Libro N° 6042. Flush. Woolf, Virginia.
© Libro N° 6042.
Flush. Woolf, Virginia.
Emancipación. Mayo 25 de 2019.
Título
original: © Flush. Virginia Woolf
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A
CRÍTICA TODA LA CULTURA
FLUSH
Virginia Woolf
CAPITULO I
“THREE
MILE CROSS”
Universalmente se reconoce a la familia de la que
descendía nuestro biografiado como una de las de más rancia estirpe. Por tanto,
no es extraño que el origen de este apellido se pierda en la oscuridad ae los
tiempos. Hace muchos millones de años, el país que hoy se llama España bullía
con los fermentos de la Creación. Pasaron siglos; apareció la vegetación; donde
hay vegetación, ha decretado la Naturaleza que haya también conejos; y,
dondequiera que hay conejos, quiere la Providencia que haya perros. Todo esto es irrefutable. Pero empiezan las dudas y las dificultades
en cuanto nos preguntamos por qué se llamó spaniel
al perro que cazaba al conejo. Algunos historiadores afirman que cuando los
soldados cartagineses desembarcaron en España, gritaron a una: Span! Span!,
porque veían salir a los conejos, como flechas, de entre la maleza. Todo el
país rebosaba de conejos. Y span en
cartaginés significa «conejo». Por eso llamaron al país Hispania, o tierra de
conejos; y a los perros, a quienes se descubrió casi al mismo tiempo
persiguiendo a los conejos, se les llamó spaniels
o perros conejeros.
Muchos se
contentarían con esta explicación; pero la verdad nos obliga a añadir que
existe una escuela científica sustentadora de una opinión diferente. La palabra
Hispania, según los eruditos, nada tiene que ver con la voz cartaginesa span. Hispania deriva de la palabra
vasca españa, que significa «límite»
o «frontera».
Siendo así, hemos de desterrar de nuestra imaginación los
conejos, la maleza, los perros, los soldados... y todo ese cuadro romántico tan
agradable; y debemos suponer sencillamente que al spaniel se le llama spaniel
por que España se llama Spain en
ingiés. En cuanto a la tercera escuela arqueológica, cuya teoría es que los
españoles llamaron a sus perros favoritos con un nombre derivado del vocablo españa por el otro sentido etimológico
que puede tener ‑«peñascoso, tortuoso»‑ y precisamente por tener los spaniels unas características
diametralmente opuestas... Todo eso resulta demasiado caprichoso para ser tomado
en serio.
Pasando por
alto estas teorías, y muchas más que no merecen nos detengamos a examinarlas,
llegamos al País de Gales a mediados del siglo X. Ya está allí el spaniel, llevado, según afirman algunos,
por el clan español de Ebhor o Ivor muchos siglos antes; y, desde luego, ya se
le consideraba a mediados del sigio X como un perro de gran fama y valor. «El spaniel del rey vale una libra», hace
constar Howel Dha en el Libro de las
leyes. Y si pensamos lo que podía comprarse con una libra en el año 948 ‑cuántas
esposas, cuántos caballos, esclavos, bueyes, pavos y gansos...‑, no nos cabrá
duda de que el spaniel había
adquirido una sólida reputación. Ya ocupaba un puesto junto al rey. Su familia gozó de grandes honores antes
que muchas dinastías famosas. Así, se hallaba ya acostumbrada a los palacios
cuando los Plantagenet, los Tudor y los Estuardo araban la tierra de otros.
Mucho antes de que los Howard, los Cavendish y los Russell se hubieran elevado
por encima de la masa de los Smith, Jones y Tomkin, era ya la spaniel una distinguida familia de alto
rango. Y, a medida que transcurrieron los siglos, se fueron separando algunas
ramas menores del tronco familiar. Gradualmente, conforme seguía su curso la
historia de Inglaterra, van surgiendo por lo menos siete nuevas familias
famosas derivadas de la primitiva spaniel:
los Clumber, los Sussex, los Norfolk, los Black Field, los Cocker, los Irish
Water y los English Water. Aunque todas estas ramas proceden del tronco
original de los días prehistóricos, muestran sin embargo características
diferentes, y de aquí que aspiren a privilegios también distintos. Sir Philip
Sidney atestigua que en la época de la reina Isabel existía una aristocracia
entre los canes. «...Los galgos, los spaniels
y los sabuesos vienen a ser, entre los perros: los primeros, como lores, los
segundos, Caballeros, y los últimos, como terratenientes.» Esto escribió Sir
Philip en La Arcadia.
Pero si hemos de
aceptar el que los spaniels siguieran
el ejemplo humano y considerasen a los galgos como sus superiores y a los
sabuesos como inferiores a ellos, debemos reconocer que su aristocracia se
basaba en razones más sólidas que la nuestra. A esta eonclusión llegará todo el que
estudie las leyes del Spaniel Club. En efecto, esta institución soberana ha
dejado firmemente establecido cuáles son los vicios y cuáles las virtudes de un
spaniel. Los ojos claros, por
ejemplo, no son recomendables, y peor aún es que tenga las orejas
abarquilladas. Asimismo, es fatal haber nacido con nariz clara o con un tupé.
Con idéntica concreción se definen los méritos: La cabeza ha de ser suave,
elevándose a partir del hocico sin una inclinación demasiado acentuada; el
cráneo debe ser relativametne redondo y bien desarrollado, con mucho espacio
para el poder cerebral; y la expresión general tendrá que ser inteligente y
afable. El spaniel que ofrece estas
cualidades será estimulado y se le criará adecuadamente; en cambio, el que
persista en perpetuar los tupés y la nariz clara, perderá los privilegios y
emolumentos de su clase. Así lo han dispuesto los legisladores, previniendo las
penas y los privilegios que se aplicarán para asegurar la obediencia a la ley.
En cambio si
volvemos ahora los ojos a la sociedad humana, ¡qué caos y qué confusión
encontramos! No existe ningún Club
por el estilo que tenga esa jurisdicción sobre la cría del hombre. El Herald's College[1] es lo
más aproximado que tenemos al Spaniel
Club. Por lo menos, pone algo de su parte por
preservar la pureza del linaje humano. Pero cuando preguntamos en qué consiste
la nobleza de origen, etc. ‑ si en que tengamos ojos claros o en que los
tengamos oscuros, o en la forma de nuestras orejas, o si son fatales los tupés ‑,
se limitan nuestros jueces a remitirnos a nuestro escudo de armas. Y a lo mejor no tiene usted ninguno.
Entonces no es usted nadie. Pero si demuestra poseer dieciséis cuarteles, si
prueba su derecho a una corona nobliliaria, entonces le dirán no sólo que ha
nacido usted, sino que ha nacido de noble cuna. De aquí que cualquier confitero de Mayfair
ostente su león yacente o su sirena rampante. Hasta nuestros lenceros cuelgan a
la entrada de sus tiendas las armas reales, como si esto garantizase que sus
sábanas son excelentes para dormir en ellas. Por todas partes se pretende tener
alcurnia y se exaltan las virtudes de ésta. Sin embargo, hemos de concederles
más competencia en estos asuntos a los jueces del spaniel Club y, dejando a un lado estas elevadas disquisiciones,
pasemos a ocuparnos de los primeros años de Flush en la familia de los Mitford.
A fines del siglo
XVIII vivía cerca de Reading una familia de la famosa casta spaniel, en casa de cierto doctor
Midford o Mitford. Aquel caballero, conforme a los cánones del Herald's College, escribía su apellido
con t, alegando descender de la
familia ‑originaria de Northumberland ‑ de los Mitford de Bertram Castle. Se
había casado con una miss Russell que tenía un remoto, aunque indudable,
parentesco con la casa ducal de Bedford. Pero los antepasados del doctor
Mitford habían descuidado tanto en sus enlaces las normas para el
perfeccionamienta de la raza, que ningún tribunal seleccionador habría
reconocido a aquél el derecho a perpetuar su casta. Sus ojos eran claros; sus
orejas, abarquilladas; y su cabeza exhibía un tupé fatal. En otras palabras,
era atrozmente egoísta, extravagante en demasía, mundano, falso y aficionado al
juego. Perdió su fortuna, la de su mujer y lo que ganó su hija. Abandonó a
ambas mientras disfrutó de prosperidad y les sacó cuanto pudo cuando se vio en
mala situación. Sin embargo, tenía dos características a su favor: una gran
belleza ‑ era como un Apolo... hasta que la glotonería y la intemperancia
transformaron este Apolo en un Baco ‑ y una profunda devoción por los perros.
Ahora bien, no cabe duda de que, si hubiera habido una institución humana
equivalente al Spaniel Club, no le hubiera valido escribir su
apellido con t, ni llamar primos a
los Mitford de Bertram Castle, para librarse del baldón y el desprecio que
habrían caído sobre él, ni para evitar que lo condenaran al ostracismo más
completo marcándolo con hierro candente como un hombre «cruzado» o mestizo.
Pero como era un ser humano... Nada, pues, le impidió casarse con una noble
dama de excelente casta, vivir unos ochenta años, poseer varias generaciones de
galgos y spaniels, y engendrar una
hija.
Han fracasado
todas las tentativas de fijar con exactitud el año en que nació Flush, y
respecto al día o al mes, ni hablar. Pero es verosímil que naciera a principlos
de 1842. También es probable que descendiera directamente de Tray (n. en 1816),
cuyas características ‑ que, desgraciadamente, sólo nos han llegado a través de
la poesía, poco de fiar como medio de información ‑ fueron las de un cocker rojizo muy notable. Todo induce a
creer a Flush hijo de aquel «auténtico spaniel,
de la variedad cocker» por el cual se
negó a aceptar el doctor Mitford veinte guineas «a causa de los buenos
servicios que le prestaba en la caza». También hemos de contentarnos, por
desgracia, con la poesía para una descripción detallada del mismo Flush en su
juventud. Tenía ese matiz especial marrón oscuro que reluce al sol «como el
oro». Sus ojos eran «unos ojos atónitos color avellana». Las largas orejas «le
enmarcaban la cabeza como una capota», sus «piececitos» estaban «endoselados
con mechones» y la cola era ancha. Pese a las inevitables concesiones a las
exigencias de la rima y a las inexactitudes de la dicción poética, todas esas
peculiaridades habrían sido aprobadas por el Spaniel Club. No podemos
dudar de que Flush era un cocker de
casta, pertenieciente a la variedad rojiza dotada de todas las excelencias que
caracterizan a su especie.
Los primeros meses
de su vida los pasó en «Three Mile Cross», una casita de campo cerca de
Reading, pero no era aquélla una finca de recreo, sino de labores. Desde que
los Mitford vinieron a menos ‑ con Kerenhappock de único criado ‑ tuvo que
hacer miss Mitford en persona las fundas de las sillas, y utilizando el género
más barato. Parece ser que el mueble más importante era una mesa grande, y la
habitación principal un espacioso invernadero. No se vio rodeado Flush ‑ hay
que darlo por seguro ‑ de ninguno de los refinamientos (garitas con buena
protección contra la lluvia, caminos de cemento, un lacayo o una doncella a su
servicio) de que no se privaría hoy a un perro de su alcurnia. Pero lo pasaba
bien: disfrutaba, con toda la viveza de su temperamento, de la mayor parte de
los placeres ‑ y de algunos de los desenfrenos ‑ connaturales a su juventud y a
su sexo. Es cierto que miss Mitford permanecía en casa casi todo el tiempo.
Tenía que leer en voz alta casi todo el tiempo. Tenía que leer en voz alta a su
padre horas enteras; luego, jugar con él a las cartas ‑ el cribbage ‑, y, cuando por fin se dormía aquél, poníase miss Mitford
a escribir sin cesar en la mesa del invernadero proponiéndose con ello pagar
las facturas y saldar los atrasos. Pero, al cabo, llegaba el mamento
ansiado. Dejaba
a un lado los papeles, se calaba un sombrero, cogía la sombrilla y salía con
sus perros a dar un paseo por el campo. Los spaniels
son comprensivos por naturaleza; y Flush, como lo prueba su biografía, poseía
el don ‑ casi excesivo ‑ de captar las emociones humanas. Así, al ver a su
querida ama respirando por fin, tan aliviada, el aire freseo, complaciéndose en
permitir al vientecillo que la despeinara y colorease la ternura de su rostro,
mientras se suavizaban ‑ despreocupadas ‑ las líneas de su amplísima frente...,
todo esto lo contagiaba de alegría, haciéndole dar brincos cuya extravagancia
era en gran parte un testimonio de simpatía hacia la deliciosa sensación que
ella experimentaba. Conforme avanzaba su ama por la alta hierba, él saltaba de
acá para allá, abriendo surcos fugaces en la verde cabellera. Las frescas
perlas de rocío o de lluvia le caían sobre la naricilla en ducha iridiscente;
la tierra ‑ dura aquí, allí blanda, caliente más allá o quizá fría ‑ le picaba,
le hacía cosquillas y le irritaba en las almohadillas, tan tiernas, de sus
pies. Una sutilísima mezcla de los olores más variados le hacía vibrar las
aletas de la nariz: áspero olor a tierra, aromas suaves de las flores,
inclasificables fragancias de hojas y zarzas, olores acres al cruzar la
carretera, el picante olor que sentía cuando entraban en los campos de habas...
Pero de pronto traía el viento unos efluvios más agudos, más intensos, más
lacerantes que todos los demás, unos efluvios que le arañaban el cerebro hasta
remover mil instintos en él y dar suelta a un millón de recuerdos: el olor a
liebre o a zorro. Entonces se lanzaba como una exhalación. Olvidaba a su ama;
se olvidaba de todo el género humano. Oía a unos hombres morenos que gritaban: Span! Span! Oía el restallar de los látigos. Corría, se precipitaba... Por último, se
paraba en seco, estupefacto: el encanto se había desvanecido. Muy lentamente,
moviendo la cola con humildad, regresaba a través de los campos hasta donde
estuviera miss Mitford voceando «¡Flush! ¡Flush! ¡Flush!» y agitando la sombrilla. Una vez ‑ por lo
menos ‑ fue aún más imperiosa la llamada atávica; el cuerno de caza que le
resonó por dentro levantó en él instintos más hondos, hizo surgir de su ser más
profundo unas emociones producidas más allá de la memoria y que borraban, con
un grito salvaje de éxtasis, las impresiones producidas por la hierba, los
árboles, las liebres, los conejos y los zorros. El Amor lo encandiló con su
antorcha, pasándosela ante los ojos; oyó el cuerno de caza de Venus. Antes de
haber salido de la edad cachorril, ya Flush era padre.
Si un hombre se
hubiera conducido así en 1842, su biógrafo le hubiese hallado quizás alguna
disculpa; de haber sido una mujer, no habría habido disculpa posible y su
nombre habría desaparecido, borrado por la ignominia. Pero el código moral de
los perros ‑ se le considere mejor o peor ‑ es, desde luego, muy distinto al
nuestro, y aquella acción de Flush no necesita encubrirse ahora púdicamente, ni
le incapacitó entonces para disfrutar de la compañía de las personas más puras
y castas. Así, existe la evidencia de que el hermano mayor del doctor Pusey
tenía un grandísimo interés en comprarlo. Deduciendo el carácter, conocido, del
doctor Pusey el probable carácter de su hermano, debió de haber visto éste en
el cachorro algo muy serio, sólido, prometedor de futuras virtudes, por mucha
que hubiera sido hasta entonces la liviandad de Flush. Pero una prueba mucho
más significativa de los atractivos de que estaba dotado la constituye el
haberse negado miss Mitford a venderlo, a pesar de la insistencia de mister Pusey
en comprarlo. Teniendo en cuenta lo mal que andaba de dinero ‑ no sabía ya qué
tragedia hilvanar, ni qué anuario editar, y se veía reducida al denigrante
recurso de solicitar ayuda de sus amistades ‑, debió de hacérsele muy cuesta
arriba rechazar la cantidad ofrecida por el hermano mayor del doctor Pusey. Por
el padre de Flush habían ofrecido veinte libras. Ya hubiera estado bien diez o
quince libras por Flush. Diez o quince libras eran una suma principesca, una
magnífica suma para poder disponer de ella. Con diez o quince libras podía
haber comprado nuevas fundas para las sillas, podía haber vuelto a abastecer el
invernadero, haber repuesto su ropero, pues... «No me he comprado desde hace
cuatro años ni un gorrito, ni una capa o un vestido; apenas si me habré
comprado un par de guantes», escribía miss Mitford en 1842.
Pero vender a
Flush... Ni pensar en ello. Pertenecía a esa reducida clase de objetos a los
que no puede relacionarse con la idea de dinero. ¿Y no era, en verdad, de esa
clase, aún más reducida, que, por concretar lo espiritual, se convierten en el
símbolo más adecuado de la amistad desinteresada? Y, en este sentido, ¿no es lo
mejor que puede ofrecérsele a una amiga, cuando se tiene la dicha de contar con
una, a quien se considera más bien como una hija; a una amiga que se pasa los
meses de verano acostada en su dormitorio de la calle Wimpole, a una amiga que
es, nada menos, la primera poetisa de Inglaterra, la brillante, la
desventurada, la adorada Elizabeth Barrett en persona? Tales eran los
pensamientos que embargaban, cada vez con más frecuencia, a miss Mitford
mientras contemplaba cómo corría y retozaba Flush al sol, y cuando estaba
sentada al borde del lecho de miss Barrett en el oscuro dormitorio ‑ sombreado
por la hiedra‑ de Londres. Sí, Flush era digno de miss Barrett, y ésta era
digna de Flush. Un gran sacrificio, es verdad, pero había que hacerlo. Así, un
día, probablemente a principios del verano de 1842, bajaba por la calle Wimpole
una pareja muy notable: una dama rechoncha, de bastante edad y pobre
indumentaria, con el rostro rosado y reluciente, y la viva blancura de sus
cabellos, llevando de una cadenita un cachorro spaniel, de la variedad cocker
«dorada»; un perrito muy despierto y muy escudriñador... Tuvieron que recorrer
casi toda la calle hasta llegar al número 50. No sin un ligero temblor, tocó miss
Mitford la campanilla.
Aún hoy, quizás experimenten ese mismo
temblor cuantos llamen a una casa de Wimpole Street. Es la más augusta de las
calles londinenses, la más impersonal. En efecto, cuando parece que el mundo va
a hacerse trizas y que la civilización se va a derrumbar, basta ir a Wimpole
Street, recorrer pausadamente aquella avenida, contemplar las casas, fijarse en
su uniformidad, maravillarse ante las cortinas de las ventanas y su
consistencia, admirar sus llamadores de bronce, observar cómo entregan los
carniceros su sabrosa mercancía y cómo la reciben los cocineros, enterarse de
las rentas de los inquilinos y deducir de aquí la consiguiente sumisión de
éstos a las leyes humanas y divinas... Sólo hay que ir a Wimpole Street y
saciarse allí de la paz que se desprende de aquel orden para que podamos
respirar tranquilos, contentos de que si Corinto ha caído o Mesina se ha
derrumbado, o si mientras el viento se lleva las coronas y se incendian los
imperios más antiguos, Wimpole Street sigue imperturbable. Y, cuanáo salimos de
la calle Wimpole para entrar en la de Oxford, nos sube una plegaria del corazón
a los labios para pedir que no muevan ni un ladrillo de Wimpole Strret, que no
laven sus cortinas ni deje el carnicero de entregar, ni de recibir el cocinero,
el lomo, el anca, la pechuga o las costillas, por los siglos de los siglos...
Pues, mientras exista la calle Wimpole, está segura la civilización.
Los criados de
Wimpole Street se mueven, aún hoy, con mucha calma; pero en el verano de 1842
eran de superior lentitud. Las leyes de la librea eran entonces más rigurosas.
El ritual ‑ que prescribía el delantal de bayeta verde al limpiar la vajilla de
pIata y el chaleco a rayas y la casaca negra de cola de golondrina para abrir
la puerta del vestíbulo ‑ era cumplido mucho más estrictamente. Es muy probable
que miss Mitford y Flush esperasen por lo menos tres minutos y medio en el
umbral. Sin embargo, la puerta del número 50 se abrió por fin de par en par y
miss Mitford entró con Flush en la casa. Miss Mitford la visitaba con
frecuencia, y nadá había en ella que la sorprendiese; pero siempre se sentía
algo cohibida en la mansión familiar de los Barrett. A Flush debió causarle una
impresión tremenda. Hasta entonces no‑ conocía más casa que la modesta finca de
labor de «Three Mile Cross». Allá estaban vacías las alacenas; las esteras,
gastadas; y las sillas eran de clase barata. Aquí nada estaba vacío, nada había
que estuviera gastado ni que fuera de clase barata. Flush pudo darse cuenta de
esto de un solo vistazo. Míster Barrett, el dueño de la casa, era un rico
comerciante; tenía una familia numerosa ‑hijo e hijas ya mayores‑ y una
servidumbre relativamente grande. Había amueblado su hogar al gusto
predominante a fines de la tercera década del siglo, con ligeras influencias,
sin duda, de aquella fantasía oriental que le llevó, cuando edificó una casa en
Shropshire, a adornarla con las cúpulas y medias lunas de la arquitectura mora.
Aquí, en Wimpole Street, no le hubieran permitido semejante extravagancia; pero
podemos figurarnos que las sombrías habitaciones ‑ de techo elevado ‑ estarían
llenas de otomanas y de artesonado de caoba. Las mesas, de líneas retorcidas,
ostentaban sobre ellas figurillas afiligranadas, y de las oscuras paredes ‑ de
un color avinado ‑ pendían dagas y espadas. Por muchos rincones se veían
curiosos objetos que había traído de sus posesiones en las Indias Orientales, y
el suelo lo cubrían ricas alfombras.
Pero Flush ‑
mientras seguía a miss Mitford, que iba tras el lacayo ‑ se sintió más
sorprendido por lo que percibía su olfato que por lo que veía. Por el hueco de
la escalera subía un tufillo caliente a carne asada, a caldo en ebullición...
casi tan apetitoso como el propio alimento para un olfato acostumbrado al
mezquino sabor de las frituras y los picadillos ‑ tan raquíticos‑ de
Kerenhappock. Otros olores se fundían con los culinarios ‑fragancias de cedro,
sándalo y caoba; perfumes de cuerpos machos y de cuerpos hembras; de criados y
de criadas; de chaquetas y pantalones; de crinolinas, de capas, de tapices y de
felpudos; olores a polvillo de carbón, a niebla, a vino y a cigarros. Conforme
iba pasando ante cada habitacion ‑ comedor, sala, biblioteca, dormitorio ‑ se
desprendía de ella una aportación al vaho general. Y, al apoyar primero una
pezuña y luego otra, se las sentía acariciadas y retenidas por la sensualidad
de las magníficas alfombras que cerraban amorosamente su felpa sobre los pies
del visitante. Por último, llegaron a una puerta cerrada, en el fondo de la
casa. Unos golpecitos muy suaves, y la puerta se abrió con idéntica suavidad.
El dormitorio de
miss Barrett ‑ pues éste era ‑ debía de ser muy sombrío. La luz, oscurecida
corrientemente por una cortina de damasco verde, quedaba aún más apagada en
verano por la hiedra, las enredaderas de color escarlata, y por las correhuelas
y los mastuerzos que crecían en una jardinera instalada en el mismo alféizar de
la ventana. Al principio, no pudo Flush distinguir nada en la pálida penumbra
verdosa... Sólo cinco globos blancos y brillantes, misteriosamente suspendidos
en el aire. Pero también esta vez fue el olor de la habitación lo más
sorprendente para él. Sólo un arqueólogo que haya descendido, escalón por
escalón, a la cripta de un mausoleo y la haya encontrado recubierta de
esponjosidades y resbalosa de tanto musgo, despidiendo acres olores a
decrepitud y antigüedad, mientras relampaguean ‑ a cierta altura ‑ unos bustos
de mármol medio deshechos, y todo lo ve confusamente a la luz de una lámpara
balanceante que cuelga de una de sus manos, y lo observa todo con fugaces
ojeadas..., solamente las sensaciones de un explorador como ése ‑ que
recorriese las catacumhas de una ciudad en ruinas ‑ podrían compararse con la
avalancha de emociones que invadieron los nervios de Flush al entrar por
primera vez en el dormitorio de una inválida, en Wimpole Street, y percibir el
olor a agua de Colonia.
Muy lentamente,
muy confusamente al principio, fue distinguiendo Flush ‑ a fuerza de mucho
olfatear y de tocar con sus patas cuanto podía ‑ los contornos de varios
muebles. Aquel objeto enorme, junto a la ventana, quizá fuera un armario. Al
lado de éste se hallaba lo que parecía ser una cómoda. En medio del cuarto se
elevaba una mesa con un aro en derredor de su superficie (o, por lo menos,
parecía una mesa). Luego fueron surgiendo las vagas formas de una butaca y de
otra mesa. Pero todo estaba disfrazado. Encima del armario había tres bustos blancos; sobre la
cómoda se hallaba una vitrina con libros, y la vitrina estaba recubierta con
merino carmesí. La mesilla‑lavabo tenía encima varios estantes superpuestos en
semicírculo y arriba del todo se asentaban otros dos bustos. Nada de cuanto
había en la habitación era lo que era
en realidad, sino otra cosa diferente. Ni siquiera el visillo de la ventana era
un simple visillo de muselina, sino un tejido estampado[2] con castillos, cancelas y bosquecillos, y
se veía a varios campesinos paseándose por aquel paisaje. Los espejos
contribuían a falsear aún más estos objetos, ya tan falseados, de modo que
parecía haber diez bustos representando a diez poetas, en vez de cinco; y
cuatro mesas en lugar de dos. Todavía aumentó esta confusión un hecho
inesperado. Flush vio de repente que, por un hueco abierto en la pared, ¡lo
estaba mirando otro perro con ojos centellantes y la lengua colgando! Se detuvo, estupefacto. Luego, prosiguió
empavorecido.
Mientras se
dedicaba a su exploración, apenas llegaba a Flush el apagado rumoreo de las
voces que charlaban; si acaso, como el zumbido lejano del viento por entre las
copas de los árboles. Continuó sus investigaciones cautamente, tan nervioso como pudiera estarlo
un explorador que avanzase muy despacio por una selva, inseguro de si aquella
sombra es un león, o esa raíz una cobra. Pero, finalmente, se dio cuenta de que
por encima de él se movían objetos enormes, y como tenía los nervios muy
debilitados por las experiencias de aquella hora, se ocultó, tembloroso, detrás
de un biombo. Las voces se apagaron. Cerróse una puerta. Por un instante quedó
inmóvil, pasmado, con los nervios flojos... Luego cayó sobre él la memoria con
un zarpazo de tigre. Se sintió solo... abandonado. Se precipitó a la puerta.
Estaba cerrada. La arañó, escuchó... Oyó pasos que bajaban. Los conocía de
sobra: eran los pasos de su ama. Parecían haberse parado. No, no... seguían escalera abajo,
abajo... Miss Mitford bajaba las escaleras muy despacio, pesadamente, a
desgana. Y al
oírla marcharse, al notar que los pasos de su ama se esfumaban, apoderóse de él
el pánico. Oía cómo se iban cerrando al pasar miss Mitford puerta tras puerta;
se cerraban sobre la libertad, sobre los campos, las liebres y la hierba, lo
incomunicaban ‑cerrándose ‑ de su adorada ama... , de la querida mujer que lo
había lavado y le había pegado, la que lo alimentara en su propio plato no
teniendo bastante para sí misma... ¡Se cerraban sobre cuanta felicidad, amor y
bondad humana le había sido dado conocer! ¡Ya! Un portazo: la puerta de la
calle. Estaba solo. Lo había abandonado.
Entonces lo inundó
de tal modo una ola de angustia y desesperación, lo aplastó de tal forma la
irrevocabilidad y lo implacable del destino, que alzó la cabeza y aulló con
fuerza. Una voz dijo «Flush». No lo oyó. «Flush», repitió la voz. Entonces se
sobresaltó. Había creído estar solo. Se volvió. ¿Había algo en el sofá? Con la
última esperanza de que este ser, quien fuese, le abriera la puerta para que
pudiera alcanzar aún a miss Mitford ‑ confiando todavía un poco en que todo
esto no fuera sino uno de esos juegos al escondite con los cuales solían
entretenerse en el invernadero miss Mitford y él ‑ se lanzó Flush al sofá.
«¡Oh, Flush!», dijo miss Barrett. Por primera vez lo miró ésta a la cara. Y
Flush también miró por primera vez a la dama que yacía en el sofá.
Se sorprendieron
el uno del otro. A miss Barrett le pendían a ambos lados del rostro unos
tirabuzones muy densos; le relucían sus grandes ojos, y su boca, grande,
sonreía. A ambos lados de la cara de Flush colgaban sus espesas y largas
orejas; los ojos también los tenía grandes y brillantes, y la boca, muy ancha.
Existía cierto parecido entre ambos. Al mirarse, pensaba cada uno de ellos lo
siguiente. «Ahí estoy...», y luego cada uno pensaba: «Pero ‑ ¡qué diferencia!»
La de ella era la cara pálida y cansada de una inválida, privada de aire, luz y
libertad. La de él era la cara ardiente y basta de un animal joven: instinto,
salud y energía. Ambos rostros parecían proceder del mismo molde, y haberse
desdoblado después; ¿sería posible que cada uno completase lo que estaba
latente en el otro? Ella podía haber sido... todo aquello; y él... Pero, no.
Entre ellos se encontraba el abismo mayor que puede separar a un ser de otro.
Ella hablaba. El era mudo. Ella era una mujer; él, un perro. Así, unidos
estrechamente, e inmensamente separados, se contemplaban. Entonces se subió
Flush de un salto al sofá y se echó donde había de echarse toda su vida... en
el edredón, a los pies de miss Barrett.
CAPITULO
II
EL DORMITORIO
TRASERO
Los historiadores
nos aseguran que el verano de 1842 no difirió gran cosa de los demás veranos.
Sin embargo, para Flush fue tan diferente que seguramente se preguntaría si
hasta el mundo no habría cambiado. Fue un verano pasado en un dormitorio; un
verano pasado con miss Barrett. Fue un verano pasado en Londres, pasado en el
cogollo de la civilización. Al principio sólo veía la habitación y sus muebles,
pero ya esto bastaba para asombrarlo. Identificar, distinguir y llamar por sus
verdaderos nombres a todos aquellos objetos ‑ tan diversos ‑ le era muy arduo.
Y apenas había conseguido acostumbrarse a las mesas, a los bustos, al lavabo ‑
el perfume del agua de Colonia le impresionaba aún desagradablemente ‑ cuando
llegó uno de esos días buenos, sin viento, cálidos, pero no achicharrantes,
secos, aunque no polvorientos, en que una persona inválida puede salir a tomar
el aire. Llegó el día en que miss Barrett pudo arriesgarse a correr la gran
aventura de salir de compras con su hermana.
Le dispusieron el
coche. Miss Barrett se levantó del sofá; velada y bien arropada, bajó la
escalera. Desde luego, Flush la acompañaba. Saltó al coche en cuanto ella
subió. Tendido en su regazo, vio ‑ maravillado ‑ desfilar ante sus ojos toda la
magnificencia de Londres en su mejor temporada. El coche recorrió la calle
Oxford. Flush vio casas construidas casi sólo con vidrio. Vio ventanas en cuyo
interior se cruzaban colgaduras de una alegre policromía, o en las que se
amontonaban brillantes piezas rosadas, purpúreas, amarillas... El coche paró.
Flush pasó bajo sus arcos misteriosos formados por nubecillas y transparencias
de gasas coloreadas. Las fibras más remotas de sus sentidos se estremecieron al
entrar en contacto con un millón de aromas de China y de Arabia. Sobre los
mostradores fluían velozmente yardas y yardas de reluciente seda; el bombasí,
en cambio, desenrollaba majestuoso su oscura tonalidad, sin prisa. Las tijeras funcionaban. Lanzaban sus
destellos las monedas. El papel se plegaba a las cosas y las cuerdas lo
apretaban. Y con tanto ondular de colgaduras, tanto piafar de caballos, con las
libreas amarillas y el constante desfile de rostros, cansado de saltar y danzar
en todas direcciones, nada tiene de particular que Flush ‑ saciado con tal
multiplicidad de sensaciones ‑ se adormilara, se durmiera del todo e incluso
soñara, no enterándose ya de nada hasta que no lo sacaron del coche y se cerró
tras él la puerta de Wimpole Street.
Y al día
siguiente, como persistía el buen tiempo, se aventuró miss Barrett a realizar
una hazaña aún más audaz: se hizo conducir por la calle Wimpole en un sillón de
ruedas. También
esta vez salió Flush con ella. Escuchó el cliqueteo de sus pezuñas sobre el
duro pavimento de Londres. Por primera vez le llegó al olfato toda la batería
de una calle londinense en un caluroso día de verano. Olió las insoportables
emanaciones de las alcantarillas, los amargos olores que corroen las verjas de
hierro y los olores humeantes ‑ y que se suben a la cabeza ‑ procedentes de los
sótanos... Olores más complejos y corrompidos, y que ofrecían un contraste más
violento y una composición más heterogénea que cuantos oliera en los campos de
Reading, olores fuera del alcance de la nariz humana. Así, mientras el sillón
de ruedas seguía adelante, él se detenía, maravillado, definiendo, saboreando
cada efluvio hasta que un tirón de collar lo obligaba a seguir su camino.
También le asombraba el paso de los cuerpos humanos. Las faldas le tapaban la
cabeza al pasar, y los pantalones le cepillaban las caderas; a veces, alguna
rueda le rozaba casi el hocico. Cuando pasaba un carromato, un aire de
destrucción le resonaba en los oídos y aventaba los mechones de sus patas.
Entonces se aterrorizaba. Pero, misericordiosamente, la cadena le tiraba del
collar. Miss Barrett lo tenía bien sujeto para evitar que se buscase por
imprudencia una irreparable desgracia.
Por último, con
todos los nervios latiéndole, y con los sentidos embriagados, llegó a Regent's
Park. Y entonces, al ver de nuevo tras años de ausencia (así se lo parecía a
él) la hierba, las flores y los árboles, repercutió en sus oídos el ancestral
grito de caza y se lanzó a correr como había corrido en el campo familiar. Pcro
ahora era muy distinto; su impulso se vio cortado en seco por el peso que
llevaba al cuello y el inevitable tirón. Cayó sentado sobre las ancas. ¿No
había allí árboles y hierba?, pensó. ¿No eran aquéllos los signos de la
libertad? ¿No se había lanzado en plena carrera cada vez que miss Mitford salía
con él al campo? ¿Por qué aquí estaba prisionero? Aquí ‑ según observó ‑
estaban las flores apelotonadas en reducidos espacios formando grupos mucho más
compactos que en «Three Mile Cross». Esas parcelas floridas se hallaban
cortadas por unos senderos duros y negros. Por ellos caminaban unos hombres con
espejeantes sombreros de copa. Al verlos, se aproximó temblando al sillón de
ruedas y aceptó de buen grado la protección de la cadena. Por esto, cuando hubo
salido varias veces de paseo, se formó en su cerebro un nuevo criterio. Atando cabo con cabo, había llegado a
una conclusión. Donde hay macizos de flores, hay veredas de asfalto; donde hay macizos y
flores y sendas de asfalto, hay hombres con sombreros de copa espejeantes;
donde hay macizos de flores, sendas de asfalto y hombres con sombreros de copa
espejeantes, los perros han de ir sujetos con cadenas. Aunque incapaz de
descifrar ni una palabra del letrero clavado en Regent's Park, se había
aprendido la lección: los perros han de ir sujetos con cadenas.
A este núcleo de
conocimiento, originado por las extrañas experiencias del verano de 1842, se
adhirió pronto otro: los perros no son iguales entre sí, sino diferentes. En
«Three Mile Cross» se había mezclado Flush tanto con los perruchos de taberna
como con los galgos de los señores; no solía establecer diferencia alguna entre
el perro del calderero y él. Incluso era probable que la madre de su hijo ‑
aunque la llamaran spaniel por
cortesía ‑ no fuera sino una perra cruzada, cuyas orejas largas procedieran de
una casta, y el rabo, de otra. Pero los perros de Landres, según descubrió
Flush en seguida, están divididos en dos clases rigurosamente separadas. Unos
son perros encadenados; otros van sueltos. Algunos salen a tomar el aire en
carruajes y beben en vasijas purpúreas; otros, de aspecto desaliñado y carentes
de collares, se las arreglan como pueden en el arroyo. Por tanto, los perros
difieren entre sí, comenzó a sospechar Flush. Unos son de elevada condición y
otros de baja, y sus sospechas se vieron confirmadas por retazos de
conversación entre los perros de Wimpole Street: «¿Ves aquel tipejo? ¡Bah, un
mestizo! ¡Caray, vaya un spaniel con
buen tipo! ¡Es de la mejor casta inglesa! ¡Qué lástima que no tuviera las
orejas un poco más abarquilladas! ¡Fíjate en aquel del tupé!»
De frases como
éstas, y del tono de alabanza o de mofa con que eran pronunciadas ‑ ya las
oyera junto al buzón de correos o a la puerta de la taberna donde solían
comunicarse sus vaticinios sobre las carreras de caballos ‑, pudo deducir
Flush, antes de terminar el verano, que no existe igualdad entre los perros:
unos son de clase alta, y otros, de baja clase. ¿A cuál pertenecía él, pues? En
cuanto llegó a casa, se examinó cuidadosamente en el espejo. ¡Gracias a Dios,
era un perro de muy buena cuna! Su cabeza era de líneas suaves; sus ojos,
prominentes pero no saltones, y sus patas, forradas de pelo largo y fino; no
desmerecería junto al cocker mejor
criado de Wimpole Street. Notó con satisfacción que él también bebía de una
vasija purpúrea (tales son los privilegios del alto linaje), e inclinó la
cabeza para que le engancharan la cadena al collar (tales son sus penalidades).
Cuando
miss Barrett lo observó mirándose al espejo, se formó una idea falsa. Lo creyó un filósofo que meditaba sobre la
diferencia existente entre la realidad y lo aparente. Y, en verdad, era un
aristócrata que repasaba sus títulos.
Pero pronto
terminaron los días hermosos del verano; empezaron a soplar los vientos
otoñales, y miss Barrett llevó una vida de completa reclusión en su dormitorio.
La vida de Flush también cambió. Su educación exterior fue suplida por la que
le proporcionaba el dormitorio, y esto suponía, para un perro del temperamento
de Flush, la imposición más violenta que pueda imaginarse. Sus únicos paseos ‑
y éstos muy cortos y de cumplido‑ eran los que daba con Wilson, la doncella de
miss Barrett. Durante el resto del día permanecía en el sofá, a los pies de
miss Barrett. Todos sus instintos naturales se veían obstaculizados. El año
anterior, cuando habían soplado los vientos otoñales en el Berkshire, lo habían
dejado correr con toda libertad por los rastrojos; ahora, en cuanto oía miss
Barrett el batir de la hiedra contra los cristales, mandaba a Wilson que
cerrase bien la ventana. Cuando las hojas de las enredaderas escarlata y los
mastuerzos comenzaron a marchitarse en la jardinera de la ventana y cayeron, se
envolvió con mayor cuidado en su chal de la India. Cuando la lluvia de octubre
azotaba la ventana, Wilson encendía el fuego y amontonaba el carbón en la
chimenea. El otoño fue intensificándose hasta hacerse invierno y las primeras
nieblas llenaron de ictericia la atmósfera. Wilson y Flush encontraban a
tientas el camino para llegar al postebuzón o a la farmacia. Al regresar, sólo
podían distinguir en el cuarto las confusas manchas blanquecinas de los bustos
sobre el armario y los estantes; los campesinos y el castillo se habían
esfumado de la cortinilla; los cristales estaban cubiertos de un amarillo
pálido. Flush tenía la impresión de que miss Barrett y él vivían en una cueva
llena de cojines e iluminada por el resplandor del fuego. De la calle les
llegaba el incesante zumbido del tráfico, con repercusiones amortiguadas; de
cuando en cuando pasaba una voz pregonando con rudeza: «¡Se camponen sillas
viejas y canastas!», apagándose calle abajo. A veces, era una musiquilla
callejera que se acercaba, más fuerte a cada instante, y se iba borrando al
alejarse. Pero ninguno de estos sonidos significaba libertad, acción ni
ejercicio. El viento, la lluvia, los días crudos de otoño y el frío a mediados
de invierno sólo se traducían para Flush en calor y quietud, en lámparas
encendidas, cortinas corridas y la lumbre atizada a cada momento.
Al principio se le
hacía todo ello casi insoportable. No podía evitar el ponerse a danzar por la
habitación ‑ uno u otro día otoñal en que el viento soplara ‑ mientras las
perdices estarían esparciéndose por los rastrojos. Creía oír disparos entre los
rumores que le traía el aire. No podía contenerse cuando ladraba fuera algún
perro: corría a la puerta agitándosele la pelambre. Aunque si miss Barrett lo
llamaba, o si le ponía la mano en el collar, había de reconocer que otro
sentimiento ‑ contradictorio, imperioso y desagradable ‑ frenaba sus instintos.
Se echaba, inmovilizándose a los pies de ella. La primera lección que aprendió
en la escuela‑dormitorio, consistió en sacrificar, en controlar los instintos
más violentos de su ser... Y esta lección era de una dificultad tan portentosa,
que con mucho menos esfuerzo aprendieron griego muchos eruditos... Muchas
batallas se ganaron en el mundo sin que los generales vencedores hubieran
tenido que desplegar tanta fuerza de voluntad. Pero es que la profesora era miss
Barrett. Flush sentía, cada vez con más convicción, cómo se estaban ligando el
uno al otro a medida que transcurrían las semanas; era aquél un vínculo
embarazoso y, sin embargo, emocionante. Se reducía a esto: si el placer de
Flush suponía pena para ella, entonces, dejaba su placer de serle placentero, y
se le hacía también a él penoso en unas tres cuartas partes. Cada día se
evidenciaba la verdad de esta solución. Por ejemplo, alguien abría la puerta y
le silbaba, llamándolo. ¿Por qué no había de salir? Ansiaba tomar el aire y
estirar las patas; sus miembros se anquilosaban de tanto estar echado en el
sofá. Además,
nunca llegó a habituarse al olor a agua de Colonia... No, no... Aunque la puerta estuviera abierta, no
abandonaría a miss Barrett, pensó ya cerca de la puerta, y volvió al sofá.
«Flushie», escribió miss Barrett, «es mi amigo ‑ mi compañero ‑ y me prefiere
al sol que tanto le atrae desde fuera...» Ella no podía salir. Estaba
encadenada al sofá. «Tengo tan poca cosa que contar como un pájaro en una
jaula», escribió también. Y Flush, para quien todos los caminos del mundo
estaban abiertos, prefirió renunciar a todos los olores de la calle Wimpole,
con tal de permanecer a su lado.
No obstante, el
vínculo estuvo muchas veces a punto de romperse; formábanse extensas lagunas en
la compenetración entre ellos. En ciertas ocasiones, se quedaban mirándose como
si fuesen totalmente extraños el uno para el otro. ¿Por qué, preguntábase miss
Barrett, temblaba Flush de pronto, y se erguía, gimoteando, para escuchar quién
sabe qué? Ella no oía ni veía nada de particular; no había nadie en la
habitación con ellos.
Y es que no podía
adivinar lo siguiente. Folly, la perrita King
Charles de su hermana, había pasado frente a la puerta; o bien, le estaban
dando un hueso de carnero a Catiline, el sabueso cubano, en el sótano. Pero
Flush sí que sabía; sus oídos lo tenían al tanto de todo. Devastaban su ser
unas rachas alternativas de lujuria y gula. Además, a pesar de su imaginación
de poetisa, miss Barrett no podía adivinar cuánto significaba para Flush el
paraguas mojado de Wilson, cuántas reminiscencias le traía: selvas, loros,
elefantes trompeteando atronadoramente... Ni pudo comprender, cuando mister
Kenyon tropezó en el cordón de la campanilla, que Flush oyó entonces las
imprecaciones de los hombres morenos por aquellas montañas... El grito Span! Span! repercutió en sus oídos, y si mordió a
míster Kenyon, lo hizo movido por un impulso de rabia ancestral y siempre
reprimida.
Por su parte,
Flush no sabía tampoco a qué obedecían las emociones de miss Barrett. Se estaba
allí tendida, horas y horas, pasando la mano sobre un papel blanco con un
palito negro, y sus ojos se le llenaban de lágrimas. Pero ¿por qué? «Ah, mi
querido míster Horne», estaba escribiendo; «entonces me falló la salud... y
vino el forzoso destierro a Torquay..., lo cual inició en mi vida esa eterna
pesadilla, siendo causa de lo que no puedo citar aquí; no hable de eso a nadie.
No hable de eso, querido míster Horne.»
Pero ¡si en la habitación no había ni olor ni sonido que pudiera provocar el
llanto de miss Barrett! Al poco rato, pasó ésta nuevamente del llanto a la
risa, sin dejar de mover el palito. Había dibujado «un retrato, muy parecido,
de Flush, realizado humorísticamente y de manera que más bien se parece a mí» ,
y debajo del dibujo anotó lo siguiente: «Sólo le impide ser un excelente
sustituto de mi retrato el que resultaría yo demasiado favorecida.» ¿Qué motivo
de risa podía haber en aquellas manchas negras que le enseñaba a Flush? Este no
conseguía oler nada en la hoja; ni tampoco percibía sonido alguno. En la
habitación no había nadie con ellos. El hecho era que no podían comunicarse con
palabras, y esta realidad los llevaba a semejante incomprensión. Pero, por otra
parte, ¿no era eso mismo lo que los unía íntimamente? Miss Barrett exclamó
cierta vez, después de una mañana de trabajo intenso: ¡Escribir, escribir,
escribir!» Quizá pensara: Después de todo, ¿lo dicen todo las palabras?,
¿pueden las palabras expresar algo? ¿No destruirán, por el contrario, los
símboios demasiado sutiles para ellas? Una vez, por lo menos, parece haber
confirmado esta opinión. Estaba pensando, mientras yacía en el sofá. Había
olvidado a Flush por completo, y la invadieron unos pensamientos tan tristes
que la almohada se humedeció de lágrimas. Entonces, una cabeza peluda vino de
repente a apretarse contra ella; junto a sus ojos brillaron otros, grandes y
titilantes. Se sobresaltó. ¿Era Flush o era Pan? ¿Habría dejado de ser una inválida
recluida en Wimpole Street, y sería ya una ninfa griega habitaado en algún
umbrío bosquecillo de la Arcadia? ¿No era el propio dios barbudo el que unía
sus labios a los de ella? Por un momento sintióse transfigurada; era una ninfa,
y Flush era Pan. El sol abrasaba, y el amor irradiaba su gloria. Pero,
supongamos que Flush hubiera podido hablar... ¿No habría dicho cualquier cosa
razonable sobre la plaga que sufría la patata en Irlanda?
También Flush
experimentaba extrañas conmociones en lo más íntimo. Cuando veía las delgadas
manos de miss Barrett asiendo delicadamente un cofrecito de plata o algún
adorno de perlas, sentía como si se le contrajeran sus pezuñas y ansiaba
vérselas divididas en diez dedos separados. Cuando oía la voz de ella
silabeando innumerables sonidos, ansiaba que llegara el día en que sus amorfos
ladridos se convitieran en sonidos pequeñitos y simples que, como los de miss
Barrett, tuviesen tan misterioso significado. Y, al contemplar cómo recorrían
aquellos dedos incesantemente la página blanca con el palito negro, deseaba con
vehemencia que llegase el tiempo en que también él pudiera ennegrecer papel
como ella lo hacía.
¿Podría haber llegado a escribir como
ella...? La pregunta es superflua; afortunadamente, pues, en honor a la verdad,
hemos de decir que en los años 1842‑43 no era miss Barrett una ninfa, sino una
inválida; Flush no era un poeta, sino un spaniel
de la casta cocker; y Wimpole Street
no era la Arcadia, sino Wimpole Street.
Así pasaban las largas horas en el
dormitorio más apartado de la casa, sin nada que las marcase, más que el sonido
de pasos por las escaleras, el sonido lejano de la puerta de la calle al
cerrarse, el ruido de una escoba al barrer, o la llamada del cartero. Los
trozos de carbón crepitaban en la chimenea; luces y sombras resbalaban por las
frentes de los cinco bustos pálidos, por los libros de la vitrina y por el rojo
merino de ésta. Pero algunas veces los pasos de la escalera no pasaban de largo
ante la puerta, sino que se detenían frente a ella. El pestillo giraba; se
abría la puerta y alguien penetraba en el dormitorio. ¡Cómo variaba entonces
todo el moblaje del cuarto! ¡Extraño cambio! ¡Qué remolinos de olor y sonido se
ponían al instante en circulación! ¡Cómo bañaban las patas de las mesas y eran
hendidos por los filos agudos del armario! Probablemente, era Wilson, que
entraba la comida en una bandeja, o que traía un vaso de medicina; o también
podía ser cualquiera de las dos hermanas de miss Barrett ‑ Arabel o Henrietta ‑,
o quizás uno de los siete hermanos de miss Barrett: Charles, Samuel, George,
Henry, Alfred, Septimus u Octavio. Pero, una o dos veces a la semana, notaba
Flush que iba a suceder algo de más importancia. La cama la disfrazaban
cuidadosamente de sofá. La butaca quedaba junto a ella, miss Barrett se
envolvía convenientemente en chales de la India. Los objetos de tocador eran
ocultados escrupulosamente bajo los bustos de Chaucer y Homero. A Flush también
lo peinaban y cepillaban. Y, a eso de las dos o las tres de la tarde sonaban en
la puerta unos golpecitos muy peculiares, diferentes a los habituales. Miss
Barrett se ruborizaba, sonreía y tendía la mano. La persona que avanzaba
entonces hacia ella podía ser miss Mittford, brillándole su rosado rostro y muy
parlanchina, con un ramo de geranios. O quizás fuera míster Kenyon, un
caballero de edad avanzada, grueso y bien peinado, irradiando benevolencia y
provisto de un libro. No sería raro tampoco que fuese mistress Jameson, señora
opuesta en todo a míster Kenyon; «una señora de tez muy pálida y ojos claros,
la bios finos e incoloros... una nariz y una barbilla muy salientes y
afiladísimas». Cada uno de los visitantes tenía su estilo propio, su olor, tono
y acento peculiares. Miss Mitford charlaba apresuradamente, pero su animación
no le hacía decir superficialidades; míster Kenyon se mostraba muy cortés y
culto, y farfullaba un poco porque le faltaban dos dientes[3]; mistress Jameson no había perdido
ninguno, y sus movimientos eran tan recortados como sus palabras.
Tendido a los pies
de miss Barrett, dejaba Flush que las voces ondulasen sobre él durante horas
enteras. Miss Barrett se reía, discutía amigablemente, exclamaba esto o lo
otro, suspiraba y reía de nuevo. Por último, con alivio de Flush, se producían
breves silencios, interrumpiéndose a ratos hasta el incansable fluir de las
palabras de miss Mitford. ¿Serían ya las siete?, se preguntaba ésta. ¡Llevaba
allí desde mediodía! Había de marcharse si no quería perder el tren. Míster
Kenyon cerraba el libro ‑había estado leyendo en voz alta y se estaba un rato
de espaldas al fuego; mistress Jameson planchaba entre sus dedos los de sus
guantes, en un gesto mecánico. Y uno de los visitantes daba a Flush unos
golpecitos cariñosos, otro le tiraba de la oreja... La rutina de la despedida
se prolongaba, intolerablemente; pero, por fin, se levantaba mistress Jameson,
mister Kenyon y hasta miss Mitford, decían las consabidas fórmulas, recordaban
algo, se olvidaban de cualquier cosa, volvían por ella, llegaban a la puerta,
la abrían y, por fin ‑ gracias a Dios ‑, se marchaban.
Miss Barrett volvía a hundirse ‑ muy
pálida, cansadísima ‑ en sus almohadas. Flush se acurrucaba, junto a ella, más
cerca que antes. Afortunadamente, ya estaban solos otra vez. Pero las visitas
se habían prolongado tanto que ya era casi la hora de cenar. Empezaban a subir
olores del sótano. Wilson aparecía en la puerta con la cena de miss Barrett en
una bandeja. La colocaba en la mesa, a su lado, y levantaba las tapaderas. Pero
con los preparativos para recibir a las visitas, con la charla, el calor de la habitación
y la agitación de las despedidas, miss Barrett quedaba demasiado cansada para
tener apetito. Exhalaba un débil suspiro al ver la rolliza chuleta de cordero,
el ala de perdiz o de pollo que le mandaban de cena. Mientras Wilson permanecía
en la habitación, miss Barrett hacía como que comía, agitando el cuchillo y el
tenedor. Pero en cuanto se cerraba la puerta y quedaban solos otra vez, le
hacía una seña a Flush. Levantaba el tenedor. En él iba clavada toda un ala de
pollo. Flush se aproximaba. Miss Barrett movía la cabeza, dando a entender
algo. Flush, con gran suavidad y de manera muy hábil ‑ sin dejar caer ni una
migaja ‑, se hacía cargo del ala y la engullía sin dejar huellas. Medio pudín,
cubierto de espesa crema, seguía el mismo camino. Nada más limpio y eficaz que
esta colaboración de Flush. Después podía vérsele acostado como de costumbre a
los pies de miss Barrett ‑ dormido en apariencia ‑ mientras ésta yacía repuesta
y descansada, con todo el aspecto de haber comido excelentemente. Entonces se
detenían en el descansillo de la escalera unos pasos más decididos, más seguros
que los demás; sonaba una llamada solemne ‑ no en tono de si se podía entrar ‑,
se abría la puerta y entraba el caballero más moreno y de aspecto más
formidable de todos los caballeros de edad... Mister Barrett en persona. Su
mirada se dirigía inmediatamente a la bandeja. ¿Fueron consumidos los manjares?
¿Se
obedecieron sus órdenes? Sí, los platos estaban vacíos. Manifestándose en su
rostro la satisfacción que le producía la obediencia de su hija, se acomodaba
mister Barrett pesadamente en una silla junto a ella. Flush sentía correrle por
el espinazo unos escalofríos de terror y horror cuando se le acercaba aquel
corpachón sombrío. (Así suele temblar el salvaje, que, tendido en un lecho de
flores, oye rugir el trueno y reconoce en éste la voz de Dios.) Entonces Wilson
le sitbaba y Flush se escabullía con un sentimiento de culpabilidad, como si
míster Barrett pudiera leer en sus pensamientos y éstos fueran malvados. Así,
se deslizaba del cuarto y corría veloz escalera abajo. En la habitación había
penetrado una fuerza temible, una fuerza a la que él no podía hacer frente. Una
vez entró inesperadamente y vio a mister Barrett arrodillado junto a su hija,
rezando...
CAPITULO
III
EL
ENCAPUCHADO
Una educación como
ésta, recibida en el dormitorio trasero de Wimpole Street, hubiera producido su
efecto en cualquier perro. Pero Flush no era un perro cualquiera: animoso y, al
mismo tiempo, reflexivo; canino, sí, pero a la vez extremadamente sensible a
las emociones humanas. En un perro semejante tenía que actuar con poder
especialísimo la influencia del dormitorio. Naturalmente, a fuerza de recostar
la cabeza sobre un diccionario griego, llegó a hacérsele desagradable ladrar y
morder; acabó prefiriendo el silencio del gato a la exuberancia del perro; y,
por encima de todo, la simpatía humana. Además, miss Barrett hizo cuanto pudo
por refinar y educar aún más las facultades de Flush. Una vez cogió el arpa que se apoyaba en la
ventana y le preguntó, poniéndosela al lado, si creía que aquel instrumento ‑
del cual salían sonidos musicales ‑ era un ser vivo. Flush miró, escuchó,
pareció dudar unos instantes y luego decidió que no lo era. Entonces lo cogía
en brazos y, colocándose con él ante el espejo, le preguntaba: ¿No era aquel
perrito castaño de enfrente él mismo? Pero ¿qué es eso de «uno mismo»? ¿Lo que
ve la gente? ¿Lo que uno es? Flush reflexionó también sobre esto, e, incapaz de
resolver el problema de la realidad, se estrechó más contra miss Barrett y la
besó «expresivamente». Aquello, por
lo menos, sí que era real.
Llevando frescas
aún estas meditaciones y con el sistema nervioso agitado por tales dilemas,
bajó la escalera. Y no puede sorprendernos que su continente reflejara cierta
altanería, una convicción de superioridad que irritó a Catiline, el sabueso
cubano, el cual se lanzó sobre él y le mordió. Flush volvió junto a miss Barrett en
busca de consuelo. Y ésta llegó a la conclusión de que «Flush no es precisamente un héroe».
Pero, si no era un héroe, ¿no se debía en parte a ella? Era demasiado justa
para no comprender que Flush le había sacrificado su valor como prueba de
estima, como le había sacrificado el sol y el aire. Esta sensibilidad nerviosa
tenía, desde luego, sus inconvenientes; así, cuando mordió a mister Kenyon al
tropezar éste con el cordón de la campanilla, tuvo ella que deshacerse en
disculpas; y también era un fastidio cuando se ponía a gemir lamentablemente
porque no le permitían dormir en el lecho de su ama; o cuando se negaba a comer
si no lo alimentaba ella con sus propias manos. Miss Barrett se echaba a sí
misma la culpa de todo ello y se resignaba a estos inconvenientes, porque lo
indudable era que Flush la amaba. Por ella había renunciado al aire y al sol.
«Merece que se le quiera, ¿no es verdad?», le preguntó una vez a mister Horne.
Y, fuera cual fuese la respuesta de míster Horne, miss Barrett sabía muy bien a
qué atenerse. Quería a Flush, y Flush era digno de su cariño.
Parecía como si
nada pudiera romper aquel lazo, como si los años fueran sólo a irlo apretando y
consolidando, y como si en sus vidas no pudiesen existir más años sino los que
ambos pasaran en compañía. El mil ochocientos cuarenta y dos se convirtió en
mil ochocientos cuarenta y tres; el mil ochocientos cuarenta y tres en mil
ochocientos cuarenta y cuatro; el mil ochocientos cuarenta y cuatro en mil
ochocientos cuarenta y cinco. Ya no era Flush un cachorro, sino un perro de
cuatro o cinco años. Era un perro en lo mejor de su vida... y miss Barrett
seguía tendida en el sofá de Wimpole Street y Flush continuaba echado a sus
pies. La vida de miss Barrett era la de «un pájaro en su jaula». Llegaba a no
salir de casa durante varias semanas, y, cuando salía, era sólo para una o dos
horas, yendo de compras en el coche, o haciéndose conducir en el sillón de
ruedas a Regent's Park. Los Barrett no salían nunca de Londres. Míster Barrett,
los siete hermanos, las dos hermanas, el lacayo, Wilson y las tres criadas, Catiline,
Folly, mis Barrett y Flush, seguían todos viviendo en el número 50 de la calle
Wimpole, comiendo en el comedor, durmiendo en los dormitorios, cocinando en la
cocina, trasegando jarras de agua caliente y vaciando el cajón de la basura,
desde enero hasta diciembre. Las fundas de las sillas se estropearon levemente;
las alfombras estaban ya un poquito gastadas; el polvillo del carbón, las
partículas de barro, el hollín, la niebla, el humo de los cigarros y los
vapores del vino y de la carne se fueron acumulando en las grietas, en los
tejidos, encima de los marcos, en las volutas de las tallas... y la hiedra
volvió a crecer sobre la ventana del domitorio de miss Barrett; la verde
cortina vegetal fue densificándose, y para el verano lucían ya su exuberancia
los mastuerzos y las enredaderas escarlatas en la jardinera de la ventana.
Pero una noche, a
principios de junio de 1845, llamó el cartero. Las cartas cayeron en el buzón
como siempre. Y Wilson, como siempre, bajó a recogerlas. Todo era siempre
igual: todas las noches llamaba el cartero, cada noche recogía Wilson las
cartas, y cada noche había una carta para miss Barrett. Pero esa noche la carta
era diferente. Flush lo comprendió aun antes de ser abierto el sobre. Lo
conoció por la manera como lo cogió miss Barrett, por las vueltas que le dio,
por cómo miró la escritura vigorosa y aguda en que venía su nombre. Lo supo por
la indescriptible vibración de los dedos de su ama; por la impetuosidad con que
éstos abrieron el sobre, por la absorción que leía. Su ama leía y él la
contemplaba. Y mientras ella se embebía en la lectura, oía él, como oímos en la
duermevela, a través del bullicio de la calle, algún toque de campana alarmante
aunque apagado; como si alguien muy lejano se estuviera esforzando en
prevenirnos contra un fuego, un robo o cualquier otra amenaza contra nuestra
paz, y, con la seguridad de que ese aviso se dirige a nosotros, nos
sobresaltamos antes de estar despiertos del todo... Así Flush, mientras miss
Barrett leía la hojita emborronada, oía una campana que lo despertaba de su
letargo, anunciándole algún peligro, turbando su calma e instándole a no seguir
durmiendo. Miss Barrett leyó la carta rápidamente; volvió a leer despacio, la
metió cuidadosamente en el sobre... También ella se había despertado.
Unas noches
después, apareció otra vez la misma carta en la bandeja de Wilson. La leyó
rápidamente, luego despacito, y la releyó repetidas veces. Después la guardó
con gran solicitud, no en el cajón en que conservaba los voluminosos pliegos de
las cartas que miss Mitford le enviaba, sino aparte, en un sitio especial.
Ahora recogía Flush el fruto de aquellos años de estar acumulando sensibilidad echado en cojines a
los pies de miss Barrett: podía leer signos que los demás no pudieron ni ver.
Podía saber, sólo por el contacto de los dedos de miss Barrett, que ésta
esperaba únicamente una cosa: la llamada del cartero, la carta en la bandeja.
Por ejemplo, si se hallaba acariciándolo con un movimiento leve y acompasado de
sus dedos, y de repente se oía la llamada... los dedos se le crispaban y
mientras subía Wilson tenía trincado a Flush entre sus manos impacientes.
Entonces cogía la carta y él quedaba suelto y olvidado.
Sin embargo, se
argumentaba Flush, ¿qué podía temer mientras no se produjese ningún cambio en
la vida de miss Barrett? Y no hubo cambio alguno. No vinieron nuevos visitantes. Mister Kenyon seguía acudiendo como
siempre; miss Mitford seguía viniendo. Venían los hermanos y las hermanas; y, a
última hora de la tarde, entraba míster Barrett. Nada observaron, no sospecharon nada... Esto le hizo tranquilizarse y se esforzó en
creer ‑ cuando pasaron unas cuantas noches sin carta ‑ que el enemigo se había
retirado. Imaginaba que un hombre embozado en una capa, una figura encapuchada,
había intentado introducirse en la casa ‑como un salteador ‑ y después de
hurgar en la puerta y encontrarse con que estaba bien guardada, había huido con
el rabo entre las piernas. Flush trató de convencerse de que el peligro había
pasado. El hombre se había ido. Entonces volvió a venir la carta.
Como se sucedieron
los sobres con creciente regularidad, noche tras noche, comenzó Flush a notar
síntomas de cambio en la propia miss Barrett. Por primera vez la vio Flush
irritable e inquieta. No podía leer ni escribir. Aquel día se situó junto a la
ventana, mirando a la calle. Preguntó a Wilson, con ansiedad, qué tiempo
hacía... ¿Soplaba aún el viento del Este? ¿Había ya en el parque algún indicio
de la primavera? ¡Oh, no!, replicó Wilson; el viento seguía siendo un viento del Este muy
malo. Y Flush
tuvo entonces la impresión de que mis Barrett se sentía a la vez aliviada y
molesta. Tosió. Se quejó... Parecía sentirse mal..., pero no tan mal como solía
estar cuando soplaba el viento del Este. Y entonces, al quedarse sola, releyó
la carta de la noche anterior. Era la más larga de cuantas recibiera. Constaba
de muchas páginas densamente cubiertas, con muy poco blanco entre las manchas
negras, con gran abundancia de esos jeroglíficos pequeñitos y violentos. Esto
lo podía ver Flush desde su puesto a los pies de ella. Pero no le decían nada
las palabras que miss Barrett murmuraba para sí. Sólo pudo captar la agitación
que la recorrió cuando llegó al final de la página y leyó en voz alta (aunque
ininteligible): «¿Cree usted que la veré dentro de dos meses, o dentro de
tres?»
Después tomó la
pluma y la pasó, rápida y nerviosamente, por una hoja, luego por otra.. Pero
¿qué querían decir aquellas palabritas rque escribía miss Barrett? «Se acerca
abril. Habrá un mayo y un abril ‑ si vivimos para verlo ‑ y quizá, después de
todo, pudiéramos... Desde luego, veré a usted cuando el buen tiempo me haya
hecho revivir un poco... Pero al principio es posible que tema el verle...
aunque el escribirle así no me cause rubor. Usted es Paracelso; y yo soy una
reclusa; con los nervios rotos en el tormento y ahora lacios y temblando al
menor ruido de pasos, al menor soplo.»
Flush no entendía
lo que su ama escribía a una o dos pulgadas por encima de su cabeza. Pero
comprendía, igual que si hubiese sabido leer, la extraña turbación que la
conmovía al escribir los deseos contradictorios que la agitaban: que llegara
abril, y que no llegara; poder ver en seguida al desconocido, y no verlo jamás.
Flush también temblaba, como ella, al menor soplo. Los días proseguían su
marcha implacable. El aire sacudía la cortinilla. El sol blanqueaba los bustos.
Se oía cantar un pájaro en su muda. Pasaban vendedores pregonando «¡Se venden
flores!» por la calle Wimpole abajo. Y él sabía que todos estos eran indicios
de la llegada de abril, y luego vendrían mayo y junio... Nada podría detener la
llegada de aquella horrible primavera. Pues ¿qué traería ésta consigo? Algo
terrorífico... algún horror... algo que temía mis Barrett y que Flush temía
igualmente. Se asustó al oír unos pasos en la escalera. Sólo era Henrietta. Luego, unos golpecitos
en la puerta: míster Kenyon tan sólo. Así pasó abril, y así transcurrieron los
veinte primeros días de mayo. Entonces, el 21 de mayo, llegó el día. Flush lo
comprendió en seguida. En efecto, el martes 21 de mayo, se contempló miss
Barrett minuciosamente en el espejo; se atavió con gran gusto con sus chales de
la India; pidió a Wilson que le acercara la butaca, pero no demasiado; tocó
este objeto y aquél y el de más allá, y sentóse luego muy derecha entre sus
almohadas. Flush se echó a sus pies, muy tieso. Esperaron solos los dos. Por
fin, el reloj de la iglesia de Marylebone dio las dos; esperaron. Después el reloj de Marylebone Church
dio una sola campanada. Las dos y media. Y, al apagarse la resonancia de la
campanada, sonó un audaz aldabonazo en la puerta de la calle. Miss Barrett
empalideció; se quedó muy quieta. Flush tampoco se movió. Escaleras arriba se
acercaban las temidas e inexorables pisadas; venía hacia ellos ‑ Flush lo sabía
‑ el individuo enmascarado y siniestro de la medianoche... El encapuchado. Ya
puso la mano sobre la puerta. El pestillo giró. Allí estaba.
‑Mister
Browning ‑ dijo Wilson.
Flush, que observaba a miss Barrett, la vio
sonrojarse, vio cómo le brillaron los ojos y se le abrieron los labios:
‑¡Mister Browning! ‑ exclamó.
Retorciendo sus guantes amarillos[4] entre las manos y pestañeando ‑ nervioso,
bien peinado, dominante y áspero ‑, mister Browning cruzó la habitación. Tomó
una mano de miss Barrett entre las suyas y se hundió en la butaca junto al
sofá. Inmediatamente
empezaron a hablar.
Y, mientras hablaban, Flush se sintió
horriblemente solo. Cierta vez le había parecido que él y miss Barrett estaban
juntos en una cueva iluminada por el resplandor del fuego. Ahora no era ya una
cueva con fuego, sino húmeda y oscura. Miss Barrett había salido de la cueva...
Miró en derredor suyo. Todo había cambiado. La vitrina de los libros, los cinco
bustos... Estos no eran ya deidades amigas que presidieran aprobándolo todo;
ahora tenían un aspecto severo, un perfil hostil... Cambió de posición a los pies
de miss Barrett. Esta no se fijó en ello. Exhaló un ligero aullido. No lo oyeron. Por úitimo, se resignó a estarse quieto, en
tensa y silenciosa angustia. Proseguía la conversación, pero no con el fluir
habitual y la típica ondulación de todas las conversaciones. No, ésta saltaba y
tenía bruscos altibajos. Se paraba y volvía a brincar. Flush no había oído
nunca aquel tono en la voz de miss Barrett, ni el vigor y la excitación que
tenía ahora. Sus mejillas se encendían como nunca las viera encenderse; sus
ojazos relucían como jamás los viera relucir. El reloj dio las cuatro; pero
siguieron hablando. Dio luego las cuatro y media. Y entonces mister Browning se
puso en pie de un salto. Una tremenda decisión, una audacia temible se
desprendían de cada uno de sus movimientos. Un momento después, ya había
estrechado en su mano la de miss Barrett, había recogido su sombrero y sus
guantes, y había dicho adiós. Lo oyeron correr escaleras abajo. Sonó un
portazo. Se había ido.
Esta vez no volvió
miss Barrett a hundirse en las almohadas como solía hacerlo cuando partían
míster Kenyon o miss Mitford. Ahora mantuvo la actitud erguida; los ojos le
brillaban aún y sus mejillas seguían arreboladas. Parecía como si creyera que
mister Browning estaba aún con ella. Flush la tocó. Entonces, recordó miss
Barrett su presencia. Le dio alegremente unas palmaditas en la cabeza y,
sonriente, le dirigió una mirada de lo más extraño, como deseando que pudiera
hablar, como si esperase de él que experimentara las mismas emociones que ella.
Y luego rompió a reír, compadeciéndolo, dando a entender que era absurdo
sintiese Flush ‑ el pobre Flush ‑ lo que ella sentía. ¿Cómo iba a saber él lo
que sabía ella? Nunca los había separado tan inmensa distancia. Se sentía muy solo; tenía la impresión de
que hubiera sido igual no estar allí. Miss Barrett no le hacía el menor caso.
Y aquella noche dejó pelados los huesos del
pollo. Nada quedó para Flush; ni una pizca de patata, ni un pellejito... Cuando
llegó míster Barrett, como de costumbre, hubo de admirarse Flush de su
cerrazón. Sentóse en la mismísima silla donde se había sentado el hombre. Su
cabeza se apoyó en el mismo sitio donde se reclinara el hombre... y no se dio
cuenta de nada. «Pero ¿es posible que no sepa», se asombraba Flush, «quién ha
estado sentado en esta butaca? ¿No lo huele?» Pues para Flush toda la habitación estaba
aún impregnada de la presencia de míster Browning. El aire revelador pasaba
sobre la vitrina y flotaba alrededor de los cinco bustos pálidos, enroscándose
en las cabezas. Pero el hombre aquel, tan corpulento, seguía abstraído junto a su hija.
No observaba nada. Nada le hacía sospechar. Flush, maravillado ante tal estupidez, se
escabulló de la habitación.
Pero hasta los
familiares de miss Barrett empezaron a notar ‑pese a su increíble ceguera ‑ un
cambio en la vida de aquélla. Salía del dormitorio y se estaba en el salón de
abajo. Luego hizo lo que no hiciera desde muchísimo tiempo. dio un paseo a pie,
con su hermana, hasta la Puerta de Devonshire Place. Sus amistades y su familia
se asombraban de su mejoría. Pero sólo Flush sabía de dónde le venía la
fortaleza: del hombre moreno de la butaca. Volvió éste otra vez, y otra, y
otra... Primero, una vez a la semana; luego, dos veces a la semana. Siempre
venía por la tarde y se iba también por la tarde. Miss Barrett lo veía siempre a solas. Y, si no venía él, venían sus cartas. Y,
cuando él se marchaba, se quedaban allí sus flores. Y, por las mañanas, cuando
la dejaban sola, se ponía miss Barrett a escribir. Aquel hombre, moreno, tieso,
áspero y vigoroso ‑ con el cabello negro, las mejillas rosadas y los guantes
amarillos ‑, se hallaba presente en todas partes. Naturalmente, miss Barrett se
encontraba mucho mejor; desde luego, podía ya andar. Al mismo Flush le era
imposible estarse quieto. Revivían en él antiguos deseos; una nueva inquietud
se apoderó de él. Hasta su sueño se pobló de ensueños. Soñó como no había
soñado desde los lejanos días de «Three Mile Cross», con liebres que salían
disparadas de la alta hierba, faisanes pavoneándose con el despliegue de sus
largas colas, perdices que se elevaban de los rastrojos con bullicioso tableteo
de alas. Soñó que estaba cazando, y también que perseguía a una spaniel con pintas, la cual se le
escapaba. Estaba en España; estaba en Gales; estaba en Berkshire; huía de los
garrotes de los guardias en Regent's Park. Entonces abrió los ojos. Nada. No
había liebres ni perdices, ni látigos restallando, ni hombres morenos que
gritasen: Span! Span! Sólo mister Browning, en la butaca,
hablando con miss Barrett, recostada en el sofá.
Llegó a hacérsele imposible dormir mientras
estaba allí aquel hombre. Flush escuchaba continuamente, con los ojos muy
abiertos. Aunque no podía entender las palabritas que chocaban encima de su
cabeza, desde las dos y media hasta las cuatro y media ‑ tres veces a la semana
‑ sí podía captar con terrible exactitud que el tono de las voces iba
cambiando. La de miss Barrett había sonado al principio con un tono forzado y
una animación ficticia. Ahora había ganado un ardor y una confianza como Flush
no le oyera hasta entonces. Y, cada vez que venía el hombre, surgía un nuevo
sonido en sus voces: en ocasiones, producían éstas una cháchara grotesca o bien
pasaban sobre él rozándole levemente como pájaros en vuelo; otras veces, se
arrullaban y cloqueaban como algunas aves; y, poco a poco, se iba elevando la
voz de miss Barrett, remontándose en espiral por el aire. Entonces, la voz de
mister Browning ladraba con sus ásperas risotadas, y, poco después sólo se oía
un murmullo, un moscardoneo tranquilo de ambas voces en una. Pero, al
convertirse el verano en otoño, notó Flush, con horrible aprensión, que
aparecía un tono distinto a los anteriores. La voz del hombre revelaba una
urgencia, una energía, un afán de convencer diferentes, y Flush comprendía que
esto asustaba a miss Barrett. Su voz se turbaba, vacilaba, y parecía irse
apagando y entrecortarse, haciéndose suplicante en ciertos momentos, como si
solicitase una tregua, como si tuviera miedo... El hombre callaba entonces.
A él le prestaban
muy poca atención. Míster Browning le hacía el mismo caso que si hubiera sido
un leño colocado a los pies de miss Barrett. A veces, al pasar junto a él, le
restregaba la cabeza vivamente, de un modo espasmódico, con energía y sin
sentimiento. Fuera aquello una caricia o no, Flush sólo sentía una profunda
aversión hacia míster Browning. Sólo con verlo tan bien vestido, tan tieso, tan
vigoroso, retorciéndose sus guantes amarillos... sólo con eso se le afilaban
los dientes. ¡Oh, si los cerrara con todas sus fuerzas sobre la tela de los
pantalones! Pero no se atrevía. En conjunto, aquel invierno ‑ 1845‑46 ‑ fue el más
angustioso que pasó Flush en su vida.
Transcurrió el
invierno y presentóse otra vez la primavera. Flush no le veía el fin a aquello.
Y, sin embargo, así como un río ‑ aunque esté reflejando árboles inmóviles,
vacas paciendo y las cornejas que regresan a sus ramas ‑ fluye inexorablemente
hacia una catarata, asi fluían aquellos día, hacia una catástrofe. Flush estaba
seguro de ello. En el aire flotaban rumores de mudanza. Llegó a pensar que era
inminente algún éxodo de grandes proporciones. Se notaba en la casa esa perturbación
indefinible que precede ‑ pero ¿sería posible? ‑ a un viaje. Sacudían el polvo
a las cajas, y, por increíble que parezca, las abrían. Luego las volvían a
cerrar. No, no era la familia la que se mudaba. Los hermanos y las hermanas
seguían entrando y saliendo como de costumbre. Mister Barrett visitaba a su
hija ‑cuando se marchaba el hombre aquel‑
a la hora de siempre. ¿Qué iba, pues, a suceder? Porque desde luego
pasaría algo; de eso no le cabía a Flush la menor duda al finalizar el verano
de 1846. Lo percibía nuevamente en el sonido alterado de las eternas voces. La
de miss Barrett, que había sido suplicante y temerosa, perdió su tono
entrecortado. Sonaba con una decisión y una audacia que Flush no le había oído
nunca. ¿Si mister Barrett hubiera podido oír aquel tono con que acogía al
usurpador, las risas con que lo saludaba, la exclamación que él profería al
tomar en sus manos las de ella! Pero en la habitación sólo estaba Flush con
ellos. Y para él el cambio resultaba de lo más deprimente. No era sólo que miss
Barrett cambiase respecto a mister Browning, sino que cambiaba en todos
sentidos... incluso hacia Flush. Trataba sus carantoñas con más brusquedad;
riéndose, le cortaba en seco sus zalemas, dejándole la impresión de que sus
manifestaciones de cariño resultaban afectadas, insignificantes y tontas. Se
exacerbó su vanidad. Inflamáronse sus celos. Por último, al llegar el mes de
julio, decidió realizar un violento esfuerzo para reconquistar el favor de su
ama, y quizá para expulsar al intruso. No sabía cómo llevar a cabo este doble
propósito; no se le ocurría un plan aceptable. Pero de pronto ‑ el día 8 de
julio‑ lo arrastraron sus sentimientos. Se arrojó contra míster Browning y le
mordió ferozmente. ¡Por fin se habían cerrado sus dientes sobre la inmaculada
tela del pantalón de míster Browning! Pero la pierna que encerraba era dura
como el hierro... La pierna de míster Kenyon era de mantequilla, si se
comparaba con ésta. Mister Browning lo apartó de sí con un papirotazo y siguió
hablando. Ni él ni miss Barrett parecieron conceder al ataque la menor
importancia. Flush, vencido en toda línea, deshecho, con todas sus flechas
agotadas, volvió a tumbarse en los cojines, jadeando de rabia y decepción. Pero
se había equivocado respecto a la reacción interna de miss Barrett. Cuando
marchó mister Browning, ésta llamó a Flush y le infligió el peor castigo que
recibiera en su vida. Primero le dio un coscorrón en las orejas... Eso no tenía
importancia; aunque parezca mentira, le agradó aquel golpecillo y le hubiera
gustado recibir otro. Pero lo malo fue que le dijo luego, con su tono más
serio, que ya no lo quería. Aquel dardo se le clavó en el corazón. Tantos años
viviendo juntos, compartiéndolo todo, y no lo quería. Que no volvería a
quererlo... Entonces, y como para significarle bien que había caído en
desgracia, cogió las flores que trajera míster Browning y las puso en agua en
un jarro. Flush pensó que este acto estaba calculado para hacerle sentir de
modo definitivo su propia insignificancia. «Esta rosa es para él», parecía decir
miss Barrett, «y este clavel. Que luzca el color rojo junto al amarillo; y el
amarillo junto al rojo. Y aquí el verde de las hojas...» Colocando las flores
unas al lado de otras, se apartaba de ellas unos pasos para contemplarlas como
si el hombre de los guantes amarillos se hubiera convertido en una masa de
flores de vivo colorido. Pero, aun así, aun estando embelesado con flores y
hojas, no pudo desprenderse por completo de la mirada fija que Flush tenía
clavada en ella. No podía dejar de notar aquella «expresión de profunda
desesperación en su cara». No tuvo más remedio que aplacarse. «Por último, le
dije: «¡Si fueras bueno, Flush, me pedirías perdón!, y, cruzando rápidamente el
cuarto, temblando como un azogado, besó primero una de mis manos y luego la
otra, tendiéndome las pezuñas para que se las estrechase, y me miró a los ojos
con tal expresión de súplica en los suyos, que tú también lo hubieras
perdonado.» Esta fue la relación de lo sucedido, enviada por miss Barrett a
míster Browning; y él contestó. «¡Oh, pobre Flush!, ¿crees que no lo quiero y
lo respeto por su celosa supervisión... por tardar tanto en aceptar a otra
persona, después de haberte conocido... ?» A míster Browning le era fácil
mostrarse magnánimo, pero esa magnanimidad sin esfuerzo era quizá la espina más
dolorosa que tenía clavada Flush.
Otro incidente,
ocurrido pocos días después, demostró cuán grande era la separación entre su
ama y él ‑ ¡tan íntimos como habían sido!‑, y lo poco que podía contar Flush
con el afecto de miss Barrett. Una tarde, después de marcharse mister Browning,
decidió miss Barrett pasear en coche con su hermana por el Regent's Park. Cuando se apeaban a la entrada del parque,
Flush se cogió una pezuña con la portezuela del coche. «Aulló lamentablemente»
y mostró a su ama la patita magullada, en busca de consuelo. Antes, por mucho
menos que eso le habrían prodigado los consuelos más cariñosos. Pero ahora
surgió en el rostro de miss Barrett una expresión entre indiferente y burlona.
Se rió de él. Se había figurado que estaba fingiendo, porque, «...en cuanto
pisó la hierba, salió corriendo sin acordarse más de ello». Y añadió este
comentario sarcástico. «Flush explota muy bien todas sus desventuras ‑ es de la
escuela de Byron ‑, il se pose en victime.»
Pero en aquella ocasión se había equivocado miss Barrett, ensimismada en sus
propias emociones. Aunque se le hubiera partido la pezuña, habría echado a
correr. Aquella escapada era la respuesta a la burla de su ama. Nada tengo que
ver contigo... , ése era el significado de su huida. Las flores le dejaron un
olor amargo; la hierba le quemaba las pezuñas. Pero seguía corriendo, flechándose en
todas direcciones. «Los perros deben llevar cadenas», decían los letreros. Los guardas del parque ‑ con sombreros de
copa ‑ iban provistos de unos garrotes para hacer efectiva la orden. Pero «deber» no tenía ya para él ningún
sentido. Habíase
roto la cadena del amor. Correría por donde quisiera; cazaría perdices,
perseguiría spaniels, se dejaría caer
sobre los lechos de dalias, patearía las rosas rojas y amarillas... Que le
arrojaran los guardas sus garrotes, si querían. Que le sacaran los sesos, si se
les antajaba. Que lo tirasen, muerto, y desventurado, a los pies de miss
Barrett. Nada le importaba. Pero, claro está, no ocurrió nada de eso. Nadie lo persiguió, ni se fijó en él nadie.
Un guarda solitario hablaba con una nodriza. Por último, volvió junto a miss
Barrett y ésta le sujetó la cadena al collar y se lo llevó a casa.
Después de
aquellas dos humillaciones, se habría desmoralizado cualquier perro e incluso
cualquier ser humano. Pero Flush, pese a su suavidad y a su exterior sedoso,
tenía los ojos centelleantes y unas pasiones que no sólo cabrilleaban en llama
viva, sino que sabían también encubrirse como rescoldo. Decidió enfrentarse a
solas con su enemigo. Este encuentro final no debía interrumpirlo una
tercera persona. Sería asunto exclusivo de ambos rivales. Por tanto, en la tarde del martes,
21 de julio, bajó al vestíbulo y aguardó allí. No tuvo que esperar mucho. Pronto oyó en la calle las pisadas que le
eran conocidas; en seguida, los aldabonazos en la puerta. Abrieron y pasó
mister Browning. Previniendo vagamente el inminente ataque y dispuesto a
recibirlo con el mayor espíritu de conciliación, mister Browning venía provisto
de una cajita de dulces. Allí estaba Flush, esperándole en el vestíbulo. Míster
Browning debió intentar, evidentemente, acariciarlo y quizá hasta llegara a
ofrecerle un pastelito. Bastó aquel gesto. Flush se arrojó contra su enemigo
con violencia sin igual. Una vez más se cerraron sus dientes sobre los
pantalones de mister Browning. Pero, desgraciadamente, con la excitación del
momento, olvidó lo que era más esencial: el silencio. Ladró; se lanzó contra
mister Browning ladrando escandalosamente. Aquello fue suficiente para alarmar
a toda la casa. Wilson bajó a toda velocidad. Wilson le pegó a conciencia. Wilson se lo
llevó ignominiosamente. Pues ¿qué mayor ignominia que haber atacado a míster
Browning y haber sido vencido por Wilson? Míster Browning no había movido ni un
dedo. Llevándose sus pasteles, mister Browning siguió su camino, escaleras
arriba, hasta el dormitorio. Iba ileso, imperturbable, como si nada hubiera
ocurrido. A Flush lo encerraron.
Tras dos horas y media de degradante
reclusión en la cocina con loros y escarabajos, helechos y cazos, lo hicieron
subir por orden de miss Barrett. Estaba tendida en el sofá con su hermana
Arabella a su lado. Convencido de la rectitud de su propia conducta, Flush se
fue derecho a su ama. Pero ella no quiso ni mirarlo. Volvióse hacia su hermana
Arabella, limitándose a decir: «Vete de aquí, malo.» Wilson estaba allí ‑ la
formidable, la implacable Wilson ‑, y a ella le pidió miss Barrett un relato de
lo ocurrido. Wilson dijo que le había pegado «porque era de justicia». Y añadió
que sólo le había pegado con la mano. Fue bastante el testimonio de Wilson para
que Flush fuera declarado culpable. El ataque ‑ daba miss Barrett por cierto ‑
no había sido provocado; acreditó a míster Browning con toda la virtud y toda
la generosidad imaginables. Flush había sufrido un castigo a manos de una
criada ‑ aunque sin emplear el látigo ‑ «porque era de justicia». No había más
que decir. Miss Barrett sentenció, pues, contra él; «de manera que se echó en
el suelo a mis pies», escribió ésta, «mirándome por debajo de las cejas». Pero,
por mucho que la mirara Flush, miss Barret rehuía su mirada. Ella, tendida en
el sofa; él, tendido en el suelo alfombrado.
Y mientras sufría
su destierro en la alfombra, experimentó una de esas trombas de tumultuosas
emociones, en que el alma se ve unas veces lanzada contra las rocas y hecha
trizas; y otras ‑cuando encuentra un punto de apoyo y consigue encaramarse
lenta y dolorosamente por el acantilado ‑ llega a tierra firme, y se halla por
fin sobreviviendo a un universo en ruinas y divisando ya un nuevo mundo creado
con arreglo a un plan muy diferente. ¿Qué ocurriría en este caso: destrucción,
o reconstrucción? Ese era el dilema. Aquí sólo podemos bosquejarlo, pues el
debate fue silencioso. Por dos veces había hecho Flush toda lo posible por
matar a su enemigo. Ambas veces había fracasado. ¿Y a qué se debía este
fracaso?, se preguntó a sí mismo. Porque amaba a miss Barrett. Mirándola por debajo de las cejas, y
viéndola tan silenciosa y severa reclinada en sus almohadas, comprendía que la
amaría toda su vida. Las cosas no son simples, sino complejas. Mcrder a
míster Browning era morderla también a ella. El odio no es sólo odio: es
también amor. Al llegar a este punto sacudió Flush las orejas en un mar de
confusiones.. Se revolvió intranquilo en la alfombra. Mister Browning era miss Barrett... Miss
Barrett era míster Browning; el amor es odio y el odio es amor. Se estiró, gimoteó e irguió la cabeza. El reloj dio las ocho. Había estado allí tres horas, entre los
cuernos de aquel dilema.
Miss Barrett ‑
severa, fría e implacable ‑ dejó descansar la pluma. «¡Qué malo ha sido
Flush!», le había estado escribiendo a mister Browning, «... si la gente
parecida a Flush se conduce tan salvajemente como él, ¡que se resignen a
aceptar las consecuencias de su conducta, como suelen hacer los perros! ¡Y tú, tan bueno y amable para con él!
Cualquiera que no hubiera sido tú se
habría permitido, por lo menos, algunas palabras irritadas.» En realidad,
pensó, sería una buena idea comprar un bozal. Entonces miró a Flush. Debió de
observar en él algo insólito que la sorprendió. Dejó la pluma a un lado. Una
vez la había despertado con un beso y creyó que era el dios Pan. También
recordó cuando se comía el pollo y el pudín de arroz cubierto de crema. Y que
había renunciado al sol por afecto hacia ella. Lo llamó y le dijo que le
perdonaba.
Pero aunque lo
perdonaran como por una falta leve, aunque volviese al sofá, no habían pasado
por él en vano aquellas horas de angustia en el suelo, y no podía
considerársele el mismo perro de siempre, cuando en verdad era un perro
totalmente distinto. Por lo pronto, se sometió, porque estaba cansado. Pero
unos días después, tuvo lugar una notable escena entre miss Barrett y él, con
la cual se hizo patente la profundidad de sus emociones. Míster Browning había
estado allí y ya se había ido. Flush se hallaba solo con miss Barrett. Lo normal hubiera sido haberse echado a sus
pies en el sofá. En cambio, esta vez, sin acercarse a ella en busca de sus
caricias, se dirigió al mueble llamado ya «la butaca de míster Browning».
Habitualmente, odiaba aquel asiento, que aún conservaba la huella del cuerpo de
su enemigo. Pero ahora ‑ de tal magnitud era la batalla que había ganado, tan
grande era la caridad que lo invadía ‑ no sólo se quedó mirando a la silla,
sino que, sin cesar de contemplarla, «de pronto cayó en un éxtasis». Miss
Barrett, que lo observaba con intensa atención, notó este portento. Luego le
vio volver los ojos hacia la mesa. En ella estaba aún el paquetito con los
pasteles de míster Browning. «Me hizo recordar los pastelillos que había dejado
en la mesa». Ya estaban pasados; pasteles privados por el tiempo de todo
atractivo carnal. Era clara la intención de Flush: Se había negado a comer los
pasteles cuando estaban recién hechos, porque se los ofrecía un enemigo. Ahora
que estaban rancios se los iba a comer, porque procedían de un enemigo
convertido en amigo; por ser símbolos de un odio trocado en amor. Sí ‑ dio a
entender ‑, ahora sí se los comería.
De modo que miss Barrett se levantó y sacó los pastelillos. Y al dárselos, lo
aleccionó... «Así le expliqué que eras tú
quien se los había traído y que, por tanto, debía sentirse avergonzado de su
maldad pasada y decidirse a amarte y a no morderte más en lo futuro... y le
permití que disfrutara de tu bondad para con él.» Mientras tragaba el marchito
hojaldre de aquellos dulces incomibles ‑ estaban agrios, enmohecidos y
deshechos ‑ se repetía Flush solemnemente, en su propio idioma, las palabras
que ella empleara... y juró querer a mister Browning y no morderlo nunca más.
Fue recompensado
espiritualmente; aunque los efectos de esta recompensa repercutieron en lo
físico. Así como un trozo de hierro que, incrustado en la carne, corroe y
aniquila todo impulso vital a su alrededor, así había actuado el odio en su
alma durante aquellos meses. Ahora le había sido extraído el hierro mediante
una dolorosa operación quirúrgica. Le volvía a circular la sangre; los nervios
le vibraban de nuevo; su carne se iba rehaciendo. Flush oía otra vez trinar a
los pájaros, sentía crecer las hojas de los árboles. Mientras yacía en el sofá
a los pies de miss Barrett, se le llenaban las venas de gloria y delicia. Ahora
estaba con ellos, no contra ellos; las esperanzas y los deseos de ellos eran
también los suyos. Le apetecía ahora ladrar a míster Browning... pero para
expresarle su cariño. Las palabras breves y afiladas de éste, lo estimulaban
mucho, aun sin entenderlas. «¡Necesito una semana de martes», exclamaba mister
Browning, «y luego un mes... un año... una vida entera!» «¡Yo», repetía el eco de Flush, «también necesito un mes... un año,
una vida! Necesito cuanto vosotros necesitéis. Los tres somos conspiradores en una causa
gloriosa. Nos une la simpatía. Nos une la prevención contra la tiranía morena y
corpulenta. Nos une el amor...» En resumen, que todas las esperanzas de Flush
se basaban ahora en algún triunfo confusamente intuido, pero de segura
consecución, en alguna gloriosa victoria que iba a ser de los tres en común;
cuando de pronto, sin una palabra que lo previniera, y en el mismo centro de la
civilización, de la seguridad y la amistad (se encontraba, con miss Barrett y
la hermana de ésta, en la calle Vere y era el 1º de septiembre), sintió que lo
hundían patas arriba en las tinieblas. Se cerraron sobre él las puertas de un
calabozo. Lo habían robado[5].
CAPITULO IV
WHITECHAPEL
«Esta mañana,
Arabel y yo fuimos en coche a la calle Vere ‑ y llevamos con nosotras a Flush ‑»,
escribió miss Barrett, «pues teníamos que hacer unas compras, y nos siguió como
de costumbre de tienda en tienda, y cuando fui a subirme al coche, estoy segura
de que estaba a mi lado. Me volví, dije. «¡Flush!», y Arabel lo anduvo
buscando... ¡Ni rastro de Flush por ninguna parte! Lo habían robado en aquel mismo
momento; quitándomelo de junto a mis
talones, ¿comprendes?» Mister Browning lo comprendió perfectamente: miss
Basrett había oividado la cadena y, por tanto, habían robado a Flush. Tal era, en el año 1846, la ley de Wimpole
Street y de sus alrededores.
Es cierto que nada
podía superar la aparente seguridad de la calle Wimpole. En el radio de acción
que pudiera abarcar un inválido en su paseo a pie o un sillón de ruedas, sálo
podía verse una agradable perspectiva de casas de cuatro pisos, ventanas de
limpios cristales y puertas de caoba. Incluso un coche de dos caballos no
necesitaba, si el cochero era discreto, salir de los límites del decoro y la
respetabilidad para dar un paseíto por la tarde. Pero suponiendo que no fuera
usted un inválido, que no poseyera usted un coche de dos caballos, o que fuera
usted ‑ y mucha gente lo era ‑ una persona activa, sana y aficionada a andar,
podría usted haber visto un panorama, oído un idioma y percibido unos olores ‑
a poquísima distancia de Wimpole Street ‑ que le habrían hecho dudar de la
solidez de la misma calle Wimpole. Esto le ocurrió a mister Thomas Beames,
cuando se le metió en la cabeza ‑ por aquella época, aproximadamente ‑ darse
una vuelta por Londres. Le dejó estupefacto lo que vio. En Westminster se elevaban
espléndidos edificios, pero a sus mismas espaldas se encontraban unos
barracones en ruinas en los cuales vivían unos seres humanos amontonados en una
sola habitación que daba al establo, insuficiente éste también para las vacas.
«Dos habitantes por cada siete pies cuadrados», decía mister Beames. Este se
creyó en el deber de contarle a la gente lo que había visto. Pero ¿cómo
describir, sin herir las conveniencias, un dormitorio situado encima de un
establo, y donde se apiñaban dos o tres familias, teniendo en cuenta además que
el establo no tenía ventilación y que a las vacas las ordeñaban, las mataban y
se las comían debajo del dormitorio? Para esa tarea descriptiva ‑como
comprendió mister Beames cuando quiso intentarla ‑ no bastaban los recursos del
idioma inglés. No obstante, tenía la convicción de que debía contar lo que
había observado en su paseo de una tarde por algunas de las parroquias más
aristocráticas de Londres. El peligro del tifus era grandísimo. Los ricos no se
daban cuenta del riesgo que corrían. No podía callarse después de haber
descubierto lo que descubriera en Westminster, Paddington y Marylebone. Por
ejemplo, visitó una antigua mansión que había pertenecido en tiempos a algún
gran aristócrata. Aún quedaban restos de las chimeneas de mármol. Las estancias
artesonadas y los balaustres labrados; pero el pavimento se hallaba destrozado
y las paredes destilaban suciedad. Unas hordas de mujeres y hombres
semidesnudos se habían acuartelado en las antiguas salas de fiestas. Siguió su
paseo y halló, en el lugar que antes ocupaba otra mansión señorial ‑ mandada
derribar por un constructor con iniciativas ‑, una casa de vecindad, hecha de
pacotilla. La lluvia calaba el tejado y el viento atravesaba las paredes. Vio a
un niño que llenaba una lata del agua verdosa y brillante que corría por el
arroyo, y le preguntó si bebían esa agua. Sí, la bebían y lavaban con ella,
pues el propietario sólo dejaba correr el agua dos veces a la semana. Este
espectáculo era mucho más sorprendente porque se lo encontraba uno en los
barrios más apacibles y civilizados de Londres, «hasta las parroquias más
aristocráticas tienen su porción». Detrás del dormitorio de miss Barrett, por
ejemplo, se hallaba uno de los peores recovecos de Londres. Can aquella
pulcritud se mezclaba esta inmundicia. Pero, desde luego, había algunos barrios
que desde mucho tiempo antes fueron invadidos totalmente por los pobres, y en
ellos vivían sin que nadie los molestase. En Whitechapel ‑ o en un espacio
triangular al final del camino de Tottenham Court ‑, la pobreza, el vicio y la
miseria habían desarrollado sus gérmenes, propagándose durante varios siglos
sin interrupción. Alrededor de Saint Giles se agrupaban una gran cantidad de
viejos edificios que «casi constituían una colonia penal, una verdadera metrópolis
de la miseria». Muy acertadamente, se llamaba grajales a estos conglomerados humanos de pobreza. En efecto, los
seres humanos pululaban en aquellos lugares como los grajos, que se amontonan
hasta ennegrecer las copas de los árboles. Sólo que los edificios no eran
árboles, ni edificios siquiera eran ya. Eran celdillas de ladrillo separadas
por veredas cubiertas de basura. Todo el día hormigueaban por esas sendas
incontables seres humanos a medio vestir; por la noche recibían además el alud
de los ladrones, mendigos y prostitutas que se habían pasado el día ejerciendo
sus respectivas profesiones en el West End. La policía no podía hacer nada.
Nadie podía hacer más que apresurarse en volver a casa o, lo más, hacer
observar ‑ como lo hizo mister Beames ‑ con muchas citas, evasivas y
eufemismos, que todo no iba lo bien que debía ir. Era posible que se declarase
el cólera, y seguramente con el cólera no servirían las evasivas.
Pero en el verano
de 1846 nadie había hablado aún de aquello; y lo único prudente para los que
habitaban en Wimpole Street y en sus cercanías era mantenerse estrictamente
dentro del área «respetable» y que llevara usted su perro sujeto. Si se le
olvidaba a uno este detalle, se pagaba una multa por la distracción como iba a
pagarla ahora miss Barrett. Eran de sobra conocidos los términos en que se
basaba la estrecha vecindad de Wimpole Street y el barrio de Saint Giles. Los
de Saint Giles robaban lo que podían; y la calle Wimpole pagaba lo que debía.
Por eso empezó Arabel en seguida «a consolarme, haciéndome ver que por diez
libras como máximo podría recuperarlo». Se sabía que mister Taylor habría de
pedir unas diez libras por un spaniel de
la variedad cocker. Míster Taylor era
el jefe de la banda. En cuanto una señora de Wimpole Street perdía su perro,
acudía a mister Taylor; éste fijaba el precio y se lo pagaban; si se negaban a
pagar, se recibía en Wimpole Street, al día siguiente, un envoltorio de papel de
estraza que contenía la cabeza y las pezuñas del perro. Por lo menos, esto le
había ocurrido a una señora por haber querido regatearle a míster Taylor. Desde
luego, miss Barrett estaba dispuesta a pagar. Por tanto, al llegar a casa
encargó del asunto a su hermano Henry, el cual fue a entrevistarse con mister
Taylor aquella misma tarde. Lo encontró «fumando un puro en la habitación
adornada con cuadros» ‑ se decía que mister Taylor reunía una renta de dos o
tres mil libras al año gracias a los perros de Wimpole Street ‑ y mister Taylor
prometió que conferenciaría con su «Sociedad» y que el perro sería devuelto al
día siguiente. A pesar de la vejación que esto suponía y del trastorno causado
con ello a miss Barrett en unas circunstancias en que necesitaba todo su dinero,
había de resignarse a las consecuencias inevitables de haher olvidado ‑ en 1846
‑ llevar a su perro bien sujeto.
Pero Flush sí que
había de sufrir unas consecuencias mucho peores. Miss Barrett pensaba: «Flush no sabe que
podemos rescatarlo.» Era cierto; Flush no llegó nunca a dominar los principios en que se basa la
sociedad humana. «Sé perfectamente que se pasará toda esta noche lamentándose y
aullando», escribía miss Barrett a míster Browning en la tarde del martes, 1º
de septiembre. Pero, mientras miss Barrett escribía a mister Browning,
atravesaba Flush los peores momentos de su vida. Estaba tremendamente desconcertado.
En cierto momento se hallaba en la calle Vere, entre lazos y encajes; al
momento siguiente, cayó dando tumbos en un saco; fue zarandeado velozmente por
varias calles y por último lo dejaron caer del saco... aquí. Se encontró en la
oscuridad más absoluta, en un lugar frío y húmedo. Cuando se le fueron pasando
los mareos pudo ir descubriendo algunos objetos de aquella habitación baja de
techo y oscura: sillas rotas, un colchón tirado en el suelo... Luego lo
cogieron, amarrándolo fuertemente por una pata a algún obstáculo. Algo se
revolcaba por el suelo; no podía ver si era un ser humano o un animal. Entraban
y salían ‑ dando traspiés ‑ unas botazas, y se arrastraban a su alrededor unas
faldas muy sucias. Las moscas zumbaban sobre unos desperdicios de carne que se
pudrían en el suelo. Unos niños se le acercaban, arrastrándose desde los
rincones donde la oscuridad era más densa, y le pellizcaban las orejas. Se
quejaba, y entonces una mano muy pesada le propinaba unos golpes en la cabeza,
lo que le hacía acoquinarse en el reducidísimo espacio cubierto de ladrillos
húmedos, pegado a la pared. Ahora podía ya ver que el suelo estaba poblado por
animales de diversas clases. Unos cuantos perros roían un mismo hueso, ya
corrompido. Parecía que iban a salírseles las costillas. Estaban todos medio muertos
de hambre, sedientos, enfermos, desgreñados y sin cepillar; sin embargo, Flush
notó que todos ellos eran perros de la mejor sociedad, perros encadenados,
perros de los que van con lacayo, como él mismo lo era.
Se estuvo tendido horas enteras sin
atreverse siquiera a gimotear. La sed era lo que más le hacía sufrir; el sorbo
que tomó de aquel agua verdosa y espesa ‑en un cubo a su alcance ‑ le repugnó
muchísimo; por nada del mundo hubiera seguido bebiendo. Y lo curioso es que un
galgo de majestuosa presencia estaba bebiéndola con delectación. Cada vez que
abrían la puerta, miraba hacia allí. Miss Barrett... ¿Era miss Barrett? ¿Había venido por fin? Pero tan sólo era un
rufián peludo que los echaba a todos a un lado, a patadas, y, dando tumbos, se
dirigía a una silla rota en la que se dejaba caer. Luego se fue intensificando
la oscuridad. Apenas podía distinguir ya las formas que había en el suelo, en
el colchón, o en las sillas rotas. Un cabo de vela fue adherido a la repisa de
la tosca chimenea. Afuera, en el callejón, encendieron una tosca lámpara, que
permitía a Flush ver, a su luz débil y vacilante, los terribles rostros que
curioseaban por la ventana. Después entraban, hasta que la habitación, ya
repleta, se puso tan atestada que Flush hubo de encogerse y apartarse aún más
contra la pared. Aquellos monstruos horribles ‑ unos, andrajosos; otros,
emperifollados con pintura y plumas ‑ se agazapaban en el suelo o se encorvaban
sobre las mesas. Empezaron a beber, a insultarse y a golpearse unos a otros.
Seguían volcando perros de los sacos que traían. Perros falderos, setters, pointers, con los collares aún
puestos... y una cacatúa gigantesca que alborotaba y revoloteaba aturdida de un
rincón a otro, chillando: Pretty Poll,
Pretty Poll!, en un tono que hubiera aterrado a su dueña, una viuda que
vivía en Maida Vale. También abrieron las mujeres sus bolsos y desparramaron
por la mesa las pulseras, los collares y broches como los que Flush había visto
llevar a miss Barrett y a miss Henrietta. Los demonios aquellos elavaban sus
garras sobre las joyas, lanzaban denuestos y se peleaban a causa de ellas. Los
perros ladraban. Los niños gritaban y la espléndida cacatúa ‑Flush había visto
a menudo pájaros de estos en las ventanas de Wimpole Street ‑ chillaba: Pretty Poll, Pretty Poll!, con ritmo
cada vez más rápido, hasta conseguir que le arrojasen una zapatilla. Entónces
agitó fuertemente sus alas de color gris‑plomo, salpicadas de manchas
amarillas, lo cual motivó que se apagase la vela. Oscuridad completa en la
habitación. Fue intensificándose el calor por momentos; el bochorno y el hedor
se hacían insoportables; a Flush se le abrasaba la nariz, se le contraía la
piel... y miss Barrett sin venir.
Miss Barrett yacía
en su sofá de Wimpole Street. Estaba muy contrariada, se preocupaba mucho, pero
no se había alarmado seriamente. Claro que Flush sufriría; se pasaría toda la
noche gimiendo y ladrando, pero sólo era cosa de unas horas. Míster Taylor
fijaría la cantidad, ella la pagaría y devolverían a Flush.
Amaneció el 2 de
septiembre en los grajales de
Whitechapel. Las ventanas rotas se fueron cubriendo gradualmente de gris. Fue
dando la luz sobre las caras hirsutas de los rufianes acurrucados por el suelo.
Flush despertó de su ilusión y se le apareció una vez más la inevitable
realidad, y la realidad de ahora consistía en este cuarto, estos rufianes, los
perros que aullaban y ladraban fuertemente atados; esta lobreguez, esta
humedad... ¿Sería posible que hubiera estado ayer mismo en una tienda
acompañando a unas señoritas y rodeado de encajes? ¿Existía un lugar llamado
Wimpole Street? ¿Había una habitación donde el agua fresca relucía en una
vasija purpúrea? ¿Estuvo alguna vez acostado en cojines y le dieron en alguna
acasión un ala de pollo apetitosamente asada? ¿Y ocurría en realidad que,
rabioso de celos, mordiera a un hombre de guantes amarillos?
Toda aquella vida,
con sus emociones, se alejaba vaporosa, disolviéndose en lo irreal.
Aquí, al filtrarse
la polvorienta luz matinal, se levantó una mujer de su yacija ‑ a duras penas ‑
y, tambaleándose, llegó a donde estaba la cerveza. Volvieron a empezar las
borracheras y las maldiciones. Una mujer gorda lo levantó por las orejas y le
pellizcó en las costillas, y alguien se permitió hacer a propósito de él un
chiste odioso... Resonó un tronar de carcajadas cuando la mujer lo dejó caer al
suelo. La puerta la abrían a patadas y la cerraban con un ruido ensordecedor.
Cada vez que ocurría esto, miraba Flush hacia allá. ¿Era Wilson? ¿Sería posible que fuera
mister Browning? ¿O acaso, miss Barrett? No, no... Sólo era otro ladrón, otro
asesino. Se
encogía por la sola presencia de aquellas faldas enlodadas, de aquellas botas
bastas y córneas. Trató de roer un hueso que le cayó cerca. Pero sus dientes no
podían hacer presa en una carne tan pétrea y el olor podrido de ésta le
repugnaba. Aumentó su sed y se vio precisado a tomar un sorbito del cubo. Pero
transcurría el miércoles, y a cada momento sentíase Flush más abrasado por
aquel ambiente, y más mareado, tendido en unas tablas rotas y sintiendo que se
le fundían unas cosas con otras. Apenas si percibía lo que estaba sucediendo.
Sólo levantaba la cabeza y miraba cuando abrían la puerta. No, no era miss Barrett.
Miss Barrett, en su sofá de Wimpole Street,
se impacientaba ya. Algo fallaba en las negociaciones. Taylor había prometido
ir a Whitechapel el miércoles por la tarde para conferenciar con su «Sociedad».
Sin embargo, pasó la tarde del miércoles y Taylor no apareció. Esto sólo
significaba, supuso miss Barrett, que iban a subir el precio, lo cual no dejaba
de ser un fastidio en sus circunstancias. Aun así, claro, había de pagarlo. «Tengo que rescatar a mi Flush por todos
los medios, ya lo sabes», escribió a mister Browning. «No puedo exponerme a que
me lo hagan picadillo regateándoles...» De modo que miss Barrett seguía reclinada
en el sofá escribiendo a mister Browning y esperando que llamaran a la puerta.
Pero subió Wilson a traer las cartas; subió otra vez Wilson a traer el agua
caliente, llegó la hora de acostarse, y Flush no había venido.
Amaneció el
jueves, 3 de septiembre, en Whitechapel. Se abrió la puerta y volvió a
cerrarse. El setter rojizo que había
pasado la noche aullando lo hizo salir a rastras uno de los rufianes ‑ que
vestía una chaqueta de piel de topo ‑ y lo llevó... ¿hacia qué destino? ¿Era
preferible morir a permanecer allí? ¿Qué era peor, aquella vida o la muerte? La
barahúnda, el hambre y la sed, el vaho fétido de aquel lugar ‑ ¡y pensar que en
tiempos detestaba el perfume del agua de Colonia! ‑, todo ello le iba oscureciendo
las imágenes y hasta los deseos. Le retornaron antiguos recuerdos. ¿Era aquella
voz del viejo doctor Mitford gritando en el campo? Y, aquél en la puerta,
¿sería Kerenhappoch chismorreando con el panadero? Sonó un repiqueteo y Flush
creyó que era miss Mitford cortando unos geranios para formar un ramo. Pero no
era sino el viento ‑ pues el día estaba tormentoso ‑ que sacudía el papel de
estraza con que habían tapado los vidrios rotos de la ventana. Era sólo alguna
voz de borracho que deliraba en el arroyo. Tan sólo era la vieja bruja de la
esquina que gruñía incesantemente mientras freía un arenque en una sartén,
sobre la fogata... Lo habían abandonado. No llegaba ayuda alguna. Ninguna voz le hablaba... Los loros continuaban chillando: Pretty Poll! Pretty
Poll! y los
canarios proseguían sus gárrulos gorjeos sin sentido.
Y otra vez
oscureció en la habitación. Pegaron la vela en un platillo, voivieron a
encender en el callejón la tosca lámpara... Hordas de hombres siniestros ‑ con
sacos a la espalda ‑ y de emperejiladas mujeres de caras pintarrajeadas,
entraban arrastrando los pies y se iban arrojando en los camastros y acodándose
en las mesas. Otra noche había tapado con su negrura a Whitechapel. La lluvia empezó a colarse por un agujero
de la techumbre, y sus gotas tamborileaban en el cubo que habían puesto debajo
para recogerla. Miss Barrett no había ido.
Amaneció el jueves en Wimpole Street. Ni señal de Flush, ni de Taylor tampoco. Miss Barrett estaba alarmadísima. Se informó. Llamó a su hermano Henry y lo
sometió a un hábil interrogatorio. Resultó que la había engañado. El
«archienemigo» Taylor había venido la noche anterior, como prometiera. Expuso
sus condiciones: seis guineas para la «Sociedad» y media guinea para él. Pero
Henry, en vez de decírselo a ella, se lo había dicho a míster Barrett con el
resuitado que era de esperar; míster Barrett le ordenó no pagar y ocultarle a
su hermana aquella visita. Miss Barrett «se enfadó muchísimo». Mandó a su hermano que fuese en seguida a
casa de míster Taylor y le entregase el dinero, Henry se negó a ello y «habló
de papá». Pero era inútil hablar de papá ‑ protestó su hermana ‑, pues,
mientras hablaban de papá matarían a Flush. Entonces miss Barrett se decidió.
Si Henry no quería ir, iría ella: «...si no me hacen caso, iré yo misma mañana
y traeré a Flush conmigo», escribió a míster Browning.
Pero miss Barrett
se encontró con que era más fácil decirlo que hacerlo. Le era casi tan difícil
ir por Flush como a éste venir a ella. Toda la calle Wimpole estaba contra
ella. Era ya del dominio público la noticia del robo de Flush y del rescate
exigido por míster Taylor. Wimpole Street estaba decidida a enfrentarse con
Whitechapel. El ciego míster Boyd mandó recado de que, a su juicio, sería un
«pecado horrible» pagar el rescate. El matrimonio Barrett estaba en contra de
su hija y eran capaces de cualquier traición con tal de salvaguardar los
intereses de su clase. Pero lo peor de todo ‑ esto sí que era terrible ‑ fue
que mister Browning puso todas sus energías, toda su elocuencia, toda su
sabiduría y toda su lógica de lado de Wimpole Strcet y contra Flush. Si miss
Barrett cedía ante Taylor, escribió, dejaba libre el campo a la tiranía, cedía
a los chantajistas, favorecía con ello el predominio del mal sobre el bien, de
la delincuencia sobre la inocencia. Si daba a mister Taylor lo que pedía,
«¿cómo se las compondrán los pobres que no tengan dinero suficiente para
rescatar a sus perros?» Inflamóse su imaginación; se figuraba lo que le diría a
Taylor si éste le pidiera aunque no fuese más que cinco chelines. Le iba a
decir: «Usted es el responsable de
las fechorías de su pandilla, y no le permito que me hable de esas estupideces
de cortar cabezas o pezuñas. Tenga la absoluta seguridad ‑ tan cierto es como
que ahora estoy aquí diciéndole esto ‑ que emplearé toda mi vida en
desenmascararle a usted y en acabar, por todos los medios imaginables, con
usted y con cuantos cómplices suyos pueda descubrir... Pero a usted ya lo he descubierto y no lo perderé de vista nunca más...» Así hubiera contestado míster Browning a
Taylor, si hubiese tenido la suerte de encontrarse con aquel caballero. Y
siguió desahogándose en otra carta que echó al correo en la misma tarde del
jueves: «...es horrible figurarse cómo pueden los opresores de todas clases
manejar a su antojo a los débiles y tímidos, cuyos secretos han descubierto, tirándoles
de las cuerdas del corazón...»
No es que censurase a miss Barrett. Pues todo cuanto ésta hiciera estaría
perfectamente hecho y él lo aceptaría por completo. No obstante, continuaba
diciendo el viernes por la mañana. «...me parece una debilidad lamentable...»
Si animaba a Taylor, que robaba perros, animaba también a míster Barnard
Gregory, que robaba reputaciones. Y como muchos desventurados se daban un tajo
en el cuello o huían del país cuando algún chantajista como Barnard Gregory
tomaba una guía en sus manos y hacía estallar sus reputaciones, resultaba que
miss Barrett se hacía responsable, indirectamente, de aquellas desgracias.
«Pero ¿qué objeto tiene escribir todas estas verdades evidentes sobre la cosa
más sencilla del mundo?» Así se irritaba y vociferaba diariamente míster Browning
desde New Cross.
Tendida en su
sofá, miss Barrett leía las cartas. ¡Qué fácil habría sido dejarse
convencer!... ¡Qué fácil haber dicho: «Merecerte buena opinión vale para mí mas
que cien cockers»! Hubiera sido tan
fácil volver a hundirse en los almohadones y decirse suspirando: «Soy una mujer
débil; nada sé de leyes ni de justicia; decide tú por mí.» Sólo tenía que
negarse a pagar el rescate; nada más que desafiar a Taylor y a su «Sociedad». Y
si mataban a Flush, si llegaba el horroroso paquete y, al abrirlo, caían de él
la cabeza y las pezuñas, allí estaría Robert Browning junto a ella para
asegurarle que había obrado rectamente, ganándose así su estimación. Pero miss Barrett no iba a dejarse
intimidar. Miss Barrett cogió la pluma y refutó a Robert Browning. Estaba muy
bien ‑ dijo ‑ que citara a Donne; muy bien su cita del caso Gregory, y que
imaginara aquellas respuestas tan audaces dirigidas a míster Taylor ‑ ella
habría dicho lo mismo si Taylor la hubiera atacado o si Gregory la hubiese
difamado ‑, pero ¿qué habría hecho mister Browning, si los bandidos la hubieran
robado a ella, si hubieran amenazado
con cortarle las orejas a ella y
mandarlas por correo a New Cross? No importaba lo que hubiera hecho míster
Browning; estaba decidida. Flush estaba indefenso. Su deber la llamaba junto a
él. «¿Y he de sacrificar a Flush, al pobre Flush, que me ha amado tan
fielmente; tengo derecho a sacrificarlo en su inocencia por atender a la
culpabilidad de todos los Taylor del mundo?» Dijera mister Browning lo que
dijera, ella iba a rescatar a Flush, aunque tuviera que meterse en las mismas
mandíbulas de Whitechapel para sacarlo de allí, aunque Robert Browning la
despreciara por haberlo hecho.
Así, el sábado ‑ con la carta de míster
Browning abierta sobre la mesa ‑ empezó a vestirse. Leyó la última advertencia
de él: «...y, al tomar esta actitud, me sitúo frente a la execrable táctica de
los maridos, padres, hermanos y demás dominadores que haya en el mundo». De
manera que si ella iba a Whitechapel, se ponía con esto contra Robert Browning
y a favor de los padres, hermanos y demás dominadores. A pesar de ello, siguió
vistiéndose. Un perro aullaba porque lo tenían atado. Estaba indefenso en poder
de unos hombres crueles. Le parecía que los aullidos le gritaban: «¡Piensa en
Flush!» Se calzó, se puso el manto y el sombrero. Miró una vez más la carta de
míster Browning. «Me voy a casar contigo», leyó. El perro seguía aullando.
Salió de la habitación, bajó las escaleras...
Henry Barrett le
salió al encuentro y le dijo que, a su juicio, estaba muy expuesta a que la
secuestraran y la asesinaran si se empeñaba en ir a Whitechapel. Dijo a Wilson
que llamara un coche de alquiler. Wilson obedeció, temblorosa pero sumisa.
Llegó
el coche. Miss Barrett hizo subir primero a Wilson. Esta, aunque convencida de que la esperaba
la muerte, montó en el coche. Miss Barrett dio al cochero la dirección de Manning
Street, Shoreditch. Miss Barrett montó también y el coche emprendió la marcha. Pronto dejaron
atrás las ventanas de relucientes cristales, las puertas de caoba y los
enrejados. Entraban en un mundo que miss Barrett no había visto nunca, ni
siquiera adivinado. Se hallaban en un mundo donde las personas dormían en el
piso de arriba de los establos, y donde no había una ventana sana; en un mundo
donde sólo dejaban correr el agua dos veces a la semana, en un mundo donde el
vicio y la pobreza engendraban más vicio y más pobreza. Llegaron a una región
desconocida para los cocheros respetables. Se detuvo el coche; el cochero se
informó en una taberna. «Salieron dos o tres hombres: «¡Oh, seguramente van
ustedes en busca de míster Taylor!», dijo uno de ellos.» En aquel mundo
misterioso, un coche con dos señoras sólo podía ir con un único objeto, y ése
era de sobra conocido. Todo ello resultaba sobremanera siniestro. Uno de los hombres corrió hacia una casa y
salió de ella diciendo que míster Taylor «no estaba en casa, pero que si quería
entrar...», «Wilson, en un aparte aterrorizado, me suplicó que no pensase
siquiera en tal cosa...» Una pandilla de hombres y chicos se agolpaban
alrededor del coche. «¿Por qué no ve usted a la señora Taylor?», le preguntó el
mismo individuo. Miss Barrett no tenía el menor deseo de ver a la señora
Taylor; pero en aquel momento salió de la casa una mujer inmensamente gorda,
«tan gorda, que le habría sido muy fácil tener toda su vida una conciencia sin
remordimientos», e informó a miss Barrett de que su esposo había salido.
«Quizás esté de vuelta dentro de unos minutos, o puede que tarde varias
horas... ¿Por qué no bajaba del coche y lo esperaba?» Wilson le tiró de la falda. ¡Figúrense,
esperar en casa de aquella mujer! Ya era terrible tener que estarse allí,
quietas en el coche, con la banda de hombres y chiquillos apiñados en derredor.
Así, miss Barrett parlamentó desde el coche con la «inmensa bandolera». Explicó
que míster Taylor tenía su perro y que había prometido devolverlo; ¿le llevaría
míster Taylor su perro a Wimpole Street aquel mismo día? «Oh, sí; desde luego»,
dijo la gorda con la más gentil de las sonrisas. Creía que míster Taylor había
ido precisamente a ocuparse de aquel asunto. Y la mujer «balanceó la cabeza a
derecha e izquierda con muchísima gracia».
En vista de ello,
el coche dio la vuelta y salió de la calle Manning, en Shoreditch. Wilson
opinaba que «habíamos escapado con vida por milagro». La misma miss Barrett
había llegado a alarmarse. «Era evidente que la banda se había hecho fuerte en
su barrio. La «Sociedad», la «Fancy» (como la llamaban) había echado raices en
aquel terreno», escribía. Le hormigueaban por el espíritu los pensamientns y se
le habían llenado de imágenes los ojos. De modo que eso era lo que se
encontraba más allá de la calle Wimpole: esas casas... esas casas... Más vio,
mientras estuvo en el coche frente a la taberna, que en cinco años de
permanencia en el dormitorio trasero de Wimpole Street. «¡Qué rostros los de
esos hombres!», exclamó. Se habían grabado a fuego en su retina. Estimulaban su
imaginación como nunca la habían estimulado «las divinas presencias de mármol»,
los bustos de la vitrina. Aquí vivían mujeres como ella; mientras yacía en su
sofá, leyendo o escribiendo, aquellas mujeres vivían a su manera. Pero ya
entraba el coche por entre las casas de cuatro pisos. He aquí la familiar
avenida de puertas y ventanas, con sus llamadores de bronce, sus cortinas
simétricas... He aquí la calle Wimpole... y su número 50. Wilson saltó del
coche, y puede uno imaginarse con qué sensación de alivio, al verse a salvo.
Pero miss Barrett es posible que vacilara un momento. Aún estaba viendo «los
rostros de aquellos hombres». Habían de ponérsele otra vez ante los ojos de la
imaginación cuando estuviera escribiendo, sentada en un soleado balcón de
Italia[6]. Le iban a inspirar los trozos más vividos
de Aurora Leigh.
Pero ya abría el
lacayo la puerta y, apeándose, se dirigió, escaleras arriba, a su habitación.
Otra vez a su dormitorio.
El sábado fue el
quinto día de encarcelamiento de Flush. Casi exhausto, perdidas casi todas las
esperanzas, jadeaba tumbado en su rincón oscuro del atestado suelo. Se oían
violentos portazos. Gritaban voces aguardentosas. Chillidos de mujeres. Parloteo de loros.
Nunca habían charlado así los loros con las viudas de Maida Vale, pero es que
ahora tenían que responder a los insultos que les dirigían las viejarronas.
Flush se sentía la pelambre plagada de insectos; pero estaba demasiado débil,
demasiado indiferente para sacudirse. Toda su vida pasada, con sus innumerables
escenas: Reading, el invernadero, miss Mitford, mister Kenyon, los libros, los
bustos, los campesinos del visillo... todo ello se esfumaba como copos de nieve
que se disolvieran en una caldera. Si de aferraba aún a alguna esperanza, era a
algo sin nombre y sin forma, al rostro de alguien a quien todavía llamaba «miss
Barrett». Esta existía aún; todo el resto del mundo había desaparecido; pero
ella aún existía, aunque se había abierto entre ellos un abismo tan grande que
era casi imposible pudiera llegar su ama hasta él. Empezó a venirse encima la
oscuridad otra vez, una oscuridad capaz de aplastar definitivamente su última
esperanza... miss Barrett.
A decir verdad,
las fuerzas de Wimpole Street luchaban todavía ‑hasta en estos momentos finales‑
por apartar a miss Barrett de Flush. El sábado por la tarde estuvo esperando a
mister Taylor, pues la mujer inmensamente gorda había prometido que éste iría.
Por fin vino, pero sin el perro. Envió un recado a miss Barrett: si ésta le
pagaba en el acto seis guineas, volvería a Whitechapel y le traería el perro...
le daba «su palabra de honor». Miss Barrett no sabía qué valor pudiera tener la
palabra de honor de mister Taylor, pero le pareció «que no había otro recurso»,
pues la vida de Flush pendía de este hilo. Contó las guineas, y se las envió a
míster Taylor, que esperaba abajo en el pasillo. Pero quiso la mala suerte que
mientras esperaba Taylor en el pasillo ‑rodeado de paraguas, grabados, la
felpuda alfombra y otros objetos valiosos ‑ entrara Alfred Barrett. El ver al
archienemigo en su propia casa, le hizo perder todo freno. Estalió su ira. Lo
llamó «estafador, embustero y ladrón». En vista de ello, míster Taylor le
devolvió los insultos. Y, lo peor de todo, juró estar «tan seguro de su
salvación como de que no volveríamos a ver a nuestro perro»; y salió disparado
de la casa. Así que a la mañana siguiente llegaría el terrible paquete
sangriento.
Miss Barrett volvió a vestirse a toda
prisa y corrió escaleras abajo. ¿Dónde estaba Wilson? Que buscase un coche. Iba a volver a Shoreditch
inmediatamente. Acudió su familia, presurosa, para disuadirla. Oscurecía. Estaba ya muy debilitada. Incluso para un hombre, en perfecto estado
de salud, resultaba aquella aventura de lo más arriesgado. Hacerlo ella, era
una locura. Así se lo dijeron. Sus hermanos, sus hermanas, toda la familia la
rodeó, amenazándola, disuadiéndola, «gritándome que me había vuelto loca, que
era una terca, una caprichosa... Me insultaron tanto como lo hubieran hecho con mister
Taylor». Pero no
cejó en su empeño. Tuvieron que comprender, finalmente, la inutilidad de sus
esfuerzos ante la locura de ella. Por mucho peligro que hubiera, habían de
dejarla salirse con la suya. Septimus prometió que, si Ba volvía a su cuarto «y
se ponía de buen humor», iría él mismo en busca de Taylor, le entregaría el
dinero y traería el perro.
Mientras, en
Whitechapel se diluía el crepúsculo en la negrura nocturna. Se abrió una vez
más, de una patada, la puerta de la habitación. Un tipo peludo suspendió a
Flush por el cogote, sacándole de su rincón. Al mirar la horrenda cara de su
enemigo, no podía deducir si se lo llevaba para matarlo o para ponerlo en
libertad. Le daba igual... , a no ser por el recuerdo fantasmal de algo. El
hombre se agachó. ¿Para qué le hurgaban aquellos dedazos en su garganta? A trompicones,
medio cegado y con las piernas bamboleantes, fue conducido Flush al aire libre.
Miss Barrett, en
Wimpole Street, no podía tragar la comida. ¿Había muerto Flush o estaba aún
vivo? No
lo sabía. A las
ocho se oyó llamar a la puerta; era la carta habitual de míster Browning. Pero,
al abrirse la puerta para que dejaran la carta, algo más entró corriendo en el
cuarto... Flush. Se fue derecho a su vasija color púrpura. Tres veces se la
llenaron y aún seguía bebiendo. Miss Barrett contemplaba al perro ‑ muy sucio y
con expresión de tremendo asombro ‑, que no cesaba de beber. «No mostró tanto entusiasmo
por verme como yo esperaba», observó. En efecto, sólo le interesaba una cosa en
el mundo: agua limpia.
Miss Barrett,
después de todo, sólo había visto un momento las caras de aquellos hombres y,
aun así, los recordó toda su vida. Flush había estado a merced de ellos,
viviendo en aquel ambiente durante cinco días enteros. Ahora, al verse de nuevo
sobre cojines, lo único que le parecía dotado de una realidad era el agua
fresca. Bebía continuamente. Los antiguos dioses del dormitorio ‑ la vitrina de
los libros, el ropero, los bustos ‑ parecían haber perdido su substancia. Esta
habitación no era ya el mundo entero; era sólo un refugio. Solamente un claro
en la selva, protegido por temblorosos lampazos, mientras alrededor se
arrastran las serpientes venenosas y merodean las fieras; una selva donde
detrás de cada árbol acecha un asesino dispuesto a lanzarse sobre uno. Echado
en el sofá ‑ todavía atónito y exhausto ‑ a los pies de miss Barrett, le
resonaban en los oídos los aullidos de los perros atados y el chillar de los
pájaros aterrorizados. Cuando se abrió la puerta, se sobresaltó, esperando ver
entrar al hombre peludo con un cuchillo... pero no era sino mister Kenyon con
un libro en la mano; era sólo Browning con sus guantes amarillos. Encogióse
ante ellos. Ya no se fiaba de míster Kenyon ni de mister Browning. Tras
aquellos rostros sonrientes y amistosos, se escondían la traición y la
crueldad. Sus caricias eran fingidas. Temía incluso acompañar a Wilson a echar
las cartas. No quería dar ni un paso si no le ponían la cadena. Cuando le
decían: «Pobrecito Flush, ¿te cogieron los hombres malos?», levantaba la cabeza,
gemía y callaba. Si, yendo por la calle, oía el restallar de un látigo, saltaba
a la acera buscando seguridad. En casa se apelotonaba más cerca de miss Barrett
que antes. Ella era la única que no lo había abandonado. Aún tenía alfuna fe en
ella. Gradualmente, ésta fue tomando otra vez substancia a sus ojos. Agotado,
tembloroso, sucio y muy adelgazado, yacía en el sofá a los pies de su ama.
Conforme
transcurrían los días, se iba debilitando el recuerdo de Whitechapel. Flush,
muy cerca de miss Barrett, leía los sentimientos de ésta con más claridad que
antes. Estuvieron separados; ya estaban juntos. La verdad es que nunca había
habido tanta afinidad entre ellos. En él se reflejaba cada movimiento de ella,
cada sobresalto; y ahora parecía estar siempre miss Barrett sobresaltándose y
moviéndose. Incluso la llegada de un paquete la asustó; lo deshizo con dedos
temblorosos y sacó de él un par de botas gruesas. Las escondió inmediatamente
en el fondo de la alacena. I.uego se tendió de nuevo como si nada hubiera
ocurrido; pero había ocurrido algo. Cuando estuvieron solos se levantó y sacó
de un cajón un collar de diamantes. Tomó la caja que contenía las cartas de
míster Browning. Puso las botas, el collar y las cartas en un saco de viaje, y
luego ‑ como oyera pasos por la escalera ‑ empujó el saco bajo la cama y se
acostó apresuradamente, cubriéndose de nuevo con el chal. A Flush le pareció
que estas señales de secreto, este afanarse a hurtadillas, predecían alguna
crisis inminente. ¿Iban a escapar juntos de este mundo espantoso de ladrones de
perros y tiranos? ¡Oh, si fuera posible! Temblaba de excitación sólo con
pensarlo y dejaba escapar unos griticos de alegría, pero miss Barrett le
ordenaba en voz baja que se estuviese tranquilo, y él se tranquilizaba al
momento. Ella también se quedaba muy tranquila. En cuanto entraba alguno de sus
hermanos o cualquiera de sus hermanas, miss Barrett permanecía en una
inmovilidad absoluta, tendida en el sofá. Y hablaba un rato con míster Barrett,
echada serenamente, como siempre.
Pero el sábado, 12
de septiembre, hizo miss Barrett lo que nunca le viera hacer Flush: se vistió
como si fuera a salir inmediatamente después del desayuno. Además, mientras la
veía arreglarse, comprendió Flush perfectamente, por la expresión de su cara,
que no le llevaría consigo. Iba a algún asunto secreto, algo de carácter privado. A las diez, entró Wilson en la habitación.
También ella venía vestida como para salir. Partieron juntas. Flush se acostó
en el sofá a esperarlas. Una hora después ‑ poco más o menos ‑ miss Barrett
regresó, pero sola. No lo miró... Parecía no mirar nada. Quitóse los guantes, y Flush vio brillar ‑
por un instante ‑ un anillo de oro en uno de los dedos de su mano izquierda. Se
quitó el anillo rápidamente y lo escondió en la oscuridad de un cajón. Entonces
se tendió, como de costumbre, en el sofá. Flush se acercó a ella sin atreverse
casi a respirar, pues lo que hubiera sucedido ‑ que él no lo sabía ‑ era algo
que debía a toda costa mantenerse oculto.
A toda costa,
debía proseguir como de costumbre la vida del dormitorio. Y, sin embargo, todo
era distinto. Hasta la oscilación de la cortinilla, movida por el aire, le
parecía a Flush una señal. Y las mismas luces y sombras que acariciaban a los
bustos parecían querer decir algo y estar haciendo señas. Todo daba en el
cuarto la impresión de un cambio; todo parecía estar preparado para algún
acontecimiento. Y, sin embargo, todo estaba en silencio, todo se ocultaba...
Los hermanos y las hermanas entraban y salían como siempre; míster Barrett vino
a última hora, como de costumbre. Se cercioró, como siempre, de que miss
Barrett se lo había comido todo y había bebido el vino. Miss Barrett charló y
se rió no dejando traslucir ‑ mientras había alguien en el cuarto ‑ que
ocultase algo. Pero en cuanto se quedaban solos, sacaba la caja de bajo la cama
y la iba llenando precipitadamente, a hurtadillas, escuchando mientras lo
hacía. Y los indicios de tensión eran inequívocos. El domingo tocaron las
campanas de la igiesia. «¿Qué campanas son ésas?» , preguntó alguien. «Las
campanas de la iglesia de Marylebone», dijo miss Henrietta. Flush observó que
miss Barrett se ponía mortalmente pálida. Pero ninguno de los presentes pareció
haber notado nada.
Pasó el lunes, y
el martes; y pasaron el miércoles y el jueves. Sobre todos los de casa se
extendía un manto de silencio. No se hacía sino comer, hablar y estarse tendido
en el sofá, como de costumbre. Flush, agitándose en un sueño intranquilo, soñó
que estaban acostados juntos bajo hojas y helechos, en una dilatada selva.
Entonces se entreabrieron las hojas, y se despertó. Oscuridad. Pero vio a
Wilson que entraba sigilosamente en la habitación y sacaba la caja de bajo la
cama, llevándosela con gran silencio. Esto ocurría en la noche del viernes 18
de septiembre. Flush pasó toda la mañana del sábado como alguien que sabe
pueden amordazarlo de un momento a otro, o que puede sonar un silbido en tono
bajo, dando la señal de que dependa la muerte o la vida. Vio que miss Barrett
se vestía. A las cuatro menos cuarto, se abrió la puerta y entró Wilson.
Entonces dieron la señal... Miss Barrett lo cogió en brazos. Se levantó y dirigióse a la puerta. Se
detuvieron un momento para dar un vistazo a la habitación. El sofá; junto a él, la butaca de míster
Browning. Los
bustos, las mesitas. El sol se filtraba a través de la hiedra y el visillo con
los campesinos paseándose ondeaba con el aire. Todo como siempre. Todo parecía tener asegurado un millón más
de momentos como aquél. Pero para miss Barrett y para Flush, éste era el úlumo.
Miss Barrett cerró la puerta muy despacio.
Muy despacito se
deslizaron hasta el piso bajo, pasando frente al salón, la biblioteca y el
comedor. Todo tenía el aspecto habitual y el olor de siempre. Todo muy en
calma, como durmiendo en la cálida tarde de septiembre. Catiline también dormía
en la alfombrilla del vestíbulo. Lleogaron a la puerta de la calle y, muy
despacio, hicieron girar el pestillo. Un coche de alquiler los estaba
esperando.
«A Hodgson», dijo miss Barrett. Fue casi un suspiro. Flush se instaló, muy
quietecito, en su regazo. Por nada del mundo hubiera roto aquel silencio tan
tremendo.
CAPITULO
V
ITALIA
Pasaron ‑ al
parecer ‑ horas, días, semanas de oscuridad y traqueteo; de súbitas luces y,
luego, largos túneles lóbregos; de verse bamboleado en todos sentidos; de que
lo elevaran apresuradamente a la luz, contemplando entonces de cerca el rostro
de miss Barrett, y árboles esbeltos, líneas, raíles y altas casas manchadas de
luces (pues en aquellos días tenían los ferrocarriles la bárbara costumbre de
obligar a los perros a viajar encerrados en cajas). Sin embargo, Flush no
sentía miedo: iban huyendo; dejaban tras ellos a los tiranos y a los ladrones
de perros. Traqueteos, chirridos... Sí ‑ murmuró mientras el tren lo zarandeaba
para acá y para allá ‑, sí, chirría, sacúdete cuanto quieras pero llévanos
lejos de Wimpole Street y de Whitechapel. Por fin, se intensificó la luz; el
traqueteo cesó. Oyó cantar los pájaros y suspirar los árboles en el viento. ¿O
era el ímpetu del agua? Por último, abriendo los ojos y sacudiéndose la
pelambrera, vio... lo más asombroso que cabía concebir: miss Barrett sobre una
roca, en medio de la agitación del agua. Unos árboles se inclinaban sobre ella;
el río se precipitaba a su alrededor. Seguro que corría peligro. De un salto se
zambulló Flush en medio de la corriente y llegó hasta su ama. «... bautizado
con el nombre de Petrarca», decía miss Barrett mientras él trepaba por la roca
hasta colocarse a su lado. Se encontraban en Vaucluse; miss Barrett se había
subido a la fuente del Petrarca.
Hubo más traqueteo
y más chirridos, y luego lo volvieron a dejar en tierra firme. Se abrió la
oscuridad y se vertió la luz sobre él. Encontróse vivo, despierto, estupefacto,
en pie sobre las losas rojizas de una espaciosa habitación vacía e inundada de
sol. Correteó en todas direcciones, olfateando y tocándolo todo. No había
alfombra ni chimenea. No había sofás, ni sillones, ni bibliotecas, ni bustos.
Unos olores picantes y desacostumbrados le cosquillearon en las ventanillas de
la nariz y le hicieron estornudar. La luz, infinitamente viva, le deslumbraba
los ojos. Nunca había estado en una habitación ‑ si podía llamarse a esto una
habitación ‑ que fuera tan áspera, tan brillante, tan grande, tan vacía... Miss
Barrett parecía más pequeña que nunca sentada en una silla junto a una mesa
colocada en el centro. Entonces lo sacó Wilson afuera. Sintióse casi cegado,
primero por el sol y luego por la sombra. Una mitad de la calle abrasaba; en la
otra mitad se helaba uno. Las mujeres pasaban envueltas en pieles; sin embargo,
llevaban sombrillas para proteger sus cabezas del sol. Y la calle era más dura
que un hueso. Aunque se estaba a mediados de noviembre, no había lodo ni
canalillos donde mojar las pezuñas o apegotar el pelo que las cubría. No había
sitios acotados, ni verjas. Y nada de aquella mezcla de olores ‑ ¡cómo se subía
a la cabeza! ‑ que hacía ser tan distraído un paseo por la calle Wimpole o por
la de Oxford. Por otra parte, los nuevos y extraños olores procedentes de las
afiladas esquinas de piedra, o de muros amarillentos y secos, resultaban
extraordinariamente raros y punzantes. Entonces le vino, de detrás de una
oscilante cortina negra, un olor sorprendentemente dulce que fluía en oleadas.
Se detuvo, con las patas delanteras levantadas, para saborearlo; se dispuso a
seguirle la pista y se asomó por debajo de la cortina. Tuvo la rápida visión de
un vestíbulo resonante y salpicado de luz, muy alto y hueco; y en ese momento
Wilson, con un grito de horror, lo apartó de allí severamente. Prosiguieron calle abajo. El ruido
callejero era ensordecedor. Todo el mundo parecía estar gritando al mismo
tiempo. En vez
del consistente y soporífero zumbido de Londres, había aquí tal tableteo y
gritería, un tintinear y una vocería, un restallar de látigos y tañer de
campanillas... Flush brincaba y saltaba a un lado y a otro, y lo mismo Wilson.
Hubieron de sortear en el pavimento a un carro, a un buey, a una compañía de
soldados y a una manada de cabras. Se sentía más joven, más vivo que en muchos
años atrás. Deslumbrado, pero alegre, se echó en las lozas rojizas y durmió más
profundamente que nunca lo hiciese sobre blandos cojines en el tranquilo
dormitorio trasero de Wimpole Street.
Pero pronto se dio
cuenta Flush de las diferencias ‑ más profundas que las ya observadas ‑
existentes entre Pisa ‑ pues ahora se hallaban instalados en Pisa ‑ y Londres.
Los perros eran diferentes. En Londres, era raro que no encontrase ‑ en su
paseo hasta el buzón ‑ algún perdiguero, alano, bulldog, mastín, collie,
Terranova, San Bernardo, foxterrier,
o alguna de las siete familias famosas de la tribu Spaniel. Daba a cada uno un nombre distinto y una categoría
diferente. Pero aquí, en Pisa, aunque abundaban los perros, no había
categorías; todos ellos ‑pero ¿sería posible? ‑ eran mestizos. Por lo que él
podía entender, eran simplemente... perros: perros grises, perros amarillentos,
perros con pintas, perros multicolores... pero, imposible descubrir ni un sólo spaniel, collie o mastín entre ellos.
Entonces, ¿no tenía jurisdicción en Italia el Kennel Club? ¿No había una ley contra los tupés, o en favor de las
orejas abarquilladas, o para proteger las patas cubiertas de pelo largo y
sedoso, y que exigiera una frente abovedada y no puntiaguda? Por lo visto, no. Flush se sintió como un príncipe en el
destierro. Era el único aristócrata en una multitud de canaille. Era el único cocker
de pura sangre en toda Pisa.
Ya hacía varios
años que inducían a Flush a considerarse un aristócrata. Se le había grabado
profundamente en el alma la ley de la vasija purpúrea y de la cadena. Nada
tiene, pues, de particular que perdiera un poco la cabeza, como no podría
extrañarnos que un Howard o un Cavendish, si se vieran entre un enjambre de
salvajes en chozas de barro, se acordaran de Chatsworth y añorasen las
alfombras rojas y las galerías que se iluminan con coronas nobiliarias al
proyectarlas el sol poniente desde los ventanales policromados. Flush tenía
algo de esnobismo, hemos de reconocerlo. Miss Mitford lo había notado años
antes: y este sentimiento, amortiguado en Londres por la convivencia con
igualesa él y superiores, se reavivó ahora al sentirse único. Hízose despótico
e insolente. «Flush se ha convertido en un monarca absoluto y ladra en cuanto
alguien se distrae y no le abre en seguida la puerta que necesita», escribía
mistress Browning. «Robert», continuaba, «declara que el susodicho Flush lo
considera a él ‑ mi esposo ‑ nacido con el específico objeto de servirlo, y la
verdad es que Flush lo da a entender con sus modales».
«Robert», «mi esposo»... Si Flush había
cambiado, también cambió miss Barrett. No era sólo que se llamase ahora mistress
Browning ni que reluciese al sol en su mano el anillo de oro, sino que había
cambiado tanto como Flush. Este la oía decir, cincuenta veces al día, «Robert»,
«mi esposo», y siempre con un tono de orgullo que le llegaba al corazón,
acelerando sus latidos. Pero no había variado sólo el lenguaje de su ama: toda
ella era diferente. Ahora, por ejemplo, en vez de sorber unas gotas de oporto,
quejándose de la jaqueca, se trataba un buen vaso de chianti y dormía después como un bendita. En la mesa del comedor,
en vez de una fruta pasada y descolorida, aparecía ahora una florida rama
cargada de naranjas. Y en vez de dirigirse a Regent's Park en un cabriolé, se
ponía sus pesadas botas y se encaramaba por las rocas. En vez de recorrer la
calle Oxford en un estupendo coche, se sometía al traqueteo de un calesín
desvencijado para ir a la orilla de un lago o contemplar las montañas. Y cuando
el ama se cansaba, no llamaba un coche de alquiler, sino sentábase en una
piedra a mirar los lagartos. Le encantaba el sol. Encendía una fogata y, cuando
ésta se debilitaba, la reanimaba con leños del bosque ducal. Sentábanse juntos,
cerca de las crepitantes llamas, y aspiraban el intenso aroma... Mistress Browning no se cansaba nunca de
alabar a Italia a expensas de Inglaterra. «...nuestros pobres ingleses», exclamaba,
«necesitan que los eduquen en la alegría. Que los refinen al sol, y no al calor
de las chimeneas.» Aquí, en Italia, se encontraban la libertad, la vida y la
alegría que engendra el sol. Estos hombrcs no se peleaban nunca, ni se les oía
maldecir; nunca se les veía borrachos. Como contraste, volvían «los rostros de
aquellos hombres» de Shoreditch a ponérsele ante los ojos. Comparaba
constantemente Pisa con Londres y decía preferir, con mucho, Pisa. Las mujeres
bonitas podían andar solas por las calles de Pisa; las grandes damas se
presentaban en la Corte deslumbradoras, aunque esto no les impedía ser excelentes
amas de casa. Pisa, con sus campanas, sus perros mestizos y sus pinares era
infinitamente preferible a Wimpole Street con sus puertas de caoba y su carne
de carnero. Así pues, mistress Browning ‑mientras escanciaba el chianti y desprendía otra naranja de la
rama ‑ alababa a Italia y compadecía a la pobre y convencional Inglaterra, tan
insípida, privada de sol y húmeda, donde la vida era tan triste y cara.
Wilson, es cierto,
se mantuvo fiel a Inglaterra durante cierto tiempo. El recuerdo de los lacayos
y los sótanos, de los portales y las cortinas, no pudo borrarlo de su espíritu
sin esfuerzo. Tuvo aún el rasgo de salir de un museo «escandalizada por la
indecencia de Venus» Y más tarde, cuando pudo echar una ojeada a través de una
puerta ‑ gracias a la amabilidad de una amiga ‑ a la magnificencia del Gran
Palacio Ducal, siguió sosteniendo que el Saint James era mejor. «En comparación
con el nuestro», informó luego, «resulta muy pobre.» Pero mientras lo
contemplaba, le sorprendió la soberbia figura de un soldado de la Guardia del
Gran Duque. Se le inflamó la imaginación; su ecuanimidad empezó a perder pie, y
variaron sus puntos de vista. Lily Wilson se enamoró apasionadamente del signor
Righi, de la Guardia Ducal[7].
Y si mistress
Browning exploraba su nueva libertad y se deleitaba en los descubrimientos que
hacía, también Flush descubría otras cosas y exploraba su libertad. Antes de
abandonar Pisa (en la primavera de 1847 se fueron a Florencia), Flush había
llegado ya a la curiosa verdad ‑ desconcertante al principio‑ de que las leyes
del Kennel Club no son universales.
Llegó al convencimiento de que los tupés claros no son forzosamente una
desgracia. Esto le llevó a revisar su código. Actuó ‑vacilantemente al principio
‑ de acuerdo con su nuevo concepto de la sociedad canina. Cada día, era un poco
más democrático. Ya en Pisa había notado mistress Browning que Flush «...sale
todos los días y charla en italiano con los perritos de aquí.» En Florencia
acabó de perder sus últimos prejuicios. El momento final de su liberación llegó
un día en que se hallaba en el Casino. Corría por la hierba «de esmeralda»,
entre los faisanes, cuando se acordó de Regent's Park y sus ordenanzas: Los
perros deben ir sujetos. ¿Dónde estaba aquí el «deber»? ¿Dónde los callares y
las cadenas? ¿Dónde los guardias y sus garrotes? ¡Se los había llevado el
viento, junto con los ladrones de perros; los Kennel Clubs y los Spaniel
Clubs de una aristocracia corrompida! ¡Desaparecidos con los coches de
alquiler y los cabriolés! ¡Con Whitechapel y Shoreditch! Corría veloz, le centelleaba el pelo y se
le encendían los ojos. Ahora era amigo del mundo entero. Todos los perros eran hermanos suyos. En
este nuevo mundo, no necesitaba cadena: ¿de qné iban a protegerlo? Si mister Browning se demoraba en salir de
paseo ‑ Flush y él eran ya grandes amigos‑, Flush le daba prisa con todo
descaro. «Se pone frente a él y le ladra de la manera más imperiosa», observó
mistress Browning con cierta irritación, pues las relaciones de ésta con Flush
eran mucho menos emotivas que en tiempos pasados. Ya no necesitaba su pelambre
rojiza y sus relucientes ojos para proveerla de lo que faltaba en su
experiencia; había encontrado a Pan por sí misma entre los viñedos y los
olivos; y también se le apareció una tarde junto a la fogata de un pino... Así,
si mister Browning se hacía el remolón, Flush se plantaba ante él y le ladraba;
pero si míster Browning prefería quedarse en casa a escribir, no importaba. Flush se había independizado ya. Las vistarias y las cítisos florecían por
los muros, los jardines rebosaban de flores y los campos se salpicaban de vivos
tulipanes. ¿A santo de qué iba a esperar a míster Browning? Así pues, salía de
estampía. Ahora era señor de su propia vida, «... y sale cuando quiere,
quedándose por ahí horas enteras», escribió mistress Browning, añadiendo:
«...conoce todas las calles de Florencia... sabe ir por donde quiere y hacer lo
que se le antoje. No me preocupa su ausencia»; y al escribir esto último
sonreía, pensando en aquellas horas de angustia pasadas en Wimpole Street y en
la constante vigilancia precisa allí para que la banda no se lo quitara a los
mismos pies de los caballos, si olvidaba de ponerle la cadena. En Florencia se
desconocía el miedo; no existían ladrones de perros, y ‑ pensaría de seguro
mistress Browning suspirando ‑ no había padres.
Pero, francamente,
si Flush salía a toda velacidad en cuanto veía abierta la puerta de la Casa
Guidi, no era precisamente para admirar cuadros o para penetrar en iglesas
umbrías y contemplar sus confusos frescos. Era para disfrutar de algo, para ir
en busca de algo que le había sido negado durante todos aquellos años. Cierta
vez había oído el cuerno de caza de Venus en los campos del Berkshire y había
amado a la perrita del señor Partridge, la cual le había dado un hijo. Ahora
percibía la misma llamada resonando por las estrechas calles florentinas, pero
más imperiosa, con un ímpetu mayor, después de haber permanecido en silencio
tantos años. Ahora conoció Flush lo que los hombres nunca podrán conocer: el
amor puro, sencillo, completo; el amor que no arrastra consigo tribulaciones,
que no se avergüenza ni siente remordimientos, que viene y se va como llega la
abeja a la flor y al instante la deja... Hoy la flor es una rosa, mañana un
lirio; ahora es un cardo silvestre, luego será la suntuosa orquídea de un invernadero.
Con la misma variedad, con idéntica despreocupación abrazó Flush a la spaniel con pintas, allá abajo en la
alameda, y a la perrita multicolor y a la amarilla... Lo mismo daba una que
otra. Para Flush, todas eran iguales. Obedecía a la llamada del cuerno
dondequiera sonaba éste o en cualquier sitio donde llevase el viento sus sones.
Nadie lo reprendía por sus escapatorias. Míster Browning se reía, únicamente. «¡Qué impropio resulta eso en un perro tan
respetable como él!», comentaba cuando Flush regresaba a horas muy avanzadas de
la noche o en las primeras de la mañana siguiente. Y mistress Browning también
se reía, al ver que Flush se tumbaba en el suelo del dormitorio y se quedaba
profundamente dormido entre las armas de la familia Guidi, que formaban en el
suelo un relieve de escayola.
Pues en la Casa
Guidi las habitaciones se caraeterizaban por su desnudez. Se habían esfumado
todos aquellos objetos drapeados de los días de encierro. La cama era una cama;
el lavabo era un lavabo. Todo era lo que
era y no otra cosa. La sala era espaciosa y con algunas sillas antiguas de
caoba labrada. Sobre la chimenea colgaba un espejo con dos cupidos que
sostenían los luces. La misma mistress Browning había abandonado sus chales
indios. Llevaba un gorrito confeccionado de fina y brillante seda, muy del gusto
de su marido. Ahora se peinaba de otro modo. Y, cuando se ponía el sol y eran
recogidas las persianas, se asomaba al amplio balcón, vestida de una vaporosa
muselina blanca. Gustaba de sentarse allí mirando y escuchando a la gente que
pasaba por la calle.
Hacía poco que
estaban en Florencia cuando oyeron una noche tal gritería y estruendo de
muchedumbre por la calle, que acudieron rápidos al balcón para ver qué ocurría.
Una enorme multitud pasaba por debajo. Llevaban banderas, vociferaban y
cantaban. Todos los balcones se hallaban abarrotados, y por las ventas se
asomaban muchísimas caras. La gente de balcones y ventanas arrojaban flores y
hojas de laurel a la gente de la calle ‑hombres de grave continente, mujeres
jóvenes y alegres ‑ se besaban unos a otros y levantaban a sus niños en brazos
mostrándolos a la gente de los balcones. Los Browning, acodados en la
balaustrada, aplaudían, aplaudían sin cesar. Pasaban banderas continuamente.
Las antorchas las iluminaban con vivos ramalazos de luz. «Libertad», habían
escrito sobre una. «Por la unión de Italia», habían escrito sabre otra, y «En
memoria de los mártires», «Viva Pío IX, y «Viva Leopoldo II»... Durante tres
horas y media siguió el desfile de banderas y el vitorear de la multitud,
mientras los señores Browning estaban en el balcón, con seis candelabros,
agitando entusiasmados sus pañuelos. Flush también permaneció algún tiempo
entre ellos, con las patas
apoyadas en el reborde inferior del balcón, haciendo todo
lo posible por participar de la alegría general. Pero, por último, bostezó. No pudo
evitarlo. «Confesó,
finalmente, su parecer de que aquello duraba demasiado», observó mistress
Browning. Se apoderó de él un cansancio, una duda, una lasciva inquietud...
¿Para qué servía todo aquello?, se preguntó. ¿Quién era este Gran Duque y qué
había prometido? ¿Por qué se excitaban todos tan absurdamente? La verdad, aquel
ardor de mistress Browning saludando sin cesar a la multitud, le fastidiaba.
Resultaba exagerado sentir tal entusiasmo por un Gran Duque, pensaba Flush. Y
entonces, precisamente cuando pasaba el Gran Duque, se dio cuenta Flush de que
una perrita se había parado ante la puerta de la Casa Guidi. Aprovechando la
ocasión de haber llegado el entusiasmo de su amo al mayor grado, se escabulló
del balcón y salió a la calle. La siguió por entre las banderas y la
muchedumbre. La perrita se alejaba cada vez más por el corazón de Florencia. La
gritería se iba apagando a lo lejos, los vítores se perdieron en el silencio, y
desaparecieron los reflejos de las antorchas. Sólo una o dos estrellas en las
aguas del Arno, a cuya orilla yacía Flush, con la spaniel a su lado, acostados ambos en el interior de una vieja
cesta medio hundida en el fango. Allí se extasiaron en sus deliquios amorosos
hasta el alba. Flush no regresó hasta las nueve de la mañana siguiente, y
mistress Browning lo saludó con bastante ironía... Por lo menos, pensó, podía
haber recordado que era el primer aniversario de su boda. Pero suponía que lo
había pasado muy bien. Lo cual era verdad. Mientras ella había hallado una
satisfacción inexplicable en el estruendo producido por cuarenta mil personas,
en las promesas de los Grandes Duques y en las aéreas aspiraciones de las
banderas, Flush prefería infinitamente la perrita que se detuvo en el umbral.
No cabe duda de
que mistress Browning y Flush llegaban a conclusiones diferentes en sus vidas
renovadas; ella, un Gran Duque; él, una spaniel
moteada. Y, sin embargo, los seguía uniendo un estrecho vínculo. Apenas había
llegado Flush a abolir el «deber» y a recorrer libremente la hierba esmeralda
de los jardines de Cascino ‑ donde se pavoneaban los faisanes rojioro ‑, sintió
un nuevo golpe afectivo. Otro choque. Primero, casi nada ‑sólo un indicio ‑;
tan sólo que mistress Browning empezó a manejar la aguja en el verano de 1849. Sin embargo, había en esto algo que hizo
meditar a Flush. No acostumbraba su ama a coser. Se fijó en que Wilson cambiaba de sitio una
cama y abría un cajón para meter en él ropa blanca. Alzando la cabeza del suelo
enlosetado miraba y escuchaba con mucha atención. ¿Iría a ocurrir algo?
Esperaba a cada momento ver movimiento de baúles y preparativos de viaje.
¿Habría otra fuga? Pero ¿fugarse de qué, adónde? Aquí nada hay que temer, aseguró a
míster Browning. En Florencia no tenían por qué preocuparse, ni ella ni él, de mister Taylor
ni de las cabezas de perro envueltas en papel de estraza. Sin embargo, estaba preocupadísimo. Los
signos de cambio, tal como él los interpretaba, no significaban huida.
Significaban ‑ y esto resultaba mucho más misterioso ‑ espera. Se acercaba algo que era inevitable,
comprendió Flush al ver a su ama sentada en la sillita baja, cosiendo
silenciosa y aplicada. Y algo, a la vez, temible. Conforme pasaban las semanas,
mistress Browning salía cada vez menos de casa. Sentada allí, parecía estar
esperando la llegada de algún tremendo acontecimiento. ¿Iría a venir un rufián,
como Taylor, a darle una paliza, cogiéndola sola e indefensa? Flush temblaba de
aprensión con sólo pensar en ello. Lo cierto es que el ama no hacía por
escapar. Nadie empaquetaba nada. Ninguna señal de que alguien fuera a irse de
la casa. Al contrario, las señales eran de que iba a llegar alguien. Flush, en
su celosa inquietud, espiaba a todo el que venía por primera vez a la casa.
Ahora abundaban las visitas. miss Blagden, míster Landor, Hattie Hosmer, mister
Lytton... y muchos más, tanto señoras como caballeros. Día tras día, seguía cosiendo mistress
Browning.
Entonces ocurrió que ésta, uno de los
primeros días de marzo, no apareció por la salita. Otras personas entraban y
salían. Míster Browning y Wilson eran de los que entraban y salían, y tan
absortos en sus pensamientos, que Flush hubo de esconderse bajo el sofá. La
gente subía y bajaba apresuradamente las escaleras, llamándose unos a otros en
voz baja. Voces en sordina desconocidas para Flush. Todos iban a parar al
dormitorio. Cada vez se acurrucaba más en la sombra del sofá. Cada fibra de su
cuerpo le decía que estaba ocurriendo algún cambio... algún acontecimiento
horroroso. Una sensación semejante le había producido, años antes, la
angustiosa espera del encapuchado, cuando temía oír de un momento a otro sus
pasos por la escalera, y por fin se había abierto la puerta y miss Barrett
gritó: «¡míster Browning!» ¿Quién vendría ahora? ¿Qué encapuchado? Al finalizar
el día, lo dejaron completamene solo; nadie entró en la sala. Allí se estuvo
sin comer ni beber; ya podían haber olfateado en la puerta mil perritas moteadas,
no les habría hecho el menor caso. Pues, a medida que pasaban las horas, tenía
la aplastante sensación de que algo se estaba abriendo paso, desde fuera, para
entrar en la casa. Miró por debajo de los flecos. Los cupidos que sostenían las luces, los
arcones de caoba, las sillas francesas, todo parecía estar dejando sitio; y él
mismo se sentía empujado contra la pared para hacer sitio a algo que no podía
distinguir. Vio un momento a míster Browning, pero no era el mismo míster Browning. Luego, a Wilson, pero también ésta había
variado, como si ambos estuvieran viendo la presencia invisible para él. Sus
ojos tenían un extraño aspecto; como de vidrio.
Por último,
Wilson, muy arrebatada, desaliñada, pero triunfante, lo tomó en brazos y lo
llevó al piso de arriba. Entraron en el dormitorio. En la penumbra del cuarto
se percibía un débil balido y algo se agitaba en la almohada. Era un animal
vivo. Aparte de todos, sin que hubieran abierto la puerta de la calle, sola,
mistress Browning se había hecho dos. Aquella cosa horrenda se movía y balaba a
su lado. Desgarrado por la ira y los celos, y por cierta sensación de profunda
repugnancia que era incapaz de contener, Flush se soltó y salió corriendo
escaleras abajo. Wilson y mistress Browning lo llamaron. Luego lo tentaron con
mimos y ofreciéndole chucherías; pero fue inútil. Huía del repugnante ser, de
aquella presencia tan repulsiva, y corría a esconderse donde hubiera un sofá o
un rincón que le brindaran su sombra. «...durante quince días cayó en un estado
de honda melancolía y no le hacían efecto alguno las atenciones que le
prodigábamos.» Esto lo notó míster Browning a pesar de las muchas cosas en que
había de pensar. Y si tomamos ‑ como debemos hacerlo‑ los minutos y horas de
los seres humanos y, echándolos en el espíritu de un perro, observamos cómo se
convierten los minutos en horas y las horas en días, no exageraremos si
llegamos a la conclusión de que la «honda melancolía» de Flush duró el equivalente
a seis meses completos del reloj humano. ¡Cuántos hombres y mujeres han
olvidado en menos tiempo sus amores y sus odios!
Pero Flush no era
ya el perro inculto y falto de mundología que era en los tiempos de Wimpole
Street. Había aprendido mucho. Wilson le había pegado. Tuvo que comerse pasteles
estropeados cuando pudo haberlos comido recién hechos; juró amar y no morder
más. Todo esto se agitaba en su mente mientras yacía bajo el sofá, hasta que
finalmente, salió vencedor de sí mismo. Y también esta vez fue recompensado. Al
principio ‑ hay que reconocerlo ‑, la recompensa fue insustancial, por no decir
francamente desagradable: le ponían el niño sobre sus lomos y tenía que trotar
por toda la casa mientras él le iba tirando de las orejas. Pero se resignó a
esto con la mejor voluntad, y si se volvía al sentir que le tiraban de las
orejas, sólo era «para besar los piececitos desnudos, de lindos hoyuelos... »
Puso tan buena voluntad, que al cabo de tres meses este débil e indefenso
montoncillo de carne piador y obstinado llegó a preferirlo a las otras personas
«en general», según decía mistress Browning. Y lo curioso es que Flush correspondía
al afecto del pequeño. Después de todo, ¿no compartían algo los dos?, ¿no se
parecía el nene a Flush en muchos aspectos?, ¿acaso no tenían los mismos gustos
e idénticos puntos de vista? Por ejemplo, en lo referente a paisajes. A Flush
le resultaban insípidos todos los paisajes. En todos aquellos años no aprendió
a concentrar la atención sobre las montañas, y, cuando lo llevaron a
Vallombrosa, el esplendor de sus bosques no hizo sino aburrirlo. Volvieron a
emprender otra larga expedición cuando el niño tenía varios meses. El crío iba
en el regazo de su nodriza, y Flush en las rodillas de mistress Browning. El
carruaje iba, dale que dale, subiendo dificultosamente por las alturas de los
Apeninos. Mister Browning estaba casi enajenado de entusiasmo. Apenas se podía
separar de la ventanilla. No encontraba en todo el idioma inglés palabras con
que expresar lo que sentía. «... la deliciosa perspectiva, casi sobrenatural,
de los Apeninos, la maravillosa variedad de color y de forma, las transiciones
tan súbitas y la vital individualidad de esas montañas, los bosques de castaños
que, junto a los barrancos, se inclinan hacia lo hondo por su propio peso, las
rocas resquebrajadas por los impetuosos torrentes, y las colinas que suben una
sobre otra para apiñar su majestuosa existencia, mudando de color con el
esfuerzo...» La belleza de los Apeninos provocaba el nacimiento de tan inmensa
cantidad de palabras que se atropellaban unas a otras hasta aniquilarse. Pero
el nene y Flush no experimentaban este estímulo ni la adaptación del lenguaje a
las emociones. Ambos permanecían silenciosos. Flush retiró la cabeza de la
ventanilla, no estimando aquello digno de contemplarse... Sentía un supremo
desprecio por los árboles, montañas, y cosas por el estilo, observó mister
Browning. El vehículo seguía adelante con su traqueteo. Flush dormía, y también
dormía el niño. Por último, aparecieron luces, casas, hombres y mujeres,
desfilando ante las ventanillas. Habían entrado en un pueblo. Entonces sí
prestó Flush atención, y muchísima: «...los ojos se le salían de la cara, tan
intensa era su curiosidad; miraba al Este, al Oeste... y podía pensarse que
estaba tomando notas o preparándolas.» A Flush sólo le conmovía lo humano. Por
lo visto, la belleza había de cristalizar ‑ para que él la percibiese ‑ en un
polvillo verde o violeta que alguna jeringa sobrenatural le insuflase por los
conductos nasales, y después, en vez de manifestar con palabras el efecto que
le había producido, lo hacía en un éxtasis mudo. Lo que mistress Browning veía,
él lo olía; ella escribía; él, en cambio, olfateaba.
Y éste es el
momento en que el biógrafo se ve forzado a hacer un alto. Si son insuficientes
dos o tres mil palabras para expresar lo que vemos ‑ y mistress Browning se
declaró vencida por los Apeninos ‑, no contamos más que con dos palabras y
media para manifestar lo que olemos. Casi no existe olfato humano. Los más
grandes poetas del mundo no han olido más que rosas, por una parte, y estiércol
por otra. Las infinitas gradaciones intermedias han quedado sin registrar. Y precisamente era en el mundo olfativo
donde vivía Flush. El amor era, sobre todo, olor; la forma y el color eran
también olor; la música, la arquitectura, la ley, la política y la ciencia eran
olor. Para él, hasta la religión era olor. Nos resultaría imposible describir
la más insignificante de sus experiencias con la carne o el bizcocho de cada
día. Ni mister Swinburne podría haber dicho qué significaba para Flush el olor
de Wimpole Street en una calurosa tarde de junio. En cuanto a describir el olor
a perrita spaniel mezclado con el de
antorchas, laureles, incienso, banderas, cirios, y de una guirnalda de hojas de
rosal pisada por un zapatito de satén que estuvo guardado con alcanfor, eso
quizá Shakespeare, si se hubiera detenido hacia la mitad de Antonio y Cleopatra, cuando lo
escribía... Pero Shakespeare no se detuvo en esto. De modo que, confesando nuestra
incapacidad, sólo podemos hacer constar que en estos años ‑ los más plenos,
libres y felices en la vida de Flush ‑ Italia significaba para él,
principalmente, una sucesión de olores. Hay que suponer que el amor fue
perdiendo gradualmente su fuerza en él. Pero el olor no la perdía. Ahara que se
habían instalado de nuevo en la Casa Guidi, cada uno tenía su quehacer: mister
Browning escribía, con regularidad, en su habitación; mistress Browning
escribía también con regularidad en la suya. Flush vagaba por las calles de
Florencia para extasiarse con los olores. Por calles y callejuelas, por plazas
y alamedas, correteaba Flush guiado por su olfato. Iba de olor en olor; los
recorría todos: el áspero, el suave, el oscuro, el dorado... Entraba y salía,
subía y bajaba, donde batían el cobre, donde amasaban pan, donde hallaba
mujeres peinándose, donde había jaulas con pájaros ‑ formando una pila en plena
calle ‑, donde se derramaba el vino manchando de rojo oscuro el pavimento,
donde huele a cuero, a guarniciones y a ajo, donde tiemblan las hojas de parra,
donde hay hombres que beben, escupen y juegan a los dados... Lo correteaba
todo, con la nariz a ras del suelo, sorbiendo esencias, o con la nariz en el
aire vibrante de aromas. Dormía en esta mancha tostada por el sol ‑¡qué vaho
despedía la piedra recalentada! ‑, buscaba aquel túnel de sombra ‑ ¡qué ácida
olía la piedra a la sombra! ‑. Devoraba racimos enteros de uva madura a causa
del color púrpura que despedían; mascaba y luego escupía las piltrafas
endurecidas, de cabra, o los restos de macarrones que cualquier ama de casa
había tirado por el balcón (el olor a cabra y a macarrones es un olor ronco y carmesí). Seguía la desfallecedora dulzura del incienso en la
violácea oscuridad de las catedrales, y al husmear el oro de las losas
sepulcrales, se ponía a lamerlo. Y su sentido del tacto no era menos agudo.
Conocía la marmórea suavidad de Florencia y también su aspereza arenosa y
pedriza. Muchos drapeados esculpidos y mohosos, muchos dedos y pies de suave
mármol, recibían la caricia de su lengua o el temblor de su estremecido hocico.
Y en las almohadillas, infinitamente sensibles, de sus pies, quedaron
estampadas claramente orgullosas inscripciones latinas. En resumen, se sabía a
Florencia como jamás se la supo ningún ser humano, como no la conocieron ni
Ruskin ni George Eliot. La conocía como sólo pueden conocer los mudos. Ni una
sola de sus innumerables sensaciones se sometió nunca a la deformidad de las
palabras.
Pero, aunque al
biógrafo le agradaría deducir de lo anterior que la vida de Flush ‑ cuando ya
era un perro maduro ‑ constituía una orgía de placer indescriptible, y sostener
que, mientras el niño conquistaba cada día una nueva palabra, alejándose así
cada día un poco más de la sensacion pura, Flush, en cambio, seguía gozando de
un paraíso donde las esencias no pierden su pureza y los nervios desnudos están
en contacto con la desnudez del alma de las cosas... aunque sería muy agradable
decirlo, no sería cierto. Flush no vivía en semejante paraíso. Un alma, de
estrella en estrella, o un ave cuyos vuelos más distantes sobre las selvas
tropicales no puedan llevarla a divisar viviendas humanas, con su humo rizado
saliendo de las chimeneas, pueden gozar ‑ por lo menos, así nos parece ‑ de esa
inmunidad, de tan íntegra bendición. Pero Flush había reposado en rodillas
humanas y había oído la voz de los hombres. En su carne corrían vetas de pasión
humana: conocía todos los grados de los celos, de la ira y de la desesperación.
Así, en el verano, lo acribillaban las pulgas[8]. Con cruel ironía, el sol que maduraba las
uvas era también quien traía las pulgas. «...y el martirio que sufrió
Savonarola aquí en Florencia ‑ escribió mistress Browning ‑ no fue peor que el
padecido por Flush durante el verano». Las pulgas nacían de un brinco en todos
los rincones de las casas florentinas; saltaban de todas las grietas de la
vetusta piedra, de cada pliegue de los viejos tapices, de cualquier capa,
sombrero o manta. Anidaban en el pelo de Flush. Se abrían paso a pinchazos
hasta lo más áspero de su piel. Sufrió con ello su salud; adelgazó, se le veía
triste y febril. Rascábase continuamente y se hacía daño con ello. Hubo que acudir a miss Mitford. Mistress
Browning le preguntó angustiadamente, por carta, qué remedio había contra las
pulgas. Miss Mitford, sentada aún en su invernadero de «Three Mile Cross» ‑ y
aún afanada en sus tragedias ‑, dejó descansar un poco la pluma y repasó sus
antiguas recetas: qué había empleado Maryflower, qué Rosebud... Pero es que las pulgas de Reading se mueren
con cualquier cosa. Las de Florencia son rojas y viriles. Los polvillos
recetados por miss Mitford hubieran sido para ellas como rapé. Desesperados,
los señores Browning se arrodillaron junto a un barreño de agua y se esforzaron
por purificar a Flush con jabón y un cepillo. Pero fue inútil. Un día, habiendo sacado mistress Browning
de paseo a Flush, notó que la gente señalaba a éste; oyó a un hombre murmurar ‑
a la vez que se llevaba un dedo a la nariz ‑. «La rogna» (la sarna). Como por
aquella época «tenía ya Robert tanto afecto como yo a Flush», le resultaba
intolerable que, yendo de paseo por la tarde con aquel amigo, lo estigmatizaran
de semejante forma. «Robert» , escribía su mujer, «no estaba dispuesto a
soportar aquello ni un momento más». Sólo quedaba un remedio, pero era un
remedio casi tan grave como la misma enfermedad. Por muy democrático que se
hubiera hecho Flush y por muy poco que le importasen los distintivos de su
prosapia, seguía siendo lo que le había llamado Philip Sidney: un caballero de nacimiento.
Llevaba su árbol genealógico en la espalda. Su pelo significaba para él lo que
un reloj de oro con el escudo familiar grabado en él, puede significar para un
arisrócrata venido a menos, cuyas extensas propiedades se hubiesen ido
encogiendo hasta quedar limitadas a aquel reducido círculo. Y era el pelo
precisamente lo que míster Browning propuso sacrificar. Hizo acercársele a
Flush y «con unas tijeras en la mano lo fue esquilando hasta dejarle el aspecto
de un león».
Mientras Robert
Browning manejaba las tijeras, mientras caían al suelo las insignias del cocker y lo iban disfrazando de otro
animal muy distinto, Flush sentíase disminuido, avergonzado, sometido en cierto
modo a un proceso de afeminamiento. ¿Qué soy ahora?, pensó contemplándose en el
espejo. Y el espejo contestó, con esa sinceridad brutal de todos los espejos:
No eres nada. No era nadie. Desde luego, ya no era un spaniel de la clase cocker.
Pero, al contemplarse las orejas calvas ahora, y sin rizar, parecía como si se
le estirasen. Era como si el poderoso espíritu de la verdad y de la risa, las
estuviera animando. No ser nada... ¿No es ésta, después de todo, la condición más satisfactoria en que puede
uno hallarse en el mundo? Volvió a mirarse. Le quedaba un collar de pelo. ¿No
sería, en cierto modo, una buena carrera caricaturizar la pompa de los que
pretenden ser algo? En resumidas cuentas, cualquiera que fuese la orientación
que diera a su vida, lo indudable es que se había librado de las pulgas. Se
sacudió el peludo collar que le había quedado. Vaciló sobre sus patas, desnudas
ya y adelgazadas. Se animó de nuevo. Lo mismo podía ocurrir a una mujer de
célebre hermosura que, al levantarse del lecho después de una enfermedad y
encontrarse el rostro desfigurado para siempre, tirase al fuego sus galas y
cosméticos, y riera, contenta, al pensar que ya no necesitaba volver a
contemplarse en el espejo ni temer el alejamiento de un amante o la belleza de
una rival. Así, Flush salió corriendo, trasquilado y semejante a un león, pero
libre de pulgas. «Flush», escribió mistress Browning a su hermana, «es muy sensato». Quizá estuviera recordando el aforismo
griego que afirma no poderse alcanzar la felicidad sino a través del
sufrimiento. El verdadero filósofo es el que se queda sin pelo pero se libra de
las pulgas.
Aunque no tuvo
Flush que esperar mucho para ver sometida su filosofía recién adquirida a una
dura prueba. De nuevo aparecieron en la Casa Guidi indicios de una de aquellas
crisis... Total, nada, un cajón que se abría, o una cuerda colgando de una
caja, pero para un perro son estas señales silenciosas tan amenazadoras como
son para un pastor las nubes que anuncian la inminente tormenta o para un
estadista los rumores que predicen una guerra. Se preparaba otro cambio, otro viaje. Bueno, ¿y a santo de qué? Se disponían los
baúles, se los ataba con cuerdas. La niñera salió con el niño en brazos. Aparecieron los señores Browning, vestidos
de viaje. Había
un coche a la puerta.
Flush esperó
filosóficamente en el vestíbulo. Si ellos estaban preparados, él también lo
estaba. Una vez instaladas las personas en el coche, se metió Flush en éste de
un ágil salto. ¿Adónde írian? ¿A Venecia, a Roma, a París...? Le daban igual todos los países, todos los
hombres eran hermanos suyos. Ya había aprendido la lección. Pero cuando, por
fin, emergió de la oscuridad, hubo de echar mano de toda su filosofía... Estaba
en Londres.
Las casas se
extendían a izquierda y derecha en avenidas de líneas bien trazadas. El
pavimento era frío y duro bajo sus pies. Allí, saliendo de detrás de una puerta
de caoba con llamador de bronce, estaba una señora ataviada con un ondulante
vestido de terciopelo purpúreo. Sobre el cabello llevaba una diadema de flores.
Recogienda su flotante drapeado, miró despectivamente calle arriba y calle
abajo, mientras un lacayo, inclinándose, preparaba el estribo de un landó para
que la dama pudiera subir. Toda la calle Welbeck ‑ pues era la calle Welbeck ‑
se hallaba envuelta en un esplendor de luz rojiza... una luz que no era clara y
feroz como la luz italiana, sino curtida y enturbiada por el polvo de un millón
de ruedas y el pisoteo de un millón de herraduras. La temporada londinense
estaba en su apogeo. Todos los ruidos de la ciudad se reunían en uno difuso y
gigantesco que la cubría como un manto. Pasó un majestuoso galgo conducido por
un lacayo. Un guardia, paseándose arriba y abajo con paso rítmico, lanzaba a
uno y otro lado la mirada inquisitiva de sus ojos de toro. Olores de asado,
olores a carne de vaca y a col, procedentes de mil sótanos... Un criadillo con
librea echaba una carta en el buzón.
Anonadado por la
magnificencia de la metrópolis, se detuvo Flush un momento en el umbral de
aquella casa. Wilson también se paró a pensar. ¡Qué mezquina le parecía ahora
la civilización italiana, con sus Cortes y sus revoluciones, sus Grandes Duques
y sus soldados de la Guardia Ducal! Al ver pasar un guardia londinense, dio
gracias a Dios por seguir soltera, pues no había llegado a casarse con el
signor Righi. Entonces salió de una taberna próxima una figura siniestra. Un
hombre los miraba con ojos codiciosos. Flush se metió en la casa de un
rapidísimo salto.
Hubo de pasarse
varias semanas recluido en la salita de una pensión de Welbeck Street. Pues aún
era preciso el encierro. Se había presentado el cólera, y si es cierto que el
cólera contribuyó algo a mejorar la condición de los grajales, no la mejoró demasiado, ya que seguían siendo robados los
perros y los de Wimpole Street tenían que ir todavía con el collar y la
cadenita. Naturalmente, Flush hizo vida de sociedad. Frecuentó a los perros
alrededor del buzón y frente a la taberna; le dieron la bienvenida con la buena
educación propia de unos perros tan distinguidos. Así como un lord que haya
vivido muchos años en Oriente y contraído allí algunas de las costumbres
indígenas, rumoreándose que se ha hecho musulmán y que tuvo un hijo de una
lavandera china, se encuentra, al volver a ocupar su puesto en la Corte, con
que sus antiguos amigos están dispuestos a no tomarle en cuenta esas
aberraciones y lo invitan a Chatsworth (aunque, claro está, sin hacer alusión a
su mujer y dándose por descontado que unirá sus plegarias a las de la familia),
así acogieron a Flush los pointers y
los setters de la calle Wimpole,
haciendo como que no se daban cuenta del estado de su pelambre. Pero Flush
creyó notar en este viaje cierta morbosidad entre los perros londinenses. Todo
el mundo sabía que el perro de la señora de Carlyle, Nerón, se había arrojado desde
una ventana de un último piso, con la intención de suicidarse[9]. Se decía que se le había hecho
insoportable la vida tan dura que llevaba en Cheyne Row. Y a Flush no fe costaba trabajo creerlo,
a juzgar por la calle Welbeck. El encierro, la multitud de cacharritos, las cucarachas
por la noche, las moscas por la mañana, los efluvios ‑ que lo hacían
desfallecer a uno ‑ del asado de cordero, la presencia constante de los
plátanos en el aparador... ¿No era suficiente todo eso, unido a la proximidad
de varios hombres y mujeres vestidos pesadamente y que no se lavaban a menudo ‑
y nunca del todo ‑, para irritarle a uno los nervios y hacerle perder la
paciencia? Se pasaba las horas muertas baja un armario de la pensión. Imposible
salir a dar una vuelta. Siempre tenían cerrada la puerta de la calle. Había de
esperar que alguien lo sacase de paseo con la cadena.
Sólo dos
incidentes rompieron la monotonía de las semanas que pasó en Londres. Un día, a
fines de aquel verano, fueron los Browning a visitar al reverendo Charles
Kingsley, en Farnham. En Italia habría estado la tierra tan dura y desnuda como
ladrillo, y las pulgas hubieran aparecido por doquier. Se habría uno arrastrado
de sombra en sombra, agradeciendo hasta la raya umbría proyectada por el brazo
extendido de alguna estatua de Donatello. Pero aquí, en Farnham, había campos
de verde hierba; había estanques de agua azul; bosques rumorosos y un césped
tan hermoso que las pezuñas botaban en él al pisarlo. Los Browning y los
Kingsley pasaron el día juntos. Y nuevamente, mientras trotaba Flush tras
ellos, volvieron a sonar las antiguas trompas de caza. Retornó al lejano éxtasis... ¿Una liebre, un zorro? Flush corrió a sus
anchas por los matorrales de Surrey como no había corrido desde los tiempos de
«Three Mile Cross». Un faisán desplegó su pirotecnia púrpura y oro. Casi lo
había agarrado ya con los dientes por el extremo de la cola cuando oyó una voz
que gritaba. Sonó un latigazo. ¿Era el reverendo Charles Kingsley llamándolo al
orden? De todos modos, ya no siguió corriendo. Los bosques de Farnham estaban acotados
rigurosamente.
Unos cuantos días
después se hallaba echado en la salita de Welbeck Street, cuando entró mistress
Browning vestida como para salir y lo hizo abandonar su escondite. Le puso la
cadenita en el collar y, por primera vez desde septiembre de 1846, fueron
juntos a la calle Wimpole. Cuando llegaron frente al número 50 se detuvieron
como antaño. Y, como antaño, tuvieron que esperar. El criado seguía tardando lo mismo en
acudir. Por
fin, se abrió la puerta. ¿Sería Catiline aquel que estaba tumbado en la
esterilla? El perro, viejo y desdentado, bostezó, se desperezó y no prestó la
menor atención a los recién llegados. Subieron las escaleras tan a hurtadillas,
tan en silencio como las bajaron la última vez. Mistress Browning, muy
despacito, abriendo las puertas como si temiese ver qué iba a encontrarse
dentro, recorría las habitaciones. Se le entristecía el semblante conforme las
iba contemplando; «...me parecieron», escribió, «más pequeñas y más sombrías, y
los muebles me resultaron inadecuados». La hiedra seguía golpeando los
cristales de la ventana del dormitorio trasero. La cortinilla estampada
oscurecía aún las cosas. Nada había cambiado. En aquellos años no había pasado
nada. Así fue de habitación en habitación, apesadumbrada por el recuerdo. Pero,
mucho antes de que hubiese terminado su visita de inspección, ya estaba Flush
impacientísimo. ¿Y si mister Barrett viniera a sorprenderlos? ¿Y si, con el
ceño fruncido, diese una vuelta a la llave y los dejara encerrados para siempre
en el dormitorio trasero? Por último, mistress Browning cerró las puertas y bajó
muy despacito. Sí ‑ dijo ‑, la casa necesitaba, a su juicio, una buena limpieza.
Después de esto,
sólo le quedó a Flush un deseo: salir de Londres, partir de Inglaterra para
siempre. No se consideró feliz hasta encontrarse a bordo del vapor que cruzaba
el Canal hasta Francia. Resultó un viaje molesto. La travesía duró ocho horas.
Mientras el vapor se bamboleaba sobre las olas, Flush se sintió invadido por un
tumulto de recuerdos revueltos: señoras con terciopelo de color púrpura,
individuos andrajosos con sacos, Regent's Park, la reina Victoria pasando con
su escolta, la verdura del césped inglés y la ranciedad de los pavimentos
ingleses... Todo esto le pasó por la mente mientras yacía en cubierta; y, al
levantar la vista, distinguió a un hombre alto y de severo aspecto acodado a la
barandilla.
«¡Míster
Carlyle!», oyó exclamar a mistress Browning y en ese instante ‑ recuérdese que
la travesía fue muy mala ‑ se acabó de marear Flush. Acudieron marineros con
baldes y lampazos, «...y echaron de allí al pobre perro. Pues la cubierta del
vapor era aún inglesa; los perros no deben marearse en cubierta. Este fue su
último saludo a las playas de su isla natal.»
CAPITULO
VI
FINAL
Flush iba
haciéndose ya un perro viejo. Evidentemente, lo habían cansado el viaje a
Inglaterra y los recuerdos que éste despertara en él. Pudo observar que, a su
regreso, buscaba la sombra con preferencia al sol, aunque la sombra de
Florencia fuera más calurosa que el sol de la calle Wimpole. Se le pasaban las
horas muertas sesteando al pie de una estatua o bajo el borde de la taza de una
fuente, para que le cayera encima alguna salpicadura de cuando en cuando. Los
perritos jóvenes solían buscar su compañía. Y él les contaba sus experiencias
de Whitechapel y de Wimpole Street; les describía el olor a trébol y el olor de
la calle Oxford; repetía sus relatos de una y otra revolución; cómo vinieron
los Grandes Duques, cómo se volvieron a marchar... ¡pero la perrita con pintas
(por aquella avenida de la izquierda)... ésa sigue allí!, decía Flush.
Entonces, puede que pasara junto a él el violento mister Landor y lo amenazase
con el puño, fingiéndose furioso por burlarse de él; o que se detuviese a su
lado la amable miss Isa Blagden y sacase de su ridicule un bizcocho azucarado. Las campesinas del mercado le
preparaban un lecho de hojas verdes en el umbrío fondo de sus cestas y le
arrojaban de cuando en cuando un racimo de uvas. Lo conocían y lo amaban en
toda Florencia... Encantadores, muy sencillos todos, tanto los perros como los
hombres.
Pero se iba
haciendo ya un perro viejo, y tendía cada vez más a echarse, y ya no bajo la
fuente, pues sus huesos avejentados no podían resistir la dureza de los
guijarros, sino en el dormitorio de mistress Browning, sobre el escudo de los
Guidi, que formaba en el suelo una isla suave de escayola; o en la sala, a la
sombra de la mesa. Y bajo ella estaba echado aquel día ‑ poco después de su
regreso de Londres ‑, profundamente dormido. Pesaba sobre él intensamente el
plomizo sueño de la vejez; sueño sin ensueños. Desde luego, ese día era su
sueño mucho más profundo que de costumbre, pues a medida que seguía durmiendo
se iba haciendo más densa la oscuridad en que estaba sumergido. Si acaso soñó,
fue con una selva primigenia, cerrada a la luz del sol, aislada de toda voz...
aunque repetidas veces, mientras dormía, soñó oír el gorjeo adormilado de un
pájaro que también soñaba o, entre ramas columpiadas por el viento, la risita
melosa y contenida de algún mono pensativo.
Entonces,
separáronse todas las ramas, penetrando la luz... por aquí... por allá..., en
dardos centelleantes. Los monos comenzaron a parlotear, los pájaros levantaron
el vuelo chillando y dando la alarma... Se despertó sobresaltado. Lo rodeaba
una confusión tremenda. Habíase quedado dormido bajo las lisas patas de una
mesa‑velador de las corrientes en cualquier salón. Ahora lo acosaban oleadas de
faldas y pantalones en marejada. Es más, la misma mesa se balanceaba
violentamente. No sabía por dónde salir corriendo. ¿Qué diantre ocurria? ¿Qué le pasaba a la
mesa, por amor de Dios? Elevó la voz en un prolongado aullido interrogativo.
No puede
contestarse aquí satisfactoriamente la pregunta de Flush. Lo más que puede
ofrecerse son unos cuantos hechos; y muy poco elocuentes, por cierto. En pocas
palabras: parece ser que a principios del siglo XIX la condesa de Blessington
compró una bola de cristal a un mago. La condesa «nunca pudo comprender cómo se
usaba aquello»; en verdad, jamás acertó a ver nada en la bola que no fuera el
cristal. No obstante, después de su muerte se verificó una almoneda de sus
bienes y la bola pasó a manos de otras personas «que la miraron con ojos más
penetrantes o más puros», y vieron en la bola otras cosas además del cristal.
Lo que no se ha confirmado es si fue Lord Stanhope quien la compró, ni si fue
él quien la miró «con ojos más puros». Pero sí se sabe con certeza que en 1852
poseía Lord Stanhope una bola de cristal y que sólo tenía que mirar al interior
de ésta para ver, entre otras cosas, «los espíritus del sol». Naturalmente, un
caballero hospitalario como aquél no podía guardarse para él sólo unas vistas semejantes;
así que solía exhibir la bola después de los almuerzos a que estaban invitadas
todas sus amistades, invitación que hacía extensiva a poder admirar los
espíritus solares. En este espectáculo había algo extrañamente delicioso (desde
luego, mister Charley no lo creía así; era casi la única exccpción); las bolas
«hicieron furor»; afortunadamente, un óptico de Londres descubrió en seguida la
manera de hacerlas sin ser nigromante ni egipcio, aunque, claro está, el precio
del cristal inglés resultaba caro. Así fue como tantísima gente se proveyó de
bolas en los primeros años del quinto decenio del siglo; aunque, según dijo
Lord Stanhope, muchas personas usaban las bolas «sin el valor moral para
confesarlo». El predominio de los espíritus en Londres llegó a tal punto, que
se sintió cierta alarma en los medios oficiales, sugiriéndole Lord Stanley a
Sir Edward Bulwer Lytton la conveniencia de que «nombrase el Gobierno una
comisión investigadora para aclarar el asunto cuanto fuera posible». Quizá
porque se asustaran los espíritus al enterarse que se acercaba una comisión
gubernamental, o quizá debido a que también tienden los espíritus ‑ como los
cuerpos ‑ a multiplicarse cuando los encierran juntos, lo cierto es que
comenzaron a mostrarse inquietos y huyendo en grandes bandadas, se instalaron
en las patas de las mesas. Fuera esto debido al motivo que fuese, lo
pasitivo;.s que la táctica tuvo éxito. Las bolas de cristal eran muy caras. En
cambio, casi todo el mundo posee una mesa. Así, cuando mistress Browning
regresó a Italia, en el invierno de 1852, se encontró con que los espíritus la
habían precedido; casi todas las mesas de Florencia estaban infestadas. «Desde
la Legación hasta los farmacéuticos ingleses», escribía, «toda la gente está sirviendo mesas. Cuando se reúnen varias
personas alrededor de una mesa, nunca es para jugar al whist.» No; se reunían para descifrar los mensajes comunicados por
las patas de las mesas. Así que si se deseaba saber la edad de un niño, «la
mesa se expresaba inteligentemente golpeando el suelo con sus patas,
respondiendo con arreglo al alfabeto». ¿Y qué límite podía tener la
inteligencia de una mesa capaz de decirnos la edad de nuestro propio hijo? En
las tiendas se anunciaban las mesas giratorias. Sus paredes se cubrían de carteles
con anuncios de maravillas scoperte a
Livorno. Hacia el año 1854 se había extendido ya tanto la afición que «se
hallaban inscritas, como practicantes del intercambio espiritista,
cuatrocientas mil familias americanas». Y de Inglaterra llegó la noticia de que
Sir Edward Bulwer Lytton había importado a Knebword «varios espíritus golpeadores americanos», con el feliz
resultado ‑ esto le contaron al pequeño Arthur Russell cuando se extrañó de que
«un anciano muy raro con una bata deslucida» le estuviese mirando fijamente
durante el desayuno ‑ de que Sir Edward Bulwer Lytton se creyese invisible[10].
Cuando mistress
Browning miró por primera vez en la bola de cristal de Lord Stanhope, en una
reunión que dio éste en su casa, no consiguió ver sino que aquello constituía
un notable exponente de la época. Desde luego, el espíritu del sol encargó que
le dijeran que ella pensaba ir a Roma; mas, como no pensaba ir a Roma,
contradijo al espíritu del sol. «Pero», añadió sinceramente, «me encanta lo
maravilloso». Su temperamento era muy inclinado a las aventuras. Había arriesgado
su vida yendo a la calle Manning. Había descubierto un mundo con el que ni
siquiera se atrevió nunca a soñar, a media hora en coche de la calle Wimpole.
¿Por qué no podía existir otro mundo a sólo medio instante de Florencia, un
mundo mejor, más hermoso, donde viven los muertos esforzándose en llegar hasta
nosotros? De todos modos, se arriesgaría en esta nueva aventura. Así pues,
sentóse también a la mesa. Y acudió míster Lytton, hijo brillante de un padre
invisible. Y mister Frederick Tennyson, míster Powers y mister Villari... Se sentaron todos alrededor de la mesa, y
cuando ésta acababa de dar sus pataditas, tomaban el té y comían fresas y
crema, mientras «Florencia se disolvía en la púrpura de las colinas y las
estrellas comenzaban a parpadear»; y charlaban, charlaban mucho... «¡Cuántas
historias contábamos y qué milagros jurábamos haber visto! Aquí todos somos
creyentes, Isa, menos Robert.» Un día irrumpió en la sala el sordo mister
Kirkup, con su barba de un blanco amarillento. Había venido, sencillamente,
para exclamar: «¡Existe un mundo espiritual, hay una vida futura! Lo confieso. Por fin, me he convencido.»
Y si míster Kirkup, cuyo credo había sido siempre «lo más próximo al ateísmo»,
se había convertido sólo por haber oído, a pesar de su sordera, «tres golpes
tan fuertes que lo hicieron saltar», ¿cómo podía mistress Browning apartar las
manos de la mesa? «Ya sabe usted que soy una visionaria y conoce mi inclinación a llamar a
todas las puertas de este mundo para tratar de salir de él», escribió en cierta
ocasión. Así que citó a los fieles en la Casa Guidi y allí se estaban con las
manos en la mesa de la sala, intentando salir de este mundo.
Flush se asustó
terriblemente. Las faldas y los pantalones ondeaban a su alrededor, la mesa se
sostenía en un solo pie. Pero, por mucho que vieran y oyeran las señoras y los
caballeros reunidos en torno a la mesa, Flush ni oía ni veía nada. En verdad,
la mesa se sostenía en una sola pata; pero esto es corriente en las mesas si os
apoyáis con fuerza en uno de sus lados. El mismo había volcado mesas, y bien le
habían reñido por ello. Pero es que mistress Browning se había quedado con los
ojos muy abiertos, como si viera alguna maravilla en el exterior. Flush se
precipitó al balcón y miró desde allí. ¿Estaría pasando otro Gran Duque con
bandera y antorchas? Flush sólo vio una vieja mendiga acurrucada en la esquina,
sobre su cesta de melones. Sin embargo, no había duda de que mistress Browning
estaba viendo algo, y algo sobremanera maravilloso, En los días, tan lejanos,
de Wimpole Street, había llorado una vez sin que pudiera él comprender el
motivo; y luego se había puesto a reír mirando unos garabatos de tinta. Pero esto era diferente. Había algo en su mirada que lo asustaba.
Algo había en la habitacion, o en la mesa, o quizá en las sayas y en los
pantalones, que lo molestaba profundamente.
Conforme pasaban
las semanas, se acentuaba la preocupación de mistress Browning por lo
invisible. Aunque hiciese un día magnífico, y en vez de irse a contemplar cómo
se deslizaban los lagartos por entre las piedras, se sentaba a la mesa; aunque
la noche estuviese cuajada de estrellas, y en vez de leer en su libro o pasar
la mano sobre las hojas de papel blanco, se apresuraba a llamar, si míster
Browning no estaba en casa, a Wilson; y Wilson acudía bostezando. Entonces
sentábanse juntas a la mesa hasta que este mueble ‑ cuya verdadera función era
proporcionar sombra ‑ daba golpecitos en el suelo, y mistress Browning
exclamaba que le estaba anunciando a Wilson una próxima enfermedad. Wilson
replicaba que lo que sí tenía era un sueño terrible. Pero no tardaba mucho la
misma Wilson, la implacable, la recta y británica Wilson, en lanzar unos
chillidos penetrantes, desmayándose acto seguido, lo cual hacía corretear a
mistress Browning de un lado para otro en busca del «saludable vinagre». A
Flush le parecía todo esto una manera muy desagradable de pasar la tarde. ¡Cuánto mejor sentarse a leer el libro!
Indudablemente,
padecieron mucho los nervios de Flush con aquel ambiente de expectación
angustiosa, con el olor ‑ intangible, pero desagradable ‑, con los golpecitos
en el suelo, los gritos y el vinagre... Estaba muy bien que el niño, Penini, rezara
pidiendo «que le creciese el pelo a Flush»; ¡esa aspiración le era
comprensible! Pero esta clase de plegarias que requerían la presencia de malos
olores de caballeros de aspecto deslucido y del grotesco aditamiento de un
mueble de caoba sólida en apariencia... todo esto le irritaba tanto como a
aquel hombre, robusto, sensible y elegantemente vestido: su amo. Pero lo peor
para Flush ‑ mucho más que los olores y que el absurdo mueble ‑ era la
expresión del rostro de mistress Browning cuando miraba por el ventanal como si
estuviera viendo algo que fuera maravilloso, cuando nada había, en realidad.
Flush se situaba frente a ella. Y mistress Browning lo miraba como si no lo
viera. Esa mirada era la más cruel que pudiera haberle dirigido. Peor aún que
su fría ira cuando él mordió a mister Browning en una pierna; peor que su risa
sardónica cuando le cogieron la pezuña con la puerta en Regent's Park... Desde
luego, había momentos en que echaba de menos Wimpole Street y sus mesas. Las
mesas del número 50 no solían hacer equilibrios sobre una pata. La mesita, con
aquel aro alrededor en la que ella dejaba sus preciados adornos, se había
estado siempre absolutamente quieta. En aquellos días ‑ tan lejanos ‑ sólo
tenía que saltar al sofá y miss Barrett se daba cuenta instantáneamente de su
presencia y lo miraba. Ahora, una vez más, saltó al sofá. Estaba escribiendo:
«... además, a petición del medium,
tomaron las manos espirituales una guirnalda que había sobre la mesa y me la
pusieron en la cabeza. La mano que hizo esto último era como las mayores que
pertenezcan a seres humanos, blanca como la nieve, y muy hermosa. Estaba tan
cerca de mí como ésta con la que ahora escribo, y la vi tan claramente como
estoy viendo ésta.» Flush la tocó con viveza. Miró a través de él como si fuera
invisible. Entonces saltó del sofá y salió corriendo escaleras abajo, a la
calle.
Hacía una tarde
abrasadora. La vieja mendiga de la esquina se había quedado dormida sobre sus
melones. El sol parecía estar zumbando en el cielo. Flush tomó el camino ‑ tan
conocido para él‑ del mercado, trotando a lo largo de los muros, que le daban
sombra. La plaza estaba animadísima con los toldos, los tenderetes y la
policromía de las sombrillas. Las vendedoras, junto a las canastas de fruta;
las palomas, revoloteando; el repique de las campanas; los látigos que
restallaban... Los perros mestizos florentinos ‑con su variedad de colores ‑
corrían en todas direcciones, husmeándolo todo. Bullicio de colmena y calor de
horno. Flush buscaba la sombra. Se echó a los pies de su amiga Catterina, en la
sombra que proyectaba su gran canasta. Junto a ésta, otra sombra, la de un
búcaro oscuro con flores rojas y amarillas. Y por encima, una estatua, con el
brazo derecho extendido, intensificaba la sombra hasta hacerla violeta. Allí
yacía Flush, al fresco, contemplando a los perritos ocupados en sus asuntos
particulares. Regañaban, se mordían y retozaban por el suelo con todo el
abandono de la alegría juvenil. Se perseguían unos a otros dando la vuelta a la
plaza innumerables veces, como él persiguiera cierta vez a la perrita con
pintas por aquella alameda... Sus pensamientos volaron a Italia por un
momento... a la spaniel de míster
Partridge, a su primer amor... al éxtasis y al candor de la juventud. Después
de todo, también a él le había tocado su parte. No le sabía mal que los jóvenes
de ahora disfrutasen de la vida. El mundo se le había hecho muy agradable. No
teniá quejas de él. La vendedora le rascó detrás de la oreja. A veces le había
dado algún pescozón por haber robado un racimo o por cualquier otra
inconveniencia; pero ya era viejo, y también ella era vieja. Flush le guardaba
sus melones y ella le rascaba la oreja. Ahora, mientras la vieja hacía punto,
él dormitaba. Las moscas zumbaban sobre el gran melón rosado, recién rajado
para mostrar su pulpa.
El sol filtraba
deliciosamente su ardor por entre las hojas de los lirios y a través de la
sombrilla verdiblanca. La estatua de mármol matizaba de frescura este calor.
Flush, tumbado, dejaba que le penetrase por la pelambre hasta su piel desnuda.
Y, cuando se tostaba por un lado, se volvía del otro, para que también se lo
tostase el sol. La gente charlaba y regateaba sin cesar; pasaban mujeres, se
paraban a tocar las verduras y las frutas... Un perpetuo zumbar de voces
humanas que a Flush le encantaba escuchar. Al cabo de un rato se adormeció a la
sombra de los lirios. Durmió como duermen los perros cuando están soñando. En
cierto instante se le estiraron las patas... ¿Soñaba acaso que cazaba conejos
en España? ¿Corría por la ladera de un monte con unos hombres morenos que
gritaban Span! Span! al cruzar los
conejos, como centellas, entre la maleza? Luego volvió a quedarse inmóvil. Y, a los pocos momentos, grunó, rápida y
suavemente, muchas veces seguidas. Quizás estuviese oyendo al doctor Mitford
incitando a sus lebreles en las cacerías de Reading. Luego se le movió la cola
mansamente. ¿Estaría oyendo a la vieja miss Mitford gritándole: «¡Perro malo!
¡Perro malo!», cuando volvía al lado de ella, que lo esperaba entre las
hortalizas agitando su sombrilla? Luego poníase a roncar, envuelto en el
profundo sueño de una vejez feliz. De repente se agitaron todos los músculos de
su cuerpo. Se despertó con una violenta sacudida. ¿Dónde creyó hallarse? En Whitechapel, entre los rufianes? ¿Había
vuelto a sentir el filo del cuchillo en su cuello?
Lo cierto es que
despertó de su ensueño sobrecogido de terror. Salió huyendo como si buscase un
refugio. Las mujeres del mercado se rieron y le tiraron uvas podridas,
gritándole que volviera. No les hizo caso.
Las ruedas de los carros casi lo aplastaron
cuando pasaba veloz entre ellas, por las calles, recibiendo de pasada las
maldiciones y los latigazos de los carreteros. Chiquillos medio desnudos le
arrojaban guijarros, vociferando a su paso. Matta!
Matta!. Sus madres corrían a los umbrales y metían a sus hijos en casa,
asustadas. ¿Estaría rabioso? ¿Le había enloquecido el sol? ¿O es que había oído
otra vez el cuerno de caza de Venus? ¿O, al cabo, lo había poseído uno de esos
espíritus golpeadores americanos que
habitaban en las patas de las mesas? Cualquiera que fuese la causa, así iba
disparado, en zigzag, subiendo una calle, bajando pnr otra, hasta llegar a la
puerta de la Casa Guidi. Subió las escaleras y se fue derecho al salón.
La señora Browning
estaba recostada en el sofá, leyendo. Cuando entró, lo miró sobresaltada. No,
no era un espíritu... era sólo Flush. Se rió. Entonces, al verlo saltar al sofá
y apretar su cabeza contra el rostro de ella, le acudieron a la memoria las
palabras de aquel poema que escribiera:
¿Veis este perro? Ayer mismo cavilaba yo aquí
sin hacerle caso, hasta que los pensamientos me arrancaron cada uno una
lágrima. Entonces se me acercó, por la almohada ‑ sobre la que reposaba mi
húmeda mejilla ‑, una cabeza tan peluda como la de Fauno, y al instante la tuve
apoyada en mi rostro. Dos ojazos oro claro asombraron a los míos, y una oreja,
larga y caída, enjugó la espuma de mi melancolía. Sorprendíme al principio,
como un árcade a quien sobrecogiera la presencia de un dios cabrío en la
medialuz de un bosquecillo; pero, cuundo la barbuda aparición acabó de secar
mis lágrimas, reconocí a Flush y me repuse de mi sorpresa y de mi pena, dando
gracias al verdadero Pan, quien, valiéndose de criaturas insignificantes, nos
permite conocer cumbres de amor.
Había escrito aquel poema años atrás, en
Wimpole Street, cuando era muy desventurada. Ahora era feliz. Estaba envejeciendo, y Flush también. Se
inclinó un momento sobre él. La cara de mistress Browning, con su boca ancha,
sus grandes ojos y espesos rizos, seguía teniendo un extraño parecido con la de
él. Ambos rostros parecían proceder del mismo molde y haberse desdoblado
después, casi como si cada uno cumpletase lo que estaba latente en el otro.
Pero ella era una mujer; él, un perro. Mistress Browning siguió leyendo.
Después volvió a mirar a Flush. Pero éste no la miraba ya. Se había operado en él un
cambio extraordinario. «¡Flush!», exclamó mistress Browning. Pero no
respondió. Había estado vivo; ahora estaba muerto[11]. La mesa del salón ‑ eso sí que fue raro ‑
permaneció absolutamente inmóvil.
***
[1] Corporación inglesa que regula los
asuntos de heráldica y estudia si procede o no reconocer un título. (N. de E.)
[2] Miss Barrett
dice: «Tenía yo un visillo cubriendo mi ventana abierta.» Y añade. «Papá me insulta por su parecido
con el escaparate de un confitero, pero esto no le impide emocionarse cuando el
sol ilumina el castillo». Algunos sostienen que el castillo, y lo demás, estaba
pintado con una sutil sustancia metálica; otros, que era una cortinilla de
muselina ricamente bordada. No parece que haya manera de llegar a una
conclusión exacta. (N. de A.)
[3] En esto quizás haya cierta exageración;
hubo que basarse en conjeturas. Miss Mitford es la fuente de información. Se
dice que ésta se expresó det modo siguiente en una conversación con míster
Horne: «Ya sabe usted que nuestra querida amiga sólo ve a las personas de su
familia, y a una o dos de fuera. Tiene muy buena opinión de la habilidad para
la lectura y del buen gusto de Mr...
Y hace que le lea los nuevos poemas escritos por ella. Y Mr... se sitúa de pie
en la alfombrilla de la chimenea, alza en una mano el manuscrito y eleva la voz
mientras nuestra querida amiga sigue tendida en el sofá, envuelta en sus chales
de la India, prestando una gran atención, con la cabeza inclinada y sus negras
y largas trenzas cayéndole hacia delante... Pero a nuestro querido Mr... le
falta un diente ‑ un diente lateral ‑y esto, ya puede usted figurarse, hace que
su pronunciación sea defectuosa... una amable inconcreción, un vago
reblandecimiento de las sílabas que las mezcla unas con otras, de manera que no
se sabe si ha dicho silencio o ilencio... » No cabe duda de que Mr... era
míster Kenyon; los puntos suspensivos los requería la delicadeza especial de
los victorianos en lo referente a la dentadura. Pero esto afecta a cuestiones
de mayor importancia, concernientes a la Literatura inglesa. Se ha venido
acusando a miss Barrett desde hace mucho tiempo, de un oído defectuoso. Miss
Mitford sostiene que más bien era mister Kenyon el que no hablaba con claridad
a causa de su mella. Por otra parte, la misma miss Barrett afirmó que sus rimas
nada tenían que ver con el defecto dental de míster Kenyon ni con su propia
falta de oído. «He prestado una grandísima atención», escribió, «‑ más de lo
que hubiera necesitado para rimar con exactitud ‑ a la cuestión de las rimas y
he decidido aventurarme a sangre fría a hacer ciertos experimentos.» Por eso rimó angels con candles, heaven con unbelieving, e islands con silence... a
sangre fría. Que
decidan los profesores; pero cualquiera que haya estudiado el carácter y la
vida de mistress Browning se sentirá inclicado a creer que era una tenaz
transgresora de reglas, ya fueran de arte o de amor, y a culparla de alguna
complicidad en el desarrollo de la poesía moderna. (N. de A.)
[4] En la vida de Browning escrita por
mistress Orr se hace constar que llevaba guantes de color limón. Mistress
Bridell‑Fox, que lo trató en los años 1835‑6, dice: «... era por entonces alto
y muy guapo, de tez morena y ‑ si se me permite indicarlo ‑ quizás un poquito dandy, muy aficionado a los guantes de
cabritilla, de color limón y a cosas por el estilo». (N. de A.)
[5] En realidad, Flush fue secuestrado tres
veces; pero las reglas clásicas de unidad de acción, lugar y tiempo, parecen
requerir que los tres robos se condensen en uno. La suma total pagada por
miss Barrett a los ladrones de perros fue de 20 libras. (N. de A.)
[6] Quienes hayan leído Aurora Leigh... Pero, como esas personas no existen, hay que
explirar que mistress Browning escribió un poema con ese título, uno de cuyos
más vívidos es aquel que (aunque con la deformación natural en una artista que
ve su tema desde un coche, con Wilson
tirándole de la falda) describe un sector del hampa de Londres. Resulta
evidente que mistress Browning poseía un fondo de curiosidad por la vida humana
que no se satisfacía, ni muchísimo menos, con los bustos de Homero y Chaucer,
que estaban sobre el lavabo en el dormitorio. (N. de A.)
[7] La vida de Lily Wilson es sobremanera
oscura y está pidiendo a voces los servicios de un biógrafo. Ningún otro
personaje de los que aparecen en las cartas de los Browning ‑ aparte de los
protagonistas ‑ despierta más nuestra curiosidad, burlándola al mismo tiempo.
Su nombre era Lily; y su apellido Wilson. Esto es cuanto sabemos de su origen y
su educación.
Quizá fuese hija
de un labrador de las cercanías de Hope End, y mereciese una buena acogida por
parte de la cocinera de los Bartett debido a sus modales comedidos y a la
limpieza de su delantal, de modo que al hallarse un día en la gran casa, adonde
hubiera ido con algún encargo, la señora Barrett entrase en la cocina con
cualquier motivo y le causara la muchacha tan buena impresión que la tomase
para doncella de miss Elisabeth; o quizá fuera una cockney; o puede que fuera escocesa... Vaya usted a
saber... Lo
cierto es que se hallaba al servicio de miss Barrett en el verano de 1846. Era
«una criada cara», pues le pagaban un sueldo anual de 16 libras. Se conoce muy
poco su manera de ser, ya que hablaba casi tan escasas veces como Flush; y como
quiera que miss Barrett nunca escribió un poema sobre ella, nos resulta menos
familiar que aquél. No obstante, se deduce claramente de algunas referencias en
la correspondencia de su ama que en un principio esa una de esas criadas
británicas muy serias y correctas, casi hasta un grado inhumano, que
constituían por aquel entonces la gloria de los sótanos ingleses. Es indudable
que Wilson era partidaria acérrima de las prerrogativas y las ceremonias. Es
evidente que Wilson reverenciaba «la habitación»; Wilson hubiera sido la
primera en insistir en que los criados de menos categoría debían comer su pudín
en un sitio y los de más categoría en otro. Todo esto va implícito en su
observación de que pegó a Flush con la mano «porque era de justicia». Semejante
respeto por los convencionalismos ‑ no es preciso ni decirlo ‑ lleva consigo un
extremado horror ante cualquier infracción de ellos. Así, cuando Wilson se
halló frente a las clases inferiores en la calle Manning, se alarmó muchísimo
más, y estaba mucho más convencida de la condición de asesinos de los ladrones
de perros que la misma miss Barrett. Al mismo tiempo, el modo heroico de vencer
su terror y acompañar a miss Barrett en el coche muestra lo profundamente que
había arraigado en ella otro principio: el cariño a su ama. Adonde iba miss
Barren, allí iba también Wilson. Este principio quedó triunfalmente demostrado
por su conducta con ocasión del secuestro. Miss Barrett había dudado del valor
de Wilson; pero sus dudas resultaron injustificadas. «Wilson», escribió, y
éstas fueron las últimas palabras que escribiera a míster Browning siendo aún
miss Barrett, «se ha portado conmigo perfectamente. ¡Y yo,
que la llamaba «tímida», y asustándome de su timidez! Empiezo a creer que
nadie es más audaz que los tímidos, cuando una causa justa los estimula».
Merece la pena, entre paréntesis, ocuparse unos instantes de lo extremadamente
precaria que es la vida de una criada. Si Wilson no se hubiera marchado con
miss Barrett, «la hubieran puesto en la calle ‑ miss Barrett estaba segura de
ello ‑ antes de anochecer», con unos cuantos chelines, ahorrados de sus
dieciséis libras anuales, por todo capital. ¿Y cuál habría sido entonces su
sino? Este problema quedará sin resolver, ya que las novelas inglesas de la
cuarta década del siglo pasado apenas se ocupan de las vidas de las doncellas
que servían a las damas, y los biógrafos no han proyectado sus reflectores
hasta un lugar tan bajo. Pero el caso es que Wilson se zambulló en la aventura.
Declaró que «iría conmigo a cualquier parte del mundo». Abandonó el sótano, la
habitación, el mundo de Wimpole Street entero, que significaba para Wilson
cuanto pueda haber de civilización ‑ la vida ponderada y decente ‑, cambiando
todo esto por el desenfreno y la irreligiosidad de un país extranjero. Es
curiosísimo observar el conflicto que tuvo lugar ‑hallándose en Italia ‑ entre
la compostura británica de Wilson y sus impulsos naturales. Se mofó de la Corte
italiana; la indignaron los cuadros italianos. Pero, aunque la hiciera
retroceder, escandalizada, «la indecencia de las Venus», Wilson ‑ dicho sea en
favor suyo ‑ parece haberse parado a considerar que todas las mujeres se quedan
desnudas cuando se quitan los vestidos. Hasta yo misma ‑ es posible que pensara
‑ estoy desnuda dos o tres segundos al día. Por eso «probará otra vez, y quién
sabe si entonces podrá vencer su embarazoso pudor». Es indudable que éste cedió
rápidamente. Al poco tiempo no sólo le parecía muy bien Italia, sino que se
enamoró del signor Righi, de la Guardia Ducal («Todos ellos son personas muy
respetables y morales, y algunos llegan a los seis pies de estatura», decía
mistress Browning.) Wilson llevó un anillo de prometida, dio calabazas a un
pretendiente londinense y empezó a aprender italiano. Luego se nos vuelven a
nublar las fuentes de información, y cuando se alejan las nubes nos descubren a
Wilson abandonada... , «el infiel Righi ha roto su compromiso con Wilson». Se
sospecha que el culpable de aquello fue su hermano, un mercero al por mayor
establecido en Prato. Cuando Righi se licenció de la Guardia Ducal, se hizo ‑
por consejo de su hermano ‑ mercero al por menor en Prato. Bien fuera que su
situación requiriese en su futura mujer un conocimiento de la mercería, o bien
encontrase en Prato una joven con esas disposiciones, lo cierto es que no
escribía ya a Wilson con la frecuencia debida. Nos es imposible determinar con
exactitud cuál fue la conducta de este hombre tan moral y respetable, conducta
que hizo exclamar a mistress Browning, en 1850: «[Wilson] esta curada definitivamente de aquello. ¿Cómo
iba a seguir amando a un hombre semejante?» Imposible aclarar por qué había
descendido en tan poco tiempo a ser «un hombre semejante». Abandonada por
Righi, Wilson se unió cada vez más a la familia Browning. No sólo desempeñaba
sus deberes de criada al servicio de la señora, sino que hacía pasteles,
confeccionaba vestidos, y dedicó sus solícitos cuidados a Penini, el pequeñín
de la casa. De modo que, con el tiempo, el niño llegó a elevarla a la categoría
de familiar ‑ lo cual se merecía con toda justicia ‑ insistiendo en llamarla
sólo Lily. En 1855 casóse Wilson con Romagnoli, criado de los Browning, «un
hombre de tierno corazón»; y ambos siguieron sirviendo a los Browning durante
algún tiempo. Pero en 1859 aceptó Robert Browning «el cargo de tutor de
Landor», función muy delicada y de gran responsabilidad, pues Landor era de
natural difícil y «no sabía contenerse en nada», según escribió mistress
Browning. En estas circustancias, nombraron a Wilson «su señora de compañía»,
con un salario de veintidós libras al año. Más adelante le subieron el sueldo a
treinta libras, pues el hacer de «señora de compañía» de un «viejo león», que
posee además «los impulsos de un tigre», arrojando los platos por la ventana o
al suelo si no le gustaba la comida, y sospechando que los criados abren los
cajones, entrañaba ‑ como observó la señora Browning ‑ «ciertos riesgos, y no
sería yo quien me expusiera a ellos». Pero a Wilson, que había tratado a míster
Barrett y a los espíritus, no le importaba mucho que salieran volando por la
ventana unos platos más o menos... Eran gajes del oficio.
Sus días ‑ por lo que aún podemos
distinguir de ellos ‑formaron una extraña sucesión. Empezaran o no en algún
remoto pueblecito inglés, lo cierto es que terminaron en Venecia, en el Palazzo
Rezzonico. Alií, por lo menos, vivía aún en el año 1897, ya viuda, en una casa
del muchachito a quien tanto cuidó y quiso: míster Barrett Browning. Muy
extraña procesión de días... es posible que pensara aquella anciana, soñando a
la luz roja del ocaso veneciano. Sus amigas, casadas con labriegos, venían aún ‑pisando
inseguras el césped inglés‑ a tomarse un vaso de cerveza. Se había fugado con
miss Barrett a Italia; había visto las cosas más extrañas: revoluciones,
guardias, espíritus, míster Landor tirando los platos por la ventana...
Luego, la muerte
de mistress Browning... No, no le faltarían a la vieja cabeza de Wilson cosas
en qué pensar cuando se sentaba por las tardes junto a una ventana del Palazzo
Rezzonico. Pero sería inútil que pretendiéramos saber en qué consistían esos
pensamientos, pues era una típica representante de ese gran ejército formado
por las criadas inescrutables, silenciosas e invisibles, que en la historia han
sido. «No podría hallarse un corazón más honrado, fiel y cariñoso que el de
Wilson.» Estas palabras de su ama pueden servirle de epitafio. (N. de A.)
[8] Parece ser que a mediados del siglo XIX
era Italia famosa por sus pulgas. Desde luego, servían para romper con muchos
convencionalismos, muy difíciles de evitar de otra manera. Por ejemplo, cuando
Nathaniel Hawthorne fue a tomar el té en casa de miss Bremen, en Roma (1858),
«hablamos de las pulgas, insectos que en Roma están a la orden del día; abundan
tanto y es tan difícil librarse de ellas, que no se siente embarazo alguno para
aludir a las grandes molestias que causan. A la pobrecita miss Bremen la estuvo
atormentando una mientras nos servía el té...» (N. de A.)
[9] Nerón (1849‑60, aproximadamente), era,
según Carlyle, un «perrito cubano, blanco casi todo él, muy vivo y afectuoso;
pero, aparte de eso, no tenía gran mérito...» Se dispone de abundante material
para reconstruir su vida, pero no es ésta la ocasión de utilizarlo. Baste decir
que lo robaron; que volvió con un cheque, destinado a Carlyle, atado al cuello;
que «dos o tres veces lo eché a nadar en el mar (en Aberdour), lo cual no le
hizo ni pizca de gracia», y que en 1850 se arrojó por la ventana de la biblioteca
y se estrelló contra el suelo. «Fue después del desayuno», dice mistress
Carlyle; «había estado asomado a la ventana, que estaba abierta, contemplando
los pájaros... Yo me hallaba aún en la cama, cuando oí gritar a Elizabeth:
"¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Nerón!" Y salí como un vendaval escaleras abajo,
hasta la calle... Míster C. bajó de su dormitorio con la barbilla llena de
jabón y preguntó: "¿Le ha ocurrido algo a Nerón?" "¡Oh, señor, debe de haberse roto todas las patas, se
tiró por la ventana de usted!" "¡Dios me valga!" dijo míster C.,
y subió a acabarse de afeitar.» Sin embargo, no se le rompió ningún hueso, y
sobrevivió de aquello para ser atropellado por el carro de un carnicero, y
morir de los efectos de este accidente, el primero de febrero de 1860. Está
enterrado en el cementerio de Cheyne Row, bajo una pequeña losa de piedra. Podría
dar lugar a un interesantísimo tratado de psicología canina el investigar si
intentó suicidarse o si fue, sencillamente, que quiso saltar tras los pájaros,
como insinúa la señora Carlyle. Algunos sostienen que el perro de Byron se
volvió loco por afinidad con su amo, y otros, que Nerón se dejó arrastrar por
una incurable melancolía en su afán de asociarse a la de míster Carlyle. Lo
relativo a la influencia ejercida en los perros por el espíritu de su época, a
la posibilidad de llamar isabelino a un perro, victoriano a otro, etcétera...
así como a la influencia, en los perros, de la filosofía y la poesía de su
época, merece un desarrollo más amplio del que pudiera tener aquí. Por ahora
han de permanecer en la oscuridad los motivos que impulsaron a Nerón. (N. de
A.)
[10] Mrs. Huth Jackson dice, en A Victorian Childhood: «Lord Arthur
Russell me dijo, muchos años después, que de pequeño lo llevó su madre a
Knebworth, A la mañana siguiente, cuando se hallaba desayunando, vio llegar a
un anciano de extraño aspecto, con una bata deslucida, que dio una vuelta
alrededor de la mesa, mirando fijamente, y uno tras otro, a todos los
huéspedes. Oyó al vecino de mesa de su madre que la advertía en voz baja:
"No le haga usted caso. Se cree invisible." Era Lord Lytton en
persona» (págs. 17‑18). (N. de A.)
[11] Es seguro que Flush murió; pero se
desconocen la fecha y las circunstancias de su muerte. La única referencia que
poseemos es la de haber vivido Flush «hasta una edad bastante avanzada, y está
enterrado en la cripta de la Casa Guidi». Mistress Browning fue enterrada en el
Cementerio inglés de Florencia, y Robert Browning en la Abadía de Westminster. De manera que
Flush yace aún hajo la casa donde vivieron antaño los Browning. (N. de A.)

