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Libro N° 6054. El Príncipe Del Espacio. Williamson, Jack.

Guillermo Molina Miranda junio 30, 2025

 


© Libro N° 6054. El Príncipe Del Espacio. Williamson, Jack. Emancipación. Junio 1 de 2019.

Título original: © El Principe Del Espacio. Jack Williamson

 

Versión Original: © El Principe Del Espacio. Jack Williamson

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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EL PRíNCIPE DEL ESPACIO

Jack Williamson

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo Primero

UN PREMIO DE DIEZ MILLONES DE CORONAS

Una nave espacial ha sido hallada con doscientos cadáveres a bordo. El famoso pirata interplanetario llamado «El Príncipe del Espacio» se cree ser el autor del misterioso y múltiple, crimen.

 

Guillermo Windsor, periodista de profesión, y hombre de cuarenta años, caviloso y no muy bien agestado, se detuvo en medio de la animada callejuela que le conducía a la Quinta Avenida, y sonrió con perdonable orgullo al escuchar a las roncas  vendedoras automáticas del periódico que voceaban las frases que copiamos al principio y distribuían en¬tre la multitud los periódicos recién impresos. Guillermo ha¬bía escrito la noticia del crimen; había arriesgado su vida en un loco vuelo sobre una incómoda nave-sol, a fin de ser el primero en traer a Nueva York la concisa y espeluznante his¬toria. Descubrir los pormenores de un hecho tan importante y curioso en aquel año 2131, sin temor a perder la vida o al menos un miembro, y añadir aquellos pormenores a los diez millones de ávidos lectores del gran diario El Heraldo-Sol, le hacía experimentar la mayor satisfacción de su vida.

El lector sabría desde luego que Guillermo no era genio como narrador: era sencillamente un observador. El héroe verdadero era aquel misterioso personaje que había op¬tado por llamarse a si mismo "El Príncipe del Espacio". La relación estaba extractada del diario de Guillermo, que él guardaba con cuidado, esperando componer con él un gran libro de aventuras.

Guillermo se detuvo en la acera, junto a la máquina vendedora; metió en ella su moneda y recibió un ejemplar recién impreso. Volvió a leer el relato en medio de la abiga¬rrada muchedumbre que transitaba por las aceras y el cons¬tante ruido de los miles de heliocoches movidos por electrici¬dad.

«Las noticias heliográficas remitidas por la nave «Avenger» dan cuenta de que la nave-sol «Helicón» ha sido hallada hoy, a las dieciséis diecinueve, hora cosmológica, a dos mil millas del ámbito lunar. Las escotillas estaban abier¬tas, el aire se había escapado y todo el personal a bordo había perecido. Lo constituían el capitán Slormburg, los setenta tri¬pulantes, incluidos los oficiales, y ciento treinta y dos pasaje¬ros, entre los cuales había cuarenta y una mujeres. El «Helicón» hacía la travesía ordinaria entre Los Angeles y el puerto lunar Tychs. Los cadáveres estaban horrorosamente mutilados y se habían cometido en ellos los más bárbaros excesos. El cargamento ha desaparecido. La pérdida mas importante de él es la de unos millares de tubos de vitalio, que es un nuevo metal radioactivo, cuyo valor se calcula en un millón de coro¬nas.

El «Avenger» ha puesto en el «Helicón» una pequeña dota¬ción y ha cerrado sus escotillas, proveyéndola de algunos tubos de motorina, a fin de que pueda llegar al puerto interplanetario de Miami (en Florida), en donde se le hará un reconocimiento oficial. No se ha hecho ninguna identificación. Se ha hallado la lista de pasaderos y tripulantes.

»Los oficiales militares se inclinan a atribuir el múltiple cri¬men al célebre malhechor interplanetario que se da a sí mismo el nom¬bre de "El Príncipe del Espacio". En varias ocasiones este "Príncipe" ha robado a las naves-sol sus cargamentos de vitalio; pero jamás ha atentado a la vida de inocentes pasajeros.

«Los demás pormenores serán dados a la publicidad en cuanto podamos recogerlos.

«Los premios ofrecidos por la captura de "El Príncipe del Espacio", vivo o muerto, han aumentado desde el horrible suceso. Los ofrecidos por la Confederación Internacional, Compañía Interplanetaria de Transportes Lunares, Sol-naviera, Compañía del Vitalio y otras va¬rias empresas, sociedades, periódicos y particulares, suman al presen¬te diez millones de coronas.»

 

—¡Diez millones de coronas! —exclamó Guillermo—. Nada menos que un heliocoche particular y unas largas vacaciones en los mares del Sur.

Y doblando el pequeño pliego y guardándoselo en su túnica de seda verde, echó a andar por la ondulante acera.

—Pero ¿qué oportunidad tengo yo de dar con "El Príncipe del Espacio"?

A su alrededor se alzaban los edificios en elegantes pilas de doscientos pisos. El sol brillaba sobre millares de flamantes heliocoches movidos por silenciosa electricidad, y echando atrás la cabeza se que¬dó mirando a un maravilloso edificio, un edificio que era una maravi¬lla arquitectónica allá en el siglo veintidós.

Empezada la torre de Trainor el año 2125, su construcción duró casi un ano. Un cilindro estrecho de aluminio y vigas de acero se alzaba nueve mil pies sobre el suelo de la metrópoli. Los arquitectos se echaron a reír cuando, seis años antes, el doctor Trainor, que había sido un oscuro profesor en un colegio del Oeste, volvía de un viaje de recreo a la luna y les daba cuenta de sus proyectos sobre la construc¬ción de una torre tan alta que ofreciese las mismas condiciones de una montaña, a fin de montar en ella un observatorio astronómico. ¡Un edificio nueve veces más alto que el que lo fuera hasta la fecha! Era una locura, decían. Y algunos escépticos se preguntaban cómo un pobre profesor podría reunir fondos para tal construcción. Y quedó el mun¬do atónito cuando la torre alcanzó su altura de casi dos millas y media. Era una hermosa obra de metal blanco que se erguía en los espacios como una lanza.

El mundo fijó su atención sobre el sujeto que tenía el privile¬gio de recorrer con su ascensor el singular edificio. Guillermo había pasado muchas horas en la sala que daba al ascensor, en el que las buenas propinas ofrecidas al guardia de seguridad le habían permitido entrar; pero ningún género de dádivas habían bastado para permitirle la entrada en el otro ascensor: en el "consagrado".

El había llevado a su periódico los nombres de algunas per¬sonas que habían pasado por la sala de espera. Entre ellas, desde lue¬go, estaba el doctor Trainor, un hombre calvo, de apacibles modales, ojos azules, llenos de bondad, y tranquila y dulce sonrisa. Y Paula, su hija; una joven viva, de pequeña estatura y ojos admirablemente ex¬presivos. Había acompañado a su padre en un viaje a la Luna. Había visto a otras muchas personas, de todas clases, desde los humildes porteros y lacayos hasta los elevados astrónomos de mayor reputación y de los ingenieros solares; pero eran todos muy reservados acerca del asunto que les hacía venir a la torre de Trainor.

Y había visto al señor Caín, el misterioso señor Cain, como él lo llamó desde luego en su fuero interno. Dos veces lo vio. Era un hombre delgado, alto, musculoso, enjuto de cara, de ojos negros e intrigantes. El periodista no pudo ave¬riguar nada acerca de él. Y lo que Guillermo no podía averi¬guar tenía que ser un profundo secreto. Se vinculaba a Cain con la torre de Trainor. Se rumoreaba que había adelantado fondos para la construcción del edificio y para montar el ob¬servatorio, en el que evidentemente estaba interesado.

Impulsado por la costumbre, Guillermo penetró en la torre, y se hallaba delante del impasible guarda cuando un hombre pasó tras él y salió a la calle. Era el señor Cain, con su leve sonrisa en su moreno rostro, guapo y sin nada de afeminamiento. Guillermo resolvió no perder de vista a aquel sujeto hasta saber algo acerca de él.

Sin embargo para sorpresa de Guillermo, el señor Cain se giró hacia él con paso vivo y resuelto y con una bur¬lona interrogación en sus negros ojos. Y habló sin preámbu¬los :

—Creo que es usted don Guillermo Windsor, re¬portero del Heraldo-Sol.

—Ciertamente. Y usted el señor Cain, el misterioso señor Cain.

El alto joven sonrió complacido.

—Sí, señor. Desde luego, creo que lo de "misterio¬so" es cosa de usted, señor Windsor.

—Llámeme Guillermo.

—Creo que desea usted poder pasar a la torre.

—Y he hecho lo posible por conseguirlo.

—Le voy a dar a usted los datos que le interesan, con tal que no los publique sin permiso mío.

—Infinitas gracias. Puede confiar en mi discreción.

—Y tengo mis razones. La torre de Trainor se ha edificado con un fin. Este fin muy pronto necesitará cierta publicidad. Y usted tiene más facilidad para dársela que nin¬gún otro.

—La prestaré, con tal que...

—Creo que el asunto merecerá su aprobación. No se le exigira nada que ponga en

El señor Cain se sacó una tarjeta del bolsillo, garabateó en ella y la entregó a Guillermo, el cual leyó estas palabras : "Admita al portador —Cain. "

—Preséntela en el ascensor esta noche a las ocho, y pida ser presentado al doctor Trainor.

El señor Cain se retiró aprisa, dejando a Guillermo con la tarjeta en la mano.

Aquella noche, a las ocho, el sorprendido guarda con¬dujo a Guillermo a la sala de espera. El encargado del ascen¬sor miró la tarjeta y dijo :

—Sí, señor. El doctor Trainor está arriba, en el ob¬servatorio.

El aparato salió disparado, facilitando a Guillermo el viaje vertical más largo que había hecho en la tierra. Aún no había luz en muchos pisos del cilindrico edificio. El ascensor se detuvo. La puerta se abrió, y Guillermo se halló delante de la cristalina bóveda de un observatorio astronómico.

Se hallaba en lo más alto de la torre de Trainor. Atrave¬sando la cristalina bóveda, se veía el enorme cañón del telescopio con su poderoso montaje ecuatorial . Varios motores eléctricos funcionaban silenciosos en su mecanismo. Un hombre estaba sentado al ocular. Era el doctor Trainor. Guillermo lo vio. Estaba empequeñecido por el enorme tamaño del aparato.

No había en la estancia ninguna otra persona ni nin¬gún otro aparato de importancia. El voluminoso cuerpo del telescopio lo llenaba todo.

Trainor se levantó y se adelantó a recibir a Guillermo. Una afectuosa sonrisa iluminó su plácido semblante. Sus ojos azules brillaron con benignidad. La luz iluminó la estancia y brilló sobre su calva.

—Supongo que es usted el señor Windsor, del Heraldo-Sol.

Guillermo asintió y sacó su cuaderno de notas.

—Celebro infinito su venida. Tengo que comunicar¬le algo importante. Algo sobre el planeta Marte.

—¿Y qué?...

—¡Oh, no! Preguntas, no. Resérvelas, haga el favor, para cuando vuelva a ver al señor Cain.

Contrariado Guillermo, cerró su cuaderno. Trainor se sentó al telescopio. Los motores gimieron, y el gran cañón giró lentamente.

—Ahora mire —ordenó Trianor.

Guillermo se sentó y miró por el ocular. Vio un pequeño círculo de una hermosa luminosidad azul oscura, del que pendía un disco más pequeño de luz. El disco era rojo, con un brillo blanco mar¬cando los polos.

—Este es Marte, visto tal cual lo ven los astrónomos ordina¬rios —dijo Trainor—. Ahora voy a graduar las lentes, y lo verá como nadie lo ha visto sino por medio de este telescopio.

Rápidamente ajustó el aparato, y Guillermo miró de nuevo.

El disco rojo se dilató enormemente, con gran aumento de detalles. Era un globo rojo con pequeñas montañas e irregularidades en su superficie muy visibles. Las prismáticas capas polares se desta¬caban con su brillante blancura. Veíanse lugares oscuros, grisáceos, anaranjados, y líneas delgadas de verde oscuro (los controvertidos ca¬nales de Marte) que cruzaban el planeta, partiendo de las manchas blancas, junto a la parte más oscura de la zona ecuatorial, interceptada por pequeñas manchas redondas de color verduzco.

—Mire atentamente —dijo Trainor—. ¿Qué ve en el borde del cuadrante derecho, cerca del centro del disco y exactamente sobre el ecuador?

Guillermo miró y vio un pequeño redondel azul. Era muy pequeño, pero de contornos muy marcados, perfectamente redondo y visible sobre el rojo oscuro del planeta.

—Veo un pequeño círculo azul.

—Pues bien ; siento decirle que esta viendo la sentencia de muerte de la raza humana.

En otras circunstancias, Guillermo hubiera dudado, pues los periodistas son muy propensos al escepticismo. Pero había mucha gravedad en las palabras de Trainor, y era algo muy extraño lo que había visto por el telescopio.

—Se ha fantaseado mucho en estos dos últimos siglos—dijo Guillermo—, particularmente acerca de la guerra entre dos mundos. La creencia ordinaria es que Marte se está secando y necesita agua. Pero realmente...

—No sé cuál será el motivo —dijo Trainor—. Pero yo sé que en Marte hay vida inteligente. Los canales son prueba de ello. Y tenemos excelentes razones para creer que esa vida nos conoce y no nos quiere muy bien. ¿Recuerda usted la expedición de Enbers?

—Sí; en el año 2099. Enbers era un necio que creyó que si una nave-sol podía ir a la luna, podía también ir a Marte.

—No hay por qué creer que Enbers no pudiese llegar a Marte el año 2100 —dijo Trainor—. Los despachos heliográficos no cesaron hasta que estuvo a más de la mitad de su viaje. No debió, pues, ocurrirle ninguna avería. Tenemos buenas razones para creer que llegó y que los pobladores de Marte no lo dejaron regresar. Sabemos que están aprovechando los adelantos del buque capturado para hacer una expedición interplanetaria por su cuenta.

—¿Y ese círculo azul tiene que ver con ello?

—Creo que sí. Pero no estoy autorizado para decirle nada más. Conforme avance la situación, tendremos necesidad de publici¬dad. Queremos que usted se haga cargo de esto. El señor Cain, desde luego, tiene la dirección general. Recordará usted su compromiso de no publicar nada sin su venia. Trainor volvió de nuevo al telescopio. El ascensor se detuvo de nuevo a la entrada del observatorio. Una joven se adelantó hacia el hombre que estaba al aparato.

—Mi hija Paula; el señor Windsor —dijo Trainor.

Paula Trainor era una criatura exquisita. Su cabello era negro. Su cara pequeña, de líneas delicadas y piel casi transparente. Pero lo más notable eran sus ojos. En sus luminosos abismos brillaban mezcla¬das la esencia de la inocencia pueril, la intuición, la decisión de la edad madura y la pronta inteligencia, inteligencia no razonadora, fría, sino efervescente y certera en sus conclusiones. Era un rostro maravillosamente impresionable, que sólo expresaba el estado del momento. Vién¬dolo no podía decir uno que su dueña era buena o mala, severa o indulgente, afable o adusta. Reflejaba como un espejo el pensamiento actual ; pero el profundo abismo de su voluntad se ocultaba invisible tras él.

Guillermo la miró, notó todo esto y tomó nota de ello en el libro de su memoria.

—Papá, ¿le has hablado sobre la invasión de Marte? —pre¬guntó ella con su deliciosa voz virginal—. Es horrible, ¿verdad? Suer¬te la nuestra, la de saberlo y poder luchar contra ellos, en vez de estar como el resto del mundo sin soñar que hay peligro.

Guillermo asintió.

—¿Usted cree? Tenemos que ir a Marte a pelear con ellos en su propia casa.

—Cuidado, Paula —dijo Trainor—. No digas al señor Windsor demasiado.

—Está bien, papá.

Otra vez se oyó el ascensor, y el señor Cain llegó al observa¬torio: un joven alto, delgado, de intrigante sonrisa y ojos negros, casi tan enigmáticos como los de Paula.

Guillermo observó a la vivaracha joven. Vio su repentino rubor, su inconsciente temblor, y sospechó que abrigaba algún pro¬fundo sentimiento hacia aquel hombre, el cual no pareció percatarse de ello. Saludó ligeramente a la joven, miró al señor Trainor y habló a Guillermo:

—Perdóneme, señor...; bien, Guillermo; pero desearía ha¬blar a solas con el señor Trainor. Ya comunicaremos con usted cuando nos parezca conveniente. Entretanto espero dé por olvidado lo que ha visto esta noche y cuanto le ha dicho el doctor Trainor. Buenas no¬ches.

Y Guillermo, no teniendo nada que oponer, se encaminó al ascensor. Cinco minutos después salía de la torre de Trainor.

A la mañana siguiente, después de desayunar, cogió un pe¬riódico, en el que leyó, lleno de consternación:

«El Príncipe del Espacia» penetra en la torre de Trainor— Anoche, oculto en las nubes que envolvían la ciudad, el atrevido pirata interplanctario que se llama a sí mismo «El Príncipe del Espacio», y que se cree autor de la hazaña del «Helicón», penetró en la torre de Trainor. Se cree que el doctor Trainor, su hija Paula y un sujeto llamado señor Cain han sido secuestrados, pues no han sido hallados.

«Se cree que la nave llegó a la propia torre y que usaron de los rayos de repulsión para taladrar el muro. Se han visto aberturas suficientes para el paso del cuerpo de un hombre.

«No cabe duda de que ha sido «El Príncipe del Espacio», a causa de haberse hallado una tarjeta suya sobre una mesa. Es la primera vez que el famoso pirata se acerca a la tierra.

«La noticia, unida al suceso del «Helicón», ha causado la alarma consiguiente. Estimulados por el premio de los diez millones de coronas, son muchas las naves que buscan al pirata.

 

 

Capítulo II

LOS SABUESOS DEL ESPACIO

 

Dos días después Guillermo bajaba del helio-coche, presentaba sus credenciales como corresponsal especial del Heraldo-Sol. y era admitido en el puerto o estación de la Escuadra Lunar. Nueve naves-sol yacían en el bien vallado campo y brillaban a la luz del sol como barras octogonales de bruñida plata.

Estas naves de guerra de la Escuadra Lunar eran octogonales, de unos veinte pies de diámetro y cien de longitud. Estaban hechas de una nueva aleación de acero y aluminio, con anchos ventanales de pesada vitrolina. Cada nave contenía dieciséis tubos de rayo positivos. Estos tubos operaban por medio de enormes voltajes procedentes de baterías de vitalio, y eran poco diferentes en principio del aparato del rayo-canal conocido algunos siglos antes. Los rayos positivos eran corrientes de átomos que, habiendo perdido uno o más electrones, servían para mover la nave-sol por medio de reacciones, por el famoso principio del motor-cohete.

Asimismo, los dieciséis tubos, adaptados como anillos a cada buque, le servían de armas. Cuando enfocaban a algún punto, la pre¬sión de sus rayos equivalía a la de un proyectil de un cañón antiguo. El metal bajo la acción del rayo positivo se derretía, y la materia animada se carbonizaba y consumía. Y la descarga positiva ocasionada por el rayo era suficiente para electrocutar todo ser viviente en contacto con ella.

La Escuadra Lunar inició su vuelo en persecución de «El Príncipe del Espacio», el secuestrador interplanelario que había rapta¬do a Paula Trainor, a su padre y al enigmático señor Cain.

La noche antes, el «Helicón», la nave-sol atacada en el espa¬cio, había llegado a Miami tripulada por la dotación del «Avenger». El mundo estaba atónito ante la nota dada por los que examinaron los doscientos cadáveres hallados a bordo.

«La sangre fue chupada a las víctimas del Helicón. Miste¬rios de la nave perdida— El examen médico de los doscientos cadá¬veres hallados en el crucero espacial violado demuestra que la sangre ha sido extraída de los cuerpos por medio de heridas circulares verifi¬cadas alrededor del tronco y la garganta. Cada víctima tiene muchas de estas singulares heridas, del todo inexplicables. Los médicos no se atreven a dictaminan en qué forma se han practicado dichas heridas.

»En época más supersticiosa se hubiera creído que «El Prín¬cipe del Espacio» no es hombre, sino un horroroso vampiro. Y, en efecto, se da por hecho que, una vez que las heridas observadas no pueden ser causadas por ningún animal de los conocidos en la tierra, deben serlo por un ser de otro planeta dotado de diferente especie de vida.»

Guillermo halló al capitán Brand, jefe de la expedición, a bordo de la «Furia», la abanderada de las nueve naves de guerra, el cual lo recibió con toda cortesía.

—Dar caza al «Príncipe» no es fácil tarea, a mi entender — dijo Guillermo.

—Es verdad —respondió el capitán—. Hemos ido ya tras él siete u ocho veces estos últimos años, pero yo creo que nadie ha visto su nave. Debe haber capturado ya más de doce naves de tráfico.

—Le digo, capitán —dijo Guillermo—, que yo admiro al «Príncipe», o, mejor dicho, lo he admirado hasta el suceso del «Helicón». Pero lo sucedido a esos pobres pasajeros es sencillamente inexplicable. ¡La sangre chupada!

—Es difícil creer que «El Príncipe» sea responsable de ello; jamás ha asesinado antes a nadie sin necesidad, con todas las sumas de dinero y de vitalio por valor de muchos millones que ha robado. Y en todos estos casos dejó su tarjeta, menos en el del «Helicón».

Guillermo repasaba la nave, en tanto que el capitán daba a todas las órdenes de partida.

Un cohete rojo salió de la «Furia», y las nueve naves volaron a una.

Guillermo notó el balanceo de la nave. Perdió el equilibrio y se sentó en una butaca. El paisaje aumentaba en extensión al paso que disminuían los objetos, y por último se perdían de vista. El cielo se tornaba más azul, luego negro con un millón de estrellas que brillaban con vivos colores: amarillo rojo, azul. Volvió a mirar hacia abajo. La Tierra se hacía convexa. Era un brillante globo casi envuelto en aire y nubes.

Luego el globo desapareció. Después apareció una bola de plata, a trechos negra, a trechos brillante hasta cegar, marcada con innumerables cráteres. Era la luna.

Más allá llameaba el sol, una bola de luz obcecante, que lanzaba rau¬dales de calor por entre el artesonado de vitrolina de la nave. Era imposible mirarlo sin anteojos oscurísimos. Y en derredor, el negro abismo del espacio con su pabellón de estrellas como puntos de luz. a infinita distancia. La Vía Láctea era una ancha zona de argentina radiancia con miles de piedras de fuego de color variado. En medio de aquella inmensidad, buscaban un hombre que se burlaba de la ley y que se llamaba a sí mis¬mo «El Príncipe del Espacio».

Las nueve naves volaban a miles de millas una de otra. Los heliógrafos, es¬pejos giratorios que refleja¬ban la luz del sol, mantenían la comunicación con el capi¬tán Brand, en tanto que mu¬chos hombres miraban con sus telescopios por descubrir al pirata del vacío.

Los días se suce¬dían, marcados únicamente por los cronómetros, pues el impasible sol lucía sin cesar. La tierra estaba reducida a una pequeña bola de color verduzco, brillante del lado del sol.

A veces las negras alas de vitalio se extendían para tomar energía del sol. Las naves-sol se llamaban así por moverse por medio de la energía solar. Utilizaban las notables propiedades de un raro metal radioactivo, llamado vitalio, que se creía que era la verdadera base de la vida, por haberse descubierto que existía en pequeñas cantidades en aquellas complejas sustancias tan necesarias para la vida, denominadas vitaminas. Se habían descu¬bierto grandes yacimientos en Kepler y otros lugares cíe la Tierra du¬rante el siglo XXI. Al contacto de la luz solar, el vitalio se transforma en triatómico, recogiendo la poderosa energía del sol. Con placas de vitalio soleadas, alternando con láminas de cobre, se formaban pilas que transformaban la energía solar en corriente eléctrica. Desmontada la pila, el vitalio recobra su forma alotrópica, y puede usarse de nuevo infinitas veces. La Compañía del Vitalio se hallaba establecida en Arizona, Chile, Australia, Sahara y Gobi, y abastecía todo el mercado terráqueo. Las naves-sol, recargando sus pilas en el espacio, funciona¬ban indefinidamente.

Era el quinto día después de la partida. La «Furia», con sus compañeras esparcidas a derecha e izquierda, volaba a cinco mil mi¬llas por hora, a una elevación heliocéntrica de 93.243.546, con incli¬nación eclíptica de 7°, 18' 46" hacia el Norte y una ascensión recta de diecinueve horas, veinte minutos y treinta y un segundos. La Tierra era un pequeño globo verde y la luna un semicírculo de plata.

—Se descubre un objeto —dijo el encargado del telescopio, llegándose adonde el capitán y Guillermo fumaban tranquilamente— a cinco grados de Scorpio, sobre Antares, a quince mil millas. Parece redondo y azul.

—¡«El Príncipe» al fin! —exclamó el capitán, y sus azules ojos brillaron con brillo singular.

E hizo señas con el heliógrafo para que las nueve naves se acercasen al objeto divisado en línea envolvente. Los mo¬tores funcionaban a toda ve¬locidad. Cuatro telescopios montados en la «Furia» recayeron sobre el extraño objeto. El capitán Brand y Guillermo miraron sucesiva-mente por uno de ellos. Cuan¬do miró Guillermo, vio el in¬menso piélago del espacio bri¬llando con el polvo de una le¬jana nebulosa. Y en medio de aquel manto negro se divisa¬ba una esfera azul, como un globo hecho de turquesa. Guillermo recordó haber vis¬to otro globo semejante la tar¬de que miró por el enorme telescopio de la torre de Trainor, y vio un pequeño círculo azul sobre los rojos desiertos de Marte. Brand hizo dos o tres observacio¬nes.

—Se mueve — dijo— a unas cuarenta mil millas por hora. ¡Pardiez ! Y va derecho, derecho a la Tie¬rra, con dirección del plane¬ta Marte. Yo creo...

Y sacando un lápiz, hizo un cálculo.

—¡Qué raro! Esa cosa parece lanzada a la Tie¬rra desde un punto de la ór¬bita de Marte en donde el pla¬neta se hallaba hará unos cua¬renta días. ¿Cree usted que los marcianos nos querrán hacer una visita?

—Entonces, ¿éste no es «El Príncipe del Espacio»?

—No se. La dirección que trae puede ser pura coincidencia. Y «El Príncipe» puede ser también un marciano. Sea como fuere, no¬sotros vamos a ver qué globo es ese.

Dos horas más tarde, las nueve naves formaban un gran se¬micírculo alrededor del globo azul, cuyo diámetro se calculaba en unos cien pies. Las naves se hallaban a unas mil millas del globo. El capitán ordenó que ocho tubos fuesen empleados como armas. Desde su nave dio la señal:

«La «Furia», de la Escuadra Lunar, te ordena presentar tu documentación y la de todos los pasajeros de la nave y que ésta sea registrada, por si conduce contrabando.»

El mensaje fue repetido tres veces, pero el globo azul no dio respuesta alguna. Continuó su curso. Las naves-sol se fueron acercando en forma de semicírculo hasta que el globo estuvo a unas cien millas de distancia. Entonces Guillermo, puesto el ojo al telescopio, vio una pequeña luz roja aparecer en un lado del globo azul. Era un punto brillante de fuego rojo violado con una línea blanca que lo unía al centro de la esfera. La mancha roja creció y la línea blanca se alargó. De repente el periodista se percató de que lo rojo era un objeto que volaba hacia él con increíble velocidad.

Y se tornó en una esfera roja sumamente brillante. Un rayo blanco detrás de ella, parecía impulsarla con velocidad siempre cre¬ciente. El globo rojo pasó y se desvaneció. El rayo blanco se esfumó.

—¡Un proyectil; —exclamó.

—Un proyectil y un desafío —dijo el capitán—. Vamos a responder.

Y lanzó inmediatamente esta orden :

—Abra cada nave uno de los tubos delanteros, operando nueve veces por segundo. Aumente la carga de los tubos posteriores para compensar la repulsión.

De cada nave salió inmediatamente un brillante rayo que atra¬vesó las cien millas de espacio entre ellas y el globo azul.

Otra vez apareció la esfera roja sobre el globo de zafiro, con el rayo blanco tras ella, y partió con tal velocidad, que apenas dejó tiempo para verla.

La esfera roja dio en una de las naves de la flota lunar.

Hubo una llamarada de color violeta. La esfera tuvo de ex¬plotar, y en donde había una nave hubo una masa informe de metal.

—¡Un proyectil sólido! —exclamó el capitán—. Y movido, al parecer, por el rayo positivo. Nosotros lo hemos ensayado, pero explotaba siempre en la cápsula. Yo no sé qué pueda ser, si no es energía atómica.

Las ocho naves-sol que quedaban volaron hacia el globo azul enfocándole sus rayos de plano. El globo azul brillaba con gran reful¬gencia. Parecía cubierto de una nube de brillantes partículas azules, de polvo de zafiros.

Y otra bola roja se desprendió del globo turquesa. Fue un abrir y cerrar de ojos. Hubo otra llamarada color violeta. Y otra de las naves quedó reducida a una masa informe.

—¡Ya somos siete! —dijo tristemente el capitán.

Y el heliógrafo transmitió la siguiente orden :

—Disparad todos los tubos delanteros a veinte por segundo. Elevad la potencia al máximo.

Y los rayos partieron de las siete naves. El globo de zafiro brilló con extraña luminosidad. La neblina como polvo de zafiro se hacía cada vez más densa.

—Nuestros rayos no parece que le llagan mu¬cho efecto —dijo Brand in¬trigado—. Lo azul que cubre el globo tiene que ser alguna especie de malla vibratoria.

Otra bola roja, nuevo fogonazo violeta y otra nave convertida en masa de metal.

—Ya no somos siete —dijo Brand a Guillermo.

—Rindámonos al «Príncipe» —dijo éste.

—No; de ningún modo, mientras quede una nave. Esta es la Escuadra Lunar —dijo el capitán.

Otra bola roja, otra llamarada violeta y otra nave que pereció.

—Van dando por los lados —observó Guillermo—. Nosotros vamos en medio; de manera que seremos los últimos.

—Si es así, podre¬mos embestirles —dijo el capitán.

La orden hcliográfica partió en seguida:

—A toda veloci¬dad sobre el enemigo. A embestir.

Otra bola, otra lla¬marada y otra nave menos. Guillermo aparto sus ojos del telescopio. El globo azul estaba a veinte millas solamente. Y se agrandó.

Con la velocidad del pensamiento, las bolas rojas partían a derecha e izquierda. Cada una destruía una nave.

—¡Quedamos tres! —exclamó Guillermo.

—¡Somos dos! ¡Dos naves! Adiós, Brand.

Y estrechó la mano del capitán.

—Una queda. ¿Tendremos tiempo?

Y miró adelante. El globo azul, con su brillante nube de za¬firos en derredor, no cesaba de disparar.

—¡La última! ¡Llegó nuestra vez!

Y en el globo azul apareció un punto luminoso. Luego una llamarada violeta pareció envolverlo. El piso tembló bajo sus pies. Y oyó el principio de un chasquido, como de un cristal que se rompe. Luego el universo quedó negro e inmóvil.

 

 

Capítulo III

LA CIUDAD DEL ESPACIO

 

Guillermo yacia en un glaciar de los Alpes con una pierna rota y metida en una grieta, sin posibilidad de sacarla. Estaba oscuro y hacía un frío espantoso. En vano se esforzaba por moverse en busca de luz y calor, en tanto que sentía en sus miembros el contacto del hielo y el aire silbaba en derredor.

Y en uno de sus esfuerzos conoció que era un sueño. Pero era cierto que se helaba. El aire no penetraba en sus pulmones. Todo en derredor estaba oscuro. Y yacía en el frío metal.

—En los restos de la «Furia» —pensó—. El aire se ha escapado y el frío es el del espacio. Una tumba fría. De¬bió de hacer algún ruido. Un quejido sonó a su lado. Y se esforzó por respirar y ha¬blar. Su voz le extrañó por lo alta y delgada.

—¿Quien es?

Y terminó con una fuerte tos; sangre caliente sa¬lía de su boca.

—Soy Brand.

Guillermo no pudo hablar mas.

Y, por lo visto, el ca¬pitán tampoco. Durante largo rato permanecieron en silen¬cio. Guillermo no tenía nin¬guna esperanza de vida, pero experimentaba cierta satisfac¬ción por no haber perecido in¬mediatamente.

Pero de pronto reco¬bró la esperanza. Oyó golpes de martillo sobre el metal, agudos como si fueran dados sobre cristal. Luego oyó el chasquido de una lámpara de oxígeno.

Alguien abría paso hacia ellos por entre los res¬tos de la nave. Un momento después una barra de luz viva cruzaba la oscuridad y se po¬saba sobre ellos. Guillermo vio varias grotescas figuras en el metálico traje de espacio. Sin¬tió que adaptaban a su cabeza y cuello un casquete de oxígeno, oyó el silbido del gas al escaparse y pudo respirar de nuevo. Y otra vez se sumió en la inconsciencia. Des¬pertó con la sensación de haber transcurrido infinito tiempo. Y se sentó, sintiéndose fuerte, en la plenitud de todas sus facultades, con clara memoria de todos los pormenores del calamitoso encuentro con el extraño globo azul.

Se hallaba en una cama limpia, en una pequeña habitación de blancas paredes. El capitán Brand, con la sorpresa pintada en las duras facciones de su rostro, estaba sentado en otra cama inmediata. Dos sirvientes vestidos de blanco estaban de pie a lado y lado de la puerta, y un hombre pequeño y nervioso, vestido de negro, que evidentemente era un doctor, estaba guardando unos brillantes instrumentos en un saco de cuero.

Un hombre alto apareció de pronto en la puerta, con un uni¬forme negro, rojo y dorado (negros los pantalones, rojas la casaca militar y la gorra, y dorados los botones y entorchados). Traía en la mano una brillante pistola de rayo positivo.

—Caballeros —dijo con arrogante voz —, pueden conside¬rarse prisioneros de «El Príncipe del Espacio».

—¿Cómo es eso? —preguntó Brand.

—«El Príncipe» se ha dignado sacarlos de entre los restos de su nave de ustedes y traerlos a bordo de la suya, «El Ladrón Rojo». A ustedes se les halló sin conocimiento y se ha procurado hacerles la conveniente cura.

—¿Y qué quieren ahora de nosotros? —dijo Brand en tono agresivo.

El hombre de la pistola sonrió.

—Tengo a dicha decirles, caballeros, que nada, sino lo que les cumple perfectamente.

—Yo soy oficial de la «Escuadra Lunar» —dijo Brand—, y prefiero la muerte a nada que...

—Aguarde, capitán. Usted no debe abrigar sino los mejores sentimientos para con mi jefe, «El Príncipe del Espacio». Por la pre¬sente no pido a usted otra cosa sino su palabra de oficial y caballero de que se conducirá cual corresponde a un huésped del «Príncipe». Tal promesa no le hará perder nada, y puede aprovecharle mucho.

—Está bien. Prometido —dijo Brand después de un momen¬to, y añadió—: Por veinticuatro horas.

Y sacando su reloj, lo miró. El hombre de la pistola se la guardó, sonriendo, y se adelantó a estrechar las manos a los «huéspe¬des».

—Llámenme Smith, capitán del crucero «El Ladrón Rojo».

Y, sonriendo, se volvió hacia la puerta,

—Y si ustedes gustan, caballeros, pueden acompañarme al puente. «El Ladrón Rojo» se posará en tierra adentro de una hora.

Brand se encaminó a la puerta seguido de Guillermo. Ca¬minaban sin dificultad. Delante de la puerta había un agujero que daba paso a una escalera. El capitán Smith bajó por ella. Brand y Guillermo le siguieron. Después de andar unos cincuenta pies o así, entraron en el gabinete del piloto, con sus artesones de vitrolina, sus telescopios, mapas y tubo para hablar: un equipo semejante al de la «Furia».

Un cielo negro les rodeaba. Guillermo miró a ver la tierra y la halló casi en línea vertical a ellos. Era un pequeño disco verde, con la luna a su lado, como una partícula blanca.

—¿Y nos posaremos en tierra dentro de una hora? —excla¬mó.

—Ya les diré dónde —dijo el capitán Smith sonriendo—. Nuestro punto de aterrizaje está a un millón de millas de la tierra

—¿No es en la tierra? Entonces, ¿dónde?

—En la Ciudad del Espacio.

—¿La Ciudad del Espacio?

—Es la corte del Príncipe del Espacio.

Guillermo miró hacia arriba y divisó la brillante constela¬ción de Sagitario, y tras ella las brillantes nebulosas de la Vía Láctea.

—No veo nada.

—El «Príncipe» no pretende hacer visible su corte. El exterior de la Ciudad del Espacio está cubierto de vitalio negro, que nos provee de fluido. No reflejando sus rayos, no puede ser visto a ninguna luz reflejada. En la negrura del espacio, la ciudad es invisible e imper¬ceptible, a no ser cuando oculta alguna estrella.

El capitán Smith dio las órdenes para el aterrizaje. Guillermo y Brand miraban por los artesones de vitrolina en tanto que la nave retardaba su marcha. A poco se divisó un punto negro sobre las nebu¬losas de la Vía Láctea. Poco a poco fue agrandándose hasta que una gran sección del cielo era negra encima de ellos.

—La Ciudad del Espacio está montada o construida dentro de un cilindro —dijo el capitán Smith—. Tiene cinco mil pies de diá¬metro y casi otros tantos de longitud. Está construido, en su mayor parte, de hierro meteórico que cogimos de un aluvión de meteoritos, haciendo una travesía segura y cogiendo al mismo tiempo metal útil. El cilindro gira constantemente con tal velocidad que la fuerza centrí¬fuga hacia los lados es equivalente a la gravedad de la Tierra. La ciu¬dad está edificada en el interior del cilindro, de modo que uno puede mirar hacia arriba y ver las casas hacia abajo a una milla de distancia. Entramos por una puerta que hay en uno de los extremos del cilindro.

Y vieron a unas pocas yardas de los artesones de vitrolina un gran disco de metal negro. Una enorme válvula de metal se abrió en él, descubriendo un interior sumamente brillante. «El Ladrón Rojo» pe¬netró en una galería. La válvula se cerró tras él. Otra válvula interior se abrió luego y la nave penetró en la Ciudad del Espacio.

Guillermo advirtió que estaban en el centro de un gran cilin¬dro. Los lados, a media milla arriba y en derredor de ellos, estaban cubiertos de edificios alineados en calles plantadas de árboles, y acá y allá, jardincillos y pequeñas arboledas. Parecía extraña la vista de aque¬llas interminables calles dando la vuelta alrededor del tubo, de modo que, andando tres millas en una dirección, se regresaba al punto de partida.

En los extremos del cilindro, cubiertos por enormes discos que lo cerraban, había un complicado mecanismo con aparatos extra¬ños y grandes.

—Servirán —pensó Guillermo—para dar calor a la ciudad y proveerla de luz y fluido, y acaso para mover el cilindro.

El sitio por donde habían entrado era parte de aquel meca¬nismo.

En el centro de cada uno de los discos extremos había una potente luz del aspecto del sol.

—La ciudad tiene cinco mil almas —dijo el capitán Smith— . El «Príncipe» ha conservado siempre los mejores ejemplares de sus cautivos. Vivimos como en la tierra. Usamos el fluido solar por medio de pilas de vitalio. Producimos nuestro sustento. Utilizamos nuestra copiosa producción; la materia que ha ajustado a un círculo regular de vida y muerte, como en la tierra Los hombres comen frutos ricos en carbono; respiran oxígeno y exhalan el bióxido carbónico; nuestras plantas absorben el bióxido carbónico, producen frutos conteniendo el carbono y devuelven el oxígeno para que los hombres lo respiren de nuevo. Nuestro nitrógeno, oxígeno e hidrógeno, siguen un curso pare¬cido. El fluido solar es lo único que necesitamos de fuera.

El capitán Smith condujo a sus «huéspedes» por una escale¬ra y se hallaron fuera de la nave. Tomaron luego un ascensor y tres minutos después estaban en el piso de la ciudad. La calle se alzaba suavemente a uno y otro lado, con lindos árboles, y los extremos se juntaban otra vez arriba.

La fuerza centrífuga juntaba los objetos en las paredes del cilindro, obrando precisamente como la gravedad de la tierra, salvo que la gravedad se dirige de fuera adentro, y allí era de dentro a fuera.

Un hermoso heliocoche llegó en aquel momento. Un joven con uniforme rojo, negro y dorado, saludó militarmente.

—Capitán Smith: el «Príncipe» desea verle en su despacho particular, en compañía de sus huéspedes.

Smith condujo a Brand y a Guillermo al interior del heliocoche. Guillermo se fijó entonces en el exterior de «El Ladrón Rojo», la nave que los había traído a la Ciudad del Espaeio. Estaba a la vista sobre un pesado montante.

—Mire, señor Brand —dijo Guillermo—, Este no es el globo azul. Esta no es la nave que atacamos.

Brand se quedó mirando. «El Ladrón Rojo» era una nave parecida a la «Furia», del mismo tipo, aunque mucho más grande. Brand se encaro con Smith:

—¿Cómo es esto? ¿Dónde está el globo azul? ¿Tienen dos barcos?

Una leve sonrisa iluminó el rostro de Smith.

—Debo hacerles una revelación. Pero no podemos hacer es¬perar al «Príncipe».

El heliocoche se detuvo. Saltaron de él y se encamina¬ron a un imponente edificio de varios pisos. Guardias unifor¬mados de negro, rojo y dorado estaban junto a la puerta, con sus pistolas de rayo empuñadas. Smith hizo pasar a sus «hues¬pedes» a una gran sala; las paredes estaban artesonadas con ricas maderas oscuras y al¬gunos cuadros. Había po¬cos muebles; en un extre¬mo había un solitario pu¬pitre. Un joven de elevada estatura se levantó de él, y se adelantó presuroso a los recién llegados.

—Mis huéspedes, señor —dijo Smith—: el se¬ñor Brand, capitán de la «Fu¬ria», y un reportero.

—¡El misterioso se¬ñor Caín! —murmuró Guillermo.

En efecto, el señor Cain estaba delante de ellos: un hombre alto, delgado y vi¬goroso, con cierta belleza en su moreno rostro. Un amago de risa brilló en sus enigmá¬ticos ojos negros.

—Y el señor... Creo qué me ordenó que le llama¬se Guillermo. Parece difícil deshacerse de usted.

Y, sonriendo miste¬riosamente, el señor Cain es¬trechó la mano de Guillermo y saludó al capitán Brand.

—Pero ¿es usted «El Príncipe del Espacio»? — preguntó Guillermo.

—Sí, señor. Cain es sólo un "nombre de guerra", como dicen. Caballeros, bienvenidos a la Ciudad del Espacio.

—¿Y usted se se¬cuestró a sí mismo?

—Mi gente llevó el «Ladrón Rojo» por mí.

—¿Y el doctor Trainor y su hija? —murmuró Guillermo.

—Son amigos míos. Aquí están.

—Y entonces, el globo azul, ¿qué se ha hecho de él? — preguntó el capitán Brand.

—¿No vieron ustedes la ruta que seguía?

—Iba a interceptar la órbita de la Tierra, y la dirección que traía era de donde el planeta Marte se hallaba hace cuarenta días.

El «Príncipe» se dirigió a Guillermo.

—¿Y usted no ha visto antes algo parecido a ese globo?

—¡Oh, sí! El pequeño círculo azul que vi sobre Marte con el telescopio de la torre de Trainor.

Una leve sonrisa se dibujó sobre el moreno rostro del «Prín¬cipe».

—Pues bien, caballeros, créanme: amenaza a la Tierra un gran peligro por parte del planeta Marte. El globo azul que aniquiló vuestra flota era una nave de Marte. Otra nave marciana fue la que se apodero del «Helicón». Ya sé que se me ha culpado nada menos que de haber chupado la sangre de los pasajeros y de la tripulación. La sonrisa se hizo amarga. —Es otra de las consecuencias de mi situación.

—¿Naves de Marte? —dijo el capitán Brand—. Entonces, ¿cómo hemos ido a parar a su buque?

—Yo no tengo armas para combatir con sus bombas atómi¬cas con igualdad de fuerza, aun cuando estamos haciendo ensayos. Envié al capitán Smith que vigilara la nave marciana, y, buscando en los restos de las vuestras, os halló y recogió.

—¿Quiere usted decir que los hombres de Marte se dirigen a la tierra? —dijo el capitán Brand en tono de franca incredulidad.

—No son hombres —corrigió el «Príncipe del Espacio»—. Son seres de Marte, y, en efecto, ya han llegado a la tierra.

Y, volviéndose al pu¬pitre, tomó de él una cartulina. —Aquí tengo una fotografía.

Guillermo la exa¬minó. Parecía una fotografía aérea de una gran extensión de tierra, en parte montaño¬sa y en parte llana y desierta, con trechos rojos y verdes.

—Es una fotogra¬fía tomada desde el espacio de parte del Estado de Chihuahua, en Méjico. ¡Y miren!

Y señaló a un cír¬culo azul que se destacaba sobre un llano verde, entre una montaña y una línea que, evidentemente, marcaba el curso de un río.

—Este círculo azul es la primera nave salida de Marte, la misma que peleó con ustedes, y cuyos tripu¬lantes se bebieron la sangre de los pasajeros del «Helicón».

El capitán Brand se quedó mirando al «Príncipe» con indefinible expresión.

—Alteza —dijo—, o cualquiera que sea su tratamiento...

—Llámeme «Príncipe». Cain no es mi nombre. Hace tiempo tuve nombre. Ahora no lo tengo.

—Pues bien, «Príncipe»; yo estoy con usted. Es decir, si es que quiere a quien fue capitán de la «Escuadra Lunar». En otro tiem¬po, yo hubiera matado a quien se le hubiera ocurrido decir esto que hago. Pero lucharé por usted como lo he hecho hasta hoy por el honor de la «Escuadra Lunar».

—Agradecido, Brand —dijo el «Príncipe» tendiéndole las manos.

—Cuente también conmigo—dijo Guillermo.

—Ambos sois de gran importancia para mí —respondió el «Príncipe».

Y tomando luego un manojo de papeles, los hojeó aprisa, y, entresacando uno, escribió en él dos nombres.

—Caballeros —añadió—, «El Ladrón Rojo» parte para la tierra dentro de una hora. Vamos a probar un ataque por sorpresa al globo azul. Ustedes dos vendrán.

—Y yo también —sonó detrás de ellos una voz femenina dulce y un tanto conmovida.

Guillermo la reconoció en seguida y se volvió a saludar a Paula Trainor, que estaba detrás de ellos. Sus hermosos y misteriosos ojos estaban fijos en el «Príncipe», destilando apasionada ternura.

—¡Oh no, Paula! —dijo el «Príncipe»—. Es sumamente pe¬ligroso.

Las lágrimas brotaron en seguida de las hermosas órbitas.

—¡Yo voy, yo voy! —decía la joven entre sollozos.

—Bien —dijo el «Príncipe» como desenten¬diéndose—. Tiene que venir también su padre. Pero pue¬de pasar algo.

—Pero el peligro que haya será también para usted —dijo llorando la mu¬chacha.

—Partimos dentro de una hora —dijo el «Prín¬cipe»—. Los señores Brand y Windsor vendrán con no¬sotros, señor Smith.

—¡Vaya frialdad de hombre!—murmuró Guillermo cuando salieron de la casa—. ¿No está viendo que está enamorada de él?

Smith debió de oír¬lo, pues se volvió a él y le dijo en tono confidencial:

—El «Príncipe» es enemigo del amor. Uno des¬graciado ocasionó su ruina en la Tierra y le hizo detestar su pasado y hasta su nombre. Fue culpa de una mujer, y ahora no quiere ni mirarlas.

Y pasearon por en¬tre casas y jardines que se al¬zaban a un lado y otro, hasta juntarse por arriba.

—Voy a indicarles sus camarotes—dijo Smith— . Dentro de una hora saldre¬mos para Méjico, para atacar a los marcianos.

 

 

Capítulo IV

VAMPIROS EN EL DESIERTO

 

Cuarenta horas después, «El Ladrón Rojo» entraba en la atmosfera de la tierra, sobre la región norte de Méjico. Era de noche. El desierto estaba en tinieblas. Los telescopios mostraban so-lamente las luces de los ranchos, iguales en todo a como eran dos siglos antes.

Guillermo iba con el capitán Smith.

—El globo —dijo éste— que destruyó vuestra Ilota aterrizó ya. Antes de oscurecer hemos visto dos de esos globos. Estaban muy cerca uno de otro, y entre ellos, al parecer, un edificio de metal banco.

—¿Y el «Principe» quiere atacarles, a pesar de las bombas atómicas?—dijo Guillermo.

—Sí. Ellos están junto a una montaña. Nosotros nos posare¬mos al otro lado de ella, a unas doce millas, y los sorprenderemos.

—Debemos andarnos con cuidado —dijo Guillermo—. Más fácil es que nos sorprendan ellos a nosotros. ¡Si usted se hubiera visto enfrente de una de esas bombas rojas con su coleta blanca...!

—Tenemos una especie de torpedo-cohete, inventado por el doctor Trainor, y el «Príncipe» quiere probarlo en ellos.

El elegante cilindro aterrizó silenciosamente en el desierto, bajo un cielo tachonado de estrellas que a Guillermo pareció insignifi¬cante, comparado con las maravillas del espacio.

Tres horas antes del alba, cinco hombres se deslizaron fuera de la nave. El «Príncipe» en persona dirigía la excursión, acompañado por los capitanes Brand y Smith, con Guillermo y un joven oficial llamado Walker. Cada uno lle¬vaba una linterna, una pistola-rayo en la mano y, atrave¬sado a la espalda, un torpedo-cohete, formado por un tubo de metal blanco, de cua¬tro pies de largo y unas cuan¬tas pulgadas de ancho, y unas ocho libras de peso.

El doctor Trainor se quedó guardando la nave. El y su hija salieron a despedir a los excursionistas.

—Debernos volver a la noche —dijo el «Prínci¬pe»—. Espérennos hasta que haya oscurecido. Si no hemos vuelto para entonces, partan inmediatamente para la Ciu¬dad del Espacio. Nadie debe seguirnos ni intentar rescatar¬nos, si es que no volvemos. Si no volvemos al oscurecer, habremos muerto.

—Muy bien, señor —dijo el doctor.

—Entonces yo voy también —dijo Paula.

— ¡De ningún modo! —gritó el «Prínci¬pe»—. Trainor, le ordeno que no permita a su hija salir de la nave hasta nuestra vuelta.

Paula rompió en un llanto casi histérico.

—¡Si es que no puedo, no puedo dejarle ir sin mí!

El «Príncipe» se acomodó el torpedo y emprendió la marcha hacia la montaña cuyas cumbres se destacaban del cielo estrellado. Los otros cuatro le seguían en silencio. La elegante nave-sol se perdió luego entre la oscuridad.

Cuando lució el alba estaban los cinco apostados sobre una roca en la cumbre de la montaña, mirando al valle opuesto al de su partida. Todo aquél estaba cubierto de verde. Una línea más verde de algodoneros marcaba el curso del río Casas Grandes.

Apoyados en los algodoneros y alzándose sobre sus copas se veían a la luz. de la mañana, dos esferas azules, cual si fueran dos globos de lapislázuli. No estaban muy apartados uno de otro. Entre los dos se alzaba una cúpula de blanco, argentino metal.

Nuestros hombres dejaron en tierra los torpedos-cohetes y empezaron a tomar puntería.

El «Príncipe», son¬riendo, a pesar del polvo y del sudor que cubría su rostro, les dijo:

—Ese tubito que corre a lo largo del torpedo es un pequeño telescopio. Ustedes pueden mirar por él y colocar el torpedo en la di¬rección oportuna. Cuando es¬tén seguros de que la punte¬ría es exacta, aprieten el bo¬lón rojo. E! torpedo sale del tubo por medio del aire com¬primido, y un mecanismo de rayo positivo lo conduce cer¬tero a su blanco. Al dar en él, explotan cinco libras de tramita, nuevo explosivo in¬ventado por el propio doctor Trainor. Usted, Walker, y el señor Windsor deben apun¬tar al globo de la derecha; Smith y Brand, al de la iz¬quierda. Yo apuntaré al edi¬ficio que hay en medio.

Guillermo acomo¬dó su torpedo, mirando por el telescopio.

—¿Preparados? — preguntó el «Príncipe».

—Preparados — respondieron todos.

—¡Fuego!

Guillermo oprimió el botón rojo. El tubo reculó entre sus manos y se convirtió en una cápsula ligera de estaño. Vio luego sobre el globo de la derecha una luz blanca que disminuía velozmente. Era el motor a rayo que conducía el torpedo hacia su blanco.

Enormes llamaradas de color de naranja salieron de los dos globos azules y del edificio que había entre ellos. Pero ambos globos y el edificio se desvanecieron. Sólo una nubécula de humo quedó flo¬tando sobre el lugar en que estuvieron.

—Buena puntería —dijo el «Príncipe»—. Este motor de Trainor llevará muchos aparatos de guerra a los museos, si es que decidimos dejar este chisme en manos de los hombres. Pero vamos a acercarnos y ver qué ha pasado.

Empuñando las pistolas-rayo, se levantaron y se pusieron en marcha. Estaban a cinco millas del río. Dos horas después los cinco hombres miraban sobre un espacio de doscientas metros, en los que había desaparecido toda vegetación. Tres montones de escombros metálicos de color blanco marcaban el sitio donde estuvieron los globos y el edificio.

—Es extraño —dijo Smith— que los restos de los globos sean de metal blanco ordinario, habiendo sido ellos de color azul.

—Acaso lo azul —respondió Brand— fuera alguna coraza de éter. Durante nuestro ataque, los rayos de nuestras naves no surtían, al parecer, efecto alguno. Parecía que se embotaban en alguna sustancia vibratoria.

—Puede ser —dijo el «Príncipe»—; y voy a comunicarle a Trainor la idea.

Hablando como iban, caminaban lentamente, parándose al fin sobre uno de los montones de escombros metálicos de los lados. Guillermo de pronto advirtió cierto movimiento tras el montón que había sido el edificio central. Parecía como si un árbol verde se levantase so¬bre las ruinas. Verdes tentá¬culos se movían en el aire. En la parte superior de lo que pa¬recía el tronco se veía una mancha roja que parecía un ojo. Al ver aquello apuntó con su pistola, diciendo : —¡Miren! Mas, antes de que el grito expirase en sus labios, y antes de que los otros tu¬vieran tiempo de volver las cabezas, vio el brillo de un objeto metálico entre los ver¬des tentáculos. El monstruo les arrojaba un objeto de me¬tal.

Entonces vio Guillermo que, del objeto que aquél tenía entre sus ten¬táculos, partía una luz roja. Vio luego un obcecante fogo¬nazo de color violeta. Y que¬dó sin sentido.

Cuando volvió en sí se halló tendido sobre una roca. Sentíase todo molido y magullado. Sobre el ojo de¬recho tenía algo que le impe¬día ver con él. Forcejeando por sentarse, vio que tenía las manos y los pies atados con extrañas ligaduras. El capitán Brand estaba allí cerca; la sangre le corría por el rostro, de una herida en la cabeza. Tenía manos y pies sujetos con grillos de metal.

—¿Qué pasa? —dijo Guillermo.

—No hable alto —dijo Brand—. Es cosa del monstruo, del marciano que ha quedado vivo. Nos arrojó una bomba atómica. Smith y Walker han muerto hechos pedazos.

—¿Y el «Príncipe»?

—Aquí estoy —respondió aquél.

Al oír su voz, volvió el rostro y vio al «Príncipe» tendido al sol, con las manos y los pies sujetos con enormes, grillos.

—¿Y era aquello aquella cosa verde?—preguntó Guillermo.

—Parece —dijo el «Príncipe»— una especie de planta ani¬mada: un tronco con tres ojos en su parte superior y varios tentáculos verdes. Los ojos, sobre antenas lo suficiente largas para poder juntarse uno con otro. No se parece a ninguna cosa de cuantas he visto. Desde luego que los marcianos, formados en tan diferentes condiciones, debían de ser diferentes a nosotros.

—¿Y qué va a ser de nosotros?

—Probablemente nos chupará la sangre, corno hizo con los del «Helicón» —dijo Brand tristemente.

Windsor guardó silencio. Era cerca de mediodía. El sol del desierto abrasaba. El aire estaba quieto y se hacía irrespirable. Las moscas revoloteaban sobre sus heridas. Sus muñecas y piernas pare¬cían cortarse bajo la cruel presión de sus ligaduras.

—Por mi parte —dijo Brand—, desearía que el monstruo viniera y terminase su hazaña.

Guillermo consideró con cierta satisfacción que no tenía pa¬rientes que enloqueciesen de dolor por su muerte. No le tenía a ésta mucho miedo. El trabajo en un periódico durante el siglo XXII no era la vida tranquila de nuestros monasterios. El periodista veterano estaba acostumbrado a los peligros.

—Yo celebro no tener quien me llore —dijo.

—Y yo igual —dijo el «Príncipe»—. Lo perdí todo hace años.

—Pero usted tiene a alguien —argüyó Guillermo—. No ten¬go que ver con eso, y ahora importa menos que nunca. Pero usted es un necio si no lo conoce. ¡Paula Trainor está enamorada de usted, y esto la matará!

—¿Paula enamorada de mí? Somos amigos, desde luego, pero ¿enamorada? Otras veces he creído en el amor. No he sido siempre un pirata del espacio, sin nombre. Hace tiempo lo tuve, y tuve asimismo familia, y hasta riqueza y posición. Y puse mi nombre y mi honor en las manos de una mujer hermosa. Y la amé y ella dijo que me amaba también. Y yo creí en ella. Y usó de mí como un juguete. Yo fui un confiado y ella una taimada.

Los negros ojos del «Príncipe» brillaron con singular fulgor.

—Cuando le pareció —prosiguió diciendo—, me dejó en manos de la infamia. Con trabajo escapé con vida. Me había robado mi nombre, mis bienes, mi posición. Y me llamó malhechor. Y me hizo aparecer como un traidor ante los que habían confiado en mí. Y me escarneció. Se reía de mí, llamándome tonto. Lo fui, sin duda; pero no lo seré más.

«Al principio sentí indignación contra el mundo entero, con¬tra sus leyes inicuas y sus tontas conveniencias, y la cruel intolerancia de los hombres. Y empecé mi carrera de pirata del espacio, de paria. Luchando contra mi propia índole, peleando desesperadamente por conseguir poder.

Permaneció en silencio unos momentos, mirando las moscas que revoloteaban sobre sus heridas.

—Y obtuve poder, no sin saber antes qué es el peligro. Al principio me sentía contento. Contento de ver humillada la raza huma¬na Los hombres me parecían parásitos, insectos. Luego empecé a tran¬quilizarme y construí la Ciudad del Espacio para salvar a unos pocos hombres. Después, como parecía que éstos tenían buenas cualidades, me resolví a salvar al mundo. Pero ya es demasiado tarde. Nos tocó la de perder. Sé demasiado lo que es el amor, lo que son las mujeres con sus delicados y lindos cuerpos, sus dulces voces y sus negros y duros corazones.

El «Príncipe» quedó en silencio, inmóvil, sin hacer caso de las moscas que andaban sobre él. Brand, a pesar de sus esposas, con¬siguió sacarse unos cigarrillos del bolsillo. Cogió uno y acercó los otros a Guillermo, el cual consiguió encender uno para el «Príncipe». Y los tres hombres se sentaron a fumar debajo de aquel ardiente sol, procurando olvidarse de su ardor, de las moscas y de la muerte que rondaba sobre ellos. Ya era mediodía cuando Guillermo oyó moverse la maleza inmediata. Al momento apareció el marciano. Era un ser grotesco y horroroso. Sus ojos, sin párpados, rotos, impasibles, se mo¬vían sobre las antenas que salían de la parte superior de su verde cuer¬po. Aquella criatura se movía, parte sobre sus tentáculos superiores, parte arrastrándose. En uno de aquellos tentáculos, de una pulgada de grosor, llevaba un extraño objeto de cristal y metal blanco. En oiro de los tentáculos llevaba un anillo de metal de la cual pendía una barrita de lo mismo.

El monstruo se fue derecho al «Príncipe». Guillermo grito desesperadamente. El «Príncipe» le vio venir y se retorció sobre la hierba, haciendo inauditos esfuerzos por arrastrarse. El monstruo alargó uno de sus tentáculos varios metros de largo, y, cogiendo al «Prínci¬pe» por el cuello, le acercó a sí.

Un momento después el espantoso ser estaba tendido y tenía sobre sí al pobre «Príncipe», esposado. Este dio un grito lastimero. Luego no se oyó más que su fatigosa respiración. Sus músculos cru¬jían en tanto que luchaba con los grilletes y con las colas del mons¬truo.

Guillermo y el capitán no podían ni retirarse ni prestarle ayuda alguna. Sumidos en silencio, presenciaban la espantosa escena. Vie¬ron que cada uno de aquellos delgados tentáculos terminaba en una trompa fina para succionar. Vieron cómo las trompas atravesaban los vestidos para clavarse en el cuerpo. Vieron las contracciones de aque¬llos tentáculos flexibles como la goma como si estuvieran ya chupando, en tanto que unas gotas de sangre resbalaban por el borde de las pene¬trantes trompas.

—Ahora viene la nuestra —dijo el capitán.

—Y después la del mundo entero —dijo Guillermo, lleno de horror.

Un delgado rayo blanco, brillante hasta cegar, penetró por entre el follaje inmediato y dio, oscilante, sobre el monstruo. Sin ruido alguno, saltó y se protegió con el cuerpo del «Príncipe». Luego levan¬tó su extraña pistola, de la que salió una bolita roja.

Un lamento se oyó a poca distancia. Era una voz fina, una voz de mujer.

El rayo blanco se fijó otra vez sobre el monstruo, que dio saltos sobre el propio cuerpo del «Príncipe» y quedó fijo en él.

Una joven salió de la enramada, arrojó la pistola-rayo y se echó sobre el monstruo, procurando quitarlo de sobre el cuerpo del «Príncipe». Era Paula Trainor. Sus vestidos estaban desgarrados; su piel, lacerada por la maleza. Evidentemente, se hallaba agotada. Pero luchó con desesperada energía por rescatar al herido.

El cuerpo del monstruo muerto era muy ligero. Pero sus ten¬táculos se habían clavado de nuevo en la carne del «Príncipe». Ella luchaba desesperadamente por desprenderlos, sollozando y dando car¬cajadas histéricas.

—Si puede soltarnos, le ayudaremos —dijo Guillermo.

La joven alzó su triste rostro.

—¡Oh, señor Windsor...! ¡Capitán Brand...! ¿Ha muerto?

—Creo que no, señorita Paula. El monstruo le ha acometido hace un momento.

—Mire usted la barrita que lleva en una de las colas —dijo Brand—. Acaso sea la llave de estas esposas y grillos.

Toda nerviosa, la joven tomó la barrita y abrió las ligaduras del capitán. Este tardó segundos en abrir las de Guillermo, y entre ambos abrieron seguidamente las del inconsciente «Príncipe».

Los tentáculos no podían torcerse para arrancarlos de la car¬ne. Brand los cortó con su cuchillo, y observó que eran duros, fibrosos. Al ser cortados salió sangre de ellos. Guillermo se llevó al herido a la sombra de unos arbustos y trajo agua en un sombrero, del río que corría por allí cerca. A los pocos minutos el «Príncipe» volvía en sí, aunque muy débil, por la pérdida de la sangre.

El capitán Brand, convencido de que Paula había matado al monstruo y que éste había sido el único superviviente de la destruc¬ción de los globos y del metálico edificio, cruzó la montaña, encami¬nándose a la nave.

Cuando, entrada la tarde, «El Ladrón Rojo» estuvo a la vista, el «Príncipe del Espacio», apoyado en el brazo de Guillermo, exami¬naba de nuevo los restos de las naves marcianas.

Paula caminaba cerca de él, con deseos de ayudarle. Guillermo advirtió el dolor y la desesperación que ensombrecían sus hermosos ojos. Ella había sostenido la cabeza del «Príncipe» hasta que éste volvió en sí; sus labios se habían rozado con los suyos, y cristalinas lágrimas habían rodado de un rostro en el otro.

Guillermo vio que el «Príncipe», al recobrar el conocimien¬to, se apartó de ella y que le dio las gracias con frialdad cuando se enteró de lo ocurrido.

—Paula—le oyó decir Guillermo—, ha hecho usted una gran obra por el mundo.

—Yo no la he hecho por el mundo —respondió ella—; la he hecho por usted.

Y las lágrimas inundaron de nuevo las hermosas mejillas.

La joven se quedó atrás para ocultar sus lágrimas ; mas el «Príncipe» no pronunció ni una palabra más.

«El Ladrón Rojo» se posó junto a los restos de las naves marcianas. Después de unas cuantas horas invertidas en el examen de dichos restos y en sacar fotografías de los mismos, así como en tomar algunas muestras de la blanca aleación de que habían sido forjadas aquellas y otras varias sustancias, entraron en su nave llevándose el cuerpo del monstruo y otros varios objetos para un estudio más dete¬nido. Brand despegó.

—Capitán —dijo el «Príncipe»—: habiendo muerto el infor¬tunado Smith esta mañana, creo es usted el oficial más experto de toda mi organización. Por consiguiente, tiene usted el mando de «El Ladrón Rojo», con Harris y Vincent por primeros oficiales. Tenemos entre manos una enorme tarea. La victoria que hemos ganado hoy es la pri¬mer jugada del partido que decidirá la suerte de la tierra.

 

 

Capítulo V

EL TESORO DEL "TRITÓN"

 

Necesito, por lo menos, dos toneladas de vitalio —dijo el «Príncipe» a Guillermo, después de veinticuatro horas de viaje. El «Príncipe» estaba pálido y débil por la mucha pérdida de sangre; pero no parecía tener ningún otro mal como consecuencia de su encuentro con el marciano.

—¡Dos toneladas de vitalio! —exclamó Guillermo—. No es mucho que digamos. Yo creo que no existe tal cantidad en yodo el mercado, aun teniendo todo el capital de la Compañía para comprarla.

—Pues yo he de tenerla, y pronto. Tengo que arreglar «El Ladrón Rojo» para un viaje a Marte. Y necesito ese vitalio para las pilas.

—¿Conque vamos a Marte?

—La única esperanza para el género humano es que pegue¬mos pronto y fuerte.

—Si el mundo supiera el peligro que le amenaza, nos ayuda¬ría de buena gana.

—Pues aquí está su parte de la tarea. Yo le dije que necesi¬taría publicidad. Queda a su cargo informar al público de estas cosas. Necesito que usted avise al Mundo sobre el peligro de Marte. Convénzalo y anímelo. Diga lo que guste, prescindiendo en lo posible de «El Príncipe del Espacio». Tengo el cuerpo del marciano metido en alcohol. Con él y con los restos de las naves marcianas que quedan en el desierto puede demostrar la verdad de su relato. Le dejaré a usted esta noche sobre la Torre de Trainor. Tiene veinticuatro horas para convencer al Mundo y conseguir las dos toneladas de vitalio. Hay que hacerlo.

—Difícil negocio —dijo Guillermo—. Pero, en fin, haré lo que pueda.

La ciudad estaba iluminada con miríadas de luces cuando «El Ladrón Rojo» se posó un instante sobre la Torre de Trainor. Cuan¬do aquél alzó su vuelo, Guillermo quedó sólo sobre el edificio más alto de la tierra, con unas cuartillas en el bolsillo, en las que había estado trabajando unas cuantas horas, y un paquete a su lado que contenía el cadáver del marciano conservado en alcohol.

Abrió un postigo que oportunamente no estaba echado, tomó su paquete y bajó la escalera que conducía al observatorio. Un hombre estaba al telescopio que apuntaba al planeta Marte. El hombre miró a Guillermo reconociéndolo y señaló al ascensor.

Media hora después, Guillermo presentaba su paquete y sus cuartillas al editor nocturno del Heraldo-Sol.

—Las noticias más extraordinarias del siglo: ¡La Tierra ata¬cada por Marte! Una nave marciana fue la que atacó al «Helicón». Traigo uno de los seres marcianos en esta caja.

El asombrado editor imaginó que el pobre reportero estaba loco de remate, y le escuchaba escépticamcnte mientras le contaba la destrucción de las naves de la escuadra lunar por «El Globo Azul». Guillermo omitió todo lo tocante a la Ciudad del Espacio y a su miste¬rioso príncipe. Dijo que la «Furia» había embestido al globo y que ambos habían caído al desierto. Terminó refiriendo que un sabio le había recogido en una nave-sol y le había referido el ataque o invasión que se esperaba de los marcianos a la Tierra, y que necesitaba dos toneladas de vitalio para equipar su nave para un viaje a Marte. Guillermo había invertido algunas horas en planear su relato.

El escéptico editor se convenció por fin, tanto por la probi¬dad reconocida de Guillermo como por el cuerpo del monstruo verde, las muestras del extraño metal blanco y las fotografías de los restos de las naves.

El editor radió para que saliera una expedición de El Paso (Texas) a comprobar los restos referidos. Cuando aquélla respondió que era cierto lo referido por Guillermo, el Heraldo-Sol tiró un núme¬ro extraordinario con el relato de Guillermo, las fotografías del mons¬truo y de los restos de las naves y las respuestas de la comisión examinadora. Se hizo asimismo un reclamo para la reunión de las dos tone¬ladas de vitalio, a fin de que el sabio desconocido pudiese equipar su buque para subir a Marte.

El relato causó una enorme sensación en el mundo entero. Mucha gente lo creyó. El Heraldo-Sol recibió medio millón de coro¬nas para la suscripción abierta para adquirir el vitalio, cantidad sufi¬ciente para comprar once onzas del precioso metal.

Pero la mayor parte del mundo lo tomó a risa. Se dijo que Guillermo estaba loco; que el Heraldo-Sol quería aumentar su tirada por medio de infundios. Más aún: se dijo que Guillermo, acaso en complicidad con la dirección del gran diario, había buscado en algún rincón del mundo aquel extraño ser para que sirviera de pretexto al gran fraude que suponía la reunión de las dos toneladas de vitalio.

El examen de los restos de las naves marcianas demostró que su destrozo había sido causado por explosión y no por caída. Se formó expediente contra el Heraldo-Sol por motivo de la suscripción abierta, y Guillermo hubiera sido arrestado a no haberse escondido en la torre de Trainor.

Finalmente, se dijo que el gran pirata llamado «El Príncipe del Espacio» andaba en el asunto, quizá con ocasión de que el objeto de todas las «excursiones» del «Príncipe» había sido el vitalio. Un periódico rival afirmó que Guillermo debió de haber sido capturado por el «Príncipe» y enviado después para la preparación del fraude.

La excitación publica fue tan grande, que el premio ofrecido por la entrega de «El Príncipe del Espacio», vivo o muerto, subió de diez a quince millones de coronas.

Veinticuatro horas después de haberse posado en la torre de Trainor, Guillermo estaba esperando en la misma mirando sobre sí el cielo tachonado de estrellas y a sus pies la brillante alfombra a cuadros luminosos que formaba la ciudad de Nueva York.

El cilindro de plata no tardó en llegar. Guillermo entró en él y habló al «Príncipe» con interrogativos ojos:

—Mala suerte —dijo Guillermo con decaimiento—. No me han creído, y el mundo entero se ha levantado contra nosotros. Gra¬cias que he logrado esconderme.

El «Príncipe» sonreía amargamente.

—Poco mas o menos, lo que esperaba —dijo—. Los hom¬bres se portan como lo que son: hombres. Quizá fuera mejor dejar que los marcianos se apoderasen de este viejo globo. Acaso lo mejorasen. Pero, si puedo, voy a ayudar a mi especie. Quizá de aquí a un millón de años el hombre mejore de condición.

—¿Y hay probabilidad sin el vitalio?

—Sin el vitalio, no. Tenemos que ir a Marte y tenemos, por consiguiente, que preparar nuestra nave para el viaje. Tenemos, pues, que proveernos de vitalio; y como no podemos comprarlo, hemos de tomarlo.

—Quiere decir robarlo —murmuró Guillermo.

—¿No soy yo «El Príncipe del Espacio», famoso pirata interplanetario, como me llamaba su periódico? ¿Y no es el bien de muchos preferible al bien de unos pocos? ¿No me será lícito quitar unas libras de metal a una fuerte Compañía para salvar al género hu¬mano sobre la tierra?

—Cuente conmigo —dijo Guillermo—. No obstante, la idea es un poquito revolucionaria.

—Nosotros no hemos desperdiciado el tiempo mientras us¬ted estaba en Nueva York. Hemos averiguado qué transportes se ha¬cen desde la Luna. Nos hemos enterado de que la nave-sol «Tritón» saldrá de la Luna hacia las diecinueve, cargada con la producción de vitalio de las minas que hay en el cráter de Kepler durante tres meses. Acaso pase de las dos toneladas.

Treinta horas después, «El Ladrón Rojo» volaba dentro del ámbito lunar con los tubos de rayo cerrados y sin dejar ver ninguna luz.

Los hombres miraban por los telescopios para descubrir los rayos blancos del «Tritón» y su convoy. Guillermo acompañaba al ca¬pitán Brand.

—¿Cómo le sienta el oficio de pirata después de tantos años persiguiéndolos?

El capitán Brand respondió:

—Recuerdo que desde la edad más tierna tuve inclinación a esto, y no teniendo ocasión de seguirla emprendi el camino contrario. No siento pena alguna por lo que hay que hacer. Pero me acuerdo de mis compañeros de la «Escuadra Lunar». Alguno de ellos perecerá.

—Bien puede ser que nos toque a nosotros —dijo Guillermo—. El «Tritón» viene escoltado por varias naves de guerra, y él puede defenderse y atacar con sus rayos. Creo que la cosa estará durita de pelar.

—He pensado mil veces en cómo acometería a un buque, siendo yo «El Príncipe del Espacio» —dijo el capitán

Brand—. Acabo de tratar con el del curso del ataque y estamos del todo conformes.

Una hora después llegaron el «Príncipe» y el doctor Trainor. Paula apare¬ció minutos después. Su ros¬tro estaba pálido. El dolor ensombrecía su lindo rostro. La joven preguntó al «Prín¬cipe» cómo se sentía.

—Oh, como siem¬pre, muchas gracias —res¬pondió el «Príncipe» sin ha¬cer gran caso.

Luego, sus negros y enigmáticos ojos se fijaron en el rostro de la joven. Sin duda, reparó en su palidez y en la tristeza que la consumía. Los ojos de ambos se encon¬traron un momento.

Guillermo notó que la ternura quería desbordar¬se sobre el cinismo de aquellos negros ojos. Pero el «Príncipe» se contuvo y dijo lacónicamente:

—Estamos prepa¬rándonos para entrar en ac¬ción, Paula. Quizá sea mejor que usted se retire a su cama¬rote hasta que pase esto.

La joven volvió la espalda en silencio y salió de la estancia.

Pocos minutos después apareció entre las estrellas un grupito de luces.

—El «Tritón» y su escolta—dijo el personal de telescopios.

—Cada uno en su sitio y alisten la nave para entrar en opera¬ciones —dijo el capitán Brand.

—Vienen delante dos naves de la Escuadra Lunar, a cincuenta millas una de otra. Cien millas detrás viene el «Tritón», con otras dos naves de la Lunar veinticinco millas detrás y a cincuenta una de otra.

Esto dijo el personal de telescopios. Brand dijo una breve frase al «Príncipe» y dio la siguiente orden:

—Oculten las luces. Maniobren hasta que nuestro buque quede entre las dos naves delanteras con la proa hacia la de la derecha y vuelta la popa a la de la izquierda.

—Preparados, señor —sonó una voz en el tubo. Transcurrieron unos minutos. «El Ladrón Rojo», a oscuras y en silencio, estaba entre las dos naves de la Escuadra Lunar, a veinti¬cinco millas de cada una de ellas.

—¡Fuego sin interrupción con los tubos por delante y por detrás hasta que el enemigo quede inofensivo! —dijo Brand.

El «Príncipe» murmuró unas palabras, y aquél añadió : —Procuren hacer el menor daño posible. De los tubos salieron inmediatamente rayos blancos deslum¬brantes. Los octógonos de plata brillaron bajo los rayos. Las naves recularon y dieron vueltas queriendo deshacerse de la terrible presión del atómico bombardeo. Un instante después estaban incandescentes. Una leve neblina las envolvía. Era la acumulación de energía eléctrica, capaz de matar a quien no estuviera resguardado.

De las otras tres naves salieron rayos buscan¬do a «El Ladrón Rojo». Pero no habían aún dado en el blanco cuando Brand ordenó cerrar los tubos. Los dos bajeles a que habían atacado eran masas de metal incandescente, del todo fuera de combate, aun cuando muchos de sus tripulantes vivirían todavía dentro de sus celdas inmunizadas.

El «Príncipe» en persona dio la siguiente or¬den:

—Maniobra núme¬ro cuatro uno. Hacia el «Tritón».

«El Ladrón Rojo» se dirigió hacia el «Tritón» si¬guiendo un curso irregular, de modo que era de todo pun¬to imposible hacer blanco en él.

Una vez que estu¬vo en línea recta sobre el «Tritón» abrió contra él todos los tubos con tal violencia que sus planchas se alzaron y retorcieron en seguida.

No  obstante,  se procuró defender y tres veces alcanzó con sus rayos a «El Ladrón Rojo»; mas sólo un instante, pues sus raras ma¬niobras, en las que la tripula¬ción estaba avezada, lo hacían ser un blanco de todo punto imposible. Antes que el buque pirata se acercase al «Tritón», éste ardía por sus cuatro costados. Mas aquél siguió su curso irregular hasta co¬locarse en medio de las dos naves que quedaban.

—Quietos, y fuego por delante y por detrás. Colocado «El Ladrón Rojo» entre las dos naves, al atacarlo se hería la una a la otra. No obstante, luchaban desesperadamente.

Una deslumbrante fosforescencia cubrió los artesones de vitrolina y las paredes del buque crujieron bajo la presión de los rayos. El enemigo tampoco andaba bien. Los rayos del buque pira¬ta habían caído sobre los otros con anticipación y obraban con mayor eficacia. Era cuestión de resistencia.

De pronto cesó la proyección del buque pirata. Guillermo se asomó al espacio y vio que las naves de la Escuadra Lunar giraban locamente, deshechas por entero. Unos minutos después «El Ladrón Rojo» remolcaba al «Tritón», la nave portadora del tesoro, por medio de placas electromagnéticas.

La portezuela de la nave pirata se abrió para dar paso a doce hombres equipados para andar por el vacío, armados con pistolas de rayo y provistos de aparatos y lámparas de oxígeno. El «Príncipe» iba delante de ellos.

Forzaron la portezuela del «Tritón» y entraron en la nave. Pocos minutos después, las grotescas figuras vestidas de metal apare¬cieron de nuevo trayendo pesados tubos llenos del precioso vitalio.

Una hora después «El Ladrón Rojo» cruzaba el espacio a toda marcha. El «Príncipe» iba en el puente, acompañado de Guillermo, el capitán Brand, el doctor Trainor y Paula.

Guillermo hubo de advertir que la joven mostraba alegría por la seguridad del «Príncipe», así como éste le prestaba muy poca atención.

—Ya tenemos las dos toneladas de vitalio —dijo el «Prínci¬pe»—. Realmente, tenemos cerca de cuatro mil seiscientas libras. Casi lo que necesitamos para llegar a Marte. Ya tenemos el metal, si es que podemos acarrearlo.

—¿Hay peligro todavía? —preguntó Paula.

—Sí. La mayor parle de los pasajeros del «Tritón» estaban vivos todavía. Cuando di al capitán mi tarjeta me dijo que al empezar nuestro ataque envió a la tierra un parte heliográfico. Unas cuarenta naves de la Escuadra Lunar deben haber salido en nuestra persecu¬ción.

«El Ladrón Rojo» marchaba a toda máquina. Pronto los tele¬scopios descubrieron una veintena de puntos luminosos debajo de ellos. La Escuadra Lunar estaba en movimiento.

—Mis antiguos compañeros —dijo el capitán Brand—. To¬dos darían de buena gana su vida por darnos alcance. Y todos piensan en los quince millones de coronas. La Escuadra Lunar no retrocede ni admite condiciones.

Y transcurrieron varias horas llenas de ansiedad. Paula esta¬ba intranquila por la salud del «Príncipe». Estaba todavía pálido y débil a consecuencia de la aventura del desierto. Viendo él lo cansada y nerviosa que estaba la joven, la mandó retirarse a su camarote a descansar. Ella se retiró, llorando.

Y el tiempo corría pesadamente. «El Ladrón Rojo» cruzaba el espacio con rapidez; había pasado la luna, aunque con tal marcha no podría llegar sin avenas a la Ciudad del Espacio. Con todo, su velocidad era un poco mayor que la de la flota enemiga. Por fin se halló lejos de sus perseguidores.

No obstante lo cual, siguió muchas horas en línea recta antes de encaminarse con cautela hacia la secreta Ciudad del Espacio, en la que entró, al cabo, con toda felicidad. Nuevamente gozó Guillermo de la placentera vista de aquel cilindro giratorio y recorrió de nuevo una calle de tres millas que le llevó al mismo sitio de donde había partido.

Una semana se pasó equipando a «El Ladrón Rojo» para su viaje a Marte. El precioso metal robado al «Tritón» se adaptó en pilas para el fluido necesario en tan largo viaje. Se cargaron a bordo gran¬des provisiones de víveres, agua y oxígeno comprimido, así como de armas y aparatos científicos de infinitas clases.

—Dentro de media hora, en marcha —dijo el capitán Brand al sonar la campana que los llamaba a bordo.

 

 

Capítulo VI

LA ESTRELLA ROJA DE LA GUERRA

 

El «Ladrón Rojo» salió de la Ciudad del Espacio y dirigió su proa hacia Marte. La estrella del dios de la guerra pendía ante ella sobre la oscuridad salpicada con el argentino polvo de la constelación de Capricornio como un pequeño disco rojo. «El Príncipe del Espacio», odiado a muerte por el globo en que había nacido, iba cruzando el espacio en un loco arranque de salvar dicho globo de los horrores de una invasión marciana.

El globo rojo que era Marte parecía colgar sobre ellos casi en el centro de la bóveda de vitrolina del buque.

—No vamos directamente hacia el planeta —dijo el capitán Brand a Guillermo—. Tenemos que tener en cuenta la velocidad de su curso alrededor del Sol. Vamos directamente hacia el punto en que se hallará dentro de veinte días.

—¿Podremos llegar en veinte días? ¿Tres millones de millas por día?

—Probablemente, si el vitalio se porta bien y no topamos con algún meteorito. La velocidad en el espacio es ilimitada. Por lo menos, prácticamente es así. La aceleración es la única cuestión im¬portante.

—Y dice usted que podemos chocar con un meteorito. ¿Hay mucho peligro?

—Bastante. Los meteoritos siguen órbitas regulares alrede¬dor del Sol. Nosotros conocemos bien las que hay entre la tierra y la luna. Ahora entramos en un territorio inexplorado. Y muchos de ellos son tan pequeños que el telescopio no los divisa a tiempo. Son estcritas que se mueven doce veces con mayor velocidad que las balas de los antiguos rifles.

—¿Y qué haremos si conseguimos llegar a Marte?

—Eso me digo yo —dijo el capitán—. Desde luego, con nues¬tros rayos no podemos barrer todo el planeta. Trainor no trae más que unos cuantos torpedos-cohete, insuficientes para hacer impresión en el planeta beligerante. El «Príncipe» y Trainor tienen montado un la¬boratorio en la propia nave. Trabajan con denuedo. Un proyectil nue¬vo, a lo que entiendo. Yo no sé a dónde iremos a parar.

Guillermo bajó por una escalera y entró en el laboratorio. En efecto, el «Príncipe» y el doctor trabajaban con ahínco. Estuvo un rato observándolos y vio que hacían experimentos en pequeños anímales, en plantas verdes y en ejemplares de vitalio. Electricidad en alta ten¬sión, tubos de electro y varias clases de rayos era lo que tenían entre manos.

Advirtiendo su curiosidad, dijo el «Príncipe»:

—Usted sabe que el vitalio se descubrió primero en las vita¬minas en cantidades infinitesimales. Dicho metal parece ser la base de toda vida. El vitalio al clorófilo es lo que habilita a las hojas verdes de las plantas para utilizar la energía de la luz solar. Nosotros queremos determinar la naturaleza de la fuerza esencial de la vida, sabiendo que la cuestión está ligada con la radioactividad del vitalio. Hemos ade¬lantado mucho, y si el éxito es completo, nos dará una poderosa instrumentalidad.

Paula trabajaba con ellos en el laboratorio como una ayu¬danta muy capacitada y animosa. Ella había ayudado a su padre casi desde la niñez. Guillermo advirtió que la moza sólo se sentía feliz cuando estaba cerca del «Príncipe»; que la sombra del dolor cesaba de nublar sus hermosos ojos negros cuando tenía ocasión de ayudarle en algo o cuando su habilidad le merecía de él una palabra o un gesto de aprobación.

El «Príncipe» parecía absorto en su tarea. Trataba cortésmente a la doncella, mas parecía totalmente indiferente hacia su per¬sona. Para él, parecía ser sólo un compañero de labor. Guillermo sa¬bía, con todo, que el «Príncipe» no ignoraba los sentimientos de la joven hacia él, y hasta sospechó que el «Príncipe», por su parte, se esforzaba en sofocar en sí la emoción correspondiente, que iba en au¬mento.

Guillermo acompañó muchas horas al capitán Brand, con¬templando la noche estrellada del espacio. La Tierra se veía siempre, aun cuando sólo era un punto verde. La luna era ya invisible. Día tras día Marte iba pareciendo mayor.

A menudo Guillermo lo miraba con el telescopio. Ya se divi¬saban las capas polares, las oscuras regiones del ecuador, las negras líneas de los canales. Y algunos días después llegó a ver el pequeño círculo azul que vio con el gigantesco telescopio de la torre de Trainor.

—Tiene que ser enorme para verse tan bien —dijo Guillermo.

—Así lo creo —respondió el capitán—. A esta distancia no se puede ver ninguna cosa que no tenga una milla de diámetro, poco más o menos.

—Si ello es un buque, es disparatadamente grande, capaz de transportar a todos sus moradores.

Unas pocas horas después Guillermo estaba mirando por entre los artesones de vitrolina el radiante esplendor del sol cuando de pron¬to se oyó una serie de golpes terroríficos.

La nave se estremeció bajo sus pies; oyó la reverberación del metal taladrado y el silbo del aire al escapar.

—Los meteoritos —gritó Brand. Y señaló a la cúpula de vitrolina.

El grueso cristal estaba perforado con pequeños agujeros re¬ dondos. Las paredes del bu¬que también estaban perforadas en dos o tres sitios. Por los agujeros se escapaba el aire. Este formó fuera una nubécula blanca que, convertida inme¬diatamente en hielo, cayó so¬bre los artesones de vitrolina.

Guillermo sintió que le faltaba aire para respi¬rar. La cámara estaba suma¬mente fría. Pequeñas partícu¬las de nieve danzaban de acá para allá.

—¡El aíre se va! — gritó Brand—.¡Nos ahoga¬mos!

Y tocó una palanca.

Guillermo quiso hablar de nuevo ; pero le fal¬tó voz. Sintió enorme ruido en sus oídos. Le parecía que un maligno gigante le chupa¬ba los pulmones. La estancia se oscureció y dio vueltas en tomo suyo. Quedó ciego. Un repentino helor agarrotó sus miembros: el infinito frío del espacio. Sintió que la sangre salía caliente por sus narices y se quedaba helada en su cara. Remotamente oía mo¬verse a Brand, en tanto que él se iba sumiendo en la in¬consciencia.

Cuando volvió en sí el aire y el calor iban también viniendo. El aire penetraba en la nave por medio de una vál¬vula. El capitán Brand yacía inerte a su lado. Guillermo miró a la cúpula y vio que en los agujeros habían colocado parches de goma y que la presión del aire los adhería más y más.

El capitán había salvado el buque antes de caer. Un instante después se abrió la puerta y entró el doctor Trainor con el «Príncipe» y otros tras él. Recogieron al inconsciente capitán y lo condujeron a la enfermería. El pobre estuvo a punto de perecer asfixiado; pero la ad-ministración de oxígeno puro le hizo volver en sí. Al día siguiente estaba en su puesto.

Hacía dieciocho días que «El Ladrón Rojo» había salido de la Ciudad del Espacio. La pérdida de aire le había ocasionado algunos perjuicios, pero casi estaban reparados. Faltaban dos días para llegar a Marte.

—Un objeto enfrente —dijo el vigilante exterior desde su telescopio.

—Un pequeño globo azul que viene directamente hacia noso¬tros —dijo un momento después.

—Será otro de sus buques que se encamina a la tierra. Este nos acabará de arreglar.

Instantes después, el «Príncipe» y el doctor Trainor salían del laboratorio. El globo azul venía hacia ellos a gran velocidad, y «El Ladrón Rojo» se adelantaba a él a muchos miles de millas por hora.

—No podemos huirle el bulto —dijo el capitán—. Todavía está a cincuenta mil millas de distancia; pero nosotros vamos muy aprisa y no podemos parar en tan corto espacio. Chocaremos con él dentro de cinco minutos.

—Pues si no podemos detenernos, adelante—dijo el «Prínci¬pe», sonriendo tristemente.

—Vamos a probar un torpedo —dijo el doctor.

El príncipe asintió.

Trainor hizo un disparo; pero el proyectil se desvaneció delante de ellos; dis¬paró segunda y tercera vez.

—Atemperad los rayos y velad las luces —dijo el «Príncipe»—. Con veloci¬dades combinadas de mil millas por minuto podemos escapar sin ser vistos, si es que no nos han visto ya.

Durante unos se¬gundos la nave voló en silen¬cio. Guillermo iba al telesco¬pio. En la negra extensión del espacio, el pequeño disco azul de la nave marciana iba agrandándose.

De pronto, sobre él apareció una pequeña man¬cha roja.

—Una bomba ató¬mica —gritó Guillermo—. Nos han visto. Estamos per¬didos.

Y se quedó espe¬rando la llamarada violeta que quería decir su fin.

Pero apenas hubo pronunciado sus últimas palabras cuando vio la lla¬marada violeta muy lejos de ellos. Brilló y desapa¬reció en seguida. El disco azul de la nave aun flota¬ba ante ellos; pero la es¬terilla roja desapareció. Por un momento quedó pensativo. Luego comprendió.

—La bomba atómica ha chocado con el torpedo y ha explosionado. Y si creen que hemos sido nosotros...

—Acaso ya no nos vean —dijo Brand.

—No es probable —dijo Trainor—que la bomba haya cho¬cado efectivamente con el torpedo. Es más fácil que haya explotado mediante la atracción de la gravedad de un objeto que pasara cerca de ella.

Observando aún el globo azul, Guillermo vio sobre él una llamarada color naranja. El globo azul se vio envuelto en llamas. Es¬tas se extinguieron luego, y lo azul desapareció con ellas. Sólo queda¬ron restos de metal blanco.

—El segundo torpedo ha destruido la nave marciana —ex¬clamó Guillermo.

«El Ladrón Rojo» siguió por el espacio hacia el planeta rojo, que hora tras hora y minuto tras minuto se agrandaba delante de ellos.

El disco azul se veía ya perfectamente. Parecía un gran globo semejante a los que habían visto, pero de una milla de diámetro. Estaba en el desierto, junto a un impórtante cruce de canales.

Durante los dos últimos días, el «Príncipe» y el doctor, con la asidua ayuda de Paula, habían trabajado en el laboratorio sin tregua ni descanso. Guillermo estaba con ellos cuando el «Príncipe» alzó el lapicero y anunció el último resultado de su operación.

—El problema está resuelto —dijo—; pero su solución sig¬nifica a un tiempo buen suceso y malo. Hemos descubierto el secreto de la vida. Hemos solucionado el misterio de los tiempos. Una fuerza terrible esta a nuestra disposición; fuerza capaz de alargar a un milenio la duración del hombre o de borrarlo totalmente de la superficie del planeta. Pero esta fuerza es inútil sin un aparato que la gradúe y mode¬re.

—Tenemos un laboratorio —dijo el doctor Trainor—. Pero nos falta lo esencial. Tenemos necesidad de un poco de cerio, uno de los metales mas raros de la tierra. Y no hay un grano de el en todo nuestro repuesto.

—Volvamos a la tierra —dijo Trainor.

—Eso significaría la pérdida de cuarenta días o más aún, pues necesitaríamos parar un poco en la Ciudad del Espacio para to¬mar algún descanso. Y estoy seguro de que los marcianos pondrían antes en movimiento esa enorme máquina.

—Posaremos en Marte y buscaremos el metal —dijo el capi¬tán Brand, que llegó en aquel punto.

—Justamente —respondió el «Príncipe»—. Usted nos leva¬rá a un sitio que parezca desierto, a bastante distancia del globo azul. En algún paraje montañoso, lo más lejos posible de los canales. Debe¬mos posar a media noche. Tendremos todo preparado para la mañana. Cualquier clase de mineral posee la cantidad de cerio que nosotros necesitamos.

—Muy bien, señor—dijo Brand.

Pocas horas después, el «Ladrón Rojo» volaba sobre Marte, algunos miles de millas sobre su superficie.

—¿No habrá peligro si nos ven? —Preguntó Guillermo.

—Desde luego—Respondió el capitán—. Hacemos lo posi¬ble por mejorar el asunto volando bien alto durante el día y bajando de noche.

Conforme se acercaban, el telescopio mostraba más clara¬mente la superficie del planeta hostil. Guillermo miraba atentamente para descubrir indicios de sus malignos habitantes.

—Los canales parecen líneas de vegetación, regadas por un sistema de riego que conduce el agua de los deshielos —dijo.

—El astrónomo Lowell lo dijo hace doscientos años —dijo el capitán—, aunque mucho de sus contemporáneos afirmaban que no distinguían canales de ninguna especie.

—Ya distingo —dijo Guillermo—árboles verdes y construc¬ciones metálicas. Creo que hay también cañerías largas. Se ve un gran edificio de metal blanco. Debe tener sus quinientos pies. Ya veo algu¬nos otros, los más colocados junto a la intersección de los canales.

—Tiene que haber grandes ciudades —dijo Brand—. Tenien¬do en cuenta las grandes tormentas de polvo que hay en el planeta, les será preciso tener las ciudades cubiertas de algún modo.

—Veo moverse un objeto. Debe ser algún globo como los que hemos visto, aunque mucho más pequeño. Parece que pasa de uno de los grandes edificios a otro.

Brand se acercó a otro telescopio.

—Sí; ya lo veo. Son dos. Y vuelan con gran velocidad. Son muchos, y forman una línea continua uno tras otro.

—¿Qué es aquello? —dijo Guillermo, algo excitado . Parece una especie de animal en jaula.

—Voy a ver.

Brand miró por su telescopio.

—Mire —dijo Guillermo—en el centro del campo. Al borde de aquel trozo cultivado, junto a lo que parece una cañería de agua.

—Sí, sí. Veo algo. Una gran cerca y seres dentro. Pero no son hombres, creo. Son grises y peludos. Pero parece que andan en dos extremidades.

—Alguna especie de monos, creo yo.

—Ya comprendo —dijo Brand—. Son animales domésticos. Los marcianos son parásitos. Tienen que tener a quienes sacar la san¬gre. Ellos viven a costa de esas criaturas.

—Es posible —respondió Guillermo—. ¿Y le parece que si conquistan la Tierra tendrán a los hombres enjaulados de esa manera?

—Probablemente; pero no pensemos en ello, sino en buscar sitio en donde posar.

—Ya lo he hallado —dijo a poco—. Es una montaña baja rodeada de llanura desierta. A cien millas no hay canal ni edificio alguno. Está a seis grados norte del ecuador.

Pasaron varias horas antes que «El Ladrón Rojo» llegase el sitio señalado para bajar. Guillermo, entretanto, miraba por el telesco¬pio las largas líneas de vegetación que cruzaban los desiertos de color anaranjado. Contemplaba los grandes trabajos de irrigación y las enor¬mes cúpulas que cubrirían ciudades enteras, comunicadas entre sí por medio de los globos azules que no cesaban en su marcha de una a otra. Dos o tres veces descubrió seres que creyó que serían los horribles vampiros marcianos, y vio además media docena de jaulas metálicas en donde los peludos bípedos grises estaban encerrados.

Máquinas brillantes se movían entre los verdes parajes de la tierra fértil, probablemente cultivándola.

El «Príncipe», Trainor y Paula estaban despiertos en sus camarotes. Guillermo se retiró a descansar un poco. Cuando volvió, el planeta estaba sumido en tinieblas. «E1 Ladrón Rojo» iba descendien¬do.

Prontamente se desvanecieron las estrellas. Phobos y Deimos, las dos lunas de Marte, enviaban alguna luz sobre el planeta. El capi¬tán usaba los rayos lo menos posible, procurando que el buque no fuera visto.

«El Ladrón Rojo» descendió en el centro de una meseta que se alzaba sobre un desierto arenoso. A la escasa luz de las estrellas y las lunas se veía extenderse el desierto en todas direcciones. En Marte no hay grandes montañas. El aire era muy limpio y sutil. Guillermo creía que la nave iba aún por el espacio.

Las horas transcurrieron silenciosas, esperando la venida del alba.

Cerca de ella, se presentó el «Príncipe» con una amarga son¬risa en su enjuto rostro, habiendo, al parecer, descansado de sus enor¬mes tareas en el laboratorio.

—Ya están preparados los aparatos para coger el mineral — dijo el capitán—. Y empezaremos en cuanto esto se temple un poco. Fuera está a ciento cincuenta bajo cero.

—Se templará bien tan pronto como salga el sol —respon¬dió el «Príncipe»—. Así parece, por la calidad del aire.

Y añadió:

—Ha escogido usted el sitio más desierto del planeta. Con todo, hay gran peligro de que nos descubran antes que hallemos el cerio.

—Vaya sentimientos pusilánimes para ser los primeros hom¬bres que llegamos a este nuevo mundo.

—Pero no somos los primeros —dijo el «Príncipe»—. Estoy seguro de que Enbers llegó a Marte, y hasta creo que los buques marcianos están basados en el estudio de la nave de él.

—Enbers debió de esperar en el desierto a que saliera el sol, como estamos haciendo nosotros —murmuró Brand—. En efecto, si quería bajar sin ser visto, debió de bajar cerca de aquí. Este parece el mejor sitio en todo el planeta para llegar a él sin ser vistos.

 

 

Capítulo VII

UNA MINA EN MARTE

 

El sol se dejó ver luego. Era pequeño, blanco y muy ardiente, y se veía en un cielo negro sobre una interminable llanura anaranjada.

—¿Y podremos salir sin equiparnos como para el espacio? —preguntó Guillermo al capitán.

—Creo que sí, cuando caliente bien el sol. La cantidad de oxígeno de este aire es igual al de la Tierra a nueve millas sobre el nivel del mar. Pero la gravedad aquí es sólo una tercera parte de la de la tierra, y con menos oxígeno hay energía suficiente. Yo creo que lo soportaremos bien si no hacemos mucho ejercicio.

Los rayos de aquel minúsculo sol empezaron a calentar ra¬biosamente. A poco, el «Príncipe» saltaba sobre las rocas.

Todos le miraban atentamente por entre los artesones de vitrolina. Paula, con las manos cruzadas con nerviosa ansiedad. Guillermo vio que el «Príncipe» salía con decisión, respiraba des¬pacio, como probando el aire. Luego se encogió para saltar, y dio un enorme salto de más de veinte pies. Al bajar dio de espaldas sobre un mon¬tón de arena. Con la boca abierta, cual si le faltara el aire, volvió a la puerta de la nave.

—Parece como el aire de las montañas, sino que se escapa pronto del pe¬cho. Yo creo que no sería muy conveniente para quien padeciera del corazón. Pode¬mos salir ya. El aire está frío todavía pero las rocas están calientes. Y abrió la puerta.

—Primero —dijo— hay que señalar guardias.

Seis de los treinta que formaban el personal fueron designados al efecto. Cada uno llevaba dos torpedos-cohete. Su peso era in¬significante en aquel plane¬ta de tan escasa gravedad. Debían vigilar a la orilla de la meseta en donde habían posado.

Por fin se asoma¬ron a Marte. Los movimien¬tos eran fáciles, pero el me¬nor esfuerzo fatigaba. Guillermo se quedó sin aliento con sólo echarse los torpedos al hombro. El aire estaba frío.

—Coloqúense a las orillas de la meseta —dijo el «Príncipe» a los guardias—. Cuando noten algo, disparen al aire las pistolas. Den señal, de todos modos, cada cinco minutos. En la nave habrá uno vigilando. Avísenle en cuanto noten algo. Haremos una señal cuando hayan de volver.

Procuró luego hacer que Paula quedase en la nave; pero ella se resistía. Al fin, él hubo de transigir.

—Preferiría que se quedase aquí vigilando. No quiero que se retire mucho de la nave. Puede ocurrir algo. Aunque, si nos descu¬bren, nos cogerán a todos. No se enfade.

Guillermo notó que el «Príncipe» miraba con ansiedad a la preciosa joven de los ojos negros. Luego vio que seguía andando preci¬pitadamente. Después volvió a mirarla como para ordenarle que vol¬viese al buque. Más tarde, seguir andando, ruborizarse y terminar son¬riendo con amarga ironía.

Caminando Guillermo por la meseta, vio que la joven iba siguiendo la dirección opuesta. Al salir del barco la había mirado en los ojos, y los tenía ensombrecidos y muy ojerosos. En sus oscuras profundidades brillaban el despecho y una determinación trágica. Vién¬dola, pensó Guillermo que toda la vida había escapado de ella. Parecía un autómata, guiado sólo por la energía de una determinada voluntad. La vivacidad y la ilusión se habían desvanecido en su ser. Con todo, caminaba como a un asunto muy urgente.

—¡Qué extraño! —murmuró Guillermo—. ¿Irá a suicidarse? Y se volvió, indeciso, para encaminarse a ella. Mas conside¬rando que su juicio podía ser ilusorio, siguió hacia su sitio. Detrás de él venían otros grupos. El «Prín¬cipe» y el doctor Trainor mon¬taron varios aparatos, que Guillermo pensó serían para hacer observaciones magnéti¬cas y meteorológicas. Varios hombres con sondas recorrían la meseta.

—Cualquier piedra ferruginosa contendrá la can¬tidad de cerio que necesita¬mos —dijo el doctor.

Guillermo llegó a un extremo de la meseta. El panorama era desolado y tris¬te. No se veía un ser viviente, ni una planta. Los canales con su verde no estaban a la vis¬ta.

—Se hace cuesta arriba creer que haya una raza de vampiros en este planeta habitando en casas de metal —murmuraba Guillermo—. Pero no es extraño que bus¬quen un mundo más hospita-lario y ameno.

Mirando hacia atrás, vio un grupo de hom¬bres barrenando una roca. El barreno explotó y la roca se hizo fragmentos.

Sometidos éstos a un aparato, pronto se halló en ellos una cantidad suficiente de cerio.

Guillermo siguió examinando el paisaje con el poderoso telescopio del tor¬pedo. Tenía el reloj a la vista, y cada media hora hacía tres disparos con su pistola-rayo, que querían decir que no había novedad.

Dos horas transcurrieron antes de que viese el globo azul. —Una nave marciana a la vista —comunicó—. Es un globo azul de unos diez pies de diámetro. Sigue una trayectoria partucular, como si fuese persiguiendo a alguien.

—Prepare algún torpedo contra esa nave —le respondieron— y haga fuego si nos ha observado.

—El globo va persiguiendo animales —dijo él—. Dos bípedos grises van saltando delante de él. Corren con maravillosa agili¬dad.

Y siguió mirando por el telescopio. Los bípedos se veían perfectamente. Eran como hombres, o monos, que caminaban dere¬chos. Sus miembros tenían proporciones humanas y llevaban las ca¬bezas erguidas. Estaban cubiertos de vello gris y no llevaban armas.

Huían de globo en una rara carrera a saltos que los trajo al anaranjado desierto con notable presteza. Venían derechos hacia el sitio donde Guillermo estaba apostado. El globo azul los seguía de cerca. Cuando el uno tropezaba y caía, el otro se detenía y le ayudaba a levantar. El globo azul se detuvo también a unos veinte pies de tie¬rra, como esperando que se levantase y prosiguiesen su desesperada carrera.

Guillermo sintió indecible simpatía hacia aquellos seres gri¬ses. El uno se había detenido para ayudar al otro. Ello era indicio de que sentían afecto. Y el globo se había parado. Ello quería decir que iba batiéndolos maliciosamente. Estuvo para disparar. Pero la orden que tenía era de no disparar sin que los de la nave advirtiesen su pre¬sencia.

Ya estaban a menos de una milla. De pronto descubrió Guillermo un pequeño objeto gris junto al pecho de uno de los bípedos. Evidentemente era un pequeñuclo en los brazos de su madre. El otro sería el macho. La madre era la que había caído.

Se veían perfectamente, por no estar a quinientos pies, cuan¬do la hembra cayó de nuevo. El macho corrió en su ayuda, y el globo se colocó sobre ellos. La madre parecía no poderse levantar. La criatu¬ra cayó a tierra y ella rodó de espaldas.

Como lleno de ira, el macho saltó hacía el globo. Una bolita roja salió de él y una llamarada violeta envolvió al pobre bípedo. Este se retorció en el suelo. Chamuscado, destrozado y sangrante, se alzó, sin embargo, y saltó de nuevo hacia el globo.

Este bajó a tierra. Seres verdes saltaron de él. Eran como el monstruo que Guillermo había visto en el desierto de Méjico un ma¬nojo de delgados y flexibles tentáculos con sus trompas de succión, un cuerpo verde insignificante y tres malévolos ojos de púrpura en los extremos de antenas de un pie de largas. Los monstruos eran tres.

El triste macho se arrojó loco sobre uno de ellos. Este lo envolvió con sus tentáculos y le clavó en la carne sus mortíferas trom¬pas. Durante un poco tiempo, el triste luchó contra el monstruo verde. Luego quedó inerte.

Otro de los vampiros cogió al pequeñuelo de los brazos de su madre. Esta forcejeaba por cubrirlo con su propio cuerpo. Pero fue en vano.

El tercer monstruo se arrojó a la madre.

Guillermo temblaba de horror.

—He aquí—dijo para sí—lo que pasará en la tierra si no los detenemos.

Los monstruos verdes dejaron a sus víctimas y se arrastraron hacia el globo azul, que se alzó paulatinamente en el aire.

De pronto se paró. Era evidente que los monstruos habían descubierto al «Ladrón Rojo».

Al instante, Guillermo disparó un torpedo que tenía prepara¬do. Una llamarada color naranja envolvió al globo de cobalto, que se desintegró en una lluvia de metal blanco.

—¡Tomad esa, condenados! —gritó Guillermo con satisfac¬ción.

—He disparado al globo con buen éxito —comunicó—. Evi¬dentemente nos habían visto. Los marcianos verdes de dicho globo habían matado a tres bípedos grises. ¿Puedo inspeccionar los restos?

—Puede —le contestó el «Príncipe»—, pero no tarde más de media hora.

Al poco le vino otro mensaje.

«Todos alerta. Pueden buscar el globo. Los mineros adelan¬tan. Podremos marchar al ponerse el sol. Valor—El Príncipe».

Con el otro torpedo al hombro y la pistola a mano, Guillermo recorrió la orilla del precipicio que rodeaba la meseta, hasta que al fin halló un sitio relativamente cómodo para bajar al desierto.

Su arena era un polvo sutilísimo que se alzaba a su paso, for¬mando una nube y se hundía bajo sus plantas, dificultando su marcha. Agotado llegó donde estaban los seres grises. Eran muy dife¬rentes del hombre, a pesar de ciertas semejanzas. No tenían más que tres dedos en las manos, provistos de garras, y una especie de trompa hacía las veces de la nariz. Su esqueleto era muy diferente al del Homo sapiens.

Todo fatigado, se encaminó a la meseta, levantando nubes de polvo muy molesto e irritante. No cesaba de estornudar. El sudor corría por todo su cuerpo y sentía una sed horrible.

La parte alta de la meseta, el «Ladrón Rojo» y todo su perso¬nal desaparecieron de su vista envueltos en espesa nube de polvo que se extendía por todo el horizonte.

El polvo en que se hundían sus pies alzábase luego sofocan¬te en espesa nube azafranada.

El sol parecía un pequeño globo escarlata en un cielo casi negro. Lleno de pavor, seguía la dirección de la meseta.

Entonces vio sobre la roja arena un objeto blanco. Parándo¬se a respirar y a limpiarse el polvo rojizo que le cubría la frente, le dio con el pie. Una calavera casi calcinada por el sol rodó sobre el rojo polvo. Al instante conoció que era de un ser humano y no de alguno de los seres grises que había inspeccionado.

Con la desagradable impresión del que va a abrir el misterio¬so libro de alguna olvidada tragedia, se puso de rodillas y empezó a escarbar en el polvo con los dedos. Pronto halló algunos huesos y un medio pasado cinturón con hebilla de plata. En esta estaba de relieve la letra «E».

—¡Él! —murmuró—. Es Enbers. De manera que llegó a Marte. Y murió aquí. Acaso queriendo subir a la meseta. ¡Dios! ¡Qué muerte! Un hombre solo entre el polvo y el sol, en un mundo extraño, poblado por extraños monstruos.

La soledad del rojo desierto, su misterio y extraño espíritu lo envolvieron como un manto de pavor. Púsose en pie y encaminóse de nuevo a la invisible meseta. Mas de pronto se detuvo.

—Acaso haya dejado algo —murmuró.

Y volviéndose, siguió escarbando en el polvo con los dedos. Hallo tras el resto del esqueleto pelo, tela y piel humana, conservada en el seco polvo. Un cantarillo de metal, una navajita llena de herrum¬bre, botones, monedas y una pistola-rayo que había explotado.

Luego halló un librito de memorias. En él estaba el diario de Enbers. Lo más era legible todavía. Hoy está impreso y consti¬tuye una particular relación de su trágica aventura. La salida llena de buenos augurios. Los peligros y desalientos del viaje. Un amotinamiento que causa la muerte de la mitad del personal. La llegada al nuevo planeta. El ataque de los globos azules. Cómo se apoderaron de su nave y los llevaron prisioneros a las jaulas, don¬de procuran criar con ellos una nueva variedad de animales domés¬ticos. La fuga de Enbers y sus desesperados esfuerzos por hallar la nave en donde había quedado.

Guillermo no lo leyó todo. Sólo tuvo tiempo de leer las últi¬mas notas.

«Se me ha acabado el agua. Veo que no podré llegar a la montaña en donde aterricé. Probablemente ha desaparecido mi nave-sol. Ojalá hubiera seguido en la jaula. Allí tenía agua y alimento. Pero ¡Cómo pudo Dios criar tales seres! ¡Tan horribles, tan malignos! Ojalá no hayan usado mi nave para ir a la tierra. Yo esperaba dar con ella para destruirla. Pero ya es tarde.»

Una espesa polvareda envolvió a Guillermo, que sintió aho¬garse. Alzando los ojos del librito, vio grandes nubes rojizas que cu¬brían el ciclo hacia el Este.

Le había cogido una tormenta de polvo, una de las terribles tormentas de polvo que distinguen los astrónomos a la distancia de cuarenta millones de millas.

Guardándose el librito, siguió andando. El viento que venía bramando tras él lo alcanzó, y siguió bramando junto a sus oídos. El viento corría velozmente, aun cuando empujaba poco. El aire así em¬polvado constituía un fluido acre del todo irrespirable.

Guillermo caminaba a ciegas. Por fin llegó a las rocas y pro¬curó subir por ellas. La base de la meseta era para él una pared vertical que se perdía de vista en una nube roja. Empezó a rodearla. Por fin halló una especie de paso y trepó por él.

Cuando estuvo en lo alto se echó al suelo. Nubes de polvo rojo lo envolvían e imposibilitaban ver a más de diez varas. No quiso buscar a «El Ladrón Rojo, pues sabia que no podría orientarse.

Las horas siguieron su impasible curso y Guillermo seguía en tierra, medio cegado y asfixiado con aquel suero aire que rugía entre las rocas, las cuales, por su parte, quemaban cual si las calentase vivo fuego. Tomando el torpedo en las manos, miró por su anteojo. Pero no vio otra cosa que la espesa nube de polvo que le envolvía.

El sol estaba aun próximo a su cénit y empezaba a declinar hacia un invisible horizonte. Por él se orientó; pero luego desapareció también entre la polvareda.

Mas he aquí que de repente el aire cesó en su curso. El polvo empezó a posarse y, media hora después, el sol lucía so¬bre el horizonte occidental. Los objetos empezaron a de¬linearse. «El Ladrón Rojo» seguía en su sitio, en el centro de la meseta. El personal vol¬vía a su tarea en la busca del cerio.

—Hagan señal to¬dos los vigilantes —comuni¬có el «Príncipe».

—He hallado el ca¬dáver de Enbcrs y he recogi¬do un diario suyo —dijo Guillermo cuando le llegó su vez.

—Ahora, a prepa¬rarse para partir —dijo el «Príncipe»—. Lleven las he¬rramientas y aparatos al bar¬co. Ya tenemos suficiente cerio. La señal de recogerse se dará en seguida.

Guillermo miraba hacia el sitio de donde había venido la tormenta, y descu¬brió un globo azul, luego olro y otro. Corrían de Sur a Este con pasmosa velocidad. Se¬guían la misma ruta que el globo que él. había aniquila¬do.

—Tres globos a la vista —comunicó—. Y vie¬nen hacia nosotros.

Algunos de los otros vigilantes los veían también, pues vio hacer se¬ñas con sus pistolas de rayo.

Sin más preámbulos, se oyó un fuerte disparo, y vio un globo rojo que se deshizo en una llamarada violeta.

Poniéndose en pie, se echó al hombro el pesado torpedo y corrió dando tumbos hacia «El Ladrón Rojo». Vio que otros corrían también, en tanto que los mineros se esforzaban por meter en el buque las herramientas y maquinaria con que habían trabajado.

Luego volvió los ojos hacia el sitio por donde Paula se reti¬ró, y no vio trazas de ella. No venía.

Cuando Guillermo llegó a la nave estaba agotado, sin alien¬tos. Los demás estaban como él, llenos todos de polvo y sudor. Todos se esforzaban por meter en la nave las pesadas máquinas y las pilas de vitalio que habían empleado para calentar los hornillos y crisoles.

—Debemos montar y partir al momento —dijo Guillermo— . No debemos perder nuestras vidas y la ocasión de salvar al mundo por recoger estos utensilios.

«El Príncipe» se alzó de junto al extraño aparato en que traba¬jaba con el doctor, y dijo:

—Miren las naves marcianas. Ya son más de treinta, y vue¬lan como moscas. No podemos huir. Contra sus bombas atómicas, nuestros torpedos valen poco. Además, tenemos fuera gran parte de nuestra maquinaria. Algunos generadores y un tubo del buque.

Los globos azules se divisaban ya en lo alto, a una milla escasa de distancia. Guillermo se encogió de hombros. Luego miró con intranquilidad hacia el sitio por donde desapareció Paula, y dijo : —Y la señorita, ¿dónde está?

—¿Dónde está Paula? —repitió el «Príncipe» mirando en derredor. ¿Qué puede sucederle?

—La desespera¬ción es lo que le sucede.

—¿Usted cree?... —balbuceó el «Príncipe». Sus negros ojos reflejaban profundo desasosiego. Su amarga sonrisa había desapa¬recido totalmente.

—¿No le parece, Guillermo, que no puede ha¬berse ido?

—Lo único que sé —respondió aquél— es que salió y no ha vuelto.

—Voy a buscarla.

—¡Cómo! Yo creí que le importaba a usted poco —dijo Guillermo.

—Así lo creí yo también al principio. Luego sentí que empezaba a estimarla como a un amigo. Ahora sé con seguridad que su pérdida sería mi muerte.

Y echó a andar a toda prisa.

—Colocad todo en la nave y volad lo antes posi¬ble —dijo volviendo la cabe¬za—. El doctor Trainor es el jefe. Prestadle cuanta ayuda necesite. Usted, Brand, dé un repaso a todo, y usted, doc¬tor, dirija por su cuenta como si yo estuviera aquí. Hagan lo que puedan por el género humano. Voy en busca de su hija.

Trainor asintió en silencio y sin dejar su labor. «El Príncipe», poniéndose al cinto una pistola, se encaminó al Norte de la meseta. Después de titubear un momento, Guillermo echó tras él, con su torpe¬do a la espalda.

Faltaba sólo media milla para llegar al borde de la meseta. A los pocos minutos el «Príncipe» estaba allí. Guillermo, llegando, reco¬gió un papel que había en el suelo y que decía así: «Al «Príncipe del Espacio»»:

«No puedo sufrir más. Has de sabes que te amo con locura. No puedo seguir viendo día tras día que no te importo nada. Sé la historia de tu vida y sé que jamás me amarás. Me retiro a morir en este dilatado desierto. No me busques pues sería inútil. Perdóname por escribirte esto, pero quería que supieras a dónde voy. Porque te amo. Paula.»

 

 

Capítulo VIII

EL VITÓMATON

 

Yo amo a Paula! —exclamó el «Príncipe»—. Y me inflame en su amor cuando usted me dijo que había desaparecido. Ha sido un relámpago. Debe de haberse ido gestando durante largo tiempo, porque sentía que no podía trabajar si no era a su lado. ¡Dios! ¡Qué cruel he sido con ella! Yo me empeñé en ello; procuré ocultar mis sentimientos y tratarla puramente como si fuera un hom¬bre. Y ahora..., ha desaparecido.

Guillermo miró hacia «El Ladrón Rojo», que quedaba a media milla de distancia. Aun estaba inmóvil. Parecía una barra de plata que reflejaba los rayos de aquel rojizo sol. Trainor permanecía a su lado, sin levantar cabeza de su raro aparato. Los demás estaban a bordo. Un grupo de buques azules que parecían lunas de zafiro giraban a pocos centenares de pies sobre la meseta, con marcha lenta, como buitres antes de echar¬se sobre su presa.

El «Príncipe» ocultó el rostro entre las manos, dando mues¬tras de indecible abatimiento.

Guillermo miró la roja llanura arenosa del desierto marciano. En ella divisó unas huellas medio borradas por la pasada tormenta. Un poco más lejos se perdían debajo de aquel cielo oscurísimo.

—¡Sus huellas! —exclamó señalando.

La esperanza se reflejó en los negros ojos del «Príncipe».

—La buscaremos. Acaso estemos a tiempo todavía.

Y echó a andar.

Guillermo lo detuvo por la solapa.

—Aguarde, hombre y mire lo que hace. Nosotros luchamos por salvar al mundo. Usted no puede abandonar esta noble empresa. Sea como fuere, el sol está poniéndose. Ya empieza a hacer frío. A los dos minutos de puesto el sol hará un frío de todos los diablos. Usted quiere morir en el desierto.

El «Príncipe» se desprendió de Guillermo.

—¿El mundo? —dijo—. Si supiese el dolor que en estos momentos me aflige. ¡Señor! ¡Qué tonto he sido en conducirla a tales extremos!

La agonía se reflejaba en su moreno rostro. Mordióse los labios hasta que la sangre brotó de ellos y se mezcló con el polvo rojo que cubría su cara.

—Sea como sea, el vitomatón está compuesto. Trainor pue¬de usarlo tan bien como yo. O encuentro a Paula o muero buscándola.

Y se encaminó de nuevo al precipicio. Después de un mo¬mento de reflexión, Guillermo se fue en pos de él.

—¿Y usted? —Pregunto el «Príncipe»—. ¿Adonde demo¬nios va?

—Verá —dijo Guillermo—. Creo que «El Ladrón Rojo» no es sitio muy seguro con todas estas naves marcianas a la vista. Siento una gran simpatía por la señorita, y he resuelto ayudarle a buscarla.

—No venga—dijo el «Príncipe»—. Buscarla, probablemente es buscar la muerte.

—No soy ningún niño —respondió Guillermo—, y me he hallado ya en otros lances apurados. Casi tengo idea de lo que puede ser morir de noche en este desierto. Yo di con los restos de un hombre esta tarde. Quiero ir.

El «Príncipe» le estrechó la mano. Durante un instante brilló en su rostro una sonrisa de amistad.

En seguida hallaron un paso por donde bajaron al desierto. A toda prisa iban siguiendo las huellas de la joven, medio borradas por la borrasca. Una nube de polvo se alzaba en derredor de ellos, irritándoles boca y nariz. A veces creían asfixiarse.

Así continuaron una milla. Paula había dejado la arena y seguido por una lastra volcánica. El aire había deshecho sus huellas, si había dejado alguna por allí. Recorrieron la lastra en derredor y no vieron en la arena ninguna señal de que hubiera salido. El globo rojizo del sol estaba hundiéndose en el horizonte. Los sudorosos cuerpos de nuestros héroes tiritaban al primer helor de las frías noches marcianas.

—Es inútil —dijo Guillermo limpiándose el copioso sudor y el polvo que cubría su rostro—. Ella pasaría por aquí hace horas. No hay esperanza.

—Venimos por ella —dijo el «Príncipe» con resolución—. Voy a andar un poco más a ver si descubro su rastro.

Guillermo se sentó en una piedra. Miró hacia la lejana meseta, que se desdibujaba en aquel cielo sombrío, casi negro. La escarlata, el melancólico resplandor del crepúsculo marciano, se iba disipando.

La plateada nave no se divisaba. En cambio, los globos azu¬les como lunas de zafiro circulaban cautelosamente sobre la remota meseta. Ya iban bajos, algunos menos de cien pies.

De pronto, uno de los globos pareció envuelto en viva lla¬marada color naranja. Su brillo azulino desapareció y cayó en frag¬mentos de metal blanco. La respuesta fue pronta y terrible. Una lluvia de bombas atómicas iluminó al instante la meseta. Una docena de ellas bastaban para otras tantas naves. A poco se oyeron los estampidos de las explosiones. Explotaron fuera del alcance de su vista. No salieron nuevos torpedos. Guillermo no vio nada, pero estaba seguro de que habían muerto todos.

En esto oyó la voz del «Príncipe». Sonaba como a unas cien yardas.

—Ya he dado con el rastro —dijo.

Guillermo se levantó y se encaminó a él. El «Príncipe» lo esperaba impaciente. El frío se hacía por momentos más intenso.

—Creo —dijo Guillermo— que no hay salvación para el mun¬do.

—Así lo creo también. Algún tonto ha disparado el torpedo, contra lo ordenado. El vitomatón nos hubiera salvado de haber tenido Trainor ocasión de usarlo.

Y siguieron caminando por el tenue polvo, siguiendo las casi borradas huellas. La luz iba haciéndose más tenue y el frío arreciando, pues la atmósfera de Marte, siendo más ligera, retiene menos el calor del día.

El crepúsculo fue breve. A poco, el cielo se puso ne¬gro y un millón de estrellas brilló en él con inmóvil majestad, hermosos e insensibles testigos del drama que se representaba en el desierto.

Guillermo sintió que el frío le embotaba los miembros. El sudor que lo cubría se empezaba a helar. Blanca escarcha cubrió sus vestidos, a pesar del polvo que tenían. El aire delgado que respiraban parecía corlar sus pulmones. Tembló todo. Su piel se entumeció, impi¬diéndole moverse. El «Príncipe» se desvaneció como una sombra, gri¬tando de cuando en cuando con voz extraña.

Guillermo se detuvo y miró atrás tiritando.

—Es inútil seguir —pensó, y se detuvo.

Una viva imagen se fijó en su cerebro: la de la calavera que había visto aquella tarde.

—Huesos en el desierto —murmuró—. Huesos de Enbers. Huesos de Paula, del «Príncipe», míos.

La meseta se dibujaba sobre el estrellado cielo. Las lunas de cobalto seguían girando con interminables círculos, vigilando, espe¬rando. Brillaban en la oscuridad.

Una nube verde de corta extensión se dejó ver sobre el oscu¬ro contorno de la colina. Era un pequeño torbellino de vapor verdoso. Luego brilló con el hermoso verde de la primavera, de toda verdor, de la misma vida. Tenía un verde resplandor.

Con indecible rapidez se levantó y envolvió a uno de los globos. Una neblina de inquietos átomos esmeralda flotó sobre la es¬fera azul, la disolvió e hizo esfumarse.

Guillermo se frotó los ojos. En vez del globo de zafiro había una masa de niebla verde, giratoria e inquieta, una nube de móviles partículas de esmeralda, brillando con un verde esplendor que sugería vida.

Luego aquella nube verde explotó y se dividió en innumera¬bles nubes de brillantes átomos. La nubécula había crecido, y luego se había multiplicado a semejanza de los seres vivientes.

Mas cada una de las nuevas nubéculas se encaminó a una de las esferas azules. Un verdor vibrante cubrió a cada una de éstas. Y todas, una por una, se desvanecieron en nubes de verdoso vapor.

Todo ello sucedió en menos que se dice. Fue cosa de un segundo. Luego aquellas verdes espirales se desvanecieron también.

—El vitómaton —pensó Guillermo—. El «Príncipe» ha di¬cho algo del vitómaton. Un arma nueva, un proyectil nuevo que usa la fuerza de la vida. Aquel verdor era un ser viviente que se ha comido las esferas azules.

De nuevo sintió frío. Se movió. Sus vestidos estaban tiesos de hielo. El frío había entumecido su cuerpo; no sentía dolor ninguno. Experimentaba una extraña sensación de comodidad y una deliciosa gana de dormir.

—Muévete —murmuró para sí—. Muévete, conserva el calor.

Y echó a andar por donde el «Príncipe» había desaparecido. Su aliento se deshacía en gotas de hielo. Con toda su voluntad luchaba contra el mortífero deseo de dormir.

No había andado mucho cuando vio una sombra entre la oscu¬ridad. Era el «Príncipe», que venía con Paula en sus brazos.

—La he hallado tendida en la arena. Estaba despierta y... contenta.

El «Príncipe» estaba rendido, sin alientos, sosteniendo aun en sus brazos a la joven.

—¿Y adonde vamos? —dijo Guillermo—. Las bombas atómicas han destruido al «Ladrón Rojo», y una nube verde se ha comido los globos marcianos.

—¡El vitómaton! —exclamó el «Príncipe»—. Es un torbelli¬no de átomos desintegrados, dirigido por medio de electricidad sin hilos. ¡Vivo! Consume toda materia y la desintegra en su nada atómica.

Y echó a andar hacia la borrosa línea de la meseta, llevando a cuestas la inerte masa de la joven.

—¡Pero Paula! La amo. Y he de llevarla a la nave. Ha sido culpa mía. ¡Vamos a la nave!

Guillermo luchaba por seguirlo.

—Es ya tarde —murmuró—. Millas, de noche, con este frío. Nunca...

Y se detuvo, lanzando un ay lastimero. A lo lejos, sobre el negro contorno de la meseta, se alzaba una barra de luminosa plata. Era el elegante cilindro del «Ladrón Rojo», con sus doce rayos motores de popa iluminando con refulgente luz la montaña sobre que se alzaba.

—¡Dios mío! ¡Nos dejan! —exclamó Guillermo, que hacía una triste figura encajada en sus tiesos, helados vestidos. Y movió los brazos y gritó; mas era inútil; casi ridículo.

El «Príncipe» se detuvo, sin dejar a Paula de sus brazos.

—Piensan —dijo con extraña voz— que nos han cogido los marcianos. Pero hay que detenerlos. Dispare usted el torpedo al aire. Ellos lo verán.

Guillermo oyó la anhelante voz del «Príncipe», y se descargó del pesado tubo que llevaba a las espaldas y lo puso ante sí. Con sus entumecidos dedos procuró apretar el botón. Pero fue en vano; sus dedos parecían helados; no podía hacer nada con ellos. Las lágrimas brotaron de sus ojos y se cuajaron sobre sus mejillas. Y tomando el pesado tubo con los brazos, gemía como un niño.

Encima de ellos volaba el «Ladrón Rojo» con dirección al estrellado espacio.

—Se van —balbuceó Guillermo—. Nos creen muertos. No pueden esperar. Van a pelear por el mundo. Y cayó tembloroso sobre la fría arena. El «Príncipe» dejó a Paula en el suelo y, llegándose a Guillermo, le dijo:

—Déjeme el torpedo. Yo dispararé. ¡Animo!

Guillermo levantó maquinalmentc el tubo y miró por el tele¬scopio. Su temblor era tan violento, que con dificultad podía tenerlo derecho sobre la roca. El «Príncipe» procuró correr el botón, mas fue en vano. Entonces se inclinó y apretó con la barbilla. Sólo consiguió un rojo rasguño en su piel. Probó de nuevo, y el éxito coronó sus esfuer¬zos. El torpedo partió con su luz anaranjada.

El «Príncipe» recogió a Paula, apretando su frío cuerpo con el suyo. Guillermo seguía el curso del «Ladrón Rojo». Los blancos rayos que lo conducían hacia arriba se cortaron de pronto. El argentino buque dio una vuelta y se deslizó suavemente hacia abajo.

Un instante después volaba recorriendo con la luz de sus focos la roja arena. El blanco resplandor dio sobre ellos tres. Seguida¬mente la nave se posó a su lado. Grotescas figuras con equipo del vacío descendieron por la portezuela.

Un minuto después los tres estaban a bordo, gozando de luz y calor, aun cuando sumidos en la inconsciencia. Cuando Guillermo volvió en sí, se halló echado en una cómoda cama y con gran apetito. El capitán Brand estaba a su lado.

—El doctor Trainor dice que ya está usted bien. El «Prínci¬pe» y Paula también lo están. Estaban ustedes casi helados. Ha sido suerte que se les ocurriera dispara el torpedo. Ya habíamos perdido la esperanza de volverlos a ver, y no nos atrevíamos a seguir allí.

—Un maravilloso cambio —siguió diciendo— se ha verifica¬do en el «Príncipe». Ha estado un gran rato sentado en la cama de Paula. ¿Qué se ha hecho de aquel santo ermitaño del espacio? En fin, cuando desayune, véngase al puente. La batalla con Marte la reñiremos de aquí a unas pocas horas. Tiene que ser algo digno de verse.

Una hora después Guillermo estaba en el puente con el capitán.

Mirando por entre los artesones de vitrolina, vio la vista, familiar para él, del espacio interplanetario.

El disco de Marte llenaba buena porción de él. Guillermo buscó el globo azul que vio en él desde la torre de Trianor. Dio con el sitio en que solía estar. Pero había desaparecido.

—Ha salido ya de Marte —le dijo el capitán—, y va en línea recta hacía la tierra. Va cubierto con una coraza vibratoria azul. Cuáles sean sus infernales planes de guerra y qué cantidad de endemoniados marcianos van en él, nadie lo sabe. Es enorme. Tiene más de una milla de diámetro.

—¿Y podremos hacer algo?

—No sé cómo podamos hacer nada. Trainor y el «Príncipe» andan a vueltas con su vitómaton.

—Dígame. ¿No les dispararon varias bombas atómicas?

—Sí; pero no a dar. Querían cogernos vivos, en interés de su ciencia, creo yo. El doctor pudo preparar y lanzar el vitómaton antes que nos hicieran nada.

Guillermo iba mirando al estrellado golfo de ébano. El capitán Brand apuntó. Vio un pequeño globo azul navegando entre las estrellas.

—¡Ahí está el aparato infernal con su bagaje de horror para nuestro globo!

Pocos instantes después, Trainor, Paula y el «Príncipe» lle¬garon al puente. Trainor traía un trípode; el «Príncipe» un estuche negro con un tubo de electrodo de cerio y varios ingredientes y acceso¬rios. Paula traía una pequeña máquina de calcular y un libro de tablas matemáticas.

Trainor y el «Príncipe» se sentaron junto al trípode en el centro de la estancia. El aparato parecía una cámara pe¬queña. Trabajando con fría eficacia, Paula empezó a operar la máquina calculadora, tomando cantidades del libro y diciendo en voz alta los resultados.

El doctor miraba por un pequeño telescopio, que era evi¬dentemente pieza auxiliar del aparato, y dirigiendo éste hacia el globo azul. De tiempo en tiempo cantaba números que debían entrar, al pare¬cer, en los cálculos de Paula.

Mirando atentamente a ésta y al «Príncipe», no vio Guillermo ninguna señal de entendimiento entre ellos. Ambos pa¬recían sumidos en el asunto que se traían entre manos. Eran dos sabios que colaboraban.

Al fin el doctor apartó sus ojos del telescopio, y el «Prínci¬pe» se paró con los dedos puestos sobre un pequeño tornillo. Paula seguía absorta en sus cálculos.

—Estamos preparados —dijo Trainor—, para en cuanto Paula termine.

Y añadió dirigiéndose Guillermo y al capitán Brand, que mi¬raban al aparato con intenso interés:

—Si ustedes miran el interior de este tubo de electrón cuan¬do el «Príncipe» cierre la válvula, verán que toma ser una pequeña cosa verde. Esta pequeña cosa verde es un ser viviente. Tiene realidad vital. Consume materia, se alimenta. Puede crecer. Y se divide, repro¬duciéndose. Responde a estímulos y obedece a las señas que le hace¬mos por medio de un rayo director.

«Finalmente, cesa de vivir cuando cortamos la corriente de la energía vital.

«Es un ser viviente que come, y es el más destructor de todos los seres que comen, pues destruye los átomos que ingiere en su ser. Los convierte en energía vibratoria pura.»

Paula cantó otro número con su dulce voz. El «Príncipe» oprimió un pequeño botón. Guillermo miró dentro de las paredes del tubo de electrón y vio un filamento de luz. El disco de cerio se tornó incandescente. Seguidamente se formó una diminuta cosa verde sobre la delgada hélice de un hilo de vitalio.

El «Príncipe» pulsó un botón. El ser verde salió del tubo. Anduvo vacilante flotando por la sala, creciendo visiblemente. Des¬pués pulsó otro botón, y el ser verde se dirigió al globo marciano, perforando al artesón de vitrolina.

En el transparente cristal quedó un agujero por el que podía entrar el dedo de un hombre. La materia se había desvanecido de un modo inexplicable, y la nubécula verde, que estaba ya fuera de la nave, creció de nuevo. Era como el brazo de un hombre: un espiral de vibran¬tes partículas de esmeralda.

El aire silbó por el agujero del cristal, formando fuera copos de nieve. El capitán Brand sacó un disco de caucho y lo plantó en él. La presión del aire lo mantuvo pegado, cerrando perfectamente el orificio.

El «Príncipe» dio a otro botón. La esterilla verde salió con velocidad y se perdió de vista. El «Príncipe» seguía inmóvil, con los dedos en los botones. Inmediatamente pulsó otro de ellos, y siguió mirando por entre el artesón de vitrolina.

Guillermo vio una esterna verde acercarse al lejano globo azul, que flotaba entre las estrellas. Y llegó a él, y lo envolvió. La esfera azul pareció al momento que se disolvía, y en donde hubo un enorme globo azul quedó un espiral de brillante verde.

—¡Miren al planeta Marte! —gritó el «príncipe»—. Es el momento decisivo. Si quieren paz, la tendrán. Pero si quieren guerra, conocerán a su costa el maravilloso poder del vitómaton.

Guillermo se volvió a mirar el ancho disco del rojo planeta. No estaba relativamente muy lejos. Distinguía perfectamente la blan¬cura de los polos, los extensos desiertos de ocre, la traza oscura del ecuador y las rayas verdes de los canales.

Mas he aquí que sobre el planeta Marte se verificó un cambio repentino.

Un tinte azulado flotó sobre los anaranjados desiertos. Un tinte como de neblina azul parecía haber invadido de pronto la atmós¬fera del planeta. Luego dicho color se fue espesando. Una enorme cascara azul cubrió al planeta rojo. Marte se convirtió en un globo colosal, cuya superficie parecía sólida y bruñida como la del globo que acababan de destruir. Era Marte una esfera de pulimentado zafiro.

—Es una cubierta vibratoria, a mi entender —dijo el «Prín¬cipe»—. ¡Cuánta ciencia condenada a desaparecer por siempre!

Enormes globos de púrpura, esferas color violeta, tan gran¬des como la nave que acababan de destruir, movidas por poderosos rayos, salieron a un tiempo de varios puntos de la armadura azul que cubría el planeta. Con increíble velocidad convergían hacia el «La¬drón Rojo».

—¡Bombas atómicas en venganza! —gritó el «Príncipe»—. Cualquiera de ellas sacaría a la tierra de su órbita y la hundiría en el sol.

Y dirigiéndose a Paula, dijo:

—¡Aprisa!

La muchacha se inclinó sobre la máquina de calcular. Sus lindos dedos recorrían las teclas. Trainor dirigió su aparato hacia la bola azul en que se había convertido Marte, miró por el telescopio y dijo a Paula una serie de números. Ella terminó en seguida y dijo los resultados al «Príncipe».

Este volvió seguidamente a los mandos del aparato. Guillermo, entretanto, seguía mirando el enorme globo, fascinado de terror, viendo las luminosas bombas atómicas que se venían a ellos empujadas por sus rayos blancos.

—Tienen una admirable cantidad de energía esas bombas atómicas —dijo el doctor Trainor lleno de entusiasmo científico—. Dudo que el espacio mismo sea capaz de resistir su explosión. Si una nos alcanzara, nos echaría fuera del universo; fuera del tiempo y del espacio.

Guillermo miraba entonces el espiral verde que había queda¬do en el sitio de la nave marciana. Vio de pronto cómo se movía por entre la oscuridad estrellada del espacio y se encaminaba hacia el glo¬bo azul de Marte, hasta que chocó con él. Una verdegueante niebla se extendió al momento sobre el enorme globo azul. Marte se disolvía.

Sólo iba quedando de él una verde nube en forma de espiral que giraba vertiginosamente y brillaba con una extraña luz: la luz de la vida. Un mundo convertido en una verde espiral. Marte trocado en una nube de polvo que parecía de malaquita.

Los dedos del «Príncipe» pulsaron otro botón. Y la nube verde se desvaneció.

Donde Marte había existido no quedaba nada. Una máquina no mayor que una cámara oscura había destruido un mundo. Guillermo estaba pasmado. El «Príncipe» se pasó una mano por la frente.

—Es terrible —dijo solemnemente—, es terrible cosa des¬truir un mundo; un mundo que ha tardado millones de millones de años en formarse y que pudiera haber cambiado la historia del Cos¬mos. Pero han querido la guerra. ¿Qué otra cosa, podíamos hacer?

Y meneó la cabeza tristemente. Luego sonrió.

—Hemos terminado. Se ha cumplido la misión de mi vida. Doctor, recoja el vitómalon cuidadosamente y guárdelo bien, y procu¬re echar en olvido su combinación. Ha sido un gran invento. Pero creo que no hará falta más.

Entonces «El Príncipe del Espacio» hizo una cosa que asom¬bró a los presentes tanto como la destrucción de Marte. Se adelantó a Paula Trainor y la estrechó entre sus brazos. Luego le levantó la cara, cuyos hermosos ojos negros estaban llenos de luz y alegría, e inclinán¬dose, le besó los encendidos labios con ansia casi infantil. Una sonrisa de felicidad retozaba en su cara cuando, mirando en derredor, halló atónitos al capitán Brand y a los otros.

—Tengo por dicha —dijo— presentarles a la «Princesa del Espacio».

Pocos meses después, cuando Guillermo bajó a la torre de Trainor para visitarla, desde su nuevo domicilio en la Ciudad del Es¬pacio, echó de ver que la destrucción de Marte había causado enorme sensación. Los astrónomos forjaban las más fantásticas hipótesis para explicar cómo el planeta rojo, primero se volvió azul, luego verde y por último se desvaneció.

Las naves-sol de la Escuadra Lunar seguían gozosas la bus¬ca del «Príncipe del Espacio». Desde la pérdida del tesoro del «Tritón», el premio por su captura había subido a veinticinco millones de coro¬nas.

 

FIN

Título original: The Prince of Space

Traducción: M. Blanco

Scan/Revisiòn: Elfowar/Cymoril

 

Sobre el Autor:

Jack Williamson

Carlos Saiz Cidoncha

John Stewart Williamson, más conocido en los círculos fantacientíficos como Jack Williamson, vio su primera luz en Arizona el 29 de abril de 1908. Su familia paterna había ido desplazándose, generación tras generación, hacia el Oeste, desde que su abuelo, acabada la Guerra de Secesión, decidió establecerse en Texas. Nació el padre de Jack en el Estado de la Estrella Solitaria, y por ser séptimo hijo, según la costumbre, fue destinado a la iglesia. Pero no tardó en dejarla para transformarse en ranchero, se casó con una muchacha perteneciente a una familia lejana venida a menos, y con ella y poco más, marchóse a Arizona a hacer fortuna. En el nuevo estado nació, como arriba dije, el pequeño John, primogénito de la familia.

A los pocos meses del nacimiento, la familia emigró de nue¬vo, esta vez hacia Méjico. En lo más alto de Sierra Madre fundaron el rancho «La Loba», en unas condiciones de vida no muy alejadas de las de la Edad de Piedra. Pero aún habrían de empeorar las cosas; al esta¬llar en 1910 la revolución mejicana se vieron obligados a abandonar Sonora y luego el país. Regresaron a Texas y allí terminaron de arrui¬narse. John estuvo a punto de morir de cólera infantil a los tres años. En 1915 la poca afortunada familia emigró en carreta a Nuevo Méjico, dedicándose allí una vez más a la agricultura. Mala era la tierra, y muy dura la vida de quienes la cultivaban.

Como podemos ver, los comienzos de Jack Williamson fue¬ron bastante peores que los del propio Asimov, pese a ser de familia puramente americana en vez de emigrante. Fue a la escuela tan solo por el hecho de hacerse su padre maestro (lo mismo que su madre) y obtener un puesto de trabajo en la pequeña escuelita rural, llevando consigo a John y a su hermana Jo. Allí tuvieron ambos ocasión de leer muchos libros.

En noviembre de 1926 un amigo radioaficionado enseñó al joven John un ejemplar de la revista Amazing Stories, que Hugo Gernsback había sacado aquel mismo año. Fue el flechazo instan¬táneo, y el muchacho aprovechó un anuncio publicado en el pe¬queño periódico de granjeros Pathfinder para obtener un ejemplar gratis. Fue éste el correspondiente a marzo de 1927, con cubierta de Frank R. Paul, e incluyendo The People of the Pit de Abraham Merritt, autor que desde entonces se convirtió en el favorito de John.

Convenció éste a su hermana Jo para que le ayudara a pagar el precio de la suscripción. Pronto pudo leer The Moon Pool, de Merritt, hacia quien aumentó aún más su admiración.

Muy poco después decidió John que también él podía escri¬bir ciencia-ficción si se lo proponía. Disponía de unos folletos titula¬dos «Cómo Escribir», que su padre recibía por correspondencia, y un tío suyo le prestó una vieja máquina de escribir Remington, con la que pronto se familiarizó. No quedaba sino poner manos a la obra.

Como siempre suele ocurrir, los principios fueron poco animadores. Algunos de sus cuentos le fueron devueltos, y el resto ni siquiera eso. No obstante, nuestro joven no se descorazonó y siguió escribiendo y enviando relatos. Algo mejoró entretanto la situación económica familiar. El padre de John vendió unas tierras en el verano de 1928, y con parte del dinero envió a los dos hermanos a la univer¬sidad de Canyon (Texas). John y Jo alquilaron una casita, y ellos mis¬mos se preparaban allí la comida.

Aquel mismo otoño le publicaron a John por fin un articulo que enviara a un concurso de Amazing Stories Quarterly, titulado Cientifíction, Searchlight or Science (La ciencia-ficción, faro de la  ciencia). En diciembre descubrió por sorpresa en Amazing su cuento The Metal Man (El Hombre Metálico), enviado mucho tiempo atrás. Se trataba de un relato escrito al estilo de Merritt. en el que el protago¬nista, profesor Thomas Kelvin, al explorar la costa mejicana del Pacífi¬co, caía en un lago de gran radiactividad y acababa convertido en estatua de metal.

De ninguna de estas dos obras recibió el menor pago de momento. Tan sólo después de cruzar varias cartas con Gernsback consiguió que este le enviara 50 dólares por el artículo y 25 por el cuento. Pero lo importante era que la brecha estaba ya abierta.

Jack Williamson, que así se firmaba ya, inició por esa misma época sus primeras amistades en el campo de la ciencia-ficción. Unióse al Club Internacional de la Ciencia por Correspondencia, y luego a la Sociedad Interplanetaria Norteamericana. Entre sus amigos se conta¬ba el Dr. Miles J. Breuer, también escritor del género. Juntos escri¬bieron el cuento The Lost Planet's Egg, publicada en 1929 en el nú¬mero 1 de Series of SF de Gernsback Publicalions con el nuevo titulo de The Girl From Mars (La Muchacha de Marte), y también la novela The Birtli of a New Republic (El Nacimiento de una Nueva Repúbli¬ca), aparecida en Amazing Stories Quaterly en enero de 1931, y que dio a sus autores bastante fama. Relataba esta última la llegada de los hombres a la Luna, la fundación de un estado selenita y la guerra de independencia de éste contra la Tierra, calcada de la Revolución Ame¬ricana. Mucho tiempo después Robert A. Heinlein desarrollaría un argumento parecido en The Moon Is a Harsh Misstress.

Por su propia cuenta seguía Jack Williamson escribiendo desde la universidad relatos y más relatos, en general de tipo Merritt, sobre aventuras en lugares inexplorados del mundo. Los enviaba a Gernsback, quien publicaba unos y rechazaba otros. Uno de los que rechazó, y ello debió causar gran desilusión a Jack, fue una historia que había logrado escribir en colaboración con el propio Merritt, su ídolo.

En 1930 apareció en el número de marzo de Amazing la pri¬mera novela corta de Williamson: The Green Girl (La Muchacha Ver¬de). El héroe. Melvin Dane, encontraba en el Pacífico una extraña bolsa de aire habitada por una civilización perdida, y debía combatir allí al perverso Lord of Flame para salvar a la bella Xenora, de piel verde. Vencía en la pugna, y al sacar a su amada a la luz del sol, veía cómo su piel recobraba el color normal (lo que sin duda le hacía per-der en exotismo). Un villano con el mismo nombre de Lord of Flame (Señor de la Llama) aparecía luego también en la célebre trilogía de Delany The Valí of Towers, publicada en 1962.

Los temas que solía utilizar Jack Williamson en sus tiempos universitarios eran los propios de la ciencia-ficción de entonces. The Cosmic Express (El Expreso Cósmico), publicado en noviembre del 30 en Amazing, trataba de un hombre transportado a Venus en forma de ondas de radio, quizá inspirándose en la serie de The Radio Man, que Ralph Milne Farley iniciara a partir de 1924. The Meteor Girl (La Muchacha del Meteoro), aparecida en marzo del 31 de Astounding, iniciaba el tema de la teoría de la relatividad y las paradojas tempora¬les.

Vemos que por entonces empezaba Williamson a probar for¬tuna en otras revistas distintas de Amazing, en especial en la Astounding de Bates, que pagaba más que aquélla y que otras (dos centavos por palabra, mientras que las demás pagaban uno, medio o un cuarto). En el verano de 1930 intentó que Astounding publicara una «novelette» titulada The Prince of Space (El Príncipe del Espacio), sobre un simpático pirata espacial que salvaba a la Tierra de una invasión marciana, pero no lo consiguió. La envió entonces a Amazing, revista que la hizo aparecer en su número de enero de 1931, concediéndole el honor de la portada.

Ya para entonces se había cansado Jack Williamson de la universidad de Canyon. Asegurando que no tenia el menor deseo de ser químico, abandonó los estudios y se dirigió a California para estu¬diar astronomía. Fue en autobús a Los Angeles, visitó allí el observa¬torio de Mount Wilson, y luego se dio el lujo de ir en avión a San Francisco. Hizo su aparición en Berkeley, pero no pudo matricularse por falta de medios económicos. Un consejero de la facultad le propu¬so que se inscribiera en un curso sobre Shakespeare, pero él se negó, por serle entonces antipático el inmortal escritor inglés (luego se con¬vertiría, con los años, en una autoridad shakespeariana).

Durante casi todo el otoño de 1930 permaneció Williamson en San Francisco, explorando los alrededores y escribiendo. Tomó luego el barco para regresar a Los Angeles, y de allí se traslado a Nuevo Méjico. Este viaje le había dado multitud de ideas para sus futuras obras.

Del 22 al 23 de noviembre escribió el relato The Mars Island (La Isla de Marte), inspirado por aquel su primer viaje en barco. El protagonista era el superviviente de un naufragio que llegaba a una isla habitada por un sabio más o menos loco que había entrado en contacto con Marte y atraído una invasión de máquinas marcianas. El 24 del mismo mes de noviembre, lo envió a Astounding, entonces regida por Clayton. En enero del año siguiente, continuando con los temas inspirados en su viaje, escribió Through tlte Purple Cloud (A Través de la Nube Púrpura), relativo ahora a su experiencia aérea, y que también fue enviado a Astounding. Trataba de un avión Fokker de pasajeros que cruzaba una puerta extra-dimensional e iba a parar a un mundo paralelo y hostil.

El 22 de enero recibió Jack Williamson el cheque de Clayton (160 dólares) por Mars Island, que se publicaría en julio bajo el nuevo título de Tlie Doom From Planet Four (La Condenación Llegada del Cuarto Planeta). En cambio rechazó Astounding Through The Purple Cloud, y entonces el autor la envió a Wonder Stories, que la publicó en mayo con una cubierta dedicada a ella. El pago fue menor, de 40 dólares, pero como el billete del avión había costado 24, Williamson adujo haber ganado 16 en la operación.

Mientras tanto, Jack iba pergeñando una idea más ambicio¬sa, la de escribir una novela larga, que habría de llamarse The Stone From the Green Star (La Piedra de la Estrella Verde) y pertenecer al género de épica espacial, un poco en emulación con la serie Skylark de Doc Smilh. EL protagonista, Richard Smith, era en ella captado desde el futuro por el sabio Midos Ken y su inevitable y bella hija Thon Ahrora. Intentaba el científico lograr la droga de la inmortali¬dad, para lo que necesitaba los minerales de un planeta de la Estrella Verde, codiciados también por el malvado Señor de la Estrella Negra. Ni que decir tiene que el héroe lograba los ambicionados materiales y también el amor de la hija del sabio.

La novela fue escrita entre el 25 de noviembre y el 25 de diciembre de 1930, y su primer destino fue Argosy, que la rechazó. Williamson la envió de nuevo el 30 de enero de 1931 a Amazing, aceptándola ésta en Agosto y publicándola en dos entregas en octubre y noviembre, con cubierta dedicada a ella en ambos números. Tuvo gran aceptación entre los lectores.

El 10 de marzo de 1931 escribió Williamson el relato corto Twelve Hours To Live! (¡Doce Horas de Vida!), que era en realidad una adaptación espacial del cuento clásico de Frank R. Stockton La Mujer y el Tigre. Se trataba aquí del capitán del espacio David Grant y su esposa Nell, capturados por el cruel pirata estelar Halcón Negro, quien les sometía a un experimento. Dejaba a Grant abandonado en una isla de Venus con dos cajas, una de las cuales contenía el cuerpo de su esposa, que perecería de no abrirse pronto el recipiente, y la otra unas esporas malignas capaces de devorar vivo a quien las pusiera en libertad. El infortunado astronauta, tras unos terribles instantes de in¬decisión, abría al azar una de las cajas (que, desde luego, eran exteriormente iguales), y el relato acababa allí sin indicar si la elección había sido la acertada. El 23 de marzo lo aceptó Wonder Stories, publicándose en agosto con un concurso a los lectores para resolver el problema!

Siguieron luego diversos relatos corno Pigmy Planet (Planeta Pigmeo), publicado en Astounding en febrero del 32, Salvage in Space (Salvamento en el Espacio), también aparecido en Astounding, Wolves of Darkness (Los Lobos de la Oscuridad), en Strange Tales en enero del 32, The Lady of Light (La Dama de la Luz), publicado por Amazing en septiembre de 1932 tras haber sido rechazado primero por Argosy y luego por Astounding, y muchos otros. Jack Williamson era ya una firma conocida, familiar a los lectores de casi todas las revistas america-nas del género. También comenzaba a hacer dinero en aceptable cuan¬tía.

En esta misma época había entablado amistad Jack Williamson con otro Joven escritor de ciencia-ficción, igualmente ad¬mirador en sus comienzos de Abraham Merritt. Se trataba de Edmond Hamilton, una de las estrellas de Weird Tales. Los dos amigos acor¬daron realizar, para variar, una aventura verdadera y no escrita en las páginas de sus relatos. Compraron una barca y emprendieron con ella el descenso del Mississipi, sin más ayuda mecánica que un pequeño motor fuera borda. No faltaron los percances, y en alguna ocasión estuvieron a punto de naufragar.

En Vicksburgh debieron abandonar la canoa, irremisiblemen¬te averiada, y continuar el viaje en uno de los últimos vapores de rue¬das, como los que Mark Twain hiciera contemplar a Tom Sawyer en los muelles del San Petersburgo americano. En conjunto fue un reco¬rrido muy interesante y satisfactorio para ambos aventureros.

Edmond Hamilton animó a su amigo para que intentara pu¬blicar algo en las paginas de Weird Tales, contando con su recomen¬dación. El mismo viaje por el Mississipi inspiró a Williamson el argu¬mento de La Varilla de la Condenación, relato de brujería y magia negra que, en efecto, fue publicado por Farnsworth Wright, el dueño y señor de Weird Tales, en octubre de 1932, no sin que antes fuera presentada y rechazada en Strange Tales.

También de esa época data la novela corta The Moon Era (La Era de la Luna), aparecida en Wonder Stories en febrero de 1932. Pero su mayor obra de aquel periodo fue la novela larga Golden Blood (Sangre Dorada), de ambiente mágico en el marco de los desiertos de Arabia, que fue rechazada por Argosy y publicada finalmente tam¬bién por Weird Tales en forma de serial de abril a septiembre de 1933. En octubre del mismo año aparecía, también en Weird Tales, The Pintonian Terror (El Terror de Pintón), relato corto sobre la destruc¬ción de la raza humana y la lucha de los últimos sobrevivientes con un cerebro monstruoso que domina el último planeta solar.

Pero antes de que llegaran a ver la luz estas dos obras, Williamson se vio en dificultades. La crisis económica americana al¬canzó el campo de la ciencia-ficción, si bien de forma tardía, cuando parecía que tal sector se había librado de ella. En 1932 Astounding dejó de comprar originales, y el año siguiente desapareció al arruinar¬se Clayton. El postrer relato de Williamson aparecido en ella (siempre a dos centavos por palabra) fue Savage in Space, en el último ejem-plar, correspondiente a marzo del 33. Por su parte Gernsback dejó de pagar incluso las historias ya publicadas, con lo que Williamson, tras un pago parcial por The Moon Era, no pudo cobrar nada mas hasta 1934, cuando obligó al protoeditor de C-F, con ayuda de un abogado, a que le abonara los 354 dólares que le debía.

De nuevo en malas condiciones económicas, como en sus primeros tiempos, Jack Williamson emprendió un nuevo viaje por tos Estados Unidos con 40 dólares por todo capital. El método era el de viajar gratis en los trenes de mercancías, como en la época hacían muchas personas, recorriendo el país en busca de mejores condiciones de trabajo y vida. Recorrió así Williamson más de 1.500 kilómetros, haciendo curiosas amistades entre los vagabundos de la vía férrea y siempre amenazado por vigilantes de trenes, tales como el legendario y brutal «Denver Bob», que no solían tener demasiadas contemplacio¬nes con aquéllos. Sobre aquellos viajes escribiría más tarde Williamson su relato corto, no de C-F, We Ain't beggars (No Somos Mendigos), fiel reflejo de aquella época calamitosa para todos.

Algo mejoró la situación de nuestro autor al recibir sendos cheques de Weird Tales y Amazing. Se dirigió entonces a Alburquerque, siempre en trenes de mercancías, y al llegar se matricu¬ló como alumno de Psicología. Permaneció allí alrededor de un año.

En el verano de 1933 regresó de nuevo a su casa. Weird Tales había empezado a publicar Golden Blood en episodios, y la crisis parecía remitir.

Instalado de nuevo en su domicilio, Williamson empezó a desarrollar una idea que le rondaba desde hacía tiempo. Se trataba de crear una gran novela de aventuras espaciales que superara todo lo anteriormente escrito sobre el tema. Pensaba enviarla a Argosy, edito¬rial que hasta el momento había rechazado siempre todos sus relatos.

Comenzaba así la génesis de The Legión of Space (La Le¬gión del Espacio), quizá la obra que habría de ser más famosa entre todas las de Jack Williamson. El autor preparó su escritura con todo cuidado, en contraste con la mayoría de su obra anterior, realizada en general casi sobre la marcha.

Sabía Williamson que el escritor polaco Sinkiewiez había tomado para su propia obra las figuras de los tres mosqueteros de Dumas y de Sir John Falstaff de Shakespeare, y decidió hacer otro tanto en plan de ciencia-ficción. Como todavía no le gustaba nada el escritor isabelino inglés, leyó tan sólo lo referente a Falstaff, del que extrajo su personaje Giles Habibula. Además de éste y de los equiva¬lentes a los mosqueteros, introdujo también en la novela algunas ideas extraídas de sus propios relatos anteriores. El arma suprema AKKA tenía su antecedente en The Prínce of Space, y un ser volador seme¬jante a las perversas Medusas de Barnard aparecía en The Moon Era. El resto era una sucesión de aventuras rebosando wonder sense por los cuatro costados que William pensaba, y en ello acertó, que harían las delicias de los aficionados a la C-F de aquella década.

El argumento de la novela se basaba en la invasión del Siste¬ma Solar, conquistado y poblado ya por el hombre, por parte de una raza monstruosa procedente de la estrella Barnard, aprovechando la traición de un grupo de ambiciosos terrícolas. Cuatro hombres excep¬cionales (cuatro como los tres mosqueteros), pertenecientes a la Legión del Espacio, cuerpo terrestre de élite, deben ir al extraño planeta de los invasores para rescatar a una muchacha raptada por los alienígenas, que tienen en su mente el conocimiento del arma que pue¬de salvar la amenazada humanidad.

Williamson escribió el primer episodio de la novela en tres semanas, y lo envió a Argosy seguro de que encontraría allí una buena acogida. Aprovechó luego la llegada de otro cheque para hacer con su hermano Jim una excursión económica en coche por Nuevo Méjico y Arizona. Pero al regresar se encontró con que Argosy había devuelto The Legión of Space, lo que constituyó un duro golpe para él.

Pero casi simultáneamente había llegado una carta de Astounding, resucitada y en manos ahora de Street and Smith en el aspecto económico y de Orlin Tremaine en el editorial, en la que éste último solicitaba originales. Como en principio no se hablaba sino de relatos cortos, Williamson no se atrevió a enviar The Legión, y se limitó a remitir el cuento Dead Star Station (La Estación de la Estre¬lla Muerta), que se publicó en noviembre de 1933. Se trataba de un tema de piratas espaciales y de una estrella gigante de gran fuerza gravitatoria en torno a la que giraba una estación sideral. Elementos similares aparecerían mas larde en Operation Gravity (Operación Gra¬vedad), publicada en 1935 por Science Fiction Plus, el último intento editorial de Gernsback, y en el último episodio de la Legión del Espa¬cio Near Nowhere. que vería la luz mucho después.

En el invierno de 1933 envió Williamson por fin The Le¬gión of Space a Astounding, siendo aceptada en el acto, y empezando a publicarse a partir de abril de 1934. La acogida del público superó incluso las previsiones más optimistas de Williamson, siendo consi¬derada la obra como un hito dentro de la revista. En una encuesta organizada años más tarde entre los lectores, todavía daban éstos a Giles Habibula como el personaje más popular aparecido en las pági¬nas de Astounding.

No dejaba Williamson por aquellas fechas de publicar nuevos relatos, independientemente de la novela que tanta fama le diera. En marzo de 1934 publicó Born of the Sun (nacido del Sol), con la teoría de ser la Tierra en realidad un huevo gigantesco. Al romperse éste para dar vida a un monstruoso pájaro estelar, tan sólo queda con vida una pareja humana que huye en una astronave en busca de nuevos mundos (¿que también serian huevos? ). En tal idea se inspiraría mas tarde Nelson Bond para su relato And-Lo! The Bird! (¡Verdio! ¡El Pájaro!). En julio del 35 aparecería otro relato de Williamson titulado The Galactic Circle (El Círculo Galáctico), con una teoría todavía más extraña; una nave experi¬mental empieza a expanderse rápidamente hasta igualar en tamaño al Universo, resurgiendo luego en forma microscópica en el jardín del sabio inventor el mismo día de su partida.

Pero Williamson no podía olvidar el éxito de The Legión, y no tardó mucho en crear una continuación a la misma, con los mismos personajes y otros nuevos relacionados con ellos. En mayo de 1936 apareció, también en Astounding, The Cometeers (Los Cometarios), en donde el protagonista era un hijo de la pareja principal de la novela anterior, contando con la ayuda de los «tres mosqueteros» de la mis¬ma, incluyendo desde luego al eternamente quejoso Giles Habibula. El nuevo peligro estaba representado por la llegada al Sistema Solar de una raza de monstruos inmateriales, ayudados aquí también por un traidor terrestre. Se conservaba el sentido épico, y la obra fue igual¬mente muy bien acogida por los lectores de la revista.

Un cambio de gran importancia sucedería pronto en ésta. Cesó como director de la misma Orlin Tremaine, siendo sustituido por el escrito y gran aficionado a la C-F John W. Campbell, cuyo nombre pronto se haría poco menos que legendario. A partir de sep¬tiembre de 1937, fecha en la que se produjo el cambio, la labor del nuevo amo de Astounding convertiría pronto dicha revista en la me¬jor sin discusión dentro del panorama fantacientífico americano, aca¬parando los mejores autores, tales como Heinlein, Van Vogt, Asimov y el propio Williamson.

En junio y agosto de 1938 publicaría éste en sus paginas la novela larga Legión of Time (La Legión del Tiempo), de título apa¬rentemente semejante a la de la obra anterior, pero que nada tenía que ver con ella. El protagonista. Dermis Lanning, un hombre de nuestra época, se ve acosado por dos fantásticas mujeres del futuro, Lethonca y Sorainya, procedentes de dos universos alternativos y excluyentes, y que pretenden hacerle actuar de manera que, en el futuro, de origen al mundo propio de cada una de ellas. La idea, bastante original, inspira¬ría un año después el relato de Catherine L. Moore, Greater Than Gods.

En abril de 1939 hizo su aparición la tercera parte de The Legión, titulada One Against the Legión (Sólo contra la Legión), con nuevo protagonista, aunque contando también con la presencia de los ya conocidos. Se trataba ahora de la lucha contra un bandido espacial que realizaba sus fechorías valiéndose de un transmisor de materia, y en el relato se aclaraban algunos puntos oscuros insinuados en The Cometeers.

Ese mismo año 1939, Campbell había creado la revista Unknown, publicación paralela de Astounding dedicada al género fantástico. En diciembre de 1940 apareció la firma de Williamson en ella, con la novela Darker Than You Think (Más Oscuro de lo que Piensas), donde se desarrollaba el tema de la licantropía de una forma más o menos racional, mirándola además desde el punto de vista de los propios licántropos en su lucha contra los humanos normales.

La entrada de los Estados Unidos en la guerra trajo una in¬mediata crisis en las editoriales de ciencia-ficción, no sólo por las res¬tricciones de papel, sino también por la movilización de muchos de los autores. Entre ellos estuvo Williamson, cuya firma dejó de apare¬cer momentáneamente de las páginas de Astounding.

Al terminar el conflicto bélico, Jack Williamson empezó a pensar en sentar cabeza, e inició estudios, por primera vez de forma convencida y continuada, buscando la licenciatura en lengua inglesa. En 1947 se casó con Blanche, una compañera de estudios de la Escuela Superior. Se habían terminado los descensos del Mississipí en canoa y los locos viajes como polizón en trenes de carga por todo el territorio de la Unión.

Pero no había renunciado Williamson a la ciencia-ficción. En marzo de 1948 se publicaría la primera entrega de And Searching Mim, que luego pasaría a titularse, al publicarse en forma de libro, The Humanoids (Los Humanoides). Trataba la obra de la expansión por el universo de una raza de robots benéficos que pretenden ayudar a la humanidad, pero que en realidad la condenan a una desagradable esclavitud paternalista difícilmente soportable. El doctor Forester, cien¬tífico de uno de los mundos de la Galaxia intenta sublevarse contra tal estado de cosas con la ayuda de un grupo de paranormales. pero finalmente lodos ellos son «convertidos» y se integran en el nuevo orden. Difícil es saber si Williamson quiso dar un fin deliberadamente pesi¬mista a su relato, o por el contrario él mismo llegó a juzgar que la sociedad de los robots constituía después de todo un mal menor como solución a los problemas de la turbulenta humanidad (1).

Aunque asiduo a las páginas de Astounding, no por ello dejaba Williamson de publicar relatos en otras revistas. Así, en junio de 1952 apareció en Startling Stories su novela corta Dragon's Island (La Isla del Dragón), sobre las creaciones biológicas de un científico refugiado en las selvas de Nueva Guinea; y en mayo de 1956 se publi¬có en Science Fantasy el relato corto Gunievere For Everybody (Genoveva Para Todos), acerca de un robot humanoide femenino, muy semejante a la famosa Helen O'Loy de Lester Del Rey.

También por esta época comenzaron las grandes colabora¬ciones de Williamson con otros autores. Junto con James E. Gunn publicó directamente en forma de libro, con Gnome Press, la excelen¬te novela Star Bridge (Puente estelar). Dentro del marco del inmenso Imperio tic Eron, con los mundos conectados por tubos de luz dorada que permiten las comunicaciones casi instantáneas, se nos presenta aquí la saga del mercenario Alan Hoin, personaje llevado de un lado a otro por el destino, a semejanza de los héroes homéricos, hasta desem¬bocar en un final que recuerda las series de Asimov sobre la forma de alterar la historia para beneficio de la vida y libertad humanas.

Al comenzar la década de los 60, Williamson había comen¬zado a enseñar literatura inglesa, una vez. lograda la titulación para ello. Enseñó primeramente en el Instituto Militar de Nuevo Méjico, desde donde pasaría a la Universidad de Colorado, y finalmente a la Eastern New México University. Ya para entonces se había reconcilia¬do con William Shakespeare, quizá por deberle indirectamente la crea¬ción de uno de sus personajes más célebres.

Paralelamente a estas actividades académicas, Williamson continuó escribiendo ciencia-ficción, comenzando a colaborar en la revista Galaxy. En abril de 1962 publicó en ella el relato A Planet for Plundering, que luego amplió hasta convertirlo en la novela The Trial of Terra (El Juicio de la Tierra). En ella era protagonista un extraterrestre llamado Scarlel Wain, perteneciente a un estado galáctico muy avanzado, que pretendía especular con el destino de nuestro planeta, deseado por varias corporaciones comerciales o científicas de la Ga¬laxia para satisfacer diversos y contradictorios intereses.

A partir de 1963 Williamson inició otra de sus colaboracio¬nes, esta vez con Frederick Pohl, desde 1961 director de la revista If, comprada por el grupo editorial de Galaxy. Juntos escribieron la no¬vela The Reefs of Space (Los Arrecifes del Espacio), sobre un sistema solar dominado por una gran Maquina Planificadora encargada de re¬dactar y mantener el llamado Plan del Hombre, que implica a toda la humanidad. El protagonista, Steve Ryeland, resulta casi vanvogtiano, al ignorar su verdadera personalidad, en tanto que es visible también en el episodio del Banco de Cuerpos de donde se extraen toda clase de miembros humanos para injerto, la influencia del célebre A Planet Named Sliayol de Cordwainer Smith.

En enero de 1967 ambos autores iniciaron la publicación de Starchild (El Hijo de las Estrellas), segunda parte de la anterior, en la que la Máquina Planificadora debe enfrentarse con un misterioso per¬sonaje que parece poseer poderes sobrenaturales.

En 1967 Williamson volvió a presentar al público algunos viejos conocidos. En la versión aparecida en Pyramids de One Against the Legión, se incluyó un nuevo relato titulado Nowhere Near (Cerca de Ninguna Parte), donde aparecía una vez más el inimitable Giles Habibula junto con una serie de nuevos personajes de la Legión del Espacio, ahora en conflicto con una terrible anomalía espacio-tempo¬ral, dando al autor ocasión de desarrollar una curiosa teoría acerca de los quasars como indicadores del nacimiento de nuevos universos en otras dimensiones.

Convertido en uno de los clásicos de la ciencia-ficción ame¬ricana, Jack Williamson no ha dejado un momento de escribir. En 1974 apareció su novela The Power of Blackness (El Poder de la Oscuri¬dad), sobre las aventuras de un hombre de raza negra en una futura civilización galáctica; y son incontables los relatos cortos publicados en los últimos tiempos dentro de las páginas de diversas revistas del género.

Últimamente corrió el rumor de que estaba preparando un nuevo episodio para su ya larga serie de la Legión del Espacio, dándo¬se incluso como título el de The Queen of the Legión (La Reina de la Legión), pero nada más se supo al respecto. Sin embargo todo es posi¬ble, tratándose de la obra más querida por el autor.

El soñador sigue con vida y, por tanto, el sueño puede reiniciarse de un momento a otro.

 

 

 

 

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