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Libro N° 6044. El Negro Sendero Del Miedo. Woolrich, Cornell.

Guillermo Molina Miranda junio 30, 2025

 


© Libro N° 6044. El Negro Sendero Del Miedo. Woolrich, Cornell. Emancipación. Mayo 25 de 2019.

Título original: ©THE BLACK PATH OF FEAR

 

Versión Original: © El Negro Sendero Del Miedo. Cornell Woolrich

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

Libros Tauro: http://www.LibrosTauro.com.ar

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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EL NEGRO SENDERO DEL MIEDO

Cornell Woolrich

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO PRIMERO

 

De un modo u otro nos habíamos internado por la calle Zulueta. Quizá el cochero se figuró que, al fin y a la postre, iríamos a parar allí inevitablemente. Es lo que parece ocurrirle a todo el mundo. El coche fue arrastrándose cachazudamente hasta llegar frente, a lo de Sloppy Joe, cuyas puertas se abrían de par en par sobre la calle, y el cual, visto desde afuera, no resultaba tan malo como era en realidad luego de penetrar en su interior.

El caballo pareció detenerse por su propio albedrío. Me imagino que el animal habría ido ya tantas veces a aquel lugar, que había terminado por conocerlo. El cochero volvió su rostro hacia nosotros y nos miró interrogativamente.

-¿Qué es esto? -le pregunté.

-Es el bar de Sloppy -me informó-. Una gran atracción.

Sentí deseos de preguntarle si él cobraba alguna comisión por llevar parroquianos al establecimiento, pero no me tomé la molestia. Me volví hacia ella:

-¿Deseas entrar?

En el primer instante no le agradó la idea.

-Pero Scott -arguyó-, ¿crees compatible con nuestra seguridad que andemos exhibiéndonos de esta manera por todas partes?

-Pues claro que sí -afirmé-. Aquí estamos seguros. Esto es La Habana, no los Estados Unidos. Él no puede llegar tan lejos; estamos fuera de su alcance.

Ella me sonrió. Una de aquellas sonrisas que... ¡oh, hermano! lo hacían sentirse a uno tan derretido como una gota de lacre al caer encima de un sobre.

-¿Crees tú? -dijo ella-. Pues yo creo que hubiese sido más conveniente ir a un hotel y encerrarnos bajo llave.

"¡Vaya si hubiera sido mejor! -dije para mi interior-. ¡Y haber tirado la llave por la ventana! Pero no precisamente a causa de él..."

-Pero él te envió un cablegrama deseándote suerte -agregué en voz alta.

-Pues eso es lo que me preocupa -respondió ella-. Él no decía qué clase de suerte.

-Pero yo estoy contigo -le recordé.

Ella sonrió de nuevo. Yo me sentí como un trozo de goma de mascar usada, sólo que no tan firme.

-Y yo contigo -dijo ella-. Y solamente podemos morir una vez...

La ayudé a apearse. Y en aquel breve instante en que permaneció allí, de pie, su presencia pareció iluminar la calle entera, como una antorcha. Me pareció extraño que los sombríos muros no despidieran reflejos. Estaba vestida íntegramente de blanco, de acuerdo al clima y a la noche aquella; raso blanco, creo yo que era, y le ajustaba el cuerpo en una forma tan exquisitamente perfecta que daba la impresión de que se lo hubiesen aplicado con un pulverizador y dejado secar. Llevaba encima todas las joyas que él le había obsequiado, y a cada uno de sus movimientos se desprendían fulgurantes destellos de sus muñecas y dedos, de su cuello y orejas.

Yo no lograba comprender por qué se había puesto ella tantas alhajas, especialmente después de lo que me había dicho la noche anterior con respecto a la sensación que aquéllas le causaban:

"Ellas me hablan a veces durante la noche, Scotty. Me despierto en medio de la oscuridad, y entonces puedo oírlas. Y me hablan con extrañas vocecillas chillonas, cada una a su turno: «¿Recuerdas cuando me recibiste a mí? ¿Recuerdas aquello?» y «¿Recuerdas lo que yo te costé? ¿Seguramente recordarás eso?»... Hasta que no puedo soportarlo más. Hasta que me tapo los oídos y pienso que voy a enloquecer..."

Hacía poco rato, mientras veníamos a bordo de la lancha que nos transportó desde el barco hasta la costa, yo le había preguntado algo al respecto:

-Ya sé que vamos a pasear por la ciudad, pero, así y todo, ¿no te parece que estás algo recargada de cristalería?

-Es que no me pareció oportuno dejarlas en el camarote mientras bajamos a tierra.

-¿Pues por qué no se las confiaste al tesorero del buque?

Ella comenzó a quitarse una de sus pulseras.

-Las dejaré caer al agua, si tú quieres -dijo-. Ahora mismo, y hasta la última de ellas.

Y por cierto que no lo decía en broma. Tuve que apartarle la mano de sobre la borda de la lancha.

Yo no creo que ella misma supiese por qué se las puso. Quizá, en el fondo, no era más que alguna especie de desafío; las joyas de él, para complacer los ojos de otro hombre...

Pagué al cochero y entramos. El local estaba repleto de gente casi hasta la acera, y los músicos machacaban sus instrumentos sobre un pequeño palco enclavado en la pared por sobre nuestras cabezas Era imposible distinguir el mostrador; pero un espacio abierto, más allá de las cabezas de la multitud, indicaba su ubicación.

Yo entré en primer término, y a medida que iba excavando un túnel por entre aquella masa humana, la arrastraba a ella detrás de mí asiéndola por la muñeca. Logramos abrirnos paso hasta la segunda fila de parroquianos, y entonces la densidad nos contuvo por un momento. Luego tuvimos un respiro; alguien retrocedió apartándose, y yo logré aferrar el borde del mostrador. Y luego de mucho forcejear, logramos embutirnos ambos en aquel pequeño espacio que anteriormente sólo había alojado a un cuerpo; y allí nos quedamos, aplastados estrechamente el uno contra el otro, lo cual, al fin y al cabo, no nos desagradaba en lo más mínimo.

-Dos "daiquiris" -ordené al barman.

Yo no precisaba siquiera volver el rostro para besarla a ella; bastaba con que estirase mis labios algo hacia el costado. Y así lo hice.

-¿Estás cómoda?

Ella volvió a emplear aquella sonrisa.

-Tu brazo en torno mío -dijo-, tu hombro tras mi espalda... ¡oh! que ocurra, Scotty, que ocurra lo que sea.

-No repitas eso -dije en voz baja-. Soy un poco raro con respecto a esas cosas; de niño solía creer que cuando uno las repite demasiadas veces terminan por suceder en realidad. Supongo que aun conservo algo de esa creencia.

La belleza de ella creaba un continuo, ondulante remolino en torno nuestro, aspirando toda suerte de vendedores y ganapanes a través de la multitud. Los individuos giraban zumbando en derredor como una nube de pegajosos moscones, tratando, todos a la vez, de vendernos algo: desde perfumes importados de París (importados vía Brooklyn) hasta la dirección de una excelente mansión donde nadie hace preguntas indiscretas, o cierta clase de tarjetas postales, de esas que usted no se atrevería jamás a enviarle a su familia. Nosotros ni siquiera les escuchábamos; vivíamos en un mundo aparte, de nuestra exclusiva propiedad.

Ella bebió la mitad de su cocktail sin detenerse a tomar aliento y volvió a regalarme los ojos con otra de sus sonrisas.

-Esperemos que esto tenga tiempo suficiente para subírseme a la cabeza -dijo.

Alguien me tocó en el hombro, lo que equivalía a tocar el de ella también. En medio de aquel apiñamiento, todo lo que uno poseyera era compartido por otras dos o tres personas. Ambos volvimos nuestros rostros.

Un cubano se había abierto paso con una anticuada cámara fotográfica.

-¿El señor y la señora desearían un retrato para mostrar a sus amigos cuando regresen a los Estados Unidos?

-¡Cristo! -murmuré con voz suplicante.

Pero ella atrapó la idea al vuelo; pareció atraerle intensamente. Probablemente se trataba del mismo principio que la impulsó a exhibir sobre su persona todos aquellos diamantes.

-Conozco a alguien que estaría encantado de recibir una -dijo-. ¿Por qué no? Manos a la obra, fotógrafo. Tómenos así. Fíjese usted bien, así.

Y uniendo la acción a la palabra, pasó su brazo en torno a mi cuello, cerrándolo como un cascanueces, y oprimió estrechamente su rostro contra el mío.

-Así -repitió amargamente-. ¡Con nuestro amor!

-Shh... -la amonesté dulcemente.

Hasta aquel instante yo no había caído en la cuenta; no me había imaginado que ella pudiese experimentar un odio tan profundo hacia él. Y ello me hizo sentirme bueno. Me hizo sentirme afortunado. Me hizo sentirme humilde.

Yo no sé cómo se las compuso el fotógrafo para lograrlo, pero el caso es que los parroquianos retrocedieron unos centímetros. Me imagino que no les agradaría la posibilidad de ser chamuscados. El hombre consiguió abrir un pequeño claro de las dimensiones aproximadas de una moneda de un dólar, y allí plantó las patas del trípode. Luego cubrió su cabeza, así como las de dos de sus vecinos, con un trapo negro, y levantó en alto una mano en la que esgrimía el aparato disparador del magnesio. Uno de los diversos ramos comerciales explotados en aquel antro, era la obtención de aquellas fotografías de los clientes a toda hora del día.

Nos quedamos inmóviles. El magnesio estalló con una enceguecedora llamarada que iluminó fuertemente hasta el último rincón de la taberna. Sentí que el cuerpo de ella daba una ligera sacudida contra el mío, comunicándome un pequeño estremecimiento.

La amarillenta iluminación normal volvió a hacerse presente. El hedor de los gases del magnesio flotó durante un instante y se desvaneció.

Yo no me había imaginado que ella pudiese pesar tanto.

-El fotógrafo ya terminó -dije.

Ella no respondió. Simplemente continuó aferrándose a mi cuello. Pude oír las risas de los que nos rodeaban. Sin duda, al observar la forma en que ella se adhería a mí, ellos suponían que estábamos ebrios.

-¡Oh, vamos! -protesté dulcemente-. Todo el mundo nos está mirando.

-No me apremies, Scotty. Dame tiempo -respondió ella débilmente junto a mi oído, y buscó mis labios con los suyos.

-¿Qué te sucede? -pregunté besándola ligeramente-. ¿Por qué desfalleces así?

-Yo sabía que no lo lograríamos -susurró-. Pero, ¿qué nos importa? Parte de una noche, es algo más que nada en absoluto...

Yo debo haber aflojado mi abrazo inadvertidamente pues, de súbito, su cuerpo se deslizó en sedosa cascada delante de mí y se quedó yaciendo a mis pies en confuso montón. Durante un segundo sólo vi en el lugar que ella había ocupado, una masa de caras extrañas que me miraban fijamente. Luego me dejé caer junto a ella para ver lo que ocurría; y otra vez estuvimos juntos. Yo no comprendía aún. No había captado la verdad. No veía otra cosa que aquel cerco de piernas inmóviles que nos rodeaba estrechamente. Allá arriba, en el palco, los cinco músicos de la orquesta aporreaban ferozmente las notas de "Siboney". Esa era la canción que se oía por todas partes en aquella ciudad; esa era la melodía que nos había estado siguiendo durante toda la noche. Una especie de lamento que le parte a uno el corazón.

Aun allí, en el suelo, ella estaba hermosa. La sombra del mostrador proyectaba sobre su cuerpo una suave, serena penumbra. Traté de levantarla entre mis brazos y ella hizo un pequeño ademán indiferente con una mano como para indicarme que no había tiempo para ello.

-Quédate un instante junto a mí -murmuró-. Esto no ha de demorar mucho.

Me acerqué más aún y la oprimí contra mi pecho; yo no sabía ninguna otra forma de intentar conservarla conmigo. Yo no sabía; yo no sabía...

-Tengo que partir a solas en las tinieblas -suspiró-, esas tinieblas que yo siempre he odiado tanto...

Sus labios trataron de juntarse con los míos; luego abandonaron su intento.

-Scotty -jadeó-, termina mi cocktail por mí... Y rompe la copa. Quiero que me despidas así. Y, Scotty... hazme saber qué tal salió esa fotografía...

Su mentón se estremeció débilmente en una pequeña boqueada, y me encontré solo, sin ella; había partido para alguna región ignota.

Manos, algunas manos se tendieron hacia ella y las aparté a manotazos. Aquellos restos eran míos; nadie podía tocarlos.

La tomé entre mis brazos, me incorporé tambaleante y miré a mí alrededor. No sabía a donde dirigirme ni para qué.

Alguien señaló, y miré hacia el suelo, debajo de ella. Oscuras, pequeñas gotas rojas iban cayendo una a una muy lentamente, como con pereza. No se las veía caer; sólo se hacían visibles después de estallar contra el piso, sobre el que iban formando intrincados dibujos en color de borgoña. Había algo que se destacaba sobresaliendo del costado de ella, algo que semejaba un broche ornamental o una hebilla de su vestido. Pero sobresalía demasiado; ella no habría usado un adorno que resaltase en forma semejante. Era de jade y vibraba ligeramente; pero no con la propia respiración de ella -ésta había cesado ya- sino con el convulsivo temblar de mis propios brazos.

El objeto tenía un aspecto vagamente familiar. Estaba tallado representando un monito acuclillado cubriéndose los ojos con las manos. Durante un momento no logré recordar dónde lo había visto anteriormente. Sólo sabía que aquello nada tenía que hacer en ese lugar. Cerré mis dedos en su torno y tiré; el objeto aumentó de tamaño. Y a medida que tiraba, iba apareciendo más y más y más, como en alguna horrenda pesadilla. Era como partirla a ella en dos con mis propias manos; era como abrirle las carnes, como arrancarle las entrañas... Yo no sé como expresarlo. La hoja de acero apareció por debajo del mono y siguió saliendo, siguió saliendo, centímetro a centímetro. Y la transpiración brotaba de mi frente como si aquello fuese arrancado de mi propio ser. Y fue emergiendo lentamente el resto de la hoja y la aguda punta; acerada, recta, elegante y delgada y mortífera. Mirarla era como mirar a la misma muerte. Aquello era la muerte. Y de súbito, había cesado de salir; ya no había más. Había terminado. Y donde ella había estado sólo quedaba una cavidad; y en lo profundo de ésta, sangre. Sangre demasiado haragana para continuar fluyendo. O demasiado fría ya.

La palma de mi mano se alargó por debajo y hacia adelante del cuerpo de ella, como si pidiese limosna.

Y en ella el mono. Y más allá de éste, el largo aguijón de acero cubierto de sangre que daba a su superficie un aspecto como de moaré.

Abrí los dedos convulsivamente, y aquello cayó al suelo con un fragor.

Y finalmente comprendí. No, no se rían; yo estaba atontado. Cuando uno está enamorado se vuelve así de torpe...

Vi sus rostros apiñados delante de mí; y yo necesitaba auxilio, de dondequiera que fuese.

-¡Ella está muerta! -les aullé-. ¡No se mueve! ¡Ha sido apuñaleada entre mis propios brazos!

Mi dolor era expresado en inglés. El espanto de ellos, en castellano. Pero para cosas como aquella no existen las diferencias de lenguaje; todo es exactamente igual.

Se produjo un súbito desbande que estuvo a punto de reventarle las endebles costuras a la taberna. Cada hombre para sí. y que el diablo cargue con el que se quede último. Eso no era cosa de ellos: aquella mujer era mía, y podía guardármela. Conque partieron empujándose y pateándose unos a otros en su prisa por ganar la calle para evitar el ser citados como testigos. Supongo que ésta era la causa principal. Y la probabilidad de escapar sin pagar sus bebidas era demasiado buena para perdérsela; esto debió influir también. En cuanto al resto, era pánico puro contagiándose de uno a otro.

Aun alcancé a ver a uno de los últimos perder píe y caer sobre manos y rodillas. El hombre se levantó en seguida y partió como una exhalación en pos del resto.

Me dejaron solo, solo con mi muerta. Sólo olla y yo, y una larga, larguísima hilera de copas abandonadas a lo largo del bar, de todos tamaños, formas y colores.

Y los hombres de atrás del mostrador, quienes habían tenido que quedarse a causa de que no lograron salir a tiempo.

Supongo que me queda allí, de pie. No creo haberme movido. Vagamente comprendí que no valdría de nada irme a otro lado con ella, que fuera adonde fuese ella estaría tan muerta como allí.

Ello no demoró mucho. La Habana es una ciudad rápida para todo: para el amor, y la vida, y la muerte también.

Desde el lejano extremo de la calle Zulueta llegó ondulando el aullar de sirenas, y los automóviles de la policía se acercaron zumbando y se detuvieron a la puerta. El espacio entre los soportales de madera que constituyen casi todo el frente de la taberna de Sloppy pareció inundarse con los uniformes de los polizontes y los trajes de lino y seda de los agentes de civil. Y entonces los bravos parroquianos se congregaron y entraron una vez más; pero detrás de los polizontes y no al frente de ellos. Lo cual importa un mundo de diferencia cuando se trata de ser detenido como testigo.

Me la quitaron a ella de entre los brazos y la extendieron sobre tres sillas colocadas en fila; aquello era lo más semejante a un féretro que había en aquel lugar. La falda le había quedado demasiado recogida sobre uno de los costados, y se la bajé suavemente hasta donde correspondía. Aquello fue doloroso; yo no sé por qué. Le volví la espalda y me acerqué al mostrador.

Mientras ellos hormigueaban en torno a ella y el médico policial (supongo que aquel sujeto lo sería) trajinaba con su cuerpo, levanté la copa de daiquiri que ella había dejado sobre el bar y saludé con ella; no hacia donde yacía su cadáver sino un poco más arriba del nivel de mi mirada. Luego bebí hasta la última gota. Y ello también fue doloroso; ¡vaya una bebida amarga! Y quebré la copa.

¡Adiós! Sé que aquello no fue gran cosa como funeral. Pero es que entonces no había tiempo para otra ceremonia.

Los polizontes cerraron contra mí, y la segunda etapa de mi vida comenzó; la nueva, solitaria, larguísima ruta sin ella. A solas con mi alma en una ciudad extraña. Noté vagamente que dos de aquellos hombres empuñaban revólveres. Yo no comprendía por qué; no había nadie allí que pudiese hacerles daño, o siquiera amenazarles. Yo era el único que quedaba en el lugar, en medio de todos ellos. El resto del público se había retirado de nuevo.

Trataron de dirigirme un par de frases que no logré comprender, y al notarlo así, llamaron a alguien más, por su nombre; "Acosta", repetían volviendo sus cabezas hacia la puerta, lo cual me hizo suponer que aquello seria un nombre propio. Un nuevo individuo se abrió paso por entre ellos y asumió el mando.

Estaba vestido de civil, con un liviano traje de alpaca. Usaba anteojos de carey y su aspecto era el de un hombre estudioso. Supuse que sería uno de sus detectives principales, pues se notaba en torno de él un tono de exagerada deferencia por parte de los oíros. Poseía un buen conocimiento práctico del inglés, no de aquella clase que uno obtiene en los libros, sino de la otra, la que le entra a uno a restregones por los codos a fuerza de andar por el mundo. Estaba sazonado con acento foráneo, pero su boca construía las palabras en la misma forma que nosotros. Debía sin duda haberse educado en los Estados Unidos, o quizá habría asistido a alguna de nuestras escuelas de policía.

Se aproximó y me estudió con la mirada.

-Esta mujer está muerta -dijo.

No contesté palabra; mi corazón estaba ya bastante destrozado de antemano a fuerza de saber aquello.

-¿Usted es el hombre que estaba con ella?

-Yo soy el hombre que estaba con ella.

-¿Su nombre?

-Scott. Bill Scott. Pero puede usted anotar William -agregué al ver que extraía una libreta-, ya qua lo va a incluir en ese cartapacio.

-¿El nombre de ella?

Aquello iba a dolerme. Cuadré mi mandíbula.

-¿Cómo lo quiere usted? -pregunté- ¿Formal? ¿O como realmente era? ¿O... de la manera como iba a ser...?

Pero con aquel hombre uno no podía irse por las ramas.

-Quiero el nombre de ella -replicó-. La pregunta es bastante clara, ¿verdad?

-Eve -dije suavemente-, Mrs. Eddie Román, según los registros. Pero pronto iba a ser...

Aquello dolió demasiado; las palabras me arrancaron la mitad de la garganta.

-¿Iba a ser...?

-Mrs. Bill Scott -murmuré-. Pero alguien no nos dio la oportunidad.

-¿Y dónde está Mr. Román?

-No donde yo quisiera que estuviese -repliqué-; esto es, asándose en el infierno.

-¿Su domicilio en La Habana?

-Aquí mismo, donde pisan mis zapatos.

-¿El de ella?

-Ninguno de los dos tiene ningún domicilio aquí. Llegamos en el vapor que entró en el puerto a las tres de la tarde. Conque, si es imprescindible para usted anotar alguna dirección, puede escribir: camarotes B 21 y B 23, el uno frente al otro, a ambos lados del corredor. Mi máquina de afeitar y los cepillos de dientes de los dos están aún allá; lo cual basta, pienso yo, para hacer de aquello nuestro domicilio.

-Uno frente al otro a ambos lados del corredor -repitió él.

-Tranquilo, compañero -rezongué yo-. Con una vez fue más que suficiente.

Se guardó la libreta, y yo creí que aquello daba fin al interrogatorio. Me equivocaba; aquello no hacía otra cosa que iniciarlo.

-Ahora -dijo él.

-¿Ahora qué?

-¿Usted tuvo una disputa con ella aquí mismo, en esta taberna?

-Tuve una disputa con ella aquí mismo en esta taberna, ¡y un cuerno!

Él, sencillamente, me miró; comprendí. Estaba otra vez entorpecido a medias, como cuando la levanté a ella del suelo.

-Un momento -dije-. ¿Qué quiso usted decir con eso? ¿Adónde quiere usted ir a parar?

-A los hechos. A la verdad.

-Bueno, entonces va usted por mal camino -repliqué, logrando mantener mi voz serena. Mi garganta parecía haberse hinchado, y presionaba contra el cuello de la camisa.

-Yo no la maté -añadí.

Alguien entre el grupo oficial dejó escapar una retahíla de rápidas palabras en español que resonaron como pequeños petardos: pop, pop, pop, pop. Él hizo cesar la descarga con un tajante gesto de su mano, como diciendo: "Ya lo sé, lo sé tan bien como ustedes, pero él tiene derecho a ser escuchado." Y ello me gustó menos aún que la protesta original.

-¿Este cuchillo es suyo?

Hacía ya rato que lo habían recogido del suelo. Aquella empuñadura de jade, tallada en forma de un monito cubriéndose los ojos, me había parecido algo familiar desde el principio; y ahora ya sabía por qué. Comprendí que sería mejor explicarlo; de todos modos ellos pronto lo descubrirían por sí mismos. Y. al fin y al cabo, no había nada que ocultar acerca de ello.

-No -respondí-. Pero es casi exactamente igual al mío. Esta tarde compré uno muy semejante en una tienda de curiosidades. Esperen un segundo y se los mostraré. Lo tengo aquí mismo, en mi bolsi...

Al ver que mi mano iniciaba un movimiento hacia el bolsillo interior de mi chaqueta, se lanzaron sobre mí y me aferraron en tres sitios diferentes: el hombro, el codo y la muñeca. Lo mismo hicieron con el brazo opuesto.

-Un momento, ¡no se exciten! -exclamé en tono de reprobación-. ¿Qué creyeron ustedes que iba a hacer?

-No lo sabemos -me contestó él, fríamente-. Pero sea lo que sea nosotros lo haremos en lugar de usted.

-¿Que pretenden ustedes? ¿Convertirme en un sospechoso? ¿Por qué me registran?

Y aquí él me dio una lección de lógica gramatical:

-No se puede convertir a nadie en algo que ya es de antemano.

Me registraron cuidadosamente. Yo esperaba que hallaran el cuchillo y lo sacaran, de modo que pudieran convencerse de que no era el mismo. Pero cuando hubieron terminado, el cuchillo no había aparecido, aunque sí la factura de venta del mismo. Me revolví entre sus zarpas mientras ellos lo leían.

-Un momento -grité-. Hay un puñal en mi bolsillo. ¡El que va con esa factura!

Continué forcejeando, tratando de alcanzar aquel bolsillo con mi propia mano. Pero había demasiado peso muerto sobre mis brazos, y éstos parecían estar anclados. Finalmente, uno de ellos dio vuelta el forro del bolsillo y me lo mostró. Estaba vacío.

-¡Pero había un cuchillo allí! -grité.

Acosta dio un par de palmaditas sobre aquel lugar.

-Sí que lo había -admitió-. ¡Pero resulta que era este mismo!

Traté de conservar mi voz en un tono bajo y firme. Esto se aclararía en unos pocos minutos. Era inútil que me excitara; ello sólo serviría para disminuir mis posibilidades de hacerles comprender...

-Fíjense bien ahora-les rogué-. Simplemente escúchenme un minuto. Ese no puede ser mi puñal. Yo no lo saqué de su lugar en ningún momento; lo conservaba envuelto, tal como me lo entregaron cuando lo compré. Les diré cómo: envuelto en papel encerado verde y sujeto con dos bandas de goma; una en cada extremo.

Acosta hizo una seña a los que me sujetaban, y éstos me apartaron del medio de un par de tirones; del mismo modo en que uno arrastra algún objeto de base plana. Entonces él se agachó junto al mostrador, en medio de aquella misma penumbra entre la cual ella había muerto. Estiró su garra tres veces: aquí, allá, acullá; luego se incorporó. En la palma extendida de su mano aparecían dos bandas de goma y una arrugada bola de papel encerado verde.

-Muy, pero muy exacto -dijo meneando la cabeza.

Proyecté mi mentón hacia él, con aire desafiante. Luego pregunté:

-¿Pretende usted afirmar que yo, en medio de aquella multitud, extraje deliberadamente aquel cuchillo, le quité la envoltura y lo sepulté en el cuerpo de ella... ? ¿Sin que nadie me viera hacerlo?

-¿Y pretende usted afirmar-retrucó Acosta- que todo eso lo hizo alguna otra persona, sin que usted lo viese, ni lo oyese, ni se percatase de nada? Pues escuche como cruje esto...

Le dio un apretón a la bola de papel, y ésta carraspeó y siseó en su mano como si estuviese dotada de vida.

Aguardó durante un momento como para permitir que la idea penetrase en mi cabeza. Luego me dirigió una helada sonrisa; y por cierto que ésta no significaba: "Seamos amiguitos."

-¿Niega usted aún que éste sea su cuchillo?

Me quedé mirando fijamente la condenada arma; ya comenzaba a sentirme atemorizado. Aquello debía estar embrujado o algo por el estilo. Pues de no ser así, ¿como podía haber salido de allí, donde yo lo guardaba, para ir a incrustarse en el costado de ella?

Acosta tomó el recibo de las manos del hombre que lo guardaba, y comenzó a traducírmelo al inglés, palabra por palabra. No era como esas facturas casi taquigráficas que se estilan allá en el Norte. Estaba escrito con lujo de detalles; era algo así como un cachorro de libro, pergeñado en florido castellano. Cuando vi al tendero componerlo trabajosamente, aquella tarde, supuse que sería una costumbre del país el detallar tan a fondo la descripción de cada objeto que se vendía; prácticamente escribir su historia completa.

-"Tienda de Curiosidades y Novedades, del Tío Chin" -tradujo Acosta-, Pasaje Angosto N9 42. Por la venta de un cuchillo ornamental, importado de Oriente, con empuñadura de jade, al señor Mister Scott..."

Quizá fue el hecho de que él leyese aquel recibo en voz alta lo que revivió la escena. Mi cerebro se iluminó de súbito. Y comprendí qué era lo que me había estado preocupando durante todo el tiempo. Ahora se arreglaría todo. Lo peor había pasado ya.

- ¡Aguarde usted! -lo interrumpí sin aliento-. Déjeme ver ese cuchillo; permítame observarlo desde más cerca. Levante la empuñadura de modo que pueda examinarla bien. El tallado es muy pequeño.

Acosta levantó el arma y la sostuvo entre dos dedos, junto al nacimiento de la hoja. Había un dejo de ironía en sus movimientos.

-El monito se cubre los ojos con las manos, ¿no es así? -pregunté.

-Nosotros también vemos eso -replicó secamente.

-Pues bien, este no es el que yo compré.

Y aguardé triunfalmente a que mi afirmación surtiera su efecto. Si lo hizo, uno no hubiese podido discernirlo por la expresión de su rostro.

-El tendero tenía un juego de tres cuchillos -proseguí luego-. Ojos, orejas, y boca. Ya sabe usted, ilustrando el viejo proverbio o lo que sea: "No veas maldades, no oigas maldades, no digas maldades." Y no quería adquirir los tres. Le pregunté a ella cuál la gustaría que eligiese, y me sugirió el que se cubría las orejas; y ése fue el que compré. Este otro hace juego con el mío, pero no es el mismo cuchillo. Pertenece a alguna otra persona.

Él se lo explicará a ustedes, el viejo tendero a quien se lo compré. Vamos allá; podré probárselo a ustedes por intermedio de él.

Ellos ni pestañearon siquiera. Acosta volvió al tema del recibo.

-¿Niega usted que esta nota de venta fue extendida a su nombre?

Aquella pregunta era sencillamente estúpida. ¿Acaso no la habían extraído ellos mismos de mi bolsillo?

-No -respondí-, por supuesto que no lo niego. Es mi recibo, ¡vaya si lo es!

-Pues entonces, permítame que termine de traducirlo para usted. Antes no me dio tiempo -dijo Acosta, y prosiguió:- "Descripción: mango labrado representando el monito que no ve maldades. Recibido en pago, veinte pesos."

Me quedé con la boca abierta, estupefacto. -¡No!- grité- ¡El viejo se habrá equivocado al hacer el recibo, eso es todo!

Pero mis gritos no sirvieron de nada.

-Usted ha admitido que compró un cuchillo. Usted ha admitido que ésta es la factura correspondiente al cuchillo que compró. Éste es el cuchillo con que ella fue asesinada junto a usted. Usted admitirá que es éste, puesto que es el que estaba clavado en el costado de ella; ¿acaso no lo extrajo usted mismo de la herida? Todo lo que hace falta, por lo tanto, es hacer concordar las tres cosas entre sí. Aquí está el recibo, sacado de su propio bolsillo y ostentando su propio nombre, que concuerda con el cuchillo empleado para el asesinato: "el mono que no ve maldades". El recibo concuerda con el cuchillo; el cuchillo concuerda con la herida. Por lo tanto, la herida concuerda con el recibo; y éste está extendido a nombre de usted. Esto es muy simple -prosiguió encogiéndose de hombros-. Un círculo cerrado, sin solución de continuidad.

Pero yo seguí debatiéndome en medio de ese círculo tratando de hallar una abertura, tratando de salir de él:

-¡Les digo que el que yo adquirí es el del mono que no oye maldades! ¡Este puñal pertenece a alguna otra persona! Este cuchillo concuerda con la herida, y el recibo concuerda con este cuchillo; estamos de acuerdo, así es. Pero el recibo no concuerda con el arma que yo compré. ¡Es otro cuchillo! ¿Es que no pueden ustedes meterse esta idea en la cabeza?

-Tortuosidad anglosajona -dijo Acosta mirándome con aire protector-. Ustedes dan invariablemente el rodeo más largo entre dos puntos. Del mismo modo que se hacen un lío tremendo reduciendo centímetros a fracciones de pulgada...

Él se aprestaba a convencerme. A él no solamente le agradaba arrestar a las gentes; le gustaba también convertirlas, convencerlas de su culpabilidad. Él iba a demostrarme en qué apurada situación me encontraba. Yo no me daba cuenta, claro estaba; yo simplemente estaba pasando el tiempo charlando con ellos en aquel bar, a falta de otra cosa mejor que hacer...

-Supongamos -comenzó el detective extendiendo las palmas de las manos-, aunque sólo sea por el gusto de razonar, que este cuchillo pertenece a alguna otra persona (lo que no es así, por supuesto). Pues entonces falta otro cuchillo. ¿Dónde está el que usted afirma haber comprado? ¿Dónde está el que usted mismo nos explicó que había sido envuelto en papel verde sujeto con bandas de goma? ¿Dónde está el que usted guardaba en su bolsillo y le causó tanta sorpresa que nosotros no lo hallásemos dentro de éste? ¿Y bien? ¿Dónde está? Usted es quien afirma que existen dos cuchillos. No somos nosotros los que lo aseguramos. Nosotros decimos que hay uno; y nosotros le mostramos uno. Usted afirma que existen dos; pero usted no puede mostrarnos los dos. Bien, ¿quién está equivocado? ¿Usted o nosotros?

Yo sentía que me iba enloqueciendo por momentos.

-Pudo habérseme caído del bolsillo en el carruaje, en el sitio donde comimos, en cualquier parte. Nosotros cenamos en Sans Souci, y hasta nos levantamos un par de veces para bailar unas rumbas. Pudo haber sido entonces. ¿Cómo voy a saberlo yo? El bolsillo no era lo bastante profundo para contenerlo. El arma sobresalía de él; lo noté al guardarlo.

Mi discurso provocó un estallido de risas cuando Acosta lo tradujo en beneficio de los demás. Uno de ellos se oprimió la nariz entre dos dedos, lo cual significa lo mismo en todos los lenguajes: "Eso apesta".

Acosta se dirigió a mí nuevamente:

-El cuchillo, pues, comenzó por desenvolverse a sí mismo y luego se dejó caer del bolsillo. Se quitó la piel a la manera de las serpientes, dejando el papel y las bandas de caucho en su bolsillo hasta que usted arribó a esta taberna; y una vez aquí, aquellos se dejaron caer a su vez, por sí mismos. Y naturalmente, mientras tanto, el recibo de venta pertenecía a otro cuchillo. Claro, si es para eso que los tenderos extienden esos recibos: para mostrar el artículo que usted no compró. No para mostrar el artículo que usted compró realmente. ¡Claro que no!

Intenté interrumpirlo, pero él prosiguió impertérrito:

-De modo, pues, que el recibo era por otro cuchillo. Y luego, este otro cuchillo aparece misteriosamente aquí, con todo lo grande que es La Habana; aparece aquí, junto a sus pies, en la taberna de Sloppy Joe, para juntarse con su recibo. Quizá lo fue siguiendo a usted por todas partes, como una aguja a un imán, ¿verdad? Usted sale de la tienda con el recibo en su bolsillo, y entonces el puñal que corresponde al mismo se levanta por sus propios medios, viene flotando en el aire en pos de usted, y ¡ping! cae al suelo junto a sus pies, no sin antes clavarse en el cuerpo de la señora. -Acosta describió un molinete en el aire con los brazos, y prosiguió-: ¿Ésta es la fábula que usted pretende hacernos tragar? ¿Supone usted que porque está en Cuba puede engañarnos como a párvulos? ¿Qué clase de policía cree usted que tenemos aquí?

-Estoy todo embarullado ahora -repliqué desmayadamente-. Pero justamente allí es donde estoy tratando de llegar. Si yo pensaba matarla, ¿por qué había de buscar un sitio tan repleto de público como éste para hacerlo? Antes de llegar aquí estuvimos paseando en coche junto al mar, en la oscuridad. En una oportunidad nos detuvimos en un punto, y nos quedamos contemplando el puerto; y el cochero se alejó un momento para estirar las piernas. ¿Por qué no la maté allí? ¿Por qué no lo hice entonces?

Él tenía una respuesta también para eso; y rápida, sin vacilaciones.

-Porque una multitud le presta a uno una coartada mejor. A mayor gentío, coartada más sólida. Si usted la hubiese matado cuando estaba a solas con ella, no existiría ninguna duda acerca de quién lo hizo. Usted, y nadie más que usted. Pero con la gente apiñada en torno suyo tenía mayores probabilidades de hacer pasar el asunto como la obra de otra persona. Que es ni más ni menos que lo que usted está intentando ahora.

-¡Pero es que realmente fue la obra de otro! -grité, tratando de arrancarme el cuello que me sofocaba, pero mi mano no llegó a su destino; tenía aún demasiado tonelaje encadenado a ella.

-Le demostraré por qué eso no pudo ser así -anunció Acosta, y a juzgar por su tono yo hubiese apostado a que el hombre no había disfrutado tanto desde su último ascenso. Levantó tres dedos de una mano y continuó: Usted me lo probará por sus propios labios, contestándome tres preguntas: ¿Cuánto tiempo permaneció esta mujer en La Habana?

Yo ya se lo había explicado anteriormente; ¿de qué valía volver a recomenzar con la misma historia?

-Ella descendió del barco conmigo poco antes de las seis de esta tarde.

Uno de los tres dedos se cerró sobre la palma.

-¡Hace cuatro horas! -exclamó aproximándose más aún a mí-. ¿Ella había estado antes en esta ciudad?

También a este respecto debía responder la verdad; de todos modos hubiese sido fácil para ellos averiguarlo más tarde. Respondí por lo tanto:

-Ninguno de los dos había estado jamás aquí anteriormente.

Se cerró el segundo dedo. El hombre se me había acercado tanto que mis riñones estaban como pegados al mostrador.

-¿Conocía ella a alguien aquí? ¿A cualquiera que fuese, aun indirectamente, aunque sólo fuera por medio de alguna carta de presentación?

La verdad parecía seguir conspirando contra mí.

-No -admití con ronca voz-. Ni a un alma. A nadie en absoluto.

Si justamente por eso era por lo que nos habíamos dirigido a ese país. ..

El tercer dedo se cerró, y pareció como si él me tuviese apresado dentro de aquel puño. Y quizá era así, en efecto.

-Usted mismo ha respondido -dijo en tono de triunfo-. ¿Todavía insiste usted en afirmar que otra persona que no es usted pudo haberla matado? ¿En un lugar donde ella acababa de arribar, donde ella no conocía a nadie, donde ella no había estado jamás en toda su vida? Y por sobre todo, con su propio cuchillo, ¡al que necesariamente había que extraer de su bolsillo y desenvolverlo antes de usarlo!

"Otra vez ese condenado cuchillo", pensé con desaliento.

Ellos se aprestaban a llevarse el cadáver. Pude ver cómo le sacaban los anillos y brazaletes y todo lo demás. Yo no sé por qué lo hacían allí en vez de hacerlo en la morgue o dondequiera que fuese. Tal vez pensaban que existen muchos riesgos, aun durante el último viaje; y por otra parte, bien podía ella efectuarlo sin tantas joyas encima...

Y todo el brillo, todo aquel resplandor fue languideciendo y extinguiéndose en torno a su garganta y orejas y muñecas y dedos. "Al fin y al cabo -pensé- ella se las iba a enviar de vuelta a su marido. Ella no las quería. Había tenido que pagar por ellas un precio demasiado alto; mucho más de lo que él había pagado por ellas en el mostrador de alguna joyería. Aquellos brillantes solían hablarle a ella en la oscuridad; le impedían dormir con sus voces. Y aun después que ella las encerraba en una caja y las ponía en algún otro sitio, aun después de quitarlas del medio, sus débiles susurros continuaban llegando a sus oídos. Eso fue después que ella me hubo conocido, cuando lo que ella había hecho de sí misma comenzó a tener importancia por vez primera. Ella no las quería; deseaba librarse de ellas. Pero las alhajas estaban allí todavía. Y ella ya no estaba; solo quedaba aquel vestido blanco extendido sobre aquellas tres sillas, tan triste, tan estirado, tan inmóvil.

Aun su perfume continuaba allí; pero faltaba ella. Todo había durado más que ella; hasta mi pobre, tosco amor.

Amontonaron todas aquellas joyas dentro de un gran pañuelo, y luego de atarle las cuatro puntas para formar una especie de saco se lo arrojaron a Acosta a través del salón para que las guardase.

Luego levantaron los restos, y ella inició aquel largo viaje que tendría que efectuar tan sola. Traté de acompañarla aunque sólo fuese hasta la ambulancia que aguardaba afuera, pero no me lo permitieron; tuve que quedarme allí, inmóvil entre las garras de ellos. A ella jamás le había agradado la oscuridad; recuerdo que solía repetírmelo a menudo. Tampoco le gustaba estar a solas. Y ahora tenía que ir allá, donde lo único que encontraría sería precisamente esas dos cosas. Me quedé allí de pie, muy tieso, muy silencioso, con los ojos fijos en ella hasta el último instante.

 Y así partió ella, dentro de la negra noche de La Habana; sin diamantes, sin amor, sin sueños...

Yo no sé cuántos minutos transcurrieron después de aquello. A mí me parecieron innumerables, aunque quizá fuesen muy pocos; tan lentos eran, y tan vacíos para mí. Luego alguien me dijo algo; algo que no comprendí.

-Déjenme tranquilo, ¿quieren? -respondí torpemente-. Ni siquiera sé si estoy yendo o viniendo.

-Usted está viniendo -contestó Acosta-. Usted está viniendo con nosotros.

Una mano que pesaba una tonelada se desplomó sobre mi hombro.

-¡Adelante! Queda usted arrestado por asesinato.

 

 

CAPÍTULO 2

 

El barrio chino de La Habana compensa lo que le falta en amplitud con lo escandalosamente ruidoso, y superpoblado. Hace que, por comparación, las Chinatowns de nuestras ciudades del Norte parezcan desiertas y sin vida; y eso que algunas de éstas no son poca cosa en lo tocante a la densidad de su población. Pero aquello era un verdadero hormiguero, un enjambre humano; yo jamás había visto algo semejante. El automóvil de la policía se veía obligado a arrastrarse a paso de caracol a lo largo de las retorcidas y rebosantes callejuelas. Yo iba en el asiento posterior, entre Acosta y otro de los hombres del Departamento. Hubiese sido mucho más rápido viajar a pie, pero sin duda ellos creían que el coche, con sus placas oficiales y un polizonte trepado en el estribo, les añadía prestigio; lo cual ciertamente no servía de nada. El chofer guiaba con una mano, y con la otra repiqueteaba constantemente sobre el botón de la sirena a la manera de un manipulador telegráfico. Creo que no recorrimos en silencio ni siquiera un solo metro del camino. El continuo aullar que partía de nuestro auto no hacía sino aumentar la barahúnda que nos rodeaba. Aquello era más que suficiente para destrozarle los nervios a cualquiera y a corto plazo; esto es, si a uno le preocupaba aun el que se los destrozara o no. A mí me importaba un bledo; con que, por lo tanto, no me afectaba en absoluto.

En los sitios donde la calle era lo bastante ancha, los peatones podían apartarse de nuestro camino aplastando sus cuerpos contra las paredes laterales. Pero la mayoría de las veces aquello no era suficiente; se veían obligados a retroceder en busca de algún portal donde meterse hasta que hubiésemos pasado. Y cuando se trataba de vendedores callejeros (que los había a rabiar), y llevaban una cantidad de trastos apilados sobre sus cabezas, no tenían ni siquiera aquel recurso; no les quedaba otro remedio que treparse sobre algo y dejarnos deslizar por debajo. Y el hombre que iba sentado de aquel lado del auto tenía que agachar la cabeza. En varias oportunidades nos vimos obligados a pasar de ese modo, por debajo de momentáneas sombrillas de confituras cubiertas de atareadas moscas o verdaderas pirámides de sombreros de Panamá que se tambaleaban agónicamente por encima de nosotros. En resumen, aquella era una manera por demás pintoresca de llevarlo a uno arrestado... por no decir otra cosa.

Aquella -me decía a mí mismo sin cesar- parecía ser mi última oportunidad de esclarecer mi situación. Ellos me estaban dando esa última coyuntura sin que se la hubiera pedido. O, en el mejor de los casos, yo había mencionado aquello antes, en la taberna; pero en aquel momento eso era el resultado de la propia idea de ellos, no de la mía. A mí ya nada me interesaba. Ellos iban en procura de la ratificación verbal por parte del chino a quien yo le había comprado el cuchillo, de que el que yo me había llevado era el que representaba al mono que "no oía maldades", que éste era el que él había envuelto en papel verde para mí, y que luego, distraídamente, se había equivocado al extender el recibo. Mas ni aun aquello sería suficiente ya para aclarar mi actuación; por aquel entonces, yo ya estaba demasiado enredado en aquel lío. Pero al menos nivelaría en alguna pequeña proporción las desiguales fuerzas en pugna; pues al apoyar esta faceta de mi declaración, prestaría fuerza, aunque fuese indirectamente, al resto de la misma. Siempre, invariablemente, toda declaración es tan fuerte como el más débil de sus detalles. Puede que aquel detalle no fuese el más débil, pero al menos era el más fácil de probar; pues en efecto, era el único de toda mi historia para el cual yo podía presentar un testigo. En cuanto al resto, se basaba pura y exclusivamente en mi sola palabra.

A mí no me preocupaba gran cosa el obtener aquella corroboración, pues sabía que podía contar con ella; pero la parte más extraña de todo ello, era que, por aquel entonces, no me interesaba particularmente el que saliese bien o no. Aquellos sujetos que iban conmigo en el automóvil, contemplaban el asunto desde el punto de vista policial; yo, en cambio, desde el mío, puramente personal.

Ella se había ido, conque, ¿qué diferencia podía representar el resto para mí? ¡Al infierno con ello! Permanecí en mi lugar, mirando tiesamente hacia adelante. Ellos podían llegar allá ligero, o despacio, o podían no llegar jamás; para mí, todo ello me tenía sin cuidado, me daba igual.

Llegamos finalmente a aquel Pasaje Angosto, y lo clausuramos deteniendo el auto de través por delante de su desembocadura. Al hacerlo, los muros del pasaje quedaban a la altura del parabrisas el uno, y de la puerta posterior el otro; el resto del automóvil rebasaba a ambos costados. Si las calles que habíamos recorrido anteriormente eran angostas, bueno, eran verdaderas avenidas si se las comparaba con ésta; daba la sensación de una simple hendidura dejada por descuido al construir dos edificios uno al lado del otro. Habíamos tenido que detenernos por fuerza en aquella posición, pues de haber intentado hacer girar el auto para internarnos por el pasaje, sólo hubiésemos logrado arrancar de su sitio los guardabarros y unos buenos trozos del revoque de las paredes.

Como si ya no estuviésemos suficientemente atascados, tan pronto corno nos detuvimos el lugar pareció inundarse de una multitud de curiosos. Y no existe en el mundo nada tan pasivamente inamovible como una muchedumbre de chinos.

Acosta se apeó y echó un vistazo a la oscura grieta que nos enfrentaba.

-Este es el lugar, ¿no es cierto, Ezcott? -preguntó briosamente.

Volví el rostro hacia él. Hasta ese momento no me había movido.

-Este es el lugar -asentí.

Me hizo una seña con el codo, y entonces descendí del auto y me paré a su lado. En el acto el otro polizonte descendió a su vez y se situó a mi espalda.

A continuación ambos me echaron mano por el sencillo expediente de hacer cada uno de ellos un torniquete en dos sitios de mi chaqueta: uno detrás del cuello, - y el otro en una de las mangas. Y echamos a andar internándonos por el pasaje. Pero no cabíamos los tres de frente, de modo que tuvimos que adoptar una especie de marcha al sesgo, conmigo en medio de ellos dos. Los demás se quedaron en el automóvil.

Aquella callejuela lo engañaba a uno. Continuaba más y más hacia adelante. Hasta llegaba a ser algo más ancha que la entrada; aunque no mucho, un poco solamente. Y olía; hermano, ¡cómo olía! Apestaba. Una hedionda mezcolanza de asafétida y plumas quemadas y albañal. No estaba oscuro por completo; era una especie de penumbra como moteada. De trecho en trecho, una lámpara de aceite a farol a petróleo, o bien alguna linterna china de papel oculta en algún portal o local de negocio, vomitaba un charco de luz que aliviaba la lobreguez. Aquellas manchas luminosas eran de variados colores; anaranjado, verde vitriolo, y hasta en una oportunidad, un rojo purpúreo que parecía chorrear como vino tinto por las inmundas paredes. Pero no me interpreten erróneamente; en su mayor parte aquello era sombra pura; las luces no eran más que meras brechas en las tinieblas.

Confusas figuras calzadas con zapatillas de fieltro y vestidas con pantalones de alpaca se arrimaban a los muros para abrirnos paso y se volvían para observarnos mientras nos alejábamos. A veces alguno de ellos intentaba seguirnos, pero el policía que marchaba a retaguardia les ladraba una áspera orden de retirada, y abandonaban la empresa.

En una ocasión, un cartel o muestra de hierro que se proyectaba sobre uno de los portales (no estoy seguro de lo que era) me arrancó el sombrero; nos detuvimos, y uno de ellos lo recogió y me lo devolvió.

Llegamos por fin. Reconocí el lugar al instante, pese a la oscuridad y aun cuando sólo había estado una vez allí. No tenía ningún escaparate; era un simple portal, pero algo más amplio que los otros y lanzaba una bocanada de luz de linterna más brillante que los demás. A cada uno de sus lados aparecía un panel do papel negro: uno de ellos cubierto de dorados jeroglíficos chinos y el otro con las letras equivalentes en castellano. Ambos eran chino para mí.

Dimos media vuelta y penetramos en aquel antro. Adentro la pestilencia no era tan perniciosa como en el callejón. Olía a incienso rancio, y a madera de sándalo y a baúles viejos. Eso era todo. O casi todo.

Nos detuvimos en seco, como un tren de tres vagones, dándonos un leve topetazo unos a otros.

-¿Es aquí, Ezcott? -preguntó Acosta ásperamente.

-Aquí es -respondí lleno de tedio.

-¿Cómo pudo ser posible que ustedes encontrasen un lugar tan oculto, tan apartado de las calles principales, inmediatamente después de descender del vapor?

-No lo hallamos nosotros. Fuimos conducidos hasta aquí por un guía. Estuvo persiguiéndonos y fastidiándonos con sus ruegos durante largo rato. Finalmente, dejamos que nos guiase hasta aquí, más para librarnos de él que otra cosa.

Ella no había querido venir -recordé en aquel momento-, y yo había insistido. Quería adquirir algún pequeño presente para ella, como recuerdo de nuestra visita a La Habana, pero no conocía la ciudad. "No entremos en esos laberintos" -me había rogado ella-. "La ciudad entera es un laberinto" -había respondido yo para darle ánimo-, "vamos a recorrerla".

-¡Jumff! -resopló Acosta, lo cual traducido al inglés significaba: Jumff.

El aspecto del lugar no había variado prácticamente en nada desde la primera vez que yo penetrara en él. Los mismos Budas de yeso alineados en los estantes, los mismos cofres de madera de teca tallada, las mismas urnas de bronce e idolillos de marfil. Las mismas panzudas linternas anaranjadas pendiendo en hilera de las vigas, cada una de ellas ostentando un solo carácter pintado en tinta negra. El mismo chino, gordo y con aspecto de muñeco, con su blanco bigote semejando dos cordones que colgaban por lo menos veinte centímetros desde su labio superior, dormitaba trepado en el mismo taburete y en el mismo rincón donde había estado durante mi primera visita; las mangas metidas una dentro de la otra por sobre su vientre, un casquete de seda con una borla cubriéndole la calabaza, los pies calzados con pantuflas y encajados retorcidamente entre los travesaños del taburete. Las mangas sin manos subían y bajaban con el ritmo de su respiración.

-¡Hey, patrón! -gruñó Acosta para despertarlo.

Un par de ranuras que debían ser sus ojos, aunque más se semejaban a dos signos de acentuación divergentes, se abrieron en su satinado rostro. Uno podía ver apenas una chispa de vida en el fondo de ellos. Por lo demás, no hizo el más ínfimo movimiento durante un minuto.

-Sí, señóles -dijo al cabo con voz chillona y gangosa, y sus anchas mangas se abrieron dividiéndose en dos mitades. De una de ellas surgió una larga mano huesuda y amarilla como una pata de gallina, y describió en el aire un semicírculo que incluyó tres de los lados de la habitación. Su significado estaba claro: "Sírvanse ustedes mismos. Y si encuentran algo de su agrado, pues sólo entonces será el momento oportuno para despertarme."

Pero Acosta no era hombre de conformarse con aquello; al fin y al cabo, pertenecía a la fuerza policial.

-¡Descuélguese de ahí -ladró-, y acérquese a nosotros!

Fue una maniobra complicada. Viendo las dificultades que se le presentaban al gordo chino para descender de aquel artefacto, uno no lograba imaginarse cómo se las habría arreglado para treparse al mismo. Primero, las pantuflas de fieltro se desengancharon de sur, soportes y cayeron con un ruidito sordo, como si estuviesen vacías. Jamás hubiese supuesto yo que un hombre tan gordo pudiese tener pies tan diminutos como aquellos. Luego descendió la panza, con tales sacudidas que parecía como si fuese a desprenderse de su sitio, y por último le llegó el turno a la cabeza y los brazos, todo ello acompañado de pequeñas gesticulaciones temblorosas.

Se aproximó a nosotros con aire inquieto, sacudiéndose como un flan y meneando la cabeza cortésmente como para congraciarse. El sujeto era todo un carácter, algo realmente pintoresco. Se me ocurrió de pronto que tenía demasiado parecido con esos chinos que nos presentan en el teatro; aquello era sin duda, al menos parcialmente, toda una farsa. Los verdaderos chinos no son así; son simplemente personas como usted o como yo, no muñecos de resorte. Pero eché mis pensamientos a un lado una vez más. ¿Qué me importaba a mí el aspecto de aquel chino? De todos modos, el asunto que me interesaba iba a salir a relucir en aquel instante.

-¿Usted es Chin? -preguntó Acosta.

El sujeto se bamboleó todo entero con aire radiante y se señaló a sí mismo con un dedo.

-Sí -dijo-, Chin. Pala selvil a ustedes.

Conque aquello de "Tío" no formaba parte de su nombre chinesco; eso me resultó evidente. Posteriormente descubrí que aquella palabra equivalía en castellano a nuestro "Uncle", y constituía su nombre comercial o su apodo, como ustedes lo prefieran: "Tío Chin", o "Uncle Chin".

-Si es que van a referirse a mí -interpuse yo-, háganlo en inglés. El puede hablar un poco en ese idioma. Lo hizo la primera vez que estuve aquí.

-Muy poquito, veldadelamente -dijo el gordo inclinando la cabeza como quien agradece un cumplido.

"Tú sí que eres un chino de pega -dije para mi capote-. Ningún chino auténtico podría ser tan estrafalario. Hasta en la misma China te matarían por falso."

-Fíjese usted bien en este hombre -le ordenó Acosta.

El chino me echó una mirada a través de las ranuras que tenía bajo las cejas.

-¿Estuvo él aquí antes, esta misma tarde?

-Sí, el caballelo estuvo aquí -replicó con grandes sacudidas de su mostacho.

-¿Compró alguna cosa?

-Sí, el caballelo complal algo.

-All right, explíquese usted. ¿Qué fue lo que compró?

-Caballelo complal cuchillo.

Aquello era verdad; yo no lo había negado en ningún momento.

-Describa el cuchillo. ¿Sabe usted lo que significa la palabra "describir" en inglés?

El hombre parecía cocerse confortablemente en su propio jugo.

-Oh, sí, segulo. Cuchillo ornamental. Cuchillo con mango de jade. Pala ablil caltas. Pala coltal flutas. Para colgal soble paled también.

-Describa la empuñadura de jade.

El sujeto iba soltando sus explicaciones por etapas. Sentí la sensación de que por alguna u otra razón trataba de escaparse por la tangente.

-Mango de jade leplesenta mono -dijo.

-Eso ya lo sabemos; describa el mono.

Sus manos se arrastraron hacia arriba y cubrieron la parte superior de su redonda cara.

-Mono tapándose ojos. Así.

El golpe hirió mi inteligencia lentamente. Todo parece haber sido así durante mi vida entera. Lo mismo que cuando ella había muerto, yo fui el último en comprender. Acosta y el otro cubano tuvieron tiempo de cambiar sendos cabezazos que significaban claramente "Ya-te-lo-había-dicho", antes de que yo interpretase lo que significaba aquello para mí.

Se había apagado el último rayo de esperanza, y me sentí sumido en la más negra oscuridad. Un ronco rugido que yo jamás había imaginado poseer fue subiendo lentamente a lo largo de todo mi cuerpo; desde las plantas de mis pies, me pareció:

-¡Usted está loco! ¿Qué demonios se propone? ¿Qué está tratando de hacerme, grasiento montón de...?

Y traté de lanzarme contra él por entre los dos cubanos, quienes continuaban sujetándome entre ambos. En mis forcejeos volqué una mesilla de teca cubierta de objetos de bronce que resonaron como campanas.

-¡Yo compré el que se tapaba las orejas! -rugí--. ¡A usted le consta! ¡Usted me vio cuando...!

Pero ellos me obligaron a callar. Ellos serían quienes manejarían el asunto.

-¡Eh, vamos! Tómelo con calma -dijo Acosta, y bajo la aparente serenidad de sus modales se transparentó un destello de rudeza. Ahorquilló el índice y el pulgar contra mi garganta y me hizo retroceder. El otro individuo reforzó su toma retorciéndome el brazo por detrás de mi espalda, y quedé inmovilizado.

El Tío Chin se encogió amablemente de hombros.

-Cuchillos venir de a tres -dijo-. El plimelo, vendido a este caballelo. Los demás, tenel aquí todavía. Puedo mostlar a ustedes.

-¡Lo que tú puedes es mentir como un...! -tartamudeé. Pero mi brazo dio otro cuarto de vuelta detrás de mi espalda, y me tuve que tragar el resto; de todos modos, éste se refería en su mayor parte a la madre de él.

Se dirigió arrastrando los pies hasta un macizo gabinete, hizo deslizar un par de paneles y comenzó a revolver en su interior. El mueble estaba situado en el fondo del local, donde la luz de la linterna llegaba apenas.

Cuando regresó, traía bajo el brazo un rollo de gruesa seda acolchada. Yo sabía lo que era aquello; ya lo había visto anteriormente. Pero lo que yo no veía, era cómo él iba a probar su afirmación por medio de aquello. Tenía que faltar uno necesariamente, y yo estaba bien seguro de cuál era el que me había llevado de allí.

-Impoltados de Hong Kong -dijo el gordo-. Vinielon desde allá a Panamá, y luego hasta aquí . Solamente pedidos tres juegos. Son muy caros; nunca vender; no haber demanda. Tengo facturas para mostlar, en castellano y en chino. Puedo plobar que sólo encargué tres juegos para mi tienda. Mostrar facturas a ustedes, luego.

Primero desató ambos extremos del rollo; luego lo abrió formando un cuadrado. O, más bien, una larga banda oblonga. Cosidas a lo largo de ésta, por el lado interior, se alineaba una sucesión de presillas de seda, en dos largas hileras, arriba y abajo. Ellas sostenían una serie de cuchillos, los mangos embutidos en las superiores y las puntas en las inferiores. Todas las empuñaduras estaban labradas en el mismo diseño, representando simios, y cada uno de los juegos estaba repetido tres veces en tres distintos materiales: en marfil, en ébano y en jade. Quedaban ocho piezas: tres de marfil, tres de ébano y dos de jade. Uno de éstos últimos era el que faltaba, y en su lugar quedaba un espacio vacío.

De los dos que permanecían en su sitio, uno era el mono que se tapaba la boca y el otro... ¡el que se cubría las orejas! El que yo había comprado, el que había sido envuelto y sacado de aquella tienda en el bolsillo de mi chaqueta.

-¿Ven ustedes? -dijo el gordo radiante de jovial satisfacción.

-¿Y bien? -dijo Acosta, dirigiéndose a mí.

Me retorcí violentamente, como una bandera tratando de soltarse del mástil.

-¡Mientes como un perro! -gruñí-. ¡Estás echándome una zancadilla; eso es lo que estás haciendo! Yo no sé cómo lo hiciste, pero...

-Yo no hacer nada -protestó quejumbrosamente-. Yo solamente mostrar esto.

-¡Pero yo sí que haré algo! -bramé-. ¡Con tal que pueda alcanzar tu inmunda barriga con mi zapato!

Y le lancé un furioso puntapié que se perdió inofensivamente en el aire; ellos me tenían sujeto a demasiada distancia del blanco.

-Quieto -gruñó Acosta, y me descargó un golpe sobre los dientes con el dorso de la mano.

Ni siquiera noté el impacto; yo no tenía amargura ni furor para desperdiciar en nadie que no fuese aquel chino de cara grasienta y llorosa.

-¡Tú me oíste pedirle su opinión a ella! ¡Hasta llevaste el rollo ese adonde estaba ella y se lo pusiste ante los ojos para que eligiese! ¡Tú oíste perfectamente cuál fue el que ella me aconsejó que comprase! ¡Tú viste muy bien cuál fue el que yo tomé y te entregué para que lo envolvieras! Sin duda hiciste algún juego de manos y los escamoteaste mientras te dirigías al mostrador...

-Yo dejar los otros allí junto a usted, dentro del estuche. Yo solamente tomal uno solo pala envolver pala usted. Yo solamente arrollal estuche después de usted retilarse de tienda. Usted tocar cuchillo, quizá; yo no tocar.

Aquello era verdad; él había actuado así. Me quedé por un instante completamente confundido. Mi silencio debió ser una mala señal para los polizontes; era indudablemente sospechoso que me detuviese así, en mitad de la discusión. Pero no pude evitarlo. Todo el asunto presentaba un aspecto tan malo, que ellos podían agregar aquel detalle a la serie si les parecía bien; lo mismo daba.

Acosta sacudió la mano en mi dirección con aire fastidiado.

-¿Qué podemos ganar con seguir revolviendo esto por más tiempo? -dijo-. Nadie, a no ser usted mismo, compró jamás uno de esos cuchillos. Y el que usted dice haber comprado, ha estado aquí, en la tienda, durante todo el tiempo. Vamos, vamos. Hemos sido indulgentes con usted y le dimos todas las oportunidades posibles de esclarecer su situación, a causa de que se trata de un extranjero. Pero, en realidad, ¡hace una hora por lo menos que debíamos haberlo metido entre rejas!

-Yo no les pido favores -rezongué ásperamente.

Acosta prolongó un instante más la entrevista para hacerle a Chin algunas preguntas adicionales; supuse que serían destinadas a los registros de la policía.

--Dígame usted: ¿cómo actuaron esas dos personas, mientras estuvieron aquí?

-Lo mismo que toda pelsona en una tienda. Nada difelente. Señóla caminar por todas paltes, tocal todas las cosas. Caballero estal quieto, no movelse mucho.

-¿Él pidió que le mostrasen cuchillos, o fué usted quién se los ofreció?

-Él pedil kimono para señóla. Yo mostrar; ellos mirar; ellos comprar; yo envolver. Luego señóla ir hasta otlo extremo de tienda y empezar otla vez a tocal cosas.

-¿Y luego? -urgió Acosta. Yo comprendí que el policía estaba cada vez más interesado, y comencé a levantar presión nuevamente al imaginarme la nueva sarta de mentiras que el chino se preparaba a endilgarle.

-Luego el caballelo pleguntar: "¿Tiene usted algo que yo pueda usar como cuchillo?" Él hablar en voz muy baja.

Yo había hablado en voz baja por la simple razón de que él había estado parado delante de mí; uno no suele hablar a gritos con alguien que está frente a sus narices.

-¿Y?

-Entonces yo traer juego cuchillos; yo mostrar. Él elegir uno; él probar la hoja pala vel si bien afilada.

Acosta era todo oídos.

-El ir hasta donde estar la dama. El hacer así.

Y blandiendo un imaginario cuchillo, se dirigió hacia Acosta, aparentando que éste la representaba a ella. Recogió su mano hacia atrás, y luego la disparó en dirección al corazón de Acosta, describiendo un semicírculo desde la altura de su cadera.

-Él detener cuchillo justo a tiempo, antes de tocarla a ella. Él decir al mismo tiempo: “Aquí tienes tu merecido.”

-¿Y la dama? -preguntó Acosta-. ¿Qué hizo ella?

-Ella cerrar los ojos. Ella decir algo en inglés. Mi no comprender; mi no entender el inglés muy bien.

-¿Ella pareció asustarse?

-Ella asustarse, quizá; mí no saber.

Lo que ella había dicho en realidad, era: "Morir a tus manos sería un placer"; pero el chino, al omitir la frase, le había quitado a la escena todo su sabor de auténtica chanza. Él se había concretado con su pantomima a representar el acto en sí, despojándolo de toda significación festiva. Él había omitido la chispeante expresión de los ojos de ella. Pero al fin y al cabo, ¿cómo hubiese podido nadie imitar aquello? Él había omitido el... supongo que tendremos que llamarle "el escarceo amoroso" (yo no sé qué otro nombre darle) entre ella y yo. Él había omitido la alegría burlona en mi voz, y la complaciente en la de ella...

Pero él me había hundido de la manera más hermosa.

Y mi esperado estallido no se produjo. ¿A santo de qué? Él no le había contado a los detectives ni una sola cosa que fuese parcialmente falsa; pero tampoco les había dicho nada que fuese rigurosamente exacto. Yo no podía ganar esa contienda; él me tenía liquidado.

Me quedé contemplándolo y cavilando febrilmente: ¿Lo habría hecho deliberadamente? ¿Qué habría detrás de todo aquello? ¿Qué podría ganar él con tergiversar los hechos de aquel modo? ¿O se trataría de un caso de pura mala suerte? ¿Sería posible que los hechos hubiesen penetrado de aquel modo en el cerebro del chino, a través del filtro de su somnolencia?

El gordo parecía tan amodorrado, tan inofensivo; tenía un aire tan benigno... Ése era el único calificativo apropiado para él: benigno.

Ellos comenzaron a conducirme hacia afuera. Cuando él vio que, por el momento al menos, habían terminado con el interrogatorio, hizo por lo menos una docena de pequeñas reverencias de despedida y se alejó arrastrando sus pantuflas en dirección a su taburete.

Cuando le dirigí una última mirada desde el portal, estaba trepado nuevamente sobre aquél en la misma forma que cuando habíamos llegado. Sus pies estaban enganchados en los travesaños, las mangas habían vuelto a cerrarse sobre su abdomen, y aquellas pequeñas ranuras oblicuas que constituían sus ojos habían vuelto a obturarse. Y aun antes de que llegáramos al umbral, ya estaba otra vez sumido en su sopor.

Acosta me arrancó de mi amargo escrutinio tomándome por la parte de atrás del cuello y haciéndome girar bruscamente en sentido opuesto al chino.

-¡Vamos, Ezcott! -dijo agriamente-. ¡Andando!

-Escuche -dije rechinando los dientes-. Ya se ha dado usted el gusto de arrestarme; luego se dará el de inscribirme en sus registros, y más tarde el de meterme en la cárcel. Espero que se dará por satisfecho con todo eso. Yo sólo le pido una cosa: al menos pronuncie mi apellido con la inicial que corresponde; comienza con S, no con E...

-Oh, no se preocupe usted; ya tendrá usted esa satisfacción -me prometió el detective-. Ya tendrá eso, y todo lo demás que se le viene encima.

 

 

CAPITULO 3

 

Mientras rehacíamos nuestro camino callejón abajo, yo iba repasando mentalmente los detalles del asunto. Quizá aquel momento y aquel lugar fuesen algo chocantes y poco apropiados para ponerse a reflexionar, pero de todos modos eran mucho más agradables para ello que la celda que me aguardaba al final de aquel viaje. Por lo menos estaba sobre mis propios pies, y lo que era más importante aún, al aire libre. A juzgar por el aspecto de los demás edificios de la ciudad, no me costaba imaginarme cómo sería el de la cárcel. Según todas las probabilidades alguna vetusta mazmorra de la época de la dominación española, con los muros de un metro de espesor; de esas, compañero, que una vez que usted está adentro, allí se queda.

Y así, después de pensarlo con cuidado, llegué a una decisión Yo no iba a permitir que me encerrasen por algo que no había cometido. Más bien prefería ir a la morgue por ello, si el destino lo disponía así. O al manicomio. Y éstas dos eran casi las únicas alternativas que se me ofrecían. Pero yo no iría, y menos con aquella pasividad, a dar con mis huesos a ninguna cárcel.

Ella ya no vivía, conque, después de todo, ¿qué me importaba lo que pudiese ocurrir? Pues que los polizontes pagasen los platos rotos; que se ganasen mi captura con el sudor de sus frentes. Yo tenia que desquitarme sobre alguien, y muy bien podía ser sobre ellos.

De acuerdo a su punto de vista, pensaba yo, ellos consideraban que habían sido muy justos y liberales conmigo. Ellos hubiesen hecho cualquier cosa con tal de portarse imparcialmente conmigo; quizá, como había dicho Acosta, porque se trataba de un extranjero. Ni siquiera me habían dado entrada en sus registros todavía; habían demorado dicho requisito adrede, hasta después de que me hubiesen careado con el chino. Ellos me habían proporcionado todas las oportunidades posibles para que me justificase, y si aquello había fracasado no era por culpa de ellos; era... bueno, supongo que sería el Destino. Ellos me habían proporcionado todas las ventajas menos la principal: mi propia libertad de acción. Y yo no podía pedírsela, conque me la tomaría sin pedirla.

Que me tumbasen en plena calle, si querían; en tanto que me mantuviese en pie, pues me mantendría afuera. Del único modo que iría a parar adentro, si es que ello llegaba a suceder, sería en posición horizontal, tieso. Y esta es una disposición de ánimo muy conveniente, cuando uno proyecta emprender una fuga; simplifica las acciones.

"Tiene que ser ahora, o nunca -pensé-. Antes de que vuelvan a meterme en aquel automóvil."

En éste habían quedado aguardando otros dos hombres, con los cuales las probabilidades en mi contra se duplicaban; y como si eso no fuese suficiente, era casi seguro que antes de partir hacia la central de policía me sujetarían las manos con esposas. El por qué no lo habían hecho hasta aquel momento, era algo que escapaba a mi comprensión; quizá ello se debiese a que, antes de que Chin descargase aquel golpe final sobre mí, yo no había estado sometido a un arresto total. Pero ahora lo estaba. La diferencia, si existía, era demasiado sutil para ser distinguida a simple vista. Poro con esposas o sin ellas, este era el momento y el lugar para intentar la huida.

Ibamos retrocediendo por el mismo camino que habíamos recorrido a la ida, en fila india, formando una especie de cadena. Yo en el medio, Acosta detrás de mí y el otro sujeto abriendo la marcha. Los dos estaban armados; esto era para mí una absoluta certidumbre. Pero no me importaba mucho; mi sentido de las proporciones estaba alterado por completo ahora que la había perdido a ella. Una bala puede pararlo a uno de súbito, o puede no detenerlo en absoluto; y en mi caso, ya fuese una u otra de ambas alternativas la que me tocase en suerte, ¿no era acaso exactamente lo mismo?

El automóvil estaba bloqueando la salida del pasaje; conque, correr hacia adelante era algo que quedaba descartado. Me quedaban, pues, dos únicas direcciones, entre las cuales debía elegir: o bien hacia atrás, o bien hacia uno de los costados, internándome en alguno de aquellos ruinosos edificios. Y aunque la más natural o normal de las selecciones hubiese sido retroceder, el éxito me parecía más que dudoso; aquel pasaje podía ser un callejón sin salida. Yo no tenía la menor idea acerca de si tendría alguna, y de no tenerla, me vería acorralado en un abrir y cerrar de ojos. Por otra parte, sería más que fácil para ellos llenarme el cuerpo de plomo durante mi carrera a lo largo de aquel angosto pasadizo. Aquellos muros casi servirían de guía a las balas en su trayectoria hacia el blanco.

Aquello no dejaba otra alternativa que los portales de siniestro aspecto y los huecos que flanqueaban el pasaje a lo largo de nuestra línea de marcha. Y ya no quedaban muchos; mi indecisión me había hecho desperdiciar la mayoría de ellos; ya estábamos casi llegando nuevamente a la boca del pasaje. Sólo restaban dos portales, uno a cada lado del callejón, ambos sumidos en tinieblas y ambos completamente semejantes hasta donde la vista podía juzgar.

Aquello fue como tirar una moneda a cara o cruz. A menudo he pensado lo que podía haber ocurrido si hubiese elegido el de la izquierda en vez del de la derecha. Dos portales en un tenebroso túnel; uno significaba la vida, el otro la muerte.

Me decidí por el de la derecha.

La fuga fue veloz y silenciosa, y puede decirse que al minuto de comenzada ya había terminado. Y aquella era la única forma posible en que podía tener éxito.

Acosta seguía sujetándome en la misma forma que al principio, con aquella especie de doble presa en el puño y el cuello de mi chaqueta. El hombre que marchaba adelante me llevaba tomado de la muñeca opuesta, con su mano algo echada hacia atrás, y no tan estrechamente.

Me detuve súbitamente a tiempo que doblaba mi cuerpo en dos, formando un ángulo agudo, y Acosta tropezó contra mi curvada espalda perdiendo el equilibrio durante una fracción de segundo a causa de la brusquedad del impacto.

Instantáneamente disparé mi garra hacia él por sobre mis encogidos hombros, y alcanzando a atraparlo por el medio del cuerpo tiré de él con todas mis fuerzas tratando de hacerlo pasar del todo por encima de mí, empleando en el esfuerzo no sólo mis brazos sino también mi espalda. Acosta dio una voltereta por sobre mi cabeza y su cuerpo se desplomó sobre el hombre que iba adelante haciéndole caer de rodillas. Durante un segundo ambos se confundieron en el suelo formando una revuelta masa indefensa, y para el instante en que lograron ponerse de pie yo ya me había internado en el portal.

Cuando el desierto corredor fue atravesado por el primer disparo, yo ya estaba fuera de la línea de tiro, cubierto por los ángulos rectos que formaban los muros. Mi pie tropezó contra los peldaños de madera de una escalera invisible en la oscuridad y me fui de bruces contra ella; pero instantáneamente comencé a trepar por ella en tres pies, es decir, con una mano tanteando el camino.

Pero ellos habían visto la maniobra y se lanzaron en mi persecución con la velocidad del rayo. El amarillo haz de luz de una linterna eléctrica se disparó escaleras arriba a la manera de una bala trazadora que corrigiese la puntería de las verdaderas que habrían de seguirla al instante.

Seguidamente se oyó el segundo disparo, pero éste llegó una fracción de segundo demasiado tarde; yo ya había doblado por el primer rellano, y como la primera vez, me encontraba nuevamente fuera de la línea de fuego. Oí el ruido del proyectil al incrustarse en la pared con un pequeño estallido, como un taponazo.

Me lancé para tomar la vuelta que daba el rellano, y lo hice en un ángulo tan abierto que me estrellé contra el muro del otro lado, donde comenzaban los peldaños del segundo tramo. No me detuve; seguí trepando ansiosamente, semiaturdido, con la sensación de que llevase una brillante luminosidad azulada dentro de mi cabeza. Pero ésta pareció disminuir, y se extinguió casi en seguida. Doblé otro rellano, esta vez sin colisión, y empecé a escalar el tercer tramo.

El atenuado rayo de luz continuaba disparándose en mi seguimiento, pero siempre llegaba demasiado tarde; sólo podía proyectarse en línea recta, y yo en cambio podía girar en redondo al llegar a cada uno de los descansos de la escalera. Ellos trataban de pescarme en medio de aquella luz para entonces disparar sus armas a lo largo de sus rayos. De modo que, si éstos me hubiesen tocado en algún instante, me hubieran matado tan efectivamente por sí mismos como si fuesen alguna especie de rayos de la muerte en escala disminuida. Pero me las compuse para mantenerme fuera de su alcance. Y cada vez, invariablemente, se proyectaban contra un lienzo de pared pelada y solitaria, donde yo había estado un suspiro antes.

Y lo que es más, hasta me prestaban un pequeño auxilio; sus indirectos reflejos eliminaban aunque sólo fuese una parte infinitesimal de aquellas tinieblas. Al menos me permitían ver dónde había paredes y dónde no las había, y revelaba los contornos en forma de ataúdes de las puertas.

El tercer rellano era el último; ya no había otros más adelante que me pudiesen ayudar a desviar la mortífera puntería de aquella luz. En el cielo raso del corredor, cerca del fondo, se abría una cuadrada claraboya que daba al tejado; a través de ella se veía el cielo tachonado de estrellas. Y pendiendo de la abertura había una escala de retorcidas, herrumbrosas cadenas, con travesaños de madera. La luz de la linterna me la mostró claramente, a tiempo que comenzaba a resplandecer detrás de mí como una aurora letal.

Comprendí que jamás lograría trepar por ella. Si hubiese sido rígida, quizá. Pero aquellas cadenas se balancearían bajo mi peso y me enredarían demorando la ascensión. Las manos de ellos tal vez no llegarían a tocarme, pero el rayo de luz y las balas me alcanzarían irremisiblemente. Me darían en las piernas, o peor aún. Ellos ya casi habían llegado arriba ahora; la luz se intensificaba rápidamente por detrás de mí como anunciando una inminente calamidad, como algo que estuviese a punto de estallar.

Arrojé mi sombrero hacia la colgante escala, y cayó al pie de ésta como si yo lo hubiese perdido al trepar por ella. Luego eché mano al picaporte de la puerta más próxima y traté de abrirla de un empellón.  No cedió; estaba atrancada o cerrada con llave. La luz brillaba ya casi con toda su fuerza, amenazando montar el rellano el rellano y colarse por el corredor, donde me tendría a su merced. Había otra oscura puerta oblonga a continuación de la primera; volví a probar, y sentí que se abría hacia adentro. Me lancé a través de ella.

En el preciso instante en que la cerraba de nuevo la fatídica luz pasó lamiendo su cara  exterior y reverberó lívidamente en la rendija. Luego disminuyó su fulgor al alejarse.

Apreté mi cuerpo contra la hoja de la puerta con todas mis fuerzas. Oí el retumbar de sus pisadas pasar velozmente siguiendo al rayo luminoso que había pasado primero. Luego una ahogada exclamación en castellano, cuando la linterna iluminó mi abandonado sombrero: ¡Salió por aquí! o algo parecido.  Supuse que significaría "tomó este camino". Y enseguida el rechinar de las cadenas bajo el peso de algún cuerpo.

Casi me fue posible seguir los progresos de ambos al ascender, uno en pos del otro, por el golpetear del extremo libre de aquéllas contra el piso.

Luego cesó el ruido, y eso me indicó que ellos ya habían llegado al tejado.

Si yo había abrigado alguna remota esperanza de poder deslizarme afuera nuevamente detrás de sus espaldas y desandar mi camino hacia la calle, me fue arrancada de raíz un minuto después. Una voz llamó desde el fondo de la caja de las escaleras, a través de toda la distancia desde el nivel de la calle, preguntando algo; uno de mis perseguidores se asomó al borde de la claraboya y gritó algo en respuesta. Sin duda la orden de que permanecieran allá y vigilaran la entrada. Aquello significaba que los dos polizontes que quedaran de guardia en el automóvil se habían aproximado atraídos por los estampidos de los disparos. Yo me encontraba ahora entre dos fuegos, atrapado en aquella boca de lobo.

Con las palmas de las manos oprimiendo aún la hoja de la puerta, una por arriba de mi cabeza y la otra a la altura del cerrojo, volví el rostro y miré por sobre el hombro. Quería ver dónde me había metido, cómo era aquello, qué era aquello. Pero no pude ver nada. Sólo tinieblas; una negrura intensa, profunda, total, que me rodeaba por todos lados. Ni siquiera tenía el consuelo de aquel débil rayo de luz que me había acompañado en mi subida. Ni un solo detalle, ni un contorno visible. Era como encontrarse en un túnel. Era como estar en la tumba. Volví nuevamente mi rostro hacia la puerta.

Pero algo en aquella masa de lobreguez debía haberse impreso en mi cerebro, para ir tomando forma retrospectivamente hasta adquirir algún significado. Pues de súbito, sobresaltado e inseguro, había vuelto el rostro otra vez hacia adentro, con ese brusco movimiento característico que significa que uno intenta atrapar algo que su inteligencia no había captado la primera vez. Eso suele hacerse por lo general a plena luz, pero entonces yo lo hice en medio de aquella oscuridad sin fondo.

Durante unos segundos no lo pude hallar; luego lo logré. Había un detalle visible. Uno solamente, en aquella nada absoluta. Una mota roja. Un punto suspendido en el aire. Como una chispa desprendida ce algún fuego, pero que hubiese olvidado el continuar su caída. La observé durante unos segundos helados, estremecedores. Aquello no se movía; yo tampoco. Yo casi no respiraba; apenas lo suficiente, quizá, para que mi maquinaria siguiese funcionando.

Luego, de pronto, a fuerza de mirar aquello larga, ansiosa, intensamente, comprendí. O más bien, a fuerza de razonar. Yo sabía lo que era aquello: un cigarrillo encendido, sujeto entre los labios de algún ser viviente. Cuando uno miraba aquello durante un tiempo suficientemente largo, advertía un lento, casi imperceptible ritmo de vaivén. Se tornaba más pequeño, menos brillante, borroso, desaparecía, luego a la inversa: aparecía, se aclaraba, más brillante, más grande.

Aquello estaba animado por alguna respiración; un alentar tan involuntario, probablemente, como era el mío propio en aquel instante. Una respiración que no podía ser anulada por completo, pero que era reprimida al máximo. Había algún ser viviente allí; algún ser que me observaba desde el otro lado de aquel mar de tinieblas, inmóvil, silente, alerta.

Pero aquel rojo punto ígneo lo delataba. Y de pronto se elevó en el vacío, alrededor de medio metro o cosa así, en sentido vertical; luego se detuvo y permaneció estático. Entonces comprendí: el fumador se había incorporado, y ahora estaba de pie, erecto, en el mismo sitio donde anteriormente había estado encogido o inclinado.

El movimiento había sido diestramente ejecutado; no lo había acompañado ni el más insignificante sonido. Aquel ente trataba de permanecer intangible, ignorado por mí. No sabía que su presencia ya había sido revelada por su cigarrillo; aquello había sido un descuido, debido tal vez a que el hábito inveterado le había hecho olvidar aquella pequeña brasa de tabaco que ardía delante de su rostro.

Yo la miraba fijamente, como hipnotizado. No podía apartar mis ojos de ella. Era como un rojo fanal de peligro, como el ojo de una serpiente fijo sobre mí. Mi médula espinal parecía haberse congelado, y experimentaba una curiosa sensación en la raíz de los cabellos, como si una corriente de aire frío se desplazara de un lado a otro por debajo del cuero cabelludo.

Se quedó suspendido, inmóvil en el espacio, durante unos cuantos segundos preñados de angustiosos interrogantes, en tanto que yo me mantenía a la defensiva, con los omóplatos pegados a la puerta. Luego se tornó más opaco a causa de la acumulación de ceniza, pero una inhalación volvió a avivarlo casi al instante.

Comenzó a moverse de nuevo, en una forma ondulante que evidenciaba su desplazamiento hacia adelante, en mi dirección. Por un efecto óptico de perspectiva parecía como si fuese elevándose de nuevo en el aire, pero muy gradualmente, no en línea recta vertical como la primera vez. Y también fue aumentando de tamaño, hasta llegar a las dimensiones de un garbanzo. Semejaba la roja linterna de una boya marina balanceándose en la lejanía sobre la negra marejada.

Era algo espectral. Algo como para ponerle los cabellos de punta a cualquiera, algo que me puso la carne de gallina. Pero aguanté a pie firme. No tenía otra alternativa. Una de mis rodillas comenzó a temblar espasmódicamente; la apreté contra la otra y conseguí inmovilizarla.

Aquello estaba muy próximo ahora. Ya estaba sobre mí. Tan cercano a mi propio rostro que me pareció sentir el calor que irradiaba sobre la mejilla. Aquello fue pura imaginación por mi parte, supongo, pero tan vivida como si hubiese sido realmente así.

Era aquel silencio lo que resultaba más enloquecedor; su silencio y el mío. El uno lo prolongaba al otro, como si ninguno de los dos -yo o aquel ente desconocido- quisiera ser el primero en proferir aquel sonido preliminar al que seguiría en el acto una lucha mortal. Yo esperaba que aquello se revelase por sí mismo; aquello parecía aguardarme a mí.

Sentía que mi labio superior se contraía involuntariamente hacia un lado, desnudando uno de mis colmillos; no llegué en realidad a lanzar un gruñido de amenaza, pero el impulso atávico estaba allí, latente. En aquella oscuridad, ante un peligro desconocido, ¿de qué modo podía expresar mi desafío, sino como una fiera acorralada?

Mi pecho subía y bajaba con pequeños movimientos convulsivos, almacenando todo el aire posible para soportar la lucha que se avecinaba. Mis brazos se pusieron tensos, listos para golpear y desgarrar.

Algo frío y metálico y agudo se apoyó sobre un costado de mi cuello, justamente sobre una de las hinchadas, tensas arterias; avanzó un corto trecho, y luego se inmovilizó. Era algo aguzado; aguzado como la punta de una pluma o los dientes de un tenedor o el extremo de una uña; apenas lo suficientemente romo como para no perforar la piel con aquella firme presión. Un poco más de ésta, y se abriría paso hacia el interior. Pero no era ni la punta de una pluma, ni el diente de un tenedor, ni el extremo de una uña; era el lado efectivo de la hoja de un puñal, y todo lo que se necesitaba era una onza más de energía para que yo me encontrase clavado contra la puerta.

La sangre no lograba circular por aquella arteria; la presión del cuchillo la obturaba por completo, y justamente debajo del punto presionado palpitaba como si tuviese aplicada una pinza quirúrgica. La hoja no evidenciaba el más mínimo temblor o vibración; uno hubiese jurado que no la sostenía una mano humana, tal era su firmeza. Y no era posible intentar nada en contra de ella; ni tratar de manotearla, ni de esquivarla. Sólo restaba esperar; esperar a que efectuase el viaje final hacia su objetivo. Aquello no era una amenaza; era un hecho consumado, si bien dividido en dos partes. La primera estaba cumplida, la segunda seguiría en el acto.

La brasa del cigarrillo vibró ligeramente a causa de algún movimiento invisible, un movimiento que no se comunicó al arma, algo independiente de esta. Traté de conjeturar cuál sería su significado.

Sentí una corriente de aire a través de mi ardiente rostro, como si un brazo se hubiera levantado bruscamente por sobre mi cabeza. Un segundo brazo, no aquel que estaba agazapado tras el puñal. Algo lanzó un seco chasquido más arriba del nivel de mi visual y una cerilla siseó y se inflamó como un cohete, cegándome con su repentino resplandor. Luego éste disminuyó en intensidad y fue bajando hasta situarse nuestros dos rostros, aunque algo hacia un cosí modo que no se interpusiera entre ambos. La cara que me enfrentaba fue delineándose lentamente contra aquel fondo de negrura, aclarándose por grados como una placa fotográfica al ser revelada.

 

 

CAPITULO 4

 

Era una mujer, y su rostro parecía irradiar luminosidad como algo translúcido iluminado por su parte interior. Su aspecto era típicamente cubano: pómulos pronunciados de caribe; una lustrosa cabellera negra y lacia dividida al medio por una raya que subía hasta la coronilla y peinada muy tirante en semicírculo por sobre las orejas; labios llenos y algo saltones, vírgenes de colorete y no obstante rojos como sangre fresca; la piel de un tono moreno dorado, y ojos negros como el azabache, probablemente grandes, pero entonces contraídos fuertemente, y luciendo ardientes y amenazadores por entre los párpados.

Se cubría con un chal; no uno de aquellos románticos chales cubiertos de rosas bordadas que suelen usar las bailarinas andaluzas, sino uno negro, raido y mugriento, de algodón ordinario y ostentando un par de rasgaduras sin zurcir. La prenda le bajaba desde el hombro pasando por debajo de una axila y luego subía por sobre el brazo opuesto, manteniéndose adherida a su cuerpo por el propio peso de su tejido y su hábil disposición en espiral. Por debajo del chal asomaban unas breves enaguas de zaraza roja, y a continuación de éstas un par de medias de algodón rosado cuyo aspecto sugería cualquier cosa menos limpieza. Por último, unas sandalias o mocasines indígenas (yo no estoy seguro de lo que eran) con suelas de fieltro, o quizá de esparto, y desprovistas de tacones. En realidad, yo no miré hacia abajo en aquel preciso momento. Mis ojos estaban demasiado atareados allá arriba, al nivel del cuchillo.

La luz del fósforo reverberaba sobre la hoja del arma y me hería la retina. Los tendones de mi cuello, y especialmente aquella arteria, parecían haberse adelgazado. Cómo se las había compuesto ella para dirigir su daga con tanta precisión en medio de aquella absoluta oscuridad, era un misterio para mí.

¡Ah!, otra cosa más: aquella pequeña brasa que había anunciado su presencia con tanta anticipación, no pertenecía a un cigarrillo, después de todo; sino a un robusto cigarro nativo consumido a la sazón en sus tres cuartas partes y cuyos deletéreos gases parecían ser inhalados por ella juntamente con el oxígeno que respiraba, sin el menor inconveniente, pues, durante todo el tiempo, no lo retiró de sus labios ni una sola vez; como si fuese parte integrante de su personalidad. Yo desafío a cualquier fumador a que repita la prueba.

El anillo de ceniza que rodeaba la brasa tembló ligeramente y llegó a mis oídos un truculento:

-¿Bueno?

Yo no sabía lo que quería decir aquel vocablo español, pero por la inflexión de la voz deduje que equivaldría a algo así como "¿Y bien?" o "¿Qué pasa?" Una especie de bravo reto. Pero la voz, a pesar de su aspereza, era la de una mujer muy joven aún.

Ella agregó algo más: "No te muevas", según me pareció. Luego sacudió la mano que sostenía la cerilla moviendo la muñeca solamente, como si la tuviese desgonzada, y la oscuridad nos envolvió otra vez. La punta del cuchillo no se movió; yo me moví menos todavía. Ella debió extraer una nueva cerilla de su seno, donde el chal la ceñía más prietamente. La encendió con una sola mano, valiéndose de la uña del pulgar, y su rostro volvió a resplandecer.

Vi claramente, por su expresión, que aun aguardaba mi respuesta. Y el modo con que sostenía el cuchillo en posición, indicaba que pensaba obtenerla a toda prisa. Su mirada era agria, amenazadora.

-¡Calma, calma! -exclamé-. Los que me persiguen están sobre el tejado. Yo no entiendo lo que usted me pregunta. No hablo castellano. Y por favor, retire esa guadaña de mi garganta, ¿quiere?

Pero me guardé muy bien de hacer ningún gesto, ni siquiera me animé a señalar hacia el arma; me reduje a mover los labios únicamente.

-¡Oh!, un americano, ¿eh? -dijo ella plegando el labio inferior en una mueca de cáustico desdén. Pero el cuchillo no retrocedió el espesor de un cabello. Permaneció absolutamente inmóvil. Ella poseía un perfecto control muscular. Y ni la más leve sombra de temor o vacilación.

Yo hice girar mis ojos tratando de indicarle el arma; aquellos eran, las únicos partes de mi anatomía que me era posible mover sin peligro, tal era la forma en que ella me tenía clavado.

-Polis -traté de hacerme comprender-. Ahí afuera, en las escaleras. No sé cómo decirlo. Policía, creo que es la palabra en castellano. Me persiguen.

Y con la consiguiente sorpresa por mi parte, ella rompió a hablar en inglés. En excelente inglés, por otra parte. Pero al decir "excelente", no quiero significar refinado, de ese que uno encuentra a veces en los libros, sino aquel fluido lenguaje que se aprende en el arroyo.

-Conque polis, ¿eh? -dijo, y al pronunciar aquella palabra una oleada de furor pareció inundarle el rostro. Su expresión para conmigo había sido una de amenaza impersonal; para con ellos, la imagen misma del odio más profundo. Sus ojos chisporrotearon como ascuas y se distendieron hacia los ángulos como si alguien le estirase hacia atrás la piel de las sienes.

-¿Por qué no lo dijo usted antes? -escupió con furia-. Odio a esos perros.

La punta del cuchillo retrocedió un poco, y sentí la sensación de que mi sangre volvía a circular por aquella arteria. Pero no se retiró del todo; permaneció al mismo nivel durante un momento aún.

-Todo aquel que es enemigo de ellos es un amigo mío -añadió ella.

El cuchillo desapareció de súbito. No pude ver dónde lo había ocultado; su movimiento fue demasiado veloz para mi vista. Quizá dentro de alguna vaina oculta bajo el chal, quizá en la liga. Aquella mujer era algo muy serio en lo tocante al manejo de aquella herramienta; rápida para extraerla y para ocultarla. Por mi parte me alegré infinitamente de que lo hubiese ocultado; no tenía el menor interés en descubrir dónde.

Y al fin pude respirar libremente por primera vez en lo que parecía haber sido media hora por lo menos, pero que en realidad no debió pasar de cuatro o cinco minutos.

-Pues no le extrañe -replicó rudamente-. He estado en diversas cárceles de su país por un tiempo más que suficiente como para obtener la carta de ciudadanía.

En ese momento se terminó de consumir la cerilla. La mujer extrajo otra y la encendió, pero esta vez la usó para comunicar fuego a un derrengado trozo de vela de sebo embutido en el cuello de una botella verde que en tiempos más prósperos había contenido cerveza. La maniobra levantó una cortina de luz amarillenta y nebulosa hasta una altura de unos pocos pies, dejando la parte alta de la habitación, por sobre nuestras cabezas, tan tenebrosa como antes.

Ella me apartó a un costado de un suave empellón, ocupó mi lugar junto a la jamba de la puerta e inclinó la cabeza para escuchar.

-Váyase allá -dijo indicándome el lado opuesto del tabuco-. Haré lo que pueda por usted; lo mismo haría por cualquier otro que persiguieran esos brutos.

Ellos estaban en plena actividad; se oía el retumbar de sus pisadas yendo y viniendo sobre el tejado de pizarra, justamente por encima de nosotros. Un sonido extraño, hueco, como el rodar de un trueno lejano.

Ella les lanzó entre dientes unos cuantos insultos en español. Me figuré que se trataría de epítetos de índole genealógica.

Luego levantó el pie unos centímetros y volvió a bajarlo con fuerza; un cerrojo, instalado tan cerca del umbral de la puerta que hasta ese instante había sido invisible para mí, se incrustó en su alvéolo con un seco chasquido. Luego la mujer giró sobre sus talones y atravesó la habitación dirigiéndose hacia una de las paredes sobre la cual pendía un gran cuadrado de hule sujeto con tachuelas, el que evidentemente servía para ocultar una insospechada ventana.

Aquella era la primera vez que yo la veía caminar a plena luz; la vez anterior había caminado hacia mí en las tinieblas. Y sólo entonces, al verla andar, tuve pleno conocimiento del significado de la palabra "brava". Yo no sabría explicar con exactitud cómo lo hacía, o qué era lo que hacía, pero aquello era algo digno de verse. Nada de ondular de caderas, ninguna sugestión de feminidad; en realidad, era más bien flaca y escasa de curvas. Por el contrario, lo que llamaba la atención hacia su andar era que del mismo parecía surgir un vaho de antagonismo desafiante, retador. Parecía tensar las piernas a cada paso, lanzándolas hacia adelante sin- doblar las rodillas, y luego transportar su cuerpo de un pequeño brinco utilizando aquéllas como palancas, todo ello como confundido en un solo movimiento continuo. Aquello me recordó, por alguna extraña asociación de ideas, a algún automóvil cuyo conductor fuese cambiando sin cesar los engranajes do la caja de velocidades. Caminaba como si tuviese quebrado el hueso de la cadera. Traté de imaginármela paseando por las calles de aquel modo, del brazo de algún hombre, pero la idea me pareció descabellada. Aquella manera de caminar sólo podía servir para andar estrictamente a solas, y a altas horas de la noche; ese modo de taconear que, si usted es un tipo listo, cambia de rumbo en cuanto lo ve acercarse en su dirección.

"¡Caracoles! -me dije al verla pasar a mi lado-. ¡Es una verdadera suerte que esta distinguida dama se haya decidido a mi favor!”

Ella pasó; dos dedos por debajo de uno de los bordes laterales de aquella especie de cortinado de hule, y extendió el cuello para espiar.

-¡Hay cerca de veinte hombres allá abajo! -anunció por fin-. Abundan como las chinches sobre un catre viejo. No, nunca lograrás pasar a través do ellos.

Quitó los dedos de la abertura y se alejó de la ventana meneando la cabeza.

- ¡Vaya, chico, pues parece que ésos están ansiosos por cazarte! -añadió, a tiempo que se libraba de la colilla de aquel famoso cigarro que tanto me había aterrorizado poco antes, por el sencillo expediente de escupirlo en medio del piso y aplastarlo con el pie. En el acto extrajo otro del mismo escondite bien abajo por entre los pechos cubiertos por la mantilla, y luego de hacerlo rodar vigorosamente entre las palmas de las manos se acercó en dos zancadas a la llama de la vela y lo encendió. Su boca había estado libre de tabaco durante diez segundos a lo sumo. Exhaló una espesa bocanada de humo.

-¿Conoces la ciudad? -preguntó a través de aquella neblina.

-Jamás la había visto en mi vida -repliqué- hasta esta tarde a las seis.

-Pues has elegido un bonito lugar para meterte en líos. Dime, ¿a dónde pensabas encaminarte, en el supuesto caso de que te libraras de la policía?

-No tengo la menor idea -admití-. Simplemente pensaba huir, eso es todo; y luego... pues seguir huyendo.

Ella despidió otra nube de humo pestilente. Luego dijo:

-En una oportunidad yo misma intenté esa maniobra en tu país, en Jacksonville, y fracasé por completo. Para tener éxito es necesario disponer de alguna cueva donde ocultarse. O en su defecto, abandonar el lugar para siempre. Eso de mantenerse continuamente en movimiento no sirve de nada; lo único que se logra es ir a parar a la estación de policía, sólo que dando un rodeo más largo.

-Recuerda que este país está completamente rodeado de agua -observé yo.

Ella admitió mi observación con un simple movimiento de sus cejas. Parecía estar sumida en profundas reflexiones.

-¿Por qué te persiguen? -inquirió de pronto, envolviéndose más estrechamente en su mantón.

-Ellos afirman que yo asesiné a mi chica.

-¿Es cierto eso?

-No. Ellos están condenadamente equivocados.

-Eso es lo que afirmas tú. En cuanto a tu chica, ¿te la había quitado algún otro hombre?

-No, al contrario. Yo se la quité a otro hombre.

-Pues entonces, cualquier imbécil que no sea un polizonte debe comprender fácilmente que tú no la mataste. Un hombre no mata jamás a la mujer que no le pertenece; solamente mata a la propia.

-Vete a contárselo a ellos -murmuré sepultando mis manos en los bolsillos.

Ella despidió un anillo de humo, y dijo con aire pensativo:

-No cabe duda que sería correr un albur bastante fiero, pero así y todo éste es un escondite tan bueno como cualquier otro...

-No puedo permitir que te compliques en esto -gruñí-. Me iré de aquí del mismo modo en que vine. Tú no tienes ningún compromiso conmigo, ni me debes nada; por lo tanto, ¿qué necesidad hay de que te ensucies con la justicia por ayudarme?

Ella sacudió una mano en mi dirección, como si cortase una tajada de aire.

-No te llames a engaño -replicó-. Cualquier cosa que yo haga, no la haré por beneficiarte a ti, sino simplemente para perjudicarlos a ellos.

Y volvió a dedicar una de sus letanías en castellano a aquellos fieles servidores de la ley, con mucho destellar de sus negros ojos.

Durante un instante había reinado la calma afuera. De pronto se reanudó el alboroto. Ellos debían haber terminado de registrar las azoteas, por lo menos todas aquellas que habían logrado alcanzar pasando de unas a otras. Nos llegó el pesado retumbar de sus pisadas rehaciendo su camino por sobre la techumbre de pizarra o lo que fuese; parecía como si alguien golpeara furiosamente sobre una batea de lavar. Luego la escala de cadenas comenzó a tintinear furiosamente.

-Ahí llegan los Reyes Magos -dije yo.

Ella arrojó su cigarro y entró en acción. Y por cierto que podía moverse velozmente si así lo deseaba. Al pasar a mi lado me tiró de la manga.

-Ven aquí -me urgió-. De este lado. Acuéstate en este catre. He ideado una salida para ti. ¡Ah! y desnúdate de la cintura para arriba; debes quitarte hasta la camiseta, ¿entiendes?

Yo no lo entendía, pero acepté su palabra como buena. No había tiempo para ninguna otra cosa. Y mientras tanto, afuera, al pie de la escala, los sabuesos sostenían una conferencia intercambiando instrucciones, o consejos, o lo que demonios fuese.

Mi compañera se zambulló en la penumbra de uno de los rincones de aquella gran habitación semejante a un granero. Oí el ruido característico de alguna gaveta o cajón al abrirse y, al mismo tiempo, la voz de ella hablando consigo misma:

-¿Dónde podrá estar aquella barrita de pintura para los labios que yo solía usar cuando aún lo tenía a mi Manolito?

No quise perder tiempo desabrochando uno a uno los botones de mi camisa; di un fuerte tirón de arriba hacia abajo, como suele hacerse con esos cierres llamados "de cremallera" o "relámpago", y ¡zip!, saltaron por el aire.

Pero afuera los acontecimientos entraban en su última etapa. Los detectives estaban golpeando a una puerta; ésta debía ser la anterior a la nuestra. O quizá la siguiente, corredor abajo; yo no pude juzgar con exactitud.

Ella se me acercó con bruscos movimientos.

-La camiseta también -ordenó.

Me la quité sin chistar.

-Ahora échate en el catre, de cara a la pared... Eso es. Mantén tu cara tan cerca del muro como te sea posible. Y pase lo que pase, no te vuelvas hacia este lado. Estira el brazo por sobre tu cabeza... Así. De esta manera ellos no podrán verte de costado tampoco. Espera un poco; ante todo debemos ocultar tu chaqueta y todo lo demás bajo las sábanas. De lo contrario ellos podrían reconocer el traje que llevas puesto.

Sentí moverse las sábanas mientras ella metía mis ropas debajo. Luego se sentó en el borde del catre, junto a mi espalda desnuda. Sin previo aviso, algo frío y resbaladizo comenzó a repiquetear sobre mi espalda y hombros, y espinazo abajo, y a lo largo de uno de mis brazos. Ante aquella inesperada sensación, no pude por menos que dar un salto. Ella me llamó a sosiego con una violenta palmada que me obligó a acostarme de nuevo.

-¡Quédate quieto! -siseó con furia-. No nos queda mucho tiempo ya.

Y prosiguió percutiendo sobre mi pellejo, tap-tap-tap-tap, a razón de cien kilómetros por hora. Logré echar una mirada en ángulo agudo hacia abajo, por sobre el hombro: ella estaba imprimiendo diminutas pintas rojas sobre mi piel, con la ayuda de una barrita de rouge. ¿Para qué haría semejante cosa? No pude comprender la idea; mi Cerebro Ultraveloz no comprendió. Cuando ella golpeó sobre la espina dorsal, di un brinco. No lo pude evitar. Era como si me estuvieran aplicando un anestésico en la médula espinal.

Por aquel entonces les sabuesos estaban escarbando en la habitación inmediata. Podíamos oírlos bullir a través de la pared medianera. Y a juzgar por los ruidos, estaban efectuando un registro cabal y completo.

Ella estiró las sábanas sobre mi cuerpo, casi hasta cubrirme la cabeza por entero.

-Quieto ahora -susurró-. No te restregues contra la ropa. Y no olvides de mantener la cara vuelta hacia la pared.

Tomó la botella con la bujía y la llevó hasta el otro extremo de la pieza. Esto hizo descender más aún la cortina de sombra que pendía sobre nosotros, de modo que la línea demarcatoria de la zona iluminada caía a través de mi cuerpo dejándome el cuello y la cabeza en la penumbra. Luego la oí dirigirse al fondo de la habitación y coger algún frasco o botella. Inmediatamente llegó a mi olfato una vaharada de lo que debía ser algún poderoso desinfectante, en tanto que ella se movía de un lado a otro en torno del camastro. Miré hacia atrás por el rabillo del ojo, y la vi derramando las últimas gotas del fluido que restaban en la botella por todos los ámbitos del cuchitril.

Aquellos energúmenos ya estaban ante la puerta. Ésta pareció curvarse e hincharse hacia adentro, a punto de estallar bajo la despiadada lluvia de golpes que descargaron sobre sus paneles. Alguno de ellos lanzó un bramido en español.

Ella me hizo una rápida señal que significaba claramente: "Ahora es la cosa. Aquí nos zambullimos; conque, o salimos a flote... o nos hundimos."

Yo seguía observándola por el rabillo del ojo. Ella modificó entonces la posición de su chal echándoselo hacia arriba de modo que le cubriese la cabeza y los hombros. Luego llevó el extremo sobrante hacia atrás ocultándole la boca. Se volvió entonces en mi dirección y pude palpar el efecto visual de aquella maniobra. Una transformación casi mágica. La muchacha del hampa se había convertido en una velada figura que era la imagen misma del dolor, casi conventual en su enlutada austeridad. Hasta su mismo andar era diferente; parecía arrastrar los pies sumisamente. Al pasar junto a un mueble atrapó de un manotón un collar de oscuras cuentas (las cuales eran cualquier cosa menos un rosario) y lo metió bajo el chal; y a partir de entonces se oyó continuamente su entrechocar, como un leve tintineo, mientras los labios de ella se movían al mismo compás murmurando una plegaria que nunca llegaba a brotar por completo de su boca, sino que permanecía como si hirviese a borbotones en el fondo de su garganta. Su rostro se inclinaba piadosamente bajo el velo.

Para haber sido improvisada así, en un minuto, aquella era la farsa más brillantemente representada que yo había visto en toda mi vida.

Volvíme entonces hacia la pared describiendo un arco de ciento ochenta grados, y a partir de aquel momento sólo pude seguir el resto de la escena a través de mis oídos.

Ella levantó el cerrojo; la puerta se abrió con un violento crujido y dos o tres vozarrones masculinos comenzaron a graznar a la vez en tono interrogativo. Sin duda los dos sabuesos originales estaban confundidos en medio de la traílla.

-¡Shhhh! -chistó ella, y seguidamente dejó escapar un hondo suspiro cargado de suplicante amonestación. Tan expresivo fue el sonido que me imaginé verla llevándose un dedo al sitio donde su boca estaba oculta tras del chal, en aquel gesto universal que significa "¡Silencio!"; aunque tal vez no lo hizo en realidad.

Pero aquello no bastó para contenerlos. Me hubiese sorprendido infinitamente que ellos se dejasen convencer tan fácilmente.

Se oyó el ruido de sus pisadas a tiempo que la apartaban a ella a codazos e irrumpían en la habitación. Luego se detuvieron al verme, sumergido a medias en la penumbra, iluminado a medias por la nebulosa claridad de la vela. Entonces ladró una pregunta en tono agudo, lo suficientemente obvia como para que yo pudiese traducir su significado por mis propios medios.

-¿Quién es ése?

Ella lloriqueó una larga y elaborada respuesta en tono bajo y quejumbroso, salpicada de sollozos a manera de signos de puntuación. Todo lo que pude sacar en limpio de ello fue el estribillo mi hombre repetido unas cuantas veces. Mi hombre. Yo era su hombre.

Cuando ella hubo terminado su discurso, se produjo una pausa más bien ominosa que reconfortante. Yo pude sentir sus agudos, astutos ojos de polizontes perforándome desde cinco o seis distintos ángulos a un tiempo, penetrando como rayos X a través de las sábanas. Y por cierto que no era una sensación muy agradable. Tuve que hacer un esfuerzo para mantenerme arrebujado e inerte, como ella me había ordenado. ¡Caray!, es duro reducir a la inmovilidad a músculos que están ardiendo por dar un brinco. Aquello fue más difícil que si hubiese tenido que permanecer parado sobre mi cabeza con los pies en alto. El húmedo revoque de la pared olía apestosamente y me cosquilleaba en la nariz de tal modo que llegué a temer que de un momento a otro me provocaría uno de esos históricos estornudos que parecen atacarlo a uno invariablemente cada vez que se esfuerza en no llamar la atención; pero por fortuna aquello no llegó a materializarse.

Abrí un párpado con gran precaución, bajo el escudo protector que formaba mi brazo curvado hacia arriba, y me puse a vigilar las sombras proyectadas en la pared, de una manera similar a la empleada cuando se guía un automóvil al mirar por el espejo retrovisor. La línea divisoria entre la luz de la vela y la oscuridad dio un repentino salto hacia arriba. Comprendí el significado de aquello: alguno de ellos había cogido la bujía y la sostenía en alto a fin de obtener una vista más clara de mi persona.

Ella comenzó a protestar en un tono quejoso y melancólico, pero aquello no valió de nada; la luz permaneció a la misma altura.

Conjeturé lo que ocurriría al cabo de algunos segundos; y acerté, ¡vaya si acerté! Una distorsionada silueta comenzó a crecer sobre la pared, desde abajo, a medida que uno de ellos se acercaba lentamente al camastro a fin de mirarme de cerca. A cada uno de sus pasos, la sombra se tornaba más oscura y más grande. Las pisadas se detuvieron contra mi espinazo, o cosa por el estilo, y el hombre se quedó allí, inmóvil, contemplándome desde lo alto. Tuve miedo hasta de cerrar el ojo que tenía abierto a medias, aunque era el del lado opuesto al policía.

La silueta pareció acortarse y arrugarse súbitamente; comprendí nuevamente lo que ocurría. El hombre había inclinado su cabeza para examinarme aún más estrechamente. Sentí su cálido aliento en una parte del cuello que estaba descubierta.

"Si al menos ella me hubiese prestado su cuchillo antes de franquearles la entrada -pensaba sin cesar-, quizá me hubiera sido posible saltar sobre él, apoyarle la punta del arma en la espalda, y obligarle a marchar delante de mí sirviéndome como escudo contra los otros hasta abrirme paso por entre ellos." No, yo sabía que sería inútil. ¿Hasta dónde lograría llegar? Hasta abajo, al pie de las escaleras quizá; eso en el mejor de los casos. Pues luego iría a precipitarme entre los brazos de los que rodeaban la entrada.

Medio minuto más, y todo habría terminado. Casi estuve a punto de volverme hacia ellos por mi propia voluntad, y entregarme preso; pero me dominé.

Vi la amenazadora silueta en forma de garra que su mano proyectaba sobre el muro durante aquellos escasos segundos que permaneció inmóvil sobre mí, a punto de retirar las sábanas y hacerme dar media vuelta para mirar la cara.

La mano, se disparó hacia abajo y sentí que levantaba la sábana. Una corriente de aire me recorrió la desnuda espalda, erizándose la piel.

Se oyó un sobresaltado jadear, partiendo no de una sola garganta sino de cuatro o cinco a la vez. La pared se aclaró; la sombra se había alejado de un salto, como disparada por un resorte. El hombre debió haberse zambullido hacia atrás, en un movimiento espasmódico, para poder alejarse tan súbitamente.

Alguien tartajeó una pregunta con voz estrangulada.

Oí que la chica profería en respuesta una sola palabra, una palabra de sonido curiosamente musical. Ella la hizo rodar sobre su lengua como si disfrutara al pronunciarla. ¡Caray, vaya una palabra bonita! El idioma castellano está repleto de palabras hermosamente sonoras, pero aquella era tan líquida, tan melodiosa, que las otras parecían palidecer ante ella:

-Viruela -había dicho la mujer.

Se oyó un coro de alaridos equinos, un verdadero relinchar de espanto. Alguien lanzó un áspero mugido a manera de contracanto. Y en seguida un estruendoso desbandarse de pesados pies que hizo temblar el camastro, todos convergiendo sobre un solo punto, todos intentando salir a un tiempo de la habitación. Se podía escuchar el ruido de brazos y piernas estrellándose contra la jamba de la puerta hasta que por último lograban salir en pos del resto de su espantado propietario. La corriente de aire torció la llama de la vela hasta una posición horizontal, provocando un endemoniado columpiarse y oscilar de luces y sombras en torno a la habitación.

Luego la puerta se cerró con un estallido brutal; el retumbar de sus pisadas se redujo a un susurro, y ella y yo nos encontramos a solas nuevamente.

Yo sabía que estábamos solos, pero a pesar de ello no me animé a moverme durante un minuto; deseaba asegurarme.

Afuera, en el corredor, seguía el tumulto. Aquel pánico colectivo los había atacado de mala manera. La mole entera de aquel desvencijado edificio parecía vibrar con aquel desatentado precipitarse escaleras abajo.

Entonces, al salir ellos al aire libre, llegó parte del clamor desde el lado opuesto, a través de la ventana exterior; era evidente que aquellos bravos guardianes del orden se encontraban nuevamente en el callejón de donde habían partido.

Ella no me había hecho aún ninguna señal, pero con todo me volví para mirarla. La llama de la bujía había vuelto a asumir su vertical perdida durante el desbande, poro continuaba bailoteando locamente. La chica tenía la oreja apoyada en la puerta, escuchando. La vi llevarse el pulgar a la nariz y teclear con los dedos a modo de burlona despedida, en un gesto conocido en aquellos lados como "hacer pito catalán", en tanto que de sus labios partía una sarta de palabras en rápida y confusa sucesión; pero puedo asegurar que esa vez no se trataba de ninguna plegaria.

Giré sobre mí mismo y me senté.

-¡Buen trabajo! -exclamé alegremente.

Dio media vuelta y me miró.

-No estuvo mal, ¿eh? -asintió guiñando uno de sus grandes ojos negros. Dejó deslizar el chal a su posición primitiva y volvió a convertirse en aquella curiosa especie de píllete callejero, travieso y varonil. Es realmente extraño el efecto a veces logrado con un pequeño toque.

Ella lanzó lejos el collar que había usado, y abandonando su puesto de vigilancia me indicó un pequeño letrero amarillo que pendía del picaporte, y el cual yo no había visto hasta entonces. Sobre el mismo, impresa en grandes letras negras, estaba aquella palabra tan bonitamente sonora que ella les había dirigido a los polizontes hacía un instante: VIRUELA.

-Oye, ¿qué palabra es esa? -le pregunté-. ¿Qué significa?

-Smallpox -tradujo ella indiferentemente, dando un pequeño papirotazo con la uña al cartelillo-. Y esto es una advertencia del Departamento de Salud Pública para que nadie entre aquí. Una especie de aviso de cuarentena, ¿comprendes? En realidad, para que esto tuviese valor, debía colgar del lado exterior de la puerta, no aquí; pero ellos estaban demasiado excitados para detenerse a pensar en ello. Bien sabía yo que ellos no tendrían el suficiente valor para ponerte las manos encima para volverte hacia este lado y poder mirarte la cara.

Sonreí satisfecho en tanto que volvía a ponerme la camisa sin parar mientes en los puntos rojos que decoraban mi anatomía.

-Pues estuvo soberbio el teatro -dije-. Dicho sea de paso, ¿cómo fue que ese simpático cartel apareció tan oportunamente?

Ella se encogió de hombros despreocupadamente.

 -Hace ya tiempo que está aquí -respondió-. Los inspectores de sanidad olvidaron llevárselo la última vez que vinieron. Verás tú, hace dos semanas que alguien murió realmente de viruela en ese mismo catre.

Me levanté de un salto, como impulsado por un resorte, y fui, a terminar de vestirme lo más lejos posible de aquel horrendo camastro.

Me quedé mirándolo y frotándome el asiento de los pantalones con un aire tan lastimero que ella soltó la risa.

-No te preocupes -me consoló-. Ellos fumigaron y desinfectaron todo antes de irse. Yo misma he dormido en él desde entonces, y no me ha ocurrido nada. Y al fin y al cabo, la triquiñuela surtió efecto; es lo principal.

-Es verdad -admití-. Pero así y todo, me alegro de no haberlo sabido hasta después que todo pasó.

Ella se aproximó a un mueble, abrió una gaveta y recobró aquel apestoso cigarro que no había terminado de fumar a causa de la llegada de la policía. Lo había metido en aquel cajón antes de abrirles la puerta, sin tomarse el trabajo de apagarlo previamente; y sin duda la brasa había permanecido ardiendo durante un buen rato, pues junto con el cigarro brotó del cajón una espesa nube de humo nauseabundo.

Sacudió la ceniza golpeando el extremo del cigarro contra el borde de la cómoda, se lo embutió en la boca, extrajo una cerilla de aquel inagotable depósito frontal que parecía llevar perennemente consigo, y lo encendió con un suspiro de satisfacción. Ahora se sentía de nuevo a sus anchas; había vuelto por completo a su ambiente natural: el bajo fondo. Se recostó oblicuamente, con la espalda y los codos apoyados contra el mueble.

-Oye, ¿siempre fumas esos cigarros? -le pregunté con curiosidad-. ¿Es que no te agradan los cigarrillos?

-Los cigarrillos sólo sirven para los niños de pecho -replicó proyectando el labio inferior en mi dirección con aire despectivo-. Yo solía fumarlos cuando tenía nueve años de edad.

-¡Caracoles! -murmuré suavemente.

-Pero he de advertirte -aclaró con virtuosa modestia- que no aprendí a inhalar el humo hasta después que hube cumplido los diez.

Decidí concretarme a guardar silencio. Pues, ¿qué otra cosa podía hacer después de oír aquello?

-En aquellos tiempos -prosiguió-, yo trabajaba en una fábrica de cigarros en la ciudad de Tampa. Allí fue donde me habitué a ellos. De cada diez que armaba me fumaba uno.

Yo me estaba anudando la corbata con dedos nerviosos, en tanto que la observaba atentamente, tratando de figurarme cómo sería en el fondo aquella arpía.

-Digo yo -pregunté intrigado-, ¿qué te impulsó a protegerme tan valerosamente hace un momento?

-Varias razones -replicó sacudiendo ligeramente un hombro-. Como ya te he dicho, odio a muerte a todo lo que sea policía. Siempre trato de ayudar a los que están en contra de ellos; no me importa quiénes sean. Flores sobre una tumba -añadió siguiendo con la mirada un anillo de humo que flotaba en el aire-. Supongo que esto también tiene algo que ver con el asunto...

-¿Qué quieres decir con eso? -pregunté intrigado.

-Te diré: es algo duro y difícil de explicar. Creo que es mi modo de hacer algo por alguien que ya no está en este inundo. Esta es la única forma en que yo puedo hacer algo; no conozco ninguna otra. Yo también sé lo que significa perder a alguien que uno ama, ¿comprendes? Lo mismo que tú. Eso me ocurrió hace apenas quince días; aquí mismo, en esta misma habitación.

Indiqué el fumigado camastro con el pulgar.

-¿Es aquel el ...? -dije suavemente.

-Aja. Sí, ese era Manolito, el que murió. Fuimos deportados de Miami a causa de un desaguisado que cometimos. Pero aquí también teníamos algunas viejas cuentas pendientes con la justicia; conque, cuando arribamos, nos estaban aguardando con los brazos abiertos. Nos persiguieron como a bestias salvajes; especialmente a él. Durante semanas enteras, y aun meses, no nos dejaron un solo instante en paz. Luego lo metieron a Manolito entre rejas y lo tuvieron encerrado largo tiempo acusado de un crimen que, como ellos mismos lo descubrieron más tarde, él jamás había cometido. Entonces, al ver lo gravemente enfermo que estaba, lo echaron de la cárcel a puntapiés, como a un perro, y lo dejaron que se arrastrase como pudiese hasta aquí, para morir.

Hubiese sido imposible advertir cuan hondo era su odio, a no ser por sus ojos. Destellaban como el faro del Morro en una noche de tormenta. Pero el resto de su cara permanecía impasible, inescrutable.

Yo no sabía qué decir. Le volví la espalda y me metí los faldones de la camisa dentro de los pantalones.

-¿Cómo te llamas? -pregunté finalmente, sin volverme hacia ella.

-¿Mi verdadero nombre? Hace ya mucho tiempo que lo he olvidado. Tengo una docena de ellos; uno para cada lugar donde voy. Preferiría decirte el que corresponde a este distrito, ya que, al fin y al cabo, en él estamos. Las gentes de estos contornos me conocen por Medianoche. Ello se debo a que siempre ando vagabundeando a altas horas de la noche, y a solas... desde que se fue él.

-Media... -intenté repetir-. Oye, no puedo pronunciar esa palabra.

-Significa midnight -me explicó.

-Significa midnight -dije, y acercándome a ella le puse la mano sobre el hombro y le di un suave apretón-. Pues bien, Midnight, no sé qué decirte; no se me ocurre nada, a no ser ¡gracias!

-Flores sobre una tumba... -murmuró con voz ronca.

Me llevé dos dedos a la frente, como despedida. Luego:

-Creo que será mejor que eche a volar -dije-. La costa debe estar libre de moros ahora.

-Será mejor que no lo intentes, querrás decir -replicó-. Antes de que llegues a la primera bocacalle ya te habrán descubierto; y los tendrás pegados a tus talones con más furia que antes. ¿Qué razón tienes para querer mandar al diablo todo mi trabajo?

-No puedo quedarme aquí toda la noche.

-¿Tienes acaso algún otro sitio en la ciudad donde refugiarte?

-No, no conozco ninguno; pero...

-Pues entonces, ¿qué tiene da malo éste? -rezongó extendiendo una mano, del mismo modo como suele uno hacerlo cuando quiere saber si llueve-. Se trata de tu propia vida, chico. Conque, adelante, mándala al infierno si te place; eso es cosa tuya. Pero entonces, ¿por qué no te entregaste a ellos mansamente desde el principio? Te hubieses ahorrado muchos sustos y fatigas.

Aquello era cierto; ¿por qué no lo había hecho? Encendí un cigarrillo en la llama de la vela y fui a sentarme en el borde de aquel variólico camastro, no sin experimentar cierta desazón. Pero el caso era que, fumigado o no, ya comenzaba a habituarme a él.

Permanecimos así, inmóviles, durante largo ralo, mientras la vela se iba consumiendo lentamente. Yo fumando cigarrillos, ella su nauseabundo cigarro. Dos rostros sumergidos en aquella melancólica, espectral se-mi-penumbra; ambos cavilosos, y como inconscientes de la presencia, el uno del otro. Ella pensando en él, me imagino; yo acariciando la memoria de ella, bien lo sé. Como dos perros apaleados montando guardia nocturna en la perrera. Al cabo de algún tiempo, ella rompió el silencio."

-¿Cómo piensas salir de la ciudad, en el supuesto caso que logres fugarte de esta cueva?

-No tengo la menor idea; pero supongo que habrá algún recurso...

-Aun cuando consigas darles el esquinazo huyendo hacia el interior del país, ¿de qué te servirá? Aun estarás en la isla, con el mar rodeándote por todos lados. ¿No es así?

Asentí en silencio. Me sentía abatido hasta la médula.

-Y si intentas la fuga por el lado del mar, entonces tendrás que esquivar oíros dos enemigos: los guardias aduaneros y los policías del puerto. Y en esta ciudad, es precisamente la zona costera la que está bajo la vigilancia más estrecha.

-Parece que tendré que permanecer en La Habana -dije arrojando lejos la colilla de mi cigarrillo.

-Pues parece que sí. Y si te quedas en La Habana... bueno, puedes calcular que tu libertad durará unos treinta minutos a contar desde el instante en que abandones el portal de esta casa.

-Todo un brillante futuro -comenté.

Más silencio. Al cabo de un rato volví a levantar la mirada.

-Aparentemente -dije por último-, tendré que permanecer en La Habana hasta que logre esclarecer el asunto y pueda levantar la acusación contra mí. De todos modos, no estaba muy ansioso de huir a causa de un crimen que no cometí, aun en el caso de que la huida hubiese sido factible. ¡He de quedarme aquí hasta liquidar por completo este negocio!

-No hay ninguna ley que te prohíba intentarlo -admitió ella.

Comencé a juguetear con mis dedos, abriéndolos y cerrándolos, y contemplándolos atentamente como si fueran algo muy interesante. Luego de un momento, ella cambió la posición de sus caderas contra el frente de la cómoda.

-¿Querrías relatarme lo que ocurrió? -sugirió-. De todas maneras, no tenemos ninguna otra cosa que hacer en este momento...

Comencé, pues, a narrarle mi historia.

 

 

CAPITULO 5

 

Hacía ya una semana íntegra que trabajaba para él, cuando la vi a ella por primera vez, cuando tuve la primera noticia de que vivía en aquella casa.

La forma en que obtuve el empleo fue harto curiosa. Podría decirse que lo recogí del arroyo. Aquello fue simbólico, creo, si es que a ti te gusta esa clase de majaderías; a mí, me fastidian intensamente pensándolo bien, aquél era precisamente el sitio apropiado para encontrar un trabajo de aquella clase. Yo ni siquiera lo andaba buscando. No hice otra cosa que darle vuelta con la punta de mi zapato, y allí apareció.

Me encontraba en Miami. Mi nombre era Scott. Esto era casi lo único que podía considerar de mi propiedad. Además, mis ropas. Si uno no tiene ropas, va a dar con sus huesos en la cárcel. Poseía solamente una unidad básica de cada prenda, y todas ellas sobre mi cuerpo, en pleno uso. Ningún sobrante. Era propietario de un cutis bien curtido por la intemperie y de uno de los bancos del parque. Aquello era todo lo que tenía a mi nombre. En cierto modo, aquel banco era mío. Técnicamente, pertenecía a la ciudad; pero yo lo había estado usando todas las noches como lecho. Conque tenía cierta prioridad sobre él. En una ocasión, otro individuo se acostó sobre él usurpando mis derechos, y lo eché de allí con cajas destempladas.

Acostumbraba levantarme temprano, a eso del amanecer o poco después. La alborada en Miami es una hermosa sinfonía en rosado y azul celeste. Pero uno no puede comérsela. Solía lavarme la cara en una de las fuentes del parque, y peinarme con un trozo de peine viejo que llevaba siempre conmigo. Luego me volvía la chaqueta nuevamente del derecho, de modo que no se notasen las arrugas. Y cuando había terminado mi tocado, tú difícilmente hubieses llegado a sospechar mi verdadera situación. O, por lo menos, así lo esperaba yo...

Aquella mañana salí del parque y eché a andar sin rumbo, siguiendo mi propia sombra a lo largo de la acera rosa pálido, dejándola que me guiase, tratando de adivinar adonde me conduciría. Pasé por aquel centro de diversiones, aquel antro nocturno que se llamaba... creo que Las Acacias, o algo así. No le presté mucha atención. Miami es una ciudad de placeres, y está infestada de establecimientos de esa clase. Pero aquél era algo más grande y algo más distinguido en su apariencia que la mayoría; eso fue todo lo que advertí. Sus puertas debían haberse cerrado una hora antes o cosa así. Al pasar, uno casi podía oler aún el hálito hirviente que se desprendía del lugar, proveniente del calor acumulado durante la larga bacanal nocturna.

La acera estaba bordeada por una angosta faja de césped a manera de adorno, y al pasar tuve la impresión de haber visto algún objeto que yacía en medio de ésta; pero los rayos del sol destellaban fuertemente sobre las gotas de rocío, de modo que no podía estar muy seguro de ello. En el primer momento estuve a punto de seguir de largo; luego cambié de idea, regresé, y. le apliqué un suave puntapié de exploración. Dio media vuelta sobre sí mismo, y resultó ser una cartera de bolsillo. Me incliné rápidamente y me apoderé de ella.

Estaba casi justamente frente a la portada del establecimiento, desviada apenas hacia un costado. Como si alguien la hubiese dejado caer allí, tal vez al subir a un automóvil, cuando todavía estaba oscuro. Estaba confeccionada en cuero de foca de color negro, y adornada en las esquinas con aplicaciones de oro. En el forro se leía "Mark Cross", la cual es una tienda muy lujosa y especializada en la venta de esas carteras. Tenía dinero en su interior, en cantidad; y por unos instantes eso fue lo único que me interesó. Alrededor de cuarenta dólares. Seguí mi camino.

Aquélla no era una cartera anónima. No, de ningún modo. Por el contrario, estaba repleta de toda clase de marcas de identificación. Ni siquiera era necesario revisar todos los compartimientos, pues a través de una especie de ventanilla de mica, una licencia de conductor de automóviles declaraba a gritos quién era su propietario: Edward Román, de cuarenta y cuatro años de edad, domiciliado en Hermosa Drive. Y por si esto no era suficiente, había tarjetas de visita; además una serie de trozos de papel cubiertos de números telefónicos y anotaciones diversas, la mayoría de ellas verdaderos jeroglíficos sin el menor sentido, a no ser para su dueño. No, por cierto que no era una cartera anónima.

Pero yo proseguí mi camino. En aquel momento, mi sentido de la ética no se sentía capaz de discutir con mi estómago. Me dediqué a devorar un buen desayuno sin detenerme en consideraciones, y cuando hube terminado, el contenido de la cartera había disminuido en un dólar y medio.

Y sólo entonces dejé que mi moral tomase cartas en el asunto. Resulta sorprendente cuánto más fácil es ser honrado cuando se tiene el estómago repleto.

No pude obtener ningún indicio acerca de la ubicación de aquella residencia hasta después de haber interrogado a tres personas. El primer agente de policía a quien pregunté jamás había oído hablar de ella, y al menos fue lo bastante sincero como para admitirlo. El segundo sabía algo, pero de una manera tan vaga, que no resultó de la menor utilidad en lo tocante a darme alguna indicación determinada. Por último, después de haber andado a la deriva durante algún tiempo, un conductor de camión me indicó el rumbo exacto. Luego agregó que me compadecía por el hecho de que tuviese que recorrer aquella distancia a pie, y que de buena gana me hubiese llevado en su camión, pero que desgraciadamente iba en la dirección opuesta. Yo me concreté a proseguir mi marcha, pensando que sin duda habría formas menos fastidiosas de ser honesto, pero después de todo no tenía ninguna otra cosa mejor que hacer. Conque, lo mismo daba.

Quedaba lejos. Uno sentía la sensación de haber recorrido la mitad del camino costanero que conduce a Palm Beach, cuando por último lograba llegar a la mansión. Con todo, cuando se llegaba a ella, bueno, aquello era algo.

Yo ya había visto muchas de esas grandes residencias anteriormente. Aquellos parajes están atiborrados de ellas. Pero ésta parecía haber sido construida por alguien a quien le sobraba impulso y velocidad... y le faltaba dominio. Tenía su propia avenida privada que la comunicaba con la carretera, y ésta era sin duda la causa de que nadie estuviese bien seguro de dónde quedaba Hermosa Drive; ello era evidente. La casa estaba orientada en la dirección opuesta, mirando al mar y de espaldas hacia la carretera principal. Hasta tenía su zona de playa privada. Era toda una finca, puedes creerme.

En fin, sea como sea, el caso es que me interné por la avenida y eché a andar en línea recta hacia la casa sin que nadie me detuviese o interrogase, no obstante el hecho de que había un par de carteles, uno a cada lado, según los cuales estaba rigurosamente prohibido transitar por la misma.

Subí los escalones que conducían al pórtico y oprimí el botón del timbre eléctrico. Al cabo de un tiempo considerable, un hombre de color enfundado en una chaquetilla blanca semejante a las que usan los camareros de los clubes de lujo, abrió la puerca y me examinó de pies a cabeza.

-¿Podría ver a Mister Román? -pregunté.

-¿Acerca de qué asunto desea usted verle?

Yo había caminado una distancia demasiado grande para resignarme ahora a entregar simplemente la cartera a aquel negro.

-Deseo darle algo que le pertenece.

El hombre volvió a cerrar la puerta (me dio la impresión de estar asustado) y se produjo otro momento de espera. Sentí la sensación de que alguien me estaba observando fijamente, pero no pude discernir desde dónde, ni quién era; conque deseché la idea.

Al cabo apareció nuevamente el mismo hombre de color.

-Puede usted entrar un instante -dijo.

Había algo de temporario implicado en aquel permiso, algo así como defensivo; algo que me sugirió que me estaban poniendo a prueba. Lo comprendí por la curiosa inflexión de su voz. Él se dirigió hacia una amplia escalinata, pero antes de que yo lograse llegar a ésta alguien se interpuso de súbito en mi camino y me sentí detenido bruscamente. El sujeto no se acercaba ni remotamente a los cuarenta y cuatro años que, a estar a lo que afirmaba la licencia de conductor, tenía Román sobre sus espaldas. Su estatura alcanzaba apenas a la altura de mis cejas, pero era mucho más corpulento en sentido horizontal. Su cutis era del color de la cáscara seca del limón, y tenía la misma clase de groseras protuberancias. Su cabello parecía haber sido lustrado a fuerza de betún y cepillo por algún limpiabotas. Sus ojos tenían una mirada bastante firme, pero en cambio carecían de algo. Algo que, o bien había muerto ya en el fondo de ellos, o quizá no habían poseído jamás. Algo que yo no sabría definir con exactitud; nunca he sido muy hábil con respecto a esas cosas. Algo que hasta los perros tienen en sus ojos; pero él no lo tenía. Alma, creo yo que será. Aquellos ojos podían haber sido botones de zapato. O granos de café. Duros y bruñidos; simples objetos.

Vestía una camisa de seda negra, y sobre ésta, una chaqueta color mostaza de corte deportivo que le pendía flojamente de los hombros. Sus pies, desnudos y surcados de venas azules, calzaban sandalias de esparto. Pero por ridículo que fuese su aspecto, yo no sentí el menor deseo de reír.

Había algo en aquel sujeto que me puso la carne de gallina; no sé muy bien qué sería aquello.  Era como si uno tuviese una serpiente de cascabel delante del rostro; tan cerca, que el ponzoñoso reptil ni siquiera precisara estirar el cuello para clavarte sus colmillos no podía intentar retroceder, pues eso no haría otra cosa que precipitar el ataque. Esa era la sensación que inspiraba.

Pero ello no se debía a que él se mostrase amenazador u hostil; nada de eso. Hablaba pesadamente, con un tono de voz bajo e indistinto, y actuaba como si se encontrase medio adormilado. Hasta sus manos se movían con laxitud; y durante todo el tiempo se rozaban levemente contra mi cuerpo, al parecer sin que él tuviese conciencia de ello.

-¿Cuál era el mensaje de marras? -inquirió.

Durante un momento no comprendí qué quería significar.

Entonces me dio unos suaves golpecitos, como palpándome, sobre el lado izquierdo del pecho, y con el dorso de su mano. Y simultáneamente, insistió:

-¿Qué fue lo que usted dijo antes de entrar?

-Dije que deseaba ver a Mr. Román para darle algo que tengo para él.

-Eso puede tener muchos significados, bien lo sabes... -dijo él, pero no dirigiéndose a mí, sino al negro, quien aguardaba en la escalinata con un pie sobre el primer peldaño y el otro sobre el segundo.

Su mano había bajado hasta tocarme la cadera. Debió ser su mano, aunque podía haber sido otra cosa; el movimiento había sido demasiado veloz y diestro para que yo pudiese estar seguro. Pues aun cuando miré rápidamente, no vi nada.

-Perdone usted -dijo él-, pero tenía un poco de polvo sobre la ropa.

Volví a pensar en ello una hora más tarde, y sólo entonces comprendí que me habían palpado para saber si llevaba armas. Pero en aquel instante no tuve la menor sospecha.

-¿Okey, Mister Jordán? -preguntó el hombre de color desde la escalera.

-Okey, ahora puede subir -replicó el individuo.

Eché a andar escaleras arriba en pos del sirviente. Podrá parecer extraño, pero el caso es que esperaba oír de un momento a otro, detrás de mí, aquel curioso sonido como de hojas secas aplastadas que hacen las serpientes de cascabel al arrastrarse. Pero aquello no llegó a producirse.

El negro golpeó a una de las puertas del piso alto.

-Alguien quiere ver al jefe -anunció.

-Él dice que está bien, que pase -contestó una voz a través de aquélla.

-Entre usted -dijo el negro abriendo la puerta para franquearme el paso.

Era una habitación inmensa, un dormitorio. Un ventanal tan amplio que ocupaba casi íntegramente una de las paredes, se abría sobre una terraza entoldada.

Un hombre estaba tendido sobre una especie de diván o triclinio semejante a los que suelen usarse en los barcos para reposar sobre cubierta. En el primer momento no pude verle el rostro; las manos de un barbero estaban trabajando sobre él. Una joven sentada en una banqueta le estaba arreglando las manos, y con ayuda de un palillo con el extremo cubierto de algodón en rama, escarbaba hábilmente bajo las uñas.

Me quedé aguardando, de pie, en medio de la habitación.

-Quiero que las patillas estén bien niveladas, ¿oyes? -dijo él.

El valet de color se agachó junto al diván apoyando una rodilla contra el suelo, extrajo del bolsillo un pequeño rollo de cinta métrica y lo aplicó con exquisito cuidado contra la cabeza de su amo; primero de un lado, luego del otro.

-Llegan exactamente hasta un centímetro y medio más abajo del tope de cada oreja, jefe.

-No olvides recortarlas en línea oblicua. Nada de ángulos rectos. Las patillas de puntas cuadradas me enferman, ya lo sabes.

Yo continuaba de pie, aguardando.

-¡Ay! -chilló de pronto el hombre del triclinio, y una de sus rodillas dio un pequeño brinco hacia arriba. El barbero no había sido el causante de aquel lamento, puesto que en ese instante estaba a alguna distancia de la víctima.

-Usted se movió, Mr. Román -dijo la muchacha.

El hombre se sentó bruscamente en el diván y descargó un golpe sobre uno de los ojos de ella. No cerró el puño al hacerlo, pero así y todo el impacto fue brutal. Ella salió despedida de la banqueta y quedó despatarrada en el suelo en una posición semisentada, con las piernas aun sobre aquélla.

- ¡Pero tú no te moviste! -ladró el héroe-. ¡No lo bastante rápido!

La chica rompió a llorar.

-¡Fuera de aquí! -aulló él-. ¡Antes de que inundes la terraza!

Ella recogió sus. instrumentos, y el valet la fue empujando a través del dormitorio hasta la puerta, rodeándole la espalda con un brazo para mantenerla en movimiento. Vi que atrapaba un billete de sobre el tocador lo entregaba a la pobre joven. Me pareció que era uno de diez dólares.

-No es nada, pequeña -oí susurrar al negro en tono consolador-. La próxima vez lo harás mejor. No hagas caso. Ya sabes que ése es el carácter de él.. .

"Todo un carácter", dije para mi capote.

Román se levantó del diván, se desperezó y penetró en el dormitorio. No aparentaba tener los cuarenta y cuatro años que le atribuía su licencia de conductor de automóviles. Los escuerzos no evidencian su edad. Estaba enfundado en un detonante pijama de raso de anchas listas alternadas en púrpura y verde muy claro, que vistas en conjunto formaban un color muy semejante al que presenta la panza de un pez cuando se le mira a través del agua. Eso era lo que parecían; no pienso desdecirme. Encima del pijama llevaba una bata de brocado que lo ocultaba misericordiosamente en su mayor parte, excepto las perneras del pantalón y el pecho; un brocado de un diseño muy intrincado. Paisley, creo que suelen llamarlo los entendidos.

Se aproximó al espejo y comenzó a contemplarse. Se examinó largamente.

-"¡Caray, míster!" -pensé-. "Usted debe tener un estómago muy fuerte."

Luego eligió un cigarro, le cortó la punta y lo encendió. Por último decidió que había llegado el momento oportuno para tomar en consideración mi presencia allí.

-¿Qué puedo hacer por ti, Jack? -preguntó.

-Supuse que a usted le agradaría recobrar esto -respondí alargándole la cartera.

La miró con aire sorprendido; aparentemente se resistía a creer que fuese suya, aun después que la hubo examinado.

-Esto no es mío, ¿verdad? -dijo-. ¿Dónde la pescaste?

Le expliqué cómo y dónde la había hallado.

Parecía costarle gran trabajo el convencerse a sí mismo. Llamó al valet.

-Saca del guardarropa el traje que usé anoche -ordenó-. Fíjate si falta de su sitio la cartera.

El negro examinó el traje cuidadosamente.

-Desapareció, jefe -informó por último-. No hay rastros de ella.

-¡Ni siquiera tenía la menor sospecha de haberla extraviado! -dijo Román, y pareció como si algo lo inquietase al fin. Y se puso a revisar apresuradamente el contenido, con excepción del dinero.

Luego abrió una gaveta de un tirón, extrajo otra cartera, esta vez de cuero de cocodrilo, y repitió el examen.

-Al parecer lo había guardado en esta otra -dijo, y en el tono de su voz me imaginé advertir una ligera nota de alivio.

-¿Cuánto había en aquélla? -preguntó con indiferencia.

-Cuarenta y un dólares -respondí-. Gasté un dólar y medio en algo de comer, de modo que ahora sólo quedan en ella treinta y nueve.

- ¡Jamás me lo hubiese imaginado! -exclamó, dirigiéndose a su valet-. ¿Crees tú posible que exista un tipo tan honrado?

Evidentemente, en lo que concernía a su mentalidad el hecho contenía alguna suerte de novedoso interés.

-¿Puedes concebir algo más fenomenal? -repetía-. El candidato se viene a pie toda esa distancia con la cartera, para...

Se volvió hacia mí bruscamente.

-Tómala, quédate con ella -me dijo-. Es tuya, compadre.

La rechacé con un ademán.

-Gracias, de todos modos -repliqué-. Después de todo, el contenido se hubiese convertido en humo en dos o tres días...

-Me gustas -afirmó-. Y quiero demostrártelo. ¿Qué sabes hacer?

Le presenté la lista, bien magra, por cierto, de mis habilidades:

-Conozco un poco de jardinería, algo de carpintería, sé guiar un auto...

Al llegar a ese punto, me interrumpió.

-Has encontrado empleo -anunció.

El hombre que me había detenido junto a la escalinata había entrado en el dormitorio. O más bien levanté la vista y él estaba allí, junto a la puerta. El individuo parecía dominar el arte de surgir súbitamente de la nada.

-¿Qué haremos con Claybourne? -preguntó-. ¿Es que deseas tener dos chóferes?

-Ponlo de patitas en la calle -respondió Román-. Dale veinte minutos de plazo para recoger sus bártulos y largarse de aquí.

En el momento en que el otro y yo llegábamos a la puerta, cambió de idea.

-Redúcele el plazo a quince minutos -ordenó-. Puede que yo necesite usar el automóvil dentro de una media hora más o menos, y no quiero sufrir demoras.

Todo aquello sucedió un jueves.

Y estuve trabajando para él durante una semana entera antes de verla a ella por primera vez, antes de tener la menor noticia de que ella vivía en la casa.

Me encontraba en mi aposento, sobre el garage, cuando repiqueteó la campanilla del teléfono.

-Trae el automóvil, Scotty -dijo la voz de Job-. Dentro de dos minutos y medio.

Job era el mayordomo negro que me había franqueado la entrada por primera vez, hacía ya una semana.

-Bien -contesté.

Yo pensaba que sería para él, como de costumbre. Me puse la chaquetilla y la gorra, saqué el coche del garage y lo conduje hasta el edificio principal. Lo frené exactamente frente al pórtico, me apeé, abrí la portezuela posterior y me quedé tieso junta a ésta, en actitud de atención. A Román le gustaba subir en su automóvil con todas las ceremonias correspondiente.

Y se abrió una puerta, y salió una mujer joven.

Estaba sola y era hermosa. Hermosa esa es la palabra ideal para expresarlo. Pero las palabras no significan nada; lo importante es el efecto que tuvo sobre mí.

No pude evitar el pestañear furiosamente, pero logré que el resto de mi cara permaneciera impasible.

Ella salió despaciosamente, como si le importase muy poco llegar o no al sitio adonde se dirigía. Pero lo más notable no era su lentitud, sino su porte indiferente, mustio. Cerró la puerta tras de sí y descendió los peldaños.

Ni siquiera me echó una mirada. Sus ojos permanecían bajos, los párpados a media asta. Sin que notase siquiera que había habido un cambio de chóferes. ¿Cómo podía notarlo sin mirarme? Para su retina, yo no era otra cosa, probablemente, que una borrosa figura de color verde botella.

Durante el trecho que recorrió desde el portal hasta el automóvil, la detallé hasta lo más íntimo. La devoré con la mirada, esa es la verdad.

Llevaba un vestido de franela color crema, una de esas prendas que son prácticamente una túnica sin forma determinada; algo simple y recto desde los hombros hasta las rodillas. Como único adorno, una faja de cinta listada rodeándole la cintura. Un gran pañuelo del misino material a rayas, anudado en torno a su cabeza, ocultaba su cabello de un modo tan completo, que no era posible ni tan sólo adivinar su color. Los dos extremos libres del nudo que sujetaba el pañuelo asomaban a ambos lados de su cabeza, y ello me hizo recordar, por alguna fantástica asociación de ideas, las recortadas orejas de un gatito. Su mano derecha parecía vencida bajo el peso de un diamante que daba la impresión de que la montaña debajo de la cual lo habían extraído debió haberse desmoronado al quedarse sin él como base de sostén.

Pero el caso era que yo, en forma automática, ya había comenzado a tomar medidas profilácticas en mi cerebro. Sin duda tuve el presentimiento de que iba a necesitarlas.

"Conozco este tipo de mujer, vaya si lo conozco -pensé-. Modelo de alta velocidad. Muy bonita por fuera, claro está; pero interiormente, puro aserrín."

-En dirección a la ciudad, por favor -dijo ella con voz tan baja que resultaba casi inaudible, a tiempo que subía al automóvil.

Cerré la portezuela. Ella tomó asiento no sin darle a su falda un pequeño tirón para sujetarla bajo sus rodillas; esa inveterada precaución que suelen tomar todas las mujeres, aun con la más escasa de las faldas. ¿Se fijó usted alguna vez?

Me senté al volante y puse el auto en movimiento. A él solía gustarle correr a gran velocidad. Con ella a bordo, en cambio, mantuve el coche a una marcha moderada. Pero a ella no parecía importarle aquello. Simplemente, no lo advertía siquiera.

-Deténgase un momento -dijo de pronto a mitad de camino hacia la ciudad.

Apliqué los frenos, pero cuando miré en torno no pude ver otra cosa que el mar. Pero aquél era un lugar particularmente apropiado para mirar mar afuera. Un rincón aislado y solitario, rodeado de un marco de palmeras.

Nos quedamos allí, en silencio, no sé durante cuánto tiempo. En una o dos ocasiones la observé furtivamente por el espejo. Ella continuaba contemplando el océano. Mirando a lo lejos. Con el cuerpo ligeramente forzado hacia adelante, lo que la obligaba a apoyar ambas manos en el borde de la ventanilla. Había en su rostro una expresión de ardiente, nostálgico deseo, como la que podría observarse en la cara de un presidiario espiando al mundo exterior a través de los barrotes de su celda.

Ella tenía la mirada fija en aquella línea donde el agua se confunde con el cielo. Aquella línea imaginaria a la cual jamás se logra llegar; aquella línea siempre tan henchida de promesas.

Yo guardaba el silencio más absoluto. Se puede cambiar de opinión sin necesidad de anunciarlo a gritos. Cesé de revolverme en mi asiento como lo había hecho hasta aquel momento y me concreté a quedarme inmóvil, contemplándome mis propias rodillas.

Al cabo de algún tiempo continuamos la marcha, y luego de que ella hubo finalizado sus compras o lo que fuese, la conduje de regreso a la mansión.

Durante el camino me dirigió dos frases completas.

-¿Qué ha sido de Claybourne? -preguntó de improviso, como si sólo entonces hubiese descubierto que su automóvil era guiado por un hombre distinto.

-Se ha ido, señorita.

-Señora -me corrigió -. Soy Mrs. Román.

La sorpresa fue doble. Que ella fuera la esposa de aquel sujeto. Y además, la forma en que lo había dicho; la expresión de su semblante al decirlo. Yo había pensado que ella sería un simple capricho de él, de esos que suelen durar una temporada. O aun, quizá, una sola noche. Pero aquello era para toda la vida. Y ella lo había dicho con aquel tono de disculpa, casi avergonzada, que emplearía una mujer sorprendida en el curso de alguna engorrosa y sucia labor hogareña para decir: "Estoy llena de polvo y grasa hasta los ojos; no puedo presentarme así ante la gente."

Eso fue todo; no añadió otra sola palabra. Y si ella había salido de la casa lentamente, cuando se apeó del auto y se encaminó nuevamente hacia aquélla, lo hizo más desganadamente aun; casi arrastrando los pies.

Y otra vez el repiquetear del teléfono, y la voz de Job ordenando: "El automóvil, Scotty." Y otra vez la carrera por el camino. Y otra vez la detención junto al mar.

-Deténgase aquí -dijo ella.

No creo que aquel fuese exactamente el mismo sitio. Pero el fundamento, la esencia, eran los mismos.

La observé por el espejo, intrigado. Durante un momento fui incapaz de interpretar aquello. Estuve a pique de creer que ella estaba atemorizada o descompuesta; hasta que, por último, comprendí. ¡Ella respiraba tan hondamente! Vi el ascenso y descenso de su pecho con la lentitud y profundidad de su respiración. Como una persona que no hubiese podido respirar libremente hasta ahora, hasta encontrarse allí, en aquel solitario paraje. Como alguien que estuviese ansioso por respirar, hambriento de oxígeno, y no pudiese inhalarlo en cantidad suficiente. Como quien estuviese tratando de beber en aquella línea lejana e intangible; aquella línea que tan fuertemente atraía sus ojos.

Y nuevamente, durante el regreso, me habló por dos veces.

-¿Cómo se llama usted? -preguntó.

-Scott, señorita.

Entonces recordé lo ocurrido el día anterior.

-Perdóneme usted; lo había olvidado -añadí-, y repetí mi respuesta-: Mi nombre es Scott, Mrs. Román.

-¡Oh, es verdad! -dijo ella, más bien como si hablase consigo misma- Aunque, en cuanto a eso, creo que me agrada más que me llame usted de aquel modo...

No debíamos habernos detenido en aquel lugar a la caída del sol. Dicen que la luz de la luna es peligrosa, pero la del sol al ocultarse no lo es menos. Y para ella, la luna no existía. La única claridad lunar que ella conocía, era la de los reflectores de los clubes nocturnos de propiedad de su marido. Pero nos detuvimos allí, a la caída del sol, y la hora del crepúsculo es una hora triste; el sol agoniza, y nuestras esperanzas agonizan, y nuestra juventud agoniza, y las fantasías que hemos soñado ya nunca se trocarán en realidad...

Vi cómo las lágrimas le inundaban los ojos. Pero su rostro no mostraba la más leve contorsión; sólo las lágrimas, descendiendo dulcemente, de a dos por vez.

Yo no debí haberme mezclado en asuntos ajenos. Esto es fácil decirlo...

-¿Puedo hacer algo por usted? -pregunté volviéndome hacia ella en mi asiento.

Me miró. Aquella mirada me arrancó el corazón.

-¡Sí! -respondió-. Haga retroceder el tiempo; haga que este instante esté transcurriendo tres años atrás. O, si no puede usted hacerlo, al menos llámeme "señorita". Y si tampoco puede hacer eso, simplemente vuelva la mirada hacia otro lado. ..

Y de súbito, antes de que yo mismo supiese lo que me ocurría, me encontré en el asiento posterior, sentado junto a ella.

Y dije todas aquellas cosas que uno suele decir cuando aquello lo ataca en esa forma. O, quizá, aquellas palabras brotaron por sí mismas, espontáneas:

-Te adoro. Hace ya tres semanas y dos días que te adoro. Siempre te he amado; desde aquel preciso instante en que subiste al automóvil por primera vez y te sentaste aquí, a mi espalda. Pero no lo supe hasta ahora...

Me tomé todo el tiempo necesario. Luego separé mis labios de los de ella, y dije:

-Le ruego que me perdone; esto no volverá a suceder. Mañana abandonará la residencia.

Ella pronunció sólo cinco palabras. Y las cinco fueron suficientes. Ellas me lo dijeron todo:

-No me hagas semejante daño.

Y a partir de entonces no volvimos a hablar de aquello; acerca de si estábamos enamorados, o si nos amábamos el uno al otro. Después de acuello, no era necesario decirnos palabras de amor. Lo sabíamos, y eso era todo.

Tres días después, volvimos al mismo lugar.

-Oye -dije-, no poseo nada en el mundo

-Pues eso es lo que yo ambiciono:

-¿Estás segura de lo que dices?

-Estoy segura. Sólo una cosa espero. A ti.

-Pero... ¿a dónde? ¿A dónde quieres que vayamos?

Ella volvió a mirar por sobre mi hombro hacia aquella línea lejana.

-¿Qué tierras habrá allá a lo lejos, en aquella dirección? -preguntó.

-La Habana, creo. Pero no en línea recta, sino bajando algo hacia aquel otro lado...

-¡Oh, no me importa qué país sea! El mar luce tan dilatado, tan libre... Tan limpio. Nadie tendría poder suficiente para obligarlo a uno a regresar, con toda esa inmensidad de profundas aguas de por medio...

-¿Será, pues, La Habana?

-Será La Habana.

-Oye, actualmente está anclado en el puerto un vapor procedente de Nueva York. Su próxima escala será La Habana. Averiguaré cuándo zarpará de Miami. Temo correr el albur de efectuar el viaje en aeroplano, pues es necesario reservar previamente los pasajes; y ellos tienen por costumbre telefonearlo a uno, con el objeto de confirmar o cancelar el vuelo. Y podría suceder que se comunicaran con Román por error. El jerryboat es arriesgado también; es demasiado lento, y debemos recordar que tu marido tiene su lancha de carrera amarrada en la bahía.

-No demores demasiado. Apúrate, corre. Durante todo el tiempo nos estamos codeando con la muerte. Cada minuto, cada segundo. Aun ahora, en este preciso momento, sentados aquí. No me mires, no respires, no pienses... hasta quo lo hayamos logrado.

Pensé en aquella serpiente enroscada, en Jordán, y en el letal cascabeleo que invariablemente esperaba oír cuando lo veía, o aun cuando viajaba en el automóvil, sentado allá atrás, mirándome a la nuca. Ella tenía razón; la muerte se cernía en derredor. Girando incesantemente en torno nuestro.

-Puede que sea muy pronto -dije-. Lo he venido observando desde el miércoles. Me refiero al barco. Ellos no suelen permanecer en puerto más de tres o cuatro días en cada escala. En caso de que no se me presentase la ocasión de darte los detalles mañana por la tarde, ¿cómo podría arreglármelas para...?

Sentí estremecerse su cuerpo violentamente contra el mío.

-¡No te acerques a mí! Ten cuidado. ¡Oh, Scotty, tengo tanto miedo!

-Escucha. ¿Puedes ver mi ventana, la ventana de mi habitación, desde la tuya en la casa principal?

-Sí. Y a menudo la he mirado; aun antes de saber que podía suceder esto. Me parecía contemplar una diminuta estampilla postal luminosa, a través de los jardines.

-Pues bien, me comunicaré contigo guiñando repetidamente la luz de mi habitación. Debes mantenerte alerta. Alrededor de las siete, cuando subas a vestirte para la cena. Cuenta el número de veces que se apaga. Ello te indicará la hora en que el barco se hace a la mar. Esto, en caso de que zarpase antes de nuestra próxima excursión en automóvil, al día siguiente. Si la luz permanece encendida, si no se apaga en absoluto, ello querrá decir que el vapor no partirá de Miami hasta dentro de veinticuatro horas. Si así fuese, deberás permanecer atenta a la noche siguiente, en espera de mi señal.

-Llévame de vuelta a casa ahora. Ya nos hemos demorado algo. Y además, ya me dijo él hace unos días: "He observado que ahora sales a pasear en el auto mucho más a menudo que en otros tiempos." La sospecha no ha penetrado aún en su cerebro, pero ocurrirá tarde o temprano; es inevitable.

A la mañana siguiente me tocó llevarlo a él a la ciudad. Y fue entonces cuando lo hice. Aproveché el tiempo mientras aguardaba a que él regresara al automóvil, y fui a la carrera hasta la oficina donde venden los pasajes. Me informaron que el buque zarparía aquella misma noche, a las doce. Les expliqué que yo deseaba obtener pasajes hasta La Habana solamente. Me hubiese sido imposible conseguirlos, a no mediar la circunstancia de que unos pocos pasajeros habían abandonado el vapor allí mismo, en Miami. Reservé dos camarotes, uno para ella y el otro para mí; no me pregunten por qué. Si nosotros hubiésemos deseado simplemente una aventura galante... pues no teníamos necesidad de viajar. Bien podíamos habernos quedado en Miami y correrla allí mismo, si bien jugándonos la vida. Pero nosotros queríamos algo muy superior a eso; y tener que vadear a través de una enorme extensión de aguas turbias no me parecía el medio más expeditivo de lograrlo.

Aquella tarde no conseguí verla; no tuve la menor ocasión de darle la noticia, pues él me ordenó que lo llevase a la ciudad y me mantuvo ocupado allá durante todo el tiempo. No sé si lo hizo de intento o no: no traslucía nada en absoluto. Pudo haberse tratado de una simple coincidencia. Pero entonces recordé lo que ella me había contado; aquella observación que él le hiciera acerca de que "salía más a menudo que antes en el automóvil" y me sumí en un mar de conjeturas. Las únicas palabras eme él me dirigió fueron: "Quédate por aquí." Conque allí me quedé, temeroso de que, si intentaba cualquier movimiento a espaldas de él, sólo lograría delatarme y dejar toda la conspiración en descubierto; y las horas fueron pasando, una tras otra, hasta diluirse en el crepúsculo.

Emprendimos el regreso a las seis. Yo guiaba el coche velozmente, como una bala, del modo que a él le agradaba. Y cuando pasamos por aquel bosquecillo de palmeras, nuestro refugio, donde tantas veces nos habíamos detenido, llevábamos tal velocidad que pareció precipitarse a nuestro encuentro durante una fracción de segundo, para quedar atrás en el acto.

Y entonces ocurrió algo muy extraño. En aquel preciso instante, de lo profundo de la garganta de Jordán partió una especie de risilla agria y ahogada. Jordán lo seguía a Román a todas partes, claro está; cuando digo "él", quiero referirme a ambos, en plural. Él jamás daba un solo paso sin que Jordán le guardase las espaldas.

Hasta allí, ellos no habían pronunciado palabra; no había existido causa alguna que pudiese conducir a aquello. Pareció surgir por sí mismo en el instante en que atravesábamos aquel lugar.

-¿De qué te ríes? -preguntó Román.

-De algo que estaba pensando -oí que respondía Jordán-. Ese sitio que acabamos de pasar es un hermoso refugio para las parejas de amantes.

Román no replicó; lo dejó pasar sin prestarle atención. Yo experimenté aquella curiosa sensación de hormigueo que se suele sentir cuando una corriente de aire frío nos pasa rozando la nuca. Reprimí el impulso de levantar los ojos hacia el espejo retrovisor. Tenía el presentimiento de que, si lo hacía, encontraría allí reflejados los de Jordán, aguardando encontrarse con los míos. Quizá me equivocaba, pero puesto que no lo intenté, no tengo medios para saberlo con certeza. Pero, si aquello fue una nueva coincidencia, bueno, era una muy, pero muy traída por los cabellos: ¡Que de todo el largo camino entre Miami y Hermosa Drive, aquel sujeto eligiese para reírse exactamente aquel lugar...! Para mí, aquello fue como si la culebra hubiese agitado brevemente su sonaja al prepararse para atacar.

Cuando llegamos a la mansión ya había oscurecido. Tan pronto como ellos se apearon del auto, lo guardé en el garage y subí a mi habitación. Las dos horas siguientes fueron las más duras e interminables que me ha tocado vivir. Me paseaba de extremo a extremo de la habitación, deteniéndome cada vez a mirar por la ventana, consultando el reloj a cada instante. Allá a lo lejos, en la oscuridad, mucho más distante al parecer que durante el día, alcanzaba a divisar la corta hilera de perlas luminosas extendidas en lo alto de la casa, que eran las ventanas de las habitaciones de ella y él, formando una línea continuada. Yo no podía atreverme a hacer la señal mientras las luces de él estuviesen encendidas, puesto que, si a mí me era posible mirar hacia allá, también podía él mirar en mi dirección.

Traté de adivinar lo que estaría sucediendo entre ellos; si estarían enfrascados en una reyerta o algo por el estilo. Llegaron las siete, y pasaron. Y todas las demás noches, generalmente a las siete ya se encontraban sentados a la mesa. Entonces pensé que tal vez era posible que él hubiese bajado a cenar sin acordarse do apagar las luces de sus habitaciones. Pero me imaginé que, de ser así, ella se habría apresurado a hacerlo en lugar de él a fin de allanarme el camino; conque, evidentemente, tampoco era aquello lo ocurrido.

Creí enloquecer. Sí, naturalmente, nos quedaba un margen de cinco horas todavía, pero ella lo ignoraba; era absolutamente necesario que yo se lo hiciera saber de algún modo. Si ella llegaba a suponer que el barco no partiría hasta el día siguiente, tal vez se iría a dormir o cosa por el estilo, poco después de la cena; recuerdo que ella solía decirme que lo hacía así muy a menudo, a fin de cercenar el tiempo, de acortar las horas de vigilia. En las tinieblas, al menos, ella se libraba de tener que ver el rostro de él; supongo que esa sería la razón primordial.

Luego, repentinamente, durante una de mis idas y venidas entre aquellos muros, desapareció la mitad de aquellas perlas de luz. Cuando me asomé a la ventana, sólo permanecían visibles las luces de las habitaciones de ella. Me precipité hacia el interruptor, apoyé el pulgar en la palanquita, aguardé unos segundos, y entonces comencé a presionarla alternadamente cortando y conectando la corriente. Repetí la operación doce veces, empezando por "luz" y terminando nuevamente con "luz".

Al instante corrí otra vez a la ventana y me puse a esperar.

Las lejanas gotas luminosas parpadearon una sola vez. Luego permanecieron encendidas, tan inmóviles y serenas corno antes. Ella había visto. Ella había comprendido.

Me encaminé entonces al ala posterior de la casa principal, y cené en compañía de Job, como lo hacía todas las noches. Yo me sentía más lejos de ella allá, bajo su mismo techo, que cuando me encontraba en mis habitaciones sobre el garage. Desde éstas, al menos, podía ver las ventanas de su dormitorio.

-Hay un ambiente de funeral allá adentro -me dijo el negro indicando las puertas batientes con un movimiento-, que enfría la comida antes de dejarla sobre la mesa.

Guardé silencio. Reflexionaba: "Vaya una noticia infernal para ser recibida justamente esta noche, entre todas las noches del año. Tan sólo espero que este hombre esté equivocado."

-No has comido mucho -observó Job mientras se levantaba a escurrir los platos en una paila. Y añadió en seguida, como impulsado por alguna asociación de ideas-: Ella tampoco cenó gran cosa esta noche. Apenas si probó bocado.

Esta vez le disparé una mirada, una mirada profunda y aguda; quería ver si me era posible hallar algún significado oculto en aquellas frases del negro que, aparentemente, implicaban alguna conexión entre ambos. Pero a todas luces no había nada de eso; de otro modo él hubiera respondido a mi mirada, creo yo. Cuando un individuo asesta un golpe de esos, invariablemente mira; tiene necesidad de ver si ha dado en el blanco. Conque aquello debió ser pura coincidencia, como el episodio de la risa de Jordán al pasar por el pequeño palmar.

Empujé la silla hacia atrás, me levanté y me fui a mi habitación. Eran ya alrededor de las nueve menos cuarto. Debíamos aguardar aun unas tres horas; dos horas netas, luego de deducir la duración del viaje en automóvil hasta Miami.

Sentía mis nervios alterados. Jamás me había sentido tan nervioso anteriormente. Todas las pequeñas líneas de las palmas de mis manos estaban brillantes y húmedas, y a despecho de cuantas veces las secara, volvían a humedecerse lentamente. Y no era temor a aquellos dos, Román y Jordán, sino temor por la seguridad de ella; quizá no me fuese posible sacarla de aquella casa a tiempo; quizá ellos la sujetarían de tal modo que le fuera imposible salir; quizá la perdería para siempre... Sí, supongo que sería eso: una especie de ansiedad amorosa.

Giré y giré en torno a mi habitación; ¡oh, cómo me paseé! Debía haberse levantado una nubécula de aserrín bajo mis tacones, tal fue la caminata.

Nueve y media, diez menos cuarto, las diez. Sólo faltan dos horas, una hora neta.

Y entonces estalló la campanilla del teléfono, y su estridencia estuvo a pique de volarme el cuero cabelludo. La voz de Job:

-Trae el automóvil, Scotty. Ahora mismo.

Había llegado la hora. Ella había ideado, sin duda, alguna combinación; hallado algún medio para... Aplasté la colilla de mi cigarrillo, corrí escaleras abajo, y estuve a punto de hacer retroceder el auto hacia el exterior sin abrir previamente las puertas del garage.

Me dirigí velozmente hacia la casa, tan velozmente que me fue difícil frenar.

En el preciso instante en que se inmovilizaba el auto, se encendió la luz de la entrada principal, se abrió la puerta, y salió ella. Lucía un vestido de noche, blanco, largo y lustroso, y llevaba encima todos sus diamantes. En cada lugar de su cuerpo donde fuese posible lucir uno, había un diamante; y Román no había olvidado ningún lugar. Aquello era como una masa de cuarzo viviente, resplandeciente, acercándose a mí por entre aquel mar de luz eléctrica.

Sentí que se me desintegraban las entrañas.

"Algo anda mal -pensé-. Ésta no es la manera en que ella se ataviaría para una rápida fuga conmigo. Pero. Dios mío. Si va a ir iluminando la carretera como una llamarada durante toda la carrera basta la ciudad."

Su rostro reflejaba una absoluta indiferencia; ella no me conocía. Sujeté la portezuela, y ella pasó a mi lado y subió al coche.

-Ten cuidado -susurró-. Ellos vienen pisándome los talones.

Román salió primero, corpulento y apestando a perfumados tónicos para el cabello. Plegada en un nudo chato, en torno de su cuello, una bufanda de seda de una blancura deslumbrante; pero no llevaba abrigo alguno. El suponía que era muy correcto y elegante usar las bufandas en aquella forma.

Se produjo un compás de espera, y oí que él se quejaba fastidiado:

-¿Qué estará haciendo Giordano?

Y cuando él llamaba a su lugarteniente por su verdadero nombre, su nombre de épocas menos prósperas era porque estaba malhumorado a causa de algo; no necesariamente con el mismo Jordán.  Hacía ya algún tiempo que yo había notado aquella particularidad de su carácter.

-Supongo que estará revisando sus pistolas -respondió ella con un dejo de suave amargura en su voz.

Y entonces emergió la culebra, erecta sobre su cola; de la estatura de un hombre, y delgada, y  mortífera.

 Ellos tomaron asiento, uno a cada lado de ella y cerré la portezuela sin mirarla a los ojos. Me senté al volante.

-Vamos al "Troc", Scotty -ordenó Román.

Aquél era uno de sus establecimientos.

Lancé el automóvil a la velocidad que a él le gustaba, y pareció como si las estrellas palpitaran. Evité levantar mis ojos hacia el espejo; aquello no resultaba tan doloroso de aquel modo. Me concreté a fijarlos en la carretera, la que se precipitaba a nuestro encuentro como un burbujeante chorro de agua proyectado por una tubería rota.

Ninguno de los tres decía nada. No pronunciaron palabra durante las tres cuartas partes del camino.

-Estás callada esta noche -dijo Román por último.

-No tengo deseos de conversar -replicó ella.

-Tal vez ella no quería venir con nosotros esta noche, Ed -dijo Jordán.

Ella guardó silencio.

-¿No querías venir? -inquirió Román.

-Ya me preguntaste lo mismo antes, en casa -respondió ella con acritud-. Y he venido. Aquí estoy. ¿Qué más quieres?

Después de eso no volvieron a hablar durante todo el resto del viaje hacia Miami. Una carrera silenciosa.

Llegamos al "Troc". Un toldo listado como un caramelo de menta se extendía por sobre la entrada hasta el borde de la acera, y debajo de aquél resplandecía una serie de lámparas azules. El portero, un negrazo de las Bahamas, parecía más negro aún bajo aquel fulgor azul; y cuando reconoció a Román, prácticamente cayó de rodillas y se deshizo en zalemas.

Ella no tuvo una sola ocasión de dirigirme la palabra. Tuvo que apearse primero, y ellos cerraron la marcha, emparedándola entre ambos. La miré alejarse. Su blanco vestido parecía azul ahora, y la delicada piel de su espalda lucía como esculpida en mármol de un tenue tinte azulado.

Todo era azul y melancólico en torno a aquel portal. Hasta mi propio corazón.

Conduje el automóvil hasta la vuelta de la esquina, y allí lo estacioné, fuera de la vista. No sabía qué determinación tomar. El flanco del establecimiento se extendía a lo largo de aquella calle, pero en aquella pared no aparecía ninguna ventana; una masa de blanco revoque, sin solución de continuidad.

Regresé hasta la esquina, de modo de poder cubrir con la mirada la entrada del local, y comencé a montar guardia. El público continuaba llegando al "Troc" sin cesar, pero en cambio no salía nadie. La noche comenzaba sólo entonces para aquel establecimiento.

En una ocasión salió un camarero y permaneció hablando durante un momento con Walter, el portero negro. Yo supuse que cabía la posibilidad de que ella hubiese enviado algún mensaje para mí. Eché a andar en dirección a ellos, a fin de asegurarme, si ese era el caso, de que me encontraran. El camarero me enfocó con la vista mientras caminaba hacia él, y casi al instante giró sobre sí mismo y volvió a internarse en el local. Sin duda había salido simplemente a respirar un poco de aire puro.

Di media vuelta y regresé a mi puesto. Yo ya sabía de antemano que era imposible mirar hacia el interior desde la puerta, a causa de la extensión del pórtico; conque ni lo intenté siquiera.

Dieron las once. Once y diez. Once y veinte. Luego, las once y media. Yo continuaba de pie junto al auto, golpeteando sobre su lustrosa superficie con la palma de la mano. Esta me escocía, pero no tanto como aquello de permanecer allí, inerme, constreñido a ver pasar el tiempo. Tal vez era por eso por lo que lo hacia.

De pronto, en un ángulo donde hasta entonces no había visto otra cosa que una nebulosa luminosidad azulada, se produjo un deslumbrante centelleo. Ella venía corriendo desalada en mi dirección. No tenía encima otra prenda que su vestido de fiesta. Quiero decir que ella había abandonado su chal, su bolso y todo lo demás, en el interior del establecimiento.

La hice apresurarse más aún durante aquellos pocos pasos que faltaban, pasándole un brazo por detrás de la espalda.

-¡Rápido! -jadeó-. ¡No hables ahora! Limitémonos a escapar de aquí.

Cuando ella saltó al asiento delantero, yo ya estaba listo tras el volante.

El auto arrancó violentamente.

-¿Cuánto tiempo nos queda aún?

-Sólo veinte minutos.

-Yo no pude abandonar la mesa ni un solo segundo antes. Me hubiese visto obligada a regresar eligieron una que está situada en línea recta con la entrada, que Dios confunda. Ellos me hubieran visto salir del tocador y encaminarme a la puerta; ambos estaban mirando en esa dirección.

-¿Pues entonces, cómo...?

-Alguien vino a sentarse a nuestra mesa hace un instante, y ellos tuvieron que cambiar la posición de sus sillas para hacerle lugar. Esto hizo que quedasen vueltos parcialmente hacia el otro lado.

Ella hizo una breve pausa e introdujo una mano por entre su escote.

-Toma, guárdate esto -dijo.

Era un diminuto bolso de gamuza, y estaba repleto de dinero. Ella lo extrajo y me lo alargó. Yo no aparté mis manos del volante.

-¿De quién es? - quise saber.

-Mío.

-Sí, ¿pero a quién perteneció antes?

Ella recapacitó unos instantes.

-Tienes razón -dijo al cabo.

Asomó la mano por la ventanilla y dejó que el viento le fuera arrancando los billetes poco a poco. Y así se fueron volando en la noche, de a diez, de a veinte y, hasta donde yo puedo imaginármelo, de a centenares. Apuesto a que alguien pasó el momento de su vida, al día siguiente, en aquel tramo de la carretera.

-¿Es que no llegaremos nunca?

-Muy pronto. Lo peor ha pasado ya. El vapor no zarpa hasta las doce, y aun nos quedan... ¿Por qué estás tan asustada? -añadí al sentir que oprimía su cuerpo contra el mío-. ¿Temes que lo perdamos?

-No, Scotty, no es eso. ¡Es que ellos saben! El plan fracasó por completo. Los acontecimientos se precipitaron antes de tiempo. Es como una bomba de arción retardada, con una larga mecha. Y tenemos que llegar a aquel barco antes de que estalle. Y no creo que podamos lograrlo, ahora...

Le pedí que me explicase. Aquello no era más que una jerigonza para mí.

-Alguien te vio. Alguien que lo conoce a Román te vio comprando los pasajes, o saliendo de allí, o lo que fuese. Él te reconoció, o más bien reconoció el automóvil de Ed. Una de esas espantosas coincidencias, y precisamente esta noche entre todas. Ése era el hombre que vino a sentarse a nuestra mesa. Él creyó que tú compraste los pasajes para Román y yo. Supuso que partiríamos en algún viaje apresurado o cosa así. Oí que se lo decía a Ed, pero afortunadamente, éste no percibió el significado de aquello. A causa de que yo estaba aún allí, en la misma mesa que ellos. Ed dejó pasar la frase sin prestarle atención; aquello no tenía sentido, y él supuso que se trataría de algún error. Pero... ¡ahora! A partir del instante en que abandoné la mesa, a partir del preciso segundo en que ellos adviertan mi ausencia... ¡aquello tendrá sentido! Entonces estallará. Y ellos sabrán. La Habana. El barco. Hay solamente uno de éstos cada diez días. Habiendo desaparecido nosotros dos, ellos comprenderán para quiénes eran los pasajes; y sabrán también dónde darnos alcance antes de quo logremos hacernos a la mar.

-Pero yo tengo el automóvil.

-Aquel tercer hombre que se sentó con ellos a su mesa, también tiene uno. Y tal vez, en este mismo instante, ya vienen en pos de nosotros por el camino.

-Nos ocuparemos de eso -repliqué oprimiendo el acelerador.

Pero ahora, nuestra ansiedad se había trastrocado. Deseábamos que el vapor zarpase pronto; pronto y a toda marcha. Que sólo nos diese tiempo de subir a bordo y partiese en el acto.

-Dentro de diez minutos estaremos en pleno viaje.

-Pero un solo minuto puede bastar para morir.

-Pues no moriremos -le prometí. Y rogué por que no estuviese equivocado.

-Veo algo allá atrás. Un par de luces que parecen seguir todos nuestros movimientos. A gran distancia, sin embargo. Del tamaño de unas pildorillas.

-No insistas en mirar hacia atrás -dije tratando de confortarla-. Al fin y al cabo, si son ellos, con mirarlos no lograrás que pierdan nuestra pista.

Llegamos al puerto a las doce menos seis minutos, y dando una brusca vuelta detuve el auto junto al malecón con gran chirriar de frenos.

-Toma -le dije, entregándole los pasajes-. Espérame junto a la planchada. Es necesario que quite esto del medio.

Ella no quería que nos separásemos, pero la obligué a apartarse. No podíamos abandonar el automóvil allí mismo, pues nos hubiese delatado, si eran realmente ellos los que venían detrás de aquellas "píldoras" que ella había mencionado.

Lo conduje, pues, a una distancia regular, y lo dejé estacionado en un rincón bien oscuro. Luego regresé corriendo a toda la velocidad que me permitieron mis piernas. Continuamente llegaban automóviles y se iban estancando en una lenta fila frente al desembarcadero. Yo no podía saber si las "píldoras" estaban incluidas en aquélla o no; habían perdido toda identidad particular. La mayoría de la gente que se volcaba fuera de aquellos coches estaba medianamente achispada, pero después de todo, aquella era una excursión de placer. La sirena del barco dejó escapar un lúgubre, bronquial bramido que ahogó todos los demás ruidos durante un minuto.

La encontré aguardándome al pie de la planchada. Por los alrededores pululaban mujeres en trajes de fiesta, lo cual venía maravillosamente bien; ello hacía que ella pasara algo más inadvertida. Mostramos nuestros billetes y nos precipitamos planchada arriba. Un camarero nos tomó a su cargo, nos condujo escaleras abajo, y nos mostró la ubicación de nuestros camarotes: uno frente al otro, a ambos lados del corredor. El hombre intentó entrar para ajustar el tragaluz, pero le alargué un billete diciendo:

-No se preocupe usted por eso. Es mejor que lo deje así; nos agrada más.

El hombre tomó la propina, dio media vuelta y se esfumó.

-Cierra la puerta -dijo ella.

Y aun después que hube echado el cerrojo, se apretó contra la puerta con las dos manos como para sujetarla con más seguridad.

-He reservado otro camarote para mí -dije.

- ¡Oh, no me abandones! Al demonio con el decoro y las apariencias. Quédate aquí esta noche. Conmigo.

El buque se había puesto en movimiento.

-All right -dije al notarlo-. Ahora estamos a salvo.

-Creo que nunca lo estaremos -negó ella-. ¿Tú lo crees realmente?

-¿No sientes esa vibración? Aumenta por instantes. Lo hemos logrado. Estamos seguros.

Nos dejamos caer sobre una especie de canapé ubicado bajo el tragaluz, con la fresca brisa entrando a raudales por sobre nosotros, y nos quedamos así, mi brazo en torno de ella, su cabeza contra la mía. Velamos durante toda la noche. De todos modos era una sola noche de viaje.

Aquellos fueron unos amores bastante frugales y efímeros. Una noche. Pero creo que durante aquella noche nos dijimos todo lo que había por decir.

Y quizá fue mejor que tuviésemos un plazo fijo pendiente sobre nuestras cabezas. Por la sencilla razón de que no teníamos dinero. Y la miseria hubiese despojado a aquellos amores de todo su encanto en las semanas y meses por venir. Pero al presente los disfrutábamos en toda su brillantez, en toda su novedad. ¿Y qué más podía uno pedir?

Permanecimos así durante toda la noche; su cabeza apoyada en mi hombro, la mía recostada contra el panel del camarote. La cortinilla del tragaluz tremolando hacia adentro, por sobre nuestras cabezas, como un gallardete; el oleaje canturreando suavemente en el exterior. Éramos felices. Íbamos en pos de aquella línea lejana, donde el cielo se confunde con el mar, por la cual tanto habíamos suspirado desde la costa.

Y luego el círculo del tragaluz fue palideciendo, y rompió el día sobre el Gulf Stream.

Entonces se oyó un súbito ruido a la puerta, y ambos volvimos a morir un poco, nuevamente. Eran alrededor de las seis; era demasiado temprano aun para que pudiésemos haber llegado a La Habana. Y, con todo, se había oído ese suave, casi subrepticio golpetear sobre la madera. Corno si lo hubiesen hecho con un solo dedo.

Estábamos de pie ahora, pero aun abrazados. Y la fui llevando conmigo hacia la puerta.

-¡Están a bordo! ¡Deben haber subido al barco anoche!

-No, no, tómalo con calma. Si fuese así, no hubiesen aguardado tanto tiempo.

Nos quedamos inmóviles, a la espera, para ver si aquello se repetía.

Se repitió.

-¿Quién es? -pregunté roncamente.

-Un radiograma, señor -respondió una voz masculina.

Aquella es la triquiñuela más antigua y conocida del mundo. En tierra suele ser generalmente un telegrama.

-¡No abras! -susurró ella con fiereza.

-Páselo por debajo de la puerta, si es que lo tiene -ordené.

Una lengua amarillo-pardusca comenzó a lamer el piso. Era verdad.

Aguardé a que se quedara inmóvil. Luego lo levanté de un tirón, lo abrí, y lo leímos juntos. Las instrucciones eran de entregarlo inmediatamente a sus destinatarios.

Estaba dirigido a ella. Era lacónico y amargo. Una sola palabra:

SUERTE.

Ed.

 

 

CAPITULO 6

Para cuando terminé de narrarle mi historia, la llama de la bujía había ido descendiendo por la oquedad del cuello de la botella, y continuaba viviendo alimentándose de sus propios restos, los goterones de cera acumulados en aquél. Su tenue luz, al filtrarse por el vidrio de la botella, adquiría una curiosa tonalidad azul-verdosa que prestaba a toda la habitación una vaga semejanza a una caverna submarina.

Apenas si habíamos variado de posición. Yo continuaba sentado en aquel derrengado camastro que fuera su nido de amor, las manos entrelazadas y pendiendo inertes entre las rodillas. Ella se había encaramado ahora en el borde de la cómoda, con las piernas balanceándose libremente; esta era la única diferencia.

Cuando cesé de hablar, no pude evitar una reflexión para mis adentros: "¡Cuan largo tiempo se precisa para vivir una vida; cuan corto para relatarla!"

Ella había escuchado; una desconocida oyendo las tribulaciones de un extraño. A duras penas lograba divisarla ya; su silueta era casi tan invisible ahora como lo había sido durante nuestro inolvidable primer encuentro. Sólo un remoto óvalo luminoso por rostro, y algún destello ocasional en sus ojos.

Cayó el silencio, y lo hicimos rodar entre ambos durante algún tiempo.

Luego sus pies se deslizaron al suelo con un leve ruido y acercándose a la botella insertó en ella una nueva bujía. Un nuevo muñón, en realidad, pero la luz recobro su tono amarillento y los muros perdieron su aspecto fungoso.

-Es fácil -dijo ella.

Durante un instante no comprendí lo que quería decir.

-Es fácil deducir lo que te ocurrió esta noche en lo de Sloppy -prosiguió-. Cualquiera que posea la mitad de un cerebro puede figurárselo.

Proyecté la barbilla hacia arriba sin levantar mis ojos en su dirección.

-Figurárselo es una cosa, probarlo otra -repliqué-. Te refieres a Román, ¿no es verdad?

-Ella le pertenecía; tú se la arrebataste.

-Pero él está en Miami. Si tú tomaras ahora un teléfono y lo llamases allá, a su casa, puedes estar segura de que él en persona atendería la llamada.

-Concedido, pero eso no cambia nada.

-Lo sé, lo sé tan bien como tú. ¿Pero a quién se le ocurriría pensar en un asesinato por medio de un control remoto? Lo que a mí me preocupa es el mecanismo del hecho, pero aquí, de este lado. Continúo sin comprender -proseguí, mesándome los cabellos- cómo pudo ser posible que, en medio de aquella multitud que nos rodeaba, no hubiese nadie que viera el cuchillo en el momento de serle sepultado en el cuerpo. O al menos, que lo viese en la mano del asesino, quienquiera que fuese éste. Él no pudo haberlo tenido inmóvil en su mano y clavarlo sin tomar impulso; debió echarlo hacia atrás, por lo menos hasta una distancia igual al largo de su propia hoja, y luego proyectarla hacia adelante, como es necesario hacerlo con cualquier arma puntiaguda. ¿Corno es, entonces, que nadie la vio brillar, que nadie vio el movimiento de su brazo?

-Tal vez -intentó ayudarme ella- alguien lo vio y guardó silencio.

-O tal vez -respondí yo- alguien lo vio y no lo sabe aún.

Ella me miró con expresión intrigada.

-¿Qué quieres decir?

Me puse de pie y me quedé mirando fijamente hacia algo que ella no podía ver. algo que sólo yo veía.

-Espera un instante; me parece haber vislumbrado algo. Creo haber encontrado una posible vía de escape para mí. ¡Si diese resultado!

Ella se aproximó más, ansiosa por auxiliarme.

-Déjame ver si consigo aclarar la idea -dije- antes de que pierda los estribos con el entusiasmo. . . ¿Puedes proporcionarme algo que sirva para dibujar?

-Sólo aquella barrita de rouge que usé anteriormente.

-Cualquier cosa, lo que sea.

Fue a buscarla y volvió con ella en un par de rápidas zancadas.

-¿Puedo usar la pared?

-¡Adelante!

Me aproximé a aquélla y bosquejé cuatro rápidas líneas cerrando un cuadrado. Ella se situó a mi costado sosteniendo la bujía por sobre mi hombro para facilitarme la visión.

-Una posición cualquiera consta de cuatro lados. Éstos son los cuatro lados que nos rodeaban a nosotros allá, mientras permanecíamos de pie. Y aquí, en el centro -añadí trazando apresuradamente una X-, estábamos nosotros. Ahora veamos si puedo recordar los detalles. Uno de los lados lo formaba el mostrador; supondremos que aquí está representado por esta línea. El mismo nos llegaba a la altura de los codos. Poro, da todos modos, la puñalada no fue asestada desde esa dirección, sino que hirió el cuerpo de ella desde el flanco opuesto.

-Dibuja una flecha marcando la trayectoria del cuchillo -sugirió ella.

Dibujé una flecha cuya punta tocaba la X, y proseguí:

-Ahora bien; por el lado de la flecha, es decir detrás de ella, y por el lado opuesto, detrás de mí, el público estaba prensado en torno nuestro como sardinas en lata. Sus propios cuerpos impidieron que pudiesen ver el movimiento del cuchillo; éste se coló por entre ellos a un nivel algo inferior, y sin ser visto. Pero queda un lado aun, este cuarto lado que te indico ahora. Éste era el único lado sobre el cual se abría un pequeño claro; unos pocos pies, si se quiere, pero al fin y al cabo una brecha. Y siempre se ven mejor las cosas apartándose un corto trecho de ellas, que de muy cerca; que desde encima de ellas, podríamos decir. Y éste es el lado en el cual cifro mis esperanzas; pues era absolutamente el único desde donde se nos podía contemplar con cierta perspectiva.

-¿Y quién estaba de aquel lado, además de la multitud?

-Había un solo individuo bloqueando íntegramente aquel lado: el fotógrafo que trabaja en lo de Sloppy Joe. ¿Comienzas ahora a vislumbrar a qué conclusión estoy intentando arribar? La multitud estaba también allí, es verdad; pero había retrocedido y estaba retenida a su espalda. Él había extendido su caperuza negra (o como quiera que se llame ese trapo negro que usan los fotógrafos) para mantenerlos apartados. En la práctica, aquel cuarto lado estaba representado íntegramente por aquel hombre. Con todo, el espacio libre era muy pequeño.

-¿Tú supones, entonces, que el fotógrafo vio el cuchillo?

-No en el primer momento. Su propia cabeza estaba sepultada bajo la condenada caperuza. Pero creo que existe una buena probabilidad de que su cámara lo hubiese sorprendido. Y ése es el único testigo que no miente, que no puede ser sobornado: una placa fotográfica.

Ella no parecía sentirse muy convencida.

-Una puñalada va así de rápido -dijo castañeteando los dedos-. La cámara tendría que ser tremendamente veloz. Ambas tendrían que haberse disparado exactamente al mismo tiempo.

-Pero no es necesario que la placa muestre el preciso instante de la incisión. Primero, él tuvo que extraer el cuchillo; luego, que quitarle la envoltura; luego, que colocarlo en posición de herir; luego, tuvo que hincarlo en el cuerpo de ella; y por último, dejarlo allí. Esto es, cinco o seis etapas distintas. La cámara pudo haber registrado alguna de ellas, y cualquiera que fuese, sería para mí una ayuda igualmente eficaz. Todo depende de la porción de nuestros cuerpos que haya sido enfocada por la máquina.

"El cuchillo penetró aproximadamente a esta altura -proseguí, indicándole el sitio sobre su propio cuerpo-. Si el fotógrafo nos enfocó cabezas y hombros únicamente, no pudo haberlo captado; el golpe fue asestado más abajo. Pero si nos enfocó medio cuerpo (digamos de la cintura para arriba), existe una buena posibilidad de que la placa haya registrado algo. Y aun cuando ello sólo sirviese para demostrar que no era mi mano la que empuñaba el arma, sino alguna otra, esto sería más que suficiente para el caso. Al menos, mi situación sería mucho más llevadera que la que estoy enfrentando ahora.

Arrojé la barrita de colorete sobre el camastro, y añadí:

-¡Y ese fotógrafo tiene esa placa consigo, ya sea en el interior de la cámara o en algún otro sitio!

Me abotoné la chaqueta y me dirigí hacia la puerta.

-Me voy. Sólo desearía que esto se me hubiese ocurrido antes. ¡Debo averiguar quién es ese hombre y dónde puedo hallarlo nuevamente!

Ella dejó la vela sobre un mueble, se apresuró a llegar a la puerta antes que yo, y me detuvo con un ademán.

-Será mejor que me permitas a mí arreglar esa parte del asunto. Puedo hacerlo en tu lugar, y mucho más rápida y fácilmente que tú. Lo único que tú lograrías sería introducir tu cuello en el lazo.

-Ya has hecho demasiado por mí. El embrollo en que estoy metido es asunto mío, no tuyo.

-Tú ni siquiera puedes hablar nuestro lenguaje -replicó ella con un brusco ademán de su brazo-. ¿Cómo te arreglarías para hacer las preguntas necesarias? ¿Adónde irías a buscarle? ¿Por las inmediaciones de Sloppy's? No puedes siquiera asomarte por allí sin que te pesquen en el acto. Habla con un poco de sensatez, chico, ¿quieres? Yo puedo averiguarlo en la mitad del tiempo. Nadie me conoce ni sospecha que yo tenga algo que ver contigo. Puedo ir y venir a mis anchas. Ahora, siéntate aquí y quédate tranquilo. Una vez que me haya ido echa el cerrojo y no lo abras para nadie. Cuando regrese, golpearé dos veces, en esta forma -explicó uniendo la acción a la palabra-, y así sabrás que soy yo.

-Esto me hace sentirme muy miserable -protesté-. Es una infamia dejar que tu hagas este cochino trabajo en mi lugar.

-No lo hago por ti. Lo hago por un infeliz a quien una vez la policía trató del mismo modo que a ti ahora. Flores sobre una tumba. ¿Cuántas veces tendré que repetírtelo? Quédate aquí; volveré tan pronto como me sea posible.

La puerta se abrió sólo lo suficiente para permitirle el paso. Ella acechó un breve instante y se deslizó por la abertura. Ésta se cerró nuevamente, y me encontré a solas.

Permanecí allí durante unos momentos, escuchándola alejarse; apenas si me fue posible oír algo. Sólo un leve susurro deslizándose escaleras abajo.

Corrí el cerrojo de un taconazo y me alejé de la puerta andando lentamente a través de la habitación iluminada por la luz espectral de la bujía.

Me dejé caer sobre el camastro y me quedé sentado allí, cavilando. Cavilando en la clase de luna de miel que había resultado ser aquélla: ella yaciendo sobre una losa de mármol en la morgue; yo oculto en la habitación de una delincuente del barrio chino.

El tiempo parecía haberse inmovilizado, suspendido, atascado en aquel sitio. Yo no tenía reloj para palparlo en su marcha (ahora que pienso en ello, jamás tuve uno en toda mi vida) ni había nada allí que pudiese servir para aquel fin. Sólo el lento, lentísimo hundirse de la llama do la vela; y yo no poseía la habilidad de tornarlo en fracciones de tiempo. De cuando en cuando llegaba débilmente a mis oídos el tañer de las campanas de lejanas iglesias; desde distintos puntos a la vez, y tenue y discordante como el vibrar de alambres en tensión. Pero tampoco aquello tenía pies ni cabeza para mí. Las campanas no repicaban al unísono; justamente cuando una estaba por terminar comenzaba alguna otra, y aquello formaba así un número tal de tañidos que en conjunto, reorientaba más horas que las que podrían tañer en total ninguna noche. Yo no lograba discernir dónde terminaba una serie de campanadas y comenzaba la siguiente. ¿Pero qué importaba? No tenía ninguna cita a que acudir.

De pronto oí algo y mi cuello se enderezó bruscamente. Durante un momento nada se movió en la habitación, excepto el cigarrillo que cayó a plomo desde mis dedos y el pie que lo aplastó contra el suelo.

Alguien se movía en las escaleras, y algo pareció indicarme fuertemente que no se trataba de ella. Creo que fue el ritmo de los pasos; era más lento que el de ella. En realidad, yo nunca la había escuchado a ella trepar las escaleras anteriormente, ni observado el compás de sus pisadas; pero de un modo u otro, presentí que ella jamás subiría ninguna escalera con aquel andar letárgico, casi sonámbulo. El ritmo en el andar constituye una verdadera seña personal; es tan distintivo como las huellas dactilares o el timbre de la voz; no existen dos idénticos. El de ella podría ser tan furtivo, tan blandamente susurrante como éste, particularmente si fuese dando caza a alguien; pero aquella pausa atormentadora entre cada pisada no habría existido. Algo así como si el que trepaba se congelase a cada paso, antes de dar el siguiente. No, aquello no era propio de ella.

En la textura de aquel sonido no había nada que sugiriese la presencia de suelas de cuero; era el confuso roce de plantillas de fieltro, como las de los mocasines que ella calzaba o las pantuflas que usaban los chinos del barrio. Ello debía haber sido causa de que aquellas pisadas fuesen inaudibles por completo, pero sin embargo no era así; había suficiente arenilla suelta sobre los antiquísimos peldaños, y una capa lo bastante endurecida por el uso bajo la suela de las sandalias, como para traicionar con un leve rumor cada vez que rozaban entre sí. Especialmente en medio de un silencio como aquél, y para unos oídos tan alerta y acosados como los míos.

Yo estaba ahora erguido a medias, sujetando el clástico del camastro bajo las palmas de mis manos para evitar que rechinase al librarse de mi peso. Lo fui soltando muy suavemente, y sólo lanzó un tenue quejido.

Aquello había terminado de trepar la escalera y se dirigía ahora en línea recta hacia la puerta.  No me pregunten cómo lo supe; uno a veces comprende cosas, sin que más tarda le sea posible discernir cómo las comprendió.

Comencé a cruzar la habitación caminando a compás de aquello, sincronizando mis propias tensas pisadas con las que se oían del lado exterior, tratando de que el ruido de las unas cubriese el de las otras, tal como los tañidos de aquellas campanas me habían confundido anteriormente.

Al pasar junto a la bujía extinguí la llama entre mis dedos, y al instante me encontré a la puerta. En casi la misma posición en que me había visto antes, cuando entré por vez primera en aquel lugar. Pero la policía había sido fácil de seguir por el sonido; uno podía advertir hacia dónde se dirigían, desde un kilómetro de distancia. Este murmullo, en cambio, era imposible discernir lo que era.

Y continuaba avanzando: Sh... uno... dos... dos y medio; sh... uno... dos... dos y medio. Algo más o menos así. Podía haber sido el andar bamboleante de un paralítico, de alguien a punto de caer de bruces a cada paso, aunque yo no esperaba tal cosa. Podía igualmente haber sido alguien muy sigiloso (si bien no lo bastante) tratando de aproximarse lo más posible a la puerta antes de ser descubierto.

Se detuvo. El dos y medio había proseguido: tres, cuatro, cinco, y luego silencio; el nuevo paso no se había producido. Aquello debía estar allí mismo, frente a mi propio rostro, inmóvil.

Una parte de mi chaqueta se movió levemente contra mi cuerpo, provocándome una conmoción semejante a la que se experimenta al ser tocado por un arma. Me las compuse para mantenerme quieto, y advertí entonces que aquello había sido provocado por el girar del picaporte arrastrando consigo la tela de la chaqueta en el punto donde estaban en contacto.

Luego una mano probó la puerta, presionando aquí y allá, tratando de abrirla. Se oyó un ruido penetrante, una especie de rasguido que me hizo brincar como si me hubiese partido la piel; alguien había raspado la cabeza de una cerilla contra la puerta, y la rendija entre ésta y el marco se destacó de pronto como un largo hilo amarillo al desovillarse.

Pero esto no era ya tan furtivo corno lo había sido la aproximación de aquella cosa, y por lo tanto produjo una reacción análoga en mí. La tensión a que había estado sometido se trocó súbitamente en un ansia de lucha, de tomarme un desquite. Ella me había ordenado que no abriese la puerta, pero un hombre jamás atiende a razones cuando está lo bastante irritado.

Descorrí el cerrojo con el pie, desgarré de un tirón el hilo amarillo que delineaba la puerta y templé mis nervios para arrojarme contra quienquiera que fuese. Pero no lo hice. Existen algunas imágenes que son demasiado pavorosas; hasta para enredarse con ellas en alguna pelea. Y aquélla era tan aterradora, que yo no hubiese podido forzarme a mí mismo ni siquiera a tocarla; mucho menos a pegarle o a agarrotarla entre mis manos.

Yo no acertaba a decidir sí aquello era un espectro; o algo viviente, acabado de escapar de alguna tumba; o algo muerto que, en mitad de su marcha hacia el otro mundo, se hubiese detenido allí por error. Era un chino macilento, de aspecto cadavérico. No podría decir si era joven o viejo. La luz de la cerilla caía directamente sobre él, pero ello no ayudaba gran cosa; aquello era algo casi inverosímil. No era blanco, ni tampoco amarillo; su rostro presentaba una coloración verde-grisácea. Sus ojos estaban hundidos en profundas bolsas, tan grandes como las cuencas de una calavera. Las ropas le pendían laciamente sobre la osamenta, como los andrajos de un espantapájaros; como si debajo de ellas sólo hubiera un enrejado de resecas costillas sin ninguna membrana que uniese sus proyecciones dorsales.

De su cuerpo se desprendía un hedor extraño, algo así como... bueno, existe cierta clase de greda que al ser mezclada con agua despide aquel mismo olor salobre, como de alfarería.

Sus movimientos eran torpes; parecía como aturdido. Dijo algo entre dientes, algo semejante a "Olla puidtu", pero no comprendí su significado.

-¡Ahueca! -comencé a maldecir en voz baja-. ¡Largo de aquí, espantajo ambulante!

Giró sobre sí mismo, oscilando como si fuera a desplomarse de un momento a otro, y prosiguió su marcha hacia la puerta siguiente tanteando a lo largo del muro con una mano. La cerilla se apagó antes de quo él llegase allá, y entonces volví a cerrar la puerta y la atranqué sólidamente. Aquel sujeto era ya lo bastante horrendo a plena luz; y la idea de que pudiese regresar hacia mí en las tinieblas no me seducía en absoluto.

Escuché intensamente, y pude oír la puerta vecina abriéndose suavemente y juego volviéndose a cerrar. El rumor de alguien desplazándose quedamente en la pieza contigua se filtró a través del muro divisorio durante uno o dos minutos, y por último descendió sobre el lugar un silencio total, como si aquella cosa se hubiera muerto allí.

Luego, después de una corta pausa, volví a sentir en torno mío aquella misma fetidez, ese mismo olor acre que había notado junto a la puerta; pero esta vez no podía saber de dónde provenía; parecía venir de la nada, tal era la sensación. Finalmente, aquello también se disipó; o al menos disminuyó hasta un punto tal que ya no se notaba más.

Enjugué la pegajosa transpiración de mi rostro, volví a encender la vela y me instalé en el catre para continuar aguardando el regreso de ella.

Pareció como si ella hubiese estado ausente la mitad de la noche, pero en realidad su excursión no debió durar más que unos tres cuartos de hora o cosa así.

Y cuando por fin regresó, lo hizo mucho más hábilmente que aquel monstruo. No tuve el menor indicio de su avance escaleras arriba; solamente su repentino, cauteloso llamado a la puerta, en la forma convenida.

Me incorporé rápidamente y me apresuré a franquearle la entrada. Venía cargada de cachivaches; bajo el chal, cada uno de sus brazos rodeaba un gran bulto. Cuando abrí la puerta ella estaba mirando hacia atrás con expresión alerta, como para asegurarse de que nadie la había seguido por las escaleras. Fue tal la satisfacción que experimenté al verla, que yo mismo me sentí sorprendido; hubiérase dicho que la conocía desde hacía semanas, o aun meses.

Al pasar me dirigió una sesuda guiñada que expresaba: "Okey; todo en orden"; o algo por el estilo. Aseguré nuevamente la puerta y ella dejó caer un par de líos de papel que contenían algo sobre la mesa donde estaba la bujía, recuperando así su delgadez bajo el chal.

-Descubrí lo que necesitas saber, chico -comenzó con jadeante satisfacción.

-Ten cuidado -le advertí-. Hay alguien allá, del otro lado del muro.

-Oh, ¿él? -replicó con indiferencia-. No tiene importancia. El pobre le hace vomitar el alma a uno de espanto la primera vez que se lo encuentra, pero es completamente inofensivo. Fuma opio, pero no se mete en lo que no le importa. La mitad del tiempo se encuentra fuera de este mundo; y por eso mismo resulta un excelente sujeto para tenerlo como vecino en la pieza contigua. Suelo alimentarle de cuando en cuando; de lo contrario se moriría de hambre.

Me limité a darme un tirón del cuello de la camisa y decidí dejar pasar aquel asunto sin más comentarios.

-¿Qué tal? -pregunté-. ¿Tuviste suerte?

Ella bajó la voz al responder, no obstante lo que había dicho acerca de la inocuidad de su vecino y de su ausencia del mundo:

-El fotógrafo que trabaja en lo de Sloppy se llama Pepe Campos. Él ya no estaba en su puesto; había dado por terminada su labor del día. Pero con la ayuda de un vaso de cerveza y un poco de trabajo a base de revoloteo de pestañas, logré extraerle a un mozo del bar todos los informes necesarios acerca de él. El tipo vive en una especie de covacha, en algún punto de la calle Barrios, que usa al mismo tiempo como aposento y laboratorio fotográfico. No pude averiguar la ubicación exacta de la casa, pero está situada en una cortísima callejuela (yo sé dónde queda), de modo que no te dará gran trabajo encontrarla. El sujeto que me dio estos informes me dijo, además, que otra persona había estado haciendo indagaciones con respecto a Campos un momento antes que yo. Un hombre.

Aquella noticia no me resultó nada tranquilizadora.

-Puede que se trate de una simple coincidencia -dije-, pero también podría ser que algún otro individuo se hubiese figurado lo mismo que yo: que aquella placa fotográfica sea el único testigo del crimen. Dos cerebros pensando la misma cosa, y al mismo tiempo... ¿Comprendes? Creo que será mejor que me ponga en marcha en seguida.

-No lo encontrarás jamás.

-Pues es necesario que lo encuentre, Midnight. No tengo otro recurso. All right, tú hiciste el trabajo principal en mi lugar: descubriste la pista. Ahora el resto está a mi cargo. No puedo concretarme a permanecer sencillamente aquí, y enviar mensajes durante toda la noche por paloma mensajera...

Ella soltó una breve risotada y me dio con el codo en las costillas.

-¿A quién crees que estás llamando paloma mensajera?

Se aproximó a la mesa donde había depositado los paquetes que trajera consigo y comenzó a arrancarlos la envoltura de papel.

-Me figuré que preferirías algo así; conque, durante mi camino de regreso, elegí todo esto para ti en un lugar que conozco.

Extrajo un no muy elegante atavío consistente en un par de pantalones de algodón manchados de aceite, una camiseta de cuello alto del tipo usado por los marineros, y una puntiaguda gorra de engrasador; todo ello apestaba a sala de máquinas desde una milla de distancia.

-Conque al parecer tratas de convertirme en una rata de los muelles, ¿no?

-Ello ampliará un poco tus probabilidades de éxito. Al menos no serás descubierto a primera vista si procuras no caer bajo la luz directa de los faroles callejeros. Mientras que, con la vestimenta que usas ahora, ellos advertirían tu presencia a una cuadra.

-Okey, vuélvete de espaldas -dije, y procedí a enfundarme dentro de aquello.

El olor a aceite de máquina era tan intenso que amenazaba derribarlo a uno patas arriba, pero al cabo da uno o dos minutos se terminaba por acostumbrarle. Y, de todos modos, en aquel momento a mí no me importaba gran cosa que mi humanidad oliese bien o mal.

Cuando hube terminado la operación, examinó con aire crítico caminando a mi alrededor, el cigarro apuntando hacia arriba en posición de alerta.

-Eso llenará sus funciones -dijo finalmente-. Y para que lo sepas, lo curioso del caso es que pareces mucho más a tus anchas con ese atavío de embarcadero que con aquel fantástico disfraz de turista que habías estado luciendo hasta ahora.

-Supongo que esto concuerda más con mi tipo.

-Inclínate un poco al andar, y aquellos imbéciles de polizontes no te reconocerán como el mismo sujeto que perdieron de vista dentro de esta casa, a menos que se acerquen a mirarte cara a cara. Separa tus piernas un poco; eso es lo que debes hacer. El hombre de tierra firme mantiene sus piernas más bien juntas; el marino las separa en procura de equilibrio. Ahora, escucha con atención. Voy a darte las indicaciones que habrás de seguir para ir desde aquí hasta la calle Barrios.

Me acerqué más a ella y eché mi cabeza a un lado en señal de atención.

-No voy a darte los nombres de las calles -comenzó-; ello sería griego puro para ti, y sólo serviría para embrollarte. Te daré únicamente la dirección que deberás seguir y el número de veces que tendrás que doblar: Bajarás hasta la desembocadura del callejón y doblarás a la derecha, o sea a esta mano, fíjate. Luego seguirás la calle que atraviesa por delante del callejón, hasta donde termina. Entonces, cuando, llegues al final, doblarás hacia la izquierda... O sea esta mano, fíjate -dijo secamente-. Ahora te encuentras en una de las vías principales -prosiguió-, y deberás andarte con cuidado.

Me hizo ensayar todo aquello prolijamente. Primero lo repitió ella misma por tres veces, del principio al fin, de modo que quedase grabado firmemente en mi memoria. Lugo me obligó a recitarlo palabra por palabra, para asegurarse de que yo lo había comprendido, de que no me equivocaría.

-¿Te sientes seguro, ahora? Es muy difícil encontrar una dirección en La Habana, cuando uno es un recién llegado a ella -me advirtió.

-Lo he masticado bien -la tranquilicé-. No podría perderme ni aun adrede.

-Bien; pero de todas maneras, no lo intentes.

-Eres una buena chica, Midnight -le dije.

-Eso es algo que nadie me ha dicho desde que tenía cuatro años de edad. Y, aun entonces, fue porque me habían confundido con alguna otra.

Me puse a escarbar profundamente en los bolsillos de mi traje viejo. Luego embutí en la mano de ella un puñado de billetes de banco americanos, todo lo que poseía. Dinero para una luna de miel.

-Aquí tienes -dije-. Por si acaso algo saliera mal y no lograse mi objetivo. Esto es por las ropas... y por ser una buena exploradora.

Ella solió el dinero sobre la mesa y apartó su mano.

-No busco dinero -dijo-. No en este caso, al menos.

Y esta vez lo dije yo en vez de ella. Ya comenzaba a sabérmelo de memoria:

-Lo sé. Flores sobre una tumba.

-Escucha -afirmó con vivacidad, plantándome la palma de su mano ante el rostro-: mientras exista un mostrador de tienda en el que yo pueda meter mis uñas, o en tanto que los hombres continúen comprando mis flores junto a las mesas de los cafés y dejándome ver dónde guardan sus carteras mientras les prendo aquéllas en el ojal... bueno, no necesitas preocuparte por mí; yo iré tirando. Hasta ahora, siempre lo he logrado.

-Tú nunca irás al cielo.

Ella se estremeció ante la idea.

-Debe ser condenadamente aburrido allá arriba. ¿No te parece?

-All right -dije-. Ya que no quieres aceptarlo, guárdamelo hasta que regrese. Y olvídate de dónde lo guardaste.

Abrí la puerta, escuché en dirección a las escaleras, y me deslicé al exterior. Luego, antes de cerrar aquélla, volví la mirada hacia la muchacha.

Nada me aseguraba que aquella no fuese una despedida para siempre. Comprendí que debía decir algo a guisa de adiós, pero no sabía qué.

Ella estaba de pie entre la bujía y yo, de modo que su cabeza se destacaba en negro contra el turbio resplandor de aquélla, como rodeada por una aureola. Y ella era la última persona que podría merecer una aureola. ¿O quizá?...

-Bueno, hasta la vista -dije.

Ella me deseó alguna cosa en castellano; creo que fue "Buena caza".

Cerré la puerta por detrás de mi espalda.

 

 

CAPITULO 7

En lo tocante a las escaleras todo anduvo perfectamente. El único riesgo existente era pisar mal y zambullirse de cabeza a lo largo de ellas. Las descendí mucho más lentamente que cuando las había escalado con ellos y su linterna pegados a mis talones. Y, tinieblas o no tinieblas, era preferible bajarlas así, a solas.

A continuación le tocó el turno a la unión del portal con el pasaje. Me fui acercando despacio, la espalda pegada a la pared. Me detuve paralelamente a la línea recta que cortaba mi camino al ras, y sólo dejé que pasaran aquel límite la punta del pie y las curvas de mi nariz y mentón. Uno no podría ver cosas tan pequeñas como aquellas en tres puntos diferentes a lo largo del muro.

La ruta estaba libre. Yo no podía ver la boca del pasaje a causa de la oscuridad, pero la parte baja de éste estaba desierta; no había nadie apostado allí. No sabía cuál podía ser la teoría de ellos, pero me figuré que creerían que yo había logrado fugarme a través del tejado, descendiendo luego por alguna otra casa; de lo contrarío hubieran dejado algún hombre de guardia junto al portal.

Atravesé el umbral y comencé la primera etapa de la larga travesía por la ciudad. Me deslicé caminando suavemente, muy próximo a la pared. El aceite de máquina apestaba ferozmente, pero también apestaba la callejuela; y de los dos olores, yo prefería el del aceite de máquina.

De todos los riesgos que me aguardaban al aire libre, este trozo de callejón que debía recorrer al principio debía ser con seguridad el más duro; me sentía pues satisfecho de que aquello estuviera resultando tan fácil. En primer lugar, si uno de ellos se dirigiese a mi encuentro, no cabía la esperanza de escurrirme junto a él sin ser reconocido. No había lugar; uno se veía prácticamente obligado a restregarse las narices con cualquiera que pasara a su lado. Éste era el trecho más angosto; nada podía ser tan estrecho durante el resto del camino, nada podría confinarlo a uno a un espacio tan reducido. Y en segundo lugar ésta era la zona inmediata al lugar donde yo les había dado el esquinazo y donde ellos me habían visto por última vez; por lo tanto era probable que mantendrían una vigilancia más cuidadosa allí que en cualquier otra región de las que yo había de atravesar durante mi marcha.

Muy pronto la boca del pasaje comenzó a aclararse a cierta distancia por delante de mí. No mucho, pero al menos su intensa negrura se tornó en un color de peltre o pizarra a causa del reflejo de las mezquinas luces de la calle que la cruzaba por delante. Acorté entonces más aún mis pasos, e inicié la salida palmo a palmo a lo largo del muro.

Cuando hube llegado al nivel de la línea de la esquina, repetí la maniobra que había empleado para salir de la casa: dejé que la sobrepasaran solamente los rudos contornos de mi perfil.

Y esta vez se produjo una catástrofe.

-¿Hasta qué hora nos quedaremos aquí? -gruñó una voz en castellano dentro de mi oído. O más bien dentro de mi inquisidora nariz, ya que mi oído estaba aún emboscado detrás del ángulo de la pared.

Creí que me hablaban a mí; tan próximo retumbó aquello, y tan inesperado. Di una brusca media vuelta con el hombro que tenía más adelantado, haciéndolo retroceder hasta dar contra la pared, y me quedé tan aplanado contra ésta como un cartel recién acabado de encolar.

Yo había alcanzado a vislumbrar los contornos de su figura, y aquello no era nada bueno: estaba enfundado en un uniforme de policía.

Me quedé incapacitado para moverme durante un instante, y antes de que tuviese oportunidad de intentarlo la situación mejoró algo por sí sola. Muy poco, pero al menos lo suficiente para demostrar que aquel desafío o lo que fuese, no había sido dirigido a mí.

-Hasta que lo cojamos -respondió una segunda voz.

De modo que había dos de ellos allá, cubriendo el callejón. Debí haberme imaginado que aquello había andado demasiado bien hasta entonces para que fuese cierto. Evidentemente, ellos habían guardado silencio durante todo el tiempo; y sólo pronunciado aquellas frases ocasionales en el momento exactamente oportuno para salvarme de doblar la esquina y plantarios mis pies sobre los callos. Yo no podía comprender por qué ella no me había prevenido; pero quizá ellos no habían estado allí cuando ella salió, sino que los habrían apostado sólo después de la última vez que olla entró.

Ellos no volvieron a pronunciar palabra; les había tocado una misión aburridora y no sentían deseos de charlar. En una oportunidad oí el crujir de un zapato: uno de ellos había cambiado de postura. Yo hasta sentía temor de que el olor a aceite de máquina me delatase; estaba tan cerca de ellos que aun aquello cabía dentro de las posibilidades. Pero supongo que había allí demasiado olores compitiendo con el mío.

Retrocedí un paso cautelosamente, tentando el camino a mi espalda con el pie bien arqueado. Luego otro. Después del tercero me sentí algo más seguro; giré entonces sobre mis talones y me batí en retirada. Pero muy silenciosa, tiernamente.

Estaba encerrado. Bien encerrado, de ello estaba seguro. Podía ser que el pasaje tuviese otra salida en su extremo superior, pero si la tenía y ellos habían apostado vigías en un extremo, era casi seguro que también los habrían apostado en el otro. Si no lo habían hecho, bueno, lo que necesitaban era que alguien les examinase las facultades mentales.

Antes de que hubiese podido decidirme a hacer algo, antes de que hubiese tan sólo logrado retroceder hasta mi punto de partida, aquel portal que al menos me ofrecía cierto margen de seguridad, la trampa en que me encontraba atrapado se cerró mas estrechamente, aun.

Oí un rumor de pasos acercándose en mi dirección desde el fondo de la callejuela, y al forzar mi vista pude discernir algo que se movía contra las tinieblas; o más bien, como si parte de ésta tratara de destacarse del resto, proyectándose hacia adelante hasta hacerse visible. Propósito éste que aquello no lograba cumplir, a pesar de que la distancia entre ambos disminuía sin cesar; no había luz suficiente para ello. Pero alguien se desplazaba cerrando sobre mí, y pronto me iba a encontrar atascado por ambos lados: entre los hombres de guardia a la boca del pasaje y aquella entidad desconocida. A los costados, los muros no presentaban ninguna brecha por la cual pudiese colarme; aquella persona había sobrepasado el portal de la casa de Midnight y ya se encontraba más acá de aquel, avanzando sobre mí, disminuyendo sin cesar mi zona de inmunidad, antes de que yo hubiese descubierto su presencia.

Me acerqué a la pared opuesta; luego retrocedí hacia la primera, como debatiéndome en vacilante incertidumbre. La diferencia entre una y otra era de solo uno o dos pasos, y ambas estaban yermas de toda posibilidad de evasión. Me encontraba en la más perfecta ratonera. La única cosa atinada que acerté a hacer, fue no recular nuevamente hacia la boca del callejón; allá, las probabilidades en mi contra se doblaban.

Aquello continuaba su avance. Entonces empecé a marchar hacia adelante, a su encuentro, en vez da permanecer inmóvil. Me había parecido advertir en el ritmo de aquellos pasos un dejo de negligencia, algo que indicaba una aproximación casual más bien que intencional. En otras palabras, aquella persona marchaba en esa dirección al azar y no porque supiese que yo estaba allí. Si yo proseguía andando con la cabeza gacha -me figuré- tal vez me sería posible escurrirme y abrirme paso por junto a aquello antes de que me detuviese.

El margen de anonimato que nos separaba fue desapareciendo a medida que nos acercábamos, y de pronto nos encontramos frente a frente; un paso más, y me hubiese encontrado a salvo, a su retaguardia.

Una vez más, se trataba de una mujer. Una vaharada de perfume que me dio en pleno rostro y el roce de una falda contra mí pierna me lo dijeron a gritos. Aquella ciudad parecía estar plagada de merodeadoras nocturnas.

Su brazo se había deslizado por debajo del mío (yo no sé cómo) al cruzarnos, y me encontré de súbito detenido, cogido del brazo como en tren de camaradería, pero a la inversa: uno de nosotros mirando en una dirección, el otro hacia la opuesta. Si yo hubiera intentado continuar mi marcha, me habría visto obligado a arrastrarla de espaldas en mi seguimiento.

-¿Cómo le va, marinero? -dijo ella.

No obstante estar enredado con ella por el codo, apenas si alcanzaba a verla en aquella penumbra. Parecía ansiosa de llevarme con ella a la chita callando.

Luego ella dijo algo más; acerca de alguna bebida, creo, pues logré entender la palabra copita. Supuse que me pedía que le pagase algo de beber.

Aquello me inspiró una idea. Dejé de forcejear para apartar mi brazo del de ella, y en cambio se lo deslicé por detrás de la espalda.

-Okey -dije apresuradamente-. ¿Quieres beber una copa? Pues echa a andar junto a mí en esta forma... No, aproxímate más aún... Esto es, acurrúcate a mí. Y ahora caminemos así, bien juntos, hasta pasar la esquina.

Ella parecía tener a flor de labio una única frase en inglés chapurreado. ¿Pero quién no sabía alguna frase inglesa por aquellos parajes? Sólo Dios sabría de dónde la podía haber aprendido ella.

-You serrit -respondió amistosamente.

-Continúa hablando -le pedí-. Continúa hablando de firme.

-You serrit, you serrit, you serrit -repitió obsequiosamente.

Apenas si me era posible caminar; prácticamente me veía obligado a llevarla en vilo a mi derecha, tal era el modo como se apoyaba contra mi cuerpo. Llevaba los cabellos sujetos con un enorme peinetón de celuloide que se proyectaba hacia arriba, lo cual me venía de perlas, pues servía para ocultar íntegramente un lado de mi rostro. El lado que enfrentaba a los polizontes.

-¿Qué prefieres? -pregunté-. ¿Vino o ron?

-You serrit.

-Espléndido -mascullé aprobadoramente-. Doblaremos por aquí.

Pasamos tan cerca de ellos que prácticamente les afeitamos las fachadas. Afortunadamente, ella iba de aquel lado. Había dos hombres apostados allí, con las espaldas reclinadas desmayadamente contra el muro corno para apuntalarlo. Uno de ellos vestía uniforme; el otro, ropas civiles.

Mientras pasábamos, hice que ella se balanceara de lado a lado, como si uno de nosotros, o ambos, hubiese bebido ya más de la cuenta.

Ella los conocía a los dos, y al parecer se sintió tentada a jactarse de sus selectas relaciones. Y tal vez ello también sirvió de ayuda, supongo.

-¡Hola! ¡Fíjense lo que he pescado! ¿Ven? -dijo ella airosamente por sobre el hombro.

Aquello resonó como si ella hubiese sacado la lengua y espetándoles una pedorreta. Sin duda ellos le habrían estado tomando el pelo anteriormente.

Contraje aquel lado de mi cara en una sonrisa forzada. Cuando sonrío en esa forma, toda la piel se corre hacia atrás formando grandes pliegues; ello hace que quede una porción menor de mi rostro expuesta al escrutinio.

Ya nos encontrábamos un buen trecho más allá de ellos, y continuábamos oscilando pesadamente de un lado al otro, cuando ellos nos gritaron algo relacionado con la palabra dientes.

Creo que la frase estaba dirigida a mí. Que no me dejase robar mis dientes de oro, probablemente.

Mantuve a la mujer a mi lado hasta llegar al punto donde yo debía doblar nuevamente. Y entonces, de pronto, ella se encontró conque no tenía a su alrededor otra cosa que aire, un espacio vacío que se ensanchaba rápidamente.

-Te veré otra vez algún día -dije señalando con el pulgar en la misma dirección por donde habíamos venido.

Bueno, puede que ella no supiera decir más de dos palabras en inglés, pero en cuanto al castellano, aquello era harina de otro costal. Me disparó un chaparrón de epítetos que inundó la callejuela de un extremo al otro. Tuve la sensación de que hubiese estallado en medio de la calle una cañería maestra que condujese insultos en vez de agua.

-You serrit -le repliqué agitando la mano a modo de despedida.

La última vez que miré en su dirección la vi remolineando activamente de un lado a otro en busca de piedras para arrojármelas, pero afortunadamente por aquellos contornos no había ninguna de un tamaño manejable.

Poco después de aquello me interné por una de las arterias principales, y entonces vi que tenía que andar con cuidado. Las condiciones se habían invertido por completo con respecto a las existentes en el callejón y sus adyacencias; las luces eran ahora demasiado numerosas en lugar de demasiado escasas. Cada diez metros o cosa así se erguía uno de aquellos múltiples faroles, ostentando cinco globos de un cálido dorado que iluminaban la calzada con una brillantez comparable a la del sol de mediodía. En realidad, las columnas se alternaban a uno y otro lado de la calle, pero yo no podía ir caminando en zigzag de acera a acera con el objeto de evitarlas; ello sólo hubiera servido para ponerme más en evidencia aun.

A ambos lados de la calle, a lo largo de las veredas, se alineaban las mesillas de los cafés; del interior de éstos brotaba a raudales una luz deslumbrantemente blanca que hacía destacar todos los objetos con meridiana claridad. Los fui orillando lo mejor que pude, haciendo como que miraba hacia la vereda opuesta o aparentando rascarme la cabeza, a fin de poder interponer un brazo entre mi rostro y la luz. Yo no podía saber si en alguna de aquellas pequeñas sillas de hierro cuyas patas les daban un aspecto de arañas, estaría sentado alguno de ellos, mirándome directamente al rostro. Aquello era como estar alineado en exhibición, en rueda de presos; con la diferencia de que, en vez de mantenerme inmóvil, debía caminar continuamente. Algo que pude comprobar durante aquella media hora (lo cual por cierto no es un punto a su favor) es que La Habana es una ciudad que no duerme jamás. Suele decirse que Nueva York es así, pero comparada con aquélla, resulta una ciudad en la que se acuestan a las diez de la noche. Sólo los trópicos pueden demostrarle a uno lo que es una verdadera vigilia hasta las horas de la madrugada. Y yo no tenía el menor interés en que me hicieran tal demostración en aquellos momentos.

Luego, cuando no tenía cafés para esquivar y aparecía delante de mí algún buen trecho comparativamente sombreado, era de rigor que algún tranvía se abalanzara a mi encuentro retumbando, despidiendo chispas color turquesa desde el cable de alimentación, y proyectando una luminosidad blanca y ondulante a lo largo de los muros. Eran vehículos abiertos, con largos bancos atravesándolos transversalmente; venían repletos de pasajeros hasta el techo, y durante unos instantes todas aquellas hileras de rostros me miraban impávidos en tanto que me debatía sujeto, empalado en la oleada luminosa vomitada por el tranvía. Al manos, ésa era la sensación que yo experimentaba.

Pero tampoco me era posible abandonar aquella maldita avenida y tentar suerte con alguna más tranquila, de las paralelas que corrían algo más lejos. Las instrucciones de Midnight eran rígidas y no admitían sustituciones; ya eran bastante complicadas y difíciles de seguir de por sí, y yo temía que, si daba algún rodeo, terminaría por perder el rumbo para no recobrarlo jamás. Aquella ciudad no se extendía en rectángulos como Miami; las calles corrían serpenteando a la buena de Dios, irregulares como las piezas de un rompecabezas.

Bueno, pues lo logré. No oí gritos de reconocimiento ni se produjo ninguna súbita carrera en mi seguimiento; conque consideré que lo había logrado. Llegué a aquella estatua de mármol blanco que constituía un jalón en mi camino (erigida a la memoria de un patriota u otro; no recuerdo su nombre) y doblé por allí como ella me había indicado. A partir de ese punto, la ruta era menos peligrosa y la iluminación más pobre. Me encontraba ahora en seguridad, al otro lado del "bajo de la ciudad", opuesto a aquel de donde había partido y alejándome continuamente del febril corazón de la urbe. Las calles eran otra vez frescas y teñidas de azul oscuro por las sombras de la noche, y el número de personas que se atravesaban en mi marcha cada vez menor.

Fue una jornada larga, y durante todo el tiempo fui repitiendo mentalmente las indicaciones con el objeto de asegurarme de no cometer ningún error. Nunca he poseído ilustración, nunca he sido inteligente; pero en cambio, siempre he gozado de una excelente memoria maquinal. Una vez que alguna cosa ha sido machacada dentro de ella un número suficiente de veces, la guarda en su interior religiosamente. La muchacha no me había recargado con los nombres de las calles, pues habría sido tiempo perdido; yo ni siquiera podía pronunciar la mitad de ellos al primer intento, mucho menos almacenarlos ordenadamente en mi cerebro. Ella se había concretado a darme los factores aritméticos de dirección, con marcas visuales a modo de mojones para romper la monotonía.

La noche era cálida. La brisa que venía del puerto, tendía a engañarlo a uno de cuando en cuando al soplar a lo largo de algunas calles; pero hacía calor, y la caminata me hacía transpirar. Mi híbrido atavío me escocía la piel y las piernas me dolían a causa de la distorsión a que las sometía al marchar en aquella forma desacostumbrada, separándolas a cada paso.

Finalmente llegué allá. Pasé frente al pequeño cinematógrafo que era el último de los mojones que ella me había indicado; a oscuras y muerto para el mundo a aquella hora. Por sobre la entrada asomaba una muestra: "Cine", y sus paredes estaban profusamente adornadas de andrajosos cartelones. Una película vieja y olvidada, que continuaba rodando allí, en los arrabales de la ciudad, años después que el resto del mundo se había hartado de verla: Fred Astaire en Volando a Río. Doblé la esquina que enfrentaba al cinematógrafo, y allí estaba: calle Barrios.

Era una callejuela de sólo una cuadra de extensión y sobre la mayor parte de sus aceras se proyectaban unos a modo de aleros sostenidos por pilares; a causa de lo cual las sombras eran más profundas aun que en el resto de la barriada.

Midnight no había podido indicarme con precisión cuál era la casa, pues evidentemente su informante en lo de Sloppy tampoco la conocía; con que, de allí en adelante, tenía que componérmelas por mis propios medios.

Me fui desplazando lentamente de puerta en puerta, iluminándolas una a una con la vacilante luz de algunas cerillas protegidas entre las palmas de las manos en busca de alguna placa u otra indicación por el estilo. Mi hombre era un fotógrafo profesional, de modo que supuse que habría colocado alguna señal a la puerta a fin de dar algún indicio de su existencia a los posibles clientes.

Hallé toda una serie de letreros, pero no el que buscaba. Descubrí un dentista; luego descubrí un licenciado (fuese aquello lo que fuere); luego una costurera o modista o algo parecido. Hasta encontré un sujeto que cambiaba dinero extranjero a los turistas; y apuesto a que lo estafaba a uno de lo lindo. Si uno era lo bastante idiota como para acercarse a él. Llegué finalmente al extremo de aquel lado de la calle, y se terminaron las puertas.

Crucé entonces a la acera opuesta y reanudé la tarea retrocediendo a lo largo de aquélla. En una ocasión tuve que detenerme; un hombre venía caminando por la acera de enfrente, y me fue necesario aguardar a que pasara de largo. Pensé que aquel espectáculo de las cerillas temblorosas podría quizá despertar sus sospechas, o al menos su curiosidad. Él no podía verme allí, oculto en la sombra proyectada por el alero. Se aproximó silbando. Recorrió la callejuela en línea recta hasta el final, y luego dobló la esquina. Pude oír su silbido durante uno o dos minutos más, perforando el pesado silencio, y luego se desvaneció. Quienquiera que fuese aquel sujeto, le tuve cierta envidia. A él no le habían asesinado su dama aquella noche. Él no necesitaba ir ocultándose a lo largo de las calles. Él podía dirigirse a su casa silbando.

Me encogí de hombros y raspando otra cerilla me dispuse a continuar mi pesquisa. El cartel se destacó de pronto con el estallar del fósforo, como si durante todo el tiempo hubiese estado aguardando allí, al alcance de mi mano, para revelarse ante mis ojos: "CAMPOS. Retratos y fotografías."

Reconocí el nombre que ella me había indicado, aunque, de todos modos, la última palabra me habría puesto en la pista. Era muy parecida a la que usamos en inglés, si bien deletreada en forma algo diferente. Además, un poco más abajo, habían pintado una mano indicando hacia adentro, para demostrar que se trataba de aquella puerta y no de alguna otra. Lo cual me chocó como algo bastante superfluo; pero en lo tocante a gustos nada se ha escrito aún. Un pequeño 3 pintado bajo aquélla servía para indicar el piso correspondiente.

Apagué la cerilla y entré.

Aquellas gentes no eran partidarias de desperdiciar corriente eléctrica dejando las luces encendidas durante toda la noche. Supongo que su teoría sería que, si uno pertenecía a la casa, para aquellas horas debía encontrarse adentro. Anduve a tientas hasta que tropecé con una escalera, y comencé a escalarla penosamente palpando mi camino en las tinieblas. Conté dos rellanos, y al llegar al siguiente comprendí que había arribado a mi destino. Dicho sea de paso, era el último que quedaba por subir.

A fin de asegurarme de elegir la puerta correcta, volví a recurrir a las cerillas. En cuanto a eso, no hubo dificultad. Solamente aparecían dos puertas a la vista, y una de ellas no pertenecía a nadie; era la entrada a una letrina. Yo lo comprobé mirando, pero de todas maneras, uno podía discernir lo que era sin necesidad de abrir la puerta. Retrocedí, pues, hasta la otra, retemplé mi ánimo y llamé débilmente con los nudillos. Cavilaba:

"¿Cómo me las compondré para hacerme entender?"

Podía ser que él supiera una o dos palabras en inglés; la mayoría de los habitantes de aquella ciudad parecía conocer alguna. Traté de recordar si las había empleado para dirigirse a nosotros en lo de Sloppy, pero no me fue posible. Habían sucedido demasiadas cosas desde entonces.

El hombre debía estar profundamente dormido desde hacía largo rato. Volví a llamar, si bien no con tanta delicadeza.

El dinero podría servir para hacerme entender. El dinero habla todos los idiomas. Pero yo no tenía un centavo; se lo había dejado todo a Midnight. Bien, si todo lo demás fallaba, aun me quedaban dos elementos de persuasión uno a cada extremo de mis brazos. Si no lograba hablar con él (y yo no disponía de ningún dinero que pudiese servir de intérprete) pues serían aquellos los que le hablarían. Pero sólo los emplearía como un lenguaje de último recurso.

Aun no había logrado despertarle. Aporreé la puerta prolongada y fuertemente. Y aguardé. Y él continuaba sin acudir. Tenté la puerta, pero esperar que me fuese posible entrar así, a voluntad, era demasiado pedir.

Volví a machacar los paneles, esta vez a todo vapor. El estruendo fue rodando a través de la dormida casa, hueco y distorsionado, como un trueno extraviado que hubiera penetrado allí en alguna forma y tratase ahora de encontrar una salida. Luego disminuyó gradualmente hasta extinguirse, pero sólo algún tiempo después de que yo hube cesado de golpear.

Allá abajo, en algún lugar de la casa, se abrió una puerta y una mujer lanzó un aullido estridente:

-“!Cállese!"

Supongo que aquello quería decir: "Silencio allá arriba." Luego la mujer aguardó un instante, como para ver si yo repetiría la hazaña. No la repetí. Si el fotógrafo hubiese estado allá adentro, para aquel entonces ya tendría que haberme oído. Por último, la mujer terminó por cerrar nuevamente dando un portazo.

Decidí concederle uno o dos minutos para que volviese a conciliar el sueño. Al cabo encendí un fósforo y examiné la puerta. Ésta no tenía aspecto de ceder fácilmente. Pero yo no me había costeado hasta allí a través de toda La Habana, para dar ahora media vuelta y retirarme de nuevo en las mismas condiciones en que había llegado.

Sobre el dintel aparecía una ventanilla batiente cuyo vidrio estaba opacado por una gruesa capa de polvo. Su hoja no estaba perfectamente a nivel con el resto de la puerta, sino inclinada hacia adentro uno o dos centímetros; lo cual demostraba que no era un panel o tragaluz fijo, y esto era lo importante. Pues si había sido posible levantarla uno o dos centímetros, sin duda se podría alzarla más aún. Debía ser movible y girar sobre algún gozne o biela, o cosa así.

Pues bien, Scott iba a entrar en aquel aposento.

Apunté con las palmas de ambas manos hacia la parte inferior o marco del montante, salté en procura del mismo, y no habiendo alcanzado a asirme con la presteza necesaria, volví a caer. Tomé otra vez la puntería y repetí el brinco; esta vez logré aferrarme y quedé balanceándome colgado de allí. Planté entonces el pie sobre el picaporte, obteniendo así un firme punto de apoyo. Empujé con el hombro contra el panel y éste cedió fácilmente, basculando hacia adentro como si estuviera suelto; las charnelas debían estar rotas. Volvía hacia atrás a cada impulso, pero ello no importaba; lo esencial era que no se atascaba.

Pasé la cabeza por la abertura y me encontré mirando hacia abajo dentro de las tinieblas. Luego conseguí pasar un brazo y el hombro correspondiente, introduciéndome más aún. No me atreví a soltarme por completo y dejarme caer; hubiese aterrizado de cabeza y el impacto podía ser lo bastante violento como para hacerme perder el sentido. Además (y esto era más importante todavía) el estruendo podría incitar a algún vecino del piso inferior a subir para investigar. Pude localizar el picaporte interior estirando forzadamente un brazo, y al instante, algo más arriba que aquél, encontré un cerrojo. Éste estaba calzado en su alvéolo, y era de la clase de los que sólo pueden ser corridos desde el interior; de modo, pues, que el fotógrafo debía estar allí todavía. Yo me sentía allá arriba, con la grupa cabalgando sobre el montante, como uno de esos broches que se usan para tender las ropas a secar. Hice deslizar la palanca del cerrojo hasta abrirlo, y entonces comencé la tarea de hacer retroceder mi humanidad nuevamente por donde había entrado; lo cual no resultó tan fácil como entrar. En un momento dado, tuve la impresión de que no lo lograría y tendría que permanecer colgado allí durante el resto de la noche. Mi occipucio chocaba sin cesar contra el panel, y éste volvía a caer invariablemente sobre mi cogote.

Por último conseguí zafarme, y me dejé caer nuevamente hacia el lado exterior. Luego penetré en la habitación en la forma que suele hacerlo toda persona decente: los pies pisando el suelo, y la cabeza en la parte superior del cuerpo.

Aquello me hizo recordar el momento en que me había colado de rondón en el dormitorio de Midnight, una o dos horas antes... ¿O hacía un año ya? Con la diferencia de que éste era más tenebroso aun. Esta vez no había siquiera la brasa de un cigarrillo que horadase aquella negrura. Era como si uno estuviese enredado entre los pliegues de una pesada cortina de terciopelo negro, y tratase de abrirse camino por entre aquellos; sólo que uno no palpaba terciopelo alguno, sino una simple masa de aire negro.

"El hombre tiene que estar aquí adentro -pensé-, puesto que el cerrojo estaba echado por el lado interior."

Y sin embargo, ¿cómo era posible que él estuviese allí y no hubiera oído los golpes que yo había asestado a la puerta?

Mi primera intención fue encender una cerilla, pero entonces reflexioné que ello no me haría ver gran cosa; sólo serviría para exhibirme yo mismo, si él realmente estaba allí. Si aquello era un laboratorio fotográfico, aunque sólo fuese de última categoría, debía tener instalación eléctrica. Me volví y empecé a tantear la pared a lo largo de la jamba de la puerta. Cuando hube alcanzado a la altura de mi hombro, abandoné ese ledo y repetí la operación con el otro. En ninguno de los dos hallé el menor rastro de nada que se pareciera a un interruptor eléctrico.

Avancé unos pocos pasos tratando de ganar el centro de la habitación, puesto que, ya que tenía que emplear una cerilla, quería extraer de ésta el máximo de utilidad posible. Creo que en aquel momento sólo me quedaban dos del gran puñado de ellas que había llevado conmigo al salir de la casa de Midnight.

De pronto sentí que algo me cosquilleaba en el borde de una oreja. Por un instante creí que se trataba de algún mosquito o cínife, y aparté la cabeza; pero entonces aquello me rozó del otro lado. Lancé un frenético manotón en el vacío, presa de una suerte de ahogado terror. Algo tironeó del filo de mi mano, se enganchó y luego se oyó un chasquido. La luz que había estado buscando se encendió súbitamente, precipitándose sobre mí en una catarata enceguecedora; lo que mi mano había aferrado era el extremo colgante de la cuerdecilla que operaba el interruptor.

Durante unos momentos no pude usar mis ojos, deslumbrados por aquella intensa luz después de haber permanecido tanto tiempo en las tinieblas. Luego retire el dorso de la mano, que había colocado como pantalla delante de ellos, y nuevamente estuve en condiciones de utilizarlos para ver.

Pero lo que vi no me agradó en lo más mínimo.

 

 

CAPÍTULO 8

 

Aquella habitación no era otra cosa que una pequeña buhardilla; más o menos lo que podía uno esperar que fuese el estudio de un fotógrafo de pacotilla. Carecía de ventanas, y el plano del cielo raso estaba dividido en dos partes: hacia un lado de su viga central, se extendía horizontalmente y a la altura total de la estancia; hacia el otro lado, descendía al sesgo dando la impresión de que fuese un alero rematando la pared a una altura que no pasaba del hombro. En esta sección oblicua se veía una claraboya, la que era precisamente una de las cosas cuyo aspecto no me había gustado.

Había sido construida de vidrio, pero éste había desaparecido por completo, con excepción de una dentada franja junto a los bordes, y a través del boquete se veían las estrellas taladrando la negrura del cielo. Directamente debajo, el piso centelleaba cubierto de trozos de vidrio. Ello significaba entrada ilegal. A su vez, una silla situada en medio de los vidrios rotos, bajo la brecha, indicaba una salida no menos ilegal. Aquella debió haber sido colocada allí después de la caída de los vidrios, puesto que su asiento estaba limpio; no se veía destellar ninguna de aquellas diminutas partículas que hubiesen quedado aún después de que la limpiaran.

Aquello formaba una pequeña "naturaleza muerta" que no resultaba nada difícil interpretar. Alguien había saltado hacia adentro a través de la claraboya, con los pies en primer término. Alguien se había retirado trepando nuevamente por allí, y usando la silla a modo de escalera.

Aparentemente había habido una pelea o al menos alguna especie de tenaz resistencia, en el lapso comprendido entre la entrada y la salida. Otras dos sillas semejantes a la primera yacían volcadas sobre sus respalderas, y una de ellas tenía dos patas quebradas. La cámara portátil que él solía llevar consigo estaba tirada en el suelo; despachurrada y con todas sus entrañas esparcidas en derredor, como si alguien hubiese intentado desarmarla apresuradamente para extraer las placas, o como si la hubieran pisoteado despiadadamente durante el curso de una riña.

Un par de retratos de muestra que él había sujetado a la pared con tachuelas a modo de decoración, habían soltado amarras, desprendidos de su lugar por las vibraciones. Uno había caído por completo; el otro pendía aún deliberadamente de uno de sus ángulos.

Esto era todo lo que había en la habitación frontal (o al menos la mayor parte) que él utilizaba para hacer posar a sus modelos. Sin embargo, hacia la izquierda, una cortina corría de lado a lado dividiendo el espacio ya modesto de por sí en dos partes desiguales. Lo curioso era que aquel cortinado no había sufrido perturbación alguna; o de lo contrario, si la había sufrido, había caído nuevamente en su lugar exacto sin revelar ningún rastro de ello.

Me aproximé, lo descorrí de un tirón, y eché una mirada. Detrás había solamente una alcoba, un minúsculo rectángulo que él utilizaba como una combinación de cámara oscura para revelar sus placas, y dormitorio. Había en su interior una yacija que cabía a duras penas; además, un lavabo común, empotrado en la pared, que él empleaba como tanque para el revelado. Estaba lleno aún de solución, pero en ésta no había ninguna película sumergida, según lo comprobé hundiendo una mano en el líquido y palpando cuidadosamente el fondo y los costados.

Había un alambre atravesando diagonalmente el pequeño cubil, tendido desde la barra del cortinado hasta la pared, que era usado para colgar los negativos a secar, a la manera de las lavanderas; pero aquellos habían sido arrancados por alguien, como para examinarlos apresuradamente, y luego arrojados al suelo donde yacían desparramados como hojas secas de negro celuloide.

Yo no me tomé la molestia de recogerlos y revisarlos uno a uno a contraluz para ver si el que yo buscaba se encontraba entre ellos. No tuve necesidad de hacerlo; había un medio más expeditivo de averiguarlo. Conté los negativos a simple vista: había ocho de ellos esparcidos en torno a mis pies. Luego reconté los broches de madera que él había usado para sujetarlos, los que estaban enganchados aún en el alambre. Eran nueve. Conque uno de los negativos había salido de aquel lugar; hacia arriba, a través de la claraboya.

Y así había salido el fotógrafo. El camastro había sido utilizado por él; aquello era bastante evidente. La parte baja de los cobertores tenía todavía marcadas las huellas de sus piernas; en cuanto a la cabecera, las cobijas habían sido echadas violentamente a un lado, como al levantarse de pronto cuando uno se despierta sobresaltado. Sin duda al oír el estruendo de los vidrios al romperse y llover en medio de la habitación, al otro lado de la cortina.

No le habían dado tiempo para vestirse. Su chaqueta, camisa y corbata yacían sobre el piso en confuso y pisoteado montón. Ellos se lo habían llevado con lo que tenía puesto; o a lo sumo se habían demorado lo suficiente para forzar sus pataleantes extremidades inferiores dentro de pantalones y zapatos, y a continuación lo habían izado por la claraboya. Al menos no aparecían rastros de ninguna de esas últimas prendas en ningún rincón del habitáculo.

Pero él no se había dejado llevar dócilmente. El estado de la parte delantera de la estancia mostraba a las claras que se había defendido; quedaban las huellas de su pesado forcejear y revolverse de un lado a otro hasta ser dominado y tal vez, por último, lo habían llevado sin sentido; era evidente que debieron proceder de ese modo. Y en prueba de ello, allí estaba esa pequeña mancha de sangre sobre esa sábana que se extendía por el suelo desde el catre hasta cerca de la cortina, como si hubiese sido arrastrado por algún pie.

Apreté el pulgar contra la mancha, y la tela estaba aún húmeda y pegajosa. Aquello era reciente. Había ocurrido sólo un rato antes de mi llegada, tal vez cuando yo estaba ya muy próximo al lugar. Sólo un breve instante antes. Justo a tiempo. Pero no para mí.

Bueno, él no se había dejado capturar sumisamente. Como quiera que fuese, tuve que admitir aquello como algo en su favor.

Me retiré despaciosamente, con más lentitud aun que cuando había llegado; y por cierto que me había abierto paso bastante lentamente cuando entré.

A tiempo que me deslizaba por debajo del cordel del interruptor eléctrico, alargué la mano por sobre el hombro y le di un disgustado sacudón. La buhardilla volvió a sumirse en el olvido, como antes de que yo llegase. Sólo un vislumbre en medio de la noche; sólo una breve ojeada a una habitación desconocida, en una ciudad extraña. Un lugar que jamás había visto anteriormente, ni jamás volvería a ver. Y sin embargo, su recuerdo viviría probablemente en mi memoria durante mucho más tiempo que el de otros lugares infinitamente más conocidos.

Así se esfumaba mi última esperanza. Cerré la puerta de un codazo y comencé a avanzar vacilante entre las tinieblas hacia el rincón donde recordaba se hallaban las escaleras.

 

 

CAPÍTULO 9

 

Durante todo el camino de regreso a través de la ciudad iba divagando sin cesar, tratando de barruntar por qué me estaba tomando la molestia de volver allá. ¿Para qué ir a fastidiarla a aquella muchacha otra vez? No tenía ninguna queja contra ella; por cierto que ya había hecho bastante en mi favor.

Más de una vez, especialmente cuando llegaba a esquinas o recodos, cuando cambiaba de rumbo, me sentía tentado a seguir marchando al azar sin volver a preocuparme con el mapa del camino que llevaba grabado en la memoria; sobre todo, cuando cortaba a través de calles que, según mis cálculos, conducían directamente a la ribera.

Resulta curioso advertir cómo atrae el agua (o más bien sus márgenes) cuando uno se encuentra en un atolladero, sin saber qué hacer o adonde ir. Hay algo en torno a ella.

Pero no obstante, me mantuve alejado de la ribera; no hubiera sido un sitio seguro para mí. La policía también lo sabe. Ellos esperan que uno se dirija allá. Y probablemente tendrían bajo vigilancia la zona de los desembarcaderos y muelles de carga.

Conque me atuve a mi ruta, desandando el camino. Ahora no me parecía ni remotamente tan ardua ni arriesgada como la primera vez. Quizá ello se debía a que ya la había cumplido en una oportunidad, y la familiaridad engendra la indiferencia. O tal vez me sentía más indiferente que durante la ida; ya no me importaba tanto si llegaría o no a mi destino. Yo ya estaba vencido y sólo hacía falta que me dieran un empujón hacia abajo para hundirme por completo. Pero, con todo, tenía que dirigirme hacia algún lado: conque proseguí marchando en dirección al punto de donde había partido.

En los cafés ya se había aplacado gran parte de la animación; esta vez ya no era tan peligroso pasar delante de ellos. Se estaba haciendo tarde, aun para una ciudad trasnochadora como aquélla. Varios de ellos estaban ahora a oscuras, y otros tantos habían disminuido su iluminación casi por completo y apilado las mesas unas sobre otras. Tampoco los tranvías me daban caza ahora como lo habían hecho anteriormente; o bien no corrían ya, o lo hacían a intervalos más largos.

En una ocasión, un hombre de color ataviado con un elegante traje blanco se me acercó en la penumbra y me preguntó algo. Fuese cual fuese la pregunta, se refería a algo legal y decente; me di cuenta de ello por la abierta franqueza de sus modales, pero no logré entenderla. Mientras estaba allí, de pie delante de mí, tuve la impresión de estar contemplando un negativo fotográfico. Supongo que ello se debió a que mi imaginación veía fotografías por todas partes a causa de los últimos acontecimientos; pero el caso es que aquel hombre era todo blanco donde debía haber sido negro, y todo negro donde debía haber sido blanco. Repitió su pregunta por dos veces, y luego ante mi: "Don’t know what you're saying", me abandonó como un caso sin esperanza y prosiguió su camino para volver a tentar suerte con la siguiente persona (si existía) que pudiera ser hallada a tales horas. Hasta donde yo puedo imaginármelo, quizá aquel negro sólo deseaba una cerilla; pero no era yo quien iba a iluminar mi rostro por nadie. Aquella fue la única eventualidad ocurrida durante todo el viaje de regreso.

Ya no había nadie de guardia a la boca del callejón; aquellos dos polizones se habían retirado. Pude ver que la vía estaba franca desde los últimos límites posibles de visibilidad, lo que no significaba, dicho sea de paso, una distancia muy grande; a ambos lados del pasaje los muros presentaban una coloración pareja, sin manchas oscuras destacándose contra ellos. Cabía la posibilidad, por supuesto, de que los vigías hubiesen cambiado de apostadero situándose en el lado interno del callejón; pero yo dudaba de que fuera así. Usualmente, un policía de guardia permanece apostado en el mismo sitio donde uno lo ha visto por primera vez, en tanto que no advierta que ha sido descubierto.

Doblé la esquina hacia adentro, y efectivamente no había ninguno allí tampoco. Ellos se habían dado por vencidos y abandonado el caso; por el momento al menos.

El resto fue fácil. Hallé mi camino por el interior de la casa, trepé las escaleras, y llamé a su puerta del mismo modo que ella lo había hecho antes, a fin de que comprendiese que era yo quien golpeaba. Ella demoró uno o dos minutos (no se oía el menor ruido en el interior) y luego abrió; y allí nos encontramos ambos de nuevo, en el mismo punto donde habíamos comenzado.

Supongo que ella comprendió lo ocurrido aun antes de preguntarme nada; debió adivinarlo por la expresión de mi semblante y la desmayada actitud conque me apoyaba contra el marco de la puerta, como si no tuviese un hueso en el cuerpo.

-Mala suerte, ¿no? -gruñó.

-Si eso significa que no tuve éxito, pues acertaste -respondí echándome la visera de la gorra más atrás aun sobre mi cabeza; este fue mi único movimiento.

-Bueno, entra de una buena vez, no te quedes ahí... ¿Qué esperas? ¿A que termine la estación de las lluvias?

-¿Qué haré ahí adentro?

-Pues bien, ¿qué harás ahí afuera?

Avancé un breve trecho, indiferente, y ella cerró la puerta y echó el cerrojo.

-Alguien me ganó de mano -dije con disgusto-. Y no sólo se llevaron la fotografía, sino también al fotógrafo.

-Carajo... -suspiró ella compasivamente.

-Puedes repetir eso por mí, cualquiera sea su significado -repliqué-. En fin, aquello al menos sirvió para probar una cosa: que en aquella fotografía aparecía algo, y que ello constituía una coartada en mi favor; pues de no ser así, ellos no se habrían tomado tantas molestias para apoderarse de ella. Y también secuestraron al fotógrafo para cerrarle la boca, pues él ya había revelado la placa y visto por sí mismo lo que ella significaba. De lo contrario se hubieran limitado a desmayarlo de un golpe y abandonarlo allí. Pero aquello está ahora revelado no solamente en la placa, sino también en la mente del fotógrafo; ésta es la razón que los obligó a llevarse consigo ambas cosas. Lástima que no se me ocurrió la idea una hora antes; podría haber llegado a tiempo.

Le hice una seña de despedida y me encaminé a la puerta con el propósito de volverme por donde había venido.

Ella me tomó de las ropas sujetándome con firmeza.

-No estarás pensando abandonar el asunto, ¿verdad?

-¿Pues qué quieres que haga? No puedo acampar aquí, en tu habitación, por el resto de mi vida, ocupándome en livianos quehaceres domésticos durante los intervalos entre allanamientos policiales.

-¿Qué te pasa? ¿Temes que ello sea inmoral? -se mofó ella-. Son únicamente las recatadas gentes de la clase media, que no la han corrido jamás en sus vidas, quienes creen que un hombre y una mujer no pueden pernoctar bajo un mismo techo sin enredarse. Nosotros, la chusma, pensamos de otro modo. En una oportunidad, en Nueva Orleáns, estuve encerrada en un aposento junto con un hombre durante treinta sólidos días (ninguno de los dos podía salir) y apuesto a que fuimos más decentes que la mitad de esas familias acaudaladas que viven en palacetes de treinta habitaciones. Ambos estábamos demasiado atareados espiando a la policía para pensar en espiarnos uno a otro mientras nos vestíamos. Aquí tenernos el catre, y además el piso. ¿Qué más podemos necesitar? Sólo somos dos.

Me empujó suavemente hacia el camastro para que me sentase en el mismo. Me senté.

-Por lo menos quédate aquí esta noche -insistió.

-Pero es que aquello me tomará todas las noches de un año y algunas más. ¿Qué esperanzas puedo tener ahora de probar mi inocencia?

Ella se aproximó y me contempló de arriba abajo.

-Ya veo que voy a tener que charlar de firme para meterte la idea en la sesera. Ustedes, los chamacos del Norte, no parecen capaces de pensar en línea recta como lo hacemos nosotros; van ambulando en curvas.

Me dio un par de golpecitos en el pecho con el dorso de la mano, como para infundirme ánimo, y luego prosiguió:

-Aun te queda una probabilidad; eso no ha variado en nada. Aun tienes la misma probabilidad que tenías antes, cuando saliste en busca de la fotografía. Con la única diferencia que, ahora, en lugar de una simple fotografía tendrás que procurarte un fotógrafo completo y con vida...

-Seguro -dije lúgubremente-. Una bagatela.

-Bueno -arguyo ella haciendo exagerados ademanes-. ¿Qué es más fácil de rastrear y encontrar? ¿Un fotógrafo del tamaño de un hombre entero, o una pequeña fotografía que puede ser ocultada en el bolsillo de cualquiera? ¿Es que no comprendes, hombre, que ellos se han entregado a ti por sí mismos?

Tú sabes ahora, por la forma en que ellos secuestraron a ese hombre, que éste sabe algo que puede serte útil, que él vio alguna cosa en el negativo cuando lo hubo revelado. Tú posees más datos ahora que antes.

-Estoy tremendamente cargado de ellos -asentí con ironía.

-Ahora estás seguro de ello; antes no lo estabas. Es lo mismo que si hubieses visto la fotografía con tus propios ojos.

Su línea de razonamiento era perfecta en su desarrollo, pero yo no podía seguirla por completo; no lograba discernir a qué punto quería ella arribar.

-All right -dije-, yo lo sé; pero la policía no lo sabe. Yo no soy difícil de convencer, puesto que jamás pensé en mi propia culpabilidad. Es a ellos a quienes hay que persuadir, no a mí.

-Pero yo sé cómo podrías tú lograr que esos otros se delaten ante la policía en la misma forma que se delataron ante ti. Claro está que la posibilidad es muy leve. Todo depende de que tú estés dispuesto a jugarte la vida con un margen de probabilidades en tu contra de diez a uno.

Solté una breve risotada.

-Estoy dispuesto a aceptar desventajas aun mayores -repliqué-. Veinte a uno. Veinticinco. Al fin y al cabo, ¿contra qué desventajas me estoy entintando ahora? Tú no las llamarías pequeñas, ¿verdad? ¿Y qué valor tiene ahora para mí esta condenada vida, ya que ella no existe más? No tengo necesidad de conservarla para pasearme en un día de lluvia...

Ella me dio un pellizco en el hombro, supongo que en señal de aprobación.

-Eso es, chico. Así se habla. Ahora has captado la idea correcta.

-¿Cuál es ese ángulo del asunto, que tú has descubierto? Soy todo oídos.

-Pues escucha, ahí va: Se trata simplemente de hacer que ellos te pesquen como pescaron al fotógrafo. Tú comprendes a quiénes me refiero al decir ellos, ¿verdad? A esa gavilla, o equipo, o lo que sea. Déjate caer entre sus manos. Pero, eso sí, debo parecer accidental, no hecho adrede.

-No comprendo. Ellos me entregarían en el acto a la policía, y es a ésta precisamente a la que me he pasado esquivando durante toda la noche.

-No, no lo harán. ¿Pero no ves, hijo, que ahora ya no podrían hacerlo? No se atreverían. Tú estás enterado de lo que le sucedió a ese fotógrafo: que fue secuestrado para impedirle que hablase. Tú puedes probar que tal sujeto existía, y que ahora ha sido retirado de circulación. Nadie podría tergiversar eso; tú no sacaste a ese hombre de tu magín. Él existía. Pues bien, ¿dónde está ahora? All right, conque, aun cuando tú no puedas librarte todavía de aquel otro sambenito, en cambio puedes colgarles éste a ellos. Y ellos lo saben muy bien, tenlo por seguro. Si tú te dejas caer convenientemente entre sus garras, la policía no volverá a verte jamás. Los muertos no hablan.

Ella hizo una pausa y me quitó del hombro una imaginaria mota de polvo de un delicado papirotazo.

-¿Me has ido siguiendo hasta ahora? -preguntó al cabo.

-Seguro -respondí-. Hasta ese punto en donde estoy muerto en vez de estar vivo; pero me parece que ésa no es una solución muy saludable. Por lo que a eso respecta, también podría degollarme ahora mismo, en este lugar; ello sería más rápido aún.

Ella presionó el aire con las palmas de las manos en un movimiento que equivalía a aplicarme una sordina.

-Aguarda un instante -dijo-. No embarres el asunto. Mira: ellos no pueden soltar al fotógrafo, pues éste iría corriendo a contarle a la policía lo que vio en la placa. Y tampoco podrán soltarte a ti (una vez que te tengan en su poder) pues tú irías a contarle a la policía lo que le ocurrió al fotógrafo.

Ella hizo otra pausa y extendió las manos abriéndolas en abanico.

-Claro, ¿no? -añadió.

-Claro, sí -admití, repitiendo aquel vocablo cualquiera que fuese su significado-. ¿Pero qué te hace suponer que el fotógrafo está con vida aún? Si tu punto básico es que una vez que me tengan en su poder estaré más muerto que un pato asado, ¿ello no se aplica también con respecto a él? Ellos emplearían el mismo razonamiento en ambos casos.

-Él continúa con vida hasta este momento. El hecho de que ellos no lo liquidaran allá mismo, en su estudio, es prueba suficiente de ello. ¿Para qué habrían de acarrear con ellos un cadáver, especialmente de aquel modo tan penoso, izándolo a través de una claraboya y descolgándolo luego de un tejado? De no ser así -agregó pasándose un dedo por la garganta a modo de cuchillo-, hubieran acabado con él, dejándolo abandonado allí mismo. Cuando se lo llevaron, él estaba vivo; cuánto tiempo durará así, es harina de otro costal. Sin duda proyectan eliminarlo en algún sitio alejado de la ciudad, donde sus restos no serán descubiertos muy pronto; o bien en medio del océano, donde no lo serán nunca.

-Y me imagino que, si me dejo caer sobre sus rodillas, eso mismo será lo que me ocurrirá a mí -dije torciendo los labios en una sonrisa forzada-. ¿Es ese tu plan?

-Esta es sólo la primera parte de mi plan; la segunda parte seguirá inmediatamente, como suelen decir en los cines. De lo contrario, peor para ti. Ésta es tu única probabilidad dentro de las diez de que hablé antes. Ahora presta atención. Primera parte: tú caes en sus manos, y ellos comienzan la tarea de liquidarte. Segunda parte: tanto tú como ellos (todo el batiburrillo completo) caen en manos de la policía, y ésta liquida el asunto de una vez por todas. Bien, all right, la culpa habla por sí misma; los detectives no necesitan emplear sus lentes de aumento. ¿Quién secuestró a quién? ¿Quién estaba tratando de cerrarle el pico a quién? ¿Eras tú quien intentaba borrarlos del mapa a ellos, o eran ellos quienes intentaban borrarte a ti? Tú posees dos armas contra ellos, como solíamos decir allá en Tampa: tú mismo, y el fotógrafo. Desde el momento que ellos pretenden enmudecer para siempre a tanta gente, es porque tienen algún motivo para ello. Tú, en cambio tienes ningún motivo; puesto que no intentas enmudecer a nadie. ¿Qué te parece? ¿Qué opinas? Es una buena combinación, ¿no?

-Es adorable. Me gustaría hacer algo por el estilo todos los martes por la noche, a eso de las nueve o las nueve y cuarto.

Ella tremoló una mano muy por arriba de su cabeza en señal de reproche.

-Es la única que tenemos, ¿no es así? -exclamó-. Conque, ¿por qué cacareas de eso modo? Si tú tienes otra mejor, ¡ya puedes irla escupiendo!

-Es la única que tenemos -admití fatigosamente-; conque así será. Y no me interpretes mal; no estoy coceando -aclaré levantándome del camastro y tironeándome los pantalones hacia arriba-. Aún estoy deseoso de arriesgarme por aquella única probabilidad favorable entre otras diez en contra; eso es bastante bueno para mí. Lo mismo lo haría si se tratase de una en cincuenta. Pero la cuestión es: ¿surtirá efecto? Tú acabas de darle una molienda entre tus encías, y todo ello sale de perlas. Perfecto. ¿Pero puede llevarse a la práctica?

-¿Por qué no habría de poderse? -latigueó ella.

-Comencemos por el principio. Esto nos va a tomar la noche entera. All right, ante todo yo caigo en manos de ellos; este es el punto de partida. Ahora, ¿quieres decirme cómo infiernos voy a caer en sus manos cuando ni siquiera sé quienes son, o dónde están, o cómo ir adonde estén, de modo de poder caer en sus manos? ¿Qué esperas tú que yo haga? ¿Que me pasee por las calles durante toda la noche con un cartel que diga: "Aquí estoy, muchachos, aguardando que ustedes me secuestren?"

-No te llagas el gracioso -recriminó ella distraídamente, en tanto que deslizaba repetidamente una uña entre dos de sus dientes, sumida en perpleja abstracción.

-Yo no podría reconocerlos ni aunque los viese -protesté-. No tengo la menor idea acerca de su identidad.

-Cierra esa bocaza -replicó humedeciendo con saliva la punta de un cigarro e inclinándose sobre la llama de la vela para encenderlo-. Toda cosa que puede ser armada puede volverse a desarmar. Esta trampa fue armada pieza a pieza en torno a ti; y con tal que persistamos en la tarea durante el tiempo suficiente, podremos encontrar las junturas y volverla a reducir a piezas sueltas.

-¿Qué quieres que hagamos? -dije torvamente.

-Aquel chino gordo, el tal Tío Chin, está complicado en alguna forma. De eso puedes estar seguro. Todas estas desdichas comenzaron en su tienda; tú y ella fueron guiados allá de ex profeso. Luego él escamoteó los cuchillos, falseó el recibo y te enredó con la policía.

-Me gustaría poder quitarle el resuello a puntapiés -asentí sombríamente-. Y no me explico cómo me he quedado tanto tiempo por aquí sin volver allá y hacerle soltar un poco del aire que le infla esa panza de globo.

-Serénate -dijo ella llamándome a sosiego-. Con ir hasta su tienda y darle una paliza, no vas a ganar nada. No averiguarás nada más que lo que sabes ahora. Él chillará como un marrano, la policía caerá de nuevo sobre ti, y te encontrarás en la misma situación que cuando empezaste. Aquella evidencia del cuchillo, el recibo y todo lo demás, está bien atornillada y aguantará de firme.

-Pero ahora tú estás rebatiendo tus propios argumentos, ¿no es así? Primeramente dijiste que una vez que me secuestren no podrán permitirse el lujo de entregarme a la policía.

-Seguro, pero ante todo es necesario que tú te coloques previamente en una situación que les facilite el secuestrarte. Ellos sólo lo harán si creen que tú no esperas tal cosa, que no los conoces, que no estás prevenido en su contra. Además, este Tío Chin no ha obrado por su propia cuenta; él no es otra cosa que el testaferro de algún otro. Él jamás te había visto anteriormente en toda su vida; conque, ¿qué podía ganar con urdir esa maquinación en tu contra? Hay alguien más, alguien que se oculta tras él.

-Eso es fácil de discernir, aunque hay mucha distancia de aquí a Miami. Si el tal Chin no está solo en el asunto, si como tú dices alguien se oculta tras su espalda, entonces el chino debe estar trabajando en una u otra forma por cuenta de Eddie Román.

-Pues eso es lo que debemos descubrir: el lazo de unión entre ellos dos. Eso nos mostrará la juntura entre dos piezas; ello nos mostrará el sitio exacto por donde tú debes escurrirte a fin de poder estar seguros de que ellos se apoderarán de ti.

-Veamos -dije yo empujando la visera de mi gorra hacia arriba-. Un potentado de Miami, traficante en clubes nocturnos y "deportes", ¿para qué puede necesitar un agente chino en La Habana? Chin comercia en curiosidades y antiguallas. Nada de eso tiene ninguna utilidad para Román en sus clubes. Ni siquiera en su propia casa; ésta es moderna y flamante. Y sin embargo, entre ambos debe existir alguna clase de relación comercial.

-Tú solías guiar su automóvil. ¿Nunca tuviste algún indicio acerca de cuál es su verdadero negocio, su verdadera fuente de ingresos?

-Solamente lo que salta a la vista: clubes nocturnos, carreras de caballos y cosas por el estilo.

-La temporada de verano es muy corta allá -observó ella-. Cuando sus clubes cerraban sus puertas, ¿solía él irse al Norte, a continuar sus operaciones en algún otro lugar?

-No. Permanece en Miami durante todo el año.

-Entonces no vive de sus clubes nocturnos.  ¿De dónde obtenía su dinero durante los restantes nueve meses del año?

-No lo sé -admití-. Ése es un asunto que se trataba en el interior de la casa. No olvides que yo permanecía fuera de ella; y la mayor parte del tiempo, sentado tras el volante del auto.

-Pero ella estaba dentro. Ella estaba casada con él. ¿Nunca te contó nada?

-Ella no sabía más que yo. Ella recibía su parte en forma de diamantes; pero no creo que ella supiese la procedencia del dinero con que habían sido comprados.

-Eso hubiese sido distinto conmigo, hermano.  “Penetra los secretos de todo el mundo y aprovéchate” es mi lema.

-Román es demasiado ladino.

-Ella debe haber soltado alguna u otra pequeña frase, aun cuando ni ella misma supiese su significado.

Toda mujer suele contarle al hombre que ama la vida y milagros del otro hombre a quien ya no quiere más; su instinto femenino la impulsa a hacerlo. Trata de recordar, ¿quieres? Alguna de esas mañanas... cuando ella salía en el auto a solas contigo. El dato debe estar en tu cabeza... ello es seguro... con tal que logres recordarlo.

Retrocedí en mis pensamientos, una y otra vez, hasta aquellas cien mañanas muertas y enterradas ya, cuando volábamos por la carretera hasta alejarnos lo suficiente corno para poder cambiar nuestro primer beso a hurtadillas. De súbito, desde una de aquellas mañanas, regresó a mi mente una palabra. Apunté un dedo en dirección a Midnight.

-¿Qué es "guayaba"? -pregunté.

-¿Qué hay de eso? -preguntó ella a su vez-. Cuéntame lo que sea.

-Yo te pregunté primero -insistí.

-Es un dulce hecho de fruta. Una especie de pasta sólida, gomosa.

-Ella dijo algo acerca de eso en una ocasión. Me preguntó lo que era, lo mismo que yo te pregunté ahora a ti; con la diferencia que yo no se lo pude explicar. Ella sorprendió una conversación relativa a ello una noche, y me lo contó al día siguiente, en el automóvil. Acostumbrábamos detenernos por ahí, ¿sabes? y nos quedábamos sentados juntos durante horas...

A ella no le interesaban las alternativas de nuestra aventura amorosa.

-Por supuesto -me interrumpió-. Pero continúa.

-...y ella me relataba minuciosamente cuanta insignificancia le había ocurrido desde la última vez que nos habíamos visto; desde el día anterior, o dos días antes, o cuando fuese. Y ésta fue una de esas fruslerías. Prácticamente nada. Me lo dijo al final de todo lo demás, simplemente para tener algo más que decirme.

-Bueno, oigámoslo de todos modos: veamos de qué se trata -urgió ella, sus manos abriéndose y cerrándose en codicioso gesto.

-Permíteme recapacitar un instante -proseguí-, y trataré de reunir todos los detalles. Ella fue despertada una noche por la campanilla del teléfono. Eran las cuatro de la madrugada, poco más o menos. El teléfono estaba allí, junto a la cama de ellos, y la llamada, como es natural, era para él. Bien, él tomó el receptor y ella le oyó decir: "Aguarda un momento; hablaré contigo desde el aparato del piso bajo." Y a continuación se tomó la molestia de ponerse una bata y calzar unas pantuflas, bajar al primer piso, y atender la llamada desde allí; cuando en realidad bien podía haberlo hecho desde la cama. Los ruidos que provenían del descolgado receptor comenzaron a molestarla a ella; conque, medio dormida como estaba, alargó su mano para desconectarlo puesto que él ya no precisaba que continuase conectado con el dormitorio. Ella se llevó entonces el aparato al oído durante un segundo, a fin de asegurarse que su marido ya había tomado la comunicación, y fue así cómo sorprendió un trozo de aquella charla. Aquella charla de negocios. Y lo único que a ella le pareció extraño con respecto a aquello, fue que hubieran elegido una hora tan peculiar para hablar.

-¿Ella alcanzó a oír algo?

-Muy poco. Román estaba hablando con un hombre, evidentemente alguien que trabajaba a sus órdenes. "Pero, jefe -dijo la voz de aquel sujeto-, yo no puedo mantener la lancha navegando en círculos durante toda la noche. Tenía que descargarla en algún sitio."

"Román lo cubrió de maldiciones, furioso a causa de alguna demora. Luego ella oyó que decía: «¿Por qué no descargaron ayer, cuando debían hacerlo? ¡Bonito lío han armado! Ahora tendré que volver a enviar un camión a aquel lugar dejado de la mano de Dios, para recoger la carga.» El otro hombre contestó entonces: «No pudimos evitarlo; hubo un contratiempo en el otro extremo.»

"Román reflexionó un instante y luego ella le oyó decir: «Bueno, ya que eso ha sido descargado, quédate allí donde está. Enviaré allá el camión lo más pronto que me sea posible después del amanecer. ¿Cuántos cajones de guayaba son?»

"«Cinco docenas; tres y dos», repuso el hombre, y esto fue lo último que ella escuchó. Colgó entonces el receptor, y volvió a dormirse. Ella me lo mencionó de pasada, pero todo ello carecía de sentido; ninguno de nosotros dos logró figurarse lo que habría detrás de todo aquello."

-Pues para mí huele a contrabando.

-Una lancha -asentí meneando la cabeza-. La descargan en medio de la noche, en algún lugar solitario de la playa. Luego él envía un camión a recoger la carga, sea ésta lo que fuere. ¿Qué aspecto tiene esa guayaba? ¿Cómo viene?

-Aquí la tienen en todas las tiendas de comestibles; es un dulce de tipo corriente. La empacan cortada en bloques, en cajas de madera delgada del tamaño de las comunes para cigarros, poco más o menos así -explicó describiendo con las manos una forma oblonga-, y, por lo general, su profundidad no pasa de unos cinco o seis centímetros.

-Pues no lo entiendo -declaré-. Román no puede expender ese producto en sus clubes.

-Además, es algo que no está gravado con impuestos; vale decir que no existe ventaja alguna en introducirlo de contrabando. Aquello debía ser algo más que simple dulce de guayaba.

-Aja, ¿pero qué cosa? Por aquel entonces yo supuse que se trataría de ron o algo por el estilo, pues ignoraba la forma en que se empaca la guayaba. Pero el ron tendría que venir en barriles; no sería posible envasarlo en esas cajas.

-Por otra parte, esa clase de contrabando desapareció hace ya tiempo; han pasado más de seis años desde la abolición de la ley seca.

-Diez días después -agregué incongruentemente-, Román le obsequió a ella un deslumbrante brazalete de diamantes, de un tamaño suficiente como para servir de cabestrillo para un brazo roto. Si ello tenía o no alguna conexión con aquella llamada telefónica, no lo sé. Pero recuerdo que, mientras estábamos sentados en el asiento delantero del auto, ella se lo arrancó bruscamente de la muñeca, lo arrojó al asiento posterior, y escupió luego con asco.

-Pues bien,, el hecho de que él pudiese hacer semejantes regalos demuestra que aquél contrabando, fuera lo que fuese, producía una ganancia enorme, mayor que la que pueda producir el ron o cualquier otra cosa. Continúa pensando, insiste en la idea; veamos si conseguimos deducir qué puede ser.

No sé durante cuánto tiempo continuamos sentados allí tratando de resolver aquel problema. Yo no poseo una imaginación muy brillante; había pensado en el ron, y no me sentía muy capaz de pasar de allí. Por un fugaz instante comenzó a fructificar en mi mente una idea relacionada con lo que suele calificarse de "trata de blancas", pero la deseché en el acto; ese no es un contrabando que pueda acondicionarse en cajas del tamaño de las de cigarros.

La habitación olía a algo nauseabundo. Comencé a sacudir la cabeza, tratando de mantenerla lúcida para la tarea que habíamos emprendido.

-¡Caray, esto apesta! -exclamé arrugando la nariz-. ¿Qué olor es este?

Era aquella misma acre fetidez que me había molestado anteriormente, cuando estaba a solas aguardando el regreso de ella. Parecía haber inundado nuevamente el aposento; una mezcolanza de olores, un poco a plumas quemadas, un poco a amasijo agrio.

-¡Oh, es él, ahí al lado! -dijo ella indicando con el pulgar la pared a su espalda, que separación de la vecina-. No hagas caso.

 En el breve silencio que siguió se oyó un sonido semejante al ronco lamento de un durmiente revolviéndose presa de una pesadilla.

-Es él, que probablemente ha vuelto en sí y ha encendido su pipa nuevamente. Eso es algo que se oye sin cesar durante toda...

 Ella se detuvo bruscamente y me miró. Le devolví la mirada. Ambos habíamos comprendido al mismo tiempo, en uno de esos súbitos relámpagos que suelen iluminar la mente de dos personas en el mismo instante.

- ¡Eso es! -exclamó ella castañeteando los dedos, y yo entendí lo que quería significar.

-¡Opio! -repliqué- ¡Opio en bruto, oculto entre la guayaba! Probablemente entre dos capas de ésta, en cada una de esas pequeñas cajas que tú me describiste. ¡Esa es la fuente de ingresos de Román! No los clubes o las carreras de caballos en Miami. Un mil por ciento de ganancia en cada trozo. Diez mil por ciento.

 -Esto explica su relación con Chin.  Chin importa rarezas y antigüedades, cacharros y cofres artísticos de Oriente. Y apuesto a que la mitad de ellos tienen doble fondo. Luego los reembarca desde aquí. La Habana no es más que una etapa en el viaje. El punto de origen del opio no es éste. Pero es mucho más fácil introducirlo en tu país desde aquí que directamente desde la China. Las autoridades mantienen una vigilancia más estricta en aquella dirección. Chin no es otra cosa que el... ¿cómo se dice en inglés?...

 -The middleman  -repliqué, pero mi mente no estaba allí. Estaba pensando en ella. No era extraño que ella odiase aquellas joyas que él hacía diluviar sobre su persona. No era extraño que ella hubiese querido arrojarlas al agua aquella misma noche, mientras nos acercábamos a tierra. Ella no estaba en el secreto; de esto yo estaba seguro. Pero su instinto le había dicho que existía algo sucio en torno a ellas; debía ser así para que ella las aborreciera tanto. Recordé lo que ella me había relatado, de cómo aquellos brillantes le hablaban en la oscuridad con unas vocecillas aflautadas y chillonas. Las voces de las almas condenadas precipitándose dentro del infierno.

 Aparté la mano de mis ojos y miré. La muchacha se había detenido un instante cerca de la puerta, en su camino hacia afuera.

Se inclinó y levantó el ruedo de su falda con tal brusquedad que creí que se la iba a quitar del todo. Trajinó brevemente con sus dedos en la parte superior de la media y dejó caer la falda a su sitio.

- ¡Ahora sé en qué se puede emplear apropiadamente aquel dinero que quisiste regalarme! -profirió.

Yo supe entonces hacia dónde se dirigía ella, lo que se aprestaba a intentar con aquel dinero.

-¿Ellos pueden hablar con uno cuando se encuentran en ese estado? -pregunté-. ¿Pueden entender lo que uno les dice? ¿Pueden explicarle algo a uno?

Ella tremoló mi propio rollo de billetes en mi dirección.

-Esto habla -afirmó-, hasta en las pesadillas. Yo le llevo a ese hombre un puñado lleno de sueños nuevos, ¿no es así? ¡Y quizá, hasta un nuevo camarada de vicio para que comparta sus sueños con él!

 

 

CAPÍTULO 10

 

Ella permaneció en la habitación vecina durante largo tiempo. Pasó un mal ralo con él. Yo no sé cómo lo hizo; pero el caso es que ella parecía saber cómo hacerlo. Cómo lograr que esos seres regresen a la tierra desde aquellas soñadas nubes en que vagan flotando allá, muy arriba. Tal vez ella ya había tenido que hacerlo anteriormente en alguna ocasión. O quizá eran simplemente su instinto y su sentido común los que le indicaban lo que debía hacer. Del mismo modo en que una dama de las soleadas altas esferas sabrá cuidar a un enfermo, intuitivamente, sin haber tomado jamás una sola lección al respecto, así ella, allá abajo en las sombrías regiones del hampa, parecía saber cómo lidiar con un opiómano aunque ella misma jamás había sido atraída por aquel vicio.

Yo la oía intermitentemente a través del muro a medida que su procedimiento iba progresando, y ello, al llenar mi imaginación del más absoluto horror, me helaba la sangre en las venas. Y no porque aquellos sonidos delatores tuviesen en sí mismos nada de horripilantes, puesto que ellos eran completamente comunes y vulgares; era el saber cuál era el fondo de la situación lo que me hacía revolver el estómago.

Primero sólo me llegaba la voz de ella; monótona, insistente, repitiendo las mismas palabras una y otra vez. Hacía una breve pausa; luego proseguía de nuevo.

Tal vez muy cerca del oído de aquel infeliz. Y al recordar el aspecto de él, traté de apartar a toda prisa de mi mente aquella idea.

Una sola frase, machacando y machacando hasta que uno, aun cuando estuviese en otra habitación se oprimía la coronilla con ambas manos y deseaba perder la razón. Puede que fuese: "Despierta'', o quizá: "Háblame", o tal vez sólo lo estaba llamando por su nombre; yo no sé lo que era aquello.

Luego oí el ruido característico de un tacho de hojalata al chocar contra el suelo, y el borbotar del agua al volcarse en un recipiente más chico. Ella debió encontrar alguna forma de calentarla; puede que él tuviese allí algún hornillo de alcohol. Esto llevó cierto tiempo. Y mientras tanto, la voz continuaba, mecánicamente, como un disco de gramófono rayado. Luego, otra vez el agua, ahora chapoteando con más suavidad, como si algún trapo estuviera siendo empapado en ella. En seguida un sonido blando, castañeteante, como si alguien, fuese abofeteado con una toalla caliente improvisada. Ahora un quejido, un tremebundo sollozar, que ahoga la voz de ella con su sonido. Luego pareció como si él se le hubiera escapado nuevamente; él debió hundirse otra vez en la nada absoluta. Se oyó un ruido sordo, como si alguien se hubiese desplomado de bruces desde una posición semierecta.

Mi corazón retumbó al mismo tiempo que el cuerpo de él.

El retumbar de las bofetadas se tornó más incisivo; ya no eran aplicadas con un paño húmedo, sino con la palma de la mano.

De improviso cesó todo y ella regresó a nuestra habitación. La puerta se abrió de golpe y ella apareció en el umbral, jadeante, la frente destilando sudor, un mechón de su cabello pendiéndole sobre un ojo.

 -¡Ya casi lo tenía en mi poder! -profirió-. ¡Y luego se me escurrió nuevamente! ¡Rápido, dame uno de tus cigarrillos!

Yo no comprendía; tan lento era mi cerebro para sintonizar las ideas. Como un imbécil, creí durante unos segundos que lo quería para ella. Me lo arrebató de la mano, se lo plantó entre los labios, se inclinó sobre la bujía y se alejó rápidamente por donde había venido, de regreso al aposento vecino.

Sólo entonces, cuando ya había desaparecido, comprendí para qué lo quería en realidad. Ella jamás fumaba cigarrillos -así me lo había dicho- sino únicamente cigarros. Pero supongo que la brasa que produce un cigarro era demasiado grande para aquel fin.

"Si continúo oyendo esos efectos sonoros me volveré loco", me dije a mí mismo. Y comencé a caminar por la estancia describiendo una estrecha espiral cuyos círculos se fueron acortando sin cesar hasta que me quedé inmóvil en medio de ella.

El aullido fue agudo y cristalino, y sus vibraciones disiparon aquella bruma. Yo traté de no imaginarme la escena, pero no pude evitar el ponerme a conjeturar cuánto ella habría tenido que apretar, durante cuanto tiempo ella habría tenido que... que sostener aquello firmemente.

Pero aquello lo logró; aquello completó la obra. Después de eso, sólo se oyeron las voces de ambos murmurando en tono apagado.

Aquella parte también llevó largo rato. Supongo que ella tuvo que granjearse su confianza; pero asimismo  supongo que el dinero ayudó algo. Sin duda fue así. Ése es el auxiliar más grande que existe para ganar la  confianza de alguien.

Ella volvió finalmente adonde yo estaba; volvió dando trompicones, hecha una ruina. Parecía consumida. Uno casi hubiera pensado que parte de los efectos de su obra se habían transferido a ella, tal era su enfermiza palidez. Su semblante tenía la expresión de alguien a quien se le hubiese permitido echar una mirada a los  más insondables abismos del infierno, y luego no hubiera apartado los ojos con bastante rapidez.

Cuando cerró la puerta en pos de sí, sus dientes castañeteaban.

-Preferiría estar muerta -dijo estremeciéndose, y se arrebujó prietamente en su chal; y sin embargo, aquella era una cálida noche de La Habana.

-¡Hermano, que bien me vendría un trago de aguardiente después de aquello! -añadió. Y dejándose caer en una silla comenzó a mesarse los cabellos.

-Debiste permitirme a mí que arreglase este asunto -dije.

Ella sacudió una mano en mi dirección sin levantar la vista.

-Tú ni siquiera hubieses sabido distinguir en qué extremo del cuerpo tiene la cabeza aquel desdichado. Y él probablemente hubiese extraído un cuchillo y cerrado contra ti en cuanto te viese la cara. Ellos se asustan más fácilmente de un yanki que de un cubano.

No le pregunté nada más; la dejé que se sentase allí un rato, hasta que se recobrara. En el ínterin, la contemplaba cavilando: "Uno encuentra oro en los sitios más inverosímiles; en estercoleros y montones de escorias. Ella hizo todo eso por mí. Fue allá y procedió en esa forma por mí. Por alguien a quien una o dos horas antes, ella ni siquiera conocía. ¿Por qué? ¿Qué beneficio sacó ella del asunto? ¿Cuál fue su porcentaje? Sí, uno puede hallar oro rodando por los lugares más extraños..."

Ella levantó el mentón de sobre el respaldo de la silla.

-Se trata del Tío Chin, en efecto -dijo con calma-. Lo he comprendido así por la forma en que mi vecino me describió el lugar. Él nunca lo vio a aquél en persona, pero todo lo que uno necesita hacer es sumar dos más dos. La tienda no es otra cosa que un disfraz. El sitio donde los viciosos van en procura del opio es una taberna llamada "Mama Inez", la que está situada a la vuelta, en el callejón siguiente, espalda contra espalda con la tienda de Chin. Conozco el lugar; he pasado por allí muchas veces. Ambos bajo el mismo techo, ¿comprendes? No hay tal Mama Inez; eso no es más que el nombre comercial. Es una combinación do figón y licorería; en una noche serena uno puede oler todo eso desde la esquina.

-¿Crees que si consigo colarme allí podré averiguar algo? -pregunté.

-No - fue su terminante respuesta.

-¿Entonces cuál es la...?

-Pero tú irás con él -me interrumpió-. Irás allá, pero asesorado por él; y esto ya es muy distinto.

-Eso suena muy apetitoso. ¿Quieres realmente decir que debo comprar una pipa y...?

-Escucha: los que manejan ese negocio no son tontos. ¿Crees tú que ellos tienen sus puertas abiertas de par en par, de modo que lo único que tienes hacer es entregarles una tarjeta y decirles "Me manda Joe'' ¿Y a continuación obtienes una vista a vuelo de pájaro de toda la combinación?

-All right, entro y soy presentado formalmente entonces me secuestran.

-Eso es justamente lo que deseamos, ¿no es así?

-Todo está muy bien en lo tocante a lograr que ellos me capturen. Pero eso no es más que la mitad del asunto. ¿Cómo harás para lograr que intervenga la policía? Una vez secuestrado ya no podré hacer nada.

-¿Qué piensas tú que estaré yo haciendo entretanto? ¿Sentada aquí arreglándome las uñas? No, guapo. Yo los seguiré a ustedes dos hasta la cueva. Iré a cierta distancia, de modo que él no advierta mi presencia. Después que ustedes hayan entrado, me quedaré rondando por el callejón. Una muchacha acechando desde un portal no es ninguna novedad en este barrio.

-¿Pero cómo lo sabrás? A mí me será imposible comunicarme contigo. Si te hago alguna señal antes de que me prendan, será demasiado pronto. Y si espero a que me hayan prendido, entonces no podré hacerte seña alguna.

-Conque es necesario que fabriquemos alguna especie de clave horaria. ¿Supongamos que aguardo una hora desde el momento en que hayas entrado?

-Eso debe bastar. Si es que han de secuestrarme, para entonces ya lo habrán hecho. Un detalle más: ¿Cómo sabes que ellos te escucharán?

-¿Los polizontes? No me harían caso. Conque no pienso malgastar mi tiempo tratando de explicarles que eres inocente, o que te tienen secuestrado, ni nada por el estilo. Todo lo que les diré es que yo sé donde pueden hallarte; que te vi entrar allí. Ellos ya te andan buscando, y esto los hará ir allá de prisa y sin hacerme más preguntas. Yo soy una soplona, ¿entiendes? Y lo único que pretendo es conseguir algún dinero a cambio de mi información. Una vez que ellos hayan penetrado en el lugar, pues que investiguen el resto por sí mismos.

-Ese asunto de fijar el tiempo es algo engañoso. ¿Cómo haré para calcular esa hora? No tengo reloj.

-¿Y cómo haré yo? -replicó-. Yo tampoco tengo. Uno puede calcular el tiempo por la forma en que uno lo siente pasar. ¿Nunca hiciste la prueba? Es fácil. Uno puede sentir el tiempo con tanta facilidad como mirando un reloj.

Yo no pude evitar el reírme ante algo que se me ocurrió en ese instante.

-Supongamos -dije-, que una hora sentida por ti resulta mucho más larga que una sentida por mí. ¿No perderíamos contacto?

- ¡Oh, cierra el pico! -dijo ella ásperamente-. Éste no es momento para hacer el payaso. Puedes guardarte tu risa del lado de adentro de tu cara.

Se oyó un suave arrastrar de pies frente a la puerta.

-Aquí viene tu convoy -dijo ella-. Él te guiará hasta allá y te enseñará lo que debes hacer. De lo contrario, tú probablemente jamás lograrías franquear la entrada. Tú eres blanco, ¿sabes? y ellos desconfían de ustedes.

Sentí un repentino terror colándose por debajo de mi cinturón.

-Oye -dije- no tendré necesidad de probar... nada de eso, ¿verdad?

 -Más vale que no lo intentes, guapo, si es que quieres calcular bien la hora. Esa droga le descalabra el sentido del tiempo a uno. Hace que un minuto parezca una hora, o también puede hacer que una hora pase en un minuto. Supongo que podrás llenar las apariencias de algún modo si ello fuese necesario; rellénate la nariz de algodón, o algo por el estilo. Me dirigió una mirada entre jovial y compasiva.

Luego:

-¿Tienes miedo? -preguntó.

-Claro que tengo miedo -admití irritado-. ¿Qué crees tú que soy, al fin y al cabo? ¿Un soldadito de plomo? Pero seguiré adelante con el plan.

 -Me alegro que lo hayas admitido -dijo ella-.  Porque si hubieras negado que estás asustado, me habría visto obligada a llamarte embustero... en el fondo de mi corazón. Y no me gusta tener que hacer eso con mis amigos; soy una bribona, pero una bribona leal. Yo también tengo miedo; por ti. Pero cumpliré con mi parte -afirmó, echando los hombros hacia arriba--. Y recuerda siempre esto: dentro de cien años, a partir de este instante, todo será lo mismo para ambos.

 -Dentro de cien minutos -la corregí-, todo nos dará igual a ambos.

-Será mejor que te marches ahora mismo -me indicó-; antes de que él vuelva a amodorrarse, aunque esté de pie, y me vea obligada a resucitarlo de nuevo.

 Me asomaré afuera y te pondré en contacto con él.

"Y no mires a tu alrededor mientras marches por la calle -fue la última advertencia que me hizo ella-.   Yo estaré continuamente detrás de ti."

Abrió la puerta, y la luz de la bujía reveló trémulamente aquella imagen pavorosa.

-Quon -dijo ella-, aquí tienes a mi amigo. Ya le he dicho a él que tú lo arreglarías. Él ha pasado largo tiempo sin sus sueños.

El cadáver no contestó palabra; se concretó a mirarme. Pero yo no pude discernir si realmente me veía o no.

 -Vuelve por aquí a verme -dijo ella dirigiéndose a mí a modo de efecto escénico- una vez que te hayas despertado.

Y a continuación aparentó cerrar la puerta.

Le hice una seña a Quon. indicándole que bajara las escaleras delante de mí. No me seducía la idea de que él pudiera caerse encima de mí durante el descenso.

El chino se detuvo en el portal y pareció echar raíces allí. Simplemente se quedó inmóvil, como si no pensara pasar de aquel sitio.

Hurgué entre mis ropas y le entregué algún dinero. Él hurgó a su vez entre las suyas y echó a andar nuevamente, internándose en el callejón. Conque esa era la clase de lubricante que era necesario emplear.

Nos deslizamos hasta la boca del pasaje y doblamos la esquina. Y de pronto, él me habló sin volver la cabeza para mirarme. Pero de todos modos, su boca estaba continuamente entreabierta, como si jadease por falta de aire; era imposible darse cuenta de cuándo se disponía a hablar.

-¿Hace mucho tiempo que eres amigo de la Medianoche? -inquirió.

Me di cuenta de que tendría que andarme con cuidado. Quon no estaba tan adormilado como aparentaba.

-La conozco de antes -repliqué-; desde otra vez que estuve aquí. Y también conocí a su hombre. Fui amigo de ambos.

Aquella debió ser la respuesta adecuada. Lo vi menear la cabeza con aire de astucia.

-Él continúa viviendo en ella -dijo-. Ella no quiere a ningún otro; todo el barrio lo sabe.

Una vez que hubimos salido juntos del pasaje, continuamos la marcha bajando por la calle transversal en dirección opuesta a aquella por donde yo había venido anteriormente. Dos extrañas figuras escurriéndose codo con codo hacia un lugar extraño, con un extraño propósito que más valía que no fuese investigado por nadie: un patituerto marino mercante y un espectro jiboso y mugriento.

No había ninguna luz en torno nuestro, pero así y todo, él debía haber estado observándome sin que yo lo advirtiese. Sin embargo, cuando volvió a hablar lo hizo sin mirarme. Esto daba la impresión de que tuviese ojos al costado de su cabeza, y agregaba algo más de escalofriante a su persona.

-Tú nunca has fumado opio -afirmó-. En tu rostro no aparece ninguna de las huellas. Nuestros ojos saben reconocerse unos a otros.

Durante un momento sentí que se me contraía la garganta. Luego contesté:

-Comienzo esta noche. La vida es dura, y deseo olvidarla un poco.

Él se encogió de hombros. O más bien encogió aquellas huesudas charreteras que tenía a guisa de hombros.

-Tú me has pagado ya -dijo.

Nos internamos por un nuevo callejón, algo más ancho y recto que aquel donde vivía Midnight, si bien la diferencia era muy escasa. Allá adelante, más o menos a la misma distancia que mediaba entre la tienda de Chin y la boca del otro pasaje, la calzada de este otro que íbamos recorriendo estaba cruzada por unas bandas luminosas que escapaban por las intersticios de una celosía de bambú desplegada frente a un portal. Aun antes de haber llegado, comprendí que aquél era el lugar que buscábamos; pude conjeturarlo a causa de su paralelismo con la tienda de curiosidades situada a espaldas del mismo. Me sentí asustado y se me puso la carne de gallina mucho antes de que hubiese motivo para ello.

Aquello era como llegar al último puerto. Y el sendero que me había llevado hasta él a través de la noche había sido tan negro y tan pleno de terror, descendiendo sin cesar, más y más hondamente, hasta arribar a aquel abismo insondable más abajo del cual ya nada podía haber...

Las cintas de luz nos cruzaban los rostros como cicatrices. Quon alargó la mano hacia un costado, levantó el borde de la celosía, abriendo una brecha triangular, y se coló por ella inclinando la cabeza. Su mano, demorándose un instante detrás de él, me hizo seña de que lo siguiera.

Durante un segundo permanecí inmóvil, a solas con aquellas franjas luminosas, cruzándome el cuerpo de la cabeza a los pies. Me llevé una mano al rostro y me lo amasé en semicírculo, comenzando por la frente y terminando en torno a la boca y mentón. Luego levanté a mi vez la celosía y me agaché escurriéndome por la abertura.

 

 

CAPÍTULO 11

 

Aquel antro tenía un aspecto como yo no había visto jamás, ni he vuelto a ver desde entonces. Existen lugares turbulentos por todas partes del mundo: el Vieux Port en Marsella, el Casbah en Argel, la Boca en Buenos Aires; aquél era una destilación de todo; ellos. hirviendo en un pequeño caldero sofocante, hediendo y sudando y maldiciendo y riñendo.

Afuera, al menos, la noche era clara hasta en aquel pestilente callejón. Entrar allí era como zambullirse en una niebla luminosa, una especie de vapor iluminado desde abajo. Uno podía verlo todo a su través, pero nada claramente destacado, sino confuso y distorsionado.

El pobre bar de Sloppy, con su inofensivo libertinaje, parecía el Ritz si se le comparaba con aquello. El local rebosaba de seres humanos; la escena le hacía pensar a uno en gusanos revolviéndose sobre cada centímetro cuadrado de superficie, bajo la parpadeante y borrosa luz de las linternas de petróleo.

Negros, morenos, cobrizos, amarillos; todas y cada una de las razas. Y todos ellos, las heces de cada raza en particular. Había también blancos, pero éstos eran una minoría en relación al resto: vagabundos costeros, marinos errantes, ratas de los muelles, malandrines. Las líneas raciales no establecían ninguna distinción en lo tocante a sexos; pero aquello no era más que otro horror que se agregaba al resto. Pero al menos nadie me echó una segunda mirada cuando entré en pos del chino, cabizbajo y con la gorra echada sobre los ojos.

Nos fuimos abriendo paso reptando hacia el fondo, él a la cabeza, pisando entre los parroquianos, y por encima de ellos (y a veces sobre ellos) durante todo el camino. Una mano se alargó hacia mi hombro -una mujer, supongo-, pero al continuar yo mi marcha sin mirar en torno, se retiró débilmente.

Quon se sentó junto a la pared posterior, en un banco de madera ante uno de cuyos extremos se extendía parcialmente una mesa; el otro extremo soportaba el peso de alguna cabeza inerte y saturada de alcohol. Descubrí una silla momentáneamente abandonada, la arrastré hasta allí y me senté al lado de él.

Nadie nos prestaba la menor atención; no éramos más que otros dos gusanos en medio de aquella masa hirviente.

-¿Qué ocurrirá ahora? -pregunté por último.

-Nada todavía. Es demasiado pronto. Ellos ven que tú estás conmigo.

Un camarero luciendo una camisa de seda pringada de sudor nos sirvió dos cervezas rancias que olían como si el barril de donde habían salido tuviese su interior cubierto de moho. Aquél era uno de esos tugurios donde uno tiene qu3 pagar por lo que le sirven en el mismo instante en que se lo traen; de lo contrario, no lo dejan sobre la mesa. Era necesario que procediesen de ese modo, dada la calidad de su clientela.

Hacia un costado de nosotros, en el muro trasero, había una puerta que pasaba casi inadvertida. Junto a ésta estaba sentado un cajero leyendo un diario chino. Una vez que los camareros acumulaban suficientes adiciones como para que valiese la pena entregarlas, se iban acercando a él uno a uno y se las transferían.

-¿Es preciso que bebamos esta inmundicia? -pregunté.

-Tú enciende un cigarrillo -respondió Quon-, y yo te enseñaré.

Encendimos un par. Yo me quedé atento a sus movimientos. Él no parecía hacer nada en particular; sencillamente continuaba sentado allí, soñoliento, dejando que el cigarrillo se consumiese entre sus dedos. Ni siquiera se molestaba en sacudir la ceniza. Al cabo de un rato, un cono de ésta se desprendió por su propio peso y cayó sobre la mesa.

Eché una mirada al cajero. Continuaba enfrascado en la escritura vertical de aquel pasquín chinesco. Por encima del diario sólo se veían sus ojos. Y éstos no parecían ver otra cosa que lo que estaba impreso en aquél...

-No vuelvas la cabeza de ese modo.

Me volví nuevamente hacia Quon.

Él apoyó su antebrazo de plano sobre la mesa y barrió las cenizas con un movimiento de vaivén de la manga entera, usando el codo como pivote. Dos veces en una dirección, luego dos veces en la opuesta.

Aquellos melindres no estaban de acuerdo con su roñosa condición, de modo que me figuré que aquello serviría de santo y seña entre ellos. Le di un papirotazo a mi cigarrillo, descargando la ceniza sobre la mesa. Luego planté mi propio brazo encima y repetí la maniobra: dos pasadas hacia un lado, otras dos hacia el contrario.

Miré en derredor. El cajero se había descolgado de su percha, como si en aquel preciso momento se hubiese hartado de leer. Acto seguido abrió la puerta, entró, y comenzó a cerrarla en pos de sí. Antes de terminar la maniobra, su cabeza dio una pequeña sacudida en nuestra dirección. Luego la cerró por completo.

Los huesudos dedos de Quon se cerraron sobre mi brazo.

-Aguarda, todavía no -me contuvo-. Hay demasiados ojos en este lugar.

Permanecimos sentados durante otro minuto. Luego él retiró el freno de mi antebrazo.

-Entra tú primero -dijo-. Por esa puerta, como lo hizo el cajero. Camina despacio. No digas palabras. Yo te seguiré.

Me puse de pie y demoré unos segundos más junto a la masa. Luego comencé a dejarme ir a la deriva en aquella dirección. De todos modos, en aquel caótico lugar, uno se veía obligado a dar vueltas y zigzaguear de continuo, lo cual facilitaba la tarea de aparentar una marcha sin rumbo determinado.

Llegué junto a la puerta y eché una mirada en torno, como al descuido. Nadie parecía prestarme atención. Abrí una angosta rendija, me colé por ella y volví a cerrar.

La algazara se apagó, y por primera vez desde que había llegado pude oír el sonido de mis propios pensamientos. Delante de mí se extendía un corredor solitario y sombrío, iluminado por una sola lámpara de aceite. Una escalera, o más bien una estructura semejante a una escala de mano, se empinaba en ángulo recto, desapareciendo en el cielorraso a través de una espacie de tronera o trampa.

El cajero estaba parado allí, entre la penumbra, inmóvil, como si me estuviese aguardando.

-¿Desea usted alguna cosa? -preguntó.

Di la callada por respuesta.

-Usted se ha equivocado de puerta -añadió él-. La salida está hacia aquel otro lado.

Una ráfaga de estrépito y luz borrosa penetró en el corredor, y Quon apareció, cerrando la puerta tras de su espalda.

Se aproximó al cajero y aparentó quitarle de la manga una imaginaria mota de ceniza. La cepilló con solemne concentración, del modo como lo había hecho en la mesa: dos veces en un sentido y dos en el otro.

-Mi mano no está muy firme -dijo en tono de disculpa.

-Quizá desee usted descansar -sugirió el cajero; pero era evidente que quien le preocupaba era yo. Me vigilaba sin cesar.

Cacé la sugestión al vuelo y abaniqué mi mano negligentemente a través de la manga del sujeto, en la misma forma que lo había hecho Quon. Aun en aquel instante se me ocurrió que todo aquello era una estúpida mojiganga; pero si aquélla era la rutina, pues a cumplir con la rutina.

-Quizá un sueñecito, una breve siesta... -ronroneó el cajero.

-No vendría mal -respondí.

El individuo se restregó las manos sugestivamente.

Le deslicé uno de los billetes que Midnight me había devuelto; luego agregué otro por Quon.

El cajero no pareció tomarlos, pero ellos se fueron; se esfumaron como por arte de magia.

-Busquen arriba; tal vez ellos puedan hacer algo por ustedes -dijo, y yendo hasta el pie de la escalera gritó algo en chino.

A través de la trampa contestó una voz gutural.

-Suba -me indicó Quon, dándome un leve codazo.

Comencé a trepar.

En el preciso momento en que mi cabeza llegó al nivel del piso, pude oler aquello. Era terrible. Pero yo no había esperado oler rosas. Traté de respirar solamente lo indispensable.

Aquella escalera tenía una particularidad muy peculiar: no estaba empotrada. Cuando llegué a la parte superior observé que tenía adaptado un dispositivo en forma de garfio de sujeción; el aparato íntegro podía ser recogido desde arriba, a la manera de las escaleras extensibles que emplean los bomberos, separando limpiamente el piso superior del inferior. Además había dos postigos de madera que podían cerrarse sobre la boca de la trampa, cerrándola por completo. En conjunto, se trataba de una artística obra de carpintería que sin duda vendría muy a mano en caso de un allanamiento policial.

A medida que mi cuerpo emergía lentamente a través del boquete, vi una figura que estaba do pie aguardando. Tenía un aspecto decididamente rufianesco, pero al fin y al cabo yo no esperaba encontrarme con serafines rondando en aquel ambiente. El hombre blandía una linterna con el brazo bien extendido, a fin de echarnos un buen vistazo a tiempo que subíamos. El resto del lugar, allá arriba, se reducía a simples sombras oblicuas proyectándose en todas direcciones desde aquel pequeño foco luminoso. Me aparté a un costado, y al cabo de unos segundos se me unió la fantasmal figura de Quon.

Nos encontrábamos en una suerte de corredor, gemelo del que había en el piso bajo. Uno de sus extremos conducía a una especie de cavernosa hendidura, de la cual asomaba un débil resplandor rojizo.

Nos indicó que le siguiéramos con un gesto de grosero desdén y echamos a andar hacia allá. La luz de la linterna, revelando y ocultando alternativamente pequeñas porciones de la escena, me mostró una abertura de regular tamaño, desprovista de puerta, y una silla colocada al sesgo junto a ella, utilizada por nuestro guía mientras montaba guardia. Más allá de la entrada había un braserillo, muy bajo al ras del suelo, en el que ardía un fuego de carbón de leña de donde procedía aquel resplandor rojo que había observado anteriormente. Ordenadas en torno al brasero aparecían dos hileras de tarimas o cuchetas.

Allí dentro, el vaho de la droga era abrumador. Pero no se oía un sonido. Ni un susurro. Uno no podía discernir si había alguien en aquellas cuchetas o no. O bien ellos estaban sumidos en la inconsciencia más completa, o bien nos estaban espiando sigilosamente, o... lo que fuese. Creo que aquel imponente silencio subrayaba más aún el horror de aquella escena. Un gruñido o un suspiro habrían sido algo humano al menos.

Yo estaba ebrio de espanto. Sabía (o por lo menos así lo esperaba) que lograría sobreponerme a él al cabo de un rato; a todo se acostumbra uno. Pero en aquel momento, el miedo me atacaba con todo su poder. Sentía brotarme la transpiración a raudales de la frente; un humor halado y viscoso.

El individuo vertió un poco de la acuosa luz de la linterna sobre un par de cuchetas, se pronunció en contra de ellas (quizá porque ya estuviesen ocupadas por alguien, aunque yo no pude verlo, ni lo intenté siquiera) y acto seguido cambió de rumbo e iluminó otro par. Entonces dio la señal de "¡Al avío!", por medio de una sacudida de su pulgar acompañada por un gruñido. Puede que él fuese una notabilidad como asesino; pero como elemento útil a cualquiera que frecuentase aquel lugar, no valía gran cosa. Eso saltaba a la vista.

Doblé el cuerpo y me escurrí dentro de la cucheta, pese a que mis entrañas pugnaban por quedarse afuera. Aquello fue como (no sé si podré describirlo) introducirme en un ataúd. No, peor... un ataúd es algo limpio; al menos uno es la primera persona que lo usa.

Quon apoyó una rodilla sobre el borde de madera, a mi lado, y yo le apliqué un furioso empellón hacia atrás.

- ¡Fuera de aquí! -rechiné iracundo.

Él volvió a acercarse y repitió la maniobra. Entonces comprendí que lo que intentaba era trepar a la cucheta superior, y lo dejé tranquilo.

Cuando su anatomía terminó de escurrirse hacia arriba, dejándome libre la visual, vi que el camarero se inclinaba sobre mí alargándome una pipa. La tomé con ambas manos en sentido transversal, corno si fu ¿se una flauta, y él giró sobre sus talones, se encaminó hasta el braserillo, y acuclillándose junto a éste comenzó a abanicar el fuego.

Yo estaba sorprendido ante lo pesado que era aquel artefacto. Introduje la mano debajo de la burda camiseta de marinero que Midnight me había proporcionado, desgarré un trozo de mi propia camiseta y me lo embutí en la boca. Ataqué cuidadosamente aquella especie de mordaza hasta llenarme la cavidad bucal por completo, y recién entonces dejé descansar contra aquélla la boquilla de la pipa. Y así y todo, sentí la sensación de que aquella barrera no sería lo suficientemente hermética.

El camarero regresó empuñando un par de pinzas en cuyo extremo sostenía un carboncillo encendido, el cual dejó caer dentro de la pipa. La pildorilla de opio la depositó en un diminuto platillo ubicado cerca de la extremidad de la pipa, donde debería ir cociéndose lentamente al calor de la brasa.

Luego me abandonó a mi suerte, cuando yo ya me sentía descomponer de pura repugnancia, y volvió su atención a la yacija de arriba.

Finalmente dio por terminada su tarea y retornó a su puesto del lado exterior de la puerta. Se llevó la linterna consigo, y ello invirtió el orden de las masas de luz y sombra, dejando en la penumbra el interior de aquella cueva e iluminando turbiamente el exterior. Aquello era como encontrarse despierto en medio de una pesadilla.

No bien se retiró el chino, eché a un lado precipitadamente aquel diabólico instrumento. Me espantaba la idea de que, no obstante lo aislado del contacto, pudiese atacarme aunque sólo fuese una ínfima vaharada de la droga. Me arranqué el relleno de la boca y escupí alrededor de sesenta y dos veces, ahogando el ruido con el trozo de camiseta.

Luego me dejé estar allí, apoyándome sobro el codo, y continué sudando de firme, hasta que finalmente comencé a recobrar la calma y la piel de gallina se fue alisando gradualmente. Entonces mis dientes mostraron una violenta tendencia a castañetear (no comprendo por qué, al cabo de tan largo rato), pero los apreté con fuerza y conseguí dominarlos.

Ahora yo sentía como si ya hubiese transcurrido media hora; y aun cuando mi sentido del tiempo fuese precipitado, me pareció aconsejable poner manos a la obra y ver qué me era posible hacer.

Como primera medida, me senté y me quité los zapatos. Éstos eran del tipo usado en el Oeste (pesados y con suelas muy duras), y yo necesitaba acercarme a él en silencio. Los abandoné sobre la tarima, me incorporé y comencé a arrastrar quedamente las plantas de mis calcetines en dirección a la boca de la caverna.

El hombre no estaba oculto por completo tras la pared divisoria. A causa de la posición de su silla, me era posible divisar una delgada fracción de su cuerpo asomando más allá de aquélla: un lado de su cabeza, un hombro y el brazo.

Yo no había llevado conmigo ningún arma, pero no podía arriesgarme a un ruidoso match de lucha a puño limpio. No sólo porque no podía saber si saldría vencedor, sino porque la faena íntegra tenía que ser veloz y silenciosa, o de lo contrario no me iría nada bien. Me agaché junto al brasero y recogí las tenazas para carbón que él había usado anteriormente. No eran muy grandes, pero estaban construidas de hierro y tenían un peso más que suficiente para la labor a que yo las destinaba. Las enarbolé por arriba de mi cabeza y me fui acercando quedamente aquellos últimos pasos.

Dada la posición en que estaba sentado, me vería obligado a tomar como blanco el costado de su cabeza. Y aun para alcanzar este punto me sería necesario describir un pequeño semicírculo hacia el flanco de él, lo que era un negocio bastante arriesgado. El marco de la puerta le escudaba la mayor parte de la coronilla y la nuca. Y, además, pese a su inmovilidad, yo tenía un fuerte presentimiento de que estaba despierto.

Alcanzó a captar mi movimiento por el rabillo del ojo, pero ya era demasiado tarde. Intentó volver la cara hacia mí, y ello me dio precisamente mi oportunidad. Descargué un solo golpe, como un martinete (no había tiempo para un segundo intento en aquel negocio), y él inhaló una bocanada de aire que debía convertirse en un alarido, pero que jamás llegó a concretarse. Su cuerpo se fue deslizando de costado fuera de la silla, y luego de rozar el muro en semicírculo se quedó hecho un ovillo sobre el piso. Aguardé para cerciorarme de si el impacto había sido eficaz, y por cierto que lo había sido.

Lo levanté por las axilas y lo arrastré fuera de la vista de la puerta hacia el interior de la cámara de las tarimas. Y si los turbios ojos de los que en ellas yacían observaron mis movimientos, supongo que habrán tomado aquello como una más de las ilusorias escenas de sus sueños. Nadie se revolvió siquiera, ni se oyó el menor sonido. Procedí entonces a amarrarlo y amordazarlo con jirones de tela arrancados de la misma cucheta en que yo había reposado. Luego volví a salir, tomé la linterna y examiné cuidadosamente los alrededores para averiguar contra qué o quién tenía que vérmelas.

Sólo había una dirección lógica a seguir desde allí, es decir, a lo largo de aquel pasaje borrosamente vislumbrado que se extendía hacia la trasera do la casa. Descender nuevamente la escalera no me reportaría ningún beneficio; sólo lograría ir a parar al mismo sitio de donde había partido.

Me decidí y emprendí la marcha a lo largo del corredor rodándolo con la luz de la linterna a medida que andaba. Pasé frente a dos puertas, pero cuando me asomé a ellas resultaron ser sólo unos pequeños depósitos repletos de cajones y cajas de cartón, todo ello vacío. Y a juzgar por la forma ordenada en que estaban estibados, parecía que no se trataba de restos descartados por inútiles, sino más bien que estaban reservados para algún uso futuro. No me fue muy difícil imaginarme el uso y propósito en cuestión.

Continué andando, y finalmente el corredor terminó en una superficie llana y sin salida que a primera vista parecía estar cubierta simplemente del mismo mugriento y resquebrajado revoque que cubría las paredes laterales durante todo el camino. Pero los corredores como aquél no suelen terminar por lo común en aquella forma sin que medie alguna razón, y mucho menos dejando un espacio tan vasto sin utilizar. Lo que era más importante aún: Midnight había afirmado que el antro de Mama Inez daba espalda contra espalda con el edificio de la tienda del Tío Chin.

Tenté suerte con un pequeño golpe sobre aquella pared, y sin duda, a juzgar por el sonido, detrás había una superficie de madera. Luego probé la pared lateral, y resultó ser de genuina mampostería. Acerqué más la linterna, y entonces pude ver de qué se trataba: una puerta disimulada bajo un hábil trabajo de pintura que incluía hasta las rajaduras y manchas de humedad comunes al resto de los muros. Aquello era tan perfecto, que hubiese engañado a cualquiera aun con una luz mejor que la que yo tenía.

La estuve palpando durante unos momentos, hasta que por último, hacia uno de los lados, descubrí una cerradura incrustada en forma invisible y profunda dentro de una de las resquebrajaduras más negras. Aproximadamente a la misma altura que los ojos de las llaves suelen estar en las puertas comunes; pero no había ninguna manija o picaporte que lo delatara.

Me volví y desanduve todo el camino hasta mi punto de partida. Encontré al camarero de la cueva yaciendo aún silenciosamente donde lo había dejado. Sangraba ligeramente por sobre una oreja y aun no había vuelto en sí. Hice entonces lo que debía haber hecho en primer lugar: registrarle las ropas. Entre otras cosas hallé una delgada llave de hierro que al parecer era la que yo buscaba. Regresé con ella, la probé en la rendija, y allí encajaba en efecto: el orificio la absorbió íntegramente. Oí el chasquido de una cerradura al abrirse, pero la puerta continuó adherida. Comencé a golpetear ligeramente a lo largo de sus bordes, hasta que de pronto cedió y se entornó hacia adelante. Recogí mi linterna y me colé por la abertura.

Y si hasta entonces no había logrado otra cosa, al menos había conseguido enlazar entre sí aquellos dos segmentos o eslabones: el fumadero de opio y la tienda de Chin. Ahora sólo me restaba hacer coincidir el asesinato con un extremo de ellos, y Eddie Román, en Miami, con el otro extremo; y así tendría una línea recta a lo largo de todo el camino de r3greso, desde el asesinato hasta Eddie Román, en Miami.

Pero la noche envejecía sin cesar, y mi hora de plazo ya casi se había extinguido por completo.

 

 

CAPÍTULO 12

 

No llegué muy lejos. Por un instante pareció como si me hubiese introducido en algún mamparo cerrado o compartimiento falso de alguna especie. La luz de la linterna y yo nos dimos de narices contra una superficie lisa e ininterrumpida de madera que se elevaba a unos dos pasos -o quizá menos- de la puerta. En conjunto, aquello era un pequeño callejón amputado, más ancho que profundo, aunque no mucho de ninguna de estas dos cosas. Las paredes laterales eran asimismo de madera. Me quedé bloqueado allí, con la luz de la linterna quebrándose hacia arriba en forma de una sábana luminosa perpendicular ante mis ojos, contemplando la acepillada veta de la madera desde una pulgada de distancia. Pero aquello era algo que carecía de sentido: una puerta cerrada (cuya llave estaba en poder del guardián del fumadero), que conducía a un nicho ciego como aquel.

Primero hice presión contra la sección frontal con los codos, la rodilla y la palma de la mano; aquello estaba rígidamente fijado. Luego repetí la prueba con el costado derecho, y obtuve el mismo resultado. Pero cuando dediqué mi atención al izquierdo, éste respondió al instante. Debía estar montado sobre bisagras ocultas en la parte alta; basculó sin esfuerzo, casi flojamente, de abajo hacia arriba como la solapa de un sobre. Agaché la cabeza y me escurrí por debajo. Luego fui dejando bajar el panel suavemente, sosteniéndolo de modo que no emitiese ningún ruido que me pudiera delatar.

Ante todo noté que había luz por la parte exterior, y que por añadidura se trataba de luz eléctrica; conque la linterna ya no me era necesaria. Hice girar la ruedecilla que regulaba la mecha, y la llama exhaló una bocanada de olor a petróleo y murió. La dejé en el suelo, apoyada contra el tabique.

Había una bombilla eléctrica pendiendo do un cordón, y alguien la había dejado encendida.

Comencé por examinar aquel ingenioso artilugio que me había franqueado la entrada. Por el lado exterior, o sea aquel en que yo me encontraba ahora, había pido preparado para que pareciera uno de esos enormes guardarropas tan usados en aquellas tierras, y su altura alcanzaba casi el cielo raso. Hasta mostraba y una falsa juntura de puerta hábilmente imitada y completa con sus manilas y todo lo demás; sólo que si uno trataba de abrirla de ese modo, se llevaba un chasco pues todo aquello formaba una sola pieza. En otras palabras, aquello era simplemente una falsa entrada o salida que comunicaba el fumadero con aquel lugar.

Noté entonces, al otro lado de la habitación, un armario idéntico si primero en cuanto al tamaño y todos los detalles restantes; ello me hizo pensar que tal vez fuera falso aquél también.

Evidentemente me encontraba en los dominios comerciales del Tío Chin: una especie de combinación de oficina y salón de conferencias. Noté que allí no había rastros de la cursilona decoración oriental que abundaba en la tienda del piso bajo. Por ejemplo, aquellas fraudulentas linternas de papel con pintados jeroglíficos eran reemplazadas allí con bombillas eléctricas. El aspecto del local denotaba que pertenecía a un sagaz, práctico hombre de negocios; a uno probablemente muy inescrupuloso y perverso, dicho sea de paso. "Ya me parecía a mí -me dije- que aquella pintoresca personificación chinesca no era más que una farsa. El gordo exageraba demasiado su papel."

El mobiliario era del más inferior estilo español, y por añadidura hecho una criba por la carcoma. Había un escritorio de tapa corrediza, sillas y una mesa; eso sin contar aquellos dos enormes guardarropas. El único detalle exótico en toda la habitación era una espesa colgadura hecha de hileras de abalorios que pendía sobre una arcada sin puerta situada frente a mí, la que sin duda conducía a los aposentos privados del chino.

Intenté primeramente abrir la tapa corrediza del escritorio, pero sin mayor fortuna. Estaba sólidamente cerrada con llave. Más abajo, uno de los cajones estaba abierto; pero aquel hombre no era ningún tonto. En su interior había una serie de libros de contabilidad, pero al revisarlos apresuradamente comprobé que todos los asientos estaban formulados en caracteres chinos; no tenían ningún valor informativo en lo que a mí concernía.

Me detuve de súbito, y me quedé inmóvil. Experimentaba aquella curiosa sensación que uno suele sentir, de que alguien lo está mirando por más que sea imposible oír ni ver a nadie. Uno se queda como paralizado, con los músculos en tensión; el instinto indica que el menor movimiento de nuestro cuerpo ha de traicionar nuestra presencia. Aunque para el momento en que se siente dicha sensación ya es demasiado tarde; uno ya ha sido descubierto.

Dejé nuevamente los libros dentro del cajón, volví lentamente la cabeza y espié por sobre el hombro. Nadie. No se oía un rumor. Pera allá adentro no corría la menor brisa, y por lo tanto no había razón alguna para que aquel cortinado de abalorios ondulase en aquella forma. O, por lo menos, acababa de inmovilizarse después de haber sido ligeramente agitado. Unos segundos antes, las sartas de abalorios habían estado absolutamente quietas; ahora se habían vuelto a inmovilizar luego de una leve sacudida.

Me aproximé rápidamente y escuché. No pude oír nada, ni siquiera el más furtivo rumor de pies al alejarse. Aparté las hileras de cuentas y miré hacia afuera. No vi otra cosa que la oscuridad de un corredor vacío. Pero en cambio pude oler algo: una vaharada de algún perfume, la más tenue esencia de algo dulzón. No pude discernir si provenía de alguna flor fresca o de algún extracto floral; el olor era muy débil, y por otra parte yo no pretendo ser un experto en la materia. Bueno, quizá aquello había estado flotando en la atmósfera durante todo el tiempo.

Volví a comenzar mi labor. Una cesta para papeles viejos no tenía para ofrecerme nada mejor que un ejemplar de dos días atrás del Diario de la Marina. Acto seguido volví mi atención al segundo guardarropa. Éste había despertado mi interés por varias razones. En primer lugar, estaba ubicado contra la misma pared donde estaba aquella abertura del cortinado de abalorios, lo que rebatía la suposición de que fuese una salida secreta semejante a aquella por donde yo había entrado. Puesto que si ya había una salida a plena vista, ¿a qué molestarse en instalar otra falsa a su lado? En segundo lugar, ahora que me había acercado más, pude advertir que ésta no era tan idéntica a la otra como me pareciera al principio. Había una diferencia de unos treinta centímetros de altura a favor de ésta, y cuando me fijé en la base pude verificar la causa de aquella desigualdad: este segundo guardarropa estaba separado del piso, y descansaba sobre patas, en tanto que el primero apoyaba su base directamente sobre el piso, como era imprescindible para que pudiese llenar su finalidad secreta.

El mueble estaba todo desvencijado a causa de estar elevado en aquella forma, y cuando di unos vanos tirones de las agarraderas de sus puertas, la masa íntegra se bamboleó ligeramente. Entonces vi que una de sus patas era algo más corta que las demás y estaba medio carcomida por la polilla. La ranura central entre las puertas era auténtica en este caso, pero estaba cerrada firmemente con llave. Abandoné mis forcejeos por temor de que todo el armatoste terminase por venírseme encima.

Retrocedí, pues, un paso, y nuevamente me volví a quedar paralizado como anteriormente. Pero esta vez, cuando volví la mirada, no se trataba de ninguna ilusión óptica acerca de cortinas de abalorios que tiemblan ligeramente. Esta vez la susodicha cortina estaba abierta franca y descaradamente por dos dedos que la separaban en forma de rombo, y desde el centro de éste un ojo estaba asestado sobre mí. Un ojo cuyas engomadas pestañas se proyectaban como rayos a su alrededor. Y no trataba de ocultarse de mí; por el contrario, la abertura se ensanchó alargándose hasta el suelo y el rostro entero fue entrando lentamente en la habitación. Y debajo del rostro entró el cuerpo correspondiente.

Ella era la chinita más preciosa que había visto en mi vida; y cuando las muchachas chinas son bonitas, bueno, dan las doce antes de hora. Aquélla parecía una muñeca, y estaba construida de acuerdo a las dimensiones de una. Alrededor de un metro y cuarenta y siete de estatura, o un metro y cincuenta como máximo, y esbelta en proporción. A modo de boca tenía un diminuto punto rojo que le hacía pensar a uno en cómo se las arreglaría para comer. Su cutis parecía hecho de porcelana color crema, y sus ojos presentaban una ligera oblicuidad que no hacía sino añadirles encanto. Vestía un par de pantalones verdemanzana y una casaca turquesa, ambos decorados con pequeños crisantemos blancos. Entre sus cabellos, sobro una oreja, asomaban dos geranios rosacoral. De su persona se desprendía aquel mismo perfume que había advertido flotando en el corredor unos momentos antes.

Simplemente me quedé con la boca abierta. Y apuesto a que yo no era el primero que me había quedado boquiabierto ante ella.

Se aproximó unos pocos pasos en mi dirección, se detuvo y dobló ligeramente las rodillas en una formal reverencia.

En respuesta me llevé la mano a la visera de la gorra, lo cual, aun en el preciso instante en que lo hice, me pareció la quintaesencia de la estupidez por mi parte. No estoy muy seguro de lo que me impulsó a pensar así, pero supongo que sería a causa de que no tenía ningún derecho a encontrarme en aquel sitio.

Pero noté que, por su parte, ella no mostraba la menor sorpresa ni alarma. Era casi como si hubiese estado aguardando mi llegada y tuviese instrucciones de darme la bienvenida. Y sus primeras palabras así lo demostraron.

-Buenas noches -dijo con una vocecilla aflautada que llevaba en sí su propio acompañamiento musical.

Yo no tenía la menor idea de lo que ello quería decir, pero mascullé una respuesta a lo que supuse sería un saludo.

Entonces comenzó a hablar en inglés; todo el mundo parece hablarlo por allá.

-¿Es usted el visitante que mi apreciable tío me dijo esperaba esta noche?

Conque ésta era la sobrina de Chin; bueno, ésta era la primera cosa en torno a aquel sujeto que yo encontraba pasable.

Por cierto que yo no era el visitante que él aguardaba, pero con todo, incliné la cabeza asintiendo. ¿Qué otra cosa podía hacer?

Pero ella quería asegurarse.

-¿Es usted el capitán Paulsen?

Observé que su mirada se posaba brevemente sobre mi gorra y pantalones de marinero. Eran mis ropas, pues, las que la habían inducido a error. Sin duda ella estaba aguardando a algún capitán de ultramar. ¿Y según todas las probabilidades, ¿de quién podría tratarse sino de aquel que efectuaba por cuenta de ellos el tráfico entre La Habana y la costa de las Everglades? ¿Quién otro que el capitán de la lancha o falúa empleada para transportar las drogas?

Aquello comenzaba a ponerse interesante. Me gustaba. Traté de conjeturar si me sería posible continuar engañándola con mi falsa identidad hasta conseguir que me enseñase un poco de los alrededores.

Volví a tocarme la visera de la gorra y para confirmar su errónea impresión.

-Mi tío regresará en breve -dijo ella-.  Se vio obligado a ausentarse por asuntos de negocios. 

Supuse que aquello le tomaría algún tiempo.  La situación mejoraba por momentos.

-Me encargó que le dijese a usted que se ponga cómodo mientras aguarda.

"Pues lo haré -dije para mi capote-. Déjalo por mi cuenta."

-¿Entró usted por allí, capitán? -preguntó ella indicando el falso armario.

-Sí.

-Pues me intrigaba cómo había podido usted entrar aquí -añadió-. Me extraña que ellos no me hayan avisado que le habían franqueado a usted la entrada por el otro lado.

Noté que ella parecía estar perfectamente al tanto del pasaje secreto. Ello no iba muy de acuerdo con su bonita cara de muñeca. Me puse a calcular hasta qué punto podría ella conocer aquel antro al otro lado de la pared. Pero, cuanto más supiese sobre el particular, más datos podría yo extraerle; conque, ¿por qué habría di importarme un bledo su condición?

-¿Sus hombres están allá abajo? -inquirió la joven.

Ella se refería a la cueva aquella, a Mama Inez. De modo, pues, que el auténtico Paulsen traía consigo algunos de sus hombres cada vez que iba allá. Los necesitaba para acarrear la mercancía al embarcadero.

-Aja -contesté-. Están allá abajo.

Yo no deseaba precipitar los acontecimientos, bien lo sabe Dios, pero necesitaba hacer plausible mi presencia allí. Y además averiguar de cuánto tiempo podría disponer para mí mismo.

-¿Cuánto calcula usted que tardará su tío en regresar?

-Volverá pronto. Fue a ver si conseguía un camión adicional. Dijo que esta noche haría falta uno más. Me encargó que lo pusiera a usted al tanto; afirmó que usted comprendería.

Y comprendí: aquella noche se efectuaba un embarque extra pesado. Quizá ellos se veían obligados a disminuir el número d; expediciones de ida y vuelta, de modo que trataban de compensarlas doblando la cantidad embarcada cada vez.

-¿Desearía usted beber un poco de té mientras aguarda, capitán?

Aquello era algo sin lo cual podía pasarme hermosamente por entonces. ¡Sentarme a tomar té en un momento como aquel!

Meneé la cabeza negativamente.

Ella se corrigió de pronto. Era evidente que nunca había conocido al genuino capitán cara a cara, pero sin duda había estado entre bastidores durante las previas visitas de aquél. Frunció la naricita en mi dirección. Aquel diminuto apéndice servía para hacer muecas traviesas llegado el caso.

-Quiero decir, por supuesto -aclaró-, la clase de té que suele beber el capitán: el vino de arroz de mi tío.

Traté de menear la cabeza ante aquello también, aun a riesgo de salirme de carácter. Yo quería que ella se quedase allí conmigo, de modo de poder sonsacarle alguna información.

Pero antes de que pudiese detenerla hizo otra leve reverencia y se volvió para irse. Apartó las hileras de abalorios para atravesarlas, y entonces pareció que algo no andaba bien. Vi dos o tres de las mismas ponerse tensas en pos de ella. Detuvo entonces su marcha y comenzó a forcejear con una de sus muñecas. Sin duda un par de aquellas traicioneras sartas de cuentas se había enredado en algún botón u ornamento de su manga.

Ella intentó liberarse por sus propios medios, fracasó, y por último me pidió auxilio con la mirada.

Ella estaba desperdiciando mi tiempo, conque me apresuré a aproximarme a fin de ver qué podía hacer.

Tanteé torpemente entre aquellos movedizos colgajos que me nublaban la visual como gotas de lluvia. Ella estaba de un lado de ellos y yo del otro.

-Aquí, en mi muñeca -dijo ella-. Trate de ver si usted puede...

Nuestras cuatro manos se mezclaron en una especie de confuso nudo, con las condenadas sartas de abalorios hechas un ovillo en torno de ellas. Pareció que mi intervención empeoraba el lío en vez de mejorarlo. Inesperadamente algo me punzó el dorso de la mano, pareció quedarse allí un segundo, como cuando uno se clava una espina, y se deslizó afuera otra vez. No pude ver lo que era; había otras tres manos y todas aquellas colgaduras de por medio, y todo ello moviéndose en el mismo sitio en revuelta confusión.

Aparté la mano herida y comencé a soplármela. Sobre el dorso aparecía un diminuto punto azulado, demasiado pequeño como para que brotara sangre.

-¿Qué fue eso? -pregunté.

-¡Lo lamento tanto! -ronroneó ella contrita-. Debió ser un alfiler que tengo en la manga lo que lo ha arañado.

Pero noté entonces que ella estaba libre otra vez, tan misteriosamente como se había enredado. Me espetó otra de sus breves reverencias y se internó apresuradamente en la penumbra con pequeños pasos de liliputiense.

Me quedé allí un instante, mirando estúpidamente el dorso de mi mano y luego en la dirección en que ella se había esfumado. Mirando idiotamente, como el perfecto pollino que yo era. Luego me volví y reanudé mi fútil trajinar con la tapa corrediza del escritorio.

Pronto comencé a sentir que se operaba un cambio en mis esfuerzos: había en torno a ellos algo de más fácil, de menos fatigoso. Al principio supuse que el escritorio estaba presentando menos resistencia. Pero el caso era que éste continuaba herméticamente cerrado y sin ceder un sólo centímetro; comprendí, pues, que no era aquello. Eran mis propios brazos los que empleaban menos energía y manipulaban más flojamente, infundiéndome la errónea idea de que estaba encontrando menos dificultadas en mi tarea. Comencé a sentirme haragán. "¿Para qué hago esto? -me preguntaba-. ¿Qué puedo ganar?" Y antes de que pudiera darme cuenta de ello, me había detenido por completo; permanecía allí, de pie junto al escritorio, con mis manos sobre el mismo, pero sin hacer nada más.

Un pequeño arranque de energía sobrante me recorrió el cuerpo como un hormigueo después que las reservas principales me habían sido extraídas, y di un último tirón. Algo así como una especie de hipo muscular. Luego aquello se evaporó también, y entonces abandoné y me concr3té a permanecer allí, inerte.

Empezaba a sentirme aturdido. Me balanceaba ligeramente, y en lugar de intentar abrir el escritorio ahora lo usaba para apoyarme en él. Pero la firmeza había desaparecido; el artefacto se precipitaba en una dirección, y yo hacia la opuesta; luego parecía venir a mi encuentro, pero yo me zampaba para el otro lado. El caso era que no lográbamos reunimos.

Ya casi había perdido mi equilibrio por completo, pero me las compuse para mantenerlo un momento más echándome sobre el escritorio y ciñendo su parte superior en un estrecho abrazo.

La cortina de abalorios se abrió de súbito como rajada por un zarpazo gatuno y cuatro hombres entraron en fila india en la habitación.

Conque ellos estaban allí, y allí estaba yo. Había llegado la hora.

El panzudo Tío Chin venía a la cabeza. Detrás de él un individuo recio, de alrededor de un metro y noventa de estatura, con una faz cadavérica y cabellos de un rubio desteñido. Estaba embutido en un estrecho chaquetón marino que parecía como si hubiese encogido después de alguna lluvia; indudablemente esta vez se trataba del auténtico capitán de marras. Su aspecto era el de un escandinavo que hubiese permanecido sepultado durante tres días y luego lo hubiesen exhumado nuevamente cuando ya estaba en plena descomposición. Detrás de ellos dos asomaban los feos hocicos anónimos de un par de sujetos, los que supuse serían los jayanes utilizados para la carga y descarga de la mercancía. Eran blancos por pura cortesía, bajo el fuerte atezado que hacía que sus rostros parecieran como si hubiesen sido ahumados y curtidos por alguna tribu ecuatorial de cazadores de cabezas.

Pero lo más notable era el cambio operado en el propio Chin. Ahora que se encontraba detrás del escenario, su caracterización de idiota chinesco había sido descartada. Ya no llevaba las manos entrelazadas, y cuando abrió la boca fue para expresarse en un inglés mucho más correcto que el mío. El mostacho en forma de rabo de cerdo se había evaporado, y lo mismo ocurría con la mayor parte de su modorra y con toda, absolutamente toda su benevolencia. El único rasgo que conservaba inmutable era su grasiento abdomen.

Me rodearon en semicírculo como autómatas, con un aire de vamos-al-grano en sus semblantes; con algo de mortífero bajo su aparente indolencia. Nada de dramático, nada de violencia; simplemente una suerte de divertida superioridad que aun parecía comunicarte a los dos estibadores. Ellos no iban a ser groseros; ellos sólo se disponían a jugar un rato, a sostener una pequeña reunión deportiva conmigo. El juego del gato y el ratón. Con un ratón que estaba de antemano completamente groggy y casi a punto de que comenzaran a contarle los diez segundos.

Parpadeé, y los cuatro se convirtieron en ocho. Volví a parpadear y se volvieron a condensar en cuatro.

-¡Bien! -exclamó Tío Chin-. ¡Bien, bien, bien! Un cliente. ¿Qué les parece esto, muchachos? Un cliente. ¡Y tan luego cuando el negocio está cerrado!

El capitán del cutis color aluminio arremangó los labios para exhibir dos dientes blancos y tres negros. Diez años atrás, cuando él hacía aquello, probablemente hubiese resultado una sonrisa; pero no ahora.

-Y sin nadie para atenderlo -dijo-. Tú deberrías tenerrr mejorr serrvicio, Chin. De este modo pierrdes dinerro.

-Bien, nos ocuparemos de eso inmediatamente -dijo Chin haciendo una genuflexión en su mejor estilo comercial-. ¿Buscaba usted algún artículo? A ver, una silla para e1 cliente -ordenó dando una palmada-. ¿Dónde está la cortesía de ustedes?

El asiento de una silla me mordió bruscamente detrás de las rodillas. Las piernas se me doblaron y me encontré sentado allí, mirándolos obtusamente. Sentía como si mis párpados hubieren engordado y trataran continuamente de cerrarse. No me sentía con deseos de responder agudezas.

-All right -dije-. All right. Me han cazado.

Los dos marineros se habían reclinado contra el muro y observaban a sus jefes. El capitán tomó aliento en otra silla y se encaró conmigo. Era demasiado corpulento para sentarse como lo hace todo el mundo, y por lo tanto redujo parte del sobrante de su anatomía plegando una Diurna a través de la rodilla de ln otra. El sujeto continuaba tratando de pasar por chistoso, y con la clase de rostro que le había obsequiado la naturaleza aquello resultaba luctuoso. Supongo que no dispondría de muchas ocasionas de divertirse; parecía gozar inmensamente con aquel momento.

-Tal vez él vino aquí buscando a alguien -cacareó risueño-. ¿Porr qué no le prreguntas a quién busca? Apuesto lo que quierras a que yo lo sé. Muéstrraselo. Vamos, hombre, muéstrraselo.

Chin soltó una risotada socarrona.

-Nuestro lema es satisfacer al cliente -afirmó-. No dejarlo ir descontento.

-Será mejorr que no lo dejes irr de ningún modo -río el capitán.

Pero aquel lobo de mar ya no era capaz de reírse a derechas siquiera; la risa brotaba de sus labios en escupitajos y borbollones como el vapor de una tubería rota. Yo esperaba que le estallase la parte frontal de su rostro de un momento a otro, lo cual al fin y al cabo le hubiese mejorado las facciones.

-Manos a la obra, muéstrrale lo que vino a verr -urgió a Chin-. No lo hagas esperarr más.

-Tú me estás haciendo revelar todos mis secretos comerciales, Paulsen -dijo Chin tomando una llave y abriendo el armario. Tiró de las dos hojas de la puerta abriéndolas de par en par, y se echó a un lado para permitirme ver.

La colgante figura tenía un aspecto vagamente familiar, pero a mí no me habría sido posible identificarlo con certeza; tal era el estado en que ellos lo tenían ahora. "Fotografías, para que el señor y la señora muestren a sus amigos", fue la frase que acudió a mi mente. Pero ello era, más que ninguna otra cosa, simple asociación de ideas; uno ya no podía discernir con precisión quién era aquel hombre. Estaba liado con cuerdas a la manera de un embutido, y lo habían colgado por los sobacos con una especie de lazo sujeto a un gancho atornillado a la gruesa barra que atravesaba la parte superior del armario.

No había expirado aún; desde donde me encontraba pude advertir el subir y bajar de su tórax. Estaba inconsciente, o en su defecto, atontado por los malos tratos recibidos. Tenía los ojos amoratados, los labios partidos, y el rostro sembrado de protuberancias y tumefacto como si estuviera atacado de paperas. Durante un momento me intrigó que no se hubi3ra sofocado en aquel encierro, pero cuando levanté la mirada observé que el techo del armario había sido suplantado por una malla de alambre.

-¿Es esto lo que buscabas? -preguntó Chin riendo entre dientes.

-No -mascullé ceñudo-. Vine aquí en busca de la rata que le dio una puñalada a mi... a mi... -no pude terminar la frase.

Chin cerró las puertas del armario e hizo un gesto de desaliento.

-No conseguí venderle nada -dijo.

- ¡Oh, ahorra comprrendo! -exclamó Paulsen dándose una palmada en la rodilla-. ¿Porr qué no lo dijo usted antes? Mirre, le mostrarré un retrrato da él. ¿Le gustarría verr una fotogrrafía de él?

Entorpecidos y todo como estaban mis ojos, giraron bruscamente hacia él. El individuo estaba palpando el interior de su chaquetón. Extrajo entonces una grasienta cartera, y de adentro de ésta un negro y lustroso negativo fotográfico. Luego dijo en tono de disculpa:

-Esto que le muestro no es un retrrato muy bueno.

Me alargó el negativo. Estiré un brazo para tomarlo, pero estaba ya un poco más lejos que anteriormente. Volví a intentarlo, y ocurrió lo mismo; la placa se encontraba un poco demasiado lejos de mi alcance.

-Aquí la tiene, tómela. Yo crrei que usted la querría -dijo-. Primero ustet la quierre, después, cuando se la alcanzo, no la toma.

Al parecer aquella era su idea de lo gracioso.

Lancé un manotón más enérgico que los anteriores, y esta vez di un tumbo y me achaté la cara contra el suelo.

Allá lejos, más arriba de mi cabeza, pude oír el tronar de sus carcajadas. Mis ojos empezaron a cerrarse. No me importaba; que rieran hasta reventar.

Ellos no habían terminado, sin embargo. No habían disfrutado bastante todavía. Me ayudaron a incorporarme, me sentaron nuevamente en la silla, y con la inversión del equilibrio mis párpados volvieron a abrirse.

Paulsen había ubicado el negativo a contraluz, y lo contemplaba tiernamente con ojos algo bizqueantes.

-Le diré a ustet lo que aparrece en la fotografía -dijo-. Ustet no puede verr muy bien desde ahí. En ella aparece el rostro de la dama, y el de ustet también. Aparecen los ¿cómo se llaman?... de la dama -añadió pasándose una mano por su propio flanco.

Chin le suministró el término del hampa para indicar aquello.

-Aparece el cuchillo -prosiguió Paulsen- completamente clavado. Aparece la mano del hombre que empuña el cuchillo. Uno no puede verrle el rostro, pero en el dorrso de su mano se ve una estrella de cinco puntas.

Y me mostró su propia mano, sobre la que aparecía el tatuaje original nítidamente dibujado.

-Exactamente como ésta -agregó.

-Tú fuiste el individuo -dije roncamente -. Tú fuiste quien lo hizo. Había una gorra como la tuya cerca de nosotros, entre la multitud. No pude recordarlo antes, pero ahora me acuerdo...

Paulsen se volvió lánguidamente hacia Chin.

-¿Opinas que debo guardarr esta fotogrrafía? - preguntó-. Quizá no le guste a mi chica, allá en los Estados Unidos; aparezco junto con otrra mujerr.

Chin hervía de deleite.

-Oye, Paulsen -dijo-, tú eres mucho más bonito al natural que de acuerdo a como te muestra la fotografía.

-Quizá me haré tomar otra algún día -respondió Paulsen asintiendo.

La llama de una cerilla refulgió en su mano, y comenzó a aproximarla lentamente al negativo en tanto que me observaba atentamente por encima de ambas cosas para ver si yo experimentaba el efecto buscado por él.

¡Vaya si lo experimenté! Crispé los puños e intenté lanzarme contra él. Pero Paulsen era ágil a pesar de su corpulencia; deslizó bruscamente su silla hacia atrás, sin incorporarse y aun sosteniendo llama y negativo. Mi impulso resultó insuficiente, y me hubiera ido nuevamente de hocicos; pero esta vez los dos estibadores me tomaron de la cintura y me arrojaron nuevamente sobre la silla como quien vuelca agua sucia por sobre la borda.

-Ahora fíjate bien -dijo Paulsen mostrando los dientes en una sonrisa.

La llama v el negativo entraron en contacto. La placa pareció vacilar un instante, y luego comenzó a llamear. Ardió rápidamente, sin despedir humo, con esa llamarada brillante y. concentrada característica del celuloide. Por último se extinguió, y él no tuvo entre sus dedos otra cosa que un poco de hollín.

Me sentí aniquilado. Mi cabeza dio un tumbo y se hundió sobre mi pecho.

La voz de Chin borboteo de risa:

-Mírenlo, el pobre está extenuado. Tal vez el clima de este país no le siente muy bien.

Uno de los valientes que estaban detrás de mí retorció sus dedos entre mis cabellos como un sacacorchos y me levantó la cabeza de un violento tirón. El dolor me hizo abrir los ojos de golpe.

-El pobrecito necesita un cambio de aires -dijo Paulsen-. Quizá un poco de brrisa marina le hará bien. No hay remedio mejor que ése. Lo llevaré conmigo esta noche, cuando emprenda el viaje de regrreso. Lo llevarré a él, y también al otro tipo, el que está colgado en el arrmario. Los llevarré a viajar conmigo; ambos son hombres muy enfermos...

-¿Los llevarás gratis? -preguntó Chin rebosando ingenuidad.

-Grratis. Pero de todos modos, sólo irán parte del camino.

Aquello de "parte del camino" me hizo reaccionar durante un momento.

-¿Eres un buen nadador? -me preguntó Paulsen-. Apuesto a que no eres tan bueno como algunos de los tiburrones que abundan entre esta isla y los Cayos.

Chin hizo un visaje demostrativo de que apreciaba la chuscada en su valor.

-Él tampoco tiene dientes tan buenos corno los de ellos -añadió por su parte.

Mi cabeza rodó hacia un costado, y volvió a enderezarse.

Paulsen cloqueó con aire de profunda pena.

-El pobrrecito está demasiado fatigado para escucharrnos. Ni siquierra oye una palabrra de lo que decimos. Chin, esa sobrina tuya debería sentirse avergonzada.

Súbitamente, el compás de su lento, sádico atormentarme, había estallado en pedazos; en un abrir y cerrar de ojos había sido reemplazado por una rápida, enérgica actividad. Mis sentidos estaban demasiado embotados para permitirme captar aquello con precisión. La puerta basculante del falso guardarropa se levantó bruscamente, sin previo aviso, y tuve una borrosa vislumbre de una figura asomada allí, mitad adentro mitad afuera, farfullando una crepitante andanada de vocablos chinos en dirección a Chin y desapareciendo nuevamente a toda prisa.

Chin se puso en movimiento como arrebatado por aquel nuevo compás.

-Amarren a este prójimo -ordenó con voz cortante a los dos gañanes.

El gordo podía moverse velozmente cuando era necesario, no obstante aquella panza en forma de balcón que debía transportar consigo. Se lanzó a través de la colgadura de abalorios y gritó algo enchino. Desde el interior contestó la voz de una muchacha.  Luego regresó a la habitación, corrió hacia el armario y se coló por la puerta falsa. Ésta era lo suficientemente amplia para permitirle el paso, aunque yo había supuesto lo contrario.

El chino chilló algunas órdenes a los del otro lado (unas pocas, en realidad) y a continuación oí el rechinar de poleas y el golpetear de maderos, como si ellos estuvieran recogiendo la escalera levadiza y obturando la puerta-trampa.

Mientras tanto, los dos marineros me redujeron a la impotencia y me amarraron las manos a la espalda con un trozo de cuerda.

Chin reapareció nuevamente, jadeando a causa de su despliegue de celeridad, pero con una expresión satisfecha, como si todo hubiese quedado en orden.

-¿Qué ocurre? ¿A qué se debe este tumulto? -le preguntó Paulsen.

-Tenemos compañía. Estamos recibiendo una breve visita de la policía, allá abajo. Quédate sentado tranquilamente -añadió al ver el nervioso sobresalto del capitán-. No intentes irte ahora. Te encuentras en perfecta seguridad mientras permanezcas aquí arriba. Esto no es nada; ya los hemos tenido por aquí otras veces. En uno o dos minutos todo habrá terminado. Ellos atraviesan simplemente la puerta trasera de la taberna, y siguen andando hasta que se encuentran nuevamente al aire libre, en el callejón del lado opuesto, como un perro que intenta darle caza a su propio rabo. Ellos no acertarían a subir aquí ni en un millón de años. Jamás lo han hecho.

-Pues a mí no me agrrada nada tenerlos dirrectamente bajo mis pies, en esta forma -dijo Paulsen con aire preocupado, y se revolvió nerviosamente como si el piso estuviese calentado al rojo.

-No hay nada que pueda atraerles la atención hacia nosotros -afirmó Chin-. La gente no mira hacia arriba, al cielo raso, cuando entra en algún lugar; ni siquiera la policía al efectuar un allanamiento. No lo hacen a menos que haya alguna escalera que guíe sus miradas hacia arriba. De lo contrario sus ojos siguen las líneas normales de lo que encuentran allí adentro; en este caso, directamente hacia adelante. Esto es muy simple c infalible.

La hora. Debía haber llegado la hora.

Chin señaló lánguidamente en dirección al armario.

-Metan a este hombre allí, junto con el otro, hasta que ellos se hayan retirado -ordenó-. Luego pueden llevárselos a ambos con ustedes en el camión, juntamente con los otros fardos. Prepararemos un par de sacos.

Se me aproximó y se puso a espiarme el semblante.

-Está despierto aún, pero apenas si se le nota -dijo muy risueño-. Sólo le queda una pequeña chispa de conciencia. Fíjense cómo se apaga.

Hinchó los carrillos y me lanzó un soplo en los ojos.

Entonces su rostro pareció deslizarse hacia atrás. No pude discernir si era él o yo quien se movía.

-¿Qué objeción puede hacer él? -le oí decir desde muy lejos-. Después de todo, ésta es una forma fácil de morir.

Conservé los sentidos del oído y el tacto durante más tiempo que la vista. Pude sentir cómo me levantaban, me llevaban entre ellos y me embutían dentro de aquel enorme, cavernoso armario. Luego sentí que una especie de lazada que debían haberme fijado entre los brazos, a mi espalda, se enganchaba en algo; y allí me quedé, pendiendo flojamente, con los pies separados del fondo del guardarropa.

Entonces todo se oscureció; o más bien aquel tenue resplandor rojizo que permanecía en el interior de mis cerrados párpados, se fue tornando violáceo y por último negro. Luego el ruido de madera cerrándose sobre madera, y una llave giró y fue retirada.

Todo se volvió brumoso y confortable. Ya no había más desdichas en el mundo; ya no había más amores asesinados; no más polizontes. Nadie a quien temer. Nadie a quien uno tuviese que dar caza, ni nadie que tratase de darle caza a uno. Un crepúsculo del cerebro, con la noche cayendo a toda prisa. Pero no la noche del calendario; la noche de la existencia.

Aun el dolor que me causaba la posición forzada hacia atrás en que habían quedado mis brazos al izarme, llegó a cesar. Pero mi cuerpo pendía verticalmente, y yo deseaba dormir en la posición normal que se supone usa todo el mundo, tendido a lo largo. Intenté tenderme un par de veces, pero aquello era imposible; mis pies patinaban en el aire.

El sonido de una voz opaca, irreconocible viniendo desde muy lejos por sobre el abierto techo del armario, me reavivó efímeramente y por última vez.  Un simple jirón de la conversación sostenida allá afuera:

"Ellos ya se están retirando... Estarán afuera dentro de un minuto... Ya te lo había dicho yo...  No sé, parece que una trotacalles, una de esas muchachas de por aquí, debió haber sido probablemente arrojada da la taberna y ha querido vengarse... Ellos la arrestarán por dar una falsa alarma..."

Yo no sabía quiénes eran aquellos que se estaban retirando, ni me importaba; espléndido, que se fueran. Yo lo único que deseaba era dormir. Pero quería dormir acostado, en la forma en que lo había hecho siempre; de este otro modo resultaba muy incómodo.

Volví a intentarlo, me incliné hacia adelante. Alguien, algo, no me dejaba recostarme. Me eché hacia adelante con todas mis fuerzas, tratando de arrojarme de bruces.

Mi cabeza fue a apoyarse contra el cerrado frente del armario. Yo no sé cuanto puede pesar una cabeza; sentía la sensación de que la mía pesara una tonelada. Pero aun un pequeño peso de más es suficiente a veces para desnivelar una balanza...

Yo estaba cayendo dormido. Cayendo... Podía sentir mi propio ser precipitándose de cabeza dentro del sueño. Un sueño que debía ser muy profundo para que uno pudiese caer en su interior de aquel modo. Alguien chilló en medio de mis sueños:

-¡Cuidado! ¡Se viene abajo!...

El último chispazo de conciencia se esfumó con aquella especie de ruido sordo y suave que bien podría haber sido un estrépito atronador en torno mío, que hasta pudo haber hecho temblar el edificio integro; pero yo ni siquiera oí o sentí aquello, allá en mi interior, allá donde yo estaba.

Yo yacía tendido largo a largo ahora, en la forma en que uno debe dormir.

Yo no sabía si aquello era el sueño o la muerte. Pero aun cuando aquello fuera la muerte, caray, vaya que era agradable morir.

 

CAPITULO 13

 

Recobré los sentidos -uno siempre los recobra, hasta que llega la última vez, y la última vez es la que cuenta- y en el primer momento no pude discernir dónde me encontraba. Todo lo que pude percibir fue que nuevamente era de día; había luz penetrando por la enrejada ventana que tenía enfrente, y la noche, aquella noche interminable de La Habana, había terminado por fin. La noche que había parecido como si fuese a durar para siempre... "Cuando ella había comenzado -recordé-, habíamos estado recorriendo la ciudad en un carruaje abierto, juntos y a punto de comenzar una nueva vida. Y mírenme a mí ahora."

Estaba tendido sobre una especie de camastro. Tenía puestos aún mis andrajos marineros, o al menos parte de ellos, y alguien había arrojado descuidadamente una raída frazada sobre mis piernas, dejándome los pies al descubierto. Me incorporé apoyándome en un brazo y por un instante todo pareció ondular; luego renació la calma.

Miré a mi alrededor. Había aquella ventana con barrotes, pero eso no significaba nada en aquellas tierras; todas ellas los tienen del segundo piso para abajo, según la usanza del país. Por lo demás, uno no podía saber qué clase de lugar era aquél. No era una celda en el sentido cabal de la palabra; tenía uno o dos leves matices que la elevaban por sobre aquella categoría. Supongo que aquello era una especie de habitación para detenidos, o cosa así. Sujeto a la pared por medio de tachuelas, se veía un calendario editado por una cervecería cubana; pero nadie se había tomado la molestia de arrancar las hojas desde febrero. Desde febrero de 1934, dicho sea de paso.

Había también una puerta, y en el preciso instante en que mis ojos se posaban sobre ella, se abrió sin previo aviso y un polizonte asomó la cabeza y me echó una mirada. Estaba asegurada por medio de un simple picaporte; nada de cerrojos, o llaves, ni cosa que se le pareciera.

-Está despierto, inspector -anunció él, dirigiéndose a alguien que se encontraba del otro lado, y acto seguido retiró la cabeza y volvió a cerrar la puerta antes de que yo tuviese tiempo de pronunciar la menor palabra. Pero era un polizonte; de ello estaba yo bien seguro.

Bueno, me había librado de la otra gavilia, pero en cambio estaba en manos de ésta. De vuelta en el mismo punto de partida.

Hubo un compás de espera de varios minutos. Al cabo la puerta volvió a abrirse y el mismo sabueso se hizo a un costado manteniéndola abierta para que pasara algún otro. Entonces apareció Acosta blandiendo un manojo de papeles. Se detuvo bruscamente para decir algo por sobre el hombro, a modo de postdata a los subalternos que estaban en la otra habitación; tuve entonces la visión fugaz de una mustia figura que era halada entre dos detectives, las piernas arrastrándose fláccidamente en pos de él, una gorra de visera echada sobre la nuca. La puerta volvió a cerrarse.

Acosta descargó una palmada sobre el lío de papeles que llevaba en la mano.

-¡Por fin! -exclamó lleno de júbilo.

Yo no sabía si él se estaba refiriendo a mí o a los papeles.

-Bueno, ¿qué tal se encuentra nuestro ex-sospechoso? -dijo muy sonriente.

Lo miré parpadeando, estúpidamente. No se me ocurrió nada más brillante.

-Ex, ¿comprende usted? -trató de explicarme-. Algo que ya pasó.

-¿Quiere usted decir que ya no se me acusa de aquello?

Acosta soltó una risita ahogada.

-Bueno, carajo -dijo de buen talante-. ¿Dónde estuvo usted metido durante toda la noche?

Respondí a aquella pregunta con un débil, pero expresivo gemido.

-Ya lo sé -contestó en mi lugar-, por todas partes; entre otras, dentro de un  guardarropas tumbado. Conseguimos sacarlo de allí a través del techo; lo cual resultó más fácil, pues para levantar aquella mole hubiera hecho falta un gato hidráulico.

En aquel momento volvió a entrar el polizonte trayéndome una taza de café negro. Derramé la mayor parte del mismo a lo largo de mi mentón, pero con todo logré tragar una cantidad suficiente como para que me hiciera algún bien. El café es un elixir maravilloso para disipar los efectos de un narcótico.

Luego me dieron un cigarrillo, y éste comenzó a subir y bajar en mi mano como si fuese un "yo-yo".

Acosta estaba radiante. Parecía como si amase tiernamente a todo el mundo... bueno, por lo menos a todos aquellos que estuviesen del mismo lado del cerco que él. Supongo que los polizontes se sienten así cuando han aclarado un caso.

-¡Hermano, usted sí que puede jactarse de escapadas a tiempo! -parloteó lleno de alegría-. Mi partida de allanamiento ya se encontraba nuevamente en el callejón, después de haber recorrido íntegramente la taberna y la tienda, y nos disponíamos a volver a la jefatura a informar que no había nada sospechoso. Si ellos me hubiesen dejado tranquilo, nos hubiésemos puesto en marcha. Pero como imbéciles que son, me llamaron nuevamente al interior por un instante; supongo que para darme una pasada adicional de untuoso jabón. Y mientras estaba allí, conversando, de pie en medio del corredor, ¡buum! Me pareció como si el edificio entero se desplomara sobre mi cabeza. Una lluvia de yeso se desprendió del cielo raso, derramándose sobre mis hombros. Hice sonar mi silbato, mi gente se precipitó adentro nuevamente, y esa vez no sólo registramos la planta baja, sino que también nos echamos escaleras arriba.

"Y valió la pena hacerlo, puede usted creerme - prosiguió meneando la cabeza-. Hallamos un fumadero de opio funcionando a todo vapor. Nosotros sospechábamos la existencia de alguno por aquellos contornos, pero no habíamos logrado localizarlo hasta entonces. Y descubrimos una cantidad de opio crudo, ya embalado y listo para exportar, que hubiese sido suficiente para ahogar a un buey. Y por último, lo encontramos a usted y a su vecino de guardarropa. Pasamos un momento muy ameno allá arriba. Ellos perdieron la serenidad, cometieron la idiotez de extraer sus revólveres y amenazarnos; conque nosotros -¿cómo suelen decir ustedes?- nos dejamos caer a plomo sobre ellos.

-¿A quién cazaron? -quise saber.

-Los cazamos a todos. Aunque algunos de ellos ya no estaban en muy buen estado cuando los recogieron. Aparecimos por ambos lados a la vez, ¿comprende usted? y los encerramos en el medio. No les quedó ninguna dirección hacia donde ir.

-Pues ahora tienen un lugar adonde ir -gruñí vengativamente.

-No se preocupe por eso. Ya les hemos comprado sus pasajes y se encuentran a bordo del tren.

-Había una fotografía que me hubiera salvado. Si tan sólo hubiese logrado apoderarme de ella cuando lo intenté...

-¡Oh, ya tenemos eso en nuestro poder! -me tranquilizó-. Constituye la Evidencia Número Uno del caso.

-¡Pero si yo lo vi a Paulsen quemándola ante mis propios ojos.

-Aquello era el negativo. Campos ya había sacado una copia antes de que ellos lo atacasen en su habitación, y la había puesto a secar en el mismo sitio donde suele hacerlo siempre, con el objeto de que los bordes del papel no se arruguen. Debajo del colchón de su camastro. Un sistema no muy profesional, bueno es decirlo, pero hay que tener en cuenta quo el infeliz no es más que un fotógrafo ambulante. Conque se llevaron el negativo, pero dejaron allá aquella copia. El fotógrafo ya había visto lo que ésta mostraba, y nos indicó su escondite tan pronto como recobró el sentido.

-¿Cómo se encuentra él? -pregunté ansiosamente-. ¿Se salvará?

-Está en el hospital. Aquellos valientes le propinaron una zurra descomunal, pero probablemente ya estará en pie y en perfecto estado para el momento en que lo necesitemos como testigo material cuando aquel simpático amiguito de usted, el capitán Paulsen, sea juzgado por asesinato. Entre el ataque centra el fotógrafo, el ataque contra ust2d, la fotografía y la confesión del propio Paulsen, que es precisamente esto que tengo en mis manos, no creo que tengamos que preocuparnos mucho.

-¿Paulsen? ¿Conque él se desmoronó?

-Se hizo migajas -rió Acosta-. Abandonamos los rodillos de amasar hace sólo unos momentos, poco antes de que usted se despertase.

Hizo chasquear entre sus dedos un par de aquellas hojas de papel cubiertas por apretadas filas de escritura a máquina.

-Nos estuvo dictando durante toda la mañana. Está perfectamente revisado y corregido; nada de errores.

Registramos hasta la última coma de su confesión... En el mismo instante en que usted y su compañera salieron de la tienda de Chin, Paulsen comenzó a seguirles; Chin lo había tenido aguardando en la trastienda, y entonces lo llamó a la puerta del local y le indicó quiénes eran ustedes.

-A él no le importaba quién fuese, ¿verdad? Jamás nos había visto antes.

-¿Qué importancia tenía eso para él? No era más que un pequeño trabajo extra. Chin le entregó entonces el cuchillo, diciéndole: "Fíjate bien, Paulsen: éste es el cuchillo que él cree haber comprado, y en este justo momento lleva en su bolsillo un recibo por la venta del mismo; pero yo se lo cambié por otro mientras se lo envolvía. Tú los seguirás ahora a ellos, y volverás a escamotear los cuchillos, esta vez a través de la piel de la mujer. Pero previamente deberás asegurarte de quitarle el otro a él." Luego Chin le dio unas bandas de goma y un trozo del mismo papel verde que había usado para envolver el cuchillo original.

-De modo que, en realidad, Paulsen no me lo extrajo del bolsillo y lo desenvolvió en aquel punto y hora, entre la multitud...

-Por supuesto que no. ¿Cómo hubiese podido hacerlo? Aquella maniobra tenía por objeto hacer que la defensa de usted sonase a falsa en nuestros oídos.

-Como que así fue, de eso estoy seguro.

-Paulsen le quitó a usted su puñal del bolsillo -prosiguió Acosta-, mucho antes de que a ustedes les fuese posible acercarse al mostrador; él comprendió que ustedes se dirigían allá y se les adelantó. Usted se escurrió rozándose junto a él mientras se abría paso por entre la muchedumbre arrastrándola a ella consigo. Y usted mismo le prestó ayuda a Paulsen sin saberlo, pues llevaba la chaqueta desabotonada; esto hizo más fácil la tarea para él, pues la presión de su cuerpo contra el de él le abrió el faldón hacia atrás, y por otra parte el arma sobresalía mucho del bolsillo. Prácticamente fue a parar por sí misma a las manos de él. Luego, tan pronto como ustedes hubieron encontrado sitio, Paulsen se abrió paso a su vez por entre el público, extrajo el cuchillo que Chin le había dado y lo sepultó en el cuerpo de ella. Acto seguido arrojó al suelo las bandas de goma y el papel falsos, de modo que fuesen hallados allí más tarde, dando la impresión de haber salido del propio bolsillo de usted.

-Conque ellos lo habían calculado todo, ¿verdad? -murmuré yo.

-Sí, pero no contaron con la intervención del fotógrafo. !

-De modo que ustedes tienen en su poder al asesino. Y él recibió sus órdenes de Chin.

-Paulsen cumplió las órdenes de Chin -asintió Acosta-. Así lo ha admitido.

-Hasta aquí todo está muy bien. Pero, ¿qué hay acerca del otro asunto? ¿Qué le parecería hacerle confesar a Chin de quién recibía él a su vez sus órdenes?

-El caso termina con aquello -negó Acosta.

Me senté más tensamente en el camastro y planté el jarro del café en el suelo con un fuerte golpe.

-¿Qué quiere usted decir con eso? -estallé-. ¿Es que piensan castigar a la mano ejecutora y dejar al cerebro dirigente en libertad?

-Es que nosotros no podemos relacionar ambas cosas -replicó haciendo vagos ademanes con sus manos-. No podemos probar para cuál cerebro estaba trabajando dicha mano.

-Escuche usted -rogué-. Explíqueme los hechos lisa y llanamente. Deje a un lado las parábolas, o como quiera que usted las llame.

-El Tío Chin ha muerto -respondió Acosta-. Murió hace un par de horas, después di haber permanecido inconsciente durante todo el tiempo desde el momento en que efectuamos el allanamiento.

-¿Qué diablos pasa con esos polizontes suyos? -troné iracundo-. ¿Por qué han de estar siempre tan ansiosos de disparar sus pistolas? Chin era un hombre gordo. ¡No creo que pudiese haber presentado mucha resistencia! ¿Por qué no trataron de cogerle vivo... ?

-Mis hombres no lo mataron -me interrumpió el inspector-. Él no presentó la menor resistencia. Cuando comprendió que estaba atrapado sin esperanzas de escape, se concretó a quedarse sentado aguardando. Cuando irrumpimos en su habitación privada lo hallamos vestido con un kimono chino, bebiendo una taza de té. Su sobrina estaba acurrucada a sus pies, ron la cabeza reclinada sobre las rodillas de él. Tuve la impresión de que Chin hacía una mueca, como si el té fuese muy amargo, pero no capté el significado de aquello a tiempo; había demasiada excitación en torno nuestro. Nosotros teníamos concentrada nuestra atención en los posibles tiroteos, no en tazas de té. La muchacha falleció primero, y él "espichó" pocos minutos después de haberlo traído aquí. Debieron haber ingerido una triple dosis. No pudimos hacerle reaccionar ni siquiera con sondajes de estómago.

Chin era un sujeto cuya muerte jamás soñé que yo pudiese llegar a lamentar; pero vaya si la lamenté. Deseaba que no hubiese muerto con tanta intensidad como si le hubiese profesado cariño en vez de odiarle las entrañas en la forma en que lo había odiado.

-¿Qué ocurrirá ahora? -pregunté-. ¿En qué situación queda el asunto?

-El lazo de conexión se ha roto -explicó Acosta-. Tenemos en nuestro poder al hombre que llevó a cabo el apuñalamiento, y será juzgado por asesinato. Pero no podemos pasar de ahí. Se ha producido un vacío en la cadena de hechos. El intermediario ha muerto, y él constituía el punto de contacto entre un extremo y el otro.

-¡Pero si el otro es Román! -grité dándome coléricos golpes en el pecho-. ¡Yo lo sé perfectamente! ¡Estoy tan seguro de ello como de que estoy sentado aquí! Y usted también debe estarlo. Cualquiera lo estaría... La orden partió de él. Él fue el punto de partida.

-Eso es una simple opinión, no un hecho -rebatió Acosta-. Y yo estoy de acuerdo con ella, como una opinión. Pero no me es posible emitir una orden de extradición basándome en la fuerza de una mera opinión. Antes de poder tomar una medida así en contra de cualquiera, necesito tener pruebas; no me basta con una opinión... Ni aun cuando ésta sea mi propia opinión.

Me acurruqué más aún en mi asiento agachando la cabeza profundamente, y me puse a mirar fijamente el piso como tratando de leer algo que en él estuviese escrito. Pero si lo había, debió ser escrito con tinta invisible.

-Pero Chin jamás había puesto sus ojos en nosotros hasta anoche -argüí-, y nos vio por primera vez sólo media hora antes de que ocurriera el crimen. Conque, ¿qué razón pudo impulsarle a ello? ¿Es que el sentido común no le indica a usted que... ?

-Es muy probable que esa sea la verdad- volvió a interrumpirme Acosta-. Pero así y todo, ya no es posible probarla, dado que Chin ha pasado a mejor vida. Y el mismo caso, a la inversa, se produce con Paulsen. Éste jamás ha visto a Román en su vida; ni siquiera tiene idea de la existencia de tal persona. Y nosotros sabemos que ello es cierto, puesto que él nos confesó todo lo demás. ¿Por qué había de ocultarnos eso? Por el contrario, Paulsen se hubiese sentido muy contento de podernos dar tal información, si la hubiese sabido. Pero no pudo.

-Pero él ha estado efectuando el acarreo del opio hasta los Estados Unidos. Y por lo tanto, debía entregárselo a alguien allá. Él no podía concretarse a dejarlo abandonado en la playa.

-Un hombre se encargaba invariablemente de recoger la mercancía en un camión; un hombro que se reducía a poner sus iniciales sobre un recibo y jamás le dijo su nombre. Y aquel hombre no era Román, por cierto; y las iniciales eran simplemente un signo en código, dando conformidad por la mercancía recibida. Chin conocía su exacto significado; pero ello no quiere decir que Paulsen tuviese necesariamente que conocerlo. Paulsen trabajaba para Chin, de este lado del negocio, y no para nadie del otro extremo. Y aun en el supuesto caso de que ese rastro pudiese ser seguido eventualmente hasta llegar a Román, el rastro de evidencias que parte de usted es otro distinto; y éste es imposible de seguir. Román dio la orden para cometer aquel asesinato a un hombre, y sólo a uno; y este hombre ha muerto sin prestar declaración. ¿Es que no comprende usted? Ese rastro ha sido borrado para siempre.

-¿Y ni aun en el caso de que usted lo tuviese a Román bajo su jurisdicción, detenido aquí en le sería posible hacerlo juzgar por asesinato podría usted proceder en contra de él?

-No --replicó Acosta-. ¿Qué pruebas existen en su contra?

Me fui poniendo de pie lentamente, como si hubiera perdido todo ulterior interés en la conversación. Y bien, a decir verdad, lo había perdido.

-Eso no parece tener remedio -fue todo lo que dije, pensativamente-. No parece tener remedio.

Introduje profundamente las manos en los bolsillos y lo miré súbitamente a Acosta en el rostro.

-¿Cuál es mi propia situación? -pregunté-. ¿Estoy detenido aquí como testigo?

Noté que demoraba unos instantes en responder.

-De acuerdo con la ley -dijo al cabo con aire vacilante-, debería estarlo. Al fin y al cabo se trata de un juicio por asesinato, y necesitaremos su presencia en calidad de testigo. Pero -añadió pasándose una mano por el mentón-, estiremos un poco el punto y digamos que está usted en libertad bajo su propia responsabilidad y a sabiendas de su obligación.

-Estaré en La Habana cuando se inicie el juicio -le aseguré torvamente.

Él me siguió con la mirada mientras me aproximaba a la puerta y apoyaba la mano sobre el picaporte.

-¿A dónde se dirigirá usted? -inquirió.

-Existe un antiguo proverbio en mi idioma -respondí-. E invirtiéndolo ligeramente, puedo decirle a usted que iré a verlo a un perro... con respecto a una dama.

 

CAPITULO 14

 

Allá iba yo, caminando nuevamente a lo largo de la carretera, de aquella carretera que conducía a Hermosa Drive, tal como lo hiciera aquel día en que encontré la cartera y con ella mi empleo. Sólo que, ahora, bien sabía yo lo que ocurriría cuando llegase; aquella otra vez, lo ignoraba. Ahora caminaba al encuentro de la muerte; entonces había marchado hacia el amor. Y en concordancia con lo distinto de mi propósito, ahora era de noche; en aquella otra oportunidad brillaba el sol.

No me importaba la caminata. No me importaba el tiempo que ella me tomara. Yo deseaba que fuese tarde cuando llegase allá. Bien tarde. Ésa era la razón por la cual no intenté hacerme llevar por alguno de los vehículos que pasaban, como fácilmente podía haberlo hecho. No tenía prisa alguna. Estaba seguro de que llegaría allá. Nada podía haberme detenido.

Proseguía mi marcha bajo las estrellas, calmosamente, con paso firme y parejo. A veces, esporádicamente, un soplo de brisa marina se atravesaba en mi camino, revoloteaba un instante a mi alrededor y volvía a alejarse. Y entonces la noche volvía a tornarse tranquila y silente. De tanto en tanto un automóvil pasaba zumbando, y sus faros proyectaban una luminosa estela de cometa que luego se iba esfumando paulatinamente en la lejanía.

Es una extraña sensación aquella de marchar sin pausa, sabiendo que allá adelante, cuando uno arribe a su destino, dos hombres habrán de morir. O al menos uno lo supondría así, pero no lo era yo no sentía ningún sentimiento con respecto a aquello. Ya ni siquiera experimentaba tanto odio. Supongo que es algo muy malo sentirse en tal disposición de espíritu, pero en cambio, ello hace tremendamente fácil ejecutar una faena como aquélla. Uno es simplemente una máquina, y la llave conque lo han puesto en movimiento ha sido arrojada lejos; y uno ya no puede detener su marcha.

Aquellas estrellas tenían un curioso aspecto; guiñándose los ojos unas a otras, cambiando miraditas comprensivas entre ellas como si supiesen lo que se preparaba: ya lo habían contemplado muchas veces, y aquello era para ellas una historia vieja y vulgar. Parecía como si repitieran: "Otra vez lo mismo de siempre."

Debían ser alrededor de las tres, según mis cálculos, cuando llegué a Hermosa Drive; pero no estoy muy seguro. Abandoné la carretera y continué andando rumbo a la mansión. Ellos habían cerrado el portón con llave, bloqueando así por completo el camino. Pero aquello no me detuvo. Yo me sabía do memoria los sitios por donde el muro era más fácil do atravesar. Seguí, pues, a lo largo de éste hasta encontrar uno de esos sitios, a una buena distancia playa abajo donde la barrera de cemento y ladrillos se elevaba cruzando perpendicularmente la arena hasta internarse en el mar. Durante la bajamar, como ocurría aquella noche, todo lo que se necesitaba era alargar las manos y elevarse a pulso por sobre el muro hasta dejarse caer al otro lado. Pero en caso de que la marea hubiese estado alta, creo que me hubiese arrojado al agua, alcanzado a nado el extremo del muro y regresado boyando por el lado interior. Delante de la residencia de Román, hasta el mismo océano estaba cercado; era parte de su propiedad privada.

Esto es algo que aquellos que viven temerosos deberían saber: podrá impedírsele la entrada a un hombre, pero es imposible impedírsela a la muerte.

Ahora caminaba arrastrando los pies playa arriba, acercándome a la casa por el frente. Estaba construida mirando hacia el mar, como expliqué anteriormente. Aquella puerta donde invariablemente iba yo a recogerlos a ellos con el automóvil, era en realidad la entrada trasera; aunque, por otra parte, ésta era la única que solían utilizar.

Hacia uno de los lados de la playa se elevaban las cabañas privadas que ellos usaban para tomar baños de sol; negras siluetas contra el blanco resplandor de la arena. Parecían garitas de centinelas. Se oyó un rugido ronco y vibrante, y algo se precipitó en mi dirección desde las cabañas; algo demasiado veloz para poder ser enfocado con la vista.

Ellos tenían un perro en el interior, el perro de Job. Suponían que el animal, juntamente con el portón y la muralla, constituían una protección suficiente; y de ordinario hubiera sido así. Aquella fiera hubiese hecho trizas a cualquier bípedo que hallase del lado equívoco del muro.

Me detuve en seco y me quedé inmóvil, aguardando a ver si me reconocería o no. El perro frenó su embestida sólo en el último instante, y en seguida se puso a cavar furiosamente enviando una lluvia de arena contra mis piernas. Una vez que uno ha trabado amistad con un perro, esa amistad no se quiebra ya nunca más. Ésta es la diferencia principal entre los perros y los hombres.

-Hola, Wolf -dije-. He regresado.

Y le acaricié el cráneo un par de veces.

Pero ahora el pobre me resultaba más fastidioso tratando de demostrarme su cariño, que cuando había tratado de devorarme. Se interponía en mi camino sin cesar.

-All right, vete a dormir ahora -le ordené-. Esto no tiene nada que ver contigo.

Todas las luces de la casa estaban apagadas. Yo nunca había tenido llave de entrada, de modo que tendría que colarme en el interior y liquidarlos arreglándomelas como pudiese.

Yo no quería llamar a la puerta, por miedo de mezclarlo a Job en el asunto; Job era un buen sujeto, y yo no tenía nada contra él. Durante toda mi permanencia en aquella casa, había tomado mis comidas en la misma mesa que él.

Eché a andar siguiendo uno de los flancos de la casa, hasta llegar adonde estaban las ventanas de Román. Aquella terraza que él tenía delante de su dormitorio me fue de gran ayuda para orientarme en la oscuridad, pues marcaba una interrupción en la lisa verticalidad de las paredes. La ventana de abajo estaba provista de una de esas rejas de estilo español. Utilicé los travesaños de la misma a modo de escala, luego logré aferrarme al borde del balcón y me levanté a pulso hasta pasar por sobre éste.

Entonces me detuve un instante y miré hacia abajo. Wolf estaba sentado allí sobre sus cuartos traseros, observándome con la cabeza echada a un lado en su curiosidad. Le hice señas ordenándole que se retirase hacia la playa, pero no me hizo el menor caso.

Me volví enfrentándome con mi objetivo. Román había dejado el ventanal abierto de par en par; uno no tenía más que entrar, sin siquiera molestarse en levantar los pies del suelo. La habitación estaba oscura y silenciosa, pero yo supe que él estaba allí. Llegaba a mis oídos el rumor de su respiración, y a mi olfato el olor del alcohol que él había traído en su aliento de cualquiera que fuese el sitio donde había ido aquella noche.

Entré tanteando mi camino a través del ventanal, y luego a lo largo del dormitorio, en la dirección donde recordaba haber visto la cama de él en aquella única oportunidad en que subiera a su habitación: aquel mi primer día allí.

Recorrí la parte inferior del lecho con una mano, y luego proseguí tanteando a lo largo del costado. Cuando hube alcanzado a la altura de la cabecera, me senté en el borde, muy junto a Román. El elástico se hundió un poco bajo mi peso, pero él no pareció sentirlo.

Yo deseaba que él me viese. Yo quería que él supiera de manos de quién estaba recibiendo lo suyo cuando lo recibiese. Alargué la mano hacia la pequeña lámpara que había junto al lecho y oprimí el interruptor. Brotaron dos halos gemelos de luz, uno a cada lado de la pantalla, revelando nuestros rostros y muy poco de lo que nos rodeaba. La pantalla era opaca, de las usadas para descansar la vista.

Entonces me quedé sentado al sesgo junto a él aguardando a que la luz se filtrase a través de sus párpados. Ello demoró algún tiempo. Román dormía como un leño. Era evidente que no la echaba de menos a ella. El asesinato concordaba con su personalidad; él debía haber sido amamantado, destetado y criado en su seno. Espléndido; yo iba a encargarme ahora de proporcionarle un poco más de aquello.

Le dejé que se tomara su propio tiempo para despertarse. Me quedé sentado en el borde del lecho aguardando en silencio, bien próximo a él, mirándolo, observándole el rostro. Recordaba todas aquellas fieras gentes con quienes me había topado la noche anterior en La Habana, y por cierto que algunos de ellos eran verdaderas bellezas. Quon el opiómano, y aquel capitán dinamarqués. Poro aquel hombre que yacía allí, Román, era el más horrible de todo el lote. Al menos lo era para mí. Porque él había asesinado a mi amor.

La luz se iba filtrando a través de su cerebro. Él comenzó a inquietarse. Trató de volver el cuerpo en la dirección opuesta a ella para apartarla de sus ojos. Yo lo tomé por el hombro y lo fui haciendo girar hasta que recuperó su posición inicial; pero lo hice sin violencia, empleando una especie de suave presión indirecta.

Sus párpados vibraron levemente, luego hirieron un par de movimientos en falso hacia arriba. Y de pronto se levantaron por completo y ya no volvieron a cerrarse; aquello había comenzado al fin.

Al principio sus ojos mostraron puramente incredulidad; él creía estar sumido en una pesadilla, o que la luz le estaba jugando una mala pasada. Los cerró dos o tres veces en rápida sucesión para borrar de ellos mi imagen; pero yo continué incrustado en ellos, y se vio obligado a creer.

Vi cómo el terror los iba llenando lentamente, cambiándolos, volviéndolos brillosos y saltones.

-Hola, Román -dije-. Hermosa noche para morir, ¿verdad?

Su voz continuaba dormida. Tuvo que hacer un esfuerzo para despertarla.

-Jordán -susurró roncamente-, Jordán.

Llevé mi mano abierta a la base de su garganta y la dejé allí, descansando ligera, laxamente.

-No intentes llamar a Jordán en voz alta -le advertí-, porque yo puedo detener tu grito mucho más rápido de lo que tú puedes exhalarlo. Sólo conseguirías apresurar el fin. Mientras estés silencioso, estarás vivo.

El cuello de su pijama se interponía un poco en mi camino, de modo que alargué mi otra mano y aparté más las solapas, primero una y luego la otra, a fin de que no molestaran. Vi entonces que él conservaba aquella su afición por los rasos rayados como caramelos; el que vestía ahora era negro y oro.

Él mantuvo su voz en un murmullo áspero, como si tuviese el gaznate forrado en papel de lija. O quizá no tenía fuerzas para más, después de todo.

-Scotty... Scotty.

Me incliné un poco sobre él para oír mejor.

-¿Sí? -pregunté deleitado-. ¿Qué quieres?

-Te daré... cien mil dólares. A cobrar en el Banco de esta ciudad. Un cheque al portador. Sólo será preciso que me permitas acercarme hasta el escritorio... para llenarlo. Allí, Scotty... en el otro extremo del dormitorio. O si lo prefieres, alcánzame un cheque en blanco y la pluma; lo escribiré aquí mismo, en la cama. Levantaré los brazos bien alto, contra la cabecera; no haré un solo movimiento mientras tú vas a buscarlo.

Hice como que examinaba la oferta, para torturarlo un poco.

-Ciento cincuenta mil, Scotty. Hasta el último centavo; todo lo que tengo en mi cuenta da esta ciudad.

-Quiero que me devuelvas a Eve.

Sus manos se movían sin cesar, manoseándome, persiguiéndose una a otra en torno a mis hombros y rostro.

-Doscientos mil, incluyendo lo que tengo en Chicago. Doscientos cincuenta mil. Escúchame... ¿es que no me quieres escuchar? Un cuarto de millón.

-Baja esas manos -gruñí-. Me estás fastidiando.

Quiero que me devuelvas a Eve. ¿Es que no me oíste? Quiero a Eve.

Román rotaba la cabeza de uno a otro lado sobre la almohada en su desesperación.

-Scotty, todo lo que poseo. Nueva York. Filadelfia. Cuentas bajo nombre falso, cajas de seguridad. Tres cuartos de millón en efectivo. Todo. Serás dueño del mundo. Déjame salir de aquí, simplemente. Permíteme únicamente echar a andar carretera abajo, tal como estoy con lo que tengo puesto. Simplemente déjame... vivir.

-Eve. Quiero oírla hablándome de nuevo. Quiero verla a ella mirándome de nuevo. Quiero verla moverse en torno mío de nuevo.

Yo había visto muchas veces, en el cinematógrafo, escenas de la muerte de aquellos pandilleros de antaño; y ellos siempre caían valerosamente, disparando sus pistolas y gruñendo su desafío; "Vengan y préndanme si pueden." Pero Román no; él moría todo lloroso. Pero quizá él era ya viejo por entonces; no lo sé. Aquellos años, el mil novecientos veinte y tantos, ya estaban muy lejos. ¿Qué supondrían ustedes que Román estaba haciendo? Me restregaba el brazo repetidamente, tratando de persuadirme con caricias para que le permitiese vivir. Sobando y sobando y sobando, como quien sobara la piel de un gato furioso.

-Todo lo que tengo, todo... tan solo déjame vivir.

-Pero yo no lo quiero todo.  No quiero nada de eso.  Lo que quiero es algo mucho más fácil que todo eso.  Es muy difícil apilar tres cuartos de millón de dólares juntos; eso le toma a uno toda la vida.  ¡Y es muy duro entregarlo todo a un extraño en esa forma!  Todo lo que yo pido es simplemente a mi Eve.  Simplemente arregla las cosas de modo que me sea devuelta, esto es todo lo que necesitas hacer.  Y ello debe ser fácil para un individuo como tú, acostumbrado a tocar resortes.

-No puedo Scotty -lloriqueó.

La conversación en voz baja se iba aproximando al punto de explosión.  Yo la sentía aproximarse pese a que de instante en instante no sabía lo que diríamos a continuación.

-Tú me pides la única cosa que no puedo hacer.  -sollozó-.  ¿Por qué no aceptas alguna otra?

-Entonces ¿por qué mandas hacer cosas que luego no puedes deshacer?.  ¿Por qué quitas cosas que luego no puedes devolver?

 Ahora. Ahí llegaba aquello. Sentí cómo descendía vertiéndose por las venas de mis brazos como una marea hirviente.

-Conque la única cosa que te quitaré a ti, es la única cosa que no puedo devolverte: tu vida.

Hundí ambos brazos profundamente en su cuello. Retorcí aquella cosa, aquella cosa que era su garganta, en dos sentidos a un tiempo; una mano trabajando hacia un lado, la otra hacia el opuesto. Aquello parada estar dividido en capas: la exterior, la piel, se desplazaba en un sentido; la interior, la columna muscular, en el sentido contrario. Sólo se oyó un quejido; el eco de un grito ahogado que quedó atrapado allá abajo.

Después ya no se oyó casi ruido alguno, excepto el continuo susurrar de las sábanas, como si él durmiese inquietamente, revolviéndose sin cesar. De aquí para allá, de allá para acá. Luego las piernas se disparaban hacia arriba durante un segundo, y levantaban las cobijas formando una especie de tienda. Luego volvían a desplomarse y la tienda se abatía. Luego pateaban de aquí para allá, de allá para acá, como las hojas de una loca tijera. Y nuevamente en línea recta hacia arriba, como si practicase calistenia.

Durante esos dos o tres segundos que venía durando aquello, yo tenía plena conciencia de todo. Hasta me era posible pensar objetivamente. Y aun puedo recordar algunos de mis pensamientos: "¡Cuánto tiempo lleva matar un ser humano! Uno jamás termina." "¿Es que él no va a morir nunca?" "Muérete, ¿quieres? Muérete, ¿quieres? ¡Muere!"

Y juntamente con cada "muere" me lanzaba hacia abajo con alma y vida, hasta que las junturas del maderamen crujían débilmente, en son de queja. Y a cada impulso su lengua saltaba hacia afuera como accionada por algún principio inverso a mi presión, y luego volvía a retroceder. Era como uno de esos juguetes construí-dos para hacer una cosa determinada cuando uno oprime un resorte.

Hasta me era posible ver la sombra de mi propia cabeza, proyectada sobre la pared por el resplandor de la lámpara. La veía estremecerse un poco, luego bajarse ocultándose de la vista, después aparecer de nuevo y estremecerse otro poco. Uno no podía saber lo que estaba haciendo aquella sombra... en la pared. Parecía la cabeza de un nombra enfrascado en algo fatigoso, pero inofensivo; como si estuviese empacando una valija demasiado repleta sobre la cama.

Y de pronto fue barrida hacia algún otro lado, arrebatada de junto a mí y proyectada en alguna otra pared, con una densidad distinta; como si el limitado halo original donde había estado flotando hubiese sido inundado y arrastrado por una nueva y torrencial fuente luminosa. Su lugar había sido ocupado ahora por la sombra entera de un hombre. Triangular, comenzando angosta, y ensanchándose en toda su extensión hacia arriba. Y yo no me había movido, ni la lámpara tampoco; conque comprendí lo que era aquello.

-¡Aguanta un poco, Ed, que ya lo atraparé!

Los cascabeles habían sonado por fin, y los colmillos salido a relucir.

Lancé la masa de nuestros dos cuerpos hacia el suelo por sobre el costado del lecho, rodando a la manera de un barril en una especie de salto moral. Y cuando éste había sido completado a medias, resonó el disparo; debíamos estar aun sobre el nivel del lecho, en mitad de la voltereta. Aquello fue sólo un borroso estallido apagado, un acompañamiento al estruendo principal de nuestro forcejear y desplomarnos contra el piso.

Cuando comenzarnos el salto yo estaba encima de Román; cuando lo completamos quedé debajo de él. Mis manos continuaban incrustadas en su garganta, como fundidas dentro de ella; jamás aflojé la presión, ni aun mientras caíamos. Su cuerpo se derrumbó sobre el mío, pesado y ventrudo y rebotante, y nos quedamos yaciendo allí, inmóviles.

No sentí ningún dolor, lo que me hizo saber que Jordán había errado el balazo; y que ahora se acercaría para averiguarlo.

Advertí que había logrado mi propósito de matar a Román, al fin y al cabo; por entonces ya había dejado de moverse. Su pecho estaba aplastado contra el mío, corazón a corazón, y pude guiarme por ellos para comprobarlo. No se sentía ningún latir en contrapunto con el mío propio; si hubiese habido alguno, yo lo tendría que haber sentido después de semejante forcejeo. Conque comprendí que su corazón se había detenido; estaba muerto.

Espléndido. Eso era exactamente lo que yo me había propuesto.

Jordán ya estaba en marcha hacia nosotros para ver lo ocurrido. Ambos yacíamos en el suelo junto al lecho, del lado de la ventana, y aquél se interponía entre el pistolero y nosotros; él no alcanzaba a vernos desde donde estaba. Y ambos permanecimos inmóviles; Román porque estaba muerto, y yo porque ello atraería la curiosidad de Jordán y lo impulsaría a cerciorarse. Por debajo del lecho alcancé a divisar sus pies calzados con aquellas sandalias de esparto que él usaba invariablemente. Los vi ponerse en movimiento, uno por vez. Resultaba curioso observar un par de pies sin cuerpo, caminando solos en aquella forma.

Solté la garganta de Román. Ya no quedaba nada que ahogar en ella. Su piel parecía adherirse a mis dedos como una masa de pegajoso caramelo; tan largamente la había estado amasijando. Cogí el brazo de Román por el codo, fláccido y enfundado aún en la chillona manga rayada, y lo levanté perpendicularmente por sobre el nivel de la cama. Mi zarpa lo sostuvo verticalmente, aunque su mano se doblaba algo por la muñeca. Lo dejé entonces apoyarse sobre el lecho, como si la mano tratase de aferrarse a los cobertores.

Yo esperaba que aquello diera la impresión de un hombre que, sintiéndose extenuado y sin aliento, buscara un punto de apoyo para incorporarse.

La treta tuvo éxito.

-¿Te encuentras bien, Ed? -preguntó Jordán dirigiéndose a la mano del muerto-. ¿Le acerté a él, Ed?

Inserté el dorso de mi mano detrás del cable que corría descendiendo a lo largo de la pared, desde la lámpara hasta cerca de donde reposaba mi cabeza. En el preciso instante en que sus pies iban a aparecer doblando el ángulo inferior del lecho, sacudí la mano y la lámpara se desplomó apagándose con un estallido y tintinear de vidrios rotos.

Aquello no cambió mucho el aspecto del dormitorio, pues Jordán había dejado la puerta completamente abierta; pero bastó para sumir aquel estrecho pasadizo donde yacíamos Román y yo en una opaca penumbra.

Jordán giró en torno a los pies de la cama y se detuvo a mirar. Creo que, aun en aquella media luz, él alcanzaba a distinguir las rayas del pijama a través de la espalda de Román; el cuerpo de éste continuaba arriba de todo.

Jordán no podía disparar su pistola. Ante su vista aparecía demasiada parte de Román y no la suficiente de mí. Comenzó a agacharse para averiguar qué era lo que retenía a su jefe allá abajo. Y ese fue su error. Eso era exactamente lo que yo deseaba que hiciera.

Lo así por los tobillos, uno con cada mano, y di un brusco tirón. La pistola se disparó de nuevo, pero de un modo incierto y desviado. Era fácil comprender que el arma ya había escapado a medias de su mano cuando el índice oprimió el gatillo. La vi escupir una lengua de fuego hacia arriba, en una trayectoria oblicua contra el cielo raso, en lugar de hacia abajo en mi dirección.

La pistola chocó contra el suelo antes quo el cuerpo de Jordán, pues el arco de descenso de éste era más amplio. Aquélla produjo un ligero golpe seco, él se desplomó con un pesado retumbar.

Desperdicié un segundo en alcanzar el arma, y la lancé de un manotazo bien profundamente bajo el lecho. No sentí deseos de usarla. Me inundaba un calor extraño. Deseaba lanzarme contra él a mano limpia.

Aparté el cadáver de Román como si fuera el peso muerto de un colchón yaciendo encima de mí, y me incorporé. Jordán ya estaba de pie por entonces. Eliminamos la distancia que nos separaba en una doble embestida y nos aplastamos el uno contra el otro. Nos atacamos a la antigua usanza, empleando la forma básica de pelea; cada uno haciendo su trabajo sin la ayuda de arma alguna.

Yo había creído que él no valdría nada sin su pistola; pero no era así. Supongo que en sus años bisoños había tenido que abrirse paso a golpes, cuando aun no poseía pistola alguna; aquello, por lo tanto, no era una novedad para él. Mi cabeza daba una sacudida que se prolongaba a lo largo de mi columna vertebral, y yo sabía entonces que él me había acertado un impacto. Pero aquella era mi única manera de sentir. Mis sentimientos estaban tan helados como siempre. Era tan insensible al dolor como a la razón. Puede que esto me haya servido de ayuda; no lo sé a ciencia cierta.

Uno de mis golpes lo apartó violentamente de mí y lo envió trastabillando hacia donde la línea de la ventana delimitaba la habitación. Pero aquélla estaba abierta de par en par, y él la atravesó reculando sin tropiezos y siguió hasta la terraza. Me precipité en pos de él y la pelea continuó allá afuera.

Mis brazos estaban fatigados e insensibles, y yo ya no sentía nada cuando se descargaban contra Jordan pero él se sacudía hacia atrás alejándose de mí y mí hombro parecía rebotar. Ello me indicaba que yo había acertado un buen impacto sobre él.

En un momento dado, él se fue de espaldas contra la balaustrada que yo había trepado al llegar y se inclinó un poco de más hacia afuera de la cintura para arriba.  Luego se recobró y se precipitó nuevamente adelante. Pero aquello había desbaratado su sentido del tiempo y la distancia; y así fue que se lanzó directamente de cabeza contra mi puño, añadiendo su propio ímpetu al del golpe, zambulléndose al encuentro de éste en vez de permanecer firme. Aquello fue como el estallar de una bomba.

Mi hombro se retorció sobre sí mismo casi hasta descoyuntarse, y pude ver el rostro de Jordán retroceder alejándose del mío. Aquella fue la última vez que se lo vi. Estaba todo hinchado y atontado por los golpes; una simple masa redonda y pastosa, con las facciones como disminuidas e incrustadas en ella. ¿Pero qué me importaba a mí, al fin y al cabo, el aspecto de su cara? Ella retrocedió internándose en la noche, y luego se esfumó ante mis ojos enturbiados por el castigo.

No capté el resto de aquello. Pero él ya no estaba conmigo en la terraza. Y entonces comprendí que se había despeñado por sobre la balaustrada. Lo único que allí quedaba de Jordán, era una de sus sandalias de esparto.

Me asomé a mirar, y allá abajo estaba él, todo despatarrado. La caída no era lo suficientemente alta como para matarlo, y el lugar donde yacía estaba cubierto por una muelle capa de césped. El perro estaba cerca de él, semiacurrucado como para embestir, tenso y con el lomo erizado.

Yo no sé si Jordán estaría sangrando, y ello era la causa de la agitación del perro; o si los agudos sentidos del animal captaron el ardiente vaho de la pelea que aun se desprendía de su cuerpo, y esto fue lo que lo enardeció.

- ¡A él, Wolf! -aullé.

Jamás esperé que me obedeciera. El amo de él era Job y no yo.

Pero su cabeza se agachó, sus orejas se tendieron hacia atrás, y el bruto se arrojó como un rayo contra la garganta de Jordán.

Sus brazos y piernas se juntaron como las patas de un insecto que yaciera impotente de espaldas tratando de incorporarse. Y el perro se revolvía frenéticamente en medio de ellas.

Di media vuelta y volví a internarme en el dormitorio, caminando en zig-zag hacia la cama. El hielo comenzaba a licuarse en torno a mis nervios, y me sentía completamente fláccido.

Di vuelta el cadáver de Román con la punta del pie; inclinarme era demasiado molestia. Algo me dirigió una guiñada en la tenue penumbra, y por un instante creí que uno de sus ojos había vuelto a abrirse y se burlaba de mí.

Entonces comprendí que yo no lo había muerto, después de todo. Aquello aparecía justo enfrente de su oreja, un poquito demasiado alto para ser uno de sus verdaderos ojos. Relucía en un tono oscuro, como si alguien le hubiese dado una pincelada con brea caliente. Su propio guardaespaldas había efectuado la faena en mi lugar.

No me sentía capaz de salir de la casa del mismo modo en que había entrado. Salí lentamente del dormitorio, dejando la puerta abierta en la misma posición que le había fijado Jordán, y atravesé el hall superior hacia las escaleras.

Ahora había luz en la planta baja. Job estaba allí, parado junto al pie de la escalera. Su rostro estaba levantado hacia mí con una expresión extática, corno si hubiese permanecido inmóvil allí durante largo tiempo.

-Vamos, muévete -dije sordamente-. ¿Qué es lo que esperas?

Él se concretó a mirarme. No articuló palabra hasta que hube descendido toda la escalera y llegado junto a él.

Luego sacudió rudamente la cabeza señalando hacia el extremo del hall donde estaba la salida.

-Quitaré la llave a la puerta para que puedas salir -dijo-. Vamos, hombre, ponte en marcha. Luego supongo que tendré que subir a buscarlos a ellos y a hacer algunas llamadas telefónicas.

Pasé muy junto a él, ojo contra ojo.

-No te olvides de darles mis señas a los polizontes - dije ásperamente.

-Yo no he visto a nadie -replicó-, y por lo tanto no puedo darles ninguna seña. Román y Jordan se han estado peleando continuamente desde el primer día que llegaron a esta casa; yo sabía que esto iba a terminar así.

Abrió la puerta franqueándome la entrada. Luego añadió:

-Ella era una dama adorable. Hoy los oí a ellos conversando acerca de todo aquel asunto; así es cómo me he enterado.

Salí hundiéndome en la oscuridad. Volví el rostro y lo miré por sobre el hombro.

-Ya no volverás a oírlos jamás hablando de ello.

El negro cerró la puerta.

Eché a andar a lo largo de la casa rumbo a la playa. El perro me vio, y abandonando a Jordán se puso a trotar a mi lado. Su hocico estaba todo húmedo y cubierto de coágulos parecía haberle crecido una barba filamentosa.

-Aquello era tarea mía, no tuya -le dije.

Di un rodeo hasta donde yacía Jordán. Era sencillamente preferible que reinase aquella oscuridad. Él contemplarlo de cerca no era ningún espectáculo agradable ya.

Volví a encontrar aquel tramo del muro donde éste se extendía por la arena hasta internarse en el mar; aquel muro que no había sido suficiente para impedir la entrada a la muerte. Me despedí del perro con una palmada en el lomo, trepé el muro y me dejé caer del otro lado.

Pude oír entonces al perro corriendo de un lado a otro del interior, buscando una salida que le permitiese seguirme. Gañía suavemente.

Comprendí lo que sentía. A mí tampoco me hubiese gustado quedarme allí adentro, con dos cadáveres por toda compañía.

 

 

CAPITULO 15

 

El Morro parecía un grueso trozo de tiza color rosa, elevándose verticalmente en la luz de la madrugada. Nos deslizamos lentamente frente a él; tan lentamente, que apenas si parecíamos desplazarnos. Pero finalmente fue girando y quedándose atrás, y ya estábamos en el puerto, y allí estaba La Habana otra vez. Al cabo de una noche que parecía no haber existido jamás.

Descendí del ferry y pasé por el examen aduanero. Ésta era la segunda vez en tres días. Los guardas se quedaron mirándome.

-No fue más que un apresurado viaje de negocios -expliqué-. Ida y vuelta. Algo que necesitaba atender personalmente.

Me dejaron pasar.

El sol estaba bajo aún, y los tejados recién comenzaban a recibir su primera capa de luz; el deslumbrante trabajo de pintura solar no había empezado todavía a adquirir vigor. A lo largo de las aceras, todo era sombras y frescor.

Ya comenzaba a saber orientarme por La Habana. Al menos sabía a donde quería ir, y esto siempre es una ayuda. Me dirigía directamente a la oficina de Acosta, en el cuartel central de policía. Pero marchaba despacio; me tomaba mi tiempo. Era temprano aun, y yo quería darle tiempo a Acosta a llegar antes que yo a su despacho.

Él ya estaba allá. Cuando llegué lo encontré sentado a su escritorio. Sin duda recién acababa de llegar, sólo un instante antes que yo. Estaba comenzando la tarea de ordenar asuntos pendientes del día anterior. Cuando advirtió mi presencia en la puerta, levantó la mirada.

-¿Qué lo trae a usted por aquí tan temprano? -exclamó.

Terminé de entrar en la oficina y cerré la puerta.

-Acabo de matar dos hombres en Miami, Estado de Florida -anuncié.

Sus manos dejaron de trajinar con los papeles, y se quedaron aplanadas e inmóviles sobre ellos, pero sin soltarlos.

Permaneció un minuto completo mirando hacia abajo. Luego elevó la vista y me miró. Me contempló largo rato.

-¿Y por qué viene usted aquí? -preguntó en voz tan baja que apenas si pude oírla-. ¿Por qué no se dirigió a ellos, allá en Miami?

-No lo sé -admití con una especie de sonrisa incompleta-. Supongo que ello se deberá a que... esta ciudad queda más próxima a ella. O quizá porque cuando se trata de asuntos como éste, un prójimo prefiere dirigirse a otro prójimo con quien tiene ya cierta familiaridad. A alguien con quien ya ha conversado, y a quien conoce; a alguien que no es un extraño.

No pude por menos que reírme ante mis propias palabras.

Al cabo, Acosta dejó de mirarme y comenzó a revolver una cantidad enorme de papeles. Como si hubiese terminado con un asunto y se dispusiera a comenzar con el siguiente.

Aguardé durante un tiempo tan largo como me fue posible. Finalmente me cansé.

-Pues bien -dije-. ¿Qué piensa usted hacer?

-¿Acerca de qué?

-Acerca de lo que le dije cuando llegué.

Pareció fastidiarse, como b ocurre a un hombre muy atareado a quien uno le está haciendo perder tiempo con alguna tontería. Arrugó la frente con impaciencia.

-Yo no hablo muy bien en inglés -replicó con voz tajante-. A menudo no entiendo las cosas que me dicen; especialmente cuando me las dicen demasiado rápido.

-Puedo repetirlo lentamente -dije-. Acabo de matar a dos hombres en Miami. Eddie Román y Bruno Giordano o Jordán. ¿Le resulta ahora lo suficientemente lento?

Acosta meneó la cabeza.

-Hoy mi inglés está hecho una peste -respondió-. Si yo recibiese un cablegrama de la policía de Miami pidiéndome que detenga a un hombre llamado Scott por un asesinato cometido allá, entonces sería distinto. Entonces saldría en busca de un hombre llamado Scott y, cuando lo hubiese encontrado, lo detendría en nombre de ellos y se lo entregaría. Ese sería mi deber. A menos que ello ocurriese, o en tanto que ello no ocurra, ¿tendría usted la amabilidad de no venir por aquí a farfullar cosas en inglés que a mí me es imposible comprender?

-¿Y suponiendo que usted nunca reciba noticias de ellos? -pregunté-. Es muy posible que no las reciba jamás.

-Pues entonces -estalló-, ¿cómo puedo yo saber una cosa a menos que me sea debidamente notificada? ¡Yo no soy un adivino, sépalo usted! Y ahora, mire, hace ya más de diez minutos que está usted aquí, y todavía no me he enterado de qué quiere. Yo soy un hombre muy ocupado. Buenos días, señor. La puerta está justamente detrás de usted.

Finalmente su intención me penetró en el cerebro. Supongo que debía haberle dado las gracias, pero yo no estaba muy seguro de que aquello valiera la pena. ¿Qué era lo que él me estaba regalando? El derecho a sufrir una jaqueca a largo plazo, en lugar de un remedio rápido.

 Me volví y comencé a derivar hacia la puerta que me había indicado.

-Andaré vagando por la ciudad -le informé.

-Ya lo sé -le oí murmurar-. Aténgase al ron. Es lo que obra más rápido.

Un polizonte penetró en la oficina todo encrespado y le espetó a Acosta una andanada de palabras a razón de una milla por minuto. El hombre se oprimía el dorso de la mano con un pañuelo, como si alguien se la hubiese arañado o mordido.

Acosta levantó las manos y comenzó a rastrillarse el cabello. Luego se volvió bruscamente hacia mí.

-¿Cuánto dinero tiene usted encima? -preguntó.

Se lo dije, pero a él no pareció importarle gran cosa cuánto era.

-¿Haría usted el favor de pagar una fianza, de modo que podamos sacarnos de encima a esa... a esa epidemia?

Durante un momento me quedé sin comprender a quién se refería.

-¡Esa muchacha, esa mujer! -explicó él-. Nos ha estado haciendo pasar las de Caín durante todo el día y la noche de ayer. Si a usted no le alcanza el dinero que tiene, lo completaré de mi propio bolsillo. ¡Cualquier cosa, con tal de sacarla a ella de aquí!

Le entregué la suma necesaria.

-¿Por qué la tienen presa, al fin y al cabo? ¿Cómo testigo material? Ella no sabe...

-Ella le robó el reloj a uno de mis detectives mientras la traían detenida por primera vez. Alguien que no tenía otra cosa mejor para hacer, tuvo la ocurrencia de registrar la acusación en los libros. ¡Y nos hemos visto obligados a aguantarla aquí desde entonces! Esa mujer es peor que uno de esos huracanes que suelen soplar desde el mar de cuando en cuando; éstos, por lo menos, llegan y se van.

Me resultó difícil ahogar la risa. Sentí deseos de decirle: "Ella debe estar por descarriarse. ¿Qué hacía con la otra mano mientras le limpiaba el reloj?"

La multa o lo que fuese quedó debidamente asentada, y uno o dos minutos después se oyó un tumulto en el corredor. Era posible oír aquel escándalo mucho antes de que llegase a la oficina. Como si un gran baúl estuviese siendo arrastrado a los tumbos; o como si el baúl arrastrase a sus portadores. Cualquiera de esas dos cosas.

Luego se abrió la puerta. Eran necesarios dos hombres para contener a aquella fiera. Y a ambos les hubiera venido bien tener un par más de manos cada uno. Ella los traía muy atareados.

-¡Suéltenla, suéltenla! -les ordenó Acosta calurosamente-. Si esto continúa así, acabaré por tener a todos mis hombres en la enfermería. Abran la puerta de calle- agregó prudentemente.

Los polizontes apartaron las manos de ella presurosos, como si hubieran estado ansiosos por hacerlo. Hasta dieron pasos atrás, dejándole a ella el mayor espacio libre posible.

Ella no se aprovechó en seguida de la invitante puerta abierta. Primero se examinó a sí misma con cuidado. Luego comenzó a sacudirse el cuerpo en todos los sitios donde la habían tocado las manos de ellos. Representó una elocuente pantomima, exprimiéndose las manos de a una por vez como si estuviese chorreando cuajárones de inmundicia. Luego se reajustó su atavío dándole una media vuelta aquí o allá, en torno a su cuerpo. Como a una armadura que se ha zafado de su correaje.

Y entonces, en vez de irse, comenzó a avanzar hacia adentro, sobre Acosta. Marchó sobre él lenta y furibunda, andando con su paso de guerra. Lucía dura como el pedregullo. Lucía peligrosa para interponerse en su camino.

Acosta mantuvo el campo a pie firme, o más bien a posaderas firmes, sentado detrás de su escritorio. Dos de sus hombres estaban presentes, y él no podía obrar de otro modo. Pero si yo interpreté correctamente la expresión de su semblante, él hubiese dado cualquier cosa por retroceder un poco con silla y todo.

Ella hizo un alto a mitad de camino frente al escritorio y le disparó una mirada que debía haberlo achicharrado allí mismo.

Tanto él como sus dos subalternos se mantenían notablemente inmóviles. Después de todo, los hombres son unos animales instintivamente amantes de la paz. Particularmente cuando, de no serlo, se exponen a verse malamente aporreados.

Me aclaré la garganta con la esperanza de poder llevármela de allí.

-Hola, Midnight -dije en tono suplicante, pero no sirvió de nada. Ella continuó con los ojos clavados en el pobre Acosta.

-Hablaré contigo afuera -me contestó-. No me gusta el aire de este lugar.

Hizo un brusco movimiento con un costado de su boca, y uno de los documentos que estaban sobre el escritorio dio un pequeño brinco.

Luego giró sobre sus talones y emprendió la retirada, caminando lenta y amenazadoramente. Los dos polizones se apartaron más aún de la puerta para dejarle el campo libre.

Ella se detuvo en el umbral un instante, dándonos la espalda a todos. Volvió la cabeza y le espetó al inspector una última, cauterizante mirada, a modo de posdata. A continuación extrajo una colilla de cigarro cuidadosamente conservada y se la llevó a la boca. Por último, como una evidencia definitiva de su opinión acerca de aquellos lugares, levantó la mano hacia lo alto de la puerta y marcó en ella una larga raspadura transversal que terminó en la sibilante llamarada de un fósforo. Un instante después el humeante palillo atravesó el umbral en dirección a Acosta, y fue a aterrizar en medio de la oficina.

Ella se puso en movimiento y desapareció de la vista. Una nubécula de humo de cigarro llegó flotando desde la puerta.

Dirigí la mirada hacia Acosta. El desdichado se estaba enjugando disimuladamente la frente, tratando de aparentar que no hacía tal cosa. Luego tomó un trozo de papel secante y lo apoyó delicadamente sobre aquel documento - que había dado antes un saltito.

-¡Cierren esa puerta! -ladró-. No quiero que esa arpía vuelva a colarse.

Pocos momentos después logré alcanzarla en la calle. Ella andaba lentamente, con toda pachorra, sin temer a nadie, policía o civil, haciéndolos apartar a todos de su camino. La llamé y eché a correr en su seguimiento.

-Bueno, Midnight, esto ha terminado al fin -dije, comenzando a marchar al lado de ella.

-Sí, guapo-asintió-. Ha terminado.

Parecía no haber más nada que decir acerca de ello; conque no dijimos nada.

Continuamos andando en dirección a lo de Sloppy, y al llegar a la esquina inmediata a la taberna nos detuvimos.

-Me agradaría convidarte a tomar una copa -dije-. Pero...

-Comprendo -replicó-. Hay alguien aguardándote allí adentro. Flores sobre una tumba.

Me rozó la manga con un amistoso papirotazo, y supongo que ésa fue nuestra manera de decirnos adiós. Dos barcos que se cruzan en la noche; dos senderos que se atraviesan en la oscuridad.

La contemplé por un momento, luego me volví. Ella prosiguió su camino, y yo penetré en lo de Sloppy.

Me quedé de pie allí, con una copa de daiquiri en la mano, en aquel preciso lugar donde habíamos estado aquella noche. Regresaron a mi mente sus últimas palabras: "Hazme saber cómo salió esa fotografía que nos tomamos juntos."

-Salió perfecta, querida -murmuré suavemente-. Salió perfecta.

Levanté mi copa hacia ella, doquiera que ella estuviese. Luego la quebré contra el mostrador.

Estar de pie allí, bebiendo a solas junto al bar, me hacía sentir desolado.

 

FIN

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