Libro N° 6054. El Príncipe Del Espacio. Williamson, Jack.
© Libro N° 6054.
El Príncipe Del Espacio. Williamson, Jack. Emancipación. Junio 1 de 2019.
Título
original: © El Principe Del Espacio. Jack Williamson
Versión Original: © El Principe Del Espacio. Jack Williamson
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
https://damelibros.com/?sec=predownload&id=17010&h=eWl5aWF1NXV5bEM2LzdJcGwzYUIxZz09&f=pdf
Licencia Creative Commons:
Emancipación
Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión
cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a
Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente
educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada E.O. de Imagen original:
https://damelibros.com/?sec=predownload&id=17010&h=eWl5aWF1NXV5bEM2LzdJcGwzYUIxZz09&f=pdf
© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A
CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL PRíNCIPE DEL ESPACIO
Jack Williamson
Capítulo
Primero
UN
PREMIO DE DIEZ MILLONES DE CORONAS
Una
nave espacial ha sido hallada con doscientos cadáveres a bordo. El famoso
pirata interplanetario llamado «El Príncipe del Espacio» se cree ser el autor
del misterioso y múltiple, crimen.
Guillermo
Windsor, periodista de profesión, y hombre de cuarenta años, caviloso y no muy
bien agestado, se detuvo en medio de la animada callejuela que le conducía a la
Quinta Avenida, y sonrió con perdonable orgullo al escuchar a las roncas vendedoras automáticas del periódico que
voceaban las frases que copiamos al principio y distribuían en¬tre la multitud
los periódicos recién impresos. Guillermo ha¬bía escrito la noticia del crimen;
había arriesgado su vida en un loco vuelo sobre una incómoda nave-sol, a fin de
ser el primero en traer a Nueva York la concisa y espeluznante his¬toria.
Descubrir los pormenores de un hecho tan importante y curioso en aquel año
2131, sin temor a perder la vida o al menos un miembro, y añadir aquellos
pormenores a los diez millones de ávidos lectores del gran diario El
Heraldo-Sol, le hacía experimentar la mayor satisfacción de su vida.
El
lector sabría desde luego que Guillermo no era genio como narrador: era
sencillamente un observador. El héroe verdadero era aquel misterioso personaje
que había op¬tado por llamarse a si mismo "El Príncipe del Espacio".
La relación estaba extractada del diario de Guillermo, que él guardaba con
cuidado, esperando componer con él un gran libro de aventuras.
Guillermo
se detuvo en la acera, junto a la máquina vendedora; metió en ella su moneda y
recibió un ejemplar recién impreso. Volvió a leer el relato en medio de la
abiga¬rrada muchedumbre que transitaba por las aceras y el cons¬tante ruido de
los miles de heliocoches movidos por electrici¬dad.
«Las
noticias heliográficas remitidas por la nave «Avenger» dan cuenta de que la
nave-sol «Helicón» ha sido hallada hoy, a las dieciséis diecinueve, hora
cosmológica, a dos mil millas del ámbito lunar. Las escotillas estaban
abier¬tas, el aire se había escapado y todo el personal a bordo había perecido.
Lo constituían el capitán Slormburg, los setenta tri¬pulantes, incluidos los
oficiales, y ciento treinta y dos pasaje¬ros, entre los cuales había cuarenta y
una mujeres. El «Helicón» hacía la travesía ordinaria entre Los Angeles y el
puerto lunar Tychs. Los cadáveres estaban horrorosamente mutilados y se habían
cometido en ellos los más bárbaros excesos. El cargamento ha desaparecido. La
pérdida mas importante de él es la de unos millares de tubos de vitalio, que es
un nuevo metal radioactivo, cuyo valor se calcula en un millón de coro¬nas.
El
«Avenger» ha puesto en el «Helicón» una pequeña dota¬ción y ha cerrado sus
escotillas, proveyéndola de algunos tubos de motorina, a fin de que pueda
llegar al puerto interplanetario de Miami (en Florida), en donde se le hará un
reconocimiento oficial. No se ha hecho ninguna identificación. Se ha hallado la
lista de pasaderos y tripulantes.
»Los
oficiales militares se inclinan a atribuir el múltiple cri¬men al célebre
malhechor interplanetario que se da a sí mismo el nom¬bre de "El Príncipe
del Espacio". En varias ocasiones este "Príncipe" ha robado a
las naves-sol sus cargamentos de vitalio; pero jamás ha atentado a la vida de
inocentes pasajeros.
«Los
demás pormenores serán dados a la publicidad en cuanto podamos recogerlos.
«Los
premios ofrecidos por la captura de "El Príncipe del Espacio", vivo o
muerto, han aumentado desde el horrible suceso. Los ofrecidos por la
Confederación Internacional, Compañía Interplanetaria de Transportes Lunares,
Sol-naviera, Compañía del Vitalio y otras va¬rias empresas, sociedades,
periódicos y particulares, suman al presen¬te diez millones de coronas.»
—¡Diez
millones de coronas! —exclamó Guillermo—. Nada menos que un heliocoche
particular y unas largas vacaciones en los mares del Sur.
Y
doblando el pequeño pliego y guardándoselo en su túnica de seda verde, echó a
andar por la ondulante acera.
—Pero
¿qué oportunidad tengo yo de dar con "El Príncipe del Espacio"?
A su
alrededor se alzaban los edificios en elegantes pilas de doscientos pisos. El
sol brillaba sobre millares de flamantes heliocoches movidos por silenciosa
electricidad, y echando atrás la cabeza se que¬dó mirando a un maravilloso
edificio, un edificio que era una maravi¬lla arquitectónica allá en el siglo
veintidós.
Empezada
la torre de Trainor el año 2125, su construcción duró casi un ano. Un cilindro
estrecho de aluminio y vigas de acero se alzaba nueve mil pies sobre el suelo
de la metrópoli. Los arquitectos se echaron a reír cuando, seis años antes, el
doctor Trainor, que había sido un oscuro profesor en un colegio del Oeste,
volvía de un viaje de recreo a la luna y les daba cuenta de sus proyectos sobre
la construc¬ción de una torre tan alta que ofreciese las mismas condiciones de
una montaña, a fin de montar en ella un observatorio astronómico. ¡Un edificio
nueve veces más alto que el que lo fuera hasta la fecha! Era una locura,
decían. Y algunos escépticos se preguntaban cómo un pobre profesor podría
reunir fondos para tal construcción. Y quedó el mun¬do atónito cuando la torre
alcanzó su altura de casi dos millas y media. Era una hermosa obra de metal
blanco que se erguía en los espacios como una lanza.
El
mundo fijó su atención sobre el sujeto que tenía el privile¬gio de recorrer con
su ascensor el singular edificio. Guillermo había pasado muchas horas en la
sala que daba al ascensor, en el que las buenas propinas ofrecidas al guardia
de seguridad le habían permitido entrar; pero ningún género de dádivas habían
bastado para permitirle la entrada en el otro ascensor: en el
"consagrado".
El
había llevado a su periódico los nombres de algunas per¬sonas que habían pasado
por la sala de espera. Entre ellas, desde lue¬go, estaba el doctor Trainor, un
hombre calvo, de apacibles modales, ojos azules, llenos de bondad, y tranquila
y dulce sonrisa. Y Paula, su hija; una joven viva, de pequeña estatura y ojos
admirablemente ex¬presivos. Había acompañado a su padre en un viaje a la Luna.
Había visto a otras muchas personas, de todas clases, desde los humildes
porteros y lacayos hasta los elevados astrónomos de mayor reputación y de los
ingenieros solares; pero eran todos muy reservados acerca del asunto que les
hacía venir a la torre de Trainor.
Y
había visto al señor Caín, el misterioso señor Cain, como él lo llamó desde
luego en su fuero interno. Dos veces lo vio. Era un hombre delgado, alto,
musculoso, enjuto de cara, de ojos negros e intrigantes. El periodista no pudo
ave¬riguar nada acerca de él. Y lo que Guillermo no podía averi¬guar tenía que
ser un profundo secreto. Se vinculaba a Cain con la torre de Trainor. Se
rumoreaba que había adelantado fondos para la construcción del edificio y para
montar el ob¬servatorio, en el que evidentemente estaba interesado.
Impulsado
por la costumbre, Guillermo penetró en la torre, y se hallaba delante del
impasible guarda cuando un hombre pasó tras él y salió a la calle. Era el señor
Cain, con su leve sonrisa en su moreno rostro, guapo y sin nada de
afeminamiento. Guillermo resolvió no perder de vista a aquel sujeto hasta saber
algo acerca de él.
Sin
embargo para sorpresa de Guillermo, el señor Cain se giró hacia él con paso
vivo y resuelto y con una bur¬lona interrogación en sus negros ojos. Y habló
sin preámbu¬los :
—Creo
que es usted don Guillermo Windsor, re¬portero del Heraldo-Sol.
—Ciertamente.
Y usted el señor Cain, el misterioso señor Cain.
El
alto joven sonrió complacido.
—Sí,
señor. Desde luego, creo que lo de "misterio¬so" es cosa de usted,
señor Windsor.
—Llámeme
Guillermo.
—Creo
que desea usted poder pasar a la torre.
—Y
he hecho lo posible por conseguirlo.
—Le
voy a dar a usted los datos que le interesan, con tal que no los publique sin
permiso mío.
—Infinitas
gracias. Puede confiar en mi discreción.
—Y
tengo mis razones. La torre de Trainor se ha edificado con un fin. Este fin muy
pronto necesitará cierta publicidad. Y usted tiene más facilidad para dársela
que nin¬gún otro.
—La
prestaré, con tal que...
—Creo
que el asunto merecerá su aprobación. No se le exigira nada que ponga en
El
señor Cain se sacó una tarjeta del bolsillo, garabateó en ella y la entregó a
Guillermo, el cual leyó estas palabras : "Admita al portador —Cain. "
—Preséntela
en el ascensor esta noche a las ocho, y pida ser presentado al doctor Trainor.
El
señor Cain se retiró aprisa, dejando a Guillermo con la tarjeta en la mano.
Aquella
noche, a las ocho, el sorprendido guarda con¬dujo a Guillermo a la sala de
espera. El encargado del ascen¬sor miró la tarjeta y dijo :
—Sí,
señor. El doctor Trainor está arriba, en el ob¬servatorio.
El
aparato salió disparado, facilitando a Guillermo el viaje vertical más largo
que había hecho en la tierra. Aún no había luz en muchos pisos del cilindrico
edificio. El ascensor se detuvo. La puerta se abrió, y Guillermo se halló
delante de la cristalina bóveda de un observatorio astronómico.
Se
hallaba en lo más alto de la torre de Trainor. Atrave¬sando la cristalina
bóveda, se veía el enorme cañón del telescopio con su poderoso montaje
ecuatorial . Varios motores eléctricos funcionaban silenciosos en su mecanismo.
Un hombre estaba sentado al ocular. Era el doctor Trainor. Guillermo lo vio.
Estaba empequeñecido por el enorme tamaño del aparato.
No
había en la estancia ninguna otra persona ni nin¬gún otro aparato de
importancia. El voluminoso cuerpo del telescopio lo llenaba todo.
Trainor
se levantó y se adelantó a recibir a Guillermo. Una afectuosa sonrisa iluminó
su plácido semblante. Sus ojos azules brillaron con benignidad. La luz iluminó
la estancia y brilló sobre su calva.
—Supongo
que es usted el señor Windsor, del Heraldo-Sol.
Guillermo
asintió y sacó su cuaderno de notas.
—Celebro
infinito su venida. Tengo que comunicar¬le algo importante. Algo sobre el
planeta Marte.
—¿Y
qué?...
—¡Oh,
no! Preguntas, no. Resérvelas, haga el favor, para cuando vuelva a ver al señor
Cain.
Contrariado
Guillermo, cerró su cuaderno. Trainor se sentó al telescopio. Los motores
gimieron, y el gran cañón giró lentamente.
—Ahora
mire —ordenó Trianor.
Guillermo
se sentó y miró por el ocular. Vio un pequeño círculo de una hermosa
luminosidad azul oscura, del que pendía un disco más pequeño de luz. El disco
era rojo, con un brillo blanco mar¬cando los polos.
—Este
es Marte, visto tal cual lo ven los astrónomos ordina¬rios —dijo Trainor—.
Ahora voy a graduar las lentes, y lo verá como nadie lo ha visto sino por medio
de este telescopio.
Rápidamente
ajustó el aparato, y Guillermo miró de nuevo.
El
disco rojo se dilató enormemente, con gran aumento de detalles. Era un globo
rojo con pequeñas montañas e irregularidades en su superficie muy visibles. Las
prismáticas capas polares se desta¬caban con su brillante blancura. Veíanse
lugares oscuros, grisáceos, anaranjados, y líneas delgadas de verde oscuro (los
controvertidos ca¬nales de Marte) que cruzaban el planeta, partiendo de las
manchas blancas, junto a la parte más oscura de la zona ecuatorial,
interceptada por pequeñas manchas redondas de color verduzco.
—Mire
atentamente —dijo Trainor—. ¿Qué ve en el borde del cuadrante derecho, cerca
del centro del disco y exactamente sobre el ecuador?
Guillermo
miró y vio un pequeño redondel azul. Era muy pequeño, pero de contornos muy
marcados, perfectamente redondo y visible sobre el rojo oscuro del planeta.
—Veo
un pequeño círculo azul.
—Pues
bien ; siento decirle que esta viendo la sentencia de muerte de la raza humana.
En
otras circunstancias, Guillermo hubiera dudado, pues los periodistas son muy
propensos al escepticismo. Pero había mucha gravedad en las palabras de
Trainor, y era algo muy extraño lo que había visto por el telescopio.
—Se
ha fantaseado mucho en estos dos últimos siglos—dijo Guillermo—,
particularmente acerca de la guerra entre dos mundos. La creencia ordinaria es
que Marte se está secando y necesita agua. Pero realmente...
—No
sé cuál será el motivo —dijo Trainor—. Pero yo sé que en Marte hay vida
inteligente. Los canales son prueba de ello. Y tenemos excelentes razones para
creer que esa vida nos conoce y no nos quiere muy bien. ¿Recuerda usted la
expedición de Enbers?
—Sí;
en el año 2099. Enbers era un necio que creyó que si una nave-sol podía ir a la
luna, podía también ir a Marte.
—No
hay por qué creer que Enbers no pudiese llegar a Marte el año 2100 —dijo
Trainor—. Los despachos heliográficos no cesaron hasta que estuvo a más de la
mitad de su viaje. No debió, pues, ocurrirle ninguna avería. Tenemos buenas
razones para creer que llegó y que los pobladores de Marte no lo dejaron
regresar. Sabemos que están aprovechando los adelantos del buque capturado para
hacer una expedición interplanetaria por su cuenta.
—¿Y
ese círculo azul tiene que ver con ello?
—Creo
que sí. Pero no estoy autorizado para decirle nada más. Conforme avance la
situación, tendremos necesidad de publici¬dad. Queremos que usted se haga cargo
de esto. El señor Cain, desde luego, tiene la dirección general. Recordará
usted su compromiso de no publicar nada sin su venia. Trainor volvió de nuevo
al telescopio. El ascensor se detuvo de nuevo a la entrada del observatorio.
Una joven se adelantó hacia el hombre que estaba al aparato.
—Mi
hija Paula; el señor Windsor —dijo Trainor.
Paula
Trainor era una criatura exquisita. Su cabello era negro. Su cara pequeña, de
líneas delicadas y piel casi transparente. Pero lo más notable eran sus ojos.
En sus luminosos abismos brillaban mezcla¬das la esencia de la inocencia
pueril, la intuición, la decisión de la edad madura y la pronta inteligencia,
inteligencia no razonadora, fría, sino efervescente y certera en sus
conclusiones. Era un rostro maravillosamente impresionable, que sólo expresaba
el estado del momento. Vién¬dolo no podía decir uno que su dueña era buena o
mala, severa o indulgente, afable o adusta. Reflejaba como un espejo el
pensamiento actual ; pero el profundo abismo de su voluntad se ocultaba
invisible tras él.
Guillermo
la miró, notó todo esto y tomó nota de ello en el libro de su memoria.
—Papá,
¿le has hablado sobre la invasión de Marte? —pre¬guntó ella con su deliciosa
voz virginal—. Es horrible, ¿verdad? Suer¬te la nuestra, la de saberlo y poder
luchar contra ellos, en vez de estar como el resto del mundo sin soñar que hay
peligro.
Guillermo
asintió.
—¿Usted
cree? Tenemos que ir a Marte a pelear con ellos en su propia casa.
—Cuidado,
Paula —dijo Trainor—. No digas al señor Windsor demasiado.
—Está
bien, papá.
Otra
vez se oyó el ascensor, y el señor Cain llegó al observa¬torio: un joven alto,
delgado, de intrigante sonrisa y ojos negros, casi tan enigmáticos como los de
Paula.
Guillermo
observó a la vivaracha joven. Vio su repentino rubor, su inconsciente temblor,
y sospechó que abrigaba algún pro¬fundo sentimiento hacia aquel hombre, el cual
no pareció percatarse de ello. Saludó ligeramente a la joven, miró al señor
Trainor y habló a Guillermo:
—Perdóneme,
señor...; bien, Guillermo; pero desearía ha¬blar a solas con el señor Trainor.
Ya comunicaremos con usted cuando nos parezca conveniente. Entretanto espero dé
por olvidado lo que ha visto esta noche y cuanto le ha dicho el doctor Trainor.
Buenas no¬ches.
Y
Guillermo, no teniendo nada que oponer, se encaminó al ascensor. Cinco minutos
después salía de la torre de Trainor.
A la
mañana siguiente, después de desayunar, cogió un pe¬riódico, en el que leyó,
lleno de consternación:
«El
Príncipe del Espacia» penetra en la torre de Trainor— Anoche, oculto en las
nubes que envolvían la ciudad, el atrevido pirata interplanctario que se llama
a sí mismo «El Príncipe del Espacio», y que se cree autor de la hazaña del
«Helicón», penetró en la torre de Trainor. Se cree que el doctor Trainor, su
hija Paula y un sujeto llamado señor Cain han sido secuestrados, pues no han
sido hallados.
«Se
cree que la nave llegó a la propia torre y que usaron de los rayos de repulsión
para taladrar el muro. Se han visto aberturas suficientes para el paso del
cuerpo de un hombre.
«No
cabe duda de que ha sido «El Príncipe del Espacio», a causa de haberse hallado
una tarjeta suya sobre una mesa. Es la primera vez que el famoso pirata se
acerca a la tierra.
«La
noticia, unida al suceso del «Helicón», ha causado la alarma consiguiente.
Estimulados por el premio de los diez millones de coronas, son muchas las naves
que buscan al pirata.
Capítulo
II
LOS
SABUESOS DEL ESPACIO
Dos
días después Guillermo bajaba del helio-coche, presentaba sus credenciales como
corresponsal especial del Heraldo-Sol. y era admitido en el puerto o estación
de la Escuadra Lunar. Nueve naves-sol yacían en el bien vallado campo y
brillaban a la luz del sol como barras octogonales de bruñida plata.
Estas
naves de guerra de la Escuadra Lunar eran octogonales, de unos veinte pies de
diámetro y cien de longitud. Estaban hechas de una nueva aleación de acero y
aluminio, con anchos ventanales de pesada vitrolina. Cada nave contenía
dieciséis tubos de rayo positivos. Estos tubos operaban por medio de enormes
voltajes procedentes de baterías de vitalio, y eran poco diferentes en
principio del aparato del rayo-canal conocido algunos siglos antes. Los rayos
positivos eran corrientes de átomos que, habiendo perdido uno o más electrones,
servían para mover la nave-sol por medio de reacciones, por el famoso principio
del motor-cohete.
Asimismo,
los dieciséis tubos, adaptados como anillos a cada buque, le servían de armas.
Cuando enfocaban a algún punto, la pre¬sión de sus rayos equivalía a la de un
proyectil de un cañón antiguo. El metal bajo la acción del rayo positivo se
derretía, y la materia animada se carbonizaba y consumía. Y la descarga
positiva ocasionada por el rayo era suficiente para electrocutar todo ser
viviente en contacto con ella.
La
Escuadra Lunar inició su vuelo en persecución de «El Príncipe del Espacio», el
secuestrador interplanelario que había rapta¬do a Paula Trainor, a su padre y
al enigmático señor Cain.
La
noche antes, el «Helicón», la nave-sol atacada en el espa¬cio, había llegado a
Miami tripulada por la dotación del «Avenger». El mundo estaba atónito ante la
nota dada por los que examinaron los doscientos cadáveres hallados a bordo.
«La
sangre fue chupada a las víctimas del Helicón. Miste¬rios de la nave perdida—
El examen médico de los doscientos cadá¬veres hallados en el crucero espacial
violado demuestra que la sangre ha sido extraída de los cuerpos por medio de
heridas circulares verifi¬cadas alrededor del tronco y la garganta. Cada
víctima tiene muchas de estas singulares heridas, del todo inexplicables. Los
médicos no se atreven a dictaminan en qué forma se han practicado dichas
heridas.
»En
época más supersticiosa se hubiera creído que «El Prín¬cipe del Espacio» no es
hombre, sino un horroroso vampiro. Y, en efecto, se da por hecho que, una vez
que las heridas observadas no pueden ser causadas por ningún animal de los
conocidos en la tierra, deben serlo por un ser de otro planeta dotado de
diferente especie de vida.»
Guillermo
halló al capitán Brand, jefe de la expedición, a bordo de la «Furia», la
abanderada de las nueve naves de guerra, el cual lo recibió con toda cortesía.
—Dar
caza al «Príncipe» no es fácil tarea, a mi entender — dijo Guillermo.
—Es
verdad —respondió el capitán—. Hemos ido ya tras él siete u ocho veces estos
últimos años, pero yo creo que nadie ha visto su nave. Debe haber capturado ya
más de doce naves de tráfico.
—Le
digo, capitán —dijo Guillermo—, que yo admiro al «Príncipe», o, mejor dicho, lo
he admirado hasta el suceso del «Helicón». Pero lo sucedido a esos pobres
pasajeros es sencillamente inexplicable. ¡La sangre chupada!
—Es
difícil creer que «El Príncipe» sea responsable de ello; jamás ha asesinado
antes a nadie sin necesidad, con todas las sumas de dinero y de vitalio por
valor de muchos millones que ha robado. Y en todos estos casos dejó su tarjeta,
menos en el del «Helicón».
Guillermo
repasaba la nave, en tanto que el capitán daba a todas las órdenes de partida.
Un
cohete rojo salió de la «Furia», y las nueve naves volaron a una.
Guillermo
notó el balanceo de la nave. Perdió el equilibrio y se sentó en una butaca. El
paisaje aumentaba en extensión al paso que disminuían los objetos, y por último
se perdían de vista. El cielo se tornaba más azul, luego negro con un millón de
estrellas que brillaban con vivos colores: amarillo rojo, azul. Volvió a mirar
hacia abajo. La Tierra se hacía convexa. Era un brillante globo casi envuelto
en aire y nubes.
Luego
el globo desapareció. Después apareció una bola de plata, a trechos negra, a
trechos brillante hasta cegar, marcada con innumerables cráteres. Era la luna.
Más
allá llameaba el sol, una bola de luz obcecante, que lanzaba rau¬dales de calor
por entre el artesonado de vitrolina de la nave. Era imposible mirarlo sin
anteojos oscurísimos. Y en derredor, el negro abismo del espacio con su
pabellón de estrellas como puntos de luz. a infinita distancia. La Vía Láctea
era una ancha zona de argentina radiancia con miles de piedras de fuego de
color variado. En medio de aquella inmensidad, buscaban un hombre que se
burlaba de la ley y que se llamaba a sí mis¬mo «El Príncipe del Espacio».
Las
nueve naves volaban a miles de millas una de otra. Los heliógrafos, es¬pejos
giratorios que refleja¬ban la luz del sol, mantenían la comunicación con el
capi¬tán Brand, en tanto que mu¬chos hombres miraban con sus telescopios por
descubrir al pirata del vacío.
Los
días se suce¬dían, marcados únicamente por los cronómetros, pues el impasible
sol lucía sin cesar. La tierra estaba reducida a una pequeña bola de color
verduzco, brillante del lado del sol.
A
veces las negras alas de vitalio se extendían para tomar energía del sol. Las
naves-sol se llamaban así por moverse por medio de la energía solar. Utilizaban
las notables propiedades de un raro metal radioactivo, llamado vitalio, que se
creía que era la verdadera base de la vida, por haberse descubierto que existía
en pequeñas cantidades en aquellas complejas sustancias tan necesarias para la
vida, denominadas vitaminas. Se habían descu¬bierto grandes yacimientos en
Kepler y otros lugares cíe la Tierra du¬rante el siglo XXI. Al contacto de la
luz solar, el vitalio se transforma en triatómico, recogiendo la poderosa
energía del sol. Con placas de vitalio soleadas, alternando con láminas de
cobre, se formaban pilas que transformaban la energía solar en corriente
eléctrica. Desmontada la pila, el vitalio recobra su forma alotrópica, y puede
usarse de nuevo infinitas veces. La Compañía del Vitalio se hallaba establecida
en Arizona, Chile, Australia, Sahara y Gobi, y abastecía todo el mercado
terráqueo. Las naves-sol, recargando sus pilas en el espacio, funciona¬ban
indefinidamente.
Era
el quinto día después de la partida. La «Furia», con sus compañeras esparcidas
a derecha e izquierda, volaba a cinco mil mi¬llas por hora, a una elevación
heliocéntrica de 93.243.546, con incli¬nación eclíptica de 7°, 18' 46"
hacia el Norte y una ascensión recta de diecinueve horas, veinte minutos y
treinta y un segundos. La Tierra era un pequeño globo verde y la luna un
semicírculo de plata.
—Se
descubre un objeto —dijo el encargado del telescopio, llegándose adonde el
capitán y Guillermo fumaban tranquilamente— a cinco grados de Scorpio, sobre
Antares, a quince mil millas. Parece redondo y azul.
—¡«El
Príncipe» al fin! —exclamó el capitán, y sus azules ojos brillaron con brillo
singular.
E
hizo señas con el heliógrafo para que las nueve naves se acercasen al objeto
divisado en línea envolvente. Los mo¬tores funcionaban a toda ve¬locidad.
Cuatro telescopios montados en la «Furia» recayeron sobre el extraño objeto. El
capitán Brand y Guillermo miraron sucesiva-mente por uno de ellos. Cuan¬do miró
Guillermo, vio el in¬menso piélago del espacio bri¬llando con el polvo de una
le¬jana nebulosa. Y en medio de aquel manto negro se divisa¬ba una esfera azul,
como un globo hecho de turquesa. Guillermo recordó haber vis¬to otro globo
semejante la tar¬de que miró por el enorme telescopio de la torre de Trainor, y
vio un pequeño círculo azul sobre los rojos desiertos de Marte. Brand hizo dos
o tres observacio¬nes.
—Se
mueve — dijo— a unas cuarenta mil millas por hora. ¡Pardiez ! Y va derecho,
derecho a la Tie¬rra, con dirección del plane¬ta Marte. Yo creo...
Y
sacando un lápiz, hizo un cálculo.
—¡Qué
raro! Esa cosa parece lanzada a la Tie¬rra desde un punto de la ór¬bita de
Marte en donde el pla¬neta se hallaba hará unos cua¬renta días. ¿Cree usted que
los marcianos nos querrán hacer una visita?
—Entonces,
¿éste no es «El Príncipe del Espacio»?
—No
se. La dirección que trae puede ser pura coincidencia. Y «El Príncipe» puede
ser también un marciano. Sea como fuere, no¬sotros vamos a ver qué globo es
ese.
Dos
horas más tarde, las nueve naves formaban un gran se¬micírculo alrededor del
globo azul, cuyo diámetro se calculaba en unos cien pies. Las naves se hallaban
a unas mil millas del globo. El capitán ordenó que ocho tubos fuesen empleados
como armas. Desde su nave dio la señal:
«La
«Furia», de la Escuadra Lunar, te ordena presentar tu documentación y la de
todos los pasajeros de la nave y que ésta sea registrada, por si conduce
contrabando.»
El
mensaje fue repetido tres veces, pero el globo azul no dio respuesta alguna.
Continuó su curso. Las naves-sol se fueron acercando en forma de semicírculo
hasta que el globo estuvo a unas cien millas de distancia. Entonces Guillermo,
puesto el ojo al telescopio, vio una pequeña luz roja aparecer en un lado del
globo azul. Era un punto brillante de fuego rojo violado con una línea blanca
que lo unía al centro de la esfera. La mancha roja creció y la línea blanca se
alargó. De repente el periodista se percató de que lo rojo era un objeto que
volaba hacia él con increíble velocidad.
Y se
tornó en una esfera roja sumamente brillante. Un rayo blanco detrás de ella,
parecía impulsarla con velocidad siempre cre¬ciente. El globo rojo pasó y se
desvaneció. El rayo blanco se esfumó.
—¡Un
proyectil; —exclamó.
—Un
proyectil y un desafío —dijo el capitán—. Vamos a responder.
Y
lanzó inmediatamente esta orden :
—Abra
cada nave uno de los tubos delanteros, operando nueve veces por segundo.
Aumente la carga de los tubos posteriores para compensar la repulsión.
De
cada nave salió inmediatamente un brillante rayo que atra¬vesó las cien millas
de espacio entre ellas y el globo azul.
Otra
vez apareció la esfera roja sobre el globo de zafiro, con el rayo blanco tras
ella, y partió con tal velocidad, que apenas dejó tiempo para verla.
La
esfera roja dio en una de las naves de la flota lunar.
Hubo
una llamarada de color violeta. La esfera tuvo de ex¬plotar, y en donde había
una nave hubo una masa informe de metal.
—¡Un
proyectil sólido! —exclamó el capitán—. Y movido, al parecer, por el rayo
positivo. Nosotros lo hemos ensayado, pero explotaba siempre en la cápsula. Yo
no sé qué pueda ser, si no es energía atómica.
Las
ocho naves-sol que quedaban volaron hacia el globo azul enfocándole sus rayos
de plano. El globo azul brillaba con gran reful¬gencia. Parecía cubierto de una
nube de brillantes partículas azules, de polvo de zafiros.
Y
otra bola roja se desprendió del globo turquesa. Fue un abrir y cerrar de ojos.
Hubo otra llamarada color violeta. Y otra de las naves quedó reducida a una
masa informe.
—¡Ya
somos siete! —dijo tristemente el capitán.
Y el
heliógrafo transmitió la siguiente orden :
—Disparad
todos los tubos delanteros a veinte por segundo. Elevad la potencia al máximo.
Y
los rayos partieron de las siete naves. El globo de zafiro brilló con extraña
luminosidad. La neblina como polvo de zafiro se hacía cada vez más densa.
—Nuestros
rayos no parece que le llagan mu¬cho efecto —dijo Brand in¬trigado—. Lo azul
que cubre el globo tiene que ser alguna especie de malla vibratoria.
Otra
bola roja, nuevo fogonazo violeta y otra nave convertida en masa de metal.
—Ya
no somos siete —dijo Brand a Guillermo.
—Rindámonos
al «Príncipe» —dijo éste.
—No;
de ningún modo, mientras quede una nave. Esta es la Escuadra Lunar —dijo el
capitán.
Otra
bola roja, otra llamarada violeta y otra nave que pereció.
—Van
dando por los lados —observó Guillermo—. Nosotros vamos en medio; de manera que
seremos los últimos.
—Si
es así, podre¬mos embestirles —dijo el capitán.
La
orden hcliográfica partió en seguida:
—A
toda veloci¬dad sobre el enemigo. A embestir.
Otra
bola, otra lla¬marada y otra nave menos. Guillermo aparto sus ojos del
telescopio. El globo azul estaba a veinte millas solamente. Y se agrandó.
Con
la velocidad del pensamiento, las bolas rojas partían a derecha e izquierda.
Cada una destruía una nave.
—¡Quedamos
tres! —exclamó Guillermo.
—¡Somos
dos! ¡Dos naves! Adiós, Brand.
Y
estrechó la mano del capitán.
—Una
queda. ¿Tendremos tiempo?
Y
miró adelante. El globo azul, con su brillante nube de za¬firos en derredor, no
cesaba de disparar.
—¡La
última! ¡Llegó nuestra vez!
Y en
el globo azul apareció un punto luminoso. Luego una llamarada violeta pareció
envolverlo. El piso tembló bajo sus pies. Y oyó el principio de un chasquido,
como de un cristal que se rompe. Luego el universo quedó negro e inmóvil.
Capítulo
III
LA
CIUDAD DEL ESPACIO
Guillermo
yacia en un glaciar de los Alpes con una pierna rota y metida en una grieta,
sin posibilidad de sacarla. Estaba oscuro y hacía un frío espantoso. En vano se
esforzaba por moverse en busca de luz y calor, en tanto que sentía en sus
miembros el contacto del hielo y el aire silbaba en derredor.
Y en
uno de sus esfuerzos conoció que era un sueño. Pero era cierto que se helaba.
El aire no penetraba en sus pulmones. Todo en derredor estaba oscuro. Y yacía
en el frío metal.
—En
los restos de la «Furia» —pensó—. El aire se ha escapado y el frío es el del
espacio. Una tumba fría. De¬bió de hacer algún ruido. Un quejido sonó a su
lado. Y se esforzó por respirar y ha¬blar. Su voz le extrañó por lo alta y
delgada.
—¿Quien
es?
Y
terminó con una fuerte tos; sangre caliente sa¬lía de su boca.
—Soy
Brand.
Guillermo
no pudo hablar mas.
Y,
por lo visto, el ca¬pitán tampoco. Durante largo rato permanecieron en
silen¬cio. Guillermo no tenía nin¬guna esperanza de vida, pero experimentaba
cierta satisfac¬ción por no haber perecido in¬mediatamente.
Pero
de pronto reco¬bró la esperanza. Oyó golpes de martillo sobre el metal, agudos
como si fueran dados sobre cristal. Luego oyó el chasquido de una lámpara de
oxígeno.
Alguien
abría paso hacia ellos por entre los res¬tos de la nave. Un momento después una
barra de luz viva cruzaba la oscuridad y se po¬saba sobre ellos. Guillermo vio
varias grotescas figuras en el metálico traje de espacio. Sin¬tió que adaptaban
a su cabeza y cuello un casquete de oxígeno, oyó el silbido del gas al
escaparse y pudo respirar de nuevo. Y otra vez se sumió en la inconsciencia.
Des¬pertó con la sensación de haber transcurrido infinito tiempo. Y se sentó,
sintiéndose fuerte, en la plenitud de todas sus facultades, con clara memoria
de todos los pormenores del calamitoso encuentro con el extraño globo azul.
Se
hallaba en una cama limpia, en una pequeña habitación de blancas paredes. El
capitán Brand, con la sorpresa pintada en las duras facciones de su rostro,
estaba sentado en otra cama inmediata. Dos sirvientes vestidos de blanco
estaban de pie a lado y lado de la puerta, y un hombre pequeño y nervioso,
vestido de negro, que evidentemente era un doctor, estaba guardando unos
brillantes instrumentos en un saco de cuero.
Un
hombre alto apareció de pronto en la puerta, con un uni¬forme negro, rojo y
dorado (negros los pantalones, rojas la casaca militar y la gorra, y dorados
los botones y entorchados). Traía en la mano una brillante pistola de rayo
positivo.
—Caballeros
—dijo con arrogante voz —, pueden conside¬rarse prisioneros de «El Príncipe del
Espacio».
—¿Cómo
es eso? —preguntó Brand.
—«El
Príncipe» se ha dignado sacarlos de entre los restos de su nave de ustedes y
traerlos a bordo de la suya, «El Ladrón Rojo». A ustedes se les halló sin
conocimiento y se ha procurado hacerles la conveniente cura.
—¿Y
qué quieren ahora de nosotros? —dijo Brand en tono agresivo.
El
hombre de la pistola sonrió.
—Tengo
a dicha decirles, caballeros, que nada, sino lo que les cumple perfectamente.
—Yo
soy oficial de la «Escuadra Lunar» —dijo Brand—, y prefiero la muerte a nada
que...
—Aguarde,
capitán. Usted no debe abrigar sino los mejores sentimientos para con mi jefe,
«El Príncipe del Espacio». Por la pre¬sente no pido a usted otra cosa sino su
palabra de oficial y caballero de que se conducirá cual corresponde a un
huésped del «Príncipe». Tal promesa no le hará perder nada, y puede
aprovecharle mucho.
—Está
bien. Prometido —dijo Brand después de un momen¬to, y añadió—: Por veinticuatro
horas.
Y
sacando su reloj, lo miró. El hombre de la pistola se la guardó, sonriendo, y
se adelantó a estrechar las manos a los «huéspe¬des».
—Llámenme
Smith, capitán del crucero «El Ladrón Rojo».
Y,
sonriendo, se volvió hacia la puerta,
—Y
si ustedes gustan, caballeros, pueden acompañarme al puente. «El Ladrón Rojo»
se posará en tierra adentro de una hora.
Brand
se encaminó a la puerta seguido de Guillermo. Ca¬minaban sin dificultad.
Delante de la puerta había un agujero que daba paso a una escalera. El capitán
Smith bajó por ella. Brand y Guillermo le siguieron. Después de andar unos
cincuenta pies o así, entraron en el gabinete del piloto, con sus artesones de
vitrolina, sus telescopios, mapas y tubo para hablar: un equipo semejante al de
la «Furia».
Un
cielo negro les rodeaba. Guillermo miró a ver la tierra y la halló casi en
línea vertical a ellos. Era un pequeño disco verde, con la luna a su lado, como
una partícula blanca.
—¿Y
nos posaremos en tierra dentro de una hora? —excla¬mó.
—Ya
les diré dónde —dijo el capitán Smith sonriendo—. Nuestro punto de aterrizaje
está a un millón de millas de la tierra
—¿No
es en la tierra? Entonces, ¿dónde?
—En
la Ciudad del Espacio.
—¿La
Ciudad del Espacio?
—Es
la corte del Príncipe del Espacio.
Guillermo
miró hacia arriba y divisó la brillante constela¬ción de Sagitario, y tras ella
las brillantes nebulosas de la Vía Láctea.
—No
veo nada.
—El
«Príncipe» no pretende hacer visible su corte. El exterior de la Ciudad del
Espacio está cubierto de vitalio negro, que nos provee de fluido. No reflejando
sus rayos, no puede ser visto a ninguna luz reflejada. En la negrura del
espacio, la ciudad es invisible e imper¬ceptible, a no ser cuando oculta alguna
estrella.
El
capitán Smith dio las órdenes para el aterrizaje. Guillermo y Brand miraban por
los artesones de vitrolina en tanto que la nave retardaba su marcha. A poco se
divisó un punto negro sobre las nebu¬losas de la Vía Láctea. Poco a poco fue
agrandándose hasta que una gran sección del cielo era negra encima de ellos.
—La
Ciudad del Espacio está montada o construida dentro de un cilindro —dijo el
capitán Smith—. Tiene cinco mil pies de diá¬metro y casi otros tantos de
longitud. Está construido, en su mayor parte, de hierro meteórico que cogimos
de un aluvión de meteoritos, haciendo una travesía segura y cogiendo al mismo
tiempo metal útil. El cilindro gira constantemente con tal velocidad que la
fuerza centrí¬fuga hacia los lados es equivalente a la gravedad de la Tierra.
La ciu¬dad está edificada en el interior del cilindro, de modo que uno puede
mirar hacia arriba y ver las casas hacia abajo a una milla de distancia.
Entramos por una puerta que hay en uno de los extremos del cilindro.
Y
vieron a unas pocas yardas de los artesones de vitrolina un gran disco de metal
negro. Una enorme válvula de metal se abrió en él, descubriendo un interior
sumamente brillante. «El Ladrón Rojo» pe¬netró en una galería. La válvula se
cerró tras él. Otra válvula interior se abrió luego y la nave penetró en la
Ciudad del Espacio.
Guillermo
advirtió que estaban en el centro de un gran cilin¬dro. Los lados, a media
milla arriba y en derredor de ellos, estaban cubiertos de edificios alineados
en calles plantadas de árboles, y acá y allá, jardincillos y pequeñas
arboledas. Parecía extraña la vista de aque¬llas interminables calles dando la
vuelta alrededor del tubo, de modo que, andando tres millas en una dirección,
se regresaba al punto de partida.
En
los extremos del cilindro, cubiertos por enormes discos que lo cerraban, había
un complicado mecanismo con aparatos extra–os y grandes.
—Servirán
—pensó Guillermo—para dar calor a la ciudad y proveerla de luz y fluido, y
acaso para mover el cilindro.
El
sitio por donde habían entrado era parte de aquel meca¬nismo.
En
el centro de cada uno de los discos extremos había una potente luz del aspecto
del sol.
—La
ciudad tiene cinco mil almas —dijo el capitán Smith— . El «Príncipe» ha
conservado siempre los mejores ejemplares de sus cautivos. Vivimos como en la
tierra. Usamos el fluido solar por medio de pilas de vitalio. Producimos
nuestro sustento. Utilizamos nuestra copiosa producción; la materia que ha
ajustado a un círculo regular de vida y muerte, como en la tierra Los hombres
comen frutos ricos en carbono; respiran oxígeno y exhalan el bióxido carbónico;
nuestras plantas absorben el bióxido carbónico, producen frutos conteniendo el
carbono y devuelven el oxígeno para que los hombres lo respiren de nuevo.
Nuestro nitrógeno, oxígeno e hidrógeno, siguen un curso pare¬cido. El fluido
solar es lo único que necesitamos de fuera.
El
capitán Smith condujo a sus «huéspedes» por una escale¬ra y se hallaron fuera
de la nave. Tomaron luego un ascensor y tres minutos después estaban en el piso
de la ciudad. La calle se alzaba suavemente a uno y otro lado, con lindos
árboles, y los extremos se juntaban otra vez arriba.
La
fuerza centrífuga juntaba los objetos en las paredes del cilindro, obrando
precisamente como la gravedad de la tierra, salvo que la gravedad se dirige de
fuera adentro, y allí era de dentro a fuera.
Un
hermoso heliocoche llegó en aquel momento. Un joven con uniforme rojo, negro y
dorado, saludó militarmente.
—Capitán
Smith: el «Príncipe» desea verle en su despacho particular, en compañía de sus
huéspedes.
Smith
condujo a Brand y a Guillermo al interior del heliocoche. Guillermo se fijó
entonces en el exterior de «El Ladrón Rojo», la nave que los había traído a la
Ciudad del Espaeio. Estaba a la vista sobre un pesado montante.
—Mire,
señor Brand —dijo Guillermo—, Este no es el globo azul. Esta no es la nave que
atacamos.
Brand
se quedó mirando. «El Ladrón Rojo» era una nave parecida a la «Furia», del
mismo tipo, aunque mucho más grande. Brand se encaro con Smith:
—¿Cómo
es esto? ¿Dónde está el globo azul? ¿Tienen dos barcos?
Una
leve sonrisa iluminó el rostro de Smith.
—Debo
hacerles una revelación. Pero no podemos hacer es¬perar al «Príncipe».
El
heliocoche se detuvo. Saltaron de él y se encamina¬ron a un imponente edificio
de varios pisos. Guardias unifor¬mados de negro, rojo y dorado estaban junto a
la puerta, con sus pistolas de rayo empuñadas. Smith hizo pasar a sus
«hues¬pedes» a una gran sala; las paredes estaban artesonadas con ricas maderas
oscuras y al¬gunos cuadros. Había po¬cos muebles; en un extre¬mo había un
solitario pu¬pitre. Un joven de elevada estatura se levantó de él, y se
adelantó presuroso a los recién llegados.
—Mis
huéspedes, señor —dijo Smith—: el se¬ñor Brand, capitán de la «Fu¬ria», y un
reportero.
—¡El
misterioso se¬ñor Caín! —murmuró Guillermo.
En
efecto, el señor Cain estaba delante de ellos: un hombre alto, delgado y
vi¬goroso, con cierta belleza en su moreno rostro. Un amago de risa brilló en
sus enigmá¬ticos ojos negros.
—Y
el señor... Creo qué me ordenó que le llama¬se Guillermo. Parece difícil
deshacerse de usted.
Y,
sonriendo miste¬riosamente, el señor Cain es¬trechó la mano de Guillermo y
saludó al capitán Brand.
—Pero
¿es usted «El Príncipe del Espacio»? — preguntó Guillermo.
—Sí,
señor. Cain es sólo un "nombre de guerra", como dicen. Caballeros,
bienvenidos a la Ciudad del Espacio.
—¿Y
usted se se¬cuestró a sí mismo?
—Mi
gente llevó el «Ladrón Rojo» por mí.
—¿Y
el doctor Trainor y su hija? —murmuró Guillermo.
—Son
amigos míos. Aquí están.
—Y
entonces, el globo azul, ¿qué se ha hecho de él? — preguntó el capitán Brand.
—¿No
vieron ustedes la ruta que seguía?
—Iba
a interceptar la órbita de la Tierra, y la dirección que traía era de donde el
planeta Marte se hallaba hace cuarenta días.
El
«Príncipe» se dirigió a Guillermo.
—¿Y
usted no ha visto antes algo parecido a ese globo?
—¡Oh,
sí! El pequeño círculo azul que vi sobre Marte con el telescopio de la torre de
Trainor.
Una
leve sonrisa se dibujó sobre el moreno rostro del «Prín¬cipe».
—Pues
bien, caballeros, créanme: amenaza a la Tierra un gran peligro por parte del
planeta Marte. El globo azul que aniquiló vuestra flota era una nave de Marte.
Otra nave marciana fue la que se apodero del «Helicón». Ya sé que se me ha
culpado nada menos que de haber chupado la sangre de los pasajeros y de la
tripulación. La sonrisa se hizo amarga. —Es otra de las consecuencias de mi
situación.
—¿Naves
de Marte? —dijo el capitán Brand—. Entonces, ¿cómo hemos ido a parar a su
buque?
—Yo
no tengo armas para combatir con sus bombas atómi¬cas con igualdad de fuerza,
aun cuando estamos haciendo ensayos. Envié al capitán Smith que vigilara la
nave marciana, y, buscando en los restos de las vuestras, os halló y recogió.
—¿Quiere
usted decir que los hombres de Marte se dirigen a la tierra? —dijo el capitán
Brand en tono de franca incredulidad.
—No
son hombres —corrigió el «Príncipe del Espacio»—. Son seres de Marte, y, en
efecto, ya han llegado a la tierra.
Y,
volviéndose al pu¬pitre, tomó de él una cartulina. —Aquí tengo una fotografía.
Guillermo
la exa¬minó. Parecía una fotografía aérea de una gran extensión de tierra, en
parte montaño¬sa y en parte llana y desierta, con trechos rojos y verdes.
—Es
una fotogra¬fía tomada desde el espacio de parte del Estado de Chihuahua, en
Méjico. ¡Y miren!
Y
señaló a un cír¬culo azul que se destacaba sobre un llano verde, entre una
montaña y una línea que, evidentemente, marcaba el curso de un río.
—Este
círculo azul es la primera nave salida de Marte, la misma que peleó con
ustedes, y cuyos tripu¬lantes se bebieron la sangre de los pasajeros del
«Helicón».
El
capitán Brand se quedó mirando al «Príncipe» con indefinible expresión.
—Alteza
—dijo—, o cualquiera que sea su tratamiento...
—Llámeme
«Príncipe». Cain no es mi nombre. Hace tiempo tuve nombre. Ahora no lo tengo.
—Pues
bien, «Príncipe»; yo estoy con usted. Es decir, si es que quiere a quien fue
capitán de la «Escuadra Lunar». En otro tiem¬po, yo hubiera matado a quien se
le hubiera ocurrido decir esto que hago. Pero lucharé por usted como lo he
hecho hasta hoy por el honor de la «Escuadra Lunar».
—Agradecido,
Brand —dijo el «Príncipe» tendiéndole las manos.
—Cuente
también conmigo—dijo Guillermo.
—Ambos
sois de gran importancia para mí —respondió el «Príncipe».
Y
tomando luego un manojo de papeles, los hojeó aprisa, y, entresacando uno,
escribió en él dos nombres.
—Caballeros
—añadió—, «El Ladrón Rojo» parte para la tierra dentro de una hora. Vamos a
probar un ataque por sorpresa al globo azul. Ustedes dos vendrán.
—Y
yo también —sonó detrás de ellos una voz femenina dulce y un tanto conmovida.
Guillermo
la reconoció en seguida y se volvió a saludar a Paula Trainor, que estaba
detrás de ellos. Sus hermosos y misteriosos ojos estaban fijos en el
«Príncipe», destilando apasionada ternura.
—¡Oh
no, Paula! —dijo el «Príncipe»—. Es sumamente pe¬ligroso.
Las
lágrimas brotaron en seguida de las hermosas órbitas.
—¡Yo
voy, yo voy! —decía la joven entre sollozos.
—Bien
—dijo el «Príncipe» como desenten¬diéndose—. Tiene que venir también su padre.
Pero pue¬de pasar algo.
—Pero
el peligro que haya será también para usted —dijo llorando la mu¬chacha.
—Partimos
dentro de una hora —dijo el «Prín¬cipe»—. Los señores Brand y Windsor vendrán
con no¬sotros, señor Smith.
—¡Vaya
frialdad de hombre!—murmuró Guillermo cuando salieron de la casa—. ¿No está
viendo que está enamorada de él?
Smith
debió de oír¬lo, pues se volvió a él y le dijo en tono confidencial:
—El
«Príncipe» es enemigo del amor. Uno des¬graciado ocasionó su ruina en la Tierra
y le hizo detestar su pasado y hasta su nombre. Fue culpa de una mujer, y ahora
no quiere ni mirarlas.
Y
pasearon por en¬tre casas y jardines que se al¬zaban a un lado y otro, hasta
juntarse por arriba.
—Voy
a indicarles sus camarotes—dijo Smith— . Dentro de una hora saldre¬mos para
Méjico, para atacar a los marcianos.
Capítulo
IV
VAMPIROS
EN EL DESIERTO
Cuarenta
horas después, «El Ladrón Rojo» entraba en la atmosfera de la tierra, sobre la
región norte de Méjico. Era de noche. El desierto estaba en tinieblas. Los
telescopios mostraban so-lamente las luces de los ranchos, iguales en todo a
como eran dos siglos antes.
Guillermo
iba con el capitán Smith.
—El
globo —dijo éste— que destruyó vuestra Ilota aterrizó ya. Antes de oscurecer
hemos visto dos de esos globos. Estaban muy cerca uno de otro, y entre ellos,
al parecer, un edificio de metal banco.
—¿Y
el «Principe» quiere atacarles, a pesar de las bombas atómicas?—dijo Guillermo.
—Sí.
Ellos están junto a una montaña. Nosotros nos posare¬mos al otro lado de ella,
a unas doce millas, y los sorprenderemos.
—Debemos
andarnos con cuidado —dijo Guillermo—. Más fácil es que nos sorprendan ellos a
nosotros. ¡Si usted se hubiera visto enfrente de una de esas bombas rojas con
su coleta blanca...!
—Tenemos
una especie de torpedo-cohete, inventado por el doctor Trainor, y el «Príncipe»
quiere probarlo en ellos.
El
elegante cilindro aterrizó silenciosamente en el desierto, bajo un cielo
tachonado de estrellas que a Guillermo pareció insignifi¬cante, comparado con
las maravillas del espacio.
Tres
horas antes del alba, cinco hombres se deslizaron fuera de la nave. El
«Príncipe» en persona dirigía la excursión, acompañado por los capitanes Brand
y Smith, con Guillermo y un joven oficial llamado Walker. Cada uno lle¬vaba una
linterna, una pistola-rayo en la mano y, atrave¬sado a la espalda, un
torpedo-cohete, formado por un tubo de metal blanco, de cua¬tro pies de largo y
unas cuan¬tas pulgadas de ancho, y unas ocho libras de peso.
El
doctor Trainor se quedó guardando la nave. El y su hija salieron a despedir a
los excursionistas.
—Debernos
volver a la noche —dijo el «Prínci¬pe»—. Espérennos hasta que haya oscurecido.
Si no hemos vuelto para entonces, partan inmediatamente para la Ciu¬dad del
Espacio. Nadie debe seguirnos ni intentar rescatar¬nos, si es que no volvemos.
Si no volvemos al oscurecer, habremos muerto.
—Muy
bien, señor —dijo el doctor.
—Entonces
yo voy también —dijo Paula.
—
¡De ningún modo! —gritó el «Prínci¬pe»—. Trainor, le ordeno que no permita a su
hija salir de la nave hasta nuestra vuelta.
Paula
rompió en un llanto casi histérico.
—¡Si
es que no puedo, no puedo dejarle ir sin mí!
El
«Príncipe» se acomodó el torpedo y emprendió la marcha hacia la montaña cuyas
cumbres se destacaban del cielo estrellado. Los otros cuatro le seguían en
silencio. La elegante nave-sol se perdió luego entre la oscuridad.
Cuando
lució el alba estaban los cinco apostados sobre una roca en la cumbre de la
montaña, mirando al valle opuesto al de su partida. Todo aquél estaba cubierto
de verde. Una línea más verde de algodoneros marcaba el curso del río Casas
Grandes.
Apoyados
en los algodoneros y alzándose sobre sus copas se veían a la luz. de la mañana,
dos esferas azules, cual si fueran dos globos de lapislázuli. No estaban muy
apartados uno de otro. Entre los dos se alzaba una cúpula de blanco, argentino
metal.
Nuestros
hombres dejaron en tierra los torpedos-cohetes y empezaron a tomar puntería.
El
«Príncipe», son¬riendo, a pesar del polvo y del sudor que cubría su rostro, les
dijo:
—Ese
tubito que corre a lo largo del torpedo es un pequeño telescopio. Ustedes
pueden mirar por él y colocar el torpedo en la di¬rección oportuna. Cuando
es¬tén seguros de que la punte¬ría es exacta, aprieten el bo¬lón rojo. E!
torpedo sale del tubo por medio del aire com¬primido, y un mecanismo de rayo
positivo lo conduce cer¬tero a su blanco. Al dar en él, explotan cinco libras
de tramita, nuevo explosivo in¬ventado por el propio doctor Trainor. Usted,
Walker, y el señor Windsor deben apun¬tar al globo de la derecha; Smith y
Brand, al de la iz¬quierda. Yo apuntaré al edi¬ficio que hay en medio.
Guillermo
acomo¬dó su torpedo, mirando por el telescopio.
—¿Preparados?
— preguntó el «Príncipe».
—Preparados
— respondieron todos.
—¡Fuego!
Guillermo
oprimió el botón rojo. El tubo reculó entre sus manos y se convirtió en una
cápsula ligera de estaño. Vio luego sobre el globo de la derecha una luz blanca
que disminuía velozmente. Era el motor a rayo que conducía el torpedo hacia su
blanco.
Enormes
llamaradas de color de naranja salieron de los dos globos azules y del edificio
que había entre ellos. Pero ambos globos y el edificio se desvanecieron. Sólo
una nubécula de humo quedó flo¬tando sobre el lugar en que estuvieron.
—Buena
puntería —dijo el «Príncipe»—. Este motor de Trainor llevará muchos aparatos de
guerra a los museos, si es que decidimos dejar este chisme en manos de los
hombres. Pero vamos a acercarnos y ver qué ha pasado.
Empuñando
las pistolas-rayo, se levantaron y se pusieron en marcha. Estaban a cinco
millas del río. Dos horas después los cinco hombres miraban sobre un espacio de
doscientas metros, en los que había desaparecido toda vegetación. Tres montones
de escombros metálicos de color blanco marcaban el sitio donde estuvieron los
globos y el edificio.
—Es
extraño —dijo Smith— que los restos de los globos sean de metal blanco
ordinario, habiendo sido ellos de color azul.
—Acaso
lo azul —respondió Brand— fuera alguna coraza de éter. Durante nuestro ataque,
los rayos de nuestras naves no surtían, al parecer, efecto alguno. Parecía que
se embotaban en alguna sustancia vibratoria.
—Puede
ser —dijo el «Príncipe»—; y voy a comunicarle a Trainor la idea.
Hablando
como iban, caminaban lentamente, parándose al fin sobre uno de los montones de
escombros metálicos de los lados. Guillermo de pronto advirtió cierto
movimiento tras el montón que había sido el edificio central. Parecía como si
un árbol verde se levantase so¬bre las ruinas. Verdes tentá¬culos se movían en
el aire. En la parte superior de lo que pa¬recía el tronco se veía una mancha
roja que parecía un ojo. Al ver aquello apuntó con su pistola, diciendo :
—¡Miren! Mas, antes de que el grito expirase en sus labios, y antes de que los
otros tu¬vieran tiempo de volver las cabezas, vio el brillo de un objeto
metálico entre los ver¬des tentáculos. El monstruo les arrojaba un objeto de
me¬tal.
Entonces
vio Guillermo que, del objeto que aquél tenía entre sus ten¬táculos, partía una
luz roja. Vio luego un obcecante fogo¬nazo de color violeta. Y que¬dó sin
sentido.
Cuando
volvió en sí se halló tendido sobre una roca. Sentíase todo molido y magullado.
Sobre el ojo de¬recho tenía algo que le impe¬día ver con él. Forcejeando por
sentarse, vio que tenía las manos y los pies atados con extrañas ligaduras. El
capitán Brand estaba allí cerca; la sangre le corría por el rostro, de una
herida en la cabeza. Tenía manos y pies sujetos con grillos de metal.
—¿Qué
pasa? —dijo Guillermo.
—No
hable alto —dijo Brand—. Es cosa del monstruo, del marciano que ha quedado
vivo. Nos arrojó una bomba atómica. Smith y Walker han muerto hechos pedazos.
—¿Y
el «Príncipe»?
—Aquí
estoy —respondió aquél.
Al
oír su voz, volvió el rostro y vio al «Príncipe» tendido al sol, con las manos
y los pies sujetos con enormes, grillos.
—¿Y
era aquello aquella cosa verde?—preguntó Guillermo.
—Parece
—dijo el «Príncipe»— una especie de planta ani¬mada: un tronco con tres ojos en
su parte superior y varios tentáculos verdes. Los ojos, sobre antenas lo
suficiente largas para poder juntarse uno con otro. No se parece a ninguna cosa
de cuantas he visto. Desde luego que los marcianos, formados en tan diferentes
condiciones, debían de ser diferentes a nosotros.
—¿Y
qué va a ser de nosotros?
—Probablemente
nos chupará la sangre, corno hizo con los del «Helicón» —dijo Brand
tristemente.
Windsor
guardó silencio. Era cerca de mediodía. El sol del desierto abrasaba. El aire
estaba quieto y se hacía irrespirable. Las moscas revoloteaban sobre sus
heridas. Sus muñecas y piernas pare¬cían cortarse bajo la cruel presión de sus
ligaduras.
—Por
mi parte —dijo Brand—, desearía que el monstruo viniera y terminase su hazaña.
Guillermo
consideró con cierta satisfacción que no tenía pa¬rientes que enloqueciesen de
dolor por su muerte. No le tenía a ésta mucho miedo. El trabajo en un periódico
durante el siglo XXII no era la vida tranquila de nuestros monasterios. El
periodista veterano estaba acostumbrado a los peligros.
—Yo
celebro no tener quien me llore —dijo.
—Y
yo igual —dijo el «Príncipe»—. Lo perdí todo hace años.
—Pero
usted tiene a alguien —argüyó Guillermo—. No ten¬go que ver con eso, y ahora
importa menos que nunca. Pero usted es un necio si no lo conoce. ¡Paula Trainor
está enamorada de usted, y esto la matará!
—¿Paula
enamorada de mí? Somos amigos, desde luego, pero ¿enamorada? Otras veces he
creído en el amor. No he sido siempre un pirata del espacio, sin nombre. Hace
tiempo lo tuve, y tuve asimismo familia, y hasta riqueza y posición. Y puse mi
nombre y mi honor en las manos de una mujer hermosa. Y la amé y ella dijo que
me amaba también. Y yo creí en ella. Y usó de mí como un juguete. Yo fui un
confiado y ella una taimada.
Los
negros ojos del «Príncipe» brillaron con singular fulgor.
—Cuando
le pareció —prosiguió diciendo—, me dejó en manos de la infamia. Con trabajo
escapé con vida. Me había robado mi nombre, mis bienes, mi posición. Y me llamó
malhechor. Y me hizo aparecer como un traidor ante los que habían confiado en
mí. Y me escarneció. Se reía de mí, llamándome tonto. Lo fui, sin duda; pero no
lo seré más.
«Al
principio sentí indignación contra el mundo entero, con¬tra sus leyes inicuas y
sus tontas conveniencias, y la cruel intolerancia de los hombres. Y empecé mi
carrera de pirata del espacio, de paria. Luchando contra mi propia índole,
peleando desesperadamente por conseguir poder.
Permaneció
en silencio unos momentos, mirando las moscas que revoloteaban sobre sus
heridas.
—Y
obtuve poder, no sin saber antes qué es el peligro. Al principio me sentía
contento. Contento de ver humillada la raza huma¬na Los hombres me parecían
parásitos, insectos. Luego empecé a tran¬quilizarme y construí la Ciudad del
Espacio para salvar a unos pocos hombres. Después, como parecía que éstos
tenían buenas cualidades, me resolví a salvar al mundo. Pero ya es demasiado
tarde. Nos tocó la de perder. Sé demasiado lo que es el amor, lo que son las
mujeres con sus delicados y lindos cuerpos, sus dulces voces y sus negros y
duros corazones.
El
«Príncipe» quedó en silencio, inmóvil, sin hacer caso de las moscas que andaban
sobre él. Brand, a pesar de sus esposas, con¬siguió sacarse unos cigarrillos
del bolsillo. Cogió uno y acercó los otros a Guillermo, el cual consiguió
encender uno para el «Príncipe». Y los tres hombres se sentaron a fumar debajo
de aquel ardiente sol, procurando olvidarse de su ardor, de las moscas y de la
muerte que rondaba sobre ellos. Ya era mediodía cuando Guillermo oyó moverse la
maleza inmediata. Al momento apareció el marciano. Era un ser grotesco y
horroroso. Sus ojos, sin párpados, rotos, impasibles, se mo¬vían sobre las
antenas que salían de la parte superior de su verde cuer¬po. Aquella criatura
se movía, parte sobre sus tentáculos superiores, parte arrastrándose. En uno de
aquellos tentáculos, de una pulgada de grosor, llevaba un extraño objeto de
cristal y metal blanco. En oiro de los tentáculos llevaba un anillo de metal de
la cual pendía una barrita de lo mismo.
El
monstruo se fue derecho al «Príncipe». Guillermo grito desesperadamente. El
«Príncipe» le vio venir y se retorció sobre la hierba, haciendo inauditos
esfuerzos por arrastrarse. El monstruo alargó uno de sus tentáculos varios
metros de largo, y, cogiendo al «Prínci¬pe» por el cuello, le acercó a sí.
Un
momento después el espantoso ser estaba tendido y tenía sobre sí al pobre
«Príncipe», esposado. Este dio un grito lastimero. Luego no se oyó más que su
fatigosa respiración. Sus músculos cru¬jían en tanto que luchaba con los
grilletes y con las colas del mons¬truo.
Guillermo
y el capitán no podían ni retirarse ni prestarle ayuda alguna. Sumidos en
silencio, presenciaban la espantosa escena. Vie¬ron que cada uno de aquellos
delgados tentáculos terminaba en una trompa fina para succionar. Vieron cómo
las trompas atravesaban los vestidos para clavarse en el cuerpo. Vieron las
contracciones de aque¬llos tentáculos flexibles como la goma como si estuvieran
ya chupando, en tanto que unas gotas de sangre resbalaban por el borde de las
pene¬trantes trompas.
—Ahora
viene la nuestra —dijo el capitán.
—Y
después la del mundo entero —dijo Guillermo, lleno de horror.
Un
delgado rayo blanco, brillante hasta cegar, penetró por entre el follaje
inmediato y dio, oscilante, sobre el monstruo. Sin ruido alguno, saltó y se
protegió con el cuerpo del «Príncipe». Luego levan¬tó su extraña pistola, de la
que salió una bolita roja.
Un
lamento se oyó a poca distancia. Era una voz fina, una voz de mujer.
El
rayo blanco se fijó otra vez sobre el monstruo, que dio saltos sobre el propio
cuerpo del «Príncipe» y quedó fijo en él.
Una
joven salió de la enramada, arrojó la pistola-rayo y se echó sobre el monstruo,
procurando quitarlo de sobre el cuerpo del «Príncipe». Era Paula Trainor. Sus
vestidos estaban desgarrados; su piel, lacerada por la maleza. Evidentemente,
se hallaba agotada. Pero luchó con desesperada energía por rescatar al herido.
El
cuerpo del monstruo muerto era muy ligero. Pero sus ten¬táculos se habían
clavado de nuevo en la carne del «Príncipe». Ella luchaba desesperadamente por
desprenderlos, sollozando y dando car¬cajadas histéricas.
—Si
puede soltarnos, le ayudaremos —dijo Guillermo.
La
joven alzó su triste rostro.
—¡Oh,
señor Windsor...! ¡Capitán Brand...! ¿Ha muerto?
—Creo
que no, señorita Paula. El monstruo le ha acometido hace un momento.
—Mire
usted la barrita que lleva en una de las colas —dijo Brand—. Acaso sea la llave
de estas esposas y grillos.
Toda
nerviosa, la joven tomó la barrita y abrió las ligaduras del capitán. Este
tardó segundos en abrir las de Guillermo, y entre ambos abrieron seguidamente
las del inconsciente «Príncipe».
Los
tentáculos no podían torcerse para arrancarlos de la car¬ne. Brand los cortó
con su cuchillo, y observó que eran duros, fibrosos. Al ser cortados salió
sangre de ellos. Guillermo se llevó al herido a la sombra de unos arbustos y
trajo agua en un sombrero, del río que corría por allí cerca. A los pocos
minutos el «Príncipe» volvía en sí, aunque muy débil, por la pérdida de la
sangre.
El
capitán Brand, convencido de que Paula había matado al monstruo y que éste
había sido el único superviviente de la destruc¬ción de los globos y del
metálico edificio, cruzó la montaña, encami¬nándose a la nave.
Cuando,
entrada la tarde, «El Ladrón Rojo» estuvo a la vista, el «Príncipe del
Espacio», apoyado en el brazo de Guillermo, exami¬naba de nuevo los restos de
las naves marcianas.
Paula
caminaba cerca de él, con deseos de ayudarle. Guillermo advirtió el dolor y la
desesperación que ensombrecían sus hermosos ojos. Ella había sostenido la
cabeza del «Príncipe» hasta que éste volvió en sí; sus labios se habían rozado
con los suyos, y cristalinas lágrimas habían rodado de un rostro en el otro.
Guillermo
vio que el «Príncipe», al recobrar el conocimien¬to, se apartó de ella y que le
dio las gracias con frialdad cuando se enteró de lo ocurrido.
—Paula—le
oyó decir Guillermo—, ha hecho usted una gran obra por el mundo.
—Yo
no la he hecho por el mundo —respondió ella—; la he hecho por usted.
Y
las lágrimas inundaron de nuevo las hermosas mejillas.
La
joven se quedó atrás para ocultar sus lágrimas ; mas el «Príncipe» no pronunció
ni una palabra más.
«El
Ladrón Rojo» se posó junto a los restos de las naves marcianas. Después de unas
cuantas horas invertidas en el examen de dichos restos y en sacar fotografías
de los mismos, así como en tomar algunas muestras de la blanca aleación de que
habían sido forjadas aquellas y otras varias sustancias, entraron en su nave
llevándose el cuerpo del monstruo y otros varios objetos para un estudio más
dete¬nido. Brand despegó.
—Capitán
—dijo el «Príncipe»—: habiendo muerto el infor¬tunado Smith esta mañana, creo
es usted el oficial más experto de toda mi organización. Por consiguiente,
tiene usted el mando de «El Ladrón Rojo», con Harris y Vincent por primeros
oficiales. Tenemos entre manos una enorme tarea. La victoria que hemos ganado
hoy es la pri¬mer jugada del partido que decidirá la suerte de la tierra.
Capítulo
V
EL
TESORO DEL "TRITÓN"
Necesito,
por lo menos, dos toneladas de vitalio —dijo el «Príncipe» a Guillermo, después
de veinticuatro horas de viaje. El «Príncipe» estaba pálido y débil por la
mucha pérdida de sangre; pero no parecía tener ningún otro mal como
consecuencia de su encuentro con el marciano.
—¡Dos
toneladas de vitalio! —exclamó Guillermo—. No es mucho que digamos. Yo creo que
no existe tal cantidad en yodo el mercado, aun teniendo todo el capital de la
Compañía para comprarla.
—Pues
yo he de tenerla, y pronto. Tengo que arreglar «El Ladrón Rojo» para un viaje a
Marte. Y necesito ese vitalio para las pilas.
—¿Conque
vamos a Marte?
—La
única esperanza para el género humano es que pegue¬mos pronto y fuerte.
—Si
el mundo supiera el peligro que le amenaza, nos ayuda¬ría de buena gana.
—Pues
aquí está su parte de la tarea. Yo le dije que necesi¬taría publicidad. Queda a
su cargo informar al público de estas cosas. Necesito que usted avise al Mundo
sobre el peligro de Marte. Convénzalo y anímelo. Diga lo que guste,
prescindiendo en lo posible de «El Príncipe del Espacio». Tengo el cuerpo del
marciano metido en alcohol. Con él y con los restos de las naves marcianas que
quedan en el desierto puede demostrar la verdad de su relato. Le dejaré a usted
esta noche sobre la Torre de Trainor. Tiene veinticuatro horas para convencer
al Mundo y conseguir las dos toneladas de vitalio. Hay que hacerlo.
—Difícil
negocio —dijo Guillermo—. Pero, en fin, haré lo que pueda.
La
ciudad estaba iluminada con miríadas de luces cuando «El Ladrón Rojo» se posó
un instante sobre la Torre de Trainor. Cuan¬do aquél alzó su vuelo, Guillermo
quedó sólo sobre el edificio más alto de la tierra, con unas cuartillas en el
bolsillo, en las que había estado trabajando unas cuantas horas, y un paquete a
su lado que contenía el cadáver del marciano conservado en alcohol.
Abrió
un postigo que oportunamente no estaba echado, tomó su paquete y bajó la
escalera que conducía al observatorio. Un hombre estaba al telescopio que
apuntaba al planeta Marte. El hombre miró a Guillermo reconociéndolo y señaló
al ascensor.
Media
hora después, Guillermo presentaba su paquete y sus cuartillas al editor
nocturno del Heraldo-Sol.
—Las
noticias más extraordinarias del siglo: ¡La Tierra ata¬cada por Marte! Una nave
marciana fue la que atacó al «Helicón». Traigo uno de los seres marcianos en
esta caja.
El
asombrado editor imaginó que el pobre reportero estaba loco de remate, y le
escuchaba escépticamcnte mientras le contaba la destrucción de las naves de la
escuadra lunar por «El Globo Azul». Guillermo omitió todo lo tocante a la
Ciudad del Espacio y a su miste¬rioso príncipe. Dijo que la «Furia» había
embestido al globo y que ambos habían caído al desierto. Terminó refiriendo que
un sabio le había recogido en una nave-sol y le había referido el ataque o
invasión que se esperaba de los marcianos a la Tierra, y que necesitaba dos
toneladas de vitalio para equipar su nave para un viaje a Marte. Guillermo
había invertido algunas horas en planear su relato.
El
escéptico editor se convenció por fin, tanto por la probi¬dad reconocida de
Guillermo como por el cuerpo del monstruo verde, las muestras del extraño metal
blanco y las fotografías de los restos de las naves.
El
editor radió para que saliera una expedición de El Paso (Texas) a comprobar los
restos referidos. Cuando aquélla respondió que era cierto lo referido por
Guillermo, el Heraldo-Sol tiró un núme¬ro extraordinario con el relato de
Guillermo, las fotografías del mons¬truo y de los restos de las naves y las
respuestas de la comisión examinadora. Se hizo asimismo un reclamo para la
reunión de las dos tone¬ladas de vitalio, a fin de que el sabio desconocido
pudiese equipar su buque para subir a Marte.
El
relato causó una enorme sensación en el mundo entero. Mucha gente lo creyó. El
Heraldo-Sol recibió medio millón de coro¬nas para la suscripción abierta para
adquirir el vitalio, cantidad sufi¬ciente para comprar once onzas del precioso
metal.
Pero
la mayor parte del mundo lo tomó a risa. Se dijo que Guillermo estaba loco; que
el Heraldo-Sol quería aumentar su tirada por medio de infundios. Más aún: se
dijo que Guillermo, acaso en complicidad con la dirección del gran diario,
había buscado en algún rincón del mundo aquel extraño ser para que sirviera de
pretexto al gran fraude que suponía la reunión de las dos toneladas de vitalio.
El
examen de los restos de las naves marcianas demostró que su destrozo había sido
causado por explosión y no por caída. Se formó expediente contra el Heraldo-Sol
por motivo de la suscripción abierta, y Guillermo hubiera sido arrestado a no
haberse escondido en la torre de Trainor.
Finalmente,
se dijo que el gran pirata llamado «El Príncipe del Espacio» andaba en el
asunto, quizá con ocasión de que el objeto de todas las «excursiones» del
«Príncipe» había sido el vitalio. Un periódico rival afirmó que Guillermo debió
de haber sido capturado por el «Príncipe» y enviado después para la preparación
del fraude.
La
excitación publica fue tan grande, que el premio ofrecido por la entrega de «El
Príncipe del Espacio», vivo o muerto, subió de diez a quince millones de
coronas.
Veinticuatro
horas después de haberse posado en la torre de Trainor, Guillermo estaba
esperando en la misma mirando sobre sí el cielo tachonado de estrellas y a sus
pies la brillante alfombra a cuadros luminosos que formaba la ciudad de Nueva
York.
El
cilindro de plata no tardó en llegar. Guillermo entró en él y habló al
«Príncipe» con interrogativos ojos:
—Mala
suerte —dijo Guillermo con decaimiento—. No me han creído, y el mundo entero se
ha levantado contra nosotros. Gra¬cias que he logrado esconderme.
El
«Príncipe» sonreía amargamente.
—Poco
mas o menos, lo que esperaba —dijo—. Los hom¬bres se portan como lo que son:
hombres. Quizá fuera mejor dejar que los marcianos se apoderasen de este viejo
globo. Acaso lo mejorasen. Pero, si puedo, voy a ayudar a mi especie. Quizá de
aquí a un millón de años el hombre mejore de condición.
—¿Y
hay probabilidad sin el vitalio?
—Sin
el vitalio, no. Tenemos que ir a Marte y tenemos, por consiguiente, que
preparar nuestra nave para el viaje. Tenemos, pues, que proveernos de vitalio;
y como no podemos comprarlo, hemos de tomarlo.
—Quiere
decir robarlo —murmuró Guillermo.
—¿No
soy yo «El Príncipe del Espacio», famoso pirata interplanetario, como me
llamaba su periódico? ¿Y no es el bien de muchos preferible al bien de unos
pocos? ¿No me será lícito quitar unas libras de metal a una fuerte Compañía
para salvar al género hu¬mano sobre la tierra?
—Cuente
conmigo —dijo Guillermo—. No obstante, la idea es un poquito revolucionaria.
—Nosotros
no hemos desperdiciado el tiempo mientras us¬ted estaba en Nueva York. Hemos
averiguado qué transportes se ha¬cen desde la Luna. Nos hemos enterado de que
la nave-sol «Tritón» saldrá de la Luna hacia las diecinueve, cargada con la
producción de vitalio de las minas que hay en el cráter de Kepler durante tres
meses. Acaso pase de las dos toneladas.
Treinta
horas después, «El Ladrón Rojo» volaba dentro del ámbito lunar con los tubos de
rayo cerrados y sin dejar ver ninguna luz.
Los
hombres miraban por los telescopios para descubrir los rayos blancos del
«Tritón» y su convoy. Guillermo acompañaba al ca¬pitán Brand.
—¿Cómo
le sienta el oficio de pirata después de tantos años persiguiéndolos?
El
capitán Brand respondió:
—Recuerdo
que desde la edad más tierna tuve inclinación a esto, y no teniendo ocasión de
seguirla emprendi el camino contrario. No siento pena alguna por lo que hay que
hacer. Pero me acuerdo de mis compañeros de la «Escuadra Lunar». Alguno de
ellos perecerá.
—Bien
puede ser que nos toque a nosotros —dijo Guillermo—. El «Tritón» viene
escoltado por varias naves de guerra, y él puede defenderse y atacar con sus
rayos. Creo que la cosa estará durita de pelar.
—He
pensado mil veces en cómo acometería a un buque, siendo yo «El Príncipe del
Espacio» —dijo el capitán
Brand—.
Acabo de tratar con el del curso del ataque y estamos del todo conformes.
Una
hora después llegaron el «Príncipe» y el doctor Trainor. Paula apare¬ció
minutos después. Su ros¬tro estaba pálido. El dolor ensombrecía su lindo
rostro. La joven preguntó al «Prín¬cipe» cómo se sentía.
—Oh,
como siem¬pre, muchas gracias —res¬pondió el «Príncipe» sin ha¬cer gran caso.
Luego,
sus negros y enigmáticos ojos se fijaron en el rostro de la joven. Sin duda,
reparó en su palidez y en la tristeza que la consumía. Los ojos de ambos se
encon¬traron un momento.
Guillermo
notó que la ternura quería desbordar¬se sobre el cinismo de aquellos negros
ojos. Pero el «Príncipe» se contuvo y dijo lacónicamente:
—Estamos
prepa¬rándonos para entrar en ac¬ción, Paula. Quizá sea mejor que usted se
retire a su cama¬rote hasta que pase esto.
La
joven volvió la espalda en silencio y salió de la estancia.
Pocos
minutos después apareció entre las estrellas un grupito de luces.
—El
«Tritón» y su escolta—dijo el personal de telescopios.
—Cada
uno en su sitio y alisten la nave para entrar en opera¬ciones —dijo el capitán
Brand.
—Vienen
delante dos naves de la Escuadra Lunar, a cincuenta millas una de otra. Cien
millas detrás viene el «Tritón», con otras dos naves de la Lunar veinticinco
millas detrás y a cincuenta una de otra.
Esto
dijo el personal de telescopios. Brand dijo una breve frase al «Príncipe» y dio
la siguiente orden:
—Oculten
las luces. Maniobren hasta que nuestro buque quede entre las dos naves
delanteras con la proa hacia la de la derecha y vuelta la popa a la de la
izquierda.
—Preparados,
señor —sonó una voz en el tubo. Transcurrieron unos minutos. «El Ladrón Rojo»,
a oscuras y en silencio, estaba entre las dos naves de la Escuadra Lunar, a
veinti¬cinco millas de cada una de ellas.
—¡Fuego
sin interrupción con los tubos por delante y por detrás hasta que el enemigo
quede inofensivo! —dijo Brand.
El
«Príncipe» murmuró unas palabras, y aquél añadió : —Procuren hacer el menor
daño posible. De los tubos salieron inmediatamente rayos blancos
deslum¬brantes. Los octógonos de plata brillaron bajo los rayos. Las naves
recularon y dieron vueltas queriendo deshacerse de la terrible presión del
atómico bombardeo. Un instante después estaban incandescentes. Una leve neblina
las envolvía. Era la acumulación de energía eléctrica, capaz de matar a quien
no estuviera resguardado.
De
las otras tres naves salieron rayos buscan¬do a «El Ladrón Rojo». Pero no
habían aún dado en el blanco cuando Brand ordenó cerrar los tubos. Los dos
bajeles a que habían atacado eran masas de metal incandescente, del todo fuera
de combate, aun cuando muchos de sus tripulantes vivirían todavía dentro de sus
celdas inmunizadas.
El
«Príncipe» en persona dio la siguiente or¬den:
—Maniobra
núme¬ro cuatro uno. Hacia el «Tritón».
«El
Ladrón Rojo» se dirigió hacia el «Tritón» si¬guiendo un curso irregular, de
modo que era de todo pun¬to imposible hacer blanco en él.
Una
vez que estu¬vo en línea recta sobre el «Tritón» abrió contra él todos los
tubos con tal violencia que sus planchas se alzaron y retorcieron en seguida.
No obstante,
se procuró defender y tres veces alcanzó con sus rayos a «El Ladrón
Rojo»; mas sólo un instante, pues sus raras ma¬niobras, en las que la
tripula¬ción estaba avezada, lo hacían ser un blanco de todo punto imposible.
Antes que el buque pirata se acercase al «Tritón», éste ardía por sus cuatro
costados. Mas aquél siguió su curso irregular hasta co¬locarse en medio de las
dos naves que quedaban.
—Quietos,
y fuego por delante y por detrás. Colocado «El Ladrón Rojo» entre las dos
naves, al atacarlo se hería la una a la otra. No obstante, luchaban
desesperadamente.
Una
deslumbrante fosforescencia cubrió los artesones de vitrolina y las paredes del
buque crujieron bajo la presión de los rayos. El enemigo tampoco andaba bien.
Los rayos del buque pira¬ta habían caído sobre los otros con anticipación y
obraban con mayor eficacia. Era cuestión de resistencia.
De
pronto cesó la proyección del buque pirata. Guillermo se asomó al espacio y vio
que las naves de la Escuadra Lunar giraban locamente, deshechas por entero.
Unos minutos después «El Ladrón Rojo» remolcaba al «Tritón», la nave portadora
del tesoro, por medio de placas electromagnéticas.
La
portezuela de la nave pirata se abrió para dar paso a doce hombres equipados
para andar por el vacío, armados con pistolas de rayo y provistos de aparatos y
lámparas de oxígeno. El «Príncipe» iba delante de ellos.
Forzaron
la portezuela del «Tritón» y entraron en la nave. Pocos minutos después, las
grotescas figuras vestidas de metal apare¬cieron de nuevo trayendo pesados
tubos llenos del precioso vitalio.
Una
hora después «El Ladrón Rojo» cruzaba el espacio a toda marcha. El «Príncipe»
iba en el puente, acompañado de Guillermo, el capitán Brand, el doctor Trainor
y Paula.
Guillermo
hubo de advertir que la joven mostraba alegría por la seguridad del «Príncipe»,
así como éste le prestaba muy poca atención.
—Ya
tenemos las dos toneladas de vitalio —dijo el «Prínci¬pe»—. Realmente, tenemos
cerca de cuatro mil seiscientas libras. Casi lo que necesitamos para llegar a
Marte. Ya tenemos el metal, si es que podemos acarrearlo.
—¿Hay
peligro todavía? —preguntó Paula.
—Sí.
La mayor parle de los pasajeros del «Tritón» estaban vivos todavía. Cuando di
al capitán mi tarjeta me dijo que al empezar nuestro ataque envió a la tierra
un parte heliográfico. Unas cuarenta naves de la Escuadra Lunar deben haber
salido en nuestra persecu¬ción.
«El
Ladrón Rojo» marchaba a toda máquina. Pronto los tele¬scopios descubrieron una
veintena de puntos luminosos debajo de ellos. La Escuadra Lunar estaba en
movimiento.
—Mis
antiguos compañeros —dijo el capitán Brand—. To¬dos darían de buena gana su
vida por darnos alcance. Y todos piensan en los quince millones de coronas. La
Escuadra Lunar no retrocede ni admite condiciones.
Y
transcurrieron varias horas llenas de ansiedad. Paula esta¬ba intranquila por
la salud del «Príncipe». Estaba todavía pálido y débil a consecuencia de la
aventura del desierto. Viendo él lo cansada y nerviosa que estaba la joven, la
mandó retirarse a su camarote a descansar. Ella se retiró, llorando.
Y el
tiempo corría pesadamente. «El Ladrón Rojo» cruzaba el espacio con rapidez;
había pasado la luna, aunque con tal marcha no podría llegar sin avenas a la
Ciudad del Espacio. Con todo, su velocidad era un poco mayor que la de la flota
enemiga. Por fin se halló lejos de sus perseguidores.
No
obstante lo cual, siguió muchas horas en línea recta antes de encaminarse con
cautela hacia la secreta Ciudad del Espacio, en la que entró, al cabo, con toda
felicidad. Nuevamente gozó Guillermo de la placentera vista de aquel cilindro
giratorio y recorrió de nuevo una calle de tres millas que le llevó al mismo
sitio de donde había partido.
Una
semana se pasó equipando a «El Ladrón Rojo» para su viaje a Marte. El precioso
metal robado al «Tritón» se adaptó en pilas para el fluido necesario en tan
largo viaje. Se cargaron a bordo gran¬des provisiones de víveres, agua y
oxígeno comprimido, así como de armas y aparatos científicos de infinitas
clases.
—Dentro
de media hora, en marcha —dijo el capitán Brand al sonar la campana que los
llamaba a bordo.
Capítulo
VI
LA
ESTRELLA ROJA DE LA GUERRA
El
«Ladrón Rojo» salió de la Ciudad del Espacio y dirigió su proa hacia Marte. La
estrella del dios de la guerra pendía ante ella sobre la oscuridad salpicada
con el argentino polvo de la constelación de Capricornio como un pequeño disco
rojo. «El Príncipe del Espacio», odiado a muerte por el globo en que había
nacido, iba cruzando el espacio en un loco arranque de salvar dicho globo de
los horrores de una invasión marciana.
El
globo rojo que era Marte parecía colgar sobre ellos casi en el centro de la
bóveda de vitrolina del buque.
—No
vamos directamente hacia el planeta —dijo el capitán Brand a Guillermo—.
Tenemos que tener en cuenta la velocidad de su curso alrededor del Sol. Vamos
directamente hacia el punto en que se hallará dentro de veinte días.
—¿Podremos
llegar en veinte días? ¿Tres millones de millas por día?
—Probablemente,
si el vitalio se porta bien y no topamos con algún meteorito. La velocidad en
el espacio es ilimitada. Por lo menos, prácticamente es así. La aceleración es
la única cuestión im¬portante.
—Y
dice usted que podemos chocar con un meteorito. ¿Hay mucho peligro?
—Bastante.
Los meteoritos siguen órbitas regulares alrede¬dor del Sol. Nosotros conocemos
bien las que hay entre la tierra y la luna. Ahora entramos en un territorio
inexplorado. Y muchos de ellos son tan pequeños que el telescopio no los divisa
a tiempo. Son estcritas que se mueven doce veces con mayor velocidad que las
balas de los antiguos rifles.
—¿Y
qué haremos si conseguimos llegar a Marte?
—Eso
me digo yo —dijo el capitán—. Desde luego, con nues¬tros rayos no podemos
barrer todo el planeta. Trainor no trae más que unos cuantos torpedos-cohete,
insuficientes para hacer impresión en el planeta beligerante. El «Príncipe» y
Trainor tienen montado un la¬boratorio en la propia nave. Trabajan con denuedo.
Un proyectil nue¬vo, a lo que entiendo. Yo no sé a dónde iremos a parar.
Guillermo
bajó por una escalera y entró en el laboratorio. En efecto, el «Príncipe» y el
doctor trabajaban con ahínco. Estuvo un rato observándolos y vio que hacían
experimentos en pequeños anímales, en plantas verdes y en ejemplares de
vitalio. Electricidad en alta ten¬sión, tubos de electro y varias clases de
rayos era lo que tenían entre manos.
Advirtiendo
su curiosidad, dijo el «Príncipe»:
—Usted
sabe que el vitalio se descubrió primero en las vita¬minas en cantidades
infinitesimales. Dicho metal parece ser la base de toda vida. El vitalio al
clorófilo es lo que habilita a las hojas verdes de las plantas para utilizar la
energía de la luz solar. Nosotros queremos determinar la naturaleza de la
fuerza esencial de la vida, sabiendo que la cuestión está ligada con la
radioactividad del vitalio. Hemos ade¬lantado mucho, y si el éxito es completo,
nos dará una poderosa instrumentalidad.
Paula
trabajaba con ellos en el laboratorio como una ayu¬danta muy capacitada y
animosa. Ella había ayudado a su padre casi desde la niñez. Guillermo advirtió
que la moza sólo se sentía feliz cuando estaba cerca del «Príncipe»; que la
sombra del dolor cesaba de nublar sus hermosos ojos negros cuando tenía ocasión
de ayudarle en algo o cuando su habilidad le merecía de él una palabra o un
gesto de aprobación.
El
«Príncipe» parecía absorto en su tarea. Trataba cortésmente a la doncella, mas
parecía totalmente indiferente hacia su per¬sona. Para él, parecía ser sólo un
compañero de labor. Guillermo sa¬bía, con todo, que el «Príncipe» no ignoraba
los sentimientos de la joven hacia él, y hasta sospechó que el «Príncipe», por
su parte, se esforzaba en sofocar en sí la emoción correspondiente, que iba en
au¬mento.
Guillermo
acompañó muchas horas al capitán Brand, con¬templando la noche estrellada del
espacio. La Tierra se veía siempre, aun cuando sólo era un punto verde. La luna
era ya invisible. Día tras día Marte iba pareciendo mayor.
A
menudo Guillermo lo miraba con el telescopio. Ya se divi¬saban las capas
polares, las oscuras regiones del ecuador, las negras líneas de los canales. Y
algunos días después llegó a ver el pequeño círculo azul que vio con el
gigantesco telescopio de la torre de Trainor.
—Tiene
que ser enorme para verse tan bien —dijo Guillermo.
—Así
lo creo —respondió el capitán—. A esta distancia no se puede ver ninguna cosa
que no tenga una milla de diámetro, poco más o menos.
—Si
ello es un buque, es disparatadamente grande, capaz de transportar a todos sus
moradores.
Unas
pocas horas después Guillermo estaba mirando por entre los artesones de
vitrolina el radiante esplendor del sol cuando de pron¬to se oyó una serie de
golpes terroríficos.
La
nave se estremeció bajo sus pies; oyó la reverberación del metal taladrado y el
silbo del aire al escapar.
—Los
meteoritos —gritó Brand. Y señaló a la cúpula de vitrolina.
El
grueso cristal estaba perforado con pequeños agujeros re¬ dondos. Las paredes
del bu¬que también estaban perforadas en dos o tres sitios. Por los agujeros se
escapaba el aire. Este formó fuera una nubécula blanca que, convertida
inme¬diatamente en hielo, cayó so¬bre los artesones de vitrolina.
Guillermo
sintió que le faltaba aire para respi¬rar. La cámara estaba suma¬mente fría.
Pequeñas partícu¬las de nieve danzaban de acá para allá.
—¡El
aíre se va! — gritó Brand—.¡Nos ahoga¬mos!
Y
tocó una palanca.
Guillermo
quiso hablar de nuevo ; pero le fal¬tó voz. Sintió enorme ruido en sus oídos.
Le parecía que un maligno gigante le chupa¬ba los pulmones. La estancia se
oscureció y dio vueltas en tomo suyo. Quedó ciego. Un repentino helor agarrotó
sus miembros: el infinito frío del espacio. Sintió que la sangre salía caliente
por sus narices y se quedaba helada en su cara. Remotamente oía mo¬verse a
Brand, en tanto que él se iba sumiendo en la in¬consciencia.
Cuando
volvió en sí el aire y el calor iban también viniendo. El aire penetraba en la
nave por medio de una vál¬vula. El capitán Brand yacía inerte a su lado.
Guillermo miró a la cúpula y vio que en los agujeros habían colocado parches de
goma y que la presión del aire los adhería más y más.
El
capitán había salvado el buque antes de caer. Un instante después se abrió la
puerta y entró el doctor Trainor con el «Príncipe» y otros tras él. Recogieron
al inconsciente capitán y lo condujeron a la enfermería. El pobre estuvo a
punto de perecer asfixiado; pero la ad-ministración de oxígeno puro le hizo
volver en sí. Al día siguiente estaba en su puesto.
Hacía
dieciocho días que «El Ladrón Rojo» había salido de la Ciudad del Espacio. La
pérdida de aire le había ocasionado algunos perjuicios, pero casi estaban
reparados. Faltaban dos días para llegar a Marte.
—Un
objeto enfrente —dijo el vigilante exterior desde su telescopio.
—Un
pequeño globo azul que viene directamente hacia noso¬tros —dijo un momento
después.
—Será
otro de sus buques que se encamina a la tierra. Este nos acabará de arreglar.
Instantes
después, el «Príncipe» y el doctor Trainor salían del laboratorio. El globo
azul venía hacia ellos a gran velocidad, y «El Ladrón Rojo» se adelantaba a él
a muchos miles de millas por hora.
—No
podemos huirle el bulto —dijo el capitán—. Todavía está a cincuenta mil millas
de distancia; pero nosotros vamos muy aprisa y no podemos parar en tan corto
espacio. Chocaremos con él dentro de cinco minutos.
—Pues
si no podemos detenernos, adelante—dijo el «Prínci¬pe», sonriendo tristemente.
—Vamos
a probar un torpedo —dijo el doctor.
El
príncipe asintió.
Trainor
hizo un disparo; pero el proyectil se desvaneció delante de ellos; dis¬paró
segunda y tercera vez.
—Atemperad
los rayos y velad las luces —dijo el «Príncipe»—. Con veloci¬dades combinadas
de mil millas por minuto podemos escapar sin ser vistos, si es que no nos han
visto ya.
Durante
unos se¬gundos la nave voló en silen¬cio. Guillermo iba al telesco¬pio. En la
negra extensión del espacio, el pequeño disco azul de la nave marciana iba
agrandándose.
De
pronto, sobre él apareció una pequeña man¬cha roja.
—Una
bomba ató¬mica —gritó Guillermo—. Nos han visto. Estamos per¬didos.
Y se
quedó espe¬rando la llamarada violeta que quería decir su fin.
Pero
apenas hubo pronunciado sus últimas palabras cuando vio la lla¬marada violeta
muy lejos de ellos. Brilló y desapa¬reció en seguida. El disco azul de la nave
aun flota¬ba ante ellos; pero la es¬terilla roja desapareció. Por un momento
quedó pensativo. Luego comprendió.
—La
bomba atómica ha chocado con el torpedo y ha explosionado. Y si creen que hemos
sido nosotros...
—Acaso
ya no nos vean —dijo Brand.
—No
es probable —dijo Trainor—que la bomba haya cho¬cado efectivamente con el
torpedo. Es más fácil que haya explotado mediante la atracción de la gravedad
de un objeto que pasara cerca de ella.
Observando
aún el globo azul, Guillermo vio sobre él una llamarada color naranja. El globo
azul se vio envuelto en llamas. Es¬tas se extinguieron luego, y lo azul
desapareció con ellas. Sólo queda¬ron restos de metal blanco.
—El
segundo torpedo ha destruido la nave marciana —ex¬clamó Guillermo.
«El
Ladrón Rojo» siguió por el espacio hacia el planeta rojo, que hora tras hora y
minuto tras minuto se agrandaba delante de ellos.
El
disco azul se veía ya perfectamente. Parecía un gran globo semejante a los que
habían visto, pero de una milla de diámetro. Estaba en el desierto, junto a un
impórtante cruce de canales.
Durante
los dos últimos días, el «Príncipe» y el doctor, con la asidua ayuda de Paula,
habían trabajado en el laboratorio sin tregua ni descanso. Guillermo estaba con
ellos cuando el «Príncipe» alzó el lapicero y anunció el último resultado de su
operación.
—El
problema está resuelto —dijo—; pero su solución sig¬nifica a un tiempo buen
suceso y malo. Hemos descubierto el secreto de la vida. Hemos solucionado el
misterio de los tiempos. Una fuerza terrible esta a nuestra disposición; fuerza
capaz de alargar a un milenio la duración del hombre o de borrarlo totalmente
de la superficie del planeta. Pero esta fuerza es inútil sin un aparato que la
gradúe y mode¬re.
—Tenemos
un laboratorio —dijo el doctor Trainor—. Pero nos falta lo esencial. Tenemos
necesidad de un poco de cerio, uno de los metales mas raros de la tierra. Y no
hay un grano de el en todo nuestro repuesto.
—Volvamos
a la tierra —dijo Trainor.
—Eso
significaría la pérdida de cuarenta días o más aún, pues necesitaríamos parar
un poco en la Ciudad del Espacio para to¬mar algún descanso. Y estoy seguro de
que los marcianos pondrían antes en movimiento esa enorme máquina.
—Posaremos
en Marte y buscaremos el metal —dijo el capi¬tán Brand, que llegó en aquel
punto.
—Justamente
—respondió el «Príncipe»—. Usted nos leva¬rá a un sitio que parezca desierto, a
bastante distancia del globo azul. En algún paraje montañoso, lo más lejos
posible de los canales. Debe¬mos posar a media noche. Tendremos todo preparado
para la mañana. Cualquier clase de mineral posee la cantidad de cerio que
nosotros necesitamos.
—Muy
bien, señor—dijo Brand.
Pocas
horas después, el «Ladrón Rojo» volaba sobre Marte, algunos miles de millas
sobre su superficie.
—¿No
habrá peligro si nos ven? —Preguntó Guillermo.
—Desde
luego—Respondió el capitán—. Hacemos lo posi¬ble por mejorar el asunto volando
bien alto durante el día y bajando de noche.
Conforme
se acercaban, el telescopio mostraba más clara¬mente la superficie del planeta
hostil. Guillermo miraba atentamente para descubrir indicios de sus malignos
habitantes.
—Los
canales parecen líneas de vegetación, regadas por un sistema de riego que
conduce el agua de los deshielos —dijo.
—El
astrónomo Lowell lo dijo hace doscientos años —dijo el capitán—, aunque mucho
de sus contemporáneos afirmaban que no distinguían canales de ninguna especie.
—Ya
distingo —dijo Guillermo—árboles verdes y construc¬ciones metálicas. Creo que
hay también cañerías largas. Se ve un gran edificio de metal blanco. Debe tener
sus quinientos pies. Ya veo algu¬nos otros, los más colocados junto a la
intersección de los canales.
—Tiene
que haber grandes ciudades —dijo Brand—. Tenien¬do en cuenta las grandes
tormentas de polvo que hay en el planeta, les será preciso tener las ciudades
cubiertas de algún modo.
—Veo
moverse un objeto. Debe ser algún globo como los que hemos visto, aunque mucho
más pequeño. Parece que pasa de uno de los grandes edificios a otro.
Brand
se acercó a otro telescopio.
—Sí;
ya lo veo. Son dos. Y vuelan con gran velocidad. Son muchos, y forman una línea
continua uno tras otro.
—¿Qué
es aquello? —dijo Guillermo, algo excitado . Parece una especie de animal en
jaula.
—Voy
a ver.
Brand
miró por su telescopio.
—Mire
—dijo Guillermo—en el centro del campo. Al borde de aquel trozo cultivado,
junto a lo que parece una cañería de agua.
—Sí,
sí. Veo algo. Una gran cerca y seres dentro. Pero no son hombres, creo. Son
grises y peludos. Pero parece que andan en dos extremidades.
—Alguna
especie de monos, creo yo.
—Ya
comprendo —dijo Brand—. Son animales domésticos. Los marcianos son parásitos.
Tienen que tener a quienes sacar la san¬gre. Ellos viven a costa de esas
criaturas.
—Es
posible —respondió Guillermo—. ¿Y le parece que si conquistan la Tierra tendrán
a los hombres enjaulados de esa manera?
—Probablemente;
pero no pensemos en ello, sino en buscar sitio en donde posar.
—Ya
lo he hallado —dijo a poco—. Es una montaña baja rodeada de llanura desierta. A
cien millas no hay canal ni edificio alguno. Está a seis grados norte del
ecuador.
Pasaron
varias horas antes que «El Ladrón Rojo» llegase el sitio señalado para bajar.
Guillermo, entretanto, miraba por el telesco¬pio las largas líneas de
vegetación que cruzaban los desiertos de color anaranjado. Contemplaba los
grandes trabajos de irrigación y las enor¬mes cúpulas que cubrirían ciudades
enteras, comunicadas entre sí por medio de los globos azules que no cesaban en
su marcha de una a otra. Dos o tres veces descubrió seres que creyó que serían
los horribles vampiros marcianos, y vio además media docena de jaulas metálicas
en donde los peludos bípedos grises estaban encerrados.
Máquinas
brillantes se movían entre los verdes parajes de la tierra fértil,
probablemente cultivándola.
El
«Príncipe», Trainor y Paula estaban despiertos en sus camarotes. Guillermo se
retiró a descansar un poco. Cuando volvió, el planeta estaba sumido en
tinieblas. «E1 Ladrón Rojo» iba descendien¬do.
Prontamente
se desvanecieron las estrellas. Phobos y Deimos, las dos lunas de Marte,
enviaban alguna luz sobre el planeta. El capi¬tán usaba los rayos lo menos
posible, procurando que el buque no fuera visto.
«El
Ladrón Rojo» descendió en el centro de una meseta que se alzaba sobre un
desierto arenoso. A la escasa luz de las estrellas y las lunas se veía
extenderse el desierto en todas direcciones. En Marte no hay grandes montañas.
El aire era muy limpio y sutil. Guillermo creía que la nave iba aún por el
espacio.
Las
horas transcurrieron silenciosas, esperando la venida del alba.
Cerca
de ella, se presentó el «Príncipe» con una amarga son¬risa en su enjuto rostro,
habiendo, al parecer, descansado de sus enor¬mes tareas en el laboratorio.
—Ya
están preparados los aparatos para coger el mineral — dijo el capitán—. Y
empezaremos en cuanto esto se temple un poco. Fuera está a ciento cincuenta
bajo cero.
—Se
templará bien tan pronto como salga el sol —respon¬dió el «Príncipe»—. Así
parece, por la calidad del aire.
Y
añadió:
—Ha
escogido usted el sitio más desierto del planeta. Con todo, hay gran peligro de
que nos descubran antes que hallemos el cerio.
—Vaya
sentimientos pusilánimes para ser los primeros hom¬bres que llegamos a este
nuevo mundo.
—Pero
no somos los primeros —dijo el «Príncipe»—. Estoy seguro de que Enbers llegó a
Marte, y hasta creo que los buques marcianos están basados en el estudio de la
nave de él.
—Enbers
debió de esperar en el desierto a que saliera el sol, como estamos haciendo
nosotros —murmuró Brand—. En efecto, si quería bajar sin ser visto, debió de
bajar cerca de aquí. Este parece el mejor sitio en todo el planeta para llegar
a él sin ser vistos.
Capítulo
VII
UNA
MINA EN MARTE
El
sol se dejó ver luego. Era pequeño, blanco y muy ardiente, y se veía en un
cielo negro sobre una interminable llanura anaranjada.
—¿Y
podremos salir sin equiparnos como para el espacio? —preguntó Guillermo al
capitán.
—Creo
que sí, cuando caliente bien el sol. La cantidad de oxígeno de este aire es
igual al de la Tierra a nueve millas sobre el nivel del mar. Pero la gravedad
aquí es sólo una tercera parte de la de la tierra, y con menos oxígeno hay
energía suficiente. Yo creo que lo soportaremos bien si no hacemos mucho
ejercicio.
Los
rayos de aquel minúsculo sol empezaron a calentar ra¬biosamente. A poco, el
«Príncipe» saltaba sobre las rocas.
Todos
le miraban atentamente por entre los artesones de vitrolina. Paula, con las
manos cruzadas con nerviosa ansiedad. Guillermo vio que el «Príncipe» salía con
decisión, respiraba des¬pacio, como probando el aire. Luego se encogió para
saltar, y dio un enorme salto de más de veinte pies. Al bajar dio de espaldas
sobre un mon¬tón de arena. Con la boca abierta, cual si le faltara el aire,
volvió a la puerta de la nave.
—Parece
como el aire de las montañas, sino que se escapa pronto del pe¬cho. Yo creo que
no sería muy conveniente para quien padeciera del corazón. Pode¬mos salir ya.
El aire está frío todavía pero las rocas están calientes. Y abrió la puerta.
—Primero
—dijo— hay que señalar guardias.
Seis
de los treinta que formaban el personal fueron designados al efecto. Cada uno
llevaba dos torpedos-cohete. Su peso era in¬significante en aquel plane¬ta de
tan escasa gravedad. Debían vigilar a la orilla de la meseta en donde habían
posado.
Por
fin se asoma¬ron a Marte. Los movimien¬tos eran fáciles, pero el me¬nor
esfuerzo fatigaba. Guillermo se quedó sin aliento con sólo echarse los torpedos
al hombro. El aire estaba frío.
—Coloqúense
a las orillas de la meseta —dijo el «Príncipe» a los guardias—. Cuando noten
algo, disparen al aire las pistolas. Den señal, de todos modos, cada cinco
minutos. En la nave habrá uno vigilando. Avísenle en cuanto noten algo. Haremos
una señal cuando hayan de volver.
Procuró
luego hacer que Paula quedase en la nave; pero ella se resistía. Al fin, él
hubo de transigir.
—Preferiría
que se quedase aquí vigilando. No quiero que se retire mucho de la nave. Puede
ocurrir algo. Aunque, si nos descu¬bren, nos cogerán a todos. No se enfade.
Guillermo
notó que el «Príncipe» miraba con ansiedad a la preciosa joven de los ojos
negros. Luego vio que seguía andando preci¬pitadamente. Después volvió a
mirarla como para ordenarle que vol¬viese al buque. Más tarde, seguir andando,
ruborizarse y terminar son¬riendo con amarga ironía.
Caminando
Guillermo por la meseta, vio que la joven iba siguiendo la dirección opuesta.
Al salir del barco la había mirado en los ojos, y los tenía ensombrecidos y muy
ojerosos. En sus oscuras profundidades brillaban el despecho y una
determinación trágica. Vién¬dola, pensó Guillermo que toda la vida había
escapado de ella. Parecía un autómata, guiado sólo por la energía de una
determinada voluntad. La vivacidad y la ilusión se habían desvanecido en su
ser. Con todo, caminaba como a un asunto muy urgente.
—¡Qué
extraño! —murmuró Guillermo—. ¿Irá a suicidarse? Y se volvió, indeciso, para
encaminarse a ella. Mas conside¬rando que su juicio podía ser ilusorio, siguió
hacia su sitio. Detrás de él venían otros grupos. El «Prín¬cipe» y el doctor
Trainor mon¬taron varios aparatos, que Guillermo pensó serían para hacer
observaciones magnéti¬cas y meteorológicas. Varios hombres con sondas recorrían
la meseta.
—Cualquier
piedra ferruginosa contendrá la can¬tidad de cerio que necesita¬mos —dijo el
doctor.
Guillermo
llegó a un extremo de la meseta. El panorama era desolado y tris¬te. No se veía
un ser viviente, ni una planta. Los canales con su verde no estaban a la
vis¬ta.
—Se
hace cuesta arriba creer que haya una raza de vampiros en este planeta
habitando en casas de metal —murmuraba Guillermo—. Pero no es extraño que
bus¬quen un mundo más hospita-lario y ameno.
Mirando
hacia atrás, vio un grupo de hom¬bres barrenando una roca. El barreno explotó y
la roca se hizo fragmentos.
Sometidos
éstos a un aparato, pronto se halló en ellos una cantidad suficiente de cerio.
Guillermo
siguió examinando el paisaje con el poderoso telescopio del tor¬pedo. Tenía el
reloj a la vista, y cada media hora hacía tres disparos con su pistola-rayo,
que querían decir que no había novedad.
Dos
horas transcurrieron antes de que viese el globo azul. —Una nave marciana a la
vista —comunicó—. Es un globo azul de unos diez pies de diámetro. Sigue una
trayectoria partucular, como si fuese persiguiendo a alguien.
—Prepare
algún torpedo contra esa nave —le respondieron— y haga fuego si nos ha
observado.
—El
globo va persiguiendo animales —dijo él—. Dos bípedos grises van saltando
delante de él. Corren con maravillosa agili¬dad.
Y
siguió mirando por el telescopio. Los bípedos se veían perfectamente. Eran como
hombres, o monos, que caminaban dere¬chos. Sus miembros tenían proporciones
humanas y llevaban las ca¬bezas erguidas. Estaban cubiertos de vello gris y no
llevaban armas.
Huían
de globo en una rara carrera a saltos que los trajo al anaranjado desierto con
notable presteza. Venían derechos hacia el sitio donde Guillermo estaba
apostado. El globo azul los seguía de cerca. Cuando el uno tropezaba y caía, el
otro se detenía y le ayudaba a levantar. El globo azul se detuvo también a unos
veinte pies de tie¬rra, como esperando que se levantase y prosiguiesen su
desesperada carrera.
Guillermo
sintió indecible simpatía hacia aquellos seres gri¬ses. El uno se había
detenido para ayudar al otro. Ello era indicio de que sentían afecto. Y el
globo se había parado. Ello quería decir que iba batiéndolos maliciosamente.
Estuvo para disparar. Pero la orden que tenía era de no disparar sin que los de
la nave advirtiesen su pre¬sencia.
Ya
estaban a menos de una milla. De pronto descubrió Guillermo un pequeño objeto
gris junto al pecho de uno de los bípedos. Evidentemente era un pequeñuclo en
los brazos de su madre. El otro sería el macho. La madre era la que había
caído.
Se
veían perfectamente, por no estar a quinientos pies, cuan¬do la hembra cayó de
nuevo. El macho corrió en su ayuda, y el globo se colocó sobre ellos. La madre
parecía no poderse levantar. La criatu¬ra cayó a tierra y ella rodó de
espaldas.
Como
lleno de ira, el macho saltó hacía el globo. Una bolita roja salió de él y una
llamarada violeta envolvió al pobre bípedo. Este se retorció en el suelo.
Chamuscado, destrozado y sangrante, se alzó, sin embargo, y saltó de nuevo
hacia el globo.
Este
bajó a tierra. Seres verdes saltaron de él. Eran como el monstruo que Guillermo
había visto en el desierto de Méjico un ma¬nojo de delgados y flexibles
tentáculos con sus trompas de succión, un cuerpo verde insignificante y tres
malévolos ojos de púrpura en los extremos de antenas de un pie de largas. Los
monstruos eran tres.
El
triste macho se arrojó loco sobre uno de ellos. Este lo envolvió con sus
tentáculos y le clavó en la carne sus mortíferas trom¬pas. Durante un poco
tiempo, el triste luchó contra el monstruo verde. Luego quedó inerte.
Otro
de los vampiros cogió al pequeñuelo de los brazos de su madre. Esta forcejeaba
por cubrirlo con su propio cuerpo. Pero fue en vano.
El
tercer monstruo se arrojó a la madre.
Guillermo
temblaba de horror.
—He
aquí—dijo para sí—lo que pasará en la tierra si no los detenemos.
Los
monstruos verdes dejaron a sus víctimas y se arrastraron hacia el globo azul,
que se alzó paulatinamente en el aire.
De
pronto se paró. Era evidente que los monstruos habían descubierto al «Ladrón
Rojo».
Al
instante, Guillermo disparó un torpedo que tenía prepara¬do. Una llamarada
color naranja envolvió al globo de cobalto, que se desintegró en una lluvia de
metal blanco.
—He
disparado al globo con buen éxito —comunicó—. Evi¬dentemente nos habían visto.
Los marcianos verdes de dicho globo habían matado a tres bípedos grises. ¿Puedo
inspeccionar los restos?
—Puede
—le contestó el «Príncipe»—, pero no tarde más de media hora.
Al
poco le vino otro mensaje.
«Todos
alerta. Pueden buscar el globo. Los mineros adelan¬tan. Podremos marchar al
ponerse el sol. Valor—El Príncipe».
Con
el otro torpedo al hombro y la pistola a mano, Guillermo recorrió la orilla del
precipicio que rodeaba la meseta, hasta que al fin halló un sitio relativamente
cómodo para bajar al desierto.
Su
arena era un polvo sutilísimo que se alzaba a su paso, for¬mando una nube y se
hundía bajo sus plantas, dificultando su marcha. Agotado llegó donde estaban
los seres grises. Eran muy dife¬rentes del hombre, a pesar de ciertas
semejanzas. No tenían más que tres dedos en las manos, provistos de garras, y
una especie de trompa hacía las veces de la nariz. Su esqueleto era muy
diferente al del Homo sapiens.
Todo
fatigado, se encaminó a la meseta, levantando nubes de polvo muy molesto e
irritante. No cesaba de estornudar. El sudor corría por todo su cuerpo y sentía
una sed horrible.
La
parte alta de la meseta, el «Ladrón Rojo» y todo su perso¬nal desaparecieron de
su vista envueltos en espesa nube de polvo que se extendía por todo el
horizonte.
El
polvo en que se hundían sus pies alzábase luego sofocan¬te en espesa nube
azafranada.
El
sol parecía un pequeño globo escarlata en un cielo casi negro. Lleno de pavor,
seguía la dirección de la meseta.
Entonces
vio sobre la roja arena un objeto blanco. Parándo¬se a respirar y a limpiarse
el polvo rojizo que le cubría la frente, le dio con el pie. Una calavera casi
calcinada por el sol rodó sobre el rojo polvo. Al instante conoció que era de
un ser humano y no de alguno de los seres grises que había inspeccionado.
Con
la desagradable impresión del que va a abrir el misterio¬so libro de alguna
olvidada tragedia, se puso de rodillas y empezó a escarbar en el polvo con los
dedos. Pronto halló algunos huesos y un medio pasado cinturón con hebilla de
plata. En esta estaba de relieve la letra «E».
—¡Él!
—murmuró—. Es Enbers. De manera que llegó a Marte. Y murió aquí. Acaso
queriendo subir a la meseta. ¡Dios! ¡Qué muerte! Un hombre solo entre el polvo
y el sol, en un mundo extraño, poblado por extraños monstruos.
La
soledad del rojo desierto, su misterio y extraño espíritu lo envolvieron como
un manto de pavor. Púsose en pie y encaminóse de nuevo a la invisible meseta.
Mas de pronto se detuvo.
—Acaso
haya dejado algo —murmuró.
Y
volviéndose, siguió escarbando en el polvo con los dedos. Hallo tras el resto
del esqueleto pelo, tela y piel humana, conservada en el seco polvo. Un
cantarillo de metal, una navajita llena de herrum¬bre, botones, monedas y una
pistola-rayo que había explotado.
Luego
halló un librito de memorias. En él estaba el diario de Enbers. Lo más era
legible todavía. Hoy está impreso y consti¬tuye una particular relación de su
trágica aventura. La salida llena de buenos augurios. Los peligros y
desalientos del viaje. Un amotinamiento que causa la muerte de la mitad del
personal. La llegada al nuevo planeta. El ataque de los globos azules. Cómo se
apoderaron de su nave y los llevaron prisioneros a las jaulas, don¬de procuran
criar con ellos una nueva variedad de animales domés¬ticos. La fuga de Enbers y
sus desesperados esfuerzos por hallar la nave en donde había quedado.
Guillermo
no lo leyó todo. Sólo tuvo tiempo de leer las últi¬mas notas.
«Se
me ha acabado el agua. Veo que no podré llegar a la montaña en donde aterricé.
Probablemente ha desaparecido mi nave-sol. Ojalá hubiera seguido en la jaula.
Allí tenía agua y alimento. Pero ¡Cómo pudo Dios criar tales seres! ¡Tan
horribles, tan malignos! Ojalá no hayan usado mi nave para ir a la tierra. Yo
esperaba dar con ella para destruirla. Pero ya es tarde.»
Una
espesa polvareda envolvió a Guillermo, que sintió aho¬garse. Alzando los ojos
del librito, vio grandes nubes rojizas que cu¬brían el ciclo hacia el Este.
Le
había cogido una tormenta de polvo, una de las terribles tormentas de polvo que
distinguen los astrónomos a la distancia de cuarenta millones de millas.
Guardándose
el librito, siguió andando. El viento que venía bramando tras él lo alcanzó, y
siguió bramando junto a sus oídos. El viento corría velozmente, aun cuando
empujaba poco. El aire así em¬polvado constituía un fluido acre del todo
irrespirable.
Guillermo
caminaba a ciegas. Por fin llegó a las rocas y pro¬curó subir por ellas. La
base de la meseta era para él una pared vertical que se perdía de vista en una
nube roja. Empezó a rodearla. Por fin halló una especie de paso y trepó por él.
Cuando
estuvo en lo alto se echó al suelo. Nubes de polvo rojo lo envolvían e
imposibilitaban ver a más de diez varas. No quiso buscar a «El Ladrón Rojo,
pues sabia que no podría orientarse.
Las
horas siguieron su impasible curso y Guillermo seguía en tierra, medio cegado y
asfixiado con aquel suero aire que rugía entre las rocas, las cuales, por su
parte, quemaban cual si las calentase vivo fuego. Tomando el torpedo en las
manos, miró por su anteojo. Pero no vio otra cosa que la espesa nube de polvo
que le envolvía.
El
sol estaba aun próximo a su cénit y empezaba a declinar hacia un invisible
horizonte. Por él se orientó; pero luego desapareció también entre la
polvareda.
Mas
he aquí que de repente el aire cesó en su curso. El polvo empezó a posarse y,
media hora después, el sol lucía so¬bre el horizonte occidental. Los objetos
empezaron a de¬linearse. «El Ladrón Rojo» seguía en su sitio, en el centro de
la meseta. El personal vol¬vía a su tarea en la busca del cerio.
—Hagan
señal to¬dos los vigilantes —comuni¬có el «Príncipe».
—He
hallado el ca¬dáver de Enbcrs y he recogi¬do un diario suyo —dijo Guillermo
cuando le llegó su vez.
—Ahora,
a prepa¬rarse para partir —dijo el «Príncipe»—. Lleven las he¬rramientas y
aparatos al bar¬co. Ya tenemos suficiente cerio. La señal de recogerse se dará
en seguida.
Guillermo
miraba hacia el sitio de donde había venido la tormenta, y descu¬brió un globo
azul, luego olro y otro. Corrían de Sur a Este con pasmosa velocidad. Se¬guían
la misma ruta que el globo que él. había aniquila¬do.
—Tres
globos a la vista —comunicó—. Y vie¬nen hacia nosotros.
Algunos
de los otros vigilantes los veían también, pues vio hacer se¬ñas con sus
pistolas de rayo.
Sin
más preámbulos, se oyó un fuerte disparo, y vio un globo rojo que se deshizo en
una llamarada violeta.
Poniéndose
en pie, se echó al hombro el pesado torpedo y corrió dando tumbos hacia «El
Ladrón Rojo». Vio que otros corrían también, en tanto que los mineros se
esforzaban por meter en el buque las herramientas y maquinaria con que habían
trabajado.
Luego
volvió los ojos hacia el sitio por donde Paula se reti¬ró, y no vio trazas de
ella. No venía.
Cuando
Guillermo llegó a la nave estaba agotado, sin alien¬tos. Los demás estaban como
él, llenos todos de polvo y sudor. Todos se esforzaban por meter en la nave las
pesadas máquinas y las pilas de vitalio que habían empleado para calentar los
hornillos y crisoles.
—Debemos
montar y partir al momento —dijo Guillermo— . No debemos perder nuestras vidas
y la ocasión de salvar al mundo por recoger estos utensilios.
«El
Príncipe» se alzó de junto al extraño aparato en que traba¬jaba con el doctor,
y dijo:
—Miren
las naves marcianas. Ya son más de treinta, y vue¬lan como moscas. No podemos
huir. Contra sus bombas atómicas, nuestros torpedos valen poco. Además, tenemos
fuera gran parte de nuestra maquinaria. Algunos generadores y un tubo del
buque.
Los
globos azules se divisaban ya en lo alto, a una milla escasa de distancia.
Guillermo se encogió de hombros. Luego miró con intranquilidad hacia el sitio
por donde desapareció Paula, y dijo : —Y la señorita, ¿dónde está?
—¿Dónde
está Paula? —repitió el «Príncipe» mirando en derredor. ¿Qué puede sucederle?
—La
desespera¬ción es lo que le sucede.
—¿Usted
cree?... —balbuceó el «Príncipe». Sus negros ojos reflejaban profundo
desasosiego. Su amarga sonrisa había desapa¬recido totalmente.
—¿No
le parece, Guillermo, que no puede ha¬berse ido?
—Lo
único que sé —respondió aquél— es que salió y no ha vuelto.
—Voy
a buscarla.
—¡Cómo!
Yo creí que le importaba a usted poco —dijo Guillermo.
—Así
lo creí yo también al principio. Luego sentí que empezaba a estimarla como a un
amigo. Ahora sé con seguridad que su pérdida sería mi muerte.
Y
echó a andar a toda prisa.
—Colocad
todo en la nave y volad lo antes posi¬ble —dijo volviendo la cabe¬za—. El
doctor Trainor es el jefe. Prestadle cuanta ayuda necesite. Usted, Brand, dé un
repaso a todo, y usted, doc¬tor, dirija por su cuenta como si yo estuviera
aquí. Hagan lo que puedan por el género humano. Voy en busca de su hija.
Trainor
asintió en silencio y sin dejar su labor. «El Príncipe», poniéndose al cinto
una pistola, se encaminó al Norte de la meseta. Después de titubear un momento,
Guillermo echó tras él, con su torpe¬do a la espalda.
Faltaba
sólo media milla para llegar al borde de la meseta. A los pocos minutos el
«Príncipe» estaba allí. Guillermo, llegando, reco¬gió un papel que había en el
suelo y que decía así: «Al «Príncipe del Espacio»»:
«No
puedo sufrir más. Has de sabes que te amo con locura. No puedo seguir viendo
día tras día que no te importo nada. Sé la historia de tu vida y sé que jamás
me amarás. Me retiro a morir en este dilatado desierto. No me busques pues
sería inútil. Perdóname por escribirte esto, pero quería que supieras a dónde
voy. Porque te amo. Paula.»
Capítulo
VIII
EL
VITÓMATON
Yo
amo a Paula! —exclamó el «Príncipe»—. Y me inflame en su amor cuando usted me
dijo que había desaparecido. Ha sido un relámpago. Debe de haberse ido gestando
durante largo tiempo, porque sentía que no podía trabajar si no era a su lado.
¡Dios! ¡Qué cruel he sido con ella! Yo me empeñé en ello; procuré ocultar mis
sentimientos y tratarla puramente como si fuera un hom¬bre. Y ahora..., ha
desaparecido.
Guillermo
miró hacia «El Ladrón Rojo», que quedaba a media milla de distancia. Aun estaba
inmóvil. Parecía una barra de plata que reflejaba los rayos de aquel rojizo
sol. Trainor permanecía a su lado, sin levantar cabeza de su raro aparato. Los
demás estaban a bordo. Un grupo de buques azules que parecían lunas de zafiro
giraban a pocos centenares de pies sobre la meseta, con marcha lenta, como
buitres antes de echar¬se sobre su presa.
El
«Príncipe» ocultó el rostro entre las manos, dando mues¬tras de indecible
abatimiento.
Guillermo
miró la roja llanura arenosa del desierto marciano. En ella divisó unas huellas
medio borradas por la pasada tormenta. Un poco más lejos se perdían debajo de
aquel cielo oscurísimo.
—¡Sus
huellas! —exclamó señalando.
La
esperanza se reflejó en los negros ojos del «Príncipe».
—La
buscaremos. Acaso estemos a tiempo todavía.
Y
echó a andar.
Guillermo
lo detuvo por la solapa.
—Aguarde,
hombre y mire lo que hace. Nosotros luchamos por salvar al mundo. Usted no
puede abandonar esta noble empresa. Sea como fuere, el sol está poniéndose. Ya
empieza a hacer frío. A los dos minutos de puesto el sol hará un frío de todos
los diablos. Usted quiere morir en el desierto.
El
«Príncipe» se desprendió de Guillermo.
—¿El
mundo? —dijo—. Si supiese el dolor que en estos momentos me aflige. ¡Señor!
¡Qué tonto he sido en conducirla a tales extremos!
La
agonía se reflejaba en su moreno rostro. Mordióse los labios hasta que la
sangre brotó de ellos y se mezcló con el polvo rojo que cubría su cara.
—Sea
como sea, el vitomatón está compuesto. Trainor pue¬de usarlo tan bien como yo.
O encuentro a Paula o muero buscándola.
Y se
encaminó de nuevo al precipicio. Después de un mo¬mento de reflexión, Guillermo
se fue en pos de él.
—¿Y
usted? —Pregunto el «Príncipe»—. ¿Adonde demo¬nios va?
—Verá
—dijo Guillermo—. Creo que «El Ladrón Rojo» no es sitio muy seguro con todas
estas naves marcianas a la vista. Siento una gran simpatía por la señorita, y
he resuelto ayudarle a buscarla.
—No
venga—dijo el «Príncipe»—. Buscarla, probablemente es buscar la muerte.
—No
soy ningún niño —respondió Guillermo—, y me he hallado ya en otros lances
apurados. Casi tengo idea de lo que puede ser morir de noche en este desierto.
Yo di con los restos de un hombre esta tarde. Quiero ir.
El
«Príncipe» le estrechó la mano. Durante un instante brilló en su rostro una
sonrisa de amistad.
En
seguida hallaron un paso por donde bajaron al desierto. A toda prisa iban
siguiendo las huellas de la joven, medio borradas por la borrasca. Una nube de
polvo se alzaba en derredor de ellos, irritándoles boca y nariz. A veces creían
asfixiarse.
Así
continuaron una milla. Paula había dejado la arena y seguido por una lastra
volcánica. El aire había deshecho sus huellas, si había dejado alguna por allí.
Recorrieron la lastra en derredor y no vieron en la arena ninguna señal de que
hubiera salido. El globo rojizo del sol estaba hundiéndose en el horizonte. Los
sudorosos cuerpos de nuestros héroes tiritaban al primer helor de las frías
noches marcianas.
—Es
inútil —dijo Guillermo limpiándose el copioso sudor y el polvo que cubría su
rostro—. Ella pasaría por aquí hace horas. No hay esperanza.
—Venimos
por ella —dijo el «Príncipe» con resolución—. Voy a andar un poco más a ver si
descubro su rastro.
Guillermo
se sentó en una piedra. Miró hacia la lejana meseta, que se desdibujaba en
aquel cielo sombrío, casi negro. La escarlata, el melancólico resplandor del
crepúsculo marciano, se iba disipando.
La
plateada nave no se divisaba. En cambio, los globos azu¬les como lunas de
zafiro circulaban cautelosamente sobre la remota meseta. Ya iban bajos, algunos
menos de cien pies.
De
pronto, uno de los globos pareció envuelto en viva lla¬marada color naranja. Su
brillo azulino desapareció y cayó en frag¬mentos de metal blanco. La respuesta
fue pronta y terrible. Una lluvia de bombas atómicas iluminó al instante la
meseta. Una docena de ellas bastaban para otras tantas naves. A poco se oyeron
los estampidos de las explosiones. Explotaron fuera del alcance de su vista. No
salieron nuevos torpedos. Guillermo no vio nada, pero estaba seguro de que
habían muerto todos.
En
esto oyó la voz del «Príncipe». Sonaba como a unas cien yardas.
—Ya
he dado con el rastro —dijo.
Guillermo
se levantó y se encaminó a él. El «Príncipe» lo esperaba impaciente. El frío se
hacía por momentos más intenso.
—Creo
—dijo Guillermo— que no hay salvación para el mun¬do.
—Así
lo creo también. Algún tonto ha disparado el torpedo, contra lo ordenado. El
vitomatón nos hubiera salvado de haber tenido Trainor ocasión de usarlo.
Y
siguieron caminando por el tenue polvo, siguiendo las casi borradas huellas. La
luz iba haciéndose más tenue y el frío arreciando, pues la atmósfera de Marte,
siendo más ligera, retiene menos el calor del día.
El
crepúsculo fue breve. A poco, el cielo se puso ne¬gro y un millón de estrellas
brilló en él con inmóvil majestad, hermosos e insensibles testigos del drama
que se representaba en el desierto.
Guillermo
sintió que el frío le embotaba los miembros. El sudor que lo cubría se empezaba
a helar. Blanca escarcha cubrió sus vestidos, a pesar del polvo que tenían. El
aire delgado que respiraban parecía corlar sus pulmones. Tembló todo. Su piel
se entumeció, impi¬diéndole moverse. El «Príncipe» se desvaneció como una
sombra, gri¬tando de cuando en cuando con voz extraña.
Guillermo
se detuvo y miró atrás tiritando.
—Es
inútil seguir —pensó, y se detuvo.
Una
viva imagen se fijó en su cerebro: la de la calavera que había visto aquella
tarde.
—Huesos
en el desierto —murmuró—. Huesos de Enbers. Huesos de Paula, del «Príncipe»,
míos.
La
meseta se dibujaba sobre el estrellado cielo. Las lunas de cobalto seguían
girando con interminables círculos, vigilando, espe¬rando. Brillaban en la
oscuridad.
Una
nube verde de corta extensión se dejó ver sobre el oscu¬ro contorno de la
colina. Era un pequeño torbellino de vapor verdoso. Luego brilló con el hermoso
verde de la primavera, de toda verdor, de la misma vida. Tenía un verde
resplandor.
Con
indecible rapidez se levantó y envolvió a uno de los globos. Una neblina de
inquietos átomos esmeralda flotó sobre la es¬fera azul, la disolvió e hizo
esfumarse.
Guillermo
se frotó los ojos. En vez del globo de zafiro había una masa de niebla verde,
giratoria e inquieta, una nube de móviles partículas de esmeralda, brillando
con un verde esplendor que sugería vida.
Luego
aquella nube verde explotó y se dividió en innumera¬bles nubes de brillantes
átomos. La nubécula había crecido, y luego se había multiplicado a semejanza de
los seres vivientes.
Mas
cada una de las nuevas nubéculas se encaminó a una de las esferas azules. Un
verdor vibrante cubrió a cada una de éstas. Y todas, una por una, se
desvanecieron en nubes de verdoso vapor.
Todo
ello sucedió en menos que se dice. Fue cosa de un segundo. Luego aquellas
verdes espirales se desvanecieron también.
—El
vitómaton —pensó Guillermo—. El «Príncipe» ha di¬cho algo del vitómaton. Un
arma nueva, un proyectil nuevo que usa la fuerza de la vida. Aquel verdor era
un ser viviente que se ha comido las esferas azules.
De
nuevo sintió frío. Se movió. Sus vestidos estaban tiesos de hielo. El frío
había entumecido su cuerpo; no sentía dolor ninguno. Experimentaba una extraña
sensación de comodidad y una deliciosa gana de dormir.
—Muévete
—murmuró para sí—. Muévete, conserva el calor.
Y
echó a andar por donde el «Príncipe» había desaparecido. Su aliento se deshacía
en gotas de hielo. Con toda su voluntad luchaba contra el mortífero deseo de
dormir.
—La
he hallado tendida en la arena. Estaba despierta y... contenta.
El
«Príncipe» estaba rendido, sin alientos, sosteniendo aun en sus brazos a la
joven.
—¿Y
adonde vamos? —dijo Guillermo—. Las bombas atómicas han destruido al «Ladrón
Rojo», y una nube verde se ha comido los globos marcianos.
—¡El
vitómaton! —exclamó el «Príncipe»—. Es un torbelli¬no de átomos desintegrados,
dirigido por medio de electricidad sin hilos. ¡Vivo! Consume toda materia y la
desintegra en su nada atómica.
Y
echó a andar hacia la borrosa línea de la meseta, llevando a cuestas la inerte
masa de la joven.
—¡Pero
Paula! La amo. Y he de llevarla a la nave. Ha sido culpa mía. ¡Vamos a la nave!
Guillermo
luchaba por seguirlo.
—Es
ya tarde —murmuró—. Millas, de noche, con este frío. Nunca...
Y se
detuvo, lanzando un ay lastimero. A lo lejos, sobre el negro contorno de la
meseta, se alzaba una barra de luminosa plata. Era el elegante cilindro del
«Ladrón Rojo», con sus doce rayos motores de popa iluminando con refulgente luz
la montaña sobre que se alzaba.
—¡Dios
mío! ¡Nos dejan! —exclamó Guillermo, que hacía una triste figura encajada en
sus tiesos, helados vestidos. Y movió los brazos y gritó; mas era inútil; casi
ridículo.
El
«Príncipe» se detuvo, sin dejar a Paula de sus brazos.
—Piensan
—dijo con extraña voz— que nos han cogido los marcianos. Pero hay que
detenerlos. Dispare usted el torpedo al aire. Ellos lo verán.
Guillermo
oyó la anhelante voz del «Príncipe», y se descargó del pesado tubo que llevaba
a las espaldas y lo puso ante sí. Con sus entumecidos dedos procuró apretar el
botón. Pero fue en vano; sus dedos parecían helados; no podía hacer nada con
ellos. Las lágrimas brotaron de sus ojos y se cuajaron sobre sus mejillas. Y
tomando el pesado tubo con los brazos, gemía como un niño.
Encima
de ellos volaba el «Ladrón Rojo» con dirección al estrellado espacio.
—Se
van —balbuceó Guillermo—. Nos creen muertos. No pueden esperar. Van a pelear
por el mundo. Y cayó tembloroso sobre la fría arena. El «Príncipe» dejó a Paula
en el suelo y, llegándose a Guillermo, le dijo:
—Déjeme
el torpedo. Yo dispararé. ¡Animo!
Guillermo
levantó maquinalmentc el tubo y miró por el tele¬scopio. Su temblor era tan
violento, que con dificultad podía tenerlo derecho sobre la roca. El «Príncipe»
procuró correr el botón, mas fue en vano. Entonces se inclinó y apretó con la
barbilla. Sólo consiguió un rojo rasguño en su piel. Probó de nuevo, y el éxito
coronó sus esfuer¬zos. El torpedo partió con su luz anaranjada.
El
«Príncipe» recogió a Paula, apretando su frío cuerpo con el suyo. Guillermo
seguía el curso del «Ladrón Rojo». Los blancos rayos que lo conducían hacia
arriba se cortaron de pronto. El argentino buque dio una vuelta y se deslizó
suavemente hacia abajo.
Un
instante después volaba recorriendo con la luz de sus focos la roja arena. El
blanco resplandor dio sobre ellos tres. Seguida¬mente la nave se posó a su
lado. Grotescas figuras con equipo del vacío descendieron por la portezuela.
Un
minuto después los tres estaban a bordo, gozando de luz y calor, aun cuando
sumidos en la inconsciencia. Cuando Guillermo volvió en sí, se halló echado en
una cómoda cama y con gran apetito. El capitán Brand estaba a su lado.
—El
doctor Trainor dice que ya está usted bien. El «Prínci¬pe» y Paula también lo
están. Estaban ustedes casi helados. Ha sido suerte que se les ocurriera
dispara el torpedo. Ya habíamos perdido la esperanza de volverlos a ver, y no
nos atrevíamos a seguir allí.
—Un
maravilloso cambio —siguió diciendo— se ha verifica¬do en el «Príncipe». Ha
estado un gran rato sentado en la cama de Paula. ¿Qué se ha hecho de aquel
santo ermitaño del espacio? En fin, cuando desayune, véngase al puente. La
batalla con Marte la reñiremos de aquí a unas pocas horas. Tiene que ser algo
digno de verse.
Una
hora después Guillermo estaba en el puente con el capitán.
Mirando
por entre los artesones de vitrolina, vio la vista, familiar para él, del
espacio interplanetario.
El
disco de Marte llenaba buena porción de él. Guillermo buscó el globo azul que
vio en él desde la torre de Trianor. Dio con el sitio en que solía estar. Pero
había desaparecido.
—Ha
salido ya de Marte —le dijo el capitán—, y va en línea recta hacía la tierra.
Va cubierto con una coraza vibratoria azul. Cuáles sean sus infernales planes
de guerra y qué cantidad de endemoniados marcianos van en él, nadie lo sabe. Es
enorme. Tiene más de una milla de diámetro.
—¿Y
podremos hacer algo?
—No
sé cómo podamos hacer nada. Trainor y el «Príncipe» andan a vueltas con su
vitómaton.
—Dígame.
¿No les dispararon varias bombas atómicas?
—Sí;
pero no a dar. Querían cogernos vivos, en interés de su ciencia, creo yo. El
doctor pudo preparar y lanzar el vitómaton antes que nos hicieran nada.
Guillermo
iba mirando al estrellado golfo de ébano. El capitán Brand apuntó. Vio un
pequeño globo azul navegando entre las estrellas.
—¡Ahí
está el aparato infernal con su bagaje de horror para nuestro globo!
Pocos
instantes después, Trainor, Paula y el «Príncipe» lle¬garon al puente. Trainor
traía un trípode; el «Príncipe» un estuche negro con un tubo de electrodo de
cerio y varios ingredientes y acceso¬rios. Paula traía una pequeña máquina de
calcular y un libro de tablas matemáticas.
Trainor
y el «Príncipe» se sentaron junto al trípode en el centro de la estancia. El
aparato parecía una cámara pe¬queña. Trabajando con fría eficacia, Paula empezó
a operar la máquina calculadora, tomando cantidades del libro y diciendo en voz
alta los resultados.
El
doctor miraba por un pequeño telescopio, que era evi¬dentemente pieza auxiliar
del aparato, y dirigiendo éste hacia el globo azul. De tiempo en tiempo cantaba
números que debían entrar, al pare¬cer, en los cálculos de Paula.
Mirando
atentamente a ésta y al «Príncipe», no vio Guillermo ninguna señal de
entendimiento entre ellos. Ambos pa¬recían sumidos en el asunto que se traían
entre manos. Eran dos sabios que colaboraban.
Al
fin el doctor apartó sus ojos del telescopio, y el «Prínci¬pe» se paró con los
dedos puestos sobre un pequeño tornillo. Paula seguía absorta en sus cálculos.
—Estamos
preparados —dijo Trainor—, para en cuanto Paula termine.
Y
añadió dirigiéndose Guillermo y al capitán Brand, que mi¬raban al aparato con
intenso interés:
—Si
ustedes miran el interior de este tubo de electrón cuan¬do el «Príncipe» cierre
la válvula, verán que toma ser una pequeña cosa verde. Esta pequeña cosa verde
es un ser viviente. Tiene realidad vital. Consume materia, se alimenta. Puede
crecer. Y se divide, repro¬duciéndose. Responde a estímulos y obedece a las
señas que le hace¬mos por medio de un rayo director.
«Finalmente,
cesa de vivir cuando cortamos la corriente de la energía vital.
«Es
un ser viviente que come, y es el más destructor de todos los seres que comen,
pues destruye los átomos que ingiere en su ser. Los convierte en energía
vibratoria pura.»
Paula
cantó otro número con su dulce voz. El «Príncipe» oprimió un pequeño botón.
Guillermo miró dentro de las paredes del tubo de electrón y vio un filamento de
luz. El disco de cerio se tornó incandescente. Seguidamente se formó una
diminuta cosa verde sobre la delgada hélice de un hilo de vitalio.
El
«Príncipe» pulsó un botón. El ser verde salió del tubo. Anduvo vacilante
flotando por la sala, creciendo visiblemente. Des¬pués pulsó otro botón, y el
ser verde se dirigió al globo marciano, perforando al artesón de vitrolina.
En
el transparente cristal quedó un agujero por el que podía entrar el dedo de un
hombre. La materia se había desvanecido de un modo inexplicable, y la nubécula
verde, que estaba ya fuera de la nave, creció de nuevo. Era como el brazo de un
hombre: un espiral de vibran¬tes partículas de esmeralda.
El
aire silbó por el agujero del cristal, formando fuera copos de nieve. El
capitán Brand sacó un disco de caucho y lo plantó en él. La presión del aire lo
mantuvo pegado, cerrando perfectamente el orificio.
El
«Príncipe» dio a otro botón. La esterilla verde salió con velocidad y se perdió
de vista. El «Príncipe» seguía inmóvil, con los dedos en los botones.
Inmediatamente pulsó otro de ellos, y siguió mirando por entre el artesón de
vitrolina.
Guillermo
vio una esterna verde acercarse al lejano globo azul, que flotaba entre las
estrellas. Y llegó a él, y lo envolvió. La esfera azul pareció al momento que
se disolvía, y en donde hubo un enorme globo azul quedó un espiral de brillante
verde.
—¡Miren
al planeta Marte! —gritó el «príncipe»—. Es el momento decisivo. Si quieren
paz, la tendrán. Pero si quieren guerra, conocerán a su costa el maravilloso
poder del vitómaton.
Guillermo
se volvió a mirar el ancho disco del rojo planeta. No estaba relativamente muy
lejos. Distinguía perfectamente la blan¬cura de los polos, los extensos
desiertos de ocre, la traza oscura del ecuador y las rayas verdes de los
canales.
Mas
he aquí que sobre el planeta Marte se verificó un cambio repentino.
Un
tinte azulado flotó sobre los anaranjados desiertos. Un tinte como de neblina
azul parecía haber invadido de pronto la atmós¬fera del planeta. Luego dicho
color se fue espesando. Una enorme cascara azul cubrió al planeta rojo. Marte
se convirtió en un globo colosal, cuya superficie parecía sólida y bruñida como
la del globo que acababan de destruir. Era Marte una esfera de pulimentado
zafiro.
—Es
una cubierta vibratoria, a mi entender —dijo el «Prín¬cipe»—. ¡Cuánta ciencia
condenada a desaparecer por siempre!
Enormes
globos de púrpura, esferas color violeta, tan gran¬des como la nave que
acababan de destruir, movidas por poderosos rayos, salieron a un tiempo de
varios puntos de la armadura azul que cubría el planeta. Con increíble
velocidad convergían hacia el «La¬drón Rojo».
—¡Bombas
atómicas en venganza! —gritó el «Príncipe»—. Cualquiera de ellas sacaría a la
tierra de su órbita y la hundiría en el sol.
Y
dirigiéndose a Paula, dijo:
—¡Aprisa!
La
muchacha se inclinó sobre la máquina de calcular. Sus lindos dedos recorrían
las teclas. Trainor dirigió su aparato hacia la bola azul en que se había
convertido Marte, miró por el telescopio y dijo a Paula una serie de números.
Ella terminó en seguida y dijo los resultados al «Príncipe».
Este
volvió seguidamente a los mandos del aparato. Guillermo, entretanto, seguía
mirando el enorme globo, fascinado de terror, viendo las luminosas bombas
atómicas que se venían a ellos empujadas por sus rayos blancos.
—Tienen
una admirable cantidad de energía esas bombas atómicas —dijo el doctor Trainor
lleno de entusiasmo científico—. Dudo que el espacio mismo sea capaz de
resistir su explosión. Si una nos alcanzara, nos echaría fuera del universo;
fuera del tiempo y del espacio.
Guillermo
miraba entonces el espiral verde que había queda¬do en el sitio de la nave
marciana. Vio de pronto cómo se movía por entre la oscuridad estrellada del
espacio y se encaminaba hacia el glo¬bo azul de Marte, hasta que chocó con él.
Una verdegueante niebla se extendió al momento sobre el enorme globo azul.
Marte se disolvía.
Sólo
iba quedando de él una verde nube en forma de espiral que giraba
vertiginosamente y brillaba con una extraña luz: la luz de la vida. Un mundo
convertido en una verde espiral. Marte trocado en una nube de polvo que parecía
de malaquita.
Donde
Marte había existido no quedaba nada. Una máquina no mayor que una cámara
oscura había destruido un mundo. Guillermo estaba pasmado. El «Príncipe» se
pasó una mano por la frente.
—Es
terrible —dijo solemnemente—, es terrible cosa des¬truir un mundo; un mundo que
ha tardado millones de millones de años en formarse y que pudiera haber
cambiado la historia del Cos¬mos. Pero han querido la guerra. ¿Qué otra cosa,
podíamos hacer?
Y
meneó la cabeza tristemente. Luego sonrió.
—Hemos
terminado. Se ha cumplido la misión de mi vida. Doctor, recoja el vitómalon
cuidadosamente y guárdelo bien, y procu¬re echar en olvido su combinación. Ha
sido un gran invento. Pero creo que no hará falta más.
Entonces
«El Príncipe del Espacio» hizo una cosa que asom¬bró a los presentes tanto como
la destrucción de Marte. Se adelantó a Paula Trainor y la estrechó entre sus
brazos. Luego le levantó la cara, cuyos hermosos ojos negros estaban llenos de
luz y alegría, e inclinán¬dose, le besó los encendidos labios con ansia casi
infantil. Una sonrisa de felicidad retozaba en su cara cuando, mirando en
derredor, halló atónitos al capitán Brand y a los otros.
—Tengo
por dicha —dijo— presentarles a la «Princesa del Espacio».
Pocos
meses después, cuando Guillermo bajó a la torre de Trainor para visitarla,
desde su nuevo domicilio en la Ciudad del Es¬pacio, echó de ver que la
destrucción de Marte había causado enorme sensación. Los astrónomos forjaban
las más fantásticas hipótesis para explicar cómo el planeta rojo, primero se
volvió azul, luego verde y por último se desvaneció.
Las
naves-sol de la Escuadra Lunar seguían gozosas la bus¬ca del «Príncipe del
Espacio». Desde la pérdida del tesoro del «Tritón», el premio por su captura
había subido a veinticinco millones de coro¬nas.
FIN
Título
original: The Prince of Space
Traducción:
M. Blanco
Scan/Revisiòn:
Elfowar/Cymoril
Sobre
el Autor:
Jack
Williamson
Carlos
Saiz Cidoncha
John
Stewart Williamson, más conocido en los círculos fantacientíficos como Jack
Williamson, vio su primera luz en Arizona el 29 de abril de 1908. Su familia
paterna había ido desplazándose, generación tras generación, hacia el Oeste,
desde que su abuelo, acabada la Guerra de Secesión, decidió establecerse en
Texas. Nació el padre de Jack en el Estado de la Estrella Solitaria, y por ser
séptimo hijo, según la costumbre, fue destinado a la iglesia. Pero no tardó en
dejarla para transformarse en ranchero, se casó con una muchacha perteneciente
a una familia lejana venida a menos, y con ella y poco más, marchóse a Arizona
a hacer fortuna. En el nuevo estado nació, como arriba dije, el pequeño John,
primogénito de la familia.
A
los pocos meses del nacimiento, la familia emigró de nue¬vo, esta vez hacia
Méjico. En lo más alto de Sierra Madre fundaron el rancho «La Loba», en unas
condiciones de vida no muy alejadas de las de la Edad de Piedra. Pero aún
habrían de empeorar las cosas; al esta¬llar en 1910 la revolución mejicana se
vieron obligados a abandonar Sonora y luego el país. Regresaron a Texas y allí
terminaron de arrui¬narse. John estuvo a punto de morir de cólera infantil a
los tres años. En 1915 la poca afortunada familia emigró en carreta a Nuevo
Méjico, dedicándose allí una vez más a la agricultura. Mala era la tierra, y
muy dura la vida de quienes la cultivaban.
Como
podemos ver, los comienzos de Jack Williamson fue¬ron bastante peores que los
del propio Asimov, pese a ser de familia puramente americana en vez de
emigrante. Fue a la escuela tan solo por el hecho de hacerse su padre maestro
(lo mismo que su madre) y obtener un puesto de trabajo en la pequeña escuelita
rural, llevando consigo a John y a su hermana Jo. Allí tuvieron ambos ocasión
de leer muchos libros.
En
noviembre de 1926 un amigo radioaficionado enseñó al joven John un ejemplar de
la revista Amazing Stories, que Hugo Gernsback había sacado aquel mismo año.
Fue el flechazo instan¬táneo, y el muchacho aprovechó un anuncio publicado en
el pe¬queño periódico de granjeros Pathfinder para obtener un ejemplar gratis.
Fue éste el correspondiente a marzo de 1927, con cubierta de Frank R. Paul, e
incluyendo The People of the Pit de Abraham Merritt, autor que desde entonces
se convirtió en el favorito de John.
Convenció
éste a su hermana Jo para que le ayudara a pagar el precio de la suscripción.
Pronto pudo leer The Moon Pool, de Merritt, hacia quien aumentó aún más su
admiración.
Muy
poco después decidió John que también él podía escri¬bir ciencia-ficción si se
lo proponía. Disponía de unos folletos titula¬dos «Cómo Escribir», que su padre
recibía por correspondencia, y un tío suyo le prestó una vieja máquina de
escribir Remington, con la que pronto se familiarizó. No quedaba sino poner
manos a la obra.
Como
siempre suele ocurrir, los principios fueron poco animadores. Algunos de sus
cuentos le fueron devueltos, y el resto ni siquiera eso. No obstante, nuestro
joven no se descorazonó y siguió escribiendo y enviando relatos. Algo mejoró
entretanto la situación económica familiar. El padre de John vendió unas
tierras en el verano de 1928, y con parte del dinero envió a los dos hermanos a
la univer¬sidad de Canyon (Texas). John y Jo alquilaron una casita, y ellos
mis¬mos se preparaban allí la comida.
Aquel
mismo otoño le publicaron a John por fin un articulo que enviara a un concurso
de Amazing Stories Quarterly, titulado Cientifíction, Searchlight or Science
(La ciencia-ficción, faro de la
ciencia). En diciembre descubrió por sorpresa en Amazing su cuento The
Metal Man (El Hombre Metálico), enviado mucho tiempo atrás. Se trataba de un
relato escrito al estilo de Merritt. en el que el protago¬nista, profesor
Thomas Kelvin, al explorar la costa mejicana del Pacífi¬co, caía en un lago de
gran radiactividad y acababa convertido en estatua de metal.
De
ninguna de estas dos obras recibió el menor pago de momento. Tan sólo después
de cruzar varias cartas con Gernsback consiguió que este le enviara 50 dólares
por el artículo y 25 por el cuento. Pero lo importante era que la brecha estaba
ya abierta.
Jack
Williamson, que así se firmaba ya, inició por esa misma época sus primeras
amistades en el campo de la ciencia-ficción. Unióse al Club Internacional de la
Ciencia por Correspondencia, y luego a la Sociedad Interplanetaria
Norteamericana. Entre sus amigos se conta¬ba el Dr. Miles J. Breuer, también
escritor del género. Juntos escri¬bieron el cuento The Lost Planet's Egg,
publicada en 1929 en el nú¬mero 1 de Series of SF de Gernsback Publicalions con
el nuevo titulo de The Girl From Mars (La Muchacha de Marte), y también la
novela The Birtli of a New Republic (El Nacimiento de una Nueva Repúbli¬ca),
aparecida en Amazing Stories Quaterly en enero de 1931, y que dio a sus autores
bastante fama. Relataba esta última la llegada de los hombres a la Luna, la fundación
de un estado selenita y la guerra de independencia de éste contra la Tierra,
calcada de la Revolución Ame¬ricana. Mucho tiempo después Robert A. Heinlein
desarrollaría un argumento parecido en The Moon Is a Harsh Misstress.
Por
su propia cuenta seguía Jack Williamson escribiendo desde la universidad
relatos y más relatos, en general de tipo Merritt, sobre aventuras en lugares
inexplorados del mundo. Los enviaba a Gernsback, quien publicaba unos y
rechazaba otros. Uno de los que rechazó, y ello debió causar gran desilusión a
Jack, fue una historia que había logrado escribir en colaboración con el propio
Merritt, su ídolo.
En
1930 apareció en el número de marzo de Amazing la pri¬mera novela corta de
Williamson: The Green Girl (La Muchacha Ver¬de). El héroe. Melvin Dane,
encontraba en el Pacífico una extraña bolsa de aire habitada por una
civilización perdida, y debía combatir allí al perverso Lord of Flame para
salvar a la bella Xenora, de piel verde. Vencía en la pugna, y al sacar a su
amada a la luz del sol, veía cómo su piel recobraba el color normal (lo que sin
duda le hacía per-der en exotismo). Un villano con el mismo nombre de Lord of
Flame (Señor de la Llama) aparecía luego también en la célebre trilogía de
Delany The Valí of Towers, publicada en 1962.
Los
temas que solía utilizar Jack Williamson en sus tiempos universitarios eran los
propios de la ciencia-ficción de entonces. The Cosmic Express (El Expreso
Cósmico), publicado en noviembre del 30 en Amazing, trataba de un hombre
transportado a Venus en forma de ondas de radio, quizá inspirándose en la serie
de The Radio Man, que Ralph Milne Farley iniciara a partir de 1924. The Meteor
Girl (La Muchacha del Meteoro), aparecida en marzo del 31 de Astounding,
iniciaba el tema de la teoría de la relatividad y las paradojas tempora¬les.
Vemos
que por entonces empezaba Williamson a probar for¬tuna en otras revistas
distintas de Amazing, en especial en la Astounding de Bates, que pagaba más que
aquélla y que otras (dos centavos por palabra, mientras que las demás pagaban
uno, medio o un cuarto). En el verano de 1930 intentó que Astounding publicara
una «novelette» titulada The Prince of Space (El Príncipe del Espacio), sobre
un simpático pirata espacial que salvaba a la Tierra de una invasión marciana,
pero no lo consiguió. La envió entonces a Amazing, revista que la hizo aparecer
en su número de enero de 1931, concediéndole el honor de la portada.
Ya
para entonces se había cansado Jack Williamson de la universidad de Canyon.
Asegurando que no tenia el menor deseo de ser químico, abandonó los estudios y
se dirigió a California para estu¬diar astronomía. Fue en autobús a Los
Angeles, visitó allí el observa¬torio de Mount Wilson, y luego se dio el lujo
de ir en avión a San Francisco. Hizo su aparición en Berkeley, pero no pudo
matricularse por falta de medios económicos. Un consejero de la facultad le
propu¬so que se inscribiera en un curso sobre Shakespeare, pero él se negó, por
serle entonces antipático el inmortal escritor inglés (luego se con¬vertiría,
con los años, en una autoridad shakespeariana).
Durante
casi todo el otoño de 1930 permaneció Williamson en San Francisco, explorando
los alrededores y escribiendo. Tomó luego el barco para regresar a Los Angeles,
y de allí se traslado a Nuevo Méjico. Este viaje le había dado multitud de
ideas para sus futuras obras.
Del
22 al 23 de noviembre escribió el relato The Mars Island (La Isla de Marte),
inspirado por aquel su primer viaje en barco. El protagonista era el
superviviente de un naufragio que llegaba a una isla habitada por un sabio más
o menos loco que había entrado en contacto con Marte y atraído una invasión de
máquinas marcianas. El 24 del mismo mes de noviembre, lo envió a Astounding,
entonces regida por Clayton. En enero del año siguiente, continuando con los
temas inspirados en su viaje, escribió Through tlte Purple Cloud (A Través de
la Nube Púrpura), relativo ahora a su experiencia aérea, y que también fue
enviado a Astounding. Trataba de un avión Fokker de pasajeros que cruzaba una
puerta extra-dimensional e iba a parar a un mundo paralelo y hostil.
El
22 de enero recibió Jack Williamson el cheque de Clayton (160 dólares) por Mars
Island, que se publicaría en julio bajo el nuevo título de Tlie Doom From
Planet Four (La Condenación Llegada del Cuarto Planeta). En cambio rechazó
Astounding Through The Purple Cloud, y entonces el autor la envió a Wonder
Stories, que la publicó en mayo con una cubierta dedicada a ella. El pago fue
menor, de 40 dólares, pero como el billete del avión había costado 24,
Williamson adujo haber ganado 16 en la operación.
Mientras
tanto, Jack iba pergeñando una idea más ambicio¬sa, la de escribir una novela
larga, que habría de llamarse The Stone From the Green Star (La Piedra de la
Estrella Verde) y pertenecer al género de épica espacial, un poco en emulación
con la serie Skylark de Doc Smilh. EL protagonista, Richard Smith, era en ella
captado desde el futuro por el sabio Midos Ken y su inevitable y bella hija
Thon Ahrora. Intentaba el científico lograr la droga de la inmortali¬dad, para
lo que necesitaba los minerales de un planeta de la Estrella Verde, codiciados
también por el malvado Señor de la Estrella Negra. Ni que decir tiene que el
héroe lograba los ambicionados materiales y también el amor de la hija del
sabio.
La
novela fue escrita entre el 25 de noviembre y el 25 de diciembre de 1930, y su
primer destino fue Argosy, que la rechazó. Williamson la envió de nuevo el 30
de enero de 1931 a Amazing, aceptándola ésta en Agosto y publicándola en dos
entregas en octubre y noviembre, con cubierta dedicada a ella en ambos números.
Tuvo gran aceptación entre los lectores.
El
10 de marzo de 1931 escribió Williamson el relato corto Twelve Hours To Live!
(¡Doce Horas de Vida!), que era en realidad una adaptación espacial del cuento
clásico de Frank R. Stockton La Mujer y el Tigre. Se trataba aquí del capitán
del espacio David Grant y su esposa Nell, capturados por el cruel pirata
estelar Halcón Negro, quien les sometía a un experimento. Dejaba a Grant
abandonado en una isla de Venus con dos cajas, una de las cuales contenía el
cuerpo de su esposa, que perecería de no abrirse pronto el recipiente, y la
otra unas esporas malignas capaces de devorar vivo a quien las pusiera en
libertad. El infortunado astronauta, tras unos terribles instantes de
in¬decisión, abría al azar una de las cajas (que, desde luego, eran
exteriormente iguales), y el relato acababa allí sin indicar si la elección
había sido la acertada. El 23 de marzo lo aceptó Wonder Stories, publicándose
en agosto con un concurso a los lectores para resolver el problema!
Siguieron
luego diversos relatos corno Pigmy Planet (Planeta Pigmeo), publicado en
Astounding en febrero del 32, Salvage in Space (Salvamento en el Espacio),
también aparecido en Astounding, Wolves of Darkness (Los Lobos de la
Oscuridad), en Strange Tales en enero del 32, The Lady of Light (La Dama de la
Luz), publicado por Amazing en septiembre de 1932 tras haber sido rechazado
primero por Argosy y luego por Astounding, y muchos otros. Jack Williamson era
ya una firma conocida, familiar a los lectores de casi todas las revistas
america-nas del género. También comenzaba a hacer dinero en aceptable cuan¬tía.
En
esta misma época había entablado amistad Jack Williamson con otro Joven
escritor de ciencia-ficción, igualmente ad¬mirador en sus comienzos de Abraham
Merritt. Se trataba de Edmond Hamilton, una de las estrellas de Weird Tales.
Los dos amigos acor¬daron realizar, para variar, una aventura verdadera y no
escrita en las páginas de sus relatos. Compraron una barca y emprendieron con
ella el descenso del Mississipi, sin más ayuda mecánica que un pequeño motor
fuera borda. No faltaron los percances, y en alguna ocasión estuvieron a punto
de naufragar.
En
Vicksburgh debieron abandonar la canoa, irremisiblemen¬te averiada, y continuar
el viaje en uno de los últimos vapores de rue¬das, como los que Mark Twain
hiciera contemplar a Tom Sawyer en los muelles del San Petersburgo americano.
En conjunto fue un reco¬rrido muy interesante y satisfactorio para ambos
aventureros.
Edmond
Hamilton animó a su amigo para que intentara pu¬blicar algo en las paginas de
Weird Tales, contando con su recomen¬dación. El mismo viaje por el Mississipi
inspiró a Williamson el argu¬mento de La Varilla de la Condenación, relato de
brujería y magia negra que, en efecto, fue publicado por Farnsworth Wright, el
dueño y señor de Weird Tales, en octubre de 1932, no sin que antes fuera
presentada y rechazada en Strange Tales.
También
de esa época data la novela corta The Moon Era (La Era de la Luna), aparecida
en Wonder Stories en febrero de 1932. Pero su mayor obra de aquel periodo fue
la novela larga Golden Blood (Sangre Dorada), de ambiente mágico en el marco de
los desiertos de Arabia, que fue rechazada por Argosy y publicada finalmente
tam¬bién por Weird Tales en forma de serial de abril a septiembre de 1933. En
octubre del mismo año aparecía, también en Weird Tales, The Pintonian Terror
(El Terror de Pintón), relato corto sobre la destruc¬ción de la raza humana y
la lucha de los últimos sobrevivientes con un cerebro monstruoso que domina el
último planeta solar.
Pero
antes de que llegaran a ver la luz estas dos obras, Williamson se vio en
dificultades. La crisis económica americana al¬canzó el campo de la
ciencia-ficción, si bien de forma tardía, cuando parecía que tal sector se
había librado de ella. En 1932 Astounding dejó de comprar originales, y el año
siguiente desapareció al arruinar¬se Clayton. El postrer relato de Williamson
aparecido en ella (siempre a dos centavos por palabra) fue Savage in Space, en
el último ejem-plar, correspondiente a marzo del 33. Por su parte Gernsback
dejó de pagar incluso las historias ya publicadas, con lo que Williamson, tras
un pago parcial por The Moon Era, no pudo cobrar nada mas hasta 1934, cuando
obligó al protoeditor de C-F, con ayuda de un abogado, a que le abonara los 354
dólares que le debía.
De
nuevo en malas condiciones económicas, como en sus primeros tiempos, Jack
Williamson emprendió un nuevo viaje por tos Estados Unidos con 40 dólares por
todo capital. El método era el de viajar gratis en los trenes de mercancías,
como en la época hacían muchas personas, recorriendo el país en busca de
mejores condiciones de trabajo y vida. Recorrió así Williamson más de 1.500
kilómetros, haciendo curiosas amistades entre los vagabundos de la vía férrea y
siempre amenazado por vigilantes de trenes, tales como el legendario y brutal
«Denver Bob», que no solían tener demasiadas contemplacio¬nes con aquéllos.
Sobre aquellos viajes escribiría más tarde Williamson su relato corto, no de
C-F, We Ain't beggars (No Somos Mendigos), fiel reflejo de aquella época calamitosa
para todos.
Algo
mejoró la situación de nuestro autor al recibir sendos cheques de Weird Tales y
Amazing. Se dirigió entonces a Alburquerque, siempre en trenes de mercancías, y
al llegar se matricu¬ló como alumno de Psicología. Permaneció allí alrededor de
un año.
En
el verano de 1933 regresó de nuevo a su casa. Weird Tales había empezado a
publicar Golden Blood en episodios, y la crisis parecía remitir.
Instalado
de nuevo en su domicilio, Williamson empezó a desarrollar una idea que le
rondaba desde hacía tiempo. Se trataba de crear una gran novela de aventuras
espaciales que superara todo lo anteriormente escrito sobre el tema. Pensaba
enviarla a Argosy, edito¬rial que hasta el momento había rechazado siempre
todos sus relatos.
Comenzaba
así la génesis de The Legión of Space (La Le¬gión del Espacio), quizá la obra
que habría de ser más famosa entre todas las de Jack Williamson. El autor
preparó su escritura con todo cuidado, en contraste con la mayoría de su obra
anterior, realizada en general casi sobre la marcha.
Sabía
Williamson que el escritor polaco Sinkiewiez había tomado para su propia obra
las figuras de los tres mosqueteros de Dumas y de Sir John Falstaff de
Shakespeare, y decidió hacer otro tanto en plan de ciencia-ficción. Como
todavía no le gustaba nada el escritor isabelino inglés, leyó tan sólo lo
referente a Falstaff, del que extrajo su personaje Giles Habibula. Además de
éste y de los equiva¬lentes a los mosqueteros, introdujo también en la novela
algunas ideas extraídas de sus propios relatos anteriores. El arma suprema AKKA
tenía su antecedente en The Prínce of Space, y un ser volador seme¬jante a las
perversas Medusas de Barnard aparecía en The Moon Era. El resto era una
sucesión de aventuras rebosando wonder sense por los cuatro costados que William
pensaba, y en ello acertó, que harían las delicias de los aficionados a la C-F
de aquella década.
El
argumento de la novela se basaba en la invasión del Siste¬ma Solar, conquistado
y poblado ya por el hombre, por parte de una raza monstruosa procedente de la
estrella Barnard, aprovechando la traición de un grupo de ambiciosos
terrícolas. Cuatro hombres excep¬cionales (cuatro como los tres mosqueteros),
pertenecientes a la Legión del Espacio, cuerpo terrestre de élite, deben ir al
extraño planeta de los invasores para rescatar a una muchacha raptada por los
alienígenas, que tienen en su mente el conocimiento del arma que pue¬de salvar
la amenazada humanidad.
Williamson
escribió el primer episodio de la novela en tres semanas, y lo envió a Argosy
seguro de que encontraría allí una buena acogida. Aprovechó luego la llegada de
otro cheque para hacer con su hermano Jim una excursión económica en coche por
Nuevo Méjico y Arizona. Pero al regresar se encontró con que Argosy había
devuelto The Legión of Space, lo que constituyó un duro golpe para él.
Pero
casi simultáneamente había llegado una carta de Astounding, resucitada y en
manos ahora de Street and Smith en el aspecto económico y de Orlin Tremaine en
el editorial, en la que éste último solicitaba originales. Como en principio no
se hablaba sino de relatos cortos, Williamson no se atrevió a enviar The
Legión, y se limitó a remitir el cuento Dead Star Station (La Estación de la
Estre¬lla Muerta), que se publicó en noviembre de 1933. Se trataba de un tema
de piratas espaciales y de una estrella gigante de gran fuerza gravitatoria en
torno a la que giraba una estación sideral. Elementos similares aparecerían mas
larde en Operation Gravity (Operación Gra¬vedad), publicada en 1935 por Science
Fiction Plus, el último intento editorial de Gernsback, y en el último episodio
de la Legión del Espa¬cio Near Nowhere. que vería la luz mucho después.
En
el invierno de 1933 envió Williamson por fin The Le¬gión of Space a Astounding,
siendo aceptada en el acto, y empezando a publicarse a partir de abril de 1934.
La acogida del público superó incluso las previsiones más optimistas de
Williamson, siendo consi¬derada la obra como un hito dentro de la revista. En
una encuesta organizada años más tarde entre los lectores, todavía daban éstos
a Giles Habibula como el personaje más popular aparecido en las pági¬nas de
Astounding.
No
dejaba Williamson por aquellas fechas de publicar nuevos relatos,
independientemente de la novela que tanta fama le diera. En marzo de 1934
publicó Born of the Sun (nacido del Sol), con la teoría de ser la Tierra en
realidad un huevo gigantesco. Al romperse éste para dar vida a un monstruoso
pájaro estelar, tan sólo queda con vida una pareja humana que huye en una
astronave en busca de nuevos mundos (¿que también serian huevos? ). En tal idea
se inspiraría mas tarde Nelson Bond para su relato And-Lo! The Bird! (¡Verdio!
¡El Pájaro!). En julio del 35 aparecería otro relato de Williamson titulado The
Galactic Circle (El Círculo Galáctico), con una teoría todavía más extraña; una
nave experi¬mental empieza a expanderse rápidamente hasta igualar en tamaño al
Universo, resurgiendo luego en forma microscópica en el jardín del sabio
inventor el mismo día de su partida.
Pero
Williamson no podía olvidar el éxito de The Legión, y no tardó mucho en crear
una continuación a la misma, con los mismos personajes y otros nuevos
relacionados con ellos. En mayo de 1936 apareció, también en Astounding, The
Cometeers (Los Cometarios), en donde el protagonista era un hijo de la pareja
principal de la novela anterior, contando con la ayuda de los «tres
mosqueteros» de la mis¬ma, incluyendo desde luego al eternamente quejoso Giles
Habibula. El nuevo peligro estaba representado por la llegada al Sistema Solar
de una raza de monstruos inmateriales, ayudados aquí también por un traidor
terrestre. Se conservaba el sentido épico, y la obra fue igual¬mente muy bien
acogida por los lectores de la revista.
Un
cambio de gran importancia sucedería pronto en ésta. Cesó como director de la
misma Orlin Tremaine, siendo sustituido por el escrito y gran aficionado a la
C-F John W. Campbell, cuyo nombre pronto se haría poco menos que legendario. A
partir de sep¬tiembre de 1937, fecha en la que se produjo el cambio, la labor
del nuevo amo de Astounding convertiría pronto dicha revista en la me¬jor sin
discusión dentro del panorama fantacientífico americano, aca¬parando los
mejores autores, tales como Heinlein, Van Vogt, Asimov y el propio Williamson.
En
junio y agosto de 1938 publicaría éste en sus paginas la novela larga Legión of
Time (La Legión del Tiempo), de título apa¬rentemente semejante a la de la obra
anterior, pero que nada tenía que ver con ella. El protagonista. Dermis
Lanning, un hombre de nuestra época, se ve acosado por dos fantásticas mujeres
del futuro, Lethonca y Sorainya, procedentes de dos universos alternativos y
excluyentes, y que pretenden hacerle actuar de manera que, en el futuro, de
origen al mundo propio de cada una de ellas. La idea, bastante original,
inspira¬ría un año después el relato de Catherine L. Moore, Greater Than Gods.
En
abril de 1939 hizo su aparición la tercera parte de The Legión, titulada One
Against the Legión (Sólo contra la Legión), con nuevo protagonista, aunque
contando también con la presencia de los ya conocidos. Se trataba ahora de la
lucha contra un bandido espacial que realizaba sus fechorías valiéndose de un
transmisor de materia, y en el relato se aclaraban algunos puntos oscuros
insinuados en The Cometeers.
Ese
mismo año 1939, Campbell había creado la revista Unknown, publicación paralela
de Astounding dedicada al género fantástico. En diciembre de 1940 apareció la
firma de Williamson en ella, con la novela Darker Than You Think (Más Oscuro de
lo que Piensas), donde se desarrollaba el tema de la licantropía de una forma
más o menos racional, mirándola además desde el punto de vista de los propios
licántropos en su lucha contra los humanos normales.
La
entrada de los Estados Unidos en la guerra trajo una in¬mediata crisis en las
editoriales de ciencia-ficción, no sólo por las res¬tricciones de papel, sino
también por la movilización de muchos de los autores. Entre ellos estuvo
Williamson, cuya firma dejó de apare¬cer momentáneamente de las páginas de
Astounding.
Al
terminar el conflicto bélico, Jack Williamson empezó a pensar en sentar cabeza,
e inició estudios, por primera vez de forma convencida y continuada, buscando
la licenciatura en lengua inglesa. En 1947 se casó con Blanche, una compañera
de estudios de la Escuela Superior. Se habían terminado los descensos del
Mississipí en canoa y los locos viajes como polizón en trenes de carga por todo
el territorio de la Unión.
Pero
no había renunciado Williamson a la ciencia-ficción. En marzo de 1948 se
publicaría la primera entrega de And Searching Mim, que luego pasaría a
titularse, al publicarse en forma de libro, The Humanoids (Los Humanoides).
Trataba la obra de la expansión por el universo de una raza de robots benéficos
que pretenden ayudar a la humanidad, pero que en realidad la condenan a una
desagradable esclavitud paternalista difícilmente soportable. El doctor
Forester, cien¬tífico de uno de los mundos de la Galaxia intenta sublevarse
contra tal estado de cosas con la ayuda de un grupo de paranormales. pero
finalmente lodos ellos son «convertidos» y se integran en el nuevo orden.
Difícil es saber si Williamson quiso dar un fin deliberadamente pesi¬mista a su
relato, o por el contrario él mismo llegó a juzgar que la sociedad de los
robots constituía después de todo un mal menor como solución a los problemas de
la turbulenta humanidad (1).
Aunque
asiduo a las páginas de Astounding, no por ello dejaba Williamson de publicar
relatos en otras revistas. Así, en junio de 1952 apareció en Startling Stories
su novela corta Dragon's Island (La Isla del Dragón), sobre las creaciones
biológicas de un científico refugiado en las selvas de Nueva Guinea; y en mayo
de 1956 se publi¬có en Science Fantasy el relato corto Gunievere For Everybody
(Genoveva Para Todos), acerca de un robot humanoide femenino, muy semejante a
la famosa Helen O'Loy de Lester Del Rey.
También
por esta época comenzaron las grandes colabora¬ciones de Williamson con otros
autores. Junto con James E. Gunn publicó directamente en forma de libro, con
Gnome Press, la excelen¬te novela Star Bridge (Puente estelar). Dentro del
marco del inmenso Imperio tic Eron, con los mundos conectados por tubos de luz
dorada que permiten las comunicaciones casi instantáneas, se nos presenta aquí
la saga del mercenario Alan Hoin, personaje llevado de un lado a otro por el
destino, a semejanza de los héroes homéricos, hasta desem¬bocar en un final que
recuerda las series de Asimov sobre la forma de alterar la historia para
beneficio de la vida y libertad humanas.
Al
comenzar la década de los 60, Williamson había comen¬zado a enseñar literatura
inglesa, una vez. lograda la titulación para ello. Enseñó primeramente en el
Instituto Militar de Nuevo Méjico, desde donde pasaría a la Universidad de
Colorado, y finalmente a la Eastern New México University. Ya para entonces se
había reconcilia¬do con William Shakespeare, quizá por deberle indirectamente
la crea¬ción de uno de sus personajes más célebres.
Paralelamente
a estas actividades académicas, Williamson continuó escribiendo
ciencia-ficción, comenzando a colaborar en la revista Galaxy. En abril de 1962
publicó en ella el relato A Planet for Plundering, que luego amplió hasta
convertirlo en la novela The Trial of Terra (El Juicio de la Tierra). En ella
era protagonista un extraterrestre llamado Scarlel Wain, perteneciente a un
estado galáctico muy avanzado, que pretendía especular con el destino de
nuestro planeta, deseado por varias corporaciones comerciales o científicas de
la Ga¬laxia para satisfacer diversos y contradictorios intereses.
A
partir de 1963 Williamson inició otra de sus colaboracio¬nes, esta vez con
Frederick Pohl, desde 1961 director de la revista If, comprada por el grupo
editorial de Galaxy. Juntos escribieron la no¬vela The Reefs of Space (Los
Arrecifes del Espacio), sobre un sistema solar dominado por una gran Maquina
Planificadora encargada de re¬dactar y mantener el llamado Plan del Hombre, que
implica a toda la humanidad. El protagonista, Steve Ryeland, resulta casi
vanvogtiano, al ignorar su verdadera personalidad, en tanto que es visible
también en el episodio del Banco de Cuerpos de donde se extraen toda clase de
miembros humanos para injerto, la influencia del célebre A Planet Named Sliayol
de Cordwainer Smith.
En
enero de 1967 ambos autores iniciaron la publicación de Starchild (El Hijo de
las Estrellas), segunda parte de la anterior, en la que la Máquina
Planificadora debe enfrentarse con un misterioso per¬sonaje que parece poseer
poderes sobrenaturales.
En
1967 Williamson volvió a presentar al público algunos viejos conocidos. En la
versión aparecida en Pyramids de One Against the Legión, se incluyó un nuevo
relato titulado Nowhere Near (Cerca de Ninguna Parte), donde aparecía una vez
más el inimitable Giles Habibula junto con una serie de nuevos personajes de la
Legión del Espacio, ahora en conflicto con una terrible anomalía
espacio-tempo¬ral, dando al autor ocasión de desarrollar una curiosa teoría
acerca de los quasars como indicadores del nacimiento de nuevos universos en
otras dimensiones.
Convertido
en uno de los clásicos de la ciencia-ficción ame¬ricana, Jack Williamson no ha
dejado un momento de escribir. En 1974 apareció su novela The Power of
Blackness (El Poder de la Oscuri¬dad), sobre las aventuras de un hombre de raza
negra en una futura civilización galáctica; y son incontables los relatos
cortos publicados en los últimos tiempos dentro de las páginas de diversas
revistas del género.
Últimamente
corrió el rumor de que estaba preparando un nuevo episodio para su ya larga
serie de la Legión del Espacio, dándo¬se incluso como título el de The Queen of
the Legión (La Reina de la Legión), pero nada más se supo al respecto. Sin
embargo todo es posi¬ble, tratándose de la obra más querida por el autor.
El
soñador sigue con vida y, por tanto, el sueño puede reiniciarse de un momento a
otro.

