Libro N° 6055. Los Humanoides. Williamson, Jack.
© Libro N° 6055.
Los
Humanoides. Williamson,
Jack. Emancipación. Junio 1 de 2019.
Título
original: © The Humanoids; 1947
Versión Original: © Los Humanoides. Jack Williamson
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digital de Versión original de textos:
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A
CRÍTICA TODA LA CULTURA
LOS HUMANOIDES
Jack
Williamson
Título del original: The Humanoids
Traducción: Pedro T. Green
© 1947 by Jack Williamson
© 1976 Ediciones Fantaciencia
Buenos Aires
Edición digital de Elumbriel
R6 07/02
Introducción
Yo estaba en una
estación meteorológica en las islas Solomon aquel día de 1945, elaborando un
informe para una patrulla aérea de los marines, cuando otro aficionado a la
ciencia ficción trajo la noticia de lo sucedido en Hiroshima. El átomo
desencadenado arrojó una sombra larga y oscura sobre toda la ciencia ficción.
La creación de los
humanoides fue parte de mi propia reacción de incomodidad. Cuando regresé a mi
despacho en 1946, comencé a escribir «De brazos cruzados», pero me detuve
desalentado cuando advertí la verdad sobre aquellos pequeños robots: siendo
máquinas perfectas, no sólo se construían a sí mismas, se mantenían y servían
gratis a los hombres, sino que también los mantenían apartados de las
interacciones humanas.
Obligado a aceptar
aquel hecho, acabé la historia para John Campbell, el gran editor de Astounding/Analog.
Me pidió una secuela en la que los hombres cruzados de brazos pudieran usar
poderes paranormales para derrotar a los humanoides. Aunque yo los conocía
demasiado bien para esperar una cosa así, me compró la secuela, que se
convirtió en los Humanoides.
Muchos lectores, a lo
largo de los años, me han pedido otra secuela más. Después de largas
consideraciones, recientemente he terminado Ten Trillion Wise Machines. Aunque
los humanoides aún existen, intenté encontrar una alternativa más soportable.
Obviamente, este
libro trata sobre personas y tecnología. Mi opinión personal no es tan sombría
como podría parecer. Aunque
Hiroshima me
inquietó, ahora soy decididamente pro-nuclear. Por aterrador que pueda ser el
genio tecnológico, no hay forma de volver a meterlo en la botella. Creo que
debemos intentar sacar partido de la mayoría de sus regalos, incluso de los
reactores reproductores y de fusión.
En otro sentido, como
se sugiere en el epilogo, el libro no trata realmente de tecnología después de
todo, sino de nosotros mismos y de nuestra sociedad..., si es que una novela
puede tratar «de» algo aparte de sí misma.
Oscuro o brillante, Los
Humanoides ha sido mi libro más controvertido y reputado, con casi una
docena de ediciones en inglés y casi el mismo número de traducciones. Estoy
encantado con esta nueva edición completa, que incluye tanto la novela corta
original como el reciente epílogo.
Capitulo
I
El granítico sargento
de la guardia exterior la encontró de pie, inmóvil frente a la puerta. Era una
chiquilla feúcha y excesivamente delgada, vestida con un trajecito amarillo de
mala calidad.
—Por favor, señor...
Es este el Observatorio Starmont?
Parecía agitada y
llena de temor. Sin embargo siguió hablando:
—¿Puedo ver al
director? ¿Al doctor Claypool?
El sargento la miró
dubitativamente; debía de tener unos nueve años pese a que parecía muy poco
desarrollada para esa edad. Y sin embargo por algún rasgo indefinible podía
haber sido considerada mayor— Llevaba una cinta roja en el cabello negro y
lacio; su rostro era pálido y famélico y sus ojos celestes, líquidos y
transparentes, estaban clavados en el sargento a través de las rejas.
Pero los pilluelos
vagabundos no podían ver al doctor Claypool.
—No sin un pase
oficial —la criatura se estremeció ante
aquella voz áspera y
el sargento sonrió tratando de suavizarla—. Starmont es territorio reservado,
¿comprendes? —la niña había hecho ablandar hasta cierto punto su habitual
dureza—. ¿Cómo te llamas?
—Aurora. Aurora Hall
—la criatura alzó el mentón con gesto orgulloso—. ¡Tengo que verlo!
—¿Cómo viniste hasta
aquí?
—Me envió el señor
White.
—¿Quién es el señor
White?
Una profunda devoción
iluminó los ojos angustiados de Aurora.
—El señor White es un
filósofo —repuso llena de orgullo—. Tiene una barba larga y roja. Ha estado en¡
muchos sitios... A mí me sacó de una casa horrible, con ventanas cubiertas por
barrotes de hierro. Es bueno conmigo y me enseña a tele... —aquí se detuvo y
tragó saliva—. Quiere que vea al doctor Claypool.
—¿Para qué?
—Para darle esto —su
mano pequeña y delgada se introdujo en el bolsillo del vestido amarillo y
reapareció con una tarjeta gris—. Es un mensaje... de extrema importancia.
—Puedes enviarlo
—dijo el sargento, tratando de mostrarse servicial.
—El señor White me
dijo que nadie debía verlo excepto el doctor Claypool..., gracias.
El sargento frunció
el ceño.
—Te he dicho que no
es po... —al ver la expresión herida de aquel rostro huesudo y azulado por las
privaciones, trató de suavizar su negativa—. El doctor Claypool es un hombre
muy importante, ¿comprendes? Y está muy ocupado. Lo siento, criatura, pero no puedo
dejarte pasar.
—Comprendo —susurró
la niña—. Déjeme... pensar.
Por un momento
permaneció inmóvil, con su cabeza oscura inclinada y sus ojos semicerrados,
como si hubiera estado escuchando a alguien que se hallara muy lejos. Por fin
asintió y murmuró algo.
—Por favor... ¿Puedo
ver al señor Ironsmith?
—¡Naturalmente! —el
sargento lanzó un suspiro de alivio—. ¿Por qué no me dijiste que lo conocías?
Cualquiera puede hablar con él... El doctor Claypool es un hombre muy
importante, pero Ironsmith no. Además es amigo mío. Espera un minuto..., ven a
la sombra y espera.
Agradecida y
silenciosa, la niña se colocó bajo la cornisa de la casilla del centinela. El
sargento tomó el teléfono y llamó al conmutador general del Observatorio.
—¡Es claro que Frank
Ironsmith tiene teléfono! —dijo la voz nasal de la telefonista—. ¡Naturalmente,
Rocky! Trabaja en la sección cómputos, Starmont 88. Sí. Está. Acaba de pagarme
el café en el bar. Espera un momento, ¿quieres? Bueno, Rocky, bueno...
Ironsmith escuchó la
explicación dada por el sargento y prometió acudir inmediatamente.
Aguardándolo, la niñita se distrajo recogiendo las escuálidas flores amarillas
del desierto, que crecían en un matorral más allá de la verja. Con un murmullo
de placer aspiró el perfume penetrante y luego miró ansiosamente hacia el
interior del recinto cercado, que se extendía como un verdadero oasis, cubierto
de césped y plantas. Alzando alternativamente un pie primero y luego otro, para
enfriarlos, movió los dedos con gesto lleno de gratitud por la sombra que
recibía.
Su pequeña mano
continuaba oprimiendo la tarjeta en el bolsillo del vestido, y su mirada se
dirigió inquieta hacia el sargento, que la vio cada vez más diminuta y
solitaria.
—No te preocupes,
criatura —el sargento trataba de suavizar su voz áspera—. Frank Ironsmith es un
buen tipo, ¿sabes? No es un hombre importante..., trabaja en la sección
cómputos manejando una máquina de calcular. No es importante y creo que nunca
lo será. Pero estoy seguro que va a prestarte toda la ayuda posible... —la
niñita escuchaba con su expresión solemne y turbada—. Lo conozco desde hace
seis años, ¿comprendes? Yo en aquella época era tan solo un cabo y Frank
acababa de ser designado ayudante en la sección cómputos. Los hombres
importantes como Claypool no tenían mucho tiempo para perder con simples
soldados, pero Frank era diferente. Fuimos amigos desde la primera vez que nos
vimos... y nos acostumbramos a beber de tanto en tanto una copa de cerveza
juntos.
La niña escuchaba
llena de esperanza, como si hubiera comprendido totalmente lo que oía. El
sargento, por su parte, era conversador y quería tranquilizarla.
—En aquellos días
tenían problemas en la sección esa, ¿comprendes? Claypool acababa de recibir el
dinero del Gobierno para llevar el proyecto adelante. Tenía bajo sus órdenes
todo un regimiento de expertos... y Frank era solamente un empleado.
El sargento ignoraba
que Einstein, en su juventud, había sido un humilde empleado de la Oficina de
Patentes, en el Viejo Mundo,
—Naturalmente, ellos
no sabían de qué era capaz Frank —prosiguió diciendo a la asustada niña—. Y
estaban llenos de problemas, ¿comprendes? Todas esas máquinas carísimas
parecían tener dificultades. La nueva sección tenía que cuidar de todos los
cálculos del Observatorio y también de los proyectos militares. Pero los
errores que se repetían estaban costando mucho tiempo y dinero. El trabajo se
acumulaba. Finalmente el doctor Claypool pidió que le enviaran un experto de la
compañía que fabricara las grandes máquinas de calcular... —el rostro curtido
del sargento se iluminó con una tierna sonrisa—. ¡Y qué experto! Resultó ser
una morocha tan bonita que todos se daban vuelta al verla pasar. .. Ruth
"No-sé-cuanto". Frank nos presentó cierto día en el bar. Pero además
sabía perfectamente su trabajo. Las máquinas, según dijo, funcionaban
perfectamente. Lo malo era que el personal no sabía manejarlas. ¡Su diagnóstico
fue que transfirieran a otra parte al astrónomo y los ingenieros y dejaran que
se encarara Frank! Claypool se sintió sorprendido, pero estaba desesperado y
permitió que Frank se ocupara de todo. Lo curioso fue que Frank pudo hacer el
trabajo a la perfección con sólo escuchar la explicación que le dio Ruth, y eso
que nunca había recibido entrenamiento especial al respecto. No es que haya
nacido para ser un tipo importante, ¿comprendes? Simplemente tiene un
"no-sé-qué" para las matemáticas...
El sargento sonrió
con entusiasmo.
—¡Y tendrías que
haber visto a Ruth! ¡Qué figura! Yo siempre pensé que Frank hubiera podido
hacer algo al respecto, de haber sido más ambicioso. ¡Hubiera sido la gran
pareja! —el sargento suspiró—. Pero un día vino Frank a decirme que ella
abandonaba el trabajo para casarse con el doctor Claypool. Esto me desconcertó.
Yo hubiera jurado que Claypool era un poco viejo y demasiado estirado para
semejante muchacha. Pero nunca se puede decir... Supongo que el nombre del
doctor y su fortuna la marearon. Es una lástima, porque con Frank hubieran
marchado mucho mejor... Ahora Claypool está todo el día y toda la noche ocupado
y no tiene tiempo para dedicarle. De cualquier manera, creo que Frank tendría
que ganar diez veces lo que le pagan, porque no hay muchos hombres capaces de
manejar como lo hace él esas grandes máquinas de calcular. Claro que Frank se
toma las cosas con toda tranquilidad. Estoy seguro que amaba a Ruth, y sin
embargo no pareció preocuparse mucho. Es una de sus mayores virtudes. Nunca
parece preocuparse por nada... —el sargento sonrió para animar a la niña—. Ya
ves que Frank está perfectamente bien...
y aquí viene.
Ironsmith llegó junto
a la puerta montando una vieja bicicleta; con bonhomía agitó una mano hacia el
sargento y miró sonriente a la niña, que le sonrió tímidamente. Frank no
representaba más de veintiséis años de edad; vestía camisa deportiva y gastados
pantalones de brin. Sus labios se distendieron en una entusiasta sonrisa
respondiendo a la que apenas se esbozara en la boca de la criatura.
—La señorita Aurora
Hall —presentó formalmente el sargento—. Quiere hablar con el doctor Claypool.
Le dije que tal vez tú puedes ayudarla, Frank.
Ironsmith golpeó su
pipa contra el hierro de la bicicleta y la estudió. Luego, advirtiendo la
ansiedad de la niña, sacudió tristemente la cabeza.
—Tendrías que ser por
lo menos un general —dijo. Su voz era amable y suave—. ¿No sería igual otro?
—Nadie más que el
doctor Claypool —repuso solemnemente la niña—. Y es muy importante.
—Me imagino que sí.
¿Se puede saber de qué se trata? Los ojos de la niña, enormes y límpidos,
miraron más allá de él. Sus labios delgados y azulados se movieron
imperceptiblemente y su cabeza se inclinó hacia un costado, con un sacudón de
la cinta roja que la adornaba. Evidentemente estaba escuchando algo inaudible
para los demás.
—No puedo decirlo
—repuso, volviendo su mirada rápidamente hacia Ironsmith—. ¡Pero se trata de
algo que va a ocurrir muy pronto y que el señor White dice que será terrible!
¡Por eso debo ver al doctor Claypool!
Ironsmith la miró y
luego paseó sus ojos por el soleado camino a través del desierto. Sus ojos
advirtieron los movimientos involuntarios de los pies descalzos de la criatura
y sonrió con simpatía.
—Dime, Aurora...
¿Dónde dejaste a tu familia? —No tengo familia —repuso ella sencillamente—. Los
policías me encerraron en una casa grande y oscura, con horribles barrotes en
las ventanas, pero ahora estoy bien, porque el señor White vino con sus amigos y
me sacó a través de las paredes...
Ironsmith se rascó su
juvenil barbilla pensativo.
—El doctor Claypool
es muy difícil de ver —repitió—. Pero tal vez podamos arreglar alguna otra
cosa. Suponte que vayamos a una confitería y te comas un gran helado mientras
discutimos el asunto —alzando la vista se dirigió al sargento—. Después la
acompañaré a la puerta, ¿eh?
Pero la niñita
parecía estar escuchando nuevamente a alguien que le hablara desde muy lejos.
Con cierto esfuerzo hizo un gesto negativo.
—¿No tienes hambre?
—insistió Ironsmith—. Tienen cuatro clases distintas de helados...
—Gracias —murmuró
Aurora suavemente—. Me gustaría mucho aceptar, pero el señor White dice que no
tengo tiempo...
Volviéndose se apartó
del portón y se alejó firmemente. Más allá el camino era poco más que una, faja
serpenteante sobre el antiguo basalto de las montañas. La única ¡morada humana
que se divisaba sobre el desierto era poco más que una lejana mota de tizne
manchando el horizonte.
¡Espera, Aurora!
—gritó Ironsmith, intrigado y algo inquieto—. ¿Adonde vas?
—El señor White dice
que debo ver inmediatamente al doctor Claypool —explicó la niñita, tragando
saliva—. ¡Pero lamento profundamente haber perdido la oportunidad de comer ese
helado!
Apretando la tarjeta
en el interior de su bolsillo, echó a correr por la estrecha carretera,
manteniéndose todo lo posible al amparo de los riscos con su escasa sombra.
Ironsmith permaneció
inmóvil, mirándola alejarse con creciente preocupación. Se trataba de una
criatura hija del infortunio. La desnutrición había hecho a su cuerpo demasiado
pequeño para el tamaño de la cabeza, y mientras corría parecía una viejecilla afanosa
y encogida.
Ironsmith no la
comprendía. Su lacrimosa determinación lo intrigaba y aquella extraña forma de
prestar atención a la Nada lo había inquietado hasta el extremo de lamentar no
haberle conseguido una entrevista con el doctor Claypool, reglamentos o no de
por medio.
Por un momento el
vestido amarillo brillante y la cinta 'escarlata desaparecieron tras una curva
del camino e Ironsmith aguardó verla reaparecer, frenado su impulso primitivo
de ir tras ella por algo que no alcanzó a comprender. Pero la niña no volvió a aparecer.
—Déjame pasar
—exclamó Ironsmith—. ¡Una criatura sola en medio del desierto, llevada por una
idea absurda de hablar con Claypool! No podemos dejarla marchar a pie. .. Voy a
buscarla... considérame responsable.
El sargento asintió e
Ironsmith se alejó en su bicicleta pedaleando a toda marcha. Así llegó a la
curva, pero no vio a la niña y cuando regresó lo hizo caminando, llevando la
bicicleta con la mano.
—¿Adonde fue? —le
preguntó el sargento con el ceño fruncido.
—No lo sé —Ironsmith
entró, quitándose la tierra de su rostro rosado. Su expresión era de absoluta
perplejidad—. ¡Ha desaparecido!
—¡Yo estuve vigilando
el camino y no la volví a ver¡ —exclamó el sargento, rascándose la cabeza.
Luego, automáticamente, se arregló la gorra y se aseguró que los botones
estuvieran abrochados según el reglamento—. ¡Un asunto muy raro..., muy raro!
Capitulo
II
El doctor Webb
Claypool no era un hombre fácil de ubicar y menos de visitar. Starmont se había
convertido, gracias a sus descubrimientos, en un arsenal vigilado celosamente.
Antes de que la
Supernova Cráter estallara entre las estrellas([1])
para hacerlas palidecer con su brillo, Claypool había sido tan sólo un
renombrado astrónomo. En aquella época tenía treinta y cinco años, y era un
hombre delgado, de corta estatura, moreno, tímido y ansioso de aumentar su
conocimiento, con una segura posición dentro de la difícil aristocracia científica
del mundo. La senda del éxito se abría frente a él y Ruth había abandonado su
trabajo en la compañía de máquinas de calcular para casarse con él.
La Supernova
interrumpió su luna de miel. Luego todo cambió. La recién casada había planeado
todo metódicamente, pues era muy joven y creía aún en los ritos. Por eso habían
ido a pasar aquellos días a la pequeña ciudad costera donde ella viera la luz
por primera vez. Esa tarde, llevando un canasto con comida, habían resuelto
pasear por la orilla del mar y cenar junto a la vieja torre del faro.
—Es la vieja torre de
la Roca del Dragón —explicó Ruth, apoyándole la cabeza sobre un hombro—. Mi
abuelo solía cuidarla y a veces ...
En ese momento él
divisó la débil luz que se encendía sobre el acantilado y alzando la cabeza vio
la estrella. El esplendor violáceo que nacía le quitó por un momento la
respiración. Cuando años más tarde recordaba aquel instante, todo volvía a él,
el frío viento, la fina lluvia de agua salada que llegaba desde las rompientes
y el perfume tenue de Ruth —"Dulce Delirio" se llamaba—. Y las
primeras lágrimas de Ruth...
Porque Ruth lloró. No
era astrónomo para entusiasmarse por los fenómenos celestes. Lo único que sabía
era cómo instalar un integrador electrónico y ponerlo en funcionamiento. Pero
la Supernova Cráter para ella no era más que un punto luminoso. Lo que quería
en aquellos momentos era mostrar a su flamante esposo los sitios donde
transcurriera su niñez, y el hecho de que una estrella lo distrajera la hería
profundamente.
—¡Pero mira, querida!
¡Un hombre puede esperar quinientos años para que se le presente otra
oportunidad como ésta! ¡Una Supernova en nuestra propia galaxia! ¡Piensa lo que
significa para mil
Claypool había
tratado seriamente de hacérselo comprender.
—¡Piensa en una
estrella...,un gigantesco reactor atómico! Durante millones, billones de años
funciona perfectamente, emitiendo su energía en forma mesurada. A veces, dentro
de cierto equilibrio elástico, una estrella brilla con mayor intensidad y
alcanza a aniquilar a sus planetas. Entonces tenemos una nova común. Pero en
otras oportunidades, muy contadas, ocurre algo totalmente anormal. La
estabilidad se quiebra y la estrella estalla, aumentando millones de veces su
brillo y calor normales, cambiando su estado por completo. El problema de sus
causas y mecanismos sigue siendo un misterio sin solución, tan fundamental y
formidable como el fracaso de la fuerza ciega que permite que un átomo se
desintegre.
El fuego rojizo de la
pequeña hoguera que encendieran se reflejaba en el cabello de Ruth, pero la
débil luz de la estrella iluminaba fría en su rostro pálido y lastimado y
convertía en duros diamantes azules a sus lágrimas.
—¡Por favor, querida!
—con una mano había señalado hacia la estrella, advirtiendo que su brazo
arrojaba sobre el rostro de su esposa una sombra dura y negra. ¡Aquella nova ya
debía de haber alcanzado una magnitud estelar de casi -6!
—He estado observando
a esta estrella y durante años tuve todo listo, esperando... En Starmont tengo
el equipo necesario. ¡Ahora puede contestar a mis preguntas... puede
decirnos... todo! ¡Conque, por favor, amor mío!
En ese momento Ruth
se había rendido a aquella pasión, más violenta y urgente que su propio amor.
Sobre la playa habían quedado olvidados el canasto y la manta. Tras una carrera
frenética para llegar a Starmont antes de que la estrella desapareciera frente
al alba, Ruth había acompañado a su marido hasta las tinieblas del
Observatorio, viendo con una sensación de orgullo herido cómo Claypool se
afanaba para preparar su espectroscopio espacial y exponer las placas
fotográficas ultrasensibles mientras todavía brillaba la estrella en el firmamento.
El arranque de
intuición del astrónomo fue comparable al propio estallido de la supernova,
Iluminó los orígenes de aquel cataclismo cósmico, revelándole una nueva
geómetra del Universo, explicando bajo una luz distinta las tablas periódicas
de los elementos.
Durante el primer
momento de afiebrada ansiedad, el astrónomo creyó haber encontrado algo más
aún. Temblando con una debilidad nerviosa incontrolable, dejó caer y estropeó
las mejores placas, que demostraban claramente el desplazamiento rodomagnético
del espectro. Rompió su lapicera fuente, cubriendo página tras página con
símbolos temblorosos; sin saco, temblando al frío de la madrugada, salió del
Observatorio para que Frank Ironsmith verificara en la calculadora su trabajo.
Durante una hora de
loca ilusión sintió en sus manos la respuesta a todas las preguntas del
Universo y descendió del monte ebrio, impaciente, dominado por aquella
maravilla desconocida que creía haber descubierto... para ser amargamente
desilusionado por el joven matemático, que se le reunió pedaleando su vieja
bicicleta para señalarle el error que había en sus cálculos.
Pero pese al
humillante reconocimiento de su equivocación, había aprendido lo suficiente
como para cambiar el curso de la historia y subsiguientemente destrozar
su matrimonio. A más de estropearse poco a poco el estómago. Porque la
correcta ecuación continuaba describiendo un nuevo espectro energético, en el
que podía identificar a la tríada del rodomagnetismo, como antaño el hierro,
el níquel y el cobalto fueran la llave del electromagnetismo.
Así había llegado a
desarrollar la terrible técnica de la conversión total de masa en energía. Eso
había sido cinco años atrás.
En el ínterin Ruth
había planeado muchas veces reanudar aquella luna de miel interrumpida, pero
Claypool nunca tenía tiempo para salir de Starmont. Por fin la joven dejó de
hablar al respecto; la Supernova Cráter había desaparecido mucho tiempo atrás,
convertida en una vaga nebulosa, pero su fría luz violeta había cambiado todo,
arruinando sus vidas.
Las cosas eran
diferentes ahora. El doctor Webb Claypool era un hombre difícil de ver. Estaba
protegido por una doble muralla de guardias externos e internos, para evitar a
los asesinos de la Confederación Triplanetaria y a los niños vagabundos.
Su residencia
habitual se había convertido en una fortaleza de hormigón gris, rodeada por un
cerco. Hombres armados vigilaban día y noche desde cuatro torres artilladas.
La Policía de Seguridad prohibía hablar de las actividades que se realizaban en
el interior de aquel edificio. Seis técnicos trabajaban allí bajo la dirección
de Claypool. Dormían en su sitio de labor, comían allí y cuando salían lo
hacían en parejas que no hablaban de su trabajo más que como "el
proyecto", sin especificar de qué se trataba.
Las actividades
internas estaban divididas en dos: el recinto superior albergaba el Proyecto
Alarma: las autoridades de la Defensa y el Estado Mayor conocían aquella
fase de la organización, mantenida por los fondos de tina cuenta especial
concedida por el Congreso. Nominalmente el Proyecto Alarma consistía en
una serie de detectores que permitían descubrir cualquier arma de fisión
nuclear o de conversión de masa en energía. Diminutas arañas de metal rojizo
giraban sobre sus ejes bajo la cúpula del edificio, buscando constantemente
rastros de actividades peligrosas en los planetas vecinos o en el espacio
exterior.
Empero todo aquello,
si bien funcionaba perfectamente, era una pantalla. Los satélites artificiales
que giraban más allá de la atmósfera estaban mejor ubicados para captar
cualquier onda dé armas nucleares. Lo importante en Starmont era el Proyecto
Rayo.
El Proyecto Rayo era
un arma. Pero un arma como nunca se concibiera sobre la Tierra. Tan sólo nueve
hombres compartían la terrible responsabilidad de conocerlo. Seis eran los
técnicos que ayudaban a Claypool, física y mentalmente aptos para aquel
trabajo. Los otros tres eran el presidente de la Federación Mundial, el
secretario de Defensa y el propio Claypool.
¿Y Ironsmith? Si el
alegre e indolente matemático sacaba conclusiones al margen sobre los problemas
que debía resolver en la sección a su cargo, no lo decía. La Policía de
Seguridad había explorado su pasado sin hallar inconveniente alguno en él. Así,
pues, Ironsmith se paseaba con su vieja bicicleta, trabajaba y no se preocupaba
mayormente.
El Proyecto Rayo
estaba oculto bajo tierra. El armario que estaba en la oficina de Claypool, en
la planta baja, era un ascensor disimulado. El pozo descendía un centenar de
metros en el corazón de la montaña, prolongándose por túneles de hormigón que
los propios técnicos habían excavado para mantener el secreto más profundo. Los
mortíferos proyectiles estaban allí, y los tubos de lanzamiento se hallaban
disimulados por las aberturas de respiración del edificio principal.
El día aquel en que
la criatura tratara de hablarle, Claypool estaba trabajando en el interior del
subterráneo. A sus espaldas había una gran caja de hierro con las instrucciones
para que se pudieran activar los proyectiles y dirigirlos con mortífera precisión
hacia un blanco prefijado. Esto era porque tal vez un asesino pagado por la
Confederación Triplanetaria podía llegar hasta Claypool, dejando al Proyecto
sin su cabeza ejecutora.
Los proyectiles
aquellos eran más pequeños qua cualquier arma atómica anterior, pero estaban
diseñados para volatilizar la corteza de un planeta por grande que fuera. Su
velocidad podía ser superior a la de la luz; en cuanto a los controles, eran
máquinas "pensantes", con la despiadada inteligencia de lo inanimado.
—¡Por favor, señor!
—la niñita salió del ascensor automático, avanzando silenciosamente con sus
pies descalzos. Un puño cerrado estaba sumergido obstinadamente en el bolsillo
de su vestidito amarillo. La gastada cinta escarlata que llevaba en el cabello parecía
un estandarte valeroso, pero su voz traicionaba una incertidumbre absoluta—.
Perdón... ¿Es usted el doctor Claypool?
El hombre de ciencia
se volvió con incrédula alarma. Sus anteojos cayeron de sus manos,
estrellándose sobre el reluciente piso. Ni siquiera los seis ayudantes estaban
autorizados a penetrar en aquella bóveda secreta, excepto cuando debían cumplir
con algún deber impostergable. Webb Claypool retrocedió un paso, lanzando un
seco grito:
—¿Quién te permitió
pasar?
Por naturaleza era un
hombre bondadoso y amable; no había pasado de ser un gnomo nervioso, miope y
algo calvo, envejecido prematuramente.
Antes de que el Proyecto
Rayo se transformara en una amante celosa, él y Ruth habían soñado con
tener hijos. Pero ahora dormía sus escasas horas en un sofá de su oficina y
arruinaba su digestión con docenas de tazas de café, algunos emparedados y
muchas píldoras de vitaminas. Hasta cuando podía visitar a su esposa en la
hermosa casa rodeada de siemprevivas aquella celosa amante s« interponía entre
ellos.
El Poder tiene su
precio. El amo de semejante arma tenía que estar preparado para usarla en
cualquier momento o ser aniquilado. Claypool no se atrevía a apartarse de los
teletipos que podían llevarle la temida noticia; únicamente en aquella bóveda
subterránea podía experimentar cierta sensación de seguridad, parapetado contra
un ataque por todas las defensas posibles, preparado para golpear con un poder
aterrador a la menor orden recibida.
Ahora la atemorizada
voz de una niña quebrantaba toda aquella seguridad de que se rodeara..
—¿Quién te permitió
entrar? —inquirió secamente.
Su voz era demasiado
aguda. La sacudida provocada por aquella increíble situación lo llenaba de
consternación. Sensible a los olores, captó inmediatamente la esencia de las
flores amarillas del desierto, que la chiquilla oprimía en una mano sucia.
Su gesto debió de
haber sido involuntariamente amenazador, porque la criatura se echó a llorar.
—¡No se enoje, señor!
—exclamó—. Nadie me dejó pasar...
Claypool había visto
hasta en sus pesadillas los rostros de los espías de la Confederación
Triplanetaria; pero esa temblorosa y enclenque criatura de grandes ojos transparentes
no parecía haber ido a asesinarlo. Con un esfuerzo trató de suavizar su voz
indignada.
—¿Entonces cómo
entraste?
—El señor White me
envió a verlo —tímidamente la niña extendió la tarjeta que oprimía en el
interior del bolsillo—. Con esto...
Claypool pateó las
nauseabundas flores que cayeron al suelo, estornudando por el polen, y tomó la
tarjeta. Tembloroso por su propia alarma, leyó las letras azules que la
cubrían. A. WHITE, filósofo.
Bajo el nombre,
escrito con caracteres recios y atrevidos, había un mensaje breve y
perturbador:
"Estimado
Claypool: Compartimos su preocupación por la seguridad de estos desdichados
planetas. Necesitamos su ayuda. Tenemos información vital y aterradora para
proporcionarle; Venga al viejo faro de la Roca del Dragón, solo o acompañado
por Frank Ironsmith. Pero por nadie más. No confiamos en nadie más. (firmado) White."
Los pies descalzos de
la criatura resonaron sobre el piso de hormigón. Claypool alzó la mirada a
tiempo para verla correr hacia el ascensor; precipitadamente trató de
detenerla, pero no lo logró. Las puertas automáticas se le cerraron en la cara,
y una flecha verde se encendió en la parte superior para indicar que subía a
toda velocidad.
Lleno de fría alarma,
el astrónomo corrió hacia el teléfono y llamó a los dos técnicos que montaban
guardia en el puesto de vigilancia del piso superior. Ambos le aseguraron que
no habían visto a ninguna criatura vestida con ropas amarillas. Pero cuando el
ascensor llegó, lo esperaron con sus pistolas desenfundadas.
Con una voz de
advertencia, los dos jóvenes abrieron la puerta y saltaron al interior. El
falso armario no tenía ningún escondrijo posible, sin embargo no hallaron a
ninguna criatura vestida de amarillo.
En realidad, no
pudieron encontrar a nadie. El ascensor había subido totalmente vacío.
Capitulo
III
Claypool era un
hombre razonable. Estaba acostumbrado a razonar frente a toda clase de
maravillas técnicas y prefería ignorar las cosas que podían parecer
inexplicables, dentro del mundo de las reacciones físicas. Por eso los
proyectiles capaces de desintegrar un planeta no lo alteraban ni lo
preocupaban. Era algo comprensible.
Pero la pequeña
Aurora Hall no.
La grotesca
imposibilidad de su visita lo había dejado mudo y helado. Refrenando su impulso
de subir corriendo por la escalera de emergencia, presionó el botón del
ascensor con dedos temblorosos.
Armstrong y Dodge,
los dos técnicos, aguardaban en la planta baja.
—¿La atraparon?
Mirándolo con
expresión extraña, Armstrong sacudió la cabeza negativamente.
—No había nadie en el
ascensor, doctor.
La voz del técnico
era demasiado formal, demasiado cortés, su mirada excesivamente penetrante.
Claypool se sintió enfermo y estornudó debido a la alergia provocada por las
malditas flores silvestres que dejara caer aquella criatura. Con cierta
vehemencia insistió:
—¡Alguien tiene que
haber subido en el ascensor!
—Nadie bajó, doctor
—Armstrong prosiguió mirándolo con aquella expresión peculiar—. ¡Nadie podía
volver a subir!
—¡Pero ella estuvo...
aquí! —gimió Claypool. Esos hombres sabían
la intolerable tensión que constantemente debía resistir y no era extraño que
pensaran que había perdido la cabeza.
—Todavía estoy
cuerdo, Armstrong —exclamó, más sereno.
—Eso espero, doctor.
Los ojos del técnico
seguían siendo inexpresivos.
—Hemos revisado iodo
—prosiguió Dodge, con acento parecido al de su compañero—. Nadie penetró en el
recinto, excepto el personal. Pero hay un detalle curioso.
—¿Eh? —Claypool trató
de mantener su voz serena—. ¿De qué se trata?
—Uno de los
centinelas, el sargento Stone, declaró que hace un rato vio a una criatura cuyo
vestido no recuerda, que deseaba hablar con usted. Stone le dijo que no podía
ser y habló con Ironsmith. Luego se marchó. Parece que tenía una tarjeta para
entre...
—¡Un memento! —lo
interrumpió Claypool, sacando del bolsillo la tarjeta gris y exhibiéndola. Los
dos hombres la estudiaron y la sospecha desapareció de los ojos de Armstrong.
—Lo siento, doctor...
—No puedo culparlo
—repuso el astrónomo débilmente—. Ahora podemos estudiar el problema, ¿eh?
Los tres descendieron
a la bóveda de hormigón y no hallaron a ningún intruso. Los largos proyectiles
seguían en sus nichos. Pero Claypool recogió triunfante las flores amarillas y
las mostró.
Luego volvió a
estornudar.
—¿Qué tiene que ver
con el asunto el perito matemático? —inquirió Dodge.
—Habrá que
averiguarlo.
Webb Claypool tomó el
teléfono y llamó a Ironsmith, diciéndole que lo esperaba en la puerta exterior
del edificio.
Ironsmith llegó
pedaleando su bicicleta y masticando chicle. Sonriendo saludó a Claypool, pero
al ver el rostro tenso de los técnicos se puso serio. El astrónomo por
su parte lo recibió con una pregunta a quemarropa.
—¿Qué pasa con esa
criatura?
—¿Quién?—Ironsmith
desmontó de la bicicleta con los ojos extremadamente abiertos— ¿Regresó?
Claypool observó con
los ojos entrecerrados al juvenil experto y de pronto comprendió hasta qué
punto habían confiado en ese hombre. Una sensación de frío pánico lo invadió.
Anteriormente había tenido oportunidad de entrar en contacto con los astutos
agentes de la Confederación Triplanetaria y su oscura ideología de terror y
conquista. ¿Acaso ese joven bien afeitado y de rostro suave...?
—Está bien... ¿Quién
es esa criatura?
—Nunca la había
vis... —Ironsmith advirtió las flores que Claypool oprimía en la diestra y se
interrumpió, exclamando de inmediato—. ¡Esas flores! ¡La niña las tenía en la
mano!
Claypool estudió un
momento más el rostro rosado del muchacho y luego le entregó la tarjeta,
Ironsmith la leyó y sacudió la cabeza.
—No puedo imaginar
que... —aquí miró a los dos técnicos—. Naturalmente, estoy dispuesto a
acompañarlo
Armstrong protestó
inmediatamente:
—¡Este es un trabajo
para la Policía de Seguridad! Nuestra misión está aquí, en el Observatorio...
¿No pensará arriesgarse acudiendo, verdad, doctor?
Claypool era un
hombre de ciencia y se jactaba de la fría lógica que motivaba todos sus actos.
Sin embargo cuando habló, fue para decir:
—Pienso ir a la cita.
Dodge trató de
disuadirlo, con su evidente sentido común.
—Si este desconocido
tuviera un propósito honesto, se pondría en contacto con usted siguiendo los
caminos más normales... esto no me gusta nada, doctor. Su vida es demasiado
valiosa para el Proyecto. Me parece que deberíamos llamar a la policía.
Pero el Proyecto era
una organización militar y el jefe era Webb Claypool. El astrónomo escuchó
todas las objeciones formuladas por sus dos ayudantes sin dejarse convencer.
Quería saber por qué aquella criatura había podido entrar a voluntad en un
sitio cuya existencia era desconocida hasta para el resto del personal del
Observatorio. Los peligros que podía correr no le preocupaban: lo importante
era saber en qué forma la niñita se había introducido en la bóveda y cómo no
había sido descubierta por sus ayudantes.
Tras telefonear a su
esposa y musitar una excusa para no almorzar con ella, cosa tan común que era
casi diaria, Claypool salió acompañado por los dos técnicos e Ironsmith, a
quien quería tener al alcance de la vista.
Manejando el propio
Claypool. los cuatro hombres se dirigieron en uno de los veloces automóviles
del Observatorio hacia el faro abandonado.
Tras un viaje en que
no se habló casi, el astrónomo detuvo al coche junto a una barrera pintada de
amarillo, colocada en el extremo del camino para evitar que los automovilistas
se desbarrancaran y cayeran al mar.
Estremeciéndose por
efectos del frío viento, Webb Claypool bajó del coche. Ironsmith y los dos
técnicos lo siguieron, el joven matemático abriendo un nuevo paquete de goma de
mascar y ofreciéndolo a los demás.
—Le sugiero que
lleven armas, señor —dijo Armstrong.
Claypool sacudió
negativamente la cabeza. No quería armar a Ironsmith mientras persistiera
aquella informe sospecha.
—Preparen media
docena de cohetes explosivos —ordenó con voz serena y seca—. Si se trata de
espías tratarán de huir. Derriben sin previo aviso a cualquier aeronave que
despegue del faro. ¡Si dentro de una hora no estamos de regreso, vuelen la
torre!
—Sí, doctor —repuso
Armstrong, consultando su reloj y comenzando a preparar los proyectiles para
ser arrojados desde una plataforma portátil, que Dodge armó sin pérdida de
tiempo. Claypool los saludó con una sonrisa de confianza; luego miró seriamente
a Ironsmith.
Mientras esperaba, el
matemático se había dejado llevar por la contemplación de los riscos y
acantilados bañados en la espuma del mar. El astrónomo, fastidiado ante tanta
tranquilidad, le dijo secamente que lo acompañara.
Con una placentera
sonrisa a flor de labios, Ironsmith se dirigió vivamente hacia el faro,
siguiendo un incierto sendero entre las rocas. Claypool, temblando a causa del
frío y húmedo viento, lo siguió.
Mientras caminaba,
Claypool pensó por primera vez en lo que haría si se trataba de una trampa
tendida por los espías de la Confederación Triplanetaria. Armstrong y Dodge
estaban demasiado lejos para servirle de ayuda alguna. Ironsmith debía de ser
totalmente inútil en una emergencia, si no se trataba también él de un
enemigo... y una rápida lancha a motor podía llevarlo prisionero sin que sus
dos ayudantes pudieran siquiera advertirlo.
—¡Vamos! ¡Vamos! —la
voz era infantil y tenía cierta urgencia en el tono. Claypool alzó la cabeza
para mirar a través de la creciente neblina y entonces la vio. Pequeña y
solitaria, con su vestido amarillo azotado por el viento húmedo y las huesudas
rodillas azules a causa del frío.
Capitulo
IV
Claypool trepó,
inquieto y sin aliento.
—¡Por favor, tenga
cuidado! —le llegó nuevamente la voz de la niña, perdidas dos o tres palabras
por la violencia del viento y las olas—... húmedas y puede caerse, .., el señor
White espera. ¡Dice que está muy contento por su visita!
Ironsmith corrió a
encontrarse con la niñita saltando sabré las rocas rociadas de tanto en tanto
por las olas. Al llegar junto a. ella le sonrió y diciéndole algo
inaudible, le dio una tableta de goma de mascar. La criatura le agradeció
gravemente y Claypool pensó que se demostraban excesiva confianza.
Aurora Hall lo
recibió con una tímida sonrisa, extendiendo una mano pequeña y sucia hacia
Ironsmith que la tornó alegremente para dejarse conducir.
Por fin llegaron a
una arcada abierta en la base de la vieja torre.
—¡Señor White! —llamó
Aurora con voz tímida—. ¡Señor White!
Un hombre corpulento
salió casi inmediatamente. Era muy alto y tenía cierto aire espléndido de
aristócrata vagabundo. Su flotante cabellera y magnífica barba eran rojas. Los
planos angulosos de su rostro rubicundo indicaban una fuerza interior poco
común.
—Sabía que vendría
—exclamó, con una voz atronadora mas tenemos noticias que lo perturbarán
seriamente. Pase debajo—. Lo necesitamos muy seriamente, doctor. Acle—y
conocerá a mis asociados...
Ironsmith estrechó
afablemente la mano del gigante, pero Claypool retrocedió un paso, temeroso de
hallarse frente a un espía de la Confederación. El acento de White no era local
y tanto la túnica larga como la capa plateada que llevaba parecían de un tejido
totalmente extraño a la Tierra.
—¡Un momento!
Muéstreme sus papeles, señor White.
—Lo siento,
Claypool—la rojiza cabeza del gigante se agitó negativamente—. Viajamos muy
ligeros de equipaje. No llevo documentos conmigo.
La fría sensación de
sospecha invadió más profundamente al astrónomo.
—Usted tiene que
poseer documentos de identidad, señor White. Sabe muy bien, que la Policía de
Seguridad los exige a todos los ciudadanos. Si usted es forastero, como creo,
no puede haber abandonado el espaciopuerto sin una visa en su pasaporte.
White lo miró con
ojos brillantes y azules.
—No soy ciudadano
—repuso suavemente el gigante—. Además no llegué a la Tierra en vehículo
alguno.
—Y entonces corno...
Claypool se
interrumpió conteniendo la respiración. La niña había llevado la mano al
bolsillo sacando una conchilla de brillantes colores que ofreció a Ironsmith.
El matemático la tomó con toda seriedad y le agradeció haciendo una reverencia.
Resultaba sospechoso advertir en qué forma se mostraba familiarizado con
aquella gente...
—¿Cómo hizo esta
criatura para entrar en Starmont? —inquirió, parpadeando.
White lanzó una
atronadora carcajada.
—Aurora tiene algunas
facultades notables —repuso.
—Oiga, señor White
—un rápido resentimiento se advertía en la voz del astrónomo—. No me gustan sus
veladas insinuaciones y tampoco el método que utilizó para atraernos hasta
aquí. Exijo una inmediata explicación.
—Usted está tan
rodeado por las regulaciones que es imposible acercársele —repuso suavemente el
gigante, desarmándolo con su amable sonrisa—. Aurora tuvo que evitar todo eso.
Le aseguro que necesitábamos reunimos con usted desesperadamente. No tema: no somos
agentes de la Confederación Triplanetaria... y apenas hayamos hablado podrá
regresar libremente, antes de que sus dos ayudantes abran fuego contra la
torre.
Claypool lo miró con
la boca abierta. Luego se volvió hacia la barrera amarilla donde quedara el
coche de Starmont. La distancia era demasiado grande y la neblina impedía que
los movimientos de sus agentes pudieran percibirse.
—Yo me hago llamar
"filósofo" —prosiguió el gigante con su voz atronadora—, pero es tan
sólo una triquiñuela para despistar a la policía de ciertos países cuando se
pone demasiado pesada respecto de mis actividades. Pero no es realmente mi profesión...
—¿Y se puede saber
cuál es su profesión, señor White?
—Actualmente soy un
soldado. Combato en una guerra desalmada contra un enemigo secreto y
terrible...; hace muy poco llegué hasta aquí para reunir a mis escasas fuerzas.
Estamos preparándonos para la última batalla. —White señaló la vieja torre—.
Esta es mi fortaleza y aquí tengo acantonado a mi ejército. Tres hombres y una
criatura privilegiada. Nos estamos entrenando para un audaz asalto: solamente
los más arriesgados podrán tener éxito en un ataque contra un enemigo
increíblemente poderoso y astuto. Pero ahora tenemos malas noticias. Hemos
tenido algunos reveses y por fin llegué a la convicción de que será imposible
triunfar sin la ayuda de algunos ingenieros rodomagnéticos de primera
categoría.
Claypool se
estremeció al oír esta última frase, pues la ciencia de la rodomagnética
continuaba estando clasificada entre los secretos militares más impenetrables.
Hasta. Ironsmith, cuya sección cómputos había contribuido a sustentar
las teorías de la nueva ciencia, no había sido informado de sus terribles
aplicaciones.
Tratando de disimular
la consternación que lo dominaba, el astrónomo inquirió secamente:
—¿Con qué
autoridad...?
La lenta sonrisa de
White lo interrumpió:
—Mi autoridad estriba
en el hecho de haber enfrentado muchas veces a ese insidioso enemigo. Naciones
y planetas han caído en sus manos, paro yo reconozco el peligro y he podido
hallar un arma. Por ahora estoy solo, . ., a menos que usted resuelva unirse a
mí.
—¡No hable con
charadas y explíquese! —gritó Claypool, irritado —. ¿Quién os ese enemigo?
—Pronto tendrá
oportunidad de enfrentarlo —repaso suavemente el gigante—, y creo que también
usted lo llamará así. Se trata de un enemigo inteligente y casi invencible,
porque el arma que usa es la benevolencia. He venido a formularle una triste
advertencia, Claypool. Pero antes quiero que conozca el resto de mi grupo.
Mirando inquieto al
pelirrojo, Claypool sintió que su cuerpo temblaba. White se movió con una
agilidad increíble en un hombre de su corpulencia y el astrónomo pudo
estudiarlo mejor mientras lo seguía. Ancho de espaldas y estrecho de cintura,
era un filósofo peculiar y un extraño soldado.
El astrónomo volvió a
estremecerse al recibir el soplo helado del viento. Sintiendo que estaba
entrando en una trampa, continuó adelante, atraído por el cebo que era aquella
chiquilla que había entrado en un sitio infranqueable para cualquier mortal
común.
La habitación
principal de la torre era circular, débilmente iluminada por estrechas ventanas
abiertas en la pared rocosa. Claypool parpadeó un par de veces y cuando se
acostumbró a la semipenumbra advirtió la presencia de tres hombres.
Estaban sentados en
cuclillas en derredor de una diminuta hoguera; uno estaba ocupado guisando algo
sobre el fuego y Claypool olfateó el intenso olor a ajo que salía de una vieja
cacerola de hierro.
Ironsmith saludó
apreciativamente con la cabeza, y los tres hombres le hicieron lugar junto al
fuego; el matemático se ubicó acompañado por la niña, que se caldeó las manos
con gesto de deleite.
Claypool se apoyó
contra la arcada de la puerta con gesto incrédulo: allí no había armas de
ninguna clase y los miembros del ejército de White no eran más que tres
vagabundos que necesitaban un baño y una buena afeitada. Luego frunció el ceño
al ver que Ironsmith hacía circular su paquete de goma de mascar; pero los tres
hombres no demostraron advertir su desdén hacia aquel hábito y se sirvieron,
agradeciendo.
White presentó a sus
soldados. El hombre alto y delgado que vigilaba el guiso se llamaba Graystone.
Irguiéndose, se inclinó al oír su nombre: era un verdadero espantapájaros
vestido de negro con ropas rotosas. Su rostro anguloso era cadavérico y su
nariz enorme.
—¡Graystone, el
Grande! —amplió la presentación con voz profunda—. Fui mago profesional y
telépata... hasta que la gente comenzó a perder interés en los tesoros de la
mente. Nos sentiremos honrados si ustedes resuelven unirse a nuestra noble
causa.
"Afortunado"
Ford era un hombrecillo que estaba acurrucado junto al fuego, calvo y anguloso,
con ojos pequeños y astutos. En su vida pasada había sido un jugador
profesional, según aclaró White. Claypool lo miró con cierto asombro: mientras
mascaba su goma, jugaba distraídamente a los dados, arrojando dos que siempre
sumaban siete al quedar inmóviles. Cuando advirtió que el astrónomo había
clavado la mirada en los dados, sonrió.
—Telekinesis —dijo con voz nasal—. El señor White me enseñó la palabra, pero
lo que sé es que siempre saco el número que deseo.
Los dados golpearon
contra un trozo de leña y salió otro siete.
—Esto no es tan
provechoso como usted puede creer —prosiguió Ford cínicamente—. Todos los
jugadores lo tienen en mayor o menor grado y lo llaman "suerte". Pero
cuando uno gana, los tontos siempre creen que se los estafó. Entonces
interviene la ley... El señor White me sacó de una cárcel rural.
Ash Overstreet era un
hombre corpulento y gordo. Estaba sentado sobre una roca, inmóvil. Sus ojillos
se veían disminuidos tras los gruesos cristales de sus anteojos y su aspecto
general era descuidado y enfermizo.
—Clarividente
—explicó White satisfecho—. Extratemporal.
—Cuando era
periodista creía que se trataba de "olfato para las noticias"
—explicó en voz baja Overstreet—. Pero antes de que el señor White me enseñara
a controlar mi extrapercepción comencé a "ver" demasiado y me hice
adicto a las drogas. El señor White me encontró en un manicomio.
Claypool sacudió la
cabeza, molesto. Todos esos fenómenos cerebrales pertenecían a un sector
desprestigiado, en el que la verdad y la superchería se unían tan estrechamente
que resultaba difícil separarlas.
La ciencia no había
podido tomar seriamente en cuenta ni siquiera los casos en que parecía haber
ciertos tintes de realidad, por falta de un método que permitiera comprobarlos.
Por eso Claypool se sintió confundido ante aquella múltiple presentación. Algo
lo hizo mirar hacia la niña de amarillo. Su sitio junto al fuego había quedado
desierto. El astrónomo parpadeó incómodo. Un instante antes la criatura había
estado allí, charlando amigablemente con Ironsmith.
—¿Dónde... ? —comenzó
a decir. Ironsmith miró hacia la puerta, mirando con interés. Claypool volvió
la cabeza y vio aparecer a Aurora.
La criatura entregó a
Ironsmith un pequeño objeto metálico y volvió a sentarse junto al fuego.
—¡Por favor, señor
Graystone! —dijo, mirando la olla del guiso con sus ojos grandes y brillantes—.
¡Estoy hambrienta!
—Usted ya conoció a
Aurora Hall —estaba diciendo el gigante pelirrojo—. Su don es la
teleportación...
—¡Tele... qué?
—Claypool se interrumpió ante la sorpresa que lo dominaba.
—Tendrá que aceptar
que es muy buena —exclamó White. La niña lo miró con sus grandes ojos brillando
llenos de admiración. El gigante siguió hablando—. Es más..., puedo
garantizarle que posee la mayor habilidad psicofísica que he descubierto en una
docena de planetas distintos... Y sin embargo en el mundo de los seres que se
consideran normales Aurora era un fracaso. La encontré en un reformatorio: el
único que había reconocido su habilidad latente era un ratero que la utilizaba
para sus delitos.
El rostro
transparente di; la niña sonrió a Webb Claypool.
—Y el señor White
nunca tiene que castigarme —le informó alegremente—. Ahora tengo siempre comida
y no hay ventanas con hierros que me detengan. ..; el señor White me está
enseñando psicofísica —la palabra resultó algo difícil de pronunciar, pero la
criatura prosiguió luego más rápidamente—. Ahora me dijo que hoy cuando fui a
buscarlo a usted al sótano de las montañas, estuve muy bien.
—Yo... creo que es
cierto —asintió Claypool débilmente.
La niña volvió su
mirada hacia Ironsmith y comenzó a comentar con él sus estudios. Claypool pasó
la mirada por las paredes sucias de humo. White lo advirtió.
—Una curiosa
fortaleza, lo reconozco —exclamó—. Pero todas nuestras armas las llevamos en el
cerebro, y la persecución de nuestros enemigos nos ha dejado casi sin recursos.
Ofuscado, Claypool
observó al pequeño jugador arrojando los dados para sacar nuevamente siete.
Aquél debía de ser un truco bien practicado, y la aparición de la niña en
Starmont, otro. Ningún científico que se preciara de serlo podría aceptar todo
aquello como algo real.
Lleno de hostil
escepticismo, se volvió para enfrentar a White.
—¿Qué enemigo? —inquirió.
El pelirrojo sonrió.
—Veo que no quiere
tomar mi advertencia en serio —su voz fue aumentando de volumen hasta
convertirse en un trueno—. Pero cuando se entere de las malas noticias que
estoy por darle, cambiará... ¡Masón Horn aterrizará esta noche!
Claypool tragó saliva
dificultosamente, tratando de disimular su violenta sorpresa. Porque aquellos
extravagantes seres fueran espías de la Confederación o simples vagabundos, no
tenían derecho de conocer el nombre o la mera existencia de Mason Horn.
Capitulo V
Porque la misión de
Masón Horn era otro secreto tan celosamente custodiado como el propio Proyecto
Rayo. Tres años atrás el joven Masón Horn, miembro del cuerpo técnico de
Starmont, había sido encargado de investigar la posibilidad de que la
Federación Triplanetaria hubiera obtenido los medios de producir convertidores
totales de masa en energía, de acuerdo a ciertos datos proporcionados por los
aparatos del Proyecto Alarma. Desde entonces no se había vuelto a
recibir la menor noticia de él.
Por eso, al oír
aquello, Claypool se había sentido profundamente asombrado.
—¡Masón Horn!
—balbuceó—. ¿Acaso descubrió...?
La cautela de siempre
lo forzó a silenciar, pero la gran cabeza de White asintió, señalando hacia Ash
Overstreet. Volviéndose lentamente, el clarividente miró hacia adelante a
través de sus gruesos anteojos. Su rostro lívido tenía una indefinible expresión
de estupidez.
—Masón Horn resultó
un experto agente secreto —susurró—. En realidad y pese a que lo ignora, ha
desarrollado extraordinarias facultades extrasensorias, que le permitieron
averiguar todo cuanto ha querido. No comprende! exactamente qué es lo que ha
traído consigo, pero está dominado por un oscuro terror. Sabe que la conversión
total de masa en energía es posible... y la Confederación posee el secreto.
Las rodillas de
Claypool estuvieron a punto de doblarse ante el impacto asestado por aquella
noticia. Carraspeando, se humedeció la garganta para poder hablar.
—¿Conque esta es su
mala noticia?
Pero White sacudió
negativamente la cabeza.
—No. Nuestro enemigo
es más serio y peligroso qué la Confederación Triplanetaria. Su arma es más
mortífera, invencible casi. Es simplemente una profunda benevolencia.
Con el estómago
revuelto, Claypool se dejó caer sentado sobre el montón de leña. Con la voz
quebrada protestó:
—Temo que ustedes no
comprendan bien en qué consisten las armas que producen la conversión de masa
en energía. Pueden llegar a convertir toda la materia de un planeta en pura
energía.. .; la guerra se convierte en una inmediata aniquilación del enemigo y
su mundo.
—Un enemigo
benevolente puede ser peor que uno despiadado— repuso White. El gigante se
acercó y se sentó, con sus movimientos ágiles y vigorosos.
Un odio profundo y
una determinación férrea resonaron por debajo del acento grave de su voz.
—Nuestro enemigo se
originó en el cuarto planeta de la estrella Ala. .. Hace noventa años ese
planeta debió enfrentar el mismo dilema que hoy día la Tierra. La difícil
elección entre esclavitud o destrucción. Pero un hombre al que llamaremos
Sledge, creó la tercera alternativa. .. —el hechizo recio de la voz de White
mantuvo silencioso al astrónomo—. Allá como aquí la ciencia física había
avanzado demasiado para el progreso moral de la mayoría de la población...; en
el cuarto planeta de la estrella Ala ya se conocía el rodomagnetismo hace casi
cien años. Recuerde usted que esa estrella está a una distancia fabulosa de la
Tierra y su Sol. Doscientos años luz de distancia. Sledge vio cómo el demonio
de la técnica estaba a punto de destruir a su planeta natal. Entonces utilizó
su genio para inventar y materializar robots rodomagnéticos a los que llamó
humanoides, cuya misión sería evitar que los seres humanos fueran destruidos
por su insensata ambición. La broma del caso fue que los humanoides resultaron
demasiado perfectos... Yo conocí a Sledge —bajo el tono tranquilo de aquella
voz atronadora, Claypool advirtió un timbre de salvaje odio—. En otro
planeta... en esa época era un viejo que luchaba desesperadamente contra los
monstruos que creara... huyendo de sus humanoides—, que lo perseguían de
un mundo a otro, mientras impedían que en aquel sector de la Galaxia pudieran
producirse guerras. Tal cual Sledge lo planeara, sólo que en una forma
excesivamente perfecta... En aquellos días yo era un niño sin hogar, vaga hundo
de un mundo arruinado precisamente por la guerra. Sledge me crió y me salvó del
terror y el hambre Yo crecí a su lado, unido a —él en su cruzada contra los
seres que su genio había creado...; durante muchos años trabajé a su lado,
mientras probaba un arma, y luego otra, en su lucha contra los humanoides, fracasando
una y otra vez. Sledge envejeció, tratando constantemente de convertirse en un
hombre de ciencia y fracasando también en esto. A mí me fallaban sus
condiciones para la ciencia. Yo crecí estudiando poderes ocultos en el ser
humano que Sledge nunca había podido descubrir. Por fin nuestras filosofías
llegaron a diferir totalmente: Sledge depositaba toda su confianza en la
ciencia física, en las máquinas. Y estaba equivocado al querer destruir a los humanoides
por medios mecánicos, pues esos robots son tan perfectos como puede llegar
a serlo una obra humana material. Yo en cambio confiaba en algo muy distinto.
En el ser humano, en sus latentes posibilidades... Para salvar a la Humanidad,
comprendí que debía ayudar al hombre a desarrollar los poderes que tiene
latentes en su propio cerebro, en sus facultades psíquicas tanto tiempo
olvidadas... —el gigante miró hacia el fuego y suspiró—. Por eso Sledge y yo
nos separamos. Lamento decir que nuestra despedida fue amarga...; yo le dije
que era un tonto con mente fosilizada y él me pronosticó que mis esfuerzos sólo
conducirían a la mecanización de la especie humana en toda la galaxia. Sledge
se marchó, para intentar provocar una reacción en cadena en las aguas y rocas
de "Ala 4ª", el planeta de los humanoides, utilizando un arma
rodomagnética. No volví a verlo, pero sé que fracasó, porque los humanoides no
se han detenido.
Los ojos azules de
White se dirigieron hacia sus reducidas huestes. El telépata, el clarividente,
el telecinético jugador y la niña capaz de teleportarse...
—Así, pues, sigo
combatiendo a la benévola creación de Sledge con ayuda de los restos de un
ejército derrotado —prosiguió diciendo con, un suspiro——. Y éstos son mis
soldados. ¡Mírelos! ¡Los ciudadanos más talentosos de Ja Tierra! Y los hallé en
el arroyo, la cárcel y el manicomio .... pese a que son la última esperanza de
la especie humana!
Claypool desvió su
mirada de aquel rostro indignado que despedía rayos con la vista y preguntó
algo inquieto:
—No comprendo bien
qué clase de armas tienen ustedes ...
—Una es lo que
podemos llamar el desequilibrio precario del átomo. —¿Cómo? —Tome usted
un átomo de potasio 40 —la voz de White se tornó suave y paciente—. Usted sabe
como científico, que un átomo tan inestable como éste puede detonar en
cualquier momento, si bien suele ocurrir que mantiene su equilibrio durante
millones de años. Se trata de una verdadera máquina de azar, como una ruleta. Y
como toda las máquinas de juego, puede ser manejado a gusto. Siendo más pequeño
que un par de dados, es más fácil que éstos do mover por medio de la
telequinesis...
Claypool miró
inquieto hacia el delgado "'Afortunado" Ford, que seguía jugando con
sus dados, sacando constantemente siete.
—Pero ¿cómo puede
controlar un átomo? —inquirió. Los ojos azules de White demostraron la
preocupación que lo dominaba.
—No estoy muy seguro
—gruñó—. Pese a que Aurora lo hace bien y el resto de nosotros ha tenido éxito
en algunas oportunidades... Parecería que los niños aprenden más rápidamente
las artes mentales que los adultos, porque no están envenenados con la enseñanza
científica ortodoxa. Pero la verdad es que los hechos que he descubierto son
generalmente contradictorios y poco completos. Puede que los principios de la
física atómica no se apliquen a los fenómenos
psicofísicos.'..'; también es
probable que nuestros sentidos sean demasiado groseros para captar partículas
nucleares. Sospecho que el tiempo y el
espacio físicos son también quimeras originadas en nuestras limitaciones para
percibir 3a verdadera realidad. No lo sé. Pero lo real es que el cerebro humano
puede detonar un átomo de potasio 40. Los anchos hombros se encogieron líenos
cíe fatiga. —Yo tuve muchos sueños, Claypool.. ., sueños de una nueva era
dorada, con mi ciencia de la mente terminando con los restos de animal que hay
en el hombre y también con el reino de las máquinas... creía que podía llegar a
conquistar la materia, el espacio y también el tiempo. Pero fracasé. No sé por
qué, fracasé, Claypool. Puede que exista una barrera que no llegué a ver,
alguna ley natural que no alcancé a conocer...
El corpulento
pelirrojo volvió a encogerse de hombros. —No lo sé —repitió amargamente—. Vero
ya no tengo tiempo de intentar otro camino. Los monstruos mecánicos están sobre
nosotros...
E i astrónomo lo miró
incrédulo.
—Los humanoides de
Sledge han atravesado ya sus defensas —le aseguró solemnemente White—. Esos
aparatos inteligentes son mejores agentes secretos que el hombre. Tienen
suficiente astucia como para no ser descubiertos por medios comunes. No duermen
ni pierden el tiempo...
—¿Cómo? —exclamó
atónito Claypool—. ¿No querrá usted decir... espías mecánicos?
—Con toda seguridad
usted se ha encontrado con ellos —replicó el gigante suavemente—. Usted no
podría reconocerlos. Pero yo sí; con todos mis fracasos en psicofísica, .sé
distinguir un hombre de una máquina...
Claypool tragó a
duras penas, incrédulo pero impresionado.
—Ya han estado aquí
—prosiguió White—. Y Overstreed cree que el informe de Masón Horn será la señal
para que ataquen. Ya ve que no tenemos tiempo que perder. Para detenerlos
debernos contar con todos los elementos posibles. Por eso necesitaremos
técnicos rodomagnéticos. —No alcanzo a comprender —balbuceó Claypool. —Los
humanoides son máquinas rodomagnéticas que responden a un control ubicado a
billones de billones de kilómetros de distancia. Es allí donde debemos
atacarlos, mo aquí. Por eso
necesito un ingeniero en rodomagnetismo —el barbudo gigante se inclinó hacia el
astrónomo—. ¿Qué dice Claypool? ¿Quiere unirse a nosotros? Sintiéndose molesto
sin saber por qué, Claypool dudó por una fracción de segundo. El mundo que le
permitiera atisbar White era fascinador. Pero si sus palabras sobre el regreso
de Masón Horn eran reales, su puesto estaba en Starmont, aguardando el momento
terrible de utilizar el Proyecto Rayo para defender a la Tierra contra
la Confederación Triplanetaria.
—Lo siento —dijo
secamente—. Pero no puedo.
Cosa extraña, White
no pareció dispuesto a discutir. En lugar de hacerlo, se volvió hacia
Ironsmith.
—¿Y usted? —Je
preguntó suavemente.
Los ojos de Claypool
se estrecharon al observar al matemático. Si aceptaba, podía señalarse su
actitud como una complicidad anterior con aquel extraño grupo de seres
absurdos, con lo que la ilusión de Ja visita de Aurora Hall quedaría explicada.
Si se trataba de una ilusión...
Pero Ironsmith
sacudió serenamente su pajiza cabeza.
—No alcanzo a ver qué
es lo que los humanoides tienen de malo, si realmente pueden eliminar la
guerra —dijo—Por lo menos, de sus palabras no surge nada terrible.
Los intensos ojos
azules de White se tornaron, casi negros.
—Ya están aquí —dijo
con acento salvaje—. Y cuando ustedes los vean, cambiarán de manera de pensar.
—Puede ser —repuso
sonriente Ironsmith—. Pero no lo creo.
El gigante se
enderezó como si la imperturbable calma del matemático lo hubiera golpeado.
Tenso por la impaciencia que lo dominaba, se volvió hacia Claypool:
—Aunque no .se una a
nosotros, aún puede hacer algo. Advierta a la nación que los espías humanoides
se han infiltrado en las defensas y que una flota de invasión se acerca
desde el extremo de la galaxia. Como consejero del Departamento de Defensa,
usted será escuchado y tal vez logre detener la invasión durante el tiempo
necesario para...
White se interrumpió
repentinamente, mirando a Ash Overstreet que se acababa de agitar en la roca
donde estaba sentado. Su rostro pálido parecía perdido, y si bien no habló, el
viejo Graystone captó evidentemente sus pensamientos, pues exclamó con urgente
acento:
—Es hora de que se
vayan... sus ayudantes se están poniendo nerviosos. Imaginan que somos agentes
de la Confederación Triplanetaria y están preparados para volarnos con la
torre. ¡En estos momentos Armstrong está calculando el tiempo exacto y Dodge
acaba de apuntar hacia aquí los cohetes!
Capitulo
VI
Claypool miró su
reloj y se incorporó de un salto. Sin ceremonia alguna echó a correr, saliendo
de la torre y deteniéndose en la entrada para agitar su sombrero
frenéticamente, en la esperanza de que Armstrong y Dodge pudieran verlo a
través de la neblina.
Tras él, Ironsmith
salió más tranquilo, entregando a la pequeña Aurora Hall las monedas y los
paquetes de goma de mascar que tenía en sus viejos pantalones.
—¡Vamos¡ —lo llamó
Claypool, nervioso—. ¡Antes de que tiren!
—No lo harán —repuso
el matemático tranquilamente, siguiéndolo.
—¿Cómo lo sabe?
Sonriendo, Ironsmith
sacó del bolsillo el trozo de metal que le entregara la criatura minutos antes.
—Aurora sacó los
detonantes de los tubos —explicó tranquilamente—. Es una criatura muy
inteligente.
Llegaron junto al
automóvil donde los dos técnicos aguardaban nerviosamente.
—Ya había pasado casi
esa hora —dijo Dodge, suspirando aliviado—. Temíamos no volverlo a ver, doctor.
Con voz opaca,
Claypool les dijo que descargaran los tubos y revisaran el mecanismo.
Los dos hombres así
lo hicieron, encontrando que faltaba el detonador; al recibirlo de manos de
Ironsmith se mostraron inmensamente sorprendidos.
—No se preocupen
ahora por esto y volvamos a Starmont —les ordenó secamente Claypool—. Si no me
equivoco, pronto tendremos que activar el Proyecto Rayo.
Sentándose en la
parte posterior del automóvil junto a Ironsmith, Webb Claypool se sumergió en
sus pensamientos, mientras Armstrong se hacía cargo del volante del coche.
Tras un rato de
viajar en profundo silencio, el astrónomo golpeó con el codo a Ironsmith, que
se había quedado dormido, y lo despertó:
—Yo soy un hombre de
ciencia —le dijo con cierta ansiedad—. No me interesan nunca los fenómenos que
no pueden reproducirse a voluntad. Estas cosas vinculadas con la parafísica
siempre me molestaron.
—Recuerdo haber leído
un ensayo que usted escribió hace algunos años sobre la evidencia existente de
la percepción extrasensorial... Fue un ataque bastante violento.
—No hice más que dar
un informe de laboratorio —repuso con acento defensivo Claypool—. La firma
donde trabajaba Ruth había preparado material para realizar ciertos
experimentos de psicofísica. Yo creí advertir que ella consideraba el asunto
con demasiada seriedad y dupliqué el equipo, tratando de repetir esos
experimentos a satisfacción. Mis experiencias dieron como resultado una curva
de distribución casual.
—Lo que puede haber
sido una excelente prueba de acción extrafísica —sonriendo misteriosamente ante
la exclamación asombrada del astrónomo, Ironsmith prosiguió—. La investigación
parafísica requiere cierta modificación en los métodos de la física clásica...
El que experimenta, forma parte de su propio experimento. Un resultado negativo
puede ser simplemente una lógica resultante de un propósito negativo...
Claypool observó
incrédulo al matemático, corno si descubriera una nueva personalidad ante él.
Ironsmith nunca le había parecido mucho más que un simple engranaje adjunto a
los calculadores electrónicos, serenamente satisfecho con su trabajo. Inclusive
había llegado a fastidiarlo con su forma informal de vestir y su total falta de
ambición. Sus amigos eran porteros, centinelas, soldados, camareras y
operadoras telefónicas. Siempre había demostrado una irritante irreverencia
hacia la aristocracia del intelecto.
—El propósito es la
clave de todo este tipo de investigación. Por eso creo que White no logrará
triunfar. En lugar de buscar la verdad, busca armas. Por eso creo que jamás
aprenderá a derrotar a los humanoides. Los odia demasiado.
Los ojos de Claypool
se achicaron par volverse a abrir. El resentimiento que le producía la voz
suave de Ironsmith lo llevó a formular una amarga protesta.
—White tiene sus
razones. Sabe más que nosotros. Conoce de cerca a los humanoides. Yo
pienso preparar un informe completo de esta advertencia que nos ha formulado,
para que lo estudie la autoridad competente en el Departamento de Defensa.
Nuestras fuerzas militares tienen que ser advertidas.
—Si yo fuera usted,
doctor, lo pensaría dos veces. —Ironsmith sacudió la cabeza—. Este asunto
podría parecer extraño para cualquiera que no haya estado en aquel sitio.
Nuestro propio testimonio parecería absurdo ante una comisión militar. Por lo
demás, pienso que estos nuevos elementos en danza podrían solucionar las cosas.
Cuanto más lo medito, mejor me parece que los humanoides lleguen a
venir...
Claypool recordó la
mirada de duda que apareciera en los ojos de Armstrong al enterarse de la
visita de Aurora Hall. Las autoridades militares podían manifestar esas mismas
dudas en forma un poco más violenta.
Tras pensarlo un
momento, resolvió aguardar una oportunidad mejor, para cuando contara con mayor
evidencia
Se ponía el sol
cuando el automóvil se detuvo frente a los edificios de hormigón.
Claypool se sentía agobiado a descender, pero Ironsmith no parecía conocer la
fatiga Bajando de un salto, el matemático buscó su bicicleta 3 se alejó
pedaleando.
El aviso llegó a
medianoche, iluminando un tablero especial con su señal de alarma en código. El
Proyecto Rayo estaba por ser aplicado con su mayor potencia.
Capitulo
VII
E] aviso era una
alerta Roja, lo que significaba que dos proyectiles debían de estar preparados
para cada uno de los planetas miembros de la Confederación. Con sólo oprimir un
botón, tres mundos desaparecerían convertidos en polvo cósmico.
Cinco minutos después
llegó un segundo mensaje que llamó a Claypool a la capital, para encontrarse
presente durante una reunión de la Secretaría de Defensa en pleno. Su avión
oficial aterrizó bajo la fría lluvia en un aeródromo militar. Allí lo aguardaba
un automóvil cerrado, que se sumergió
en un túnel que conducía hasta una cámara subterránea.
Aguardando la
reunión, el astrónomo permaneció sentado al pie de una mesa cubierta por una
carpeta verde, luchando con una creciente claustrofobia. Estaba cansado, pues
no había podido dormir durante el vuelo; el estómago le ardía a causa del
desayuno tomado en el avión y necesitaba un baño.
Cuando vio aparecer
?. Masón Horn parpadeó y comenzó a incorporarse para ir a saludarlo, pero los
dos jóvenes tenientes de la Policía de Seguridad que caminaban a ambos lados
del agente secreto lo detuvieron con un gesto. Horn se limitó a hacerle una señal
de reconocimiento. En su mano izquierda llevaba un pequeño maletín de cuero
unido a la muñeca con esposas de acero. Claypool miró esa maleta y se sintió
dominado por un oscuro terror. Hasta ese momento había tratado de desechar la
advertencia de White, formulada por intermedio del clarividente. Pero ahora
sabía lo que aquella valija podía contener, y esto basta para que la locura
amenazara su cerebro.
Los altos jefes
militares y personalidades del Gobierno que integraban el Comando de Defensa
por íin entraron en la cámara de reunión. Nerviosamente se ubicaron en derredor
de la larga mesa con el tapete verde cubriéndola y aguardaron que el anciano
presidente de la Federación Tierra iniciara la reunión,.
El funcionario,
encorvado por el peso de los años y la responsabilidad, se inclinó antes de
sentarse, auxiliado por su ayudante personal, el mayor Steel.
Steel era un hombre
de escasa estatura, extraordinariamente delgado y de movimientos rápidos;
Claypool se sintió preocupado ante la decadencia física del mandatario y su
evidente situación de dependencia respecto del eficaz mayor. Mucho se hablaba
en los corrillos sobre la prodigiosa memoria y extraordinaria eficiencia del
ayudante presidencial, pero Claypool no confiaba en él frente a una emergencia
mundial como la que sabía estaba a punto de producirse.
—Caballeros, tengo
malas noticias para ustedes —la voz del presidente era cascada y su rostro
delgado parecía lleno de fatiga. Débilmente pidió a Masón Horn que diera su
informe.
El agente especial se
separó de los dos tenientes armados y depositó el maletín sobre la mesa. Con
escaso cabello rubio, rostro redondo y rojizo, parecía más bien un viajante de
comercio que un espía interplanetario. Abriendo la pequeña valija, sacó de su
interior un objeto metálico brillante, del tamaño y forma de un huevo.
—Esto es lo que he
traído del sector Bermellón —dijo con voz nasal—. Lo saqué del arsenal militar
de la Confederación Triplanetaria allí ubicado. Como el presidente me pidió que
omita toda referencia científica, me limitaré a explicarles lo que este artefacto
puede provocar. Los hombres que rodeaban la larga y brillante mesa se
inclinaron hacia adelante para escuchar. Sus rostros demostraban la ansiedad
que los dominaba. Los dedos regordetes pero ágiles de Horn desarmaron
rápidamente el huevo metálico, abriéndolo en dos mitades. De su interior surgía
una luz tenue, que iluminaba diminutas escalas graduadas y pequeños tornillos.
—¡Eh! —exclamó el
jefe de Estado Mayor—. ¿Eso es todo?
Horn esbozó una
sonrisa.
—Esto es sólo un
detonador, general. La carga está constituida por cualquier elemento cercano.
Las pruebas secretas efectuadas en el sector Bermellón hace tres años han
demostrado que puede convertir materia en energía con un total de rendimiento
cercano al noventa y siete por ciento. Uno solo de estos artefactos puede
desintegrar a la Tierra, y no hay defensa posible, pues puede ser detonado a
distancia. Además el estallido de un arma atómica de gran poder en el espacio
interplanetario cercano provoca también su explosión... Lo único que nos queda
es prepararnos para morir en cualquier momento.
Y el espía se dejó
caer en su silla, secándose la transpiración que bañaba su frente. El ministro
de Defensa, con el rostro ceniciento por la noticia, miró hacia Claypool, que
hizo un gesto afirmativo con la cabeza: el Proyecto Rayo estaba listo
para aplicarse en cualquier momento. Pero si desintegraban a los tres planetas
de la Confederación, la explosión podía hacer planeta de la Confederación, la
explosión podía hacer detonar a cualquiera de aquellos infernales huevos
metálicos ocultos en la Tierra. Claypool luchó contra aquel dilema infernal y
no pudo hallar una respuesta adecuada. El viejo presidente se volvió lleno de
ansiedad hacia el mayor Steel, que asintió y lo ayudó a ponerse de pie. El
anciano apoyó las manos sobre la mesa y carraspeó.
—Una situación
desagradable, caballeros —dijo con voz cascada—. Parece ofrecernos dos
alternativas solamente...: guerra sin esperanzas o paz sin libertad. Sin
embargo ...
Claypool escuchaba
como entre sueños, presintiendo las palabras que seguirían, pues le recordaban
las de White. —... Sin embargo el mayor Steel nos plantea una tercera
alternativa que puede ser la solución para todos... La revelación fue para mí
algo bastante brusco. Yo no lo esperaba, lo confieso..., pero pienso que no nos
queda otra posibilidad de salvación. Antes de seguir, les advertiré algo para
que no sean tomados por sorpresa. El mayor Steel no es un ser humano.
Claypool sabía que no
debía asombrarse. White lo había preparado para esto. Además, siempre había
desconfiado de la sobrehumana resistencia del pequeño militar, su memoria
prodigiosa y su absoluta competencia. Sin embargo, la afirmación del presidente
lo hizo estremecer de horror.
—Estoy a vuestras
órdenes, caballeros —la voz de Steel había abandonado su timbre humano para
convertirse en algo metálico, inexpresivo—. Si me lo permiten, me quitaré un
disfraz que ya no es necesario.
Y mientras hablaba se
desvistió, se quitó los cristales de contacto que simulaban ojos humanos y
luego, con toda tranquilidad, comenzó a despojarse de la piel plástica de sus
brazos y piernas, sacándola en largas espirales.
Mudo de horror,
Claypool observó sin poder hablar; a su lado una silla cayó hacia atrás al ser
empujada por su ocupante. Una exclamación de incredulidad escapó de la garganta
de uno de los presentes.
Claypool volvió a
sentir náuseas, y sin embargo la cosa que había aparecido bajo el descartado
disfraz humano no tenía nada de repugnante.
Por el contrario, se
la hubiera podido considerar hermosa.
La forma era casi
humana, pero muy esbelta y graciosa. Media cabeza más baja que Claypool, con
cuerpo flexible y negro, la "cosa" que se hiciera llamar mayor
Steel, tenía una placa amarilla sobre el pecho, en la que se leía con
letras brillantes:
HUMANOIDE. Serie N? M8—B3—ZZ. Para servir y obedecer, y guardar de todo daño al Hombre,
Por un momento el humanoide
permaneció silencioso junto al sillón presidencial. Tras la agilidad de su
movimiento, aquella inmovilidad pareció irreal. Rígido, inescrutable y sin
embargo fríamente eficiente. Por fin habló con voz metálica:
—Vuestra alarma es
injustificada, caballeros. Nosotros no dañamos al Hombre. A ningún hombre. La
identidad del "mayor Steel" fue creada porque necesitábamos estudiar
vuestra crisis tecnológica para que cuando llegara el momento de ofrecer nuestra
ayuda, no fuera demasiado tarde.
El ministro de
Defensa lanzó una exclamación.
—¡Señor presidente!
—gritó—. No alcanzo a comprender este extraño asunto..., pero le recuerdo que
nuestro partido se ha opuesto al excesivo desarrollo de la mecánica aplicada a
la robótica porque perjudicaría a nuestras clases trabajadoras y...
El presidente estaba
escuchando con gestos de asentimiento cuando la máquina intervino:
—Nosotros no
provocamos el sufrimiento ni la necesidad de la clase obrera. Por el contrario,
nuestra única función consiste en hacer desaparecer las diferencias sociales y
promover la felicidad humana en todas sus formas.
El jefe de Estado
Mayor dejó caer sus anteojos. —¡Pero... esto piensa!
Los brillantes ojos
oscuros del humanoide se volvieron hacia él prestamente.
—Todas nuestras
unidades están unidas por rayos rodo—magnéticos con la central ubicada en
"Ala 4ª", el planeta de Jos humanoides. En realidad, nosotros
somos los órganos ejecutivos de un gran cerebro que recibe todas las
informaciones y da las instrucciones pertinentes ubicad o en nuestro planeta de
origen. Conocernos todo lo que ocurre en millares de sistemas. Ustedes pueden
recibirnos sin temor, porque existimos tan sólo para servir al hombre. El jefe
de Estado Mayor tragó saliva y sin quererlo dejó caer su vaso con agua.
Moviéndose con increíble velocidad, el humanoide lo enderezó antes de
que el líquido se derramara.
—¡Extraordinario!
—comentó el jefe de Estado Mayor—. (¡Pero cómo pueden abolir la guerra? La voz
metálica, aguda y melodiosa, volvió a resonar. —Estamos acostumbrados a manejar
tecnologías diversas y hemos desarrollado métodos de gran eficacia. Nuestros agentes
en este planeta comenzaron a preparar sus planes hace ya diez años. Las naves
interestelares de nuestro planeta de origen ya partieron hacia aquí para
facilitar la solución de todo. Los arreglos necesarios para que comencemos a
servir son muy simples.
El militar pareció
vacilar ante la certeza con que hablaba aquella máquina inteligente.
—Los espaciopuertos
terrestres, así como los de la Confederación Triplanetaria, deben permanecer
abiertos, pre parados para recibir nuestra flota interestelar. No podemos
perder tiempo. Una vez dispuesto todo, los humanos deberán entregarnos sus
armas, en forma tal que no sea posible iniciar una guerra de agresión. El jefe
de Estado Mayor miró al humanoide colérico—(¿Rendirnos? —el vaso tembló
en su mano y se estrelló contra el piso—. ¡Jamás!
El robot recogió
aceleradamente los trozos de cristal y se volvió a erguir, con la estereotipada
expresión benévola de su rostro plástico. El anciano presidente alzó las manos,
pidiendo que se discutiera el problema.
Claypool no prestó
atención a los gritos que siguieron: el estómago le ardía y trató de digerir
inútilmente los rebeldes restos de su desayuno. Mientras miraba insistentemente
a aquella máquina oscura, trataba de resolverse sin lograrlo. Por un momento pensó
revelar las acusaciones formuladas por White contra los humanoides, pero
esto no era posible, porque el Proyecto Rayo debía ser mantenido en
secreto. Finalmente pasó una noca a! viejo mandatario, pidiendo una entrevista
en privado.
—La Confederación
Triplanetaria puede encontrar sospechoso que haya demoras en adoptarse una
resolución —decía en ese momento la esbelta máquina—. Comprenderán ustedes que
es necesario apresurar al máximo este asunto... De la contrario, pueden
intentar utilizar a! conversor de masas.
El presidente llamó a
Claypool y al ministro de Defensa a su oficina privada, haciéndoles cerrar las
puertas a prueba de sonido. El astrónomo sentía un ardor cada vez más intenso
en el estómago, y todo su cuerpo estaba bañado en sudor pegajoso. Con el rostro
gris y sintiendo que todo giraba al derredor, explicó al mandatario lo que
hablara con White.
—Creo que hasta tanto
podamos averiguar más sobre ellos, debemos mantener a estos robots apartados de
la tierra — terminó diciendo—. Sugiero que disparemos uno de nuestros
proyectiles rodomagnéticos contra un satélite deshabitado y enviemos una nota
de advertencia a la Confederación Triplanetaria. Tal vez así sea posible
mantener la paz sin ayuda de los humanoides.
El viejo presidente
miró en derredor y Claypool comprendió que estaba buscando al "mayor
Steel".
—Temo a la guerra y
confío en Steel —balbuceó.
—Yo creo que debemos
ganar tiempo —insistió Claypool—. Lo más conveniente sería enviar una comisión
a estudiar a los humanoides trabajando en uno de los planetas que los
recibieron.
—No estoy seguro a
Steel...
—¡Un momento, señor!
—protestó Claypool—. Debemos proteger el Proyecto Rayo. Creo que vamos a
necesitarlo.
—No sé qué hacer.
Un mensaje en código
llevado por un ansioso secretario terminó con aquella agonía de indecisión.
—La estación espacial
del satélite exterior anuncia que se acerca una flota de aparatos desconocidos
—leyó el presidente en alta voz, con acento temeroso—. Debe de ser la flota
Triplanetaria.
—No lo creo, señor
—repuso Claypool—. La Confederación Triplanetaria no necesita una fuerte flota
para atacarnos, contando con ese detonador de masas. Seguramente se trata de la
invasión de los humanoides.
—¿Invasión? —repitió
el presidente—. En tal caso creo que debo hablar con Steel...
—¡Un momento, señor!
—exclamó Claypool con acento urgente—. ¡Aún podemos detenerlos! Recuerde que
tenemos el Proyecto Rayo preparado. ¡Envíeles un ultimátum! ¡Deténgalos
hasta que sepamos la verdad!
—Pero temo que... —el
anciano se retorció las pálidas manos, mirando tembloroso al astrónomo—. Si las
cosas van mal..., si Steel me ha mentido, ¿sería posible alcanzar "Ala
4ª" con nuestros proyectiles?
—Con ciertas
modificaciones, señor —asintió Claypool.
El viejo presidente
crispó su rostro arrugado y se volvió hacia la puerta en gesto elocuente. Luego
murmuró:
—Entonces
mantendremos el Proyecto. Modifique lo que sea necesario y reajuste la
vigilancia. Que todo esté preparado —por un momento se interrumpió—. Pero no
creo que ocurra. ¡Confío en Steel!
Con esto terminaron
la conversación y volvieron a la cámara de reuniones.
Minutos después todos
votaban por la afirmativa al solicitarse oficialmente autorización para el
descenso de la flota de humanoides que estaba por llegar.
Capitulo
VIII
La eficiente máquina
que fuera el mayor Steel ayudó a los secretarios del presidente de la
Federación Tierra a redactar los artículos de un convenio por el que sesenta
días después del descenso de los humanoides se realizaría un plebiscito
para ratificar o no el acuerdo entre la humanidad y sus salvadores mecánicos.
A mediodía, con el
mismo robot ubicado tras él, anunció por radio y televisión, la llegada de los humanoides.
Webb Claypool había
encontrado una habitación de hotel, una dosis de bicarbonato y un baño
caliente, lo que, unido a dos horas de sueño, lo mejoraron hasta tal extremo
que inclusive sintió apetito.
La decisión había
sido tomada y el poder del Proyecto Rayo continuaba intacto. Esto alivió
considerablemente la tensión nerviosa del astrónomo, que esperó casi con ansia
el descenso de los hombres mecánicos que llegaban desde el otro lado de la
galaxia. Las advertencias de White parecían ahora lejanas y sin importancia.
Esa misma tarde los
aparatos interestelares comenzaron a aterrizar. Claypool se hizo conducir en su
coche oficial hasta el espaciopuerto para verlos llegar.
Un aparato de
"Ala 4ª" ya estaba posado, sobrepasando a los familiares
cohetes interplanetarios, que estaban amontonados a su alrededor con aspecto
humilde. La astronave de los humanoides era tan monumental que su proa
dirigida hacia lo alto tocaba las bajas nubes.
—Es grande, ¿eh?
—comentó el chófer, volviéndose para mirar.
El astrónomo vio cómo
las puertas laterales de la astronave se abrían para dejar pasar a las hordas
de seres mecánicos, que descendían en cantidad asombrosa. Todos eran idénticos,
más pequeños que los hombres, graciosos y ágiles. Perfectos. El sol brillaba
sobre las placas que llevaban sobre el pecho con su número de orden. Desde la
parte superior de la gigantesca máquina pronto otros aparatos descargaron
paquetes, cajones y bultos.
Aquello era toda pura
nueva tecnología en acción: Claypool, que siempre se había sentido fascinado
por la técnica, bajó del auto para ver mejor.
La primera línea de humanoides
llegó hasta el sitio donde estaba parado el astrónomo, llevando sus cajones
con aparatos. Su actividad silenciosa recordó a Claypool a las filas laboriosas
que salen de un hormiguero.
Observando aquella
eficiencia, Claypool comenzó a experimentar el vago impacto del terror. Eran
demasiados, Y sobre todo, demasiado fuertes y rápidos. Perfectos. La
advertencia de White parecióle ahora más real y presente. Por fortuna el
presidente le había permitido preservar el Proyecto Rayo.
Estremeciéndose,
regresó al automóvil.
—¡Vamos! —ordenó
secamente—. ¡Rápido!
De regreso en
Starmont, Claypool tardó tres días en modificar los proyectiles rodomagnéticos
y adaptarlos a su nueva función. Durante ese tiempo no durmió y se alimentó
casi exclusivamente con café y píldoras antiácidas. La estrella Ala estaba a
doscientos años luz de distancia, pero aquellos mortíferos proyectiles tenían
su propia geometría y viajando por una distinta dimensión podían llegar en
contados segundos a destino.
Cuando el tercer
proyectil estuvo; listo, Claypool se acostó sin quitarse el mameluco de
trabajo, durmiéndose instantáneamente. El despertador pareció sonar casi de
inmediato, y al mirar la hora, advirtió que eran las nueve del día siguiente.
Un breve mensaje
enviado por el ministro de Defensa le informó que debía tener preparado
Starmont para la llegada de un humanoide que iba a inspeccionar las
instalaciones.
Una vez más revisó
los tres proyectiles y volvió luego a la superficie, saliendo por la puerta del
inocente ropero quo había en su oficina.
El humanoide llegó
en un avión militar, acompañado por el inspector general de satélites y su
comitiva. Un coche oficial los fue a buscar al campo de aterrizaje y los llevó
hasta los edificios.
—A sus órdenes,
doctor Claypool— dijo el brillante robot, inclinándose con elegancia. Su cuerpo
resaltaba incongruentemente entre los brillantes uniformes de los militares.
Sin embargo no era desagradable. Por el contrario.
El astrónomo se
estremeció al oírlo hablar, llamándolo por su nombre.
—Hemos venido a
investigar el Proyecto Alarma —explicó el humanoide, con su voz
clara y metálica—. Luego —de la ratificación del tratado, procederemos a quitar
todas las armas de las instalaciones.
—¡Pero el proyecto no
es un arma! —protestó Claypool—. ¡Se trata de un aparato de detección¡
El aire sereno e
imperturbable del robot no variaba en absoluto y su expresión seguía siendo de
absoluta benevolencia. Sin embargo no contestó a las palabras algo ansiosas del
director de Starmont En lugar de hacerlo, siguió adelante.
Terminada la
inspección de las partes instaladas en la superficie, el humanoide se
volvió hacia Claypool.
—Gracias, doctor
—dijo—. ¿Quién era el encargado de la sección matemáticas?
—Un joven llamado
Ironsmith —la voz de Claypool se alzó, demasiado aguda—. No tiene nada que ver
con el diseño de los aparatos...
—Gracias, doctor
—repuso la amable máquina parlante—. Con esto termina nuestra inspección,
excepto que debemos hablar con el señor Ironsmith.
—¡Pero no creo que
sirva de nada! —la alarma corrió por todo el cuerpo de Claypool. La
desesperación de saber que el extraño joven podía saber algo que resultara
perjudicial para la conservación del secreto, lo dominó—. ¡Además mi esposa nos
espera a todos para almorzar!
Pero el humanoide no
se preocupaba por almorzar, y siguió insistiendo en que se respetaran
sus prerrogativas de inspector. Por fin Ironsmith fue llamado y llegó hasta la
puerta pedaleando su vieja bicicleta.
Claypool pasó una
tarde desdichada: su estómago delicado no toleraba el alcohol y la ansiedad le
impidió almorzar, por lo que los cócteles que Ruth sirvió a los
militares de la comitiva le sentaron pésimamente.
Mientras fumaba un
cigarro que terminó por resultarle desagradable, escuchó como los militares
hablaban con acento pesimista sobre el fin de sus funciones profesionales.
El humanoide abandonó
a Ironsmith casi a medianoche y fue a buscar al inspector general y su cohorte
para marcharse. Por fin, cuando todos partieron, Claypool fue a hablar con el
joven matemático a su habitación, en la sección cómputos.
Ironsmith le abrió
con expresión de extrañeza.
—¿Qué ocurre?
—inquirió, mirándolo fijamente—. ¿Por qué parece tan amargado?
Claypool miró en
derredor pero no advirtió ninguna evidencia del trato entre Ironsmith y su
huésped. Los pocos muebles que allí había eran viejos pero confortables. Un
libro sobre la historia de la galaxia estaba abierto sobre una mesita de
trabajo, junto a un cenicero y una botella de buen vino, Ironsmith, con una
camisa abierta y pantalones arrugados, se mosteaba tan amistoso como su propia
habitación.
—Ese robot —balbuceó
el astrónomo— me estuvo molestando todo el día...
—Yo lo encontré muy
interesante...
—¿De qué hablaron
tanto tiempo?
—De nada en
particular... le mostré las máquinas de calcular.
—¡Pero estuvo horas
con usted! —exclamó Claypool—. ¿Qué le preguntó?
—¡Yo le pregunté a
él! —Ironsmith sonrió con placer infantil ante aquello—. El cerebro
rodomagnético que está en "Ala 4ª" conoce todas las matemáticas que
los hombres han aprendido a través de los siglos, y es un verdadero calculador
mecánico... Yo le mencioné cierto problema que no podía resolver y lo
discutimos.
—¿Y eso, es todo?
—Eso es todo —los
ojos de Ironsmith eran claros y estaban cargados de honestidad—. Además no veo
qué motivos puede tener su alarma o el odio de White, el propósito declarado de
estas máquinas es el bienestar de la humanidad. Y me permito recordarle que las
máquinas no mienten.
Claypool no estaba
muy seguro de esto; al mismo tiempo su desconfianza hacia Ironsmith aumentó
considerablemente. Sin embargo la expresión amistosa y benévola del joven
constituía una armadura impenetrable. El astrónomo se tambaleaba por la fatiga
y resolvió abandonar su interrogatorio.
Mientras caminaba
hacia su casa, donde lo aguardaba Ruth, Claypool sintió una repentina envidia
frente a la tranquilidad y despreocupación del joven matemático. El viejo peso
del Proyecto Rayo se tornó repentinamente intolerable sobre sus hombros,
y por un momento deseó que el inspector humanoide hubiera descubierto el
secreto para quedar libre.
Pero de nuevo volvió
a sobreponerse, como lo hiciera tantas veces. Aquellos esbeltos proyectiles que
estaban en el depósito subterráneo eran la única defensa de la Tierra frente a
las hordas disciplinadas y serviciales que acababan de invadirla. Ya no podía
quitarse ese peso de encima. Al día siguiente Claypool fue llamado desde la
capital. El gobierno humano estaba a punto de abandonar sus funciones.
Entretanto, se
preparaba el plebiscito: los dirigentes obreros temían que la competencia de
los robots precipitara a los trabajadores a una crisis económica, y los
sacerdotes de las distintas religiones predecían una catástrofe si aquellas
máquinas se hacían cargo de la Tierra. Pero los humanoides eran hábiles
políticos: en todas las ciudades, pueblos y aldeas abrieron oficinas desde las
que prometieron a los hombres el cielo en la tierra. Cada ser humano tendría su
esclavo mecánico y viviría en el paraíso...
Por fin llegó la
elección y excepto un puñado de reaccionarios, ciegos y obstinados, que votaron
contra el progreso representado por los humanoides, la inmensa mayoría
de la población mundial ratificó el tratado provisorio, dando a los robots de
"Ala 4ª" plenos poderes.
De inmediato las
instalaciones militares fueron desmanteladas. Soldados y astronautas volvieron
a sus hogares; entretanto el gobierno mundial prosiguió su propia liquidación.
—Vuestros deberes han
concluido —dijo un eficiente robot a! presidente y su gabinete, colocando una
lapicera entre los dedos temblorosos del anciano, que firmó resignado su
renuncia.
Claypool regresó a
Starmont a bordo de una aeronave rodomagnética de paredes plásticas
semitransparentes, más veloz y seguro que cualquier vehículo inventado por el
hombre.
—¿Cómo funciona?
—inquirió al humanoide que lo acompañaba.
—El mecanismo es
rodomagnético y está fuera del alcance de las manos humanas —explicó
solícitamente el robot—. No podemos proporcionar mayor información a! respecto,
pues los hombres que gozan de nuestros servicios no necesitan poseer
conocimientos científicos que frecuentemente han sido utilizados para violar
nuestro Principal Mandato.
Starmont había
cambiado durante los dos meses y medio que Claypool faltara. Nuevos edificios y
torres se alzaban por doquier, y la parte verde del paisaje había aumentado
considerablemente.
La puerta de la
aeronave no tenía manivela de ninguna naturaleza que pudiera ser operada por la
mano del hombre, pero se abrió silenciosamente para dar paso al astrónomo.
Dos atentos humanoides
lo ayudaron solícitamente a descender y echó a andar por jardines que antes
no existían. Entonces una brusca sensación de desastre se apoderó de él.
Un aliento de selva
que surgía de un nuevo mundo tropical que ocupaba el espacio destinado al
edificio de la administración y la torre de hormigón donde estaba instalado el
telescopio solar.
—¿Dónde está
—inquirió acusador—. ¿El reflector solar?
Aquel gran telescopio
le había costado la mayor parte de su fortuna y años de trabajo— Gracias a su
ayuda había podido descubrir los secretos de la Supernova Cráter. Y ahora había
desaparecido reemplazado por aquella selva coronada por una hermosa villa de
descanso.
La voz metálica y
suave del humanoide le contestó gentilmente:
—El Observatorio ha
sido eliminado, doctor. —¿Por qué? —el astrónomo enrojeció y su voz se tornó
dura.
—Se necesitaba el
espacio para las modificaciones ambientales realizadas, doctor.
—¡Quiero que lo
vuelvan a colocar!
El robot siguió
mirándolo con sus órbitas metálicas, con aquella expresión de constante
benevolencia estereotipada en su rostro plástico.
—Eso será imposible,
doctor. El equipo del Observatorio es demasiado peligroso para usted. Los seres
humanos se lastiman muy fácilmente con los grandes aparatos, cristales rotos y
soluciones químicas para permitirles usarlas.
Claypool lo miró con
una sorda cólera.
—¿Cómo esperan que
prosiga mis investigaciones astrofísicas sin el telescopio? —gritó—. Lo
necesito.
—La investigación
científica ya no es necesaria, doctor —repuso el humanoide imperturbable—.
Hemos descubierto que el conocimiento torna desdichados a los hombres y la
ciencia se utiliza generalmente para la destrucción. Se ha intentado muchas
veces atacar nuestro planeta con armas derivadas de inocentes
investigaciones...
Mudo de espanto,
Claypool se estremeció.
—Tiene que olvidar
todos sus intereses científicos —prosiguió aquella voz metálica y bondadosa—.
Debe buscar una actividad más inocente. Le sugiero que se dedique al ajedrez.
Claypool comenzó a
maldecir explosivamente. La pequeña máquina lo estudió sin alterarse. Un nuevo
temor dominó al astrónomo.
—¿Dónde está mi
esposa? —inquirió ansiosamente.
—Aquí, doctor —le
aseguró la límpida y cristalina voz metálica—. En la sala de juegos.
—¿Quiere avisarle que
he regresado?
—Ya se lo hemos
dicho.
—¿Qué contestó? —el
temor aumentó en intensidad.
—Nos preguntó quién
era usted.
—¿Cómo? —el terror
oscuro lo dominó por completo— ¿Qué quiere decir? ¿Está bien?
—Ahora sí, pero no lo
estuvo durante mucho tiempo. Nuestra unidad televisora advirtió que por las
noches sollozaba en su dormitorio en lugar de descansar. Entonces ...
Una furia fría se
apoderó de Claypool.
—¿Qué le han hecho?
—rugió.
—Nuestra función
derivada del texto del Principal Mandato consiste en hacer dichosos a
los seres humanos, no infelices. Le preguntamos por qué era desdichada y nos
confesó su temor de perder su juventud y su belleza. Además temía que usted
regresara...
—¿Ruth? —gritó
incrédulo el astrónomo, sintiendo el gasto de las lágrimas que se amontonaban
en su garganta—. Yo la dejé completamente feliz cuando me marché hacia la
capital.
—Ella era feliz
cuando trabajaba en el Observatorio —repuso la voz serena del humanoide—, porque
lo hacía para usted. Luego se sintió desdichada. Pero ya no lo es más.
—¡Lléveme a verla!
Claypool siguió al humanoide
a través del perfumado jardín, apresurándose a cruzarlo, pues el aroma de
las flores irritaba su delicada pituitaria.
El nuevo edificio era
totalmente plástico y la luz surgía de sus paredes, cambiando de color a
voluntad del ocupante. Al llegar a la puerta de la "sala de juegos",
el penetrante y delicado perfume que acostumbraba a usar Ruth hizo que Claypool
aspirara profundamente, sintiendo que el corazón se le aceleraba.
La habitación era
grande y agradable; sus paredes estaban decoradas con niños y animales jugando.
Ruth estaba sentada en el suelo, con las piernas extendidas, en la postura de
una criatura de corta edad. Un humanoide montaba guardia atentamente
junto a ella; en el primer momento la presencia de Claypool pasó inadvertida.
—¡Ruth! — la sorpresa
hizo que la voz del astrónomo temblara—. ¡Ruth, amor mío!
Ruth estaba apilando
cubos de plástico coloreado. Al oírlo se volvió hacia él y lanzó una suave
carcajada.
El Tiempo había
dejado de preocuparla. Parecía tan joven como en el momento en que se
interrumpiera su luna de miel; su oscuro cabello se había tornado rubio dorado,
sus cejas estaban excesivamente depiladas y el carmín de sus labios era
demasiado oscuro.
—¡Hola! —contestó con
voz suave y sin entonación—. ¿Quién es usted?
El negro impacto del
terror golpeó a Claypool, dejándolo mudo.
El cubo plástico cayó
al suelo y rebotó sobre la alfombra elástica. Inmediatamente el humanoide se
inclinó y recogiéndolo se lo entregó. Pero ella no le hizo caso.
—¡Webb! —musitó con
evidente esfuerzo—. ¡Tú eres Webb!
Claypool avanzó hacia
Ruth, conteniendo la respiración para protegerse de aquel perfume excesivamente
penetrante. Las lágrimas lo cegaron y se sintió lleno de odio hacia el humanoide
que estaba tras su esposa.
—¡Querida mía¡
—exclamó con voz quebrada—. ¿Qué te han hecho?
Ruth lo miró y en ese
momento la pila de cu idos que
estaba levantando cayó silenciosamente, rebotando. Su alterada psiquis debió
captar en ese momento el terror que dominaba a su marido, porque dijo con
infantil acento:
—¡Ellos no nos hacen
daño... son nuestros amigos!
Luego se volvió hacia
los cubos caídos. El humanoide se inclinó para volver a levantar la
torre de juguete.
Ruth lanzó una risa
alegre y batió palmas.
Claypool comprendió
que su esposa había vuelto a olvidarlo.
Capitulo
IX
El humanoide que
actuaba como guía explicó a Claypool una vez que hubieron salido del recinto,
que Ruth se hallaba bajo el efecto de una droga sintética llamada euforidina
que producía una sensación de absoluta felicidad, desterrando los temores y las
inhibiciones.
—¡Pera le han hecho
perder la memoria! —protestó vehementemente el astrónomo—. ¡Yo quiero que se la
devuelvan!
—No es necesario.
Nosotros la protegemos y la ayudamos a ser dichosa, doctor. Tal vez usted
también necesite una inyección de la droga...
Un escalofrío
recorrió la columna vertebral de Claypool. Tembloroso murmuró:
—No... no lo creo
—aquellos negros dedos aterradores se adentraron cada vez más en su cerebro—.
Estoy seguro que no necesitaré la droga para ser feliz...
—Eso lo resolveremos
nosotros, doctor. Pero trataremos de no utilizarla.
Los humanoides tenían
que ser detenidos.
Claypool comprendió
que debía buscar la oportunidad de oprimir el botón que lanzaría a los tres
brillantes proyectiles rodomagnéticos hacia "Ala 4ª". Ahora
comprendía el odio fanático que experimentaba White y que vibraba en su voz y
en sus ojos azules. Overstreet, el clarividente, había predicho la llegada de
los humanoides, contribuyendo así a salvar al Proyecto Rayo.
¿Pero quién podía
ayudarlo? Urgentes preguntas torturaron su cerebro, pero no llegó a formularlas
por temor a decir algo inconveniente o peligroso.
—Voy a dar un paseo
—anunció, mirando al muñeco oscuro y mudo que aguardaba a su lado.
—Estamos para
servirlo, señor.
—No necesito ningún
servicio.
—¡Oh, pero debemos
acompañarlo constantemente, señor! Nuestra única misión consiste en servirlo y
evitarle todo daño.
Claypool se dirigió
hacia la puerta del edificio luchando contra el dolor cada vez más agudo de su
estómago. —Parece estar molesto, señor —exclamó la atenta máquina—. ¿Tal vez se
siente mal?
—¡No! —gritó aterrado
el astrónomo—. Me siento algo fatigado. Necesito descansar. Eso es todo.
—Perfectamente. Sígame, que lo llevaré a su habitación. A través de un
invisible panel pasaron a otro recinto, cuyas paredes estaban cubiertas de
brillantes murales.
Claypool sacó un
cigarro de la pitillera de cuero repujado que le regalara Ruth en su último
cumpleaños.
—¿Dónde está el
personal? —comenzó a decir—. Me gustaría... ¡eh! ¿Qué es esto?
El humanoide le
había quitado el cigarro de la boca, la cigarrera y los fósforos.
—No podemos
permitirle fumar, señor —la metálica voz del robot habló con su insoportable
serenidad—. El tabaco le hace daño y en su estado de nervios puede quemarse con
un fósforo encendido.
Con un tremendo
esfuerzo logró dominar la cólera violenta que lo invadía. Un cigarro no valía
la pena para que provocara una escena que le podía hacer perder su
personalidad, como ocurriera con Ruth.
—Puede que haya
estado fumando demasiado —aceptó. Aún no podía permitirse el lujo de estallar.
Los proyectiles que estaban en el depósito secreto merecían su sacrificio,
hasta el momento en que le fuera posible oprimir el botón que los lanzaba.
—Usted preguntó por
el personal, señor —prosiguió el humanoide con su voz metálica—. Los
astrónomos se marcharon cuando desmontamos el Observatorio y los técnicos
también..., ahora están viviendo en las nuevas residencias que les hemos
construido.
—¿Y mis... ayudantes?
—Claypool pensó en los seis brillantes jóvenes que compartieron con él los
secretos del Proyecto Rayo.
—Se sintieron tan
desdichados al verse forzados a abandonar su trabajo que tuvimos que darles
euforidina. Ahora son felices.
—Comprendo —murmuró
Claypool oscuramente—. Quiere decir que todos mis antiguos colaboradores han
partido.
—Todos menos uno. El
señor Ironsmith dijo que aquí era feliz y no consideramos necesario trasladarlo
a otro sitio.
—El joven Ironsmith,
¿eh? —el astrónomo entrecerró los ojos. Aquél no era el aliado ideal, pero por
lo menos se trataba de un ser humano—. Me gustaría hablar con él.
Sorpresivamente su
pedido no despertó ninguna oposición.
—A sus órdenes,
señor...
La puerta de la
habitación de Ironsmith seguía abriéndose con su viejo picaporte de bronce.
Claypool lo miró con odio El interior de la pieza continuaba siendo la viva
imagen del desorden, pero esta vez el astrónomo no se sintió molesto: era
desorden humano. Libros, papeles, una regla de cálculos sobre la mesa. Parecía
que el joven matemático había estado trabajando, en un mundo donde el trabajo y
la investigación estaban proscriptos.
—Me alegro de verlo,
Claypool —dijo afablemente Ironsmith, estrechando la mano del astrónomo y
haciéndolo pasar. Dos humanoides que habían sido asignados a su servicio
lo siguieron silenciosamente.
Pero en el interior
de la habitación no había ningún robot para vigilarlo o impedir que se hiciera
daño. Los ojos de Claypool se abrieron mientras su ceño se fruncía. ¡El joven
matemático estaba fumando su pipa, sin que nadie se lo impidiera!
Un deseo imperativo
de clamar por la ayuda de aquel hombre quedó cerrado bajo el nudo hecho en su
garganta a causa de la presencia de los dos humanoides.
—¿Sigue trabajando?
—le preguntó, señalando con la cabeza hacia los papeles y la regla de cálculos.
Ironsmith se estiró
en una silla de gastado cuero y comenzó a juguetear con una pieza del tablero
de ajedrez preparado ante él.
—No podría decir que
se trata de trabajo —repuso perezosamente—. Hasta ahora nunca tuve tiempo para
desarrollar ciertas ideas y ahora que todo el trabajo mecánico lo hacen los humanoides
puedo dedicarme a la especulación matemática tranquilamente.
—¿Cómo se lo
permiten? —Claypool se sentía cada vez más sorprendido—. Han prohibido toda
clase de investigación científica.
—Solamente las
peligrosas —le corrigió Ironsmith, siempre sonriente. Sus dedos acomodaron las
piezas de ajedrez sobre el tablero—. Lo siento, pero ahora tengo otra cita...
No se preocupe. Todo saldrá bien.
Claypool se dirigió
hacia la puerta, seguido por las dos figuras silenciosas.
—¡Es esa droga!
—murmuró por fin, y el terror le quebró la voz—. ¡No puedo dejar de pensarlo!
¡Es como si se cometiera un asesinato! Se la dieron a ¡Ruth!
—La euforidina es una
buena solución para aquellos que no logran adaptarse, Claypool —repuso
suavemente Ironsmith—. Claro que tratando de aceptar la presencia de los humanoides
como lógica solución a todos los problemas del hombre y amoldándose a ella,
es posible evitar la droga.
Claypool lo miró,
incrédulo.
—Ahora tengo una
cita, pero si a usted le parece, lo puedo ayudar a adaptarse. ¿Qué le parece si
nos reunimos a la hora de cenar?
El astrónomo asintió,
inexpresivamente.
Ironsmith nunca sería
un aliado. Era humano, pero se había vuelto contra la humanidad. ¿A qué precio
había logrado gozar de aquella libertad?
—Entonces hasta la
hora de cenar —exclamó suavemente el matemático, abriendo la puerta para
dejarlo pasar—. Iremos a la costa. Los humanoides me han edificado allí
una villa, pero hasta ahora no tuve deseos de mudarme. Aquí estoy bien...
Con pasos incierto
Claypool salió, y al hacerlo miró hacia atrás. Las dos máquinas benignas lo
seguían. Y en la habitación, preparando el tablero de ajedrez, había quedado
Ironsmith, con su pipa entre los dientes.
Un terror insano
recorrió la columna vertebral de Claypool. ¿Quién era el contendiente de aquel
hombre extraño?
Capitulo
X
Mientras caminaba
hacia su nueva vivienda, Weeb Claypool trató de ubicar el sitio donde debía de
estar su viejo laboratorio secreto. De pronto se le ocurrió la terrible idea de
que tal vez los humanoides lo habían descubierto y desmontado.
—¿Le ocurre algo, señor? —preguntó la voz metálica de uno de sus
guardianes—. Parece algo deprimido. Tal vez una inyección de euforidina podría
solucionarlo todo...
—¡No! —repuso
rápidamente el astrónomo, comenzando a. transpirar—. ¡Me siento
perfectamente bien! Simplemente todo ha cambiado mucho... El ser humano
necesita tiempo para pensar...
—¡El ser humano ya no
necesita pensar!
De regreso en la
villa, Claypool simuló maravillarse y sentirse extasiado ante todas las
maravillas mecánicas con que había sido dotada su prisión sin rejas. La cocina
era un verdadero laboratorio antiséptico. Las ventanas eran de cristal opaco
que se iluminaba a voluntad. Lo que más amargo resultó para él, fue advertir
que los mecanismos de aquella mansión funcional estaban activados por
generadores rodomagnéticos ocultos a los ojos humanos.
Simulando un deseo de
pasear que no experimentaba, Claypool volvió sus pasos en dirección del extremo
de Starmont donde estuviera instalado el edificio en cuyo subsuelo secreto
dejara listos los tres proyectiles rodomagnéticos.
¡El bulto
antiestético y cuadrado de hormigón seguía en su sitio! Lo único que habían
hecho los humanoides era derribar las cercas que rodeaban al edificio.
Nada le impediría llegar hasta allí. Nada, excepto los propios humanoides...
—Desgraciadamente el
substrato de la parte norte de Starmont no ha permitido avanzar los trabajos—le
explicó el humanoide que estaba a su derecha—. Está formado por rocas
muy duras, que aun tardarán varios días en ser perforadas. Luego derribaremos
todo el resto de las antiguas instalaciones bélicas y concluiremos de mejorar
el paisaje.
—Muy bonito — musitó
Claypool, parpadeando.
—Este sol es
demasiado fuerte —exclamó el otro humanoide—. Usted debería regresar a
la villa y almorzar, señor.
El astrónomo se llevó
una mano delgada y temblorosa a los ojos tratando de escudarlos de los rayos
solares y buscando desesperadamente una treta. Necesitaba librarse de aquellos
monstruos benévolos para salvar a la Humanidad. Tal vez si pudiera distraer a
uno, sería posible empujar al otro por la barranca y correr hasta el
subterráneo secreto... quizá con una piedra...
Inclinándose hacia la
tierra, simulando recoger una flor, buscó un guijarro de regulares dimensiones.
Pero a su lado se produjo un movimiento tan rápido que pareció casi un vago
resplandor metálico, y el humanoide de su derecha le quitó suavemente la
piedra diciéndole:
—Este objeto es
peligroso... puede lastimarse una mano al alzarlo, señor...
Claypool se irguió,
mirando serenamente los ojos metálicos del robot. Aquel rostro plástico era
totalmente benévolo, inexpresivo y sereno. Todopoderoso.
Con los hombros
caídos, sintiendo que hasta la patética estratagema que buscara llevar a cabo
había fracasado, echó a andar hacia su brillante prisión de la colina.
Esa noche, vestido
con una rúnica de tela esponjosa que se ajustaba perfectamente a sus hombros,
pero que le producía la sensación ridícula de estar desnudo, Claypool fue
conducido por los humanoides hasta el sitio donde lo aguardaba
Ironsmith. Luego los dos hombres y los dos robots subieron a una de las
silenciosas aeronaves rodomagnéticas, que se dirigió hacia la orilla del mar.
Por fin, al descender
junto a la hermosa villa plástica que los humanoides habían construido
para Ironsmith, Claypool se estremeció. En aquel sitio, sobre aquellos
acantilados, había estado ubicado el viejo faro donde sostuviera su entrevista
con White y su extraña cohorte... la villa lo reemplazaba, como si nunca
hubiera existido.
—La he llamado
"Roca del Dragón", recordando al faro que había antes aquí — explicó
Ironsmith, con su sonrisa amable de siempre, corno si hubiera adivinado las
ideas del astrónomo.
¿Por qué había
escogido el matemático aquel sitio? ¿Acaso había delatado a White y sus
compañeros? ¿Qué habría sido de aquellos últimos defensores de la humanidad?
Mientras caminaban
por la playa, Ironsmith sonrió, señalando hacia el mar.
—Hermoso espectáculo,
¿verdad? — comentó.
Claypool lo miró con
el ceño fruncido- ¿Qué había hecho aquel joven extraño para merecer semejante
libertad? Una ola de cólera lo invadió.
—¿No puede decirles a
estos dos muñecos que nos dejen a solas
un momento? —exclamó—. Quiero hablarle. Para su profunda sorpresa, Ironsmith
asintió. —El doctor Claypool desea estar a solas conmigo. Por favor, márchense
—dijo suavemente—. Yo seré responsable
por su seguridad.
—A sus órdenes, señor
— repuso uno de los humanoides. y luego los dos robots se alejaron
silenciosamente.
Claypool lanzó una
exclamación de asombro. Luego se volvió hacia Ironsmith.
El matemático era
aparentemente el mismo joven honesto y despreocupado de siempre, pero algo
había en él que hizo estremecer al astrónomo.
El interior de la
villa era suntuoso y funcional, y el ambiente, tibio y agradable, había sido
perfumado por la fragancia de extrañas flores que surgían de las paredes.
Claypool se volvió
hacia Ironsmith vehementemente: —¡Frank! —exclamó—. ¡Necesito saber qué le ocurrió a White y sus
compañeros!
Los ojos del
matemático se volvieron hacia él con expresión sombría.
—No lo sé —dijo
lentamente—. Vine a buscarlos y ya se habían marchado. Por eso me hice
construir esta villa aquí, en la esperanza de que regresaran. Pero no
volvieron nunca.
Claypool sintió que
una sorda cólera lo dominaba, al advertir que aquél no era el joven
despreocupado da siempre, sino un hombre resuelto, llevado por un firme
propósito cuyos oscuros alcances no lograba captar.
—¿Por qué le
interesaba tanto ver esa gente? — inquinó.
—¡Porque White es
un tonto ignorante y fanático! —estalló Ironsmith con una vehemencia
inusitada en él—. ¡Por qué sus ataques ciegos contra "Ala 4ª", que
pueden ocasionar verdadero daño!
El rostro del
astrónomo adquirió una expresión amarga:
—¡Si está contra los humanoides,
es bastante para que yo lo apoye!
—Precisamente por eso
quería hablarle, Claypool... —los ojos de Ironsmith eran fríos y un poco
tristes—. Yo quiero evitar que cometa el mismo error de White. Su actitud es
equívoca y peligrosa.
Claypool se
estremeció.
—¿Esa droga? —comenzó
a decir, temeroso.
—No. Se traía de algo
más —repuso el matemático suavemente—. Para decirle la verdad, creo que usted
debería pedir que le aplicaran la droga. Es inútil luchar contra los humanoides...
inútil y peligroso. Lo único que puede lograr es lastimarse sin
resultados... y perjudicar a otros. Tendría que permitir a los humanoides ayudarlo,..
Pero el peor problema es el constituido por White. Si llega a entrar en
contacto con usted, como creo que lo hará, le ruego por el bien de todos que le
haga llegar un mensaje mío... Dígale que todo lo que ansio es que me permita
probarle que está equivocado. ¿Lo hará?
Claypool sacudió
afirmativamente la cabeza.
—Sí, pero antes hay
cosas que necesito saber —su voz era ansiosa, desesperada—. ¿Por qué se lleva
tan bien con esas máquinas? ¿Qué trato ha hecho con los humanoides? ¿Por
qué está preocupado por la lucha que realiza White?
Ironsmith lo miró
brevemente y sonrió.
—Creo que su
imaginación trabaja en exceso. Me parece que lo más razonable sería que
aceptara tomar euforidina...
—¡No diga eso!
—exclamó Claypool desesperado—. Yo
85
sé que usted puede
ayudarme..., usted evitó la droga. ¡Por favor, Frank.,., sea humano! ¡Ayúdeme!
—Si usted me lo
permite, lo haré —repuso el matemático sonriendo con simpatía—. Es lo que más
deseo.
—¡Entonces dígame...
qué debo hacer! —su voz se estremeció.
—Acepte a los humanoides
tal cual son. Acepte una situación que usted no puede ni debe modificar. El
resto llegará solo. No puedo decirle .nada más.
—¡Frank! —Claypool se
aferró desesperadamente de aquel hombre extraño—. ¡Yo sé que hay algo más! ¡Por
favor!...
Pero los ojos grises
de Ironsmith miraban a través del espacio abierto, más allá de las extrañas
plantas que surgían de los hermosos vasos perfumando el ambiente.
—Ya vuelven...
—exclamó—. Temo que no tengamos mas tiempo para hablar a solas. Recuerde mi
mensaje para White... me gustaría que usted también tratara de aceptar a los humanoides
y comprenderlos. Usted tendría que saber que están hechos para proteger,
obedecer y ayudar a la humanidad.
Estremeciéndose
nuevamente, Claypool pensó salvajemente que los aceptaría con la explosión de
los proyectiles del Proyecto Rayo... No lograba comprender por qué un
hombre como Ironsmith se había tornado contra sus semejantes—, aunque fuera
para ganar la libertad que gozaba.
¡Los humanoides tenían
que ser detenidos!
Capitulo
XI
Aquella noche
Claypool tuvo una pesadilla. Despertó aterrado, bañado en sudor frío, sintiendo
una voz que lo llamaba ansiosamente.
—¡Doctor Claypool!
¡Por favor, doctor Claypool¡ '.Contésteme!
Era un llamado
urgente, infantil y tembloroso. Al principio el astrónomo creyó que formaba
parte de la pesadilla, pero luego comprendió que se trataba de una voz real. A
su lado estaba parado uno de los humanoides. Su muda tranquilidad le
volvió a sumir en el terror del agitado sueño, pero tras unos segundos de
observación advirtió que no funcionaba... estaba totalmente inerte.
Un olor intenso a
metal y plástico quemado le hizo toser. Entonces se dio cuenta que de la cabeza
del robot se elevaba una débil nube de humo.
—¡Doctor Claypool!
—de un salto se incorporó del lecho, mirando en derredor—. ¿No quiere venir
conmigo? ¡Por favor!
A pocos pasos de
distancia estaba Aurora Hall, inmóvil junto a los pies de la cama.
La enorme habitación
estaba tibia y sin embargo la chiquilla se arrebujaba en una chaqueta de cuero
excesivamente grande para ella, estremeciéndose como si tuviera frío.
Empero la cinta roja
que llevaba en la cabeza, parecía un emblema de valor y esperanza.
—¡Caramba..., hola,
Aurora; —exclamó el astrónomo débilmente, advirtiendo el terror que dominaba a
la criatura—. ¿Qué le pasó a eso?
Su mano señaló hacia
el humanoide, que seguía inmóvil y silencioso. —Lo detuve. —¿Cómo?
—El señor White me
enseñó a hacerlo... —la vocecilla era débil y temblorosa—. Usted mira a una
parte de su cabeza y puede ver en su interior una burbuja blanca que se
llama... potasio —esta palabra la pronunció dificultosamente—. Entonces la mira
en cierta forma especial y el potasio se desintegra.
Claypool asintió,
aceptando aquella explicación infantil, pues no podía tener una mejor. No cabía
duda que la afirmación de White de que podía detonar un átomo de Potasio 40 con
sólo ejercitar su mente parecía real.
—Por favor..., ¿no
quiere venir conmigo? ¡El señor White dice que lo necesitamos mucho!
El significado de
aquellas palabras ansiosas atravesó la sensación de terror que rodeaba al
cerebro de Claypool. ¡Allí había un amigo, una defensa contra los humanoides...
un amia terrible! —Pero... ¿cómo? ¿Cómo puedo salir de aquí? —Si usted me
deja, yo lo ayudaré, doctor Claypool... La criatura seguía temblando y sus pies
descalzos estaban violáceos de frío. —No..., no comprendo... —Iremos juntos...
nos teleportaremos —la criatura se mostró cautelosa al pronunciar la palabra—.
El señor Afortunado Ford nos ayudará algo, pero no será fácil...
Claypool lanzó una
carcajada histérica.
—¡Yo no puedo
teleportarme! —exclamó.
—El señor White cree
que nos será factible llevarlo con nosotros. Tiene que pensar que iremos al
sitio donde nos esperan...
Estremeciéndose,
trató de convencerse.
—¿Adonde iremos?
—Es un lugar oscuro,
bajo tierra. Siempre hace frío allí y ha}' agua. No me gusta. Pero el señor
White sostiene que es el único sitio donde los monstruos mecánicos no pueden
alcanzarnos. ¡Dice que debemos ir ahora mismo 1
Claypool tomó la mano
de la niña y trató de imaginar alguna caverna oscura y fría donde White y sus
tres compañeros lo aguardaban. Desesperadamente, pensando en las hordas de humanoides
que a aquellas horas debían de estar acercándose a su dormitorio atraídos
por la destrucción de su custodio, deseó alejarse de allí.
Lo deseó como nunca
deseara cosa alguna en su vida.
Pero era un hombre de
ciencia. No podía imaginar los mecanismos de la teleportación. Por eso no se
sorprendió cuando no ocurrió nada.
—¡Por favor, doctor!
¡Trate de hacerlo! —la voz de la niña era ahora más ansiosa y entrecortada.
—¡Traté pero no pude!
—Claypool dejó caer las manos en gesto de amargo fracaso.
Los deditos fríos y
delgados de la criatura volvieron a oprimir la mano del astrónomo.
—El señor White dice
que podemos transportarlo —insistió—. Yo he movido rocas más grandes que usted!
¡Vamos! \Ellos están viniendo!
Claypool oprimió con
fuerza la manita temblorosa, sabiendo que nada ocurriría. Así fue.
Los dedos de Aurora
se soltaron; sus ojos enormes estaban llenos de lágrimas de frustración.
Algo oscuro y
rapidísimo pasó frente a las grandes ventanas del dormitorio. Eran las máquinas
que se acercaban alarmadas por el silencio del humanoide destruido por
la niña.
Claypool se sintió
conmovido por la desesperación de la criatura y por un instante deseó haber
tenido hijos con Ruth, en lugar de ser un esclavo del Proyecto Rayo.
—Está bien, Aurora...
—comenzó, extendiendo sus manos hacia ella. Pero la miseria y el desamparo
habían sido una amarga escuela. Apartándose, la niña sacudió la cabeza.
—¡No, no está bien!
El señor White dijo que era terriblemente importante para todos nosotros que
usted viniera. Ahora le robarán la memoria y no podrá ayudarnos a cambiar el Principal
Mandato.
Los labios violáceos
de Aurora se movieron silenciosamente y su cabecita orgullosa se irguió
sacudiendo la cinta roja que la coronaba.
—¡Adiós, doctor
Claypool El señor White dice que es hora de que rne marche... lamento mucho que
no hayamos podido llevarlo con nosotros.
De pronto los paneles
de la pared se tornaron opacos y una oscuridad aterradora rodeó al astrónomo y
la niña, que lanzó una exclamación asustada.
Capitulo
XII
De inmediato Claypool
comprendió: los humanoides, con sus sentidos rodomagnéticos, no
necesitaban luz para orientarse y esperaban confundirlo sumiéndolo en
tinieblas.
—Lo siento mucho —la
voz de la niña llegó hasta él débilmente—, pero el señor White dice que debo
marcharme.
Por un segundo
Claypool se sintió a solas en medio de aquel silencio aterrador.
—¡Aurora¡ —musitó
luego—. ¡Espera!
Para su infinito
alivio, la vocecita de la niña le contestó:
—Lo siento, pero el
señor White dice...
—¡Espera! No puedo ir
contigo, pero dile al señor White que tengo otro medio...
No comprendía las
leyes de aquella ciencia parafísica dominada por el extraño filósofo, pero con
la imaginación podía ver los proyectiles mortíferos del Proyecto Rayo alineados
en el subterráneo secreto. Más veloces que la luz, podían llegar hasta
"Ala 4ª" y convertir al planeta en una pequeña nova en escasos
minutos. Una sensación salvaje y ansiosa dominó a Claypool. —Si logramos salir
de aquí, puedo detener a los huma—noides —dijo—. Cuando esas máquinas
entren, trata de inmovilizarlas como lo hiciste con la que montaba guardia
junto a mi lecho. Yo correré hacia mi antiguo laboratorio. Si consigo llegar
antes de que lo descubran los humanoides, todavía tenemos posibilidades
de triunfar. —Haré la prueba, doctor Claypool. El señor White dice que debemos
cuidarnos sobre todo do alguien..., teme que encontremos al señor Ironsmith...
—¿Ironsmith? —susurró
el astrónomo hoscamente—. Me he preguntado hasta qué punto... ¿Quién es ese
hombre? ¿Por qué Jo dejan tan libre?
—El señor White dice
que lo ignora —repuso la criatura en medio de las tinieblas—. Pero le tiene
miedo..., dice que hay otros hombres como él que trabajan para terminar con
nosotros y beneficiar a los humanoides... —Supongo de cualquier manera
que Ironsmith no está aquí... creo que se quedó en la Roca del Dragón a pasar
la noche —dijo Claypool.
—E! señor White dice
que debemos apresurarnos y marcharnos de aquí, porque los robots están por
introducir en el dormitorio un gas que nos hará perder el sentido.
—Pero los humanoides
tienen bloqueada la puerta del dormitorio y no podremos abrirla... —murmuró
Claypool.
—El señor Afortunado
Ford podrá ayudarnos... —repuso Aurora suavemente,
—Pero ni siquiera
está aquí... —comenzó a decir el astrónomo— ¿Cómo...?
Luego miró en
derredor, tratando de perforar las tinieblas: las grandes puertas del
dormitorio se abrieron lentamente, sin que se viera mano alguna empujarlas. Una
luz sin sombras inundó la habitación. La criatura explicó gravemente:
—Ei señor Ford me
pide que le explique que los efectos extrafísicos no son funciones del tiempo o
el espacio físico..., me dice que la telequinesis... —la niña luchaba
valerosamente contra las largas palabras, pero Claypool no la escuchaba.
Desde el extremo del
corredor llegaban dos pequeñas figuras que se movían con celeridad increíble.
Una de ellas llevaba en las manos un objeto brillante: una jeringuilla hipodérmica.
El astrónomo
comprendió que planeaban inyectarle euforidina.
Instintivamente trató de colocar a la niña a sus espaldas para
protegerla, pero Aurora avanzó un paso y miró a los dos humanoides con
sus ojos grandes y triste?. Les dos robots se detuvieron repentinamente y
cayeron de bruces.
El frío del piso
recordó a Claypool que estaba descalzo, pero no tenía tiempo de buscar sus
zapatos. Tomando a la niña de la mano, echó a correr a través del amplio
recinto.
Pronto estuvieron en
el jardín exterior, sembrado de plantas y flores de otros planetas, que los humanoides
arreglaran para mejorar la estética de la villa. Claypool sintió que
Aurora, tras él, se estremecía. El astrónomo estornudó.
—No me gustan esas
flores —murmuró la niña—, ¿Por qué cree que los muñecos las plantaron?
Sintiendo que le
faltaba el aliento, Claypool no contestó; el perfume extraterreno de aquellos
capullos monstruosos le recordaba vagamente el aroma predilecto de Ruth.
Nuevamente se estremeció. Los seres humanos, cuando recibían euforidina dejaban
de ser normales para convertirse en remedos de criaturas.
Frente a ellos
apareció el edificio donde estaba el laboratorio secreto, junto al borde de la
nueva excavación, frente a la monstruosa máquina que devoraba el subsuelo de
roca para convertir la colina en un nuevo jardín exótico. Por un milagro de
equilibrio aún no se había derrumbado.
Claypool volvió a
estornudar mientras corrían, limpiándose los ojos con la manga de su amplia
bata azul. El escenario estaba extrañamente desierto, y el astrónomo pensó que
todos los muñecos mecánicos debían de haberse ocultado de la niña.
—¡Alto! —gritó de
pronto Aurora—. ¡Esa aeronave... el señor Overstreet dice que los muñecos la
arrojarán sobre nosotros!
Claypool se volvió
hacia el extremo opuesto del prado y vio corno varias figuras negras se
dirigían hacia un oscuro aparato volador que se destacaba contra el amanecer.
Aurora también miró, y los humanoides se desplomaron.
Nuevamente echaron a
correr, saltando sobre un pozo recién abierto. Hacía muchos años que Claypool
no realizaba ejercicios físicos y sus débiles músculos estaban entumecidos.
Algo parecía a punto de estallar en el interior de su pecho y le dolían las piernas.
Agudas piedras lastimaban sus pies y la respiración le faltaba. —¡Pero lo
haremos! —jadeó entre dientes. Entonces Aurora lanzó un grito de terror y se
detuvo, forzándolo a retroceder. —¡La cosa que excava! —murmuró la niña. Era
demasiado tarde. La monstruosa máquina que los humanoides utilizaban
para convertir las rocas en arena y alisar las colinas, avanzaba hacia ellos,
rugiendo y moviendo las hojas metálicas que llevaba a ambos lados de su masa
central. —¡Señor White! —sollozó la criatura....... ¡No puedo encontrar al
muñeco que conduce a esta máquina! ¡No
puedo detenerla!
Claypool tomó a la
niña en brazos y trató de saltar, pero la máquina le cerró el paso, separándolo
del edificio. El astrónomo intentó volver sobre sus pasos, y el monstruo
mecánico se adelantó a sus movimientos.
Claypool dio un
esguince y fingió que se dirigiría hacia la derecha, corriendo hacia la
izquierda. La excavadora pareció vacilar; el astrónomo siguió hasta el borde de
la barranca, pero tropezó y cayó de rodillas, sintiendo que aquel monstruo
mecánico se le acercaba. Con un sollozo, sin soltar a la niña, Claypool se
incorporó y la excavadora lo empujó hacia el borde del barranco, ahogándolo con
las nubes de polvo que se alzaban en derredor suyo. Las aguzadas piedras habían
lacerado sus pies hasta el extremo de que el dolor casi no lo dejaba mantenerse
erguido; la criatura que llevaba en sus brazos se había convertido en una carga
muerta, que se limitaba a sollozar:
—¡Por favor, señor
White! ¡No puedo detenerla!
La máquina estaba
cada vez más cerca; Claypool se sentía desfallecer, cubierto de transpiración
barrosa y empapado en la sangre que manaba de sus rodillas y pies
—¡Alto! —exclamó de
pronto Aurora—. ¡El señor Overstreet dice que nos detengamos¡
Claypool dejó de
correr y parpadeó. La máquina los había llevado hasta un punto donde terminaba
la plataforma basáltica y se abría ante ellos el precipicio. El astrónomo trató
de volver sobre sus pasos, pero resbaló. Con un violento esfuerzo logró caer de
espaldas, evitando lastimar a la niña. Pero el dolor lo dejó atontado por un
momento, sin poderse levantar.
Entonces la poderosa
máquina excavadora apareció envuelta en una nube de tierra, moviendo hacia
ellos sus cuchillas de reluciente acero. Claypool intentó apartar a la criatura
del camino de aquella mole, pero no lo logró. Sin embargo Aurora estaba inmóvil
entre sus brazos. De sus labios surgieron tres palabras:
—¡Gracias, señor
Ford!
El monstruo metálico
pasó junto a ellos, virando levemente y levantando siempre nubes de tierra.
Luego desapareció. La montaña pareció sacudirse levemente y Claypool oyó el
lejano estruendo de algo que se estrellaba en el fondo del precipicio. Aurora
se incorporó y se sacudió el gastado vestidito amarillo, por debajo del saco de
cuero demasiado holgado para ella.
—No podía detenerla
porque no la manejaba ningún humanoide... Funcionaba sola... Pero el
señor Overstreet podía verla y el señor White le dijo al señor Ford lo que
tenía que hacer —explicó con su débil voz temblando de terror.
Claypool se incorporó
penosamente; Aurora advirtió las heridas que el astrónomo tenía en pies y
rodillas y sus ojos se oscurecieron ansiosamente.
—¿Duele demasiado?
—inquirió.
—No mucho. Todavía no
podemos detenernos... — jadeó Claypool.
Avanzando
dificultosamente, llegaron hasta la puerta del viejo edificio militar. La niña
se detuvo allí.
—El señor White dice
que debo esperar aquí para mantener alejados a los muñecos oscuros...
—Cinco minutos serán
bastante —le aseguró Claypool—
Sin perder tiempo se
introdujo en el edificio: las paredes crujían, inclinándose hacia la formidable
excavación lateral. En cualquier momento iodo se derrumbaría. Sin embargo,
bastaban cinco minutos para terminar con todo y hacer desaparecer a "Ala 4ª"
del Universo.
Avanzando bajo una
lluvia de tierra y mampostería que caía constantemente del techo, Claypool se
cubrió con un brazo para proteger sus ojos.
Por fin pudo llegar
hasta su antigua oficina y se zambulló hacia el armario, en cuyo interior había
algunos polvorientos mamelucos y un viejo chaleco de lana.
El piso se sacudió
con fuerza y el astrónomo comprendió que otra parte de las paredes debía de
haberse derrumbado. Pero el cielorraso seguía intacto; ningún indicio había de
que los humanoides hubieran descubierto el escondite secreto.
Con mano temblorosa
oprimió el botón del ascensor, pero nada ocurrió. Desesperado, Claypool trató
de encender la luz sin resultado: aquello era incomprensible, pues el
laboratorio secreto tenía sus propios generadores eléctricos que los robots no
podían haber desconectado simplemente porque desconocían su existencia.
Cayendo de rodillas
alzó la alfombra que cubría la puerta trampa que se abría sobre la escalera de
emergencia.
Un vaho mohoso y
desagradable surgió del oscuro pozo; el edificio volvió a estremecerse, y
Claypool se dejó deslizar sobre los peldaños metálicos, guiándose por el
recuerdo, hasta llegar al tenebroso laboratorio secreto.
Sus manos buscaron
una llave de la luz interior, pero las lámparas siguieron apagadas. El terror
hizo que el astrónomo siguiera adelante. Había trabajado años en aquel sitio y
lo conocía perfectamente bien. La oscuridad era absoluta, pero le costó poco ubicarse.
Su imaginación le
permitía "ver" los bancos de trabajo, las herramientas y los largos
proyectiles rodomagnéticos. Más confiado, siguió avanzando. Entonces sus pies
dejaron de pisar tierra firme y se hundió en el vacío.
Capitulo XIII
Guando Claypool
recuperó el conocimiento, se encontró en el fondo de un pozo, rodeado de humanoides
que trabajaban con la diligencia de hormigas. Sintiendo que algo era pasado
por debajo de su cuerpo, el astrónomo advirtió que lo alzaban. Estaba sobre una
camilla portátil.
—Usted ha sido muy
descuidado, señor —dijo una de las brillantes figuras—. Se ha fracturado el
fémur.
—Ustedes no se
mostraron muy cuidadosos cuando nos cazaron con aquella máquina de perforar,
¿eh? —repuso el astrónomo entre dientes.
—La niña estaba con
usted, señor, y para bien de la mayoría era necesario anularla, pues es
peligrosa para el Principal Mandato que nos rige.
Claypool sintió que
se ponían en marcha y cerró los ojos.
—Aquí le aplicaremos
la primera inyección de euforidina, señor. Sus dolores cesarán
inmediatamente y no tendrá más preocupaciones —la voz era amable y metálica.
El astrónomo se
sentía demasiado débil para luchar: sintió el pinchazo y luego le pareció que
volvía a hundirse en el abismo.
El tiempo dejó de
transcurrir para él. —¿Está bien nuevamente, Claypool? El astrónomo abrió los
ojos y se encontró acostado sobre un sofá reclinable, en el jardín; de su
villa. Era de día y frente a él estaba parado Frank Ironsmith, con su eterna
sonrisa a flor de labios. Las piernas no le dolían, y, sin saber cómo,
comprendió que habían pasado varias semanas, pues no tenía señales de sus
heridas. Ironsmith le extendió la diestra, pero él la ignoró. —Oiga,
Claypool..., ¿no recuerda aún? Claypool asintió, sin ocultar su hostilidad ni
estrechar la mano que su interlocutor le tendía.
—He hecho neutralizar
la acción de la euforidina porque necesito su ayuda, Claypool...
¿Comprende mis palabras?
El astrónomo asintió,
parpadeando al sol. —Necesito que me ayude a encontrar a White y su manojo de
fanáticos...
Claypool no contestó.
Ironsmith probó una nueva táctica.
—Aquella criatura
estuvo con usted casi una hora. Debe de haberle dado la clave para ubicar a sus
compañeros ...
Claypool recordó que
Aurora había hablado de un sitio oscuro, bajo tierra, con agua corriendo. Sus
delgados labios se apretaron con fuerza.
—Es una locura
ayudarlos a ocultarse —prosiguió desapasionadamente Ironsmith—, porque White es
un tonto fanático y muy capaz de hacer un verdadero daño... Le he hecho
devolver la memoria para proponerle algo...
Claypool asintió,
aguardando.
—Habrá imaginado que
no actúo solo. Pertenezco a un grupo y si bien no puedo hablarle mucho al
respecto, estoy autorizado a proponerle que se una a nosotros. Pero antes White
y los suyos deben ser detenidos.
El astrónomo siguió
en silencio.
—Si usted se une a
nosotros, puedo arreglar para que cese esta vigilancia constante, sin contar
con que se le permitirá conservar la memoria. ¿Qué dice?
Claypool sintió una
repentina ola de lealtad hacia la pequeña Aurora Hall y sus compañeros, pero no
quería sumirse en el eterno olvido.
—¿Quién está con
usted? —inquirió, hablando por primera vez.
Ironsmith hizo un
gesto negativo con la cabeza. Claypool insistió:
—Necesito saber algo
por lo menos... ¿Usted o este misterioso grupo quitó equipo militar de
Starmont?
—Eso no interesa
—repuso Ironsmith—. ¿Qué me contesta?
Claypool hizo un
ligero esfuerzo y se irguió.
—Yo no sé qué clase
de hombre es usted, o si siquiera es un hombre. Pero sepa que no me vuelvo
contra mis semejantes.
Solemnemente, casi
con tristeza, Ironsmith frunció la boca.
—Esperaba algo más
cuerdo —murmuró—. Suponía que algo había aprendido... Le ofrezco una
oportunidad magnífica. ¿Por qué no la aprovecha?
—No.
—Lo siento.
Hubiéramos podido hacer muchas cosas juntos...; lamento que no aproveche la
magnífica oportunidad que le ofrezco.
Claypool se agitó
dificultosamente en su sillón.
—No puedo confiar en
usted... —rió sardónicamente—. ¿No le parece? ¡Fuera!
Ironsmith se alejó
lentamente; casi de inmediato aparecieron dos siluetas oscuras con jeringuillas
hipodérmicas.
—No tema, doctor
Claypool —dijo uno de los humanoides—. Estamos actuando bajo las
directivas del Principal Mandato. No podemos hacerle daño.
Claypool advirtió que
mientras uno de los humanoides le levantaba la manga, el otro le
acercaba la jeringa hipodérmica.
Pero la punta de la
aguja no llegó a clavarse en brazo.
Capitulo
XIV
Durante el primer
momento, Claypool pensó que había logrado romper el irrompible abrazo de las
máquinas, cayendo más allá de la silla anatómica. Pero el sol había
desaparecido de su espalda.
—¡Oh, doctor
Claypool! —era increíble, pero el astrónomo reconoció la voz de la pequeña
Aurora—. ¿Lo lastimamos?
Sus ojos asombrados
se pasearon de la niña a las figuras de White, Afortunado Ford,
Graystone y Overstreet, que lo rodeaban en un amplio círculo, con expresiones
que variaban, pero eran en conjunto preocupadas y tensas. Al verlo parecieron
serenarse.
El pequeño Ford se
secó la frente con un gran pañuelo, Graystone inclinó su rojiza nariz en un
extraño saludo y Overstreet movió la cabeza distraídamente.
Majestuoso y sereno,
envuelto en su vieja capa plateada, White se acercó a ayudarlo a levantarse.
—¡Bien venido a
nuestro refugio! —exclamó suavemente—. Por fin logramos traerlo.
Aferrándose a la
enorme mano del pelirrojo, Claypool se reincorporó. El ambiente era húmedo y
frío: por encima de ellos se alzaba una bóveda de piedra tachonada de
estalactitas y desde algún sitio llegaba el sonido del agua corriente.
—¿Dónde... dónde
estamos? —balbuceó tembloroso.
—Tal vez es más
seguro que usted no conozca la ubicación exacta de nuestro refugio —repuso
quedamente White—. Esto queda a varios centenares de metros por debajo de la
superficie. Tiene suficiente aire y agua, pero ninguna entrada capaz de
permitir el paso de nadie.
El astrónomo volvió a
estremecerse, mudo de asombro.
White sacudió su
enorme cabeza, asintiendo.
—La primera vez que
tratamos de traerlo, su propia resistencia mental nos lo impidió y tuvimos que
aguardar a que ansiara marcharse de Starmont...
—Realmente lo deseaba
con toda mi alma. Un segundo más y... —tembloroso recorrió el círculo,
estrechando las manos de aquellos hombres y la criatura que lo salvara del
eterno olvido.
Una diferencia enorme
se advertía en ellos: cuando los viera por primera vez eran los reclutas del
nuevo ejército de White, recién salvados del manicomio, la cárcel y el arroyo.
Ahora estaban afeitados, mejor vestidos y más serenos. Overstreet no estaba tan
pálido y Graystone se mostraba menos cínico y tembloroso.
—Hemos estado
vigilando a Ironsmith —dijo White, con sus ojos azules brillando salvajemente—.
Me alegro que no nos hayamos dejado convencer poniéndonos en contacto con él.
Venga. Le mostraré por qué lo necesitamos .. .
Claypool se tambaleó
al apoyar el peso de su cuerpo sobre la pierna derecha, y White le pasó una
poderosa mano bajo las axilas.
—Ironsmith casi nos
atrapó en la vieja torre —explicó—. En aquel momento confiábamos en él y no
esperábamos una traición de su parte. Yo esperaba que se uniera a nosotros.
Claypool renqueó tras
él ansiosamente, llegando hasta un recinto vecino, toscamente preparado como
vivienda y separado de la gruta mayor por medio de una vieja cortina.
La pequeña Aurora le
mostró orgullosamente su propio dormitorio: un diminuto generador proporcionaba
la corriente eléctrica necesaria para caldear el ambiente y alimentar las
luces.
—¿Trajeron todo esto
por teleportación? —inquirió el astrónomo.
—No hay otro medio de
hacerlo —explicó White—. Nuestro único problema consiste en que Ironsmith y los
humanoides pueden sospechar si desaparecen muchas cosas del mismo sitio.
En oirá caverna
próxima el piso había sido levantado para soportar una mesa de trabajo.
—Aquí es donde lo
necesitamos, Claypool —White gesticuló dramáticamente—. Para preparar el
aparato que pueda modificar en el cerebro mecánico de "Ala 4ª" el Principal
Mandato que controla a los humanoides.
Claypool observó las
escasas herramientas que había sobre la mesa de trabajo y se volvió hacia el
imperativo gigante: la luz de aquellos ojos azules podía ser fanatismo, pero su
mirada era demasiado inteligente, demasiado viva y alerta para ser la de un
loco.
—No tengo
inconvenientes en que se siga aplicando el principio actual —prosiguió White—. "Para
servir y obedecer y guardar de todo daño al Hombre". Pero lo hacen
demasiado a conciencia... El ser humano necesita salvar su propia iniciativa.
Supongo que Ironsmith me llamará un anarquista o un fanático. .. —el gigante
rió despectivamente—. Pero el derecho a la dignidad y el libre albedrío de cada
hombre son la base de mi filosofía y la causa por que lucho... Quiero
agregar al Principal Mandato: "Los humanoides no pueden destruir la
libertad humana, porque es más preciosa que la propia vida. No pueden acudir en
ayuda de ningún hombre sin que se les llame, ni reprimir la acción individual a
menos que sea para proteger a otro ser humano. Porque ¡LOS HOMBRES DEBEN SER
LIBRES!"
Claypool aspiró
ansiosamente una bocanada del húmedo aire de la gruta.
—¡Estoy con usted,
White! —susurró—. ¿Qué debo hacer?
—La misión está
sembrada de peligros —repuso el gigante—. Es algo casi imposible de lograr,
frente a azares tan tremendos que el mismo Overstreet no consigue casi
captar...
Claypool miró la mesa
de trabajo y tragó dificultosamente.
—¿Qué espera de mí?
—Ante todo debo
explicarle lo que hemos hecho. Ya le he dicho que trabajé con Sledge contra los
humanoides. Si hubiéramos permanecido juntos, creo que habríamos logrado
el triunfo. Se trata de combinar medios físicos y parafísicos. Los reguladores
que controlan el mecanismo central de "Ala 4ª" deben ser cambiados,
pero están terriblemente protegidos y en eso estriba la dificultad de la
misión. Comprenderá que dicho cambio significa un trabajo físico y mental.
Nadie puede llegar a menos de tres años luz de "Ala 4ª" por medios
físicos... Aurora estuvo...
Claypool miró en
derredor, buscando a la niña, que los había seguido hasta allí; pero no la vio.
—Se ha marchado —le
explicó suavemente White—. Ha ido a buscar paladio a un depósito aluvial
descubierto por Overstreet.
—¿Esa criatura
buscando mineral, sola? —susurró el astrónomo.
—Es un riesgo
necesario... Necesitamos ese metal. Overstreet la vigila. El único peligro real
es el representado por Ironsmith y sus aliados.
Claypool asintió.
—¿Qué piensa hacer
con ese metal? —inquirió luego.
—Usted tendrá que
utilizarlo para cambiar los reguladores que hay en "Ala 4ª" por otros
nuevos. Sledge hubiera podido hacerlo de no haber peleado conmigo. Usted tiene
que tomar su lugar.
El aire húmedo y
pesado de la caverna pareció enfriarse repentinamente.
—¿No querrá decir
que...?
El gigante pelirrojo
asintió.
—Así es, Claypool. Lo
enviaremos a "Ala 4ª". Le prestaremos toda la ayuda posible, pero el
mayor trabajo será suyo: rehacer los reguladores que controlan a los humanoides.
Claypool sintió
repentina necesidad de apoyo y se tambaleó hasta un banquito de madera.
—¿A "Ala 4ª”
—miró a White en muda protesta—. ¡Usted sabe que no puedo teleportarme!
El recuerdo de su
primer fracaso lo asaltó amargamente: el traslado instantáneo de la materia a
través del espacio era una imposibilidad física.
—No se preocupe,
Claypool —repuso lentamente el pelirrojo—. Aprenderá. Tendrá que aprender
muchas cosas para podernos ayudar a detener el avance de los humanoides.
Los intensos ojos
azules de White se clavaron en un corredor iluminado brillantemente con un arco
eléctrico; se trataba de un pasaje cuyo fondo estaba cerrado por toneladas de
rocas. Sin embargo, la pequeña Aurora Hall salió de allí, parpadeando para acostumbrarse
a la luz.
De inmediato una
especie de escarcha que se formara en su cabello se evaporó.
Silenciosamente
entregó al gigante pelirrojo una pequeña valija de cuero, de cuyo interior
White sacó trozos de un mineral que Claypool reconoció de inmediato como
paladio.
—¿Debo regresar?
—susurró la niña mirando a White. con ojos llenos de adoración.
—Creo que es todo
cuanto necesitamos, Aurora. Vete a la cocina, que Graystone ha preparado caldo
caliente —repuso suavemente el gigante, acariciándole la cabeza. —¡Oh, gracias!
¡Hace mucho frío allá afuera¡ Me alegro de no tener que regresar... —y con estas
palabras la criatura corrió hacia la caverna vecina. Claypool miró a White inquieto.
—Supongamos que logro
llegar hasta "Ala 4ª" y encuentro el gigantesco cerebro
mecánico —dijo—. Los reguladores rodomagnéticos no son fáciles de alterar...
Toda mi experiencia se reduce al Proyecto Rayo... ¿Cómo espera que
trabaje sin saber lo que voy a encontrar?
—Mi amigo, yo he
estado estudiando el cerebro que mueve a todos los humanoides desde que
discutí con Sledge. Overstreet ha visto su funcionamiento, Graystone ha captado
sus pensamientos y Aurora ha estado allí.
Pasaron a la cocina,
donde el viejo Graystone daba de comer a la niña.
—Todavía estaban allí
las antiguas notas de Sledge y sus primeras herramientas... —prosiguió el gigante—. Aurora trajo todo lo
que usted puede necesitar. White señaló hacia el pequeño taller. —Allí tenemos
las anotaciones de Sledge. Yo lo ayudaré a traducirlas y podremos preparar el
nuevo regulador. Luego usted irá con Aurora hasta "Ala 4ª" para
instalar las nuevas secciones, reemplazando a las antiguas.
Claypool frunció el
ceño.
—¿Por qué no trató de
hacerlo el propio Sledge, en lugar de querer destruir al planeta directamente?
—Sledge ignoraba
psicofísica y no pudo pasar a través de las defensas tendidas por sus propia
criaturas. Los humanoides aún no conocen esa ciencia y no podrán
descubrirlos a ustedes cuando se introduzcan en el interior del recinto donde
está el Cerebro.
Claypool lo observó
algo incrédulo aún. Los hombros poderosos del pelirrojo se irguieron.
—Lo único que temo es
que nuestro tiempo sea cada vez más reducido. Los humanoides están
construyendo algo en "Ala 4ª". No sabemos qué es... Mis
propios pensamientos me llenan de temor cuando trazo hipótesis al respecto...
Overstreet dice que se trata de una máquina de enormes proporciones, tan grande
como el propio Cerebro... —enmarcada por el esplendor rojizo de su barba, la
cara de White estaba pálida y ceñuda—. Pero no hemos logrado averiguar de qué
se trata. Algo pareció cerrar el recinto para nosotros cuando la construcción
estuvo avanzada... Overstreet no pudo ver su interior y Aurora no ha logrado
penetrar. La bandera tendida no es física, sino mental. Temo que los humanoides
se hayan dedicado a realizar investigaciones psicofísicas. En caso
afirmativo, debemos proceder sin más demora, pues de lo contrario, estamos
perdidos.
Capitulo
XV
En los tiempos
míticos existía una piedra que los antiguos llamaron "filosofal", que
convertía cualquier sustancia en oro. Cuando se halló el metal milagroso,
resultó ser el hierro, padre de la moderna electrónica cuyo último resultado
fue la bomba atómica.
Sin embargo, el
hierro y el electromagnetismo no eran bastantes para probar todas las
maravillas del universo. La fuerza misteriosa que encierra el átomo, la energía
de repulsión que separa las galaxias...; el hierro no era bastante como
fundamento de una ciencia que buscaba explicaciones.
Claypool y Sledge,
trabajando apartados en el tiempo y en el espacio, descubrieron la segunda
tríada de elementos y utilizaron el paladio. Y si el hierro había terminado por
producir una ciencia capaz cíe llegar a Ja desintegración del átomo, el paladio
creó a distancia de un siglo y de muchos años luz, el Proyecto Rayo y
los humanoides.
Claypool a veces
recordaba aquellas horas ansiosas y creyera haber encontrado la ecuación que
serviría de torturadas cuando junto al enorme telescopio de Starmont. llave
para desentrañar todos los secretos del Universo. El campo rodomagnético...
Había sido Ironsmith con sus matemáticas quien le demostrara en última
instancia que estaba equivocado, que el rodomagnetismo no lograba explicar
absolutamente iodo. Faltaba... algo.
Ahora, oculto lejos
de los sentidos mecánicos de los humanoides, Claypool repasaba aquellos
momentos cíe tensión vividos y lentamente iba comprendiendo. Las
contradicciones burlonas que se encerraban en la ciencia psicofísica de
White..., las artes maravillosas del viejo Graystone, el inverosímil poder
telecinético de Afortunado Ford..., la extra—visión del miope
Overstreet. Y por fin, la facultad increíble de Aurora Hall, que entraba y
salía a voluntad de cualquier sitio, con sólo desearlo. Pronto comenzó a tratar
de racionalizar todo aquello. —Antes creía que era imposible —comentó un día
con White—. Pero ahora pienso que la psicofísica cabe dentro de las leyes
establecidas para la mecánica universal. La teleportación puede ser simplemente
una parte del intercambio materia—energía...
—¿Conoce la teoría?
—inquirió White, alzando la cabeza del trabajo que realizaba sobre la mesa—. El
intercambio materia—energía surge de la identidad de los electrones.
Matemáticamente cualquier movimiento de un electrón puede ser tratado meramente
corno un cambio de identidad con otro... y las fuerzas de semejantes cambios
son gobernadas por la probabilidad.
—¿Y la teleportación?
Comprendo que esas fuerzas están al margen del tiempo... en la ecuación
rodomagnética hay un espacio para ellas...
—No lo dudo —White
sonrió a través de su barba y luego volvió a ponerse serio al pensarlo—. Yo
llegué a
creer que el tiempo
físico y el espacio podían ser simples ilusiones...
—Eso no está reñido
con lo otro. Falta trazar las leyes que rigen las fuerzas parafísicas...
—Y saber cuáles son
sus límites.
Overstreet explicó a.
Claypool en sucesivas conversaciones la ubicación de las distintas
secciones del Cerebro, tanto las primeras que fabricara el propio Sledge, como
los millones que siguieron, agregadas por sucesivos humanoides, copiados
sobre el modelo original del inventor por ellos mismos. Por fin, cierto día, el
clarividente miró hacia las paredes calcáreas de la caverna y suspiró:
—Sigo sin poder pasar
al interior del edificio donde han construido la nueva máquina... —su voz
estaba cargada de preocupación incrédula—. No sé por qué. Pero algo ocurre en
"Ala 4ª”. Creo que es hora de que realicemos nuestro último
intento.
Tras sus gruesos
anteojos, sus ojos asombrados parecían vagos y oscuros. Extraños.
—Creo que es hora...,
pues de lo contrario será demasiado tarde.
Claypool probó el
regulador que estuviera preparando y lo observó con su lupa de relojero. Luego
se volvió hacia los demás y les anunció tranquilamente que estaba todo listo.
El momento tremendo
había llegado. El astrónomo, mientras trabajaba con las notas de Sledge, había
trazado sus propias teorías sobre los mecanismos de la teleportación. Pero
"Ala 4ª" estaba a doscientos años luz de distancia... Una cifra con
tantos ceros que resultaba imposible traducirla a kilómetros y comprenderla.
Toda la ortodoxia de su entrenamiento científico se rebelaba ante aquel
concepto: un hombre no puede atravesar semejante distancia como quien cruza una
raya trazada con tiza sobre el suelo.
Apartándose del
brillante aparato que acababa de soldar, miró a sus compañeros.
—No puedo hacerlo
—dijo—. Es demasiado lejos... Tal vez... ,tal vez si intentáramos cortos saltos
de caverna a caverna, hasta que me acostumbre a la idea...
—¡Absurdo! — rugió
White—. (Recuerde su teoría¡ El espacio físico no es una realidad parafísica.
¡Y no tenemos tiempo que perder! ¡Abandone toda oposición inconsciente y Aurora
lo llevará hasta el planeta de los humanoides!
La niña se volvió
hacia él: era muy pequeña y pálida, pero en algún sitio había encontrado otra
cinta roja para el cabello. Sus enormes ojos brillaban de impaciencia.
—¡Vamos! —le dijo,
tomándolo de la mano. Y Claypool recibió de ella todo el valor necesario, la
fuerza y resolución que le faltaban. Cerró los ojos y ni siquiera percibió
sensación de movimiento. Pero cuando los abrió, se encontró parado sobre una
especie de plataforma metálica.
—¿Vio que no era tan
difícil? —murmuró la niña, mirándolo.
El balcón estaba en
una pared de aluminio, que se alzaba sobre ellos hasta perderse de vista entre
las nubes—Claypool miró hacia abajo y sintió que el vértigo lo dominaba.
Estaban en "Ala 4ª".
Tras ellos había una
portezuela. De acuerdo con lo que Overstreet le explicara, reconoció la entrada
del laboratorio donde Sledge experimentara casi un siglo atrás para producir el
primer humanoide. El antiguo nivel del suelo debía de haber sido aquél,
a poca distancia del balcón. Sledge había trabajado en una construcción de
emergencia, rodeado por los horrores de la guerra rodomagnética, luchando por
terminar con esa guerra y todas las demás.
Pero noventa años
habían cambiado a "Ala 4ª".
Claypool volvió a
mirar en derredor con un estremecimiento. Los humanoides habían excavado
la superficie del planeta, haciendo que aquella torre estuviera cada vez más
alta. Probablemente todo "Ala 4ª" era así, una inmensa fábrica
excavada y perforado por túneles enormes, con espaciopuertos surcados por naves
interestelares y ejércitos incontables de humanoides partiendo hacia
otros sistemas. Con toda seguridad la población humana original de aquel mundo
había sido trasladada a otro planeta habitable para permitir la expansión de
los nuevos humanoides.
—Entremos —dijo por
fin, tomando nuevamente la mano de la niña.
—¡Espere! —la
criatura lo detuvo. El señor White dice que mire la nueva construcción, pues
tal vez pueda imaginar para qué sirve...
Con la mano le señaló
hacia el punto donde millares de humanoides trabajaban, moviéndose corno
hormigas. Se trataba de una construcción tan gigantesca que cortaba la
respiración.
—El señor White dice
que debe de ser algo muy importante. Ni siquiera el señor Overstreet puede ver
en su interior, porque algo lo bloquea, impidiéndole pasar.
Claypool miró,
entrecerrando los ojos. La superestructura de la monstruosa construcción estaba
cubierta por un enrejado de platino. ¿Acaso esperaban los humanoides mejorar
sus cualidades por medio de esa nueva máquina conectada a! cerebro? Tal vez.
Esto parecía casi imposible: eran ya casi perfectos...
Una ráfaga de viento
llevó los olores a fábrica y maquinarias hasta Claypool, que tosió,
estremeciéndose.
—Dile al señor White
que no sé qué puede ser ese armatoste... Las conexiones de platino no sirven
para los campos rodomagnéticos. No alcanzo a comprender... —se volvió hacia la
puerta, impaciente—. Me parece oportuno entrar...
—¡Si! El señor White
cree que debemos apresurarnos, porque el señor Overstreet piensa que estamos
por correr peligro, si bien ignora de qué se traca...
Un estrecho corredor
los llevó hasta una pequeña habitación más antigua que los humanoides, la
cámara de trabajo de Sledge.
—¡Espere! —susurró
Aurora— El señor Overstreet está estudiando una de las secciones que debemos
cambiar y dice que un humanoide se ha detenido allí...
Claypool miró en
derredor, observando el lugar donde el viejo Sledge inventara aquellas máquinas
excesivamente perfectas. Las paredes pintadas de gris reflejaban una luz
extraña sobre mesas de trabajo y oxidadas herramientas. SI lugar tenía un olor
desagradable a ruina y moho. En un rincón había una mesa cubierta de platos
sucios y oxidados y viejas latas de conserva. Era evidente que el inventor se
había apartado de su trabajo creador tan sólo criando la imperativa necesidad
de alimentarse lo había hecho regresar a la realidad.
En el extremo de la
cámara había una puerta cerrada. —Tenemos que buscar la ubicación de las dos
secciones que hay que cambiar... cuando las encontremos tú irás a la gruta y
traerás los nuevos reguladores. Yo los colocaré.
Aurora asintió. Con
un poco de suerte, en cinco minutos Claypool podría cambiar el destino de
millares do planetas regidos por la benevolente y servicial dictadura de los humanoides.
Abriendo la puerta,
entraron y el astrónomo volvió a cerrar rápidamente: estaban ante la central de
los humanoides. Los reguladores rodomagnéticos estaban alineados en
paneles: la mayor parte de aquella colosal torre se hallaba en sombras, pues
los humanoides no necesitaban luz para ver, primeras secciones, hechas
por el propio Sledge, recibían el resplandor de la pintura gris fosforescente
de las paredes.
Los paneles formaban
avenidas, que se alzaban hacía lo alto de la torre perdiéndose de vista entre
las sombras. A lo lejos se veían las siluetas de los humanoides ocupados
cíe agregar nuevas conexiones al Cerebro. Por fortuna estaban demasiado
ocupados y no esperaban ver aparecer a ningún intruso para prestar atención a
la vieja puerta en desuso. Claypool se agazapó, imitado por Aurora.
Avanzando en
cuclillas hacia los dos primeros reguladores del Cerebro, Claypool percibió la
pulsación de una energía increíble, derivada de billones incontables do humanoides
diseminados en miles de planetas poblados por hombres esclavizados por su
benevolente tirarla.
Tratando de no mirar
hacia aquellas máquinas perfectas, Claypool siguió adelante, llevando de la mano
a la niña, que temblaba de terror. En las tres primeras secciones era donde
Sledge había impreso el Principal Mandato. Tres pequeñas cajas, de forma
parecida a la de tres ataúdes, pero más reducidas. Y allí estaban enterradas
las esperanzas y el futuro de la Humanidad que poblaba millares de planetas a
través de todo el Universo.
Llevando la diestra
al bolsillo, Claypool sacó un par de
alicates y se inclinó sobre la cuarta sección. Entonces Aurora lanzó Tina
exclamación de terror y se volvió hacia la puerta. Dejando caer las tenacillas,
el astrónomo la siguió en su movimiento.
La puerta comenzó a
abrirse lentamente y por fin en su marco apareció una figura. Pero no se,
trataba de un humanoide. Era un hombre. Claypool ahogó una exclamación
desesperada cuando lo advirtió. ¡El recién llegado era Frank Ironsmith.
Capítulo
XVI
—¡Alto, Claypool!
—Ironsmith avanzó hacia él con paso elástico. Su rostro juvenil y bronceado
tenía una expresión pesarosa, reflejada en sus ojos grises—. ¡Mire lo que ha
hecho, estúpido!
Mientras hablaba, sin
cólera ni odio, simplemente con profunda tristeza, señaló hacia Aurora Hall,
que parecía haber quedado paralizada en su sitio, mirando hacia la puerta.
Por un instante
Claypool permaneció clavado frente a su enemigo, rodeado de papeles y
conexiones rodomagnéticas.
—¡Yo traté de
advertírselo! —prosiguió Ironsmith—. No podernos permitir que usted...
El salvaje ataque del
astrónomo lo interrumpió. Una desesperada resolución lo dominaba. Cinco minutos
más bastarían para cambiar todo aquello: no quería ser interrumpido. No podía
permitir que lo interrumpieran.
Estaba desarmado: no
había llevado consigo arma alguna. Pero la furia de su ataque lo llevó contra
Ironsmith sin pensar en nada. Lo único que recordó fue la injusta libertad de
que gozaba aquel hombre, su simpatía hacia los humanoides y la forma
inhumana en que trataba de cazar a White y los suyos.
Pero Frank Ironsmith
logró evitar fácilmente el brutal golpe; rápido y seguro como un humanoide más,
aferró a Claypool de la muñeca, retrocediendo un paso y forzándolo a apoyarse
contra los paneles, jadeando, el astrónomo intentó en vano golpearlo. Su pierna
lastimada no le permitía mantenerse muy bien en equilibrio y un dolor agudo lo
dominó.
—No vale la pena que
insista, Claypool —dijo Ironsmith con voz suave, sin que se advirtiera en su
acento la menor nota de resentimiento—. ¡Lo único que puede hacer es rendirse!
—¡Aún no! —exclamó el
astrónomo, sacudiendo la cabeza para aclarársela y mirando hacia sus espálelas,
gritó— ¡Aurora! ¡Detenlo!
Ironsmith le retorció
el brazo, obligándolo a apoyar su peso en la pierna herida. Pero una cólera
sorda, escarlata, le hizo olvidar el dolor y volver a gritar:
—¡Aurora! ¡Detenlo!
¡En la sangre tiene potasio! ¡Recuerda cómo detuviste a los humanoides! ¡Tienes
que hacerlo, Aurora! —un frío sudor le bañaba el cuerpo, mientras olas de dolor
le subían de la pierna hasta el cerebro, pero siguió gritando: —¡Tenemos que
matarlo para poder liberar a los hombres!
Pero la niña sacudió
la cabeza con un gesto rígido.
Nada ocurrió.
Atontado por su
fracaso, Claypool dejó de luchar. Su dolorida pierna cedió repentinamente y al
mismo tiempo Ironsmith soltó su muñeca, sosteniéndolo para que no cayera.
Aurora avanzó un paso
a sus espaldas y exclamó:
—A sus órdenes,
doctor Claypool...
El astrónomo se volvió
horrorizado hacia ¡a niña, pues su voz
había adquirido una nueva nota, impersonal y metálica. La voz de los humanoides...
—Hemos oído su
absurdo pedido, doctor Claypool, pero no podernos obedecer pues el señor
Ironsmith nos ha auxiliado a poner en marcha el Pacto Común. Usted necesita ser
curado, doctor Claypool...
La extraña voz se
detuvo. Una sonrisa lenta y horrible apareció en el pálido rostro de la
criatura. Era la sonrisa benevolente de los humanoides. Algo mecánico.
Claypool se apartó
horrorizado de ella, dominado por un terror más oscuro que la caverna donde
trabajara durante las anteriores semanas. Mirando a Ironsmith, le dijo:
—¿Qué le ha hecho?
¿Qué han hecho con esta criatura?
—Nosotros, nada
—tristemente Ironsmith sacudió la cabeza—. Es algo horrible, lo sé. ¡Pero usted
tiene la culpa!
—¿Yo? ¿Por qué dice
eso?
—Sígame... —
Ironsmith ignoró la pregunta y volviéndole la espalda se dirigió hacia la
puerta. Impotente para resistir, Claypool obedeció. Tras él caminando
como una autómata, iba Aurora Hall.
Secándose la
transpiración que bañaba su rostro, tratando de ahuyentar el terror oscuro que
le anudaba el estómago, el astrónomo insistió:
—¿Por qué dice que yo
tengo la culpa?
Ironsmith miró la
cámara de trabajo del viejo Sledge y luego se volvió hacia su interlocutor:
—Los humanoides tienen
que estudiar el Principal Mandato. Cuando toritos fanáticos como White y
usted intentaron atacar la Central con medios parafísicos, los humanoides
debieron buscar una defensa para evitarlo. Como puede verlo, han sido
eficientes...
—¿Ellos o usted?
Ironsmith permaneció
inmóvil, sus ojos cargados de preocupación. Una súbita ola de ira subió al
rostro de Claypool.
—¿No lo niega, eh?
—despectivamente escupió sobre el sucio piso—. Tendría que haberlo sospechado
hace tiempo, cuando demostró que esas máquinas despiadadas le gustaban...
¡traidor! ¡Ahora comprendo que hay un pacto entre usted y los humanoides!
Ironsmith asintió con la cabeza.
—Tengo que admitir
que es cierto —dijo suavemente—. Hay un Pacto Común entre nosotros y los
humanoides. Y voy a ofrecerle una última oportunidad de unirse a nosotros...
Los humanoides son lógicos pero no tienen talento creativo.
Contra ataques parafísicos
se ven desamparados, sin la ayuda
del genio humano. Por eso llegamos al Pacto Común. ¡Únase a nosotros! —
¡Gracias! —replicó sarcásticamente Claypool. —No me agradezca a mí, agradezca a
Ruth, que fue su esposa.
—¿Ruth? —repitió
extrañado Claypool—. Ruth está en Starmont, bajo la acción de la euforidina...,
¡sin memoria ni personalidad!
—Estuvo —lo corrigió Ironsmith, sonriendo inocentemente—. Creo que yo
siempre admiré y comprendí a Ruth mejor que usted... La he traído conmigo y se
sentirá dichosa si usted se une a nuestro grupo.
La rodilla derecha de
Claypool tembló. Su estómago estaba convertido en un nudo áspero.
—¿Está con usted?
—murmuró. Ahora comprendía todo..,, la infelicidad de su esposa, que debió ser
curada con euforidina, y la instintiva antipatía que experimentaba hacia
aquel joven despreocupado desde antes de la invasión de los humanoides.
Luego sus ojos se
clavaron nuevamente en la criatura, que seguía rígida y con los ojos fijos.
—Iré con usted con
una condición —dijo hoscamente.
Ironsmith sonrió con
alegría.
—Bienvenido —exclamó
suavemente, extendiendo una mano bronceada.
—He dicho con una
condición —insistió Claypool, sin tomar la mano que se le ofrecía—. Aurora
viene conmigo.
—La siento, pero eso
está fuera de la cuestión —replicó Ironsmith. Aún podemos salvarlo a usted,
pero la niña usó medios parafísicos contra el Cerebro y nada es posible hacer
por ella.
Una oscura hostilidad
hizo tremolar la voz del astrónomo.
—En tal caso, no hay
nada más que hablar.
—Lo siento y sé que
Ruth lo lamentará conmigo —dijo suavemente—. Pero imagino que los humanoides
necesitarán otro conejillo de Indias para probar sus nuevas conexiones.
Su mirada se posó en
Aurora, que habló con la misma voz inexpresiva y metálica:
—A su servicio, señor
Ironsmith. Puesto que e): doctor Claypool se niega a aceptar el Pacto Común,
debemos ocuparnos de él. Sus conocimientos sobre rodomagnetismo lo hacen
peligroso.
Otra puerta se había
abierto y dos humanoides idénticos aparecieron en el umbral. Sus cuerpos
oscuros eran armoniosos y sus rostros tenían la serena expresión de
benevolencia que los caracterizaba.
—A su servicio, señor
—dijo Aurora, con voz monótona—. Debe acompañarnos.
Luego, con
movimientos tan suaves y gráciles como los de aquellos robots extraordinarios,
se dirigió hacia la puerta.
Claypool miró dos
veces hacia atrás, mientras seguía a sus captores. La primera, Ironsmith
todavía estaba apoyado contra el viejo escritorio. La segunda, un instante
después, el joven había desaparecido. Tal vez había aprendido a dominar también
él la ciencia de la teleportación.
El astrónomo sintió
que las piernas se negaban a sostenerlo, pero sus dos custodios lo ayudaron,
apresura adose a seguir a la niña.
En el exterior
aguardaba un pequeño crucero rodomagnético, flotando silenciosamente a la
altura del balcón. La puerta de la aeronave estaba abierta; Aurora saltó al
interior con la agilidad de una máquina perfecta. Los otros dos humanoides ayudaron
a Claypool a rasar de La plataforma a la cabina.
Cuando lo, aeronave
se remontó, Claypool alcanzó a ver la superficie de ''Ala 4ª", cubierto
de fábricas, construcciones metálicas y espaciosos pudrios. Antaño ese planeta
había estado vivo, con seres humanos y animales. La guerra lo había destrozado.
Ahora las humanoides lo ocupaban por completo, sus alturas niveladas y
sus mares secos.
Pronto terminó el
breve viaje, y Claypool sintió que el nudo que se le formara en la boca del
estómago se hacía más tenso al ver su punto de destino. Era una construcción
inconclusa, donde millares de humanoides trabajaban auxiliados por
incontables máquinas rodomagnéticas.
Desde la ventana de
la aeronave, Claypool advirtió el andamiaje que aún rodeaba a la construcción,
volando el brillo que de ésta surgía.
—Me parece
comprender... —murmuró el astrónomo amargamente, hablando consigo mismo—. Creo
saber para qué está este monstruoso edificio y qué es lo que contiene., .
Ironsmith y sus renegados han logrado obtener un generador de energía
parafísica... Y pienso que su propósito es dominar con ese aparato la mente de
los hombres...
—Así es. señor —esta
vez era Aurora Hall quien contestaba, con la suavidad de los muñecos
mecánicos—. Este nuevo regulador operará por medio de energía parafísica, pero
su propósito no será malvado como usted parece implicar..., por el contrario.
Nuestra única misión consiste en contribuir a hacer dichosos a los hombres, de
acuerdo con el Principal Mandato...
Los dos humanoides
auxiliaron al astrónomo a descender, y luego lo dejaron caminar libremente
tras de la criatura. Viendo a Aurora Hall avanzando como un muñeco mecánico,
Claypool sintió horror al pensar en una humanidad dispersa por millares de
planetas, poseída en conjunto por aquel Cerebro perfecto. Ese era el resultado
del Pacto monstruoso entre hombres despiadados y máquinas benevolentes, entre
Ironsmith con sus compañeros y los humanoides...
Sintiéndose amargado
y lleno de impotencia, el astrónomo escupió sobre el reluciente piso del
aeródromo y siguió a la mecanizada niña con sus estrechos hombros
orgullosamente erguidos.
Frente a ellos se
abrió una puerta; Claypool dudó. No quería ser un "conejillo de la
India"... Los dos humanoides advirtieron su vacilación.
—No tema, señor.
Cuidarnos no hacer sufrir a ninguno de los hombres sujetos a experimentos
parafísicos. Puede entrar con confianza —le dijo uno de los muñecos con su voz
suave y monótona.
Claypool siguió
inmóvil. Entonces los humanoides, lo tomaron de los brazos y lo forzaron
a entrar, pese a su espanto.
El recinto era una
inmensa caverna de tinieblas y terror, porque los humanoides no
necesitaban luz y la única iluminación provenía del brillo fosforescente de
algunas partes metálicas de los reguladores.
Claypool advirtió que
en un extremo había jaulas semejantes a las utilizadas en los laboratorios
biológicos para encerrar a los animalitos de experimentación, pero mayores. Las
dimensiones del lugar hacían que aquellas jaulas parecieran más reducidas de lo
que en verdad eran.
El astrónomo se
sintió levantado por los dos humanoides y conducido hasta una de las
jaulas, cuya puerta se abrió sin que la tocaran. Uno de los robots permaneció
en el interior de la jaula con Claypool el tiempo necesario para decirle:
—Dentro de poco el
nuevo regulador estará terminado y podremos probarlo en usted. Hasta entonces,
estamos a sus órdenes. Puede pedir lo que quiera.
La jaula se cerró con
chasquido metálico; el astrónomo la revisó al débil resplandor que llegaba a
través de los barrotes y vio que tenía una mesita, un banco y una pequeña cama,
sobre la que se tendió agotado. Una sensación de claustrofobia lo dominó, mientras
que su enfermo estómago comenzó a arderle más que nunca.
La voz del guardián
llegó hasta él quedamente.
—No tendría que
preocuparse, señor. Al fin y al cabo, como un distinguido hombre de ciencia que
es, tendría que sentirse orgulloso de participar en nuestro experimento. ..
Claypool miró sin
hablar el rostro impasible del muñeco.
—Hemos llegado a
diseñar estos aparatos partiendo de una hipótesis bien simple: si elementos
parafísicos pueden producir efectos en máquinas, tiene que haber medios
mecánicos de producir fuerzas parafísicas.
El astrónomo trató de
escuchar y comprender, sobreponiéndose a aquella sensación opresiva que lo
dominaba. Involuntariamente se preguntó dónde estaría la pequeña Aurora Hall:
la había perdido en las tinieblas al entrar allí y probablemente ya no la volvería
a ver.
—Desgraciadamente no
tenemos talento creativo —proseguía explicando la voz metálica del humanoide—.
Dependemos enteramente de los esfuerzos que realizan nuestros hombres de
ciencia leales, utilizando los elementos de que disponemos.
Claypool se
estremeció, sus delgados hombros apoyados contra la pared metálica que estaba
tras el pequeño lecho, aferrándose a una última fracción de esperanza que le
quedaba.
—Ya ve que nuestros
procedimientos y métodos son perfectos, señor. No tiene absolutamente nada que
temer. Con este nuevo regulador podremos curar las mentes enfermas de los
hombres...
El astrónomo escuchó
en silencio, pensando que tal vez White estaría a aquellas horas buscando otro
elemento para combatir valerosamente contra los infernales muñecos benévolos.
—Si quiere comer algo
o dormir, señor —comenzó nuevamente el humanoide—, aproveche estos
momentos para hacerlo...
Pero Claypool miraba
más allá del robot; entre las jaulas se paseaba cautelosamente un gigante de
cabello rojizo y capa plateada. El astrónomo corrió hacia los barrotes de su
jaula y gritó:
—¡White! ¡White!...
¿Qué hace aquí?
Pero el gigante
siguió de largo, con paso mecánico. Claypool sintió que todo su resto de
esperanza desaparecía y se dejó caer al suelo, aferrado a los barrotes. Había
visto los ojos azules del pelirrojo, donde antes se reflejaba el fuego de su
pasión anterior. Ahora estaban apagados, más allá de toda esperanza o de
cualquier otro sentimiento de amor u odio.
El viejo enemigo de
los humanoides se había convertido como Aurora en un nuevo muñeco
mecánico. Y no estaba solo. Tras él marchaban en fila Graystone, Overstreet y
Ford, apáticos, serenos, con la gracia de los muñecos mecánicos que los
derrotaran.
Claypool no encontró
voz para llamarlos; de cualquier manera no lo hubieran reconocido.
La voz del humanoide
lo hizo sobresaltar. —Usted necesita un baño, masajes y descanso, señor..,
Se encuentra en muy malas condiciones físicas.
El astrónomo obedeció
sin preocuparse por lo que los autómatas que lo rodeaban harían.
Una vez en la cama,
cerró los ojos y trató de aislarse de. aquellas tinieblas opresoras. Todo
estaba perdido, pero seguía siendo un hombre de ciencia, y tenía el hábito de
unir los hechos conocidos para sacar conclusiones.
Así, yaciendo de
espaldas, con los ojos cerrados para no ver las tinieblas, atacó un
interrogante tan viejo como la misma ciencia: el átomo. El electromagnetismo
nunca había llegado a explicarlo totalmente y tampoco el rodomagnetismo. Las
dimensiones de los cuantos temporales estaban implícitas en la ecuación
rodomagnética y servían para explicar la estabilidad de los átomos más
livianos..., pero no del todo. Pero no del todo...
Ahora comprendía que
esa fuerza desconocida tenía que ser simplemente energía parafísica...
Esta revelación hizo
que Claypool olvidara a su custodio y a los barrotes de la jaula donde estaba
encerrado y se lanzara a explorar el universo bajo una nueva luz, tremenda y
repentina.
Involuntariamente
deseó tener a mano un calculador electrónico o por lo menos una regla de
cálculos. Pero no disponía ni siquiera de un trozo de papel donde reproducir
las ecuaciones que iba pensando.
Así vagó mentalmente
a través de átomos y de soles, mientras permanecía inmóvil, tendido de espaldas
entre tinieblas.
Por fin halló la
respuesta al acertijo.
Era una simple
ecuación, que relacionaba las fuerzas electromagnéticas, rodomagnéticas y
parafísicas, explicando la estructura y estabilidad del átomo. Era algo tan
obvio que se preguntó asombrado por qué no se le había ocurrido antes.
Las transformaciones
de semejante ecuación explicaban el origen del átomo, del universo, la
atracción de los soles y la repulsión de las galaxias, las oscuras paradojas
del tiempo y el nacimiento de la vida. Explicaban hasta la evolución y las
funciones de la mente.
En ese momento la
suave mano del humanoide le tocó el hombro.
—A sus órdenes, señor
—la voz metálica lo arrancó de sus meditaciones—. Ya estamos preparados para...
De pronto todo se
esfumó y Claypool advirtió que ya no estaba en la jaula.
Capitulo
XVII
Tampoco estaba en
"Ala 4ª".
Estaba parado en el
lecho de un arroyo seco, rodeado de rocas graníticas y restos de erosión. A su
izquierda había bajas colinas que parecían ser los restos de un risco
seccionado mucho tiempo atrás por un torrente que ya no existía.
Era de noche y hacía
un frío terrible.
El cielo sobre las
bajas colinas no tenía nubes y sin embargo estaba curiosamente negro, sembrado
con puntitos de luz que no titilaban.
Aquel frío horrendo
hizo estremecer al astrónomo, que estaba descalzo y con ropas de cama. Por un
momento permaneció inmóvil, dominado por un profundo asombro. Luego sintió una
mano infantil que le tiraba de la suya y una vocecita ansiosa:
—Oh, doctor
Claypool!, ¿qué podemos hacer?
Miró a su costado y
vio a Aurora Hall. Ya no era una cautiva del Cerebro. Sus ojos límpidos habían
recuperado la mirada inteligente y la sonrisa de benevolencia había
desaparecido. Temblaba y evidentemente estaba atemorizada.
—¡Hace tanto frío!
¿Qué podemos hacer?
—No lo sé— Ni
siquiera sé dónde estamos.
Entonces descubrió
que no podía hablar. El frío parecía haber absorbido todo su aliento. Su pecho
estaba seco y sus pulmones parecían a punto de estallar. Ningún sonido salió de
sus labios helados. Sin embargo, la niña lo comprendió, porque respondió:
—¡Oh, yo sé dónde
estamos! —Claypool advirtió que tampoco ella había "hablado1
con su voz, pero comprendió perfectamente lo que le quería decir—. Este es el
planeta donde yo venía a buscar el mineral que necesitaba el señor White. ¡Y
ahora no podemos regresar a la caverna porque los humanoides nos
atraparán!
Entonces el astrónomo
comprendió. Estaban perdidos en un mundo alejado de la galaxia, un mundo muerto
y frío.
—¡Hace tanto frío;
—gimió la criatura—. Yo puedo ayudarnos a mantener trazas de calor durante un
rato, pero después... ¿qué haremos? Claypool sacudió la cabeza.
—¡Ni siquiera sé como
llegamos hasta aquí! —murmuró. La niña estaba rígida, helada, envuelta en aquel
saco de cuero demasiado grande para ella. Su cinta escarlata se había congelado
entre sus cabellos.
—¿Puedo ayudarte?
—inquirió el astrónomo, sabiendo que por algún milagro parafísico Aurora los
mantenía con vida a los dos en aquel mundo muerto, sin calor ni atmósfera. La
niña hizo un gesto negativo.
Entonces olvidó todo
y la alzó en sus brazos, tratando de tranquilizarla. La pierna herida no pudo
resistir el peso de la criatura y Claypool cayó de rodillas. No podía hacer
otra cosa.
Aurora extendió
débilmente un brazo hacia las colinas y murmuró:
—¡La puerta! ¡Allí...
Volviéndose
penosamente sobre sus rodillas, Claypool vio un débil resplandor sobre una de
las bajas colinas. Haciendo un esfuerzo, logró delinear los límites
transparentes de la cúpula que cubría aquella luminosidad.
Temiendo que se
tratara de una ilusión de sus sentidos, con un esfuerzo tremendo el astrónomo
se. dirigió hacia allí, cargando a la helada niña.
—¡Por favor! —sollozó
Aurora débilmente—. ¡Por favor, apúrese!
Trabajosamente,
cargando a duras penas el escaso peso de la criatura, Claypool se arrastró
hacia aquella cúpula y por fin llegó hasta un umbral metálico, cerrado por una
puerta plástica.
Sus manos empujaron
el botón que parecía servir de picaporte, y la puerta se abrió— Tambaleándose,
entró—La puerta se volvió a cerrar, movida por resortes ocultos.
En el interior del
recinto había aire. ¡Aire y calor! Claypool miró a la niña, que estaba muy
quieta en sus brazos.
—¡Oh, gracias, doctor
Claypool! — los ojos de Aurora se habían llenado de tibia devoción.
El astrónomo,
azorado, la depositó sobre el tibio piso y miró en derredor, sin comprender
bien lo que había ocurrido.
Aquel refugio no
podía tener un millón de años, que era probablemente el tiempo que ese planeta
había estado muerto y frío.
El aire que lo
llenaba, por ejemplo, tenía el vago olor de la pintura fresca; los botones que
hacían funcionar el mecanismo interior de la puerta tenían letras latinas, la
caja que cubría el mecanismo que abría la segunda puerta del pasaje al interior
de la cúpula propiamente dicha, llevaba la conocida marca de fábrica: Corporación
Mecánica Acmé, que proporcionara algunas piezas para las cámaras donde se
llevara a cabo el Proyecto Alarma, en Starmont.
Experimentalmente el
astrónomo oprimió un botón que decía en caracteres de imprenta: "Para
entrar oprima con fuerza". La segunda puerta se abrió silenciosamente y se
encontraron en el interior de la cúpula transparente. Un túnel los condujo hacia
las entrañas de la roca, protegida por aquel plástico hermético. La
iluminación, era eléctrica y provenía de tubos fluorescentes que llevaban la
marca United Electric...
El túnel estaba
flanqueado por puertas cerradas. Llevando a la niña de la mano, Claypool
avanzó, mudo de asombro. La primera habitación contenía un diminuto generador
eléctrico movido por una unidad rodomagnética. El astrónomo contuvo la
respiración al advertir la placa que había en ella: "Fundación de
Investigaciones Rodomagnéticas Starmont"... ¡Esto era imposible! Claypool
sacudió la cabeza, incrédulo. Una vez había soñado establecer una fundación
filantrópica de investigaciones para desarrollar el rodomagnetismo en beneficio
de la Humanidad. Pero las amargas demandas de la realidad nunca le habían
permitido dedicar su tiempo a semejante proyecto.
Otra habitación era
la cocina. Lo curioso era que parecía idéntica a la que tenía Ruth en Starmont,
con artefactos conocidos y comida envasada.
Había además dos
dormitorios, uno para él y otro para Aurora. El suyo tenía sobre la mesita de
luz una pila de libros que leyera tiempo atrás. En el baño había jabón de marca
preferida y también la misma pasta dentífrica que usaba habitualmente.
En el exterior, el
planeta estaba totalmente muerto, frío y oscuro. El cielo era negro y cruel y
la elevada curva de la galaxia parecía extenderse sobre el tétrico escenario
como una pluma tenue y apenas invisible.
Descansando sobre una
confortable silla, Claypool meditó. Por fin miró a la niña que estaba a su
lado:
—¿Tú nos trajiste
hasta aquí, Aurora?
—No.
—No comprendo
absolutamente nada. Todo esto resulta tan... familiar. ¡Hasta los libros que
solía repasar antes de dormirme, están junto a mi cama!
Aurora lo miró,
perpleja como él.
—¿No recuerda?
—murmuró suavemente. Claypool parpadeó, sin poder hablar. La criatura
prosiguió—. Es curioso que no lo recuerde. ¡Usted lo hizo! Me encontró y me
sacó de aquel sitio horrible donde los humanoides tienen al señor White y a
nuestros pobres amigos...
El astrónomo se
limitó a seguirla mirando sin articular palabra.
—Y después usted hizo
este sitio, mientras esperábamos allá afuera, en medio del frío... Es una
lástima que no lo recuerde, porque sería realmente muy bueno en parafísica.
Capitulo
XVIII
Claypool se miró las
manos y las flexionó incrédulo. Aurora pareció leer sus pensamientos y dudas.
—Usted no usó sus
manos, doctor —le dijo solemnemente—. Lo hizo con su mente. ¿No lo recuerda,
doctor Claypool?
El astrónomo volvió a
mirar en derredor. De pronto sus ojos tropezaron con un libro que tenía una
lista de constantes rodomagnéticas y coeficientes de la nueva ciencia, cuyo
autor era W. Claypool.
Los pelillos de la
nuca se le erizaron.
—¡Ese libro lo
escribí yo pero nunca se llegó a publicar! —murmuró—. ¡La censura lo prohibió;
—Lo hizo con su mente
—repitió Aurora—. Lo hizo en la forma en que el señor White me enseñó a cambiar
los átomos de potasio que había en el interior de los humanoides y
detenerlos... ¡Oh, si pudiera recordarlo! Yo lo vi, convertir la roca en todo
eso, con sólo pensarlo. ¡Y me alegro mucho, porque estaba enfriándome demasiado
allá afuera!
Claypool miró sin ver
hacia adelante. Luego sus estrechos hombros se encogieron inquietos.
—Me parece
comprenderlo. Todo lo que hay aquí es algo que yo conocía —murmuró—. Pero no
veo en qué forma..., no hubo tiempo para nada.
—Temo que no
recuerde, doctor —insistió la niña—. Para mí transcurrió mucho tiempo, mientras
las rocas iban cambiándose y cobrando forma.
Claypool conocía la
ciencia de la transmutación. Inspeccionando las pilas atómicas en nombre de la
Secretaría de Defensa, había visto cómo pequeños trozos de sodio, aluminio o
platino introducidos en un reactor, salían convertidos en magnesio, oro o potasio.
Pero esto... esto era diferente.
—Debo haberlo hecho
—murmuró—, ¡pero no recuerdo cómo!
Aurora miró su ceño
fruncido y se mordisqueó la punta de un
dedo.
—¡Tal vez si recuerda
lo que estaba haciendo antes de olvidarlo —dijo con un susurro—, pueda recordar
todo!
Claypool la miró como
si recién la viera por primera vez.
—Naturalmente. ¡La
ecuación básica!
¡Era extraño que no
hubiera pensado antes en eso! Mientras yacía de espaldas sobre la cama en el
interior de la jaula, pensando sobre el origen del átomo, se había asombrado de
las infinitas posibilidades de aquella ecuación.
Febrilmente comenzó a
escribir sobre un trozo de papel Aurora lo miró esperanzada.
—¿Recuerda ahora?
—No. Pero creo
conocer el origen de todo... —rápidamente comenzó a explicarle los símbolos
matemáticos, pero la niña lo interrumpió.
—No sé leer, doctor
Claypool. Nunca fui a la escuela, y lo que me enseñaba el señor White era
siempre en forma hablada... lo siento mucho, porque hubiera podido ayudarlo,
¡pero no sé leer!
Claypool hizo un
gesto de compasión y observó el papel que sostenía en la mano. ¡Allí tenía la
respuesta definitiva a todos los enigmas del Universo;
—Vete a descansar
—dijo a la niña. Pero ella permaneció a su lado.
—¡El pobre señor
White está en tan mala situación! Y el señor Graystone, y los otros...
—murmuró—. Usted tiene que tratar de ayudarlos a librarse de esos muñecos
mecánicos...
Claypool trabajó
intensamente.
Aurora permaneció
inmóvil, mirándolo escribir apresuradamente, pensar y volver a escribir.
De pronto el
astrónomo miró al exterior, hacia el depósito de paladio mineral y tras
escribir algo más, pareció concentrarse.
La niña oyó un
"click" metálico y sobre la mesa de trabajo apareció una pepita
metálica, demasiado fría para poderla tocar.
Los dedos fatigados
del astrónomo siguieron escribiendo. Por fin algo lo alteró tan profundamente
que se transfiguró: poniéndose de pie, derribó la silla y en su rostro apareció
una luz nueva.
—¡Cúbrete el rostro!
—dijo a la criatura. Su voz era diferente a la de White, el filósofo guerrero.
Al mismo tiempo se
tapó los ojos; Aurora estaba mirándolo con cierta sorpresa, cuando se produjo
el resplandor. En pleno cielo, una nueva estrella que eclipsó a las
otras, brilló durante un momento para luego desaparecer.
—¡Aurora! —exclamó
entonces Claypool, preocupado—, ¿Te lastimó los ojos?
El hombre que estaba
parado tras la mesa se irguió, orgulloso y seguro de sí mismo. La niña pensó
que le recordaba al señor White.
—Fue una aplicación
mental de la ecuación básica —explicó Claypool, sonriendo combativo—. Gobierna
la producción de energía pura cancelando el componente parafísico de la
materia..., lo probé llevando al vacío del espacio un trozo mínimo de paladio y
viste lo que ocurrió... ¡produje una supernova! ¡Una supernova enana!
—sacudiendo el trozo de papel, alzó su voz hasta gritar casi—. Aquí tenemos el
arma que nos permitirá derrotar a los humanoides y sus renegados
aliados... Aurora contuvo la respiración esperanzada. —¿Entonces podremos
ayudar al pobre señor White? —¡Creo que sí, pero antes debemos hacer algo más
importante... tenemos que encontrar el refugio de los traidores y destruirlos!
—¡Tengo miedo del
señor Ironsmith! —susurró la niña—. No lo conozco casi, pero tengo; miedo. La
primera vez que lo vi me gustó... me trató bien y me regaló goma de mascar.
Pero cuando nos capturó en "Ala 4ª'' y nos entregó a los humanoides, parecía
alguien distinto... es más fuerte que el mismo señor White.
Pero el hombre
delgado y casi calvo, con ropas de dormir y expresión fatigada en el rostro, se
irguió resuelto:
—Ahora tenemos un
arma, Aurora —dijo—. ¡Podemos pelear con él de igual a igual!
Con la regla de
cálculos y mucho papel cubierto por símbolos matemáticos, Claypool buscó
afanosamente el sitio de la galaxia donde podían haber instalado su Base los
traidores que trabajaban para los humanoides bajo las aparentes órdenes
de Ironsmith.
Hora tras hora
Claypool luchó con sus ecuaciones, comiendo algunos emparedados hechos a la
ligera, tragando píldoras contra la dispepsia y cubriendo hoja tras hoja con
símbolos matemáticos.
Por fin alzó la vista
y miró con ojos cansados a la niña, que tras dormir un rato había despertado y
lo estudiaba con sus grandes ojos muy abiertos.
—¡Encontré a
Ironsmith! —exclamó—. ¡Está con los demás renegados en un planeta cercano a
"Ala 4ª"! ¡Y con él está Ruth;
El poder psicofísico
que le permitiera "ver" a través de la distancia y localizar al grupo
de renegados que trabajaban en favor de los humanoides no le había
quitado sus cualidades y defectos humanos. Pálido, tembloroso se pasó una mano
por la frente.
Luego pareció
advertir la presencia de la niña y sonrió suavemente.
—Tendrás que
esperarme aquí —dijo—. Yo iré a enfrentarlos y luego volveré a buscarte. Estoy
seguro que con lo que he aprendido haré pasar un mal rato a Ironsmith.
—¡Pero usted tiene
que llevarme! —gimió la criatura—. ¡Si me quedo aquí, los humanoides volverán
a apoderarse de mí!
Claypool frunció el
ceño. Tal vez la niña tenía razón.
—Está bien... —dijo
para tranquilizarla—. Iremos juntos y cuando haya terminado con los renegados,
forzaré a los humanoides a realizar un nuevo pacto con la raza humana..., más
justo y equilibrado.
—¡Oh, gracias!
—exclamó la niña—. ¡Ahora sí que siento apetito!
Capitulo
XIX
Llegaron en forma tan
rápida que Claypool creyó que el oscuro cielo se había tornado luminoso. Luego
advirtió que estaban en el interior de una inmensa cámara, con grandes columnas
sostenidas en el techo, que resplandecía con vivos colores. En las paredes
había amplísimas ventanas que dejaban pasar la luz exterior.
Claypool permaneció
un momento inmóvil, y Aurora comprendió que estaba asustado. Además el estómago
le ardía y la rodilla derecha amenazaba ceder y hacerlo caer al suelo en
cualquier momento. Pero ni un instante siquiera pensó que podía retirarse al
otro extremo de la galaxia, lejos de aquel sitio donde el peligro de un
terrible destino dejaba de ser una amenaza para convertirse casi en certeza.
—¿Dónde están?
—preguntó la niña.
—Aquí no... esto es
un museo de guerra... ¿Ves todas las armas alineadas junto a las paredes? Son
muestras de todo lo que utilizó el Hombre a través de los siglos para a sus
semejantes... ¡Y esos son mis proyectiles!
—En un extremo
estaban, largos y brillantes, los proyectiles del Proyecto Raijo—. Yo
sabía que Ironsmith era el responsable de su desaparición, pero ignoraba por
qué lo había hecho.
En ese momento por
una de las ventanas entró volando una enorme mariposa. La niña sintió que la
mano de Claypool se ponía tensa y de inmediato el brillante insecto
desapareció, desintegrado.
—¡Oh! ¿Por qué la
mató?
—Lo siento... quería
probar de cerca la ecuación de transformación total de masa en energía...
—repuso el astrónomo.
La niña sintió pena
por un ser tan hermoso y delicado. Pero más pena experimentó hacia Claypool, al
comprender qué enfermo y lleno de amargura estaba.
—¡Rápido! ¡Allí
vienen! —susurró el astrónomo, forzando a la criatura a ocultarse con él tras
un viejo y chamuscado tanque de guerra.
Un anciano y una
muchacha, bronceados y alegres, vestidos con flotantes ropas y adornados con
flores, se acercaban al museo, riendo y conversando despreocupadamente.
—¡Si nos descubren
tendré que matarlos! —murmuró Claypool—. ¡Es increíble que se muestren felices,
después de haber cometido el crimen más horrendo que es dable imaginar!
¡Vendieron a sus semejantes, entregándolos atados ds pies y manos a los
autómatas ¡
—¡Ojalá no nos
descubran! —musitó Aurora. No hubiera querido ver morir a aquellos dos seres
tan agradables, pese a que los sabía enemigos.
El anciano y la
muchacha entraron en el enorme recinto, y por una puerta lateral apareció otro
hombre, joven y de paso elástico. Era Ironsmith, que sonriendo se dirigió hacia
ellos. —¡Señor Sledge! —llamó.
El anciano lo esperó
y le estrechó la mano, sonriendo.
Aurora advirtió que
la mano de Claypool soltaba la suya. El astrónomo, asombrado, miró al anciano
aquel. ¡Pero era imposible! No podía ser Sledge, el viejo sabio que tras crear
a los humanoides fuera denotado por ellos. Ese hombre no podía tener
casi dos siglos, y además su aspecto distaba mucho del de un ser aniqui—Jado
por su propia obra.
—¡Ya he terminado el
nuevo regulador! —explicó Ironsmith con voz sonora—. ¡Pronto Claypool quedará
cercado y dejará de ser un peligro!
Claypool se
estremeció. En sus ojos hundidos apareció una mirada de odio profundo, y una
luz terrible se reflejó en su mirada. La niña comprendió que iba a golpear, y
cerró los ojos.
Pero nada pasó. El
astrónomo había paseado su mirada del rostro de su enemigo al de la joven que
amorosamente se le colgara del brazo reconociéndola, pese a sus cabellos
rojizos y tez bronceada.
—¡Ruth! —murmuró—. ¡Oh, no, Ruth!
La niña lo observó
con sus grandes ojos interrogantes.
—¡Esa era... mi
esposa! —le explicó él con voz quebrada.
Luego, olvidado de
todo, se adelantó y echó a andar hacia la puerta del museo, donde estaban
parados Ruth, Ironsmith y el anciano.
—¡Ruth! —gritó
roncamente—. ¡Apártate de él!
Los tres se volvieron
para mirarlo, y en sus ojos se advirtió algo parecido a la piedad.
—¡Webb¡ —exclamó
ella, sorprendida—. ¿Qué... qué haces aquí?
Aurora había seguido
al astrónomo, pequeña y atemorizada.
—Te diré qué he
venido a hacer —gritó Claypool vehementemente—. Vine a matar a Ironsmith, por
su traición a la raza humana ¡Con los demás puedo pactar, pero él morirá!
¡Miren esa roca!
Con gesto airado
señaló hacia una gran roca que se alzaba a varios kilómetros de distancia del
Museo, junto a la orilla de un mar de aguas azules y tranquilas.
Temblando a su lado,
Aurora vio cómo la roca se convertía en un sol en miniatura, desintegrándose
con tan horrible estruendo que pese a la distancia pareció ensordecedor. Hasta
ese momento la niña había sentido piedad hacia el astrónomo, herido y enfermo.
¡Pero en ese instante una sensación de profundo orgullo la invadió: ni siquiera
el señor White hubiera sido capaz de aquello!
—No hubiera tenido
que hacerlo —exclamó el anciano, junto a la puerta—. En esa roca anidaban
algunas gaviotas ...
Ironsmith permaneció
silencioso y grave. Ruth, a su lado, observó a su ex esposo con mirada
llena de misericordia.
—¡Webb! —murmuró—.
¿Qué crees que estás haciendo? —Voy a destruir al grupo de renegados que pactó
con los humanoides para esclavizar a la especie humana... voy a preparar
otro pacto, más digno y decente, para evitar que el hombre se convierta en una
máquina más... ¡y ante todo Ironsmith, voy a matarlo!
Con toda
tranquilidad, Ironsmith rodeó la cintura de Ruth con la diestra y dijo: —¿Puede
especificar sus cargos?
—¡Usted es un
renegado que se unió a los robots... nos espió, saboteó el Proyecto Rayo y traicionó
a White. entregándolo a las máquinas! ¡Ahora ayudó a los humanoides a
producir el nuevo regulador, que les permitirá regir las vidas de la especie
humana, convirtiendo a los hombres en autómatas! ¡En cuanto a su asunto con mi
mujer, es algo privado y no lo incluyo... prepárese para morir!
—¡Por favor, Webb!
—exclamó Ruth—. ¡No te muestres tan vengativo... no puedes hacernos daño!
El anciano, que
estaba parado junto a ella e Ironsmith, avanzó un paso:
—Antes que arruine
todo el paisaje, le diré que Ruth y Frank se han casado después que su
matrimonio fue anulado... usted es el responsable de esto pues olvidó a su
esposa por llevar adelante el Proyecto Rayo, haciéndola desdichada. Aquí ha
encontrado la felicidad y el amor que usted no supo darle!
Aurora, aferrada
dolorosamente a la crispada mano de Claypool, sintió que todo el cuerpo del
astrónomo se ponía terriblemente tenso y comprendió que iba a matar a aquellos
tres seres. Con espanto trató de cerrar los ojos y no pudo hacerlo. Entonces,
fascinada, miró esperando sentir la explosión y ver desintegrarse los cuerpos
de Ja pareja y el anciano.
Nada sucedió.
—¡Le dije que no
puede dañar a nadie! —rugió el anciano—. ¡Por lo menos utilizando medios
parafísicos! ¡Usted olvidó algunas cosas fundamentales y es increíble que haya
logrado los resultados que obtuvo hasta ahora con su mente enferma.
Claypool permaneció
inmóvil y silencioso, temblando.
—Naturalmente, usted
tenía la ventaja de sus conocimientos científicos, que le permitieron trazar
las ecuaciones matemáticas de la parafísica..., pero hubiera debido comprender
que con esos medios es imposible matar a un ser humano: La energía parafísica
es el elemento creador del universo. No puede destruir la vida pues es lo que
le dio origen. La mente es tan sólo un fenómeno parafísico más. El más perfecto
y maravilloso.
Claypool hubiera
querido seguir escuchando, pero la pierna derecha se negaba a sostenerlo y se
tambaleó.
Aurora intentó
inútilmente sostenerlo y se vio obligado a dejarse caer sentado.
—...enfermo, Claypool
—decía el viejo con voz gentil—. Pero nosotros lo curaremos. El nuevo regulador
que acaba de concluir Frank es precisamente para eso... para curar los casos de
imperfecto conocimiento como el suyo. Usted imaginaba que luchaba por el bien
de la Humanidad y por eso consiguió algunos resultados. ¡Pero necesita ser
puesto en cura!
El astrónomo recordó
los cuatro autómatas que viera en ""Ala 4ª" y con un esfuerzo se
puso de pie. Con manos temblorosas tomó a Aurora y la alzó en sus brazos,
volviendo la espalda a la puerta y corriente hacia el vasto recinto.
Allí adentro, entre
brillantes columnas, estaban los proyectiles del Proyecto Rayo, esbeltos
y flamantes, intactos. ¡Con un poco de suerte podría detonarlos y destruir
aquel planeta con toda su población de renegados!
—¡Cuando te deje en
el suelo huye! —susurró a la niña—. ¡Vuelve a nuestro refugio en el planeta
oscuro y espera! Allí estarás segura.
—¡Espere, Claypool!
—rugió a sus espaldas la voz del anciano.
En este momento la
pierna lastimada le jugó una mala pasada. Sin poder mantener el equilibrio, el
astrónomo trastabilló y cayó. En su esfuerzo por girar y no lastimar a la
criatura, rodó sobre sí mismo y se golpeó la cabeza contra el duro suelo.
Con un gemido intentó
reincorporarse, pero no lo logró. Aurora, poniéndose de rodillas a su lado, se
echó a llorar, mientras le acariciaba el rostro con sus manitas heladas.
~.. .último
esfuerzo... —jadeó, intentando una sonrisa que no pudo forzar—. ¡Inútil!
Vagamente advirtió
que el anciano se le acercaba con paso tranquilo.
—Tenga paciencia,
Claypool... Pronto el regulador alcanzará el grado de potencial necesario y
podremos curarlo —le dijo.
—¿Curarme? —exclamó
débilmente—. ¿Convirtiéndome en un robot más? ¡Ya estoy juzgado y condenado..
la sentencia es la muerte! ¡Vivir sin cerebro propio ni personalidad, es una
forma de muerte!
—¡No sea tonto! —el
anciano se reclinó a su lado—. Comprendo lo que piensa porque también yo
compartí sus ideas hace mucho tiempo..., después de crear a los humanoides, intenté
destruirlos...
Pese a su dolor,
Claypool logró asombrarse.
—¿Usted es ese
Sledge? ¡Pero es imposible!
El anciano asintió
serenamente.
—Yo soy Sledge. Hace
noventa años yo produje los humanoides para proteger la especie humana y
luego creí necesario destruirlos. En lugar de adaptarme a ellos y modificarlos.
Pero perdí. Un día me capturaron y me operaron el cerebro. De esto hace treinta
años. Me curaron física y mentalmente y me rejuvenecieron. Luego me permitieron
reiniciar mis investigaciones, pero quitándome todos los elementos físicos. Me
dediqué a la para—física y entré en contacto con la raza de filósofos vivía ya
en ese entonces en este plañe ia...
—¿Filósofos? —gruñó
Claypool, advirtiendo! que tanto Ironsmith como Ruth habían desaparecido—. ¿O
traidores?
El anciano sonrió
comprensivo y señaló en derredor.
—¿Le parece esto un
nido de ratas? No, Claypool... es el Instituto Parafísico Intergaláctico...
aquí se logró cambiar las directivas originales que movían a los humanoides,
haciéndolas más sutiles... ¿Siente dolor? Pronto pasará todo. Frank y Ruth
han ido a activar el regulador... Como le decía, en este planeta se originó el
Pacto Común entre los hombres y los humanoides. ¡Yo me asocié, como lo
hicieron Frank Ironsmith y Ruth. ¡Aquí se logrará definitivamente que el Principal
Mandato llegue a ser una realidad!
Claypool miró hacia
el hall del museo y su diestra se dirigió ansiosamente hacia la pierna
lastimada. Sledge captó la mirada.
—El Museo forma parte
del Instituto. Se trata más que nada de una colección destinada a recordamos
que con cada ser humano que nace, nace un enemigo potencial de la especie. La
vida hiere a todos los hombres y nuestra misión consiste en curar esas heridas...,
hasta ese momento, ningún ser puede llamarse adulto. Creo que el nuevo
regulador que inventó Ironsmith puede lograr que esa curación sea total.
Claypool había
intentado escuchar, pero el dolor de la pierna y el de la cabeza se habían
asociado para aislarlo del mundo del sonido y lo único que conseguía captar era
la imagen de los proyectiles que sabía guardados en el interior del Museo.
—¿Convirtiendo a los
hombres en autómatas? —inquirió con una sonrisa cínica.
—¿Por qué no trata de
comprender? —rogó suavemente Sledge—. La función del regulador es...
—Yo vi a White y los
otros dominados por el regulador —replicó el astrónomo con acento salvaje—.
[Convertidos en máquinas sonrientes! ¿Esa es la liberación del hombre? ¡Yo no
quiero convertirme en otro autómata! ¡Prefiero la muerte¡
—¡Usted sigue sin
comprender, Claypool! El regulador de Ironsmith no es un monstruo lanzado a
dominar... es otra herramienta hecha para servir al hombre... como los humanoides.
No es un cerebro mecánico ansioso de poder. Es un eficiente médico y un
verdadero esclavo de la Humanidad.
En ese momento
reapareció Ironsmith, caminando con paso elástico y alegre.
—¡Ya está preparado!
—dijo suavemente—. ¿Vamos, Claypool?
Caído de espaldas
sobre el hall del Museo, el astrónomo miró hacia la vitrina más próxima, donde
se exhibía un detonador de paladio. Aurora, a su lado, pareció comprender
aquella mirada de desesperación.
—¿Puedo ayudarlo,
doctor Claypool? —susurró.
—Sí..., rompe ese
vidrio y arrójame la barra metálica que hay adentro.
Cosa extraña, Sledge
no hizo ningún movimiento para impedir que la niña cumpliera aquella orden. Los
dedos temblorosos de Claypool aferraron aquel instrumento de muerte, que podía
volar en pedazos a todo el Museo.
—¡Ahora vete! Vete,
porque esto va a desaparecer! —susurró con acento afiebrado.
La niña con los ojos
llenos de lágrimas, irguió valientemente la cabeza, pero no se movió.
La mano de Claypool
comenzó a temblar, con aquella barra de brillante metal que explotaría con solo
oprimir el botón de su extremo, pero su dedo índice no se bajó—Mirando a la
criatura, sacudió lentamente la cabeza:
—¿No quieres
marcharte, eh? —murmuró—. ¡Es lástima! ¡Era una forma magnífica de morir!
¡Lleva esta barra al sitio de donde la sacaste!
Sledge e Ironsmith, a
su lado, sonrieron comprensivamente.
—Bueno —exclamó el
astrónomo, sintiendo que odiaba a aquellos rostros amables y felices—. ¡Ya
estoy preparado! ¡Pueden llevarme!
Y sin poderse
contener, estalló en sollozos, mientras la niña volvía el detonador hasta su
sitio.
Desde la vitrina, la
criatura se volvió y vio cómo el regulador se apoderaba del cerebro de Webb
Claypool, que, abandonando su expresión de dolor, se reincorporó, irguiéndose
pese a la pierna lastimada.
—¡No, oh, no!
—exclamó la niña, horrorizada al ver en el rostro del astrónomo la sonrisa
benevolente de los humanoides.
—¡A tu servicio,
Aurora Hall! —la voz ya no era de Claypool. Se había tornado en un sonido
melodioso y metálico, sin inflexiones—. No temas. Ningún daño recibirás. Pero,
necesitas ser curada.
La criatura
retrocedió, dispuesta a echarse a correr, pero Ironsmith se le acercó,
sonriéndole afectuosamente.
—¡Déjanos ayudarte,
Aurora¡ —dijo suavemente—. ¡Por favor! La vida no ha sido amable contigo. Has
sufrido hambre y frío... Miedo y desesperación. Déjanos ayudarte.
Repentinamente Aurora
sintió que simpatizaba con aquel muchacho bronceado y agradable. Recordó que
una vez le había dado goma de mascar y le devolvió la sonrisa, algo
tímidamente.
—Estoy preparada,
señor —dijo.
Ironsmith le hizo un
gesto tranquilizador y algo pareció penetrar en el cerebro de la niña, que se
sintió hundir en las tinieblas del olvido.
Capitulo
XX
Claypool despertó en
su lecho del enorme dormitorio que los humanoides le habían edificado en
Starmont Por un momento le pareció que había pasado un instante desde el
momento en que el regulador se había apoderado de su mente.
Asombrado miró en
derredor. A su lado, parado e inmóvil, había un humanoide.
—¡A su servicio,
señor! —dijo el robot al advertir que estaba despierto—. ¿Qué puedo hacer por
usted?
—¡Márchese y déjeme
en paz!
Para su asombro
extraordinario, el humanoide obedeció. Volviéndose con aquellos
movimientos fluidos que caracterizaban a todos sus hermanos, el robot abandonó
el dormitorio.
Claypool se incorporó
para mirar cómo se marchaba la máquina aquella y de pronto advirtió que la
pierna lastimada no le dolía. Por el contrarío se sentía perfectamente bien.
Asombrado se llevó una mano a la cabeza para rascársela, y advirtió que su
cabello era extrañamente espeso. Una antigua cicatriz que le recorría la nuca
había desaparecido.
Curiosamente se tocó
el rostro. La barba de días había desaparecido y comenzó a buscar con la vista
un espejo. Sin saber por qué, como llevado por un largo hábito, oprimió un
botón y la ventana se convirtió en espejo.
Pero al mirarse, una
nueva sorpresa lo aguardaba. Un desconocido moreno, alto y fuerte lo
contemplaba. Algo habitual había sin embargo en aquel rostro juvenil, y en
aquella frente coronada por una espesa mata de cabello negro. Era él, ¡él
mismo¡ El pijama que vestía era azul, subconscientemente pensó que a Ruth no le
gustaba ese color.
Luego recordó, con
una sensación de dolor, que Ruth estaba perdida para él. Perdida para siempre.
Entonces vio la
tarjeta, apoyada sobre la mesa de luz: "Querido Web:
Felicitaciones en
este Día del Despertar. Nos alegramos saber que ha llegado tu gran momento.
Frank Ironsmith y señora."
¿Qué significaba
aquello? Claypool dejó la tarjeta y oprimió otro botón. La ventana volvió a
serlo y a través del cristal pudo ver cómo había quedado Starmont después de
ser reformado por los humanoides... Un verdadero paraíso de lagos,
vegetación y villas luminosas. —El regulador... —murmuró— ¿Cuánto tiempo... ?
Por un momento se sintió tentado de llamar al obediente servidor que acababa de
despedir, pero advirtió que alguien se acercaba por el sendero florido. Era una
joven, alta y hermosa, de flotante cabellera. Era una desconocida, y sin
embargo algo había en su forma de caminar que le hizo pensar en un viejo amigo.
Alzando !a cabeza, la
muchacha lo vio observándola y le hizo un gesto amistoso.
—¡Hola, Webb!
Él no la conocía,
pero contestó al saludo, asombrado. Sin saber qué hacía, bajó la pendiente que
llevaba desde la ventana al jardín.
—¿Estás bien? —le
preguntó ella, estrechándolo emocionada—. El señor White me dijo que hoy era tu
Día del Despertar y por eso vine a esperarte...
Entonces advirtió que
Claypool parecía asombrado y con aire incierto.
—¿Qué te pasa? —le
preguntó. Luego lanzó una carcajada cristalina—. ¿No me recuerdas?
El astrónomo miró
aquellos ojos grandes y transparentes y tragó saliva.
—¡Aurora! —murmuró—.
¿Es posible?
—He cambiado algo,
¿verdad? ¿Qué tal te parezco ahora?
Claypool sintió que
el cambio aquel le resultaba agradable, pero no pudo comprender absolutamente
nada. Por fin la luz se hizo en su cerebro y murmuró:
—¿Cuánto... cuánto
tiempo ha pasado? ¿Cuántos años?
—Este es el
Quincuagésimo Despertar —repuso la joven.
Una sensación de frío
pareció correrle por la columna vertebral.
—El Día del Despertar
se produce una vez por año —prosiguió explicándole Aurora—. Ese día los que
están curados son liberados del control del regulador. Yo desperté el año
pasado... el señor White hace treinta años. Ahora trabaja con el señor
Ironsmith en el Instituto...
Claypool siguió sin
poder hablar.
—Pero yo no podía
esperar con los otros que tú despertaras ... tenía que venir. A veces uno se
siente muy solo al quedar libre. Nuestros otros amigos siguen en cura y todavía
pasarán varios años antes de que puedan ser liberados.. . estaban muy enfermos.
Claypool tragó saliva
nuevamente y aferró la mano de la muchacha. De pronto el significado de todo
aquello se aclaró para él.
—¡Cincuenta años!
—murmuró—. ¡Quiere decir que tengo noventa!
—¡Y yo sesenta!
—contestó la voz juvenil de Aurora, con otra carcajada—. El señor White trabaja
con el señor Ironsmith para acelerar el proceso. Pero no importa cuánto tarda,
pues rejuvenece al mismo tiempo que cura... Los ojos límpidos lo miraron.
—¿No te parece ahora
extraño haber estado tan equivocado y haber luchado contra Frank Ironsmith?
Claypool miró por
encima del hombro hacia la sección cómputos, donde solía trabajar el sonriente
joven. En el sitio donde el matemático solía apoyar su bicicleta había ahora
una placa recordativa.
—Supongo que todos
estábamos enfermos y equivocados —murmuró lentamente—. Creo que después de
todo, Ironsmith es un verdadero héroe, que merece nuestro respeto y nuestro
agradecimiento. ¡Pero su antiguo hábito de masticar goma sigue disgustándome!
La muchacha lanzó una carcajada. —¡Me alegro de que sigas siendo tú, querido
mío! —exclamó—. Ya lo ves, estuve esperándote..., creo que te amé desde el día
aquel en que me salvaste de morir aplastada por la máquina excavadora...
Claypool recordaba,
pero fue el joven alto y desconocido del espejo quien tomó la mano de la
muchacha de ojos transparentes y mirando en derredor, arrancó una flor para
colocársela en el cabello.
Pero al rememorar
aquellos cincuenta años, toda su confianza pareció estremecerse. La flor le
recordó el aroma sutil que llevara Ruth durante su matrimonio... "Dulce
Delirio"..., el fantasma de su antigua tristeza volvió a atormentarlo por
un momento. Aurora tomó la flor de su mano y volvió a reír.
—Es inútil que trates
de luchar, querido —le dijo. Su voz tenía una débil traza de malicia—. Y
también es inútil que sigas recordando a Ruth. Porque yo vine a verte
inmediatamente después de haber despertado y te encontré como esperaba que
fueras... entonces le dije al señor White que te quería, y él lo arregló todo
con el regulador para que pudieras amarme tan sólo a mí desde el momento de
despertar. Ya lo ves. ¡No te queda otro remedio que casarte conmigo!
[1]
Estrellas que aparecen súbitamente, alcanzando un brillo intrínseco 100
millones de veces superior al Sol y extinguiéndose luego. Se supone que
se originan en procesos explosivos. (N. del T.).

