación. Sólo una exposición de un cuar¬to de hora al
virus basta para que se produzca el conta¬gio. Kivrin estuvo directamente
expuesta a la tumba durante más de tres horas. Hay un setenta y cinco por
ciento de probabilidades de que contrajera el virus, y con el limitado apoyo
médico del siglo XIV, es casi se¬guro que desarrolló complicaciones.
Limitado apoyo médico. Era un siglo que
había suministrado a la gente sanguijuelas y estricnina, que nunca había oído
hablar de esterilización, gérmenes ni leucocitos-T. Le habrían puesto apestosas
cataplasmas y murmurado oraciones, o le habrían abierto las venas. «Y los
médicos los sangraban —decía el libro de Gilchrist, dijo Montoya—, la tasa de
mortalidad del vi¬rus es del cuarenta y nueve por ciento. Probabilidad...
—Probabilidad —dijo Dunworthy—. ¿Son
cifras de Gilchrist?
Montoya miró a Colin y frunció el ceño.
—Hay una probabilidad del setenta y
cinco por ciento de que Kivrin haya contraído el virus, y un sesenta y ocho por
ciento de que quedara expuesta a la peste. La tasa de contagio de la peste
bubónica es del noventa y uno por ciento, y la de mortalidad...
—No ha contraído la peste —dijo
Dunworthy—. Recibió su inmunización. ¿No se lo dijeron la doctora Ahrens o
Gilchrist?
Montoya volvió a mirar a Colin.
—Me advirtieron que no debía decírselo
—alegó Colin, mirándola desafiante.
—¿Decirme qué? ¿Está enfermo Gilchrist?
—re¬cordó que había mirado las pantallas y luego se desplo¬mó en sus brazos. Se
preguntó si lo habría contagiado al caer.
—El señor Gilchrist murió de gripe hace
tres días.
Dunworthy miró a Colin.
—¿Qué más te ordenaron que no me
contaras? —exigió—. ¿Quién más ha muerto mientras yo estaba enfermo ?
Montoya alzó la mano para silenciar a
Colin, pero ya era demasiado tarde.
—Tía Mary.
TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL
JUICIO FINAL
(077076-078924)
Maisry ha huido. Roche y yo la hemos
buscado por todas partes, por miedo de que hubiera caído en¬ferma y se hubiera
arrastrado hasta algún rincón, pero el senescal dijo que cuando cavaba la tumba
de Walthef la había visto dirigirse al bosque. Cabalgaba el pony de Agnes.
Sólo propagará la peste, o llegará a una
aldea que ya la tenga. Ahora está en todas partes. Las campanas suenan como a
vísperas, pero desacompasadas, como si los cam¬paneros se hubieran vuelto
locos. Es imposible distinguir si son nueve golpes o tres. Las campanas dobles
de Cour-cy sólo han tocado una vez esta mañana. Me pregunto si es el bebé. O
una de las muchachas charlatanas.
Rosemund sigue inconsciente y su pulso
es muy débil. Agnes grita y se debate en su delirio. Sigue lla¬mándome a
gritos, pero no deja que me acerque. Cuan¬do intento hablarle, patalea y chilla
como si tuviera una rabieta. Eliwys se esfuerza intentando atender a Agnes y
lady Imeyne, que me grita «¡Diablo!» cuando la atiendo y casi me puso un ojo
morado esta mañana. El único que me deja acercarme es el clérigo, que está más
allá de los cuidados. No creo que pase de hoy. Huele tan mal que tuvimos que
trasladarlo al fondo de la ha¬bitación. La buba le ha empezado a supurar otra
vez.
(Pausa)
Gunni, segundo hijo del senescal.
La mujer con las cicatrices de escrófula
en el cuello.
El padre de Maisry.
El monaguillo de Roche, Cob.
(Pausa)
Lady Imeyne está muy mal. Roche intentó
admi¬nistrarle los últimos sacramentos, pero se negó a confe¬sarse.
—Debéis hacer las paces con Dios antes
de morir —insistió Roche, pero ella volvió el rostro a la pared y dijo:
—Él tiene la culpa de todo esto.
(Pausa)
Treinta y un casos. Más del setenta y
cinco por ciento. Roche ha consagrado parte del prado esta ma–ana porque el
cementerio está casi lleno.
Maisry no ha vuelto. Probablemente está
durmien¬do en el sillón de alguna mansión abandonada por sus habitantes, y
cuando todo esto se acabe se convertirá en antepasada de alguna rancia familia
de abolengo.
Tal vez eso es lo malo de nuestra época,
señor Dunworthy: fue fundada por Maisry, el enviado del obispo y sir Bloet. Y
toda la gente que se quedó e in¬tentó ayudar contrajo la peste y murió.
(Pausa)
Lady Imeyne ha caído inconsciente y
Roche le está administrando los últimos sacramentos. Yo se lo pedí.
—Es la enfermedad la que habla. Su alma
no se ha vuelto contra Dios —afirmé, lo cual no es cierto, y qui¬zás ella no se
merezca el perdón, pero tampoco se me¬rece esto, su cuerpo envenenado,
pudriéndose, y ape¬nas puedo condenarla por culpar a Dios cuando yo la culpo a
ella. Y nadie es responsable. Es una enfer¬medad.
El vino consagrado se ha acabado y no
queda acei¬te de oliva. Roche utiliza aceite de cocinar. Huele a rancio. Cuando
le toca las sienes y las palmas de las manos, su piel se vuelve negra.
Es una enfermedad.
(Pausa)
Agnes ha empeorado. Es horrible mirarla,
allí ten¬dida y jadeando como su pobre cachorrito.
—¡Decidle a Kivrin que venga a buscarme!
¡No me gusta estar aquí! —grita.
Ni siquiera Roche puede soportarlo.
—¿Por qué nos castiga así Dios? —me
preguntó.
—No lo hace. Es una enfermedad —repetí.
Pero no es ninguna enfermedad, y él lo sabe.
Toda Europa lo sabe, y la Iglesia lo
sabe también. Continuará durante unos cuantos siglos más, poniendo excusas,
pero no puede ocultar el hecho esencial: que El dejó que esto pasara. No viene
a rescatar a nadie.
(Pausa)
Las campanas han cesado. Roche me
preguntó si creía que era un signo de que la epidemia ha terminado.
—Después de todo, quizá Dios ha podido
venir a ayudarnos —aventuró.
No lo creo. En Tournai las autoridades
eclesiásti¬cas ordenaron que cesaran las campanas porque el sonido asustaba a
la gente. Tal vez el obispo de Bath ha hecho lo mismo.
Desde luego, el sonido era pavoroso,
pero el silen¬cio es aún peor. Es como el fin del mundo.
30
Mary murió al principio de la enfermedad
de Dunworthy. Contrajo la gripe el día en que llegó el análo¬go. Desarrolló
neumonía casi inmediatamente, y al segundo día su corazón se detuvo. El seis de
enero. Epi¬fanía.
—Tendrías que habérmelo dicho —se
lamentó Dunworthy.
—Se lo dije —protestó Colin—. ¿No lo
recuerda?
Él no recordaba nada, no había visto
ninguna ad¬vertencia ni siquiera en el hecho de que la señora Gaddson tuviera
libre acceso a su habitación, ni cuan¬do Colin dijo que no le permitían decirle
nada. No le había parecido extraño que ella no hubiera venido a verlo.
—Se lo dije cuando se puso enferma
—aseguró Colin—, y también cuando se murió, pero estaba usted demasiado débil
para importarle.
Pensó en Colin esperando ante la
habitación de ella, aguardando noticias y luego velándolo junto a su cama,
deseando que le dijera «Lo siento, Colin».
—No pudo evitar estar enfermo —añadió el
mu¬chacho—. No fue culpa suya.
Dunworthy le había dicho lo mismo a la
señora Taylor, y ella no le creyó más que él a Colin ahora. No
creía que Colin lo creyera tampoco.
—No importa —prosiguió Colin—. Todo el
mun¬do fue muy amable excepto la enfermera jefa. No me dejó decírselo ni
siquiera cuando se puso usted mejor, pero todo el mundo fue amable excepto la
fiera. Se pa¬saba las horas leyéndome las Escrituras sobre cómo Dios castiga a
los malvados. El señor Finch llamó a mi madre, pero ella no pudo venir y Finch
se encargó de todos los preparativos del funeral. Fue muy ama¬ble. Las
americanas también. Me dieron un montón de dulces.
—Lo siento —dijo Dunworthy entonces, y
des¬pués de que Colin se marchara, expulsado por la vieja enfermera—. Lo
siento.
Colin no volvió, y Dunworthy no sabía si
la enfer¬mera le había prohibido acceder al hospital o si, a pesar de lo que
decía, Colin no lo perdonaba.
Había abandonado al muchacho, lo había
dejado a merced de la señora Gaddson, de la enfermera y de los médicos que no
querían decirle nada. Había ido a un sitio donde nadie podía alcanzarlo, tan
incomunicado como Basingame, que seguía pescando salmones en al¬gún río de
Escocia. Y no importaba lo que dijera Colin, el muchacho pensaba que si
Dunworthy lo hubiera de¬seado realmente, con enfermedad o sin ella, podría
ha¬ber estado allí para ayudarlo.
—Usted también cree que Kivrin ha
muerto, ¿ver¬dad? —le preguntó después de que se marchara Montoya.
—Me temo que sí.
—Pero dijo usted que no podía contraer
la peste. ¿Y si no está muerta? ¿Y si está en el lugar de encuentro ahora
mismo, esperándolo?
—Estaba contagiada por la infección,
Colin.
—Usted también, y no se ha muerto. Tal
vez ella tampoco. Creo que debería ir a ver a Badri por si se le ocurre alguna
idea. Tal vez pueda conectar la máquina de nuevo o algo así.
—No lo comprendes. No es como una
linterna de bolsillo. El ajuste no puede ser conectado otra vez.
—Bueno, pero a lo mejor podría hacer
otro. Un ajuste nuevo, a la misma época.
A la misma época. Un lanzamiento,
incluso cuan¬do las coordenadas ya eran conocidas, tardaba días en ser
establecido. Y Badri no tenía las coordenadas, sólo tenía la fecha. Podía
establecer un nuevo grupo de co-ordenadas basándose en la fecha, si las situacionales
ha¬bían permanecido igual, si Badri en su fiebre no las ha¬bía confundido
también y si las paradojas permitían un segundo lanzamiento.
No había forma de explicárselo a Colin,
no había forma de decirle que Kivrin no podría haber sobrevivi¬do a la
influenza en un siglo donde el tratamiento habi¬tual era hacer sangrías.
—No funcionará, Colin —suspiró,
demasiado can¬sado para explicar nada—. Lo siento.
—¿Entonces, la va a dejar allí, aunque
no esté muerta? ¿Ni siquiera piensa preguntárselo a Badri?
—Colin...
—Tía Mary lo hizo todo por usted. ¡No se
rindió!
—¿Qué está pasando aquí? —profirió la
enferme¬ra, que entró con una serie de crujidos—. Si continúas molestando al
paciente, tendré que pedirte que te marches.
—Me marchaba ya de todas formas —replicó
Co¬lin, y se fue.
No había vuelto esa tarde ni por la
noche, ni tam¬poco a la mañana siguiente.
—¿Se me permiten visitas? —le preguntó
Dunworthy a la enfermera de William cuando le tocó el turno.
—Sí—dijo ella, mirando las pantallas—.
Una per¬sona está esperando para verle.
Era la señora Gaddson. Ya tenía la
Biblia abierta.
—Lucas, capítulo 23, versículo 33 —dijo,
mirán¬dolo pestíferamente—. Ya que está tan interesado en la crucifixión. «Y
cuando llegaron al lugar llamado Cal¬vario, lo crucificaron.»
Si Dios hubiera sabido dónde estaba Su
Hijo, nun¬ca habría dejado que le hicieran eso. Le habría salvado, habría ido y
le habría rescatado.
Durante la Peste Negra, los
contemporáneos pen¬saban que Dios les había abandonado. «¿Por qué nos vuelves
el rostro? —habían escrito—. ¿Por qué ignoras nuestros lamentos?» Pero tal vez
Él no los había oído. Tal vez estaba inconsciente, enfermo en el cielo,
inde¬fenso e incapaz de acudir.
—«Y hacia el mediodía las tinieblas
cubrieron la tierra hasta las tres de la tarde —leyó la señora Gadd¬son—. Y el
sol se eclipsó...»
Los contemporáneos creyeron que era el
fin del mundo, que había llegado el Armageddon, que Satán había triunfado por
fin. Lo hizo, pensó Dunworthy. Cerró la red. Perdió el ajuste.
Pensó en Gilchrist. Se preguntó si había
advertido lo que había hecho antes de morir o si falleció incons¬ciente y
ajeno, ignorando que había asesinado a Kivrin.
—«Y Jesús los llevó hasta cerca de
Betania, alzó las manos y los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de
ellos y subió al cielo.»
Se separó de ellos y subió al cielo.
Dios fue a bus¬carlo, pensó Dunworthy. Pero demasiado tarde. De¬masiado tarde.
Ella siguió leyendo hasta que la
enfermera de Wi-lliam entró en el turno.
—Hora de dormir —anunció cortante, y
echó a la señora Gaddson. Se acercó a la cama, le quitó la almo¬hada de debajo
de la cabeza y le dio unos golpéenos.
—¿Ha venido Colin? —preguntó él.
—No lo he visto desde ayer —dijo ella, y
volvió a colocarle la almohada bajo la cabeza—. Ahora tiene que dormir un poco.
—¿No ha estado aquí la señora Montoya?
—Desde ayer, no. —Le tendió una cápsula
y un vaso de papel.
—¿Ha habido algún mensaje?
—Ninguno. —Recogió el vaso vacío—. Trate
de dormir.
Ningún mensaje. «Intentaré que me
entierren en el cementerio de la iglesia», le había dicho Kivrin a Mon¬toya,
pero en las iglesias ya no cabía ningún cadáver. Acabaron enterrando a las
víctimas de la peste en zan¬jas, en trincheras. Las arrojaban al río. Al final,
ni si¬quiera las enterraban. Las amontonaban y les prendían fuego.
Montoya nunca encontraría el grabador. Y
si lo hacía, ¿cuál sería el mensaje? «Fui al lugar de recogida, pero no se
abrió. ¿Qué ha pasado?» La voz de Kivrin alzándose llena de pánico, de
reproche, gimiendo: «Eloi, Eloi, ¿por qué me has abandonado?»
La enfermera de William le hizo sentarse
en una si¬lla para que comiera el almuerzo. Mientras se termina¬ba unas
ciruelas escarchadas, llegó Finch.
—Casi nos hemos quedado sin fruta en
lata —dijo, señalando la bandeja de Dunworthy—. Y papel higié¬nico. No tengo ni
idea de cómo esperan que empece¬mos el trimestre. —Se sentó al pie de la cama—.
La Universidad ha dispuesto el principio del trimestre para el día veintiuno,
pero no podremos estar listos para esa fecha. Todavía tenemos cincuenta
pacientes en Salvin, las vacunas en masa apenas han comenzado, y no estoy tan
seguro de que hayamos visto el último caso de gripe.
—¿Y Colin? ¿Está bien?
—Sí, señor. Estuvo un poco melancólico
cuando la doctora Ahrens murió, pero se ha animado bastante desde que usted se
ha recuperado.
—Quiero darle las gracias por haberle
ayudado. Colin me dijo que usted se encargó del funeral.
—Oh, me alegré de hacerlo, señor. No
tiene a na¬die más, ¿sabe? Estaba convencido de que su madre vendría cuando el
peligro pasó, pero ella le dijo que le resultaba demasiado complicado hacer los
preparati¬vos con tan poco tiempo. Ni siquiera envió flores bo¬nitas. Lirios y
flores láser. Celebramos el servicio en la capilla de Balliol. —Se rebulló en
la cama—. Oh, ha¬blando de Balliol, espero que no le importe, pero le he dado
permiso a la Santa Re-Formada para que lo utilice para un concierto de campanillas
el día quince. Las campaneras americanas van a interpretar When at Last My
Savior Cometle de Rimbaud, y el ministerio ha re¬querido, Santa Re-Formada como
centro de vacuna¬ción. Espero que no le importe.
—No —dijo Dunworthy, pensando en Mary.
Se preguntó cuándo habría sido el funeral, y si habrían to¬cado las campanas
después.
—Puedo llamarlas para decirles que
prefiere usted que utilicen St. Mary's —apuntó Finch ansiosamente.
—No, claro que no. La capilla está
perfectamente bien. Veo que ha hecho usted un gran trabajo en mi au¬sencia.
—Bueno, lo he intentado, señor. Ha sido
difícil, con la señora Gaddson. —Se levantó—. No quiero pri¬varle de su
descanso. ¿Hay algo que pueda traerle, algo que pueda hacer?
—No —respondió Dunworthy—, nada.
Finch se dirigió a la puerta y entonces
se detuvo.
—Espero que acepte mis condolencias,
señor Dun¬worthy —dijo. Parecía incómodo—. Sé la estrecha rela¬ción que le unía
a la doctora Ahrens.
Estrecha relación, pensó después de que
Finch se marchara. No estuve con ella en los momentos impor¬tantes. Intentó
recordar a Mary inclinada sobre él, dán¬dole su temp, mirando ansiosamente las
pantallas, a Colín de pie junto a su cama con la chaqueta nueva y la bufanda,
diciendo «Tía Mary ha muerto. Muerto. ¿No me oye?», pero no le quedaba ningún
recuerdo. Nada.
La enfermera anciana vino y enganchó
otro gotero que lo dejó dormido, y cuando despertó se sintió mejor.
—Es su potenciación de leucocitos-T, que
empieza a responder —le dijo la enfermera de William—. Se ha dado en bastantes
casos. Algunos hacen recuperacio¬nes milagrosas.
Le hizo caminar hasta el cuarto de baño,
y después de almorzar, por el pasillo.
—Cuanto más lejos llegue, mejor —le
dijo, arrodi¬llada para ponerle las zapatillas.
No voy a ir a ninguna parte, pensó él.
Gilchrist desconectó la red.
Ella le colgó el suero al hombro,
conectó el motor portátil y le ayudó con la bata.
—No debe preocuparse por la depresión
—dijo, ayudándole a ponerse en pie—. Es un síntoma habitual después de la
gripe. Desaparecerá en cuanto su equili¬brio químico quede restaurado.
Caminó con él hasta el pasillo.
—Tal vez le apetezca visitar a algunos
de sus ami¬gos. Hay dos pacientes de Balliol en el pabellón al fon¬do del
pasillo. La señora Piantini está en la cuarta cama. Le vendrá bien un poco de
alegría.
—¿El señor Latimer...? —preguntó él, y
se inte¬rrumpió—. ¿El señor Latimer está todavía aquí?
—Sí —contestó ella, y Dunworthy
comprendió por su tono de voz que Latimer no se había recuperado del infarto—.
Está dos puertas más abajo.
Recorrió el pasillo hasta la puerta de
Latimer. No había ido a verle después de que cayera enfermo, pri¬mero porque
tenía que esperar la llamada de Andrews y luego porque el hospital se quedó sin
RPE. Mary le había dicho que sufría parálisis total y pérdida de fun¬ciones.
Abrió la puerta de la habitación.
Latimer yacía con las manos a los costados, el izquierdo ligeramente do¬blado
para acomodar los enganches y el gotero. Tenía tubos en la nariz y en la
garganta, y fibras-op que le co-nectaban la cabeza y el pecho con las pantallas
situadas sobre la cama. Su cara quedaba medio oculta por ellas, pero no daba
muestras de que le molestaran.
—¿Latimer? —preguntó Dunworthy,
acercándose a la cama.
No dio ninguna señal de haberle oído.
Tenía los ojos abiertos, pero no los movió ante el sonido, y su cara bajo la
maraña de tubos no cambió. Parecía va¬go, distante, como si intentara recordar
un verso de Chaucer.
—Señor Latimer —llamó, con más fuerza, y
miró las pantallas. Tampoco cambiaron.
No es consciente de nada, pensó. Se
apoyó en el respaldo de la silla.
—No sabe nada de lo que ha pasado,
¿verdad? Mary ha muerto. Kivrin está en 1348 —declaró, miran¬do las pantallas—,
y usted ni siquiera se ha enterado. Gilchrist desconectó la red.
Las pantallas no cambiaron. Las líneas
siguieron moviéndose firmemente, ajenas.
—Gilchrist y usted la enviaron a la
Peste Negra —gritó—, y se queda ahí tendido...
Se detuvo y se desplomó en la silla.
«Intenté decirle que tía Mary había
muerto —ha¬bía dicho Colin—, pero usted estaba demasiado enfer¬mo.» El muchacho
había intentado decírselo, pero él permaneció acostado, como Latimer, ajeno,
sin pre-ocuparse por nada.
Colin nunca me perdonará, pensó. No más
de lo que perdonará a su madre por no venir al funeral. ¿Qué había dicho Finch?
¿Que le resultaba demasiado difícil hacer los preparativos con tan poco tiempo?
Pensó en Colin solo en el funeral, mirando los lirios y flores láser que su
madre había enviado, a merced de la señora Gaddson y las campaneras.
«Mi madre no pudo venir», había dicho,
pero no lo creía.
Por supuesto que podía haber venido, si
de verdad lo hubiera querido.
Nunca me perdonará, pensó. Ni Kivrin. Es
mayor que Colín, imaginará todo tipo de circunstancias ate¬nuantes, tal vez
incluso la auténtica. Pero en el fondo de su corazón, dejada a merced de quién
sabe qué ase¬sinos, ladrones y pestilencias, no creerá que no pude ir a
buscarla. Si de verdad lo hubiera querido.
Dunworthy se levantó con dificultad,
agarrado al respaldo de la silla, sin mirar a Latimer ni a las panta¬llas, y
volvió al pasillo. Había una camilla vacía contra la pared y se apoyó en ella
durante un instante.
La señora Gaddson salió del pabellón.
—Por fin le encuentro, señor Dunworthy.
Iba a leerle. —Abrió la Biblia—. ¿Tiene que estar levantado?
—Sí.
—Bien, he de decir que me alegro de que
se esté re¬cuperando. Las cosas han sido un desastre mientras us¬ted ha estado
enfermo.
—Sí.
—Debe hacer algo con el señor Finch.
Permite que las americanas ensayen con sus campanas a cualquier hora del día o
de la noche, y cuando me quejé fue bas¬tante descortés. Y ha asignado a mi
Willy labores de enfermería. ¡Labores de enfermería! Cuando Willy siempre ha
sido muy enfermizo. Es un milagro que no contrajera el virus.
Desde luego, pensó Dunworthy,
considerando el número de jóvenes probablemente infecciosas con las que había
contactado durante la epidemia. Se pregun¬tó qué porcentaje habría dado
Probabilidad al hecho de que quedara inmune.
—¡Mira que asignarle labores de
enfermería! —machacaba la señora Gaddson—. No lo permití, por supuesto. «No
pienso permitir que ponga en peligro la sa¬lud de Willy de esta manera
irresponsable —le dije—. No puedo permanecer impasible mientras mi pequeñín
está en peligro mortal.»
Peligro mortal.
—Debo ir a ver a la señora Piantini
—dijo Dunworthy.
—Tendría que regresar a la cama. Tiene
muy mal aspecto. —Agitó la Biblia ante él—. Es un escándalo la forma en que
dirigen este hospital, como eso de permi¬tir a los pacientes ir de paseo.
Tendrá una recaída y mo¬rirá, y no podrá echarle la culpa a nadie más que a sí
mismo.
—No —dijo Dunworthy. Empujó la puerta
del pabellón y entró.
Esperaba que el pabellón estuviera casi
vacío, que los pacientes hubieran sido enviados a casa, pero todas las camas
estaban ocupadas. La mayoría de los pacien¬tes estaban sentados, leyendo o
viendo vidders portáti¬les, y había uno sentado en una silla de ruedas junto a
la cama, contemplando la lluvia.
Dunworthy tardó un momento en
reconocerlo. Colin le había dicho que había sufrido una recaída, pero no
esperaba esto. Parecía un anciano, su rostro oscuro estaba escuálido y arrugado
a ambos lados de la boca. Tenía el pelo completamente blanco.
—Badri —llamó.
Él se volvió.
—Señor Dunworthy.
—No sabía que estabas en este pabellón.
—Me trasladaron aquí después... —Se
interrum¬pió—. Oí decir que estaba usted mejor.
—Sí.
No puedo soportar esto, pensó Dunworthy.
¿Có¬mo te encuentras? Mejor, gracias. ¿Y tú? Voy tirando. Claro, que es la
depresión, un síntoma posviral habitual.
Badri giró la silla para mirar la
ventana y Dunworthy se preguntó si tampoco él podía soportarlo.
—Cometí un error en las coordenadas
cuando vol¬ví a introducirlas —manifestó Badri, contemplando la lluvia—. Los
datos eran erróneos.
Dunworthy debería decirle que tenía
fiebre, que estaba enfermo. Debería decirle que la confusión men¬tal era uno de
los primeros síntomas. Debería decirle que no fue culpa suya.
—No me di cuenta de que estaba enfermo
—prosi¬guió Badri, tirando de la bata como había tirado de las sábanas en su
delirio—. Tuve dolor de cabeza toda la mañana, pero no le hice caso y fui a
trabajar en la red. Tendría que haber advertido que algo iba mal y aborta¬do el
lanzamiento.
Y yo tendría que haberme negado a
tutorarla, ten¬dría que haber insistido a Gilchrist para que hiciera
comprobaciones de parámetros, tendría que haberle hecho abrir la red en cuanto
dijiste que algo fallaba.
—Tendría que haber abierto la red el día
que usted cayó enfermo y no haber esperado al encuentro —se lamentó Badri,
retorciendo el cinturón entre los de¬dos—. Tendría que haberla abierto
enseguida.
Dunworthy miró automáticamente la pared
sobre la cabeza, de Badri, pero no había ninguna pantalla so¬bre la cama. Badri
ni siquiera llevaba un parche de temp. Se preguntó si era posible que no
supiera que Gilchrist había desconectado la red, si en su preocupa¬ción por que
sanara no se lo habían dicho, igual que a él le habían ocultado la noticia de
la muerte de Mary.
—Se negaron a dejarme salir del
hospital. Tendría que haberlos obligado a dejarme ir.
Tendré que decírselo, pensó Dunworthy,
pero no lo hizo. Permaneció allí en silencio, viendo a Badri torturar el
cinturón, sintiéndose infinitamente apenado por él.
—La señora Montoya me mostró las
estadísticas de Probabilidad. ¿Cree que Kivrin está muerta?
Eso espero, pensó. Espero que muriera
del virus antes de darse cuenta de dónde estaba. Antes de adver¬tir que la
abandonamos allí.
—No fue culpa tuya —dijo.
—Sólo abrí la red dos días más tarde.
Estaba con¬vencido de que ella estaría allí, esperando. Sólo llegué dos días
tarde.
—¿Qué? —dijo Dunworthy.
—Intenté conseguir permiso para salir
del hospital el seis, pero se negaron a darme de alta hasta el ocho. Abrí la
red en cuanto pude, pero ella no estaba allí.
—¿Pero qué estás diciendo? ¿Cómo pudiste
abrir la red? Gilchrist la desconectó.
Badri le miró.
—Usamos el backup.
—¿ Qué backup ?
—El ajuste que yo hice en nuestra red
—explicó Badri. Parecía asombrado—. Estaba usted tan preocu¬pado por la forma
en que Medieval dirigía el lanza¬miento, que decidí hacer una copia de
seguridad, por si algo fallaba. Fui a Balliol a pedirle permiso el martes por
la tarde, pero usted no estaba allí. Le dejé una nota diciendo que necesitaba
hablarle.
—Una nota.
—El laboratorio estaba abierto. Hice un
ajuste re¬dundante a través de la red de Balliol. Usted estaba tan
preocupado...
De pronto la fuerza pareció abandonar
las piernas de Dunworthy. Se sentó en la cama.
—Intenté decírselo —prosiguió Badri—,
pero es¬taba demasiado enfermo para hacerme entender.
Había habido un backup todo el tiempo.
Había malgastado días intentando obligar a Gilchrist a que abriera el
laboratorio, buscando a Basingame, esperan¬do que Polly Wilson encontrara una
forma de entrar en el ordenador de la Universidad, y mientras tanto el ajuste
estaba en la red de Balliol.
«Tan preocupado», había dicho Badri en
su deli¬rio. «¿Está abierto el laboratorio?» «Atrás.» «Backup.»
—¿Ruedes volver a abrir la red?
—Claro, pero aunque ella no haya
contraído la peste...
—No, no —cortó Dunworthy—. La
inmunizaron.
—... ya no estará allí. Han pasado ocho
días des¬de el encuentro. No podrá haber esperado todo este tiempo.
—¿Puede atravesar alguien más?
—¿Alguien más? —se extrañó Badri,
aturdido.
—Para ir a buscarla. ¿Podría alguien más
usar el mismo lanzamiento?
—No lo sé.
—¿Cuánto tiempo tardarías en
establecerlo para que pudiéramos intentarlo?
—Dos horas como mucho. Las temporales y
situa-cionales están ya establecidas, pero no sé cuánto desli¬zamiento habría.
La puerta del pabellón se abrió de golpe
y entró Colin.
—Está usted aquí—dijo—. La enfermera
dijo que había ido a dar un paseo, pero no le encontraba por ninguna parte.
Creí que se había perdido.
—No —dijo Dunworthy, mirando a Badri.
—Ella dijo que le hiciera regresar
—Colin cogió a Dunworthy del brazo y le ayudó a levantarse—, y que no se
agotara.
Le acompañó hasta la puerta.
Dunworthy se detuvo.
—¿Qué red utilizaste cuando abriste la
red el día ocho?
—La de Balliol —dijo Badri—. Temía que
parte de la memoria permanente se hubiera borrado cuando la de Brasenose fue
desconectada, y no había tiempo de realizar una rutina de evaluación de daños.
Colin abrió la puerta.
—La hermana entra de servicio dentro de
media hora. No querrá usted que le encuentre levantado, ¿eh? —Dejó que la
puerta se cerrara—. Lamento no haber vuelto antes, pero tuve que llevar a
Godstow los planes de vacunación.
Dunworthy se apoyó contra la puerta.
Podría ha¬ber demasiado deslizamiento, y el técnico estaba en una silla de
ruedas, y él no estaba seguro de poder lle¬gar al fondo del pasillo, mucho
menos hasta su habita-ción. Tan preocupado. Creía que Badri había vuelto a
introducir las coordenadas, pero en realidad había he¬cho un backup. Un backup.
—¿Se encuentra bien? —preguntó Colin—.
No tendrá una recaída o algo de eso, ¿verdad?
—No.
—¿Le ha podido preguntar al señor
Chaudhuri si podía rehacer el ajuste?
—No. Había un backup.
—¿Un backup? —exclamó él, excitado—.
¿Quiere decir, otro ajuste?
—Sí.
—¿Significa eso que puede rescatarla?
Dunworthy se detuvo y se apoyó en la
camilla.
—No lo sé.
—Le ayudaré. ¿Qué puedo hacer? Quiero
serle útil. Iré a hacer encargos, o traerle cosas. No tendrá que preocuparse
por nada.
—Tal vez no funcione. El
deslizamiento...
—Pero lo intentará, ¿verdad? ¿Verdad?
Una cadena se tensaba en su pecho con
cada paso, y Badri ya había tenido una recaída, y aunque lo inten¬taran, la red
tal vez no lo enviaría.
—Sí —decidió—. Voy a intentarlo.
—¡Apocalíptico! —exclamó Colin.
TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL
JUICIO FINAL
(078926-079064)
Lady Imeyne, madre de Guillaume dYverie.
(Pausa)
Rosemund se hunde. No le encuentro el
pulso en la muñeca, y su piel está amarillenta, cerúlea, y sé que eso es una
mala señal. Agnes lucha con fuerza. Todavía no tiene ninguna buba ni vomita, lo
cual es un buen signo, creo. Eliwys tuvo que cortarle el pelo. No para¬ba de
tirarse de él, y gritaba para que yo acudiera a trenzárselo.
(Pausa)
Roche ha dado los sacramentos a
Rosemund. Ella no pudo confesar, por supuesto Agnes parece mejor, aunque tuvo
una hemorragia nasal hace un ratito. Pidió su campana.
(Pausa)
¡Cabrona! No dejaré que te la lleves. Es
sólo una niña Pero ésa es tu especialidad, ¿no? Matar a los ino¬centes. Ya has
matado al bebé del senescal y al perrito de Agnes y al niño que fue a buscar
ayuda mientras yo esta¬ba en la choza, y eso ya es suficiente. ¡No dejaré que
la mates a ella también, hija de puta! ¡No te dejaré!
31
Agnes murió el día después de Año Nuevo,
toda¬vía gritando para que Kivrin acudiera.
—Está aquí—dijo Eliwys, apretándole la
mano—. Lady Katherine está aquí.
—¡No está! —gimió Agnes, con la voz
ronca pero todavía enérgica—. ¡Decidle que venga!
—Lo haré —prometió Eliwys, y entonces
miró a Kivrin con una expresión levemente aturdida—. Id a buscar al padre
Roche.
—¿Qué ocurre? —preguntó Kivrin.
El sacerdote había administrado los
últimos sacra¬mentos la primera noche, mientras Agnes se agitaba y pataleaba
como si tuviera un berrinche, y desde enton¬ces la niña no había permitido que
se le acercara.
—¿Estáis enferma, señora?
Eliwys sacudió la cabeza, todavía
mirando a Kivrin.
—¿Qué le diré a mi esposo cuando venga?
—dijo entonces, y le colocó a Agnes la mano en el costado. Sólo en ese momento
advirtió Kivrin que estaba muerta.
Kivrin lavó el cuerpecito, que estaba
casi cubierto de magulladuras púrpuras. Donde Eliwys le había sos¬tenido la
mano, la piel estaba completamente negra.
Parecía que la habían golpeado. Y así
era, pensó Kivrin, golpeado y torturado. Y asesinado. La matanza de los
inocentes.
La saya y la camisa de Agnes estaban
totalmente estropeadas, una masa seca de sangre y vómito, y su ca¬misa de lino
de diario hacía tiempo que había sido rota a tiras. Kivrin envolvió el cadáver
con su propia capa blanca, y Roche y el senescal la enterraron.
Eliwys no acudió.
—Debo quedarme con Rosemund —dijo cuando
Kivrin le comunicó que era la hora. No había nada que Eliwys pudiera hacer por
Rosemund, la niña yacía in¬móvil, como hechizada, y Kivrin pensaba que la
fiebre debía de haberle causado alguna lesión cerebral—. Además, Gawyn puede
venir —añadió Eliwys.
Hacía mucho frío. Roche y el senescal
exhalaban grandes nubes de vapor mientras bajaban a Agnes a la tumba, y la
vista de su blanco aliento enfureció a Ki¬vrin. No pesa nada, pensó
amargamente, podrían sos¬tenerla con una mano.
La vista de todas las tumbas la
enfureció también. El cementerio estaba lleno, y casi todo el prado que ha¬bía
consagrado Roche. La tumba de lady Imeyne esta¬ba casi en el sendero, y el bebé
del senescal no tenía ninguna: el padre Roche había dejado que lo enterraran a
los pies de su madre, aunque no había sido bautizado. El cementerio seguía
lleno.
¿Y el hijo menor del senescal, pensó
Kivrin furio¬samente, y el clérigo? ¿Dónde piensas ponerlos? Se su¬ponía que la
Peste Negra había matado entre un tercio y la mitad de Europa, no a toda.
—Reqmescat tnpace. Amén —dijo Roche, y
el se¬nescal empezó a echar tierra helada sobre el pequeño bulto.
Tenía usted razón, señor Dunworthy,
pensó Ki¬vrin amargamente. El blanco sólo se ensucia. Tenía ra¬zón en todo,
¿verdad? Me advirtió que no viniera, que sucederían cosas terribles. Bien, pues
tenía razón. Y le faltará tiempo para decirme que me avisó. Pero no ten¬drá esa
satisfacción, porque no sé dónde está el lugar de recogida, y la única persona
que lo sabe probablemente está muerta.
No esperó a que el senescal terminara de
echar tie¬rra sobre Agnes ni a que Roche terminara su charla de amigos con
Dios. Cruzó el prado, furiosa con todos ellos: con el senescal por estar allí
con la pala, dispuesto a cavar más tumbas; con Eliwys por no haber ido; con
Gawyn por no regresar. No viene nadie, pensó. Nadie.
—Katherine —llamó Roche.
Se volvió, y él casi corrió hasta
alcanzarla, su alien¬to formó como una nube a su alrededor.
—¿Qué pasa? —barbotó ella.
Él la miró con solemnidad.
—No debemos renunciar a la esperanza.
—¿Por qué no? —estalló Kivrin—. Hemos
llegado al ochenta y cinco por ciento, y esto no ha hecho más que empezar. El
clérigo se está muriendo, Rosemund también, todos habéis quedado expuestos.
¿Por qué no iba a renunciar a la esperanza?
—Dios no nos ha abandonado por completo.
Ag¬nes está a salvo en Sus brazos.
A salvo, pensó ella con amargura. En la
tierra. En el frío. En la oscuridad. Se cubrió el rostro con las manos.
—Está en el cielo, donde la plaga no
puede alcan¬zarla. El amor de Dios siempre nos acompaña —dijo él—, y nada puede
separarnos de eso: ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni las cosas
presentes...
—Ni las cosas por venir.
—Ni las alturas, ni la profundidad, ni
ninguna otra criatura. —Le puso la mano en el hombro, amable¬mente, como si le
estuviera dando la unción—. Fue Su amor el que os envió para que nos ayudarais.
Ella le cogió la mano y la sostuvo con
fuerza con¬tra su hombro.
—Debemos ayudarnos mutuamente.
Se quedaron allí durante un largo
instante, y en¬tonces Roche dijo:
—Debo ir a tocar la campana para que el
alma de Agnes tenga un tránsito seguro.
Ella asintió y retiró la mano.
—Iré a ver cómo están Rosemund y los
demás —murmuró, y entró en el patio.
Eliwys había dicho que tenía que
quedarse con Rosemund, pero cuando Kivrin regresó a la casa, no la encontró
junto a la niña, sino acurrucada en el jergón de Agnes, envuelta en su capa,
mirando fijamente la puerta.
—Tal vez los que huyen de la peste le
han robado el caballo —dijo—, y por eso tarda tanto en volver.
—Hemos enterrado a Agnes —declaró Kivrin
fría¬mente, y fue a ver a Rosemund.
Estaba despierta. Miró solemnemente a
Kivrin cuan¬do se arrodilló a su lado y le cogió la mano.
—Oh, Rosemund —suspiró Kivrin, y las
lágrimas le quemaron la nariz y los ojos—. Cariño, ¿cómo te en¬cuentras?
—Tengo sed. ¿Ha venido mi padre?
—Todavía no —respondió Kivrin; no
parecía po¬sible que pudiera hacerlo—. Te traeré un poco de gui¬so. Debes
descansar hasta que vuelva. Has estado muy enferma.
Rosemund cerró obedientemente los ojos.
Pare¬cían menos hundidos, aunque seguía teniendo oscuras ojeras.
—¿Dónde está Agnes? —preguntó.
Kivrin le apartó el cabello oscuro y
enmarañado del rostro.
—Está durmiendo.
—Bien —murmuró Rosemund—. No quiero que
esté por ahí gritando y jugando. Hace demasiado ruido.
—Te traeré el guiso. —Kivrin se dirigió
a Eliwys—.
Lady Eliwys, tengo buenas noticias
—anunció ansiosa¬mente—. Rosemund está despierta.
Eliwys se incorporó apoyándose en un
codo y miró a Rosemund, pero apáticamente, como si estuviera pen¬sando en otra
cosa, y enseguida volvió a tenderse.
Kivrin, alarmada, le puso la mano en la
frente. Pa¬recía caliente, pero Kivrin tenía las manos frías por ha¬ber estado
fuera, y no estaba segura.
—¿Estáis enferma? —preguntó.
—No —dijo Eliwys, pero como si su mente
siguie¬ra en otra parte—. ¿Qué le diré?
—Podéis decirle que Rosemund está
mejor—sugi¬rió ella, y esta vez Eliwys pareció comprender. Se le¬vantó, se
acercó a Rosemund y se sentó a su lado. Pero cuando Kivrin regresó de la cocina
con el guiso, la mu¬jer había vuelto al jergón de Agnes y yacía acurrucada bajo
su capa de piel.
Rosemund estaba dormida, pero no era el
sueño aterrador de antes, tan similar a la muerte. Tenía mejor color, aunque la
piel seguía tensa alrededor de los pó¬mulos.
Eliwys dormía también, o fingía hacerlo.
No im¬portaba. Mientras Kivrin estaba en la cocina, el clérigo se había
levantado del jergón y se había arrastrado has¬ta la separación, y cuando eíla
intentó arrastrarlo de vuelta, la golpeó violentamente. Tuvo que ir a buscar al
padre Roche para que le ayudara a someterlo.
El ojo derecho se le había ulcerado. La
plaga se abría camino royendo desde dentro, y el clérigo se ras¬caba
sañudamente con ambas manos.
—Domine Jesu Christe —juraba—, fidelium
de-functorium depoenis infernis.
Salva a las almas de los fieles de las
penas del in¬fierno.
Sí, rezó Kivrin, mientras luchaba contra
las manos del enfermo convertidas en garras, sálvalo ahora.
Buscó de nuevo en el zurrón de las
medicinas de Imeyne, intentando encontrar algo para combatir el
dolor. No había polvo de opio, ¿existía
la adormidera en la Inglaterra de 1348? Encontró unas tiras anaranja¬das y
secas que se parecían remotamente a las semillas de adormidera y las metió en
agua caliente, pero el clé¬rigo no quiso beber. Su boca era un horror de llagas
abiertas, tenía los dientes y la lengua cubiertos de san¬gre seca.
No se merece esto, pensó Kivrin. Aunque
trajera la peste. Nadie se merece esto.
—Por favor —rezó, sin estar segura de
qué pedía.
Fuera lo que fuese, no le fue concedido.
El clérigo empezó a vomitar una bilis oscura, manchada de sangre. Estuvo
nevando durante dos días; y Eliwys empeoró a ojos vistas. No parecía ser la
peste. No tenía bubas, no tosía ni vomitaba, y Kivrin se preguntaba si era
enfer¬medad o simplemente sentimiento de pena o culpa.
—¿Qué le diré? —repetía Eliwys hasta la
sacie¬dad—. Nos envió aquí para que estuviéramos a salvo.
Kivrin le palpó la frente. Estaba
caliente. Todos acabarán enfermos, pensó. Lord Guillaume los envió aquí para
que estuvieran a salvo, pero todos acabarán enfermos, uno por uno. Tengo que
hacer algo. Pero no se le ocurría nada. La única protección contra la peste era
huir, pero ya habían huido aquí, y eso no los había protegido; además, no
podían escapar con Rosemund y Eliwys enfermas.
Pero Rosemund recupera fuerzas cada día,
pensó Kivrin, y Eliwys no tiene la peste. Es sólo una fiebre. Tal vez tengan
otras posesiones a las que podamos ir. Al norte.
La peste no había llegado todavía a
Yorkshire. Po¬dría encargarse de que se mantuvieran apartadas de otras gentes
en los caminos, de que no quedaran ex¬puestas.
Le preguntó a Rosemund si tenían una
casa en Yorkshire.
—No —respondió Rosemund, apoyada en uno
de los bancos—. En Dorset.
Eso no servía de nada. La peste ya
estaba allí. Y Rosemund, aunque se iba recuperando, estaba aún de¬masiado débil
para permanecer sentada más de unos pocos minutos. Nunca podría montar a
caballo. Si tu¬viéramos caballos, pensó Kivrin.
—Mi padre tenía una casa en Surrey
también —pro¬siguió Rosemund—. Nos alojamos allí cuando nació Agnes. —Miró a
Kivrin—. ¿Ha muerto Agnes?
—Sí.
Ella asintió, como si la noticia no le
sorprendiera.
—La oí gritar.
Kivrin no supo qué decir.
—Mi padre ha muerto, ¿verdad?
Tampoco había nada que decir a eso. Era
casi segu¬ro que lord Guillaume había muerto, y Gawyn tam¬bién. Habían
transcurrido ocho días desde que partió a Bath.
—Vendrá ahora que ha pasado la tormenta
—dijo Eliwys, todavía febril, esta mañana. Pero ni siquiera ella parecía
creerlo.
—Puede que venga —asintió Kivrin—. La
nieve tal vez lo ha retrasado.
El senescal entró con su pala al hombro
y se detu¬vo ante la separación. Iba todos los días a ver a su hijo, lo
contemplaba aturdido desde el otro lado de la mesa volcada, pero esta vez se
limitó a observarlo y luego se volvió a mirar a Kivrin y Rosemund, apoyado en
su pala.
Llevaba la gorra y los hombros cubiertos
de nieve, y la hoja de la pala estaba mojada. Ha estado abriendo otra tumba,
pensó Kivrin. ¿Para quién?
—¿Ha muerto alguien?
—No —respondió él, y siguió mirando
especula¬tivamente a Rosemund.
Kivrin se levantó.
—¿Queréis algo?
Él la miró sin expresión, como si no
hubiera enten¬dido la pregunta, y luego volvió a mirar a Rosemund.
—No —dijo, y recogió la pala y se fue.
—¿Va a cavar la tumba de Agnes?
—preguntó Ro¬semund, mirándole marchar.
—No —contestó Kivrin amablemente—. Ya ha
sido enterrada en el cementerio.
—¿Entonces va a cavar la mía?
—No —estalló Kivrin, sorprendida—. ¡No!
No vas a morir. Has estado muy enferma, pero lo peor ha pasado. Ahora debes
descansar y tratar de dormir para que puedas recuperarte.
Rosemund se tendió dócilmente y cerró
los ojos, pero al cabo de un instante volvió a abrirlos.
—Si mi padre ha muerto, la corona
dispondrá de mi dote. ¿Creéis que sir Bloet vive aún?
Espero que no, pensó Kivrin. Pobrecilla,
¿ha esta¬do preocupada por su matrimonio todo este tiempo? El hecho de que él
haya muerto es lo único bueno de esta epidemia. Si es que ha muerto.
—No te preocupes por él ahora. Debes
descansar y recuperar fuerzas.
—El rey a veces respeta un compromiso
matrimo¬nial si las dos partes están de acuerdo —dijo Rose¬mund, tirando de las
mantas con sus finas manos.
No tienes que estar de acuerdo con nada,
pensó Kivrin. Está muerto. El obispo los mató.
—Si no están de acuerdo, el rey me
ordenará casar¬me con quien él quiera —añadió Rosemund—, y al menos a sir Bloet
ya lo conozco.
No, pensó Kivrin, y supo que eso era
probable¬mente lo mejor. Rosemund había estado conjurando horrores peores que
sir Bloet, monstruos y asesinos, y Kivrin sabía que existían.
Rosemund sería vendida a algún noble con
quien el rey estuviera en deuda o con quien quisiera establecer una alianza,
uno de los problemáticos partidarios del Príncipe Negro, tal vez, y la llevaría
Dios sabía dónde a Dios sabía qué situación.
Había cosas peores que un viejo lascivo
y una cu¬ñada mandona. El barón Garnier había mantenido a su esposa encadenada
durante veinte años. El conde de Anjou había quemado a la suya viva. Y Rosemund
no tendría familia, ni amigos para protegerla, para aten¬derla si se ponía
enferma. Me la llevaré, pensó Kivrin de repente, a algún lugar donde Bloet no
la encuentre y donde estemos a salvo de la peste.
No había un lugar así. La peste ya había
llegado a Bath y Oxford, y se movía hacia el sureste, a Londres, y luego a
Kent, al norte a través de las Tierras Medias hasta Yorkshire y de vuelta al
canal hasta Alemania y los Países Bajos. Incluso había llegado a Noruega,
flo¬tando en un barco de cadáveres. No había ningún lugar que estuviera a
salvo.
—¿Está aquí Gawyn? —preguntó Rosemund, y
habló como su madre, como su abuela—. Quiero que vaya a Courcy y le diga a sir
Bloet que me reuniré con él.
—¿Gawyn? —dijo Eliwys desde su jergón—.
¿Ha venido?
No, pensó Kivrin. No ha venido nadie. Ni
siquiera el señor Dunworthy.
No importaba que hubiera perdido el
encuentro. Ellos no habrían estado allí, porque no sabían que se encontraba en
1348. Si lo supieran, nunca la habrían abandonado a su suerte.
Algo debía haber fallado en la red. Al
señor Dun¬worthy le preocupaba que la enviaran tan atrás en el tiempo sin hacer
comprobaciones de parámetros. «A esa distancia, podría haber complicaciones
imprevis¬tas», había dicho.
Tal vez una complicación imprevista
había marra¬do el ajuste o los había hecho perderlo, y la estaban buscando en
1320. He perdido el encuentro por casi treinta años, pensó.
—¿Gawyn? —repitió Eliwys, y trató de
levan¬tarse.
Fue en vano. Empeoraba a ojos vista,
aunque se¬guía sin tener ninguna de las marcas de la peste.
—Ahora no vendrá hasta que la tormenta
haya pa¬sado —dijo aliviada cuando empezó a nevar, y se le¬vantó y fue a
sentarse junto a Rosemund, pero por la tarde tuvo que volver a acostarse, y la
fiebre le subió.
Roche la oyó en confesión. Parecía
agotado. Todos estaban agotados. Si se sentaban a descansar, se dor¬mían en
cuestión de segundos. El senescal, cuando en¬tró a mirar a su hijo Lefric,
permaneció junto a la sepa¬ración, roncando, y Kivrin se quedó dormida mientras
atendía el fuego y se quemó la mano.
No podemos seguir así, pensó, mientras
veía cómo el padre Roche hacía el signo de la cruz sobre Eliwys. Morirá de
agotamiento. Contraerá la peste.
Tengo que sacarlos de aquí, pensó de
nuevo. La peste no llegó a todas partes. Hubo aldeas que queda¬ron
completamente intactas. No afectó a Polonia y Bo¬hemia, y hubo partes del norte
de Escocia que no fue¬ron afectadas.
—Agnus dei, qui tollis peccata mundi,
miserere no-bis —rezó el padre Roche, y su voz fue tan reconfor¬tante como
cuando ella se estaba muriendo, y de re¬pente Kivrin comprendió que no serviría
de nada.
Nunca dejaría a sus feligreses. La
historia de la Peste Negra estaba llena de sacerdotes que habían abandonado a
su gente, que se habían negado a cele¬brar funerales, que se habían encerrado
en sus iglesias y monasterios o bien habían huido. Ahora Kivrin se pre¬guntó si
aquellas estadísticas eran también erróneas.
Y aunque encontrara un medio de
llevárselos a todos, Eliwys, que se volvía hacia la puerta incluso mientras se
confesaba, insistiría en que esperaran a Gawyn y a su esposo, ya que estaba
convencida de que llegarían en cualquier momento, ahora que había dejado de
nevar.
—¿Ha ido el padre Roche a recibirlo? —le
pregun¬tó a Kivrin cuando Roche se marchó a devolver los sa¬cramentos a la
iglesia—. Estará aquí pronto. Sin duda ha ido primero a Courcy para advertirlos
de la peste, y desde allí sólo hay medio día de viaje. —Insistió en que Kivrin
le colocara el jergón delante de la puerta.
Mientras Kivrin ordenaba la separación
para pro¬tegerla de la corriente de la puerta, el clérigo empezó a gritar y a
convulsionarse. Todo su cuerpo se retorció en espasmos, como si recibiera una
descarga eléctrica, y su cara adquirió un rictus terrible, con el ojo ulcera¬do
mirando hacia arriba.
—No le hagas esto —gritó Kivrin,
intentando me¬terle la cuchara de Rosemund entre los dientes—. ¿No ha tenido
suficiente?
El clérigo se sacudió.
—¡Basta! —gimió Kivrin—. ¡Basta!
Su cuerpo se aflojó bruscamente. Ella le
metió la cuchara entre los dientes y un hilillo de baba negra manó por la
comisura de su boca.
Está muerto, pensó, y no pudo creerlo.
Le miró, tenía el ojo ulcerado medio abierto, la cara abotargada y ennegrecida
bajo la barba de varios días. Mantenía los puños cerrados a los costados. No
parecía humano, allí tendido, y Kivrin le cubrió el rostro con una burda manta,
por miedo a que Rosemund lo viera.
—¿Está muerto? —preguntó la niña,
incorporán¬dose curiosa.
—Sí. Gracias a Dios. —Kivrin se
levantó—. Debo ir a decírselo al padre Roche.
—No quiero que me dejéis sola.
—Tu madre está aquí, y también el hijo
del senes¬cal. Yo sólo estaré fuera unos minutos.
—Tengo miedo —dijo Rosemund.
Yo también, pensó Kivrin, contemplando
la bur¬da manta. El estaba muerto, pero ni siquiera eso ha¬bía aliviado su
sufrimiento. Todavía parecía angustia¬do, aterrorizado, aunque su rostro ni
siquiera parecía humano.
Los dolores del infierno.
—Por favor, no me dejéis —gimió
Rosemund.
—He de decírselo al padre Roche
—contestó Ki¬vrin, pero se sentó entre el clérigo y la niña y esperó a que se
durmiera antes de ir a buscarlo.
No lo encontró en el patio ni en la
cocina. La vaca del senescal estaba en el pasaje, comiendo el heno del fondo
del corral, y la siguió al prado.
El senescal estaba en el cementerio,
cavando una tumba, hundido hasta el pecho en el suelo nevado. Ya lo sabe, pensó
ella, pero era imposible. El corazón le empezó a latir con fuerza.
—¿Dónde está el padre Roche? —preguntó,
pero el senescal no le respondió ni la miró. La vaca se acercó a ella y mugió—.
Márchate —le dijo, y corrió hacia el senescal.
—¿Qué hacéis? —exigió—. ¿Para quién son
estas tumbas?
El senescal arrojó una paletada de
tierra al montón. Los terrones helados producían un sonido chasquean¬te, como
piedras.
—¿Por qué caváis tres tumbas? ¿Quién ha
muerto? —La vaca le empujó el hombro con su cuerno. Ella se apartó—. ¿Quién ha
muerto?
El senescal clavó la pala en el duro
suelo, como de hierro.
—Son los últimos días, chico —replicó,
pisando con fuerza la hoja, y Kivrin sintió un arrebato de mie¬do, pero
entonces advirtió que no la había reconocido con sus ropas de muchacho.
—Soy yo, Katherine.
Él la miró y asintió.
—Es el final de los tiempos —dijo—. Los
que no han muerto, pronto lo harán. —Se inclinó hacia delan¬te, apoyando todo
el peso en la pala.
La vaca trató de meter la cabeza bajo el
brazo de Kivrin.
—¡Márchate! —exclamó ella, y la golpeó
en el mo¬rro. EÍ animal retrocedió torpemente, sorteando las tumbas, y Kivrin
advirtió que no todas tenían el mismo tamaño.
La primera era grande, pero la de al
lado no era mayor que la de Agnes, y la tumba donde se encontra¬ba el senescal
no era mucho más larga. Le dije a Rose-mund que no estaba cavando su tumba,
pensó, pero le mentí.
—¡No tenéis derecho a hacer esto!
Vuestro hijo y Rosemund están mejorando. Y lady Eliwys sólo está agotada por la
pena. No van a morir.
El senescal la miró, con el rostro tan
inexpresivo como cuando se plantó ante la separación, midiendo a Rosemund para
su tumba.
—El padre Roche dice que habéis sido
enviada para que nos ayudéis, ¿pero cómo podréis prevalecer contra el fin del
mundo? —Pisó de nuevo la pala—. Necesitaréis estas tumbas. Todos, todos
morirán.
La vaca trotó hasta el otro lado de la
tumba, con la cabeza al nivel de la cara del senescal, pero él no pare¬ció
advertirlo.
—No cavéis más tumbas —exigió ella—. Lo
pro¬hibo.
Él siguió cavando, como si tampoco la
hubiera ad¬vertido.
—No van a morir. La Peste Negra sólo
mató entre un tercio y la mitad de los contemporáneos. Ya hemos tenido nuestra
cuota.
Él siguió cavando.
Eliwys murió por la noche. El senescal
tuvo que ampliar la tumba de Rosemund para ella, y cuando la enterraron, Kivrin
vio que ya había empezado otra para Rosemund.
Debo sacarlos de aquí, pensó, mirando al
senescal. Tenía la pala al hombro, y en cuanto terminó de llenar la tumba de
Eliwys, empezó de nuevo con la de Rose¬mund. Debo sacarlos de aquí antes de que
se contagien.
Porque acabarían contagiándose. La
enfermedad les esperaba en los bacilos de sus ropas, en las mantas, en el mismo
aire que respiraban. Y si por algún milagro no la contraían, la peste barrería
todo Oxfordshire en primavera, mensajeros y aldeanos y enviados del obis¬po. No
podían quedarse.
Escocia, pensó, y se dirigió a la casa.
Podría llevar¬los al norte de Escocia. La peste no llegó tan lejos. El hijo del
senescal podría montar el burro, y ella fabrica¬ría una litera para Rosemund.
La niña estaba sentada en su jergón.
—El hijo del senescal os ha estado
llamando —le anunció en cuanto Kivrin entró.
Había vomitado un moco sanguinolento. El
jergón estaba completamente manchado, y cuando Kivrin lo limpió, vio que el
niño estaba demasiado débil para le¬vantar la cabeza. Aunque Rosemund pueda
cabalgar, él no puede, pensó desesperada. No podemos marchar¬nos a ninguna
parte.
Por la noche, pensó en la carreta que
había traído consigo. Tal vez el senescal la ayudaría a repararla, y Rosemund
podría viajar en ella. Encendió una linterna con las brasas del fuego y fue al
establo. El burro de Roche le rebuznó cuando abrió la puerta, y hubo un sonido
de roce y huida cuando alzó la humeante luz.
Las cajas aplastadas se alzaban contra
la carreta como una barricada, y en cuanto las retiró supo que aquello no
funcionaría. Era demasiado grande.
El burro no podría tirar de ella, y
faltaba el eje de madera, que algún contemporáneo emprendedor se habría llevado
para reparar una cerca o para alimentar una hoguera. O para empalarse y
librarse de la peste, pensó Kivrin.
El patio estaba negro como la boca de un
lobo cuan¬do salió y las estrellas titilaban afiladas y brillantes, como en
Nochebuena. Pensó en Agnes dormida contra su hombro, en la campanita que
llevaba en la muñeca, y el sonido de las campanas, tocando el repique del
Dia¬blo. Prematuramente, pensó Kivrin. El Diablo no ha muerto todavía. Campa a
sus anchas por el mundo.
Permaneció despierta largo rato,
intentando idear otro plan. Tal vez podrían construir una especie de li¬tera
para que las arrastrara el burro si la nieve no era demasiado profunda. O
montar a los dos niños en el burro y llevar el equipaje en mochilas a la
espalda.
Por fin se quedó dormida y se despertó
de nuevo casi de inmediato, o eso le pareció. Todavía estaba os¬curo, y Roche
se hallaba inclinado sobre ella. El fuego moribundo le iluminaba el rostro
desde abajo, de modo que tenía el mismo aspecto que en el claro, cuan¬do ella
pensó que era un asesino, y todavía medio dor¬mida extendió la mano y la colocó
amablemente en su mejilla.
—Lady Katherine —llamó él, y Kivrin
despertó.
Es Rosemund, pensó, y se dio la vuelta
para verla, pero la niña dormía tranquilamente, con la manita bajo la mejilla.
—¿Qué ocurre? ¿Estáis enfermo?
Él sacudió la cabeza. Abrió la boca y
volvió a ce¬rrarla.
—¿Ha venido alguien? —preguntó ella, y
se puso en pie.
Él volvió a sacudir la cabeza.
No puede ser alguien enfermo, pensó. No
queda nadie. Miró al montón de mantas junto a la puerta donde dormía el
senescal, pero no estaba allí.
—¿Está enfermo el senescal?
—Él hijo del senescal ha muerto —anunció
él con voz extraña y aturdida, y Kivrin vio que Lefric tampo¬co
estaba allí—. Fui a la iglesia a decir
maitines... —La voz se le apagó—. Venid conmigo —dijo, y salió.
Kivrin cogió su ajada manta y lo siguió
al patio.
No podían ser más de las seis. El sol
apenas des¬puntaba por el horizonte, tiñendo de rosa el cielo nu¬blado y la
nieve. Roche se dirigía ya al prado. Kivrin se echó la manta sobre los hombros
y le siguió.
La vaca del senescal estaba en el
pasaje, con la cabeza metida en una grieta de la valla del corral,
mordisquean¬do la hierba. Levantó la cabeza y le mugió a Kivrin.
—¡Eh! —gritó ella, agitando las manos,
pero el animal tan sólo sacó la cabeza de la valla y se dirigió ha¬cia ella.
—No tengo tiempo para ordeñarte —murmuró
Kivrin. Le dio una palmada en los cuartos traseros y continuó su camino.
El padre Roche ya había recorrido la
mitad del prado cuando lo alcanzó.
—¿Qué pasa? ¿No podéis decírmelo?
—preguntó ella, pero él no se detuvo ni la miró. Tomó hacia la fila de tumbas
en el prado, y ella pensó con súbito alivio, que el senescal había intentado
enterrar a su hijo solo, sin un sacerdote.
La tumba pequeña estaba cubierta, con la
tierra ne¬vada amontonada encima; también había terminado la tumba de Rosemund
y había cavado otra, más grande. De ella asomaba la pala, apoyada contra el
borde.
Roche no fue a la tumba de Lefric. Se
detuvo ante la más nueva, y repitió, con la misma voz aturdida:
—Fui a la iglesia a decir maitines...
Kivrin miró la tumba.
Al parecer el senescal había intentado
enterrarse con la pala, pero no pudo hacerlo en tan estrecho espa¬cio, de forma
que la había apoyado en el extremo de la tumba y empezó a atraer tierra con las
manos. Tenía un gran terrón en la mano congelada.
Sus piernas estaban casi cubiertas, y
aquello le daba un aspecto indecente, como si estuviera tendido en el baño.
—Debemos enterrarle adecuadamente —dijo
Kivrin , y trató de coger la pala.
Roche sacudió la cabeza.
—Es suelo santo —objetó aturdido, y ella
compren¬dió que el padre Roche pensaba que el senescal se había suicidado.
No importa, pensó, y advirtió que a
pesar de todo, a pesar de todos los horrores, Roche seguía creyendo en Dios.
Iba a la iglesia a decir maitines cuando encontró al senescal, y si todos
murieran, seguiría diciéndolos y no encontraría nada incongruente en sus
oraciones.
—Es la enfermedad —apuntó Kivrin, aunque
no tenía ni idea de si estaba en lo cierto—. La peste septicémica. Infecta la
sangre.
Roche la miró sin comprender.
—Debió de caer enfermo mientras cavaba.
La pes¬te septicémica envenena el cerebro. No estaba en su sano juicio.
—Como lady Imeyne —asintió él. Parecía
casi alegre.
No quería tener que enterrarlo fuera del
suelo san¬to, pensó Kivrin, a pesar de lo que cree.
Ayudó a Roche a enderezar un poco el
cuerpo del senescal, aunque ya estaba rígido.
No intentaron moverlo ni envolverlo en
una mor¬taja. Roche le colocó una tela negra sobre el rostro, y se turnaron
para cubrirlo de tierra. La tierra negra chas¬queaba como piedras.
Roche no fue a la iglesia a buscar sus
vestimentas o el misal. Se acercó primero a la tumba de Lefric y luego a la del
senescal y dijo las oraciones por los muertos. Kivrin, tras él, con las manos
cruzadas, pensó: no esta¬ba en su sano juicio. Había enterrado a su esposa y
seis hijos, había enterrado a casi todos los que conocía, y aunque no hubiera
tenido fiebre, si se había arrastrado hasta la tumba para morir allí congelado,
la peste había sido la culpable de su muerte.
No se merecía una tumba de suicida. No
se merece ninguna tumba, pensó Kivrin. Se suponía que iba a ve¬nir con nosotros
a Escocia, y se horrorizó ante la súbi¬ta alegría que sintió.
Ahora podemos irnos a Escocia, pensó,
mirando la tumba que había cavado para Rosemund. Ella puede montar el burro, y
Roche y yo llevaremos la comida y las mantas. Abrió los ojos y miró al cielo,
pero ahora que el sol estaba alto, las nubes parecían más claras, como si
pudieran disolverse a media mañana. Si se mar¬chaban esa misma mañana, podrían
haber salido del bosque a mediodía y llegado a la carretera de Oxford a Bath.
Por la noche estarían camino de York.
—Agnus dei, qui tollis peccata mundi,
dona eis ré¬quiem —oró Roche.
Debemos coger avena para el burro, pensó
ella, y el hacha para cortar leña. Y mantas.
Roche terminó las oraciones.
—Dominus vobiscum et cum spiritu tuo.
Requies-cat inpace. Amén.
Se marchó a tocar la campana.
No hay tiempo para eso, pensó Kivrin, y
se dirigió a la casa. Cuando Roche hubiera terminado de doblar a difuntos, casi
habría terminado de empaquetar y le contaría. Entonces él cargaría el burro y
se marcharían. Cruzó corriendo el patio y entró en la casa. Tendrían que
llevarse carbones para alimentar el fuego. Podrían utilizar el cofre de las
medicinas de Imeyne.
Entró en el salón. Rosemund aún dormía.
Eso era bueno. No era necesario despertarla hasta que estuvie¬ran listos para
partir. Pasó junto a ella de puntillas y cogió el cofre y lo vació. Lo colocó
junto al fuego y se dirigió a la cocina.
—Me desperté y no estabais aquí —dijo
Rosemund. Se sentó en el jergón—. Temía que os hubieseis ido.
—Nos vamos todos —explicó Kivrin—.
Iremos a Escocia. —Se acercó a ella—. Debes descansar para el viaje. Volveré
enseguida.
—¿Adonde vais?
—Sólo a la cocina. ¿Tienes hambre? Te
traeré unas gachas. Ahora tiéndete y descansa.
—No me gusta estar sola —protestó
Rosemund—. ¿No podéis quedaros conmigo un poco?
No tengo tiempo para esto, pensó Kivrin.
—Sólo voy a la cocina. Y el padre Roche
está aquí. ¿No lo oyes? Está tocando la campana. Sólo tardaré unos minutos. ¿De
acuerdo? —Le sonrió alegremente a Rosemund y ella asintió, de mala gana—.
Volveré pronto.
Casi corrió al exterior. Roche seguía
tocando a di¬funtos, lenta, firmemente. Venga, pensó, no nos queda mucho
tiempo. Registró la cocina, colocando la comi¬da sobre la mesa. Había una pieza
de queso y bastantes panes planos. Los metió como si fueran platos en un saco
de arpillera, junto con el queso, y lo llevó todo junto al pozo.
Rosemund se encontraba en la puerta de
la casa, agarrada al quicio.
—¿No puedo sentarme en la cocina con vos
? —pre¬guntó. Se había puesto la saya y los zapatos, pero tirita¬ba en el aire
helado.
—Hace demasiado frío —objetó Kivrin—.
Tienes que descansar.
—Cuando os vais, me da miedo de que no
regreséis.
—Estoy aquí —declaró Kivrin, pero entró
con ella y cogió la capa de Rosemund y un puñado de pieles—. Puedes sentarte en
los escalones mientras yo hago los paquetes. —Echó la capa sobre los hombros de
Rose-mund y la sentó, apilando las pieles a su alrededor como si fueran un
nido—. ¿De acuerdo?
El broche que sir Bloet le había
regalado a Rosemund estaba todavía en el cuello de la capa. La niña ju¬gueteó
con el cierre, las manos le temblaban un poco.
—¿Vamos a Courcy? —preguntó.
—No —respondió Kivrin, y le prendió el
broche. Ib suiicien lui dami amo. Estás aquí en el lugar del ami¬go que amo—.
Nos vamos a Escocia. Allí estaremos a salvo de la peste.
—¿Creéis que mi padre ha muerto?
Kivrin vaciló.
—Mi madre dijo que sólo se había
retrasado o que no podía venir. Dijo que tal vez mis hermanos estaban enfermos,
y que vendría cuando se hubieran recuperado.
—Y tal vez tuviera razón —dijo Kivrin,
colocando una piel alrededor de sus pies—. Le dejaremos una car¬ta para que
sepa adonde hemos ido.
Rosemund sacudió la cabeza.
—Si viviera, habría venido a buscarme.
Kivrin la envolvió con una colcha.
—Tengo que coger comida —dijo
amablemente.
Rosemund asintió, y Kivrin fue a la
cocina. Había un saco de cebollas contra una pared y otro de manza¬nas. Estaban
arrugadas, y la mayoría tenía manchas marrones, pero Kivrin arrastró el saco
afuera. No ha¬bría que cocerlas y todos necesitarían vitaminas antes de la
primavera.
—¿Te apetece una manzana? —le preguntó a
Ro¬semund.
—Sí —respondió la niña, y Kivrin rebuscó
en el saco, tratando de encontrar una que estuviera sana y sin arrugas. Limpió
de tierra una marrón rojiza, la fro¬tó contra sus calzas de cuero, y se la dio,
sonriendo ante el recuerdo de lo buena que le habría sabido una manzana cuando
estuvo enferma.
Pero después del primer mordisco,
Rosemund pa¬reció perder interés. Se apoyó contra el marco de la puerta y miró
en silencio al cielo escuchando el rítmico repique de la campana de Roche.
Kivrin siguió rebuscando entre las
manzanas, es¬cogiendo las que merecía la pena llevar, y preguntán¬dose cuántas
podría cargar el burro. Tenían que llevar avena para el animal. No habría
pasto, aunque cuando llegaran a Escocia encontrarían brezo que le serviría de
alimento. No era necesario que llevaran agua. Había arroyos de sobra. Pero
necesitarían una olla para her¬virla.
—Vuestra gente no vino a recogeros —dijo
Rose-mund.
Kivrin levantó la cabeza. La niña estaba
todavía apoyada en la puerta, con la manzana en la mano.
Sí vinieron, pensó, pero yo no estaba
allí.
—No —dijo.
—¿Creéis que la peste los ha matado?
—No —respondió Kivrin, y pensó, al menos
no tengo que preocuparme por si están muertos o inde¬fensos en alguna parte. Al
menos sé que se encuentran bien.
—Cuando vaya con sir Bloet, le diré cómo
nos ha¬béis ayudado —dijo Rosemund—. Le pediré que el pa¬dre Roche y vos os
quedéis conmigo. —Alzó la cabeza con orgullo—. Se me permiten mis propios
sirvientes y un capellán.
—Gracias —dijo Kivrin, solemne.
Colocó el saco de manzanas buenas junto
al de que¬so y pan. La campana se detuvo y su eco se difundió to¬davía en el
aire frío. Cogió el cubo y lo bajó al pozo.
Cocinaría unas gachas y le añadiría las
manzanas pasadas. Sería una buena comida para el viaje.
La manzana de Rosemund rodó ante sus
pies hasta la base del pozo y se detuvo allí.
Kivrin se agachó para recogerla. Sólo
tenía un bo¬cadito, blanco contra la roja piel. Kivrin la frotó contra su
pelliza.
—Se te ha caído la manzana —señaló, y se
volvió para dársela.
Todavía tenía la mano abierta, como si
se hubiera inclinado a cogerla cuando cayó.
—Oh, Rosemund.
TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL
JUICIO FINAL
(079110-079239)
El padre Roche y yo nos vamos a Escocia.
A decir verdad no tiene sentido contarle esto, supongo, puesto que nunca oirá
lo que hay en este grabador, pero qui¬zás alguien lo encuentre en algún páramo
un día, o la señora Montoya haga una excavación en el norte de Escocia cuando
termine en Skendgate, y si eso sucede, quiero que sepa usted lo que nos ha
pasado.
Sé que huir es probablemente lo peor que
pode¬mos hacer, pero tengo que sacar al padre Roche de aquí. Toda la casa está
contaminada por la peste: ca¬mas, ropa, el aire, y las ratas campan por todas
partes. Vi una en la iglesia cuando fui a coger el alba y la estola de Roche
para el funeral de Rosemund. Y aunque no la contraiga por ellas, la plaga se
cierne a nuestro alrede¬dor, y nunca podré convencerle de que se quede aquí.
Querrá ir y ayudar.
Nos mantendremos apartados de los
caminos y los poblados. Tenemos comida suficiente para una sema¬na, y entonces
estaremos lo bastante lejos al norte para poder comprar comida en alguna aldea.
El clérigo tenía una bolsa con monedas de plata. Y no se preocupe. Es¬taremos
bien. Como diría el señor Gilchrist: «He to¬mado todas las precauciones
posibles.»
32
Era más que probable que apocalíptico
fuera el tér¬mino adecuado para definir la posibilidad de rescatar a Kivrin.
Dunworthy estaba agotado cuando Colin lo llevó de regreso a su habitación y
volvía a tener fiebre.
—Descanse —dijo Colin, y le ayudó a
meterse en la cama—. No puede tener una recaída si quiere ir a rescatar a
Kivrin.
—Necesito ver a Badri y a Finch.
—Yo me encargaré de todo —le prometió
Colin, y se marchó corriendo.
Necesitaría conseguir su alta y la de
Badri, y equi¬po médico para la recogida, por si Kivrin estaba enfer¬ma.
Necesitaría una vacuna contra la peste. Se pregun¬tó cuánto tiempo haría falta
para que surtiera efecto. Mary había dicho que había inmunizado a Kivrin
mientras estaba en el hospital para que le implantaran el grabador. Eso fue dos
semanas antes del lanzamien¬to, pero tal vez no era necesario tanto tiempo para
con¬ferir inmunidad.
La enfermera entró para comprobar su
tempera¬tura.
—Estoy terminando el turno —dijo,
leyendo su parche.
—¿Cuándo me darán de alta?
—¿De alta? —ella se sorprendió—. Vaya,
veo que se encuentra mucho mejor.
—Sí. ¿Cuándo?
Ella frunció el ceño.
—No es lo mismo dar un paseíto que
marcharse a casa. —Ajustó el gotero—. No se agote.
Salió, y después de unos minutos Colin
entró con Finch y el libro de la Edad Media.
—Se me ocurrió que a lo mejor lo
necesitaría para disfraces y esas cosas. —Lo dejó caer sobre las piernas de
Dunworthy—. Voy a buscar a Badri. —Se marchó corriendo.
—Tiene usted mucho mejor aspecto, señor
—ob¬servó Finch—. Me alegro muchísimo. Me temo que es usted necesario en
Balliol. Es la señora Gaddson. Ha acusado a Balliol de minar la salud de
William. Dice que la tensión combinada de la epidemia y los estudios de
Petrarca han acabado con su salud. Amenaza con acudir al decano de Historia.
—Dígale que lo intente. Basingame está
en alguna parte de Escocia. Necesito que averigüe cuánto tiempo se necesita
para una vacuna contra la peste bubónica, y que el laboratorio esté preparado
para un lanzamiento.
—Lo estamos utilizando como almacén
—objetó Finch—. Nos han llegado varios envíos de suministros desde Londres,
aunque no de papel higiénico, a pesar de que solicité específicamente...
—Trasládelo todo al salón —ordenó
Dunwor¬thy—. Quiero que la red esté lista cuanto antes.
Colin abrió la puerta con el codo y
empujó la silla de ruedas de Badri, usando el otro brazo y la rodilla para
mantenerla abierta.
—Tuve que esquivar a la hermana —dijo,
sin alien¬to. Acercó la silla a la cama.
—Quiero... —empezó a decir Dunworthy, y
se de¬tuvo al ver a Badri. Era imposible. Badri no estaba en condiciones de
dirigir la red. Parecía agotado por el mero esfuerzo de haberse trasladado
desde su pabe¬llón, y tiraba del bolsillo de su bata como lo había he¬cho con
el cinturón.
—Necesitamos dos RTN, un medidor de luz,
y un portal —dijo Badri, y su voz también sonó agotada, pero la desesperación
había desaparecido de ella—. Y necesitaremos autorizaciones para el lanzamiento
y la recogida.
—¿Y los manifestantes que había ante
Brasenose? —preguntó Dunworthy—. ¿Intentarán impedir el lan¬zamiento ?
—No —respondió Colin—. Están en la sede
del Fondo Nacional. Pretenden clausurar la excavación.
Bien, pensó Dunworthy. Montoya estará
demasia¬do ocupada intentando defender su iglesia contra los piquetes para
interferir. Demasiado ocupada para bus¬car el grabador de Kivrin.
—¿Qué más necesitarás? —le preguntó a
Badri.
—Una memoria insular y un redundante
para el backup —sacó una hoja de papel del bolsillo y la miró—. Y un enlace
remoto para poder hacer compro¬baciones de parámetros.
Seguidamente le tendió la lista a
Dunworthy, quien a su vez se la pasó a Finch.
—También necesitaremos apoyo médico para
Ki¬vrin —añadió Dunworthy—, y quiero que instalen un teléfono en esta
habitación.
Finch frunció el ceño ante la lista.
—Y no me diga que nos hemos quedado sin
algo de eso —apuntó Dunworthy antes de que pudiera pro¬testar—. Suplique,
tómelo prestado o róbelo. —Se vol¬vió a Badri—. ¿Necesitarás algo más?
—Sí, que me den de alta. Y me temo que
eso será el mayor obstáculo.
—Tiene razón —dijo Colin—. La hermana
nunca le dejará salir. Tuve que colarlo aquí.
—¿Quién es tu médico? —preguntó
Dunworthy.
—El doctor Gates, pero...
—Seguro que podremos explicarle la
situación —le interrumpió Dunworthy—, explicarle que se trata de una
emergencia.
Badri sacudió la cabeza.
—Lo último que puedo hacer es contarle
las cir¬cunstancias. Le pedí que me diera de alta para abrir la red cuando
estaba usted enfermo. No creía que estu¬viera bien, pero accedió, y entonces
tuve la recaída...
Dunworthy le miró ansiosamente.
—¿Estás seguro de que eres capaz de
dirigir la red? Tal vez pueda conseguir a Andrews ahora que la epide¬mia está
bajo control.
—No nos queda tiempo —alegó Badri—. Y
fue culpa mía. Quiero dirigir la red. Tal vez el señor Finch pueda encontrar
otro médico.
—Sí. Y dígale al mío que necesito hablar
con él. —Cogió el libro de Colin—. Necesitaré un disfraz.
Pasó las páginas, buscando una
ilustración de ro¬pas medievales.
—Nada de correas, ni cremalleras, ni
siquiera boto¬nes. —Encontró un retrato de Boccaccio y se lo mostró a Finch—.
No creo que Siglo Veinte tenga nada. Llame a la Sociedad Dramática y mire a ver
si tienen algo.
—Haré lo que pueda, señor —asintió
Finch, con¬templando la ilustración con el ceño fruncido.
La puerta se abrió de golpe y entró la
hermana, ai¬rada.
—Señor Dunworthy, esto es un disparate
—dijo con un tono que sin duda había causado bajas entre los terrores de la
Segunda Guerra de las Malvinas—. Si no cuida de su propia salud, al menos
podría respetar la de los otros pacientes —clavó sus ojos en Finch—. El se¬ñor
Dunworthy no puede tener visitas.
Miró a Colin y le quitó la silla de
ruedas de las manos.
—¿ En qué estaba pensando, señor
Chaudhuri ? —dijo, e hizo girar la silla con tanto ímpetu que la cabeza de
Badri osciló hacia atrás—. Ya ha sufrido
una recaída. No voy a permitir que tenga otra. —Lo empujó hasta la puerta.
—Ya le dije que no nos permitirían
sacarlo —dijo Colin.
Ella abrió la puerta.
—No quiero visitas —le advirtió a Colin.
—Volveré —susurró el niño y pasó
esquivándola.
Ella lo miró fijamente.
—No, si yo tengo algo que decir.
Al parecer, lo tenía. Colin no regresó
hasta des¬pués que terminara su turno, y sólo para traerle a Badri el enlace
remoto e informarle a Dunworthy sobre las vacunas contra la peste. Finch había
telefoneado al mi¬nisterio. La vacuna tardaba dos semanas en dar inmu¬nidad
total, y siete días para la parcial.
—Y el señor Finch quiere saber si no
debería ser vacunado contra el cólera y el tifus.
—No hay tiempo —dijo él. Tampoco lo
había para vacunarse contra la peste. Kivrin ya llevaba allí más de tres
semanas, y cada día que pasaba reducía sus posibi¬lidades de sobrevivir. Y a él
no iban a darlo de alta.
En cuanto Colin se marchó, llamó a la
enfermera de William y le dijo que quería ver a su médico.
—Estoy listo para que me den de alta
—aseguró.
Ella se echó a reír.
—Estoy completamente recuperado. Esta
mañana he recorrido el pasillo tres veces.
Ella sacudió la cabeza.
—Las recaídas en este virus son
enormemente al¬tas. No puedo correr el riesgo. —Le sonrió—. ¿Adon¬de está tan
decidido a ir? Sea lo que fuere, seguro que puede pasar otra semana sin usted.
—Es el principio del trimestre —alegó
él, y advir¬tió que era cierto—. Por favor, dígale a mi médico que quiero
verlo.
—El doctor Warden sólo le dirá lo mismo
que yo.
Pero al parecer transmitió el mensaje,
porque el médico volvió después del té.
Obviamente, era un jubilado que había
vuelto al trabajo para ayudar con la epidemia. Contó una larga y absurda
historia acerca de estados médicos durante la Pandemia y luego dijo,
temblequeando:
—En mis tiempos manteníamos a la gente
en el hospital hasta que se recuperaban del todo.
Dunworthy no intentó discutir con él.
Esperó has¬ta que el médico y la vieja enfermera se perdieron tam¬baleándose
pasillo abajo, compartiendo recuerdos de la Guerra de los Cien Años, y entonces
se enganchó su sonda portátil y se dirigió a la cabina telefónica junto a
Admisiones para que Finch le informara de sus pro¬gresos.
—La hermana no dejará instalar un
teléfono en su habitación —dijo Finch—, pero tengo noticias sobre la peste. Una
aplicación de inyecciones de estreptomicina junto con gammaglobulina y
potenciación de leucoci-tos-T proporcionará inmunidad temporal y puede
ini¬ciarse doce horas antes de la exposición.
—Bien, búsqueme a un médico que me las
aplique y autorice mi alta. Un médico joven. Y envíeme a Co-lin. ¿Está
preparada la red?
—Casi, señor. He conseguido las
autorizaciones necesarias para el lanzamiento y la recogida, y he loca¬lizado
un enlace remoto. Iba a buscarlo ahora.
Colgó y Dunworthy regresó a la
habitación. No le había mentido a la enfermera. Se encontraba más recu¬perado a
cada momento, aunque sentía una presión en las costillas inferiores cuando
llegó a la habitación. La señora Gaddson estaba allí, buscando ansiosamente en
su Biblia plagas, fiebres y pestilencias.
—Léame Lucas 11, versículo 9 —pidió
Dun¬worthy.
Ella lo buscó.
—«Y yo os digo: Pedid y se os dará
—leyó, mirán¬dolo con recelo—; buscad, y encontraréis, llamad y se os abrirán
las puertas.»
La señora Taylor llegó al final de la
hora de visita, con una cinta métrica.
—Colin me envió a tomarle las medidas
—dijo—. La vieja bruja de ahí fuera no le deja entrar en la planta. —Le pasó la
cinta alrededor de la cintura—. Tuve que decirle que iba a visitar a la señora
Piantini. Extienda el brazo. —Ella estiró la cinta—. Se encuentra mucho mejor.
Puede que incluso toque When at Last My Sau-vior Cometh de Rimbaud con nosotras
el día quince. Actuaremos para Santa Re-Formada, ya sabe, pero el ministerio ha
ocupado su iglesia, así que el señor Finch ha sido tan amable de cedernos la
capilla de Balliol. ¿Qué número de zapatos usa?
Ella anotó sus medidas, le aseguró que
Colin iría a visitarlo al día siguiente y le dijo que no se preocupara, que la
red estaba casi lista. Se marchó, posiblemente para visitar a la señora
Piantini, y volvió unos minutos después con un mensaje de Badri.
«Señor Dunworthy, he hecho veinticuatro
com¬probaciones de parámetros —decía—. Las veinticuatro muestran un
deslizamiento mínimo, once muestran un deslizamiento de menos de una hora,
cinco de menos de cinco minutos. Voy a hacer comprobaciones de di¬vergencia y
DAR para intentar averiguar qué pasa.»
Yo ya sé lo que pasa, pensó Dunworthy.
Es la Pes¬te Negra. La función del deslizamiento era impedir in¬teracciones que
pudieran afectar la historia. Un desli¬zamiento de cinco minutos significaba
que no había anacronismos, ningún encuentro crítico que el conti¬nuo debiera
impedir. Significaba que el lanzamiento se realizaba a una zona deshabitada.
Significaba que la peste había estado allí y que todos los contemporáneos
habían muerto.
Colin no fue a verlo por la mañana, y
después del almuerzo Dunworthy se acercó a la cabina telefónica y llamó a
Finch.
—No he podido encontrar a un médico
dispues¬to a aceptar nuevos casos. He llamado a todos los médicos y enfermeros
del perímetro. Muchos de ellos siguen con gripe —se disculpó Finch—, y
va¬rios...
Se interrumpió, pero Dunworthy supo qué
había querido decir. Varios han muerto, incluyendo la que sin duda habría
ayudado, la que le habría administrado las vacunas y dado el alta a Badri.
«Tía Mary no habría abandonado», había
dicho Colin. No lo habría hecho, a pesar de la hermana y la señora Gaddson y el
dolor bajo las costillas. Si estuvie¬ra aquí, le habría ayudado en todo lo
posible.
Regresó a su habitación. La hermana
había coloca¬do en su puerta un enorme cartel que decía: «No se permite ninguna
visita», pero ella no estaba en su mesa, ni en su habitación. Dentro le
esperaba Colin, con un gran paquete mojado.
—La enfermera está en el pabellón
—sonrió el ni¬ño—. La señora Piantini se desmayó muy convenien¬temente. Tendría
que haberla visto. Es muy hábil. —Jugueteó con la cuerda—. La otra enfermera
acaba de entrar en su turno, pero no tiene que preocuparse tampoco por ella.
Está en la habitación de las sábanas con William Gaddson. —Abrió el paquete.
Estaba lle¬no de ropa: un largo jubón negro y polainas negras, que no parecían
ni remotamente medievales, y unas medias negras de mujer.
—¿De dónde has sacado esto? ¿De un
montaje de Hamlet?
—Ricardo III —dijo Colin—. Keble lo
representó el trimestre pasado. Le quité la joroba.
—¿Hay una capa? —preguntó Dunworthy,
rebus¬cando entre las ropas—. Dile a Finch que me consiga una capa. Una capa
larga que lo oculte todo.
—Vale —asintió Colin, ausente. Estaba
distraído con la cinta de su chaqueta verde. Se abrió, y Colin se la quitó de
los hombros—. ¿Bien? ¿Qué le parece?
Lo había hecho considerablemente mejor
que Finch. Las botas no eran adecuadas (parecían un par de Wellingtons de
jardinero), pero la saya de arpillera ma¬rrón y los pantalones grises e
informes parecían la ilus¬tración de un siervo del libro.
—Los pantalones tienen
cremallera—señaló—, pe¬ro debajo de la camisa no se ve. Lo copié de un libro.
Se supone que soy su escudero.
Dunworthy tendría que haberlo esperado.
—Colin, no puedes venir conmigo.
—¿Por qué no? Yo le ayudaré a
encontrarla. Soy muy hábil encontrando cosas.
—Es imposible. La...
—Oh, ahora va a decirme lo peligrosa que
es la Edad Media, ¿ no ? Bueno, esto también es bastante peli¬groso, ¿no? Mire
qué le pasó a tía Mary. Habría estado más segura en la Edad Media, ¿no? He
estado haciendo montones de cosas peligrosas. Llevando medicinas a la gente y
colocando carteles en los pabellones. Mientras usted estuvo enfermo, hice todo
tipo de cosas peligrosas que ni siquiera sabe...
—Colin...
—Es usted demasiado viejo para ir solo.
Y tía Ma¬ry me pidió que le cuidara. ¿Y si sufre una recaída?
—Colin...
—A mi madre no le importa que vaya.
—Pero a mí sí. No puedo llevarte
conmigo.
—Entonces tengo que sentarme aquí a
esperar —se lamentó amargamente—, y nadie me dirá nada, y no sabré si está
usted vivo o muerto. —Cogió su chaque¬ta—. Es una injusticia.
—Lo sé.
—¿Puedo ir al laboratorio, al menos?
—Sí.
—Todavía pienso que debería dejarme ir
—insis¬tió. Empezó a doblar los leotardos—. ¿Dejo aquí su disfraz?
—Será mejor que no. La hermana podría
confis¬carlo.
—¿Qué está pasando aquí, señor
Dunworthy? —preguntó la señora Gaddson.
Los dos dieron un respingo. La mujer
entró en la habitación con su Biblia en ristre.
—Colin ha estado recogiendo ropa
—explicó Dun¬worthy, ayudándole a hacer un paquete—. Son para los retenidos.
—Pasar ropa de una persona a otra es un
modo excelente de propagar la infección —le dijo ella a Dunworthy.
Colin recogió el paquete y se marchó.
—¡Y permitir que un niño entre aquí y
pille algo! Se ofreció a venir y acompañarme a casa desde el hos¬pital anoche,
y le dije: «¡No permitiré que arriesgues tu salud por mí!»
Se sentó junto a la cama y abrió la
Biblia.
—No me parece prudente que ese jovencito
le visi¬te. Pero supongo que es lo que cabría esperar dada la manera en que
dirige su colegio. En su ausencia, el se–or Finch se ha convertido en un
auténtico tirano. Me echó con malos modos ayer, cuando solicité otro rollo de
papel higiénico...
—Quiero ver a William —dijo Dunworthy.
—¡Aquí! —estalló—. ¿En el hospital?
—Cerró la Biblia de golpe—. No lo permitiré. Sigue habiendo muchos casos
infecciosos y el pobre Willy...
Está en la habitación de las sábanas con
mi enfer¬mera, pensó él.
—Dígale que deseo verlo cuanto antes.
Ella agitó la Biblia ante Dunworthy. Era
la viva imagen de Moisés anunciando las plagas de Egipto.
—Pienso informar al decano de Historia
de su fría indiferencia por el bienestar de sus alumnos —amena¬zó, y
se marchó.
La oyó quejarse en voz alta a alguien en
el pasillo, presumiblemente la enfermera, porque William apare¬ció casi de
inmediato, ordenándose el pelo.
—Necesito inyecciones de estreptomicina
y gam-maglobulina —le dijo Dunworthy—. También necesi¬taré que me den de alta,
igual que Badri Chaudhuri.
El asintió.
—Lo sé. Colin me dijo que intentaría
recuperar a su historiadora. —Pareció reflexionar—. Conozco a una enfermera...
—Una enfermera no puede poner una
inyección sin la autorización de un médico, y en Altas también necesitarán
autorización.
—Conozco a una chica en Archivos. ¿Para
cuándo lo quiere?
—Cuanto antes.
—Me pondré en marcha. A lo mejor tardo
un par o tres de días —dijo, y se marchó—. Vi a Kivrin una vez. Fue a Balliol
para verle. Es muy bonita, ¿verdad?
Tengo que acordarme de advertirle sobre
él, pensó Dunworthy, y se dio cuenta de que había empezado a confiar en poder
rescatarla a pesar de todo. Aguanta, pensó, ya voy. Sólo dos o tres días.
Pasó la tarde caminando arriba y abajo
por el pasi¬llo, intentando recuperar fuerzas. El pabellón de Badri tenía un
cartel de «No se permite ninguna visita» en cada puerta, y la hermana le miraba
con un ojo azul acuoso cada vez que se acercaba a ellas.
Colin entró, empapado y sin aliento, con
un par de botas para Dunworthy.
—Tiene guardias por todas partes —dijo—.
El se¬ñor Finch dice que la red está lista, pero no encuentra a nadie para
proveer ayuda médica.
—Pídele a William que se encargue de
eso. Se ocu¬pa de las altas y de la inyección de estreptomicina.
—Lo sé. Tengo que entregarle un mensaje
suyo a Badri. Enseguida vuelvo.
No volvió, ni tampoco apareció William.
Cuando Dunworthy se acercó al teléfono para llamar a Balliol, la hermana lo
cogió a medio camino y lo escoltó de regre¬so a su habitación. O sus defensas
reforzadas incluían a la señora Gaddson, o ésta todavía estaba enfadada con
Dunworthy por causa de William. No apareció en toda la tarde.
Justo después del té, una bonita
enfermera a la que nunca había visto antes entró con una jeringuilla.
—Han llamado a la hermana a una
emergencia.
—¿Qué es eso? —preguntó él, señalando la
jerin¬guilla.
Ella tecleó en la consola con un dedo de
su mano libre. Miró la pantalla, tecleó unos cuantos caracteres más, y se
acercó para inyectarlo.
—Estreptomicina —dijo.
No parecía nerviosa o furtiva, lo cual
significaba que de algún modo William debía de haber conseguido la
autorización. Inyectó la larga jeringuilla en la cánula, le sonrió, y salió.
Había dejado la consola conectada. Dunworthy se levantó de la cama y fue a leer
lo que ha¬bía en la pantalla.
Era su historial. Lo reconoció porque se
parecía al de Badri y era igual de ilegible. La última entrada decía: «icu
1580269114-1-551805150/ RPT 1 800CRSIMSTMC 4ML/Q6H NHS40-21 1-7 M AHRENS.»
Se sentó en la cama. Oh, Mary.
William debía de haber obtenido su
código de ac¬ceso, quizá gracias a su amiga de Archivos, y lo había introducido
en el ordenador. Sin duda Archivos iba re¬trasado, atascado con el papeleo de
la epidemia, y toda¬vía no había recibido la noticia de la muerte de Mary.
Encontrarían el error algún día, aunque sin duda el in¬genioso William ya
habría dispuesto que se borrara.
Corrió hacia atrás la pantalla de su
historial. Había entradas de M. AHRENS hasta el 8-1-55, el día en que ella
murió. Debía de haberle atendido hasta que ya no pudo más. No le extrañaba que
su corazón se hubiera detenido.
Desconectó la pantalla para que la
hermana no pu¬diera ver la entrada y volvió a la cama. Se preguntó si William
había preparado firmar también las altas con el mismo nombre. Eso esperaba.
Ella habría querido ayudar.
No fue a verlo nadie en toda la noche.
La hermana entró para comprobar su taquiobrazalete y darle el temp de las ocho,
e introdujo los datos en la consola, pero no pareció advertir nada. A las diez
entró una se¬gunda enfermera, también muy guapa, repitió la inyec¬ción de
estreptomicina y le dio una de gammaglobulina.
Dejó la pantalla conectada, y Dunworthy
se tumbó y vio el nombre de Mary. No se creía capaz de dormir, pero lo hizo.
Soñó con Egipto y el Valle de los Reyes.
—Señor Dunworthy, despierte —susurró
Colin. Le estaba apuntando a la cara con una linterna de bol¬sillo.
—¿Quién es ? —dijo Dunworthy,
parpadeando con¬tra la luz. Buscó sus gafas a tientas—. ¿Qué pasa?
—Soy yo, Colin. —Volvió la linterna
sobre sí mis¬mo. Por algún motivo desconocido, llevaba una gran bata blanca de
laboratorio, y su expresión parecía for¬zada, siniestra bajo la luz de la
linterna.
—¿Qué ocurre? —preguntó Dunworthy.
—Nada —susurró Colin—. Tiene usted el
alta.
Dunworthy se enganchó las gafas tras las
orejas. Seguía sin ver nada.
—¿Qué hora es?
—Las cuatro. —Le tendió las zapatillas y
apuntó al armario con la linterna—. Dése prisa. —Cogió la bata de Dunworthy y
se la entregó—. Ella puede volver en cualquier momento.
Dunworthy se puso torpemente la bata y
las zapatillas, intentando despertarse, preguntándose por qué le daban de alta
a aquella hora tan extraña y dónde es¬taba la hermana.
Colin fue a la puerta y se asomó. Apagó
la linterna, se la guardó en el bolsillo de su bata demasiado grande, y cerró
la puerta. Tras un largo momento de tensión, la abrió ligeramente y miró.
—Todo está despejado —dijo, haciendo
señas a Dunworthy—. Se la ha llevado a la habitación de las sábanas.
—¿A quién, a la enfermera? —preguntó
Dunwor¬thy, todavía adormilado—. ¿Por qué está ella de ser¬vicio?
—A la enfermera joven no. A la hermana.
William la entretendrá allí mientras nos vamos.
—¿Y la señora Gaddson?
Colin pareció tímido.
—Le está leyendo al señor Latimer —dijo
a la de¬fensiva—. Tenía que hacer algo con ella, y de todas for¬mas el señor
Latimer no la oye. —Abrió del todo la puerta. Había una silla de ruedas fuera.
Cogió los ma¬nillares.
—Puedo andar —protestó Dunworthy.
—No hay tiempo. Y si alguien nos ve,
siempre puedo decir que le llevo a Rayos.
Dunworthy se sentó y dejó que Colin lo
empujara pasillo abajo, más allá del cuarto de las sábanas y de la ha¬bitación
de Latimer. Oyó tenuemente la voz de la señora Gaddson a través de la puerta,
una lectura del Éxodo.
Colin continuó de puntillas hasta el
fondo del pa¬sillo y luego emprendió una carrera que no podría in¬terpretarse
como que llevara a nadie a Rayos; recorrió otro pasillo, dobló una esquina y
salió por la puerta la¬teral donde les había asaltado el tipo del cartel «El
fin del mundo se acerca».
El callejón estaba completamente oscuro
y llovía intensamente. Dunworthy sólo distinguió la ambulancia aparcada al
fondo de la calle. Colín llamó a la puerta trasera con el puño y una camillera
se bajó. Era la auxi¬liar que había ayudado a entrar a Badri y que formó parte
del piquete ante Brasenose.
—¿Puede subir? —preguntó, ruborizada.
Dunworthy asintió y se levantó.
—Cierra las puertas —le indicó a Colin,
y rodeó la ambulancia.
—No me lo digas, es amiga de William
—dijo Dun¬worthy, mirándola.
—Por supuesto —contestó Colin—. Me
preguntó qué tipo de suegra pensaba yo que sería la señora Gaddson. —Lo ayudó a
subir a la ambulancia.
—¿Dónde está Badri? —preguntó Dunworthy,
se¬cándose la lluvia de las gafas.
Colin cerró las puertas.
—En Balliol. Lo llevamos primero, para
que pre¬parara la red. —Miró ansiosamente por la ventana tra¬sera—. Espero que
la hermana no haga sonar la alarma antes de que nos vayamos.
—Yo no me preocuparía por eso —dijo
Dunwor¬thy. Evidentemente, había subestimado los poderes de William. La vieja
hermana probablemente estaría sen¬tada en el regazo de William, bordando sus
iniciales conjuntas en las toallas.
Colin encendió la linterna y apuntó a la
camilla.
—He traído su disfraz —informó y tendió
a Dun¬worthy el jubón negro.
Dunworthy se quitó la bata y se lo puso.
La ambu¬lancia aceleró y estuvo a punto de caerse. Se sentó en el banco,
preparándose contra el traqueteo del viaje, y se puso los leotardos negros.
La auxiliar de William no había
conectado la sirena, pero conducía a tal velocidad que debería haberlo he¬cho.
Dunworthy se agarró a la correílla con una mano y se puso las polainas con la
otra, y Colin, que cogía las botas, por poco da una voltereta.
—Le encontramos una capa. El señor Finch
la pidió prestada a la Sociedad de Teatro Clásico. —La sacó. Era victoriana,
negra y forrada de seda roja. La pasó sobre los hombros de Dunworthy.
—¿Qué estaban montando? ¿Dracula?
La ambulancia frenó de golpe y la
auxiliar abrió las puertas. Colin ayudó a Dunworthy a bajar, sujetando la cola
de la enorme capa como si fuera un paje. Corrie¬ron a la puerta. La lluvia
golpeteaba con fuerza sobre las piedras, pero por debajo se oía un sonido
metálico.
—¿Qué es eso? —le preguntó Dunworthy,
obser¬vando el oscuro patio.
—When at Last My Savior Cometh —dijo
Co¬lin—. Las americanas están ensayando. Necrótico, ¿verdad?
—La señora Gaddson dijo que practicaban
a todas horas, pero no tenía ni idea de que fuera a las cinco de la mañana.
—El concierto es esta noche.
—¿Esta noche? —se extrañó Dunworthy, y
advir¬tió que era día quince. El seis del calendario juliano. Epifanía. La
llegada de los Reyes Magos.
Finch corrió hacia ellos con un
paraguas.
—Lamento llegar tarde, pero no
encontraba nin¬gún paraguas. No tiene usted ni idea de cuántos de los retenidos
se van y los olvidan por ahí. Sobre todo las americanas...
Dunworthy empezó a cruzar el patio.
—¿Está todo preparado?
—El apoyo médico no ha llegado todavía
—dijo Finch, intentando sostener el paraguas sobre la cabeza de Dunworthy—,
pero William Gaddson acaba de lla¬mar para decir que todo estaba listo y que
vendría den¬tro de poco.
Dunworthy no se sorprendería si le
hubiera di¬cho a la hermana que se presentara voluntaria para el trabajo.
—Espero que William nunca decida
consagrar su vida al crimen —dijo.
—Oh, no lo creo, señor. Su madre nunca
lo permiti¬ría. —Corrió unos pocos pasos, intentando no quedar¬se rezagado—. El
señor Chaudhuri está estableciendo las coordenadas preliminares. Y la señora
Montoya está aquí.
Dunworthy se detuvo.
—¿Montoya? ¿Qué pasa?
—No lo sé, señor. Dijo que tenía
información para usted.
Ahora no, pensó. No cuando estaban tan
cerca.
Entró en el laboratorio. Badri se
encontraba ante la consola, y Montoya, con su cazadora y sus vaqueros
embarrados, estaba a su lado, contemplando la panta¬lla. Badri le dijo algo, y
ella sacudió la cabeza y miró su digital. Levantó la cabeza, y cuando vio a
Dunworthy, una expresión de compasión asomó a su rostro. Se le¬vantó y rebuscó
en el bolsillo de su camisa.
No, pensó Dunworthy.
Se acercó a él.
—No sabía que planeaba usted esto —dijo,
sacan¬do un papel doblado—. Quiero ayudar. —Le tendió el papel—. Es la
información con que contaba Kivrin cuando atravesó.
Él miró el papel. Era un mapa.
—Éste es el lugar de llegada. —Montoya
señaló una cruz sobre una línea negra—. Y esto es Skendgate. Lo reconocerá por
la iglesia. Es normanda, con mura¬les sobre la reja y una imagen de san Antón.
—Le son-rió—. El santo patrón de los objetos perdidos. Encon¬tré la imagen
ayer.
Señaló otras cruces.
—Si por alguna circunstancia no fue a
Skendgate, las aldeas más probables son Esthcote, Henefelde y Shrivendun. He
apuntado sus características distinti¬vas por detrás.
Badri se levantó y se acercó. Parecía
aún más frágil que en el hospital, aunque parecía imposible, y se mo¬vía
despacio, como el anciano en que se había conver¬tido.
—Sigo recibiendo un deslizamiento
mínimo, sean cuales sean las variables que introduzca —dijo. Se llevó una mano
a las costillas—. Estoy haciendo un intermi¬tente, abriendo a intervalos de
cinco minutos a dos ho-ras. De esa forma podremos mantener la red abierta hasta
veinticuatro horas, treinta y seis con un poco de suerte.
Dunworthy se preguntó cuántos de
aquellos inter¬valos de dos horas soportaría Badri. Ya parecía ago¬tado.
—Cuando vea el titilar o los principios
de la con¬densación de humedad, entre en la zona de encuentro —prosiguió Badri.
—¿Y si está oscuro? —preguntó Colin. Se
había quitado la bata de laboratorio, y Dunworthy vio que llevaba su disfraz de
escudero.
—De todas formas vería el titilar, y
además le lla¬maríamos —dijo Badri. Emitió un gruñido y volvió a llevarse la
mano al costado—. ¿Ha sido inmunizado?
—Sí.
—Bien. Entonces sólo nos falta el apoyo
médico. —Miró intensamente a Dunworthy—. ¿Está seguro de que se encuentra bien
para hacer esto?
—¿Y tú? —preguntó Dunworthy.
La puerta se abrió y entró la enfermera
de William, vestida con un impermeable. Se ruborizó al ver a Dunworthy.
—William dijo que necesitarían apoyo
médico. ¿Dónde quieren que me coloque?
Desde luego, tengo que acordarme de
advertir a Kivrin contra él, pensó Dunworthy. Badri le mostró a la enfermera
dónde quería que estuviese y Colin fue corriendo a buscar su equipo.
Montoya condujo a Dunworthy a un círculo
de tiza bajo los escudos.
—¿Piensa llevarse las gafas?
—Sí. Podrá excavarlas en su cementerio.
—Estoy segura de que no estarán allí
—declaró ella solemnemente—. ¿Quiere estar sentado o tendido?
Él pensó en Kivrin, tendida con el brazo
sobre el rostro, indefensa y ciega.
—Estaré de pie —decidió.
Colin volvió con un baúl. Lo colocó
junto a la con¬sola y se acercó a la red.
—No tiene sentido que vaya solo.
—Tengo que ir solo, Colin.
—¿Porqué?
—Es demasiado peligroso. No puedes
imaginar cómo fue la Peste Negra.
—Sí que puedo. Me he leído todo el libro
dos ve¬ces, y me han puesto la... —Se interrumpió—. Sé todo lo necesario sobre
la Peste Negra. Además, si fuese tan peligroso, usted no debería ir tampoco. Le
prometo que no le daré la lata.
—Colin, estás bajo mi custodia. No puedo
correr el riesgo.
Badri se acercó a la red con un medidor
de luz.
—La enfermera necesita ayuda con el
resto del equipo —dijo.
—Si no vuelve usted, nunca sabré qué le
ha pasado —insistió Colin. Dio media vuelta y salió corriendo.
Badri hizo un lento circuito alrededor
de Dunwor¬thy, tomando medidas. Frunció el ceño, lo cogió por el codo, tomó más
medidas. La enfermera se acercó con una jeringuilla. Dunworthy se subió la
manga del jubón.
—Quiero que sepa que no apruebo nada de
esto —advirtió, pinchando el brazo de Dunworthy—. Us¬tedes dos tendrían que
estar en el hospital. —Retiró la jeringuilla y volvió a su baúl.
Badri esperó mientras Dunworthy se
bajaba la manga y entonces movió el brazo, tomó más medidas, lo movió de nuevo.
Colin entró con una unidad sean y salió
sin mirar a Dunworthy.
Éste vio que las pantallas cambiaban una
y otra vez. Oía a las campaneras, un sonido casi musical con la puerta cerrada.
Colin abrió la puerta y las campanas
tañeron salva¬jemente por un instante mientras el muchacho intro¬ducía un
segundo baúl.
Colin lo arrastró hasta la enfermera y
entonces se acercó a la consola y se colocó junto a Montoya, vien¬do cómo las
pantallas generaban números. Dunworthy deseó haberles dicho que atravesaría
sentado. Las bo¬tas le lastimaban los pies y estaba cansado por el es¬fuerzo de
permanecer de pie.
Badri volvió a hablar al oído y los
escudos bajaron, tocaron el suelo, se alzaron un poco. Colin le dijo algo a
Montoya, y ella alzó la cabeza, frunció el ceño y lue¬go asintió, finalmente se
volvió hacia la pantalla. Colin se acercó a la red.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó
Dunworthy.
—Una de las cortinas se ha enganchado
—dijo Co¬lin. Se acercó al otro lado y tiró del pliegue.
—¿Listo? —preguntó Badri.
—Sí —dijo Colin, y volvió hacia la
puerta—. No, espere. —Se acercó a los escudos—. ¿No debería qui¬tarse las
gafas, por si alguien le ve atravesar?
Dunworthy se quitó las gafas y se las
guardó en el jubón.
—Si no vuelve, iré a buscarle —prometió
Colin, y retrocedió—. Listo —exclamó.
Dunworthy miró las pantallas. Sólo eran
un bo¬rrón, igual que Montoya, que se apoyaba en el hombro de Badri. Miró el
digital.
Badri le habló al oído.
Dunworthy cerró los ojos.
Oía a las campaneras tocando When at
Last My Savior Cometh.
Los abrió de nuevo.
—Ahora —indicó Badri. Pulsó un botón y
Colin saltó hacia los escudos, justo a los brazos de Dun¬worthy.
33
Enterraron a Rosemund en la tumba que el
senes¬cal había cavado para ella. «Necesitaréis estas tumbas», había dicho, y
tuvo razón. Nunca habrían conseguido cavarla ellos solos. Ya les resultó
bastante difícil sacar a la niña al prado.
La colocaron en el suelo junto a la
tumba. Parecía imposiblemente delgada, consumida casi hasta la nada. Los dedos
de la mano derecha, todavía en el rictus de coger la manzana que había dejado
caer, no eran más que huesos.
—¿La oísteis en confesión? —preguntó
Roche.
—Sí —dijo Kivrin, y le pareció que no
faltaba a la verdad. Rosemund había confesado tener miedo de la oscuridad, de
la peste y a estar sola, dijo que amaba a su padre y era consciente de que
nunca volvería a verlo. Todas las cosas que ella misma no se atrevía a
confesar.
Kivrin desabrochó el alfiler que sir
Bloet le había regalado a Rosemund y la envolvió en la capa hasta cu¬brirle la
cabeza, y Roche la cogió en brazos como si fuera una niña dormida y bajó a la
tumba.
Tuvo problemas para salir, y Kivrin tuvo
que aga¬rrar sus grandes manos y tirar de él. Y cuando empezó las oraciones por
los muertos, Roche dijo:
—Domine, ad adjuvandum me festina.
Kivrin le miró ansiosamente. Debemos
salir de aquí antes de que también él la contraiga, pensó, y no le corrigió. No
tenemos ni un momento que perder.
—Dormiunt in somno pacis —concluyó
Roche, y cogió la pala y empezó a llenar la tumba.
Le pareció que tardaba una eternidad.
Kivrin le ayudó, arrojando tierra al montón que se había con¬vertido en una
sólida masa congelada y tratando de calcular hasta dónde llegarían antes del
anochecer. Todavía no era mediodía. Si se marchaban pronto, podrían atravesar
Wychwood y cruzar la carretera de Oxford a Bath para dirigirse a la meseta
central. Po-drían estar en Escocia en menos de una semana, cerca de
Invercassley o de Dornoch, donde nunca llegó la peste.
—Padre Roche —dijo en cuanto él empezó a
alisar la tierra con el plano de la pala—. Tenemos que mar¬charnos a Escocia.
—¿Escocia? —se extrañó él, como si nunca
hubie¬ra oído hablar de aquel lugar.
—Sí. Tenemos que irnos de aquí. Debemos
coger el burro e ir a Escocia.
Él asintió.
—Bien, nos llevaremos los sacramentos.
Pero antes tengo que tocar la campana por Rosemund, para que su alma pase al
cielo.
Kivrin quiso decirle que no, que no
había tiempo, que debían marcharse enseguida, inmediatamente, pe¬ro asintió.
—Recogeré a Balaam —dijo.
Roche se dirigió al campanario y ella
corrió al gra¬nero antes de que el sacerdote llegara siquiera. Quería ponerse
en marcha a toda prisa, antes de que sucediera nada más, como si la peste
esperara para saltarles enci¬ma como el hombre del saco que se escondía en la
igle¬sia o el lagar o el granero.
Cruzó corriendo el patio, entró en el
establo y sacó al burro. Empezó a atarle las alforjas.
La campana sonó una vez y luego guardó
silencio. Kivrin se detuvo, con la cincha en la mano, y prestando atención,
esperando a que volviera a sonar. Tres golpes por una mujer, pensó, y
comprendió por qué Roche se había detenido. Uno por cada niño. Oh, Rosemund.
Ató la cincha y empezó a llenar las
alforjas. Eran de¬masiado pequeñas para contenerlo todo. Tendría que atar
también sacos. Llenó una bolsa con avena para el burro, apilándola del montón
con las dos manos y de-rramándola por el suelo sucio, y la ató con una burda
cuerda que colgaba del establo del pony de Agnes. La cuerda estaba atada al
establo con un grueso nudo que no consiguió soltar. Acabó corriendo hacia la
cocina en busca de un cuchillo y regresó, con los sacos de comida que había
recogido antes.
Cortó la cuerda y luego volvió a
cortarla en seccio¬nes más pequeñas, soltó el cuchillo, y salió a buscar el
burro. El animal intentaba mordisquear el saco de ave¬na. Kivrin ató el saco
junto con las otras bolsas en el lomo del burro con los trozos de cuerda y
condujo al animal hasta la iglesia.
Roche no aparecía por ninguna parte.
Kivrin toda¬vía tenía que coger las mantas y las velas, pero quería meter los
sacramentos en las alforjas primero. Comida, avena, mantas, velas. ¿Qué más
debía llevarse?
Roche apareció en la puerta. No traía
nada.
—¿Dónde están los sacramentos? —preguntó
ella.
Él no respondió. Se apoyó un instante
contra la puerta de la iglesia, mirándola, y la expresión de su rostro era la
misma que cuando fue a hablarle del molinero. Pero todos han muerto, pensó, ya
no que¬da nadie.
—Voy a tocar la campana —dijo, y se
dirigió al campanario.
—Ya la habéis tocado. No hay tiempo para
un funeral. Tenemos que marcharnos a Escocia. —Ató al burro a la puerta, sus
dedos helados maniobrando tor¬pemente con la burda cuerda, y corrió tras él. Lo
cogió por la manga—. ¿Qué pasa?
Roche se volvió casi violentamente, y la
expresión de su rostro la asustó. Parecía un asesino.
—Debo tocar vísperas —adujo, y se liberó
brusca¬mente de su mano.
Oh, no, pensó Kivrin.
—Sólo es mediodía. Aún no es hora de
vísperas.
Sólo está cansado, pensó. Los dos
estamos tan can¬sados que lo confundimos todo. Volvió a agarrarlo por la manga.
—Venid, padre. Debemos partir si
queremos haber salido del bosque al anochecer.
—Ya ha pasado la hora, y no las he
tocado todavía. Lady Imeyne se enfadará.
Oh, no, pensó ella, oh, no, no.
—Yo la tocaré —manifestó, y se plantó
ante él para detenerlo—. Entrad en la casa y descansad.
—Está oscureciendo —barbotó él, furioso.
Abrió la boca como para gritarle, y expulsó un gran borbotón de vómito y sangre
que manchó la pelliza de Kivrin.
Oh, no, oh, no, oh, no.
Él contempló asombrado la pelliza
empapada. La violencia había desaparecido de su rostro.
—Vamos, debéis acostaros —dijo Kivrin,
pensan¬do que nunca llegaría a la casa.
—¿Estoy enfermo? —preguntó él, todavía
miran¬do la pelliza cubierta de sangre.
—No. Sólo estáis agotado; debéis
descansar.
Lo condujo a la iglesia.
El sacerdote tropezó, y Kivrin pensó que
si se caía, nunca conseguiría levantarlo. Lo ayudó a entrar, man¬teniendo la
puerta abierta con la espalda, y lo sentó contra la pared.
—Temo que el trabajo me ha agotado
—murmuró él y apoyó la cabeza contra las piedras—. Me gustaría dormir un poco.
—Sí, dormid.
En cuanto cerró los ojos, Kivrin corrió
a la casa a buscar mantas y un almohadón para hacerle un jergón. Cuando
regresó, él ya no estaba allí.
—¡Roche! —llamó, tratando de ver en la
oscura nave—. ¿Dónde estáis?
No hubo respuesta. Salió de nuevo,
todavía apre¬tando las mantas contra su pecho, pero no lo encontró en el
campanario ni en el patio de la iglesia, y sin duda no podría haber llegado a
la casa. Regresó corriendo a la iglesia y lo encontró allí, arrodillado delante
de la imagen de santa Catalina.
—Deberíais acostaros —dijo y extendió
las mantas en el suelo.
Él se tumbó obediente, y Kivrin le
colocó el almo¬hadón detrás de la cabeza.
—Es la peste, ¿verdad? —preguntó,
mirándola.
—No —contestó Kivrin, arropándolo—.
Estáis cansado, eso es todo. Intentad dormir.
Se tendió de lado, apartándose de ella,
pero unos pocos minutos después se sentó y se quitó las mantas. La expresión
asesina había regresado.
—Debo tocar la campana de vísperas
—declaró, acusador, y Kivrin apenas pudo impedir que se levan¬tara. Cuando
volvió a dormirse, ella hizo tiras con su ajada pelliza y le ató las manos a la
reja.
—No le hagas esto —murmuraba Kivrin una
y otra vez, sin ser consciente de ello—. ¡Por favor! ¡Por favor! No le hagas
esto.
Él abrió los ojos.
—Sin ninguna duda Dios oirá tan
fervientes plega¬rias —musitó, y se sumergió en un sueño más profun¬do y
tranquilo.
Kivrin salió, descargó al burro y lo
desató, recogió los sacos de comida y la linterna y lo llevó todo a la iglesia.
El padre Roche dormía aún. Kivrin salió de nuevo, cruzó corriendo el patio y
llenó un cubo de agua.
Él seguía sin despertar, pero cuando
Kivrin rasgó una tira del mantel del altar y le lavó la frente con ella, dijo,
sin abrir los ojos:
—Temía que os hubierais ido.
Ella le limpió la sangre seca de la
boca.
—No me iría a Escocia sin vos.
—A Escocia no. Al cielo.
Kivrin comió un poco del pan rancio y el
queso del saco y trató de dormir, pero hacía demasiado frío. Cuando Roche se
volvió y suspiró en sueños, vio que su aliento formaba una nube.
Encendió una hoguera, tras derribar la
valla de una de las chozas y apilar los palos delante de la reja, pero la
iglesia se llenó de humo, incluso con las puertas abiertas. Roche tosió y
vomitó de nuevo. Esta vez era casi todo sangre. Ella apagó el fuego e hizo
otros dos viajes apresurados en busca de tantas pieles y mantas como pudo
hallar, y formó una especie de nido con ellas.
Por la noche, el sacerdote tuvo más
fiebre. Pataleó y maldijo a Kivrin, casi siempre con palabras que ella no
comprendía, aunque una vez dijo claramente:
—¡Vete, maldito seas! —y luego repitió
varias ve¬ces, furiosamente—: ¡Está oscuro!
Kivrin trajo las velas del altar y de lo
alto de la reja y las colocó delante de la imagen de santa Catalina. Cuando sus
delirios sobre la oscuridad arreciaban, las encendía y volvía a taparlo, y eso
parecía aliviarlo un poco.
La fiebre le subió y los dientes le
castañetearon a pesar de las mantas. A Kivrin le pareció que su tez esta¬ba ya
oscura por las venas que reventaban bajo la piel. No le hagas esto. Por favor.
Por la mañana mejoró. Descubrió que su
piel no se había ennegrecido, era sólo la débil luz de las velas lo que le
había dado una apariencia moteada. La fiebre le bajó un poco y estuvo durmiendo
durante toda la ma-ñana y casi toda la tarde, sin vomitar. Kivrin salió a por
más agua antes de que oscureciera.
Algunas personas se recuperaban
espontáneamen¬te y algunas se salvaban con sus oraciones. No todos los
contagiados morían.
La tasa de mortalidad de la peste
neumónica era sólo del noventa por ciento.
Roche estaba despierto cuando ella
entró, tendido en un charco de luz. Kivrin se arrodilló y le acercó un cuenco
de agua, sosteniéndole la cabeza para que pu¬diera beber.
—Es el mal azul —murmuró él cuando ella
le soltó la cabeza.
—No vais a morir —aseguró Kivrin.
Noventa por ciento. Noventa por ciento.
—Debéis oír mi confesión.
No. No podía morir. Se quedaría allí
sola. Sacudió la cabeza, incapaz de hablar.
—Bendígame, padre, pues he pecado
—empezó a decir él, en latín.
No había pecado. Había atendido a los
enfermos, confesado a los moribundos, enterrado a los muertos. Era Dios quien
tendría que suplicar perdón.
—... de pensamiento, palabra, obra y
omisión. Me en¬fadé con lady Imeyne. Le grité a Maisry —tragó saliva—. Tuve
pensamientos carnales con una santa del Señor.
Pensamientos carnales.
—Pido humildemente perdón a Dios, y
vuestra ab¬solución, padre, si me consideráis digno.
No hay nada que perdonar, quiso decir
ella. Tus pecados no son tales. Pensamientos carnales. Sostuvi¬mos a Rosemund,
impedimos que entrara en la aldea un niño inofensivo, enterramos a un bebé de
seis me¬ses. Es el fin del mundo. Sin duda se te pueden permitir unos cuantos
pensamientos carnales.
Alzó la mano, indefensa, incapaz de
pronunciar las palabras de la absolución, pero él no pareció advertirlo.
—Oh, Dios mío —oró—. Lamento de todo
cora¬zón el haberos ofendido.
Ofendido. Tú eres el santo del Señor,
quiso decirle, I y dónde demonios está Él ? ¿ Por qué no viene y te salva ?
No quedaba aceite. Kivrin introdujo los
dedos en el cubo y le hizo la señal de la cruz sobre los ojos y oí¬dos, la
nariz y la boca, sobre las manos que habían sos¬tenido las suyas cuando estaba
muriéndose.
—Quid quid deliquiste —dijo él, y ella
metió de nuevo la mano en el agua y le hizo la señal de la cruz sobre las
plantas de los pies.
—Libera nos, quaesumus, Domine —instó
él.
—Ab ómnibus malis —rezó Kivrin—,
praeteritis, prasentibus, etfuturis.
Te pedimos, Señor, que nos libres de
todo pecado, presente, pasado y futuro.
—Perducat te ad vitam aeternam —murmuró
él.
Y llévanos a la vida eterna.
—Amén —dijo Kivrin, y se inclinó hacia
delante para detener la sangre que le brotaba de la boca.
Roche estuvo vomitando el resto de la
noche y casi todo el día siguiente, y luego se hundió en la incons¬ciencia por
la tarde, respirando de forma inestable y entrecortada. Kivrin se sentó a su
lado, lavándole la frente ardiente.
—No te mueras —rogó cuando su
respiración se interrumpió y luego continuó, más forzada—. No te mueras —dijo
en voz baja—. ¿Qué haré sin ti? Me quedaré sola.
—No debéis permanecer aquí —dijo él.
Abrió un poco los ojos. Los tenía rojos e hinchados.
—Creía que estabais dormido —lamentó
ella—. No pretendía despertaros.
—Debéis regresar al cielo, y rezad por
mi alma en el purgatorio, para que mi tiempo allí sea corto.
Purgatorio. Como si Dios quisiera
hacerle sufrir más de lo que ya estaba sufriendo.
—No necesitaréis mis oraciones —le
sonrió.
—Debéis regresar al lugar de donde
vinisteis —pro¬siguió él, y su mano hizo un movimiento rápido y vago ante su
rostro, como si intentara esquivar un golpe.
Kivrin le cogió la mano y la sostuvo,
pero con cui¬dado, para no magullar la piel, y la colocó contra su mejilla.
Debéis regresar al lugar de donde
vinisteis. Lo haría si pudiera, pensó. Se preguntó cuánto tiempo habrían
mantenido abierta la red antes de desistir. ¿ Cuatro días ? ¿Una semana? Tal
vez todavía estaba abierta. El señor Dunworthy no los habría dejado cerrarla
mientras que¬dara la menor esperanza. Pero no la hay, pensó. No es¬toy en 1320.
Estoy aquí, en el fin del mundo.
—No puedo —dijo—. No conozco el camino.
—Debéis intentar recordar —Roche liberó
su ma¬no y la agitó—. Agnes, tras la bifurcación.
Estaba delirando. Kivrin se puso de
rodillas, te¬miendo que intentara levantarse de nuevo.
—Donde caísteis —prosiguió él,
sujetándose el co¬do tembloroso, y Kivrin advirtió que intentaba seña¬lar—.
Tras la bifurcación.
Tras la bifurcación.
—¿Qué hay tras la bifurcación?
—El lugar donde os encontré cuando
bajasteis del cielo —dijo, y dejó caer los brazos.
—Creía que me había encontrado Gawyn.
—Sí —afirmó él, como si no viera ninguna
contra¬dicción en lo que decía—. Lo encontré en el camino cuando os llevaba a
la casa.
Roche había encontrado a Gawyn en el
camino.
—El lugar donde cayó Agnes —repitió,
intentan¬do ayudarla a recordar—. El día que fuimos a buscar acebo.
¿Por qué no me lo dijiste cuando
estuvimos allí?, pensó Kivrin, pero enseguida comprendió por qué. Él estaba muy
ocupado con el burro, que se había atascado en la cima de la colina y se negaba
a conti¬nuar.
Porque me vio atravesar, pensó, y
comprendió que Roche se encontraba junto a ella en el claro, mientras yacía
allí tendida con el brazo sobre el rostro. Lo vi, pensó. Vi su huella.
—Debéis regresar a ese lugar, y de allí
al cielo —dijo él, y cerró los ojos.
La había visto atravesar, la había
contemplado mientras yacía allí con los ojos cerrados, la había mon¬tado en su
burro cuando estuvo enferma. Y ella nunca lo había sospechado, ni siquiera
cuando le vio en la iglesia, ni siquiera cuando Agnes le dijo que él pensaba
que era una santa.
Porque Gawyn le había dicho que la había
encon¬trado él. Gawyn, a quien gustaba alardear y sólo quería impresionar a
lady Eliwys. «Os encontré y os traje aquí», le había dicho, y tal vez ni
siquiera lo considera¬ba una mentira. A fin de cuentas, el cura de la aldea no
era nadie. Y todo el tiempo, mientras Rosemund estaba enferma y Gawyn se
marchaba a Bath y la red se abría y luego volvía a cerrarse para siempre, Roche
sabía dónde estaba el lugar.
—No es necesario que me esperéis. Sin
duda anhe¬lan vuestro regreso.
—Callad —dijo ella amablemente—.
Intentad des¬cansar.
Él volvió a hundirse en un sueño
preocupado, mo¬viendo las manos con inquietud, intentando señalar y tirando de
las mantas. Se destapó y se llevó la mano a la entrepierna. Pobre hombre, pensó
Kivrin, no se le per-donaba ninguna indignidad.
Ella volvió a colocarle las manos sobre
el pecho y lo tapó, pero él apartó de nuevo las mantas y se subió la túnica.
Volvió a agarrarse la entrepierna y de pronto se estremeció y retiró las manos,
y algo en el movimiento hizo que Kivrin pensara en Rosemund.
Frunció el ceño. Había vomitado sangre.
Eso y el estado que había alcanzado la epidemia le habían suge¬rido que Roche
tenía peste neumónica; además no le había visto ninguna buba bajo los brazos
cuando le quitó la casulla. Le apartó la túnica y dejó al descubier¬to sus
calzas de lana burdamente tejidas. Estaban ten¬sas en el centro y enmarañadas
con la cola de su alba. Le resultaría imposible quitárselas sin levantarlo, y
ha¬bía tanta tela que no pudo ver nada.
Le puso con suavidad la mano sobre el
muslo, re¬cordando lo sensible que era el brazo de Rosemund. Él dio un respingo
pero no despertó, y Kivrin deslizó la mano hasta el interior y la subió,
tocando apenas la te¬la. Estaba caliente.
—Perdóname —dijo, y deslizó la mano
entre sus piernas.
Roche gritó e hizo un movimiento
convulsivo, al¬zando las rodillas bruscamente, pero Kivrin ya se había
apartado, la mano en la boca. La buba era gigantesca y ardía al contacto.
Tendría que haberla drenado hacía horas.
Roche no había despertado, ni siquiera
cuando gri¬tó. Tenía la cara oscura, y su respiración era firme, rui¬dosa. Su
movimiento espasmódico había vuelto a des¬taparlo. Kivrin se detuvo y lo
cubrió. Roche alzó las rodillas, pero ya con menos violencia, y ella le arropó.
Luego cogió la última vela de la reja y la colocó en la linterna, y la encendió
con una de las velas de santa Ca¬talina.
—Enseguida vuelvo —dijo, y salió de la
iglesia.
La luz de fuera la hizo parpadear,
aunque ya casi había anochecido. El cielo estaba nublado, pero había un poco de
viento, y parecía más cálido fuera que den¬tro de la iglesia. Cruzó corriendo
el prado, protegien¬do con la mano la parte abierta de la linterna.
Había un cuchillo afilado en el granero.
Lo había utilizado para cortar la cuerda cuando empaquetaba. Tendría que
esterilizarlo antes de abrir la buba. Tenía que desbridar el nodulo linfático
inflamado antes de que reventara. Cuando las bubas se encontraban en la ingle,
estaban peligrosamente cerca de la artería femo¬ral. Aunque Roche no muriera
desangrado, cuando se rompiera el ganglio, todo aquel veneno iría directo a su
corriente sanguínea. Tendría que haberla drenado ha¬cía horas.
Corrió entre el granero y el corral
vacío y llegó al patio. La puerta del establo estaba abierta y oyó a al¬guien
dentro. Su corazón dio un respingo.
—¿Quién anda ahí? —llamó, alzando la
linterna.
La vaca del senescal se encontraba en
uno de los es¬tablos, comiendo la avena derramada. Levantó la testa y miró a
Kivrin, y se dirigió a ella al trote.
—No tengo tiempo —dijo Kivrin. Cogió el
cuchi¬llo del suelo y salió. La vaca la siguió, avanzando con torpeza a causa
de sus ubres repletas, mugiendo peno¬samente.
—Márchate —ordenó Kivrin, a punto de
llorar—. Tengo que ayudarlo o morirá.
Contempló el cuchillo. Estaba sucio.
Cuando lo encontró en la cocina, ya lo estaba, y lo había dejado caer en el
estiércol del granero mientras cortaba las cuerdas.
Se acercó al pozo e izó el cubo. Sólo
quedaban unos centímetros de agua en el fondo, y tenía una lige¬ra capa de
hielo. No había suficiente para cubrir siquie¬ra el cuchillo, y tardaría una
eternidad en encender fue¬go y hacerla hervir. No quedaba tiempo para eso. La
buba podía haber reventado ya. Lo que necesitaba era alcohol, pero habían
empleado todo el vino para perfo¬rar las bubas y administrar los sacramentos a
los mori-bundos. Pensó en la botella que tenía el clérigo en la habitación de
Rosemund.
La vaca se apretujó contra ella.
—No —dijo firmemente, y abrió la puerta
de la casa, con la linterna en la mano.
La antesala estaba oscura, pero la luz
del sol se fil¬traba en el salón a través de las estrechas ventanas, creando
largas y neblinosas lanzas doradas que ilumi¬naban el frío hogar, la alta mesa
y el saco de manzanas que Kivrin había vaciado.
Las ratas no escaparon corriendo. La
miraron cuan¬do entró, retorciendo sus orejitas negras, y luego vol¬vieron a
dedicarse a las manzanas.
Había casi una docena sobre la mesa, y
una estaba sentada en el taburete de Agnes, con las patitas ante la cara como
si estuviera rezando.
Kivrin depositó la linterna en el suelo.
—Marchaos —estalló.
Las ratas de la mesa ni siquiera la
miraron. La que estaba rezando sí lo hizo, por encima de las patas cru¬zadas,
una mirada fría y calculadora, como si la intrusa fuese Kivrin.
—¡Fuera de aquí! —gritó, y corrió hacia
los ani¬males.
Siguieron sin escapar. Dos de ellas se
colocaron de¬trás del salero, y otra soltó la manzana que sujetaba, que rodó
hasta el borde de la mesa y cayó al suelo.
Kivrin levantó el cuchillo.
—¡Fuera!
Lo descargó sobre la mesa y las ratas se
disper¬saron.
—¡Fuera de aquí!
Volvió a alzarlo. Tiró al suelo las
manzanas, que rebotaron y salieron rodando. Debido a la sorpresa o al miedo, la
rata que se encontraba en el taburete de Ag¬nes echó a correr directamente
hacia Kivrin.
—¡Fuera!
Kivrin le lanzó el cuchillo; la rata
volvió a correr bajo el taburete y desapareció entre la paja.
—¡Marchaos de aquí! —gritó Kivrin, y se
cubrió el rostro con las manos.
La vaca mugió en la antesala.
—Es una enfermedad —susurró Kivrin,
tembloro¬sa, con las manos todavía sobre la boca—. No es culpa de nadie.
Recogió el cuchillo y la linterna. La
vaca se había quedado atascada en la puerta. La miró suplicante.
Kivrin la dejó allí y subió a la
habitación, ignoran¬do los ruidos de roces a su alrededor. La habitación
es¬taba helada. El lino que Eliwys había atado sobre la ventana se había
soltado y colgaba de una esquina. Los colgantes de la cama también se hallaban
a un lado, donde el clérigo había intentado apoyarse, y el colchón de plumas
yacía medio fuera de la cama. Había peque¬ños sonidos bajo la cama, pero no
intentó averiguar de dónde procedían. El cofre aún seguía abierto, con la tapa
tallada apoyada contra el pie de la cama, y la grue¬sa capa púrpura del clérigo
estaba doblada en su in-terior.
La botella de vino había rodado bajo la
cama. Ki¬vrin se echó al suelo y palpó. La botella rodó escapan¬do a su
contacto, y tuvo que arrastrarse bajo la cama para alcanzarla.
El tapón se había salido, probablemente
cuando rodó bajo la cama. Un poco de vino reposaba pegajoso en el gollete.
—No —sollozó, desesperanzada, y
permaneció allí durante un largo minuto, sosteniendo la botella vacía.
No quedaba vino en la iglesia. Roche lo
había usa¬do todo para los últimos sacramentos.
De pronto recordó la botella que el
sacerdote le había dado para que curara la rodilla de Agnes. Se arrastró bajo
la cama y barrió con cuidado el brazo, te¬miendo volcarla. No recordaba cuánto
vino quedaba, pero le parecía que no lo había gastado todo.
A pesar de su cuidado, estuvo a punto de
volcarla, y la agarró por el grueso cuello cuando ya se tambalea¬ba.
La sacó de debajo de la cama y la agitó.
Estaba casi medio llena. Se guardó el cuchillo en el cinturón de la pelliza, se
puso la botella bajo el brazo, cogió la capa del clérigo, y bajó las escaleras.
Las ratas habían vuelto y se entretenían con las manzanas, pero esta vez
echa¬ron a correr cuando ella bajó las escaleras de piedra, y Kivrin no intentó
ver dónde se escondían.
La vaca había conseguido introducir
medio cuerpo por la puerta y ahora bloqueaba el camino. Kivrin des¬pejó el
suelo para poder depositar la botella sin que se volcara, y empujó a la vaca
hacia atrás. El animal gimió tristemente todo el tiempo.
Una vez fuera, intentó volver enseguida
junto a Kivrin.
—No. No hay tiempo —dijo ella, pero
volvió al granero, subió al altillo y arrojó un puñado de heno. Luego lo
recogió todo y corrió de vuelta a la iglesia.
Roche se había quedado inconsciente. Su
cuerpo se había relajado. Tenía las piernas separadas y las manos a los
costados, con las palmas vueltas hacia arriba. Pa¬recía un hombre derribado por
un puñetazo. Su res¬piración era pesada y trémula, como si estuviera
tiri¬tando.
Kivrin lo cubrió con la gruesa capa
púrpura.
—He vuelto, Roche —dijo, y le palmeó el
brazo extendido, pero él no dio ninguna señal de haber oído.
Quitó la caperuza de la linterna y usó
la llama para encender todas las velas. Sólo quedaban tres de las ve¬las de
lady Imeyne, todas medio quemadas ya. Encen¬dió también las velas de sebo, y la
gruesa vela del nicho de la imagen de santa Catalina, y las acercó a las
piernas de Roche para tener luz.
—Tengo que quitaros las calzas —advirtió
mien¬tras retiraba las mantas—. Hay que abrir la buba.
Desató las calzas y Roche no se agitó
ante su con¬tacto, pero gimió un poco, un sonido líquido.
Kivrin tiró de las calzas, intentando
bajarlas hasta las piernas, pero eran demasiado estrechas. Tendría que
cortarlas.
—Voy a cortaros las calzas —anunció, y
se arras¬tró hasta donde había dejado el cuchillo y la botella de vino—.
Intentaré no haceros daño.
Olisqueó la botella, luego dio un
sorbito y se atra¬gantó. Bien. Era añejo, bastante alcohólico. Lo vertió sobre
la hoja del cuchillo, secó el filo en su pierna, ver¬tió un poco más, cuidando
de dejar suficiente para echarlo sobre la herida cuando la hubiera abierto.
—Beata —murmuró Roche. Acercó la mano a
la ingle.
—Tranquilo —dijo Kivrin. Agarró una de
las per¬neras y cortó la lana—. Sé que ahora duele, pero voy a perforar la
buba.
Con las dos manos tiró del tejido, que
afortunada¬mente se rasgó, produciendo un fuerte ruido. Las rodi¬llas de Roche
se contrajeron.
—No, no, bajad las piernas. —Kivrin
intentó em¬pujar las rodillas—. Tengo que abrir la buba.
No consiguió hacerle bajar las piernas.
Las soltó un momento y terminó de rasgar la pernera, metiendo la mano por
debajo para romper el resto y así poder ver la buba. Era el doble de grande de
la de Rosemund y estaba completamente negra. Tendría que haberla per¬forado
hacía horas, días.
—Roche, por favor, bajad las piernas
—rogó, apo¬yándose en las rodillas con todas sus fuerzas—. Tengo que abrir el
furúnculo de la peste.
No le respondió. No estaba segura de que
él pu¬diera contestar, de que sus músculos no se estuvieran contrayendo solos,
como había hecho el clérigo, pero no podía esperar a que el espasmo pasara, si
se trataba de eso. Podía reventar en cualquier momento.
Se retiró un instante y luego se
arrodilló junto a sus pies, e introdujo la mano entre sus piernas dobladas,
sujetando el cuchillo. Roche gimió; Kivrin bajó un poco el cuchillo y lo hizo
avanzar despacio, con cuida¬do, hasta que tocó la buba.
La patada la alcanzó de lleno en las
costillas y la de¬rribó. Soltó el cuchillo, que resbaló ruidosamente so¬bre el
suelo de piedra. La patada la dejó sin aliento, y Kivrin permaneció allí
tendida, jadeando en busca de aire. Intentó sentarse. El dolor le acuchillaba
el costado derecho, y cayó hacia atrás, sujetándose las costillas.
Roche gritaba, un sonido largo e
imposible, como un animal torturado. Kivrin rodó lentamente sobre el costado
izquierdo, apretándose las costillas, para po¬der verlo. El se mecía adelante y
atrás como un niño, sin dejar de gritar, con las piernas encogidas
protecto-ramente contra el pecho. No pudo ver la buba.
Kivrin intentó levantarse, apoyando la
mano en el suelo hasta que quedó sentada a medias, y luego tanteó hasta que
consiguió arrodillarse. Gritó, débiles gemi¬dos que se perdían entre los gritos
de Roche. Segura-mente le había roto varias costillas. Escupió sobre la mano,
temiendo ver sangre.
Cuando por fin consiguió arrodillarse,
se sentó so¬bre los pies durante un minuto, intentando contener el dolor.
—Lo siento —susurró—. No pretendía
haceros daño.
Avanzó de rodillas hacia él, usando la
mano dere¬cha para sostenerse. El esfuerzo la hizo respirar más profundamente,
y cada inspiración le apuñalaba el cos¬tado.
—Tranquilo, Roche —susurró—. Ya voy. Ya
voy.
Él levantó las piernas espasmódicamente
ante el sonido de su voz, y Kivrin se retiró a un lado, colocán¬dose entre él y
la pared, fuera de su alcance.
Al darle la patada, había derribado una
de las velas de Santa Catalina, que ahora yacía en un charquito amarillo junto
al sacerdote, todavía ardiendo.
Kivrin la enderezó y le puso la mano en
el hombro.
—Shh, Roche —dijo—. Tranquilo. Estoy
aquí.
Él dejó de gritar.
—Lo siento —murmuró Kivrin, inclinándose
so¬bre él—. No quería haceros daño. Sólo intentaba abrir la buba.
Roche levantó las rodillas con más
ímpetu que an¬tes. Kivrin cogió la vela roja y la sostuvo sobre su trase¬ro
desnudo. Veía la buba, negra y dura a la luz de la vela. No la había perforado.
Levantó más la vela, inten¬tando ver adonde había ido a parar el cuchillo. Se
había perdido en dirección a la tumba. Extendió la vela, espe¬rando distinguir
un destello metálico. No vislumbró nada.
Empezó a levantarse, moviéndose con
mucho cui¬dado para protegerse del dolor, pero a mitad de camino la asaltó, y
ella gritó y se inclinó adelante.
—¿Qué pasa? —preguntó Roche. Había
abierto los ojos y tenía un poco de sangre en la comisura de los labios. Kivrin
se preguntó si se habría mordido la len¬gua al gritar—. ¿Os he hecho daño?
—No —contestó ella, y volvió a
arrodillarse a su lado—. No, no me habéis hecho daño. —Le limpió los labios con
la manga de la pelliza.
—Debéis... —empezó él, y cuando abrió la
boca brotó más sangre. Tragó saliva—. Debéis decir las ora¬ciones para los
muertos.
—No. No moriréis. —Volvió a limpiarle la
boca—. Pero he de perforaros la buba antes de que reviente.
—No —respondió él, y Kivrin no supo si
quería decir que no lo hiciera o que no se marchara. El sacer¬dote apretaba los
dientes, y entre ellos manaba sangre.
Kivrin se sentó, con cuidado para no
gritar, y le apoyó la cabeza en su regazo.
—Réquiem aeternam dona ei —Roche emitió
un sonido borboteante
alzó la cabeza, colocó debajo la capa
púrpura, y le secó la boca y la barbilla con la pelliza. Estaba empapada en
sangre. Extendió la mano para coger su alba.
—No —dijo él.
—No me iré. Estoy aquí.
—Rezad por mí —pidió, y trató de unir
las manos sobre el pecho—. Rec... —Se atragantó con la palabra que intentaba
pronunciar, que terminó en un sonido borboteante.
—Réquiem aeternam —rezó Kivrin. Cruzó
las manos—. Réquiem aternam dona ei, Domine.
—Etlux...
La vela roja se apagó y la iglesia se
llenó del pene¬trante olor a humo. Kivrin se volvió hacia las otras ve¬las.
Sólo quedaba una encendida, la última de las velas de cera de lady Imeyne, casi
consumida ya.
—Et lux perpetua.
—Luceat eis —prosiguió Roche. Se detuvo
y trató de lamerse los labios ensangrentados. Tenía la lengua hinchada y
rígida—. Dies irae, dies illa. —Deglutió de nuevo e intentó cerrar los ojos.
—No le hagas sufrir más —susurró ella en
inglés—. Por favor. No es justo.
—Beata —le pareció que decía, y Kivrin
intentó pensar la siguiente línea, pero no comenzaba con «ben¬dita».
—¿Qué? —preguntó, inclinándose.
—En los últimos días —dijo, con la voz
nublada por la lengua hinchada.
Kivrin se acercó más.
—Temía que Dios nos olvidara por
completo —ja¬deó él.
Y lo ha hecho, pensó Kivrin. Le limpió
la boca y la barbilla con la punta de la pelliza. Lo ha hecho.
—Pero en Su gran misericordia no nos
olvidó —vol¬vió a deglutir—. Envió a Su santa para que viviera entre nosotros.
Levantó la cabeza y tosió, y la sangre
los manchó a ambos, empapando el pecho de él y las rodillas de Kivrin. Ella la
frotó frenéticamente, intentando detenerla, intentando levantarle la cabeza, y
no pudo ver nada en¬tre las lágrimas.
—Y no sirvo de nada —se lamentó.
—¿Por qué lloráis?
—Me salvasteis la vida, y yo no puedo
hacer nada para salvar la vuestra —contestó, la voz prendida en un sollozo.
—Todos los hombres deben morir—dijo
Roche—, y nadie, ni siquiera Cristo, tiene poder para salvarlos.
—Lo sé.
Kivrin se llevó la mano al rostro,
intentando conte¬ner el llanto. Las lágrimas se acumularon en su mano y cayeron
goteando sobre el cuello de Roche.
—Sin embargo, me habéis salvado —suspiró
él, y su voz sonó más clara—. Del miedo. —Inspiró, borbo¬teando—. Y de la falta
de fe.
Kivrin se secó las lágrimas con el dorso
de la mano y cogió la del padre Roche. La sintió fría, ya rígida.
—Soy el más bendito de los hombres por
teneros aquí conmigo —murmuró él, y cerró los ojos.
Kivrin se movió un poco para apoyar la
espalda contra la pared. Fuera estaba oscuro, no entraba luz ninguna por las
estrechas ventanas. La vela de lady Imeyne borboteó y luego prendió otra vez.
Kivrin mo¬vió la cabeza de Roche para que no le lastimara las cos¬tillas. El
sacerdote gimió y sacudió la mano como para liberarse de la de Kivrin, pero
ella le sujetó. La vela ale¬teó, adquiriendo un súbito brillo, y los dejó
sumidos en la oscuridad.
TRANSCRIPCIÓN DEL LIBRO DEL DÍA DEL
JUICIO FINAL
(082808-083108)
Creo que no conseguiré volver, señor
Dunworthy. Roche me ha dicho dónde está el lugar, pero me he roto algunas
costillas, creo, y todos los caballos han desaparecido. Me parece que no podré
montar el burro de Roche sin silla.
Voy a intentar que la señora Montoya
encuentre esto. Dígale al señor Latimer que la inflexión adjetiva era aún
considerable en 1348. Y dígale al señor Gilchrist que se equivocaba. Las
estadísticas no eran exa¬geradas.
(Pausa)
No quiero que se sienta culpable de lo
sucedido. Sé que habría venido a buscarme si hubiese podido, pero de todas
formas no me habría marchado, no con Agnes enferma.
Quise venir, y si no lo hubiera hecho,
habrían esta¬do solos, y nadie habría sabido jamás lo asustados y va¬lientes e
insustituibles que eran.
(Pausa)
Es extraño. Cuando no encontraba el
lugar y llegó la peste, me resultaba usted tan lejano que me parecía que nunca
volvería a encontrarlo. Pero ahora sé que es¬tuvo usted aquí todo el tiempo, y
que nada, ni la Peste Negra, ni setecientos años, ni la muerte ni las cosas
ve¬nideras ni ninguna otra criatura podría separarme ja¬más de su cuidado y
preocupación. Ha estado conmigo en todo momento.
34
—¡Colin! —gritó Dunworthy, agarrando el
brazo del niño mientras se zambullía bajo la gasa y entraba en la red, boca
abajo—. En nombre de Dios, ¿qué estás haciendo?
Colin se soltó de su tenaza.
—¡No debería ir usted solo!
—¡No puedes atravesar la red! Esto no es
un perí¬metro de cuarentena. ¿Y si la red se hubiera abierto? ¡Te podrías haber
matado! —Cogió de nuevo a Colin por el brazo y se dirigió hacia la consola—.
¡Badri! ¡Deten el lanzamiento!
Badri no estaba allí. Dunworthy observó
miope el lugar donde se hallaba la consola. Estaban en un bos¬que, rodeados de
árboles. Había nieve en el suelo y el aire chispeaba con cristales de
condensación.
—Si va usted solo, ¿quién le cuidará?
—prosiguió Colin—. ¿Y si sufre una recaída? —Miró más allá de Dunworthy, y se
quedó boquiabierto—. ¿Estamos allí?
Dunworthy soltó el brazo del niño y
rebuscó sus gafas en la pelliza.
—¡Badri! —gritó—. ¡Abre la red! —Se puso
las ga¬fas. Estaban cubiertas de escarcha. Se las quitó de nue¬vo y frotó las
lentes—. ¡Badri!
—¿Dónde estamos? —preguntó Colín.
Dunworthy se caló las gafas y miró
alrededor. Los árboles eran viejos, la yedra que cubría sus troncos esta¬ba
plateada por la escarcha. No había ni rastro de Kivrin.
Había esperado que estuviera allí, lo
cual era ridícu¬lo. Ya habían abierto la red y no la habían encontrado, pero
tenía la esperanza de que cuando advirtiera dónde estaba, volvería al lugar de
encuentro y esperaría. Pero no estaba allí, y no había el menor rastro de que
hubiera ido en algún momento.
La nieve estaba lisa, sin ninguna
huella. Era lo bas¬tante profunda para ocultar cualquier pisada que Ki¬vrin
hubiera podido dejar antes de la nevada, pero no lo bastante para cubrir
totalmente el carro aplastado y las cajas dispersas. Tampoco había rastro de la
carrete¬ra de Oxford a Bath.
—No sé dónde estamos.
—Bueno, sé que no es Oxford —comentó
Colin, que pisoteaba la nieve—, porque no está lloviendo.
Dunworthy levantó la cabeza y contempló
a través de los árboles el cielo pálido y despejado. Si se había producido el
mismo deslizamiento que en el lanza¬miento de Kivrin, tenía que ser media
mañana.
Colin corrió hasta un macizo de sauces
rojizos.
—¿Adonde vas? —preguntó Dunworthy.
—A encontrar una carretera. Se supone
que el lu¬gar está cerca de una carretera, ¿no? —Se internó en el bosquecillo y
desapareció.
—¡Vuelve aquí! —gritó Dunworthy.
Colin apareció, separando los sauces.
—Ven aquí —ordenó Dunworthy, más
calmado.
—Sube hasta una colina —informó el niño,
que re¬gresó al claro a través de los sauces—. Podemos subirla y ver dónde
estamos.
Ya se había mojado, su traje marrón
aparecía cu¬bierto de nieve de los sauces, y parecía alerta, prepara¬do para
las malas noticias.
—Va a enviarme de vuelta, ¿no?
—Debería hacerlo —dijo Dunworthy, pero
el co¬razón se le encogió ante la perspectiva. Como mínimo faltaban dos horas
para que Badri abriera la red, y no estaba seguro de cuánto tiempo permanecería
abierta. No podía malgastar dos horas esperando para enviar de vuelta a Colín,
ni tampoco dejarlo atrás—. Eres mi responsabilidad.
—Y usted es responsabilidad mía —replicó
Colin, testarudo—. Tía Mary me dijo que cuidara de usted. ¿Y si sufre una
recaída?
—No lo entiendes. La Peste Negra...
—Tranquilo. No se preocupe. Recibí la
estrepto¬micina y todo eso. Hice que William le pidiera a su en¬fermera que me
inyectara. No puede enviarme de re¬greso ahora; la red no está abierta y hace
demasiado frío para quedarnos aquí y esperar una hora. Si vamos a buscar a
Kivrin ahora, puede que la hayamos encontra¬do para entonces.
Tenía razón: no podían quedarse allí. El
frío empe¬zaba ya a calar la chillona capa victoriana, y el traje de arpillera
de Colin le daba aún menos protección que su antigua chaqueta, y ya estaba
igual de mojado.
—Subiremos a la cima de la colina
—dijo—, pero primero debemos marcar el claro para poder encon¬trarlo después. Y
no vayas por ahí corriendo de esa forma. Quiero tenerte a la vista en todo
momento. No tendré tiempo para ir a buscarte a ti también.
—No me perderé —aseguró Colin,
rebuscando en su bolsa. Mostró un rectángulo plano—. He traí¬do un localizador.
Ya está preparado para rastrear el claro.
Separó los sauces para que Dunworthy
pasara, y salieron a la carretera. Apenas era un sendero de cabras y estaba
cubierto de nieve y sin marca alguna a excep¬ción de huellas de ardillas y un
perro, o posiblemente un lobo. Colin caminó dócilmente junto a Dunworthy hasta
que estuvieron a mitad de la colina, entonces no pudo contenerse y echó a
correr.
Dunworthy trotó tras él, luchando con la
tensión que ya sentía en el pecho. Los árboles se detenían en mitad de la
colina, y entonces empezó a soplar viento. Era dolorosamente frío.
—Veo la aldea —le gritó Colin.
Llegó junto a Colin. El viento era peor
allí, atrave¬saba la capa, a pesar del forro, y empujaba largas cade¬nas de
nubes por el cielo pálido. A lo lejos, al sur, una columna de humo ascendía
directa al cielo, y entonces, capturada por el viento, giró bruscamente hacia
el este.
—¿Ve? —señaló Colin.
Una llanura se extendía bajo ellos,
cubierta de nie¬ve y casi demasiado brillante para poder mirarla. Los árboles
pelados y los caminos se extendían oscuros so¬bre la nieve, como marcas en un
mapa. La carretera de Oxford a Bath era una línea recta y negra, que dividía la
llanura nevada, y Oxford era un dibujo a lápiz. Vis¬lumbró los tejados nevados
y la torre cuadrada de St. Michael's sobre las oscuras murallas.
—No parece que la Peste Negra haya
llegado toda¬vía, ¿verdad? —dijo Colin.
Tenía razón. Todo parecía sereno,
intacto, el anti¬guo Oxford de leyenda. No lo imaginaba asolado por la peste:
los carros de muertos llenos de cadáveres arrastrados por las estrechas
callejas, los colegios cerra¬dos y abandonados, y en todas partes los moribundos
y los ya muertos. No imaginaba a Kivrin allí, en alguna de aquellas aldeas que
no podía ver.
—¿No lo ve? —le preguntó Colin,
señalando al sur—. Tras aquellos árboles.
Él se esforzó por distinguir edificios
entre el maci¬zo de árboles. Vislumbró una sombra más oscura entre las ramas
grises, la torre de una iglesia, tal vez, o el ale¬ro de una mansión.
—Hay un camino que conduce hasta allí
—señaló Colin, mostrando una estrecha línea gris que comenza¬ba en
alguna parte bajo ellos.
Dunworthy examinó el mapa que le había
dado Montoya. No había forma de adivinar qué aldea era, ni siquiera con las
notas, sin saber a qué distancia estaban del sitio de llegada. Si se
encontraban directamente al sur, la aldea que estaba al este tenía que ser
Skendgate, pero donde pensaba que tendrían que haber árboles no encontró nada,
sólo una llanura de nieve.
—¿Qué? —dijo Colin—. ¿Vamos?
Era la única aldea visible, si era una
aldea, y no pa¬recía estar a más de un kilómetro de distancia. Si no era
Skendgate, al menos estaba en la dirección adecuada, y si tenía una de las
«características distintivas» de Mon¬toya, podrían usarla para decidir dónde se
hallaban.
—No te apartes de mi lado y no hables
con nadie, ¿me entiendes?
Colin asintió, aunque estaba claro que
no le escu¬chaba.
—Creo que la carretera está por aquí
—dijo, y co¬rrió al otro lado de la colina.
Dunworthy le siguió, intentando no
pensar cuán¬tas aldeas había, el poco tiempo que les quedaba, lo cansado que se
sentía después de sólo una colina.
—¿Cómo convenciste a William para que te
inyec¬taran la estreptomicina? —preguntó cuando alcanzó a Colin.
—Me pidió el número de médico de tía
Mary pa¬ra poder falsificar las autorizaciones. Estaba en su ma¬letín.
—¿Y te negaste a dárselo a menos que
accediera?
—Sí, y además le amenacé con contarle a
su madre lo de sus novias —contestó el niño, y de nuevo echó a correr.
El camino que había visto era un sendero
vallado. Dunworthy se negó a atravesar el campo que rodeaba.
—Debemos ceñirnos a los caminos —dijo.
—Por aquí es más rápido —protestó
Colín—. No nos perderemos. Tenemos el localizador.
Dunworthy se negó a discutir. Continuó
adelante, buscando un giro. Los estrechos campos daban paso a bosques y el
camino se dirigía al norte.
—¿Y si no hay un camino a la aldea?
—preguntó Colin después de medio kilómetro, pero a la siguiente curva lo
encontraron.
Era más estrecho que el anterior, y
nadie lo había surcado desde la nevada. Avanzaron a trancas y ba¬rrancas,
hundiendo los pies en la capa de hielo a cada paso. Dunworthy intentó
ansiosamente divisar la al¬dea, pero el bosque era demasiado denso.
La nieve los obligaba a avanzar despacio
y ya se había quedado sin aliento. La tensión en su pecho era como una correa
de hierro.
—¿Qué haremos cuando lleguemos allí?
—pre¬guntó Colin, avanzando sin esfuerzo sobre la nieve.
—Tú te quitas de en medio y me esperas.
¿Queda claro?
—Sí. ¿ Está seguro de que éste es el
camino correcto ?
Dunworthy no estaba seguro de nada. El
camino se curvaba hacia el oeste, apartándose del lugar donde creía que se
encontraba la aldea, y por delante volvía a curvarse hacia el norte. Escrutó
ansiosamente los árbo¬les, intentando así avistar un destello de piedra o un
te¬cho de paja.
—Estoy seguro de que la aldea no estaba
tan lejos —añadió Colin, frotándose los brazos—. Llevamos horas caminando.
No era tanto, pero sí al menos una hora,
y no ha¬bían llegado siquiera a una choza, mucho menos a un aldea. Había
varias, ¿pero dónde?
Colin sacó su localizador.
—Mire —indicó a Dunworthy la lectura—.
Nos hemos desviado demasiado al sur. Creo que debería¬mos volver al otro
camino.
Dunworthy miró la lectura y luego el
mapa. Esta¬ban al sur del lugar de llegada, a más de tres kilómetros de
distancia. Tendrían que desandar casi todo el cami¬no, sin esperanza ninguna de
encontrar a Kivrin en ese tiempo, y al final, no estaba seguro de poder llegar
más lejos. Ya se sentía agotado, la tensión en su pecho au¬mentaba a cada paso,
y sentía un brusco dolor en las costillas. Se giró y contempló la curva que
tenían de¬lante, intentando decidir qué debían hacer.
—Se me están congelando los pies
—protestó Co-lin. Pisoteó la nieve y un pájaro salió volando, asusta¬do.
Dunworthy alzó la cabeza y frunció el ceño. El cie¬lo se estaba nublando.
—Tendríamos que haber seguido ese
sendero —se quejó Colin—. Habría sido mucho más...
—Calla.
—¿Qué pasa? ¿Viene alguien?
—Shh —susurró Dunworthy. Retrocedió con
Co¬lin al borde del camino y volvió a prestar atención. Le había parecido oír
un caballo, pero ahora no percibía nada. Tal vez había sido el pájaro.
Condujo a Colin detrás de un árbol.
—Quédate aquí —susurró, y se arrastró
hasta que divisó la curva.
El caballo negro estaba atado a un
matorral. Dun¬worthy retrocedió rápidamente hasta un grupo de abe¬tos y se
quedó quieto, intentando ver al jinete. No había nadie en el camino. Esperó,
tratando de acallar su propia respiración para atender cualquier ruido, pe¬ro
no vino nadie, y no captaba más que los pasos del caballo.
Estaba ensillado y la brida estaba
repujada de plata, pero parecía delgado: las costillas se le marcaban contra la
cincha, que estaba suelta, y la silla se ladeó un poco mientras el animal
retrocedía. El caballo agitó la cabe-za, tirando enérgicamente de las riendas.
Era evidente que intentaba liberarse, y cuando Dunworthy se acercó descubrió
que no estaba atado, sino enganchado en las zarzas.
Salió al camino. El caballo volvió la
cabeza hacia él y empezó a relinchar salvajemente.
—Tranquilo, tranquilo —murmuró,
acercándose con cuidado a su flanco izquierdo. Le puso la mano en el cuello, y
el caballo dejó de relinchar y empujó a Dunworthy con el hocico, buscando
comida.
Él buscó hierba entre la nieve, pero la
zona alrede¬dor del matorral estaba casi pelada.
—¿Cuánto tiempo llevas atrapado aquí,
amigo? —preguntó. ¿Había caído su jinete alcanzado por la plaga mientras
cabalgaba, o había muerto, y el caballo había echado a correr, presa del
pánico, hasta que las riendas se quedaron enganchadas en los matorrales?
Se internó un poco en el bosque,
buscando huellas, pero no encontró ninguna. El caballo empezó a relin¬char de
nuevo, y Dunworthy regresó a liberarlo, arran¬cando de paso las briznas de
hierba que asomaban en¬tre la nieve.
—¡Un caballo! ¡Apocalíptico! —exclamó
Colin, que se acercó corriendo—. ¿Dónde lo ha encontrado?
—Te dije que te quedaras donde estabas.
—Lo sé, pero oí relinchar al caballo, y
pensé que tal vez tenía problemas.
—Razón de más para que me obedecieras.
—Le tendió la hierba a Colin—. Dale de comer esto.
Se inclinó sobre el matorral y cogió las
riendas. En sus esfuerzos por liberarse, el caballo había retorcido las riendas
alrededor de las zarzas. Dunworthy tuvo que re¬tirar las ramas con una mano y
extender la otra para des¬atarlas. Se llenó de arañazos en cuestión de
segundos.
—¿De quién es este caballo? —preguntó
Colin, mientras ofrecía al animal un puñado de hierba desde una distancia de
varios pasos. El caballo, hambriento, intentó morderla y Colin saltó hacia
atrás—. ¿Está se¬guro de que es manso?
Dunworthy acababa de hacerse un profundo
corte cuando el caballo se abalanzó hacia la hierba, pero lo¬gró liberar la
rienda. Se la envolvió en la mano sangran¬te y cogió la otra.
—Sí—dijo.
—¿De quién es este caballo? —repitió
Colin, acari¬ciándole tímidamente el hocico.
—Nuestro. —Tensó la cincha y aupó a
Colin tras la silla, pese a sus protestas, luego montó él.
El caballo, sin advertir todavía que
estaba libre, volvió la cabeza con aire acusador cuando Dunworthy lo espoleó
amablemente, pero luego comenzó a trotar por el camino nevado, feliz de
encontrarse libre.
Colin se agarró con fuerza a la cintura
de Dunwor¬thy, justo donde le dolía, pero cuando avanzaron un centenar de
metros se enderezó y preguntó:
—¿Cómo lo guía? ¿Y si quiere que vaya
más rá¬pido?
No tardaron nada en llegar a la
carretera principal. Colin quería volver al sendero y cortar a campo través,
pero Dunworthy hizo girar al caballo hacia el otro lado. La carretera se
bifurcaba un kilómetro más allá, y tomó por el camino de la izquierda.
Parecía más transitado que el primero,
aunque el bosque al que conducía era aún más tupido. El cielo es¬taba ahora
completamente nublado y empezaba a so¬plar viento.
—¡La veo! —exclamó Colin, y se soltó de
una mano para señalar más allá de un grupito de fresnos un deste¬llo de piedra
gris oscura. Una iglesia, tal vez, o un grane¬ro. Se encontraba al este, y casi
inmediatamente un es-trecho sendero se bifurcaba del camino. Una plancha de
madera cruzaba un arroyo, y al otro lado se extendía un pequeño prado.
El caballo no irguió las orejas ni
intentó avivar el paso, y Dunworthy llegó a la conclusión de que no de¬bía ser
de aquella aldea. Menos mal, pensó, o nos ahorcarán por robar caballos antes de
poder preguntar dón¬de está Kivrin. Entonces descubrió las ovejas.
Yacían de costado, montones de lana de
un gris su¬cio, aunque algunas de ellas estaban acurrucadas cerca de los
árboles, al abrigo del viento y la nieve.
Colin no las había visto.
—¿Qué haremos cuando lleguemos allí?
¿Nos co¬lamos sin que nos vean, o le preguntamos a alguien si la han visto?
No habrá nadie a quien preguntar, pensó
Dunworthy. Espoleó el caballo y entraron al trote en la aldea.
No se parecía a las ilustraciones del
libro de Colin, edificios alrededor de un claro central. Las chozas esta¬ban
esparcidas entre los árboles, casi fuera de la vista unas de otras. Vio techos
de paja, y más allá, en un bos-quecillo de fresnos, la iglesia, pero aquí, en
un claro tan pequeño como en del lanzamiento, sólo había una casa de troncos y
un cobertizo bajo.
Era demasiado pequeña para ser la casa
del señor: sin duda era la del senescal, o la del molinero. La puerta de madera
del cobertizo estaba abierta y había entrado nieve. Del techo no salía humo. No
se oía ningún ruido.
—Tal vez han huido —apuntó Colin—.
Muchas personas huyeron cuando se enteraron de que venía la peste. Así se
extendía.
Tal vez habían huido. La nieve ante la
casa estaba plana y dura, como si hubiera habido muchas personas y caballos en
el patio.
—Quédate con el caballo —ordenó
Dunworthy, y se acercó a la casa. La puerta tampoco estaba cerrada, aunque lo
habían intentado.
El interior de la casa estaba helado y
tan oscuro después de la brillante nieve que sólo vio una imagen roja. Abrió
del todo la puerta, pero apenas había luz, y todo parecía teñido de rojo.
Debía de ser la casa del senescal. Había
dos habita¬ciones separadas por una partición de troncos, y alfombras en el
suelo. La mesa estaba vacía y el fuego del hogar llevaba días apagado. La
habitación pequeña olía a cenizas frías. El senescal y su familia habían huido,
y tal vez todos los demás aldeanos también, llevando sin duda la peste consigo.
Y Kivrin.
De pronto, la tensión de su pecho se
convirtió en dolor y tuvo que apoyarse en el marco de la puerta. Pese a todas
sus preocupaciones sobre Kivrin, nunca se le había ocurrido esto: que ella se
hubiera marchado.
Miró en la otra habitación. Colin se
asomó a la puerta.
—El caballo quiere beber de un cubo que
hay aquí fuera. ¿Le dejo?
—Sí —dijo Dunworthy, y se levantó para
que Co¬lin no pudiera ver lo que había tras la partición—. Pero no dejes que se
atraque. Hace días que no bebe agua.
—No hay mucha en el cubo. —Contempló la
ha¬bitación, interesado—. Ésta es una de las chozas de los siervos, ¿verdad?
Eran muy pobres, ¿no? ¿Ha encon¬trado algo?
—No. Ve y vigila al caballo. Y no dejes
que se escape.
Colin salió, y rozó con la cabeza la
parte superior de la puerta.
El bebé yacía en una bolsa de plumas en
el rincón. Al parecer todavía estaba vivo cuando su madre murió; ella yacía
sobre el suelo de barro, con las manos exten¬didas hacia él. Las tenía oscuras,
casi negras, y la ropita del bebé estaba rígida por la sangre seca.
—¡Señor Dunworthy! —llamó Colin,
alarmado, y Dunworthy se volvió, temiendo que hubiera regresa¬do, pero
continuaba fuera con el caballo, que tenía la nariz dentro del cubo.
—¿Qué pasa?
—Hay algo allí en el suelo. —Señaló
hacia las cho¬zas—. Creo que es un cuerpo. —Tiró de las riendas del caballo con
tanta fuerza, que el cubo se volcó y se for¬mó un charquito de agua sobre la
nieve.
—Espera —dijo Dunworthy, pero Colin ya
corría hacia los árboles, seguido por el caballo.
—Es un ca... —empezó Colin, y su voz se
apagó bruscamente. Dunworthy le alcanzó, sujetándose el costado.
Era el cadáver de un joven. Yacía boca
arriba en la nieve, en medio de un charco congelado de líquido ne¬gro. Había
una capa de polvo de nieve sobre su rostro. Se le habrán reventado las bubas,
pensó Dunworthy, y miró a Colin, pero el muchacho no observaba el cadá¬ver,
sino el claro que había más allá.
Era más grande que el que había delante
de la casa del senescal. Alrededor se alzaba una media docena de chozas, y al
fondo la iglesia normanda. En el centro, sobre la nieve pisoteada, se
amontonaban los cadá-veres.
No habían hecho ningún intento por
enterrarlos, aunque junto a la iglesia había una zanja, y un montón de tierra
cubierta de nieve al lado. Parecía que habían arrastrado algunos hasta el patio
de la iglesia (había lar-gas marcas en la nieve), y uno al menos se había
arras¬trado hasta la puerta de su choza. Yacía medio dentro, medio fuera.
—«Temed a Dios, pues la hora del Juicio
ha llega¬do» —murmuró Dunworthy.
—Parece como si se hubiese librado una
batalla aquí.
—La hubo.
Colin dio un paso al frente,
contemplando el cuerpo.
—¿Cree que todos están muertos?
—No los toques —advirtió Dunworthy—. No
te acerques siquiera.
—Recibí la gammaglobulina —dijo él, pero
se apar¬tó del cuerpo, tragando saliva.
—Respira hondo —aconsejó Dunworthy,
apo¬yándole una mano sobre el hombro—, y mira otra cosa.
—En el libro decían que era así —comentó
el niño, observando fijamente un roble—. En realidad, temía que fuera mucho
peor. Quiero decir que no huele mal ni nada de eso.
—Sí.
Tragó saliva otra vez.
—Ya estoy bien. —Contempló el claro—.
¿Dónde cree que puede estar Kivrin?
Aquí no, rogó Dunworthy.
—Tal vez esté en la iglesia. —Se dirigió
hacia allí con el caballo—. Además, necesitamos ver si la tumba está allí.
Puede que ésta no sea la aldea.
El caballo dio dos pasos y echó atrás la
cabeza, con las orejas retraídas. Relinchó asustado.
—Llévalo al cobertizo —dijo Dunworthy,
cogien¬do las riendas—. Huele la sangre, y está asustado. Átalo.
Apartó al caballo de la vista del cuerpo
y le tendió las riendas a Colín, quien las cogió con aspecto preocu¬pado.
—Tranquilo —dijo, guiándolo hacia la
casa del se¬nescal—. Sé cómo te sientes.
Dunworthy se dirigió rápidamente al
patio de la iglesia. Había cuatro cuerpos en el pozo y dos tumbas al lado,
cubiertas de nieve, los primeros en morir tal vez, cuando todavía se celebraban
funerales. Se enca¬minó hacia la parte delantera de la iglesia.
Había dos cuerpos más ante la puerta.
Yacían boca abajo, uno encima de otro; el de arriba era un anciano. El cadáver
de debajo era una mujer. Vio los faldones de su burda capa y una de sus manos.
Los brazos del hombre cubrían la cabeza y los hombros de la mujer.
Dunworthy alzó torpemente la mano del
hombre, y el cuerpo resbaló hacia el lado, tirando de la capa. La saya de
debajo estaba sucia y manchada de sangre, pero vio que había sido azul. Retiró
la capucha. Había una cuerda alrededor del cuello de la mujer. Su largo pelo
rubio se había enredado en las ásperas fibras.
La ahorcaron, pensó, sin sorprenderse en
absoluto.
Colin llegó corriendo.
—He descubierto qué son esas marcas del
suelo. Por ahí arrastraron los cuerpos. Hay un niño pequeño tras el granero con
una cuerda alrededor del cuello.
Dunworthy miró la cuerda y la maraña de
pelo. Estaba tan sucio que apenas era rubio.
—Apuesto a que los arrastraron hasta el
patio de la iglesia porque no podían con ellos —añadió Colin.
—¿Dejaste al caballo en el cobertizo?
—Sí. Lo até a una viga. Quería venir
conmigo.
—Tiene hambre. Vuelve al cobertizo y
dale un poco de heno.
—¿ Ha pasado algo ? No estará sufriendo
una recaída, ¿verdad?
Dunworthy no creía que Colin
distinguiera el ves¬tido azul desde donde se encontraba.
—No —respondió—. Debe de haber algo de
heno en el granero. O avena. Ve a darle de comer al caballo.
—Muy bien —dijo Colin, a la defensiva, y
corrió hacia el cobertizo. Se detuvo a mitad del prado—. No tengo que darle el
heno, ¿verdad? —gritó—. ¿Puedo ponerlo en el suelo delante de él?
—Sí —dijo Dunworthy, mirándose la mano.
Ha¬bía sangre en la mano de la mujer también, y en el inte¬rior de su muñeca.
Tenía el brazo doblado, como si hu¬biera intentado detener la caída. Dunworthy
podía cogerla y darle la vuelta fácilmente. Sólo tenía que co¬gerla del codo.
Le levantó la mano. Estaba rígida y
fría. Bajo la su¬ciedad estaba roja y agrietada, con la piel levantada en una
docena de sitios. No podía ser de Kivrin, y si lo fuera, ¿qué había vivido
durante las dos últimas sema¬nas para acabar en este estado?
Todo estaría en el grabador. Le volvió
la mano sua¬vemente, buscando la cicatriz del implante, pero la mu¬ñeca estaba
demasiado sucia para distinguirla, si la había.
Y si la encontraba, ¿entonces qué?
¿Debía llamar a Colín y decirle que buscara un hacha en la cocina del senescal?
¿Debía cortar la mano muerta para poder oír la voz de Kivrin contando los
horrores que le habían sucedido? No podría hacerlo, desde luego, como tam¬poco
podía darle la vuelta al cuerpo y averiguar de una vez por todas si era Kivrin.
Colocó la mano junto al cuerpo, la cogió
por el codo y le dio la vuelta.
Había muerto de una variedad bubónica.
Descu¬brió una repugnante mancha amarilla en el costado de su saya azul, donde
la buba de su brazo se había reven¬tado. Tenía la lengua negra y tan hinchada
que le llena¬ba toda la boca, como un objeto obsceno introducido entre sus
dientes para ahogarla, y la cara pálida estaba abotargada y tumefacta.
No era Kivrin. Intentó levantarse,
tambaleándose un poco, y entonces pensó, demasiado tarde, que debía haber
cubierto el rostro de la mujer.
—¡Señor Dunworthy! —gritó Colin,
corriendo de¬sesperadamente, y él lo miró a ciegas, indefenso.
—¿Qué ha pasado? —acusó el niño—. ¿La ha
en¬contrado ?
—No —respondió él, bloqueándole el paso.
No vamos a encontrarla.
Colin miró a la mujer. Su cara era de un
azul pálido contra la nieve blanca y el brillante traje azul.
—La ha encontrado, ¿verdad? ¿Es ella?
—No —repitió Dunworthy. Pero podía
serlo. Po¬día serlo. Y no podía dar la vuelta a más cuerpos, a pe¬sar de que
debería hacerlo. Sentía las rodillas de trapo, como si no pudieran soportar más
su peso—. Ayúda¬me a regresar al cobertizo.
Colin permaneció donde estaba,
obstinado.
—Si es ella, puede decírmelo. Lo
soportaré.
Pero yo no, pensó Dunworthy. No podré
sopor¬tarlo si está muerta. Volvió hacia la casa del senescal, apoyando una
mano en la fría pared de piedra de la iglesia y pregun¬tándose qué haría cuando
llegara a espacio abierto.
Colin saltó a su lado, le cogió el brazo
y lo miró ansiosamente.
—¿Qué pasa? ¿Sufre una recaída?
—Sólo necesito descansar un poco —dijo
él, y continuó, casi sin darse cuenta—: Kivrin llevaba un vestido azul cuando
partió.
Cuando partió, cuando se tendió en el
suelo y ce¬rró los ojos, indefensa y confiada, y desapareció para siempre en
esta cámara de los horrores.
Colin abrió la puerta del cobertizo y
ayudó a en¬trar a Dunworthy, sujetándole el brazo con ambas ma¬nos. El caballo,
que mordisqueaba un saco de avena, ir-guió la cabeza.
—No encontré heno —dijo Colin—, así que
le di grano. Los caballos comen grano, ¿verdad?
—Sí —contestó Dunworthy, apoyándose en
los sacos—. No dejes que se lo coma todo. Se atiborrará y acabará reventando.
Colin se acercó al saco y empezó a
apartarlo del al¬cance del caballo.
—¿Por qué creyó que era Kivrin?
Vi el vestido azul. El vestido de Kivrin
era de ese mismo color. El saco era demasiado pesado para Colin. Tiró de él con
las dos manos y la tela se partió por el lado, esparciendo avena sobre la paja.
El caballo la mordisqueó ansiosamente.
—No, quiero decir que toda esa gente
murió de peste, ¿no? Y ella fue inmunizada. Así que no pudo contagiarse. ¿De
qué más podría morirse?
De esto, pensó Dunworthy. Nadie podría
sobrevi¬vir a esto, viendo a niños y bebés morir como animales, apilados en
zanjas y cubiertos de tierra, arrastrados con una cuerda pasada alrededor de
sus cuellos muertos. ¿Cómo podría haber sobrevivido a semejante horror?
Colin consiguió apartar el saco del
alcance del ca¬ballo. Lo dejó caer junto a un pequeño cofre y se plan¬tó ante
Dunworthy, algo cansado.
—¿Está seguro de que no sufre una
recaída?
—No —dijo él, pero empezaba a tiritar.
—Quizá sólo está cansado. Repose, ahora
mismo vuelvo.
Salió y cerró tras él la puerta del
cobertizo. El ca¬ballo mordisqueaba la avena derramada, con bocados ruidosos y
voraces. Dunworthy se levantó, agarrándo¬se al travesano, y se inclinó sobre el
pequeño cofre. Los cierres de metal habían perdido el brillo y el cuero de la
tapa tenía un pequeño arañazo, pero por lo demás pa¬recía nuevo.
Se sentó y abrió la tapa.
El senescal lo usaba para guardar las
herramientas. Había un rollo de cuerda de cuero y una cabeza de pico oxidada.
El forro azul del que Gilchrist había hablado en el pub estaba rasgado donde se
había apoyado el pico.
Colin regresó, cargando con el cubo.
—Le he traído un poco de agua. La cogí
del arro¬yo. —Soltó el cubo y buscó un frasquito en el bolsillo—. Sólo tengo
diez aspirinas, así que no puede sufrir una recaída. Se las escatimé al señor
Finch.
Cogió dos.
—Conseguí también sintamicina, pero
temía que no se hubiera inventado todavía. Supuse que tendrían que contentarse
con aspirina. —Le tendió las pastillas a Dunworthy y acercó el cubo—. Tendrá
que usar la mano. Me pareció que los cuencos de los contemporá¬neos estarían
llenos de gérmenes de la peste.
Dunworthy tragó la aspirina y cogió con
la mano agua del cubo para tragársela.
—Colin —dijo.
El muchacho acercó el cubo al caballo.
—Creo que ésta no es la aldea. Fui a la
iglesia y la única tumba que encontré es de una dama. —Sacó el mapa y el
localizador de otro bolsillo—. Hemos ido demasiado al este. Creo que estamos
aquí —señaló una de las marcas de Montoya—, de manera que si volvemos al otro
sendero y cortamos camino hacia el este...
—Vamos a volver al lugar del lanzamiento
—dijo Dunworthy. Se levantó con cuidado, para no tocar la pared ni el cofre.
—¿Por qué? Badri dijo que teníamos un
día como mínimo, y sólo hemos comprobado una aldea. Hay muchas más. Podría
estar en cualquiera de ellas.
Dunworthy desató al caballo.
—Podría coger el caballo e ir a buscarla
—propuso Colin—. Podría cabalgar muy rápido, mirar en todas esas aldeas y
volver y decírselo en cuanto la encontrara. O podríamos dividirnos las aldeas y
encargarnos de la mitad cada uno, y quien la encontrara primero enviaría algún
tipo de señal. Podríamos encender un fuego o algo así, y el otro lo vería y
acudiría.
—Está muerta, Colin. No la
encontraremos.
—¡No diga eso! —exclamó Colin, y su voz
sonó aguda e infantil—. ¡No está muerta! ¡Se vacunó!
Dunworthy señaló el cofre de cuero.
—Éste es el cofre que se llevó.
—¿Bueno, y qué? Podría haber montones de
co¬fres iguales. O podría haber huido cuando llegó la pes¬te. ¡No podemos irnos
y dejarla aquí! ¿Y si fuera yo quien estuviera perdido, y esperara días y más
días a que alguien viniera, y no llegara nadie?
Empezó a gimotear.
—Colin, a veces se hace cuanto se puede,
y no se les salva.
—Como tía Mary —dijo Colin. Se secó las
lágri¬mas con el dorso de la mano—. Pero no siempre.
No siempre, pensó Dunworthy.
—No —admitió—. No siempre.
—A veces se les puede salvar —insistió
Colín, tes¬tarudo.
—Sí. De acuerdo —Dunworthy volvió a atar
al ca¬ballo—. Iremos y la buscaremos. Dame dos aspirinas más, y déjame
descansar un poco hasta que me hagan efecto, y luego iremos a buscarla.
—Apocalíptico —dijo Colin. Apartó el
cofre del caballo, que había empezado a lamerlo—. Traeré más agua.
Salió corriendo y Dunworthy se sentó
contra la pared.
—Por favor —rezó—. Por favor, déjanos
encon¬trarla.
La puerta se abrió lentamente. Colin se
recortaba contra la luz.
—¿La oye? —preguntó—. Escuche.
Era un sonido lejano, ahogado por las
paredes del cobertizo. Había una larga pausa entre los repiques, lo oyó
claramente. Se levantó y salió.
—Procede de allí —dijo Colin, señalando
hacia el suroeste.
—Trae el caballo.
—¿Está seguro de que es Kivrin? Está en
dirección opuesta.
—Es Kivrin.
35
La campana calló antes de que terminaran
de ensi¬llar el caballo.
—¡Rápido! —dijo Dunworthy, apretando la
cincha.
—Tranquilo —contestó Colin, mirando el
mapa—. Ha tocado tres veces. La tengo localizada. Está al su¬roeste, ¿no? Y
esto es Henefelde, ¿verdad? —Alzó el mapa ante Dunworthy, señalando cada
sitio—. Enton-ces tiene que ser esta aldea de aquí.
Dunworthy observó el mapa y luego se
volvió ha¬cia el suroeste, intentando mantener la dirección de la campana en su
mente. Ya estaba inseguro, aunque aún sentía las reverberaciones del tañido.
Deseó que la as-pirina actuara pronto.
—Vamos —dijo Colin, tirando del caballo
hasta la puerta del cobertizo—. Monte y en marcha.
Dunworthy puso el pie en el estribo y
pasó la otra pierna. Se mareó al instante. Colin le miró.
—Será mejor que yo lo guíe —sugirió, y
se sentó delante de Dunworthy.
Colin aguijó al caballo con demasiada
amabilidad y tiró de las riendas con excesiva violencia, pero el ani¬mal,
sorprendentemente, se puso en marcha.
—Sabemos dónde está la aldea —declaró
Colin, confiado—. Ahora sólo tenemos que encontrar un ca¬mino que vaya en esa
dirección.
Casi inmediatamente anunció que lo había
encon¬trado. Era un sendero bastante ancho, bajaba por una pendiente y se
internaba en un bosquecillo de pinos, pero apenas unos metros más allá se
dividía en dos, y Colin miró a Dunworthy, indeciso.
El caballo no vaciló. Se encaminó al
sendero de la derecha.
—Mire, sabe adonde va —se sorprendió
Colin, de¬leitado.
Menos mal que uno de nosotros lo sabe,
pensó Dunworthy, y cerró los ojos para protegerse del bam¬boleante paisaje y
del dolor de cabeza. Era evidente que el caballo regresaba a casa y sabía que
debería de¬círselo a Colin, pero la enfermedad volvía a cebarse en él y tenía
miedo de soltar la cintura del niño aunque fuera por un momento, por miedo a
que la fiebre se apoderara de su cuerpo. Tenía mucho frío. Era la fie¬bre,
claro; el mareo, el dolor, todo se debía a la fiebre, y eso era buen síntoma:
el cuerpo hacía acopio de fuerzas para combatir el virus, reunía a la tropa. El
escalofrío era sólo un efecto secundario de la fiebre.
—Caray, cómo aprieta el frío —dijo
Colin, cerrán¬dose el abrigo con una mano—. Espero que no nieve.
Soltó las riendas y se cubrió la nariz y
la boca con la bufanda. El caballo ni siquiera lo notó. Se internaba
decididamente en el bosque cada vez más profundo. Llegaron a otra bifurcación y
luego a otra, y cada vez Colin consultó el mapa y el localizador, pero
Dunwor¬thy ignoraba si el muchacho elegía la dirección o si era el caballo
quien simplemente continuaba el rumbo que había escogido.
Empezó a nevar, copos pequeños que
cubrieron el sendero y se fundieron en las gafas de Dunworthy.
La aspirina empezó a hacer efecto.
Dunworthy se enderezó en la silla y se arrebujó en la capa. Se limpió las gafas
con una punta. Tenía los dedos entumecidos y rojos. Se frotó las manos y las
sopló. Todavía estaban en el bosque y el sendero era ahora más estrecho.
—El mapa dice que Skendgate está a cinco
kilóme¬tros de Henefelde —comentó Colin, limpiando la nie¬ve del localizador—,
y ya hemos recorrido casi cuatro; ya falta poco.
Saltaba a la vista que no estaban en
ninguna parte. Se encontraban en medio de Wychwood, en un sende¬ro de vacas o
de ciervos. Terminaría en la choza de un campesino o una salina, o un matorral
con bayas que el caballo recordaría con agrado.
—¿Ve? Ya lo decía yo. —Entre los árboles
asomó la cima de un campanario. El caballo inició un trote—. Alto —le dijo
Colin, y tiró de las riendas—. Espera un momento.
Dunworthy cogió las riendas y redujo el
paso del caballo mientras salían del bosque, dejaban atrás un pra¬do cubierto
de nieve, y llegaban a la cima de la colina.
La aldea se extendía ante ellos, tras un
bosquecillo de fresnos. No era la aldea adecuada (Skendgate no te¬nía
campanario), pero si Colin se dio cuenta, no dijo nada. Espoleó al caballo sin
conseguir nada unas cuan¬tas veces, y bajaron lentamente la colina, Dunworthy
todavía sujetando las riendas.
No había cadáveres a la vista, pero
tampoco gente, y no salía humo de las chozas. El campanario parecía silencioso
y desierto, y no había huellas de pisadas a su alrededor.
—He visto algo —anunció Colin a la mitad
de la colina. Dunworthy también lo había visto. Un leve movimiento que podía
deberse a un pájaro o a una rama—. Por allí.
Colin señaló la segunda choza. Una vaca
salió de entre las cabanas, suelta, con las ubres repletas, y Dun¬worthy tuvo
la seguridad de que, como temía, la peste había asolado también aquel lugar.
—Es una vaca —dijo Colin, decepcionado.
La vaca alzó la cabeza ante el sonido de
su voz y empezó a caminar hacia ellos, mugiendo.
—¿Dónde está todo el mundo? —preguntó
Co¬lin—. Alguien tuvo que tocar la campana.
Están todos muertos, pensó Dunworthy,
mirando hacia el patio de la iglesia. Había tumbas nuevas allí, con la tierra
amontonada sobre ellas, y la nieve no las había cubierto por completo todavía.
Afortunadamen¬te, todos están enterrados en ese patio, pensó, y vio el primer
cuerpo. Era un muchachito. Estaba sentado con la espalda apoyada en una lápida,
como si descansara.
—Mire, ahí hay alguien —dijo Colin,
tirando de las riendas y señalando el cuerpo—. ¡Hola!
Se volvió para mirar a Dunworthy.
—¿Cree que entenderán lo que digamos?
—Está... —dijo Dunworthy.
El muchachito se levantó, incorporándose
doloro-samente, se apoyó con una mano en la lápida como si buscara un arma
alrededor.
—No te haremos daño —exclamó Dunworthy,
in¬tentando pensar cómo sería el inglés medio. Bajó del caballo, agarrándose a
la silla ante el súbito asalto del mareo. Se enderezó y extendió la mano, con
la palma hacia arriba.
La cara del muchachito estaba sucia,
manchada de tierra y sangre, y la parte delantera de su túnica y de sus
pantalones remangados estaba empapada y rígida. Se agachó, sujetándose el
costado como si el movimiento le doliera, cogió un palo que yacía enterrado en
la nieve y avanzó para impedirle el paso.
—Kepe from huiré. Der fevreblau hast
bifalien us.
—Kivrin —dijo Dunworthy, y se dirigió
hacia ella.
—No se acerque —exclamó ella en inglés,
alzando el palo como si fuera una escopeta. El extremo estaba roto.
—Soy yo, Kivrin, el señor Dunworthy
—anunció él, todavía acercándose.
—¡No! —Kivrin retrocedió, agitando la
pala ro¬ta—. No comprende. Es la peste.
—No importa, Kivrin. Hemos sido
vacunados.
—Vacunados —dijo ella, como si no
supiera lo que significaba la palabra—. Fue el clérigo del obispo. Ya la tenía
cuando vino.
Colin llegó corriendo y ella volvió a
levantar el palo.
—No importa—repitió Dunworthy—. Éste es
Co¬lin. También le han puesto la vacuna. Hemos venido para llevarte a casa.
Ella le miró fijamente durante un largo
minuto. La nieve caía a su alrededor.
—Para llevarme a casa —dijo, sin ninguna
entona¬ción en la voz, y miró la tumba a sus pies. Era más pe¬queña que las
demás, y más estrecha, como si albergara a un niño.
Miró a Dunworthy, y tampoco había
ninguna ex¬presión en su rostro. Llego demasiado tarde, pensó él, desesperado,
mirándola allí de pie con la ropa ensan¬grentada, rodeada de tumbas. Ya la han
crucificado.
—Kivrin —dijo.
Ella dejó caer la pala.
—Tiene que ayudarme —pidió. Se volvió y
se diri¬gió a la iglesia.
—¿Está seguro de que es ella? —susurró
Colin.
—Sí.
—¿Qué le pasa?
Llego demasiado tarde, pensó Dunworthy,
y se apoyó en el hombro de Colin. Nunca me perdonará.
—¿Qué pasa? —se inquietó Colin—. ¿Se
siente en¬fermo otra vez?
—No —contestó, pero esperó un momento
antes de retirar la mano.
Kivrin se había detenido ante la puerta
de la iglesia y se sujetaba de nuevo el costado. Un escalofrío reco¬rrió a
Dunworthy. La tiene, pensó. Tiene la peste.
—¿Estás enferma? —preguntó.
—No —Kivrin retiró la mano y la miró,
como si esperara encontrarla cubierta de sangre—. Me dio una patada. —Intentó
abrir la puerta de la iglesia, dio un respingo, y dejó que lo hiciera Colin—.
Creo que me rompió algunas costillas.
Colin abrió el pesado portón de madera,
y entra¬ron juntos. Dunworthy parpadeó contra la oscuridad, deseando que sus
ojos se acostumbraran a ella.
Por las estrechas ventanas no entraba
ninguna luz, aunque vio dónde se encontraban. Distinguió una for¬ma baja y
pesada a la izquierda (¿un cuerpo?), y las ma¬sas más oscuras de las primeras
columnas, pero más allá estaba completamente oscuro. A su lado, Colin
re¬buscaba en sus abultados bolsillos.
Por delante, una llama aleteó,
iluminando sólo a sí misma. Luego se extinguió. Dunworthy se dirigió ha¬cia
ella.
—Espere un momento —advirtió Colin, y
sacó una linterna de bolsillo. Cegó a Dunworthy, hacien¬do que todo lo que
rodeaba su difuso haz se volviera tan negro como cuando entraron. Colin apuntó
con ella las paredes pintadas, las gruesas columnas, el sue¬lo irregular. La
luz reveló la forma que Dunworthy había confundido con un cuerpo. Era una tumba
de piedra.
—Ella está allí—dijo Dunworthy,
señalando hacia el altar, y Colin apuntó la linterna en esa dirección.
Kivrin estaba arrodillada junto a
alguien que yacía en el suelo delante de la reja. Era un hombre, según vio
Dunworthy mientras se acercaban. La parte inferior de su cuerpo estaba cubierta
por una manta púrpura, y te¬nía las grandes manos cruzadas sobre el pecho.
Kivrin intentaba encender una vela con un carbón, pero la vela se había
consumido y no prendía. Pareció agradecida cuando Colin se acercó con la
linterna. Los iluminó a los dos.
—Tienen que ayudarme con Roche —dijo
ella, parpadeando ante la luz. Se inclinó hacia el hombre y le cogió la mano.
Cree que todavía está vivo, pensó
Dunworthy, pero ella añadió, con aquella voz inexpresiva e indife¬rente:
—Murió esta mañana.
Colin iluminó el cuerpo. Las manos
cruzadas esta¬ban casi tan púrpuras como la manta, pero su rostro aparecía
pálido y completamente sereno.
—¿ Quién era, un caballero ? —preguntó
Colin, asom¬brado.
—No. Un santo.
Colocó la mano sobre la mano de él, ya
rígida. Sus dedos eran callosos y ensangrentados, con las uñas ne¬gras de
suciedad.
—Tienen que ayudarme.
—¿Ayudarte a qué? —preguntó Colin.
Quiere que la ayudemos a enterrarlo,
pensó Dun¬worthy, y no podemos. El hombre al que había llamado Roche era
corpulento. Aunque consiguieran cavar una tumba, los tres no serían capaces de
levantarlo, y Kivrin nunca los dejaría ponerle una cuerda alrededor del cue¬llo
para arrastrarlo hasta el patio de la iglesia.
—¿Ayudarte a qué? —repitió Colin—. No
nos que¬da mucho tiempo.
No les quedaba nada de tiempo. Ya era
tarde, y les resultaría imposible encontrar el camino en el bosque después de
oscurecer. No había forma de saber cuánto tiempo podría mantener Badri el
intermitente en mar¬cha. Había dicho veinticuatro horas, pero no parecía lo
bastante recuperado para durar dos, y ya habían trans¬currido casi ocho. Y el
suelo estaba congelado, y Ki¬vrin tenía las costillas rotas, y los efectos de
la aspirina se estaban acabando. Empezó a tiritar de nuevo en la gélida
iglesia.
No podemos enterrarlo, pensó, mirándola
allí arrodillada. ¿Cómo voy a decírselo cuando he llegado tarde para todo lo
demás?
—Kivrin —dijo.
Ella palmeó amablemente la mano rígida.
—No podremos enterrarlo —dijo con
aquella voz tranquila, inexpresiva—. Tuvimos que poner a Rose-mund en su tumba,
después de que el senescal... —Miró a Dunworthy—. Intenté cavar otra esta
mañana, pero el suelo está demasiado duro. Rompí la pala. Dije la misa de
difuntos por él y traté de tocar la campana.
—Te oímos —asintió Colin—. Fue así como
te en¬contramos.
—Deberían haber sido nueve golpes, pero
tuve que parar. —Se llevó la mano al costado, como si recordara el dolor—.
Tienen que ayudarme a tocar el resto.
—¿Por qué? —se extrañó Colin—. No creo
que quede nadie vivo para oírla.
—No importa —dijo Kivrin, y miró a
Dunwor¬thy.
—No tenemos tiempo. Pronto oscurecerá, y
el lu¬gar de encuentro está...
—Yo la tocaré —dijo Dunworthy. Se
levantó—. Quédate aquí. —Ordenó, aunque ella no hizo ningún ademán por
levantarse—. Yo tocaré la campana.
—Está oscureciendo —insistió Colin y
echó a co¬rrer para alcanzarlo. La luz de su linterna bailaba loca¬mente sobre
las columnas y el suelo mientras corría—. Usted dijo que no sabía cuánto tiempo
podrían mante¬ner la red abierta. Espere un momento.
Dunworthy abrió la puerta, parpadeó para
prote¬gerse del brillo de la nieve, pero había oscurecido mientras estaban en
la iglesia, el cielo era gris y olía a nieve. Cruzó rápidamente el patio en
dirección al cam¬panario. La vaca que Colin había visto cuando entra¬ron en la
aldea se coló entre la valla y se dirigió hacia ellos., hundiendo las pezuñas
en la nieve.
—¿ Qué sentido tiene tocar la campana
cuando no hay nadie para oírla? —preguntó Colin, y se detuvo para apagar su
linterna. Luego corrió para volver a al¬canzarlo.
Dunworthy entró en la torre. Estaba tan
fría y os¬cura como la iglesia, y olía a ratas.
La vaca asomó la cabeza y Colin pasó por
su lado y se apoyó contra la pared curva.
—Usted es el que no para de decir que
tenemos que volver, que la red va a cerrarse y dejarnos aquí —insis¬tió—. Usted
es el que dijo que no teníamos tiempo ni para encontrar a Kivrin.
Dunworthy permaneció allí un momento,
dejando que sus ojos se acostumbraran a la luz y tratando de re¬cuperar el
aliento. Había caminado demasiado rápido y la tensión en su pecho había vuelto.
Miró a la cuerda. Colgaba por encima de sus cabezas en la oscuridad, y había un
nudo de aspecto grasiento a un palmo del ex¬tremo deshilachado.
—¿Puedo tocarla yo? —preguntó Colin,
contem¬plándola.
—Eres demasiado pequeño.
—No lo soy —replicó, y saltó hacia la
cuerda. Co¬gió el extremo, bajo el nudo, y colgó de allí varios se¬gundos antes
de caer, pero la cuerda apenas se movió, y la campana sólo dobló débilmente,
desafinada, como si alguien la hubiera golpeado con una piedra—. Sí que es
pesada.
Dunworthy levantó los brazos y agarró la
áspera cuerda. Estaba fría y resbaladiza. Tiró bruscamente ha¬cia abajo, sin
estar seguro de poder hacerlo mejor que Colin, y la cuerda le hirió las manos.
Bong.
—¡Qué fuerte suena! —exclamó Colin,
tapándo¬se los oídos con las manos y mirando deleitado hacia arriba.
—Una —contó Dunworthy. Una y arriba.
Recor¬dando a las americanas, dobló las rodillas y tiró recto de la cuerda.
Dos. Y arriba. Y tres.
Se preguntó cómo había podido tocar
Kivrin con las costillas lastimadas. La campana era mucho más pe¬sada, más
fuerte de lo que había imaginado, y parecía reverberar en su cabeza, en su
tenso pecho. Bong.
Pensó en la señora Piantini, doblando
sus gruesas rodillas y contando para sí. Cinco. Desde luego, no ha¬bía
apreciado lo difícil que era. Cada tirón parecía arrancarle el aire de los
pulmones. Seis.
Quiso detenerse y descansar, pero no
quería que Kivrin, que estaría escuchando en la iglesia, pensara que se había
rendido, que sólo pretendía terminar los golpes que ella había comenzado.
Agarró con más fuerza la cuerda y se apoyó contra la pared de piedra un
instante, tratando de aliviar la tensión del pecho.
—¿Se encuentra bien, señor Dunworthy?
—Sí —contestó él, y tiró con tanta
fuerza que pa¬reció que los pulmones se le abrían. Siete.
No tendría que haberse apoyado contra la
pared. Las piedras estaban frías como el hielo. Ahora volvía a tiritar. Pensó
en la señora Taylor, intentando terminar su Chicago Surpnse Mmor, contando los
golpes que le quedaban, intentando no ceder a las pulsaciones que sentía en la
cabeza.
—Puedo terminarlo yo —dijo Colin, y
Dunwor¬thy apenas lo oyó—. Si quiere iré a buscar a Kivrin, y entre los dos
daremos los últimos golpes. Los dos po¬demos tirar de la cuerda.
Dunworthy sacudió la cabeza.
—Cada hombre debe ceñirse a su campana
—dijo sin aliento, y tiró de la cuerda. Ocho. No debía soltar¬la. La señora
Taylor se había desmayado y la soltó, y la campana dio la vuelta, y la cuerda
coleteó como un ser vivo. Se enroscó en el cuello de Finch y por poco lo
es¬trangula. Tenía que aguantar, a pesar de todo.
Tiró de la cuerda hacia abajo y se
agarró a ella hasta que estuvo seguro de que podría soportarla y entonces la
dejó subir.
—Nueve —dijo.
Colin le miraba con el ceño fruncido.
—No tendrá una recaída, ¿verdad?
—preguntó, te¬meroso.
—No —contestó Dunworthy, y soltó la
cuerda.
La vaca estaba asomada a la puerta.
Dunworthy empujó bruscamente al animal a un lado y regresó a la iglesia.
Kivrin seguía arrodillada junto a Roche,
sostenien¬do su mano rígida.
Dunworthy se detuvo ante ella.
—He tocado la campana —dijo.
Ella levantó la cabeza, sin asentir.
—¿No cree que deberíamos irnos ya?
—intervino Colin—. Está oscureciendo.
—Sí —concedió Dunworthy—. Creo que será
me¬jor... —El mareo lo cogió completamente despreveni¬do; se tambaleó y estuvo
a punto de caer sobre el cuer¬po de Roche.
Kivrin extendió la mano y Colin se
abalanzó para sujetarlo. La linterna destelló errática por el techo cuando le
agarró la mano. Dunworthy detuvo su caída con una mano, apoyándose en una
rodilla, y extendió la otra mano hacia Kivrin, pero ella estaba en pie,
re¬trocediendo.
—¡Está enfermo! —Era una acusación—.
Tiene la peste, ¿verdad? —preguntó, y por primera vez su voz mostró alguna
emoción—. ¿Verdad?
—No, es...
—Tiene una recaída —explicó Colin, y
apoyó la linterna en el codo de la estatua para poder ayudar a Dunworthy a
sentarse—. No prestó atención a mis carteles.
—Es un virus —dijo Dunworthy, quien se
sentó de espaldas a la estatua—. No es la peste. Los dos hemos recibido
estreptomicina y gammaglobulina. No pode¬mos contraer la peste.
Apoyó la cabeza contra la estatua.
—Es un virus. Me pondré bien. Sólo
necesito des¬cansar un momento.
—Le advertí que no tocara la campana —le
regañó Colin, vaciando el saco de arpillera en el suelo. Cubrió con el saco
vacío los hombros de Dunworthy.
—¿Quedan aspirinas?
—Se supone que tiene que tomárselas cada
tres ho¬ras —dijo Colin—, y siempre con agua.
—Entonces ve a buscar agua—replicó
Dunworthy.
Colin miró a Kivrin en busca de apoyo,
pero ella se encontraba al otro lado del cuerpo de Roche, obser¬vando a
Dunworthy recelosamente.
—Vamos —ordenó Dunworthy, y Colin se
mar¬chó corriendo. Sus botas resonaron sobre el suelo de piedra. Dunworthy miró
a Kivrin, que retrocedió un paso—. No es la peste —aseguró—. Es un virus.
Te¬míamos que hubieras quedado expuesta a él antes de atravesar. ¿Lo
contrajiste?
—Sí—contestó ella, y se arrodilló junto
a Roche—. Él me salvó la vida.
Alisó la manta púrpura y Dunworthy
advirtió que se trataba de una capa de terciopelo. Tenía una gran cruz de seda
bordada en el centro.
—Me dijo que no tuviera miedo —añadió
ella. Le subió la capa hasta el pecho, sobre las manos cruzadas, pero la acción
dejó sus pies descubiertos. Roche calza¬ba unas sandalias bastas e
incongruentes. Dunworthy se quitó el saco de arpillera de los hombros y lo
exten¬dió amablemente sobre los pies, y entonces se levan¬tó, con cuidado,
aferrándose a la estatua para no caer otra vez.
Colin volvió con un cubo medio lleno de
agua que debía de haber encontrado en un charco. Respiraba en¬trecortadamente.
—¡La vaca me atacó! —protestó y sacó un
sucio cazo del cubo.
Depositó las aspirinas en la mano de
Dunworthy. Quedaban cinco tabletas.
Dunworthy tomó dos de ellas, tragando la
menor cantidad de agua posible, y tendió las otras a Kivrin. Ella las cogió con
solemnidad, todavía arrodillada en el suelo.
—No he encontrado ningún caballo
—informó Colin, mientras tendía el cazo a Kivrin—. Sólo una muía.
—Un burro —rectificó Kivrin—. Maisry
robó el pony de Agnes. —Le devolvió el cazo y volvió a coger la mano de Roche—.
Él tocó la campana por todos, para que sus almas pudieran ir seguras al cielo.
—¿No le parece mejor que nos vayamos?
—susu¬rró Colin—. Fuera está casi oscuro.
—Incluso por Rosemund —prosiguió Kivrin,
co¬mo si no lo hubiera oído—. Ya estaba enfermo. Le dije que no nos quedaba
tiempo, que debíamos marcharnos a Escocia.
—Tenemos que irnos ahora, antes de que
se haga de noche —dijo Dunworthy.
Ella no se movió ni soltó la mano de
Roche.
—Me sostuvo la mano mientras yo me
estaba mu¬riendo.
—Kivrin —insistió él amablemente.
Ella colocó la mano sobre la mejilla de
Roche, lo miró un largo instante, y entonces se puso de rodillas. Dunworthy le
ofreció la mano, pero ella se levantó sola, sujetándose el costado, y recorrió
la nave.
Se volvió en la puerta y contempló la
oscuridad.
—Cuando ya agonizaba, me dijo dónde
estaba el lugar de recogida para que pudiera volver al cielo. Me dijo que
quería que lo dejara y me fuera, para que cuando él llegara yo ya estuviera
allí —dijo, y salió a la nieve.
36
La nieve caía silenciosa, pacíficamente
sobre el ca¬ballo y el burro que esperaban junto al vallado. Dunworthy ayudó a
Kivrin a montar en el caballo; ella no se apartó ante su contacto como había
temido, pero en cuanto estuvo sentada a lomos del animal, se retiró de él y
agarró las riendas. Cuando Dunworthy apartó las manos, Kivrin se desplomó
contra la silla, sujetán¬dose el costado.
Dunworthy tiritaba, apretando los
dientes para que Colin no se diera cuenta.
Subió al burro al tercer intento, y
pensó que se res¬balaría de un momento a otro.
—Será mejor que guíe su muía —apuntó
Colin, mirándolo con aire de desaprobación.
—No hay tiempo. Está oscureciendo. Monta
de¬trás de Kivrin.
Colin condujo al caballo hasta la valla,
se subió al dintel de la puerta, y montó tras Kivrin.
—¿Tienes el localizador? —le preguntó
Dunwor¬thy, tratando de espolear al burro sin caerse.
—Conozco el camino —dijo Kivrin.
—Sí —respondió Colin. Lo alzó—. Y
también la linterna. —La encendió, iluminando el patio, como si buscara algo
que hubieran dejado olvidado. Por prime¬ra vez pareció reparar en las tumbas—.
¿Es ahí donde enterraste a todo el mundo?
—Sí—dijo Kivrin.
—¿Murieron hace mucho tiempo?
Ella hizo girar al caballo y empezó a
subir la colina.
—No.
La vaca los siguió un trecho,
bamboleando las ubres hinchadas, y entonces se detuvo y empezó a mu¬gir
penosamente. Dunworthy la miró. El animal volvió a mugirle, indeciso, y luego
regresó a la aldea. Casi ha¬bían llegado a la cima de la colina y la nevada
remitía, pero abajo, en la aldea, seguía nevando intensamente. Las tumbas
quedaban completamente cubiertas y la iglesia estaba oscura. El campanario
apenas era visible.
Kivrin ni siquiera miró atrás. Cabalgó
decidida¬mente hacia delante, muy erguida, con Colín detrás, que no se agarraba
a su cintura, sino al respaldo de la silla. La nieve caía a ráfagas, y luego en
copos sueltos, y cuando volvieron a internarse en el bosque, casi había cesado
de nevar por completo.
Dunworthy siguió al caballo, procurando
mante¬ner su vivo ritmo, intentando no ceder a la fiebre. La aspirina no hacía
efecto (la había tomado con demasia¬do poca agua), y notaba que la fiebre
empezaba a apo¬derarse de él, aislándolo del bosque, del huesudo lomo del burro
y de la voz de Colin.
El niño le hablaba alegremente a Kivrin,
contándo¬le sobre la epidemia, y por la forma en que lo exponía, parecía una
aventura.
—Dijeron que había cuarentena y que
teníamos que volver a Londres, pero yo no quise. Quería ver a tía Mary. Así que
me colé a través de la barrera, y el guardia me vio y dijo: «¡Eh! ¡Alto!», y
empezó a perse¬guirme, y yo corrí calle abajo hasta el pasaje.
Se detuvieron, y Colin y Kivrin
desmontaron. Co¬lin se quitó la bufanda; ella se subió la casaca manchada de
sangre y se la ató alrededor de las costillas. Dunworthy sabía que el dolor
debía de ser aún peor de lo que pensaba, que al menos debería intentar
ayudarla, pero temía que si bajaba del burro no sería capaz de volver a subir
en él.
Kivrin y Colin volvieron a montar y se
pusieron en marcha de nuevo, frenando el ritmo en cada intersec¬ción y camino
lateral para comprobar su dirección, Colin encogido sobre la pantalla del
localizador y se–alando, Kivrin asintiendo su conformidad.
—Aquí fue donde me caí del burro la
primera no¬che —indicó Kivrin cuando se detuvieron en una bi¬furcación—. Estaba
enferma. Creía que era un asesino.
Llegaron a otra bifurcación. Ya no
nevaba, pero las nubes eran oscuras y pesadas.
Colin tuvo que enfocar la linterna sobre
el locali¬zador para leerlo. Señaló el sendero con la mano dere¬cha, montó de
nuevo tras Kivrin, y prosiguió el relato de sus aventuras.
—«Ha perdido el ajuste», dijo el señor
Dunworthy, y entonces se lanzó sobre el señor Gilchrist y los dos ca¬yeron. El
señor Gilchrist actuaba como si lo hubiera he¬cho a propósito, y ni siquiera me
ayudó a taparlo. Tiri¬taba como un poseso, y tenía fiebre, y yo no dejaba de
gritar: «¡SeñorDunworthy! ¡SeñorDunworthy!»,pero él no me oía. Y el señor
Gilchrist decía todo el rato: «Le considero personalmente responsable.»
Empezó a nevar de nuevo y el viento
arreció. Dunworthy se aferró a la rígida crin del burro, tiri¬tando.
—No querían decirme nada —proseguía
Colin—, y cuando intenté ver a tía Mary, me dijeron que no se permitía la
entrada a los niños.
Cabalgaban contra el viento, la nieve
levantaba la capa de Dunworthy en frías ráfagas. Se inclinó hacia delante,
hasta quedar casi tendido sobre el cuello del animal.
—El doctor salió —dijo Colin—, y empezó
a susu¬rrarle a la enfermera, y supe que estaba muerta.
Dunworthy sintió una súbita puñalada de
pena, como si lo oyera por primera vez. Oh, Mary, pensó.
—No supe qué hacer, así que me quedé
allí senta¬do, y la señora Gaddson, que es una persona necrótica, llegó y
empezó a leerme la Biblia y a decirme que era la voluntad de Dios. ¡Odio a la
señora Gaddson! —decla-ró Colin violentamente—. ¡Ella sí que se merecía la
gripe!
Sus voces empezaron a resonar en el
bosque, de forma que Dunworthy no tendría que haber captado las palabras, pero
extrañamente le parecían cada vez más claras en el aire frío, y le pareció que
deberían po¬der oírlos hasta Oxford, a setecientos años de dis¬tancia.
De pronto se le ocurrió que Mary no
estaba muer¬ta, que en aquel terrible año, en aquel siglo que era peor que un
diez, aún no había muerto, y le pareció una bendición superior a nada que
tuviera derecho a esperar.
—Y entonces oímos la campana —concluyó
Co¬lin—. El señor Dunworthy dijo que eras tú pidiendo ayuda.
—Lo era —asintió Kivrin—. Esto no
funcionará. Se caerá.
—Tienes razón —contestó Colin, y
Dunworthy advirtió que habían vuelto a desmontar y se encontra¬ban junto al
burro. Kivrin sujetaba la brida de cuerda.
—Tenemos que ponerle en el caballo —dijo
Ki¬vrin, y agarró a Dunworthy por la cintura—. Va a caer¬se del burro. Vamos.
Baje. Le ayudaré.
Los dos tuvieron que ayudarle, Kivrin lo
sujetó de una forma que por fuerza tenía que lastimarle las costi¬llas, y Colin
casi lo sostenía en vilo.
—Si pudiera sentarme un momento —jadeó
Dun¬worthy, los dientes castañeteando.
—No hay tiempo —dijo Colin, pero lo
ayudaron a llegar a un lado del camino y lo sentaron contra una roca.
Kivrin rebuscó bajo la camisa y sacó
tres aspirinas.
—Tenga. Tómeselas —le ofreció ella, y se
las ten¬dió en la palma abierta.
—Eran para ti. Tus costillas...
Ella le miró fijamente, sin sonreír.
—Me pondré bien —dijo, y fue a atar al
caballo a un matorral.
—¿Quiere un poco de agua? —preguntó
Colin—. Podría encender una hoguera y derretir nieve.
—Estaré bien —murmuró Dunworthy. Se
metió las aspirinas en la boca y las tragó.
Kivrin ajustaba las cinchas, desatando
las tiras de cuero con habilidad. Las sujetó y volvió junto a Dun¬worthy para
ayudarlo a montar.
—¿Listo? —dijo, y puso la mano bajo el
brazo de Dunworthy.
—Sí —contestó él, y trató de levantarse.
—Esto ha sido un error —se lamentó
Colin—. Nun¬ca conseguiremos auparlo.
Pero lo lograron, le pusieron los pies
en los estri¬bos y las manos alrededor del pomo de la silla, luego lo
empujaron, y al final Dunworthy incluso los ayudó un poco, al tender una mano
para que Colin se sentara de¬lante de él.
Ya no tiritaba, pero no estaba seguro de
que eso fuera una buena señal.
Cuando volvieron a ponerse en marcha,
Kivrin por delante a lomos del burro mientras Colin empezaba a charlar de
nuevo, Dunworthy se apoyó en la espalda del muchacho y cerró los ojos.
—Pues he decidido que cuando acabe el
colegio, voy a ir a Oxford para ser historiador como tú —decía Colin—. No
quiero venir a la Peste Negra, sino a las Cruzadas.
Él los escuchaba, apoyado contra Colin.
Oscure¬cía, y se encontraban en la Edad Media, en mitad de un bosque, dos
enfermos y un niño, y Badri, otro enfer¬mo, intentando mantener la red abierta,
a pesar de que en cualquier momento podría sufrir una nueva recaída. Pero
Dunworthy no parecía capaz de experimentar pá¬nico ni preocupación. Colin tenía
el localizador y Kivrin sabía dónde
estaba el lugar. Estarían bien.
Aunque no encontraran el sitio y
quedaran atra¬pados allí para siempre, aunque Kivrin no le perdona¬ra, se
curaría. Les llevaría a Escocia, donde nunca ha¬bía llegado la peste, y Colin
sacaría anzuelos y una sartén de su bolsa de trucos y pescarían truchas y
sal¬mones para comer. Tal vez incluso encontrarían a Ba-singame.
—He visto peleas a espada en los vids, y
sé montar a caballo —dijo Colin—. ¡Alto!
Colin tiró de las riendas, y el caballo
se detuvo, con la nariz contra la cola del burro. El burro se había dete¬nido
en seco. Se encontraban en la cima de una peque¬ña colina. Al pie había un
charco congelado y una hile¬ra de sauces.
—Espoléalo —dijo Colin, pero Kivrin ya
había desmontado.
—No irá más lejos. Es como la otra vez.
Me vio atravesar. Creía que había sido Gawyn, pero fue Ro¬che. —Pasó la brida
por encima de la cabeza del burro, y el animal regresó inmediatamente por el
estrecho sendero.
—¿Quieres montar? —le preguntó Colin, y
desca¬balgó.
Ella sacudió la cabeza.
—Me duele más montar y desmontar que
caminar.
Contemplaba la colina. Los árboles sólo
la cubrían hasta la mitad, y más allá la colina estaba blanca debido a la
nieve. Debía de haber dejado de nevar, aunque Dunworthy no se había dado cuenta
de ello. Las nubes iban separándose, y entre ellas el cielo era de un lavan-da
pálido y claro.
—Pensó que era santa Catalina —prosiguió
Kivrin —. Me vio atravesar, como usted temía que suce¬diera. Creyó que Dios me
había enviado para ayudar¬los en su hora de necesidad.
—Bueno, y lo hiciste, ¿no? —dijo Colin.
Tiró de las riendas torpemente, y el caballo empezó a bajar la colina, mientras
Kivrin caminaba a su lado—. Tendrías que haber visto el desorden que había en
el otro sitio adonde fuimos. Cadáveres por todas partes, y creo que nadie los
ayudó.
Le tendió las riendas a Kivrin.
—Iré a ver si la red está abierta —dijo,
y echó a correr por delante—. Badri tenía que abrirla cada dos horas.
Se internó en un matorral y desapareció.
Kivrin hizo que el caballo se detuviera
al pie de la colina y ayudó a desmontar a Dunworthy.
—Será mejor que le quitemos la silla y
la brida —dijo Dunworthy—. Cuando lo encontramos, estaba enganchando a un
matorral.
Se ocuparon de ello juntos. Kivrin le
quitó la brida y extendió la mano para acariciar la cabeza, del caballo.
—Estará bien —la tranquilizó Dunworthy.
—Tal vez.
Colin apareció entre los sauces,
esparciendo nieve por todas partes.
—No está abierta.
—Se abrirá pronto —aseguró Dunworthy.
—¿Vamos a llevarnos el caballo? Creía
que no se permitía a los historiadores llevarse nada al futuro. Pero sería
magnífico si pudiéramos llevárnoslo. Podría montarlo cuando vaya a las
Cruzadas.
Volvió a internarse entre los sauces,
esparciendo nieve.
—Vamos, chicos, podría abrirse en
cualquier mo¬mento.
Kivrin asintió. Palmeó al caballo en el
flanco. El animal se retiró unos cuantos pasos y luego se detuvo y los miró,
vacilante.
—Vamos —urgió Colin desde alguna parte,
pero Kivrin no se movió.
Se llevó la mano al costado.
—Kivrin —dijo Dunworthy, y se acercó a
ayu¬darla.
—Me pondré bien —dijo, y se apartó de él
para re¬tirar las enmarañadas ramas del bosquecillo.
Ya estaba oscuro entre los árboles. El
cielo en¬tre las ramas negras del roble era de un color azul la-vanda. Colin
arrastraba un tronco caído al centro del claro.
—Por si lo perdemos y tenemos que
esperar otras dos horas —explicó. Dunworthy se sentó, agradecido.
—¿Cómo sabremos dónde debemos colocarnos
cuando se abra la red? —le preguntó Colin a Kivrin.
—Veremos la condensación. —Se acercó al
roble y se inclinó para limpiar la nieve de la base.
—¿Y si oscurece?
Ella se sentó contra el árbol,
mordiéndose los la¬bios mientras se acomodaba entre las raíces.
Colin se sentó entre ellas.
—No traje cerillas, sino encendería un
fuego.
—No importa —dijo Dunworthy.
Colin encendió su linterna de bolsillo y
luego vol¬vió a apagarla.
—Creo que es mejor ahorrarla por si algo
sale mal.
Hubo un movimiento en los sauces. Colin
se in¬corporó.
—Creo que ya empieza.
—Es el caballo —dijo Dunworthy—. Está
co¬miendo.
—Oh. —Colin volvió a sentarse—. No cree
usted que la red ya se abrió y no la vimos porque estaba os¬curo, ¿verdad?
—No.
—Tal vez Badri tuvo otra recaída y no
pudo abrirla —insistió, parecía más nervioso que asustado.
Esperaron. El cielo se convirtió en un
azul púrpu¬ra, y las estrellas empezaron a despuntar entre las ra¬mas del
roble. Colin se sentó en el tronco junto a Dunworthy y habló de las Cruzadas.
—Tú lo sabes todo acerca de la Edad
Media —le dijo a Kivrin—, y se me ha ocurrido que a lo mejor me ayudarías a
prepararme, ya sabes, a enseñarme cosas.
—Eres demasiado joven. Es muy peligroso.
—Lo sé. Pero quiero ir. Tienes que
ayudarme. Por favor.
—No se parecerá a nada de lo que esperas
—dijo ella.
—¿Es necrótica la comida? Leí en el
libro que me regaló el señor Dunworthy cómo comían carne podri¬da, cisnes y
cosas así.
Kivrin se contempló las manos durante un
largo minuto.
—La mayor parte era terrible —dijo en
voz baja—, pero había algunas cosas maravillosas.
Cosas maravillosas. Dunworthy pensó en
Mary, apoyada contra la puerta de Balliol, hablando del Valle de los Reyes,
diciendo: «Nunca lo olvidaré.» Cosas maravillosas.
—¿Y las coles de Bruselas? —preguntó
Colin—. ¿Comían coles de Bruselas en la Edad Media?
Kivrin casi sonrió.
—Creo que no se habían inventado
todavía.
—¡Magnífico! —Se levantó de un salto—.
¡Oigan! Creo que está empezando. Parece una campana.
Kivrin alzó la cabeza, escuchando.
—Cuando vine sonaba una campana
—recordó.
—Vamos —dijo Colin, y obligó a Dunworthy
a ponerse en pie—. ¿No la oye?
Era una campana, débil y lejana.
—Viene de allí —indicó Colin. Corrió
hacia el borde del claro—. ¡Vamos!
Kivrin apoyó una mano en el suelo para
sostenerse y se puso de rodillas.
Su mano libre se dirigió
involuntariamente a sus costillas.
Dunworthy le tendió la mano, pero ella
no la aceptó.
—Estaré bien —musitó.
—Lo sé —contestó él, y dejó caer la
mano.
Kivrin se levantó con cuidado,
apoyándose en el tronco del roble, y luego se enderezó y lo soltó.
—Lo tengo todo en el grabador —dijo—.
Todo lo que sucedió.
Como John Clyn, pensó él, mirándole el
pelo ra¬pado, la cara sucia. Un verdadero historiador, escri¬biendo en la
iglesia vacía, rodeado de tumbas. Yo, al ver tantos males, he puesto por
escrito todas las cosas de las que he sido testigo. Para que las cosas que
merecen ser recordadas no perezcan con el tiempo.
Kivrin volvió sus manos hacia arriba y
se miró las palmas en la penumbra.
—El padre Roche, Agnes, Rosemund y todos
los demás —dijo—. Lo tengo todo.
Trazó una línea por su muñeca con un
dedo.
—lo suiicien lui damo amo —dijo en voz
baja—. Estás aquí en lugar de los amigos que amo.
—Kivrin.
—¡Vamos! —exclamó Colin—. Ya empieza.
¿No oye las campanas ?
—Sí —dijo Dunworthy. Era la señora
Piantini con el tenor, tocando la introducción a When at Last My Savior Cometh.
Kivrin se acercó y se colocó junto a
Dunworthy. Unió las manos, como si rezara.
—¡Ya veo a Badri! —estalló Colin. Hizo
bocina con las manos alrededor de la boca—. ¡Ella está bien! —gritó—. ¡La hemos
salvado!
El tenor de la señora Piantini tañó, y
las otras cam¬panas se le unieron alegremente. El aire empezó a titi¬lar, como
si cayeran copos de nieve.
—¡Apocalíptico! —dijo Colin, la cara
iluminada.
Kivrin cogió la mano de Dunworthy y la
agarró con fuerza contra la suya.
—Sabía que vendría —afirmó, y la red se
abrió.
FIN

