Libro N° 6043. La Casa Encantada Y Otros Cuentos. Woolf, Virginia.
© Libro N° 6043.
La Casa Encantada Y Otros Cuentos. Woolf, Virginia. Emancipación. Mayo 25 de 2019.
Título
original: © A Haunted House and Other Stories
Versión Original: © La Casa Encantada Y Otros Cuentos. Virginia Woolf
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CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA CASA ENCANTADA Y OTROS CUENTOS
Virginia Woolf
Traducción de Andrés Bosch
Título original: A Haunted House and Other Stories
Publicado por Editorial Lumen, S. A., Ramón Miquel y Planas, 10
- Barcelona, 34.
Primera edición: 1979 Segunda edición: 1983
ÍNDICE
Prólogo
La casa encantada
Lunes o martes
Una novela no escrita
El cuarteto de cuerda
Kew Gardens
La mancha en la pared
La señora en el espejo
La duquesa y el joyero
Momentos de vida
El hombre que amaba al prójimo
El foco
El legado
Juntos y separados . . . .
Un resumen
(Nota : Por defectos en la edición
digitalizada, faltan «El vestido nuevo», «La cacería», «Lappin y Lapinova» y «Objetos sólidos»)
PROLOGO
Lunes o martes, el único volumen de cuentos
debido a Virginia Woolf que vio la luz pública durante su vida, fue publicado
hace veintidós años, en 1921. No ha sido reeditado en muchos años. Virginia
Woolf siempre tuvo la costumbre de escribir relatos, de vez en cuando. Cuando
se le ocurría la idea de un relato, solía esbozarlo de forma muy rudimentaria y
guardarlo en un cajón. Luego, si un editor le pedía un cuento, y Virginia Woolf
tenía el humor propicio para ello (lo cual no era frecuente), sacaba el esbozo
del cajón y lo volvía a escribir, en ocasiones muchas veces. Cuando Virginia
Woolf estimaba, lo cual le ocurría a menudo si se hallaba en trance de escribir
una novela, que necesitaba dar descanso a su mente por el medio de escribir
otra cosa durante un tiempo, escribía un ensayo crítico, o bien desarrollaba
uno de sus esbozos de cuento.
Durante la temporada que precedió a su muerte,
Virginia Woolf y yo estudiamos a menudo la posibilidad de reeditar Lunes o
martes, o de publicar un nuevo volumen de relatos. Por fin, en 1940, Virginia
Woolf decidió formar un nuevo volumen, al que incorporaría la mayoría de los
relatos originariamente aparecidos en Lunes o martes, así como otros
posteriormente incluidos en publicaciones periódicas, y algunos inéditos.
Teníamos el proyecto de que Virginia produjera un volumen de ensayos críticos
en 1941, y el volumen de cuentos en 1942.
En el presente volumen he procurado llevar a
efecto sus intenciones. He incorporado seis de los ocho relatos o apuntes
originariamente integrantes de Lunes o martes. Los dos que he omitido son «Una
sociedad» y «Azul y verde»; me consta que Virginia Woolf había decidido no
incluir el primer relato, y, prácticamente, tengo la seguridad de que tampoco
hubiera incluido el segundo. Después, he incorporado seis relatos aparecidos en
publicaciones periódicas entre 1922 y 1941, que son: «El vestido nuevo», «La
cacería», «Lappin y Lapinova», «Objetos sólidos», «La señora en el espejo» y
«La duquesa y el joyero». Las publicaciones en que aparecieron son: The Forum,
Harper's Bazaar, The Athenaeum y Harper's Monthly Magazine. Por fin, he añadido
seis relatos inéditos. (Cabe la posibilidad de que uno de estos últimos,
«Momentos de vida», fuera publicado. Si la memoria no me falla, realmente lo
fue, pero no hay constancia escrita de ello, y, para su actual publicación, me
he servido del texto mecanografiado.) He dudado, antes de decidir incluirlos.
Ninguno de ellos, salvo «Momentos de vida» y «El foco», fue definitivamente
corregido por Virginia Woolf, y tengo la seguridad de que hubiese trabajado
mucho en ellos, antes de publicarlos. Por lo menos cuatro se encuentran, tan
sólo, en la etapa inmediato posterior al primer esbozo.
LEONARD WOOLF
LA CASA ENCANTADA
A cualquier hora que una se despertara, una
puerta se estaba cerrando. De cuarto en cuarto iba, cogida de la mano,
levantando aquí, abriendo allá, cerciorándose, una pareja de duendes.
«Lo dejamos aquí», decía ella. Y él añadía:
«¡Sí, pero también aquí!» «Está arriba», murmuraba ella. «Y también en el
jardín», musitaba él. «No hagamos ruido», decían, «o les despertaremos.»
Pero no era esto lo que nos despertaba. Oh,
no. «Lo están buscando; están corriendo la cortina», podía decir una, para
seguir leyendo una o dos páginas más. «Ahora lo han encontrado», sabía una de
cierto, quedando con el lápiz quieto en el margen. Y, luego, cansada de leer,
quizás una se levantara, y fuera a ver por sí misma, la casa toda ella vacía,
las puertas quietas y abiertas, y sólo las palomas torcaces expresando con
sonidos de burbuja su contentamiento, y el zumbido de la trilladora sonando
allá, en la granja. «¿Por qué he venido aquí? ¿Qué quería encontrar?» Tenía las
manos vacías. «¿Se encontrará acaso arriba?» Las manzanas se hallaban en la
buhardilla. Y, en consecuencia, volvía a bajar, el jardín estaba quieto y en
silencio como siempre, pero el libro se había caído al césped.
Pero lo habían encontrado en la sala de estar.
Aun cuando no se les podía ver. Los vidrios de la ventana reflejaban manzanas,
reflejaban rosas; todas las hojas eran verdes en el vidrio. Si ellos se movían
en la sala de estar, las manzanas se limitaban a mostrar su cara amarilla. Sin
embargo, en el instante siguiente, cuando la puerta se abría, esparcido en el
suelo, colgando de las paredes, pendiente del techo... ¿qué? Yo tenía las manos
vacías. La sombra de un tordo cruzó la alfombra; de los más profundos pozos de
silencio la paloma torcaz extrajo su burbuja de sonido. «A salvo, a salvo, a
salvo...», latía suavemente el pulso de la casa. «El tesoro está enterrado; el
cuarto...», el pulso se detuvo bruscamente. Bueno, ¿era esto el tesoro
enterrado?
Un momento después, la luz se había
debilitado. ¿Afuera, en el jardín quizá? Pero los árboles tejían penumbras para
un vagabundo rayo de sol. Tan hermoso, tan raro, frescamente hundido bajo la
superficie el rayo que yo buscaba siempre ardía detrás del vidrio. Muerte era
el vidrio; muerte mediaba entre nosotros; acercándose primero a la mujer,
cientos de años atrás, abandonando la casa, sellando todas las ventanas; las
estancias quedaron oscurecidas. El lo dejó allí, él la dejó a ella, fue al
norte, fue al este, vio las estrellas aparecer en el cielo del sur; buscó la
casa, la encontró hundida bajo la loma. «A salvo, a salvo, a salvo», latía
alegremente el pulso de la casa. «El tesoro es tuyo.»
El viento sube rugiendo por la avenida. Los
árboles se inclinan y vencen hacia aquí y hacia allá. Rayos de luna chapotean y
se derraman sin tasa en la lluvia. Rígida y quieta arde la vela. Vagando por la
casa, abriendo ventanas, musitando para no despertarnos, la pareja de duendes
busca su alegría.
«Aquí dormimos», dice ella. Y él añade: «Besos
sin número.» «El despertar por la mañana...» «Plata entre los árboles...»
«Arriba...» «En el jardín...» «Cuando llegó el verano...» «En la nieve
invernal...» Las puertas siguen cerrándose a lo lejos, distantes, con suave
sonido como el latido de un corazón.
Se acercan más; cesan en el pasillo. Cae el
viento, resbala plateada la lluvia en el vidrio. Nuestros ojos se oscurecen; no
oímos pasos a nuestro lado; no vemos a señora alguna extendiendo su manto
fantasmal. Las manos del caballero forman pantalla ante la linterna. Con un
suspiro, él dice: «Míralos, profundamente dormidos, con el amor en los labios.»
Inclinados, sosteniendo la linterna de plata
sobre nosotros, nos miran larga y profundamente. Larga es su espera. Entra
directo el viento; la llama se vence levemente. Locos rayos de luna cruzan
suelo y muro, y, al encontrarse, manchan los rostros inclinados; los rostros
que consideran; los rostros que examinan a los durmientes y buscan su dicha
oculta.
«A salvo, a salvo, a salvo», late con orgullo
el corazón de la casa. «Tantos años...», suspira él. «Me has vuelto a
encontrar.» «Aquí», murmura ella, «dormida; en el' jardín leyendo; riendo,
dándoles la vuelta a las manzanas en la buhardilla. Aquí dejamos nuestro
tesoro...» Al inclinarse, su luz levanta mis párpados. «¡A salvo! ¡A salvo! ¡A
salvo!», late enloquecido el pulso de la casa. Me despierto y grito: «¿Es esto
vuestro tesoro enterrado? La luz en el corazón.»
LUNES O MARTES
Perezosa e indiferente, sacudiendo con
facilidad el espacio de sus alas, conocedora de su camino, pasa la garza sobre
la iglesia, bajo el cielo. Blanco e indiferente, ensimismado, el cielo cubre y
descubre sin cesar, se va y se queda. ¿Un lago? ¡Quítale las orillas! ¿Una
montaña? Sí, perfecto, con el oro del sol en las laderas. Cae desde lo alto.
Heléchos, o plumas blancas, siempre, siempre...
Deseando la verdad, esperándola, destilando
laboriosamente unas pocas palabras, deseando siempre (se inicia un grito a la
izquierda, otro a la derecha; ruedas golpean divergentes; omnibuses se
conglomeran en conflicto), deseando siempre (el reloj asevera con doce claras
campanadas que es mediodía; la luz vierte escamas de oro; niños se
arremolinan), deseando siempre verdad. Roja es la cúpula; de los árboles
cuelgan monedas; el humo sale lento de las chimeneas; ladrido, alarido, grito.
«Compro metal»... ¿Y la verdad?
Como rayos orientados hacia un punto, pies de
hombres, pies de mujeres, negros o con incrustaciones doradas (Esa niebla...
¿Azúcar? No, gracias... La commonwealth del futuro), la luz del fuego salta y
deja roja la estancia, salvo las negras figuras y sus ojos brillantes, mientras
descargan una camioneta fuera, la señorita Thingummy sorbe té en su mesa
escritorio, y las vitrinas protegen abrigos de pieles.
Cacareada, leve cual hoja, rizada en los
bordes, pasada por las ruedas, plateada, en casa o fuera de casa, reunida,
esparcida, derrochada en diferentes platillos de la balanza, barrida,
sumergida, desgarrada, hundida, ensamblada... ¿Y la verdad?
Recordar ahora junto al fuego del hogar la
blanca plaza de mármol. De las profundidades de marfil se alzan palabras que
vierten su negrura, florecen y penetran. El libro caído; en la llama, en el
humo, en las perecederas chispas; o ya viajando, la bandera en la plaza de
mármol, minaretes debajo y mares de la India, mientras los espacios azules
corren y las estrellas brillan... ¿la verdad?, o bien, ¿satisfacción con su
proximidad?
Perezosa e indiferente la garza regresa; el
cielo cubre con un velo sus estrellas; las borra luego.
UNA NOVELA NO ESCRITA
Aquella expresión de desdicha bastaba para que
los ojos de una resbalaran sobre el papel hasta más allá de su borde, hasta la
cara de la pobre mujer —insignificante sin aquella expresión, casi símbolo del
destino humano con ella. La vida es lo que se ve en los ojos de la gente; la
vida es lo que la gente aprende y, después de haberlo aprendido, jamás, pese a
que procura ocultarlo, deja de tener conciencia de... ¿qué? Que la vida es así,
parece. Cinco rostros en frente —cinco rostros maduros— y el conocimiento en
cada rostro. ¡Pero cuan extraño es que la gente intente ocultarlo! Rastros de
reticencia se ven en todos estos rostros: labios cerrados, ojos velados, cada
uno de los cinco hace algo para ocultar su conocimiento, o para adormecerlo.
Uno fuma, otro lee, un tercero comprueba las anotaciones de su agenda, el
cuarto contempla el mapa de la vía férrea enmarcado ante él, y el quinto rostro
—lo terrible del quinto rostro es que la mujer no hace absolutamente nada. Mira
la vida. ¡Mi pobre y desdichada mujer, juega al juego! ¡Hazlo por nosotros,
ocúltalo!
Como si me hubiera oído, la mujer levantó la
vista, rebulló levemente en su asiento y suspiró. Parecía pedir disculpas y, al
mismo tiempo, decirme: «Si usted supiera...» Después volvió a mirar la vida. En
silencio, con la vista fija en el Times por mor de los modales, le contesté:
«Es que lo sé. Lo sé todo. La paz entre Alemania y las potencias aliadas quedó
ayer oficialmente garantizada en París... El Signor Nitti, primer ministro
italiano... Un tren de pasajeros chocó ayer, en Doncaster, con un mercancías...
Todos lo sabemos —lo sabe el Times—, pero fingimos que no lo sabemos.» Una vez
más, mi vista se había deslizado por encima del borde del papel. La mujer se
estremeció, torció en extraño movimiento el brazo hacia la parte media de su
espalda, y sacudió la cabeza negativamente. Una vez más me sumergí en mi gran
depósito de vida. «Escoge lo que quieras», proseguí, «nacimientos, defunciones,
matrimonios, anuncios judiciales, las costumbres de los pájaros, Leonardo da
Vinci, el asesinato de Sandhills, la elevación de los sueldos y el coste de la
vida... Sí, escoge lo que quieras», repetí, «¡todo está en el Times!» Una vez
más, con infinito cansancio, la mujer movió la cabeza a uno y otro lado hasta
que, como una peonza agotada de tanto dar vueltas, la cabeza reposó sobre el
cuello.
El Times no ofrecía protección contra un dolor
como el de aquella mujer. Pero los otros seres humanos no permitían el
establecimiento de comunicación. Lo mejor que cabía hacer contra la vida era
doblar el periódico de manera que formara un perfecto cuadrado, crujiente,
grueso, impermeable incluso a la vida. Después de hacerlo, levanté la vista
rápidamente, protegida por un escudo exclusivamente mío. Pero la mujer atravesó
mi escudo; me miró a los ojos como si buscara un sedimento de valentía en su
fondo y lo mojara, convirtiéndolo en barro. Sólo su estremecimiento denegó toda
esperanza, echó a un lado toda ilusión.
Y así, traqueteando, cruzamos Surrey y
entramos en Sussex. Pero, por tener la vista fija en la vida, no vi que los
otros pasajeros se habían apeado, uno a uno, dejándonos solas, con la salvedad
del hombre que leía. Estábamos llegando a la estación de Three Bridges.
Lentamente avanzamos junto al andén y nos detuvimos. ¿Nos dejaría solas el
pasajero? Recé pidiendo las dos cosas; en último lugar, recé para que se
quedara. Y, en aquel instante, el pasajero se levantó, estrujó el periódico
despreciativamente, como si se tratara de un asunto liquidado, abrió con
violencia la puerta y nos dejó solas.
La desdichada mujer, inclinándose un poco al
frente, se dirigió pálida y descoloridamente a mí; habló de estaciones y de
vacaciones, de hermanos en Eastbourne, y del tiempo del año, que era, lo he
olvidado, principio o finales. Pero por fin, mirando a través de la ventana y
sólo viendo, me di cuenta, vida, dijo con voz leve: «Vivir lejos, éste es el
inconveniente...» Ah, ahora se acercaba la catástrofe: «Mi cuñada»; la amargura
de su tono era como limón sobre hierro, y hablando, no a mí, sino para sí, musitó:
«Tonterías, diría, esto es lo que todos dicen», y mientras hablaba rebullía
como si la piel de su espalda fuera la de un ave desplumada en el escaparate de
una pollería.
«Oh, ¡esa vaca!», exclamó con acento nervioso,
como si la gran vaca de madera en el prado la hubiera escandalizado, salvándola
así de una indiscreción. Después se estremeció, y efectuó aquel torpe
movimiento angular que le había visto hacer antes, como si, después del
espasmo, un punto situado entre los omóplatos le escociera o picara. Después,
una vez más, adquirió el aspecto de la mujer más desdichada del mundo, y una
vez más se lo afeé, aun cuando no con idéntica convicción, ya que, si
concurriera alguna razón, y si yo hubiera sabido la razón, la causa de aquel
estigma se encontraría fuera de la vida.
«Las cuñadas», dije...
Frunció los labios como si se dispusiera a
escupir veneno sobre el mundo. Y fruncidos quedaron. Lo único que hizo fue
coger un guante y frotar con él fuertemente una manchita en el vidrio de la
ventanilla. Frotaba como si quisiera borrar algo para siempre jamás, una
mancha, cierta indeleble contaminación. Pero, a pesar de tanto frote, realmente
la mancha siguió allí, y la mujer volvió a hundirse en el asiento, con un
estremecimiento, y torciendo el brazo de aquella manera que yo había ya llegado
a esperar. Algo me impulsó a coger mi guante y frotar el vidrio de mi ventana.
También había en él un puntito. Pero a pesar de los frotes, allí quedó. Y
entonces el espasmo me estremeció; torcí el brazo y me rasqué la parte media de
la espalda. También mi piel causaba la sensación que produce la húmeda piel de
un pollo en el escaparate de una pollería; un punto entre los hombros me picaba
y me irritaba, estaba húmedo, pelado. ¿Lo alcanzaría? Lo intenté
subrepticiamente. La mujer me vio. Una sonrisa de infinita ironía, de infinita
tristeza, pasó por su cara y desapareció. Pero la mujer había entrado en
comunicación, había compartido su secreto, había transmitido su veneno. Ya no
hablaría más. Reclinándome en mi rincón, protegiendo mis ojos de sus ojos,
viendo sólo las laderas y los hoyos, los grises y los morados, del paisaje
invernal, leí el mensaje de la mujer, descifré su secreto, lo leí bajo su
mirada.
La cuñada de Hilda. ¿Hilda? ¿Hilda? Hilda
Marsh, Hilda la lozana, la de abundante seno, la matrona. Hilda está en pie
junto a la puerta, mientras el taxi se acerca, con una moneda en la mano.
«Pobre Minnie, parece más que nunca un saltamontes... con el mismo abrigo que
el año pasado. En fin, con dos hijos, en los presentes tiempos, no se puede
hacer gran cosa. No, Minnie, ya lo tengo en la mano. Tome, taxista... No,
Minnie, no lo permitiré. Entra, Minnie. ¡Claro que llevo el cesto, hasta
contigo podría cargar!» Y así entran en el comedor. «Niños, la tía Minnie.»
Despacio, los cuchillos y los tenedores
descienden de la alacena. Bajan (Bob y Barbara), ofrecen rígidos la mano, y
vuelven a sentarse, mirando entre las masticaciones reanudadas. [Pero esto nos
lo vamos a saltar; los adornos, las cortinas, la fuente de porcelana con
tréboles, amarillos rombos de queso, blancos cuadrados de bizcocho... Nos lo
saltamos pero, oh, ¡esperemos! A mitad del almuerzo, uno de aquellos
estremecimientos; Bob la mira, con la cuchara en la boca. Pero Hilda le
reprende: «Cómete el pudding, Bob. ¿Y a qué se debe este estremecimiento?»
Saltémonoslo, saltémonoslo, hasta llegar al descansillo del piso superior;
escaleras con barandilla de latón; linóleo desgastado; oh, sí; ¡pequeño
dormitorio desde el que se ven los tejados de Eastbourne, tejados en zigzag,
como la espina dorsal de las orugas, hacia aquí y hacia ella, a rayas rojas y
amarillas, con pizarra negro azulada.] Ahora, Minnie, la puerta se ha cerrado;
Hilda baja pesadamente a la planta baja; y tú desatas las correas del cesto, dejas
sobre la cama un deslucido camisón, quedas en pie junto a unas zapatillas de
felpa forradas de piel. El espejo... no, tú evitas el espejo. Dispones
metódicamente las horquillas. ¿Habrá algo dentro del estuche de concha? Lo
sacudes; es el mismo botón de nácar del año pasado. Y nada más. Y después el
respingo, el suspiro, el sentarse junto a la ventana. Las tres de una tarde de
diciembre, la llovizna, allá abajo un resplandor en el tragaluz de la pañería,
otra luz en el dormitorio de una criada. Esta se apaga. Con eso, nada hay que
mirar. Un momento de vacío... ¿En qué piensas pues? (Séame permitido mirarla,
sentada ahí, ante mí; duerme o lo finge; por lo tanto, ¿en qué pensaría sentada
junto a la ventana a las tres de la tarde? ¿En la salud, en el dinero, en las
colinas, en su Dios?) Sí, sentada en el mismísimo borde de la silla, con la
vista en los tejados de Eastbourne, Minnie Marsh reza a Dios. Nada hay que
objetar; y también puede trotar el vidrio, como si quisiera ver mejor a Dios;
pero, ¿a qué Dios ve? ¿Quién es el Dios de Minnie Marsh, el Dios de las
callejas de Eastbourne, el Dios de las tres de la tarde? También yo veo
tejados, veo cielo; pero, oh pobre de mí, ¡este ver Dioses! Se parece más al
Presidente Kruger que al Príncipe Alberto. Esto es lo sumo a que llego, con
respecto a él; y le veo sentado en una silla, con un chaqué negro, y no muy
alto; puedo proporcionarle una nube o dos a la que estar subido; y su mano,
reposando en la nube, sostiene una vara, ¿o será un garrote? —negro, grueso,
con púas—, ¡un viejo bruto el Dios de Minnie! ¿Le mandó acaso el picor, la
mancha y el estremecimiento? ¿Será por eso que Minnie reza? Lo que frota en la
ventana es la mancha del pecado. ¡Minnie cometió un delito!
Puedo escoger entre varios delitos. Los
bosques se deslizan y vuelan. En verano, aquí hay campanillas; y en los
calveros, cuando la primavera llega, belloritas. ¿Fue una separación, hace
veinte años? ¿Una promesa rota? ¡No la rompería Minnie!... Ella fue fiel. ¡Y
cuánto cuidó a su madre! Se gastó todos sus ahorros en la lápida de la tumba,
flores protegidas con vidrio, narcisos en jarras. Pero me estoy desviando. Un
delito... Dirían que se guardó su dolor, que reprimió su secreto —su sexo,
dirían— los hombres de ciencia. Pero, ¡qué tontería dar a Minnie la carga del
sexo! No, lo siguiente es más probable. Pasando por las calles de Croydon hace
veinte años, los círculos violeta de cinta en el escaparate de la pañería
reluciendo a la luz eléctrica atrajeron su vista. Se detiene, han tocado las
seis. Pero, si se da prisa, llegará a casa a tiempo. Empuja la puerta de vidrio
con resortes. Es hora de ventas. Hay lisas bandejas rebosando cintas. Se
detiene, tira de ésta, toquetea la otra con las rosas realzadas; no hace falta
elegir, no hace falta comprar, y oada bandeja tiene sus sorpresas. «Hasta las
siete no cerramos», y, después, realmente ya son las siete. Corre, se angustia,
y llega a casa, pero llega tarde. Vecinos — el médico — el hermano lactante —
el cazo — escaldado — hospital — muerto — ¿o acaso todo se debió únicamente a
la fuerte impresión, y a ésta hay que culpar? ¡Los detalles nada importan! Es
lo que Minnie lleva dentro; la mancha, el delito, lo que debe expiar, siempre
allí, entre los omóplatos. «Sí», parece decirme con un movimiento afirmativo de
la cabeza, «eso es lo que hice.»
No me importa que lo hicieras o lo que
hicieras. No es esto lo que busco. El escaparate de la pañería con sus aros de
violeta me basta; quizá sea un poco adocenado, un poco vulgar, habida cuenta de
que puedo escoger delitos, aunque hay demasiados (miremos una vez más ahí, al
frente —¡sigue durmiendo o fingiéndolo!, blanca, fatigada, cerrada la boca —un
matiz de tozudez, más de la que cabría imaginar— sin rastro de sexo), tantos
delitos no son tu delito; tu delito fue adocenado, y sólo el castigo fue solemne.
Ahora se abre la puerta de la iglesia, el duro banco de madera la recibe, se
arrodilla en las baldosas pardas. Todos los días, invierno, verano, ocaso, alba
(y ahora está haciéndolo) reza. Todos sus pecados caen, caen, eternamente caen.
La mancha los recibe. Es realzada, es roja, es ardiente. Y luego Minnie se
estremece. Los niños pequeños la señalan con el dedo. «Hoy, Bob viene a
almorzar.» Pero las mujeres entradas en años son lo peor.
Realmente, ahora ya no puedes seguir rezando.
Kruger se ha hundido en las nubes —borrado cual por el líquido gris del pincel
de un pintor, al que Kruger ha añadido un poco de negro—, incluso la punta del
garrote ha desaparecido ahora. ¡Es lo que siempre pasa! Precisamente cuando se
le consigue ver, sentir, llega alguien a interrumpir. Ahora es Hilda.
¡Cómo la odias! Incluso cierra con llave la
puerta del cuarto de baño, por la noche, a pesar de que lo único que quieres es
agua fría, y algunas veces, en las noches malas, parece que lavarse pueda
aliviar. Y John a la hora del desayuno — los niños — las comidas son lo peor, y
a veces hay amigos — los heléchos no los ocultan del todo — y también ellos lo
adivinan. Por esto te vas al muelle, donde las olas son grises, y los papeles
vuelan, y los cobijos de vidrio son verdes y con corrientes de aire, y las sillas
valen dos peniques, que es demasiado, por cuanto en la arena forzosamente habrá
predicadores. Ah, ahí aparece un negro, es un hombre divertido, es un hombre
con cotorras, ¡pobres animalitos! ¿Es que no hay aquí nadie que piense en Dios?
Precisamente ahí, arriba, encima del mueÚe, con su vara, pero no, nada hay
salvo el gris del cielo o si es azul las nubes le ocultan, y la música —es
música militar—, ¿y qué pescan?, ¿realmente atrapan algo? ¡Y cómo miran los
niños! Y, después, bueno, volvamos a casa. «¡Volvamos a casa!» Las palabras
tienen significado; hubiera podido decirlas el viejo con patillas, no, no, éste
realmente no habló; pero todo tiene significado — las maderas con carteles
apoyadas en los quicios de los portales — los nombres sobre los escaparates de
las tiendas — fruta roja en cestos — cabezas de mujer en la peluquería — todo
dice «¡Minnie Marsh!» Pero se produce una sacudida. «¡Los huevos van más
baratos!» ¡Es lo que siempre ocurre! Estaba yo camino de arrojar a Minnie al
agua, llevada por la locura, cuando Minnie da media vuelta y se me escapa por
entre los dedos. Los huevos van más baratos. No hay para la pobre Minnie Marsh
delito alguno, ni penas, ni rapsodias, ni enajenamientos entre cuantos se
encuentran amarrados a las orillas del mundo, jamás llega tarde a almorzar,
nunca la tormenta la ha pillado sin impermeable, nunca ha estado en la total
ignorancia en lo tocante a la baratura de los huevos. Y así, llega a casa. Se
frota las suelas de los zapatos.
¿Te he interpretado correctamente? Pero la
cara humana, la cara humana encima de la más repleta hoja de letra impresa
contiene más, retiene más. Ahora se abren los ojos, mira, y en los humanos ojos
—¿cómo definirlo?— hay una ruptura, una división, igual que, cuando una agarra
el tallo, la mariposa vuela — la mariposa nocturna que se pone al anochecer en
la flor amarilla—, se va, al alzar la mano, lejos, hacia lo alto. No levantaré
la mano. Estáte pues quieto, temblor, vida, alma, espíritu, lo que fueres, de
Minnie Marsh — y yo también, sobre mi flor — el halcón sobre la colina — solo,
o lo que fuere el valor de la vida. Un leve movimiento de la mano, ¡y se va
arriba! Después se vuelve a posar. Sola, sin ser vista, viéndolo todo tan
quieto ahí abajo, todo tan hermoso. Sin que nadie te vea, sin que importes a
nadie. Los ojos de los demás son nuestras cárceles; sus pensamientos nuestras
jaulas. Aire arriba, aire abajo. Y la luna y la inmortalidad... ¡Pero me caigo
al césped! ¿También te has caído, tú, la que estás en el rincón, como sea que
te llames, mujer, Minnie Marsh, o cualquier otro nombre parecido? Ahí está,
pegada a su flor, abriendo el bolso del que saca una cascara vacía —un huevo—
¿y quién decía que los huevos iban más baratos? ¿Tú o yo? Fuiste tú quien lo
dijo al regresar a casa, ¿recuerdas, cuando el anciano caballero de repente
abrió el paraguas... o acaso estornudó? De todas maneras, el caso es que Kruger
se fue, y tú «regresaste a casa» y te restregaste las suelas de los zapatos.
Sí. Y ahora te pones sobre las rodillas un pañuelo en el que dejas caer
pequeñas y angulosas porciones de cascara de huevo —fragmentos de un mapa—, un
rompecabezas. ¡Me gustaría juntarlas! Si al menos te estuvieras quieta. Movió
las rodillas; el mapa volvió a quedar fragmentado en porcioncillas. Por las
laderas de los Andes los grandes bloques de mármol caen botando y rebotando y
entrechocando, y aplastan y matan a una cuadrilla de muleros españoles, junto
con su reata — el botín de Drake, oro y plata. Pero volvamos...
¿A qué, a dónde? Abrió la puerta, y poniendo
el paraguas en el paragüero, como no podía dejar de ser; y también el aroma a
buey procedente de abajo; punto, punto, punto. Pero no puedo eliminar tanto, lo
que debo, baja la cabeza, cerrados los ojos, con la valentía de un regimiento y
la ceguera de un toro, atacar y dispersar son, sin la más leve duda, las
figuras detrás de los heléchos, los viajantes de comercio. Los he tenido
escondidos ahí, durante todo este tiempo, con la esperanza de que, de una
manera u otra, desaparecieran o, mejor todavía, aparecieran, tal como deben, si
es que el relato ha de seguir adquiriendo riqueza y redondez, destino y
tragedia, tal como deben los relatos, metiendo dentro de él a dos, cuando no
tres, viajantes de comercio, y todo un campo de aspidistra. «El follaje de la
aspidistra sólo parcialmente ocultaba al viajante de comercio...» Los ponsetias
lo ocultarían del todo, y, de propina, me darían ese macizo de rojo y blanco
que tanto ansio y tanto busco; pero ponsetias en Eastbourne, en diciembre, en
la mesa de los Marsh... No, no, no me ateevo; todo ha de basarse en cortezas de
pan, vinagreras, lechugas y helechos. Más adelante, quizá haya un momento junto
al mar. Además siento, cosquilleándome agradablemente, a través de los verdes
calados y por encima de la barrera de cristal tallado, el deseo de mirar y
examinar disimuladamente al hombre ante mí —sólo puedo permitirme uno. ¿No será
James Moggridge, a quien los Marsh llaman Jimmy? [Minnie, debes prometerme que
no te estremecerás hasta que haya solucionado este asunto.] James Moggridge es
viajante de comercio de —¿botones, por ejemplo?—, pero todavía no ha llegado el
momento de meter los botones en la historia, grandes y pequeños en los largos
cartones, algunos como ojos de perdiz, otros de oro mate, y los hay de coral y
otros como piedrecillas, pero ya he dicho que no ha llegado aún el momento.
Viaja, y el jueves es su día de Eastbourne, día en que come en casa de los
Marsh. Su cara roja, sus menudos ojos grises de quieto mirar —en modo alguno
totalmente vulgares—, su enorme apetito (esto elimina riesgos; ya que no mirará
a Minnie, hasta que el pan haya absorbido toda la salsa), con la servilleta
colgando en forma de rombo — esto es primitivo, y sea cual fuere el efecto que
pueda producir al lector, no voy a picar en este cebo. Ahora pasemos a la
familia de Moggridge, pongamos este asunto en marcha. Todos los domingos, el
propio James se encarga de remendar los zapatos de su familia. Lee Truth, lee
«la verdad». Pero, ¿cuál es su pasión? Las rosas — y su esposa es una enfermera
de hospital retirada — interesante —, pero, por el amor de Dios, ¡séame
permitido poner a una mujer con un nombre que me guste! Pero no; esta mujer
pertenece a los hijos nonatos de la mente, es ilícita, aunque no por ello la
amo menos, al igual que a mis rododendros. Cuántos son los que mueren en todas
las novelas que se escriben: los mejores, los más amados, en tanto que
Moggridge vive. La culpa la tiene la vida. Aquí tenemos a Minnie comiéndose el
huevo, en este instante sentada ante mí, y al final de la fila — ¿hemos pasado
ya por Lewes? — forzosamente ha de estar Jimmy — ¿ya qué se debe el
estremecimiento de Minnie?
Forzosamente ha de estar Moggridge, por culpa
de la vida. La vida impone sus leyes; la vida corta el camino; la vida está
detrás del helécho; la vida es el tirano; ¡pero no el bruto dominante! No, por
cuanto os aseguro que acudo voluntariamente, acudo impulsada por qué sé yo qué
necesidad, por entre vinagreras y heléchos, mesa manchada y botellas mojadas.
Acudo, sin poderme resistir, para alojarme en algún lugar de la firme carne, de
la robusta espina dorsal, de cualquier lugar en el que pueda penetrar, en que
pueda encontrar firme base, de la persona, del alma, de Moggridge el hombre. La
enorme estabilidad de su estructura, la espina dorsal dura cual hueso de
ballena, recta cual roble; las costillas irradiando ramas; la carne como lona
tensa; sus rojos orificios; la succión y esponjamiento de su corazón; mientras
que, de lo alto, la carne comestible cae en pardos cubos y la cerveza fluye,
para que el hervor lo transforme todo en sangre... y así llegamos a los ojos.
Detrás de la aspidistra, estos ojos ven algo: negro, blanco, desmañado; ahora,
la fuente con la comida otra vez; detrás de la aspidistra ven a la mujer
entrada en años; «la hermana de Marsh, prefiero a Hilda»; ahora el mantel.
«Marsh seguramente sabe cuál es el problema de los Morris...», será cuestión de
hablar del asunto; han traído el queso; la fuente otra vez; le da la vuelta,
los enormes dedos; ahora la mujer sentada enfrente. «La hermana de Marsh, en
nada se parece a Marsh; mujer vieja y desdichada... debiera quedarse en casa...
Gran verdad, vive Dios, ¿y por qué se retuerce ahora? ¿Qué habré dicho? Oh, oh,
oh... ¡esas mujeres entradas en años! Oh, oh...»
[Sí, Minnie, ya sé que te has estremecido,
pero espera un momento — James Moggridge.]
«Oh, oh, oh...» ¡Cuan bello es este sonido!
Como el golpe de un martillo en madera antigua, como el latir del corazón de un
viejo ballenero, cuando se alza la mar gruesa y las nubes cubren el cielo. «Oh,
oh...», qué campana ambulante para tranquilizar las almas de los inquietos,
para solazarlas, para envolverlas en sábanas, diciéndoles «¡Hasta la vista!
¡Buena suerte!», y, después, «¿Qué desea usted?», por cuanto si bien es cierto
que Moggridge hubiera sido capaz de despepitarse por ella, esto es ya cosa pasada,
esto terminó. ¿Y qué viene a continuación? «Señora, va usted a perder el tren»,
porque los trenes no esperan.
El hombre es así; este es el sonido que
resuena; esto es la catedral de San Pablo y los autobuses. Pero ya estamos
barriendo las migas. Oh, Moggridge, ¿no se queda? ¿Debe irse? ¿Va a recorrer
Eastbourne, esta tarde, en uno de esos carritos? ¿Es usted ese hombre entre
muros de cajas de cartón verdes, sentado a veces solemnemente, con mirada de
esfinge, y siempre con aire sepulcral, con algo propio de pompas fúnebres, de
ataúd y de ocaso, envolviendo al caballo y a quien lo lleva? Dígame... pero las
puertas se han cerrado bruscamente. Jamás nos volveremos a ver. ¡Adiós,
Moggridge!
Sí, sí, ya voy. A lo más alto de la casa. Me
quedaré un momento. El barro da vueltas y revueltas en la mente... qué
torbellino dejan estos monstruos tras sí, alzadas las aguas, las algas
ondulándose, verdes aquí, negras allá, golpeando la arena, hasta que poco a
poco los átomos vuelven a ordenarse, todo se sedimenta, los ojos vuelven a ver
clara y serenamente, y a los labios acude una oración por los que se han ido,
como una exequia para las almas de aquellos a los que se despide con un
movimiento de la cabeza, aquellos a los que una jamás volverá a ver.
Ahora, James Moggridge ha muerto, se ha ido
para siempre. Bueno, Minnie... «No puedo aguantarlo más.» Si esto dijo. (Voy a
mirarla. Empuja la cascara de huevo por profundos declives.) Ciertamente lo
dijo, apoyándose en la pared del dormitorio, y dando tirones a las pequeñas
bolas que bordean la cortina de color de vino tinto. Pero, cuando el yo habla
al yo, ¿quién habla?, el alma enterrada, el espíritu conducido a, a, a, la
catacumba central; el yo que profesó y abandonó el mundo, un cobarde quizá,
pero en cierta manera hermoso al deslizarse con su linterna arriba y abajo,
inquieto, por los oscuros pasillos. «No puedo aguantarlo más», dice el espíritu
de Minnie Marsh. «Ese hombre que ha venido a almorzar — Hilda — los niños.»
¡Oh, cielos, su sollozo! Es el espíritu llorando su destino, el espíritu
llevado de aquí para allá, posándose en alfombras cada vez más pequeñas —
pobres bases — encogidos restos de un universo que se desvanece: amor, vida,
fe, marido, hijos, no sé qué esplendores y fiestas vislumbrados en la
adolescencia de una mujer. «No es para mí, no es para mí.»
Pero, en este caso, ¿los mojicones y el viejo
perro pelado? Debieran gustarme las esterillas de la cama y el consuelo de la
ropa interior. Si Minnie Marsh fuera atropellada y trasladada al hospital, las
enfermeras e incluso los médicos exclamarían... Ahí está el panorama y la
visión, ahí está la distancia, el punto azul al final de la avenida, en tanto
que, a fin de cuentas, el té es bueno, el mojicón está caliente, y el perro —
«¡Benny, a tu cesto, caballerete, y verás lo que te ha traído tu mamá!» Y así,
quitándote el guante con la punta del pulgar desgastada, desafiando una vez más
a ese persistente demonio que incita a incurrir en círculos viciosos, renuevas
tus fortificaciones, cosiendo la lana gris, pasándola y traspasándola.
Pasándola y traspasándola, del derecho y del
revés, tejiendo una tela de araña a través de la cual ni el mismísimo Dios...
¡chitón, no pienses en Dios! ¡Cuan firmes son las puntadas! Has de estar
orgullosa de tu manera de zurcir. Que nada la perturbe. Que la luz caiga
suavemente, que las nubes revelen el tejido interno de la primera hoja verde.
Que el gorrión se pose en la ramita y haga caer la gota de lluvia que colgaba
de su extremo... ¿Para qué levantar la vista? ¿Fue un sonido, un pensamiento?
¡Oh, cielos! ¿Tendrás que volver a hacer lo que antes hacías, el vidrio con los
aros violeta? Pero Hilda vendrá. Ignominias, humillaciones, ¡oh! Cierra esta
brecha.
Después de haber remendado el guante, Minnie
Marsh lo guarda en el bolso. Cierra el bolso con decidido ademán. Veo
fugazmente su cara reflejada en el vidrio. Tiene los labios prietamente
cerrados. Alta la barbilla. Después se ata los zapatos. Después se toca el
cuello. ¿De qué es tu gargantilla? ¿De muérdago o de quilla de ave? ¿Y qué
ocurre? O mucho me equivoco, o el pulso se ha acelerado, se acerca el momento,
las amenazas se ciernen, la avalancha está ahí. ¡Ya ha llegado la crisis! ¡Que
la fortuna te acompañe! Minnie desciende. ¡Valor, valor! ¡Da la cara,
enfréntate con ello! ¡Por el amor de Dios no esperes sobre el felpudo! ¡Ahí
está la puerta! ¡Estoy contigo! ¡Habla! ¡Enfréntate con ella, confunde su alma!
«¡Oh, mil perdones! Sí, es Eastbourne. Se la
voy a bajar. Permítame.» [Pero, Minnie, a pesar de que mantenemos las
apariencias, te he interpretado correctamente, y, ahora, estoy contigo.]
«¿No lleva más equipaje?»
«Muchas gracias, no, no llevo más.»
(Pero, ¿por qué miras alrededor? Hilda no
vendrá a la estación, y John tampoco; y Moggridge está con su pequeño carruaje
en el otro extremo de Eastbourne.)
«Esperaré junto a la maleta, señora, es lo más
seguro. Dijo que vendría a recibirme... ¡Ahí está! Es mi hijo.»
Y se van juntos.
Realmente, estoy pasmada... ¡Realmente,
Minnie, no eres tan loca como eso! Un joven desconocido... ¡Deteneos! Diré a
este muchacho — ¡Minnie! — ¡Señorita Marsh! — pero, realmente, no sé... Algo
raro hay en el vuelo de la capa de Minnie. Pero no es verdad, es indecente...
Mira cómo se inclina el muchacho al llegar a la puerta de salida. Minnie
encuentra el billete. ¿Qué hay de raro en ello? Salen, descienden juntos por la
calle, el uno al lado del otro. En fin, ¡mi mundo ha quedado destruido! ¿Dónde
estoy? ¿Qué sé? Esa no es Minnie. Moggridge no existe. ¿Quién soy? La vida ha
quedado pelada como un hueso.
Y, sin embargo, la última imagen de los dos
—él bajando de la acera, y ella siguiéndole al doblar la esquina del gran
edificio— me llena de maravillada curiosidad, me arrastra de nuevo.
¡Misteriosas figuras! Madre e hijo. ¿Quién sois? ¿Por qué camináis calle abajo?
¿Dónde dormiréis esta noche, y dónde dormiréis mañana? ¡Oh, cómo gira y
embiste, cómo me vuelve a poner a flote! Comienzo a caminar tras ellos. La
gente pasa hacia aquí y hacia allá. La luz blanca destella y se extiende.
Vidrios de escaparate. Claveles, crisantemos. Enredaderas en oscuros jardines.
Carritos de leche ante las puertas. Vaya a donde vaya, misteriosas figuras, os
veo doblando la esquina, madres e hijos: tú, tú, tú. Aprieto el paso, les sigo.
Tengo la impresión de que esto sea el mar. Gris es el paisaje; mate cual
ceniza; el agua murmura y se mueve. Si caigo de rodillas, si cumplo la
ceremonia, el antiguo rito, sois vosotros, figuras desconocidas, a quienes yo
adoro; si abro los brazos, vosotros sois a quienes abrazo, a quienes hacia mí
atraigo, ¡mundo adorable!
EL CUARTETO DE CUERDA
Bueno, aquí estamos, y si lanzas una ojeada a
la estancia, advertirás que el ferrocarril subterráneo y los tranvías y los
autobuses, y no pocos automóviles privados, e, incluso me atrevería a decir,
landos con caballos bayos, han estado trabajando para esta reunión, trazando
líneas de un extremo de Londres al otro. Sin embargo, comienzo a albergar
dudas. ..
Sobre si es verdad, tal como dicen, que Regent
Street está floreciente, y que el Tratado se ha firmado, y que el tiempo no es
frío si tenemos en cuenta la estación, e incluso que a este precio ya no se
consiguen pisos, y que el peor momento de la gripe ha pasado; si pienso en que
he olvidado escribir con referencia a la gotera de la despensa, y que me dejé
un guante en el tren; si los vínculos de sangre me obligan, inclinándome al
frente, a aceptar cordialmente la mano que quizá me ofrecen dubitativamente...
«¡Siete años sin vernos!»
«La última vez fue en Venecia.»
«¿Y dónde vives ahora?»
«Bueno, es verdad que prefiero que sea a
última hora de la tarde, si no es pedir demasiado...»
«¡Pero yo te he reconocido al instante!»
«La guerra representó una interrupción...»
Si la mente está siendo atravesada por
semejantes dardos,
y debido
a que la sociedad humana así lo impone—, tan
pronto uno de ellos ha sido lanzado, ya hay
otro en camino; si esto engendra calor, y además han encendido la luz
eléctrica; si decir una cosa deja detrás, en tantos casos, la necesidad de
mejorar y revisar, provocando además arrepentimientos, placeres, vanidades y
deseos; si todos los hechos a que me he referido, y los sombreros, y las pieles
sobre los hombros, y los fracs de los caballeros, y las agujas de corbata con
perla, es lo que surge a la superficie, ¿qué posibilidades tenemos?
¿De qué? Cada minuto se hace más difícil decir
por qué, a pesar de todo, estoy sentada aquí creyendo que no puedo decir qué, y
ni siquiera recordar la última vez que ocurrió.
«¿Viste la procesión?»
«El rey me pareció frío.»
«No, no, no. Pero, ¿qué decías?»
«Que ha comprado una casa en Malmesbury.»
«¡Vaya suerte encontrarla!»
Contrariamente, tengo la fuerte impresión de
que esa mujer, sea quien fuere, ha tenido muy mala suerte, ya que todo es
cuestión de pisos y de sombreros y de gaviotas, o así parece ser, para este
centenar de personas aquí sentadas, bien vestidas, encerradas entre paredes,
con pieles, repletas, y conste que de nada puedo alardear por cuanto también yo
estoy pasivamente sentada en una dorada silla, limitándome a dar vueltas y
revueltas a un recuerdo enterrado, tal como, todos hacemos, por cuanto hay
indicios, si no me equivoco, de que todos estamos recordando algo, buscando
algo furtivamente. ¿Por qué inquietarse? ¿Por qué tanta ansiedad acerca de la
parte de los mantos correspondiente al asiento; y de los guantes, si abrochar o
desabrochar? Y mira ahora esa anciana cara, sobre el fondo del oscuro lienzo,
hace un momento cortés y sonrosada; ahora taciturna y triste, cual
ensombrecida. ¿Ha sido el sonido del segundo violín, siendo afinado en la
antesala? Ahí vienen. Cuatro negras figuras, con sus instrumentos, y se sientan
de cara a los blancos rectángulos bajo el chorro de luz; sitúan los extremos de
sus arcos sobre el atril; con un simultáneo movimiento los levantan; los
colocan suavemente en posición, y, mirando al intérprete situado ante él, el
primer violín cuenta uno, dos, tres... ¡Floreo, fuente, florecer, estallido! El
peral en lo alto de la montaña. Chorros de fuente; gotas descienden. Pero las
aguas del Ródano se deslizan rápidas y hondas, corren bajo los arcos, y
arrastran las hojas caídas al agua, llevándose las sombras sobre el pez de
plata, el pez moteado es arrastrado hacia abajo por las veloces aguas, y ahora
impulsado en este remanso donde —es difícil esto— se aglomeran los peces, todos
en un remanso; saltando, salpicando, arañando con sus agudas aletas; y tal es
el hervor de la corriente que los amarillos guijarros se revuelven y dan
vueltas, vueltas, vueltas, vueltas —ahora liberados—, y van veloces corriente
abajo e incluso, sin que se sepa cómo, ascienden formando exquisitas espirales
en el aire; se curvan como delgadas cortezas bajo la copa de un plátano; y
suben, suben... ¡Cuan bella es la bondad de aquellos que, con paso leve, pasan
sonriendo por el mundo! ¡Y también en las viejas pescaderas alegres, en
cuclillas bajo arcos, viejas obscenas, que ríen tan profundamente y se
estremecen y balancean, al andar, de un lado para otro, ju, ja!
«Mozart de los primeros tiempos, claro
está...»
«Pero la melodía, como todas estas melodías,
produce desesperación, quiero decir esperanza. ¿Qué quiero decir? ¡Esto es lo
peor de la música! Quiero bailar, reír, comer pasteles de color de rosa, beber
vino leve y con mordiente. O, ahora, un cuento indecente... me gustaría. A
medida que una entra en años, le gusta más la indecencia. ¡Ja, ja! Me río. ¿De
qué? No has dicho nada, ni tampoco el anciano caballero de enfrente. Pero
supongamos, supongamos... ¡Silencio! »
El melancólico río nos arrastra. Cuando la
luna sale por entre las lánguidas ramas del sauce, veo tu cara, oigo tu voz, y
el canto del pájaro cuando pasamos junto al mimbral. ¿Qué murmuras? Pena, pena.
Alegría, alegría. Entretejidos, como juncos a la luz de la luna. Entretejidos,
sin que se puedan destejer, entremezclados, atados con el dolor, liados con la
pena, ¡choque!
La barca se hunde. Alzándose, las figuras
ascienden, pero ahora, delgadas como hojas, afilándose hasta convertirse en un
tenebroso espectro que, coronado de fuego, extrae de mi corazón sus mellizas
pasiones. Para mí canta, abre mi pena, ablanda la compasión, inunda de amor el
mundo sin sol, y tampoco, al cesar, cede en ternura, sino que hábil y
sutilmente va tejiendo y destejiendo, hasta que en esta estructura, esta
consumación, las grietas se unen; ascienden, sollozan, se hunden para
descansar, la pena y la alegría.
¿Por qué apenarse? ¿Qué quieres? ¿Sigues
insatisfecha? Diría que todo ha quedado «n reposo. Sí, ha sido dejado en
descanso bajo un cobertor de pétalos de rosa que caen. Caen. Pero, ah, se
detienen. Un pétalo de rosa, que cae desde una enorme altura, como un diminuto
paracaídas arrojado desde un globo invisible, da la vuelta sobre sí mismo, se
estremece, vacila. No llegará hasta nosotros.
«No, no, no he notado nada. Esto es lo peor de
la música, esos tontos ensueños. ¿Decías que el segundo violín se ha
retrasado?»
«Ahí va la vieja señora Munro, saliendo a
tientas. Cada día está más ciega, la pobre. Y con este suelo resbaladizo.»
Ciega ancianidad, esfinge de gris cabeza...
Ahí está, en la acera, haciendo señas, tan severamente, al autobús rojo.
«¡Delicioso! ¡Pero qué bien tocan! ¡Qué — qué
— qué!»
La lengua no es más que un badajo. La
mismísima simplicidad. Las plumas del sombrero contiguo son luminosas y
agradables, como una matraca infantil. La hoja del plátano destella en verde
por la rendija de la cortina. Muy extraño, muy excitante.
«¡Qué — qué — qué!» ¡Silencio!
Estos son los enamorados sobre el césped.
«Señora, si me permite que coja su mano...»
«Señor, hasta mi corazón le confiaría. Además
hemos dejado los cuerpos en la sala del banquete. Y eso que está sobre el
césped son las sombras de nuestras almas.»
«Entonces, esto son abrazos de nuestras
almas.» Los limoneros se mueven dando su asentimiento. El cisne se aparta de la
orilla y flota ensoñado hasta el centro de la corriente.
«Pero, volviendo a lo que hablábamos. El
hombre me siguió por el pasillo y, al llegar al recodo, me pisó los encajes del
viso. ¿Y qué otra cosa podía hacer sino gritar ¡Ah!, pararme y señalar con el
dedo? Y entonces desenvainó la espada, la esgrimió como si con ella diera
muerte a alguien, y gritó: ¡Loco! ¡Loco! ¡Loco! Ante lo cual, yo grité, y el
príncipe, que estaba escribiendo en el gran libro de pergamino, junto a la
ventana del mirador, salió con su capelo de terciopelo y sus zapatillas de
piel, arrancó un estoque de la pared —regalo del rey de España, ¿sabe?—, ante
lo cual yo escapé, echándome encima esta capa para ocultar los destrozos de mi
falda, para ocultar... ¡Escuche! ¡Las trompas!»
El caballero contesta tan aprisa a la dama, y
la dama sube la escalinata con tal ingenioso intercambio de cumplidos que ahora
culminan con un sollozo de pasión, que no cabe comprender las palabras a pesar
de que su significado es muy claro —amor, risa, huida, persecución, celestial
dicha—, todo ello surgido, como flotando, de las más alegres ondulaciones de
tierno cariño, hasta que el sonido de las trompas de plata, al principio muy a
lo lejos, se hace gradualmente más y más claro, como si senescales saludaran al
alba o anunciaran temiblemente la huida de los enamorados... El verde jardín,
el lago iluminado por la luna, los limoneros, los enamorados y los peces se
disuelven en el cielo opalino, a través del cual, mientras a las trompas se
unen las trompetas, y los clarines les dan apoyo, se alzan blancos arcos
firmemente asentados en columnas de mármol... Marcha y trompeteo. Metálico
clamor y clamoreo. Firme asentamiento. Rápidos cimientos. Desfile de miríadas.
La confusión y el caos bajan a la tierra. Pero esta ciudad hacia la que
viajamos carece de piedra y carece de mármol, pende eternamente, se alza
inconmovible, y tampoco hay rostro, y tampoco hay bandera, que reciba o dé la
bienvenida. Deja pues que tu esperanza perezca; abandono en el desierto mi alegría;
avancemos desnudos. Desnudas están las columnatas, a todos ajenas, sin
proyectar sombras, resplandecientes, severas. Y entonces me vuelvo atrás,
perdido el interés, deseando tan sólo irme, encontrar la calle, fijarme en los
edificios, saludar a la vendedora de manzanas, decir a la doncella que me abre
la puerta: Noche estrellada.
«Buenas noches, buenas noches. ¿Va en esta
dirección?»
«Lo siento, voy en la otra.»
KEW GARDENS
Del parterre ovalado quizá surgían cien tallos
que se ramificaban en hojas en forma de corazón o de lengua, desde la mitad
hacia arriba, y en su extremo superior se abrían pétalos rojos o azules o
amarillos, con puntos de color realzados sobre su superficie; y de la penumbra
roja, azul o amarilla se alzaba una recta barra a la que el polvillo dorado
daba aspereza y cuya punta se hallaba levemente hinchada. Los pétalos tenían el
volumen suficiente para que la brisa de verano los agitara, y, cuando se movían,
las luces rojas, azules o amarillas pasaban cada una de ellas sobre las otras,
tiñiendo una pulgada de la tierra parda, debajo, con una mancha del más
intrincado color. La luz caía, ya sobre un suave guijarro gris negro, ya sobre
la cascara de un caracol, con sus vetas castañas y circulares, o caía sobre una
gota de lluvia, con lo que adquiría tal intensidad de rojo, azul y amarillo que
las delgadas paredes de agua parecía fueran a reventar y desaparecer. Sin
embargo, en menos de un segundo, la gota volvía a quedar gris plata una vez
más, y ahora la luz se posaba sobre la carne de una hoja, revelando los hilos
ramificados de las fibras bajo su superficie, y volvía a moverse, proyectando
su iluminación en los vastos espacios verdes bajo la cúpula formada por las
hojas en forma de corazón y en forma de lengua. Luego, la brisa soplaba un poco
más fuerte en lo alto, y el color ascendía al aire, arriba, y a los ojos de los
hombres y de las mujeres que pasean por Kew Gardens en julio.
Las figuras de estos hombres y de estas
mujeres pasaban junto al parterre con un movimiento curiosamente irregular, no
muy diferente a aquel de las mariposas blancas y azules que cruzaban volando en
zigzag las zonas de césped, de un parterre a otro. El hombre caminaba unas seis
pulgadas delante de la mujer, y con un aire distraído, en tanto que la mujer
avanzaba con decisión, volviendo la cabeza de vez en cuando sólo para comprobar
que los niños no se habían rezagado en exceso. El hombre iba adelantado, con
respecto a la mujer, adrede, aunque quizás inconscientemente, debido a que
quería pensar.
«Hace quince años, estuve aquí con Lily»,
pensó. «Nos sentamos no sé exactamente dónde, junto a un lago, y durante toda
aquella ardiente tarde le supliqué que se casara oonmigo. La libélula daba
vueltas y vueltas a nuestro alrededor. Con cuánta claridad veo a la libélula
dando vueltas y la cuadrada hebilla de plata en la punta del zapato* de Lily.
Mientras yo hablaba, veía el zapato de Lily, y cuando se movió con impaciencia
supe, sin necesidad de alzar la vista, lo que me diría; toda ella parecía
encontrarse en el zapato. Y todo mi amor, todo mi deseo estaban centrados en la
libélula: no sé por qué razón pensaba que si la libélula se posaba allí, en
aquella hoja, la hoja ancha, con una flor roja en medio, si la libélula se
posaba en la hoja, Lily me diría sí inmediatamente. Pero la libélula siguió
dando vueltas y vueltas, y no se posó en parte alguna, claro que no, felizmente
no, ya que de lo contrario no estaría paseando aquí, con Eleanor y los chicos.
Dime, Eleanor, ¿piensas alguna vez en el pasado?»
«¿Y por qué me lo preguntas, Simón?»
«Porque he estado pensando en el pasado. He
estado pensando en Lily, la mujer con la que hubiera podido casarme... ¿Y por
qué guardas silencio? ¿Te molesta que recuerde el pasado?»
«¿Y por qué ha de molestarme, Simón? ¿Acaso
uno no piensa siempre en el pasado, cuando se encuentra en un parque con
hombres y mujeres tumbados bajo las copas de los árboles? ¿No son nuestro
pasado, cuanto de él queda, estos hombres y estas mujeres, estos duendes que
yacen bajo los árboles... nuestra felicidad, nuestra realidad?»
«Para mí, una cuadrada hebilla de plata, de un
zapato, y una libélula...»
«Para mí, un beso. Imagina a seis niñas de
corta edad, sentadas ante sus caballetes, hace veinte años, en la orilla de un
lago, pintando los nenúfares, los primeros nenúfares rojos que había visto en
mi vida. Y de repente un beso, ahí, en la nuca. Y la mano me tembló durante
toda la tarde, de tal modo que no pude pintar. Extraje el reloj y decidí la
hora en que me permitiría pensar en el beso, sólo cinco minutos —tan precioso
era—, el beso de una vieja señora de cabello gris, con una verruga en la nariz,
madre de todos los besos de mi vida. Vamos, Caroline, vamos, Hubert.»
Siguieron caminando, rebasaron el parterre, y
ahora andaban los cuatro a la misma altura, y pronto su tamaño fue disminuyendo
entre los árboles y parecían medio traslúcidos cuando la luz del sol y las
sombras flotaron sobre sus espaldas, formando grandes manchas irregulares y
temblorosas.
En el parterre ovalado, el caracol, cuya
cascara había estado manchada de rojo, azul y amarillo por un período de dos
minutos más o menos, se movía muy levemente dentro de su cascara, y a
continuación comenzó a avanzar sobre los sueltos grumos de tierra, que se
desplazaban y rodaban al pasar el caracol por encima de ellos. Parecía que el
caracol tuviera una meta claramente definida ante él, y esperó durante un
segundo, con sus cuernos temblorosos, como si deliberase, y luego se puso en
marcha, rápida y sorprendentemente, en la dirección opuesta. Pardos acantilados
con profundos lagos verdes al fondo, árboles planos cual hojas que se
balanceaban desde las raíces a la cima, redondos peñascos grises, vastas y
arrugadas superficies de frágil textura, todos estos objetos se encontraban en
el camino por el que el caracol avanzaba, entre etapa y etapa, hacia su meta.
Antes de que el caracol decidiera si dar la vuelta a la arqueada tienda de una
hoja muerta o si pasar por ella, junto al parterre cruzaron pies de otros seres
humanos.
En esta ocasión, los dos eran hombres. El más
joven de los dos tenía una expresión de calma quizás extraña, poco natural.
Levantó los ojos y miró muy fijamente al frente, mientras su compañero hablaba,
e inmediatamente después de que su compañero hubiera hablado, volvió a mirar al
suelo, y a veces abría los labios, aunque sólo después de una larga pausa, y
otras veces no los abría. El hombre mayor caminaba de manera curiosamente
irregular, lanzando violentamente la mano al frente y echando con brusquedad la
cabeza atrás, al modo del caballo de tiro impaciente de tanto esperar ante una
casa. Pero, en el hombre, estos movimientos eran indecisos e inútiles. Hablaba
casi sin cesar, sonreía para sí, y de nuevo comenzaba a hablar, como si su
sonrisa hubiera sido una respuesta. Hablaba de espíritus, de los espíritus de
los muertos que, según él, incluso en aquellos momentos, le contaban toda
suerte de cosas raras, referentes a sus experiencias en el cielo.
«Los antiguos daban al cielo, William, el
nombre de Tesalia, y ahora, con esta guerra, la materia espiritual rueda por
entre las montañas cual el trueno.» Hizo una pausa, pareció escuchar, sonrió,
echó la cabeza atrás, y prosiguió: «Cojamos una pequeña batería eléctrica y una
porción de caucho para aislar el hilo —¿aislar, se dice?—, en fin, más valdrá
que nos saltemos los detalles, de nada sirve entrar en detalles que no serían
comprendidos, y, en resumen, la maquinita se coloca, en la debida posición, digamos
que a la cabecera de la cama, sobre un limpio soporte de caoba. Todo ello
debidamente ejecutado por obreros bajo mi dirección, y entonces la viuda aplica
el oído e invoca al espíritu mediante la seña convenida. ¡Las mujeres! ¡Las
viudas! Mujeres vestidas de negro...»
En este momento, el hombre causó la impresión
de haber divisado a lo lejos un vestido de mujer, que, en la sombra, parecía
negro morado. El hombre se quitó el sombrero, se puso la mano sobre el corazón,
y avanzó presurosamente hacia la mujer murmurando palabras y gesticulando
febrilmente. Pero William le cogió por la manga y tocó una flor con la punta de
su bastón, con la finalidad de distraer la atención del viejo. El viejo,
después de mirar la flor durante unos instantes, en cierto estado de confusión,
acercó la oreja a la flor, y pareció contestar a una voz salida de la flor, por
cuanto el hombre comenzó a hablar de los bosques del Uruguay, que había
visitado cientos de años atrás, en compañía de la más bella mujer de Europa. Se
le oía murmurar acerca de los bosques del Uruguay, cubiertos de tropicales
rosas con pétalos de cera, con ruiseñores, playas, sirenas y mujeres ahogadas
en el mar, mientras permitía que William le hiciera seguir su camino, en tanto
que, en la cara de William, la expresión de estoica paciencia se hacía,
lentamente, más y más profunda.
Siguiendo los pasos de este hombre tan de
cerca que sus ademanes las intrigaban levemente, venían dos mujeres entradas en
años, de la clase media baja, una de ellas robusta y corpulenta y la otra con
las mejillas sonrosadas y cuerpo leve. Cual la mayoría de las personas de su
condición, quedaban francamente fascinadas por todo signo de excentricidad que
indicara un desorden de la mente, especialmente en las personas de desahogada
posición. Sin embargo, no estaban lo bastante cerca para saber con certeza si
aquellos ademanes eran meramente excéntricos o propios de un loco de veras.
Después de haber examinado, en silencio, y durante un momento, la espalda del
viejo, y de haber intercambiado una extraña y disimulada mirada, prosiguieron
enérgicamente la tarea de ir componiendo su muy complicado diálogo:
«Nell, Bert, Lot, Cess, Phil, Pa, dice, yo
digo, ella dice, yo digo, yo digo...»
«Mi Bert, Sis, Bill, el abuelo, el viejo,
azúcar,
azúcar, harina, arenques, verduras,
azúcar, azúcar, azúcar.»
La corpulenta miró, a través de las formas de
las palabras que caían, las flores frescas, firmes y rectamente arraigadas en
la tierra, con curiosa expresión. Las contemplaba como el durmiente que, al
despertar de un profundo sueño, ve un candelabro de bronce reflejando la luz de
manera extraña, y que cierra los ojos y los vuelve a abrir, y vuelve a ver el
candelabro, con todos sus sentidos. Y la pesada mujer se detuvo ante el
parterre ovalado, e incluso dejó de fingir que prestaba atención a lo que la
otra mujer decía. Se quedó allí, permitiendo que las palabras cayeran sobre
ella, balanceando lentamente la parte superior del cuerpo hacia delante y hacia
atrás, fija la vista en las flores. Después propuso sentarse y tomar el té.
Ahora el caracol había estudiado todos los
métodos posibles de llegar a su meta, sin tener que rodear la hoja, ni subirse
a ella. Prescindiendo del esfuerzo preciso para trepar sobre una hoja, era
dudoso que la delgada textura que vibraba con tan alarmante crujido, incluso
cuando el caracol la tocaba con la punta de sus cuernos, pudiera soportar su
peso. Por esto, el caracol decidió, al fin, pasar por debajo de la hoja, ya que
había un lugar en el que la hoja se curvaba hasta alzarse del suelo a una
altura que permitía el paso del caracol. Acababa, el caracol, de meter la
cabeza en la apertura, y estaba examinando el alto techo pardo, y se estaba
habituando a la fresca luz parda, cuando dos personas más pasaron por el
césped. En esta ocasión ambas personas eran jóvenes, un hombre joven y una
mujer joven. Se hallaban ambos en la flor de la vida, e incluso, quizá, en
aquella edad que precede a la flor de la vida, la edad anterior al momento en
que los suaves y sonrosados pétalos prietos de la flor rompen su elástica
envoltura, la edad en que las alas de la mariposa, a pesar de estar plenamente
desarrolladas, permanecen inmóviles al sol.
«Suerte tenemos que no sea viernes», dijo él.
«¿Por qué? ¿Crees en la suerte?»
«Los viernes hacen pagar seis peniques.»
«¿Y qué son seis peniques? ¿Es que esto no
vale seis peniques?»
«¿Qué es esto, qué significaba esto?»
«Bueno, cualquier cosa — quiero decir — bueno,
ya sabes lo que quiero decir.»
Largas pausas mediaron entre las frases de uno
y otro; fueron pronunciadas en voces monótonas. La pareja se estaba quieta,
junto al parterre, y los dos, juntamente, oprimieron la sombrilla de la
muchacha, haciendo penetrar profundamente su punta en la tierra suave. El hecho
de que la mano del joven estuviera encima de la mano de la joven expresaba los
sentimientos de ambos de una extraña manera, como si aquellas breves e
insignificantes palabras también expresaran algo, palabras con cortas alas en
proporción con su pesado cuerpo de significado, insuficientes para llevarlas
lejos, por lo que se posaban torpemente sobre los muy comunes objetos a su
alrededor, y que eran, a su inexperto tacto, excesivamente densas, pero ¿quién
sabe (así pensaban, mientras oprimían la sombrilla contra la tierra) los
precipicios que quizás en ellas se oculten, o las laderas de hielo que
resplandecen al sol al otro lado? ¿Quién sabe? ¿Quién lo ha visto, con
anterioridad? E incluso cuando ella preguntó qué clase de té darían en Kew
Gardens, él sintió que algo se alzaba detrás de las palabras, algo que se
cernía, vasto y sólido, detrás de las palabras; y la niebla muy lentamente se
disipó, revelando —oh, cielos, ¿qué eran aquellas formas?— mesillas blancas y
camareras que lo miraban primero a él, y luego a ella; y había una cuenta que
él pagaría con una verdadera moneda de dos chelines, y era verdadero, todo
verdadero, se aseguró a sí mismo, mientras toqueteaba la moneda en el bolsillo,
verdadero para todos, salvo para él y para ella; incluso a él comenzó a
parecerle verdadero; y, entonces... pero la intensa excitación no le permitía
seguir en pie pensando, y arrancó de la tierra la sombrilla, de un tirón, y
sintió impaciencia por ir al lugar en donde se tomaba té con otra gente, igual
que la otra gente.
«Vamos, Trissie, es la hora de tomar el té.»
«¿Y dónde se toma el té?», preguntó la
muchacha con un sumamente extraño temblor de excitación en la voz, mirando
vagamente alrededor, y dejándose arrastrar por el sendero de hierba,
arrastrando la sombrilla, volviendo la cabeza hacia aquí y hacia allá,
olvidándose del té, con el deseo de ir allá y después de ir allá, con el
recuerdo de orquídeas y geranios entre flores silvestres, de una pagoda china o
de un pájaro de cresta carmesí; pero el muchacho la arrastraba.
De esta manera, pareja tras pareja, todas con
muy parecidos movimientos irregulares y carentes de propósito, pasaron junto al
parterre, y fueron envueltas, capa tras capa, en vapor azulenco verdoso, en el
que, al principio, sus cuerpos tenían substancia y un toque de color, pero
luego tanto la substancia, como el color, se disolvía en la atmósfera
azulencoverdosa. ¡Qué calor hacía! Tanto que incluso el tordo prefirió saltar,
como un pájaro mecánico, a la sombra de las flores, con largas pausas entre un
movimiento y el otro; en vez de trasladarse en vago vuelo de un lugar a otro,
las blancas mariposas danzaban unas sobre otras, trazando con sus móviles alas
blancas la línea de una rota columna de mármol sobre las más altas flores; las
techumbres de vidrio del invernadero de las palmeras relumbraban como si todo
un mercado repleto de relucientes paraguas verdes se hubiera abierto al sol; y
en el zumbido del avión la voz del cielo de verano murmuraba su alma altiva.
Amarillo y negro, rosa y blanco de nieve, formas de todos estos colores,
hombres y mujeres y niños, quedaban delineados durante un segundo en el
horizonte, y luego, al ver la extensión de amarillo proyectada sobre el césped,
vacilaban y buscaban la sombra bajo las copas de los árboles, disolviéndose
como gotas de agua en la atmósfera amarilla y verde, que manchaban levemente de
rojo y de azul. Parecía que todos los materiales y pesados cuerpos se hubieran
hundido inmóviles en el calor, y yacieran amontonados en el suelo, pero sus
voces seguían surgiendo vacilantes de ellos, como llamas ondulantes nacidas en
los cuerpos de densa cera de las velas. Voces. Sí, voces. Voces sin palabras,
rompiendo bruscamente el silencio con un contento profundo, con grandemente
apasionado deseo, o, en las voces de los niños, con fresca sorpresa. ¿Rompiendo
el silencio? Pero no había silencio; en todo momento giraban las ruedas de los
autobuses y su motor cambiaba la marcha; como un vasto nido de cajas chinas,
todas ellas de hierro forjado, girando sin cesar cada cual dentro de la otra,
la ciudad murmuraba; y en lo alto de ella, las voces gritaban y los pétalos de
miríadas de flores lanzaban sus colores al aire.
LA MANCHA EN LA PARED
Quizá fue a mediados de enero del presente año
cuando levanté la vista y vi por primera vez la mancha en la pared. A fin de
concretar el día es preciso recordar lo que una vio. Por esto, ahora, pienso en
el fuego, la constante película de luz amarilla sobre la página del libro, los
tres crisantemos en el redondeado cuenco de vidrio sobre la repisa de la
chimenea. Sí, seguramente era invierno, y acabábamos de tomar el té, por cuanto
recuerdo que fumaba un cigarrillo, cuando levanté la vista y vi la mancha en la
pared por primera vez. Levanté la vista, a través del humo del cigarrillo, y mi
vista se fijó durante unos instantes en los carbones ardiendo, y a la mente me
vino aquella vieja fantasía de la bandera roja ondeando en lo alto de la torre
del castillo, y pensé en ja cabalgata de los caballeros rojos ascendiendo por
la ladera de la negra roca. Con cierto alivio por mi parte, la visión de la
mancha interrumpió mi fantasía, ya que se trata de una fantasía vieja,
mecánica, quizá nacida en mi infancia. La mancha era pequeña y redonda, negra
sobre el blanco de la pared, situada seis o siete pulgadas más arriba de la
repisa de la chimenea.
Con cuánta rapidez se arremolinan nuestros
pensamientos alrededor de un objeto nuevo, levantándolo un poco, de la misma
manera en que las hormigas transportan una pajilla muy febrilmente, y luego la
abandonan... Si aquella mancha era una marca dejada por un clavo, el clavo no
pudo ser colocado allí para colgar un cuadro, sino para una miniatura, la
miniatura representando a una señora de blancos rizos empolvados, empolvadas
mejillas y labios como claveles rojos*. Una falsificación, desde luego, por
cuanto la gente que vivía en esta casa antes que nosotros hubiera escogido
pinturas así, una vieja pintura para una vieja estancia. Era gente así, gente
muy interesante, y si pienso en ella tan a menudo y en tan extraños lugares,
ello se debe a que jamás la volveré a ver, ni sabré qué fue de ella. Dejaron
esta casa porque querían cambiar el estilo de sus muebles, eso fue lo que él
dijo, y estaba, él, en trance de decir que, a su parecer, el arte debe tener
ideas detrás, cuando fuimos separados, tal como se queda separado de la vieja
dama en trance de verter el té y del joven a punto de golpear la pelota de
tenis en el jardín trasero de la villa en el barrio residencial, cuando se pasa
rápidamente en tren.
Pero, en lo referente a la mancha, realmente
no estoy segura. A fin de cuentas, no creo que fuera una marca dejada por un
clavo; era demasiado grande, demasiado redondeada. Hubiera podido levantarme,
pero si me levantaba y la miraba, había diez probabilidades contra una de que
no supiera averiguarlo con certeza; debido a que, cuando se hace una cosa, una
nunca sabe cómo ocurrió. Oh, sí, el misterio de la vida, la inexactitud del
pensamiento... La ignorancia de la humanidad... Para demostrar cuan poco dominio
tenemos sobre nuestras posesiones —cuan accidental es nuestro vivir, después de
tanta civilización—, séame permitido enumerar unas pocas cosas entre todas las
que perdemos a lo largo de nuestra vida, comenzando por la pérdida que siempre
me ha parecido la más misteriosa entre todas: ¿qué gato es capaz de masticar o
qué ratón es capaz de roer, tres estuches azul pálido de herramientas para
encuadernar libros? Luego vinieron los casos de las jaulas de pájaros, de los
aros, de hierro, de los patines metálicos, del recipiente para carbón estilo
Reina Ana, del tablero de bagatela, del organillo... todo ello desaparecido, y
también las joyas. Ópalos y esmeraldas, enterrados están entre las raíces de
los nabos. ¡Qué difícil e irritante asunto es la certeza! Lo increíble es que
lleve ropas puestas y esté rodeada de sólidos muebles en este instante. En
realidad, si se quiere comparar la vida a algo, debe compararse a que la lancen
a una por el túnel del metro a cincuenta millas por hora, para acabar en el
otro extremo, sin siquiera una horquilla en el pelo. ¡Que la lancen a una a los
pies de Dios totalmente desnuda! ¡Cruzar, rodando los prados de asfódelo igual
que los paquetes de papel castaño son lanzados por el tobogán en correos! Con
el cabello al viento, como la cola de un caballo de carreras. Sí, esto parece
expresar la rapidez de la vida, el perpetuo destrozo y reparación, todo tan al
azar, tan sin sentido...
Pero después de la vida. El lento arrancar
gruesos tallos verdes, de manera que el cáliz de la flor, al inclinarse, no
arroje sobre una un diluvio de luz roja y morada. A fin de cuentas, ¿por qué no
habría una de nacer allá, tal como nació aquí, indefensa, sin habla, incapaz de
centrar la vista, a tientas entre las raíces del césped, entre los dedos de los
pies de los Gigantes? Y en lo tocante a decir lo que son árboles, lo que son
hombres y mujeres, o si semejantes entes existen, no se estará en condiciones
de hacerlo en el curso de cincuenta años aproximadamente. No habrá nada, salvo
espacios de luz y de tinieblas, cruzados por recias vallas, y quizá, bastante
arriba, manchas en forma de rosa de confuso color —oscuros rosados y azules—
que, al paso del tiempo, se harán menos confusas, se convertirán en... No sé en
qué.
Pero esa mancha en la pared no es un agujero,
ni mucho menos. Puede haber sido causada por una sustancia redonda y negra,
como un pequeño pétalo de rosa, resto del pasado verano, ya que no soy un ama
de casa muy esmerada —y, como demostración, basta mirar, por ejemplo, el polvo
en la repisa del hogar, polvo que, según dicen, enterró a Troya tres veces, y
sólo algunos fragmentos de cerámica se resistieron a ser aniquilados, lo cual
parece cierto.
El árbol junto a la ventana golpea muy
levemente el vidrio... Quiero pensar tranquilamente, en calma, anchamente, sin
ser jamás interrumpida, sin tenerme que levantar jamás del sillón, deslizarme
fácilmente de una cosa a otra, sin sensación de hostilidad, de obstáculos.
Quiero hundirme más y más, lejos de la superficie, con sus duros y separados
hechos. Para tranquilizarme, voy a fijarme en la primera idea que se me
ocurra... Shakespeare... Importa tanto como cualquier otro. Un hombre que se
sentaba firmemente en un sillón, y contemplaba el fuego, de modo que... un
diluvio de ideas caía perpetuamente desde un cielo muy alto sobre su mente.
Apoyaba la frente en la palma de la mano, y la gente miraba por la puerta
abierta, ya que esta escena ocurre, supuestamente, en una noche de invierno...
Pero cuan aburrido es esto, esta novela histórica... No me interesa nada. Me
gustaría encontrar unos pensamientos agradables, unos pensamientos que fueran
un camino que indirectamente me reportara prestigio, ya que éstos son los
pensamientos más agradables, y se encuentran muy a menudo incluso en la mente
de la gente de modesto color ratonil, que sinceramente cree que no le gusta oír
que les canten alabanzas. No son pensamientos que la alaben a una directamente;
esto es lo bueno. Todos ellos son pensamientos como el siguiente:
«Entonces entré en el cuarto. Estaban hablando
de botánica. Dije que había visto una flor que crecía en un montón de tierra,
en el solar de una vieja casa de Kingsway. La semilla, dije, seguramente fue
sembrada durante el reinado de Carlos I. ¿Qué flores había en el reinado de
Carlos I?» Esta fue mi pregunta. (Pero no recuerdo la contestación.) Altas
flores con bolas moradas quizás. Y así sucesivamente. Todo el tiempo no hago
más que evocar mi figura en mi mente, amorosamente, furtivamente, sin adorarla
a las claras, ya que, si lo hiciera, me reprimiría, e inmediatamente alargaría
la mano en busca de un libro para protegerme a mí misma. De hecho, es curioso
ver cuan instintivamente una protege de la idolatría a la propia imagen, así
como de cualquier otro tratamiento que pudiera ponerla en ridículo, o que la
alejara tanto del original que no se pudiera creer en ella. ¿O quizá no sea tan
curioso, a fin de cuentas? Desde luego, es asunto de gran importancia. Cuando
el espejo se rompe, la imagen desaparece, y la romántica figura, rodeada de un
bosque de verdes profundidades, deja de existir, y sólo queda la cascara de
aquella persona que es lo que los demás ven, ¡y cuan sofocante, superficial,
pelado y abrupto se vuelve el mundo! Un mundo en el que no se puede vivir.
Cuando nos miramos los unos a los otros en los autobuses o en los vagones del
metro, miramos el espejo; y esto explica la vaguedad y el vidriado brillo de
nuestros ojos. Y en el futuro los novelistas se darán más y más clara cuenta de
la importancia de estos reflejos, por cuanto, desde luego, no hay un solo
reflejo, sino un número infinito de ellos. Estas son las profundidades que
explorarán, éstos son los fantasmas que perseguirán, apartándose más y más de
la descripción de la realidad, en sus historias, dando por supuesto el
conocimiento de ellas, tal como hacían los griegos y quizá Shakespeare... Pero
estas generalizaciones carecen de todo valor. Traen a la memoria artículos de
fondo, ministros del gobierno; en realidad, toda una clase de cosas que, en la
infancia, pensábamos eran la cosa en sí misma, la cosa clásica, la cosa real,
de la que una no se podía apartar sin riesgo de una condena sin nombre. No sé
por qué razón, las generalizaciones evocan los domingos en Londres, los paseos
de la tarde del domingo, los almuerzos del domingo, y también maneras de hablar
de los muertos, así como las ropas y las costumbres, como la costumbre de estar
todos reunidos en una estancia, sentados, hasta cierta hora, a pesar de que a
nadie le gustaba. Para todo había una norma. La norma referente a los manteles,
en aquel período determinado, decía que debían ser bordados, con pequeños
compartimentos amarillos, como los que se ven en las fotografías de las
alfombras que cubren los pasillos de los palacios reales. Los manteles de
diferente especie no eran manteles verdaderos. Cuan sorprendente y, al mismo
tiempo, cuan maravilloso fue descubrir que esas cosas verdaderas, los almuerzos
del domingo, los paseos del domingo, las casas de campo y los manteles no eran
totalmente reales, que en el fondo eran medio fantasmales, y que la condena que
recaía sobre el que se mostraba incrédulo ante ellas sólo consistía en una
sensación de libertad ilegítima. Y me pregunto qué es lo que ahora ocupa el
lugar de aquellas cosas, aquellas cosas corrientes, reales. Un hombre quizá
debiera ser una mujer; el masculino punto de vista que gobierna nuestro vivir,
que ha sentado la norma, que ha establecido la Tabla de Precedencia del
Whitaker, que se ha convertido, a mi parecer, después de la guerra, en su mitad
fantasmal para los hombres y para las mujeres, que pronto, cabe esperar, será
arrojada entre risas al cubo de la basura al que van a parar los fantasmas, los
aparadores de caoba, los grabados de Landseer, los dioses y los demonios, etcétera,
dejándonos con un ilegítimo sentido de libertad. Si es que la libertad
existe...
Bajo ciertas luces, la mancha en la pared
parece surgir de la pared. No es totalmente circular. No estoy segura, pero
parece proyectar una visible sombra, de manera que, si pasara el dedo por esta
parte de la pared, el dedo ascendería y descendería sobre un pequeño
promontorio, como aquellos que se ven en los South Downs y que son, según se
dice, cementerios o castros. De entre una cosa y otra, preferiría que fueran
tumbas, por cuanto me gusta la melancolía al igual que a la mayoría de los
ingleses, y me parece natural, al término de una paseata, pensar en los huesos
enterrados bajo la hierba... Seguramente hay un libro que trata del asunto.
Algún anticuario habrá desenterrado esos huesos y les habrá dado nombre... ¿Y
qué clase de hombre es un anticuario? Me atrevería a decir que, en su mayoría,
son coroneles retirados, al mando de ancianos obreros allí, arriba, que
examinan piedras y grumos de tierra, y que entablan correspondencia con los
clérigos de la vecindad, lo cual, debido a que abren las cartas a la hora del
desayuno, les da sensación de importancia, y la comparación de puntas de flecha
exige efectuar viajes a través de los contornos para ir a las poblaciones
cabezas de partido, agradable necesidad, tanto para los clérigos como para sus
esposas ya entradas en años que desean hacer jalea de ciruela o limpiar el
estudio, y tienen muy buenas razones para mantener en estado de perpetua duda
la cuestión de si es cementerio o castro, mientras el coronel se siente
placenteramente filosófico, al acumular pruebas en uno y otro sentido. Cierto
es que, a fin de cuentas, el coronel prefiere creer que se trata de un castro.
Y, al ser su tesis contradicha, el coronel pergeña un folleto que se dispone a
leer en la reunión trimestral de la sociedad local, cuando la apoplejía le
ataca, y su último pensamiento consciente no se centra en su mujer, ni en sus
hijos, sino en el castro y en la punta de flecha, que ahora se encuentra en una
vitrina del museo de la localidad, juntamente con el pie de una asesina china,
un puñado de clavos de los tiempos de Isabel I, gran número de pipas de barro
Tudor, una jarra romana y el vaso en que Nelson bebió... algo que no sé.
No, no, nada está demostrado, nada se sabe. Y
si ahora me levantara, en este mismo instante, y comprobara que la marca en la
pared es realmente —¿qué voy a decir?— la cabeza de un viejo y gigantesco
clavo, clavado hace doscientos años, que ahora, gracias al paciente desgaste
producido por largas generaciones de criadas, ha asomado la cabeza por la capa
de pintura, y tiene la primera impresión de la vida moderna, en esta estancia
de paredes pintadas de blanco e iluminada por el fuego del hogar, ¿qué ganaría,
yo, con ello? ¿Conocimientos? ¿Más posibilidades de elaborar hipótesis?
Sentada, soy tan capaz de pensar como en pie. ¿Y qué es el conocimiento? ¿Qué
son nuestros hombres eruditos sino los descendientes de brujas y ermitaños que
vivían agachados en cuevas y bosques, cociendo hierbas e interrogando a ratones
campestres, y consignando el lenguaje de las estrellas? Y además menos honores
les rendimos, a medida que nuestras supersticiones menguan, y que nuestro
respeto por la belleza y la salud de la mente aumenta... Sí, cabe imaginar un
mundo muy agradable. Un mundo tranquilo y amplio, con flores muy rojas y azules
en los campos bajo el cielo. Un mundo sin profesores ni especialistas ni
caseros con perfil de policía, un mundo que se pudiera cortar con el pensamiento
tal como el pez corta el agua con sus aletas, rozando los tallos de los
nenúfares, quedando suspendido sobre conglomerados de blancos huevos marinos...
De cuanta paz se goza en este fondo, enraizados en el centro del mundo, y
mirando hacia lo alto, a través de las aguas grises, con sus bruscos rayos de
luz, y con sus reflejos... ¡si no fuera por el Almanaque de Whitaker!, ¡si no
fuera por su Tabla de Precedencias!
Debo ponerme en pie de un salto y ver por mí
misma qué es realmente esta marca en la pared, ¿un clavo, un pétalo de rosa,
una grieta en la madera?
Y aquí tenemos a la naturaleza jugando una vez
más al viejo juego de la autoconservación. La naturaleza se da cuenta de que
esta clase de pensamiento no hace más que amenazar con un derroche de energías,
incluso con cierta colisión con la realidad, por cuanto, ¿quién se atreverá
jamás a alzar un dedo contra la Tabla de Precedencias de Whitaker? Detrás del
Arzobispo de Canterbury va el Lord Presidente de la Cámara de los Lores; y el
Lord Presidente de la Cámara de los Lores va seguido por el Arzobispo de York.
Siempre hay alguien que va detrás de alguien, según la filosofía de Whitaker; y
lo más importante es saber quién va detrás de quién. Whitaker sabe, y tú deja,
aconseja la naturaleza, que esto te consuele, en vez de enfurecerte; y si no
puedes quedar consolada, si tienes que destruir esta hora de paz, piensa en la
mancha en la pared.
Comprendo el juego de la naturaleza, su
invitación a actuar, a fin de poner término a todo pensamiento que amenace con
excitar o causar dolor. De ahí, supongo, surge nuestro desprecio por los
hombres de acción: hombres, presumimos, que no piensan. De todas maneras, nada
malo hay en poner punto final a los pensamientos desagradables, por el medio de
mirar una mancha en la pared.
Realmente, ahora que he fijado la vista en la
mancha, tengo la sensación de haberme asido a una tabla en el mar, siento una
satisfactoria impresión de realidad que inmediatamente convierte a los dos
arzobispos y al Lord Presidente de la Cámara de los Lores en proyecciones de
sombras. Aquí hay algo definido, algo real. De la misma manera, al despertar a
medianoche de una pesadilla horrorosa, una enciende apresuradamente la luz, y
yace pasivamente, adorando la cómoda, adorando la solidez, adorando la realidad,
adorando el mundo impersonal que es demostración de una existencia que no es la
nuestra. Esto es aquello de lo que una quiere tener certeza... Es agradable
pensar en madera. Procede de un árbol; y los árboles crecen, y no sabemos cómo
crecen. Crecen durante años y años, sin prestarnos la más leve atención, en
prados, en bosques, en las riberas de los ríos... Todo ello cosas en las que a
una le gusta pensar. Bajo los árboles, las vacas agitan la cola en las tardes
calurosas; los árboles pintan a los ríos tan verdes que, cuando una cerceta se
lanza a las aguas, una espera verla salir con las plumas teñidas de verde. Me
gusta pensar en los peces, en equilibrio contra la corriente, como una bandera
tensada por el viento; y los escarabajos peloteros levantando despacio cúpulas
con el barro del río. Me gusta pensar en el árbol en sí mismo: primero la
inmediata y seca sensación de ser madera, después su movimiento en la tormenta,
después el lento y delicioso correr de la savia. También me gusta pensar en el
árbol, alzado en las noches invernales en un campo solitario, con todas sus
hojas prietamente enroscadas, sin que nada tierno de él quede expuesto a las
balas de hierro de la luna, un mástil desnudo sobre la tierra que cae y cae
durante toda la noche. El canto de los pájaros forzosamente ha de tener un
sonido muy alto y raro en el mes de junio; y qué sensación de frío causarán las
patas de los insectos sobre el árbol, a medida que avanzan trabajosamente por
las hendiduras de la corteza, o toman el sol en la delgada y verde cúpula de
las hojas, y miran rectamente al frente con sus ojos rojos tallados como
diamantes... Una tras otra, las fibras se quiebran bajo la inmensa y fría
presión de la tierra, y entonces llega la última tormenta, y las más altas
ramas, al caer, penetran de nuevo profundamente en la tierra. A pesar de todo,
la vida no ha terminado; quedan millones de pacientes y vigilantes vidas para
un árbol, a lo largo y ancho del mundo, en dormitorios, en buques, en
pavimentos, en cuartos de estar donde hombres y mujeres se reúnen después de
tomar el té y fuman cigarrillos. Rebosa pensamientos de paz, pensamientos
felices, este árbol. Me gustaría considerar por separado cada árbol, pero hay
un obstáculo que lo impide... ¿Dónde estaba? ¿De qué trataba? ¿Un árbol? ¿Un
río? ¿Colinas? ¿El Almanaque de Whitaker? ¿Campos de asfódelo? Nada recuerdo.
Todo se mueve, cae, resbala, se desvanece... Hay una vasta conmoción de la
materia. Alguien se encuentra en pie junto a mí, y dice:
«Salgo a comprar el periódico.»
«¿Sí?»
«Aunque no vale la pena comprar el
periódico... Nunca pasa nada. Maldita guerra; que Dios la maldiga... De todas
maneras, no veo por qué hemos de tener un caracol en la pared.»
¡Ah, la mancha en la pared! Era un caracol.
LA SEÑORA EN EL ESPEJO
UN REFLEJO
La gente no debiera dejar espejos colgados en
sus habitaciones, tal como no debe dejar talonarios de cheques o cartas
abiertas confesando un horrendo crimen. En aquella tarde de verano, una no
podía dejar de mirar el alargado espejo que colgaba allí, fuera, en el
vestíbulo. Las circunstancias así lo habían dispuesto. Desde las profundidades
del diván en la sala de estar, se podía ver, en el reflejo del espejo italiano,
no sólo la mesa con cubierta de mármol situada enfrente, sino también una parte
del jardín, más allá. Se podía ver un sendero con alta hierba que se alejaba
por entre parterres de altas flores, hasta que, en un recodo, el marco dorado
lo cortaba.
La casa estaba vacía, y una se sentía, ya que
era la única persona que se encontraba en la sala de estar, igual que uno de
esos naturalistas que, cubiertos con hierbas y hojas, yacen observando a los
más tímidos animales —tejones, nutrias, martín pescadores—, los cuales se
mueven libremente, cual si no fueran observados. Aquel atardecer, la habitación
estaba atestada de esos tímidos seres, de luz y sombras, con cortinas agitadas
por el viento, pétalos cayendo —cosas que nunca ocurren, o eso parece, cuando alguien
está mirando. La silenciosa y vieja estancia campestre, con sus alfombras V su
hogar de piedra, con sus hundidas estanterías para libros, y sus cómodas
laqueadas en rojo y oro, estaba llena de esos seres nocturnos. Se acercaban
contoneándose, y cruzaban así el suelo, pisando delicadamente con los pies
elevándose muy alto, y las colas extendidas en abanico, y picoteando
significativamente, cual si hubieran sido cigüeñas o bandadas de pavos reales
con la cola cubierta de velo de plata. Y también había sombríos matices y
oscurecimientos, como si una sepia hubiera teñido bruscamente el aire con
morado. Y el cuarto tenía sus pasiones, sus furias, sus envidias y sus penas
cubriéndolo, nublándolo, igual que un humano. Nada seguía invariable siquiera
durante dos segundos.
Pero, fuera, el espejo reflejaba la mesa del
vestíbulo, los girasoles y el sendero del jardín, con tal precisión y fijeza
que parecían allí contenidos, sin posibilidad de escapar, en su realidad.
Constituía un extraño contraste; aquí todo cambiante, allá todo fijo. No se
podía evitar que la vista saltara, para mirar lo uno y lo otro. Entre tanto,
debido a que por el calor todas las ventanas y puertas estaban abiertas, se
daba un perpetuo suspiro y cese del sonido, como la voz de lo transitorio y
perecedero, parecía, yendo y viniendo como el aliento humano, en tanto que, en
el espejo, las cosas habían dejado de alentar y se estaban quietas, en trance
de inmortalidad.
Hacía media hora que la dueña de la casa,
Isabella Tyson, se había alejado por el sendero, con su fino vestido de verano,
un cesto al brazo, y había desaparecido, cortada por el marco dorado del
espejo. Cabía presumir que había ido al jardín bajo, para coger flores; o, cual
parecía más natural suponer, a coger algo leve, fantástico, con hojas, con
lánguidos arrastres, como clemátides o uno de esos elegantes haces de
convólvulos que se retuercen sobre sí mismos contra feos muros, y ofrecen aquí
y allá el estallido de sus flores blancas y violetas. Parecía más propio de
Isabella el fantástico y trémulo convólvulo que el erecto áster o la almidonada
zinnia, o incluso sus propias rosas ardientes, encendidas como lámparas en lo
alto de sus tallos. Esta comparación indicaba cuan poco, a pesar de los años
transcurridos, una sabía de Isabella; por cuanto es imposible que una mujer de
carne y hueso, sea quien sea, de unos cincuenta y cinco o sesenta años, sea,
realmente, un ramo o un zarcillo. Estas comparaciones son peor que estériles y
superficiales, son incluso crueles, por cuanto se interponen como el mismísimo
convólvulo, temblorosas, entre los ojos y la verdad. Debe haber verdad; debe
haber un muro. Sin embargo, no dejaba de ser raro que, después de haberla conocido
durante tantos años, una no pudiera decir la verdad acerca de lo que Isabella
era; una todavía componía frases como ésas, referentes a convólvulos y ásteres.
En cuanto a los hechos, no cabía dudar de que era solterona, rica, que había
comprado esta casa y que había adquirido con sus propias manos —a menudo en los
más oscuros rincones del mundo y con grandes riesgos de venenosas picadas y
orientales enfermedades— las alfombras, las sillas y los armarios que ahora
vivían su nocturna vida ante los ojos de una. A veces parecía que estos objetos
supieran acerca de ella más de lo que nosotros, que nos sentábamos en ellos,
escribíamos en ellos y caminábamos, tan cuidadosamente, sobre ellos, teníamos
derecho a saber. En cada uno de aquellos muebles había gran número de
cajoncitos, y cada cajoncito, con casi total certeza, guardaba cartas, atadas
con cintas en arqueados lazos, cubiertas con tallos de espliego y pétalos de
rosa. Sí, ya que otra verdad —si es que una quería verdades— consistía en que
Isabella había conocido a mucha gente, tenía muchos amigos; por lo que, si una
tenía la audacia de abrir un cajón y leer sus cartas, hallaría los rastros de
muchas agitaciones, de citas a las que acudir, de reproches por no haber
acudido, largas cartas de intimidad y afecto, violentas cartas de celos y
acusaciones, terribles palabras de separación para siempre —ya que todas esas
visitas y compromisos a nada habían conducido—, es decir, Isabella no había
contraído matrimonio, y sin embargo, a juzgar por la indiferencia de máscara de
su cara, había vivido veinte veces más pasiones y experiencias que aquellos
cuyos amores son pregonados para que todos sepan de ellos. Bajo la tensión de
pensar en Isabella, aquella estancia se hizo más sombría y simbólica; los
rincones parecían más oscuros, las patas de las sillas y de las mesas, más
delicadas y jeroglíficas.
De repente, estos reflejos terminaron
violentamente, aunque sin producir sonido alguno. Una gran sombra negra se
cernió sobre el espejo, lo borró todo, sembró la mesa con un montón de
rectángulos de mármol veteados de rosa y gris, y se fue. Pero el cuadro quedó
totalmente alterado. De momento quedó irreconocible, ilógico y totalmente
desenfocado. Una no podía poner en relación aquellos rectángulos con propósito
humano alguno. Y luego, poco a poco, cierto proceso lógico comenzó a afectar a
aquellos rectángulos, comenzó a poner en ellos orden y sentido, y a situarlos
en el marco de los normales aconteceres. Una se dio cuenta, por fin, de que se
trataba meramente de cartas. El criado había traído el correo.
Reposaban en la mesa de mármol, todas ellas
goteando, al principio, luz y color, crudos, no absorbidos. Y después fue
extraño ver cómo quedaban incorporadas, dispuestas y armonizadas, cómo llegaban
a formar parte del cuadro, y recibían el silencio y la inmortalidad que el
espejo confería. Allí reposaban revestidas de una nueva realidad y un nuevo
significado, y dotadas también de más peso, de modo que parecía se necesitara
un escoplo para separarlas de la mesa. Y, tanto si se trataba de verdad como de
fantasía, no parecía que fueran un puñado de cartas, sino que se hubieran
transformado en tablas con la verdad eterna incisa en ellas; si una pudiera
leerlas, una sabría todo lo que se podía saber acerca de Isabella, sí, y
también acerca de la vida. Las páginas contenidas en aquellos sobres marmóreos
forzosamente tenían que llevar profuso y profundamente hendido significado.
Isabella entraría, las cogería, una a una, muy despacio, las abriría, y las
leería cuidadosamente, una a una, y después, con un profundo suspiro de
comprensión, como si hubiera visto el último fondo de todo, rasgaría los sobres
en menudas porciones, ataría el montoncito de cartas, y las encerraría bajo
llave en un cajón, decidida a ocultar lo que no deseaba se supiera.
Este pensamiento cumplió la función de
estímulo. Isabella no quería que se supiera, pero no podía seguir saliéndose
con la suya. Era absurdo, era monstruoso. Si tanto ocultaba y si tanto sabía,
una tenía que abrir a Isabella con el instrumento que más al alcance de la mano
tenía: la imaginación. Una debía fijar la atención en ella, inmediatamente,
ahora. Una tenía que dejar clavada allí a Isabella. Una debía negarse a que le
dieran más largas mediante palabras y hechos propios de un momento determinado,
mediante cenas y visitas y corteses conversaciones. Una tenía que ponerse en
los zapatos de Isabella. Interpretando esta última frase literalmente, era
fácil ver la clase de zapatos que Isabella llevaba, allá, en el jardín de
abajo, en los presentes instantes. Eran muy estrechos y largos y muy a la moda,
del más suave y flexible cuero. Al igual que cuanto llevaba, eran exquisitos. Y
ahora estaría en pie junto al alto seto, en la parte baja del jardín, alzadas
las tijeras, que llevaba atadas a la cintura, para cortar una flor muerta, una
rama excesivamente crecida. El sol le daría en la cara, incidiría en sus ojos;
pero no, en el momento crítico una nube cubriría el sol, dejando dubitativa la
expresión de sus ojos... Qué era ¿burlona o tierna, brillante o mate? Una sólo
podía ver el indeterminado contorno de su cara un tanto marchita, bella,
mirando hacia el cielo. Pensaba, quizá, que debía comprar una nueva red para
las fresas, que debía mandar flores a la viuda de Johnson, que había ya llegado
el momento de ir en automóvil a visitar a los Hippesley en su nueva casa.
Ciertamente, esas eran las cosas de que hablaba durante la cena. Pero una
estaba cansada de las cosas de que hablaba en la cena. Era su profundo estado
de ser lo que una quería aprehender y verter en palabras, aquel estado que es a
la mente lo que la respiración es al cuerpo, lo que se llama felicidad o
desdicha. Al mencionar estas palabras quedó patente, sin duda, que forzosamente
Isabella tenía que ser feliz. Era rica, era distinguida, tenía muchos amigos,
viajaba —compraba alfombras en Turquía y cerámica azul en Persia. Avenidas de
placer se abrían hacia allí y allá, desde el lugar en que ahora se encontraba,
con las tijeras alzadas para cortar temblorosas ramas, mientras las nubes con
calidad de encaje velaban su cara.
Y aquí, con un rápido movimiento de las
tijeras, cortó un haz de clemátides que cayó al suelo. En el momento de la
caída, se hizo, sin la menor duda, más luz, y una pudo penetrar un poco más en
su ser. Su mente rebosaba ternura y remordimiento... Cortar una rama en exceso
crecida la entristecía debido a que otrora vivió y amó la vida. Sí, y al mismo
tiempo la caída de la rama le revelaba que también ella debía morir, y la
trivialidad y carácter perecedero de las cosas. Y una vez más, asumiendo este
pensamiento, coa su automático sentido común, pensó que la vida la había
tratado bien; incluso teniendo en cuenta que también tendría que caer, sería
para yacer en la tierra e incorporarse suavemente a las raíces de las violetas.
Y así estaba, en pie, pensando. Sin dar precisión a pensamiento alguno —por
cuanto era una de esas reticentes personas cuya mente retiene el pensamiento
envuelto en nubes de silencio—, rebosaba pensamientos. Su mente era como su
cuarto, en donde las luces avanzaban y retrocedían, avanzaban haciendo piruetas
y contoneándose y pisando delicadamente, abrían en abanico la cola, a picotazos
se abrían camino; y, entonces, todo su ser quedaba impregnado, lo mismo que el
cuarto, de una nube de cierto profundo conocimiento, de un arrepentimiento no
dicho, y entonces quedaba toda ella repleta de cajoncitos cerrados bajo llave,
llenos de cartas, igual que sus canteranos. Hablar de «abrirla», como si fuera
una ostra, de utilizar en ella la más hermosa, sutil y flexible herramienta
entre cuantas existen, era un delito contra la piedad y un absurdo. Una tenía
que imaginar —y allí estaba ella, en el espejo. Una tuvo un sobresalto.
Al principio, estaba tan lejos que una no
podía verla con claridad. Venía despacio, deteniéndose de vez en cuando,
enderezando una rosa aquí, alzando un clavel allá para olerlo, pero no dejaba
de avanzar. Y, constantemente, se hacía más grande y más grande en el espejo, y
más y más completa era la persona en cuya mente una había intentado penetrar.
Una la iba comprobando poco a poco, incorporaba las cualidades descubiertas a
aquel cuerpo visible. Allí estaba su vestido verde gris, y los alargados
zapatos, y el cesto, y algo que relucía en su garganta. Se acercaba tan
gradualmente que no parecía perturbar las formas reflejadas en el espejo, sino
que se limitara a aportar un nuevo elemento que se movía despacio, y que
alteraba los restantes objetos como si les pidiera cortésmente que le hicieran
sitio. Y las cartas y la mesa y los girasoles que habían estado esperando en el
espejo se separaron y se abrieron para recibirla entre ellos. Por fin llegó,
allí estaba, en el vestíbulo. Se quedó junto a la mesa. Se quedó totalmente
quieta. Inmediatamente el espejo comenzó a derramar sobre ella una luz que
parecía gozar de la virtud de fijarla, que parecía como un ácido que corroía
cuanto no era esencia, cuanto era superficial, y sólo dejaba la verdad. Era un
espectáculo fascinante. Todo se desprendió de ella —las nubes, el vestido, el
cesto y el diamante—, todo lo que una había llamado enredaderas y convólvulos.
Allí abajo estaba el duro muro. Aquí estaba la mujer en sí misma. Se encontraba
en pie y desnuda bajo la luz despiadada. Y nada había. Isabella era totalmente
vacía. No tenía pensamientos. No tenía amigos. Nadie le importaba. En cuanto a
las cartas, no eran más que facturas. Mírala, ahí, en pie, vieja y angulosa,
con abultadas venas y con arrugas, con su nariz de alto puente y su cuello
rugoso, ni siquiera se toma la molestia de abrirlas.
La gente no debiera dejar espejos colgados en
sus estancias.
LA DUQUESA Y EL JOYERO
Oliver Bacon vivía en lo alto de una casa
junto a Green Park. Tenía un piso; las sillas estaban colocadas de manera que
el asiento quedaba perfectamente orientado, sillas forradas en piel. Los sofás
llenaban los miradores de las ventanas, sofás forrados con tapicería. Las
ventanas, tres alargadas ventanas, estaban debidamente provistas de discretos
visillos y cortinas de satén. El aparador de caoba ocupaba un discreto espacio,
y contenía los brandys, los whiskys y los licores que debía contener. Y, desde
la ventana central, Oliver Bacon contemplaba las relucientes techumbres de los
elegantes automóviles que atestaban los atestados vericuetos de Piccadilly.
Difícilmente podía imaginarse una posición más céntrica. Y a las ocho de la
mañana le servían el desayuno en bandeja; se lo servía un criado; el criado
desplegaba la bata carmesí de Oliver Bacon; él abría las cartas con sus largas
y puntiagudas uñas, y extraía gruesas cartulinas blancas de invitación, en las
que sobresalían de manera destacada los nombres de duquesas, condesas,
vizcondesas y Honourable Ladies. Después Oliver Bacon se aseaba; después se
comía las tostadas; después leía el periódico a la brillante luz de la
electricidad.
Dirigiéndose a sí mismo, decía: «Hay que ver,
Oliver... Tú que comenzaste a vivir en una sucia calleja, tú que...», y bajaba
la vista a sus piernas, tan elegantes, enfundadas en los perfectos pantalones,
y a sus botas, y a sus polainas. Todo era elegante, reluciente, del mejor paño,
cortado por las mejores tijeras de Savile Row. Pero a menudo Oliver Bacdn se
desmantelaba y volvía a ser un muchacho en una oscura calleja. En cierta
ocasión pensó en la cumbre de sus ambiciones: vender perros robados a elegantes
señoras en Whitechapel. Y lo hizo. «Oh, Oliver», gimió su madre. «¡Oh, Oliver!
¿Cuándo sentarás la cabeza?»... Después Oliver se puso detrás de un mostrador;
vendió relojes baratos; después trasportó una cartera de bolsillo a
Amsterdam... Al recordarlo, solía reír por lo bajo... el viejo Oliver evocando
al joven Oliver. Sí, hizo un buen negocio con los tres diamantes, y también
hubo la comisión de la esmeralda. Después de esto, pasó al despacho privado, en
la trastienda de Hatton Garden; el despacho con la balanza, la caja fuerte, las
gruesas lupas. Y después... y después... Rió por lo bajo. Cuando Oliver pasaba
por entre los grupitos de joyeros, en los cálidos atardeceres, que hablaban de
precios, de minas de oro, de diamantes y de informes de África del Sur, siempre
había alguno que se ponía un dedo sobre la parte lateral de la nariz y
murmuraba «hum-m-m», cuando Oliver pasaba. No era más que un murmullo, no era
más que un golpecito en el hombro, que un dedo en la nariz, que un zumbido que
recorría los grupitos de joyeros en Hatton Garden, un cálido atardecer —¡Hacía
muchos años...! Pero Oliver todavía lo sentía recorriéndole el espinazo,
todavía sentía el codazo, el murmullo que significaba: «Miradle — el joven
Oliver, el joven joyero, — ahí va.» Y realmente era joven entonces. Y comenzó a
vestir mejor y mejor; y tuvo, primero, un cabriolé; después un automóvil; y
primero fue a platea y después a palco. Y tenía una villa en Richmond, junto al
río, con rosales de rosas rojas; y Mademoiselle solía cortar una rosa todas las
mañanas, y se la ponía en el ojal, a Oliver.
«Vaya», dijo Oliver, mientras se ponía en pie
y estiraba las piernas. «Vaya...»
Y quedó en pie bajo el retrato de una vieja
señora, encima del hogar, y levantó las manos. «He cumplido mi palabra», dijo
juntando las palmas de las manos, como si rindiera homenaje a la señora. «He
ganado la apuesta.» Y no mentía; era el joyero más rico de Inglaterra; pero su
nariz, larga y flexible, como la trompa de un elefante, parecía decir medíante
el curioso temblor de las aletas (aunque se tenía la impresión de que la nariz
entera temblara, y no sólo las aletas) que todavía no estaba satisfecho, todavía
olía algo, bajo la tierra, un poco más allá. Imaginemos a un gigantesco cerdo
en un terreno fecundo en trufas; después de desenterrar esta trufa y aquella
otra, todavía huele otra mayor, más negra, bajo la tierra, un poco más allá. De
igual manera, Oliver siempre husmeaba en la rica tierra de Mayfair otra trufa,
más negra, más grande, un poco más allá.
Ahora rectificó la posición de la perla de la
corbata, se enfundó en su elegante abrigo azul, y cogió los guantes amarillos y
el bastón. Balanceándose, bajó la escalera, y en el momento de salir a
Piccadilly, medio resopló, medio suspiró, por su larga y aguda nariz. Ya que,
¿acaso no era todavía un hombre triste, un hombre insatisfecho, un hombre que
busca algo oculto, a pesar de que había ganado la apuesta?
Siempre se balanceaba un poco al caminar,
igual que el camello del zoológico se balancea a uno y otro lado, cuando camina
por entre los senderos de asfalto, atestados de tenderos acompañados por sus
esposas, que comen el contenido de bolsas de papel y arrojan al sendero
porcioncillas de papel de plata. El camello desprecia a los tenderos; el
camello no está contento de su suerte; el camello ve el lago azul, y la orla de
palmeras a su alrededor. De igual manera el gran joyero, el más grande joyero
del mundo entero, avanzaba balanceándose por Piccadilly, perfectamente vestido,
con sus guantes, con su bastón, pero todavía descontento, hasta que llegó a la
oscura tiendecilla que era famosa en Francia, en Alemania, en Austria, en
Italia, y en toda América —la oscura tiendecilla en el street de Bond Street.
Como de costumbre, cruzó la tienda sin decir
palabra, a pesar de que los cuatro hombres, los dos mayores, Marshall y
Spencer, y los dos jóvenes, Hammond y Wicks, se irguieron y le miraron, con
envidia. Sólo por el medio de agitar un dedo, enfundado en guante de color de
ámbar, dio Oliver a entender que se había dado cuenta de la presencia de los
cuatro. Y entró y cerró tras sí la puerta de su despacho privado.
A continuación, abrió la cerradura de las
rejas que protegían la ventana. Entraron los gritos de Bond Street; entró el
distante murmullo del tránsito. La luz reflejada en la parte trasera de la
tienda se proyectaba hacia lo alto. Un árbol agitó seis hojas verdes, porque
corría el mes de junio. Pero Mademoiselle se había casado con el señor Pedder,
de la destilería de la localidad, y ahora nadie le ponía a Oliver rosas en el
ojal.
«Vaya», medio suspiró, medio resopló,
«vaya...»
Entonces oprimió un resorte en la pared, y los
paneles de madera resbalaron lentamente a un lado, revelando, detrás, las cajas
fuertes de acero, cinco, no, seis, todas ellas de bruñido acero. Dio la vuelta
a una llave; abrió una; luego otra. Todas ellas estaban forradas con grueso
terciopelo carmesí, y en todas reposaban joyas —pulseras, collares, anillos,
tiaras, coronas ducales, piedras sueltas en cajitas de cristal, rubíes,
esmeraldas, perlas, diamantes. Todas seguras, relucientes, frías pero ardiendo,
eternamente, con su propia luz comprimida.
«¡Lágrimas!», dijo Oliver contemplando las
perlas.
«¡Sangre del corazón!», dijo mirando los
rubíes.
«¡Pólvora!», prosiguió, revolviendo los
diamantes de manera que lanzaron destellos y llamas.
«Pólvora suficiente para volar Mayfair hasta
las nubes, y más arriba, más arriba, más arriba.» Y lo dijo echando la cabeza
atrás y emitiendo sonidos como los del relincho del caballo.
El teléfono emitió un zumbido de untuosa
cortesía, en voz baja, en sordina, sobre la mesa. Oliver cerró la caja de
caudales.
«Dentro de diez minutos», dijo. «Ni un minuto
antes.» Se sentó detrás del escritorio y contempló las cabezas de los
emperadores romanos grabadas en los gemelos de la camisa. Una vez más se
desmanteló y otra vez volvió a ser el muchachuelo que jugaba a canicas, en la
calleja donde se venden perros robados, los domingos. Se transformó en aquel
voluntarioso y astuto muchachito, con labios rojos como cerezas húmedas. Metía
los dedos en montones de tripa; los hundía en sartenes llenas de pescado frito;
escabullándose salía y penetraba en multitudes. Era flaco, ágil, con ojos como
piedras pulidas. Y ahora... ahora... las saetas del reloj seguían avanzando al
son del tic-tac, uno, dos, tres, cuatro... La Duquesa de Lambourne esperaba,
por el placer de Oliver; la Duquesa de Lambourne, hija de cien vizcondes.
Esperaría durante diez minutos, en una silla junto al mostrador. Esperaría, por
placer de Oliver. Esperaría hasta que Oliver quisiera recibirla. Oliver
contemplaba el reloj alojado en su caja forrada de cuero. La saeta avanzaba.
Con cada uno de sus tic-tacs, el reloj entregaba a Oliver —esto parecía— páté
de foie gras, una copa de champaña, otra de brandy viejo, un cigarro que valía
una guinea. El reloj lo iba dejando todo sobre la mesa, a su lado, mientras transcurrían
los diez minutos. Entonces, oyó suaves y lentos pasos, acercándose; un rumor en
el pasillo. Se abrió la puerta. El señor Hammond quedó pegado a la pared.
El señor Hammond anunció: «¡Su Gracia, la
Duquesa!»
Y esperó allí, pegado a la pared.
Y Oliver, al ponerse en pie, oyó el rumor del
vestido de la Duquesa, que se acercaba por el pasillo. Después la Duquesa se
cernió sobre él, ocupando el vano de la puerta por entero, llenando el cuarto
con el aroma, el prestigio, la arrogancia, la pompa, el orgullo de todos los
duques y de todas las duquesas, alzados en una sola ola. Y, de la misma forma
que rompe una ola, la Duquesa rompió, al sentarse, avanzando y salpicando,
cayendo sobre Oliver Bacon, el gran joyero, y cubriéndolo de vivos y
destellantes colores, verde, rosado, violeta; y de olores; y de iridiscencias;
centellas saltaban de los dedos, se desprendían de las plumas, rebrillaban en
la seda; ya que la Duquesa era muy corpulenta, muy gorda, prietamente enfundada
en tafetán de color de rosa, y pasada ya la flor de la edad. De la misma manera
que una sombrilla con muchas varillas, que un pavo real con muchas plumas,
cierra las varillas, pliega las plumas, la Duquesa se apaciguó, se replegó, en
el momento de hundirse en el sillón de cuero.
«Buenos días, señor Bacon», dijo la Duquesa. Y
alargó la mano que había salido por el corte rectilíneo de su blanco guante. Y
Oliver se inclinó profundamente, al estrechar la mano. En el instante en que
sus manos se tocaron volvió a formarse una vez más el vínculo que les unía.
Eran amigos, y, al mismo tiempo, enemigos; él era amo, ella era ama; cada cual
engañaba al otro, cada cual necesitaba al otro, cada cual temía al otro, cada
cual sabía lo anterior, y se daba cuenta de ello siempre que sus manos se tocaban,
en el cuartito de la trastienda, con la blanca luz fuera, y el árbol con sus
seis hojas, y el sonido de la calle a lo lejos, y las cajas fuertes a espaldas
de los dos.
«Ah, Duquesa, ¿en qué puedo servirla hoy?»,
dijo Oliver en voz baja.
La Duquesa le abrió su corazón, su corazón
privado, de par en par. Y, con un suspiro, aunque sin palabras, extrajo del
bolso una alargada bolsa de cuero, que parecía un flaco hurón amarillo. Y por
la apertura de la barriga del hurón, la Duquesa dejó caer perlas, diez perlas.
Rodando cayeron por la apertura de la barriga del hurón —una, dos, tres,
cuatro—, como huevos de un pájaro celestial.
«Son cuanto me queda, mi querido señor Bacon»,
gimió ia Duquesa. Cinco, seis, siete— rodando cayeron por las pendientes de las
vastas montañas cuyas laderas se hundían entre las rodillas de la Duquesa,
hasta llegar a un estrecho valle, la octava, la nona, y la décima. Y allí
quedaron, en el resplandor del tafetán del color de la flor del melocotón. Diez
perlas.
«Del cinto de los Appleby», dijo dolida la
Duquesa. «Las últimas... Cuantas quedaban...»
Oliver se inclinó y cogió una perla entre
índice y pulgar. Era redonda, era reluciente. Pero, ¿era auténtica o falsa?
¿Volvía la Duquesa a mentirle? ¿Sería capaz de hacerlo otra vez?
La Duquesa se llevó un dedo rollizo a los
labios. «Si el Duque lo supiera...», murmuró. «Querido señor Bacon, una racha
de mala suerte...»
¿Había vuelto a jugar, realmente?
«¡Ese villano! ¡Ese sinvergüenza!», dijo la
Duquesa entre dientes.
¿El hombre con el pómulo partido? Mal bicho,
ciertamente. Y el Duque, que era recto como una vara, con sus patillas, la
dejaría sin un céntimo, la encerraría allá abajo... Qué sé yo, pensó Oliver, y
dirigió una mirada a la caja de caudales.
«Araminta, Daphne, Diana», gimió la Duquesa.
«Es para ellas.»
Las ladies Araminta, Daphne y Diana, las hijas
de la Duquesa. Oliver las conocía; las adoraba. Pero Diana era aquella a la que
amaba.
«Sabe usted todos mis secretos», dijo la
Duquesa mirando de soslayo a Oliver. Lágrimas resbalaron; lágrimas cayeron;
lágrimas como diamantes, que se cubrieron de polvo en las veredas de las
mejillas de la Duquesa, del color de la flor del cerezo.
«Viejo amigo», murmuró la Duquesa, «viejo
amigo.»
«Viejo amigo», repitió Oliver, «viejo amigo»,
como si lamiera las palabras.
«¿Cuánto?», preguntó Oliver.
La Duquesa cubrió las perlas con la mano.
«Veinte mil», murmuró la Duquesa.
Pero, ¿era auténtica o falsa, aquella perla
que Oliver tenía en la mano? El cinto de los Appleby, ¿pero es que no lo había
vendido ya, la Duquesa? Llamaría a Spencer o a Hammond. «Tenga y haga la prueba
de autenticidad», diría Oliver, Se inclinó hacia el timbre.
«¿Vendrá mañana?», preguntó la Duquesa en tono
de encarecida invitación, interrumpiendo así a Oliver. «El Primer Ministro...
Su Alteza Real...» La Duquesa se calló. «Y Diana...», añadió.
Oliver alejó la mano del timbre.
Miró por encima del hombro de la Duquesa las
paredes traseras de las casas de Bond Street. Pero no vio las casas de Bond
Street, sino un río turbulento, y truchas y salmones saltando, y el Primer
Ministro, y también se vio a sí mismo con chaleco blanco, y luego vio a Diana.
Bajó la vista a la perla que tenía en la mano. ¿Cómo iba a someterla a prueba,
a la luz del río, a la luz de los ojos de Diana? Pero los ojos de la Duquesa le
estaban mirando.
«Veinte mil», gimió la Duquesa. «¡Es mi
honor!»
¡El honor de la madre de Diana! Oliver cogió
el talonario; sacó la pluma.
«Veinte...», escribió. Entonces dejó de
escribir. Los ojos de la vieja mujer retratada le estaban mirando, los ojos de
aquella vieja que era su madre.
«¡Oliver!», le decía su madre. «¡Un poco de
sentido común! ¡No seas loco!»
«¡Oliver!», suplicó la Duquesa (ahora era
Oliver y no señor Bacon). «¿Vendrá a pasar un largo final de semana?»
¡A solas en el bosque con Diana! ¡Cabalgando a
solas en el bosque con Diana!
«Mil», escribió, y firmó el talón.
«Tenga», dijo Oliver.
Y se abrieron todas las varillas de la
sombrilla, todas las plumas del pavo real, el resplandor de la ola, las espadas
y las lanzas de Agincourt, cuando la Duquesa se levantó del sillón. Y los dos
viejos y los dos jóvenes, Spencer y Marshall, Wicks y Hammond, se pegaron a la
pared, detrás del mostrador, envidiando a Oliver, mientras éste acompañaba a la
Duquesa, a través de la tienda, hasta la puerta. Y Oliver agitó su guante
amarillo ante las narices de los cuatro, y la Duquesa conservó su honor —un
talón de veinte mil libras, con la firma de Oliver— firmemente en sus manos.
«¿Son auténticas o son falsas?», preguntó
Oliver, cerrando la puerta de su despacho privado. Allí estaban, las diez
perlas sobre el papel secante, en el escritorio. Fue con ellas a la ventana.
Con la lupa las miró a la luz... ¡Aquella era la trufa que había extraído de la
tierra! Podrida por dentro...
«Perdóname, madre», suspiró Oliver, levantando
la mano, como si pidiera perdón a la vieja retratada. Y, una vez más, fue un
chicuelo en la calleja en donde vendían perros robados los domingos.
«Porque», murmuró juntando las palmas de las
manos, «será un fin de semana largo.»
MOMENTOS DE VIDA
«LOS ALFILERES DE SLATER NO TIENEN PUNTA.»
«Los alfileres de Slater no tienen punta, ¿no
te has fijado?», dijo la señorita Craye volviéndose, cuando la rosa se
desprendió del vestido de Fanny Wilmot, y Fanny se inclinó, con los oídos
rebosantes de música, para buscar el alfiler en el suelo.
Estas palabras impresionaron en gran manera a
Fanny, mientras la señorita Craye tocaba el último acorde de una fuga de Bach.
¿Acaso la señorita Craye iba realmente a la tienda de Siater a comprar
alfileres?, se preguntó Fanny Wilmot, traspuesta durante un instante. ¿Esperaba
en pie, la señorita Craye, ante el mostrador, igual que todos los demás, y le
daban un recibo, con la calderilla envuelta en él, y se metía la calderilla en
el bolso, y después, una hora más tarde, delante de su mesa tocador, sacaba los
alfileres? ¿Para qué necesitaba alfileres la señorita Craye? A fin de cuentas
bien se podía decir que, más que ir vestida, iba enfundada, como una cucaracha,
prietamente ceñida por su caparazón, de azul en invierno y de verde en verano.
¿Qué necesidad de alfileres tenía —Julia Craye—, quien, al parecer, vivía en el
fresco y vitreo mundo de las fugas de Bach, tocando para sí lo que le diera la
gana, y accediendo a tener sólo una o dos alumnas, en la Escuela de Música de
Archer Street (eso decía la directora, la señorita Kingston), como favor
especial a la directora, quien «la tenía en la mayor admiración, desde todos
los puntos de vista»? La señorita Craye quedó en muy mala situación, mucho
temía la señorita Kingston, al morir su hermano. Oh, sí, tenían cosas muy
hermosas, cuando vivían en Salisbury, y su hermano Julius era, desde luego, un
hombre muy conocido: un famoso arqueólogo. Era un gran privilegio poder
estudiar con ellos, decía la señorita Kingston («Mi familia los conocía de toda
la vida, eran gente típica de Canterbury», decía la señorita Kingston), pero a
una niña le daba siempre un poco de miedo; una tenía que procurar no dar
portazos, ni entrar de sopetón en un cuarto. La señorita Kingston, que siempre
hacía esbozos de personalidades, el primer día del curso, mientras recibía
cheques y escribía los correspondientes recibos, esbozó, en este instante, una
sonrisa. Sí, ciertamente, de chica había sido revoltosa y un tanto bruta; había
entrado pegando un salto, con lo que hizo saltar todas aquellas verdes jarras
romanas y demás cosas que había en las vitrinas. Los Craye no estaban
acostumbrados a tratar con niños. Ningún Craye se casó. Tenían gatos; y los
gatos, pensaba una, saben tanto acerca de urnas romanas y cosas parecidas, como
el que más.
«¡Mucho más de lo que yo sabía!», dijo
alegremente la señorita Kingston, mientras escribía su nombre al pie del
recibo, con su caligrafía alegre y ampulosa, debido a que siempre había sido
mujer con sentido práctico. A fin de cuentas, de eso vivía.
En este caso, pensó Fanny Wilmot, mientras
buscaba el alfiler, bien podía ser que la señorita Craye hubiera dicho «los
alfileres de Slater no tienen punta» al azar. Ningún Craye se había casado. La
señorita Craye nada sabía de alfileres, nada de nada. Pero quiso romper el
hechizo que dominaba la casa; quiso romper el vidrio que la separaba de todos
los demás. Cuando Polly Kingston, aquella alegre jovencita, había dado el
portazo, haciendo saltar las jarras romanas, Julius, después de comprobar que
no se habían producido desperfectos (éste fue su primer impulso), miró, ya que
las vitrinas se encontraban junto a la ventana, a Polly corriendo hacia su casa
a través del campo; miró con la mirada que su hermana a menudo tenía, aquella
mirada sostenida y dominante.
«Estrellas, sol, luna», parecía decir la
mirada, «la margarita en la hierba, fuegos, hielo en los cristales de la
ventana, mi corazón está con vosotros. Pero», siempre parecía añadir, «os
quebráis, pasáis, os vais.» Y, al mismo tiempo, cubría la intensidad de ambos
estados mentales con «No puedo alcanzaros, nó puedo llegar hasta vosotros», en
tono de deseo frustrado. Y las estrellas se desvanecían, y los niños se iban.
Este era el hechizo, ésta era la vitrea superficie que la señorita Craye quiso
romper, para demostrar, después de interpretar con gran belleza a Bach, a modo
de recompensa a una alumna favorita (Fanny sabía que era la alumna favorita de
la señorita Craye), que también ella, al igual que todas las demás, entendía en
alfileres. Los alfileres de Slater no tenían punta.
Sí, el «famoso arqueólogo» también había
tenido aquella mirada. «El famoso arqueólogo»... cuando dijo estas palabras,
firmando cheques, comprobando el día del mes, hablando tan alegre y
francamente, hubo en la voz de la señorita Kingston un matiz indescriptible
indicativo de la existencia de algo raro; algo raro en Julius Craye; y quizá
fuera exactamente la misma cosa que también era rara en Julia. Una hubiera
jurado, pensó Fanny Wilmot, mientras buscaba el alfiler, que en fiestas y
reuniones (el padre de la señorita Kingston era clérigo), a los oídos de la
señorita Kingston llegó algún comentario, o quizá fue sólo una sonrisa, o un
matiz, cuando el nombre de Julius era mencionado, que le había dado cierta
«impresión» con respecto a Julius ¿raye. Huelga decir que jamás había hablado
de ello a nadie. Pero, siempre que la señorita Kingston hablaba de Julius u oía
mencionar su nombre, esto era lo primero que acudía a la mente; y resultaba una
idea seductora; algo raro había habido en Julius Craye.
Y esto mismo se daba también en Julia, medio
vuelta hacia atrás, sentada en el taburete del piano, sonriendo. Está en el
campo, está en el vidrio de la ventana, está en el cielo —la belleza; y no
puedo alcanzarla; no puedo poseerla—, yo, parecía añadir con aquella leve
crispación de la mano tan característica en ella, que la adoro apasionadamente,
¡la daría al mundo entero, para que la poseyera! Y cogió el clavel que había
caído al suelo, mientras Fanny buscaba el alfiler. Lo oprimió, a juicio de
Fanny, voluptuosamente, con sus manos de suaves venas, en las que destacaban
los anillos de color de agua, con perlas. La presión de las manos de la
señorita Craye parecía aumentar cuanto de más brillante había en la flor;
resaltarlo; hacerla más rizada, más fresca, más inmaculada. Lo raro en la
señorita Craye, y quizá también en su hermano, consistía en que aquel apretón y
presa de los dedos se combinaba con una perpetua frustración. Incluso ahora
ocurría con el clavel. Tenía las manos en él, lo oprimía, pero no lo poseía, no
gozaba de él, no por entero, no del todo.
Ningún Craye se había casado, recordó Fanny
Wilmot. Recordaba que una tarde en que la lección había durado más de lo usual
y ya había oscurecido, Julia Craye dijo: «La utilidad de los hombres, sin la
menor duda, es la de protegernos», sonriéndole con aquella misma extraña
sonrisa, mientras en pie le abrochaba el abrigo, lo cual le dio conciencia, lo
mismo que la flor, hasta las yemas de los dedos, de su juventud y brillantez,
pero, lo mismo que la flor, Fanny sospechaba que también le dio sensación de
incomodidad.
«Yo no quiero que me protejan», dijo Fanny
riendo, y, cuando Julia Craye, fijando en ella aquella extraordinaria mirada,
le dijo que no estaba muy segura de ello, Fanny se sonrojó a las claras bajo la
admiración de sus ojos.
Los hombres sólo servían para eso, había dicho
Julia Craye. ¿Se debería quizás a esto, se preguntó Fanny, con la vista fija en
el suelo, que no se hubiera casado? A fin de cuentas, no había vivido toda la
vida en Salisbury. «Con mucho, la parte más agradable de Londres», había dicho
en cierta ocasión, «(pero hablo de hace quince o veinte años) es Kensington. Se
llegaba a los jardines en diez minutos; era como hallarse en pleno campo. Se
podía cenar en zapatillas sin coger frío. Kensington era igual que un pueblo
entonces, ¿sabes?», había dicho.
En este punto se calló, para denunciar después
las corrientes de aire de los metros.
«Era para lo que servían los hombres», había
dicho con extraña y seca amargura. ¿Contribuía esto a despejar la incógnita de
por qué no se había casado? Cabía imaginar todo género de escenas, en su
juventud, cuando con sus hermosos ojos azules, su nariz recta y firme, su aire
de fría distinción, su arte de pianista, su rosa abriéndose con casta pasión en
el pecho de su vestido de muselina, había atraído, primero, a los jóvenes para
quienes esas cosas, las tazas de porcelana y los candelabros de plata y la mesa
con incrustaciones, ya que los Craye tenían bellos objetos cual éstos, eran
maravillosas; hombres jóvenes, aunque no suficientemente distinguidos; hombres
jóvenes de la ciudad catedralicia, sin ambiciones. A éstos había atraído
primero, y luego a los amigos de su hermano, en Oxford o Cambridge. Llegaban en
verano; la paseaban en barca de remos por el río; continuaban por carta la
discusión acerca de Browning; y quizás hacían lo preciso, en las raras
ocasiones en que Julia Craye paraba en Londres, para mostrarle ¿los jardines de
Kensington?
«Con mucho, la parte más agradable de Londres,
Kensington (pero hablo de hace quince o veinte años)», había dicho en cierta
ocasión. Se llegaba a los jardines en diez minutos, en pleno campo. Una podía
sacar de esto lo que quisiera, pensó Fanny Wilmot, fijémonos, por ejemplo, en
el señor Sherman, el pintor, viejo amigo de la señorita Craye; citarle para que
fuera a buscarla, un soleado día del mes de junio; para que la llevara a tomar
el té bajo los árboles. (También se habían tratado en aquellas fiestas en las
que una iba con zapatillas sin temor a coger frío.) La tía u otro pariente
entrado en años esperaría allí, mientras ellos contemplaban la Serpentine.
Miraban la Serpentine. Quizás él la llevó a remo a la otra orilla. La
compararon con el Avon. Y la señorita Craye seguramente hubiera calificado la
comparación con gran furia. Los panoramas fluviales eran importantes para ella.
Iría sentada un poco encorvada, un poco anguloso el cuerpo, a pesar de que a la
sazón era grácil, llevando el timón. En el momento crítico, sí, ya que aquel
hombre había decidido que debía hablar ahora —era la única ocasión de estar a
solas con ella—, estaba hablando con la cabeza vuelta hacia atrás, en una
postura absurda, con gran nerviosismo, por encima del hombro, y en aquel preciso
momento, ella le interrumpió con ferocidad. Gritando, le dijo que, por su
culpa, chocarían contra el puente. Fue un momento de horror, de desilusión, de
revelación, para los dos. No puedo tenerlo, no puedo poseerlo, pensó Julia
Craye. Entonces él no pudo comprender por qué Julia había accedido a ir con él.
Con un recio golpe del remo contra el agua, dio la vuelta a la barca. ¿Lo dijo
con el solo fin de darle un chasco? Remó y la devolvió al punto de partida,
donde le dijo adiós.
El escenario de estos hechos podía variarse a
voluntad, pensó Fanny Wilmot. (¿Dónde estaría el alfiler?) Podía ser Rávena, o
Edimburgo, ciudad en la que la señorita Craye había regentado la casa de su
hermano. La escena podía cambiarse, igual que el joven caballero y los detalles
de la manera en que todo ocurrió, pero algo había que tenía carácter constante
—la negativa de Julia Craye, su ceño, su enfado contra sí misma después, sus
razonamientos, y su alivio—, sí, ciertamente, su inmenso alivio. Quizás el
mismísimo día siguiente se levantó a las seis de la mañana, se envolvió en su
manto, y anduvo desde Kensington hasta el río. Se sentía tan agradecida que no
sacrificó su derecho a ir allá y ver las cosas en el momento en que mejor están
—antes de que la gente se levante—, es decir, Julia Craye hubiera podido
desayunar en cama, si hubiera querido. No sacrificó su independencia.
Sí, Fanny Wilmot sonrió, Julia no había puesto
en peligro sus costumbres. Estaban a salvo; y sus costumbres hubieran quedado
adversamente afectadas, si se hubiera casado. «Son ogros», dijo una tarde, casi
riendo, cuando otra alumna, muchacha recientemente casada, recordó de repente
que llegaría tarde a la cita con su marido y se fue presurosa.
«Son ogros», había dicho, riendo con tristeza.
Un ogro quizás hubiera obstaculizado el desayuno en cama, con paseos al alba
hasta el río. ¿Y qué hubiera ocurrido (aunque ello era inconcebible) si hubiese
tenido hijos? Adoptaba pasmosas precauciones para protegerse de los resfriados,
de la fatiga, de las comidas fuertes, de las comidas inadecuadas, de las
corrientes de aire, de las estancias calurosas, de los viajes en metro, por
cuanto jamás pudo determinar con exactitud qué cosa, entre todas las dichas, era
la que le producía aquellos horribles dolores de cabeza que convertían su vida
en algo parecido a un campo de batalla. Estaba siempre empeñada en una lucha
para ganar por la mano al enemigo, hasta el punto que su empeño no dejaba de
tener cierto interés; si, por fin, pudiera derrotar al enemigo, la vida
seguramente le parecería un tanto sosa. Pero, en realidad, el bélico
enfrentamiento tenía carácter perpetuo —por una parte, el ruiseñor o el
panorama que amaba apasionadamente—, sí, los panoramas y los pájaros
engendraban pasión en ella; por otra parte, el húmedo sendero o la horrenda
caminata cuesta arriba que la dejaban inútil para todo, en la mañana siguiente,
y le reportaban uno de sus dolores de cabeza. En consecuencia, cuando con
habilidad reunía todas sus fuerzas y se las arreglaba para visitar Hampton
Court en la semana en que más lucía el azafrán —esas relucientes y luminosas
flores eran sus favoritas—, esto representaba una victoria. Era algo duradero,
algo eternamente importante. Unía aquella tarde al collar de los días
memorables, que, para ella, no tenía tantas vueltas como para impedirle
recordar esto o aquello; aquel panorama, aquella ciudad; para poner el dedo,
sentir, saborear, aspirar, la calidad que le daba carácter único.
«El pasado viernes hizo un día tan hermoso»,
dijo, «que decidí que debía ir allá.» En consecuencia, se había dirigido a
Waterloo, en su gran aventura —visitar Hampton Court— sola. De una forma
natural, aunque quizá tonta, una se apiadaba de ella por una causa por la que
ella nunca pedía piedad (por lo general era reticente, y sólo hablaba de su
salud de la misma manera en que el guerrero habla del enemigo), una se apiadaba
de ella por hacer siempre sola cuanto hacía. Su hermano había muerto. Su
hermana era asmática. Y consideraba que el clima de Edimburgo era bueno para
ella. Para Julia era infame. También cabía la posibilidad de que las
asociaciones anejas a Edimburgo fueran dolorosas para Julia, puesto que su
hermano, el famoso arqueólogo, había muerto allí; y ella había amado a su
hermano. Vivía en una casita, junto a Brompton Road, en total soledad.
Fanny Wilmot vio el alfiler; lo cogió. Miró a
la señorita Craye. ¿Realmente, tan sola estaba la señorita Craye? No, la
señorita Craye era firme e inefablemente, aunque sólo fuera por aquel instante,
una mujer feliz. Fanny la había sorprendido en un momento de éxtasis. Allí
estaba sentada, medio de espaldas al piano, con las manos unidas en el regazo,
sosteniendo erecto el clavel, y detrás de ella se veía el nítido cuadrado de la
ventana, sin cortina, morado a la luz de la atardecida, intensamente morado, en
contraste con las brillantes luces eléctricas, sin pantalla, que iluminaban la
austera sala de música. Julia Craye, sentada, encorvada y sólida, sosteniendo
la flor, parecía nacida de la noche londinense, parecía echársela a la espalda
como un manto, y la noche parecía, en su austeridad e intensidad, un efluvio
del espíritu de Julia Craye, algo creado por ella para que la rodeara. Fanny la
miraba.
Por un instante, todo pareció transparente a
la vista de Fanny Wilmot, y, como si la señorita Craye fuera transparente,
Fanny Wilmot vio la mismísima fuente del ser de la señorita Craye, manando sus
puras gotas de plata. Vio el pasado que había detrás de ella, lo vio más y más
hondamente. Vio las verdes jarras romanas en pie en la vitrina; oyó a los
muchachos de la escolanía jugando al cricket; vio a Julia descendiendo
serenamente los curvos peldaños que conducían al jardín con césped; luego la
vio sirviendo el té bajo el cedro; suavemente cogió entre las suyas la mano del
viejo; la vio yendo de un lado para otro, a lo largo de los pasillos de la
vieja morada catedralicia, con toallas en la mano, para marcarlas;
lamentándose, mientras trabajaba, de la mezquindad del vivir cotidiano; y
envejeciendo lentamente, y desechando prendas cuando llegaba el verano, porque,
a su edad, eran demasiado coloridas para que ella las llevara; y cuidando a su
padre en la enfermedad; y delimitando todavía más la senda que seguía, a medida
que su voluntad se orientaba con mayor rigidez hacia su solitaria meta;
viajando austeramente; contando los gastos y calibrando en su parca bolsa la
suma precisa para este viaje, para aquel antiguo espejo; persistiendo
obstinadamente, dijera la gente lo que dijere, en elegir los placeres según su
gusto, para sí sola. Vio a Julia...
Julia llameaba. Julia estaba incandescente.
Ardía en la noche como una blanca estrella muerta. Julia abrió los brazos.
Julia la besó en los labios. Julia la poseía.
«Los alfileres de Slater no tienen punta»,
dijo la señorita Craye, riendo de una manera rara y distendiendo los brazos
mientras Fanny Wilmot se prendía la flor en su pecho con dedos temblorosos.
EL HOMBRE QUE AMABA AL PRÓJIMO
Aquella tarde, mientras pasaba ligero por
Deans Yard, Prickett Ellis se cruzó con Richard Dalloway, o mejor dicho, en el
momento de cruzarse, la disimulada mirada que cada uno de ellos lanzó al otro,
bajo el ala del sombrero, por encima del hombro, se ensanchó y estalló en una
expresión de recíproco reconocimiento; no se habían visto en veinte años.
Habían ido a la misma escuela. ¿Y a qué se dedicaba ahora Ellis? ¿Abogacía? Sí,
claro, claro..., había leído todo lo referente al caso en los periódicos. Pero allí
no se podía hablar realmente. ¿Por qué no iba a su casa aquella noche? (Vivían
donde siempre, ahí, al doblar la esquina.) Habría un par de invitados más.
Quizá fuera Joynson. «Bueno, no sabes cuánto me ha alegrado verte», dijo
Richard.
«Estupendo. Hasta esta noche pues», dijo
Richard, y siguió su camino «muy contento» (lo cual era verdad) de haber visto
a aquel tipo raro que no había cambiado ni tanto así desde los tiempos en que
iban a la escuela —era el mismo muchacho desaliñado y menudo, rebosando
prejuicios hasta por las orejas, pero insólitamente brillante, ganó el
Newcastle. Pues sí... y siguió su camino.
Sin embargo Prickett Ellis, en el momento en
que mirando hacia atrás contemplaba como Dalloway se alejaba, deseó no haberse
encontrado con él, o, al menos, ya que siempre había sentido personal simpatía
hacia él, no haberle prometido asistir a la velada. Dalloway estaba casado,
daba fiestas, y no era, ni mucho menos, un hombre de la clase de Ellis. Esta
noche Ellis tendría que vestirse de etiqueta. Sin embargo, al acercarse la
noche, Ellis pensó que, por haberse comprometido, y no sintiendo deseo alguno
de cometer una grosería, estaba obligado a ir.
¡Pero qué diversión tan horrenda! Allí estaba
Joynson. Ellis y Joynson nada tenían que decirse. Joynson había sido un
muchachito cargado de pretensiones, y ahora, al paso del tiempo, todavía se
daba más importancia a sí mismo... y esto era todo. En la sala no había nadie
más a quien Ellis conociera. Nadie. Por lo tanto, y como sea que no podía irse
inmediatamente, sin hablar un poco con Dalloway, quien parecía totalmente
ocupado en el cumplimiento de sus deberes de anfitrión, yendo de un lado para
otro, con su chaleco blanco, Prickett Ellis tuvo que quedarse. Era una de esas
situaciones que le hacían hervir la sangre. ¡Pensar que hombres y mujeres
mayores y responsables hicieran esto todas las noches de su vida...! Se le
profundizaron las arrugas en sus mejillas afeitadas, rojas y azules, mientras,
en total silencio, apoyaba la espalda en la pared; Prickett Ellis trabajaba
como un negro, pero se mantenía en forma gracias a que hacía ejercicio; y tenía
aspecto duro y altivo, hasta el punto de que su bigote causaba la impresión de
estar cubierto de escarcha. Era un hombre erizado, áspero. Su modesto traje de
etiqueta le daba aspecto desaliñado, insignificante, anguloso.
Ociosos, parlanchines, excesivamente bien
vestidos, aquellos elegantes caballeros y damas, sin una sola idea en la
cabeza, seguían charlando y riendo. Y Prickett Ellis los observaba y los
comparaba con los Brunner, quienes, cuando ganaron el caso contra la Destilería
Fenners y recibieron doscientas libras esterlinas de indemnización (no era ni
la mitad de lo que les correspondía), se gastaron cinco de ellas en un reloj
para él. Fue un noble gesto; fue una de esas cosas que le conmueven a uno, y
Prickett Ellis miró más severamente que en cualquier momento anterior a aquella
gente excesivamente bien vestida, cínica y próspera, y comparó lo que en estos
momentos sentía con lo que había sentido a las once de la mañana cuando el
señor y la señora Brunner, viejos los dos, vestidos con sus mejores ropas,
ancianos de aspecto tremendamente respetable y limpio, le habían visitado para
entregarle aquella pequeña muestra, como dijo el viejo señor Brunner, muy
erguido en el momento de soltar su discursito, de gratitud y de respeto, por la
gran competencia con que usted defendió nuestro caso, y la señora Brunner con
voz débil dijo que, a su juicio, habían ganado el caso gracias a él. Y los dos
estaban profundamente agradecidos por su generosidad, porque, desde luego, Prickett
Ellis no cobró.
Y, cuando cogió el reloj y lo puso sobre la
repisa del hogar, Prickett Ellis deseó que nadie viera su cara. Para esto
trabajaba, ésta era su recompensa; y contempló a la gente que ahora tenía
realmente ante su vista como si danzaran sobre aquella escena en su despacho y
la escena constituyera una acusación para ellos, y cuando se esfumó —los
Brunner se esfumaron—, como un resto de la escena quedó él, Prickett Ellis,
enfrentándose con aquella hostil muchedumbre, como un hombre totalmente vulgar,
sin el menor refinamiento, un hombre del pueblo (ahora se irguió), muy mal
vestido, de furiosa mirada, sin el más leve aire de distinción, un hombre
normal, un ordinario ser humano, que se enfrentaba con el mal, con la
corrupción, con la despiadada naturaleza de la sociedad. Pero no podía seguir
mirando. Ahora se puso las gafas y contempló los cuadros. Leyó los títulos de
una hilera de libros; casi todos eran de poesía. Mucho le hubiera gustado
volver a leer algunas de sus viejas obras favoritas —Shakespeare, Dickens—, le
gustaría tener tiempo para entrar en la National Gallery, pero no podía — no —
realmente no podía. Uno, de verdad, no podía; no, tal como estaba el mundo. No,
cuando durante todo el día venía gente a pedirle ayuda a uno, cuando clamaban
en petición de ayuda. La presente época no era época de lujos. Y miró los
sillones, y los cortapapeles y los libros bien encuadernados, y sacudió la
cabeza, consciente de que jamás tendría el tiempo suficiente, y jamás tendría,
pensó con satisfacción, el valor suficiente para permitirse semejantes lujos.
La gente que allí había quedaría escandalizada si supiera el precio del tabaco
que consumía; tuvo que pedir prestado el traje que llevaba. Su único capricho
era el barquito que tenía en Norfolk Broads. Esto sí, esto se lo permitía. Le
gustaba, una vez al año, alejarse de todo y de todos, y yacer tumbado de
espaldas en el campo. Pensó en lo mucho que se sorprendería —aquella gente
elegante— si supiera el gran placer que le proporcionaba aquello que él
llamaba, en términos anticuados, el amor a la naturaleza; árboles y campos que
había conocido desde chico.
Estas elegantes personas quedarían
sorprendidas y escandalizadas. En realidad, allí en pie, iba convirtiéndose en
un ser más y más sorprendente, más y más chocante. Y se trataba de una
sensación muy desagradable. No sentía aquello —que amaba a la humanidad, que
gastaba sólo cinco peniques en ma onza de tabaco y que amaba a la naturaleza—
de un manera tranquila y natural. Cada uno de estos placeres se había
convertido en una protesta. Tenía la impresión de que aquella gente a la que
despreciaba le obligaba a levantarse, a hablar y a justificarse. «Soy un hombre
corriente», no dejaba de decir. Y lo que dijo a continuación le dio verdadera
vergüenza decirlo, pero lo dijo. «En un solo día hago más en beneficio de mis
semejantes que vosotros en toda vuestra vida.» Realmente, no podía ponerse
freno; no hacía más que recordar escenas y escenas, como aquella en la que los
Brunner le regalaron el reloj —y no hacía más que recordar las bellas frases
que la gente había dicho sobre su humanidad, su generosidad, sobre lo mucho que
la había ayudado. Se veía en el papel de sabio y tolerante servidor de la
humanidad. Y sentía deseos de repetir esas frases en voz alta. Era desagradable
que la conciencia de su bondad hirviera en su fuero interno. Era todavía más
desagradable que a nadie pudiera decir lo que la gente había dicho de él.
Gracias a Dios, repetía una y otra vez, mañana volveré a emprender mi trabajo;
pero, a pesar de esto, ya no podía quedar satisfecho con el mero hecho de coger
la puerta e irse a casa. Tenía que quedarse, tenía que quedarse hasta haberse
justificado. Pero, ¿cómo iba a justificarse? En aquella estancia rebosante de
gente, no conocía a nadie con quien pudiera hablar.
Por fin se acercó Richard Dalloway.
«Te presento a la señorita O'Keefe», dijo
Richard Dalloway. La señorita O'Keefe miró rectamente a los ojos a Prickett
Ellis. Era una mujer un tanto arrogante, de modales bruscos, y de unos treinta
y tantos años de edad.
La señorita O'Keefe quería un helado o una
bebida. Y la razón por la que pidió a Prickett Ellis que le buscara un helado,
de una manera que, a juicio de éste, era altanera e injustificable, radicaba en
que la señorita O'Keefe había visto a una mujer y a dos niños, muy pobres, muy
fatigados, mirando, pegados a la verja de una plaza, en aquella ardiente tarde.
¿Se les puede dejar entrar?, se preguntó la señorita O'Keefe, mientras su
compasión se alzaba como una ola, mientras hervía de indignación. No, dijo reprendiéndose
a sí misma, en el instante siguiente, rudamente, como si se tirase de las
orejas. Ni siquiera todas las fuerzas del mundo entero pueden. En consecuencia,
la señorita O'Keefe cogió la pelota de tenis y la devolvió. Ni siquiera todas
las fuerzas del mundo entero pueden, se dijo furiosa, y ésta era la razón por
la que tan imperiosamente dijo a aquel desconocido: «Tráigame un helado.»
Mucho antes de que la señorita O'Keefe se
hubiera comido el helado, Prickett Ellis, en pie a su lado y sin tomar nada, le
dijo que no había ido a una fiesta en quince años, le dijo que el traje de
etiqueta que llevaba se lo había prestado su cuñado, le dijo que no le gustaban
las reuniones de aquella clase, y Prickett Ellis hubiera quedado muy
tranquilizado si hubiera seguido adelante, diciendo a la señorita O'Keefe que
él era un hombre corriente que tenía simpatía a la gente corriente, y luego le
hubiera contado (y después se hubiese avergonzado de ello) el asunto de los
Brunner y del reloj, pero la señorita O'Keefe dijo: «¿Ha visto usted La
Tempestad?» Y después (ya que Prickett Ellis no había visto La Tempestad),
¿había leído tal libro? Que no otra vez, y luego, dejando el helado, ¿nunca
leía poesía?
Y Prickett Ellis, sintiendo que en su interior
se alzaba algo capaz de decapitar a aquella mujer, de transformarla en una
víctima, de destrozarla sangrientamente, la obligó a sentarse allí, abajo,
donde no serían interrumpidos, en dos sillas, en el jardín desierto, ya que
todos estaban en la casa, y allí sólo se podía oír el zumbido y el murmullo, el
parloteo y los tintineos, como el acompañamiento de una fantasmal orquesta a
uno o dos gatos deslizándose sobre el césped, y el movimiento de las hojas y
los frutos amarillos y rojos, como farolillos chinos, balanceándose de aquí
para allá, allí donde la conversación parecía una frenética música de baile
para esqueletos, opuesta a algo muy real y rebosante de sufrimientos.
«Qué hermoso», dijo la señorita O'Keefe.
Sí, era hermosa aquella porción de terreno
cubierta de césped, con las torres de Westminster agrupadas a su alrededor,
negras, alzándose en el aire, después de haber estado en el salón; había
silencio, después de tanto ruido. A fin de cuentas, tenían esto, la mujer
fatigada y los niños.
Prickett Ellis encendió la pipa. Esto
sorprendería desagradablemente a la señorita O'Keefe; la había llenado con
tabaco apestoso, cinco peniques y medio la onza. Pensó en lo bien que estaría
tumbado en su yatecillo, fumando, y se vio a sí mismo, solo, por la noche,
fumando bajo las estrellas. Sí, ya que en todo instante, aquella noche, no
había hecho más que pensar en el aspecto que él presentaría, si aquella gente
le viera. Mientras encendía una cerilla rascándola contra la suela del zapato,
dijo a la señorita O'Keefe que, a su juicio, allí nada había que destacara por
su hermosura.
«Quizá», dijo la señorita O'Keefe, «a usted no
le gusta la belleza.» (Prickett Ellis le había dicho que no había visto La
Tempestad, que no había leído un libro, y tenía un aspecto desaliñado, todo él
bigotes, barbilla y cadena de plata para el reloj.) La señorita O'Keefe pensó
que, para gozar de aquello, no era preciso pagar siquiera un penique; los
museos son gratuitos, igual que la National Gallery; y el campo. Desde luego,
la señorita O'Keefe sabía las objeciones —la colada, la cocina, los hijos—,
pero la verdad radical, lo que todos temían decir, consistía en que la
felicidad es baratísima. Se adquiere por nada. La belleza.
Entonces Prickett Ellis le dio su merecido, a
aquella pálida, brusca y arrogante mujer. Soltando una bocanada de humo
apestoso, le dijo lo que había hecho en aquel día. En pie a las seis;
entrevistas; olisquear una tubería reventada en un sucio barrio de miseria; y
después al juzgado.
Aquí Prickett Ellis dudó, ya que deseaba
contarle un poco sus hazañas. Como sea que se privó de ello, las palabras de
Prickett Ellis adquirieron más causticidad. Dijo que le daba vómito oír a
mujeres bien alimentadas y bien vestidas (en cuyo momento la señorita O'Keefe
frunció los labios, por cuanto era flaca y su vestido dejaba que desear) hablar
de belleza.
«¡La belleza!», dijo Prickett Ellis. Mucho
temía que él no comprendía la belleza, separada del ser humano.
Los dos miraron fijamente el desierto jardín,
en el que las luces se balanceaban, y un gato dubitativo, en medio, levantaba
una pata.
¿La belleza separada del ser humano? ¿Qué
quería decir con ello?, preguntó bruscamente la señorita O'Keefe.
Pues bien, quería decir lo siguiente:
excitándose más y más, Prickett Ellis le contó el asunto de los Brunner y del
reloj, sin ocultar el orgullo que le producía. Esto era bello, dijo.
La señorita O'Keefe no tenía palabras con que
expresar el horror que la historia provocó en ella. En primer lugar, la vanidad
de Prickett Ellis; en segundo lugar, la manera indecente con que hablaba de los
humanos sentimientos; era una blasfemia; nadie en el mundo tenía derecho a
contar una historia a fin de demostrar que amaba al prójimo. Sin embargo,
mientras Prickett Ellis habló —del viejo en pie y erguido, pronunciando su
discursito—, las lágrimas acudieron a los ojos de la señorita O'Keefe; ¡ah, si
alguien le hubiera dicho aquello a ella!, pero, a pesar de todo, la señorita
O'Keefe pensó que era precisamente esto lo que condenaba irremediablemente a la
humanidad; la gente nunca llegaría más allá, siempre se limitaría a contar
conmovedoras escenas con relojes; siempre habría Brunners soltando discursos a
Pricketts Ellis, y los Pricketts Ellis estarían siempre diciendo lo mucho que
amaban al prójimo; siempre serían perezosos, transigentes, y temerosos de la
belleza. De ahí nacían las revoluciones; de la pereza y el temor y este amor a
las escenas conmovedoras. Sin embargo, los Brunner producían placer a aquel
hombre; y ella estaba condenada a sufrir siempre, siempre, por culpa de las
pobres mujeres que no pueden entrar en plazas. En consecuencia, guardaron
silencio, sentados. Los dos eran muy desdichados. Sí, ya que, lo que había
dicho, en nada había aliviado a Prickett Ellis; en vez de arrancar la espina de
la señorita O'Keefe no había hecho otra cosa que hundirla más; la felicidad que
Prickett Ellis había experimentado aquella mañana había quedado hecha trizas.
La señorita O'Keefe había quedado confusa y enojada; como agua embarrada y no
como agua clara.
«Mucho me temo que soy uno de estos seres tan
normales y corrientes», dijo Prickett Ellis poniéndose en pie, «que aman al
prójimo.»
En cuyo momento, la señorita O'Keefe casi
gritó: «Yo también.»
Odiándose recíprocamente, odiando a toda
aquella gente que llenaba la casa, y que les había proporcionado aquella velada
de desilusión y de dolor, aquella pareja de amantes del prójimo se separó, sin
decir palabra, para siempre.
EL FOCO
La mansión del vizconde del siglo XVIII había
sido transformada en un club del siglo xx. Y era agradable, después de cenar en
la gran estancia con columnas y candelabros, bajo el esplendor de la luz, salir
a la terraza que daba al parque. Los árboles eran frondosos, y si hubiera
habido luna se hubiesen podido ver las banderolas de color rosa y crema puestas
en los castaños. Pero era una noche sin luna; muy cálida, tras un hermoso día
de verano.
Los invitados del señor y la señora Ivimey
tomaban café y fumaban en la terraza. Como si quisieran aliviarles de la
necesidad de hablar, como si quisieran entretenerles sin que tuvieran que hacer
esfuerzo alguno por su parte, haces de luz recorrían el cielo. Corrían tiempos
de paz entonces; las fuerzas aéreas hacían prácticas; buscaban aviones enemigos
en el cielo. Después de detenerse para examinar un punto sospechoso, la luz
giró, como las aspas de un molino, o bien como las antenas de un prodigioso
insecto, y reveló aquí un cadavérico muro de piedra; allá un castaño en flor; y
de repente la luz incidió directamente en la terraza, y, durante un segundo,
brilló un disco blanco, que quizá fuera el espejo dentro del bolso de una
señora.
«¡Mirad!», exclamó la señora Ivimey.
La luz se fue. Volvieron a quedar en la
oscuridad.
La señora Ivimey añadió: «¡Nunca adivinaréis
lo que esto me ha hecho ver!» Como es natural, intentaron adivinarlo.
«No, no, no», protestaba la señora Ivimey.
Nadie pudo adivinarlo. Sólo ella lo sabía; y sólo ella podía saberlo, debido a
que era la biznieta del hombre en cuestión. Y este hombre le había contado la
historia. ¿Qué historia? Si ellos querían, intentaría contársela. Quedaba aún
tiempo, antes de que el teatro comenzara.
«Pero, realmente, no sé cómo empezar», dijo la
señora Ivimey. «¿Fue en 1820...? Este año debía correr, más o menos, cuando mi
bisabuelo era un muchacho. Ya no soy joven» —no, pero era muy hermosa y de buen
porte—, «y mi bisabuelo era un hombre muy viejo, cuando yo me encontraba en la
niñez, que fue cuando me contó la historia. Era un viejo muy apuesto, con su
mata de cabello blanco y sus ojos azules. De muchacho tuvo que ser muy guapo.
Pero extraño. Lo cual no deja de ser lógico», explicó la señora Ivimey,
«teniendo en cuenta la manera en que vivían. Se apellidaban Comber. Habían
venido a menos. Habían sido hidalgos; habían tenido tierras en Yorkshire. Pero,
cuando mi bisabuelo era joven, casi un muchacho, sólo quedaba la torre. La casa
había desaparecido, y sólo quedaba una casucha de campesinos, en medio de los
campos. La vimos hace diez años, sí, la visitamos. Tuvimos que dejar el
automóvil y cruzar los campos a pie. No hay camino hasta la casa. Está aislada,
y la hierba crece hasta la misma puerta... Había gallinas picoteando, entrando
y saliendo de los cuartos. Todo estaba ruinoso. Recuerdo que, de repente, de la
torre cayó una piedra.» Hizo una pausa. «Allí vivían», prosiguió, «el viejo, la
mujer y el muchacho. La mujer no era la esposa del viejo, ni la madre del
muchacho. Era, simplemente, una doméstica, una muchacha que el viejo se llevó a
vivir con él cuando enviudó. Esto quizá fuera una razón más para que nadie los
visitara, una razón más que explica que todo fuera quedando en estado ruinoso.
Pero recuerdo el escudo de armas sobre la puerta; y los libros, libros viejos,
cubiertos de moho. En los libros aprendió cuanto sabía. Leía y leía, me dijo,
libros viejos, con mapas plegados entre las páginas. Los subió a lo alto de la
torre; todavía se conserva la cuerda, y los peldaños rotos. Todavía hay una
silla desfondada, junto a la ventana, y la ventana abierta, batiendo, con los
vidrios rotos, y un panorama de millas y millas de páramo.»
Hizo una pausa, como si se encontrara en lo
alto de la torre, mirando por la ventana que batía.
«Pero no pudimos», dijo, «encontrar el
telescopio.» En el comedor, a sus espaldas, el sonido de platos entrechocando
aumentó. Pero la señora Ivimey, en la terraza, parecía intrigada por no haber
podido encontrar el telescopio en la vieja casa.
«¿Y por qué buscabas un telescopio?», le
preguntó alguien.
Riendo, la señora Ivimey repuso: «¿Por qué?
Pues porque si no hubiera habido un telescopio, yo no estaría ahora sentada
aquí.»
Y ciertamente ahora estaba sentada allí, mujer
de media edad y buen porte, con algo azul sobre los hombros.
Volvió a hablar. «Tuvo que ser allí, porque me
contó que todas las noches, cuando los viejos ya se habían acostado, se sentaba
ante la ventana, para mirar las estrellas con el telescopio. Júpiter,
Aldebarán, Casiopeya.» Agitó la mano hacia las estrellas que comenzaban a
aparecer sobre las copas de los árboles. La noche se estaba oscureciendo. Y el
foco parecía más luminoso, barriendo el cielo, deteniéndose aquí y allá para
contemplar las estrellas.
«Y allí estaban», prosiguió, «las estrellas. Y
se preguntó, mi bisabuelo, aquel muchacho: ¿Qué son? ¿Para qué están? ¿Quién
soy yo? Como solemos hacer cuando estamos solos, sin nadie con quien hablar,
mirando las estrellas.»
Guardó silencio. Todos miraron las estrellas
que estaban surgiendo de la oscuridad, encima de los árboles. Las estrellas
parecían muy permanentes, muy inmutables. El rugido de Londres se alejó. Cien
años parecían nada. Tenían la impresión de que el muchacho contemplaba las
estrellas con ellos. Tenían la impresión de estar con él, en la torre, mirando
las estrellas, encima de los páramos.
Entonces una voz a sus espaldas dijo:
«Efectivamente. Viernes.»
Todos se volvieron, rebulleron, se sintieron
situados de nuevo en la terraza.
La señora Ivimey murmuró: «Sí, pero no había
nadie que pudiera decírselo a él.» La pareja se levantó y se fue.
«Estaba solo», prosiguió la señora Ivimey.
«Era un hermoso día de verano. Un día de junio. Uno de esos días de verano
perfectos, en que todo, en el calor, parece estarse quieto. Estaban las
gallinas picoteando en el patio de la casa de campo; el viejo caballo pateando
en el establo; el viejo dormitando junto al vaso. La mujer fregando platos en
la cocina. Quizá de la torre cayó una piedra. Parecía que el día nunca fuera a
terminar. Y el muchacho no tenía a nadie con quien hablar, y nada,
absolutamente nada que hacer. El mundo entero se extendía ante él. El páramo
subía y bajaba; el cielo se unía al páramo; verde y azul, verde y azul, para
siempre, eternamente.»
En la penumbra, podían ver que la señora
Ivimey se apoyaba en la baranda, con la barbilla en las manos, como si
contemplara el páramo desde lo alto de una torre.
«Nada, salvo páramo y cielo, páramo y cielo,
siempre, siempre», murmuró.
Entonces la señora Ivimey efectuó un
movimiento como si colocara algo en la debida posición.
«Pero, ¿qué aspecto tenía la tierra, vista a
través del telescopio?», preguntó.
Efectuó otro rápido y leve movimiento con los
dedos, como si diera la vuelta a algo.
«Lo enfocó», dijo. «Lo enfocó hacia la tierra.
Lo enfocó en la oscura masa de un bosque, en el horizonte. Lo enfocó de manera
que pudiera ver... cada árbol... cada árbol aisladamente... y los pájaros...
alzándose y descendiendo... y la columna de humo... allá... entre los
árboles... Y después... más bajo... más bajo... (la señora Ivimey bajó la
vista)... allí había una casa... una casa entre los árboles... una casa de
campo... se veían los ladrillos por separado, cada uno de ellos... y los
toneles a uno y otro lado de la puerta... con flores azules, rosadas,
hortensias quizá...» Hizo una pausa... «Y entonces de la casa salió una
muchacha... que llevaba algo azul en la cabeza... y se quedó allí... dando de
comer a los pájaros... palomas... que acudían revoloteando a su alrededor... Y
entonces... mira... Un hombre... ¡Un hombre! Apareció por la esquina de la
casa. ¡Cogió a la muchacha en sus brazos! Se besaron... se besaron.»
La señora Ivimey abrió los brazos y los cerró
como si estuviera besando a alguien.
«Era la primera vez que el muchacho veía a un
hombre besar a una mujer —a través del telescopio—, a millas y millas de
distancia, en el páramo.»
Alejó de sí algo —probablemente el telescopio.
Y quedó sentada, con la espalda muy erguida.
«Y el muchacho bajó corriendo la escalera.
Corrió a través de los campos. Corrió por senderos, por la carretera, a través
del bosque. Corriendo recorrió millas y millas, y en el preciso instante en que
las estrellas comenzaban a aparecer sobre los árboles, llegó a la casa...
cubierto de polvo, chorreando sudor...»
Se calló como si estuviera viendo al muchacho.
«Y entonces, y entonces... ¿qué hizo? ¿Qué
dijo? ¿Y la chica...?», así apremiaron los presentes a la señora Ivimey.
Un haz de luz quedó proyectado sobre la señora
Ivimey, como si alguien hubiera enfocado sobre ella la lente de un telescopio
(eran las fuerzas aéreas, buscando aviones enemigos). Se había puesto en pie.
Llevaba algo azul en la cabeza. Había alzado una mano como si estuviera ante
una puerta, pasmada.
«Bueno, la muchacha... Era...», dudó, como si
se dispusiera a decir «era yo». Pero recordó; y se corrigió. «Era mi
bisabuela», dijo.
Se volvió en busca de su echarpe. Se
encontraba en una silla, detrás de ella.
«Pero, ¿y el otro hombre? ¿El hombre que salió
de la esquina?», le preguntaron.
«¿Aquel hombre? Oh, aquel hombre», murmuró la
señora Ivimey, interrumpiéndose un instante para modificar la posición del
echarpe (el foco había abandonado la terraza), «supongo que desapareció.»
«La luz», añadió mientras cogía sus cosas,
«sólo incide aquí y allá.»
El foco acababa de pasar. Ahora daba en el
llano terreno de Buckingham Palace. Y había llegado el momento de ir al teatro.
EL LEGADO
«Para Sissy Miller.» Gilbert Clandon, cogiendo
el broche de perlas que se encontraba entre anillos y broches en la mesilla del
cuarto de estar de su esposa, leyó las palabras: «Para Sissy Miller, con mi
afecto.»
Era muy propio de Angela haberse acordado
incluso de Sissy Miller, su secretaria. Sin embargo, cuan raro era, pensó
Gilbert Clandon una vez más, que Angela lo hubiera dejado todo en tan buen
orden, un obsequio para cada uno de sus amigos. Parecía que hubiera previsto
que iba a morir. Sin embargo gozaba de perfecta salud, cuando salió de casa
aquella mañana, hacía seis semanas; cuando bajó de la acera en Piccadilly y el
coche la mató.
Gilbert Clandon esperaba a Sissy Miller. Le
había pedido que acudiera; le debía, pensaba Gilbert, después de tantos años a
su servicio, aquella muestra de consideración. Sí, siguió pensando, mientras
sentado esperaba, era raro que Angela lo hubiera dejado todo en tan buen orden.
Había legado a todos sus amigos una muestra de su consideración y afecto. Cada
anillo, cada collar, cada menuda caja china —sentía pasión por las cajitas—
llevaba anejo un nombre. Y en cada objeto había unas palabras de recuerdo de
él, de Gilbert. Esto era un regalo que él le había hecho; esto otro —el delfín
esmaltado con ojos de rubí— lo había descubierto ella en una calleja de
Venecia. Gilbert aún recordaba el grito de gozo que Angela había emitido al
verlo. Naturalmente, Angela no había dejado nada especial para él, a menos que
fuera su diario. Quince menudos volúmenes que estaban allí, forrados en cuero
verde, a sus espaldas, sobre el escritorio. Desde el día en que se casaron,
Angela llevó su diario. Algunas de sus —no podía llamarlas peleas, sino sólo
escaramuzas— habían sido causadas por el diario. Cuando Gilbert llegaba a casa
y encontraba a Angela escribiendo, Angela siempre cubría con la mano su
escritura. «No, no, no», a Gilbert le parecía oír, «cuando me haya muerto —quizá.»
De manera que le había dejado el diario, a modo de legado. Era lo único que no
habían compartido mientras Angela vivió. Pero Angela siempre había dado por
seguro que él moriría antes que ella. Si sólo hubiera meditado por un instante,
y si hubiera pensado lo que iba a hacer, ahora Angela estaría viva. Pero había
bajado de la acera sin pensar, bruscamente, tal como dijo el conductor del
automóvil en su declaración judicial. No, Angela no le dio ocasión de frenar...
En este momento, el sonido de voces en la antesala interrumpió los pensamientos
de Gilbert.
«La señorita Miller, señor», anunció la
doncella.
Y la señorita Miller entró. Gilbert nunca la
había visto a solas, y menos todavía llorosa. La señorita Miller estaba
terriblemente apenada, y no era extraño. Para ella Angela había sido mucho más
que una persona que pagaba sus servicios. Había sido una amiga. Para él, pensó
Gilbert, mientras le ofrecía una silla para que se sentara, la señorita Miller
apenas se distinguía de cualquier otra mujer de su clase. Había millares de
Sissys Miller —mujercitas vulgares con una cartera negra bajo el brazo. Pero
Angela, con su talento para comprender al prójimo, había descubierto todo
género de virtudes en Sissy Miller. Sissy Miller era la discreción encarnada;
silenciosa, digna de confianza, de modo que se le podía contar todo, y así
sucesivamente.
Al principio la señorita Miller no pudo
hablar. Se quedó sentada allí, llevándose el pañuelo a los ojos. Después hizo
un esfuerzo.
«Discúlpeme, señor Clandon», dijo.
Gilbert emitió un murmullo. Naturalmente, lo
comprendía. Era natural. Podía imaginar lo que su esposa había significado para
ella.
«Fui muy feliz en esta casa», dijo Sissy,
lanzando una mirada alrededor. Sus ojos quedaron fijos en la mesa escritorio
detrás de Gilbert. En esa mesa trabajaban, ella y Angela. Sí, ya que Angela
compartía los deberes de Gilbert, lo cual es el destino propio de la esposa de
un destacado político. Había sido, Angela, de suma importancia en la carrera de
Gilbert. Este las había visto a menudo, sentadas en aquella mesa, Sissy ante la
máquina de escribir, escribiendo las cartas que Angela le dictaba. Sin duda alguna,
la señorita Miller también pensaba en esto. Ahora todo lo que Gilbert tenía que
hacer era entregarle el broche que su esposa le había legado. Un obsequio un
tanto incongruente al parecer. Mejor hubiera sido dejarle una suma en metálico,
o incluso quizá la máquina de escribir. Pero allí estaba, «Para Sissy Miller,
con mi afecto». Y, cogiendo el broche, Gilbert se lo entregó mientras
pronunciaba el discursito que ya llevaba preparado. Le constaba, dijo, que
Sissy sabría valorar el broche. Su esposa lo había lucido a menudo... Y Sissy
contestó, mediante un discurso también preparado de antemano, diciendo que el
broche sería siempre un objeto amado... Gilbert suponía que Sissy tenía otros
vestidos en los que el broche no tendría un aspecto tan incongruente. Sissy
vestía una chaquetita negra y una falda que parecía el uniforme de su
profesión. Entonces, Gilbert recordó; también ella iba de luto, desde luego.
También ella había sufrido una tragedia; un hermano hacia quien tenía gran
afecto había muerto una o dos semanas antes que Angela. ¿Fue en accidente? No
lo recordaba. Sólo sabía que Angela se lo había dicho. Angela, con su capacidad
de comprensión, quedó tremendamente conmovida. Entre tanto, Sissy Miller se
había puesto en pie. Se estaba calzando los guantes. Evidentemente tenía clara
conciencia de que no debía ponerse pesada. Sin embargo, Gilbert no podía
dejarla partir sin decir algo referente al futuro. ¿Qué proyectos tenía la
señorita Miller? ¿Podía ayudarla en algo?
La señorita Miller tenía la vista fija en la
mesa, ante la que se había sentado, frente a la máquina de escribir, donde se
encontraba el diario. Y, perdida en sus recuerdos de Angela, nada dijo con
referencia a la propuesta de Gilbert de ayudarla. Por un momento, pareció no
comprender las palabras de Gilbert. Por esto, Gilbert repitió:
«¿Qué proyectos tiene, señorita Miller?»
«¿Proyectos? Bueno, no hay problema, señor
Clandon», exclamó la señorita Miller. «Por favor, no se preocupe por mí.»
Gilbert Clandon interpretó estas palabras en
el sentido de que la señorita Miller no necesitaba ayuda económica. Se dio
cuenta de que era más oportuno hacer propuestas de este género por carta. Lo
único que ahora podía hacer era decirle, mientras estrechaba su mano:
«Recuerde, señorita Miller, que si en algo puedo ayudarla será para mí un
placer...» Después Gilbert abrió la puerta. Por un instante, junto a la puerta,
como si se le hubiera ocurrido una idea repentina, la señorita Miller se
detuvo.
«Señor Clandon», dijo, mirándole rectamente a
los ojos por vez primera, y, por primera vez, Gilbert quedó impresionado por la
expresión comprensiva, pero, al mismo tiempo, inquisitiva, de los ojos de la
señorita Miller. «Si en cualquier momento», prosiguió la señorita Miller,
«puedo hacer algo por usted, sepa que, en recuerdo de su esposa, será para mí
un placer...»
Con esto, la señorita Miller se fue. Sus
palabras y la mirada que las acompañó fueron imprevistas. Casi parecía que la
señorita Miller creyera, o tuviera esperanzas, de que Gilbert llegara a
necesitarla. Mientras volvía a su silla, a Gilbert se le ocurrió una idea
curiosa, o quizá fantástica. ¿Cabía la posibilidad de que durante todos
aquellos años en que él ni siquiera se había fijado en la señorita Miller,
ésta, como dicen los novelistas, hubiera albergado una pasión por él? Al pasar,
vio el reflejo de su persona en el espejo. Había rebasado los cincuenta años,
pero tuvo que reconocer que todavía era, cual el espejo testificaba, un hombre
de aspecto extremadamente distinguido.
«¡Pobre Sissy Miller...!», dijo Gilbert, casi
riendo. ¡Cuánto le hubiera gustado compartir aquella graciosa anécdota con su
esposa! Instintivamente volvió a centrar su atención en el diario de su mujer.
Abriéndolo al azar, leyó: «Gilbert tenía un aspecto maravilloso...» Esta frase
casi contestaba el interrogante que Gilbert se había formulado. Desde luego,
parecía decir, ejerces gran atracción en las mujeres. Y, naturalmente, también
Sissy Miller la sintió. Siguió leyendo. «¡Cuan orgullosa estoy de ser su esposa!»
Y él siempre había estado muy orgulloso de ser su marido. Con cuánta
frecuencia, cuando iban a cenar a cualquier sitio, la miraba, allá al otro lado
de la mesa, y se decía: ¡Es la mujer más bella entre todas las que hay aquí!
Siguió leyendo. Aquel primer año, se presentó a elecciones para un escaño en el
Parlamento. Los dos habían efectuado una gira por el distrito electoral.
«Cuando Gilbert se sentó, la ovación fue tremenda. El público, en su
integridad, se levantó y cantó Es un muchacho excelente... Quedé anonadada.»
También él recordaba aquello. Su mujer estuvo sentada a su lado, en la tribuna.
Le pareció ver la mirada que le dirigió, con lágrimas en los ojos. ¿Y luego?
Volvió páginas. Fueron a Venecia. Recordó aquellas felices vacaciones después
de la elección. «Comimos helados en Florian.» Sonrió; todavía era como una
niña, le gustaban los helados. «Gilbert me hizo un relato interesantísimo de la
historia de Venecia. Me dijo que los Dogos...», y su esposa lo escribió todo,
con su caligrafía de colegiala. Uno de los placeres de viajar en compañía de
Angela consistía en sus grandes ansias de aprender. Era tan terriblemente
ignorante, solía decir ella misma, como si esto no fuera uno de sus encantos. Y
luego Gilbert abrió el volumen siguiente... Habían regresado a Londres. «Sentía
tantos deseos de causar una buena impresión que me puse el vestido de la boda.»
A Gilbert le pareció verla, sentada al lado del viejo Sir Edward, y
conquistando a aquel temible anciano, su jefe. Leyó aprisa, evocando escena
tras escena gracias a los fragmentos apresuradamente descritos por su mujer.
«Cena en la Cámara de los Comunes... Velada en casa de los Lovegroves. ¿Me daba
yo cuenta de la responsabilidad que significaba ser la esposa de Gilbert?, me
preguntó Lady L.» Luego, al paso de los años —cogió otro volumen entre los que
reposaban en la mesa escritorio—, él quedó más y más absorbido por su trabajo.
Y ella, naturalmente, pasaba más y más tiempo sola... Para ella, evidentemente,
fue una gran frustración no tener hijos. «¡Cuánto deseo», decía en una página,
«que Gilbert tuviera un hijo!» Cosa rara, él nunca lo había lamentado. La vida,
tal como era, ya le proporcionaba suficientes compensaciones por su plenitud y
riqueza. Aquel año le dieron un cargo de menor importancia en el gobierno. Sólo
un cargo de importancia subsidiaria, pero el comentario de Angela fue: «¡Tengo
la absoluta certidumbre que será Primer Ministro!» Bueno, si las cosas se
hubieran desarrollado de otra manera, así hubiera podido ser. En este momento, Gilbert
dejó de leer, para pensar en cómo hubieran podido desarrollarse las cosas. La
política era una apuesta, pensó; pero el juego no había terminado todavía. No,
a los cincuenta años, todavía no. Pasó rápidamente la vista por más páginas,
llenas de trivialidades, de las insignificantes, felices y cotidianas
trivialidades que formaban la vida de Angela.
Cogió otro volumen y lo abrió al azar. «¡Qué
cobarde soy! Una vez más he dejado escapar la oportunidad. Pero me ha parecido
un acto de egoísmo preocuparle con mis problemas, cuando tiene tantas cosas en
las que pensar. Y son tan pocas las veladas que pasamos a solas...» ¿Qué
significaba esto? Bueno, allí estaba la explicación... hacía referencia a las
actividades de Angela en el East End. «Hice acopio de valor y por fin hablé con
Gilbert. Reaccionó con gran bondad, con gran amabilidad. No formuló objeción alguna.»
Gilbert recordó la conversación. Angela le había dicho que se sentía inútil,
que estaba ociosa. Quería tener sus propias preocupaciones. Quería hacer algo
—se había sonrojado de manera encantadora, recordó Gilbert, al decir estas
palabras, sentada allí, en esta misma silla— para ayudar al prójimo. El la
trató con un poco de superioridad. ¿Acaso no era bastante ocuparse de él y de
la casa? De todas maneras, si aquello de lo que había hablado la divertía, él
no iba a formular objeción alguna. ¿De qué se trataba? ¿Un distrito? ¿Un
comité? Lo único que le pedía era que el nuevo trabajo no perjudicara su salud.
Bueno, y, según parece, todos los miércoles, Angela iba a Whitechapel. Gilbert
recordó lo mucho que le desagradaban las ropas que Angela se ponía en aquellas
ocasiones. Pero, al parecer, tomó muy seriamente su trabajo. En el diario
abundaban las referencias como ésta: «Vi a la señora Jones... Tiene diez
hijos... Su marido perdió un brazo en un accidente... Hice lo posible para
encontrar un empleo para Lily.» Pasó más páginas. Su nombre aparecía, ahora,
con menos frecuencia. Gilbert perdió interés en el diario. Había anotaciones
que nada significaban para él. Por ejemplo: «Tuve una acalorada discusión con
B.M. acerca del socialismo.» ¿Quién sería B.M.? Estas iniciales no le decían
nada. Supuso que se trataría de alguna mujer a la que Angela había conocido en
algún comité. «B.M. atacó violentamente a las clases altas... Después de la
reunión, regresé a pie en compañía de B.M., e intenté convencerle. Pero es un
hombre de horizontes tan limitados...» Bueno, ahora resultaba que B.M. era un
hombre; sin duda alguna, uno de esos «intelectuales», como a sí mismos se
llaman, violentos, y, tal como Angela decía, con muy limitados horizontes. Al
parecer, Angela le había invitado a que fuera a verla. «B.M. ha venido a cenar.
¡Y ha estrechado la mano de Minnie!» Esta exclamación dio un nuevo matiz al
cuadro mental que Gilbert se había formado. Parecía que B.M. no estaba
acostumbrado a tratar doncellas; había estrechado la mano de Minnie.
Probablemente se trataba de uno de esos obreros domesticados que expresan sus
opiniones en los salones de las damas de sociedad. Gilbert conocía a esos
ejemplares, y no sentía por ellos la más leve simpatía, fuera quien fuese el tal
B.M. Y ahora volvía a aparecer. «Fui con B.M. a la Torre de Londres... Dijo que
la revolución ha de producirse forzosamente... Dijo que vivíamos en un Paraíso
de Tontos.» Sí, ésta era una típica frase de los B.M., a Gilbert le pareció
oírle. Y también podía verle con toda claridad: un hombre pequeño y rechoncho,
con descuidada barba, corbata roja, vestido de tweed, como todos vestían, y que
en su vida había trabajado de veras. ¿Angela seguramente había comprendido al
tipo? «B.M. dijo unas cuantas cosas muy desgradables acerca de ***.» El nombre
de esta persona había sido cuidadosamente tachado. «Le dije que no estaba
dispuesta a escuchar ni un insulto más contra ***.» Una vez más, el nombre
estaba tachado. ¿Sería su propio nombre?, pensó Gilbert. ¿Era ésta la razón por
la que Angela tapaba tan aprisa la página, cuando él entraba? Esta idea aumentó
considerablemente su antipatía hacia B.M. El tipo había tenido la impertinencia
de hacer comentarios sobre él, en esta misma habitación. ¿Por qué Angela no se
lo había dicho? Era muy impropio de ella ocultarle cosas; siempre fue la
encarnación de la franqueza. Volvió páginas, fijándose en todas las referencias
a B.M. «B.M. me ha contado su infancia. Su madre se dedicaba a hacer faenas...
Cuando lo pienso apenas puedo soportar vivir en este lujo... ¡Tres guineas por
un sombrero!» ¡Si al menos Angela hubiera consultado estos problemas con él, en
vez de atormentar su pobre cabecita con cuestiones que, por su complejidad,
ella no podía comprender! B.M. le había prestado libros, Karl Marx, La próxima
revolución. Las iniciales B.M., B.M., B.M., se repetían constantemente. Pero,
¿por qué no escribía el nombre entero? En el empleo de esas iniciales había un
matiz de confianza, de intimidad, impropio de Angela. ¿Es que le llamaba B.M.,
así, en sus propias narices? Siguió leyendo. «B.M. vino inesperadamente,
después de la cena. Afortunadamente, estaba sola.» De esto sólo hacía un año.
«Afortunadamente» —¿por qué afortunadamente?— «estaba sola.» ¿Dónde estuvo él
aquella noche? Miró el día en su agenda. Fue la noche de la cena en Mansión
House. ¡Y B.M. y Angela habían pasado la noche a solas! Intentó recordar la
velada. ¿Cuando regresó, estaba Angela esperándole? ¿Se encontraba el cuarto en
la disposición habitual? ¿Había vasos sobre la mesa? ¿Se encontraban las sillas
muy juntas? No podía recordar nada, nada de nada, excepto el discurso que
pronunció en Mansión House, después de la cena. La situación era, para él, más
y más inexplicable; su esposa recibiendo, a solas, a un desconocido. Quizá la
explicación se encontrara en el volumen siguiente. Rápidamente cogió el último
volumen del diario, el volumen que Angela dejó inacabado al morir. Allí, en la
primera página, aparecía de nuevo el maldito individuo. «Cené mano a mano con
B.M... Se excitó en gran manera. Dijo que ya había llegado el momento en que
nos comprendiéramos... Intenté hacerle entrar en razón. Pero no quiso. Me
amenazó, diciendo que si yo no...», el resto de la página estaba tachado.
Angela había escrito sobre la página, «Egipto, Egipto, Egipto». Gilbert no pudo
desentrañar ni una sola palabra; pero sólo cabía una interpretación: aquel
sinvergüenza había pedido a Angela que fuera su amante. ¡A solas en su cuarto!
A Gilbert Clandon se le puso la cara roja. Volvió páginas rápidamente. ¿Qué
respuesta le había dado Angela? Ahora ya no había iniciales. El individuo era,
simplemente, «él». «Ha vuelto. Le he dicho que no he podido tomar una
decisión... Le he suplicado que me deje.» El tipo había coaccionado a Angela en
esta misma casa. Pero, ¿por qué Angela no le había dado una respuesta tajante?
¿Cómo pudo dudar, siquiera por un instante? Luego: «Le he escrito una carta.»
Después seguían unas páginas en blanco. Y, después, lo siguiente: «Mi carta no
ha tenido contestación.» Más páginas en blanco. Después, lo siguiente: «Ha
hecho aquello con lo que me había amenazado.» Y después... ¿qué vendría
después? Volvió páginas y páginas. Todas estaban en blanco. Pero, en el mismo
día de su muerte, Angela había escrito: «¿Tendré valor para hacerlo?» Y aquí
terminaba.
Gilbert Clandon dejó caer el diario al suelo.
Veía a Angela allí, ante él. En pie en el bordillo de la acera de Piccadilly.
Tenía la vista fija, crispados los puños. Ahí venía el automóvil...
Gilbert Clandon no podía soportar aquello.
Tenía que saber la verdad.
Se acercó al teléfono.
«¡Señorita Miller!» Silencio. Entonces, oyó
que alguien se movía en el cuarto.
«Aquí Sissy Miller»... Por fin, la voz de la
señorita Miller contestaba.
Con voz de trueno, Gilbert le preguntó:
«¿Quién es B.M.?»
Podía oír el tic-tac del barato reloj en la
repisa del hogar, allá; después oyó un largo suspiro. Y, por fin, Sissy Miller
contestó:
«Era mi hermano.»
Era su hermano; el hermano que se había
suicidado. Oyó que Sissy Miller le preguntaba: «¿Quiere alguna otra
aclaración?»
«Ninguna», gritó Gilbert. «¡Ninguna!»
Gilbert había recibido su legado. Angela le
había dicho la verdad. Bajó del bordillo para reunirse con su amante. Bajó del
bordillo para escapar de él, de Gilbert.
JUNTOS Y SEPARADOS
La señora Dalloway les presentó diciendo que
aquel hombre le gustaría. La conversación comenzó varios minutos antes de que
dijeran algo, debido a que, tanto el señor Serle como la señorita Anning,
contemplaban el cielo, y en la mente de los dos el cielo siguió vertiendo su
significado, aunque de manera muy diferente, hasta el momento en que la
presencia del señor Serle, a su lado, se hizo tan patente a la señorita Anning
que no pudo ver el cielo, en sí mismo, simplemente, sino el cielo como fondo
del alto cuerpo, los ojos oscuros, el cabello gris, las manos unidas, la
severamente melancólica (a la señorita Anning le habían dicho «falsamente
melancólica») cara de Roderick Serle, y, pese a saber que era una tontería, la
señorita Anning se sintió impelida a decir:
«¡Qué noche tan hermosa!»
¡Qué insensatez! ¡Qué estúpida insensatez! Sin
embargo, una tiene derecho a decir estupideces, a la edad de cuarenta años, en
presencia del cielo, que tiene la virtud de convertir al más sabio en imbécil
—en porcioncillas de paja—, y a ella y al señor Serle en átomos, en motas,
allí, en pie, junto a la ventana de la casa de la señora Dalloway, y sus vidas
eran, a la luz de la luna, tan largas como la de un insecto, y de parecida
importancia.
«¡Bueno!», dijo la señorita Anning,
palmoteando con energía el almohadón del sofá. Y el señor Serle se sentó, a su
lado. ¿Era, el señor Serle, «falsamente melancólico», como le dijeron?
Provocada por el cielo, que parecía dar a todo un carácter un tanto trivial —lo
que se decía, lo que se hacía—, la señorita Anning volvió a decir algo
totalmente vulgar:
«En Canterbury conocí a una señorita Serle,
cuando viví allí, de niña.»
Con el cielo en su mente, todas las tumbas de
sus antepasados hicieron inmediatamente acto de presencia en la mente del señor
Serle, bajo una romántica luz azul, se dilataron y oscurecieron sus ojos, y
repuso: «Sí.»
«Descendemos de una familia normanda que vino
con el Conquistador. En la catedral está enterrado un Richard Serle. Fue
caballero de la jarretera.»
La señorita Anning pensó que, por pura
casualidad, había descubierto al verdadero hombre sobre el cual se había
construido el hombre falso. Bajo la influencia de la luna (para la señorita
Anning, la luna simbolizaba el hombre, ahora podía verla por una rendija en las
cortinas, y de vez en cuando le echaba una ojeada), la señorita Anning era
capaz de decir casi cualquier cosa, y ahora se dispuso a desenterrar el hombre
verdadero sepultado bajo el hombre falso, mientras se decía a sí misma:
«Adelante, Stanley, adelante», que era una de sus divisas, un espoleo secreto,
o uno de esos flagelos que las personas de media edad a menudo utilizan para
fustigar algún vicio inveterado, que era, en la señorita Anning, el de una
deplorable timidez, o, mejor dicho, indolencia, por cuando no radicaba en
carencia de valentía, sino en falta de energías, especialmente en lo tocante a
hablar con hombres, quienes la intimidaban un tanto, por lo que a menudo la
conversación de la señorita Anning se extinguía ahogada en vulgaridades
aburridas, y era amiga de muy pocos hombres; poquísimos íntimos, realmente,
pensaba la señorita Anning, aun cuando, a fin de cuentas, ¿acaso los
necesitaba? No. Tenía a Sarah, a Arthur, la casita, el perro chow y, desde
luego, aquello, pensó, sumergiéndose, empapándose, incluso mientras estaba
sentada en el sofá, al lado del señor Serle, en aquello, en la sensación que
tenía, al llegar a casa, de algo reunido allá, de un puñado de milagros, que la
señorita Anning no podía creer que otra gente tuviera (ya que era únicamente
ella quien tenía a Arthur, Sarah, la casita y el chow), pero he aquí que estaba
empapándose de nuevo en la posesión profundamente satisfactoria, pensando que
teniendo esto y la luna (la luna era música), podía permitirse el lujo de hacer
caso omiso de aquel hombre y del orgullo de aquel hombre en los Serles
enterrados. ¡No! Ahí estaba el peligro —no debía sumirse en el torpor—, a su
edad, no. «Adelante, Stanley, adelante», se dijo a sí misma, y preguntó al
señor Serle:
«¿Conoce usted Canterbury?»
¡Que si conocía Canterbury! El señor Serle
sonrió, pensando cuan absurda era la pregunta, cuan poco sabía aquella
agradable y serena mujer que tocaba algún instrumento y parecía inteligente y
tenía ojos bonitos, y lucía un collar antiguo muy bello— cuan poco sabía lo que
significaba. Que le preguntaran si conocía Canterbury. Cuando los mejores años
de su vida, todos sus recuerdos, cosas que jamás fue capaz de decir a nadie,
pero que había intentado escribir —ah, sí, había intentado escribir (y
suspiró)—, todo estaba centrado en Canterbury. Realmente, daba risa.
Sus suspiros y después sus risas, su
melancolía y su sentido del humor eran causa de que la gente le tuviera
simpatía, y él lo sabía, pero la simpatía que inspiraba no le había compensado
de la frustración, y si bien es cierto que se esponjaba con la simpatía que la
gente le tenía (efectuando largas visitas a comprensivas señoras, largas,
largas visitas), tampoco cabía negar que lo hacía, en buena parte, amargamente,
por cuanto no había llevado a cabo ni la décima parte de lo que hubiera podido
llevar a cabo, y había soñado llevar a cabo, siendo muchacho en Canterbury.
Cuando se encontraba ante un desconocido, sentía un renacer de la esperanza,
debido a que los desconocidos no podían decir que no había hecho todo lo que
había prometido, y, al ceder a su encanto, le causaban la impresión de que
podía comenzarlo todo de nuevo —¡a los cincuenta años! La señorita Anning había
tocado el resorte. Campos y flores y grises edificios cayeron goteando en su
mente, formando gotas de plata en los esbeltos y oscuros muros de su mente, y
fueron goteando hacia abajo. A menudo sus poemas comenzaban con esas imágenes.
Ahora experimentaba el deseo de crear imágenes, sentado al lado de aquella
serena mujer.
«Sí, conozco Canterbury», dijo el señor Serle
en tono evocador, sentimental, invitando, estimó la señorita Ánning, a que le
formulara discretas preguntas, y esto era la causa de que el señor Serle
pareciera interesante a tantas personas, y había sido esta extraordinaria
facilidad y capacidad de reacción en el conversar la causa de todos los males
del señor Serle, pensaba éste a menudo, mientras se quitaba los gemelos de la
camisa y ponía las llaves y las monedas en la mesa del vestidor, después de una
de esas fiestas (y, durante la temporada social de verano, a veces iba a
fiestas todas las noches), y, al bajar a desayunar, transformado en un ser muy
diferente, gruñón y desagradable, durante el desayuno, en el trato con su
esposa, que estaba inválida, y nunca salía de casa, pero tenía viejos amigos
que de vez en cuando la visitaban, en su mayor parte mujeres, interesados en
filosofía india y en diferentes curas y diferentes médicos, lo cual Roderick
Serle declaraba inútil, mediante una cáustica observación tan inteligente que
su mujer no podía contradecir, como no fuera con dulces reconvenciones o una o
dos lágrimas —Roderick Serle había fracasado, a menudo pensaba, por haber sido
incapaz de prescindir totalmente de la sociedad y del trato con mujeres, que era
tan necesario para él, y escribir. Se había sumergido excesivamente en la vida,
y en este momento cruzaba las piernas (todos sus movimientos eran un tanto
alejados de los convencionalismos, y distinguidos), y no se culpaba a sí mismo,
sino que atribuía la culpa al carácter desbordante de su personalidad, que
comparaba, con resultados a él favorables, con la de Wordsworth, por ejemplo,
y, como sea que había dado tanto a los demás, pensaba, apoyando la cabeza en
las manos, éstos, a su vez, estaban obligados a ayudarle, y éste fue el
preludio, trémulo, fascinante, excitante, de la conversación; y las imágenes
burbujeaban en su mente.
«Es como un árbol frutal, como un cerezo en
flor», dijo Roderick Serle, mirando a una mujer aún joven, de hermoso cabello
blanco. No dejaba de ser una imagen agradable, pensó Ruth Anning, bastante
agradable, sí, pero no estaba muy segura de que sintiera simpatía hacia aquel
hombre melancólico y distinguido, con sus gestos; y es raro, pensó, la manera
en que los sentimientos de una quedan influenciados. No le gustaba el hombre,
sin embargo la comparación efectuada por aquel hombre, entre una mujer y un
cerezo, le gustaba bastante. Fibras de la señorita Anning flotaban
caprichosamente hacia aquí y hacia allá, como tentáculos de una anémona marina,
ahora vivamente interesada, ahora frustrada, y su mente, a millas de distancia,
fría y lejana, muy alto en el aire, recibía mensajes que resumiría a su debido
tiempo, de manera que, cuando la gente hablara de Roderick Serle (y era un
hombre popular), ella podría decir, sin la menor duda: «Me gusta» o «No me
gusta», y su opinión sería inalterable. Extraño pensamiento, solemne
pensamiento, el de proyectar una luz verde sobre aquello en que la humana
relación consiste.
El señor Serle dijo: «Es raro que conozca
usted Canterbury.» Y prosiguió: «Constituye siempre una impresionante sorpresa»
(había pasado la señora del cabello blanco), «cuando uno conoce a alguien» (era
la primera vez que se trataban), «por puro azar, y esta persona se refiere a un
aspecto superficial de algo que ha significado mucho para uno, se refiere a
ello de manera accidental, por cuanto supongo que Canterbury no fue más, para
usted, que una bella y antigua ciudad. ¿Ha dicho que pasó un verano allí, en
casa de su tía?» (Esto era cuanto Ruth Anning le iba a decir en lo tocante a su
visita a Canterbury.) «Y que visitó los monumentos, y se fue, y jamás volvió a
pensar en el asunto.»
Que piense lo que le dé la gana; como sea que
no le gustaba, Ruth Anning deseaba que aquel hombre se fuera de su lado,
habiéndose formado una idea absurda de ella. Sí, ya que, realmente, sus tres
meses en Canterbury fueron pasmosos. De ellos recordaba hasta el último
detalle, a pesar de que se trató de una visita meramente ocasional, para ver a
la señorita Charlotte Serle, conocida de su tía. Incluso ahora, la señorita
Anning podía repetir textualmente las palabras que dijo la señorita Serle con
respecto a los truenos. «Siempre que despierto, o que oigo truenos por la
noche, pienso: Han matado a alguien.» Y podía ver la dura y peluda alfombra,
con dibujos en forma de diamante, y los ojos brillantes y pacíficos de la vieja
señora, sosteniendo la taza de té, vacía, en el aire, cuando habló de los
truenos. Y la señorita Anning siempre veía Canterbury, todo él nubarrones y
pálida flor del manzano, y los alargados y grises muros traseros de los
edificios.
Los truenos la sacaron de su rico pasmo de
indiferencia de la media edad. «Adelante, Stanley, adelante», se dijo; es
decir, este hombre no se irá de mi lado deslizándose, como todos los demás, con
una falsa idea de mí; le diré la verdad.
«Adoro Canterbury», dijo la señorita Anning.
El señor Serle se animó instantáneamente. Este
era su don, su defecto, su destino.
«Ama Canterbury», repitió el señor Serle, «ya
veo que es verdad.»
Los tentáculos de la señorita Anning le
mandaron un mensaje, diciéndole que el señor Serle era en extremo agradable.
Sus ojos se encontraron; casi chocaron, por
cuanto cada uno de los dos tuvo conciencia de que, detrás de los ojos, el ser
encerrado que está sentado en la oscuridad, mientras su superficial y ágil
compañero se hace cargo de todas las piruetas y gestos para que la
representación prosiga, se había puesto bruscamente en pie; se había despojado
de su capa; se había enfrentado con el otro. Fue alarmante; fue terrorífico.
Eran ambos entrados en años, y bruñidos hasta haber adquirido una esplendente
suavidad, de tal manera que Roderick Serle era capaz de ir quizás a doce
fiestas durante la temporada social de verano, sin sentir nada que saliera de
lo común, o quizá, tan sólo, sentimentales lamentaciones, y el deseo de lindas
imágenes —como esa del cerezo en flor—, y, en todo momento, cuajada en su
interior, quieta, una especie de superioridad sobre cuantos le rodeaban, una
sensación de recursos no utilizados, que, al regresar a casa, le hacían
sentirse descontento de la vida, descontento de sí mismo, bostezante, vacío e
inconsecuente. Pero ahora, de repente, al igual que una blanca centella en la
niebla (sin embargo, esta imagen se formó por sí sola, con el inevitable
carácter del rayo, y adquirió carácter dominante), se había producido; el
antiguo éxtasis de la vida; el invencible asalto; sí, por cuanto era
desagradable, a pesar de que, al mismo tiempo alegraba y rejuvenecía y llenaba
las venas y los nervios de latizas de fuego y de hielo; era terrorífico.
«Canterbury, veinte años atrás», dijo la señorita Anning como quien pone una
pantalla alrededor de una intensa luz, o cubre un ardiente melocotón con una
hoja verde, por ser demasiado fuerte, demasiado maduro, demasiado opulento.
A veces la señorita Anning deseaba haberse
casado. A veces la fría paz de la media edad, con sus automáticos medios para
proteger la mente y el cuerpo de roces y heridas, le parecía, en comparación
con los truenos y la pálida flor del manzano de Canterbury, bajuna. Era capaz
de imaginar algo diferente, más parecido al rayo, más intenso. Podía imaginar
una sensación física. Podía imaginar...
Y, cosa rara, por cuanto ésta era la primera
vez que le veía, los sentidos de la señorita Anning, aquellos tentáculos que la
emocionaban y la frustraban, dejaron ahora de enviar mensajes, ahora reposaban
tranquilos, como si ella y el señor Serle se conocieran tan bien, estuvieran,
en realidad, tan íntimamente unidos, que les bastara con flotar, el uno al lado
del otro, río abajo.
De entre todo, nada hay más raro que el trato
humano, pensó la señorita Anning, debido a sus cambios, a su extraordinaria
irracionalidad, y ahora su antipatía se había transformado en algo que casi era
el más intenso y apasionado amor, pero tan pronto se le ocurrió la palabra
«amor», la rechazó, y volvió a pensar cuan oscura era la mente, con tan pocas
palabras para todas esas pasmosas percepciones, esas alternaciones de dolor y
placer. Sí, ya que, ¿cómo denominar aquello? Aquello que ahora sentía, el alejamiento
del humano afecto, la desaparición de Serle, y la inmediata necesidad que los
dos tenían de ocultar aquello que era tan desolador y degradante para la humana
naturaleza que todos se esforzaban en ocultarlo a la vista, sepultándolo; aquel
alejamiento, aquel ataque al sentimiento de confianza. Y, en busca de una
decente, reconocida y aceptada forma de enterramiento, la señorita Anning dijo:
«Desde luego, hagan lo que hagan, jamás
conseguirán estropear Canterbury.»
El señor Serle sonrió; lo aceptó; descruzó las
piernas y volvió a cruzarlas en sentido inverso. Ella había interpretado su
papel; él, el suyo. Y así acabó. Y sobre los dos descendió instantáneamente la
paralizante ausencia de sentimientos, en la que nada estalla en la mente, en la
que sus muros parecen de pizarra, en que la vaciedad casi duele, y los ojos,
petrificados y fijos, ven una misma cosa, siempre la misma —una forma, una
parrilla para leños del hogar—, con una exactitud que es terrorífica, debido a
que no hay emoción, ni idea, ni impresión de clase alguna que acudan a
cambiarlo, a modificarlo, a embellecerlo, por cuanto las fuentes del
sentimiento parece se hayan secado, y la mente queda rígida, al igual que el
cuerpo. Pétreos como estatuas, tanto el señor Serle como la señorita Anning no
podían moverse ni hablar, y tuvieron la impresión de que un mago les hubiera
liberado, y de que la primavera hubiera infundido torrentes de vida en todas
sus venas, cuando Mira Cartwright, dando una maliciosa palmadita en el hombro
al señor Serle, dijo:
«Te vi en los Maestros Cantores, y te hiciste
el loco. Grosero», dijo la señorita Cartwright, «mereces que no te vuelva a
dirigir la palabra en toda la vida.»
Ya podían separarse.
UN RESUMEN
Como sea que dentro de la casa hacía calor y
las estancias estaban atestadas, como sea que en una noche como aquélla no
había riesgo de humedad, como sea que los farolillos chinos parecían pender
como frutos rojos y verdes, en el fondo de un bosque encantado, el señor
Bertram Pritchard llevó a la señora Latham al jardín.
El aire libre y la sensación de hallarse fuera
de la casa dejaron un tanto desorientada a Sasha Latham, la alta y hermosa
señora de aspecto algo indolente, la majestad de cuya apariencia era tan grande
que poca gente llegó a advertir que se sentía totalmente incapaz y torpona,
cuando tenía que decir algo, en una reunión. Pero así era; y Sasha Latham se
alegraba de hallarse en compañía de Bertram, de quien cabía esperar, sin la
menor duda, que hablara sin cesar, incluso al aire libre. Si se escribiera lo
que Bertram decía, resultaría increíble, ya que, no sólo todo lo que decía
resultaba, en sí mismo, carente de sentido, sino que además no había relación
alguna entre sus diferentes observaciones. En verdad, si una hubiera cogido un
lápiz y hubiera escrito textualmente sus palabras —y lo que decía en el curso
de una noche hubiera bastado para formar un libro—, nadie osaría dudar, al
leerlo, de que el pobre h.ombre era un deficiente mental. Y no era éste el
caso, ni mucho menos, por cuanto el señor Pritchard gozaba de prestigio en su
calidad de funcionario público y era Companion of the Bath. Pero resultaba
todavía más raro que gozara de casi universales simpatías. Había en su voz un
matiz, cierto enfático acento, un esplendor en la incongruencia de sus ideas,
como una emanación surgida de su cara regordeta y morena, de su figura de
petirrojo, algo inmaterial e inaprehensible, que existía y florecía y se hacía
notar por sí mismo, con independencia de sus palabras, e incluso, a menudo, en
oposición a ellas. Por esto Sasha Latham se dedicaba a pensar —mientras el
señor Pritchard parloteaba acerca de su visita a Devonshire, acerca de posadas
y posaderas, acerca de Eddie y Freddie, acerca de vacas y viajes nocturnos, de
nata y estrellas, acerca de los ferrocarriles europeos y de Bradshaw, de pescar
bacalaos, resfriados, la gripe, reumatismo y Keats—, Sasha pensaba en él, en
abstracto, considerándolo persona cuya existencia era buena, creándolo,
mientras él hablaba, a guisa de ser diferente de su habla, y éste era ciertamente
el auténtico Bertram Pritchard, aunque nadie pudiera demostrarlo. Cómo podía
una demostrar que Bertram Pritchard era un leal amigo, dotado de gran
comprensión y... pero en este momento, como tan a menudo le ocurría cuando
hablaba con Bertram Pritchard, Sasha se olvidó de su existencia, y comenzó a
pensar en otro asunto.
Sasha pensaba en la noche, después de haber
conseguido concentrarse un poco, y con la vista en el cielo. De repente olió a
campo, la sombría quietud de los campos bajo las estrellas, pero aquí, en el
jardín trasero de la señora Dalloway, en Westminster, la belleza la emocionaba,
debido a que Sasha Latham había nacido y se había criado en el campo,
probablemente por contraste. Allí el aire olía a heno, y había, a sus espaldas,
estancias repletas de gente. Paseó al lado de Bertram. Sasha caminaba de manera
algo parecida al paso de los ciervos, con una leve flojera en los tobillos,
abanicándose, mayestática, silenciosa, atentos todos sus sentidos, aguzado el
oído, olisqueando el aire, como si fuera un ser salvaje, aunque con perfecto
dominio de sí mismo, gozando de la noche.
Esto, pensó, es la mayor maravilla, el supremo
logro de la raza humana. Por una parte, hay mimbrales y rudimentarias
barquichuelas navegando por pantanosas aguas, y por otra está esto. Y pensó en
la casa seca, de gruesos muros, bien construida, con valiosos objetos en su
interior, con el murmullo de hombres y mujeres que se acercaban los unos a los
otros, que se alejaban los unos de los otros, que intercambiaban opiniones, y
que se estimulaban recíprocamente. Y Clarissa Dalloway había hecho lo preciso
para que aquello surgiera en los eriales de la noche, y había puesto planas
piedras formando un sendero sobre la tierra, y, cuando llegaron al final del
jardín (en realidad era muy pequeño), y ella y Bertram se sentaron en sendas
tumbonas, Sasha miró la casa con veneración, con entusiasmo, como si la hubiera
atravesado un eje de oro en el que se formaron lágrimas que cayeron en profunda
acción de gracias. Sasha, a pesar de ser tímida, y casi incapaz de decir algo,
cuando de repente le presentaban a alguien, pese a ser fundamentalmente
humilde, sentía una profunda admiración hacia todos los demás. Ser ellos sería
maravilloso, pero estaba condenada a ser ella misma, y lo único que podía
hacer, a su manera silenciosamente entusiasta, sentada allí, en el jardín, era
aplaudir el trato social de la humanidad, del que ella estaba excluida. Retazos
de poesías en loa de la gente acudían a sus labios; la gente era adorable,
buena, y sobre todo valiente, y triunfaba sobre la noche y los fangales, eran
todos supervivientes, eran la compañía de aventureros que, asediados de
peligros, se hace a la mar.
Por maligno capricho del destino, ella no
podía participar, pero sí podía estar sentada y loar, mientras Bertram
parloteaba, por ser uno de los viajeros, quizá mozo de camarote o marino
simplemente, un ser que se subía a los mástiles, silbando alegremente. Mientras
pensaba esto, la rama de un árbol ante ella quedó empapada y rezumante de su
admiración por la gente dentro de la casa; y goteó oro; o se puso erecta, en
centinela. Formaba parte de la valiente y arremolinada compañía, como un mástil
en el que ondeaba una bandera. Había una barrica junto a un muro, y también a
la barrica infundió Sasha alma.
De repente, Bertram, que era hombre
físicamente inquieto, quiso explorar los contornos, y, poniéndose de un salto
sobre un montón de ladrillos, miró por encima del muro del jardín. Sasha
también miró. Vio un balde o quizás una bota. En un segundo la ilusión se
esfumó. Una vez más, allí estaba Londres, el vasto e inatento mundo impersonal,
autobuses, negocios, luces ante los bares, y policías bostezando.
Habiendo satisfecho su curiosidad, y después
de haber vuelto a llenar, gracias a un momento de silencio, sus burbujeantes
depósitos de palabras, Bertram invitó al señor y a la señora Nosecuántos, a
sentarse con ellos, arrastrando al efecto dos tumbonas más. Volvieron a
sentarse, mirando la misma casa, el mismo árbol, la misma barrica, aun cuando,
después de haber mirado por encima del muro y de haber vislumbrado el balde, o,
mejor dicho, Londres viviendo indiferente, Sasha ya no podía cubrir el mundo
con aquella vaporosa nube de oro. Bertram hablaba y los nosequé —aunque le
fuera la vida, Sasha no podía recordar si se llamaban Wallace o Freeman—
contestaban, y todas sus palabras cruzaban una sutil neblina de oro e iban a
parar a la prosaica luz del día. Sasha miró la seca y gruesa casa Reina Ana,
hizo cuanto pudo para recordar lo que había leído en la escuela acerca de la
Isla de Thorney y de los hombres en piragua, y de las ostras, y de los patos
salvajes y de las nieblas, pero la casa no le pareció más que un lógico asunto
de desagües y carpinteros, y la fiesta nada, sino gente vestida de gala.
Entonces Sasha se preguntó cuál de las dos
visiones era la verdadera. Podía ver el balde, y podía ver la casa, mitad
iluminada, mitad a oscuras.
Formuló la pregunta a aquel nosequé a quien
Sasha había construido, a su humilde manera, utilizando al efecto la sabiduría
y el poderío de cuantos no eran ella. A menudo, recibía las contestaciones de
manera puramente accidental, casos hubo en que su viejo perro spaniel contestó
por el medio de menear la cola.
Ahora el árbol, despojado de sus oros y de su
majestad, pareció darle una respuesta; se convirtió en un árbol de campo, el
único en un páramo. Sasha lo había visto a menudo, había visto nubes matizadas
de rojo, por entre sus ramas, o la luna quebrada, lanzando irregulares
destellos plateados. Pero, ¿la respuesta? Pues bien, que el alma —por cuanto
Sasha notaba que en ella se movía un ser que iba de un lado para otro y que
intentaba escapar, ser al que, con carácter provisional, denominaba alma— es
por esencia desaparejada, un pájaro viudo, un pájaro solitario posado en aquel
árbol.
Pero entonces Bertram, cogiendo del brazo a
Sasha, con la familiaridad habitual en él, ya que no en vano eran amigos de
toda la vida, observó que no estaban cumpliendo con sus deberes, y que debían
entrar en la casa.
En aquel instante, en alguna calleja o bar,
sonó la habitual voz terrible, asexuada e inarticulada; un chillido, un grito.
Y el pájaro viudo, sobresaltado, emprendió el vuelo, describiendo círculos más
y más anchos, hasta que se transformó (lo que ella llamaba su alma) en algo tan
remoto como un grajo contra el que se ha lanzado una piedra y emprende asustado
el vuelo.

