Libro N° 6049. El Libro De Un Hombre Solo. Xingjian, Gao.
© Libro N° 6049.
El Libro De Un Hombre Solo. Xingjian, Gao. Emancipación. Mayo 25 de 2019.
Título
original: © YIGE REN DE SHENGJING
Versión Original: © El Libro De Un Hombre Solo. Gao Xingjian
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A
CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL LIBRO DE UN HOMBRE SOLO
Gao Xingjian
Traducción de Xin Fei y José Luis Sánchez
Epílogo de Liu Zaifu
1
No
ha olvidado que tuvo otra vida. El recuerdo de unas viejas fotografías
amarillentas que quedaron en su casa, a salvo de las llamas, le produce una
cierta tristeza, pero es demasiado distante, como si no fuera de este mundo,
como si realmente hubiera desaparecido para siempre. En su vivienda de Beijing,
todavía se encontraba una foto de familia que le dejó su padre, ya fallecido,
cuando la policía la precintó. Era la fotografía más completa de su numerosa
familia. En aquella época, su abuelo todavía vivía, tenía el pelo totalmente
blanco. Debido a un ataque cerebral, ya no conseguía hablar y permanecía
sentado en su mecedora. El era el primogénito del primero de los hijos y el
único niño de la fotografía, estaba entre sus abuelos, llevaba un calzón con una
abertura en la en¬trepierna, que dejaba aparecer su pequeño miembro, y un
go¬rro al estilo norteamericano en forma de barco. La guerra de Resistencia
contra Japón, que duró ocho años, acababa de terminar y todavía no había
empezado la Guerra Civil. Se hicieron la fotografía delante de la puerta
redonda de un jar¬dín lleno de crisantemos dorados y de gallocrestas púrpura.
Resplandecía la luz del sol de verano —en todo caso ése era el recuerdo que
tenía—; pero, en la fotografía, las marcas de agua habían dado al jardín un
color gris amarillento. En segundo plano, tras la puerta redonda, se veía la
casa de dos pisos de estilo británico en la que vivía la familia, con la
galería abajo y una balaustrada en la planta de arriba. Recordaba que en la
fotografía había trece personas, una cifra nefasta: su padre, su madre, sus
tíos y sus tías; pero, menos él y una tía que ahora vivía en los Estados
Unidos, todos habían desaparecido de este mundo, al igual que la casa de detrás
de la puerta redonda.
Cuando
todavía vivía en China, volvió a pasar una vez por esa ciudad,, y buscó ese
patio detrás del banco donde trabajaba su padre, pero sólo encontró unas
viviendas modestas de ladri¬llo gris, construidas hacía ya años, y cuando
preguntó a las personas que entraban o salían de esas viviendas si ese patio
había existido anteriormente, nadie sabía nada. Sin embargo, él recordaba que
la casa tenía una puerta trasera que daba a un lago que llegaba hasta una
escalera de piedra, y que el día de la fiesta de Duanwu, su padre y sus colegas
del banco se apretu¬jaban en la escalera de piedra para contemplar las carreras
de los barcos-dragones. A bordo de las naves, que solían adornar con
guirnaldas, se tocaban tambores y gongs. Los tripulantes tenían que acercarse a
la puerta de atrás de las casas para atra¬par unas bolsas rojas que colgaban
sobre cañas de bambú. Por supuesto, en las bolsas había dinero. Sus dos tíos y
su pequeña tía también lo llevaban en barco a recoger castañas de agua frescas,
pero nunca había ido al otro lado del lago, y aunque lo hiciera ahora y mirara
desde allí hacia esta orilla, ya no conse¬guiría traer ninguna imagen clara de
sus recuerdos, que hoy le parecían sueños.
Era
una familia en decadencia, demasiado dulce, demasiado frágil para subsistir en
aquella época, y estaba abocada a desapa¬recer. Después de la muerte de su
abuelo, su padre perdió rá¬pidamente su puesto en la dirección del banco y
empezó el de¬clive de la familia. Tan sólo su segundo tío, que se pasaba el
tiempo canturreando unas arias de la Ópera de Beijing, cola¬boró durante unos
cuantos años con el nuevo poder político como personalidad demócrata, antes de ser tachado de dere¬chista. Desde
entonces, cayó en un mutismo total, y dormita¬ba siempre que se quedaba
sentado. Se fue transformando rápidamente en un viejo decrépito totalmente
amorfo, y acabó por apagarse del todo al cabo de unos años. Todos los miem¬bros
de su numerosa familia habían muerto: de enfermedad, se habían ahogado,
suicidado, de locura, o junto a sus maridos, al seguirlos a los campos de
reeducación por el trabajo. El único descendiente que quedaba era él, ese hijo
desnaturali-zado. Ahora, según se comentaba, sólo debía de seguir viva una tía
paterna, que había traído la mala suerte a toda la fami¬lia; pero nunca la
había vuelto a ver desde que tomaron la fo¬tografía. El marido de esa tía se
enroló en el Ejército del Aire del Guomindang, servía en tierra y nunca había
tirado bom¬bas; después, se refugió en Taiwan, donde murió de enferme¬dad unos
años más tarde. En cuanto a la tía que se marchó a los Estados Unidos, él nunca
supo cómo consiguió salir del país, ni se molestó en saberlo.
El
día en que cumplió diez años —en realidad nueve, ya que se seguía el antiguo
calendario lunar— la familia toda¬vía estaba en pleno esplendor; el cumpleaños
fue muy anima¬do. Por la mañana, nada más levantarse, se vistió con ropa nueva
y nuevos zapatos de cuero, lujo inaudito por aquel entonces para un niño
pequeño. También le dieron regalos: una cometa, un juego de damas, un
rompecabezas, lápices de colores de importación y una pistola de tapón, además
de los Cuentos de los hermanos Grimm en dos volúmenes ilustrados con
aguafuertes. Su abuela le dio unos cuantos yuanes de plata en una bolsa roja:
unas piastras de la época de la dinastía Manchú, con el dibujo de un dragón o
la gran cabeza calva de Yuan Shikai, así como nuevos yuanes de plata con la
imagen de Chiang Kaishek en uniforme. Al sacudirlos, su sonoridad era
diferente; los más nuevos emitían un sonido cristalino, mucho menos grave y
sordo que los que llevaban la cabeza de Yuan Shikai; los guardó en un maletín
de cuero en el que conservaba su álbum de sellos y sus canicas de todos los
colores. Después, la familia al completo fue al restaurante a comer pequeños
raviolis rellenos de huevas de cangrejo, un establecimiento ajardinado con
rocalla y un estanque lleno de peces rojos. Colocaron una enorme mesa redonda
para que todos pudieran tomar asiento alrededor. Era la primera vez que se
convertía en el punto de mira de toda la familia. Estaba sentado al lado de su
abuela, en el lugar que habría tenido que ocupar su abuelo, que acababa de
morir, como si hubiera esperado para irse al otro mundo a que el niño se
hiciera cargo de los suyos. Mor¬dió con fuerza un ravioli que quemaba y que le
salpicó de acei¬te su ropa nueva, pero nadie lo regañó, todos se rieron, y él
se sintió muy incómodo. Si se acordaba de aquello era probablemente porque se
había sentido muy avergonzado, acababa de salir de la despreocupación de la
infancia para pasar a la edad adulta.
Recordaba
todavía que, cuando murió su abuelo, la sala funeraria estaba llena de
inscripciones sobre tejido que las per¬sonas ofrecían para dar el pésame,
parecía la parte de atrás de un teatro; era aún más interesante que el día de
su cumple¬años. Unos cuantos monjes golpeaban los gongs y los tambores mientras
leían los sutras, y él se divertía entre las tiras que col¬gaban. Su madre
quería que se pusiera unos zapatos de cáña¬mo y acabó haciéndole caso, pero no
aceptó ponerse en la cabeza un trozo de tela blanca, porque le parecía muy feo. Probablemente
fuera la voluntad de la abuela, ya que su padre había tenido que anudarse una
cinta blanca en la cabeza, aun¬que llevaba un traje de lino blanco al estilo
occidental. Casi todos los hombres que venían a dar el pésame también vestían
al estilo occidental y llevaban una corbata anudada al cuello, mientras que las
mujeres lucían vestido chino de origen manchú y zapatos de tacón alto. Una de
ellas sabía tocar el piano y cantaba con voz de soprano coloratura y soltando
unos trémolos que evocaban balidos, no durante ese funeral, por supuesto, sino
en otra ocasión, en una velada con su familia; era la primera vez que escuchaba
a alguien cantar de aquel modo y no pudo evitar reírse. Su madre lo riñó al
oído, pero él no consiguió contener su ataque de risa.
En
su memoria, el período del fallecimiento de su abuelo sólo era una de las pocas
fiestas que vivió; no sentía nada de tristeza. Pensaba que el viejo estaba
condenado a morirse desde hacía tiempo. Fulminado por una apoplejía mucho
antes, el abuelo se pasaba todo el día en su mecedora. su muerte era algo
normal, llegaría tarde o temprano, y por eso no le asusta¬ba en absoluto. En
cambio, la muerte de su madre lo espantó; se ahogó en un río, cerca de la
granja donde trabajaba. Un cam¬pesino que había salido temprano para llevar sus
patos al agua la encontró; el cadáver, ya hinchado, flotaba siguiendo la
co¬rriente. Su madre, en respuesta al llamamiento del Partido, ha¬bía acudido a
una granja para la reeducación ideológica, Murió en la flor de la vida, acababa
de cumplir treinta y ocho años, y su imagen permanecía en su corazón todavía
igual de bella.
Entre
los regalos que tuvo cuando era niño había una esti¬lográfica Parker de oro,
que le había regalado un colega de su padre. En realidad, tomó la pluma del tío
Fang para divertirse y ya no quiso devolvérsela. Los adultos vieron en aquello
un buen augurio y dijeron que el niño probablemente sería escritor. En una
clara muestra de generosidad, el tío Fang se la dio. No fue el día de su
cumpleaños, sino bastante antes, escribía ya su dia¬rio, debía de ser cuando
tenía ocho años. Por aquel entonces, ya debería haber empezado a ir a la
escuela; pero, como era un niño enclenque y enfermizo, su madre le enseñó a
leer y a escribir con el pincel. El copiaba, trazo a trazo, los modelos
impresos en rojo. No le era difícil y a veces llenaba todo un cuaderno en un solo
día. «Está bien —decía su madre—, po¬drás escribir con el pincel tu diario, así
gastaremos menos pa¬pel.» Le compró cuadernos cuadriculados de redacción, y él
se pasaba horas rellenando páginas enteras, como si estuviera ha¬ciendo los
deberes. En su primer diario escribió: «La nieve ha extendido en el suelo una
capa muy blanca, pero las huellas de los que pasan la han ensuciado», su madre
alababa su trabajo y se empeñaba en que toda la familia y las personas cercanas
es¬tuvieran al tanto de lo que iba escribiendo. A partir de aquel momento, no
paró de escribir, y, como recurrió a la escritura para confesar sus sueños y
sus amores, sembró así las semillas de la catástrofe que vendría más tarde.
A su
padre no le gustaba que se quedara todo el día en su habitación leyendo y
escribiendo; creía que un niño tenía que ser un poco más travieso, salir a ver
mundo, hacer amistades, abrirse paso en la vida; no le parecía buena idea que
su hijo quisiera ser escritor. Su padre se consideraba un gran bebedor; no es
que fuera alcohólico, más bien lo hacía para demostrar su fuerza. Durante los
banquetes, brindaba vaciando su copa con cada uno de los convidados —a eso se
le llamaba «superar los obstáculos»—, y, aunque hubiera tres, cuatro o cinco
me¬sas, tenía que dar la vuelta a todas, y sólo lo aclamaban como un verdadero
hombre si llegaba hasta el final. No obstante, una vez, los empleados lo
llevaron borracho a su casa y lo deja¬ron en la mecedora del abuelo fallecido.
Como no había otro hombre en casa, entre su abuela, su madre y la sirvienta no
consiguieron llevarlo a la planta de arriba para meterlo en la cama. Recordaba
que lanzaron una cuerda desde el primer piso, lo ataron a la mecedora, no sabía
muy bien cómo, y lo subieron lentamente. Suspendido en el vacío, su padre,
borra¬cho, mantuvo en su rostro la misma sonrisa que continuaba flotando en sus
recuerdos. Ésa fue una de las grandes hazañas de su padre, aunque quizá no
fuera más que una alucinación. En un niño, resulta difícil separar la
imaginación de los recuer¬dos.
Ahora
veía su vida hasta los diez años como si fuera un sueño. De hecho, su vida
también parecía un sueño por aquel entonces, como cuando huían de la guerra,
tambaleándose por unas carreteras cenagosas de montaña, bajo la lluvia, a bordo
de un camión entoldado, abrazando un cesto de mandarinas que no paraba de
comer. Le preguntó a su madre si realmente ocurrió así, y ella le dijo que en
aquella época las mandari¬nas eran más baratas que el arroz; bastaba con dar
algo de di¬nero a los campesinos para que cargaran todas las que pudie¬ran en
el camión. Su padre trabajaba en un banco del Estado. El banco tenía escoltas
para proteger los camiones durante el transporte del dinero, y muchas veces las
familias del perso¬nal del banco reculaban del frente de batalla en aquellos
ca¬miones.
Hoy,
a menudo ve la antigua residencia familiar en sus sue–os, no la casa de estilo
occidental de su abuelo, que tenía una puerta redonda y un jardín de flores,
sino la vieja casa de su abuela materna, en la que había un pequeño patio
interior. Aquella anciana menuda —muerta desde hacía mucho tiem¬po— siempre
estaba rebuscando en un gran baúl. En sus sue¬ños, veía la escena desde arriba;
la casa no tenía techo, y las habitaciones de abajo, divididas por un tabique
de madera, estaban vacías; sólo veía a su abuela buscando y rebuscando en el
baúl. También recordaba que en su casa había una pequeña maleta de cuero,
lacada, en cuyo interior estaban escondidos los títulos de propiedad de la casa
y del terreno de su abuela, bie¬nes desde hacía tiempo hipotecados o vendidos;
no esperó a que el nuevo régimen viniera a confiscarlos. Cuando su madre y su
abuela materna quemaron esos papeles amarillentos, las notó muy desconcertadas,
y si no lo denunció fue porque nadie vino a preguntarle nada. Pero si realmente
alguien hu¬biera ido a interrogarlo, probablemente las habría delatado, ya que
entonces creía que su madre y su abuela materna se habían puesto de acuerdo
para destruir unas pruebas crimina¬les, aunque lo amaran profundamente.
Este
sueño lo tuvo muchos años más tarde; ya se encontra¬ba en Occidente desde hacía
bastante tiempo. Estaba en un pequeño hotel de una ciudad del centro de
Francia, Tours, frente a unas viejas persianas despintadas, una ventana
entrea¬bierta protegida por una cortina de gasa traslúcida, y, a través de las
hojas de los plátanos, aparecía un cielo gris. Cuando se despertó se sentía
confuso; en el sueño que acababa de tener estaba de pie en el ángulo de un muro
del desván —que toda¬vía no había sido derrumbado— de la vieja residencia, y
mira¬ba hacia abajo, apoyado en la barandilla oscilante de madera. Frente a la
casa había un campo de calabazas en el que acos¬tumbraba a cazar grillos entre
los montones de tejas y los tallos de las calabazas. En su sueño veía
claramente las habitaciones separadas por tabiques de madera ocupadas por mucha
gente, pero en ese momento todos habían desaparecido, como su abuela materna,
como todo lo que había vivido. Los recuerdos de esa vida y los sueños que tenía
se confundían; sus impresio¬nes iban más allá del tiempo y del espacio.
Como
era el primogénito del primero de los hijos, toda la familia, incluida su
abuela materna, había depositado sus espe¬ranzas en él; pero, desde su más
tierna infancia, enfermaba con mucha frecuencia, lo que les producía una
profunda inquie¬tud, así que a veces acudían a los adivinos para que le
predi¬jeran su futuro. La primera vez, se acordaba muy bien, fue en el interior
de un templo, cuando sus padres lo llevaron a pasar las vacaciones de verano a
Lushan. La cueva de los Inmortales era un lugar célebre y al lado había un gran
templo que había abierto un restaurante vegetariano y un salón de té para
acoger a los visitantes. Hacía frío en el templo y había pocos turistas. Subió
a la montaña en una silla con dos portea¬dores, acurrucado contra su madre. Se
agarraba a la barra de delante con fuerza, y no podía evitar mirar por los
enormes precipicios que bordeaban el camino. Antes de salir de China, volvió a
aquellos lugares, vio como unos autocares escalaban la montaña, pero no
encontró el templo y ni siquiera el rastro de sus ruinas. Sin embargo,
recordaba con mucha nitidez que en la gran sala donde estuvo habían colgado un
largo lienzo de pintura con el retrato de Zhu Yuanzhang con la cara cacara–ada. Se comentaba que le
hacían ofrendas en ese templo desde la dinastía Ming, porque Zhu Yuanzhang se
refugió allí antes de ser emperador. Unos hechos tan complejos y concre¬tos no
podían ser sólo fruto de la imaginación de un niño. Además, el retrato de Zhu
Yuanzhang con la cara cacarañada lo acabó viendo en las preciosas colecciones
del museo del Palacio Imperial de Taipei. El templo, por lo tanto, había
exis¬tido; ese recuerdo era totalmente real, y el viejo monje que le predijo su
futuro también debía de serlo. El anciano exclamó entonces: «¡Este pequeño vivirá
muchas desgracias y catástro¬fes, tendrá una vida difícil!». Luego le dio una
fuerte palmada en la frente que le sorprendió, pero no lloró. Si lo recordaba
era porque nunca antes le habían pegado.
Varios
años más tarde, volvió a interesarse por el budismo zen, y el despertar que
sintió al leer los gong'an quizá le viniera de aquella primera entrada a la
vida que el viejo monje le dio.
Realmente
había conocido otra vida, pero después acabó olvidándola.
2
La
persiana de la ventana no está bajada del todo. En la sombra negra de las
montañas aparecen muchos rasca¬cielos iluminados; sobre ellos, el cielo oscuro.
A los pies de la ventana convergen todas las luces de la noche, que demuestran
lo próspera que es la ciudad. Enfrente se distin¬guen claramente las visceras
de un rascacielos —una construc¬ción postmoderna transparente, con un ascensor
en el que, cuan¬do llega a tu nivel, puedes distinguir incluso a los ocupantes,
y que sube y baja sin parar por esa especie de tubo digestivo. Desde allí, con
un teleobjetivo, se podría tranquilamente foto¬grafiar el interior de tu
habitación, sería posible incluso ver cómo haces el amor con ella.
No
tienes nada que ocultar ni nada que temer, no eres un artista de cine o de
televisión, ni una personalidad del mundo político o un potentado de Hong Kong
que temiera que sus secretos se airearan en la prensa. Tienes un documento de
viaje francés, eres refugiado político, estás de visita, porque te han
invitado, y esta habitación te la han reservado, no eres tú quien la pagas.
Como has tenido que mostrar tus papeles para poder hospedarte en este hotel
enorme, propiedad de la Admi¬nistración del continente, tus datos están en el
ordenador de la recepción que se encuentra en el gran hall. El responsable y
las jóvenes recepcionistas han demostrado que les cuesta enten¬der el chino
mandarín que hablas, pero, dentro de algunos meses, cuando Hong Kong vuelva al
redil de la madre patria, probablemente ellos también deberán hablar con tu
mismo acento. Quizá ya se estén preparando. Tienen la obligación de estar al
tanto de las tendencias de su clientela; actualmente trabajan para las
autoridades oficiales, y quizá han grabado ya unas imágenes que te muestran
haciendo el amor, desnudo como un gusano. Además, en estos hoteles enormes es
habi¬tual tener cámaras de vídeo por todos lados, aunque sólo sea por
cuestiones de seguridad. Estás sentado al borde de la cama, has secado tu
sudor, pero tienes un poco de frío y te gustaría apagar el aire acondicionado,
que emite ese zumbido continuo.
—¿En
qué piensas?
—En
nada.
—¿Qué
miras?
—El
edificio de enfrente. El ascensor que sube y baja. Se ve la gente que va
dentro; hay una pareja que se está besando.
—Yo
no veo nada.
Ella
levanta un poco la cabeza para mirar.
Tú
dices que os podrían ver con un teleobjetivo.
—Entonces,
cierra la persiana.
Está
tumbada boca arriba, su cuerpo blanco completamente desnudo, una mata de pelo
negro suntuoso en la entrepierna.
—Si
nos filmaran en vídeo, se verían hasta los pelos —dices
—¿A
quién te refieres? ¿Quién filmaría esta habitación?
Dices
que podría ser una cámara automática.
—Es
imposible, aquí no estamos en China.
Dices
que este hotel ya lo han comprado las autoridades chinas.
Lanza
un ligero suspiro y se sienta.
—Te
preocupas demasiado.
Alarga
la mano y te acaricia el pelo.
—Enciende
la lámpara de la mesita de noche, voy a apagar la luz.
—No,
todo ha pasado tan deprisa que hasta ahora no he podido mirarte con
detenimiento.
Respondes
con dulzura. Te inclinas para besar ligeramente su bajo vientre, de una
blancura cegadora bajo la lámpara, y le preguntas:
—¿No
tienes frío?
—Sí,
un poco.
Esboza
una pequeña sonrisa antes de preguntar:
—¿Quieres
un poco más de coñac?
Dices
que quieres café. Se levanta de la cama, apaga el aire acondicionado y pone en
marcha la cafetera eléctrica. Vierte en las tazas café instantáneo. Sus senos
rollizos se balancean con cada uno de sus movimientos.
—¿No
crees que estoy demasiado gorda? —pregunta son¬riendo—. Las chinas son más
bellas que yo.
Tú
dices que no es así, que a ti te gustan sus pechos, magní¬ficos, muy
atractivos.
—¿Nunca
habías podido tocar unos pechos así?
Ella
se sienta frente a ti, en el sillón medio redondo de de¬lante de la ventana,
arrellanándose contra el respaldo, y deja que la contemples hasta la saciedad.
Te
tapa el ascensor transparente del rascacielos. Detrás, la sombra de las
montañas es todavía más oscura. Una noche má¬gica. Dices que su cuerpo desnudo,
tan blanco, es increíble, casi irreal.
—¿Por
eso quieres café, para despertarte del todo? —pre¬gunta, con un destello burlón
en los ojos.
—¡Para
retener mejor este instante!
Dices,
además, que la vida a veces parece un milagro. Te alegras de estar vivo
todavía. Dices que todo es mera casuali¬dad, que no es un sueño, sino la
realidad.
—Yo,
en cambio, preferiría vivir siempre en un sueño, pero es imposible. Me gustaría
no pensar en nada más.
Bebe
un trago de alcohol, cierra los ojos, tiene unas pesta–as muy largas, una
auténtica alemana. Le dices que abra las piernas para que puedas verla con
claridad, para que esa ima-gen quede grabada en tus recuerdos. Ella dice que no
quiere tener recuerdos, que sólo quiere sentir ese instante. Le pre¬guntas si
la ha notado. ¿Tu mirada? Ella dice que ha sentido que se desplazaba por su
cuerpo. ¿De dónde a dónde? Dice que desde los dedos de los pies hasta la
cintura; ah, un líquido sale de nuevo de ella, dice que te desea. Dices que tú
también la de¬seas a ella, que quieres ver cómo se mueve ese cuerpo lleno de
savia.
—¿Para
filmarme? —pregunta ella con los ojos cerrados.
—Sí.
La
miras fijamente, tu mirada explora su cuerpo de los pies a la cabeza.
—¿Podrían
filmarlo todo?
—Todo.
—¿No
te da miedo?
—¿Miedo
de qué?
Dices
que ahora ya no tienes nada que temer. Ella dice que ella tampoco, que le da
igual. Dices que esto es Hong Kong y que China está muy lejos, le levantas para
abrazarla de nuevo. Te pide que apagues la luz. Entonces penetras de nuevo en
su carne húmeda y resbaladiza.
—¿Te
atraigo mucho? —jadea dulcemente.
—Sí,
me quiero refugiar en ti.
Dices
que te vas a refugiar en su carne.
—¿Sólo
en mi carne?
—Sí,
y sin recuerdos, sólo este instante.
Ella
dice que ella también necesita hundirse en la oscuri¬dad, en una inmensidad
caótica.
—Sentir
el calor de una mujer...
—Un
hombre también da calor, hace tiempo que no había tenido...
—¿No
habías estado con ningún hombre?
—No
había estado tan excitada, tan agitada...
—¿Por
qué?
—No
lo sé, no sé por qué...
—Intenta
decírmelo...
—No
lo tengo muy claro...
—¿Es
porque esto ha sucedido de repente, sin pensarlo?
—No
me lo preguntes.
Pero
tú quieres precisamente que te lo diga. Ella dice que no. Tú no te das por
vencido, la bombardeas con preguntas: ¿Porque el encuentro fue casual? ¿Porque
no os conocíais? ¿Es lo desconocido lo que la ha excitado? ¿O quizás ella
estaba bus¬cando esa excitación? Lo niega todo con la cabeza. Dice que te
conoce desde hace tiempo, y que, aunque sólo te vio dos veces hace muchos años,
se acordaba perfectamente de ti, y ese re¬cuerdo lo veía cada vez con mayor
nitidez. Además, dice que hace unas horas se emocionó mucho al verte. Dice
también que no se acuesta con cualquier hombre, que no le faltan, que no es una
cualquiera, que no tienes que insultarla...
Tú
estás emocionado, también necesitas su intimidad, no se trata sólo de
excitación sexual. Hong Kong, para ti y para ella, es una tierra extranjera. Tu
relación con ella, el viejo recuerdo de hace diez años, fue en China, más allá
del mar, cuando todavía vivías allí.
—Fue
en tu casa, una noche de invierno...
—Hace
tiempo que la precintaron.
—Tu
casa era muy especial, muy agradable. Se estaba muy calentito...
—Era
porque la tubería de la calefacción central siempre estaba muy caliente. En el
apartamento, en invierno se podía estar con muy poca ropa. Recuerdo que cuando
viniste traías un abrigo acolchado con el cuello subido.
—Teníamos
miedo de que nos reconocieran y no queríamos causarte problemas...
—Es
cierto, delante del edificio a menudo había un poli vestido de civil, pero se
marchaba a las diez de la noche. Que¬darse más tiempo en el viento de invierno
de Beijing, que soplaba sin cesar, habría sido demasiado duro para él.
—Fue
Peter quien tuvo la idea repentina de ir a verte sin telefonearte primero. Me
dijo que quería llevarme a tu casa, que erais viejos amigos, que era mejor ir
por la noche, así evi-taríamos que nos interrogaran.
—No
quise tener teléfono en mi casa para que mis amigos no soltaran por el
auricular cualquier cosa comprometida y para evitar el contacto con los
extranjeros. Peter era una excep¬ción, vino a China a estudiar chino, y en esa
época sentía una auténtica pasión por la Revolución Cultural de Mao.
Discutía¬mos mucho. Realmente es un viejo amigo. ¿Qué ha sido de él?
—Nos
separamos hace tiempo. Al principio fue represen¬tante en China de una empresa
alemana. Después se casó con una china y se la llevó a Alemania. Me han dicho
que ahora ha montado una pequeña empresa. En aquella época yo acababa de llegar
a Beijing para estudiar. No hablaba muy bien el idio¬ma. Me costaba hacer
amigos.
—Sí,
me acuerdo. Por supuesto que me acuerdo. Cuando entraste, te quitaste el
abrigo, luego, la bufanda ¡Qué extranje¬ra más guapa!, me dije.
—Menudo
par de tetas, ¿no es eso?
—Claro.
Un buen par de tetas, y una piel tan blanca, y unos labios tan rojos sin
maquillaje, tan sexy.
—Es
imposible que te fijaras en mis labios.
—Claro
que sí, eran tan rojos que no era posible no fijarse en ellos.
—También
era porque hacía mucho calor en tu casa, y por¬que había ido en bicicleta
durante una hora.
—Aquella
noche te quedaste en silencio, frente a mí. No dijiste nada.
—Os
escuchaba con mucha atención. Peter y tú hablabais sin parar. Ya no me acuerdo
de qué. En aquella época no com¬prendía muy bien el idioma, pero recuerdo que
aquella noche sentí algo muy especial.
Y
tú, por supuesto, te acuerdas de aquella noche de invier¬no, de las velas
encendidas en el cuarto, que añadían algo más de dulzura a la velada. Desde la
calle era imposible darse cuenta de si había alguien en la habitación. Al final
conseguis¬te ese pequeño apartamento, un nido decente, un hogar en el que
podías resistir las tormentas políticas del exterior. Ella estaba sentada en el
suelo, de espaldas a la estantería de libros, sobre la alfombra —una alfombra
de lana que seguramente fabricaron para la exportación, pero que acabó en el
mercado interno—, probablemente un producto de segunda categoría vendido en
oferta, pero, aun así, un producto de lujo, el equi¬valente a la totalidad de
los derechos de autor que recibiste por un libro tuyo, un libro que no hablaba
en absoluto de polí¬tica, pero que, a pesar de eso, te había dado muchos
quebrade¬ros de cabeza. Ella tenía abierto el cuello de la blusa, resaltaba la
piel de su abultado pecho, de un blanco deslumbrante; sus medias negras
brillantes y sus largas piernas eran particular¬mente atractivas.
—No
olvides que en tu casa también había una chica, con muy poca ropa, descalza, si
no me falla la memoria.
—Normalmente
estaba desnuda, incluso poco antes de que llegarais.
—Sí,
aquella chica salió discretamente de otra habitación cuando nosotros ya
habíamos empezado a beber algo y estába¬mos charlando desde hacía rato.
—Al
ver que no os ibais enseguida, le dije que se uniera a nosotros. Se puso algo
de ropa.
—Nos
estrechó la mano y luego no dijo nada durante toda la noche.
—Como
tú.
—Era
una noche particular, nunca había visto ese ambiente en casa de un chino...
—Lo
particular era que una joven belleza alemana llegara así, inesperadamente, y
tuviera esos labios rojos...
—También
había una belleza china, descalza, esbelta y ado¬rable...
—Las
llamas vacilantes de las velas...
—Bebíamos
vino en tu habitación. Se estaba tan bien; era confortable y cálida.
Escuchábamos cómo soplaba el viento glacial...
—Era
tan irreal como ahora, puede que en la calle alguien estuviera vigilando...
Sin
querer, piensas de nuevo en que quizá estáis siendo fil¬mados en la habitación.
—¿Todavía
es tan irreal?
Te
abraza con fuerza, tú cierras los ojos, la sientes contra ti, aprietas su
cuerpo contra el tuyo, murmuras:
—No
tienes que irte antes de que amanezca...
—Por
supuesto... —dice ella—. Aquella noche tampoco tenía ningunas ganas de irme.
Tenía que volver en bicicleta durante más de una hora en plena madrugada de
invierno. Fue Peter quien quiso marcharse, y tú no hiciste nada para
impe¬dirlo.
—Sí,
es verdad.
Le
explicas que a ti te ocurría exactamente lo mismo, debías acompañar a tu amiga
al cuartel con tu bicicleta.
—¿Qué
cuartel?
Dices
que era enfermera en un hospital militar y que no tenía derecho a pasar la
noche fuera.
Relaja
el abrazo y pregunta:
—¿De
qué hablas?
Dices
que el hospital militar en el que ella trabajaba se encuentra en un cuartel de
un lejano barrio de Beijing. Ella llegaba todos los domingos por la mañana; tú
debías ponerte en marcha el lunes a las tres de la mañana y hacer más de dos
horas en bicicleta para dejarla en el complejo militar antes de que amaneciera.
—¿Hablas
de esa china? —pregunta apartándose de ti e irguiéndose.
Abres
los ojos y ves los suyos, grandes, que te miran fija¬mente. Estás un poco
confuso, lo mejor es explicarle que ha sido porque ella ha sacado el tema de tu
amante de entonces.
—¿Piensas
mucho en ella?
Tras
un momento de reflexión, dices:
—Todo
eso está muy lejos. Hace tanto tiempo que no he vuelto a tener contacto...
—¿Nunca
has vuelto a saber nada de ella?
Cruza
las piernas y se sienta sobre la cama.
—No.
Te
yergues tú también y te sientas al borde de la cama.
—¿No
tienes ganas de volverla a ver?
Dices
que para ti China ya está muy lejos. Ella dice que te entiende. Tú dices que no
tienes patria. Ella dice que, aunque su padre era alemán y su madre judía,
tampoco tiene patria, pero que no puede evitar los recuerdos. Le preguntas por
qué. Ella te contesta que no es como tú, ella es una mujer. Dices simplemente
«Ah», sin añadir nada más.
3
Necesitaba
un nido, un lugar donde refugiarse, donde pudiera escapar de los demás, un
hogar para él solo, para preservar su intimidad sin que lo vigilaran.
Necesi¬taba una habitación insonorizada, para que, cuando cerrara la puerta,
pudiera hablar en voz alta sin que lo oyeran, pudiera decir lo que quisiera, un
universo de él para reflexio¬nar sin bajar la voz. No podía seguir en su
capullo, como una larva silenciosa, debía vivir, sentir, tener la posibilidad
de gemir o de gritar cuando hiciera el amor con una mujer hasta la extenuación.
Debía luchar para conseguir un espacio de vida, ya no podía soportar la presión
de los años que acababan de pasar, y debía dar rienda suelta al deseo que se
había des¬pertado en él.
Sin
embargo, en la pequeña habitación en la que vivía en aquella época apenas cabía
una cama de soltero, un escritorio y una estantería. En invierno, una vez
instaladas la estufa de carbón y su tubería extractora metálica, se hacía muy
difícil moverse si había alguien más en el cuarto. El fino tabique que lo
separaba de sus vecinos no conseguía ahogar el sonido de todo lo que ocurría en
la habitación de al lado, tanto los juegos amorosos de la pareja de obreros
durante la noche en su cama como cuando el bebé de ellos se ponía a llorar.
Además, dos familias más compartían con él el patio en el que se encontra¬ban
la fuente de agua corriente y la alcantarilla. Siempre que la joven venía a su
casa, los vecinos no le quitaban ojo de enci¬ma, y debía dejar su puerta
entreabierta, mientras bebían el té o charlaban, para evitar las habladurías.
Su mujer, con la que estaba casado desde hacía más de diez años, pero con quien
nunca había vivido, pidió una investigación sobre él al comité del Partido de
la Asociación de Escritores, que se puso en con¬tacto con el comité de vecinos
del barrio. El Partido se metía en todo, ya fuera en sus pensamientos, en sus
obras o en su vida privada.
Cuando
esa chica vino a su casa por primera vez, vestía un uniforme del ejército
demasiado ancho para ella y que estaba decorado con insignias rojas. Con la
cara igualmente roja, le dijo que se había emocionado al leer sus novelas. Él
no se aca¬baba de fiar de las chicas que llevaban uniforme militar, pero le
sorprendió su cara de bebé y le preguntó la edad. Ella le contestó diciendo que
había estudiado en una escuela de medi¬cina militar y que actualmente estaba
haciendo prácticas en un hospital del ejército. Acababa de cumplir diecisiete
años. Él pensó que era la edad en la que las chicas se enamoran fácil¬mente.
Cuando
la besó por primera vez, después de cerrar la puer¬ta de su habitación, todavía
no había conseguido la sentencia de divorcio. Mientras la acariciaba
conteniendo la respiración, escuchaba las voces de los vecinos, que sacaban
agua del patio, lavaban la ropa o la verdura y tiraban por el desagüe el agua
que habían usado. También escuchaba sus pasos.
Cada
vez tenía más claro que si necesitaba un apartamento, no era para estar con una
mujer. Necesitaba un techo que lo protegiera del viento y de la lluvia, y
cuatro paredes para aislar¬se del ruido. Pero no tenía la menor intención de
volver a casarse. Estaba harto de aquel matrimonio que había durado más de diez
años, mantenido sólo por la fuerza de la ley, y nece¬sitaba sentirse libre.
Desconfiaba de las mujeres, sobre todo de esas chicas jóvenes y bellas que
parecían llenas de porvenir y de las que era capaz de enamorarse perdidamente.
Lo traiciona¬ron y denunciaron varias veces. Cuando todavía estaba en la
universidad, se enamoró de una estudiante de su clase. Tenía la cara y la voz
más dulces que había visto. Esa adorable joven, que quería progresar, hizo un
informe ideológico al secretario de la célula del Partido en el que mencionaba
los comentarios sarcásticos que él había hecho sobre la novela revolucionaria
El canto de la juventud, que la Liga de la Juventud Comunista con¬sideraba de
lectura obligatoria. La estudiante no tenía ninguna intención de perjudicarlo,
incluso se sentía atraída por él, pero cuanto más enamorada estaba una chica,
más se abría al Parti¬do, como un creyente necesita confesar sus secretos al
cura. A partir de ese momento, la célula de la Liga llegó a la conclusión de
que él tenía pensamientos negativos. Todavía no era dema¬siado grave, la
universidad incluso le acabó dando el diploma, aunque no lo admitieron en la
Liga. Las acusaciones de su esposa eran mucho más peligrosas; cualquier tipo de
prueba, aunque hubiera sido un simple pedazo de papel escrito furtiva¬mente,
habría bastado para condenarlo por contrarrevolucio¬nario. ¡Ah! ¡Qué bella
época aquellos años de revolución, en los que hasta las chicas se volvían
locas, tan locas que eran capa¬ces de sembrar el pánico a su alrededor!
No
podía confiar en aquella muchacha que se presentaba vestida de uniforme. Venía
a pedirle consejos de literatura. El le contestó que no podía enseñarle y que
le sugería que siguie¬ra los cursos nocturnos de la universidad. Había todo
tipo de cursos de literatura. Se podía inscribir pagando una pequeña suma, y al
cabo de dos años le daban incluso un diploma. Ella le preguntó qué libros tenía
que leer. El le respondió que lo mejor era que no leyera manuales, la mayor
parte de las biblio¬tecas habían abierto de nuevo sus puertas y podía tener
acceso a todos los libros que habían estado prohibidos. La joven dijo, además,
que tenía ganas de aprender a escribir; pero él le desa¬consejó que lo hiciera,
para que eso no fuera un obstáculo en su carrera; pues él mismo no había parado
de tener problemas por su afición a la escritura. Una muchacha sencilla y pura
como ella, que llevaba un uniforme militar y había aprendido medicina, tenía un
futuro muy claro. Pero ella respondió que no era tan sencilla ni pura como él pensaba.
Quería aprender más cosas, comprender la vida, lo que no era ninguna
contra¬dicción con el hecho de llevar un uniforme y estudiar medi¬cina.
No
negaba que se sentía atraído por ella, pero hubiera pre¬ferido hacer el amor
con total tranquilidad con las chicas inde¬centes, salidas del fango de las
capas inferiores de la sociedad, a gastar saliva para enseñarle a ella lo que
era la vida. Y, de todos modos, ¿qué era la vida? Sólo Dios lo sabía.
Era
incapaz de explicar a la joven que había venido a pedir¬le consejo lo que era
la vida, y todavía menos lo que se llamaba literatura, como tampoco conseguía
explicar al secretario del Partido de la Asociación de Escritores, de la que
dependía, lo que él entendía por literatura. No tenía ninguna necesidad de que
lo guiaran o lo autorizaran. Por eso, siempre que salía de un problema, se
acababa metiendo en otro.
Frente
al uniforme que llevaba la muchacha, a pesar de ser adorable y fresca, no
abrigaba ningún deseo con respecto a ella ni se sentía conmovido. Jamás habría
imaginado que la tocaría y que acabaría incluso acostándose con ella. Cuando le
trajo los libros que tomó de la estantería, le dijo que los había leído todos;
todavía tenía la cara roja, venía de la calle, aún no había recuperado el
aliento. Le preparó una taza de té, como habría hecho si hubiera recibido al
redactor de una revista. Le dijo que se sentara en una silla que estaba al lado
de su escritorio, detrás de la puerta, y él se sentó en la otra silla, delante
del escritorio. En la habitación también había un sofá bastante rudimentario.
Acababa de empezar el invierno y la estufa de carbón estaba encendida. Si le
hubiera dicho que se sentara en el sofá, el tubo de la estufa le habría tapado
su cara y les habría incomodado para charlar. Por eso estaban los dos sentados
cerca del escritorio. Las manos de la joven acariciaban sobre la mesa las novelas
que había traído, censuradas en otro tiempo por reaccionarias y eróticas. Eso
quería decir que ella había saboreado esos frutos prohibidos, o, al menos, su
turbación venía de que conocía su naturaleza.
Lo
primero que le llamó la atención de su cuerpo fueron sus manos, tan delicadas y
tiernas, y que, muy cerca de él, conti¬nuaban acariciando los libros. La chica
se dio cuenta de que las estaba examinando y las escondió bajo la mesa. Su cara
se puso todavía más roja. Él empezó a preguntarle qué pensaba de los héroes de
esos libros y, sobre todo, por supuesto, de las heroínas. El comportamiento de
aquellas mujeres no corres¬pondía en absoluto a la moral de entonces y todavía
menos a las enseñanzas del Partido. Él le dijo que probablemente eso era lo que
se llamaba vida, y que en la vida no había medida. Si un día ella lo denunciaba
o si la organización del Partido a la que servía con su uniforme le pedía
explicaciones sobre la relación que mantenía con él, no habría nada grave en
sus palabras. Las experiencias vividas le habían enseñado a ir con cuidado en
ese sentido. Y además, después de todo, ¡eso tam¬bién era la vida!
La
joven añadió de inmediato que el presidente Mao tam¬bién había tenido muchas
mujeres. Sólo entonces, él se atrevió a besarla. Con los ojos cerrados, ella le
dejó acariciar su cuer¬po, tan sensible que parecía electrificado, bajo su
uniforme militar demasiado ancho. Ella le preguntó si podía prestarle otros
libros del mismo estilo. Dijo que quería aprenderlo todo, que eso no tenía nada
de peligroso. Entonces él le explicó que cuando los libros se convertían en
frutas prohibidas, lo único peligroso era la sociedad, y que por eso tantas
personas habían perdido la vida durante la supuesta Revolución Cultural, que
ahora se consideraba acabada. Ella dijo que eso ya lo sabía, que había visto
golpear a hombres hasta matarlos, la sangre negra cubierta de moscas que salía
de la nariz de los cadáveres de los llamados contrarrevolucionarios, que nadie
se atrevía a recla¬mar. Entonces ella era una niña, pero ahora ya no se la
podía considerar como tal, ya era una adulta.
El
le preguntó qué significaba ser adulto. Ella le dijo que no olvidara que era
estudiante de medicina y sonrió. Luego él la tomó de la mano y la besó en los
labios, que se abrieron poco a poco. Después de aquel día, ella volvió a menudo
a devolver y pedir prestados nuevos libros, siempre los domingos, y se que¬daba
cada vez más tiempo, a veces desde el mediodía hasta la noche, pero debía tomar
el autobús de las ocho para tener tiempo de llegar al cuartel, que se
encontraba en un barrio lejano a las afueras de la ciudad. Cuando oscurecía y
los ruidos del agua y del lavado de las verduras descendían en el patio y los
vecinos cerraban sus puertas, él también cerraba la suya y la abrazaba
efusivamente. Ella nunca se quitaba el uniforme y mantenía la vista fija en el
despertador. Cuando llegaba la hora del último autobús, se abotonaba con
rapidez la chaqueta y se iba.
Cada
vez necesitaba con mayor urgencia una vivienda para proteger su vida privada.
Cuando obtuvo, no sin bastante esfuerzo, la sentencia de su divorcio, presentó
la solicitud de casarse según la concepción ortodoxa oficial con respecto a la
vida cotidiana, y precisó en la petición que la condición que ponía su futura
esposa para el matrimonio era que primero tuviera una vivienda decente. Ya
tenía casi veinte años de anti¬güedad (incluidos los años de reeducación en el
campo duran¬te la Revolución Cultural), y, según el reglamento sobre la
repartición de las viviendas, hacía tiempo que tenían que haberle dado una. Sin
embargo, tuvo que luchar dos años más y se peleó un montón de veces con los
encargados de las vi¬viendas, hasta que, al final, le dieron un pequeño
apartamento, antes de que la dirección del Partido, situada por encima de la
Asociación de Escritores, cayera sobre él y lo acusara. Utilizó todos sus
ahorros y pidió un adelanto de los derechos de autor de un libro, sin saber si
sería publicado o no, para hacer de su vivienda un pequeño remanso de paz.
Desde
el momento en que la joven puso los pies en su nuevo apartamento, nada más
echar el cerrojo, los dos se sintieron terriblemente excitados. Por aquella
época todavía no habían encalado del todo las paredes y el suelo estaba
cubierto de manchas blancas. No había ninguna cama, y fue sobre un trozo de
plástico manchado de cal que descubrió su esbelto cuerpo de joven mujer, hasta
entonces oculto a sus ojos bajo el uniforme demasiado ancho. Ella le pidió que
sobre todo no la penetrara, porque el reglamento de su hospital militar la
obli¬gaba cada año a pasar un reconocimiento médico completo, y a las
enfermeras que no estaban casadas les hacían una revisión del himen. Antes de
entrar en el ejército, se someten a un rigu¬roso examen político y a otro
físico, ya que, además del servi¬cio diario en el hospital, a veces también
deben asumir tareas militares y salir en misión para ocuparse de la salud de
sus comandantes. Habían fijado la edad de matrimonio de las enfermeras en los
veintiséis años, como mínimo, y el ejército debía aprobar la elección del
consorte. Antes de que llegara ese momento, no tenían derecho a dimitir, pues
se decía que podían estar al tanto de algún secreto de Estado.
Lo
hizo todo con ella, pero respetó su promesa. Dicho de otro modo, hizo con ella
todo lo que era posible hacer sin penetrarla. Poco después la enviaron a una
misión con un comandante a la frontera chino-vietnamita, y no volvió a tener
noticias de ella.
Cerca
de un año más tarde, también era invierno, de repen¬te apareció de nuevo ante
él. Acababa de regresar de madruga¬da de casa de un amigo, donde había pasado
la noche bebien¬do, y escuchó que llamaban flojo a la puerta. Al abrir, la vio
llorando. Le dijo que lo había esperado seis horas en la calle, helada, pero
que no se atrevió a entrar en el edificio por miedo a que le preguntaran qué
buscaba. Se refugió en un cobertizo y al final vio que la luz del piso se
encendía. Él cerró la puerta rápidamente y las cortinas. Antes de recuperar el
aliento, la joven, todavía envuelta en su abrigo militar demasiado ancho, le
dijo: «Hermano, fóllame».
La
tumbó sobre la alfombra, dieron vueltas y más vueltas; no, volcaron ríos y el
mar, desnudos, como peces, o más bien como bestias salvajes, peleándose y
mordiéndose. Ella sollozaba. Él le dijo: «No retengas tu llanto, nadie puede
oírte fuera». Entonces ella se puso a llorar con todas sus fuerzas, luego a dar
alaridos. Él le dijo que era un lobo. Ella dijo que no, que era su hermano del
alma. Él dijo que quería convertirse en un lobo, en una verdadera fiera
salvaje, cruel y ávida de sangre. Ella dijo que lo comprendía, era su hermano,
le pertenecía, no tenía ningún temor, a partir de ese momento sería toda de él;
lamentaba tan sólo no haberse entregado antes... «No digas eso...», respondió
él.
Después
ella dijo que quería que sus padres le hicieran dejar el ejército como fuera.
Él recibió poco antes una invita¬ción para ir al extranjero, pero no conseguía
marcharse. Ella dijo que lo esperaría, era su pequeña mujer. Y cuando
final¬mente obtuvo su pasaporte y su visado, fue ella la que le dijo que se
marchara lo antes posible, antes de que no pudiera hacerlo. No pensaba que se
separarían para siempre, o no lo quería, no se atrevía a pensarlo, para no ver
el fondo de su corazón.
No
le permitió que lo acompañara al aeropuerto. De hecho, ella dijo que no podría
pedir permiso para ir a despedirlo. De todos modos, si tomaba el primer autobús
de la mañana desde el cuartel, debía cambiar todavía varias veces para ir al
aero¬puerto y probablemente le sería imposible llegar antes de que el avión
despegara.
No
se acababa de creer que estuviera marchándose de su país. Sólo cuando se
pusieron en marcha los motores del avión y empezó a elevarse por la pista del
aeropuerto de Beijing, se dio cuenta de que realmente estaba abandonando el
país. En ese momento pensó que «quizá» no volvería nunca más a aquella tierra
que aparecía a través de la ventanilla, aquella tie¬rra amarilla que llamaban
patria, donde nació, creció, estudió, se hizo adulto, sufrió, y que nunca había
pensado abandonar.
De
hecho, ¿tenía alguna patria? ¿Ese inmenso espacio amari¬llo atravesado por ríos
helados, que se movía bajo las alas del avión, era su patria? Esa pregunta sólo
se derivó de las otras que vinieron más tarde, y la respuesta la fue teniendo
clara poco a poco.
Por
aquel entonces sólo pensaba en liberarse, en salir del país para respirar
tranquilamente, dejando atrás la sombra que lo cubría. Antes de conseguir el
pasaporte, esperó casi un año, durante el cual se dirigió a todos los
departamentos compe¬tentes. Era un ciudadano de ese país, no un criminal. No
había ningún motivo para que le negaran el derecho a salir. Pero las personas
recibían un trato diferente según quienes fueran, y siempre podían encontrar
una buena razón para no dejarle marchar.
Una
vez en la aduana, le preguntaron qué llevaba en la maleta. Él respondió que no
había nada prohibido, sólo sus efectos personales. Le mandaron que la abriera.
Tuvo que obe-decer.
—¿Qué
hay ahí dentro?
—Una
laja para preparar tinta. Es nueva.
Con
eso quería decir que no era una antigüedad, un artícu¬lo prohibido, pero de
todos modos, si realmente querían que no viajara, encontrarían cualquier
pretexto. Cada vez estaba más tenso. Un pensamiento atravesó su mente como un
re¬lámpago: ese país no era el suyo.
En
ese preciso instante, le pareció escuchar un grito:
—Hermano...
Tomó
aire e intentó calmarse.
Finalmente
lo dejaron pasar. Cerró su maleta, la dejó sobre la cinta, cerró la cremallera
de su bolsa de viaje y se dirigió hacia la puerta de embarque. Entonces escuchó
otra vez una voz que parecía gritar su nombre. Continuó caminando como si no la
hubiera oído, pero, aun así, unos pasos después se vol¬vió. El hombre que
acababa de revisar su maleta observaba a unos extranjeros que avanzaban por el
pasillo de pequeños tabiques y dejaba pasar a todo el mundo.
En
aquel instante volvió a escuchar un grito largo; era una voz femenina que
gritaba su nombre, el sonido venía de muy lejos, flotaba sobre el barullo que
se elevaba de la gente de la sala de espera. Su mirada buscó de dónde provenía
esa llama¬da, más allá de la barrera de madera que marcaba el paso de la
aduana, y vio una silueta, que llevaba un abrigo militar y un quepis, apoyada
contra la barandilla de mármol blanco del pri¬mer piso, aunque no podía
distinguir la cara.
La
noche en que se separaron, ella le murmuró al oído, acu¬rrucada contra él:
«Hermano, no vuelvas, no vuelvas». ¿Era un presentimiento, o ella pensaba por
él? ¿Había sido más cla-rividente que él? ¿Adivinó sus pensamientos? Él no dijo
nada. Todavía no tenía el valor de decidirse. Pero ella le metió esa idea en la
cabeza, aunque no se atreviera a afrontarla. Todavía no estaba preparado para
cortar los hilos de sus sentimientos y su deseo, y no podía abandonarla.
Esperaba
que no fuera ella la que estaba inclinada en la barandilla. Se volvió para
caminar hacia la puerta de embar¬que. La señal roja parpadeaba en el panel de
salidas. Oyó de nuevo un grito estridente y desesperado, un largo
«Herma¬no...». Seguro que era ella; pero no se volvió y cruzó la puerta.
4
Sus
recuerdos vuelven con el contacto de su piel húmeda y tibia, que se contorsiona
sin cesar. Sabes que no es ella; no es aquel cuerpo delgado y ágil que estaba
total¬mente a tu merced, sino una carne sólida y robusta, que se pega
estrechamente a ti; es tan ávida, tan desenfrenada, que hace que tú también
agotes por completo tus fuerzas.
—¡Sigue
contando! Háblame de esa joven china, de cómo te aprovechaste de ella antes de
abandonarla.
Tú
dices que ella es una mujer hecha y derecha, mientras que aquella chica sólo
era una niña que quería ser mujer, y estaba lejos de ser tan desvergonzada y
ávida como ella. —¿No te gusta? —pregunta ella.
Tú
dices que sí, por supuesto, es justamente con lo que siempre has soñado, esa
falta de límites, ese placer de ir hasta el final.
—¿También
querías transformarla para que fuera así?
-¡Sí!
—¿Para
que se corriera también como una fuente?
—Sí,
exactamente.
Jadeas
removiéndote.
—¿Para
ti todas las mujeres son iguales?
—Claro
que no.
—¿Qué
diferencia hay?
—Es
otro tipo de excitación.
—¿En
qué era diferente?
—Había
una mezcla de afecto y de compasión.
—¿No
has gozado con ella?
—Sí,
pero de otra manera.
—Y
ahora ¿sólo sientes deseo carnal?
—Eso
es.
—¿Y
quién te la chupa ahora?
—Una
alemana.
—¿Una
puta para pasar la noche?
—No.
Pronuncias
su nombre: ¡Margarita!
Ella
ríe, toma tu cabeza entre sus manos y te besa. Sentada a horcajadas sobre ti,
ha dejado de apretarte con sus piernas alrededor de tu cuerpo y ha inclinado su
rostro para separar el cabello que cae sobre sus ojos.
—¿No
te has equivocado de nombre?
Su
tono de voz es muy raro.
—¿No
te llamas Margarita? —preguntas un poco indeciso.
—Sí,
te lo he dicho yo misma hace un rato.
—Me
lo dijiste cuando me preguntaste si me acordaba de ti.
—De
todos modos, yo te lo dije.
—Si
querías que lo adivinara, podrías haber esperado un segundo más.
—Estaba
impaciente y tuve miedo, de que no te acordaras —reconoce ella—. A la salida
del teatro había algunos especta¬dores que querían hablar contigo. Yo me sentí
un poco incó-moda.
—No
tenías por qué, eran amigos.
—¿Por
qué no han venido a beber una copa con nosotros? Se han ido enseguida, no han
hablado casi nada contigo.
—Quizá
porque había una extranjera. No querían molestar.
—¿Desde
ese momento pensaste en acostarte conmigo?
—No,
pero se te notaba que estabas muy excitada.
—Yo
he vivido varios años en China, entiendo tu obra de teatro. ¿Crees que los de
Hong Kong también consiguen en¬tenderla?
—No
sé.
—Hay
que haber pagado un cierto precio para eso.
Adopta
una postura grave al decir esas palabras.
—Una
alemana llena de gravedad —dices riendo para rela¬jar el ambiente.
—No,
ya te lo he dicho, no soy alemana.
—De
acuerdo, una judía.
—Una
mujer —dice con lasitud.
—Todavía
mejor.
—¿Por
qué mejor?
De
nuevo vuelve a adoptar un tono extraño.
Tú
dices que nunca has estado con una judía.
—¿Has
estado con muchas mujeres? —pregunta mientras por sus ojos pasa un relámpago.
—Debo
reconocer que he estado con unas cuantas desde que salí de China.
Confiesas,
inútil mentirle.
—¿Cada
vez que vas a un hotel como este, te acompaña una mujer? —pregunta de nuevo.
—No
tengo esa suerte. Además, es el teatro en el que se representa mi obra el que
paga esta habitación —le explicas riendo.
Su
mirada se enternece; se tumba a tu lado. Dice que le gusta tu franqueza, más de
lo que le gustas tú.
Dices
que la quieres, a ella, no sólo a su cuerpo.
—Entonces
está bien.
Es
sincera, su cuerpo se aprieta contra el tuyo, sientes que se relaja. Dices que
por supuesto que te acuerdas de ella, de aquella noche de invierno. También
vino a verte en otra oca¬sión. Ella dice que pasaba por allí, que al tomar el
nuevo cruce de carreteras del paseo periférico vio tu edificio y se acercó sin
saber muy bien por qué. Quizá quisiera ver los cuadros de tu casa. Eran muy
originales, parecían una especie de sueños negros; fuera el viento soplaba, en
Alemania el viento no ruge de ese modo, en Alemania todo es tranquilo y
aburrido. Aque¬lla noche tú habías encendido unas velas, el ambiente le
pare¬cía un tanto misterioso, a ella le hubiera gustado ver tus cua¬dros a la
luz del día.
—¿Todos
aquellos cuadros eran tuyos?
Tú
dices que en tu casa sólo colgabas cuadros tuyos.
—¿Por
qué?
—La
habitación era demasiado pequeña.
—¿También
tenías el oficio de pintor? —pregunta otra vez.
—Sin
autorización. Las cosas funcionaban así en aquella época —dices tú.
—No
entiendo.
Tú
dices que es lógico que no lo entienda. Eso ocurría en China. Una fundación
artística alemana te había contratado para pintar, pero las autoridades chinas
negaron la autoriza¬ción.
—¿Por
qué?
Dices
que era imposible saber por qué. En aquella época te informaste en todos los
lugares; pediste a un amigo que fuera a preguntar a la administración
pertinente, y le respondieron que tu actividad era la de escritor y no la de
pintor.
—Pero
¿por qué razón un escritor no puede también ser pintor?
Le
dices que ella no lo puede entender, aunque hable chino; lo que ocurre en China
nunca se explica sólo con ayuda del idioma.
—Entonces
no hablemos más del asunto.
Ella
dice que recuerda muy bien aquella tarde, en la que el sol brillaba en tu
habitación y estaba sentada en un sofá contemplando tus cuadros, incluso tenía
muchas ganas de comprarte uno. Sin embargo, todavía era estudiante y no tenía
suficiente dinero. Fuiste tú quien le ofreciste uno. Ella dijo que no podía
aceptarlo, que era tu trabajo de creación. Tú le explicaste que a menudo
regalabas cuadros a los amigos, que los chinos no se compraban cuadros entre
amigos. Ella dijo que os acababais de conocer, que todavía no erais amigos, que
eso le molestaba, y que, sin embargo, si tenías un catálogo, podías darle un
ejemplar, o podía comprártelo. Pero le dijiste que en China era imposible
publicar un catálogo de cuadros, pero que, ya que le gustaban tanto, ¿por qué
no podías rega¬larle uno? Ella te dice ahora que tu cuadro todavía está
colga¬do en su casa de Francfort, que para ella es un recuerdo muy especial,
una especie de sueño, una imagen interior en la que uno se pierde.
—¿Por
qué insististe en que me quedara con uno? ¿Te acuerdas de aquel cuadro?
—pregunta.
Tú
dices que no, pero recuerdas que querías pintarla a ella, querías que te
hiciera de modelo, todavía no habías pintado a una extranjera.
—Era
muy peligroso —dice.
—¿Por
qué?
—Por
mí no había ningún problema, pero para ti era peli¬groso. No me dijiste nada.
Puede que fueras a hacerlo cuando llamaron a la puerta. Abriste y era un tipo
que venía a anotar la lectura del contador de la luz. Le acercaste una silla
para que se subiera encima. Anotó el número y se marchó. ¿Crees real¬mente que
vino a mirar el contador? —pregunta.
Tú
no respondes, ya no te acuerdas y dices que tu vida en China te aparece muchas
veces en pesadillas, quieres olvidarla, pero acaba resurgiendo en tu
subconsciente.
—¿Nunca
avisan? ¿Pueden entrar en casa de la gente en cualquier momento?
Dices
que era en China, que allí todo era posible.
—Después
de aquella visita, no me acerqué nunca más a tu casa, tenía miedo de causarte
problemas —dice con dulzura.
—No
lo había pensado... —dices tú.
De
pronto quieres mostrarte cariñoso con ella, agarras sus grandes senos con tus
manos.
Con
los dedos, te acaricia el dorso de la mano.
—Eres
tierno —dice ella.
—Tú
también, tierna Margarita.
Sonríes.
—¿Te
vas mañana? —preguntas.
—Deja
que lo piense... Todavía puedo quedarme, pero ten¬dré que cambiar el billete de
regreso a Francfort. ¿Cuándo vuelves a París?
—El
próximo martes. Es un billete de tarifa reducida. Es difícil cambiarlo, sólo
pagando un suplemento.
—No,
yo debo volver como muy tarde este fin de semana —dice—. El lunes una
delegación china viene a Alemania para negociar con mi empresa. Yo soy la
intérprete. No soy libre como tú, tengo un jefe.
—En
ese caso, todavía tenemos cuatro días —dices después de contarlos.
—Mañana...
No, ya ha pasado una noche, sólo faltan tres días —dice ella—. Después iré a
telefonear a mi jefe para pedirle unos días de fiesta y para cambiar mi
billete. Luego pasaré por mi hotel a recoger mis cosas.
—¿Y
tu jefe?
—Ya
se las arreglará. De todos modos, mi trabajo aquí ya ha terminado.
Afuera
ya es de día. Algunos pedazos de nubes permanecen pegados a la punta de los
blancos rascacielos cilíndricos. La cima de las colinas está inmersa en la
bruma. Sobre sus lade¬ras, la vegetación parece totalmente negra, como si fuera
a llo¬ver.
5
Está
en su casa, en Beijing; no sabe cómo ha vuelto. Ya no consigue encontrar la
llave de su apartamento para abrir la puerta. Está preocupado; tiene miedo de
que los veci¬nos lo reconozcan. Escucha unos pasos que vienen de arriba, se
vuelve con rapidez y finge que está bajando. El hom¬bre que viene del piso de
arriba lo roza con su hombro en el recodo de la escalera; se vuelve y lo
reconoce: —¿Has regresado?
Es
Lao Liu, su jefe de sección de la época en que trabajaba de redactor, mal
afeitado, como cuando lo sometían a los inte¬rrogatorios de acusación y de
persecución durante la Revolu¬ción Cultural. Había defendido a su antiguo jefe
y seguramen¬te él debía de guardar un buen recuerdo de esa vieja amistad. Le
explica que no consigue encontrar su llave. Lao Liu deja escapar un profundo
suspiro:
—Han
requisado tu apartamento y se lo han dado a otro inquilino.
Entonces
recuerda que precintaron su apartamento hace mucho tiempo.
—¿Puedes
encontrar algún lugar donde pueda esconderme? —pregunta él.
Visiblemente
incómodo, Lao Liu responde:
—Hay
que pasar por la oficina de gestión de los alojamien¬tos. Es difícil. ¿Cómo es
que no has avisado antes de venir?
Dice
que ha comprado un billete de ida y vuelta, que no pensaba... Habría tenido que
pensarlo, no obstante, ¿cómo podía estar tan atolondrado? Quizá, después de
pasar tantos años en el extranjero, ha debido de olvidar las penalidades que
pasó en China. Alguien está bajando la escalera. Lao Liu se apresura a salir
del edificio y finge que no lo conoce. Él si-gue inmediatamente sus pasos para
que no lo vuelvan a reco¬nocer, pero cuando llega abajo y sale a la calle, Lao
Liu ha desa¬parecido. El polvo vuela en el aire, se ha levantado un viento de
arena como el que sopla en Beijing al principio de la pri¬mavera. Sin embargo,
en ese instante, no sabe si estamos en primavera o en otoño. Va vestido con
poca ropa, tiene frío y recuerda de repente que Lao Liu murió hace tiempo, al
tirarse de la ventana del edificio en donde trabajaba. Tiene que huir enseguida
de ahí y tomar un taxi hacia el aeropuerto, pero se da cuenta de que
confiscarán inmediatamente sus papeles en la aduana, ya que ha sido declarado
enemigo público. Ignora por completo cómo ha ocurrido y más aún por qué no
puede ir a ningún sitio de esa ciudad en la que pasó la mitad de su vida.
Entonces llega a una comuna popular de las afueras y quiere alquilar una casa
en el campo. Un campesino que lleva una pala lo conduce a un tinglado cubierto
por una tela plástica y le señala con la pala una hilera de hoyos cementados.
Proba¬blemente han cavado en la tierra reservas de coles para el invierno,
están revestidas, ya es un progreso, piensa. En la época en que se sometía en
el campo a la reeducación por el trabajo, llegó a dormir en el suelo, sobre la
tierra batida recu¬bierta de paja, cada uno pegado al de al lado, disponiendo
de un espacio de unos cuarenta centímetros, menos ancho que esas fosas, que
sólo acogen a una sola persona, y que son mayores que los nichos cimentados del
cementerio, donde reposan los ataúdes de su padre y de su madre; no se puede
quejar. Una vez en el interior, se da cuenta de que bajo la esca¬lera hay otro
nivel, otra hilera de hoyos; si debe alquilar algo aquí, será mejor alquilar el
nivel inferior, estará más insonorizado, dice que su mujer va a cantar. ¡Ha
venido con una mu¬jer!... Se despierta, es una pesadilla.
Hacía
tiempo que no había tenido ese tipo de pesadillas y, cuando tenía alguna, ya no
tenían nada que ver con China. En el extranjero había encontrado a mucha gente
que llegaba de allí y que a menudo le decían: «Deberías volver, darte una
vuelta. Beijing ha cambiado mucho, ya no reconocerías aque¬llo, ¡hay más
hoteles de cinco estrellas que en París!». De eso estaba seguro. Y si alguien
le decía que hoy en día era muy fácil hacer fortuna en China, tenía ganas de
decirle que, si era tan fácil, por qué no la hacía. Y si le preguntaban si
pensaba en China, contestaba que sus padres estaban muertos los dos. ¿Y la
nostalgia del pueblo natal? También la había enterrado. Ya hacía diez años que
había dejado su país y no quería re¬cordar ese pasado con el que pensaba que
había roto por com¬pleto.
Ahora
es un pájaro libre. Es una libertad interior, no tiene ninguna preocupación, es
libre como el aire, como el viento. Y esta libertad no se la ha concedido
ningún dios, él es el único que sabe el precio que tiene que pagar por ella y
el valor que tiene. Tampoco piensa unirse de nuevo a una mujer; la familia y
los hijos suponen para él una carga demasiado pesada.
Con
los ojos cerrados, deja que su mente divague. Sólo cuando cierra los ojos deja
de notar la mirada de los demás y no se siente vigilado; con los ojos cerrados
es libre, puede dejar que sus pensamientos vaguen, a veces incluso hasta en las
pro¬fundidades de una mujer, hasta en ese lugar maravilloso. Una vez, visitó
una cueva calcárea perfectamente conservada del Macizo Central de Francia, en
la que los visitantes entraban en fila india en unos pequeños coches eléctricos
unidos por un cable, protegidos por una barandilla metálica. Unas luces de
color naranja iluminaban la cueva, que tenía las paredes llenas de ondulaciones
y las estalactitas con forma de tetas goteaban sin parar. Esa oscura cavidad
natural parecía un gigantesco útero de una profundidad increíble. En ella se
sentía minúscu-lo, como un espermatozoide, un espermatozoide estéril, que se
contentaba con pasear por allí, aprovechando su libertad después de apaciguar
el deseo.
De
niño, en una época en la que el deseo sexual todavía no se había manifestado en
él, viajó a lomos de una oca, después de leer un cuento que su madre le había
comprado, o incluso llegó a recorrer por la noche el palacio de los duques de
Flo¬rencia montado sobre un cerdo de cobre, como el que apreta¬ba en sus brazos
el huérfano de un cuento de Andersen. Tam¬bién recordaba que la primera vez que
sintió la dulzura, femenina no fue con su madre, sino con una sirvienta de su
familia que llamaban mamá Li. Ella era la que lo bañaba des-nudo en un cubo
mientras él jugaba con el agua. Luego lo abrazaba y lo apretaba contra su
cálido pecho para llevarlo a la cama, antes de aliviarle las comezones y de
acunarlo para que se durmiera. Esta joven campesina se lavaba y peinaba sin
pudor delante del pequeño. Recordaba sus gruesos senos blan¬cos, que colgaban
como peras, y sus cabellos negros relucien¬tes, que le llegaban hasta la
cintura. Ella los desenredaba con un peine fino de hueso y los enrollaba en un
gran moño que se hacía en la cabeza después de haberla envuelto con una
redeci¬lla. En esa época su madre iba a rizarse el cabello a la pelu¬quería y
no debía de ser tan complicado para ella peinarse. La escena más cruel de su
infancia fue cuando vio cómo pegaban a su madre Li. Su marido vino a buscarla y
quería llevársela a la fuerza, pero ella se agarraba a las patas de la mesa y
no se soltaba. El hombre le arrancó el moño, la golpeó en el suelo, haciendo
que cayeran sobre las baldosas las gotas de sangre que salían de su frente
hinchada. Su madre no consiguió parar¬lo, y de ese modo supo que mamá Li había
huido de su pueblo, porque no soportaba los malos tratos que recibía de su
mari¬do. Le dio a su esposo unas monedas de plata envueltas en un tejido azul
impreso, un brazalete de plata y todo el dinero que había conseguido ahorrar de
su sueldo durante varios años, pero no pudo comprar su libertad.
La
libertad no es un derecho del hombre que concede el cielo, y la libertad de
soñar tampoco se adquiere desde el naci¬miento: es una capacidad que hay que
preservar, una concien¬cia, sobre todo porque las pesadillas no paran de
perturbarla.
—¡Atención,
camaradas, quieren restaurar el capitalismo! Estoy hablando de todos esos
diablos malhechores que se encuentran en todos los niveles, desde la cima hasta
la base. En el Comité Central también hay. Debemos desenmascarar¬los sin la
menor piedad. Debemos proteger la pureza del Parti¬do. No permitiremos que se
ensucie la gloria de nuestro Par¬tido. ¿Se encuentra alguno de ellos entre los
que estamos aquí? No me atrevería a decir que no. De entre las mil personas que
estamos reunidas aquí, ¿creéis que todos están limpios? ¿No habrá ninguno que
esté provocando disturbios por todas par¬tes y pescando en río revuelto?
Quieren perturbar nuestro frente de clase. ¡Os ruego, camaradas, que
permanezcáis con los ojos bien abiertos y desenmascaréis sistemáticamente a
todos los que se opongan al Presidente Mao, al comité central del Partido, al
socialismo!
Cuando,
en la tribuna, la voz del dirigente vestido de uni¬forme verde se paró, los
asistentes empezaron a lanzar con¬signas:
—¡Eliminemos
a esos monstruos!
—¡Juremos
defender al Presidente Mao hasta la muerte!
—¡Juremos
defender al comité central del Partido hasta la muerte!
—¡Exterminemos
al enemigo que no se rinde!
Alrededor
de él, todo el mundo se desgañotaba; él también tenía que gritar para que lo
oyeran los que le rodeaban, no bas¬taba con levantar el puño. Sabía que, de
entre los que habían asistido, todos los que hicieran un gesto distinto a los
demás corrían el riesgo de llamar la atención; incluso sentía por la espalda
cómo algunas miradas se posaban en él. Sudaba. Por primera vez sintió que era
un enemigo, que probablemente podían exterminarlo.
Sin
duda pertenecía a esa clase que querían eliminar, pero ¿a qué clase podían
haber pertenecido su padre y su madre para que desaparecieran? Su bisabuelo
quiso conseguir un título de funcionario, y para eso donó todas las casas de
una calle entera, su patrimonio, pero no consiguió ningún cargo oficial. Se
volvió loco y acabó quemando la última casa que le quedaba —era en la época del
Imperio Manchú, su padre toda¬vía no había nacido. Por otra parte, su abuela
materna empe¬ñó todos los bienes que su abuelo había dejado y lo per-dió todo
antes de que naciera su madre. Nadie, ya fuera del lado de su padre o de su
madre, había estado metido en políti¬ca; sólo su segundo tío paterno había
retenido y guardado para el nuevo poder grandes sumas de dinero que iban a huir
del banco hacia Taiwan, lo que le sirvió para conseguir el título de
personalidad demócrata en recompensa por sus méritos, siete u ocho años antes
de ser tachado de «derechista». Todos vi¬vían gracias a sus sueldos, no les
faltaba de nada, pero tenían miedo a quedarse sin trabajo. Quizá por eso,
acogieron con alegría la llegada de la nueva China, pensando que aquel nuevo
Estado sería de todos modos mejor que el anterior.
Después
de la «liberación», los «bandidos comunistas» se convirtieron en el «Ejército
Comunista», luego en el «Ejérci¬to de Liberación», y, por fin, según su nombre
oficial, en el «Ejército Popular de Liberación». Cuando entraron en las
ciudades, sus padres también se sintieron liberados. Creían que las guerras
incesantes, los bombardeos, el éxodo, el miedo de los saqueos habían acabado
para siempre.
A su
padre tampoco le gustaba el gobierno anterior; había sido algo parecido al
responsable de una sucursal del Banco del Estado de esa época, y, según
contaba, por la lucha interna que producía el nepotismo, perdió su empleo y
trabajó duran¬te un tiempo de periodista en un pequeño diario, que acabó
cerrando, por lo que no tuvieron más remedio que vender sus bienes para
sobrevivir. Recordaba como las monedas de plata, enfiladas en una caja de
zapatos en el cajón de debajo de la cómoda, desaparecían cada día que pasaba y
como los brazale¬tes de oro de su madre también acabaron desapareciendo. En la
misma caja de zapatos, al fondo del cajón de la cómoda, había escondido entre
las monedas un ejemplar de Sobre la nueva democracia impreso en papel basto, la
más antigua edi¬ción de una obra de Mao Zedong que había visto en su vida; la
trajo un misterioso amigo de su padre, el Gran Hermano Hu.
Aquel
hombre era profesor de enseñanza secundaria. Cuan¬do llegaba de visita a casa,
los chicos tenían que salir. Los mayo¬res discutían a escondidas sobre la
«liberación», y él entraba y salía expresamente de la habitación de sus padres
para captar algo de la conversación. El propietario de la vivienda, un hom¬bre
gordo, jefe de oficina de correos, afirmaba que los bandi¬dos comunistas
compartían a la vez los bienes y las mujeres, que comían todos en el rancho
colectivo, renegaban de cual¬quier vínculo de parentesco y mataban cuando les
venía en gana; pero sus padres no se creían ni una palabra. Por aquel entonces
su padre le decía riendo a su madre: «¡Nuestro pri¬mo —un primo de su padre—,
ese bandido comunista, con su cara picada, si todavía vive!».
Aquel
tío, que había participado en su juventud en las activi¬dades del Partido en la
clandestinidad, cuando estudiaba en una universidad de Shanghai, enseguida dejó
a su familia para unirse a la revolución en Jiangxi. Veinte años más tarde, el
tío todavía estaba vivo y él acabó encontrándolo; tenía la cara picada por la
viruela, pero no era nada desagradable. Cuando bebía un poco, se ponía muy rojo
y todavía parecía más gene¬roso. Se reía a carcajadas, sin reprimir el tono de
voz, pero padecía asma, una enfermedad que contrajo, según decía, por fumar
hierbajos, a falta de tabaco, en la época de la guerrilla. Cuando el tío entró
en la ciudad con el Gran Ejército, publicó un anuncio en el periódico en busca
de su familia, y, por su familia, supo en qué se había convertido su primo. El
reen-cuentro fue un poco teatral, porque el tío tenía miedo de no reconocer a
su padre, por eso precisó en la nota que mandó que, como signo para que le
reconociera, blandiría en el andén de la estación una caña de bambú con un pañuelo
blanco. Así, su ordenanza, un chico de campo un poco estúpido, que tenía la
cabeza cubierta de tiña, su gorro militar incrustado en el cráneo a pesar del
calor y todo él empapado en sudor, agitaba entre la multitud una larga caña de
bambú por encima de todas las cabezas.
Su
tío y su padre compartían la afición por la bebida, y cada vez que el tío
venía, traía una botella de licor Daqu de sorgo, desempaquetaba todo tipo de
manjares salados, envueltos en una gran hoja de loto, y los esparcía sobre la
mesa para acom¬pañar la bebida: alas de pollo, hígado de oca o mollejas de
pato, patas de pato, lengua de cerdo. Luego le decía a su orde¬nanza que se
retirara y se ponía a charlar con su padre hasta bien entrada la madrugada. Al
final el chico volvía a buscarlo para llevarlo de nuevo a su guarnición. Las
historias que con¬taba aquel tío, que iban desde la decadencia de su familia
tra¬dicional hasta su experiencia en los combates en la guerrilla, le mantenían
en vilo hasta que sus párpados se cerraban y ya no podían abrirse. Su madre le
repetía varias veces que se durmie¬ra, pero siempre en vano.
Aquellas
historias formaban un mundo completamente diferente al de los cuentos que había
leído. Desde aquel mo¬mento su admiración por los cuentos se transformó en
adora-ción por las leyendas revolucionarias. Su tío quiso también formarlo en
la escritura, y se lo llevó con él durante varios meses. En su casa no había ni
un solo libro para niños, tan sólo tenía las Obras completas de Lu Xun. La
única enseñanza que le dio su tío fue la de exigirle que se aprendiera cada día
un texto de Lu Xun de memoria para recitarlo cuando él vol¬viera del trabajo.
No entendía nada de lo que contaban aque¬llas viejas historias, en aquella
época su interés iba dirigido más hacia la captura de grillos entre los matojos
de hierba al pie de los muros de ladrillo. Su tío lo devolvió a su madre y
reconoció con una gran carcajada que había fracasado en su educación.
Su
madre todavía era joven. Con menos de treinta años, no tenía ni pizca de ganas
de convertirse en un ama de casa dedi¬cada por completo a su hijo. Se había
entregado a su nueva vida y ya no tenía tiempo para ocuparse de él. Pero él
estudió sin demasiadas dificultades y pronto se convirtió en un buen alumno.
Llevaba el pañuelo rojo, pero no se mezclaba con los niños de su clase que
decían guarrerías de las chicas o las hacían rabiar. El día de los niños del
primero de junio fue elegido por su escuela para participar en las actividades
de celebración del municipio y tuvo que entregar flores a los tra¬bajadores
modelo de la ciudad. Su padre y su madre se habían convertido, cada uno por su
lado, en elementos de «vanguar¬dia» de su unidad de trabajo y obtuvieron una
recompensa: uno, un jarro esmaltado, el otro, una libreta. El nombre del
camarada recompensado se imprimía o trazaba con pincel. Para él, eran años de
felicidad. En el Palacio de la Juventud se celebraban a menudo actuaciones de
música y baile, y él espe¬raba poder subir también un día al escenario.
Durante
una sesión de lectura, una profesora recitó un texto del escritor soviético
Korolenko, que explicaba como, en una noche de tormenta, al héroe de la novela,
«yo», se le había estropeado el jeep que conducía en una carretera de montaña.
Entonces vio una luz que brillaba en la cima de una escarpa rocosa y se dirigió
a tientas, enfrentándose a todas las dificul¬tades, hacia una casa en la que
vivía una anciana. Aquella noche el viento gemía, «yo», este héroe, no
conseguía dor¬mirse y le pareció escuchar en los quejidos intermitentes del
viento a alguien que suspiraba. Se levantó y descubrió a la vieja señora
sentada sola en la habitación, a la luz de un candil, fren¬te a la puerta de la
entrada que golpeaba el viento. Entonces le preguntó por qué no iba a dormir,
si estaba esperando a alguien. Ella contestó que esperaba a su hijo. «Yo», el
héroe, le propuso esperar en su lugar, pero la vieja le explicó que su hijo
había muerto y que ella misma lo había empujado bajo las rocas. «Yo» no pudo,
por supuesto, evitar preguntarle qué había pasado, y la mujer lanzó un hondo
suspiro antes de explicar que su hijo había desertado en plena guerra, que
había vuelto al pueblo, y que ella no podía permitir que un desertor cruzara la
puerta de su casa. Aquella historia le afectó mucho; le hizo pensar que el
mundo de los adultos realmente era incomprensible. Hoy no sólo era un desertor
y, según las ideas que daban vueltas por su cabeza desde la infancia, estaba
inclu¬so abocado a ser condenado como un enemigo, sino que no regresaría jamás
a la madre patria.
Todavía
recordaba que fue probablemente hacia la edad de ocho años cuando empezó
realmente a reflexionar. Por el lugar, debía de haber sido poco después de
empezar a escribir su diario; estaba subido sobre el antepecho de la ventana de
su habitación, en el piso, la pelota que sujetaba en la mano se cayó y después
de varios botes fue a parar a las hierbas que es¬taban al pie de un laurel
rosa. Le pidió a su joven tío que esta¬ba leyendo en el patio que le lanzara la
pelota. «Perezoso —res¬pondió su tío—, tú la has tirado, entonces ven a
buscarla tú mismo.» Él dijo que su madre le había prohibido bajar a jugar hasta
que no hubiera acabado de escribir su diario del día ante¬rior. «¿Y la volverás
a tirar si te la lanzo?», preguntó su tío. El dijo que no había tirado la
pelota, que se había caído sola. A regañadientes, su tío le lanzó la pelota
hasta dentro del cuarto. Él volvió a subir al antepecho de la ventana y
preguntó a su tío:
—¿Por
qué cuando se cae la pelota no bota hasta aquí? Si botara a la misma altura, no
me la habrías tenido que lanzar.
—¡Cómo
habla el niño! Es una cuestión de física —respon¬dió su tío.
—¿Qué
es una cuestión de física?
—Es
de la teoría de base; si te lo explico, no lo entenderás.
En
aquella época su tío era alumno de segundo ciclo de secundaria y le inspiraba
un profundo respeto, sobre todo cuando hablaba de física, y todavía más de
teoría de base. Siempre recordó esas dos cosas, porque creía que, en ese bajo
mundo, lo que parecía ordinario, en realidad, era misterioso e insondable.
Más
tarde su madre le compró una colección de libros para niños, Los cien mil
porqués. Leyó cada volumen sin que ninguno le impresionara, y sus dudas
primeras con respecto al mundo permanecieron enterradas en él.
De
su lejana infancia, como una bruma, como el humo, sólo permanecen en su memoria
algunas manchas brillantes. Los recuerdos, enterrados por el tiempo en su
memoria, emergían poco a poco cuando evocaba un fragmento, como una red cuando
sale del agua —basta con tirar de un pedazo para que le siga el resto— y se
extiende hacia el infinito, con las mallas enlazadas, a veces tan visibles como
desaparecidas. Algunos momentos y hechos de distintas épocas resurgieron al
mismo tiempo, y era imposible saber por dónde cogerlos, imposible encontrar el
hilo conductor para hacerlos remontar a la super¬ficie y clasificarlos; además,
era imposible esclarecerlos. La vida humana es una red que querrías deshacer,
nudo tras nudo, pero al final sólo consigues una madeja de hilos enredados. Y
eres incapaz de desenredar esas cuentas caóticas que la vida representa.
6
A
mediodía un hombre que no conoces te invita a comer. Al teléfono, su secretaria
ha precisado:
—Nuestro
director general, el señor Zhou, pasará en persona a buscarle a su hotel.
Cuando
bajas a la recepción, un hombre gordo de aspecto refinado, hombros anchos y
cara despejada, se precipita inme¬diatamente hacia ti y te tiende su tarjeta
con las dos manos.
—Encantado
de conocerle.
Luego
añade que ha visto tu obra de teatro y que tiene el atrevimiento de hacerte
perder algo de tiempo invitándote a comer.
Subes
en su gran limusina Mercedes, signo de su riqueza. Conduce él mismo su coche.
Te pregunta qué te gustaría co¬mer.
—Cualquier
cosa. Hong Kong es el paraíso de la buena co¬cina —respondes.
—Pero
Hong Kong no es París, donde abundan las bellezas —contesta el empresario Zhou
riendo.
—No
en todos los sitios. En el metro también hay muchos vagabundos —replicas,
diciéndote a ti mismo que tu interlo¬cutor es realmente un empresario.
El
coche atraviesa la bahía y entra en el largo túnel bajo el mar que lleva a
Kowloon.
—Vamos
al hipódromo, es muy tranquilo a mediodía, po¬dremos charlar tranquilamente.
Cuando no es la hora de las carreras, sólo van a comer allí los socios del club
de hípica.
Empieza
a intrigarte que en Hong Kong un rico empresa¬rio se interese por tu obra de
teatro.
Una
vez sentados, el señor Zhou pide unos platos ligeros; ya no bromea sobre las
bellas mujeres, se tranquiliza. En este restaurante amplio y confortable sólo
están ocupadas unas pocas mesas; los camareros aguardan tranquilamente a la
entrada, no es como en los restaurantes de Hong Kong, siem¬pre animados y hasta
los topes.
—Debo
confesarle que yo vine clandestinamente del conti¬nente a nado. En la época de
la Revolución Cultural, trabajaba en una granja del ejército en la provincia de
Guangdong. Ya tenía el diploma de secundaria y algo en la cabeza, no podía
echar a perder mi vida de aquel modo.
—¡Pero
era muy peligroso pasar clandestinamente!
—Claro.
En aquella época mis padres estaban presos; en¬traron en casa y nos confiscaron
los bienes. Al fin y al cabo, sólo éramos perros que estábamos dentro de las
cinco catego¬rías negras.
—Se
podía haber encontrado con un tiburón...
—Eso
no era demasiado grave, al menos se podía pelear, era una cuestión de suerte.
Lo peor eran los hombres, los focos de los guardacostas que patrullaban la zona
barrían la superficie del agua para disparar sobre los clandestinos.
—¿Cómo
lo consiguió?
—Preparé
dos cámaras de pelota de baloncesto. Las pelotas de baloncesto de esa época
tenían una cámara de caucho con una válvula por la que se podía soplar.
—Ah,
sí, los niños que aprenden a nadar las utilizan como flotador. En aquella época
no había muchos artículos de plás¬tico —dices, negando con la cabeza.
—Cuando
pasaba un barco, desinflaba las cámaras y bucea¬ba. Me estuve entrenando
durante todo el verano; también lle¬vaba un tubo para poder respirar debajo del
agua.
El
señor Zhou muestra una sonrisa un poco forzada, lo que inspira algo de
tristeza. Ya no parece un rico empresario.
—Hong
Kong está bien porque uno puede hacer lo que quiera. Yo soy un nuevo rico y hoy
nadie conoce mi pasado. Hace tiempo que cambié de nombre. Sólo me conocen por
el nombre de señor Zhou, dueño de una empresa.
En
el fondo de sus ojos y en la comisura de sus labios aparece un rasgo de
satisfacción, ha recuperado su aspecto de empresario.
Comprendes
que no lo ha dicho para impresionarte, no os conocéis de nada y de pronto te
desvela su historia sin el menor escrúpulo; su seguridad en sí mismo
probablemente sea una costumbre que le viene de su actual condición social.
—Me
ha gustado mucho su obra de teatro, pero no estoy seguro de que la gente de
Hong Kong la entienda.
—Cuando
la comprendan será demasiado tarde —dices tú tras un momento de duda—. Tienen
que haber vivido ciertas cosas.
—Sí,
es verdad —añade él.
—¿Le
gusta el teatro? —preguntas.
—Normalmente
no voy. Veo más los ballets o voy a algún concierto. Me gusta ir a las óperas o
a los conciertos de can¬tantes occidentales famosos. Ahora puedo disfrutar de
las artes, pero nunca había visto una obra como la suya.
—Comprendo
—dices riendo—. Pero ¿cómo le vino la idea de ver mi obra?
—Un
amigo me llamó y me habló de ella.
—Eso
quiere decir que hay gente que, a pesar de todo, la entiende.
—Es
alguien que también viene de China.
Tú
dices que esa obra la escribiste cuando todavía vivías en el continente, pero
que sólo la has podido estrenar fuera. Lo que ahora escribes ya no tiene nada
que ver con todo aquello.
Dice
que a él le ocurre lo mismo, su mujer y sus hijos nacie¬ron aquí, son
verdaderos nativos de Hong Kong. Pronto hará treinta años que está en la isla,
hasta él se considera ya de Hong Kong; tan sólo mantiene unas pocas relaciones
de nego¬cios con el continente y el comercio cada vez está más difícil; ya ha
retirado grandes sumas de dinero.
—¿Dónde
va a invertir ahora? —No puedes evitar hacerle esa pregunta.
—En
Australia. Después de ver su obra de teatro todavía lo tengo más claro.
Dices
que tu obra no sólo habla de China, sino de las rela¬ciones humanas en general.
Dice
que lo entiende, pero necesita un lugar para poner a salvo su capital.
—¿Acaso
en Australia no se corre el riesgo de expulsar a los chinos si los de Hong Kong
acuden en masa allí? —pre¬guntas.
—Es
justamente de eso de lo que quería hablar con usted.
—No
conozco la situación de Australia, yo vivo en París —replicas.
—¿Cómo
es en Francia? —pregunta mirándote fijamente a los ojos.
—El
racismo está por todos los lados, Francia no es una excepción —dices.
—Entonces
en Occidente también es muy difícil para los chinos...
Agarra
su vaso medio lleno de zumo de naranja y lo posa en la mesa de nuevo.
Tú
te pones en su piel y le dices que, ya que su familia ha nacido y crecido aquí,
debería serle posible continuar sus negocios en Hong Kong y asegurar su dinero.
Dice
que se siente muy honrado de que hayas decidido compartir con él esa modesta
comida, que le gusta tu estilo, que seas tan sincero.
Tú
le contestas que él es el sincero, que todos los chinos lle¬van una máscara y
que les cuesta mucho quitársela.
—De
hecho, si podemos hacernos amigos es porque no hay ninguna relación de interés
entre nosotros.
Dice
eso con un tono de profunda convicción. Está claro que ha conocido todas las
vicisitudes de ese bajo mundo.
A
las tres de la tarde una periodista tiene que entrevistarte y has quedado con
ella en un café al lado de Wanchai. Él dice que puede llevarte allí. Dices que
debe de estar muy ocupado, que no hace falta que te acompañe. Él añade que
puedes venir a verlo cuando quieras a Hong Kong. Se lo agradeces, luego le
dices que es probable que sea la última vez que una de tus obras se represente
aquí, que seguro que os volveréis a ver, pero que esperas que no sea en
Australia. Él dice que no, no, que cuando vaya a París irá a verte. Tú le dejas
tu dirección y tu teléfono, y él anota de inmediato en su tarjeta el número de
su móvil y te la entrega, mientras asegura que si necesitas su ayuda en lo que
sea, que lo llames cuando quieras y que espera que os volváis a ver.
La
periodista es una chica con gafas. Cuando entras en el café, ella se levanta de
su asiento frente al mar, ante un venta¬nal inmenso, y te hace una señal. Dice
quitándose las gafas:
—Normalmente
nunca llevo gafas, pero sólo había visto su foto en el periódico y tenía miedo
de no reconocerlo.
Guarda
las gafas en su bolso y saca una pequeña grabadora.
—¿Puedo
grabar? —pregunta.
Dices
que por ti no hay ningún inconveniente.
—Cuando
hago un reportaje, debo ser muy precisa en las citas, muchos periodistas de
Hong Kong escriben con dema¬siada alegría y eso provoca a veces la rabia de los
escritores que vienen del continente, algunos hasta piden que se escriba otro
artículo rectificando el anterior. Por supuesto, entiendo su situación, con
usted no ocurre lo mismo, ya lo sé, aunque tam¬bién sea del continente.
—No
tengo a nadie que me dirija, nadie por encima de mí —dices riendo.
Ella
dice que no tiene un mal jefe, que normalmente no le toca los artículos y
publica lo que ella ha escrito, tal cual; ella no soporta las coacciones.
Después del 97 —otra vez el 97—, si las cosas no pueden continuar del mismo
modo, se mar¬chará.
—¿Puedo
preguntarle adonde iría?
Ella
dice que tiene un pasaporte inglés para los naturales de Hong Kong; no puede
vivir en Gran Bretaña, y además no le gusta ese país. Tiene la intención de ir
a los Estados Unidos, pero lo que le gusta es España.
—¿Por
qué España y no los Estados Unidos?
Ella
se muerde el labio inferior y sonríe diciendo que tiene un amigo español; lo
conoció en un viaje que hizo allí, pero ahora están separados. Su compañero
actual es de Hong Kong, un arquitecto que no tiene ganas de marcharse.
—Es
muy difícil encontrar trabajo en el extranjero —dice—. Por supuesto, preferiría
quedarme en Hong Kong.
Ella
comenta que ya ha visitado muchos países, que es muy divertido viajar, pero que
le costaría vivir fuera. En cambio, Hong Kong es diferente, sus padres y ella
son de aquí, es una auténtica isleña. También se dedica a la historia de Hong
Kong, a su cultura, a la evolución de sus costumbres. Está es¬cribiendo un
libro.
—¿Y
qué iría a hacer a los Estados Unidos? —preguntas tú.
—Iría
a estudiar. Ya he entrado en contacto con una univer¬sidad.
—¿Para
preparar un doctorado?
—Mientras
estudio, intentaría encontrar trabajo.
—¿Y
su compañero?
—Podría
marchar después de casarme, quizá... no sé cómo hacerlo.
Sus
ojos no tienen para nada el aspecto de padecer miopía, tan sólo parecen un poco
perdidos en el vacío.
—¿Soy
yo quien le hace la entrevista o al contrario?
Vuelve
a su papel y aprieta la tecla de la grabadora.
—Bueno,
ahora me gustaría que nos dijera qué piensa de las perspectivas de la política
cultural después del regreso de Hong Kong a China. ¿Puede repercutir en el
teatro de Hong Kong? Es una cuestión que preocupa al entorno cultural, y usted,
que viene del continente, ¿puede darnos su punto de vista?
Tras
la entrevista vuelves a tomar el transbordador para atravesar la bahía y
regresar a Kowloon, donde quieres hacer alguna recomendación a los actores del
teatro del Centro cul¬tural. Una vez haya empezado la representación, podrás
volver al hotel para cenar tranquilamente con Margarita.
A
través de las nubes, los rayos del sol caen oblicuamente sobre la superficie
del mar. Sus olas, de un azul profundo, cen¬tellean. Sopla un viento fresco,
naturalmente más agradable que el aire acondicionado de las habitaciones. Sobre
la isla de Hong Kong, los rascacielos apretados enlazan las verdes y
exu¬berantes laderas de las colinas, el guirigay de la ciudad desapa¬rece poco
a poco, unos golpes rítmicos que vienen del mar se hacen cada vez más
perceptibles. Están construyendo el gran edificio en el que tendrá lugar la
ceremonia conjunta entre Gran Bretaña y China, en 1997. El ruido de los
martillos neu-máticos te recuerda que a cada instante, cada minuto y cada
segundo, la isla de Hong Kong está a punto de hacerse china. El reflejo del sol
sobre las olas te obliga a entornar los ojos, estás un poco cansado. Te das
cuenta de que esa China que has dejado continúa molestándote; te gustaría
librarte de ella del todo; tienes ganas de ir esta noche al Lan Kwai Fong con
Mar¬garita, a esa pequeña calle tan occidental, para descubrir un bar de jazz
en el que embriagarte.
7
Pang!
¡Pang! ¡Pang! Los golpes del martillo neumático resuenan regularmente cada tres
o cuatro segundos. ¡Un Partido grandioso, justo y glorioso! ¡Más justo, más
grandioso, más glorioso que el mismísimo Dios! ¡Eter¬namente justo!
¡Eternamente glorioso! ¡Eternamente gran¬dioso!
—¡Camaradas,
estoy aquí como representante del Presiden¬te Mao y del comité central del
Partido!
El
dirigente era de estatura mediana, tenía una cara ancha y colorada, acento de
los naturales de Sichuan, parecía un hom¬bre enérgico y muy metódico. A primera
vista se veía que había conducido a muchos hombres al combate. Al principio de
la Revolución Cultural, todos los dirigentes que todavía mantenían su cargo,
desde la mujer de Mao, Jiang Qing, hasta el Primer Ministro, Zhou Enlai, e
incluso el propio Presiden¬te Mao, todos llevaban uniforme militar. El
dirigente se mantenía muy erguido junto al secretario del comité del Partido de
la institución tras la mesa de la tribuna presidencial, que estaba cubierta por
un mantel rojo. Él percibió que detrás de la puerta principal y de las puertas
laterales del salón de la asam¬blea, hacían guardia unos soldados y
representantes de la co¬misión política.
Alrededor
de medianoche, los empleados y obreros se reagruparon según su sector en el
gran hall. Había más de mil personas, no había faltado nadie al llamamiento,
hasta los pasi-llos estaban llenos de gente sentada en un orden perfecto. Un
comisario político recién trasladado, vestido también con uni¬forme militar,
animaba a la masa a entonar la canción que los soldados cantaban todos los
días: La navegación en alta mar depende del timonel; pero en aquella época, a
los dirigentes y a los intelectuales de la institución todavía les costaba
cantar aquel himno con un tono tan agudo. En cambio, a todos les resulta¬ba
familiar la melodía, inspirada en un viejo tema folclórico que empezaba con
estas palabras: «Oriente está rojo, el sol se levanta, en China ha aparecido
Mao Zedong». Sin embargo, siempre acababan cantando el tema de cualquier modo.
—¡He
venido a apoyar a los camaradas que abren fuego contra la banda negra que se
opone al Partido, al socialismo y a Mao Zedong!
Las
consignas surgieron de repente entre la muchedumbre. No sabía quién había
empezado primero a gritar. No estaba preparado, pero instintivamente alzó el
puño. Los eslóganes prorrumpieron en desorden. La voz del dirigente se alzó en
el megáfono y cubrió rápidamente las dispersas consignas.
—¡Apoyo
a los camaradas que abren fuego contra toda clase de malhechores y malvados!
Atención, hablo de todos los monstruos, los reaccionarios de cualquier estirpe
que se ocul¬tan en las sombras. Cuando la situación les sea más favorable, ¡se
lanzarán con toda su rabia! El Presidente Mao ha dicho con acierto: «¡Los
reaccionarios no sueltan su presa hasta que no se les mata!».
En
aquel instante todos se levantaron, a su alrededor y por todas partes, y
gritaron las consignas con el puño en alto:
—¡Abajo
los malhechores!
—¡Viva
el Presidente Mao!
—¡Viva
diez mil años!
—¡Cien
mil años!
Las
palabras de orden se sucedían a partir de entonces sin interrupción, aumentando
cada vez más el ritmo y subiendo el tono. Al principio las gritaban unos pocos,
luego eran todos a pleno pulmón y al unísono, como las olas devastadoras, una
impetuosa marea imposible de parar, que ponía la piel de galli¬na a todo el
mundo. Él ya no se atrevía a mirar a su alrededor. Por primera vez sentía la
amenaza que suponían esas consig¬nas aparentemente anodinas. El Presidente Mao
no estaba en la otra punta del mundo, no era en absoluto un ídolo que se
pu¬diera despreciar, el poder que tenía era inmenso. Por eso, no podía hacer
otra cosa que no fuera gritar con los demás, tenía que gritar alto y claro, no
podía mostrar ninguna vacilación.
—No
creo que todos los que están aquí sean revoluciona¬rios. En un lugar como éste,
que reúne a tantos intelectuales, seguro que hay alguno que no defiende la
revolución. ¡No digo que esté mal adquirir conocimientos, no, no digo eso,
hablo de esos escritorzuelos que aceptan nuestros eslóganes revolucionarios y
se oponen a la bandera roja blandiendo la bandera roja de los
contrarrevolucionarios de dos caras, que dicen una cosa y piensan otra! Supongo
que nadie se atreve a decir abiertamente que es contrarrevolucionario. ¿Hay
alguno aquí, entre nosotros? ¿Alguno de los que se encuentran aquí se atreverá
a levantarse y decir que está contra el Partido Comunista, contra Mao Zedong,
contra el socialismo? ¿Quién de vosotros? ¡Que suba al estrado, si se atreve!
Silencio
total entre los asistentes. Todos contenían el alien¬to en una atmósfera de
tensión; se habría podido oír una aguja que cayera al suelo.
—¡La
dictadura del proletariado reina en nuestro país! Los contrarrevolucionarios
sólo pueden avanzar con máscaras, aceptar nuestros eslóganes y cambiar de
chaqueta. No son trigo limpio, se aprovechan de que llevamos una gran
revolu¬ción cultural proletaria para atizar un viento siniestro y encen¬der los
fuegos diabólicos. Echan sus redes en todas las direc¬ciones, quieren pasar por
encima de las organizaciones de nuestro Partido a todos los niveles e
imputarnos delitos como si fuéramos la banda negra. ¡Son terriblemente
pérfidos, camaradas, debéis tener los ojos bien abiertos! ¡Debéis mirar a todos
lados y encontrar a estos enemigos, a estos arribistas, esas serpientes que se
esconden entre nosotros, tanto en el seno del Partido como fuera!
Cuando
el dirigente se fue, los participantes se retiraron en orden y con la mayor
tranquilidad, nadie miraba a nadie, por miedo a que su mirada lo traicionara.
Al llegar cada uno a su despacho bien iluminado, todos se encontraron cara a
cara y empezaron a someterse a las pruebas; entonces no fueron más que
autocríticas, confesiones, peticiones de entrevistas indivi¬duales con su
responsable, reconocimientos de faltas ante la organización del Partido, lloros
y lágrimas. El hombre es tan versátil, más manejable que una masa de pasta,
puede resultar feroz a la hora de denunciar a los demás para demostrar su
inocencia. Sabían aprovechar esos momentos de la noche, en los que las personas
son más vulnerables y normalmente bus¬can el reposo en la cama, para someterlos
a las confesiones y los interrogatorios.
Unas
horas antes, en la sesión de estudio político que vino cuando acabó el trabajo,
todos tenían ante ellos en su mesa las Obras escogidas de Mao, pero hojeaban el
periódico, impacien¬tándose durante las dos horas de espera, pero simulando un
cierto interés. Luego se separaron entre risas para volver cada uno a su casa.
La revolución que tenía lugar en las altas esferas del comité central del
Partido todavía no los había aplastado. Cuando un comisario político vino al
despacho para advertir¬les de que se iba a celebrar una asamblea general de los
emplea¬dos y trabajadores, ya eran las ocho, y el comisario no estaba seguro de
que pudiera celebrarse antes de dos horas. El jefe de la oficina, Lao Liu,
apretaba su pipa entre los dientes y la ati¬borraba de tabaco de vez en cuando.
Le preguntaron cuántas pipas iba a llenar; rió sin responder, pero tenía
aspecto de estar pasándolo mal. En tiempos normales Lao Liu no iba con aires de
grandeza y, como también había pegado un dazibao para criticar al comité del Partido, todos se
sentían muy cerca de él. Alguien dijo una vez «Si caminamos con él, no podemos
equi¬vocarnos», pero de inmediato se sacó la pipa para rectificar: «¡Es con el
Presidente Mao con quien tenemos que caminar!». Todos se rieron. Hasta aquel
momento, probablemente nadie deseaba que la lucha de clases se desencadenara
entre los cole¬gas de la misma oficina. Además, Lao Liu era un miembro del
Partido de la época de la guerra de Resistencia contra Japón y, en vista de la
antigüedad de cada uno, pocos habrían podido pretender sentarse en su sillón de
cuero de jefe de oficina. El olor a cacao que emanaba de su pipa hacía que la
atmósfera de la habitación fuera menos tensa.
Durante
la segunda parte de aquella noche, los dirigentes políticos y los secretarios
de la célula del Partido, que habían demostrado ser prudentes y fieles al
comité del Partido, se apoderaron de los despachos. Tuvieron que confesarse
todos los empleados, de uno en uno, confesar sus faltas; los que te¬nían que
llorar lo hicieron, luego llegaron las denuncias recípro-cas. La señora Huang,
encargada de la recepción y del envío del correo, declaró que su marido había
ocupado una función en el seno del gobierno del Guomindang y que después la
abandonó y se llevó a su amante a Taiwan. De inmediato aña¬dió el reproche de
que fue el Partido el que le ofreció una nueva vida. Mientras pronunciaba estas
palabras, no dejaba de gimotear y sacaba el pañuelo para secarse las lágrimas y
la nariz. En realidad, sólo lloraba de miedo. Él no lloraba, pero sentía que el
sudor le corría por la columna vertebral, y, pro-bablemente, sólo él sabía por
qué.
Cuando
entró en la universidad, acababa de cumplir dieci¬siete años y todavía era casi
un niño, asistió a una sesión de lucha contra los estudiantes «derechistas» de
los cursos supe-riores. Los nuevos estudiantes estaban sentados en el suelo en
la primera fila del gran anfiteatro, como si se tratara para ellos de un
bautismo de entrada en educación política. Cuando lla¬maron a un estudiante
derechista, éste se levantó y fue al pie de la escalera. Se quedó allí con la
cabeza gacha y el cuerpo inclinado ante los asistentes. Le goteaba el sudor en
la frente y la nariz, mezclándosele con las lágrimas y los mocos, mojando el
suelo delante de él, y dándole el aspecto de un pobre y atur¬dido perro que se
hubiera caído al agua. Los que hablaban en la tribuna eran compañeros de
estudios que exponían con exal¬tación los crímenes contra el Partido que
cometían los dere¬chistas. Luego no recordaba a partir de cuándo, esos
estudian¬tes acusados de ser derechistas, que, sin decir una palabra, buscaban
las mesas vacías y comían rápidamente en el refectorio, desaparecieron y nadie
más habló de ellos, como si nunca hubieran existido.
La
palabra laogai, reeducación por el trabajo, nunca la ha¬bía oído hasta que
acabó sus estudios, como si se tratara allí de una palabra tabú que no se debía
pronunciar. Ignoraba por qué investigaron a su padre en aquella época y lo
mandaron al campo a someterse a la reeducación por el trabajo, tan sólo había
oído a su madre pronunciar vagamente esos términos. Cuando ocurrió, él ya se
encontraba en una universidad de Beijing y había abandonado el domicilio
familiar. Su madre mencionó algo de eso en una carta, en la que decía que se
tra¬taba de curtirse por medio del trabajo. Un año más tarde, cuando volvió a
casa para pasar las vacaciones de verano, su padre acababa de regresar del
campo y recuperó su trabajo des¬pués de que le retiraran su etiqueta de elemento
derechista. Sus padres siempre le habían ocultado este episodio, y sólo durante
la Revolución Cultural le preguntó a su padre sobre aquel hecho y supo que fue
su tío, el viejo revolucionario, quien intervino en su favor. Como el número de
derechistas designados por la entidad de trabajo de su padre sobrepasaba
ampliamente las cuotas fijadas por los superiores, su padre no tuvo que llevar
esa etiqueta, tan sólo le rebajaron el salario y le abrieron un expediente. Los
problemas de su padre venían porque había escrito en el periódico mural un
artículo de unos cien caracteres, en el que expresó francamente su opinión en
respuesta a un llamamiento del Partido que animaba a «no ca¬llarse lo que se
sabía, no guardarse nada de lo que se tenía que decir para ayudar a mejorar el
estilo de trabajo del Partido».
¿Cómo
imaginar, por aquel entonces, que eso era una táctica del Partido para «sacar a
la serpiente de su agujero»?
Como
le ocurrió a su padre nueve años antes, él también cayó en la misma trampa.
Sólo había firmado un dazibao, res¬pondiendo al llamamiento del Presidente Mao
impreso en caracteres gruesos en la primera página del Diario del pueblo:
«Debéis preocuparos por los asuntos del Estado». Eso ocurrió en el momento de
ir a trabajar, en la entrada del edificio; alguien estaba pegando un dazibao y
pedía firmas. Él añadió su nombre en el cartel. Ignoraba quién había maquinado
ese dazibao contra el Partido y las ambiciones políticas de los que lo habían
redactado. No tenía nada que denunciar, pero debía reconocer que tenía motivos
para estar contra el comité del Partido. Al firmarlo, perdió el rumbo y
abandonó su posi¬ción de clase. En realidad, no sabía exactamente a qué clase
pertenecía. De todos modos, no pertenecía al proletariado y, por eso, no tenía
ninguna postura clara. Si no hubiera firmado aquel dazibao, habría firmado
cualquier otro. Esa fue la autocrí¬tica que se hizo. Indudablemente había
cometido un error polí¬tico y, a partir de aquel instante, arrastraría con él
un expedien¬te; su historia personal nunca más recuperaría su virginidad.
Antes
de aquel acontecimiento nunca había pensado real¬mente en oponerse al Partido,
no necesitaba oponerse a nadie, tan sólo deseaba que no vinieran a enturbiar
sus sueños. Pero lo que ocurrió aquella noche le hizo despertar y vio con
clari¬dad que se encontraba en una situación peligrosa. En medio de los
peligros políticos permanentes que le rodeaban, para protegerse a sí mismo, no
podía dejar de mezclarse con los demás, pronunciar las mismas palabras que
ellos, comportarse como la mayoría, seguir el mismo ritmo, fundirse en esa
mayoría, decir lo que el Partido había decidido decir, acallar todas sus dudas,
y limitarse a lanzar las consignas. Para evitar que lo tacharan de elemento
contrario al Partido, tuvo que es¬cribir un nuevo dazibao con unos consignatarios,
en el que ex¬presaba su apoyo a los dirigentes del Comité Central, negaba el
dazibao anterior y reconocía su error.
El
que cede salva la vida, el que se rebela muere. Al amane¬cer, los pasillos
estaban cubiertos de nuevos dazibaos; lo que estaba mal ayer estaba bien hoy,
todo cambiaba en función del clima político, todos se convirtieron en
camaleones. Lo que le produjo la mayor estupefacción fue el contenido de un
dazibao que había pegado un dirigente político:
«¡Traidor
Liu, digo que eres un traidor, porque has dado la espalda a los principios de
la organización del Partido! ¡Trai¬dor Liu, digo que eres un traidor, porque
has vendido los secretos del Partido! ¡Traidor Liu, digo que eres un traidor,
porque siempre has sido un oportunista que has ocultado tu origen familiar de
terrateniente para infiltrarte en el campo revolucionario! ¡Si te digo que eres
un traidor es porque hasta hoy has continuado protegiendo al reaccionario de tu
padre, lo escondes en tu casa, y te opones a la dictadura del proleta¬riado!
¡Traidor Liu, te aprovechas por tu origen de clase del movimiento para
confundir lo justo con lo injusto, engañar a las masas, has saltado para
dirigir la punta de tu dardo envene¬nado contra el Partido y tus intenciones
han quedado claras!»
Los
textos de acusaciones revolucionarias, todos escritos de este modo, sembraban
el terror. Lao Liu, su superior, se con¬virtió en aquel instante en un
disidente de clase y de inmediato se encontró aislado. Al salir del círculo de
personas que había alrededor de los dazibaos, Lao Liu regresó a su despacho y
cerró la puerta, y cuando volvió a salir, sin su pipa en los labios, nadie se
atrevió a dirigir la palabra al ex jefe de la oficina.
Después
de aquellos combates nocturnos que duraron hasta el amanecer, el cielo empezaba
a clarear. Fue al lavabo y se lavó la cara. El agua fresca le aclaró las ideas.
A lo lejos, los techos de tejas grises se extendían hasta perderse de vista;
los hom¬bres, sumergidos en sus sueños, todavía no se habían desperta¬do, sólo
se veía la cúspide redonda del templo de la Pagoda Blanca bañada por la luz de
la mañana, cada vez más clara. Por primera vez tenía claro que se había
convertido en un enemigo «oculto en la sombra» y que, si quería sobrevivir, era
necesa¬rio que se pusiera una máscara.
—Atención
al cierre de las puertas, próxima parada Prince Edward Station.
El
anuncio se hace en cantones, luego en inglés. Te has quedado dormido, y se te
ha pasado la parada. El metro de Hong Kong está más limpio que el de París. Los
pasajeros de Hong Kong son más disciplinados que los del continente. Tendrás
que dar media vuelta en la próxima parada, regresar al hotel, dormir un poco,
ya no sabes dónde te has despertado esta noche, estabas en una cama con una
extranjera tumbada a tu lado. Ya eres una persona que no tiene remedio, y no
sólo te has convertido en un simple enemigo, sino que te precipitas hacia el
infierno; pues, para ti, el recuerdo es exactamente un infierno.
8
—Háblame
un poco más de esa china, ¿qué ha sido de ella? —Margarita posa el vaso de
licor que tiene en la mano. Levanta sus largas pestañas cuidadosamente
realzadas de negro y te mira desde el otro lado de la mesa redonda.
—No
sé, seguramente debe de seguir en China —dices tú un tanto incómodo.
Preferirías evitar ese tema.
—¿Por
qué no la haces salir de ahí? ¿No piensas en ella? —pregunta mirándote
fijamente.
—Ya
han pasado diez años. De qué sirve hablar de eso, la habría olvidado si no te
empeñaras en hablar de ella.
Tratas
de mostrarte indiferente; ahora sólo tienes ganas de seducir a la mujer que
tienes delante.
—En
ese caso, ¿cómo es posible que te acuerdes de mí, de aquella noche en la que
nos vimos por primera vez en tu casa?
—No
sé, es difícil de explicar, a veces recordamos muy bien pequeños detalles y
otras veces olvidamos incluso el nombre de una persona que conocemos
perfectamente. En algunas ocasiones, ni siquiera conseguimos recordar lo que
hemos estado haciendo durante años...
—¿También
has olvidado su nombre?
—¡Margarita!
—dices tomándole la mano—. Los recuerdos siempre son duros, hablemos de otra
cosa.
—No
siempre son duros, también hay buenos recuerdos, sobre todo de las personas que
hemos querido.
—Claro,
pero todavía prefiero olvidar lo que pasó.
En
ese instante serías incapaz de pronunciar el nombre de esa chica que sólo
podría reavivar tu sufrimiento; incluso su voz y su cara se han difuminado.
—¿También
me olvidarás?
—¿Cómo
podría olvidarte? Estás tan llena de vida, eres tan alegre.
Miras
fijamente sus ojos un tanto ocultos por la sombra de las pestañas, intentas
cambiar el tema de conversación.
—¿Y
ella no lo era también? —dice sin evitar tu mirada. Continúa mirándote
fijamente a los ojos—. Ella, tan joven y adorable, tan deseable también, estaba
sentada enfrente de mí, con las manos se apretaba la falda alrededor de las
piernas, pero la parte delantera de su falda caía y dejaba ver que no lle¬vaba
nada debajo. En aquella época, en China, me impresionó bastante.
—Es
posible. Seguramente, cuando llamasteis a la puerta, estábamos haciendo el amor
—dices esbozando una pequeña sonrisa. Inútil aparentar que estás serio.
—Me
olvidarás del mismo modo —dice ella—, y probable¬mente en muy poco tiempo.
Aparta
la mano.
—¡Pero
es diferente! ¡No tiene nada que ver!
Intentas
justificarte sin encontrar las palabras, lo que dices no es muy inteligente.
Ella te pregunta:
—¿Para
los hombres, los cuerpos de las mujeres son todos parecidos, sea quien sea la
mujer?
—No.
¿Qué
más decir? Todas las mujeres querrían probar que son diferentes, esa lucha
desesperada en la cama, la búsqueda del amor en el deseo, es porque piensan que
después del deseo sexual quedará todavía algo.
En
el bar 97, el bar más de moda de la callejuela Lan Kwai Fong, estás frente a
ella, os separa sólo una pequeña mesa redonda, cerca el uno del otro, te
esfuerzas por captar su mira¬da. En el ambiente suena una música de rock,
demasiado estridente, cantada en inglés. Bajo los neones azulados, las camisas
blancas devuelven la luz. La acomodadora y el barman, que lleva una pajarita,
son occidentales muy altos. Ella lleva ropa negra, que se funde en la
oscuridad, pero el rojo de sus labios pintados brilla. Bajo los neones, este
color violeta oscu¬ro lo tiñe todo de una visión fantástica que te fascina.
—¿Es
sólo porque soy una occidental? —Te mira, arquea las cejas, su voz parece venir
de muy lejos.
—No
solamente, ¿cómo explicarlo?... Eres una mujer com¬pleta, mientras que ella,
¿cómo te lo diría?... Ella sólo era una niña —dices riendo, con un poco de
frivolidad.
—¿Qué
más diferencias hay? —pregunta, como si quisiera realmente llegar hasta el
fondo de la cuestión.
En
sus ojos entornados, percibes un toque de perversidad. Dices:
—Ella
no sabía chuparla, se limitaba a ofrecer su cuerpo; no sabía lo que era
gozar...
—Todas
las mujeres lo saben naturalmente, lo aprenden tar¬de o temprano...
Desvía
la mirada, sus párpados con pestañas maquilladas se cierran.
Piensas
en las ondulaciones de su cuerpo, rígido y dulce; su perfume, su respiración,
su tibieza y su humedad reaniman tu deseo y le dices brutalmente que tienes
ganas de hacer de nuevo el amor.
—¡No!
—dice categóricamente—. No es conmigo con quien quieres hacer el amor, pero
buscas una simple compen¬sación con mi cuerpo.
—¿De
qué hablas? ¡Eres realmente guapa, es cierto!
—No
te creo.
Ella
baja la cabeza y hace mover su vaso con el dedo, ese pequeño movimiento también
es muy seductor luego se yergue riéndose, descubriendo el surco entre sus
senos, que per-manecía oculto por la sombra de su cabeza.
—Estoy
demasiado gorda —dice.
Vas
a contestar que es mentira, pero ella te interrumpe:
—Ya
lo sé.
—¿Qué
sabes?
—Detesto
mi cuerpo.
De
pronto se muestra muy fría, y tras beber un trago añade:
—Bueno,
ya está bien, no me entiendes en absoluto, mi pasado, mi vida, no sabes nada de
nada.
—Bueno,
pues háblame. —La haces rabiar—. Por supuesto que quiero comprenderte, quiero
saberlo todo de ti, todo.
—No,
lo único que quieres es acostarte conmigo.
Bueno,
sólo puedes justificarte.
—¿Eso
es malo, quizás? Hay que vivir, y lo más importante es vivir el momento, el
pasado es el pasado, hay que saber romper con él.
—Pero
tú no lo consigues, tú no lo consigues —afirma obs¬tinadamente.
—¿Y
si lo hubiera conseguido?
Haces
una mueca.
Es
una chica seria, debía de ser buena en matemáticas en el colegio.
—No,
no has roto con los recuerdos, todavía están dentro de ti, y salen a la
superficie por momentos. Claro que pueden entristecer, pero también pueden dar
fuerzas.
Dices
que los recuerdos quizá le den fuerzas a ella, pero que para ti son auténticas
pesadillas.
—Los
sueños no son reales, mientras que los recuerdos se basan en cosas que han
ocurrido de verdad, es imposible hacer que desaparezcan —dice con convicción.
—Claro
—suspiras tú—, y además no es seguro que no vuel¬van alguna vez.
—Pueden
volver en cualquier momento si no estás alerta; es lo mismo que ocurre con el
fascismo. ¡Si no se habla de él, si no se denuncia, si no se le fustiga, se
corre el riesgo de que reaparezca en cualquier momento!
Cuanto
más habla, más se enfurece, como si el sufrimiento de todos los judíos pesara
sobre ella.
—¿Necesitas
sufrir? —le preguntas tú.
—No
se trata de que lo necesite o no, el sufrimiento está ahí, es real.
—¿Y
qué quieres, cargar con todo el sufrimiento de la huma¬nidad? ¿O como mínimo
con el sufrimiento de la nación judía entera? —replicas.
—No,
esa nación ha desaparecido desde hace tiempo, está des¬parramada por el mundo
entero, yo tan sólo soy una simple judía.
—¿No
es mejor? Es más humano.
Ella
quiere confirmar su identidad, ¿y tú? Tú quieres justa¬mente librarte de tu
etiqueta de chino, no quieres el papel de un Jesucristo, no quieres que la cruz
de esa nación te aplaste, ya has tenido suerte de que hasta ahora no te haya
aplastado. Para hablar de política es demasiado tierna, y como mujer se
calienta demasiado la cabeza; por supuesto, esas dos últimas frases no se las
dices.
Unos
jóvenes isleños modernos han entrado. Algunos lle¬van cola de caballo; todos
son chicos. La acomodadora de alta estatura y de pelo rubio les hace tomar
asiento cerca de voso¬tros. Uno de ellos dice algo a la acomodadora. La música
está demasiado alta, la chica se inclina para poder oírlo, poco des¬pués suelta
una carcajada, mostrando unos dientes de un blan¬co resplandeciente bajo los
neones. Luego les acerca otra pequeña mesa redonda. Está claro que esperan a
más gente. Dos chicos se acarician las manos, tienen un aspecto totalmen¬te
distinguido. Al poco, piden la bebida.
—¿Crees
que después de 1997 los homosexuales podrán reu¬nirse así? —te pregunta ella al
oído acercándose a ti.
—En
China no sólo era imposible que los homosexuales se reunieran en algún lugar,
sino que si descubrían a uno de ellos, lo enviaban al laogai, o incluso lo
podían fusilar.
Tú
ya has visto los informes de la policía de la época de la Revolución Cultural,
que más tarde se publicarían como docu¬mentos internos.
Ella
se echa atrás en su asiento y no dice nada más. La músi¬ca continúa igual de
alta que antes.
—¿Qué
te parece si vamos a dar una vuelta? —sugieres.
Ella
empuja el vaso que no ha apurado y se levanta. Salís. La pequeña calle está
demasiado iluminada por las luces de neón. Pasan muchas personas por ahí, y
circulan en medio de una animación incesante por los distintos bares. También
hay algu¬nas pastelerías y cafeterías más distinguidas.
—¿Y
estos bares, continuarán existiendo? —Está claro que habla de después de 1997.
—¿Quién
sabe? Aquí tienen talento para los negocios, lo único que quieren es conseguir
dinero. Esta nación es así, no tienen el mismo espíritu de arrepentimiento que
los alemanes —dices tú.
—¿Crees
que los alemanes tienen espíritu de arrepenti¬miento? Después de lo que ocurrió
en Tiananmen en 1989, han continuado sus negocios con China como si no hubiera
pasado nada.
—¿Podemos
dejar de hablar de política? —preguntas tú.
—No
puedes huir de eso —dice ella.
—¿Podemos
huir al menos un poco? —insistes intentando ser lo más educado posible,
esbozando una sonrisa.
Entonces
te sonríe después de haberte mirado de hito en hito; luego dice:
—Bueno,
vamos a comer, tengo hambre.
—¿Occidental
o chino?
—Chino,
por supuesto. Me gusta Hong Kong, siempre es tan vivo, y se come muy bien y
barato.
La
llevas a un pequeño restaurante con buena iluminación, muy animado, lleno hasta
los topes. Ella habla en chino con el camarero regordete. Pides algunas
especialidades y directa-mente un viejo vino de Shaoxing. El camarero trae una
botella sumergida en un cubo de agua caliente; luego, después de colocar la
botella y poner unas ciruelas confitadas en las copas, le dice a ella: «Habla
chino realmente así...». Levanta el dedo pulgar y añade: «¡Es raro, muy raro!».
Se
siente feliz. Comenta:
—En
Alemania estoy demasiado sola. De todas formas prefiero China. En invierno en
Alemania hay demasiada nieve. Al volver a casa, en la calle no hay nadie, cada
uno se encierra en su casa; por supuesto, no son como en China, son grandes, no
hay todos los problemas que has mencionado. En Francfort vivo en un ático, pero
tengo una planta entera para mí sola. Si vienes, podrás quedarte en mi casa,
tendrás tu pro¬pia habitación.
—¿No
me quedaré en tu habitación? —aventuras tú.
—Sólo
somos amigos —dice ella.
A la
salida del restaurante, la calzada está cubierta de char¬cos, tú caminas por la
derecha, ella por la izquierda. Estáis separados durante el camino. Tus
relaciones con las mujeres nunca son fáciles. No sabes por qué fracasan ni por
qué acaban enfriándose. Probablemente ya no tienes remedio. Es más fácil
acostarse con una mujer que conocerla, tan sólo consigues tener encuentros
fortuitos, para apaciguar un poco tu soledad.
—Ahora
no tengo ganas de volver al hotel, paseemos un poco —dice ella.
Un
bar da a la acera. Su gran ventanal apenas está ilumina¬do por unas velas
colocadas sobre las pequeñas mesas llenas de hombres y mujeres.
—¿Entramos?
—preguntas tú—. ¿O vamos a la orilla del mar?, será más romántico.
—He
nacido en Venecia y he crecido a la orilla del mar —re¬plica ella.
—Entonces
podemos decir que eres italiana, es una ciudad maravillosa, con un sol
deslumbrante.
Tienes
ganas de volver a calentar un poco el ambiente, dices que has ido a la plaza
San Marcos, que a medianoche las terra¬zas de los cafés y de los restaurantes
estaban llenas, que del lado del mar, una orquesta tocaba al aire libre.
Todavía recuer¬das que era el Bolero de Ravel, su tema repetitivo flotaba en la
noche. Las jóvenes chicas que paseaban por la plaza llevaban en la muñeca, en
el cuello o sobre los cabellos un círculo de plástico fosforescente que los
vendedores ambulantes vendían por las calles. Se las veía ir de un lado a otro.
Bajo los puentes de piedra, las parejas de enamorados estaban sentadas o
tum¬badas en las góndolas tranquilamente. Algunas llevaban incluso delante una
lámpara con una vela y se deslizaban por la super¬ficie negra del mar. En Hong
Kong, en cambio, no hay gusto por lo refinado, sólo es un paraíso para comer,
beber e ir de compras.
—Pero
todo eso sólo se monta para los turistas —dice ella—. ¿Estabas de viaje?
—En
aquella época no podía permitirme ese lujo, me invitó una asociación de
escritores italianos. Una vez allí, me dije que sería maravilloso encontrar a
una veneciana para quedarme en aquella ciudad.
Ella
interrumpe.
—Es
una ciudad muerta, sin el menor aliento, sólo vive para el turismo, no tiene
más vida que esa.
—Sea
como sea, allí la gente vive muy feliz —dices.
Añades
que cuando volviste al hotel, en plena noche, las calles estaban casi vacías,
pero dos jóvenes italianas continua¬ban divirtiéndose ante el hotel. Bailaban
alrededor de un radiocasete que había en el suelo. Las miraste un buen rato y
te sonrieron. Hablaban en italiano, pero, aunque tú no entien¬das italiano,
viste claramente que no eran turistas.
—Tuviste
suerte de no entender lo que te decían; intenta¬ban ligar contigo —dice ella
fríamente—, eran prostitutas.
—No
estoy seguro —reflexionas un momento—. De todos modos, eran muy cálidas y
adorables.
—Los
italianos son todos cálidos. Difícil decir si son adora¬bles.
—Exageras
un poco, ¿no? —preguntas.
—¿No
les hiciste ninguna señal? —replica.
—No
habría tenido suficiente dinero —dices.
—Yo
tampoco soy una puta—dice.
Tú
dices que es ella la que ha empezado a hablar de Italia.
—Nunca
he vuelto.
—Bueno,
no hablemos más de Italia.
Le
echas una mirada, muy desanimado.
Una
vez en el hotel, subís a la habitación.
—No
hacemos el amor, ¿de acuerdo? —dice ella.
—De
acuerdo, pero no podemos partir en dos esta gran cama.
Intentas
ocultar tu desengaño.
—Podemos
dormir cada uno en su lado, o charlar tranqui¬lamente.
—¿Hablar
hasta que amanezca?
—¿Nunca
has dormido con una mujer sin tocarla?
—Claro,
con mi ex mujer.
—Eso
no cuenta, ya no la querías.
—No
sólo no la quería, sino que, además, tenía miedo de que me denunciara...
—¿Por
las relaciones con otras mujeres?
—No,
era imposible tener otra mujer en aquella época, te¬nía miedo de que denunciara
mis ideas reaccionarias.
—Porque
no te amaba —dice ella.
—Ella
tenía miedo, miedo de que le ocurriera cualquier desgracia por estar conmigo.
—¿Qué
desgracia?
—Imposible
hablar de eso en pocas palabras.
—No
hablemos más de eso entonces. ¿Nunca has dormido con una mujer que amaras o que
apreciaras sin hacer el amor?
Piensas
un poco y dices:
—Sí,
alguna vez.
—¡Eso
está bien!
—¿Qué
es lo que está bien?
—Debías
de respetarla, respetar sus sentimientos.
—No
necesariamente, apreciar a una mujer sin tocarla, si se duerme en la misma
cama, es muy difícil.
Para
ti, en todo caso.
—Eres
sincero —dice ella.
Tú
se lo agradeces.
—Inútil
agradecérmelo, todavía no tengo pruebas, hay que verlo.
—Es
la verdad. Ocurrió así; sin embargo, después, me supo mal no haber podido
hacerlo, pero ya no la volví a ver.
—Eso
quiere decir que a pesar de todo la respetabas.
—No,
en realidad tenía miedo —dices.
—¿Miedo
de qué? ¿De que te denunciara?
Dices
que no se trataba de tu ex mujer, era otra; ella no pre¬tendía denunciarte,
estaba muy decidida a estar contigo, pero tú no te atreviste.
—¿Por
qué?
—Tenía
miedo de que los vecinos se dieran cuenta, era una época terrible en China; no
tengo ganas de hablar de nuevo del pasado.
—Habla,
si hablas te sentirás más aliviado.
Ella
parece comprender.
—Es
mejor no hablar más de asuntos de mujeres.
Piensas
que ella se está comportando como si fuera una buena hermana.
—¿Por
qué esto sería un asunto sólo de mujeres? Tanto los hombres como las mujeres
somos todos seres humanos, siem¬pre hay algo más aparte de las relaciones
sexuales. Debe de ser también así entre tú y yo.
Ya
no sabes de qué debes hablar con ella. De todos modos, no podéis meteros en la
cama de inmediato. Examinas con atención un grabado de colores con el motivo
cuidado en su cuadrado dorado.
Se
quita las horquillas, se suelta el pelo y se desnuda mien¬tras te explica que
su padre volvió después a Alemania, que en Italia costaba ganarse la vida mucho
más que en Alemania.
No
le preguntas por su madre, guardas silencio prudente¬mente y te esfuerzas en no
mirarla, pensando que no volverás a vivir de nuevo el sueño maravilloso de la
noche pasada.
Ella
entra en el cuarto de baño con un camisón largo. Deja la puerta abierta y
continúa hablando mientras deja caer el agua:
—Fue
después de la muerte de mi madre cuando empecé a estudiar chino en Alemania.
Los estudios de la lengua china están muy desarrollados allí.
—¿Por
qué aprender chino? —preguntas tú.
Ella
dice que quería alejarse lo máximo posible de Alema¬nia. Cualquier día, si los
neofascistas levantaban cabeza, po¬dían denunciarla. Habla de sus vecinos de la
calle en que vivía, aquellos hombres y aquellas mujeres perfectamente
civilizados y elegantes, que siempre saludaban con un ademán frío de cabeza al
cruzarse con ellos. Cuando se los encontraba duran¬te el fin de semana,
limpiando su coche hasta que reluciera, como si fuera un zapato, ella debía
pararse un instante para decirles algo, pero ¿quién sabe si un día, si alguna
vez el am¬biente cambiara, como en Serbia recientemente, no serían los mismos
que venderían, cazarían, violarían y también masacra¬rían a los judíos? Ellos o
sus hijos.
—El
fascismo no existe sólo en Alemania, nunca has vivido realmente en China, el
terror de la Revolución Cultural no tiene nada que envidiar al fascismo —dices
con frialdad.
—Pero
no es lo mismo, los fascistas cometen un genocidio sólo porque en tus venas
corre sangre judía, no es una cuestión de ideología, de punto de vista
político. No tienen teoría —ar¬gumenta, elevando la voz.
—¡Teoría
de mierda! ¡No entiendes nada de China, tú no has vivido el terror rojo, esa
enfermedad contagiosa puede hacer que todo el mundo se vuelva loco! —Ahora
empiezas a irritarte tú.
Ella
ya no dice nada. Lleva un camisón ancho, el sujetador en la mano, sale del
cuarto de baño y levanta los hombros en tu dirección. Se sienta al borde de la
cama, con la cabeza ga-cha; su cara está pálida, se ha quitado el lápiz de
labios y el rímel, lo que refuerza su tierna feminidad.
—Perdona,
ha sido por el deseo sexual.
Intentas
justificarte, luego ríes amargamente.
—Duerme,
venga.
Enciendes
un cigarrillo, ella se levanta y viene frente a ti, te abraza contra su dulce
pecho y te acaricia el pelo, luego mur¬mura:
—Puedes
dormir a mi lado, pero no tengo ganas de sexo, sólo quiero hablar contigo.
Necesita
sumergirse de nuevo en su historia, mientras que tú, tú tienes ganas de
olvidar.
Necesita
llevar a cuestas el sufrimiento de los judíos y la vergüenza de la nación
germánica. En cuanto a ti, necesitas percibir gracias a su cuerpo que todavía
estás vivo en este ins¬tante.
Ella
dice que en este instante no siente nada.
9
Sólo
volvió a su habitación de madrugada, cuando acabó el interrogatorio. Los
guardias rojos encerraron en la sala de reunión de la institución a su colega
Lao Tan, que compartía la habitación con él. Lo aislaron para someterlo a una
investigación más profunda, por lo que no pudo volver a su cuarto. Una vez
cerró la puerta, levantó una esquina de la persiana y vio que, en el patio, las
lámparas de los vecinos estaban apagadas. Volvió a colocar bien la persiana y
verificó minuciosamente que no se filtraba nada de la luz del día a través de
la ventana. Entonces abrió la puerta de la estu¬fa de carbón, cerca de la cual
había dejado un cubo hasta la mitad de agua, luego empezó a quemar sus
manuscritos. Tam¬bién quemó una pila de cuadernos de notas y diarios que
escri¬bió desde que entró a la universidad. La estufa era pequeña, tenía que
arrancar las páginas una a una y esperar a que el fue¬go las redujera a cenizas
antes de sumergirlas en el cubo de agua; eso para evitar que un pedazo de papel
que no estuviera del todo calcinado volara al exterior.
De
uno de sus diarios se cayó una antigua foto, en la que aparecía con su padre y
su madre. Su padre llevaba un traje de estilo occidental y una corbata. Su
madre iba vestida con la ropa tradicional estilo manchú. Cuando ella todavía
estaba viva, un día que la ayudaba a sacar las ropas de los cofres para
airearlas, vio ese vestido chino de terciopelo azul oscuro y de flores de color
naranja. La fotografía había perdido color. Su padre y su madre sonreían. Entre
ellos, un niño delgaducho, que tenía unos brazos menudos, abría de par en par
los ojos, como si esperara que un pequeño pájaro saliera volando de la máquina
fotográfica. Sin dudarlo ni un segundo, tiró la foto¬grafía al fuego y miró
como rápidamente empezaba a arder. Su padre y su madre se abarquillaban y de
pronto tuvo ganas de recuperarla. Demasiado tarde. La foto se enrolló y luego
se desenrolló ante sus ojos: las siluetas de sus padres se convirtie¬ron en
cenizas, una blanca, otra negra, y el niño delgado de en medio empezó a
amarillear...
Tal
como iban vestidos sus padres, podían pasar por capi¬talistas o incluso por
compradores a sueldo de algún extranje¬ro. Quemó todo lo que se podía quemar,
esforzándose en rom¬per con el pasado, en enterrar y borrar sus recuerdos,
porque, por aquel entonces, incluso los recuerdos pesaban demasiado.
Antes
de quemar sus manuscritos y sus diarios, vio que a plena luz del día un grupo
de las guardias rojas golpeaba hasta la muerte a una anciana, al lado del campo
de deportes, cerca del concurrido barrio de Xidan. Era mediodía, la hora de la
comida, la avenida estaba llena de gente; él pasaba en bicicleta. Unos diez
chicos y unas pocas chicas que llevaban antiguos uniformes militares, con el
brazalete rojo cubierto de caracte¬res negros en el brazo —estudiantes de entre
quince y dieciséis años—, golpeaban con los cinturones a la anciana que estaba
tumbada en el suelo. Llevaba una pancarta de madera atada al cuello, sobre la
que estaba escrito «Mujer de terrate¬niente reaccionaria»; no podía moverse,
pero continuaba que¬jándose. Los viandantes se mantenían a una cierta distancia
y miraban la escena inmóviles, sin que ninguno intentara inter¬ponerse. Un
policía, que llevaba un casco ancho y las manos protegidas por los guantes
blancos, pasaba por allí, pero hizo como que no veía nada. De entre las
guardias rojas, una chica con el cabello atado en dos pequeñas coletas, y que
llevaba unas gafas de montura de color pálido que realzaban la finura de su
rostro, también se puso a girar su cinturón hasta que la hebilla golpeó la
cabeza gris espeluznada. La mujer lanzó un grito ahogado y rodó por el suelo
protegiéndose la cabeza con las dos manos. La sangre le caía entre los dedos y
ya no emitió ningún sonido más.
—¡Viva
el terror rojo! —gritaba un grupo de las guardias rojas al recorrer la avenida
Chang'an en sus nuevas y flaman¬tes bicicletas Eternidad.
Una
noche, a eso de las diez, se topó con una de esas patru¬llas. Acababa de pasar
en bicicleta delante de la puerta de la residencia de huéspedes del Estado de
Diaoyutai, que estaba vigilada por los militares. Se dio cuenta de que había
varias motos con sidecar bajo la luz de una farola de vapor de mercu¬rio. Unos
cuantos jóvenes guardias rojas, vestidos con unifor¬mes militares con un
brazalete rojo de seda que indicaba «Co¬mité de Acción Unida de las Guardias
Rojas de la Capital», cortaban el paso en la carretera.
—¡Baja!
Casi
se cae al frenar en seco.
—¿De
qué familia eres?
—De
empleados.
—¿En
qué trabajas?
Precisó
la entidad de trabajo a la que pertenecía.
—¿Tienes
tu documento de trabajo?
Por
suerte lo llevaba encima. Se lo dio.
Pararon
también a otro joven que pasaba en bicicleta. Tenía la cabeza rapada, marca de
la humillación a la que se sometía a los «hijos de perra».
—¡Es
mejor que por la noche te quedes en tu casa tranquilo!
Lo
dejaron marchar. Nada más subir a la bicicleta, oyó que el joven de la cabeza
rapada decía algo, luego los golpes y los gritos, pero no se atrevió a
volverse.
Durante
varias noches, se quedó hasta el amanecer delante de la estufa. Los ojos se le
irritaron por el fuego. Por el día tenía que permanecer alerta ante el posible
peligro. Cuando acabó de quemar la última pila de cuadernos, removió las
ceni¬zas para que no quedara rastro alguno y echó encima los restos de verduras
y medio tazón de tallarines. Estaba agotado, no conseguía mantener los ojos
abiertos, pero cuando se tumbaba vestido en la cama, tampoco llegaba a
conciliar el sueño. Recordaba que todavía tenía en casa de su padre una
fotografía en la que estaba su madre, cuando formaba parte de un grupo de
teatro de resistencia y salvación nacional que pertenecía a la YMCA. Todos llevaban el uniforme militar que debió
de dar¬les la compañía cuando fueron a representar una obra de tea¬tro como
expresión de apoyo a los oficiales y soldados que resistían contra Japón. En el
quepis figuraba la insignia del Guomindang, y si descubrían aquella foto podría
tener pro¬blemas, aunque su madre estuviera muerta desde hacía mucho tiempo. No
sabía si su padre se había ocupado de aquellas fo¬tos, pero tampoco podía
prevenírselo por carta.
De
entre el montón de manuscritos que destruyó, se encon¬traba una novela que hizo
leer a un viejo escritor famoso. Esperaba una recomendación, o al menos una
aprobación, pero, para su sorpresa, el escritor se quedó como el mármol y no
pronunció ninguna palabra que pudiera servir de estímulo. Su rostro se
ensombreció y le dijo en tono severo: «¡Hay que pensárselo dos veces antes de
escribir! No envíes tus manus¬critos a cualquier revista, todavía no sabes
hasta qué punto eso es peligroso».
De
hecho, no tardaría en saberlo. Aquel año, en el mes de junio, cuando la
Revolución Cultural acababa de estallar, una tarde, se presentó en casa de ese
hombre para preguntarle sobre el movimiento que estaba surgiendo. Nada más
entrar, el viejo cerró rápidamente la puerta y le preguntó en voz baja y
mirándolo a los ojos:
—¿Alguien
te ha visto entrar?
—No,
no había nadie en el patio.
Antes,
cuando el viejo enseñaba sus conocimientos a los jóvenes —aunque se
diferenciaba de los viejos dirigentes que siempre tenían en la boca los típicos
«Nuestro Partido esto», «Nuestro país aquello», ya que era, al fin y al cabo,
un hombre célebre de pasado revolucionario—, su voz estaba llena de energía,
medida y claridad; pero esta vez, decaído de repente, su voz era áfona, sus
palabras permanecían atascadas en el fondo de la garganta:
—Soy
un integrante de la banda negra —dijo—, no vengas más a verme. Eres joven, no
te busques problemas, tú no has vivido las luchas del seno del Partido...
Antes
incluso de que hubiera acabado de saludarlo, el viejo entreabrió la puerta y,
en un estado de total inquietud, miró afuera y le dijo:
—Ya
volveremos a hablar, dejemos que pase este momento y ya volveremos a hablar,
¡no sabes lo que pasó en el movi¬miento de rectificación de Yan'an!
—¿Qué
pasó en el movimiento de rectificación de Yan'an? —preguntó estúpidamente.
—Ya
te hablaré de eso otro día, ¡ahora, vete, rápido, vete!
Esa
escena no duró más de un minuto. Un minuto antes, todavía creía que las luchas
dentro del Partido sucedían en lugares remotos; no pensaba encontrarse
directamente con-frontado.
Diez
años más tarde, oyó decir que el viejo salió de prisión; él mismo acabó dejando
el campo y volvió a Beijing. Volvió a verlo. Estaba en los huesos, había
perdido una pierna y se pasaba el día en una mecedora. En los brazos tenía un
gato de pelo largo y negro, y apoyaba un bastón contra el asiento.
—Los
gatos viven mejor que los hombres.
El
viejo esbozó una sonrisa que dejaba al descubierto los pocos dientes que le
quedaban. Mientras acariciaba a su gato, sus pupilas redondas, profundamente
hundidas en las órbitas, brillaban con una luz extraña, como los ojos del
animal. El viejo no le dijo ni una palabra de lo que había sufrido en pri¬sión.
Sólo poco antes de su muerte, cuando fue a verlo al hos¬pital, le confesó que
de lo que más se arrepentía en la vida era de haber entrado en el Partido.
En
aquella época, al salir de casa del viejo, pensó en sus ma¬nuscritos. Aunque no
tuvieran nada que ver con el Partido, po¬drían meterle en muchos aprietos. Sin
embargo, en aquel mo¬mento no se decidió a destruirlos y los llevó en una bolsa
a casa de un amigo, el gran Lu, que conoció en el hospital en el que fue a
tratarse de una disentería. El gran Lu era un hombre alto que enseñaba
geografía en la escuela secundaria. Estaba ena¬morado de una guapa muchacha y
le pidió que le escribiera las cartas de amor en su lugar. Cuando la joven
esposa del gran Lu se dio cuenta de la superchería, ella no pudo echarse atrás
y él continuó manteniendo con la pareja una relación de amis¬tad.
El
gran Lu vivía con sus padres en una antigua casa con un patio cuadrangular en
el que no era difícil esconder algo.
A
mitad del verano, en agosto, el movimiento de las guar¬dias rojas se
intensificó. La mujer del gran Lu le telefoneó un día al trabajo y lo citó en
una tienda en la que se podía tomar leche y pasteles al estilo occidental.
Pensó que se trataba de otra pelea de la pareja y fue a la cita en bicicleta.
Al llegar, vio que habían quitado la antigua insignia de la tienda y en su
lugar había otra que decía: «Al servicio de los obreros, campe¬sinos y
soldados». En la pared, encima de las mesas, había un eslogan en grandes
caracteres irregulares: «¡Fuera los engen¬dros apestosos capitalistas!».
Al
principio el movimiento de las guardias rojas tenía el objetivo de destruir las
«cuatro antigüedades»* y surgió de los estudiantes, parecía un juego de niños.
El gran Líder les di-rigió una carta abierta afirmándoles «Es justo rebelarse»,
lo que sirvió para aumentar la violencia. De todos modos, él no se consideraba
un engendro apestoso, y entró. Todavía ven¬dían leche en la tienda. Antes de
que se sentara, la mujer del gran Lu llegó, lo tomó del brazo, como si fuera su
novio, y le dijo:
—Ahora
no tengo hambre, acompáñame un rato, me gusta¬ría comprar algunas cosas.
Fuera
de la tienda, en la calle, ella le comentó en voz baja que las guardias rojas
de su instituto habían aterrorizado tanto al gran Lu, que acabó afeitándose la
cabeza. Como sus padres tenían su propia casa, aunque no lo consideraban hijo
de capi¬talistas, al menos pertenecía a una familia de pequeños propie¬tarios,
y las guardias rojas podían presentarse en su vivienda para registrarla en
cualquier momento. Ella le pidió que fuera rápidamente a recuperar la bolsa con
sus cosas que había escondido en el depósito de carbón.
Fue
Lin la que le salvó la vida. Una mañana, poco después de llegar al trabajo,
ella pasó varias veces por el pasillo. Su des¬pacho estaba enfrente; se dio
cuenta de que ella le hacía una señal y salió. La siguió hasta el final del
pasillo, a un hueco de la escalera. Allí, tras asegurarse de que nadie podía
verlos, Lin se paró y le dijo en voz baja que volviera a su casa lo más
rápi¬damente posible y que se preparara, porque las guardias rojas de su
entidad iban a registrar la habitación de Lao Tan.
Bajó
a toda velocidad, saltó sobre su bicicleta y llegó empa¬pado en sudor al patio.
Amontonó todas sus cosas sobre la cama, o en el suelo, y luego examinó a toda
prisa los cajones de la mesa de Lao Tan. Descubrió una vieja fotografía de
grupo en la que él llevaba un uniforme de estudiante de antes de la Liberación.
Todos los estudiantes tenían en sus gorros la insig¬nia del Guomindang, un sol
blanco con doce ángulos sobre un fondo azul. Rebujó la fotografía y fue a
tirarla al fondo de la fosa del retrete público, fuera del patio. Cuando
regresó, el coche de su institución llegaba.
Cuatro
guardias rojos entraron en la habitación. Lin estaba entre ellos. Ella sabía
que él escribía, pero no había leído sus manuscritos. Lo amaba y le daba igual
lo que escribiera. Por supuesto, no había venido por los manuscritos; lo que le
preo¬cupaba era que pudieran ver las numerosas fotos que había tomado de ella.
No estaba desnuda del todo, pero, aun así, eran muy sugerentes. Las tomó antes
y después de hacer el amor con ella en los bosques de las Ocho Grandes Vistas.
Una sola de aquellas fotos habría bastado para afirmar que la relación entre
ellos no era la normal entre dos colegas o incluso dos camaradas
revolucionarios. Lin era la hija menor de un viceministro y estaba casada. Su
marido era un militar de una familia de antiguos revolucionarios que trabajaba
en un departamento de investigación del ejército. Estudiaba la fabricación de
misiles o de armas nuevas. En cam¬bio, a él no le interesaban en absoluto los
secretos de la Defen¬sa Nacional. Sólo amaba perdidamente a aquella bella
mujer, y Lin era todavía más activa y efusiva que él.
Lin
adoptó voluntariamente una actitud relajada y comentó:
—¡Es
muy pequeña tu habitación, no hay sitio ni para sen¬tarse!
Ella
ya había estado allí, por supuesto, un día en el que Lao Tan no estaba. Llevaba
un vestido con un generoso escote. El bajó la cremallera en su espalda y pudo
abrir el vestido para besar sus senos. Ella no tenía el mismo aspecto que
ahora, con su uniforme y las dos pequeñas coletas sujetadas con un elásti¬co
para reemplazar su grande y larga trenza, peinado estándar de las mujeres
soldado y estilo de las guardias rojas de aquella época.
—¡Prepáranos
un poco de té, estamos muertos de sed!
Lin
dejó voluntariamente la puerta abierta y se quedó en el umbral abanicándose con
un pequeño pañuelo. Quería que los vecinos, que observaban desde las ventanas,
pensaran que no habían ido a registrar su casa, e intentaba que pareciera que
simplemente habían venido a hacerle una visita.
Él
preparó té para todos. Ellos dijeron «No hace falta, no es necesario», pero eso
rompió el ambiente tenso y solemne que se creaba en aquel tipo de sesiones.
Además, como todos los protagonistas de esta escena ya se conocían, daba la
sensa¬ción de que estaban entre iguales, a pesar del brazalete de guardia roja
que llevaban en el brazo, testimonio de su origen de clase. El jefe, Danian, un
pequeño tipo regordete, a menu¬do jugaba a ping-pong con él durante la pausa
del mediodía; se conocían bien. Su padre era el comisario político de una
divi¬sión del ejército. Llevaba el viejo gorro de su padre, amarillea¬do de
tanto lavarlo, también tenía un cinturón del ejército que ya no se llevaba en
aquella época, lo que le daba un aspecto revolucionario heredero de sus
ancestros.
Cuando
se crearon las guardias rojas, los jóvenes como él, que no pertenecían a las
«cinco categorías rojas» también fueron invitados a participar en la reunión.
Danian mostró su carácter por primera vez. Sentado a un extremo de la mesa, les
dijo a los jóvenes que no estaban cualificados para ser de las guardias rojas
«Todos los que asisten hoy a nuestra asamblea de guardias rojas pueden ser
considerados como los compa–eros de camino de nuestras tropas
revolucionarias», luego le dijo a él, llamándole por su nombre: «¡Tú también,
por supuesto, eres uno!». Sin embargo, él había leído La historia del Partido
Comunista de la Unión Soviética y sabía lo que real¬mente significaba la
expresión «compañeros de camino». En aquella repentina visita de las guardias rojas,
si Lin no le hubiera avisado, habrían encontrado sus manuscritos y su suerte
habría estado en manos de aquel tipo.
Danian,
que todavía no quería romper con él, le dijo senci¬llamente:
—Hemos
venido a buscar pruebas de las actividades reac¬cionarias de Tan Xinren. Tú no
tienes nada que ver con esto. ¿Dónde están tus cosas? Sepáralas de las de él.
El
sonrió y respondió:
— Ya
esta, ¿puedo ayudaros?
Contestaron
a coro:
—Esto
no te concierne, ¿dónde está su escritorio?
—Ese
de ahí, los cajones no están cerrados con llave.
De
pie en su rincón, era lo único que podía decir para defender a Lao Tan, pero al
mismo tiempo, ya se había des¬marcado de él. Más tarde supo que, mientras él
volvía a toda velocidad a su casa, las guardias rojas habían pegado un aviso en
la entrada del edificio del trabajo: «¡Abajo el elemento con¬trarrevolucionario
histórico Tan Xinren!». Desde aquel mo-mento, Lao Tan pasó a estar incomunicado
en el edificio y perdió su libertad.
Revolvieron
las libretas, las traducciones, las cartas, las fotos y los libros en inglés de
Tan. Durante su tiempo libre, Tan tra¬ducía novelas escritas en inglés, obras
de autores de Asia o de África más o menos revolucionarias. Pero una de esas
novelas tenía en la portada la imagen de una mujer occidental casi des¬nuda.
Pusieron ese libro aparte. En el fondo del cajón, escon¬dido bajo un viejo
periódico, encontraron un sobre blanco que contenía algunos preservativos.
—¡Vaya
con el cerdo, también hace esas cosas! —dijo Danian, blandiendo los
profilácticos.
El
ambiente era alegre para aquel al que no le concernía. Todos pretendían mostrar
que estaban limpios y eran inocen¬tes. Lin y él también se rieron, aunque
evitaron mirarse.
Después,
durante los interrogatorios contra Tan, le pregun¬taron sobre la mujer con la
que mantenía «relaciones anorma¬les entre personas de sexo diferente», porque
sospechaban que debía de formar parte de una red de espionaje. Tuvo que
con¬fesar sus relaciones con una viuda. De inmediato las guardias rojas de la
entidad de trabajo de esa mujer registraron la casa de ella. Los poemas
melancólicos de estilo antiguo que encontraron en los cajones de Tan quizá
fueron escritos para ella. Los habían guardado como pruebas evidentes de que él
«año¬raba su paraíso perdido, y tenía ideas contra el Partido y con¬tra el
socialismo».
Al
ver que dos baldosas del suelo estaban un poco sueltas, las guardias rojas
quisieron arrancarlas.
—¿Queréis
que vaya a pedir una pala a casa del vecino? —pre¬guntó él voluntariamente a
Danian para mostrar un cierto interés en el registro. Al mismo tiempo quería
tomarles el pelo; si agujereaban el suelo un metro de profundidad, ¡quizá
hicie¬ran algún descubrimiento arqueológico! El miedo sólo vino después.
Trajo
un pico de casa del vecino, un viejo obrero jubilado. Realmente se pusieron a
agujerear el suelo y llenaron la habi¬tación de cascotes y arena, hasta el
punto de que se hizo impo¬sible moverse. Poco después acabaron tirando el pico
y dán¬dose por vencidos.
Más
tarde supo que la sección de seguridad de su institución recibió un informe del
comité de vecinos del barrio que señala¬ba que de aquella habitación provenían
sonidos de un emisor de radio. Ese informe sin duda venía del vecino, el viejo
obrero llamado Huang. Mientras Tan y él estaban en el trabajo, el viejo
jubilado, que se pasaba el día encerrado en casa, debió de oír algún sonido de
la radio que habían dejado encendida tras la puerta cerrada con llave y de
inmediato pensó que debía de tratarse de un emisor que difundía información
secreta. Al per¬mitir encontrar a un enemigo, él probaría su fidelidad hacia el
Líder y el Partido. Después del registro, cuando encontró al jubilado en el
patio, éste todavía tenía la misma sonrisa en su cara arrugada. La catástrofe
le había pasado rozando.
Cuando
las guardias rojas se marcharon, él se quedó obser¬vando la habitación llena de
baldosas rotas y de tierra. Se dio cuenta de que cuando un drama de aquel tipo
te caía encima, ya era demasiado tarde. En aquel momento decidió quemar sus
manuscritos y sus diarios, enterrando para siempre su lirismo, sus recuerdos de
infancia, su narcisismo y sus ilusiones de ado¬lescente, así como su sueño de
hacerse escritor.
10
No
hay nada que tenga menos sentido que hablar de la Revolución Cultural a
oscuras, con la luz apagada y junto a una mujer a quien puedes tocarle la piel;
sólo una judía con un cerebro alemán y que habla chino pue¬de encontrar eso
interesante.
—¿Continúo?
—preguntas tú.
—Te
escucho —dice ella.
Le
hablas también de una redactora de mediana edad que trabajaba en el mismo
despacho que tú. Un dirigente político vino a buscarla y le dijo que tenía una
llamada telefónica de la sección de seguridad. Unos minutos más tarde, ella
regresó, ordenó lo que había en la mesa y explicó, mientras recorría el
despacho con una mirada impasible, que debía volver a su casa porque su marido
se había suicidado con el gas. Como el encargado de la sección ya había sido
apartado de su servicio y el jefe, Lao Liu, había sido calificado de ajeno a la
clase e infiltrado en el Partido, sólo podía pedir permiso al personal que
había en aquel momento en el despacho. Al día siguiente llegó antes de la hora
de empezar el trabajo y escribió un dazibao en el que explicaba que no aprobaba
la actitud de su marido, quien, según ella, «había roto voluntariamente con el
pueblo y con el Partido».
—Para,
es demasiado triste —te dice ella al oído.
Tú
dices que a ti no te apetece en absoluto continuar.
—Pero,
dime una cosa, ¿para qué hacían eso?
—Había
que encontrar a los enemigos. Sin el pretexto de los enemigos, ¿cómo habrían
podido llevar a cabo su dictadu¬ra?
—¡Eso
es el nazismo! —dice ella enfadada—. ¡Deberías es¬cribir todo eso!
Dices
que no eres un historiador y que tienes suerte de no haber sido devorado por la
historia, inútil pagarle todavía un tributo.
—Entonces
escribe tu experiencia personal, lo que tú has vivido. Hay que escribir todo
eso, ¡tendrá un gran valor!
—¿El
valor de un documento histórico? Llegará el día en el que se abrirán miles y
miles de toneladas de archivos; lo que yo haya escrito sólo será un montón de
viejos papeles que no servirán para nada.
—Sin
embargo, Solzhenitsin...
La
interrumpes para decirle que tú no eres un combatiente, un abanderado.
—Pero
un día, eso cambiará, ¿no crees? —pregunta ella.
Necesita
creerlo.
Tú
dices que no eres profeta, que tienes los pies en la tierra y no esperas que te
reciban con vítores si algún día vuelves; de hecho, no crees que puedas volver
allí algún día vivo, no pue¬des perder el tiempo que te quede.
Te
pide dulcemente perdón, dice que ha despertado tus recuerdos, que, para ella,
comprender tu sufrimiento es lo mismo que comprenderte a ti. ¿No lo entiendes?
Dices
que sales del infierno, que no tienes ganas de volver.
—Pero
debes hablar de ello, eso te hará bien.
Su
voz se ha vuelto más dulce, le gustaría consolarte.
Tú
le preguntas si ha jugado alguna vez con gorriones, o si ha visto a los niños
hacerlo. Se les ata a la pata un hilo fuerte y se sujeta un extremo con la
mano. El pájaro echa a volar con todas sus fuerzas mientras lo sujetan. Acaba
cerrando los ojos y muere ahorcado con el hilo. Dices también que cuando eras
pequeño cazaste una mantis religiosa. Tenía unas patas largas y finas, un
cuerpo verde y unas pinzas que blandía como sables; esos bichos parecen
arrogantes, pero en la mano de un niño, si éste le ata un hilo a la pata, se la
arranca muy rápido al tirar un poco del hilo. Le preguntas si ella también ha
vivido esas cosas.
—¡Pero
los hombres no son gorriones! —protesta.
—Tampoco
mantis religiosas, claro. El hombre tampoco es un héroe, es incapaz de resistir
a la violencia del poder, sólo puede huir.
La
habitación está totalmente a oscuras, una oscuridad pro¬funda, casi palpable.
—Abrázame
—dice ella con una voz profunda y llena de dulzura, que, tras haberte
atormentado, te quiere reconfortar.
Te
aprietas a su cuerpo, pegándote a la carne, casi traspa¬sando su camisón, pero
no sientes ninguna excitación. Ella te acaricia con sus dulces manos que pasean
sobre ti, te ofrece su cuerpo. Tú le dices que estás excitado pero un poco
nervioso; con los ojos cerrados, piensas que te gustaría calmarte para poder
disfrutar de su ternura.
—Bueno,
entonces háblame de las mujeres —te dice dulce¬mente al oído, como una amante;
pegada a ti—. Háblame de ella.
—¿De
quién?
—De
tu mujer, se llamaba Lin, ¿no?
Dices
que no era tu mujer, que era la esposa de otro hombre.
—Entonces
era tu amante. ¿Has estado con muchas muje¬res en China?
—Sabes
que en China era imposible en aquella época.
Añades
que, aunque no se lo crea, ella fue la primera mujer con la que estuviste.
—¿La
amabas? —pregunta.
Dices
que fue ella la que te sedujo la primera vez, que no te¬nías ninguna intención
de llegar a nada con una historia im¬posible.
—¿Todavía
piensas en ella?
—Margarita,
¿por qué me preguntas esas cosas?
—Me
gustaría saber qué lugar ocupan las mujeres en tu corazón.
Le
dices que, por supuesto, ella era una mujer adorable, recién salida de la
universidad, que era guapa y atractiva, que no había muchas mujeres que se
maquillaran como ella en China, por aquel entonces. Cuando la conociste,
llevaba un vestido muy ajustado y zapatos de cuero con tacón alto, una ropa
especialmente provocativa. Como era la hija de un alto dirigente y gozaba de
una buena situación, era altiva y capri¬chosa, pero le faltaba un poco de
romanticismo. Tú sólo vivías para tus libros y tus ilusiones. El trabajo
rutinario era total-mente insípido para ti, pero, además, siempre había
activistas que querían entrar en el Partido para convertirse en aquellos
funcionarios que organizaban grupos de estudio de las obras de Mao en horas
extras, después del trabajo. Obligaban a todos a que les siguieran y decían que
los que no querían par¬ticipar en aquellos grupos tenían un problema
ideológico. Hasta las nueve o las diez de la noche, cuando por fin volvías a
casa, no podías ponerte a escribir lo que te diera la gana, ni perderte en tus
pensamientos, ante tu mesa de trabajo, bajo la lámpara, frente a tus libros:
sólo en aquel momento por fin eras tú mismo.
Durante
el día vivías en un mundo diferente y, como te quedabas hasta altas horas de la
noche, siempre tenías aspecto de estar medio dormido. Incluso dormitabas
durante las reu-niones. Quizá por eso, te ganaste el apodo de «el Soñador»,
pero si te hubieran llamado directamente «el Durmiente», no te habrías ofendido
en absoluto.
—El
Soñador es un buen apodo.
Ella
ríe un poco, su voz vibra en su opulento pecho.
Dices
que para ti era una especie de coartada, sin eso hacía tiempo que te habrían
«desenmascarado»
—¿Ella
también te llamaba así? ¿Se enamoró de ti por eso?
—Sí,
es posible.
Dices
que tú también estabas enamorado de ella, que no se trataba sólo de deseo
sexual. En aquella época desconfiabas de las chicas que habían cursado estudios
universitarios, porque ellas aspiraban a progresar y se esforzaban en parecer
total¬mente inocentes. Tú tenías claro que tus pensamientos eran oscuros; la
breve experiencia del amor que tuviste en la uni-versidad fue suficiente para
ti. Si ellas hubieran comentado las cosas extrañas que decías en privado, en
una de las habituales confesiones ideológicas que tenían lugar en el Partido o
en la Liga de la Juventud, se te habría caído el pelo.
—Aun
así, eran mujeres, ¿no?
—No
has vivido en ese entorno. No lo puedes entender.
Le
preguntas si se puede imaginar hacer el amor con un nazi que podría denunciar
su origen judío.
—¡No
hables de nazis!
—Perdona,
sólo estoy comparando. El sentimiento es el mismo. Por supuesto, Lin no era de
ese estilo, sobre todo por¬que tenía bastantes privilegios por su familia, no
pedía entrar en el Partido, su padre, su madre, su familia era el Partido. Ella
no tenía que ir con pies de plomo, ni ir a ver al secretario de la célula para
confesarse.
Tú
le explicas que la primera vez que te citó fue en un res¬taurante muy refinado,
que no estaba abierto para el gran público, sólo se entraba presentando una
autorización. Era ella la que te invitaba, por supuesto; tú no tenías la
tarjeta para pagar la cuenta. Quizá por eso te sentías un poco incómodo.
—Lo
entiendo —dice ella en voz baja.
Tú
dices que Lin quería que utilizaras la autorización mili¬tar de su marido para
ir juntos a un hotel del interior del Pala¬cio de Verano, abierto sólo para el
reposo de los dirigentes de alto nivel y de sus familias; quería que te
hicieras pasar por su marido. ¿Y si lo verificaban? Dijo que era imposible,
pero que sería mejor llevar uno de sus uniformes.
—Realmente
tenía valor —murmura ella.
Tú
dices que no tenías tanto valor, que aquel tipo de aven¬tura de adulterio te
hacía sentir mal, pero que aun así hacías el amor con ella. La primera vez fue
en su casa. Vivía en una casa que tenía un gran patio cuadrangular. Allí sólo
vivían su padre, su madre y un viejo empleado que vigilaba la entrada, barría
el patio y encendía el horno. Se acostaban muy temprano, la re¬sidencia estaba
desierta. Fue ella la que te hizo un hombre. Dices que se lo agradeces.
—Lo
que quiere decir que todavía la amas.
Ella
te examina en la oscuridad, apoyada sobre un codo.
—Me
enseñó muchas cosas.
Al
rememorar aquellas escenas, sería mejor decir que lo que te gustaba de ella era
su cuerpo exuberante.
—¿Qué
te enseñó?
Su
cabello roza tu cara; en la oscuridad ves brillar débilmen¬te el blanco de sus
ojos muy abiertos que te miran fijamente.
—Era
más valiente que yo, acababa de casarse, yo entonces tenía veinte años, pero
nunca había tocado a una mujer. ¿No te parece increíble?
—Claro
que no. En aquella época, en China, todo el mundo tenía que ser puritano; lo
comprendo...
Sus
dedos juegan dulcemente sobre tu cuerpo. Tú dices que no eras ningún puritano,
que tenías muchas ganas.
—¿Tenías
ganas de quitarte toda la represión que llevabas encima?
—Quería
quitármela con una mujer.
—Y
querías estar con una mujer desvergonzada, ¿no es cier¬to? —Su voz dulce y
aterciopelada murmura en tu oído—. Bueno, fóllame como habrías follado a esas
mujeres en China.
—¿A
cuáles?
—A
Lin, o a la otra joven, aquella de la que no recuerdas su nombre.
Te
vuelves hacia ella y la abrazas. Le levantas el camisón y te pegas a su
cuerpo...
—Si
quieres desfogarte, hazlo...
—¿Desfogarme
en el cuerpo de quién?
—En
el de una mujer a la que te gustaría tener en este mo¬mento...
—¿Una
desvergonzada?
—¿No
es lo que querías?
—¿Una
puta?
—Eso
es.
—¿Lo
has hecho alguna vez por dinero?
—Sí,
más de una vez...
—¿Dónde?
—En
Italia...
—¿Con
quién?
—Con
todos los que querían...
—¡Por
dinero! ¿Lo haces por dinero?
—No,
tú no podrías pagar, lo que yo quiero es tu sufri¬miento...
—Ya
ha pasado.
—No
en ti...
—¿En
este lugar profundo?
—Sí,
exacto.
—En
lo más profundo, hasta el fondo... Puede que no lo consigas... ¿Por eso me la
chupas?
—Para
que te desahogues. No te preocupes...
—¿No
tienes miedo?
—¿Miedo
de qué?
—¿Y
si te quedas embarazada?
—Abortaré.
—¿Estás
loca?
—Eres
tú quien tienes miedo, quieres tener placer, pero no te atreves; no te
preocupes, me he tomado la pastilla.
—¿Cuándo?
—En
el cuarto de baño.
—¿Antes
de venir a acostarte?
—Sí,
sabía que todavía querías follar conmigo.
—Entonces
¿por qué me has atormentado tanto tiempo?
—No
me hagas tantas preguntas, si quieres este cuerpo, tó¬malo...
—¿El
cuerpo de una puta?
—Yo
no soy una puta.
—No
te entiendo.
—¿Qué
es lo que no entiendes?
—Lo
que acabas de decir.
—¿Qué
he dicho?
—Has
dicho que lo hiciste por dinero.
—¡No
lo puedes entender, no lo comprenderías, es mejor que no lo sepas!
—¡Quiero
saberlo todo de ti!
—Si
me deseas, tómame, no me hagas sufrir.
—¿No
eras una puta?
—No,
sólo soy una mujer. Me hice mujer demasiado pronto.
—¿Cuándo?
—Cuando
tenía trece años...
—Me
estás tomando el pelo, ¿te has inventado esa historia?
Ella
niega con la cabeza. Quieres que te lo cuente. Murmu¬ra que no sabe nada...,
que no quiere saber nada... Necesita sufrir, busca el placer en el dolor. Tú
necesitas una mujer, necesitas correrte en el cuerpo de una mujer, derramar tu
deseo, tu soledad. Ella dice que también está sola, necesita que la comprendan,
necesita pagar. ¿Por el amor y el placer? Sí, eso es, dar y pagar. ¿También
vender su cuerpo? Sí. ¿Ser una descarada? ¡Y una desvergonzada! Se vuelve para
ponerse sobre ti. Antes de cerrar los ojos, has visto cómo brillaban los suyos
en la oscuridad. Luego abre la boca para gritar...
11
Tumbado
sobre la cama de Lin, comprada para su recien¬te matrimonio, con los ojos muy
abiertos, todavía no estaba seguro de si se trataba de un sueño. La bella Lin,
desnuda, lo contemplaba. Fue ella la que lo ayudó a hacerse un hombre, la que
lo arrastró desde la sala de estar hasta su habitación, en la otra punta del
pasillo. Las pesadas cortinas de terciopelo estaban bajadas y sólo había
encendida una lámpara de mesa, que tenía un pie en forma de jarrón y una
pantalla amarilla encima. Hizo que se sentara delante de la mesa y le sacó de
un cajón un gran álbum de fotos ribeteado con un hilo dorado. Eran fotografías
que le hizo su marido en el viaje de novios a Beidaihe. En algunas, su vestido
escotado sin mangas descubría sus brazos, sus hombros y sus piernas; en otras,
en la playa, el bañador mojado se le pegaba al cuerpo. En ese momento se
inclinó hacia él. Sintió como su pelo le acariciaba la mejilla y se volvió para
abrazarla por su fina cintura, hundiendo la cara entre sus senos. Sentía el
suave perfume de su cuerpo. Bajó febrilmente la cremallera de su vestido y la
tumbó en la cama de colchón de muelles. La besaba frenética¬mente, la boca, la
cara, la base del cuello e incluso los pezones, que se marcaban bajo su
sujetador desabrochado. Estaba terri¬blemente excitado, siempre había soñado
con ese instante, incluso llegó a rasgar su ropa interior, delicada y sexy, y
que era imposible encontrar en el mercado. Sin embargo, no con-siguió la
erección, no pudo penetrarla. Lin le dijo que no se preocupara, que era
imposible que sus padres entraran tan tarde en su habitación, ya estaban
durmiendo; además, el ins-tituto de investigación de armas de tecnología punta
en el que trabajaba su marido estaba en el lejano suburbio del oeste, la
disciplina en el ejército era muy estricta, y seguro que no lle-garía antes del
fin de semana. De pronto le entraron ganas de orinar. Lin se puso una falda,
salió descalza y volvió con una palangana. Él se levantó para pasar el cerrojo
de la puerta, pero hizo tanto ruido al orinar en la palangana esmaltada que se
sintió intranquilo, como si fuera un ladrón. Luego apaga¬ron las luces. Lin le
ayudó a quitarse los zapatos y los calceti-nes, e hizo que se tumbara desnudo
sobre la cama. Después lo cubrió con una manta, como lo hacía la adolescente
que apa¬recía en sus sueños de niño, una enfermera dedicada en el campo de
batalla que secaba pacientemente con manos dulces y seguras sus heridas
sangrantes. Entonces, de repente, tuvo una erección, y al volverse entró en una
mujer llena de vida, llevando a cabo por primera vez ese acto tan importante.
Salió
de casa de Lin antes de que amaneciera. El patio toda¬vía estaba oscuro, aunque
a través de la cima de un caqui se podía entrever ya un pedazo de cielo azul.
Lin había descorri¬do poco a poco el cerrojo de la puerta, que se entreabrió
chi¬rriando. Él se deslizó por el pequeño espacio y se volvió para mirar cómo
se cerraba la gran puerta antigua cubierta de cla¬vos. Luego, llegó hasta la
callejuela arrastrando la bicicleta. No tenía prisa por subir en ella,
escuchaba cómo sus pasos recorrían las calles una tras otra. No tenía intención
de volver a casa pronto. Si Lao Tan, su compañero de habitación, le hubiera
preguntado qué le pasaba, habría necesitado mucha saliva para inventarse una
historia. En la avenida, el ruido de la ciudad, que despertaba poco a poco,
cubría el eco de sus pasos: el zumbido de los ventiladores de los puestos de
buñuelos y leche de soja, el tintineo que sobre la calzada asfaltada produ¬cían
las herraduras de los caballos o mulos que arrastraban los carros de los
campesinos que llevaban verduras a la ciudad, los primeros trolebuses todavía
vacíos que pasaban silbando, ade¬más de las bicicletas y los peatones, cada vez
más numerosos. Respiraba profundamente, llenando sus pulmones de un fres¬cor
que le hacía feliz; sentía una especie de confianza en sí mismo que le
tranquilizaba. A mediodía vio a Lin en el come¬dor del trabajo. Llevaba una
camisa de manga larga y un pañuelo de seda en el cuello. Los colegas que
estaban sentados a su mesa se acababan de marchar; entonces ella le dijo en voz
baja, guiñándole el ojo: «Tengo el cuello morado por tu culpa». Esbozó una
sonrisa que no parecía reprocharle nada.
Le
resultaba difícil decir si amaba a Lin o no, pero a partir de aquel día se
quedó prendado de su maravilloso cuerpo. Se citaron varias veces, aunque casi
nunca podía ser en casa de ella. Si sus padres estaban allí, él tenía que
escuchar respetuo¬samente cómo daban su opinión sobre los asuntos importantes
del país; no podía librarse de eso. Tenía que parecer perfecto frente a
aquellas venerables personas, aparentar que él también era descendiente de
revolucionarios y guardarse su sinceridad para otro momento. Cuando los
ancianos empezaban a boste¬zar y se iban del salón, Lin le guiñaba el ojo y
hablaba con él de asuntos sin importancia del trabajo, y cuando ya no se oía
nin¬gún ruido en la habitación de sus padres, se levantaba y le decía adiós en
voz alta. Lin lo acompañaba fuera del salón hasta el patio oscuro. Entonces
entraba furtivamente en la galería, se escondía detrás de una columna y
esperaba a que Lin hubiera apagado las luces del salón y de su habitación para
entrar en el cuarto. Allí eran felices durante toda la noche.
Sin
embargo, prefería quedar con Lin fuera de su casa, en un parque o abajo de las
murallas de la ciudad, en los peque–os bosques de lilas o jazmines amarillos.
Dejaban una cha¬queta en el suelo, o se apoyaban contra un árbol y fornicaban
de pie ansiosamente. Si el marido de Lin viajaba a una misión en una base
militar, el domingo, por la mañana temprano, los dos se iban a las afueras, a
las colinas de las Ocho Grandes Vis¬tas, donde pasaban el día, y siempre
acababan bajando a tien¬tas en medio del viento crepuscular después de la
puesta del sol para tomar el último autobús que iba a la ciudad. A veces iban
en tren aún más lejos, a Mentougou, en las colinas del oeste, donde se había
descubierto el hombre de Beijing, o bajaban en cualquier estación de esas en
las que el tren sólo paraba un minuto. Se llevaban algo de comer, escalaban o
subían hasta la cima y pasaban al otro lado para que no pudieran verlos desde
la carretera, y allí, a pleno sol, entre el ululante viento de las colinas, se
entregaban el uno al otro con frenesí. Sólo se sentía bien en esos momentos,
tumbado en la hierba, contemplando las nubes que se desplazaban lentamente en
el cielo, sin la menor inquietud, sin riesgo, totalmente feliz.
Lin
tenía dos años más que él, era un verdadero volcán que amaba de manera
enardecida, hasta perder la razón. Él se con¬trolaba. Lin se atrevía a jugar
con fuego, pero a él le era impo¬sible no pensar en los disgustos que les podía
acarrear esa rela¬ción. Lin no quería divorciarse, e incluso, aunque hubiera
querido casarse con él, sus padres jamás habrían permitido acoger a un yerno
así en su familia revolucionaria: él, que era de un origen totalmente ordinario
y que ni siquiera era miem¬bro de la Liga de la Juventud Comunista. Además, el
marido de Lin tenía el beneplácito de su familia de militares. Si los hubieran
denunciado a su entidad de trabajo, a Lin no le habrían infligido castigo
alguno, él habría sido el único res¬ponsable. En ese momento probablemente ella
se habría dado cuenta de que no podía romper con su familia y perder su
situación de privilegio para irse a vivir con él. En aquella época existía un
nuevo reglamento, además de la ley sobre el matrimonio, que estipulaba que un
empleado de un organis¬mo del Estado sólo tenía derecho a casarse cuando
cumpliera los veintiséis años. En esa nueva sociedad, que vivía un pro¬greso
constante, como nunca antes había vivido, el amor y el matrimonio estaban
consagrados a la revolución; el hombre nuevo, los hechos nuevos, las obras de
teatro nuevas, las pelí¬culas nuevas, todos propagaban ese discurso. Tenían la
obliga¬ción de ver esas obras o películas, y el propio organismo del Estado era
el que regalaba las entradas.
Un
día, un secretario de la oficina del jefe de departamento vino a verlo
directamente sin pasar por los escalones jerárqui¬cos habituales. Le pidió que
fuera a ver de inmediato a su directora. Comprendió que no se trataba en
absoluto de un asunto laboral. La directora, la camarada Wang Qi, una mujer de
mediana edad, afable y reservada, estaba sentada detrás de una mesa ancha,
cuyas dimensiones correspondían a su cargo de dirigente. Se levantó y cerró la
puerta de la habitación, acción un tanto inusitada y que le puso nervioso al
instante. Le invitó a sentarse en un largo sofá, aunque ella se sentó en un
sillón de cuero, antes de mostrar voluntariamente una cara más conciliadora.
—Mi
trabajo me ocupa mucho tiempo. —Era la pura ver¬dad—. No tengo tiempo para
charlar con vosotros, los estu¬diantes que acabáis de llegar. ¿Desde cuándo
estás aquí?
Él
le contestó.
—¿Ya
te has acostumbrado a este trabajo?
El
afirmó con la cabeza.
—He
oído decir que eres muy inteligente, que enseguida has sabido estar a la altura
de la situación, y que encima escri¬bes en tu tiempo libre.
Ella
lo sabía todo de él. Le habían informado de todo. Y acabó previniéndole.
—Eso
no debe influir en tu trabajo.
Volvió
a inclinar la cabeza en señal de comprensión. ¡Menos mal que nadie sabía qué
cosas escribía!
—¿Tienes
novia?
Ella
fue directamente al grano. Él se sobresaltó y dijo que no, pero sintió cómo se
sonrojaba.
—Puedes
reflexionar sobre ello y encontrar un buen parti¬do. —Insistió en lo de buen
partido—. Pero todavía eres dema¬siado joven para casarte. Si trabajas bien
para la revolución, los problemas de tu vida personal se resolverán fácilmente.
Hablaba
de todo eso de forma anodina, con un tono de voz tranquilo, pero aquella
conversación formaba parte del trabajo revolucionario. De hecho, no se trataba
de una simple charla, y antes de levantarse para abrir la puerta, le hizo una
observa¬ción:
—Me
ha llegado a los oídos que ha habido reacciones entre las masas; tu relación
con Xiao Lin es demasiado íntima. Si es una relación entre compañeros que
trabajan juntos, no hay nada malo en ello, pero hay que tener cuidado con las
conse¬cuencias. La organización quiere que los jóvenes tengan una evolución
sana.
La
organización, por supuesto, era el Partido; si la directora lo había llamado
para hablar con él, seguro que era por orden del Partido. Volvió a hablar de
Lin:
—Es
muy sencilla, muy afectuosa con la gente, le falta expe¬riencia.
Por
supuesto, si había problemas, todo caería sobre él. La entrevista acabó tan
sólo cinco minutos después. Antes de que la Revolución Cultural estallara, el
marido de esa mujer todavía no había sido tachado de «miembro importante de la
banda negra antipartido», ni tampoco la propia camarada Wang Qi había sido
acusada de «elemento antipartido», así que ella todavía asumía el cargo
importante de responsable que le había otorgado la organización. Aunque se
tratara de una simple alusión, de una advertencia o de una verdadera
ob¬servación, todo le quedó muy claro.
En
aquel momento su corazón empezó a latir con fuerza; sintió como se le encendían
las mejillas y no pudo controlarse durante bastante rato.
Decidió
romper su relación con Lin. La esperó a que acaba¬ra su trabajo y salieron
juntos del gran edificio; sabía que se arriesgaban a que les viera alguien,
tenía ganas de desafiarlos, pero le faltaban fuerzas para ese reto. Caminaron
durante mucho tiempo empujando cada uno su bicicleta antes de que le explicara
la conversación que había tenido.
—Pero
¿y a ellos qué les importa? —Lin no estaba de acuer¬do—. ¡Que digan lo que
quieran!
Él
le dijo que ella podía tomárselo a la ligera, pero que él no.
—¿Por
qué? —Lin se detuvo.
—¡Es
una relación desigual! —replicó.
—¿Por
qué desigual? No lo entiendo.
—Es
normal que no lo entiendas, porque tú lo tienes todo, y yo no tengo nada.
—¡Pero
yo quiero darte lo que pueda!
Dijo
que no quería favores, ¡que no era un esclavo! De hecho, le habría gustado
hablar de su situación insoportable, de su deseo de llevar una vida
transparente, pero no supo explicarse.
—¿Quién
te esclaviza?
Lin
se detuvo bajo una farola en la calle, lo miraba fijamen¬te, llamando la
atención de los peatones. Él sugirió que lo hablaran en un parque de la colina
del Carbón; pero dejaban de vender entradas a las nueve y media y el parque
cerraba a las diez. Le explicó al vigilante que saldrían muy rápido, y al final
los dejó entrar.
Normalmente,
para sus citas, se encontraban en aquel parque en cuanto salían del trabajo.
Habían encontrado un bosque apartado de los senderos, desde donde se veían las
luces de la ciudad. Lin podía entonces quitarse sus medias de seda, que eran
particularmente fascinantes. Este tipo de artículo de lujo sólo lo vendían en
las tiendas reservadas al personal que traba¬jaba para una misión en el
extranjero y era imposible encon¬trarlo en las tiendas normales. Ya no tenían
tiempo de subir a la colina, se contentaron con quedarse de pie bajo la sombra
de un gran árbol que no estaba lejos de la entrada. Tenía que hablar claramente
con Lin, decirle que tenían que poner fin a esa relación. Pero Lin se puso a
llorar y él no sabía qué hacer; le tomó la cara con las dos manos y le secó las
lágrimas de las mejillas. Sin embargo, Lin lloraba cada vez con mayor
descon¬suelo. La besó y se abrazaron como amantes, con el corazón roto. No pudo
evitar besar su cara, sus labios, su cuello, sus senos y su vientre, cuando se
oyó desde los altavoces:
—¡Camaradas,
prestad atención, por favor!
En
aquella época, en todos los parques había altavoces estri¬dentes que hacían
vibrar los tímpanos de los viandantes cuando los ponían en marcha. Los días
festivos emitían sin parar cantos revolucionarios, pero en días laborables sólo
funciona¬ban durante el cierre de las puertas para echar a los visitantes.
—¡Camaradas,
prestad atención, por favor! ¡Es hora de de¬salojar el parque y cerrar las
puertas!
Le
rompió las medias bajo el vestido, pensó que sería la últi¬ma vez. Lin lo
estrechó contra ella con fuerza, le temblaba todo el cuerpo. Sin embargo, no
sería la última vez; pero deja¬ron de dirigirse la palabra en el trabajo. En
las citas posterio¬res, antes de separarse, debían fijar un lugar de encuentro
pre¬ciso, en un punto concreto de un muro, o bajo un árbol que no estuviera
iluminado por la luz de las farolas. En cuanto esta¬ban en la calle, primero
subía uno y luego el otro en la bicicle¬ta, y respetaban una distancia de unos
veinte metros entre ellos. Cuanto más secreta se hacía su relación, mayor gusto
le cogía a los amores adúlteros, y veía con mayor claridad que aquello tenía
que acabar un día u otro.
12
Te
despierta el timbre del teléfono, no sabes si responder o no.
—Debe
de ser una mujer, ¿has olvidado alguna cita? Con la cabeza apoyada sobre la
almohada, te mira con los ojos adormilados y la cara vuelta hacia ti.
—Deben
de llamar de recepción —dices tú.
—Mientras
dormías, han llamado a la puerta —te dice con voz cansada.
Levantas
la cabeza, un rayo de sol da sobre el respaldo de un sillón a través de la
colgadura de terciopelo y las cortinas de gasa blanca. Han pasado el periódico
por debajo de la puerta. Extiendes la mano para descolgar el auricular, pero el
teléfono deja de sonar.
—¿Hace
mucho que te has despertado? —preguntas. —Estaba agotada, has roncado mientras
dormías. —Me tendrías que haber despertado. ¿No has dormido nada?
Acaricias
sus hombros redondos; ahora su cuerpo te resulta familiar, al igual que su
dulce olor.
—He
visto que dormías tan bien que he preferido dejarte, ya que hace dos noches que
no pegas ojo.
Un
velo cubre sus ojos profundos y su mirada se pierde.
—Te
ha ocurrido lo mismo a ti, ¿verdad?
Tu
mano se desliza por su hombro hacia abajo, agarras sus senos y los aprietas el
uno contra el otro.
—¿Me
quieres volver a follar? —pregunta ella con cierto abatimiento, inclinando la
cabeza hacia ti.
—¡No,
mujer! Margarita...
No
sabes cómo explicarte.
—Ya
te has desahogado suficiente; has dormido tranquila¬mente sobre mi cuerpo.
—Vaya,
¡como si fuera un animal!
—No
pasa nada, todos los hombres sois como animales, pero las mujeres necesitamos
sobre todo sentirnos seguras. —Se ríe con dulzura.
Le
dices que te sientes bien con ella, que es realmente gene¬rosa.
—Eso
depende de con quién estoy; no mimo a cualquiera.
—¡Está
claro!
Le
dices que le agradeces que sea tan buena contigo.
—Sin
embargo, tarde o temprano me olvidarás —te dice—. Bueno, dentro de nada, mañana
mismo, ya que probablemen¬te deben de ser ya las doce, lo que significa que
vuelvo mañana a Alemania, y tú tienes que volver a París. No podremos estar
juntos.
—¡Seguro
que nos volveremos a ver!
—Si
nos volvemos a ver, será sólo como amigos; no quiero convertirme en tu amante.
Te
aparta las manos de su pecho.
—Pero
¿por qué, Margarita?
Te
sientas sobre la cama y la miras.
—Tienes
una mujer en Francia —dice ella—, es imposible que no tengas pareja.
Su
voz chirría. No sabes qué decir. El rayo de sol que daba sobre el respaldo del
sillón ha descendido ligeramente.
—¿Qué
hora es?
—No
sé.
—¿Y
tú, no tienes pareja? Seguro que sí.
Eso
es todo lo que se te ocurre responderle.
—No
me apetece continuar esta relación sexual contigo, pero pienso que podemos
seguir siendo amigos, e incluso bue¬nos amigos. No pensé que todo podría
complicarse tanto de golpe.
—¿Qué
ocurre?
Le
dices que la quieres.
—No,
no me digas eso, no me lo creo, cuando un hombre hace el amor con una mujer,
siempre dice lo mismo.
—Margarita,
contigo no es lo mismo.
Te
gustaría tranquilizarla.
—Es
únicamente porque soy judía. ¿No has salido nunca con una? Tan sólo me has
necesitado durante un tiempo, pero no me entiendes en absoluto.
Le
dices que te encantaría comprenderla, pero perma¬nece callada; tú le dices
muchas cosas, pero sigue sin decir nada, te acuerdas de lo que murmuraba
mientras hacíais el amor.
—Has
deseado mi cuerpo, no a mí.
Después
de decir eso, se encoge de hombros; pero le dices que te encantaría
comprenderla, conocer su vida, sus senti¬mientos, quieres saberlo todo de ella.
—¿Para
poder escribir sobre eso?
—No,
para que seamos buenos amigos, ya que no podemos ser amantes.
Le
dices que ha despertado en ti muchas sensaciones, no sólo sexuales, creías
haber olvidado todos esos recuerdos que ella ha reavivado.
—Creías
haberlos olvidado, pero en realidad simplemente no pensabas en ellos. Es
imposible borrar el sufrimiento, olvi¬dar esas cosas.
Está
tumbada de cara, tiene los ojos muy abiertos, sus ojos parecen de un gris
azulado, sin maquillaje; en su pecho desta¬can los pezones rosa con sus pálidas
aureolas. Se tapa con la sábana y te dice que no la mires así. Odia su cuerpo,
ya te lo dijo mientras hacíais el amor.
—Margarita,
eres realmente preciosa, tu cuerpo también es muy hermoso.
Dices
que te gustan las mujeres atractivas de los cuadros de Klimt y que te gustaría
que el sol iluminara su cuerpo para verlo mejor.
—¡No
corras la cortina! —te retiene.
—¿No
te gusta el sol? —preguntas.
—No
quiero ver mi cuerpo a la luz del día.
—¡Eres
realmente especial! No pareces una occidental, sino una china.
—Porque
todavía no me entiendes.
Dices
que te encantaría conocerla perfectamente, y no sólo su cuerpo, o lo que ella
llama su cuerpo, para así poder com¬prenderla del todo.
—Pero
es imposible, una persona no puede comprender por completo a otra, sobre todo
cuando se trata de una mujer. A veces cree haberlo conseguido, pero eso es
imposible.
Estás
un poco desanimado. Apoyas la cabeza sobre las ma¬nos, suspiras al mirarla, y
añades:
—¿Te
apetece comer algo? Podemos pedir en recepción que nos suban algo de comida a
la habitación o ir a la cafetería.
—Gracias,
por la mañana no como nada.
—¿Haces
régimen? —le haces la pregunta expresamente—. ¡Pero si ya es mediodía!
—Pide
lo que quieras, no te preocupes por mí —dice ella—, sólo quiero oírte hablar.
Estás
conmovido, la besas en la frente, pones la almohada contra tu espalda y te
pegas a ella.
—Eres
muy tierno —dice—, me gustas. Te he dado todo lo que querías, pero no quiero ir
muy lejos, tengo miedo...
—¿De
qué tienes miedo?
—Tengo
miedo de pensar en ti.
Te
sientes un poco triste, ya no hablas, piensas en el fondo que quizá deberías
vivir con una mujer así.
Rompe
el silencio.
—Continúa
con tu historia.
Dices
que esta vez quieres escucharla tú, que te hable de sí misma, de su vida, de lo
que quiera. Pero ella dice que no tiene nada que contar, que no ha tenido una
vida tan complicada como la tuya.
—La
experiencia de cada mujer es un libro, si se escribe.
—Quizá,
un libro insípido.
—Pero
que puede transmitir sensaciones originales.
Dices
que te encantaría conocer todos sus sentimientos, toda su vida, sus secretos
íntimos. Le preguntas:
—¿Es
verdad lo que decías mientras hacíamos el amor?
—Ahora
no te lo puedo decir. Es posible. Puede que un día te lo diga. Espero que
realmente pueda haber algo más que sexo entre nosotros, no soporto la soledad.
Dices
que a ti no te preocupa la soledad, que te permite no destruirte, la soledad
interior es la que te ha mantenido hasta ahora; pero, a veces, necesitas ser un
degenerado y abandonar¬te en las profundidades de una mujer.
—Eso
no es ser degenerado; los hombres tienen esa manía de considerar la relación
con las mujeres como un pecado, lo repugnante es utilizarlas sin amor.
—¿Has
estado enamorada de alguien alguna vez, o los hom¬bres sólo te han utilizado?
Intentas
que te cuente sus secretos.
—He
creído que sí, pero de inmediato me he dado cuenta de que estaba equivocada;
cuando un hombre desea a una mujer, siempre le dice cosas agradables al oído, y
cuando que¬da satisfecho, se acabó. Las mujeres todavía necesitan esa ilu¬sión,
les gusta engañarse. Para ti, yo soy todavía una novedad, aún no te has cansado
de mí, ya lo sé.
—En
el fondo, todos tenemos algo de demonio.
—Pero
tú eres bastante sincero.
—No
sé.
Ella
se ríe un poco.
—¡Ésta
es mi Margarita!
Reconfortado,
tú también ríes.
—Una
puta, ¿no?
—¡Eso
lo dices tú!
—¿Una
desvergonzada que te ha dado su cuerpo para que lo tomes?
Te
mira fijamente. No llegas a penetrar en sus ojos de color grisazulado. De
pronto, se ríe a carcajadas. Con la risa, se le mueven los hombros y los senos
le rebotan. Dices que todavía la deseas, la tumbas sobre la almohada, cierra
los ojos y suena el teléfono.
—Descuelga,
debe de ser otra mujer que te está esperando —dice ella empujándote.
Tú
descuelgas, un amigo te invita a cenar en Namma Island. Le dices a tu
interlocutor que espere un segundo, tapas el auricular con la mano y le
preguntas si le apetece ir, si no quiere, irás otro día, quieres quedarte con
ella.
—¡No
podemos pasar todo el día en la cama! Si no, te que¬darás en los huesos y tus
amigos me lo echarán en cara.
Ella
sale de la cama y va al cuarto de baño. No cierra la puerta, se oye caer el
agua. Sigues tumbado, no tienes ganas de moverte, es como si fuera tu pareja,
ya no la dejarías. No puedes evitar gritarle:
—¡Margarita,
eres realmente estupenda!
—¡Un
regalo que te cae del cielo pero que desprecias! —gri¬ta ella para que puedas
oírla con el ruido del agua.
Entonces
le gritas que la quieres. Ella dice que también le gustaría quererte, pero que
tiene miedo. Tú te levantas, te gus¬taría meterte en la bañera con ella, pero
cierra la puerta. Miras tu reloj, que has dejado sobre la mesa, corres las
cortinas, ya son más de las cuatro.
Cuando
sales de la estación de metro Sengwan, miras el puerto que bordea el mar, el
aire es puro. Los barcos que cir¬culan por la bahía brillan por la luz dorada
del sol del atarde¬cer. Una barcaza con el calado muy profundo, casi a la
altura del borde, rompe las olas y levanta montañas de espuma blan¬ca. Los
edificios de la orilla muestran claramente la estructura de hormigón armado,
sus contornos parecen lanzar rayos de luz. Te apetece fumar un cigarrillo para
verificar que lo que te está ocurriendo no es una ilusión. Le dices que tus
pasos ape¬nas rozan el suelo. Te abraza fuertemente contra ella, riéndose con
dulzura.
Hay
una fila de pequeños puestos ambulantes bajo un gran anuncio de cigarrillos
Marlboro. En cambio, una vez que se entra en el puerto por su compuerta
metálica, es como en los Estados Unidos, está lleno de carteles que prohíben
fumar. Es la hora de la salida del trabajo; cada quince o veinte minutos, un
transbordador se dirige a alguna de las pequeñas islas. En el que va a Namma
Island, hay sobre todo jóvenes y extranje¬ros. Una sirena eléctrica hace daño a
los oídos, la gente acele¬ra el paso, pero sin el menor desorden, y, nada más
subir al barco, se echan una siesta o leen un libro. Todo está tranquilo, sólo
se oyen las vibraciones de las máquinas. El barco se aleja rápidamente de la
ruidosa ciudad y los altos edificios desapa¬recen poco a poco.
Se
levanta un aire fresco, el transbordador vibra suavemen¬te. Ella tiene sueño;
al principio se apoya en ti, luego se acu¬rruca y descansa sobre tu pecho. Tú
también te sientes bien. Se duerme de golpe, dulcemente, tranquilamente, y
despierta tu compasión. En el barco, donde se mezclan todas las razas, los
únicos carteles que hay indican que está prohibido fumar. No parece que estés
en Hong Kong, no se diría que esta ciu¬dad va a ser china.
El
puente empieza a sumergirse en la noche, y tú también empiezas a soñar, quizá
deberías vivir con ella en una isla, escu¬char el sonido de las gaviotas y
escribir por placer, sin ninguna obligación ni carga, tan sólo para expresar
tus sentimientos.
Una
vez llegados al muelle, muchos se suben a sus bicicle¬tas, ya que en esta isla
los coches no pueden circular. La luz de las farolas es amarillenta, es un
pueblo pequeño, las calles son estrechas y hay muchas tiendas y bastantes
restaurantes concurridos.
—Aquí
podrías vivir fácilmente con una casa de té con música, o un bar. Durante el
día, podrías pintar o escribir y trabajar durante la noche. ¿Qué te parece mi
idea?
Dongping,
que ha venido a buscarte, tiene una barba que le cubre la cara y es muy alto.
Es un pintor que ha llegado del continente hace más de diez años.
—Cuando
estuvieras cansado, podrías bajar a la playa a darte un baño.
Señala,
más abajo del sendero de escalones de piedra que hay en la ladera de la colina,
hacia los pequeños barcos y las canoas atracadas en la bahía, y dice que uno de
sus amigos extranjeros ha comprado un viejo barco de pesca y vive en él.
Margarita dice que le empieza a gustar Hong Kong.
—Podrías
venir a trabajar aquí, hablas chino perfectamente y el inglés es tu lengua
materna —le dice Dongping.
—Es
alemana —dices tú.
—Judía
—rectifica ella.
—Nacida
en Italia —dices tú para completar.
—¡Conoces
tantas lenguas! ¿Qué compañía se negaría a contratarte y darte un buen salario?
Pero no deberías vivir aquí. Hay unos apartamentos muy lujosos del lado de la
isla de Hong Kong, en la bahía de Agua Dulce, al borde del mar y sobre las
colinas.
—A
Margarita no le gusta vivir con los jefes, sólo le gustan los artistas —dices
tú por ella.
—Perfecto,
entonces podríamos ser vecinos —dice Dong¬ping—. ¿Tú también pintas? Aquí tengo
un buen grupo de amigos pintores.
—Antes
solía pintar, como aficionada —dice ella—; pero no soy artista y ya no tengo
edad para aprender.
Dices
que no sabías que pintara y ella te responde de inme¬diato en francés que hay
muchas cosas que no sabes de ella. En ese momento, se distancia algo de ti,
pero utiliza ese idioma para poder tener un intercambio cómplice contigo.
Dongping dice que él tampoco ha estudiado Bellas Artes, que no es un pintor
reconocido por la Administración y que, por eso, se ha marchado del continente.
—En
Occidente los pintores no necesitan el beneplácito de la Administración y si no
les apetece entrar en una escuela de Bellas Artes, no pasa nada; todo el mundo
puede hacerse pin¬tor, lo principal es tener una clientela y ver si se consigue
ven¬der —explica Margarita.
Dongping
dice que él tampoco tiene clientes en Hong Kong. Lo que quieren los marchantes
es que firme imitacio¬nes de pintores impresionistas. Explica que las galerías
extran¬jeras compran los cuadros al por mayor, y él los firma cada vez con un
nombre diferente. Ni siquiera recuerda cuántos nom¬bres ha utilizado. Los tres
se ríen a carcajadas.
En
el piso de Dongping, en el salón, que está pegado al estudio, se encuentran en
ese momento pintores, fotógrafos, poetas y periodistas. Sólo hay un extranjero
que no es artista, es un joven norteamericano muy atractivo. Dongping lo
pre¬senta con seriedad y dice que es crítico de arte, que es el com¬pañero de
una poetisa china que está en la fiesta y que también ha salido del continente.
Cada
invitado sostiene entre las manos un plato de cartón y un par de palillos, y
retira de la olla defondue los mariscos que cuecen y ya no se agitan. Dongping
dice que son muy frescos, que los acaba de comprar antes de que llegaran.
Cuando se los sumerge en agua hirviendo, se encogen antes de quedar inmó¬viles.
Las personas se sienten bien, algunas deambulan descal¬zas, otras están
sentadas sobre cojines en el suelo. La música retumba: un cuarteto de cuerda
toca con todas sus fuerzas Las cuatro estaciones de Vivaldi. Se come y se bebe
mientras se dis¬cute sin parar, de todo y de nada. Sólo Margarita parece
reser¬vada y seria. Habla chino con mucha fluidez, y supera amplia¬mente al
joven norteamericano que tiene un acento muy pronunciado. Éste se pone a hablar
en inglés con Margarita, y no para de hablar, provocando celos en la joven que
escribe poemas. Margarita te dirá más tarde que no ha entendido nada de lo que
han estado hablando, pero que lo provocó para hacer que revolotease a su
alrededor.
Un
artista comenta que lo echaron de Yuanmingyuan, en Beijing, y que hace dos años
la policía precintó todas las tien¬das instaladas en Pueblo del Este o Pueblo
del Oeste de aquel palacio, con el pretexto de llevar a cabo la reorganización
urbana y para mantener el orden social. Le gustaría que le informases sobre las
nuevas tendencias artísticas de París. Le explicas que cada año ves cómo nace
una nueva moda. El pre¬cisa que practica el body-art. Tú has oído que en China
eso le ha acarreado muchos problemas y te cuesta decirle que en Occidente ese
arte ya es historia.
Sin
haberse puesto de acuerdo, todos se ponen a hablar del 97. Unos afirman que
para el día de la ceremonia de la trans¬misión de poderes entre Gran Bretaña y
China y de la entra-da del Ejército de Liberación en Hong Kong, ya están
reser¬vadas todas las habitaciones de hotel, que los periodistas de todo el
mundo van a apelotonarse en Hong Kong, algunos hablan de siete mil, otros de
ocho mil. Otros dicen que el uno de julio por la mañana, día del aniversario de
la fundación del Partido Comunista chino, cuando la ceremonia de transmi-sión
de poderes haya terminado, el gobernador británico acu¬dirá a una base militar
naval y se marchará de Hong Kong en barco.
—¿Por
qué no en avión? —pregunta Margarita.
—Porque
por toda la carretera que va al aeropuerto cele¬brarán ceremonias oficiales, y
sería demasiado triste para él —afirma alguien, pero nadie se ríe.
—¿Qué
haréis ese día? —preguntas tú.
—Ese
día no iremos a ninguna parte y comeremos marisco aquí, ¿qué os parece?
—responde Dongping esbozando una sonrisa. Parece magnánimo y menos irritado que
antes, más ponderado.
Nadie
habla durante un buen rato. La música parece más fuerte que antes, aunque ya no
se sabe qué estación de Vivaldi están tocando en ese momento.
—¡Qué
importa! —exclama el joven norteamericano.
—¿Qué
es lo que no importa? —replica su pareja, que no parece contenta—. ¡Nunca se te
entiende en chino!
Entonces
la abraza.
—Volveremos
a los Estados Unidos.
Después
de comer, el joven norteamericano ofrece al grupo un trocito de opio del tamaño
de la uña del dedo meñique, pero tenéis que tomar el último barco para volver.
Dongping dice que en su casa hay sitio para dormir, y que mañana por la mañana
podréis bañaros en el mar. Margarita responde que está cansada y que tomará el
avión a mediodía del día siguien¬te. Dongping os acompaña hasta el barco, y,
una vez que la embarcación se aleja, se queda solo en el muelle haciendo
grandes ademanes. Le dices a Margarita que en Beijing erais viejos amigos, que
habéis pasado por las mismas pruebas, que es una amistad poco frecuente. No
habla ningún idioma extranjero, no tiene adonde ir. En Beijing, tuvo muchos
pro¬blemas con la policía. Un grupo de jóvenes se reunía constan¬temente en su
casa para escuchar música y bailar, los vecinos creían que practicaban
actividades ilegales y lo denunciaron. Más tarde, encontró, con grandes
esfuerzos, el modo de vivir en Hong Kong. Esta vez para ti es una especie de
despedida.
—Estemos
donde estemos, siempre es difícil vivir —dice Margarita con tono melancólico.
Estáis apoyados en la baran¬dilla de cubierta, el viento marino es fresco.
—¿Tienes
que irte realmente mañana? ¿No puedes quedar¬te un día más? —preguntas.
—No
soy tan libre como tú.
El
aire cargado de gotas de agua os golpea el rostro. De nuevo te encuentras
frente a una separación y puede que para ti sea un momento muy importante, como
si vuestra relación no tuviera que terminar de ese modo, pero, al mismo tiempo,
no quieres hacerle ninguna promesa, sólo puedes decir:
—La
libertad está en tus manos.
—Es
fácil decirlo, yo no soy como tú, tengo un jefe.
Se
muestra fría de repente, tan fría como el viento del mar. La superficie del
agua es negra, las luces centelleantes de la isla han desaparecido.
—Cuéntame
algo interesante. —Se ha dado cuenta de que estás decepcionado, le gustaría
rectificar—. Habla, te escucho.
—¿Hablar
de qué? ¿Del viento de marzo?
Dices
lo primero que se te ocurre en tono burlón.
Te
das cuenta de que se encoge de hombros y dice que hace un poco de frío. Volvéis
a vuestro camarote. Dice que tiene sueño, miras de reojo tu reloj, todavía
falta media hora para llegar a la ciudad, le dices que puede quedarse dormida
sobre ti, tú también te mueres de sueño.
13
El
viento de marzo. ¿Por qué de marzo? ¿Y por qué el viento? En el mes de marzo,
todavía hace mucho frío en la gran llanura del norte de China. Esos terrenos,
que se extienden más allá del horizonte y que signen el anti¬guo cauce del río
Amarillo, son de tierras salinas, alcalinas y cenagosas. En ellos se instalaron
las granjas para los condena¬dos al laogai. Si el trigo sembrado en invierno no
se secaba, empezaban a salir los primeros brotes en primavera, que daban una
cosecha apenas un poco mayor que las semillas sembradas. Una directiva suprema
del Líder supremo transformó esas bases rurales del laogai en «escuelas de
funcionarios del 7 de mayo». La policía militar de las granjas se llevó a los
presos que trabajaban allí hacia las mesetas desérticas de Qinghai, y dejó esos
terrenos a los funcionarios y empleados de los organismos de la capital roja,
víctimas de la depuración de la Revolución Cultural.
«¡Las
escuelas del 7 de mayo no son refugios fuera del alcance de la lucha de
clases!» Un delegado del ejército vino de la capital para transmitir esa nueva
directiva. La lucha, esta vez, estaba dirigida contra la llamada camarilla del
«16 de ma¬yo», un enorme grupo de contrarrevolucionarios que se ha¬bían
infiltrado en todos los niveles de las organizaciones de masa. Cualquier hombre
que encontraban de la camarilla era tachado inmediatamente de
contrarrevolucionario activo. Él fue uno de los primeros en sufrir el ataque,
pero ya no era la época del principio del movimiento, en la que se «barría a
todos los monstruos y ogros», en la que cualquiera que fuera objeto del ataque
se apresuraba a reprocharse a sí mismo cual-quier actitud por miedo. En aquella
época se convirtió en un zorro y era capaz de morder. Sabía enseñar los dientes
y pare¬cer terrible, ya no podía dejar que una jauría de perros de caza se le
echara encima. La vida —si se podía llamar vida a aque¬llo— le había enseñado a
convertirse en un animal salvaje, pero, como mucho, era un zorro cercado por
los cazadores: al menor paso en falso, se arriesgaba a que lo cortaran en
pedazos.
Durante
los recientes años de conflicto general, lo que era bueno un día era malo al
día siguiente, y, si se quería castigar a alguien, siempre se podía lanzar
contra él cualquier acusación. En cuanto un individuo era acusado, siempre se
le podía reprochar algo, con lo cual, se convertía en un enemigo. Era lo que se
llamaba la lucha de clases, una lucha a vida o muerte. Los repre¬sentantes del
ejército lo señalaron como un objetivo importante para investigar y lo situaron
en su punto de mira, para que las masas, una vez movilizadas, dispararan contra
él. Conocía per¬fectamente ese proceso, y antes de que la desgracia absoluta le
llegase, sólo podía intentar sobrevivir el mayor tiempo posible. La víspera del
día en que el instructor político decidió que tenían que hacer una
investigación sobre sus posibles activida¬des, todos bromeaban con él. Comían
juntos en el comedor del trabajo el mismo potaje de maíz y las mismas tortas de
harina mixta,* dormían todos juntos en un gran almacén sobre el suelo cubierto
de una capa de cal y encima otra capa de paja como colchón, formando una cama
colectiva larga, con cua¬renta centímetros de ancho para cada uno, ni más ni
menos, medido al milímetro, tuvieran el grado que tuviesen, tanto si eran los
dirigentes como los ordenanzas, gordos o flacos, vie¬jos o enfermos. La única
diferencia era que los hombres y las mujeres estaban separados. Las parejas que
no tenían hijos a su cargo no podían vivir juntos. Todos estaban bajo la
direc¬ción de un delegado del ejército, y, como todos los efectivos militares,
estaban divididos en escuadras, pelotones, compa¬ñías y batallones. Los
altavoces empezaban a sonar a las seis de la mañana. Había que ponerse en pie y
acabar de arreglarse en menos de veinte minutos. Luego tenían que colocarse en
fila india delante de una pared en la que había colgado un retrato del gran
Líder. Allí «pedían las instrucciones de la mañana» y cantaban las citas al son
de la música. Mientras enarbolaban en la mano El Libro Rojo, debían gritar tres
veces «Larga vida» y luego ir al comedor a comer el potaje. Después se reu¬nían
para estudiar durante media hora Las obras de Mao y, al fin, salían a labrar la
tierra con la azada al hombro. Todos compar¬tían la misma suerte, ¿para qué
luchar?
El
día en que se libró del trabajo manual para redactar la autocrítica que le
habían impuesto, era como si tuviera la pes¬te; los demás tenían miedo de que
les contagiara y nadie se atrevía a hablar con él. Pero no sabía qué era lo que
habían descubierto de él para obligarle a la autocrítica. Un día, al entrar en
la letrina al aire libre, le cerró el paso a un tipo con el que tenía una buena
relación y, mientras desataba su panta¬lón para fingir orinar, le preguntó en
voz baja: «Oye, ¿qué les pasa conmigo?».
El
tipo se puso a tosiquear, con la cabeza gacha, absorto en su ocupación, sin
mirarlo. Él no pudo hacer otra cosa que irse de allí: lo vigilaban hasta en los
lavabos. El tipo que tenía el honor de ser el encargado de la vigilancia estaba
detrás de la pared aparentando mirar al vacío.
Durante
la reunión que organizaron para ayudarlo —una pretendida ayuda—, utilizaron la
presión de las masas para que reconociera sus errores, pero la palabra error
tenía el mismo sentido que la de crimen. Las masas eran como una jauría de
perros que se precipitan para morder obedeciendo al látigo de su amo, tomando
como única precaución no recibir ningún latigazo. Ya había entendido con
claridad la naturaleza de esa cosa infalible que son las masas en movimiento.
Las
intervenciones, preparadas con anterioridad, eran cada vez más incisivas y
violentas. Previamente se recurría a las Citas del Presidente Mao para
confrontarlas con sus palabras y sus actos. Dejó sus cuadernos de apuntes sobre
la mesa para tomar nota de todo, expresando claramente con aquel gesto
voluntario que, si un día la situación cambiaba, no perdonaría a nadie. Con
todas las maquinaciones tramadas por los movi¬mientos políticos los años
anteriores, los hombres se habían convertido en jugadores y canallas de la
revolución, la suerte decidía quién sería el ganador y el perdedor, aunque a
los ganadores se les consideraría héroes y a los perdedores, fantas¬mas
rencorosos.
Apuntaba
rápidamente, esforzándose para no perderse el más mínimo detalle, sin ocultar
que esperaba que llegara el día en que pudiera devolver ojo por ojo y diente
por diente. Un tal Tang, un hombre calvo y con aspecto senil precoz, estaba
pro¬nunciando un discurso; enrojecía progresivamente, utilizando los aforismos
del venerable Mao acerca de la lucha contra los enemigos. Él dejó
deliberadamente su bolígrafo sobre la mesa para clavar los ojos en aquel
hombre; la mano de aquel tipo empezaba a temblar mientras sostenía El Libro
Rajo. Seguramen¬te, llevado por la fuerza de la inercia, no conseguía
contenerse, hablaba cada vez con mayor entusiasmo y soltaba saliva al hablar.
De hecho, aquel hombre también estaba aterrado; hijo de una familia de
terratenientes, no pudo participar en ninguna organi¬zación de masas y quería
aprovechar esa ocasión para manifestar¬se y adular a la dirección con su
servicio meritorio.
Sólo
podía elegir a un ser débil como Tang, que buscaba sobrevivir en medio del
terror, para soltar unas maldiciones, tirar su bolígrafo y declarar que no
asistiría más a aquel tipo de encuentros hasta que se hubieran aclarado sus
acusaciones. Luego salió del local de la reunión, una era pavimentada de
cemento. Excepto algunos jefes de compañía y de pelotón designados por el
delegado del ejército, buena parte del cente¬nar de hombres de la compañía que
asistían a aquella reunión eran de la misma facción que él. Como en el ambiente
no se per¬cibía aún la posibilidad de una condena inmediata, se arriesgó a
comportarse de esa manera para intentar asentar las posicio¬nes de su facción.
Por supuesto, sabía que eso no impediría que hicieran todo tipo de conjeturas
sobre los delitos que debía de haber cometido y que tenía que escapar de
aquella escuela de funcionarios antes de caer en sus redes.
Al
atardecer salió de la zona de la escuela y se dirigió hacia un pueblo que
divisaba a lo lejos. Todavía se podían ver alam¬bres de púas, parcialmente
cortadas, sobre los postes de cemen¬to que llegaban hasta el infinito.
Encontró
una calera en las proximidades del pueblo. Unos campesinos rociaron de
queroseno el horno de carbón y lo encendieron. De inmediato subió una espesa
humareda. Ce¬rraron el horno y se fueron después de haber hecho estallar una
hilera de petardos. Se entretuvo un momento. Desde que salió de la granja nadie
lo seguía.
Empezó
a oscurecer, el sol que se ponía ya sólo era una bola de fuego y los edificios
de la granja se percibían cada vez menos. Se dirigió hacia la puesta de sol,
atravesó los surcos del campo de trigo que todavía no había crecido y continuó
cami¬nando. Tan sólo unas pocas hierbas secas cubrían el suelo alca¬lino. Cada
vez se iba hundiendo más en el barro. Ante él se extendían unas ciénagas. Oía a
unas ocas entre las matas de juncos amarillentos. El sol se tiñó de rojo sangre
al ponerse y se ocultó a lo lejos en el antiguo cauce del río Amarillo.
La
bruma del crepúsculo era cada vez más opaca, tan sólo podía sentir el fango
bajo sus pies, no tenía dónde sentarse. Encendió un cigarrillo y pensó dónde
podría cobijarse.
Con
los pies en el barrizal, acabó su cigarrillo. La única solución que tenía era
encontrar un pueblo en el que instalar¬se, lo que significaba perder la
autorización que había conser-vado de vivir en la ciudad y convertirse en
campesino de por vida; todo antes de que lo consideraran un enemigo. Pero no
conocía a nadie en el campo. A fuerza de estrujarse la cabeza, se acordó de
repente de uno de sus compañeros de escuela, un huérfano que se llamaba Rong,
que formó parte, diez años antes, del primer grupo de jóvenes ciudadanos
instruidos encargados de «edificar el nuevo campo socialista» y que formó una
familia en una pequeña cabeza de distrito de una zona montañosa del sur. Puede
que por medio de aquel com¬pañero de infancia pudiera encontrar un lugar en el
que lo admitieran.
Cuando
volvió al dormitorio, todos estaban ocupados la¬vándose la cara, los pies o
enjuagándose la boca antes de irse a dormir. Hacía rato que los más mayores o
los más débiles se habían acostado muertos de cansancio. Se acostó
inmediata¬mente, sin ir a buscar agua al pozo para lavarse. No tenía mucho
tiempo, debía ir aquella misma noche a la cabeza de dis¬trito para enviar un
telegrama a Rong. Eso significaba reco¬rrer cuarenta kilómetros de ida y vuelta
y no regresar antes del amanecer. Tenía que ir a un pueblo fuera de la zona de
la gran¬ja para ver a Lao Huang, un dirigente que formaba parte de su facción,
para pedir que le prestara su bicicleta. Los empleados, que acompañaban a
ancianos y niños, estaban repartidos en las familias campesinas de los alrededores.
Cuando
se apagaron todas las luces, se empezaron a oír los ronquidos. En la oscuridad,
el viejo funcionario que estaba acostado a su lado no paraba de dar vueltas,
haciendo que cre-pitara la paja que tenía debajo; seguramente no podía dormir a
causa del frío. Le susurró al anciano que tenía diarrea y que debía ir al
servicio. Quería que éste pudiera contestar algo si algún guarda le preguntaba
adonde había ido. Pensó que el anciano no lo denunciaría. Antes de que lo
interrogaran, diri¬gió un equipo en el trabajo y siempre daba las tareas menos
pesadas a ese anciano: reparar los dientes de las azadas que se habían separado
demasiado, vigilar el secadero de mieses para evitar que los campesinos de los
alrededores acudieran de paso a llenar un saco de cereales. Era un viejo
revolucionario de la época de Yan'an, tenía un certificado médico que le
libraba de sus tareas por padecer hipertensión, pero su tendencia política en
el movimiento no era del agrado de los representantes del ejército que le
habían traído a la escuela de funcionarios.
Los
ladridos de los perros resonaban por todo el pueblo. Lao Huang le abrió la
puerta; llevaba una chaqueta acolchada sobre los hombros, mientras su mujer
permanecía bajo las mantas sobre el kang* acariciando a una niña que se había
des¬pertado bruscamente y lloraba. Le explicó de inmediato que le urgía por su
situación que le prestara la bicicleta y prometió devolvérsela en cuanto
amaneciera, para no causarles ningún problema.
Hacía
mucho tiempo que no llovía y el camino de tierra que conducía hasta la cabeza
de distrito estaba cubierto por una espesa capa de polvo, lleno de agujeros y
resaltos. La bicicleta daba tumbos sin parar. Hacía mucho viento. El viento y
la arena le abofeteaban el rostro. Su respiración era entrecorta¬da. ¡Ah, ese
viento de arena en plena noche de marzo, al prin¬cipio de la primavera!
Cuando
todavía estaba en la escuela secundaria, habló sobre el sentido de la vida con
Rong, compañero de estudios al que ahora iba a pedir ayuda. La discusión surgió
a partir de un tintero. Rong había sido adoptado por una vieja viuda que vivía
cerca de la casa de él, y después de las clases solían hacer los deberes juntos
y escuchar música. Rong tocaba bastante bien el erhu* y sentía auténtica pasión
por el violín, pero no podía comprarse uno, ya que ni siquiera podía permitirse
ir a las sesiones baratas del cine, reservadas a los alumnos durante las
vacaciones. Un día le compró a Rong una entrada, pero él no quiso aceptarla de
ningún modo. Sorprendido, le dijo que no podía devolver la entrada, y Rong le
contestó que si iba una vez, ya nunca más podría dejar de ir. Pero Rong no se
negaba a ir a su casa a tocar el violín.
Un
día escucharon un disco después de hacer los deberes. Se trataba del Cuarteto
de cuerda en sol mayor de Chaikovski, y Rong se quedó boquiabierto. Recordaba
con claridad que se quedaron callados durante un buen rato. De repente, quiso
saber si el tintero que estaba sobre la mesa era de color azul. Rong le dijo
que se trataba justamente de un azul tinta. Pero él le respondió que todo el
mundo estaba de acuerdo en afirmar al ver esa tinta que era azul, o azul tinta;
se había convertido en una especie de uso, una manera de llamarlo común, pero,
de hecho, no todo el mundo veía lo mismo. Rong dijo que, lo mirara quien lo
mirara, el color siempre era el mismo. Él le replicó que efectivamente el color
no cambiaba, pero que nadie podía saber si el color que percibía con sus ojos
era el mismo. Rong respondió que seguramente debía de haber un medio de
saberlo. El dijo que lo único que tenían en común eran las palabras «azul» o
«azul tinta», pero que, en realidad, la percepción que se escondía tras
aquellas palabras no tenía nada que ver. Rong preguntó entonces de qué color
era la tinta de aquel tintero. «¿Cómo saberlo?», le respondió. Rong perma¬neció
en silencio durante un instante y dijo que todo aquello le asustaba un poco.
El
sol anaranjado del atardecer iluminaba el suelo de la habitación, acentuando
las ranuras de la madera desgastada por los años. De pronto, sintió que el
temor de Rong le inva¬día; hasta ese suelo tan real, iluminado por los rayos
del sol, le parecía extraño, había llegado incluso a dudar de su evidente
realidad. Los hombres no pueden comprender este mundo, a pesar de que la
existencia de este mundo depende totalmente de la percepción de los individuos;
cuando un hombre muere, el mundo se difumina o deja de existir, ¿qué significa
realmen¬te vivir en ese caso?
En
la época en que él estaba en la universidad, Rong traba¬jaba de técnico en la
construcción de una pequeña central hidroeléctrica en el campo. Continuaron
escribiéndose cartas y mantuvieron ese tipo de discusión durante un tiempo. Lo
que descubrían se alejaba bastante de lo que les habían enseña¬do en la
escuela, ya que era bastante diferente del ideal absolu¬to que pretendía
construir un mundo nuevo para servir al pue¬blo. Entonces empezó a temer que la
vida desapareciera; el pretendido sentido de la misión o las aspiraciones del
hombre en la vida parecían haber perdido su importancia. Y, en aquel momento,
continuar viviendo se había convertido en una car¬ga pesada.
Llamó
a la puerta de la oficina de correos de la cabeza de distrito durante media
hora, y a las ventanas que daban a la calle, hasta que se encendió la luz y
alguien vino a abrirle. El explicó que venía de la escuela de funcionarios y
que tenía que telegrafiar un documento oficial. Le había costado mucho redactar
el texto del telegrama, ya que había tenido que utili¬zar una fraseología
pomposa que respetaba los reglamentos acerca del personal enviado al campo, al
mismo tiempo que intentaba que su compañero, con el que no había tenido
con-tacto desde hacía años, comprendiera que se trataba de una situación
urgente, que tenía que encontrarle lo más rápidamen¬te posible una comuna
popular en la que se pudiera instalar, y que le enviara también lo antes posible
un documento oficial en el que lo aceptaran como campesino; todo ello
intentando no despertar las sospechas del funcionario de correos.
En
el camino de vuelta, pasó delante de una estación que sólo tenía algunas salas
rudimentarias y unas bombillas de luz amarillenta que iluminaban el desierto
andén. Dos meses antes, el delegado del ejército lo designó para ir a la
estación, junto a una docena de jóvenes considerados como los más resistentes,
a recibir y ayudar a un nuevo grupo que iba a lle¬gar de su institución:
empleados, funcionarios y familiares —ni los ancianos, ni los enfermos, ni los
niños habían podido li¬brarse. Llegaron en un convoy especial de varias docenas
de vagones, y la estación estaba repleta de todo tipo de muebles, bártulos,
maletas, mesas, sillas y armarios roperos, también había grandes tinajas de
verduras saladas; parecían refugiados. El delegado del ejército habló de
«evacuación como previsión de una guerra», ya que los enfrentamientos
fronterizos entre China y la URSS en Heilongjiang traían un olor a pólvora cada
vez más fuerte a Beijing, e incluso las escuelas de funcio¬narios habían
transmitido «la orden número uno de moviliza¬ción en estado de alerta», firmada
por el Vicecomandante en Jefe Lin Biao.
Una
tinaja grande se rompió al descargarla del tren y el líquido que se derramó
esparció por todas partes un olor de verduras en vinagre. El anciano, que
trabajaba como guarda del patio trasero de la institución y se sentía orgulloso
de su origen de clase obrera, empezó a soltar una sarta de insultos sin que se
supiese a quién iban dirigidos exactamente, pero nadie lo detuvo. De todas
maneras, ya no había forma de recuperar su reserva de verduras saladas para el
invierno. Todos vigilaban sus bienes, envueltos en una bufanda para defenderse
del viento invernal, sentados en silencio sobre las maletas y bultos, esperando
que los llamaran para que los des¬tinasen a un pueblo cercano a la escuela de
funcionarios. Los niños, que tenían la cara amoratada debido al frío, se
que¬jaban a los adultos, pero no se atrevían a llorar demasiado fuerte.
Los
más de trescientos carros movilizados por varias comu¬nas populares se
agolpaban frente a la estación provocando los rebuznos de los burros, los
relinchos de los caballos, los chas¬quidos de los látigos y una animación mayor
todavía que en un día de mercado. Unos campesinos, subidos a sus carros o
escu¬rriéndose entre la multitud, sostenían en la mano la hoja de papel que les
habían distribuido y gritaban con todas sus fuer¬zas los nombres de las
personas que habían de recoger. Un pequeño coche estaba bloqueando el paso de
las carretas y sus mulas, y no podía avanzar ni retroceder. El delegado del
ejér¬cito, Song, que llevaba una insignia bermellón en el casco, un distintivo
rojo en el cuello y un abrigo militar sobre los hom¬bros, salió del coche y se
dirigió al andén. Subió a un baúl de madera e intentó dar órdenes a diestro y
siniestro. El delegado del ejército había empezado su carrera como corneta y
ahora dirigía la escuela de funcionarios. Aunque no tenía una gran experiencia
revolucionaria, se podía considerar que había estado en el campo de batalla.
Sin embargo, no lograba que se movieran los carros de los campesinos y el
desorden era cada vez mayor.
Entre
el mediodía y el atardecer, consiguieron que todos los carros desaparecieran.
Sin embargo, las maletas y los muebles, que era imposible transportar,
permanecieron amontona-dos sobre el andén de la estación. El delegado del
ejército le encargó, junto a algunos de sus compañeros, que se quedara
vigilando las cosas. Los otros se cobijaron del viento en la sala de espera y
él se protegió del frío con los armarios y maletas que amontonó. Luego compró
una botella de aguardiente y dos panecillos de harina de maíz, endurecidos por
el frío, antes de meterse en su rincón cubierto con una lona, desde donde
contemplaba las luces amarillentas del andén. Pensó que nece¬sitaba una mujer.
Si tuviera mujer e hijos estaría en la misma situación que los que tienen una familia
y podría alojarse en una casa de campesinos. De todas maneras, se cultivaban
tie¬rras por todas partes, al menos podría tener una casa y mar¬charse del
dormitorio colectivo, donde todos se espiaban, y donde ni siquiera podían
hablar en sueños, por miedo a que alguien pudiera escucharlos.
Volvió
a pensar que, en las escuelas y las industrias, un año antes de que las
controlase el ejército, siempre había conflictos armados. Recordó la noche que
pasó, con una estudiante que no sabía dónde refugiarse, en un pequeño albergue
bajo un dique del Yangzi. «Nosotros estamos predestinados a ser una generación
sacrificada...»; la joven que se había atrevido a escribir eso en su carta
debía de estar totalmente desesperada.
Era
una época en la que no había guerra, pero los enemigos estaban por todas
partes. Se creaban muchas líneas de defensa, aunque nadie pudiera defenderse.
Estaba en un callejón sin salida. La única esperanza que le quedaba era
encontrar un alojamiento en algún pueblo y una mujer. Pero también estaba a
punto de perder incluso esa posibilidad.
Se
apresuró a volver al pueblo antes del alba. El matrimo¬nio Huang pasó toda la
noche en vela esperándolo. Después de vestirse, encendieron la estufa de carbón
importada de Beijing. La habitación se había calentado. La mujer de Huang
cocinó pasta y le ofreció un tazón de sopa. No lo rechazó. No había cenado y
había pedaleado con todas sus fuerzas durante cuarenta kilómetros. Tenía un
hambre canina. Miraron cómo se tragaba el gran tazón de sopa de tallarines.
Antes de salir, les hizo un ademán de mano y les dijo que nunca había estado en
su casa. Y ellos repitieron: «Por supuesto, nunca has veni¬do, nunca». Había
hecho cuanto estaba en su mano, el resto era una cuestión de suerte.
14
—¿Nunca
te persiguieron como a un auténtico enemigo? —suelta ella mientras remueve el
café con una cu¬charilla pequeña.
—Siempre
me libré por los pelos. ¿Qué otra cosa se puede decir?
—Pero
¿cómo lo hiciste? —pregunta con cierta indolen¬cia.
—¿Sabes
lo que es el mimetismo? —dices esbozando una sonrisa en los labios—. Cuando un
animal se enfrenta al peli¬gro, sólo tiene dos opciones: o finge que está
muerto, o se muestra como un enemigo terrible. Sea como sea, nunca puede perder
la calma. Al contrario, debe permanecer impasible y a la espera del mejor
momento para conseguir salir del apuro.
—Entonces,
tú eres un zorro astuto —dice con una dulce sonrisa en los labios.
—Eso
es —reconoces—. Cuando estás rodeado de perros salvajes, debes ser más astuto
que un zorro, si no quieres que te hagan pedazos.
—Los
hombres son como animales. Tú y yo somos anima¬les. —Una especie de dolor
atraviesa su voz—. Pero tú no eres un animal salvaje —dice ella.
—Si
todos se volvieran locos, tú también te transformarías en un animal salvaje.
—¿Eso
es lo que tú crees que eres? —pregunta.
—¿Por
qué me preguntas eso?
Ahora
te toca a ti hacer alguna pregunta.
—Por
nada en concreto. Sólo por saberlo.
Ella
baja la mirada.
—A
veces, para mantener tus principios, no te queda otra opción que huir.
—¿Tú
crees que se puede huir del todo? —pregunta mirán¬dote de nuevo a los ojos.
—¡Margarita!
Ya
no sonríes y dices:
—No
hablemos más de política china. Mañana cada uno se irá a un país diferente,
seguro que podemos encontrar algo mejor de lo que hablar, ¿no?
—Ahora
no estamos hablando de política, ni de China, lo único que quiero saber es si
tú también te has convertido en un animal salvaje.
—Sí,
también —dices tú, tras un instante de reflexión.
Ella
se queda callada y mirándote a los ojos, enfrente de ti. Cuando llegasteis de
Namma Island al hotel, ella dijo en el ascensor que no tenía ganas de irse a
dormir en aquel momento y la acompañaste a ese bar que tiene una luz y una
música muy suaves. En una esquina, una pareja bebe. Ella no ha puesto azúcar en
el café, pero continúa removiendo lo que le queda en la taza, como si quisiera
decir algo que no te ha dicho en la cama, pero no se atreviera. La otra pareja,
quizá amantes, lla¬man al camarero, pagan y salen agarrados de la cintura.
—¿Quieres
tomar algo más? Está esperando a que nos vaya¬mos para cerrar.
Te
refieres al camarero.
—¿Me
invitas? —Te mira de una forma que te parece extraña.
—Claro,
¡qué cosas dices!
Pide
un whisky doble y te pregunta:
—¿Me
acompañas?
—¿Por
qué no?
Pides
otro whisky doble.
El
camarero mantiene su actitud afable, pero no deja de mirar a Margarita.
—Tengo
ganas de dormir bien esta noche —explica ella.
—No
tenías que haber tomado café —señalas la taza.
—Estoy
cansada, cansada de vivir.
—¡Qué
dices! Todavía eres joven y muy atractiva. Estás en la flor de la vida, debes
aprovechar todo lo que puedas.
Le
dices que es ella la que te ha despertado de nuevo el de¬seo; le tomas la mano.
—No
me gusto nada; no me gusta mi cuerpo.
¡De
nuevo el cuerpo!
—Sé
que has disfrutado con mi cuerpo, pero, claro, no eres el primero, ni tampoco
el último, estoy segura... —dice apar¬tando tu mano.
Ahora
la deseas menos. Retiras la mano y lanzas un suspiro. Ella continúa hablando:
—A
mí también me gustaría convertirme en un animal sal¬vaje, pero no consigo
huir... —confiesa agachando la cabeza.
—¿Huir
de qué?
Mejor
que seas tú el que haga las preguntas, es más fácil, las preguntas de una mujer
no te suelen gustar demasiado.
—No
consigo huir, huir de mi destino, no consigo huir de esa sensación... —Levanta
la cara y toma un gran trago de whisky.
—¿De
qué sensación? —Alargas la mano para separar su cabello fino y suelto y verle
los ojos, pero lo acaba haciendo ella misma.
—Una
sensación, una sensación femenina, no puedes com¬prenderlo. —Sonríe de nuevo
con dulzura.
Debe
de tratarse de un sufrimiento que no consigue sacar, piensas tú. La miras
detenidamente y le preguntas:
—¿Qué
edad tenías entonces?
—Tenía...
—tarda en continuar—. Tenía trece años.
El
camarero está mirando hacia abajo detrás del mostrador. Puede que esté
preparando la cuenta.
—Eras
demasiado joven —dices con un tono de voz un tanto inseguro. Bebes otro trago—.
Continúa, por favor.
—No
tengo ganas de hablar de eso, no quiero hablar de mí.
—Margarita,
si quieres que nos comprendamos, que no haya sólo sexo entre nosotros, como has
dicho, es mejor que hablemos también de ti —dices en tono de reproche.
Ella
permanece durante un instante en silencio, luego res¬ponde:
—Fue
un día de invierno, el cielo estaba cubierto de nubes... En Venecia no siempre
brilla el sol. Las calles estaban vacías. —Su voz parece venir de muy lejos—.
Desde la ventana, una ventana bastante baja, se veía el mar, que estaba tan
gris como el cielo. Normalmente, sentada desde el antepecho, podía ver las
cúpulas de la basílica...
Ella
mira a través del ventanal las luces que centellean en la superficie del mar,
totalmente negro.
—¿Se
veían las cúpulas? —le preguntas con sorpresa.
—No
aquel día. Aquel día sólo se veía el cielo gris. Bajo la ventana, en el suelo
frío de su taller, el pintor me violó.
Te
sobresaltas.
—¿Te
parece una imagen excitante? —te pregunta con sar¬casmo.
Te
mira fijamente detrás del vaso de alcohol que tiene en la mano. Su mirada se
mezcla con el líquido.
—Claro
que no.
Dices
que sólo quieres saber si sentía algo por el pintor, antes o después de que
sucediera aquello.
—No
entendía nada de nada en aquella época. Ni siquiera sabía lo que estaba
haciendo conmigo. Sólo recuerdo que miraba el cielo gris y que el suelo estaba
muy frío, a pesar del hornillo eléctrico que había en la habitación. Tardé dos
años en entender lo que ocurrió, cuando noté los cambios del cuer¬po que me
convirtieron en una mujer. Por eso odio este cuerpo.
—¿Volviste
alguna vez a ese taller en esos dos años? —pre¬guntas.
—Ya
no me acuerdo. AI principio tenía mucho miedo, pero se me han olvidado esos dos
años. De todos modos, no fue la única vez. Cada vez que lo hacía, tenía miedo,
miedo a que se supiera. Él siempre quería que yo fuera a su taller. No me
atre¬vía a contarle nada a mi madre, estaba enferma. En aquella época éramos
muy pobres. Mis padres se habían separado. Yo no quería quedarme en casa. Mi
padre había vuelto a Alemania. Al principio, fui con otra amiga de mi edad a
ver cómo pinta¬ba. Nos dijo que nos enseñaría a pintar...
—Continúa.
Esperas,
la miras cómo gira su vaso, el líquido deja distintas marcas en el cristal.
—No
me mires así. No voy a poder contártelo todo. Tan sólo quiero entender. No lo
veo claro. No sé por qué volví a ese taller...
—Quizá
porque te dijo que quería enseñarte a pintar —le sugieres tú.
—No.
Dijo que quería dibujarme, que era muy flexible y delgada. Todavía estaba
creciendo. Hacía que me moviera y decía que mi cuerpo era muy bonito. No tenía
estos pechos que tengo ahora. Tenía muchas ganas de hacerme un cuadro.
—¿Quieres
decir que aceptaste?
Intentas
saber qué pasó.
—No...
—Lo
que te pregunto es si aceptaste hacer de modelo, posar para él. No estoy
hablando de la violación —le explicas.
—No,
yo nunca le dije que sí; pero él siempre me quitaba la ropa.
—¿Antes
o después?
Quieres
saber si antes de la violación aceptó hacer de mode¬lo, te refieres a mostrar
su cuerpo desnudo.
—¡Fue
así durante dos años! —dice con gravedad antes de beber otro trago.
—¿Cómo
fue? —preguntas tú para entenderlo mejor.
—¿Qué
quieres decir con cómo? Una violación es una vio¬lación, ¿qué más quieres
saber? ¿Es que no lo entiendes?
—Nunca
he tenido esa experiencia.
Bebes
un trago, intentas pensar en otra cosa.
—Dos
años.
Arquea
las cejas mientras gira el vaso y continúa:
—¡Me
violó durante dos años!
Lo
que significa que no se opuso. No puedes impedir pre¬guntarle:
—¿Cómo
acabó?
—Encontré
a aquella chica en el taller. Al principio yo iba con ella allí. Nos conocíamos
desde hacía tiempo. Nos veíamos a menudo, pero después de que me violara, no la
vi más en el taller. Un día, iba a salir después de volverme a poner la ropa,
cuando ella llegó. La encontré en el pasillo. Quiso evitarme, pero se quedó
mirando mi cuerpo con atención. Me miró de arriba abajo y se fue, sin saludarme
y sin despedirse. Grité su nombre, pero ella aceleró el paso. Se volvió poco
antes de bajar la escalera corriendo. Yo también me volví y vi al pintor de pie
en la puerta de su taller, desorientado. Entonces lo en¬tendí todo.
—¿Qué
entendiste?
—Que
también la había violado a ella. ¡Durante dos años, nos estuvo violando a las
dos!
—Crees
que ella consentía, que quizá lo deseara de verdad y estuviera celosa...
—No,
¡no puedes entender su mirada! Me refiero a la mira¬da que me lanzó de arriba
abajo, a cómo miró mi cuerpo; des¬de aquel día, me odio a mí misma. Me vi a
través de su mirada. Lo odiaba a él tanto como yo odio este cuerpo que se
convir¬tió demasiado pronto en un cuerpo de mujer.
Te
quedas en silencio durante un rato. Enciendes un ciga¬rrillo. Detrás del gran
ventanal, las luces de la ciudad iluminan la noche, unas nubes grises se
desplazan rápidamente. Han apagado las lámparas principales del bar, sólo queda
encendida la que está sobre vuestra mesa.
—Creo
que tenemos que irnos —dices mirando los vasos medio llenos.
Ella
vacía el suyo de un trago y te sonríe. Te das cuenta de que está un poco
embriagada y, al vaciar el tuyo, dices que es la última copa.
Una
vez en la habitación, se suelta el pelo y te pregunta:
—¿Todavía
tienes ganas de follar?
No
sabes qué decir, estás un poco indeciso, te sientas en el sillón frente al
escritorio.
—Si
tienes muchas ganas... —murmura ella haciendo una mueca.
Se
desviste en silencio, se quita el sujetador, las medias de seda negra y las
bragas. Posa para ti, tumbada en la cama. Parece un poco borracha, pero
mantiene una expresión infan¬til. Tú no te mueves. Eres incapaz de follarla en
ese momento. Sientes compasión por ella. Aun así, le preguntas fríamente y con
cierta maldad:
—¿Te
daba dinero?
—¿Quién?
—El
pintor, ¿no le hacías de modelo?
—Al
principio me negaba.
—¿Y
después?
—¿Quieres
realmente saberlo todo? —pregunta con voz ronca.
—Claro
—contestas.
—Ya
sabes demasiado —dice con indiferencia—. Hay cosas que prefiero guardármelas
para mí. Nunca volví a Venecia desde que murió mi madre.
No
sabes qué hay de verdad en lo que te ha dicho, ni todo lo que no te ha dicho.
Le dices que es una mujer inteligente, que eso es un consuelo para ella,
incluso una excusa.
—¿De
qué sirve ser inteligente?
Está
tejiendo una tela de araña para atraparte. Sólo quiere amor, pero tú sólo
quieres libertad. Ya has pagado un precio demasiado alto por conseguir la
libertad. Sin embargo, te cuesta realmente separarte de ella, te atrae. No sólo
has pene¬trado su cuerpo, también te gustaría penetrar su alma, sus rin¬cones
más secretos. Contemplas su magnífico cuerpo, te le-vantas, pero de repente
ella inclina la cabeza y dice:
—¡Quédate
sentado ahí abajo, sin moverte! Hablemos así.
—¿Hasta
que se haga de día? —preguntas.
—Hasta
que tengas algo que decir. Te escucho.
Su
voz quiere dar una orden, pero también se mezcla con un tono de plegaria que
emana seducción, una especie de dul¬zura que no consigue retener. Dices que
quieres ver sus reac-ciones a lo que digas, si no, hablarás al vacío y ni
siquiera sabrás si se ha quedado dormida.
—Bueno,
de acuerdo. ¡Desnúdate tú también! ¡Me harás el amor con los ojos!
Ahoga
una risa y se yergue para ponerse una almohada en la espalda. Se sienta frente
a ti, con las piernas abiertas. Cuando te has quitado la ropa, dudas en
acercarte.
—¡Siéntate
en la silla, no te acerques! —te ordena.
La
obedeces y te quedas desnudo delante de ella.
—Yo
también quiero verte así, sentir tus reacciones —dice.
Dices
que ahora eres tú el que posas para ella.
—¿Qué
tiene de malo? El cuerpo de los hombres también provoca deseo, no es tan
desagradable.
En
ese momento, parece estar pasándoselo bien, te muestra una sonrisa que
transmite astucia.
—¿Te
estás vengando? ¿Es una forma de resarcirte? ¿Es eso? —preguntas bromeando.
Quizá es eso lo que quiere.
—No,
no pienses tan mal de mí...
En
ese momento su voz parece estar envuelta en terciopelo.
—Eres
muy dulce —añade en un tono que deja percibir el sufrimiento que hay en ella—.
Eres un idealista, todavía vives en un sueño, en tus sueños.
Dices
que no, vives en el presente, ya no crees en las menti¬ras con respecto al
futuro, quieres vivir en el mundo real.
—¿Nunca
has tratado con violencia a una mujer?
Después
de pensar durante un instante, dices que no. Claro que sexo y violencia están
relacionados, dices, pero es otra cosa. Necesitas el consentimiento de tu
pareja, nunca has vio¬lado a nadie. Le preguntas si los hombres con los que ha
esta¬do siempre han sido violentos.
—No
necesariamente, pero hablemos de otra cosa.
Ha
vuelto la cara para sentir el almohadón en la mejilla. No puedes ver su
expresión. Pero dices que ya has tenido la sensa¬ción de que te violaran, de
que te violara el poder político, que ha hecho lo que ha querido contigo, sin
tener en cuenta tu opi¬nión o tus deseos. La entiendes, entiendes su angustia,
su tris¬teza, la presión que ha sufrido, no tiene nada que ver con un juego
sexual. A ti te ocurrió lo mismo, necesitaste tiempo para darte cuenta. De
hecho, no fuiste consciente de que te habían sometido a una especie de
violación hasta que conseguiste la libertad. Hasta entonces los demás podían
hacer contigo lo que quisieran, te veías obligado a someterte a la autocrítica
y sólo podías decir lo que ellos esperaban que dijeras. Lo más importante era proteger
tu mundo interior, tu confianza en ti mismo, si no, seguro que te habrías
hundido.
—Me
siento muy sola.
Dices
que la entiendes, que te gustaría acercarte a ella para poder reconfortarla,
pero que tienes miedo de que piense que sólo quieres acostarte con ella.
—No,
no lo entiendes, un hombre no puede entender eso... —Su voz se ha convertido en
una especie de quejido.
Le
dices que la quieres. Al menos, en ese momento, es cier¬to que te has enamorado
de ella.
—No
hables de amor, es demasiado fácil, cualquier hombre puede decir eso.
—¿Qué
quieres que te diga, entonces?
—Lo
que quieras...
—¿Quieres
que te diga que eres una puta? —preguntas.
—¿Para
volver a excitarte? —responde con cierta piedad.
Añade
que no es un objeto sexual, que espera tener un lugar en tu corazón, que le
gustaría estar realmente en comunión con tus sentimientos y que no quiere que
la manipules. Sabe que te está pidiendo mucho, casi un imposible, pero eso es
exactamente lo que le gustaría.
15
Recuerda
que durante su infancia leyó un cuento, del que hoy ya ha olvidado el título y
el autor, que explicaba la siguiente historia:
En
un reino lejano, todos los habitantes llevaban un espejo en el pecho, en el que
se reflejaban todos los malos pen¬samientos del que lo llevara. De este modo,
nadie se atrevía a mentir para que no se le cayera la cara de vergüenza o no lo
expulsaran del reino, que se había convertido en un lugar de hombres honestos.
Cuando el héroe del libro entró en el reino de la pureza extrema —quizá lo hizo
por error, ya no lo recor¬daba con claridad—, también colocaron sobre su pecho
un espejo en el que aparecía un corazón de verdad, lo que provo¬có un gran
alboroto entre la gente y dejó atónito al propio protagonista. No recordaba lo
que le había ocurrido a ese héroe, pero sí que se sintió perplejo e incómodo al
leerlo. Todavía conservaba la inocencia de un niño, pero, aun así, sintió un
poco de miedo, aunque no sabía exactamente de qué. Esta impresión se disipó al
convertirse en adulto; sin embargo, quiso cambiar su vida y tener la conciencia
tranquila para poder dormir sin tener pesadillas.
El
primero que le habló de mujeres fue su compañero de colegio Luo, que era
bastante mayor que él y muy maduro para su edad. Luo publicó en segundo ciclo
de secundaria algunos poemas en una revista, lo que hizo que sus compañe¬ros lo
apodaran el Poeta. Él también sentía una gran admira¬ción por Luo. Sin embargo,
el Poeta nunca pudo ir a la uni-versidad. Aquel verano jugaba a baloncesto en
la cancha vacía de la escuela. Corría él solo con la pelota, sin camiseta,
debido al insoportable calor, hasta que quedó empapado de sudor, para liberar
su exceso de energía. Daba la sensación de que a Luo no le importaba demasiado
haber suspendido los exámenes y afirmaba que su único deseo era poder ir a
pescar a las islas Zhoushan, eso le reafirmaba que Luo era realmente un poeta
nato.
Un
verano, en el que salió de la capital para ir a su pueblo de vacaciones,
encontró a Luo en el mercado que estaba cerca de su casa. Llevaba una bata
blanca atada a la cintura y vendía queso de soja. Luo le sonrió levemente, se
desató la bata y, para ir con él, dejó a cargo del puesto a una señora gorda
que vendía verduras al lado. Luo le explicó que había sido pesca¬dor durante
dos años, y que cuando regresó, como no tenía trabajo, aceptó el puesto de
vendedor y contable de una coo¬perativa de hortalizas, que estaba administrada
por un comité de barrio.
Luo
vivía en una verdadera cabaña, que tenía una única habitación y estaba
construida con pedazos de ladrillos y lámi¬nas de bambú entrelazadas, cubiertas
de cal. La habitación estaba separada en dos: su madre dormía en la parte
interior, y la parte exterior servía de cocina y de sala de estar. Un palmo del
tejado sobrepasaba la pared sobre la que habían elevado unas placas de amianto
y de cemento que formaban una pequeña habitación; probablemente la había
construido él. En la parte más baja, donde no se podía poner de pie, había un
catre. A su lado, había una mesita con un solo cajón. En el otro lado, frente a
la pared, una estantería de mimbre para los libros. Todo estaba bien ordenado y
limpio. Le enseñó su diminuta habitación un día en que la madre de Luo se había
ido a trabajar a la fábrica. Le pidió que se sentara delante de la mesa,
mientras que él se sentó sobre el catre.
—¿Sigues
escribiendo poesía? —le preguntó.
Luo
abrió el cajón y sacó un cuaderno en el que había copia¬do unos poemas con
buena letra, cada uno con su fecha.
—¿Son
poemas de amor? —le preguntó mientras hojeaba el cuaderno. Nunca habría
imaginado que un chico tan indepen¬diente en el colegio pudiera escribir cosas
tan sentimentales. Recordó los poemas de Luo que el viejo profesor de lengua
leyó delante de toda la clase, en los que daba rienda suelta a su ardor
juvenil, y que no tenían nada que ver con los que tenía en aquel momento ante
sus ojos. Le habló de ese recuerdo.
—Los
escribí para publicarlos, pero no lo he conseguido. Estos los he escrito para
una putilla —dijo Luo, y le habló de mujeres—. Esa puta jugó con mis
sentimientos; luego cono¬ció a un funcionario del Partido, diez años mayor que
ella, y, mientras espera el certificado de matrimonio, le hace jerseys en casa.
Estos poemas los he recuperado, porque me los devol¬vió. Ahora ya no escribo
nada.
Él
prefirió cambiar de conversación y se puso a hablar de literatura con Luo.
Hablaba sin parar. Decía que a una nueva época, una nueva vida, le correspondía
una nueva literatura, aunque ni él mismo tenía la más remota idea de lo que era
esa nueva vida y esa nueva literatura. En pocas palabras, él creía que la nueva
literatura no podía limitarse a esos cantos popu¬lares renovados, publicados
página tras página en los periódi¬cos y revistas, que alababan a los personajes
y los hechos posi¬tivos y el «Gran salto adelante».* Habló de novelas de
Gladkov y de Ehrenburg, también de las obras de teatro de Maiakovski y de
Brecht. En aquella época, lo ignoraba todo sobre las pur¬gas stalinistas y El
deshielo de Ehrenburg, tampoco sabía que habían fusilado a Meyerhold hacía
mucho tiempo.
—Me
siento muy lejos de esa literatura —dijo Luo—. No sé en qué punto se encuentra
la literatura. Ahora me paso los días vendiendo, y por la noche, después de
recoger los pues-tos, hago las cuentas. A veces leo un poco, sobre cosas que se
apartan de la realidad, pero sólo para distraerme. Tampoco sé dónde está esa
nueva vida de la que todo el mundo habla. El entusiasmo que tenía en la escuela
desapareció desde hace tiempo; ahora prefiero divertirme con las chicas.
Encontrar
a Luo en esa decadencia le afectó todavía más que la evocación de su putilla.
Le explicó que todavía no había estado con ninguna mujer, y entonces fue Luo el
que se quedó perplejo. Luo era unos años mayor que él y soltó un comenta¬rio
indulgente al respecto.
—¡Te
has convertido en una rata de biblioteca!
Sus
palabras no contenían ningún sentimiento de envidia por su situación
aparentemente superior.
—Te
voy a presentar a una chica. Se llama Wuzi. Podrás tocarla. No tendrás ningún
problema con ella.
Luo
le explicó que se trataba de una chica muy liberal, un poco putilla. Era la
segunda vez que Luo utilizaba ese califica¬tivo para referirse a una chica.
—La
voy a buscar ahora —dijo—. Toca muy bien la guita¬rra y no es tan presuntuosa
como esas estudiantes que se creen que son especiales.
Era
obvio que tenía ganas de conocer a esa chica. Luo salió en su busca. El se
quedó mirando los poemas de amor de Luo. Algunos eran muy crudos. Creyó que
aquellas odas al amor eran muy superiores a las de Guo Moruo en Las diosas.
De¬jándose llevar por sus sentimientos, estaba llegando a la con¬clusión de que
Luo era un auténtico poeta, pero también pen¬saba que, en efecto, nunca podría
publicar aquellos poemas, lo que lamentaba profundamente por su amigo.
Cuando
Luo regresó algo más tarde, se volvió y le dijo:
—¡Esto
es poesía!
—Bueno,
sólo escribo para mí —dijo Luo riendo con cierta amargura.
Wuzi
llegó. Llevaba zuecos y un vestido corto de cuello redondo, sin mangas,
adornado con bordados. A pesar de sus quince años, tenía el pecho muy
desarrollado y parecía una chica mayor. Antes de entrar en la habitación, la
joven se quedó en la entrada, apoyada en el marco de la puerta.
—Él
también escribe poemas —dijo Luo para presentarlos.
En
realidad, Luo no había leído nunca sus poemas, pero seguramente era la mejor
presentación que podía hacer de él. Además, eso significaba que la joven
también había leído los poemas galantes de Luo y que aquella forma de
presentarlo era una clara alusión a ellos. Wuzi sonrió esbozando una pequeña
mueca, luego entreabrió unos labios carnosos; nunca antes había visto a una
chica con unos labios parecidos. Cerró el cuaderno y se puso a hablar de otra
cosa con Luo; se sentía todavía más incómodo que la muchacha.
Luo
sacó de detrás de la puerta una vieja guitarra descon¬chada y dijo a la chica:
—Cántanos
algo, Wuzi.
Al
fin consiguió que la situación quedara más distendida. La joven tomó el
instrumento y preguntó:
—¿Qué
quieres que cante?
—Lo
que quieras. ¿Qué te parece «Bajo el acerolo»?
Era
una canción popular rusa que estaba muy de moda entre los estudiantes, antes de
que fuera reemplazada por los cantos de gloria de la nueva sociedad, el Partido
y el Líder.
Con
la cabeza gacha, Wuzi afinó la guitarra y sacó de ella so¬nidos melancólicos y
muy dulces. Ella parecía estar en otra cosa, como si no estuviera escuchando lo
que tocaba. Cuando levantó la cabeza hacia ellos, él se sintió perdido. En un
rincón de la ha¬bitación, un grillo cantaba dulcemente cerca de la estufa, y
por la ventana, el sol resplandeciente hacía subir bocanadas de calor. La
muchacha tocó un tema y luego dijo a Luo que ese día no te¬nía ganas de cantar.
Luego lo miró brevemente; pero era como si fijara un punto que estuviera
situado por encima de su cabeza.
—¡Pues
no cantes si no tienes ganas! —dijo Luo—. ¡Vamos al cine esta noche!
La
joven sólo sonrió. Luego, dejó la guitarra cerca de la puerta y pasó a la sala,
donde volvió la cabeza y dijo:
—Tengo
muchas cosas que hacer en casa.
Se
fue.
—Es
mentira. No la creas —dijo Luo—. Realmente no sa¬bes tratar a las chicas. ¿No
tenías ganas de quedar con ella?
Permaneció
en silencio. Según Luo, de todas formas, no había futuro. Los de su grupo de
amigos, todos hundidos en la miseria, iban a menudo con aquellas chicas a
pasear, cantar y to¬car música. Algunas veces, por la noche, iban a bañarse a
un lago a las afueras de la ciudad, o soltaban, a hurtadillas, algún peque¬ño
barco y se ponían a robar cápsulas de loto en medio del lago. Wuzi los
acompañaba. Por la noche, dentro del agua, todos le metían mano, ella no decía
nada, era una chica que aceptaba perfectamente esas cosas. Por lo visto, a Luo
le gus¬taba un poco; pero también decía que había una chica que le gustaba de
verdad. Crecieron juntos; ella entró en un grupo de cantantes y bailarines del
ejército y no podía casarse con un tipo como él, vendedor de mercado. Sin
embargo, durante el invierno del año anterior se quedó embarazada. Para poder
abortar, necesitaba un certificado de matrimonio y un carné de trabajo; era
imposible conseguirlos. Además, la joven per¬tenecía al ejército, y, para
casarse, necesitaba la autorización de sus superiores. Si aquel asunto se
aireaba, no sólo la echarían del ejército, además, se quedaría sin trabajo. Lo
acabaría odiando por eso. En cuanto a él, su pequeño puesto dependía de la
cooperativa y sólo conseguía un pequeño salario que ape¬nas le permitía comer;
no hubiera podido cubrir las necesida¬des de una mujer y de un niño. Por
suerte, uno de sus tíos era médico en una cabeza de distrito y le puso en
contacto con el hospital del lugar. Llevó a la chica y pudo abortar diciendo
que estaba casada.
—La
llevé un domingo por la mañana, a primera hora. Ella debía volver aquel mismo
día con su grupo antes de las diez de la noche; pasaban lista todas las noches,
cosas del reglamento militar. Tuvimos que cambiar de autobús. Ante la estación
de autobuses, cuando esperábamos el segundo, llovía y empezó a oscurecer. No
pasaba ni un alma por la carretera. Me dijo que todavía le estaba saliendo
sangre. La estreché entre mis brazos y no pudimos contener las lágrimas. Así
nos separamos. ¿Eso se puede escribir? ¿Dónde está esa nueva vida?
Luo
explicó que le había sido imposible huir de la decaden¬cia. Durante los dos
años en que trabajó de pescador, fue de mujer en mujer, ya que en aquel pueblo
de pescadores de la isla en que vivía nunca se sabía cuándo regresarían los
hombres que salían al mar. A Luo, un joven fresco, recién salido de la escuela,
no le faltaban las ocasiones. Todo empezó allí. Nada era romántico. Lo único
que sabía era que, después de diver¬tirse con ellas, se sentía hastiado. Sin
embargo no consiguió tener ningún amigo. Por eso, prefirió volver a vender en
el mer¬cado.
—¿Cómo
se te ocurrió hacerte pescador?
—No
tuve elección, tenía que encontrar algo. En aquella épo¬ca, pensaba entrar como
tú en una universidad importante para estudiar literatura. ¿Has olvidado que
suspendí los exámenes?
—Eras
el mejor del curso, un poeta reconocido por todos tus compañeros. Nadie imaginó
que pudieras suspender.
—¡Que
le den por el culo a la poesía! —dijo Luo—. El año de las pruebas de acceso a
la universidad, justo antes del movi¬miento antiderechista,* dijeron que
estaban a favor de la libre expresión, ¿no? Una revista provincial nos invitó a
un encuen¬tro de jóvenes escritores para que expresáramos nuestra opinión
libremente. Yo tomé la palabra junto a otros jóvenes auto¬res. Tan sólo dijimos
que la elección de los temas era dema¬siado estricta, que la poesía era la
poesía y no se podía dividir según el tema: industria, agricultura, vida de la
juventud... Publicaron mis peores poemas y cortaron los mejores. Sólo dije eso.
Unos días después, llegó un informe a la escuela. El director de la sección de
instrucción vino a verme. Entonces me di cuenta de que había metido la pata. No
sé qué les ocu¬rrió a mis compañeros, yo era el más joven, el que menos habló,
y ahora puedo trabajar en un mercado.
Tras
esta conversación, fue a comprar tres entradas para el cine y esperó ante el
local a que empezara la sesión. Wuzi llegó sin aliento y le dijo que Luo había
tenido que quedarse traba¬jando para cubrir el turno de noche y que no podría
venir. Se preguntó si Luo lo habría hecho expresamente para dejarlos solos.
Entraron en la sala. En la oscuridad tomó la mano de Wuzi y se sentaron en dos
asientos aislados. Él no prestó la menor atención a la película durante toda la
sesión. No paraba de pensar en la dulce mano de la chica. Sentía cómo le corría
el sudor. Pensaba que, ya que todos los chicos le habían meti¬do mano, ¿por qué
él no podía hacer lo mismo? Nunca había tocado a ninguna chica antes; aunque,
por supuesto, el amor al que aspiraba era diferente.
Cuando
estaba estudiando en segundo ciclo de secundaria, se enamoró de una chica más
joven que él, con la que sólo habló durante un baile en la fiesta de fin de
año. Durante toda la noche, no paró de seguir a la chica, que llevaba una blusa
de flores azules sobre fondo rojo. Dondequiera que ella fuera, allí iba él.
Después de la fiesta ya amanecía, o quizá fuera el refle¬jo de la nieve bajo
las farolas, siguió a la muchacha durante todo el camino de regreso. Ella
caminaba delante riéndose con sus compañeras y a veces se volvía. Él sabía que
hablaban de él.
No
creía que se pudiera tocar a una chica así. Cuando salió del cine con Wuzi,
evitó la avenida y se metió por una calle¬juela, de la mano de la muchacha.
Ella era muy dócil. Camina¬ba con la cabeza gacha mirándose los zapatos y a
veces chutaba algún pedrusco. Cuando llegaron a un rincón al que no daba la luz
de las farolas, tomó el brazo de Wuzi para atraerla hacia él. Ella negó con la
cabeza y lo miró con los ojos bien abiertos, luego dijo:
—Los
chicos sois muy malos.
Él
dijo que él no era así, sólo quería besarla.
—¿Por
qué? —preguntó alzando los ojos y dejándolos bien abiertos.
La
soltó y le dijo que todavía no había besado a ninguna chica. Wuzi le dijo que
dejara que se lo pensara. El bajo la cabeza y no esperaba que ella le dijera:
—Bueno,
pero sólo una vez.
Apoyó
su boca contra los labios apretados de la chica y se separó de inmediato. Wuzi
tenía los ojos cerrados, abrió la boca levemente, entonces él la besó de nuevo,
saboreando esta vez los labios suaves y carnosos. Dirigió la mano hacia un seno
de la muchacha por debajo de la ropa, la joven murmuró:
—No
me hagas daño...
Deslizó
la mano bajo la ropa y la desplazó sobre los senos en punta, pero no quiso, y
ni siquiera se le pasó por la cabeza, plantear hacer el amor a una chica que
realmente no amara. Era imposible que lo pensara en aquel momento, esa chica
sólo le parecía generosa.
Unos
días después, recibió una carta de Wuzi en la universi¬dad. Con un estilo muy
sencillo, le preguntaba si volvería a pasar allí las vacaciones del próximo
verano.
Aquel
verano no pudo volver a su casa, era la época de la gran escasez que siguió al
«Gran salto adelante». Durante las vacaciones, los estudiantes tenían la
obligación de prestar un servicio voluntario, que consistía en ir a las colinas
del oeste a hacer agujeros para plantar árboles. Todos padecían hidrope¬sía y
desnutrición, pero tenían que comportarse como «bue¬nos hombres» y «hacer
buenas obras», aunque fueran cosas estúpidas. Y así donó sus días libres.
Durante aquellas vacacio¬nes de verano, se arrepintió de no haber llegado más
lejos cuando estuvo con Wuzi.
16
En
el taxi, camino al aeropuerto, no habéis hablado casi nada. Os habéis dicho
todo lo que teníais que deciros, y además tampoco es el mejor lugar.
En
el momento de pasar la aduana, ella te estrecha en sus brazos con dulzura, como
una amiga, como ya te ha dicho. Te da un beso breve y se va, sin volverse.
Te
has fijado que tiene unas ojeras muy pronunciadas, aun¬que esté maquillada.
Seguramente tú tampoco debes de tener muy buena cara. Habéis pasado varios días
seguidos sin dor¬mir, tres noches en blanco, desde que os visteis en el teatro.
Durante esos días y esas noches no habéis parado de hacer el amor, hasta la
extenuación, hasta caer rendidos el uno sobre el otro. Tú también estás
agotado. Después de este frenesí re¬pentino y esta separación tan sencilla,
como si fuerais dos sim¬ples amigos, no sabéis si alguna vez os volveréis a
ver.
Al
salir del aeropuerto el sol te molesta a los ojos, un vapor caliente sube del
suelo, las personas que esperan un taxi for¬man una larga cola, y tú estás
hecho polvo. Una vez dentro del vehículo, el conductor te pregunta adonde
quieres ir. Durante un momento dudas; luego, sin pensártelo demasiado, dices «A
Zungwan», el barrio más animado de la ciudad. No tienes ganas de quedarte en el
hotel, de volver a encontrar una cama vacía. La imagen de su cuerpo desnudo
está demasiado ligada a esa habitación, a esa cama, a tus sentimientos; ya te
habías acostumbrado a hablarle, a decirle lo que sentías. En realidad era lo
mismo que te decías para tus adentros, pero, al estar allí, se había convertido
en tu compañera, y acababas hablando para ella. Consiguió entrar en lo más
profundo de tu ser. Tú poseíste su cuerpo, pero ella poseyó tu corazón.
—¿A
qué lugar quiere ir de Zungwan?
El
conductor se ha dado cuenta de que vienes del continen¬te y te hace la pregunta
en chino mandarín, aunque con bas¬tante dificultad.
Estabas
con los ojos cerrados, medio dormido; miras a tu alrededor y preguntas:
—¿Ya
hemos llegado?
—Sí,
¿a qué calle le llevo?
El
taxista ha parado el coche y, a través del retrovisor, ves su cara de fastidio,
porque no tiene ganas de dar vueltas para lle¬varte a un destino que ni
siquiera tú pareces tener claro. Pagas y te bajas. La calle está cercada de
grandes edificios y en ese momento no sabes dónde estás. Empiezas a caminar
hacia nin¬gún lugar en concreto. Curiosamente, hay poca gente en la calle. Es
raro, porque este barrio suele ser uno de los más movidos de la ciudad. Hoy hay
pocos coches y pasan a toda velocidad, sin formar los habituales atascos. Te
das cuenta de que las tiendas están cerradas; sólo los escaparates siguen
igual. Los altos edificios tapan buena parte del sol, que tan sólo ilumina la
mitad de la calzada. Te sientes como un sonámbulo en pleno día.
Recuerdas
que ella dijo que tenía que volver a Francfort el lunes. Su empresa tenía una
reunión de negocios con los so¬cios chinos. En ese momento te das cuenta de que
es domin-go. Durante la mañana de ese día de descanso, las familias o los
amigos quedan para comer en todo tipo de restaurantes, es un placer para los
habitantes de Hong Kong, siempre tan ocu¬pados.
Con
los ensayos, las representaciones, las comidas, las cenas, las citas y las
entrevistas, desde hace un mes, todavía no has tenido la ocasión de estar solo,
sin nada que hacer, deam¬bulando por las calles del centro. Estás empezando a
familiari¬zarte con la ciudad, pero crees que es posible que no puedas volver,
como también es posible que no vuelvas a ver nunca más a Margarita. Te gustaría
poder tenerla más cerca, mos¬trarle sin tapujos tus sufrimientos, entregarte,
de ese modo, al placer.
Esa
última noche ella te pidió que la violaras; no era un juego sexual, quiso que
la ataras de verdad, que le ataras las manos, que la golpearas con el cinturón,
que golpearas ese cuerpo que detesta, esa carne violada, vendida, que ya no le
pertenecía; quería transmitirte esa sensación.
Le
ataste las muñecas con sus medias, tomaste el cinturón por la hebilla metálica
y la golpeaste muy flojo dos veces. En la oscuridad te echaste a reír; debías
hacerle entender que se tra¬taba de un juego. Ella deseaba que la humillaran
sexualmente, también se rió.
Pero
no era lo que ella quería, quería que la golpearas de verdad. Empezaste a darle
golpes cada vez con más fuerza. Oías los azotes del cinturón sobre su carne,
esa carne que se encogía, pero no te decía que pararas. No sabías hasta dónde
aguantaría. De pronto, lanzó un grito de miedo, e inmediata¬mente tiraste el
cinturón al suelo y empezaste a acariciarla. Te llamó cerdo, se soltó una mano
y se sentó. Le pediste perdón, se tumbó en la cama, tú te tumbaste sobre ella,
notaste en tu rostro las lágrimas que se deslizaban por sus mejillas, y tus
lágrimas se juntaron con las de ella. Le dijiste que no podías violarla, que ya
no estabas excitado.
Ella
dijo que no podías comprender su sufrimiento, el sufri¬miento por haberse hecho
mujer demasiado pronto, después de la violación, y que lo único que querías de
ella era la satis¬facción sexual.
Tú
le dijiste que la amabas, que justamente por eso no po¬días violarla,
detestabas la violencia.
Ella
dijo que tus lágrimas se lo demostraban, que, al llorar, eras más sincero, y se
mostró dulce y cálida. Estuvo acarician¬do tu cuerpo desnudo durante un buen
rato.
Eres
toda una mujer, le dijiste. No, una mujer desvergonza¬da, dijo ella. Tú le
dices que no, que es una buena mujer. Ella dice que no, que tú no sabes, que,
más tarde, puedes detestar¬la. Ella no puede vivir como una mujer normal, nada
puede satisfacerla, le gustaría vivir contigo, pero es imposible. Pide que le
perdones su naturaleza neurótica, no es que no quiera vivir tranquila, pero
nadie puede darle esa calma y serenidad, tú no podrías casarte con ese tipo de
mujer, sólo quieres con¬seguir con su cuerpo un placer que necesitas.
Tú
dices que tienes miedo al matrimonio, que tienes miedo de que una mujer te
persiga otra vez. Ya has estado casado, has comprendido lo que era el
matrimonio; la libertad para ti es lo más preciado de este mundo, pero no
puedes evitar amarla. Ella dice que tampoco puede ser tu amante, que es muy
pro¬bable que tengas una mujer, y que, si no la tienes en ese momento, seguro
que encontrarás a una, que realmente eres tierno y sincero y que todo es
relativo, que no quiere alabarte demasiado. Tú dices que ella también es una
mujer adorable. Ella te contesta que no es así con todos los hombres, que sólo
se ha entregado a ti porque te aprecia, tú también le has dado bastantes cosas,
eso es recíproco. Añade que conoce a los hom¬bres desde hace tiempo, ya no se
hace falsas ilusiones, el mundo es tan realista. Ella es la amante de su jefe,
pero él pasa todos los fines de semana con su mujer y sus hijos. Ella es su
amante sólo durante los días laborables o cuando van de viaje juntos; él
también la necesita para sus negocios en China.
Su
voz ronca, su sensualidad, su sinceridad, capaces de con¬mover a cualquiera, al
igual que su cuerpo generoso, han aviva¬do tu sed, han hecho resurgir tus
recuerdos y las reminiscen¬cias dolorosas que soportas gracias al deseo sexual.
Continúas sintiendo su voz, como si te murmurara al oído y te comunica¬ra su
dulzura, mezclada con el olor de su cuerpo. Tu deseo, tanto tiempo reprimido,
ha podido liberarse gracias a ella; esa evocación no sólo te ha aportado dolor,
sino también placer. Necesitas seguir hablando con ella para recuperar tus
recuer¬dos, los detalles que creías haber olvidado te vuelven a la cabe¬za cada
vez con mayor nitidez.
Delante
de ti, los cristales del rascacielos del Banco de China reflejan, como un
espejo, los pedazos de nubes blancas que deambulan por el cielo azul. Los
habitantes de la ciudad opinan que esa construcción triangular, con ángulos
agudos como cuchillas, parece un enorme cuchillo de cocina que atra¬viesa el
corazón de la ciudad y eso no debe de ser bueno para la geomancia. Al lado,
otro gran edificio que pertenece a un grupo financiero muestra unos aparatos
metálicos extraños. Da la sensación de que esa construcción intente en vano
com¬petir con la otra; ése es el carácter de los habitantes de la ciu¬dad. La
residencia de estilo isabelino del Legislative Council ya no llama la atención;
rodeada de esos grandes edificios, realmente se ha convertido en el símbolo de
una época que pronto verá su fin.
Cerca
del Legislative Council, en el jardín en que se en¬cuentra la estatua de bronce
de la Reina, hay mucha gente, al borde de las fuentes, en las galerías, en las
aceras. Algunas personas forman pequeños grupos en medio de las calles. Crees
que has ido a parar a una manifestación, pero la gente habla animadamente,
muchos ríen, algunos han colocado sobre la hierba manteles repletos de comida y
de los radiocasetes sale música pop, sólo falta ponerse a bailar.
Te
sorprende ver que las personas almuerzan en el césped, entre los edificios,
calle tras calle. Las cruzas y llegas frente al Prince's Building, donde se
venden toda clase de productos de lujo; sobre la puerta cerrada han colocado
una bandera en la que está impresa la imagen de un Cristo que sufre. Un pastor
está predicando en ese momento, mientras los fieles se confie¬san al aire
libre. El ochenta o noventa por ciento de las perso¬nas que se encuentran allí
son mujeres de piel muy oscura. Piensas, de pronto, que probablemente son las
sirvientas fili¬pinas que trabajan en las casas de los ricos y vienen a pasar
el domingo a ese lugar. Se ganan la vida en Hong Kong y envían el dinero a casa
para alimentar a su familia. Estás rodeado de un incesante parloteo que no
comprendes; tampoco percibes la angustia de los que han abandonado su hogar.
¿Durante
cuánto tiempo se podrá mantener ese paisaje social? ¿Lo reemplazará el de los
nuevos inmigrantes que lle¬guen del continente? En todo el mundo se persigue a
los inmi-grantes: ¿será este lugar una excepción? Tampoco se trata de alimentar
falsos temores; los grandes edificios que se alzan hasta el cielo azul y casi
tocan las nubes blancas no corren el riesgo de
hundirse de pronto; la isla de Hong Kong no se transformará en un
desierto. En ese preciso instante, mientras te mezclas con la multitud, te
sientes terriblemente solo. Y siempre ha sido ese sentimiento de soledad el que
te ha salvado. De todos modos, no eres Jesucristo, no tienes que sacrificarte
por nadie, aunque también es cierto que tampoco resucitarás. Lo más importante
para ti es poder vivir lo mejor posible en el presente.
Penetras
de nuevo en las tinieblas que su voz te ha traído, como un sonámbulo que pasea
sin rumbo, tambaleándose, a la vista de todos, y confundiéndose con esa masa de
gente. Los recuerdos recientes se mezclan con los antiguos.
Llamas
a Margarita, te diriges a ella en tu fuero interno: el hombre nuevo es un
espantoso cuento de niños. Hoy ya no necesitas expiar más culpas ni errores, ya
no necesitas reedu-carte para llevar una nueva vida. Ese país de hombres
honestos y limpios, esa sociedad nueva, no era nada más que un fraude;
cuestionó a un individuo que estaba confuso e indeciso, pero lleno de
vitalidad, que era incapaz de explicar sus actos y que, de golpe, perdió su
razón de ser.
Lo
que te gustaría decirle a Margarita es que ella tampoco tiene que purificarse,
ni confesarse, y que no podrá volver a vivir su vida, tan sólo es ella misma,
como tú eres tú mismo.
Una
mujer te ha dado la vida, el paraíso está en la caverna de la mujer, madre o
puta. Prefieres entrar en un caos oscuro a hacerte el hombre honesto, el hombre
nuevo o el santo.
Bajo
el viaducto donde estás, circula una fila ininterrumpida de coches. Es una vía
muy concurrida habitualmente y que permite pasar de los grandes edificios de un
lado a los merca¬dos del otro, pero hoy, domingo, hay pocos viandantes.
Apo¬yado en la barandilla, miras la gran avenida que pasa bajo el viaducto; un
sueño enorme te invade. Todavía faltan dos representaciones de tu obra: a las
dos de la tarde, dentro de poco más de una hora, y esta noche, a las siete.
Después de la última representación, tienes que hacerte una fotografía con el
grupo de actores. Luego cenaréis algo por ahí. Seguro que la noche será movida.
Deberías dormir un poco, pero no tienes ganas de volver al hotel, todavía
piensas en ella, en vuestro fre¬nesí antes de separaros, en el olor de su
cuerpo, en tu esperma que embadurna su pecho opulento.
Caminas
por la calle, hay un cine, compras una entrada sin ni siquiera mirar qué
película ponen, necesitas aislarte en un lugar oscuro para sumergirte en tus
pensamientos sobre ella. Es una película de acción de Hong Kong, sin ningún
interés; cierras los ojos, y los diálogos en cantones, que no compren¬des muy
bien, acaban por dormirte. Los asientos son amplios y confortables, puedes
estirar las piernas. Por suerte, al final has conseguido la libertad de
expresión, ya puedes escribir o decir lo que quieras, sin escrúpulos. Quizá
deberías escribir sobre todo aquello, como dijo ella, volver al pasado.
Deberías mirarte a ti mismo con cierta distancia, como un simple indi¬viduo, o
como un animal dotado de conciencia, un animal aco¬rralado en la jungla humana.
No
puedes quejarte, aprovechas la vida. Por supuesto, has pagado el precio para,
ello, pero nada es gratuito, excepto las mentiras y las tonterías. Deberías
recurrir a la escritura para explicar tu experiencia, dejar algunas marcas de
tu vida, como el esperma que has eyaculado; ¿no has disfrutado contaminan¬do
así este mundo? Este mundo te ha oprimido y tú te vengas así, nada más justo.
No
sientes rencor. Margarita, ¿sientes tú rencor? Le pre¬guntas si lo siente
contra ti. Ella niega con la cabeza y se acues¬ta sobre tu pubis. Le acaricias
el pelo suave y despeinado para incitarla a que se meta tu pene en la boca.
Ella dice que es tu esclava, que te pertenece, eres su dueño. Siempre quieres
que te den placer, eres menos generoso que ella.
Debes
recuperar la calma, mirar ese mundo y a ti mismo con serenidad. El mundo es así
y continuará igual. Un hombre solo es realmente poca cosa, lo único que puede
hacer es ex-presarse, nada más.
Te
despiertas, han encendido las luces de la sala y los espec¬tadores se
dispersan. Sales del cine, llamas a un taxi, vuelves al hotel, y la joven de la
recepción te da la llave junto con dos mensajes que esperan contestación. Deben
de ser para invitar¬te a algo. Esta noche no vas a poder comprometerte con
nadie más, tienes que cenar con los actores y despedirte de ellos. Ya han
limpiado la habitación y no hay rastro de sus ropas, ni sobre la cama ni por el
suelo o sobre la mesa, como si nunca hubieras estado ahí con una mujer. Sientes
una ligera decep¬ción, te tiendes sobre la cama, las sábanas y las fundas de
las almohadas huelen a limpio, el aire acondicionado ronronea dulcemente. Ni el
menor rastro de ella ni de su olor. Te gusta¬ría que una cámara de vídeo lo
hubiera filmado todo para com¬probar que ella realmente ha hecho el amor
contigo, que no ha sido una ilusión.
Margarita,
llamas a una mujer muy real, no es sólo una voz que viene de tu interior. Ella
te ha hecho recordar tu pasado, que ha resurgido con mucha claridad ante tus
ojos. Ahora ella se mezcla con tus recuerdos, tus recuerdos frescos o casi
olvi¬dados; deseas que vuelvan a aparecer.
En
este instante ella está en el avión, y mañana el fin de semana habrá acabado;
como te ha dicho, volverá a ser la amante de su jefe. ¿Hará el amor con él como
lo ha hecho con¬tigo? Esa puta masoquista, te has enamorado de ella, ya no
puedes dejar de pensar en ella, sientes su humedad y su olor, eso te excita. Te
gustaría saber si es verdad que la violaron cuando tenía trece años. Quizá sólo
lo inventó para seducirte. Puede que se considerara a sí misma como una vil
mercancía, o quisiera acompañarte en tus pensamientos, convertirse en tu
compañera de corazón, para compartir tu soledad y su sufri¬miento.
Quizá
deberías escribir todos los recuerdos que ella ha removido en ti y la
experiencia de tu vida. Pero ¿vale realmen¬te la pena? No debes malgastar una
vez más tu tiempo en algo que no merezca la pena, pero ¿qué vale realmente la
pena? ¿Esa obra de teatro que han representado y que representarán de nuevo
esta noche, esa obra prohibida en el continente vale la pena? ¿Han valido la
pena todos los quebraderos de cabeza que te ha ocasionado? Si no la hubieras
escrito, ¿no habrías vivido mejor? ¿Por qué sufrir para escribir?
¿Sólo
puedes vivir expresándote? ¿Es realmente la única razón de tu existencia? ¿Sólo
eres una máquina de escribir libros, empujado por un orgullo que estropea
inútilmente tu vida? Quizás ella tenga razón, se refugia en los placeres de la
carne rumiando su sufrimiento, pero, como no consigue li¬brarse de él, se acaba
hundiendo. ¿Para qué pedir justicia? Además, ¿dónde se hace justicia? No podrás
enfrentarte a este mundo, sólo podrás refugiarte en la escritura, que será de
lo único que puedas obtener algo de consuelo y de placer. Y serás como
Margarita, que no ha podido resistir y te ha hecho partí¬cipe de su sufrimiento
para librarse mejor de él.
Tomas
un baño caliente; luego te echas algo de agua fría encima para despertarte.
Debes ir a ver la última representa¬ción de tu obra, volver a la realidad,
comer, beber, charlar y reír, pronunciar en voz alta algunas palabras de
aliento para los jóvenes actores y dejarles la difícil tarea de vivir como
hom¬bres.
17
Es
una nueva sociedad, totalmente remodelada, ejemplar, resplandeciente y
brillante. Todos son trabajadores glo¬riosos, desde los campesinos descalzos
hasta los callistas de los baños públicos, cada uno totalmente integrado dentro
de su unidad de trabajo, todos organizados para servir al pueblo, rindiendo al
máximo para ser distinguidos como trabajadores modélicos y poder ver sus
nombres en el cuadro de honor de los periódicos. No hay desocupados, la
prostitu¬ción y la mendicidad están prohibidas, las raciones de comida se
reparten según las cuotas fijadas para cada tipo de trabajo, no se puede
derrochar ni un grano de arroz. Cualquier intento de beneficio personal es
atajado de raíz, todos viven gracias a su salario o a sus puestos de trabajo.
Todo pertenece a la socie¬dad, incluido cada trabajador, sometido a una
vigilancia severa que no le permite la menor escapatoria. Los enemigos no
pue¬den encontrar refugio en ningún lugar: o son fusilados, o encarcelados, o
enviados a las granjas de reeducación por el trabajo. La bandera roja ondea al
viento, el reino celeste ideal de la humanidad se ha concretado de ese modo,
aunque sólo se trate de su etapa inicial de desarrollo.
También
han conseguido crear al nuevo hombre, un mode¬lo perfecto, un soldado llamado
Lei Feng, huérfano, sin padre ni madre, que ha crecido bajo la bandera de cinco
estrellas, socorre a los demás, no se preocupa de sí mismo y sacrifica su
propia vida. Ese héroe sabe moderar sus deseos, y, al escribir en su diario lo
que ha aprendido de la lectura de las obras de Mao, dice que siente una gran
admiración por el Partido y que desea ser una pieza más para estandarizar a los
ciudadanos. Se exigía que todo el mundo aprendiera de ese héroe, quisiera o no.
El tenía sus dudas acerca de ese hombre nuevo; pero, en aquella época, el
sistema de confesión ideológica que estaba en vigor en las universidades
obligaba a que cada uno se confesa¬ra con el Partido. En las sesiones de
informe ideológico, de¬bían exponer los sentimientos íntimos, así como los de
los demás, e incluso las dudas que tenían. Cayó en la trampa. Se le ocurrió
plantear algunas preguntas inconscientes: ¿Se podía ser un héroe sin tener que
lanzarse sobre una carga de explosi¬vos y volar en mil pedazos? ¿La utilidad de
un motor no era mayor que la de una simple pieza? Sus preguntas provocaron la
indignación general de sus compañeros de clase. Las chicas lanzaron gritos
estridentes, todos lo criticaron. Por suerte para él, tan sólo se trataba de un
debate de clase, su problema no era demasiado grave; pero le sirvió para
aprender algo: para comportarse como un hombre había que mentir, la verdad sólo
traía graves problemas. Era imposible mantenerse puro, pero tardó bastante
tiempo en darse cuenta, gracias a su expe¬riencia y a la de otros. Las
experiencias de los demás sólo las comprendemos del todo cuando las hemos
vivido, especial¬mente cuando se trata de sufrimientos; si no, sean cuales sean
las experiencias que los demás han vivido, jamás podemos aprender nada de
ellas.
Hoy
ya no tienes que participar en esas sesiones de debates obligatorios en que te
sometían a la autocrítica, tampoco tie¬nes que confesarte y estás muy lejos de
esos mitos. Sin embar¬go, en aquella época, él estaba muy deprimido y tenía
ganas de contarle a alguien lo que sentía. Quedó con unos antiguos compañeros
de la escuela secundaria que ya estaban en las uni¬versidades de Beijing. Se
encontraron en el parque de los Bambúes Púrpura, en el barrio del oeste. Todos
habían ido a parar a universidades diferentes y ya casi no tenían relación
entre ellos. Cuando coincidieron en la escuela, a la edad de la pubertad, todos
eran aficionados a la literatura o escribían poemas. En aquel momento también
tenían ganas de escapar¬se de la atmósfera confinada de sus campus para
respirar un poco fuera. Habían inaugurado el parque hacía poco tiempo y todavía
no estaba muy frecuentado. Al borde del lago había una pequeña casa de té que
vendía pasteles, aunque era prohi¬bitiva para unos estudiantes pobres como
ellos. Por eso, se sentaron un poco más lejos, al borde del agua, en un lugar
tranquilo, bajo la sombra de unos árboles, donde no pasaba nadie. El viento
dulce traía el olor del trigo sembrado en las colinas que rodeaban el parque.
Probablemente fuera el mes de mayo, época en que madura el trigo.
Datou,
a quien todos llamaban Cabeza Gorda, dijo que tenía ganas de escribir una obra
de teatro que fuera parecida a Los baños de Maiakovski. Lo llamaban Cabeza
Gorda porque había sido el campeón del concurso de matemáticas de todas las
escuelas de la ciudad y también porque el gorro que siem¬pre llevaba en
invierno era una o dos tallas mayor que el de los otros chicos. Después, por
suerte, Cabeza Gorda se olvidó de la idea de escribir alguna obra de teatro
como Los baños, que le habría acarreado un sinfín de problemas, y se dedicó de
lleno a las matemáticas. No obstante, nada más publicar dos artículos en inglés
en una revista internacional de matemáticas, llegó la Revolución anticultural*
y lo enviaron al campo a cuidar búfa¬los durante ocho años. Sus problemas no
empezaron durante aquel encuentro, sino más tarde, cuando acabó la universidad:
se le escapó una frase impertinente en el dormitorio del Insti¬tuto de
Investigación en que trabajaba y sus compañeros lo denunciaron.
En
aquella época, el que desencadenó todos los problemas fue el atolondrado de
Cheng Chaqueta. Lo llamaban así por¬que siempre llevaba una vieja chaqueta que
había sido de su padre y que le venía demasiado ancha para su delgado cuerpo.
Uno de sus compañeros de dormitorio leyó a escondidas su diario, en el que
mencionaba ese encuentro, y lo denunció ante el secretario de la Liga de la
Juventud Comunista. Cheng era el único del grupo que pertenecía a la Liga;
nadie sabía cómo se había infiltrado en ella. En su diario no mencionaba de qué
hablaron durante ese encuentro. Lo que les llamó la aten¬ción fueron los
comentarios que hacía sobre una mujer, ya que utilizaba un lenguaje que les
parecía indecente y obsceno, aun¬que no quedaba claro si se trataba de una fantasía
o de la reali¬dad. Algunos compañeros de su universidad vinieron a
inte¬rrogarlo y sudó frío.
Durante
la reunión del parque, él habló de Ehrenburg y de sus recuerdos del París de
principios de siglo, del café en el que se reunían los pintores y los poetas
surrealistas, y también de Meyerhold, a quien fusilaron porque se dedicaba al
formalismo. Pero los comentarios de Cabeza Gorda los dejaron todavía más
estupefactos. Según él, el informe secreto de Jruschov contra Stalin, que leyó
en la edición inglesa de Noticias de Moscú, era increíblemente estremecedor.
Por aquel entonces las revistas en lenguas extranjeras de las bibliotecas
universitarias todavía no estaban sometidas a un estricto control. Uno de los
cuatro participantes de ese encuentro, que estaba estudiando genética, habló de
filosofía india y dijo que la poesía de Tagore ligaba a los hombres con los
dioses. Pero cuando lo interrogaron sobre ese encuentro, no le preguntaron nada
de esas cosas. Evidente¬mente, Chaqueta fue leal a la amistad y no los
traicionó. Lo que más les importaba era si había mujeres en aquella reunión del
parque y si él tenía relaciones con alguna mujer fuera de la uni¬versidad. Así
pudo salir ileso del peligro que creó aquel único encuentro, que acabó
finalmente enterrado en el olvido.
Aunque
llevas muchos años en París, nunca se te había ocu¬rrido buscar aquel café en
el que se reunían los pintores y los poetas surrealistas. Un día, por pura
casualidad, salías de cenar en casa de un escritor francés con un poeta que
también venía de China; era medianoche y el Barrio Latino todavía estaba muy
animado. Pasasteis delante de un café que tenía las puer¬tas y las ventanas de
cristal, lleno hasta los topes, tanto dentro como en la terraza. Al levantar la
cabeza viste el nombre en los neones: La Rotonde, era aquel café. Ocupasteis
una pequeña mesa que acababa de quedar libre. Alrededor de vosotros todo el
mundo hablaba en inglés o en alemán, eran turistas; imposi¬ble saber adonde
habían ido a parar, a las puertas de ese nuevo siglo, los poetas y pintores
franceses.
Tú
ya no has vuelto a pertenecer a ningún movimiento, ni defendido ningún
principio, ni formado parte de grupo al¬guno. Por suerte, el grupo de amigos
del parque de los Bam¬búes Púrpura abandonó a tiempo esas citas y nadie
denunció a nadie, pues con los simples comentarios que hicisteis, aun¬que no os
hubieran podido acusar de contrarrevolucionarios, habría bastado para que
colocaran una marca en vuestras fichas y no hubierais podido salir nunca de
allí. Más tarde aprendisteis a ocultaros detrás de una máscara y a guardar en
lo más profundo de vosotros las palabras que no queríais bo¬rrar.
Cuando
te despiertas, unas nubes blancas se desplazan len¬tamente durante la noche
detrás de la ventana. Durante un instante, ya no sabes dónde estás, descansas
tranquilamente; hacía tiempo que no dejabas que tu mente vagara de ese modo por
los recuerdos del pasado. Echas un vistazo al reloj y te levantas. Tienes que
llegar al teatro antes de que todos salgan, para estar en la foto final con los
actores y con los que trabajan en ese teatro. Luego irás a comer con ellos; ese
tipo de despe¬didas es lo que se suele hacer después de la última
representa¬ción.
De
una ciudad a otra, de un país a otro, en lugares que cam¬bian más que los nidos
de las aves de paso, aprovechas esos momentos de felicidad furtiva, vuelas todo
lo que puedes, sólo caerás si tu corazón te abandona, por fin eres un pájaro
libre, buscas tu felicidad volando, ya no tienes que atormentarte.
Han
reservado un salón de un restaurante para vosotros. Allí decenas de personas
brindan, hablan, ríen, intercambian direcciones, aunque no haya más que una o
dos posibilidades entre diez de volverse a ver, pues el mundo realmente es
dema¬siado grande. La joven enérgica de grandes ojos que hace de protagonista
en tu obra quiere que le escribas algo en el cartel que anuncia el espectáculo.
Después de su nombre, haces una raya y escribes: «Una mujer muy buena». Ella
entorna los ojos y pregunta con astucia:
—¿Buena
en qué?
—Buena
en su libertad —dices.
Todos
te aclaman, pero ella levanta los brazos y se vuelve, plantada sobre su bella y
sólida cintura. Un hombre joven, un poco imprudente, te pregunta:
—¿Qué
piensa usted del matrimonio?
—Que
el que no se ha casado acabará haciéndolo.
—¿Y
el que ya lo está? —pregunta el mismo joven.
—Tendrá
que volverse a casar para ver otras cosas —res¬pondes.
Todos
vuelven a aplaudir. Pero el joven te pregunta mirán¬dote a los ojos:
—¿Tiene
usted muchas amantes?
—El
amor —respondes— es como el sol, el aire y el vino.
Todos
vienen a brindar contigo; esos jóvenes no hacen cere¬monias ni siguen las
normas de educación establecidas, ese ambiente está lleno de vida.
—¿Y
el arte? —pregunta con voz tímida una chica que está cerca de ti.
—El
arte sólo es un modo de vida.
Tú
explicas que vives el momento presente, que no buscas la inmortalidad, que las
lápidas están para que las vean los vivos, que a los muertos les da igual. Has
bebido demasiado, empiezas a divagar. Hacer teatro es buscar la felicidad;
cuando se hace hay que aprovechar al máximo. Dices que estás muy contento de
haber trabajado con ellos, que se lo agradeces a todos.
Tu
asistente de dirección, alto y delgado, muy comedido, es mayor que el grupo de
jóvenes y toma la palabra en nombre de todos para decirte que les gusta mucho
esa obra que escri¬biste hace diez años, que no ha pasado de moda en absoluto,
ya que sigue siendo actual, y que esperan que vuelvas para estre¬nar otra de
tus obras de teatro. No quieres decepcionarlos, le dices que el mundo no es tan
grande, que Hong Kong se ve en los mapas al primer golpe de vista, que seguro
que tendrás la ocasión de volver muchas veces; pero tú sabes que el pájaro que
sale de su jaula nunca quiere volver. Tu mente vuela hacia las altas planicies
áridas del centro de Francia. Desde lo alto de un acantilado abrupto,
contemplas las iglesias y sus tejados en punta que destacan en medio de los
pueblos que están en plena montaña. Lejos de la gran carretera, una francesa
desnu¬da está tomando el sol tumbada sobre la hierba para ponerse morena. Se
tapa los ojos con un brazo y su cuerpo refleja los rayos de luz. El viento
transporta los gritos de las águilas que planean a media altura por el
acantilado, vuelan con las alas desplegadas; son águilas que han comprado en
Turquía para soltarlas aquí, en Francia, donde ya hace tiempo que esas aves
rapaces se extinguieron.
Necesitas
contemplar, lejos del dolor, el corazón descansa¬do, las imágenes que has
dejado en tus recuerdos oscuros, encontrar luces un poco más brillantes, para
poder valorar el camino que has recorrido.
Todavía
son jóvenes; te preguntas si lo que has vivido les puede ocurrir a ellos. Es su
problema, tienen su propio desti¬no, no puedes cargar con el sufrimiento de los
demás, no eres ningún salvador, sólo puedes salvarte a ti mismo.
18
Te
das cuenta de que realmente te cuesta hablar de aque¬lla época, te cuesta mucho
entender el «él» de enton¬ces. Para evocar aquel pasado, primero hay que
explicar el vocabulario que se usaba durante aquellos años y su significado
real. Una palabra tan precisa como «partido», por ejemplo, no tenía nada que
ver con la que aparecía en la frase antigua que decía «Los hombres nobles se
juntan, pero no organizan un partido», frase que de niño solía escuchar en boca
de su padre, que se consideraba un hombre noble y dis-tanciado de la política.
Más tarde su padre ya no se atrevió a decir eso y cuando pronunciaba la palabra
«Partido», se ponía serio, se mostraba respetuoso, le temblaban las manos y el
líquido de la copa; de lo contrario, no habría intentado suici¬darse. Esa
palabra era realmente grandiosa y solemne. Hasta el Estado, en principio tan
grandioso y solemne, se encontra¬ba por debajo del «Partido», por no hablar de
las diversas «entidades de trabajo» donde todo el mundo tenía que sudar de lo
lindo para poder cobrar. El hukou* la ración de comida, la vivienda y la
libertad personal de cada uno de los integran¬tes de una entidad estaba bajo el
control absoluto de la organi¬zación del Partido que la dirigía, y eso, sin
contar a los que fueran tachados de enemigos, que recibían un trato especial;
por eso el término «camarada» tenía un significado tan impor¬tante. Cada uno
tenía que encontrar el medio de guardar esa palabra pegada a su nombre, si no,
se le podía calificar de «malhechor o monstruo», y, después de ser «depurado»
de su «entidad de trabajo», ya sólo le quedaba ir al campo de reedu¬cación por
el trabajo.
Cuando
el Partido decidía empeñar una nueva batalla, todas las entidades de trabajo se
lanzaban a una lucha encarnizada, porque no había nadie que no tuviera miedo de
ser también «depurado». Un individuo era o un camarada revolucionario
(clasificados en veintiséis niveles diferentes), o un malhechor (divididos en
cinco categorías). La autorización de vivir en la ciudad, el hukou urbano
(concedido a la población que no se dedicaba a actividades agrícolas y que
vivía comprando víveres gracias a los cupones de racionamiento distribuidos
cada mes), el envío al campo de reeducación por el trabajo, la vida o la muerte
de cada ciudadano, todo eso estaba íntimamente liga¬do a las medidas políticas,
que cambiaban sin cesar, que se tomaban según las peleas a vida o muerte entre
unos cuantos miembros en el interior del comité central del Partido (en
general, en la Oficina Política y el Secretariado del Comité Central), medidas
transmitidas a la base mediante documentos del Partido que estaban fuera del
conocimiento de la gente común. De ese modo, el destino de cada individuo era
decidi¬do, sin que él comprendiera nada, según un mandamiento muchísimo más
infalible que las profecías de la Biblia: los que no están de acuerdo con la
norma, si no es muy grave, come¬ten una falta, pero si es más grave, cometen un
crimen. Todo quedaba anotado en la ficha de cada individuo.
En
la ficha, evidentemente, no sólo se anotaba el curricu¬lum vitae. Se incluía
toda la información referente a los actos y las palabras incorrectas del
individuo, su comportamiento político y moral en todos los movimientos pasados,
los infor¬mes ideológicos y las autocríticas que la propia persona había
escrito, así como las conclusiones y evaluaciones que realizaba la organización
del Partido de la entidad. Esas fichas estaban guardadas en los archivos que
custodiaba el personal confiden¬cial especializado. Pasaban de una entidad de
trabajo a otra siguiendo al individuo, pero el interesado nunca podía estar al
corriente del contenido, durante toda su vida.
Otro
ejemplo: la acción de estudiar no correspondía en absoluto a la definición del
diccionario, es decir, adquirir co¬nocimientos o aprender cosas. No, ese
estudio tenía la función específica de eliminar todas las ideas que no
correspondieran a la ideología que había fijado el Partido en aquella época,
erradicar cualquier motivación individual, aunque fuera un pensamiento
sencillo, que no concordara con las normas que había fijado el Partido; era lo
que se denominaba «luchar a muerte contra cualquier pensamiento egoísta». ¡No
bromea¬ban! La palabra «egoísmo», cuando se unía a un individuo, adquiría el
sentido de crimen de orden psicológico y debían destruirlo sin remilgos. Las
«escuelas de los funcionarios del 7 de mayo» —escuelas sin parangón ni en China
ni fuera de China, antes o ahora, a las que se iba a la fuerza, se estuviera
inscrito o no, y de las que no se podía salir— eran el castigo de los que
habían recibido algo de educación, todos los que eran cultos y capaces de
pensar. El pensamiento quedaba coartado por una vigilancia mutua y el trabajo
físico extremadamente pesado. El único pensamiento que el Partido autorizaba
era el del Líder Supremo. En aquel momento a cualquier persona, ya fuera
funcionario del Partido o simple empleado de un organismo del Estado, si se le
mandaba que se «instalara en el campo» con los miembros de su familia en una
«escuela de funcionarios», no podía negarse. La «escuela de funcionarios» era
como la entidad de trabajo: fijaba las raciones de cada indi¬viduo, su empadronamiento
y la libertad de tener actividades exteriores. Por lo tanto, era imposible
hacer novillos como los niños, y, de todos modos, ¿adonde se podía huir?
Podrías
hacer un diccionario con ese vocabulario, pero no tienes ganas de recopilar
toda esa información, aunque sirviera para la historia como testimonio de una
época.
A
propósito de la historia, justamente, si se considera la «Revolución Cultural»
que tuvo lugar no hace mucho más de treinta años, el contenido de los
documentos oficiales editados por aquel entonces en cada uno de los congresos
del Partido ha cambiado continuamente, desde el IX Congreso de Mao hasta los
del Tercer Pleno del Comité Central de Deng Xiao-ping. Hace muy poco, estaba
oficialmente prohibido investigar sobre lo ocurrido en aquel movimiento. La
historia que cuenta el pueblo también varía según la persona: ¿La historia de
la Revolución Cultural que ha vivido el antiguo guardia rojo Danian? ¿O la
historia del rebelde Li? ¿O las memorias del camarada Wu Tao, un antiguo
secretario del Partido que fue destituido? ¿O la que contarían los hijos de Lao
Liu, que pusieron una denuncia por la muerte a golpes de su padre? ¿O las
palabras que pronunciaron en las honras fúnebres de ese viejo general que murió
de hambre en la cárcel de su propio régimen, por el que había luchado con tanto
ardor? ¿O la his¬toria de los sufrimientos de un pueblo abstracto? ¿El pueblo
tiene realmente una historia?
En
aquella época todo el mundo se rebelaba, del mismo modo que antes el pueblo
entero era revolucionario. Después se evitó pronunciar la palabra «rebelión»,
se llegó incluso a silenciar aquella época y todos se dijeron víctimas de la
gran catástrofe, olvidando que, antes de que llegara, habían sido también
secuaces. Es curioso cómo cambia la cara de la histo¬ria; mejor que no escribas
nada de ella, mejor que sólo te remontes a tu propia experiencia. Entonces él
era tan impul¬sivo, tan estúpido... Y la amargura que siente hoy por haber sido
burlado es como ingerir matarratas y no poder expulsar¬lo. Es fácil decir que
no cuesta nada vomitar una cosa repug¬nante, pero, aunque se vomite, no hay
ninguna seguridad de que uno se sentirá mejor.
Los
arrebatos de justicia y los juegos de azar políticos, las tragedias y las
farsas, los héroes y los payasos sólo son produc¬tos que el hombre manipula.
Todo es pura charlatanería: las palabras severas y justas, las polémicas, los
gritos y las injurias forman parte del lenguaje estereotipado del Partido;
desde el momento en que las personas pierden su propia voz, se con¬vierten en
muñecos de trapo que no pueden escapar de la gran mano que los manipula.
Hoy
en día, cuando escuchas discursos llenos de fervor, te ríes para tus adentros.
Los eslóganes de los revolucionarios o rebeldes te ponen la piel de gallina.
Cuando llegan los héroes o los combatientes, pones tierra de por medio; ese
tipo de exci¬tación y de indignación son para dárselas a los perros. Debe¬rías
haber abandonado desde hacía tiempo aquella jaula de fieras, no es un lugar en
el que puedas divertirte. Tu mundo se encuentra entre tu pincel y el papel; tú
no eres un instrumento en manos de otro, tan sólo hablas para ti mismo.
Intentas
recuperar tus recuerdos. Si por aquel entonces «él» se volvía loco,
probablemente era porque sus sueños se habían hecho añicos. El universo que
había imaginado en los libros se había convertido en un mundo prohibido.
Todavía muy joven, no había ningún lugar donde pudiera liberar su energía y no
encontraba la mujer que le hiciera perder el sentido y con la que pudiera
satisfacer su deseo sexual. Todo eso le hacía revol-carse en el mismo lodo que
los demás.
Teniendo
en cuenta que la utopía de la nueva sociedad es, al igual que el hombre nuevo,
un mito moderno, hoy, cada vez que escuchas a alguien que lamenta que se hayan
destruido los ideales, piensas que es mejor que haya sido así. Crees que los
que continúan proclamando sus ideales son nuevos vendedo¬res de polvos mágicos.
Y cuando te encuentras con alguno que quiere convencerte soltándote un discurso
insoportable, con el que intenta darte lecciones, le dices que vale, de
acuerdo, y te largas lo más rápidamente posible.
Ya
no discutes, prefieres ir a tomar una cerveza. La vida no necesita
justificación. ¿Un hombre vivo sólo puede realmente comportarse como un ser
humano después de haber probado su razón de ser? No, tú te contentas con
exponer los hechos para volver, gracias al lenguaje, al «él» de aquella época;
regre¬sas a los lugares y al tiempo que corresponden a ese «él» desde los
lugares y el tiempo actuales. Ahora quieres mostrar el «él» de aquella época.
Puede que ese sea el sentido de tu observa¬ción.
Al
principio no había enemigos, ¿por qué había que crear¬los? Acabas de darte
cuenta de que si todavía tienes un enemi¬go, sólo es la sombra que ha dejado en
tu corazón el viejo Mao, hoy ya muerto y bien muerto. Lo único que quieres es
salir adelante, es inútil pelear contra la sombra de un hombre muer¬to y
malgastar el poco tiempo de vida que te queda.
En
la actualidad no tienes doctrina. Y un hombre sin doc¬trina se parece más a un
hombre. Un insecto o una hierba tam¬poco tienen, tú eres un ser vivo al que ya
no manipula ninguna doctrina, prefieres ser un observador que vive al margen de
la sociedad, que, aunque no pueda evitar tener un punto de vista, una opinión y
alguna inclinación, no tiene doctrina; esa es la principal diferencia entre el
«tú» presente y el «él» que obser¬vas.
19
El
primer enfrentamiento tuvo lugar en el patio de la ins¬titución. Guardias rojas
contra guardias rojas. A medio¬día, en el momento en que todos salían en masa
para ir a la cantina, un guardia rojo del exterior pegó un dazibao que llamó la
atención de un funcionario de la oficina de seguridad. Unos cuantos guardias
rojos de la institución se acercaron y arrancaron el cartel que acababa de
pegar. El intruso llevaba gafas y se comportaba con bastante insolencia.
Rodeado, no paraba de gritar:
—¿Por
qué no me dejáis pegar este dazibao? ¡Es un derecho que nos ha dado el
Presidente Mao!
—Es
el hijo de Lao Liu, que intenta revocar el veredicto contra su padre, ¡no le
dejemos que cree confusión! —gritaba el funcionario mientras agitaba la mano en
dirección a todos los que le rodeaban—. ¡No os quedéis aquí, id a comer!
—¡Camaradas!
¡Mi padre no es culpable!
El
joven empujó al funcionario con una mano y alzó la cabeza para dirigirse al
grupo de personas que se encontraba allí.
—¡Vuestro
comité del Partido está dando la espalda a la orientación general de la lucha,
se opone a la línea revolu¬cionaria del Presidente Mao!, ¡no dejéis que os
controlen! Si no tienen nada que ocultar, ¿por qué temen tanto a un dazibao?
Danian
se separó del grupo en silencio y se dirigió a las guardias rojas de la
institución:
—¡No
dejéis que ese tipo apestoso engañe a la gente hacién¬dose pasar por un guardia
rojo! ¡Arrancadle el brazalete!
El
joven alzó el brazo en el que llevaba anudado su brazale¬te, protegiéndolo con
la otra mano, y continuó gritando:
—¡Camaradas
guardias rojas! ¡Os habéis equivocado de orientación! ¡Separaos de vuestro
comité del Partido y haced la revolución, no seáis secuaces de los dirigentes
seguidores del camino capitalista! Id a ver lo que está pasando en los campus
universitarios, allí los rebeldes proletarios ya triunfan; aquí, todavía estáis
bajo el yugo del terror blanco...
Obligado
a retroceder, el joven acabó pegado a la pared. Suplicó la ayuda de la gente
que lo rodeaba, pero nadie se atre¬vió a sacarlo de allí.
—¿Quiénes
son tus camaradas? Tú, que desciendes de te¬rratenientes de mierda, ¿te haces
pasar por un guardia rojo? ¡Arrancadle ese brazalete! —ordenó Danian.
Varios
se lanzaron a quitarle el brazalete, y, a pesar de su corpulencia, el joven no
consiguió resistir a sus adversarios. Sus gafas volaron y acabaron hechas
añicos por los pies de la gente que lo rodeaba. Al final consiguieron
arrancarle el bra¬zalete. Ese vástago revolucionario que poco antes estaba
segu¬ro de que tenía razón, en aquel momento se encontraba apoyado en la pared,
protegiéndose la cabeza con las dos manos. Se puso en cuclillas y se echó a
llorar, convirtiéndose inmediata¬mente en un pobre hijo de perra.
Lao
Liu llegó tambaleándose, lo empujaban hacia todos los lados y le repetían las
acusaciones que pesaban sobre él. A pesar de todo, era un viejo revolucionario
que había vivido muchas cosas, no era tan frágil como su hijo. Quiso levantar
la cabeza para decir algo, pero los guardias rojos se la apretaban brutalmente
para que la bajara.
Entre
la gente, contemplando en silencio la escena, él de¬cidió rebelarse a su
manera. Se zafó del trabajo y se fue a dar una vuelta a las universidades de
las afueras del oeste. En el campus de la universidad de Beijing, hasta los
topes de gente, de entre los dazibaos que cubrían las paredes de los edi¬ficios
vio el de Mao Zedong, que por supuesto había sido copiado: «Mi dazibao: ¡Fuego
al cuartel general!». Cuando volvió al despacho de su institución, continuó muy
emocio¬nado y alterado, y, en la calma de la noche, también escri-bió un
dazibao. No esperó a que otros lo firmaran cuando llegaran al trabajo, porque
temía que cuando se despertara por la mañana perdiera el valor. Tenía que
pegarlo a media¬noche, cuando todavía mantenía su ardor. Las masas necesi¬taban
tener héroes como portavoces para pedir la rehabilita¬ción de las personas que
habían sido acusadas de oponerse al Partido.
En
los pasillos vacíos del edificio, las hileras de los antiguos dazibaos se
balanceaban por la fuerza de las corrientes de aire. El sentimiento de soledad
que le invadía le proporcionó esa fuerza que necesita todo héroe. La tragedia
hizo nacer en él un deseo de justicia. Así fue como entró en la sala de juegos
de azar, pero entonces no tenía claro si realmente quería jugar o, mejor dicho,
jugársela. De todos modos, creía haber encontrado la fórmula para luchar por su
supervivencia al mismo tiem¬po que pasaba por un héroe.
Los
elementos audaces que fueron tachados de antipartidis¬tas al principio del
movimiento, no las tenían todas consigo, y los activistas que seguían al comité
del Partido no habían reci¬bido ninguna directiva de los órganos superiores. Su
dazibao provocó un silencio absoluto. Durante dos días lo dejaron solo, sumido
en su sentimiento patético.
La
primera reacción a su dazibao fue una llamada del gran Li, encargado de la
gestión del depósito de libros, en la que le proponía que se vieran. Li y un
joven muy delgado, pequeño Yu, que era un mecanógrafo, lo esperaban delante del
cuarto de las calderas del patio.
—¡Estamos
de acuerdo con lo que dices en tu dazibao, pode¬mos actuar juntos! —dijo Li
mientras le estrechaba la mano para mostrarle que eran compañeros de lucha.
—¿Qué
origen social tienes? —preguntó Li. Hasta los re¬beldes tenían que tener en
cuenta el origen social de cada uno.
—Empleado
de origen —respondió sin otra explicación; ese tipo de preguntas siempre le
molestaban.
Li
lanzó una mirada interrogativa a Yu. Alguien vino con un termo a por agua
caliente y permanecieron los tres en silencio. Cuando llenó el termo, el hombre
se marchó.
—Díselo
—añadió Yu.
—Queremos
fundar un grupo de guardias rojos rebeldes —dijo Li— para oponernos a ellos.
Nos reuniremos mañana por la mañana, a las ocho, en la casa de té del parque
Taoranting, al sur de la ciudad.
Otra
persona vino a por agua. Se separaron inmediatamen¬te y fingieron que no
estaban juntos, que cada uno iba por su lado. Habían fijado un encuentro
secreto; si no iba, sería un signo de debilidad.
* * *
Al
alba de aquel domingo hacía mucho frío, el camino estaba cubierto de hielo que
crujía bajo los pasos como si fuera cris¬tal. Había quedado con cuatro jóvenes
en el parque de Taoranting, en el sur de la ciudad. Las viviendas de la
institución estaban muy lejos de allí, en el norte, y no era muy probable que
encontraran a alguien que los conociera. El día estaba gris, el parque
desierto, y en esa época extraordinaria los juegos recreativos estaban
cerrados. Mientras caminaba sobre aquel suelo cubierto de hielo que crujía a
cada paso que daba, tenía la sensación de ser un apóstol que debía salvar al
mundo.
La
casa de té que había cerca del lago estaba casi vacía; una cortina gruesa de
algodón tapaba la puerta. Dentro, tan sólo se encontraban dos ancianos sentados
frente a frente, cerca de la ventana. Una vez reunidos, se sentaron en el
exterior, alre¬dedor de una mesa. Todos se calentaban las manos con una taza de
té hirviendo. Primero cada uno presentó su origen social, como requisito previo
para rebelarse bajo la bandera roja.
El
padre del gran Li era vendedor en una tienda de cereales, su abuelo reparaba
calzado, había muerto. Al principio del movimiento, Li se sometió a una
«rectificación» porque había pegado un dazibao sobre el secretario de la célula
del Partido del depósito de libros. Yu era el más joven, llegó como
meca¬nógrafo a la institución hacía menos de un año, después de conseguir el
diploma de enseñanza secundaria. Sus padres tra¬bajaban en una fábrica. Como
tenía cierta tendencia a llegar tarde al trabajo y a marcharse pronto, lo
apartaron de las guar-dias rojas. Otro, que se llamaba Tang, era mensajero en
una motocicleta, soldado desmovilizado. No lo podían criticar por su origen
social. Era un gran orador a quien, según él Mismo decía, le encantaba el
xiangsheng* y por eso no lo admitieron en las guardias rojas. Faltaba otro que
no pudo acudir porque debía ocuparse de su madre, que estaba hospitalizada;
pero Li habló en su lugar para decir que él apoyaba sin condiciones a los
rebeldes y que los acompañaría en la lucha contra los con¬servadores.
Le
llegó el momento de tomar la palabra. Acababa de deci¬dir que iba a explicarles
que no estaba cualificado para ser un guardia rojo, que él no debía entrar en
esa organización; pero, antes de que tuviera tiempo de abrir la boca, el gran
Li le dijo, agitando la mano:
—Todos
nosotros conocemos tu situación, queremos que los intelectuales revolucionarios
como tú se unan a nosotros. ¡Hoy todos los que hemos venido a participar en
esta reunión formamos el núcleo de las guardias rojas del pensamiento de Mao
Zedong!
Fue
tan fácil como eso, no tuvieron que discutir nada más. Ellos se reconocían como
continuadores revolucionarios que evidentemente querían defender las ideas de
Mao Zedong, y, como afirmaba Li:
—En
las universidades, los rebeldes ya han provocado la caída de las viejas
guardias rojas, ¿qué esperamos nosotros? ¡Triunfaremos!
Una
vez regresaron al edificio vacío de su institución, pega¬ron esa misma noche
por todos lados su declaración de guar¬dias rojas rebeldes y grandes eslóganes
dirigidos al comité del Partido y a las guardias rojas. Colocaron dazíbaos
hasta en el patio y en la puerta de entrada del edificio.
Antes
de que amaneciera, salió de la institución y llegó a su pequeña vivienda, donde
la estufa se había apagado desde hacía tiempo. El cuarto estaba helado; su
entusiasmo también se enfrió. Una vez bajo las mantas, reflexionó sobre el
sentido de su acción y las probables consecuencias que podían derivarse, pero
estaba muerto de cansancio y se quedó dormido inmedia¬tamente. Cuando se
despertó, ya había anochecido y se sentía bastante embotado. La presión a la
que había estado sometido para poder defenderse día y noche durante varios
meses se liberó de repente. Continuó durmiendo durante toda la noche.
Se
levantó temprano para ir al trabajo. No había imaginado que pudiera haber
tantos dazibaos que se hacían eco de sus mis¬mas demandas por todo el edificio.
En ese instante, si no se había convertido en un héroe, al menos era un
valiente hacia el que iban dirigidas todas las miradas. El ambiente tenso del
despacho se relajó de golpe. Los mismos que lo habían estado evitando venían a
su encuentro y lo saludaban con una enorme sonrisa en los labios. La vieja
señora Huang, que días antes se había sometido a una autocrítica a lágrima
viva, le tomó de la mano y le dijo sin soltarlo:
—Habéis
dicho lo que todos nosotros tenemos en el cora¬zón, ¡vosotros sois las
verdaderas guardias rojas del Presidente Mao!
Ese
cumplido parecía recién sacado de una película revolu¬cionaria, como cuando los
habitantes del pueblo reciben a los soldados del Ejército Rojo que los ha
liberado. El texto era idéntico. Lao Liu, impasible, lo miró fijamente haciendo
una mueca; luego, inclinó en silencio la cabeza con respeto. Él, su superior
jerárquico, lo estaba esperando para salvarse. Pero nadie sabía que eran sólo
cinco los jóvenes que se habían aso¬ciado y preparado precipitadamente, ni que,
si se transforma¬ron de repente en una fuerza imposible de parar, fue
simple¬mente porque se anudaron un brazalete, rojo, en el brazo.
Algunos
pegaron juntos una proclama para anunciar que abandonaban las antiguas guardias
rojas. Entre ellos se encon¬traba Lin. Ese gesto le hizo sentir una cierta
esperanza, quizá podrían recuperar su antigua intimidad. En la cantina, a
mediodía, la buscó con la mirada por todas partes, pero no la vio.
Probablemente ella lo estaba evitando, se dijo.
En
un pasillo del edificio se encontró de frente con Danian, que pasaba por allí.
Éste prosiguió su camino a toda prisa e hizo como que no lo había visto; ya no
parecía tan arrogante.
El
gran edificio de la institución, con todos sus despachos, parecía una inmensa
colmena jerárquica según los diferentes niveles de poder. Cuando el poder
vaciló, todos los enjambres de abejas empezaron a agitarse. En los pasillos,
los trabajadores hablaban en pequeños grupos; por todos los lugares por donde
pasaba, inclinaban la cabeza como claro signo de que estaban de acuerdo con él,
o lo paraban para charlar incluso personas que no conocía, como había sucedido
durante la fase de la elimina¬ción de los malhechores, cuando mucha gente
quería hablar con los secretarios de las células del Partido o con los
funcionarios políticos. En pocos días casi todo el mundo se manifestó a favor
de la rebelión, y en todas las secciones se formaron equipos de combate, fuera
del control del Partido y de la Administración. Él, un simple redactor, se
había convertido en una personalidad en esa institución perfectamente
jerarquizada. De pronto, lo respetaban como si fuera un jefe. Las masas
necesitan tener líderes para hacer como el rebaño de ovejas, que nunca se aleja
del que lleva una campana, aunque éste actúe bajo los latigazos de otro y no
sepa adonde debe ir. Al menos él ya no tenía que estar en su despacho todos los
días; nadie le preguntaba adonde iba ni de dónde venía. Pasaron a otro las
pruebas de imprenta que dejaban en su mesa habitualmente, éste empezó a
corregir¬las en su lugar, y a él ya no le encargaron ninguna otra tarea.
Volvió
a su casa antes de que acabara la jornada laboral y, cuando estaba en el patio,
vio a un hombre con el pelo desgre–ado y la ropa sucia que estaba sentado en
la escalera que con¬ducía a su vivienda. Se quedó estupefacto al reconocer al
hijo de sus vecinos, a quien todos llamaban Tesoro cuando era niño. Hacía
tiempo que no lo veía.
—¿Qué
haces por aquí? —preguntó.
—Por
fin te encuentro, ¡pero no puedo explicártelo todo en dos palabras! —suspiró
Tesoro, el rey de los niños de la calle en la infancia.
Descorrió
el cerrojo. La puerta de la vivienda de al lado, en la que vivía el viejo
jubilado, estaba abierta. Asomó la cabeza.
—¡Un
antiguo compañero de clase; acaba de llegar del sur!
Desde
que llevaba un brazalete rojo ya no prestaba mucha atención a su viejo vecino,
y volvió a su habitación sin dar más explicaciones. El viejo asintió riendo,
mostrando sus escasos dientes y agitando las arrugas que cubrían su rostro.
Luego entró en su vivienda y cerró la puerta.
—Me
he escapado —explicó Tesoro—. Ni siquiera he traí¬do una toalla ni un cepillo
de dientes; me he mezclado con unos estudiantes que venían a Beijing a hacer el
chuanlian* ¿Tienes algo de comer? Hace cuatro días y cuatro noches que no como
nada decente, sólo me quedan estas monedas que no me atrevo a gastar. Me he
mezclado con los estudiantes en el puesto de recogida; he conseguido dos
pequeños panes y tomado un tazón de arroz hervido.
Nada
más entrar en la habitación, Tesoro sacó de sus bolsillos algunas monedas y
unos pocos billetes que colocó sobre la mesa. Luego, añadió:
—Salté
por la ventana en plena noche, si no, al día siguien¬te me habría tenido que
someter a una sesión de lucha contra toda la escuela. Acusaron a un profesor de
gimnasia del cole¬gio de haber tocado los senos de una alumna durante los
ejer¬cicios, lo consideraron un mal elemento, y los guardias rojos lo golpearon
hasta matarlo.
Tesoro
tenía la frente arrugada y la cara marcada por el sufrimiento. ¿Qué había sido
del diablillo de su infancia que iba en verano con el torso desnudo y tenía el
pelo cortado al rape? Tesoro era particularmente ágil en el agua: nadaba,
buceaba, hacía el pino buceando. Cuando él fue a aprender a nadar al lago, a
escondidas de su madre, se atrevió a tirarse gracias a su amigo. Tesoro era dos
años mayor que él y le saca¬ba más de media cabeza. Cuando se peleaba, era muy
violento con los niños que le buscaban las cosquillas. Él, cuando estaba a su
lado, no tenía ningún temor. Nunca habría imaginado que un día su amigo, que
era antes un héroe dispuesto a pelear hasta el final, recorrería un gran camino
para refugiarse en su casa. Tesoro le explicó que, después de conseguir el
diploma del instituto pedagógico, le ofrecieron dar clases de lengua en una
escuela de cabeza de distrito. Desde el principio del movi¬miento, el
secretario de la célula del Partido decidió que fuera el chivo expiatorio.
—Yo
no he hecho los manuales de enseñanza, ¿cómo iba a saber que algunos artículos
eran problemáticos? Sólo he conta¬do anécdotas, pequeñas historias, para animar
un poco las cla¬ses. Por eso me han convertido en un objetivo. Es cierto que he
hablado mucho, pero ¿cómo se puede enseñar lengua sin ha¬blar? Me encerraron en
un aula de clase y los guardias rojos me vigilaban día y noche. Ahora tengo una
familia, si me ocurre algo, sin mencionar la posibilidad de perder la vida, si
quedo lisiado, ¿cómo conseguirá salir adelante mi mujer con un niño de un año?
Me subí en plena noche a una ventana del primer piso y bajé sujetándome a un
tubo de desagüe. He conseguido salir de allí a salvo. No he ido a mi casa para
no causarle pro¬blemas a mi mujer. Como los trenes estaban llenos de
estudian¬tes, era imposible controlar los billetes. He venido a hacer una
denuncia; debes ayudarme a poner las cosas en su sitio. ¿Cómo un profesor como
yo, tan pequeño como una semilla de sésa¬mo, que ni siquiera es miembro del
Partido, puede ser el repre¬sentante de la banda negra en el seno del Partido?
Después
de la cena, acompañó a Tesoro al centro de recep¬ción de masas de la calle
Fuyou, en la puerta oeste de Zhong-nanhai. La gran puerta estaba abierta; en el
patio iluminado por las lámparas había mucha gente que se empujaba para que los
atendieran. Se movieron despacio, siguiendo la corriente. Bajo una tienda de
campaña montada en medio del patio, había una hilera de mesas detrás de las
cuales estaban sentados unos militares, con insignias en la gorra y en la
solapa del uni¬forme, que anotaban las quejas de las personas. Como éstas se
empujaban, era difícil llegar a las mesas. Tesoro se puso de puntillas para
intentar escuchar un poco entre las cabezas de las personas lo que se decía en
«el espíritu del Comité Central». Pero las voces se mezclaban, las personas se
aglu¬tinaban delante de las mesas, hablaban alto y se atropellaban unas a otras
mientras el hombre encargado de recoger las quejas respondía de forma lacónica
y circunspecta. Otros se contentaban con anotar sin responder nada. Antes de
conse¬guir avanzar, fueron apartados de allí por la masa de gente. Tan sólo
pudieron dejarse llevar hasta el pasillo de la planta baja.
Las
paredes estaban cubiertas de dazibaos de quejas por malos tratos y citas de
discursos de personajes importantes del Partido. Los discursos, llenos de
belicosidad y alusiones, de los dirigentes del Comité Central que acababan de
estrenar su cargo o de los que todavía no habían sido destituidos, eran
totalmente contradictorios. Tesoro estaba fuera de sí y le pre-guntó si había
traído papel y bolígrafo. El le dijo que no hacía falta copiar aquellos
dazibaos, porque había recogido un mon¬tón de octavillas que tenían los mismos
discursos para poder analizarlos detalladamente en casa.
Todas
las salas del edificio estaban abiertas. También reci¬bían quejas. Había menos
gente, pero la cola llegaba hasta el pasillo. En una de ellas alguien hacía una
denuncia y lloraba sin conseguir contenerse. Un joven tenía en la mano una
vieja gorra militar que había perdido el color de tantos lavados, llo¬raba
también a lágrima viva y se explicaba en dialecto de Jiang-xi o de Hunan, con
un acento muy pronunciado. Aunque no conseguían entenderlo muy bien, sabían que
estaba denun¬ciando una masacre colectiva en su pueblo: hombres, mujeres,
ancianos y niños, ni siquiera los bebés se habían salvado; los juntaron a todos
en una era y uno a uno los fueron matando con picos, machetes, o palancas en
las que colocaban conteras de hierro. Luego lanzaron los cadáveres al río, que
fue pu¬driéndose poco a poco. El joven no tenía aspecto de ser des¬cendiente de
alguien que perteneciera a las cinco categorías negras; la vieja gorra que
sujetaba era una prueba sin la cual no se habría atrevido a venir a Beijing a
hacer la denuncia. Las personas que había en la sala y a la entrada escuchaban
en silencio mientras el encargado tomaba nota.
Cuando
salieron de allí, entraron en la avenida Chang'an, porque Tesoro quería pasar
por el Ministerio de Educación para ver si había alguna directiva concreta para
los profesores de secundaria. El Ministerio estaba en el barrio del oeste de la
ciudad, a unas cuantas paradas de autobús. Muchos de los que esperaban en la
parada eran estudiantes de fuera que llevaban al hombro una cartera que tenía
bordada una estrella roja de cinco puntas; corrían por la avenida y, antes
incluso de que el autobús parara del todo, se subían en él. El autobús estaba
hasta los topes y la gente que bajaba o los que subían debían agarrarse a los
que tenían delante; las puertas no se podían cerrar. Al final el vehículo se
puso en marcha, con la gente aprisionada en las puertas. Aunque Tesoro había
bajado de un edificio sujetándose tan sólo en una tubería de desagüe, no era
capaz de saltar entre aquellos jóvenes más ágiles que los monos. Cuando
llegaron andando al Ministerio, el edificio se había transformado por completo
en un centro de acogida de estu¬diantes de provincias. Habían vaciado todas las
oficinas, desde la entrada hasta los pasillos de los pisos. Por todos los
lugares esparcían paja, esteras, alfombras de algodón, trozos de plásti¬co,
montones de mantas; el suelo estaba cubierto de jarras, tazones, palillos,
cucharas; un olor agrio de transpiración flo¬taba, mezclado con el olor de los
nabos en salmuera y de los calcetines sucios. Los estudiantes armaban jaleo;
pero como no tenían otro lugar donde pasar esas noches de invierno
tre-mendamente frías, se tumbaban en el suelo, agotados, y se aca¬baban
durmiendo. Esperaban que el comandante en jefe su¬premo pasara revista, al día
siguiente o al otro, por séptima u octava vez. Más de dos millones de personas
empezaban a reu¬nirse desde medianoche, primero en la plaza Tiananmen, luego
las filas iban hacia el este y el oeste, extendiéndose por los dos lados de la
avenida Chang'an, de más de diez kilóme¬tros. El comandante en jefe supremo,
acompañado de su vice-comandante en jefe, Lin Biao, que llevaba en la mano el
Libro rojo, pasaba a bordo de un jeep descapotable entre dos muros humanos de
jóvenes que se mantenían pasmados de frío en la fila. Esos jóvenes, con el
rostro bañado en lágrimas, agitaban el precioso Libro rojo y se dejaban la
garganta gritando los «Viva el Presidente Mao». Después, llenos de ira y de
instin¬tos revolucionarios, iban a saquear escuelas y templos, y ataca¬ban las
instituciones y organismos, para reducir a cenizas el viejo mundo.
Regresó
de madrugada con Tesoro a su pequeña vivienda; por fin, había vuelto la calma.
Encendieron la estufa de leña y se calentaron las manos heladas. El viento
soplaba por las ranuras de las puertas y de las ventanas. Sus caras, iluminadas
por el fuego, eran a veces rojas, a veces oscuras. No habían esperado un
encuentro en estas condiciones, ninguno de los dos tenía ganas de evocar unos
recuerdos de la infancia que en ese momento ya les parecían realmente lejanos.
20
—¿Ves
esa piedra de ahí?
El
hombre te señala algo con el dedo. Es imposible no ver una piedra tan grande,
ibas a rodearla cuando oíste de nuevo a ese tipo.
—¡Muévela!
No
entiendes para qué deberías gastar tanta energía; ade¬más, aunque quisieras,
tampoco podrías.
—Es
imposible mover una piedra tan grande, ¿no crees? —pregunta el hombre con una
sonrisa en los labios. Prefieres creerlo.
—Inténtalo.
Muy
afablemente, el tipo te incita a actuar. Niegas con un ademán de cabeza; no
tienes ganas de hacer algo tan estúpido.
—Realmente
es una piedra perfecta. Parece más compacta que el mármol, ¡es una roca muy
especial!
El
hombre gira alrededor de la roca chasqueando la lengua como signo de
admiración.
¿Qué
más te da que sea una roca especial?
—Tan
sólida y dura, iría bien como base. ¡Qué pena no uti¬lizarla! —suspira el tipo.
No
piensas construirte una tumba ni con estela ni con lápi¬da, ¿para qué la
querrías?
—¡Movámosla
un poco, venga!
Rodeas
la roca con los brazos.
De
todos modos, no tienes suficiente fuerza.
—Ni
a patadas se movería un milímetro.
Por
supuesto, estás totalmente de acuerdo con esa afirma¬ción, pero instintivamente
le das una patada.
El
tipo, más entusiasmado, te anima a que continúes.
—¡Súbete,
a ver qué pasa!
¿Qué
va a pasar? Pero no puedes resistirte a sus exhortacio¬nes, te subes encima.
—¡No
te muevas!
Gira
alrededor de la piedra, y también de ti, claro. No sabes qué está mirando de ti
o de la roca; sigues naturalmente su mirada, luego giras sobre la roca.
En
ese instante el tipo te mira riendo, con los ojos casi ce¬rrados, y te dice en
tono amistoso:
—Entonces
¿es cierto? ¡No se puede mover!
Está
claro que habla de la roca y no de ti. Le contestas con una pequeña sonrisa y
te dispones a bajar cuando te lo impide levantando una mano.
—¡Espera!
Ves
su dedo índice tieso en la mano alzada y le escuchas como te dice:
—Oye,
no puedes negar que esta base es sólida y que no se puede mover, ¿verdad?
Le
das la razón asintiendo.
—¡Intenta sentir!
El
hombre señala la roca. Tú sigues subido encima y no comprendes qué tienes que
sentir. De todos modos, ya estás sobre esa piedra.
—¿Sientes
algo? —pregunta.
Sigues
sin tener claro a qué se refiere, si a la roca o a tus pies.
Luego
levanta el dedo y señala un punto encima de ti; tú sigues su dedo mirando hacia
el cielo.
—Mira
qué claro está el cielo, qué puro es; tan limpio pare¬ce que amplíe la mente.
Mientras
escuchas esas palabras, la luz del sol te molesta a los ojos.
—¿Qué
ves? ¡Mira un poco y dime qué ves!
Observas
con detenimiento el cielo vacío, pero no ves nada, sólo sientes un poco de
vértigo.
—¡Mira
con un poco más de atención!
—¿Qué
es lo que debería ver? —preguntas finalmente.
—¡Un
cielo verdadero, algo totalmente real, un cielo real¬mente claro!
Dices
que la luz del sol te molesta a los ojos.
—Eso
es.
—¿El
qué? —preguntas, cerrando los ojos. Luego miras las estrellas doradas que
centellean en tu retina. Ya no te tienes en pie. Vas a bajar de la piedra, pero
su voz resuena de nuevo en tus oídos.
—Eso
es, es a ti a quien le da vueltas la cabeza y no a la roca.
—Claro...
Estás
totalmente aturdido.
—¡Tú
no eres una piedra! —dice el hombre con un tono categórico.
—Claro
que no soy una piedra —reconoces—. ¿Ahora puedo bajar?
—¡Eres
mucho menos sólido que esta piedra! ¡Estoy ha¬blando de ti!
—Claro...
—Te dispones a bajar.
—Espera.
Subido sobre esta piedra ves mucho más lejos que cuando estás abajo, ¿no es
cierto?
—Naturalmente.
—En
ese caso, ¿qué ves a lo lejos? Si miras todo recto hacia delante, ¿qué ves?
—¿El
horizonte?
—¿Qué
tiene que ver el horizonte? Siempre se ve, ¿no? Te estoy hablando de lo que hay
encima del horizonte, mira bien...
—¿Qué
quiere que mire?
—¿No
ves nada?
—¿Se
refiere al cielo?
—Fíjate
mejor.
—No
puedo.
Le
dices que no ves bien, estás deslumbrado, sólo ves mu¬chos colores.
—¡Eso
es! ¡Ahí están todos los colores que queramos, qué magnífico cielo! ¡La
esperanza está delante de nosotros, ahora parece que por fin has abierto los
ojos!
—Entonces,
¿puedo bajar? —preguntas, cerrando los ojos.
—¡Mira
un poco más el sol! Si esta vez miras fijamente al sol, descubrirás, escucha
bien lo que te digo, descubrirás mila¬gros. ¡Milagros inimaginables!
—¿Qué
milagros? —preguntas, tapándote los ojos.
El
tipo te agarra la mano, tienes la sensación de que te sos¬tiene un poco, sólo
oyes el viento que sopla dulcemente en tus oídos, y te dice:
—¡Qué
luminoso es este mundo!
El
hombre separa tu mano que te tapa los ojos y ves en el cielo un agujero sin
fondo de color azul oscuro; empiezas a sentirte aturdido.
—Estás
aturdido, ¿no es cierto? Cuando un hombre ve un milagro, siempre se siente
aturdido, de lo contrario, no sería un milagro.
Dices
que quieres sentarte.
—¡Tienes
que perseverar! —ordena.
Dices
que ya no puedes más.
—Tienes
que perseverar, pase lo que pase; todo el mundo lo hace, ¿por qué tu no? —te
reprocha.
Ya
no aguantas más de pie, te caes bocabajo sobre la piedra y pides ayuda, tienes
ganas de vomitar.
—¡Abre
la boca! ¡Grita todo lo que tengas que gritar! ¡Lla¬ma a quien quieras!
Sigues
las órdenes de ese tipo y gritas con todas tus fuerzas. Sigues sintiendo
náuseas, y acabas vomitando sobre esa piedra sólida un líquido amargo.
La
justicia, el ideal, la moralidad y los principios más cientí¬ficos, las
responsabilidades que te incumben, tu trabajo inte¬lectual y tus esfuerzos
físicos, las revoluciones ininterrumpi-das, los sacrificios sin fin, Dios o los
salvadores, los héroes o los hombres modélicos, el Estado y el Partido que lo
domina, todo eso está edificado sobre la piedra.
Nada
más abrir la boca, has gritado y caído en la trampa de ese tipo. La justicia
que buscas es él; mientras te has lanzado a un combate encarnizado a todos
lados, también has gritado sus eslóganes, has perdido tu propio lenguaje, todo
lo que has repetido como un loro sólo eran palabras de lorito, has sido
reeducado, han borrado tu memoria, has perdido tu cerebro y te has convertido
en el discípulo de ese maestro. Has tenido que creer en él, has pasado a ser su
criado, su cómplice, te has sacrificado por él, y a ti te han sacrificado como
ofrenda a su altar cuando ya no te han necesitado, te han enterrado o
inci¬nerado con él para realzar su brillante imagen. Tus cenizas deberán
dejarse llevar por su viento hasta que él repose defini¬tivamente en paz y todo
haya terminado. Entonces serás co¬mo esas innumerables motas de polvo y
desaparecerás sin dejar huella.
21
Lin
salía del cobertizo, situado a la entrada del gran edifi¬cio, con la cabeza
gacha empujando la bicicleta. Esos últimos días, lo evitaba constantemente. Él
le cerró el paso con su bicicleta y levantó expresamente la rueda delantera
para chocar con la de Lin. Ella alzó la vista y le diri¬gió una sonrisa
forzada, como si quisiera pedir perdón, como si lo hubiera arrollado ella.
—¡Salgamos
juntos! —dijo él.
Pero
Lin no tenía la intención de montarse en la bicicleta, como hacían antes, y
dejar una cierta distancia entre ellos, para seguirlo a un lugar en el que no
hubiera nadie. De hecho, durante esa gran revolución, todos los parques estaban
cerra¬dos por la noche. Caminaron uno al lado del otro empujando la bicicleta
durante un buen rato, pero no sabían qué decir. Los muros que rodeaban las
calles estaban cubiertos de esló¬ganes de los estudiantes rebeldes que
recubrían los eslóganes de las viejas guardias rojas de sangre pura, tapando
frases como «Eliminar a todos los monstruos». Todas las críticas se diri¬gían
hacia los altos cargos políticos.
«¡Inclinad
la cabeza ante las masas revolucionarias, Yu Qiuli debe reconocer sus
crímenes!»
«¡Tan
Zhenlin, ha llegado tu hora!»
Lin
ya no llevaba el brazalete e intentaba esconder su cara, envuelta en un pañuelo
grisáceo de grandes franjas, para no llamar la atención; también vestía ropa
sencilla de algodón y de un color gris azulado, con la intención de pasar
desaperci¬bida entre la gente. Había perdido todo su encanto. Los res¬taurantes
cerraban pronto por la noche, no había ningún lugar adonde ir y no podían decir
nada; dos seres caminaban bajo el viento frío empujando sus bicicletas, dejando
claramente algo de distancia entre ellos. Algunos trozos de dazibaos,
levantados por el viento de arena, volaban bajo las farolas.
Estaba
un poco emocionado, confrontado con ese combate a vida o muerte para conseguir
algo de justicia, pero que clara¬mente estaba acabando con su historia de amor
con Lin, lo que le causaba una profunda tristeza. Seguía teniendo ganas de
mantener su relación con ella, pero se preguntaba cómo abor¬dar ese asunto y
dar la vuelta a la situación con igualdad, para que se tratara únicamente de
recibir el amor que Lin le des¬pertaba. Quería mostrarle su solicitud y le
preguntó por sus padres. Ella no respondió y continuaron caminando en
silen¬cio, sin saber qué decirse. Lin fue la primera que dijo algo.
—Tu
padre parece tener problemas por su pasado.
—¿Qué
clase de problemas? —preguntó con cierta extrañeza.
—Sólo
quiero que lo tengas en cuenta —respondió Lin en tono neutro.
—Nunca
ha sido miembro de ningún partido —replicó de inmediato, siguiendo una especie
de instinto de protección.
—Parece
ser que... —continuó Lin antes de detenerse.
—¿Parece
ser que qué? —preguntó, parando en seco.
—Sólo
he oído rumores.
Lin
siguió empujando su bicicleta sin mirarlo. Todavía creía que estaba por encima
de él, siempre advirtiéndolo de algún peligro, protegiéndolo para que no
hiciera tonterías. Pero él comprendió que si actuaba así ya no era por amor,
era como si sospechara que le había ocultado su origen. Esa protección no
estaba exenta de desconfianza. Por eso argumentó:
—Antes
de la Liberación, mi padre era responsable de una sección del banco, también
trabajó de jefe de departamento en una sociedad naviera y fue periodista en un
periódico comer¬cial privado, ¿qué tiene eso de malo?
También
hubiera podido recordar que, cuando era niño, su padre escondía en el fondo de
una cómoda, en una caja de zapatos llena de monedas de plata, un pequeño libro
intenso, Sobre la nueva democracia de Mao, pero no lo dijo; era inútil. Se
sintió de nuevo agraviado, más por su padre que por sí mismo.
—Dicen
que tu padre era un directivo de alta categoría...
—¿Y
qué tiene que ver? También ha sido un empleado auxi¬liar; luego lo despidieron,
hasta estuvo una temporada sin tra¬bajo, antes de la Liberación. ¡Nunca ha sido
un capitalista y jamás ha representado al patronato!
Estaba
indignado, pero de inmediato sintió su debilidad, ya no había forma de
recuperar la confianza de Lin.
Ella
continuaba en silencio.
Se
detuvo ante un gran eslogan que acababan de pegar, dejó apoyada la bicicleta y
preguntó a Lin:
—¿Qué
más hay? ¿Dime quién lo ha dicho?
Ella
evitaba mirarlo a los ojos y contestó cabizbaja:
—No
me hagas preguntas, sólo intento prevenirte, basta con que lo sepas.
Ante
ellos, un grupo de chicos y chicas que escribían con¬signas montaban en sus
bicicletas con cubos de cola y pintura. En la pared, la tinta de los eslóganes
todavía estaba fresca.
—¿Me
evitas por eso? —preguntó él, subiendo la voz.
—No,
claro que no. —Lin continuaba sin mirarlo a la cara; luego, siguió hablando en
voz baja—: Eres tú el que ha queri¬do que rompiéramos.
—¡Pienso
mucho en ti, de verdad, no paro de pensar en ti!
Habló
en voz alta, pero se sintió débil y desesperado.
—Déjalo,
es imposible... —susurró Lin, sin mirarlo a los ojos. Volvió la cara y se
dispuso a continuar su camino.
Él
extendió el brazo para agarrar el manillar de la bicicleta de Lin y buscó su
mirada, pero ésta bajó todavía más la cabeza.
—No
hagas eso, déjame marchar; sólo te he prevenido de que tu padre puede tener
problemas por su pasado...
—¿Quién
te lo ha dicho? ¿Los del departamento político? ¿O Danian? —preguntó, sin
conseguir frenar su furia.
Lin
se irguió y se puso a mirar hacia los vehículos y las bici¬cletas que pasaban
sin cesar. No dijo nada.
—Mi
padre no ha sido acusado de derechista.
Todavía
intentaba justificarse, debía olvidar esas cosas. Recordaba que cuando su madre
estaba viva dijo: «Por fin todo eso se ha acabado». Su madre pronunció esa
frase cuando él todavía estaba estudiando en la universidad y había ido a casa
a pasar la fiesta de la Primavera.
—No,
el problema no es ese... —Lin volvió el manillar y puso un pie en el pedal.
—¿Cuál
es el problema? —continuaba aferrándose a la bici¬cleta de Lin.
—Tenencia
de armas... —Lin se mordió los labios, se subió a la bicicleta y se alejó de un
fuerte pedaleo.
Le
hervía la cabeza, le pareció ver lágrimas en los ojos de Lin, pero quizá fuera
sólo una impresión, puede que solamen¬te se compadeciera de sí mismo, de su
suerte. La silueta de Lin sobre la bicicleta, con la cabeza envuelta en el
pañuelo, se con¬fundió con las otras siluetas de la calle. Los trozos de
dazibaos arrancados y el polvo volaban bajo las farolas. Pronto desapa¬reció.
Fue probablemente en ese momento cuando se rozó con los eslóganes que acababan
de pintar, manchándose de tinta y cola. Esa escena de ruptura con Lin quedó de
este modo pro¬fundamente marcada en su memoria.
Distintos
sentimientos se mezclaban en su interior. Se sen¬tía completamente
desconcertado; por eso no se subió de in¬mediato a la bicicleta. La acusación
de «tenencia de armas» era muy grave y no paraba de darle vueltas en la cabeza.
Cuan¬do se dio cuenta de lo que significaba, decidió que no tenía más opción
que rebelarse hasta el final.
Su
banda, compuesta por una veintena de personas, irrumpió en la callejuela que
hay junto al Zhongnanhai, y, tras cruzar el umbral de la gran puerta púrpura,
fuertemente vigilada, exigie¬ron que el dirigente que afirmaba representar al
Comité Central fuera a su institución para constatar las faltas cometidas y
reha¬bilitar a los funcionarios y a los miembros de masas que habían sido
tachados de elementos antipartido. Cuando entraron en la oficina, los recibió
un viejo revolucionario que desde hacía tiem¬po tenía el rango de coronel y que
estaba al mando del lugar. Comparado con los dirigentes de su institución, tan
pusilánimes y fríos en sus palabras, tenía un aspecto imponente, sentado firme
en su sillón de cuero tras una mesa enorme. No se levantó.
—No
puedo complaceros. Vi a muchos jóvenes como voso¬tros cuando hacía la
revolución y me ocupaba de los movi¬mientos de masas, ¿quién sabe dónde
estabais vosotros en aquella época? Sin embargo, no soy de esos que se pasan
todo el tiempo vanagloriándose de lo que han hecho.
El
dirigente tomó la palabra con una voz firme y clara. Tenía el mismo tono y la
misma actitud que debía de adoptar cuando hablaba en las asambleas.
—¡Es
bueno que los jóvenes quieran rebelarse! Yo también me rebelé, hice la
revolución, e hicieron la revolución contra mí, yo también he cometido errores.
De todos modos, tengo más experiencia que vosotros. Os pido perdón en este
momento si he dicho algo incorrecto o herido los sentimientos de algunos
camaradas que se han sentido justamente indignados. ¿Qué más queréis que haga?
¿Acaso vosotros creéis que nunca os equivo¬caréis? ¿Pensáis que siempre
tendréis razón? Yo no me atrevería a afirmarlo de forma categórica. Aparte del
Presidente Mao, que siempre será correcto y no podemos dudar de él, ¿quién de
entre nosotros puede realmente afirmar que nunca comete errores?
El
grupo de rebeldes, que había llegado lleno de ira y con sed de justicia, en ese
momento se calmó y escuchó paciente¬mente las palabras de admonición en
silencio. Él comprendió el mensaje subliminal que había en ese discurso, la
irritación del viejo y el peligro que se escondía detrás. Puesto que
enca¬bezaba al grupo, le preguntó:
—¿Usted
sabe que, después de que diera esa orden de movi¬lización, nos obligaron a
todos a hacer una autocrítica de madrugada, que más de cien personas han sido
calificadas de elementos antipartido, y a muchos se les ha abierto un
expe¬diente? ¿Puede dar la orden al comité del Partido de nuestra institución
de que proclame la rehabilitación de todos y des¬truya esos documentos en
público?
—Cada
uno sabe lo que hace. Es el problema de vuestro comité del Partido. ¿Las masas
nunca tienen problemas? Yo no puedo garantizaros nada, ya os lo he dicho, sólo
me puedo responsabilizar de lo que yo he dicho, lo que yo he dicho
per¬sonalmente.
El
dirigente se levantó con clara impaciencia.
—En
ese caso, ¿puede repetir lo que acaba de decir en las mismas condiciones que
cuando dio su orden de movilización? —preguntó, ya que le era imposible echarse
atrás.
—Para
eso, necesitaría la autorización del comité central del Partido. Trabajo para
el Partido, tengo que respetar la dis¬ciplina; no puedo decir lo que me dé la
gana.
—Pero
¿quién le autorizó a dar esa orden de movilización?
Había
sobrepasado los límites y medía el peso de sus pala¬bras. Bajo las espesas
cejas grises, el dirigente clavó la mirada en él y declaró con frialdad:
—Yo
soy responsable de las palabras que pronuncio; el Pre¬sidente Mao todavía
cuenta conmigo, no me ha destituido. Lo que yo digo, lo asumo yo.
—En
ese caso, ¿podemos anotar lo que acaba de decir y pegar un dazibao para que
llegue a conocimiento de las perso¬nas? Somos representantes de las masas,
deberemos rendirles cuentas.
Cuando
acabó de hablar, miró a los compañeros que esta¬ban a su lado, pero nadie soltó
ni una palabra. El dirigente lo miraba fijamente, comprendió que lo desafiaba
en un combate desigual, pero no tenía otra escapatoria. Entonces dijo:
—Vamos
a anotar las palabras que acaba de pronunciar y le pediremos que las verifique.
—Joven,
admiro su valor.
Sin
perder su prestancia, el dirigente se volvió y franqueó una pequeña puerta, en
la que nadie se había fijado, situada detrás de su escritorio. Ésta se cerró de
inmediato y frente a ellos sólo quedó un sillón vacío. Durante mucho tiempo
recor¬dó aquella frase a la vez amenazadora e irónica.
El
barrigudo secretario del comité del Partido estaba de pie en la gran sala
haciendo su autocrítica en una sesión de investiga¬ción. Había perdido la
prestancia que tenía unos meses antes, cuando se sentaba al lado del dirigente
del Comité Central. Farfullaba frase a frase, como si le costara descifrar las
pala¬bras, con unas gafas de présbita, sujetando con las dos manos un texto
algo alejado del micrófono que tenía delante.
—He
interpretado mal el deseo del comité central del Par¬tido. He aplicado... unas
directivas inapropiadas. He perjudi¬cado... el entusiasmo revolucionario de los
camaradas, sincera¬mente...
En
ese instante el camarada Wu Tao se aclaró la voz y habló más alto.
—...
sinceramente, me disculpo ante mis camaradas aquí presentes...
Inclinó
ligeramente la cabeza en una actitud de total since¬ridad.
—¿Qué
directivas son inapropiadas? ¡Explíquese con mayor claridad!
Una
voz le interpeló de entre los asistentes. Wu apartó la vista del texto y miró
por encima de la montura de sus gafas. Las personas de la sala se miraron unas
a otras. Wu volvió al texto y continuó leyendo frase a frase, todavía con mayor
len¬titud, separando cada palabra claramente.
—¡Nosotros,
los viejos revolucionarios, tenemos muchos problemas nuevos, hemos actuado
siguiendo nuestra antigua experiencia, según los antiguos esquemas y, en la
situación actual, eso no podía... funcionar!
No
dejaba de pronunciar palabras oficiales vacías, lo que hacía que los asistentes
empezaran a impacientarse. Probable¬mente sintió que lo interrumpirían de
nuevo. De pronto, dejó de mirar el texto y alzó la voz para afirmar:
—¡Yo
mismo he dictado algunas directivas equivocadas, me he equivocado!
Wu
dejó su texto e hizo un ademán demostrando que inten¬taba modificar las
palabras ambiguas.
—¿A
qué se refiere con lo de los antiguos esquemas? ¡Hable con más claridad! ¿Se
está refiriendo a la lucha antiderechista?
Esta
vez fue una mujer quien se levantó, una jefa de oficina, miembro del Partido,
que había sido acusada de elemento con¬trario al Partido. Wu la miró por encima
de las gafas y no supo qué responder.
—¿Cuáles
son los antiguos esquemas? —repitió ella—. ¿Está hablando de hacer salir a las
serpientes de sus nidos como en la época del movimiento antiderechista?
La
mujer estaba indignada, le temblaba la voz.
—Eso
es, eso es —dijo Wu, bajando la cabeza de inmediato.
—¿Quién
fue el responsable de la directiva? ¿Qué tipo de directiva era? ¡Dígalo
claramente! —prosiguió la mujer.
—Camaradas
dirigentes del Comité Central, el comité cen¬tral de nuestro Partido...
Wu
se quitó las gafas para poder ver a la mujer claramente entre los asistentes.
Sin
flaquear, la mujer alzó la cabeza y volvió a preguntar, todavía más alto:
—¿De
qué Comité Central está hablando? ¿De qué diri¬gentes? ¿Cómo le han transmitido
esas directivas? ¡Dígalo!
Las
personas que asistían a esa sesión comprendieron per¬fectamente que el
sacrosanto Comité Central estaba dividido, y que el Buró Político del comité
central del Partido estaba siendo reemplazado por el grupo dirigente de la
Revolución Cultural del Comité Central —cuartel general proletario del
Presidente Mao. El cuartel general que daba órdenes al camarada Wu Tao ya no
tenía poder para controlar a la gente.
La
sala retumbaba. Sin embargo, Wu Tao, como secretario del comité del Partido,
todavía respetaba la disciplina. No respon¬dió, pero adoptó un tono de profunda
tristeza para insistir en voz alta:
—¡En
nombre del comité del Partido, pido disculpas a los camaradas que han sido
sometidos a la rectificación!
Bajó
de nuevo la cabeza. En aquel momento todo su enor¬me cuerpo se inclinó hacia
adelante, parecía estar pasándolo realmente mal.
—¡Queremos
ver la lista negra! —gritó un hombre de me¬diana edad, un funcionario miembro
del Partido que también había sido sometido a la rectificación.
—¿Qué
lista negra? —replicó Wu, confuso.
—¡Durante
la investigación, seguro que tenían una lista negra con los nombres de los que
pensaban enviar a los cam¬pos de reeducación por el trabajo!
De
nuevo era la mujer quien gritaba, pálida de ira, con el cabello enmarañado.
—¡Nunca
ha habido ninguna lista negra! —negó de inme¬diato Wu, inclinándose para tomar
el micrófono—. ¡No tenéis que hacer caso de esos rumores! ¡Os aseguro,
camaradas, que nuestro comité del Partido no tiene ese tipo de listas! ¡Os
garantizo en nombre del Partido que no existe esa lista! Algu¬nos camaradas han
sido maltratados injustamente, nuestro comité del Partido ha atacado a algunos
de manera inapropiada, ha cometido errores, todo eso lo reconozco, pero no hay
lista negra que valga...
Antes
de que acabara de hablar, en la parte delantera iz¬quierda de la sala, algunas
personas se agitaron. Alguien aban¬donó su asiento y se dirigió hacia el
estrado.
—¡Tengo
algo que decir! ¿Por qué no me dejáis hablar? Si realmente no existe esa lista,
¿de qué tenéis miedo?
Lao
Liu trataba de zafarse del funcionario de seguridad que le impedía subir al
estrado.
—¡Dejad
que hable el camarada Liu! ¿Por qué se lo impe¬dís? ¡Dejadle hablar!
Entre
los gritos, Lao Liu franqueó los obstáculos y subió al estrado. De cara a los
asistentes, señaló a Wu Tao y dijo:
—¡Este
hombre miente! Desde el principio del movimiento, cuando empezaron los primeros
dazibaos, el comité del Partido convocó una reunión de urgencia y dio la orden
de que todos los secretarios de célula de cada departamento hicieran un
lis¬tado de clasificación política de todos los empleados. ¡El depar¬tamento
político tiene esa lista desde hace tiempo! Y, sobre todo, desde que decidieron
llevar a cabo las investigaciones...
Los
asistentes explotaron. Muchos se levantaron de sus asien¬tos y empezaron a
gritar:
—¡Que
vengan los miembros del departamento político!
—¡Hay
que traer a los miembros del departamento político para que declaren!
—¡Traigan
esa lista negra!
—¡Sólo
la izquierda tiene derecho a rebelarse! ¡No la dere¬cha!
Otra
persona se puso a gritar, dejó su asiento y se fue abrien¬do paso para ir hacia
el estrado. Esta vez era Danian.
—¡Hacer
la revolución no es un crimen! ¡Tenemos razón al rebelarnos!
Fue
el gran Li el que gritó esa consigna. Tenía la cara de color escarlata y estaba
de pie sobre una silla. El desorden rei¬naba entre los asistentes, todos se
levantaban de sus asientos y había una gran confusión.
—Hace
treinta y seis años que estoy en el Partido. Nunca me he rebelado contra el
Partido, mi historia está limpia, el Partido y las masas pueden examinarla...
Lao
Liu no había acabado de hablar cuando Danian lo aga¬rró, nada más subir al
estrado.
—¡Vete
de aquí! ¡No tienes derecho a hablar, estás contra el Partido, eres un
arribista, has escondido a tu padre terrate¬niente, no tienes derecho a hablar!
Danian
hizo bajar a Lao Liu del estrado retorciéndole el brazo.
—¡Camaradas!
Mi padre no era terrateniente, sostuvo el Partido durante la guerra de
Resistencia contra Japón; el Par¬tido ha adoptado una política especial hacia
los shenshi* sensa¬tos, se hicieron informes sobre eso, los podéis consultar...
Algunos
de los guardias rojos que arrancaron el brazalete del hijo de Lao Liu subieron
a la tribuna. Empujaron a Liu brutalmente y éste acabó en el suelo.
—¡No
hay que golpear a la gente! ¡Los que reprimen el movimiento de las masas
revolucionarias tendrán un mal fin!
El
también estaba totalmente encendido y gritaba a pleno pulmón.
—¡Vamos,
subamos!
El
gran Li agitó la mano, lanzó un grito y se subió a unas sillas para acceder al
estrado. Su grupo estaba al completo en ese momento.
Los
dos grupos se situaron frente a frente, cada uno gritaba sus eslóganes. Reinaba
una gran confusión, pero no llegaban a las manos.
—Camaradas,
camaradas guardias rojos, camaradas guar¬dias rojos de los dos lados, es mejor
que cada uno vaya a su asiento...
Wu
daba golpes sobre el micrófono, pero nadie lo escuchaba. Los funcionarios del
departamento político no se atrevían a intervenir, todos estaban de pie en la
sala, en la que reinaba un desconcierto total. Sin saber muy bien cómo, llegó
hasta la tribuna, le quitó a Wu el micrófono de las manos y gritó:
—¡Si
Wu Tao no capitula, lo aplastaremos!
De
inmediato, los asistentes respondieron gritando y deci¬dió de repente
proclamar:
—¡El
comité del Partido no tiene derecho a convocar más este tipo de asamblea
destinada a engañar a las masas! ¡Si alguien debe convocar una reunión, debemos
ser nosotros, las masas revolucionarias!
Los
aplausos estallaron en la sala. Había conseguido des¬bloquear la situación de
enfrentamiento con los guardias rojos; se había convertido en el dirigente que
necesitaban las masas desorientadas.
El
secretario del comité del Partido había perdido todo su poder de disuasión y se
convirtió en el punto de mira de las fuerzas presentes. Incluso aquel dirigente
del Comité Central, que lo manejaba desde atrás, se puso a salvo cortando todo
contacto. Era imposible localizarlo por teléfono, y el camarada Wu Tao, que
había aplicado las «directivas inapropiadas», se convirtió en un chivo
expiatorio dentro del juego político.
22
No
sabías qué había sido de Margarita; ella, que te empu¬jó a escribir este libro
de mierda. Ya no podías ir hacia adelante ni hacia atrás, no podías hacer nada.
A nadie le interesaban esas viejas historias, esos sufrimientos que hasta tú
encontrabas aburridos. Al final de todas las cartas que escribía, trazaba una
estrella amarilla de seis puntas después de su firma; no podía olvidar que era
judía, mientras tú intentabas borrar justamente las huellas del sufrimiento.
La
llamaste por teléfono más de diez veces, pero siempre te salía el contestador
automático, que soltaba largas frases en alemán de las que sólo entendías una
palabra: Peter... Sólo una invitación a dejar un mensaje, pero nunca te volvió
a llamar. En su última carta decía: búscate a una chica alegre. Ella no podía
vivir contigo, dos sufrimientos juntos sería demasiado doloroso, tenía ganas de
tener una familia estable, quería tener un hijo, ser madre, ¿un niño judío de
padre chino podía ser feliz? En sus cartas en chino, se dejaba algunos trazos
en bas¬tantes caracteres, eran difíciles de comprender, estaba claro que no
eran de alguien del continente, no escribía tan bien como hablaba. Cuando
hablaba en chino, el lenguaje fluía, era familiar, sensual; hasta las palabras
que empleaba cuando ha-blaba de sexo eran tan naturales, que conseguía hacerte
sentir su dulzura y su humedad. Sus cartas eran más frías, te empuja¬ban lejos
de su cuerpo y de sus sentimientos y los toques de burla sólo te entristecían.
Esto es lo que entendías al leerlas: ya tenía más de treinta años, no podía
errar por el mundo con¬tigo. La próxima vez, ¿os veríais en París o en Nueva
York? ¿Un Ulises eterno, una Odisea moderna? Sólo podías considerarla una
aventura pasajera, una entre tantas otras. Lo que tú que¬rías de ella, ya te lo
había dado, y se acabó. Ella no podía con¬vertirse en tu mujer, debíais
quedaros en eso, en amigos, y cada uno seguir su camino. Ser amigos para
siempre era posible, pero ella no tenía ninguna intención de convertirse en tu
amante. Por lo tanto, búscate una francesa, haz el amor con ella, satisfará tus
fantasías, te inspirará, pero no evocará tus sufrimientos. No te costará mucho
encontrar a ese tipo de mujer, una puta como tú quieres, mientras que ella, lo
que deseaba era la paz y la tranquilidad, una familia que le pudiera endulzar
la vida. En todo caso, no buscaba más sufrimiento, y si no conseguía librarse
del suyo era porque le faltaba seguri¬dad, y eso tú no podías dárselo.
No
consigues encontrar a la mujer que te escuche hablar del infierno terrestre.
Nadie quiere escuchar tus verdades ca¬ducas, prefieren ir a ver las películas
de terror o de catástrofes de Hollywood, con sus fantasmas fabricados. Si
escribieras una historia de sadismo, quizá conseguirían algo de excitación en
el momento de hacer el amor, puede que llegaran al orgasmo, pero nadie querría
hablar contigo, tendrías que hablar a solas.
Así
que mejor que continúes con este análisis, esta rememora¬ción y este diálogo
contigo mismo.
Debes
encontrar la ponderación, ahogar la ira que has acu¬mulado, avanzar
tranquilamente, para contar esas impresiones mezcladas, esos recuerdos que te
vienen continuamente, esos pensamientos en los que no ves nada claro y
descubres hasta qué punto todo eso es difícil.
Buscas
un modo de descripción muy sencillo, quieres recu¬rrir al lenguaje vacío de
adornos para exponer la vida tal como es, totalmente contaminada por la
política, pero tampoco es fácil. Te gustaría librarte de la política que se
filtra por todos los lugares y se pega íntimamente a la vida de las personas,
tanto en el lenguaje como en los actos, y de la que nadie podía librarse en
aquella época. Te gustaría describir al individuo mancillado por esa política,
pero no quieres entrar en los deta¬lles de esa política repugnante, y para eso
tienes que volver al estado en que «él» se encontraba en aquella época —y, si
quieres transmitirlo exactamente tal como fue, todavía es más difícil. Muchos
de los hechos que se amontonan en sucesivas capas de tu memoria corren el
riesgo de parecer exagerados. Tienes que evitar adornar la historia, no te
apetece contar historias de sufrimiento. Sólo debes describir las impresiones y
el estado de ánimo de entonces; para hacerlo, debes borrar de forma meticulosa
tus ideas actuales y dejar de lado lo que piensas hoy en día de todo aquello.
Su
experiencia se acumula en los pliegues de tu memoria. Qué hacer para
desplegarlos capa tras capa y separarlos uno a uno con el fin de poder estudiar
por separado y con una mira¬da fría todo lo que ha vivido: tú eres tú, él es
él. Y a ti te cuesta mucho volver a sentir lo que «él» sentía entonces. Hoy
casi no lo reconoces, no tienes que colocarle tu seguridad y tu satis¬facción
actuales, debes guardar cierta distancia, contener tus emociones, para
examinarlo mejor. No debes confundir tu furia con su vanidad y su estupidez;
tampoco debes ocultar su miedo y su cobardía. Todo eso es tan difícil; no lo
ves nada claro. Tampoco debes caer en su autoestima y su masoquismo, sólo debes
observar y escuchar atentamente y no dejarte llevar por los sentimientos. Debes
dejar que salga de tu memoria el «él», ese niño, ese adolescente, ese hombre
que no se ha hecho adulto, ese superviviente que soñaba a plena luz del día,
ese discípulo de la extravagancia, ese tipo que cada día se hacía más astuto,
ese «tú» del pasado, que era perverso pero todavía no había perdido su
capacidad intuitiva, que mantenía aún algunos sentimientos de compasión. No
debes arrepentirte ni justificarte por «él». Sin embargo, cuando lo observas y
cuan¬do lo escuchas, sientes una tremenda tristeza, y no debes dejar que este
sentimiento te afecte. Cuando descubras ese «él» disi¬mulado bajo su máscara,
para poder observarlo, deberás trans¬formarlo en ficción, en un personaje sin
ninguna relación con¬tigo, que esperaba que lo descubrieras. Sólo esa narración
podrá darte el placer de escribir y solamente así la curiosidad y el deseo de
buscar aparecerán de forma espontánea.
No
tienes que hacer de juez ni tampoco debes considerarlo una víctima. La ira y el
dolor que perjudican al arte deben ceder su espacio a la observación. De todos
modos, lo que realmente cuenta no son tus juicios de valor o su justa
indigna¬ción, ni tu tristeza o su dolor, sino el propio proceso de
obser¬vación.
23
En
aquellos días, los dazibaos y las consignas cubrían los muros de las calles,
las farolas estaban completamente cubiertas, había eslóganes hasta en el suelo.
Muchos coches con megáfonos recorrían la ciudad sin parar, desde la mañana
hasta la noche, y repetían a todo volumen las citas de Mao con música. Las
octavillas volaban por los aires; el ambiente era todavía más animado que en un
día de fiesta nacional. Los dirigentes del Partido, de todas las secciones, los
mismos que antes pasaban revista al pueblo desde la tribuna de Tiananmen, ahora
se encontraban de pie en sus camiones sin cubierta. Los rebeldes los exponían a
la gente. En la cabeza llevaban todo tipo de sombreros de papel, en forma de
cucurucho, algunos tan altos que se los llevaba el viento, lo que les obligaba
a aguantárselos con las dos manos. Otros tenían directamente en la cabeza una
papelera y en el cuello una pan¬carta en la que estaba escrito su nombre con
tinta negra y tachado en rojo. Cuando empezó esta revolución, a principio del verano,
los estudiantes de secundaria utilizaron esta forma de lucha contra sus
profesores y directores. Al principio del otoño las guardias rojas hicieron lo
mismo con los elementos de las «cinco categorías negras». En pleno invierno,
siguiendo el ejemplo que dio el Gran Líder cuando formó un movimien¬to
campesino en Hunan, el objetivo se desplazó hacia los revo¬lucionarios del
Partido que no tenían más profesión que la lucha de clases.
En
la tribuna de la espaciosa sala, el gran Li hizo agachar la cabeza a Wu Tao,
que en ese momento todavía estaba recalci¬trante, ya que, como cualquier hombre
que tenga algo de dig¬nidad, no aceptaba someterse tan fácilmente. Li le dio un
puñetazo en la barriga que le obligó a doblarse por el dolor y le cambió el
color de cara. Desde ese momento ya no levantó más la cabeza.
Él
se instaló en la tribuna cubierta por un tejido rojo, en el lugar que antes
ocupaba Wu, y presidió la asamblea de lucha convocada por las masas de todas
las facciones. En estos actos, cada vez más violentos, tenía la sensación de
estar sentado sobre un polvorín, y era consciente de que si controlaba la
vio¬lencia, también lo destituirían. Durante la asamblea, en plena animación
general, llamaron uno tras otro a los miembros del comité del Partido. Debían
quedarse de pie delante del estra¬do, aprender a inclinar la cabeza ante los
asistentes, confesar sus malos actos, las palabras inapropiadas y denunciar las
acciones de Wu Tao. Reconocieron sus errores, aunque argu¬mentaron que seguían
órdenes de arriba, pero nadie dio su opinión personal. Sin embargo, el
vicesecretario del comité del Partido, Chen, un hombre alto, delgado y
encorvado como una gamba seca, tuvo una repentina inspiración y denunció a Wu
por haber confiado recientemente a los elementos centra¬les del comité del
Partido: «El Presidente Mao ya no quiere nada de nosotros».
Una
ola de agitación recorrió la asamblea y los asistentes gritaron a coro:
—¡Muerte
al que se oponga al Presidente Mao!
Mientras
los eslóganes «¡Abajo Wu Tao!» y «¡Viva el Presi¬dente Mao!» subían de tono, él
percibió en las palabras de Wu Tao una profunda tristeza. Eran palabras que le
salían del corazón y tenía la sensación de haberlas escuchado ya en algún otro
lugar. Recordó de inmediato que el dirigente que encon¬traron en Zhongnanhai
también había dejado escapar la mis¬ma queja antes de responsabilizar a Wu Tao,
pero en la boca de Wu esas palabras retumbaban tristemente.
Como
presidente de las sesiones, tenía que ser muy riguro¬so. Sabía perfectamente
que la tristeza que percibió no bastaba para decir que Wu Tao no estaba contra
el Líder Supremo, pero si no acababa con ese buen hombre, si alguna vez
recupe¬raba su poder, él también corría el riesgo de ser acusado de
contrarrevolucionario por haber dirigido la sesión.
Decidieron
en la asamblea que Wu Tao debía entregar las actas de las reuniones del comité
del Partido, así como sus notas de trabajo. Después de la reunión, Tang, el
pequeño Yu y él tomaron el coche negro, un Jimu, que utilizaba el secreta¬rio
del Partido, para acompañar a Wu Tao a su casa con el fin de buscar esos
documentos.
El
quería hacer las cosas con tranquilidad y, sin recurrir a la violencia, pedirle
al anciano que abriera él mismo uno a uno los cajones y el archivador de
documentos. Tang y Yu revolvieron los armarios de ropa y ordenaron a Wu que les
diera las llaves de los cofres.
—Sólo
hay ropa vieja —protestó el anciano titubeando.
—¿De
qué tiene miedo? ¡Sólo estamos verificando si ha escondido listas negras para
«rectificar» al pueblo!
Tang,
con los brazos en jarras, se sentía muy orgulloso y dis¬frutaba de su papel en
el registro.
El
anciano fue al comedor a pedir las llaves a su mujer. Era la hora de la cena,
la puerta del comedor estaba abierta, los platos en la mesa, la mujer de Wu
estaba allí, con una niña, su nieta. No se había movido de la sala y continuó
hablando con la niña. Él pensó que quizás escondían algo importante en el
comedor, pero desechó esa idea de inmediato y prefirió no entrar para no
encontrarse cara a cara con la mujer y la niña.
Dos
meses antes, un domingo a mediodía, después de que el grupo de guardias rojos
registrara su casa, llamaron a la puerta. Al abrir, se encontró a una chica en
el umbral. Tenía una cara encantadora, la piel muy blanca, los ojos cintilaban
bajo el sol, sobre las orejas rosa caían dos mechones de cabe¬llos brillantes.
Dijo que era la hija del propietario, que vivía en el edificio de al lado, y
que venía a buscar el dinero del alqui¬ler. Él nunca había ido a aquella
vivienda y sólo sabía que Lao Tan y el propietario eran viejos amigos. De pie,
en la puerta, la joven tomó el alquiler que él le tendió, luego, arqueando un
poco las cejas y barriendo la habitación con la mirada dijo:
—Todos
esos muebles, la mesa y ese viejo sofá son nuestros, un día nos los tendremos
que llevar.
Él
le dijo que podía ayudarla a llevarlos inmediatamente, pero ella se mantuvo en
silencio y sus ojos cristalinos le lanza¬ron una mirada glacial que lo recorrió
de arriba abajo, que-riéndole mostrar su odio sin tapujos. Luego dio media
vuelta y bajó la escalera. Supuso que la joven debía de pensar que había
denunciado a Tan para estar solo en el apartamento. Al mes siguiente ya no fue
a buscar el dinero del alquiler ni nadie reclamó los muebles. Cuando le
encargaron al viejo Huang que cobrara los alquileres para el comité de gestión
del barrio, supo que les habían confiscado todos sus bienes. No volvió a saber
nada más del propietario, pero guardó claramente en su recuerdo la mirada de
hielo que le lanzó aquella joven.
Evitó
encontrarse cara a cara con la mujer de Wu y su nieta; los niños tienen memoria
y la chiquilla corría el riesgo de ali¬mentar un odio feroz.
Tang
examinó uno a uno los cofres. Wu los abría repitiendo que sólo había ropa de su
hija y de su nieta. Efectivamente, en la parte de arriba sólo aparecían
sujetadores y vestidos. De pronto, se sintió incómodo y le vino a la cabeza la
escena en que aquellos guardias rojos de su institución encontraron los
preservativos de Tan cuando registraban sus cosas. Hizo un ademán con la mano y
dijo:
—Vámonos,
ya está bien.
Tang
fue a mirar al sofá, levantó los cojines y metió la mano por entre los
pliegues, empujado probablemente por ese ins¬tinto que surge en cada uno cuando
se mete en ese tipo de papel. El quiso acabar pronto, empaquetó unos fajos de
cartas, documentos y cuadernos de apuntes para marcharse.
—Son
cartas personales, no tienen ninguna relación con mi trabajo —dijo Wu.
—Vamos
a examinarlas, no se preocupe, si no hay ningún problema, se las devolveremos
—replicó él.
Tuvo
ganas de decirle, pero no lo hizo, que era muy amable de su parte.
—¡Es...
la segunda vez en mi vida que me pasa lo mismo! —dijo Wu, tras un instante de
duda.
—¿Ya
han estado aquí las guardias rojas? —preguntó él.
—Hablo
de la época en que trabajaba en la clandestinidad para el Partido, hace más de
cuarenta años —precisó Wu, entornando los párpados, como si sonriera.
—Supongo
que usted mismo ya ha participado en muchos registros de casas y, sin duda, con
menos miramientos de los que nosotros estamos teniendo en este momento —dijo él
en tono irónico.
—Quienes
hacen esos registros son los guardias rojos de la institución, en el comité del
Partido nunca tomamos estas decisiones —repuso Wu con rotundidad.
—Pero
esa lista de nombres ha salido del departamento polí¬tico, ¿no es cierto? Si
no, ¿cómo habrían sabido a casa de quién tenían que ir y por qué no fueron a su
casa también? —pre¬guntó, mirándolo fijamente a los ojos.
Wu
permaneció en silencio. Era un hombre versado en el trato con la gente, pero
esta vez no supo qué decir y los con¬dujo en silencio a la entrada del patio.
Él estaba seguro de que el anciano lo detestaba y que si un día recuperaba sus
funcio¬nes, no dudaría en hacerle pagar con su vida lo que se había atrevido a
hacer. Tenía que encontrar algún documento que permitiera colocar a Wu en la
categoría de los enemigos. Una vez regresó a la institución, se pasó la noche
examinando las cartas y encontró una que estaba dirigida al primo Wu. En ella
había escrito: «El gobierno del pueblo está siendo muy indul¬gente y me trata
con demasiada benevolencia, pero hoy estoy pasando por un momento difícil,
estoy enfermo, tengo que ali¬mentar a mis padres y a mis hijos, sólo me queda
esperar que mi querido primo interceda por mí ante el gobierno local». Estaba
claro que ese pariente debía de haber tenido problemas políticos o históricos y
recurría a Wu para que lo ayudara. Sin embargo, guardó la carta en un paquete
de documentos oficia¬les sobre los que escribió «examinado» y no continuó con
la investigación. Había algo en su interior que le impedía seguir con aquello.
Durante
todos esos días y esas noches, apenas volvió a casa. Se quedaba a dormir en el
despacho, que servía de cuartel general de la organización rebelde. Celebraban
asambleas y reuniones a todas horas. En el seno de los rebeldes se sucedían las
alianzas y rupturas con las diferentes organizaciones, así como las disputas.
Todos estaban en ascuas, corrían de un lado para otro y se decían partidarios
de la rebelión. Los antiguos guardias rojos también se declararon en rebeldía
contra el comité del Partido y se reorganizaron en una «columna roja rebelde
revolucionaria». Hasta los funcionarios encargados del trabajo político
fundaron «brigadas de combate». Los cambios de chaqueta, las traiciones, los
oportunismos, la revo-lución y la rebelión, todo se mezclaba, cada uno buscaba
su camino en medio del caos. El orden y las redes de poder de antes estaban
patas arriba, se creaban nuevas alianzas, algunos hacían las paces, otros
tramaban numerosos complots, todo ocurría al mismo tiempo en aquel gran
edificio que zumbaba como un avispero.
Durante
las sesiones de lucha que convocaban una u otra facción, Wu Tao era siempre el
blanco ideal. Danian y sus compañeros se distinguían por la crudeza de sus
acciones con¬tra él. Le colgaban una pancarta alrededor del cuello y le ha¬cían
agachar la cabeza, lo obligaban a mantener los brazos ex¬tendidos hacia atrás,
le apretaban las rodillas y lo tiraban al suelo. De la misma manera que ellos
habían maltratado a los monstruos malhechores unos meses antes, colocaban en Wu
todo el peso del prestigio que los rebeldes les habían quitado. El viejo
secretario abandonado por el Partido no sólo se había convertido en un perro
inútil, sino que todo el mundo tenía miedo de acercarse a él.
Un
día que había nevado, vio que, en el patio de detrás del gran edificio, Wu Tao
estaba quitando la nieve con una pala. Al oír que alguien llegaba, el anciano
aumentó el ritmo del tra¬bajo.
—¿Qué
tal está? —le preguntó.
El
viejo Wu se apoyó en la pala, casi sin aliento.
—Bien,
bien. En otros lugares golpean a la gente, al menos vosotros no.
Pensó
que Wu ponía intencionadamente cara de víctima para despertar su compasión. Sin
embargo, la simpatía que sentía por aquel viejo, al que nadie se atrevía a
acercarse, apare¬ció claramente un año más tarde: Wu siempre llevaba una
cha¬queta azul harapienta y remendada, y cada mañana barría el patio con una
escoba de bambú, sin que nadie se fijara en él, con la cabeza gacha, los
hombros bajos, las mejillas y los pár¬pados caídos, en un estado de decrepitud
total. Un día, al verlo de ese modo, sintió lástima por él, pero nunca llegó a
hablarle.
La
lucha a muerte desarrollaba el odio en las personas; la indignación se extendía
por todas partes como si fuera una avalancha. En olas sucesivas, las ráfagas de
viento lo empuja¬ban a enfrentarse a cada uno de los funcionarios del Partido.
Él no sentía ningún odio especial hacia aquellas personas, pero, de todos
modos, se veía obligado a hacer de ellos enemi¬gos. ¿Todos lo eran realmente?
Era imposible asegurarlo.
—¡Eres
demasiado débil! Cuando ellos reprimían al pueblo no tenían la menor compasión,
¿por qué no podemos hacer que suban todos ahora a la tribuna?
El
gran Li le echó esta reprimenda durante una reunión in¬terna de los rebeldes.
—¿Hay
que eliminarlos a todos? —replicó él, dudando—. ¿Hay que considerar enemigos a
todos los que han castigado a alguien? Creo que es mejor darles la oportunidad
de cambiar, tratar caso por caso, para conseguir que se una a nosotros la mayor
parte de ellos. Es la mejor táctica que podemos seguir.
—¡Táctica,
táctica, realmente eres un intelectual!
Li
se había convertido en una persona colérica y violenta, había desprecio en su
voz.
—¡Eso
es, nos unimos a todo el que quiera y permitimos que cualquier persona entre en
nuestro movimiento! ¡La fac¬ción de los rebeldes no es un basurero! ¡Con esa
línea oportu-nista de derechas vas a acabar con la revolución!
Una
antigua miembro del Partido, que acababa de ser admi¬tida como integrante de su
cuartel general, se precipitó sobre él todavía más alterada. Sin duda había
estudiado la historia del Partido... La lucha entre las dos líneas empezaba
también a librarse en el seno de los rebeldes.
—¡El
poder dirigente revolucionario debe estar en manos de una izquierda auténtica y
sólida, no debemos entregarlo a los oportunistas! —prosiguió mientras crecía su
entusiasmo, con el rostro encendido.
—¿Qué
demonios estáis tramando? —Dio un fuerte golpe sobre la mesa. En esa horda
salvaje, él era tan salvaje como ellos, pero una vez más se sentía injustamente
ofendido.
Tan
sólo eran polémicas, justas indignaciones, violentas declaraciones
revolucionarias, deseos impetuosos de poder personal, maniobras, complots,
pactos y compromisos, moti-vaciones inconfesables disimuladas tras un
entusiasmo desbor¬dante, impulsos irreflexivos, emociones malgastadas. No
con¬seguía recordar con exactitud cómo pasó aquellos días y aquellas noches,
actuando involuntariamente, defendiéndose, enfren¬tándose a la facción
conservadora, al mismo tiempo que dispu¬taba sin cesar el control de su propia
facción.
—El
principal problema de la revolución es el poder polí¬tico. ¡Si no nos hacemos
con el poder, nos habremos rebelado para nada! —El gran Li también daba golpes
sobre la mesa, fuera de sí.
—Si
no nos unimos a la mayoría del pueblo y de los funcio¬narios, ¿creéis realmente
que podremos conseguir el poder? —replicó él.
—¡Por
medio de la lucha conseguiremos la unión! —Yu mostró el Libro rojo para
recordarle su inapropiado origen de clase—. ¡No podemos escucharte, los
intelectuales como tú siempre vaciláis en los momentos cruciales!
Todos
ellos consideraban que pertenecían por herencia al proletariado y que el país
rojo debía pertenecerles de forma natural. La revolución o la rebelión debían
conducir a la con-quista del poder. Sin embargo, esa verdad de una sencillez
bíblica le hacía dudar. Pero, de todos modos, tampoco tenía claro qué pretendía
en aquella época, pues entrar en la facción de los rebeldes también había sido
un error.
—¡Camaradas,
el que no tome el poder político en el mo¬mento decisivo de la revolución es
como Chen Duxiu,* un oportunista de la derecha!
La
chica que era miembro del Partido citaba con entusias¬mo la historia del
Partido y hacía un llamamiento a los presen¬tes para intentar apartarlo del
grupo.
—¡Los
que no quieran la revolución que se vayan a la mier¬da lo antes posible!
—gritaron aún con mayor ahínco los más radicales.
—¡Que
sigan adelante los que quieran tomar el mando!
Se
levantó indignado y se marchó de la sala de reunión, llena del humo de la gran
cantidad de cigarrillos que se habían fumado los participantes durante toda la
noche. Fue a un des¬pacho de al lado y durmió sobre tres sillas que colocó una
junto a otra. Estaba enfadado, pero sobre todo estaba muy confuso. Si uno no
sigue el mismo camino que la revolución, ¿se convierte en un rebelde
oportunista? Quizás él era exacta¬mente eso, y por ese motivo se sentía un poco
confuso.
La
triste noche de fin de año acabó de ese modo. Después, entrado ya el año nuevo,
el gran Li y los suyos, acompañados por algunos grupos de combatientes
especialmente impetuo¬sos, se hicieron con el comité del Partido y el
departamento político, que de hecho ya estaban totalmente paralizados. Des¬de
ese momento empezó una lucha sin cuartel.
—¡Acabemos
con el antiguo comité del Partido! ¡Aplastemos el departamento político!
¡Camaradas revolucionarios, mante¬ner o no el nuevo poder rojo es la línea de
demarcación que separa a los revolucionarios de los demás, de eso no hay duda!
El
pequeño Yu se desgañitaba en la radio interna; cada des¬pacho tenía un altavoz
y los eslóganes que incitaban a arreba¬tar el poder se repetían en todas las
plantas del edificio. El gran Li, Tang y algunos obreros y empleados exhibieron
por todo el edificio a un grupo de antiguos funcionarios y secreta¬rios de las
células del Partido más jóvenes; cada uno llevaba en el pecho una pancarta y Wu
Tao iba delante de todos golpean¬do un gong.
¿Qué
era lo que tramaban? ¡Era así como se hacía la revolu¬ción! Esos dirigentes,
que antes encarnaban al Partido, avan¬zaban en fila india, con la cabeza gacha,
totalmente desampa¬rados, mientras que la chica rebelde miembro del Partido
marchaba por delante de ellos, con el puño en alto, gritando con todas sus
fuerzas:
—¡Abajo
los dirigentes que siguen el camino capitalista! ¡Viva el nuevo poder rojo!
¡Viva la victoria de la línea revolu¬cionaria del Presidente Mao!
Tang
imitó la pose del militar que pasa revista a sus tropas, dirigiendo ademanes a
las personas que se encontraban en los pasillos o en las puertas de los
despachos para presenciar la escena. Algunos reían, otros se quedaban
estupefactos.
* * *
—Sabemos
que te opones a que se hagan con el poder —dijo el ex teniente coronel.
—No,
a lo que me opongo es a la forma de tomar el poder —respondió él.
Ese
emisario era un funcionario político que el ejército había trasladado; sólo
desempeñaba el cargo de subdirector de un departamento, pero durante ese
período de conflictos, se moría de ganas de demostrar que podía servir para
algo más. Le dijo riendo:
—Tienes
mucha más influencia que ellos sobre las masas. Si te pones delante, nosotros
te respaldaremos; queremos que consigas un grupo para colaborar con nosotros.
Esta
conversación tenía lugar en el cuarto reservado a los documentos secretos del
departamento político, donde nunca antes había entrado. Allí se conservaban
todos los documen¬tos de los trabajadores de su institución, los archivos
per¬sonales, incluido el suyo, en el que estaba anotado el proble¬ma de su
padre. Cuando Li y su banda se hicieron con el poder, precintaron las cajas
fuertes y los armarios metálicos del cuarto, pero los precintos se podían
arrancar con mucha facilidad. Sin embargo, nadie se atrevió a destruir los
archi¬vos.
El
ex teniente coronel vino a buscarlo cuando estaba cenan¬do en la cantina y le
dijo que quería hablar con él a solas. Lo citó en aquel cuarto probablemente
con toda intención, al menos eso fue lo que se dijo al entrar en el despacho.
Sabía perfectamente quién estaba detrás del ex teniente coronel: algunos días
antes, el vicesecretario del comité del Partido, Chen, le puso la mano en el
hombro en señal de amistad. Antes Chen era el responsable de la gestión del
departamento político de su institución. Ya entonces tenía aspecto de ser una
persona muy discreta y comedida, pero, después de que lo acu¬saran, su rostro
todavía se volvió más hermético. En un pasillo del edificio, se le acercó por
detrás, no había nadie cerca en aquel momento, lo llamó por su nombre y le dijo
«camarada». Chen le posó su mano grande y huesuda sobre el hombro durante unos
segundos, inclinó un poco la cabeza y se marchó, como si hubiera hecho esa
acción de forma involuntaria. Pero de ese modo le había demostrado una
familiaridad inusual, con la que parecía decirle que había olvidado por
completo su par¬ticipación en las sesiones de acusación contra él. Esos
hom¬bres tenían mucha más experiencia política que su banda de rebeldes. Le
tendían la mano, pero él estaba lejos de ser un gato viejo de la política, no
era lo bastante astuto. Pensó que no podía unirse a ellos y repitió:
—No
apruebo esa forma de tomar el poder, pero no me opongo a que se tome y apoyo
totalmente la rebelión contra el comité del Partido.
El
ex teniente coronel, muy seguro de sí mismo, lanzó un profundo suspiro, movió
la cabeza y dijo:
—Nosotros
también somos rebeldes.
Pronunció
esta frase como si hubiera dicho: «Nosotros también bebemos té». Él se rió con
cierto sarcasmo, pero per¬maneció en silencio.
—Ha
sido una conversación privada, es como si no hubiera dicho nada —dijo el ex
teniente coronel, y se levantó.
Él
también se marchó de la habitación reservada a los docu¬mentos secretos. Al
rechazar ese trato, cortó cualquier vínculo con ellos.
Unos
diez días más tarde, después de la fiesta de la primave¬ra, a principios del
mes de febrero, algunos antiguos guardias rojos y funcionarios del equipo
político se reunieron y forma¬ron una banda que volvió a tomar el poder y
destruyó la emi¬sora de radio que tenían los rebeldes en el gran edificio. Las
organizaciones de los dos bandos tuvieron su primer combate, algunos resultaron
ligeramente heridos, pero él no se encon¬traba allí en aquel momento.
24
La
literatura y las formas literarias que llamamos puras, esos juegos de estilo,
de lengua y de escritura y las diversas fórmulas y estructuras lingüísticas que
podrás hacer con autonomía, sin recurrir a tu experiencia, a tu vida, a sus
dificultades, a la cruda realidad y a ese «tú» tan repugnante; ese tipo de
literatura pura, ¿vale realmente la pena que la escribas? Aunque no sea una
forma de escapar o un escudo, supone, por lo menos, una restricción, y es mejor
que encerrarte en una jaula construida por los demás o por ti mismo.
No
escribes con la intención de hacer pura literatura, pero tampoco eres un
combatiente, no utilizas tu pluma como un arma para pedir justicia —de todos
modos, tampoco sabes dónde se encuentra—, es inútil recurrir a alguien para que
la haga. Lo que tienes claro es que no eres la encarnación de la jus¬ticia. Si
escribes es sólo para decir que aquella vida ha existido, más infecta que un
estercolero, más real que un infierno imaginado, más terrorífica que el Juicio
Final, y que corre el riesgo de volver un día u otro, cuando se desvanezca su
recuer¬do. Los hombres que no han perdido la cordura caerán irre¬mediablemente
en la locura, los que no han recibido malos tratos, someterán a otros o los
recibirán ellos, y, como la locu¬ra es innata en el hombre, es posible tener
algún brote en cual¬quier momento. En ese caso, ¿quieres hacer el papel del
viejo maestro? Ha habido miles o millones de maestros y de sacer¬dotes en la
tierra, pero ¿acaso el hombre se ha vuelto mejor con sus enseñanzas?
De
todos modos, ya que es preferible no hacer esfuerzos inútiles, ¿para qué
denunciar aquellos sufrimientos? Ya estás harto, pero has avanzado demasiado
para echarte atrás ahora. Sin la escritura es imposible seguir adelante, se ha
convertido en una manía, y la causa quizá la encuentres en tu propia
nece¬sidad.
Detestas
las artimañas políticas, pero al mismo tiempo es¬tás fabricando otra especie de
mentira, la literatura, ya que en realidad la literatura es realmente una
falacia que disfraza la motivación secreta del autor: la búsqueda de la fama o
del beneficio. Hasta que se satisfacen esa utilidad y esa vanidad, no se puede
dejar de escribir; se siguen naturalmente unos impulsos instintivos todavía más
profundos, como un animal. Pero la diferencia con los demás animales es que
este impulso es irresistible y continuo, no viene provocado por el calor o el
frío, la saciedad, el hambre o el cambio de estación, es incon¬tenible, como
una excreción —cuando debemos excretar, lo hacemos. Sin embargo, en lugar de
tratar con excrementos, tratamos con sentimientos y estética. La tristeza, por
ejemplo, hay que integrarla al mismo tiempo que el placer en el lengua¬je. Al
denunciar a la patria, al Partido, a los dirigentes, al hombre nuevo, el ideal,
del mismo modo que denuncias la revolu¬ción —superstición y mentira modernas—,
tejes con la ayuda de la literatura una cortina de gasa, para que las basuras
sean más presentables. Te escondes detrás de esa cortina, te mez¬clas en
secreto con los espectadores, y así consigues un cierto placer y algo de
satisfacción, ¿no es cierto?
La
mentira reina en todo el mundo y tú también fabricas mentiras literarias. En
cambio, los animales no mienten, so¬breviven en el mundo sin esa capacidad.
Pero el hombre ne¬cesita mentir para embellecer su entorno; esa es la principal
diferencia con los animales. Es más astuto que el animal y recurre a la mentira
para esconder su propia fealdad y encon¬trar una razón para vivir en ella.
Cuando reemplazamos el sufrimiento por la denuncia del mismo, se hace más
soporta¬ble. Antaño las elegías que cantaban los aldeanos durante los funerales
tenían ese papel tranquilizador; ¿cantar misa en grupo en las iglesias no
cumple la misma función?
Pasolini
adaptó al cine una obra de Sade en la que se mos¬traba el horror del poder
político y de la naturaleza humana. Por medio de la pantalla, aunque todos
supieran que no se tra¬taba de ningún documento real sino de una película,
consiguió que el público sintiera que la violencia y el horror, vistos desde
fuera, tienen su lado fascinante. Probablemente en eso resida el misterio del
arte y de la literatura.
La
pretendida sinceridad de los poetas es como la pretendi¬da verdad de los
novelistas: el autor se esconde detrás de ella como un fotógrafo se oculta tras
la cámara, aparenta frialdad e imparcialidad detrás de su objetivo neutro, pero
lo que acaba en el negativo es el amor y la compasión que siente por sí mismo,
o bien la masturbación y el masoquismo. Esa mirada supuestamente neutra encubre
todo tipo de deseos, y lo que refleja está completamente teñido de sabor
estético, aunque se finja mirar el mundo con frialdad e indiferencia. Mejor que
reconozcas que lo que escribes es lo más parecido a lo que ocu¬rrió, aunque el
lenguaje siempre lo aleje de la realidad. Al estructurar tu lenguaje, colocando
en el mismo saco los senti¬mientos y la búsqueda de la estética, ocultando la
cruda reali¬dad tras una cortina de gasa, sólo de ese modo encontrarás algo de
placer al recordar los detalles y te apetecerá seguir escribiendo.
Unes
a tu estado de hombre vivo tus sentimientos, tu expe¬riencia, tus sueños, tus
recuerdos, tus fantasías, tus pensamien¬tos, tus conjeturas, tus
presentimientos, tus intuiciones y cosas por el estilo; y con la ayuda del
lenguaje consigues ritmo y musicalidad. La realidad y la historia, el tiempo y
el espacio, los conceptos y la consciencia se funden en el proceso de la
realización del lenguaje y sólo queda la ilusión que has creado.
Al
contrario de lo que ocurre con la estafa política, que la víctima tiene que
aceptarla, lo quiera o no, la ilusión literaria se acepta por consentimiento
mutuo entre el autor y el lector, pues las obras se pueden leer o no, no hay
ninguna obligación. Sin embargo, no crees que la literatura sea tan pura como
dicen, sólo la has elegido como vehículo para desahogarte.
Además,
tú no creas ninguna polémica, no te colocas en posición de adversario en el
debate para avanzar argumentos o retractarte, no estás limitado por la
obligación de la teoría para censurarte o adaptarte y no tienes que limitar tus
pala¬bras para seguir las reglas de otro; sólo escribes para ti, para vivir
feliz.
No
eres un superhombre, después de Nietzsche ya ha habi¬do demasiados superhombres
y demasiados ciegos en el mun¬do. De hecho, no puedes ser más normal, no puedes
ser más real; en paz con tu conciencia y en perfecta serenidad, sonríes
satisfecho, como un Buda, aunque no lo eres.
Simplemente,
no permites el sacrificio, no quieres ser ni un juguete ni un objeto de
sacrificio para los demás; no pides la compasión del prójimo, y tampoco te
confiesas. Sin embargo, todavía no te dejas llevar por la locura hasta perder
el juicio y matar a los demás; contemplas este mundo con la actitud más serena
que te es posible, como te observas a ti. Así no temes nada, nada te sorprende,
nada te desespera, ni alimentas falsas esperanzas, ya no estás triste. Si has
decidido utilizar tu tristeza para convertirla en placer, ¿puedes hacerlo
durante un tiempo y volver luego al «tú» totalmente sereno, alegre y contento?
El
mundo ya no te parece tan asqueroso como antes, aunque ese asco todavía esté de
moda. Tampoco debes exagerar tu enfrentamiento con el poder, si has sobrevivido
y conseguido la libertad de expresión es porque has recibido algunos favores.
No puedes decir eso de que «nadie me debe nada y yo no debo nada a nadie», ya
que debes a los demás y, aunque los demás también te deban a ti, ¿no has
recibido más favores de los que has hecho? Tienes suerte, está claro, ¿de qué
te puedes quejar?
No
eres un dragón, no eres un insecto, no eres ni uno ni otro. Ese no ser eres tú;
no es una negación, es un hecho, una huella, un desgaste, un resultado, antes
de un agotamiento total, es decir de la muerte. No eres más que un mensajero de
la vida, una expresión o una palabra dicha hacia el no ser.
Has
escrito este libro para ti, un libro sobre la huida, el libro de un hombre
solo. Eres a la vez tu Señor y tu apóstol, no te sacrificas por los demás y no
pides que nadie se sacrifique por ti, no puede ser más justo. Todo el mundo
desea la felicidad, ¿por qué sólo habría de pertenecerte a ti? De hecho, la
felici¬dad es bastante rara en este mundo.
25
Era
mejor evitar las situaciones de peligro en medio de ese inmenso caos en el que
podía ocurrir cualquier cosa. Quería recuperar su mundo perdido, recuperar la
belle¬za que percibió en la hija del propietario de su aparta¬mento, en su
maravilloso rostro fino y su cuerpo esbelto. Cuando abrió la puerta y la
encontró en el umbral, los rayos del sol que caían en el patio trazaron con
gran precisión el contorno de los lóbulos rosa de sus orejas, mientras sus
cabe¬llos, las cejas y la comisura de los labios parecían lanzar deste¬llos. Se
quedó estupefacto ante tal belleza, pero ese sentimien¬to contrastaba con la
mirada llena de odio de la joven. Tenía ganas de aclarar el malentendido que
había, así que se dirigió a casa de sus vecinos. Imaginaba encontrar una
vivienda limpia y ordenada, en la que habitara una familia pulcra, un pequeño
universo aparte del mundo desordenado. Antes de que el viejo Huang fuera a
cobrar el alquiler para la oficina de gestión de los edificios, fue él mismo a
pagarlo a casa de sus vecinos, así tenía un pretexto para ver a la chica.
La
entrada a la vivienda se encontraba arriba de la escalera de piedra que daba a
la calle. La puerta se abrió nada más gol¬pearla. Tras el muro había un pequeño
patio tal como lo había imaginado, con la diferencia de que reinaba un desorden
impresionante. Todo tipo de objetos se amontonaban a lo largo de las paredes
bajo los aleros. Sobre el peldaño que con-ducía a la puerta principal, una
mujer mayor lavaba unas sába¬nas en un barreño de aluminio, mientras que un
niño pequeño lloriqueaba en el interior de la casa.
Se
estaba preguntando si no se había equivocado de puerta, y se disponía a salir
cuando la mujer levantó la cabeza y dijo:
—¿A
quién busca?
—Vengo
a pagar mi alquiler...
-¿Qué?
—Vivo
aquí al lado, vengo a ver al propietario, el propieta¬rio de la casa en que
vivo, hace varios meses que nadie viene a cobrar el alquiler —dijo, soltando
las explicaciones que había preparado.
La
anciana se secó el jabón de las manos y señaló con el dedo una puerta en la que
había un candado. Luego no le prestó más atención y continuó lavando las
sábanas, con la cabeza casi metida dentro del barreño.
Se
preguntó si el propietario y su familia también habrían tenido problemas, si
les habrían confiscado su casa y en ese momento ya sería de otra familia. El
odio que apareció en la mirada de la joven no debía de desaparecer fácilmente.
No tuvo el valor de continuar preguntando.
En
la primavera, un día de marzo, fue a Xihejian, en la mon¬taña oeste, a las
afueras de Beijing. Tomó un tren en la esta¬ción de Xizhimen, de donde salen
sobre todo trenes de mercancías. Era un tren lento que comunicaba con la región
mon¬tañosa del suburbio noroeste. Aprovecharon un tren de mer¬cancías y
añadieron a la cola dos vagones de pasajeros con asientos duros. El entusiasmo
de los estudiantes por el chuan-lian decayó. Sólo unos pocos pasajeros tomaron
lugar en los vagones. Se sentó cerca de la ventana, al final de una hilera de
asientos vacíos. El tren iba de túnel en túnel subiendo la mon¬taña. Desde la
ventana, podía ver la vieja locomotora que escu¬pía humo de carbón y el enorme
vapor que soltaba al arrastrar los vagones con esos coches de viajeros que no
paraban de bambolearse.
En
la pequeña estación sin andén llamada Yanchi, bajó del tren y vio como la vieja
máquina se alejaba hacia las montañas. El jefe de estación, después de agitar
su bandera y tocar el pito, entró en una barraca al borde de la vía y lo dejó
solo en el balasto.
En
la época en que todavía estudiaba, estuvo allí cumplien¬do con su trabajo
«voluntario», haciendo agujeros y plantan¬do árboles en las montañas. Era a
principios de la primavera, el suelo todavía estaba helado y de un golpe de
azada no se podía remover ni dos centímetros de tierra. Al cabo de unos días de
trabajo tenía las manos llenas de ampollas. Una vez, para atrapar un saco que
contenía brotes de árboles que de¬bían plantar y que se estaba llevando el
agua, se metió dentro de la violenta corriente jugándose la vida y con un frío
que le atravesaba los huesos. Lo nombraron como ejemplo, pero, aun así, la Liga
de la Juventud Comunista no lo admitió en sus filas. Con unos compañeros de su
universidad que tampoco consiguieron entrar en la Liga, montó un grupo de
teatro. Después de representar dos obras, los funcionarios de la aso¬ciación de
alumnos de la escuela vinieron a verlos por separa¬do y, aunque no les
prohibieron claramente continuar con esa actividad, tuvieron que disolverse
voluntariamente y olvidarse del teatro.
Representaron
la obra Tío Vania, de Chéjov, de una belleza anticuada, en la que una joven
fina y gentil que vivía en una hacienda de provincias decía con ardor: «Todo
tiene que ser bello, los hombres, las ropas, el corazón también». Era de una
tristeza antigua, como una vieja fotografía quemada.
Avanzó
sobre el balasto a lo largo de la vía férrea. Luego, al ver a lo lejos que se
acercaba un tren, se apartó de la vía y caminó por el borde de un río lleno de
guijarros. El agua del río Yongding estaba normalmente muy limpia, menos cuando
crecía el caudal después de las grandes lluvias, o cuando abrían la compuerta
del embalse de Guanting, que se encontraba en el curso superior.
Ya
había estado en este lugar con Lin. Había tomado fotos. Lin estaba preciosa en
mitad del río, descalza y subiéndose la falda con una mano. Después, en un
bosquecillo de la monta¬ña, comieron algo, se besaron, hicieron el amor. Sentía
no haber tomado fotos del cuerpo desnudo de Lin cuando estaba tumbada sobre la
hierba, con el pecho desnudo y la falda subi¬da; ahora ya no se podía repetir
nada de eso.
¿Qué
más hacer? ¿Había algo más que se pudiera hacer? Era inútil volver a ponerse
delante de su escritorio para despachar los textos de propaganda
estereotipados, nadie lo vigilaba, ni siquiera necesitaba ya rebelarse. Aunque
fuera extraño, su fervor por la justicia también se había enfriado. Él, que
había estado al frente, que había sido el jefe durante unos meses, veía cómo su
entusiasmo decaía cada vez más, y empezaba a estar harto de todo lo que estaba
viviendo. Debía retirarse en el momento apropiado, no tenía por qué seguir con
el papel de héroe.
Se
quitó los zapatos y los calcetines, caminó descalzo por el agua helada del río.
El agua brillaba por los destellos del sol y empezaba a despertar su cerebro
hasta ahora embotado. Pensó que tenía que ir a ver a su padre, hacía tiempo que
no tenía noticias de él. Tenía que aprovechar la ocasión para ir a verlo de
incógnito al sur y aclarar ese asunto de la «tenencia de ar¬mas» que figuraba
en su ficha.
Se
apresuró para llegar a Beijing poco después del medio¬día. Pasó por su casa,
tomó la cartilla de ahorro y fue en bici¬cleta a sacar dinero antes de que
cerraran. Por último, se llegó hasta la estación de Qianmen para comprar un
billete de tren para esa misma noche. Volvió a su casa, dejó la bicicleta en su
habitación, tomó la mochila que normalmente llevaba para ir al trabajo y fue a
esperar el rápido de las once hacia el sur.
Su
padre no lo había visto desde hacía dos años y la visita inesperada lo llenó de
alegría. Fue especialmente al mercado libre a comprar pescado y gambas frescas,
imposibles de en-contrar en el norte, y se puso él mismo a preparar la comi¬da.
Ahora su padre también había aprendido a cocinar. Des¬pués de la muerte de su
esposa, se volvió una persona triste y parca en palabras. Sin embargo, en ese
momento, con la llega¬da de su hijo, estaba muy contento y no paraba de hablar,
inclu¬so hacía comentarios sobre política y le preguntó varias veces qué había
sido de los dirigentes del Partido y del Estado que habían desaparecido de las
páginas de los periódicos. Cuando se sentaron a comer, con la ayuda del alcohol
y para no decep-cionar a su padre, le dio algunas noticias que no aparecían en
los diarios, pero le advirtió que eran luchas en lo más alto del Partido y que
el pueblo no podía enterarse. Ya sé, ya sé, dijo su padre, ocurre lo mismo aquí
en la provincia y en el municipio. Luego su padre dijo que había participado
también en el movi¬miento rebelde y que habían conseguido apartar al jefe de la
oficina de personal, que no dejaba de perseguir a la gente. El se contuvo
durante un buen rato, pero acabó previniéndolo.
—Papá,
¡no olvides la lección del movimiento antidere¬chista!
—¡Entonces
yo no me opuse al Partido! ¡Lo único que hice fue una nota sobre la forma de
trabajar de un individuo!
Su
padre se alteró, le temblaba la mano que sujetaba el vaso de alcohol y derramó
algo de líquido sobre la mesa.
—¡Ya
no eres un muchacho, has tenido problemas en el pasado, no puedes pertenecer a
ese grupo! ¡No tienes derecho a ser uno de ellos!
El
también estaba algo alterado, nunca antes se había dirigi¬do en ese tono a su
padre.
—¿Por
qué no tengo derecho? —preguntó gravemente su padre al tiempo que posaba el
vaso—. ¡Mi pasado es muy claro, nunca he sido miembro de un partido
reaccionario, nunca he tenido ningún problema político! Aquel año fue el
Partido el que animó a los ciudadanos a que se expresaran, y lo único que dije
fue que habría que eliminar el muro que los separaba de la gente, sólo hice un
comentario sobre la forma de trabajar de aquel individuo, nunca critiqué al
Partido; ¡pero ese individuo se vengó! ¡Lo dije en una asamblea, había mucha
gente allí, todo el mundo me oyó, todos pueden testificarlo! ¡Y el artículo de
unos cien caracteres que escribí en la pizarra me lo encargó la célula del
Partido!
—Papá,
eres demasiado ingenuo...
Iba
a continuar explicándole el porqué cuando su padre lo interrumpió.
—¡No
necesito que vengas a decirme lo que tengo que hacer! No porque hayas
estudiado... ¡Tu madre te ha mimado demasiado!
Cuando
su padre se serenó, le preguntó directamente:
—Papá,
¿has ocultado alguna arma?
Como
si hubiera recibido un golpe, su padre se quedó sin palabras, luego bajó
lentamente la cabeza, movió su vaso sin mirarlo, ensimismado, y permaneció en
silencio.
—Alguien
me ha dicho que ese problema está en mi ficha —explicó—. He venido para saber
qué pasa. Papá, ¿es cierto?
—Tu
madre fue demasiado honesta... —farfulló.
Eso
significaba que algo había ocurrido; un frío glacial se le metió en el pecho.
—En
aquella época, durante los dos años que siguieron a la Liberación, circularon
unos formularios que todo el mundo tenía que rellenar para conseguir los
documentos de identi-dad. Había un apartado destinado a las armas que cada uno
guardaba en casa. Fue un error de tu madre, quiso que dijera la verdad, un
amigo me había encargado vender una pistola...
—¿En
qué año? —preguntó mirando fijamente a su padre, que se había convertido en el
sujeto de su investigación.
—Hace
tiempo, en la época de la guerra de Resistencia. Era en tiempos de la
República, tú no habías nacido todavía...
Es
de este modo que los hombres confiesan —pensó—, no pueden dejar de confesar.
Era una realidad irrefutable. Tenía que calmarse, recuperar la serenidad; no
podía seguir interro¬gando de ese modo a su padre. Se dirigió a él en un tono
más suave:
—Papá,
yo no te acuso de nada, pero ¿qué ha sido de esa pistola?
—Se
la di a un colega del banco. Tu madre decía: «¿Qué quieres hacer con eso?». En
aquella época había mucha con¬fusión, pero tu madre decía que si alguna vez yo
tenía que dis¬parar, sería incapaz de dar en el blanco y que podía herir a
alguien accidentalmente. Entonces la vendí a un compañero de trabajo.
Su
padre se echó a reír.
Le
dijo seriamente que no era un asunto para reírse.
—En
el archivo se habla de tenencia de armas.
Eran
las palabras que la propia Lin empleó, no era posible que hubiera un
malentendido.
Su
padre se quedó aturullado durante un instante, luego casi gritó:
—jEs
imposible! ¡De eso hace más de treinta años!
Padre
e hijo se miraron; él creía más a su padre que lo que ponía en el archivo, pero
tuvo que decir:
—Papá,
era imposible que no investigaran.
—Quieres
decir que... —Su padre se sintió abatido.
Lo
que quería decir era que nadie se atrevería hoy en día a reconocer que le
compró esa pistola. Estaba desesperado.
Su
padre se tapó la cara con las manos y, al comprender por fin lo que eso
significaba, se echó a llorar. En la mesa, los pla¬tos de comida, que todavía
estaban casi intactos, se enfriaban.
Le
dijo que él no venía a echarle nada en cara, que, ocurrie¬ra lo que ocurriera,
era su hijo, que siempre lo reconocería como padre. Durante los años
catastróficos que siguieron al Gran Salto adelante, su madre, con su inmensa
ingenuidad, respondió al llamamiento del Partido que incitaba a entrar a las
granjas para reformarse por el trabajo manual, y se ahogó en un río, molida de
cansancio. El padre y el hijo permanecie¬ron unidos de por vida. Sabía que su
padre lo adoraba. Un día en el que volvió de la universidad enfermo, su padre
gastó dos meses de cupones de racionamiento de carne para comprar manteca de
cerdo para que se la llevara. Dijo que en el norte, con tanto frío y el hielo,
era imposible alimentarse correcta-mente, mientras que aquí se podía aún
comprar a alto precio las zanahorias en los pueblos. Vertió la manteca
hirviendo en un recipiente de plástico que inmediatamente se fundió por el
calor, y el líquido acabó por el suelo. Los dos recogieron de rodillas, en
silencio, con una cucharilla, la capa de manteca que se fijó en el piso. Esa
escena no la olvidaría nunca. Al final dijo:
—Papá,
he venido para aclarar esa historia de la pistola, por ti y también por mí.
Entonces
su padre le dio la explicación:
—El
que me compró la pistola era un antiguo colega del banco, de hace más de
treinta años. Después de la Liberación, me escribió sólo una vez, pero desde
entonces no he vuelto a tener noticias suyas. Si todavía vive, seguramente debe
de tra¬bajar en un banco. Tú lo llamabas «tío Fang», ¿te acuerdas? Te quería
mucho, no te traicionaría. No tenía hijos y decía que quería que tú fueras su
hijo adoptivo, pero tu madre no quiso.
En
su casa debe de quedar una vieja fotografía en la que apa¬rece, si se ha
librado del fuego. Se acuerda muy bien de que el tío Fang era calvo, tenía la
cara redonda y era un hombre entrado en carnes, como un Buda vestido al estilo
occidental, con una corbata anudada alrededor del cuello. El pequeño niño a
horcajadas sobre las rodillas de aquel Buda que vivía vestido como los
occidentales, llevaba ropa de punto y sujeta¬ba una pluma Parker de oro. Él se
negó a devolvérsela y se la acabó dando. Fue un tesoro real que tuvo en su
infancia.
Sólo
se quedó un día en casa de su padre, después continuó su viaje hacia el sur y
pasó todavía un día y una noche en el tren. Se informó en el banco popular
local, donde lo recibió un joven que formaba parte de una organización de masas
rebelde. Luego interrogó a un funcionario responsable del personal y supo que
un tal Fang había sido trasladado veinte años antes a una caja de ahorros de un
barrio, probablemente porque no confiaban en él, ya que formaba parte del
antiguo personal.
Alquiló
una bicicleta y encontró la caja de ahorros. Le dije¬ron que el hombre se había
jubilado y le dieron su dirección. En un edificio de dos plantas, muy
rudimentario, al final del patio, preguntó a una señora mayor que estaba
lavando verdu¬ras en una fuente pública y llevaba un delantal anudado a la
cintura.
La
señora se quedó sin saber qué responder durante un ins¬tante, luego le
preguntó:
—¿Para
qué quiere verlo?
—Pasaba
por aquí cumpliendo una misión, quería visitarlo.
La
señora dudó todavía durante un momento; se secó las manos con el delantal antes
de decir que no estaba allí. Pensó que debía de ser su esposa y le explicó con
tono alegre que era el hijo de su viejo amigo Fulano, que había venido a ver a
su tío. La señora soltó varios «Ah» de estupor, acabó conducién¬dolo a una
habitación y le hizo entrar. Luego, con mucha ama¬bilidad, le preparó té, le
rogó que tomara asiento, le dijo que su marido estaba en el huerto y que iba a
buscarlo.
El
viejo llegó y colocó tras la puerta el pico que tenía en la mano. De cada lado
de su rala cabeza quedaban algunos cabe¬llos blancos. Él exclamó «¡Tío Fang!»,
repitió que era el hijo de su amigo Fulano y le transmitió los saludos que su
padre le mandaba.
El
hombre sacudía la cabeza y se le crispaban los párpados. Lo miró durante un
rato antes de decir con voz lenta:
—Ah,
sí, sí que me acuerdo, me acuerdo... Un antiguo cole¬ga, un viejo amigo...
¿Cómo está tu padre?
—Sin
novedad.
—Entonces
está bien, actualmente si no hay ninguna nove¬dad es que todo va bien.
Charlaron
un poco, después le dijo que tenía un pequeño problema que podía causarle
muchos quebraderos de cabeza, que era respecto al hecho de que su padre había
vendido una pistola.
Con
la cabeza gacha, el anciano parecía buscar algo, luego levantó la taza de té
temblando. Le dijo que no tendría que testimoniar, sólo quería que le explicara
qué ocurrió. Al final, le preguntó:
—¿Mi
padre le hizo de intermediario para vender una pis¬tola?
Insistió
en la palabra «vender», sin decir que era el anciano quien la había comprado.
Éste dejó la taza, su mano ya no tem¬blaba, y entonces dijo:
—Sí,
es cierto, así fue. Ocurrió hace muchos años, cuando huíamos durante la guerra
de Resistencia. En aquella época los soldados huían a la desbandada, había que
defenderse de los bandidos. Como habíamos trabajado durante mucho tiem¬po en el
banco, teníamos algún dinero ahorrado, y ya que los billetes perdían su valor,
los cambiamos por objetos de oro y plata que llevábamos a todas partes con
nosotros; la pistola era para defendernos si nos asaltaban.
Él
dijo que eso ya se lo había contado su padre, y que no creía que fuera un
problema grave; lo único que había que saber era dónde se encontraba en ese
momento la pistola para poder resolver el asunto, porque sospechaban que su
padre ocultaba todavía el arma, y esa sospecha estaba incluso en su ficha,
explicó con toda la tranquilidad que pudo.
—Es
increíble —suspiró el anciano—. Alguien de la enti¬dad de trabajo de tu padre
ya ha venido a investigar lo mismo; nunca pensé que esta historia te podría
ocasionar tantos pro-blemas.
—Todavía
no ha pasado nada, pero este tipo de problemas latentes es mejor preverlos para
poder hacerles frente el día que exploten.
Le
mostró una vez más que no venía a investigarlo, lucien¬do una gran sonrisa para
tranquilizarlo.
—La
pistola la compré yo —acabó reconociendo el viejo.
Pero
él añadió:
—Sin
embargo, mi padre dice que usted la vendió siguien¬do su recomendación...
—¿A
quién se la habría vendido entonces? —preguntó el an¬ciano.
—No
me lo ha dicho.
—No,
esa pistola la compré yo —repitió el anciano.
—¿Mi
padre lo sabe?
—Claro
que lo sabe. Más tarde, la tiré al río.
—¿Eso
también lo sabe?
—¿Cómo
iba a saberlo? Fue después de la Liberación. La cosa estaba más tranquila, no
tenía sentido guardar la pistola. Una noche fui a tirarla al río...
El
no tenía nada que añadir.
—Pero
¿por qué tu padre habló de eso? ¡Se mete en donde no le llaman! —dijo el
anciano en tono de reproche.
—Si
hubiera sabido que había tirado la pistola al río... —di¬jo para intentar
justificar a su padre.
—¡Su
problema es que obedece demasiado!
—Quizá
ha tenido miedo de que la pistola todavía exista, o de que le preguntaran dónde
estaba el arma...
Quería
disculparlo, pero su padre había confesado y com¬prometido al anciano, que
realmente tenía motivos para estar molesto.
—¡Quién
lo hubiera dicho, quién lo hubiera dicho! —suspi¬raba sin parar el viejo—.
¡Hace más de treinta años de aquello, tú ni siquiera habías nacido, y ahora ha
pasado de la ficha de tu padre a la tuya!
Esa
pistola devorada por el óxido y de la que no debía de quedar ni la menor pieza
en el fondo de un río también debía de figurar en la ficha del anciano. Eso fue
lo que pensó, pero no se lo dijo. Cambió de asunto:
—Tío
Fang, ¿no tiene usted hijos?
—No
—suspiró sin añadir ni una palabra.
Había
olvidado que quería tomarlo por hijo adoptivo, por suerte, porque si no,
todavía se habría sentido más dolido.
—Si
volvieran a investigarlo... —dijo el anciano.
—No,
no hará falta —interrumpió él. Había abandonado el propósito de su visita. No
había motivos para reprocharles nada, ni al anciano ni a su padre.
—Estoy
ya en el final de mis días, déjame terminar mis pala¬bras —insistió el anciano.
—¿Acaso
el arma no ha desaparecido? —repuso él—. Al menos, debe de estar completamente
oxidada, ¿no?
El
viejo se echó a reír dejando al descubierto sus escasos dientes; luego le cayó
una lágrima.
El
anciano y su mujer lo invitaron a cenar, pero él se negó rotundamente,
afirmando que debía volver a la ciudad a devol¬ver la bicicleta alquilada y
luego tomar el tren nocturno.
El
viejo tío Fang lo acompañó hasta la esquina de la calle, luego se despidió de
él moviendo la mano y le pidió que salu¬dara a su padre de su parte. Le dijo
varias veces:
—¡Cuídate
mucho! ¡Cuídate mucho!
Cuando
se montó en la bicicleta y dejó de distinguir al anciano cada vez que se
volvía, de repente se dio cuenta de que no tenía que haber ido a hacer esa
investigación que no le ser¬viría absolutamente para nada.
26
Por
fin puedes volver al pasado de ese hombre, niño indigno nacido en el seno de
una familia abocada al ocaso, que no vivía en la indigencia total, pero tampoco
en la opulencia, más bien en la frontera entre el prole¬tariado y la burguesía.
Nació en el mundo antiguo y se crió en la nueva sociedad. Durante un tiempo
creyó en la revolución; luego, pasó de la duda a la rebelión. Pero después se
dio cuen¬ta de que la revuelta no conducía a ninguna parte, se cansó y
descubrió que en realidad no era más que un juguete en manos de los políticos.
Entonces se negó a hacer el papel de la¬cayo o de chivo expiatorio. Sin
embargo, como no podía huir, no tuvo otra opción que colocarse una máscara para
mezclarse con los demás y vivir al día.
De
ese modo se convirtió en un individuo de dos caras, obligado a llevar la
máscara desde que salía de casa, como se toma el paraguas los días de lluvia.
Cuando volvía a su vivienda, cerraba la puerta y nadie lo veía, entonces se la
quitaba para respirar un poco. De otro modo, la habría llevado demasiado tiempo
y se le podría haber pegado al rostro y a los nervios faciales. En ese caso, si
hubiera querido quitársela, no habría podido. Por cierto, este tipo de
enfermedad todavía es muy frecuente hoy en día.
Su
verdadero rostro sólo aparecía más tarde, una vez que se arrancaba la máscara,
pero no era fácil, ya que su rostro y sus nervios faciales estaban cada vez más
rígidos. La menor sonri¬sa, la menor mueca le exigían un gran esfuerzo.
Probablemente
era rebelde por naturaleza, pero no tenía ningún objetivo preciso, ninguna
finalidad, ningún principio definido, sólo lo empujaba un instinto de
supervivencia. Más tarde, cuando por fin comprendió que esa revuelta también
estaba dirigida por la batuta de un director de orquesta, ya era demasiado
tarde.
A
partir de aquel momento, ya no tuvo ningún ideal ni esperó a que nadie pensara
por él, ya no se mostró agradecido a nadie, por miedo a que lo engañaran de
nuevo. No se hizo más ilu¬siones, tampoco recurrió a las palabras hábiles para
engañar a los demás o a sí mismo; no espera nada de los hombres ni de las
cosas.
Ya
no quiere tener camaradas, no necesita para nada ser cómplice de nadie para
poder alcanzar cualquier objetivo de¬terminado. También le parece inútil
intentar acercarse al po-der; de hecho, es demasiado duro, es una lucha
interminable demasiado desgastadora para la mente y que exige tremendos
esfuerzos. Si consigue permanecer lejos de esa especie de gran familia y de los
grupos que se agregan alrededor de ella, habrá tenido mucha suerte.
No
quiere destruir el viejo mundo, pero tampoco es reac¬cionario: los que decidan
hacer la revolución que la hagan, pero que no la hagan hasta el punto de que no
le dejen sobre¬vivir. En fin, no puede ser un luchador, él se mantiene más bien
en un pequeño espacio entre la revolución y la reacción, observando las cosas
de lejos.
En
realidad no tenía enemigos, fue el Partido quien quiso convertirlo en un
enemigo. No tenía elección, porque el Par¬tido no se lo permitía. Insistieron
en que se sometiera a una norma, él se negó, y así se convirtió en un enemigo
del Par¬tido. Y el Partido condujo al pueblo a tomarlo como objetivo para que
brillara el ideal, para galvanizar el ánimo, dar valor a las masas y que
naciera el entusiasmo. Lo convirtieron en el enemigo público del pueblo. Sin
embargo, él no tiene nin¬gún problema con el pueblo y se niega a disparar sobre
los demás para sobrevivir, lo único que quiere es vivir su propia vida.
Quizá
sea una especie de empresario independiente, y le gustaría seguir así. Hoy, por
fin, no tiene ni colega, ni patrón, ni superior o inferior jerárquico, se
dirige y se emplea a sí mismo, todo lo que hace, lo hace por propia voluntad.
Tampoco
detesta el mundo, continúa alimentándose como cualquiera, y adora especialmente
la cocina de su país, un gusto que se ha formado desde su infancia, pues su
madre era una cocinera excepcional. Por supuesto también le gusta la comida
occidental, la gran cocina francesa, o la pasta italiana, sobre la que se dice
que Marco Polo la trajo del gran Imperio Tang, aunque el indispensable queso
rallado que la acompaña no existiera en China. También le encanta el pescado
crudo a la mostaza de los japoneses, que pica la nariz, y el caviar ruso, muy
negro; todo eso es delicioso. Le gusta mucho también la carne asada y los
encurtidos picantes de los coreanos, y, cuan¬do se acompañan de las finas
hojuelas indias, no hay manjar más exquisito. Lo único que no puede comer es el
soso Kentucky fried chicken; tiene gustos bastante difíciles, y puede que sea porque durante su infancia rozó la buena
vida.
También
le gusta el sexo. Cuando era pequeño vio, escondi¬do, el magnífico cuerpo de su
joven madre mientras ésta se bañaba. Desde entonces le vuelven loco las mujeres
bellas. Y, cuando no tiene ninguna, toma su pluma y escribe relatos eró¬ticos.
En eso no es para nada un hombre honesto, desea real¬mente ser como Donjuán y
Casanova, pero no tiene esa suer¬te y se contenta con describir sus fantasías
en los libros.
Esto
es lo que escribes sobre él, es lo que debería figurar en su ficha personal que
quizá todavía esté en China, pero que él nunca vio.
27
El
papel pintado del falso techo estaba arrancado y las ratas que corrían por el
tejado durante la noche en todos los sentidos hacían mayores las grietas cuando
se peleaban. Las mantas de algodón estaban llenas de polvo negro. Era la
primera vez que se encontraba tan desocu¬pado. No tenía nada que hacer, no
tenía que levantarse a una hora fija para ir al trabajo ni debía hacer nada
para la rebelión. No leía ni escribía; los libros que habría podido leer
todavía permanecían en sus cofres y en sus cartones. Debía conservar toda su
lucidez para no volver a soñar despierto. Pero en la vivienda de al lado, el
obrero jubilado se levantaba muy tem¬prano y ponía la radio a todo volumen.
Escuchaba la ópera revolucionaria La linterna roja, eso le ponía muy nervioso.
Incluso para masturbarse debía subir la manta hasta la cabeza y cerrar los ojos
para pensar con todas sus fuerzas en el cuerpo desnudo de Lin, pero no
conseguía parar aquellos cantos que expresaban un entusiasmo severo pero justo,
y eso lo deprimía todavía más.
Quería
pedir prestada una escalera para volver a empapelar el falso techo, pero estaba
tan agrietado que corría el riesgo de caerse del todo. El polvo acumulado
encima podía esparcirse por toda la habitación y entonces sería peor el remedio
que la enfermedad. Además, empapelar el techo es todo un arte. Co¬locó en un
rincón de la habitación las cosas del viejo Tan, puso su colchón sobre la cama
de él y se deshizo de su propia cama. Estaba seguro de que Tan ya no volvería.
Se
sentía totalmente libre, pero no sabía adonde ir. Lo único que podía hacer era
salir a la calle a comprar los peque¬ños periódicos que vendían las
organizaciones de masas, así como toda clase de materiales de denuncia. Luego,
volver a su casa a preparar la comida y leerlos mientras comía. Por los
discursos de los dirigentes que recibían a los diferentes gru¬pos de masas, él
distinguía las discordancias o las alusiones. Todos mostraban la misma
exaltación, pero subían y bajaban continuamente, como un tiovivo de caballos de
madera. El del día anterior todavía explicaba la última directiva de Mao. No
sabía si hoy o mañana la máquina de matar caería sobre él y lo transformaría en
un criminal antipartido. Su entusiasmo por la rebelión se enfrió por completo,
no paraba de dudar de todo lo que estaba ocurriendo, pero no se atrevía a
recono¬cerlo.
Tenía
que aparecer todavía de vez en cuando por el edificio de su institución y pasar
un momento por el cuartel general de los rebeldes. Un gran número de
organizaciones rebeldes se habían escindido y se reunían en un gran «cuartel
general». Las personas entraban y salían, mientras él fumaba un cigarri¬llo,
charlaba un poco con ellos, escuchaba las noticias, sólo para que lo vieran.
Luego se marchaba sin llamar la atención.
Ya
no le interesaban los combates incesantes, los reagrupamientos, las nuevas
luchas que tenían lugar en el edificio.
El
lugar más animado, donde uno se enteraba de más cosas, era la avenida Chang'an.
Cada vez que iba al edificio de su ins¬titución, pasaba por allí. Había muchas
tiendas de campaña montadas a lo largo de los altos muros rojizos de
Zhongnan-hai. Sobre una inmensa banderola roja se leía «Frente unido de los
revolucionarios proletarios de la capital para desalojar, combatir y criticar a
Liu Shaoqi»,* se desplegaban las bande¬ras rojas de los rebeldes de cada
universidad, cientos de altavo¬ces difundían día y noche cantos marciales que
denunciaban al jefe del Estado en nombre del dirigente supremo, el sol rojo. Ni
siquiera esta escena conseguía emocionarle ya.
—¡Los
últimos documentos de la denuncia de Liu Shaoqi por su propia hija! ¡Léanlos,
léanlos! ¡Se compra un calzador de oro con el dinero de la revolución! ¡La
denuncia de la ex mujer de Liu Shaoqi!
De
entre la gente que rodeaba al hombre que vendía esos pequeños periódicos,
reconoció a Cabeza Gorda, su compañe¬ro de escuela. Fue a tocarle en el hombro.
Éste se sobresaltó y sonrió cuando lo reconoció. Cabeza Gorda llevaba en la
mano una bolsa de cuero sintético llena de diarios y documentos que acababa de
comprar.
—¡Ven,
vamos a mi casa!
Sintió
una bocanada de nostalgia, ya que este amigo repre¬sentaba el último lazo que
lo ligaba con su vida perdida.
—¡Voy
a comprar una botella para celebrarlo! —respondió Cabeza Gorda.
Se
subieron a las bicicletas y fueron hasta el mercado de Dongdan a comprar
algunos platos preparados y algo de al¬cohol antes de ir a casa. El sol de la
tarde traspasaba las cortinas, se estaba bien en la habitación, y después de
unos tragos las mejillas se les sonrosaron y entraron en calor. Cabeza Gorda le
explicó que cuando estalló la rebelión lo apartaron. Lo denunciaron por
calumnia, pues afirmó que la filosofía de Mao se resumía en total a dos
pequeños opúsculos. Esta frase se le escapó una noche que charlaba en el
dormitorio con unos compañeros. Sólo dijo eso, pero ahora la gente tenía
objetivos más importantes, y ya no se ocupaban de él por unas palabras
reaccionarias insignificantes. Dijo también que no había pega¬do ningún
dazibao, que el movimiento no tenía nada que ver con él, pero había perdido la
posibilidad de continuar con sus estudios de matemáticas. Entonces lo único que
hacía era coleccionar pequeños diarios y leer a escondidas algunos li-bros.
—¿Cuáles?
—preguntó él.
—El
Zizhitongjian* Lo he traído de casa.
Cabeza
Gorda estaba risueño, rojo por el alcohol.
Él
nunca había sentido un interés especial por esas artes de gobernar de los
emperadores y no comprendía el sentido de la hilaridad de Cabeza Gorda.
—¿No
has leído la Biografía de Zhn Yuanzhang, de Wu Han? —le preguntó Cabeza Gorda.
Quería tantearlo.
La
Revolución Cultural empezó a partir de la crítica de Wu Han. El teniente de
alcalde de Beijing, especialista en historia de los Ming, escribió un libro en
el que describía como el primer emperador de la dinastía, Zhu Yuanzhang,
liquidó a todos los hombres de mérito que le habían ayudado a conquistar el
poder. Se suicidó nada más empezar el movimiento, abriendo la vía a los
innumerables suicidios que vendrían más tarde. Al comprender por qué Cabeza
Gorda hablaba de ese libro, sus preguntas internas encontraron la confirmación.
Dio un golpe sobre la mesa y exclamó:
—¡Qué
astuto eres!
Tras
sus gafas, Cabeza Gorda le lanzó una mirada brillante. Con su pequeña sonrisa,
ya no era la rata de biblioteca de antes.
—Sí,
lo he hojeado, antes pensaba que sólo era un libro de historia, una crónica
antigua, no creía... ¿Es como si se hubie¬ra dado una gran vuelta? —preguntó
para intentar averiguar algo más.
—Como
la que describe el bumerang de los aborígenes... —rió sarcásticamente Cabeza
Gorda.
—Al
fin y al cabo, también es dialéctica, ¿no?
—¿Dialéctica
ascendente o descendente?...
Intercambiaban
de ese modo alusiones y sobreentendidos, ya que el discurso directo era
imposible, debido a los métodos de dominación del emperador cargados de
ideología, o de manipulaciones políticas adornadas de la misma. De todos modos,
la historia está por encima de la ideología; ¿ocurre lo mismo con la realidad?
La
sonrisa se borró del rostro de Cabeza Gorda. La radio de la habitación de al
lado emitía esta vez otra ópera revolu¬cionaria modelo creada bajo la directiva
de la esposa de Mao, El destacamento femenino rojo: «¡Adelante, adelante, la
respon¬sabilidad revolucionaria es grande, el rencor de las mujeres es
profundo!».
El
ideal grandioso de la camarada Jiang Qing, que nunca obtuvo la simpatía de los
veteranos del Partido debido a su deseo de participar en los asuntos políticos,
estaba teniendo lugar en aquel momento.
—¿Cómo
es posible que tu vivienda esté tan mal insonorizada? —preguntó Cabeza Gorda.
—Es
mejor cuando la radio de al lado está encendida.
—¿No
tienes radio en tu casa?
—Confiscaron
la del viejo Tan, que vive conmigo, y conti¬núa aislado en nuestra institución.
Permanecieron
durante un tiempo en silencio, escuchando las palabras de la ópera que salía de
la vivienda de al lado.
—¿Tienes
algún juego de ajedrez? ¡Juguemos una partida! —propuso Cabeza Gorda.
Tan
tenía un juego de ajedrez chino de hueso. Lo sacó de una caja de cartón que
tomó del montón de cosas que ha¬bía colocado en el rincón de la habitación.
Luego apartó los platos y el alcohol que había dejado en la mesa y colocó el
juego.
—¿Cómo
se te ocurrió pensar en ese libro? —preguntó, volviendo a su conversación
mientras avanzaba un peón.
—Cuando
los periódicos empezaron a criticar a Wu Han, mi padre me hizo volver a casa y
me dijo que estaba pidiendo la jubilación...
Cabeza
Gorda movió una pieza y bajó el tono, hablando intencionalmente con ambigüedad.
Su padre era profesor de historia, también tenía un título de personalidad
demócrata.
—¿Has
visto el libro de Wu Han? ¿Todavía se puede encon¬trar? —Avanzó otra pieza.
—Lo
teníamos en casa y mi padre me lo hizo leer, pero des¬pués lo quemó, ¿quién se
atreve hoy en día a esconder ese tipo de libro? Sólo me permitió llevarme el
Zizhitong/ian de encua¬dernación tradicional. Es una edición de la época de los
Ming, lo único que mi padre me ha dejado en herencia. Este libro lo recomendó
el viejo Mao a sus altos funcionarios, si no, no me habría atrevido a
guardarlo.
Cabeza
Gorda pronunció el nombre de Mao con un tono de voz casi inaudible, a toda
velocidad, luego continuó el juego.
—¡Tu
padre es realmente perspicaz! —exclamó él, sin saber si expresaba admiración o
pena.
Su
padre no fue tan inteligente, ¡era tan ingenuo!
—Era
demasiado tarde, le negaron la jubilación, lo critica¬ron argumentando unos
problemas de su pasado —explicó Cabeza Gorda quitándose las gafas, descubriendo
unos ojos sin brillo y de miope. Aproximó la cara muy cerca del tablero y dijo:
—¡Qué
mala jugada has hecho!
Él,
de un movimiento, barrió las piezas y exclamó:
—¡Imposible
divertirse, nos están dando por culo a todos!
Cabeza
Gorda se quedó de piedra al escuchar estas palabras groseras, luego se echó a
reír. Y los dos rieron hasta que les saltaron las lágrimas.
¡Tened
cuidado! Si alguien hubiera denunciado vuestra con¬versación, habría bastado
para que estuvierais en peligro de muerte. El miedo se esconde en el corazón de
todos, pero no se puede nombrar, no se puede poner al desnudo.
Cuando
cayó la noche, salió al patio a vaciar el cubo de la basura, lleno de restos de
carbón y de la cena. Comprobó que las puertas de sus vecinos estaban cerradas y
Cabeza Gorda aprovechó para montarse en su bicicleta. Vivía en un dormito¬rio
colectivo, todavía estaba siendo objeto de una investiga¬ción y, a pesar de la
advertencia que le había hecho su viejo padre, ya era demasiado tarde. Cuando
el ejército llegó poco después para proceder a la depuración de las filas de
clase, la famosa frase que soltó mientras charlaba en su dormitorio fue
considerada como un crimen de alta traición, y lo enviaron a una granja de
reeducación por el trabajo, en la que estuvo cui¬dando búfalos durante ocho
años.
Después
de esta conversación, el miedo hizo que se evita¬ran. No se atrevieron a tener
el menor contacto entre ellos y tardaron catorce años en volverse a ver. El
padre de Cabeza Gorda ya había muerto. Uno de sus tíos, que vivía en Estados
Unidos, le ayudó a entrar en una universidad para perfeccio¬narse. Una vez
obtuvo su pasaporte y su visado, Cabeza Gorda vino a despedirse de él. Evocaron
aquel reencuentro, el alco¬hol que se les subió a la cabeza, cómo encontraron
las razones secretas que empujaron al viejo Mao a llevar a cabo la Revolu¬ción
Cultural.
—Si
esta conversación entre nosotros dos hubiera trascen¬dido —dijo Cabeza Gorda—,
no me habrían enviado sólo a pastar búfalos, seguramente ya no tendría la
cabeza sobre los hombros.
Luego
le dijo que si encontraba un trabajo de profesor en los Estados Unidos,
seguramente no volvería.
Aquella
noche, catorce años antes, cuando Cabeza Gorda se fue, abrió de par en par la
puerta de su habitación para airear¬la. Luego la cerró, calmó su excitación y
su temor tumbado sobre la cama, mirando fijamente el agujero del techo. Era
como si se hubiera sentado sobre un hormiguero; la pesada os¬curidad parecía
animada por un hormigueo constante. Cuan¬do pensaba que el falso techo podía
caerle encima en cualquier momento, junto con todos sus insectos, se le ponía
la carne de gallina.
28
Volvió
el invierno. Ya había cerrado la tapa de la estufa de carbón. Estaba tumbado
sobre la cama; sólo tenía en¬cendida la luz de la mesita de noche. La pantalla
me¬tálica, colocada sobre la bombilla, dirigía los rayos hacia abajo e
iluminaba la manta a cuadros. Con el cuerpo en la os¬curidad, observaba el
redondel de luz. Parecía un inmen¬so tablero con los bordes difuminados; la
victoria o la derrota no dependía de las figuras, sino del que las movía en la
som¬bra, el jugador. Una figura de ajedrez a la que le gustaría tener voluntad
propia y no desea que la coman de forma estúpida debe de estar completamente
loca. Tú no mereces ser un peón insignificante, eres una simple hormiga que
puede ser aplasta¬da por los pasos de los viandantes. Sin embargo, no puedes
abandonar el hormiguero, vives el presente entre las hormi¬gas. «Miseria de la
filosofía» o filosofía de la miseria, de Marx a estos sabios revolucionarios,
¿quién habría podido imaginar la catástrofe y la miseria espiritual que
engendraría esta revo¬lución?
Oyó
unos golpes en la ventana; al principio pensó que era el viento, la ventana
estaba cerrada herméticamente con papel encolado y había echado las cortinas.
Dos ligeros golpes sona¬ron de nuevo.
—¿Quién
es? —preguntó, sentándose sobre la cama; pero nada se movió. Entonces salió de
debajo de las mantas y fue hasta la ventana descalzo.
—Soy
yo —dijo dulcemente una voz femenina.
No
conseguía adivinar quién era. Corrió el pestillo de la puerta y la entreabrió
un poco. Xiaoxiao la empujó y entró, acompañada de una corriente de aire
helado. Se quedó estupe-facto al ver a aquella estudiante llegar así a
medianoche. Como estaba en calzoncillos, corrió a refugiarse bajo las mantas y
dejó que la joven cerrara la puerta. Pero ésta se abrió de nuevo empujada por
el fuerte viento. Xiaoxiao tuvo que apoyarse contra ella para volverla a
cerrar.
—Echa
el pestillo —dijo sin reflexionar. La joven dudó un instante; luego lo echó
delicadamente. Él tuvo una corazona¬da. La muchacha se quitó la bufanda, que le
envolvía la cabeza, y dejó aparecer su dulce rostro níveo. Con la cabeza
mirando al suelo, parecía jadear.
—¿Qué
te pasa, Xiaoxiao? —preguntó, sentándose en la cama.
—Nada
—contestó, levantando la cabeza; todavía estaba de pie al lado de la puerta.
—Debes
de estar helada. Abre la tapa de la estufa.
La
joven se quitó los guantes de lana, lanzó un suspiro, luego tomó el gancho que
estaba cerca de la estufa y abrió la puerta y la tapa con total naturalidad,
dejando al descubierto el carbón incandescente. Estaba claro que a esa débil
muchacha no la debían de mimar demasiado en casa y que estaba acostumbrada a
realizar ese tipo de tareas.
Xiaoxiao
había venido a participar en el movimiento de su institución con un grupo de
estudiantes de secundaria que se dividió rápidamente en dos facciones; ella y
otras amigas se decantaban por su tendencia, pero sus compañeras se mostra¬ron
entusiasmadas sólo durante unos días y después desapare¬cieron como por arte de
magia. Sólo Xiaoxiao iba con mucha frecuencia al cuartel general. No entraba en
las polémicas con el mismo entusiasmo que las demás chicas, se mantenía
siem¬pre tranquila, al margen del grupo, recorriendo los diarios o ayudando a
copiar los dazibaos. Manejaba bastante bien el pin¬cel y era paciente. Una
tarde había que redactar sobre la mar¬cha unos dazibaos para contrarrestar a
los que acababan de hacer los adversarios, y cuando terminaron de pegarlos, ya
eran más de las nueve de la noche. Xiaoxiao dijo que vivía cerca de la torre
del Tambor. Como le iba de camino, él le pro¬puso llevarla sobre el
portaequipajes de su bicicleta. Primero pasaron por su casa y la invitó a comer
algo antes de continuar. Xiaoxiao accedió de buena gana y ella misma se puso a
cocer unos tallarines. Después de cenar la acompañó hasta la entra¬da de una
callejuela. Xiaoxiao le dijo que la dejara allí y, tras saltar del vehículo,
desapareció en la oscuridad.
—¿Has
comido algo? —le preguntó él.
Asintió
con la cabeza y se frotó las manos. Su cara ilumina¬da por la estufa tomó algo
de color. Hacía tiempo que no la había visto y esperaba una explicación por la
inesperada visita. Ella se quedó sentada en silencio al lado de la estufa,
calentán¬dose el rostro con las manos, lo que la hacía todavía más
en¬cantadora.
—¿Qué
ha sido de ti durante todos estos días? —acabó pre¬guntando desde la cama.
—Nada.
—La joven continuaba mirando la estufa, con las manos apoyadas en las mejillas.
El
esperaba que ella continuara, pero la muchacha se que¬daba callada.
—¿Qué
estáis haciendo en vuestra escuela últimamente? —preguntó.
—Todos
los cristales de la escuela están rotos, hace un frío insoportable, nadie va
por allí, nos hemos dispersado todos sin saber muy bien qué hacer.
—Bueno,
está muy bien, ¿no? Puedes quedarte en tu casa sin tener que ir a clase.
Ella
permaneció en silencio. Él fue a incorporarse para tomar el pantalón que estaba
sobre la estantería al pie de la cama.
—Quédate
tumbado. No hace falta que te levantes. Sólo he venido a charlar un poco.
Xiaoxiao
se había vuelto y lo miraba fijamente.
—Entonces
hazte un poco de té —propuso.
La
muchacha continuó inmóvil. El creyó saber por qué ha¬bía venido al ver en su
mirada un brillo especial.
—Tengo
demasiado calor, ¿me quito el abrigo? —preguntó como si se hiciera la pregunta
a sí misma.
—Quítatelo,
si tienes demasiado calor —dijo él.
Ella
se levantó y se quitó el abrigo acolchado; debajo lleva¬ba un jersey de lana
roja ajustado que le apretaba el busto. Al descubrir sus senos, se sintió un
poco incómodo.
—¡Me
voy a levantar!
—¡No
vale la pena, de verdad! —exclamó ella.
—Es
tarde, y si los vecinos te han visto entrar... —dijo con escrúpulos.
—El
patio estaba totalmente oscuro, en ninguna ventana había luz, excepto en la
tuya; nadie me ha visto entrar.
De
pronto, la voz de Xiaoxiao era susurrante. En un instante, aquella chica que
apenas conocía le hablaba en un tono de intimidad sorprendente.
Él
bajó la cabeza en señal de asentimiento. Xiaoxiao se acercó a la cama, hasta
que las piernas rozaron el borde. Su corazón empezó a latir violentamente, él
escuchaba los latidos. Xiao¬xiao se levantó el jersey, su camiseta roja cereza
desteñida, y dejó al descubierto su fina cintura y la base de sus senos.
Ins¬tintivamente, él levantó la mano; ella la sujetó; él no compren¬día si
quería atraerla o impedir que la acariciara, pero cuando levantó la cabeza no
consiguió captar su mirada. Su fina piel lucía bajo la luz de la lámpara, y
bajo un seno, apoyado contra la mano, nacía una delicada cicatriz roja. Los
pequeños dedos ágiles de la joven mantenían su mano apretada. No tuvo tiem¬po
de preguntarle de qué era la cicatriz mientras paseaba la mano bajo la camiseta
de la muchacha. Agarró aquel seno, mayor de lo que parecía, más bien tierno.
Xiaoxiao gimió dul¬cemente. Antes de que tuviera tiempo de distinguir lo que
de¬cía, mientras la abrazaba, ella se dejó caer sobre la cama.
No
recordaba cómo se deslizó bajo las mantas, ni cómo se desabrochó los botones
apretados de su pantalón, no tenía apenas vello en el pubis, ni siquiera sabía
si todavía era virgen. Sólo recordaba que ella no se anduvo con remilgos, que
no opuso resistencia alguna, que no se besaron, tampoco se quitó del todo el
pantalón de punto, se lo bajó sólo hasta las rodillas y dejó que la acariciara.
Después él le quitó el jersey y la cami¬seta y, bajo las mantas, se corrió
sobre su tierno pubis. Recor¬daba que ella estaba acurrucada contra él, con los
ojos cerra¬dos, y la luz de la lámpara de la mesilla le iluminaba los labios
rojos ligeramente entreabiertos, haciendo que naciera en él una bocanada de
ternura por esa chica en quien no se había fijado demasiado hasta entonces. No
había previsto lo que ocurriría, no se había preparado y tenía miedo de dejarla
embarazada. No se atrevía a ir más lejos, no se atrevía a correr¬se dentro de
ella. No comprendía si al venir a verlo sólo estaba buscando eso, no comprendía
lo que quería que pensara al enseñarle la cicatriz. No sabía lo que debería
hacer al día siguiente, ignoraba cómo sería su día siguiente y el de ella, si
es que ese día siguiente tenía que existir.
Permaneció
tumbado tranquilamente, escuchando el tictac del despertador de encima de la
mesita, la calma reinaba alre¬dedor de ellos. Tuvo ganas de preguntarle sobre
su cicatriz, sin duda había venido a verlo por eso, y una vez allí, se atrevió
a ir más lejos. Inclinado sobre el costado, la observó durante un buen rato,
pero tuvo miedo de romper aquella quietud en la que ninguno de los dos se
atrevía ni a respirar. El tictac del reloj le recordó la realidad, el tiempo
pasaba. En el momento en que se incorporaba para mirar la hora, Xiaoxiao abrió
los ojos, se subió los pantalones bajo las sábanas y se los abotonó antes de
sentarse.
—¿Te
vas? —preguntó él.
Ella
asintió con la cabeza y salió de debajo de las mantas. No se había quitado los
calcetines violeta. Fue a ponerse los zapatos. El se quedó tumbado, mirando en
silencio cómo se ponía el abrigo acolchado y luego cómo se envolvía el rostro
en su bufanda. La vio tomar de la mesa los guantes de lana y acabó
preguntándole:
—¿Qué
te pasa?
Su
propia voz le pareció ronca.
—Nada
—dijo ella con la cabeza gacha. Luego se puso len¬tamente los guantes.
—Si
te ocurre algo, ¡dímelo!
Creía
necesario pronunciar estas palabras.
—Nada
—repitió ella sin levantar la cabeza. Luego dio me¬dia vuelta y descorrió el
pestillo de la puerta.
Se
levantó rápidamente, descalzo sobre el suelo helado, con la intención de
retenerla; pero, de pronto, se dio cuenta de lo que se estaba arriesgando a
hacer.
—No
salgas, vas a coger frío —dijo Xiaoxiao.
—¿Volverás?
—preguntó él.
Ella
afirmó con la cabeza, luego abrió suavemente la puerta y salió.
No
volvió y nunca más apareció por la oficina del cuartel general de los rebeldes.
Él no tenía la dirección de su familia. Era la única del grupo de estudiantes
que se quedó tanto tiem¬po en su institución, pero nunca le preguntó de dónde
venía y tan sólo sabía su nombre, que además puede que fuera un apodo entre
compañeros. De lo que estaba seguro era de que bajo el seno de aquella joven
llamada Xiaoxiao, el seno iz¬quierdo, no, el seno derecho, que tenía en su mano
izquierda, bajo el seno derecho de aquella chica, había una cicatriz que
parecía reciente, de algo más de dos centímetros de largo. Re¬cordaba que la
joven se mostraba sumisa, que no lo frenó en ningún momento, que había querido
mostrarle la cicatriz, ¿quería provocar su compasión o seducirlo? ¿Tenía
dieciséis o diecisiete años? No tenía vello en el pubis, era lo
suficiente¬mente atractiva como para que él la deseara, y, quizá porque era
demasiado joven y frágil, tenía miedo de asumir sus res¬ponsabilidades. No
sabía si los padres de Xiaoxiao habían sufrido algún percance, y no tenía medio
alguno de conocer el origen de la cicatriz. ¿Habría venido a verlo sólo por
aquella marca? ¿Para pedirle protección y apoyo? ¿O quizás estaba simplemente
desorientada o atemorizada? Quizá se acostó con él para sentirse mejor; pero él
no se atrevió a aceptarla, a retenerla.
Varias
veces, al salir de su casa o regresar en bicicleta, pasó por delante de la
callejuela en que Xiaoxiao saltó aquella noche, pero nunca más la vio. Entonces
se arrepintió de no haberla retenido, de no haberle dicho palabras cariñosas
para que se sintiera mejor, de haber sido tan cauteloso, tan pruden¬te, tan
increíblemente estúpido.
29
—¿Por
qué te detuvieron?
—Un
traidor me vendió.
—¿Y
tú traicionaste a alguien? ¡Confiesa!
—Hace
tiempo que el Partido examinó mi pasado. Está todo en orden.
—¿Quieres
que te leamos un documento? — El viejo empezaba a inquietarse, dos veces
seguidas un tic nervioso le estiró la piel bajo las bolsas de los ojos.
—¿Recuerdas
haber dicho: «En el momento crucial de la salvación nacional contra la rebelión
comunista, no he estado suficientemente alerta, me he dejado llevar por las
malas influencias y he tomado el camino equivocado»?
—¡No
recuerdo haber dicho eso! —negaba el anciano enér¬gicamente; las gotas de sudor
le caían sobre la nariz.
—Te
lo advierto, lo que te acabamos de leer tan sólo es el principio; ¿quieres que
te lea el resto?
—De
verdad que ya no me acuerdo, de eso hace más de veinte años. —Su tono de voz se
había debilitado, apenas con¬seguía tragar saliva, la nuez le subía y bajaba a
lo largo del cuello.
Agitó
unos documentos que tenía sobre la mesa. El papel que estaba asumiendo era
desagradable, pero prefería ser él quien hiciera las preguntas y no estar en el
lugar del interro¬gado.
—Esto
es una copia, pero en el documento original figuran tu firma y la huella de tu
pulgar, utilizabas tu nombre de antes, ya que te lo cambiaste poco después.
Esas cosas no se deben de olvidar fácilmente, ¿no?
El
viejo no dijo nada.
—Todavía
puedo leerte algunas frases para refrescarte la memoria. —Continuó leyendo—:
«Suplico al gobierno que sea clemente conmigo. Garantizo por escrito que haré
un informe inmediatamente si encuentro a gente cercana a los bandidos
comunistas o a alguna persona sospechosa...». ¿Eso no es traición? ¿Sabes cómo
se las gastaba el Partido con los traidores como tú cuando estaba en la
clandestinidad? —pre¬guntó.
—Ya
lo sé, ya lo sé —respondió rápidamente el anciano.
—¿Y
entonces?
—Nunca
he vendido a nadie...
Su
cráneo calvo también sudaba.
—Responde
a la pregunta: ¿Has traicionado al Partido, sí o no?
—¡Levántate!
—¡Habla
de pie!
—¡Di
la verdad!
Le
gritaron algunos rebeldes presentes.
—A
mí... me soltaron bajo fianza...
El
viejo se puso en pie, temblando, apenas se oía el hilo de voz que salía de su
garganta.
—No
te he preguntado cómo saliste. Si no te hubieras con¬fesado ante el enemigo,
¿cómo habrían podido dejarte salir? ¿Acaso esto no fue una traición?
—Pero
yo... más tarde volví a recuperar el contacto con el Partido...
El
lo interrumpió:
—En
aquella época, el Partido clandestino no sabía nada de la confesión que
hiciste.
—El
Partido perdona, me perdonó... —dijo el viejo con la cabeza gacha.
—¿Y
tú? ¿También has perdonado? ¡Has sido cruel cuando has reprimido a las
personas, soltabas toda tu ira, no dejabas en paz ni a los que escribían su
autocrítica! Cuando dictabas las directivas para las células del Partido bajo
tu control, decías que los expedientes no podían tener ningún fallo, no había
que darles ninguna posibilidad de revocar el veredicto. ¿Lo has dicho o no?
—¡Confiesa!
¿Lo has dicho, sí o no? —gritaban los asis¬tentes.
—Sí,
sí, lo he dicho, me he equivocado.
El
viejo prefirió reconocerlo, pues no era un error impor¬tante comparado con lo
de traicionar al Partido.
—¿Te
has equivocado? ¿Y te quedas tan tranquilo? ¡Has hecho que algunos se tiraran
por la ventana y dices que te has equivocado! —dijo alguien golpeando sobre la
mesa.
—Pero...
no era yo, era un problema de ejecución de ór¬denes...
—Eran
tus propias órdenes, unas órdenes que habías da¬do personalmente: «Hay que
relacionar los problemas que las personas tuvieron en el pasado con su actitud
actual para llegar a poner las cosas en claro». ¿Lo has dicho, sí o no? —dijo
un rebelde que no soltaba a su presa.
El
anciano se mostró más sumiso.
—Sí,
sí, lo he dicho.
—¿Quién
se ha opuesto al Partido? ¡El traidor al Partido eres tú! ¡Escribe todo eso!
—gritó el mismo rebelde.
—¿Cómo?
—preguntó el viejo con un aspecto lamentable.
—¿Necesitas
una secretaria para escribir? —se burló uno.
Muchos
se rieron; cada uno comentaba la escena, como cuando se ha pescado una buena
pieza y se está muy orgulloso. El viejo levantó furtivamente la cabeza, su cara
tenía un color verdusco. Luego preguntó temblando, con el labio inferior muy
pálido:
—Yo...
estoy enfermo del corazón..., ¿puedo beber un poco de agua?
Él
le empujó por encima de la mesa un vaso de agua. El viejo sacó de un bolsillo
un pequeño frasco de medicamentos del que extrajo una pastilla que se tragó de
inmediato.
El
anciano era mucho mayor que su padre. En aquel mo¬mento pensó que no era bueno
que tuviera una crisis cardíaca en plena sesión y dijo:
—Siéntate
y bebe; si no te encuentras bien, puedes tumbar¬te en el sofá.
El
anciano lo miró con una expresión lastimera, pero no se atrevió a ir hasta el
sofá, donde ya estaban sentadas va¬rias personas. Al darse cuenta, él cambió de
idea de repente y dijo:
—Escucha,
mañana por la mañana tienes que traernos una confesión detallada en la que
expongas cómo traicionaste al Partido, cómo fuiste arrestado, cómo conseguiste
salir de la cárcel, mencionando el nombre de los testigos. Explicarás también
qué confesión hiciste cuando estabas encerrado.
—De
acuerdo, de acuerdo —dijo el viejo, apresurándose a inclinar el cuerpo.
—Puedes
marcharte.
Nada
más salir el anciano, los rebeldes fueron a hablar con él tremendamente
alterados.
—¿Creéis
que puede huir habiendo un documento como éste contra él? ¡Nadie puede escapar
de la dictadura del prole¬tariado! No hagamos que el viejo tenga un infarto en
público —dijo con tanta convicción como maldad.
—Puede
que se suicide cuando llegue a su casa, ¿no? —pre¬guntó uno de los rebeldes.
—No
creo que tenga tanto valor. Si no hubiera temido a la muerte, no habría firmado
la confesión de entonces. Mañana traerá anotados todos sus crímenes, ¿no
creéis?
Los
asistentes no supieron qué decir. Detestaba con toda su alma a aquel viejo que
sólo tenía al Partido en la boca, y si sen¬tía una cierta compasión se debía a
que, después de haber per¬dido su propia fe en el mito de la revolución,
también acabó con la leyenda fabricada por la grandiosa revolución sobre el
nuevo hombre provisto de una pureza absoluta. El viejo ocul¬tó durante mucho
tiempo que había firmado la confesión en la cárcel enemiga y que se cambió de
nombre, evitando así las investigaciones, probablemente había estado muerto de
miedo durante todos estos años, pensó.
Como
no estaba permitido cambiar de fe cuando se subía a bordo del barco del
Partido, ¿habría que seguir al Partido has¬ta el final? ¿Y si no se tenía
suficiente fe? ¿Y si uno se salta¬ba esa única opción? ¿Se podía vivir sin
principios de base? Cuando tu madre te parió no tenías principios, ¿por qué ese
último vástago de esa familia abocada al declive no podía vivir fuera de los
principios? ¿No ser revolucionario era lo mismo que ser contrarrevolucionario?
Si no servías a la revolución, ¿debías sufrir por ella? Si no morías por la
revolución, ¿tenías todavía derecho a vivir? ¿Y cómo escapar de las garras de
aquella revolución?
Amén.
Desde tu nacimiento fuiste alcanzado por el pecado original, no podías ser
juez, te protegías tomándolo todo a la ligera, mezclándote con aquel grupo de
rebeldes. Entonces tuviste cada vez más claro que debías encontrar un lugar
donde refugiarte. So pretexto de hacer investigaciones sobre los diri¬gentes
del Partido, escribías tú mismo un montón de cartas de recomendación en las que
colocabas un sello oficial. También pudiste conseguir una buena suma de dinero
para salir en misión y viajar por muchos lugares. Entonces ¿por qué no intentar
des¬cubrir si en este mundo extraño podía existir todavía algún lugar donde
pudieras escapar de esta omnipresente revolución?
En
la ciudad de Jinan, situada en la ribera sur del río Amari¬llo, llegó a un
pequeño taller de una callejuela. El objeto de su investigación era un criminal
que habían soltado de un campo de reeducación por el trabajo. La mujer
encargada del taller, de mediana edad, que usaba manguitos en ambos brazos,
esta¬ba pegando cajas de cartón. Ella le dijo:
—Ese
hombre ya no está en este mundo desde hace tiempo.
—¿Ha
muerto? —preguntó él.
—Si
no está en este mundo es que ha muerto.
—¿Cómo
ha muerto?
—¡Vaya
a preguntarle a su familial
—¿Su
familia todavía vive? ¿Quién queda?
—¿A
quién está investigando, a él o a su familia? —objetó la mujer.
Él
no podía explicarle que el muerto era compañero de colegio del dirigente al que
estaba investigando, que participa¬ron juntos en un movimiento estudiantil que
organizó el Par¬tido en la clandestinidad y luego estuvieron en la cárcel bajo
el Guomindang. Tampoco podía hablarle de las consecuencias de la lógica
implacable de la revolución, no tenía por qué gas-tar saliva, pero aun así
debía encontrar pruebas de la muerte de aquel hombre para que le pagaran los
gastos de la misión.
—¿Puede
usted poner un sello en mis documentos? —pre¬guntó él.
—¿Qué
sello?
—Para
certificar la muerte de ese hombre.
—Para
eso debe ir al comisario de policía, nosotros no da¬mos certificados de
fallecimiento.
—De
acuerdo. ¿Cómo puedo llegar al río Amarillo? —pre¬guntó imitando el acento de
la mujer, el acento de Shandong.
—¿Qué
río Amarillo? —preguntó ella.
—El
río Amarillo, sólo hay un río Amarillo en China. Su ciudad, Jinan, ¿no está al
borde del río?
—¿De
qué está hablando? Mi ciudad está lejos del río. Nun¬ca he ido. No hay nada
interesante allí.
La
mujer continuó pegando cajas y no le prestó más atención.
El
proverbio dice «Uno no puede morir sin haber visto el río Amarillo», y de
repente tenía ganas de verlo. Había pasado a menudo cerca de ese río tan loado
desde tiempos remotos, pero siempre lo había hecho en tren y, a través de la
sucesión de las monturas de acero del puente, nunca consiguió juzgar su
grandeza. Un hombre le dijo que el río Amarillo todavía estaba lejos de allí,
que debía tomar un autobús hasta el pueblo de Luokou y luego caminar un poco
antes de llegar a un dique.
Cuando
escaló el alto dique de loees* totalmente ralo, sin la menor hierba, percibió
que la orilla opuesta, también de loees, era una zona que se inundaba y no
tenía ninguna construcción, ni árbol, sólo había pendientes cenagosas formadas
por las cre¬cidas y decrecidas, y, bajo las pendientes, aguas fangosas
tur¬bulentas, el lecho del río que se encontraba por encima de la ciudad. ¿El
río fangoso que corría con tanta impetuosidad, de color casi marrón, era
realmente el famoso río Amarillo? ¿Ahí fue donde nació la antigua civilización
china?
En
el horizonte, el río enlodado corría hacia el infinito bajo la luz cegadora del
sol. Salvo la sombra negra de un barco de vela que flotaba a lo lejos, no había
el menor rastro de vida. Los que habían compuesto aquellas canciones sobre el
río Amarillo ¿lo habrían visto realmente, o las escribieron sin verlo?
A lo
lejos, el barco de velas grises remendadas llegaba cabe¬ceando. Un hombre con
el torso desnudo lo pilotaba y una mujer que llevaba una chaqueta gris
trabajaba en el puente. Estaba lleno de piedras, probablemente para tapar
alguna bre¬cha en el dique en caso de inundación.
Bajó
a la orilla, que estaba cada vez más turbia. Luego se quitó los calcetines y
los zapatos, se los quedó en la mano y entró en el agua descalzo, hundiéndose
en el lodo viscoso. Se inclinó para meter el brazo dentro del agua y lo sacó
cubierto de barro, que cuajó con el sol como si fuera una costra. «Bebe un
trago de agua del río Amarillo», escribió un poeta revolu¬cionario. Jamás un
ser humano podría beber aquella sopa ama¬rilla y hasta a los peces les debía de
costar vivir ahí. Era evi¬dente que incluso las miserias y calamidades eran
dignas de ser cantadas. Aquella inmensa corriente de fango casi muerto lo dejó
estupefacto, sintió un gran vacío. Varios años más tarde, un alto funcionario
del Estado declaró que habría que poner una estatua monumental en el curso
superior del río Amarillo dedicada al alma de la nación. Probablemente aquel
proyecto ya lo hayan realizado.
En
una pequeña estación de la orilla norte del Yangzi, el tren paró
accidentalmente pasada la medianoche. Las perso¬nas estaban encerradas en los
vagones asfixiantes, en los que los ventiladores zumbaban sin parar. El olor
agrio de la trans¬piración hacía que el ambiente fuera todavía más irrespirable
y denso. Al cabo de unas horas, anunciaron por el altavoz que en la siguiente
estación estaban teniendo lugar enfrentamientos armados y que la vía estaba
llena de rocas; no sabían cuándo se reanudaría el servicio. Los pasajeros
rodearon a los emplea¬dos del tren para protestar. Las puertas se abrieron y
todo el mundo pudo bajar. Él fue a lavarse al borde de un arrozal; luego se
tumbó sobre la hierba y se quedó contemplando el cielo estrellado. Las
protestas de los pasajeros disminuyeron, sólo oía el croar de las ranas y se
quedó dormido. Su niñez le vino a la memoria, pensó en cuando se quedaba
contemplando la noche, tomando el fresco sobre una tumbona de bambú. Aquellos
recuerdos de infancia eran todavía más lejanos que las estrellas que cintilaban
en el cielo.
30
Una
hilera de sacos de cemento apilados a la altura de un hombre atravesaba la
calle, con saeteras para disparar con escopeta. Delante de la barricada había
un batibu¬rrillo de barreras, hormigoneras, grandes marmitas para calentar el
alquitrán, rollos de alambre de espino. En medio de la calzada, una abertura
permitía el paso de las personas, de una en una. Cortaron la circulación, los
trolebuses desengan¬charon sus troles, y una fila de siete u ocho, vacíos,
aparcaban al lado de la encrucijada. Sin embargo, las aceras estaban lle¬nas de
peatones y habitantes de los alrededores; los niños intentaban ver por encima
de las personas agrupadas. Sobre las aceras protegidas por barreras metálicas,
había mujeres con sus hijos en brazos, ancianos en camiseta y pantuflas que se
abanicaban con calañas de juncos, para ver qué ocurría. ¿Esta¬ban esperando el
inicio de los combates? Prorrumpían suposi¬ciones de todos los lados, se
hablaba del Hongzongsi, o del Gezong.* Lo que estaba claro era que allí se
enfrentarían a muerte las dos facciones. Ignoraba qué facción controlaba las
calles de la plaza de la estación y se separó decididamente de la gente para
dirigirse hacia la barricada.
Detrás
de la abertura que había en los alambres de espino, unos trabajadores con un
brazalete, un casco de seguridad de mimbre y una barrena en la mano cortaban el
paso. Mostró su carné de trabajo, el guardia echó un vistazo y le indicó que
entrara. De todos modos, no era del lugar, era ajeno a aquella lucha entre las
dos facciones. Avanzó por el medio de la aveni¬da desierta, bajo el sol cegador
que hacía que se fundiera el asfalto. «Es poco probable que pierdan la cabeza
en pleno día», se dijo a sí mismo.
«¡Bang!»
Un estallido seco cortó la calma asfixiante que en¬torpecía a las personas.
Tardó un poco en comprender que se trataba de un disparo y examinó cada lado de
la calle. Había un eslogan escrito con gruesos caracteres en el muro de la
fábrica: «Luchemos hasta la última gota de sangre para proteger la línea
proletaria revolucionaria del Presidente Mao». Entonces lo relacionó con el
estallido y echó a correr, pero se paró de inmediato para que no diera la
sensación de que tenía especia¬les motivos para huir y se convirtiera en el
blanco de algún fusil. Se subió a la acera con paso decidido y caminó siguiendo
el muro.
Le
era imposible saber de dónde venía el disparo. ¿Era para prevenir a los
peatones o habían disparado contra él? No te¬nían motivos para matarlo, a él,
que caminaba solo por la aveni¬da, que no tenía nada que ver con aquella lucha
a muerte entre dos facciones. Sin embargo, si lo alcanzaban, ¿quién sería
tes¬tigo? De repente se dio cuenta de que corría el riesgo de morir de un
disparo sin comerlo ni beberlo, y que su destino depen¬día por completo de la
suerte. Se metió en una callejuela que también estaba vacía; daba la sensación
de que todos los habi¬tantes hubieran abandonado el barrio. De pronto tuvo
miedo, y en aquel momento comprendió como una ciudad podía entrar en una guerra
sin dificultad, como las personas se po¬dían convertir en enemigos en un instante
y enzarzarse en una lucha a vida o muerte en nombre de una línea política
total¬mente invisible.
En
la plaza de delante de la estación, un gran número de personas hacían cola
frente a las taquillas cerradas. Eran viaje¬ros que esperaban. Preguntó a
alguien que tenía delante de él cuándo empezaría la venta de billetes. El
hombre hizo una mueca para mostrarle que no tenía ni idea. Se puso en la fila
de inmediato. Poco después, otras personas que no supo de dónde habían salido,
se añadieron a la cola detrás de él. Nadie llevaba mucho equipaje, y no había
niños ni ancianos, tan sólo mozos robustos, a excepción de una chica con
trenzas que estaba a dos pasos de él. A veces ella miraba de reojo hacia atrás,
y, cuando cruzaba la vista con alguien, bajaba de inme¬diato la cabeza. Daba la
sensación de que tenía miedo de que alguien la reconociera. Pensó que todos los
que estaban ha¬ciendo cola para comprar los billetes debían de estar huyendo
del peligro. Sin embargo, el hecho de que hubiera tantas per¬sonas en la plaza
lo tranquilizó. Se sentó en el suelo y encen¬dió un cigarrillo.
De
pronto, los de su alrededor se agitaron y la fila se rom¬pió sin que supiera
qué estaba ocurriendo. Paró a alguien para averiguar qué pasaba. Le dijeron que
iban a cerrar el río. No supo lo que eso significaba hasta que le explicaron
que ni el barco ni el tren podrían pasar. Otro dijo que habría una masa¬cre.
¿Quién iba a masacrar a quién? Imposible conseguir una respuesta. La cola
desapareció en un instante y no quedaron más que unas pocas personas aisladas
que, como él, no tenían adonde ir. Se aproximaron poco a poco y volvieron a
hacer cola delante de las taquillas de la estación. Formaron una cola menor,
como si fuera el único medio de mantenerse. Cuando el sol se inclinaba hacia el
oeste y la aguja gorda del reloj de la estación marcó las cinco pasadas,
todavía no se había presenta¬do nadie en las taquillas.
Sin
saber qué estaba ocurriendo, las personas que esperaban empezaron a tomar
conciencia de la situación y dejaron de esperar estúpidamente. Se pusieron a la
sombra a charlar o a fumarse un cigarrillo. Uno de ellos daba su opinión sin
cesar, afirmaba que los dos bandos estaban entablando las últimas
negociaciones, que el ejército intervendría pronto, que el trán¬sito
ferroviario no podía estar cortado por mucho tiempo y que seguramente se
reanudaría al día siguiente, al menos eso era lo que creía. Él ya no buscaba
más información, la chica todavía estaba allí, con la cabeza gacha, los brazos
abrazando las rodi¬llas, acurrucada en un rincón, a cierta distancia de los
demás.
Tuvo
ganas de comprar algo de comer antes de que se hicie¬ra de noche. En el peor de
los casos se acostaría sobre el suelo de cemento, pondría la mochila de
almohada, y contemplaría las estrellas. Era verano, sería fácil. Se alejó de
las taquillas para ir a dar una vuelta. Todos los comercios cercanos a la
es¬tación estaban cerrados y no había ni un solo restaurante abier¬to. A cada
lado de la plaza las calles estaban igualmente de¬siertas, hacía horas que no
pasaba por allí ningún vehículo. Empezó a notar que aquel ambiente era muy
tenso y a preocu¬parse de verdad. No se atrevió a ir muy lejos y regresó a la
estación. La sombra de la torre se alargaba hasta el centro de la plaza, y
delante de las taquillas el grupo todavía había dis¬minuido más, pero la chica
continuaba acurrucada en el mis¬mo lugar, mientras que el hombre que no paraba
de hablar se había callado.
La
sombra de la torre del reloj cubría ahora casi toda la plaza. Su contorno
parecía mucho más claro en contraste con la luz del sol, que disminuía. ¿Para
qué quedarse esperando un tren que no se sabía cuándo iba a pasar en una
estación donde nadie se conocía? ¿Y si la vía estaba totalmente cortada? ¿Y si
había estallado una guerra civil?
«¡Bang,
bang, bang!» Sintieron las detonaciones sordas en el pecho. Todos se
levantaron. Luego oyeron otros disparos, sin duda de una ametralladora, no
lejos de allí. La gente se disper¬só, él también corrió, inclinado hacia
adelante, bordeando un muro. Ya está, es la guerra, pensó. Entró por un pasaje
estre¬cho al abrigo de las balas, rodeado de sacos amontonados a la altura de
un hombre, y se refugió en un almacén. Se detuvo, jadeando, y escuchó otra
respiración fuerte; la chica también estaba allí, apoyada contra los sacos, sin
aliento.
—¿Dónde
se han metido los demás? —preguntó él.
—No
sé.
—¿Adonde
vas?
La
joven no respondió.
—Yo
voy a Beijing.
—Yo...
yo también —respondió ella tras un instante de vaci¬lación.
—¿No
eres de aquí? —preguntó sin obtener respuesta.
—¿Estudiante?
—insistió, sin éxito.
La
noche caía, se había levantado un viento fresco, sintió que su camisa empapada
de sudor se le pegaba a la espalda.
—Hay
que encontrar un lugar para pasar la noche, sería peligroso quedarse aquí
—dijo. él.
Una
vez salió del almacén, se volvió hacia atrás y vio que la joven le seguía en
silencio manteniendo una distancia de dos o tres pasos. Él le preguntó:
—¿Sabes
dónde hay un hotel?
—Cerca
de la estación, pero sería muy peligroso ir allí. Al lado del río también hay
uno, pero está un poco lejos —res¬pondió la muchacha en voz baja; parecía
conocer muy bien el lugar. Él se dejó llevar.
Llegaron
a una pequeña calle de viejas casas, situada por debajo del dique. Algunos
jóvenes estaban de pie delante de las viviendas o sentados a la entrada, y
hablaban sobre la inminen¬te situación de guerra. Como las balas no podían
alcanzarles, sentían curiosidad y una cierta excitación. Las tiendas y las
casas de comidas estaban cerradas, pero dos entradas ilumina¬das señalaban los
hoteles, en realidad albergues antiguos, como los que hospedaban antaño a los
comerciantes que estaban de viaje o a los pequeños artesanos. Uno tenía el
letrero de com¬pleto, en el otro sólo había una habitación con una cama.
—¿La
quiere o no? —preguntó la mujer gorda que agitaba su abanico de junco tras el
mostrador.
Él
dijo que sí y sacó sus papeles. La mujer los tomó y abrió el registro.
—¿Qué
lazo hay entre ustedes? —preguntó ella, dispuesta a anotar.
—Marido
y mujer —dijo él dirigiendo un guiño a la chica.
—¿Apellido,
nombre?
—Xu...
Ying. —La joven tardó un poco en responder.
—¿Lugar
de trabajo?
—Ella
todavía no trabaja. Volvemos a Beijing —respondió él en su lugar.
—Deben
pagar cinco yuans de depósito. La habitación cuesta un yuan por día, se paga a
la salida.
Pagó
el depósito. La mujer guardó sus papeles, se levantó y tomó un manojo de llaves
antes de salir del mostrador. Abrió una pequeña puerta junto a la escalera y
encendió la bombilla, que colgaba del techo inclinado, con un interruptor de
cuerda. En el cuchitril que hacía de habitación bajo la escalera había una cama
individual que tenía uno de los extremos metido en el rincón en que no se podía
estar de pie. Del otro lado, habían colocado una estantería en la que había una
palangana. Nin¬guna silla. La mujer gorda, que calzaba sandalias de plástico,
salió haciendo sonar las llaves.
Él
cerró la puerta y se puso enfrente de la muchacha, llama¬da Xu Ying.
—Saldré
dentro de un instante —le dijo.
—No
vale la pena —respondió la joven, sentada al borde de la cama—, así ya está
bien.
Entonces
miró con atención su pálido rostro.
—¿Estás
cansada? Túmbate a descansar.
Ella
se quedó sentada sin moverse. Escucharon pasos sobre sus cabezas. Alguien
bajaba. Luego oyeron un ruido de agua. Debían de estar lavándose en el patio.
Aquella pequeña habi¬tación sin ventanas era asfixiante.
—¿Quieres
que abra la puerta?
—No
—dijo ella.
—¿Te
voy a buscar algo de agua? Yo iré a lavarme fuera.
La
joven asintió con la cabeza.
Cuando
volvió a la habitación, ella ya había acabado de lavarse y se había puesto una
camisa de cuello redondo sin mangas que tenía dibujadas unas pequeñas flores
amarillas; estaba sentada descalza sobre la cama. Tenía de nuevo las tren¬zas
cortas, su rostro había adquirido algo de color, era una chi¬quilla. Dobló las
piernas para hacerle sitio.
—Siéntese.
Era
la primera vez que sonreía. Él también sonrió y explicó más relajado:
—He
tenido que decir eso.
Hablaba
de lo que tuvo que decir para poder hospedarse en el albergue.
—Claro,
lo comprendo. —La chica sonrió con la boca en¬treabierta.
Él
fue a cerrar la puerta, se quitó los zapatos y se sentó en la otra punta de la
cama.
—¡No
me esperaba esto!
—¿Qué?
—preguntó ella inclinando la cabeza.
—¡Qué
pregunta!
La
joven Xu Ying sonrió de nuevo con la boca entreabierta.
Mucho
más tarde, recordó cómo empezó todo, recordó que aquella noche hubo flirteo y
seducción, deseo e impulso, tam¬bién amor, no sólo miedo.
—¿Es
tu verdadero nombre? —preguntó él.
—No
puedo contestarle ahora.
—Entonces,
¿cuándo me lo dirás?
—Ya
lo sabrá a su debido tiempo, depende.
—¿De
qué depende?
—¿No
lo ha entendido?
Se
quedó en silencio; se sentía bien con ella. Fuera había cesado el ruido,
también el del agua de la fuente, pero se notaba una especie de tensión en el
ambiente, como una espera. Esta impresión la mantuvo en su memoria durante
mucho tiempo, cada vez que rememoraba aquella escena.
—¿Podemos
apagar la luz? —preguntó él.
—Molesta
a los ojos —añadió ella.
Cuando
apagó la bombilla, rozó en la oscuridad una pierna de la muchacha. Ella la
dobló de inmediato, pero dejó que se tumbara a su lado. Él se acostó
prudentemente, recto, boca arriba. Pero en una cama individual como aquella era
inevita¬ble que sus cuerpos se tocaran. Intentaban evitarlo, permane¬ciendo en
sus límites. El calor húmedo del cuerpo de la joven y el aire sofocante de la
habitación le hicieron sudar a mares. En la oscuridad, el techo inclinado que
distinguía levemente parecía bajar sobre él para aplastarlo, haciendo que se
sintiera todavía más oprimido.
—¿Puedo
quitarme la ropa?
Ella
no respondió, pero no hizo nada para evitarlo. Al qui¬tarse la ropa, la rozó,
pero ella no se movió, aunque no dor¬mía.
—¿Qué
vas a hacer a Beijing?
—Voy
a ver a mi tía.
¿Era
realmente el momento adecuado para ir a visitar a unos parientes? No la creyó.
—Mi
tía trabaja en el Ministerio de Sanidad —prosiguió ella.
Él
dijo que él también trabajaba en una institución del Es¬tado.
—Ya
lo sé.
—¿Cómo
lo sabes?
—Ha
mostrado su carné de trabajo hace un rato.
—¿Te
has fijado entonces también en mi nombre?
—Sí,
la señora lo ha anotado.
En
la oscuridad, vio, o mejor sintió, que ella sonreía con la boca entreabierta.
—Si
no, no habría...
—¿Dormido
conmigo? —él acabó la frase.
—¡Era
mejor saberlo!
Percibió
ternura en su voz. Colocó la palma de la mano sobre la pierna de la joven; ella
no se la quitó. Pero pensó que ella confiaba en él y no se atrevió a ir más
lejos.
—¿De
qué universidad eres? —preguntó él.
—Ya
he acabado, estoy esperando que me destinen.
—¿Qué
has estudiado?
—Biología.
—¿Has
disecado cadáveres?
—Claro.
—¿Cadáveres
de personas?
—No
soy médico, he estudiado sólo la teoría, pero hice prácticas en el laboratorio
de un hospital; estaba esperando mi plaza de trabajo, iba a salir ahora, si no
hubiera sido por...
—¿Por
qué? ¿Por la Revolución Cultural?
—Me
iban a destinar a un laboratorio de Beijing.
—¿Eres
hija de funcionarios?
—No.
—Pero
¿tu tía es un alto cargo?
—¡Lo
quiere saber todo!
—En
realidad, ni siquiera sé si tu nombre es verdadero o falso.
Ella
rió de nuevo, esta vez su cuerpo se movió de verdad, lo sintió bajo su mano. Le
apretó el muslo por fuera del panta¬lón.
—Se
lo diré todo. —Le tomó la mano y la quitó del mus¬lo—. Lo sabrá todo —murmuró.
Él
le apretó la mano, poco a poco se fue distendiendo.
«¡Cloc,
cloc!» ¡Golpeaban a la puerta! A la puerta de entra¬da del albergue.
Ellos
no se movieron, se quedaron manteniendo la respira¬ción para escuchar qué
ocurría, con las manos cogidas. La puer¬ta del albergue se abrió y se armó un
gran revuelo. ¿Hacían la inspección de rutina o buscaban a alguien que había
huido? Un grupo de hombres interrogó primero a la señora gorda; luego abrieron
una a una las puertas de las habitaciones de la planta baja. Otros subieron a
la primera planta. Los pasos sonaban sobre sus cabezas, buscaban por todos los
lados. De pronto, el resonar de unos pasos que corrían se hizo mayor, los
gritos e insultos se sucedieron en un desorden general. Después oyeron un ruido
sordo, como el de un saco de arena al caer al suelo, los chillidos de un hombre
y un fragor confu¬so. Los gritos se transformaron en un quejido hiriente que
acabó apagándose.
Estaban
sentados en la cama, con el corazón a mil por hora, esperando que llamaran a su
puerta. La confusión continuaba en la escalera y en la planta baja. O bien
habían olvidado ese cuchitril, o quizá vieron por el registro que ellos no
tenían nada que ver con la pesquisa, el caso es que nadie llamó a la
ha¬bitación. La puerta de la entrada del albergue se cerró, la en¬cargada
todavía murmuró unas cuantas palabras confusas, luego volvió el silencio.
En
la oscuridad ella se contrajo de repente, él abrazó su cuerpo lleno de
temblores, besó sus mejillas húmedas de sudor y sus labios suaves. La
transpiración y las lágrimas saladas se mezclaban. Acarició sus senos, también
mojados, desabrochó el botón del pantalón, pasó la mano entre los muslos,
también ahí estaba empapada, la chica se dejó hacer, como paralizada. Cuando la
penetró, estaban desnudos los dos...
Ella
dijo más tarde que se había aprovechado de un momen¬to de debilidad para
poseerla, que eso no tenía nada que ver con el amor, pero él replicó que ella
no había mostrado resis-tencia alguna. Después de eso, en silencio, sintió bajo
sus dedos que un líquido salía entre las piernas de la joven. Se inquietó. En
aquella época las estudiantes no sólo no tenían derecho a casarse, sino que
quedarse embarazada o abortar sin estar casada podía acabar en una catástrofe.
Ella lo tranquilizó:
—Tengo
la regla.
Entonces
hizo de nuevo el amor con ella. La joven no se opuso, lo acogió con todo su
cuerpo. Reconoció que él hizo de ella una mujer, él ya había tenido
experiencias con otras muje¬res. Por aquel entonces, si ella sólo hubiera
sentido rencor ha¬cia él, y no ternura, no se le habría ofrecido desnuda a la
luz del día que se filtraba por la puerta, dejándole secar con una toalla
húmeda las manchas de sangre de sus muslos, y luego mostrándole un sentimiento
especial. Recordaba cómo de rodillas besó los pezones en punta, ella lo
abrazaba fuertemen¬te y murmuraba que tenía miedo de quedarse embarazada; pero
aun así se tumbó boca arriba y se entregó de nuevo a él.
Nadie
podía saber entonces qué les esperaba ni nadie podía imaginar lo que ocurriría.
En un momento de frenesí incon¬trolable, la besó por todo el cuerpo, sin que la
joven opusiera la menor resistencia. Después del miedo que habían pasado, la
tensión acumulada salía libremente. Sus cuerpos pronto que¬daron cubiertos de
sangre, pero ella no tuvo una palabra de reproche hacia él. Más tarde, él salió
a cambiar el agua de la palangana y ella le pidió que se volviera mientras se
vestía.
La
muchacha se quedó en el muelle, sin poder salir de allí, justo después de que
él subiera al barco. Les dijeron que los trenes volvían a funcionar, pero que
sólo se podía salir de la estación, no entrar. Para tomar el tren, primero
había que su¬birse a un transbordador que los conducía a la otra orilla del
río. Los viajeros se amontonaban en el embarcadero, formando una masa negruzca.
Al alba el río estaba cubierto de bruma y el sol formaba una bola rojiza.
Parecía el día del Juicio Final. Un marino que llevaba una insignia en la
camiseta gritaba por un megáfono: «¡Dejen que los pasajeros que no sean de la
ciudad suban primero! ¡Que muestren su carné de trabajo para subir!».
En
el muelle la gente se empujaba y no mantenía la cola, había un gran desorden.
Los separaron, él gritó su nombre, el nombre que ella había dado cuando
llegaron al albergue, pero la joven ni se inmutó. Sin embargo, él todavía
llevaba su mochila, se la había dado cuando entraron en el embarcadero,
proba¬blemente para librarse de ella. En el interior había un carné de
estudiante, así como unos documentos mimeografiados por su grupo en los que se
exponía la urgencia de la situación. Lo empujaron a bordo. Los que no pudieron
demostrar con pape¬les que no eran de la ciudad se quedaron en el muelle
bloquea¬dos. Ella también, con sus cortas trenzas, tragada por la mu¬chedumbre.
Apoyado en la barandilla, la buscó con la mirada y gritó otra vez su nombre, su
falso nombre; la muchacha no parecía oírle y se quedó inmóvil en el mismo
lugar, quizá no tuvo tiempo de comprender que la llamaba a ella mientras el
barco se iba.
31
Un
inmenso lodazal, algunas hierbas raras, tú en medio de la ciénaga, con el
cuerpo impregnado del hedor del lodo. Te gustaría llegar a un lugar seco,
lavarte la cara y el cuerpo con el agua inmunda de la superficie del cena¬gal,
aunque sabes perfectamente que de todas formas no con¬seguirás lavarte por
completo, pero tienes que salir, debes sal¬tar; no obstante, volverás a caer en
el lodazal, estarás hecho una piltrafa en medio del agua y del lodo, y todavía
tendrás que trepar...
En
la incierta lejanía, una luz parece centellear, vas hacia ella, o mejor dicho,
trepas hacia allí. La luz brilla a través de un claro, es una casa, una puerta,
subes hasta la puerta, estiras la mano para tocarla, consigues al fin abrirla,
escuchas el mur¬mullo del viento, pero no hay viento; en una sala grande, un
círculo de luz te ciega, intentas alcanzar ese círculo, luego te pones en pie
sobre una sólida plancha de madera, y ahí descubres que estás desnudo como un
gusano, pero delante no ves nada...
Tienes
que adoptar una pose, luego no moverte, transfor¬marte en estatua.
Necesitas
flotar por los aires como una telaraña y desapare¬cer poco a poco como un
pedazo de nube;
Necesitas
ser como la rama espinosa del azufaifo, como la hoja del árbol de sebo cuando
empieza el invierno, que se vuel¬ve violeta oscuro por el hielo y que tiembla
en el viento;
Necesitas
vadear los arroyos, escuchar el ruido que produ¬cen tus pies desnudos sobre los
adoquines grises de la calle;
Necesitas
sacar tus recuerdos pesados de la cuba de pintura para manchar el suelo;
Necesitas
un escenario brillante para que él se revuelque con una mujer desnuda bajo la
mirada de la gente;
Necesitas
mirarlos desde arriba con tus ojos vacíos, dos agu¬jeros negros;
Necesitas
ver detrás de la puerta las sombras de la luna llena que brilla solitaria en el
firmamento;
Necesitas
copular con una loba, aullar con ella, con la cabe¬za mirando al cielo;
Necesitas
bailar solo, describiendo un redondel, con pasos pequeños, rápidos y ligeros,
ti-ti-ta, ti-ti-ta;
Esperas
que él, tu bailarín, saltará en el suelo como un pez fuera del agua;
Esperas
que una mano cruel agarrará a ese pez gordo y res¬baladizo, que lo abrirá de
golpe con un cuchillo, aunque no quieres que muera de ese modo;
Necesitas
encontrar una voz muy aguda para contar una historia olvidada, tu infancia, por
ejemplo;
Necesitas
sumergirte lentamente en el fondo del agua, en la oscuridad, como un barco que
se hunde, y quieres ver cómo suben las burbujas a la superficie, en el más
absoluto silen-cio;
Necesitas
convertirte en un pez cabezón que se mueva por las algas, agitando la cabeza,
moviendo la cola;
Esperas
convertirte en un ojo triste, profundo y desconsola¬do, y contemplar con ese
ojo cómo gira y vuelve a girar el mundo, y ese ojo está en el centro de tu
mano;
Esperas
ser una resonancia, y, en esa resonancia, se distin¬gue una suave voz de
barítono ante un muro de sonido;
Esperas
ser una canción de jazz, que se interpreta libre e inesperadamente, con
improvisación y fluidez, luego, se con¬vierte en una postura extraña, una
sonrisa equívoca, un sem¬blante a la vez sonriente y sospechoso, después, se
vuelve total¬mente insensible y se pone rígido. Más tarde, sigilosamente, te
deslizas y te transformas en locha de estanque, mientras con¬servas en tu
rostro impasible una sonrisa extraña; abres la boca, mostrando los dientes,
dientes ennegrecidos por el humo de ta¬baco, o dos grandes dientes de oro que
brillan en medio de ese rostro risueño y petrificado, es muy divertido.
Esperas
convertirte en el niño que orina en la esquina de una calle del centro de
Bruselas. Los hombres y las mujeres van a beber el agua que mea, las chicas no
paran de reírse al lado, mientras que tú eres un viejo que contemplas el
espec¬táculo desde un bar cerca de allí. Estás tan viejo, tu rostro está
cubierto de arrugas tan profundas, que tu expresión se queda igual, rías o no,
y bebes una cerveza dulce, tan negra como la salsa de soja.
Te
gustaría echarte a llorar a moco tendido delante de todo el mundo, pero sin
ruido, las personas no sabrían por qué llo¬ras, ignorarían si lloras realmente
o si finges; asimismo, te gus¬taría llorar sobre este mundo afectado, también
sin hacer ruido, haciendo el papel del hombre que llora, dejando perplejos a
los distinguidos espectadores. Después te encantaría poder abrirte el pecho
ante todos y sacar un corazón de plásti¬co rojo, después un puñado de paja de
arroz o de papel higié¬nico y lanzarlos hacia los que aceptan aclamarte;
avanzar con paso ligero, luego resbalar, caer al suelo y no poder levantar¬te,
morir de un infarto en el escenario, en realidad no necesi¬tas que te socorran,
sólo haces comedia, sólo de esta manera querrías mostrar la pena y la alegría,
la tristeza y el deseo, con una pequeña sonrisa llena de astucia, ¿sonrisa o
mueca? Más tarde te irías discretamente con una chica que acabarías de conocer,
que se habría enamorado de ti, haríais el amor de pie en los lavabos, sólo se
verían tus pies, sus piernas estarían rodeando tu cintura, tirarías de la
cadena para que se oyera el ruido del agua, purificándote, haciendo que las
lágrimas caye¬ran sobre todo el mundo, llenando de lluvia los cristales del
planeta, que el mundo entero se hiciera borroso, tan borroso que no se supiera
si es por la lluvia o la niebla, y tú te quedarás de pie al lado de la ventana
contemplando los copos de nieve que caen silenciosamente y cubren por completo
la ciudad, como un gigantesco sudario blanco, y tú, delante de la venta¬na,
piensas tristemente que él mismo se ha perdido...
También
podemos cambiar el punto de vista, tú te encuentras entre los espectadores, lo
ves subir al escenario, un escenario vacío, está de pie, desnudo, y bajo la luz
cruda de los proyecto¬res debe habituarse durante unos instantes a esa
luminosidad antes de que pueda, a través del haz de luz que ilumina el
esce¬nario, distinguirte a ti, sentado en un sillón de terciopelo rojo en la
última fila del teatro, también vacío.
32
En
la mochila que dejó la joven había un carné de estu¬diante con el apellido de
Xu, como ella había dicho, pero el nombre era Qian. También había pequeños
dia¬rios y octavillas que denunciaban la situación. Proba¬blemente iba a
Beijing a poner una denuncia. Sin embargo, aquellos documentos se difundían
públicamente. Quizá sólo fuera a Beijing a refugiarse. Demostró que tenía mucho
miedo de que la reconocieran cuando le puso en las manos la mochi¬la que
contenía sus papeles, pensó.
Como
no tenía ningún medio de saber qué le había ocurri¬do, sólo podía buscar las
novedades de aquella ciudad en los dazibaos pegados en las calles y en las
octavillas. Recorrió en bicicleta la avenida Chang'an, desde Dongdan hasta
Xidan, luego fue a la estación que está más allá de Qianmen, volvió a la puerta
de detrás del parque Beihai, examinando uno a uno los dazibaos que denunciaban
los enfrentamientos armados que estaban teniendo lugar en otras ciudades y
provincias. Leía todo tipo de denuncias, incidentes sangrientos, fusilamientos,
torturas atroces, a menudo acompañadas de fotos de cadáve¬res. Tenía la
sensación de que Xu Qian estaba siendo víctima de todos aquellos dramas; lo
pasaba fatal.
En
la mochila también había la camisa de cuello redondo, sin mangas, adornada con
pequeñas flores amarillas, que con¬servaba su olor, junto con sus braguitas
arrebujadas, mancha¬das de sangre, y otros objetos que le dejó, haciendo que
nacie¬ra en él un dolor difuso. Como si fuera por fetichismo, no paraba de
sacar y examinar los objetos de la mochila. Luego se le ocurrió quitar la tapa
de plástico de El Libro rojo y encon¬tró una nota en la que estaba escrita una
antigua dirección, calle de los Grandes Hombres, que había cambiado su nombre
por el de calle de la Estrella Roja, probablemente la dirección de su tía.
Salió de casa corriendo, luego reflexionó un poco y volvió a su habitación para
volver a meter en la bolsa las cosas que había puesto en la mesa y llevárselas
consigo. Tan sólo dejó la ropa que la joven llevó aquella noche.
Pasadas
las diez de la noche, llamó a la gran puerta de un edificio cuadrado. Un mozo
robusto le cerró el paso y le pre¬guntó secamente:
—¿A
quién busca?
Él
explicó que quería ver a la tía de Xu Qian, pero el mozo se frotó las cejas con
aspecto hostil, pensó que era un guardia rojo de sangre pura. Su entusiasmo
cayó por los suelos y dijo fríamente:
—Sólo
he venido a dar una noticia, tengo algo para su tía.
Su
interlocutor le dijo entonces que esperara y cerró la puerta. Algo más tarde,
el joven regresó con una mujer de mediana edad. Ésta lo miró de arriba abajo y
le invitó con amabilidad a que dijera lo que había venido a decir. El sacó el
carné de estudiante de Xu Qian y dijo que quería explicarle algo.
—Entre,
por favor —dijo la mujer.
En
la vivienda, la habitación principal del ala central estaba bastante
desordenada, pero conservaba el estilo de un salón de un alto cargo.
—¿Usted
es su tía? —preguntó él.
La
mujer hizo un vago signo con la cabeza y le señaló el largo sofá.
Él
le explicó que su sobrina —al menos la que creía que era su sobrina— no
consiguió subir al transbordador, porque deja¬ron a todos los de la ciudad en
el muelle. La tía sacó de la bolsa el montón de octavillas y se puso a
ojearlas. El explicó que la situación era muy tensa en la ciudad, que hubo
disparos, se perseguía a la gente por la noche y que seguramente Xu Qian debía
de pertenecer a la facción atacada.
—¡Qué
rebelión es esa! —exclamó la tía colocando las octa¬villas sobre la mesita de
té. De hecho, su frase también podía pasar por una interrogación.
Él
explicó que estaba muy preocupado, que temía que le hubiera ocurrido algo a Xu
Qian.
—¿Usted
es su novio?
—No
—respondió, aunque tuvo ganas de decir que sí.
Después
de un instante de silencio, él se levantó:
—Sólo
he venido a prevenirla; pero, por supuesto, espero que no le haya ocurrido
nada.
—Me
pondré en contacto con sus padres.
—Yo
no tenía la dirección de sus padres —dijo él con cierta audacia.
—Escribiremos
a su casa.
La
tía no tenía ninguna intención de darle las señas. Él sólo Herir:......
—Puedo
dejarle mi dirección y el número de teléfono de mi unidad de trabajo.
La
señora le dio un papel para escribir. Luego lo acompañó a la puerta y le dijo
antes de cerrar:
—Ahora
que conoce el lugar, no dude en volver.
Era
una forma educada de agradecerle lo que había hecho.
Cuando
volvió a su casa, se tumbó en la cama y se puso a recordar todos los detalles
de aquella noche. Quería que cada frase que pronunció Xu Qian, el sonido de su
voz en la oscuri¬dad y los movimientos de su cuerpo se hubieran grabado en él.
Llamaron
a la puerta; era Lao Huang, un funcionario que pertenecía a su facción y que
nada más entrar le preguntó:
—¿Qué
ha sido de ti? He venido a verte varias veces, no has ido al trabajo, ¿qué has
estado haciendo? ¡No puedes conti¬nuar viviendo así, sin preocuparte por nada!
¡Han sacado a los funcionarios uno tras otro para acusarlos, se ha armado un
gran lío en la asamblea!
—¿Cuándo?
—preguntó él.
—¡Esta
tarde, han llegado a las manos!
—¿Ha
habido heridos?
Huang
explicó que la banda de Danian golpeó al tesorero de la sección de finanzas, y
le rompió las costillas a patadas porque venía de una familia de capitalistas.
Amenazaron a todos los funcionarios que apoyaban su facción. Huang no tenía un
buen origen de clase, ya que era hijo de un pequeño empresario, aunque fuera
miembro del Partido desde hacía veinte años.
—¡Si
no podéis proteger a los altos cargos que os sostienen —dijo Huang muy
alterado—, vuestra organización va a caer en picado!
—Hace
tiempo que me he retirado de la dirección, ahora estoy casi todo el tiempo
fuera, en misión —dijo él.
—Pero
esperamos que vengas a apoyarnos, el gran Li y los suyos no saben cómo
protegernos. Todos venimos de la anti¬gua sociedad; ¿quién no ha tenido
problemas en su familia o en las personas cercanas? Han convocado para mañana
una asamblea para juzgar a Lao Liu y a Wang Qi. Si no los paráis, ningún alto
cargo querrá mantener sus lazos con vosotros. No es mi opinión personal, Lao
Liu y los demás altos cargos me han encargado que venga a verte, nosotros
confiamos en ti, te apoyamos, ¡debes venir y enfrentarte a ellos!
Los
dirigentes también hacían pactos entre bastidores, la lucha por el poder había
llegado a un punto en que nadie podía sobrevivir sin unirse a un clan o una
facción. Los funcionarios que apoyaban su facción lo habían elegido y de nuevo
debía estar en primera línea.
—Mi
mujer también me ha dicho que venga a verte, nues¬tro hijo todavía es joven, si
nos etiquetan ahora, ¿qué será de él? —le preguntó Huang, con una mirada
ansiosa.
Conocía
a la mujer de Huang, ya que trabajaba en el mis¬mo sector que él. No podía
quedarse parado, quizá porque había perdido a Xu Qian, que se quedó retenida en
el muelle y que, aunque sólo fuera en su imaginación, había sido víc¬tima de
los últimos ultrajes. De cualquier modo, volvió al combate. La compasión, o al
menos la simpatía que sentía hacia los que habían perdido el poder y estaban
amenazados, ese humanismo, le hizo de nuevo perder la cabeza, despertan¬do los
sentimientos heroicos inherentes en él. Quizá también porque no le habían roto
los huesos, no tenía que conformar¬se con la derrota. Aquella misma noche fue a
ver al pequeño Yu para convencerlo de que había que proteger a los altos
car¬gos que los apoyaban y Yu fue de inmediato a ver al gran Li. Pasó toda la
noche sin dormir, contactando con otros jó¬venes.
A
las cinco de la mañana llegó a la calle donde vivía Wang Qi y encontró su casa.
La gran puerta de estilo antiguo, con roblones remachados, estaba cerrada; en
la callejuela había una tranquilidad absoluta, no pasaba nadie por allí. A la
entrada de la calle ya estaba abierto el tenderete que servía desayunos. Bebió
un tazón de leche de soja hirviendo y comió un buñuelo recién salido de la
freidora; no aparecía nadie conocido en la calle. Tomó otro tazón de leche de
soja y otro buñuelo, y por fin vio al gran Li que llegaba en bicicleta. Lo
llamó haciendo un ademán. Li puso el pie en el suelo y le estrechó con vigor la
mano, como a un viejo amigo.
—¿Has
vuelto? ¡Qué bien!, realmente te necesitamos —dijo Li, mientras se acercaba;
luego continuó en voz baja—: He¬mos movido a Lao Liu durante la noche y lo
hemos escondi¬do. Si vienen, se llevarán un buen chasco.
El
rostro de Li denotaba claramente su cansancio, parecía sincero, el antiguo
rencor que los separaba había desapareci¬do. Era como cuando era pequeño,
cuando los niños de las callejuelas se agrupaban en bandas rivales que se
peleaban. Más que una camaradería artificial, entre ellos había una fide¬lidad
fraternal. En ese mundo era necesario agruparse para sobrevivir. Li añadió:
—Ya
he entrado en contacto con un grupo de bomberos, su jefe es como un hermano
para mí. Si tenemos que pelear, con una simple llamada vendrán con sus coches
para rociarlos a todos.
Alrededor
de las seis, Yu y seis o siete jóvenes de la institu¬ción se encontraron en la
entrada de la callejuela y aparcaron delante de la puerta de la casa de Wang
Qi, apoyados en sus bicicletas, con el cigarrillo en los labios. Llegaron dos
peque¬ños coches, pero se pararon a treinta metros. Reconocieron los vehículos
de su institución. Nadie bajó de los coches, que permanecieron así durante
cinco o seis minutos, antes de dar marcha atrás hacia la entrada de la calle y
de marcharse.
—Entremos
a ver a la camarada Wang Qi —sugirió él.
En
aquel instante, Li pareció dudar:
—Su
marido es un elemento de la banda negra.
—No
es a su marido a quien venimos a ver —dijo él, y entró el primero.
La
antigua jefa de la oficina salió a recibirlos. No dejaba de repetir:
—¡Gracias
por haber venido, camaradas! ¡Entrad, entrad, por favor, tomad asiento!
El
marido de Wang Qi era un teórico del Partido, pero en aquel momento había sido
excluido por pertenecer a la banda negra antipartido. El pobre hombre, que
estaba especialmente delgado, los miraba en silencio, inclinando levemente la
cabe¬za. Habían precintado las puertas de las dos habitaciones con¬tiguas. No
tenía más remedio que quedarse y caminar de un lado a otro por la única sala
accesible, fumando un cigarrillo tras otro y tosiendo sin parar.
—Camaradas,
sin duda todavía no habéis desayunado, voy a prepararos algo —dijo Wang Qi.
—Gracias,
ya hemos comido en la calle. Camarada Wang Qi, venimos a verla a usted, los
coches de ellos ya se han ido, seguro que hoy no vendrán más por aquí —dijo él.
—Bueno,
voy a prepararos un poco de té... —Era una mu¬jer; por eso no pudo evitar que
se le saltaran las lágrimas y rápidamente se dio la vuelta.
Las
cosas tomaban un giro inesperado, estaba protegiendo a la esposa de un miembro
de la «banda negra antipartido». Cuando Wang Qi todavía estaba en funciones,
ella le previ¬no de su relación con Lin, la presión después se relajó y no era
nada comparada con todo lo que ocurriría más tarde.
Al
contrario, le estaba agradecido por no haber hecho una investigación sobre su
relación adúltera con Lin. Ahora, en cierto modo, le estaba devolviendo el
favor.
Li,
sus compañeros y él, mientras sorbían el té de la camarada Wang Qi, funcionaria
revolucionaria, esposa de un ele¬mento de la banda negra antipartido,
decidieron fundar una brigada suicida compuesta esencialmente por los
presentes. Si la parte contraria atacaba a los funcionarios que estaban de su
lado, ellos acudirían a protegerlos.
Sin
embargo, no pudieron evitar el enfrentamiento. Danian y los suyos se hicieron
con Wang Qi en su oficina, el pasillo estaba lleno de gente, el despacho
transformado en un campo de batalla, algunos estaban de pie sobre las mesas,
rompiendo las placas de cristal que protegían la madera. Como no podía echarse
atrás, entró él también en la sala, se subió sobre una mesa y se colocó frente
a Danian en claro desafío.
—¡Hacedlo
bajar de ahí! —ordenó Danian a su grupo de antiguos guardias rojos, sin
disimular el odio visceral que sen¬tía hacia él—. ¡Haced bajar a ese hijo de
perra!
Sabía
que al menor signo de debilidad, corría el riesgo de que se precipitara sobre
él y le rompiera la cara, antes de vol¬ver a sacar el asunto pendiente de su
padre y lanzarle la acusa-ción de venganza de clase. Tanto en el interior del
despacho como fuera, los empleados y los intelectuales comprometidos con su
facción eran numerosos, pero mayores y débiles; la mayor parte de los
dirigentes que le apoyaban eran también intelectuales, todos tenían algún
problema en su pasado o en su familia, y no se atrevían a socorrerlo; en
realidad contaban con él y con los otros jóvenes para enfrentarse a sus
adversarios.
—Escúchame,
Danian —gritó él—, te advierto que mis compañeros tampoco son cobardes. El que
se atreva a tocar a uno de nosotros verá, antes de que acabe la noche, cómo
nuestra banda lo aniquila en su propia casa, sea quién sea. ¿Has comprendido?
Cuando
uno se convierte en un animal y regresa a sus ins¬tintos primitivos, ya sea un
lobo o un perro, enseña los dien¬tes. Tenía que recurrir a la intimidación,
tener la mirada feroz, debía hacer creer a sus adversarios claramente que él
era un hombre sin escrúpulos y capaz de todo; en aquel instante pare¬cía un
verdadero bandido.
Se
oyeron las sirenas de los coches de bomberos, los refuer¬zos del gran Li habían
llegado a tiempo: los bomberos, con cascos, y el grupo de obreros rebeldes de
la imprenta, que lle-gaban sobre un camión blandiendo una gran bandera,
entra¬ron en el edificio para demostrar su fuerza. Cada facción tenía sus
estratagemas. Así empezaron los combates en las escuelas, las fábricas y las
instituciones administrativas. Y cuando el ejército abría fuego por detrás,
llegaban a utilizar fusiles y cañones.
33
Primero
vio la octavilla que explicaba cómo Mao recibió en el Gran Palacio del Pueblo a
los jefes rebeldes de las cinco universidades de Beijing y les dijo: «Ahora ha
llega¬do el momento en el que vosotros, pequeños generales, vais a cometer
errores». Su tono era el del emperador que acon¬seja a sus generales y
ministros: «Deberéis descansar». El peque¬ño general Kuai Dafu, que brilló en
el campo de batalla al ayu¬dar al Líder Supremo a eliminar a sus viejos
compañeros de armas de la antigua revolución y que, de ese modo, mereció ser un
líder estudiantil, comprendió de inmediato lo que significa¬ban las palabras de
Mao, y se echó a llorar. El Presidente había encendido la pólvora de la
Revolución Cultural gracias a un dazibao en la universidad de Beijing, y con la
misma facilidad apa¬gaba el movimiento de masas que había creado, empezando por
los campus. Miles de obreros dirigidos por las unidades de guar¬dias de Mao
entraron en el campus de la universidad Qinghua. El fue aquella misma tarde,
después de conocer la noticia, y vio con sus propios ojos cómo los militares
conducían a los obreros para ocupar la última base que mantenía el «cuerpo de
ejército Jinggangshan» —los primeros estudiantes rebel¬des—, atrincherado en un
gran edificio solitario frente al campo de deportes. El equipo de propaganda
obrera, que se distinguía por el brazalete rojo que lucían sus componentes, se
sentó en el suelo, dibujando varios círculos concéntricos alre¬dedor del
edificio y del campo de deportes. Empezaba a atar¬decer cuando desplegaron dos
inmensas banderas rojas cubier¬tas de caracteres negros desde las ventanas de
la planta más alta del edificio: «En la nieve, las flores del ciruelo nunca se
marchitan, los hombres de Jinggangshan no temen a la guillo¬tina». Cada uno de
los caracteres era mayor que una ventana y las banderas, que superaban la
altura de varias plantas, ondea¬ban al viento. Una columna formada por decenas
de obreros y de soldados atravesó el espacio vacío que había delante del
edi¬ficio y subió por la escalera que conducían a la puerta princi¬pal. Algo
más tarde, tras cortar el agua y la luz, consiguieron entrar en el gran
edificio solitario. Él se mezcló con los miles de obreros y las personas
silenciosas que miraban la escena, escuchando cómo las inmensas banderas
crepitaban al viento. Alrededor de una hora más tarde soltaron del soporte la
bandera de la derecha, que se fue volando tranquilamente por el aire hasta caer
sobre la escalera de delante de la entrada principal. Poco después cayó la
otra. Los vivas se sucedieron en todos los asistentes y seguidamente se
escucharon los tam¬bores y los gritos por los megáfonos. Los estudiantes que
ha¬bían gritado esos mismos eslóganes durante la rebelión enarbolaban ahora una
bandera blanca y salían en fila india, con las manos levantadas, la cabeza
gacha, como prisioneros de gue¬rra. Un contingente más numeroso de obreros tomó
el edifi¬cio; entraron y sacaron ametralladoras pesadas, luego empujaron hacia
fuera un cañón de tiro rasante de pequeño calibre. No se sabía si también
tenían proyectiles para aquel ingenio.
La
ocupación tuvo lugar sin grandes dificultades, aunque la noche anterior, cuando
el equipo de propaganda obrera entró en el campus, unos estudiantes lanzaron,
amparándose en la oscuridad, una granada de su propia fabricación, con la que
hirieron a varios obreros. Probablemente les empujó la deses¬peración de verse
abandonados por el Gran Líder, que tanto habían defendido y que, ahora, ya no
los necesitaba. Cuando un niño descubre que un adulto lo ha engañado, se echa a
llo¬rar y a patalear, es así.
Él
también pensaba que había que acabar con el caos y pre¬sentía que no le
esperaba nada bueno. Con el pretexto de llevar a cabo una investigación, se
apresuró a salir de nuevo de Beijing.
—¡Vuelve!
Al
pasar por Shanghai, fue a ver a su tío paterno, él fue el que le dio la orden.
—¿Que
vuelva adonde? —preguntó él. Luego explicó los problemas de su padre, aquel
asunto de la tenencia de armas imposible de resolver—. No tengo adonde ir
—añadió.
En
ese momento su tío tosió y tomó un pequeño vaporiza¬dor que accionó en la boca.
—¡Vuelve
a tu institución y haz tu trabajo!
—Todo
aquello está paralizado, no hay nada que hacer, he salido de allí con el
pretexto de llevar a cabo una investigación.
—¿Una
investigación sobre qué?
—Se
está examinando la historia de los funcionarios. Al investigar sobre la vida de
algunos antiguos revolucionarios, uno encuentra muchas veces cosas que se
callan...
—¿Qué
entiendes tú de eso? No es un juego, ya no eres un niño, no te juegues la
cabeza, puedes perderla antes de que te des cuenta.
Su
tío iba a toser de nuevo. Accionó el vaporizador.
—Ya
ni siquiera tengo nada que leer en el trabajo, no tengo nada que hacer.
—Observa,
¿sabes observar? —preguntó su tío—. Yo me he convertido en un observador,
cierro la puerta y no salgo, no hay que mezclarse con ninguna facción,
simplemente hay que contentarse con mirar el espectáculo que tiene lugar en el
escenario y entre bastidores.
—Pero
yo tengo la obligación de ir al trabajo, no me puedo quedar en casa como usted.
—También
puedes callarte, ¿no? —replicó su tío—. La boca te pertenece, ¿no?
—No,
tío, hace mucho tiempo que no sale de casa. No sabe que, desde que empezó el
movimiento, todo el mundo tiene que decantarse por un bando o por otro, es
imposible no tomar partido.
Su
viejo tío, aquel viejo revolucionario, lo sabía y soltó un largo suspiro.
—¡Qué
mundo tan turbio! Antes, al menos, uno podía refu¬giarse en las montañas y
hacerse ermitaño en un templo...
Las
palabras le salían del fondo del corazón. Era la primera vez que su tío le
hablaba de política, ya no lo veía como a un niño. Le dijo:
—Yo
también me he puesto a salvo con el pretexto de estar enfermo. Si después del
Gran Salto adelante y la lucha contra los oportunistas de la derecha, no me
hubieran dejado al mar¬gen, alejándome de los asuntos del mundo durante siete u
ocho años, no habría podido continuar llevando esta existencia precaria.
Después
le habló de un veterano, su antiguo superior jerár¬quico. Les unían unos
profundos lazos de amistad, ya que los dos se habían enfrentado a la muerte
juntos en los años de la guerra. Antes de la Revolución Cultural, vino a
visitarlo, man¬dó a su guardaespaldas que esperara fuera y le previno: iban a
tener lugar grandes cambios en el Comité Central, era posible que no volvieran
a verse nunca más. En el momento de mar¬char, le dejó una colcha de seda y le
explicó que se trataba de un regalo de despedida.
—Advierte
a tu padre que nadie puede salvar a nadie, ¡es mejor que cada uno se cuide de
sí mismo!
Éstas
fueron las últimas palabras de su tío cuando lo acom¬pañó a la puerta. Poco
después, este tío, que no era muy ma¬yor, cogió una gripe y le pusieron una
inyección en el hospi¬tal militar. Contra todo pronóstico, murió unas horas más
tarde. Su antiguo superior, aquel veterano de la revolución, luego de que lo
privaran de su libertad individual, también moriría un año después en un
hospital militar. El sólo se ente¬ró mucho más tarde, al leer un memorial
escrito para rehabili¬tar su imagen. En la época en que luchaban por la
revolución, no habrían podido imaginar ni en la peor de sus pesadillas que ésta
les conduciría a una situación tan triste que lo único que podían hacer era
esperar la muerte. En el momento de la ago¬nía, ¿se arrepentirían de algo? Por
supuesto, no podía saberlo.
¿Qué
clase de rebelión es ésta? ¿Entras en la máquina de picar carne o añades
algunos ingredientes?
Ahora,
cuando vuelves la vista al principio de los hechos, no puedes evitar hacerte
estas preguntas.
No
obstante, él dice que las circunstancias impedían mirar las cosas fríamente y
mantenerse al margen; había comprendido que sólo era un peón dentro de todo el
movimiento, que ya no peleaba por el comandante en jefe, sino sólo por
sobrevivir.
¿No
podía elegir otro medio para sobrevivir? ¿Por qué no podía ser un simple
ciudadano que siguiera la corriente gene¬ral, sin preocuparse por el mañana,
cambiando según el clima político, diciendo lo que los otros quieren escuchar,
y adap¬tándose al poder?, preguntas tú.
Él
dice que habría sido todavía más difícil, que habría sido más agotador que
rebelarse, que habría tenido que devanarse los sesos para captar y seguir los
constantes cambios del clima político sin estar seguro de tener razón. ¿Su
padre no era jus¬tamente un insignificante ciudadano común? Acabó tragándo¬se
un frasco entero de somníferos y su fin fue más o menos como el de su tío, el
viejo revolucionario. Si él se rebelaba, era sin un objetivo claro; de hecho,
sólo lo empujaba el instinto de supervivencia, como cuando la mantis religiosa
intenta impe¬dir que un carro la aplaste.
En
ese caso, ¿eres quizá un rebelde de nacimiento? ¿Tu ca¬rácter rebelde no será
visceral en ti?
No,
dice que era tranquilo por naturaleza, como su padre, pero era más joven y
estaba lleno de energía, no tenía mucha experiencia en la vida. No podía seguir
el mismo camino que eligieron sus ancestros, aunque tampoco sabía dónde se
en¬contraba la salida.
¿No
podía huir?
¿Huir
adonde?, te pregunta. No podía huir del inmenso país, no podía salir del gran
edificio de su institución, que parecía una colmena, en el que se ganaba la
vida para alimen-tarse. Era ese organismo el que le proporcionaba la
autoriza¬ción para vivir en la ciudad, los cupones mensuales de cereales
(veintiocho libras), los cupones de aceite (una libra), de azúcar (media
libra), de carne (una libra), los cupones de algodón que daban cada año (veinte
pies), los cupones de productos indus¬triales de uso común, para comprar un
reloj, una bicicleta, lana, distribuidos según el salario, así como su
identidad de ciudadano. Si él, como una abeja obrera, dejaba el panal, ¿adonde
podía ir? Dijo que no tenía elección, que era como una abeja protegida por la
colmena, si la locura reinaba en el interior, no tenían más remedio que
atacarse mutuamente agi¬tándose hacia todos los lados, reconocía.
¿Acaso
era una forma de salvar la vida?, preguntas tú.
Pero
ya no había remedio, dice él, riendo amargamente. Si lo hubiera sabido desde el
principio, no habría sido un insecto.
Un
insecto capaz de reír, eso sí que es raro; te acercas para mirarlo.
Lo
verdaderamente extraño es el mundo, y no esos insectos que dependen de la
colmena, dice el insecto.
34
El
otro lado de Shanhaiguan,* donde el invierno es pre¬coz, soplaba un viento frío
proveniente del noroeste. No podía subir a la bicicleta que había alquilado en
la cabeza de distrito y tenía que empujarla con mucho esfuerzo para conseguir
avanzar unos pasos. Llegó a la comu¬na popular hacia las cuatro de la tarde,
cuando el cielo empe¬zaba a oscurecer. Le faltaban unos diez kilómetros para
llegar a su destino. Tuvo que pasar la noche en un albergue en el que
descansaban los campesinos que iban de un lado a otro sobre sus carruajes
tirados por mulas. Allí cenó dos trozos de nabos secos, tan salados que estaban
amargos, y un tazón de granos de sorgo difíciles de masticar de tan duros que
eran. Luego se tumbó sobre el kang de tierra cubierta por una estera de caña
trenzada, que ocupaba la mitad de la habitación y sobre la que se habrían
podido tumbar siete u ocho personas. Estaba solo, pues, con el frío que hacía,
nadie del campo se habría aventu¬rado a hacer un largo viaje. Quizá porque
había mostrado una carta de recomendación de la capital, el kang estaba
particu¬larmente caliente. Cuanto más avanzaba la noche, más que¬maba, las
pulgas debían de estar completamente achicharra¬das. A pesar de quedarse en
calzoncillos, sudaba. Se sentó en el borde del kang a fumar un cigarro, y pensó
que en el fondo, en aquel mundo confuso, el campo era un buen lugar para
refugiarse.
Se
levantó temprano. El viento del norte continuaba con la misma fuerza. Dejó su
pesada bicicleta con portaequipajes en el albergue, y acabó llegando al pueblo
después de caminar casi tres horas contra el viento. Preguntó por todas partes
para saber si vivía en el pueblo una señora mayor con ese nombre y que había
sido profesora en la escuela primaria. Todos dijeron que no. Había una escuela,
pero allí daba clases un hombre; su mujer tuvo un niño y él volvió a casa.
—¿Hay
alguien más en la escuela? —preguntó.
—Hace
más de dos años que no se dan clases. El equipo de producción ha transformado
el aula en depósito. ¡Está llena de patatas! —precisó un campesino.
Tenía
que ir a ver al secretario de la célula del Partido de este equipo de
producción para informarse.
—¿Quiere
ver al secretario joven o al viejo?
Él
explicó que estaba buscando a la persona que se ocupaba de los asuntos del
pueblo; si había dos hombres, prefería al mayor, porque probablemente podría
darle más información. Lo condujeron a casa de un anciano. Este mordisqueaba
una pipa, que tenía la boquilla de bambú y la cazoleta de cobre, mientras tejía
un cesto de mimbre. Sin esperar que acabara de exponer el objeto de su visita,
el viejo refunfuñó:
—No
me ocupo de eso, yo no me ocupo de nada.
Tuvo
que explicar que había venido especialmente de la capital para hacer esa
investigación, lo que hizo que el anciano se tomara algo más en serio su
presencia y dejara de tejer el cesto. Apretando la pipa en la mano, entornó los
ojos y descu¬brió sus dientes negruzcos mientras escuchaba las explica¬ciones.
—Ah,
sí, hay una persona con esas características, la mujer de Lao Liang. Fue
profesora de escuela, pero se jubiló antici¬padamente por enfermedad. Alguien
vino a hacer una investi¬gación sobre ella; pero como su marido tenía un
pequeño tea¬tro de sombras chinescas y pertenecía a la categoría de los
campesinos pobres, no hubo ningún problema.
Él
precisó que si estaba buscando a esa mujer era para saber algo de otra persona,
no de ella, el problema no tenía nada que ver con la pareja. El viejo lo
condujo entonces a una casa a las afueras del pueblo. Antes de entrar, gritó:
—¡Vienen
a verte, señora de Lao Liang!
Nadie
respondió. El viejo empujó la puerta, pero no había nadie en el interior;
entonces, se volvió hacia los niños que les seguían desde el pueblo.
—Id
a buscarla, decidle que un camarada que viene de Beijing la está esperando.
Los
niños salieron corriendo y gritando mientras que el viejo se alejaba.
Las
paredes eran totalmente negras y la sala estaba casi vacía, tan sólo había dos
bancos y una mesa cuadrada tan negra como las paredes. La cocina, donde estaba
el horno, comuni¬caba con esa sala, pero no había ningún fuego encendido. Se
sentó, helado de frío. Fuera, el cielo estaba gris, la intensidad del viento
había disminuido. Estuvo allí solo durante bastante tiempo, golpeó los pies
contra el suelo para calentarlos.
Pensó
en su situación. Estaba esperando en aquel lugar per¬dido a la antigua esposa
de un alto funcionario destituido. ¿Cómo habría ido a parar esa mujer a aquel
lugar? ¿Cómo se convirtió en la mujer de un campesino pobre, que se dedicaba al
teatro de sombras chinescas? ¿Y qué tenía que ver él con todo eso? Tan sólo
quería retrasar el regreso a la capital.
Al
cabo de unas dos horas llegó una mujer de edad avanza¬da. Al verlo sentado en
el interior, dudó durante un instante antes de franquear el umbral. Se detuvo,
pero acabó entrando. Llevaba un pañuelo gris sobre la cabeza, una chaqueta
acol¬chada también de color gris, un viejo pantalón ancho ajustado a los
tobillos, sandalias de algodón llenas de mugre. Realmen¬te parecía una
verdadera campesina. ¿Esa mujer era la heroína revolucionaria que había
estudiado en la universidad y trans¬mitía informaciones secretas? El se levantó
y le preguntó si era la persona que estaba buscando.
—No,
no, aquí no hay nadie con ese nombre —contestó, moviendo la mano.
Extrañado,
insistió:
—Su
nombre es...
Repitió
el nombre.
—Yo
me llamo Liang, como mi marido.
—¿Su
marido se dedica al teatro de sombras chinescas? —preguntó él.
—Ahora
ya es mayor, hace tiempo que no canta.
—¿Está
aquí? —inquirió con prudencia.
—Ha
salido. Pero ¿a quién está.buscando?...—replicó la señora, mientras se quitaba
el pañuelo y lo posaba sobre la mesa.
—¿Hace
más de cuarenta años usted vivía en Sichuan? ¿Conocía a un tal...? —y pronunció
el nombre del alto funcio¬nario.
Los
ojos de la anciana se iluminaron, pero sus párpados fati¬gados cayeron
rápidamente, su mirada ya no era la de una campesina ignorante.
—¡Usted
tuvo un hijo con él! —Soltó esa frase para que ella reaccionara.
—Hace
tiempo que murió —dijo la mujer apoyándose en la mesa para tomar asiento en el
banco.
La
había encontrado, era realmente ella, pensó; primero tenía que conseguir su
confianza:
—Usted
ha trabajado mucho para el Partido, es una antigua revolucionaria...
—No
he hecho nada, tan sólo he servido a mi marido y he tenido un niño —lo
interrumpió la mujer.
—En
aquella época su marido era secretario del comité de zona especial del Partido
en la clandestinidad, ¿no lo sabía?
—Yo
no era miembro del Partido.
—Pero
su marido, su marido de entonces, se dedicaba a las actividades secretas del
Partido, ¿cómo puede ignorarlo?
—No
lo sabía —afirmó de forma categórica.
—Fue
usted quien protegió su huida, y, gracias a una seña, permitió que huyera su
contacto y que no lo detuvieran. ¡Real¬mente es una mujer con mucho valor!
—Yo
no sé nada, no he hecho nada —negaba ella.
—¿Quiere
que le dé detalles para refrescarle la memoria? Vivía en la primera planta, un
abanico de junco colgaba de la ventana que daba a la calle. Usted se aproximó a
la ventana, con su hijo en brazos, y descolgó el abanico...
El
esperaba que ella asintiera.
—No
recuerdo nada de eso.
La
anciana cerró los ojos e intentaba no prestarle atención.
—Hay
pruebas de las personas concernidas, documentos escritos. Su marido, su ex
marido, salió por la terraza de detrás de la casa, tenemos su confesión
escrita; usted ha contribuido mucho a la revolución —continuaba provocándola.
La
mujer resopló ligeramente, sonreía con cierta dulzura.
—Usted
protegió la huida de su marido, pero la detuvieron unos agentes secretos en una
emboscada. —Lanzó un hondo suspiro, una argucia más del investigador.
—Si
lo sabe todo, ¿sobre qué está investigando? —dijo la mujer, abriendo de nuevo
los ojos y dirigiéndose a él con una voz segura.
—No
se preocupe —explicó él—, esta investigación no le concierne, ni a usted ni a
su ex marido, usted protegió su huida y no lo detuvieron, los documentos están
muy claros en ese sentido. Buscamos aclarar unas cosas sobre otro miembro del
Partido clandestino a quien encarcelaron poco después. No tiene nada que ver
con usted, pero lo encerraron en la mis¬ma cárcel. ¿Cómo consiguió salir? Según
su propia confesión, fue la organización del Partido quien lo rescató; ¿sabe
algo de eso?
—Ya
le he dicho que yo no era miembro del Partido, no me pregunte sobre eso.
—Le
pregunto sobre lo que ocurrió en la cárcel. Por ejem¬plo, ¿qué había que hacer
para salir?
—¿Les
ha preguntado a los guardias de la prisión? ¡Vaya a preguntar a los del
Guomindang! Yo soy una mujer, estaba encerrada en esa prisión con mi hijo,
todavía le daba el pecho.
Ella
se había enfurecido, golpeó la mesa con rabia, como una vieja campesina que se
deja llevar por su emoción.
Él
también podía dejarse llevar por su emoción. En aquella época la forma de
investigar era como un interrogatorio, y la relación que se establecía entre el
investigador y la persona a quien interrogaba era como la del juez con el
acusado o, inclu¬so, como la del carcelero con el criminal. Sin embargo,
inten¬tó mantener la calma para decirle tranquilamente que no había ido a
investigar cómo salió ella de la cárcel, sino que le pedía que le diera
detalles sobre la situación en las cárceles de enton¬ces; por ejemplo, sobre
qué tenían que hacer los presos políti¬cos para poder salir.
—¡Yo
no era un preso político! —gritó la mujer.
El
dijo que quería creerla, ella no era miembro del Partido, ella se vio en esa
situación como pariente, estaba convencido, no tenía la intención ni la
obligación de llevarle la contraria, pero ya que había ido a aclarar ese
asunto, le rogaba que escri¬biera su testimonio.
—Si
no sabe lo que ocurrió, tan sólo escriba que no sabe lo que ocurrió; perdone
por haberla molestado, no iremos más lejos —explicó él.
—No
puedo escribir —dijo ella.
—¿Usted
no ha sido profesora? Hasta ha ido a la universi¬dad, ¿no?
—No
tengo nada que escribir —ella continuaba negándose.
Eso
significaba que ella no quería dejar ninguna huella sobre aquella parte de su
vida, no quería que la gente supiera por qué se refugió en aquel pueblo y se
unió a un hombre que se dedicaba al teatro de sombras chinescas, pensó.
—¿Lo
ha vuelto a ver?
El
hablaba de su ex marido, el alto funcionario.
Ella
no respondió nada.
—¿Sabe
que todavía está viva?
Ella
continuó en silencio. Sin decir ni una palabra. Él acabó perdiendo la paciencia
y guardó el bolígrafo en el bolsillo de su chaqueta.
—¿Cuándo
murió su hijo?
Hizo
la pregunta porque sí, sin pensarlo, y se levantó.
—En
la cárcel, acababa de cumplir un mes... —La anciana se calló y se levantó del
banco.
Dejó
de hacer preguntas y se puso los guantes. La mujer lo acompañó en silencio a la
puerta. Él se despidió inclinando la cabeza.
Una
vez en el camino de tierra, marcado por dos profundas roderas, se volvió y vio
a la anciana de pie en el umbral de su casa; no se había anudado el pañuelo de
la cabeza. Cuando él se volvió, ella entró en casa.
En
el camino, el viento había cambiado de dirección, era un viento del nordeste,
mezclado con copos de nieve que se hacían cada vez más gordos. La llanura
estaba desierta, los cultivos habían sido cosechados, la nieve, en el infinito,
le hacía entor¬nar los ojos. Llegó al albergue de la comuna popular antes de
que se hiciera de noche y recuperó la bicicleta. En principio, no debía volver
a la cabeza de distrito esa misma noche; pero, sin saber demasiado por qué, se
subió rápidamente a la bicicle¬ta. La nieve había cubierto la carretera y los
campos, y le cos¬taba mucho encontrar el camino. El viento le empujaba por
detrás, y hacía que los copos de nieve revolotearan. Por suerte, iba en la
buena dirección. Agarrado con firmeza al manillar, iba de rodera en rodera,
debido a la nieve no distinguía nada, hasta que se caía, se levantaba, se
volvía a subir, y marchaba dando tumbos. Delante de él, una extensión gris, los
copos de nieve revoloteando...
35
—¡Miserable!
¡Payaso! —gritó el ex teniente coronel, que en aquella época se había
convertido en el hom¬bre fuerte de la comisión de control militar y ocu¬paba el
cargo de jefe adjunto del grupo encargado de la depuración de las filas de
clase. El jefe principal, por supuesto, era un militar en servicio activo.
De
hecho, tú no eras nada más que un payaso miserable, un guisante que giraba en
la gigantesca cesta de la dictadura total, incapaz de salir. Sin embargo, no te
dejabas aplastar fácilmente. Tenías que aceptar el control militar, no había
más remedio, como también tenías que participar en las manifestaciones que se
organizaban para aclamar las últimas directivas de Mao, que se sucedían sin
parar; directivas que siempre emitían en la radio, en el informativo de la
noche. Entre preparar las pan¬cartas, juntar a los grupos y bajar en rangos a
la calle, a menu¬do se hacía medianoche. En medio de los golpes de tambor y de
gong, los asistentes gritaban las consignas, las columnas acudían en tropel a
la avenida Chang'an, que recorrían de oeste a este, luego en sentido contrario,
mientras todos se mi¬raban, mostrando una gran exaltación, para que no
pareciera que en el fondo de cada uno había una profunda inquietud.
No
había ninguna duda de que eras un payaso, si no, te habrías convertido en «una
mierda que todos despreciarán», según la advertencia del viejo Mao que fijaba
el límite entre el pueblo y sus enemigos. Para elegir entre el payaso y la
mierda de perro, preferiste el payaso. Cantabas a voz en grito la can¬ción
militar «Las tres grandes reglas de disciplina y las ocho advertencias», y
debías, como un soldado, mantenerte erguido delante del retrato del Dirigente
Supremo que habían colgado en mitad de la pared de cada despacho, gritar tres
veces «Larga vida» y empuñar El Pequeño Libro con la tapa de plástico rojo.
Esta ceremonia inevitable tenía lugar al principio y al final de la jornada
laboral, después de que el ejército se hiciera con el control de la institución.
La llamaban «pedir las instrucciones de la mañana» y «presentar el informe de
la tarde».
Eran
momentos muy serios, te mantenías realmente en estado de alerta, no se podía
reír. Las consecuencias habrían sido inimaginables, a menos que te hubieras
preparado para ser un contrarrevolucionario o esperaras convertirte en un
mártir. Lo que decía el ex teniente coronel era verdad, real¬mente era un
payaso, pero un payaso que no se atrevía a reír. El que puede reírse ahora eres
tú, cuando recuerdas aquella época, pero de hecho no siempre lo consigues.
Él
se convirtió en el representante de una organización de masas en el seno del
grupo de depuración que controlaba el ejército. Cuando lo eligieron los
dirigentes y las masas de su facción, comprendió que había llegado al fin de
sus días. Pero aquellos dirigentes y aquellas masas realmente deseaban que él
los protegiera; no sabían que el asunto de la «tenencia de armas» de su padre
podía apartarlo de la gran familia revolu¬cionaria.
Durante
la reunión del grupo, el delegado del ejército, Zhang, leyó en voz alta un
documento llamado «control interno»; es decir, una lista de miembros del
personal que tenían que some¬terse a un control interno. Era la primera vez que
escuchaba esa expresión, le sorprendió mucho. El «control interno» no sólo
estaba dirigido a los trabajadores comunes, también a algu¬nos altos cargos del
Partido, que había que castigar rápidamen¬te por ser «malos elementos» que se
habían mezclado con las masas. Ya no era la violencia de las guardias rojas que
tuvo lugar dos años antes, tampoco la lucha entre las distintas facciones de
las organizaciones de masas; ahora el ataque tenía lugar sin precipitación, lo
dirigía el ejército como si se tratara de un plan de batalla trazado con todo
detalle. La comisión de control militar quitó los precintos de los archivadores
relativos a los asuntos del personal; los documentos de las personas con
pro¬blemas se amontonaban sobre la mesa del delegado Zhang.
—Todos
vosotros sois delegados y habéis sido elegidos por las organizaciones de masas.
Espero que, una vez que os hayáis librado de la manía burguesa de fraccionarse,
podáis echar de vuestras filas a los malos elementos que se hayan infiltrado.
Sólo debemos tener una única postura, la del proletariado, y no la de una
fracción. Lo mejor es que todo el mundo discuta caso por caso y determine quién
debe entrar en la primera lista y quién en la segunda. También habrá
posiblemente una ter¬cera, y los trataremos con clemencia si reconocen por
ellos mismos sus crímenes, se confiesan y proceden a las denuncias; de lo
contrario, seremos implacables.
El
delegado Zhang, de cara ancha y cuadrada, barrió con la mirada a los
representantes de las organizaciones de masas, golpeó con sus gruesos dedos el
montón de documentos que tenía delante de él, luego levantó la tapa de su taza
de té y se puso a beber antes de encender un cigarrillo.
Él
hizo algunas preguntas prudentes, ya que el delegado del ejército había dicho
que podían discutir. Preguntó si Lao Liu, su antiguo jefe de sección, a pesar
de su origen social, que era el de un terrateniente, tenía otros problemas.
Luego hizo algunas preguntas sobre una jefa de subsección, antigua miem¬bro del
Partido en tiempos de la clandestinidad, organizadora del movimiento
estudiantil y que, según se desprendía de su investigación, nunca había sido
detenida, ni pesaba sobre ella sospecha alguna de traición hacia el Partido ni
de rendición al enemigo; ignoraba por qué también formaba parte de los casos
especiales. El delegado Zhang volvió la cabeza hacia él, levan¬tó los dos dedos
que sostenían un cigarrillo, y lo miró sin decirle nada. Fue precisamente en
ese instante cuando el ex teniente coronel le insultó:
—¡Miserable!
¡Payaso!
Bastantes
años más tarde, leerías algunas memorias que des¬velarían poco a poco las
luchas internas del Partido. Te darías cuenta de que en las reuniones del Buró
Político, Mao Zedong también miraba así a sus mariscales o generales que tenían
un punto de vista diferente al suyo, mientras fumaba y bebía té, y que otros
mariscales y generales se levantaban furiosos de inmediato para reprimirlos y
evitar que el viejo tuviera que gas¬tar saliva.
Evidentemente,
tú no mereces a un mariscal o a un general, y es un teniente coronel quien te
fustiga: «Insecto rastrero».
Es
cierto, sólo eres un minúsculo insecto, ¿qué vale la vida de un insecto?
Después
del trabajo, al ir a buscar la bicicleta al cobertizo de la planta baja, se dio
de bruces con su colega de despacho, Liang Qin, que se encargaba de su trabajo
desde que empezó la rebe¬lión, hacía ya más de dos años. Pero su carrera de
rebelde estaba llegando a su fin. Como no había nadie cerca de ellos, le dijo:
—Sal
primero y ve despacio después del cruce, tengo algo que decirte.
Liang
se subió a la bicicleta, él le siguió y luego llegó a su altura.
—Ven
a mi casa a tomar algo —dijo Liang.
—¿Quién
hay en tu casa? —preguntó él.
—Mi
mujer y mi hijo.
—No,
mejor que hablemos mientras vamos en bicicleta.
—¿Qué
ocurre? —preguntó Liang, que temía que tuviera que darle una mala noticia.
—¿Qué
problema tuviste en el pasado? —preguntó sin mirarlo, como si no le diera mucha
importancia.
—¡Ninguno!
—exclamó Liang, que casi se cae de la bicicle¬ta al oír esas palabras.
—¿Tienes
relaciones con el extranjero?
—¡No
tengo ningún pariente en el extranjero!
—¿Has
enviado cartas al extranjero?
—Espera,
déjame pensar...
El
semáforo estaba en rojo, apoyaron los pies en el suelo.
—Ah,
sí, ya me hicieron esa pregunta, hace mucho tiempo —dijo Liang a punto de
echarse a llorar.
—¡No
llores, no llores! Estamos en plena calle —dijo él.
El
semáforo se puso verde y los vehículos empezaron a cir¬cular.
—¡Hablame
con franqueza, no tienes nada que temer, no te comprometería! —Liang Qin se
paró—. Lo único que te digo es que sospechan de ti, algo relacionado con el
espionaje, ten cuidado.
—¡Qué
dices!
El
dijo que tampoco lo veía muy claro.
—Lo
único que hice fue escribir una carta a Hong Kong, a uno de mis vecinos, con
quien crecí; hace tiempo que se fue con una tía suya a Hong Kong. Le escribí
para que me com-prara un diccionario de argot inglés. Nada más, no pasó nada
más. Era la época de la guerra de Corea, acababa de conseguir mi diploma en la
universidad, estaba en el ejército, trabajando como intérprete, en un campo de
prisioneros...
—¿Y
recibiste el diccionario? —preguntó él.
—No.
¿Eso quiere decir que... aquella carta nunca llegó a su destino? ¿Se la
quedaron? —preguntó Liang.
—¿Quién
sabe?
—¿Sospechan
que mantengo relaciones con los servicios de inteligencia del extranjero?
—Eso
lo has dicho tú.
—¿Tú
también piensas lo mismo? —preguntó Liang incli¬nando la cabeza.
—¡Claro
que no! ¡Si fuera así, no te lo habría contado! ¡Sé prudente!
Un
largo trolebús articulado los rozó, Liang giró su mani¬llar; casi lo
atropellan.
—No
me extraña que me expulsaran del ejército... —refle¬xionó Liang, en voz alta,
tras caer en la cuenta.
—No
era lo más grave.
—¿Qué
más hay? Dímelo todo, puedes estar tranquilo, yo no te denunciaría nunca. ¡Ni
aunque me golpearan a muer¬te!
Liang
giró de nuevo el manillar de la bicicleta.
—No
estropees tu vida —le aconsejó.
—¡No
pienso suicidarme, nunca haría una estupidez así! ¡Todavía tengo a mi mujer y a
mi hijo!
—¡Es
importante que te cuides mucho!
Lo
dejó allí sin decirle que estaba en la segunda lista de per¬sonas que había que
depurar.
Varios
años más tarde, ¿cuántos, de hecho?, ¿diez? No, vein¬tiocho años más tarde, en
Hong Kong, en tu habitación de hotel, recibiste una llamada de teléfono, era
Liang Qin, que había visto en el periódico que estaban representando tu obra de
teatro. Al principio ese nombre no te dijo nada, pensaste que se trataba de
algún viejo conocido que habrías visto una o dos veces. Quería ver tu obra,
pero no tenía entradas, enseguida te disculpaste, las representaciones ya
habían acabado, le expli¬có que era tu antiguo compañero de trabajo, que quería
invitar¬te a cenar. Le dijiste que tenías que tomar el avión muy tempra¬no por
la mañana, que realmente ibas muy mal de tiempo, que la próxima vez ya os
veríais con más calma. Entonces te dijo que pasaría por el hotel a verte; era
difícil negarse. Después de colgar el teléfono, recordaste quién era y vuestra
última con¬versación en bicicleta te vino a la mente en ese momento.
Una
media hora más tarde estaba en tu habitación, vestido con un traje occidental y
zapatos de cuero, llevaba una camisa de lino, corbata de tono grisáceo; no
parecía uno de esos nue¬vos ricos de China continental. Cuando te estrechó la
mano, no tenía ningún reloj Rolex o cadena de oro brillante, ni un grueso
anillo de oro; sus cabellos eran de color azabache —se¬guramente teñidos, dada
su edad. Te explicó que hacía muchos años que estaba en Hong Kong. Justamente
el amigo de infan¬cia a quien le escribió para pedirle que comprara aquel
diccio¬nario, cuando supo, con pesar, todos los problemas que causó aquella
carta, se encargó de sacarlo del país. Actualmente, había abierto una empresa;
su mujer y su hijo emigraron a Canadá, donde compraron el pasaporte. Te dice
con una gran franqueza: «He ganado bastante dinero durante estos últimos años,
no soy un gran capitalista, pero no tendré ningún problema para pasar los
últimos años de mi vida con comodidad. Mi hijo ha conseguido el doctorado en
Canadá, ya no tengo nada de que preocuparme, yo voy constantemente a verlo; si
un día se ponen mal las cosas en este lugar, me iré a Canadá y me quedaré
allí». Luego añadió que te agradecía mucho la frase que le dijiste.
—¿Qué
frase?
La
habías olvidado.
—¡No
estropees tu vida! Si no me hubieras dicho eso, no sé cómo habría conseguido
resistir.
—Mi
padre no lo consiguió.
—¿Se
suicidó?
—Casi.
Por suerte, un viejo vecino lo encontró y llamó a una ambulancia. Lo llevaron
al hospital y después lo enviaron a un campo de reeducación, donde lo tuvieron
durante varios años. Tres meses después de que lo soltaran, se puso enfermo y
murió.
—¿Por
qué no le previniste entonces? —preguntó Liang.
—¿Quién
se habría atrevido a contar esas cosas por carta? Si hubieran interceptado una
carta así, ninguno de los dos habría salvado el pellejo.
—Claro,
pero ¿qué problema tenía?
—Hablemos
mejor de tu problema.
—Bueno,
mejor no hablemos más. —Suspiró, y mantuvie¬ron un largo momento de silencio—.
¿Cómo vives?
—¿Qué
entiendes por cómo?
—Me
refiero a si tienes suficiente dinero, sé que eres escri¬tor..., ya entiendes
lo que quiero decir.
-—Ya
entiendo —dices tú—. Voy tirando.
—No
debe de ser fácil ganarse la vida en Occidente escri¬biendo, ya me lo imagino,
sobre todo para un chino. No es lo mismo que hacer negocios.
—Es
la libertad —dices que lo que quieres es la libertad—. Sólo quiero escribir lo
que me apetezca.
Liang
inclinó la cabeza, luego añadió, tomando valor:
—Si
alguna vez... te hablo con sinceridad, si alguna vez estás un poco corto de
dinero, si te falta algo, dímelo. No soy un gran empresario, pero...
—Un
gran empresario no diría eso... —dices riendo—. Cuan¬do hacen donaciones
siempre es para conseguir algo. Cuando dan dinero para la creación de escuelas,
por ejemplo, lo hacen para consolidar los negocios con su país.
Sacó
una tarjeta del bolsillo de su chaqueta, añadió una dirección y un teléfono y
te la dio.
—Es
el número del móvil; la casa la he comprado. Esta dirección de Canadá seguro
que la tendré durante mucho tiempo.
Se
lo agradeces y le dices que actualmente no tienes dificul¬tades, que si
escribieras para ganarte la vida, hace tiempo que habrías tenido que dejarlo.
Un
poco emocionado, te hizo una observación inesperada:
—¡Escribes
realmente para los chinos!
Le
dices que escribías para ti mismo.
—Lo
entiendo, lo entiendo, escribe —dice él—. Espero que lo escribas todo, que
digas que aquello no era una vida digna para las personas.
¿Escribir
sobre esos sufrimientos?, te preguntaste después de que se fuera.
Pero
ya estás harto.
No
obstante, has vuelto a pensar en tu padre. Cuando regresó del campo donde lo
sometieron a la reeducación por el trabajo manual, lo rehabilitaron, recuperó
el trabajo y su salario, pero insistió en jubilarse, y fue a Beijing a verte, a
ti, a su hijo. Tenía la intención de viajar un poco para relajarse y pasar una
vejez tranquila. Quién hubiera pensado que la noche del primer día en la
capital, después de que lo acompañaras al parque del Palacio de Verano,
empezaría a escupir sangre. Al día siguiente, lo internaron en el hospital,
donde le descubrie¬ron una sombra en los pulmones. Le diagnosticaron un cáncer
en fase terminal. Una noche su estado empeoró de repente, lo admitieron de
nuevo en el hospital y dio su último suspiro a la mañana siguiente. Antes de
morir, le preguntaste por qué quiso suicidarse, y te explicó que no tenía ganas
de vivir, pero no dijo nada más. Y justamente en el momento en que habría
podido por fin empezar a vivir, y tenía ganas, murió.
En
las honras fúnebres —las unidades de trabajo en las que moría uno de su
rehabilitados debían organizar ese tipo de ceremonias para rendir cuentas a las
familias—, como escritor, su hijo tuvo que decir algunas palabras, de lo
contrario, no sólo habría faltado a la memoria de su padre, sino a los
directores de la unidad que organizaban esa ceremonia para su camarada difunto.
Lo empujaron delante del micrófono que había en la sala funeraria, frente a la
urna que contenía las cenizas de su padre. No pudo decir que su padre nunca
había participado en la revolución, aunque no se opuso a ella, pero no convenía
que lo llamaran camarada. Sólo pudo decir una frase: «Mi padre era un hombre
débil, que descanse en paz». Si hay algún lugar donde realmente se pueda descansar.
36
—¡Sacad
a la vista de todos a ese soldado reaccionario del régimen del Guomindang, Zhao
Baozhong!
El
ex teniente coronel gritaba por el megáfono de la tribuna; a su lado, sentado
en silencio, se encontra¬ba el delegado Zhang, jefe de la comisión de control
militar en activo, como mostraban claramente las insignias de la solapa y del
gorro militar.
—¡Viva
el Presidente Mao!
Las
aclamaciones estallaron de pronto entre los asistentes. En la última fila, dos
jóvenes sacaron de su asiento a un viejo obeso. Él se soltó las manos y levantó
un brazo para alzar el puño gritando:
—¡Viva...
el... Presidente Mao!
El
hombre gritaba con voz rota mientras forcejeaba con todas sus fuerzas. Dos
antiguos militares acudieron, habían aprendido en el ejército a inmovilizar a
los adversarios. Le torcieron el brazo y lo obligaron a arrodillarse. Sus
gritos se aho¬garon en su garganta. Entre cuatro hombres fuertes sacaron al
viejo, que arrastraba las piernas como si fuera un cerdo que se negara a ir al
matadero. Bajo la mirada de los presentes, lleva¬ron al anciano hasta la
tribuna por el pasillo que había entre los asientos. Una vez allí, le colocaron
una pancarta en el pe¬cho con la ayuda de un alambre. Cuando iba a gritar de
nuevo, los hombres apretaron con violencia un punto situado por de¬bajo de las
orejas. Se puso rojo de inmediato; le cayeron las lágrimas y los mocos. Aquel
viejo obrero, guardia del depósito de libros, aquel viejo soldado que, en
tiempos de la Repúbli¬ca,* fue llevado tres veces al alistamiento forzoso en el
ejército del Guomindang, pero que se escapó dos veces y finalmente cayó
prisionero del ejército de Liberación, acababa de ese modo, con la cabeza
gacha, de rodillas, sumándose a los mons¬truos y malhechores descubiertos antes
que él.
—¡Si
el enemigo no se rinde, hay que eliminarlo!
El
lema se propagó entre los asistentes, pero ya hacía más de treinta años que
aquel viejo se había rendido.
—¡Muerte
al que se resista!
En
esta misma sala de actos, cuatro años antes, el mismo viejo fue elegido por el
secretario del comité del Partido, Wu Tao, que actualmente también se
encontraba con la cabeza gacha en la fila de monstruos y malhechores, como
modelo para el estudio de las Obras del Presidente Mao y como repre¬sentante de
la clase obrera «que había vivido los mayores sufri¬mientos y que abrigaba un
profundo odio hacia la antigua sociedad». Él mismo presentó un informe
denunciando la crudeza de aquella sociedad y alabando todo lo bueno de la
nueva. En aquella ocasión, el viejo también lloró para contribuir a la
educación de esos intelectuales todavía mal reformados.
—¡Sacad
a ese perro espía de Zhang Weiliang, que está al servicio de los extranjeros!
Condujeron
a otro hombre hasta la tribuna.
—¡Abajo
Zhang Weiliang!
No
era necesario ponerlo más abajo, el hombre estaba para¬lizado por el miedo y
era incapaz de mantenerse erguido. Pero todo el mundo gritaba, aunque todos
corrían el riesgo de con¬vertirse en enemigos y de ser abatidos.
—¡Clemencia
para el que confiese, severidad para los que se resistan!
Siempre
las clarividentes directivas del viejo Mao.
—¡Viva...
el... Presidente... Mao!
Sobre
todo, no había que equivocarse de consigna. Con tan¬tas sesiones de acusación y
persecución, había que gritar tan¬tos eslóganes, muchas veces durante la noche,
que las personas ya no sabían ni lo que decían, pero el que se equivocaba de
eslogan se convertía inmediatamente en un contrarrevolucio¬nario activo. Los
padres debían prohibir a sus hijos que escri¬bieran o dibujaran cualquier cosa
y que rompieran los diarios. Cada día salía en la portada de los periódicos el
retrato del Gran Dirigente del Partido, y, sobre todo, no había que rom¬perlo,
ensuciarlo, pisarlo ni desde luego utilizarlo para lim¬piarse el trasero,
aunque no se tuviera nada más a mano para tal menester. Tú no tenías niños, era
mejor así, sólo tenías que vigilar tus propias palabras, tenías que expresarte
con mucha claridad, nada de pensar en cualquier otra cosa mientras grita¬bas
los eslóganes, imposible tartamudear en aquel momento.
Al
regresar a su casa en bicicleta, de madrugada, pasó delan¬te de la puerta norte
del Zhongnanhai, subió sobre el puente de piedra blanca, contuvo la respiración
y echó un vistazo al interior: en el Zhongnanhai sólo se perfilaba la sombra de
los árboles bajo la luz de las farolas. Bajó del puente, soltó los fre¬nos y
lanzó un suspiro hondo, finalmente el día había transcu¬rrido sin incidentes.
Pero ¿y el día siguiente?
Fue
temprano al trabajo. En la entrada del edificio había un cadáver cubierto con
una vieja estera que alguien había traído del cuarto del vigilante. Los bajos
de la pared y el suelo de hor¬migón estaban manchados de marcas blancas de
restos de ce¬rebro y de sangre con tonos violeta.
—¿Quién
es?
—Seguramente
alguien de la oficina de redacción.
Tenía
la cara cubierta con la estera, pero ¿todavía tenía cara?
—¿De
qué piso?
—¿Quién
sabe de qué ventana?
En
aquel edificio trabajaban más de mil personas, había cientos de ventanas, el
hombre podía haberse tirado de cual¬quiera de ellas.
—¿Cuándo
ocurrió?
—Probablemente
al amanecer...
No
se atrevieron a decir que ocurrió después de la asamblea de denuncias de clases
que acabó de madrugada.
—¿Nadie
ha oído nada?
—¡Deja
de decir tonterías!
Las
personas se quedaban paradas un momento y luego entraban en el edificio para no
llegar tarde al trabajo. Llega¬ban uno a uno a su despacho, se instalaban
frente al retrato del Gran Dirigente del Partido o miraban la nuca de los que
tenían delante de ellos. A las ocho, por el megáfono que había en to¬dos los
despachos, de una punta a otra del edificio, sonaba la can¬ción «La navegación
en alta mar depende del timonel». Aquella colmena gigantesca estaba todavía más
ordenada que antes.
Sobre
su mesa había una carta dirigida a su nombre; nada más verla se estremeció. No
había recibido ninguna carta des¬de hacía mucho tiempo, y nunca en su
institución. Sin ni si-quiera mirarla, se la metió en el bolsillo. Durante toda
la ma¬ñana se preguntó quién le habría escrito, quién le escribía allí porque
no conocía su dirección. No reconocía la letra, ¿sería una carta de
advertencia? Si hubieran querido denun¬ciarlo, no le habrían escrito una carta,
¿se trataría de una carta anónima para avisarle de algún peligro? Sin embargo,
el sello del sobre era de ocho fens, mientras que un sello para la ciu¬dad
costaba sólo cuatro fens: estaba claro que la carta venía de la provincia.
Aunque el remitente podía haber puesto un sello de ese valor para no dar pistas;
en ese caso, sería de alguien con buenas intenciones, quizá fuera de un colega
de trabajo que no tenía cómo entrar en contacto con él y que utilizó ese medio.
Pensó en Lao Tan, que estaba aislado y bajo vigilancia desde hacía tiempo,
aunque dudaba que Tan pudiera escribir todavía cartas. Quizá fuera una trampa
que le tendía la facción contraria, lo que significaría que lo estaban
espiando, y se sin¬tió vigilado. Durante la sesión del grupo de depuración de
las filas de clase, el delegado del ejército había hablado de una ter¬cera
lista y no citó ningún nombre; quizás había llegado su turno. Empezó a sentirse
ofuscado; pensó que las personas que pasaban por el pasillo quizás estuvieran
vigilando las activida¬des anormales de los enemigos ocultos, después de la
gran asamblea de denuncias. Estaba teniendo lugar la movilización que pidió el
delegado del ejército durante la asamblea general que mantuvieron la noche
anterior: «¡Denuncia a gran escala, denuncia total, eliminación de todos los
elementos contrarre¬volucionarios que todavía actúen en el movimiento!».
Pensó
de repente que tenía una ventana justo detrás de él, y comprendió cómo de
pronto alguien podía tirarse al vacío en un arrebato. Estaba empapado de sudor
frío. Intentó calmarse, quitándole importancia; todos los de su despacho que no
salta¬ban por la ventana simulaban no dar importancia a nada, él también podía
hacer como ellos. Si no actuaba de ese modo, corría el riesgo de perder el
control de sí mismo y de tirarse realmente al vacío.
Cuando
llega la hora de comer, por muy revolucionario que se sea, hay que comer,
pensó. Luego se dijo que eso era un pensamiento reaccionario, debía reprimirse
ese tipo de pensa-mientos. Aunque fuera por una simple frase, la indignación
que sentía dentro podía salir en cualquier momento y provo¬car una catástrofe;
«Por la boca muere el pez», esa máxima era la cristalización de una experiencia
acumulada desde la Anti¬güedad. ¿Qué otra verdad buscas todavía? Esa verdad no
puede ser más verdadera, ¡no pienses en nada más! No reflexiones, sólo eres una
cosa en sí, tus sufrimientos vienen justamente porque siempre quieres
convertirte en un ser, una cosa para sí, lo que te provoca muchos problemas.
Bueno,
volvamos a él, a esa cosa en sí. Cuando todo el mundo salió del despacho, fue
al lavabo. Ir a orinar antes de comer es bastante normal. Corrió el cerrojo de
la puerta del lavabo y sacó la carta, nunca habría imaginado que fuera de Xu
Qian. La primera frase le saltó a la vista: «Nosotros, esta ge¬neración
sacrificada, no merecemos otro destino...». La rom¬pió de inmediato. Luego
cambió de idea y volvió a colocar los pedazos en el sobre, tiró de la cadena,
examinó minucio¬samente el inodoro del baño y salió tras comprobar que no se le
había caído ningún trozo de papel. Se lavó las manos, se echó algo de agua a la
cara, intentó calmarse y bajó a la can¬tina.
Por
la noche, una vez estuvo en su casa, corrió el pestillo y, tras reconstruir
bajo la lámpara los trozos de la carta, se forzó a continuar leyendo. Una voz
quejumbrosa explicaba su deses¬peración, pero no mencionaba, ni entre líneas,
la noche que pasaron en el pequeño albergue, ni lo que ocurrió después de que
se quedara en el muelle. Ella escribía que ésa era la única carta que le
enviaría, que no la volvería a ver nunca más, era la carta de una moribunda.
Empezaba así: «Nosotros, esta generación sacrificada»; luego explicaba que
había sido desti¬nada como maestra a un valle que estaba situado entre las
altas montañas del norte de Shanxi, pero que todavía no había ido allí, porque
intentaba retrasar la salida en un centro de aco¬gida de la cabeza de distrito.
Antes de ella, una estudiante china de ultramar también fue enviada a una
escuela primaria idéntica, en la que no había más profesores; se llevó seis
cajas de equipaje, que habían preparado sus padres en Singapur como dote,
cargadas a lomos de un burro, pero, al cabo de una semana, apareció muerta en
un barranco, sin que nadie pudie¬ra especificar la causa de su muerte. Si iba
allí, no la volverían a ver nunca más. Qian pedía socorro, él era su última
esperan¬za; sus padres y su tía no podían hacer nada por ella.
A
medianoche fue en bicicleta hasta la oficina de correos de Xidan, había un
número de teléfono en el papel de carta del centro de acogida de la cabeza de
distrito. Pidió hacer una lla¬mada urgente. Una voz desganada, manifiestamente
molesta, le preguntó con quién quería hablar. El explicó que llamaba de
Beijing, que quería hablar con una estudiante llamada Xu Qian, que estaba
esperando que la destinaran. Durante un largo momento oyó sólo un zumbido por
el teléfono. Luego, otra voz, también poco dispuesta, le preguntó: «¿Quién es
usted?». El repitió con quién quería hablar, y su interlocutora le dijo: «Soy
yo». No reconocía la voz de Qian, la noche que pasaron juntos no hablaron en
voz alta. Esa voz desconocida le hizo sentirse confuso, en el teléfono todavía
se oía el mismo zumbi¬do, luego acabó por farfullar: «Ahora que sé que todavía
estás ahí, me siento más tranquilo». «Me has asustado. Llamar a estas horas
asusta a cualquiera», respondió Qian. Quiso decir¬le que la amaba, que tenía
que vivir, pero no conseguía decir todas las frases que había preparado por el
camino. La recepcionista de aquella llamada urgente desde la capital
segura¬mente estaría escuchando la conversación en su pequeña cabe¬za de
distrito perdida en las montañas; tenía que evitar que sospecharan de Qian, que
intuyeran sus temores. El zumbido del teléfono continuaba en el silencio, dijo
que había recibido su carta. El zumbido continuó, no supo qué más decir. «Si
quieres volver a llamarme, hazlo de día.» Ella pronunció esas palabras con una
voz gélida. «Bueno, perdona, buenas no¬ches», dijo. Y oyó como colgaban el
teléfono del otro lado.
37
Una
joven se te echa encima, estás tumbado en la cama, todavía no has conseguido
despertarte del todo. Se re¬vuelca contigo entre risas, ¡qué sorpresa más
agradable!, esperas que no sea un sueño. Te aprietas contra su pe¬cho, deslizas
la mano por su cuello, acaricias su piel fina y tersa, tocas sus senos firmes,
ella no te lo impide, juega conti¬go. Piensas que has tenido suerte de haberla
encontrado por casualidad, pero no puedes decir su nombre, tienes miedo de
equivocarte. Juntas tus recuerdos, las circunstancias que te han llevado a ese
momento, la has encontrado muchas veces en la calle, pero nunca pudiste
acercarte a ella. Esta vez te está abra¬zando, dices que jamás hubieras
imaginado verla en tu cama, estás contento. Ella dice que te buscaba, pasaba
por la ciudad, oyó decir que tenías un encuentro aquí y vino a verte. Tú le
dices que no se vaya. Ella dice que claro, pero primero tiene que recoger sus
maletas y rellenar los formularios para vivir aquí. No haces el amor con ella
de inmediato, piensas que tenéis tiempo, ya que ella acaba de hacer un largo
viaje para venir a verte, no hay riesgo de que se vaya. Te levantas y le
pre¬guntas dónde están sus maletas. En la habitación de al lado, dice. Miras
hacia allí y ves que, efectivamente, las dos habita¬ciones se comunican y que
en ese cuarto también hay dos ca¬mas. Te preocupa que alguien pueda venir a
ocupar la habita¬ción, dices que debería hablar con los recepcionistas para
cambiar de cuarto y que podáis estar juntos. Pero, como es la hora de la comida,
preferís primero ir a comer algo al restau¬rante. Ella te sigue, os apoyáis el
uno en el otro, dice que le ha costado mucho encontrarte, mientras tú continúas
preguntán¬dote cómo se llama. Miras ese rostro tan familiar, pero no la
recuerdas. Parece más una mujer que una chica, una chica mayor o una joven
mujer, no debería de haber ningún obs¬táculo para hacer el amor con ella,
además, ha venido para estar contigo. Ella pregunta si tienes que presentarla
al organizador del encuentro. Dices que en la actualidad eres un hombre libre,
que puedes estar con quien quieras, que no tienes que pedir permiso a nadie.
Vas decidido a la recepción a cambiar tu cuarto por uno doble. El hombre de la
recepción te da una llave y un trozo de papel. Sobre la placa de la llave está
escrito el número de la habitación, le preguntas dónde se encuentra. Él dice
que sólo se ocupa del registro, que si quieres informa¬ción, puedes telefonear
al número que te ha anotado en el papel. Le preguntas si puedes utilizar el
teléfono del mostra-dor; él dice que hay que poner monedas. Buscas en vano
den¬tro de tus bolsillos alguna moneda y preguntas al recepcionista si puedes
pagar después de la llamada. Como no dice nada, haces la llamada y te dicen que
la habitación está en la segunda planta. Subís al ascensor, pero llegáis a la
azotea, donde se encuentra el estacionamiento de vehículos. Volvéis a subir al
ascensor y llegáis de nuevo a la planta baja; todavía no habéis encontrado la
habitación. Paras a una mujer de la limpieza que empuja un carrito. Ella te
dice que hay que bajar todavía una planta. Una vez en el sótano, encontráis un
gran restaurante de lujo y piensas que es mejor que comáis algo primero. El
hombre que os recibe lleva una pajarita. Dice con mucha edu¬cación: «Disculpen,
hay que reservar con antelación, está todo lleno». Dices que estás participando
en un encuentro y él te explica que hay algo previsto para los participantes en
otro res¬taurante. Volvéis a subir al ascensor para buscar la habitación, pero
lo que pone en tu llave es muy raro: n.° 11G.Y. Encuen¬tras la catorce, la
quince, la dieciséis, pero no hay número once. Preguntas a una señora gorda que
está sentada sobre un taburete delante de un bar que hay en un pasillo,
probable¬mente una dienta del hotel, quizás ella sepa dónde está esa
habitación. Da media vuelta con su asiento, te indica una dirección detrás de
ti y te dice: «Sí, es esa cueva». No com¬prendes qué quiere decir. Sin embargo,
en la placa de cobre de la puerta está escrito H.G.; hay otra letra detrás, pero
bastan¬te borrada, seguramente una Y. Separas una cortina de perlas de cristal,
en el interior hay una hilera de camas grandes, para varias personas,
contemplas la habitación inmensa. Encima de las camas, a la derecha, ves otra
fila de literas empotradas en la pared y a las que sólo se puede subir
encaramándose. Hay almohadas en las cuatro camas para dos personas. Piensas que
vas a hacer el amor con ella y dejas las maletas en la cama más apartada. Salís
de la habitación y dices que, de todos modos, hay que encontrar un cuarto para
vosotros dos. Pero ella dice que ha venido con una amiga, que debe estar en la
misma habi¬tación que ella; por suerte conocen a muchas personas en la ciudad,
siempre habrá el medio de encontrar un lugar en el que pasar la noche. Le dices
que ya que ha venido a buscarte...
Ella
dice que otra vez será, que ya tendréis más ocasiones. Se vuelve y se aleja. Te
despiertas, sientes pena, te gustaría recu¬perar tus recuerdos, recuperar todos
los detalles, comprender de dónde viene ese sueño, pero te das cuenta de que
estás dur¬miendo en una cama individual, en una pequeña habitación, escuchas un
rumor, fuera los pájaros cantan.
Durante
un momento no consigues recordar cómo te has quedado dormido en este lugar, la
cabeza te da vueltas, no es¬tás despierto del todo; esa noche has bebido
demasiado. Ha¬cía tiempo que no abusabas tanto del alcohol; has mezclado whisky
con alcohol chino de cinco cereales, vino tinto, y cer¬veza, para calmar la
sed, cerveza que abrían sin parar. Alguien había traído de Inglaterra whisky
escocés, otro había traído de China el Wuliangye, recuerdas que era un grupo de
escritores y poetas chinos que se reunían allí, en un barrio del sur de
Estocolmo, en un centro internacional que tenía el nombre del primer ministro
asesinado, Olof Palme.
Abres
los ojos y te sientas. Por la ventana se ve un lago, las nubes están muy bajas,
hay una hilera de árboles sobre un cés¬ped perfecto, se oye el canto de los
pájaros, no hay nadie, una tranquilidad perfecta.
Piensas
en la chica del sueño, en la ternura de sus gestos, es una pena que sólo fuera
un sueño, ¿cómo has soñado algo tan raro? Es por culpa de ese grupo que ha
vuelto a hablar de China, bebisteis demasiado; realmente ese país te da dolor
de cabeza. Pero era el objetivo del encuentro, el tema de las char¬las era
justamente la literatura china contemporánea. Unos suecos habían dado dinero
para invitar a unos cuantos escrito¬res chinos, a los que les habían
proporcionado los billetes de avión y algo para los gastos durante la estancia,
en un lugar ideal para pasar unas vacaciones, con mucha cerveza. Como los
impuestos sobre el alcohol fuerte son muy altos, los parti¬cipantes de la
reunión traían sus propias botellas. Bebieron sin parar hasta el amanecer. En
verano —julio es la estación de las noches blancas— es de día todo el tiempo, a
medianoche toda¬vía hay mucha luz. En el otro lado del lago, el bosque se
extiende hasta el horizonte, la luz del alba enrojece el cielo, los pájaros y
los insectos todavía duermen. Sobre los enrejados que se extienden delante de
las saunas hasta el lago, se oye el murmullo de las conversaciones. El sonido
de las voces llega lejos y hace que en la superficie del lago, liso como un
espejo, nazcan grandes círculos que se van abriendo hacia el medio. Las algas y
las sombras vibran al ritmo de las ondas que se pro¬pagan; eso no es un sueño.
Un
amigo charla sobre las increíbles novedades que llegan de China y que,
naturalmente, no tienen nada que ver con la literatura. Explica que un empleado
del zoo llegó por la maña-na a su trabajo; las puertas del zoo todavía no
estaban abiertas al público, entró por la puerta lateral. Nada más entrar oyó
los rugidos del tigre del que se ocupaba habitualmente. Se preguntó por qué el
tigre rugía si todavía no era la hora de la comida. Fue a ver qué estaba
pasando y descubrió al animal tendido en un charco de sangre, en un rincón de
su jaula; no tenía las patas delanteras. Con unas vendas intentaron salvar¬lo,
pero no tenían sangre de tigre para hacerle una transfusión, y aquel animal,
que ya había perdido demasiada sangre, murió. «¿Por qué le cortaron las patas?»,
pregunta uno. «¿Ninguno de vosotros sabe que en China es una tradición consumir
las garras de los osos?» «Pero nunca había oído que también se comían las patas
de los tigres.» «Con ellas se hace alcohol de hueso de tigre, es un medicamento
que se utiliza desde la Antigüedad para curar el reumatismo. Hoy en día, aparte
de en los zoos, ¿dónde se puede cazar un tigre?» Todos ríen, luego alguien
añade: «Seguro que te has inventado esa histo¬ria, eres capaz de cualquier cosa
con tal de hablar mal de China». Pero la historia es cierta y apareció en un
diario ofi¬cial de China continental: «Un amigo me envió el recorte de prensa,
era una noticia de dos líneas. En Suecia habría apare¬cido en primera página.
Puede que hasta los ecologistas se hubieran manifestado por las calles. ¿Hay
algún partido Verde en Suecia?».
No
has ido a tomar el desayuno al restaurante, desde tu ven¬tana ves cómo se
marcha el autocar, todos van de visita a Estocolmo.
Después
avanzas por un camino de gravilla que sigue el borde del lago; el sendero está
rodeado de césped. Por todos lados encuentras grandes sacos de plástico blanco
que segura¬mente contienen la hierba cortada. Las bolsas blancas están
dispuestas a lo largo del camino, sobre la hierba del bosque verde oscuro,
parecen objetos irreales. De repente, tienes la sensación de haber entrado en
un sueño.
El
camino conduce al bosque, el lago ha desaparecido, los árboles son más altos,
hay muchos pinos. De pronto oyes los gritos de unos chicos y chicas, te
emocionas como si vol-vieras a tu infancia, pero, por supuesto, sabes que tu
infancia ya ha desaparecido para siempre. Te paras a escucharlos, quie¬res
estar seguro de que no es ninguna ilusión y aceleras el paso. Al girar por el
sendero, hay un claro en el que se encuentran dos chicas. La mayor lleva un
pantalón tejano cortado por encima de la rodilla. Cada una carga un saco grande
y segura¬mente están recogiendo piñas. Algo más lejos, un niño corre de un lado
a otro con un cazamariposas en la mano. Las dos chicas se paran a veces; no
quieres molestarlas, caminas más despacio. Delante, el niño corre y grita, las
chicas lo llaman, pero continúa corriendo sin escucharlas; arrastran las bolsas
y van hacia él. Sus voces se alejan poco a poco hasta desaparecer por completo.
En el camino, lleno de hierba, ya no hay nadie. Tienes la sensación de percibir
todavía indistintamente los gri¬tos de los niños; te paras para prestar
atención, pero sólo es¬cuchas el viento que roza el extremo de las ramas de los
ár¬boles.
Todavía
recuerdas lo que soñaste, la sensación que te pro¬dujo acariciar sus pequeños y
firmes senos, recuerdas el rostro que te era tan familiar; luego te vino a la
cabeza otro de tus sueños. Es curioso, a menudo sueñas lo mismo. Se ha
conver¬tido en un verdadero recuerdo para ti, como si la joven hubie¬ra
existido de verdad. La ves salir del aula con una compañera, tú debes de ser
también un compañero de clase, pero te cuesta acercarte a ella, las chicas
jóvenes siempre forman grupos ani¬mados, también se relacionan con otros
chicos, e incluso con hombres, pero tú no consigues entrar en ese círculo.
Recuer¬das también que vives en un recinto de varias viviendas, tu familia vive
en la parte de atrás, pero te cuesta llegar a casa pasando por la parte delantera,
donde vive mucha gente; tie¬nes la sensación de que esa chica también vive
allí. Entonces los dos sueños se confunden, la joven vive en una casa vieja y
que está al final de una callejuela oscura. La vivienda tiene muchos patios,
uno detrás de otro, pero ella vive en el prime¬ro, en el ala lateral izquierda
una vez se pasa el gran portal. Uno de tus compañeros de escuela también vive
allí. Vas a verlo para saber si la familia de la chica todavía vive en el mismo
lugar, vas, pero no encuentras al compañero de clase. Eso provoca otros sueños,
como recuerdos vagos; cuesta dis¬tinguir los sueños de los recuerdos. Te
acuerdas de cuando eras pequeño, debías de tener cuatro o cinco años, era
durante la guerra, tus padres te llevaron con ellos para huir del enemigo, os
instalasteis en una gran vivienda en la que reinaba el desor¬den, pero, en
realidad, estás buscando a la chica de las tetas grandes, recuerdos y sueños se
mezclan.
Tu
infancia aparece como si la vieras a través del humo, o entre la bruma, sólo
ves con nitidez algunos puntos; ¿cómo hacer que vuelvan los hechos que se
perdieron en el olvido? Es difícil distinguir lo que vuelve poco a poco; no
puedes diferen¬ciar lo que pertenece al recuerdo o a la ficción. Además, ¿los
recuerdos son exactos? No hay ninguna relación entre uno y otro, aparecen sin
ningún orden, y cuando buscas sus huellas, esos puntos luminosos pierden la
intensidad y se transforman en frases; tan sólo puedes reagrupar las palabras
para formar frases. ¿Se pueden contar los recuerdos? Tienes serias dudas al
respecto, como también dudas de las propias posibilidades de la lengua. Si
cuentas tus recuerdos o sueños es porque siempre hay cosas magníficas que brillan
y que te traen algo de calor, dulzura, deseo y estímulo, pero ¿las frases?
Recuerdas
que realmente había una chica que se sentaba en el mismo pupitre que él en
clase, en el mismo banco, una chica de piel muy clara. Un día el lápiz de él se
le rompió en medio de un examen; ella se dio cuenta y le acercó su estuche
reple¬to de lápices perfectamente afilados. Desde ese día se fijó en ella, en
el camino a la escuela, antes y después de las clases. Una vez tomó del manual
de la chica una tarjeta perfumada, y des-pués de la clase, ella se la regaló.
Al verlo, sus compañeros se burlaron, «Se quieren, se quieren», eso le hacía
ponerse como un tomate, pero, quizá por la excitación que sentía en aquellos
momentos, en él la dulzura y la feminidad siempre estuvieron ligadas.
Recuerdas
también un sueño que tuviste cuando eras niño: estabas en un jardín repleto de
flores, la hierba era muy alta, no la habían cortado, sobre la maleza había una
mujer tumbada, un cuerpo blanco, una fría estatua de mármol. Soñó eso después
de haber leído La Venus d'Ille, de Mérimée. Dormía con la estatua, abrazado a
ella, hacía el amor con ella, sin saber muy bien cómo lo conseguía, pero se
encontró la entrepierna mojada. Estaba helado, era invierno, se despertó
alborotado.
Piensas
en la vieja película en blanco y negro de Bergman, Fresas salvajes, que muestra
con todo detalle la angustia de un anciano a punto de morir. Quizá tú también
te hayas converti¬do en un anciano. En otra de sus películas, Gritos y
susurros, los tormentos de tres hermanas y de una sirvienta gorda y
volup¬tuosa, tormentos ante la soledad, el deseo sexual, la enferme¬dad y el
miedo a la muerte dejan huella en ti. ¿El arte y la lite¬ratura permiten
realmente comunicar? En principio, eso no se discute, pero algunos creen que es
imposible. Y la literatura china, ¿permite también comunicar? ¿Con quién? ¿Con
Occi¬dente? ¿O entre los chinos del continente y los de ultramar? ¿Qué es la
literatura china? ¿La literatura tiene fronteras? ¿Cómo se puede definir a los
escritores chinos? ¿Los chinos del continente, de Hong Kong, de Taiwan y los
que tienen nacionalidad norteamericana son todos chinos? Eso nos con¬duce a la
política, volvamos a la literatura pura. ¿La literatura pura existe? Hablemos
pues de literatura: ¿qué es la literatura? Estos son los asuntos que se tratan
en esta reunión, que son objeto de interminables discusiones.
Has
perdido por completo el gusto por esa polémica sobre la literatura y la
política. China está tan lejos ahora, hace tiem¬po que el Estado te excluyó, ya
no necesitas esa etiqueta, sólo utilizas el chino para escribir, nada más.
38
Unos
autobuses grandes pararon delante del gran edificio de la institución, del que
en menos de un mes se habían tirado por la ventana cinco personas. Cerca de
cien hombres y mujeres, que formaban el primer grupo que partía al campo,
esperaban en filas que el delegado del ejército viniera a dar sus
recomendaciones antes de la salida. Cada uno llevaba en el pecho una flor roja
de papel, por encargo tam¬bién del delegado Zhang, que ordenó a los empleados
de su oficina que confeccionaran las flores a toda prisa.
La
mayor parte de los combatientes de este grupo eran per¬sonas mayores. También
se encontraban mujeres y hombres en edad de jubilación, a los que se les negó
la autorización para jubilarse. También había un hombre de baja por enfermedad,
hipertensión en concreto, e incluso un antiguo funcionario de la época de la
base revolucionaria de Yan'an, así como un antiguo combatiente que participó en
la guerrilla subterránea en la llanura de Hebei. Según «La directiva del 7 de
mayo» de Mao, recientemente publicada, cultivar los campos o entrar en un campo
de reeducación por el trabajo era una acción glorio¬sa si se tenía una flor
roja de papel en el pecho.
Cuando
el delegado Zhang salió del edificio, saludó a la mul¬titud con la mirada y con
los dedos apretados, que llevó a la al¬tura de la visera de la gorra; luego
declaró:
—¡Camaradas,
a partir de ahora sois los gloriosos comba¬tientes del 7 de mayo! ¡Sois las
tropas de vanguardia y tenéis la importante tarea de construir las grandes
escuelas comunistas a petición de nuestro gran dirigente, el Presidente Mao!
¡Es¬pero que hagáis un excelente trabajo, tanto manual como ideo¬lógico!
Era
un verdadero militar, hablaba concisamente, sin una palabra de más. Cuando
acabó, alzó el brazo para saludar a la muchedumbre. Era el momento de subir a
los autobuses. Delante del edificio se apelotonaban los compañeros de traba¬jo
y las familias que habían venido a despedirse de los suyos. En todas las
ventanas, en todos los pisos, había manos que se agitaban para despedirlos.
Aunque se hubieran enfrentado entre facciones opuestas durante tres años, los
que se marcha¬ban eran colegas. Muchas mujeres lloraban; la escena era
bas¬tante conmovedora, pero, por lo general, el ambiente era un tanto festivo.
En
el fondo, él también se alegraba; había ordenado todas sus cosas, incluso
limpió a conciencia su orinal esmaltado y lo metió en la caja de madera que le
dio su unidad de trabajo. Cada individuo que se iba al campo tenía derecho a
dos cajas de madera. Si querían más, tenían que pagarlas. Todo esto estaba
estipulado en un documento de la «Oficina del 7 de mayo», recién creada por el
Consejo de Estado. Guardó todos sus libros en una caja. No sabía cuándo podría
volverla a abrir, pero quería tenerla cerca durante toda su vida, era su último
apoyo espiritual.
Cuando
solicitó ir al campo, el delegado Zhang dudó du¬rante un instante antes de
decirle:
—El
trabajo de depuración todavía no está acabado, te espe¬ran tareas aún más
importantes...
Sin
dejar que el delegado del ejército tuviera tiempo de aca¬bar su frase, soltó
una retahíla de palabras para explicar su resolución y la necesidad que tenía
de recibir una reeducación por el trabajo manual, después añadió:
—Le
informo que mi compañera, diplomada universitaria, también ha solicitado ir al
campo. ¡Una vez que la escuela de funcionarios marche bien, haré que venga y
nos podremos consagrar a la revolución en el campo durante toda nuestra vida!
Pronunció
estas palabras con mucha convicción; quería demostrar que no intentaba huir,
sino que había reflexionado teniendo en cuenta sus intereses personales.
—¡De
acuerdo! —Esas palabras decidieron su suerte; el delegado Zhang aceptó su
petición.
Él
soltó un suspiro de alivio.
Sólo
el gran Li le dijo:
—¡No
deberías marcharte!
Percibió
un cierto tono de reproche en su voz. La camarada Wang Qi, que él protegió,
vino a acompañarlo, tenía los ojos rojos y volvió el rostro para ocultar las
lágrimas. Li también fue a estrecharle la mano, tenía los ojos hinchados;
parecía realmente afectado por su marcha, aunque nunca habían con¬seguido
hacerse realmente amigos. Percibió la soledad de Li. En su organización de
rebeldes que se había disuelto, tenía compañeros de lucha pero no verdaderos
amigos. Y él los abandonaba.
Antes
de que todos se juntaran a la entrada del edificio, fue a despedirse de su
antiguo jefe, Lao Liu. Éste le estrechó la mano con fuerza, como si se agarrara
a una brizna de paja que le pudiera salvar la vida, pero esa brizna de paja
tenía que sal¬varse también del hundimiento. Se mantuvieron agarrados en
silencio durante un rato. No debían caer juntos. Lao Liu soltó la mano primero.
Él huía por fin de aquella colmena enloque¬cida, de aquella trampa mortal.
Algo
más lejos de Qianmen, la estación estaba siempre llena de gente; en los
andenes, en los vagones, las personas se amon¬tonaban para despedirse de los
que se marchaban. Por aquel entonces, los que iban a instalarse al campo eran
sobre todo empleados y funcionarios de los organismos del Estado, así como
alumnos de secundaria. Los estudiantes universitarios ya habían sido enviados a
las granjas rurales o a las zonas fron¬terizas. Los chicos y chicas que estaban
en el tren se apretaban contra las ventanas de los compartimentos, mientras
fuera de los vagones, sus padres les daban todos los consejos que po¬dían. En
los andenes de la estación sonaban los tambores y los gongs. El equipo de
propaganda obrera había llevado a unos niños que todavía no tenían la edad de
ser enviados al campo para que tocaran esos instrumentos y animaran
parti¬cularmente el ambiente.
Los
empleados de la estación, vestidos con uniforme azul, soplaron con fuerza por
sus silbatos estridentes. Las personas se situaron tras una línea blanca que
había trazada en el suelo, pero el tren continuó inmóvil. De pronto, reinó el
caos en el andén: primero llegó una patrulla del ejército fuertemente armada,
que se puso en línea; luego un grupo de condenados, todos tenían la cabeza
rapada, cada uno llevaba su petate y un tazón de hojalata esmaltada en la mano,
avanzaban al mismo paso y cantaban a media voz una consigna: «¡Con disciplina
empezaremos una nueva vida, oponerse a la reforma es lo mismo que buscar la
muerte!».
Sus
voces graves repetían incansablemente esta frase, con la solemnidad de un
réquiem. Los niños dejaron de golpear sus tambores y gongs. El grupo de
condenados atravesó el andén en fila india; luego, sin dejar de cantar el
eslogan, entraron en los vagones de mercancías sin ventanas que habían añadido
al final del convoy. Diez minutos después el tren se ponía en marcha
lentamente, en el más absoluto silencio. En aquel ins¬tante los lloros
incontenibles empezaron a multiplicarse en el andén. Luego el llanto de niños y
adultos se oyó por todas par¬tes. Por supuesto, algunos reían y se despedían
con la mano, pero el ambiente de alegría había desaparecido casi por com¬pleto.
Por
la ventana del tren desfilaban postes eléctricos de ce¬mento, las casas de
ladrillos rojos, los edificios de hormigón gris. Las chimeneas y las ramas
desnudas de los árboles se per¬dían en la lejanía. El se iba por su propia
voluntad, dejando por fin aquella enloquecedora capital. Aunque le esperara el
viento frío y violento, al menos podría respirarlo con tranqui¬lidad, no
tendría que atormentarse constantemente. Joven y fuerte, sin familia, sin
cargas, iba a cultivar la tierra. De hecho, ya había trabajado en el campo
cuando era estudiante. Aunque fuera duro, el trabajo del campo no tenía nada
que ver con la tensión mental que había vivido en los últimos tiempos. Tuvo
ganas de tararear alguna canción, ¿qué podía cantar? Bueno, mejor no cantar
nada.
39
Ese
viejo Louis Armstrong es casi como un hermano para ti, aunque esté muerto desde
hace tiempo, lo has visto en una antigua película en blanco y negro, llena de
lí¬neas blancas, como si lloviera, y tu viejo hermano negro cantaba
revolcándose por el suelo.
Una
pluma se deja llevar por el viento... Debes vivir con alegría, en un estado de
éxtasis. Ah, Marga¬rita. Vuelves a pensar en ella, ha sido ella la que te ha
empuja¬do a escribir este libro asqueroso, te ha empujado al abati¬miento, a la
depresión; esa puta te ha atormentado. Sólo tienes ganas de una cosa, de
follarla salvajemente, azotarla cumplien¬do sus deseos, esa masoquista, y, por
mucho que le pegues, no derramarás ni una sola lágrima.
Te
gustaría llorar una vez más, tirarte al suelo como un niño caprichoso, llorar
todas las lágrimas que tengas dentro, pero ya no tienes más lágrimas, ni una
sola, hermano, ya eres viejo.
¡No
importa que seas un insecto o un dragón! Más bien pareces un perro perdido, sin
dueño, ya no tienes que hacer lo que otro quiera, ya no tienes que buscar que
alguien te quiera. Eres como el topo que escarba en la tierra, te gusta la
oscuri¬dad, en la que no se ve nada, no se ven las escopetas, se pierde el
objetivo que hay que conseguir; de hecho, ¿para qué sirve tener un objetivo?
Has
conseguido una nueva vida, esa vida la utilizas como te da la gana, todavía
quieres saborear lo que te quede de ella. Lo más importante es vivir con
alegría, vivir para ti mismo y ser feliz, no te importa nada de lo que digan de
ti.
Te
sientes bien, y este bienestar no se encuentra en el ex¬terior, está en ti;
podrás disfrutarlo totalmente si eres cons¬ciente.
La
libertad es una mirada, una entonación; mirada y ento¬nación pueden realizarse,
por lo tanto, ya tienes algo. Y la libertad está tan confirmada como la
existencia de la materia, como la existencia del árbol, de la hierba, de la
gota de rocío; nadie puede dudar o negarte la libertad de usar tu vida.
Sin
embargo, ¡la libertad es tan efímera! Tu mirada, tu ento¬nación sólo vienen de
un instante, de una actitud adoptada por ti mismo: lo que quieres conseguir es
justamente esa libertad fugitiva. Recurres al lenguaje precisamente porque
quieres confirmar su existencia, aunque lo que escribas no pueda exis¬tir
eternamente.
Cuando
escribes, ves esa libertad y la escuchas. En el ins¬tante en que escribes, en
que lees, en que escuchas, la libertad existe en tu expresión, necesitas este
pequeño lujo: la expre¬sión de la libertad y la libertad de expresarte. Y
cuando la has conseguido, te sientes bien.
La
libertad no se da, no se compra, más bien es tu propia conciencia de la vida,
el deleite de tu vida. Saborea esta libertad como el placer que sientes cuando
haces el amor físico con una bella mujer. ¿No es lo mismo?
La
libertad no soporta ni la santidad ni el poder dictatorial. No quieres saber
nada ni de una cosa ni de otra, y, de todos modos, tampoco podrías
conseguirlas; en lugar de hacer un gran esfuerzo para conseguir algo, es mejor
tener la libertad.
Antes
que decir que Buda está en ti, mejor decir que la li¬bertad está en ti. La
libertad nunca viene de otro, si piensas en la mirada de los demás, si buscas
su aprobación, y si haces bellos discursos para distraerlos, te adaptarás a sus
gustos; el que disfrutará no serás tú y habrás perdido tu libertad.
La
libertad no concierne a los demás, no debe reconocerla nadie, sólo podrás
conseguirla superando las coacciones de los otros, como ocurre con la libertad
de expresión.
La
libertad puede aparecer bajo la forma del dolor y de la tristeza, si estos
sentimientos no la ahogan. A pesar de estar sumergida en ellos, aún puedes
verla. El dolor y la tristeza tam¬bién son libres. Necesitas un dolor libre y
una tristeza libre, si por algo vale la pena vivir es por esa libertad que por
fin te proporciona alegría y serenidad.
40
—No
podemos creer que la paz reinará sobre la tierra cuando todos los viejos
contrarrevolucionarios hayan sido depurados. Tenéis que abrir los ojos, ¡esos
ele¬mentos contrarrevolucionarios en plena actividad son nuestros peores
enemigos! Se esconden bien, son muy astutos. Se amparan en los eslóganes
revolucionarios de los proleta¬rios, pero, en la sombra, se dedican a
actividades fraccionarias burguesas para provocar la confusión en nuestras
filas. ¡Sobre todo, que nadie se deje influir por ellos, están por todas
partes, tejiendo sus telas de araña para atraparos! ¡Esos
contrarrevo¬lucionarios tienen dos caras, no lo olvidéis, alzan la bandera roja
para oponerse a la bandera roja!
El
jefe adjunto de la comisión de control militar, el delega¬do Pang, en realidad
comisario político del ejército, había venido expresamente a la granja.
Encaramado a un rodillo de piedra del área de trilla, lucía unas gafas de
montura gruesa y agitaba en la mano un documento mientras pronunciaba un
discurso de movilización:
—Las
escuelas de funcionarios del 7 de mayo no deben ser remansos de paz alejados de
la lucha de clases.
Habían
empezado a desenmascarar a un grupo de contra¬rrevolucionarios activos llamado
«camarilla del 16 de mayo». Los jefes de las organizaciones rebeldes, surgidas
desde el principio del movimiento, así como los miembros activos, es¬taban
siendo sometidos a una investigación. Él fue de inme¬diato destituido de su
función de jefe de escuadra, cargo con el que debía dar ejemplo; había acabado
con el trabajo manual y debía rendir cuentas de los últimos años con todo
detalle, ex¬plicar qué ocurrió en los últimos meses, decir qué día, en qué
lugar, con qué personas tuvo qué reunión secreta y a qué actuaciones
inconfesables se había dedicado.
Aún
no sabía que en Beijing habían aislado al gran Li y lo estaban sometiendo a una
investigación; el interrogatorio duró varios días y varias noches y le
sacudieron de lo lindo. Reconoció que formaba parte de los elementos del «16 de
Mayo» y, por su¬puesto, también lo denunció a él. Así mismo confesó que cuando
estuvieron en casa de Wang Qi, mantuvieron una reunión del grupo
contrarrevolucionario para conspirar con un elemento de la banda negra
antipartido, de quien recibían las directivas. Su objetivo final era acabar con
la dictadura del proletariado. Li acabó internado en un asilo psiquiátrico. A
Wang Qi también la interrogaron y la aislaron. Luego torturaron a Lao Liu en un
cuarto del sótano del edificio hasta acabar con su vida; después lo subieron a
un piso y lo tiraron por la ventana, con la intención de que pareciera que se
había suicidado para evitar el castigo.
Por
suerte, antes de que todo aquello tuviera lugar, sintió el olor de los perros
que venían del horizonte para cercarlo. Ya había comprendido cómo los perros de
caza actuaban sobre el terreno: según «la orden de movilización para prepararse
para la guerra número uno», firmada por el vicecomandante en jefe Lin Biao, la
dispersión de un gran número de miembros del personal, acompañados de sus
familias, significaba la puesta en marcha de una depuración todavía más
radical. El ambiente de los últimos meses, bastante tranquilo aunque algo
pesado, es¬taba cambiando a toda velocidad; la hostilidad de los recién
llegados reemplazaba la leve fraternidad que todavía quedaba. Se reorganizaban
las antiguas compañías, pelotones y escua¬dras, se reconstituían las células
del Partido, la comisión de control militar nombraba a los nuevos altos cargos
desde Bei-jing. Tenía que encontrar un modo de evitar el cerco antes de que le
llegara su turno. En plena noche, fue a escondidas a la cabeza de distrito para
enviar un telegrama a su antiguo com¬pañero de instituto, Rong.
Dios
aprieta pero no ahoga, o, mejor dicho, Dios se apiada¬ba de él y le daba una
salida. Por la tarde, mientras los hom¬bres estaban en los campos, se quedó
solo en el dormitorio para escribir su confesión. Cuando pasaba alguien, fingía
copiar las citas de Mao. Un cartero de la comuna popular llegó en bicicleta
gritando: «¡Telegrama! ¡Telegrama!».
Salió
corriendo, era la respuesta de su amigo. El astuto de Rong firmó el telegrama
con la dirección telegráfica de la esta¬ción de técnicas agrícolas del distrito
en el que trabajaba, y escribió el siguiente texto: «Conforme a lo estipulado
en los documentos del Comité Central con respecto a los preparati¬vos de
guerra, hemos aceptado recibir al camarada Fulano para que se instale en la
comuna popular de nuestro distrito. El interesado deberá presentarse antes de
fin de mes, de lo con¬trario no podrá ser instalado».
Aprovechando
que todo el mundo estaba trabajando en el campo, se presentó en el despacho de
dirección de la escuela, que se encontraba a unos cinco kilómetros. La sala de
dactilo¬grafía y del teléfono estaba vacía. Dentro había un pequeño cuarto del
delegado Song, que le servía de despacho y de habi¬tación. La puerta estaba
cerrada, pero se oía una respiración que venía del interior.
—Informe
para el delegado Song.
Era
el reglamento militar, lo había asimilado perfectamente. Al instante, el
delegado Song salió. Su uniforme estaba impe¬cable, pero no había tenido tiempo
de abrocharse el cuello.
—Se
puede considerar, en cierto modo, que me he gradua¬do en esta escuela de
funcionarios. Espero que me expida el diploma.
Reflexionó
durante todo el camino sobre lo que tenía que decir y pronunció esas palabras
con toda la tranquilidad que pudo, manteniendo una sonrisa en los labios.
—¿De
qué diploma estás hablando? —preguntó el delegado Song con cierta tosquedad.
El
mantuvo su sonrisa y le tendió el telegrama con las dos manos. Song, que no
conocía muchos caracteres, lo tomó con una mano e intentó descifrarlo,
tomándose todo su tiempo, luego levantó la cabeza y dejó de fruncir el ceño.
—De
acuerdo —dijo—, corresponde a lo estipulado en los documentos. ¿Tienes
parientes allí?
«Apoyarse
en los amigos y encontrar refugio en casa de los parientes», esa expresión la
utilizó el delegado Song en el momento en que les transmitió la orden de
movilización. Él añadió de inmediato:
—Tengo
amigos que han arreglado todo allí para que me pueda instalar definitivamente
en el campo. En ese lugar podré recibir a fondo la reeducación de los
campesinos pobres y medios de la capa inferior y encontrar una campesina para
no quedarme soltero toda mi vida.
—¿Ya
has encontrado una? —preguntó el delegado Song.
Él
sintió en aquel hombre una cierta amistad, a menos que mera sólo simpatía o
comprensión. Era del campo, allí se alis¬tó y, poco a poco, pasó de ser un
simple soldado a convertirse en oficial de estado mayor en activo, después de
superar un gran número de dificultades, mientras que su mujer y sus hijos
permanecían en el campo. Tan sólo tenía quince días al año para ir a verlos, y
naturalmente debía pensar en las mujeres. La comisión de control militar lo
envió a controlar a aquel enorme grupo de hombres que habían venido para
consagrar¬se al trabajo manual, lo que no era una tarea fácil. El jefe adjunto
de esta comisión, el delegado Pang, encargado de la depuración de las filas de
clase, después de asignar las tareas al secretario de célula del Partido de
cada compañía, había regre¬sado a Beijing dos días antes. Realmente era una
oportunidad caída del cielo, algo que nadie podía prever.
—Mis
amigos me han hablado de una muchacha, si no voy, no puedo conocerla. No me
gustaría perder esta oportunidad. De todos modos, el trabajo manual es igual en
todos los luga¬res, pero si me caso, podré instalarme definitivamente.
Debía
dirigirse al delegado Song, nacido y crecido en el campo, en unos términos que
pudiera entender perfecta¬mente.
—Tienes
razón, pero debes pensarlo bien, porque si te mar¬chas, te retirarán la
autorización de residir en Beijing...
Song
ya no hablaba como un jefe, sacó de un cajón un for¬mulario oficial y le pidió
que lo rellenara él mismo, luego gritó hacia el cuarto:
—Xiao
Liu, ponle un sello aquí y escríbele a máquina este documento.
La
joven recepcionista, que también hacía de mecanógrafa, salió. Parecía que
acababa de peinarse; llevaba dos pequeñas trenzas sujetas a ras de la cabeza
con elásticos y las dos pun-tas hacia arriba. Abrió un cajón con una llave,
sacó un formu¬lario y un sello, se sentó frente a la máquina de escribir y fue
golpeando un carácter tras otro del pesado teclado. Song veri-ficó el texto que
su secretaria acababa de escribir. El quiso adu¬lar al oficial:
—¡Soy
el primer aprobado por el delegado Song!
—En
estas putas tierras alcalinas no hay nada que crezca, aparte del viento de
arena. No es como en mi región, todo lo que se planta crece. De todos modos,
estemos donde estemos, lo que cuenta es el trabajo manual.
Al
final, el delegado Song puso su sello rojo. Unos años más tarde, supo por un
compañero que trabajaba en la misma época que él en aquella escuela de
funcionarios, que poco des¬pués de su huida, el delegado Song fue sorprendido
una noche en un campo, por un hombre que llevaba una linterna, cuando tenía el
pantalón bajado para hacer lo que normalmente hacía con la recepcionista. De
inmediato fue despedido, y volvió a reincorporarse a filas. Como el trigo que
nace en esas tierras áridas, él tampoco llegó muy alto.
En
el camino que conducía a las viviendas, vio a lo lejos un tractor que labraba.
Al verlo hizo un ademán de mano y gritó:
—¡Hermano!
Tang
ya no tenía el trabajo de mensajero que realizaba en la capital. También había
ido a esa granja y conducía el tractor en el equipo mecanizado. Atravesó la
tierra blanda y fangosa y llegó hasta el vehículo.
—¡Hola!
—Tang había levantado la mano para devolverle el saludo.
—Necesito
que me eches una mano —dijo al llegar a su lado.
—En
este momento cada cual es como el ídolo de barro que atraviesa el río, no puede
salvarse ni a sí mismo. ¿Qué ocurre? Dilo pronto, que no me vean hablar
contigo, he oído que estás en el punto de mira de tu compañía.
—Ya
no. ¡Me he graduado!
Tang
paró el motor. El subió a la cabina y le mostró su carta oficial con el sello.
—¡No
me lo puedo creer!
—Todo
gracias al delegado Song —dijo él.
—¡Te
acabas de librar de una buena, mejor que te largues a toda velocidad!
—Mañana,
a las cinco, ¿podrías llevar mis maletas a la esta¬ción de la cabeza de
distrito?
—Bueno,
entonces tendré que tomar el camión. El delega¬do Song lo ha aprobado, ¿no es
cierto?
—¡El
mundo da unas vueltas increíbles, no le digas nada de esto a nadie!
—¡Saldré
con el camión! Si me preguntan adonde voy, les diré que vayan a ver al delegado
Song, ¿de acuerdo?
—Recuerda,
mañana por la mañana, a las cinco. ¡No te olvi¬des! —dijo mientras saltaba de
la cabina del tractor.
—Tocaré
el claxon cuando pase por el cruce de vuestro dor¬mitorio, sólo tendrás que
subir. No te preocupes, cuenta con¬migo —dijo Tang golpeándose el pecho.
El
tractor se alejó dando tumbos; él recorrió los cinco últi¬mos kilómetros
despacio, sin prisa, reflexionando sobre cómo pasaría esa última noche y cómo
podría transportar lo más rápidamente posible sus maletas y sus pesadas cajas
de libros de madrugada. Cuando cayó la noche, después de la cena, las personas
empezaron a juntarse alrededor de los pozos para sacar el agua para asearse.
Sólo entonces apareció por el dor¬mitorio. También se lavó y aprovechó para
arreglar sus cosas. Antes de meterse en la cama fue a la habitación del
secretario de célula del Partido de su compañía, que acababa de recibir ese
cargo de manos de la comisión de control militar. Le en¬señó el documento
oficial que probaba que iba a instalarse definitivamente en el campo. Sentado
sobre un banco, el se¬cretario se había quitado los zapatos para lavarse los
pies. Él anunció solemnemente, aunque con un cierto tono de broma, a los que
estaban en aquella habitación:
—El
delegado Song me ha licenciado de esta escuela; me despido de vosotros,
camaradas, no para siempre, supongo, pero me marcho primero. ¡Voy a convertirme
en un auténtico campesino, completamente reformado!
Luego
puso cara de que le habían encomendado una tarea difícil, como si su futuro no
le pareciera muy alentador. El jefe no tuvo tiempo de reaccionar, no comprendía
si se trataba de un castigo especial que le habían infligido. Se limitó a
decir: «Mañana veremos».
¿Mañana?,
pensó él. No tenía ninguna intención de esperar a que el jefe fuera a la
dirección de la escuela y que entrara en contacto por teléfono con la comisión
de control militar de Beijing; se marcharía mucho antes.
De
nuevo en el dormitorio, con la luz ya apagada, se fue a tumbar a su cama
completamente vestido. Durante la noche miró varias veces el reloj, sin
distinguir las agujas en la oscuri¬dad. Cuando creyó que estaba a punto de
amanecer, se levan¬tó, se apoyó contra la pared para ponerse los zapatos, pero
no hizo de inmediato su cama. Si despertaba demasiado tempra¬no a los otros
ocupantes de la habitación, el lacayo que vigila¬ba sus actos y gestos podía
avisar al secretario de la célula del Partido de su compañía.
Nadie
tenía que saber que antes del alba se había puesto en marcha. Escuchaba
atentamente en la oscuridad si oía un cla¬xon; entre el cruce y el dormitorio
había unos cincuenta o sesenta metros, el sonido no sería muy fuerte. Le
silbaban los oídos, abría los ojos todo lo que podía, como si de ese modo
escuchara mejor. Cuando oyera el claxon, liaría sus bártulos y despertaría a
dos hombres para que le ayudaran a transportar las grandes cajas que había
dejado en la pared.
Dos
bocinazos secos. Todavía estaba oscuro, se levantó de golpe, abrió la puerta
sin ruido y corrió hacia el cruce.
—¡Ves
como podías confiar en mí!
Tang
encendió las luces y lo saludó con la mano. De inme¬diato, volvió corriendo al
dormitorio y despertó a dos hom¬bres que dormían en las literas de al lado.
—¿Te
marchas? —preguntaron al levantarse.
—Sí,
voy a la estación —dijo, recogiendo rápidamente su equipaje.
Unos
minutos más tarde, saltaba sobre el camión y decía adiós con la mano a sus dos
compañeros que todavía no se habían despertado por completo. ¡Adiós, escuela de
funciona¬rios del 7 de mayo, granja de reeducación por el trabajo ma¬nual!
¡Adiós!
41
Se
sentía totalmente vacío. Por la ventana contemplaba la gran llanura amarillenta
y desértica y las ramas desnudas de los árboles que desfilaban a toda velocidad
a lo largo de la vía férrea. Estaba agotado, no había pegado ojo en toda la
noche, pero no tenía ganas de dormir. Miró el paisaje, casi no se creía que
había conseguido escapar. Una vez que el tren franqueó el gran puente sobre el
río Amarillo, los campos empezaron a adquirir un color verde oscuro, el trigo
que había sobrevivido al invierno comenzaba a verdear. Al cabo de tres horas,
después de parar en varias estaciones, las ramas de los árboles se volvieron
azules con tonos grisáceos, aparecieron algunas pequeñas hojas verdes, y más
lejos todavía pudo ver como el viento hacía vibrar las hojas frescas y
relucientes de los álamos. Llegaba la primavera. Te has salvado, pensó.
Una
vez pasó el Yangzi, los campos adquirieron todo su ver¬dor, en los espacios
entre los retoños de los arrozales se reflejaba un cielo azul luminoso, un
mundo real. Acabó relajándose y el sueño le venció.
Luego
subió a un autocar que fue traqueteando por las acci¬dentadas carreteras de
montaña, balanceándose de un lado a otro como si el vehículo fuera a romperse
en cualquier mo¬mento. Por las ventanas se sucedían las montañas de color verde
azulado, y en las matas de las laderas se distinguían las azaleas rojo sangre.
Se sentía tan radiante como el paisaje.
En
una pequeña cabeza de distrito de aquella región mon¬tañosa, al final de una
calle de adoquines de piedra oscuros, encontró la casa de Rong, una casa de
adobe con el tejado de bálago. Rong era un forastero en la región y salía
adelante no sin dificultad, pero al menos tenía su propia casa y frente a la
puerta había un huerto rodeado de bambúes, suficiente para provocar su
admiración. La mujer de Rong era de la comarca y trabajaba de vendedora en un
bazar. Tenían un niño de unos meses que dormía en una cuna en la habitación
principal. En el patio entraban los agradables rayos del sol y una gallina
acom¬pañada de sus polluelos amarillos picoteaba el suelo. Estaba emocionado.
Mientras
la mujer de Rong preparaba la cena en la cocina, éste le preguntaba sobre su
situación personal y los aconteci¬mientos que estaban teniendo lugar en la
capital. Lo puso al corriente de lo que ocurría.
—¿Por
qué se pelean? —preguntó Rong—. Aquí estamos lejos del emperador; aun así, los
altos cargos del distrito se han peleado durante un tiempo, pero eso no ha
afectado a los habi¬tantes del pueblo.
Él
tenía ganas de charlar de cosas más agradables.
—Rong,
¿te acuerdas de cuando nos enviábamos cartas en las que divagábamos sobre la
filosofía? Queríamos llegar hasta el fondo de las cosas para encontrar el
verdadero sentido de la vida.
—Olvida
la filosofía, no es más que una fanfarronada —le cortó Rong—, mi preocupación
actual es salir adelante con mi familia, en este tejado de bálago hay goteras
cuando llueve mucho; este invierno tendré que cambiar la paja, porque no puedo
construirme una casa de ladrillo.
La
tranquilidad y la indiferencia de Rong le hicieron volver a la realidad. Pensó
que tenía que vivir como él, con los pies en el suelo. Dijo:
—Me
voy a instalar en uno de esos pueblos de montaña.
—Piénsalo
bien —dijo Rong—, en esas montañas se puede entrar, pero luego ya no se puede
salir. Siempre has tenido muchas ilusiones, deberías pensar muy bien lo que
quieres.
Luego
Rong le sugirió que fuera a un pueblo que tuviera electricidad y donde llegaran
los autobuses, para que, si alguna vez se ponía enfermo, pudiera ir ese mismo
día al hospital del distrito.
Rong
le avisó:
—Si
quieres integrarte a la comunidad, debes tener buenas relaciones con los jefes
locales y los funcionarios del pueblo. No menciones tus historias de Beijing,
tampoco digas nada de eso a los funcionarios del distrito cuando te presentes a
ellos.
—Ya
lo sé, ya no espero nada, tan sólo he venido a buscar refugio. Espero encontrar
una buena muchacha de aquí y for¬mar una familia.
—No
sé si lo conseguirás —dijo Rong riendo.
La
mujer de Rong le dijo entonces:
—No
te preocupes, yo te encontraré una, es muy fácil.
Pero
Rong se volvió hacia su mujer y le dijo:
—¡Está
bromeando!
* * *
Le
echó el ojo a una casa de adobe que estaba algo separada de las demás, al lado
de la escuela de la pequeña aldea. La acaba¬ban de construir los del equipo de
producción. El invierno pasado pusieron las tejas y los cabrios. Las paredes
eran de planchas con piedras y barro, todavía no las habían encalado. El tejado
estaba por terminar y, cuando llovía mucho, las gotas traspasaban los
intersticios de las tejas. Aún no había vivido nadie en aquella casa. Tapó las
grietas de las paredes y los mar¬cos de las puertas y de las ventanas con cal,
luego pegó papel blanco sobre los cristales. Después montó una cama con una
plancha de madera. Colocó algunos ladrillos en el suelo de arena para poner sus
cajas de libros y las protegió con un plás¬tico. Encima puso los palillos para
comer, el tazón y los obje¬tos personales que más usaba. Colocó una tinaja de
agua en la habitación y mandó construir una mesa al carpintero de la al¬dea. Se
sentía totalmente satisfecho.
Cuando
regresaba de escardar los arrozales, se quitaba el barro que tenía pegado a los
pies y a las piernas en las charcas de lentejas de agua, luego se preparaba una
taza de té verde, se sentaba en una pequeña silla de respaldo de bambú y
contem¬plaba las montañas que se extendían a lo lejos, en la bruma. En aquellos
momentos, sin quererlo, el verso de Tao Yuanming le venía a la mente, «Recojo
los crisantemos bajo el seto al este de mi casa, mientras contemplo
despreocupado la montaña del sur», pero no estaba tan despreocupado como aquel
letrado ermitaño. Cada mañana, al alba, cuando escuchaba en los alta¬voces del
pueblo «El oriente es rojo, el sol se levanta, ha llegado Mao a China...», se
iba a replantar el arroz con los cam¬pesinos; pero no tenía que recitar El
Libro rojo delante de nadie. Cuando acababa su jornada laboral, nadie lo
vigilaba; se tomaba su taza de té verde, se sentaba en la silla de bambú, con
las piernas estiradas, y se sentía bien. Por la noche, se tumbaba solo sobre la
enorme plancha de madera y no tenía que preo¬cuparse de si hablaba en sueños.
Era la auténtica felicidad.
Se
había convertido en un campesino y tenía que ganarse la vida con sus manos.
Tenía que aprender los trabajos agrícolas, la labranza, la construcción de
diques, el trasplante y la cosecha del arroz, el transporte del estiércol.
Debía aprenderlo todo, pues no esperaba continuar recibiendo su salario durante
mucho tiempo. Tenía que vivir entre los campesinos, no podía dejar que pensaran
que se escondía de algo; debía hacer su vida allí, y quizá morir también en ese
lugar, como si fuera su tierra natal.
Unos
meses más tarde, había conseguido seguir el ritmo de trabajo de los campesinos,
no como esos funcionarios del distri¬to que venían para trabajar en una unidad
de base y que al cabo de tres días encontraban un pretexto para volverse a
marchar. Los funcionarios locales eran señores a los ojos de los campesi¬nos;
cuando iban a los campos, sólo era para hacerse los impor¬tantes, pero él no
era así, a él lo alababan todos. Creyó que se había ganado la confianza de los
funcionarios rurales y de los campesinos; entonces quitó los clavos de sus
cajas de libros.
El
primer libro que sacó fue la obra de Tolstói El poder de las tinieblas, pero el
agua que había entrado entre las maderas dejó unas marcas amarillentas en la
barba del viejo Tolstói. En la obra teatral, el autor crea un ambiente oscuro y
de opresión en el que un campesino acaba matando a su hijo; le impactó mucho,
era muy diferente al ambiente aristocrático de Guerra y paz, que Tolstói
escribió un poco antes. No lo abrió, por miedo a que re¬percutiera en la calma
interior que acababa de conseguir.
Tenía
ganas de leer libros que se alejaran de su entorno, his¬torias muy lejanas, que
sólo fueran fruto de la imaginación, cosas increíbles, como El pato salvaje en
la «Selección de obras de teatro» de Ibsen. En cambio, todavía no había abierto
el volumen primero de La estética, de Hegel, que compró hacía mucho tiempo.
Leer le ayudaba a librarse un poco de su can¬sancio físico. Siempre dejaba
sobre la mesa los libros de Marx y de Lenin, pero por la noche, antes de
dormir, sacaba de la caja los libros que quería leer de verdad, tumbado en la
cama. Una simple bombilla con un hilo que colgaba de una viga ilu¬minaba la
estancia. En las casas de los campesinos del pueblo todo estaba a oscuras, pues
se acostaban nada más cenar para ahorrar electricidad. Sólo quedaba encendida
su bombilla, que no intentaba ocultar, pues eso habría provocado más
sospe¬chas.
No
prestaba demasiada atención a lo que leía, dejaba sim¬plemente que su
imaginación vagara. De hecho, no entendía nada de los personajes de El pato
salvaje, de las elucubraciones metafísicas del viejo Hegel. Esos autores vivían
en un mundo tan diferente, no habrían entendido el mundo real en el que él
vivía, ni siquiera podrían haber imaginado que existiera. Tum¬bado, escuchaba
el sonido de la lluvia que caía sobre las tejas de la vivienda, era la estación
de las lluvias; la humedad se apo¬deraba de todo, las malas hierbas de los
caminos y los retoños de los arrozales crecían frenéticamente durante la noche,
cada mañana estaban más altos, cada día más verdes. Había decidi¬do pasarse la
vida entre los arrozales, siguiendo el ciclo regular de la naturaleza. La vida,
que transcurre generación tras gene¬ración, es como los retoños de arroz; el
hombre es como la planta, ¿para qué tener cerebro? La acumulación de esfuerzos
humanos llamada cultura en realidad no sirve de gran cosa. «No sé dónde está la
nueva vida», recordó que le dijo Luo; ese compañero de clase había entendido
las cosas mucho antes que él. Quizá lo que necesitaba era encontrar una chica
de campo, traer al mundo unos cuantos niños y educarlos: éste era probablemente
su destino.
Poco
antes de la cosecha del arroz, consiguió unos días libres. Los del pueblo
solían aprovechar esos días festivos para ir a la montaña a cortar leña. Con el
hacha al cinto, los siguió. Todos los meses iba a la cabeza de distrito a
cobrar su salario a la oficina que se encargaba de la gestión de funcionarios
envia¬dos a la base. Allí compró leña para varios meses; por eso, para él, ir a
la montaña a por más leña era tan sólo una forma de conocer los alrededores.
En
un lugar aislado, al pie de la montaña, en el equipo de producción más retirado
de la comuna popular, encontró en un caserío de pocas familias a un anciano que
llevaba unas gafas de montura de cobre y que estaba sentado al sol delante de
su puerta. Tenía un libro carcomido, de encuadernación antigua, que sujetaba
con las dos manos y mantenía los brazos extendidos para colocar el libro lejos
de sus ojos entreabiertos.
—¡Está
leyendo! —exclamó él un tanto admirado.
El
viejo se quitó las gafas y dirigió la mirada hacia su direc¬ción; cuando se dio
cuenta de que no era uno de los campesi¬nos de la comarca, balbució algo y dejó
el libro apoyado sobre sus rodillas.
—¿Puedo
saber qué está leyendo? —preguntó él.
—Un
libro de medicina —explicó de inmediato el anciano.
—¿Qué
libro de medicina? —inquirió de nuevo.
—Sobre
las enfermedades febriles, ¿sabe usted algo de este libro? —dijo el viejo con
cierto desdén en su voz.
—¿Es
usted médico de medicina tradicional? —cambió de tono para demostrarle su
respeto.
El
anciano le dejó entonces que tomara el libro. Esa vieja obra de medicina sin
puntuación estaba impresa en papel de bambú muy liso, sin duda era una edición
de la época de los Qmg. Entre los agujeros que habían dejado los insectos
apa¬recían unas anotaciones, pequeños círculos marcados con tinta roja o
minúsculos caracteres escritos con esmero. Debían de haber empleado cinabrio
para ello, puede que los hubie¬ran escrito sus ancestros, a no ser que fueran
del propio viejo. Le devolvió con cuidado el preciado libro. Ese respeto
proba¬blemente sorprendió al anciano, que llamó a una mujer de la casa.
—¡Trae
un taburete para este camarada y ofrécele una taza de té!
A
pesar de los años de trabajo manual, el viejo todavía tenía una voz sonora.
Quizás el hecho de dominar la medicina tradi¬cional le había ayudado.
—No
vale la pena —dijo sentándose en un tocón sobre el que se cortaba la leña.
Una
mujer de edad avanzada, pero robusta —su nuera o su segunda esposa—, salió de
la casa. Llevaba una tetera en una mano y una silla en la otra. Le sirvió un
tazón de té hirviendo, en el que flotaban las anchas hojas. Él le dio las
gracias, tomó el tazón con las dos manos y observó las montañas de enfren¬te,
en las que las ramas de los abetos se balanceaban sin ruido por la fuerza del
viento.
—¿De
dónde vienes?
—De
la aldea, de la comuna popular —respondió él.
—¿Eres
un funcionario que ha vuelto a la base?
Asintió
con la cabeza y preguntó sonriendo:
—¿Tanto
se nota?
—Está
claro que no eres de aquí, eres de la cabeza de distri¬to de provincia o de
fuera.
—De
Beijing —dijo directamente.
El
viejo inclinó la cabeza y no dijo nada.
—¡No
volveré a la capital, quiero instalarme aquí!
Soltó
esas palabras con cierto tono de broma, el tono que empleaba cuando le
preguntaban los campesinos, durante las pausas que hacían en los campos, sobre
lo que hacía en la gran ciudad, para evitar de ese modo dar demasiadas
explicaciones; luego añadía que la comarca le parecía magnífica y el lugar
precioso. Pero no tenía por qué actuar del mismo modo con el anciano, que
parecía ser una persona culta.
—¿Y
usted? ¿Es de aquí?
—De
varias generaciones. Por muy bello que sea el mundo, nunca iguala al lugar
donde hemos nacido —dijo el viejo—. Pero también he estado en Beijing.
A él
no le sorprendió en absoluto y preguntó:
—¿En
qué año?
—Hace
mucho tiempo, fue en la época de la República, es¬tudié en la universidad en
1928.
—¿Ah,
sí? —Calculó que habían pasado más de cuarenta años desde entonces.
—En
aquella época, los profesores iban con trajes al estilo occidental y sombrero,
llegaban siempre en rickshaw y con el bastón en la mano.
En
ese preciso momento, los profesores de la capital se en¬cargaban de barrer las
calles o limpiar los lavabos. Eso no lo dijo.
El
viejo explicó que lo enviaron a estudiar a Japón con una beca del gobierno y
que consiguió un diploma de la Universi¬dad Imperial de Tokio. Él no dudaba de
la veracidad de los hechos que contaba el anciano, pero le habría gustado saber
por qué volvió a las montañas. Sin embargo, no podía hacerle la pregunta
directamente, así que inquirió:
—¿Estudió
medicina?
El
anciano no respondió; se limitó a contemplar con los ojos entornados cómo
temblaba el bosque en las montañas de enfrente, como si quisiera calentarse con
el sol. Pensó que qui-zás éste podía ser su destino: estudiaría un poco de
medicina tradicional para curar a los campesinos y subsistir por ese medio.
Luego se casaría con una campesina para que le diera hijos y, de este modo,
tener a alguien que se ocupara de él cuando fuera viejo. Y cuando llegara a esa
vejez y ya no fuera capaz de trabajar en el campo, se calentaría al sol y
leería libros de medicina para distraerse.
La
noche siguiente, escribió a Qian para decirle que se había instalado en el
campo y que tenía una casa de adobe como alojamiento para siempre. Si estaba de
acuerdo en vivir con él, tendrían de inmediato un nido para ellos dos solos.
Por el momento tenía garantizado el sueldo, ella incluso también tendría un
sueldo como estudiante diplomada, los dos se senti-rían muy bien en el pueblo,
podrían llevar una vida de seres humanos. Trazó con especial cuidado los
caracteres «seres hu¬manos», llenando dos casillas de su papel de cartas.
Esperaba que ella reflexionara seriamente y diera una respuesta clara.
Escribió, además, que la escuela del pueblo quería reabrir las puertas y que se
proyectaba convertirla en escuela de secunda¬ria, ya que hacía años que los niños
no tenían profesor y ya estaban en la edad de ir al instituto. Por lo tanto,
necesitaban profesores. Si ella decidía venir, podría dar clases allí, pues la
escuela no podía continuar cerrada por mucho tiempo. De lo único de lo que no
habló en la carta fue de amor, pero al escri¬bir esas palabras se sintió lleno
de felicidad, había recuperado la esperanza, una esperanza que podía
materializarse si ella venía, si Qian estaba de acuerdo. Se sentía contento, en
ese mundo confuso quizás encontrara por fin un remanso de paz, si ella quería
compartirlo con él.
42
Las
hojas del viejo azufaifo que crecía delante de su ven¬tana habían caído; las
ramas espinosas se elevaban hacia el cielo gris plomo. El otro árbol era de
sebo y sus últi¬mas hojas violeta temblaban sin cesar en la punta de las ramas.
Al principio del invierno recibió una respuesta de Qian anunciándole que iría
cuando empezaran las vacaciones de invierno en la escuela rural en que
trabajaba. La carta era es¬cueta, algunos caracteres trazados con una escritura
cuidada, apenas media página que no decía una palabra sobre una even¬tual vida
en común con él. Pero venía al pueblo; tenía que habérselo pensado mucho. La
esperanza que había albergado se concretaba.
Cosecharon
el arroz tardío, lo pusieron a secar en la era, lo aventaron y luego lo
almacenaron en el silo del equipo de pro¬ducción. El agua de los arrozales se
secó, esparcieron las semi¬llas de las plantas que servirían de abono a la
espera de arar la tierra y replantar. Había acabado el ciclo anual de los
trabajos del campo y los campesinos se dedicaban a sus propias activi¬dades:
iban a la montaña a cortar leña para el invierno, repara-ban las pocilgas de
los cerdos, otros construían casas de adobe porque alguien se casaba o algún
miembro abandonaba la fa¬milia; él mismo se preparaba para recibir a Qian. Pero
no po¬dría encalar las paredes de su casa hasta después del verano, cuando
estuviera completamente seca. No tenía mucho que hacer de momento, aparte de
añadir un poco de cemento en las grietas de los marcos de las puertas y de las
ventanas y bajo el tejado. Cuando Qian llegara, dormiría con él en la
habita¬ción, pero de cara a los campesinos era mejor que se casaran. Lo primero
que tenía que hacer era esparcir la noticia para que todos estuvieran al
corriente de su próximo enlace. Si Qian estaba de acuerdo, sería fácil, le
bastaría con ir a la comuna popular a buscar un certificado de matrimonio, no
sería nece¬sario preparar un banquete como era tradición en los pueblos.
Además, todas las viejas costumbres se habían erradicado; sin embargo, Qian no
dijo claramente en su carta si quería casarse con él.
Sobre
las ruinas del templo situado al borde del burgo, que quedó destruido por un
incendio hacía mucho tiempo, levan¬taron una construcción de dos naves: era la
estación de auto¬buses. Un autocar llegaba cada día de la cabeza de distrito y
volvía a marcharse el mismo día. Le costaba recordar el rostro de Qian, pero
cuando llegó el autocar, la reconoció enseguida de entre los pasajeros que
bajaban. Llevaba una bolsa de viaje rara en la región, y todavía tenía dos
trenzas cortas. Estaba morena, parecía haber engordado un poco, quizás a causa
de las ropas de invierno. Él salió a su encuentro para tomarle la bolsa y
preguntó:
—¿Has
tenido un buen viaje?
Ella
explicó que, desde que salió de su aldea, había tomado un autocar, luego un
tren, después un coche, luego otro auto¬car. Por suerte Rong le compró un
billete en la estación de autobuses de la cabeza de distrito y la estaba
esperando, y ella pudo subir inmediatamente a ese último autocar para llegar
aquí. Aliviada, le dijo:
—¡Hace
cuatro días que estoy viajando!
Estaba
un poco alterada pero permanecía natural. Caminó apoyada en él sobre los diques
que conducían a la aldea, hom¬bro con hombro, apretada a su cuerpo como si se
amaran desde hacía años, como si fuera su mujer. Esa joven iba a vivir con él,
a convertirse en su esposa; se ayudarían el uno al otro para conseguir salir
adelante.
Qian
se sentó sobre la cama de paja de arroz, el lugar más confortable de la
habitación. Él se sentó frente a ella, sobre la única silla y dijo:
—Si
estás cansada, quítate los zapatos, puedes tumbarte un poco para descansar.
Le
preparó una taza de té nuevo verde esmeralda, el mejor producto de aquel pueblo
de montaña.
Qian
contemplaba las paredes irregulares y el tejado oscuro sin falso techo. Él dijo
que después del verano podría encalar la casa y comprar madera para fabricar un
falso techo; también añadió que le sería fácil encontrar un carpintero que le
fabri¬cara algunos muebles. Lo pondrían todo al gusto de ella. Qian le explicó
que donde trabajaba, la gente vivía en cuevas con las paredes de loees, pero el
clima era muy seco y había mucha pobreza; la tierra era amarilla, escaseaban
los árboles, en esa estación se cortaban los rastrojos de maíz para hacer
combus¬tible, cualquier rastro de verdor había desaparecido del paisa¬je. Su
escuela no estaba mal; además de ella había tres maes¬tros, los otros dos eran
de la comarca; los funcionarios de la brigada de producción del pueblo dirigían
la escuela. A ella le había costado mucho llegar hasta aquel lugar, era un gran
pue¬blo de más de doscientas casas situado a quince kilómetros de la cabeza de
distrito; el autocar no pasaba por allí, y para lle-gar había que subirse al
carro de un campesino e ir al paso de una mula. Él le dijo que en el pueblo
volverían a abrir la pequeña escuela y que iría a ver a los funcionarios de la
cabeza de distrito y de la comuna popular para que la trasladaran. Qian estuvo
de acuerdo, ya no era una quimera sino la rea¬lidad.
Fueron
a una pequeña casa de té del burgo y pidieron dos platos de salteados. Era el
único restaurante del lugar. Los días de encuentro, el primero y el quince de
cada mes, los campesi¬nos de la comarca se reunían alrededor de las diez
grandes mesas que había en la planta baja y en el primer piso y descan¬saban,
bebían té o comían, y se armaba un tremendo guirigay. Normalmente, y sobre todo
aquella tarde, el restaurante esta¬ba vacío. Sus pasos hacían que crujiera la
madera del suelo. Se instalaron en la primera planta, cerca de la ventana,
desde donde veían la pequeña calle estrecha de adoquines. Desde aquel lugar
también podían ver a los vecinos de las casas de en¬frente por sus ventanas, y
en la planta baja los comercios de la calle: una carnicería, una tienda de
queso de soja, una tienda de tela, que también hacía de supermercado, un bazar
que ven¬día cuerda, cal, ollas, aceite, vinagre, salsa de soja y sal. Tam¬bién
había una tienda en la que se vendía aceite y cereales, y se podía moler el
arroz, una cooperativa en la que se vendían palanganas, cubos, azadas y útiles
de madera, hierro y bambú, y, por último, una botica de medicina china, donde
también vendían algunos medicamentos occidentales. En la plaza del pueblo se
encontraba la sede de la comuna popular, con un centro veterinario, una
policlínica, una caja de ahorros y una comisaría de policía que se encargaba de
las comunas de los alrededores, aunque contaba con un solo policía. Allí podían
encontrar todos los productos de primera necesidad; además, también se ejercía
el poder político de base y se concedían los certificados de matrimonio, sobre
los que aparecía impreso el retrato del Dirigente Supremo.
Después
de la cena le preguntó qué quería comprar, pero ella no respondió. Recorrieron
toda la calle en dos minutos y luego la condujo a la tienda de tejidos que
hacía de supermer-cado y compró un espejo redondo de mesa que tenía en el dorso
un soporte metálico. Compró también una sábana para una cama doble, por la que
tuvo que dar unos cupones de algo¬dón; por último adquirió un par de fundas de
almohada, mez¬cla de algodón y de nailon, que tenían un precio algo más
elevado, pero no era necesario pagar con los bonos de algo-dón. Qian no se
opuso e incluso le ayudó a elegir. Las pocas sábanas que quedaban eran todas de
grandes flores rojas y en las fundas de las almohadas aparecían bordados unos
corazo¬nes. Eran los artículos que los del pueblo compraban cuando se casaban.
No tenían elección, Qian le dejó hacer sin objetar nada.
Una
vez en la casa de adobe, en la aldea, él cerró la ventana de detrás. Cerca de
allí había un estanque de lentejas de agua, bordeado de losas resbaladizas
sobre las cuales, al atardecer o incluso de madrugada, las mujeres iban a lavar
la ropa. En las noches de verano los hombres se lavaban allí los pies o el
cuer¬po. En aquel principio de invierno, las ranas permanecían mu¬das.
Qian
dijo que estaba cansada, entonces él cambió la sábana antigua de la cama por la
que acababan de comprar. Ella le ayudó a hacer la cama y a colocar las fundas
de almohada deco¬radas con corazones. Como sólo tenía una almohada,.colocó su
chándal de lana en la segunda funda. Qian también intro¬dujo algunas ropas que
sacó de su bolsa.
Qian
fue la primera que se tumbó, él se sentó al borde de la cama y le tendió la
mano. Ella le pidió que apagara la luz.
Sólo
recordaba su cuerpo, todo lo demás le resultaba extra¬ño. En realidad, no la
entendía muy bien, sólo tenía de ella las cartas que le envió, en las que se
quejaba o le pedía ayuda. Eran dos seres perdidos en una punta del mundo,
compañe¬ros de desgracia que simpatizaban. ¿La amaba? Eso creía. ¿Y Qian? No
conseguía saberlo, había recorrido miles de kilóme¬tros para venir a verlo,
¿sólo buscaba un apoyo? Ella se entre¬gó, le dejó hacer lo que quisiera con
ella, sin reacción, sin emoción, no se opuso, no dijo nada, y se durmió, al
menos eso pensó él. Tenía una mujer, una mujer que le pertenecía
legíti¬mamente, una esposa con la que podría construir una vida en común, tener
un lenguaje común, confiando el uno en el otro. Bueno, al menos no tendría que
casarse con una campesina. En aquel pueblo, en verano, las mujeres que tenían
bebés mos¬traban sus senos en la calle en el momento de darles el pecho, y
cuando descansaban a la orilla de los arrozales, provocaban o bromeaban con los
hombres, soltaban toda clase de palabras groseras y se comportaban de manera
tosca y frívola, sin que nada les importara; no lo soportaba. Se había
acostumbrado a bromear con ellas, pero mantenía una cierta distancia, a
dife¬rencia de los campesinos, que se divertían con ellas. Se entre¬tenían
sobándolas cuando simulaban pelearse, o ellas se lanza¬ban sobre la cintura de
los hombres para quitarles los pan¬talones. Todos reían a carcajadas al verlos
huir con las manos sujetándose el cinturón. Los interminables trabajos del
campo no les dejaban muchas más formas de diversión. Las mujeres decían: «¿No
te das cuenta de lo bonitas que son las mujeres de aquí?» «¿Las.chicas de la
ciudad son tan enanas?», «Mira la piel de Maomei, parece de melocotón, y,
además, es capaz de hacer todos los trabajos del campo. A ti, que eres tan
desas¬troso, una mujer así es lo que te conviene». Maomei se escondía detrás de
otra muchacha cuando escuchaba estas cosas. La chica era realmente atractiva,
pero cuando veía a las del pue¬blo, imaginaba en lo que se convertiría, y esa
no era la vida que deseaba.
A la
mañana siguiente, cuando Qian abrió los ojos, había adquirido algo de color en
su rostro y sonreía. Él también se sentía realmente feliz. No era una chica muy
guapa, pero tenía su gracia. Apoyada contra su pecho, sabía que él la estaba
con¬templando y cerraba los ojos. Le acarició un seno. Qian se dejó hacer, dejó
que paseara la mano por su cuerpo, y sus piernas dobladas acabaron separándose.
Él tuvo ganas de hacer de nuevo el amor con ella, pero se contuvo; tenía que
refrenar su deseo, iban a vivir juntos, tendrían mucho tiempo. La besó, y Qian
le respondió con la lengua entre sus dulces labios, era la primera vez que
sentía que ella respondía a su amor. Pensó que Qian lo amaba, que eran algo más
que dos seres en dificulta¬des que se sostenían.
—¿Quieres
que nos casemos? —preguntó él.
Ella
pegó contra él su cuerpo tierno, hundió la cara en su pecho y dijo que sí con
la cabeza. Él se emocionó.
—¡Levántate!
¡Vamos ahora mismo a la comuna!
Quería
formar una familia con ella, construir un nido de amor, quería demostrarle que
la amaba, conseguir el certifica¬do de matrimonio y hacer que la trasladaran,
se instalarían tranquilamente en ese pueblo de montaña y, sin preocuparse por
nada más, se contentarían con vivir su vida.
Qian
trajo un certificado de estado civil que le dieron en la comuna popular de su
lugar de trabajo, lo que significaba que había pensado en esa posibilidad
seriamente antes de emprender el viaje. Él conocía a todos los funcionarios de
la comuna y no tenía la necesidad de presentar más papeles. Los dos firma¬ron
en el formulario, indicaron su fecha de nacimiento, el empleado colocó un
sello, le dieron cinco fens por los gastos administrativos y todo acabó en
menos de un minuto.
Al
pasar por la carnicería, había medio cerdo colgado en el gancho, compró un
pernil. Se podía comprar carne sin cupo¬nes, ya que se criaban muchos animales
en el pueblo. De he-cho, no sabían lo que era el hambre en tiempos normales.
Sin embargo, durante el Gran Salto adelante, siguiendo las ór¬denes del
Partido, dieron todas las provisiones al Estado, y en algunos pueblos todos los
habitantes se murieron de ham¬bre. La gente se volvió más recelosa y todos
plantaron en su jardín sésamo o colza para extraer aceite y se pusieron a criar
cerdos. Comían la carne de sus cerdos salada, lo único que no tenían era
dinero. El le dijo que ellos también criarían cerdos. Qian le guiñó el ojo sin
saber si se trataba de una broma.
El
día de la boda fue bastante alegre; encendió la estufa de leña y cuando se fue
el humo la llevó a la habitación. Encima cocía una marmita llena de pernil.
Qian empezó a cantar casi susurrando unas canciones de antes de la Revolución
Cultural. La animó a que cantara más alto, acompañándola. Tenía una voz bonita,
muy clara, se llevó una buena sorpresa. Ella dijo riendo:
—He
tomado clases de canto, soy soprano.
—¿De
verdad? —preguntó él entusiasmado.
—¿Qué
más da? —dijo ella con desdén. Realmente tenía una bonita voz.
—Es
importante, ¡con una voz así, vale la pena vivir!
Compartían
el gusto por la música. Entonces le pidió:
—Qian,
cántame una canción.
—¿Cuál?
Elige.
Qian
parecía satisfecha, inclinó la cabeza; era tan graciosa.
—Canta
la canción italiana «Torna a Sorrento».
—¡Pero
es un aria para tenor!
—Entonces
canta la «Canción de brindis» de La Traviata.
—Si
alguien escucha la letra podemos tener problemas. —Qian se mostró indecisa.
—Aquí
no importa, ¿quién entendería algo? También pue¬des cantar sin la letra.
Qian
se levantó, tomó aire, pero paró de golpe.
—Es
mejor que no cante ninguna canción extranjera.
Él
reflexionó un instante, pero no encontró otra canción para pedirle.
—Bueno,
voy a cantar una canción popular antigua, «El pueblecito de Sanshilipu».
Su
voz se elevó, mientras sus ojos se iluminaban. Unos ni¬ños acudieron al
exterior, luego algunas mujeres. Dejó de can¬tar, pero fuera sobresalió una
exclamación:
—¡Canta
muy bien!
Era
Maomei, que también estaba entre las mujeres que se juntaron allí. Todas
empezaron a hablar a la vez:
—¿De
dónde viene la novia?
—¿Se
va a quedar unos días?
—¡Sobre
todo, que no se vaya del pueblo!
—¿Dónde
viven sus padres?
Él
abrió la puerta e invitó a las personas que estaban fuera de la casa a que
entraran, luego la presentó:
—Es
mi mujer.
Las
personas se apretujaban a unos pasos del umbral sin atreverse a entrar en la
vivienda. Tomó un paquete grande de caramelos y lo repartió entre los que se
encontraban en la entrada.
—Me
he casado siguiendo los principios de la revolución, otros tiempos, otras
costumbres.
Aprovechó
para presentarle al secretario de la célula del Partido del equipo de
producción, al jefe del equipo, al conta¬ble. Junto a ellos, les seguía un
grupo de niños que chupaban los caramelos. Una mujer le dijo:
—¡Llévate
una gallina, si quieres!
Otros
quisieron darles huevos, un anciano dijo:
—¡Cuando
necesitéis verduras, venid a tomarlas de mi jar¬dín!
—Todos
son muy amables —le explicó él en tono satisfe¬cho—. Después, cuando quieres
pagar, se niegan, pero si insis¬tes, acaban aceptando. Sí que hacen favores,
pero los favores se deben pagar; también hay que hacer algo por ellos. Ya no me
siento un extraño. Con una voz tan bonita como la tuya, ¿qué escuela no querría
tenerte como maestra? No tendrás que ensuciarte los pies en el barro de los
arrozales, bajo la llu¬via o bajo el sol abrasador, pero, por supuesto, tendrás
que cantar para mí.
Con
una vida así, le esperaba la felicidad. Al menos esa noche no le faltó. Qian
era menos ardiente que Lin, menos insaciable, menos encantadora, pero era su
mujer legítima y la tenía entre sus brazos. Ya no debía mantenerse alerta,
temer que alguien pudiera escuchar lo que decía o espiarlo a través de las
ventanas; disfrutaba con esa felicidad mínima. Mientras escuchaba el ruido del
viento y de la lluvia sobre el tejado, pensó: «Mañana, cuando deje de llover,
la llevaré a dar un paseo por la montaña».
43
—En
realidad sólo me utilizas, no me amas —dijo clara¬mente Qian, tumbada en la
cama, sin demudársele el rostro.
Sentado
ante la mesa, cerca de la ventana, dejó el bolígrafo que tenía en la mano y se
volvió. Hacía años que no había escrito nada, salvo lo que le pedían cuando lo
sometie¬ron a la investigación. Estuvo copiando las citas de Mao du¬rante días,
pero eso fue antes de su huida de la granja de ree¬ducación.
Fueron
a dar un paseo por la montaña y, al regresar, la llu¬via los pilló por sorpresa
y los dejó empapados. Al llegar a casa, encendió la estufa de leña en la
habitación y salió vapor de sus ropas, que tendieron sobre una campana de bambú
para que se secaran.
Él
se levantó y fue a sentarse al borde de la cama. Qian esta¬ba tumbada boca
arriba, con los ojos abiertos de par en par.
—¿Qué
has dicho? —le preguntó.
—Me
has destrozado la vida —dijo Qian sin mirarle.
Sus
palabras le habían llegado al alma, no sabía qué respon¬der y se quedó sentado
estúpidamente, sin decir nada.
Cuando
estaban en el valle, al pie de la montaña, Qian toda¬vía se mostraba animada,
incluso cantaba con entusiasmo. El se alejó hasta la ladera del monte, al borde
de las hierbas secas amarillentas, no había nadie a la vista, y le pidió que
cantara todavía más alto para que su voz resonara en todo el valle y el viento
llevara el eco hasta él. En los terrenos que había al pie de la montaña,
cubiertos de malas hierbas y de matorrales, aún no habían arado los bancales
para limpiar los rastrojos de arroz y las tierras todavía parecían más baldías.
En la primavera, la montaña se cubría de azaleas de un rojo intenso, mientras
que en los campos, las flores de colza llenaban de distintos tonos amarillos
toda la zona. Sin embargo, él prefería el paisaje del principio del invierno,
desnudo y triste.
En
el camino de regreso, bajo la lluvia, recogió unos crisan¬temos enanos que
todavía no estaban marchitos y algunas ramas de boj de color rojo oscuro. Ahora
estaban en un cubi¬lete de bambú para pinceles que había encima de la mesa.
Qian
lloraba, él no entendía por qué, le tendió la mano para consolarla, pero ella
la apartó enseguida.
La
lluvia empapó el cabello de Qian; el agua corría por su rostro, pero caminaba
con la cabeza gacha. No sabía si en ese momento ya había llorado, sólo le dijo:
«No te preocupes, cuando volvamos a casa encenderé la estufa, te calentarás muy
pronto». Como todavía no había vivido con ninguna mujer, no entendía por qué el
hecho de que se hubiera mojado podía provocarle una reacción tan negativa. No
sabía qué hacer, creía que la amaba e hizo todo lo que pudo por ella, la
felici¬dad posible en este mundo sólo podía ser de ese modo.
Salió
y fue a casa de Maomei. ¿Por qué a su casa y no a otro lugar? Porque todavía
llovía y era la segunda vivienda cuando se entraba en el pueblo, y también
porque la madre de Mao¬mei le dijo que podía pasar por allí a buscar una
gallina. La señora estaba cortando unas verduras en el comedor de la casa, dijo
que iba inmediatamente a buscar la gallina, que la prepa¬raría en un momento y
se la podría llevar. Él dijo que no era urgente, que podía ser en cualquier
otro momento.
Cuando
abrió la puerta de casa se quedó estupefacto: las ropas que habían dejado
secándose en la campana de bambú estaban en el suelo, la campana había sido
pisoteada. Qian continuaba en la cama, con el rostro hundido en la almohada.
Contuvo su rabia e hizo un esfuerzo para sentarse ante la mesa y
tranquilizarse. Fuera, continuaba lloviendo.
Preso
de una melancolía que no conseguía reprimir, sin poder desahogarse, se refugió
en la escritura y escribió hasta que se hizo de noche y no podía ver casi nada.
Maomei llamó a la puerta. Él fue a abrir. Sostenía en una mano una gallina sin
plumas y limpia, en la otra, un tazón lleno de menudillos. No quiso que viera
la ropa en el suelo, tomó la gallina e intentó cerrar la puerta a toda
velocidad. Pero Maomei ya se había fijado. Lo miró desconcertada. Él evitó sus
grandes ojos llenos de estupefacción, cerró la puerta y echó el cerrojo. Luego
se sentó en silencio cerca de la estufa volcada y miró las cenizas todavía con
ascuas que había por el suelo.
«No
crees ni en Dios, ni en Buda, ni en Salomón, ni en Alá; las personas de tu
época cada vez fabrican más ídolos nuevos que erigen por todos los lugares,
todavía más que los salvajes con sus tótems o los civilizados con sus
religiones. Las utopías que inventan no las encontraríamos ni en el cielo, son
increí¬blemente aberrantes, hacen que todos se vuelvan locos...», ha¬bías
llenado varias páginas de una pequeña libreta de papel de carta que compraste
en el burgo. Después de su crisis de hostili¬dad, Qian las leyó antes de que él
tuviera tiempo de quemarlas.
—¡Eres
un enemigo!
Cuando
su mujer le dijo que era un enemigo, vio que ella tenía un miedo indecible, su
mirada se nublaba, sus pupilas se dilataban. Pensó que Qian se había vuelto
loca, su comporta¬miento era tan anormal, quizá realmente padeciera alguna
demencia.
—¡Eres
un enemigo!
Esas
palabras gritadas con odio por la mujer que había com¬partido su cama también
le asustaron. Los ojos brillantes de Qian reflejaban su miedo. Estaba claro que
para ella se había convertido en un enemigo. Esa mujer que tenía frente a él,
despeinada, en bragas, descalza, tenía una crisis de pánico.
—¿Por
qué gritas? La gente puede oírte, ¿te has vuelto lo¬ca? —dijo él avanzando
hacia ella.
Ella
retrocedió poco a poco hasta que se dio contra la pared, con el golpe hizo que
cayera algo de tierra del muro, y gritó:
—¡Eres
un rebelde! ¡Un rebelde asqueroso!
Al
darse cuenta de lo que se entendía en esta última frase, se calmó un poco:
—¡Es
cierto que soy un rebelde, un verdadero rebelde! ¿Y qué? ¿Qué importa? —Tenía
que contraatacar para intentar contener su locura.
—¡Me
has engañado, te has aprovechado de un momento de debilidad, he caído en tu
trampa!
—¿Qué
trampa? ¿A qué te refieres? ¿Estás hablando de aquella noche al borde del río,
o de nuestra boda?
Tenía
que llevar la discusión al terreno de sus relaciones sexuales, tenía que
esconder su miedo interno, intentaba man¬tener la tranquilidad pero aun así
añadió:
—Qian,
¡no eres consciente de lo que estás diciendo!
—Soy
muy consciente, no puedo ser más consciente, no me vas a engañar.
Qian
tiró los platos y la gallina que había sobre la caja de libros y rió fríamente.
—Pero
¿qué haces? —gritó él dejando estallar su ira.
—¿Quieres
matarme? —preguntó Qian extrañada, proba¬blemente había percibido la
agresividad en su mirada.
—¿Por
qué debería matarte?
—Lo
sabes muy bien —dijo ella en voz baja, conteniendo el aliento, como si le
pudiera el miedo.
Si
esa mujer se ponía a gritar de nuevo que era un enemigo, corría el riesgo de
que la matara de verdad. No podía dejarle gritar otra vez lo mismo, tenía que
calmarla, tumbarla en la cama, hacer el papel del marido que se preocupa de su
mujer con compasión. Avanzó hacia ella:
—Qian,
¿qué estás imaginándote?
—¡No
te acerques!
Qian
tomó el orinal que había en una esquina y se lo tiró a la cabeza. El lo paró
con la mano, pero quedó empapado de orina de la cabeza a los pies. El hedor
sobrepasó su humilla¬ción, se secó el rostro con las manos, un gusto salado le
llenó la boca, escupió un poco y, sin contener su odio, gritó:
—¡Estás
loca!
—¡Te
gustaría que todos pensaran que he perdido el juicio, pero no te será tan
fácil! —dijo la mujer riendo—. No te sal¬drás con la tuya.
Comprendió
la amenaza que había en sus palabras, habría querido quemar todas las hojas de
la mesa antes de que todo eso explotara. Tenía que ganar algo de tiempo,
controlarse, no podía pasar al ataque. En ese instante, la orina pasó de sus
cabellos a la comisura de los labios, escupió y sintió náuseas, pero no se
movió.
Ella
se puso en cuclillas y empezó a llorar ruidosamente. No podía dejar que los
habitantes de la aldea la oyeran, que vieran esa escena; la obligó a
levantarse, le torció el brazo, la obligó a doblar las piernas para ponerla
sobre la cama. Sin ocuparse de sus gritos y lloros, le colocó una almohada en
la cabeza. Pensó en el infierno; en el fondo su vida se resumía a vivir en un
in¬fierno.
—¡Si
continúas así, te voy a matar!
La
amenazó, se levantó, se quitó la ropa y se secó la cara y la cabeza, que
todavía estaban llenas de orina. Ella tenía miedo a la muerte, continuó
gimoteando y sorbiéndose los mocos. En el suelo yacía la gallina desplumada con
las vísceras esparcidas por todos los lados, tenía las patas algo cortadas,
parecía un cadáver de mujer: sintió náuseas.
Durante
mucho tiempo mantuvo esa sensación de asco ha¬cia las mujeres; necesitaba esas
náuseas para huir de la pena que sentía por ella, única condición para llegar a
salvarse él mismo. Qian tenía quizá razón, él no la amaba, sólo la utiliza¬ba,
tenía una necesidad momentánea de mujer, necesitaba su carne. Lo que dijo Qian
era verdad, no sentía ternura hacia ella, su ternura era falsa, fabricada,
intentaba construirse una felicidad ilusoria. Su mirada, después de que hubiera
eyacula¬do durante sus relaciones, sin duda demostraba que no la amaba. En su
caso, el deseo que el miedo había avivado no se convirtió en amor, sólo le
quedaba la sensación de asco, ahora que había satisfecho su deseo sexual.
Qian
lloriqueaba y no paraba de repetir:
—Me
has destrozado la vida...
Entre
los lloros y sus suspiros consiguió averiguar que el padre de Qian fue
ingeniero jefe de un arsenal en la época del Guomindang. Cuando apareció la
clarificación de rangos de clase, la comisión de control militar lo tachó de
elemento contrarrevolucionario histórico. Qian no se atrevía a criticar lo que
habían hecho con su padre, no se atrevía a hablar mal de la revolución, sólo
podía insultar a los rebeldes, a él, pero de hecho le tenía miedo.
—Ha
sido esta época la que te ha destrozado la vida —repli¬có. En una de sus
cartas, Qian escribió algo parecido a «Nadie puede huir de la realidad, estamos
destinados a vivir juntos, al principio es mejor que no empecemos a hablar de
amor».
—¿Por
qué me has hecho venir? Podrías haberte quedado con esa pequeña puta, ¿por qué
has querido casarte conmigo?
—¿Quién?
¿De quién hablas?
—¡De
tu Maomei!
—¡No
tengo ninguna relación con esa campesina!
—Le
has echado el ojo a esa chica provocativa, ¿por qué has querido remplazarla por
mí? —preguntó Qian llorando.
—¡Es
increíble! ¡Divorciémonos enseguida, mañana volve¬remos a la comuna para decir
que anulamos nuestras firmas, que era una farsa, nada más que una broma, eso
hará que los funcionarios y los habitantes del pueblo se rían un buen rato!
Qian
replicó todavía envuelta en lágrimas:
—No
quiero armar más jaleo...
—¡Entonces
duerme!
Hizo
que se levantara, sacó de la cama la sábana nueva y las mantas llenas de orina.
Qian lo miraba de pie, con una expre¬sión lastimosa. Cuando acabó de hacer la
cama, sacó de su bolsa ropas secas y las tiró sobre la cama, luego le ordenó
que se cambiara y se metiera dentro. El fue a sacar agua de la tina¬ja, se lavó
la cara y el cuerpo y se quedó sentado sobre el banco, cerca de las cenizas que
permanecían todavía en el suelo.
¿Estarían
destinados a vivir juntos de ese modo? ¿Él no era para ella nada más que un
espantapájaros al que agarrarse? Tenía que esperar a que se durmiera para
quemar las hojas que había cubierto de caracteres. Si volvía a tener otra
crisis, diría que le faltaba un tornillo. No dejaría ninguna prueba escrita y
haría que las hojas se pudrieran en ese líquido pestilente.
Qian
dijo que él deseaba que muriera rápidamente, no vol¬vería a salir a solas con
él a ningún sitio, si iban a algún lugar desierto, en la montaña o al borde de
un río, la podía empujar; ella no era ninguna estúpida, se quedaría en esa
habitación, no iría a ninguna parte.
El
deseaba que se muriera de repente, sin ni siquiera caer enferma, y
desapareciera para siempre, pero no lo dijo. Se arrepentía de no haberse casado
con una campesina, sana y sin cultura, que sólo se habría apareado con él, le
habría prepara¬do la comida, traído al mundo a los niños, sin penetrar en su
interior. No, ¡le daban asco las mujeres!
Cuando
Qian se fue, él la acompañó hasta la estación de autobuses del burgo.
—No
hace falta que esperes que se vaya el autocar —dijo ella—, vuelve a casa.
No
contestó, sólo esperaba una cosa: que el autocar se fuera lo antes posible.
44
Llegó
el invierno. Se pasaba bastante tiempo sobre una especie de brasero que los
habitantes del pueblo fabri¬caban; costaba dos yuans, dentro tenía un
recipiente de cerámica en el que se quemaba el carbón y estaba cubierto por una
rejilla sobre la que se podía poner una taza de té. Las noches de invierno eran
largas, porque anochecía muy temprano. Durante esa época en la que escaseaban
las labores agrícolas, los habitantes del pueblo sólo se ocupaban de sus
propios quehaceres durante el día, y cuando caía la noche, se sumían en la más
profunda oscuridad. Sólo su habitación per¬manecía iluminada por la bombilla
eléctrica. El asunto de la pelea con su nueva esposa fue el centro de las
conversaciones durante diez o quince días, luego nadie más le preguntó sobre
aquel episodio y todo volvió a la normalidad.
Desde
entonces, nadie entraba en su casa dando un simple grito, antes de empujar la
puerta para echar un vistazo, charlar un poco, fumar un cigarrillo o beber té.
Durante un tiempo recibió así a los campesinos, a los que les daba cigarrillos,
pero en la actualidad mantenía más relación con los funcionarios del pueblo y
tuvo que rehacer sus hábitos, para acostumbrar a los demás a la presencia de un
intelectual que no se metía en los asuntos locales. Los libros de Marx y de
Lenin, que siem¬pre estaban sobre la mesa, provocaban la admiración de los
funcionarios, que apenas sabían leer. Un día Maomei llamó a la puerta y le
preguntó si tenía algo bueno para leer, él le pasó El Estado y la revolución,
de Lenin, pero ella entornó los ojos y dijo:
—¡Qué
horror! ¡No voy a entender nada!
La
joven había ido a la escuela primaria, pero, aun así, no se atrevió a tomar el
libro. Otra vez, la muchacha lo vio por entre la puerta lavando las sábanas con
agua hirviendo. Entró y se quedó apoyada en la chambrana. Le dijo que iba a
ayudarlo a llevar la ropa al estanque para lavarla con una tabla, de ese modo
quedaría mucho más limpia, pero él se negó y le agradeció la intención. La
muchacha tardó un instante antes de preguntarle:
—¿Tú
también te vas a marchar?
—¿Adonde
quieres que vaya? —replicó él.
Ella
hizo una mueca, mostrando que no creía que se queda¬ra en el pueblo y preguntó
de nuevo:
—¿Por
qué se ha ido ella?
Hablaba
de Qian, pero evitaba referirse a ella diciendo «tu mujer» o «tu esposa». Lo
miraba con sus ojos cristalinos, luego bajó la cabeza y se miró los zapatos,
sin dejar de retor-cerse la punta de la chaqueta. No podía tener un idilio con
aquella chica; ya no confiaba en las mujeres, no quería sentirse atraído por
ellas. Permaneció en silencio, absorto en la tarea de lavar la ropa en la
palangana. Al ver que no le contestaba, la joven se fue.
Tan
sólo le quedaba el papel y el bolígrafo para dialogar consigo mismo y librarse
de su soledad. Antes de recuperar su hábito de escribir, lo previó todo:
colocaría las hojas de papel enrolladas en el interior del mango de la escoba
de bambú que tenía detrás de la puerta; luego, cuando tuviera demasiados
manuscritos, los metería en un recipiente que servía para con¬servar las
verduras saladas, al fondo del cual había puesto una capa de cal y lo cubriría
con un plástico. Enterraría ese reci¬piente en un agujero que había hecho en el
suelo de su habita¬ción, disimulado bajo la gruesa tinaja de agua. No tenía la
intención de escribir una obra importante, una especie de tesoro oculto legado
a las futuras generaciones. No tenía tan¬tas pretensiones. De hecho, ni
siquiera tenía alguna esperanza, ya que no era capaz de pensar en el futuro.
Escuchó
a lo lejos unos ladridos, y enseguida ladraron todos los perros de la aldea;
luego, poco a poco, fue volviendo la calma. La noche era larga, solo bajo su
bombilla, la felicidad de poder sacar lo que tenía dentro hacía que se
emocionara, hasta tenía palpitaciones y una ansiedad difusa. Tenía la
impre¬sión de que en la oscuridad unos ojos lo observaban por la ven¬tana. Se
preguntó si la puerta estaría bien cerrada, pero ya lo había comprobado varias
veces. Sin embargo, tenía la impre¬sión de oír unos pasos fuera. Se levantó del
brasero y contuvo la respiración, pero no oyó nada.
La
luz pálida de la luna iluminaba los cristales sobre los que había pegado papel.
La luna salió en mitad de la noche. De nuevo tuvo la sensación de que algo se
movía fuera, fue sigilo¬samente hacia la cabecera de la cama y tiró con
suavidad del hilo interruptor de la bombilla. Una sombra se perfiló delante de
la ventana y desapareció. Escuchó con claridad el ruido de unos pasos fuera,
dejó la bombilla apagada y guardó con pre¬caución los manuscritos que tenía
sobre la mesa, luego se tumbó en la cama, mirando fijamente en la oscuridad el
papel de la ventana iluminada por el claro de luna.
Bajo
esa luz tan pura, todavía había ojos que te espiaban, te observaban, te
cernían. Te habían tendido una inmensa em¬boscada, esperando que tú cayeras en
ella. No te atrevías a abrir la puerta o la ventana, no te atrevías a hacer el
menor movimiento. Estaba claro que no todo el mundo dormía en esa apacible
noche de luna llena. Si perdías la calma, todos los que permanecían agazapados
en la oscuridad se te echarían encima y te atraparían para juzgarte.
Estaba
prohibido pensar, tener sentimientos, desahogarse, estar solo. Lo único que te
permitían era trabajar duro, con todas tus fuerzas, caer en un sueño profundo y
roncar; o bien aparearte, engendrar descendencia, seguir el control de
natali¬dad, para producir mano de obra. ¿Qué estupideces escribías? ¿Habías
olvidado dónde vivías? ¿Querías jugar todavía a ha¬certe el rebelde? ¿Qué
querías, convertirte en un héroe o en un mártir? Lo que escribías era perfecto
para recibir un bala¬zo. ¿Habías olvidado cómo fusilaron a los criminales
contra¬rrevolucionarios cuando se creó el comité revolucionario del distrito?
Las sesiones de crítica y acusación de las masas no eran nada en comparación
con aquello. Se amarraba a los con¬denados de los pies a la cabeza y se les
colgaba un letrero en el pecho que ponía en tinta negra su nombre y de qué se
les acu¬saba, con tinta roja se ponía una cruz sobre el nombre y se les
estrangulaba con un alambre que apretaban alrededor del cue¬llo, los ojos se
les salían de las órbitas. Era el último descubri¬miento del poder político
todavía más rojo: se impedía que los condenados gritaran antes de la ejecución;
de ese modo, en el otro mundo, ni siquiera podían esperar convertirse en
márti¬res. Dos camiones, con los soldados armados con fusiles car¬gados,
escoltaban a los condenados que exhibían por los pueblos de las comunas
populares. A la cabeza, un jeep con un megáfono difundía los eslóganes y abría
el cortejo, que levan¬taba polvo y hacía huir a las gallinas y a los perros de
cada lado del camino. Las mujeres mayores y las niñas se agolpaban a la entrada
de los pueblos, mientras los niños corrían tras los ca¬miones. La familia que
quería recuperar el cuerpo del conde¬nado debía pagar cinco maos por la bala
que habían utilizado en la ejecución. Nadie vendría a buscar tu cuerpo, tu
propia mujer te habría denunciado como enemigo, tu padre trabajaba en una aldea
de reeducación por el trabajo y, además, a tu sue¬gro ya lo consideraban un
antiguo contrarrevolucionario; basándose sólo en esos hechos, fusilarte sería
hacer justicia. En realidad, no eres víctima de ninguna injusticia, guarda tu
bolí¬grafo y deten el galope al borde del precipicio.
Dices
que no eres idiota, tienes un cerebro, no puedes dejar de pensar. Si no eres ni
revolucionario, ni héroe, ni mártir, ni contrarrevolucionario, ¿hay algún
problema? Lo único que. haces es dejar que tu mente divague fuera de las normas
de esta sociedad. ¡Estás loco! Eres tú el loco, no Qian. ¡Mirad a este tipo que
quiere pensar! ¡Qué ridículo! ¡Ciudadanos del pue¬blo, jóvenes y viejos, venid
a ver a este tipo, este loco que pronto recibirá una bala en la cabeza!
¿Y
dices que lo que buscas es lo real de la literatura? ¡Menos broma! ¿Qué está
buscando este hombre? ¿Qué es esa historia de lo real? ¡Una bala de cinco maos!
¡Es suficiente! ¿Te jugarías la vida para escribir sobre eso? Esa parcela de lo
real, oculta bajo tierra, ¿no se ha podrido ya? Se haya podrido o no, olvídalo,
de lo contrario, estarás perdido.
Pero
dices que lo que quieres es una realidad transparente, como un montón de basura
que enfocas con un objetivo; la basura sigue siendo basura, pero a través del
objetivo te provo¬ca tristeza. Lo real es esa tristeza. Te apiadas de tu propia
suer¬te, tienes que encontrar el modo de aceptar el sufrimiento; para continuar
viviendo, inventas un mundo que sólo te perte¬nece a ti, fuera de esta realidad
que parece una pocilga. O entonces, mejor decir que todo esto es una mitología
de los tiempos modernos, y que colocas la realidad en la mitología, sacas el
interés de la escritura para encontrar un equilibrio mental entre la vida y tus
pensamientos.
Copió
esta mitología en un cuaderno que su madre le dejó antes de morir y escribió
sobre la tapa «Alipeidos», un nom¬bre extranjero que inventó, el de un griego o
de un hombre de otro país. Luego anotó «Traducido por Guo Moruo», ese viejo
poeta que había declarado a los medios de comunicación, cuan¬do estalló la
Revolución Cultural, que todas sus obras debían ser destruidas, ganándose así
la protección y los favores par¬ticulares de Mao. Entonces podía decir que se
trataba de una obra traducida por el viejo Guo medio siglo antes, y que la
había copiado cuando estaba en la universidad. ¿Quién podría demostrar lo
contrario en esa aldea de montaña o incluso en la cabeza de distrito?
En
la primera mitad del cuaderno estaba escrito el diario de su madre cuando se
encontraba en una granja de reeducación por el trabajo manual, antes de
ahogarse. Siete u ocho años antes, en la época del Gran Salto adelante, tuvo
lugar una terrible escasez, su madre fue a una granja a someterse a una
reeducación, del mismo modo que él fue a una «escuela de funcionarios del 7 de
mayo». Ella trabajó duro y consiguió ahorrar varios cupones de carne de cerdo y
de huevos para ali¬mentar bien a su hijo cuando volviera a casa. A pesar de
traba¬jar de criadora en un gallinero, tenía edemas por todo el cuer¬po debido
a la desnutrición. Un día, al alba, cuando el equipo de noche había acabado el
trabajo, ella fue a lavarse al río; debi¬do a su cansancio extremo o a su
debilidad por el hambre, se cayó al agua. A media mañana, un campesino que
llevaba sus patos al río descubrió su cuerpo flotando en la superficie; la
autopsia que le hicieron en el hospital indicaba que había sido víctima de una
anemia cerebral. No vio el cuerpo de su madre. Todo lo que había guardado de
ella era ese cuaderno en el que anotó todo lo que aprendió durante su
reeducación por el trabajo. También anotó cuántos días de fiesta acumula¬ba
para volver a casa y poder estar con su hijo, que venía a pasar las vacaciones
de verano. Cuando copió la mitología de «Alipeidos», puso el cuaderno en el
recipiente de verduras saladas con el fondo cubierto de cal y lo enterró en el
suelo de su habitación, bajo la tinaja de agua.
45
Los
días de mercado en que los campesinos de los pue¬blos de la comarca acudían al
burgo, los dos lados de la calle estaban llenos de pértigas y de cestos de
batatas, azufaifas secas, castañas, ramas de pino para leña, setas frescas,
raíces de loto, fideos transparentes, hojas de tabaco, retoños de bambú secos,
sandalias de cáñamo, sillas de bambú, cazos, gambas y pescados todavía vivos.
Algunas mujeres, niños, mozalbetes y viejos gritaban, regateaban, «¿Quieres o
no? Si no quieres, márchate»; discutían, bromeaban. En ese pequeño burgo de
montaña, aunque la revolución había pasa¬do por ahí, todavía se podía vivir
bastante bien.
El
secretario Lu, que acababa de llegar a la comarca proce¬dente de la capital de
la provincia para «volver a la base», caminaba escoltado por los funcionarios
de la comuna. Unos le abrían paso, los otros cerraban el cortejo tras él, como
si estuvieran acompañando a un dirigente que hiciera una visita de inspección.
Se encontró con él frente a frente. Ese hombre que los del pueblo llamaban
«secretario» Lu era un antiguo revolucionario que dirigió la guerrilla de la
región. Su carrera de funcionario no tuvo mucho éxito: con cada movimiento
polí¬tico, fue bajando de rangos, pasando del cargo en la capital de provincia,
hasta volver finalmente a su pueblo natal, como fun¬cionario enviado a la base.
Los jefes locales lo veneraban como un dios y, por supuesto, no tenía que
trabajar en los campos.
—Buenos
días, secretario Lu —saludó también respetuosa¬mente al rey de la comarca.
—Eres
de Beijing, ¿no es cierto? —preguntó el secretario Lu, que parecía estar al
corriente de quién era.
—Sí,
señor, hace cerca de un año que estoy aquí —dijo, in¬clinando la cabeza.
—¿Te
has acostumbrado? —preguntó todavía el secretario, que se había parado para
conversar con él. Era un hombre del¬gado, alto y caminaba ligeramente
encorvado.
—Sí
muy bien, nací en el sur, estos paisajes de montaña me hacen sentir muy bien,
además, estas tierras son muy fértiles.
Hubiera
querido describirlo como un paraíso terrestre, pero se contuvo.
—Es
cierto que normalmente aquí no se muere uno de hambre —dijo el secretario.
Percibió
algo en sus palabras, quizás una especie de resenti¬miento por haber tenido que
«volver a la base».
—No
tengo ganas de irme de este lugar. Me gustaría que usted se ocupara de mí.
Pronunció
estas palabras como si quisiera que el secretario Lu le diera su protección,
pero la verdad es que necesitaba realmente tener un protector. Después de hacer
un ademán de cabeza respetuoso, iba a alejarse cuando el secretario Lu le
brindó realmente su protección al decirle:
—Entonces
ven a caminar un poco conmigo.
Se
incorporó al cortejo. Lu se paró para esperar que se uniera a él y pudieran
seguir hablando. En ese momento dejó de pres¬tar atención a los funcionarios de
la comuna que se agolpaban cuchicheando a su alrededor: estaba claro que el
secretario Lu le daba un trato especial. Caminó con él hasta el final de la
calle. En las puertas de las tiendas y de las casas la gente sonreía a su paso
y les saludaban, lo que le hizo ser consciente del favor que le estaba haciendo
realmente el secretario Lu y de que su posi¬ción con respecto a los habitantes
del pueblo había cambiado.
—¡Vamos
a ver dónde vives!
No
era una orden, sino el mayor favor que Lu podía hacer¬le. Éste hizo un ademán
de mano en dirección a los funciona¬rios que le seguían para que los dejaran
solos.
Le
guió sobre los diques que bordeaban los arrozales y entraron en su casa,
situada a la entrada de la aldea. Lu se sentó ante la mesa, él le preparó una
taza de té, unos niños lle-garon. Quiso cerrar la puerta, pero Lu le dijo:
—No
es necesario, no importa.
La
noticia se esparció como la pólvora por toda la aldea. Instantes más tarde, los
funcionarios y los habitantes de la aldea estaban frente a su casa y gritaban
sin cesar: «Secretario Lu, secretario Lu». Lu les devolvía el saludo inclinando
leve¬mente la cabeza, y empezó a beber el té tras soplar sobre las hojas que
flotaban en la superficie.
En
esta tierra todavía había buena gente, en todo caso, per¬sonas que no eran
malas por naturaleza; o quizás era mejor decir que el secretario Lu había visto
mucho mundo y lo en-tendía perfectamente; o puede que Lu también estuviera
pa¬sando por una mala época y se encontrara solo, necesitaba hablar con
alguien, y la caridad que le demostraba calmaba su propia soledad.
Lu
no tocó las obras de Marx y Lenin que había sobre la mesa, comprendió
perfectamente esa técnica de disimulo. Cuando se levantó para marcharse, le
dijo:
—Si
tienes problemas, ven a verme.
Lo
acompañó hasta el borde del arrozal y miró como la silueta delgada y un poco
encorvada de aquel anciano se aleja¬ba con paso firme y decidido, lo que
sorprendía en un hombre de su edad. De este modo consiguió la protección del
gran rey de la montaña, aunque en aquel momento no logró ver el sen¬tido de la
visita de Lu a su domicilio.
* * *
Una
noche, mientras estaba escribiendo, perdido en sus pen¬samientos, escuchó de
pronto que alguien lo llamaba desde fuera, lo que le provocó un tremendo
sobresalto. Se levantó de inmediato y fue a esconder su manuscrito bajo el
colchón antes de abrir la puerta.
—¿Estabas
durmiendo? ¡Al secretario Lu le gustaría que vinieras a beber una copa al
comité revolucionario!
El
empleado de la comuna popular que acababa de transmi¬tirle el mensaje se dio
media vuelta y se marchó. Se sintió ali¬viado.
La
sede del comité revolucionario de la comuna se encon¬traba en el burgo, sobre
un dique de piedra al borde del río, en un gran edificio de ladrillo oscuro que
tenía un mirador, la antigua residencia del cacique local; lo fusilaron cuando
se repartieron las tierras y empezó la lucha contra los terrate¬nientes. El
gobierno de la comarca recuperó el edificio y lo transformó más tarde en la
sede de la comuna popular, y luego en la del comité revolucionario,
recientemente creado. El patio y la sala principal estaban abarrotados de
gente, el olor a tabaco se mezclaba con el de transpiración, nunca hubiera
imaginado que ese lugar estuviera tan concurrido en plena noche.
En
una sala del fondo de la casa se encontraba el flamante jefe del comité
revolucionario, Liu, así como Lao Tao, respon¬sable de las milicias populares
de la comuna. Cerraron la puer¬ta para beber en compañía del secretario Lu y
éste lo invitó a sentarse con ellos. En la mesa había unos cacahuetes sobre un
periódico abierto, un tazón de pescado frito y un plato de queso de soja seco,
manjares que seguramente habían traído los dirigentes de la comuna popular. Los
acompañantes sólo se mojaron los labios con el contenido de su taza, sin beber
real¬mente. Un joven campesino que traía un fusil empujó la puer¬ta y echó un
vistazo antes de inclinarse ante los hombres res¬petables que se encontraban en
esa habitación. Apoyó el cañón de su arma en el marco de la puerta.
—¿Quién
te ha dicho que traigas el fusil? —preguntó Lao Tao, el responsable de la
milicia, en claro tono de reproche.
—¿No
es una formación de emergencia?
—¡Sí
que lo es, pero nadie ha dicho nada de una actividad armada!
El
joven no parecía comprender la diferencia entre las dos cosas y preguntó:
—¿Qué
hay que hacer entonces? Hemos traído todos los fusiles de la milicia.
—¡No
salgáis con las armas por cualquier sitio! ¡Dejadlas en la oficina de armamento
y esperad las órdenes en el patio!
Así
supo que las milicias de todo el distrito, desde la cabeza de distrito hasta
los pequeños pueblos y aldeas, debían proce¬der en conjunto, a las doce de la
noche, a «una gran escucha y un gran registro»: esta orden urgente la había
dado el comité revolucionario del distrito. Las casas de los que estuvieran
dentro de las cinco categorías: terratenientes, campesinos ricos,
contrarrevolucionarios, malos elementos y elementos derechistas eran los
principales objetivos de esta «gran escu¬cha» y, al menor movimiento
sospechoso, había que hacer un registro profundo. Hacia medianoche, el jefe del
comité revo¬lucionario, Liu, y el responsable de la milicia, Lao Tao, fueron al
patio y pronunciaron un discurso haciendo un llamamiento a la lucha de clases,
luego distribuyeron las tareas de los asis¬tentes. Las milicias se pusieron en
camino una tras otra, y la tranquilidad volvió a la estancia. Los perros del
pueblo fueron los primeros en ladrar, luego les siguieron muchos otros que
respondían al eco.
Sentado
sobre la cama de plancha de madera, Lu se quitó los zapatos, estiró las piernas
y le preguntó por su familia. El le explicó solamente que su padre también
había ido al campo, pero no dijo nada de su intento de suicidio. Añadió que su
tío paterno también había tenido un alto cargo en la guerrilla. En aquel
momento todavía no sabía lo que le ocurrió a ese viejo veterano revolucionario:
nada más ingresar en un hospital militar con síntomas de gripe, le pusieron una
inyección y dio su último suspiro unas horas más tarde. También añadió que
conocía muy poco a la gente del pueblo y los lugares de la comarca, y le
agradeció el interés que mostraba por él. Lu meditó un poco antes de decir:
—Queremos
que la escuela del burgo vuelva a funcionar, para enseñar los conocimientos
básicos y unas mínimas nocio¬nes de lectura, tú podrías ser el profesor de la
escuela.
Lu
explicó que, en su infancia, su familia era muy pobre, pero tuvo la suerte de
que el viejo profesor de la escuela priva¬da del pueblo lo acogiera en sus
clases gratuitamente, por pura generosidad, y de ese modo consiguió estudiar un
poco, lo que luego le sería de gran utilidad en su vida.
Dos
o tres horas transcurrieron de ese modo, el ruido vol¬vió al patio y a las
habitaciones, las milicias volvían una tras otra con su botín. No detuvieron a
ningún contrarrevolucio-nario, pero al registrar las casas de los elementos que
pertene¬cían a las cinco categorías encontraron un poco de dinero en efectivo y
algunos cupones de cereales. También descubrieron in fraganti a una pareja de
adúlteros. El hombre era el herrero de la cooperativa de artesanía del burgo y
la mujer era la espo¬sa de Boca Torcida, el farmacéutico de la botica de
medicina tradicional: su marido se había marchado a la cabeza de distri¬to,
pero en la habitación oyeron muchos gemidos, comenta¬ban los milicianos que los
sorprendieron; estuvieron con la oreja pegada a la ventana durante un buen
rato. Se reían a car¬cajadas al contar aquella escena.
—¿Y
dónde están? —preguntó desde fuera Lao Tao.
—Están
acurrucados en el patio.
—¿Vestidos
o desnudos?
—La
mujer está vestida, pero el herrero está como vino al mundo.
—¡Decidle
que se ponga un pantalón!
—Sólo
se ha traído unos calzoncillos. No le hemos dado tiempo de vestirse. Nos
dijeron que deberíamos detener inme¬diatamente a los que cometieran algún
delito, de lo contrario podrían no reconocer los hechos.
En
la habitación, Lu ordenó:
—¡Decidles
que escriban una autocrítica y soltadlos!
Segundos
más tarde, un miembro de las milicias gritó:
—¡Secretario
Lu, el herrero dice que no sabe escribir!
—Que
alguien anote lo que diga. Luego, que firme con la huella del dedo —ordenó Tao,
responsable de la milicia.
—Vamos
a dormir —le dijo Lu, mientras se volvía a poner los zapatos. Al salir del
cuarto, añadió mirando a Tao:
—¡No
vale la pena ocuparse de estas cosas!
En
el patio, la mujer estaba con la cabeza gacha, acurrucada contra una pared, el
herrero, en calzoncillos, se golpeaba la frente contra el suelo y repetía sin
cesar mirando a Lu:
—¡Secretario
Lu, es usted un buen hombre, mi benefactor, no lo olvidaré nunca!
—¡Vaya
espectáculo que habéis dado, marchaos! ¡Y no lo volváis a hacer!
Dicho
esto, Lu salió con él al patio.
Aún
no había amanecido, el aire era húmedo, el rocío abun¬dante. La bondad del
secretario Lu era realmente tan alta como la montaña, acababa de darle también
una oportunidad, pensó. Mientras hubiera en el mundo grandes reyes de la
montaña como él, valía la pena vivir.
A
partir de ese día, cuando pasaba por la pequeña calle del burgo y encontraba a
los funcionarios y dirigentes de la comu¬na o al único policía de la comisaría,
se daban una palmada en el hombro, se saludaban efusivamente o se ofrecían un
cigarri¬llo. Más tarde, el colegio abrió sus puertas y entraron los niños que
no habían conseguido acabar sus estudios. Estudiarían dos años. Lo llamaban
curso de primer ciclo de secundaria. Se trasladó a aquella escuela que había
permanecido desocupada durante varios años. A partir de entonces, los de la
comarca le llamaron «profesor». Todas las sospechas y las preguntas que se
hacían sobre él parecían haber desaparecido.
46
Si
hubieras aprendido a mirar el mundo con el rostro ri¬sueño del buda Amitabha,
serías feliz, la paz reinaría en tu corazón y habrías alcanzado el nirvana.
Comías
y bebías con los funcionarios de la comarca, los escuchabas decir sus
tonterías, fanfarronear y hablar de mujeres.
—¿Has
tocado a Maomei?
—¡No
digas tonterías, es virgen!
—Venga,
dilo, ¿la has tocado o no?
—Ja,
ja, ¿cómo sabes que es virgen?
—No
sabes lo que dices, ¡la han ascendido a jefa de la mili¬cia popular!
—¿Cómo
fue ascendida? ¡Dilo, hijo de perra!
—Es
una digna descendiente revolucionaria de origen im¬pecable, ¡habla con algo más
de respeto!
—¡Joder,
si eres tú el que nunca tiene respeto por nada!
—¿Has
bebido demasiado o qué, hijo de perra?
—¿Quieres
pelear?
—¡Anda,
bebe, bebe!
Así
es la vida, ¡sólo estábamos contentos después de haber bebido bastante alcohol!
Tendrías que hablarles también del medio de conseguir un abeto para fabricar
dos baúles y encon¬trar madera barata a precio de compra oficial, porque un día
u otro tendrías que construirte una casa, ya que te habías insta¬lado en ese
lugar de forma definitiva. Pero era un proyecto tan lejano para ti que primero
te gustaría hacer un huerto, cons¬truir una pocilga, ¿acaso se podía vivir sin
criar algún cerdo? Mientras dabas conversación y hablabas con ellos de estas u
otras bobadas, eras uno más y tu presencia no llamaba la aten¬ción.
Contemplaste
los relieves de la mesa, no quedaba casi nada en los grandes tazones, habíais
acabado con nueve de las diez botellas de alcohol de patata, que quemaba la
garganta al tra¬gar, y la décima ya estaba por la mitad. Apartaste a un hombre
borracho que se había desplomado bajo la mesa y se apoyaba contra tu pierna,
luego apartaste tu taburete y te levantaste, el hombre borracho se tumbó
entonces cuan largo era en el suelo y se puso a roncar. En el comedor, todos
los invitados habían bebido demasiado; tanto los que estaban en el suelo como
los que todavía seguían en la mesa, todos tenían en la cara la misma expresión
de idiotas. Tan sólo el dueño de la casa, Lao Zhao, un jorobado, estaba
perfectamente sentado a la mesa y bebía a grandes sorbos sonoros su sopa de
pollo, para no per¬der su dignidad como secretario de célula del Partido de la
bri¬gada de producción. Además, era un gran bebedor y aguanta¬ba muy bien el
alcohol.
Las
milicias se reunían desde hacía cinco días, entre setenta y ochenta personas
que habían llegado de todos los pueblos de la comarca. La primera mañana
estaban reunidos en el patio de la comuna popular y se sentaron en sus mochilas
para escu¬char las instrucciones del jefe del comité revolucionario de la
comuna popular. Más tarde, el responsable de las milicias, Lao Tao, los condujo
al área de la trilla del arroz, donde dispararon con los fusiles sobre unas
dianas. Luego pusieron unos deto¬nadores bajo las rocas del borde del río,
colocaron explosivos, realizaron sabotajes. Después procedieron a unos
ejercicios de ataque de escuadra y de pelotón en un arrozal que ya había sido
cosechado y al que le habían quitado el agua. Unos hom¬bres se dispersaron por
los campos de los alrededores y lanza¬ron granadas, haciendo saltar grandes
trozos de tierra. Este grupo de jóvenes estuvo entrenándose duramente durante
unos días. Al fin, la última noche, los llevaron a esta aldea. Zhao, el
jorobado, era el secretario de la célula del Partido desde hacía más de veinte
años, tenía mucha experiencia y era un hombre muy popular. La comuna ofreció a
los milicianos que se entrenaron una prima de comida y más de una decena de
pollos vivos que los campesinos cedieron. La mujer del jorobado también fue
generosa y donó una vieja gallina que todavía ponía huevos. Para reconfortar
dignamente a esos ague¬rridos muchachos, había carne, pescado y queso de soja
con verduras saladas.
En
el salón de la casa del jorobado se encontraban los jefes de las milicias del
conjunto de los pueblos, los otros estaban en el silo de grano y les servían
los miembros de la familia del contable de la brigada de producción. Los que
fueron invita¬dos a la mesa de Zhao eran personas de importancia; en cuan¬to a
ti, eras el representante de la escuela designado especial¬mente por el
secretario Lu para participar en el entrenamiento de la milicia.
—El
profesor ha venido de la capital, donde vive el Presidente Mao. ¡Ha querido
vivir duramente aquí y, además, es el hombre de nuestro secretario Lu! ¡Venga,
siéntese aquí! —dijo Zhao, el jorobado.
Como
era costumbre, las mujeres no participaban en el ban¬quete. La mujer del
jorobado se empleaba en las tareas de la cocina, mientras que Maomei, que
apenas tenía dieciocho años y recientemente había sido ascendida a jefa de
compañía de la milicia, traía los platos y corría de un lado a otro. Esta¬ban
sentados a la mesa ocho invitados, el jolgorio duró desde la puesta del sol
hasta medianoche. Una botella de alcohol lle¬naba justamente un tazón grande, y
todos bebían un cucharón cada vez, igual cantidad e iguales oportunidades. Unas
rondas después, las botellas de alcohol se vaciaron una tras otra, tú
explicaste enseguida que no aguantabas el alcohol tan bien como ellos y dejaste
de beber cuando ya no pudiste más.
—Es
un honor que beba con nosotros un hombre honora¬ble como usted, que viene de la
capital. Nosotros sólo somos una banda de pueblerinos; es algo excepcional que
usted esté aquí, ¡traed comida para el profesor! —dijo Zhao. Y Maomei llegó por
detrás de ti y te llenó tu tazón de arroz.
Todos
tenían la cara como un tomate y hablaban sin parar, reían, bromeaban, pasaron
de las gloriosas frases revoluciona¬rias a hablar de mujeres, y acabaron
diciendo cualquier cosa. Maomei se refugió en la cocina y no volvió a aparecer.
—¿Y
la pequeña Maomei? ¿Dónde se ha metido?
Los
muchachos se desgañitaban, con la cara rubicunda. La mujer de Zhao acabó
interviniendo:
—¿Por
qué llamáis a Maomei? ¡No se os ocurra hacer ton¬terías con el pretexto de que
habéis bebido demasiado! ¡La pequeña todavía es virgen!
—¡Aunque
sea virgen, seguro que piensa en los chicos!
—Eh,
¡esa carne no está hecha para tu boca!
Todos
alabaron entonces los méritos y las cualidades de la mujer de Zhao:
—¡Usted
lleva su casa con la misma eficacia con que recibe a sus invitados, Lao Zhao es
un hombre con suerte!
Los
muchachos continuaron con el mismo tono jocoso.
—¿Quién
no ha recibido favores de nuestra cuñada?
—¡Cierra
el pico!
La
mujer de Zhao estaba encantada con esas bromas, se quitó el delantal, puso los
brazos en jarras y dijo:
—Sois
unos cerdos, dejad de decir guarradas de una vez.
Las
frases cada vez eran más soeces, el olor a alcohol lo invadía todo. Al escuchar
cómo daban su opinión, pensaste que todos tenían agallas, de lo contrario,
¿cómo habrían llega¬do a ser los funcionarios del pueblo?
—Si
no hubiera sido por el Presidente Mao, ¿los campesi¬nos pobres y medios de la
capa inferior vivirían como viven hoy en día? ¿Y cómo podrían venir a
instalarse aquí las jóvenes instruidas?
—¡Siempre
con tus ideas perversas!
—Tú,
que pareces tan serio, ¿ya has follado o no? ¿Ya lo has hecho?, venga, dilo.
—¿Cómo
hablas así delante del profesor, no te da ver¬güenza?
—El
profesor no es ningún extraño, no desprecia nuestros zapatos llenos de barro,
hasta ha dormido con nosotros.
Y
era cierto, habías dormido con ellos en el silo sobre las camas cubiertas de
paja de arroz. Y cada noche, una vez acaba¬ba el entrenamiento al aire libre,
los mirabas cómo medían su fuerza, luchaban, se tiraban por el suelo; el que
perdía tenía que bajarse los pantalones delante de los demás, sobre todo si las
mujeres del pueblo venían a ver cómo se peleaban y se mez¬claban con ellos en
esos juegos. En aquellos momentos, Maomei se refugiaba en una esquina para
mantenerse al margen y se quedaba riendo. Todo el mundo se divertía hasta que
sona¬ba el silbato y ordenaban que apagaran las luces.
Saliste
de la sala, se había levantado un viento fresco, el olor nauseabundo del
alcohol desaparecía poco a poco, sólo el dulce perfume de la paja de arroz
flotaba en el aire. Bajo la luz de la luna, el pueblo desaparecía en la sombra
de la montaña que había enfrente de ti. Te sentaste sobre una rueda de moli¬no,
al lado de la casa, y encendiste un cigarrillo.
Estabas
contento de haber conseguido la confianza de esas personas, por la noche ya no
oías ruidos sospechosos, ya no veías ninguna sombra delante de tu ventana, ya
no te vigilaban, estabas casi totalmente integrado, vivías entre esos hombres.
Ellos habían vivido siempre así, de generación en generación, revolcándose con
las mujeres por el suelo, emborrachándose cuando estaban demasiado cansados,
antes de entrar en un sueño profundo y roncar, sin pesadillas.
Al
sentir el olor de la tierra, te tranquilizaste, te relajaste.
—Profesor,
¿no se va a dormir?
Te
volviste y viste ante ti a Maomei, que había salido de la cocina; estaba de pie
frente a un montón de leña. Bajo la luz difusa de la luna, desprendía una
profunda feminidad.
—Qué
luna tan bonita... —respondiste tú vagamente.
—¿Todavía
tiene ánimo para contemplar la luna, profesor?
Ella
sonrió haciendo una mueca. Con su voz azucarada, su entonación llena de
dulzura, era una bella y tierna criatura con unos pechos prominentes y firmes,
quizá ya la había acariciado algún hombre. Nacida en esta tierra, viva y
fresca, sin angustia ni temor, ella podía aceptarte, era lo que parecía querer
decir¬te, todo dependía de si tú la querías o no, esperaba tu reacción. En la
oscuridad, sus ojos centelleantes te miraban fijamente, sin vergüenza ni duda,
y te recordaban tus deseos de estar con una mujer. Esta noche se atrevía a
mirarte, apoyada contra la pila de leña, pero tú no te atreviste a bromear con
ella, no te atreviste a mostrarte frívolo como esos bandidos, como esos
hombres, no tenías suficiente valor.
47
La
lluvia, de nuevo la lluvia, una lluvia fina. Por la tarde, la escuela acababa
temprano, para que, tras dos horas de clase, los alumnos todavía pudieran
ocuparse de las tareas del campo al volver a sus casas. Tu habitación estaba al
lado del despacho de los profesores. La habían cons¬truido de ladrillo, tenía
un falso techo de madera por debajo del tejado y no había goteras. Te sentías
bien, te gustaban especialmente esos días lluviosos, ahora que no tenías que ir
a los arrozales con un sombrero de paja de arroz en la cabeza a pasarte el día
con los pies hundidos en el barro. Cuando cerra¬bas la puerta de tu habitación,
el ruido de la lluvia, del viento o el de los alumnos que leían en voz alta no
te llegaba. Leías en silencio o escribías. Al final habías conseguido una vida
nor¬mal, aunque no tuvieras mujer ni hijos. En realidad, ya no que¬rías
compartir tu techo con una mujer, preferías la soledad al riesgo de que te
denunciaran. Cuando te sentías muy excitado, te volcabas en la escritura y con
tu pluma conseguías la liber¬tad de imaginarte todas las mujeres que te daba la
gana.
—¡Profesor,
el secretario Lu pregunta por usted! —dijo una alumna desde fuera.
Colocó
en la habitación una cerradura de golpe para que no pudieran entrar de
improviso. Cuando tenía que hablar con los alumnos, sobre todo con las chicas,
iba al despacho de pro¬fesores de al lado. El director del colegio, que vivía
enfrente, al final de una pista de baloncesto, siempre estaba mirando hacia su
puerta. Había tenido que trabajar duro durante veinte años para conseguir el
cargo que desempeñaba, y le preocupa¬ba que el recién llegado de la capital,
bajo la protección del secretario Lu, le quitara el puesto. Si descubría el
menor desliz con una alumna, lo cazaría y lo expulsaría de inmediato. Sin
embargo, lo único que él quería era un lugar tranquilo para refugiarse, pero no
podía decírselo tan claramente al director.
Esta
joven, Sun Huirong, era esbelta y lista. Su padre había muerto de repente por
una enfermedad y su madre vendía ver¬duras en la cooperativa del burgo. Huirong
tenía dos herma¬nas menores. Siempre encontraba algún pretexto para pasar por
su despacho, «Profesor, voy a ayudarle a lavar la ropa sucia», «Le he traído
unos amarantos que hemos recogido de mi jardín», y cada vez que él pasaba
delante de su casa, si ella lo veía, salía haciendo aspavientos para llamarlo:
«Profesor, venga a beber una taza de té». Conocía a casi todos los vecinos de
la pequeña calle, y cuando no entraba, se quedaba un rato en el umbral fumando
un cigarrillo. Se sentía casi como si estuviera en su tierra natal, pero nunca
entraba en casa de la muchacha. Ella le dijo: «Vivimos en un reino de mujeres».
Sin duda echaba de menos una figura masculina.
La
joven vino corriendo bajo la lluvia, con el pelo empapa¬do de agua. El tomó un
paraguas para dárselo y fue a buscar su sombrero de paja. La muchacha se alejó.
La llamó, ella se vol¬vió bajo la lluvia, sacudió la cabeza, la ropa se le
pegaba al cuerpo y marcaba dos pequeños senos prominentes. Echó a correr,
parecía contenta, quizá porque había traído para el profesor un mensaje muy
importante del secretario Lu.
Lu
vivía en la última vivienda de la comuna. Entró por la puerta lateral que había
frente al río. El patio estaba relucien¬te, cubierto de baldosas oscuras y
tenía un pequeño pozo. Este patio lo había ocupado la concubina del potentado
local, que fue fusilado. El lugar era tranquilo y quedaba algo apartado de las
demás casas. Lu estaba tumbado en una mecedora de bam¬bú cubierta de piel de
venado, en el suelo había un brasero con una marmita llena de carne haciéndose
a la brasa.
—Carne
de perro con especias, me la ha traído Lao Zhang de la comisaría; según él es
de un perro salvaje que han captu¬rado. ¿Cómo saberlo? Bueno, al menos es lo
que dice —afir-mó Lu sin levantarse—. Toma un tazón y unos palillos y sír¬vete
un vaso de alcohol. Esta espalda me está matando, una cicatriz de herida de
bala, siempre me duele cuando llueve. En aquella época era imposible encontrar
un médico durante los combates, uno podía darse por satisfecho si conseguía
mante¬nerse con vida.
Se
sirvió algo de alcohol y se sentó en un pequeño banco delante del brasero.
Mientras comía y bebía, escuchó atenta¬mente las palabras de Lu.
—Yo
también he tenido que matar con mis propias manos, era la guerra, no se podía
hacer otra cosa. He matado a muchos y no todos lo merecían. Sin embargo, muchos
de los que lo merecían de verdad todavía siguen vivos, y viven muy bien.
A
pesar de que normalmente Lu tenía un carácter frío y taciturno, en aquel
momento se mostraba eufórico. El no comprendía qué estaba pasando por la cabeza
del anciano.
—¿Ya
se sabe que el viejo Lin Biao ha muerto?
Él
asintió con la cabeza. El vicepresidente del Partido había huido en avión y se
estrelló en Mongolia, al menos era lo que afirmaba un documento oficial.
A
los del campo no les sorprendió la noticia, dijeron que bastaba con ver su cara
de mono para saber que acabaría mal. Si hubiera tenido un rostro agraciado, ¿se
habría convertido en un emperador a ojos de los campesinos?
—Todavía
hay muchos que no han muerto —dijo Lu, de¬jando la copa de alcohol. Él también
comprendía la rabia del viejo. Sin embargo, esas palabras no decían nada en
con-creto. Lu era un hombre de mundo, había superado muchos problemas
políticos, no podía abrirle su corazón tan pronto, y él tampoco debía llegar
hasta el fondo del asunto. Estaba bajo la protección de aquel paraguas:
mientras el secretario Lu estuviera en paz, él podría subsistir. «Bebe, bebe, y
cómete la carne», no te preocupes si es de perro salvaje o doméstico.
Lu
se levantó y fue a tomar una hoja de papel de encima de la mesa. Había anotado
un poema regular de ocho versos de cinco caracteres que aparentemente expresaba
su alegría ante la caída de un tal Lin.
—¿Me
puedes decir si los tonos llanos y oblicuos de los ca¬racteres son correctos?*
Sin
duda lo había llamado para eso. Él examinó el poema durante un instante,
sugirió cambiar uno o dos caracteres para que el poema quedara perfecto, y
dijo, además, que en casa te¬nía un libro dedicado especialmente a la métrica
de la poesía clásica, si estaba interesado se lo podía prestar.
—Yo
sólo era un pobre pastor —explicó Lu—. Nunca me habrían podido enviar a la
escuela, pero siempre iba a escuchar a escondidas bajo las ventanas de la
escuela privada del pueblo cuando los niños leían en voz alta. De ese modo
aprendí a reci¬tar poesías de los Tang. Cuando el viejo maestro vio mi
capa¬cidad de aprender, me invitó a que fuera a sus clases sin pagar¬le nada,
pero a veces yo iba a recoger leña para él. Siempre que tenía tiempo, pasaba
por la escuela a escuchar sus clases, así aprendí a escribir. A los quince años
fui a pelear con la guerri¬lla y me cargué un trabuco al hombro.
Esta
región montañosa era precisamente la base de la gue¬rrilla de Lu por aquel
entonces. Hoy, aunque había sido envia¬do a este lugar de base para hacer
investigaciones, no tenía ninguna función concreta, aunque, en realidad, era
más o me¬nos el secretario de los secretarios de los comités del Partido
recientemente rehabilitados en las numerosas comunas. Lu se escondía aquí.
Luego le reveló que también tenía enemigos; por supuesto, no se trataba del
cuerpo local armado de los terratenientes, campesinos ricos y potentados ya
reprimidos desde hacía mucho tiempo, sino más bien de los «de arriba». No
entendió a quiénes se refería, quiénes eran esos «de arri¬ba»; estaba claro que
no eran los funcionarios de la cabeza de distrito, porque ellos no eran capaces
de acabar con él. Lu se mantenía en todo momento alerta para enfrentarse a
cualquier eventualidad. Bajo la almohada tenía una bayoneta del ejérci¬to, y
debajo de la cama, en una caja de madera, guardaba una metralleta ligera en
perfecto estado. También tenía una caja de cartuchos, material de la milicia de
la comuna popular. Como lo almacenaba todo en su casa, nadie podía denunciarlo.
¿Lu estaba esperando el momento favorable para rebelarse y reto¬mar el poder?
¿O quizá se preparaba para un nuevo cambio político? Era difícil saberlo.
—Casi
todos los habitantes de estas montañas son campesi¬nos que cultivan los campos
en tiempos de paz, pero en los periodos de conflicto se transforman en
bandidos. Aquí no son raras las decapitaciones. He crecido asistiendo a ese
tipo de escenas. En aquella época, los bandidos que capturaban man¬tenían la
cabeza erguida mientras esperaban que los decapita¬ran con un sable, su cara ni
siquiera cambiaba de color. No es como ahora, que fusilan a los condenados de
rodillas y les retuercen el pescuezo con un alambre. ¡Los guerrilleros eran
unos auténticos bandidos! —Estas palabras horribles salieron de la boca de Lu
con una pasmosa tranquilidad antes de con¬cluir—: Pero tenían un objetivo
político: acabar con los tira¬nos y repartir las tierras.
Lu
no dijo que hoy las tierras que repartieron entre los cam¬pesinos habían sido
de nuevo confiscadas y que los cereales se repartían per cápita, pero los
sobrantes debían entregarse a las autoridades.
—Cuando
los guerrilleros necesitaban dinero o víveres, se dedicaban a raptar y a
ejecutar a los prisioneros, empleaban los mismos procedimientos violentos que
los bandidos. Si al-guna vez la mercancía no se llevaba al lugar que habían
pacta¬do antes, tomaban a un rehén vivo, lo ataban con las piernas abiertas
sobre un bambú joven, estiraban la caña y, a una señal, la dejaban, ¡cortando
al hombre en dos!
Si
Lu no lo hizo personalmente, al menos lo vio hacer, y ahora quería darle
algunos consejos.
—Tú
eres un letrado del exterior, no creas que la vida es fácil en estas montañas,
no creas que esto es un nido de paz. ¡Si uno no se establece sólidamente, es
imposible quedarse en un lugar como éste!
Lu
no empleaba el lenguaje oficial de los pequeños funcio¬narios que sólo querían
trepar de escalón en escalón como si se tratara de una carrera. Al contrario,
en ese momento estaba liquidando por completo lo poco que le quedaba en la
cabeza de las fábulas revolucionarias. Quizá Lu lo necesitara un día e
intentaba que fuera tan duro y tan feroz como él, para que se convirtiera en el
asistente de este rey de la montaña cuando retomara el poder. Lu le habló de
los intelectuales de las gran¬des ciudades que se habían unido a las
guerrillas.
—¿Qué
entienden los estudiantes de la revolución? El viejo tenía razón al decir...
—El viejo del que hablaba Lu era Mao—... que el poder nace del fusil. ¿Qué
general o comisa¬rio político no tiene las manos manchadas de sangre?
El
dijo que nunca sería general y que tenía miedo de pelear; pensó que era mejor
decir estas palabras de antemano.
Lu
respondió entonces:
—A
mí no me apasiona el poder, de lo contrario no me ha¬bría refugiado aquí. Pero
debes defenderte y estar atento para que no vengan a por ti.
Esta
regla de supervivencia era la experiencia que Lu había vivido.
—Ve
a hacer una investigación social entre la gente del burgo, les dirás que te
envío yo. No necesitas una carta oficial, sólo debes decir que te he confiado
la tarea de escribir la histo¬ria de la lucha de clases en este burgo y
escucharás lo que te cuenten. Por supuesto, no te creas todo lo que te digan, y
no hagas preguntas sobre lo que está ocurriendo actualmente; aunque les
preguntes, no verás nada claro. Déjales hablar de lo que quieran, será como
escuchar cuentos, y te darás cuenta de todo poco a poco. En otro tiempo, antes
de que los coches pasaran, esto era un nido de asaltadores de caminos. No te
fíes del herrero que se arrodilla delante de ti y parece dócil. Si le dejan, te
tratará con toda delicadeza, pero, si le empujan, puede cortarte la cabeza con
su hacha en cualquier campo. En la calle, la vieja coja que hierve el agua para
el té, ¿crees que tiene los pies vendados? Eso no se hacía en estas montañas.
Fue rehén de las guerrillas, le quitaron los zapatos en pleno invierno, se le
helaron los dedos y se le cayeron, pero era una mujer, por eso no la mataron.
Esta casa era suya, fusilaron a su padre, su hermano mayor murió en un campo de
reeducación. Sólo le queda un hermano que, según cuentan, se fue al
extran¬jero.
Así
te educó el secretario Lu, así te educó también la vida, borrando de golpe la
compasión, el sentido de la justicia, la indignación y el impulso que
provocaban en ti.
—¡Hemos
bebido mucho! —dijo Lu—. Mañana por la ma¬ñana, cuando se te haya pasado la
borrachera, vendrás conmi¬go a dar una vuelta por la montaña del sur. En la
cima había un templo que fue bombardeado por los aviones japoneses. Los
japoneses no llegaron hasta aquí, se quedaron en la cabeza de distrito,
mientras que los guerrilleros se refugiaron en las montañas. Sólo pudieron
destruir el templo. Lo construyó un monje después de la derrota de los Taiping.
La rebelión de los Taiping surgió del crecimiento de los bandidos, pero como
finalmente no consiguieron resistir a la corte imperial, algún superviviente
vino a refugiarse aquí después de la derrota y se hizo monje. Sólo queda una
estela rota con una inscripción incompleta, tendrás que descifrarla.
48
El
mundo cambia cuando se mira a través de un objetivo. Las cosas más feas pueden
parecer magníficas. En aque¬lla época, tenías una vieja cámara fotográfica y,
durante aquellos años que pasaste en el campo, la llevabas cada vez que ibas a
la montaña; era tu otro ojo. Has fotografiado los paisajes, la montaña cubierta
de bambúes inclinados por el viento, esa ola verde esmeralda en forma de pluma
que queda¬ba fija sobre el papel por el disparo del obturador. Por la noche
revelabas las fotos en tu casa y, aunque perdieras los colores, las sombras y
las luces del contraste entre el blanco y negro eran fascinantes; parecía un
mundo de ensueño. Utili¬zabas carretes caducados, más de doscientos metros de
pelícu¬la que compraste de saldo en un estudio cinematográfico gra¬cias a un
amigo de Beijing; pagaste por todo treinta yuans, casi un regalo. Entonces sólo
se hacían documentales sobre las maravillas de la revolución. En las imágenes
que mostraban se tocaban gongs y tambores y todos bailaban en un gran entu¬siasmo
general, el Gran Dirigente pasaba revista a las guardias rojas, la bomba
atómica explotaba con éxito, la anestesia con acupuntura resultaba muy eficaz,
el pensamiento de Mao Ze-dong cosechaba nuevas victorias, a los enfermos se les
hacía el trabajo ideológico antes de que les abrieran el pecho o el abdomen, a
menos que se escalara el Everest y entonces la bandera roja flotara sobre el
techo del mundo. Para todos aquellos documentales se utilizaba una película de
un tono más o menos rojo, producto nacional. Tú preferías las fotos en blanco y
negro, sin la confusión que traen los colores, y podías contemplarlas durante
mucho tiempo sin que se te cansara la vista.
Te
pasabas horas mirando aquellas casas de campo en blan¬co y negro, sus tejados
de tejas grises, los estanques bajo la llu¬via fina, y una gallina sobre un
puente de madera. Te gustaba especialmente la fotografía de aquella gallina
negra. Estaba delante de tu objetivo, levantando la cabeza para mirarlo
des¬pués de haber picoteado por el suelo, sin entender qué era aquel juguete.
Lo miraba con un ojo redondo de admiración y su pupila mostraba una gran
vivacidad. Lo observaba con dete¬nimiento, con la cabeza levantada. En su
mirada veías inson¬dables sobrentendidos.
También
tenías una fotografía de unas ruinas que encon¬traste en un pueblo abandonado.
La casa estaba llena de malas hierbas, el tejado hecho pedazos, ya no vivía
nadie allí, sólo había escombros; no quedaba la menor huella del Gran Salto
adelante. Aquel año les obligaron a entregar todos los cerea¬les que se
cosecharon y el pueblo sufrió una hambruna que convirtió a sus habitantes en
fantasmas, incluido el secretario de la célula del Partido. Quién hubiera
podido imaginar que el Partido no sólo se desentendería por completo de la
suerte de la población, sino que llegaría incluso a colocar en la estación de
autobuses de la cabeza de distrito a algunos hombres arma¬dos para vigilar a
los ciudadanos e impedir que se marcharan a mendigar. Además, la cantidad de
cereales que tocaban por persona se racionaba en la ciudad, mendigando tampoco
se habría conseguido gran cosa. Los niños de cierta edad que vivían en aquellas
montañas recordaban cómo intentaban cal¬mar el hambre desenterrando raíces de
bejuco. Cuando se las comían, tenían que hacer sus necesidades con el culo a la
vista de sus amigos, ayudándose mutuamente a deshollinarse el tra¬sero con un
palo. Las costras que formaba el bejuco eran tan duras como las piedras, lo que
hacía que su evacuación fuera extremadamente dolorosa. Te lo contaron tus
alumnos. Por supuesto, eso no salía en tus fotos, pero la desolación que se
podía captar era espléndida. Fijando una imagen con el objeti¬vo, podías
transformar una situación catastrófica en un simple paisaje.
También
hiciste una foto de dos chicas adorables; la mayor tenía dieciocho años, la
menor quince. La de dieciocho pare¬cía pensativa y estaba ligeramente inclinada
hacia un lado. Su padre era profesor en el colegio de la cabeza de distrito, su
abuelo paterno era terrateniente, y antes de acabar sus estu¬dios de secundaria
la enviaron a instalarse en aquellas monta–as. La menor estudiaba primer ciclo
de secundaria, su padre trabajaba de óptico en la capital de provincia.
Naturalmente, no pudo tener a su lado a su hija.* En la fotografía, la joven
le¬vantaba la cara riendo de forma estúpida, como si alguien le estuviera
haciendo cosquillas. Llevaban en ese lugar más de un año. Cuando la escuela de
la aldea volvió a funcionar, las insta¬ron a enseñar, ya que no había
profesores, y, de este modo, se libraron de trabajar en los campos; era una
forma de ocuparse de ellas. Cuando te oyeron decir que ibas a llevar a tus
alum¬nos a recoger té, se entusiasmaron y te propusieron que se hospedaran en
su escuela. Era lo ideal, había dos aulas; en una dormirían los niños, en la
otra las niñas. Entre las dos había una habitación separada por un tabique de
planchas; un lado lo utilizaban para preparar las clases, el otro tenía una
cama de madera y hacía de dormitorio. Te propusieron que te quedaras allí
cuando llegaras, ellas podían pasar la noche en la aldea. Es posible que antes
de llegar al campo hubieran parti¬cipado en la crítica a los profesores de su
colegio; sin embargo, al verte a ti, profesor de secundaria en el burgo, tenían
la sen¬sación de encontrar a un pariente. Con mucho afecto, prepa¬raron para ti
carne salada hervida al vapor, unos huevos fritos y una sopa de brotes de bambú
frescos. No dejaron de hablar mientras estabas con ellas. Entonces tomaste esta
foto. No eran como las chicas de estas montañas, que huían nada más ver una
cámara. Al contrario, se sentían cómodas, incluso po¬saban, y apretaste el
obturador justo en el momento en que la más joven de las dos no pudo contenerse
y se echó a reír. Después, al revelar la fotografía, te diste cuenta de que la
mayor evitaba mirar al objetivo y parecía muy triste, mientras que en la risa
tonta de la otra se percibía un abandono que pocas veces se ve en una muchacha
de su edad. Y todo eso teniendo de fondo un acantilado abrupto y bajo las
gruesas ramas oscuras de un viejo árbol de torreya.
En
la primavera, un hermoso día de abril, cuando el campo empezaba a verdear —era
casi la estación en que se recogía el té—, subió a las montañas bordeando un
barranco, alcanzó una cima y atravesó el arroyo por un pequeño puente hecho de
troncos enteros. Sentía el agradable calor de los rayos del sol y le llegaba el
dulce murmullo del agua. Por fin, llegó a una plantación de té y de bambú.
Subió por una ladera para encon¬trar al encargado, que en ese momento estaba
haciendo un reguero para plantar maíz. Le explicó que quería traer a trein¬ta
alumnos del burgo a recoger té durante diez días y que dor¬mirían en la escuela
primaría. Los alumnos traerían su propio arroz, pero la leña, las verduras, el
aceite, la sal y el queso de soja los debían proporcionar los encargados de la
plantación. Los gastos totales se restarían de los salarios de los alumnos.
Cuando regresó a la aldea, ya eran las cuatro de la tarde, y para volver al
burgo tendría que ir de noche por la montaña. En-tonces las dos jóvenes
profesoras le pidieron que se quedara a dormir en la escuela.
En
las montañas, la noche empieza temprano. Cuando el sol se escondió tras el
acantilado, el campo de deportes de la escuela ya estaba oscuro. El caserío se
cubrió de una bruma que subía del arroyo, y los hombres y las mujeres que
trabaja¬ban en las montañas volvieron a sus casas, con la azada al hom¬bro. La
aldea se animó. Los ladridos de los perros retumbaron y se mezclaron con el
jaleo que armaban los hombres. Luego empezó a salir humo de las chimeneas de
las casas.
Fuera
había mucha humedad. La chica mayor encendió la cocina de leña y se puso a
hervir una olla de agua para que él se lavara. Había caminado durante todo el
día por la montaña; fue un placer poner los pies dentro de agua caliente.
Enseguida sintió que se le iba el cansancio. La otra joven trajo el jabón.
Sentadas bajo la lámpara de petróleo, durante un rato estuvie¬ron corrigiendo
los deberes de sus alumnos, hasta que llegaron los del pueblo: hombres adultos,
adolescentes y niños. Los hombres se sentaron junto a la chimenea, mientras que
los jóvenes empezaron una partida de cartas alrededor de la mesa, bajo la
lámpara de petróleo. Las dos muchachas recogieron los cuadernos en una esquina.
Había algunas jóvenes que ya esta¬ban en edad de festejar; las que ya eran
madres seguramente debían de estar en sus casas, ocupadas con sus tareas. Los
niños entraban y salían armando bastante alboroto, mientras que los hombres
bromeaban con las muchachas, que, como casi todas las chicas de la montaña,
mostraban un gran desparpajo en esas ocasiones. Las dos jóvenes que venían de
la ciudad eran mucho más recatadas y dulces, pero ya empezaban a abando¬nar el
tono de buenas alumnas que empleaban con él, e inclu¬so a veces se atrevían a
soltar algunos tacos, sin perdonar a nadie. La escuela era el lugar de
encuentro nocturno de los habitantes del pueblo, un lugar en el que se sentían
a gusto.
—¡Venga,
ya está bien por hoy! El profesor está cansado, ha caminado durante todo el
día. ¡Hay que ir a dormir!
La
chica mayor empezó a echar a los lugareños, que se mar¬chaban a regañadientes.
Las dos muchachas le desearon bue¬nas noches y se fueron también hacia el
pueblo.
Todavía
quedaban algunos trozos de carbón crepitando, la temperatura del cuarto bajó.
En el aula oscura de al lado, el viento entraba y enfriaba el ambiente. Fue a
cerrar la puerta, pero una ráfaga la volvió a abrir. Percibió que no había
cerrojo en la puerta, lo habían arrancado, y la madera y el marco esta¬ban
acribillados de agujeros. Reflexionó durante un momento; luego volvió al aula
para cerrar la puerta grande, pero en la oscuridad no consiguió encontrar la
barra. Había dos ganchos detrás de la puerta para colocar una barra, pero no la
encon¬traba por ninguna parte. Colocó una mesa contra la puerta para que se
mantuviera cerrada. Una vez volvió a la habitación, tomó la lámpara de petróleo
y pasó al dormitorio, separado sólo por un tabique de planchas que llegaba a
media altura. Al fondo del cuarto, había una pequeña puerta que conducía a la
otra aula. También habían arrancado el pestillo de allí, sólo quedaba la parte
del marco de la puerta. Por suerte, la puerta ce¬rraba bien. No fue a comprobar
si la de la otra clase estaba cerrada y no entraba el aire. De todos modos, en
aquel edificio no había nada que robar, salvo dos jóvenes muchachas
desam-paradas que dormían solas y habían llegado de la ciudad para instalarse
allí.
Después
de apagar la lámpara, se desnudó y escuchó tum¬bado cómo rugía el viento de la
montaña, como si fuera una fiera que se quejaba con voz grave. A veces el
viento traía tam-bién el sonido del agua que pasaba por el barranco. Aquella
noche durmió mal, se quedó en una especie de estado de alerta y con la
impresión de que en cualquier momento podía irrum¬pir en la habitación una
fiera salvaje. Se levantó temprano e hizo la cama. Descubrió que las sábanas
grisáceas y las fundas de las almohadas estaban llenas de manchas; sintió
bastante asco.
En
el camino de vuelta pensó en su alumna Sun Huirong. Se dio cuenta de que la
vida del campo en estos años lo había convertido en una persona sin carácter.
Por fin había conse¬guido ocultarse perfectamente, y sentía una cierta paz
interior; incluso era capaz de mirar la montaña durante horas, contem¬plar el
curso del arroyo que no cesaba, sin pensar en nada. No obstante, cada vez se
parecía más a una larva.
49
Ella
quiere ir a ver una selva virgen. Tú dices: «Pero ¿dónde quieres que haya una
selva virgen en Sydney? Habría que conducir durante días para llegar a uno de
esos lugares deshabitados de la inmensa Australia. Ade¬más, ya lo has visto
todo desde el avión, una tierra árida de color ocre con montañas de rocas en
forma de espina de pes¬cado. El paisaje no ha cambiado durante unas horas
cuando íbamos en el avión, ¿dónde quieres que haya una selva vir¬gen?». Ella
abre un mapa turístico y señala los trozos verdes.
—¡Aquí
y aquí!
—Son
parques —respondes.
—¡El
parque nacional es una zona de protección natural —insiste ella—; los animales
y las plantas se conservan en su estado original!
—¿También
los canguros? —preguntas.
—Claro
—dice ella.
—Entonces
tenemos que ir a un zoo. No es como en tu país, que compran lobos por todo el
mundo y los encierran para que los visitantes los miren ir de un lado a otro.
No
has conseguido convencerla, acabas refunfuñando:
—Habría
que pedir a los amigos del centro dramático que nos consiguieran un coche.
Le
explicas que ellos te han invitado para los ensayos de tu obra, los acabas de
conocer, no te gusta molestar a la gente así. Pero ella dice que hay un tren
directo que va hasta allí. Su dedo avanza en el mapa, de la estación central,
que se encuen¬tra en el centro de la ciudad, hasta el borde del pedazo verde
que indica el Royal National Park.
—Mira,
aquí hay una estación, Sutherland. ¡Es muy fácil llegar hasta allí! —dice.
Se
llama Sylvie, es francesa, tiene el pelo corto, a lo chico, pinta de estudiante
de secundaria, parece muy joven, pero sus grandes nalgas muestran que es toda
una mujer. Has tostado un poco de pan, preparado el café con leche, pero ella
toma el café solo, siempre sin azúcar, no come pan ni mantequilla, tiene que
mantener la línea.
Habéis
salido del edificio en que os alojáis. De repente cae en la cuenta de algo, se
da media vuelta y regresa a la habi¬tación a tomar una toalla y su traje de
baño; dice que después de la zona de protección natural del Royal National Park
se puede llegar hasta el mar y quizá podría bañarse y tomar el sol.
El
tren ha ido directo de la estación central a Sutherland, una pequeña estación
en la que sólo se apean algunas personas. Al salir de los andenes hay un
pequeño pueblo, todavía nada de selva ni de parque. Dices que habría que
preguntar a alguien, vuelves a la estación y te diriges al vendedor de
billetes.
—¿Puede
indicarme el camino para ir a la selva virgen? ¿Al parque, el Royal National
Park?
—Tenía
que bajar en la siguiente estación, en Loftus —res¬ponde el expendedor de
billetes.
Volvéis
a comprar un billete. El próximo tren llegará dentro de veinte minutos, pero
ése no para en Loftus, tenéis que to¬mar el siguiente.
Esperáis
media hora antes de que por el altavoz de la esta¬ción anuncien que el próximo
tren viene con un poco de retra¬so y que hay que cambiar de andén para
esperarlo. Ella va a preguntar qué ocurre al jefe de estación. El hombre metido
en carnes responde antes de cerrar la puerta de su despacho:
—Esperen,
tranquilos, llegará pronto.
Le
recuerdas que el día en que llegasteis a Australia os pre¬vinieron de que si se
tomaba el tren de Sydney a Melbourne se podía tardar dos días, tres días, una
semana, no se sabía. Ellos nunca tomaban el tren por eso; todos iban en avión o
en coche. Le dices que quizá tengáis que esperar hasta que anochezca. Pero
Sylvie camina de un lado a otro, un poco nerviosa. Le dices que se siente, pero
ella no puede estar quieta.
—Ve
a comprar una bolsa de cacahuetes, o esa especialidad de Australia que tiene
tanta grasa, esa pequeña fruta redonda, ¿cómo se llama?
Intentas
hacerla rabiar expresamente, pero ni te mira.
Transcurre
una hora más hasta que llega el tren.
Loftus.
Cuando salís de la estación, el pueblo todavía es menor que el anterior, todo
de color gris. Sobre la pasarela de la vía férrea hay una banderola desplegada:
«Bienvenido a la visita del museo del Tranvía».
—¿Vamos?
—preguntas.
Ella
no te presta atención y se vuelve para preguntar en las taquillas de la
estación, antes de hacerte un ademán para que vayas. Vuelves a la estación. En
las taquillas, el empleado os hace unos gestos.
—¿La
selva virgen se encuentra en el andén? —preguntas.
—Te
han hablado en inglés y no has comprendido —dice ella.
Le
das las gracias en inglés al empleado. Ella te mira de reojo y se echa a reír.
Su mal humor ha desaparecido y te expli¬ca lo que te ha dicho: es más rápido
pasar por el andén. Bueno, cruzas las vías tras ella, caminas sobre los
montones de balasto que hay a los lados, en el andén un empleado con uniforme
os mira. Le preguntas en voz alta:
—¿Dónde
está el parque? ¿El Royal National Park?
Eso
puedes decirlo en inglés. Os señala que detrás de voso¬tros hay una salida con
una barrera rota.
Llegáis
a una carretera grande, donde pasan los coches a toda velocidad, no hay
peatones. Sobre el muro de la estación hay un gran cartel que pone: «Museo del
Tranvía» y una fle¬cha. La única opción que tenéis es ir a ese museo a
preguntar. Una inmensa puerta, y detrás, una pequeña garita de madera, que
proporcionalmente parece un juguete. Hay un letrero con las tarifas de entrada,
precio diferente para los niños y los adul¬tos, pero no hay nadie en la garita.
En un amplio terreno des¬cubierto, veis unos raíles sobre los que está parado
un viejo tranvía con los vagones de madera y el barniz descascarillado. Una
mujer y una decena de niños rodean a un anciano que lleva una gorra de visera
ancha y cuenta la historia del tranvía. Cuando el anciano acaba, la mujer hace
que los niños suban a bordo, mientras que el hombre os saluda levantando la
mano a la altura de la visera de su gorra. Sylvie le explica por qué estáis ahí
y el viejo señala con el brazo:
—El
Royal National Park es aquí, todo esto está dentro del parque, ustedes, yo, el
museo, todos estamos en el parque.
El
tal «museo» que señala con la mano se refiere al viejo tranvía estacionado.
—¿Y
la selva? ¿La selva virgen? —pregunta Sylvie. Frente a ese hombre corpulento,
Sylvie parece más mujer, a pesar de llevar el pelo cortado como si fuera un
chico.
—La
selva está por todos los lados... —dice él, señalando los bosques de eucaliptos
que bordean la carretera.
Se
te escapa una carcajada, ella te mira con rabia y pregunta al viejo:
—¿Por
dónde se puede entrar?
—Por
donde quiera. También pueden ir en tranvía, cinco dólares por persona, es la
tarifa para los adultos.
—De
acuerdo —dices sacando tu monedero del bolsillo—. ¿El tranvía entra en la
selva?
—Claro,
es un billete de ida y vuelta, no tienen que pagarlo ahora. Si quedan
satisfechos, pagan; si no, pueden volver a pie, no está lejos.
El
viejo tranvía se puso en marcha tras el pertinente tañido de la campana, que no
debía de ser muy vieja, porque emitía un sonido bastante claro. Estás tan
contento como los niños que han subido al tranvía, pero Sylvie pone mala cara,
aunque no tiene ninguna razón para estar enfadada. El tranvía entra en el
bosque, eucaliptos, eucaliptos, eucaliptos de todas clases, no consigues
diferenciarlos. Algunos tienen el tronco rojo oscuro, otros amarillo oscuro,
otros acaban de perder la corte¬za, otros son totalmente negros, seguramente se
han quemado hace poco, las ramas están torcidas, las copas de los árboles
parecen cabellos que se mueven por el viento, tienen un aspec¬to un tanto
fantasmagórico. Un cuarto de hora más tarde, lle¬gáis al final de la vía.
—¿Has
visto los canguros? —te mofas.
—¿Te
estás riendo de mí? ¡Te encontraré uno para pasárte¬lo por las narices!
Ella
baja del tranvía y se adentra en un pequeño sendero siguiendo la flecha que
indica un punto de información. Tú te sientas al lado de la vía. Bastante más
tarde, regresa cabizbaja, en la mano lleva unos folletos y dice que hay un
atajo para ir al mar, pero que tendréis que andar durante varias horas. El sol
ya está llegando a la altura de los árboles, pronto serán las cua¬tro. Ella te
mira sin saber qué hacer.
—Bueno,
volvamos por el mismo camino, al menos habre¬mos visitado el museo del Tranvía
—dices.
Volvéis
a marchar con el grupo de niños, ella ya no te habla, como si te hubieras
equivocado tú. Una vez en la estación, vol¬véis a tomar el tren hacia Sydney,
ella se tumba en los asientos del compartimiento vacío. Al observar el mapa, te
das cuenta de que estáis a punto de pasar por una ciudad que se llama Cronulla
y que está al borde del mar. Le sugieres que bajéis inmediatamente del tren y
haces que se levante.
Efectivamente,
cerca de la estación hay una playa. El sol de la tarde da un color azul oscuro
al agua; grandes olas blancas como la nieve rompen en la orilla. Se pone el
traje de baño, pero se le rompe un tirante. Parece afligida.
—Tenemos
que encontrar una playa nudista —dices para reírte de ella.
—¡Deja
ya de burlarte! ¡No sabes vivir! —dice en tono de reproche y alzando la voz.
—¿Qué
hacemos entonces?
Sugieres
que utilice el cordón de tu bañador en lugar de su tirante.
—¿Y
tú?
—Te
esperaré en la playa.
—No.
¡Si tú no te bañas, yo tampoco!
En
realidad tiene muchas ganas, pero quiere mostrarse com¬placiente. Tienes una
idea:
—Podemos
utilizar un cordón de zapato.
—Buena
idea, después de todo no eres tan estúpido como pareces.
Gracias
al cordón, consigues cubrir sus senos; te besa rápi¬damente y corre hacia el
mar. El agua está helada. Cuando te llega a la altura de las rodillas, empiezas
a tiritar.
—¡Está
helada!
Gritando,
ella se tira de cabeza dentro de la espuma.
A lo
lejos, en el extremo izquierdo de la bahía, más allá de una roca, unos
muchachos hacen surf. Más lejos, el agua es pro¬funda y oscura, las olas caen
impetuosamente. El sol de la tarde está oculto tras las nubes, la brisa marina
te azota, hace todavía más frío. Alrededor de vosotros, casi todos los bañistas
han sali¬do del agua y los de la playa recogen sus cosas para marcharse.
Tú
vuelves donde las tuyas y te pones una camisa, miras el mar, pero ya no ves su
cabeza. Los surfistas han subido a una roca. Estás un poco inquieto; te pones
de pie para mirar a lo lejos. Crees percibir un punto negro que aparece y
desaparece en la espuma. Tienes la sensación de que se aleja cada vez más.
Empiezas a tener miedo. Los reflejos sobre las olas se difuminan; el espacio
entre el cielo y ese inmenso océano Pacífico del hemisferio sur se pone cada
vez más oscuro.
Hace
poco que la conoces y no la entiendes en absoluto. Sólo habéis pasado algunas
noches juntos. Cuando le dijiste que unos amigos te invitaban a dirigir los
ensayos de tu obra, ella pidió vacaciones en su trabajo para poder acompañarte.
No es una mujer fácil; no sabes si la amas, pero te hechiza. Está con varios
hombres que sólo son amigos, como ella misma dice. «¿Amigos de sexo?», le
preguntaste. Ella no lo niega, quizá sea por eso que te excita tanto. Te dice
que toda¬vía está en contra del matrimonio; vivió varios años con un hombre,
después se separaron, ahora ya no quiere pertenecer a ninguno. Dices que te
parece muy bien. Ella dice que no es que no quiera tener una relación estable,
pero que para tener estabilidad los dos tienen que estar estables, lo que es
muy difí¬cil. Tú dices que estás de acuerdo con ella, que tenéis muchas cosas
en común. Lo que quiere es una vida transparente, ya te lo dijo la primera vez
que se acostó contigo, incluso te habló de las relaciones que tuvo y de las que
todavía mantenía. La honestidad en las relaciones entre un hombre y una mujer
es lo más importante. En eso también estás de acuerdo. Su hones¬tidad es lo que
más te excita.
No
se distingue casi nada a lo lejos; estás muy preocupado. Miras por toda la
orilla para ver si encuentras un puesto de socorro. Entonces te das cuenta de
que ha salido del agua algo más allá. Al ver que estabas mirando en su
dirección, se para; tiene la cara y la boca azules de frío.
—¿Qué
mirabas? —pregunta cuando llega a tu lado.
—Buscaba
un socorrista.
—Una
chica guapa, ¿no? —bromea sin dejar de tiritar; tiene la piel de gallina.
—Es
cierto que había una rubia que estaba tomando el sol...
—¿Te
gustan las rubias?
—También
las castañas.
—¡Cerdo!
Te
ha insultado con dulzura, ríes satisfecho.
Cenáis
en un pequeño restaurante italiano que tiene pinta¬do en el escaparate un Papá
Noel blanco. Unas guirnaldas ver¬des de papel que imitan las ramas de un pino
cuelgan sobre las mesas; pronto será Navidad, pero en el hemisferio sur está a
punto de entrar el verano.
—Estás
pensando en otra cosa, salir contigo para divertirse no es fácil —dice ella.
—¿Descansar
no es también divertirse? Tampoco tenemos que estar haciendo siempre algo.
—En
ese caso da igual que estés con una chica en particu¬lar, cualquiera te
conviene, ¿no es eso? —dice ella, mirándote a través de su vaso.
—Me
he asustado mucho, hace un rato, ¡casi llamo a un socorrista! —dices.
—¡Era
demasiado tarde! —dice ella, posando su vaso para acariciarte la mano—. ¡Lo he
hecho expresamente, quería que te asustaras! ¡Eres un idiota, deja que te
enseñe a vivir!
—De
acuerdo.
Aquella
noche hiciste el amor con mucho ímpetu.
50
En
el burgo cortaban la electricidad con mucha frecuen¬cia. Tenía que encender la
lámpara de petróleo y cuan¬do escribía a la luz de esa lámpara todavía se
sentía más en paz consigo mismo; todos sus escrúpulos desapare¬cían y él se
expresaba con mayor facilidad. Llamaron muy flojo a la puerta. En el campo
nadie llamaba así; en general gritaban primero o llamaban golpeando
violentamente la puerta. Pensó que era un perro. El perro amarillo del director
del colegio a veces venía a rascar la puerta para pedir un hueso cuando
per¬cibía el olor de la carne que estaba cocinando, pero hacía días que comía
en la cantina y que no encendía el horno de leña. Un poco extrañado, escondió
lo que había escrito en el cesto para la leña que tenía en un rincón de la
habitación. Luego escuchó durante un instante junto a la puerta, pero no oyó
nada. Volvía a la mesa cuando oyó de nuevo que golpeaban muy flojo.
—¿Quién
es? —preguntó en voz alta entreabriendo.
—Profesor...
Era
una voz femenina, estaba de pie al lado de la entrada.
—¿Sun
Huirong? —Había reconocido su voz; abrió la puerta.
Después
de estudiar en la escuela durante dos años, la joven consiguió el diploma y
ahora trabajaba en los campos. Los jóvenes instruidos de familias no agrícolas
del burgo debían también ir a instalarse a las aldeas, según las directivas
oficiales que la escuela tenía que hacer cumplir. Como responsable de la clase
de Sun, eligió para ella una brigada de producción que estaba cerca del burgo,
a unos dos kilómetros y medio, y que tenía como secretario de la célula del
Partido a Zhao, el joro¬bado, hombre que conocía bastante bien. También le
encon¬tró una familia en la que había una anciana que podía ocuparse de ella.
—¿Qué
tal estás? —preguntó él.
—Muy
bien, profesor.
—¡Te
has puesto muy morena!
Bajo
la luz amarillenta de la lámpara de petróleo, el rostro de la joven parecía muy
oscuro. Sólo tenía dieciséis años, pero ya poseía unos pechos muy grandes y
parecía rebosar salud, nada que ver con las chicas de las ciudades. Trabajaba
en el campo desde que era niña y no le costaba ningún esfuerzo hacerlo. Sun
entró en la habitación, pero él dejó la puerta abierta para evitar rumores.
—¿Qué
te trae por aquí?
—Nada,
venía a saludarle.
—Muy
bien, siéntate.
Nunca
antes la había dejado entrar sola en su cuarto, pero ahora ya no era una
estudiante. Sun se volvió y examinó el lugar, pero se quedó de pie mirando
hacia la puerta.
—Siéntate,
siéntate, pero deja la puerta abierta.
—Nadie
me ha visto entrar —dijo con voz dulce.
Aquella
situación era embarazosa. Recordaba que ella le había dicho, con un tono un
poco amargo, que su casa era un reino de mujeres, como si quisiera conmoverlo.
Sin duda, Sun era la joven más atractiva del burgo. Desde que el equipo de
propaganda de los alumnos fue a interpretar una obra a la mina de carbón
vecina, los jóvenes obreros, atraídos por las chicas, pasaron un sinfín de
veces delante de las ventanas de la clase estirando el cuello para mirar hacia
dentro. Los alumnos armaron un gran alboroto y dijeron que venían a ver a Sun
Huirong. El director del colegio salió de su despacho y les echó la bronca:
—¿Qué
estáis mirando? ¿Qué os interesa tanto de ahí den¬tro?
Los
gamberros farfullaron:
—Sólo
estamos echando un vistazo, ¿es que no se puede echar un vistazo?
Luego
se marcharon a regañadientes.
En
el dique de piedra que estaba al borde del río alguien había escrito con
caracteres torpes: «Aquí, Sun Huirong se dejó tocar las tetas». El director
hizo pasar uno por uno a todos los alumnos de la clase, pero ninguno afirmó
conocer al autor de la pintada. Sin embargo, cuando salían del despacho no
paraban de bromear sobre el asunto. Las chicas del campo eran muy precoces, se
formaban muy pronto. Les gustaba chis¬morrear entre ellas y a menudo esos
chismes acababan en dis¬putas y llantos, pero cuando se les preguntaba, ellas
no decían nada y se ponían rojas como un tomate. Antes de la represen¬tación,
en el momento en que el equipo de propaganda debía maquillarse, Sun Huirong se
miró con detenimiento en un pequeño espejo y coqueteó un poco:
—Profesor,
¿le gusta mi peinado? ¡Profesor, venga a poner¬me el pintalabios! ¡Venga a ver,
profesor!
Le
arregló un poco las comisuras de los labios con un dedo, y dijo:
—¡Estás
muy guapa, muy bien!
Luego
la apartó.
Ahora
estaba sentada frente a él, bajo la luz de la lámpara de petróleo. Quiso sacar
algo la mecha para aumentar la intensi¬dad de la luz, pero ella le dijo con
dulzura:
—Es
mejor así.
Pensó
que intentaba seducirlo y cambió de conversación.
—¿Estás
bien en la casa de esas personas?
Le
preguntaba por la familia de campesinos que le eligió, donde vivía una señora
mayor.
—Hace
tiempo que no vivo allí.
—¿Por
qué?
En
aquella época llegó a un acuerdo con la familia para que se alojara con la
anciana.
—Vigilo
el almacén.
—¿Qué
almacén?
—El
del equipo de producción.
—¿Dónde
está?
—En
la carretera, al final del puente.
Él
sabía que al final del pequeño puente de piedra, al borde de la aldea, había
una casa aislada.
—¿Vives
allí sola? —le preguntó.
—Sí.
—¿Qué
vigilas?
—Los
arados y los rastrillos, también la paja.
—¿Para
qué? ¿Vale la pena vigilarlos?
—El
secretario dice que más tarde me hará trabajar de con¬table y que necesitaré
una vivienda.
—¿No
tienes miedo allí?
Ella
no dijo nada durante un momento, luego respondió:
—Ya
me he acostumbrado. Estoy bien.
—¿Y
tu madre, qué dice de eso?
—No
puede ocuparse de mí, todavía tiene a mis dos herma¬nas. Cuando se es mayor hay
que buscarse la vida.
Se
volvió a callar, algo de agua se mezcló con el petróleo y la llama crepitó.
—¿Tienes
tiempo de leer un poco?
Como
profesor, debía hacerse esa pregunta.
—¿Cuándo
quiere que lea? No es como cultivar el huerto de casa, hay que ganarse los
puntos de trabajo. No es como cuando iba a la escuela, ¡aquello era tan bueno!
Era
cierto, para ella la escuela fue un paraíso.
—Pues
pasa más a menudo por la escuela, no está lejos, y cuando vuelvas a casa ven
por aquí.
Era
lo único que podía ofrecerle.
Ella
se mantenía inclinada sobre un canto de la mesa, cabiz¬baja, y pasaba los dedos
por los cortes del mueble. El no sabía qué decir, olía el perfume que exhalaban
sus cabellos, se le ocurrió una frase:
—Vete
si no tienes nada más que decirme.
Ella
levantó la cabeza y preguntó:
—¿Adonde?
—A
tu casa.
—No
vengo de mi casa.
—Pues
vuelve al equipo de producción.
—No
tengo ganas...
Sun
Huirong bajó de nuevo la cabeza, continuaba pasando los dedos por las
hendiduras de la mesa.
—¿Tienes
miedo de estar sola en el almacén? —preguntó él, pero la joven inclinó todavía
más la cabeza—. ¿No has dicho que estabas acostumbrada? ¿Te gustaría volver a
casa de la señora donde estabas antes? ¿Quieres que intervenga para que puedas
volver?
Sólo
podía hacerle esas preguntas.
—No...,
yo...
La
voz de la joven se hizo todavía más tenue, casi tocaba con la cabeza la mesa.
Se acercó a ella y sintió su olor un poco agrio de transpiración, se levantó
inmediatamente y gritando le dijo enfadado:
—¿Quieres
que vaya a hablar con ellos, sí o no?
Asustada
por la actitud del profesor, la joven se levantó. Al ver sus ojos llenos de
temor y en los que empezaban a brotar las lágrimas, añadió rápidamente:
—¡Vuelve
a casa, Sun Huirong!
Ella
inclinó lentamente la cabeza, pero permaneció de pie delante de él, inmóvil. Él
se dio cuenta de que casi la había empujado a la puerta, y la tomó con fuerza
del brazo para que se volviera. Ella continuaba inmóvil. Le dijo dulcemente al
oído:
—Si
todavía tienes algo que decirme, vuelve cuando sea de día, ¿de acuerdo?
Sun
Huirong no volvió, no la vio nunca más. Bueno, sí la vio, una vez, a principio
del invierno. Habían pasado unos tres meses desde la noche en que ella se
presentó. Lo recordaba porque entonces hacía poco que había empezado el frescor
de otoño. Un día, pasaba delante de la casa de su madre y Sun se encontraba en
la sala principal. Ella también lo vio a él, pero no pareció que quisiera
llamarlo como hacía antes para invi¬tarlo a tomar una taza de té. Al contrario,
se dio la vuelta y fue hacia el fondo de la sala.
Nada
más empezar el año, una alumna de su clase se echó a llorar de pronto sobre su
mesa después de que sonara la campana que anunciaba el inicio de las clases.
Fue a ver qué pasa¬ba, pero los chicos no quisieron contarle lo que había
ocurri¬do. Le preguntó a la pequeña alumna y ella le contó lo que los chicos le
habían dicho antes de que empezaran las clases:
—¿Por
qué te haces la orgullosa? Cuando te deje preñada el jorobado, como a Sun
Huirong, ya te calmarás.
Cuando
acabó de dar la clase fue al despacho del director del colegio:
—¿Qué
le ha pasado a Sun Huirong?
El
director farfulló un poco:
—Es
difícil de explicar, no está muy claro, ¡ha abortado! ¿De una violación? Nadie
sabe nada.
Entonces
pensó que seguramente la joven había ido a verlo para pedirle ayuda. ¿Ya habría
ocurrido entonces o temía que pudiera ocurrirle? ¿Quizá todavía no estuviera
embarazada? No consiguió decirle lo que quería, le fue imposible, todo estaba
en su mirada, en sus ganas de decir algo que le costaba explicar, en sus
vacilaciones, en su olor a transpiración y en su comportamiento. Aquella noche
no paraba de mirar hacia la puerta, pero ¿qué miraba en realidad? Parecía mirar
la habi¬tación para evitar su mirada, pero ¿qué buscaba? Quizá tuvie¬ra un
objetivo muy claro al presentarse de pronto en la escue¬la, en una noche que no
había luz, para que nadie la viera. Ella misma dijo que nadie la había visto
entrar, estaba claro que se había fijado en eso; ¿tenía que confesarle algún
secreto? Si aquella noche no se hubiera sentido tan cohibido y hubiera cerrado
la puerta, como ella quería, seguramente habría po¬dido contárselo todo, y
quizás habría conseguido evitar esa desgracia. Ella no quiso que aumentara la
intensidad de la lámpara sacando la mecha, porque sin duda habría preferido
hablar en la oscuridad. O puede que tuviera sentimientos todavía más complejos
y deseara a la vez que se compadeciera de ella y que la socorriera, para que
impidiera o al menos in¬terviniera en ese asunto que ya había tenido lugar o
que es-taba a punto de producirse, aunque también puede que tuvie¬ra otro
objetivo.
En
el burgo todo el mundo sabía que la hija de la familia Sun había sido
deshonrada por el jorobado. Se había ido con su madre a abortar: ya no había
nada más que indagar en aquel asunto. La puerta de la casa estaba cerrada con
una gruesa cadena de cobre. Fue a la comisaría de la comarca; allí ya había
tenido la ocasión de beber con el policía, Lao Zhang. Cuando llegó, éste estaba
sermoneando a un viejo campesino que ven¬día aceite de sésamo y le había
requisado su pequeño cubo de hojalata y su cesto.
—¿No
sabes que el aceite y los cereales son productos que controla el Estado?
—Lo
sé, lo sé.
—Lo
sabes, pero seguirás vendiéndolos de todos modos, ¿no es cierto? ¿Vas a
continuar infringiendo la ley con todo co¬nocimiento de causa?
—¡Pero
es sólo sésamo que he plantado en mi jardín!
—¿Cómo
podemos saber si es de tu jardín o si lo has roba¬do del equipo de producción?
—Si
no me crees, pregúntalo.
—¿A
quién?
—¡Pregunta
en el pueblo, todos lo saben, el jefe del equipo también está al corriente!
—¡Ya
que está al corriente, ve a pedirle un atestado!
—Por
favor, camarada, un poco de compasión. No lo volve¬ré a hacer, ¿está bien así?
—¡Las
leyes que fija el Estado están para cumplirlas!
El
viejo permanecía encogido; no parecía tener la intención de marcharse. El,
después de fumarse un cigarrillo, al ver que aquel asunto se eternizaba, se
levantó y dijo que ya volvería otro día. Pero Zhang lo retuvo amablemente:
—¿Qué
quieres?
—Quería
saber qué le ha pasado a mi alumna Sun Huirong.
—El
informe de ese asunto está aquí, llévatelo si quieres. De todos modos, ya sabes
que como profesor no puedes inmis¬cuirte en estos asuntos. Ella es de la
región, pero todavía hay más accidentes con las jóvenes instruidas que vienen
de fuera. Si la interesada y su familia no ponen ninguna denuncia, si no hay
muertos, no podemos hacer nada más.
Zhang
abrió el armario que contenía los documentos oficia¬les, sacó una carpeta y se
la tendió:
—Te
la puedes llevar; para nosotros este asunto ya está zan¬jado.
Estudió
con detenimiento cada página, ahí figuraban los interrogatorios a los dos
protagonistas del asunto, Sun Huirong y el jorobado. Este firmó con la huella
del dedo y Sun escribió su nombre y añadió su huella. También estaba el proceso
verbal de una conversación con la mujer del jorobado, así como una carta de la
muchacha dirigida al denunciado, escrita en una pá¬gina de cuaderno, y un sobre
que tenía el franqueo postal di-rigido, por medio de la comuna popular, al
camarada Fulano, el verdadero nombre del jorobado, secretario de la brigada de
producción de la aldea Zhao. La carta empezaba con un «Que¬rido hermano»; el
jorobado tenía más de cincuenta años mien¬tras que la joven todavía no era
adulta. Sólo había dos líneas escritas que decían más o menos: «Pienso mucho en
ti, querido hermano, aunque no podamos vernos. Entiendo lo que dices sobre el
asunto y no me arrepentiré». Ella se había equivocado en la grafía del carácter
«arrepentir», y había firmado clara¬mente «Sun Huirong». Además, la fecha del
sobre era poste¬rior a cuando se suponía que había ocurrido todo aquel asunto.
El
proceso verbal del interrogatorio de la mujer del joroba¬do decía lo siguiente:
«Esta zorra sedujo a mi marido, era una sinvergüenza, y, además, tenía la cara
dura de escribirle. Lo que buscaba esa puta era el que la contratara». Fue ella
la que des¬cubrió la carta; se puso hecha una fiera y la presentó a la comuna.
El asunto todavía se enturbió más a causa del médico Wang del dispensario de la
comuna. Él declaraba que la madre de la joven fue a verlo y le suplicó que
fuera a su casa para ayu¬darla a practicar un aborto, ya que su hija no podía
ir al dis¬pensario por temor a que los vecinos se dieran cuenta de lo que
ocurría y luego no pudiera encontrar nunca más un mari¬do. El médico le
respondió que él no hacía esas intervenciones ilegales y que si practicaba un
aborto sin seguir las normas habituales podía perder su puesto de trabajo.
Además, si alguien lo veía en su casa podría incluso decir que era él quien
había tenido una aventura con la muchacha. Fue bastante estricto, ¡no se pueden
cometer actos ilegales!
En
el informe de investigación no se explicaba cómo se aireó el asunto. Las
declaraciones del jorobado eran sencillas: ¿Una violación? ¡Qué tontería!
¡Jamás habría cometido un acto tan insensato! No sólo por respeto a su mujer y
sus hijos, sino por su función de secretario. ¡No podía dañar la imagen de la
ban¬dera roja de su brigada, debía mostrarse digno de la formación que le
habían dado los dirigentes de todos los niveles! La chica era una viciosa.
Quizá fuera joven, pero ya sabía lo que se hacía. Él se dio cuenta de que se
estaba lavando en su casa. El cerrojo de la puerta estaba en el interior, una
puerta tan fuerte, si ella no la hubiera abierto, ¿cómo habría podido entrar?
Si no consintió, ¿por qué no pidió socorro? ¿Cuántas veces en total? ¡Habría que
preguntarle a ella, lo hacían en su cama! No era en un descampado, ¿cómo habría
conseguido quitar desde fuera una barra tan gruesa para sostener la puerta? Si
la violó, ¿por qué no hizo la denuncia hasta que se quedó embarazada? Ella
consiguió que la contrataran, eso no podía reprochárselo, ¿qué joven no querría
que la contrataran para no tener que tra¬bajar más en los campos? Si había
plazas, se las daría a quien las deseara, no iba contra la ley, era igual para
todos; la brigada se encargaba sólo de hacer una recomendación, y la
ratifica¬ción la daba la comuna, él no habría podido decidirlo solo.
La
declaración de Sun Huirong era larga, le hicieron pre¬guntas muy precisas,
desde el jabón barato que utilizaba para lavarse hasta el modo en que se
entregó, mojada de los pies a la cabeza; desde el barreño donde se lavaba hasta
la cama que había tras el montón de paja de arroz. Le hicieron dar todo lujo de
detalles, como si quisieran violarla otra vez. La conclu¬sión del informe fue:
confusa por sus pensamientos burgue¬ses. A la joven instruida no la satisfacían
las tareas agrícolas, era necesario enviarla a otra comuna popular para
reforzar su reeducación ideológica. Para el jorobado el veredicto era: su modo
de vida estaba gravemente corrupto, su influencia social extremadamente
nefasta. Le infligían una grave sanción en el seno del Partido, pero de momento
mantenía su cargo para examinar su actitud futura.
Después
de dudar durante varios días, acabó hablando con Lu y le rogó que interviniera
en favor de Sun Huirong.
—Su
madre ya vino a verme —dijo él—, ha abortado en el hospital del distrito. Su
madre la ha acompañado, ahora el asunto está zanjado, no te preocupes.
—El
problema es que ella todavía no era mayor... —empezó a explicar.
—¡No
te metas en esta historia! —le interrumpió Lu, con un tono muy severo—. Las
relaciones entre las personas del campo se basan en los lazos de parentesco y
son muy comple¬jos. Tú eres de fuera, ¿quieres continuar aquí?
No
supo qué responder, antes de entender que él mismo sólo vivía gracias a la
protección de Lu.
—Ya
me he ocupado de todo, la he enviado a otra comuna, y cuando las cosas se
calmen, dentro de unos meses o de un año, le daremos otra nueva oportunidad de
trabajar. Su madre está de acuerdo.
¿Qué
podía decir? Todo es transacción. De generación en generación, las personas se
metían hasta el fondo en ese lodo, ¿qué se podía hacer? De todos modos, lo
habían admitido para esperar tranquilamente, aunque había comprendido que
se¬guiría siendo un extraño durante toda su vida.
51
Cuando
evocas esos recuerdos con Sylvie, no es como con Margarita; ella no tiene la
paciencia de escucharte con¬tar esas historias y no le interesa tu pasado. Se
preocupa de sus asuntos, de sus amores, de sus sentimientos, que cambian a cada
instante. Si dices más de tres palabras sobre política, te interrumpe. Nunca ha
sufrido por su origen racial y sus amantes son generalmente extranjeros: un
árabe, un irlandés, un húngaro con sangre judía, un judío israelí, y
recientemente tú, si es que ella te considera su amante, aunque prefiere
tenerte como amigo, su amigo no sexual. Por supues¬to, también ha tenido amigos
o compañeros sexuales france¬ses, pero dice que le habría gustado marcharse de
Francia e ir a un país lejano, un país cálido, como Indonesia o Filipinas, o
quizá Australia. Le hubiera gustado estar en un lugar donde pudiera ponerse
morena, quedarse en una playa que tuviera muchos días de sol, empezar una nueva
vida; pero ha vuelto a caer en la rutina. Se ha quedado embarazada —no de ti,
claro—; es la tercera vez que aborta. Al principio quería tener¬lo, una mujer
siempre debe tener hijos, pero ¿qué quería el hombre? Éste no respondió de
forma muy clara, y, en un momento de rabia, abortó. Después el hombre dijo que
hubie¬ra preferido que no abortara, que habría querido al niño. ¿Y ella lo
habría tenido que criar? No es que no quisiera tener niños, pero primero debía
tener una familia estable, y todavía no había encontrado al hombre adecuado
para eso; por esta razón se atormentaba. Sus tormentos eran profundos, los
fun¬damentales de todos los seres humanos: la contradicción entre la libertad y
el límite. En otras palabras, ¿dónde se encuentra el límite de la libertad? No
tenía ningún problema para ganar¬se la vida, vivía en el último piso de un
edificio de seis plantas, un pequeño apartamento que sus padres le habían
comprado. Por la ventana se veía una gran extensión de tejados rojos sobre los
que se erguían las chimeneas y, a lo lejos, el tejado puntia¬gudo de una
iglesia completaba el panorama; era París, tan fas¬cinante. Los días de lluvia
empujaban a la melancolía; en su habitación era imposible no tener ganas de
hacer el amor.
Sus
tormentos parecen profundos. No es que le falte un hombre a quien amar y que la
ame; no, los hombres no le fal¬tan. Los hombres también la aman, al menos
durante un tiem-po, y a veces incluso vuelven cuando están con otra mujer. Dice
que ella no es una puta —quiere que lo tengas claro—, al contrario, le gustaría
hacer en serio algo que tenga sentido, o algo interesante, algo de tipo
artístico o traer al mundo a un niño, un niño al que se dedicaría por completo,
o una creación espiritual; éste es el fondo del problema. Pero ¿a qué vale la
pena dedicarse totalmente? En realidad, no hay nada más aparte del amor; pero
es muy difícil administrarlo, ya que no sólo depende de ella.
Cuando
follas con ella, se entrega por completo; pero tú, cuando ya estás satisfecho,
se acabó. A ella le parece muy frus¬trante.
Por
supuesto, en este mundo hay muchos hombres que ha¬cen bien el amor, pero a ella
no le gustan particularmente; ¿qué es lo que busca a fin de cuentas? El máximo
de amor y de placer, como sueño o ideal, es una utopía. Esto lo entiende
perfectamente, por eso está triste. Su tristeza también es pro¬funda, una
profunda tristeza humana, una tristeza infinita, imposible librarse de ella.
Le
gusta tanto el arte como el amor de los hombres, pero no puede hacer arte,
porque requiere dedicación exclusiva y le parece una estupidez. No es lo
suficientemente tonta como para dedicarse por completo al arte; ella quiere
vivir de forma artística y no convertirse en una obra de arte que se ofrece
para el placer de los demás. De hecho, ella es justamente una obra de arte, con
su capacidad de seducción de mujer a la que nin¬gún hombre puede resistirse.
Sin embargo, no es un juguete entre sus manos. Al contrario, ella disfruta con
los hombres y cree que el amor sólo vale la pena cuando se transforma en
placer; lo malo es que el amor lo único que hace es deprimirla.
No
consigues ayudarla. Crees que la comprendes, por eso te esfuerzas por superar
tus celos y le dices que vaya a disfrutar con los hombres que ama. Como el
diablo seductor que empu¬ja a Eva a la tentación, tú eres la serpiente; pero a
ella no le hace falta que la incites, desde hace tiempo se basta a sí misma
para ello, ya hace mucho que tiene claro lo que es seducir y ser seducida. En
la época en que luchabas por tener derecho a una vida individual, ella era
mucho más joven que tú; cuando tú todavía no habías probado el fruto prohibido,
ella ya había saboreado la amargura que se siente después de haberse
atibo¬rrado; cuando todavía eras un tremendo estúpido o cuando te esforzabas
por dejar de serlo, ella ya tenía una inteligencia temible. No podía soportar
las injusticias, menos cuando que¬ría sentir una especie de placer masoquista.
Atención, sólo lo aceptaba si conseguía placer.
Sin
embargo, sobre todo no la tomes por una feminista: igual que tú, no es
partidaria de ninguna doctrina: siempre pone mala cara cuando oye esa palabra.
No te atreves a hacer comentarios a la ligera sobre este asunto, y, de todos
modos, tampoco has sentido nunca la opresión masculina. Si no se es una mujer,
no se pueden comprender los tormentos a que están sometidas y el sentido de
esta resistencia.
Sylvie
no es una feminista, en absoluto. Dice que, de hecho, podría ser una excelente
esposa. Ha pasado contigo una mara¬villosa noche en blanco; de madrugada, te ha
preparado el café con unas tostadas doradas y ahora te lleva la bandeja a la
cama. Está sentada frente a ti con las piernas cruzadas; también le gusta verte
comer con apetito. Su cara sonriente es como el rayo del sol que entra por la
ventana cuando se sube la persia¬na; el cansancio de la noche ha desaparecido.
En este instante es una joven adorable, o, mejor dicho, una joven mujer que
brilla cuando está de buen humor.
Pero
cuando cae en la depresión, te sientes totalmente desamparado; nada de lo que
le digas puede reconfortarla. Sabes perfectamente que no puedes casarte con
ella, sólo podéis ser amantes o, como ella dice, quizás amigos para toda la
vida. Pero no conseguís ser una pareja, y eso a ti también te deprime. Su
tristeza es tan profunda que te la contagia; es incurable.
Temes
que un día se suicide, como su amiga Martina. La semana anterior a la muerte de
Martina, tuvo una charla con ella que grabó en una cinta de casete. Había un
viejo magnetó-fono de bolsillo sobre la mesa mientras hablaban y bebían.
Martina
lo había puesto en marcha, pero ella no se fijó. Luego vio la luz roja, la
cinta del interior que se movía, y preguntó: «¿Estás grabando?». A Martina le
costaba hablar, había empe¬zado a beber por la tarde y, cuando Sylvie llegó a
su casa, en la mesa ya había varias botellas vacías. Una cena común pa¬ra
Martina era cerveza como plato principal y cerveza de postre. Martina se echó a
reír a carcajadas, y en la cinta se escuchaba su voz, una voz ronca. Sylvie
dice que antes su amiga tenía una voz muy bonita, una voz de mezzo soprano.
Antes de entrar en el hospital psiquiátrico cantó con un coro el Réquiem de
Fauré en la iglesia de Saint-Germain; France-Musique lo transmitió en directo.
Tú
nunca has visto a Martina, hacía meses que había muer¬to cuando conociste a
Sylvie. Lo único que queda de ella es esa cinta. Al final de la grabación las
pilas estaban gastadas y sus voces, sobre todo la voz grave de Martina,
parecían voces de hombres; luego casi no se oían.
Al
principio de la conversación no decían nada importante, se escuchaba: «¿Quieres
beber un poco más?», «Venga, toma otro trago», «Todavía me queda media botella
de vino tinto», «¿No se ha avinagrado?», «No, la abrí ayer...». Luego se oía el
ruido de los vasos al brindar y algo que frotaba; debían de estar secando la
mesa. Sylvie le explicó que en casa de Martina todo estaba tan sucio y había
tanto desorden que casi no se podía entrar; pero antes no era así, fue desde
que salió del hospital. Martina decía que detestaba el hospital psiquiátrico,
que odia¬ba a su madre, que fue ella quien la metió allí dentro. En la cinta
decía también que encontró a un hombre en la calle y lo llevó a su casa.
Después se oían las risas de las dos: la voz aguda era la de Sylvie, la ronca
la de Martina. Rieron durante bastan¬te rato, luego brindaron de nuevo. «¿Qué
pasó?», preguntó Sylvie. «Le dije que se fuera, pero se quedó hasta el día
siguiente por la tarde. Cuando le dije que iba a llamar a la poli¬cía, se
largó.» Las risas volvían.
—¿Qué
edad tenía cuando murió? —preguntas a Sylvie.
—Era
mayor que yo..., nueve años. Tenía más de treinta y ocho años.
—No
era muy mayor. ¿Nunca se casó? —preguntas.
—No.
Vivió con un hombre, pero luego se separaron.
—¿Cómo
murió?
—No
lo sé. Cuando hacía cuatro días que había muerto, su madre me telefoneó para
hablarme de aquella cinta que grabó. Se la pedí, pero me dijo que no quería
dármela; entonces le dije que mi voz también estaba y que quería guardarla como
recuerdo.
—¿No
le preguntaste a su madre cómo murió?
—Su
madre no me dijo gran cosa, sólo que se había suicida¬do. No quiso verme. Me
conocía, pero me envió la cinta por correo; mi dirección estaba en la agenda de
Martina.
Te
muestra una fotografía de Martina, una joven con los ojos y la boca muy
marcados; está riendo, con la boca total¬mente abierta. Si se compara con los
ojos marrón claro de Syl-vie, ella tiene una mirada mucho más profunda, quizá
debido al maquillaje. La foto fue tomada en España, donde pasaron un verano,
unos diez años antes. Junto a Martina está Vincent, su compañero en aquella
época, delgado, con los ojos hundi¬dos, sin afeitar; tenía un microbús. Sylvie
también estaba con un chico muy guapo, Jean; está detrás de ella en la foto.
Enton¬ces Sylvie acababa de entrar en la universidad, Jean tenía dos años más
que ella. Según lo que él comentaba, ella era su pri¬mera amante de verdad.
Ella prefería creerlo, a pesar de que él ya hubiera tenido relaciones sexuales
antes. Te muestra tam¬bién un álbum en el que hay otra fotografía de Martina,
un año antes de su muerte, con la comisura de sus labios hacia abajo; ya parece
una mujer marchita. Sylvie dice que era mucho más guapa de lo que salía en las
fotos, desprendía una especie de seducción de mujer madura, una especie de
lasitud triste.
Le
cuesta explicar qué sentía por Martina; podían hablar de todo entre ellas, pero
se distanciaron bastante durante unos años. Después del regreso de España,
Sylvie estaba harta de Martina. Dice que ya no la aguantaba. Con Jean llevaban
una tienda de campaña. Una noche llovió mucho, la tienda estaba fatal, no
conseguían dormir. Martina les dijo que fueran al microbús. Subieron delante y
se apoyaron el uno contra el otro para intentar conciliar el sueño. Martina
quiso que ella se acostara detrás, con ella, pero cuando lo hizo, se puso a
hacer el amor con Vincent. Ella se sintió incómoda y fingió dormir. Luego, sin
saber muy bien cómo ocurrió, Martina pasó a la parte de delante, y dejó a
Vincent junto a ella, medio dormida; fuera llovía. Cuando empezaba a amanecer,
oyó que Martina y Jean estaban haciendo el amor, mientras Vincent deslizaba una
mano bajo su camiseta. Ella también hizo el amor con él; la lluvia caía con
fuerza sobre el microbús, todo era muy natural. Al día siguiente se hospedaron
en un hotel. Vincent pidió una habitación para todos, con una cama adicional.
Martina dijo sonriente que la cama grande sería para Vincent y ella. Sylvie no
se negó, Jean no dijo una palabra. Era la primera vez que ella oía a Jean
gritar mientras hacía el amor y ella también gritó. Fue a partir de ese día
cuando empezó a chupársela a los hombres.
La
vida es así; Martina y Vincent se separaron, no amaba en absoluto a aquel
hombre. ¿Cuánto tiempo estuvo con Jean? No se lo preguntó, pero ella ya no lo
amaba, dejó de interesar¬se por él y empezó a tener otros amigos.
—¿Quieres
que continúe? —te pregunta ella en un tono ligeramente burlón. Dice también que
le gustaría saber si, cuando grabó aquella conversación, Martina ya había
decidido suicidarse y por qué no se lo contó. Ahora no la odiaba por eso, ya
formaba parte del pasado. Aquel sentimiento a la vez destructivo y excitante ya
no le daba vértigo. ¿Era una idea absurda de Martina o una trampa de Vincent?
Pero ella cayó de lleno. No odiaba a nadie, probó la embriaguez y la amargu¬ra;
la culpabilidad y el placer estaban más allá de la moral. No podía explicar
claramente lo que sentía por Martina y, además, ella era la única persona con
quien podía hablar con since¬ridad.
—Vosotros,
los hombres, no podéis entender los sentimien¬tos entre dos mujeres; no lo
interpretes mal.
Ella
quiere decir que no es homosexual, que entre Martina y ella nunca ha habido
nada de lo que imagináis los hombres y que sabe muy bien lo que tú vas a
imaginar. Podría decirte que todavía se siente unida a Martina, que comprende
por qué se suicidó. No estaba loca, pero su familia quería curarla como si de
verdad lo estuviera. Sin embargo, todo era pura fachada. En realidad, su madre
no aguantaba que su hija se convirtiera en una puta, aunque no lo era, nunca lo
fue; tan sólo era una mujer que nadie entendía, que nadie quería entender. Eso
es todo.
52
—¡La
victoria para el pueblo!
Esto
fue lo que gritaron en la tribuna de Tianan¬men. Sin embargo, no fue el pueblo
quien consiguió la victoria, sino el Partido, el Partido que aplastó de nuevo a
un grupo antipartido. Menos de un mes después de la muerte de Alao, el Partido
metió en la cárcel a su viuda, Jian Qing, y el pueblo se echó de nuevo a la
plaza Tiananmen para celebrar la victoria: ¡El Partido siempre tenía razón!
¡Siempre era glorioso! ¡Siempre grandioso! Y Mao Zedong permanecía inmortal,
mientras su cuerpo reposaba tranquilamente en un féretro de cristal y el pueblo
iba a contemplarlo.
Muchos
altos cargos del Partido fueron rehabilitados, recu¬peraron sus puestos o
incluso los ascendieron, y algunos de los que él protegió, sobre todo la
camarada Wang Qi, recordaron lo que había hecho por ellos y le hicieron volver
a Beijing, a él, un simple ciudadano. En Dashalan, en una calle estrecha, más
allá de Qianmen, se encontró de frente con el gran Li, antiguo compañero con el
que se rebeló. Durante los años de control militar, éste fue objeto de varias
investigaciones y permaneció aislado durante más de dos años. En ese momento
acababa de salir del hospital psiquiátrico donde había estado encerrado durante
tres o cuatro años. El gran Li lo reconoció, le tomó la mano con fuerza y se
echó a reír, mirándolo fijamente a los ojos. Los de su institución le dijeron
que Li se había vuelto loco y que se reía siempre que encontraba a algún
conocido. Así era, efectivamente. Estaban en medio de una calle llena de gente,
obstaculizando el paso en la estrecha acera; Li no le sol¬taba la mano, tenía
una expresión risueña. Él no quería retra¬sarse; intercambiaron algunas
palabras, apartó la mano y se alejó rápidamente.
A
Danian lo detuvieron oficialmente, colocándole unas es¬posas en las muñecas.
Tras la disolución de la comisión de con¬trol militar por sus «errores de línea
política», lo aislaron y lo sometieron a una investigación, antes de que el
nuevo delega¬do del ejército denunciara sus crímenes en el transcurso de una
asamblea general. Era responsable de la muerte de dos perso¬nas: sus hombres
torturaron y obligaron a hablar a Lao Liu una noche en el sótano del gran
edificio de su institución. Le calen¬taron las tripas con un cable eléctrico
forrado de caucho, luego lo llevaron hasta la última planta del edificio y lo
tiraron al vacío para que los demás pensaran que se trataba de un suici¬dio. A
una china de ultramar que había vuelto del extranjero también le ocurrió lo
mismo. La torturaron con descargas eléc¬tricas y la obligaron a confesar
delante de una grabadora que era una espía de Taiwan; también tuvo que delatar
las distintas ramificaciones de la red y los nombres de todos los niveles, con
el fin de desenmascarar a los altos cargos disidentes. Algo pare¬cido le
ocurrió al ex teniente implicado en este complot.
El
marido de Wang Qi, que fue acusado de miembro de la banda negra antipartido,
volvió al trabajo en el comité central del Partido y entró en una comisión de
examen especial de las nuevas bandas antipartido. Wang Qi subió de escalafón;
había envejecido, pero todavía parecía más benévola que antes. Durante el
control militar a ella también la investigaron y la encerraron sola más de seis
meses en un pequeño cuarto de un almacén. En el techo, una bombilla de cien
vatios iluminaba el lugar de día y de noche. El interruptor estaba fuera del
habi¬táculo y habían tapado la ventana con un cartón grueso que no dejaba ver
si era de día o de noche. Ella tenía que escribir sin descanso las actividades
que había llevado a cabo en la época del Guomindang en Beijing, cuando
pertenecía al movimiento estudiantil clandestino. Le dijo que se trastornó por
completo en aquella época. Cuando cerraba los ojos tenía la impresión de que su
cuerpo giraba sin parar y que las piernas estaban por encima de la cabeza. Le
explicó que, aun así, su situación era privilegiada, ya que no la torturaron
físicamente, ni la humi¬llaron, probablemente debido a su edad y porque algunos
de sus antiguos camaradas todavía estaban en funciones en el seno del ejército
y seguramente la protegieron.
Casi
todos los antiguos altos cargos recuperaron su puesto. Una parte de ellos, ya
demasiado mayores, como por ejemplo el antiguo secretario del comité del
Partido, Wu Tao, al prin¬cipio fueron rehabilitados, recuperaron sus viviendas
y su re¬muneración. Luego les dieron trabajo a sus hijos para que ellos
pudieran jubilarse. Los funcionarios que no pertenecían al Partido, como Lao
Tan, que era jefe adjunto de una subsección y que tenía en su historial algunas
manchas, continuaron trabajando en la escuela de funcionarios hasta que la
suprimie¬ron. Cuando los gobiernos locales la transformaron de nuevo en granja
de reeducación por el trabajo para los criminales,
Tan
volvió a Beijing, pero, como todavía no tenía edad de jubi¬larse, se quedó
esperando un nuevo destino.
Lin
se divorció. Poco después se volvió a casar con un viceministro recién nombrado
que había perdido a su mujer du¬rante la Revolución Cultural.
Él
empezó a publicar algunos libros y, tras abandonar su antigua institución, se
hizo escritor. Lin lo invitó un día a cenar a su nueva casa, con su marido, que
habló con él de lite-ratura y le dijo: «¡Habrá que relatar con cuidado la
catástrofe que nuestro Partido acaba de vivir para educar a las generacio¬nes
futuras!». Ella estaba con ellos en el salón, mientras una criada preparaba la
comida. Lin fue una de las primeras en uti¬lizar perfumes extranjeros; en aquel
momento probablemente llevaba uno de los últimos de Chanel, una marca célebre
en cualquier caso.
Él
estaba en trámites de divorcio. Su mujer, Qian, mandó una carta a la Asociación
de escritores para denunciar sus ideas reaccionarias, pero no tenía ninguna
prueba. Él explicó a los funcionarios pertinentes que durante la Revolución
Cultural ella tuvo demasiadas presiones y su cabeza no las aguantó, y que, como
él pidió el divorcio, ella lo odiaba. Durante los diez años de la «Gran
Revolución Cultural», las demandas de divorcio se acumularon, quizá no tanto
como las demandas de matrimonio, pero era un fenómeno corriente. Al tribunal,
que acababa de retomar la actividad, le costaba mucho rectificar las antiguas
causas injustas y no quería tener nuevos proble¬mas, por eso no le fue
demasiado difícil conseguir por fin el divorcio. Le confesó a su ex mujer que,
aunque fue la Revolu¬ción Cultural del Presidente Mao la que le arruinó la
juven¬tud, él también tenía su parte de culpa. No sabía cómo com¬pensarle su
sufrimiento. Por suerte, el asunto de su padre, considerado
contrarrevolucionario y espía, no había avanzado, y las autoridades olvidaron
el tema. De todos modos, logró dejar el campo para volver con su padre.
Recibió
una carta de Lu que decía: «En la montaña han tirado un montón de árboles de
buena calidad; pero, ahora, ¿de qué sirve esta madera podrida?...».
Lu
renunció al puesto que le ofrecieron de presidente de la comisión de control de
disciplina del Partido, recién creada en la región. Anunció que iba a jubilarse
y construir una casa en la montaña para pasar los días que le quedaran en este
mundo.
Pasó
otro año. Tuvo la ocasión de volver al sur para una misión y se desvió
expresamente para ver al hombre que lo había protegido. Primero fue a la cabeza
de distrito. Su an¬tiguo compañero de clase, Rong, todavía vivía en su casa de
adobe. La había restaurado una vez y ya tenía que cambiar de nuevo el tejado de
paja. Rong había tenido otro hijo, pues el control de natalidad en la cabeza de
distrito era menos riguro¬so que en la ciudad, y además mantenía un trato muy
familiar con los policías que se encargaban de estos asuntos. Ya hacía veinte
años que Rong vivía en aquel lugar. Su mujer era de la región. Tardaron un
poco, pero al final les concedieron la au¬torización para registrar el
nacimiento de su nuevo hijo. Rong todavía era técnico agrícola en la comarca y
su mujer con¬tinuaba vendiendo artículos de bazar en la tienda de la
coope¬rativa que estaba a las afueras de la ciudad. Esperaba que la trasladaran
a la tienda que había justo en la calle de detrás de su casa, de ese modo
podría ocuparse mejor de los hijos peque¬ños, pero no había ofrecido
suficientes regalos a los funciona¬rios que se encargaban del asunto y no lo
consiguió. Rong aún hablaba menos que antes; le pareció muy largo el tiempo que
pasó con él en silencio.
Llegó
al pequeño burgo en autobús desde la cabeza de dis¬trito. Los coches que
circulaban por aquellos campos todavía eran modelos antiguos. La gente que
esperaba se apretujó para subir antes de que bajaran todo los pasajeros. Cuando
salió del autobús, no recorrió la pequeña calle, tampoco fue a la escue¬la,
para evitar encontrar a alguien que lo invitara a comer y que lo entretuviera
demasiado tiempo; si iba a casa de uno, tendría que ir a casa del otro, y
necesitaría un par de días como mínimo. De pie en la plaza, miraba a su
alrededor y buscaba a alguien para preguntarle dónde había construido Lu su
nueva casa.
—¡Hola!
—gritó un joven de la cooperativa de producción de artículos de madera, con un
cigarrillo en los labios. Lo reconoció y le dio la mano. Habían disparado
juntos a las dia-nas durante los entrenamientos de la milicia popular, habían
bebido y charlado juntos, seguramente ahora debía de ser fun¬cionario. No lo
invitó a comer; sólo le propuso que fuera con él un rato a sentarse en la
cooperativa maderera. Al fin y al cabo, tan sólo había estado ahí una
temporada; probablemen¬te, para todos seguía siendo un extraño en esa región.
Supo
que la nueva casa de Lu estaba detrás de la mina de carbón, frente a la
montaña, cerca del río, a unos tres o cuatro kilómetros; tenía que andar un
buen rato. Rong le advirtió que en el distrito los funcionarios estaban
haciendo correr el rumor de que Lu se había vuelto loco, que se había
construido una chabola de cañas en el monte y ahora era vegetariano para
cultivar las viejas recetas taoístas que preparaban la droga de la
inmortalidad. Pero en las altas esferas, los viejos camaradas de Lu que volvieron
a sus puestos y recuperaron sus antiguas fun¬ciones o que habían subido de
escalafón pensaban que sin duda su entusiasmo revolucionario se había
debilitado. Fue lo mismo que le dijo Lu cuando llegó a su casa.
—Ya
no quiero ensuciarme más las manos, con esto tengo suficiente: una choza de
caña, un jardín de bambúes púrpura, las verduras que planto y unos cuantos
libros para leer sin pri¬sas. No soy joven como tú, ya soy un viejo, así ocupo
mi vida —le dijo Lu.
Por
supuesto, la casa en que vivía Lu no era de caña, era una construcción de
ladrillo que no se veía desde fuera. Si no se subía por la montaña de detrás de
la mina de carbón, era impo¬sible verla. Lu consiguió un dinero que daban para
que los antiguos dirigentes se instalaran y lo empleó en aquella vivien¬da. El
mismo había hecho los planos y vigiló la construcción que realizaron los
campesinos. El suelo estaba cubierto de adoquines de piedra oscuros. En el
dormitorio, tras apartar una losa móvil, había una entrada secreta a un paso
subterrá¬neo que llevaba a una pequeña casa de madera situada al borde del río,
en el medio de un bosque de pinos. Lu había conse¬guido salvar la vida hasta
entonces, pero era consciente de que en cualquier momento podía surgir algún
complot contra él, era una de las cosas que había aprendido en su experiencia
de vida.
Mandó
que los campesinos trajeran la estela rota del templo en ruinas que había en la
cima de la montaña y la colocó en la habitación principal, empotrada en la base
de una pared. La inscripción estaba incompleta, pero aun así se podía leer la
suerte y los sentimientos de aquel monje que construyó el templo: un pobre
letrado vino a refugiarse a aquel lugar, des¬pués de participar en la rebelión
de los Taiping, que también soñaron en construir una utopía y que, debido a los
problemas internos y a las masacres, acabaron en la ruina.
En
el dormitorio había un montón de libros: obras de lectu¬ra restringida que se
entregaban sólo a los altos cargos del Par¬tido, como la autobiografía de
Tanaka Kakuei, el primer mi¬nistro japonés, o las Memorias de esperanza del
general De Gaulle en tres volúmenes. También había una edición encuadernada a
la antigua usanza del Compendio de materia médica —no sabía de qué año era
aquella edición—, y además algu¬nas selecciones de poesía clásica que habían
vuelto a publicar.
—Me
gustaría escribir algo. Ya tengo hasta el título: Crónica de un hombre de la
montaña, ¿qué te parece? Pero no sé si seré capaz —le dijo Lu.
Rieron
juntos. Un entendimiento tácito facilitaba esa rela¬ción de amistad y le
permitió gozar de la protección de Lu durante los últimos años.
—¡Vamos
a buscar algunos platos para poder beber bien!
Lu,
que no era en absoluto vegetariano, lo llevó a la cantina de la mina. A la
entrada del yacimiento, que estaba al pie de una colina, había unos ascensores;
al lado se amontonaban las casas de los mineros. Era por la tarde, el momento
en que aca¬baba la jornada laboral. En la cantina que instalaron en un hangar
cubierto de bambúes, los mineros hacían cola frente a las ventanillas con un
gran tazón en la mano. Lu entró en la cocina. De pronto, una voz femenina lo
llamó:
—¡Profesor!
Una
joven se volvió de entre los hombres negros de polvo. De inmediato reconoció a
su antigua alumna Sun Huirong; iba vestida con una bata larga de campesina,
pero todavía tenía unos ojos preciosos, aunque su cara y su cuerpo se habían
redondeado. Entusiasmada, se precipitó hacia él.
—¿Qué
hace aquí?
No
pudo contener su expresión de sorpresa e iba a dirigirse a ella cuando Lu salió
de la cocina, lo empujó por el hombro y le dijo:
—¡Vamos!
Obedeció
instintivamente, era la costumbre desde que se colocó bajo su protección. No
obstante, se volvió a mirarla. Leyó en la mirada de la muchacha, todavía más
negra y pro-funda que antes, el miedo, el desconcierto, la desesperación y la
humillación. Su boca se entreabrió como si quisiera decir algo, pero se quedó
en silencio, como hechizada, con el tazón en la mano, fuera de la cola de los
mineros. Todo el mundo la miraba.
—No
mires hacia ella; esta puta se acuesta con todo el mun¬do, lo que provoca
constantes peleas entre los trabajadores —dijo Lu en voz baja.
Todavía
completamente confuso, intentaba seguir el paso de Lu, que continuó diciendo:
—Cuando
consiguen la paga, estos diablos se gastan su dinero en acostarse con ella, lo
que hace que las mujeres del pueblo estén que trinan. Ahora está trabajando en
la estación de radio de la mina. Es mejor que no te acerques a ella; si
intercambias dos palabras con esa muchacha, intentará sedu¬cirte y creerán que
te has acostado con ella.
Media
hora más tarde, Lu colocó los tazones y los palillos y sirvió el alcohol,
mientras el cocinero de la cantina les traía los platos calientes en una
bandeja tapada. Él no tenía ganas de beber; se arrepentía de no haberse parado
a hablar un poco con Sun Huirong. Pero ¿qué le habría dicho?
Ella
y tú pertenecíais a dos mundos diferentes, y aunque tu mundo también estaba muy
mancillado, ella nunca consegui¬ría salir de la mina. Durante un instante ella
olvidó la distancia que los separaba, olvidó su desgracia, su condición de puta
a los ojos de los habitantes de la comarca; tú eras su profesor, ella no quería
pedirte ayuda, quizá tampoco quería cambiar su situación. Durante un instante
le invadió una gran inocencia, era un flechazo de chiquilla, la alegría le
había hecho perder la cabeza; luego, de repente, una severa advertencia le hizo
volver en sí. Esa herida que le habías provocado te haría sufrir; du¬rante
mucho tiempo no pudiste perdonarte esa debilidad.
Por
la noche, acostado en la habitación del paso secreto, escuchaste el agua del
manantial que corría detrás de la venta¬na y las ráfagas de viento que
atravesaban el bosque de pinos. Al día siguiente, muy temprano, atravesaste de
nuevo el río y tomaste el primer autobús para volver a la cabeza de distrito.
Habías
tomado fotografías de Sun Huirong, la ayudabas a maquillarse y a ponerse el
lápiz de labios, eran de antes de que se quedara en la brigada de producción.
Estas fotografías eran de la representación de la obra que hicieron los alumnos
del equipo de propaganda del pensamiento de Mao Zedong. Ella interpretaba el
papel de la heroína Aqing, que luchaba contra el ejército de los bandidos que
defendían a los japoneses en la ópera modelo revolucionaria. Los del
departamento de ense¬ñanza del distrito habían dado la orden, en el marco del
plan general de educación, de que los alumnos aprendieran a cantar las óperas
revolucionarias en las clases de música. Ella era la que tenía mejor voz. Ahora
tendrá algún hombre, o seguirá prostituyéndose en aquella mina de gestión
colectiva campesi¬na, imposible saberlo.
Después
de salir del país, cuando las autoridades precinta¬ron el apartamento que
ocupabas, se incautaron también de aquellas fotografías, junto con tus libros y
manuscritos.
Antes
de salir de China, otro de tus alumnos de aquella época, que ya trabajaba
después de haber obtenido su diploma de universidad, vino a verte a Beijing,
aprovechando un viaje para una misión. Le preguntaste por Lu. Él te dijo que
ha¬bía muerto. ¿De qué?, preguntaste. De enfermedad, según había oído.
Nunca
viste a la esposa de Lu. Te dijo que era profesora en una escuela normal de la
región, pero que estaba de baja, ya que tenía problemas mentales. Vivía con su
hija. Quizá fuera un pretexto para protegerse, para evitar que la implicaran.
Ade¬más, una mujer quizá no habría conseguido vivir en aquella ermita.
Después
soñaste: en aquel burgo, las casas no se tocaban, no estaban alineadas a lo
largo de la pequeña calle ni de las otras callejuelas, los lugares estaban
vacíos, todas las casas estaban dispersas. La escuela se encontraba en la cima
de una colina, las puertas y las ventanas estaban abiertas de par en par, todo
estaba vacío. Ibas a ver a Lu, su casa era rústica, estaba aislada y en la
puerta había una cadena de hierro. Era por la tarde, los rayos del sol oblicuo
iluminaban las paredes de tierra amarilla, no sabías qué hacer, debías verlo
para que te ayudara a salir de aquel lugar, no querías vivir en la escuela
vacía hasta el fin de tus días. Te dieron la orden de que te ocuparas de la
escuela, debías corregir sin parar los cuadernos de los alumnos, no tenías
tiempo ni de pensar en tu situación, y ni siquiera sabías qué tenías que
pensar. De pie, delante del muro, mirando el candado de la puerta, escuchabas
el viento que se levantaba en los arrozales de detrás de ti, donde sólo
quedaban los rastrojos después de la cosecha de otoño...
53
La
primera vez que vio desde tan cerca al gran hombre fue en la plaza Tiananmen,
entre el Palacio Imperial y la puerta Qianmen, detrás del monumento a los
héroes del pueblo, en el mausoleo de hormigón armado recién construido que,
según decían, era capaz de resistir un bombar¬deo nuclear y un terremoto de
intensidad nueve. En el féretro de cristal, la cabeza de Mao era realmente
enorme; a pesar del maquillaje, se veía claramente que estaba hinchada. Estaba
a cinco metros de él. Se puso en la fila y sólo pudo detenerse dos o tres
segundos frente al cuerpo; un sentimiento amorfo se apoderó de su corazón.
Sintió
que podría decirle muchas cosas a ese hombre, claro que no al cadáver del
dirigente del pueblo en su ataúd de cris¬tal, sino al Mao que iba vestido con
un albornoz, que acababa de salir de la cama con alguna amante, o de la
piscina. No era grave que un dirigente de tal nivel tuviera amantes, no era una
equivocación importante. Sólo quería decirle a ese viejo que se había quitado
su traje militar de comandante supremo y que ha¬bía dejado la máscara de
dirigente: Como hombre, usted ha tenido una vida llena, desde luego ha sido
original. De hecho, hasta se podría decir que usted es un superhombre: ha
domi¬nado China con éxito, su sombra continúa cubriendo todavía hoy a más de
mil millones de chinos, su influencia sigue sien¬do enorme y se extiende por todo
el mundo, inútil negarlo. Podía matar a quien le viniera en gana, pero no podía
obligar a que alguien repitiera lo que usted había dicho —eso es lo que le
hubiera gustado decir a Mao.
También
quería decirle que aunque la historia podía borrar¬se, él en aquella época tuvo
que decir lo que Mao quiso que dijera; por eso, no conseguía borrar el odio que
sentía perso-nalmente hacia él. Más tarde, se diría a sí mismo: mientras Mao
permanezca idolatrado como dirigente, emperador o dios, no volvería a este
país. Poco a poco, ha ido teniendo claro que ningún hombre podía someter la
voluntad de otro, a no ser que éste consintiera.
Finalmente,
también quería decirle que se puede estrangu¬lar a un hombre, pero que, sea
cual sea su debilidad, no se puede estrangular su dignidad. Si el hombre es
hombre es porque posee un mínimo de dignidad personal que nadie puede
aniquilar. Aunque el hombre sea como un gusano, sabemos que este insecto tiene
su dignidad; si lo aplastamos, antes de morir puede hacerse el muerto,
debatirse, intentar huir, y la dignidad del insecto no se puede destruir. Se
elimi¬na a un hombre como si fuera una brizna de paja, pero ¿algu¬na vez hemos
visto a una brizna de paja intentar salvar su vida en el momento en que la van
a cortar? Sin duda el hombre no es como la brizna de paja, pero lo que quiere
demostrar es que, aparte de la vida, el hombre también posee su dignidad.
Si
no hay otro medio de protegerla, si no lo matan ni se suici¬da, si no tiene
ganas de morir, sólo le queda la huida. La dig¬nidad es la conciencia de la
existencia, ahí se encuentra la fuerza individual de los hombres débiles. Si la
conciencia de la existencia desaparece, la existencia toma la forma de la
muerte.
Bueno,
basta de pamplinas, aunque gracias a estas pampli¬nas ha conseguido aguantar.
Hoy, que por fin podría decirle todo esto públicamente a Mao, el viejo ya está
muerto desde hace más de veinte años, sólo puede decírselo a su fantasma o a su
sombra.
Mao
en albornoz. Digamos que salía de su piscina, era alto, tenía una barriga
prominente, una voz aguda, un poco femeni¬na, acento de Hunan, su rostro era de
bonachón, como en el retrato gigante pintado y que cuelga en Tiananmen; tenía
as¬pecto de ser un hombre afable. Le gustaba fumar, fumaba un cigarrillo tras
otro. Tenía los dientes completamente negros, fumaba unos Panda que hacían
especialmente para él y que dejaban un olor muy agradable. A Mao le gustaban
los platos de sabores fuertes, por ejemplo la carne grasa y el chile. Este
último dato no lo inventó su médico en sus memorias.
«Amigo»,
dijo Mao. A veces, llamaba a las personas «amigo» y no «camarada». También
tenía muchas amigas jóvenes. Él, desde luego, no era su amigo. Entre los
hombres de China que merecían ser sus amigos se encontraba Lin Biao. Más tarde
se dijo que murió en un accidente aéreo al huir a Ondorhaan, en Mongolia.
Contrariamente a lo que era habitual, los documen¬tos del Partido se
difundieron con las fotografías de los restos del avión siniestrado. En el
extranjero, Nixon era su amigo, había hablado con él durante tres horas
seguidas. En aquella época, este hombre de casi ochenta años habló con
dinamismo y buen humor, aunque se mantenía gracias a las inyecciones. El judío
inteligente Kissinger también lo admiró, aunque sin lle¬gar a la adoración.
Evidentemente,
no se dirigía a él cuando Mao dijo «amigo», pero él sí que hubiera querido
decirle a Mao: ¿Cree usted real¬mente en el comunismo de Marx, en ese reino
ideal? ¿O lo uti¬liza sólo como bandera? (Esta pregunta era muy ingenua; pero
en aquella época se la habría hecho, después ya no.)
«En
el mundo existen más de cien partidos, la mayoría no creen en el
marxismo-leninismo», escribió Mao en una carta dirigida a su esposa Jiang Qing
al principio de la Revo¬lución Cultural. Esta carta estaba escrita expresamente
para el conjunto del Partido, no podía ser un simple intercambio pri¬vado entre
marido y mujer. Más tarde, el Partido la utilizó como una prueba importante
para hacer desaparecer a la que se convirtió en la viuda de Mao, y la difundió
entre la pobla¬ción.
Por
aquel entonces, él prefería pensar que si Mao dijo aque¬llo era porque lo
creía. En ese caso, ¿éste era el reino celeste que el viejo quería crear en la
tierra, para no llamarlo infierno? Hubiera querido preguntarle eso.
Es
una primera etapa, dice Mao.
Entonces
¿cuándo llegará la etapa superior?, pregunta él con gran respeto.
«Dentro
de siete u ocho años esto volverá a empezar. Esta vez la Revolución Cultural
sólo ha sido una prueba seria», escribió Mao a su esposa. Sacando otro
cigarrillo, el viejo se detuvo, y luego escribió: «Y en siete u ocho años, será
necesa¬rio que haya otro movimiento de eliminación de todos los genios
malhechores. Y después todavía serán necesarios mu-chos movimientos de este
tipo».
Cuando
acabó de escribir, se echó a reír dejando al descu¬bierto sus dientes negros.
Según lo que cuenta el médico de Mao en sus memorias, fumaba tres paquetes al
día y nunca se cepillaba los dientes, lo que se veía claramente en los
docu¬mentales que difundían cuando Mao recibía a los dirigentes extranjeros.
¡Realmente
era un gran estratega! ¡Engañó a sus ciudada¬nos y también a bastantes
extranjeros! Esto también le hubiera gustado decírselo.
Mao
frunce el ceño.
Él
añade a toda velocidad: Ha derrotado a todos sus enemi¬gos, y sólo ha conocido
victorias en su vida.
«No
hay que dejarse llevar por los laureles de la victoria, yo me preparo para caer
hecho añicos. Pero ¿qué más da? La materia no se destruye, sólo se hace
añicos», escribió Mao en aquella carta familiar que ya no era secreta y que el
Partido difundió.
Es
su mujer la que se ha hecho añicos, pero usted, usted permanece intacto. Las
personas todavía vienen a admirarlo a su mausoleo; es la prueba irrefutable de
su grandeza, dice al fantasma de Mao o a su sombra.
De
vivir doscientos años, recorrería a nado mil quinientos kilómetros, de eso
estoy seguro*
Usted
escribe poemas desde hace tiempo. Hay que recono¬cer que es un gran estilista,
sus poemas están llenos de una arrogancia sin precedentes, capaz de arrollar a
todos los hom-bres de letras del país; ése es uno de los aspectos de su
grandeza.
Él
explica que si ha podido volver a escribir un poco ha sido gracias a su muerte.
«En
mi naturaleza hay mucho de tigre y un poco de mono», dice Mao.
Él
dice que en la suya sólo hay un poco de mono.
El
viejo muestra al fin una sonrisa y apaga el cigarrillo que ha fumado hasta la
mitad como si aplastara un gusano entre sus dedos; eso significa que quiere
descansar.
Tumbado
en su féretro de cristal, Mao debe de estar cubier¬to por la bandera del
Partido, ya no lo recuerda muy bien. En resumen, el Partido dirige el Estado y
Mao dirige el Partido, por lo que la bandera nacional no debe de estar sobre
él. Mien¬tras permanecía en la fila que pasaba delante del cadáver del Líder
Supremo, en su mente estaba concibiendo todas estas palabras que no consiguió
decir. Cuando estuvo a su lado, ni siquiera se atrevió a pararse un segundo de
más, ni tampoco a volverse a echar un vistazo cuando siguió caminando, por
miedo a que las personas de detrás percibieran algo extraño en su mirada.
Hoy
escribes tranquilamente lo que quieres decirle a este emperador que ha dominado
a cientos de millones de perso¬nas. Como tú eres minúsculo, el emperador que
hay en ti sólo puede dominar a una persona: a ti mismo. Actualmente, al
pronunciar públicamente estas palabras, has salido de la som¬bra de Mao, pero
no ha sido fácil. Has nacido en un mal mo-mento, precisamente en la época de su
dominio, no en otra. Pero eso no depende de ti, es lo que se suele llamar
«destino».
54
Ya
no vives a la sombra de nadie ni ves en la sombra de cualquier otra persona a
un enemigo imaginario. Has salido de esta sombra y ya está. No quieres crearte
espe¬ranzas o ilusiones. Al principio llegaste a este mundo sin la menor
preocupación, desnudo como un gusano, en un vacío y una tranquilidad perfectos.
No tienes que llevarte nada al morir, y, de todos modos, aunque lo quisieras,
tampoco podrías, sólo temes a la muerte desconocida.
Recuerdas
que tienes miedo a la muerte desde que eras niño. Antes tenías mucho más miedo
que ahora. Cuando te ponías enfermo creías tener un mal incurable, cualquier
do-lencia te dejaba muy preocupado, en un estado de pánico total. En la
actualidad ya has vivido muchos sufrimientos produci¬dos por la enfermedad y
has caído en profundas depresiones; hay que tener suerte para seguir en este
mundo. La vida de por sí es un milagro, es algo que no se puede explicar con
palabras, y vivir es la manifestación de este milagro. ¿No es sufi¬ciente que
un cuerpo provisto de conciencia pueda sentir los sufrimientos y los placeres
de la vida? ¿Qué más se puede pedir?
Has
tenido miedo a la muerte cuando disminuían tus fuer¬zas. Tuviste la sensación
de que se te acababa el aire, miedo a no recuperar el aliento, como si cayeras
a un abismo; una sen-sación que aparecía a menudo en tus sueños de niño y que
te despertaba empapado de sudor. Sin embargo, no sufrías nin¬gún mal. Tu madre
te llevó varias veces al hospital para que te hicieran reconocimientos médicos
y no tenías nada. Hoy ya no te apetece hacerte esos chequeos, y aunque el
médico te lo recomendara, dejarías pasar el tiempo.
Ahora
tienes claro que llega un momento en que la vida se acaba y que en ese momento
el miedo desaparece con ella. Ese miedo es finalmente la manifestación de la
vida. Cuando la conciencia y el conocimiento desaparecen, todo se acaba en un
instante, sin tiempo a hacerse a la idea, y sin que tenga algún sentido. La
búsqueda del sentido de la vida ha sido tu sufrimiento, con tu compañero de
infancia ya hablabas de eso. Sin embargo, por aquel entonces no habías vivido
casi nada, mientras que ahora ya has probado todos los sabores —agrio, dulce,
amargo, picante— de la vida. Es inútil, no sirve de nada buscar ese sentido,
resulta ridículo; mejor aprovechar la vida, y, al mismo tiempo, observarla.
Te
parece verlo, a él, en una especie de vacío, una pequeña luz llega de no se
sabe dónde, está de pie sobre una tierra ni fija ni determinada, parece un
tronco de árbol sin sombra, el horizonte ha desaparecido, o está como un pájaro
en medio de la nieve, mirando de izquierda a derecha, a veces fija su mira¬da,
como si reflexionara. ¿Sobre qué? No está muy claro, pero es una actitud, una
actitud aun así bastante bella; existir es adoptar una actitud, la más
agradable posible. Con los brazos abiertos, arrodillado y volviéndose, vuelve a
su conciencia, o, mejor dicho, su actitud es justamente su conciencia, es el tú
en medio de su conciencia y que le provoca un placer especial.
No
hay tragedia, ni comedia, ni farsa; todo eso son juicios estéticos sobre la
vida, distintos puntos de vista según las per¬sonas, los momentos y los
lugares, llega a ser puro lirismo: de un sentimiento en un momento determinado
se pasa a otro; la tristeza y el sentido del ridículo a veces hasta podemos
inter¬cambiarlos. No hace falta burlarse, ya ha habido demasiadas burlas y
autocríticas. Basta con perseverar tranquilamente en este modo de vida,
aprovechar las maravillas del instante, sen¬tirse bien, y cuando nos
examinemos, hacerlo solos, sin pensar en la mirada de los demás.
No
sabes lo que todavía serías capaz de hacer, ni lo que te queda aún; inútil
pensarlo, haz lo que te apetezca. Si sale bien, mejor, si no, qué se le va a
hacer. Hacer una cosa u otra no importa demasiado; si tienes hambre o sed, come
o bebe. Por supuesto, cada uno tiene su punto de vista, su forma de ver las
cosas, sus gustos y hasta sus cabreos; todavía tienes fuerza para cabrearte, y
naturalmente siempre tendrás tus indignaciones justas. Sin embargo no es la
misma excitación, aunque todavía tengas sentimientos y deseos; si existen,
déjalos existir, pero el rencor ha desaparecido, ya que no sirve para nada e
incluso te puede perjudicar.
Sólo
das importancia a la vida. Gracias a ella tienes senti¬mientos inacabados y
todavía te quedan ganas de descubrir cosas y sorprenderte. Sólo la vida merece
que nos entusiasme-mos, ¿no es así?
55
Una
tarde que pasaba cerca de la torre del Tambor, estaba a punto de bajar de la
bicicleta para entrar en un peque¬ño restaurante cuando alguien gritó su
nombre. Volvió la cabeza hacia una mujer que se había parado y lo mira¬ba. Ella
parecía estar a punto de echarse a reír y se mordía los labios.
—¿Xiaoxiao?
—preguntó, dudando. Ella sonrió de forma forzada.
—Perdona.
—No
sabía qué decir—. No imaginaba que...
—¿No
me reconoces?
—Estás
más fuerte... —Él recordaba un cuerpo delgado de muchacha y unos pequeños
senos.
—¿Parezco
una campesina? —preguntó Xiaoxiao con iro¬nía.
—No,
pero estás más fuerte que antes —añadió rápida¬mente.
—¿No
soy miembro de una comuna popular? ¡Pero no soy una flor que mira el sol, ya
estoy marchita!
Xiaoxiao
se había vuelto cáustica, hacía alusión a la letra de una canción, dedicada al
Partido, que comparaba a los miem¬bros de las comunas populares con las flores
de girasol, que siempre miran al astro. Prefirió cambiar de tema:
—¿Has
vuelto a la ciudad?
—Estoy
pidiendo la autorización. He venido con el pretex¬to de que mi madre está
enferma y necesita que me ocupe de ella; soy hija única. Tengo que rellenar los
papeles para que me dejen volver a la ciudad, pero aún no tengo la
autorización.
—¿Tu
familia vive todavía en el mismo lugar?
—Mi
padre ha muerto y mi madre acaba de volver de la escuela de funcionarios.
No
sabía nada de lo que le había ocurrido a su familia. Sólo fue capaz de decir:
—Fui
a buscarte a aquella callejuela...
Se
refería a diez años antes.
—¿No
quieres que nos sentemos un rato? —preguntó ella.
—Claro.
Aceptó
sin pensárselo, pero en realidad no tenía muchas ganas. En aquella época pasó
muchas veces por aquellas calle¬juelas con la esperanza de volverla a ver, pero
eso no se lo dijo, se contentó con balbucir:
—No
sé en qué número vives.
—No
te lo dije.
Ella
recordaba perfectamente aquellos tiempos; no había olvidado aquella noche de
invierno en que se marchó antes de que amaneciera.
—Hace
mucho tiempo que no vivo en esa casa; he pasado cerca de seis años en el campo.
Ahora vivo en las viviendas colectivas de la institución en que trabajo.
Era
una explicación como cualquier otra, pero Xiaoxiao no le dijo si había ido a
buscarlo. Caminó un momento a su lado empujando la bicicleta. Entraron en una
callejuela por la que ya había pasado varias veces en bicicleta. La recorrió en
mu¬chas ocasiones de una punta a otra. Salía a la avenida y volvía a entrar.
Examinaba cada patio a ambos lados de la calle y siempre pensaba que algún día
la encontraría. Pero ni siquiera sabía su apellido, no tenía cómo saberlo;
Xiaoxiao era segura¬mente un apodo que utilizaban sus compañeros de clase y sus
padres. La callejuela parecía mucho más larga a pie.
Xiaoxiao
franqueó la puerta de un patio, un gran patio en desorden. A la izquierda de la
entrada, en una pequeña puerta, había un candado. Al lado tenían una cocina de
carbón. Abrió con su llave una pequeña vivienda. En el interior el
desbara¬juste era impresionante, menos en la gran cama, sobre la que se
amontonaban las mantas. Xiaoxiao se apresuró a recoger las ropas que había
sobre el sofá y las tiró encima de la cama.
—¿Y
tu madre? —preguntó él mientras se sentaba en el sofá, que crujió al recibirlo.
—Está
en el hospital.
—¿Qué
tiene?
—Cáncer
de mama, se le ha extendido a los huesos. Espero que aguante lo suficiente para
que pueda transferir mi autori¬zación de residencia.
Se
sentía incómodo haciéndole esas preguntas, pero no sa¬bía qué decir.
—¿Quieres
una taza de té?
—No,
gracias. -—Tenía que encontrar algo que decir—. ¿Cómo estás? Hablame de ti, de
tus asuntos...
—¿De
qué quieres que te hable? —preguntó Xiaoxiao de pie, delante de él.
—Del
campo, de todos estos años...
—Tú
también has estado en el campo, ¿qué quieres saber?
Empezaba
a arrepentirse de haberla seguido. La habitación en total desorden no se
correspondía con la imagen de la muchacha por la que sintió pena. Sentada al
borde de la cama, Xiaoxiao lo miraba, con el ceño fruncido. Él ya no sabía qué
decir.
—Fuiste
mi primer hombre.
Sí.
Recordó su pecho izquierdo; no, con la mano izquierda apretaba su seno derecho,
que tenía una cicatriz.
—Pero
fuiste realmente estúpido.
Se
sintió herido y tuvo ganas de preguntarle por aquella ci¬catriz para atacarla
también, pero sólo dijo:
—¿Por
qué?
—Fuiste
tú quien no quiso... —dijo Xiaoxiao tranquilamen¬te, cabizbaja.
—¡En
aquella época todavía ibas al colegio! —dijo para jus¬tificarse.
—Los
del campo no tenían tantos escrúpulos. Apenas lleva¬ba allí un año y me
convirtieron en una campesina.
—Podías
haber presentado una acusación...
—¿Contra
quién? ¡Realmente eres imbécil!
—Creía
que...
—¿Qué?
—Creía
que eras virgen...
Recordaba
aquella época; no se atrevió a hacerle daño.
—¿De
qué tenías miedo? Era yo la que debía tener miedo... ¡Eres realmente un
cobarde! Sabía que con un origen familiar como el mío no tendría mucha suerte,
¡yo me presenté en tu casa de noche, pero tú no te atreviste!
—Tuve
miedo de las consecuencias.
Tenía
que reconocerlo.
—No
te conté lo que les ocurrió a mis padres.
—Pero
lo supuse. Ahora es demasiado tarde... Estoy casado.
—Claro
que es demasiado tarde, me he convertido en una mujer fácil, ya he abortado dos
veces, dos fetos que no quería.
—¡Usa
métodos anticonceptivos!
También
tenía que herirla un poco.
—Bueno
—dijo ella con una risa sardónica—, los campesi¬nos nunca se ponen condón.
Siempre me han dicho que he na¬cido con mala estrella, en una mala familia, sin
nadie que me sostenga. No podré seguir viviendo así toda mi vida en el campo.
—Todavía
eres joven. Tienes mucho que vivir. No te aban¬dones...
—Claro
que tengo que vivir; no necesito que vengas a de¬círmelo, no quiero más
lecciones —dijo ella riéndose de ver¬dad, con las manos apoyadas sobre la cama
y moviendo todo el cuerpo.
El
rió con ella hasta que se les saltaron las lágrimas. Xiaoxiao se paró. De
pronto, encontró en su rostro la ternura de antes, cuando era una muchacha,
pero fue sólo durante un ins¬tante.
—¿Quieres
comer algo? Sólo tengo tallarines, ¿no es lo que me preparaste?
—Fuiste
tú quien los preparó —le señaló.
Xiaoxiao
se puso a cocinar la pasta en un fogón que había cerca de la entrada y cerró la
puerta. El contempló el desorden de la habitación y la ropa que había sobre la
cama; había hasta unas bragas sucias. Tenía que quitarse esa impresión de pena
que despertaba en él, como en un sueño, tenía que relajarse, tenía que ver a
esta mujer como una vil mercancía, una puta que utilizaban los campesinos.
Xiaoxiao
puso la pasta en la mesa después de recoger lo que había sobre ésta: un carné
de cupones de cereales, las llaves y un montón de objetos pequeños. El la
abrazó por detrás y apretó sus senos. Recibió un suave golpe en las manos.
—¡Siéntate
y come!
Xiaoxiao
no estaba enfadada, ni emocionada; sus relaciones con los hombres debían de ser
siempre así, estaba acostum¬brada. Mientras comía, miraba hacia abajo y no
decía nada. Él pensó que sin duda entendía sus pensamientos; era inútil hablar,
había desaparecido cualquier obstáculo.
Xiaoxiao
comió muy rápido, recogió su tazón y los palillos y lo miró en silencio durante
un momento.
—¿Quieres
que me vaya? —preguntó él con cierto tono de hipocresía.
—Haz
lo que quieras —dijo Xiaoxiao con tranquilidad, sin cambiar de actitud.
Él
se levantó y se puso a su lado, le levantó la cabeza y quiso besarla; pero
Xiaoxiao se volvió y no lo consiguió. Pasó la mano por el escote y fue a
acariciar sus senos, que eran más grandes.
—Vamos
a la cama —suspiró Xiaoxiao.
Sentado
en el borde de la cama, miró como cerraba la puer¬ta con llave. Aunque estaba
junto al interruptor, no apagó la luz de la lámpara que colgaba del falso techo
cubierto de viejos periódicos amarillos. Sin prestarle atención, se quitó la
ropa. Le extrañó no ver la cicatriz bajo su pecho en la sombra de la lámpara.
Mientras él se quitaba los zapatos, ella subió a la cama, apartó las mantas y
se tumbó boca arriba.
—¿No
decías que estabas casado? —preguntó ella con los ojos muy abiertos.
Él
no contestó, se sentía humillado, quería vengarse, ¿de qué? No lo sabía. De
golpe, apartó las mantas, se echó sobre su cuerpo y pensó en el cuerpo de otra
muchacha, en el alma¬cén del equipo de producción que había al lado de la
carretera; toda la violencia que había acumulado la soltó en el cuerpo de
Xiaoxiao.
Ella
mantuvo los ojos cerrados:
—No
te preocupes, aunque me quede embarazada, abor¬taré.
Miró
aquel cuerpo desconocido de mujer, sus pezones rojos y las aureolas marrones,
que estaban hinchadas; sus senos eran blancos y suaves. Al final encontró una
cicatriz oscura del tamaño de un pulgar. Prefirió no hacerle más preguntas.
Xiaoxiao
le dijo que ya no tenía miedo de nada; los vecinos podían decir lo que les
diera la gana. Pero él le dijo que era un hombre casado; si el comité de los
vecinos lo denunciaba a su unidad de trabajo, la demanda de divorcio no
prosperaría. Mientras se vestía, Xiaoxiao se quedó tumbada sobre la cama.
Parecía que sonreía, pero era una expresión amarga.
—¿Volverás?
No veo a ninguno de mis compañeros de antes; me siento muy sola.
Nunca
más volvió a su casa, incluso evitó pasar cerca de la torre del Tambor, temía
no saber qué decirle si la volvía a encontrar.
56
Con
bastante dificultad, pero al final consigue quitarse la máscara que lleva en el
rostro, una especie de falsa piel de plástico moldeado. Es una máscara
producida en serie según un modelo estándar, algo elástica, puede ensancharse o
estrecharse. Una vez se coloca en la cara, la máscara hace que parezca siempre
un verdadero y respetable personaje positivo, capaz de interpretar el papel de
hombre común, obrero, campesino, vendedor, estudiante y empleado, o también el
de hombre culto, profesor, redactor, periodista y médico con su estetoscopio.
Cuando cambia el estetoscopio por las gafas, se convierte en catedrático o
escritor. Las gafas son facultativas, mientras que la máscara es obligatoria;
los que se la quitan son malos elementos, ladrones, gamberros, o ene¬migos del
pueblo. Es una máscara muy común, el pueblo la usa mucho. Los dirigentes y
altos cargos, así como los héroes populares, llevan una máscara todavía más
rígida y exagerada; puede que esté hecha de polietileno de alta densidad; es
impo¬sible destruirla hasta con un martillo.
Él
se divierte con esta máscara. Aprieta sobre los ojos y las cejas, quizá podría
darle una expresión humana normal, pero no quiere llevar otra máscara, como la
del disidente, del «cul-tureta», del nuevo rico o del profeta. Una vez se ha
quitado la máscara, se siente un poco inquieto, ya no sabe muy bien cómo
comportarse. Pero, de todos modos, ha abandonado la mentira, las preocupaciones
y una moderación forzada; ya no tiene dirigente, no está sometido al control
del Partido o de cualquier organización, no tiene patria, ni lo que se llama
ciu¬dad natal, sus padres han muerto, no tiene familia, ni preocu¬paciones,
está solo en el mundo, mucho más ligero, puede ir a donde le plazca, dejarse
llevar por el viento, con la condición de que nadie le moleste. En cuanto a sus
tormentos, se encar¬ga de ellos él mismo, y cuando consiga sacárselos de
encima, no habrá nada, absolutamente nada que le moleste ni que le importe.
No
quiere cargar con más peso, ya ha anulado todas sus deudas sentimentales y
puesto al día su pasado. Si ama a alguien, si estrecha de nuevo a una mujer
entre sus brazos, es necesario que ella también lo ame, que lo acepte. De lo
con¬trario, mejor tomarse un café o una cerveza en un bar, charlar y flirtear
un poco, pero luego que cada uno siga su camino.
Si
continúa escribiendo es porque todavía lo necesita. La escritura para él tiene
que ser un acto totalmente libre; no lo considera como un modo de ganarse la
vida. Tampoco toma su pluma como un arma para luchar contra esto o aquello, no
se siente en ninguna misión. Si escribe todavía es para mantener esa especie de
deleite personal, un monólogo que le sirve para escucharse y examinarse a sí
mismo, al mismo tiempo que le permite saborear las sensaciones que le deja la
vida que le queda.
Con
lo único con lo que nunca ha roto los lazos es con el idioma. Por supuesto,
puede escribir en otro idioma, pero si no ha abandonado el suyo es únicamente
porque le es más fácil; no tiene que consultar ningún diccionario. De todos
modos, también es posible que esa lengua, aunque le sea más práctica, no se
adapte del todo a las circunstancias y tenga que encontrar su propia tonalidad,
escuchar atentamente lo que escribe como si escuchara una canción, y puede que,
como siempre le ocurre, sienta que la lengua que utiliza es demasia¬do vulgar.
Quizás un día la abandone y recurra a un material que pueda transmitir mejor
sus sensaciones.
Envidia
a los actores que tienen un cuerpo muy ágil, sobre todo a los bailarines. Le
encantaría poder expresarse libremen¬te con su cuerpo, tropezar cuando lo
quisiera, caer, dar un salto y levantarse, saltar de nuevo; pero la edad no
perdona, al menor paso en falso, o tiene un tirón o una fractura, y se acaba la
danza. Sólo le queda el lenguaje para moverse. El lenguaje es tan ligero que le
fascina. Es un equilibrista incurable del lenguaje; no puede estar sin hablar,
aunque no haya nadie a su lado. No para de hablar consigo mismo. Esta voz
interior es el reconocimiento de su propia existencia. Está acostumbrado a
transformar lo que siente en lenguaje, si no, no se siente del todo satisfecho;
el placer que le provoca es como los gemidos o incluso los gritos que da cuando
hace el amor.
Está
sentado frente a ti, os miráis, y se ríe a mandíbula batiente delante del
espejo.
57
Nueva
York. El primer día hacía diez grados bajo cero y nevaba. Al día siguiente el
tiempo mejoró de repente; el suelo estaba cubierto de hielo sucio, tus zapatos
estaban empapados y tuviste que comprarte unas botas forradas por culpa de ese
maldito clima. Prefieres el invierno suave de París. Aquí hay muchos chinos, no
es raro oír en la calle el acento de Beijing, el de Shanghai, el dialecto de
Shandong e incluso el de Henan, que se hablaba en los pue¬blos que había cerca
de la granja de reeducación por el tra¬bajo donde viviste. Se encuentran todas
las especialidades chinas, incluso los panecillos al vapor rellenos de cangrejo
o los tallarines frescos del Shanxi. Hay varios China Town, tanto en Manhattan,
como en Flushing en Queen's. Estas chinas todavía son más chinas que las del
país; los chinos de Nueva York han recreado aquí varios pueblos natales
imagi¬narios.
Tú,
que no tienes país natal, no tienes por qué dar un espec¬táculo chino en los
Estados Unidos. Lo que tú necesitas son verdaderos actores occidentales. Y
buscabas una actriz cien por cien norteamericana para el papel principal; pero
no encontraste a la bellísima Linda hasta el estreno, aunque ella tiene algo de
sangre turca. Os conocisteis en Italia, en un festi-val de teatro, durante la
cena que siguió a la representación de tu obra. Ella se sentó a tu mesa, te
abrazó y te dio un beso sonoro en una mejilla, luego te dijo:
—¡Me
ha encantado su obra! ¡Si viene alguna vez a repre¬sentarla a Nueva York, no
olvide llamarme!
Dijo
estas palabras con tanta emoción que te llenó de ale¬gría. Le diste al grupo de
teatro su dirección y su número de teléfono, pero no la llamaron y ella no leyó
el anuncio en que pedían actores. En Nueva York hay muchas mujeres bellas y
buenas actrices. Fue a ver la representación y, cuando la gente ya se marchaba,
ella se echó a llorar. No sabías si lloraba por tu obra, por verte, o porque
sentía haber perdido la ocasión de actuar en ella; de todos modos, te emocionó.
Al final resulta que no estás tan solo en este mundo; tienes muchos antiguos y
nuevos amigos. A menudo te das cuenta de que es más fácil comunicar con ellos
que con algunos de tus compatriotas chi¬nos, son más directos. Además,
encuentras menos obstáculos para hacer el amor con las occidentales. A
medianoche reci¬biste una llamada de París; le dijiste que pensabas en ella.
«¿En qué en concreto?», te preguntó. Dijiste que pensabas en su olor. «Entonces
te paso este olor por teléfono, totalmente húmeda, ¿de acuerdo?», dijo riendo.
«No es suficiente», dijis¬te que pensabas en ella entera, de los pies a la
cabeza. «¿No hay ninguna mujer en tu cama?», preguntó. «Ahora no, pero podría
haberla en cualquier momento», contestaste. «¡Eres un cerdo! Aun así, recibe un
beso por todo tu cuerpo, entero.»
No
eres un hombre honesto, inútil hacerte el inocente. Lo único que quieres es
esparcir tu deseo por todo el mundo, lle¬nar de lodo todos los continentes. Por
supuesto, es un deseo vano que te pone un poco triste, aunque sabes que esta
tristeza se mezcla con una cierta falsedad. En realidad te encanta haber
recuperado esta vida, esta vida que te pertenece, a ti, que te acaban de llamar
cerdo, que eres correspondido por esa fran¬cesa que te acaba de insultar;
quieres precisamente darle esta vida, ponerla húmeda para saborearla por
completo.
El
pasado está tan lejos ahora; viajas por todo el mundo, te sientes muy bien, le
gusta el jazz y la improvisación del blues, que se parece a la obra que has
escrito. En el cuarto trastero del teatro has encontrado un viejo marco en el
que has coloca¬do una pierna de mujer de plástico. Encima has escrito «What»
como si fuera tu firma. Te ríes del mundo, y también te ríes de ti mismo. Sólo
puedes ser feliz si el mundo y el «tú» se anulan mutuamente. Te gustaría
convertirte en un blues, en la vieja canción que cantaba el negro Johnny
Hartman:
Dicen
que se ha enamorado
Es
maravilloso
Maravilloso
Dicen
que es tan maravilloso que no tiene cura...
Durante
un ensayo, los actores han contado que el día anterior asesinaron a un cantante
negro mientras reparaba una avería del coche en la autopista. Los periódicos
del día publicaban la foto del cadáver. Una tristeza irresistible se ha
apoderado de ti, aunque nunca hubieras escuchado las canciones de aquel hombre.
Te
costaría mucho enamorarte de una china. Cuando saliste de tu país, dejaste en
la estacada a aquella enfermera y ahora ya no sientes ningún remordimiento, ya
no vives entre remor¬dimientos.
Un
dulce claro de luna, una ladera de montaña difuminada, unas chozas borrosas,
unos arrozales desiertos después de la cosecha que se extienden por el valle,
un camino de tierra ser¬penteando hasta la puerta de un almacén, un poema
bucólico anticuado; tienes la sensación de haber visto la escena en sue¬ños:
has visto la puerta cerrada de esta casa de tierra, han vio¬lado a tu alumna en
el interior, nadie puede socorrerla, ella no tenía otra salida, esperaba
conseguir un puesto de trabajo para no tener que seguir trabajando en el campo
para ganarse su ración de cereales, ése era el precio que debía pagar. Ella
está allí, en el otro lado del mundo; hace mucho tiempo que habrá olvidado
hasta tu existencia. Suspiras en vano. Lo que consi¬gues que vuelva a ti, más
que recuerdos, son deseos.
Ella
dice que en este momento no le apetece nada, sólo tiene ganas de llorar; no
paran de caerle las lágrimas. Dices que la deseas con locura; pero ella dice
que no quiere ser una sustituta, que no es en ella en quien tú quieres entrar;
ella tam¬poco puede entrar en tu corazón, estás tan distante. Tú dices que
estás cerca de ella, que sólo le has contado esta historia porque compartes tu
cama con ella esta noche, para excitarla, pero ella te pide que no la utilices
para sacar tu dolor interno. Tú dices que nunca habrías imaginado que una
francesa como ella fuera tan estúpida. Ella dice que aunque sea tonta no pue¬de
hacer nada para evitarlo. Tú le preguntas por qué no com¬prende la maldad
masculina; pero ella dice que está bien así, tumbada contigo en la cama, le
gusta vuestra relación, no quiere que el deseo sexual ensucie estos buenos
sentimientos, desea que la dejes así, tumbada tranquilamente. Luego añade que
también puede ser frenética, que podría permitir que un hombre que no conociera
de nada hiciera con ella lo que le viniera en gana; pero, justamente porque te
ama, no quiere estropear todo lo que tiene contigo. Le recuerdas que te ha
dicho que era una puta. Reconoce que lo ha dicho y que, ade¬más, es tu puta,
pero no en este momento. Le preguntas: ¿Cuándo entonces? Dice que no lo sabe,
que cuando llegue el momento te dará todo lo que quieras, pero ahora, además,
no tienes condón; tiene miedo de las enfermedades. No tienes que enfadarte con
ella, ¿por qué no lo pensaste antes? ¿Dónde encontrar un preservativo de
madrugada? Si tienes tantas ganas, eyacula sobre ella, pero no dentro. La
abrazas, hueles su cuerpo, la acaricias por todas partes, la embadurnas con tu
esperma, con sus lágrimas, con vuestros dos sudores mezcla¬dos en su pubis, en
sus senos. Le preguntas si está bien. Ella dice que hagas lo que quieras menos
preguntas. Te abraza con fuerza para pegarte contra su pecho opulento, dice que
de todos modos te ama. Su aliento jadeante y dulce acaricia tu oído.
Cuando
abres las cortinas, empieza un nuevo día. Salís a un bar, os sentáis fuera bajo
un parasol. Es domingo; la luz del sol de la tarde es dorada. Ha venido
expresamente para ver tu obra de teatro. Debe volver a París, a las seis tendrá
lugar la inau¬guración de la exposición de pintura de su amigo. Dice que quiere
serle fiel, pero también que te ama. Estás rebosante de alegría. Tiendes el
brazo hacia el sol y afirmas que puedes tomar un poco de luz con tus manos, que
ella debería inten¬tarlo; mira hacia el astro y ríe. Llega el camarero
disculpándo¬se, ya no sirven de comer, el cocinero se ha marchado. ¿Qué se
puede comer todavía? Sólo jamón frito con huevos. ¡Pues venga, jamón frito con
huevos!
El
sol tiene un color dorado irreal, te das cuenta de que todo brilla. Ella dice
que es como si hubiera fumado droga. Es cierto, cuando estás con ella te parece
que todo lo que os rodea es irreal; escucháis las palabras de las personas de
vuestro alre¬dedor como un murmullo lejano y muy nítidas a la vez. Ella dice
que se siente muy feliz.
Dices
que quieres escribir todo eso. Dice que sería fantásti¬co. Dices que ella ha
sido la que te ha provocado estas sensa¬ciones, ella te ha ayudado a
transformar tus desgracias en belleza, todo aquello que te pesaba tanto. Ella
dice que el sufrimiento, cuando pasa, puede convertirse en belleza, y tú
exclamas que ella es una auténtica tía francesa. ¡Una mujer!, rectifica ella,
claro. Dices que también es una bruja. Ella dice que es posible. Ha querido que
desahogues tus sufrimientos, la has obedecido y te has quedado tranquilo. Es
cierto, tanto externa como internamente te has relajado, como si te hubie¬ran
lavado por fuera y por dentro. Ella dice que busca justa¬mente sentir lo mismo,
¿no crees que esta sensación es mara¬villosa? Dices que se la debes a ella.
Dice que lo que quiere es a un hombre como tú, y no tu deseo. Dices que todavía
tienes ganas de comértela. Pero si no queda nada de mí, ¿no te arre¬pentirás?,
dice ella.
La
acompañas hasta la estación; te pasa el brazo por el hom¬bro. Le dices que la
amas. Ella te dice que también. Dices que la quieres mucho. Ella dice que
también te quiere mucho. Vale la pena vivir, dices. Atención, ¡tienes ganas de
cantar! Se ríe a más no poder. Te dice que subas con ella al tren. Dices que
todavía falta una representación, no puedes dejar a los actores solos, todavía
tienes ese sentido de la responsabilidad. Dice que lo comprende, que no tienes
que tomarla en serio, lo ha dicho por decir. Las puertas del tren se cierran y,
cuando el convoy se pone en marcha, mueve tres veces los labios para decirte
que te quiere. Sabes que no lo dice en serio; quiere seguir fiel a su amigo,
como ha dicho. Sin embargo, tú la quie¬res de verdad, aunque puedas querer
también a otras mujeres.
Te
sientes ligero como una pluma; tienes la sensación de haber perdido peso.
Viajas de país en país, de ciudad en ciudad, de mujer en mujer, no piensas en
encontrar un abrigo para toda la vida. Tienes la sensación de que vuelas;
sueltas palabras divertidas que, como el esperma que eyaculas, dejan una huella
de vida. No esperas nada, no te preocupas por los detalles mí¬nimos de la
existencia. Ahora que has sobrevivido, ¿para qué preocuparte? Sólo quieres
vivir el presente, como la hoja del árbol que cae después de haber volado por
el aire. El destino de las hojas de los árboles, sean del sebo, del álamo o del
tilo, es el de caer tarde o temprano; mientras flotes en el viento, debes vivir
lo más cómodamente posible. Sigues siendo ese prodigio incurable que viene de
una familia condenada al fracaso. Debes liberarte de los obstáculos,
compromisos, tormentos y preocu¬paciones que te han provocado tus ancestros, tu
mujer y tus recuerdos. Eres como la música, como este poema de jazz del negro:
Dicen que se ha enamorado, es maravilloso, maravillo¬so; dicen que es tan
maravilloso que no tiene cura...
La
pierna de plástico que lleva tu firma dentro de un viejo marco está en lo alto
del escenario. Mientras cantaban, un viejo desdentado la alzó con la solemnidad
con que se alza una bandera. Tu bailarina, una joven japonesa, está de pie en
medio del escenario, ofreciendo solemnemente una rosa cor¬tada a los
espectadores con las dos manos tendidas. Luego se echa a reír, dejando al
descubierto unos dientes muy negros. ¡Es maravilloso, maravilloso, tan
maravilloso que no tiene cura!
El
arte revolucionario y la revolución del arte; hace tiempo que se juega con todo
esto. Si todavía quieres jugar no encon¬trarás nada nuevo; el mundo se parece a
una bandera hecha trizas y desplegada. Al alba, en coche hacia los Alpes, una
capa de niebla horizontal te viene a la cara, ya no tienes un cuerpo humano, ni
peso, te disuelves siguiendo el viento, riéndote de los demás y de ti mismo...
Eres
un triste poema de jazz en la palma de la mano de las mujeres, y en la gruta
oscura y húmeda eres insaciable, ¿de qué te puedes quejar? ¿Este pobre
pajarillo?
Eres
un saxofón que suena según sus sensaciones, que grita dejándose llevar por sus
sentimientos, ¡ah, adiós revolución! Si crees que llorar te hace feliz, ponte a
llorar, sin miedo a perder nada, sólo eres libre cuando no tienes nada que
perder, como el humo ligero que va acompañado del dulce perfume de la hoja de
marihuana y de la houttuynia. ¿De qué tienes que preo¬cuparte todavía? ¿De qué
puedes tener miedo? Cuando lle¬gue el momento de desaparecer, desaparecerás.
Desaparecer entre las piernas opulentas y suaves de una mujer sí que sería
maravilloso; entonces comprenderías plenamente lo que lla¬mamos la vida, sin
necesidad de tener compasión, sin necesi¬dad de ahorrar nada, poder dilapidarlo
todo, ¡sería tan maravi¬lloso que no tiene cura!
Las
cañas se doblan por el viento. Un viento violento de esta costa del mar del
norte de Dinamarca se alza sobre las dunas de arena. Un montón de cañas forma
un círculo que se agita sin parar. Crees que es una pareja de cisnes salvajes;
pero al aproximarte descubres a un hombre y una mujer desnudos y te alejas
enseguida, aunque oyes sus risas tras de ti. En el mar sombrío, más allá de las
playas desiertas, las olas blancas se estrellan contra los blocaos de hormigón
llenos de algas que dejaron los nazis durante la ocupación.
Tienes
ganas de llorar, te tumbas sobre su pecho opulento, lloras sobre sus senos,
donde se mezclan el sudor y el esperma; no es necesario que te contengas, como
el niño que necesita la ternura de su madre. No sólo disfrutas con las mujeres,
tam¬bién necesitas su ternura, su indulgencia y su aceptación.
La
primera mujer desnuda que viste fue tu madre. Te diste cuenta de que por la
puerta entreabierta había luz; dormías a oscuras sobre una cama de bambú.
Escuchaste un ruido de agua y quisiste echar un vistazo para ver qué pasaba. Te
apo¬yaste con los codos en la cama de bambú, que crujió. Tu madre, con el
cuerpo enjabonado, salió de la palangana en la que se estaba lavando; tú te
volviste a meter en la cama rápida¬mente y te hiciste el dormido. Ella dejó la
puerta abierta y continuó lavándose. Tú miraste a escondidas los senos que te
alimentaron y el lugar oscuro que te trajo al mundo. Al princi¬pio aguantaste
la respiración; luego el corazón se te disparó, antes de dormirte con aquel
deseo y turbación que nacieron en ti.
Ella
dice que no eres más que un niño. En este instante sólo aspiras a la
tranquilidad. Estás satisfecho, cansado; eres su niño bueno. Ella te acaricia
con dulzura, te muestras obediente entre sus manos y dejas que te mire
atentamente, que contem¬ple tu cuerpo, eso que tienes entre las piernas y que
está enco¬gido, lo llama su pajarillo. Su mirada es muy tierna, te acaricia el
cabello, estás muy emocionado, tienes ganas de descansar sobre algo, descansar
sobre esta mujer que te da la vida, la ale¬gría y el consuelo. El amor, el
sexo, la tristeza, el deseo que te atormenta sin parar, el lenguaje, una
especie de expresión, la necesidad de exteriorizar tus sentimientos, el placer
de des¬ahogarte sin hipocresía y sin afectación alguna, fluyendo hasta el
final, todo eso te ha lavado por completo. Te has vuelto tan transparente que
te has transformado en un hilo de conciencia de la vida, como el rayo de luz
que se filtra por detrás de la puerta, y, sin embargo, detrás no hay nada, todo
es vago, como un débil claro de luna en un pedazo de nube. Escuchas el ale¬teo
de las gaviotas y sus gritos por la noche. Las mareas nacen de las
profundidades oscuras del mar, formando líneas blancas de flujos. En Viareggio,
un proyector ilumina la orilla del mar, la playa está desierta, te has quedado
de pie durante mucho tiempo delante de los grandes parasoles rojos con rayas
blan¬cas.
Pero
hoy, durante esta noche en Nueva York, la nieve y el hielo de las aceras están
sucios y mezclados con barro. En este Nueva York tan popular, tan descuidado,
este Nueva York con sus montañas de oro que llegan hasta los cielos, este Nueva
York que marea, en el que hay que ir a la calle para poder fumar un cigarrillo
mientras se aspira el aire helado, tú y ella, esta bailarina japonesa que no
dice ni una palabra en el escena¬rio, que interpreta en tu obra el papel de la
muchacha que se abre a las pasiones, de la mujer libertina, del cadáver de la
madre, de la monja y del espectro, te vas con ella después de la representación
a buscar un bar donde podáis fumar y beber algo.
Desde
la octava o la novena calle de Manhattan, camináis calle tras calle hasta la
treinta o más allá; luego retrocedéis, y en la tercera o la cuarta, a menos que
no fuera en la quinta o la sexta avenida —nunca has tenido memoria para esas
cosas—, encontráis un bar brasileño o mexicano. Poco importa, el ambiente es
excelente; hay velas sobre las mesas, pero la músi-ca rock está demasiado alta
y no favorece mucho el flirteo. Sólo conseguís oír algo si habláis muy alto,
cara a cara. Habláis de arte, de arte muy serio. Dice que está feliz de poder
inter-pretar todos estos papeles en una obra, que se entrega en cuer¬po y alma
porque parece que la obra haya sido escrita para ella. Te quejas del New York
Times, porque la encargada de comu¬nicación del grupo ha dicho que los llamó
muchas veces y dije¬ron que mandarían a alguien, pero las representaciones han
acabado sin que aparezca ninguno de sus periodistas. Ella dice que en los
teatros de off Broadway es así, es muy difícil conseguir algún artículo, pero,
de todos modos, está muy conten¬ta de haber trabajado contigo.
—Pensaré
en ti —dice mirándose los dedos y las uñas pin¬tadas de azul oscuro.
Habláis
de las cosas de la vida; dices que dos días antes tenía las uñas del color del
té. Ella dice que cambia a menudo de color y que a veces se las pinta de varios
colores; te pregunta cuál prefieres. Dices que el gris es el mejor, refuerza el
lado glacial de la escena, aunque la gente se fija más en su cuerpo cuando ella
baila; la conversación vuelve al arte.
—¿Y
el lápiz de labios?
—¿Tienes
negro? —preguntas.
—De
todos los colores, ¿por qué no lo has dicho antes?
—Es
asunto de la maquilladora; yo no me he querido ocu¬par de eso.
—¡Qué
pena que se hayan acabado las representaciones! —suspira ella.
—¿Qué
proyectos tienes ahora? —le preguntas.
—Esperar,
ya veremos. Están buscando bailarinas para una comedia musical; la semana que
viene tengo que ir a dos prue¬bas. Mi padre quiere desde hace mucho tiempo que
vuelva a Japón, para entrar a trabajar en una empresa o para casarme. Dice que
no se puede vivir sólo de la danza, que ya me he divertido bastante.
Dice
también que su padre pronto se jubilará, que no podrá mantenerla toda su vida.
Pero su madre ha dejado que hiciera lo que quisiera hasta ahora; su madre es
china de Taiwan, muy abierta. Dice que no le gusta Japón, las mujeres no son
libres en la sociedad nipona. Dices que te gusta mucho la literatura japonesa,
sobre todo los personajes femeninos.
—¿Por
qué?
—Son
muy atractivas, muy crueles también.
—Eso
ocurre sólo en los libros, no en la realidad. ¿No has estado con ninguna
japonesa?
—Me
gustaría mucho, si encontrara una...
—Bueno,
¡la vas a encontrar!
Después
de decir estas palabras, miró hacia el mostrador del bar.
Tú
pagas la cuenta, ella te lo agradece.
En
la estación del metro de la calle Cuarenta y dos —te acuerdas perfectamente de
la calle Cuarenta y dos porque cam¬biabas de metro todos los días ahí para ir a
ver las representa¬ciones—, en el momento de separaros, dice que un día irá a
verte a París y también que te escribirá. No obstante, nunca te mandó ninguna
carta; sólo unos meses más tarde, al ordenar una bolsa de los papeles
acumulados en el viaje a Nueva York, encontraste su dirección apuntada en la
esquina de una servi¬lleta de papel. Le enviaste una postal, pero no te
contestó; nunca supiste si volvió a Japón.
58
Se
ha cruzado con un grupo muy animado, unos tocan el tambor, otros golpean los
gongs, armando un jaleo im¬presionante.
—¡En
marcha, vamos, en marcha! —gritaban las per¬sonas del grupo.
El
dijo que tenía que ocuparse de un asunto personal.
—¿Un
asunto personal? ¡No hay nada más importante que esto! ¡En marcha, ven con
nosotros, vamos, todos juntos!
—¿A
hacer qué? —preguntó.
—¡A
ver los nuevos tiempos que están a punto de llegar, vamos a recibirlos! ¿Cómo
pueden ser tus pequeños asuntos más importantes que esto?
La
muchedumbre se empujaba, la agitación aumentaba, las filas crecían, se gritaban
los eslóganes.
—¿Dónde están esos nuevos tiempos? Los siguió
instintivamente.
—¡Los
nuevos tiempos están delante de nosotros! ¡Si han dicho que están delante, es
que están delante!
Toda
la gente repetía lo mismo, cada vez más fuerte, con un tono más firme.
—¿Quién
ha dicho que delante sólo están esos nuevos tiem¬pos? —preguntó, empujado por
la multitud.
—Si
todo el mundo lo dice, debe de ser verdad, no nos podemos equivocar. Ven con
nosotros, los nuevos tiempos estarán delante, no hay ninguna duda.
La
gente cantaba a voz en grito el cántico de los nuevos tiempos, y cuanto más
cantaban más se animaban, más subía la moral de los presentes. El, apretado
entre el gentío, tenía que cantar también, si no lo hubiera hecho, las miradas
de sospe¬cha de alrededor se habrían posado sobre él.
—¿Qué
te pasa, hermano? ¿Estás bien? ¿Eres mudo?
Quería
demostrar que no era mudo de nacimiento y se puso a cantar todo lo alto que
pudo acompañando a la gente. Si can¬taba, tenía que hacerlo como los otros y
seguirlos, pero se le salió un zapato y, si se agachaba para ponérselo, ¿los
que con¬tinuaban caminando serían capaces de aplastarlo? Mejor dejar el zapato
y caminar a la pata coja. De todos modos, había que seguir a la gente y cantar
a todo pulmón por los nuevos tiem¬pos.
—¡Los
nuevos tiempos están delante de nosotros, llegarán tarde o temprano! ¡Los
nuevos tiempos son muy bonitos, no podemos equivocarnos!
Cantaban
a un ritmo creciente, los nuevos tiempos se con¬vertían en olas cálidas; cuanto
más cantaban, más cálidas eran, y antes llegarían.
—¡Van
a llegar los nuevos tiempos! ¡Vamos a recibirlos! ¡Luchemos a cualquier precio
por los nuevos tiempos sin que nos preocupe la muerte!
La
muchedumbre parecía enloquecida, endiablada; no con¬seguía escapar de esta
locura, y si no estaba loco, al menos tenía que fingirlo.
—¡Hay
problemas! ¡Han abierto fuego!
—¿Quién
ha abierto fuego?
—¿Han
disparado delante de nosotros?
—¡Mentira!
¿Quién va a disparar a los nuevos tiempos?
—¿Balas
de plástico?
—¿Fuegos
artificiales?
—¡Balas
de verdad!
—Ah...
¿y heridos? ¡Muertos!
—¡Luchemos
por los nuevos tiempos! ¡Acabemos con las líneas enemigas por los nuevos
tiempos! ¡Sacrifiquémonos por los nuevos tiempos! ¡Seamos los mártires de los
nuevos tiem¬pos! ¡Bravo! ¡Viva!
La
multitud no había imaginado que un montón de ametra¬lladoras los regarían como
si soltaran guisantes calientes, como si lanzaran petardos. Las personas
huyeron como perros apaleados en todas direcciones; unos cuantos murieron,
otros resultaron heridos, los demás huyeron a la desbandada...
Buscó
refugio en una esquina donde no llegaban las balas. Estaba alterado y un poco
triste. Luego, poco a poco, oyó a lo lejos unas voces humanas, quizás un nuevo
grupo, también to¬caban los tambores y los gongs y lanzaban eslóganes sin
parar. Le pareció escuchar que hablaban de los nuevos tiempos. Si se prestaba
más atención, parecía que decían que los nuevos tiempos no vendrían, al final,
pero que algún día llegarían, imposible que no llegaran, un día u otro
seguro... Se alejó a toda velocidad, los nuevos tiempos le asustaban también.
Antes de que lleguen los nuevos tiempos, prefiere marcharse sin despedirse.
59
Llegas
a Toulon, un puerto militar del Mediterráneo. Lo aprendiste en tus lecciones de
geografía del colegio. Estás sentado dentro de una tienda enorme que han
levantado junto al puerto para esta fiesta del libro. Al igual que otros cien
escritores, estás en un stand con un bolí¬grafo en la mano delante de tus
libros y esperas que un lector venga a pedirte que le firmes uno que acaba de
comprar. Pero lo que miran las personas son los libros, no se fijan en los
escri¬tores, a pesar de que los nombres figuran en un gran cartón. No son como
los fans histéricos de Johnny Hallyday, que hacen cola esperando a que baje de
su helicóptero para firmar unos autógrafos, con guardaespaldas y policías que
gritan y contienen a la multitud para mantener el orden. Tú estás totalmente
fuera del campo de visión de estas miradas que pasan delante de ti, las
personas te miran sin verte. Pasan, a veces se paran, miran los libros que
llevan tu nombre, pero ¿qué les evoca tu nombre? Quieren encontrar en los
libros una identificación; las miradas que lanzan hacia los libros que ho¬jean
vuelven a ellos mismos.
Por
suerte, no tienes nada más que hacer. Tienes tiempo para buscar y captar estas
miradas atormentadas o vagas; es un juego para ti. Una joven esbelta destaca
entre la muchedum¬bre; tiene el cabello castaño, recogido, las cejas juntas, un
ros¬tro de una tristeza casi patética. Sus párpados caen sobre sus grandes ojos
como si hubiera pasado la noche en vela. Quizá no ha podido retener a su amigo
en la cama; aunque, una chica así, puede que sea su amigo el que no ha
conseguido retenerla, si no, ¿qué haría paseando sola tan temprano un domingo
en una feria del libro? Llega delante de tu stand, pero primero toma el libro
del otro autor de al lado, echa un vistazo a la por¬tada y lo deja, luego hojea
otro libro. No tiene ninguna inten¬ción de comprarlo; quizá no sabe muy bien
qué hacer. Tam¬bién lo deja y toma uno de los tuyos. Sin embargo, sus ojos
continúan mirando fuera. Su mirada se suaviza y le da la vuel¬ta al libro.
Antes de haber leído una o dos líneas de la presen¬tación, lo deja sin ni
siquiera darse cuenta de que está a dos pasos del autor. Está justo delante de
ti, frunciendo el ceño. La expresión de tristeza flota en su rostro, exhalando
una belleza más conmovedora que cualquier libro.
¿Quiénes
deben de ser tus lectores? Cuando escribías este libro no imaginabas que un día
estarías sentado en una feria del libro en la costa mediterránea, frente a
estos lectores potenciales. En realidad, no tienen ninguna obligación de
preo¬cuparse por tus inquietudes ni de comprar nada en absoluto. Por suerte, el
que vende tus libros es el dueño del stand, tú sólo eres un simple objeto vivo
de exposición. Has perdido dema¬siado pronto la vanidad, eres demasiado
espectador, un hom¬bre ocioso entre tantos otros. Además, en el mundo ya hay
tantos libros que se amontonan, que no importa que haya uno más o uno menos.
Sobre todo porque no te ganas la vida con los libros. Quizá por eso necesitas
escribir.
Vuelves
a ponerte el bolígrafo en el bolsillo de tu chaqueta y le pides unas hojas de
papel al dueño de tu stand; las metes en los bolsillos y te vas a dar una
vuelta a la orilla del mar. Toulon, hay un sol tan explosivo que parece
resonar. En una pe¬queña calle al borde del viejo puerto, los cafés, los bares
y los restaurantes están uno al lado del otro. Exponen el marisco en la
entrada, pero todavía no hay gente. En una avenida que lleva al centro de la
ciudad, el mercado del domingo por la mañana parece muy animado. Hay fruta,
verdura, ropa, obje¬tos de regalo, puestos de árabes y una tienda que vende
platos chinos y parece que le va bien el negocio. ¿Estos extranjeros molestan
al alcalde del Frente Nacional, que es ultraderechista? En el centro de la ciudad
hay otra feria del libro que com¬pite con la feria del libro que ha organizado
el consejo general del departamento, que es de izquierdas. Una vez más no
pue-des evitar la política; es imposible escapar de ella se esté donde se esté.
De repente sientes las inquietudes de Margarita de un modo muy real, tan real
como el sol que luce casi con ruido, casi palpable.
No
tienes ganas de ver qué hay en ese salón, las viejas can¬ciones nacionalistas
son en todos los lugares iguales. Vuelves hacia el puerto, te sientas en la
terraza de un bar, tienes ganas de escribir algo.
Los
hombres son débiles, pero ¿qué tiene de malo la debili¬dad? Tú mismo, ¿no eres
también una simple vida frágil? Los superhombres querían reemplazar a Dios,
eran presuntuosos e irracionales, mientras que tú, mejor que permanezcas
humilde y frágil. Dios omnipotente ha creado este mundo; sin embar¬go, no ha
concebido un futuro. Es inútil que te estrujes el cerebro, no concibes nada,
vives el momento. En este momento ignoras qué ocurrirá en el momento siguiente;
¿no son mara¬villosos estos cambios repentinos? Nadie puede escapar a la
muerte, la muerte te fijará un límite extremo, de lo contrario te convertirías
en un viejo monstruo que perdería toda compa¬sión, que ignoraría la vergüenza,
que se volvería culpable de todos los crímenes, incapaz de perdonar. La muerte
es un lími¬te contra el que no podemos resistirnos, la belleza humana se
encuentra en el interior de este límite, ¡haz lo que puedas para aprovecharlo!
Tampoco
eres Buda, un bodhisattva que tiene setenta y dos encarnaciones, con tres
cuerpos y seis caras. La música, las matemáticas y el Buda han sido totalmente
inventados. De los diez mil seres indecibles de la naturaleza han salido las
nocio¬nes abstractas de las cifras, los cambios y ensamblajes de gamas, las
tonalidades y ritmos, así como Dios o Buda, y, además, la belleza. Es imposible
entender todo eso en estado normal. Tu «yo» también ha sido inventado, sólo
existe cuando se dice. Si se dice que no existe, entonces es una masa sin
forma. Este «yo» que te esfuerzas en construir ¿es realmente original? Dicho de
otro modo, ¿tienes realmente un «yo»? Te debates entre la cadena ilimitada de
las causas y de los efectos, pero ¿dónde están estas causas y estos efectos?
Como ocurre con los tormentos, eres tú el que te los fabricas, y entonces, ¿no
sería mejor dejar de fabricarte este «yo»? Tampoco debes buscar a partir de la
nada un pretendido reconocimiento de este «yo», mejor volver a los orígenes de
la vida, al instante presente tan vivo. Lo único que hay eterno es este
instante. Sólo existes por¬que sientes las cosas, si no, pierdes la conciencia;
¡mejor vivir el momento y aprovechar el dulce sol de otoño!
En
el parque, las hojas de los árboles están amarillas; al mirar por la ventana,
ves el suelo lleno, han caído, pero todavía no se han podrido. Empiezas a
envejecer, pero no tienes ganas de volver a la infancia. Ves en el aparcamiento
que está junto a tu edificio a unos niños que no saben muy bien qué hacer. La
juventud es un tiempo preciado, cuando tengan claro lo que quieren hacer ya
serán viejos. No tienes ganas de vol¬ver a empezar con tus tormentos, debatirte
entre la vanidad y los temores, entre hábitos y trastornos. No envidias a esos
niños, lo que es envidiable es su vida tan nueva. Pero una vida caótica no
llega a esta transparencia de conciencia. Estás con¬tento de vivir este
presente y totalmente satisfecho con esta soledad sin vanidad, tan límpida,
como las aguas de otoño que cintilan de sombras y de luces brillantes, donde
vuelve el fres¬cor de tus pensamientos. No juzgar más, no establecer nada. Las
olas fluctúan en el mar, las hojas de los árboles flotan en el viento antes de
caer, la muerte es un fenómeno perfectamente natural, caminas recto hacia ella,
pero antes de que llegue, tie¬nes tiempo de divertirte para mirarla fijamente.
Tienes bas¬tante tiempo para aprovechar al máximo lo poco que te quede de vida.
Tu cuerpo siente cosas y todavía tienes deseo. Te gus¬taría tener una mujer,
una mujer capaz de comprender, que también se haya librado de todas las
ataduras, una mujer sin niños ni cargas familiares, una mujer que evite la
vanidad y las modas, una mujer desinhibida y libertina, que no busque
con¬seguir algo de ti y que sienta contigo el mismo placer que el pez en el
agua; pero ¿dónde encontrar a esa mujer? Una mujer tan solitaria como tú y que
también disfrute tanto con esta soledad, que uniría su soledad a la tuya por
medio de la satis¬facción sexual, las caricias y las miradas, la búsqueda y la
obser¬vación mutuas, ¿dónde encontrar a esa mujer?
60
¡Basta!
¿De
qué hablas?, preguntas. Dice que basta, ¡hay que acabar con él! ¿De quién
hablas? ¿Quién tiene que acabar con quién? Él, este personaje que se esconde
tras tu pluma, hay que acabar con él.
Dices
que tú no eres el autor. Entonces, ¿quién es el autor?
¿No
está claro? ¡Él mismo! Tú sólo eres su conciencia. ¿Qué pasa contigo, entonces?
Si se acaba para él, también se acabará para ti, ¿no?
Dices
que puedes ser un simple lector, o un espectador de teatro, lo que hay en el
libro no tiene mucho que ver contigo. Dice que te desligas de las cosas con una
facilidad pasmosa. Claro, no tienes ninguna responsabilidad en concreto, no
tie¬nes que asumir ninguna obligación o tarea moral hacia él, sólo eres un
desocupado que tiene un poco de tiempo, y por casua¬lidad has tenido la ocasión
de fijar tu atención en ese persona¬je; pero ahora ya basta, estás cansado, si
hay que acabar con él, no hay problema. Pero, de todos modos, es un personaje,
tiene que haber una conclusión, no puedes hacer como si se tratara de un montón
de basura.
Tarde
o temprano hay que librarse del hombre, como de las basuras; de lo contrario,
este mundo estaría lleno de hombres enfermos que olerían mal desde hace tiempo.
¿Por
eso hay luchas, guerras, rivalidades y todas las teorías que se desprenden?
¡Deja
de razonar! ¡Me das dolor de cabeza!
Eres
realmente pesimista.
Pesimista
o no, el mundo es así, tú no puedes cambiar nada, no eres Dios y no puedes
decidir por nadie. Ya que es el final del personaje, ¿debe morir de enfermedad
grave, de infarto, estrangulado, acuchillado, por un disparo o en un accidente
de coche? Depende del autor, no de ti. De todos modos, no pare¬ce que quiera
suicidarse, aunque tú estás realmente harto, ya que no eres más que su juego de
palabras. No podrás librarte de ti mismo hasta que él acabe.
Pero
él dice que se divierte en este mundo porque no soporta la soledad. Tú y él
sólo habéis sido compañeros de viaje; no has sido ni su cantarada, ni su juez,
y menos su con-ciencia. No sabes qué es la conciencia, tan sólo lo has
acom¬pañado un poco, te has fijado en él. Este desfase en el tiempo y en el
ambiente entre tú y él ha creado una especie de distan-cia. Has aprovechado las
facilidades que te daban el tiempo y el lugar donde te encontrabas, lo que ha
creado un espacio, pero también una libertad; has aprovechado para observarlo a
tu manera. En realidad, los problemas se los ha buscado él mismo.
Bueno,
ya está bien, os vais a separar, ¿hay algo más que decir?
Los
budistas hablan del nirvana, los taoístas del paso al esta¬do inmortal, pero él
dice simplemente que sólo tienes que dejarlo marchar. Nadie puede librar a
nadie de su sufrimiento; entonces, déjalo marchar.
En
este momento se para, vuelve la cabeza para mirarte, y vuestros caminos se
separan. Dice que ha tenido la mala suer¬te de venir demasiado pronto al mundo;
por eso te ha dado tantos problemas. Si hubiera nacido un siglo más tarde,
quizá no hubiera tenido tantos problemas. De todos modos, lo que ocurrirá en
este siglo nadie puede preverlo, ¿será un siglo real¬mente nuevo? No podemos
saberlo.
61
Perpiñán,
una ciudad francesa en la frontera con España. El amigo del centro mediterráneo
de literatura que aca¬bas de conocer te pregunta si sientes nostalgia de tu
país. Respondes categóricamente que no, ¡hace tiempo que has roto con ese
sentimiento por completo! En la plaza de delante del hotel se celebra una
fiesta por la inauguración de un pequeño comercio de helados y pasteles; las
bombillas de colores atraen a los clientes y una orquesta de vientos toca a
pleno pulmón una música alegre. Una anciana se pone a bailar una danza
catalana. Esas gentes cálidas del sur y el francés que hablan, como si tuvieran
un pelo en la lengua, te hacen sentir bien.
Esta
noche de principios de verano llena de aire festivo, esta música animada
interpretada por los instrumentos de viento, ¿todo esto es para celebrar tu
nueva vida? Has acabado encon¬trando la alegría de vivir. El dueño del
restaurante te pide que le dediques tu libro, dice que a su mujer le gusta leer
novelas, que tiene ganas de hacer un viaje a China; sonríes.
¿Tú
no volverás nunca?, pregunta uno. No, no es tu país, tu país está en tu
memoria, es una fuente en las tinieblas de donde nacen sentimientos difíciles
de explicar, es una China personal que sólo te pertenece a ti, y ya no tienes
ninguna relación con ella.
Tu
corazón está en paz, ya no eres un rebelde, hoy sólo eres un observador, no el
enemigo de nadie. Si alguien quiere ta¬charte de enemigo, tú no te preocupas;
sólo recurres a tus recuerdos para reflexionar tranquilamente sobre tu futuro.
No
sabes cómo conseguiste en aquella época traer esta foto¬grafía metida dentro de
un libro: está delgado, con el pelo cor¬tado casi al cero. Examinas este viejo
retrato que siempre lle¬vas encima; ha amarilleado un poco, es de hace más de
treinta años, de cuando estabas en la granja de reeducación por el tra¬bajo
llamada «escuela de funcionarios del 7 de mayo». Te gus¬taría intentar agarrar
algo de su mirada. Tiene erguida la cabe¬za afeitada, parece una calabaza, se
considera un prisionero, muestra una cierta arrogancia, quizá fue lo que le
salvó en aquellos tiempos, lo que le impidió hundirse del todo, pero hoy en día
esta arrogancia ya no es necesaria. En la actualidad eres un pájaro libre,
puedes volar donde quieras. Tienes la sen¬sación de que delante se extienden
unas tierras vírgenes, inex¬ploradas, al menos para ti. Tiene mérito conservar
esta curiosi¬dad. No quieres hundirte en tus recuerdos; él se ha convertido en
una huella de ti.
Hacer
de este instante un punto de partida, hacer de la escritura un viaje hacia la
memoria, reflexionar o hablar a solas, y conseguir alegría y satisfacción, sin
tener miedo de nada. La libertad acaba con el miedo. La escritura estéril que
has dejado se desgastará con el tiempo. La eternidad para ti no tiene un
significado especial. Lo que escribes no puede ser el objetivo final de tu
existencia. Si todavía escribes es para sentir con mayor plenitud el momento
presente.
El
momento presente, en Perpiñán, después del desayuno: los coches pasan bajo tu
ventana y se reflejan sobre los focos blancos de las farolas de la calle. No
tienes tiempo de distin¬guirlos; sus sombras desaparecen en un abrir y cerrar
de ojos. Hay tantas sombras y luces que corren el riesgo de desapare¬cer de
este mundo. Te diviertes con ellas en este instante. Tie¬nes que considerar
también a ese «él» como una sombra con la que juegas, y corres el riesgo de
sorprenderte un poco. ¡Ah, esta sombra que desaparece en un instante!
Schnittke,
¡qué música tan bonita! Escuchas su Gran con¬cierto nº 6. En esta obra tan
fugaz, los tormentos acumulados en la vida se subliman en una gama muy alta;
los sonidos lar¬gos en las cuerdas son como estos reflejos de luz que pasan
antes de desaparecer en un instante. Schnittke, un hombre de tu generación, ni
siquiera necesitas conocer su vida para que dialogue contigo, cada sonido que
traza en la cuerda llama al eco de un acorde.
Fuera,
la luz brillante del principio del verano. Hace ocho¬cientos años, esta ciudad
de los Pirineos Orientales, Perpiñán, se regía por una constitución municipal
que estipulaba la tole-rancia, la paz y la libertad. La ciudad acogía a los
refugiados; los catalanes adoraban «esta democracia y esta libertad de
ochocientos años hoy amenazadas», precisa el editorial del documento publicado
para la celebración del octavo centena¬rio de la ciudad.
Nunca
habías imaginado que un día estarías aquí, y todavía menos que unos lectores
vendrían a verte para que les firmaras tus libros. Un joven te pide una
dedicatoria para su novia, que no ha podido venir personalmente. Piensas
escribir: «El lenguaje es un milagro que permite que los hombres se
comuni¬quen. Sin embargo, a veces los hombres no lo consiguen». No escribes la
segunda parte de la frase; no puedes escribir cual¬quier cosa, despreciar la
amabilidad de estas personas. Puedes reírte de ti cuanto quieras, pero no jugar
con el lenguaje de ese modo.
Lo
mismo probablemente ocurre con la música. Mejor su¬primir las fiorituras
inútiles. Lo que busca Schnittke es justa¬mente esta necesidad; no utiliza las
notas para brillar, es so¬brio, utiliza grandes espacios, cada frase transmite
una sensación real, sin amaneramiento o afectación, sin pretender gustar. Sólo
debes hablar si tienes algo que decir, si no, mejor que te quedes callado.
La
sombra de cada coche que pasa se refleja en las pantallas de las farolas. En un
lado de la calle hay un pequeño parque tranquilo lleno de plátanos y palmeras.
Éste es el país natal del plátano, basta que brote para que se esparza. Está
por todo el mundo y también ha entrado en tus recuerdos: había por todas las
calles y los parques de la ciudad donde vivías de niño. La primera vez que
besaste a una chica, la pequeña Wuzi, estaba apoyada contra el tronco de un
plátano al que le habían quita¬do la corteza; también era verano, pero hacía
mucho más calor que aquí.
Es
tan bueno vivir. Cantas una oda a la vida, y si cantas es porque la vida no te
ha maltratado siempre, a veces hasta te ha emocionado, como esta música, este
sonido de tambor, tan limpio, con la corneta por encima.
La
amiga de Sylvie, Martina, poco tiempo antes de su suici¬dio, llevó a su casa a
un vagabundo que encontró en la calle a pasar la noche. Cuando faltaba poco
para que se suicidara, dijo en una cinta de casete que no podía soportar más el
hospital psiquiátrico, pero su muerte no tuvo nada que ver con nadie; estaba
harta de la vida y se suicidó; también es un final posible. No sabes cómo será
tu final, y no tienes por qué intentar ima¬ginártelo. Si un día el nuevo
fascismo se hace con el poder, ¿vendrás a refugiarte a Perpiñán? Siempre que en
ese momen¬to Perpiñán siga siendo una ciudad tolerante que acoge a los
refugiados. No imagines esas cosas.
Afirmar
que cuando el hombre viene al mundo debe sufrir absolutamente, o que el mundo
sólo es un desierto, es bastan¬te exagerado. No todas las catástrofes caen
sobre ti, gracias a la vida. Este agradecimiento quiere decir: «Gracias, Dios
mío»; pero la pregunta es: «¿Quién es tu dios?». ¿El destino, la casua¬lidad?
Quizá sólo conseguirías salir de tus dificultades y de tus tormentos
agradeciendo esta conciencia que tienes de este «yo», este despertar hacia tu
propia existencia.
Las
grandes hojas de los plátanos y de las palmeras tiem¬blan dulcemente al viento.
No se puede acabar con un hombre si no se deja. Se le puede oprimir, humillar,
pero mientras no se le ahogue tendrá la ocasión de levantar la cabeza. El
proble¬ma es mantener el aliento, aguantar para no morir ahogado bajo un montón
de mierda. Se puede violar a un ser humano, hombre o mujer, con violencia
física o violencia política, pero no se puede poseerlo por completo; tu mente
te pertenecerá siempre si la preservas. Música de Schnittke. Duda, busca a
tientas en la oscuridad, busca una salida, como si persiguiera una sensación de
luz, y gracias al pequeño resplandor derra¬mado en su corazón, esta sensación
no puede desaparecer. Junta las manos para preservar este resplandor que se
desplaza lentamente en una oscuridad espesa como el barro. No sabe dónde está
la salida, pero protege con mucho cuidado este res¬plandor que revolotea en el
viento. Es mejor decir que es paciente y no obstinado, flexible, que se hace el
muerto como una crisálida que teje su capullo, cerrando los ojos para soportar
el peso de la soledad. Entonces, el sonido suave de una campanilla, pequeña
conciencia de la existencia, belleza de la vida, esta luz tan débil y dulce se
expande de golpe hasta el fondo de su ser...
Unas
hojas raras de color rojo oscuro, quemadas por el hielo, temblando por el
viento sobre las ramas casi vacías del árbol de sebo de delante de su puerta,
el estallido de la juventud de esta joven perdida, sin apoyo, el agua del río
murmurando en el valle, la gallina negra levantando la cabeza y lanzando su
mirada tras haber picoteado el puente de madera; siente pie¬dad por todo eso,
como proyecciones de su ser. Además, el deseo que han provocado la seducción y
las bromas de la tier¬na campesina ha mantenido en él este rigor y le ha
permitido esperar manteniendo el aliento. Aunque no sabía dónde estaba la
salida, se esforzaba por captar la menor belleza; sólo así con¬siguió no
desintegrarse mentalmente, recurriendo a la mastur¬bación para reconfortarse y
relajándose gracias a la práctica secreta de la escritura.
También
el olor puro de la paja de arroz recién cortada y colocada sobre la plancha de
la cama, el olor a las sábanas y mantas secadas al sol después de lavarlas en
el estanque, el olor a sudor del cuerpo de la muchacha, aquella agradable y
dulce sensación al ponerle su pintalabios, el escalofrío que sintió cuando la
agarró del brazo y la empujó hacia la puerta, rozan¬do al pasar sus senos
tiesos; recurría a todos estos recuerdos para calentarse, se uniría a ella en
la imaginación. Luego, por medio del lenguaje, lo descubría en sus libros, para
alcanzar un equilibrio mental.
Sientes
un profundo agradecimiento por las mujeres, no sólo deseo. Pides, pero ellas no
siempre quieren dar. Eres insa¬ciable, no puedes tenerlo todo. Dios no te lo ha
dado todo, no tienes que agradecérselo, pero, aun así, sientes una especie de
agradecimiento general, al viento, a los árboles que se mueven con el viento, a
la naturaleza, a tus padres, que te han dado la vida. Hoy, no sientes rencor,
estás en paz contigo mismo; qui¬zás has envejecido, te cansas antes cuando
subes una cuesta, empiezas a ser un poco avaro con las fuerzas que antes
malgas¬tabas. Es un síntoma de la vejez que te acecha. Estás en la baja¬da, un
viento frío se ha levantado, pero no, todavía no tienes prisa por descender, y
la montaña lejana, oculta en las nubes, parece estar a la misma altura que tú.
Sólo tienes que seguir caminando, sin preocuparte de si abajo hay un
precipicio. En el momento de caer será mejor que te acuerdes del sol oblicuo
que acariciaba a lo lejos las laderas de la montaña.
En
una pequeña bahía, en la cima de un pico rocoso, se alza una minúscula iglesia.
Tiene una cruz blanca, frente al Medi¬terráneo. En la cima hay un Cristo de
metal negro. En la playa de la pequeña bahía apacible y quieta hay hombres,
mujeres y unos niños que corren hacia todos los lados; una mujer en bañador
está tumbada tomando el sol sobre la cavidad de una roca, con los ojos
cerrados.
Dicen
que Matisse vivió aquí, que pintó todo esto, el sol transparente y cegador. Son
realmente las luces y los colores del pincel de Matisse, pero tú te diriges
hacia la oscuridad.
Te
han llevado en coche a Barcelona, luego al museo Dalí, rojo con unos huevos
enormes en el tejado. La España que ha visto crecer a este viejo travieso es
una nación alegre; las per-sonas deambulan por las calles y las jóvenes
españolas, con las cejas espesas y los ojos negros, tienen una nariz
pronunciada. Luego fuisteis a un restaurante en el campo, un antiguo moli¬no.
En la mesa de al lado había una familia entera: el marido, la mujer y la hija,
que tenía unos mofletes rojos que destaca¬ban en su pálido rostro. Esta joven
de largas cejas y ojos negros todavía no estaba completamente desarrollada, más
tarde se convertiría en la gran mujer robusta y apetecible de un cuadro de
Picasso. Estaba sentada frente a sus padres, muy nerviosa, con la mente probablemente
concentrada en sus asuntos senti-mentales, o en nada en concreto. Es la vida;
ignoraba su futu¬ro, pero ¿era importante? Ignoraba que podría sufrir, aunque
quizá ya empezaba a atormentarse. Sus cabellos abundantes, negros como el
azabache, realzaban la palidez de su piel y sus mofletes rojos. Debía de tener
trece o catorce años. Que una chica de esta edad ya se atormente es lo que da
belleza a la vida. Sus tormentos recuerdan el sufrimiento de Margarita, ¿sería
ella una Margarita?
En
este instante escuchas una misa de Kodaly por un coro femenino acompañado de un
órgano. Te viene también una especie de sentimiento religioso; los hombres
necesitan rezar como comer o hacer el amor. La noche anterior, en la planta de
encima de tu habitación, una mujer gritaba en la cama. No pudiste dormir en
toda la noche. Desde la una de la madruga-da hasta pasadas las tres, no paró de
soltar gritos agudos, de jadear, antes de echarse a reír a carcajadas. Desde tu
cama no conseguías distinguir si se trataba de una violación o de un pla¬cer
extremo. Al principio creíste que estaban en la habitación de al lado de la
cabecera de tu cama; luego oíste ruidos en el techo, como si retozaran en el
suelo, a no ser que fuera una violación como la que contó Margarita. Aunque
fuera así, en una habitación de hotel nadie les haría preguntas. Luego oíste
unas risas, una risa inmensa que despertó en ti un deseo vio-lento. Pero ahora
estás tranquilo; un órgano, una voz de con¬tralto y una voz de tenor forman una
combinación maravi¬llosa.
En
el momento de tomar el desayuno en la planta baja, sólo oyes los «buenos días»
llenos de deferencia en alemán; es un grupo de hombres y de mujeres de mediana
edad, o de tercera edad, altos y robustos, turistas alemanes. Se sirven en el
buf¬fet platos llenos de salchichas, jamón asado y todos comen mucho, sin que
les importe engordar. Estas mujeres no deben de gritar mucho en la cama,
piensas. Comen sin parar, hablan poco y hacen poco ruido con los cuchillos y
tenedores. En una mesa que hay cerca de la ventana, una joven está frente a un
hombre maduro; acaban de tomar el desayuno y beben café. Se quedan callados los
dos mirando hacia la calle. El buen tiempo de ayer ha cambiado, el suelo está
mojado, pero ha parado de llover. No parecen amantes, más bien un padre que
lleva de vacaciones a su hija, que aún depende de él económi¬camente. Los que
reían y gritaban sin parar deben de estar durmiendo tranquilamente en su
cuarto.
Órgano
y coro. En las habitaciones del hotel abundan los muebles antiguos muy
refinados: una pesada mesa de roble, un armario esculpido de color marrón
oscuro, una cama de madera con barras redondas, decorada. En las pantallas de
las farolas no hay más reflejos; no pasa ningún coche por la calle, es domingo,
casi mediodía. Esperas que un amigo venga a bus¬carte para llevarte al
aeropuerto. Vuelves a París con el avión de las doce y pico.
Escrito
en Francia de 1996 a 1998
EPILOGO
No
he leído ningún poema de Gao Xingjian, pocas veces los ha publicado. Pero
después de leer El Libro de un hombre solo, me ha quedado claro que Gao
Xingjian es un poeta; no sólo porque muchos de los capítulos de esta obra son
realmente prosas poéticas filosóficas llenas de una comprensión comple¬ta de la
vida, sino también porque la obra entera rebosa un sentido poético de la
tragedia de una época importante. Esta novela es una tragedia poética y una
poesía trágica. Quizá por¬que soy de la misma generación que Gao Xingjian y he
vivido la misma época de pesadillas que describe, mientras leía este libro
suspiré a menudo y muchas veces no conseguí contener las lágrimas. Ahora creo
firmemente que ha salido a luz una gran obra china que constituye un jalón en la
historia.
El
Libro de un hombre solo y La Montaña del Alma se deben considerar como dos
novelas gemelas, y la primera tiene un contenido tan amplio y tan profundo como
la segunda. Sin embargo, el protagonista de La Montaña del Alma parte de la
búsqueda del origen de las culturas, del espíritu y de la propia personalidad
para volver a la realidad; mientras que en esta novela, el argumento comienza
por el encuentro fortuito del protagonista con una chica judía alemana en Hong
Kong —poco antes de que la isla volviera a depender de China— y los recuerdos
que surgen, a partir de ese instante, de la vida que llevó en el continente en
diferentes épocas de su vida. Las sucesivas evocaciones del protagonista vuelan
desde su infan¬cia, antes de 1949, pasan por los sucesivos cambios políticos y
el estallido de la Gran Revolución Cultural, hasta su huida y luego sus
andanzas por Occidente. La estructura de la triple encarnación del protagonista
en «yo», «tú» y «él» que carac¬teriza La Montaña del Alma se ha convertido en
esta novela en la homología entre «tú» y «él». El «yo» ha sido estrangulado y
eliminado por la crueldad de la realidad, y sólo quedan el «tú» del presente y
el «él» de aquella época y de aquellas cir¬cunstancias, esto es, la realidad y
el recuerdo, la existencia y la historia, la conciencia y la escritura.
Las
obras de Gao siempre han sido originales, tienen una gran conciencia moderna.
Su ensayo Búsqueda inicial de la téc¬nica de la novela moderna, publicado en
1981, provocó en el mundo literario del continente un debate sobre el problema
del «modernismo y realismo» e impulsó a los escritores chi¬nos a prestar
atención a la literatura modernista y a su forma de expresión. Mientras se
desarrollaba ese debate, sus obras de teatro La estación y La señal absoluta
fueron muy criticadas e incluso se prohibió su representación. Hasta ahora ha
publica¬do dieciocho obras de teatro, que forman parte de las primeras obras
modernistas de China del siglo XX y representan una con¬tribución muy valiosa.
A los ojos de la gente (yo incluido), Gao Xingjian siempre ha sido un escritor
modernista, tanto por su papel de vanguardista en el movimiento literario
contemporáneo de China como por el color modernista de sus obras. Pero El Libro
de un hombre solo me ha sorprendido, ya que es una novela muy «realista». Nunca
habría imaginado que Gao pudiera escribir un libro tan pegado a la realidad, a
la realidad excepcionalmente amarga que vivimos los de nuestra genera¬ción
durante unos cuarenta años. La realidad era cruda, y todavía lo era más la
política dentro de esa realidad. No obs¬tante, sin intentar en absoluto evadir
el problema, Gao no sólo ha enfocado directamente la política, sino que,
además, ha des¬crito con todo detalle y sin tapujos la debilidad de la
naturale¬za humana y el temor interior que sienten las personas bajo la opresión
política. La obra ha revelado cómo fue posible que se propagaran las
calamidades políticas como una epidemia y cómo esta peste envenenó a la gente,
transformándola hasta hacerle perder su propia naturaleza. A pesar de que he
vivido y sufrido personalmente esos desastres, la lectura de esta novela no
dejó de conmocionarme enormemente en cuerpo y alma. Son muchos los libros que
han descrito la realidad del con-tinente chino de la segunda mitad del siglo XX
y que han hablado de los diversos disturbios políticos, del movimiento de las
guardias rojas y de la campaña que obligaba a los jóve¬nes instruidos a
instalarse en el campo durante la Gran Revo¬lución Cultural, pero ninguno me ha
impresionado tan pro¬fundamente como El Libro de un hombre solo. Aunque en este
momento no puedo explicar claramente la razón, intuyo que para mostrar aquella
realidad tan absurda y tan abigarrada es muy difícil conseguir un buen
resultado si se recurre al méto¬do del realismo clásico; o sea, al método
general de la teoría del reflejo. El método del realismo clásico tiene ciertas
limita¬ciones, ya que permite deslizarse sólo por la superficie de la realidad
y no penetrar en las capas profundas de ella, y le cues¬ta librarse de un
modelo de escritura basado en acusar, censurar, desenmascarar, quejarse,
etcétera. La utilización de este método para escribir novelas se puso de moda
durante los pri¬meros años de la década de los ochenta en la China
continen¬tal, pero al final de aquella década y en la de los noventa, los
escritores chinos ya despreciaban esta técnica y muchos jó¬venes escritores se
dedicaban a dar una nueva definición de la historia y a redactar de nuevo los
cuentos históricos. Sin embargo, aunque estos autores tienen el mérito de
experimen¬tar y un cierto talento para librarse de la mediocridad de «reflejar
la realidad», la «historia» que muestran casi siempre parece «inventada». Y
esta «invención» hace vacías sus obras, porque eluden una época real, no tienen
un conocimiento pro¬fundo de lo que ocurrió en aquel tiempo, tampoco lo
critican, y como es lógico les falta una plena comprensión y exposi¬ción de la
naturaleza humana. Gao Xingjian parece tener una clara visión de aquel modo de
pensar deficiente, y ha trazado a solas su propio camino. A este camino lo
llamo provisional-mente «camino de realismo extremo». Por «extremo» se debe
entender en primer lugar rechazar cualquier invención, expo¬ner la historia de
manera absolutamente cruda y exacta hasta dar a conocer una realidad viva, una
exactitud precisa y una rigurosidad casi cruel. Gao es muy inteligente y sabe
que la época real que ha vivido estaba llena de cuentos que nos hacen
reflexionar, y basta con escribirlos tal como son para que nos impacten
profundamente. Por otra parte, la palabra «extre¬mo» también significa no
limitarse a la capa superficial y mos¬trar un gran empeño en explorar las capas
profundas de la naturaleza humana. Esta novela de Gao Xingjian no sólo
des¬cribe con total realismo la mayor catástrofe que tuvo lugar en la historia
actual de China, sino que también expone con una gran destreza la debilidad de
la naturaleza humana.
Al
denominarlo «realismo extremo», he pensado en dos problemas: 1. ¿Qué causa hizo
que esta forma de escribir apa¬reciera en el escenario literario? 2. ¿Cuáles
son las condiciones que se requieren para que tenga éxito?
Sobre
el primer problema, al leer las novelas publicadas en estos últimos años, me he
dado cuenta de que la literatura se encuentra ahora en una situación difícil, o
más bien una situación desesperada. Esto quiere decir que han llegado a su
final las dos maneras fundamentales de escritura: el método del realismo
clásico y la forma artística de vanguardia. Aunque el método del realismo
clásico ya no funciona, no podemos sustraernos a la existencia real y a sus
problemas, ni eludir la viva y cruel realidad. En tal caso, ¿qué debemos hacer?
Algu¬nos escritores y artistas actuales han encontrado una salida que llaman
«jugar», jugar a la vanguardia, al vanguardismo, a la forma pura, al lenguaje,
a los pasatiempos inteligentes, convir¬tiendo así la literatura en un concepto,
en un programa. Sin embargo, a finales del siglo, hemos podido comprobar, cada
vez con mayor claridad, el aspecto negativo de estos juegos. Al fin y al cabo,
el lenguaje no puede ser el hogar final, la herra¬mienta no es la misma
existencia, el arte y la literatura no son fantoches de la forma, la envoltura
no es el propio cuerpo espi¬ritual, el postmodernismo no es más que una carcasa
sin «doc¬trina» y no ha creado nada concreto. En una palabra, la revo¬lución
del arte ha llegado a su fin y el juego de vanguardia también. Al ver
claramente que la revolución de la forma se halla en una situación sin salida,
Gao Xingjian ha dicho adiós a las «doctrinas», a la revolución del arte y
también a la revolu¬ción en general. El «realismo extremo» es el nuevo camino
que ha elegido después del «derrumbamiento» del modo de pensar de aquella
gente. Lo ha elegido con razón. Ha entrado con valentía y decisión en la
realidad, en el cuerpo propio de la vida, y se ha demostrado su gran talento
para transformar esa realidad y ese cuerpo vivo que abraza en formas artísticas
poé¬ticas.
Sobre
el segundo problema, he reflexionado mucho tiempo después de leer este libro y
he vuelto a leerlo durante la refle¬xión. Por fin he descubierto la mirada
juiciosa con que el autor observa a su protagonista y la realidad que hay
detrás del libro. Tanto en sus novelas como en sus obras de teatro, Gao
siem¬pre adopta una actitud de observación serena y juiciosa, y esta actitud se
ha mostrado aún más evidente en El Libro de un hom¬bre solo. La realidad de que
trata esta novela no es una realidad general, sino una realidad
extraordinariamente sucia, aburrida y vergonzosa; las personas enfocadas no son
tampoco personas normales, sino unos individuos con carne pero sin corazón, que
se muestran intimidados por las calamidades políticas y a los que les han lavado
el cerebro los movimientos políticos, o, lo que es lo mismo, unos idiotas.
Observar esta realidad y a estas personas desde el punto de vista de la
realidad sería peli¬groso, porque la obra se haría muy mediocre, aburrida,
vulgar y sentimental. Pero Gao no ha caído en la trampa. Ha entrado en la
realidad y se ha puesto por encima de ella: lo observa todo y, en particular,
observa y se ocupa del protagonista con la mirada de un intelectual actual que
se ha librado totalmente de la sombra de la ideología de antaño y que ya tiene
una com¬prensión real y completa de la vida y del universo. De este modo, el
protagonista de la novela era completamente real, era una persona muy sensible
y dotada de un pensamiento sumamente complejo, pero en aquella época de terror,
lo obli¬garon a hacerse idiota, tuvo que limpiar y vaciar su cerebro para poder
sobrevivir. Pero no lo hizo por su propia voluntad, ni tampoco quiso dejar de
pensar. Por lo tanto, por una parte trataba de disimular sus miradas, y por la
otra intentaba man¬tener su equilibrio interior a través de los monólogos. La
novela ha capturado esta intensa contradicción interior para describir con
minuciosidad la actividad psíquica del personaje y exponer vivamente la
debilidad, el forcejeo, el lado oscuro y la tristeza de la naturaleza humana.
De este modo, El Libro de un hombre solo constituye un testimonio real y
fehaciente de la historia, y además es una revelación del trágico destino que
sufrieron muchas personas en un amplio período histórico. El triste sentido
poético está implícito en el descubrimiento de la tragedia universal de la
naturaleza humana y en la gran com¬pasión que el autor siente por ella. Gao
Xingjian es realmente admirable, ya que ha entrado en la sucia realidad y ha
salido airoso, llevando consigo una impresión fresca, dando origen a una nueva
mentalidad y creando un nuevo entorno. Esto es, verdaderamente, «transformar lo
podrido en algo maravi¬lloso».
En
1996 la editorial Tiandi, de Hong Kong, me encargó la tarea de compilar una
colección de obras de investigación aca¬démica bajo el título de China
literaria, e incluí en ella un folle¬to de ensayos de Gao Xingjian, de cerca de
300 páginas, titula¬do Sin doctrinas. Por estos ensayos se puede deducir que
Gao es un escritor en cuyo cuerpo palpita el pulso de la libertad y que insiste
firmemente en lanzar su propia voz, es un gran hombre que se ha librado de toda
clase de sombras y, sobre todo, de las sombras ideológicas (sombras de las
doctrinas), y es un talento literario-artístico cabal que pone la creación del
valor espiritual del individuo en lo alto de la torre de la vida. El que no sea
partidario de ninguna doctrina no significa que no tenga pensamiento o actitud
filosófica. Al contrario, Gao es precisamente una persona dotada de un
pensamiento y un cerebro filosóficos bastante desarrollados, y además su
filoso¬fía tiene un carácter consecuente. Esta filosofía sólo le perte¬nece a
él, porque no proviene de ninguna escuela, sino de supropia experiencia y
comprensión profunda de una época de sufrimientos que tiene grabada en la
mente. Hemos visto en El Libro de un hombre solo que destruye completamente las
más¬caras de todo tipo, se despide de toda clase de falsas aparien¬cias e
ídolos (incluidas la utopía y la revolución), y rechaza crear¬se nuevas
ilusiones e ídolos. Esta novela habla de la huida, es el monólogo triste y
desnudo de un apatrida sin doctrinas y sin camuflajes que vagabundea por el
mundo; cuenta algunas his¬torias y habla de una filosofía: que el hombre debe
aprovechar cada instante de la vida para disfrutarla todo lo que le sea
posi¬ble, y no caer en la oscuridad, ilusión, concepción o pesadilla creadas
por otros o por sí mismo. Escapar a todo esto es la libertad.
Liu ZAIFU
20 de enero de 1999
Universidad
de Colorado

