Libro N° 6051. Alexis O El Tratado Del Inútil Combate. Yourcenar, Marguerite.
© Libro N° 6051.
Alexis O El Tratado Del Inútil Combate. Yourcenar, Marguerite. Emancipación. Junio 1 de
2019.
Título
original: © Alexis ou le traité du vain combat
Versión Original: © Alexis O El Tratado Del Inútil Combate. Marguerite
Yourcenar
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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CRÍTICA TODA LA CULTURA
ALEXIS O EL TRATADO DEL INÚTIL COMBATE
Marguerite Yourcenar
PRÓLOGO
Alexis
o El tratado del inútil combate se publicó en 1929. Es contemporáneo del
momento en que un tema hasta entonces prohibido en literatura, encontraba por
vez primera desde hacía siglos, su plena expresión escrita. Cerca de treinta y
cinco años han transcurrido desde su publicación; durante este periodo las
ideas, las costumbres sociales, las reacciones del público han ido
modificándose, aunque menos de los que se cree. Algunas opiniones del autor han
cambiado o hubieran podido hacerlo. Por lo tanto, he vuelto a abrir el Alexis
después de este largo intervalo, no sin cierta inquietud: pensaba encontrarme
con la necesidad de hacer algunos retoques a este texto, de hacer el balance de
un mundo transformado.
Sin
embargo, después de haber reflexionado mucho, estas modificaciones me han
parecido inútiles, por no decir perjudiciales; salvo en lo que concierne a
inadvertencias de estilo, he dejado este librito tal como estaba por dos
razones que en apariencia se contradicen: una es el carácter muy personal de
una confidencia que está unida estrechamente a un medio social, a una época y a
un país hoy desaparecido de los mapas, impregnada de una vieja atmósfera de
Europa central y francesa, en la que sería imposible cambiar algo sin que se
transformara la acústica del libro; la segunda, al contrario, consiste en el
hecho de que, viendo las reacciones que aún hoy provoca, este relato parece
haber conservado su actualidad e incluso ser de utilidad para algunos.
Parece
ser, en efecto, que aunque este tema, en otro tiempo considerado ilícito, haya
sido abundantemente tratado por la literatura, incluso de forma abusiva,
adquiriendo una especie de derecho de ciudadanía, el problema de Alexis sigue
siendo hoy igual de angustioso y secreto que antaño. La facilidad relativa, tan
diferente de la libertad verdadera, que reina sobre este punto en ciertos
ambientes muy restringidos, no ha hecho otra cosa que crear en conjunto del
público un malentendido o una prevención más. Basta con mirar atentamente a
nuestro alrededor para darnos cuenta de que el drama de Alexis y Mónica
continúa viviéndose y continuará sin duda haciéndolo mientras el mundo de las
realidades sensuales siga cuajado de prohibiciones. Quizá las más peligrosas
sean las del lenguaje, erizado de obstáculos, que evitan o rodean sin
preocuparse demasiado la mayoría de la gente, pero con los que tropiezan casi
inevitablemente, los espíritus escrupulosos y los corazones puros. Las
costumbres, aunque se diga lo contrario, han cambiado demasiado poco para que
la idea central de esta novela haya envejecido mucho.
Quizás
no se haya reparado bastante en que el problema de la libertad sensual, en
todas sus formas, es, en gran parte, un problema de libertad de expresión.
Parece ser que, de generación en generación, las tendencias y los actos varían
poco; por el contrario, lo que sí cambia, a su alrededor, es la extensión de la
zona de silencio o el espesor de las capas de mentira. Esto no sólo es verdad
tratándose de amores prohibidos: lo es en el interior mismo del matrimonio, en
las relaciones sensuales entre esposos en donde la superstición verbal se ha
impuesto de manera más tiránica. El escritor que trate de hablar con honradez
de la aventura de Alexis, si elimina de su lenguaje las formas de la literatura
fácil, que se suponen decorosas y que no son, en realidad, más que medio
gazmoñas o medio verdes, apenas podrá escoger entre dos o tres procedimientos
de expresión más o menos defectuosos e incluso inaceptables. Los términos del
vocabulario científico, de formación reciente, destinados a pasarse de moda
junto con las teorías que los apoyan, deteriorados por una vulgarización
exagerada que pronto les quita sus cualidades de exactitud, sólo sirven para
obras especializadas a las que van destinados. Estas «etiquetas» van en contra
del objeto de la literatura, que es la individualidad en la expresión. La
obscenidad, método literario que ha tenido en todo tiempo sus adeptos, es una
técnica de choque que puede servir cuando se trata de forzar a un público
mojigato o hastiado a mirar de frente aquello que no quiere ver o que, por
exceso de costumbre, ya no ve. Su empleo también puede corresponder
legítimamente a un afán de limpieza de las palabras, de esfuerzo por devolver a
vocablos indiferentes entre sí, pero ensuciados y deshonrados por el uso, una
especie de limpia y tranquila inocencia. Pero esta solución brutal sigue siendo
una solución externa: el lector hipócrita tiende a aceptar la palabra
incongruente como algo pintoresco, casi exótico, poco más o menos como hace un
viajero de paso por una ciudad extranjera, permitiéndose visitar los bajos
fondos. La obscenidad se agota rápidamente, forzando al autor que la utiliza a
subirse cada vez más de tono. Esto es más peligroso para la verdad que los
sobreentendidos de antaño. La brutalidad del lenguaje nos engaña sobre la banalidad
del pensamiento y (salvo algunas grandes
excepciones) sigue siendo compatible con cierto conformismo.
Una
tercera solución puede ofrecérsele al escritor: el empleo de esa lengua
escueta, casi abstracta, que sirvió en Francia durante siglos a los
predicadores, moralistas y también a los novelistas de la época clásica para
tratar de lo que entonces llamaban «desvío de los sentimientos». Ese estilo
tradicional del examen de conciencia se presta también a formular los
innumerables matices de un asunto tan complejo por su naturaleza como la vida
misma, que un Bourdaloue o un Massillon recurrieron a él para expresar la
indignación o la censura, y un Laclos el libertinaje o la voluptuosidad. Por su
misma discreción, ese lenguaje decantado me ha parecido convenir a la lentitud
pensativa y escrupulosa de Alexis, a su esfuerzo paciente por liberarse eslabón
tras eslabón de una cadena que él desata más que rompe, formada por la red de
incertidumbres y coacciones en las que se encuentra metido; a su pudor, en el
que hay respeto a la sensualidad; a su firme propósito de conciliar sin bajezas
el espíritu y la carne.
Como
todo relato escrito en primera persona, Alexis es ante todo el retrato de una
voz. Había que dejarle a esa voz su propio registro, su propio timbre. No
quitarle nada, por ejemplo, de sus inflexiones corteses que parecen de otra
época (lo parecían ya hace casi treinta y cinco años), ni de sus acentos de
ternura casi mimosa que quizás nos digan más sobre las relaciones entre Alexis
y su joven esposa que sus mismas confidencias. También había que dejarle al
personaje ciertas opiniones que al autor le parecen dudosas hoy en día, pero
que conservan su valor de caracterización. Alexis explica sus inclinaciones
como consecuencia de una infancia puritana dominada completamente por las
mujeres. Quizás sea un punto de vista exacto en lo que le concierne, importante
para él desde el momento en que lo acepta pero que (incluso si también yo lo
creí así en otros tiempos, cosa que no recuerdo) ahora me parece la clase de
explicación destinada a introducir artificialmente en el sistema psicológico de
nuestra época, unos hechos que quizás puedan prescindir de esta motivación.
Ocurre lo mismo con la preferencia de Alexis por separar el amor del placer, su
desconfianza hacia todo afecto que se prolongue demasiado. Es característica de
un período que reacciona contra todo un siglo de exageración romántica: este
punto de vista ha sido uno de los más extendidos en nuestro tiempo,
cualesquiera que sean los gustos sensuales de los que lo expresan. Podríamos
responderle a Alexis que la voluptuosidad apartada de esa manera corre el
riesgo de convertirse también en aburrida rutina; más aún, podríamos decirle
que hay un fondo de puritanismo en esa preocupación por separar el placer del
resto de las emociones humanas, como si no mereciese ocupar un puesto a su
lado.
Al
dejar a su mujer, Alexis da como motivo de su partida la búsqueda de una
libertad sexual más entera y menos llena de mentiras, y es cierto que ésta es
la razón más decisiva; sin embargo, es probable que se mezclen otras
motivaciones más difíciles de confesar tales como el deseo de escapar a una
comodidad y a una respetabilidad artificiales, de las que Mónica ha llegado a
ser, lo quiera o no, el símbolo vivo. Alexis adorna a su mujer con todas las
virtudes, como si, al aumentar las distancias entre ambos, le fuese más fácil
justificarse. A veces he pensado en componer una respuesta de Mónica que, sin
contradecir en nada las confidencias de Alexis, nos aclarase ciertos puntos de
esta aventura, dándonos una imagen de Mónica menos idealizada, pero más completa.
He renunciado a ello de momento. No hay nada más secreto que una existencia
femenina. El relato de Mónica sería seguramente más difícil de escribir que la
confesión de Alexis.
Para
los que hayan olvidado el latín que aprendieron en el colegio, habamos resaltar
que el nombre del personaje principal ( y por consiguiente el título del libro)
está sacado de la segunda Égloga de Virgilio, Alexis, de la que, por las mismas
razones, Gide tomó su famoso Corydon tan controvertido. Por otro lado, el
subtítulo El tratado del inútil combate hace eco al Tratado del inútil deseo,
obra un poco incolora de la juventud de André Gide. A pesar de ello, la
influencia de Gide fue débil sobre Alexis: la atmósfera casi protestante y la
preocupación por volver a examinar un problema sensual le vienen de otra parte.
Lo que yo encuentro en más de una página (y quizás con exceso) es la influencia
grave y patética de Rilke, al que una feliz casualidad me hizo conocer muy
pronto. Generalmente nos olvidamos de la existencia de una especie de ley de
difusión retardada que hace que los jóvenes cultos de 1860 leyeran a
Chateaubriand más que a Baudelaire, y los de finales de siglo, a Musset más que
a Rimbaud. En cuanto a mí, a quien, por otra parte no pretendo poner como
modelo característico, he vivido mis años de juventud con una indiferencia
relativa hacia la literatura contemporánea, debido en parte al estudio dela
literatura del pasado (de tal forma que un Píndaro, por cierto bien torpe,
precede en lo que podría llamarse mi producción, a este libro sobre Alexis) y
en parte a una instintiva desconfianza de lo que podríamos llamar valores de
moda.
Las
grandes obras de Gide en las que, por fin, se trataba abiertamente del tema que
me ocupa, no me eran conocidas más que de oídas; su efecto sobre Alexis
consiste mucho menos en su contenido que en el revuelo que provocaron, en
aquella especie de discusión pública que se organizó alrededor de un problema
mantenido hasta entonces a puerta cerrada y que, ciertamente, me hizo más fácil
abordar sin vacilaciones el mismo tema. Desde el punto de vista formal, la
lectura de los primeros libros de Gide me fue utilísima al probarme que aún era
posible emplear una forma puramente clásica de relato. Quizás, si no, me
hubiera parecido demasiado exquisita o anticuada. Me evitó caer en la trampa de
la novela propiamente dicha, cuya composición exige de su autor una variedad de
experiencia humana y literaria de la que yo carecía en aquella época. Lo que
digo no tiene por objeto reducir la importancia de la obra del gran escritor,
que fue también un gran moralista, y aún menos separar a este Alexis, escrito
al margen de la moda por una mujer de veinticuatro años, de otras obras
contemporáneas de intención más o menos semejante, sino al contrario,
aportarles el apoyo de una confidencia espontánea y de un testimonio auténtico.
Algunos temas se respiran en el aire de un tiempo; también están en la trama de
una vida.
M.Y.,
1963
Esta
carta, amiga mía, será muy larga. He leído con frecuencia que las palabras
traicionan al pensamiento, pero me parece que las palabras escritas lo
traicionan todavía más. Ya sabes lo que queda de un texto después de dos
traducciones sucesivas. Y además, no sé cómo arreglármelas. Escribir es una
elección perpetua entre mil expresiones de las que ninguna me satisface y,
sobre todo, no me satisface sin las demás. Yo debería saber, sin embargo, que
sólo la música permite la coordinación de los acordes, Una carta, incluso la
más larga, nos obliga a simplificar lo que no debieras simplificarse: ¡nos
expresamos siempre con tan poca claridad cuando tratamos de hacerlo de una
forma completa! Yo quisiera hacer aquí un esfuerzo, no sólo de sinceridad, sino
también de exactitud; estas páginas contendrán muchas tachaduras: ya las
contienen. Lo que yo te pido (lo único que puedo aún pedirte) es que no saltes
ninguna de estas líneas que me habrán costado tanto. Si es difícil vivir, es
aún mucho más penoso explicar nuestra vida.
Quizás
hubiera hecho mejor en no marcharme sin decir nada, como si me diera vergüenza
o como si tú hubieras comprendido. Debería habértelo explicado en voz baja, muy
lentamente, en la intimidad de una habitación, en esa hora sin luz en que se ve
tan poco que casi nos atrevemos a confesarlo todo. Pero te conozco, amiga mía.
Eres muy buena. En un relato como éste hay algo lastimero que te hubiera podido
inducir a enternecerte; por haberte compadecido de mí, creerías haberme
comprendido. Te conozco. Hubieras querido ahorrarme lo que tiene de humillante
una explicación tan larga; me hubieras interrumpido demasiado pronto y, a cada
frase, yo hubiera tenido la debilidad de esperar que me interrumpieras. También
tienes otra cualidad (un defecto, quizás) de la que hablaré más adelante y de
la que no quiero abusar más. Soy demasiado culpable para contigo y tengo que
obligarme a establecer una distancia entre tu compasión y yo.
No
se trata de mi arte. No acostumbras a leer los periódicos, pero amigos comunes
han debido informarte de lo que llaman «mis éxitos», lo que viene a decir que
mucha gente me alaba sin haberme oído y otros sin comprenderme. No se trata de
eso. Se trata de algo no en verdad más íntimo (¿puede haber algo más íntimo que
mi obra?) pero que me parece más íntimo porque lo he mantenido escondido. Sobre
todo, se trata de algo más miserable. Pero ya lo ves: vacilo. Cada palabra que
escribo me aleja un poco más de lo que yo quisiera expresar; esto prueba
únicamente que me falta valor. También me falta sencillez. Siempre me ha
faltado. Pero la vida tampoco es sencilla y no
es mía la culpa. Lo único que me decide a continuar es la certeza de que
no eres feliz. Nos hemos mentido tanto y hemos sufrido tanto con nuestras
mentiras que no arriesgamos gran cosa
tratando de encontrar la curación en la sinceridad.
Mi
juventud, mi adolescencia más bien, fue absolutamente pura o lo que la gente
conviene en llamar así. Sé que una afirmación semejante siempre se presta a
sonrisas, porque prueba generalmente falta de clarividencia o falta de
franqueza. Pero creo no equivocarme y estoy seguro de no mentir. Estoy seguro,
Mónica. Yo era, a los dieciséis años, como tú deseas sin duda que sea Daniel a
esa edad y déjame decirte que estás equivocada al desear una cosa así. Estoy
persuadido de que es malo exponerse tan joven a tener que relegar toda la
perfección de la que uno fue capaz entre los recuerdos de su más lejano pasado.
El niño que yo fui, el niño de Woroïno, ya no existe, y toda nuestra existencia
tiene por condición la infidelidad para con nosotros mismos. Es peligroso que
nuestros mismos fantasmas sean precisamente los mejores, los más queridos,
aquellos que más añoramos. Mi infancia está tan lejos de mí como la ansiedad de
las vísperas de fiesta o como el entumecimiento de esas tardes demasiado largas
en las que permanecemos sin hacer nada, pero deseando que ocurra algo. ¿Cómo
puedo esperar recuperar aquella paz, si ni siquiera sabía darle un nombre? La
he apartado de mí al darme cuenta de que no era todo mi «yo». Tengo que
confesar en seguida que apenas estoy seguro de añorar esa ignorancia que
llamamos paz.
¡Qué
difícil es no ser injusto con uno mismo! Te decía antes que mi adolescencia
había transcurrido sin turbaciones. Así lo creo. Me he inclinado con frecuencia
sobre aquel pasado un poco pueril y tan triste. He tratado de recordar mis
pensamientos, mis sensaciones, más íntimas que mis pensamientos y hasta mis
sueños. Los he analizado para ver si descubría en ellos algún significado
inquietante que se me hubiera escapado entonces y para estar seguro de no haber
confundido la ignorancia del espíritu con la inocencia del corazón. Ya conoces
los estanques de Woroïno: dices que parecen grandes pedazos de cielo gris
caídos sobre la tierra, que se esforzarán por regresar en forma de niebla. De
niño me daban miedo. Comprendía ya que todas las cosas tienen su secreto, los
estanques como todo lo demás, que la paz, como el silencio, es sólo una
superficie y que el peor de los engaños es el de la tranquilidad. Mi infancia,
cuando la recuerdo, se me aparece como una idea de quietud al borde de una gran
inquietud que sería después toda mi vida. Estoy pensando en algunas
circunstancias, demasiado poco importantes para contarlas, en las que entonces
no me fijé, pero en las que distingo ahora los primeros toques de alarma
(estremecimientos de la carne y estremecimientos del corazón), como ese soplo
de Dios del que hablan las Escrituras. Hay ciertos momentos de nuestra
existencia en que somos, de manera inexplicable y casi aterradora, lo que
llegaremos a ser más tarde. ¡Me parece, amiga mía, haber cambiado tan poco! El
olor de la lluvia entrando por una ventana abierta, un bosque de álamos bajo la
bruma, una música de Cimarose que las viejas señoras me hacían tocar porque,
imagino, les recordaba su juventud, incluso una clase particular de silencio
que no he encontrado más que en Woroïno, bastan para borrar tantos
pensamientos, tantos acontecimientos y penas que me separan de la infancia.
Casi podría admitir que el intervalo no ha durado ni una hora, que sólo se
trata de uno de esos períodos de semisueño en los que yo caía con frecuencia en
aquella época, durante los cuales la vida y yo no teníamos tiempo apara
modificarnos mucho. Sólo tengo que cerrar los ojos: todo está exactamente igual
que entonces. Me encuentro, como si nunca me hubiera dejado, con aquel muchacho
tímido, muy dulce, que no creía tener que ser compadecido y que se me parece
tanto que sospecho, injustamente quizás, que pudo parecérseme en todo.
Me
contradigo, ya lo veo. Sin duda ocurre como con los presentimientos, uno se
figura haberlos tenido porque hubiera debido tenerlos. La consecuencia más
cruel de lo que esforzaré en llamar nuestras culpas (aunque solo sea para
amoldarnos al uso) es que contaminan hasta el recuerdo del tiempo en que no has
habíamos cometido. Esto es, precisamente, lo que me inquieta; porque, en fin,
si me equivoco, no puedo saber en qué, y nunca decidiré si mi inocencia de
entonces era menor de lo que yo antes aseguraba o bien si soy ahora menos
culpable de lo que pienso.
No
necesito decirte que éramos muy pobres. Hay algo patético en los apuros
económicos de las viejas familias nobles, que parecen continuar viviendo sólo
por fidelidad. Sin duda me preguntarás a qué: a la casa, supongo, a los
antepasados o simplemente a lo que en otros tiempos han sido. La pobreza, Dios
mío, no tiene mucha importancia para un niño; tampoco la tenía para mi madre ni
para mis hermanas, porque todo el mundo nos conocía y nadie nos creía más ricos
de lo que éramos. Aquellos ambientes tan cerrados de entonces tenían esas
ventajas: consideraban menos lo que eras que lo que habías sido. El pasado, por
poco que uno piense, es algo infinitamente más estable que el presente, por lo
que parece de una consecuencia mucho mayor. No nos prestaban más atención de la
que nos hacía falta; lo que estimaban en nosotros era un cierto capitán
general, que vivió en época muy remota, de la que nadie, siglo más o menos,
recordaba la fecha. Me doy cuenta también de que la fortuna de mi abuelo y las
distinciones obtenidas por mi bisabuelo eran a nuestros ojos unos hechos mucho
más importantes, incluso mucho más reales que nuestra propia existencia. Esta
forma anticuada de ver las cosas te hará probablemente sonreír. Reconozco que
se pueden ver de otra forma completamente opuesta y también razonable, pero, en
fin, aquella nos ayudaba a vivir. Como nada podía impedir que fuéramos los
descendientes de aquellos personajes casi legendarios, nada podía impedir
tampoco que continuaran honrándolos en nosotros; eran la única parte de nuestro
patrimonio verdaderamente inalienable.
Nadie
nos reprochaba tener menos dinero ni menos crédito del que ellos habían tenido.
Era natural. Querer igualarnos a aquellas gentes célebres hubiera tenido no sé
qué de inoportuno, como una ambición fuera de lugar.
El
coche que nos llevaba a la iglesia hubiera parecido anticuado en cualquier otro
sitio que no fuera Woroïno, pero pienso que allí, un coche nuevo hubiera
chocado mucho más y si los vestidos de mi madre duraban demasiado tiempo, nadie
se daba cuenta. Nosotros, los Gera, no éramos, por así decirlo, más que el
final de un linaje en aquel viejísimo país de bohemia del Norte. Hubiera podido
creerse que nosotros no existíamos, que unos personajes invisibles, pero mucho
más imponentes, continuaban llenando con su imagen los espejos de nuestra casa.
No pienses que trato de ser efectista, sobre todo al final de una frase, pero
podría decirse que en las viejas familias nobles son los vivos los que parecen
la sombra de los muertos.
Tienes
que perdonarme por entretenerme tanto hablando de ese Woroïno de antaño, porque
lo he querido mucho. Es una debilidad, no lo dudo, y no deberíamos encariñarnos
con nada, por lo menos de una forma especial. Y no es que allí fuéramos muy
felices; al menos, la alegría no habitaba en nuestra casa. No creo recordar
ninguna risa, ni siquiera una risa de jovencita que no fuera una risa apagada.
No se acostumbra a reír mucho en las viejas familias. Terminamos incluso por
acostumbrarnos a hablar sólo en voz baja, como si temiéramos despertar
recuerdos que deben dormir en paz. Pero tampoco éramos desgraciados y debo
decir también que nunca oí llorar; sólo que éramos un poco tristes. Dependía de
nuestro carácter más que de las circunstancias y todo el mundo, alrededor mío,
admitía que se puede ser feliz sin dejar de estar triste.
La
casa era entonces igual que ahora: blanca, toda columnas y ventanas, de un
gusto francés que prevaleció en la época de Catalina, pero entonces estaba
mucho más desvencijada que hoy, puesto que fue reparada gracias a ti, cuando
nos casamos. No te será difícil imaginar cómo estaba entonces: recuerda el
estado en que se encontraba cuando viniste por primera vez. Seguramente no fue
construida para vivir en ella una vida monótona, supongo que la mandó construir
alguno de mis abuelos con ansias de lujo, para organizar en ella fiestas (en
los tiempos en que se organizaban fiestas). Todas las casas del siglo dieciocho
son así: parecen haber sido construidas para recibir a los invitados y nosotros
somos como visitantes que se encuentran incómodos. Por más que hiciéramos,
aquella casa era demasiado grande y
siempre hacía demasiado frío. Creo también que no era muy sólida y es cierto
que la blancura de las casas como la nuestra, tan desolada bajo la nieve, nos
hace pensar en la fragilidad. Se comprende que fueron concebidas para países de
clima mucho más cálido y por gentes que se tomaban la vida con más
tranquilidad. Pero ahora sé que esta casa de apariencia frágil, que parece
haber sido hecha para resistir sólo un verano, durará infinitamente más que
nosotros, y quizás más que toda nuestra familia. Puede que algún día vaya a
parar a manos extrañas; le será indiferente, porque las casas tienen su vida
particular que nosotros no entendemos y la nuestra les importa muy poco.
Vuelven
a mi memoria unos rostros serios, un poco cansados, rostros pensativos de
mujeres en unos salones demasiado claros. Aquel antepasado del que antes te
hablaba, había querido que las habitaciones fueran espaciosas para que la
música sonara en ellas mejor. Le gustaba la música. En mi familia no se hablaba
de él con frecuencia; preferían no decir nada; se sabía que había dilapidado
una gran fortuna y quizás le guardaban rencor por ello o bien había algo más.
Después venía mi abuelo; se había arruinado en la época de la reforma agraria;
era liberal; tenía ideas que podían haber sido muy buenas, pero que lo habían
empobrecido y la gestión de mi padre también fue deplorable. Mi padre murió
joven. Lo recuerdo muy poco; sé que era severo con nosotros, como lo son a
veces las personas que se reprochan no haberlo sido con ellas mismas.
Naturalmente, esto es sólo una suposición y yo no sé nada en realidad, acerca
de mi padre.
Me
he dado cuenta de una cosa, Mónica: dicen que en las casas viejas siempre hay
algún fantasma; yo nunca vi ninguno y, sin embargo, era un niño miedoso. Quizás
comprendiese ya que los fantasmas son invisibles porque los llevamos dentro.
Pero lo que hace que las casas viejas nos resulten inquietantes no es que haya
fantasmas, sino que podría haberlos.
Creo
que aquellos años de infancia han determinado mi vida. Aunque tengo otros
recuerdos más cercanos, más diversos, quizás mucho más definidos, parece como
si esas impresiones nuevas, al ser menos monótonas, hubieran tenido menos
tiempo para dejar huella en mí. Todos somos distraídos porque tenemos nuestros
sueños; sólo la continua repetición de las cosas termina por impregnarnos de
ellas. Mi infancia fue solitaria y silenciosa; me hizo tímido y por
consiguiente, taciturno.
¡Cuando
pienso que hace casi tres años que te conozco y que me atrevo a hablarte por
primera vez! Y eso porque lo hago por carta y porque es necesario. Es terrible
que el silencio pueda llegar a ser culpable.
Es
la más grave de todas mis culpas, pero, en fin, la he cometido. Pequé de
silencio ante ti y ante mí. Cuando el silencio se instala dentro de una casa,
es muy difícil hacerlo salir; cuanto más importante es una cosa, más parece que
queramos callarla. Parece como si se tratara de una materia congelada, cada vez
más dura y masiva: la vida continúa por debajo, sólo que no se la oye. Woroïno
estaba lleno de un silencio que parecía cada vez mayor y todo silencio está
hecho de palabras que no se han dicho. Quizás por eso me hice músico. Era
necesario que alguien expresara aquel silencio, que le arrebatara toda la
tristeza que contenía para hacerlo cantar. Era preciso servirse para ello, no
de palabras, siempre demasiado precisas para no ser crueles, sino simplemente
de la música, porque la música no es indiscreta y cuando se lamenta no dice por
qué. Se necesitaba una música especial, lenta, llena de largas reticencias y
sin embargo verídica, adherida al silencio para acabar por meterse dentro de
él. Esa música ha sido la mía. Ya ves que no soy más que un intérprete, me
limito a traducir. Pero sólo traducimos nuestras emociones: siempre hablamos de
nosotros mismos.
En
el pasillo que conducía a mi habitación, había un grabado moderno que a nadie
interesaba. Era, pues, sólo mío. No sé quién lo habría puesto allí; lo he
visto después en una casa de tanta gente
que se dice artista que he terminado por aborrecerlo, pero entonces lo
contemplaba con frecuencia. Representaba a unos personajes que miraban a un
músico y yo sentía casi terror ante las caras de aquellos seres a quienes la
música parecía revelar algo. Tendría unos trece años: puedo asegurarte que ni
la música ni la vida me habían revelado nada todavía. Por lo menos, yo lo creía
así. Pero el arte expresa las pasiones con un lenguaje tan hermoso, que hace
falta más experiencia de la que yo tenía entonces para comprender lo que
quieren decir. He vuelto a leer las pequeñas composiciones que yo escribía en
aquellos tiempos: son razonables y mucho más infantiles de lo que eran mis
pensamientos. Siempre ocurre así: nuestras obras representan un período de
nuestra existencia que hemos pasado ya, en la época en que las escribimos.
La
música me ponía en un estado de entumecimiento muy agradable, un poco singular.
Parecía como si todo se inmovilizara, salvo el latir de las arterias; como si
la vida hubiera huido de mi cuerpo y
fuera muy bueno estar tan cansado. Era
un placer, era casi un sufrimiento. Durante toda mi vida he pensado que el
placer y el sufrimiento son dos sensaciones muy parecidas; supongo que
cualquier persona e naturaleza reflexiva pensará igual. También recuerdo mi
sensibilidad particular al tacto: hablo de la sensibilidad inocente como, por
ejemplo, tocar un tejido suave, el cosquilleo de las pieles que parecen algo
vivo o la epidermis de un fruto. No hay en ello nada reprobable. Estas
sensaciones eran demasiado corrientes para extrañarme mucho; no nos interesa lo
que nos parece sencillo. Yo les prestaba emociones más profundas a los
personajes de mi grabado, puesto que no eran niños. Los suponía participantes
de un drama. Somos todos iguales: le tenemos miedo al drama, pero a veces somos
lo bastante románticos para desear que ocurra y no nos damos cuenta de que ha
empezado ya.
También
había un cuadro que representaba un hombre tocando el clavecín; paraba de tocar
para escuchar su vida. Era una copia muy antigua de una pintura italiana. Creo
que el original es célebre, pero no sé su nombre; ya sabes que soy muy
ignorante. No me gustan mucho las pinturas italianas, pero aquella me gustaba.
Claro que no estoy aquí para hablarte de pintura.
Quizás
no valiera gran cosa. La vendieron cuando empezó a escasear el dinero, junto
con algunos muebles viejos y unas antiguas cajas de música esmaltadas, que no
sabían tocar más que una sola melodía y que se saltaban siempre la misma nota.
Algunas contenían una marioneta. Al darles cuerda, la muñequita daba unas
cuantas vueltas a la derecha y otras a la izquierda, después, se paraba. Era
delicioso. Pero no estoy aquí para hablarte de marionetas.
Lo
confieso, Mónica, creo que hay demasiada complacencia hacia mí en estas
páginas, pero tengo tan pocos recuerdos que no sean amargos, que tienes que
perdonarme por entretenerme tanto hablando de los que sólo son tristes. No me
guardes rencor por referirte con detenimiento los pensamientos de un niño que
sólo yo conozco. Te gustan los niños. Confieso que, quizás sin darme cuenta,
espero disponerte así a la indulgencia desde el principio, en este relato que
va a requerir mucha de ti. Trato de ganar tiempo: es natural. No obstante, hay
algo ridículo en rodear de frases una confesión que debería ser sencilla:
sonreiría, si pudiera sonreír. Es humillante pensar que tantas aspiraciones
confusas, tantas emociones (sin contar los sufrimientos) tienen una explicación
fisiológica. Al principio, esta idea me avergonzaba, pero luego terminó por
tranquilizarme. También la vida no es más que un secreto fisiológico. No veo
por qué el placer tiene que ser despreciable por ser sólo una sensación, cuando
el dolor también lo es. Respetamos al dolor porque no es voluntario, pero
¿acaso no es una incógnita saber si el placer lo es o si no lo sufrimos
también? Y aunque no fuera así, el placer escogido libremente no me parecería
por ello más culpable. Pero no es éste el momento de hacerse todas estas
preguntas.
Presiento
que lo que estoy escribiendo se hace cada vez más confuso. Seguramente me
bastaría para hacerme comprender, con emplear unos términos precisos, que ni
siquiera son indecentes porque son científicos. Pero no los emplearé. No creas
que les tengo miedo: no se debe tener miedo a las palabras, cuando se ha
consentido en los hechos. Sencillamente, no puedo. No puedo, no sólo por
delicadeza y porque me dirijo a ti, sino porque tampoco puedo ante mí mismo. Sé
que hay nombres para todas las enfermedades y aquello de lo que quiero hablarte
pasa por ser una enfermedad. Yo mismo lo creía sí durante mucho tiempo. Pero no
soy médico y ni siquiera estoy seguro de ser un enfermo. La vida, Mónica, es
más compleja que todas las definiciones posibles; toda imagen simplificada
corre el riesgo de ser grosera. No creas tampoco que apruebo a los poetas por
evitar los términos exactos, ya que sólo saben hablar de sus sueños. Hay mucha
verdad en los sueños de los poetas, pero no toda la vida está contenida en
ellos. La vida es algo más que la poesía, algo más que la fisiología e incluso
que la moral en la que he creído tanto tiempo. Es todo eso y es mucho más: es
la vida. Es nuestro único bien y nuestra única maldición. Vivimos, Mónica. Cada
uno de nosotros tiene su vida particular, única, marcada por todo el pasado
sobre el que no tenemos ningún poder y que a su vez nos marca, por poco que
sea, todo el porvenir. Nuestra vida. Una vida que sólo a nosotros pertenece,
que no viviremos más que una vez y que no estamos seguros de comprender del
todo. Y lo que digo aquí sobre una vida «entera», podría decirse en cada
momento de ella. Los demás ven nuestra presencia, nuestros ademanes, nuestra
manera de formar las palabras con los labios: sólo nosotros podemos ver nuestra
vida. Es extraño: la vemos, nos sorprende que sea como es y no podemos hacer
nada para cambiarla. Incluso cuando la estamos juzgando estamos
perteneciéndole; nuestra aprobación o nuestra censura forman parte de ella;
siempre es ella la que se refleja en ella misma. Porque no hay nada más: el
mundo sólo existe, para cada uno de nosotros en la medida en que confine a
nuestra vida. Y los elementos que la componen son inseparables: sé muy bien que
los instintos que nos enorgullecen y aquellos que no queremos confesar tienen,
en el fondo, un origen común. No podríamos suprimir ni uno de ellos sin
modificar todos los demás. Las palabras sirven a tanta gente, Mónica, que ya no
le convienen a nadie; ¿cómo podría un término científico explicar una vida? Ni
siquiera explica lo que es un acto; lo nombra y lo hace siempre igual; sin
embargo, no hay dos hechos idénticos en vidas diferentes, ni quizás a lo largo
de una misma vida. Después de todo, los hechos son sencillos; es fácil
contarlos; puede que ya lo sospeches. Pero aunque lo supieras todo, aún me
quedaría explicarme a mí mismo.
Esta
carta es una explicación, no quisiera que fuera una apología. No estoy tan loco
como para desear que me apruebes, ni siquiera que me admitas: sería demasiado
exigir. Sólo deseo ser comprendido. Ya me doy cuenta de que viene a ser lo
mismo y que es mucho lo que te pido. Pero me has dado tanto en las cosas
pequeñas que casi no tengo derecho a esperar tu comprensión en las grandes.
No
quiero que me imagines más solitario de lo que era. A veces tenía amigos,
chicos de mi edad, quiero decir. Generalmente, en épocas de fiestas, cuando
venía mucha gente, también llegaban algunos niños que yo no conocía. O bien, en
los aniversarios, cuando íbamos a casa de algunos parientes lejanos que
parecían existir sólo un día al año, puesto que sólo pensábamos en ellos ese
día. Casi todos aquellos niños eran tímidos, como yo, o sea que no nos
divertíamos. Había algunos descarados, tan revoltosos que todos estábamos
esperando que se fueran, y otros que no lo eran menos, pero que, aunque nos
atormentaran, no protestábamos porque eran hermosos y su voz sonaba bien. Ya te
dije que yo era un niño muy sensible a la belleza y los placeres que nos
procura merecen toda clase de sacrificios e incluso de humillaciones. Yo era
humilde por naturaleza. Creo que me sometía a toda clase de tiranías con
delicia. Me resultaba muy dulce ser menos hermoso que mis amigos; me sentía
feliz viéndolos; no imaginaba nada más. Era feliz queriéndolos y no pensaba
siquiera en desear su cariño. El amor (perdóname) es un sentimiento que no he
vuelto a experimentar desde entonces; se necesitan demasiadas virtudes para ser
capaz de amar; me extraña que en mi infancia haya podido creer en una pasión
tan vana, casi siempre engañosa y que no es necesaria ni siquiera para la
voluptuosidad. Pero el amor en los niños forma parte de su candor: se figuran
que aman porque no sospechan que desean. Aquellas amistades no eran frecuentes,
quizás por eso fueron siempre inocentes. Mis amigos se marchaban o bien éramos
nosotros los que regresábamos a casa: la vida solitaria volvía a formarse a mi
alrededor. Pensaba escribirles alguna carta, pero me sentía tan poco capaz de
evitar las faltas de ortografía que no las enviaba. Además, no sabía qué decir.
Los celos son un sentimiento censurable, pero hay que perdonar a los niños que
los sienten puestos que tantas personas razonables han sido victimas suyas. He
sufrido mucho con los celos, aunque no lo confesara: empezaba ya a tener miedo
de ser culpable. En fin, lo que te estoy contando es muy pueril: todos los
niños han conocido pasiones semejantes y no hay razón ¿verdad? para ver en ello
un peligro muy grave.
He
sido educado por mujeres. Yo era el hijo más pequeño de una familia numerosa;
era de naturaleza enfermiza; mi madre y mis hermanas no eran muy felices:
varias razones para que me quisieran mucho. Hay tanta bondad en el cariño de
las mujeres que, durante largo tiempo, he creído tener que darle gracias a
Dios. Nuestra vida, tan austera, era fría en apariencia: teníamos miedo de mi
padre, más tarde de mis hermanos mayores. Nada nos acerca tanto a otros seres
como el tener miedo juntos. Ni mi madre, ni mis hermanas, eran muy expansivas.
Su presencia era como esas lámparas bajas, muy suaves, que alumbran apenas
pero cuya luz difuminada impide la
oscuridad y que nos sintamos solos. Nadie se figura lo tranquilizador que es,
para un niño inquieto como yo era entonces, el cariño apacible de las mujeres.
Su silencio, sus palabras sin importancia llenas de paz interior, sus ademanes
familiares que parecen amansar las cosas; sus caras sin relieve, pero
tranquilas y que, sin embargo, se parecían tanto a la mía, me han enseñado la
veneración. Mi madre murió muy pronto. Tú no ha has conocido; la vida y la
muerte me arrebataron también a mis hermanas, pero entonces eran tan jóvenes
que podían parecer hermosas. Creo que todas ellas llevaban ya su amor dentro,
igual que más tarde, una vez casadas, llevarían a su hijo o a la enfermedad que
las haría morir. No hay nada más conmovedor que los sueños de las jovencitas en
los que tantos instintos dormidos se expresan vagamente; tienen una belleza
patética, porque se gastan en vano y la vida no permitirá su realización. Debo
decir que muchos de aquellos amores eran muy imprecisos: se trataba de jóvenes
de la vecindad y ellos no lo sabían. Mis hermanas eran muy reservadas, rara vez
se hacían confidencias unas a otras. Incluso llegaban a ignorar lo que sentían.
Naturalmente, yo era demasiado pequeño
para que confiasen en mí, pro yo las adivinaba, me asociaba con sus
penas. Cuando el que ellas amaban entraba de improviso, mi corazón latía quizás
más fuerte que el de ellas. Pienso que es peligroso, para un adolescente muy
sensible como yo era entonces, aprender a ver el amor a través de los sueños de
las jovencitas, incluso cuando son puras y él cree serlo también.
Por
segunda vez, estoy al borde de la confesión: vale más que me decida enseguida y
con toda sencillez. Mis hermanas, lo sé, tenían amigas que convivían
familiarmente con nosotros y de las que me sentía casi hermano. Por lo tanto,
nada parecía impedir que yo me enamorase de alguna de aquellas jóvenes y quizás
tú misma encuentres singular que no fuera así. Justamente, era imposible. Una
intimidad tan familiar, tan reposada, apartaba de mí la curiosidad y la
inquietud del deseo, suponiendo que yo hubiera sido capaz de sentirlo. No creo
que la palabra veneración sea excesiva cuando me refiero a una mujer buena. Lo
creo cada vez menos; sospechaba ya entonces (incluso exagerándolo) lo que
tienen de brutal los gestos físicos del amor y me hubiera repugnado unir aquellas
imágenes de vida doméstica, razonable, perfectamente austera y pura a otras
ideas más apasionadas. No se siente pasión por lo que se respeta ni quizás por
lo que se ama. Sobre todo, no se enamora uno de quien se le parece y yo no
difería mucho de las mujeres. Tu mérito, amiga mía no está sólo en poder
comprenderlo todo, sino en comprenderlo antes de habértelo dicho. Mónica ¿me
entiendes?
No
sé cuando lo comprendí yo mismo. Algunos detalles que no puedo darte me
confirman que haría falta remontar muy atrás, hasta los primeros recuerdos que
conservo, y que los sueños son a veces precursores del deseo. Pero un instinto
no es todavía una tentación: la hace posible solamente. Antes, te habré dado la
sensación de querer explicar mis inclinaciones en razón de influencias
exteriores: seguramente, contribuyeron a fijarlas, pero me doy cuenta de que
las verdaderas razones son siempre las más íntimas, mucho más oscuras y las
entendemos mal porque se esconden dentro de nosotros. No basta con tener
ciertos instintos para que esto nos aclare su causa y después de todo, nadie
podrá explicarla totalmente. Así que no insistiré. Únicamente quisiera demostrar
que mis instintos, justamente porque eran naturales en mí, podían desarrollarse
durante largo tiempo sin que yo me diera cuenta. La gente que habla de oídas se
equivoca casi siempre, porque sólo ven lo de fuera y lo ven de una forma
grosera. No se figuran que los actos que juzgan reprensibles puedan ser al
mismo tiempo fáciles y espontáneos, como lo son la mayoría de los actos
humanos. Echan la culpa a los malos ejemplo, al contagio moral y sólo
retroceden ante la dificultad de explicarlos. No saben que la naturaleza es más
diversa de lo que suponemos: no quieren saberlo porque les es más fácil
indignarse que pensar. Elogian la pureza, pero no saben cuánta turbiedad puede
contener la pureza. Ignoran, sobre todo, el candor de la culpa. Entre los
catorce y quince años, yo tenía menos amigos que antes porque me había vuelto
más huraño. No obstante (ahora me doy cuenta) estuve a punto de ser feliz una o
dos veces de una forma inocente. No explicaré las circunstancias que me lo
impidieron: es demasiado delicado y tengo tantas cosas que decir que no me
quiero entretener hablando de circunstancias.
Los
libros hubieran podido aclararme muchas cosas. He oído recriminar su influencia
muchas veces. Sería muy fácil para mí hacerme la víctima, quizás mi caso
pareciera así más interesante, pero la verdad es que los libros no han tenido
ninguna influencia sobre mí. Nunca me han gustado los libros. Cuando los abres,
estás esperando alguna revelación trascendental, y cuando los cierras, te
sientes desilusionado. Además, habría que leerlo todo y no bastaría con toda
una vida. Los libros no contienen la vida, sólo contienen sus cenizas. Supongo
que le llaman a eso la experiencia humana. En casa había una gran cantidad de
volúmenes antiguos, en una habitación donde no entraba nadie. La mayoría eran
libros piadosos, impresos en Alemania, llenos de aquel misticismo moravo que
tanto gustaba a mis abuelas. A mí también me gustaban aquella clase de libros;
los amores que nos pintan tienen los mismos transportes y arrebatos que
cualquier otro amor, pero sin el remordimiento: puede uno abandonarse a ellos
sin temor. También había algunas otras obras muy diferentes, la mayoría
escritas en francés, en el siglo dieciocho y que no se suelen dejar en manos de
los niños. Pero no me gustaban. Sospechaba ya entonces que la voluptuosidad es
un tema muy serio: se debe hablar con seriedad de aquello que nos puede hacer
sufrir. Recuerdo algunas de las páginas que hubieran podido despertar mis
instintos, pero que yo saltaba con indiferencia porque las imágenes que me
ofrecían eran demasiado precisas; es una mentira pintarlas desnudas, ya que las
vemos siempre envueltas en una nube de deseo. No es verdad que los libros nos
tienten, ni tampoco los acontecimientos, puesto que sólo lo hacen cuando nos
llega la hora o el tiempo en que cualquier cosa hubiera sido para nosotros una
tentación. Tampoco es verdad que algunas precisiones brutales nos informen
sobre el amor; no es fácil reconocer, en la simple descripción de un gesto o de
un movimiento, la emoción que más tarde producirá en nosotros.
El
sufrimiento es uno. Se habla del sufrimiento como se habla del placer, pero se
habla de ellos cuando ya nos dominan. Cada vez que entran en nosotros, nos
sorprenden como una sensación nueva y tenemos que reconocer que los habíamos
olvidado. Son diferentes porque nosotros también lo somos: les entregamos cada
vez un alma y un cuerpo modificados por la vida. Y sin embargo, el sufrimiento
no es más que uno. No conoceremos de él, como no conoceremos del placer, más
que algunas formas, siempre las mismas, de las que estamos presos. Habría que
explicar esto: nuestra alma, supongo, no tiene más que un teclado restringido y
aunque la vida se empeñe en hacerlo sonar, sólo podrá obtener dos o tres pobres
notas. Recuerdo la atroz insipidez de algunas tardes en que me apoyaba sobre
las cosas como para abandonarme, mis excesos musicales, mi necesidad enfermiza
de perfección moral; quizás no fueran más que la transposición del deseo.
También recuerdo algunas lágrimas derramadas cuando no había porque llorar;
reconozco que todas mis experiencias sobre el dolor estaban ya contenidas en la
primera. He podido sufrir más, pero no he sufrido de manera diferente, y por
otra parte, cada vez que sufrimos, creemos que nuestro sufrimiento es mayor que
la primera vez. Pero el dolor no nos enseña nada sobre sus causas. Si yo
hubiera creído algo, hubiera creído estar enamorado de una mujer. Sólo que no
imaginaba de quién.
Me
enviaron a Presburgo. Mi salud no era muy buena; se habían manifestado
molestias nerviosas y todo ello había retrasado mi partida. Pero la instrucción
que yo había recibido en casa ya no era suficiente y pensaban que mi afición a
la música hacía que se retrasaran mis estudios. La verdad es que no eran muy
brillantes. No fueron mejores en el colegio: fui un alumno muy mediocre. Por
otra parte, mi estancia en aquella academia fue extremadamente breve. Pasé en
Presburgo poco menos de dos años. Pronto te diré por qué. Pero no vayas a
imaginarte aventuras extrañas: no pasó nada, o por lo menos, no me ocurrió nada
a mí.
Tenía
dieciséis años. Siempre había vivido metido dentro de mí mismo. Los largos
meses que pasé en Presburgo me enseñaron a ver la vida, es decir, la vida de
los demás. Fue por lo tanto, una época penosa. Cuando vuelvo mi memoria hacia
ella veo un muro grande y grisáceo, la tristeza de las camas puestas en fila,
el despertar matinal lleno de frío de la madrugada, cuando la carne se siente
miserable y la existencia es regular, insípida y desalentadora como un alimento
ingerido a la fuerza. La mayoría de mis condiscípulos pertenecían a ala misma
clase social que yo, y ya conocía a algunos de entre ellos. Pero la vida en
común desarrolla la brutalidad. Me sentía herido por sus juegos, sus costumbres
y su lenguaje. No hay nada más cínico que la conversación de dos adolescentes,
sobre todo cuando son castos. Muchos de mis compañeros vivían con una especie
de obsesión de la mujer, quizás menos censurable de lo que yo imaginaba, pero
que ellos expresaban de una manera baja y soez. Durante os paseos colectivos, habíamos
apercibido algunas criaturas que podrían inducir a lástima, pero que
preocupaban mucho a los mayores de mis compañeros; a mí me causaban una
repugnancia extraordinaria. Me había acostumbrado a pensar en las mujeres
rodeándolas de todos los prejuicios del respeto y las odiaba cuando ya no eran
dignas de él. Mi educación severa lo explicaba en parte, pero me temo que
hubiera algo más en esa repulsión: no era sólo una simple prueba de inocencia.
Tenía ilusión de pureza. Sonrío pensando que nos ocurre así muy a menudo: nos
creemos puros cuando en realidad deseamos lo que estamos despreciando.
No
le echo ninguna culpa a los libros; tampoco acuso a los malos ejemplos, aún
menos. Sólo creo en las tentaciones interiores. No niego que algunos ejemplos
me trastornaron, pero no de la forma que te imaginas. Me sentí aterrorizado. No
digo que me indignase, es un sentimiento demasiado sencillo. Creí estar
indignado. Yo era escrupuloso y estaba lleno de eso que llaman buenos
sentimientos. Le concedía una importancia casi enfermiza a la pureza física
probablemente porque, sin yo saberlo, también se la concedía a la carne. La
indignación me parecía, por lo tanto, natural y además necesitaba un nombre
para designar lo que sentía. Ahora sé que era miedo. Siempre había tenido
miedo, un miedo indeterminado, incesante, miedo de algo que debía ser
monstruoso y paralizarme de antemano. Desde entonces, el objeto de ese miedo se
precisó. Era como si acabara de descubrir una enfermedad contagiosa que se
fuera extendiendo a mi alrededor y que, aunque yo me afirmase lo contrario,
sentía que podía alcanzarme. Antes sabía confusamente que existían aquellas
cosas, pero no me las figuraba así o bien (puesto que tengo que decirlo todo)
el instinto, en la época de mis lecturas, estaba menos agudizado. Me imaginaba
todo aquello a la manera de hechos un poco vagos, que habían ocurrido en otros
tiempos o en sitios lejanos, pero que no tenían para mí ninguna realidad. Ahora
los estaba viendo por todas partes. Por la noche, en mi cama, sofocaba
pensándolo y creía sinceramente que sofocaba de asco. Ignoraba que el asco es
una de las formas de la obsesión y que, si deseamos algo, es más fácil pensar
en ello con horror que no pensar. Pensaba en ello continuamente. La mayoría de
los chicos de quien yo sospechaba quizás no fueran culpables, pero yo terminaba
por sospechar de todo el mundo. Tenía por costumbre hacer examen de conciencia:
hubiera debido sospechar de mí mismo. Naturalmente, no lo hice. Me era
imposible creer, sin prueba material alguna, que yo estaba al mismo nivel.
Todavía pienso que difería de los demás.
Un
moralista no vería ninguna diferencia. Sin embargo, me parece que yo no era
como ellos, e incluso que valía un poco más. Primero, porque sentía escrúpulos
y ellos no, con toda seguridad; luego, porque yo amaba la belleza, la amaba con
exclusividad y eso hubiera limitado mi elección, lo que no era su caso. En fin,
porque yo era más difícil de satisfacer o, si se quiere, más refinado. Fueron
incluso estos razonamientos los que me
engañaron. Tomé por virtud lo que no era más que delicadeza y las escenas que
presencié por casualidad, me hubieran chocado menos si los protagonistas
hubieran sido más hermosos.
A
medida que la existencia en común se me hacía más penosa, más sufría por
encontrarme sentimentalmente solo. Por lo menos, atribuía mi sufrimiento a una
causa sentimental. Todo me irritaba; creía que sospechaban de mí como si ya
fuera culpable; el pensamiento, que no me dejaba en paz me envenenó toda clase
de contactos. Me puse enfermo. En fin, más vale decir que me puse peor, porque
enfermo, lo estaba siempre un poco.
No
fue una enfermedad muy grave. Fue mi enfermedad, la de siempre, la que
continuaría padeciendo, porque cada uno de nosotros tiene su enfermedad
particular al igual que su higiene o su salud y es difícil precisarla del todo.
Fue una enfermedad bastante larga: duró varias semanas. Como pasa siempre, me
devolvió un poco de calma. Las imágenes que me habían obsesionado durante la
fiebre desaparecieron con ella. Sólo me quedó una vergüenza confusa, parecida
al mal gusto que deja el ataque y el recuerdo se borró de mi memoria
oscurecida. Entonces, como las ideas fijas sólo desaparecen cuando son
reemplazadas por otras, vi crecer lentamente mi segunda obsesión: la tentación
de la muerte. Siempre me ha parecido muy fácil morir. Mi forma de concebir la
muerte apenas difería de lo que yo imaginaba sobre el amor: la veía como un
desfallecimiento, una derrota que sería muy dulce. Desde aquel día toda mi
existencia oscila entre esas dos obsesiones: una me cura de la otra, pero no
hay ningún razonamiento capaz de curarme de las dos a la vez. Estaba acostado
en una cama de la enfermería: miraba a través de los cristales, el muro gris
del patio de enfrente y las voces roncas de los niños subían hasta mí. Yo me
decía que la vida sería siempre como aquel muro gris, aquellas voces roncas y
aquel malestar producido por mi turbación oculta. Me decía que nada valía la
pena y que sería muy cómodo no vivir. Y lentamente, como una especie de
respuesta que yo me daba a mí mismo, una música se elevaba dentro de mí. Al
principio era una música fúnebre, pero pronto ya no se la podía llamar así
porque la muerte no tiene sentido allí donde la vida no alcanza y aquella
música planeaba muy por encima de ellas. Era una música apacible y sosegada
porque era poderosa. Llenaba la enfermería me envolvía como el balanceo de un
lento oleaje voluptuoso, al que no podía resistirme y por unos instantes me
sentía tranquilo. Dejaba de ser el joven enfermizo y asustado de sí mismo y me
convertía en lo que yo era de verdad, porque todos nos transformaríamos si nos
atreviéramos a ser lo que somos. A mí, demasiado tímido para buscar aplausos e
incluso para soportarlos, me parecía fácil ser un gran músico, revelar a las
gentes aquella música nueva que latía dentro de mí como un corazón. La tos de
algún enfermo, en el rincón opuesto de la habitación, me interrumpía de repente
y me daba cuenta de que mis arterias latían demasiado deprisa, simplemente.
Me
curé. Conocí las emociones de la convalecencia y sus lágrimas a flor de
párpado. Mi sensibilidad, agudizada por el sufrimiento, sentía cada vez más
repugnancia por el ambiente del colegio. Sufría por falta de soledad y de
música. Durante toda la vida, la música y la soledad han representado para mí
el papel de calmantes. Los combates interiores que se habían librado dentro de
mí, sin que me diera cuenta, seguidos de mi enfermedad, habían agotado mis
fuerzas. Estaba tan débil que me volví muy piadoso, con esa espiritualidad
fácil que nos da una gran debilidad: me permitía despreciar sinceramente
aquello de lo que antes te hablaba y en lo que pensaba a veces, todavía. Ya no
podía vivir en un ambiente que yo crecía manchado. Le escribía a mi madre unas
cartas absurdas, exageradas pero que sin embargo eran sinceras, suplicándola
que me sacara del colegio. Le decía que allí me sentía muy desgraciado, que
quería llegar a ser un gran músico, que no tendrían que gastar más dinero y que
pronto llegaría a bastarme a mí mismo. Y sin embargo, el colegio me era menos
odioso que antes. Varios de mis condiscípulos, que al principio habían sido
brutales conmigo, se mostraban ahora un
poco mejores; yo era tan fácil de contentar que sentía un gran agradecimiento;
pensaba que me había equivocado y que no eran tan malos. Siempre recordaré que
un chico a quien nunca había hablado, dándose cuenta de que yo era muy pobre y
de que mi familia no me enviaba nunca nada, quiso repartir conmigo no sé qué
golosina. Yo me había vuelto de una sensibilidad ridícula que me humillaba;
tenía tanta necesidad de afecto que me puse a llorar y recuerdo que me
avergoncé de mis lágrimas como si fueran un pecado. Desde aquel día fuimos
amigos. En otras circunstancias, aquel comienzo de amistad me hubiera hecho
demorar mi partida: me confirmó en el deseo de marcharme lo antes posible.
Escribí a mi madre cartas aún más apremiantes. Le rogaba que viniera a por mí
sin demora.
Mi
madre fue muy buena. Siempre ha sido muy buena conmigo. Vino a buscarme ella
misma. Hay que decir también que mi pensión costaba cara y cada semestre
constituía una preocupación para los míos. Si el resultado de mis estudios
hubiera sido mejor, no creo que me hubieran retirado del colegio, pero yo no
hacía nada y mis hermanos pensaban que aquello era tirar el dinero. Creo que
tenían algo de razón. Mi hermano mayor acababa de casarse, lo que había
representado un suplemento de gastos. Cuando regresé a Woroïno, vi que me
habían relegado a un ala del edificio bastante alejada pero, naturalmente, no
me quejé. Mi madre insistía para que tratase de comer, quiso servirme ella
misma; me sonreía con aquella débil sonrisa que parecía excusarse por no poder
hacer más. Su rostro y sus manos me parecieron gastados, como su vestido, y me
di cuenta de que sus dedos, que yo tanto admiraba por su finura, empezaban a
estropearse debido al trabajo, como los de las mujeres pobres. Sentí que la
había decepcionado un poco, que había esperado para mí un porvenir mejor que el
de músico, probablemente mediocre. No obstante, estaba contenta de volverme a
ver. No le conté mis tristezas del colegio; ahora me parecían imaginarias
comparándolas con las penas y esfuerzos que suponía la simple existencia de mi
familia; además era muy difícil contárselo. Hasta por mis hermanos sentía yo
una especie de respeto: administraban lo que todavía llamaban «la hacienda»;
era más de lo que yo hacía, más de lo que podría hacer nunca y empezaba a comprender
vagamente que aquello tenía su importancia.
Pensarás
que mi regreso fue triste; al contrario, estaba feliz. Me sentía salvado.
Probablemente adivinarás que era de mí mismo de quien me sentía salvado. Era un
sentimiento ridículo, puesto que lo he experimentado varias veces después, lo
que demuestra que nunca fue definitivo. Mis años de colegio no habían sido más
que un interludio: ya no me acordaba de ellos. Aún no me había desengañado de
mi pretendida perfección; me satisfacía vivir según el ideal de moralidad un
poco triste que oía ponderar a mi alrededor. Creía que aquella existencia
duraría siempre. Me puse a trabajar en serio: conseguí llenar de tal forma mis
días de música, que los momentos de silencio me parecían simples pausas. La
música no nos facilita pensar, sino soñar, y con los sueños más imprecisos. Yo
parecía temer todo lo que pudiera distraerme de éstos o quizás precisarlos. No
había reanudado ninguna de mis amistades de infancia y cuando los míos iban de
visita, les rogaba que me dejaran en casa. Era una reacción contra la vida en común
impuesta por el colegio; también era una precaución, pero yo la tomaba si
confesármela a mí mismo. Por nuestra región pasaban muchos vagabundos zíngaros:
algunos son buenos músicos y ya sabes que esa raza es a veces muy bella. Antes,
cuando era más pequeño, hablaba con los niños a través de las rejas del jardín
y, no sabiendo que decirles, les daba flores. No sé si mis flores los
contentaban mucho. Pero después de mi regreso, me había vuelto razonable y sólo
salía durante el día, cuando el campo estaba claro.
Yo
no tenía ninguna segunda intención. Pensaba lo menos posible. Recuerdo con un
poco de ironía que me felicitaba por dedicarme por completo al estudio, Era
como un enfermo con fiebre, que no encuentra desagradable su entumecimiento,
pero que tiene miedo de moverse porque el menor gesto podría darle escalofríos.
Aquello era lo que yo llamaba serenidad. Más adelante aprendí que hay que
tenerle miedo a esa calma, en la que uno duerme cuando están cerca los
acontecimientos. Nos suponemos tranquilos quizás porque ya hayamos decidido
algo, sin nosotros darnos cuenta.
Y
fue entonces cuando ocurrió, en una mañana igual a las demás en que nada, ni mi
espíritu ni mi cuerpo, me avisaban de forma más clara que de costumbre. No digo
que las circunstancias me sorprendieran: se me habían presentado en otras
ocasiones sin que yo las acogiera, pero las circunstancias son así; son tímidas
e infatigables; van y vienen delante de nuestra puerta, siempre iguales a ellas
mismas y de nosotros depende el tenderlas la mano para detenerlas al paso. Era
una mañana como todas las mañanas posibles, ni más ni menos luminosa. Yo
paseaba por el campo, por un camino bordeado de árboles. Todo estaba silencioso
como si todo se escuchara vivir; mis pensamientos, te lo aseguro, no eran menos
inocentes que aquel día que comenzaba. Por lo menos, no puedo recordar ningún
pensamiento que no fuera inocente porque, cuando dejaron de serlo, ya no podía
controlarlos. En este momento en que parezco alejarme de la naturaleza, tengo
que alabarla por estar en todo presente en forma de necesidad. La fruta sólo cae
a su hora, aunque su peso la arrastrara desde hacía tiempo hacia el suelo: la
fatalidad sólo es esa maduración íntima. Me atrevo a contarte esto de una
manera vaga: yo paseaba sin ningún propósito; no fue culpa mía si aquella
mañana me encontré con la belleza...
Volví
a casa. No quiero dramatizar las cosas: te darías cuenta de que me alejo de la
verdad. Lo que yo sentía no era vergüenza, menos aún remordimiento: era más
bien estupor. No había imaginado tanta
sencillez en lo que me horrorizaba de antemano: la facilidad de la culpa
desconcertaba al arrepentimiento. Esta sencillez que el placer me enseñaba la
he vuelto a encontrar más tarde en la pobreza, el dolor, la enfermedad y la
muerte, quiero decir en la muerte de los demás y espero algún día encontrarla
en mi propia muerte. Es nuestra imaginación la que se esfuerza en vestir las
cosas, pero las cosas son divinamente desnudas. Regresé a casa. La cabeza me
daba vueltas. Nunca he podido recordar cómo pasé aquel día; el temblor de mis
nervios fue lento en morir dentro de mí. Sólo puedo recordar que entré en mi
habitación, por la noche, y las lágrimas absurdas, pero no amargas, que fueron
para mí como un desahogo. Durante toda mi vida había confundido el deseo y el
temor; ya no sentía ni lo uno ni lo otro. No digo que fuera feliz: no estaba
acostumbrado a la felicidad; sólo estaba estupefacto de sentirme tan poco
perturbado.
Toda
la felicidad es inocencia. Aunque te escandalice, tengo que repetir esa palabra
que parece siempre miserable porque nada prueba mejor nuestra miseria que la
importancia de la felicidad. Durante algunas semanas, viví con los ojos
cerrados. No había abandonado la música; al contrario, sentía una gran
facilidad para moverme en ella como con esa ligereza que se siente en el fondo
de los sueños. Parecía como si los minutos matinales me liberaran de mi cuerpo
para todo el día. Mis impresiones de entonces, por muy diversas que fueran,
sólo son una en mi memoria: se hubiera dicho que mi sensibilidad al no estar
limitado a mí solo, se había dilatado en las cosas. La emoción de la mañana se
prolongaba en las frases musicales de la tarde; ciertos matices, ciertos
olores, alguna antigua melodía de la que me prendé entonces siguen siendo para
mí eternas tentaciones porque me traen el recuerdo de otro. Y luego, una
mañana, ya no vino. Mi fiebre acabó: fue como un despertar. Sólo puedo comparar
esto al asombro producido por el silencio cuando cesa la música.
Tuve
que reflexionar. Naturalmente, sólo podía juzgarme según las ideas admitidas a
mi alrededor: me hubiera parecido más abominable aún no horrorizarme de mi
culpa que haberla cometido, por lo tanto, me condené severamente. Lo que me
asustaba, sobre todo, era el haber podido vivir así y ser feliz durante varias semanas antes de darme
cuenta de mi pecado. Trataba de recordar las
circunstancias de aquel acto: no lo conseguía. El recuerdo de mi culpa
me trastornaba mucho más que la misma culpa en el momento en que la vivía,
porque en aquellos momentos yo no me miraba vivir. Me imaginaba haber cedido a
una locura pasajera; no me daba cuenta de que mis exámenes de conciencia me
hubieran conducido rápidamente a una locura mucho peor. Era demasiado
escrupuloso para no esforzarme por ser lo más desgraciado posible.
Tenía
en mi habitación uno de esos espejitos que están un poco turbios, como si algún
aliento hubiera empañado el cristal. Puesto que me había ocurrido algo tan
grave, creía ingenuamente que yo tenía que haber cambiado, pero el espejo sólo
me devolvía la imagen de siempre: un rostro indeciso, asustado y pensativo. Lo
frotaba con la mano, menos para borrar la marca de un contacto que para
asegurarme que era de mí de quien se trataba. Quizás lo que haba la
voluptuosidad tan terrible sea que nos enseña que tenemos un cuerpo. Antes,
sólo nos servía para vivir. Después, sentimos que aquel cuerpo tiene su
existencia particular, sus sueños, su voluntad y que, hasta la muerte tendremos
que contar con él, cederle, transigir o luchar. Sentimos (creemos sentir) que nuestra
alma sólo es el mejor sueño. Solo, ante un espejo que descomponía mi angustia,
he llegado a preguntarme qué tenía yo en común con mi cuerpo, con sus placeres
o sus sufrimientos, como si no le perteneciera. Pero le pertenezco, amiga mía.
Este cuerpo que parece tan frágil es sin embargo más duradero que mis virtuosas
resoluciones, quizás más que mi alma, porque a veces el alma muere antes que
él. Esta frase, Mónica, quizás te escandalice más que toda mi confesión: tú
crees en la inmortalidad del alma. Perdóname por estar menos seguro que tú, o
por tener menos orgullo; con frecuencia, el alma no me parece más que una
simple respiración del cuerpo.
Creía
en Dios. Tenía de El una concepción muy humana, lo que quiere decir muy
inhumana, y me juzgaba abominable ante El. La vida, la única que puede
explicarnos cómo es la vida, nos explica
a los libros por añadidura: algunos pasajes de la Biblia, que había leído
negligentemente adquirieron para mí una nueva intensidad; me horrorizaron. A
veces me decía que las cosas habían sucedido y que nada podría impedirlo, que
tenía por lo tanto que resignarme. Pensar esto, igual que pensar en la
condenación eterna me calmaba. En el fondo de toda una gran impotencia
encontramos un sentimiento de tranquilidad. Me prometí solamente que no
volvería a ocurrir nunca más; se lo prometí a Dios, como si Dios aceptara
nuestras promesas. Mi culpa sólo había tenido a un cómplice por testigo y éste
ya no estaba. Es la opinión de los demás la que confiere a nuestros actos una
especie de realidad. Puesto que nadie sabía nada de los míos, no tenían más
realidad que la de los gestos que hacemos en sueños. Mi espíritu fatigado se refugiaba
tanto en la mentira, que hubiera podido afirmar que no había pasado nada: no es
más absurdo negar el pasado que comprometer el porvenir.
Lo
que yo había sentido no era amor: ni siquiera pasión. Por ignorante que yo
fuera, me daba cuenta de ello. Era como una fuerza exterior que me hubiera
arrastrado. Echaba toda la responsabilidad sobre él que solamente la había
compartido. Me persuadía de que el haberme separado de él había sido voluntario
y meritorio. Sabía muy bien que no era verdad, pero en fin, hubiera podido
serlo: también conseguimos engañar a nuestra memoria. A fuerza de repetirnos lo
que hubiéramos debido hacer, termina por parecernos imposible no haberlo hecho.
El vicio consistía para mí en la costumbre del pecado; no sabía que es más
difícil ceder una sola vez que no ceder jamás. Al explicar mi culpa como un
efecto de las circunstancias, a lasque yo me proponía no exponerme nunca más,
las separaba de mí para no ver en ellas más que un accidente. Amiga mía, tengo
que confesarlo: desde que me había jurado no cometer nunca más mi pecado,
sentía un poco menos el haberlo probado una vez.
Quiero
ahorrarte la relación de nuevas transgresiones que me quitaron la ilusión de
creerme sólo a medias culpable. Me reprocharías el complacerme en ello; quizás
tengas razón. Ahora estoy tan lejos del adolescente que yo era, de sus ideas,
de sus sufrimientos, que me inclino sobre él con una especie de amor; tengo
ganas de compadecerlo y casi de consolarlo. Este sentimiento, Mónica, me lleva
a reflexionar: me pregunto si no es el recuerdo de nuestra juventud lo que nos
turba ante la de los demás. Estaba asustado de la facilidad con que yo, tan
tímido, tan lento de espíritu, llegaba a prever las posibles complicidades; me
reprochaba no tanto mis faltas como la vulgaridad de las circunstancias, como
si hubiera dependido de mí el escogerlas menos vulgares. No tenía tranquilidad
de creerme irresponsable: me daba cuenta de que mis actos eran voluntarios,
pero yo sólo los quería cuando los estaba cometiendo. Se hubiera dicho que el
instinto, para tomar posesión de mí, esperaba a que la conciencia se fuera o a que
cerrase los ojos. Yo obedecía, alternándolas, a dos voluntades contrarias que
no chocaban entre sí, puesto que se sucedían una a la otra. Algunas veces, sin
embargo, se me ofrecía una ocasión que yo no aprovechaba porque era tímido. Así
que mis victorias sobre mí, no eran más que otras derrotas; nuestros defectos
son a veces los mejores adversarios de nuestros vicios.
No
tenía a nadie a quién pedir un consejo. La primera consecuencia de las
inclinaciones prohibidas es la de encerrarnos dentro de nosotros mismos: hay
que callar o bien no hablar más que con nuestros cómplices. He sufrido mucho,
en mis esfuerzos por vencerme, por no poder encontrar ni estímulo ni piedad, ni
siquiera ese poco de estima que merece toda buena voluntad. Nunca tuve
intimidad con mis hermanos; mi madre, que era piadosa y triste, se hacía sobre
mí ilusiones enternecedoras; me hubiera sentido culpable si le hubiera quitado
la idea muy pura, muy dulce y un poco insulsa que se hacía de su hijo. Si me
hubiera atrevido a confesarme a los míos, lo que menos me hubieran perdonado
hubiera sido precisamente esa confesión. Hubiera puesto a aquella gente en una
situación difícil que la ignorancia les
evitaba; me hubieran vigilado, pero no me hubieran ayudado. Nuestro papel,
dentro de la vida familiar, está ya fijado con relación al resto de la familia.
Somos el hijo, el hermano, el marido ¿qué sé yo? Ese papel nos es particular
como nuestro nombre, el estado de salud que se nos supone y la consideración
que deben a no mostrarnos. El resto no tiene importancia, el resto es cosa
nuestra. Sentado a la mesa o en el salón tranquilo, había momentos de agonía en
que me sentía morir. Me extrañaba que no lo viesen. Parece entonces como si el
espacio entre nosotros y los nuestros se agrandase hasta volverse
infranqueable; nos debatimos en la soledad como en el centro de un cristal.
Llegaba incluso a pensar que aquella gente podía ser lo bastante prudente como
para comprender, no intervenir y no extrañarse de nada. Esta hipótesis,
pensándolo bien, pudiera quizá explicarnos a Dios. Pero cuando se trata de
gente corriente es inútil prestarles esa clase de sabiduría: les basta con la
ceguera.
Si
piensas en la vida familiar que te he descrito, comprenderás que una existencia
menos triste hubiera sido también más pura. Y además pienso, por otra parte,
creo que con justeza, que nada nos empuja tanto a las extravagancias del
instinto como la regularidad de una vida demasiado razonable. Pasamos el
invierno en Presburgo. El estado de salud de una de mis hermanas hacía
necesaria la estancia en la ciudad, cerca de los médicos. Mi madre, que hacía
todo lo que podía por mi porvenir, insistió para que tomase lecciones de
armonía; decían a mi alrededor que había progresado mucho. Es cierto que
trabajaba como trabajan los que buscan refugio en una ocupación. El músico que
me enseñaba (era un hombre bastante mediocre, pero lleno de buena voluntad)
aconsejaba a mi madre que me enviara al extranjero para completar mi educación
musical. Yo sabía que la existencia allí sería difícil, pero sin embargo,
deseaba marcharme. Estamos atados por tantas ligaduras en que hemos vivido que
nos parece que al alejarnos será también más fácil alejarnos de nosotros
mismos.
Mi
salud, que había mejorado mucho, ya no era un obstáculo, sólo que mi madre me
encontraba demasiado joven. Quizás temiera las tentaciones a las que me
expondría una vida más libre; se figuraba, supongo, que la vida en familia me
había preservado de ellas. Muchos padres son así. Comprendía que me era
necesario ganar algo de dinero, pero pensaba sin duda que podía esperar. No
adiviné entonces, lo patético de su negativa. Ignoraba que le quedase tan poco
tiempo de vida.
Una
noche, en Presburgo, poco tiempo después de la muerte de mi hermana, volví a
casa más desesperado que de costumbre. Había querido mucho a mi hermana. No
pretendo que su muerte me afligiera extremadamente; estaba demasiado
atormentado para conmoverme en demasía. El sufrimiento nos hace egoístas porque
nos absorbe por entero: sólo más tarde, en forma de recuerdo, nos enseña la
compasión. Regresé a casa algo más tarde de lo que me había propuesto, pero no
le había fijado hora a mi madre. La encontré al abrir la puerta, sentada en la
oscuridad. En los últimos años de su vida, a mi madre le gustaba permanecer sin
hacer nada cuando se acercaba la noche. Parecía como si quisiera habituarse a
la inacción y a las tinieblas. Su rostro, supongo, tomaba entonces esa
expresión más serena, más sincera también, que tenemos cuando estamos
completamente solos y todo está oscuro. Entré. A mi madre no le gustaba que la
sorprendieran así. Me dijo, como para excusarse, que la lámpara acababa de
apagarse, pero puse las manos encima y ni siquiera estaba tibia. Se dio cuenta
de que me pasaba algo: somos más clarividentes cuando está oscuro, porque
nuestros ojos no nos engañan. A tientas, me senté a su lado. Me encontraba en
ese estado de languidez un poco especial que conocía demasiado bien: me parecía
que una confesión iba a surgir de mí, involuntariamente, como lo hacen las
lágrimas. Iba quizás a contárselo todo cuando entro la criada con otra lámpara.
Entonces,
sentí que ya no podría decir nada, que no soportaría la expresión que iba a
poner la cara de mi madre cuando me hubiera comprendido. Aquel poco de luz me
ahorró cometer una falta irreparable e inútil. Las confidencias, amiga mía,
siempre son perniciosas cuando no tienen por objeto simplificar la vida de
otro.
Había
ido demasiado lejos para guardar silencio; tuve que hablar. Describí la
tristeza de mi existencia, mis probabilidades de porvenir indefinidamente
retrasadas, la sujeción en que mis hermanos me mantenían dentro de la familia.
Pensaba en una sujeción mucho peor, de la que esperaba librarme al partir. Puse
en aquellas pobres quejas todo el desamparo que hubiera puesto en la otra
confesión que no podía hacer y que era la única que me importaba. Mi madre
callaba. Comprendí que la había convencido. Se levantó para ir hacia la puerta.
Estaba débil y cansada. Sentí lo penoso que le resultaba decirme que no. Quizás
fuera como si hubiera perdido a su segundo hijo. Yo sufría por no poder decirle
la verdadera causa de mi insistencia; seguramente, me creía egoísta: hubiera
querido poder decirle que no me iba a marchar.
Al
día siguiente me mandó llamar; hablamos de mi partida como si siempre lo
hubiéramos decidido así entre nosotros. Mi familia no era lo bastante rica para
darme una pensión, tendría que trabajar para vivir. Con el fin de facilitarme los comienzos, mi
madre me entregó, con gran secreto, una cantidad que tomó de su dinero
personal. No era una suma importante, pero nos lo pareció a los dos. Se la
devolví en parte, en cuanto me fue posible, pero mi madre murió demasiado
pronto y no pude pagarle mi deuda del todo. Mi madre creía en mi porvenir. Si
alguna vez he deseado la gloria es porque sabía que eso la iba a hacer feliz.
Así es como, a medida que van desapareciendo los que hemos amado, disminuyen
las razones de conquistar una felicidad que ya no podemos gozar juntos.
Yo
iba a cumplir diecinueve años. Mi madre tenía interés en que no me fuera hasta
después de mi aniversario; regresé por lo tanto a Woroïno. Durante las semanas
que allí pasé, no tuve que reprocharme ningún acto ni casi ningún deseo. Estaba
ingenuamente ocupado preparando mi partida; deseaba marcharme antes de que
llegara la Pascua, que trae al país demasiados extranjeros. La última noche le
dije adiós a mi madre. Nos separamos sencillamente. Hay algo reprobable en
mostrarse demasiado cariñoso cuando uno se va, como para que lo echen de menos.
Y además, los besos voluptuosos nos hacen olvidar los otros; ya no sabemos o no
nos atrevemos a besar. Quería marcharme al día siguiente, muy temprano, sin
molestar a nadie. Pasé la noche en mi habitación, delante de la ventana
abierta, imaginando el porvenir. Era una noche inmensa y clara. El parque
estaba separado del gran camino sólo por una reja; gentes que se habían
retrasado pasaban por la carretera en silencio; yo oía sus pasos pesados en la
lejanía; de repente, se oyó un canto triste. Puede que aquellas pobres gentes
sufrieran de una manera oscura, como las cosas. Pero su canto contenía toda su
alma. Cantaban solo para aligerar la marcha; no sabían lo que estaban
expresando así. Recuerdo una voz de
mujer, tan límpida que hubiera podido volar sin esfuerzo, indefinidamente,
hasta llegar a Dios. Yo no creía imposible que la vida entera fuera una
ascensión igual; me lo prometí solemnemente. No es difícil albergar
pensamientos admirables cuando están presentes las estrellas. Es más difícil
guardarlos intactos durante la pequeñez de los días; es más difícil ser ante
los demás lo que somos ante Dios.
Llegué
a Viena. Mi madre me había inculcado contra Austria todas las prevenciones de
los moravos; pasé una primera semana tan cruel que prefiero no hablar de ella.
Alquilé una habitación en una casa bastante pobre. Estaba lleno de buenas
intenciones; recuerdo que creía poder ordenar metódicamente mis deseos y mis
penas igual que se ordenan los objetos en el cajón de un mueble. Hay, en los
renunciamientos de los veinte años, como una borrachera amarga. Había leído,
ignoro en qué libro, que ciertos trastornos no son raros en una época
determinada de la adolescencia; alejaba la fecha de mis recuerdos en el tiempo
para probarme que se trataba de incidentes muy banales, limitados a un período
de mi vida que ya había pasado. Ni siquiera pensaba en otras formas de
felicidad; tenía pues, que escoger entre mis inclinaciones, que juzgaba
criminales y una renuncia completa, que quizás no sea humana. Escogí. Me
condené, a los veinte años, a una absoluta soledad de los sentidos y del
corazón. Así empezaron varios años de luchas, obsesiones, de severidad. No me
pertenece decir que mis esfuerzos fueron admirables; podría decirse que fueron
insensatos. En todo caso, ya es algo haberlos hecho; me permiten, hoy en día,
aceptarme más honorablemente a mí mismo. Justamente, porque hubiera podido
encontrar, en aquella ciudad desconocida, ocasiones más fáciles, me creí
obligado a rechazarlas todas; no quería faltar a la confianza que me habían
demostrado al dejarme partir. Sin embargo, es extraño con qué rapidez nos
habituamos a nosotros mismos: encontraba meritorio renunciar a aquello que unos
meses antes me horrorizaba.
Ya
te he contado que me alojaba en una casa bastante miserable. Dios mío, no
pretendía más. Pero lo que hace la pobreza tan dura no son las privaciones, es
la promiscuidad. Nuestra situación, en Presburgo, me había evitado los
contactos sórdidos que soportamos en las ciudades. A pesar de las
recomendaciones que me había entregado mi familia, me fue difícil, durante
mucho tiempo, encontrar trabajo a mi edad. No me gustaba hacerme valer; no
sabía cómo arreglármelas. Me pareció penoso servir de acompañante en un teatro
en donde los que me rodeaba creyeron hacerme sentir más cómodo a fuerza de
familiaridad. No fue allí donde mejoró mi opinión sobre las mujeres que se
supone podemos amar. Yo era desgraciadamente muy sensible al aspecto exterior
de las cosas; sufría por la casa en que habitaba; sufría por la gente que a
veces encontraba allí. Ya te imaginarás que eran vulgares. Pero en mis
relaciones con la gente, siempre me ha ayudado la idea de que no son felices.
Las cosas tampoco son felices; esto es lo que nos hace sentir amistad por
ellas. Mi habitación me había repugnado al principio; era triste, con una
especie de falsa elegancia que encogía el corazón, porque se notaba que no
habían podido hacer más. Tampoco estaba muy limpia: se veía que otras personas
habían pasado por allí antes que yo y esto me repugnaba un poco. Después,
terminé interesándome por lo que habían podido ser aquellas gentes e imaginando
su vida. Eran como amigos con quienes no podía enfadarme porque no los conocía.
Me decía que se habrían sentado a aquella mesa para hacer penosamente las
cuentas del día, que habrían echado en aquella cama su sueño o su insomnio.
Pensaba que habrían tenido sus aspiraciones, sus virtudes, sus vicios y sus
miserias, igual que yo tenía las mías. No sé, amiga mía, de qué nos servirían
nuestras tareas si no nos enseñaran la compasión.
Me
acostumbré. Se acostumbra uno fácilmente. Hay como un goce en saber que somos
pobres, que estamos solos y que nadie piensa en nosotros. Nos simplifica la
vida, pero es también una gran tentación. Volvía tarde, de noche, por los
barrios casi desiertos a esas horas, tan cansado que ya no sentía el cansancio.
La gente que encontramos en las calles durante el día nos da la impresión de
tener una meta precisa, que se supone razonable, pero por la noche parece
caminar en sueños. Los transeúntes me parecían, como yo, tener el aspecto vago
de las figuras que a veces vemos en sueños y no estaba seguro de que la vida no
fuera una pesadilla inepta, agotadora e interminable. No hace falta que te diga
lo aburridas que eran aquellas noches vienesas. A veces me encontraba con
parejas de amantes instalados en el umbral de las puertas, prolongando a su
gusto las conversaciones o los besos, quizás: la oscuridad, a su alrededor,
hacía más excusable la ilusión recíproca del amor, y yo envidiaba aquel
contento plácido que sin embargo no deseaba. Amiga mía, somos muy raros. Por
primera vez sentía un placer perverso en ser diferente de los demás. Es difícil
no creerse superior cuando uno sufre, y el ver gente feliz nos da náuseas.
Tenía
miedo de volver a mi habitación, de tenderme en la cama en donde estaba seguro
de no poder dormir. Sin embargo, había que terminar por hacerlo. Incluso cuando
no regresaba hasta el alba, después de haber faltado a las promesas que me
había hecho (te aseguro, Mónica, que ocurría muy pocas veces), tenía que subir
a la habitación, quitarme de nuevo la ropa como hubiera deseado quitarme el
cuerpo, y meterme dentro de las sábanas en donde, entonces encontraba el sueño.
El placer es demasiado efímero, la música nos eleva un momento para dejarnos
más tristes que antes, pero el sueño es una compensación. Incluso cuando ya nos
ha dejado, nos hacen falta algunos segundos para volver a sufrir y cada vez que
nos dormimos, tenemos la sensación de entregarnos a un amigo. Sé muy bien que
es un amigo infiel, como todos; cuando somos demasiado desgraciados, nos
abandona también. Pero sabemos que volverá, tarde o temprano, quizás con otro
nombre, y que terminaremos por reposar en él. Es perfecto cuando no soñamos nada,
se podría decir que, cada noche, nos despierta de la vida.
Estaba
absolutamente solo. Hasta ahora no he dicho nada de los rostros en los que se
encarnó mi deseo; no he interpuesto entre tú y yo, más que fantasmas anónimos.
No creas que me obligue a ello el pudor o los celos que uno siente de sus
recuerdos. No presumo de haber amado. He sentido demasiado lo poco durables que
son las emociones más vivas para querer, al acercarme a seres perecederos,
encaminados hacia la muerte, extraer un sentimiento que se pretende inmortal.
Después de todo, lo que en el otro nos conmueve sólo es un préstamo que le ha
hecho la vida. Creo que el alma envejece, como la carne y sólo expresa, en los
mejores, el esplendor de una época, un milagro efímero con la misma juventud.
¿Para qué, amiga mía, apoyarnos en los que no perdura?
He
huido de las ataduras de la costumbre, hechas de ternura ficticia, de engaño
sensual y de hábito perezoso. Creo que sólo hubiera podido amar a un ser
perfecto y soy demasiado mediocre para merecer que me aceptara, incluso si lo
encuentro algún día. Y esto no es todo, amiga mía: nuestra alma, nuestro
espíritu y nuestro cuerpo tienen exigencias generalmente contradictorias; creo
difícil unir satisfacciones tan diversas sin envilecer a unas y sin desanimar a
otras, así que he disociado el amor. No quiero justificar mis actos con
palabras metafísicas, cuando ya mi timidez es una causa suficiente. Me he
limitado casi siempre a complicidades banales, por un terror oscuro a
enamorarme y sufrir. Basta con ser prisionero de un instinto, no quiero serlo
también de una pasión, y creo sinceramente que no he amado nunca.
Ahora
me vuelven algunos recuerdos. No te asustes: no voy a describirte nada; no te
diré los nombres; incluso he olvidado los nombres o no los he sabido nunca.
Recuerdo la curva especial de una nuca, de unos labios o de unos párpados,
algunas caras a las que amé por su tristeza, por el pliegue de cansancio que
cercaba su boca o por ese no sé qué de ingenuo que tiene la perversidad de un
ser joven, ignorante y reidor. Todo lo que aflora del alma a la superficie del
cuerpo. Estoy hablando de desconocidos a los que no volveré a ver, a los que no
me interesa volver a ver y por eso mismo puedo hablar o callar con sinceridad.
Yo no los quería; no deseaba encerrar en mis manos el poco de felicidad que me
aportaban, no les pedía comprensión, ni siquiera ternura: sencillamente,
escuchaba su vida. La vida es el misterio de todo ser humano: es tan admirable
que siempre se la puede amar. La pasión necesita gritos, el amor mismo se
complace con las palabras, pero la simpatía puede ser silenciosa. La he sentido
no sólo en minutos de gratitud y de paz, sino hacia los seres a los que no
asociaba con ninguna idea de placer. La he conocido en silencio, porque los que
me la inspiraban no me hubieran entendido. No es necesario que nadie me
comprenda. He amado así a las figuras de mis sueños, a pobres gentes mediocres
y también a algunas mujeres. Pero las mujeres, aunque digan lo contrario, no
ven en la ternura más que un camino hacia el amor.
Mi
vecina de habitación era bastante joven; se llamaba María. No te imagines que
María fuera hermosa. Tenía una fisonomía corriente, que pasaba desapercibida.
María era algo más que una criada. Trabajaba, sin embargo y no creo que su
trabajo le bastara para vivir. En todo caso, cuando yo iba a verla, la
encontraba siempre sola. Se las arreglaba, supongo, para estar sola a esas
horas.
María
no era inteligente, ni quizás muy buena, pero era servicial como lo es la gente
pobre que sabe lo necesaria que es una ayuda recíproca. Parecen gastar la
solidaridad como la calderilla. Debemos estar agradecidos al más pequeño buen
proceder: por eso hablo de María. No tenía autoridad sobre nadie y pienso que
le gustaba tenerla sobre mí; me aconsejaba sobre la manera de vestirme para no
pasar frío, o de encender el fuego y se ocupaba en mi lugar de un montón de
cosas útiles. No me atrevo a decir que María me recordaba a mis hermanas pero,
no obstante, yo encontraba en ella esos dulces gestos de mujer que tanto había
amado de niño. Se veía que hacía un esfuerzo por tener buenos modales, lo que
ya es meritorio. María creía que le gustaba la música: le gustaba de verdad, pero, por desgracia,
tenía muy mal gusto. Era un mal gusto casi conmovedor a fuerza de ser ingenuo;
los sentimientos más convencionales le parecían los más hermosos: se hubiera
dicho que su alma, igual que su persona, se contentaba con adornos falsos.
María podía mentir lo más sinceramente del mundo. Supongo que vivía como la
mayoría de las mujeres, una existencia imaginaria en la que era mejor y más
feliz que en la vida real. Por ejemplo, si la hubiera interrogado, me habría
respondido que nunca había tenido amantes y hubiera llorado si no la hubiera
creído. Conservaba dentro de ella el recuerdo de una infancia vivida en el
campo, en un ambiente muy honorable y el recuerdo vago de un novio. Tenía
también otros recuerdos de los que no hablaba nunca. La memoria de las mujeres
se parece a esas mesas antiguas que utilizan para coser: están llenas de
cajones secretos. Algunos están cerrados desde hace mucho tiempo y no se pueden
abrir, otros contienen flores secas que han quedado reducidas a polvo de rosas;
otros madejas enredadas, a veces alfileres. La memoria de María era muy
complaciente, le servía para borrar su pasado.
Yo
iba a verla por la noche, cuando empezaba a hacer frío y sentía miedo de estar
solo. Nuestra conversación debía ser bastante sosa, pero hay no sé qué de
tranquilizador en oír hablar a una mujer de cosas insignificantes. María era
perezosa: no le extrañaba ver que yo trabajaba muy poco. No tengo nada de
príncipe de leyenda. Ignoraba que las mujeres, sobre todo cuando son pobres,
creen frecuentemente haber encontrado al personaje de sus sueños, incluso
cuando el parecido es extremadamente lejano. Mi situación y quizás mi nombre
tenían para María un prestigio novelesco que yo comprendía mal. Por supuesto,
siempre le había mostrado una gran reserva; eso la hacía sentirse halagada al
principio, como una delicadeza a la que no estaba acostumbrada. Yo no adivinaba
sus pensamientos, cuando cosía en silencio. Creía simplemente que me tenía
afecto y ciertas ideas ni se me ocurrían siquiera.
Poco
a poco me di cuenta de que María se mostraba mucho más fría. Había, en sus
menores palabras, una especie de deferencia agresiva, como si de repente se
hubiera dado cuenta de que yo salía de un ambiente que la gente juzga muy
superior al suyo. Sentía que estaba enfadada. No me extrañaba de que el afecto
de María hubiera pasado ya: todo pasa. Veía solamente que estaba triste, y era
tan ingenuo que no adivinaba el por qué. Creía imposible que sospechara cierta
parte de mi existencia; no me daba cuenta de que a lo mejor se hubiera
escandalizado menos que yo mismo. En fin, surgieron otras circunstancias: tuve
que alojarme en una casa más pobre, ya que mi habitación era demasiado cara
para mí. Nunca volví a ver a María. Qué difícil es, aunque se tomen muchas
precauciones, no hacer sufrir...
Continuaba
luchando. Si la virtud consiste en una serie de esfuerzos por conseguirla, yo
fui irreprochable. Aprendí el peligro de las renuncias demasiado rápidas; dejé
de creer que la perfección se encuentra al otro lado de una promesa. Me pareció
que tanto la sabiduría como la vida están hechas de progresos continuos, de
nuevos comienzos, de paciencia. Una curación más lenta me pareció menos
precaria: me contenté, como los pobres, con pequeños triunfos miserables. Traté
de espaciar las crisis; caí en un recuerdo maniático de los meses, las semanas
y los días. Sin confesármelo, durante aquellos períodos de excesiva disciplina,
vivía esperando el momento en que me permitiría caer. Terminaba por ceder a la
primera tentación que se me presentaba, únicamente porque me estaba prohibiendo
hacerlo desde hacía demasiado tiempo. Me fijaba de antemano, aproximadamente,
la época de mi próxima caída; me abandonaba casi siempre demasiado pronto,
menos por impaciencia de conseguir aquel lamentable placer que por evitarme el
horror de esperar el ataque y soportarlo. Quiero ahorrarte la relación de las
precauciones que tomaba contra mí mismo. Ahora me parecen más viles que mis
culpas. Al principio creí que se trataba de evitar las ocasiones de pecado;
pronto me di cuenta que nuestras acciones sólo tienen un valor de síntomas: es
nuestra naturaleza lo que habría de cambiar. Había tenido miedo de los
acontecimientos; tuve miedo de mi cuerpo; terminé por reconocer que nuestros
instintos se comunican a nuestra alma y nos penetran por entero. Entonces, ya
no tuve ni un refugio. Encontraba en los más inocentes pensamientos el punto de
partida de una tentación; no descubrí ni un solo pensamiento que permaneciera
sano; parecían pudrirse dentro de mí y mi alma, cuando la conocí mejor, me dio
tanto asco como mi cuerpo.
Algunas
épocas eran particularmente peligrosas: los fines de semana, los principios de
mes, quizás porque tenía algo de dinero y había tomado la costumbre de buscar
complicidades remuneradas (existen, amiga mía, razones así de despreciables).
También eran peligrosas las vísperas de fiesta, tan llenas de desocupación y de
tristeza para los que viven solos. Aquellos días me encerraba. No tenía nada
que hacer: iba y venía, cansado de ver mi imagen reflejada en el espejo; odiaba
aquel espejo que me inflingía mi propia
presencia. Un crepúsculo confuso comenzaba a llenar la habitación. La sombra se
posaba sobre las cosas como una mancha más. Dejaba la ventana abierta porque me
faltaba el aire; los ruidos de fuera me cansaban hasta el punto de impedir
pensar. Estaba sentado, me esforzaba por fijar mis ideas, pero una idea conduce
siempre a otra y no se sabe hasta dónde puede llevarnos. Valía más moverse,
andar. No hay nada censurable en salir a la hora del crepúsculo; sin embargo,
ya era una derrota que presagiaba otra. Me gustaba aquella hora en que late la
fiebre de las ciudades. No describiré la búsqueda alucinante del placer, los
desengaños posibles, la amargura de la humillación moral, mucho peor que
después de la falta, cuando ni siquiera es compensada por la paz del cuerpo. Y
paso por el sonambulismo del deseo, la resolución brusca que barre a todas las
demás, la alacridad de la carne que termina por no obedecer más que a ella
misma. Describimos a menudo la felicidad de un alma que pudiera deshacerse de
su cuerpo: hay momentos, en la vida, en que el cuerpo se deshace del alma.
¿Dios,
cuándo moriré? Mónica, te acuerdas de esas palabras... Están al principio de
una vieja oración alemana. Estoy cansado de este ser mediocre, sin porvenir y
sin confianza en el porvenir, de este ser al que tengo forzosamente que llamar:
«yo», puesto que no puedo separarme de él. Me obsesiona con sus tristezas y sus
penas; lo veo sufrir y ni siquiera soy capaz de consolarlo. Ciertamente soy
mejor que él, puedo hablar de él como si se tratara de un extraño, pero no
comprendo las razones que me hacen su prisionero. Y lo más terrible, quizás, es
que los demás no conocerán de mí más que a ese personaje en lucha con la vida.
Ni siquiera puedo desear su muerte, ya que cuando muera, moriré yo con él. En
Viena, durante aquellos años de combates interiores, muchas veces he deseado
morir.
No
son nuestros vicios los que nos hacen sufrir, sólo sufrimos por no poder
resignarnos a ellos. Conocí todos los sofismas de la pasión y también todos los
sofismas de la conciencia. La gente se figura que reprueban ciertos actos
porque la moral se opone; en realidad, obedecen (tienen la suerte de obedecer)
a repugnancias instintivas. Estaba impresionado, a pesar mío, por la extrema
insignificancia de nuestras faltas más graves, por el poco lugar que ocuparían
en nuestra vida si los remordimientos no prolongaran su duración. Nuestro
cuerpo olvida, igual que nuestra alma; quizás sea eso lo que explique, en
algunos de nosotros, la renovación de nuestra inocencia. Me esforzaba por
olvidar; casi lo conseguía. Luego, aquella amnesia me horrorizaba. Mis recuerdos
me parecían siempre incompletos, y me sometían a un suplicio cada vez mayor. Me
arrojaba sobre ellos para revivirlos. Me desesperaba al notar que empalidecían.
Sólo los tenía a ellos para compensarme del presente y del porvenir al que
renunciaba. No me quedaba ya, después de haberme prohibido tantas cosas, el
valor de prohibirme mi pasado.
Vencí.
A fuerza de recaídas miserables y de victorias aún más miserables, logré vivir
durante todo un año como hubiera deseado vivir toda mi vida. Amiga mía, no
tienes que sonreír. No quiero exagerar mi mérito: tener mérito al abstenerse de
cometer una falta es ya, de alguna manera, sentirse culpable. Algunas veces,
conseguimos dirigir nuestros actos, menos nuestros pensamientos, pero en
nuestros sueños no podemos influir nunca. Soñé. Conocí el peligro de las aguas
estancadas. Parece como si actuar nos absolviera. Hay algo puro en un acto,
aunque sea culpable, comparándolo con los pensamientos que de él nos formamos.
Digamos, si lo prefieres, que es menos impuro debido a ese no sé qué de
mediocre que siempre tiene la realidad. Aquel año en que no cometí, te lo
aseguro, ningún acto reprochable, estuvo enturbiado por más obsesiones que
ningún otro y por obsesiones más bajas. Se hubiera dicho que aquella llaga, al
cerrarse demasiado pronto, se me había abierto en el alma terminando por
envenenarla. Me sería fácil hacer un relato dramático, pero ni a ti ni a mí nos
interesan los dramas y hay muchas cosas que se pueden dar a entender muy bien
sin contarlas. Así que yo había amado a la vida. En nombre de la vida, es
decir, de mi porvenir, me había
esforzado por reconquistarme a mí mismo. Pero se odia la vida cuando se sufre.
Soporté la obsesión del suicidio y otras peores todavía. En los objetos más
humildes, ya no veía más que el instrumento de una destrucción posible. Me daban
miedo las telas porque se pueden anudar, la punta de las tijeras y sobre todo
los objetos cortantes. Aquellas formas brutales de liberación eran una
tentación para mí y tenía que poner un candado entre mi demencia y yo.
Me
endurecí. Hasta entonces me había abstenido de juzgar a los demás. Si hubiera
podido, habría terminado por ser tan implacable con ellos como conmigo. No
perdonaba al prójimo ni la más pequeña transgresión; tenía miedo de que mi
indulgencia para con los demás obligara a mi conciencia a excusar mis propias
faltas. Temía el reblandecimiento que nos producen las sensaciones dulces:
llegué hasta aborrecer la naturaleza a causa de la ternura que nos inspira la
primavera. Evitaba cuanto podía la emoción que me producía la música: mis
manos, posadas sobre las teclas, me intranquilizaban por recordarme las
caricias. Tuve miedo de los encuentros mundanos imprevistos, del peligro de las
caras humanas. Me quedé solo. Luego, la soledad también me dio miedo. Nunca estamos
completamente solos, por desgracia; siempre estamos con nosotros mismos.
La
música, alegría de los fuertes, es el consuelo de los débiles. La música era
para mí un oficio del que vivía. Enseñarla a los niños era una dura prueba,
porque la técnica termina desviándolos del sentimiento. Pienso que primero
haría falta enseñarles a ver el sentimiento. Pero, en todo caso, las costumbres
se oponen y ni mis alumnos ni sus familias tenían ningún interés por cambiar
las costumbres. Y aún prefería a los niños que a las personas mayores que me
vinieron después y se creían forzadas a expresar algo. Además, los niños me
intimidaban menos. Si hubiera querido, hubiera podido dar más lecciones, pero
con las que daba me bastaba para vivir. Ya trabajaba demasiado. No rindo culto
al trabajo, cuando el resultado sólo importa a nosotros mismos. Sin duda,
cansarse es una manera de domar el cuerpo, pero el agotamiento del cuerpo
termina por entumecer el alma. Queda por saber, Mónica, si un alma inquieta no
vale más que un alma dormida.
Me
quedaban las noches. Me concedía, cada noche, unos minutos de música para mí
solo. Es cierto que el placer solitario es un placer estéril, pero ningún
placer es estéril cuando nos reconcilia con la vida. La música me transporta a
un mundo en donde el dolor sigue existiendo, pero se ensancha, se serena, se
hace a la vez más quieto y más profundo, como un torrente que se transforma en
lago. Volvía tarde y no podía ponerme a tocar una música demasiado ruidosa;
además, nunca me ha gustado. Me daba cuenta de que, en la casa, solo toleraban
la mía y, sin duda, el sueño de la gente cansada vale más que todas las
melodías posibles. Así fue, amiga mía, cómo me acostumbré a tocar siempre con
sordina, como si temiera despertar a alguien. El silencio, no solo compensa la
impotencia del lenguaje, sino también, para los músicos mediocres, la pobreza
de los acordes. Siempre me ha parecido que la música debería ser silencio, el
misterio de un gran silencio que buscara su expresión. Véase, por ejemplo, una
fuente: el agua muda llena los conductos, se acumula, desborda y la perla que
cae es sonora. Creo que la música debería ser el desbordamiento de un gran
silencio.
De
niño, deseaba la gloria. A esa edad deseamos la gloria igual que deseamos el
amor: necesitamos a los demás para revelarnos a nosotros mismos. Yo no digo que
la ambición sea un vicio inútil; puede servir para azotarnos el alma, sólo que
la agota. No sé de ningún éxito que no se compre con una semimentira; no sé de
ningún auditorio que no nos obligue a omitir o a exagerar alguna cosa. A menudo
he pensado con tristeza que un alma verdaderamente hermosa no alcanzaría la
gloria, porque no la desearía. Esta idea me desengaña de la gloria y del genio.
Creo que el genio no es más que una elocuencia particular, un don ruidoso de
expresarse. Incluso aunque yo fuera Chopin, Mozart o Pergolesi, sólo
conseguiría expresar, imperfectamente quizás, lo que siente cada día un músico
de pueblo cuando trata de expresarse lo mejor que puede con toda humildad. Yo
hacía lo más que podía. Mi primer concierto fue algo peor que un fracaso: fue
un éxito a medias. Fueron necesarias, para que me decidiera darlo, toda clase
de razones materiales y esa autoridad que ejerce sobre nosotros la gente de
mundo cuando nos quiere ayudar. Mi familia tenía en Viena numerosos parientes
lejanos; fueron para mí casi unos protectores, pero yo los consideraba unos
extraños. Mi pobreza les humillaba un poco; hubieran deseado verme célebre,
para no sentirse molestos al hablar de mí. Los veía raras veces; quizás me
guardasen rencor por no darles la ocasión de rehusarme una ayuda. Y, sin
embargo, me ayudaron. Lo hicieron, ya lo sé, de la manera que pudiera
resultarles menos costosa, pero no veo, amiga mía, con qué derecho exigiríamos
bondad.
Recuerdo
mi entrada en escena, en mi primer concierto. La asistencia era muy poco
numerosa, pero aún era demasiado para mí. Me ahogaba. No me gustaba aquel
público para el que el arte no es más que una vanidad necesaria; aquellas caras
compuestas disimulando las almas, la ausencia de alma. Concebía mal que se
pudiera tocar delante de desconocidos, a una hora fija y por un salario
entregado de antemano. Adivinaba las opiniones que se creerían obligados a
formular al salir; odiaba su gusto por un énfasis inútil e incluso el interés
que sentían por mí al pertenecer yo a su mundo. Odiaba el esplendor ficticio
con el que se adornaban las mujeres. Prefería incluso a los auditores de
conciertos populares que di alguna vez en salas miserables, por la noche, en
donde a veces aceptaba tocar gratuitamente. La gente iba allí con la esperanza
de instruirse. No es que fueran más inteligentes que los otros, pero tenían
mejor voluntad. Habían tenido que vestirse lo mejor posible, después de cenar;
habían tenido que consentir en pasar frío durante dos largas horas, en una sala
mal iluminada. La gente que va al teatro busca olvidarse de ella misma; los que
van al concierto tratan más bien de
encontrarse. Entre la dispersión del día y la disolución del sueño, vuelven a
sumergirse en lo que son. Caras
fatigadas de los auditores de por la noche, caras que descansan en sus sueños y
parecen bañarse en ellos... Mi cara... ¿Y no soy yo también muy pobre, yo que
no tengo ni amor, ni fe, ni deseo confesable, yo que no puedo contar más que
conmigo mismo y que casi siempre me soy infiel?
El
invierno siguiente fue un invierno lluvioso. Cogí frío. Estaba demasiado
acostumbrado a estar siempre algo enfermo para inquietarme cuando lo estaba de
verdad. Durante el año del que te estoy hablando volvieron a aparecer los
trastornos nerviosos sufridos en mi infancia. Aquel enfriamiento, del que no me
preocupé, me debilitó más todavía: caí enfermo, y esta vez muy grave.
Comprendí
entonces la felicidad de estar solo. Si hubiera sucumbido, en aquella época, no
hubiera tenido que echar de menos a nadie. Era el despego absoluto.
Precisamente, una carta de mis hermanos me había comunicado que mi madre había
muerto hace ya un mes. Me entristeció, sobre todo por no haberlo sabido antes.
Parecía como si me hubieran robado algunas semanas de dolor. Estaba solo. El
médico del barrio, al que habían llamado mis vecinos, pronto dejó de venir y
mis vecinos se cansaron de cuidarme. Me sentía contento así. Estaba tan sereno
que ni siquiera sentía la necesidad de resignarme. Miraba cómo mi cuerpo se
debatía, se ahogaba, sufría. Mi cuerpo quería vivir. Había en él una fe en la
vida que yo mismo admiraba: casi me arrepentí de haberlo despreciado,
desanimado y castigado cruelmente. Cuando me puse mejor, cuando pude
incorporarme en la cama, mi espíritu seguía incapaz de largas reflexiones. Fue
mi cuerpo el que me proporcionó las primeras alegrías. Recuerdo la belleza casi
sagrada del pan, el humilde rayo del sol que me calentaba la cara y el vértigo
que me causó la vida. Llegó el día en que me pude asomar a la ventana abierta.
La calle en que yo vivía, en un barrio de Viena, era una calle gris, pero hay
momentos en que basta con ver sobresalir un árbol por detrás de una muralla
para saber que existen bosques. Aquel día, gracias a mi cuerpo, tuve mi segunda
revelación de la belleza del mundo. Ya sabes cuál fue la primera. También
lloré, como la primera vez, no tanto de felicidad ni de agradecimiento; lloré de que la vida
fuera tan sencilla y tan fácil si nosotros lo fuéramos lo bastante para
aceptarla tal como es.
Lo
que le reprocho a la enfermedad es que nos permite renunciar demasiado
fácilmente. Nos creemos curados del deseo, pero en la convalecencia nos llega
la recaída y nos damos cuenta, siempre con el mismo estupor, de que la alegría
puede aún hacernos sufrir. Durante los meses que siguieron, creí poder
continuar viendo la vida con los ojos indiferentes de los enfermos. Persistía
en pensar que quizás no me quedaba mucho tiempo, me perdoné mis culpas, como
Dios, sin duda, nos perdonará después de la muerte. Ya no me reprochaba el
sentirme conmovido con exceso por la belleza humana; veía la debilidad de
convaleciente en aquellos ligeros estremecimientos del corazón, la turbación
excusable de un cuerpo nuevo ante la vida. Volví a mis lecciones y a mis
conciertos. Era necesario, porque mi enfermedad me había costado muy cara. Casi
nadie había pensado en preguntar por mí. Las gentes, en cuyas casas daba
clases, no se dieron cuenta de que aún estaba muy débil. No hay que guardarles
rencor. Yo no era para ellos más que un joven dulce, aparentemente razonable y
cuyas lecciones no eran caras. Me consideraban únicamente desde ese punto de
vista, y mi ausencia no significaba para ellos más que un contratiempo. En
cuanto fui capaz de dar un paseo largo, me dirigí a casa de la princesa
Catalina.
El
príncipe y la princesa de Mainau pasaban en Viena, por aquel entonces, unos
cuantos meses del invierno. Me temo, amiga mía, que sus pequeños defectos
mundanos nos hayan impedido apreciar lo que había de extraordinario en aquella
gente de antes. Eran los supervivientes de un mundo más razonable que el
nuestro, por ser precisamente, más frívolo, menos preocupado. El príncipe y la
princesa tenían esa afabilidad fácil, suficiente, en las pequeñas casas, para
reemplazar la verdadera bondad. Éramos un poco parientes por parte de las
mujeres; la princesa recordaba haberse educado con mi abuela materna en un
colegio de monjas alemanas. Le gustaba recordar aquella intimidad tan lejana,
ya que era de esas mujeres que sólo ven en la edad una nobleza más: quizás su
única coquetería consistiera en rejuvenecer su alma. La belleza de Catalina de
Mainau no era más que un recuerdo; en vez de espejos, en su habitación tenía
unos retratos de otros tiempos. Pero se sabía que había sido hermosa. Decían
que había inspirado vivas pasiones y también las había sentido; tuvo penas que
no le duraron mucho tiempo. Supongo que le ocurría con sus pesares igual que
con los trajes de noche: sólo se los ponía una vez, pero los guardaba todos,
así que tenía armarios de recuerdos. Tú decías, amiga mía, que la princesa
tenía el alma de encajes.
Yo
iba raras veces a sus fiestas, pero siempre me recibía bien. No sentía por mí
(yo me daba cuenta) verdadero cariño, sino sólo un afecto distraído de vieja
señora indulgente. Y sin embargo, yo caso la quería. Me gustaban sus manos, un
poco hinchadas, apretadas por el anillo de las sortijas, sus ojos cansados y su
acento límpido. La princesa, como mi madre, empleaba ese francés dulce y fluido
del siglo de Versalles que da a las menores palabras la gracia anticuada de una
lengua muerta. Encontraba en ella, como después lo encontré en ti, un poco de
mi hablar natal. Hacía todo lo que podía para formarme a la vida mundana; me
prestaba libros de poetas; escogía los que eran tiernos, superficiales y
difíciles. La princesa de Mainau me creía razonable: era el único defecto que
no perdonaba. Me interrogaba, riendo, sobre las jóvenes que encontraba en su
casa; le extrañaba que no me enamorase de ninguna. Aquellas simples preguntas
eran para mí un suplicio. Naturalmente, ella se daba cuenta: me encontraba
tímido y más joven de mi edad. Yo le agradecía que me juzgara así. Cuando somos
desgraciados y nos creemos muy culpables, hay algo tranquilizador en ser
tratados como niños sin importancia.
Sabía
que yo era muy pobre. La pobreza, como la enfermedad, eran cosas feas de las
que se apartaba. Por nada del mundo hubiera consentido en subir cinco pisos. No
la censures, era de una delicadeza infinita. Quizás fuera para no herirme por
lo que me hacía regalos inútiles, y los más inútiles son a veces los más
necesarios. Cuando se enteró de que estaba enfermo, me envió flores, no tenemos
que sentirnos avergonzados por vivir en una habitación sórdida. Era más de los
que yo esperaba de nadie; no creía que hubiese en la tierra alguien tan bueno
que me enviara flores. Por entonces, ella sentía pasión por las lilas color
malva; gracias a ella tuve una convalecencia perfumada. Ya te he dicho lo
triste que era mi habitación; quizás, sin las lilas de la princesa Catalina,
nunca hubiera tenido el valor de curarme.
Cuando
fui a darle las gracias, todavía me encontraba muy débil. La vi, como de costumbre, sentada ante uno de
esos trabajos de aguja que raras veces tenía la paciencia de acabar. Mi
agradecimiento le extrañó; ya no se acordaba de haberme enviado flores. Amiga
mía, esto me indignó: parece como si la belleza de un regalo disminuyera cuando
el que lo hace no le da importancia. Las persianas, en casa de la princesa
Catalina, estaban siempre cerradas; vivía, por gusto, en un perpetuo crepúsculo
y, sin embargo, el olor polvoriento de la calle invadía la habitación; se daba
uno cuenta de que empezaba el verano. Yo pensaba, con una abrumadora fatiga,
que tendría que soportar aquellos cuatro meses de verano. Pensaba en las
lecciones que se harían cada vez más escasas, en los inútiles paseos nocturnos
en busca de un poco de frescor, en el nerviosismo, en el insomnio y en otros
peligros más. Tenía miedo de volver a caer enfermo; terminé por quejarme, en
voz alta, de que el verano llegara tan pronto. La princesa de Mainau lo pasaba
en Wand, una antigua propiedad que le venía de los suyos. Wand sólo era para mí
un nombre indefinido, como todos los de los lugares en que creemos no ir a
vivir jamás; tardé algún tiempo en comprender que la princesa me invitaba. Me
invitaba por piedad. Me invitaba alegremente, ocupándose de escogerme una
habitación, tomando, por decirlo así, posesión de mi vida hasta el próximo
otoño. Entonces sentí vergüenza por parecer, al quejarme, esperar algo. No tuve
el valor de castigarme rechazando su oferta y además ya sabes lo difícil que es
llevarle la contraria a la princesa Catalina.
Fui
a Wand pensando que pasaría allí tres
semanas: permanecí varios meses. Fueron unos largos meses inmóviles.
Transcurrieron lentamente, de manera maquinal y verdaderamente insensible; se
hubiera dicho que yo esperaba algo sin saberlo. La existencia allí era
ceremoniosa aun siendo muy sencilla; probé la calma de aquella vida más fácil.
No puedo decir que Wand me recordaba a Woroïno; si embargo, sentía la misma
impresión de vejez y de eternidad tranquila. La riqueza parecía haberse
instalado en aquella casa de la misma manera que la pobreza lo había hecho en
la nuestra. Los príncipes de Mainau siempre habían sido ricos; por tanto no
podía uno extrañarse de que lo fueran y
ni siquiera los pobres se irritaban por ello. El príncipe y la princesa daban
muchas recepciones: vivíamos entre libros recién llegados de Francia,
partituras abiertas y cascabeles de coches de caballos. En ese ambiente culto
y, sin embargo frívolo, parece como si la inteligencia fuera un lujo más. Sin
duda, el príncipe y la princesa son eran amigos míos: eran mis protectores. La
princesa me llamaba, riendo, su músico extraordinario; me exigían, por las
noches, que me sentara a tocar el piano. Yo sentía muy bien que, ante aquella
gente de mundo, sólo podía tocar una música banal, superficial como todas
aquellas palabras que decían, pero también había belleza en aquellas arias
olvidadas.
Aquellos
meses pasados en Wand me parecen una larga siesta durante la que yo me
esforzaba por no pensar en nada. La princesa no quiso que interrumpiera mis
conciertos; me ausenté para dar varios de ellos en algunas grandes ciudades
alemanas. A veces me encontraba allí con tentaciones bien conocidas, pero no
eran más que un incidente. Al regresar a Wand, se me borraba hasta el recuerdo:
hacía uso una vez más, de mi aterradora facultad de olvido. La vida de la gente
de mundo se limita, en superficie, a algunas ideas agradables o, por lo menos,
decentes. Se sabe que existen realidades humillantes, pero se vive como si no
hubiera que soportarlas. Es como si acabaran por confundir el traje con el
cuerpo. Claro que yo no era capaz de un error tan grosero: he llegado hasta a
mirarme desnudo. Sólo que cerraba los ojos. Yo no era feliz, en Wand, antes de
tu llegada; sólo estaba adormecido. Después, llegaste tú. Tampoco fui feliz a
tu lado, pero imaginé la existencia de la felicidad. Fue como el sueño de una
tarde de verano.
Sabía
de ti, de antemano, todo lo que se puede saber de una chica joven, es decir,
poca cosa o muy pequeñas cosas. Me habían dicho que eras muy hermosa, perfecta
y rica. No me habían dicho lo buena que eras; la princesa lo ignoraba o puede
ser que la bondad para ella sólo fuera una cualidad superflua: pensaba que la
simpatía es suficiente. Muchas chicas jóvenes son hermosas; también las hay
ricas y perfectas, pero yo no encontraba ninguna razón para interesarme por
todo eso. Que no te extrañe, amiga mía, que tantas descripciones fueran
inútiles: hay en el fondo de todo ser perfecto, algo único que desconcierta al
elogio. La princesa quería que te admirase antes de conocerte, así que te
imaginé menos sencilla de lo que eres. Hasta entonces no me había sido desagradable
representar en Wand el papel de un invitado muy modesto, pero me parecía que
querían forzarme a brillar ante ti. Yo me sentía incapaz y las caras nuevas
siempre me intimidaban. Si hubiera dependido de mí, me hubiera marchado antes
de tu llegada, pero me fue imposible. Ahora comprendo con qué intención me
retuvieron el príncipe y la princesa; por desgracia, eran dos viejos empeñados
en proporcionarme la felicidad.
Tienes
que perdonar a la princesa Catalina. Me conocía lo bastante poco para creerme
digno de ti. La princesa sabía que eras muy piadosa; yo también lo era, antes
de conocerte, de una piedad timorata e infantil. Claro que yo era católico y tú
protestante; pero eso importaba tan poco... La princesa se figuraba que un
nombre de rancio abolengo sería suficiente para compensar mi pobreza, y los
tuyos también razonaron de la misma manera. Catalina de Mainau se compadecía,
puede que exageradamente, de mi vida solitaria y a menudo difícil; temía para
ti un marido vulgar; se creyó obligada, de alguna manera, a reemplazar a tu
madre y ala mía. Y además, yo era pariente suyo; también quiso complacer a mi
familia. La princesa de Mainau era sentimental: le gustaba vivir en una
atmósfera un poco sosa de noviazgos alemanes; el matrimonio era para ella una
comedia de salón sembrada de ternuras y sonrisas en la que aparece la felicidad
al llegar el quinto acto. La felicidad no llegó, Mónica; pero quizás seamos
incapaces de alcanzarla y no es culpa de la princesa de Mainau.
Creo
haberte dicho que el príncipe me había contado tu historia. Creo que más bien
la historia de tus padres, porque la de las jovencitas es siempre una historia
interior; su vida es un poema antes de llegar a ser un drama. Escuché aquella
historia con indiferencia, como uno de aquellos interminables relatos de caza y
viaje en los que el príncipe se perdía, por la noche, después de largas cenas.
Y era en verdad un relato de viajes, puesto que el príncipe había conocido a tu
padre en el curso de una expedición, ya lejana, a las Antillas francesas. El
doctor Thiébaut fue en célebre explorador; se había casado bastante mayor; tú
habías nacido allí. Luego, tu padre, al quedarse viudo, dejó las Islas y habías
vivido en una provincia francesa, en casa de unos parientes de tu padre. Habías
crecido en un ambiente severo, pero muy cariñosos. Tu infancia fue la de una
niña feliz. Cierto es, amiga mía, que no necesitas que te cuente tu historia:
la sabes mejor que yo. Tu vida transcurrió, día tras día, versículo por versículo,
a la manera de un salmo. No es necesario siquiera que la recuerdes: te ha hecho
como eres, y tus gestos, tu voz, toda tú, dan testimonio de ese pasado
tranquilo.
Llegaste
a Wand un día, a finales del mes de agosto, a la hora del crepúsculo. No
recuerdo exactamente los detalles de esa aparición; no sabía que entrabas, no
sólo en aquella casa alemana, sino también en mi vida. Recuerdo solamente que
ya había oscurecido y que las lámparas del vestíbulo aún no estaban encendidas.
No era la primera vez que ibas a Wand, así que las cosas tenían para ti algo
familiar; también ellas te conocían. Estaba demasiado oscuro para que yo
pudiera distinguir tus facciones; sólo me di cuenta de que estabas muy
tranquila. Amiga mía, las mujeres son raras veces tranquilas: son plácidas o
bien febriles. Tú eras serena a la manera de una lámpara. Conversabas con tus
huéspedes, decías sólo las palabras que había que decir y hacías sólo los
gestos que había que hacer; todo era perfecto. Aquella tarde estuve más tímido
aún que de costumbre; hubiera descorazonado hasta a tu bondad. Sin embargo, no
sentía antipatía hacia ti. Tampoco te admiraba: estabas demasiado lejos. Tu
llegada me apreció simplemente un poco menos desagradable de lo que yo había
temido al principio. Ya ves que te digo la verdad.
Trato
de revivir, lo más exactamente posible, las semanas que nos llevaron al
noviazgo. Mónica, no es fácil. Tengo que evitar las palabras felicidad o amor,
porque, en fin, yo no te he amado. Sólo que llegaste a ser para mí algo
querido. Ya te he contado lo sensible que yo era a la dulzura de las mujeres:
sentía, al lado tuyo, un sentimiento nuevo de confianza y de paz. Te gustaban,
igual que a mí, los largos paseos por el campo que no conducen a ninguna parte.
Yo no necesitaba que condujeran a ninguna parte; me bastaba con sentirme
tranquilo a tu lado. Tu natural pensativo congeniaba con la timidez: nos
callábamos juntos. Luego, tu hermosa voz grave, un poco velada, tu voz bañada
de silencio, me interrogaba suavemente sobre mi arte y sobre mí; yo comprendía
que sentías hacia mí una especie de tierna compasión. Eras buena. Sabías lo que
era el sufrimiento por haberlo curado y consolado muchas veces: adivinabas en
mí al joven enfermo o al joven pobre. Tan pobre era, que no te amaba. Sólo te
encontraba dulce. A veces se me ocurría pensar que hubiera sido feliz siendo tu
hermano. No iba más lejos. No era lo bastante presuntuoso para imaginar otra
cosa, o quizás, mi naturaleza se callaba. Cuando lo pienso, era ya mucho que se
callara.
Eras
muy piadosa. En aquella época, tu y yo creíamos todavía en Dios, en ese Dios
que tantas gentes nos describen como si lo conocieran. Sin embargo, nunca
hablabas de El porque lo sentías presente. Se habla sobre todo de los que se
ama cuando están ausentes. Tú vivías en Dios. Te gustaban, como a mí, los
viejos libros de los místicos, que parecen haber mirado la vida y la muerte a
través de un cristal. Nos prestábamos libros. Los leíamos juntos, pero en voz
alta, sabíamos demasiado bien que las palabras siempre rompen algo. Eran dos
silencios acordes. Nos esperábamos al llegar al final de la página: tu dedo seguía los renglones de las oraciones
empezadas como si se tratase de seguir un camino. Un día en que me sentí más
valiente y tú más dulce que de costumbre, te confesé que tenía miedo de
condenarme. Sonreíste gravemente para darme confianza. Entonces, bruscamente,
aquella idea me pareció pequeña, miserable y muy lejos; comprendí, aquel día,
la indulgencia de Dios.
Así
que mis recuerdos son recuerdos de amor. Sin duda, no era una verdadera pasión,
pero no estoy seguro de que una pasión me hubiera hecho mejor o más dichosos.
Sin embargo, me doy cuenta demasiado bien de todo el egoísmo contenido en aquel
sentimiento: me apegaba a ti. Apego: desgraciadamente, es la única palabra que
conviene. Transcurrían las semanas: la princesa encontraba todos los días
alguna razón para retenerte; creo que empezabas a habituarte a mí. Habíamos
llegado a intercambiar nuestros recuerdos de infancia; conocí algunos dichosos
gracias a ti; por mí, tú los conociste tristes: fue como si hubiéramos
desdoblado nuestro pasado. Cada hora que pasaba añadía algo a aquella intimidad
tímidamente fraternal. Me di cuenta, con temor, de que habían terminado por
creernos novios.
Le
abrí mi corazón a la princesa Catalina. No decírselo todo: insistí sobre la
extremada indigencia en que se debatía mi familia; tú eras, por desgracia,
demasiado rica para mí. Tu nombre, ya célebre en el mundo de la ciencia desde
hacía dos generaciones, valía seguramente más que un pobre título de nobleza
austriaca. En fin, me atreví a hacer alusión a faltas anteriores, de naturaleza
muy grave, que me prohibían pretender tu amor, pero que naturalmente no pude
precisar. Esta semiconfesión, que fue para mí muy penosa, no consiguió más que
hacerla sonreír. Mónica, ni siquiera me creyeron. Tropecé con la testarudez de
gentes frívolas. La princesa se había propuesto unirnos de una vez por todas:
tenía de mí una idea favorable que no volvió a modificar. El mundo, a veces
demasiado severo, compensa su dureza con su falta de atención. No sospechan de
nosotros, simplemente. La princesa de Mainau decía que la experiencia la había
vuelto frívola: ni ella ni su marido me tomaron en serio. Les pareció que mis
escrúpulos eran el testimonio de un amor verdadero; porque estaba inquieto, me
creyeron desinteresado.
La
virtud tiene sus tentaciones, como todo; mucho más peligrosas porque no
desconfiamos de ellas. Antes de conocerte, yo soñaba con el matrimonio. Los que
llevan una existencia irreprochable, sueñan quizá con otras cosas; nos
compensamos así de no tener más que una naturaleza y de no vivir más que uno de
los aspectos de la felicidad. Jamás, ni en los momentos de completo abandono,
había tenido, en mi familia, admirables ejemplos de ternura femenina; mis ideas
religiosas me llevaban a ver, en el matrimonio, el único ideal inocente y
permitido. Imaginaba que una joven muy dulce, muy afectuosa y muy grave
terminaría algún día por enseñarme a amarla. No había conocido, fuera de mi
casa, a ninguna que se le pareciera: pensaba en las jovencitas de sonrisa
pálida que vemos en las páginas de los viejos libros, Julie von Charpentier o
Thérèse de Brunswick. Eran imaginaciones un poco vagas y desgraciadamente muy
puras. Además, un sueño no es una esperanza; nos basta con él; incluso nos
parece más dulce cuando lo creemos imposible, porque no sentimos la inquietud
de tener que vivirlo algún día.
¿Qué
debía hacer? No me atrevía a decírselo todo a una jovencita, aunque su alma
fuera ya un alma de mujer. Me hubieran faltado los términos precisos; hubiera
dado de mis actos una imagen debilitada o quizás excesiva. Decírtelo todo era
perderte. Si consentías en casarte conmigo, a pesar de todo, era como echar una
sombra sobre la confianza que tenías en mí. Yo necesitaba esa confianza para
obligarme, de alguna manera, a no traicionarla. Me creía con derecho (deber,
más bien) a no rechazar la única tabla de salvación que la vida me ofrecía.
Sentía que había llegado al límite de mi valentía: comprendía que solo no me
iba a curar nunca. En aquella época quería curarme. Termina uno por cansarse de
vivir solamente formas furtivas y despreciadas de felicidad humana. Hubiera
podido, con una sola palabra, romper aquel noviazgo silencioso; hubiera
encontrado excusas; me habría bastado con decir que no te quería. Me abstuve de
ello, no porque la princesa, mi única protectora, no me hubiera perdonado
jamás, sino porque esperaba en ti. Me
dejé deslizar, no digo hacia la dicha (amiga mía, no somos felices), sino más
bien hasta este crimen. El deseo de obrar bien me condujo más bajo que los
cálculos más inicuos: te robé tu porvenir. No te aporté nada: ni siquiera ese
gran amor con el que contabas; lo poco que tenía de virtud fue cómplice de
aquella mentira, y mi egoísmo fue todavía más odioso por creerse legítimo.
Tú
me querías. No soy tan presuntuoso como para creer que estabas enamorada de mí.
Aún hoy me pregunto cómo pudiste adoptarme así. Cada uno de nosotros sabe poca
cosa sobre el amor, tal como lo entienden los demás. O bien, te gusté. Te gusté
gracias a esas cualidades que crecen a la sombra de nuestros defectos más
graves: la debilidad, la indecisión, la sutileza. Sobre todo, creo que me
comprendiste. Había sido lo bastante imprudente para inspirarte piedad; porque habías sido buena durante
algunas semanas, encontraste natural serlo durante toda la vida: creíste que
bastaba con ser perfecta para ser dichosa; yo creí que para ser dichoso,
bastaba con no ser culpable.
Nos
casamos en Wand, un día de octubre bastante lluvioso. Yo hubiera preferido,
Mónica, que nuestro noviazgo hubiera sido más largo; me gusta que el tiempo nos
lleve, y que nos arrastre. No estaba exento de inquietud ante aquella
existencia que se abría ante mí, piensa que tenía veintidós años y que tú eras
la primera mujer que ocupaba mi vida. Pero
a tu lado todo parecía sencillo y yo te agradecía el que me asustaras
tan poco. Los huéspedes del castillo se habían marchado uno tras otro. Nosotros
también pensábamos marcharnos, irnos juntos. Nos casamos en la iglesia del
pueblo, y como tu padre se había ido a una de sus lejanas expediciones, sólo
asistieron a nuestra boda algunos amigos y mi hermano. Vino mi hermano, a pesar
de que aquel desplazamiento le costara caro; me dio las gracias con una especie
de efusión por haber, me dijo, salvado a nuestra familia. Comprendí que hacía
alusión a tu fortuna y me dio vergüenza. No respondí nada. No obstante, amiga
mía, ¿acaso hubiera sido yo más culpable sacrificándote a mi familia que
sacrificándote a mí mismo? Era, recuerdo, uno de esos días mezcla de sol y de
lluvia, que cambian fácilmente de expresión, igual que un rostro humano.
Parecía como si quisiera hacer bueno y yo quisiera ser feliz. Dios mío, era
feliz. Era feliz con timidez.
Y
ahora Mónica, tendría que haber un silencio. Aquí debe acabar el diálogo
conmigo mismo para comenzar el de dos almas y dos cuerpos unidos. Unidos o
simplemente juntos. Para decirlo todo, amiga mía, haría falta una audacia que
no quiero tener: haría falta sobre todo ser también una mujer. Quisiera tan
sólo comparar mis recuerdos con los tuyos, vivir despacio aquellos momentos de
tristeza o de penosa felicidad que quizás hemos vivido demasiado deprisa. Me
vuelven a la memoria pensamientos casi desvanecidos, confidencias tímidas
murmuradas en voz baja, música muy discreta que hay que escuchar atentamente
para oírla. Pero voy a tratar, si es posible, de escribir también en voz baja.
Mi
salud, que seguí siendo precaria, te inquietaba, tanto más que yo no me quejaba
nunca. Te empeñaste en que pasáramos los primeros meses juntos en países de
clima menos rudo: el mismo día de nuestra boda salimos para Méran. Luego, el
invierno nos echó hacia otros lugares aún más cálidos; pude ver el mar por
primera vez y el mar con sol. Pero eso no tiene importancia. Al contrario,
hubiera preferido otras regiones más tristes, más austeras, en armonía con la
existencia que yo me esforzaba en desear vivir. Aquellas comarcas llenas de
despreocupación y felicidad carnal me inspiraban al mismo tiempo desconfianza y
turbación; siempre sospechaba que en la alegría estuviera contenido el pecado.
Cuanto más reprensible me había parecido mi conducta, más me había agarrado a
las ideas morales rigurosas que condenaban mis actos. Nuestras teorías, Mónica,
cuando no son formadas por nuestros instintos, son las defensas que oponemos a
éstos. Me molestaba que me llamaras la atención sobre el corazón demasiado rojo
de una rosa, sobre una estatua o la belleza morena de un niño que pasaba;
sentía una especie de terror ascético hacia aquellas cosas inocentes. Y por la
misma razón, hubiera preferido que fueras menos hermosa.
Habíamos
ido retrasando, por una especie de tácito acuerdo, el instante en que os
perteneceríamos del todo uno al otro. Pensaba en ello con un poco de inquietud,
y de repugnancia, también; me parecía como si aquella intimidad demasiado
grande fuera a estropear o a envilecer algo. Y además, no podemos saber lo que
harán surgir entre dos seres las simpatías o antipatías de los cuerpos. Quizás
no fueran ideas muy sanas, pero en fin, eran las mías. Cada noche me preguntaba
si me atrevería a ir a tu cuarto; no me atrevía. Por fin, tuve que hacerlo; sin
duda, ya no hubieras comprendido. Pienso, con un poco de tristeza, que
cualquier otro que no fuera yo hubiera apreciado mucho más la belleza (la
bondad) de ese don, tan sencillo, de ti misma. No quisiera decir nada que
pudiera herirte, ni aun menos hacerte sonreír, pero casi me pareció un don
maternal. Más tarde, he visto a tu hijo acurrucarse junto a ti y he pensado que
el hombre, sin saberlo, busca sobre todo en la mujer el recuerdo del tiempo en
que su madre lo abrazaba. Por lo menos, esto es verdad tratándose de mí.
Recuerdo, con infinita piedad, tus esfuerzos un poco inquietos para
tranquilizarme, consolarme, alegrarme, quizás; y casi creo haber sido yo tu
primer hijo.
Yo
no era feliz. Es cierto que sentía alguna decepción por esa falta de felicidad;
pero, en fin, me resignaba. Había renunciado a la felicidad o por lo menos a la
alegría. Además, me decía que los primeros meses de una unión son raras veces
los más dulces y que dos seres, bruscamente unidos por la vida, no pueden
fundirse tan rápidamente uno en el otro para no hacer más que uno solo. Hacen
falta mucha paciencia y mucha buena voluntad. Las teníamos de sobra los dos. Me
decía también, con más justeza todavía, que la alegría no nos es debida y que
no tenemos razón al quejarnos. Todo vendría a ser lo mismo, si fuéramos
razonables y quizá la dicha no sea más que una desgracia mejor soportada. Me
decía todo esto porque el valor consiste en dar razón a los acontecimientos,
cuando no podemos cambiarlos. Por tanto, que la insuficiencia esté en la vida o
sólo en nosotros, es igual y sufrimos lo mismo. Y tú tampoco, amiga mía eras
feliz...
Tenía
veinticuatro años. Era poco más o menos la edad de mis hermanas mayores. Pero
tú no eras, como ellas, apagada y tímida: había en ti una vitalidad admirable.
No habías nacido para una existencia de pequeñas penas o pequeñas alegrías;
había demasiada vida dentro de ti. De soltera, te había hecho del matrimonio,
una idea muy severa y grave, un ideal más lleno de ternura que de amor. Y, sin
embargo, sin saberlo tú misma, en el encadenamiento estrecho de aquellos
deberes aburridos y a menudo difíciles, que debían según tú componer el
porvenir, metías algo más. Las costumbres no permiten en la mujer la pasión;
sólo se les consiente al amor; quizá por eso amen tan totalmente. No me atrevo
a decir que habías nacido para una existencia de placer; hay algo culpable o
por lo menos prohibido en esa palabra; prefiero decir, amiga mía, que habías
nacido para conocer y para dar la alegría. Habría que tratar de volvernos lo
bastante puros para comprender toda la inocencia dela alegría, esa forma llena
de sol de la felicidad. Habías creído que era suficiente ofrecerla para
obtenerla a cambio; no afirmo que hubieras sufrido una decepción: hace falta
mucho tiempo para que un sentimiento, en una mujer, se transforme en
pensamiento, pero estabas triste.
Así
que no te amaba. Habías renunciado a pedirme ese gran amor, que sin duda
ninguna mujer me inspirará jamás, puesto que no lo he sentido por ti. Pero eso
tú lo ignorabas. Eras demasiado razonable para no resignarte a aquella vida sin
salida, pero demasiado sana para no sufrir por ello. Siempre somos los últimos
en darnos cuenta del sufrimiento que causamos, y, además, tú lo escondías. En
los primeros tiempos te creí casi feliz. Te esforzabas por apagarte, para
gustarme, llevabas trajes oscuros, de tela gruesa, que disimulaban tu belleza
porque el menos esfuerzo por arreglarte me asustaba (ya entonces lo
comprendías), como una ofrenda de amor. Sin estar enamorado, sentía por ti un
cariño inquieto: la ausencia de un momento me entristecía todo el día y no hubiera
podido saber si sufría por estar lejos de ti, o bien, simplemente, tenía miedo
de estar solo. Yo mismo no lo sabía. Luego, en cambio, tenía miedo de estar
contigo, de estar solos y juntos. Te rodeaba de una atmósfera de ternura
enervante: te preguntaba veinte veces seguidas si me querías, aunque sabía
demasiado bien que era imposible.
Nos
esforzábamos por practicar una devoción exaltada que ya no correspondía a
nuestras verdaderas creencias: aquellos a quienes todo falta se apoyan en Dios
y es precisamente en ese momento cuando Dios les falta también. Con frecuencia
permanecíamos hasta muy tarde dentro de esas viejas iglesias acogedoras y
sombrías que visitábamos en los viajes; incluso habíamos cogido la costumbre de
rezar en ellas. Volvíamos por la noche, apretados uno contra otro, unidos por
lo menos por un fervor común. Encontrábamos pretextos para quedarnos en la
calle mirando vivir a los demás; la vida de los otros nos parece siempre fácil
porque no la vivimos. Sabíamos muy bien
que nuestra habitación nos esperaba en alguna parte, una habitación de paso,
fría, desnuda, abierta en vano sobre la tibieza de las noches italianas, sin
soledad, pero sin intimidad. Porque compartíamos la misma habitación, era yo
quien lo quería. Dudábamos todas las noches antes de encender la lámpara; su luz nos molestaba, pero no nos
atrevíamos a apagarla. Me encontrabas pálido; tú no lo estabas menos; tenía
miedo deque hubieras cogido frío y tú me reprochabas dulcemente haberme cansado
con oraciones demasiado largas. Éramos el uno para el otro de una desesperante
bondad. En aquella época sufrías mucho de insomnio y a mí también me costaba
dormirme; simulábamos la presencia del sueño para no tener que compadecernos
uno a otro. O bien, llorabas. Llorabas lo más silenciosamente posible para que
yo no me diese cuenta, y yo fingía entonces no oírte. Quizás valga más no darse
cuenta de las lágrimas cuando no podemos consolarlas.
Mi
carácter cambiaba; me volvía caprichoso, difícil, irritable, como si una de las
virtudes me dispensara de todas las demás. Me molestaba que no consiguieras
darme esa serenidad con la que yo había contado y que tanto me hubiera gustado,
Dios mío, conseguir. Había tomado la costumbre de las semiconfidencias: te
torturaba con confesiones siempre inquietantes por no ser completas.
Encontrábamos en las lágrimas una especie de satisfacción miserable: nuestro
doble desamparo terminaba uniéndonos tanto como la felicidad. Tú también te
transformabas. Parecía como si yo te hubiera robado tu serenidad de otros
tiempos, sin haber conseguido apropiármela. Tenías, como yo, impaciencias y
tristezas repentinas, imposibles de comprender; no éramos más que dos enfermos
apoyándose uno en el otro.
Había
abandonado completamente la música. La música formaba parte de un mundo en que
me había resignado ano vivir nunca más. Se dice que la música es el universo
del alma; puede ser, amiga mía; pero esto prueba simplemente que el alma y el
cuerpo son inseparables y que una contiene al otro como el teclado contiene a
los sonidos. El silencio que sucede a los acordes no tiene nada que ver con un
silencio corriente: es un silencio atento, es un silencio vivo. Un montón de
cosas insospechadas bullen dentro de nosotros al amparo de ese silencio y nunca
podemos saber lo que va a decirnos una música que acaba. Un cuadro, una
estatua, incluso un poema nos presentan ideas precisas que, de ordinario, no
nos llevan más lejos; pero la música nos habla de posibilidades sin límite. Es
peligroso exponerse a las emociones que proporciona el arte cuando uno ha
resuelto abstenerse de vivir. No soy de aquellos que le piden al arte la
compensación del placer: me gustan uno y otro, y no uno por el otro, estas dos
formas un poco tristes de todo deseo humano. Ya no componía. Mi impotencia ante
la vida se extendía lentamente a aquellos sueños de vida ideal, porque una obra
de arte, Mónica, es la vida soñada. Hasta la simple alegría que causa a todo
artista el acabado de una obra se había desecado, o por decir mejor, congelado
en mí. Quizás consistiera en que tú no entrabas en el mundo de la música: mi
renuncia, mi fidelidad no hubieran sido completas si yo me hubiera introducido
cada noche en un mundo de armonía en el que tú no entrabas. Ya no trabajaba.
Era pobre y hasta mi matrimonio había podido vivir a duras penas. Ahora
encontraba una especie de voluptuosidad en depender de ti, incluso de tu
fortuna: esta situación, un poco humillante, era una garantía contra mi antiguo
pecado. Mónica, creo que todos tenemos ciertos prejuicios muy extraños: es
cruel traicionar a una mujer que nos ama, pero sería odioso traicionar a
aquella cuyo dinero nos permite vivir.
Y
tú, tan activa, no te atrevías a censurar en voz alta mi completa inactividad:
temías que yo viera en tus palabras un reproche a mi pobreza.
El
invierno y luego la primavera pasaron. Nuestros excesos de tristeza nos habían
agobiado tanto como un libertinaje. Experimentábamos esa sequedad de corazón
que sigue al abuso de las lágrimas, y mi descorazonamiento se podía parecer a
la calma. Estaba casi asustado de sentirme tan tranquilo; creí haberme
conquistado. ¡Ay, se asquea uno tan pronto de sus conquistas! Acusábamos de
nuestro agotamiento al cansancio producido por los viajes: fijamos nuestra
residencia en Viena. Yo sentía algo de repugnancia al volver a la ciudad en
donde había vivido solo, pero tú tenías mucho interés, por delicadeza, en no
llevarme lejos de mi país natal. Yo me esforzaba por creer que sería, en Viena,
menos desgraciado que antes; era, sobre todo, menos libre. Te dejé escoger los
muebles y las cortinas de las habitaciones; te miraba con un poco de amargura,
ir y venir por aquellas habitaciones aún desnudas en donde íbamos a encarcelar
nuestra existencia. La sociedad vienesa se había prendado de tu belleza morena
y pensativa: la vida mundana, de la que no teníamos costumbre, nos permitió
olvidar durante algún tiempo lo solos que estábamos. Luego terminó por
cansarnos. Poníamos una especie de empeño en soportar el aburrimiento de
aquella casa demasiado nueva, en donde los objetos no traían ningún recuerdo y
donde los espejos no nos conocían. Mi esfuerzo por la virtud y tu tentativa de
amor ni siquiera conseguían distraernos.
Todo,
hasta una tara, puede tener sus ventajas para un espíritu lúcido; nos procura
una vista menos convencional del mundo. La vida menos solitaria y la lectura de
algunos libros me enseñaron la diferencia que existe entre las conveniencias
externas y la moral íntima. Los hombres no lo dicen todo, pero cuando, como yo,
se han tomado por costumbre ciertas reticencias, se da uno cuenta rápidamente
de que son universales. Yo había adquirido una aptitud singular para adivinar
los vicios y las debilidades escondidas; mi conciencia al desnudo me revelaba
la de los demás: Sin duda, aquellos a quienes yo me comparaba se hubieran
indignado de semejante comparación; se creían normales, quizás porque sus
vicios eran corrientes, pero ¿podía yo juzgarlos muy superiores a mí? Buscaban
un placer sólo para ellos mismos, y la mayoría de las veces no deseaban la
llegada de ningún hijo. Terminaba por decirme que mi único error (mi única
desgracia, más bien) era ser, no el peor de todos, sino únicamente diferente. E
incluso mucha gente se adapta a instintos parecidos a los míos; no es tan raro
ni tan extraordinario. Me reprochaba el haber tomado por lo trágico unos
preceptos desmentidos por tantos ejemplos —y la gran moral humana no es más que
un gran compromiso—. Dios mío, no censuro a nadie: cada uno incuba en silencio
sus secretos y sus sueños. Sin confesarlo nunca, sin confesárselo siquiera a sí
mismo y todo se explicaría si no mintiéramos. Así que yo me había estado
torturando por poca cosa, quizá. Puesto que ahora me conformaba a las reglas
morales más estrictas, me otorgaba el derecho a juzgarlas y se hubiera dicho
que mi pensamiento se atrevía a ser más libre desde que renunciaba a toda
libertad en la vida.
No
he dicho todavía cuánto deseabas tener un hijo. Yo también lo deseaba
apasionadamente. Sin embargo, cuando supe su llegada, no sentí mucha alegría.
Sin duda, el matrimonio sin hijos no es más que sensualidad permitida; si el
amor a la mujer es más digno de respeto que el otro, es únicamente porque
contiene el porvenir. Pero cuando la vida nos parece absurda y desprovista de
objeto, no es precisamente el momento en que podemos sentir alegría de
perpetuarla. Aquel niño, con el que los dos soñábamos, iba a venir al mundo
entre dos extraños: no era ni la prueba ni el complemento de la felicidad, sino
una compensación. Esperábamos vagamente que todo se arreglaría cuando estuviera
aquí, y yo lo había querido porque tú estabas triste. Incluso, al principio, sentías
timidez al hablarme de él; esto, más que cualquier otra cosa, demuestra lo
distantes que estaban nuestras vidas. Y, sin embargo, aquel pequeño ser
empezaba a ayudarnos. Pensaba en él un poco como si fuera el hijo de otro. Me
gustaba la dulzura de aquella intimidad, otra vez fraternal, en donde la pasión
no intervenía. Casi me parecía que eras mi hermana, o alguna próxima pariente
que habían confiado y a la que tenía que cuidar, tranquilizar y quizás consolar
de una ausencia. Habías terminado por querer mucho a aquella pequeña criatura
que, por lo menos, vivía ya dentro de ti. Mi satisfacción, tan confesable,
tampoco estaba desprovista de egoísmo: puesto que no había sabido hacerte
dichosa, encontraba natural descargarme en el niño.
Daniel
nació en junio, en Woroïno, en aquel triste país de la Montaña Blanca en donde
yo también nací. Quisiste que viniera al mundo en aquel paisaje de otro tiempo;
era para ti, como si me dieras más completamente a mi hijo. La casa, aunque
restaurada y repintada, seguía siendo la misma: sólo que parecía mucho mayor,
al ser nosotros menos. Mi hermano (ya no me quedaba más que un hermano) vivía
allí con su mujer; era gente muy provinciana a quien la soledad había hecho
salvaje, y la pobreza, temerosa. Te acogieron con una amabilidad un poco torpe,
y como venías algo cansada del viaje, te ofrecieron, como un honor, la
habitación grande en donde había muerto mi madre y en donde nacimos todos
nosotros. Tus manos, reposando sobre la blancura de las sábanas, casi me
parecían las suyas. Cada mañana, como en el tiempo en que yo entraba a ver a mi
madre, esperaba que esos largos dedos frágiles se posaran sobre mi cabeza para
bendecirme. Pero no me atrevía a pedirte semejante cosa: me contentaba con
besarlos, simplemente. Y, sin embargo, me hubiera hecho mucha falta aquella
bendición. La habitación era un poco sombría, con una cama presuntuosa entre
unas cortinas muy gruesas. Supongo que muchas mujeres de mi familia se habían
acostado en aquella cama para esperar al hijo o a la muerte, y que la muerte,
quizás no es más que el alumbramiento de un alma.
Las
últimas semanas de tu embarazo fueron penosas: una noche, mi cuñada vino a
decirme que rezara. No recé: me repetía solamente que sin duda ibas a morir.
Tenía miedo de no sentir una desesperación suficientemente sincera y sentía de
antemano como un remordimiento. Además, tú estabas resignada. Resignada como
los que no tienen mucho interés en vivir: yo veía un reproche en aquella
tranquilidad. Quizás te dieras cuenta de que nuestra unión no estaba destinada
a durar toda la vida y que terminarías por amar a otro. Tener miedo del
porvenir nos facilita la muerte. Yo cogía entre mis manos las tuyas, siempre un
poco febriles; nos callábamos los dos con un pensamiento común: tu posible
desaparición. Tu cansancio era tal que ni siquiera te preguntabas qué sería del
niño. Yo me decía, con rebeldía que la naturaleza es injusta con los que
obedecen sus leyes más claras, puesto que cada nacimiento pone en peligro dos
vidas. Todos hacemos sufrir cuando nacemos y sufrimos cuando morimos. Pero no
es nada el que la vida sea atroz; lo peor es que sea vana y sin belleza. La
solemnidad de un nacimiento, como la solemnidad de la muerte se pierden, para
los que a ellos asisten, en detalles repugnantes o simplemente vulgares. No me
dejaban entrar en tu habitación: te debatías entre los cuidados y las oraciones
de las mujeres, y como las lámparas permanecían encendidas toda la noche, se
notaba que esperaban a alguien. Tus gritos, que me llegaban a través de las
puertas cerradas, tenían algo de inhumano que me causaba horror. No había
pensado imaginarte, de antemano, en lucha con aquella forma animal del dolor y
sentía rencor hacia mí por aquel niño que te hacía gritar. Así es, Mónica, como
todo se enlaza, no sólo en la vida, sino también dentro del alma: el recuerdo
de aquellas horas en que te creí perdida contribuyó quizás al volverme de nuevo
del lado al que se inclinaban mis instintos.
Me
hicieron entrar en tu habitación para enseñarme al niño. Todo, ahora, volvía a
ser apacible; eras feliz, pero con una felicidad física hecha de cansancio y de
liberación. Sólo el niño lloraba en brazos de las mujeres. Supongo que sufría
por el frío, por el ruido de las palabras, las manos que lo manejaban y el
contacto de los pañales. La vida acababa de arrancarlo a las cálidas tinieblas
maternales: tenía miedo, supongo, y nada, ni siquiera la muerte, reemplazará
para él aquel asilo primordial, porque la muerte y la noche son tinieblas
frías, no animadas por el latido de un corazón. Me sentía tímido ante aquel
niño al que tenía que besar. Me inspiraba, no ternura, ni siquiera afecto, sino
una gran compasión, porque no sabemos nunca, ante un recién nacido, qué razones
para llorar le proporcionará el futuro.
Yo
me decía que tu hijo sería tuyo, Mónica, mucho más que mío. Heredaría de ti, no
sólo la fortuna que desde hacía tanto tiempo faltaba en Woroïno (y la fortuna,
amiga mía, no hace la felicidad, pero a menudo la permite), heredaría también
tus hermosos ademanes tranquilos, tu inteligencia y esa clara sonrisa que a
veces vemos en los cuadros franceses. Por lo menos, es lo que yo deseo. Por un
ciego sentimiento del deber, me había hecho responsable de su vida, con el
riesgo deque no fuera muy feliz por ser hijo mío y mi única disculpa era
haberle dado una madre admirable. Y no obstante, también me decía que era un
Gera, que pertenecía a esta familia cuyos miembros se transmiten preciosamente
pensamientos tan antiguos que hoy están ya fuera de uso, igual que los trineos
dorados o los coches de caballos. Descendía, como yo, de antepasados de
Polonia, de Poblia y de Bohemia; tendría sus mismas pasiones, sus desalientos
súbitos, su amor a la tristeza y a los placeres extravagantes, todas sus
fatalidades a las que habría que añadir las mías. Porque nosotros somos de una
raza muy extraña en la que la locura y la melancolía alternan de siglo en siglo
como los ojos negros y los ojos azules. Daniel y yo tenemos los ojos azules. El
niño dormía ya en la cama; las lámparas que había encima de la mesa alumbraban
confusamente las cosas, y los retratos de familia, que ya ni siquiera mirábamos a fuerza de haberlos
visto, dejaban de ser una presencia para convertirse en una aparición. Así que
la voluntad que expresaban las caras de mis antepasados había terminado por
realizarse; nuestro matrimonio había tenido una finalidad: nuestro hijo.
Gracias a él, aquella vieja raza se prolongaría en el porvenir. Ya importaba
poco que mi existencia continuara. Ya no les interesaba a los muertos y podía
desaparecer, morir o bien empezar a vivir otra vez.
El
nacimiento de Daniel no consiguió acercarnos: nos había decepcionado tanto como
el amor. No habíamos reanudado nuestra existencia en común y yo ya no me
apretaba contra ti por las noches, como un niño que tiene miedo de las
tinieblas. Volví a la habitación en que dormía cuando tenía dieciséis años. En
aquella cama, en donde volvería a encontrar, junto con mis sueños de antaño, el
hueco en otro tiempo formado por mi cuerpo, tenía la sensación de unirme
conmigo mismo. Amiga mía, creemos sin razón que la vida nos transforma: lo que
hace es desgastarnos y lo que desgasta en nosotros son las cosas aprendidas. Yo
no había cambiado, sólo que los acontecimientos se habían interpuesto entre mí
y mi propia naturaleza. Era el mismo que había sido, quizás de una forma aún
más profunda ya que, a medida que van cayendo una tras otra nuestras ilusiones
y nuestras creencias, conocemos mejor nuestro «yo» verdadero. Después de tanta
buena voluntad y de tantos esfuerzos, terminaba por encontrarme igual que
antes: con el alma un poco turbia, a la que dos años de virtud habían
desengañado. Mónica, parecía como si aquel largo trabajo maternal que se había
cumplido en ti te hubiera devuelto a tu sencillez primera: eras, igual que
antes de casarte, un ser joven y ansioso de felicidad, pero más firme, más
sereno y con menos estorbos en el alma. Tu belleza había adquirido una especie
de apacible abundancia; ahora era yo quien me sabía enfermo y me felicitaba por
ello. El pudor me impedirá decirte siempre la de veces que he deseado la muerte
durante aquellos meses de verano y no quiero saber si, al compararte a otras
mujeres más felices, has sentido rencor hacia mí por haberte estropeado el
porvenir. Nos queríamos, sin embargo, tanto como se puede querer cuando n o se
siente pasión uno por el otro; el verano (era el segundo desde nuestro
matrimonio) finalizaba algo apresuradamente, como ocurre en los países del
norte; terminábamos de disfrutar en silencio el final de un verano y el de una
ternura, que habían dado sus frutos y a los que no quedaba más que morir. Fue
con esa tristeza como la música volvió a mí.
Una
noche, en el mes de septiembre, la noche que precedió a nuestro regreso a
Viena, cedí a la atracción del piano que había permanecido cerrado hasta
entonces. Estaba solo, en el salón casi del todo a oscuras; era, ya te lo he
dicho, mi última noche en Woroïno. Desde hacía algunas semanas, una inquietud
física se había metido dentro de mí, fiebre, insomnios contra los que luchaba
en vano y de los que echaba la culpa al otoño. Hay música fresca con la que uno
se desaltera. Por lo menos, yo lo creía así. Me puse a tocar. Tocaba al
principio con precaución, suavemente, delicadamente, como si tuviera que dormir
a mi alma dentro de mí. Había escogido los trozos más serenos, puros espejos de
inteligencia de Debussy y de Mozart y se hubiera podido decir que, como antes
en Viena, le tenía miedo a la música turbia. Pero mi alma, Mónica, no quería
dormir. O quizás ni siquiera fuera el alma. Tocaba vagamente, dejando que cada
nota flotase en el silencio. Era (ya te lo he dicho) mi última noche en
Woroïno. Sabía que nunca más mis manos se unirían a aquellas techas, que nunca
más se llenaría la habitación de acordes gracias a mí. Interpretaba mis
sufrimientos físicos como un presagio fúnebre: había decidido dejarme morir.
Abandonando mi alma sobre la cumbre de los arpegios, como un cuerpo sobre el
reflujo de la ola, esperaba que la música me facilitara pronto la caída en el
abismo y en el olvido. Tocaba con decaimiento. Me decía que mi vida estaba por
rehacer y que nada cura, ni siquiera la misma curación. Me sentía demasiado
cansado para aquella sucesión de recaídas y de esfuerzos igualmente agotadores
y no obstante, disfrutaba ya, gracias a la música, de mi debilidad y de mi
abandono. Ya no era capaz, como en toro tiempo, de sentir desprecio por la vida
apasionada de la que, sin embargo, tenía miedo. Mi alma se había hundido más
profundamente en mi carne y lo que yo sentía, remontando de pensamiento en
pensamiento y de acorde en acorde, hacia mi pasado más íntimo y menos
confesable era, el no haber cometido la culpa, sino el haber rechazado las
posibilidades de felicidad. No era el haber cedido demasiadas veces, sino el
haber luchado demasiado tiempo y demasiado duramente.
Tocaba
con desesperación. El alma humana es más lenta que nosotros: esto me hace
admitir que podría ser más duradera. Siempre se queda un poco atrasada con
respecto a nuestra vida presente. Empezaba a comprender el sentido de aquella
música interior, de aquella música llena de alegría y de salvaje deseo que yo
había ahogado dentro de mí. Había reducido mi alma a una melodía única,
plañidera y monótona; había hecho de mi vida un silencio del que sólo podía
salir un salmo. No tengo la fe suficiente, amiga mía, para limitarme a los
salmos, y si me arrepiento de algo, es de mi arrepentimiento. Los sonidos,
Mónica, se esparcen en el tiempo, como las formas en el espacio y hasta que una
música no cesa, permanece en parte, sumergida en el porvenir. Hay algo emocionante,
para el que improvisa, en la elección de la nota que va a seguir. Empezaba a
comprender aquella libertad del arte y de la vida que sólo obedecen a las leyes
que les permiten desarrollarse. El ritmo sigue la subida de la turbación
interior: esta auscultación es terrible cuando el corazón late demasiado
aprisa. Lo que ahora nacía del instrumento dentro del cual yo había secuestrado
todo mi ser durante dos años, ya no era el canto del sacrificio, ni siquiera el
del deseo, ni el de la alegría ya cercana. Era el odio: odio hacia todo lo que
me había falsificado y aplastado durante tanto tiempo. Yo pensaba, con una
especie de placer cruel, que me estabas oyendo desde tu habitación; me decía
que sería suficiente como confesión y explicación.
Y
fue en aquel momento cuando se me aparecieron mis manos. Reposaban sobre las
techas, dos manos desnudas, sin sortijas ni anillos, y era como si tuviera ante
mis ojos a mi alma dos veces viva. Mis manos (puedo hablar de ellas puesto que
son mis únicas amigas) me parecían de repente extraordinariamente sensitivas;
incluso inmóviles parecían rozar el silencio como para incitarlo a revelarse en
acordes. Reposaban, todavía un poco temblorosas del ritmo, y había en ellas
todos los gestos futuros igual que dormían los sonidos dentro del teclado.
Habían anudado alrededor de los cuerpos la breve alegría de los abrazos; habían
palpado, en los teclados sonoros, la forma de las notas invisibles; habían, en
las tinieblas, encerrado con una caricia el contorno de los cuerpos dormidos. A
veces las había tenido levantadas en actitud de oración, a veces las había
unido a las tuyas, pero de todo eso ya no se acordaban. Eran manos anónimas,
las manos de un músico. Eran mi intermediario, a través de la música, ante ese
infinito al que llamamos Dios, y, por las caricias, mi forma de contacto con la
vida de los demás. Eran manos borrosas, tan pálidas como el marfil sobre el que
se apoyaban, porque yo las había privado del sol, de trabajo y de alegría. Y
sin embargo, eran unas sirvientas fieles; me habían alimentado, cuando la
música era mi gana-pan; y empezaba a comprender que hay algo de belleza en
vivir del arte, puesto que nos liberamos de todo lo que no lo es. Mis manos,
Mónica, me liberarían de ti. Podrían tenderse de nuevo sin obstáculos. Mis
manos libertadoras me abrían la puerta de salida. Quizás, amiga mía, sea
ridículo contarlo todo, pero aquella noche, torpemente, igual que se sella un
pacto con uno mismo, besé mis dos manos.
Si
paso rápidamente sobre los días que siguieron es que mis sensaciones no
conciernen ni conmueven a nadie más que a mí. Prefiero guardarme dentro mis
recuerdos íntimos, puesto que no puedo hablar de ellos delante de ti, a no ser
con las precauciones de pudor que se parece a la vergüenza y además mentiría,
si mostrara arrepentimiento. Nada iguala la dulzura de una derrota que sabemos
definitiva: en Viena, durante los últimos días soleados del otoño, tuve la
maravilla de recobrar mi cuerpo. Mi cuerpo, que me cura de tener un alma. Hasta
ahora, sólo has visto de mí los temores, los remordimientos y los escrúpulos de
conciencia, ni siquiera de la mía, sino de la de los demás que yo tomaba por
guía. No he sabido o no me he atrevido a decirte la adoración ardiente que me
hacen sentir la belleza y el misterio de los cuerpos, ni cómo, cada uno de
ellos, cuando se ofrece, parece aportarme un fragmento de juventud humana.
Amiga mía, vivir es difícil. Ya he edificado bastantes teorías morales como
para no construir otras y contradictorias: soy demasiado razonable para creer
que la dicha sólo yace al borde de la culpa, y el vicio, no más que la virtud,
no puede dar la alegría a los que no la llevan dentro, sólo que, incluso
prefiero la culpa (si de culpa se trata) a una denegación de mí tan próxima a
la demencia. La vida me ha hecho lo que soy, prisionero (si se quiere) de
instintos que yo no he escogido pero a los que me resigno, y esta aceptación,
espero, a falta de felicidad, me procurará la serenidad. Amiga mía, siempre te
he creído capaz de comprender, lo que es más difícil que perdonar.
Y
ahora, te digo adiós. Pienso con infinita dulzura en tu bondad femenina, más
bien maternal: te dejo con pena, pero envidio a tu hijo. Eras el único ser ante
quien yo me sentía culpable, pero el escribir mi vida me confirma a mí mismo;
termino por compadecerte sin condenarme con severidad. Te he traicionado, pero
no he querido engañarte. Eres de las que escogen siempre, por deber, el camino
más estrecho y más difícil; no quiero, implorando tu compasión, darte un
pretexto para sacrificarte más. No sabiendo vivir según la moral ordinaria,
trato, por lo menos, de estar de acuerdo con lamía. Es en el momento en que uno
rechaza todos los principios cuando conviene proveerse de escrúpulos. Había
contraído contigo compromisos imprudentes y la vida se encargó de protestar: te
pido perdón, lo más humildemente posible, no por dejarte, sino por haberme
quedado tanto tiempo.
Lausanne,
31
agosto 1927 – 17 septiembre 1928

