Libro N° 6052. Cuentos Orientales. Yourcenar, Marguerite.
© Libro N° 6052.
Cuentos Orientales. Yourcenar, Marguerite. Emancipación. Junio 1 de 2019.
Título
original: © Cuentos Orientales. Marguerite Yourcenar (1938)
Versión Original: © Cuentos Orientales. Marguerite Yourcenar
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A
CRÍTICA TODA LA CULTURA
CUENTOS ORIENTALES
Marguerite Yourcenar
(1938)
MARGUERITE YOURCENAR
Traducción y selección de
Patricia Daumas, Silvia Molina y Leticia Hülsz
Nota de
Patricia Daumas y Silvia Molina
UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
COORDINACIÓN DE DIFUSIÓN CULTURAL
DIRECCIÓN DE LITERATURA
MÉXICO 2008
ÍNDICE
NOTA
INTRODUCTORIA
ASÍ
FUE SALVADO WANG-FO
LA
LECHE DE LA MUERTE
LA
SOMBRA DE MARKO
LA
TRISTEZA DE CORNELIUS BERG
NOTA
INTRODUCTORIA
A
simple vista, lo primero que resalta de la obra de Marguerite Yourcenar,
cimentada en una vasta cultura clásica, es una aparente diversidad de temas,
épocas, personajes y lugares: la Grecia Antigua de Fuegos, el Oriente de los
Cuentos orientales, los Países Bálticos de El tiro de gracia, el paisaje
austro-húngaro de Alexis, la Italia de Mussolini de Denario del sueño, la Roma
Imperial de Adriano, el Flandes del siglo XVI de El alquimista... Su escritura
no se basa directamente ni en la experiencia ni en el recuerdo sino en el
rescate de los momentos esenciales de la historia; pero su talento está al
servicio de la literatura, y el hilo que une toda su obra es la recuperación de
una memoria colectiva y de la sustancia del hombre y su pasado. La condición
humana, revelada hasta en su texto más humilde, expresa una concepción
universal del mundo; y la historia, en Marguerite Yourcenar, no está escrita
para comprenderse sino para imaginarse.
También
en el centro de su obra se encuentra el mito. Los mitos grecorromanos,
cristianos y orientales afloran en sus textos, entregándonos, curiosamente, una
visión moderna del mundo, porque se nos presentan como hechos vivos o como
personajes que nos alteran. Revitalizada la carga ejemplar del mito, éste sirve
únicamente para recrear, en toda su esencia, al ser humano. Es el hombre quien
abarca las reflexiones y la vocación de la escritura.
Marguerite
Yourcenar nació el 8 de junio de 1903 en Bruselas. Su madre, belga, murió poco
después de dada a luz; y con su padre, un noble francés que le enseñó latín y
griego desde niña y que la encauzó hacia el mundo clásico y hacia la historia y
sus hombres, llegó a vivir a Francia. Escribió su primer texto importante
cuando tenía dieciséis años; un poema largo y ambicioso sobre Ícaro: Le jardin
des Chimères, donde trabajó al héroe griego como un símbolo de la elevación
hacia el absoluto. Y por insistencia de su padre, que había decidido regalarle
la publicación del poema, firmó el libro con un seudónimo, que era en realidad
un reacomodo de las letras de su apellido: Crayencour. Marguerite Yourcenar se
volvería con el tiempo su nombre legal.
Viajera
incansable, dedicó muchos años a recorrer Europa y parte del Oriente, hasta que
llegó, en 1939, a los Estados Unidos, invitada a impartir un curso de francés y
otro de literatura comparada. La guerra la sorprendió en aquel país; y más
tarde, se exilió voluntariamente en su casa Petite Plaisance, en una isla del
Maine llamada Montes Desiertos. En 1968 obtuvo el Premio Femina por El
Alquimista (L'ouvre au noir); en 1971
fue recibida por la Academia Real de Bélgica; y es la única mujer que ha
logrado pertenecer a la Academia Francesa, que le abrió las puertas en 1981.
Marguerite
Yourcenar escribe sobre los momentos esenciales de la historia, para el
desarrollo y la configuración de la sociedad actual; y ni ella misma, ni su
condición de mujer, ni su propio tiempo figuran de manera implícita en sus
libros; ni siquiera en los dos primeros volúmenes de su autobiografía. Sus personajes
luchan por la fidelidad a sí mismos, al mundo, a su naturaleza. La voluntad, la
sociedad, el amor por la justicia, la preocupación por el estado del mundo son
los valores que la escritora declara; y sin embargo, jamás hablará de su
condición de mujer, de su país o de los dramas de su tiempo. Así, mientras el proyecto
de Las memorias de Adriano, que tardó en cristalizar veintisiete años, se iba
configurando, publicó varias novelas; entre ellas, la primera fue Alexis o el
tratado del inútil combate. Intimista, está escrita como Las memorias… en forma
epistolar. Es la carta de un hombre a su esposa, en la que le habla de las
razones que lo han orillado a dejarla, en la que el propio Alexis se interroga
para comprenderse y al mismo tiempo para entender el mundo. En 1931 retoma en
su novela La nueva Eurídice el mito de la mujer de Orfeo y nos entrega la
historia de un hombre que decide buscar de pronto a una mujer que había amado
vagamente. En su búsqueda sabe que era casada y se entera de que ha muerto. Y
con la noticia de aquella muerte recibe varias versiones acerca de la mujer:
unas dicen que fue la esposa más fiel del mundo; y otras, que era la más
infiel. Vino después un volumen de cuentos: La muerte conduce el carruaje (1935)
que contenía tres relatos, uno de los cuales, “Anna Sóror”, el incesto de un
hermano y una hermana, situado en Nápoles en el siglo XVI, era de una prosa
limpia, pausada, serena. Cuento que recogería más tarde la propia Marguerite
Yourcenar en otro libro de relatos: Como el agua que corre (1981), que incluye
también “Un hombre oscuro”, la historia de un obrero holandés, pobre, sensible
e inculto que acepta dejar pasar la vida como el agua que corre, de allí el
título de la obra; y “Una bella mañana”, texto onírico en el cual el pequeño
Lázaro vive con anticipación toda su vida.
La
obra y los personajes de Marguerite Yourcenar están enmarcados en un tiempo
preciso; y aunque los personajes hablan únicamente en su propio nombre, ambos
nos entregan, gracias a la sutil creación de la escritora, una visión
completamente moderna del mundo. Así, por ejemplo, en su novela Denario del sueño
(1934), se nos revela la vida romana popular mientras que los personajes viven
asimilados al mito; es decir, hay en la escritora, un esfuerzo por hacer sentir
la grandeza del gesto y de los mitos antiguos que florecen en la Roma de 1933.
Si
el escenario de El tiro de gracia son los Países Bálticos, región seriamente
afectada por la guerra civil rusa posterior a la revolución, en donde perfila una
pasión que agoniza del mismo modo que las fronteras de aquellas tierras, en El
alquimista rescata, a través del personaje de Zenón, el Flandes del Renacimiento.
Y su obra maestra, Las memorias de Adriano se agranda con la distancia que
media entre ella y la escritora. La perfección lograda en la recreación del
emperador y de su tiempo no teme el juicio de la historia; Adriano reflexiona
como un emperador, pero ante todo lo hace como un hombre; y en este libro su
escritura es más pulcra que nunca y en la meditación de Adriano ejerce la
poesía. La vida de Adriano es un acto universal que le da a su pensamiento una
dimensión moderna.
La
obra de Marguerite Yourcenar abarca todos los géneros: tradujo a Virginia
Woolf, a Henry James, a Constantino Cavafis, a Hortense Flexner y a varios poetas
griegos. En el ensayo destacan sus trabajos sobre Píndaro y Piranesi. Y de
particular importancia es un librito suyo titulado Les songes et les sorts, un estudio
sobre la composición mítica del sueño, donde analiza el mito como un
acercamiento al absoluto, para tratar de descubrir en el ser humano aquello que
hay en él de duradero, de eterno. También ha publicado seis obras de teatro y
cuatro libros de poesía; entre estos últimos, es en Fuegos donde retoma el mito
nuevamente como una vía de acceso hacia las diferentes grandes imágenes de lo
humano.
Producto
de una crisis pasional, Fuegos es la reunión de varios poemas o prosas líricas
relacionadas entre sí por la noción del amor. Es un monólogo personal exteriorizado,
descarnado, donde el amor se impone a la víctima como vocación o enfermedad;
donde la pasión tiene una sola dirección: la trascendencia. Los personajes
míticos o reales de Fuegos pertenecen a la Grecia Antigua, excepto María
Magdalena que está situada en el mundo judeo-cristiano; sin embargo, otra vez
Marguerite Yourcenar se ha encargado de modernizar el pasado para entregarnos
criaturas vivas, actuales.
Hemos
seleccionado y traducido para Material de Lectura cuatro relatos de los Cuentos
orientales: “Así fue salvado Wang-Fo”, “La tristeza de Cornelius Berg”, “La
sonrisa de Marko” y “La leche de la muerte” porque sirven muy bien para
ilustrar cómo Marguerite Yourcenar crea una sobrerrealidad a partir del mito,
para expresar arquetipos que se encuentran en la frontera de nuestras culturas.
Estos cuentos son un esfuerzo más de la escritora por rescatar ciertas imágenes
o símbolos, con los que trabaja la realidad y obtiene casi por transparencia
algo más que esa simple realidad. “Así fue salvado Wang-Fo” está inspirado en
un apólogo taoista de la antigua China; en él nos transmite el maravilloso
encanto del pintor Wang-Fo “que amaba la imagen de las cosas y no las cosas
mismas”. Este apólogo es redescubierto y reelaborado por Marguerite Yourcenar
hasta dar otra percepción de la realidad partiendo de esa vieja civilización de
refinamiento y crueldad. En este cuento encontramos varios temas importantes en
la autora: la maldición de la amistad, la que pesa sobre el arte (por eso es
sacrificada la mujer de Ling, por eso mismo Ling se arruina y muere por su
maestro; como si el amor también fuera un crimen). El artista merece castigo de
muerte porque ha mentido: el mundo en realidad sólo es un montón de manchas
confusas. Ni la civilización ni la madurez escapan a la violencia oal sadismo,
ni a la angustia ni a la voluptuosidad.
En
los Cuentos orientales, escritos antes de la primera guerra mundial y
recopilados por primera vez en 1938, Marguerite Yourcenar no sólo manifiesta su
gran interés por el Oriente sino que logra transmitirnos en profundidad la
atmósfera, el estilo y, sobre todo, el espíritu orientales. Cuatro de los diez relatos
recogidos en este volumen son en realidad interpretaciones desarrolladas
libremente de fábulas o leyendas auténticas. Otra vez aquí la diversidad de lugares
se nos presenta; de China a Grecia y de los Balcanes al Japón, el sueño y el
mito son atrapados por la pluma y el talento de esta genial escritora. En “La
sonrisa de Marko”, con un sólo punto débil, demasiado humano, émulo de Áquiles,
Marguerite Yourcenar nos presenta a un héroe servio capaz de despertar pasiones
que lo llevarán al borde de la muerte; un héroe capaz de soportar las peores
torturas, excepto la del deseo por una bella joven; un héroe que no puede
reprimir una sonrisa frente al más dulce de los suplicios. La Torre de Scutari
se levanta como símbolo del amor materno en “La leche de la muerte”; entrega
que, a los ojos de Marguerite Yourcenar, hoy no parece quedar sino en los
vestigios de una leyenda albanesa. “La tristeza de Cornelius Berg” (“Los tulipanes
de Cornelius Berg” en la edición de 1938) fue concebido como el capítulo final
de una novela hasta ahora inacabada, y únicamente tiene de oriental dos breves
alusiones a un viaje que hizo el pintor al Asia Menor; incluso, una de ellas
fue añadida para la segunda edición. Este relato no pertenecía a la colección
de los cuentos orientales pero su autora no supo resistir “las ganas de situar
frente al gran pintor chino que se salva y se pierde en el interior de su obra a
aquel ignorado contemporáneo de Rembrandt que llega a meditar apaciblemente
sobre su propia obra”.
La
amargura de Cornelius Berg, “que toca los objetos que ya no sabe pintar” es la
oposición del viejo pintor Wang-Fo “que amaba la imagen de las cosas”. Estos cuentos
son una mínima visión del maravilloso mundo construido por Marguerite
Yourcenar. La dimensión de la obra y del pensamiento de esta voz única es ya
trascendental y sus nuevos mitos llegarán a ser universales.
PATRICIA
DAUMAS
SILVIA
MOLINA
Cómo se salvó Wang Fô
El anciano pintor Wang Fô y su discípulo Ling
erraban por los caminos del reino de Han.
Avanzaban lentamente, pues Wang Fô se detenía
durante la noche a contemplar los astros y durante el día a mirar las
libélulas. No iban muy cargados, ya que Wang Fô amaba la imagen de las cosas y
no las cosas en sí mismas, y ningún objeto del mundo le parecía digno de ser
adquirido a no ser pinceles, tarros de laca y rollos de seda o de papel de
arroz. Eran pobres, pues Wang Fô trocaba sus pinturas por una ración de mijo y
despreciaba las monedas de plata. Su discípulo Ling, doblándose bajo el peso de
un saco lleno de bocetos, encorvaba respetuosamente la espalda como si llevara
encima la bóveda celeste, ya que aquel saco, a los ojos de Ling, estaba lleno
de montañas cubiertas de nieve, de ríos en primavera y del rostro de la luna de
verano.
Ling no había nacido para correr los caminos
al lado de un anciano que se apoderaba de la aurora y apresaba el crepúsculo.
Su padre era cambista de oro; su madre era la hija única de un comerciante de
jade, que le había legado sus bienes maldiciéndola por no ser un hijo. Ling
había crecido en una casa donde la riqueza abolía las inseguridades. Aquella
existencia, cuidadosamente resguardada, lo había vuelto tímido: tenía miedo de
los insectos, de la tormenta y del rostro de los muertos. Cuando cumplió quince
años, su padre le escogió una esposa, y la eligió muy bella, pues la idea de la
felicidad que proporcionaba a su hijo lo consolaba de haber llegado a la edad
en que la noche sólo sirve para dormir. La esposa de Ling era frágil como un
junco, infantil como la leche, dulce como la saliva, salada como las lágrimas.
Después de la boda, los padres de Ling llevaron su discreción hasta el punto de
morirse, y su hijo se quedó solo en su casa pintada de cinabrio, en compañía de
su joven esposa, que sonreía sin cesar, y de un ciruelo que daba flores rosas
cada primavera. Ling amó a aquella mujer de corazón límpido igual que se ama a
un espejo que no se empaña nunca, o a un talismán que siempre nos protege.
Acudía a las casas de té para seguir la moda, y favorecía moderadamente a
bailarinas y acróbatas. Una noche, en una taberna, tuvo por compañero de mesa a
Wang Fô. El anciano había bebido, para ponerse en un estado que le permitiera
pintar con realismo a un borracho; su cabeza se inclinaba hacia un lado, como
si se esforzara por medir la distancia que separaba su mano de la taza. El
alcohol de arroz desataba la lengua de aquel artesano taciturno, y aquella
noche, Wang hablaba como si el silencio fuera una pared y las palabras unos
colores destinados a embadurnarla. Gracias a él, Ling conoció la belleza que
reflejaban las caras de los bebedores, difuminadas por el humo de las bebidas
calientes, el esplendor tostado de las carnes lamidas de una forma desigual por
los lengüetazos del fuego, y el exquisito color de rosa de las manchas de vino
esparcidas por los manteles como pétalos marchitos. Una ráfaga de viento abrió
la ventana; el aguacero penetró en la habitación. Wang Fô se agachó para que
Ling admirase la lívida veta del rayo y Ling, maravillado, dejó de tener miedo
a las tormentas.
Ling pagó la cuenta del viejo pintor; como
Wang Fô no tenía ni dinero ni morada, le ofreció humildemente un refugio.
Hicieron juntos el camino; Ling llevaba un farol; su luz proyectaba en los
charcos inesperados destellos: Aquella noche, Ling se enteró con sorpresa de
que los muros de su casa no eran rojos, como él creía sino que tenían el color
de una naranja que se empieza a pudrir. En el patio, Wang Fô advirtió la forma
delicada de un arbusto, en el que nadie se había fijado hasta entonces, y lo
comparó a una mujer joven que dejara secar sus cabellos. En el pasillo, siguió
con arrobo el andar vacilante de una hormiga a lo largo de las grietas de la
pared, y el horror que Ling sentía por aquellos bichitos se desvaneció.
Entonces, comprendiendo que Wang Fô acababa de regalarle un alma y una
percepción nuevas, Ling acostó respetuosamente al anciano en la habitación
donde habían muerto sus padres.
Hacía años que Wang Fô soñaba con hacer el
retrato de una princesa de antaño tocando el laúd bajo un sauce. Ninguna mujer
le parecía lo bastante irreal para servirle de modelo, pero Ling podía serlo,
puesto que no era una mujer. Más tarde, Wang Fô habló de pintar a un joven
príncipe tensando el arco al pie de un alto cedro. Ningún joven de la época
actual era lo bastante irreal para servirle de modelo, pero Ling mandó posar a
su mujer bajo el ciruelo del jardín. Después, Wang Fô la pintó vestida de hada
entre las nubes de poniente, y la joven lloró, pues aquello era un presagio de
muerte. Desde que Ling prefería los retratos que le hacía Wang Fô a ella misma,
su rostro se marchitaba como la flor que lucha con el viento o con las lluvias
de verano. Una mañana la encontraron colgada de las ramas del ciruelo rosa: las
puntas de la bufanda de seda que la estrangulaba flotaban al viento mezcladas
con sus cabellos; parecía aún más esbelta que de costumbre, y tan pura como las
beldades que cantan los poetas de tiempos pasados. Wang Fô la pintó por última
vez, pues le gustaba ese color verdoso que adquiere el rostro de los muertos.
Su discípulo Ling desleía los colores y este trabajo exigía tanta aplicación
que se olvidó de verter unas lágrimas.
Ling vendió sucesivamente sus esclavos, sus
jades y los peces de su estanque para proporcionar al maestro tarros de tinta
púrpura que venían de Occidente. Cuando la casa estuvo vacía, se marcharon y
Ling cerró tras él la puerta de su pasado. Wang Fô estaba cansado de una ciudad
en donde ya las caras no podían enseñarle ningún secreto de belleza o de
fealdad, y juntos ambos, maestro y discípulo, vagaron por los caminos del reino
de Han.
Su reputación los precedía por los pueblos, en
el umbral de los castillos fortificados y bajo el pórtico de los templos donde
se refugian los peregrinos inquietos al llegar el crepúsculo. Se decía que Wang
Fô tenía el poder de dar vida a sus pinturas gracias a un último toque de color
que añadía a los ojos. Los granjeros acudían a suplicarle que les pintase un
perro guardián, y los señores querían que les hiciera imágenes de soldados. Los
sacerdotes honraban a Wang Fô como a un sabio; el pueblo lo temía como a un
brujo. Wang se alegraba de estas diferencias de opiniones que le permitían
estudiar a su alrededor las expresiones de gratitud, de miedo o de veneración.
Ling mendigaba la comida, velaba el sueño de
su maestro y aprovechaba sus éxtasis para darle masaje en los pies. Al apuntar
el día, mientras el anciano seguía durmiendo, salía en busca de paisajes
tímidos, escondidos detrás de los bosquecillos de juncos. Por la noche, cuando
el maestro, desanimado, tiraba sus pinceles al suelo, él los recogía. Cuando
Wang Fô estaba triste y hablaba de su avanzada edad, Ling le mostraba sonriente
el tronco sólido de un viejo roble; cuando Wang Fô estaba alegre y soltaba sus
chanzas, Ling fingía escucharlo humildemente.
Un día, al atardecer, llegaron a los arrabales
de la ciudad imperial, y Ling buscó para Wang Fô un albergue donde pasar la
noche. El anciano se envolvió en sus harapos y Ling se acostó junto a él para
darle calor, pues la primavera acababa de llegar y el suelo de barro estaba
helado aún. Al llegar el alba, unos pesados pasos resonaron por los pasillos de
la posada; se oyeron los susurros amedrentados del posadero y unos gritos de
mando proferidos en lengua bárbara. Ling se estremeció, recordando que el día
anterior había robado un pastel de arroz para la comida del maestro. No puso en
duda que venían a arrestarlo y se preguntó quién ayudaría mañana a Wang Fô a
vadear el próximo río.
Entraron los soldados provistos de faroles. La
llama, que se filtraba a través del papel de colores, ponía luces rojas y
azules en sus cascos de cuero. La cuerda de un arco vibraba en su hombro, y, de
repente, los más feroces rugían sin razón alguna. Pusieron su pesada mano en la
nuca de Wang Fô, quien no pudo evitar fjarse en que sus mangas no hacían juego
con el color de sus abrigos. Ayudado por su discípulo, Wang Fô siguió a los
soldados, tropezando por unos caminos desiguales. Los transeúntes, agrupados,
se mofaban de aquellos dos criminales a quienes probablemente iban a decapitar.
A todas las preguntas que hacía Wang, los soldados contestaban con una mueca
salvaje. Sus manos atadas le dolían y Ling, desesperado, miraba a su maestro
sonriendo, lo que era para él una manera más tierna de llorar.
Llegaron a la puerta del palacio imperial,
cuyos muros color violeta se erguían en pleno día como un trozo de crepúsculo.
Los soldados obligaron a Wang Fô a franquear innumerables salas cuadradas o
circulares, cuya forma simbolizaba las estaciones, los puntos cardinales, lo
masculino y lo femenino, la longevidad, las prerrogativas del poder. Las
puertas giraban sobre sí mismas mientras emitían una nota de música, y su
disposición era tal que podía recorrerse toda la gama al atravesar el palacio
de Levante a Poniente. Todo se concertaba para dar idea de un poder y de una
sutileza sobrehumanas y se percibía que las más ínfimas órdenes que allí se
pronunciaban debían de ser definitivas y terribles, como la sabiduría de los
antepasados. Finalmente, el aire se enrareció; el silencio se hizo tan profundo
que ni un torturado se hubiera atrevido a gritar. Un eunuco levantó una
cortina; los soldados temblaron como mujeres, y el grupito entró en la sala en
donde se hallaba el Hijo del Cielo sentado en su trono.
Era una sala desprovista de paredes, sostenida
por unas macizas columnas de piedra azul. Florecía un jardín al otro lado de
los fustes de mármol y cada una de las flores que encerraban sus bosquecillos
pertenecía a una exótica especie traída de allende los mares. Pero ninguna de
ellas tenía perfume, por temor a que la meditación del Dragón Celeste se viera
turbada por los buenos olores. Por respeto al silencio en que bañaban sus
pensamientos, ningún pájaro había sido admitido en el interior del recinto y hasta
se había expulsado de allí a las abejas. Un alto muro separaba el jardín del
resto del mundo, con el fin de que el viento, que pasa sobre los perros
reventados y los cadáveres de los campos de batalla, no pudiera permitirse ni
rozar siquiera la manga del Emperador.
El Maestro Celeste se hallaba sentado en un
trono de jade y sus manos estaban arrugadas como las de un viejo, aunque apenas
tuviera veinte años. Su traje era azul, para simular el invierno, y verde, para
recordar la primavera. Su rostro era hermoso, pero impasible como un espejo
colocado a demasiada altura y que no reflejara más que los astros y el
implacable cielo. A su derecha tenía al Ministro de los Placeres Perfectos y a
su izquierda al Consejero de los Tormentos Justos. Como sus cortesanos,
alineados al pie de las columnas, aguzaban el oído para recoger la menor
palabra que de sus labios se escapara, había adquirido la costumbre de hablar
siempre en voz baja.
Dragón Celeste dijo Wang Fô, prosternándose , soy viejo, soy
pobre y soy débil. Tú eres como el verano; yo soy como el invierno. Tú tienes
Diez Mil Vidas; yo no tengo más que una y pronto acabará. ¿Qué te he hecho yo?
Han atado mis manos que jamás te hicieron daño alguno.
¿Y tú me preguntas qué es lo que me has
hecho, viejo Wang Fô? dijo el Emperador.
Su voz era tan melodiosa que daban ganas de
llorar. Levantó su mano derecha, que los reflejos del suelo de jade
transformaban en glauca como una planta submarina, y Wang Fô, maravillado por
aquellos dedos tan largos y delgados, trató de hallar en sus recuerdos si
alguna vez había hecho del Emperador o de sus ascendientes un retrato tan
mediocre que mereciese la muerte. Mas era poco probable, pues Wang Fô, hasta
aquel momento, apenas había pisado la corte de los Emperadores, prefiriendo
siempre las chozas de los granjeros o, en las ciudades, los arrabales de las
cortesanas y las tabernas del muelle en las que disputan los estibadores.
¿Me preguntas lo que me has hecho, viejo Wang
Fô? prosiguió el Emperador, inclinando
su cuello delgado hacia el anciano que lo escuchaba . Voy a decírtelo. Pero
como el veneno ajeno no puede entrar en nosotros, sino por nuestras nueve
aberturas, para ponerte en presencia de tus culpas deberé recorrer los pasillos
de mi memoria y contarte toda mi vida. Mi padre había reunido una colección de
tus pinturas en la estancia más escondida de palacio, pues sustentaba la
opinión de que los personajes de los cuadros deben ser sustraídos a las miradas
de los profanos, en cuya presencia no pueden bajar los ojos. En aquellas salas
me educaron a mí, viejo Wang Fô, ya que habían dispuesto una gran soledad a mi
alrededor para permitirme crecer. Con objeto de evitarle a mi candor las
salpicaduras humanas, habían alejado de mí las agitadas olas de mis futuros
súbditos, y a nadie se le permitía pasar ante mi puerta, por miedo a que la
sombra de aquel hombre o mujer se extendiera hasta mí. Los pocos y viejos
servidores que se me habían concedido se mostraban lo menos posible; las horas
daban vueltas en círculo; los colores de tus cuadros se reavivaban con el alba
y palidecían con el crepúsculo. Por las noches, yo los contemplaba cuando no
podía dormir, y durante diez años consecutivos estuve mirándolos todas las
noches. Durante el día, sentado en una alfombra cuyo dibujo me sabía de
memoria, reposando la palma de mis manos vacías en mis rodillas de amarilla
seda, soñaba con los goces que me proporcionaría el porvenir. Me imaginaba al
mundo con el país de Han en medio, semejante al llano monótono hueco de la mano
surcada por las líneas fatales de los Cinco Ríos. A su alrededor, el mar donde
nacen los monstruos y, más lejos aún, las montañas que sostienen el cielo. Y
para ayudarme a imaginar todas esas cosas, yo me valía de tus pinturas. Me
hiciste creer que el mar se parecía a la vasta capa de agua extendida en tus
telas, tan azul que una piedra al caer no puede por menos de convertirse en
zafiro; que las mujeres se abrían y se cerraban como las flores, semejantes a
las criaturas que avanzan, empujadas por el viento, por los senderos de tus
jardines, y que los jóvenes guerreros de delgada cintura que velan en las
fortalezas de las fronteras eran como flechas que podían traspasarnos el
corazón. A los dieciséis años, vi abrirse las puertas que me separaban del
mundo: subí a la terraza del palacio a mirar las nubes, pero eran menos
hermosas que las de tus crepúsculos. Pedí mi litera: sacudido por los caminos,
cuyo barro y piedras yo no había previsto, recorrí las provincias del Imperio
sin hallar tus jardines llenos de mujeres parecidas a luciérnagas, aquellas
mujeres que tú pintabas y cuyo cuerpo es como un jardín. Los guijarros de las
orillas me asquearon de los océanos; la sangre de los ajusticiados es menos
roja que la granada que se ve en tus cuadros; los parásitos que hay en los
pueblos me impiden ver la belleza de los arrozales; la carne de las mujeres
vivas me repugna tanto como la carne muerta que cuelga de los ganchos en las carnicerías,
y la risa soez de mis soldados me da náuseas. Me has mentido, Wang Fô, viejo
impostor: el mundo no es más que un amasijo de manchas confusas, lanzadas al
vacío por un pintor insensato, borradas sin cesar por nuestras lágrimas. El
reino de Han no es el más hermoso de los reinos y yo no soy el Emperador. El
único imperio sobre el que vale la pena reinar es aquel donde tú penetras,
viejo Wang Fô, por el camino de las Mil Curvas y de los Diez Mil Colores. Sólo
tú reinas en paz sobre unas montañas cubiertas por una nieve que no puede
derretirse y sobre unos campos de narcisos que nunca se marchitan. Y por eso,
Wang Fô, he buscado el suplicio que iba a reservarte, a ti cuyos sortilegios
han hecho que me asquee de cuanto poseo y me han hecho desear lo que jamás
podré poseer. Y para encerrarte en el único calabozo de donde no vas a poder
salir, he decidido que te quemen los ojos, ya que tus ojos, Wang Fô, son las dos puertas mágicas que abren tu
reino. Y puesto que tus manos son los dos caminos, divididos en diez
bifurcaciones, que te llevan al corazón de tu imperio, he dispuesto que te
corten las manos. ¿Me has entendido, viejo Wang Fô?
Al escuchar esta sentencia, el discípulo Ling
se arrancó del cinturón un cuchillo mellado y se precipitó sobre el Emperador.
Dos guardias lo apresaron. El Hijo del Cielo sonrió y añadió con un suspiro:
Y te odio también, viejo Wang Fô, porque has
sabido hacerte amar. Matad a ese perro.
Ling dio un salto para evitar que su sangre
manchase el traje de su maestro. Uno de los soldados levantó el sable, y la
cabeza de Ling se desprendió de su nuca, semejante a una flor tronchada. Los
servidores se llevaron los restos y Wang Fô, desesperado, admiró la hermosa
mancha escarlata que la sangre de su discípulo dejaba en el pavimento de piedra
verde.
El Emperador hizo una seña y dos eunucos
limpiaron los ojos de Wang Fô.
Oyeme, viejo Wang Fo dijo el Emperador , y seca tus lágrimas, pues
no es el momento de llorar. Tus ojos deben permanecer claros, con el fin de que
la poca luz que aún les queda no se empañe con tu llanto. Ya que no deseo tu
muerte sólo por rencor, ni sólo por crueldad quiero verte sufrir. Tengo otros
proyectos, viejo Wang Fô. Poseo, entre la colección de tus obras, una pintura
admirable en donde se reflejan las montañas, el estuario de los ríos y el mar,
infinitamente reducidos, es verdad, pero con una evidencia que sobrepasa a la
de los objetos mismos, como las figuras que se miran a través de una esfera.
Pero esta pintura se halla inacabada, Wang Fô, y tu obra maestra no es más que
un esbozo. Probablemente, en el momento en que la estabas pintando, sentado en
un valle solitario, te fijaste en un pájaro que pasaba, o en un niño que
perseguía al pájaro. Y el pico del pájaro o las mejillas del niño te hicieron
olvidar los párpados azules de las olas. No has terminado las franjas del manto
del mar, ni los cabellos de algas de las rocas. Wang Fô, quiero que dediques
las horas de luz que aún te quedan a terminar esta pintura, que encerrará de
esta suerte los últimos secretos acumulados durante tu larga vida. No me cabe
duda de que tus manos, tan próximas a caer, temblarán sobre la seda y el
infinito penetrará en tu obra por esos cortes de la desgracia. Ni me cabe duda
de que tus ojos, tan cerca de ser aniquilados, descubrirán unas relaciones al
límite de los sentidos humanos. Tal es mi proyecto, viejo Wang Fô, y puedo
obligarte a realizarlo. Si te niegas, antes de cegarte quemaré todas tus obras
y entonces serás como un padre cuyos hijos han sido todos asesinados y
destruidas sus esperanzas de posteridad. Piensa más bien, si quieres, que esta
última orden es una consecuencia de mi bondad, pues sé que la tela es la única
amante a quien tú has acariciado. Y ofrecerte unos pinceles, unos colores y
tinta para ocupar tus últimas horas es lo mismo que darle una ramera como
limosna a un hombre que va a morir.
A una seña del dedo meñique del Emperador, dos
eunucos trajeron respetuosamente la pintura inacabada donde Wang Fô había
trazado la imagen del cielo y del mar. Wang Fô se secó las lágrimas y sonrió,
pues aquel apunte le recordaba su juventud. Todo en él atestiguaba una frescura
de alma a la que ya Wang Fô no podía aspirar, pero le faltaba, no obstante,
algo, pues en la época en que la había pintado Wang, todavía no había
contemplado lo bastante las montañas, ni las rocas que bañan en el mar sus
flancos desnudos, ni tampoco se había empapado lo suficiente de la tristeza del
crepúsculo. Wang Fô eligió uno de los pinceles que le presentaba un esclavo y
se puso a extender, sobre el mar inacabado, amplias pinceladas de azul. Un
eunuco, en cuclillas a sus pies, desleía los colores; hacía esta tarea bastante
mal, y más que nunca Wang Fô echó de menos a su discípulo Ling.
Wang empezó por teñir de rosa la punta del ala
de una nube posada en una montaña. Luego añadió a la superficie del mar unas
pequeñas arrugas que no hacían sino acentuar la impresión de su serenidad. El
pavimento de jade se iba poniendo singularmente húmedo, pero Wang Fô, absorto
en su pintura, no advertía que estaba trabajando sentado en el agua.
La frágil embarcación, agrandada por las
pinceladas del pintor, ocupaba ahora todo el primer plano del rollo de seda. El
ruido acompasado de los remos se elevó de repente en la distancia, rápido y
ágil como un batir de alas. El ruido se fue acercando, llenó suavemente toda la
sala y luego cesó; unas gotas temblaban, inmóviles, suspendidas de los remos
del barquero. Hacía mucho tiempo que el hierro al rojo vivo destinado a quemar
los ojos de Wang se había apagado en el brasero del verdugo. Con el agua hasta
los hombros, los cortesanos, inmovilizados por la etiqueta, se alzaban sobre la
punta de los pies. El agua llegó por fin a nivel del corazón imperial. El
silencio era tan profundo que hubiera podido oírse caer las lágrimas.
Era Ling, en efecto. Llevaba puesto su traje
viejo de diario, y su manga derecha aún llevaba la huella de un enganchón que
no había tenido tiempo de coser aquella mañana, antes de la llegada de los
soldados. Pero lucía alrededor del cuello una extraña bufanda roja. Wang Fô le
dijo dulcemente, mientras continuaba pintando:
Te creía muerto.
Estando vos vivo dijo respetuosamente Ling , ¿cómo podría yo
morir?
Y ayudó al maestro a subir a la barca. El
techo de jade se reflejaba en el agua, de suerte que Ling parecía navegar por
el interior de una gruta. Las trenzas de los cortesanos sumergidos ondulaban en
la superficie como serpientes, y la cabeza pálida del Emperador flotaba como un
loto.
Mira, discípulo mío dijo melancólicamente Wang Fô . Esos
desventurados van a perecer, si no lo han hecho ya. Yo no sabía que había
bastante agua en el mar para ahogar a un Emperador. ¿Qué podemos hacer?
No temas nada, Maestro murmuró el discípulo . Pronto se hallarán a
pie enjuto, y ni siquiera recordarán haberse mojado las mangas. Tan sólo el
Emperador conservará en su corazón un poco de amargor marino. Estas gentes no
están hechas para perderse por el interior de una pintura.
Y añadió:
La mar está tranquila y el viento es
favorable. Los pájaros marinos están haciendo sus nidos. Partamos, maestro, al
país de más allá de las olas.
Partamos
dijo el viejo pintor.
Wang Fô cogió el timón y Ling se inclinó sobre
los remos. La cadencia de los mismos llenó de nuevo toda la estancia, firme y
regular como el latido de un corazón. El nivel del agua iba disminuyendo
insensiblemente en torno a las grandes rocas verticales que volvían a ser
columnas. Muy pronto, tan sólo unos cuantos charcos brillaron en las
depresiones del pavimento de jade. Los trajes de los cortesanos estaban secos,
pero el Emperador conservaba algunos copos de espuma en la orla de su manto.
El rollo de seda pintado por Wang Fô
permanecía sobre una mesita baja. Una barca ocupaba todo el primer término. Se
alejaba poco a poco, dejando tras ella un delgado surco que volvía a cerrarse
sobre el mar inmóvil. Ya no se distinguía el rostro de los dos hombres sentados
en la barca, pero aún podía verse la bufanda roja de Ling y la barba de Wang
Fô, que flotaba al viento.
La pulsación de los remos fue debilitándose y
luego cesó, borrada por la distancia. El Emperador, inclinado hacia delante,
con la mano a modo de visera delante de los ojos, contemplaba alejarse la barca
de Wang Fô, que ya no era más que una mancha imperceptible en la palidez del
crepúsculo. Un vaho de oro se elevó, desplegándose sobre el mar. Finalmente, la
barca viró en derredor a una roca que cerraba la entrada a la alta mar; cayó
sobre ella la sombra del acantilado; borróse el surco de la desierta superficie
y el pintor Wang Fô y su discípulo Ling desaparecieron para siempre en aquel
mar de Jade azul que Wang Fô acababa de inventar.
La sonrisa de Marko
El buque flotaba blandamente sobre las aguas
lisas, como una medusa descuidada. Un avión daba vueltas, con el insoportable
zumbido de un insecto irritado, por el estrecho espacio de cielo encajonado
entre las montañas. Aún no había transcurrido más que la tercera parte de una
hermosa tarde de verano y ya el sol había desaparecido por detrás de los áridos
contrafuertes de los Alpes montenegrinos sembrados de desmedrados árboles. El
mar, tan azul de mañana por el horizonte, adquiría tintes sombríos en el interior
de aquel fiordo largo y sinuoso, extrañamente situado en las cercanías de los
Balcanes. Las formas humildes y recogidas de las casas y la franqueza salubre
del paisaje eran ya eslavos, pero la apagada violencia de los colores, el
orgullo desnudo del cielo, recordaban todavía al Oriente y al Islam. La mayoría
de los pasajeros había bajado a tierra y trataba de entenderse con los
aduaneros, vestidos de blanco, y con unos admirables soldados, provistos de una
daga triangular, hermosos como el Angel exterminador. El arqueólogo griego, el
bajá egipcio y el ingeniero francés se habían quedado en la cubierta superior.
El ingeniero había pedido una cerveza, el bajá bebía whisky y el arqueólogo se
refrescaba con una limonada.
Este país me excita dijo el ingeniero . El muelle de Kotor y el
de Ragusa son seguramente las únicas salidas mediterráneas de este gran
territorio eslavo que se extiende desde los Balcanes al Ural, ignora las
delimitaciones variables del mapa de Europa y le vuelve resueltamente la
espalda al mar, que no penetra en él más que por las complicadas angosturas del
Caspio, de Finlandia, del Ponto Euxino o de las costas dálmatas. Y en este
vasto continente humano, la infinita variedad de las razas no destruye la
unidad misteriosa del conjunto, del mismo modo que la diversidad de las olas no
rompe la majestuosa monotonía del mar. Pero lo que a mí en estos momentos me
interesa no es ni la geografía, ni la historia: es Kotor. Las bocas de Cattaro,
como dicen... Kotor, tal y como la vemos desde la cubierta de este buque
italiano; Kotor la indómita, la bien escondida con su camino que asciende en
zig zag hacia Cetinje, y la Kotor apenas más ruda de las leyendas y cantares de
gesta eslavos. Kotor la infiel, que antaño vivió bajo el yugo de los musulmanes
de Albania y a los que no siempre rindió justicia la poesía épica de los
servios, ¿lo comprende usted, verdad, bajá? Y usted, Lukiadis, que conoce el
pasado igual que un granjero conoce los menores recovecos de su granja, ¿no van
a decirme que nunca oyeron hablar de Marko Kralievitch?
Soy arqueólogo respondió el griego dejando su vaso de
limonada . Mi saber se limita a la piedra esculpida, y sus héroes servios
tallaban más bien en la carne viva. No obstante, ese Marko me interesó a mí
también, y encontré sus huellas en un país muy alejado de la cuna de su
leyenda, en un suelo puramente griego, aun cuando la piedad servia haya elevado
unos monasterios asaz hermosos...
En el monte Athos interrumpió el ingeniero . Los huesos
gigantescos de Marko Kralievitch reposan en alguna parte de esa santa montaña
en donde nada ha cambiado desde la Edad Media, salvo, quizá, la calidad de las
almas, y donde seis mil monjes con moños y flotantes barbas oran todavía hoy
por la salvación de sus piadosos protectores, los príncipes de Trebisonda, cuya
raza se ha extinguido seguramente hace siglos. ¡Qué sosiego produce pensar que
el olvido no llega tan rápidamente como creemos, ni es tan absoluto como se
supone, y que aún existe un lugar en el mundo donde una dinastía de la época de
las Cruzadas sobrevive en las oraciones de unos cuantos monjes ancianos! Si no
me equivoco, Marko murió en una batalla contra los otomanos, en Bosnia o en un país
croata, pero su último deseo fue que lo inhumaran en ese Sinaí del mundo
ortodoxo, una barea logró transportar hasta allí su cadáver, pese a los
escollos del mar oriental y a las emboscadas de las galeras turcas. Una hermosa
historia, y que me hace recordar, no sé por qué, la última travesía de
Arturo...
Existen héroes en Occidente, pero parecen
sostenidos por su armadura de principios al igual que los caballeros de la Edad
Media por su armadura de hierro. En ese servio salvaje hallamos al héroe al
desnudo. Los turcos sobre los que Marko se precipitaba debían de tener la
impresión de que un roble de la montaña se les venía encima. Ya les dije a
ustedes que, en aquellos tiempos, Montenegro pertenecía al Islam: las bandas
servias no eran muy numerosas y no podían disputar abiertamente a los
circuncisos la posesión de la Tzernagora, la Montaña Negra de la que toma su
nombre aquella tierra. Marko Kralievitch establecía relaciones secretas en
tierra infiel con unos cristianos falsamente conversos, con funcionarios
descontentos y con bajás en peligro de desgracia o muerte; le era cada vez más
y más necesario entrevistarse directamente con sus cómplices. Pero su alta
estatura le impedía deslizarse en el campo enemigo disfrazado de mendigo, de
músico ciego o de mujer, aun cuando este último disfraz hubiera sido posible
gracias a su gran belleza: lo hubieran reconocido por la longitud desmesurada
de su sombra. Tampoco podía pensar en amarrar una barca en algún rincón
desierto de la orilla: innumerables centinelas, al acecho detrás de las rocas,
oponían a un Marko solitario ausente su presencia múltiple e infatigable. Pero
allí donde una barca es visible, un buen nadador puede pasar inadvertido, y
sólo los peces descubren su pista entre dos aguas. Marko hechizaba a las olas;
nadaba tan bien como Ulises, su antiguo vecino de Itaca. También hechizaba a
las mujeres: los complicados canales del mar llevábanle a menudo a Kotor, al
pie de una casa de madera toda carcomida, que jadeaba ante el empuje de las
olas; la viuda del bajá de Scutari pasaba allí sus noches soñando con Marko, y
sus mañanas esperándolo. Frotaba con aceite su cuerpo helado por los besos
blandos del mar; lo calentaba en su cama sin que lo supieran sus sirvientas; le
facilitaba los encuentros nocturnos con agentes y cómplices. En las primeras
horas del día, bajaba a la cocina aún vacía para prepararle los platos que más
le gustaba comer. El se resignaba a sus pesados senos, a sus gruesas piernas y
a las cejas que se le juntaban en medio de la frente; se tragaba la rabia al
verla escupir cuando él se arrodillaba para hacer la señal de la cruz. Una
noche, la víspera del día en que Marko se proponía llegar a nado hasta Ragusa,
la viuda bajó como de costumbre a hacerle la cena. Las lágrimas le impidieron
cocinar con el mismo cuidado de siempre; le subió, por desgracia, un plato de
cabrito demasiado hecho. Marko acababa de beber; su paciencia se había quedado
en el fondo de la jarra: la cogió por los cabellos con las manos pegajosas de
salsa y aulló:
¡Perra del diablo! ¿Pretendes que me coma una
vieja cabra centenaria?
-Era un hermoso animal respondió la viuda . Y la más joven del
rebaño.
¡Estaba tan correosa como tu carne de vieja
bruja, y tenía el mismo maldito olor!
dijo el joven cristiano, que estaba borracho . ¡Ojalá ardas tú como ella
en el Infierno!
Y de una patada lanzó el plato de guisado por
la ventana que daba al mar y que estaba abierta de par en par.
La viuda lavó silenciosamente el piso,
manchado de grasa, y su propio rostro, hinchado por las lágrimas. No estuvo ni
menos tierna, ni menos apasionada que el día anterior, y al apuntar el alba,
cuando el viento del Norte empezó a soplar sembrando la rebelión en las olas
del Golfo, aconsejó suavemente a Marko que retrasara su marcha. Él accedió.
Cuando llegaron las horas ardientes del día, volvió a acostarse para dormir la
siesta. Al despertarse, en el momento en que se estiraba perezosamente delante
de las ventanas, protegido de la mirada de los transeúntes por unas complicadas
persianas, vio brillar las cimitarras: una tropa de soldados turcos rodeaba la
casa, tapando todas las salidas. Marko se precipitó hacia el balcón, que
dominaba al mar desde muy alto: las olas, saltarinas, rompían en las rocas
haciendo el mismo ruido que el trueno en el cielo. Marko se arrancó la camisa y
se tiró de cabeza en medio de aquella tempestad donde ni siquiera una barca se
hubiese aventurado. Rodaron montañas de agua bajo su cuerpo; rodó él bajo
aquellas montañas. Los soldados registraron la casa, conducidos por la viuda,
sin encontrar ni la menor huella del gigante desaparecido; por fin, la camisa
desgarrada y las rejas arrancadas del balcón los pusieron sobre la verdadera
pista; se abalanzaron en dirección a la playa aullando de despecho y de terror.
Retrocedían a pesar suyo cada vez que una ola, más furiosa que las demás,
rompía a sus pies, y los embates del viento les parecían la risa de Marko; y la
insolente espuma, un salivazo suyo en la cara. Durante dos horas estuvo nadando
Marko sin conseguir avanzar ni una brazada; sus enemigos le apuntaban a la
cabeza, pero el viento desviaba sus dardos; Marko desaparecía y volvía a
aparecer debajo del mismo verde almiar. Finalmente, la viuda ató fuertemente su
pañuelo de seda a la esbelta y flexible cintura de un albanés; un hábil
pescador de atunes consiguió apresar a Marko con aquel lazo de seda, y el
nadador, medio estrangulado, no tuvo más remedio que dejarse arrastrar hasta la
playa. Durante las partidas de caza, allá en las montañas de su país, Marko
había visto a menudo cómo los animales se fingen muertos para evitar que los
rematen; su instinto lo llevó a imitar esta astucia: el joven de tez lívida que
los turcos llevaron a la playa estaba rígido y frío como un cadáver de tres
días; sus cabellos, sucios de espuma, se le pegaban a las sienes hundidas; sus
ojos, fijos, ya no reflejaban la inmensidad del cielo ni de la noche; sus
labios, salados por el mar, se hallaban inmóviles entre sus mandíbulas
contraídas; sus brazos, muertos, dejábanse caer, y el pecho hinchado impedía
oír su corazón. Los notables del pueblo se inclinaron sobre Marko,
cosquilleándole el rostro con sus largas barbas y después, levantando todos a
un tiempo la cabeza, exclamaron, con una única y misma voz:
¡Por Alá! Ha muerto como un topo podrido,
como un perro reventado. Arrojémosle de nuevo al mar, que lava las basuras, con
el fin de que nuestro suelo no se manche con su cuerpo.
Pero la malvada viuda se puso a llorar, y
luego a reír:
Hace falta algo más que una tempestad para
ahogar a Marko dijo , y más que un nudo
para estrangularlo. Tal como lo veis aquí, todavía no está muerto. Si lo
arrojáis al mar, hechizará a las olas, igual que me hechizó a mí, pobre mujer.
Coged unos clavos y un martillo; crucificad a ese perro igual que crucificaron
a su Dios, que no acudirá aquí a ayudarle, y ya veréis cómo sus rodillas se
retuercen de dolor y cómo su condenada boca empieza a vomitar alaridos.
Los verdugos cogieron unos clavos y un
martillo del banco del carpintero, que calafateaba las barcas, y agujerearon
las manos del joven servio, y atravesaron sus pies de parte a parte. Pero el
cuerpo torturado permaneció inerte: ningún estremecimiento agitaba aquel
rostro, que parecía insensible, y ni la sangre chorreaba de sus carnes abiertas
a no ser a gotitas lentas y escasas, pues Marko mandaba en sus arterias lo
mismo que mandaba en su corazón. Entonces, el más viejo de los notables arrojó
el manillo a lo lejos y exclamó, quejumbrosamente:
¡Que Alá nos perdone por haber tratado de
crucificar a un muerto! Vamos a atar una gruesa piedra al cuello de este
cadáver para que el abismo se trague nuestro error, y para que el mar no nos lo
devuelva.
Hacen falta más de mil clavos y más de cien
martillos para crucificar a Marko Kralievitch
dijo la malvada viuda . Tomad carbones encendidos y ponédselos en el
pecho, ya veréis cómo se retuerce de dolor, tal un gusano largo y desnudo.
Los verdugos cogieron brasas del hornillo de
un calafate y trazaron un amplio círculo en el pecho del nadador helado por el
mar. Los carbones se encendieron, después se apagaron y se volvieron negros
como unas rosas rojas que mueren. El fuego recortó en el pecho de Marko un
amplio anillo carbonoso, parecido a esos redondeles trazados en la hierba por
la danza de los brujos, pero el muchacho no gemía y ni una sola de sus pestañas
se estremeció.
¡Oh, Alá!
dijeron los verdugos ; hemos pecado, pues sólo Dios tiene derecho a
torturar a los muertos. Sus sobrinos y los hijos de sus tíos vendrán a pedirnos
cuentas de este ultraje: por eso, lo mejor será meterlo en un saco medio lleno
de pedruscos con el fin de que ni siquiera el mar sepa quién es el cadáver que
le damos a comer.
Desgraciados
dijo la viuda , reventará con los brazos todas las telas y escupirá
todas las piedras. Pero mandad que acudan las muchachas del pueblo, y
ordenadles que bailen en corro sobre la arena. Ya veremos si el amor continúa
torturándolo.
Llamaron a las muchachas, quienes se pusieron
a toda prisa los trajes de fiesta; trajeron tamboriles y flautas; juntaron las
manos para bailar en corro alrededor del cadáver, y la más hermosa de todas,
con un pañuelo rojo en la mano, dirigía el baile. Les llevaba a sus compañeras
la altura de la cabeza morena y de su cuello blanco. Era como el corzo cuando
salta, como el halcón cuando vuela. Marko, inmóvil, dejaba que lo rozase con
sus pies descalzos, pero su corazón, agitado, latía de manera cada vez más violenta,
tan desordenada y fuertemente que tenía miedo de que todos los espectadores
acabasen por oírlo, a pesar suyo; una sonrisa de dicha casi dolorosa se
dibujaba en sus labios, que se movían como para dar un beso. Gracias al
crepúsculo, que oscurecía lentamente, los verdugos y la viuda no se habían dado
cuenta de aquellas señales de vida, pero los ojos claros de Haisché permanecían
fijos en el rostro del joven, pues lo encontraba hermoso. De repente, dejó caer
su pañuelo rojo para ocultar aquella sonrisa y dijo con tono de orgullo:
No me gusta bailar delante del rostro desnudo
de un cristiano muerto, y por eso acabo de taparle la boca, ya que sólo verla
me da horror.
Pero continuó bailando, con el fin de distraer
la atención de los verdugos y para que llegase la hora de la oración, en que se
verían forzados a alejarse de la orilla. Por fin, una voz gritó desde lo alto
del minarete que ya era hora de adorar a Dios. Los hombres se encaminaron hacia
la pequeña mezquita tosca y bárbara; las cansadas jóvenes se desgranaron hacia
la ciudad arrastrando sus babuchas; Haisché se fue, sin dejar de mirar atrás;
tan sólo la viuda se quedó allí para vigilar el falso cadáver. De repente,
Marko se enderezó; con la mano derecha se quitó el clavo de la mano izquierda,
agarró a la viuda por los pelos rojizos y se lo clavó en la garganta; luego,
tras quitarse el clavo de la mano derecha con la mano izquierda, se lo clavó en
la frente. Arrancó después las dos espinas de piedra que le atravesaban los
pies y con ellas le reventó los ojos. Cuando regresaron los verdugos,
encontraron en la playa el cadáver convulso de una vieja, en lugar del cuerpo
desnudo del héroe. La tempestad había amainado, pero las lentas barcas trataron
en vano de dar alcance al nadador desaparecido en el vientre de las olas. Ni
qué decir tiene que Marko reconquistó el país y raptó a la hermosa muchacha que
había despertado su sonrisa pero ni su gloria ni la dicha de ambos es lo que a
mí me conmueve, sino ese exquisito eufemismo, esa sonrisa en los labios de un
hombre sometido a suplicio y para quien el deseo es la tortura más dulce.
Observen ustedes: empieza a caer la noche; casi podríamos imaginar, en la playa
de Kotor, al grupito de verdugos trabajando a la luz de los carbones
encendidos, a la joven bailando y al muchacho que no sabe resistirse a la
belleza.
Una extraña historia dijo el arqueólogo . Pero la versión que
usted nos ofrece es sin duda reciente. Debe de existir alguna otra, más
primitiva. Ya me informaré.
Haría usted mal dijo el ingeniero . Se la he contado tal y
como a mí me la contaron los campesinos del pueblo donde pasé mi último
invierno, ocupado en abrir un túnel para el Oriente Express. No quisiera hablar
mal de sus héroes griegos, Lukiadis: se encerraban en su tienda en un ataque de
despecho; aullaban de dolor cuando morían sus amigos; arrastraban por los pies
el cadáver de sus enemigos alrededor de las ciudades conquistadas, pero, créame
usted, le faltó a la Ilíada una sonrisa de Aquiles.
La leche de la muerte
La larga fila «beige» y gris de los turistas
se extendía por la calle ancha de Ragusa; los gorros adornados con trencilla y
las opulentas chaquetas bordadas, que se mecían al viento a la puerta de las
tiendas, encendían los ojos de los viajeros a la búsqueda de regalos baratos, o
de disfraces para los bailes de a bordo. Hacía un calor como sólo puede hacerlo
en el inferno. Las montañas peladas de Herzegovina proyectaban en Ragusa sus
fuegos de espejos ardientes. Philip Mide entró en una cervecería alemana en
donde zumbaban unas cuantas moscas enormes en medio de una asfixiante penumbra.
La terraza del restaurante daba paradójicamente al Adriático, que reaparecía
allí, en plena ciudad, en el lugar donde menos se le esperaba, sin que aquella
súbita escapada azul sirviera de otra cosa que no fuera añadir un color más a
lo abigarrado del mercado. Un hedor pestilente ascendía de un montón de
desperdicios de pescado que estaban limpiando unas gaviotas, de blancura casi
insoportable. No llegaba brisa alguna del mar. El compañero de camarote de
Philip, el ingeniero Jules Boutrin, bebía ante una mesa redonda de zinc, a la
sombra de una sombrilla color de fuego, que recordaba desde lejos una gruesa
naranja flotando en el mar. Cuénteme
otra historia, viejo amigo dijo Philip
dejándose caer pesadamente en una silla . Necesito un whisky y una historia
cuando estoy delante del mar... Que sea la historia más hermosa y menos
verdadera posible, y que me haga olvidar las mentiras patrióticas y
contradictorias de algunos periódicos que acabo de comprar en el muelle. Los
italianos insultan a los eslavos, los eslavos a los griegos, los alemanes a los
rusos, los franceses a Alemania, y a Inglaterra, casi tanto como a esta última.
Todos tienen razón, supongo. Hablemos de otra cosa... ¿Qué hizo usted ayer en
Scutari, luego de saciar su curiosidad por ver con sus propios ojos no sé qué
clase de turbinas?
Nada
dijo el ingeniero . Aparte de echar una ojeada a las azarosas obras de
un pantano, dediqué la mayor parte del tiempo a buscar una torre. Tantas veces
oí a las viejas de Servia contarme la historia de la Torre de Scutari que
necesitaba localizar sus ladrillos desmoronados e inspeccionar si en ellos se
encontraba, como dicen, un reguero blanco... Pero el tiempo, las guerras y los
aldeanos de la vecindad, preocupados por consolidar los muros de sus granjas,
la han derribado piedra a piedra, y su recuerdo no se mantiene en pie, sino en
los cuentos... A propósito, Philip, ¿tiene usted la suerte de poseer lo que se
llama una buena madre?
¡Qué pregunta...! dijo con indiferencia el
joven inglés . Mi madre es hermosa, delgada, va muy bien maquillada y sus
carnes son tan prietas y duras como el cristal de un escaparate. ¿Qué más
queréis qué os diga? Cuando salimos juntos se creen que yo soy su hermano
mayor.
Eso es. Le pasa a usted como a todos
nosotros. Cuando pienso que hay idiotas que pretenden que nuestra época carece
de poesía, como si no tuviera sus surrealistas, sus estrellas de cine y sus
dictadores... Créame, Philip, lo que nos falta precisamente son realidades. La
seda es artificial, las comidas aborreciblemente sintéticas se parecen a esos
falsos alimentos con que se atraca a las momias, y las mujeres, esterilizadas
contra la desdicha y la vejez, han dejado de existir. Ya sólo en las leyendas
de los países medio bárbaros encontramos a esas criaturas ricas en leche y en
lágrimas, de las que uno se sentiría orgulloso de ser hijo... ¿Dónde oí yo
hablar de un poeta que no pudo amar a ninguna mujer porque en otra vida se
había encontrado con Antígona? Un tipo que se me parecía... Unas cuantas
docenas de madres y de enamoradas, desde Andrómaca hasta Griselda, me han
vuelto exigente con respecto a esas muñecas irrompibles que pasan por ser hoy
la realidad. Isolda por amante, y por hermana a la hermosa Alda... Sí, pero la
que me hubiera gustado tener por madre es una niña que pertenece a la leyenda
albanesa, la mujer de un joven reyezuelo de por aquí. Eranse tres hermanos que
trabajaban construyendo una torre desde donde pudieran vigilar a los bandidos
turcos. Habían emprendido la tarea ellos mismos, sea porque la mano de obra
fuese cara, sea porque, como buenos campesinos, no se fiaban más que de sus
propios brazos, y sus mujeres se turnaban para llevarles la comida. Pero cada
vez que conseguían llevar a buen término su trabajo para colocar un ramo de
hierbas en el tejado, el viento de la noche y las brujas de la montaña
derribaban su torre lo mismo que Dios derribó la de Babel. Puede haber
múltiples razones para que una torre no se mantenga en pie, y puede culparse de
ello a la torpeza de los obreros, a la mala voluntad del terreno o a la
insuficiencia del cemento que traba las piedras. Pero los campesinos servios,
albaneses o búlgaros, no reconocen más que una causa de semejante desastre:
saben que un edificio se hunde por no haber tenido cuidado de encerrar en sus
cimientos a un hombre o a una mujer, cuyo esqueleto sostendrá, hasta que llegue
el día del Juicio Final, la carne pesada de las piedras. En Arta, en Grecia,
enseñan un puente en donde fue emparedada de este modo una muchacha: parte de
su cabellera se escapa por una grieta y cuelga sobre el agua como una planta
rubia.
Los tres hermanos empezaban a mirarse con
desconfianza y ponían gran cuidado en no proyectar su sombra sobre el muro
inacabado, ya que es posible, a falta de algo mejor, encerrar dentro de un
edificio en construcción a esa negra prolongación del hombre, que tal vez sea
su alma, y aquel cuya sombra es apresada de esta manera muere como un
desventurado que padece penas de amores.
Por la noche, cada uno de los tres hermanos
trataba de sentarse lo más lejos posible del fuego, por miedo a que alguien se
le acercara cautelosamente por detrás, le arrojara un saco sobre su sombra y se
la llevara, medio estrangulada, como una paloma negra. Empezaba a flojear su
entusiasmo por el trabajo, y la angustia, ya que no la fatiga, bañaba de sudor
sus frentes morenas. Por fin, un día, el mayor de los hermanos reunió a su
alrededor a los más pequeños y les dijo:
Hermanitos, hermanos en la sangre, la leche y
el bautismo; si nuestra torre se queda sin terminar, los turcos volverán a
penetrar por las márgenes del lago, escondidos tras los juncos. Violarán a las
hijas de nuestros granjeros, quemarán en nuestros campos la promesa del pan
futuro, crucificarán a nuestros campesinos en los espantapájaros que hay en
nuestros huertos y que se transformarán de este modo en pasto para los cuervos.
Hermanitos, nos necesitamos unos a otros y nunca el trébol sacrificó una de sus
tres hojas. Pero cada uno de nosotros tiene una mujer joven y vigorosa, cuyos
hombros y cuya hermosa nuca están acostumbrados a soportar el peso de la carga.
No decidamos nada, hermanos míos: dejemos que elija el Azar, ese testaferro de
Dios. Mañana, cuando llegue el alba, cogeremos, para emparedarla en los
cimientos de la torre, a aquella de nuestras mujeres que venga a traernos la
comida. No os pido más que el silencio de una noche, hermanos míos, y asimismo
que no abracéis hoy con demasiadas lágrimas y suspiros a la que, al fin y al
cabo, tiene dos probabilidades sobre tres de seguir respirando cuando se ponga
el sol.
Le era fácil hablar así, pues aborrecía a su
mujer y quería deshacerse de ella para sustituirla por una hermosa muchacha
griega de pelo rojizo. El hermano segundo no hizó ninguna objeción, ya que
contaba prevenir a su mujer en cuanto regresara, y el único que protestó fue el
pequeño, pues tenía por costumbre cumplir sus promesas. Enternecido por la
magnanimidad de sus hermanos mayores, dispuestos a renunciar a lo que más
querían en favor de la obra, acabó por dejarse convencer y prometió callar toda
la noche. Regresaron al campamento a la hora del crepúsculo, cuando el fantasma
de la luz moribunda ronda aún por los campos. El hermano segundo entró en su
tienda de muy mal humor y ordenó con rudeza a su mujer que le ayudara a
quitarse las botas. Cuando la vio agachada delante de él, le arrojó las botas a
la cara y dijo:
Hace ocho días que llevo puesta la misma
camisa, y llegará el domingo sin que pueda ponerme ropa blanca. ¡Maldita
gandula! Mañana, en cuanto apunte el día, marcharás al lago con tu cesto de
ropa y te quedarás allí hasta la noche, entre tu cepillo y tu pala. Si te
alejas del lago un solo paso, morirás.
Y la joven prometió temblando que dedicaría
todo el día siguiente a la colada.
El mayor volvió a casa muy decidido a no
decirle nada a su mujer, cuyos besos le cansaban y cuya rolliza belleza había
dejado de agradarle. Pero tenía una debilidad: hablaba en sueños. La opulenta
matrona albanesa no durmió bien aquella noche, pues se preguntaba en qué podía
haber desagradado a su señor. De repente oyó a su marido gruñir, mientras
tiraba de la manta hacia él:
Corazón, corazón mío... pronto serás viudo...
¡Qué tranquilos vamos a estar, separados de esa morenota por los buenos y
fuertes ladrillos de la torre!...
Pero el más pequeño entró en su tienda pálido
y resignado, como un hombre que acabara de tropezar con la Muerte en persona,
con su guadaña al hombro, camino de la siega. Besó a su hijo en su cuna de
mimbre y cogió tiernamente en brazos a su mujer; durante toda la noche le oyó
ella llorar contra su corazón. Pero la joven era discreta y no le preguntó la
causa de aquella pena tan grande, pues no quería obligarle a que le hiciese
confidencias y no necesitaba saber cuáles eran sus penas para tratar de
consolarlo. Al día siguiente, los tres hermanos cogieron sus picos y sus
martillos y salieron en dirección a la torre. La mujer del hermano segundo
preparó su cesto de ropa y fue a arrodillarse delante de la mujer del hermano
mayor.
Hermana
le dijo , querida hermana, hoy me toca a mí ir a llevarles la comida a
los hombres, pero mi marido me ha ordenado, bajo pena de muerte, que le lave
sus camisas blancas, y mi cesto está lleno.
Hermana, querida hermana dijo la mujer del hermano mayor , con mucho
gusto iría yo a llevarles la comida a nuestros hombres, pero un demonio se me
metió anoche en una muela... ¡Uy, uy, uy..., estoy que no sirvo para nada...,
todo lo más para gritar de dolor! Y dio una palmada, sin más preámbulos, para
llamar a la mujer del hermano pequeño.
Mujer de nuestro hermano pequeño dijo , querida mujercita del menor de los
nuestros, vete tú hoy en nuestro lugar a llevar la comida a los hombres, pues
el camino es largo, nuestros pies están cansados, y somos menos jóvenes y menos
ligeras que tú. Ve, querida muchacha, que vamos a llenarte la cesta con un
montón de cosas suculentas, para que nuestros hombres te acojan con una
sonrisa, a ti que serás la mensajera que vas a aplacar su hambre.
Y le llenaron la cesta con peces del lago
confitados en miel y pasas de Corinto, con arroz envuelto en hojas de parra,
con queso de cabra y con pastelillos de almendras saladas. La joven puso
tiernamente a su hijo en brazos de sus cuñadas y se fue sola por el camino, con
su fardo a la cabeza, y su destino alrededor del cuello como una medalla
bendita, invisible para todos, en la que Dios mismo había escrito a qué clase
de muerte se hallaba destinada y cuál era el lugar que ocuparía en el cielo.
Cuando los tres hombres la vieron llegar desde
lejos, figurilla pequeña que aún no se distinguía, corrieron hacia ella; los
dos primeros, inquietos por saber si había tenido éxito su estratagema. El
mayor se tragó una blasfemia al descubrir que no era su morenaza, y el segundo
dio gracias al Señor en voz alta por haber salvado a su lavandera. Pero el
pequeño se arrodilló, rodeando con sus brazos las caderas de la muchacha, y le
pidió perdón gimiendo. Después, se arrastró a los pies de sus hermanos y les suplicó
que tuvieran piedad. Finalmente, se levantó y el acero de su cuchillo brilló al
sol. Un martillazo en la nuca lo arrojó, aún palpitante, a orillas del camino.
La joven, horrorizada, había dejado caer su cesta y las vituallas dispersas
fueron el deleite de los perros del rebaño. Cuando comprendió de qué se
trataba, tendió las manos al cielo:
Hermanos a los que yo jamás falté, hermanos
por el anillo de boda y la bendición del sacerdote, no me matéis; avisad a mi
padre, que es jefe de clan en la montaña, y él os proporcionará mil sirvientas,
a quienes podréis sacrifcar. No me matéis, ¡amo tanto la vida!... No pongáis,
entre mi bienamado y yo, una pared de piedras. Pero se calló de repente, pues
advirtió que su marido, tendido a la orilla del camino, ya no movía los
párpados, y que sus cabellos negros estaban manchados de sesos y de sangre.
Entonces, sin gritos ni lágrimas, se dejó arrastrar por los dos hermanos hasta
el nicho que habían horadado en la muralla redonda de la torre: puesto que iba
a morir, para qué llorar. Pero en el momento en que colocaban el primer
ladrillo ante sus pies calzados con sandalias rojas, recordó a su hijo, que
acostumbraba a mordisquear sus zapatos como un perrillo juguetón. Unas cálidas
lágrimas resbalaron por sus mejillas y fueron a mezclarse con el cemento que la
llana alisaba sobre la piedra.
¡Ay, piececitos míos! dijo . Ya no me llevaréis como solíais hasta
la cumbre de la colina, para que mi bienamado viera antes mi cuerpo. Ya no
sabréis del frescor del agua que corre: tan sólo os lavarán los Angeles, en la
mañana de la Resurrección...
La construcción de ladrillos y de piedras se
alzaba ya hasta sus rodillas, tapadas con una falda dorada. Muy erguida en el
fondo de su nicho, parecía una Virgen María de pie tras de su altar.
Adiós, mis queridas rodillas dijo la joven . Ya no podréis mecer a mi
hijo, ni sentada bajo el hermoso árbol del huerto, que da al mismo tiempo
alimento y sombra, podré yo llenaros de rica fruta...
El muro se elevó un poco más y la joven
prosiguió:
Adiós, mis manos queridas, que colgáis a
ambos lados de mi cuerpo, manos que ya no podréis hacer la comida, ni hilar la
lana, manos que ya no abrazarán a mi bienamado. Adiós, mis caderas y mi
vientre, que ya no conocerá lo que es dar a luz ni amar. Hijos que yo hubiera
podido traer al mundo, hermanos que no tuve tiempo de darle a mi hijo, me
acompañaréis dentro de esta prisión, que será mi tumba, y de donde tendré que
permanecer de pie, sin dormir, hasta el día del Juicio Final.
El muro le llegaba ya al pecho. En aquel
momento, un estremecimiento recorrió la parte superior del cuerpo de la joven,
y sus ojos suplicaron con una mirada semejante al ademán de dos manos tendidas.
Cuñados
dijo , por consideración no a mí, sino a vuestro hermano muerto, pensad
en mi hijo y no lo dejéis morir de hambre. No emparedéis mis pechos, hermanos,
que mis dos senos permanezcan libres bajo mi camisa bordada, y que me traigan
todos los días a mi hijo, por la mañana, a mediodía y al crepúsculo. Mientras
me queden unas gotas de vida, bajarán hasta la punta de mis senos para
alimentar al hijo que traje al mundo, y el día en que ya no me quede leche,
beberá mi alma. Consentid esto, malvados hermanos, y si lo hacéis así, ni mi
marido ni yo os pediremos cuentas cuando nos encontremos en la casa de Dios.
Los hermanos, intimidados, consintieron en
satisfacer aquel último deseo y dejaron un intervalo de dos ladrillos a la
altura de los pechos. Entonces, la joven murmuró:
Hermanos queridos, poned vuestros ladrillos
delante de mi boca, pues los besos de los muertos dan miedo a los vivos, mas
dejad una ranura delante de mis ojos, para que yo pueda ver si mi leche le
aprovecha a mi niño.
Hicieron como ella les pedía y dejaron abierta
una ranura horizontal a la altura de los ojos. Al llegar el crepúsculo, a la
hora en que su madre tenía por costumbre darle de mamar, trajeron al niño por
el camino polvoriento, bordeado de arbustos pequeños, medio comidos por las
cabras, y la emparedada saludó la llegada del niño con gritos de alegría y
bendiciones a los dos hermanos. Unos chorros de leche empezaron a brotar de sus
dos senos, duros y tibios, y cuando el niño, hecho de la misma sustancia que su
corazón, se durmió contra sus pechos, empezó a cantar con voz amortiguada por
el muro de ladrillos. En cuanto le quitaron al niño del pecho, ordenó que lo
llevaran al campamento para dormir, pero durante toda la noche se oyó la tierna
melopea bajo las estrellas, y aquella canción de cuna, a pesar de la distancia,
bastaba para impedir que el niño llorase. Al día siguiente, ella ya no cantaba
y su voz era muy débil cuando preguntó cómo había pasado Vania la noche. Al día
siguiente, calló, pero aún respiraba, pues sus pechos, todavía habitados por su
aliento, subían y bajaban imperceptiblemente dentro de su jaula. Unos días más
tarde, su soplo de vida fue a juntarse con su voz, pero sus senos inmóviles no
habían perdido nada de su dulce abundancia de fuentes, y el niño, dormido en el
hueco que formaban, oía aún latir su corazón. Luego, aquel corazón tan acorde
con la vida fue espaciando sus latidos. Sus ojos lánguidos se apagaron como el
reflejo de las estrellas en una cisterna sin agua y a través de la ranura ya no
se vio nada más que dos pupilas vidriosas, que ya no miraban al cielo. Aquellas
pupilas acabaron por licuarse y dejaron lugar a dos órbitas huecas, en cuyo
fondo veíase la Muerte, pero el pecho joven permanecía intacto y durante dos
años más, al llegar la aurora, al mediodía y al crepúsculo, continuaba manando
el surtidor milagroso, hasta que ya el niño dejó de mamar por su propia
voluntad. Tan sólo entonces los pechos agotados se redujeron a polvo y en el
borde de ladrillo ya no quedaron más que unas pocas cenizas blancas. Durante
varios siglos, las madres enternecidas acudieron a la torre, para seguir con el
dedo, a lo largo del ladrillo rojizo, los surcos trazados por la leche
maravillosa, y luego la misma torre desapareció, y el peso de la bóveda dejó de
aplastar al ligero esqueleto de mujer. Por último, hasta los mismos frágiles
huesos acabaron por dispersarse y ahora ya no queda en pie más que este viejo
francés, achicharrado por un calor de infierno, que repite machaconamente, al
primero que encuentra, esta historia que es digna de inspirar tantas lágrimas a
los poetas como la historia de Andrómaca.
En aquel momento, una gitana, cubierta de una
espantosa suciedad dorada, se acercó a la mesa en que se acodaban los dos
hombres. Llevaba en brazos a un niño, cuyos ojos enfermos desaparecían bajo un
vendaje de harapos. Se dobló en dos, con el insolente servilismo que
caracteriza a ciertas razas miserables y reales, y sus faldas amarillas
barrieron el suelo. El ingeniero la apartó bruscamente, sin preocuparse de su
voz, que pasaba del tono de la súplica al de las maldiciones. El inglés la
llamó para darle un denario de limosna.
¿Qué es lo que le pasa a usted, viejo
soñador? dijo con impaciencia . Los
senos y los collares de esta mujer valen tanto como los de su heroína albanesa.
Y el niño que la acompaña es ciego.
Conozco a esa mujer respondió Jules Boutrin . Un médico de Ragusa
me relató su historia. Hace unos meses que viene colocando en los ojos de su
hijo unos asquerosos emplastos que le inflaman la vista y provocan la compasión
de los transeúntes. El niño todavía ve, pero pronto será lo que ella desea: un
ciego. Entonces esta mujer tendrá asegurado su peculio para toda la vida, pues
cuidar de un impedido es una profesión lucrativa. Hay madres y madres.
El último amor del príncipe Genghi
Cuando Genghi el Resplandeciente, el mayor
seductor que jamás se vio en Asia, cumplió los cincuenta años, se dio cuenta de
que era forzoso empezar a morir. Su segunda mujer, Murasaki, la princesa
Violeta, a quien tanto había amado, pese a muchas infidelidades
contradictorias, lo había precedido por el camino que lleva a uno de esos
Paraísos adonde van los muertos que han adquirido algunos méritos en el
transcurso de esta vida cambiante y difícil, Genghi se atormentaba por no poder
recordar con exactitud su sonrisa, ni la mueca que hacía cuando lloraba. Su
tercera esposa, la Princesa del Palacio
del Oeste, lo había engañado con un pariente joven, al igual que él engañó a su
padre, en los días de su juventud, con una emperatriz adolescente. Volvía a
representarse la misma obra en el teátro del mundo, pera él sabía que esta vez
sólo le tocaba hacer el papel de viejo, y prefería el de fantasma. Por eso
distribuyó sus bienes, dio pensiones a sus servidores y se dispuso a terminar
sus días en una ermita que había mandado construir en la ladera de la montaña.
Atravesó la ciudad por última vez, seguido tan sólo por dos o tres adictos
compañeras que no se resignaban a decirle adiós a su propia juventud. Pese a
ser hora temprana, algunas mujeres pegaban el rostro contra los listones de las
persianas. Comentaban en voz alta que Genghi era muy apuesto aún, lo que
demostró una vez más al príncipe que ya era hora de marcharse.
Tardó tres días en llegar a la ermita situada
en medio de un paisaje fragoso. La casita se erguía al pie de un arce
centenario; como era otoño, las hojas de aquel hermoso árbol cubrían el techo
de paja con techumbre de oro. La vida en aquellas soledades resultó ser más
sencilla y más dura todavía de lo que había sido durante un largo exilio en el
extranjero, que Genghi tuvo que soportar allá en su juventud tempestuosa, y
aquel hombre refinado pudo gozar por fin a gusto del lujo supremo que consiste
en prescindir de todo. Pronto se anunciaron los primeros fríos; las laderas de
la montaña se cubrieron de nieve, como los amplios pliegues de esas vestiduras
acolchadas que se llevan en el invierno, y la niebla terminó por ahogar al sol.
Desde el alba al crepúsculo, a la débil luz de un escaso brasero, Genghi leía
las Escrituras y encontraba un sabor a los versículos austeros del que
carecían, según él, los patéticos versos de amor. Mas pronto advirtió que la
vista se le debilitaba, como si todas las lágrimas vertidas por sus frágiles
amantes le hubieran quemado los ojos, y se vio obligado a percatarse de que,
para él, las tinieblas empezarían antes de que llegara la muerte. De cuando en
cuando, un correo aterido de frío llegaba renqueando hasta él desde la capital,
con los pies hinchados de cansancio y de sabañones, y le presentaba
respetuosamente unos mensajes de parientes o de amigos que deseaban ir a
visitarlo una vez más en este mundo, antes de que llegara la hora de los
encuentros infinitos e inciertos en el otro. Pero Genghi temía inspirar a sus
huéspedes respeto o compasión, dos sentimientos que le horrorizaban y a los que
prefería el olvido. Movía tristemente la cabeza, y aquel príncipe en otros tiempos famoso por su talento de
poeta y de calígrafo enviaba al
mensajero con una hoja de papel en blanco. Poco a poco, las comunicaciones con
la capital se fueron espaciando; el ciclo de las fiestas estacionales
continuaba girando lejos del príncipe que antaño las dirigía con un movimiento
de su abanico, y Genghi, abandonándose sin pudor a las tristezas de la soledad,
empeoraba sin cesar la enfermedad de sus ojos, pues ya no le daba vergüenza
llorar.
Dos de sus antiguas amantes le habían
propuesto compartir con él su aislamiento lleno de recuerdos. Las cartas más
tiernas provenían de la Dama del pueblo de las flores que caen: era una antigua
concubina de no muy alta cuna y de mediana belleza; había servido fielmente
como dama de honor a las demás esposas de Genghi y, durante dieciocho añós, amó
al príncipe sin cansarse jamás de sufrir. El le hacía visitas nocturnas de vez
en cuando, y aquellos encuentros, aunque escasos como las estrellas en la noche
de lluvia, habían bastado para iluminar la pobre vida de la Dama del pueblo de
las flores que caen. Al no hacerse ilusiones ni sobre su belleza, ni sobre su
talento, ni sobre la nobleza de su linaje, sólo la Dama entre tantas amantes
conservaba una dulce gratitud hacia Genghi, pues no le parecía natural que él
la hubiera amado.
Como sus cartas permanecían sin respuesta,
alquiló un modesto carruaje y subió a la cabaña del príncipe solitario. Empujó
tímidamente la puerta, hecha de un entramado de ramas; se arrodilló con una
humilde sonrisa, para disculparse por estar allí. Era la época en que Genghi
aún reconocía el rostro de sus visitantes cuando se acercaban mucho. Le invadió
una amarga rabia ante aquella mujer que despertaba en él los más punzantes
recuerdos de los días muertos, menos a causa de su propia presencia que por su
perfume, que todavía impregnaba sus mangas, perfume que habían llevado sus
difuntas mujeres. Ella le suplicó tristemente que la dejara quedarse al menos
como sirvienta. Implacable por primera vez, la echó de allí, mas ella había
conservado algunos amigos entre los pocos ancianos que se encargaban del
servicio del príncipe y éstos, en ocasiones, le comunicaban noticias suyas.
Cruel a su vez contra su costumbre, vigilaba desde lejos cómo progresaba la
ceguera de Genghi lo mismo que una mujer, impaciente por reunirse con su
amante, espera que caiga por completo la noche.
Cuando supo que estaba casi del todo ciego, se
despojó de sus vestiduras de ciudad y se puso un vestido corto y de tela basta,
como los que llevan las jóvenes aldeanas; trenzó su pelo a la manera de las
campesinas y cargó con un fardo de telas y cacharros de barro, como los que se
venden en las ferias de los pueblos. Vestida de aquel modo tan ridículo, pidió
que la llevaran al lugar donde vivía el exiliado voluntario, en compañía de los
corzos y de los pavos reales del bosque; hizo a pie la última parte del
trayecto, para que el barro y el cansancio le ayudaran a representar bien su
papel. Las lluvias tempranas de primavera caían del cielo sobre la blanda
tierra, ahogando las últimas luces del crepúsculo era la hora en que Genghi,
envuelto en su estricto hábito de monje, se paseaba lentamente a lo largo del
sendero del que sus viejos servidores habían apartado cuidadosamente el menor
guijarro, para impedir que tropezara. Su rostro, como vacío, ausente,
deslustrado por la proximidad de la vejez, parecía un espejo emplomado donde
antaño se reflejó la belleza, y la Dama del pueblo de las flores que caen no
necesitó fingir para ponerse a llorar.
Aquel rumor de sollozos femeninos hizo
estremecerse a Genghi, quien se orientó lentamente hacia el lado de donde
procedían aquellas lágrimas.
¿Quién eres tú, mujer? preguntó con inquietud.
Soy Ukifine, la hija del granjero So Hei dijo la Dama sin olvidarse de adoptar un
acento de pueblo . Fui a la ciudad con mi madre, para comprar unas telas y unas
cacerolas, pues me voy a casar para la próxima luna. Me he perdido por los
senderos de la montaña, y lloro porque me dan miedo los jabalíes, los demonios,
el deseo de los hombres y los fantasmas de los muertos.
Estás empapada, jovencita le dijo el príncipe poniéndole la mano en el
hombro.
Y en efecto, estaba calada hasta los huesos.
El contacto de aquella mano tan familiar la hizo estremecerse desde la punta de
los cabellos hasta los dedos de sus pies descalzos, pero Genghi supuso que
tiritaba de frío.
Ven a mi cabaña dijo el príncipe con voz prometedora . Podrás
calentarte en mi fuego, aunque hay en él menos carbón que cenizas. La Dama lo
siguió, poniendo gran cuidado en imitar los andares torpes de las campesinas.
Ambos se pusieron en cuclillas delante del fuego, que estaba casi apagado.
Genghi tendía sus manos hacia el calor, pero la Dama disimulaba sus dedos,
harto delicados para pertenecer a una muchacha del campo.
Estoy ciego
suspiró Genghi al cabo de un instante . Puedes quitarte sin ningún
escrúpulo tus vestidos mojados, jovencita, calentarte desnuda delante de mi
fuego.
La Dama se quitó dócilmente su traje de
campesina. El fuego ponía un color rosado en su esbelto cuerpo, que parecía
tallado en el más pálido ámbar. De repente, Genghi murmuró:
Te he engañado, jovencita, pues aún no estoy
completamente ciego. Te adivino a través de una neblina que quizá no sea sino
el halo de tu propia belleza. Déjame poner la mano en tu brazo, que tiembla
todavía.
Y así es como la Dama del pueblo de las flores
que caen volvió a ser amante del príncipe Genghi, a quien había amado
humildemente durante más de dieciocho años. No se olvidó de imitar las lágrimas
y las timideces de una doncella en su primer amor. Su cuerpo se conservaba
asombrosamente joven, y la vista del príncipe era demasiado débil para
distinguir sus canas.
Cuando acabaron de acariciarse, la Dama se
arrodilló ante el príncipe y le dijo:
Te he engañado, príncipe. Soy Ukifine, es
verdad, la hija del granjero So Hei, mas no me perdí en la montaña; la fama del
príncipe Genghi se extendió hasta el pueblo y vine por mi propia voluntad, con
el fin de descubrir el amor entre tus brazos. Genghi se levantó tambaleándose,
como un pino que vacila, sometido a los embates del invierno y del viento.
Exclamó con voz sibilante:
¡Caiga la desgracia sobre ti, que me traes el
recuerdo de mi primer enemigo, el apuesto principe de agudos ojos, cuya imagen
me hace estar despierto todas las noches!... Vete...
Y la Dama del pueblo de las flores que caen se
alejó, arrepentida del error que acababa de cometer.
En las semanas que siguieron , Genghi
permaneció solo, sufría mucho. Se percataba con desaliento de que aún se
hallaba a la merced de las añagazas de este mundo y muy poco preparado para las
renovaciones de la otra vida. La visita de la hija del granjero So Hei había
despertado en él la afición por las criaturas de estrechas muñecas, largos
pechos cónicos y risa patética y dócil. Desde que se estaba quedando ciego, el
sentido del tacto era su único medio de comunicación con la belleza del mundo,
y los paisajes en donde había venido a refugiarse no le dispensaban ya ningún
consuelo, pues el ruido de un arroyo es más monótono que la voz de una mujer, y
las curvas de las colinas o los jirones de las nubes están hechos para los que
ven, y además se hallan harto lejos de nosotros para dejarse acariciar.
Dos meses más tarde, la Dama del pueblo de las
flores que caen hizo una segunda tentativa. Esta vez se vistió y perfumó con
cuidado, pero puso atención en que el corte de sus vestidos fuera algo
raquítico y poco atrevido en su misma elegancia, y que el perfume, discreto
pero banal, sugiriese la falta de imaginación de una joven que procede de una
honorable familia de provincias, y que nunca vio la corte.
En aquella ocasión alquiló unos portadores y
una silla imponente, aunque careciese de los últimos perfeccionamientos de las
de la ciudad. Se las arregló para no llegar a los alrededores de la cabaña de
Genghi hasta que no fuera noche cerrada. El verano se le había adelantado por
la montaña. Genghi, sentado al pie del arce, oía cantar a los grillos. Se
acercó a él ocultando a medias su rostro detrás de un abanico y murmuró
confusa:
Soy Chujo, la mujer de Sukazu, un noble de
séptima fila de la provincia de Yamato. Me dirijo en peregrinación al templo de
Isé, pero uno de mis porteadores acaba de torcerse el tobillo y no puedo
continuar mi camino hasta que llegue la aurora. Indícame una cabaña donde yo
pueda alojarme sin temor a las calumnias, para que mis siervos puedan
descansar.
Y dónde puede hallarse más resguardada una
mujer de las calumnias que en casa de un anciano ciego? dijo amargamente el príncipe . Mi cabaña es
demasiado pequeña para que quepan en ella tus servidores, pero pueden
instalarse debajo de este árbol. Yo te cederé a ti el único colchón de mi
refugio.
Se levantó a tientas para mostrarle el camino.
Ni una vez había levantado la mirada hacia ella y por esta señal la Dama
comprendió que se había quedado completamente ciego.
Cuando ella se hubo tendido en el colchón de
hojas secas, Genghi volvió a ocupar melancólico su puesto en el umbral de la
cabaña. Estaba triste y ni siquiera sabía si aquella mujer era hermosa. La
noche era cálida y clara. La luna ponía su reflejo en el rostro alzado del
ciego, que parecía esculpido en jade blanco. Al cabo de un buen rato, la Dama
abandonó su rústico lecho y fue a sentarse a su vez a la puerta. Dijo con un
suspiro:
La noche es hermosa y no tengo sueño.
Permíteme que cante una de las canciones que llenan mi corazón.
Y sin esperar la respuesta cantó una romanza
que le gustaba mucho al príncipe, por haberla oído antaño muchas veces en
labios de su mujer preferida, la princesa Violeta. Genghi, turbado, se acercó
insensiblemente a la desconocida.
¿De dónde vienes, mujer, que sabes unas
canciones que gustaban en tiempos de mi juventud? Arpa donde florecen tonadas
de otros tiempos, déjame pasear la mano por tus cuerdas.
Y le acarició los cabellos. Tras un instante,
preguntó:
¡Ay! ¿No es tu marido más joven y más apuesto
que yo, muchacha del país de Yamato?
Mi marido es menos guapo y parecemenos
joven respondió sencillamente la Dama
del pueblo de las flores que caen.
Y de este modo, la Dama fue, bajo un nuevo
disfraz, la amante del príncipe Genghi, al que antaño había pertenecido. Por la
mañana, le ayudó a preparar una papilla caliente y el príncipe Genghi le dijo:
-Eres hábil y tierna, mujer, y no creo que ni siquiera el príncipe Genghi, que
tan afortunado fue en amores, tuviera una amiga más dulce que tú.
Nunca oí hablar del príncipe Genghi dijo la Dama moviendo la cabeza.
¿Cómo?
exclamó amargamente Grnghi . ¿Tan pronto lo han olvidado? Y permaneció
sombrío durante todo el día. La Dama comprendió entonces que acababa de
equivocarse por segunda vez pero Genghi no habló de echarla y parecía feliz al
escuchar el roce de su vestido de seda en la hierba.
Llegó el otoño, y convirtió a los árboles de
la montaña en otras tantas hadas vestidas de púrpura y oro, aunque destinadas a
morir en cuanto llegaran los primeros fríos. La Dama le describîa a Genghi
todos aquellos pardos grises, castaños dorados, marrones malvas, poniendo gran
cuidado en no hacer alusión a ello sino como por casualidad, y evitando siempre
parecer que le ayudaba demasiado ostensiblemente. Sorprendía y encantaba a
Genghi inventando ingeniosos collares de flores, platos refinados a fuerza de
sencillez, letras nuevas adaptadas a viejas músicas conmovedoras y lastimeras.
Ya había hecho alarde de estos mismos talentos en su pabellón de quinta
concubina, en donde Genghi la visitaba antaño, pero éste, distraído por otros
amores, no se había dado cuenta. A finales de otoño subieron las febres de los
pantanos. Los insectos pululaban en el aire infectado, y cada vez que se
respiraba era como si se bebiera un sorbo de agua en una fuente envenenada.
Genghi cayó enfermo y se acostó en su lecho de
hojas muertas comprendiendo que no tornaría a levantarse. Se avergonzaba ante
la Dama de su debilidad y de los humildes cuidados a los que la obligaba su
enfermedad, mas aquel hombre, que durante toda su vida había buscado en cada
experiencia lo que tenía a la vez de más insólito y de más desgarrador, no
podía por menos de gozar con lo que aquella nueva y miserable intimidad añadía
a las estrechas dulzuras del amor entre dos seres.
Una mañana en que la Dama le daba masaje en
las piernas, Genghi se incorporó apoyándose en el codo y, buscando a tientas
las manos de la Dama, murmuró:
Mujer que cuidas al que va a morir, te he
engañado. Soy el príncipe Genghi.
-Cuando vine hacia ti no era más que uná
ignorante provinciana dijo la Dama , y
no sabía quién era el príncipe Genghi. Ahora sé que ha sido el más hermoso y el
más deseado de todos los hombres, pero tú no tienes necesidad de ser el
príncipe Genghi para ser amado.
Genghi le dio las gracias con una sonrisa.
Desde que callaban sus ojos, parecía como si su mirada se moviera en sus
labios.
Voy a morir
profirió trabajosamente . No me quejo de una suerte que comparto con las
flores, con los insectos y con los astros. En un universo en donde todo pasa
como un sueño, sentiría remordimientos de durar para siempre. No me quejo de
que las cosas, los seres, los corazones sean perecederos, puesto que parte de
su belleza se compone de esta desventura. Lo que me aflige es que sean únicos.
Antaño, la certidumbre de obtener en cada instante de mi vida una revelación
que no se renovaría nunca constituía lo más claro de mis secretos placeres:
ahora muero confuso como un privilegiado que ha sido el único en asistir a una
fiesta que se dará sólo una vez. Queridos objetos, no tenéis por testigo sino a
un ciego que muere... Otras mujeres florecerán, igual de sonrientes que
aquellas que yo amé, mas su sonrisa será diferente, y el lunar que me apasiona
se habrá desplazado en su mejilla de ámbar la distancia de un átomo. Otros
corazones se romperán bajo el peso de un insoportable amor, mas sus lágrimas no
serán nuestras lágrimas. Unas manos húmedas de deseo continuarán juntándose
bajo los almendros en flor, pero la misma lluvia de pétalos nunca se deshoja
dos veces sobre la misma ventura humana. ¡Ay! Me siento igual que un hombre
arrastrado por una inundación y que quisiera hallar al menos un rinconcito de
tierra seca donde depositar unas cuantas cartas amarillentas y algunos abanicos
de marchitos colores... ¿Qué será de ti cuando yo ya no exista para
enternecerme al recrearte, Recuerdo de la Princesa Azul, mi primera mujer, en
cuyo amor no creí hasta el día siguiente a su muerte? ¿Y de ti, Recuerdo
desolado de la Dama del pabellón de las campanillas, que murió en mis brazos
porque una rival celosa se había empeñado en ser la única en amarme? ¿Y de
vosotros, Recuerdos insidiosos de mi hermosísima madrastra y de mi jovencísima
esposa, que se encargaron de enseñarme alternativamente lo que se sufre siendo
el cómplice o la víctima de una infidelidad? ¿Y de ti, Recuerdo sutil de la
Dama Cigarra del jardín, que me esquivó por pudor, de suerte que tuve que
consolarme con su joven hermano, cuyo rostro infantil reflejaba algunos rasgos
de aquella tímida sonrisa de mujer? ¿Y de ti, querido Recuerdo de la Dama de la
larga noche, que fue tan dulce y que consintió en ser la tercera tanto en mi
casa como en mi corazón? ¿Y de ti, pequeño Recuerdo pastoral de la hija del
granjero So Hei, que no amaba de mí más que mi pasado? ¿Y de ti, sobre todo,
Recuerdo delicioso de la pequeña Chujo que en estos momentos me da masaje en
los pies, y que no tendrá tiempo de convertirse en recuerdo? Chujo, a quien yo
hubiera deseado encontrar antes en mi vida, aunque también sea justo reservar
alguna fruta para finales de otoño....
Embriagado de tristeza, dejó caer su cabeza en
la dura almohada. La Dama del pueblo de las flores que caen se inclinó sobre él
y murmuró temblorosa:
¿Y no había en tu palacio otra mujer, cuyo
nombre no has pronunciado? ¿No era acaso dulce? ¿No se llamaba la Dama del pueblo de las flores que caen? Ay,
recuerda...
Pero las facciones del príncipe habían
adquirido ya esa serenidad reservada tan sólo a los muertos. El fin de todos
los dolores había borrado de su rostro toda huella de saciedad o de amargura, y
parecía haberle persuadido de que aún tenía dieciocho años. La Dama del pueblo
de las flores que caen se echó al suelo gritando, olvidando todo recato. Las
lágrimas, saladas, arrasaban sus mejillas como una lluvia de tormenta y sus
cabellos arrancados volaban por el aire como borra de seda. El único nombre que
Genghi había olvidado era precisamente el suyo.
El hombre que amó a las Nereidas
Estaba de pie, descalzo entre el polvo, el
calor y los hedores del puerto, bajo el deteriorado toldo de un café donde unos
cuantos clientes se habían desplomado en las sillas con la vana esperanza de
protegerse del sol. Los pantalones, viejos y rojizos, apenas le llegaban a los
tobillos y el huesecillo puntiagudo, la arista del talón, las plantas largas y
llenas de callosidades y escoriaduras, los dedos flexibles y táctiles,
pertenecían a esa raza de pies inteligentes, acostumbrados al cantacto del aire
y del sol endurecidos por las asperezas de las piedras, que aún conservan en
los países mediterráneos algo de la libre soltura del hombre desnudo en el
hombre vestido. Pies ágiles, tan diferentes de los torpes soportes encerrados
en los zapatos del norte... El azul desvaído de su camisa armonizaba con las
tonalidades del cielo desteñido por la luz del verano; sus hombros y omoplatos
se vislumbraban por los rotos de la tela como descarnadas rocas; tenía las
orejas un poco alargadas y encuadraban oblicuamente su rostro a la manera de
las asas de un ánfora; incontestables rastros de belleza veíanse todavía en su
rostro macilento y ausente, como el aflorar, en un terreno ingrato, de una
antigua estatua rota. Sus ojos de animal enfermo se escondían sin desconfianza
tras unas pestañas tan largas como las que orlan los párpados de las mulas;
llevaba la mano derecha continuamente tendida, con el ademán obstinado e
importuno de los ídolos arcaicos que hay en los museos y que parecen reclamar a
los visitantes la limosna de su admiración, y unos balidos desarticulados se
escapaban de su boca abierta de par en par, que dejaba ver unos dientes
espléndidos. ¿Es sordomudo?
Sordo no es.
Jean Demetriadis, el propietario de las
grandes fábricas de jabón de la isla, aprovechó un momento de desatención, en
que la mirada vaga del idiota se perdía del larlo del mar, para dejar caer una
dracma en las lisas baldosas. El ligero tintineo, medio ahogado por la fina
capa de arena, no se perdió para el mendigo, quien recogió ávidamente la
monedita de blanco metal y volvió de inmediato a su postura contemplativa y
quejumbrosa, como una gaviota a orillas del muelle.
No está sordo
repitió Jean Demetriadis dejando ante él la taza medio llena de untuosos
posos negros . La palabra y el entendimiento le fueron arrebatados en tales
condiciones que, en algunas ocasiones, hasta llego a envidiarle; yo, que soy un
hombre razonable y rico, pues no encuentro a menudo en mi camino más que
aburrimiento y vacío. Ese Panegyotis (así se llama) se quedó mudo a los
dieciocho años por haber tropezado con las Nereidas desnudas. Una sonrisa
tímida se dibujó en los labios de Panegyotis, que había oído pronunciar su
nombre. No parecía entender el sentido de las palabras que decía aquel hombre
tan importante, en quien él reconocía vagamente a un protector, pero el tono,
ya que no las palabras mismas, le llegaba. Contento de saber qur hablaban de él
y pensando que tal vez convendría esperar de nuevo una limosna, avanzó la mano
imperceptiblemente, con el movimiento temeroso de un perro que roza con la pata
la rodilla de su amo para que no se olvide de darle de comer.
Es hijo de uno de los campesinos más
acomodados de mi pueblo prosiguió Jean
Demetriadis , y por excepción entre nosotros, estas gentes son ricas de verdad.
Sus padres poseen tantos campos que no saben qué hacer con ellos, una buena
casa de piedra sillar, un vergel con diversas variedades de árboles frutales y
un huerto con verduras, un despertador en la cocina, una lámpara encendida ante
la pared de los iconos; en fin, que disponen de todo lo necesario. Podía
decirse de Panegyotis lo que pocas veces se puede decir de un joven griego: que
tenía asegurado su pan para toda la vida. También podía decirse que ya tenía
trazado el camino que debería seguir, un camino griego, polvoriento, lleno de
guijarros y bastante monótono, aunque con unos cuantos grillos cantarines aquí
y allá, y la posibilidad de hacer de cuando en cuando un alto agradable a la
puerta de la taberna. Ayudaba a las viejas a varear las aceitunas; vigilaba el
embalaje de los cajones de uvas y el peso de los fardos de lana; en las
discusiones con los compradores de tabaco apoyaba discretamente a su padre
escupiendo con asco ante cualquier proposición que no rebasara el precio
apetecido; era novio de la hija del veterinario, una agraciada muchachita que
trabajaba en mi fábrica. Como era muy apuesto, se le atribuían tantas amantes
como mujeres existen en la comarca aficionadas al amor; se llegó incluso a
decir que se acostaba con la mujer del sacerdote; si así era, el sacerdote no
le guardaba rencor, pues no le gustaban las mujeres y se desinteresaba de la
suya, que, por lo demás, suele ofrecerse a cualquiera. Imagínese la humilde
felicidad de un Panegyotis; poseía el amor de las hermosas, la envidia de los
hombres y, en algunas ocasiones, su deseo; un reloj de plata, cada dos o tres
días una camisa maravillosamente blanca planehada por su madre, arroz «pilaf»,
al mediodía y el «ouzo» glauco y perfumado antes de la cena. Pero la felicidad
es frágil y, cuando no la destruyen las circunstancias o los hombres, se ve
amenazada por los fantasmas. Acaso no sepa usted que nuestra isla se halla
poblada de presencias misteriosas. Nuestros fantasmas no se parecen a sus
espectros del norte, que sólo salen a medianoche y se alojan durante el día en
los cementerios. Nuestros fantasmas olvidan cubrir su cuerpo con una sábana
blanca y su esqueleto se halla recubierto de carne. Pero tal vez sean más
peligrosos que las almas de los muertos, ya que éstos, al menos, han sido
bautizados y han conocido la vida, han sabido lo que es sufrir. Las Nereidas de
nuestros campos son inocentes y malvadas como la naturaleza misma, que tan
pronto protege al hombre como lo destruye. Los dioses y las diosas de la
antigüedad están bien muertos, y los museos sólo conservan sus cadáveres de
mármol. Nuestras ninfas se parecen más a las hadas de su país que a la imagen
que de ellas tienen ustedes, según el modelo de Praxiteles. Pero nuestro pueblo
cree en ellas y en sus poderes; existen igual que la tierra, el agua y el
peligroso sol. En ellas, la luz del verano se hace carne, y, por eso, verlas
dispensa vértigo y estupor. Sólo salen a la hora trágica del mediodía; están
como inmersas en el misterio de la luz del día. Si los campesinos atrancan la
puerta de sus casas antes de echarse la siesta, es por ellas; estas hadas
auténticamente fatales son hermosas, van desnudas y son refrescantes y nefastas
como el agua en que bebemos los gérmenes de la fiebre; los que las vieron se
consumen lentamente de languidez y de deseo. Los que tuvieron el atrevimiento
de acercarse a ellas se quedan mudos para toda la vida, pues no deben revelarse
al vulgo los secretos del amor. Pues bien, una mañana de julio dos corderos del
padre de Panegyotis se pusieron a dar vueltas. La epidemia se propagó
rápidamente a las más bellas reses del rebaño y el cuadro de tierra apisonada
que había delante de la casa tuvo que transformarse rápidamente en asilo para
ganado alienado. Panegyotis se fue solo, en plena canícula, bajo el sol, a
buscar a un veterinario que vive en la otra vertiente del Monte de San Elías,
en un pueblecito agazapado a orillas del mar. Al llegar el crepúsculo, aún no
estaba de vuelta. La inquietud del padre de Panegyotis pasó de sus corderos a
su hijo; registraron en vano todo el campo y los valles de los alrededores;
durante toda la noche, las mujeres de la familia estuvieron rezando en la
capilla del pueblo que no es más que un
granero iluminado por dos docenas de cirios , donde parece que a cada momento
vayá a entrar la Virgen para dar a luz a Jesús. Al día siguiente por la noche,
a la hora del descanso, cuando los hombres se sientan en la plaza del pueblo
ante una taza de café, un vaso de agua o uns cucharada de mermelada, vieron
volver a un Panegyotis muy cambiado, tanto como si hubiera pasado por la
muerte. Sus ojos centelleaban, pero parecía como si el blanco del ojo y la
pupila hubieran devorado al iris; dos meses de malaria no lo hubieran puesto
más amarillo; una sonrisa un poco repugnante deformaba sus labios, de los que
ya no salían palabras. No obstante, aún no estaba completamente mudo. Unas sílabas
entrecortadas se le escapaban de la boca como los últimos gorgoteos de un
manantial que muere:
Las Nereidas... Las señoras... Nereidas...
Hermosas... Desnudas... Es estupendo... Rubias... Todo el cabello rubio...
Estas fucron las únicas palabras que se le pudieron sacar. Varias veces, en los
días que siguieron, se le oyó de nuevo repetir despacio, para sí mismo: «Pelo
rubio... rubio», como si estuviera acariciando seda. Sus ojos dejaron de
brillar, pero su mirada, que se hizo vaga y fija, adquirió unas propiedades
peculiares: puede contemplar el sol sin pestañear; tal vez encuentra un gran
placer en contemplar este astro de un rubio tan deslumbrador. Yo estaba en el
pueblo durante las primeras semanas de su delirio: no tenía fiebre, ni síntomas
de insolación o ataque alguno. Sus padres lo llevaron para que lo exorcizasen a
un célebre monasterio que había en la vecindad: se dejó conducir con la misma
dulzura que un cordero enfermo, pero ni las ceremonias de la Iglesia, ni las
fumigaciones de incienso, ni los ritos mágicos de las viejas del pueblo
pudieron liberar su sangre de las ninfas locas de color del sol. Los primeros
días de su nuevo estado transcurrieron en incesantes idas y venidas; retornaba
incansablemente al lugar donde había surgido la aparición: hay allí una fuente,
donde van los pescadores algunas veces para proveerse de agua dulce, un valle
pequeño y encajonado, un campo de higueras y un sendero que desciende hasta el
mar. Las gentes han creído ver en la hierba rala unas huellas ligeras de pies
femeninos, algún espacio que otro hollado por el peso de unos cuerpos. Puede
uno imaginar fácilmente la escena: los rayos de sol abriéndose camino por la
sombra de las higueras, que no es una sombra, sino una forma más verde y más
suave que la luz; el joven lugareño inquieto al oír unas risas y unos gritos de
mujer, lo mismo que un cazador ante un batir de alas; las divinas muchachas
levantando sus brazos con el vello dorado interceptando el sol; la sombra de
una hoja que se desplaza sobre un vientre desnudo; un seno claro, cuyo pezón es
rosa y no violeta; los besos de Panegyotis devorando aquellas cabelleras, lo
que daría la impresión de estar masticando miel; su deseo perdiéndose por entre
aquellas piernas doradas. Del mismo modo que no existe amor sin arrebato del
corazón, apenas existe auténtica voluptuasidad sin la fascinación de la
belleza. El resto no es más que funcionamiento maquinal, como la sed o el
hambre. Las Nereidas dieron acceso al joven insensato a un mundo femenino tan
diferente de las muchachas de la isla como éstas lo son de las hembras del
ganado; le trajeron la embriaguez de lo desconocido, el agotamiento del
milagro, las malignidades centelleantes de la felicidad. Se pretende que sigue
viéndose con ellas en las horas câlidas, cuando esos hermosos demonios del
mediodía rondan en busca de amor; parece haber olvidado hasta el rostro de su
antigua novia, de la que se aparta como si fuera una repugnante mona; escupe
cuando pasa la mujer del pope, que estuvo llorando dos meses antes de
consolarse. Las ninfas lo han idiotizado, para poder mezclarlo más fácilmente a
sus juegos, como una especie de fauno inocente. Ya no trabaja; no se preocupa
ni de los meses ni de los días; se ha hecho mendigo, de suerte que casi siempre
logra comer lo necesario. Vagabundea por la comarca evitando las carreteras
anchas; se mete por los campos y por los bosques de pinos, así como por los
desfiladeros de las desiertas colinas, y se cuenta que una flor de jazmín
colocada encima de una tapia de adobe, una piedrecilla blanca al pie de un
ciprés son otros tantos mensajes en los que descifra la hora y el lugar de la
próxima cita con las hadas. Los campesinos pretenden que nunca envejecerá: como
todos aquellos a quienes han echado mal de ojo, se marchitará sin que se sepa
si tiene dieciocho o cuarenta años. Pero sus rodillas tiemblan, su
entendimiento se fue para no volver jamás y la palabra no renacerá en sus
labios. Homero ya sabía cómo ven consumirse su inteligencia y sus fuerzas
aquellos que se acuestan con las diosas de oro. Mas yo envidio a Panegyotis. Ha
salido del mundo de los hechos para entrar en el de las ilusiones, y a veces se
me ocurre pensar que tal vez la ilusión sea la forma que adoptan a los ojos del
vulgo las más secretas reáli dades.
Pero, vamos, Jean dijo irritada la señora Demetriadis , ¿no
creerás de verdad que Panegyotis se encontró con las Nereidas? Jean Demetriadis
no contestó, ocupado como estaba en levantarse de su silla para devolver su
altivo saludo a tres extranjeras que pasaban por allí. Aquellas tres jóvenes
americanas, muy bien vestidas con trajes de tela blanca, caminaban con paso
ligero por el muelle inundado de sol, seguidas de un viejo mozo de cuerda,
doblado en dos bajo el peso de las vituallas compradas en el mercado; y lo
mismo que tres niñas pequeñas al salir del colegio, se cogían de la mano. Una
de ellas no llevaba sombrero, sino unas briznas de mirto prendidas en su rojiza
cabellera; la segunda llevaba un enorme sombrero mexicano, y la tercera, gafas
de sol con cristales ahumados que la protegían como si fuera una máscara.
Aquellas tres jóvenes se habían instalado en la isla, donde habían comprado una
casa situada lejos de las carreteras importantes: pescaban por las noches con
un tridente, a bordo de su barca, y cazaban codornices en el otoño. No se
hablaban con nadie y ellas mismas realizaban las tareas de la casa, por miedo a
introducir una criada en la intimidad de su existencia; se aislaban, hurañas,
para evitar murmuraciones, prefiriendo tal vez las calumnias. Traté en vano de
interceptar la mirada que echó Panegyotis a aquellas tres diosas, pero sus ojos
distraídos seguían vagos y sin luz: era manifiesto que no reconocía a sus
Nereidas vestidas de mujer. De repente, se agachó con el movimiento ágil de un
animal, para recoger la dracma que había caído de nuestros bolsillos y pude
observar, entre el basto pelo del chaquetón que llevaba al hombro, sujeto a sus
tirantes, el único objeto que podía proporcionar una prueba imponderable a mi
convicción: el hilo sedoso, el delgado hilo, el hilo perdido de un cabello
rubio.
Nuestra Señora de las Golondrinas
El monje Therapion había sido en su juventud
el discípulo más fiel del gran Atanasio; era brusco, austero, dulce tan sólo
con las criaturas en quienes no sospechaba la presencia de los demonios. En
Egipto había resucitado y evangelizado a las momias; en Bizancio había
confesado a los Emperadores: había venido a Grecia obedeciendo a un sueño, con
la intención de exorcizar a aquella tierra aûn sometida a los sortilegios de
Pan. Se encendía de odio cuando veía los árboles sagrados donde los campesinos,
cuando enferman de fiebre, cuelgan unos trapos encargados de temblar en su
lugar al menor soplo de viento de la noche; se indignaba al ver los falos
erigidos en los campos para obligar al suelo a producir buenas cosechas, y los
dioses de arcilla escondidos en el hueco de los muros y en la concavidad de los
manantiales. Se había construido con sus propias manos una estrecha cabaña a
orillas del Cefiso, poniendo gran cuidado en no emplear más que materiales
bendecidos. Los campesinos compartían con él sus escasos alimentos y aunque
aquellas gentes estaban macilentas, pálidas y desanimadas, debido al hambre y a
las guerras que les habían caído encima, Therapíon no conseguía acercarlos al
cielo. Adoraban a Jesús, Hijo de María, vestido de oro como un sol naciente, mas
su obstinado corazón seguía fiel a las divinidades que viven en los árboles o
emergen del burbujeo de las aguas; todas las noches depositaban, al pie del
plátano consagrado a las Ninfas, una escudilla de leche de la única cabra que
les quedaba; los muchachos se deslizaban al mediodía bajo los macizos de
árboles para espiar a las mujeres de ojos de ónice, que se alimentan de tomillo
y miel. Pululaban por todas partes y eran hijas de aquella tierra seca y dura
donde, lo que en otros lugares se dispersa en forma de vaho, adquiere en
seguida figura y sustancia reales. Veíanse las huellas de sus pasos en la greda
de sus fuentes, y la blancura de sus cuerpos se confundía desde lejos con el
espejo de las rocas. Incluso sucedía a veces que una Ninfa mutilada sobreviviese
todavía en la viga mal pulida que sostenía el techo y, por la noche, se la oía
quejarse o cantar. Casi todos los días se perdía alguna cabeza de ganado, a
causa de sus hechicerías, allá en la montaña, y hasta meses más tarde no
lograban encontrar el montoncito que formaban sus huesos. Las Malignas cogían a
los niños de la mano y se los llevaban a bailar al borde de los precipicios;
sus pies ligeros no tocaban la tierra, pero en cambio el abismo se tragaba los
pesados cuerpecillos de los niños. O bien alguno de los muchachos jóvenes que
les seguían la pista regresaba al pueblo sin aliento, tiritando de fiebre y con
la muerte en el cuerpo tras haber bebido agua de un manantial. Cuando ocurrian
estos desastres, el monje Therapion mostraba el puño en dirección a los bosques
donde se escondían aquellas Malditas, pero los campesinos continuaban amando a
las frescas hadas casi invisibles y les perdonaban sus fechorías igual que se
le perdona al sol cuando descompone el cerebro de los locos, y al amor que tanto
hace sufrir.
El monje las temía como a una banda de lobas,
y le producían tanta inquietud como un rebaño de prostitutas. Aquellas
caprichosas beldades no lo dejaban en paz: por las noches sentía en su rostro
su aliento caliente como el de un animal a medio domesticar que rondase
tímidamente por la habitación. Si se aventuraba por los campos, para llevar el
viático a un enfermo, oía resonar tras sus talones el trote caprichoso v
entrecortado de aquellas cabras jóvenes. Cuando, a pesar de sus esfuerzos,
terminaba por dormirse a la hora de la oración, ellas acudían a tirarle
inocentemente de la barba. No trataban de seducirlo, pues lo encontraban feo,
ridículo y muy viejo, vestido con aquellos hábitos de estameña parda y, pese a
ser muy bellas, no despertaban en él ningún deseo impuro, pues su desnudez le
repugnaba igual que la carne pálida de los gusanos o el dermo liso de las
culebras. No obstante, lo inducían a tentación, pues acababa por poner en duda
la sabiduría de Dios, que ha creado tantas criaturas inútiles y perjudiciales,
como si la creación no fuera sino un juego maléfico con el que El se
complaciese. Una mañana, los aldeanos encontraron a su monje serrando el
plátano de las Ninfas y se afligieron por partida doble, pues, por una parte,
temían la venganza de las hadas que se
marcharían llevándose consigo fuentes y manantiales , y por otra parte, aquel
plátano daba sombra a la plaza, en donde acostumbraban a reunirse para bailar.
Mas no hicieron reproche alguno al santo varón, por miedo a malquistarse con el
Padre que está en los cielos y que suministra la lluvia y el sol. Se callaron,
y los proyectos del monje Therapion contra las Ninfas viéronse respaldados por
aquel silencio.
Ya no salía nunca sin coger antes dos
pedernales, que escondía entre los pliegues de su manga, y por la noche,
subrepticiamente, cuando no veía a ningún campesino por los campos desiertos,
prendía fuego a un viejo olivo, cuyo cariado tronco le parecía ocultar a unas
diosas, o a un joven pino escamoso, cuya resina se vertía como un llanto de
oro. Una forma desnuda se escapaba de entre las hojas y corría a reunirse con
sus compañeras, inmóviles a lo lejos como corzas asustadas, el santo monje se
regocijaba de haber destruido uno de los reductos del Mal. Plantaba cruces por
todas partes y los jóvenes animales divinos se apartaban, huían de la sombra de
aquel sublime patíbulo, dejando en torno al pueblo santificado una zona cada
vez más amplia de silencio y de soledad. Pero la lucha proseguía pie tras pie
por las primeras cuestas de la montaña, que se defendía con sus zarzas cuajadas
de espinas y sus piedras resbaladizas, haciendo muy difíal desalojar de allí a
los dioses. Finalmente, envueltas en oraciones y fuego, debilitadas por la
ausencia de ofrendas, privadas de amor desde que los jóvenes del pueblo se
apartaban de ellas, las Ninfas buscaron refugío en un vallecito desierto, donde
unos cuantos pinos negros plantados en un suelo arcilloso recordaban a unos
grandes pájaros que cogiesen con sus fuertes garras la tierra roja y moviesen
por el cielo las mil puntas finas de sus plumas de águila. Los manantiales que
por allí corrían, bajo un montón de piedras informes, eran harto fríos para
atraer a lavanderas y pastores. Una gruta se abría a mitad de la ladera de una
colina y a ella se accedía por un agujero apenas lo bastante ancho para dejar
pasar un cuerpo. Las Ninfas se habían refugiado allí desde siempre, en las
noches en que la tormenta estorbaba sus juegos, pues temían al rayo, como todos
los animales del bosque, y era asimismo allí donde acostumbraban dormir en las
noches sin luna. Unos pastores jóvenes presumían de haberse introducido una vez
en aquella caverna, con peligro de su salvación y del vigor de su juventud, y
no cesaban de alabar aquellos dulces cuerpos, visibles a medias en las frescas
tinieblas, y aquellas cabelleras que se adivinaban, más que se palpaban. Para
el monje Therapion, aquella gruta escondida en la ladera de la peña era como un
cáncer hundido en su propio seno, y de pie a la entrada del valle, con los
brazos alzados, inmóvil durante horas enteras, oraba al cielo para que le
ayudase a destruir aquellos peligrosos restos de la raza de los dioses.
Poco después de Pascua, el monje reunió una
tarde a los más fieles y más recios de sus feligreses; les dio picos y
linternas; él cogió un crucifjo y los guió a través del laberinto de colinas,
por entre las blandas tinieblas repletas de savia, ansioso de aprovechar
aquella noche oscura. El monje Therapion se paró a la entrada de la gruta y no
permitió que entraran allí sus fieles, por miedo a que fuesen tentados. En la
sombra opaca oíanse reír ahogadamente los manantiales. Un tenue ruido
palpitaba, dulce como la brisa en los pinares: era la respiración de las Ninfas
dormidas, que soñaban con la juventud del mundo, en los tiempos en que aún no
existía el hombre y en que la tierra daba a luz a los árboles, a los animales y
a los dioses. Los aldeanos encendieron un gran fuego, mas hubo que renunciar a
quemar la roca; el monje les ordenó que amasaran cemento y acarreasen piedras.
A las primeras luces del alba empezaron a construir una capillita adosada a la
ladera de la colina, delante de la entrada de la gruta maldita. Los muros aún
no se habían secado, el tejado no estaba puesto todavía y faltaba la puerta,
pero el monje Therapion sabía que las Ninfas no intentarían escapar atravesando
el lugar santo, que él ya había consagrado y bendecido. Para mayor seguridad
había plantado al fondo de la capilla, allí donde se abría la boca de la gruta,
un Cristo muy grande, pintado en una cruz de cuatro brazos desiguales, y las
Ninfas, que sólo sabían sonreír, retrocedían horrorizadas ante aquella imagen
del Ajusticiado. Los primeros rayos del sol se estiraban tímidamente hasta el
umbral de la caverna: era la hora en que las desventuradas acostumbraban a
salir, para tomar de los árboles cercanos su primera colación de rocío; las
cautivas sollozaban, suplicaban al monje que las ayudara y en su inocencia le
decían que en caso de que les permitiera
huir lo amarían. Continuaron los
trabajos durante todo el día y hasta la noche se vieron lágrimas resbalando por
las piedras, y se oyeron toses y gritos roncos parecidos a las quejas de los
animales heridos. Al día siguiente colocaron el tejado y lo adornaron con un
ramo de flores; ajustaron la puena y la cerraron con una gruesa llave de
hierro. Aquella misma noche, los cansados aldeanos regresaron al pueblo, pero
el monje Therapion se acostó cerca de la capilla que había mandado edificar y,
durante toda la noche, las quejas de sus prisioneras le impidieron
delieiosamente dormir. No obstante, era compasivo, se enternecía ante un gusano
hollado por los pies o ante un tallo de flor roto por culpa del roce de su
hábito, pero en aquel momento parecía un hombre que se regocija de haber
emparedado, entre dos ladrillos, un nido de víboras.
Al día siguiente, los aldeanos trajeron cal y
embadurnaron con ella la capilla, por dentro y por fuera; adquirió el aspecto
de una blanca paloma acurrucada en el seno de la roca. Dos lugareños menos
miedosos que los demás se aventuraron dentro de la gruta para blanquear sus
paredes húmedas y porosas, con el fin de que el agua de las fuentes y la miel
de las abejas dejaran de chorrear en el interior del hermoso antro, y de
sostener así la vida desfalleciente de las mujeres hadas. Las Ninfas, muy
débiles, no tenían ya fuerzas para manifestarse a los humanos; apenas podía
adivinarse aquí y allá, vagamente, en la penumbra, una boca joven contraída,
dos frágiles manos suplicantes o el pálido color de rosa de un pecho desnudo. O
asimismo, decuando en cuando, al pasar por las asperidades de la roca sus
gruesos dedos blancos de cal, los aldeanos sentían huir una cabellera suave y
temblorosa como esos culantrillos que crecen en los sitios húmedos y
abandonados. El cuerpo deshecho de las Ninfas se descomponía en forma de vaho,
o se preparaba a caer convertido en polvo, como las alas de una mariposa
muerta; seguían gimiendo, pero había que aguzar el oído pata oír aquellas
débiles quejas; ya no eran más que almas de Ninfas que lloraban.
Durante toda la noche siguiente el monje
Therapion continuó montando su guardia de oración a la entrada de la capilla,
como un anacoreta en el desierto. Se alegraba de pensar que antes de la nueva
luna las quejas habrîan cesado y las Ninfas, muertas ya de hambre, no serían
más que un impuro recuerdo. Rezaba para apresurar el instante en que la muerte
liberaría a sus prisioneras, pues empezaba a compadecerlas a pesar suyo, y se
avergonzaba de su debilidad. Ya nadie subía hasta donde él estaba; el pueblo
parecía tan lejos como si se hallara al otro extremo del mundo; ya no
vislumbraba, en la vertiente opuesta al valle, más que la tierra roja, unos
pinos y un sendero casi tapado por las agujas de oro. Sólo oía los estertores
de las Ninfas, que iban disminuyendo, y el sonido cada vez más ronco de sus
propias oraciones.
En la tarde de aquel día vio venir por el
sendero a una mujer que caminaba hacia él, con la cabeza baja, un poco
encorvada; llevaba un manto y un pañuelo negros, pero una luz misteriosa se
abría camino a través de la tela oscura, como si se hubiera echado la noche
sobre la mañana. Aunque era muy joven, poseía la gravedad, la lentitud y la
dignidad de una anciana y su dulzura era parecida a la del racimo de uvas
maduras y a la de la flor perfumada. Al pasar por delante de la capilla miró
atentamente al monje, que se vio turbado en sus oraciones.
Este sendero no lleva a ninguna parte,
mujer le dijo . ¿De dónde vienes?
Del Este, como la mañana respondió la joven . ¿Y qué haces tú aquí,
anciano monje?
He emparedado en esta gruta a las Ninfas que
infestaban la comarca dijo el monje , y
delante de su antro he edificado una capilla. Ellas no se atreven a atravesarla
para huir porque están desnudas, y a su manera tienen temor de Dios. Estoy
esperando a que se mueran de hambre y de frío en la caverna y cuando esto
suceda, la paz de Dios reinará en los campos.
¿Y quién te dice que la paz de Dios no se
extiende también a las Ninfas lo mismo que a los rebaños de cabras? respondió la joven ¿No sabes que en tiempos de la Creación, Dios
olvidó darle alas a ciertos ángeles, que cayeron en la tierra y se instalaron
en los bosques, donde formaron la raza de Pan y de las Ninfas? Y otros se
instalaron en una montaña, en donde se convirtieron en dioses olímpicos. No
exaltes, como hacen los paganos, la criatura a expensas del Creador, pero no te
escandalices tampoco de Su Obra. Y dale gracias a Dios en tu corazón por haber
creado a Diana y a Apolo.
Mi espíritu no se eleva tan alto dijo humildemente el monje . Las Ninfas
importunan a mis feligreses y ponen en peligro su salvación, de la que yo soy
responsable ante Dios, y por eso las perseguiré aunque tenga que ir hasta el
Infierno.
Y se tendrá en cuenta tu celo, honrado
monje dijo sonriendo la joven . Pero ¿no
puede haber un medio de conciliar la vida de las Ninfas y la salvación de tus
feligreses?
Su voz era dulce, como la música de una
flauta. El monje, inquieto, agachó la cabeza. La joven le puso la mano en el
hombro y le dijo con gravedad:
Monje, déjame entrar en esa gruta. Me gustan
las grutas, y compadezco a los que en ellas buscan refugio. En una gruta traje
yo al mundo a mi Hijo, y en una gruta lo confié sin temor a la Muerte, con el
fin de que naciera por segunda vez en su Resurrección.
El anacoreta se apartó para dejarla pasar. Sin
vacilar, se dirigió ella a la entrada de la caverna, escondida detrás del
altar. La enorme cruz tapaba la abertura; la apartó con cuidado, como un objeto
familiar, y se introdujo en el antro.
Se oyeron en las tinieblas unos gemidos aún
más agudos, un piar de pájaros y roces de alas. La joven hablaba con las Ninfas
en una lengua desconocida, que acaso fuera la de los pájaros o la de los
ángeles. Al cabo de un instante volvió a aparecer al lado del monje, que no
había parado de rezar.
Mira, monje... le dijo . Y escucha...
Innumerables grititos estridentes salían de
debajo de su manto. Separó las puntas del mismo y el monje Therapion vio que
llevaba entre los pliegues de su vestido centenares de golondrinas. Abrió
ampliamente los brazos, como una mujer en oración, y dio así suelta a los
pájaros. Luego dijo, con una voz tan clara como el sonido del arpa:
Id, hijas mías...
Las golondrinas, libres, volaron en el cielo
de la tarde, dibujando con el pico y las alas signos indescifrables. El anciano
y la joven las siguieron un instante con la mirada, y luego la viajera le dijo
al solitario:
Volverán todos los años, y tú les darás asilo
en mi iglesia. Adiós, Therapion.
Y María se fue por el sendero que no lleva a
ninguna parte, como mujer a quien poco importa que se acaben los caminos, ya
que conoce el modo de andar por el cielo. El monje Therapion bajó al pueblo y
al día siguiente, cuando subió a decir misa en la capilla, la gruta de las
Ninfas se hallaba tapizada de nidos de golondrinas. Volvieron todos los años y
se metían en la iglesia, muy ocupadas en dar de comer a sus pequeñuelos o
consolidando sus casas de barro, y muy a menudo, el monje Therapion interrumpía
sus oraciones para seguir con mirada enternecida sus amores y sus juegos, pues
lo que les está prohibido a las Ninfas les está permitido a las golondrinas.
La viuda Afrodisia
Le llamaban Kostis el Rojo porque tenía el
pelo de color rojizo, porque su conciencia se hallaba manchada con una gran
cantidad de sangre vertida y, sobre todo, porque solía llevar una chaqueta roja
cuando bajaba insolentemente a la feria de ganado para obligar a cualquiera de
los aterrorizados campesinos que allí había a que le vendiese su mejor montura
a bajo precio, so pena de exponerse a diversas variedades de muerte súbita.
Había vivido oculto en la montaña, a unas horas de camino de su pueblo natal, sus
fechorías se limitaron, durante mucho tiempo, a diversos asesinatos políticos y
al rapto de una docena de corderos flacos. Hubiera podido volver a la fragua
sin que nadie le molestara, pero pertenecía a esa clase de hombres que
prefieren el sabor del aire libre y de la comida robada a cualquier otra cosa.
Más tarde, dos o tres crímenes de derecho común pusieron en pie de guerra a los
habitantes del pueblo. Lo acorralaron, como si de un lobo se tratase, y lo
acosaron como a un jabalí. Finalmente, lograron atraparlo en la noche de San
Jorge, y lo habían llevado al pueblo atravesado en la silla de un caballo, con
la garganta abierta, como uno de esos animales que cuelgan en las carnicerías;
los tres o cuatro jóvenes a quienes había arrastrado consigo en su vida
aventurera terminaron igual que él, agujereados por las balas y por las
cuchilladas. Pusieron sus cabezas en unas horcas y con ellas adornaron la plaza
del pueblo; los cuerpos yacían uno encima de otro a la entrada del cementerio;
los aldeanos vencedores festejaban su victoria protegidos del sol y de las
moscas por las persianas echadas, y la viuda del viejo pope al que Kostaki
había asesinado seis años antes, en un camino desierto, lloraba en la cocina
mientras enjuagaba los vasos que acababa de ofrecer, llenos de aguardiente, a
los campesinos que la habían vengado.
La viuda Afrodisia se limpió las lágrimas y se
sentó en el único taburete que había en la cocina, apoyando las dos manos en el
borde de la mesa, y en sus manos la barbilla, que temblaba como la de una
anciana. Unos sollozos reprimidos le sacudían el pecho por debajo de los
profundos pliegues de su vestido de estameña. Se adormecía sin querer, mecida
por su propia queja; se enderezó, sobresaltada: aûn no le había llegado la hora
de la siesta y del olvido. Durante tres días y tres noches, las mujeres del pueblo
habían estado esperando en la plaza, chillando cada vez que resonaba un
disparo, allá en la montaña era devuelto por el eco, y los gritos de Afrodisia
eran más fuertes aún que los de sus compañeras, tal como corresponde a la mujer
de un personaje tan respetado como el anciano pope, tendido en su tumba desde
hacía seis años. Se había sentido enferma cuando volvieron los carnpesinos, al
alba del tercer día, con su sangrienta carga sobre una mula derrengada, y sus
vecinos habían tenido que acompañarla hasta la casita en donde vivía apartada
desde que se había quedado viuda; no obstante, en cuanto había vuelto en sí,
había insistido para ofrecer alguna bebida a sus vengadores. Con las piernas y
manos todavía temblorosas, se acercó alternativamente a cada uno de aquellos
hombres, que dejaban en la estancia un olor casi insoportable a cuero y a
cansancio y, como no le fue posible aliñar con veneno las rebanadas de pan y de
queso que les había ofrecido se contentó con escupir encima a escondidas,
deseando que la luna de otoño se levantara sobre sus tumbas.
Era en aquel momento cuando ella hubiese
debido confesarles toda su vida, confundir su estupidez o justificar sus peores
sospechas, gritarles al oído aquella verdad que había sido, a la vez, tan fácil
y tan duro disimular durante diez años: su amor por Kostis, su primera cita en
un camino encajonado, al pie de una morera que les resguardó de una granizada,
y su pasión, nacida con la velocidad del rayo en aquella noche de tormenta; su
regreso al pueblo, con el alma agitada por un remordimiento en el que entraba
más miedo que arrepentimiento; la semana intolerable en que trató de olvidar a
aquel hombre, que se había convertido en algo más necesario para ella que el
pan y el agua, y su segunda visita a Kostis, con el pretexto de llevarle harina
a la madre del pope, que cuidaba ella sola de una granja en la montaña; y la
falda amarilla que llevaba puesta entonces y con la que se habían tapado a modo
de manta: parecía como si se hubieran acostado bajo un jirón de sol; y la noche
en que tuvieron que esconderse en el establo de una caravanera turca; las ramas
nuevas del castaño que le asestaban, al pasar, sus bofetadas de frescor; y la
espalda encorvada de Kostis, que la precedía por los senderos en donde un
movimiento excesivamente brusco hubiera podido irritar a una víbora; y la
cicatriz que ella no había advertido el primer día, y que serpenteaba sobre su
nuca; y las miradas locas y codiciosas que él le echaba, como si fuera un
objeto robado de mucho valor; y su cuerpo fuerte, de hombre acostumbrado a
vivir una vida dura; y su risa, que la tranquilizaba; y la manera muy suya que
tenía de balbucear su nombre cuando hacían el amor.
Se levantó y sacudió con amplio ademán la
blanca pared por donde zumbaban dos o tres moscas. Las pesadas moseas, que se
alimentan de inmundicias, no sólo eran unos insectos algo inoportunos, cuyo ir
y venir impreciso y ligero soportamos sobre nuestra piel: tal vez se habían
posado en aquel cuerpo desnudo, en aquella cabeza sanguinolenta; acaso habían
añadido sus insultos a las patadas de los niños y a las miradas curiosas de las
mujeres. ¡Ay, si ella hubiera podido, de un simple escobazo barrer todo aquel pueblo
lleno de viejas de lengua envenenada, como los dardos de las avispas! Y
asimismo al joven sacerdote, ebrio del vino de la Misa, que echaba pestes
contra el asesino de su predecesor, y a los campesinos, que se encarnizaban con
el cuerpo de Kostis como los zánganos con la fruta chorreando miel. No
imaginaban que el duelo de Afrodisia pudiera tener otro motivo que no fuera el
viejo pope, enterrado desde hacía seis años en el nncón mejor situado del
cementerio: no había podido ella gritarles que la vida de aquel pomposo
borracho le importaba tan poco como el banco de madera que había en el fondo
del jardín.
Y, no obstante, pese a sus ronquidos que le
impedían dormir y a su manera insoportable de carraspear, casi había echado de
menos al crédulo anciano que se había dejado engañar, y luego atemorizar, con
la cómica exageración de uno de esos celosos que hacen reír en la pantalla de
un teatro de sombras: añadía un elemento de farsa al drama de su amor. Y se
habían divertido retorciéndole el cuello a los pollos del pope; Kostis se los
llevaba, escondidos debajo de la chaqueta, en las noches en que se introducía disimuladamente
en el presbiterio; luego, ella acusaba a los zorros de aquel robo. Incluso fue
agradable aquella noche en que el viejo
se levantó, por haberle despertado sus susurros de amor bajo el plátano adivinar al anciano asomado a la ventana,
espiando cada uno de los movimientos de sus sombras en la tapia del jardín,
grotescamente indeciso entre el miedo al escándalo, el temor a un balazo y las
ganas de vengarse. Lo único que Afrodisia tenía que reprocharle a Kostis era
precisamente el asesinato de aquel anciano, que servía, a pesar suyo, de
tapadera a sus amores.
Desde que se quedó viuda, nadie había
sospechado las peligrosas citas que le daba a Kostis en las noches sin luna, de
suerte que al plato de su alegría le había faltado la pimienta de un
espectador. Cuando los desconfiados ojos de las matronas se posaron en la ancha
cintura de la joven, se imaginaron todo lo más que la viuda del pope se había
dejado seducir por algún vendedor ambulante o por el obrero de alguna fábrica,
como si esa clase de gentes fueran de aquellos con quienes Afrodisia hubiera
consentido acostarse. Y no tuvo más remedio que aceptar con gozo aquellas
humillantes sospechas y tragarse su orgullo con más cuidado aún del que ponía
en tragarse sus náuseas. Y cuando la habían vuelto a ver, unas semanas más
tarde, con el vientre plano por debajo de sus anchas faldas, todas se habían
preguntado qué era lo que Afrodisia había podido hacer para librarse tan
fácilmente de su carga. Nadie se imaginaba que la visita al santuario de San
Lucas no había sido sino un pretexto, y que Afrodisia se había quedado
encerrada a unas cuantas leguas del pueblo, en la cabaña de la madre del pope,
quien ahora consentía en hacerle el pan a Kostis y remendar su chaqueta. La
vieja hacía esto no porque fuese tierna de corazón sino porque Kostis le traía
aguardiente y, además, porque allá en su juventud a ella también le había
gustado hacer el amor. Y allí fue donde el niño vino al mundo; tuvieron que
ahogarlo entre dos jergones, débil y desnudo como un gatito recién nacido, sin
tomarse siquiera la molestia de lavarlo después de nacer.
Y finalmente, uno de los compañeros de Kostis
asesinó al alcalde, y las delgadas manos del hombre amado habían apretado y más
rabiosamente su viejo fusil de caza; mas y llegaron aquellos tres días y
aquellas tres noches en que el sol parecía salir y ponerse envuelto en sangre.
Y esta noche todo acabaría en una fogata, para la que ya habían juntado un
montón de latas de petróleo a la puerta del cementerio; Kostis y sus compañeros
serían tratados igual que la carroña de las mulas, a las que se riega con petróleo
para no tomarse el trabajo de enterrarlas, y ya no le quedaban a Afrodisia más
que unas cuantas horas de sol y de soledad para llevarle luto. Levantó el
picaporte y salió al estrecho terraplén que la separaba del cementerio. Los
cuerpos, amontonados, yacían junto a la tapia de adobe, pero no le fue difícil
reconocer a Kostis; era el más alto y ella lo había amado. Un campesino
codicioso le había quitado el chaleco para lucirlo los domingos; ya había unas
cuantas moscas pegadas en las lágrimas de sangre de los párpados; estaba casi
desnudo. Dos o tres perros lamían en el suelo unos regueros negros y luego,
jadeantes, volvían a echarse en una estrecha franja de sombra. Al atardecer, a
la hora en que el sol se hace inofensivo, los grupitos de mujeres empezarían a
reunirse en aquella estrecha terraza; contemplarían la verruga que Kostis tenía
entre los dos hombros. Los hombres, a patadas, le darían la vuelta al cadáver
para empapar bien de gasolina los pocos harapos que le habían dejado; abrirían
las latas con la basta alegría de los vendimiadores que destapan un tonel.
Afrodisia tocó la manga desgarrada de la camisa que ella había cosido con sus
propias manos para ofrecérsela a Kostis como regalo de Pascua, y reconoció de
repente su nombre tatuado en el brazo izquierdo de Kostis. Si otros ojos que no
fueran los suyos veían aquellas letras toscamente dibujadas en la piel, la
verdad iluminaría bruscamente su espíritu, como las llamas de la gasolina
empezando a bailar sobre la tapia del cementerio. Se imaginó lapidada,
enterrada debajo de las piedras. Sin embargo, era incapaz de arrancar aquel
brazo que la acusaba con tanta ternura, o de calentar unos hierros para borrar
aquellas marcas que la perdían. No podía infligirle una nueva herida al cuerpo
que tanto había sangrado ya...
Las coronas de latón que llenaban la tumba del
pope brillaban al otro lado del recinto sagrado, y aquel montículo le recordó
bruscamente el vientre adiposo del anciano. Después de su muerte habían
relegado a la viuda del difunto pope a una chabola que había a dos pasos del
cementerio: no se quejó por vivir en aquel lugar tan apanado, donde sólo
crecían las tumbas, pues, en algunas ocasiones, Kostis había podido aventurarse
al caer la noche por aquel camino, por donde nunca pasaba alma viviente, y el
sepulturero, que vivía en la casa de al lado, estaba sordo como una tapia. La
fosa del pope Esteban se hallaba separada de la chabola sólo por la tapia del
cementerio, y les había parecido que continuaban acariciándose ante las narices
del difunto. Hoy, aquella misma soledad le permitía a Afrodisia llevar a cabo
un proyecto digno de su vida de estratagemas e imprudencias, y empujando la
barrera de madera desconchada por el sol se apoderó de la pala y el pico del
sepulturero.
La tierra estaba seca y dura, y el sudor de
Afrodisia corría más abundante que sus lágrimas. De cuando en cuando la pala
sonaba al dar contra una piedra, pero aquel ruido en un lugar desierto no iba a
alertar a nadie, y el pueblo entero dormía después de haber comido. Por fin,
oyó el sonido seco de la madera vieja: el pico chocaba con el ataúd del pope
Esteban, más frágil que la madera de una guitarra y que se rajó con el choque,
enseñando los pocos huesos y la casulla arrugada, que era cuanto quedaba del anciano.
Afrodisia amontonó aquellos restos los empujó cuidadosamente a un rincón del
ataúd, luego cogió por los sobacos el cuerpo de Kostis y lo arrastró hasta la
fosa. El amante de antaño le llevaba toda la cabeza a su marido, pero el ataúd
sería lo bastante grande para Kostis decapitado. Afrodisia volvió a poner la
tapa, amontonó de nuevo la tierra sobre la tumba, recubrió el montículo recién
removido con las coronas compradas antaño en Atenas con el dinero de los
feligreses, igualó el polvo del sendero por donde había arrastrado a su muerto.
Ahora faltaba ur cuerpo en el montón que yacía a la puerta del cementerio, pero
los campesinos no registrarían todas las tumbas para encontrarlo.
Se sentó sin aliento y se levantó casi de
inmediato, pues se había aficionado a su tarea de enterradora. La cabeza de
Kostis aún estaba allá arriba, expuesta a los insultos, ensartada en una horca,
allí donde el pueblo cede el sitio a las rocas y al cielo. Nada estaría
terminado hasta que no hubiera consumado su rito funerario; y había que darse
prisa y aprovechar las horas de calor en que las gentes se encierran en sus
casas y duermen, cuentan sus dracmas, hacen el amor y le dejan todo el campo
libre al sol. Dándole la vuelta al pueblo tomó, para subir hasta lo alto, la
cuesta por donde pasaba menos gente. Unos perros flacos dormitaban a la escasa
sombra de las puertas; Afrodisia les lanzaba una patada al pasar, pagando con
ellos el rencor que no podía saciar en sus amos. Luego, cuando uno de aquellos
animales se levantó completamente erizado y gimiendo, tuvo que detenerse un
instante para tranquilizarlo a fuerza de halagos y de caricias. El aire
abrasaba como un hierro al rojo vivo, y Afrodisia se puso el mantón en la
cabeza para no caer fulminada antes de haber acabado su tarea.
El sendero desembocaba, por fin, en una
explanada blanca y redonda. Más arriba sólo quedaban unas rocas grandes que
formaban varias cavernas, donde sólo los desesperados como Kostis se atrevían a
internarse; y cuando los extranjeros se aventuraban por allí, siempre se oía la
voz áspera de algún aldeano llamándolos. Más arriba ya no quedaban más que las
âguilas y el cielo, cuyas pistas sólo las águilas conocen. Las cinco cabezas,
de Kostis y sus compañeros, clavadas en las horcas, hacían esas muecas que sólo
pueden hacer los muertos. Kostis apretaba los labios, como si meditara un
problema que aún no hubiera tenido tiempo de resolver en vida, algo así como la
compra de un caballo o el rescate de una nueva captura, y era el único entre
sus amigos a quien la muerte no había cambiado mucho, pues siempre fue muy
pálido. Afrodisia cogió la cabeza y tiró de ella, con un ruido como de seda
desgarrada. Se proponía esconderla en su casa, debajo del suelo de la cocina, o
tal vez en alguna caverna que ella sola conocía, y acariciaba aquellos restos
prometiéndoles que los pondría a salvo.
Fue a sentarse al pie del plátano que crecía
más abajo de la explanada, en el terreno del granjero Basilio. Bajo sus pies,
las rocas se precipitaban hacia el llano, y los bosques que tapizaban la tierra
hacían el efecto, desde lejos, de matas de minúsculos musgos. Muy al fondo se
vislumbraba el mar, entre dos labios de montaña, y Afrodisia se decía que
hubiera podido incitar a Kostis para que huyese sobre aquellas olas, y así no
se vería ahora obligada a mecer en sus rodillas su cabeza sanguinolenta. Sus lamentos,
contenidos desde el principio de la desgracia, estallaron en vehementes
sollozos como los de las plañideras en los funerales y, con los codos en las
rodillas y las húmedas mejillas apoyadas en las manos, dejaba caer sus lágrimas
sobre el rostro del muerto. ¡Eh, tú,
ladrona! Viuda de cura, ¿qué estás haciendo en mi huerto?
El anciano Basilio, armado con una hoz y un
palo, se asomaba en lo alto del camino, y su aspecto de desconfianza y de furor
no hacía sino acentuar su semejanza con un espantapájaros. Afrodisia se levantó
de un salto, tapando la cabeza con su delantal.
Sólo te he robado un poco de sombra, tío
Basilio, un poco de sombra para refrescarme la frente...
¿Y qué es lo que escondes en el delantal,
ladrona, viuda maldita? ¿Una calabaza? ¿Una sandía?
Soy pobre, tío Basilio, y sólo te he cogido
una sandía muy roja. Sólo una sandía roja, con sus pepitas negras...
Enséñamela, mentirosa, especie de topo negro
y devuélveme lo que me has robado..
El viejo Basilio bajó por la cuesta
enarbolando su palo. Afrodisia echó a correr del lado del precipicio, sujetando
con las manos las puntas del delantal. La cuesta se hacía cada vez más
empinada, el sendero más resbaladizo, como si la sangre del sol, que ya se
preparaba a ponerse, hubiera vuelto pegajosas las piedras. Hacía mucho rato que
Basilio se había parado y daba grandes voces para avisar del peligro a la que
huía, diciéndole que volviera sobre sus pasos. El sendero ya no era más que una
trocha resbaladiza, de donde se desprendían las piedras. Afrodisia le oía, mas
aquellas palabras desmenuzadas por el viento no las entendía, sólo comprendía
una cosa: la necesidad de huir del pueblo, de escapar a la mentira, a la pesada
hipocresía, al largo castigo de convertirse un día en una mujer vieja a la que
ya nadie querría. Una piedra, por fin, se desprendió bajo sus pies, cayó al
fondo del precipicio como para enseñarle el camino, y la viuda Afrodisia se
hundió en el abismo y en la noche, llevándose con ella la cabeza manchada de
sangre.
Kali decapitada
Kali, la terrible diosa, merodea por las
llanuras de la India. Puede vérsela simultáneamente en el Norte y en el Sur, y
al mismo tiempo en los lugares santos y en los mercados. Las mujeres se
estremecen al verla pasar, los hombres jóvenes, dilatando las ventanas de la
nariz, salen a la puerta para verla, y los niños recién nacidos ya saben su
nombre. Kali, la negra, es horrible y bella. Tan delgada es su cintura que los
poetas que la cantan la comparan con la palmera. Tiene los hombros redondos
como el salir de la luna de otoño; unos senos turgentes como capullos a punto
de abrirse; sus muslos ondean como la trompa del elefante recién nacido, y sus
pies danzarines son como tiernos brotes. Su boca es cálida, como la vida; sus
ojos profundos, como la muerte. Tan pronto se mira en el bronce de la noche
como en la plata de la aurora o en el cobre del crepúsculo, y se contempla en
el oro del mediodía. Pero sus labios no han sonreído jamás; un collar de
huesecillos rodea su alto cuello y en su rostro, más claro que el resto del
cuerpo, sus grandes ojos son puros y tristes. El rostro de Kali, eternamente
mojado por las lágrimas, está pálido y cubierto de rocío como la faz inquieta
de la mañana.
Kali es abyecta. Ha perdido su casta divina a
fuerza de entregarse a los parias y a los condenados, y su rostro, al que besan
los leprosos, se halla cubierto de una costra de astros. Se aprieta contra el
pecho sarnoso de los camelleros procedentes del Norte, que nunca se lavan a
causa de los grandes fríos; se acuesta en los lechos infectados de piojos con
los mendigos ciegos; pasa de los brazos de los Brahmanes al abrazo de los
miserables raza fétida, deshonra de la
luz encargados de bañar los cadáveres; y
Kali, tendida en la sombra piramidal de las hogueras, se abandona sobre las
tibias cenizas. Ama asimismo a los barqueros, que son fuertes y ásperos; acepta
hasta a los negros que sirven en los bazares, a quienes se azota más que a las
bestias de carga; frota su cabeza contra sus hombros, cuajados de rozaduras por
el ir y venir de los fardos. Triste como una enferma con fiebre que no
consiguiera encontrar agua fresca, va de pueblo en pueblo, de encrucijada en
encrucijada, a la búsqueda de los mismos monótonos deleites. Sus piececitos
bailan frenéticamente, moviendo las ajorcas, que tintinean, pero sus ojos no
cesan de llorar, su boca amarga nunca besa, sus pestañas no acarician las
mejillas de los que la abrazan, y su rostro permanece eternamente pálido como
una luna inmaculada. Hace mucho tiempo, Kali, nenúfar de la perfección, se
sentaba en el trono del cielo de Indra como en el interior de un zafiro; los
diamantes de la mañana brillaban en su mirada y el universo se contraía o se
dilataba según los latidos de su corazón.
Pero Kali, perfecta como una flor, ignoraba su
perfección y, pura como el día, no conocía su pureza.
Los dioses celosos acecharon a Kali una noche
de eclipse, en un cono de sombra, en el rincón de un planeta cómplice. Fue
decapitada por el rayo. En vez de sangre, brotó un chorro de luz de su nuca
cortada. Su cadáver, dividido en dos trozos y arrojado al Abismo por los
Genios, rodó hasta llegar al fondo de los Infiernos, por donde se arrastran y
sollozan aquellos que no han visto o han rechazado la luz divina. Sopló un
viento frío condensó la claridad que se puso a caer del cielo; una capa blanca
se acumuló en la cumbre de las montañas, bajo unos espacios estrellados donde
empezaba a hacerse de noche. Los dioses monstruos, el dios ganado, los dioses
de múltiples brazos y múltiples piernas, semejantes a unas ruedas que dan
vueltas, huían a través de las tinieblas, cegados por sus aureolas, y los
Inmortales, despavoridos, se arrepintieron de su crimen.
Los dioses contritos bajaron del Techo del
Mundo hasta el abismo lleno de humo por donde se arrastran los que existieron.
Franquearon los nueve purgatorios; pasaron por delante de los calabozos de
barro y de hielo en donde los fantasmas, roídos por el remordimiento, se
arrepienten de las faltas que cometieron, y por delante de las prisiones en
llamas donde otros muertos, atormentados por una codicia vana, lloran las
faltas que no cometieron. Los dioses se sorprendían al hallar en los hombres
aquella imaginación infinita del Mal, aquellos recursos y aquellas innumerables
angustias del placer y del pecado. Al fondo del osario, en un pantano, la
cabeza de Kali sobrenadaba como un loto, y sus largos y negros cabellos se
extendían a su alrededor como raíces flotantes.
Recogieron piadosamente aquella hermosa cabeza
exangüe y se pusieron a buscar el cuerpo que la había llevado. Un cadáver
decapitado yacía en la orilla. Lo cogieron, colocaron la cabeza de Kali encima
de aquellos hombros y reanimaron a la diosa.
Aquel cuerpo pertenecía a una prostituta,
ajusticiada por haber tratado de entorpecer las meditaciones de un Brahman. Sin
sangre, aquel cadáver parecía puro. La diosa y la cortesana tenían ambas, en el
muslo izquierdo, el mismo lunar.
Kali no volvió, nenúfar de perfección, a
sentarse en el trono del cielo de Indra. El cuerpo, al que habían unido la
cabeza divina, sentía nostalgia de los barrios de mala fama, de las caricias
prohibidas, de los cuartos en donde las prostitutas meditan secretas orgías,
acechan la llegada de los clientes a través de las persianas verdes. Se
convirtió en seductora de niños, incitadora de ancianos, amante despótica de
jóvenes, y las mujeres de la ciudad, abandonadas por sus esposos y
considerándose ya viudas, comparaban el cuerpo de Kali con las llamas de la
hoguera. Fue inmunda como una rata de alcantarillas y odiada como la comadreja
de los campos. Robó los corazones como si fueran un pedazo de entraña expuesto
en los escaparates de los casqueros. Las fortunas licuadas se pegaban a sus
manos como panales de miel. Sin descanso, de Benarés a Kapilavistu, de Bangalor
a Srinagar, el cuerpo de Kali arrastraba consigo la cabeza deshonrada de la
diosa, y sus ojos límpidos continuaban llorando.
Una mañana, en Benarés, Kali, borracha,
haciendo muecas de cansancio, salió de la calle de las cortesanas. En el campo,
un idiota que babeaba tranquilamente sentado en un montón de estiércol se
levantó al verla pasar y se echó a correr tras ella. Ya sólo le separaba de la
diosa la longitud de su sombra. Kali aminoró el paso y dejó que el hombre se
acercara.
Cuando él la dejó, emprendió de nuevo el
camino hacia una ciudad desconocida. Un niño le pidió limosna; ella no le avisó
de que una serpiente dispuesta a morder se erguía entre dos piedras. Sentía un
gran furor contra todo ser viviente y al mismo tiempo un deseo atroz de
aumentar con ello su sustancia, de aniquilar a las criaturas saciándose con
ellas. Se la pudo ver en cuclillas junto a los cementerios; su boca masticaba
los huesos como los dientes de las leonas. Mató como el insecto hembra que
devora a sus machos; aplastó a los hijos que paría como una cerda que se
revuelve contra su camada. Y a los que exterminaba, los remataba después
bailando encima de ellos. Sus labios, maculados de sangre, exhalaban el mismo
olor insípido de las carnicerías, pero sus abrazos consolaban a sus víctimas y
el calor de su pecho hacía olvidar todos los males.
En la linde de un bosque, Kali tropezó con el
Sabio.
Se hallaba sentado, con las piernas cruzadas,
con las palmas unidas, y su cuerpo descarnado estaba tan seco como la leña
preparada para encender la hoguera. Nadie hubiera podido adivinar si era muy
joven o muy viejo; sus ojos, que todo lo percibían, apenas eran visibles por
debajo de sus párpados medio cerrados. La luz se disponía en torno a él en
forma de aureola, y Kali sintió subir de las profundidades de sí misma el
presentimiento del gran descanso definitivo, parada áe los mundos, liberación
de los seres, día de bienaventuranza en que la vida y la muerte serían
igualmente inútiles, edad en que Todo se resorbe en Nada, como si esa pura nada
que acababa de concebir se estremeciera en ella a la manera de un futuro hijo.
El Maestro de la gran compasión levantó la
mano para bendecir a la que pasaba.
Mi cabeza muy pura fue soldada a la
infamia dijo ella . Quiero y no quiero;
sufro y, no obstante, gozo; me da horror vivir y miedo morir.
Todos estamos incompletos dijo el Sabio . Todos nos hallamos divididos
y somos fragmentos, sombras, fantasmas sin consistencia. Todos creemos llorar y
gozar desde hace siglos.
Yo fui diosa en el cielo de Indra dijo la cortesana.
Y tampoco estabas libre del encadenamiento de
las cosas, y tu cuerpo de diamante no estaba más resguardado de la desgracia
que tu cuerpo de barro y carne. Tal vez, mujer sin ventura, al errar deshonrada
por los caminos te hallas más cerca de acceder a lo que no tiene forma.
Estoy cansada
gimió la diosa.
Entonces tocando las trenzas negras y
manchadas de ceniza con la punta de los dedos, dijo el Sabio:
El deseo te enseñó la inanidad del deseo; el
arrepentimiento te enseña la inutilidad de arrepentirte. Ten paciencia, ¡oh,
Error!, del que todos formamos parte... ¡Oh, Imperfecta!, en quien la
perfección toma conciencia de sí misma, ¡oh Furor!, que no eres necesariamente
inmortal...
La muerte de Marko Kralievitch
Las campanas tocaban a muerto en el cielo casi
insoportablemente azul. Parecían más fuertes y más estridentes que en cualquier
otro sitio, como si en aquel país, situado en la linde de las regiones
infieles, hubiesen querido afirmar muy alto que quienes las tocaban eran
cristianos, y cristiano asimismo el muerto que acababan de enterrar. Pero allá
abajo, en el pueblo blanco de patios estrechos, donde los hombres se sentaban
en el lado de la sombra, su sonido llegaba mezclado con gritos, llamadas,
balidos de corderos, relinchar de caballos y rebuznos de asnos, así como, en
ocasiones, unido al ulular y las oraciones de las mujeres por el alma que
acababa de partir, o a la risa de un idiota a quien aquel duelo público no
interesaba en absoluto. En el barrio de los estañadores el alboroto de los
martillos cubría su sonido. El anciano Stevan, que remataba delicadamente, a
golpecitos secos, el cuello de una jarra, vio que alguien apartaba la cortina
que tapaba la entrada. Un poco más de calor y de sol que ya empezaba a ponerse en aquella tarde
que iba tocando a su fin invadió la
oscura tienda. Su amigo Andrev entró como si estuviera en su propia casa y se
sentó en una alfombra con las piernas cruzadas.
¿Te has enterado de que Marko ha muerto? Yo
estaba allí cuando ocurrió dijo.
Unos clientes me dijeron que murió replicó el viejo sin soltar el martillo .
Como veo que tienes ganas de contármelo todo, cuéntamelo mientras trabajo.
Tengo un amigo que trabaja en las cocinas de
Marko. Los días de fiesta me deja servir la mesa: siempre cae algún buen
bocado. Hoy no es día de fiesta dijo el viejo acariciando el pitorro de
cobre.
No, pero en casa de Marko siempre se ha
comido bien, hasta los días de diario, incluso cuando es vigilia. Y siempre
acude mucha gente a su mesa; los lisiados viejos en primer lugar, ésos no hacen
más que hablar de sus hazañas cuando estuvieron en Kossovo. Aunque de éstos
cada año iban viniendo menos, incluso disminuían cada temporada. Y hoy Marko
había invitado también a unos ricos comerciantes, a unos notables y jefes de
poblados de los que viven en las montañas, tan cerca de los turcos que pueden
disparar flechas de una orilla a otra del torrente que corre entre las rocas, y
cuando en verano falta el agua, entonces lo que corre es la sangre. La comida
se celebraba con motivo de la expedición que estaban preparando, como todos los
años, para traer caballos y ganado turcos. Servían unos platos muy abundantes
en los que no habían escatimado las especias: eran muy pesados y resbaladizos a
causa de la grasa. Marko comió y bebió como diez, habló aún más que comió; se
reía y daba puñetazos en la mesa; y de cuando en cuando intervenía, cuando dos
se peleaban pensando en el futuro botín. Y cuando nosotros, los criados,
acabamos de verter el agua sobre todas las manos y de limpiar todos los dedos,
salió al patio grande que estaba lleno de gente. En la ciudad es sabido que
distribuye los restos de la comida a quien los quiera, y los restos de los
restos van a parar a los perros. La mayoría de la gente suele traerse un
puchero, o una escudilla, o al menos una canasta. Marko los conocía a casi
todos. No hay nadie que recuerde tan bien como él las caras y los nombres, ni
que conozca el nombre que corresponde a cada una de esas caras. A uno de ellos,
un hombre impedido que llevaba muletas, le hablaba de cuando combatieron juntos
al rey Constantino; a un ciego que tocaba la cítara le canturreaba el primer
verso de una balada que el hombre había compuesto en su honor cuando era joven;
a una vieja muy fea le cogía la barbilla y le recordaba que habían dormido
juntos en sus buenos tiempos. Y había veces en que él mismo cogía de un plato
la cuarta parte de un cordero y se lo daba a alguien diciendo:
"¡Come!". En fin, que estaba igual que siempre.
Y, de repente, se paró ante un viejecillo
sentado en un banco, con los pies colgando.
Y tú
le dijo , ¿por qué no te has traído una escudilla? No recuerdo tu
nombre.
Unos me llaman de una manera y otros de
otra dijo el viejo . No tiene
importancia.
Tampoco recuerdo tu cara dijo Marko . Tal vez sea porque no te pareces
a nadie. No me gustan los desconocidos, ni los mendigos que no piden limosna.
¿Y si por casualidad fueras un espía de los turcos?
Hay quien dice que no hago más que espiar
continuamente repuso el viejo pero se equivocan: dejo que la gente haga lo
que quiera. ¡Y a mí también me gusta
hacer lo que quiero! aulló Marko . Tu
cara no me agrada. ¡Sal de aquí!
Y le puso la zancadilla para hacerlo caer,
pero se hubiera dicho que el viejecillo era de piedra. Y el caso es que no
parecía más fuerte que cualquier otro; sus pies, calzados con alpargatas,
colgaban del banco, pero no daba la impresión de que Marko lo hubiera tocado
siquiera.
Y cuando Marko lo agarró por los hombros para
obligarle a levantarse, pasó lo mismo. El viejo movió la cabeza.
-¡Levántate y lucha como un hombre! gritó Marko con la cara toda colorada.
El viejecillo se levantó. La verdad es que era
muy bajito: ni siquiera le llegaba al hombro a Marko. Se quedó allí parado, sin
decir nada. Marko se le tiró encima, peleando a brazo partido; pero se hubiera
dicho que sus golpes no alcanzaban al hombrecillo y sin embargo, los puños de
Marko estaban ensangrentados.
¡Vosotros no os mezcléis en esto! gritó Marko a los de su escolta . Sólo me
concierne a mí esta vez...
Pero se iba quedando sin aliento. De súbito
tropezó y cayó como una masa. Te juro que el viejo ni se había movido.
Mala caída has tenido, Marko le dijo . No
volverás a levantarte. Creo que tú ya lo sabías antes de empezar.
No obstante, me queda por hacer esa
expedición contra los turcos... La tenía ya preparada... Puede decirse que el
asunto estaba resuelto... dijo
trabajosamente el hombre tendido en el suelo . Pero si las cosas tienen que ser
así, así serán. ¿Contra los turcos o a
su favor? preguntó el viejecillo . La
verdad es que te pasabas fácilmente de un lado a otro.
A una muchacha a quien yo cortejaba, le corté
el brazo derecho por decirme eso dijo el
moribundo . Y también recuerdo a unos prisioneros a quienes mandé degollar, a
pesar de haberles prometido... Pero no sólo hice cosas malas, después de todo.
También les di dinero a los popes.. y a los pobres...
No empieces ahora a repasar tus cuentas dijo el viejo . Siempre es demasiado pronto o
demasiado tarde, y no sirve de nada. Deja más bien que te ponga mi chaqueta
debajo de la cabeza para que estés más cómodo en el suelo.
Se quitó la chaqueta, como había dicho. Todos
estaban tan estupefactos que a nadie se le ocurrió apresarlo. Y además
pensándolo bien, no había hecho nada. Se encaminó hacia la puerta, que estaba
abierta de par en par. Con la espalda un poco encorvada, parecía más que nunca
un mendigo, pero un mendigo que nada pedía. Había dos perros en la entrada,
atados con una cadena; él le puso la mano en la cabeza al Gran Negro, que es
muy fiero, y el Gran Negro no le enseñó los dientes. Ahora que se sabía que
Marko había muerto, todos se volvían a mirar al viejecillo que se marchaba.
Afuera, como sabes, el camino se estira, muy recto entre dos colinas, tan
pronto subiendo como bajando para luego subir otra vez. El viejo ya estaba
lejos. Aún se divisaba su figura caminando entre el polvo y arrastrando un poco
los pies, con unos pantalones muy anchos que le golpeaban las piernas y la
camisa al viento. Iba muy deprisa para ser tan viejo. Y por encima de su
cabeza, en el cielo completamente vacío, volaba una bandada de patos
salvajes...
La tristeza de Cornelius Berg
Desde que había regresado a Amsterdam,
Cornelius Berg vivía en una posada. Cambiaba a menudo de alojamiento, mudándose
cuando había que pagar el alquiler, aunque seguía pintando algunos retratillos,
unos cuantos cuadros de costumbres que le encargaban, algún desnudo para un
aficionado, y buscando por las calles algún que otro cartel que pintar. Por
desgracia, le temblaban las manos y tenía que cambiar con mucha frecuencia los
cristales de sus gafas por otros más fuertes; el vino, al que se había
aficionado en Italia, junto con el tabaco, acababa de arrebatarle la poca
seguridad que aún conservaba su pincelada y de la que seguía presumiendo. Lleno
de despecho, se negaba entonces a entregar su obra y lo estropeaba todo con
excesivos retoques o raspados, acabando por abandonar su trabajo.
Pasaba largas horas en las tabernas saturadas
de humo como la conciencia de un borracho, donde algunos alumnos de Rembrandt,
que había sido condiscípulo suyo en otros tiempos, le pagaban la consumición
con la esperanza de que él les relatara sus viajes. Pero los países
polvorientos de sol por donde Cornelius había paseado sus pinceles y sus
colores se dibujaban con menos precisión en su memoria de lo que lo habían
hecho sus proyectos de porvenir, y ya no se le ocurrían, como en su juventud,
aquellas toscas chanzas que hacían reír por lo bajo a las criadas. Los que
recordaban al Cornelius alborotador de antaño se extrañaban de hallarlo tan
taciturno; sólo la embriaguez conseguía desatarle la lengua y entonces soltaba
unos discursos incomprensibles. Se sentaba, con la cara vuelta hacia la pared y
con el sombrero echado sobre los ojos, para no ver a la gente que, según decía,
le repugnaba. Cornelius, el viejo pintor de retratos que vivió durante mucho
uempo en una buhardilla de Roma, había escrutado durante toda su vida la
expresión de los rostros humanos. Ahora se apartaba de ellos con una
indiferencia irritada; incluso llegaba a decir que no le gustaba pintar a los
animales porque se parecían demasiado a los hombres.
A medida que iba perdiendo el poco talento que
poseía, parecía llegarle el genio. Se instalaba ante el caballete, en su
desordenada buhardilla, y colocaba a su lado una hermosa y rara fruta que
costaba muy caro, y a la que había que reproducir a toda prisa en el lienzo,
antes de que su piel brillante perdiera su frescura; o bien pintaba un caldero,
o mondaduras. Una luz amarillenta inundaba la estancia; la lluvia lavaba
humildemente los cristales; la humedad se colaba por todas partes. El elemento
húmedo hinchaba en forma de savia la esfera granulosa de la naranja, levantaba
el artesonado, que crujía un poco, y empañaba el cobre del caldero. Pero
Cornelius pronto descansaba sus pinceles: sus dedos torpes, antaño tan
dispuestos a pintar encargos de Venus tendidas o de Jesucristos de barba rubia,
bendiciendo a niños desnudos y a mujeres envueltas en mantos, renunciaban a
reproducir en el lienzo aquel doble reguero luminoso y húmedo que impregnaba
las cosas y empañaba el cielo. Sus manos deformadas ponían, al tocar los
objetos que ya no sabían pintar, todas las solicitudes de la ternura. Por las
calles tristes de Amsterdam soñaba con campiñas temblorosas de rocío, más
hermosas que las orillas crepusculares del Anio, pero desiertas, demasiado
sagradas para el hombre. Aquel anciano, a quien la miseria parecía abotargar,
se hubiera dicho que padecía una hidropesía al corazón. Cornelius Berg, que
pintaba chapuceramente algunos cuadros lamentables, igualaba a Rembrandt con
sus sueños.
No había reanudado sus relaciones con la poca
familia que aún le quedaba. Algunos de sus parientes ni siquiera lo habían
reconocido, y otros fingían ignorarlo. El único que aún lo saludaba era el
viejo Síndico de Haarlem.
Durante toda una primavera estuvo trabajando
en aquella pequeña ciudad clara y limpia, donde le mandaban pintar falsos
recubrimientos de madera en las paredes de la iglesia. Por la noche, una vez
terminada su tarea, no se negaba a entrar en casa de aquel hombre viejo, algo
embrutecido por la rutina de una existencia sin azares, y que vivía solo,
cómodamente atendido por una criada, sin saber nada de arte. Cornelius empujaba
la frágil barrera de madera; en el jardincillo, cerca del canal, el aficionado
a los tulipanes lo esperaba entre las flores. Cornelius no sentía la misma
pasión por aquellos inestimables bulbos, pero era muy hábil distinguiendo los
menores detalles de sus formas, los menores matices de sus colores, y sabía que
el anciano Síndico sólo lo invitaba a su casa por conocer su opinión sobre las
nuevas variedades. Nadie hubiera podido indicar con palabras la diversidad
infinita de blancos, azules, rosas y malvas. Frágiles, rígidos, los cálices
patricios sobresalían de la tierra rica y negra: un olor a tierra mojada
flotaba sobre aquellas floraciones sin perfume. El viejo Síndico cogía un
tiesto, se lo ponía en las rodillas y sosteniendo el tallo con dos dedos, como
si fuera a cortarlo, se lo enseñaba a Cornelius sin decir ni una palabra, para
que admirase aqùella delicada maravilla. lntercambiaban pocos comentarios:
Cornelius Berg daba su opinión con un movimiento de la cabeza. Aquel día, el
Síndico se sentía muy feliz, pues había conseguido una variedad más peculiar
que todas las demás: la flor, blanca y violácea, casi poseía las estriaciones
de un lirio. La observaba, le daba vueltas por todas partes y, cuando la volvió
a poner en el suelo, dijo:
Dios es un gran pintor.
Cornelius Berg no contestó. El apacible
anciano prosiguió: Dios es el pintor del
universo.
Cornelius Berg miraba altemativamente la flor
y el canal. Aquel empañado espejo plomizo sólo reflejaba arriates, muros de
ladrillo y la ropa tendida de las lavanderas, pero el viejo vagabundo, cansado,
contemplaba en él toda su vida. Volvían a su memoria determinados rasgos de
algunas fisonomías vislumbradas en sus largos viajes: el Oriente sórdido, el
Sur desmantelado, las expresiones de avaricia, de estupidez o de ferocidad
observadas bajo tantos hermosos cielos; los refugios miserables, las
vergonzosas enfermedades, la reyertas a navajazos a la puerta de las tabernas,
el rostro seco de los prestamistas y el hermoso cuerpo, bien metido en carnes,
de su modelo Frédérique Gerritsdocheter, tendido encima de la mesa de anatomía
en la Escuela de Medicina de Friburgo. Luego se dibujó en su mente otro
recuerdo: en Constantinopla, en donde estuvo pintando algunos retratos de
Sultanes para el embajador de las Provincias Unidas, tuvo la ocasión de admirar
otro jardín de tulipanes, orgullo y gozo de un bajá, que contaba con el pintor
para inmortalizar, en su breve perfección, su harén floral. En el interior de
un patio de mármol, todos los tulipanes juntos palpitaban y casi parecían
susurrar, con sus colores chillones o suaves. Cantaba un pájaro, posado en la
pileta de una fuente. Las copas de los cipreses agujereaban el cielo
pálidamente azul. Pero el esclavo que enseñaba al extranjero todas aquellas
maravillas era tuerto, y en el ojo que había perdido recientemente se
acumulaban las moscas. Cornelius Berg suspiró largamente. Después, quitándose
las gafas, dijo: Es verdad, Dios es el
pintor del universo.
Y luego añadió en voz baja con amargura:
Pero, qué pena, señor Síndico, que Dios no se
haya limitado a pintar paisajes...
Post Scriptum
Esta reimpresión de los Cuentos Orientales,
pese a muchas correcciones únicamente de estilo, nos los presenta en sustancia
tal y como eran cuando se publicaron por primera vez en 1938. Tan sólo
modifiqué la conclusión del relato: Kali decapitada, con el fin de destacar
ciertas facetas metafísicas de las que esta leyenda es inseparable, y sin las
cuales, tratada al modo occidental, no es más que una vaga «India galante».
Otro de los cuentos: Los sepultados del Kremlin, antiguo intento mío de
interpretar una leyenda eslava de manera moderna, ha sido suprimido por
parecerme poco acertado para merecer ser retocado.
De los diez cuentos presentados, cuatro de
ellos son retranscripciones, desarrolladas por mí de manera más o menos libre,
de fábulas o leyendas auténticas: Cómo se salvó Wang Fô se inspira en un
apólogo taoísta de la antigua China; La sonrisa de Marko y La leche de la
muerte provienen de unas baladas balcánicas de la Edad Media; Kali decapitada
deriva de un inagotable mito hindú, el mismo que aunque interpretado de modo muy distinto proporcionó a Goethe el tema de El Dios y la
bayadera y a Thomas Mann Las cabezas cambiadas. Por otra parte El hombre que
amó a las Nereidas y La viuda Afrodisia (El jefe rojo en la edición original)
tienen como punto de partida unos sucesos o supersticiones de la Grecia de hoy,
o más bien de ayer, ya que su redacción se sitúa entre 1932 y 1937. Nuestra
Señora de las Golondrinas representa, en cambio, una fantasía personal del
autor, nacida del deseo de explicar el nombre encantador de una capillita
existente en la campiña ática. En El último amor del príncipe Genghi, los personajes
y el marco del relato han sido extraídos no de un mito, ni de una leyenda, sino
de un gran texto literario del pasado, de la admirable novela japonesa del
siglo XI: Genghi Monogatari; de la escritora Murasaki Shikibu, que narra en
seis o siete tomos las aventuras de un Don Juan asiático de gran estilo. Pero
por un refinamiento muy característico, Murasaki «escamotea», por decirlo así,
la muerte de su héroe, y pasa del capítulo en que Genghi se queda viudo y
decide retirarse del muudo a aquel en que su propia muerte es ya un hecho
realizado. El cuento que acabamos de leer tiene por objeto colmar esta laguna,
o al menos hacer imaginar lo que hubiera sido este epílogo si la misma Murasaki
lo hubiera redactado. La muerte de Marko, relato que me proponía escribir hace
muchos años, fue redactado en 1978. El cuento parte del fragmento de una balada
servia, que evoca la muerte del héroe en manos de un misterioso, banal y
alegórico personaje. Mas, ¿dónde leí yo, o escuché, esta historia en la que
tantas veces he pensado después? Ya no lo sé, y no la encuentro entre algunos
textos del mismo estilo que tengo a mano y que dan diversas versiones de la
muerte de Marko Kralievitch pero no ésta. Finalmente, La tristeza de Cornelius
Berg (Los tulipanes de Cornelius Berg en el texto anterior) fue concebido como
conclusión de una novela hasta ahora inacabada. Nada tiene de oriental, salvo
dos breves alusiones a un viaje que hizo el artista a Asia Menor (e incluso uno
de ellos es un añadido reciente) y este relato no pertenece, en realidad, a la
colección que precede. Pero no he sabido resistirme a las ganas de situar,
enfrente del gran pintor chino que se salva y se pierde en el interior de su
obra, a ese ignorado contemporáneo de Rembrandt que medita tranquilamente sobre
la suya.
Para los aficionados a la bibliografía,
recordaré que Kali decapitada se publicó en La Revue Européenne, en 1928; Wang
Fô y Genghi, respectivamente, en la Revue de Paris, en 1936 y 1937, y, durante
esos mismos años, La sonrisa de Marko y La leche de la muerte, en Les Nouvelles
Littéraires, así como El hombre que amó a las Nereidas en La Revue de France.
La muerte de Marko fue publicada en La Nouvelle Revue Française en 1978.
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