Libro N° 6048. Las Crisálidas. Wyndham, John.
© Libro N° 6048.
Las Crisálidas. Wyndham, John.
Emancipación. Mayo 25 de 2019.
Título
original: © Las Crisálidas. John Wyndham
Versión Original: © Las Crisálidas. John Wyndham
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A
CRÍTICA TODA LA CULTURA
LAS CRISÁLIDAS
John Wyndham
Cuando
yo era muy pequeño, soñaba a veces con una ciudad, cosa algo extraña por cuanto
eso sucedía sin saber yo siquiera lo que era una ciudad. Pero aquella ciudad,
apiñada en la curvatura de una gran bahía azul, me venía una y otra vez a la
mente. Podía ver sus calles y los edificios que las enmarcaban, la parte que
daba al mar, e inclusive los barcos anclados en el puerto; sin embargo,
despierto, yo nunca había visto el mar o algún barco. . .
Y
los edificios eran muy distintos a los que yo conocía. El tráfico de las calles
era raro, pues los carruajes corrían sin caballos que los arrastraran; y en
ocasiones había cosas en el cielo, como brillantes en forma de peces que desde
luego no eran pájaros.
La
mayor parte del tiempo veía este maravilloso lugar a la luz del día, pero a
veces era por la noche cuando las luces, semejantes a hileras de relucientes
gusanos, discurrían a lo largo de la costa, y unos cuantos de ellos parecían
ser chispas esparcidas por el agua o el aire.
Se
trataba de un sitio bonito y fascinante, y en una oportunidad, cuando aún
seguía siendo demasiado joven para saber más, pregunté a Mary, mi hermana
mayor, dónde podría encontrarse esta hermosa ciudad.
Ella
meneó la cabeza y me contestó que no existía tal lugar, al menos entonces.
Quizás, me sugirió, yo estuviera soñando con algo que había existido muchísimo
tiempo antes. Los sueños eran sensaciones muy divertidas, y no tenían
explicación razonable; así que era probable que yo estuviera viendo un poco del
mundo de otra época, es decir, el maravilloso mundo en el que había vivido el
Viejo Pueblo antes de que Dios enviase la tribulación.
No
obstante, después de decirme aquello me advirtió seriamente de que no lo
contara a nadie más; ella sabía de la existencia de otras personas que no
concebían tales imágenes en sus cabezas, por lo que sería absurdo hablarles de
aquel asunto.
Desde
luego era un buen consejo, y afortunadamente tuve la prudencia de seguirlo. La
gente de nuestro distrito estaba tan pendiente de lo singular o de lo insólito,
que hasta mi calidad de zurdo provocaba una ligera desaprobación. Por tanto,
durante aquel tiempo, y aún algunos años después, no se lo conté a nadie, y de
hecho casi me olvidé de ello, pues a medida que iba creciendo el sueño me venía
con menos frecuencia y luego muy raramente.
Pero
la advertencia paró. De no haber sido así, posiblemente hubiera yo mencionado
el curioso modo de entenderme con mi prima Rosalind, y de haberme creído
alguien, nos hubiera traído sin duda problemas muy graves a ambos. Sin embargo,
me parece que ni ella ni yo le prestamos en aquel tiempo mucha atención:
contábamos sencillamente con el hábito de la prudencia. Desde luego que yo no
me notaba nada raro. Era un niño normal, que crecía de una manera normal y que
aceptaba de modo natural la forma en que me trataba el mundo. Y así continué
hasta el día en que me encontré con Sophie. Más todavía, ni siquiera entonces
fue inmediata la diferencia. La consideración posterior es lo que me permite
decir que aquél fue el día en que comenzaron a germinar mis primeras pequeñas
dudas.
Aquel
día me había ido yo solo, como casi siempre. Me parece que por aquellas fechas
tenía yo cerca de los diez años de edad. Mi siguiente hermana, Sarah, era cinco
años mayor, y por ello yo jugaba la mayoría de las veces en solitario. Bajé
hacia el sur, por el camino de carros, a lo largo de los límites de varios
sembrados hasta que llegué al terraplén, por cuya cima anduve durante un buen
rato.
En
aquella época no me inquietaba el terraplén: era tan grande, que ni siquiera
pasaba por mi mente la idea de que lo hubieran podido construir los hombres,
como tampoco se me ocurrió relacionarlo nunca con las prodigiosas obras del
Viejo Pueblo que a veces me habían mencionado. Para mí era simplemente el
terraplén que, después de describir una amplia curva, se extendía recto como
una flecha hacia los lejanos montes; se trataba, pues, de un pedazo más del
mundo, y en mí no causaba mayor admiración que la producida por el río, el
cielo o las montañas.
Aunque
ya había recorrido en otras ocasiones su cima, raramente me había aventurado a
explorar la parte de más allá del terraplén. Por alguna razón consideraba yo
que aquella tierra era extraña, y un tanto hostil como fuera de los límites de
mi territorio. Pero en el declive más apartado había descubierto un sitio en
donde el agua de la lluvia, al precipitarse por la ladera, había formado una
torrentera arenosa. De modo que si alguien se sentaba en su principio y tomaba
un fuerte impulso, podía deslizarse a una buena velocidad, surcar el aire unas
cuantas decenas de centímetros y caer por último sobre un montón de blanda
tierra.
Habría
estado en aquel lugar una media docena de veces antes y nunca me había
tropezado con nadie, pero en esta ocasión, cuando acababa de realizar mi tercer
descenso y me estaba preparando para el cuarto, alguien dijo:
—¡Hola!
Miré
a mi alrededor. A lo primero no pude distinguir de dónde procedía la voz;
luego, un movimiento de las ramillas superiores de un grupo de arbustos que
había cerca captó mi atención. Las ramas se apartaron un poco y vi un rostro
que me miraba. Se trataba de una cara pequeña, tostada por el sol y rodeada en
su parte superior de oscuros rizos. La expresión era algo seria, pero los ojos
relucían. Después de observarnos mutuamente por un momento, respondí:
—Hola.
Ella
dudó un instante, pero a continuación separó más todavía las ramas de los
matojos. Vi a una niña algo más baja que yo y quizás un poco más joven. Vestía
unos pantalones de batalla de color marrón rojizo y una blusa amarilla. El
refuerzo en forma de cruz cosido en la parte delantera de los pantalones era de
una tela más oscura. A ambos lados de la cabeza llevaba atado el pelo con
cintas amarillas. Aún permaneció sin moverse durante unos segundos más, como
indecisa ante la alternativa de abandonar la seguridad de los arbustos. Pero
luego la curiosidad pudo más que su cautela y se adelantó hacia mí.
Yo
la observé con atención, porque para mí era completamente desconocida. Como de
vez en cuando se celebraban reuniones o fiestas en las que se juntaban todos
los niños de los alrededores, me resultaba muy extraño encontrarme con alguien
a quien no había visto nunca antes.
—¿Cómo
te llamas?—le pregunté.
—Sophie—replicó—.
¿Y tú?
—David—dije—.
¿Dónde vives?
—Por
allí —contestó, señalando vagamente con la mano hacia la extraña tierra que
había más allá del terraplén
Sophie
apartó sus ojos de los míos para dirigirlos a la arenosa torrentera por la que
me había estado yo deslizando.
—¿Es
eso divertido?—preguntó en tono serio.
Dudé
un momento antes de invitarla, diciendo:
—Ya
lo creo. Prueba y verás.
Ella,
poniendo otra vez su atención en mí, volvió a vacilar. Me examinó con grave
expresión durante un segundo o dos y luego se decidió rápidamente. Trepó
delante de mí a la cima del terraplén.
Bajó
por la torrentera con los rizos y las cintas al viento. Cuando tomé tierra
junto a ella había desaparecido su aspecto serio y sus ojos bailaban de
excitación.
—Otra
vez —dijo, volviendo a subir jadeante la
cuesta.
Fue
en el tercer descenso cuando ocurrió la desgracia. Sophie se había sentado y
lanzado como las otras veces. Yo vi cómo se deslizaba y removía la tierra al
llegar al final. Sin embargo, en la caída se había desviado alrededor de medio
metro a la izquierda del lugar de costumbre. Yo ya estaba listo para seguirla,
y esperé a que se apartara. Pero no lo hizo.
—Quítate—la
dije impaciente.
Ella
intentó moverse; luego respondió
—No
puedo. Me he hecho daño.
Entonces
me arriesgué a bajar, y caí junto a ella.
—¿Qué
te pasa? —pregunté.
En
su rostro había un gesto de dolor y se le estaban saltando las lágrimas.
—Tengo
atrapado el pie—explicó.
Su
pie izquierdo se hallaba enterrado. Empecé a retirar la suave tierra con mis
manos. Se le había atascado el zapato en una estrecha grieta que había entre
dos piedras puntiagudas. Traté de moverlo, pero sin éxito.
—¿No
puedes torcerlo un poco?—le sugerí.
Lo
intentó valientemente, con los labios apretados.
—No
sale.
—Te
ayudaré a tirar—me ofrecí.
—¡No,
no! —protestó—. Me hace daño
Yo
no sabía qué hacer. Era evidente que le dolía. Consideré el problema antes de
decidir:
—Lo
mejor es cortar los cordones del zapato para que puedas sacar el pie. Yo no
alcanzo a deshacer el nudo.
—¡No!
—exclamó alarmada—. No debo hacerlo.
Lo
dijo con tanto énfasis que me quedé confundido. Si sacaba el pie del zapato
podríamos golpear libremente a éste con una piedra para retirarlo, pero en el
caso contrario yo ignoraba lo que podríamos hacer. Sophie se recostó en la
tierra, levantando en el aire la rodilla del pie atrapado.
—¡Ay,
cómo me duele!—gimió.
Incapaz
de contener por más tiempo sus lágrimas, éstas rodaron libremente por su
rostro. Pero ni siquiera entonces escandalizó; eran sólo suaves quejidos a la
manera de un cachorrillo.
—Tendrás
que sacar el pie del zapato—insistí.
—¡No!—volvió
a protestar—. No debo hacerlo. Nunca. No debo hacerlo.
Perplejo,
me senté a su lado. Mientras lloraba, me había cogido con ambas manos una de
las mías y la apretaba fuertemente. Era indudable que estaba aumentando el
dolor de su pie. Casi por primera vez en mi vida me encontraba yo en una
circunstancia que exigía una decisión. La tomé:
—Esto
no puede ser. Convéncete de que debes sacar el pie del zapato. Si no lo haces,
te quedarás probablemente aquí y te morirás, supongo.
Todavía
se resistió un poco, pero al final lo consintió. Sin embargo observó con
aprensión cómo cortaba yo el cordón y luego me dijo:
—¡Vete!
No debes verlo.
Vacilé:
pero como la infancia es un período densamente lleno de aceptaciones
incomprensibles, aunque importantes, me aparté unos cuantos metros y me volví
de espaldas. Hasta allí me llegó el sonido de su jadeo. Después rompió a llorar
de nuevo. Me di la vuelta.
—No
puedo —gimió, mirándome temerosamente a través de las lágrimas.
Me
arrodillé junto a ella para ver lo que podía hacer yo.
—No
debes decirlo nunca—me advirtió—. ¡Nunca, nunca! ¿Lo prometes?
Se
lo prometí.
Fue
muy valiente. No hizo más ruido que el de los quejidos de cachorro. Cuando por
fin logré liberar el pie, parecía raro, quiero decir que estaba todo retorcido
e hinchado; pero no noté entonces que tenía más dedos de los habituales. Luego
de arreglármelas para sacar el zapato de la grieta, se lo entregué a Sophie.
Sin embargo, debido a la inflamación del pie, no pudo volver a ponérselo. Ni
tampoco podía apoyar el pie en el suelo. Pensé en llevarla a la espalda, pero
como pesaba más de lo que yo imaginaba era evidente que así no podíamos ir muy
lejos.
—Tendré
que ir a buscar ayuda—expliqué.
—No—contestó
ella—. Iré arrastrándome.
Caminé
a su lado, llevando su zapato y sintiéndome inútil. Durante un buen trecho se
mantuvo sorprendentemente animosa, pero luego se vio obligada a desistir. Se le
habían roto los pantalones a la altura de las rodillas y éstas se hallaban
inclusive escoriadas y sangrantes. Nunca antes había conocido yo a nadie, chico
o chica, que hubiera aguantado hasta ese extremo. Me sentía un poco
atemorizado. La ayudé a levantarse sobre el pie sano y la sujeté mientras me
señalaba la situación de su casa y el hilo de humo que la distinguía. Cuando me
volví a mirar, ella se había puesto a gatear de nuevo, desapareciendo entre los
arbustos.
Encontré
la casa sin muchas dificultades y, con algo de nerviosismo, golpeé la puerta.
Me abrió una mujer alta. Tenía un fino y bello rostro con grandes y relucientes
ojos. Su vestido era el clásico marrón rojizo de las aldeanas, si bien un poco
más corto que el que solían vestir la mayoría de las mujeres en casa; no
obstante, llevaba la convencional cruz que iba desde el cuello hasta el bajo y
de seno a seno, en un tono verde que hacía juego con el pañuelo de la cabeza.
—¿Es
usted la madre de Sophie?—le pregunté.
Me
miró severamente y frunció el entrecejo. Con ansiosa brusquedad, replicó:
—¿Qué
ha pasado?
Se
lo conté todo.
—¡Oh!—exclamó—.
¡El pie!
Volvió
a mirarme con dureza durante un momento. Después apoyó en la pared la escoba
que tenía en las manos y me preguntó vehementemente:
—¿Dónde
está?
La
conduje por donde había venido. Al oír la voz de su madre, Sophie salió
arrastrándose de los arbustos.
La
mujer observó el inflamado y deforme pie de su hija, así como las sangrantes
rodillas.
—¡Oh,
pobrecita mía! —dijo, sosteniéndola y besándola.
Luego
añadió:
—¿Lo
ha visto él?
—Sí—contestó
Sophie—. Lo siento, mamá. Lo intenté con todas mis fuerzas, pero no pude yo
sola, y me dolía tanto...
Su
madre asintió lentamente con la cabeza. A continuación exhaló un suspiro y
comentó:
—Está
bien. Ya no tiene remedio. ¡Aúpa!
Sophie
subió a las espaldas de la mujer, y los tres nos dirigimos hacia la casa.
Es
posible que las órdenes y los preceptos que uno aprende de pequeño puedan
recordarse de memoria pero de poco sirven hasta que se ejemplifican, y aun
entonces es necesario admitir el ejemplo.
Por
eso pude estar yo allí, sentado pacientemente, y observar cómo aquella mujer
lavaba y vendaba el pie herido después de aplicarle una cataplasma fría, sin
relacionarlo para nada con la afirmación que había escuchado casi cada domingo
de mi vida:
"Y
creó Dios al hombre a su propia imagen. Y Dios ordenó que el hombre tuviera un
cuerpo, una cabeza, dos brazos y dos piernas; que cada brazo estuviera unido a
un sitio y terminara en una mano; que cada mano tuviera cuatro dedos y un
pulgar; que cada dedo tuviera una uña plana..."
Y
así hasta:
"Entonces
creó Dios también a la mujer, a la misma imagen, pero con las siguientes
diferencias de acuerdo con su naturaleza: su voz debería ser más aguda que la
del hombre- no le crecería la barba; tendría dos pechos..."
Aunque
yo me lo sabía entero, palabra por palabra, la visión de los seis dedos del pie
de Sophie no trajo ningún estímulo a mi mente. Vi cómo el pie descansaba en el
regazo de la mujer. Observé cómo ésta se detenía para mirarlo un instante más,
lo levantaba, se inclinaba para besarlo dulcemente y luego elevaba los ojos
llenos de lágrimas. Me entristecí por su congoja, por Sophie y por el pie
lastimado, pero por nada más.
Mientras
la madre terminaba el vendaje eché una ojeada de curiosidad a la habitación. La
casa era bastante más pequeña que la mía, en realidad se trataba de una
vivienda humilde, pero me gustaba más. Me sentía gusto en ella. Y aunque la
madre de Sophie estaba ansiosa y preocupada, no me hizo experimentar la
sensación de ser yo el factor lamentable o indigno de confianza dentro de una
vida, por otro lado ordenada, que es la forma en que vive la mayoría de la
gente. Además, me parecía mejor la habitación porque en sus paredes no habían
colgado grupos de palabras acusadoras. En cambio sí que tenían varios dibujos
de caballos que encontré muy bonitos.
Al
poco rato Sophie, ya limpia y eliminadas las señales de las lágrimas, llegó
cojeando y se sentó conmigo a la mesa. Completamente recuperada, a excepción
del pie, me preguntó con grave hospitalidad si me gustaban los huevos.
Después,
la señora Wender me pidió que aguardara donde estaba mientras ella llevaba a su
hiia al piso de arriba. Volvió a los pocos minutos y se sentó junto a mí. Cogió
mi mano entre las suyas y me miró seriamente durante unos instantes. Sentía
fuertemente su ansiedad, si bien, al principio, para mí no estaba muy clara la
causa de su gran preocupación. Yo quedé sorprendido porque hasta entonces no
había habido el menor indicio de que ella pudiera pensar de aquel modo. La
devolví el pensamiento, tratando de asegurarla y demostrarla que no iba a darle
motivos para estar angustiada, pero el pensamiento no le llegó. Continuó
mirándome con sus brillantes ojos, casi como Sophie cuando intentaba llorar.
Mientras me observada, sus pensamientos no eran más que preocupación y
deformidad. Lo intenté de nuevo, pero seguimos sin poder comunicarnos. Luego
asintió lentamente con la cabeza y dijo con palabras:
—Eres
un buen chico, David. Te has portado muy bien con Sophie y quiero darte las
gracias por ello
Me
sentí incómodo y me puse a mirarme los zapatos. No recordaba que nadie me
hubiera dicho antes que yo era un buen chico. Desconocía la forma establecida
de respuesta a tal circunstancia.
—Te
agrada Sophie, ¿verdad?—añadió, todavía mirándome.
—Sí—la
contesté.
Y
después agregué:
—Además,
creo que es tremendamente valiente. Porque debe haberle dolido mucho.
—¿Serías
capaz de guardar por ella un secreto, un importante secreto?
—Sí,
claro—respondí.
Sin
embargo, y por ignorar el secreto de que se trataba, había habido una ligera
vacilación en mi tono.
—¿
Le... le has visto el pie? —me preguntó, sin apartar sus ojos de los míos—.
¿Has visto sus dedos?
—Sí—repliqué
de nuevo, asintiendo al mismo tiempo con la cabeza.
—Pues
bien, ese es el secreto, David. Nadie más debe saberlo. Aparte de su padre y de
mí, tú eres la única persona que lo conoce. Pero nadie más debe saberlo.
Nadie... y nunca.
—No—contesté,
y volví a mover seriamente la cabeza.
Se
hizo el silencio, o al menos su voz se silenció, aunque sus pensamientos
continuaron, como si el "nadie" y el "nunca" hubieran
estado produciendo desoladores e infelices ecos. Luego varió la situación y
ella se puso tensa y furiosa y sintió miedo dentro de sí. Como no tenía sentido
reconsiderar las circunstancias del caso, traté torpemente de subrayar con
palabras el significado de lo que había dicho.
—Nunca...
ni a nadie—la aseguré gravemente.
—Es
muy, muy importante—insistió—. ¿Cómo podría explicártelo?
Pero
en realidad no era preciso que explicara nada. La sensación de importancia
estaba clarísima en su urgencia y en su estado de tensión. Sus palabras tenían
bastante menos fuerza:
—Si
alguien lo descubriera, sería... sería terriblemente malo con ella. Hemos de
procurar que eso no ocurra jamás.
Era
como si la sensación de ansiedad se hubiera convertido en algo duro, como en
una vara de hierro.
—¿Debido
a que ella tiene seis dedos?—pregunté.
—Exacto;
eso es lo que nadie, aparte de nosotros, debe saber jamás—repitió con
machaconería—. Tiene que ser un secreto entre nosotros. ¿Lo prometes, David?
—Lo
prometo—afirmé—. Si quiere, puedo jurarlo.
—Basta
con tu promesa replicó.
Se
trataba de una promesa tan cargante, que yo me hallaba totalmente resuelto a
mantenerla sin decírselo siquiera a mi prima Rosalind. Aunque, en el fondo, me
desconcertaba su evidente importancia. Se me antojaba que era un dedo muy
pequeño para ocasionar tan enorme ansiedad. Si bien eran frecuentes los
desasosiegos de los adultos que me parecían desproporcionados con las causas.
Así que me atuve a la cuestión principal, o sea, a la necesidad de guardar el
secreto.
La
madre de Sophie continuó mirándome con una expresión triste, pero distraída,
que me hizo sentir incómodo. Ella lo notó cuando yo me agité impaciente, y
sonrió. Era una sonrisa bondadosa.
—Entonces,
de acuerdo—dijo—. Lo mantendremos en secreto y nunca volveremos a hablar de
ello, ¿verdad?
—Sí—asentí.
Al
salir de la casa, cuando llevaba andados unos pasos por el camino, me volví
para preguntar:
—¿Puedo
venir a ver a Sophie pronto?
La
mujer titubeó un momento, se lo pensó un poco y replicó:
—Está
bien, pero sólo si estás seguro de que puedes venir sin que nadie lo sepa.
Hasta
que no llegué al terraplén y tomé el camino de casa, no tropezaron los
monótonos preceptos del domingo con la realidad. Al producirse el encuentro
hubo un "click" casi audible. La Definición del Hombre resonaba en mi
cabeza: "... y cada pierna estará unida al cuerpo y tendrá un pie, y cada
pie cinco dedos, y cada dedo acabará en una uña plana..." Y así
sucesivamente hasta que al final: "Y toda criatura que parezca humana,
pero que no esté formada de este modo, no es humana. No es ni hombre ni mujer.
Es una blasfemia contra la genuina imagen de Dios y detestable ante sus
ojos." De pronto me sentí bruscamente inquieto; y también muy confundido.
De acuerdo con lo que me habían inculcado, la blasfemia era una cosa espantosa.
Sin embargo, no había nada espantoso en Sophie. Se trataba de una chiquilla
corriente; si acaso, bastante más sensible y valiente que la mayoría. Con todo,
y de acuerdo con la Definición...
Era
evidente que había un error en alguna parte. Sin duda que el tener un dedito
más en el pie—bueno, dos deditos más, porque yo suponía que debía contar con
otro semejante en el otro pie—no sería defecto bastante como para hacerla
"detestable ante los ojos de Dios".
Los
caminos del mundo eran desconcertantes...
Arribé
a mi casa por mi método habitual. Al llegar a un punto en el que los árboles
crecían en la ladera del terraplén y lo atravesaban, bajé a gatas hasta una
estrecha senda muy poco utilizada. A partir de entonces caminé atento y con la
mano puesta en el cuchillo. Se suponía que yo debía mantenerme alejado de los
bosques porque, en ocasiones, si bien muy escasas, hablan penetrado animales
grandes en lugares poblados hasta llegar inclusive a Waknuk, y existía la
posibilidad de tropezarse con un perro o un gato salvaje. Sin embargo, y como
siempre, lo único que oí fueron las pequeñas criaturas que escapaban de mi
presencia.
Al
cabo de los dos kilómetros más o menos llegué a tierra cultivada, teniendo a la
vista la casa al final de tres o cuatro sembrados. Anduve por la orilla del
bosque para, desde su protección, observar atentamente los movimientos de los
alrededores; luego crucé al amparo de los setos todos los campos menos el
último, y me detuve para echar una nueva ojeada. A la vista no estaba sino el
viejo Jacob, quien paleaba pausadamente estiércol en el corral. Cuando me
volvió la espalda, pasé con celeridad a través de una pequeña abertura que
había en el terreno, penetré en la casa por una ventana y anduve cautamente
hasta mi alcoba.
No
es fácil describir mi casa. Desde que mi abuelo, Elias Strorm, levantó unos
cincuenta años atrás los primeros edificios, se le habían ido añadiendo nuevas
habitaciones y anexos. En aquel momento se extendí, por un lado, en cobertizos,
almacenes, establos y graneros, y por el otro, en lavaderos, lecherías,
queserías, viviendas de los empleados, etcétera, y todo ello situado de forma
que las tres cuartas partes circundaran un enorme y llano corral puesto al
abrigo del viento, a la espalda de la casa principal, y cuyo rasgo
característico era un montón de basura permanente en el centro.
Al
igual que las demás casas del distrito, la mía se había construido sobre
pilastras sólidas y toscamente revestidas; pero como era la casa más antigua
del lugar, la mayor parte de los muros exteriores habían sido levantados con
ladrillos y piedras procedentes de las ruinas de algunos de los edificios del
Viejo Pueblo, y únicamente se habían enyesado las paredes internas.
Cuando
mi padre me enseñó a mi abuelo, su aspecto era el de un hombre de virtud
fastidiosamente monótona. Sólo más tarde pude recomponer una imagen suya más
creíble, aunque menos honrosa.
Elias
Strorm procedía del este, de alguna parte próxima al mar. El motivo de su
venida no está completamente claro. El mantenía que habían sido los impíos
caminos del este los que le habían obligado a buscar una región menos
sofisticada y de mentalidad más fiel. Sin embargo, yo había oído decir a
alguien que había sido su patria chica la que se había negado a soportarle por
más tiempo. Sea cual fuere la causa, lo cierto es que a la edad de cuarenta y
cinco años, y con todos sus bienes cargados en un tren de seis vagones, mi
abuelo se vio obligado a emigrar a Waknuk, tierra entonces subdesarrollada y
casi fronteriza. Se trataba de un hombre robusto, dominante y celoso de la
rectitud. Debajo de sus espesas cejas tenía unos ojos capaces de relampaguear
de fuego evangélico. Como el respeto a Dios se encontraba con frecuencia en sus
labios y temía constantemente al diablo en su corazón, por lo visto era difícil
decir qué sentimiento le inspiraba más.
Poco
después de empezar a construir la casa se marchó de viaje y regresó con una
esposa tímida, hermosa y veinticinco años más joven que él. Me dijeron que se
movía igual que una atractiva chiquilla cuando creía que no la veía nadie; y
era tan medrosa como un conejo cuando sentía sobre sí la mirada de su marido.
Todas
sus respuestas, pobrecilla, fueron insatisfactorias. No consiguió que el
servicio matrimonial generara amor; no procuró, con su juventud, recuperar la
de su marido; y tampoco compensó esa falta con la administración del hogar al
modo de una experimentada ama de casa.
Por
otro lado, Elias no era hombre que dejara de reparar en los defectos de los
demás. En unas cuantas oportunidades cercenó las chiquilladas con
reconvenciones, marchitó la hermosura con sermones y produjo un espectro triste
y lánguido de esposa que murió, sin protestar, un año después del nacimiento de
su segundo hijo.
El
abuelo Elias no tuvo nunca dudas sobre la adecuada pauta a seguir con su prole.
La fe de mi padre fue cultivada en sus huesos, sus principios eran sus
tendones, y ambas cosas correspondían a una mente repleta de ejemplo de la
Biblia y del Repentances de Nicholson. En cuanto a fe, padre e hijo
concordaban; la única diferencia consistía en el enfoque; el relámpago
evangélico no aparecía en los ojos de mi padre; su virtud era más legalista.
Joseph
Strorm, mi padre, no se casó hasta que murió Elias, y al matrimoniar no era
hombre que pudiera cometer la equivocación de su progenitor. Los puntos de
vista de mi madre armonizaban con los suyos. Ella tenía un gran sentido del
deber y jamás dudó de la ubicación de éste.
Nuestro
distrito, y consecuentemente nuestra casa, por ser la primera del lugar, fue
llamado Waknuk debido a la tradición de que allí, o en sus alrededores, había
existido un sitio con ese nombre hacía mucho, muchísimo tiempo, en la época del
Viejo Pueblo. Como de costumbre, la tradición era imprecisa, pero ciertamente
había habido allí edificios de alguna especie porque los restos y los cimientos
permanecieron hasta que fueron utilizados para levantar nuevas construcciones.
Además estaba el largo terraplén que se extendía hasta alcanzar los montes y el
enorme tajo que seguramente hizo el Viejo Pueblo cuando, de manera sobrehumana,
cortaron la mitad de una montaña en busca de algo que les interesaba. Quizás
fuera entonces cuando le pusieron Waknuk; de cualquier modo, Waknuk había
llegado a ser, y era una comunidad ordenada, obediente a la ley y respetuosa
con Dios, formada por unas cien haciendas dispersas, grandes y pequeñas.
Mi
padre era una consecuencia local. Cuando, a la edad de dieciséis años, hizo su
primera aparición en público con motivo de una charla que dio un domingo en la
iglesia que había edificado su padre, aún había en el distrito menos de sesenta
familias. Y a pesar del aumento de los acres de labranza y de la mayor cantidad
de personas que vinieron a establecerse en el lugar, él no quedó eclipsado.
Continuó siendo el principal terrateniente, siguió predicando frecuentemente
los domingos y explicando con versada claridad las leyes y los puntos de vista
que en el cielo se tenían respecto a una diversidad de asuntos y prácticas, y,
en los días designados, no dejó de administrar las leyes temporales como
magistrado. Durante el resto del tiempo se preocupaba de que tanto él, como
todo lo que estaba bajo su control, constituyera un elevado ejemplo para el
distrito
En
la casa, y según la costumbre local, la vida se centraba en la enorme sala que
abarcaba también la cocina La sala, como la casa, era la más espaciosa y mejor
de Waknuk. La gran chimenea era un objeto de orgullo; no de vanidad, desde
luego; se trataba más de ser conscientes de haber dado un digno tratamiento a
los excelentes materiales que el Señor había provisto: en realidad, una especie
de testamento. El fogón estaba formado por sólidos bloques de piedra. La
totalidad de la chimenea había sido construida con ladrillos y no se sabía que
hubiera ardido nunca. En el lugar por donde salía al exterior se encontraban
las únicas tejas del distrito, y la cubierta de cañas que cubría el resto del
techo tampoco se había quemado nunca.
Mi
madre se preocupaba de que la gran sala estuviera siempre bien limpia y
ordenada. El suelo se componía de fragmentos de ladrillo y piedra junto a
piedras artificiales, todo ello inteligentemente acoplado. El mueblaje lo
formaban varias mesas y banquetas achaparradas y blancas, amén de unas cuantas
sillas. Las paredes estaban encaladas. De ellas colgaban diversas cacerolas
bruñidas que por su tamaño no cabían en las alacenas. Lo más próximo a un
sentido de la decoración eran una serie de cuadros de madera con frases,
mayormente del Repentances, artísticamente grabadas al fuego. El situado a la
izquierda del hogar rezaba: "Sólo el hombre es la imagen de Dios". El
de la derecha decía: "Conservad pura la estirpe del Señor". En la
pared opuesta había dos con las citas: "Bendita sea la norma" y
"En la pureza está nuestra salvación". El más largo era el colgado en
la pared situada frente a la puerta que daba al patio. A todo el que entraba le
advertía: "¡Estate alerta para no experimentar ni tener nada que ver con
la mutación!"
Mucho
antes de que yo aprendiera a leer, las frecuentes referencias a estos textos me
habían familiarizado con las palabras. En realidad, no estoy seguro de que
ellos no fueran mis primeras lecciones de lectura. Me los sabía de memoria, al
igual que conocía otros colocados en diversas paredes de la casa y que decían
cosas como: "La norma es la voluntad de Dios", "La reproducción
es la única producción santa", y "El diablo es el padre de la
aberración"; aparte de un conjunto de ellos relativos a las ofensas y las
blasfemias.
Muchas
de estas citas seguían siendo oscuras para mí; de otras ya entendía algo. Por
ejemplo, de las ofensas, porque el suceso de una ofensa constituía un momento
impresionante. Por lo general, el primer signo de su encuentro era el mal genio
que traía mi padre al entrar en casa. Luego, al anochecer, nos convocaba a
todos, inclusive a los empleados de la hacienda. Cuando nos poníamos todos de
rodillas, él proclamaba nuestro arrepentimiento y guiaba los rezos en demanda
de perdón. A la mañana siguiente nos levantábamos antes del alba y nos
congregábamos en el patio. Al salir el sol cantábamos un himno mientras mi
padre mataba ceremoniosamente el ternero de dos cabezas, el polluelo de cuatro
patas, o cualquier otro tipo de ofensa que hubiese acontecido. Había ocasiones
en que el suceso era mucho más singular que los referidos...
Por
otra parte, las ofensas no se limitaban únicamente al ganado. A veces se
trataba de tallos de trigo o de algunas verduras que cultivaba mi padre y que
arrojaba colérico y avergonzado sobre la mesa de la cocina. Si eran meramente
unas cuantas ringleras de verduras, se las destruía después de arrancarlas y en
paz. Pero si era todo un campo el que había crecido mal, esperábamos a que
hiciese buen tiempo, le pegábamos entonces fuego y cantábamos himnos mientras
ardía. A mí solía gustarme la visión de tal ceremonia.
Como
mi padre era hombre prudente y piadoso, y además contaba con una aguda visión
para advertir las ofensas, nosotros solíamos tener más matanzas e incendios que
los otros hacendados. Sin embargo, cualquier indicación en el sentido de que
las ofensas nos afligían más a nosotros que a otras personas, le molestaba y le
enfurecía. De ningún modo deseaba él tirar un dinero tan bueno, afirmaba. Si
nuestros vecinos hubieran sido tan conscientes como nosotros, a él no le cabía
la menor duda de que sus liquidaciones hubieran superado en mucho a las
nuestras; pero, por desgracia, había determinados individuos con unos
principios muy elásticos.
En
resumen, que yo aprendí muy pronto lo que eran las ofensas. Se trataba de entes
que no parecían ser cabales, esto es, que no asemejaban a sus padres o a la
familia de plantas de los que procedían. Por lo general, el defecto era
pequeño. Pero, no obstante su escasa magnitud, se trataba de una ofensa, y si
acontecía en personas era una blasfemia—o al menos ese era el término técnico
empleado—, aunque a ambas clases se las denominaba comúnmente aberraciones.
Con
todo, la cuestión de las ofensas no era siempre tan simple como pudiera
pensarse, y cuando existía desacuerdo podía requerirse la intervención del
inspector del distrito. Mi padre, empero, llamó poquísimas veces al inspector,
ya que, para asegurarse bien, prefería eliminar todo lo que ofreciera dudas.
Algunos vecinos desaprobaban la meticulosidad de mi padre y decían que la
proporción de aberraciones locales, que en conjunto había mejorado notablemente
por cuanto se mantenía en la mitad de la cifra predominante en la época de mi
abuelo, hubiera sido todavía más satisfactoria de no haber mediado mi padre. No
obstante, el distrito de Waknuk vivía muy pendiente de la pureza.
Nuestra
región ya no era fronteriza. El duro trabajo y el sacrificio habían producido
una estabilidad de ganados y cosechas que envidiaban incluso algunas de las
comunidades situadas al este de nosotros. Se podían recorrer muy bien cincuenta
kilómetros hacia el sur o el suroeste antes de llegar a Tierra Agreste, esto
es, la región en donde las probabilidades de verdadero cultivo estaban por
debajo del cincuenta por ciento. Después todo crecía de modo más irregular a lo
largo de una franja de terreno que en algunas partes medía quince kilómetros de
ancho y en otras alcanzaba incluso los treinta, hasta que se llegaba a los
misteriosos Bordes, en donde nada era seguro y en donde, según aseveraba mi
padre, "el diablo establece sus vastos dominios y se hace burla de las
leyes de Dios". Se decía asimismo que el país de los Bordes variaba en
profundidad, y que más allá de él se encontraban las Malas Tierras, de las que
nadie sabía nada. Por lo general, todo el que se aventuraba en las Malas
Tierras moría allí, y el par de personas que habían podido regresar de ellas no
duraron mucho.
Pero
no eran las Malas Tierras sino los Bordes los que de cuando en cuando nos
ocasionaban problemas. El pueblo de los Bordes—al menos hay que llamarle pueblo
porque, aunque eran realmente aberraciones, si no mostraban grandes
deformidades solían pasar muy bien por personas humanas corrientes—, como
contaba con muy poco en la tierra fronteriza donde vivía, penetraba en los
lugares civilizados para robar grano y ganado y, si podían, llevarse también
ropas, herramientas y armas; a veces, hasta raptaban niños.
Las
pequeñas y ocasionales incursiones solían acontecer dos o tres veces al año y
nadie, excepto las víctimas de los saqueos, claro, las tenía en cuenta como
norma. Por lo general, los atacados tenían tiempo para huir y consecuentemente
sólo perdían sus bienes. A continuación todos los vecinos contribuían con algo,
en especies o en dinero, para ayudarles a instalarse de nuevo. Pero a medida
que pasaba el tiempo y se iba ganando terreno a la franja fronteriza, en los
Bordes había más gente que intentaba vivir en menos tierra. Hasta entonces se
había tratado de una docena de individuos más o menos que hacían una rápida
incursión y regresaban luego rápidamente al país de los Bordes. Pero ahora, y
debido a la gran hambre que estaban padeciendo desde hacía unos años, venían en
numerosas y organizadas bandas que ocasionaban un enorme perjuicio.
Cuando
mi padre era pequeño, las madres solían aquietar y atemorizar a los niños
importunos con la amenaza de ...O te portas bien, o llamo a la vieja Maggie de
los Bordes. Ella tiene cuatro ojos para vigilarte, y cuatro oídos para oírte, y
cuatro brazos para pegarte. Así que ten cuidado. Jack el peludo era también
otra figura siniestra a la que podía llamarse ... para que te lleve a su cueva
en los Bordes, donde vive su familia. Todos ellos son asimismo muy peludos y
tienen largos rabos; cada uno se come todas las mañanas a un niño para
desayunar, y a una niña todas las noches para cenar. En aquellos días, sin
embargo, ya no eran sólo los pequeños los que vivían en nerviosa vigilancia del
pueblo de los Bordes, que ahora no estaba tan lejos. Su existencia se había
convertido en una peligrosa molestia, y sus depredaciones constituían el motivo
de numerosas solicitudes enviadas al gobierno de Rigo.
Con
todo, y a pesar de la buena intención de las solicitudes, lo mismo hubiera dado
no hacerlas. En efecto, como nadie era capaz de predecir el lugar en donde se
produciría el próximo ataque, pues se trataba de una extensión de ochocientos o
mil kilómetros, es difícil indicar qué ayuda práctica podían haber recibido. Lo
que sí hizo el gobierno desde su cómoda y remota posición, muy lejos al este,
fue expresar su simpatía con frases de estímulo y sugerir la formación de una
milicia local, sugerencia que se interpretó como equivalente a un desentenderse
de la situación por cuanto todos los varones sanos y fuertes pertenecían ya a
una especie de milicia extraoficial desde los tiempos fronterizos.
Por
lo que se refiere al distrito de Waknuk, la intimidación procedente de los
Bordes era más una molestia que una amenaza. La incursión más profunda que
habían efectuado los atacantes quedaba todavía a más de quince kilómetros, pero
las alarmas seguían sucediéndose, y al parecer con más profusión cada año, con
la consecuencia de quedar detenido el trabajo de la granja al tenerse que
marchar los hombres a repeler la agresión. Las interrupciones eran caras y
ruinosas. Además, siempre producían ansiedad si el problema se encontraba
próximo a nuestro sector: nadie podía asegurar que una de las veces no
penetraran más adentro...
No
obstante, disfrutábamos de una existencia acomodada, ordenada e industriosa.
Nuestra casa albergaba a mucha gente. Además de la familia, compuesta por mi
padre, mi madre, mis dos hermanas y mi tío Axel, estaban también las cocineras
y las lecheras, algunas de ellas casadas con trabajadores de la granja, y sus
hijos, así como, naturalmente, los hombres, por lo que al juntarnos todos para
la comida que teníamos al final de la jornada de trabajo sumábamos unos veinte.
Y aún nos congregábamos mayor número a la hora de las oraciones, ya que los
hombres de las viviendas adyacentes venían con sus esposas e hijos
El
tío Axel no era en realidad pariente. Se había casado con una de las hermanas
de mi madre, Elizabeth. Como por aquel tiempo era marinero, ella se había ido
al este con él y había muerto en Rigo, mientras tío Axel realizaba el viaje que
le había dejado inválido. Aunque de movimientos lentos debido a su pierna, tío
Axel era un hombre muy útil por sus muchas habilidades, y consecuentemente mi
padre le permitía vivir con nosotros. Además, se trataba de mi mejor amigo.
Mi
madre procedía de una familia compuesta por cinco niñas y dos niños. Cuatro de
las niñas eran hermanas de padre y madre, en tanto que la niña más joven y los
dos muchachos eran medio hermanos con respecto a las otras. Hannah, la mayor,
había sido expulsada de casa por su marido, y desde entonces nadie había sabido
de ella. Emily, mi madre, era la siguiente por edad. Luego venía Harriet, quien
se había casado con el dueño de una vasta granja de Kentak, a casi veinticinco
kilómetros de nuestra hacienda. Después estaba Elizabeth, que contrajo
matrimonio con el tío Axel. Yo desconocía el
paradero
de mi media tía Lilian y de mi medio tío Thomas, pero como mi medio tío Angus
Morton poseía la granja siguiente a la nuestra, nuestros límites corrían juntos
alrededor de dos kilómetros, circunstancia que incomodaba a mi padre, quien
apenas estaba en nada de acuerdo con el medio tío Angus. La hija de éste,
Rosalind, era naturalmente mi prima.
Aunque
Waknuk era la granja más grande del distrito, la mayor parte de las otras
tenían una organización similar, y todas ellas. al contar con el beneficio de
una estabilidad proporcionada y con el incentivo de extenderse, crecían
progresivamente. Cada año se talaban árboles y se despejaban las tierras para
obtener nuevos sembrados. Poco a poco fueron eliminándose bosques y árboles
sueltos, hasta que el campo empezó a asemejarse a la vieja y cultivadísima
región del este.
Se
decía que en aquella época hasta la gente de Rigo sabía dónde estaba Waknuk sin
buscarlo en el mapa.
Por
tanto, yo vivía en la granja más próspera de un distrito próspero. Sin embargo,
a mis diez años yo valoraba poco aquella situación. Para mí, aquel era un sitio
fastidiosamente industrioso en donde siempre parecía haber más trabajos que
personas para desempeñarlos, y en donde había que estar muy al tanto si uno
quería librarse de hacer algo. Consecuentemente, en aquel particular atardecer
me las arreglé para ocultarme hasta que los familiares ruidos rutinarios me
advirtieron de que se aproximaba la hora de la cena, y por lo mismo podía salir
sin riesgos de mi escondite.
Anduve
por la casa haraganeando y viendo cómo quitaban los atalajes a los caballos y
los metían en las caballerizas. Al poco rato sonó un par de veces la campana
del socarrén. Las puertas se abrieron y entraron los obreros en el patio,
camino de la cocina. Me mezclé con ellos. Al entrar, me di de cara con la
advertencia "¡Estate alerta para no experimentar ni tener nada que ver con
la mutación!" Pero estaba ya tan familiarizado con ella, que no provocó en
mí ningún pensamiento. Lo único que en aquel momento me estimulaba era el olor
a comida.
A
partir de entonces, solía visitar a Sophie una o dos veces a la semana. El
colegio que nos daban lo teníamos por las mañanas, y consistía en una media
docena de chicos a los que una u otra de las muchas ancianas que había enseñaba
a leer, escribir y hacer algunas sumas Durante la comida del mediodía no era
difícil escabullirse pronto de la mesa y desaparecer, en tanto pensaban los
demás que alguien me habría dado alguna tarea para realizar.
Cuando
Sophie se hubo repuesto de su tobillo, pudo mostrarme los rincones favoritos de
su territorio.
Un
día la traje conmigo a nuestro lado del gran terraplén para que viera la
máquina a vapor. No había otra máquina a vapor en ciento sesenta kilómetros, y
estábamos orgullosos de ella. Corky, quien se hallaba a su cuidado, no estaba
por los alrededores, pero como las puertas del fondo del cobertizo se
encontraban abiertas, se oía con toda claridad el rítmico sonido de sus
ronquidos, explosiones y soplidos. Puestos en el umbral, nos atrevimos a
atisbar en el lóbrego interior. Era fascinante observar cómo subían y bajaban
con sofocados ruidos los grandes maderos, mientras arriba, en las sombras del
techo, una enorme viga transversal se mecía lentamente atrás y adelante
haciendo una pausa al final de cada movimiento, como si hubiera estado
recogiendo energía para el esfuerzo siguiente. Fascinante, sí, pero al cabo del
rato, monótono.
Con
diez minutos de contemplación tuvimos bastante; luego nos retiramos y subimos a
la cumbre de una pila de maderos que había junto al cobertizo. Allí sentados,
sentíamos debajo de nosotros cómo temblaba el montón de madera a consecuencia
de los pesados resoplidos de la máquina.
—Mi
tío Axel—comenté—dice que el Viejo Pueblo debe haber tenido máquinas mucho
mejores que ésta.
—Mi
padre—replicó ella—afirma que si es cierta sólo una cuarta parte de las cosas
que se dicen del Viejo Pueblo, entonces tuvieron que ser magos y no personas
reales.
—Pero
eran hechos prodigiosos—insistí.
—Dice
mi padre que demasiado prodigiosos para ser verdad—contestó Sophie.
—¿No
cree que fueran capaces de volar, como asegura la gente?—pregunté.
—No.
Eso es una tontería. Si ellos hubieran podido volar, nosotros también podríamos
hacerlo.
—Pero
muchas de las cosas que ellos hacían las estamos aprendiendo nosotros de
nuevo—protesté.
—No
volar —respondió moviendo la cabeza—. Las cosas vuelan o no vuelan, y nosotros
no volamos.
Estuve
tentado a contarle mi sueño de la ciudad y de las cosas que volaban sobre ella,
pero al fin y al cabo un sueño no es una gran evidencia, por lo que lo dejé
estar. Al poco rato bajamos al suelo, dejamos a la máquina con sus soplidos y
sus explosiones y nos dirigimos a casa de Sophie.
John
Wender, su padre, había regresado de uno de sus viajes. Del cobertizo exterior
en donde se hallaba extendiendo pieles sobre bastidores salía el ruido de los
martillazos, y todo el lugar se había llenado del olor característico de esta
operación. Sophie se tiró a él y puso los brazos alrededor de su cuello. El
hombre se irguió sosteniendo a su hija con un brazo.
—Hola,
Chicky—saludó.
Conmigo
se mostró más serio. Habíamos acordado tá-
citamente
que nuestras relaciones serían de hombre a
hombre.
Siempre había sido así. Cuando me vio por pri-
mera
vez, me echó una mirada tan impresionante que no
me
atreví a hablar en su presencia. Sin embargo, aquella
situación
fue cambiando gradualmente. Llegamos a ha-
30
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cernos
amigos. Me enseñó y me dijo un montón de cosas interesantes; no obstante, había
veces en que al levantar yo la vista le sorprendía observándome con inquietud.
Y con razón. Sólo unos años más tarde pude apreciar la enorme preocupación que
debió producirle el regresar a casa y encontrarse con que Sophie se había
torcido el tobillo, y que había sido nada menos que David Strorm, el hijo de
Joseph Strorm, quien le había visto el pie. Supongo que debió tentarle
much~simo la idea de que un cuerpo muerto no puede romper una promesa.. Es
posible que me hubiera salvado la señora Wender.
Pero
también creo que quizá le tranquilizara la noticia de un incidente que ocurrió
en mi casa al mes más o menos de haberme encontrado con Sophie.
Me
había clavado una astilla en la mano y cuando me la saqué eché bastante sangre.
Al entrar en la cocina para que me ayudaran, me di cuenta de que todos
demasiado ocupados con la cena y no podían atenderme; así que me puse a
revolver en el cajón de los trapos en busca de una tira que me sirviera.
Durante uno o dos minutos traté torpemente de atármela, hasta que lo notó mi
madre. Ella hizo unos ruidos de desaprobación con la lengua e insistió en que
antes había que lavar la herida. Luego me la vendó hábilmente mientras
refunfuñaba por haberla tenido que molestar cuando más atareada estaba. Le dije
que lo sentía, y añadí:
—Me
las hubiera arreglado yo solo muy bien si hubiera contado con otra mano.
Se
conoce que mi voz llegó a todo el mundo porque de repente se hizo un gran
silencio en la sala.
Mi
madre se quedó helada. Yo me volví para mirar a mi alrededor ante la súbita
quietud. Todos me estaban observando fijamente: Mary, de pie, y con una tarta
en las manos, dos de los obreros de la granja que aguardaban para recoger su
cena, mi padre a punto de sentarse a la cabecera de la mesa, y los demás.
Cuando capté la expresión de mi padre, ésta estaba transformándose de sorpresa
en ira. Alarmado, pero sin entender nada, le observé apretar la boca, adelantar
la mandíbula y fruncir el entrecejo sobre sus incrédulos ojos. Me exigió:
—¿Qué
es lo que has dicho, muchacho?
Ya
conocía el tono. Desesperado, intenté comprender rápidamente la ofensa que
había cometido esta vez. Me puse a tartamudear:
—He
dicho que no podía atármela yo solo.
Sus
ojos, ahora menos incrédulos, eran más acusadores
—¡Y
has deseado tener una tercera mano!
—No,
padre. Unicamente he dicho si yo hubiera contado con otra mano
—..hubieras
podido atártela. Si eso no es un deseo, ¿qué es entonces?
—Sólo
era una suposición—protesté
La
alarma y la gran confusión que sentía me impedían explicar que únicamente había
expresado de una forma una dificultad que podía exponerse de muchas maneras
más. Ya me había dado cuenta de que los otros habían dejado de mirarme
boquiabiertos a mí, y estaban ahora observando con aprensión a mi padre. La
expresión de éste era ceñuda.
—¡Tú,
mi propio hijo, clamando al diablo para que te dé otra mano!—me acusó.
—Pero
no es así. Sólo he...
—Cállate,
muchacho. Todos te han oído. Y ciertamente no vas a arreglarlo con mentiras.
—Pero...
—¿Estabas
o no estabas expresando tu insatisfacción con la forma del cuerpo que Dios te
ha dado, la forma que es su propia imagen?
—Unicamente
he dicho si yo...
—Has
blasfemado, muchacho. Has pecado contra la Norma. Todos los que están aquí te
han oído. ¿Qué es lo que tienes que decir? ¿Sabes lo que es la Norma?
No
mereáa la pena protestar. Yo sabía muy bien que en aquel estado de ánimo mi
padre no trataría siquiera de comprenderme. Murmuré como un lorito:
—"La
Norma es la imagen de Dios."
—Lo
sabes, y sin embargo has deseado deliberadamente sufrir una mutación. Es
terrible, monstruoso. Tú, mi hijo, blasfemando, ¡y delante de tus padres!
Y
con la severa voz que acostumbraba a utilizar en el púlpito, añadió:
—¿Qué
es una mutación?
—"Algo
maldito ante los ojos de Dios y de los hombres"—musité.
—¡Y
eso es lo que tú has deseado ser! ¿Qué tienes que decir?
Como
tenía la absoluta certeza de que sería inútil decir nada, mantuve cerrada la
boca y bajé los ojos.
—¡Ponte
de rodillas! —me ordenó—. ¡Arrodíllate y reza!
Los
demás se arrodillaron también. La voz de mi padre se elevó:
—Señor,
hemos cometido un pecado de omisión. Te rogamos que nos perdones por no haber
instruido mejor a este niño en tus leyes...
La
oración siguió retumbando durante mucho tiempo. Después del "Amén"
hubo una pausa que rompió mi padre, diciendo:
—Ahora
vete a tu alcoba y reza. Reza, despreciable muchacho, y pide un perdón que tú
no mereces, pero que Dios, en su misericordia, quizás te conceda todavía. Luego
iré yo a verte.
Por
la noche, cuando se hubo mitigado la angustia que me había producido la visita
de mi padre, permanecí despierto en medio de una gran confusión. No se me había
pasado por la cabeza desear una tercera mano, pero, aunque así hubiera sido...
Si tan terrible era pensar solamente en tener tres manos, ¿qué hubiera pasado
si uno las tenía de verdad? Esa o cualquier otra anomalía, como, por ejemplo,
un dedo de más en el pie...
Y
cuando por fin quedé dormido, tuve un sueño.
Nos
encontrábamos todos reunidos en el patio, igual que habíamos estado en la
última purificación. En aquella oportunidad se había tratado de un becerrillo
pelón que aguardaba parpadeando de manera estúpida frente al cuchillo que
sostenía mi padre. Esta vez era una niña, Sophie, la que erguida y con los pies
desnudos intentaba ocultar inútilmente la larga hilera de dedos que se veían en
cada uno de sus pies. Estábamos todos mirándola y esperando. De pronto, ella
empezó a correr de una a otra persona implorando ayuda, pero nadie hizo ningún
movimiento ni mostró expresión alguna en el rostro. Mi padre, con el cuchillo
brillando en su mano, comenzó a caminar hacia ella. Sophie se puso frenética;
con las lágrimas rodándole por la cara, iba desesperadamente de un inmóvil
espectador a otro. Mi padre, duro, implacable, continuó acercándose; sin
embargo, nadie intentó socorrerla. Mi padre, con los brazos extendidos al
máximo para impedirle la huida, se aproximó aún más hasta lograr arrinconarla.
Por
fin la cogió, y a rastras la llevó al centro del patio. Cuando el sol empezó a
salir por el horizonte, todos principiaron a cantar un himno. Mi padre, al
igual que había hecho con el batallador becerrillo, agarró con un brazo a
Sophie. Levantó cuanto pudo la otra mano, y al bajarla, el cuchillo relampagueó
a la luz del saliente sol, del mismo modo que había relampagueado cuando cortó
el cuello del becerrillo...
Pienso
que John y Mary Wender se hubieran sentido mucho más tranquilos de haberme
visto cuando me desperté, luchando y gritando, para permanecer después tendido
en la oscuridad mientras trataba de convencerme a mí mismo de que la terrible
imagen no había sido más que un sueño.
En
aquella época fue cuando pasé de un período de placidez a otro de
acontecimientos sucesivos. Sin embargo, no había mucha razón para ello; quiero
decir que sólo unos pocos de los eventos estaban relacionados entre sí: era
como si un ciclo activo se hubiera puesto en marcha, como si una temporada de
tiempo diferente hubiera comenzado.
Supongo
que si el primer incidente fue mi encuentro con Sophie, el segundo fue el
descubrimiento que hizo tío Axel acerca de mí y de mi media prima Rosalind
Morton. Sucedió que él —y tuvimos suerte de que fuera él, y no otro—me
sorprendió cuando estaba hablando con ella.
Debe
haber sido el instinto de conservación lo que nos había hecho mantener el
secreto entre nosotros, porque no teníamos ninguna sensación activa del
peligro; tan poco contaba yo con el riesgo, que cuando tío Axel me encontró
detrás de un almiar hablando aparentemente solo, apenas me molesté en
disimular. Cuando, al mirar de reojo, me di cuenta de que había alguien y me
volví para ver quién era, él ya llevaría allí un minuto o más.
Tío
Axel era un hombre alto, ni delgado ni gordo, pero sí fuerte, y con aspecto de
persona habilidosa. Había veces en que, al observarle en el trabajo, solía
pensar que sus curtidas manos y brazos tenían algún tipo de parentesco con la
pulida madera de los mangos que utilizaba. Estaba de pie en su forma
acostumbrada, cargando mucho de su peso sobre el grueso bastón que usaba a
causa del pésimo entablillado que le hicieron cuando se rompió la pierna en el
mar. Al fruncir ligeramente el ceño, se estrecharon aún más sus espesas cejas
que ya empezaban a blanquear, pero los rasgos de su curtido rostro mostraron
cierta diversión al observarme.
—Bueno,
bueno, Davey—dijo—, ¿y a quién hablabas con tanto gusto? ¿Era a las hadas, a
los gnomos, o sólo a los conejos?
Me
limité a mover negativamente la cabeza. Se aproximó cojeando, se sentó junto a
mí y cogió del almiar un tallo de hierba para masticarlo.
—¿Te
sientes solo?—me preguntó.
—No—contesté.
Volvió
a fruncir ligeramente el entrecejo, al tiempo que sugería:
—¿Y
no seria más divertido que charlaras con alguno de los otros niños? Yo creo que
eso resultaría más interesante que sentarte aquí solo y hablar contigo mismo.
Vacilé
un momento, pero luego, como se trataba del tío Axel y de mi mejor amigo entre
los adultos, respondí:
—Pero
si ya lo hacía.
—¿Hacías
qué? —quiso saber asombrado.
—Hablar
con uno de ellos—repliqué.
Desconcertado,
arrugó otra vez el ceño.
—¿Con
quién?—preguntó.
—Con
Rosalind.
Hizo
una pausa, me miró con más intensidad y observó:
—Pues
no la he visto por aquí.
—Oh,
ella no está aquí—expliqué—. Está en su casa... bueno, cerca de su casa, en una
casita secreta que construyeron sus hermanos en el bosquecillo. Es uno de sus
sitios predilectos.
A lo
primero no fue capaz de captar el significado de lo que le decía, hasta el
punto de que me contestó
como
si fuera un juego de adivinanzas. Pero después de que intenté explicárselo
durante un rato, se quedó callado, miró fijamente mi cara mientras yo hablaba y
luego su rostro adquirió una expresión muy seria. Cuando yo callé, él no dijo
nada durante un minuto o dos; transcurrido ese tiempo, me interrogó:
—¿Entonces
no es esto un juego... y lo que me estás diciendo es cierto, Davey?
Mientras
hablaba, en sus ojos había un aire de dureza y de resolución.
—Claro,
tío Axel, desde luego que sí—le aseguré.
—¿Y
nunca se lo has dicho a nadie..., pero a nadie?
—No.
Es un secreto—repliqué, al tiempo que notaba en él una mayor tranquilidad.
Arrojó
de su boca los residuos del tallo de hierba que estaba masticando, y sacó otro
del almiar. Después de que, pensativamente, lo hubo mordido un poco y escupió
sus restos, volvió a mirarme de forma directa.
—Davie—me
dijo—, quiero que me prometas algo.
—Sí,
tío Axel.
—Se
trata de lo siguiente—señaló con mucha gravedad—. Quiero que lo mantengas en
secreto. Quiero que me prometas que nunca, nunca le dirás a nadie lo que acabas
de decirme a mí..., nunca. Es muy importante, y más tarde entenderás mejor por
qué. Ni siquiera debes hacer nada que pueda conducir a otra persona a
adivinarlo. ¿Me lo prometes?
Su
gravedad me impresionó muchísimo. Nunca antes le había oído hablar con tanta
intensidad. Cuando se lo prometí, me di cuenta de que estaba ofreciendo algo
más importante de lo que yo podía comprender. Mientras hablé mantuvo sus ojos
fijos en los míos, y luego asintió satisfecho por mis palabras. Después de que
estrechamos nuestras manos como muestra de conformidad, comentó:
—Sería
mucho mejor que lo olvidaras todo.
Reflexioné
un instante y contesté meneando la cabeza:
—No
creo que pueda, tío Axel. No, de verdad. Quiero decir que es... así. Sería como
tratar de olvidar...
Me
quedé cortado, incapaz de expresar lo que quería enumerar.
—Quizás
—sugirió—, ¿cómo tratar de olvidar el modo de hablar o la manera de oír?
—Sí,
algo parecido—admití—. Pero con ciertas diferencias.
Luego
de asentir con la cabeza, volvió a una actitud meditativa. Después insistió:
—¿Escuchas
las palabras dentro de tu cabeza?
—Bueno,
yo no diría exactamente "escuchar" o "ver" —respondí—.
Hay... una especie de formas... y con las palabras las aclaro y las hago más
fáciles de entender.
—Pero
no será preciso que uses palabras... y menos que las pronuncies en voz alta
como estabas haciendo ahora, ¿no?
—¡Oh,
no!... Sólo que a veces eso contribuye a aclarar más las cosas.
—Y
también contribuye a hacerlas más peligrosas para ambos. Quiero que vuelvas a
hacerme otra promesa: que nunca más lo dirás en voz alta.
—Conforme,
tío Axel—convine de nuevo.
—Cuando
seas mayor —explicó— comprenderás lo importante que es.
A
continuación insistió en que consiguiera de Rosalind los mismos ofrecimientos.
Como le vi tan preocupado, no quise decirle nada acerca de los otros, pero
decidí que también ellos debían prometerlo. Al final levantó otra vez la mano y
volvimos a jurar solemnemente que guardaríamos el secreto.
Aquella
misma tarde expuse el asunto a Rosalind y a los otros, lo que resultó en la
cristalización de un sentimiento que ya estaba en la mente de todos. Creo que
ninguno de nosotros había dejado de cometer alguna vez uno o dos deslices que
no hubieran provocado en algún adulto una mirada de recelo. Unas cuantas de
estas miradas habían sido suficientes para advertirnos. Y aunque no las
comprendíamos, sus indicios de censura eran tan evidentes y estaban tan cerca
de la sospecha que nos habían bastado para no meternos en dificultades. Y no es
que hubiera entre nosotros ninguna política de cooperación o acuerdo. Era
simplemente que de modo individual todos habíamos seguido el mismo proceder de
autoprotección y secreto. Sin embargo ahora, debido a la ansiosa insistencia de
tío Axel para arrancarme las promesas, la sensación de amenaza se
intensificaba. Y si bien seguía siendo informe para nosotros, la sentíamos de
manera más real. Por otro lado, al tratar de transmitir a los demás la gravedad
de la situación según el tío Axel, removí por lo visto una inquietud que ya
estaba en el ánimo de todos, porque nadie discrepó. Todos hicieron la promesa
de buen grado, en realidad hasta con vehemencia, como si se tratara de una
carga de la que quedaran aliviados al compartirla. Era nuestro primer acto como
grupo; de hecho, nos constituyó en grupo al tener que admitir formalmente
nuestras responsabilidades mutuas. Cambió inclusive nuestras vidas al ser la
primera actitud que tomábamos en la autoconservación colectiva, si bien entendíamos
poco de eso entonces. En aquellos momentos lo más importante era al parecer el
sentimiento de participación...
Después,
y casi a renglón seguido de aquel suceso personal, se produjo otro de interés
general: una invasión armada por parte del pueblo de los Bordes.
Como
ya era habitual, no existía un plan detallado para repeler el ataque. La
organización máxima a que se había llegado consistía en el establecimiento de
cuarteles generales en distintos sectores. Cuando se daba la alarma, todos los
hombres aptos del distrito tenían la obligación de reunirse en sus cuarteles
generales locales, donde se decidiría la acción a seguir de acuerdo con la
situación y la magnitud del problema. Hasta entonces el sistema había
demostrado su utilidad en la lucha contra las pequeñas incursiones, pero no
servía para más. Consecuentemente, cuando el pueblo de los Bordes contó con
dirigentes capaces de promover una invasión organizada, nosotros no teníamos un
adecuado sistema de defensa para contrarrestarla. Por eso pudieron avanzar a lo
largo de un extenso frente, derrotar a varias partidas pequeñas de nuestra
milicia y saquear las haciendas a su antojo, y todo ello sin tropezarse con
ninguna resistencia seria hasta que penetraron cuarenta o más kilómetros en las
zonas civilizadas.
Para
entonces nuestras fuerzas ya se hallaban algo mejor ordenadas y los distritos
vecinos habían decidido unirse con el fin de presentar un frente más amplio y
atacar por los flancos. Nuestros hombres estaban asimismo mejor armados. Muchos
de ellos tenían armas de fuego, en tanto que el ejército de los Bordes sólo
contaba con unas cuantas que había robado y su fuerza estribaba principalmente
en arcos, cuchillos y lanzas. No obstante, la extensión de su avance
dificultaba mucho cualquier tentativa de contrarrestarles. Por otra parte, como
se movían con más soltura en los bosques y se ocultaban más inteligentemente
que los mismos seres humanos, pudieron penetrar otros veinticinco kilómetros
antes de que nosotros fuéramos capaces de contenerlos y presentarles batalla.
Aquello
era excitante para un muchacho como yo. Al tener al pueblo de los Bordes a poco
más de doce kilómetros, nuestro patio de Waknuk se había convertido en uno de
los puntos de reunión. Mi padre, a quien habían atravesado un brazo con una
flecha al principio de la campaña, ayudaba a la organización de los nuevos
voluntarios en escuadrones. Durante varios días tuvimos un gran bullicio con
las idas, las venidas, los alistamientos y las distribuciones de los hombres,
hasta que por fin marcharon sobre su monturas mientras las mujeres de la casa
les despedían agitando sus pañuelos.
Cuando
todos hubieron partido, incluidos también nuestros trabajadores, el lugar
pareció quedar extrañamente silencioso a lo largo de un día. Luego regresó un
jinete al galope que se detuvo brevemente para decirnos que se había librado
una gran batalla y que el pueblo de los Bordes, desprovisto de varios
dirigentes por haber sido hechos prisioneros, huía tan de prisa como le era
posible; a continuación reemprendió el galope para divulgar la buena noticia.
Aquella
misma tarde llegó a nuestro patio una pequeña tropa de hombres de a caballo que
traía en medio de ellos a dos de los jefes de los Bordes capturados.
Dejé
lo que estaba haciendo y corrí para verlos. A primera vista quedé algo
decepcionado. Las historias que se contaban de los Bordes me habían hecho
imaginar criaturas con dos cabezas, o con piel de animal por todo el cuerpo, o
con media docena de brazos y piernas. En vez de eso me parecieron dos hombres
totalmente normales con barba, si bien sucísimos y cubiertos de andrajos. Uno
de ellos era pequeño, de pelo hermoso y arreglado en forma de copete, como si
se lo hubiera recortado con un cuchillo. Pero fue la visión del otro lo que me
produjo tal agitación, que me quedé sin habla y con la mirada fija en él. Y es
que aquel hombre, vestido con ropas decentes y teniendo la barba aseada,
hubiera sido la imagen de mi padre...
Al
mirar desde su cabalgadura a su alrededor, reparó en mi presencia; al principio
fue casualmente, al pasear la mirada, pero luego puso sus ojos sobre mí y me
observó fijamente. En su vista apareció una extraña expresión que no comprendí
en absoluto...
Abrió
la boca como para hablar, pero en aquel momento salió gente de la casa con el
propósito de ver lo que sucedía; mi padre, con el brazo todavía en cabestrillo,
era uno de ellos.
Vi
que mi padre se detenía en el umbral de la puerta, echaba una ojeada al grupo
de jinetes y notaba también la presencia del prisionero. Durante un momento se
quedó con la mirada fija, igual que había hecho yo, antes de que le
desapareciera el color y de que en su rostro brotara una erupción de manchas
grisáceas.
En
seguida volví mis ojos hacia el otro hombre. Se hallaba rígidamente sentado
sobre su caballo. La expresión de su cara me hizo sentir de repente como un
zarpazo en el pecho. Hasta entonces no había visto yo un odio tan puro: los
rasgos profundamente cortados, los ojos echando chispas, los dientes
asemejándose de pronto a los de un animal salvaje. Aquello fue para mí como una
bofetada, ya que lo interpreté como una horrible revelación de algo hasta aquel
momento desconocido y oculto. Causó en mi mente tan grande impresión, que jamás
he podido olvidarlo...
Entonces
mi padre, con aspecto aún parecido al de un enfermo, alargó su brazo bueno para
apoyarse en la jamba de la puerta; luego entró otra vez en la casa.
Cuando
uno de los jinetes del acompañamiento cortó la cuerda que inmovilizaba los
brazos del prisionero, y ~ ~ ~ ~ él. Era alrededor de cuarenta centímetros mas
alto que cualquiera de los que le rodeaban. Pero no porque fuese un hombre
grande, ya que no habría sobrepasado el uno setenta y cinco de mi padre si sus
piernas hubieran sido cabales; en cambio, eran monstruosamente largas y
delgadas, lo mismo que sus brazos. Parecía mitad hombre, mitad araña...
Le
dieron de comer y un vaso de cerveza. Al sentarse en un banco sus huesudas
rodillas se elevaron casi a la misma altura que sus hombros. Mientras ronzaba
pan y queso echó una ojeada a su alrededor. En el curso de su examen volvió a
percibirme. Me hizo una seña para que me acercara. Yo hice como si no le
hubiera visto. Volvió a hacerme señas. Me avergonzaba de tenerle miedo. Así que
me acerqué un poco y luego otro poco más, pero con cautela, manteniéndome fuera
del alcance de aquellos brazos que a mí se me antojaban de araña
—¿Cómo
te llamas, chico?—me preguntó.
—David—respondí—.
David Strorm.
Asintió
con la cabeza, como satisfecho de mi respuesta
—Entonces
el hombre de la puerta, con el brazo en cabestrillo, será tu padre, ¿verdad?
Joseph Strorm.
—En
efecto—reconocí.
Volvió
a asentir con la cabeza. Contemplando los contornos de la casa y los edificios
anexos, continuó:
—Y
este lugar será Waknuk, ¿no?
—Sí—contesté.
No
sé si aquel individuo hubiera seguido interrogándome, ya que en aquel momento
alguien me dijo que me fuera de allí. Un poco más tarde volvieron a montar
todos en los caballos, ataron de nuevo los brazos al hombre araña y se alejaron
rápidamente. Contento de verles marchar, observé que tomaban la dirección de
Kentak. Después de todo, mi primer encuentro con alguien de los Bordes no había
sido nada excitante. En cambio, sí que había resultado desagradablemente
perturbador.
Me
dijeron posteriormente que los dos hombres de los Bordes capturados se las
habían arreglado para escapar aquella misma noche. No puedo recordar quién me
lo refirió, pero sí que estoy seguro de que no fue mi padre. Nunca le oí hablar
de aquel día y yo jamás tuve el valor de preguntarle sobre lo sucedido...
Me
parece recordar que apenas se hubo normalizado la situación después de la
correría y los hombres se hubieron reintegrado al trabajo en la granja, mi
padre tuvo un nuevo altercado con mi medio tío Angus Morton.
Llevaban
años rompiendo mutua e intermitentemente las hostilidades a causa de sus
diferencias de temperamento y de puntos de vista. Mi padre había resumido su
juicio por lo visto con la declaración de que si Angus tenía principios, éstos
eran de tan infinita amplitud que constituían una amenaza para la rectitud del
vecindario. Se decía que a esta acusación había replicado Angus con la critica
de Joseph Strorm en ei sentido de considerarle un pedante empedernido y un
fanático extremado. Consecuentemente, las disputas se producían con relativa
facilidad, y el motivo de la última era la adquisición de un par de grandes
caballos por parte de Angus.
Hasta
nuestro distrito habían llegado rumores acerca de la existencia de caballos
grandísimos. Mi padre, ya intranquilo mentalmente por lo que había oído de
ellos, no consideró desde luego como recomendación el hecho de que fuera mi
medio tío su importador. Por tanto, es muy probable que fuera a examinarlos con
algún prejuicio.
Sus
temores quedaron confirmados en seguida. En cuanto puso sus ojos en aquellas
enormes criaturas de dos metros setenta centímetros de alto, supo que eran
defectuosas. Disgustado, dio media vuelta y se dirigió resuelto a casa del
inspector, donde presentó la demanda de que debían ser destruidas como ofensas.
El
inspector, contento porque esta vez su posición era incontestable, replicó de
buen humor:
—Su
demanda está fuera de orden en esta ocasión. El gobierno ha dado el visto bueno
a esos animales y, por tanto, no es ya de mi competencia.
—No
lo creo —observó mi padre—. Dios no ha hecho jamás caballos de ese tamaño. El
gobierno no puede haber dado su aprobación.
—Pues
lo ha hecho —dijo el inspector, notándosele en el rostro la satisfacción por lo
que iba a añadir—. Y lo que es más, Angus me ha dicho que como conocía tan bien
a la comunidad, se ha traído consigo los certificados en los que se da fe de
ello.
—Cualquier
gobierno que permita criaturas como esas—indicó mi padre—es corrupto e inmoral.
—Posiblemente
—admitió el inspector—, pero sigue siendo el gobierno.
Mi
padre echó una mirada feroz al otro hombre. Luego agregó:
—Salta
a la vista el motivo por el que algunas personas los aprueban. Uno de esos
brutos es capaz de realizar el trabajo de dos o incluso de tres caballos
corrientes, y por menos del doble de lo que come uno. Ya tenemos ahí una
excelente ventaja y un magnífico incentivo para darles el visto bueno, pero eso
no significa que sean cabales. Yo afirmo que un animal así no es una de las
criaturas de Dios... y si no es suya, entonces es una ofensa y como tal tiene
que ser destruida.
—La
aprobación oficial —explicó el inspector—declara que la raza se consiguió por
el simple apareamiento de ejemplares grandes, pero de una manera normal. Y yo
le desafío a usted a que encuentre alguna característica que sea verdaderamente
defectuosa en ellos.
—Cualquiera
hubiera dicho lo mismo al ver el beneficio que dan—contestó mi padre—. Pero hay
una palabra para calificar ese tipo de pensamiento.
El
inspector se encogió de hombros.
—Sin
embargo—insistió mi padre—, eso no significa que sean cabales. Un caballo de
ese tamaño no es cabal, y usted, de modo oficioso, lo sabe igual que yo y no
hay posibilidad de escapar a esa evidencia. Si empezamos a permitir cosas que
para nosotros no son cabales, no sé dónde vamos a ir a parar. Una comunidad
temerosa de Dios no tiene necesidad de perder su fe porque exista una presión
apoyada por una autoridad gubernativa. Aquí somos muchísimos los que sabemos
cómo quiere Dios que sean sus criaturas, aunque el gobierno lo ignore.
El
inspector sonrió al preguntar:
—¿Como
ocurrió con el gato de los Dakers?
Mi
padre volvió a mirarle ferozmente. El caso del gato de los Dakers había traído
cola.
Hacía
un año aproximadamente que había sucedido todo. Mi padre se enteró de que la
esposa de Ben Dakers había dado cobijo a un gato rabón. Al investigar y reunir
la evidencia suficiente en el sentido de que aquel animal no había perdido el
rabo en un accidente, por ejemplo, sino que nunca había contado con dicha
extremidad, lo condenó rápidamente y en su calidad de magistrado ordenó al
inspector que autorizara su destrucción por ser una ofensa. El inspector
accedió, aunque con desgana, por lo que los Dakers presentaron inmediatamente
una apelación. Tales vacilaciones y demoras en un caso tan obvio violentaron
los principios de mi padre, quien ejecutó personalmente al animal mientras el
proceso estaba aún sub judice. Cuando más tarde llegó una notificación comunicando
la existencia reconocida de una raza de gatos rabones con una historia bien
autenticada, mi padre quedó corrido y tuvo que pagar una fuerte indemnización.
Además prefirió poco elegantemente hacer una apología pública en vez de
renunciar a su magistratura.
—Esto—cortó
mi padre—es un asunto mucho más importante.
—Escuche
—replicó el inspector con paciencia—. La especie está aprobada. Y estos dos
caballos concretamente tienen la sanción que lo confirma. Si eso no es bastante
para usted, vaya y mátelos..., pero aténgase a las consecuencias.
—Usted
—insistió mi padre— tiene la obligación moral de emitir una orden contra estos
llamados caballos.
El
inspector se sintió repentinamente cansado de la discusión.
—Parte
de mi obligación oficial es proteger a esos animales del daño que les puedan
hacer los tontos y los fanáticos.
Mi
padre no llegó a golpear al inspector, pero estuvo muy cerca de hacerlo.
Durante varios días se le vio cocer su rabia, hasta que al domingo siguiente
nos echó un sermón abrasador sobre la tolerancia de las mutaciones que
manchaban la pureza de nuestra comunidad. Pidió un boicot general hacia el
propietario de las ofensas, especuló acerca de la inmoralidad en las altas
esferas, insinuó que era de esperar en algunos un sentimiento de adhesión a las
mutaciones, y concluyó la peroración criticando mordazmente a un determinado
funcionario sin escrúpulos que estaba al servicio de amos sin escrúpulos y del
representante local de las fuerzas del mal.
A
pesar de que el inspector no contaba con un púlpito tan adecuado para replicar,
se encargó de que alcanzaran una amplia circulación ciertas observaciones suyas
sobre la persecución, el desacato a la autoridad, el fanatismo, la manía
religiosa, las leyes contra la calumnia y los probables efectos derivados de la
acción directa en oposición a las sanciones gubernativas.
Con
toda probabilidad, aquella fue la última advertencia que hizo a mi padre
abstenerse de obrar, aunque no de hablar. Ya había tenido grandes problemas por
el gato de los Dakers, y eso que el animal no tenía ningún valor; pero los
enormes caballos de mi medio tío eran criaturas muy costosas, aparte de que
Angus no renunciaría a ninguna de las penalizaciones posibles...
Por
tanto, y con aquel grado de frustración en el ambiente, la casa se convirtió en
un magnífico sitio para estar en ella lo menos posible.
Ahora
que el campo había vuelto a la normalidad y no se esperaba la aparición de
indeseables, los padres de Sophie la dejaron salir a pasear otra vez y yo me
dejaba caer por allí en cada ocasión que podía escabullirme.
Naturalmente,
Sophie no podía ir al colegio. La hubieran descubierto enseguida, aun teniendo
un certificado falso. Y aunque sus padres la enseñaban a leer y a escribir,
como no tenían libros de poco le servía. Esa era la causa de que en nuestras
excursiones habláramos mucho, por lo menos yo, con la intención de transmitirla
lo que yo aprendía de mis libros de lectura.
—Se
acepta en general —le decía yo—, que el mundo es un sitio muy grande y bonito,
y probablemente redondo. Su parte civilizada, de la que Waknuk es sólo un
pequeño distrito, se llama Labrador. Se piensa que éste fue el nombre que le
dio el Viejo Pueblo, aunque no se está muy seguro de ello. Bastante más allá de
Labrador hay una gran cantidad de agua a la que se denomina mar, y es muy
importante por los peces. Nadie que yo sepa, a excepción de tío Axel, ha visto
ese mar, ya que se encuentra muy lejos de aquí, pero si haces quinientos
kilómetros más o menos hacia el este, el norte o el noroeste darás con él antes
o después. Pero no ocurriría lo mismo si fueras en dirección suroeste o sur,
porque primero te tropezarías con los Bordes y luego con las Malas Tierras, y
te matarían.
Se
decía también, aunque nadie podía asegurarlo, que en la época del Viejo Pueblo
Labrador había sido una tierra muy fría, tan fría que nadie era capaz de vivir
en ella mucho tiempo; por consiguiente, sólo la habían utilizado entonces como
criadero de árboles y para realizar sus misteriosas excavaciones. Pero eso
había ocurrido mucho, muchísimo tiempo atrás. ¿Mil años? ¿Dos mil? ¿Más
incluso? La gente hacía conjeturas, pero nadie lo sabía a ciencia cierta. Eran
incontables las generaciones de personas que habían pasado sus vidas como
salvajes entre la venida de la tribulación y el principio de la historia
registrada. Del yermo bárbaro sólo contábamos con el Repentances de Nicholson,
y ello únicamente debido a que, quizás durante varios siglos, había permanecido
encerrado en un cofre de piedra antes de ser descubierto. Y de la época del
Viejo Pueblo sólo se había conservado la Biblia.
Aparte
de lo que contaban estos dos libros, del pasado anterior a los tres siglos
registrados no quedaba ninguna memoria. De aquel período en blanco habían
surgido unas cuantas hebras de leyenda que, al pasar por las sucesivas mentes,
se habían ido deshilachando nocivamente. Como quiera que ni la Biblia ni el
Repentances mencionaban el nombre de Labrador, tuvo que ser esa larga línea de
lenguas la que nos dio dicha denominación; y en cuanto al frío, quizás
estuvieran en lo cierto, si bien ahora había únicamente dos meses de frío en el
año. No obstante, quizás hubiera que achacarlo a la tribulación, porque a ella
había que achacarle casi todo...
Durante
un largo espacio de tiempo se estuvo discutiendo sobre la posibilidad de que
las demás partes del mundo, a excepción de Labrador y de la gran isla de Newf,
hubieran estado pobladas. Se consideraba a todas como pertenecientes a las
Malas Tierras, que habían sufrido por entero el peso de la tribulación; pero
había quedado demostrado que en algunos sitios existían extensiones del país de
los Bordes. Lógicamente, se trataba de lugares en extremo aberrantes e impíos,
así como imposibles de civilizar por el momento; no obstante, si los límites de
las Malas Tierras hubieran estado más cerca de los nuestros, habría existido la
probabilidad de colonizarlas alguna vez.
En
conjunto, no parecía conocerse demasiado del mundo, pero al menos era un tema
mas interesante que la Ética que nos enseñaba un anciano los domingos por la
tarde. La Ética trataba del motivo de hacer o no hacer las cosas. La mayoría de
las razones contrarias eran las mismas que las de mi padre, pero como otras
eran distintas yo estaba desconcertado.
Según
la Ética, la humanidad, o sea, quienes vivíamos en las partes civilizadas, se
hallaba en el proceso de retorno a la gracia divina. Nos encontrábamos
siguiendo una borrosa y difícil huella que ascendía a las alturas de donde
habíamos caído. Del rastro verdadero salían muchos ramales falsos que a veces
parecían más fáciles de seguir y más atractivos; sin embargo, el fin de todos
ellos era el borde del principio, en cuyo fondo estaba el abismo de la
eternidad. Consecuentemente, no había más que un único rastro verdadero, y al
seguirlo con la ayuda de Dios y de acuerdo con su voluntad recuperaríamos todo
lo que se había perdido. Pero la huella era tan vaga y había tantas trampas y
engaños en su recorrido que había que dar cada paso con cautela, y para el
hombre era peligrosísima la confianza en su propio juicio. Sólo las autoridades
eclesiásticas y seglares se hallaban en disposición de juzgar si el paso
siguiente era un nuevo descubrimiento que se podía andar con seguridad; o si se
desviaba de la verdadera reascensión y resultaba por lo mismo pecaminoso. La
penitencia de la tribulación que había sido impuesta al mundo debía cumplirse,
el largo ascenso debía ser recorrido de nuevo fielmente, y al final, si se
vencían también las tentaciones, se recibiría el premio del perdón, la
restauración de la Edad de Oro. Antes se habían sufrido las penitencias
siguientes: la expulsión del Edén, el diluvio, las plagas, la destrucción de
las ciudades de la llanura, la cautividad. La tribulación no solamente había
sido otro de los castigos, sino el mayor de todos, como una especie de
combinación de todos los demás. La causa de su envío estaba aún por descubrirse
pero si se juzgaba por los precedentes, es muy probable que fuera por un
período de arrogancia irreligiosa que prevalecería entonces.
Para
nosotros, la mayoría de los numerosos preceptos, argumentos y ejemplos de la
Ética se condensaban en esto: la obligación y el propósito del hombre en este
mundo es luchar incesantemente contra los males que la tribulación desencadenó
en él. Sobre todo, debe vigilar que la forma humana se amolde al verdadero
patrón divino a fin de que un día se le pueda permitir la recuperación del
elevado lugar en el que, como imagen de Dios fue colocado.
Sin
embargo, yo no hablé mucho de esta parte de la Ética a Sophie. Y no porque yo
hubiera considerado jamás en mi mente que era una aberración; pero como había
que admitir la imposibilidad de calificarla de verdadera imagen de Dios, me
pareció más discreto evitar ese aspecto. Por otro lado, había muchos otros
temas de los que hablar.
Al
parecer, a nadie de Waknuk le preocupaba que yo no estuviera a la vista. Sólo
cuando me descubrían
haraganear
pensaban en tareas que debían hacerse.
La
estación era muy buena, pues además de hacer sol llovía lo suficiente, de modo
que los granjeros apenas tenían que lamentarse de otra cosa que de la falta de
tiempo para recuperar la faena que había interrumpido la invasión. Por otro
lado, y con excepción de las crías habida en las ovejas, la media de ofensas
producida en los nacimientos de la primavera había sido extraordinariamente
baja. Las cosechas próximas eran tan ortodoxas, que el inspector había
condenado solamente un campo a la quema, perteneciente a Angus Morton. Hasta en
las verduras se daban muy pocas aberraciones, y como siempre eran las
solonaceas las que proporcionaban un mayor número de ellas. Con todo, la
estación parecía que iba a establecer una marca de pureza y las condenas eran
tan escasas que incluso mi padre, en una de sus charlas, anunció con agrado,
aunque cautamente, que este año Waknuk propinaría casi con seguridad un buen
revés a las fuerzas del mal, añadiendo que también era motivo de acción de
gracias el que la pena por la importación de los caballos grandes hubiera
recaído sobre su dueño y no sobre toda la comunidad.
Al
estar, pues, todos tan ocupados, yo podía escabullirme más temprano y
vagabundear junto a Sophie con más amplitud que antes durante aquellos largos
días de verano, si bien realizábamos nuestras excursiones con cautela y
limitábamos nuestra andadura a caminos poco frecuentados con el fin de evitar
encuentros. La crianza de Sophie la había proporcionado una timidez frente a
los extraños que era casi instintiva. Poco menos que antes de hacerse visible
alguien, ella ya había desaparecido silenciosamente. El único adulto con quien
había hecho amistad era Corky, quien estaba al cuidado de la máquina de vapor.
Todos los demás eran peligrosos.
Por
la parte de arriba del arroyo descubrimos un lugar en donde había bancos de
guijas. A mí me gustaba quitarme los zapatos, subirme los pantalones y
chapotear en el agua al tiempo que examinaba los remansos y los agujeros.
Sophie solía sentarse mientras tanto en una de las grandes y lisas piedras que
se inclinaban hacia el agua para observarme desde allí melancólicamente. Más
tarde fuimos provistos de dos redecillas que nos había hecho la señora Wender y
de un pote para meter las capturas. Mientras yo entraba en el agua para coger
as pequeñas criaturas semejantes a camarones que vivían en ella, Sophie trataba
de sacarlas desde la orilla utilizando la malla como una cuchara. Naturalmente,
no tenía mucho éxito. Al cabo del rato se dio por vencida y se volvió a sentar
mirándome con envidia. Luego se decidió de repente, se quitó un zapato y se
contempló el pie con reflexión. Transcurrido un minuto se quitó el otro, se
arrolló los pantalones de algodón por encima de las rodillas y se metió en el
arroyo. Se detuvo pensativamente un momento para observarse a través del agua
los pies, que descansaban sobre las peladas piedras. Yo la llamé:
—Vente
aquí. Hay un montón de ellos.
Riendo
de excitación vino hacia mí.
Cuando
hubimos cogido lo suficiente, nos sentamos en la piedra lisa para secarnos al
sol.
—No
son tan horribles, ¿verdad? —dijo, mirándose los pies candorosamente.
—No
son nada horribles—repliqué—. A su lado los míos parecen llenos de nudos.
Se
lo dije con sinceridad, y a ella le agradaron mis palabras.
Unos
cuantos días después volvimos allí de nuevo. Dejamos el pote sobre la piedra
lisa, junto a los zapatos, y nos pusimos con ahínco a pescar, yendo y viniendo
a la piedra sin reparar en otra cosa, hasta que una voz llamó:
—¡Eh,
David!
Levanté
la vista, sabedor de que Sophie se había puesto rígida detrás de mí.
El
chico que me había llamado estaba de pie en la orilla, justamente al lado de la
roca en donde estaban
nuestras
cosas. Yo le conocía. Era Alan, el hijo de John Ervin, el herrero; tendría unos
dos años más que yo. Sin ningún entusiasmo le respondí:
—¡Ah!
Hola, Alan.
Me
acerqué a la piedra y cogí los zapatos de Sophie.
—¡Cógelos!
—la grité, mientras se los arrojaba.
Pudo
agarrar uno de ellos en el aire; el otro cayó al agua. No obstante, le dio
tiempo a recuperarlo.
—¿Qué
estáis haciendo?—preguntó Alan.
Le
dije que estábamos capturando aquellos bichos parecidos a camarones. Mientras
hablaba salí de manera despreocupada del agua y me puse encima de la roca.
Nunca me había importado Alan demasiado, y desde luego aquella no era la
ocasión más propicia para considerarle bienvenido.
—Eso
no sirve para nada—explicó despectivamente—. Lo que tenéis que coger son peces.
De
pronto dirigió su atención hacia Sophie, quien unos metros más arriba y con los
zapatos en la mano se acercaba a la orilla.
—¿Quién
es?—quiso saber Alan.
Demoré
la respuesta en tanto me ponía los zapatos. Por su parte Sophie había
desaparecido ya entre los arbustos.
—¿Quién
es?—repitió—. No la he...
Se
había callado de repente. Levanté la vista y observé que había clavado la
mirada en algo que había a mi lado. Me volví rápidamente. Sobre la piedra lisa
había una huella todavía húmeda de un pie. Una de las veces que Sophie había
ido a echar sus capturas en el pote, pisó sin darse cuenta en la piedra. En la
señal se apreciaban aún con toda claridad los seis dedos. Propiné una patada al
pote. Un chorro de agua y de bichillos en movimiento cayó por la piedra y borró
la huella del pie, pero con gran pesar por mi parte tuve que admitir que el mal
estaba ya hecho.
—¡Vaya!
—dijo Alan con un fulgor en sus ojos que no me agradó—. ¿Quién es, repito?
—Una
amiga mía—repliqué.
—¿Cómo
se llama?
No
le respondí.
—Bueno—añadió
sonriente—. De todos modos, pronto me enteraré.
—Eso
no es asunto tuyo—observé.
No
me hizo caso. Se había vuelto y miraba hacia el punto por donde había
desaparecido Sophie.
Me
arrojé de un salto encima de él. Aunque era más corpulento que yo, el ataque le
cogió por sorpresa y ambos caímos al suelo en medio de un remolino de brazos y
piernas. Todo cuanto sabía de lucha lo había aprendido en unas cuantas peleas
que había librado. Golpeaba simplemente, pero con furia. Mi intención era ganar
minutos para que Sophie pudiera ponerse los zapatos y ocultarse; como sabía yo
por experiencia, si ella disponía de alguna ventaja Alan no la encontraría. Sin
embargo, repuesto ya de la primera sorpresa, me lanzó un par de puñetazos a la
cara que hicieron que me olvidara de Sophie para concentrarme con todas mis
fuerzas en la salvaguardia de mi integridad.
Rodamos
de un sitio a otro sobre la hierba. Yo continué golpeando y luchando
furiosamente, pero su robustez empezó a imponerse. Principió a sentirse más
seguro de sí mismo y yo más débil. Con todo, había conseguido algo: le había
impedido seguir inmediatamente a Sophie. Poco a poco me fe superando, luego se
sentó encima de mí y me aporreó mientras yo me retorcía. Pateé y luché, pero de
poco servía eso si con los brazos no podía hacer otra cosa sino levantarlos
para protegerme la cabeza. Entonces, de pronto, profirió un grito de angustia y
los puñetazos cesaron. Se desplomó pesadamente sobre mí. Me lo quité de encima
de un empujón, y cuando me incorporé vi allí a Sophie con una gran piedra en la
mano.
—Le
he atizado—comentó orgullosamente, para agregar con algo de asombro—: ¿Crees
que está muerto?
De
que le había atizado no cabía duda. Alan permanecía tendido, inmóvil y con el
rostro pálido. Y aunque le corría la sangre por la mejilla su respiración era
normal, lo que demostraba que no estaba muerto.
—¡Oh,
Davie! —exclamó en súbita reacción Sophie, mientras dejaba caer la piedra.
Observamos
al herido y luego nos miramos mutuamente. Creo que ambos sentíamos el impulso
de hacer algo por él, pero teníamos miedo.
"Nadie
debe saberlo nunca. ¡Nadie!", había dicho con particular intensidad la
señora Wender. Y ahora este muchacho lo sabía. Estábamos espantados.
Me
levanté del todo, tomé de la mano a Sophie y tiré de ella al tiempo que la
urgía:
—Vámonos,
pronto.
John
Wender escuchó atenta y pacientemente cuando se lo contamos.
—¿Estáis
seguros de que lo vio? —preguntó al final—. ¿No sería simplemente que sintió
curiosidad porque Sophie era desconocida?
—No—respondí—.
Vio al huella del pie. Por eso quiso cogerla.
Asintió
lentamente con la cabeza.
—Ya—dijo,
y me sorprendió la calma con que habló.
Nos
miró fijamente a la cara. Sophie tenía los ojos muy abiertos y en ellos se
apreciaba una mezcla de alarma y excitación. En los míos debía haber un borde
rosado y de ellos nacían algunos churretes que corrían por mi rostro. El señor
Wender volvió la cabeza y sostuvo la mirada de su esposa.
—Me
temo que ya ha llegado el momento, cariño —observó—. No hay duda.
—¡Oh,
Johnny! —exclamó la mujer con la cara pálida y demudada.
—Lo
siento, Martie, pero tú sabes que es así. Sabíamos que iba a llegar, antes o
después. Gracias a Dios ha sucedido estando yo aquí. ¿Cuánto tardarás en
preparar las cosas?
—No
mucho, Johnny. En realidad, siempre he tenido todo casi dispuesto.
—Mejor.
No nos descuidemos entonces.
Se
levantó y rodeó la mesa para acercarse a ella. La cogió en sus brazos, se
inclinó y la besó. Había lágrimas en los ojos de la mujer.
—¡Oh,
Johnny, cariño! ¿Por qué eres tan bueno conmigo cuando todo lo que yo te he
dado son...?
Él
la detuvo con otro beso.
Durante
un instante, quedaron mirándose con fijeza luego, sin pronunciar palabra, se
volvieron para observar a Sophie.
La
señora Wender volvió de nuevo a su habitual forma de ser. Se dirigió
dinámicamente a la alacena, sacó comida y la puso encima de la mesa.
—Lavaos
primero, cochinos —nos ordenó—. Después comeos esto. Pero todo.
Mientras
me lavaba hice la pregunta que en otras ocasiones había deseado exponer.
—Señora
Wender, si el problema está en los dedos de más de Sophie, ¿no podían
habérselos cortado cuando era pequeña? No creo que entonces le hubiera dolido
mucho y nadie se hubiera enterado.
—Hubieran
quedado las cicatrices, David, y al verlas la gente se habría dado cuenta de su
origen. Pero ahora daos prisa y comeros eso.
A
continuación se encaminó a la otra habitación.
Sophie,
con el bocado entre los dientes, me confió en seguida:
—Nos
marchamos.
—¿Que
os marcháis? —repetí sin comprender.
Asintió
con la cabeza.
—Mamá
me había dicho—explicó—que si alguien lo descubría nos tendríamos que ir.
Estuvimos a punto de hacerlo cuanto tú lo viste.
—Pero...
¿quieres decir ahora mismo? —pregunté consternado—. ¿Y para no volver nunca?
—Sí,
creo que así es.
Aunque
estaba hambriento, perdí de repente el apetito. Me quedé inmóvil en la silla,
con la comida en el plato. Los ruidos de actividad y agitación que se oían en
otros sitios de la casa adquirieron una cualidad siniestra. Miré a Sophie a
través de la mesa. En mi garganta notaba un nudo imposible de tragar.
—¿Adónde?
—pregunté sintiéndome desgraciado.
—No
lo sé...—contestó—. Pero muy lejos.
Continuamos
sentados. Sophie parloteaba entre bocado y bocado; a mí me resultaba muy
difícil tragar por el nudo. De pronto vislumbraba un futuro poco prometedor. Yo
sabía que nada volvería a ser igual otra vez. La desolación de las perspectivas
me tenían hundido. Tuve que hacer un gran esfuerzo para contener las lágrimas.
La
señora Wender apareció con una serie de bolsas y paquetes. Observé tristemente
cómo depositaba todo cerca de la puerta y se marchaba de nuevo. El señor Wender
vino de fuera y cogió algunos bultos. La señora Wender volvió a aparecer para
llevarse esta vez a Sophie a la otra habitación. En cuanto entró de nuevo el
señor Wender para coger más paquetes, le seguí afuera.
Allí
estaban los dos caballos, "Spot" y "Sandy", soportando
pacientemente la carga de algunos bultos ya sujetos con correas. Como me
sorprendió no ver la carreta, se lo dije al señor Wender.
—Con
la carreta tendríamos que ir necesariamente por los caminos más
frecuentados—expuso meneando la cabeza—. En cambio, con los caballos cargados
puedes transitar por donde quieras.
Mientras
le observaba atar más paquetes, reuní el suficiente valor para pedir:
—Señor
Wender, por favor, ¿no podría ir con ustedes ?
Dejó
lo que estaba haciendo y se volvió para mirarme. Nuestros ojos se encontraron
durante unos instantes, luego con lentitud y pesar movió negativamente la
cabeza. Debió ver las lágrimas que asomaban en mis ojos porque depositó su mano
sobre mi hombro y la dejó allí a lo largo de un buen rato.
—Vamos
dentro, Davie—dijo después, abriendo camino hacia la casa.
La
señora Wender, que había vuelto al comedor, paseaba la vista en torno suyo por
si se le olvidaba algo.
—Quiere
venir con nosotros, Martie—la explicó sumarido.
Ella
se sentó en una banqueta y abrió los brazos hacia mí. Incapaz de hablar, me
arrojé en ellos. Por encima de mi cabeza comentó a su esposo:
—¡Oh,
Johnny, ese horrible padre! Temo por él.
Al
estar tan cerca de ella podía captar mejor sus pensamientos. Se producían con
rapidez, pero eran más fáciles de entender que las palabras. Sabía lo que ella
sentía, cómo deseaba de veras que yo pudiera ir con ellos, como sellada, sin
examinar las razones, al conocimiento de que yo no podía ni debía ir con ellos.
Tuve la respuesta completa antes de que John Wender expusiera en palabras su
contestación:
—Ya
lo sé, Martie. Pero temo por Sophie... y por ti. Si nos cogieran, nos acusarían
de rapto y de encubrimiento. . .
—Si
cogen a Sophie, nada podría poner las cosas peor para mí, Johnny.
—Pero
no se trata de eso solo, cariño. En cuanto se convenzan de que nos hemos
marchado de su distrito, perteneceremos a la jurisdicción de otras autoridades
y no se preocuparán mucho más por nosotros. Pero si Strorm perdiera a su hijo
se oirían los clamores y los gritos por todo el territorio y dudo de que
tuviéramos ninguna oportunidad de escapar. Pondrían patrullas por todas partes
para buscarnos. Y no podemos permitirnos el aumento del riesgo para Sophie,
¿verdad?
La
señora Wender quedó silenciosa durante un rato Yo sentía la manera en que ella
encajaba las razones con lo que ya conocía. De pronto su brazo me apretó con
fuerza.
—Lo
entiendes, ¿verdad, Davie? Si vinieras con nosotros tu padre se pondría tan
furioso que tendríamos muchas menos posibilidades de salvar a Sophie. Yo quiero
que vengas, pero por Sophie no debemos arriesgarnos. Ten valor, David, te lo
ruego. Eres el único amigo que ella tiene, y puedes ayudarla si tienes valor.
Lo tendrás, ¿verdad?
Las
palabras sonaban a torpe repetición. Sus pensamientos habían sido mucho más
claros y yo ya había
aceptado
la inevitable decisión. No me atreví a hablar. Me limité a asentir
silenciosamente con la cabeza y la dejé que me cogiera de un modo que jamás mi
madre me había cogido.
Poco
antes del crepúsculo ya estaba toda la carga atada sobre los caballos. Cuando
la familia estuvo dispuesta para la partida, el señor Wender me llevó aparte.
—Davie
—me dijo de hombre a hombre—, sé cuánto estimas a Sophie. Has cuidado de ella
como un
héroe,
pero ahora hay una cosa más que puedes hacer para ayudarla. ¿Quieres hacerla?
—Sí—respondí—.
¿Qué es, señor Wender?
—Se
trata de lo siguiente. Cuando nos hayamos ido, no vuelvas inmediatamente a tu
casa. ¿Puedes quedarte aquí hasta mañana por la mañana? Eso nos daría más
tiempo para escapar. ¿Lo harás?
—Sí—volví
a responder con confianza.
Para
confirmarlo estrechamos nuestras manos. Aquello me hizo sentir más fuerte y más
responsable lo mismo que experimenté el día en que ella se torció el tobillo.
Cuando
volvimos, Sophie me alargó la mano con algo oculto dentro.
—Esto
es para ti, David—me dijo, poniéndolo entre mis dedos.
Lo
miré. Era un mechón de pelo castaño y rizado, atado con una cinta amarilla. Aún
seguía contemplándolo cuando ella me puso los brazos alrededor del cuello y me
besó con más determinación que juicio. Luego la cogió su padre y la montó sobre
el caballo que iba a abrir la marcha.
La
señora Wender se inclinó también para besarme.
—Adiós,
David querido —indicó tocándome suavemente el amoratado carrillo.
Después,
con ojos brillantes, agregó:
—Nunca
te olvidaremos.
Al
fin se marcharon. John Wender, con la escopeta a la espalda y el brazo
izquierdo enlazado con el de su esposa, conducía los caballos. Al llegar al
borde del bosque se pararon y se volvieron para mover las manos en señal de
despedida. Yo hice lo mismo. Continuaron andando. Lo último que vi de ellos fue
el brazo en movimiento de Sophie mientras se iban hundiendo en la oscuridad que
había detrás de los árboles.
Cuando
llegué a mi casa, el sol estaba ya muy alto y hacía bastante tiempo que los
hombres laboraban en los campos. Aunque no había nadie en el patio. Como la
jaca del inspector se encontraba atada al poste próximo a la puerta, deduje que
mi padre estaría dentro de la casa.
Confiaba
en haber permanecido fuera el tiempo suficiente. Había sido una mala noche. A
lo primero me sentí muy decidido, pero luego, al oscurecer, aquella resolución
mía se debilitó bastante. Nunca antes había pasado una noche en otro sitio que
no fuera mi alcoba. En ésta todo me resultaba familiar, mientras que el hogar
vacío de los Wender se me había antojado lleno de ruidos misteriosos. No
obstante, el hecho de poder encontrar y encender unas cuantas velas, así como
avivar el fuego echándole más leña, contribuyó a que el lugar me pareciera un
poco menos solitario..., pero sólo un poco menos Porque los ruidos raros
continuaron produciéndose, dentro y fuera de la casa.
Durante
un buen rato estuve sentado en un taburete, con la espalda pegada a la pared
para que nada que pudiera acercarse a mí me pasara desapercibido. Más de un vez
noté que me abandonaba el valor. Deseé dolorosamente apretar a correr. Me gusta
pensar que fue la palabra dada y el pensamiento de la seguridad de Sophie lo
que me mantuvo allí, pero recuerdo asimismo muy bien lo negro que estaba el
exterior y cuán llenas se hallaban las tinieblas de sonidos y movimientos
inexplicables.
Aunque
la noche se me presentó al principio repleta de terrores, nada ocurrió
realmente. Los ruidos semejantes a cautelosos pasos no correspondieron a nadie
que se dejara ver, el tamborileo no preludió nada en absoluto, y lo mismo puede
decirse de los ocasionales sonidos de arrastre; si bien eran inexplicables, por
lo visto estaban también, afortunadamente, más allá de toda manifestación, e
incluso al final, y a pesar de ello, resultó que se me empezaron a cerrar los
ojos al balancearme en el taburete. Por eso intenté recuperar el valor y osé
moverme con mucho cuidado hasta la cama. A ella me subí, y muy agradecido volví
a pegar la espalda en la pared. Durante un tiempo permanecí vigilando las velas
y las inquietantes sombras que producían en las esquinas de la habitación,
mientras me preguntaba sobre lo que debería hacer yo cuando hubieran
desaparecido, cuando, repentinamente, hubieran desaparecido... Y el sol estaba
brillando. . .
Aunque
había comido un poco de pan como desayuno en casa de los Wender, al llegar a mi
casa me sentí otra vez hambriento. Sin embargo, eso podía esperar. Con la muy
escasa esperanza de que nadie hubiera notado mi ausencia, intenté llegar a mi
alcoba sin ser visto para luego pretender que me había quedado dormido. Pero no
tuve suerte: cuando atravesaba a todo correr el patio, Mary me vio por la
ventana de la cocina y me llamó:
—¡Ven
aquí en seguida! Todo el mundo te está buscando. ¿Dónde has estado?
Y
sin aguardar respuesta, añadió:
—Padre
está furioso. Mejor será que te presentes a él antes de que se ponga peor.
Mi
padre y el inspector se hallaban en la habitación delantera que apenas
usábamos. Por lo visto llegué en un momento crucial. El aspecto del inspector
era muy parecido al de siempre, pero mi padre echaba chispas.
—¡Ven
aquí!—bramó en cuanto me vio aparecer por el pasillo.
Me
acerqué a ellos de mala gana.
—¿Dónde
has estado? —exigió—. Has pasado fuera toda la noche. ¿Dónde?
No
contesté.
Me
lanzó media docena de preguntas más, y al no obtener ninguna respuesta por
parte mía, su aspecto se tornó más fiero.
—¡Vamos!
—me gritó—. La terquedad no te va a ayudar ahora. ¿Quién es esa niña, esa
blasfemia, con la que estabas ayer?
Seguí
sin replicar. Tenía sus ojos clavados en los míos y yo nunca le había visto tan
encolerizado. A mí no me llegaba la camisa al cuerpo.
Entonces
intervino el inspector. Con voz normal y tranquila, me dijo:
—David,
tú sabes que el encubrimiento de una blasfemia o el dejar de informar de una
aberración humana es un asunto muy, muy serio. La gente va a la cárcel por
ello. Todo el mundo tiene la obligación de advertirme de cualquier tipo de
ofensa, aunque no estén seguros de que lo sea, para que yo decida sobre el
caso. Siempre es importante y desde luego importantísimo si se trata de una
blasfemia. Y por lo visto en esta ocasión no parece haber ninguna duda, a menos
que el joven Ervin se haya equivocado. Porque él dice que esa niña con la que
estabas tiene seis dedos en los pies. ¿Es cierto?
—No—contesté.
—Está
mintiendo—observó mi padre.
—Ya
—replicó el inspector con calma—. Entonces, si no es verdad, no te importará
decirnos quién es, ¿no?
Aunque
el tono de aquel hombre era razonable, seguí sin responder. En aquellas
circunstancias me parecía lo más seguro. Nos miramos mutuamente.
—Te
darás cuenta de que es así, ¿no?—agregó persuasivo—. Si eso no es verdad...
—Yo
arreglaré esta cuestión—cortó mi padre tajante—. El chico está mintiendo.
Y
dirigiéndose a mí, me ordenó:
—Vete
a tu alcoba.
Dudé
un momento. Sabía muy bien lo que aquella orden significaba, pero tampoco
desconocía que mi padre, en su actual estado, lo llevaría a cabo tanto si se lo
contaba como si no. Apreté las mandíbulas y me volví para marcharme. Antes de
echar a andar detrás de mí, mi padre cogió un zurriago que había encima de la
mesa.
—Eso—dijo
secamente el inspector—es mío.
Mi
padre pareció no haberle oído. El inspector se levantó, y con voz dura y
amenazadora repitió:
—Le
he dicho que ese látigo es mío.
Mi
padre se detuvo. Con un gesto de mal genio arrojó el zurriago sobre la mesa.
Echó una mirada furiosa al inspector y luego se volvió para seguirme.
No
sé dónde estaba mi madre, quizás tuvo miedo de mi padre. Pero fue Mary quien
vino a curarme la espalda mientras soltaba pequeños sonidos de consuelo. Cuando
me ayudó a meterme en la cama vi que unas cuantas lágrimas rodaban por sus
mejillas; luego me dio un poco de caldo con una cuchara. Me esforcé por
mostrarme valiente delante de ella, pero al marcharse mi llanto empapó la
almohada. Sin embargo, no era tanto el dolor corporal lo que producía mis
lágrimas como la amargura, el autodesprecio y la humillación. Sintiéndome
desdichado y miserable, apreté en mi mano la cinta amarilla y el mechón
castaño.
—No
he podido soportarlo, Sophie—sollocé—. No he podido soportarlo.
Al
anochecer, cuando me hube tranquilizado un poco, noté que Rosalind estaba
tratando de hablar conmigo. Algunos de los otros me preguntaban también
ansiosos sobre el asunto. Les conté lo de Sophie. Ya no era un secreto para
nadie Sentí que aquello les sobresaltaba. Intenté explicarles que una persona
con una aberración —por lo menos con una aberración pequeña—no era la
monstruosidad que nos habían dicho, que en realidad no representaba ninguna
diferencia, por lo menos en Sophie.
Recibieron
mi explicación con muchas dudas. La enseñanza que nos habían dado estaba en
contra de su aceptación, si bien ellos tenían la certeza de que cuanto yo les
decía debía ser verdad para mí. Es imposible mentir al hablar con el
pensamiento. Mis amigos contendían con la nueva idea de que una aberración
podría no ser repugnante y mala; aunque no con mucho éxito. En aquellas
circunstancias no podían servirme de gran consuelo, y no me molesté cuando
fueron retirándose uno por uno y supe que se habían quedado dormidos.
Yo
también estaba cansado, pero el sueño tardaba en llegar. Permanecí allí
tendido, imaginándome a Sophie y a sus padres en su lento caminar hacia el sur
en dirección a la dudosa seguridad de los Bordes, y confiando desesperadamente
en que se encontraran ya lo bastante lejos como para que no les perjudicara mi
traición. Después, cuando por fin me dormí, tuve muchas pesadillas. Rostros
personas y escenas se movían incesantemente. Una vez más apareció aquel cuadro
en el que todos estábamos formando un corro en el patio, mientras mi padre se
aprestaba a sacrificar una ofensa que era Sophie; me desperté en aquel momento
al escuchar mi propia voz que le gritaba para que se detuviera. Aunque tenía
miedo de volverme a dormir, no pude evitarlo, si bien en aquella ocasión fue
totalmente distinto. Volví a soñar de nuevo con la gran ciudad junto al mar,
con sus casas y sus calles, y con las cosas que volaban por el cielo. Hacía
años que no tenía un sueño así, pero las imágenes seguían siendo las mismas y
de alguna forma sirvieron para calmarme.
Mi
madre apareció por la mañana, pero se mostró seria y reprobante. Mary fue la
única que cuidó de mí, y decretó que aquel día no me levantaría. Tenía que
acostarme sobre el vientre y permanecer inmóvil para que la espalda pudiera
sanar con mayor celeridad. Acepté sumisamente sus instrucciones porque en
efecto me sentía mejor. Me mantuve pues tendido y considerando los preparativos
que habría de hacer para escapar en cuanto estuviera fuera de la cama y con
fuerzas otra vez. Decidí que sería mucho mejor contar con un caballo, por lo
que pasé casi toda la mañana tramando un plan para robar uno y huir con él
hacia los Bordes.
El
inspector se presentó por la tarde con una bolsa de caramelos. Durante un
momento pensé en intentar sonsacarle como por casualidad sobre la verdadera
naturaleza del pueblo de los Bordes: al fin y al cabo, como experto en
aberraciones, él tenía que saber más que nadie sobre la materia. Pero después
de meditarlo un poco, determiné que era una insensatez.
Aunque
se mostró simpático y bondadoso conmigo, traía una misión. Expuso sus preguntas
de una manera amistosa. Paladeando uno de sus caramelos, empezó a interrogarme:
—¿Cuánto
tiempo hace que conoces a esa chica de los Wender? Por cierto, ¿cómo se llama?
Se
lo dije porque creí que eso no empeoraría las cosas.
—¿Y
desde cuándo sabes que Sophie tiene una aberración?
—Hace
bastante tiempo—admití.
—¿Cuánto
más o menos?
—Alrededor
de seis meses, creo—repliqué.
El
inspector levantó las cejas y se puso muy serio.
—Eso
no está nada bien, ¿sabes? —comentó—. Es lo que nosotros denominamos
complicidad por encubrimiento. Y tú no ignoras que eso está mal, ¿verdad?
Obligado
a bajar la vista por su mirada directa, me meneé incómodo; luego me detuve en
seguida al sentir punzadas en la espalda.
—Me
pareció que no entraba en la lista de cosas que habían señalado en la iglesia
—expliqué—. Además, eran unos dedos pequeñísimos.
El
inspector cogió otro caramelo y me pasó la bolsa.
—"...
y cada pie tendrá cinco dedos"—citó—. ¿Lo recuerdas?
—Sí—admití
sin ninguna alegría.
—Bien.
Todas las partes de la definición tienen la misma importancia, y si un niño no
se ajusta a ella entonces no es humano y por consiguiente no tiene alma. No es
la imagen de Dios, sino una imitación, y en las imitaciones siempre hay algún
error. Sólo Dios crea la perfección, y aunque las aberraciones se asemejen a
nosotros en muchos aspectos no pueden ser realmente humanas. Son algo distinto
por completo.
Después
de reflexionar un instante, respondí:
—Pero
Sophie no es realmente distinta..., no en ninguna otra cosa.
—Lo
entenderás mejor cuando seas mayor, pero tú conoces la definición y debías
haber comprendido que Sophie es una aberración. ¿Por qué no le hablaste de ella
a tu padre, o a mí?
Le
conté el sueño en el que mi padre sacrificaba a Sophie como había hecho con una
de las ofensas de la Granja. El inspector me miró pensativamente durante
algunos segundos, luego asintió con la cabeza y dijo:
—Ya.
Pero a las blasfemias no se las trata del mismo modo que a las ofensas.
—¿Qué
les hacen?—pregunté.
Eludió
la respuesta. Por su parte, continuó:
—Tú
sabes que tengo la obligación de incluir tu nombre en mi informe. No obstante,
como tu padre se ha puesto ya en acción, puedo omitirlo. Con todo, se trata de
un asunto muy serio. El diablo envía aberraciones entre nosotros para
debilitarnos y apartarnos de la pureza. A veces es tan inteligente que realiza
imitaciones casi perfectas, por lo que debemos estar vigilantes e informar en
seguida de cualquier error que cometa, no importa lo pequeño que sea. Tendrás
eso presente en el futuro, ¿verdad?
Evité
su mirada. El inspector era el inspector, y una persona importante. Sin
embargo, yo no podía creer que el diablo hubiera enviado a Sophie. Y me
resultaba difícil ver que un dedo tan pequeño de cada pie representara tanta
diferencia.
—Sophie
es mi amiga—observé—. Mi mejor amiga.
El
inspector continuó con sus ojos fijos en mí; luego movió la cabeza y suspiró al
decir:
—La
lealtad es una gran virtud, pero existe una lealtad mal empleada. Algún día
comprenderás la importancia de una lealtad mayor. La pureza de la raza...
Se
calló al ver que se abría la puerta. Mi padre entró en la habitación.
—Los
han cogido; a los tres—explicó al inspector, al tiempo que me lanzaba a mí una
mirada de disgusto.
El
inspector se puso inmediatamente de pie y los dos se marcharon juntos. Yo quedé
con la vista fija en la puerta cerrada. La miseria del auto-reproche me sacudió
de tal modo que empecé a temblar. Mientras las lágrimas rodaban por mis
mejillas, me oía gemir. Traté de contenerme, pero fue imposible. Mi dolorida
espalda estaba olvidada. La angustia producida por la noticia que había traído
mi padre era mucho más dolorosa. El peso que sentía sobre mi pecho me ahogaba.
De
pronto se abrió nuevamente la puerta. Yo volví la cara hacia la pared, mientras
oía unos pasos que cruzaban la habitación. Una mano se apoyó en mi hombro, al
tiempo que la voz del inspector decía:
—No
ha sido culpa tuya, muchacho. Les capturó una patrulla por casualidad, a unos
treinta kilómetros de distancia.
Un
par de días después comuniqué a tío Axel:
—Me
voy a ir de casa.
Hizo
una pausa en el trabajo y se quedó mirando pensativamente a su serrucho.
—Yo
no haría eso—me advirtió—. No suele salir bien.
Y
luego de interrumpirse un momento, continuó:
—Además,
¿adónde irías?
—Eso
es lo que quería consultarte—expliqué.
—A
cualquier distrito que vayas—observó, moviendo la cabeza—, querrán ver tu
certificado de normalidad. Y entonces sabrán quién eres y de dónde procedes.
—No
en los Bordes—respondí.
—¡Vaya,
hombre!—exclamó fijando sus ojos en mí—. No me digas que quieres ir a los
Bordes. Pero si no tienen nada allí.. ni siquiera bastante comida. La mayoría
de sus habitantes están medio muertos de hambre, y es por eso que hacen las
incursiones. No, te tirarías todo el tiempo tratando de mantenerte vivo, y
serías afortunado si lo consiguieras.
—Pero
tiene que haber otros sitios—insistí.
—Sólo
si puedes encontrar un barco que te lleve—indicó volviendo a mover la
cabeza—... Y aun así... Sé por experiencia que si huyes de una cosa porque no
te gusta, tampoco te agrada la que encuentras. Ahora bien, escapar hacia una
cosa es una cuestión distinta; pero ¿hacia dónde quieres ir tú? Hazme caso,
éste es un sitio mucho mejor que otros. Por tanto, me opongo a esa idea, Davie.
Dentro de unos años, cuando seas un hombre y puedas cuidar de ti mismo, quizás
sea diferente; pero hasta entonces creo que en muchos sentidos es preferible
que permanezcas aquí; y desde luego es mejor eso que pasar por tu captura para
traerte de nuevo a Waknuk.
Había
bastante sensatez en eso. Yo estaba empezando a aprender el significado de la
palabra "humillación" y por el momento no deseaba sufrirla más. Pero
en nuestra conversación habíamos dejado sin resolver la cuestión del lugar
adonde ir, que por lo visto no era nada fácil. Al parecer, y como preparación,
sería aconsejable aprender todo lo que se pudiera sobre el mundo ajeno a
Labrador. Pregunté a tío Axel cómo era ese mundo.
—Impío—contestó—.
Muy impío.
Era
el tipo de oscura respuesta que hubiera dado mi padre. Me disgustó oírla en los
labios de tío Axel, y así se lo manifesté. El hizo una mueca burlesca.
—Está
bien, Davie, seamos honestos. Si no lo vas a divulgar, te contaré algunas
cosas.
—¿Quieres
decir que es secreto?—quise saber, desconcertado.
—No
exactamente—replicó—. Pero cuando la gente está acostumbrada a creer que una
cosa es así y asá, y los predicadores quieren que de ese modo sea creído,
entonces es mejor dejarlo como está. Lo que obtienes por inquietar sus ideas
son dificultades y no agradecimiento. Los marineros se dieron cuenta en seguida
de que eso ocurría en Rigo y desde entonces casi todo lo que tienen que contar
se lo comunican a otros marineros. Si el resto de la gente desea pensar que
aproximadamente todo lo del exterior son Malas Tierras, no se lo impiden. Eso
no altera en nada a la realidad, y además contribuye a la paz y a la
tranquilidad.
—Mi
libro—intervine—dice que todo son Malas Tierras o el mal país de los Bordes.
—Hay
otros libros que no dicen eso—comentó—, pero no están mucho a la vista, ni
siquiera en Rigo, así que imagínate por estos bosques... Pero ten cuidado,
porque tampoco hay que creerse todo lo que digan los marineros. Muchas veces
uno no está seguro de que dos de ellos estén hablando del mismo sitio, aunque
ellos piensen que sí. Sin embargo, cuando uno ha visto algunas cosas empieza a
comprender que el mundo es un lugar mucho más complejo de lo que parece desde
Waknuk. ¿No lo divulgarás, pues?
Le
aseguré que no.
—De
acuerdo—aceptó—. Entonces es así...
Y me
explicó que para llegar al resto del mundo hay que navegar río abajo hasta
salir al mar. Dicen algunos que no es conveniente seguir recto hacia el este,
porque o bien te encuentras con que no hay más que mar y mar, o resulta que se
acaba de repente y tienes que navegar por el borde. Pero nadie lo sabe con
certeza.
Si
se pone rumbo norte y se va bordeando la costa, y se sigue la dirección de ésta
primero hacia el oeste y luego hacia el sur, se llega al otro lado de Labrador.
Y si se sigue recto hacia el norte se arriba a lugares más fríos en donde hay
gran cantidad de islas habitadas únicamente por pájaros y animales marinos.
Dicen
que en dirección nordeste hay un país enorme en el que las plantas no son muy
aberrantes y en donde los animales y las personas no parecen aberrantes, pero
las mueres son muy altas y vigorosas. Ellas lo gobiernan todo y realizan todo
el trabajo. Guardan en jaulas a sus hombres hasta que tienen veinticuatro años,
y entonces se los comen También se comen a los náufragos. No obstante, como por
lo visto nadie se ha encontrado con alguien que hubiera escapado de allí, es
difícil discernir la forma en que se ha llegado a saber todo eso. Por otra
parte, asimismo es verdad que tampoco ha regresado nadie de allí diciendo que
no es así.
La
única dirección que conozco es la del sur, pues la recorrí en tres ocasiones.
Para llegar allí hay que mantener la costa a estribor cuando se sale del río.
Al cabo de cuatrocientos kilómetros más o menos se alcanzan los estrechos de
Newf. A medida que se van ensanchando los estrechos, se mantiene la distancia
con la costa de Newf hasta tocar puerto en Lark para abastecerse de agua
fresca... y también de provisiones si lo permite la gente de Newf. Después se
continúa en dirección sudeste por un rato y luego hacia el sur hasta tener de
nuevo la costa a la vista por estribor. Al acercarse se descubre que son las
Malas Tierras, o por lo menos los malísimos Bordes. Es una tierra de abundantes
cultivos, pero si uno navega muy próximo a la orilla se da cuenta de que casi
todos son aberrantes. Existen asimismo animales, y a la mayoría de ellos
resulta difícil clasificarlos como ofensas en comparación con las especies
conocidas.
Después
de un día o dos más de navegación se descubre sin tener dudas que las orillas
son de las Malas
Tierras.
En seguida te encuentras rodeando una gran bahía y llegas adonde no hay
quiebras en la costa: todo son Malas Tierras.
Cuando
los marineros vieron en la primera ocasión aquellos territorios, se asustaron
mucho. Tenían la sensación de que estaban dejando atrás toda la pureza y de que
cada vez se alejaban más de Dios, navegando hacia lugares en donde él no podría
ayudarles. Todo el mundo sabe que si uno anda por las Malas Tierras se muere, y
ellos no habían esperado nunca verlas tan cerca con sus propios ojos. Pero lo
que más les preocupó, y también a la gente a la que se lo contaron al regresar,
fue el contemplar la forma en que allí se desarrollaban las cosas que estaban
en contra de las leyes divinas de la naturaleza, y además como si tuvieran
derecho a crecer.
Y
desde luego, al principio es asimismo una visión chocante. Pueden verse
gigantescas y deformes espigas de cereales que crecen a mayor altura que los
árboles pequeños; enormes saprofitas que se desarrollan sobre las rocas, con
sus larguísimas raíces al viento como melenas de pelo; en algunos sitios hay
colonias de hongos que a lo primero se toman por grandes guijarros blancos; se
ven cactos como barriles, pero del tamaño de casas pequeñas, y cuyas espinas
miden tres metros de largo. Hay plantas que crecen en lo alto de los
acantilados y que lanzan al mar gruesos y verdes brazos de trescientos metros o
más de longitud; y uno se pregunta si se trata de una planta terrestre que baja
al agua salada, o de una planta marina que de algún modo trepa por las rocas.
Existen cientos de cosas raras y apenas hay nada normal... es como una jungla
de aberraciones que se continúan durante kilómetros y kilómetros. No parece que
haya muchos animales, pero de cuando en cuando se divisa alguno, si bien nadie
se atreve a ponerle nombre. Hay bastante cantidad de pájaros, aunque se trata
sobre todo de pájaros marinos; y una vez o dos se han visto unos objetos muy
grandes volando a lo lejos, pero tan remotos, que no ha sido posible distinguir
otra cosa sino que el movimiento no parecía ser de pájaros. Es una tierra
extraña y mala; y todos los hombres que la ven comprenden en seguida lo que
aquí ocurriría si no fuese por las leyes de la pureza y la vigilancia de los
inspectores.
Pero
aunque es mala, no es la peor.
Más
hacia el sur se empiezan a encontrar zonas en donde sólo crecen plantas
insignificantes, por otro lado escasas, hasta llegar a vastas extensiones de
costa y tierra detrás cuya longitud es quizás de treinta, cincuenta o setenta
kilómetros, y en las que no se cría nada, pero nada.
Toda
la orilla del mar está vacía; es negra, áspera y vana La tierra que hay detrás
se asemeja a un enorme desierto de carbón. Los acantilados que hay son de
bordes afilados y no existe nada que los haga agradables. Allí el mar no tiene
peces, ni algas, ni légamo siquiera, y cuando un barco navega por aquel sitio
se le desprenden del casco los moluscos y la porquería y se queda limpio
Tampoco se ven pájaros. Nada, excepto las olas que rompen en las negras playas,
se mueve en dicho territorio.
Es
un lugar espantoso. Debido al miedo que le tienen, los amos ordenan que sus
barcos se mantengan bien alejados de él; y a los marineros, aliviados, no hay
que repetirles el mandato.
Sin
embargo, y de acuerdo con el relato de la tripulación de un barco cuyo capitán
cometió la temeridad de aproximarse a la costa, por lo visto no siempre fue
así. Parece ser que estos marineros divisaron grandes ruinas de piedra. Todos
ellos convinieron en que eran demasiado regulares para ser naturales, por lo
que pensaron en que quizás fuesen los restos de una de las ciudades del Viejo
Pueblo. Pero nadie ha vuelto a saber de ellos. La mayoría de los hombres de
aquel barco enfermaron y murieron, y como los demás no volvieron a ser los
mismos después de aquello, ninguna otra nave se ha
arriesgado
a acercarse a la citada orilla.
A lo
largo de cientos de kilómetros la costa continúa siendo las Malas Tierras con
extensiones de terreno negro y muerto; la región es tan dilatada, que los
primeros barcos que llegaron hasta allí tuvieron que darse por vencidos y
regresar porque sus capitanes pensaron que nunca arribarían a ningún sitio en
donde pudieran abastecerse de agua y de provisiones. Cuando volvieron,
manifestaron que aquel suelo debía seguir con las mismas características hasta
los confines de la tierra.
Al
oír aquello los predicadores y los eclesiásticos se congratularon infinito, ya
que era eso precisamente lo que ellos enseñaban, y como consecuencia la gente
perdió durante un tiempo el interés por la exploración de dicho territorio.
Pero
más tarde volvió a reavivarse la curiosidad por el tema, y naves mejor
preparadas pusieron de nuevo su rumbo al sur. Un hombre llamado Marther, vigía
de una de ellas, escribió en un diario que publicó algo parecido a lo
siguiente:
Es
como si las Costas Negras fuesen una forma extrema de Malas Tierras. Puesto que
cualquier aproximación a ellas resulta casi con seguridad funesta, nada puede
afirmarse con certeza aparte de que son totalmente estériles y de que en
algunos lugares se ven veladas luces en las noches oscuras.
Sin
embargo, como este examen se ha efectuado a distancia, no puede confirmarse el
parecer del Partido Eclesiástico Derechista en el sentido de que son la
consecuencia de la aberración sin freno. En ninguna parte hay evidencia de que
sean una especie de mal sobre la superficie de la tierra destinado a extenderse
a todas las regiones impuras. En realidad es lo contrario lo que parece ser más
probable. O sea, que así como la Tierra Agreste se está haciendo más tratable y
las Malas Tierras se van abriendo camino hacia el país de los Bordes, las
Tierras Negras se están metiendo en las Malas Tierras. Aunque por la distancia
no pueden detallarse más las observaciones, como se ha indicado ya otras veces
hay formas de vida en proceso, si bien de lo más profano, que van aposentándose
poco a poco en esta espantosa desolación.
Esa
fue una de las partes del diario que proporcionó a Marther mayor número de
dificultades con la gente ortodoxa, ya que implica que las aberraciones, lejos
de ser una maldición, estaban en camino de conseguir la reintegración, aunque
lentamente. Esta y media docena más de herejías llevaron a Marther ante un
tribunal, aparte de que dio comienzo un movimiento que solicitó la prohibición
de más exploraciones.
En
medio de todo el conflicto, empero, un barco llamado "Venture" que
había sido dado por perdido desde hacía mucho tiempo, arribó a Rigo. Llegaba
descabalado y mermado de tripulantes, traía el velamen remendado, las jarcias
de la mesana eran provisionales, y su estado deplorable, pero reclamó
triunfalmente el honor de ser la primera nave que había llegado a las tierras
de más allá de las Costas Negras. Traía consigo una serie de objetos, entre
ellos ornamentos de oro, plata y cobre, así como una carga de especias para
demostrarlo. No hubo más remedio que aceptar la evidencia, pero sobre las
especias se levantó una gran polvareda porque no se sabía si eran aberrantes o
el producto de un cultivo puro. Los beatos estrictos se negaron a tocarlas por
miedo a que los contaminara; otras personas prefirieron creer que eran del tipo
de especias mencionadas en la Biblia. Sea lo que fuere, lo cierto es que como
son tan lucrativas los barcos ponen ahora su rumbo al sur para traerlas.
Las
tierras de allá abajo están sin civilizar. La mayoría de sus habitantes no
tienen ningún sentido del pecado, y por lo mismo no impiden las aberraciones; y
en donde sí hay sentido del pecado, resulta que lo confunden. Muchísimos de
ellos no se avergüenzan de las mutaciones; siempre que sean lo suficientemente
cabales como para vivir y aprender a cuidarse solos, no les preocupa que sus
hijos salgan defectuosos. En otros sitios, además, encuentras aberraciones que
creen ser normales. Existe una tribu en la que ni los hombres ni las mujeres
tienen pelo, y piensan que el cabello es precisamente la marca del malo; y hay
otra en la que todos sus componentes tienen el pelo blanco y los ojos pequeños.
En una región no te considerarán humano de verdad si no tienes palmeados los
dedos de tus manos y pies; en otra no consienten que tengan hijos a las mujeres
que no posean muchos pechos.
Hay
islas en las que sus habitantes son todos rechonchos, mientras que en otras son
delgados. Se ha hablado incluso de la existencia de algunas islas en las que
viven hombres y mujeres que pasarían por ser verdaderas imágenes si no fuera
por una rara aberración que les ha convertido a todos en negros; no obstante,
eso es más fácil de aceptar que el rumor acerca de una raza de aberraciones que
ha disminuido hasta llegar a medir únicamente sesenta centímetros de altura,
les ha crecido pelo de animales y rabo, y viven en los árboles.
No
obstante, aquello es mucho más complejo de lo que parece a primera vista; y
después de verlo, casi todo se considera probable.
Por
otro lado, todos esos lugares son también muy peligrosos. Los peces y los demás
bichos del mar son más grandes y fieros que aquí. Y cuando uno se acerca de
verdad a la orilla nunca se sabe cómo le van a tratar las aberraciones locales;
en unos sitios son amistosas; en otros te arrojan dardos envenenados. En una
isla te lanzan bombas hechas con pimienta envuelta en hojas, y cuando explotan
te salta a los ojos. Nunca estás seguro de nada.
A
veces, cuando la gente es amistosa, no puedes entender nada de lo que te dicen
ni ellos nada de lo que tratas de comunicarles; sin embargo, en muchas otras
ocasiones, si te esfuerzas un poco por escuchar te das cuenta de que bastantes
de sus palabras son semejantes a las nuestras, aunque pronunciadas de modo
distinto. Se descubren asimismo cosas extrañas y perturbadoras. Casi todos
cuentan con las mismas leyendas del Viejo Pueblo que nosotros, es decir, acerca
de la manera en que podían volar, construir ciudades que flotaban sobre el mar,
y comunicarse mutuamente aun estando a cientos de kilómetros de distancia,
etcétera. Pero lo más chocante es que la mayoría de ellos—tengan siete dedos, o
cuatro brazos, o pelo por todo el cuerpo, o seis pechos, o cualquier otro
defecto—piensan que su tipo es el verdadero patrón del Viejo Pueblo y que todo
cuanto difiera de él es una aberración.
Al
principio esa actitud te parece estúpida, pero cuando empiezas a tropezarte con
más y más tipos tan convencidos de su postura como nosotros lo estamos de la
nuestra... bueno, comienzas a hacerte algunas preguntas. Por ejemplo está la
cuestión de qué evidencia real tenemos nosotros sobre la verdadera imagen. Te
das cuenta de que la Biblia no dice una palabra contraria a la gente que en
aquel tiempo era como nosotros, pero por otra parte tampoco da una definición
del hombre. No, la definición procede del Repentances de Nicholson y éste
admite que está escribiendo varias generaciones después de la tribulación, por
lo que uno no tiene más remedio que preguntarse si él sabía que era verdadera
imagen o si sólo pensaba que lo era...
Aunque
el tío Axel me dijo muchísimas cosas más sobre el sur que yo recuerdo muy bien,
y en un sentido todo era muy interesante, no me había mencionado sin embargo lo
que yo deseaba conocer. Por consiguiente se lo pregunté sin ambages:
—Tío
Axel, ¿hay allí ciudades?
—¿Ciudades?—repitió—.
Bueno, aquí y allá encuentras un pueblo o algo así. Quizás tan grande como
Kentak, pero construido de modo diferente.
—No—insistí—.
Quiero decir sitios grandes.
Y le
describí la ciudad de mi sueño, pero sin hablarle de que lo había soñado.
—No
—replicó mirándome asombrado—. Nunca he tenido noticia que existiera ningún
lugar así.
—Quizás
más lejos, ¿no? —sugerí—. Más allá de donde tú llegaste.
—No
se puede ir más lejos—contestó moviendo la cabeza—. A partir de ese punto el
mar está lleno de algas. Masas de algas con tallos como cables. Una nave no
puede atravesarlas, y si entra en esa zona tiene muchas dificultades para
salir.
—¡Oh!
—exclamé—. ¿Entonces estás seguro de que no hay ninguna ciudad?
—Por
completo—afirmó—. Además, si existiera lo sabríamos ya.
Me
había llevado un chasco. Por lo visto escaparme hacia el sur, contando incluso
con poder encontrar un barco que me llevara, sería poco mejor que marcharme a
los Bordes. Durante un tiempo había abrigado una esperanza, pero ahora tenía
que volver a la idea de que, después de todo, la ciudad de mis sueños debía ser
una de las pertenecientes al Viejo Pueblo.
El
tío Axel continuó hablándome de las dudas acerca de la verdadera imagen que le
habían provocado sus viajes. Se tiró un buen rato hablando, casi sin parar,
hasta que de pronto me preguntó directamente:
—Davie,
¿verdad que comprendes la razón por la que te estoy diciendo todo esto?
En
realidad yo no estaba seguro de que así fuera. Además, me resistía a admitir el
quebranto de la ortodoxia familiar y metódica que me habían inculcado. Eché
mano de una frase que había oído muchísimas veces:
—¿Es
que has perdido la fe?
Tío
Axel pegó un bufido y forzó el rostro al exclamar:
—¡Palabras
de clérigo!
Luego
de reflexionar un rato, continuó:
—Te
estoy diciendo que el que mucha gente diga que una cosa es así, no prueba que
lo sea. Te estoy diciendo que nadie, pero nadie, sabe realmente cuál es la
verdadera imagen. Todos creen saberlo, como nosotros, pero al no poder
demostrar nada, quizás ni el Viejo Pueblo siquiera fue la verdadera imagen.
Después
volvió a mirarme larga y fijamente antes de agregar:
—Por
tanto, ¿cómo puedo yo o nadie asegurar que esta "diferencia" que tú y
Rosalind compartís no os
aproxima
más a vosotros a la verdadera imagen que al resto de la gente? Es posible que
el Viejo Pueblo fuera la imagen; de acuerdo, pero una de las cosas que se dicen
de ellos es que podían hablar entre sí a grandes distancias. Nosotros no
podemos realizar eso; sin embargo, Rosalind y tú sí que podéis. Sólo te pido
que lo pienses un poco, Davie. Es posible que vosotros dos estéis más cerca de
la imagen que nosotros.
Estuve
dudando durante un minutos más o menos. Luego me decidí:
—Pero
es que no somos únicamente Rosalind y yo, tío Axel. Hay también otros.
Se
quedó helado. Volvió a clavar sus ojos en los míos y repitió:
—¿Otros?
¿Quiénes? ¿Cuántos?
—No
sé quiénes son —repliqué moviendo la cabeza—. Quiero decir que no conozco sus
nombres. Como los nombres no adquieren ninguna forma en el pensamiento, nunca
nos hemos preocupado. Lo único que sabes es quién está pensando, igual que se
sabe quién está hablando. Descubrí que uno de ellos era Rosalind por
casualidad.
Continuó
observándome seriamente, intranquilo.
—¿Cuántos
sois? —insistió.
—Ocho—respondí—.
Eramos nueve, pero hace aproximadamente un mes uno de ellos se paró. Eso es lo
que yo quería preguntarte, tío Axel, ¿crees que alguien lo haya descubierto?...
Porque el que se paró lo hizo de repente, y nos hemos estado preguntando si alguien
lo habría descubierto... Claro, si alguien se ha dado cuenta de que ese...
Dejé
que él dedujera por sí mismo el final de la frase. Al poco rato meneó otra vez
la cabeza y dijo:
—No
creo. Casi con seguridad que lo hubiéramos sabido. Quizás se haya marchado.
¿Vivía cerca de aquí?
—Supongo
que sí—contesté—..., aunque no lo sé con certeza. No obstante, estoy seguro de
que nos hubiera dicho que se iba.
—También
os hubiera dicho si creía que le había descubierto alguien, ¿no? Al ser una
suspensión tan repentina, me inclino más a pensar en un accidente de algún
tipo. ¿Te gustaría que tratara de averiguarlo?
—Sí,
por favor—rogué—. A algunos de nosotros nos ha hecho coger miedo.
—Muy
bien—asintió—. Veré lo que puedo hacer. Es un chico, ¿no? Probablemente
viviendo a no mucha distancia de aquí. Hace más o menos un mes. ¿Alguna otra
cosa?
Le
dije cuanto sabía, que era muy poco. Representaba un alivio pensar en que él
intentaría descubrir lo que había ocurrido. Al haber transcurrido un mes sin
que nada parecido nos hubiera pasado a los demás, estábamos menos angustiados
que al principio, pero desde luego no nos sentíamos tranquilos.
Antes
de separarnos volvió a insistir en su anterior advertencia respecto a que yo no
olvidara que nadie podía estar cierto de ser la verdadera imagen.
Más
tarde supe por qué había hecho tanto hincapié en ello. Comprendí asimismo que a
él no le importaba demasiado conocer la identidad de la verdadera imagen. Por
otra parte, no puedo decir si actuó o no con sabiduría al tratar de prevenir la
alarma y el sentido de inferioridad que había sentido asomar en nosotros cuando
debiéramos haber sido mejores conocedores de nuestra personalidad y diferencia.
Quizás hubiera sido preferible dejar aquello durante algún tiempo; por otro
lado, es posible que actuara como reductor de la angustia de despertar...
De
cualquier modo, por el momento decidí no marcharme de casa. Las dificultades
prácticas parecían ser enormes.
La
llegada de mi hermana Petra supuso para mí una sorpresa genuina y para los
demás una sorpresa convencional.
A lo
largo de una o dos semanas antes había empezado a sentirse en toda la casa una
ligera expectación, no totalmente característica, de la que no se hablaba. Para
mí, la sensación de que se me mantenía al margen de algo que se estaba
preparando no quedó explicada hasta oír una noche los sollozos de un bebé. Eran
penetrantes, inequívocos y desde luego dados dentro de la casa, en donde el día
anterior no había ningún recién nacido. Nadie, en efecto, hubiera soñado con
mencionar abiertamente el asunto sin que el inspector hubiera sido llamado para
extender el certificado en el que se hacía constar que se trataba de un bebé
humano a la verdadera imagen. En el caso de que, desgraciadamente, aquel niño
hubiera violado la imagen y, por tanto, hubiera quedado imposibilitado de
conseguir el certificado, todos hubieran continuado ignorándole y se hubiera
considerado que el penoso incidente no había en realidad sucedido.
En
cuanto amaneció, mi padre mandó a un establero que cogiera un caballo y fuera
rápidamente a llamar al inspector. Pendiente de su llegada, la totalidad de la
casa trató de disimular su ansiedad procurando dar la impresión de que
estábamos comenzando un día corriente.
El
intento, empero, se fue desvaneciendo poco a poco a medida que pasaba el
tiempo, ya que el establero, en lugar de volver inmediatamente con el inspector
como era de esperar en un caso que atañía a un hombre de la posición e
influencia de mi padre, regresó con un cortés mensaje de parte del inspector en
el que aseguraba que haría todo lo posible para poder visitarnos durante el
transcurso del día.
Y es
que hasta para un hombre recto es insensato entablar un altercado con el
inspector local y motejarle en público. El funcionario cuenta con muchísimos
medios de devolverle los palos.
Mi
padre se puso furioso, y más porque los convencionalismos no le dejaban admitir
que estaba enfadado. Por otra parte, sabía muy bien que la intención del
inspector era disgustarle. Cuando vieron todos que se iba a pasar la mañana
dando vueltas por la casa y el patio, y que estallaba colérico por cualquier
cosa, anduvieron con pies de plomo y trabajaron fuerte a fin de no atraer su
atención.
Nadie
se hubiera atrevido a anunciar un nacimiento sin que el niño hubiera sido
oficialmente examinado y aprobado. Y cuanto más se demoraba el anuncio formal,
más tiempo tenían los maliciosos para inventar razones que justificaran el
retraso. Un hombre de posición trataba de obtener el certificado lo antes
posible. Por consiguiente en casa, como aún no se podía mencionar ni por
insinuación la palabra "niña", continuamos dando la impresión de que
mi madre estaba en la cama debido a un catarro o a otro tipo de indisposición.
Mi
hermana Mary se pasaba muchos ratos en la alcoba de mi madre, y durante el
resto del tiempo trataba de ocultar su ansiedad mandando a voces a las chicas
del servicio. Yo me puse a haraganear para no perderme el anuncio cuando se
hiciera. Mi padre siguió con sus paseos arriba y abajo.
El
suspenso se agravaba con el conocimiento que tenían todos de que en las dos
últimas ocasiones similares no había habido certificado. Mi padre debía conocer
muy bien, así como indudablemente el inspector, que existían innumerables
especulaciones silenciosas sobre si el primero, según le autorizaba la ley,
repudiaría o no a mi madre en el caso de que esta vez resultara también
desgraciada. Entre tanto, puesto que hubiera sido descortés e indigno ir a
rogar al inspector para que viniera, no podía hacerse otra cosa sino
sobrellevar el suspenso lo mejor posible.
Hasta
media tarde no apareció el inspector, montado en su jaca que marchaba a paso de
andadura. Mi padre hizo de tripas corazón y salió a recibirle; era tan grande
el esfuerzo que estaba realizando para mostrarse incluso formalmente cortés,
que se le veía sofocado. El inspector, sin embargo, no se inmutó. Desmontó
calmosamente, se dirigió con lentitud hacia la casa y comentó el tiempo. Mi
padre, con el rostro encendido, se lo pasó a Mary para que le llevara a la
habitación de mi madre. Entonces comenzó la peor de todas las esperas
Mary
nos dijo después que el funcionario no había cesado de murmurar exclamaciones
de duda durante el larguísimo período que había estado examinando
minuciosamente a la niña. Cuando salió por fin de la habitación, no había
ninguna expresión en su cara. Se sentó a la mesa de la salita que usábamos poco
y se puso a andar en la pluma para conseguir que escribiera bien. Sacó al fin
un impreso de su cartera y, de modo deliberado, escribió con lentitud que
oficialmente la niña era una verdadera hembra humana, libre de toda forma
visible de aberración. Luego se quedó pensativo por un
rato,
como si no estuviera satisfecho del todo. Mostró vacilación en el gesto antes
de fechar y firmar el papel, secó cuidadosamente la tinta y al entregárselo a
mi irritado padre aún exteriorizó una ligera incertidumbre.
Desde
luego que no existía ninguna duda real en su mente, porque en ese caso hubiera
solicitado la opinión de otra persona; y mi padre lo sabía perfectamente
también.
Ya
se pudo admitir la existencia de Petra. A mí se me dijo formalmente que tenía
una nueva hermana, y
en
seguida me llevaron a que la viera acostada en una cuna junto a la cama de mi
madre.
Se
me antojó tan rojiza y arrugada, que no podía entender cómo el inspector había
estado tan seguro de su perfección. Sin embargo, al no apreciarse evidentemente
ninguna anomalía en ella, se le había extendido el certificado. Nadie podía
censurar al inspector por ello; Petra parecía ser tan normal como cualquier
recién nacido...
Mientras
hacíamos cola para observarla, alguien empezó a tocar la campana del establo en
la forma acostumbrada. Todo el mundo en la granja dejó de trabajar, y pronto
nos congregamos en la cocina para elevar rezos de gratitud.
Dos
o quizás tres días después del nacimiento de Petra fui testigo de un suceso
familiar que hubiera preferido desconocer.
Me
hallaba sentado tranquilamente en la alcoba próxima a la habitación de
matrimonio en cuya cama seguía acostada mi madre. Me encontraba allí por
casualidad y también por estrategia. Era el último lugar que había descubierto
para permanecer escondido después de la comida del mediodía, en espera de que
desaparecieran todos para poder escabullirme sin que me asignaran una tarea de
tarde; hasta entonces nadie había pensado en buscarme allí. Era simplemente
cuestión de aguardar media hora más o menos. Por lo general, la alcoba me
servía muy bien para mi propósito, aunque su uso en el momento presente
requería cierta cautela debido a que la pared divisoria de ambas habitaciones
se había agrietado y, por lo mismo, yo me veía obligado a andar de puntillas
para que no me oyera mi madre.
En
aquel día particular estaba pensando que ya habría transcurrido el tiempo
preciso para que todo el
mundo
se hallara ya trabajando, cuando escuché el ruido de un carruaje ligero. Al
pasar frente a la ventana divisé a mi tía Harriet sosteniendo las riendas.
Aunque
la había visto solamente ocho o nueve veces porque vivía a unos veinticinco
kilómetros de distancia, en la dirección de Kentak, lo que conocía de ella me
gustaba. Era alrededor de tres años más joven que mi madre. Si bien se parecían
bastante en lo superficial, como tía Harriet tenía todos los rasgos un poco más
suavizados, el efecto que producía el conjunto era de diferenciación. Cuando yo
la observaba, solía experimentar la sensación de que estaba viendo a mi madre
como ella podría haber sido..., o mejor, como a mí me hubiera agradado que
fuese. También era de más fácil acceso para conversar; en ella no se apreciaba
ese desalentador estilo de escuchar sólo para corregir.
Con
los calcetines puestos únicamente, atisbé por la ventana y la vi atar el
caballo, coger un lío blanco del carruaje y meterse con él en la casa. No pudo
haberse tropezado con nadie, porque unos cuantos segundos después oí sus pasos
por el corredor y luego que cedía el picaporte de la puerta próxima.
—¡Hombre,
Harriet! —exclamó mi madre con voz de sorpresa, aunque no enteramente de
aprobación—. ¡Qué pronto! No me digas que has hecho un viaje tan largo con una
criatura tan pequeña.
—Ya
lo sé —replicó tía Harriet, aceptando la reconvención que se advertía en el
tono de mi madre—. Pero tenía que venir, Emily. Tenía que venir. He oído que tu
niña había llegado con antelación, así que... ¡Oh, la tienes ahí! Es preciosa,
Emily. Es una niña preciosa.
Se
hizo un silencio que volvió a romper mi tía:
—La
mía también es preciosa, ¿verdad? ¿No es encantadora?
Siguió
un intercambio de felicitaciones que no me interesó demasiado. Para mí, los
recién nacidos no se diferenciaban gran cosa entre sí.
—Estoy
muy contenta, querida—oí decir a mi madre—. Y Henry debe estar loco de alegría.
—Desde
luego—manifestó tía Harriet, si bien en la manera de decirlo se notó que algo
no marchaba como es debido.
Hasta
yo me di cuenta de ello. Mi tía se apresuró a añadir:
—Nació
hace una semana. No sabía qué hacer. Entonces, cuando supe que tu niña era
prematura y del
mismo
sexo, lo interpreté como la respuesta de Dios a mis rezos.
Volvió
a hacer una pausa antes de agregar de modo evidente como por casualidad:
—¿Te
han dado su certificado?
—Naturalmente—contestó
mi madre con tono cortante y ofendido.
Conocía
perfectamente la expresión que había acompañado a la voz. Al hablar de nuevo en
tono exigente se palpó su inquietud:
—¡Harriet,
no me digas que no has conseguido el certificado!
Aunque
mi tía no respondió, creo que pude captar el ruido de un contenido sollozo. Mi
madre, imperiosa, añadió con frialdad:
—Harriet,
déjame ver esa niña... debidamente.
A lo
largo de unos segundos no pude oír otra cosa sino un par de sollozos
procedentes de mi tía. Luego observó sin ninguna firmeza:
—Es
tan poca cosa, ves. Nada importante.
—¡Nada
importante!—estalló mi madre—. ¡Y tienes el descaro de traer tu monstruo a mi
casa y de decirme que no es nada importante!
—¡Monstruo!—exclamó
mi tía, como si la hubieran abofeteado—. ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!...
Y se
puso a gemir sordamente. Al cabo del rato mi madre señaló:
—No
es necesario preguntar que no te has atrevido a llamar al inspector, ¿verdad?
Tía
Harriet continuó llorando. Hasta que no se hubo serenado un poco, no volvió a
intervenir mi madre:
—Me
gustaría saber por qué has venido aquí, Harriet. ¿Por qué la has traído
contigo?
Mi
tía se sonó la nariz. Cuando habló, lo hizo con voz torpe y baja:
—Cuando
di a luz..., cuando la vi, quise matarme. Sabía que nunca la darían la
aprobación, aunque es tan poca cosa. Pero no llamé al inspector porque pensé
que quizás podría salvarla de alguna manera. La quiero. Es una criatura
encantadora..., aparte de eso. ¿No es cierto?
Mi
madre no replicó. Tía Harriet continuó:
—Aunque
no sabia cómo, abrigaba alguna esperanza. Sabía que podía conservarla un tiempo
antes de que se la llevaran..., el mes que te dan de plazo para notificarlo.
Decidí que debía tenerla conmigo por lo menos ese tiempo.
—-¿Y
Henrv? ¿Qué dice él?
—El...,
él dice que debía haberlo comunicado en seguida. Pero no pude, Emily, no pude.
¡Dios mío, no una tercera vez! La guardé y recé y recé, y me puse a esperar.
Entonces, cuando me dijeron que tu niña había nacido tan rápido, pensé en que
quizás Dios respondía a mis rezos.
—Verdaderamente,
Harriet —indicó mi madre de modo frío y cortante—, dudo de que una cosa tenga
que
ver con la otra. Y tampoco entiendo lo que quieres decir.
—Pensé—continuó
mi tía sin fuerza, aunque violentándose para pronunciar las palabras—que si tú
podías quedarte con mi niña y prestarme la tuya...
Mi
madre exhaló un suspiro de incredulidad. Parecía que se había quedado sin voz.
Por su parte, tía Harriet agregó tenazmente:
—Sería
sólo por un día o dos; justo el tiempo que tardara en obtener el certificado.
Eres mi hermana, Emily..., mi hermana y la única persona en el mundo que puede
ayudarme a conservar mi niña.
Volvió
a llorar otra vez. Se hizo un nuevo silencio, roto en esta ocasión por mi
madre:
—En
toda mi vida había escuchado nada tan ultrajante. Venir aquí para sugerirme que
participe en una conspiración inmoral y criminal... Tú debes estar loca,
Harriet. Mira que pensar en que te iba a prestar...
Se
cortó al oír el pesado paso de mi padre por el corredor.
—Joseph—le
dijo en cuanto apareció por la puerta—, échala de aquí. Dila que salga de esta
casa... y que se lleve eso con ella.
—Pero
—protestó mi padre, desconcertado—, si es Harriet, cariño.
Mi
madre le puso al corriente de la situación minuciosamente. No se oyó ni un
suspiro de tía Harriet. Al final mi padre, incrédulo, quiso saber:
—¿Es
eso cierto, Harriet? ¿Has venido aquí por eso?
Lenta
y fatigosamente replicó la aludida:
—Esta
es la tercera vez. Se llevarán de nuevo a mi niña, como hicieron con los otros.
No puedo soportarlo..., ya no. Creo que Henry me echará de casa. Encontrará
otra esposa que pueda darle hijos cabales, y no tendré nada..., nada en el
mundo. He venido aquí esperando contra la esperanza, en busca de simpatía y de
ayuda. Emily es la única persona que puede ayudarme. Ahora..., ahora me doy
cuenta de lo estúpida que he sido por haber confiado...
Nadie
hizo ningún comentario. Con voz apagada, agregó tía Harriet:
—De
acuerdo...; ya comprendo. Me iré...
Mi
padre no era hombre que pudiera dejar sin precisar su actitud. Por eso dijo:
—No
entiendo cómo te has atrevido a venir aquí, a un hogar temeroso de Dios, con
esa pretensión. Y, lo que es peor, veo que no muestras ni una pizca de
vergüenza o de remordimiento.
La
voz de tía Harriet fue haciéndose más firme al contestar:
—¿Y
por qué? No he hecho nada de lo que deba avergonzarme. No estoy avergonzada...
Unicamente hundida.
—¡No
está avergonzada! —repitió mi padre—. ¡No estás avergonzada por haber creado
una burla de tu Hacedor!... ¡No estás avergonzada por tratar de que tu hermana
fuera cómplice de una conspiración criminal!
Luego
de respirar hondo, continuó en el estilo que acostumbraba a exhibir en el
púlpito:
—Los
enemigos de Dios nos asedian. A través nuestro pretenden dañarle a él. Trabajan
de forma incesante para trastornar la verdadera imagen; por medio nuestro,
vasos más débiles de elección, intentan corromper la raza. Tú has pecado,
mujer; examina tu corazón y conocerás que has pecado. Tu pecado ha enervado
nuestras defensas y el enemigo ha golpeado a través tuyo. Aunque llevas la cruz
sobre tu vestido para protegerte, no la has tenido siempre en tu corazón. No
has mantenido una constante vigilancia contra la impureza. Por eso ha habido
una aberración; y la aberración, cualquier aberración de la imagen verdadera,
es blasfemia..., nada menos que eso. Has creado una corrupción.
—¡Sólo
un pobre niño!
—Un
niño que, si por ti fuera, crecería para reproducirse, y al reproducirse
extendería la contaminación a nuestro alrededor hasta lograr que no hubieran
más que mutaciones y abominaciones. Eso es lo que ha ocurrido en lugares en
donde ha sido débil la voluntad y la fe. Aquí eso no sucederá jamás. Nuestros
antecesores fueron de la verdadera estirpe, la cual nos confiaron. ¿Y vas tú a
traicionarnos a todos? ¿Vas a hacer que la vida de nuestros antecesores fuera
en vano? ¡Averguénzate, mujer! ¡Y ahora vete! Vete a tu casa con humildad y no
con espíritu desafiante. Da cuenta de tu hija, según la ley. Luego haz
penitencias para que puedas quedar limpia. Y reza. Tienes mucho por lo que
rezar. Porque no sólo has blasfemado al crear una falsa imagen, sino que arrogantemente
te has opuesto a la ley y has pecado de intento. Yo soy un hombre
misericordioso; no te voy a denunciar. Tendrás la oportunidad de ser tú la que
limpies tu conciencia; arrodíllate y reza, reza para que tu pecado de
intención, así como el resto de los otros, pueda serte perdonado.
Oí
dos ligeros pasos. La niña exhaló un gemido cuando tía Harriet la tomó en sus
brazos. Se dirigió hacia la puerta, levantó el picaporte y se detuvo para
afirmar:
—Rezaré,
sí, claro que rezaré...
Luego
de hacer una corta pausa, agregó con voz más firme y dura:
—Rezaré
a Dios con el fin de que a este horrible mundo envíe caridad y simpatía para
los débiles, así como amor para los infelices y desgraciados. Le preguntaré si
de verdad es su voluntad que un niño sufra y sea condenada su alma por una
pequeña tacha de su cuerpo... Y le rezaré también para que se rompan los
corazones de aquellos que se tienen por justos...
Inmediatamente
se cerró la puerta y oí sus lentos pasos a lo largo del corredor.
Cuando
volví con cautela a la ventana, la vi salir de la casa y depositar suavemente
el paquete blanco en el carruaje. Se quedó observándolo durante unos segundos;
luego desató al caballo, se subió al asiento y se puso en el regazo el paquete
arrebujándolo con la capa.
Al
volverse, ofreció una imagen que quedó fija en mi mente. La niña acostada en su
brazo, la capa medio abierta, mostrando la parte superior de la cruz marrón y
galoneada sobrepuesta en su vestido ocre; los ojos, en una cara endurecida como
el granito, parecían no ver nada al mirar hacia la casa...
Después
movió las riendas y se alejó.
Detrás
de mí, en la habitación contigua, mi padre estaba diciendo:
—¡Y
también herejía! El intento de sustitución podría pasarse por alto; a veces las
mujeres tienen ideas extrañas en tales ocasiones. Yo estaba dispuesto a pasarlo
por alto, siempre que diera cuenta de la niña. Pero la herejía es una cuestión
distinta. Además de peligrosa, es una mujer desvergonzada; nunca hubiera
imaginado tanta maldad en una hermana tuya. ¡Y llegar a pensar que tú ibas a
apoyarla, cuando ella sabe muy bien que has tenido que pasar dos veces por esa
penitencia! Hablar asimismo heréticamente en mi casa; eso no se puede permitir.
—Quizás—intervino
mi madre con voz vacilante— no se diera cuenta de lo que estaba diciendo.
—Entonces
es hora de que sepa lo que dice. Nosotros tenemos el deber de que lo sepa.
Mi
madre empezó a replicar, pero le falló la voz. Principió a llorar, cosa que
nunca antes la había visto yo hacer. La voz de mi padre continuó explicando la
necesidad que había de pureza en el pensamiento, el corazón y la conducta,
particularmente en las mujeres. Aún seguía hablando cuando yo me marché de
puntillas.
Durante
un tiempo sobrellevé de mala manera la gran curiosidad que sentía por saber el
defecto que había habido en aquella criatura, y me preguntaba si quizás era un
dedo de más en el pie, como Sophie. Sin embargo, no pude satisfacer mi deseo.
Cuando
al día siguiente me dieron la noticia de que se había encontrado el cadáver de
tía Harriet en el río, nadie mencionó a ningún niño...
Mi
padre incluyó el nombre de tía Harriet en las oraciones nocturnas del día que
recibimos la noticia, pero después nunca se la volvió a mencionar. Parecía
haberse borrado de la memoria de todos menos de la mía. En ella permanecía
claramente, y a pesar de que yo sólo la había escuchado a través de la pared,
tenía inclusive forma y se mostraba como una figura erecta con un rostro vacío
de esperanza, que exclamaba sin tapujos: "No estoy avergonzada...
Unicamente hundida". Y también la percibía como la había visto por última
vez, mirando la casa.
Aunque
nadie me dijo la forma en que había muerto, de algún modo sabía yo que no había
sido por accidente. Eran muchas las cosas que yo no entendía de lo que captaba
aquí y allá, pero así y todo, se trataba del suceso más perturbador que hasta
entonces había conocido... y por algún motivo imperceptible experimenté una
sensación de inseguridad mucho más alarmante que la que había padecido en el
caso de Sophie. Durante varias noches soñé con tía Harriet tendida en el río,
abrazada todavía al blanco paquete mientras el agua hacía que su pelo rodeara
su pálido rostro, y sus ojos, muy abiertos, no veían nada. Y yo estaba
espantado
Una
mutación, así lo había denominado mi padre... ¡Una mutación!... Pensé en
algunos de los textos grabados a fuego. Recordé la predicación de un clérigo
visitante: la detestación que había habido en su voz cuando tronó desde el
púlpito: ¡Maldita sea la mutación!
Maldita
sea la mutación... La mutación, el enemigo, y no sólo de la raza humana, sino
de todas las especies que Dios había creado; la semilla del diablo que, desde
dentro, eterna e incansablemente trataba de fructificar para poder destruir el
orden divino y transformar nuestro distrito, la fortaleza de la voluntad de
Dios sobre la tierra, en un depravado caos como el de los Bordes. Tal semilla
intentaba convertirlo en un lugar sin ley al estilo de las regiones del sur de
las que hablaba tío Axel, en donde las plantas, los animales y los seres casi
humanos producían imitaciones grotescas; en donde la verdadera estirpe había
dado lugar a criaturas sin nombre, florecían productos abominables y los
espíritus del mal se burlaban del Señor con obscenas fantasías.
Sólo
una pequeña diferencia, el "nada importante", era el primer paso...
Todas
aquellas noches recé vehementemente:
—¡Oh,
Dios; por favor, Dios, permite que yo sea como los demás! No quiero ser
distinto. Deja que cuando me despierte por la mañana sea exactamente igual a
los demás, por favor, Dios, por favor.
Pero
por la mañana, al hacer la prueba, volvía a comunicarme en seguida con Rosalind
o uno de los otros, y me daba cuenta de que el rezo no había alterado nada en
absoluto. Consecuentemente, me levantaba siendo la misma persona que se había
acostado la noche anterior, y tenía que ir a la gran cocina y desayunar frente
al cuadro que de alguna forma había dejado de ser sólo una mera parte del
mueblaje para convertirse en una constante acusación que me repetía:
"¡Maldita sea la mutación ante los ojos de Dios y del hombre!"
Y yo
seguía asustadísimo.
Después
de la quinta noche más o menos en que la oración no había servido para nada,
tío Axel me agarró al abandonar la mesa del desayuno y me dijo que sería mejor
que le ayudara a arreglar un arado. Cuando llevábamos trabajando un par de
horas decretó un descanso y salimos de la herrería para sentarnos al sol, con
las espaldas apoyadas en la pared. Me alargó un trozo de torta de harina y
estuvimos comiendo durante uno o dos minutos; luego me indicó:
—Bueno,
Davie, ahora dímelo.
—Que
te diga ¿qué?—contesté de manera estúpida.
—Lo
que te hace parecer enfermo desde hace un día o dos—me explicó—. ¿Qué te pasa?
¿Es que lo ha descubierto alguien?
—No
—respondí.
—Entonces,
¿qué es?
Le
conté lo de tía Harriet y la niña. Terminé de referírselo en medio de un gran
llanto, por el consuelo que representaba poder compartirlo con alguien.
—Fue
la cara que puso cuando se marchó—observé—. Nunca antes había visto nada
parecido. Y sigo viéndola en el agua.
Al
acabar le miré a los ojos. Su rostro era tan ceñudo como siempre, con las
comisuras de los labios descendidas.
—Así
que era eso... —manifestó, asintiendo una o dos veces con la cabeza.
—Y
todo porque la niña era diferente —repetí—. Luego, también estaba el caso de
Sophie... Yo antes no lo entendía adecuadamente... Estoy..., estoy asustado,
tío Axel. ¿Qué harán cuando descubran que soy distinto?
Al
poner su mano sobre mi hombro, me volvió a asegurar:
—Nadie
va a saberlo nunca. Nadie, excepto yo..., y yo soy de confianza.
Sin
embargo, sus palabras no fueron para mí tan alentadoras como la primera vez que
me las dijo.
—Pero
está el que se paró—le recordé—. Quizás le hayan descubierto...
—Creo
que puedes estar tranquilo por ese lado, Davie—me indicó, moviendo la cabeza—.
Descubrí que por el tiempo que dijiste había muerto un muchacho. Se llamaba
Walter Brent, y tenía unos nueve años de edad. Se puso a tontear cuando estaban
talando árboles, y uno de ellos le cayó encima al pobre chico.
—¿Dónde?—pregunté.
—A
unos catorce o quince kilómetros de aquí, en una granja de los alrededores de
Chipping.
Retrocedí
en el pensamiento. Sin duda que la dirección de Chipping era conforme, y que el
tipo de accidente podía corresponder a aquel repentino e inexplicable paro...
Sin albergar ninguna mala voluntad hacia el desconocido Walter, yo confiaba y
pensaba en que esa fuera la explicación.
Tío
Axel resumió un poco la situación:
—No
hay ninguna razón por la que puedan descubrirlo. No hay nada que exteriorizar:
sólo lo sabrán si
vosotros
queréis. Aprended a vigilaros, Davie, y nunca lo descubrirán.
—¿Qué
le hicieron a Sophie? —pregunté una vez más.
Pero,
como en las otras veces, se negó a darme explicaciones. Por su parte continuó:
—Recuerda
lo que te he dicho en otras ocasiones. Ellos creen que son la verdadera
imagen..., pero no pueden estar seguros. Y aunque el Viejo Pueblo hubiera sido
de la misma especie que soy yo y que son ellos, ¿qué importa eso? Ya, ya sé que
la gente cuenta historias sobre lo maravillosos que eran, y lo fantástico que
era su mundo, y cómo algún día nosotros volveremos a tener todo cuanto ellos
tenían. Hay un montón de necedades en lo que se dice acerca del Viejo Pueblo,
pero aun admitiendo que exista mucha verdad también, ¿de qué sirve el tratar
con tanto ahínco de seguir sus pasos? ¿Dónde están ahora ellos y su maravilloso
mundo?
—"Dios
envió la tribulación sobre ellos"—cité.
—Claro,
claro. Sin duda que te conoces al dedillo las palabras de los clérigos,
¿verdad? Pero aunque eso es muy fácil de decir, no lo es tanto de entender,
sobre todo cuando uno ha visto un poco del mundo y lo que significa. La
tribulación no consistió únicamente en tempestades, huracanes, diluvios y
fuegos como los que se mencionan en la Biblia. Fue algo parecido a todo eso
junto... y también bastante peor. De ella provienen las Costas Negras, las
ruinas que relucen por la noche y las Malas Tierras. Quizás exista un
precedente en la historia de Sodoma y Gomorra, sólo que el caso de la
tribulación fue de mayores proporciones; ahora bien, lo que no comprendo son
las cosas raras que ocasiono en las demás regiones.
—Excepto
en Labrador—intervine.
—No
digas excepto en Labrador—me corrigió—, sino que fue menos en Labrador y en
Newf que en otros lugares. ¿Qué pudo ser ese terrible suceso? ¿Y por qué? Casi
puedo entender que Dios, al estar encolerizado, destruya todo cuanto vive y
hasta el mismo mundo; pero lo que no me entra en la cabeza es esta
indeterminación, esta mezcla de aberraciones; no tiene sentido.
Yo
no apreciaba ninguna dificultad real. Después de todo Dios, como era
omnipotente, podía dar origen a lo que quisiera. Al tratar de explicárselo así
a tío Axel, meneó la cabeza.
—Tenemos
que creer que Dios está cuerdo, Davie. Estaríamos de verdad perdidos si no
aceptaramos eso.
Y
señalando con la mano extendida hacia el horizonte, añadió a renglón seguido:
—Pero
lo que aconteció allí no es una cosa de cuerdos, de ninguna manera. Fue algo
enorme, algo por debajo de la sabiduría de Dios. ¿Qué fue? ¿Qué pudo ser?
—Pero
la tribulación...—empecé a decir.
—No
es más que una palabra—cortó impaciente tío Axel—, un espejo trasnochado que no
refleja nada. Sería mejor que los predicadores se aplicaran más, y si no
entienden ciertas cosas que empiecen a pensar. Que comiencen a preguntarse:
"¿Qué estamos haciendo? ¿Qué estamos predicando? ¿Cómo era en realidad el
Viejo Pueblo? ¿Qué hicieron para que este espantoso desastre cayera sobre
nosotros y sobre el mundo?" Y al cabo del rato que empiecen a decir:
"¿Estamos en lo cierto? La tribulación ha transformado el mundo en un
lugar diferente; ¿podemos confiar entonces en volver a construir un mundo como
el que perdió el Viejo Pueblo? ¿Deberíamos intentarlo? ¿Qué ganaríamos con
volverlo a construir tan exactamente que terminara con otra tribulación?"
Porque es evidente, muchacho que, a pesar de lo maravilloso que fue el Viejo
Pueblo, no lo fue tanto como para no cometer errores, y no se sabe, ni
probablemente se sabrá nunca, en qué acertaron y en qué se equivocaron.
Mucho
de lo que decía recibía mi aprobación mental; no obstante, creí haber dado con
el meollo del asunto.
—Pero,
tío—le indiqué—, si no tratamos de ser como el Viejo Pueblo y de reconstruir
las cosas que se perdieron, ¿qué podemos hacer?
—Bueno,
podríamos tratar de ser nosotros mismos —sugirió—, y de edificar el mundo más
apropiado en vez del que ha desaparecido.
—Me
parece que no te entiendo—observé—. ¿Quieres decir que no hay que preocuparse
de la verdadera estirpe o de la verdadera imagen? ¿Quieres decir que no hay que
inquietarse por las aberraciones?
—No
exactamente—replicó, al tiempo que me miraba de reojo—. Oíste decir algunas
herejías a tu tía; bien, pues aquí tienes otras pocas de parte de tu tío. ¿Qué
es para ti lo que hace que un hombre sea hombre?
Comencé
a recitar la Definición. Al cabo de las cinco palabras me cortó exclamando:
—¡No!
Una figura de cera puede tener todo eso y seguir siendo una figura de cera, ¿no
es cierto?
—Supongo
que sí—convine.
—Bien,
entonces lo que hace que un hombre sea hombre es algo que hay dentro de él.
—¿El
alma? —sugerí.
—No—contestó—.
Las almas son sólo números que suman las iglesias como si fueran fichas de un
mismo valor. No, lo que hace que un hombre sea hombre es la mente; no se trata
de una cosa, sino de una cualidad, y las mentes no valen todas por un igual;
son mejores o peores, y cuanto mejor sean más significan. ¿Ves adónde quiero
llegar?
—No—admití.
—Escucha,
Davie. Yo reconozco que la gente de la iglesia estás más o menos en lo cierto
respecto a la mayoría de las aberraciones..., sólo que no estoy de acuerdo con
las razones que aducen. Están en lo cierto porque la mayor parte de las
aberraciones no sirven para nada. Un ejemplo. Digamos que se permite a una
aberración que viva como nosotros, ¿qué beneficio reportaría? Una docena de
brazos y piernas, o un par de cabezas, o el tener ojos como telescopios, ¿le
proporcionaría alguna cualidad más de las que le hacen ser hombre? Antes de que
el ser humano supiera incluso que era hombre, ya había recibido su forma
física, eso a lo que llaman verdadera imagen. Era lo que sucedía dentro de él,
pues, lo que le hacía humano. Descubrió que contaba con lo que ninguna otra
cosa tenía: la mente. Eso le situó a un nivel distinto. Al igual que un gran
número de animales, en lo físico era casi tan adecuado como necesitaba ser;
pero contaba con esta nueva cualidad, la mente, que se hallaba sólo en sus
estadios primitivos y que él desarrolló. Esa era la única cosa que él podía
desarrollar con provecho; y en la actualidad es el único camino que tiene
abierto ante sí: el desarrollo de nuevas cualidades mentales.
El
tío Axel hizo una pausa para reflexionar. Luego continuó:
—En
mi segundo barco había un médico que hablaba de esa manera, y cuanto más tiempo
me pasaba considerándolo, más cuenta me daba de que era la manera que tenía
sentido. Por tanto, según lo veo yo, de un modo u otro tú, Rosalind y los demás
habéis conseguido una nueva cualidad mental. Me parece un error rezar a Dios
para que os la quite; es como pedirle que os dejara ciegos o sordos. Ya sé que
se os hace cuesta arriba aceptarlo, Davie, pero el miedo no es el mejor modo de
hacerle frente. No existe ningún modo fácil de hacerle frente. Tenéis que
aceptarlo así, afrontar la situación y, puesto que las cosas son de ese modo
para vosotros, decidir cómo podéis utilizarlo mejor sin correr ningún riesgo.
Como
es lógico, la primera vez no me parecieron muy claros sus argumentos. Algunos
se me quedaron en la cabeza, otros tuve que reconstruirlos a base de medio
memorizar distintas charlas que sostuvimos. Posteriormente empecé a
comprenderlo mejor, sobre todo después de que Michael se marchara a la escuela.
Aquella
noche hablé a los demás de Walter. Aunque todos lamentamos su accidente, nos
alivió conocer que había sido simplemente eso, un accidente. Por otro lado yo
descubrí una cosa rara, y es que él era casi con seguridad un pariente lejano
mío; mi abuela se había llamado Brent de apellido.
Después
de aquello, y para prevenir cualquier tipo de incertidumbre semejante, nos
pareció más sensato comunicarnos nuestros nombres.
En
total éramos ocho; bueno, quiero decir que éramos ocho los que entonces
podíamos hablar con el pensamiento; porque existían otros que a veces enviaban
señales, pero tan débiles y tan limitadas que en realidad no merecían la pena.
Eran como aquel que no es totalmente ciego, pero que con escasez ve lo
suficiente para distinguir si es de día o es de noche. Los ocasionales
conceptos de pensamiento que recibíamos de ellos eran involuntarios y demasiado
confusos y apagados como para que tuvieran sentido.
Los
otros seis eran: Michael, que vivía a unos seis kilómetros hacia el norte;
Sally y Katherine, cuyos hogares se hallaban en granjas vecinas a tres
kilómetros más allá, junto al límite del siguiente distrito; Mark, a casi
quince kilómetros en dirección noroeste; y Anne y Raquel, hermanas que
habitaban en una gran hacienda situada a sólo dos kilómetros y medio hacia el
oeste. Anne, que entonces tendría unos trece años, era la mayor. Walter Brent
había sido el más joven por seis meses de diferencia.
El
conocimiento de quiénes éramos supuso la segunda fase en nuestra adquisición de
confianza. De alguna forma aumentó un sentimiento confortador de apoyo mutuo.
Progresivamente descubrí que los textos y advertencias contra las mutaciones
que había colgados en las paredes me causaban menos sobresalto. Sus
significados se fueron apagando poco a poco y sumergiéndose de nuevo en el
marco general. Y no es que se hubieran disipado los recuerdos de tía Harriet y
de Sophie; lo que pasaba era que ya no violentaban tan espantosa y
frecuentemente mi memoria.
Por
otro lado, también me ayudó el tener que pensar en una gran cantidad de cosas
nuevas.
Como
ya he dicho, nuestra escuela era muy simple. Aparte de un poco de aritmética
elemental y de muchos ejercicios de escritura, leíamos mayormente unos cuantos
libros sencillos y la Biblia y el Repentances, que de ninguna manera eran
fáciles de entender. No era por tanto mucha preparación. Y como sin duda estaba
muy lejos de satisfacer a los padres de Michael, éstos decidieron enviarle a la
escuela que había en Kentak. Allí fue donde comenzó a aprender muchísimas cosas
que a nuestras viejas damas jamás se les había pasado por la cabeza. También
era natural que él deseara comunicárnoslas a nosotros. Al principio sus ideas
no estaban muy claras y teníamos dificultades con la distancia por ser muy
superior a la que estábamos acostumbrados. No obstante, después de unas cuantas
semanas de práctica empezamos a captar sus ideas con más exactitud y mejor, y
pudo transmitirnos a los demás casi todo lo que le enseñaban. Cuando ni
siquiera él comprendía algunas de las materias, entre todos las aclarábamos, y
de esta forma hasta podíamos ayudar a nuestro amigo un poco. Asimismo nos
agradaba saber que él estaba casi siempre de los primeros de la clase.
Además
de que era una gran satisfacción el aprender y saber más, esos conocimientos
contribuían a mi tranquilidad sobre un montón de cuestiones desconcertantes, y
empecé a comprender mucho mejor varias de las cosas que me había dicho tío
Axel. No obstante, también nos procuraron una serie de complicaciones, de las
que nunca volveríamos a estar libres. En seguida se nos hizo difícil estar
siempre pendientes de recordar cuánto se suponía que nosotros sabíamos.
Necesitábamos hacer un gran esfuerzo para, por ejemplo, permanecer callados
ante la manifestación de sencillos errores, escuchar pacientemente argumentos
estúpidos y basados en conceptos falsos, realizar una tarea en la forma
acostumbrada cuando uno conocía un modo mejor...
Desde
luego que pasamos por momentos malos; por ejemplo, en casos como la observación
descuidada que provocaba la elevación de algunas cejas, o la nota de
impaciencia ante aquellos que había que respetar, o la sugerencia incauta. Con
todo, los resbalones fueron pocos, ya que entonces teníamos muy exacerbado el
sentido de peligro. Así, pues, con cautela, suerte y rápidos remedios nos las
arreglamos para escapar de la sospecha directa y vivir nuestras dos vidas
distintas durante los seis años siguientes, y ello sin que se agravaran los
riesgos.
Y de
ese modo llegamos al día en que descubrimos que en lugar de ocho, éramos ya
nueve.
Lo
de mi hermana Petra fue muy divertido. Parecía tan normal. Nunca lo hubiéramos
sospechado, ninguno de nosotros. Era una niña feliz, graciosa, de bucles
dorados. Aún la veo como una cosita pulcramente vestida, sin parar ni un
momento, siempre corriendo de modo vertiginoso, abrazada a una horrorosa muñeca
bizca a la que amaba con pasión increíble. Ella misma era un juguete, propensa
como cualquier otro niño a los porrazos, las lágrimas, las risas, los momentos
solemnes y la confianza inocentona. Yo la quería muchísimo; todo el mundo, mi
padre inclusive, conspirábamos contra ella para no caer en la red de su
hechizo, aunque naturalmente con una encantadora falta de éxito. En
consecuencia, jamás había pasado por mi mente un vagabundo pensamiento siquiera
de que era distinta; hasta que sucedió bruscamente aquello...
Estábamos
segando. Allá por el duodécimo acre había seis hombres guadañando
escalonadamente. Yo había pasado mi guadaña a otro segador y me había puesto a
hacinar las mieses para descansar un poco cuando, sin aviso previo, recibí como
un golpe... Nunca antes había experimentado nada parecido. De estar haciendo
gavillas sin prisas y contento, pasé en segundos a un estado en el que parecía
que algo, dentro de mi cabeza, me hubiera herido físicamente. Estuve a punto de
desmayarme. Luego sentí dolor, como si tuviera clavado en mi mente un anzuelo
unido a un sedal en movimiento. Sin embargo, y a pesar de la sorpresa de los
primeros instantes, no existía ninguna duda respecto a si debía o no acudir;
obedecí como deslumbrado. Tiré la gavilla que tenía en las manos, me lancé a
través del campo y dejé atrás una serie de rostros desconcertados. Seguí
corriendo sin saber por qué; sólo tenía en cuenta que era urgente; crucé el
duodécimo acre, tomé la senda, salté la cerca, bajé la cuesta de la Dehesa del
Este en dirección al río...
Mirando
oblicuamente desde el declive, vi el campo de Angus Morton que bajaba hasta la
otra orilla del río y que estaba cruzado por una senda que conducía al puente;
por ella, corriendo como el viento, venía Rosalind.
Continué
a la carrera, descendí hasta la orilla, pasé el puente y seguí aguas abajo,
hacia los remansos más profundos. Sin dudarlo un instante, me fui derecho al
borde del segundo remanso y me zambullí sin detenerme. Cuando salí a la
superficie me encontraba muy cerca de Petra. Ella, agarrada a un pequeño
arbusto, estaba pegada a la pared de la balsa sin poder hacer pie en ésta. El
arbusto se movía arriba y abajo y sus raíces estaban a punto de soltarse. En un
par de brazadas me situé lo bastante cerca de mi hermana como para sujetarla
por debajo de los brazos.
El
apremio menguó de repente y desapareció. Tiré de ella hacia un lugar de fácil
salida. Cuando encontré fondo y pude ponerme de pie vi que Rosalind, con cara
de susto, me contemplaba ansiosamente por encima de los arbustos.
—¿Quién
es?—me preguntó con palabras de verdad y voz temblorosa, al tiempo que se
pasaba la mano por la frente—. ¿Quién ha sido capaz de hacer eso?
Se
lo dije.
—¿Petra?—repitió
con incredulidad.
Saqué
a mi pequeña hermana a la orilla y la deposité en la hierba. Aunque estaba
exhausta y medio inconsciente, no parecía tener nada de gravedad.
Rosalind
se acercó y se arrodilló en la hierba, al otro lado de Petra. Los dos
observamos el vestido empapado y los oscurecidos y mates rizos. Luego cruzamos
nuestra mirada.
—No
lo sabía—la indiqué—. No tenía ni idea de que fuera una de nosotros.
Rosalind
se llevó las manos a la cara y puso las yemas de sus dedos sobre sus sienes.
Movió levemente la cabeza y me miró con ojos inquietos al decir:
—No
lo es. Aunque se parece, no es una de nosotros. Ninguno podemos mandar así.
Ella es mucho más que nosotros.
En
aquel momento llegaron corriendo otras personas; unas me habían seguido a mí
desde el duodécimo acre y otras, procedentes de la orilla opuesta, venían
haciéndose cruces sobre lo que había hecho salir a Rosalind de la casa como si
estuviera ardiendo. Levanté a Petra para llevarla a casa. Uno de los segadores
me miró asombrado y me preguntó:
—¿Pero
cómo lo supiste? Yo no oí nada.
Rosalind,
con expresión incrédula y de sorpresa, se volvió hacia él exclamando:
—¡Jolín!
¡Con los gritos que pegaba! Hubiera creído que nadie, a menos que fuese sordo,
hubiera dejado de oírla aun estando a la mitad del camino a Kentak.
El
hombre meneó la cabeza lleno de dudas, pero el hecho de haber sido dos los que
aparentemente oímos a Petra parecía ser bastante confirmación de que quizás
fuesen ellos los equivocados.
Yo
no decía nada. Me hallaba muy ocupado tratando de esquivar las ansiosas
preguntas de los otros y diciéndoles que aguardaran hasta que Rosalind o yo
estuviéramos solos para poder atenderles sin levantar sospechas.
Aquella
noche, y por primera vez después de varios años, volví a tener un sueño en otro
tiempo familiar; sólo que en esta oportunidad, mientras el cuchillo
relampagueaba en la levantada mano derecha de mi padre, la aberración que se
resistía en su izquierda no era ningún ternero ni tampoco Sophie; era Petra. Me
desperté sudando de terror...
Al
día siguiente intenté hablar a Petra con el pensamiento. Se me antojaba que
para ella sería importante saber lo más pronto posible que no debía
exteriorizar nada. Sin embargo, aunque lo intenté con todas mis fuerzas, no
conseguí establecer contacto con ella. Los demás, por turno, probaron también,
pero no hubo contestación. Al manifestar la posibilidad de advertirla con
palabras corrientes, Rosalind se opuso diciendo:
—Tiene
que haber sido el pánico el causante de su revelación. Si ella lo desconoce en
estos momentos, es probable que ni siquiera sepa que ha sucedido, por lo que
podría ser muy bien un peligro innecesario el ponerla ahora al corriente.
Recuerda que tiene poco más de seis años. Y no creo que sea sensato ni seguro
el agobiarla sin necesidad.
Hubo
un acuerdo general con el punto de vista de Rosalind. Todos nosotros sabíamos
que no era nada fácil el estar siempre pendiente de cada palabra que
pronunciábamos, incluso a pesar de llevar varios años practicándolo. Decidimos,
pues, que a menos que se presentara una ocasión que lo hiciera preciso, o fuera
lo bastante mayor como para comprender más claramente el motivo de nuestra
advertencia, sería mejor no decírselo; entre tanto iríamos probando de tiempo
en tiempo para ver si podíamos establecer contacto con ella; en caso contrario,
el asunto debería continuar como hasta entonces.
Y en
lo que concernía a nuestro grupo, no veíamos ninguna razón por la que no
pudiéramos continuar del mismo modo; además, no teníamos alternativa. En caso
de no seguir encubiertos, estaríamos acabados.
En
los últimos años habíamos aprendido más acerca de la gente que nos rodeaba y de
los sentimientos que abrigaba. A medida que se fue abriendo nuestro
entendimiento, lo que cinco o seis años atrás nos había parecido un juego más
bien inquietante se había transformado en algo siniestro. Y en esencia no había
habido ninguna variación durante todo ese tiempo. Por consiguiente,
considerábamos que si queríamos sobrevivir teníamos que seguir ocultando
nuestra doble personalidad; es decir, andar, hablar y vivir como las demás
personas. Contábamos con un don, un sentido que, según el amargo lamento de
Michael, en vez de ser una bendición era poco mejor que una maldición. El
normal más estúpido era más dichoso; podía sentirse parte de algo. Nosotros sin
embargo no, y por este motivo no veíamos otra salida aparte del perpetuo
engaño, la ocultación y la mentira, ya que estábamos condenados a negar
siempre, a no descubrirnos, a no hablar cuando podríamos hacerlo, a no utilizar
lo que sabíamos, a no exteriorizar nada. La perspectiva de continua negación
que teníamos ante nosotros enfurecía más a Michael que al resto del grupo.
Aunque su imaginación le llevaba aún más lejos y le proporcionaba una visión
más clara de lo que iban a significar tales frustraciones, no sugería ninguna
alternativa mejor que la aceptada por nosotros. En lo que a mí se refería, me
hallaba bastante ocupado en tratar de aplicar todo lo negativo a la causa de la
supervivencia; sólo comenzaba a percibir el vacío dejado por la falta de lo
positivo. A medida que había ido creciendo, lo que más se había desarrollado en
mí era mi apreciación del peligro. Esto se patentizó una tarde del verano del
año anterior al que descubrimos a Petra.
Estaba
siendo un mal año. Nosotros habíamos perdido tres campos, y Angus Morton igual
cantidad. En total, había habido que quemar treinta y cinco campos en el
distrito. En veinte años no se había conocido una proporción tan elevada de
aberraciones entre las crías del ganado nacidas en primavera, y no sólo en
nuestro rebaño, sino en el de todos, y particularmente en el bovino. También
parecía que las noches de aquel año, los gatos salvajes eran más propensos que
nunca a salir de los bosques. Cada semana se celebraba algún juicio contra
alguien acusado de intento de ocultación de cosechas aberrantes, o se
promulgaban sentencias respecto a la matanza y la destrucción de ofensas sin
declarar entre el ganado. Y, para acabarlo de arreglar, se había dado la alarma
tres veces en el distrito a causa del mismo número de incursiones procedentes
del pueblo de los Bordes. Terminaba precisamente de apaciguarse la inquietud
provocada por el último aviso, cuando me acerqué un momento a los dominios del
viejo Jacob, quien estaba refunfuñando mientras amontonaba estiércol en el
corral.
—¿Qué
le pasa?—le pregunté al llegar a su lado. Clavó la horquilla en el abono y
apoyó una mano en el mango. Por lo que yo recordaba, era un viejo que siempre
estaba hacinando estiércol y nunca pude imaginarme que hubiera sido o fuera
ninguna otra cosa. Se volvió hacia mí con su cara llena de líneas y oculta
mayormente en pelo y patillas blancas que me hacía pensar en Elías.
—Las
judías —contestó—. Ahora resulta que mis malditas judías son también
defectuosas. Primero fueron mis patatas, luego mis tomates, después mis
lechugas, y ahora mis condenadas judías. Con lo otro ya me había pasado antes,
pero ¿quién ha oído jamás que se hayan desgraciado las judías?
—¿Está
usted seguro? —repuse.
—Seguro,
claro. ¿No voy a saber a mi edad el aspecto que debe de tener una judía?
Y me
miró con cierta indignación en sus ojos.
—Es
ciertamente un mal año —convine.
—Malo—repitió—.
Es la ruina. Semanas de trabajo perdidas en humo; cerdos, ovejas y vacas
atracándose de buena comida, y luego para producir nada más que abominaciones.
Hombres corriendo arriba y abajo por ellos, cuidándoles siempre, hasta el punto
de no disponer de tiempo casi para dedicar a sus cosas... Incluso mi pequeño
huertecillo está tan perdido como el infierno. ¡Malo! Estás en lo cierto. Y
todavía va a ser peor.
Hizo
una pausa, movió la cabeza y con lóbrega satisfacción volvió a repetir:
—Sí,
todavía a ser peor.
—¿Por
qué?—quise saber.
—Se
trata de un juicio—replicó—. Y se lo merecen. No hay moralidad ni principios.
Fíjate en el joven Ted Norbert...; le echan una multa pequeña por encubrir un
parto de diez crías y comérselas todas menos dos antes de que le descubrieran.
Eso es suficiente para hacer levantar a su padre de la tumba. Porque si él
hubiera hecho una cosa semejante—no que lo realizara jamás, ya me entiendes—,
pero si él lo hubiera hecho, ¿sabes lo que le habría pasado?
Moví
la cabeza negando.
—En
primer lugar—explicó—, se le habría avergonzado en público un domingo, se le
habría impuesto una semana de penitencia y una multa correspondiente al diez
por ciento de lo que tuviera. ¡Por eso no ocurría tanto entonces ese tipo de
cosas!... ¡Pero ahora! ¿Qué les importa a ellos que les echen esas ridículas
multas?
Y
golpeó ligeramente con la mano la horquilla clavada en el montón de estiércol.
Luego añadió otra vez con disgusto:
—Y
pasa lo mismo en todas partes. Negligencia, laxitud y mucha insinceridad. Eso
es ahora el pan nuestro de cada día. Pero a Dios no se le puede burlar. Lo que
van a conseguir es que nos mande otra vez la tribulación; esta estación es sólo
el principio. Me alegra ser viejo porque así es muy probable que no lo llegue a
ver. Pero va a venir, recuerda mis palabras.
Volvió
a dar otro mamporro al mango de la horquilla y continuó:
—El
problema está en que las normas gubernativas las han hecho una serie de
mocosos, charlatanes y débiles de espíritu del este. Son un hatajo de políticos
pamplineros, igual que los eclesiásticos, que debían estar más enterados; se
trata de hombres que no han vivido nunca en sitios inestables, que desconocen
lo que eso significa, que con toda seguridad no han visto jamás una mutación en
sus vidas, y que están allí sentados cercenando año tras año las leyes de Dios
sin saber hacer nada mejor. No es extraño que se nos manden estaciones como la
presente en plan de advertencia, pero ¿crees tú que van a saber interpretar la
advertencia y a corregirse? Pues no.
Sintiéndose
estimulado por sus propios razonamientos, agregó:
—¿Cómo
creen ellos que se salvó y civilizó el sudeste para el pueblo de Dios? ¿Cómo
creen ellos que se mantuvo a raya a las mutaciones y se establecieron las
normas de pureza? No fue desde luego con la imposición de multitas que
cualquier hombre podría pagar semanalmente sin notarlo. Se llevó a cabo
honrando la ley y castigando rigurosamente a todo el que la transgredía. En
tiempos de mi padre se azotaba a toda la mujer que daba a luz un niño diferente
de la verdadera imagen. Si paría tres criaturas que diferían de la verdadera
imagen se la quitaba el certificado de normalidad, se la proscribía y se la
vendía. Con eso se lograba que cuidaran más de su pureza y de sus rezos. Mi
padre reconocía que con este sistema había muchos menos problemas de
mutaciones, y cuando se producía alguna se la quemaba, como a las demás
aberraciones.
—¡Quemar!
—exclamé .
—¿No
es esa la forma de limpiarnos de aberraciones?—me preguntó con fiereza.
—Sí—admití—,
eso se hace con las cosechas y el ganado, pero
—La
otra especie es la peor—estalló—. Es el diablo que se burla de la verdadera
imagen. Claro que habría que quemarlas como se solía hacer antes. ¿Pero qué ha
sucedido? Que los sentimentales de Rigo que no tienen que sufrirlas van y
dicen: "Aunque no sean humanas, parecen casi humanas, y por tanto su
exterminación tiene visos de asesinato o de ejecución, y eso es motivo de
problemas para algunas personas". Consecuentemente, debido a unas cuantas
mentes apocadas que no tenían bastante resolución y fe se promulgaron unas
nuevas leyes sobre las aberraciones casi humanas. No hay que purificarlas, debe
dejarse que vivan o mueran de muerte natural. Hay que proscribirlas y llevarlas
a los Bordes, y si se trata de niños, abandonarlos simplemente allí a su
suerte...; y así creen que son más misericordiosos. Por lo menos el gobierno ha
tenido el buen sentido de no permitir que se reproduzcan, y para ello ya toma
sus medidas, aunque apostaría a que ya hay un partido contrario también a eso.
¿Y qué es lo que está pasando? Que cada vez hay más moradores en los Bordes, y
eso significa que sus invasiones son más frecuentes y poderosas, lo que nos
hace a nosotros perder dinero y tiempo en el rechazamiento de sus ataques; es
decir, que todo son pérdidas por causa de una consideración sentimental del
asunto principal. ¿Qué puede pensarse de una gente que dice "Maldita sea
la mutación" y que luego la trata como a una media hermana.
—Pero
una mutación no es responsable de... —empece a argüir.
—"No
es responsable"... —se mofó el viejo—. ¿Es un gato salvaje responsable de
ser un gato salvaje? Y sin embargo lo matas. No puedes dejarlo suelto por ahí.
El Repentances dice que se conserve pura la estirpe del Señor con el fuego,
pero en la actualidad eso no lo admite nuestro maldito gobierno. Que vengan los
antiguos días, cuando a un hombre se le permitía que cumpliera con su
obligación y mantuviera limpia su tierra. En cambio, ahora estamos pidiendo a
gritos otra dosis de tribulación.
Luego
de hacer una breve pausa, siguió refunfuñando como un viejo y airado profeta
apocalíptico. Entre sus murmullos soltó los siguientes comentarios:
—Todos
esos encubrimientos... quieren que les den otra vez una buena lección. Mujeres
que han parido una blasfemia y que siguen yendo a la iglesia para decir que lo
sienten mucho y que tratarán de no hacerlo más; los enormes caballos de Angus
Morton todavía por aquí, una burla de las leyes de la pureza "aprobada
oficialmente"; un condenado inspector que sólo desea conservar el cargo y
no ofender a la gente de Rigo...; y luego se preguntan algunos por qué tenemos
estaciones desgraciadas. . .
El
puritano viejo continuó gruñendo y vomitando veneno con disgusto...
Más
tarde pregunté a tío Axel si realmente había muchos que sintieran lo mismo que
el viejo Jacob. Pensativo, se rascó la mejilla al contestar:
—Unos
cuantos de los ancianos. Aún creen que es una responsabilidad personal, como
solía serlo antes de que hubieran inspectores. Algunos de los cuarentones
piensan también así, pero la mayoría de ellos están dispuestos a dejar que las
cosas sigan igual que ahora. No se aferran tanto a las formas como sus padres.
Mientras que las mutaciones no se reproduzcan y la situación sea boyante,
consideran que lo demás no tiene mucha importancia..., pero como les vengan una
serie de años de elevada inestabilidad parecida a la del presente, no estoy
seguro de que vayan a aceptarlo sin inquietarse.
—¿Por
qué algunos años sube repentinamente el porcentaje de aberraciones?—quise
saber.
—No
lo sé—respondió moviendo la cabeza—. Dicen que se trata de algo relacionado con
el tiempo. Si el invierno es malo, con ventarrones procedentes del sudeste
asciende la proporción de aberraciones, pero no en la próxima estación, sino en
la que sigue a ésta. Otros afirman que es algo que viene de las Malas Tierras.
Nadie sabe en realidad lo que es, pero por lo visto tienen razón. Los viejos lo
consideran una advertencia para que sigamos el camino recto, como un recuerdo
de la tribulación enviada una vez, y no paran de insistir en ello. El año
próximo será también malo. La gente les escuchará entonces y en cualquier parte
tratarán de descubrir chivos expiatorios.
Pronunció
las últimas palabras echándome a la vez una larga y pensativa mirada.
Yo
tomé nota de la indirecta y se la comuniqué a los otros. Desde luego la
estación era casi tan desgraciada como la anterior, y existía la tendencia a
buscar culpables. El sentimiento público hacia los encubrimientos era mucho
menos tolerante que el verano precedente, y esa actitud hizo que todavía
aumentara más nuestra ansiedad después de descubrir a Petra.
Durante
la semana posterior al incidente del río vivimos pendientes de detectar
cualquier indicación de sospecha hacia nosotros. Sin embargo, no notamos nada.
Evidentemente se había aceptado que tanto Rosalind como yo, aun estando en
distintos sitios, habíamos oído gritos de socorro que por estar tan lejos
debían haber sido muy débiles. En consecuencia, pudimos respirar otra vez...,
pero no por mucho tiempo. Sólo transcurrió un mes antes de que tuviéramos un
nuevo motivo de sobresalto.
Anne
nos anunció que se iba a casar...
Cuando
nos lo dijo, había un tono desafiante en su comunicación. A lo primero no la
tomamos muy en serio. Se nos hacía cuesta arriba creer, y tampoco queríamos
creer, que lo dijera en serio. Además el pretendiente era Alan Ervin, el mismo
Alan con el que yo me había peleado a la orilla del arroyo y que había
denunciado a Sophie. Los padres de Anne tenían una granja, no mucho más pequeña
que Waknuk. Al ser Alan el hijo del herrero, sus proyectos consistirían en
ocupar a su debido tiempo el puesto de su padre. Tenía el físico adecuado para
ello, pues era alto y sano, pero ahí paraban todas sus dotes. Sin duda que los
padres de Anne ambicionarían más para su hija; por consiguiente confiábamos en
que el asunto no llegaría a término.
Estábamos
equivocados, porque de algún modo consiguió ella que sus padres aceptaran la
idea y el compromiso fue anunciado formalmente. A partir de ese momento cundió
la alarma entre nosotros. Nos vimos bruscamente forzados a considerar algunas
de las implicaciones, y como éramos jóvenes, bastantes de ellas nos causaron
ansiedad. El primero en decírselo a Anne fue Michael.
—No
puedes hacerlo, Anne. Por tu propio bien, no lo hagas. Sería como ligarte de
por vida a un lisiado. Piénsalo, Anne, piénsalo y date cuenta de lo que eso
puede significar.
—No
soy una idiota—le replicó ella enfadada—. Naturalmente que lo he pensado. Lo he
pensado más que vosotros. Soy una mujer, y tengo derecho a casarme y a tener
hijos. Vosotros sois tres y nosotras cinco. ¿Estás diciendo que dos tienen que
quedarse sin casar? ¿Qué nunca van a poder tener vida y hogares propios? Si no
es así, entonces dos de nosotras deberán casarse con personas normales. Yo
estoy enamorada de Alan y tengo la intención de casarme con él. Debierais estar
agradecidos, ya que eso contribuirá a simplificaros las cosas.
—No
hay razón para pensar así—arguyó Michael—. No podemos ser los únicos. Tiene que
haber más como nosotros, fuera de nuestro alcance, en algún sitio. Si esperamos
un poco...
—¿Y
por qué tengo yo que esperar? Podría ser durante años, o para siempre. Ya tengo
a Alan... y vosotros pretendéis que pierda años de mi vida esperando a alguien
que quizás no venga nunca, o que si llega a lo peor me inspira odio. Queréis
que deje a Alan y que corra el riesgo de perderlo todo. Bueno, pues no. Yo no
he pedido ser como soy; pero tengo tanto derecho como el que más a disfrutar de
la vida cuanto pueda. Sé que no va a serme fácil; ¿pero creéis que iba a ser
más sencillo para mí vivir año tras año de este modo? No va a ser fácil para
ninguno del grupo, y desde luego no mejoraría en nada la situación el hecho de
que dos de nosotras tuviéramos que abandonar toda esperanza de amor y afecto.
Entre nosotros sólo se pueden formar tres parejas. ¿Pero qué va a ser entonces
de las otras dos chicas, las que tendrían que quedarse solteras? No se
integrarían en ninguna parte. ¿Insistís por tanto en afirmar que deben perderlo
todo?
Convencida
de la fuerza de sus argumentos, Anne continuó:
—Eres
tú quien no lo ha pensado, Michael, y tampoco los demás. Yo sé lo que quiero;
en cambio vosotros, aparte de David y Rosalind que son novios, no sabéis lo que
queréis porque no estáis enamorados, y por lo mismo ninguno tiene que resolver
una situación así
En
parte era verdad lo que decía Anne, pero aunque no resolvíamos todos los
problemas antes de que se manifestaran, conocíamos muy bien aquellos que nos
acosaban constantemente, entre los cuales sobresalía el de la necesidad de
disimular, de vivir siempre medio ahogados con nuestras familias. Una de las
cosas que más anhelábamos era la liberación algún día de esa carga, y a pesar
de que no teníamos muchas ideas sobre el modo de lograrlo, comprendíamos sin
embargo que el matrimonio con un individuo normal sería a corto plazo
intolerable. La vida en nuestros hogares era bastante mala; vivir para siempre
e íntimamente con alguien que no hablara con el pensamiento sería imposible.
Porque cualquiera de nosotros seguiría teniendo más en común y estaría más
cerca del resto del grupo que de la persona normal con la que se hubiera
casado. Un matrimonio, en el que la pareja estuviera separada por algo más
vasto que un lenguaje diferente, además encubierto siempre al otro cónyuge, no
podría ser otra cosa sino una burla. Representaría miseria, falta perpetua de
confianza e inseguridad; las perspectivas serían de una vida constante de
vigilancia contra los deslices... y ya sabíamos muy bien que los deslices
accidentales eran inevitables.
En
comparación con aquellos a los que uno conoce a través del pensamiento, las
demás personas parecen ser lerdas, de percepción disminuida; y tampoco creo que
los "normales", que nunca pueden compartir sus pensamientos,
comprendan la íntima participación que tenemos en nuestras recíprocas vidas.
¿Qué pueden entender por "pensar juntos", hasta el extremo de que dos
mentes sean capaces de hacer lo que no podría realizar una? Y no necesitamos
tropezar en el desconcierto de las palabras; a nosotros nos resulta difícil
falsear o pretender comunicar un pensamiento engañoso, aunque lo deseemos. Por
otro lado, es casi imposible que nos interpretemos mal. ¿Qué futuro tendríamos
entonces ligados estrechamente a un "normal" medio imbécil que, como
mucho, lo más que puede hacer es adivinar de forma hábil los sentimientos y los
pensamientos de otro? Ninguno, aparte de una prolongada infelicidad y
frustración... con el agravante de que más tarde o más temprano se produciría
el desliz fatal; o si no, una acumulación de pequeños deslices que gradualmente
irían levantando sospechas. . .
Anne,
que anteriormente había visto todo esto con la misma claridad que los demás,
pretendía ahora ignorarlo. Para demostrar su diferencia de parecer, empezó por
negarse a contestarnos, aunque no podíamos asegurar si había cerrado su mente a
la comunicación o continuaba escuchando sin participar en el diálogo. Aunque
sospechábamos que habría elegido la primera opción por ir más de acuerdo con su
carácter, como no estábamos seguros nos resultaba imposible discutir entre
nosotros la forma de afrontar la nueva situación. Contábamos incluso con la
posibilidad de que no existiera ninguna forma factible. A mí mismo no se me
había ocurrido ninguna. Rosalind estaba también desorientada.
Rosalind
se había convertido en una alta y esbelta joven. Era guapa, con una cara que
llamaba la atención; en sus movimientos y porte era asimismo atractiva. Algunos
de los muchachos que habían sentido su atracción, la rondaban. Ella se portaba
cortésmente con ellos, pero nada más. Era una moza competente, determinada, de
confianza en sí misma; es posible que intimidara a los chicos, porque al poco
tiempo éstos dirigieron su atención a otros sitios. Rosalind no se hubiera
ligado a ninguno de ellos. Y casi con seguridad que esa fue la causa de que
ella se sintiera más turbada que ninguno de nosotros por lo que Anne se
proponía hacer.
Rosalind
y yo solíamos citarnos, aunque con discreción y sin correr muchos riesgos. Creo
que nadie, excepto los otros, sospechaba que existiera nada entre ella y yo.
Cuando nos encontrábamos teníamos que amarnos de un modo arrebatado e infeliz,
preguntándonos miserablemente si llegaría el día en que no tuviéramos que
ocultarnos. Y de alguna forma la intención de Anne contribuía aún más a nuestra
desdicha. Para ambos era absurdo pensar en casarnos con un individuo normal,
aunque éste fuera el más bondadoso y mejor de todos.
A la
otra persona a la que podía recurrir para aconsejarme era el tío Axel. El, como
todo el mundo, conocía el proyecto de matrimonio entre Alan y Anne, pero al
ignorar que ésta fue una de los nuestros recibió la noticia lúgubremente.
Después de considerarlo un rato en su mente, movió la cabeza al decir:
—No.
No resultará, Davie. Estáis en lo cierto. Durante los últimos cinco o seis años
he estado pensando precisamente en un momento así, pero confiaba en que quizás
no se produjera nunca. Me doy cuenta incluso de que debéis encontraros entre la
espada y la pared, porque si no no me lo hubieras dicho, ¿verdad?
Asentí
con la cabeza y respondí:
—Es
que no nos hace caso. Y ahora ha ido todavía más lejos, pues ni siquiera nos
contesta. Dice que ese asunto estaba ya decidido. Confiesa que ella nunca quiso
ser distinta de la gente normal y que en estos instantes desea asemejarse tanto
como sea posible al resto de las personas. Se trata de la primera disputa real
que hemos tenido. Y ha llegado a decirnos que nos odia a todos y a la misma
idea de pensar en nosotros; bueno, eso es lo que ha tratado de comunicarnos,
pero en realidad no es cierto. Lo que pasa es que quiere a Alan de tal manera
que está decidida a no permitir que nadie se lo arrebate. Yo... yo no sabía que
nadie pudiera querer a otra persona con esa vehemencia. Siente tanta pasión y
está tan ciega que, sencillamente, no le importa lo que pueda ocurrir después.
Y no sé qué podemos hacer.
—Y
vosotros—comentó tío Axel—consideráis que ella no podrá vivir como una persona
normal, ¿no es cierto?, o sea, romper para siempre con su vida anterior, pues
eso sería demasiado difícil...
—Desde
luego que ya hemos pensado en esa posibilidad—repliqué—. Ella puede negarse a
contestar. Eso es lo que está haciendo ahora, igual que si alguien rehusara
hablar; pero estar así siempre... Sería como hacer un voto de silencio para
toda la vida. Quiero decir que ella no puede olvidarse por las buenas de todo
lo anterior y convertirse en una mujer normal. Nos resulta imposible creer que
eso pueda hacerse. Michael la explicó que sería como pretender tener sólo un
brazo porque el individuo con el que quiere casarse cuenta únicamente con un
brazo. No serviría de nada... y tampoco podría durar mucho.
Tío
Axel reflexionó durante un rato. Luego me pregunto:
—¿No
os cabe duda de que está loca por Alan.... quiero decir más allá de lo
razonable?
—No
es la misma—contesté—. Ya ni piensa adecuadamente. Antes de que dejara de
respondernos sus pensamientos eran rarísimos.
Tío
Axel volvió a mover negativamente la cabeza. Después observó:
—A
las mujeres les gusta creer que están enamoradas cuando quieren casarse;
piensan que es una justificación que contribuye a su auto-respeto. No hay
ningún mal en ello, pues la mayoría va a necesitar todas las ilusiones que
puedan atesorar. Pero una mujer que sí está enamorada es una cuestión distinta.
Vive en un mundo en donde han variado todas las viejas perspectivas. Está
deslumbrada, no tiene más que un propósito y no le importan los demás asuntos.
Es capaz de sacrificar cualquier cosa, ella misma inclusive, a su única
lealtad. Para ella eso es completamente lógico; en cambio los demás consideran
que no es del todo cuerda; por otro lado, socialmente es peligrosa. Y cuando
existe además un sentimiento de culpabilidad a vencer, y posiblemente a expiar,
no cabe duda de que es una amenaza para alguien...
Al
pronunciar las últimas palabras, hizo una pausa y se quedó pensativo; al cabo
del rato agregó:
—Es
demasiado peligroso, Davie. Remordimiento... abnegación... auto-sacrificio...
deseo de purificación... todo ello presionando sobre ella. El sentido de
opresión, la necesidad de ayuda, de alguien que comparta la carga... Temo que
más pronto o más tarde, Davie... Más pronto o más tarde...
Yo
opinaba lo mismo.
—¿Pero
qué podemos hacer? —insistí lastimosamente.
Se
puso tenso, me echó una mirada grave y dijo:
—¿Qué
justificación tenéis para obrar? Uno de vosotros sigue un camino que va a poner
en peligro la vida de los ocho. Y aunque quizás no sea con plena consciencia,
la amenaza continúa siendo igual de seria. Aun teniendo la intención de ser
leal con vosotros, para obtener lo que pretende va a arriesgar deliberadamente
las vidas de los ocho... bastará con que pronuncie unas cuantas palabras
mientras duerme. ¿Tiene ella el derecho moral a crear una constante amenaza
sobre vuestras cabezas, sólo porque desea vivir con ese hombre?
—Bueno—dudé—,
si lo planteas así...
—Lo
planteo así. ¿Tiene ese derecho?
—Hemos
hecho todo lo posible por disuadirla—me evadí inadecuadamente.
—Y
habéis fracasado. Entonces ahora qué. ¿Vais a quedaros tan tranquilos,
esperando el día de su desplome y de vuestra perdición?
—No
lo sé—fue todo cuanto pude decirle.
—Escucha—me
pidió tío Axel—. Conocí una vez a un hombre que formaba parte de un grupo que
iba en un bote a merced de las olas después de haberse incendiado su nave. No
tenían mucha comida, y apenas contaban con agua. Uno de ellos bebió agua dei
mar y se volvió loco. Trató de hacer zozobrar el bote para ahogarse todos
juntos. Como era una amenaza para el grupo, al final tuvieron que tirarle por
la borda... con el resultado de que los otros tres tuvieron además suficiente
comida y agua para sobrevivir hasta avistar tierra. Si no hubieran hecho
aquello, el otro hombre habría muerto igual... y probablemente también los
demás.
—No—repliqué
con decisión y moviendo la cabeza—. Nosotros no podríamos hacer eso.
—Este
no es un mundo agradable para nadie—comentó mirándome todavía tensamente—, y
menos para aquellos que son distintos. De todos modos, quizás no seáis vosotros
el tipo de personas que deba sobrevivir.
—No
es así como lo vemos nosotros—expliqué—. Si se tratara de Alan, si sirviera de
algo arrojarle a él por la borda, lo tiraríamos. Pero estamos hablando de Anne,
y no podemos hacerlo... y no porque sea una chica... pensaríamos lo mismo en el
caso de tratarse de algún otro del grupo; simplemente, no podríamos hacerlo.
Estamos demasiado unidos. Yo me siento mucho más ligado a ella y a los otros
que a mis propias hermanas. Es difícil de exponer...
Me
detuve con la intención de pensar en el modo de probarle lo que significábamos
el uno para el otro. Por lo visto no encontré ninguna forma clara de expresarlo
en palabras. Sin mucho efecto, me limité a decirle:
—No
sería solamente un crimen, tío Axel. Sería algo peor; como la violación de
parte de nosotros para siempre... No podríamos hacerlo...
—La
otra opción es una espada pendiente sobre vuestras cabezas—observó.
—Ya
lo sé—convine tristemente—. Pero esa no es la solución. Sería peor llevar una
espada dentro de nosotros.
Ni
siquiera pude discutir aquella alternativa con los otros por miedo a que Anne
captara nuestros pensamientos; pero conocía con exactitud el veredicto que
habrían emitido. Por su parte, tío Axel había propuesto la única solución
práctica; sin embargo, yo sabía que nada podía hacerse en ese sentido.
Aunque
Anne no se comunicaba ahora con nosotros ni podíamos seguirla el rastro,
continuábamos con la duda de si tenía la fuerza de voluntad suficiente para no
recibir nuestras indicaciones. Su hermana Rachel nos informó de que sólo quería
oír palabras y de que estaba haciendo todo lo posible por dar la impresión de
que era una persona normal; pero así y todo, no teníamos bastante confianza
para intercambiar nuestros pensamientos con libertad.
Durante
las semanas siguientes Anne se mantuvo en sus trece, de modo que casi llegamos
a creer que había tenido éxito en su intento de renunciar a su diferencia y se
había convertido en una persona normal. El día de su boda llegó sin que nada lo
impidiera, y ella y Alan se trasladaron a la casa que les había regalado el
padre de Anne en el límite de su propia tierra. Aquí y allá se oían
insinuaciones en el sentido de que quizá fuera aquel un matrimonio insensato,
pero de todas maneras la gente lo comentó poco.
En
el transcurso de los meses posteriores apenas oímos nada acerca de Anne. Casi
prohibió a su hermana que la visitara, como si estuviera ansiosa por cortar
hasta el último vínculo con nosotros. Nuestra única esperanza entonces
consistía en que lograra más éxito y fuese más feliz de lo que nosotros
habíamos temido.
En
cuanto a Rosalind y a mí, una de las consecuencias de aquella boda fue una
mayor consideración de nuestras dificultades. Ninguno de nosotros era capaz de
recordar la fecha en que habíamos descubierto que nos íbamos a casar. Se
trataba de una de esas cosas que parecían estar tan ordenadas de acuerdo con la
ley de la naturaleza y de nuestros propios deseos, que teníamos la sensación de
que siempre lo habíamos sabido. Aun antes de vivirlo, el futuro daba color a
nuestros pensamientos. Para mí era como si nunca hubiera podido pensar en otra
posibilidad, ya que cuando dos personas han crecido pensando juntas y tan
estrechamente como nosotros, y cuando la hostilidad que les rodea ha aproximado
todavía más sus vidas respectivas, esas dos personas pueden sentirse
necesitadas mutuamente incluso antes de que sepan que están enamoradas.
Pero
en cuanto se dan cuenta de que están enamoradas, saben también que hay cosas en
las que no difieren en absoluto de los individuos normales... Se enfrentan
asimismo a obstáculos semejantes a los de éstos...
La
contienda entre nuestras familias que por primera vez había salido a la luz a
causa de los caballos gigantes, llevaba desde entonces sin remitir. Mi padre y
mi medio tío Angus, o sea, el padre de Rosalind, habían normalizado una
situación de beligerancia. En sus esfuerzos por anotarse triunfos contra el
otro, cada uno de ellos mantenía una vigilancia de halcón sobre los dominios
del contrincante a fin de detectar la menor aberración u ofensa, y se sabía que
ambos recompensaban a cualquier informador que les trajera noticias acerca de
irregularidades cometidas en la tierra del rival.
Mi
padre, decidido a mantener una rectitud más elevada que Angus, realizó
considerables sacrificios personales. Por ejemplo, a pesar de que le gustaban
muchísimo los tomates, dejó de cultivar la inestable familia de las solonaceas;
ahora comprábamos los tomates y las patatas. Asimismo se puso en la lista negra
a otras especies por considerarlas de poca confianza y caras, y aunque aquella
situación producía altos porcentajes de normalidad en ambas haciendas, no
servía en absoluto para establecer una buena vecindad entre ellas.
Estaba
perfectamente claro que los dos bandos se opondrían hasta la muerte a una unión
de las familias.
Para
nosotros además las cosas parecían empeorar. La madre de Rosalind ya había
empezado a hacer de casamentera; y yo había visto que mi madre había examinado
también a una o dos chicas con ojo calculador, si bien hasta entonces con
resultados insatisfactorios.
Sin
embargo teníamos la seguridad de que, por el momento, ninguna de las dos
familias sabía de la existencia de algo entre nosotros. Los Strorms y los
Mortons no se comunicaban más que acremente, y el único lugar en el que era
posible encontrarles debajo del mismo techo era la iglesia. En consecuencia
Rosalind y yo nos veíamos poco y muy discretamente.
Por
aquellas fechas la situación no tenía salida y nos dábamos cuenta de que a
menos que actuáramos para forzarla, seguiría así por tiempo indefinido. Había
una solución posible, y si hubiéramos estado seguros de que la cólera de Angus
le empujaba a forzar una boda rápida, lo hubiéramos intentado; pero de ninguna
forma teníamos esa certeza. Su oposición a todos los Strorms era tanta, que
consideramos como muy verosímil la posibilidad de que lanzara su cólera en otra
dirección. Además estábamos seguros de que si bien el honor podía quedar
incólume por la fuerza, nuestras respectivas familias nos rechazarían luego a
ambos.
A
pesar de que discutimos y examinamos largamente el problema, tratando de
encontrarle una solución pacífica, lo cierto es que al cabo de los seis meses
de la boda de Anne aún no habíamos dado con una salida factible.
En
cuanto al grupo, descubrimos que en el curso de ese medio año la primera alarma
había perdido su fuerza. Eso no significa que tuviéramos tranquilidad mental,
pues no habíamos disfrutado de sosiego real desde que nos revelamos como
conjunto; pero al tener que vivir acostumbrados a un cierto grado de amenaza,
cuando pasó la crisis por el asunto de Anne fue necesario habituarnos a una
situación de peligro ligeramente aumentada.
Hasta
que al oscurecer de un domingo, en el camino que conducía a su casa, Alan fue
encontrado muerto con una flecha clavada en su cuello.
La
primera que nos dio la noticia fue Rachel, y todos nos pusimos a escuchar
ansiosamente mientras ella trataba de establecer contacto con su hermana.
Aunque empleó toda la concentración de que era capaz, resultó inútil. La mente
de Anne permanecía tan completamente cerrada a nosotros como había estado a lo
largo de los últimos ocho meses. Y ni siquiera en el dolor nos transmitía nada.
—Voy
a ir a verla—nos dijo Rachel—. Debe tener alguien a su lado.
Aguardamos
con expectación durante una hora o más. Luego Rachel, muy inquieta, volvió a
ponerse en contacto con nosotros.
—No
ha querido verme. Ni siquiera me ha dejado entrar en la casa. Ha preferido la
compañía de una vecina a la mía. Y me ha dado voces para que me marchara.
—Piensa
por lo visto que lo ha hecho uno de nosotros—intervino Michael—. ¿Ha sido
alguien del grupo... o sabéis quién lo ha hecho?
Nuestras
respuestas negativas, una tras otra, se produjeron enfáticamente.
—Entonces
hay que quitarla esa idea de la cabeza —decidió Michael—. No debemos dejar que
siga creyendo eso. Tratad de comunicaros con ella.
Lo
intentamos todos, pero no obtuvimos contestación.
—No
sirve—admitió Michael—. Rachel, haz que de algún modo le llegue una nota.
Redáctala con cuidado para que ella comprenda que nosotros no tenemos nada que
ver en este asunto, pero procura que no tenga ningún significado para los
demás.
—De
acuerdo —convino Rachel indecisa—. Lo intentaré.
Transcurrió
otra hora antes de que volviera a ponerse en comunicación con nosotros.
—Tampoco
ha resultado. Entregué la nota a la mujer que está con ella y esperé. Cuando
regresó me dijo que Anne había roto el sobre sin abrirlo. Mi madre está ahora
allí, intentando persuadirla para que venga a nuestra casa.
Michael
tardó en intervenir de nuevo. Al hacerlo, advirtió:
—Mejor
será que nos preparemos. Disponedlo todo para echar a correr si es
necesario..., pero no levantéis sospechas. Rachel, manténte alerta para captar
lo que puedas, y comunícanos en seguida lo que ocurra.
Yo
no sabía qué hacer. Petra se había acostado ya y era imposible sacarla de la
cama sin que alguien se diera cuenta. Desde luego que ni siquiera Anne
sospecharía que ella hubiera participado en la muerte de Alan. Por otro lado,
al ser Petra una de nosotros sólo en potencia, no hice sino esbozar levemente
un plan en mi mente y confiar en que tuviéramos el tiempo suficiente para huir.
Cuando
todos se hubieron retirado a descansar, volvimos a tener noticias de Rachel.
—Mi
madre y yo regresamos a nuestra casa —nos dijo—. Anne ha indicado a sus
visitantes que se marcharan y se ha quedado sola. Mi madre ha querido quedarse,
pero Anne está fuera de sí e histérica. Ha hecho que se marcharan todos. Estos
han temido que ella empeorara si insistían en quedarse. Anne le ha dicho a mi
madre que conocía al responsable de la muerte de Alan, pero no ha citado
nombres.
—¿Crees
que se refiere a nosotros? —preguntó Michael—. Al fin y al cabo, es posible que
Alan tuviera
desde
hace tiempo una pendencia con alguien y nosotros lo ignoremos.
—Si
hubiera sido así—replicó con cierta firmeza Rachel—, me habría dejado entrar.
No me habría echado a voces de su casa. No obstante, iré por la mañana temprano
otra vez y veré si ha cambiado de parecer.
Por
el momento tuvimos que contentarnos con aquella explicación. Al menos pudimos
descansar durante unas horas.
Rachel
nos comunicó después lo que había sucedido la mañana siguiente.
Se
levantó una hora más tarde del amanecer y se dirigió a través de los campos a
la casa de Anne. Al llegar vaciló un poco, ya que se resistía a enfrentarse a
la posibilidad de sufrir los mismos gritos de repulsa que había padecido el día
anterior. Sin embargo, como era absurdo permanecer allí de pie, mirando a la
casa, se armó de valor y utilizó la aldaba. El eco de ésta sonó en el interior,
y Rachel esperó. No hubo respuesta.
Volvió
a llamar otra vez, ahora con más determinación. Pero continuó sin haber
réplica.
Rachel
se alarmó. Golpeó fuertemente con la aldaba y aplicó el oído a la puerta.
Luego, con lentitud y aprensión retiró la mano de la aldaba y se dirigió hacia
la casa de la vecina que había acompañado a su hermana el día anterior.
Cogieron
uno de los leños que había en una pila de maderos, golpearon con él una ventana
y saltaron adentro. Descubrieron a Anne en el piso superior, colgada de una
viga de su alcoba.
La
bajaron entre las dos y la tendieron en la cama. Habían pasado ya varias horas
desde el momento de su muerte. La vecina la cubrió con una sábana
Para
Rachel aquello era irreal. Estaba ofuscada. La vecina la tomó de la mano para
llevarla fuera. Al salir se dio cuenta de que encima de la mesa había una hoja
de papel plegada. La cogió y se la entregó a Rachel al tiempo que decía:
—Esto
debe ser para ti o para tus padres.
Rachel,
confundida, miró el papel y leyó la inscripción que había en la primera cara
mientras empezaba a manifestar automáticamente:
—Pero
si no...
Al
momento se recobró e hizo ademán de acercárselo más a los ojos para leerlo
mejor, apartándolo a la vez de la vista de la mujer.
—¡Ah,
sí!...—observó—. Ya se lo daré a mis padres.
Y se
metió en el bolsillo del vestido el mensaje que no iba dirigido ni a ella ni a
sus padres, sino al insPector.
El
marido de la vecina la acompañó hasta su casa. Comunicó la noticia a sus
padres. Luego, sola en su habitación, la que había compartido con su hermana
antes de que ésta se casara, leyó la carta.
Nos
denunciaba a todos, Rachel inclusive, y hasta a Petra. Nos acusaba de haber
planeado colectivamente el asesinato de Alan, y decía que uno de nosotros, sin
especificar quién, lo había llevado a cabo.
Rachel
lo leyó dos veces antes de quemarlo cuidadosamente.
Después
de transcurrir un día o dos disminuyó nuestra tensión. El suicidio de Anne era
una tragedia, pero nadie veía en él nada misterioso. Se había tratado de una
esposa joven, en su primer embarazo, y mentalmente desequilibrada por el choque
de haber perdido a su marido en tales circunstancias; aunque era lamentable, no
dejaba de ser comprensible.
Sin
embargo, la muerte de Alan siguió sin poderse atribuir a nadie, y para nosotros
continuó siendo un gran misterio. Las investigaciones habían llevado a varias
personas resentidas con él, pero ninguna de ellas tenía motivo suficiente para
matarle, aparte de que todas pudieron probar dónde se hallaban en el momento de
la muerte de Alan.
El
viejo William Tay reconoció que la flecha la había fabricado él, pero por aquel
tiempo la mayoría de las flechas del distrito habían salido de sus manos. No
era una saeta de competición, ni tampoco se la podía identificar de ninguna
manera; se trataba de una flecha de caza corriente, de las que había muchas en
cualquier casa. Naturalmente, la gente murmuraba y especulaba. De alguna parte
salió el rumor de que Anne era menos cumplidora de lo que se había supuesto y
de que en las últimas semanas parecía tener miedo a su marido. Con gran dolor
para sus padres, el rumor se desarrolló en el sentido de que la propia Anne
había disparado la flecha y luego, por remordimiento o miedo a que la
descubrieran, se había suicidado. No obstante, también aquello se fue disipando
al no encontrarse bastante motivo para apoyarlo. A las pocas semanas la
especulación siguió otras direcciones. El caso se archivó como irresuelto;
hasta podía haber sido un accidente ignorado además por el culpable...
Nosotros
habíamos tenido los oídos bien abiertos por si acaso existía alguna sospecha o
conjetura que condujera la atención hacia nosotros, pero no había nada en
absoluto, y al comprobar la disminución del interés por el caso pudimos
descansar un poco.
Con
todo, aunque sentíamos menos ansiedad de la que habíamos experimentado a lo
largo de casi un año, permanecía en nuestro interior un efecto subyacente, una
sensación de advertencia, con un agudo conocimiento de que nosotros éramos algo
aparte y de que la seguridad de cada uno estaba en las manos de los demás.
Si
bien lo lamentábamos por Anne, el sentimiento de que en realidad la habíamos
perdido hacía tiempo atenuaba nuestra tristeza, y fue sólo Michael quien no
compartió el aligeramiento de la ansiedad. Nos dijo:
—Uno
de nosotros no ha sido lo suficientemente fuerte...
Aquel
año, las inspecciones de primavera fueron favorables. En todo el distrito, y
durante la operación de primera limpieza, no se habían encontrado más que dos
campos para purificar; ninguno de ellos pertenecía a mi padre o a mi medio tío
Angus. Por otro lado, como los dos años anteriores habían sido tan malos, los
ganaderos que durante el primer período habían dudado en sacrificar el ganado
con propensión a producir crías aberrantes, lo había matado en el segundo y,
consecuentemente, el porcentaje de normalidad era entre los animales también
muy alto. Además, la tendencia era a mantenerse. En aquellas circunstancias,
pues, la gente sintió nuevos ánimos, se hizo más amigable y estaba contenta.
Hacia finales de mayo había muchos indicios de que las cifras de aberraciones
iban a establecer aquel año una marca de poquedad. Hasta el viejo Jacob tuvo
que admitir que el disgusto divino estaba entonces en reposo. No obstante,
comentó con algo de desaprobación:
—El
Señor es misericordioso. Les está dando la última oportunidad. Esperemos que
corrijan sus caminos, porque si no será un mal año para todos el próximo. Con
todo, aún queda mucho de este año para cantar victoria.
Sin
embargo, no se produjo ningún signo de malogramiento. Las verduras últimas
mostraron un grado de ortodoxia casi tan elevado como el de los sembrados. El
tiempo asimismo pareció querer contribuir al desarrollo de una buena siega, y
por consiguiente el inspector tuvo que pasar tantas horas sentado en su
despacho sin hacer nada, que llegó a ser casi corriente tal circunstancia.
Para
nosotros, y también para los demás, el verano parecía presentarse apacible
aunque trabajoso, y posiblemente así hubiera transcurrido de no mediar Petra.
Porque
un día de principios de junio, inspirada por lo visto por un afán de aventura,
hizo dos cosas que ella sabía que estaban prohibidas. En primer lugar, a pesar
de encontrarse sola, salió con su jaca fuera de los límites de nuestra
hacienda; y en segundo término, no contenta con salir a campo abierto, se fue a
explorar los bosques.
Como
ya he mencionado, los bosques de los alrededores de Waknuk son considerados
como medianamente seguros, pero no hay que fiarse mucho. A menos que estén
desesperados, los gatos salvajes no suelen atacar a los humanos; prefieren
huir. No obstante, es de insensatos ir a aquellos parajes sin llevar alguna
clase de arma, ya que existe la posibilidad de que animales mayores desciendan
por los desfiladeros que salen de los Bordes, crucen casi sin obstáculos la
Tierra Agreste por algunos sitios y se deslicen luego de una comarca boscosa a
otra.
La
llamada de Petra me llegó tan repentina e inesperadamente como la vez anterior.
Aunque no tenía la
urgencia
violenta y.de pánico de la primera ocasión, era intensa; el grado de ansiedad y
angustia era tal, que molestaba muchísimo al receptor. Además, la niña no
ejercía ningún tipo de control. Se limitaba a radiar una emoción que borraba
como una enorme y amorfa mancha todo lo demás.
A
pesar de que intenté establecer contacto con los otros para decirles que yo
atendería la llamada, no pude comunicarme siquiera con Rosalind. Me cuesta
trabajo describir una sensación como aquella: se asemeja al estado en el que
uno es incapaz de hacerse oír por hallarse en medio de un altísimo ruido, pero
también se parece a la situación en la que uno trata de ver en la niebla. Para
empeorar las cosas no se recibe ninguna imagen o indicio de la causa; aunque el
intento de explicar un sentido con términos de otros puede dar lugar a
equívocos, podría decirse que aquello era como un mudo alarido de protesta.
Sólo una emoción refleja, sin pensamiento ni control. Yo hasta dudaba de que
ella supiera lo que estaba haciendo. Era instintivo... Todo lo que yo podía
afirmar era que se trataba de una señal de angustia procedente de un sitio
lejano...
Desde
la fragua en donde estaba trabajando, corrí a coger la escopeta que colgaba
siempre de la puerta de la casa y que se encontraba ya cargada y dispuesta para
usarla en cualquier emergencia. En un par de minutos ensillé un caballo y salí
al galope con él. Una de las cosas tan definidas como la cualidad de la llamada
era su dirección. En cuanto estuve en las afueras, clavé los talones a mi
montura y me dirigí a todo correr hacia los bosques del oeste.
Si
Petra hubiera hecho una pausa en la transmisión de aquella abrumadora angustia
durante sólo unos minutos, es decir, el tiempo suficiente para que los demás
estableciéramos contacto mutuo, las consecuencias habrían sido muy distintas...
y quizás no habría habido ninguna consecuencia. Pero ella no se detuvo, y al
hacer aquella llamada las veces de una pantalla no existía más posibilidad que
la de acudir a su origen cuanto antes.
La
carrera no fue del todo limpia, ya que al llegar a un punto cayó el caballo y
perdí algún tiempo para levantarlo. Una vez en los bosques la tierra se
endurecía porque, a fin de contar con un buen camino, éste se mantenía
despejado y se le utilizaba medianamente. Continué al galope hasta que me di
cuenta de que me había pasado. Como la maleza era muy espesa y no me permitía
cortar en línea recta, tuve que volver por donde había venido y buscar otra
senda que me llevara en la dirección adecuada. La orientación de ésta no
ofrecía dificultades, tampoco dejó Petra de señalarla ni un momento. Por fin
descubrí una vereda, pero tan estrecha, tortuosa y plagada de ramas colgantes
de los árboles laterales, que tuve la necesidad de ir con la cabeza agachada
mientras el caballo hacía lo que podía para seguir su marcha; no obstante, su
curso general era exacto. Al final se aclaró el terreno y pude elegir el camino
a tomar. Alrededor de medio kilómetro más allá obligué al caballo a atravesar
más maleza hasta que llegué a un espacio abierto.
Al
principio ni siquiera vi a Petra. Lo que captó mi atención fue su jaca. Estaba
tendida en la parte más alejada del claro con el pescuezo desgarrado. Empleada
en ella, devorando carne de su grupa con tanta afición que ni me oyó acercarme,
estaba una de las criaturas más aberrantes que había visto nunca.
El
animal era de color pardusco claro, salpicado de manchas amarillas y marrón más
oscuro. Sus enormes pies, parecidos a almohadillas y cubiertos de mechones de
pelo, mostraban largas y curvadas garras, y las manos delanteras estaban ahora
entintadas de sangre. El pelo que también le colgaba del rabo daba a éste un
aspecto de aparatoso plumaje. La cabeza era redonda, con ojos como cristales
amarillos. Las orejas eran anchas y caídas; la nariz, casi respingona. De su
mandíbula superior bajaban dos grandes colmillos que en aquel momento
utilizaba, junto con las garras, para romper la carne de la jaca.
Empecé
a descolgar de mi hombro la escopeta. El movimiento captó su atención. Volvió
la cabeza y la agachó sin dejar de mirarme fijamente; la sangre le brillaba en
la parte más baja del hocico. Levantó el rabo y lo meneó despacio de lado a
lado. Yo tenía ya la escopeta en las manos, y estaba llevándomela a la cara
cuando una flecha atravesó el cuello del animal. Este pegó un brinco, dio una
vuelta en el aire y cayó sobre las cuatro patas mirándome todavía con sus
relucientes ojos amarillos. A mi caballo le entró miedo y levantó las manos,
mientras a mí se me disparaba el arma al aire; pero antes de que la bestia
pudiera saltar volvió a recibir dos flechas en su cuerpo, una en los cuartos
traseros y otra en la cabeza. Aún se mantuvo tieso un instante; luego cayó
sobre un costado.
Rosalind,
con el arco en las manos, se presentó por mi derecha. Michael, que llevaba
puesta una nueva saeta en la cuerda de su arma, apareció por la izquierda, y
sin apartar sus ojos del animal se acercó a él para asegurarse de que estaba
muerto. A pesar de encontrarnos tan próximos, estábamos también muy cerca de
Petra, quien seguía confundiéndonos con su insistencia.
—¿Dónde
está? —preguntó Rosalind con palabras.
Después
de echar una ojeada a nuestro alrededor, descubrimos a mi hermana encaramada a
un árbol joven, a unos tres metros y medio de altura. Estaba sentada en una
horqueta y abrazada al tronco con las dos manos. Rosalind se puso debajo del
árbol y la dijo que ya podía bajar sin temor. Petra continuó sin soltarse y
parecía ser incapaz de descender o de moverse. Desmonté, pues, trepé al árbol y
la ayudé a bajar hasta que Rosalind pudo agarrarla. Rosalind la puso a
horcajadas sobre su caballo, delante de ella, y trató de calmarla, pero Petra
no apartaba su vista de su jaca muerta. Aunque parecía casi imposible, su
angustia empezó a aumentar.
—Debemos
detenerla —manifesté a Rosalind—. Si sigue así traerá a los demás aquí.
Michael
se aproximó a nosotros y aseguró a mi hermana que el animal estaba realmente
muerto. Preocupado, con los ojos fijos en Petra, indicó:
—No
sabe lo que está haciendo. En estos momentos no es inteligente; comunica una
especie de aullido interior provocado por el terror. Sería mejor para ella que
gritara de verdad con la garganta. Empecemos por apartarla de aquí, a fin de
que no pueda ver la jaca.
Nos
trasladamos a un pequeño espacio rodeado de arbustos. Michael, con voz
sosegada, trató de animarla. La niña, sin embargo, no parecía entender nada, y
tampoco había signos de disminución en su comunicación de angustia.
—¿Por
qué no intentamos todos transmitirla simultáneamente el mismo pensamiento?
—sugerí—. Una imagen de tranquilidad, simpatía, relajamiento. ¿Preparados?
Lo
intentamos durante quince segundos completos.
Aunque
notamos un momentáneo paro en la angustia de Petra, ésta volvió a oprimirnos en
seguida.
—No
sirve—observó Rosalind, y abandonó.
Los
tres consideramos que el caso era irremediable. No obstante, se produjo un
cambio pequeño; el carácter incisivo de la alarma había cedido, pero la
confusión y la angustia seguían siendo irresistibles. Comenzó a llorar.
Rosalind la rodeó con uno de sus brazos y la atrajo hacia sí.
—Dejadla
—mandó Michael—. Eso hará disminuir su tensión.
Mientras
aguardábamos que se desahogara, sucedió lo que yo me había temido. De pronto
apareció Rachel sobre un caballo, y un momento después llegó también cabalgando
un muchacho. Aunque nunca le había visto antes, supuse que sería Mark.
Hasta
entonces no nos habíamos reunido tantos como grupo, ya que considerábamos que
eso nos haría correr riesgos. Era muy probable que las otras dos chicas
estuvieran asimismo en camino, con lo que se completaría un agrupamiento que
anteriormente habíamos deseado siempre evitar.
De
modo rápido explicamos con palabras lo que había sucedido. A los recién
llegados y a Michel les urgimos a que se fueran y se dispersaran cuanto antes
para que nadie les viera juntos. Rosalind y yo nos quedaríamos con Petra y
haríamos lo posible por calmarla.
Los
tres aceptaron la sugerencia sin rechistar. Poco más tarde se fueron,
cabalgando en distintas direcciones.
Por
nuestro lado, nosotros intentamos consolar y serenar a Petra, aunque con poco
éxito.
Unos
diez minutos después las dos chicas, Sally y Katherine, llegaron abriéndose
paso entre los arbustos. Ambas venían también a caballo y con los arcos tensos.
A pesar de que habíamos confiado en que alguno de los otros se tropezara con
ellas y las hubiera hecho regresar, evidentemente habían venido por caminos
distintos.
Se
acercaron mirando con incredulidad a Petra. Volvimos a explicar de nuevo el
caso con palabras y las apremiamos para que se marcharan. Se disponían ya a dar
la vuelta a sus monturas cuando un hombre grandón montado en una yegua baya se
presentó de repente allí.
Tiró
de las riendas al animal y se quedó quieto observándonos.
—¿Qué
ha pasado aquí? —nos interrogó, con tono de sospecha.
Para
mí era forastero, y no me preocupaba en absoluto su aspecto. Le pregunté lo que
habitualmente se preguntaba a los extraños. Extrajo con impaciencia su cédula
de identidad, que llevaba estampado el sello del año en curso. Quedó demostrado
que ninguno de nosotros estaba proscrito.
—¿Qué
ha pasado aquí?—repitió.
Tuve
la tentación de decirle que se metiera en sus condenados asuntos, pero también
pensé que en las circunstancias presentes sería de más tacto mostrarme
conciliador. Le expliqué que la jaca de mi hermana había sido atacada y que
habíamos contestado a sus peticiones de auxilio. Por lo visto no estaba
dispuesto a aceptar aquella exposición por las buenas. Me miró con dureza y se
volvió hacia Sally y Katherine.
—Es
posible—comentó—. ¿Pero qué es lo que os ha traído a vosotras aquí con tanta
prisa?
—Vinimos,
naturalmente, cuando oímos gritar a la niña—respondió Sally.
—Yo
me encontraba justo detrás de vosotras y no oí nada.
Sally
y Katherine se miraron mutuamente. Fue Sally la que replicó cortante, mientras
se encogía de hombros:
—Nosotras,
sin embargo, sí.
Me
pareció llegado el momento de intervenir.
—Hubiera
creído que todo el que se hallara dentro de un radio de varios kilómetros la
habría oído. Hasta la jaca, pobre bruta, pegó fuertes relinchos.
Rodeamos
el grupo de arbustos y le conduje hasta el claro, en donde le enseñé la jaca
brutalmente ata-
cada
y a la criatura muerta. Se mostró sorprendido, como si no hubiera esperado tal
evidencia, pero eso no significaba que se quedara conforme. Pidió ver las
cédulas de Rosalind y Petra.
—¿A
qué viene todo esto?—pregunté a mi vez.
—¿No
te has enterado de que el pueblo de los Bordes ha puesto espías por aquí?
—No
—respondí—. De cualquier forma, ¿es que parecemos nosotros gente de los Bordes?
—Bueno,
pues lo ha hecho—observó, ignorando la cuestión—. Las instrucciones son que nos
mantengamos alerta. Vamos a tener jaleo, y cuanto más despejados estén los
bosques menos posibilidades hay de tropezarse con algo desagradable.
Por
lo visto seguía sin estar satisfecho, porque primero volvió a mirar a la jaca,
luego a Sally y después comentó:
—Yo
diría que hace aproximadamente media hora que esa jaca no puede lanzar ya
ningún relincho. ¿Cómo habéis podido vosotras llegar hasta aquí?
Los
ojos de Sally se abrieron un poco más antes de contestar con simpleza:
—Bueno,
los relinchos procedían de esta dirección, y cuando nos aproximamos oímos los
gritos de la niña.
—Y
es de agradecer ese interés vuestro—intervine yo—. De no ser porque nosotros
nos encontrábamos un poco más cerca, vosotras hubierais sin duda salvado su
vida. Ya ha pasado todo y afortunadamente no tiene ningún daño. Pero ha sufrido
un gran susto y será mejor que la lleve a casa. Gracias por vuestra intención
de socorrerla.
Notaron
la indirecta. Nos dieron la enhorabuena por la suerte de Petra, nos expresaron
su deseo de que la niña superara pronto el choque y se marcharon sobre sus
monturas. Por su parte, el hombre parecía querer dar la lata. Aún se mostraba
insatisfecho y un poco desorientado. Sin embargo, no contaba con nada en lo que
basarse. Al final nos dedicó a los tres una larga e inquisitiva mirada, pareció
dispuesto a manifestar algo más, pero luego cambió de opinión. Por último, nos
repitió la advertencia de que nos mantuviéramos alejados de los bosques y se
marchó sobre su yegua por el mismo camino que habían seguido las dos muchachas.
Le vimos desaparecer por entre los árboles.
—¿Quién
es?—me preguntó Rosalind intranquila.
Lo
único que pude decirla es que el nombre que había en su cédula era el de Jerome
Skinner. Para mi era forastero, y nuestros nombres tampoco parecían haber
significado mucho para él. A no ser por la barrera que todavía representaba la
actividad mental de Petra, hubiera preguntado a Sally. La falta de comunicación
con los demás por aquel motivo me producía una sensación extraña y de ahogo, y
me hacía maravillarme de la fuerza de voluntad que había mostrado Anne durante
todos aquellos meses que se había tirado sin establecer contacto con nosotros.
Rosalind,
todavía con el brazo derecho rodeando a Petra, abrió la marcha hacia casa. Yo
las seguí después de recoger la silla y la brida de la jaca muerta, y de
sacarle las flechas al animal que la había matado.
En
cuanto llegamos al hogar metieron a Petra en la cama. Durante las últimas horas
de la tarde y primeras de la noche apreciamos oscilaciones en el trastorno que
nos estaba causando; no obstante, continuó atormentándonos hasta cerca de las
nueve de la noche, cuando por fin comenzó a disminuir de verdad y desapareció.
—Gracias
a Dios —manifestó uno de los otros—. Ya era hora de que se durmiera.
—¿Quién
es ese Skinner? —preguntamos Rosalind y yo, ansiosa y simultáneamente.
—Es
nuevo aquí —contestó Sally—. Mi padre le conoce. Posee una granja en el limite
de los bosques próximos a donde estabais vosotros. Tuvimos la mala suerte de
que nos viera, y naturalmente le extrañó que fuésemos al galope por entre los
árboles.
—Parecia
muy receloso —observó Rosalind—. ¿Por qué? ¿Es que sabe algo acerca de
conceptos pensados? Yo pensaba que nadie lo sabia.
—Por
lo menos no puede formarlos ni recibirlos —indicó Sally—. Yo he intentado
establecer contacto con él y ha sido imposible.
Notamos
la peculiar comunicación de Michael, quien quería saber de qué tratábamos. Se
lo explicamos y comentó:
—Algunos
tienen idea de que algo parecido puede ser posible, pero sus nociones son sólo
aproximadas y creen que consiste en una especie de transferencia emocional de
impresiones mentales. Lo llaman telepatía... o al menos ese es el nombre que le
dan quienes creen en ello. Porque la mayoría de la gente tiene muchas dudas en
cuanto a que exista nada semejante.
—¿Piensan
que es aberrante?—pregunté a mi vez—; quiero decir aquellos que creen en su
existencia.
—Es
difícil de asegurar. Que yo sepa, nunca se han planteado directamente la
cuestión. Pero como académicamente existe el argumento de que Dios es capaz de
leer las mentes de los hombres, se aduce que la verdadera imagen debiera ser
capaz de leerlas también. Podría argüirse que se trata de un poder perdido
temporalmente por los humanos como castigo..., pero delante de un tribunal yo
no me arriesgaría a utilizar ese razonamiento.
—Ese
Skinner tiene pinta de sabueso —intervino Rosalind—. ¿Conocéis a algún otro
curioso?
Todos
contestaron que no.
—De
acuerdo—replicó ella—. Pero llevemos cuidado para que esto no vuelva a suceder
otra vez. David tendrá que explicárselo a Petra con palabras e intentará que
aprenda algún tipo de auto-control. Si la niña vuelve a producir esta angustia,
ignorarla todos, o si no, no respondáis a ella. Dejadlo para David y para mi.
Si es tan apremiante como la primera vez, quien llegue antes a Petra que trate
de dejarla inconsciente de alguna manera, y en el momento que desaparezca la
urgencia que se evapore. Tenemos que asegurarnos de no agruparnos de nuevo.
Sería lo más fácil que no volviéramos a tener tanta suerte como hoy. ¿Lo
entendéis y estáis de acuerdo todos?
Sus
asentimientos llegaron ordenadamente; después nos dejaron solos a Rosalind y a
mí para que discutiéramos el sistema mejor de guiar a Petra.
Me
desperté por la mañana temprano, y lo primero que noté fue de nuevo la angustia
de mi hermana. Sin embargo, su peculiaridad era ahora distinta; la alarma se
había esfumado por completo, pero se dejaba sentir un lamento por la jaca
muerta. Por otro lado, tampoco se apreciaba la intensidad del día anterior.
Intenté ponerme en contacto con ella, y aunque no lo comprendió, durante unos
segundos hubo una detención perceptible y un indicio de desconcierto. Me tiré
de la cama y me dirigí hacia su habitación; se alegró de tener compañía; y a
medida que conversamos se fue desvaneciendo el concepto angustioso. Antes de
marcharme la prometí que aquella tarde iríamos a pescar juntos.
No
es nada fácil explicar con palabras el modo en que pueden hacerse inteligibles
los conceptos pensados. Cada uno de nosotros había tenido que descubrirlo por
sí mismo; a lo primero con mucha torpeza, pero después de establecer contacto
mutuo y de aprender mediante la práctica, con más habilidad. En el caso de
Petra, sin embargo, era distinto. A los seis años y medio ya había contado con
un poder de proyección diferente al nuestro y además irresistible; no obstante,
adolecía de incomprensión y, por lo mismo, no ejercía sobre él ningún control.
Aunque hice cuanto pude para explicárselo, y a pesar de que su edad actual era
de casi ocho años, la necesidad de fraseárselo con sencillez presentaba sus
dificultades. Después de pasar una hora tratando de aclarárselo mientras a la
orilla del río vigilábamos las cañas de pescar, todavía no había podido
conseguir que entendiera gran cosa, aparte de que su creciente aburrimiento la
impedía concentrarse en lo que la estaba diciendo. En consecuencia, se imponía
otra clase de planteamiento.
—Vamos
a jugar —le sugerí—. Tú cierra los ojos. Pero ciérralos bien y finge que estás
mirando a un pozo muy, muy hondo. No ves nada sino oscuridad. ¿Vale?
—Sí—replicó,
al tiempo que apretaba fuertemente los párpados.
—Bien.
Ahora no pienses en otra cosa sino en lo oscuro que está y en lo lejísimos que
se ve el fondo. Piensa sólo en eso, pero contempla la oscuridad. ¿Lo entiendes?
—Sí—contestó
de nuevo.
—Ahora
estáte alerta—indiqué.
Pensé
en un conejo al que hice mover el hocico. Petra sonrió satisfecha. Bueno, era
una señal estimulante, porque al menos demostraba que podía recibirme. Me
olvidé del conejo y pensé en un perrillo, luego en unas cuantas gallinas y, por
último, en un caballo y un carruaje. Después de transcurridos un minuto o dos,
abrió los ojos desconcertada.
—¿Dónde
están?—preguntó mirando a su alrededor.
—No
están en ningún sitio —respondí—. Son solamente cosas pensadas. Ese es el
juego. Ahora cerraré y o también los ojos. Los dos vamos a contemplar la
profundidad del pozo y a no pensar en nada excepto en lo oscuro que está. Es el
momento de que tú pienses en una imagen en el fondo del pozo para que yo pueda
verla.
Desempeñé
mi parte conscientemente y abrí al máximo mi mente. Fue un error. Recibí un
relámpago, un deslumbramiento y una impresión general de que me había herido un
rayo. Sin tener idea de qué imagen había pensado, quedé mentalmente aturdido.
Intervinieron los otros, protestando enfadados. Les expliqué lo que sucedía.
—No
está inquieta—les dije—. Está perfectamente tranquila. Pero por lo visto esa es
la forma en que ella se manifiesta.
—Es
posible—replicó Michael—, pero resulta insoportable. Tiene que apaciguarse.
—Yo
me he escaldado una mano con el puchero —se lamentó Katherine.
—Ya
lo sé —respondí—. Estoy haciendo lo que puedo. Quizás podáis sugerirme algunas
ideas sobre cómo guiarla.
—Bien
—comentó Michael con tono disgustado—; pero, por amor del cielo, lleva cuidado
y no dejes que lo haga de nuevo. Casi me rebano un pie con el hacha.
—Sosiégala—aconsejó
Rosalind—. Cálmala de algún modo.
—Bueno—concilió
Rosalind—. Si acaso, avisanos la próxima vez antes de que lo intente.
Aparté
mi atención del grupo y la dirigí de nuevo hacia Petra.
—Eres
demasiado áspera—la indiqué—. En esta ocasión piensa sólo un poco la imagen;
muy poco, recuérdalo, y en tonos suaves. Piénsala lenta y dulcemente, como si
estuvieras haciéndola con telas de araña.
Petra
asintió y volvió a cerrar los ojos.
—¡Ahí
va! —advertí a los otros.
Y
esperé mientras confiaba en que les fuera posible ponerse a cubierto del
cuadro.
Esta
vez no fue mucho peor que una pequeña explosión. Aunque resultó ser
deslumbradora, pude captar la forma de la imagen.
—¡Un
pez!—exclamé—. Un pez de cola abatida.
Petra,
complacida, rió entre dientes.
—Indudablemente
es un pez—medió Michael—. Lo estás haciendo muy bien. Pero lo que debes
procurar ahora, antes de que nos abrase los sesos, es que tu hermana reduzca la
potencia de sus transmisiones hasta dejarla en el uno por ciento
aproximadamente de la última imagen.
—Ahora
enséñame tú—me pidió Petra, y la lección continuó.
A la
tarde siguiente tuvimos una nueva sesión. Resultó ser más bien violenta y
exhaustiva, pero hubo progreso. Con las lógicas incomodidades de las
alteraciones y las niñerías, Petra empezaba a comprender la idea de la
formación de conceptos pensados, los cuales eran ya frecuentemente
reconocibles. La dificultad principal estribaba aún en mantener baja la fuerza,
pues cuando se excitaba sus impactos causaban casi el aturdimiento. Los demás
se quejaban de que no podían hacer nada mientras practicábamos nosotros dos, ya
que era como tratar de ignorar súbitos martillazos dados en la cabeza de uno.
Hacia el final de una de las lecciones dije a Petra:
—Voy
a pedir a Rosalind que te envíe una imagen pensada. Lo único que tienes que
hacer es cerrar los
ojos,
como antes.
—¿Dónde
está Rosalind? —preguntó, mirando a su alrededor.
—No
está aquí, pero eso no importa cuando se trata de cuadros pensados. Tú
contempla la oscuridad y no pienses en nada.
—Y
los demás—añadí mentalmente para los otros— manteneos al margen, ¿vale? Dejad
vía libre a Rosalind y no interrumpáis. Adelante, Rosalind, fuerte y claro.
Permanecimos
silenciosos y receptivos.
Rosalind
formó un estanque cercado de cañas. En el agua puso varios patos, amistosos,
graciosos, de diversos colores. Mientras nadaban componían una especie de
ballet en el que discordaba un pato rechoncho e inquieto que siempre se movía
tarde y mal. Petra estaba embobada. Se le caía la baba de contenta. Entonces,
bruscamente, proyectó su alegría; aparte de hacer desaparecer el encanto del
momento, nos ofuscó de nuevo a todos. Aunque nos tenía aburridos, sus progresos
nos animaban.
En
la cuarta lección aprendió el truco de despejar la mente sin necesidad de
cerrar los ojos, lo que era todo un adelanto. Hacia el final de la semana el
éxito era patente. Sus conceptos pensados seguían siendo rudos e inestables,
pero factibles de mejorarse con el ejercicio; su recepción de formas simples
era buena, si bien podía captar aún poco de nuestras proyecciones recíprocas.
—Es
muy difícil verlo todo de un golpe y con tanta rapidez—explicaba ella—. Pero
soy capaz de decir si quien lo forma eres tú, o Rosalind, o Michael, o Sally;
no obstante, al ser tan vertiginoso lo veo algo turbio, si bien los otros lo
enturbian mucho más.
—¿Qué
otros?...—pregunté—. ¿Katherine y Mark?
—¡Oh,
no!—negó—. Se trata de los otros... otros. Los que están lejos, muy lejos.
—Decidí
tomármelo con calma.
—Me
parece que no los conozco. ¿Quiénes son?
—No
lo sé—replicó—. ¿Es que no los oyes? Están por allí, pero a mucha distancia de
aquí.
Y
señalaba con el dedo hacia el sudoeste. Después de pensármelo un momento, quise
saber:
—¿Están
ahí ahora?
—Sí—contestó—,
pero no son muchos.
Hice
lo que pude por detectar algo, pero sin éxito.
—¿Por
qué no tratas de transferirme lo que captas de ellos?—sugerí.
Lo
intentó. Lo que me comunicó contaba con una peculiaridad que ninguno de
nosotros tenía. Era incomprensible y muy confuso, si bien pensé que se debía
sobre todo a que Petra trataba de reproducirme algo que ella no podía entender.
Como yo no sacaba nada en claro de todo aquello, pedí a Rosalind que me echara
una mano, pero tampoco aclaró nada. Era evidente que Petra estaba haciendo un
verdadero esfuerzo, por lo que al cabo de unos minutos decidimos dejarlo por el
momento.
A
pesar de la continua propensión de Petra a deslizarse en cualquier instante
hacia lo que, en términos de sonido, sería un alarido ensordecedor, todos
nosotros sentíamos un orgullo de coparticipación en sus progresos.
Experimentábamos asimismo un sentido de excitación... como si hubiéramos
descubierto a un desconocido, del que sabíamos que estaba destinado a ser un
gran cantante: sólo que se trataba de algo más importante. . .
—Esto—aseguraba
Michael—promete ser muy interesante... siempre y cuando no nos destroce a todos
antes de que la niña consiga controlarse.
Unos
diez días después de la pérdida de la jaca de Petra, y mientras cenábamos, tío
Axel me pidió que aprovecháramos la luz del atardecer que todavía quedaba y le
ayudara a ajustar una rueda. Aparentemente, la solicitud fue casual, pero vi
algo en sus ojos que me impelió a aceptar sin dudarlo. Le seguí afuera y nos
dirigimos hacia el almiar para que, a su cobijo, ni nos viera ni nos oyera
nadie. Se puso una paja entre los dientes, me miró seriamente y me espetó:
—¿Te
has descuidado, Davie?
Había
un montón de formas de descuidarse, pero del modo en que usó la palabra sólo
podía referirse a una.
—Creo
que no—le respondí.
—¿Entonces
alguno de los otros? —sugirió.
Volví
a decirle que creía que no.
—¡Uf!—sopló—.
En ese caso, ¿quieres decirme por qué Joe Darley ha estado haciendo preguntas
sobre ti? ¿Tienes alguna idea?
Le
indiqué que no sabia nada de aquel asunto. Tío Axel movió la cabeza.
—No
me gusta esto, muchacho.
—¿Ha
preguntado sólo sobre mi... o también sobre los otros?
—Sobre
ti... y Rosalind Morton.
—Bueno...—comenté
intranquilo—. No obstante, ha sido únicamente Joe Darley... A lo mejor ha oído
un
rumor acerca de nosotros que va a armar un poco de polvareda.
—Quizás—convino
tío Axel, aunque con reservas—. Pero, por otro lado, Joe es un tipo que ya ha
utilizado otras veces el inspector, cuando ha querido llevar en secreto ciertas
pesquisas. Por eso no me gusta.
Tampoco
a mi me agradaba. De todos modos, como el tal Joe no nos había abordado a
ninguno de los dos directamente, consideré que no habría podido conseguir
ninguna información acusadora. A mi juicio, indiqué, no existía nada que
posibilitara nuestra introducción en las listas de aberraciones.
—Esas
listas son inclusivas, no exclusivas—observó tío Axel moviendo la cabeza—. No
pueden clasificarse los millones de cosas que podrían suceder; sólo los más
frecuentes. Se realizan unas pruebas de control cuando surgen casos nuevos. Una
de las funciones del inspector es la de mantenerse alerta y abrir una
investigación si la información que ha logrado parece autorizarlo.
—Ya
hemos pensado en lo que podría ocurrir—le expliqué—. Aunque hagan
indagaciones... no sabrían con certeza lo que buscan. Todo lo que debemos hacer
es comportarnos con asombro, como haría un individuo normal. Si Joe o alguna
otra persona cuenta con algo no es desde luego evidencia sólida; únicamente
sospechas.
No
parecía estar muy animoso, porque sugirió:
—¿Y
Rachel? La afectó muchisimo el suicidio de su hermana. ¿No creéis que ella?
—No—aseguré,
confiado—. Aparte del hecho de que ella no podría hacer nada sin involucrarse,
hubiéramos sabido si estaba ocultando algo.
—Bueno—comentó—,
entonces tendremos que pensar en Petra.
Asombrado,
clavé mis ojos en los suyos al preguntar:
—¿Cómo
sabes lo de Petra? Yo nunca te lo he dicho.
—Así
que es cierto—asintió satisfecho—. En efecto, tú nunca me indicaste nada en ese
sentido.
—¿Cómo
lo has sabido? —repetí ansioso, mientras me preguntaba si alguien más habría
tenido una idea semejante—. ¿Te lo ha dicho ella?
—¡Oh,
no! Lo sé por casualidad.
Hizo
una pausa antes de agregar:
—Indirectamente
lo sé por Anne. Ya te dije una vez que era un error dejarla que se casara con
el tipo aquel.
Luego
añadió:
—Existe
una dase de mujer que no está contenta hasta que se convierte en la esclava y
el limpiabarros de un hombre, en una palabra, hasta que se abandona en el poder
de ese hombre. Anne era de esa clase.
—¿Tú
no... no querrás decir que le explicó a Alan lo de ella?
—Si—asintió—.
Y aún más. Le contó todo sobre vosotros.
Incrédulo,
le miré fijamente al exclamar:
—¡Pero
no puedes estar seguro de eso, tío Axel!
—Si
que lo estoy, muchacho. Quizás no fuese esa la intención de Anne. Incluso es
posible que sólo le contara lo de ella, por ser el tipo de mujer que no sabe
guardar secretos en la cama. Y quizás tuviera él que sacarle a la fuerza los
nombres de los demás, pero los sabía. Vaya si los sabía.
—Pero
aunque así fuera—observé con creciente ansiedad—, ¿cómo sabes tú que él lo
sabia?
Para
explicármelo recordó el pasado:
—Por
el puerto de Rigo había hace tiempo un garito que administraba un tal Grouth y
que producía pingües beneficios. Contaba con cinco empleados, tres chicas y dos
hombres, y todos ellos hacían lo que él deseaba, exactamente lo que él deseaba.
Si hubiera querido decir lo que sabia, a uno de los hombres lo hubieran
ahorcado por amotinarse en alta mar y a dos de las chicas por asesinato. No sé
lo que habían hecho los otros, pero evidentemente estaban también en sus manos.
Practicaba con ellos el chantaje más limpio que puedas imaginarte. Si les daban
propinas a los hombres, se las quitaba. Procuraba que las chicas se portaran
bien con los marineros que frecuentaban el garito, y todo lo que ellas recibían
de éstos pasaba asimismo a sus bolsillos. Yo solía fijarme en la forma en que
les trataba y en la expresión de su rostro cuando los vigilaba: una especie de
exultación maligna porque los tenía amarrados y lo sabia, y ellos lo sabían
igualmente. Bailaban al son que él les tocaba.
Tío
Axel calló unos instantes mientras reflexionaba.
—De
todos los lugares del mundo, jamás hubiera pensado en descubrir esa misma
expresión en el rostro de un hombre que frecuentaba la iglesia de Waknuk. Y,
sin embargo, allí estaba. Experimenté una sensación extraña cuando lo noté. En
su cara se reflejaba el examen que hizo primero de Rosalind, luego de Rachel,
después de ti, y por último de Petra. Ninguna otra persona captaba su atención.
Sólo vosotros cuatro.
—Quizás
estuvieras equivocado... —comenté—. Por una expresion...
—Pero
no esa expresión—me cortó—. ¡Oh, no! Yo conocía esa expresión, que me impulsaba
a recordar el garito de Rigo. Además, si yo no hubiera estado en lo cierto,
¿cómo habría sabido lo de Petra?
—¿Y
qué hiciste?
—Regresé
a casa y pensé un poco en Grouth, en la cómoda vida que había sabido llevar, y
en una o dos cosas más. Luego le puse una nueva cuerda al arco.
—¡Así
que fuiste tú! —exclamé.
—Era
lo único que podía hacerse, Davie. Naturalmente, yo contaba con que Anne
pensara que había sido uno de vosotros. Pero ella no podría denunciaros sin
quedar involucrada y sin implicar también a su hermana. Era un riesgo que había
que correr.
—Lo
fue, ciertamente—le dije—. Y casi sale mal.
Entonces
le conté lo de la carta que Anne había dejado para el inspector.
—Nunca
hubiera creído que llegara tan lejos, pobre chica —comentó moviendo la cabeza—.
No obstante, era necesario hacerlo... y rápido. Alan no era tanto. Se hubiera
puesto a cubierto. Antes de acusaros formalmente, hubiera escrito una
declaración para ser abierta en caso de fallecimiento, y ya habría procurado
que os enterarais asimismo vosotros. Os hubiera colocado en una situación muy,
muy difícil.
Por
mi parte, cuanto más lo consideraba, más comprendia lo difícil que hubiera
sido.
—Pero
tú corriste un gran riesgo por nosotros, tío Axel—observé.
Se
encogió de hombros al responder:
—Muy
poco comparado con el enorme peligro que representaba para vosotros.
Al
poco rato volvimos a tratar el asunto que más nos interesaba.
—Pero
estas indagaciones de ahora—indiqué—no pueden tener ninguna relación con Alan.
Lo de éste ocurrió hace muchas semanas.
—En
efecto—convino tío Axel—, y además no es la clase de información que Alan
hubiera compartido con nadie si deseaba aprovecharse de ella. Hay algo a
nuestro favor, y es que no pueden saber mucho, o si no hubieran abierto ya una
investigación en toda regla, cosa que es preciso hacer cuando se está muy
seguro del caso. El inspector no va a enfrentarse a tu padre en desventaja... y
tampoco a Angus Morton, por la misma causa. Sin embargo, ninguna de estas
consideraciones nos aproxima al conocimiento de cómo empezó el asunto.
Me
vi obligado a pensar de nuevo en que debía estar relacionado con el suceso de
la jaca de Petra. Desde luego que tío Axel sabía que había muerto, pero poco
más. Si le hubiera dicho lo de Petra, le habría implicado más en nuestros
problemas, y ya habíamos acordado tácitamente que cuanto menos supiera de
nosotros, menos tendría que ocultar en caso de dificultades. No obstante, como
ahora ya sabia lo de Petra le referí lo acaecido con detalles. Aunque a ninguno
de los dos nos parecía un origen probable del asunto, en vista de que no se nos
ocurría ningún otro principio, tomó nota del nombre que le di.
—Jerome
Skinner—repitió sin mucha esperanza—. Muy bien, veré lo que puedo descubrir
sobre él.
Los
componentes del grupo conferenciamos aquella noche, pero sin llegar a ninguna
conclusión. Michael razono así:
—Bueno,
si Rosalind y tú estáis completamente seguros de que en vuestro distrito no ha
habido ningún principio de sospecha, entonces no creo que exista otra
posibilidad aparte de ese hombre del bosque.
En
vez de molestarse en deletrear el nombre de "Jerome Skinner" en la
forma tradicional, Michael había utilizado un concepto pensado. Además,
continuó:
—Si
él es el origen, tiene que haber expuesto sus sospechas al inspector que le
corresponda, quien habrá informado, como es de rutina, al funcionario de
vuestro distrito. Eso significa que ya hay varias personas haciéndose preguntas
sobre el asunto, y que aquí se producirá una investigación respecto a Sally y
Katherine. Lo malo es que todo el mundo tiene más sospechas de las habituales
debido a los rumores de dificultades con los Bordes. Veré si puedo captar algo
mañana para comunicaros.
—¿Pero
qué es lo mejor que podemos hacer?—medió Rosalind
—Nada
por el momento —aconsejó Michael—. Si estamos en lo cierto en cuanto al origen
de la situación, entonces os encontráis en dos grupos; por un lado, Sally y
Katherine; por otro, tú, David y Petra; los tres restantes no estamos
implicados. No hagáis nada raro para no levantar sospechas. Si hay un
interrogatorio, debemos contestar con normalidad, como lo tenemos decidido.
Aquí el punto flaco es Petra; es demasiado niña para comprenderlo. Si se lían
con ella, y la engañan y la hacen caer en la trampa... bueno, para todos
nosotros podría representar la esterilización y los Bordes.
Después
de hacer una breve pausa, agregó:
—Eso
hace de ella la clave. No deben atraparla. Aunque es posible que no se sospeche
de ella, como se encontraba en el lugar del suceso está expuesta a ser
sospechosa. Si veis algún indicio de interés hacia ella, mejor será que os
liéis la manta a la cabeza y escapéis todos... porque si la interrogan la
sacarán todo lo que sabe.
Luego
se dirigió particularmente a mi para advertirme:
—Es
muy posible que el asunto termine en nada, pero en caso de que la situación
empeore, David debe responsabilizarse del mando. Tu tarea consistirá en
procurar, por todos los medios, que no cojan a tu hermana para interrogarla. Si
tienes que matar inclusive a alguien para evitarlo, no lo pienses. Si ellos
cuentan con la excusa, no considerarán dos veces la conveniencia de nuestra
muerte. No lo olvides; si se ponen en movimiento es que quieren exterminarnos,
y si no lo logran por el método rápido lo intentarán por el lento.
Como
especie de conclusión, añadió:
—Si
la cosa se pone tan mal que no podéis salvar a Petra, es un acto más bondadoso
matarla que abandonarla a la esterilización y al destierro en los Bordes...;
para un niño, eso es más misericordioso. ¿Lo entendéis? ¿Estáis los demás de
acuerdo?
Recibimos
la conformidad de todos.
Cuando
pensé por mi parte en la pequeña Petra, mutilada y arrojada desnuda al país de
los Bordes para perecer o sobrevivir según su fortuna, yo también asentí.
—Muy
bien—comentó Michael—. Pero a fin de andar sobre seguro, seria conveniente que
vosotros cuatro y Petra lo tuvierais todo dispuesto para echar a correr al
menor indicio de necesidad.
Luego
explicó detalladamente las características de la posible huida.
Nos
resultaba difícil ver qué otro derrotero podíamos seguir. El menor movimiento
en falso por parte de cualquiera de nosotros hubiera metido en problemas a los
demás. Nuestra desgracia estuvo en no haber recibido dos o tres días antes la
información concerniente a las indagaciones...
12
Después
de la discusión y de los consejos de Michael, la amenaza de que nos
descubrieran me pareció más real e inminente de lo que yo había creído al
hablar con tío Axel. Me hizo ver claramente que algún día tendríamos que
afrontar quizás la situación temida, esto es, una alarma que no iba a sonar y a
desvanecerse por las buenas, dejándonos intactos. Yo sabia que a lo largo del
último año, más o menos, Michael había padecido una incesante ansiedad, como si
hubiera vivido la sensación de acabamiento del tiempo, y yo ahora experimentaba
lo mismo. Aquella noche, antes de irme a la cama, llegué inclusive a realizar
algunos preparativos por si acaso: puse a mano un arco y un par de docenas de
flechas, así como una talega en la que previamente había metido unos cuantos
panes y un queso. Por otro lado, decidí que al día siguiente haría un paquete
con ropas, botas y otras cosas que podrían serme útiles, y que lo escondería
todo en algún sitio seco y adecuado del exterior. También precisaría vestidos
para Petra, algunas mantas y una vasija para llevar agua potable, sin olvidar
el yesquero...
Todavía
estaba haciendo una lista mental del equipo conveniente, cuando me quedé
dormido...
No
habrían transcurrido más de tres horas o así, cuando me despertó el ruido que
hacia el picaporte de mi puerta al ceder. Aunque no había luna, la luz de las
estrellas bastaban para revelar a una pequeña figura en camisón blanco que
estaba en la entrada.
Pero
no era necesario decirme nada. Rosalind ya se había hecho notar con urgencia.
—David
—siguió comunicándome—, tenemos que huir en seguida... tan pronto como puedas.
Han atrapado a Sally y Katherine...
—Vosotros
dos, daos prisa —intervino Michael— aprovechad el tiempo. Si saben lo
suficiente de nosotros, habrán enviado ya una partida para que también os
capturen... antes de que recibáis ningún aviso. Hará unos diez minutos que
cogieron a Sally y Katherine casi simultáneamente. Así que poneos en marcha,
¡rápido!
—Nos
veremos debajo del molino—me dijo Rosalind—. ¡Date prisa!
A
Petra le ordené con palabras:
—Vístete
en seguida. Ponte pantalones. Y no hagas ruido.
Probablemente,
no había entendido en detalle los conceptos pensados que nos habíamos
transmitido los demás, pero si que habría captado la urgencia. Se limitó a
asentir con la cabeza y a deslizarse por el oscuro pasillo.
Cogí
mis ropas e hice un rollo con las mantas de la cama. Anduve a tientas por la
habitación hasta que encontré el arco, las flechas y la talega de la comida.
Luego me dirigí a la puerta.
Petra
estaba ya casi vestida. Saqué algunas ropas de su armario y las arrollé junto
con las mantas.
—No
te pongas aún los zapatos —musité—. Llévalos en las manos y anda de puntillas,
como los gatos.
Una
vez en el patio, dejé en el suelo el rollo de ropa y la talega mientras nos
calzábamos. Petra empezó a hablar, pero yo me llevé el dedo a los labios y la
transmití el concepto pensado de "Sheba", la yegua negra. Asintió con
la cabeza y ambos, de puntillas, atravesamos el patio camino de las
caballerizas. Acababa de abrir la puerta del establo cuando capté un sonido
distante y me detuve para escuchar.
—Caballos—murmuró
Petra.
En
efecto, eran caballos. Varios conjuntos de cascos y, débilmente, el retintín de
los aparejos.
—David—me
murmuró—. Soy Rosalind...
Silenciosamente
salimos del patio por el extremo más apartado y comenzamos a buscar la silla y
a "Sheba". La sacamos por la brida de el ronzal y la montamos
rápidamente. Como lo que yo llevaba no dejaba sitio a Petra delante de mi, ella
se puso detrás y se agarró a mi cintura.
No
había tiempo para descender hacia la orilla del río mientras que cada vez
oíamos acercarse más a la casa el sonido de los cascos en movimiento.
—¿Has
salido ya?—pregunté a Rosalind, al tiempo que la hacia saber lo que nos había
pasado.
—Hace
diez minutos que os espero—me replicó con tono de censura—. Yo ya lo tenía todo
dispuesto. Todos nosotros hemos estado intentando establecer contacto con
vosotros. Menos mal que Petra estaba despierta.
Petra
captó el pensamiento e intervino excitadamente para que le dijeran lo que
estaba ocurriendo. Fue como una lluvia de chispazos.
—Con
suavidad, guapa, con suavidad—protestó Rosalind—. Pronto te lo contaremos todo.
Hizo
una pausa para recuperarse antes de añadir:
—¿Sally?...
¿Katherine?...
Las
dos respondieron a la vez.
—Nos
llevan al inspector. Somos inocentes y estamos asombradas... ¿Es eso lo mejor?
Michael
y Rosalind convinieron que si.
—Creemos—continuó
Sally—que es preferible cerrar nuestras mentes a vosotros. El desconocimiento
real de lo que está sucediendo hará más fácil nuestra actuación como personas
normales. Por tanto, no intentéis poneros en contacto con nosotras, ninguno.
—Muy
bien —asintió Rosalind—, pero nosotros sí que que estaremos abiertos a vuestras
posibles comunicaciones.
Inmediatamente
pasó a dedicarme sus pensamientos para decirme:
—Vamos,
David. Ya hay luces encendidas arriba en la granja.
—De
acuerdo—contesté—, ya vamos. De todos modos, les va a costar descubrir en la
oscuridad el camino que hemos tomado.
—Por
el calor del establo—indicó—sabrán que no habéis podido alejaros mucho todavía.
Miré
hacia atrás. Arriba, en la casa, divisé una luz en una ventana y un farol que
oscilaba en la mano de alguien. La voz de un hombre llamando llegó hasta
nosotros lánguidamente. Nos encontrábamos ahora en la orilla del río y podía
exigir a "Sheba" el trote. Mantuvimos esa marcha a lo largo de un
kilómetro más o menos hasta llegar al vado, y luego volvimos a cogerla durante
unos cuatrocientos metros, cuando ya estábamos cerca del molino. Al
aproximarnos a éste se me antojó que seria prudente llevar al animal al paso,
no fuera que alguien se hallara despierto. Detrás de la valla oímos a un perro
encadenado, pero el can no ladró. En seguida capté la sensación de alivio de
Rosalind que procedía de un poco más allá.
Trotamos
de nuevo, y unos segundos más tarde noté un movimiento debajo de los árboles
del camino. Dirigí hacia allí la yegua y me encontré a Rosalind
esperándonos..., y no sólo a ella, sino a los dos caballos gigantes de su padre
también. Las enormes criaturas se elevaban por encima de nosotros, y de cada
uno de sus flancos colgaba un gran cuévano. Rosalind, montada en uno de ellos,
llevaba consigo el arco y las flechas.
Cuando
me aproximé a ella, atisbó desde el serón para ver lo que traía.
—Dame
las mantas—me pidió agachándose—. ¿Qué hay en el saco?
Se
lo dije.
—¿Así
que eso es todo lo que traes?—observó con tono reprobante.
—Hubo
que correr—la expliqué.
Colocó
las mantas como colchón entre los cuévanos. Alcé a Petra en brazos hasta que
llegó a las manos de Rosalind. Después de darle ambos un empujón, la niña pudo
trepar y encaramarse encima de las mantas.
—Será
mejor que viajemos juntos —indicó Rosalind—. Te he dejado sitio en el otro
cuévano. Desde él
podrás
disparar incluso con la mano izquierda.
Luego
me echó una especie de escala de cuerda en miniatura que dejó colgando del
costado izquierdo del caballo gigante.
Me
deslicé del lomo de Sheba, la di la vuelta con el fin de que se dirigiera hacia
casa, y la pegué un azote en la grupa para que se marchara; inmediatamente subí
por la escalera hasta el serón. En cuanto saqué el pie del último peldaño,
Rosalind recogió el aparejo y lo arrolló para guardarlo. Movió las riendas, y
antes de encontrarme yo acomodado en el serón estábamos en camino llevando
detrás al segundo caballo.
Después
de ir al trote durante un buen rato, dejamos la senda para coger un arroyo.
Cuando alcanzamos el punto de unión con otra corriente más pequeña, seguimos
esta corriente arriba. Al poco tiempo la dejamos también y cruzamos un terreno
pantanoso hasta llegar a otro arroyo. Anduvimos por su lecho a lo largo de un
kilómetro o más, y luego torcimos hacia otra extensión de suelo desigual y
cenagoso que se iba afirmando poco a poco y terminaba por convertirse en
piedras donde sonaban los cascos de los animales. Al tomar éstos un camino
sinuoso entre rocas, aflojamos la marcha. Comprendí entonces que Rosalind había
planeado con cuidado la ocultación de nuestras huellas. Por lo visto proyecté
sin saberlo el pensamiento, porque en tono de mal genio me dijo:
—Es
una lástima que no pensaras un poquito más y durmieras un poquito menos.
—Dispuse
sólo algunas cosas —protesté—porque no parecía ser tan apremiante la situación.
Hoy pensaba prepararlo todo.
—Y
por eso cuando yo traté de consultarte sobre ello estabas ya durmiendo como un
tronco. Mi madre y yo nos pasamos dos horas enteras metiendo paquetes en estos
cuévanos y poniendo las sillas a mano por si se presentaba una situación de
emergencia, en tanto que tú no te ocupabas más que de dormir y dormir.
—¿Tu
madre?—pregunté desconcertado—. ¿Es que lo sabe?
—Sabe
algo desde hace tiempo, y supongo que otras cosas las habrá adivinado. Ignoro
lo que conoce, porque nunca me habló del asunto. Creo que pensaba que mientras
no tuviera que admitirlo con palabras, podríamos ir tirando. Cuando la dije
esta noche que consideraba como muy probable la necesidad de marcharme, se echó
a llorar..., pero en realidad no se sorprendió; ni siquiera trató de discutir
mi decisión o de disuadirme. Tengo la impresión de que, en su mente, había
llegado al convencimiento de que un día sería preciso ayudarme, y al producirse
ese momento, lo ha hecho.
Reflexioné
sobre aquella actitud. A mi me resultaba imposible imaginar a mi madre haciendo
algo parecido por Petra. No obstante, recordé que había llorado cuando echaron
a tía Harriet. Y que tía Harriet había estado muy dispuesta a quebrantar las
leyes de la pureza. Lo mismo podía decirse de la madre de Sophie. Uno no tenía
más remedio que preguntarse sobre el número de madres que habrían cerrado los
ojos a todo aquello que realmente no infringiera la definición de la verdadera
imagen, o que, aun infringiéndola, mientras existiera la posibilidad de
continuar engañando al inspector... Me pregunté asimismo si mi madre, en
secreto, estaría contenta o apesadumbrada por haberme llevado a Petra...
Proseguimos
por la incierta ruta que Rosalind había escogido para no dejar rastro. Nos
encontramos con más sitios pedregosos y más corrientes de agua hasta que
finalmente dirigimos a los caballos por una loma arriba para meternos en el
bosque. No pasó mucho tiempo sin que descubriéramos un camino que seguía la
dirección sudoeste. Como tampoco allí queríamos correr el riesgo de dejar las
huellas de los grandes caballos, mantuvimos una marcha paralela con la senda
hasta que el cielo empezó a tornarse gris. Luego penetramos todavía más en el
bosque hasta que llegamos a un claro en donde había hierba para los animales.
Después de trabarlos los dejamos pacer.
Al
acabar de hacer una comida a base de pan y queso, Rosalind me indicó:
—Puesto
que tú has dormido tan bien antes, haz la primera guardia.
Ella
y Petra se arrebujaron cómodamente en las mantas y se durmieron en seguida.
Por
mi parte me senté con el arco sobre mis rodillas y media docena de flechas en
el suelo, pero al alcance de la mano. No se oia nada sino el canto de los
pájaros, ruidos ocasionados por algún pequeño animal que otro, y el constante
mascar de los caballos. El sol empezaba a mostrarse por entre las ramas más
delgadas y principiaba a sentirse más calor. De vez en cuando me levantaba para
darme una vuelta silenciosamente por los limites del claro, llevando siempre
colocada una flecha en la cuerda. No descubrí nada, pero de esa forma pude
mantenerme despierto. Al cabo de un par de horas Michael estableció contacto:
—¿Dónde
estáis ahora?
Se
lo expliqué lo mejor que supe.
—¿Y
hacia dónde vais?—insistió.
—En
dirección sudoeste—repliqué—. Habíamos pensado marchar de noche y dormir por el
día.
Aunque
aprobó la idea, me advirtió:
—Lo
malo de esta situación es que con el terror que les ha ocasionado la presencia
de espías procedentes de los Bordes tendrán un montón de patrullas por los
alrededores. No sé si Rosalind ha sido sensata llevándose esos grandes
caballos... como los vean, o descubran siquiera una huella de uno de sus
cascos, la alarma se propagará como un fuego incontenible.
—Los
caballos corrientes pueden alcanzar su misma velocidad si se esfuerzan más
—reconocí—, pero desde luego no tienen igual resistencia.
—Es
posible que os haga falta eso. Francamente, David, vais a precisar también todo
vuestro ingenio. Quieren castigaros ejemplarmente. Por lo visto han descubierto
sobre vosotros mucho más de lo que creíamos, aunque todavía no han pensado en
Mark, Rachel o en mí. Pero están realmente preocupados. Van a enviar cuadrillas
de civiles armados en vuestra busca. Yo me voy a ofrecer voluntario para una de
ellas en seguida. Así podré colocar en alguna parte un aviso en el que diga que
habéis sido vistos hacia el sudeste. Y cuando comprueben que ha sido un error,
entonces Mark hará lo mismo para dirigirles hacia el noroeste.
Hizo
una breve pausa antes de continuar:
—Si
os descubre alguien, impedidle como sea que escape con la noticia. Pero no
disparéis. Han dado la orden de que no se utilicen las armas si no es
necesario, y por consiguiente investigarán todos los tiros que se produzcan.
—Está
bien —convine—, pero no tenemos ningún arma de fuego.
—Mejor.
Así no tendrás la tentación de usarla.... pero ellos desconocen esa
circunstancia.
Deliberadamente
había decidido no tomar ningún arma de fuego, en parte por el ruido, pero sobre
todo porque se cargaban con lentitud, eran muy pesadas, y si no se contaba con
bastante pólvora, inútiles. Las flechas no tenían el mismo alcance, pero eran silenciosas,
aparte de que uno podía disparar una docena o más de ellas en el tiempo que
tardaba un hombre en volver a cargar una escopeta.
Mark
intervino en aquel instante:
—Ya
os he oído. Dispondré de un rumor en dirección noroeste para cuando sea
preciso.
—De
acuerdo, pero no lo sueltes hasta que yo te diga. Supongo que Rosalind está
ahora durmiendo, ¿no? Cuando despierte, comunícala que se ponga en contacto
conmigo, ¿vale?
Le
contesté que sí, y cada cual cesó de transmitir por un rato. Yo continué
haciendo mi guardia a lo largo de otras dos horas, y luego desperté a Rosalind
para que hiciera la suya. Petra ni se movió. Me acosté a su lado, y al cabo de
un par de minutos me quedé dormido.
Quizás
mi sueño fuese ligero, o a lo mejor una coincidencia, pero lo cierto es que me
desperté en el preciso momento en que Rosalind proyectaba un pensamiento
angustioso.
—Lo
he matado, Michael —decía—. Está completamente muerto...
Después
transmitió un concepto pensado de pánico y caos.
—No
te asustes, Rosalind —respondía Michael—. Has tenido que hacerlo. Esto es la
guerra entre nuestra especie y la de ellos. Nosotros no la empezamos... y
tenemos el mismo derecho que ellos a la existencia. No debes espantarte,
Rosalind, querida: te has visto obligada a hacerlo.
—¿Qué
ha pasado?—pregunté, sentándome.
O me
ignoraron, o estaban demasiado ocupados para notar mi presencia.
Miré
a mi alrededor. Petra, dormida todavía, seguía junto a mí; los grandes
caballos, imperturbables, seguían comiendo hierba. Michael intervino de nuevo:
—Escóndele,
Rosalind. Intenta descubrir un hueco y tápalo con hojas.
Se
produjo una pausa. Luego Rosalind, vencido el pánico, aunque con profunda
angustia, estuvo de acuerdo.
Me
puse de pie, cogí mi arco y anduve a través del claro en la dirección en que
estaba ella. Cuando llegué al borde de los árboles me di cuenta de que había
dejado sin protección a Petra, por lo que no avancé más.
De
pronto Rosalind apareció por entre los arbustos.
Caminaba
lentamente, y sobre la marcha iba limpiando una flecha con un puñado de hojas.
—¿Qué
ha pasado? —repeti.
Sin
embargo pareció perder de nuevo el control sobre sus conceptos pensados, porque
a éstos los confundían y deformaban sus emociones. Al aproximarse utilizó
palabras:
—Era
un hombre. Había encontrado las huellas de los caballos. Le vi acercarse.
Michael ha dicho... ¡Oh! Yo no quería hacerlo, David, ¿pero cómo actuar de otro
modo?
Tenía
los ojos anegados en lágrimas. La rodeé con mis brazos y dejé que llorara sobre
mi hombro. Poco podía hacer yo para consolarla. En realidad nada, salvo
asegurarle, como Michael, que su acción había sido absolutamente necesaria.
Al
cabo del rato regresamos lentamente hacia el sitio de acampada. Luego de
sentarla junto a la durmiente Petra, se me ocurrió preguntar:
—¿Y
su caballo, Rosalind? ¿Se fue?
—No
lo sé. Supongo que tendría uno, pero cuando yo le vi venia siguiendo nuestro
rastro a pie.
Pensé
que seria lo mejor recorrer parte del camino que habíamos hecho hasta entonces
y echar una ojeada por si descubría algún caballo trabado por allí. Anduve cosa
de un kilómetro, pero no encontré ningún caballo ni tampoco huellas recientes
de otros cascos aparte de los de nuestros grandes animales. Cuando volví, Petra
estaba despierta y hablaba con Rosalind.
El
día siguió su curso. No recibimos tampoco ninguna nueva comunicación de Michael
o de los demás. A pesar de lo sucedido, parecía ser preferible permanecer donde
estábamos y no reanudar la marcha a la luz del día por riesgo de que nos
vieran. Consecuentemente, seguimos esperando.
Luego,
por la tarde, ocurrió algo de repente.
No
era un concepto pensado; no tenía forma real; se trataba de angustia pura, como
un grito de agonía. Petra boqueó y se arrojó gimiendo en los brazos de
Rosalind. El impacto era tan agudo que causaba dolor. Rosalind y yo nos miramos
fijamente, con los ojos dilatados. Mis manos temblaban. Sin embargo el choque
era tan informe que ninguno de nosotros podía decir de quién venia.
Se
produjo después un revoltillo de dolor y vergüenza, superado en seguida por una
desolación desesperada entre lo que se distinguían formas características que
sin dudarlo reconocimos como procedentes de Katherine. Rosalind me cogió la
mano y la apretó fuertemente. Así lo soportamos, mientras cedía la violencia y
menguaba la presión.
De
pronto, con interrupciones, intervino Sally con acometidas de amor y simpatía
hacia Katherine, así como de angustia para el resto del grupo.
—Han
roto a Katherine. La han destrozado... ¡Oh, Katherine, cariño!... Vosotros no
la censuréis, ninguno. Os lo pido por favor, no la censuréis. La están
torturando. Podría habernos ocurrido a cualquiera. Ahora mismo está
inconsciente. No puede oírnos... ¡Oh, Katherine, cariño!
Sus
pensamientos se desvanecieron en informe congoja.
Luego
estableció contacto Michael, primero sin firmeza, pero después de la manera más
dura y rígida que jamás había yo captado:
—Es
la guerra. Algún día los mataré por lo que han hecho a Katherine.
Durante
una hora o más no volvimos a recibir ninguna otra comunicación. Rosalind y yo
hicimos cuanto pudimos para calmar y dar confianza a Petra, si bien sin gran
convencimiento. La niña entendía poco de lo que había pasado entre nosotros,
pero si que había notado la intensidad y que ésta nos había asustado.
Luego
volvimos a recibir a Sally; con torpeza, infelicidad, esforzándose:
—Katherine
lo ha admitido; ha confesado. Yo lo he confirmado. Al final me hubieran forzado
a mi también. Yo...
La
sentimos vacilar, sin resolución. Continuó:
—...
Yo no hubiera podido soportarlo. No esos hierros al rojo; además para nada,
porque ella ya se lo había contado todo. No hubiera podido... Perdonadme los
demás..., perdonadnos a las dos...
Volvió
a interrumpirse de nuevo.
Michael,
vacilante también y ansioso, medió otra vez:
—Sally,
cariño, claro que no os censuramos... a ninguna de las dos. Lo comprendemos.
Pero debemos saber lo que habéis contado. Cuánto conocen...
—Saben
lo de los conceptos pensados... y de David y Rosalind. Estaban casi seguros de
ello, pero quisieron que se lo confirmáramos.
—¿De
Petra también?
—Sí.
. . ¡Oh, oh, oh!
Tuvo
un informe arrebato de remordimiento, antes de añadir:
—Nos
obligaron..., pobre Petra..., pero en realidad ya lo sabían. Por esa única
causa tenían que habérsela llevado David y Rosalind. No podíamos ocultarlo con
mentiras.
—¿Sobre
alguien más?
—No.
Les hemos informado de que no hay nadie más. Pienso que se lo han creído.
Siguen haciéndonos preguntas, pues tratan de entenderlo mejor. Quieren saber
cómo hacemos los conceptos pensados y cuál es el alcance. Les estoy mintiendo.
Les he dicho que no más de nueve kilómetros, e intento que se crean que a más
distancia es muy difícil interpretar los conceptos pensados... Katherine ha
recuperado un poco la consciencia, pero sigue sin poder comunicarse con
vosotros. Sin embargo, continúan haciéndonos preguntas a las dos, sin parar...
Si pudierais ver lo que la han hecho... ¡Oh, Katherine, cariño!... Tiene los
pies, Michael... ¡Oh, qué lástima de pies!
Las
imágenes de Sally fueron obnubiladas por la angustia y luego desaparecieron.
Nadie
más intervino. Creo que estábamos todos heridos y conmovidos muy profundamente.
Las palabras tienen que escogerse y después interpretarse; pero los conceptos
pensados se sienten, y dentro de uno...
El
sol se estaba poniendo, y empezábamos ya a recoger nuestras cosas, cuando
Michael se puso de nuevo en contacto:
—Escuchadme
—nos dijo—. Se lo están tomando verdaderamente en serio. Los tenemos
alarmadísimos. Por lo general, si una aberración logra escaparse del distrito
la dejan marchar. Como nadie puede instalarse en ningún sitio sin pruebas de
identidad o sin sufrir un exhaustivo examen por parte del inspector local, el
que huye está condenado prácticamente a terminar en los Bordes. Pero lo que les
tiene tan intranquilos de nosotros es que no exteriorizamos nada. Hemos estado
viviendo con ellos casi veinte años y nunca sospecharon nada. En cualquier
lugar podríamos pasar por personas normales. Por eso han colocado edictos con
la descripción de vosotros tres, en los que se os declara oficialmente
aberraciones. Eso significa que no sois humanos, y en consecuencia no tenéis
derecho a ninguno de los privilegios o auxilios de la sociedad humana. Todo
aquel que os socorra de algún modo, está cometiendo un acto criminal; y
cualquiera que, sabiéndolo, oculte vuestro paradero, está asimismo expuesto al
castigo.
Casi
sin darse respiro, continuó:
—Estáis
efectivamente fuera de la ley. Quien os mate no será sancionado. Dan una
pequeña recompensa si se informa de vuestra muerte y ésta se confirma; pero hay
un premio mucho mayor para el que os entregue vivos.
Se
hizo un silencio mientras reflexionábamos sobre la situación. Rosalind fue
quien mostró las primeras dudas.
—No
lo comprendo... ¿Y si les prometiéramos marcharnos para no volver?...
—Nos
temen. Quieren capturarnos para saber más de nosotros..., de ahí la gran
recompensa. Ya no es sólo cuestión de ser o no ser la verdadera imagen, aunque
así desean presentarlo. Consideran que podríamos convertirnos en un auténtico
peligro para ellos. Imaginad que nosotros fuésemos muchos más que ellos, gentes
capaces de pensar, planear y coordinar juntos sin necesidad de toda esa su
maquinaria de palabras y mensajes: les superaríamos siempre. Y esa idea no les
hace ninguna gracia; y consecuentemente quieren machacarnos antes de que puedan
haber más como nosotros. Para ellos es cuestión de supervivencia... y quizás
tengan razón, ya lo sabéis.
—¿Van
a matar a Sally y Katherine?
La
imprudente pregunta se le había escapado a Rosalind. Esperamos que cualquiera
de las dos aludidas respondiera. Pero no hubo contestación. No podíamos saber
lo que eso significaba: quizás hubieran vuelto a cerrar meramente sus mentes, o
a lo mejor estaban durmiendo por el cansancio, o quizás estuvieran ya
muertas... Michael no creía en esta última posibilidad.
—No
hay apenas razón para eso cuando las tienen seguras en sus manos, aparte de que
tales ejecuciones darían lugar muy probablemente a una masiva conmoción
perjudicial para ellos. Una cosa es declarar no humano a un recién nacido por
defectos físicos, y otra muy distinta y más delicada ésta. Para aquellos que
han conocido a Sally y Katherine durante años no va a ser nada fácil aceptar
por las buenas el veredicto de que no son humanas. Si las mataran, muchísima
gente sentiría inquietud e incertidumbre por las autoridades... como ocurre
cuando se aplica una ley retrospectiva.
—¡Pero
a nosotros si que nos pueden matar con toda tranquilidad!—comentó con algo de
amargura Rosalind.
—A
vosotros no os han capturado todavía, y tampoco os encontráis entre gente que
os conoce. Para los extraños no sois más que unos humanos que huyen.
No
se podía añadir gran cosa a todo lo hablado. Michael nos preguntó:
—¿Qué
dirección vais a tomar esta noche?
—Seguiremos
hacia el sudoeste—repliqué yo—. Habíamos pensado en procurarnos un refugio en
Tierra Agreste, pero ahora que cualquier cazador tiene autorización para
matarnos creo que debemos continuar hasta los Bordes.
—Es
preferible, sí. Conque permanecierais allí escondidos un poco de tiempo, pienso
que nosotros podríamos intentar salvar vuestras cabezas. Trataré de inventarme
algo. Mañana salgo con una patrulla de búsqueda que marcha hacia el sudeste. Ya
os haré saber lo que pasa. Entre tanto, si alguien os sale al paso aseguraos de
que disparáis primero.
Ahí
interrumpimos el contacto. Rosalind acabó de empaquetar las cosas y dispusimos
los aparejos de modo que los cuévanos resultaran ahora más cómodos de lo que
habían sido la noche anterior. Luego trepamos a ellos, yo en el de la izquierda
otra vez y Petra y Rosalind juntas en el serón de la derecha. Rosalind se
agachó para pegarle una puñada al flanco del caballo, y al instante empezamos a
avanzar pesadamente de nuevo. Petra, que contra su costumbre había permanecido
muy sumisa durante el empaquetado, estalló de pronto en llanto y nos transmitió
su angustia.
De
lo que nos dijo entre sollozos pudimos colegir que no quería ir a los Bordes,
desde luego debido a que su mente se hallaba sobrecargada de tenebrosos
pensamientos acerca de la vieja Maggie, de Jack el peludo y su familia, y de
otras sórdidas figuras que, la habían asegurado, acechaban por aquellas
regiones.
Nos
habría costado menos apaciguarla si no nos hubiera quedado a nosotros también
un residuo de aprensiones infantiles, o si hubiéramos sido capaces de avanzarla
una idea real de la región que se opusiera a la siniestra reputación que ésta
tenía. Pero en aquel momento nosotros, como la mayoría de la gente, conocíamos
bien poco de los Bordes, y en consecuencia tuvimos que sufrir de nuevo la
angustia de mi hermana. Evidentemente era menos intensa que las ocasiones
anteriores, y la experiencia nos había enseñado a parapetarnos mejor contra una
situación así; sin embargo, el efecto era agotador. Transcurrió su buena media
hora antes de que Rosalind pudiera suavizar el fastidioso trastorno. Cuando lo
consiguió, intervinieron los otros ansiosos; Michael, inquisitivo, preguntó
irritado:
—¿Qué
ocurre ahora?
Se
lo explicamos.
Michael
abandonó la irritación y dirigió la atención a Petra. Empezó a decirla con
lentas y claras imágenes pensadas que los Bordes no eran en realidad el
espantoso lugar que pretendía la gente. La mayoría de los hombres y las mujeres
que allí vivían eran únicamente desgraciados e infelices. Su desdicha consistía
en que, con frecuencia siendo recién nacidos, habían sido sacados a la fuerza
de sus casas, y algunos otros mayores se habían visto obligados a huir de sus
hogares simplemente porque no eran como las demás personas; tenían que vivir en
los Bordes porque no existía ningún otro lugar en donde les dejaran en paz. Es
cierto que unos cuantos de esos individuos parecían ser raros y hasta cómicos,
pero ellos no podían remediarlo. Era algo que había que lamentar, no que temer.
Si nosotros hubiéramos contado con dedos u oídos de más, nos hubieran enviado a
los Bordes... y ello a pesar de que por dentro siguiéramos siendo los mismos.
El aspecto de las personas no importaba en realidad gran cosa, ya que uno se acostumbraba
pronto a él, aparte de
En
aquel momento le interrumpió Petra para saber:
—¿Quién
es el otro?
—¿Qué
otro? —preguntó a su vez Michael—. ¿A quién te refieres?
—A
ese que está mezclando sus imágenes pensadas con las tuyas—replicó mi hermana.
Hubo
una pausa. Yo me abrí al máximo, pero no pude detectar ningún concepto pensado.
En aquel instante Michael, Mark y Rachel dijeron casi al unísono:
—Yo
no capto nada. Debe ser
Petra
produjo una poderosisima señal. En palabras hubiera sido equivalente a un
nervioso: "¡Callaos!" Luego de apaciguarnos, nos pusimos a esperar.
Paseé
mi vista por el otro cuévano. Rosalind, con uno de sus brazos rodeando a Petra,
la observaba atentamente. Mi hermana tenía los ojos cerrados, como si estuviera
concentrándose en la audición. Al poco rato notamos que se relajaba un poco.
—¿Qué
es? —le preguntó Rosalind.
Petra
abrió los ojos. Su respuesta era desconcertante y no muy coherente.
—Alguien
que me interroga, de nuestro sexo. Creo que se halla lejos, muy lejos, a
muchísima distancia de aquí. Dice que ha captado mis anteriores pensamientos de
temor. Quiere saber quién soy y dónde me encuentro. ¿Se lo digo?
Por
un instante sentimos renacer la cautela. Entonces Michael, excitado, quiso
saber si dábamos nuestra aprobación. Contestamos que si.
—De
acuerdo, Petra —convino—. Adelante, díselo.
—Pero
tendré que elevar el tono—nos advirtió—. Ya os he mencionado que está muy lejos
de aquí
Sucedió
como nos había advertido. Si hubiera establecido la comunicación mientras
teníamos las mentes completamente abiertas, las habría abrasado. Por mi parte
cerré la mía y traté de concentrar la atención en el viaje que íbamos a
realizar. Representó una ayuda, pero de ningún modo fue una defensa
impenetrable. Como cabía esperar de la edad de Petra, las imágenes eran
sencillas, pero así y todo me llegaron con una violencia y brillantez que me
ocasionaron ofuscación y aturdimiento.
Michael
soltó el equivalente a un "¡Puf!" cuando Petra redujo la intensidad
del contacto, exclamación a la que la niña replicó con un "¡Cállate!"
parejo al anterior. Se produjo una pausa, y después otro breve intermedio
deslumbrante. Al desvanecerse, Michael quiso saber:
—¿Dónde
está?
—Por
allí—respondió Petra.
—Por
amor del cielo...
—Está
señalando al sudoeste—le expliqué.
—¿Le
has preguntado el nombre del sitio donde está, guapa?—medió Rosalind.
—Si—contestó
mi hermana con palabras que se oscurecieron al añadir—, pero no ha significado
nada para mi; lo único que he entendido es que consta de dos partes y de mucha
agua. Por otro lado, ella tampoco ha comprendido dónde estoy yo.
—Dila
que te lo describa en forma de letras—sugirió Rosalind.
—Pero
yo no sé leer las letras—objetó Petra sollozante.
—¡Oh,
querida, qué torpeza la mía! —exclamó Rosalind—. Vamos a hacer una cosa. Yo te
doy una por una las formas de las letras, y tú se las transmites a ella con el
pensamiento. ¿Qué te parece?
Petra,
vacilante, estuvo de acuerdo en probar.
—Bien
—comentó Rosalind—. ¡Atentos todos! Establecemos contacto de nuevo.
Formó
una "L", que Petra reprodujo con fuerza devastadora. Rosalind
continuó con una "A", etc., hasta completar la palabra. Petra nos
informó:
—Ella
lo entiende, pero no sabe dónde está Labrador. Dice que intentará descubrirlo.
Ha querido enviarnos la descripción de sus letras, pero la he contestado que no
va a resultar.
—Claro
que va a resultar, guapa. Tú las recibes de ella y luego nos las muestras a
nosotros... sólo que suavemente, para que podamos leerlas.
En
seguida recibimos la primera. Era una "Z". Nos sentimos chasqueados.
—¿Qué
sitio es ese de la tierra? —preguntaron a una todos.
—Ha
debido equivocarse—decidió Michael—. Tiene que ser una "S".
—No
es una "S" —replicó Petra llorosa—. Es una "Z".
—No
te preocupes —la tranquilizó Rosalind—. Tú sigue.
Quedó
completado el resto de la palabra.
—Bueno,
las demás letras son adecuadas—admitió Michael—. Tiene que ser Sealand...
—No
es una "S"—repitió obstinadamente Petra—. Es una "Z".
—Pero,
guapa, con "Z" no significa nada. Sin embargo, Sealand quiere decir
sin duda una tierra en el mar.
—Si
eso os sirve de algo...—dudé—. Según mi tío Axel, hay mucho más mar de lo que
nadie piensa.
En
aquel momento, la conversación de tono indignado que Petra reanudó con la
desconocida lo eclipsó todo. Al final anunció triunfalmente:
—Es
una "Z". Dice que es distinta de la "S", que suena como el
zumbido de una abeja.
—De
acuerdo—concilió Michael—. Pero pregúntala si hay mucha cantidad de mar.
Mi
hermana no tardó mucho en contestar:
—Si.
Hay dos partes de tierra con grandes cantidades de agua a su alrededor. Desde
donde está ella se ve el sol brillando sobre el mar a lo largo de kilómetros y
kilómetros, y todo es azul...
—¿En
plena noche?—observó Michael—. Está loca.
—Es
que donde está ella no es de noche—replicó Petra—. Me lo ha mostrado. Se trata
de un lugar con muchas, muchísimas casas diferentes de las de Waknuk, pues son
bastante más grandes. Y por las carreteras circulan un montón de carruajes muy
divertidos, sin caballos. Y por el aire hay unos objetos con cosas muy curiosas
encima...
Sentí
como una sacudida al reconocer en lo que describía el cuadro de mis sueños
infantiles que casi había yo olvidado. Intervine para repetir la descripción
con más claridad que Petra: un objeto en forma de pez, todo blanco y brillante.
—Si,
eso es—asintió mi hermana.
—Hay
algo muy raro en todo esto—medió Michael—. David, ¿cómo demonios sabías tú...?
No
le dejé terminar.
—Permite
que Petra obtenga ahora todo lo que pueda—le sugerí—. Ya hablaremos de lo otro
después.
Nuevamente
hicimos cuanto nos fue posible para levantar una barrera entre nosotros y el
aparente intercambio unilateral que mi hermana dirigía excitadísima.
Avanzamos
lentamente a través del bosque. La misma preocupación que sentíamos por no
dejar huellas en caminos y veredas nos impedía progresar de modo ostensible.
Además de llevar los arcos dispuestos para su utilización inmediata, teníamos
que ir con cuidado a fin de que no se nos cayeran de las manos y agacharnos
mucho para no tropezar con las colgantes ramas. Aunque el riesgo de
encontrarnos alguna partida no era excesivo, si que había posibilidades de que
nos saliera al paso alguna alimaña. Por fortuna, las veces que vimos estos
animales fueron siempre en huida. Quizás les amedrentara el tamaño de los
caballos gigantes; pensamos que si era así, contábamos al menos con una ventaja
frente a la reconocible huella que íbamos dejando.
En
aquella zona no son muy largas las noches de verano. Marchábamos sin parar
hasta que empezaba a amanecer, y luego buscábamos algún claro para descansar.
De haber desensillado las caballerías, hubiéramos corrido un gran riesgo; para
levantar las pesadísimas sillas y cuévanos hubiéramos tenido necesidad de
utilizar una especie de polea colgada de una rama, lo que hubiera eliminado
cualquier probabilidad de una rápida escapada. Nos limitábamos, pues, a trabar
los caballos como anteriormente.
Mientras
comíamos hablé a Petra de las cosas que la había mostrado su amiga. Cuanto más
me contaba, más me excitaba yo. Todo era casi idéntico a lo que yo había visto
en mis sueños de pequeño. El conocimiento de que aquel sitio existía de verdad
representó como una súbita inspiración, ya que eso suponía que mis sueños no
habían sido simplemente sobre el Viejo Pueblo, sino que eran una realidad ahora
y estaban en alguna parte del mundo. Sin embargo, como Petra estaba cansada no
quise interrogaría con la intensidad que yo hubiera deseado, y dejé que ella y
Rosalind se acostaran.
Acababa
prácticamente de salir el sol, cuando Michael se puso en contacto de modo
agitado.
—Han
descubierto vuestro rastro, David. El perro de aquel hombre que mató Rosalind
ha encontrado su cuerpo, y van tras las huellas de los grandes caballos.
Nuestra cuadrilla se dirige ahora hacia el sudoeste para participar en la caza.
Mejor será que aligeréis. ¿Dónde estáis?
Todo
cuanto pude decirle fue que calculábamos estar a pocos kilómetros de Tierra
Agreste.
—Entonces
poneos en marcha—me aconsejó—. Cuanto más tardéis, más tiempo tendrán para
adelantar una partida que os corte el paso.
Me
pareció una advertencia saludable. Desperté a Rosalind y la expliqué la
situación. Diez minutos después estábamos de nuevo en camino, con Petra todavía
medio dormida. Cogimos más velocidad que cuando teníamos que ir ocultos,
echamos por la primera senda que encontramos hacia el sur y urgimos a los
caballos para que alcanzaran un pesado trote.
El
camino serpenteaba de acuerdo con las irregularidades del terreno, pero su
rumbo general era exacto. Después de continuar por él a lo largo de casi veinte
kilómetros sin tropezarnos con ningún obstáculo, al doblar una curva nos dimos
de cara con un jinete que se hallaba de nosotros a unos cincuenta metros.
13
Por
lo visto, el hombre no dudó un momento de nuestra identidad, porque en cuanto
nos vio soltó las riendas y echó mano del arco que llevaba colgado al hombro.
No obstante, nosotros efectuamos nuestros disparos mientras él colocaba aún una
saeta en la cuerda.
Sin
embargo, como no estábamos familiarizados con el movimiento del enorme animal,
nuestras flechas marraron mucho el blanco. El lo hizo mejor, pues su saeta,
aunque pasó por entre medias de nosotros, desolló antes la cabeza de nuestro
caballo. Yo volví a fallar de nuevo, pero el segundo disparo de Rosalind se
clavó en el pecho de la cabalgadura de nuestro enemigo. El animal levantó las
manos desequilibrando casi al hombre, dio media vuelta y se alejó de nosotros
como una centella. Yo le disparé otra flecha que se le clavó en el anca. Del
brinco que pegó, el jinete salió lanzado para ir a caer entre los arbustos, en
tanto que el caballo iniciaba una loca carrera por el camino que había venido.
Pasamos
junto al hombre caído sin mirarle. Por su parte, al ver acercarse los enormes
cascos de nuestras cabalgaduras se echó a un lado, consiguiendo no ser
pisoteado en la cabeza por unos centímetros de distancia. Cuando nos volvimos a
observarle se hallaba sentado y examinándose las magulladuras. Pero lo menos
satisfactorio del incidente era la existencia ahora de un caballo herido y sin
jinete que iría provocando la alarma delante de nosotros.
Unos
tres kilómetros más allá se acabó bruscamente el bosque, y nos encontramos
frente a un valle estrecho y cultivado. Hasta alcanzar el comienzo de nuevo de
los árboles en la otra parte habría unos dos kilómetros y medio de espacio
abierto. La mayoría del terreno estaba dedicado a pastos, y detrás de cercas y
talanqueras vimos ovejas y vacas. A nuestra izquierda teníamos uno de los pocos
campos sembrados que había. Las jóvenes plantas parecían ser de avena, pero
eran tan aberrantes que en nuestra casa hubieran sido quemadas mucho tiempo
atrás.
Su
visión nos alentó, por cuanto sólo podía significar que habíamos llegado casi a
Tierra Agreste, país en donde no era necesario mantener pura la estirpe.
El
camino nos condujo a una suave cuesta que bajaba hasta una granja, cuyo aspecto
era poco mejor que un apiñamiento de cabañas y barracas. En el claro que entre
éstas servia de patio vimos cuatro o cinco mujeres que, junto a un par de
hombres, rodeaban un caballo. Como lo estaban examinando, dudamos poco qué
caballo era. Evidentemente, el bruto acababa sólo de llegar porque estaban
discutiendo sobre él. Decidimos continuar nuestra marcha sin darles tiempo a
coger las armas y salir en nuestra persecución.
Tan
absortos estaban en la inspección del animal, que recorrimos la mitad de la
distancia desde los árboles sin que ninguno de ellos nos notara. En aquel
momento uno levantó la vista y los otros se volvieron también a mirarnos. Como
nunca antes habían visto un caballo gigante, la contemplación de dos
aproximándoseles a medio galope con ruidos semejantes a truenos les sobresaltó
momentáneamente. Pero fue el caballo examinado el que cortó la escena inmóvil y
silenciosa, porque se levantó sobre sus patas, pegó un par de relinchos y
apretó a correr con la misma celeridad anterior.
No
hubo necesidad de disparar. Todo el grupo desapareció tras los refugios de
diversas puertas, y nosotros pudimos atravesar su patio sin molestias.
Aunque
el camino torcía hacia la izquierda, Rosalind mantuvo en línea recta la marcha
del animal hasta alcanzar la siguiente extensión boscosa. Las talanqueras
saltaron a nuestro paso como ramitas, y después de nuestro pesado medio galope
a través de los campos dejamos atrás un rastro de cercas rotas.
Al
llegar a los primeros árboles volví la cabeza. La gente de la granja había
abandonado sus refugios y se encontraba mirándonos y gesticulando en nuestra
dirección.
Cinco
o seis kilómetros más adelante salimos de nuevo a campo abierto, pero éste no
se asemejaba en nada a las regiones que habíamos visto hasta entonces. Estaba
plagado de matojos, helechos y espinos. La mayor parte de la hierba era
ordinaria y de grandes hojas: en algunos sitios tenía aspecto monstruoso, pues
había desarrollado gigantescas bases de donde salían delgadísimos tallos de dos
metros y medio o tres de alto.
Serpenteamos
entre los arbustos manteniendo generalmente la dirección sudoeste a lo largo de
un par de horas más. Luego penetramos en un soto de árboles raros, pero de
parejo tamaño. Parecía ser un buen escondite, y en el interior encontramos
varios claros en donde crecía una hierba más común que consideramos como
apropiado forraje. Decidimos descansar y dormir un rato.
Después
de que yo trabara los caballos y Rosalind extendiera las mantas, nos pusimos a
comer hambrientos. Todo transcurrió tranquilo hasta que Petra, con una de sus
clásicas comunicaciones bruscas, me hizo morder la lengua.
Por
su lado, Rosalind apretó los párpados y se llevó una mano a las sienes al
protestar:
—¡Por
amor del cielo, niña!
—Lo
siento—se disculpó mi hermana—. Lo había olvidado.
Se
sentó con la cabeza inclinada durante un minuto. Luego nos hizo saber:
—Quiere
hablar con uno de vosotros. Dice que tratéis todos de oírla, porque piensa dar
al contacto el máximo volumen.
—De
acuerdo—convinimos—. Pero tú manténte al margen o nos dejarás ciegos.
Por
mi parte abrí al máximo mi sensibilidad y me concentré cuanto pude, pero no
capté nada... o, mejor dicho, casi nada, porque sí que noté una especie de
trémula lucecita.
Nos
relajamos de nuevo.
—No
resulta —comenté yo—. Tendrás que decirla que no podemos recibirla, Petra.
¡Atentos todos!
Después
de soportar como nos fue posible el intercambio de comunicaciones que continuó,
Petra redujo la fuerza de sus pensamientos para no deslumbrarnos y comenzó a
reproducir los conceptos que estaba recibiendo. Con el fin de que, aun sin
entenderlos, mi hermana pudiera copiarlos, la forma de tales conceptos debía de
ser muy sencilla; consecuentemente, a nosotros nos llegaron como balbuceos de
niño y con muchas repeticiones para asegurarnos de que los comprendíamos.
Resulta casi imposible expresar con palabras las dificultades implicadas en tal
interpretación, pero como lo que importaba era la impresión del conjunto, nos
cercioramos de que éste nos llegaba con claridad suficiente.
El
hincapié más sobresaliente se hacia en la importancia..., pero no de nosotros,
sino de Petra. Había que protegerla a toda costa. Contaba con un poder de
proyección inimaginable en una persona sin adiestramiento especial; ella era un
descubrimiento de la máxima importancia. Ya estaba en camino una unidad de
socorro, pero hasta que pudieran llegar a nosotros debíamos ganar tiempo y
seguridad..., seguridad para Petra, se entiende, no tanto para nosotros, y ello
por todos los medios.
Aunque
había mucho más que estaba menos claro, e incluso muy confuso, esa cuestión
principal era inequívoca.
—¿Lo
habéis cogido?—pregunté a los otros, cuando terminó la transmisión.
Me
dijeron que si. Michael añadió además:
—Esto
es muy confuso. No hay duda de que, en comparación con el nuestro, el poder de
proyección de Petra es notable; pero a mi me ha parecido entender que esa
extranjera se ha sorprendido muchísimo al encontrar tal poder "entre gente
primitiva". ¿Os habéis dado cuenta de eso? Me ha dado casi la impresión de
que se estaba refiriendo a nosotros.
—Y
así ha sido en efecto—confirmó Rosalind—. No tengo ni la más ligera duda de
ello.
—Debe
haber algún error —intervine—. Probablemente Petra le diera la impresión de que
somos gente de los Bordes. En cuanto a...
Fui
deslumbrado momentáneamente por la súbita e indignada negación de mi hermana.
Hice lo que pude para no tomarla en consideración y continué:
—En
cuanto a la ayuda, debe haber también un error. Esa extranjera se encuentra en
alguna parte del sudoeste, y todo el mundo sabe que en esa dirección no hay más
que kilómetros y kilómetros de Malas Tierras. Aun suponiendo que esté en el
limite más cercano, ¿cómo va a poder socorrernos?
Rosalind
no quiso discutir ese asunto. Simplemente sugirió:
—Esperemos.
Además, lo único que deseo yo ahora es dormir.
Como
yo tenía asimismo sueño y Petra había dormido casi todo el rato en el cuévano,
la dijimos que se
mantuviera
alerta y nos despertara en seguida si oía o veía algo sospechoso. Tanto
Rosalind como yo nos quedamos dormidos casi antes de acostarnos.
Al
despertarme Petra moviendo mi hombro, observé que el sol se estaba ya poniendo.
—Michael—me
indicó mi hermana.
Hice
un esfuerzo para aclarar mi mente y recibirle.
—Han
vuelto a descubrir vuestro rastro—me explicó—. Por lo visto en una pequeña
granja a orillas de Tierra Agreste. Pasasteis por allí, ¿recuerdas?
Lo
recordaba, en efecto. Por su lado agregó:
—Ahora
mismo hay una partida camino de ese lugar. Empezarán a seguir vuestras huellas
en cuanto haya un poco de luz. Mejor será que es pongáis rápidamente en marcha.
No sé lo que os aguarda, pero es muy posible que en este momento existan unas
cuadrillas avanzando desde el oeste para cortaros el paso. Si son ciertas mis
predicciones, apuesto a que se juntarán en grupos pequeños para pasar la noche.
No pueden arriesgarse a formar un cordón de centinelas solos teniendo a gente
de los Bordes por el territorio. Por tanto, con un poco de suerte creo que
podréis escurriros.
—De
acuerdo—convine fatigado.
Luego
me vino a la mente una pregunta que ya antes había estado a punto de hacer:
—¿Qué
sabéis de Sally y Katherine?
—Nada.
Yo no he recibido ningún contacto. Por otro lado, el alcance ahora es más bien
remoto. ¿Se ha enterado alguien de algo?
Rachel,
dificultada por la distancia, intervino:
—Katherine
estaba inconsciente. Desde entonces no hemos recibido nada comprensible. Mark y
yo nos tememos. . .
Resistiéndose
evidentemente a proseguir, la comunicación se desvaneció. Michael tuvo que
insistirla:
—Vamos,
termina...
—Bueno
Katherine está inconsciente desde hace tanto tiempo que nos hemos preguntado si
no... habrá muerto.
—¿Y
Sally?...
En
esta ocasión hubo todavía más resistencia.
—Pensamos...
En realidad, tememos que algo irreparable le haya ocurrido a su mente. No hemos
recibido más que una o dos comunicaciones muy confusas... muy débiles, sin
ninguna coherencia; por eso nos tememos que. . .
Volvimos
a notar que se desvanecía, esta vez evidenciando gran tristeza. Hubo una pausa
antes de que Michael enviara formas duras y ásperas:
—Ya
entiendes lo que eso significa, ¿verdad, David? Los tenemos espantados. Si nos
cogen, están dispuestos a destrozarnos con tal de saber más de nosotros. No
permitas que capturen a Rosalind o Petra...; es mucho mejor que las mates tú
mismo antes de consentir que eso suceda, ¿comprendes?
El
rojo de la puesta del sol resplandecía en el pelo de Rosalind, dormida a mi
lado, y pensé en la angustia que Katherine nos había hecho experimentar. La
posibilidad de que ella o Petra sufrieran del mismo modo me hacia estremecer.
—Si—le
respondí.
Y a
los otros les confirmé también:
—Si...
lo comprendo.
Durante
un rato sentí su simpatía y aliento; luego noté que se habían retirado.
Petra,
más desconcertada que alarmada, me estaba observando. Con palabras me preguntó
vehemente:
—¿Por
qué te ha dicho que debes matarnos a Rosalind y a mí?
Intenté
recuperarme antes de contestar:
—Eso
es sólo en el caso de que nos cojan.
Había
tratado de dar la impresión de que esa era la actuación sensata y habitual en
tales circunstancias. Después de considerar candorosamente mis palabras,
preguntó:
—¿Por
qué?
—Bueno
—empecé—. Mira, nosotros somos distintos porque ellos no pueden formar
conceptos pensados, y la gente vulgar teme a quien se distingue...
—¿Y
por qué tienen que temernos? —insistió—. Nosotros no les hacemos ningún daño.
—No
estoy seguro de saber la causa—repliqué—. Pero lo cierto es que nos tienen
miedo. Es una sensación, no un razonamiento. Y cuanto más estúpidos son, más
creen que todo el mundo debe ser semejante. Y al coger miedo se vuelven crueles
y desean perjudicar a los que son diferentes...
—¿Por
qué? —repitió Petra.
—Porque
si. Y si nos cogieran nos harían mucho daño.
—No
veo por qué—porfió mi hermana.
—Pues
de ese modo son las cosas. Es complicado y odioso, ya lo sé. Lo entenderás
mejor cuando hayan transcurrido unos años. Pero lo que ahora importa es que no
deseamos que tú y Rosalind sufráis ningún daño. ¿Te acuerdas de cuando te
echaste el jarro de agua hirviendo en el pie? Bueno, seria mucho peor que eso.
Es preferible la muerte... una especie de sueño tan profundo que ya no puedan
hacerte ningún mal.
Contemplé
el suave subir y bajar del seno de Rosalind mientras dormía; tenía sobre su
mejilla un pequeño mechón de pelo; se lo quité tiernamente y la besé sin
despertarla.
A
continuación oí decir a Petra:
—David,
cuando nos mates a Rosalind y a mí...
No
la dejé continuar. La rodeé con mis brazos y la expliqué:
—Cálmate,
guapa. No va a ocurrir nada porque no vamos a dejar que nos atrapen. Ahora
vamos a despertarla, pero no la cuentes nada de lo que hemos hablado. Podría
preocuparse y, por lo mismo, es preferible que constituya un secreto entre
nosotros, ¿vale?
—De
acuerdo—convino Petra.
Luego
tiró suavemente del pelo a Rosalind.
Decidimos
comer de nuevo para principiar la marcha cuando fuese un poco más de noche y
poder guiarnos por las estrellas. Petra se mantuvo insólitamente silenciosa
durante la comida. A lo primero pensé que estaría rumiando nuestra última
conversación; pero más tarde me di cuenta de mi error, ya que al cabo de un
rato salió de su estado contemplativo y dijo en tono jovial:
—Tierra
del Mar debe de ser un sitio muy divertido. Todo el mundo puede formar allí
imágenes pensadas... bueno, casi todo el mundo, y nadie desea por eso
perjudicar a los demás.
—¡Vaya!
—exclamó Rosalind—. Así que habéis estado charlando mientras comíamos, ¿eh?
Tengo que
decirte
que eso me satisface.
Petra
ignoró el comentario. Por su parte, añadió:
—Sin
embargo, no todos las forman muy bien, pues la mayoría de ellos las hacen como
tú y David. Pero ella es en ese sentido mucho mejor que casi todos los demás, y
tiene dos niños que, aunque son todavía pequeños, parece ser que serán también
muy buenos. Con todo, ella no cree que puedan llegar a mi altura. Dice que hago
las imágenes pensadas más poderosas que nadie.
Las
últimas palabras las había pronunciado con especial complacencia.
—Eso
no me sorprende en absoluto—indicó Rosalind—. Pero lo que debes apreciar es la
formación de buenas imágenes pensadas en vez de conceptos únicamente ruidosos.
—Dice
que mejoraré incluso si me aplico—contestó sin ningún rubor—, y que cuando
crezca tendré hijos que igualmente harán poderosas imágenes pensadas.
—¡Ah,
claro, claro que si!—observó Rosalind—. Sin embargo, la impresión que hasta
aquí tengo de las imágenes pensadas es de que traen sobre todo problemas.
—No
en Tierra del Mar—atajó Petra moviendo la cabeza—. Ella dice que allí todo el
mundo quiere formarlas, y que la gente que no es capaz de hacerlas bien se
esfuerza por mejorarlas.
Reflexionamos
sobre aquel asunto. Yo recordé las historias de tío Axel respecto a los lugares
de más allá de las Costas Negras en donde las aberraciones creían ser la
verdadera imagen, y todos los demás eran mutaciones.
—Ella
dice—amplificó Petra—que a la gente que sólo puede hablar con palabras le falta
algo. También observa que deberíamos sentir lástima por esas personas, ya que,
no obstante lo mayores que puedan ser, nunca podrán entenderse mutuamente como
es debido. Siempre serán pensadores únicos, nunca conjuntos.
—Sin
embargo —recalcó Rosalind—, en estos momentos yo no puedo sentir ninguna
lástima por esa
gente.
—Pero
como por lo visto esas personas llevan vidas estúpidas y obtusas en comparación
con las nuestras —empezó a sentenciar Petra—, ella insiste en que debemos
sentir lástima por ellas.
La
dejamos que se despachara a gusto. Era muy difícil encontrar el sentido a
muchas de las cosas que relataba, y posiblemente fuera porque ella no las había
captado bien; sin embargo, había algo que sobresalía con claridad, y es que
estos habitantes de Tierra del Mar, cualquiera que fuese su identidad y su
lugar de asentamiento, no se subestimaban en absoluto. Empezaba a resultar más
que probable la exactitud de la opinión expresada por Rosalind al haber
interpretado el término "primitiva" como aplicado a la gente común de
Labrador.
A la
diáfana luz de las estrellas principiamos a marchar de nuevo, serpenteando
todavía entre arbustos y
espinos
en dirección sudoeste. Alertados por el aviso de Michael, avanzábamos tan
silenciosamente como podíamos, prestos a captar cualquier indicio de obstáculo.
Durante varios kilómetros no oímos otra cosa sino el constante y amortiguado
ruido de los pesados cascos de las grandes caballerías, el ligero crujido de
las cinchas y los serones, y de vez en cuando débiles sonidos provocados por
los pequeños animales que huían a nuestro paso.
Al
cabo de las tres horas o más empezamos a percibir a lo lejos una línea de
oscuridad más tenebrosa, y pronto nos encontramos al borde de otro bosque que
se alzaba ante nosotros como una negra pared.
En
medio de aquella sombra era imposible notar su densidad. Nos pareció lo mejor
continuar en línea recta, y si luego no resultaba fácil la penetración,
volveríamos a la orilla hasta que descubriéramos un lugar adecuado por el que
entrar.
Así
lo hicimos, y cuando llevábamos recorridos unos cien metros alguien nos disparó
sin advertirnos desde atrás y la bala pasó silbando cerca de nosotros.
Ambos
caballos se asustaron y botaron. Yo estuve a punto de salir arrojado del
cuévano. Los espantados animales rompieron con sus brincos la cuerda que les
enlazaba. El otro caballo salió disparado hacia el interior del bosque, pero
luego se desvió instintivamente a la izquierda. El nuestro se lanzó tras él. No
se podía hacer otra cosa sino apretarse en el cuévano y agarrarse bien a él
mientras sufríamos una verdadera lluvia de tierra y piedras provocada por los
cascos del animal que abría camino.
A
nuestras espaldas volvimos a oír otro tiro, y la velocidad de los caballos
aumentó aún más...
Durante
un buen rato padecimos la violencia de un pesado y estremecedor galope. Luego
se produjo otro disparo hacia nuestra izquierda. Al oír el chasquido, nuestro
caballo brincó a un lado, torció a la derecha y se precipitó camino del bosque.
Nos agachamos todavía más en los serones cuando sentimos que nos golpeábamos
contra los árboles.
Por
verdadera suerte penetramos a través de un espacio en el que los grandes
troncos tenía suficiente separación pero aparte de eso, la carrera estaba
siendo de pesadilla, con ramas que aporreaban o arañaban los cuévanos. El
enorme caballo iba sencillamente lanzado; evitaba, si, los árboles mayores,
pero se arrojaba por entre los restantes, abriéndose paso a base de fuerza y
dejando detrás un rastro de ramas y arbolillos rotos.
Aunque
el bruto redujo como era de esperar su velocidad, apenas notamos sin embargo la
mengua de su determinación de huir de los disparos. Para evitar quedar hecho
cachitos en el serón, formé un ovillo con todo el cuerpo, y por supuesto no me
atreví a sacar la cabeza para echar un rápido vistazo, no fuera a ser que una
rama me la rompiera.
No
podía decir si nos perseguían, si bien se me antojaba improbable. Porque no
sólo había más oscuridad bajo los árboles, sino que cualquier caballo de tamaño
corriente hubiera quedado destripado en el intento de cruzar los tallos
quebrados que íbamos dejando como estacas a nuestro paso.
El
animal empezó por fin a apaciguarse; disminuyó la violencia de la andadura y
pronto noté que ya iba eligiendo el camino en vez de forzarlo. Vimos también
que a nuestra izquierda los árboles se aclaraban. Rosalind se agachó desde el
cuévano, cogió de nuevo las riendas y dirigió al animal hacia aquella parte. En
seguida llegamos a un estrecho espacio abierto desde el que pudimos contemplar
de nuevo las estrellas. No obstante, era imposible afirmar si se trataba de una
senda artificial o de un claro natural. Nos detuvimos un momento para
considerar sus riesgos, decidimos que la marcha más fácil compensaría la
desventaja de simplificar a nuestros enemigos la persecución, y tomamos aquel
camino hacia el sur. El chasquido de unas ramas al romperse hizo que nos
volviéramos a un lado con los arcos dispuestos, pero se trataba únicamente del
otro gran caballo. Salió de entre las sombras dando un relincho de placer, y se
colocó a nuestra zaga como si fuese unido todavía por la cuerda.
El
suelo era ahora más accidentado. El camino tenía muchas curvas, obligándonos a
rodear grandes salientes rocosos y a bajar por torrenteras para cruzar pequeños
arroyos. Encontrábamos a veces amplios espacios abiertos, y en otras ocasiones
los árboles se cerraban sobre nuestras cabezas. Nuestro avance era
inevitablemente lento.
Consideramos
que debíamos estar ya en los Bordes, si bien nos resultaba imposible saber si
nuestros perseguidores se arriesgarían a penetrar en este territorio. Cuando
intentamos consultarlo con Michael no obtuvimos respuesta, por lo que creíamos
que estaría durmiendo. Además nos desconcertaba el hecho de ignorar si había
llegado el momento de desembarazarnos de los grandes caballos, dejándoles
seguir solos por la senda mientras que nosotros nos íbamos andando por otra
dirección. Era difícil tomar una decisión así sin contar con más conocimientos.
Porque hubiera sido estúpido desembarazarnos de las enormes criaturas sin estar
seguros de que nuestros perseguidores iban a arriesgarse a penetrar en los
Bordes en busca nuestra, si al final determinaban correr el peligro, era
indudable que nos alcanzarían en seguida al poder conseguir a la luz del día
una velocidad mayor que la que llevábamos nosotros ahora. Por otro lado,
estábamos cansados, y la perspectiva de continuar el viaje a pie no nos atraía
nada. Volvimos a intentar establecer contacto con Michael, pero sin éxito. Un
instante después alguien decidía por nosotros.
Nos
encontrábamos dentro de uno de los espacios en donde los árboles se cerraban
sobre nuestras cabezas y formaban un oscuro paso que obligó a nuestros caballos
a marchar lenta y cuidadosamente. De pronto algo cayó sobre mi haciéndome
perder la conciencia. No había sido advertido, y tampoco había tenido
oportunidad de utilizar el arco. Primero noté como un peso que me cortaba la
respiración, luego una especie de explosión chispeante en mi cabeza, y después
nada.
14
Volví
en mí lentamente, saliendo de lo que parecía ser un largo sopor sólo advertido
a medias
Me
estaba llamando Rosalind; la Rosalind real, la íntima, la que se manifestaba
muy pocas veces. La otra la práctica, la capaz, era creación de su propio
convencimiento, no ella misma. Yo la había visto formarse desde el principio,
cuando todavía era niña sensible, temerosa, pero decidida. Quizás antes que
ninguno, y por instinto, ella se había dado cuenta de que se hallaba en un
mundo hostil, y por lo mismo se aprestó deliberadamente a hacerle frente. Pieza
a pieza, la armadura había ido incorporándose despacio a su persona. Yo la
había visto descubrir sus armas y adiestrarse en ellas, la había observado
durante la labranza de un carácter tan entero y tan constante que a veces casi
se engañaba a si misma.
Yo
amaba a la chica que se veía. Amaba su figura alta y esbelta, el equilibrio de
su cuello, sus pequeños y puntiagudos senos, sus largas y delgadas piernas; y
el modo en que se movía, y la seguridad de sus manos, y sus labios cuando
sonreía. Amaba su cabello de tonos bronceados y dorados que en las manos
parecía ser pesada seda, sus hombros de piel suave, sus mejillas de terciopelo;
y la calidez de su cuerpo, y el perfume de su aliento.
Todo
esto era fácil de amar... demasiado fácil: todo el mundo tenía que amarlo.
Por
eso había desarrollado unas defensas, como, por ejemplo, la cubierta de la
independencia y la indiferencia, una apariencia práctica, una seguridad en las
decisiones, un interés inadvertido, unos modales cautelosos. Las cualidades no
trataban de encantar, y había ocasiones en las que herían; pero aquel que
conocía su génesis y su desarrollo podía admirarlas, aunque sólo fuese por
constituir un triunfo del arte sobre la naturaleza.
Sin
embargo ahora era la Rosalind intima la que me llamaba suave y lastimeramente,
sin armaduras, con el corazón en la mano.
Y de
nuevo no existen palabras.
Hay
palabras que, utilizadas por un poeta, describen un cuadro monocromo y oscuro
del amor corporal, pero nada más.
Mi
amor se escapaba hacia ella, y el suyo corría hacia mi. El mío la mimaba y
calmaba. El suyo era acariciador. La distancia—y la diferencia—que existía
entre nosotros se amenguaba y desaparecía. Podíamos encontrarnos, mezclarnos y
confundirnos. Ninguno de nosotros existía ya durante un tiempo había un solo
ser que era los dos. Nos fugábamos de la célula solitaria; se producía una
breve simbiosis, con participación de todo el mundo...
Nadie
más conocía a la oculta Rosalind. Ni siquiera Michael o los otros podían captar
otra cosa aparte de reflejos de ella. Ninguno de ellos sabia lo que había
costado forjar la Rosalind exterior. Ninguno conocía a mi amada, mi tierna
Rosalind, anhelosa de huida, de dulzura, de amor; ahora con miedo de lo que
había edificado para protegerse; pero con más temor aún de afrontar la vida sin
esa protección.
La
duración no es nada. Quizás fuera sólo un instante lo que volvimos a estar
juntos. La importancia de un punto radica en su existencia, ya que no tiene
dimensiones.
Nos
encontrábamos separados, y yo me estaba dando cuenta de las cosas mundanas: un
cielo gris oscuro, una considerable molestia y, de pronto, Michael
preguntándome ansiosamente qué me había pasado. Luego de esforzarme, conseguí
hacer acopio de mis ideas.
—No
lo sé—le respondí—, algo me golpeó. Pero creo que me encuentro bien ahora...,
si acaso con un poco de dolor de cabeza y bastante molesto.
Fue
al contestar cuando noté que aún seguía en el cuévano, como encogido, y que el
serón continuaba moviéndose.
A
Michael no le satisfizo demasiado la explicación. Por eso apeló a Rosalind.
—Saltaron
sobre nosotros desde los árboles —contestó ella—. Cuatro o cinco de ellos. Uno
cayó justamente encima de David.
—¿Ellos?
—subrayó Michael.
—Si,
gente de los Bordes.
Sentí
un gran alivio. Se me había ocurrido pensar en que quizás fueran otros los
atacantes. Estaba a punto de preguntar acerca de lo que estaba sucediendo en
aquel momento, cuando Michael quiso saber:
—¿Fue
a vosotros a quienes dispararon anoche?
Admití
que alguien había hecho fuego sobre nosotros, pero también podría tratarse de
alguna otra escaramuza.
—No
—replicó Michael disgustado—. Sólo hubo una alarma. Yo confiaba en que se
hubieran equivocado y fueran tras una pista falsa. Ahora nos han convocado a
todos. Consideran que es demasiado arriesgado penetrar más en los Bordes en
grupos pequeños. Se supone que dentro de cuatro horas más o menos se habrá
juntado toda la gente y podremos reanudar la persecución. Piensan reunir
alrededor de cien personas. Han decidido que si nos encontramos con tropas de
los Bordes y les damos una buena zurra, después de todo tendremos más tarde
menos problemas. Mejor será pues que os desembaracéis de esos grandes
caballos... si no, nunca podréis ocultar vuestras huellas.
—Es
un poco tarde ya para eso —comentó Rosalind—. Yo voy con las muñecas atadas en
un cuévano del primer caballo, y David va en un serón del segundo.
—¿Dónde
está Petra?—preguntó Michael ansioso.
—¡Ah,
ella está bien! —observó Rosalind—. Se encuentra en el otro cuévano de este
caballo, fraternizando con el jefe de la partida.
—¿Qué
pasó exactamente?—pidió Michael.
—Bueno,
después de que cayeran sobre nosotros, surgieron muchos más de entre los
árboles y sujetaron los caballos. Nos hicieron bajar al suelo y sacaron a David
del serón. Luego discutieron entre ellos y decidieron volvernos a cargar de
nuevo en los cuévanos para que continuáramos la marcha... en la misma dirección
que seguíamos. No obstante, viene un hombre de ellos en cada uno de los
caballos.
—¿Así
que estáis penetrando más en los Bordes?
—Sí.
—Bien,
al menos esa es la mejor dirección —comentó Michael—. ¿Qué actitud muestran?
¿Amenazadora?
—¡Oh,
no! Lo único que quieren es que no huyamos. Por lo visto tenían alguna idea de
quiénes éramos, pero no estaban muy seguros sobre qué hacer con nosotros. Lo
discutieron un poco, pero creo que lo que realmente les interesaba eran los
caballos grandes. El hombre que va con nosotras parece ser inofensivo. Está
hablando a Petra con una solicitud... No estoy segura de que no sea un poco
simplón.
—¿Sabéis
ya lo que piensan hacer con vosotros?
—Se
lo he preguntado, pero creo que lo ignora. A él le han dicho únicamente que nos
lleve a alguna parte.
—Bueno...—empezó
Michael indeciso—. Bueno, supongo que sólo nos queda esperar y ver... Sin
embargo, no creo que os perjudique si les hacéis saber que nosotros vamos en
busca vuestra.
Lo
dejamos así por el momento.
Me
retorcí y esforcé hasta que, con bastante dificultad, logré ponerme de pie en
el balanceante cuévano. El hombre que iba en el otro serón se volvió hacia mí
amigablemente.
—¡So!—gritó
al caballo, al tiempo que tiraba de las riendas.
Descolgó
de su hombro una botella revestida de cuero y me la alargó por encima del lomo
del gran animal. La destapé, bebí agradecido y se la devolví. Continuamos la
marcha.
Ahora
podía echar una ojeada a mi alrededor. Nos encontrábamos en un terreno
accidentado, en medio de un bosque, aunque no muy espeso, y mi primera
impresión fue la de que mi padre tenía razón cuando decía que en este país se
hacia burla de la normalidad. Apenas pude identificar con certeza un solo
árbol. Vi troncos familiares que servían de base a formas defectuosas, ramas
conocidas que surgían de cortezas impropias y que producían hojas distintas a
las que les correspondían. Durante un buen trecho vi a nuestra izquierda una
fantástica valla de madera formada con enormes troncos zarzosos cuyas espinas
eran como palas. En otra parte del terreno que parecía ser el lecho seco de un
río había muchos y grandes guijarros..., sólo que los guijarros resultaron ser
hongos curvados que crecían tan juntos como podían. Observé unos árboles de
tronco tan flojo, que en vez de mantenerse erectos se caían y se desarrollaban
a lo largo del suelo. Aquí y allá había parcelas con árboles de miniatura,
encogidos y nudosos, y que parecían tener siglos.
Miré
de reojo al hombre que iba en el otro cuévano. No parecía haber nada de anormal
en él, con excepción de que su aspecto era sucísimo, iba vestido andrajosamente
y cubierto con un sombrero ajado. Se dio cuenta de que le estaba observando.
—¿No
habías estado nunca en los Bordes, muchacho? —me preguntó.
—No—repliqué—.
¿Es todo como esto?
Sonrió
y meneó la cabeza al contestar:
—Ninguna
comarca es como las demás. Por eso los Bordes son los Bordes; aquí casi nada
crece de acuerdo con su especie, todavía.
—¿Todavía...?
—repetí.
—Exacto.
Pero se normalizará a su tiempo. Hubo un periodo en que Tierra Agreste era los
Bordes; sin
embargo,
ahora es menos variable. De la misma forma, la región de donde tú procedes fue
en una época Tierra Agreste, si bien en la actualidad está mucho más
normalizada. Aunque reconozco que para Dios debe ser un pequeño entretenimiento
de paciencia, al final ejercerá su control sobre todo el territorio.
—¿Dios?—me
extrañé—. Siempre me enseñaron que es el diablo quien gobierna en los Bordes.
Volvió
a mover la cabeza mientras explicaba:
—Eso
es lo que os dicen allí. Pero no es verdad, muchacho. Es en vuestra región
donde se asienta el mal y cuida de sus dominios. No es más que arrogancia. Eso
de la verdadera imagen, y el resto... Quieren ser como el Viejo Pueblo. La
tribulación no les ha enseñado nada. . .
Hizo
una pausa para observar la impresión que estaban haciendo en mí sus palabras.
Luego continuó:
—El
Viejo Pueblo se creía también superior. Tenían ideas, aseguraban. Sabían
exactamente cómo gobernar el mundo. Todo lo que debían hacer era acomodarlo y
mantenerlo en esa orientación. De ese modo todos hubieran vivido
estupendamente, ya que sus ideas eran mucho más civilizadas que las de Dios.
Meneó
de nuevo la cabeza antes de agregar:
—Pero
no resultó, muchacho. Porque no podía resultar. Ellos no eran ni mucho menos la
última palabra de Dios, como pensaban. Dios no tiene ninguna palabra última. Si
la tuviera estaría muerto. Pero no está muerto; y él cambia y se desarrolla,
igual que todo lo que está vivo. Consecuentemente, cuando ellos se esforzaban
por ajustarlo y disponerlo todo de acuerdo con los términos eternos que habían
fijado de antemano, Dios les mandó la tribulación para quebrantarlos y
recordarles que la vida es cambio. Como vio que el juego no marchaba según las
reglas, barajó las cartas al objeto de ver si les evitaba un mayor quebranto la
próxima vez.
Volvió
a hacer una pausa para reflexionar un instante. Después continuó:
—Quizás
no las barajara bastante. Al parecer se han producido las mismas consecuencias
en diversos sitios a la vez. Por ejemplo, en la región de donde tú vienes. Ahí
los tienes, con idénticas pretensiones, creyéndose aún que son la última
palabra, tratando todavía de seguir siendo lo que son y protagonizando la misma
serie de casos que dio origen a la pasada tribulación. Un día de estos Dios se
va a hartar de que no puedan aprenderse la lección y va a enseñarles uno o dos
trucos más.
—¡Vaya!—exclamé
vagamente, aunque sin temor.
Me
asombraba descubrir cuánta gente parecía poseer información positiva, si bien
conflictiva, acerca de las opiniones de Dios.
Por
lo visto el hombre no estaba todavía satisfecho con los razonamientos que me
había largado, porque continuó dándome explicaciones del mismo estilo. De
pronto, al señalar con su mano hacia el aberrante paisaje, noté su propia
irregularidad: en la mano derecha le faltaban los tres primeros dedos.
—Algún
día—anunció—, todo esto quedará normalizado. Será todo nuevo, y nuevas clases
de plantas significan nuevas criaturas. La tribulación fue la sacudida que
necesitábamos para empezar otra vez.
—Pero—intervine—allá
donde pueden conseguir la verdadera estirpe, destruyen las aberraciones.
—Cierto
es que lo intentan —convino—. Y creen que lo logran. Están obsesionados con
mantener los principios del Viejo Pueblo, ¿pero de verdad lo consiguen? ¿Pueden
acaso lograrlo? ¿Cómo saben que sus cosechas, sus frutas y sus verduras son
exactamente las mismas? ¿Es que no hay controversias? ¿Y no sucede casi siempre
que al final se acepta la especie de mayores beneficios? ¿No se cruzan las
razas para conseguir más robustez, o más producción de leche o más carne? Claro
que pueden hacer desaparecer las aberraciones evidentes ¿pero estás seguro de
que el Viejo Pueblo reconocería alguna de las actuales especies? Yo no tengo
esa certeza, desde luego. Es un proceso imparable. Se puede ser obstructor y
destructor, e inclusive retardar y tergiversar tal proceso con fines egoístas;
sin embargo, de alguna manera continúan su desarrollo. Fíjate, por ejemplo, en
estos caballos.
—Tienen
la aprobación del gobierno—comenté.
—Sin
duda—observó—. A eso me refiero precisamente.
—Pero
si de todos modos va a seguir el proceso —objeté—, no veo la razón de que haya
tribulación.
—El
proceso continúa su curso imparable en todo menos en el hombre, y ello debido a
que gente como el Viejo Pueblo y tus paisanos hacen lo que pueden para
impedirlo. Están contra cualquier cambio, le cierran el paso e inmovilizan la
especie porque tienen la arrogancia de considerarse perfectos. Según su punto
de vista, ellos, y sólo ellos, están de acuerdo con la verdadera imagen; bien,
de ahi se infiere que si la imagen es verdadera, ellos deben ser Dios, y al ser
Dios, se consideran autorizados para decretar: "hasta aquí, y no más
lejos". Ese es su gran pecado: tratan de quitar la vida a la Vida.
En
contraste con el resto de la conversación, en las últimas oraciones creí
descubrir un tono que me hizo sospechar un nuevo encuentro de algún tipo de
credo. Por consiguiente, decidí llevar a mi interlocutor a un terreno más
práctico preguntándole por la causa de habernos apresado.
Aunque
no parecía estar muy seguro de ello, me aseguró que siempre se hacia prisionero
a todo extranjero que entrara en el territorio de los Bordes.
Después
de meditar un rato sobre la situación, me puse nuevamente en contacto con
Michael.
—¿Qué
nos sugieres que les digamos?—le pedí—. Supongo que nos examinarán. Cuando
comprueben que somos físicamente normales, tendremos que darles alguna razón
para nuestra huida.
—Será
mejor que les digáis la verdad, aunque un poco minimizada. Haced como Katherine
y Sally, que le dieron poca importancia. Limitaos a informarles brevemente de
ello.
—De
acuerdo—convine—. ¿Lo has entendido, Petra? Diles que puedes enviarnos imágenes
pensadas solamente a Rosalind y a mi. No les menciones ni a Michael ni a la
gente de Tierra del Mar.
—La
gente de Tierra del Mar viene a socorrernos —replicó confiada mi hermana—. Ya
no están tan lejos como antes.
Michael
recibió esta información con escepticismo. Lo notamos más cuando subrayó:
—Si
pueden... No obstante, cállatelo.
—Está
bien—asintió Petra.
Discutimos
en seguida la conveniencia de mencionar a nuestros dos guardianes la proyectada
persecución; llegamos a la conclusión de que eso no nos perjudicaría.
El
hombre que iba en el otro cuévano no mostró ninguna sorpresa por la noticia. Se
limitó a decir:
—Bueno.
Eso nos facilita las cosas.
Pero
no explicó nada más mientras continuábamos nuestra monótona marcha.
Petra
se puso a conversar de nuevo con su distante amiga, aunque ahora notamos que la
separación era menor. Petra no tuvo necesidad de utilizar la molesta fuerza
anterior, y por primera vez, afanándome desde luego, logré captar retazos de la
otra parte. Rosalind los recibió también. Estimulada, proyectó todo el poder de
que era capaz en una pregunta a la desconocida. Esta nos respondió con toda
claridad, complacida por haber podido establecer contacto y ansiosa por saber
más de lo que Petra había conseguido decirle.
Rosalind
la expuso como pudo nuestra situación y que no parecíamos estar en inmediato
peligro. La amiga de Petra repuso:
—Llevad
cuidado. Convenid con lo que os digan y tratad de ganar tiempo. Haced hincapié
en el peligro que corréis si caéis en manos de vuestra gente. Es difícil
aconsejaros sin conocer la tribu. Algunas tribus aberrantes detestan la
apariencia de normalidad. No creo que os perjudique exagerar la diferencia que
existe entre vuestro interior y el de vuestro pueblo. Lo importante aquí es la
niña. Salvadla a toda costa. Nunca habíamos conocido un poder de proyección
semejante en una persona joven. ¿Cómo se llama?
Rosalind
deletreó el nombre antes de preguntar:
—¿Pero
quiénes son ustedes? ¿Qué es esa Tierra del Mar?
—Somos
el Nuevo Pueblo —contestó la desconocida—, de la misma especie que vosotros.
Somos el pueblo que puede pensar conjuntamente. Somos el pueblo que va a
edificar un nuevo mundo..., distinto del mundo del Viejo Pueblo y del de los
salvajes.
Insinuándose
otra vez en mi la sensación de que volvía a encontrarme en camino conocido, me
atreví a manifestar:
—¿Quizás
el tipo de pueblo que Dios desea?
—Yo
no sé nada de eso. ¿Y quién lo sabe? Pero lo que sí entendemos es que contamos
con la posibilidad de levantar un mundo mejor que el del Viejo Pueblo. Estos
fueron sólo ingenios medio humanos, poco mejores que los salvajes; toda la vida
aislándose mutuamente, con sólo torpes palabras como vinculación. Por otro
lado, eran asimismo frecuentes los aislamientos adicionales debidos a los
distintos idiomas y las diferentes creencias. Algunos podían pensar
individualmente, pero no pasaban de ahí. A veces compartían las emociones, pero
eran incapaces de pensar colectivamente. Cuando sus circunstancias eran
primitivas no tenían grandes problemas, como les ocurre a los animales; sin
embargo, a medida que fueron complicando su mundo, menos capacitados estaban
para resolver las dificultades. No era posible conseguir una unanimidad; aunque
aprendieron a cooperar constructivamente en pequeñas secciones, cuando se
trataba de grandes conjuntos no sabían sino destruir. Sus aspiraciones eran
insaciables, pero luego se negaron a afrontar las responsabilidades de lo que
habían creado. Dieron origen a vastos problemas para después enterrar sus
cabezas en la arena de la fe ociosa. No había comunicación verdadera, ni
entendimiento entre ellos. Como mucho, fueron animales casi sublimes, pero no
más.
La
larga exposición la recibimos sin ningún impedimento. Animada, la desconocida
continuó:
—Así
nunca podían triunfar. Si no les hubiera venido la tribulación se hubieran
destruido igualmente, porque se hubieran reproducido con la misma incuria de
los animales hasta quedar reducidos a la pobreza y la miseria, y por último a
la inanición y la barbarie. De una manera u otra estaban condenados, ya que
eran una especie inadecuada.
Se
me ocurrió pensar de nuevo que estos habitantes de Tierra del Mar no se tenían
en poca estima. Para una persona criada como yo resultaba difícil la aceptación
de aquella irreverencia hacia el Viejo Pueblo. En tanto me hallaba rumiando tal
opinión, sentí que Rosalind preguntaba:
—¿Pero
y ustedes? ¿De dónde proceden ustedes?
—Nuestros
antecesores tuvieron la suerte de vivir en una isla... o mejor, en dos islas
algo apartadas. Ni siquiera allí escaparon a la tribulación y sus efectos, si
bien fue menos violenta que en la mayoría de los demás sitios, pero se vieron
separados del resto del mundo y hundidos casi en la barbarie. Entonces empezó,
no se sabe cómo, la especie de personas que puede pensar conjuntamente. A su
tiempo, aquellos que eran capaces de hacerlo mejor, descubrieron a otros de
habilidad muy limitada, y les enseñaron a desarrollarla. Como para las personas
que podían compartir pensamientos era natural la tendencia a casarse entre si,
la especie se robusteció.
Al
no hacer nosotros ningún comentario, nuestra nueva amiga prosiguió:
—Posteriormente,
empezaron a tener conocimiento de la existencia de otros creadores de conceptos
pensados en diversos sitios. Entonces fue cuando principiaron a comprender lo
afortunados que habían sido, porque se enteraron de que incluso en lugares en donde
no se tienen en cuenta las aberraciones físicas, se persigue sin embargo
habitualmente a los individuos de pensamiento conjunto.
Volvió
a hacer otra pausa, como para reunir ideas.
Pero
casi inmediatamente añadió:
—Durante
un largo período de tiempo nada se pudo realizar para socorrer a la misma clase
de personas establecidas en otras partes; no obstante, algunos trataron de
arribar a Zealand en canoas y hasta hubo ocasiones en que lo lograron, pero más
tarde, cuando contamos nuevamente con máquinas, pudimos salvar a bastantes
trayéndolos a nuestra tierra. Eso es lo que hacemos ahora cuando establecemos
algún contacto... Sin embargo, nunca habíamos conseguido comunicarnos con nadie
a una distancia como ésta. Para mi inclusive supone un gran esfuerzo ponerme en
contacto con vosotros Más adelante será más fácil, pero ahora no tengo otro
remedio sino parar. Cuidad de la niña. Es única e importantísima. Protegedla a
cualquier costo.
A
continuación desaparecieron los conceptos pensados y volvimos a perder el
contacto. Entonces intervino Petra. Aunque hubiera dejado de comprender todo lo
demás, había captado perfectamente la última parte
—Esa
soy yo—proclamó con una satisfacción y fuerza del todo innecesarias.
Primeros
nos sentimos vacilar; luego nos fuimos recuperando poco a poco.
—¡Repórtate,
odiosa y vanidosa criatura!—exclamó Rosalind dominadora—. Michael, ¿lo has
recibido?
—En
efecto—replicó el aludido con tono reservado—. Además me ha parecido
paternalista. Daba la impresión de que estaba hablando a niños. También se
notaba lejos, muy lejos aún. No sé cómo van a poder lograr la rapidez que
precisan para auxiliaros. Nosotros vamos a empezar en seguida vuestra
persecución.
Los
grandes caballos proseguían su pesada andadura. El paisaje continuaba siendo
desconcertante y alarmador para una persona educada en el respeto a la
propiedad de las formas. Ciertamente, pocas cosas eran tan fantásticas como los
productos del sur de que había hablado tío Axel; por otro lado, prácticamente
nada era familiar o siquiera ortodoxo. Había tanta confusión, que ya no parecía
importar en absoluto si un árbol era una aberración o sólo un injerto, pero
supuso un alivio salir de los árboles a campo abierto durante un rato...,
aunque los arbustos que ahora veíamos no eran ni homogéneos ni identificables,
y la hierba daba asimismo la impresión de ser algo rara.
No
hicimos más que una parada para comer y beber, y al cabo de la media hora ya
estábamos otra vez en camino. Aproximadamente dos horas más tarde, y después de
cruzar varios terrenos boscosos, llegamos a un río de mediano caudal. En
nuestra orilla el terreno descendía escarpadamente hasta el agua; en la otra
parte se veía una línea de peñascos rojizos de poca altura.
Bordeando
la corriente, seguimos su curso descendente. Alrededor de medio kilómetro más
abajo, en un lugar marcado por un aberrantísimo árbol semejante a un enorme y
leñoso peral cuyas ramas crecían en un único penacho situado en su copa, una
rambla que partía de la cima del terreno donde estábamos permitió a los
caballos descender hasta el borde. Vadeamos oblicuamente el río, buscando una
quiebra por la que atravesar los peñascos de la otra parte. Cuando la
encontramos, resultó ser tan estrecha que en algunos trechos los cuévanos
rozaban ambas paredes y consecuentemente apenas podíamos avanzar. Tuvimos que
recorrer así unos cien metros antes de que se ensanchara el camino y
empezáramos a subir por terreno normal.
En
la cima de la loma se encontraban siete u ocho hombres con los arcos
dispuestos. Al ver los grandes caballos boquearon incrédulamente y estuvieron a
punto de apretar a correr. Paramos al llegar a su altura.
El
hombre que iba en el otro serón me hizo una seña con la cabeza al tiempo que
decía:
—Baja,
muchacho.
Petra
y Rosalind ya estaban descendiendo del caballo que iba delante. Cuando llegué
al suelo, el guía le pegó un mamporro y ambos animales echaron a andar
pesadamente. Petra, nerviosa, me apretó la mano; sin embargo, de momento los
andrajosos y desgreñados arqueros estaban más interesados en los caballos que
en nosotros.
En
aquel grupo no había nada que pudiera provocar una inmediata alarma. Una de la
manos que sostenía un arco tenía seis dedos; otro de los hombres exhibía una
cabeza semejante a un bruñido huevo de color castaño, sin un solo pelo en ella
o en el rostro. Otro contaba con unos pies y manos exageradamente grandes. Los
defectos de los demás, empero, supuse que estarían ocultos por sus harapos.
Rosalind
y yo compartimos una sensación de alivio al no descubrir las desproporciones
que medio habíamos esperado. También Petra se animó al darse cuenta de que
ninguno de aquellos hombres se ajustaba a la descripción tradicional de Jack el
peludo. Al poco rato, después de observar cómo los caballos se perdían de vista
en un camino que desaparecía entre los árboles, volvieron a fijar su atención
en nosotros. Mientras el resto se quedaba donde estaban, un par de ellos nos
dijeron que les acompañáramos.
A lo
largo de unos cuantos centenares de metros, bajamos por una senda muy utilizada
que después de atravesar un bosque llegaba a un espacio abierto. A la derecha
se elevaban una serie de peñascos rojizos de no más de doce metros de altura.
Parecían ser la parte posterior de la sierra que encauzaba el río, y en la
totalidad del frente había numerosos agujeros de los que colgaban escalas
construidas de toscas ramas.
Abajo,
en el suelo, había una gran cantidad de bastas chozas y tiendas. Entre ellas se
veían un par de fogatas echando humo. Unos cuantos hombres andrajosos y
bastantes mujeres de aspecto desaliñado se movían por el campamento sin gran
actividad.
Pasamos
por entre chabolas y montones de basura hasta llegar a la mayor de las tiendas.
Sujeta a un marco de postes atados con cuerdas, parecía ser una vieja cubierta
de almiar, seguramente el botín de alguna incursión. Una figura sentada en un
taburete que había a la entrada levantó la vista al aproximarnos. La visión de
su rostro me sobresaltó durante un momento..., era tan semejante a la de mi
padre. Entonces le reconocí, el mismo "hombre araña" que siete u ocho
años atrás habían llevado cautivo a Waknuk.
Los
dos hombres que nos traían nos empujaron para que nos acercáramos a él. Nos
examinó a los tres con la mirada. Sus ojos recorrieron la esbelta figura de
Rosalind en una forma que no me agradó... y a ella tampoco. Luego me estudió a
mi cuidadosamente y movió la cabeza como satisfecho por algo.
—¿Me
recuerdas?—me preguntó.
—Si—respondí.
Apartó
su vista de mi cara, la paseó por el apiñamiento de chozas y barracas, y la
volvió de nuevo hacia mi.
—No
es como Waknuk, ¿verdad?—comentó.
—No—convine.
Hizo
una larga pausa, de contemplación. Después quiso saber:
—¿Sabes
quién soy?
—Creo
que sí. Creo que lo he descubierto.
Levantó
sorprendido una ceja. Por mi parte, añadí:
—Mi
padre tuvo un hermano mayor. Se pensó que era normal hasta que tuvo tres o
cuatro años de edad. Entonces se le revocó el certificado y se le expulsó.
Asintió
lentamente con la cabeza.
—Pero
no es del todo exacto—observó—. Su madre le quería. Su ama de cría le tenía
también un gran cariño. Por eso, cuando fueron a por él, ya había
desaparecido..., aunque naturalmente ocultaron ese detalle. En realidad
ocultaron todo el caso, con la pretensión de que nunca había sucedido.
Volvió
a guardar silencio mientras meditaba. Luego agregó:
—El
hijo mayor. El heredero. Waknuk debería ser mío. Y así hubiera sido... si no
fuese por esto.
Extendió
su largo brazo y lo contempló por un instante. Después lo dejó caer y me miró
de nuevo.
—¿Sabes
la longitud que debe tener el brazo de un hombre?—me preguntó.
—No—admití.
—Y
yo tampoco. Pero por lo visto alguien de Rigo sí lo sabe, algún experto en la
verdadera imagen. Por eso me quedé sin Waknuk... y me veo obligado a vivir como
un salvaje entre salvajes. ¿Eres el hijo mayor?
—Soy
el único hijo varón—contesté—. Hubo otro más joven, pero...
—No
obtuvo el certificado, ¿eh?
Asenté
con la cabeza.
—¡Pero
tú has perdido también Waknuk!
Ese
aspecto de la situación no me había preocupado nunca. Creo que nunca anhelé
realmente la herencia de Waknuk. Como siempre había vivido con inseguridad....
con expectación, casi con la certeza de que algún día me descubrieran. Había
experimentado demasiado aquella expectación como para sentir el resentimiento
que le amargaba a él. Ahora que ya estaba resuelto aquel asunto, me notaba
contento de haberme puesto a salvo, y así se lo dije. Parece ser que no le
gustó. Me miró pensativamente mientras declaraba:
—¿No
tienes valor para luchar por lo que te corresponde como derecho?
—Si
le pertenece a usted por derecho—indiqué—, no puede ser mío por la misma causa.
Pero lo que yo he querido decirle es que ya tenía bastante con vivir oculto.
—Todos
vivimos aquí ocultos—observó.
—Quizás—repliqué—.
Pero ustedes pueden vivir según su calidad. No tienen que disimular. No tienen
que estar vigilándose a cada momento, y pensárselo dos veces antes de abrir la
boca.
Movió
la cabeza lentamente en sentido afirmativo, al señalar:
—Nos
dijeron lo vuestro. Tenemos contactos... Lo que no comprendo es esa persecución
tan enconada.
—Creemos—expliqué—que
les hemos preocupado más que las habituales aberraciones porque no tienen
ningún medio de identificarnos. Imagino que deben sospechar de la existencia de
muchos más como nosotros a los que no han descubierto, y quieren apresarnos para
que los denunciemos.
—Una
razón más que poderosa para que no os cojan —comentó.
Me
había dado cuenta de que Michael se había puesto en contacto y que Rosalind le
estaba respondiendo, pero como yo no podía atender las dos conversaciones a la
vez me despreocupé de ellos.
—Así
que han penetrado en los Bordes en busca vuestra... —observó pensativo—.
¿Cuántos son?
—No
estoy seguro—contesté, tratando de sacar ventaja a la situación.
—Sin
embargo, me han dicho que vosotros tenéis medios de saberlo—indicó.
Me
pregunté sobre lo que sabría acerca de nosotros y si se había enterado también
de lo de Michael.... aunque esa posibilidad parecía ser improbable. Con los
ojos un poco más cerrados, continuó:
—Será
mejor que no hagas el tonto con nosotros, muchacho. Vienen detrás vuestro y has
metido el problema en nuestra tierra. ¿Por qué íbamos a preocuparnos de lo que
os ocurriera? Es muy fácil dejaros donde os puedan ver.
Petra
captó la implicación de sus palabras y se asustó. Por eso se apresuró a
informar:
—Son
más de cien hombres.
El
hombre araña se volvió hacia ella por un instante. Luego, en tanto asentía con
la cabeza, declaró:
—Así
que viene uno de los vuestros con ellos... Ya me lo había supuesto. Cien
hombres son muchos para ir en busca de únicamente tres personas...
Demasiados... Ya veo...
Se
dirigió de pronto hacia mi para preguntarme:
—¿Ha
habido por allí rumores últimamente en el sentido de esperar problemas de los
Bordes?
—Si—admití.
—Se
echó a reír diabólicamente.
—Conque
los tenemos encima... Por primera vez han decidido tomar la iniciativa e
invadirnos... y de paso, claro, capturaros a vosotros. Naturalmente, seguirán
vuestro rastro. ¿A cuánta distancia se hallan?
Consulté
con Michael y me informó que al grueso de la expedición todavía le faltaban
varios kilómetros para juntarse con la partida que nos había disparado y
asustado los grandes caballos. La dificultad radicó en descubrir la forma de
comunicar la posición exacta al hombre que yo tenía enfrente. El apreció mis
esfuerzos y no pareció inquietarse mucho.
—¿Viene
tu padre con ellos? —me preguntó.
Aquella
era una cuestión que ya antes había procurado no hacer a Michael. Tampoco se la
transmiti ahora. Me limité simplemente a hacer una breve pausa y a contestarle:
—No.
Por
el rabillo del ojo observé que Petra había querido intervenir y que Rosalind se
lo había impedido.
—Es
una pena—comentó el hombre araña—. Hace mucho tiempo que aguardo encontrarme
con tu padre en igualdad de condiciones. Por lo que me han dicho, creí que
venía en el grupo. Quizás no sea tan valiente campeón de la verdadera imagen
como aseguran.
Siguió
mirándome firme y penetrante. Noté la simpatía de Rosalind y como un apretón de
manos para darme a entender que comprendía por qué no había expuesto la
pregunta a Michael.
Entonces,
de repente, el hombre apartó de mi su atención y la fijó en Rosalind. Ella le
devolvió la mirada. Durante varios segundos permaneció observándole con sus
ojos fríos y su aire confiado y libre. Pero de pronto, con gran asombro por mi
parte, Rosalind se desplomó. Bajó los ojos. Se puso colorada. Sonrió
ligeramente...
Sin
embargo, él se equivocó. Porque no era la rendición al carácter más fuerte, al
conquistador, sino que se trataba de repugnancia, de un horror que quebrantaba
sus defensas desde dentro. De su mente me llegó un reflejo de aquel hombre,
horriblemente exagerado. Estallaron los temores que ella había ocultado tan
bien, y se exteriorizó su terror; pero no como una mujer disminuida por un
hombre, sino como un niño aterrorizado por una monstruosidad. Petra, que
asimismo había captado el pensamiento involuntario, soltó un grito.
Yo
me arrojé sobre el hombre haciéndole caer del taburete. Los dos guardianes que
estaban detrás de nosotros saltaron sobre mi, pero pude pegar a su jefe un buen
puñetazo antes de que consiguieran sujetarme.
El
hombre araña se sentó y se acarició la mandíbula. Me sonrió, pero sin ninguna
alegría.
—Esto
te acredita—concedió, mientras se levantaba sobre sus larguiruchas piernas—,
pero no mucho más. No has visto a las mujeres que hay por aquí, ¿verdad,
muchacho? Échales un vistazo cuando te vayas. Quizás lo entiendas mejor.
Además, ésta puede tener hijos. Hace tanto tiempo que deseo tener hijos...,
aunque se parezcan algo a su padre.
Volvió
a sonreír brevemente; luego frunció el entrecejo y se dirigió a mí:
—Mejor
será que lo aceptes como es, muchacho. Sé juicioso. Yo no doy segundas
oportunidades.
Retiró
de mi su vista y ordenó a los hombres que me sujetaban:
—Echadle
de aquí. Y si parece no entender que eso significa quedarse fuera, matadle.
Los
dos me empujaron para que me volviera y empezara a andar. Al borde del claro
uno de ellos me pegó una patada al tiempo que me urgía:
—Sigue
por ese camino.
Yo
pegué un salto y me volví, pero uno de ellos me apuntaba ya con su arco. Hizo
una indicación con la cabeza para que continuara. Me avine a su mandato y seguí
andando... durante unos metros, porque cuando me aproximé a los árboles traté
de ocultarme en ellos.
Eso
era precisamente lo que estaban esperando. Sin embargo, no me dispararon; se
limitaron a golpearme y a arrojarme entre las malezas. Me acuerdo de que crucé
el aire, pero no puedo memorizar el momento del aterrizaje...
Alguien
me estaba arrastrando. Había unas manos en mis axilas. Unas ramas pequeñas me
golpeaban y rozaban el rostro.
—Chis—susurró
una voz detrás de mi.
—Déjeme
un momento—musité por mi parte—. Me recuperaré en seguida.
Cesó
el arrastramiento. Permanecí un rato tendido para recobrarme, y luego me di la
vuelta. Una mujer,
joven
además, estaba sentada sobre sus talones observándome.
El
sol se encontraba ya bajo y entre los árboles había oscuridad. No podía verla
bien. Si que noté que a ambos lados de su curtida cara colgaban mechones de
cabello moreno, y que sus ojos resplandecían al mirarme ansiosamente. Su
andrajoso vestido, de indescriptible color oscuro, tenía diversas manchas. Era
sin mangas, pero lo que más me desconcertó es que no tuviera cruz. Nunca antes
había tenido frente a mi a una mujer que no llevara sobrepuesta en su ropa la
protectora cruz. Me pareció raro, casi indecente. Cruzamos nuestras miradas
durante varios segundos.
—No
me conoces, David—afirmó con tristeza.
En
efecto, hasta entonces no la había conocido. Fue por la forma en que dijo
"David" que descubrí quién era.
—¡Sophie!
—exclamé—. ¡Oh, Sophie!...
Se
sonrió.
—Querido
David —me musitó—. ¿Te encuentras malherido?
Traté
de mover los brazos y las piernas. Los notaba rígidos y que me dolían en varios
sitios, lo mismo que el cuerpo y la cabeza. Se me había pegado la sangre en la
mejilla izquierda, pero no parecía tener nada roto. Al intentar levantarme,
Sophie extendió una mano y la puso sobre mi brazo.
—No,
todavía no. Espera un poco, hasta que oscurezca más.
Después
continuó mirándome fijamente mientras me
explicaba:
—Os
vi traer. A ti, y a la niña y a la otra chica... ¿Quién es, David?
Aquellas
palabras me hicieron volver en mi sobresaltado. Frenéticamente me puse a buscar
a Rosalind y a Petra, pero no pude establecer contacto con ellas. Michael
sintió mi pánico y medió a toda prisa. Le noté aliviado.
—Gracias
al cielo—me indicó—. Estábamos preocupadísimos por ti. Tómatelo con calma. Las
dos se encuentran bien, aunque cansadas y exhaustas; ahora duermen.
—¿Está
Rosalind...?—empecé.
—Se
encuentra muy bien, ya te lo he dicho. ¿Qué te ha ocurrido a ti?
Se
lo referí. Todo el intercambio de comunicaciones se desarrolló en segundos,
pero fue suficiente para que Sophie me observara con curiosidad.
—¿Quién
es ella, David? —repitió.
La
expliqué que Rosalind era mi prima. Estuvo mirándome mientras yo hablaba, y
luego asintió lentamente con la cabeza.
—El
la desea, ¿verdad? —me preguntó.
—Eso
es lo que dijo—admití ásperamente.
—¿Podría
darle hijos? —insistió ella.
—¿A
dónde me quieres llevar? —indiqué por mi parte.
—Así
que estás enamorado de ella, ¿eh?—comentó.
De
nuevo una palabra... Cuando las mentes han aprendido a mezclarse, cuando ningún
pensamiento es ya enteramente de uno y cada cual ha tomado tanto del otro que
es imposible estar por completo solo; cuando han llegado al principio de ver
con un solo ojo, amar con un solo corazón, gozar con una sola alegría; cuando
pueden haber momentos de identidad y nada está aparte salvo los cuerpos que se
anhelan mutuamente... Cuando se trata de eso, ¿dónde está la palabra para
describirlo? No queda otra cosa sino la inconveniencia de la palabra que
existe.
—Nos
amamos recíprocamente—convine.
Sophie
movió afirmativamente la cabeza. Arrancó algunos tallos de hierba y observó
cómo los rompían sus dedos. Al poco rato dijo:
—Él
se ha ido... a luchar. Ahora ella está a salvo.
—Está
durmiendo—repliqué—. Las dos están durmiendo.
Desconcertada,
clavó sus ojos en los míos.
—¿Cómo
lo sabes?
Se
lo expliqué tan breve y sencillamente como pude. Mientras me escuchaba continuó
rompiendo tallos de hierba. Luego asintió:
—Ya
recuerdo. Mi madre me dijo algo... algo sobre el modo en que tú a veces
parecías entenderla antes de que hablara. ¿Era eso?
—Creo
que si. Pienso que, sin saberlo, tu madre contaba con un poco de ese poder.
—Debe
ser algo maravilloso tenerlo—comentó medio convencida—. Es como poseer más
ojos, y dentro de ti.
—Algo
parecido—admití—. Es difícil de explicar. Pero no es del todo maravilloso. A
veces perjudica.
—Ser
cualquier tipo de aberración perjudica... siempre.
Siguió
en cuclillas, contemplándose las manos que había puesto en su regazo, pero sin
ver nada.
—Si
ella le diera hijos—manifestó por fin—, él no me querría más.
Aún
quedaba bastante luz para ver un resplandor en sus mejillas.
—Sophie,
cariño —empecé—, ¿estás enamorada de ese... ese hombre araña?
—¡Oh,
no le llames así... por favor! Ninguno de nosotros puede remediar ser lo que
es. Su nombre es Gordon. Es bueno conmigo, David. Me quiere. Uno ha de llegar a
tener tan poco como yo tengo para saber lo que eso significa. Tú no has
conocido nunca la soledad. Tú no puedes comprender el horrible vacío que nos
aguarda aquí a todos. Yo le hubiera dado hijos gozosa si hubiera podido...
Yo... ¡Oh! ¿Por qué tienen que hacernos eso? ¿Por qué no me mataron? Hubiera
sido más generoso que esto...
Se
sentó al fin en el suelo sin hacer ruido. Las lágrimas se abrían paso por entre
los cerrados párpados y rodaban por su rostro. Cogí su mano entre las mías.
Me
recordé mirando. Al hombre con el brazo unido al de la mujer, a la pequeña
figura montada en el caballo y haciéndome señas de despedida mientras iba
desapareciendo en la oscuridad de los árboles. Me vi a mi mismo, desolado, con
el beso aún palpitando en mi mejilla, un rizo de pelo y una cinta amarilla en
mi mano. Al contemplarla ahora, me dolía el corazón.
—Sophie—la
dije—. Sophie, cariño. No va a suceder. ¿Me entiendes? No va a suceder.
Rosalind no permitirá nunca que ocurra. Lo sé.
Abrió
nuevamente los ojos y me miró a través de las abundantes lágrimas.
—Tú
no puedes saber una cosa así sobre otra persona. Tratas simplemente de...
—No,
Sophie—corté—. Yo lo sé. Tú y yo sabemos muy poco de nosotros. Pero entre
Rosalind y yo es distinto; eso forma parte de lo que significa pensar
conjuntamente.
Consideró,
dudosa, lo que le decía.
—¿Es
eso cierto? No comprendo...
—¿Y
cómo ibas a comprenderlo? Pero es la verdad. Noté lo que ella sentía por el
hombre ara... por aquel hombre.
Continuó
observándome intranquila. De pronto, con tono de ansiedad me preguntó:
—¿No
puedes ver lo que pienso?
—No,
igual que tú tampoco puedes ver lo que pienso yo. No se parece a una actividad
de espía. Es algo más, como si pudieras referir todos tus pensamientos si te
apetece... y no hablar de ellos si los quieres mantener en secreto.
Aunque
me estaba resultando más difícil explicárselo a Sophie que a tío Axel, seguí
intentando simplificárselo en palabras hasta que de repente noté que había
desaparecido la luz y que estaba hablando a una figura que apenas veía. Corté
para preguntar:
—¿Hay
ya suficiente oscuridad?
—Si—replicó—.
Tendremos más posibilidades si andamos con cuidado. ¿Puedes caminar? No está
lejos.
Me
puse de pie, notando la rigidez y las magulladuras, pero ninguna otra cosa
peor. Por lo visto, Sophie se orientaba mejor en la oscuridad que yo, porque me
cogió la mano y me condujo sin tropezar. Nos mantuvimos próximos a los árboles,
pero como a mi izquierda vi centellear algunos fuegos, deduje que estábamos
orillando el campamento. Seguimos rodeándolo hasta que llegamos al corto
peñasco que cerraba la parte noroeste, y luego continuamos caminando en las
sombras a lo largo de otros cincuenta metros más o menos. Por fin se detuvo
Sophie y colocó mi mano en una de las toscas escalas que había visto en el
frente rocoso.
—Sígueme—me
susurró, mientras iniciaba el ascenso.
Trepé
con más cuidado hasta alcanzar el último peldaño de la escala que se apoyaba en
un saliente de la roca. Alargó el brazo y me ayudó a entrar.
—Siéntate—me
invitó.
La
oscuridad absorbió la zona iluminada por la que había venido. Sophie se puso a
buscar algo. A continuación se produjeron chispas al usar el pedernal. Por fin
consiguió encender un par de velas. Estas eran cortas, sebosas, de llama
humeante y olor abominable, pero me facilitaron la visión de los contornos.
Me
hallaba en una cueva de unos cuatro metros y medio de profundidad por tres de
anchura, cortada en la roca arenosa. Una cortina de piel de animal tapaba la
entrada. En el techo de uno de los rincones del interior había una raja de la
que constantemente caía una gota de agua por segundo más o menos. Para recibir
el liquido se había dispuesto un cubo de madera cuyo rebose corría por una
reguera a lo largo de toda la cueva hasta salir por la entrada. En el otro
rincón del interior había un petate de ramas pequeñas con pellejos y una manta
haraposa. Vi unos cuantos tazones y utensilios. Cerca de la entrada había un
hogar ennegrecido, ahora vacío, con un ingenioso tiro para sacar los humos al
exterior. De diversos agujeros hechos en las paredes sobresalían varios mangos
de cuchillos y otros instrumentos. Próximo al petate había una lanza, un arco y
una aljaba de cuero con alrededor de una docena de flechas dentro. No vi mucho
más.
Me
acordé de la cocina de la casa de los Wender. De la limpia y brillante sala que
me había parecido tan amistosa por no tener textos colgados de las paredes. La
llama de las velas temblaba, despedía hacia el hecho un humo grasiento y
atufaba.
Sophie
sacó agua del cubo con un tazón, cogió de un agujero un jirón de tela
medianamente limpio y vino hacia mi. Después de lavarme la sangre que había en
mi rostro y en mi pelo, examinó su causa.
—Es
sólo un corte—aseguró—, y no muy profundo.
Me
lavé las manos en el agua. Ella arrojó el líquido sobrante a la reguera,
enjuagó el tazón y lo volvió a colocar donde estaba.
—¿Tienes
hambre, David? —me preguntó.
—Mucha—repliqué.
Desde
nuestra breve parada con los dos hombres de los Bordes, no había comido nada en
todo el día.
—Quédate
aquí—me ordenó—. No tardaré mucho.
Y
desapareció tras la cortina de pellejo.
Me
senté, observando las sombras que bailaban en las paredes rocosas y oyendo el
plop-plop-plop de las gotas. Me dije que aquello seria inclusive un lujo en los
Bordes. "Uno ha de llegar a tener tan poco como yo tengo...", me
había confesado Sophie, aunque evidentemente no se había referido a cosas
materiales. Para escapar de la desesperación y la infelicidad busqué la
compañía de Michael.
—¿Dónde
estás? —quise saber—. ¿Qué pasa?
—Hemos
acampado para pasar la noche—me contestó—. Es demasiado peligroso continuar en
la oscuridad.
Trató
de pasarme la imagen del sitio en que estaban según lo había visto él antes de
la puesta del sol, pero habíamos conocido como una docena de lugares así a lo
largo de nuestra marcha.
—La
andadura ha sido lenta durante todo el día —añadió—, y también fatigosa. Esta
gente de los Bordes conoce sus bosques. Nos hemos pasado todo el camino
esperando en alguna parte una emboscada en toda regla, pero no hemos sufrido
más que ataques de poca envergadura y hostigamientos. Nos han matado tres
hombres y han herido a siete más..., dos de ellos de gravedad.
—¿Y
seguís avanzando?
—Sí.
La impresión que aquí reina es que ahora que contamos con una fuerza poderosa
en este territorio, tenemos la oportunidad de inferir al pueblo de los Bordes
una derrota de la que tarden en recuperarse. Por otro lado, quieren encontraros
a vosotros tres como sea. Existe el rumor de que en Waknuk y distritos
limítrofes viven un par de docenas o más de nosotros, y su intención es
capturaros para que los identifiquéis.
Hizo
una breve pausa, que rompió para continuar en un tono preocupado e infeliz:
—En
realidad, David, tengo miedo... mucho miedo... Sólo queda uno.
—¿Uno?
—Rachel,
en el limite de su alcance, consiguió comunicarse muy débilmente conmigo. Me
dijo que a Mark le había ocurrido algo.
—¿Le
han cogido?
—No.
Ella cree que no. De haber sido así, él se lo hubiera comunicado. Simplemente
se ha callado. Desde hace veinticuatro horas no se sabe nada de él.
—¿Entonces
un accidente? Acuérdate de Walter Brent..., aquel chico al que mató un árbol.
Se calló del mismo modo.
—Podria
ser. Rachel no lo sabe. Ella está asustada; ahora se encuentra sola, con el
agravante de que está en el limite de su alcance y yo casi igual también. Otros
tres o cuatro kilómetros y ya no podremos establecer contacto.
—Es
raro que no os oyera yo hablar de eso antes —le indiqué.
—Probablemente
fuera mientras estabas tú desmayado—observó.
—Bueno,
cuando Petra se despierte podrá ponerse en contacto con Rachel. Por lo visto
ella no tiene ningún limite.
—¡Ah,
si, es verdad! —convino—. Lo había olvidado. Eso ayudará un poco a Rachel.
Unos
segundos después surgió una mano apartando la cortina y poniendo sobre la
entrada de la cueva un tazón. Sophie terminó de trepar y me entregó el
recipiente. Avivó el fuego de las desagradables velas y se acurrucó sobre el
pellejo de un animal imposible de identificar, en tanto yo me las arreglaba con
una cuchara de madera. Se trataba de un plato extraño; constaba de varios
trozos de carne tierna mezclados con porciones de pan duro; no obstante, el
resultado era pasable y sobre todo muy bien recibido. Disfruté con tal comida
hasta casi el final, cuando de pronto me sentí tan herido que me eché toda una
cucharada en la camisa. Petra se había despertado.
Conseguí
responder en seguida. Por su parte, Petra no cesaba de oscilar entre la
angustia y el júbilo. Con sus muestras de cariño hacia mi persona casi me
causaba dolor. Evidentemente había despertado a Rosalind, porque logré captar
sus característicos conceptos entre el caos que se formó con Michael
preguntando qué demonios pasaba y la amiga de Petra de Tierra del Mar
protestando ansiosamente.
Mi
hermana consiguió por fin dominarse y la agitación se aquietó. En todos los
implicados se notó un relajamiento cauteloso.
—¿Se
encuentra ya bien la niña? —preguntó Michael—. ¿Cuál ha sido la causa de esos
rayos y truenos?
Haciendo
un evidente esfuerzo para controlar la comunicación, Petra nos confesó:
—Creíamos
que David había muerto. Pensábamos que le habían matado.
En
aquel momento empecé a captar los pensamientos de Rosalind, que adquirían forma
inteligible después de salir de una especie de torbellino. Yo me sentia
confundido, atontado, feliz y angustiado, todo al mismo tiempo. Por mucho que
lo intentaba, no podía aclarar mis ideas para contestar. Fue Michael quien puso
por fin orden.
—Esto
es casi indecente para terceras personas—observó—. Cuando vosotros dos podáis
atendernos, discutiremos una serie de cosas que urgen.
Se
hizo una pausa que volvió a romper Michael.
—Bueno—continuó—.
¿En qué situación estáis?
Se
lo explicamos. Rosalind y Petra se encontraban todavía en la tienda del hombre
araña; éste se había marchado después de dejarlas al cuidado de un hombre
grandón, de ojos enrojecidos y pelo blanco. Por mi parte, les dije dónde
estaba.
—Muy
bien—asintió Michael—. Así que, según tú, ese hombre araña es una autoridad y
ha marchado a la lucha. ¿Crees que piensa participar en el combate o
simplemente ha ido a plantear las tácticas? Lo digo porque si no hace más que
lo segundo podría regresar a su poblado en cualquier instante.
—No
tengo ni idea—le indiqué.
Rosalind
intervino bruscamente, en una actitud próxima a la histeria desconocida para
mi.
—Me
tiene espantada. Es un hombre distinto. No como nosotros. No de la misma
especie. Seria ultrajante...; igual que un animal. Yo no podría... nunca. Si
intenta hacerme suya me mataré...
Michael
la atajó enérgicamente:
—Tú
no harás nada tan estúpido. Si es preciso, mata mejor al hombre araña.
Dando
por zanjada aquella cuestión, nuestro amigo dirigió a otro sitio su atención.
Con toda la fuerza de que era capaz, expuso una pregunta a la amiga de Petra:
—¿Cree
todavía que pueden llegar hasta nosotros?
La
respuesta procedía aún de una larga distancia, pero estaba claro que se
contestaba ya sin ningún esfuerzo. Fue un confiado y tranquilo:
—Si.
—¿Cuándo?—insistió
Michael.
Se
produjo una pausa antes de la contestación, como si se estuviera haciendo una
consulta. Luego, con la misma confianza, replicó:
—Dentro
de no más de dieciséis horas.
El
escepticismo de Michael se evaporó. Por primera vez se permitió admitir la
posibilidad de aquella ayuda.
—Entonces
es cuestión de asegurarse de que vosotros tres os mantenéis a salvo durante ese
tiempo—comentó.
—Esperad
un minuto —les pedí—. En seguida estoy otra vez con vosotros.
Levanté
la vista hasta Sophie. A la escasa pero suficiente luz de las humeantes velas
comprobé que me estaba observando fijamente y con inquietud.
—¿Estabas
"hablando" con esa chica?—me preguntó.
—Y
con mi hermana—contesté—. Ya se han despertado. Están en la tienda, bajo la
vigilancia de un albino. Parece extraño.
—¿Extraño?
—Bueno...
—vacilé—, lo lógico es que fuese una mujer quien las custodiara.
—Estás
en los Bordes—me recordó con amargura.
—¡Ah,
ya!—contesté torpemente—. Bueno, la cuestión es si crees que hay alguna forma
de sacarlas de allí antes de que él regrese. Me da la impresión de que ahora
seria el momento. Porque en cuanto él vuelva...
Me
encogí de hombros mientras seguía con mis ojos clavados en los suyos. Sophie
dirigió al poco rato la vista hacia las velas y en ellas la mantuvo durante
unos instantes. Luego asintió con la cabeza.
—Si—convino
con cierta tristeza—. Eso será lo mejor para todos... para todos excepto él...
Si, creo que hay una forma.
—¿Ahora
mismo?
Volvió
a mover afirmativamente la cabeza. Cogí la lanza que había junto al catre y la
sopesé en la mano.
Era
algo ligera, pero estaba bien equilibrada. Después de mirar el arma, Sophie
negó con la cabeza.
—Tú
debes quedarte aquí—me ordenó.
—Pero.
. . —empecé.
—No—cortó
ella—. Si te viera alguien se produciría una alarma. En cambio, nadie se
extrañará si me ve a mí dirigirme hacia su tienda.
Aquel
argumento era razonable. Si bien con alguna mala gana, dejé la lanza en el
suelo.
—¿Pero
vas a poder tú...?
—Sí—afirmó
con decisión.
Resuelta,
se dirigió a una de las paredes y sacó un cuchillo de un agujero. La ancha hoja
estaba limpia y brillante. Pensé si no seria parte de un botin conseguido en
una granja asaltada. Sophie se lo metió en el cinturón de la falda, dejando
únicamente al descubierto el oscuro mango. Luego se volvió y me contempló un
instante.
—David—empezó
a decir.
—¿Qué?—pregunté.
Por
lo visto cambió de idea, porque en tono distinto me pidió:
—¿Quieres
decirlas que no hagan ruido? ¿Que pase lo que pase no hagan ningún ruido? Dilas
también que me sigan y que preparen ropas oscuras para arrollárselas. ¿Serás
capaz de hacérselo saber con claridad?
—Si—repliqué—.
Pero me gustaría que me dejaras...
Movió
la cabeza y no me permitió terminar la frase.
—No,
David. Con eso aumentaría el riesgo. Tú no conoces el poblado.
Apagó
las velas y se acercó a la cortina. Momentáneamente vi recortarse su silueta
contra la oscuridad más débil de la entrada; luego desapareció.
Transmití
sus instrucciones a Rosalind y juntos hicimos ver a Petra la necesidad de
guardar silencio. Ya no me quedaba otro remedio sino esperar y oír el constante
goteo que se producía en el fondo de la cueva.
Como
me era imposible permanecer así mucho tiempo, me aproximé a la entrada y saqué
un poco la cabeza. Entre las chozas se apreciaban algunos trémulos fuegos.
Asimismo se notaba el movimiento de los miembros del poblado, porque había
veces en que las llamas quedaban medio ocultas tras las figuras que cruzaban
ante ellas. También oí murmullos de voces, ocasionales bullicios, un pájaro
nocturno que cantaba a lo lejos, el grito de un animal que estaba a mayor
distancia todavía. Nada más.
Todos
nos hallábamos esperando. Un pequeño e informe brote de excitación partió
momentáneamente de Petra. Nadie lo comentó.
Después
Rosalind emitió un alentador "todo va bien", aunque con un curioso
efecto secundario. Me pareció más sensato no distraerlas ahora preguntándoles
la causa.
Me
puse a escuchar. No había ninguna alarma ni cambios en el murmullo general. Se
me hizo una eternidad el tiempo hasta que oí debajo de mi el crujido que
producían los pies al pisar la arena. Los peldaños de la escala golpeaban
ligeramente en la roca al liberarse del peso que iba ascendiendo. Me metí más
en la cueva para dejar el paso libre. Rosalind, en silencio, con algunas dudas,
me preguntó:
—¿Va
todo bien? ¿Estás ahí, David?
—Si—repliqué—.
¡Date prisa!
Una
figura se recortó en la entrada. Luego otra más pequeña y, por fin, una
tercera. La abertura quedó oscurecida. Inmediatamente se encendieron de nuevo
las velas.
Rosalind,
y también Petra, contemplaban silenciosas y con espantada fascinación cómo
Sophie sacaba un cazo de agua del cubo para lavarse la sangre de los brazos y
limpiar el cuchillo.
Las
dos muchachas se estudiaron mutuamente, con curiosidad y cautela. Los ojos de
Sophie recorrieron la figura de Rosalind, se posaron un instante en su pardusco
vestido de algodón con la cruz marrón sobrepuesta y terminaron por fin en sus
zapatos de piel. A continuación contempló primero sus suaves mocasines y luego
su corta y andrajosa falda. En el curso de este último examen descubrió nuevas
manchas que una hora antes no tenía. Sin ningún embarazo se la quitó y empezó a
lavarla en el agua fría. Se dirigió en seguida a Rosalind para decirla:
—Debes
quitarte esa cruz... Y también la de la niña. Eso os distingue. Las mujeres de
los Bordes creemos que no nos ha sido de ninguna utilidad. Los hombres también
sienten rencor. Toma.
Sacó
de un agujero un pequeño cuchillo de hoja fina y se lo alargó.
Rosalind,
vacilante, lo cogió. Lo miró y luego clavó la vista en la cruz que había
llevado en cada vestido que había usado. Sophie comentó:
—Yo
solía llevar una en mi vestido. Pero tampoco me sirvió de nada.
Rosalind,
aún con dudas, me miró a mi. Yo asentí con la cabeza, al tiempo que indicaba:
—En
estos sitios no gusta mucho la insistencia en la verdadera imagen. Más bien es
peligroso.
—En
efecto —convino Sophie—. No es sólo una identificación, sino un desafío.
Rosalind,
con evidente mala gana, empezó por fin a descoser la cruz.
—¿Y
ahora qué? —pregunté por mi parte a Sophie—. ¿No crees que seria mejor
alejarnos tanto como pudiéramos antes de que amanezca?
Mi
amiga, ahora lavándose la chambra, movió negativamente la cabeza al tiempo que
explicaba:
—No.
En cuanto descubran el cadáver empezarán a buscaros. Pensarán que habéis sido
vosotros los autores de su muerte y que os habéis metido en el bosque. Jamás se
les ocurrirá buscaros aquí, claro. Pero no dejarán ningún rincón del bosque sin
escudriñar.
—¿Quieres
decir que debemos permanecer aquí?—insistí.
—Si—asintió—.
Durante dos o quizás tres días. Entonces, cuando se hayan dado por vencidos, os
sacaré de aquí.
Rosalind,
que estaba ya terminando de descoser la cruz, preguntó pensativa:
—¿Por
qué razón haces esto por nosotros?
En
menos tiempo del que hubiera empleado con palabras, la expliqué lo de Sophie y
el hombre araña. Sin embargo, no pareció quedar muy satisfecha. A la trémula
luz, ella y Sophie siguieron mirándose fija y cuidadosamente.
Sophie
metió la chambra de un golpe en el agua. Con mechones de oscuro pelo sobre sus
senos desnudos y los ojos semicerrados, se dirigió lentamente hacia Rosalind:
—¡Maldita
seas! —exclamó con rencor—. ¡Déjame en paz, maldita!
Rosalind
se puso tensa, dispuesta a afrontar la situación. Yo me situé estratégicamente
por si era necesario intervenir y ponerme entre las dos. La escena duró largos
segundos. Sophie, sin ningún recato, medio desnuda, en actitud peligrosa;
Rosalind, con parte de la cruz descosida colgando de su vestido pardusco, su
bronceado cabello brillando a la luz de la velas, sus finos rasgos
desencajados, los ojos alerta. Por último, cedió la crisis y disminuyó la
tensión. Aunque desapareció la violencia de los ojos de Sophie, no por eso se
movió. Su boca se contrajo y ella tembló. Con dureza y amargura, volvió a
hablar:
—¡Maldita
seas! ¡Vamos, ríete de mi! ¡Dios maldiga tu agradable rostro! Ríete de mí
porque yo si le quiero, ¡yo!
Soltó
una carcajada extraña antes de añadir:
—¿Y
de qué me sirve? ¡Oh, Dios! ¿De qué me sirve? Aunque él no te quisiera a ti,
¿qué podría darle yo?
Permaneció
un instante inmóvil, de pie y con las manos cubriéndose la cara; luego se
volvió y se arrojó sobre el mugriento petate.
Miramos
hacia el oscuro rincón. A Sophie se le había caído un mocasín. Contemplé la
marca característica de su pie con la huella de los seis dados. Dirigí mi vista
hacia Rosalind. Sus ojos se encontraron con los míos, y vi en ellos
arrepentimiento y horror. Se levantó instintivamente. Yo moví la cabeza en
sentido negativo y ella, vacilando, se sentó de nuevo.
Los
únicos sonidos de la cueva eran los desesperados y tristes sollozos de Sophie,
y el plop-plop-plop de las gotas.
Petra,
expectante, nos miró primero a nosotros, luego a la figura tendida en el catre,
y después otra vez a nosotros. Como ninguno de nosotros se movió, decidió ella
tomar la iniciativa. Se acercó al catre y se arrodilló junto a él. Con
suavidad, puso una mano sobre el oscuro pelo.
—No
llores —pidió—. Por favor, no llores.
Se
produjo una repentina sacudida en el sollozo. Hubo una pausa; luego, un brazo
moreno rodeó los hombros de Petra. El sonido se hizo menos angustioso..., ya no
rompía el corazón, aunque si seguía causando dolor...
Me
desperté de mala gana, rígido y frío por estar acostado sobre el duro suelo
rocoso. Casi inmediatamente se puso Michael en contacto:
—¿Piensas
dormir todo el día?
Me
incorporé y vi que por debajo de la cortina de pellejo entraba un poco de luz.
—¿Qué
hora es? —pregunté.
—Supongo
que alrededor de las ocho. Ya han transcurrido tres horas de luz y hemos
librado incluso una batalla.
—¿Qué
ha pasado?—quise saber.
—Como
nos barruntábamos una emboscada, enviamos una avanzada de flanqueo. Se tropezó
con la fuerza de reserva que apoyaría la emboscada. Por lo visto, creyeron que
se trataba del grueso de nuestro ejército; bueno, el resultado fue una victoria
a favor nuestro, con sólo dos o tres heridos como precio.
—¿Así
que seguís avanzando?
—En
efecto. Supongo que la gente de los Bordes se volverá a reunir en alguna otra
parte, pero de momento se han desperdigado por ahí. No encontramos ninguna
oposición.
Eso
no era desde luego lo que deseábamos. Le expliqué nuestra situación y que
ciertamente no había ninguna posibilidad de salir de la cueva a la luz del día
sin ser vistos. Por otro lado, si nos quedábamos allí y tomaban el lugar,
habría indudablemente una búsqueda, y nos encontrarían.
—¿Y
qué pasa con los amigos de Petra, los de Tierra del Mar? ¿Creéis que podéis
contar con ellos realmente?
Fue
la propia amiga de mi hermana la que intervino molesta por las dudas de
Michael.
—Podéis
contar con nosotros.
—¿Sigue
siendo el mismo el horario calculado?—preguntó Michael—. ¿Están seguros de que
no se retrasarán?
—El
mismo—afirmó ella—. Aproximadamente dentro de ocho horas y media.
Notamos
de pronto que se desvanecía el tono ligeramente impertinente, y que proseguía
sus pensamientos como amedrentada:
—Este
es un pais verdaderamente espantoso. Ya habíamos visto antes las Malas Tierras,
pero ninguno de nosotros hubiera imaginado jamás nada tan terrible como lo que
vemos ahora. Hay kilómetros y kilómetros de terreno como fundido y transformado
en vidrio negro; no hay otra cosa sino el cristal semejante a un helado océano
de tinta...; después, las extensiones de las Malas Tierras...; luego, otro
desierto de vidrio negro. Y así a lo largo de kilómetros y kilómetros... ¿Qué
pasó aquí? ¿Qué hicieron para crear tan espantoso lugar?... No es extraño que
ninguno de nosotros viniera antes por aquí. Es como bordear el mundo para
penetrar en los aledaños del infierno...; esto está más allá de toda esperanza,
excluido a cualquier tipo de vida desde siempre... Pero ¿por qué?... ¿por
qué?... ¿por qué?... Sabemos que el poder de los dioses estuvo en las manos de
los niños; pero ¿estaban locos esos niños?, ¿todos ellos?... ¡Al cabo de los
siglos las montañas siguen siendo ceniza y las llanuras cristal negro!... Es
tan lúgubre..., tan lúgubre...; una demencia monstruosa... Es espantoso pensar
en que toda una raza se volvió loca... Si no supiéramos que vosotros os
encontráis en la otra parte, hubiéramos regresado a toda prisa...
Petra,
con brusquedad y produciéndonos su característica angustia, no la dejó
terminar. No sabíamos que estaba ya despierta. Aunque ignoraba si había captado
todo desde el principio, era evidente que sí había recibido el pensamiento
indicador de que nuestros amigos se hubieran vuelto atrás. Traté en seguida de
apaciguarla, ayudado inmediatamente por la mujer de Tierra del Mar, que también
la transmitió confianza. Cesó la alarma y Petra pudo controlarse. Por su parte,
Michael preguntó:
—David,
¿qué pasa con Rachel?
Recordé
su ansiedad de la noche anterior.
—Petra,
guapa —le pedí—, la distancia nos impide a cualquiera de nosotros establecer
contacto con Rachel. ¿Quieres tú hacerle una pregunta?
Mi
hermana asintió.
—Queremos
saber si se ha enterado de algo respecto a Mark desde la última vez que habló
con Michael.
Petra
trasladó la cuestión a Rachel. Luego movió negativamente la cabeza al tiempo
que indicaba:
—No.
No se ha enterado de nada. Creo que se siente muy desdichada. Quiere saber si
Michael se encuentra bien.
—Comunícale
que está perfectamente..., que todos nos encontramos muy bien. Dile que nos
acordamos muchísimo de ella, y que estamos muy apesadumbrados porque se
encuentra sola, pero que debe ser valiente... y prudente. No debe dar la
impresión de que está preocupada.
—Dice
que lo comprende—nos informó en seguida mi hermana—. Y que intentará mostrar un
aspecto feliz.
Inmediatamente,
Petra permaneció pensativa a lo largo de unos segundos. Después, en palabras,
me confesó:
—Rachel
tiene miedo. Llora por dentro. Quiere a Michael.
—¿Te
lo ha manifestado ella así?—la pregunté.
—No—contestó
meneando la cabeza—. Fue una especie de pensamiento reservado, pero yo lo vi.
—Será
mejor que no comentemos nada—decidí—. Al fin y al cabo, no es asunto nuestro.
Los pensamientos reservados de una persona no significan nada en realidad para
otras, por lo que debemos dar la impresión de no advertirlos.
—De
acuerdo—convino mi hermana.
Confié
en que todo fuera bien. Cuando volví a reflexionar sobre aquella cuestión, no
estuve muy seguro de que me gustara eso de detectar los "pensamientos
reservados". Representaba una inquietud ante una exhibición no deseada...
Sophie
se despertó unos minutos más tarde. Parecía tranquila y capaz otra vez, como si
la tormenta de la noche pasada se hubiera desvanecido. Nos envió al fondo de la
cueva y corrió la cortina para que entrara la luz del día. A continuación
encendió el fuego. La mayor parte del humo salía por el tiro; el resto servia
al menos para oscurecer el interior de la cueva de modo que resultaba imposible
su observación desde fuera. Del contenido de dos o tres bolsas sacó unas
cucharadas, las echó en una olla de hierro, le añadió agua y lo puso a cocer.
—Vigílalo—ordenó
a Rosalind, antes de desaparecer por la escala abajo.
Alrededor
de veinte minutos después apareció de nuevo su cabeza. Depositó un par de duros
panes circulares sobre el borde de la cueva y terminó de subir los últimos
peldaños. Se acercó a la olla, movió su contenido y lo olfateó.
—¿Algún
problema? —la pregunté.
—No
respecto a vosotros —replicó—. Encontraron el cadáver. Creen que fuiste tú
quien lo mató. Esta mañana, temprano, salieron a buscaros. Pero no han podido
hacerlo minuciosamente, como hubiera sido de haber contado con más hombres. Sin
embargo, existe ahora otras cosas que preocupan más. Los que fueron a la
batalla regresan de dos en dos y de tres en tres. ¿Qué ha ocurrido? ¿Lo sabéis?
La
informé de la emboscada y de su fracaso, así como de la consiguiente
desaparición de resistencia.
—¿Qué
distancia les separa ahora de nosotros? —quiso saber ella.
Se
lo consulté a Michael.
—Por
primera vez hemos salido a campo abierto, y nos hallamos en un terreno
escabroso.
Se
lo comuniqué a Sophie, quien asintió con la cabeza al decir:
—Tres
horas, o quizás menos, hasta la orilla del río.
Con
un cucharón sacó de la olla el potaje y lo distribuyó en sendas escudillas.
Sabia mejor de lo que parecía. El pan era menos gustoso. Sophie rompió uno de
los panes con una piedra, y para comerlo fue necesario humedecerlo antes. Petra
refunfuñó diciendo que no era como la comida que teníamos en casa. Aquello por
lo visto hizo que se acordara de algo. Sin advertir a nadie, preguntó:
—Michael,
¿está mi padre ahí?
Al
pillarle desprevenido, capté su "sí" antes de que tuviera tiempo de
refrenarse.
Miré
a Petra con la esperanza de que no se hubiera dado cuenta de lo que eso
implicaba. Afortunadamente, así era. Rosalind se puso la escudilla en el regazo
y la observó con fijeza.
Resulta
curioso que la sospecha aísle tan poco frente al choque del conocimiento. Pude
recordar la voz adoctrinante y despiadada de mi padre. Conocía la expresión que
tendría su rostro, como cuando le vi hablar otras veces. Hice memoria de lo que
dijo a tía Harriet: "Un niño... Un niño que... crecería para reproducirse,
y al reproducirse extendería la contaminación a nuestro alrededor hasta lograr
que no hubieran más que mutaciones y abominaciones. Eso es lo que ha ocurrido
en lugares en donde ha sido débil la voluntad y la fe. Aquí eso no sucederá
jamás."
Y la
respuesta de tía Harriet: "¿Rezaré a Dios con el fin de que a este
horrible mundo envíe caridad..."
Pobre
tía Harriet, la de las oraciones tan fútiles como sus esperanzas...
¡Un
mundo en el que un padre participaba en una cacería semejante! ¿Qué clase de
hombre era aquél?
Rosalind
puso su mano en mi brazo. Sophie levantó la vista, y al ver mi cara cambió de
expresión.
—¿Qué
pasa? —preguntó.
Rosalind
se lo explicó. Sus ojos se dilataron horrorizados. Primero me miró a mi, luego
a Petra y, por último, otra vez a mi. Aunque abrió la boca para hablar, bajó al
fin los ojos sin pronunciar palabra. Yo observé también a mi hermana, después a
Sophie, sus andrajos, la cueva en que nos hallábamos...
—La
pureza...—comenté—. La voluntad del Señor. Honra a tu padre... ¿Se supone que
yo debo perdonarle o matarle?
La
respuesta me sobresaltó. Desconocía que mi pensamiento hubiera llegado tan
lejos.
—Déjale
—me indicó la rigurosa y característica forma de la mujer de Tierra del Mar—.
Tu tarea es sobrevivir. Porque ni su especie, ni su tipo de pensamiento
sobrevivirán mucho tiempo. Son la corona de la creación, han cumplido su
ambición..., no les queda más que hacer. Pero la vida es cambio y en eso
difiere de las piedras; el cambio es su misma naturaleza. ¿Quiénes son, pues,
esos señores actuales de la creación, que esperan permanecer invariables? La
forma viviente se expone al riesgo de desafiar la evolución; si no se adapta,
es quebrantada. La idea del hombre acabado es la vanidad suprema, la imagen
terminada es un mito sacrílego.
Como
las veces anteriores, hizo una pausa como para reflexionar antes de añadir:
—El
Viejo Pueblo provocó la tribulación y ésta los hizo pedazos. Tu padre y los de
su clase son parte de esos pedazos. Sin saberlo se han convertido en historia.
Siguen convencidos de que existe una forma última que defender. Pronto
recibirán la estabilidad por la que tanto suspiran, y en la única manera
posible: un lugar entre los fósiles...
Sus
pensamientos finales habían sido menos ásperos y terminantes. Una corriente más
bondadosa los había dulcificado un poco. Al continuar, lo hizo al estilo de los
oráculos:
—Aunque
hay seguridad en el pecho de una madre, tiene que existir un destete. Tanto
para la madre como para el hijo, la consecución de independencia, el
rompimiento de los vínculos es, como mínimo, un proceso sombrío. Pero es
imprescindible, a pesar incluso de que a uno de ellos le siente mal. El cordón
ya ha sido cortado en un extremo; sería absurdo que vosotros no lo cortarais
también en el otro.
Volvió
a hacer otra pausa, ésta más breve, para agregar:
—Tanto
si la áspera intolerancia y la amarga rectitud sirven de armadura al temor y al
disgusto, como si son el ropaje festivo del sádico, lo cierto es que ocultan a
un enemigo de la fuerza de la vida. Sólo el autosacrificio es capaz de superar
las diferencias; pero su autosacrificio no serviría de nada para vosotros. Por
consiguiente, tiene que producirse el rompimiento. Mientras que nosotros
tenemos un nuevo mundo para conquistar, ellos no cuentan más que con una causa
perdida para perder.
Al
desvanecerse la comunicación, quedé como atontado. Rosalind se encontraba
asimismo absorta. Petra, en cambio, daba muestras de aburrimiento.
Sophie,
después de observarnos con curiosidad, indico:
—A
cualquier extraño le daríais una impresión incómoda. ¿Es algo que puedo saber?
—Bueno...
—empecé, pero me callé en seguida porque no sabia cómo explicárselo.
—Creo
que ha dicho —intervino mi hermana—que no debemos preocuparnos por mi padre, ya
que éste no puede entendernos...
Me
pareció un resumen bastante exacto.
—¿"Ha
dicho"?... —comentó Sophie, perpleja.
Me
acordé de que ella no sabía nada de la gente de Tierra del Mar.
—¡Ah,
ya! —exclame vagamente—. Una amiga de Petra.
Sophie
se hallaba sentada cerca de la entrada, en tanto que nosotros, para que no nos
vieran desde el suelo, estábamos más adentro. De pronto, empezó a mirar afuera
con atención.
—Han
regresado muchos hombres ya... la mayoría de ellos, creo. Algunos se han
reunido junto a la tienda de Gordon, y casi todos los demás se dirigen ahora
hacia allí. El debe haber vuelto también.
Continuó
observando el cuadro mientras acababa con el contenido de la escudilla. Cuando
terminó, la puso a un lado.
—Voy
a bajar a ver qué pasa—indicó, y desapareció inmediatamente por la escala.
Estuvo
ausente más de una hora. Una vez o dos me arriesgué a echar un vistazo desde la
entrada de la cueva, y logré ver al hombre araña delante de su tienda. Parecía
estar dividiendo a sus hombres en grupos e instruyéndoles con dibujos hechos en
la tierra.
—¿Qué
ocurre? —pregunté a Sophie en cuanto volvió—. ¿Qué plan tienen?
Se
mostró vacilante.
—¡Por
amor del cielo! —exclamé—. Nosotros queremos que gane tu pueblo. Pero si es
posible, deseamos que Michael no sea herido.
—Nos
vamos a emboscar en esta orilla del río—confesó.
—¿Les
vais a dejar avanzar?
—En
la otra orilla no hay ningún sitio idóneo para coparles—explicó.
Sugerí
a Michael que procurara quedarse en la otra parte, o que, si le era posible, se
dejara caer en el momento de cruzar el río y fuera corriente abajo. Me
respondió que aunque ya tenía esa idea en mente, trataría de dar con un medio
menos incómodo.
Unos
minutos más tarde alguien llamó a Sophie desde el suelo. Ella nos susurró:
—Quedaros
dentro. Es él.
A
continuación comenzó a descender por la escala.
Había
transcurrido más de una hora sin ningún contratiempo, cuando volvimos a recibir
el contacto de la mujer de Tierra del Mar.
—Respondedme,
por favor. Ahora nos hace falta una comunicación más aguda por parte vuestra.
Simplemente enviad números.
Petra
contestó enérgicamente, como si hubiera querido demostrar algo ante una
supuesta petición.
—Es
suficiente—la indicó su amiga—. Esperad un momento.
Al
poco rato, confirmó:
—Mejor
de lo que habíamos esperado. Podemos ganar incluso una hora.
Pasó
otra media hora. Arrastrándome, eché unas cuantas ojeadas al exterior. El
campamento parecía estar desierto. No se veía a nadie entre las chozas excepto
a unas cuantas mujeres viejas.
—Ya
tenemos el río a la vista—nos informó Michael.
Transcurrieron
quince o veinte minutos más antes de que Michael interviniera de nuevo:
—¡Qué
torpes y estúpidos son! Hemos descubierto a un par de ellos moviéndose por
encima de los peñascos. Y no es que nos hiciera mucha falta eso...; salta a la
vista que esas grietas son una trampa. Estamos celebrando consejo de guerra en
estos instantes.
El
consejo fue evidentemente corto. No habían pasado diez minutos cuando se puso
nuevamente en contacto:
—Ya
hay una táctica a seguir. Nos retiramos con el fin de ponernos a cubierto
frente a los peñascos de la otra orilla. En cuanto encontremos una abertura
bien visible, dejaremos allí media docena de hombres para que la crucen de
cuando en cuando y den la impresión de que son más, al mismo tiempo que
encendemos fuegos como si nos hubiéramos detenido. El resto de nuestras fuerzas
se dividirá en dos para dar un rodeo y cruzar el río, por arriba y por abajo.
De ese modo los tendremos envueltos. Trata de informarme de lo que pasa ahí.
El
poblado, detrás de la sierra de peñascos, no estaba a mucha distancia del río.
Era muy probable que la táctica del envolvimiento resultara. Al quedar ahora
tan poca gente en el poblado, y según mi vista únicamente mujeres, pensé que
quizás nos fuera posible atravesar sin contratiempos el campamento y penetrar
en el bosque... Pero ¿no nos tropezaríamos con uno de los grupos envolventes?
Volví a mirar de nuevo, y lo primero que noté fue a una docena de mujeres que
portaban arcos y estaban hincando flechas en el suelo a fin de tenerlas a mano.
Cambié de pensamiento en cuanto a poder atravesar el poblado a la carrera.
Michael
me había pedido que le mantuviera informado. Era sin duda una buena idea. Pero
¿cómo? Aun cuando corriera el riesgo yo solo, dejando a Rosalind y Petra en la
cueva, pocas posibilidades me quedarían de poder informar. Por un lado, el
hombre araña había dado orden de matarme. Por otro, a distancia inclusive se
notaba claramente que yo no era de los Bordes, y en las actuales circunstancias
había muchísimas razones para dispararme en cuanto fuese visto.
Deseé
vehementemente el retorno de Sophie, y continué deseándolo a lo largo de una
hora más o menos.
—Estamos
cruzando el río corriente abajo según vuestra posición—nos comunicó Michael—.
No encontramos oposición.
—Seguimos
esperando.
De
repente, en la parte izquierda del bosque se oyó una detonación. Se produjeron
tres o cuatro tiros más, a los que siguió un silencio, roto de nuevo por un par
de disparos.
Unos
cuantos minutos después un tropel de hombres andrajosos, entre los que iban
varias mujeres, salió a toda prisa de los bosques luego de abandonar sus
propósitos de emboscada, y se dirigió hacia donde sonaban los tiros. Era una
muchedumbre desdichada y miserable, y aunque a algunos de ellos se les notaba
en seguida que eran aberraciones, la mayoría daban la impresión de ser
simplemente las ruinas de seres humanos normales. En conjunto no vi más que
tres o cuatro armas de fuego. Los demás tenían arcos, y unos cuantos contaban
asimismo con lanzas cortas que llevaban envainadas a la espalda. El hombre
araña, más alto que los otros, estaba en medio de ellos, y junto a él se
encontraba Sophie, con un arco en la mano. Evidentemente, había desaparecido
cualquier tipo de organización prevista.
—¿Qué
sucede?—pregunté a Michael—. ¿Sois vosotros los que disparáis?
—No.
Es el otro grupo. Intentan atraerse a los hombres de los Bordes con el fin de
que nosotros podamos atacarles por la retaguardia.
—Pues
lo han conseguido—comenté yo.
En
la misma dirección de antes sonaron algunos disparos más. De pronto se oyó un
griterío. Una serie de flechas se clavaron en la tierra de la parte izquierda
de claro. Inmediatamente aparecieron algunos hombres huyendo del bosque.
Súbitamente
se produjo una fuerte y clara pregunta:
—¿Estáis
aún vivos?
Nos
encontrábamos los tres tendidos en el suelo de la cueva, cerca de la entrada.
Contemplábamos perfectamente lo que estaba sucediendo, y había pocas
posibilidades de que nadie descubriera nuestras cabezas, o de que, si las veía,
se preocupara por ello. Ni siquiera Petra tenía dificultades para comprender lo
que estaba ocurriendo. Excitada, soltó un chispazo de los suyos, cargado de
urgencia.
—¡Calma,
niña, calma! —pidió la mujer de Tierra del Mar—. Ya vamos.
Más
flechas cayeron en el extremo izquierdo del claro, y más figuras andrajosas
aparecieron en rápida retirada. Corrían en zigzag hasta las tiendas y chozas,
en donde se amparaban. A estos siguieron aún otras oleadas que huían asimismo
de las saetas que les arrojaban desde el bosque. Por su parte, agachados tras
sus endebles defensas, los hombres de los Bordes lanzaban de vez en cuando
rápidos disparos a las figuras que apenas se veían entre los árboles.
Inesperadamente,
una lluvia de flechas partió del otro extremo del claro. Los harapientos
hombres y mujeres, al darse cuenta de que se hallaban entre dos fuegos, se
dejaron arrastrar por el pánico. La mayoría de ellos pegaron un salto y se
dirigieron a toda prisa hacia los refugios de las cuevas. Yo me dispuse a
cortar la escala si veía a alguien trepar por ella.
Por
la derecha, y saliendo del bosque, surgieron media docena de hombres a caballo.
Observé al hombre araña, que se hallaba junto a su tienda, con el arco en la
mano y vigilando a los jinetes. Sophie, a su lado, tiraba de su andrajosa
zamarra para que corriera con ella hacia las cuevas. Sin apartar ni un segundo
los ojos de los jinetes que iban apareciendo, mantenía alejada a la muchacha
con su largo brazo derecho. De vez en cuando volvía la mano derecha a la cuerda
y la medio tensaba de modo automático. Sus ojos seguían clavados en los jinetes
que salían de entre los árboles.
Repentinamente
se puso rígido. Con una rapidez asombrosa curvó el arco al máximo. Soltó la
flecha, que fue a clavarse en la parte izquierda del pecho de mi padre. Este
pegó un salto hacia atrás y cayó sobre el lomo de Sheba. Luego se escurrió por
un costado y se abatió sobre el suelo con el pie derecho cogido en el estribo.
El
hombre araña tiró el arco y se volvió. Agarró con uno de sus largos brazos a
Sophie y empezó a correr. No habrían dado sus delgadas piernas más de tres
colosales zancadas cuando, al clavársele simultáneamente un par de saetas en la
espalda y en el costado, se desplomó en la tierra.
Sophie
logró ponerse en pie y continuar la carrera. Aunque le penetró una flecha en la
parte superior del brazo, no se detuvo siquiera a mirarse. Sin embargo, otra se
le clavó en la nuca, cayó al suelo y quedó tendida en el polvo...
Petra
no se había dado cuenta de lo ocurrido. Lo miraba todo con expresión de
desconcierto. De pronto pregunto:
—¿Qué
es eso? ¿Qué es ese ruido tan extraño?
Intervino
la mujer de Tierra del Mar para inspirarla calma y confianza.
—No
te asustes. Somos nosotros que nos estamos acercando. Todo va bien. Quedaos
donde estáis.
Ahora
oía yo también el sonido. Era un ruido extraño, como de tambor, cuyo volumen
ascendía gradualmente. Resultaba imposible situarlo, porque si bien parecía
llenarlo todo, no daba la impresión de proceder de parte alguna.
Más
hombres, la mayoría a caballo, salían de los bosques y penetraban en el claro.
Reconocí a muchos de ellos, pues eran individuos a los que había visto durante
toda mi vida, y que ahora se habían juntado para darnos caza. La mayoría de los
hombres de los Bordes habían conseguido llegar hasta sus cuevas y desde éstas
hostigaban con más eficiencia a sus atacantes.
De
pronto uno de los jinetes dio un grito y señaló hacia el cielo.
Yo
también miré hacia arriba. Apenas se veía ya el azul del firmamento. Algo
parecido a un banco de niebla, pero que lanzaba destellos iridiscentes, colgaba
encima de nosotros. Sobre eso, y como a través de un velo, distinguí uno de los
extraños objetos en forma de pez que habían aparecido en mis sueños infantiles.
Aunque la neblina me impedía observar los detalles, lo que yo veía era
exactamente como lo recordaba, es decir, un cuerpo blanco y resplandeciente con
algo por encima medio invisible que no cesaba de zumbar y dar vueltas. A medida
que descendía hacia nosotros se iba haciendo mayor y más ruidoso.
Al
mirar de nuevo abajo vi unos cuantos hilos brillantes, como telarañas, que
pasaban próximos a la boca de la cueva. Luego fueron más abundantes, y al
moverse en el aire lanzaban súbitos resplandores.
Había
cesado el alboroto. Los invasores, diseminados por todo el claro, habían bajado
sus arcos y armas de fuego y estaban con la vista clavada en las alturas,
observando incrédulamente el objeto. De pronto, los que estaban en la parte
izquierda empezaron a gritar alarmados y echaron a correr. Los caballos de la
derecha, espantados, se levantaron sobre sus patas, relincharon y salieron como
centellas sin dirección fija. En pocos segundos el lugar se había convertido en
un caos. Los hombres chocaban entre si al huir; los caballos, aterrados,
tiraban y pisoteaban las débiles chozas, y algunos enganchaban a sus jinetes en
las cuerdas que sujetaban las tiendas.
Busqué
a Michael.
—¡Aquí!—le
dije—. En esta dirección. Ven por aquí.
—Ya
voy—me replicó.
Fue
entonces cuando le descubrí, poniéndose de pie junto a un caballo caído que
coceaba violentamente. Por su parte levantó la vista, encontró nuestra cueva y
nos hizo una señal con la mano. Volvió a mirar al aparato que, aproximadamente
a unos sesenta metros por encima de nosotros, seguía descendiendo con suavidad.
Por debajo, la rara neblina formaba un enorme remolino.
—Ya
voy—repitió Michael.
Al
empezar a andar hacia nosotros, algo que le tocó en el brazo le hizo pararse.
Intentó quitárselo con la mano.
—Es
una cosa extraña—nos explicó—. Como una telaraña, pero pegajoso. ¡No puedo
separar la mano!...
Su
pensamiento manifestó de repente espanto.
—¡Se
ha quedado pegada! ¡No puedo moverla!
En
ese momento intervino la mujer de Tierra del Mar:
—No
luches. Quedarías agotado. Tiéndete si puedes, y ten calma. No te muevas.
Espera un poco. Quédate quieto en el suelo para que eso no te envuelva.
Vi a
Michael obedecer las instrucciones, si bien en sus pensamientos no había
ninguna confianza. De pronto me di cuenta de que los hombres esparcidos por el
claro trataban de quitarse con las manos la materia adherida a sus cuerpos,
aunque inútilmente. Luchaban con ella como moscas en melote, aparte de que no
cesaban de aumentar las hebras que los envolvían. La mayoría de los hombres
forcejeaban durante unos segundos con ellas, y luego intentaban correr hacia
los árboles para ponerse a salvo. Al cabo de los tres pasos más o menos se les
pegaban los pies y caían de bruces en el suelo. Los hilos entonces los
atrapaban con más fuerza. En el forcejeo quedaban enganchados a más hebras
todavía hasta que al final desistían de luchar. Los caballos no lo pasaban mejor.
Vi a uno de ellos tendido sobre un pequeño arbusto. Cuando el animal se movió
para escapar, arrancó el matojo de raíz. El arbusto dio la vuelta y tocó al
caballo en la otra anca. Las patas se le pegaron de tal modo, que cayó de nuevo
al suelo y coceó por poco tiempo.
Una
de las hebras descendentes me rozó en el dorso de la mano. Mandé a Rosalind y
Petra que se metieran en el fondo de la cueva. Contemplé el hilo sin atreverme
a tocarlo con mi otra mano. Lenta y cuidadosamente giré la mano afectada
tratando de que la hebra se enredara en la roca. No fui lo suficientemente
prudente. El movimiento hizo que la hebra, junto a otras muy próximas,
envolvieran mi mano de tal forma que quedó pegada a la piedra.
—¡Ya
están aquí!—gritó Petra con palabras y pensamientos a la vez.
Miré
arriba para comprobar que el reluciente y blanco objeto en forma de pez se
estaba acercando al centro del claro. En su descenso formó una nube con los
filamentos a su alrededor y lanzó una bocanada de aire hacia las alturas. Vi
que algunos de los hilos que había delante de la boca de la cueva vacilaban, se
encogían y penetraban dentro. Involuntariamente cerré los ojos. Sentí como una
luz muy tenue sobre mi rostro. Y cuando traté de abrir los ojos de nuevo, me di
cuenta de que me era imposible.
Se
necesita mucha resolución para permanecer tendido e inmóvil mientras uno nota
caer sobre su rostro y manos más y más hebras pegajosas como plumas
hormigueantes; y se precisan aún más arrestos cuando se empieza a sentir que
los primeros filamentos que se adhirieron a uno aprietan la piel como finas
cuerdas y tiran suavemente de ella.
Capté
el pensamiento de Michael preguntándose alarmado si aquello no era una trampa,
y si no hubiera sido preferible haber intentado escapar de allí como fuese.
Antes de que pudiera responderle, la mujer de Tierra del Mar volvió a
alentarnos y a pedirnos que tuviéramos calma y paciencia. Rosalind subrayó esos
conceptos a Petra.
—¿Estáis
vosotras atrapadas también? —pregunté.
—Si
—me contestó Rosalind—. El viento que produjo la máquina metió esos hilos en la
cueva... Petra, guapa, ya has oído lo que ha dicho tu amiga. Trata de estarte
quieta.
Las
vibraciones y los zumbidos que anteriormente parecían inundarlo todo,
disminuyeron al aproximarse despacio la máquina al suelo. Al final se detuvo.
El subsiguiente silencio sobresaltaba. Se oyeron llamadas en murmullo y sonidos
ahogados, pero poco más. En seguida comprendí la causa. Algunos hilos habían
caído sobre mis labios. Aunque hubiera querido, no habría podido abrir la boca.
La
espera pareció interminable. Sentia el tirón de la materia sobre mi piel, y ya
estaba resultando doloroso.
—¿Michael?
—pidió la mujer de Tierra del Mar—. Cuenta para guiarme hasta ti.
Michael,
en cifras pensadas, principió a contar. Fueron constantes hasta que el uno y el
dos del número doce fluctuaron y se disolvieron en un concepto de alivio y
gratitud. En el silencio que ahora predominaba le oí manifestar en palabras:
—Están
en aquella cueva, sí, en aquella.
De
la escala me llegó un crujido, luego el ruido de los peldaños al golpear la
fachada de piedra, y por último un ligero chirrido. Noté que se humedecían mis
manos y cara, y que la piel empezaba a perder la sensación de tirantez. Intenté
abrir nuevamente los ojos; aunque parecía haber resistencia, cedieron poco a
poco. Al levantar los párpados sentí en ellos la pegajosidad.
Delante
de mi, subida en los últimos peldaños de la escala y encorvada hacia el
interior, se encontraba una figura enteramente oculta en un lustroso vestido
blanco. Todavía colgaban en el aire algunos filamentos, pero cuando rozaban el
atuendo blanco no se quedaban pegados a él. Al tocar, por ejemplo, la cabeza o
los hombros, resbalaban suavemente sin adherirse. Lo único que podía ver de la
persona así vestida era el par de ojos que me observaban a través de unas
aberturas pequeñas y transparentes. En una de sus manos cubierta con un guante
blanco tenía una botella metálica de la que me estaba rociando un liquido.
—Date
la vuelta—me indicó el pensamiento de la mujer.
Me
volví para que pudiera rociarme por detrás. Luego terminó de entrar en la
cueva, pasó junto a mi y se dirigió esparciendo el liquido hacia Rosalind y
Petra, en el fondo del hueco. La cabeza y los hombros de Michael aparecieron
por el borde de la entrada. También a él le habían echado el liquido, y los
pocos hilos que aún le quedaban brillaron momentáneamente antes de
desvanecerse. Me senté para recibirle.
La
máquina blanca reposaba en medio del claro. El artefacto que tenía en su parte
superior había dejado de girar, y ahora que se podía contemplar daba la
impresión de ser una especie de espiral cónica, construida a base de material
transparente en una serie de secciones espaciadas. En el costado del cuerpo en
forma de pez se veían unas ventanas de vidrio y una puerta abierta.
El
claro parecía haber sufrido la invasión de un innumerable y poderosísimo número
de arañas. Los hilos, ahora más blancos que brillantes, daban la impresión de
festonear el lugar. Se tardaba un poco en notar que algo les ocurría, ya que la
brisa no los balanceaba como hubiera hecho con cualquier telaraña. Pero no sólo
ellos, sino todo lo demás permanecía inmóvil, como petrificado.
Entre
las chozas se veían a unos cuantos hombres y caballos esparcidos. Estaban tan
inmóviles como las otras cosas.
Un
repentino crujido se oyó hacia la parte derecha. Miré en esa dirección a tiempo
de ver desgajarse un joven árbol y caer al suelo. Por el rabillo del ojo capté
otro movimiento extraño: un arbusto que se echaba hacia delante. Vi cómo salían
de sus raíces de la tierra. Aun otro matojo se movió. Una choza titubeó y se
desplomó por ultimo al suelo; y luego otra... Infundía pavor y alarma...
En
el fondo de la cueva Rosalind exhaló un suspiro de alivio. Me levanté, y con
Michael me aproximé a
ellas.
Petra, en tono sumiso y algo vehemente, declaró:
—Ha
sido muy espantoso.
Sus
ojos se clavaron reprobantes y curiosos en la figura del vestido blanco. La
mujer hizo unas cuantas rociadas más con la botella metálica, se quitó los
guantes y se levantó la pieza que cubría su cabeza. Nos miramos mutuamente con
fijeza.
Tenía
los ojos grandes, con iris de color más marrón que verde, y largas y doradas
pestañas. Aunque su nariz era recta, las ventanas de ella tenían la perfección
de una escultura. La boca, quizás, era un poco grande; la barbilla, si bien
redonda, no era delicada. Su cabello era una pizca más oscuro que el de
Rosalind, y sorprendentemente corto en una mujer. Casi lo llevaba a la altura
de la mandíbula.
Pero
lo que más atraía nuestra atención era la luminosidad de su rostro. No había
palidez alguna, sino simple hermosura, como si a sus mejillas se hubiera
aplicado una crema nueva o se las hubiera empolvado con pétalos rosados. Apenas
se veía una línea en su tersura, toda su cara parecía ser nueva y perfecta,
como si jamás hubiera sido castigada por el viento o la lluvia. Se nos antojaba
difícil creer que ninguna persona real, viviente, pudiera tener ese aspecto tan
intacto y sano.
Porque
además ya no era una muchacha que empezaba a vivir; se trataba indudablemente
de toda una mujer, quizás de unos treinta años, aunque tampoco se podía
asegurar su edad. Se la notaba segura de sí misma, con una serenidad confiada
que convertía casi en baladronada la autosuficiencia de Rosalind.
Después
de observarnos a los demás, fijó su atención en Petra, a quien sonrió mostrando
unos dientes perfectos y blancos.
Se
produjo un concepto tremendamente complejo que se componía de placer,
satisfacción, logro, alivio, aprobación y, lo que fue muy chocante para mi,
algo así como temor reverencial. La mezcla superaba las posibilidades de
captación de mi hermana, mas lo que pudo comprender originó en ella, durante
algunos segundos, una gravedad desacostumbrada que se manifestó en la
dilatación de sus ojos y en la firmeza con que miró a la mujer. Sin entender el
cómo y el porqué, parecía darse cuenta de que aquel constituía uno de los
momentos cardinales de su vida.
Al
cabo del rato se relajó la expresión de su rostro, sonrió y mostró gestos de
satisfacción. Algo estaba ocurriendo evidentemente entre ellas, pero por su
calidad o altura me era imposible captarlo. Cuando crucé la mirada con
Rosalind, ésta se limitó a mover la cabeza sin hacer comentarios.
La
mujer de Tierra del Mar se agachó y cogió a Petra en brazos. Ambas se
observaron mutuamente. Petra alzó la mano y tocó cautelosamente la cara de su
amiga, como para asegurarse de que era real. La mujer de Tierra del Mar se rió,
la besó y la puso de nuevo en el suelo. Movió la cabeza con lentitud, como
indicando que aún no se lo podía creer.
—Merecía
la pena—dijo con palabras—. ¡Ya lo creo que merecía la pena!
La
pronunciación era tan rara, que al principio apenas comprendí su significado.
Inmediatamente formó conceptos pensados, que pude seguir mucho mejor que sus
palabras.
—No
se trataba sólo de conseguir el permiso para venir, aunque la distancia es más
del doble de lo que ha recorrido nunca uno de nosotros. Influía también el
gasto del viaje de la nave. Por eso les resultaba difícil aceptar que mereciera
la pena. Pero sin duda que ha sido un esfuerzo bien empleado...
Con
expresión de asombro volvió a mirar de nuevo a Petra, antes de añadir:
—A
su edad, y sin adiestramiento..., ¡mas es capaz de hacer que su pensamiento
recorra medio mundo!
Meneó
la cabeza una vez más, como si todavía fuera imposible de creer por completo.
Después se volvió hacia mi:
—Aún
tiene mucho que aprender, pero la pondremos con los mejores maestros y algún
día será ella quien enseñe a todos.
Se
sentó en el petate de ramas y pellejos de Sophie. En contraste con la blancura
de su cubre-cabezas, su bello rostro parecía estar enmarcado por un halo. Luego
de examinarnos cuidadosamente a cada uno, dio la impresión de quedar
satisfecha. Asintió con la cabeza al continuar:
—Ayudándoos
recíprocamente, habéis logrado hacer un largo viaje también. Ya veréis que
podemos enseñaros asimismo mucho a vosotros.
Tomó
una mano de Petra entre las suyas y agregó:
—Bueno,
como no tenéis bienes que recoger y no hay nada que nos impida la marcha,
podemos partir ahora mismo.
—¿Hacia
Waknuk? —preguntó Michael.
Se
trataba realmente más de una declaración que de una pregunta. Por eso la mujer
de Tierra del Mar le dirigió una mirada inquisitiva.
—Queda
Rachel—explicó Michael.
La
mujer reflexionó un instante. Luego contestó:
—No
estoy segura. Espera un momento.
Se
puso de pronto en comunicación con alguien que estaba a bordo de la nave parada
en el exterior, pero a una velocidad y nivel que me impedía captar lo que
decían. En seguida se volvió hacia nosotros, movió apesadumbrada la cabeza y
nos manifestó:
—Ya
me lo temia. Lo siento mucho, pero no podemos llevarla.
—Pero
no llevaría demasiado tiempo—insistió Michael—. No está lejos..., al menos para
su máquina voladora.
La
mujer movió de nuevo la cabeza, y replicó:
—Lo
siento. Lo haríamos si pudiéramos. Pero es una cuestión técnica. Mira, el viaje
ha sido más largo de lo que esperábamos. Encontramos zonas terribles que no nos
atrevimos a cruzar, ni siquiera a gran altura; en consecuencia, tuvimos que dar
un rodeo. También, y debido a lo que aquí sucedía, tuvimos que correr más de lo
que habíamos pensado.
Se
detuvo, como preguntándose si lo que nos estaba explicando no sobrepasaría el
entendimiento de seres tan primitivos como nosotros.
—La
máquina—continuó—gasta fuel. Cuanto más peso lleva y a más velocidad va, más
combustible quema y en estos momentos disponemos de sólo la cantidad justa para
regresar a casa, eso si llevamos cuidado. Si vamos a Waknuk, efectuamos otro
aterrizaje y otro despegue, además de tomaros a vosotros cuatro aparte de
Petra, no tendremos suficiente combustible para poder llegar a nuestro país.
Eso significaría que caeríamos al mar y nos ahogaríamos. Podemos llevar a tres
de vosotros desde aquí sin peligro; pero a cuatro, con un aterrizaje extra,
imposible.
Hubo
una pausa mientras considerábamos la situación. Después de tan clara
exposición, la mujer se apoyó contra la pared de roca, alzó las rodillas para
rodearlas con sus manos y se quedó inmóvil, esperando cariñosa y pacientemente
a que nosotros aceptáramos los hechos.
En
el transcurso de la pausa nos dimos cuenta del pavoroso silencio que había a
nuestro alrededor. No se oía ni un solo sonido. Ni se veía moverse nada. Hasta
las hojas de los árboles habían dejado de producir su característico susurro.
Un repentino choque de entendimiento provocó en Rosalind una cuestión.
—¿No
estarán..., no estarán todos... muertos? Yo no me había dado cuenta. Creía
que...
—Si—contestó
sencillamente la mujer de Tierra del Mar—. Todos están muertos. Al secarse, los
hilos de plástico se contraen. El hombre que forcejea y se enreda en ellos se
desmaya en seguida. Eso es más misericordioso que vuestras flechas y lanzas.
Rosalind
sintió un estremecimiento. Me parece que yo también. Había en todo aquello algo
que no encajaba, algo distinto por completo de la suerte fatal que se produce
en una lucha de hombre a hombre, o de las bajas habidas en una batalla
corriente. Nos desconcertaba asimismo la mujer de Tierra del Mar, porque en su
mente no había insensibilidad, aunque tampoco una gran preocupación por lo
acontecido; era sólo un ligero disgusto, como si se hubiera tratado de una
necesidad inevitable, pero normal. Percibió nuestra confusión y movió la cabeza
reprobante. Se dispuso a hacer un largo comentario.
—No
es agradable tener que matar ninguna criatura —convino—, pero la pretensión de
que se puede vivir sin matar es una ilusión vana. Debe haber carne en los
platos, como verduras sin florecer y semillas sin germinar; hasta tienen que
sacrificarse los ciclos de los microbios a fin de que continúen nuestros
ciclos. Tal hecho no es ni vergonzoso ni ofensivo; forma parte simplemente de
la gran rueda giratoria de la economía natural. Y así como debemos mantenernos
vivos por estos medios, nos vemos precisados también a preservar nuestra
especie contra otras especies que quieren destruirnos... y si no,
desapareceremos.
»Sin
desearlo por su parte, el pueblo de los Bordes fue condenado a una vida de
infelicidad y miseria..., no tenían ningún futuro. Y en cuanto a aquellos que
les condenaron..., bueno, así es como acontecen las cosas. Ya sabéis que
anteriormente han habido otros señores de la vida. ¿No os han contado lo de los
grandes reptiles? Cuando les llegó la hora de la sustitución, desaparecieron.
»Llegará
el momento en que nosotros tendremos que dejar paso igualmente a algo nuevo.
Con toda certeza que lucharemos contra lo inevitable, del mismo modo que lo han
hecho estos restos del Viejo Pueblo. Intentaremos con todas nuestras fuerzas
defendernos y arrojar a eso inevitable al territorio de donde provenga, ya que
la traición a la propia especie es siempre un crimen. Lo pondremos a prueba, y
cuando demuestre la necesidad de nuestra desaparición, desapareceremos. Ese es
el proceso que justifica el ocaso de esta especie.
»Por
fidelidad a su clase, no pueden tolerar nuestro brote; por fidelidad a nuestro
linaje, no podemos tolerar su obstrucción.
»Si
el proceso os confunde, se debe a que ni habéis podido verlo a distancia, ni
después de saber quiénes sois notáis lo que significa la diferencia de especie.
Vuestros vínculos y educación desconciertan vuestras mentes, medio pensáis aún
que ellos son de vuestra especie. Ese es el motivo de vuestra perplejidad. Y
por eso os llevan también ventaja, porque ellos no están perplejos. Al
contrario, viven alertas, notando colectivamente el peligro que corren. Se dan
perfecta cuenta de que para sobrevivir no sólo deben preservar a su especie del
deterioro, sino que deben protegerla asimismo de la mayor amenaza encarnada en
una variante superior.
»Y
la nuestra es una variante superior que acaba precisamente de empezar. Somos
capaces de pensar conjuntamente y de entendernos como ellos jamás soñaron
estamos comenzando a comprender la forma de reunir y aplicar el trabajo de la
mente en equipo a un problema... ¿y a dónde puede llevarnos eso? No estamos
encerrados en jaulas individuales desde donde podemos comunicarnos únicamente
con palabras inadecuadas. Al contrario, como existe el entendimiento mutuo, no
necesitamos leyes que traten las formas vivientes como si fueran ladrillos
indistinguibles. Jamás cometeremos el error de imaginar que podríamos
modelarnos en igualdad e identidad, del mismo modo que las monedas troqueladas;
no tratamos de forjarnos mecánicamente introduciéndonos en sistemas geométricos
de sociedad o política; no somos dogmáticos en el sentido de enseñar a Dios la
forma en que debiera haber ordenado el mundo.
»La
cualidad esencial de la vida es vivir; la cualidad esencial del vivir es el
cambio; el cambio es evolución, y nosotros formamos parte de ella.
»El
estático, el enemigo del cambio, es el enemigo de la vida y por tanto nuestro
rival implacable. Si todavía sentís perplejidad o dudas, considerad solamente
algunas de las obras realizadas por ese pueblo que os ha enseñado a creer que
son vuestros camaradas. Aunque conozco poco de vuestra vida, la norma apenas en
los sitios en donde existe un puñado de la vieja especie que trata de
preservarse. Y considerad asimismo lo que intentaban haceros a vosotros y por
qué...
Como
me había ocurrido en otras ocasiones, su estilo retórico me parecía algo
abrumador, pero en general pude seguir su línea de pensamiento. Yo no contaba
con el poder de aislamiento que me hubiera permitido pensar en mi mismo como
otra especie... y tampoco estoy seguro de tenerlo aún. Según mi modo de pensar,
nosotros no éramos todavía más que pequeñas e infelices variantes; sin embargo,
si que estaba capacitado para mirar atrás y considerar la causa de nuestra
obligada huida...
Observé
a Petra. Se hallaba sentada y aburrida por toda aquella apología, contemplando
con atento asombro el hermoso rostro de la mujer de Tierra del Mar. Una serie
de recuerdos me distrajeron de lo que veía: la cara de mi tía Harriet en el
agua, su pelo ondulándose al paso de la corriente; la pobre Anne, una figura
fláccida colgando de una viga; Sally, con las manos apretadas de angustia por
Katherine y de terror por si misma; Sophie, condenada a una salvaje caída en el
polvo, con una saeta clavada en la nuca...
Cualquiera
de estos cuadros hubiera podido ser el futuro de Petra...
Me
senté a su lado, y la rodeé con un brazo.
Durante
el discurso de la mujer de Tierra del Mar, Michael había echado algunas ojeadas
al exterior, recorriendo casi ansiosamente con sus ojos la máquina que
aguardaba en el claro. Cuando se detuvo nuestra amiga, él continuó examinando
la nave a lo largo de un minuto o dos, luego suspiró y se volvió hacia
nosotros. Pasó un rato contemplando el suelo rocoso que había a sus pies.
Después levantó la vista y pidió a mi hermana:
—Petra,
¿crees que puedes comunicarte con Rachel para ayudarme a mi?
En
su estilo acostumbrado, mi hermana trató de ponerse en contacto con Rachel.
—Sí
—replicó—, ahí está. Quiere saber lo que ha ocurrido.
—Dila
primero que, oiga lo que oiga, estamos todos vivos y perfectamente.
—Si
—indicó Petra en seguida—. Contesta que lo comprende.
—Ahora
deseo que le comuniques esto —continuó Michael—. Tiene que seguir siendo
valiente... y prudente. En poco tiempo, tres o cuatro días quizás, pasaré a
recogerla. ¿Quieres decírselo?
Mi
hermana reprodujo enérgicamente el mensaje, pero con absoluta fidelidad, y se
dispuso a recibir la respuesta. En su expresión apareció un ligero fruncimiento
del entrecejo.
—¡Oh,
querida! —exclamó algo disgustada—. Se ha puesto a llorar confundida. Esa chica
parece querer llorar mucho, y no veo el motivo. Sus pensamientos reservados no
son ahora desdichados, desde luego; es un especie de sollozo feliz. ¿No es
absurdo?
Todos
miramos a Michael, pero sin hacer ningún comentario.
—Bueno
—dijo él a la defensiva—, vosotros dos estáis proscritos como los forajidos,
así que no podéis ir.
—Pero
Michael... —empezó Rosalind.
—Ella
está muy sola—subrayó nuestro amigo—. ¿Dejarías tú solo a David, o él a ti?
No
hubo respuesta.
—Pero
tú has dicho "recogerla"—observó Rosalind.
—Y
eso es lo que he querido indicar. Podríamos permanecer en Waknuk por un tiempo,
esperando el momento en que nos descubrieran a nosotros o quizás a nuestros
hijos... No es una perspectiva halagüeña...
Echó
una mirada de desagrado a la cueva y al claro, antes de añadir:
—O
podríamos venir a los Bordes..., lo que tampoco es halagüeño. Rachel se merece
el mismo bienestar que cualquiera de nosotros. Entonces, como la máquina no
puede ir a por ella, alguien tiene que ir a recogerla.
La
mujer de Tierra del Mar se había inclinado hacia adelante para observarle
mejor. En sus ojos había simpatía y admiración, pero movió la cabeza
negativamente.
—Es
una distancia enorme—le recordó—, aparte de que entre medias hay un territorio
espantoso e imposible de atravesar.
—Ya
lo sé—convino—. Pero como el mundo es redondo, tiene que haber otro camino para
llegar allí.
—Seria
muy difícil... —le advirtió—, y ciertamente peligroso.
—No
más peligroso que quedarse en Waknuk. Además, ¿cómo podríamos estar allí ahora,
sabiendo que existe un lugar para gente igual a nosotros que, hay un sitio a
donde ir? El conocimiento hace que todo sea distinto. El conocimiento de que no
somos unos alucinados..., una serie de aberraciones perplejas que esperan
salvar el pellejo. Es la diferencia que existe entre intentar meramente seguir
vivos y tener algo por lo que vivir.
La
mujer de Tierra del Mar reflexionó unos minutos, luego alzó los ojos y mantuvo
la mirada fija en Michael.
—Cuando
lleguéis hasta nosotros, Michael—le dijo—, tened la seguridad de que contaréis
con un lugar en nuestro pueblo.
16
La
puerta se cerró con un ruido sordo. La máquina empezó a vibrar y levantó una
gran polvareda a través del claro. Por las ventanas vimos a Michael cerca del
aparato, resguardándose del viento, con las ropas agitándose. Hasta los
aberrantes árboles que rodeaban el claro se estaban moviendo debajo de los
hilos que les servían de mortaja.
El
suelo tembló debajo de nosotros. Se produjo un pequeño balanceo antes de que
empezáramos a ver la tierra cada vez más lejos a medida que adquiríamos
velocidad en dirección al cielo. En seguida nos estabilizamos y viramos hacia
el sudoeste.
Petra
estaba excitada y anunció con fuerza:
—Es
terriblemente maravilloso. Veo kilómetros y kilómetros de terreno. ¡Oh,
Michael, qué gracioso y pequeñajo pareces ahí abajo!
La
figura sola y menuda que había en el claro movió el brazo.
—De
momento, Petra —nos llegó el pensamiento de Michael—, parezco gracioso y
pequeño aquí abajo. Pero no será por mucho tiempo. Iremos a buscaros.
Era
como lo había visto en mis sueños. Un sol más brillante de lo que jamás había
visto en Waknuk caía sobre la extensa bahía azul en donde la blanca espuma de
las olas se acercaba despacio a la playa. Pequeños barcos, unos con velas de
colores y otros sin nada, iban ya camino del puerto. Apiñada a lo largo de la
costa. y estrechándose en dirección a las montañas, se encontraba la ciudad de
casas blancas con intercalados de parques y jardines verdes. Divisé incluso los
pequeños vehículos que se deslizaban a lo largo de amplias avenidas enmarcadas
por continuadas líneas de árboles. Tierra adentro, junto a un cuadrado verdoso,
se distinguía una luz intermitente que procedía de una torre y una máquina en
forma de pez que reposaba en el suelo.
La
escena era tan familiar que casi me hacia desconfiar. Durante un breve instante
me imaginé que iba a despertarme y a descubrir que me hallaba en mi cama de
Waknuk. Para asegurarme cogí la mano de Rosalind.
—Es
real, ¿verdad?—la pregunté—. Tú también lo ves, ¿no?
—Es
maravilloso, David. Nunca creí que existiera nada tan bonito... Y hay algo más,
de lo que tú nunca me hablaste cuando me referías tus sueños.
—¿El
qué?
—¡Escucha!...
¿No oyes nada? Abre más tu mente... Petra, guapa, ¿por qué no dejas de hacer
esa especie de gorjeo durante unos minutos?...
Escuché
como me pedía. Me di cuenta de que el técnico de nuestra máquina se estaba
comunicando con alguien de abajo, pero más allá, como si les sirviera de fondo,
noté algo nuevo y desconocido para mi. En términos de sonido no sería muy
distinto dei zumbido de un enjambre de abejas; en términos, de luz, un ascua
sin llama.
—¿Qué
es eso? —pregunté perplejo.
—¿No
lo adivinas, David? Es gente. Montones y montones de personas como nosotros.
Comprendí
que debía tener razón y escuché con atención durante un rato... hasta que la
excitación de Petra la descontroló y tuve necesidad de protegerme.
Estábamos
ya sobre la tierra, y al mirar abajo daba la impresión de que la ciudad salía a
nuestro encuentro.
—Estoy
empezando a creer que por fin es real y cierto—comenté a Rosalind—. Tú nunca
venías conmigo en las otras ocasiones.
Volvió
la cabeza. La Rosalind intima estaba en su rostro, sonriendo, brillándole los
ojos. La armadura había desaparecido. Me permitió verla tal cual era. Se
asemejaba a la abertura de una flor...
—En
esta ocasión, David...—empezó a decir.
No
pudo terminar. Aturdidos, los dos nos llevamos las manos a la cabeza. Hasta el
suelo que estaba debajo de nuestros pies sufrió una ligera sacudida.
Surgieron
protestas angustiadas de todas partes.
—¡Oh,
cuánto lo siento! —se excusó Petra ante la tripulación de la nave y ante la
ciudad en general—. Pero es que es tan terriblemente excitante.
—Esta
vez, guapa, te perdonamos—le comunicó Rosalind—. En verdad lo es.
FIN

