Libro N° 6041. Al Faro. Woolf, Virginia.
© Libro N° 6041.
Al Faro. Woolf, Virginia.
Emancipación. Mayo 25 de 2019.
Título
original: © Al Faro. Virginia Woolf
Versión Original: © Al Faro. Virginia Woolf
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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CRÍTICA TODA LA CULTURA
AL FARO
Virginia Woolf
I
LA VENTANA
1
|
-S |
í, mañana, por supuesto, si hace bueno -dijo Mrs. Ramsay-. Pero
tendréis que levantaros con la
alondra-agregó.
Estas palabras proporcionaron a su hijo una alegría extraordinaria,
como si la excursión fuera ya cosa hecha; como si toda la ilusión con la que
había aguardado este momento, que parecía haber tardado años y años, estuviese,
tras la oscuridad de la noche, tras un día de navegación, al alcance de la
mano. Pero, puesto que, ya a los seis años, era miembro de ese gran grupo que
no consigue mantener en orden los sentimientos, sino que consiente que las
esperanzas futuras, con sus penas y alegrías, empañen lo que sí que está al
alcance de la mano, y puesto que, para quienes son así, desde la más temprana
infancia, cualquier movimiento de la rueda de las emociones tiene el poder de
hacer cristalizar y detener el momento sobre el que recae ya la pena, ya la
exaltación, James Ramsay, que, sentado en el suelo, recortaba estampas del catálogo
ilustrado del economato de la armada y el ejército, mientras su madre hablaba,
adomó el cromo del refrigerador con una bienaventuranza celestial. Rodeaba el
dibujo un halo de complacencia. La carretilla, la cortadora de césped, el
sonido de los álamos, las hojas que blanqueaban antes de la lluvia, el graznido
de los grajos, los ruidos de las escobas, el rumor de los vestidos: todo esto
tenía en su mente color y forma tan propios que les había dedicado un código
personal, una lengua secreta; aunque él, por su parte, era la viva imagen del
rigor, de la más inflexible seriedad: frente despejada, apasionados ojos
azules, inmaculadamente inocentes y puros, ceño severo ante la fragilidad
humana; todo esto hacía pensar a su madre (mientras observaba cómo las tijeras
seguían con cuidado el contorno del refrigerador), en los estrados, en
visiones de togas rojas y armiños'; o en la responsabilidad de algún asunto a
la vez delicado y de gran importancia, algo relacionado con alguna grave
crisis de los asuntos públicos.
-Pero no hará bueno -dijo
su padre, parado ante la ventana del salón.
Si hubiera tenido a mano
un hacha, un espetón, o cualquier otra arma con la que hubiera podido
atravesarle el pecho, y haberlo matado en aquel mismo momento, James habría
echado mano de ella. Tan desmesuradas eran las emociones que Mr. Ramsay
despertaba entre sus hijos con su sola presencia; ahí estaba: flaco como hoja
de cuchillo, cortante, con su sonrisa sarcástica; contento no sólo por el
placer de aguar la fiesta a su hijo, y de dejar en ridículo a su esposa, diez
mil veces mejor que él en todos los sentidos (creía James), sino por poder
exhibir además cierta secreta vanidad por la precisión de sus juicios. Decía la
verdad. Siempre decía la verdad. No sabía mentir, nunca desfiguraba la
naturaleza de un hecho cierto, jamás modificaría una palabra, por desagradable
que fuera, para acomodarla a la conveniencia o el gusto de nadie; y menos aún
la modificaría para complacer a sus propios hijos, de su carne y sangre,
quienes debían saber desde la infancia que la vida es dificil, que con la
realidad no se puede jugar, que para el viaje hacia esa tierra de fábula en la
que se extinguen nuestras más ardientes esperanzas, donde naufragan nuestras
frágiles barquillas en medio de las tinieblas (aquí Mr. Ramsay se erguía, los
ojillos azules se convertían en rendijas dirigidas hacia el horizonte), lo que
hace falta es, sobre todo, valor, sinceridad, fuerza para conllevar los
padecimientos.
-Pero puede que haga
bueno, y confio en que haga bueno -dijo Mrs. Ramsay, tirando con un leve
movimiento impaciente del hilo de lana castaño-rojiza del calcetín que estaba
tejiendo. Si acabara esta tarde, y si, después de todo, fueran al Faro, podría
regalarle los calcetines al torrero, para el niño, que tenía síntomas de
coxalgia; también les llevaría un buen montón de revistas atrasadas, tabaco y,
cómo no, cualquier otra cosa de la que pudiera echar mano, y que no fuera
verdaderamente indispensable; cosas de esas que lo único que hacen es estorbar
en casa; debían de estar, los pobres, aburridos hasta la desesperación, todo el
día allí, de brazos cruzados, sin nada que hacer, excepto cuidar el Faro,
atender la mecha, pasar el rastrillo por un jardín no más grande que un
pañuelo: necesitaban entretenerse. Porque, se preguntaba, ¿a quién puede
gustarle estar encerrado durante todo un mes, o acaso más (cuando había
tormentas), en un peñón del tamaño de un campo de tenis?, ¿no recibir cartas ni
periódicos?, ¿no ver a nadie?; si estuvieras casado, ¿no ver a tu esposa?,
¿ni saber dónde están tus hijos?, ¿si están enfermos, o si se han caído y se
han roto piernas o brazos?; ¿ver siempre las mismas lúgubres olas rompiendo una
semana tras otra?; ¿y después la llegada de una horrible tempestad, y las
ventanas llenas de espuma, y las aves que se estrellan contra el farol, y el
movimiento incesante, sin poder asomar la nariz por temor a que te arrastre la
mar? ¿A quién puede gustarle eso?, se preguntaba, dirigiéndose de forma
especial a sus hijas. A continuación, cambiando de actitud, añadía que era
preciso llevarles todo lo que pudiera hacerles la vida algo más grata.
-Sopla de poniente -dijo
Tansley, el ateo, abriendo los dedos de forma que el viento pasara entre ellos;
compartía con Mr. Ramsay el paseo vespertino por el jardín, de un lado para
otro, y vuelta a empezar. Lo que quería decir es que el viento soplaba en la
peor dirección posible para desembarcar en el Faro. Sí, hasta Mrs. Ramsay
estaba de acuerdo, vaya si le gustaba decir cosas desagradables; era detestable
que les refregara eso, y que hiciera que James se sintiera aún más desdichado;
sin embargo, no les consentía que se rieran de él. «El ateo -lo llamaban-, el
ateazo.» Rose se burlaba de él; Prue se burlaba de él; Andrew, Jasper, Roger se
burlaban de él; hasta el viejo y desdentado Badger había intentado morderlo,
porque era el joven número ciento diez (eso había dicho Nancy) que los había
perseguido hasta las Hébridas, donde lo que de verdad les gustaba era estar
solos.
-Bobadas -dijo Mrs.
Ramsay, muy seria. Aparte de una muy general tendencia a exagerar, que habían
heredado de ella, y aparte de la insinuación (era verdad) de que invitaba a
demasiada gente a quedarse con ellos, y que tenía que hospedar a algunos en el
pueblo, no podía soportar que nadie fuera descortés con los invitados,
especialmente con los jóvenes, porque solían ser pobres de solemnidad; «qué
gran talento», decía su marido; eran sus admiradores, e iban a pasar las vacaciones
allí. A decir verdad, ella extendía su protección a todos los miembros del
sexo opuesto; por razones que no sabría explicar, por su caballerosidad y
valor, porque negociaban tratados, gobernaban la India, controlaban el mundo
financiero, y, en fin, por una actitud hacia ella misma que no habría mujer que
dejara de considerar halagüeña, una actitud que representaba algo en lo que
confiar, algo infantil, reverencial; algo que una anciana podría aceptar por
parte de un joven sin merma de su dignidad, y ay de la muchacha -¡al cielo
rogaba que no fuera ninguna de sus hijas!- que, en lo más íntimo de su ser, no
supiera apreciar esto en su verdadero valor, en todo lo que implicaba.
Se volvió con severidad
hacia Nancy. No los había perseguido, dijo, lo habían invitado.
Tenía que haber alguna forma de escaparse de todo esto. Tendría
que haber algo más sencillo, algo menos laborioso; suspiró. Cuando se miraba en
el espejo, y se veía el pelo gris, las mejillas hundidas, los cincuenta años,
pensaba en que quizá podía haber hecho las cosas mejor: su marido, el dinero,
los libros de él. Pero, por su parte, ni por un segundo se arrepentía de las
decisiones que había tomado, tampoco eludía las dificultades, ni se demoraba
en el cumplimiento de su deber. El aspecto que tenía era formidable; y sólo en
la intimidad de su conciencia, levantando la mirada de los platos, después de
que ella hubiera hablado con tanta seriedad acerca de Charles Tansley, se
atrevían sus hijas -Prue, Nancy, Rose- a entretenerse con ideas heréticas, de
las que eran responsables exclusivas, acerca de una vida enteramente diferente
de la de ella; quizá en París; una vida más animada; no ocupándose siempre del
hombre que fuera; porque en todas sus mentes habían brotado dudas inexpresadas
acerca de la deferencia, la caballerosidad, el Banco de Inglaterra y el Imperio
de la India, las sortijas y los encajes; aunque para todas ellas había en todo
esto algún componente fundamental de la belleza, algo que despertaba la
admiración por la virilidad en sus corazones infantiles, y que, sentadas a la
mesa bajo la mirada de su madre, les hacía honrar aquella extraña severidad,
aquella cortesía tan perfecta (como la de una reina que alzara del barro el
sucio pie de un pobre para lavarlo), cuando las amonestaba con tanto rigor por
lo del desdichado ateo que los había perseguido -hablando con propiedad, a
quien habían invitado- hasta la isla de Skye.
-Mañana no se podrá
desembarcar donde el Faro -dijo Charles Tansley, dando palmadas, parado ante la
ventana, junto a Mr. Ramsay. Vaya si había hablado más de la cuenta. Habría
deseado que ambos los hubieran dejado en paz, a ella y a James, y que hubieran
seguido hablando de sus cosas. Se le quedó mirando. Según los niños era un
espécimen poco afortunado, un escaparate de irregularidades; no sabía jugar al
críquet, era gruñón, arrastraba los pies. Un animal insolente, había dicho
Ándrew. Sabían muy bien qué era lo que de verdad le gustaba: pasear
eternamente, de acá para allá, de allá para acá, con Mr. Ramsay, y hablar de
quién había ganado esto, y quién había ganado aquello; quién era un talento
«de primera» para la composición poética en latín; quién era «brillante, pero,
en el fondo, superficial»; quién era, sin ninguna duda, el «individuo con más
talento de Balliol»; quién había sepultado su genio, por poco tiempo, en
Bristol o Bedford, pero de quien no se iba a dejar de hablar en cuanto vieran
la luz sus Prolegoma dedicados a alguna rama de las ciencias matemáticas o la
filosofía, y de los que Mr. Tansley tenía ya las galeradas de las primeras
páginas, por si Mr. Ramsay quería leerlas. De cosas como éstas es de lo que
hablaban.
A veces ni ella podía
contener la risa. Algo había dicho ella acerca de «unas olas como montañas».
Sí, estaba algo borrascoso, había respondido Charles Tansley.
-¡No se ha calado hasta
los huesos? -había dicho ella.
-Algo húmedo, no calado
-había respondido Mr. Tansley, pellizcando la manga, tocando los calcetines.
Pero no era eso lo que
les preocupaba, decían los niños. No era la cara, ni los modales. Era él, eran
sus opiniones. Cuando hablaban de algo interesante, gente, música, historia,
cualquier cosa, incluso cuando decían que hacía una buena tarde, y que querían
salir a sentarse afuera, lo que les molestaba de Charles Tansley es que no se
sentía satisfecho si no daba un rodeo para que fuera lo que fuera lo reflejara
a él, y les hiciera sentirse conscientes de su superioridad, hasta conseguir
irritarlos con su agria forma de exterminar tanto las flaquezas como la
grandeza de la humanidad. Si iba a una exposición de pintura, lo primero que
hacía era preguntar por la opinión que les merecía su corbata. Bien sabe Dios,
decía Rose, que no era precisamente una corbata que pudiera gustar a
cualquiera.
Desaparecían de la mesa
tan sigilosamente como ciervos, en cuanto terminaban de comer; los ocho hijos e
hijas de Mr. y Mrs. Ramsay se dirigían a sus dormitorios, sus fortalezas en
una casa en la que no había ninguna otra intimidad para hablar de nada o de
todo: de la corbata de Tansley, de la aprobación de la Ley de Reforma', de las
aves marinas y de las mariposas, de la gente; allí caía el sol sobre las
habitaciones de los áticos, separadas por una delgada pared que permitía oír
las pisadas con toda claridad, y permitía oír también los sollozos de la
muchacha suiza cuyo padre agonizaba de cáncer en un valle de los Grisones; caía
el sol e iluminaba los palos de críquet, los pantalones de franela, los
sombreros de paja, los tinteros, los frascos de pintura, los escarabajos, los
cráneos de pajarillos; y extraía el sol de las largas tiras de algas adornadas
como con puntillas, pegadas a las paredes, cierto olor a sal y algas, que
también se hallaba en las toallas, ásperas de la arena de la playa.
Porfías, divisiones,
diferencias de opiniones, prejuicios arraigados en lo más íntimo de cado uno;
qué pena que se manifestaran tan pronto, se lamentaba Mrs. Ramsay. ¡Sus hijos!,
eran tan críticos. Decían tantas tonterías. Salió del comedor, llevaba a James
de la mano, porque no quería ir con los demás. Eso de inventarse diferencias,
le parecía una tontería muy, muy grande; ya era bastante diferente la gente
sin necesidad de hacer más grandes las diferencias de lo que eran. Las
diferencias de verdad, pensaba, junto a la ventana del salón, ya son pero que
muy profundas, demasiado. En aquel momento pensaba en las diferencias entre
ricos y pobres, superiores e inferiores; los de alta cuna recibían de ella,
medio a contrapelo, su respeto, porque también corría por sus venas sangre de
aquella noble, aunque algo legendaria, casa italiana, cuyas hijas, repartidas
por los salones ingleses a lo largo del siglo XIX, habían ceceado con tanto
encanto, y se habían divertido tan alocadamente; y todo su ingenio, aspecto y
temperamento procedían de ellas, y no de las indolentes inglesas, ni de las
frías escocesas; pero el otro problema lo rumiaba con más detenimiento: ricos
y pobres; lo que veía con sus propios ojos, todas las semanas, a diario, aquí o
en Londres, cuando visitaba a esa viuda, o iba en persona a ver a aquella
esposa luchadora, con la cesta bajo el brazo, con el cuaderno y ese lapicero
con el que anotaba en columnas cuidadosamente trazadas los ingresos y los
gastos, el empleo y el paro, con la esperanza de dejar de ser una ciudadana
particular cuya caridad fuese un ejercicio sentimental para justificarse ante
sí misma, o fuese un remedio que curase su curiosidad, y se convirtiese en
aquello que su mente nada adiestrada más admiraba: en una investigadora, en alguien
que se ocupara de resolver en serio los problemas sociales.
Problemas irresolubles,
se le antojaban, allí, en pie, mientras llevaba a James de la mano. La había
seguido hasta el salón, el joven ese del que se reían; estaba junto a la mesa,
enredando con algo, torpe, se sentía extraño; sabía todo eso sin necesidad de
mirar. Se habían ido todos -los niños, Minta Doyle y Paul Rayley, Augustus
Carmichael, Mr. Ramsay-, se habían ido todos. De forma que se volvió con un
suspiro,
y dijo: «No se aburrirá si le pido que me acompañe,
¿verdad, Mr. Tansley?»
Tenía que hacer un recado
en el pueblo; tenía que escribir una o dos cartas, tardaría unos diez minutos;
tenía que ponerse el sombrero. Diez minutos más tarde, con la cesta y el
sombrero, ahí estaba de nuevo, daba la impresión de estar preparada, preparada
para una excursión, que, no obstante, debía aplazar un momento, al pasar por el
campo de tenis, para preguntar a Mr. Carmichael, que tomaba el sol con los ojos
entomados, amarillos ojos de gato, que al igual que los de los gatos parecían
reflejar el movimiento de las ramas o el paso de las nubes, pero no mostraban
señal alguna de ninguna clase de pensamiento o de emoción, ni si quería algo.
Porque se trataba de una
expedición de las de verdad, dijo ella, riéndose. Iban al pueblo. «¿Sellos,
papel de cartas, tabaco?», dijo, detenida junto a él. Pero no, no necesitaba
nada. Tenía las manos cruzadas sobre la espaciosa panza, parpadeó, como si
hubiera querido corresponder a su amabilidad (era seductora, aunque algo
nerviosa), pero fuera incapaz, hundido como estaba en una somnolencia verdegrís
en la que incluía a todos, sin necesidad de palabras, en un vasto y benévolo
letargo de buenas intenciones, y en el que cabía toda la casa, todo el mundo,
porque había dejado caer en el vaso, a la hora del almuerzo, unas gotas de algo
que, según los niños, explicaba la presencia de las brillantes hebras de color
amarillo canario de la barba y el bigote, los cuales eran, si no se contaban
esas hebras, blancos como la leche. No necesitaba nada, susurró.
Habría sido un gran
filósofo, decía Mrs. Ramsay, ya en la carretera, camino del pueblo pesquero,
pero se había casado mal. Llevaba la negra sombrilla muy derecha, y se movía
con el indescriptible aire de esperar algo, como si fuera a encontrarse con
alguien a la vuelta de la esquina; le contó la historia: hubo algo con una
muchacha en Oxford, se casó demasiado pronto, eran pobres, tuvo que irse a la
India, tradujo algo de poesía, «algo muy hermoso, según creo», quería enseñar
a los niños persa o hindi, pero ¿para qué?; después, ya lo había visto, tumbado
ahí sobre la hierba.
Se sentía halagado;
acostumbrado a las humillaciones, le agradaba que Mrs. Ramsay le contara cosas
como ésta. Charles Tansley revivió. Como había dado la impresión, además, de
que consideraba favorablemente la grandeza de la inteligencia del personaje,
incluso en su decadencia, y de que no le parecía mal la sumisión de toda esposa
-no es que ella echara la culpa a la muchacha, había sido un matrimonio feliz,
según ella- al trabajo de su marido, todo ello le había hecho sentirse más
reconciliado consigo mismo que nunca anteriormente; y le habría gustado, si
hubieran alquilado un carruaje, por ejemplo, haber pagado la carrera. Pero
estaba esa bolsa tan pequeña, ¿le permitiría llevarla? No, de ninguna manera,
había respondido, ¡siempre la llevaba ella! También ella estaba contenta. Sí,
lo notaba. Sentía él muchas sensaciones, pero había algo que de forma
particular lo agitaba y perturbaba, sin saber por qué: le gustaría que ella lo
viera, con birrete y muceta, en una procesión académica. Un puesto de
profesor, una cátedra... se sentía con fuerzas para cualquier cosa, se veía
ya... pero ¿qué miraba? Un hombre que pegaba un cartel. La inmensa hoja que
batía el viento se alisaba poco a poco, y cada golpe de la escobilla revelaba
nuevas piernas, aros, caballos, deslumbrantes colores rojos y azules, todo
perfecto; hasta que media pared estuvo cubierta con el anuncio del circo: un
centenar de jinetes, veinte focas malabaristas, leones, tigres... Acercó la
cabeza, era algo corta de vista; leyó que iban «a actuar en el pueblo». Es muy
peligroso, exclamó, que un manco suba a una escalera de éstas; dos años antes
le había amputado el brazo izquierdo una segadora mecánica.
-¡Vayamos todos! -dijo,
avanzando, como si tanto jinete y tanto caballo la hubieran llenado de gozo
infantil, y le hubieran hecho olvidar su piedad.
-Vayamos -dijo él,
repitiendo las palabras, con un raro tartamudeo que le hizo mirar sorprendida.
«Vayamos al circo». No. No lo decía bien. No sabía expresarlo de forma adecuada.
Pero ¿por qué no?, se preguntaba, ¿qué le ocurría? En este momento a ella le
caía muy bien. En su infancia, preguntó, ¿no lo habían llevado al circo?
Nunca, respondió él, como si le hubieran hecho la pregunta a la que precisamente
quena responder, como si durante todos estos días hubiera estado deseando
decir que en su infancia no había ido nunca al circo. Su familia era muy
grande: nueve, contando hermanos y hermanas; su padre era un trabajador. «Mi
padre es farmacéutico, Mrs. Ramsay.» Tuvo que pagarse todo desde los trece
años. En invierno, más de una vez había tenido que salir sin abrigo. En la
universidad nunca pudo «corresponder a las invitaciones» (fueron éstas sus
adustas y secas palabras). Todo lo suyo tenía que durar el doble que lo de los
demás; fumaba el tabaco más barato, picadura, la que fumaban los viejos del
puerto. Trabajaba mucho: siete horas al día; se dedicaba ahora a estudiar la
influencia de algo sobre alguien; echaron a andar de nuevo; Mrs. Ramsay no
seguía muy bien lo que decía, sólo algunas palabras de vez en cuando...
tesis... puesto de profesor... profesor agregado... catedrático. Ella no
conocía la fea jerga académica, que tenía tan cadenciosas resonancias, pero se
dijo que ahora sí que se daba cuenta de por qué lo de ir al circo lo había
abatido tanto, pobrecito, y por qué había salido al momento con lo de su padre,
su madre, hermanos y hermanas; ya se encargaría ella de que no se rieran más de
él, tenía que decírselo a Prue. Lo que de verdad le habría gustado a él, se
imaginó, quizá sería poder decir que había ido a ver a Ibsen con los Ramsay.
Era un pedantón, un pelmazo insoportable. Estaban ya en la calle mayor del
pueblo, los carros traqueteaban sobre el adoquinado, pero él seguía hablando
sobre becas, la enseñanza, los obreros, lo de ayudar a los de nuestra propia
clase, y sobre las clases en la universidad, hasta que ella calculó que ya
había recobrado toda la confianza en sí mismo, y se le había olvidado lo del
circo, y (volvía a gustarle) estaba a punto de decirle... Pero las casas se
alejaban en direcciones opuestas, salieron al muelle, y se extendió la bahía
ante su mirada; Mrs. Ramsay, ante el enorme cuadro de agua azul, no pudo evitar
exclamar: «¡Ah, qué hermoso!» El blanco Faro, lejano, austero, se hallaba en
medio; a la derecha, hasta donde alcanzaba la mirada, desvaídas e incesantes,
con delicados pliegues, se veían las dunas de verde arena, con sus flores
silvestres sobrevolándolas, que parecían correr perpetuamente hacia algún
deshabitado país lunar.
Ésta era la vista que su
marido amaba, dijo, deteniéndose, mientras sus ojos se volvían aún más grises.
Hizo una breve pausa.
Pero ahora, esto estaba lleno de artistas. A decir verdad, a pocos pasos había
uno de ellos, con sombrero de paja, zapatos amarillos, grave, tranquilo, absorto;
diez niños lo contemplaban; la cara redonda y roja expresaba un íntimo
contento, miraba fijamente, y, después de mirar, mojaba el pincel, introducía
la punta en una blanda protuberancia verde o rosa. Desde que Mr. Paunceforte
estuvo allí, hacía tres años, todos los dibujos eran así, dijo ella, verde y
gris, con barcas de pesca de color limón, y con mujeres vestidas de rosa en la
playa.
Pero los amigos de su
abuela, dijo ella, mirando con discreción al pasar, tenían más dificultades:
para empezar, tenían que mezclar ellos mismos los colores, y los molían, después
los colocaban bajo paños húmedos, para mantenerlos frescos.
Supuso que quería que él
se diera cuenta de que el dibujo de ese señor era convencional, ¿se decía así?;
¿que los colores no eran consistentes?, ¿es así como había que decirlo? Bajo la
influencia de aquella extraordinaria emoción que había ido ganando fuerza
durante el paseo, que había nacido cuando, todavía en el jardín, él le había
pedido que le dejara llevar la bolsa, que había madurado en el pueblo, cuando
quiso contarle toda su vida; bajo esa influencia estaba empezando a verse a
sí mismo y a toda su sabiduría como si en el conjunto hubiera alguna leve
imperfección. Era algo muy, muy extraño.
Se quedó ahí en el salón
de la casucha a la que lo había llevado, esperándola, mientras ella subía un
momento, a visitar a una señora. Oyó los rápidos pasos que daba por arriba, oyó
la voz alegre; luego, más apagada; se quedó mirando las esteras, la bandeja
del servicio del té, las pantallas de cristal; esperaba con impaciencia;
estaba ansioso por volver a casa caminando con ella, estaba decidido a
llevarle la bolsa; después le oyó salir, cerrar una puerta, decir que debían
cerrar las puertas y dejar las ventanas abiertas, preguntarles si necesitaban
algo (debía de estar hablando con una niña); cuando, de repente, entró, se
quedó inmóvil un instante (como si arriba hubiera estado fingiendo, y ahora se
permitiera ser ella misma), estaba frente a un retrato de la reina Victoria,
que llevaba la banda azul de la Orden de la Jarretera; de repente se dio
cuenta, se dio cuenta: era la persona más hermosa que había visto jamás.
Estrellas en los ojos,
velos sobre el cabello, ciclamen y violetas silvestres: ¿en qué tonterías
estaba pensando? Por lo menos tenía cincuenta años, tenía ocho hijos. Caminaba
por campos llenos de flores, y recogía contra el pecho los capullos
derribados, los corderos que no podían andar; estrellas en los ojos, el cabello
al viento... Le cogió la bolsa.
«Adiós, Elsie», dijo;
salieron a la calle; llevaba la sombrilla derecha, se movía como si esperara
encontrarse con alguien a la vuelta de la esquina; por primera vez en toda su
vida, Charles Tansley se sintió extraordinariamente orgulloso; un hombre que cavaba
en una zanja dejó de trabajar, se quedó mirándola; dejó caer los brazos, siguió
mirando. Charles Tansley se sentía extraordinariamente orgulloso; notaba el
viento, se daba cuenta de los ciclámenes y las violetas, porque caminaba junto
a una mujer hermosa por primera vez en su vida. Le llevaba la bolsa.
2
-No habrá viaje al Faro,
James -dijo, en pie, junto a la ventana, pero intentando, como deferencia hacia
Mrs. Ramsay, endulzar la voz, como si pretendiera hacer ver, al menos, que lo
decía en broma.
Hombrecillo detestable,
pensó Mrs. Ramsay, ¿es que no puede dejar de recordárselo?
3
-Cuando amanezca seguro
que lucirá el sol y cantarán los pájaros -dijo, compasiva, alisando el cabello
del niño, porque era consciente de que su marido, con el enojoso recordatorio
de que no haría bueno, había matado la alegría del muchacho. Lo de ir al Faro
era algo en lo que el niño había puesto mucha ilusión, y por si fuera poca la
burla de su marido, lo de que no haría bueno, ahora venía este hombrecillo
detestable a refregárselo de nuevo.
-Quizá sí que haga bueno
-dijo, alisándole el cabello.
Lo único que podía hacer
era admirar el refrigerador, y pasar las hojas del catálogo del economato para
buscar algún rastrillo o alguna máquina de cortar el césped, con muchos dientes
y mangos; algo que exigiese una gran atención para recortarlo. Todos estos
jóvenes eran parodias de su mando, pensó: si él decía que iba a llover, ellos
afirmaban a continuación que habría un huracán.
Pero no, al pasar la
hoja, algo interrumpió la búsqueda de la ilustración del rastrillo o de la
máquina de cortar el césped. Aquel huraño rumor, interrumpido de forma
irregular por los resoplidos de las pipas al llevarlas a la boca, y al
quitarlas de la boca, que no había dejado de asegurarle que los hombres pasaban
el tiempo charlando alegremente, aunque la verdad es que no se distinguían las
palabras (estaba sentada junto a la ventana); este rumor, que se había
prolongado durante una media hora, y que había ocupado su lugar plácidamente entre
el surtido de ruidos -ruidos a los que no podía sustraerse: tales como el
chocar de las pelotas en los palos de críquet, o los ladridos ocasionales,
«¡árbitro!, ¡árbitro!», de los niños-, había cesado; de forma que el monótono
romper de las olas en la playa, que en general sonaba como una marcha militar
que meciera sus pensamientos, y que parecía repetir de forma consoladora una y
otra vez, cuando estaba sentada con los niños, aquella vieja canción de cuna,
murmurada en esta ocasión por la naturaleza: «Soy quien te guarda, soy quien
te cuida»; pero otras veces, repentina e inesperadamente, en especial cuando
su mente se elevaba por encima de la tarea que tuviera entre manos, no tenía un
sentido tan grato, sino que era como un siniestro redoble de tambores que
señalara sin piedad la caducidad de la vida, e hiciera pensar en la destrucción
de la isla, a la que tragaba el mar, y que la avisara de esta forma, cuando el
día se le había escurrido de las manos en medio de un sinfin de tareas, de que
todo era efimero como un arco iris; este ruido, pues, desfigurado y oculto bajo
otros sonidos, de repente atronaba en el interior de su cabeza, y le hacía
levantar la mirada víctima de un acceso de terror.
La conversación había
cesado, eso lo explicaba todo. Pasando, en un segundo, de la tensión que la
había agarrotado, al otro extremo, como para indemnizarla por el gasto superfluo
de emoción, se sintió tranquila, divertida, e incluso un algo maliciosa, pues
pensó que habían plantado al pobre Charles Tansley. Poco le importaba. Si su
marido necesitaba sacrificios (los necesitaba), le ofrecía con regocijo a
Charles Tansley, por haber fastidiado a su niño.
Poco después, con la
cabeza erguida, se quedaba atendiendo, como si esperara algún ruido familiar,
algún sonido mecánico y regular; después, al oír algo rítmico, algo entre
habla y canción, algo que procedía del jardín, mientras su marido seguía
paseando de un lado a otro de la terraza, algo intermedio entre el croar y la
canción, se persuadió de que todo estaba en orden, y al bajar la mirada al
libro que reposaba en sus rodillas halló algo que, si ponía mucho cuidado en
ello, podría recortar James: una ilustración de una navaja con seis hojas.
De repente se oyó un
grito, como de un sonámbulo, como de entresueño:
Stormed at with shot
and shell
Lo oyó como si lo
hubieran gritado junto a su oído, y se volvió como si temiera que alguien
estuviera oyéndolo. Sólo estaba Lily Briscoe, no pasaba nada. Pero ver a la
muchacha al otro lado del jardín, pintando, le hizo pensar en algo: recordó
que tenía que mantener la cabeza en la misma posición para el retrato de Lily.
¡El retrato de Lily! Mrs. Ramsay se sonrió. Con esos ojillos rasgados, con
tantas arrugas, no se casaría nunca; no había que tomarse muy en serio lo de su
pintura; pero era una muchachita independiente, y por ese motivo le gustaba a
Mrs. Ramsay, así que, al recordar la promesa, inclinó la cabeza.
4
A decir verdad, casi le
derriba el caballete al acercarse gritando: «Pero seguimos cabalgando,
valientes», aunque, misericordiosamente, hizo un quiebro, y se alejó galopando
para morir de forma gloriosa, pensó ella, en los altos de Balaclava. No conocía
ejemplo alguno de alguien a la vez tan ridículo y preocupante. Pero mientras
sólo hiciera eso, gesticular, gritar, estaba tranquila; seguro que no se
detendría a mirar el cuadro. Eso precisamente es lo único que Lily Briscoe no
habría soportado. Incluso cuando consideraba el volumen, la línea, el color, a
Mrs. Ramsay sentada en la ventana con James, mantenía una antena dirigida al
entorno, no fuera a ser que se acercara alguien, y de repente hubiera alguien
mirando el cuadro. Ahora, con los sentidos alerta, por decirlo de algún modo,
mirando, esmerándose, hasta que conseguía que los colores de la pared y de la
más lejana clemátide ardieran en sus ojos, advirtió que alguien había salido
de la casa, y se acercaba a ella; pero supo, de alguna forma, por el modo de
pisar, que era William Bankes, de manera que, aunque el pincel acusó un
temblor, dejó el lienzo como estaba, no lo inclinó contra el césped, como
habría hecho si hubiera sido Mr. Tansley, Paul Rayley, Minta Doyle, o
prácticamente cualquier otro. William Bankes se detuvo ante ella.
Se alojaban en el pueblo,
de forma que, yendo y viniendo, despidiéndose ante la puerta, hablando de
sopas, de los niños, de esto y aquello, se habían convertido en aliados; así,
cuando se detuvo junto a ella, con aquel aire de juez (tenía edad como para
poder ser su padre, dedicado a la botánica, viudo, olía a jabón, muy exacto y
limpio), ella sencillamente no hizo nada. Lo único que hacía era quedarse junto
a ella. Buenos zapatos calza, observó él. No son de los que aprietan los dedos
de los pies. Como se alojaban en la misma casa, él había observado también que
era una mujer muy ordenada; se levantaba antes de que los demás desayunaran, y
salía, creía él que sola, a pintar. Era pobre, suponía; carecía de los rasgos o
el encanto de Miss Doyle, ciertamente, pero estaba llena de sensatez, lo que a
los ojos de él la hacía muy superior a aquella joven dama. Por ejemplo, ahora,
cuando Mrs. Ramsay caía sobre ellos, gritando, gesticulando, Miss Briscoe, al
menos eso creía él, era capaz de comprender.
Some one had blundered
Mr. Ramsey los miraba
enfadado. Era una mirada colérica, pero no los veía. Eso los hizo sentirse
vagamente incómodos. Habían visto juntos algo que se supone que no deberían
haber visto. Habían invadido la intimidad de alguien. Y eso obligó a Mr. Bankes
a decir casi a continuación que estaba cogiendo frío, y le propuso que fueran a
dar un paseo, pero Lily pensó que se trataba de una excusa para irse, para
alejarse donde no se oyera a nadie. Sí, aceptó. Pero le costó separar la
mirada del cuadro.
La clemátide era de color
violeta intenso, la pared era sorprendentemente blanca. Creía que era poco
honrado no reflejar fielmente el violeta intenso y el blanco sorprendente,
puesto que así los veía; aunque la moda era, desde la visita de Mr.
Paunceforte, ver todo con matices pálidos, elegantes, semitransparentes. Y
además del color estaba lo de la forma. Veía ella todo con tanta claridad, con
tanta seguridad, cuando dirigía la mirada a la escena; pero todo cambiaba
cuando cogía el pincel. Era en ese momento fugaz que se interponía entre la
visión y el lienzo cuando la asaltaban los demonios, que, a menudo, la dejaban
a punto de echarse a llorar, y convertían ese trayecto entre concepción y
trabajo en algo tan horrible como un pasillo oscuro para un niño. Le sucedía
con frecuencia: luchaba en inferioridad de condiciones para mantener el valor;
tenía que decirse: «Lo veo así, lo veo así», para atesorar algún resto de la
visión en el corazón, una visión que un millar de fuerzas se esforzaba en
arrancarle. Así, de aquella forma desabrida y destemplada, cuando comenzaba a
pintar, se apoderaban de ella estas fuerzas, y se le venían otras cosas a la
mente: su propia incompetencia, su insignificancia, lo de cuidar a su padre en
su casa cerca de Brompton Road; y tenía que hacer un gran esfuerzo para
dominarse y para no arrojarse a los pies de Mrs. Ramsay (gracias a Dios que
hasta el momento había sabido resistirse a estos impulsos) y decirle, ¿qué se
le podría decir?: «¿Estoy enamorada de usted?» No, no era verdad. ¿«Estoy
enamorada de todo esto», señalando con la mano el seto, la casa, los niños? Era
absurdo, era imposible. No podía decirse lo que una quería decir. Dejó los
pinceles con mucho cuidado en la caja, bien ordenados, y dijo a William
Bankes:
-De repente hace frío.
Parece como si el sol calentara menos -dijo, mientras examinaba los
alrededores (porque todavía lucía el sol): la hierba que era todavía de un
color verde oscuro, mate; el follaje de la casa en el que lucían estrellas de
las flores de la pasión de color púrpura; los grajos que dejaban caer
indiferentes graznidos desde el alto azul. Pero algo se movía, algo destellaba,
algo movía un ala de plata en el aire. Después de todo, estaban en septiembre,
a mediados de septiembre, y eran más de las seis de la tarde. Echaron a caminar
por el jardín en la dirección de costumbre, cruzaron el campo de tenis, dejaron
atrás la hierba de la pampa, llegaron a la abertura en el espeso seto,
flanqueada por dos liliáceas como barras al rojo vivo que brillaran
intensamente entre las que las aguas azules de la bahía parecían más azules que
nunca.
Iban al mismo lugar casi
todas las tardes, como si los moviera alguna necesidad. Era como si el agua se
llevara flotando los pensamientos que se hubieran estancado en la tierra seca,
y les pusiera velas, y otorgara a los cuerpos alguna suerte de alivio físico.
En primer lugar, el rítmico latido del color inundaba la bahía de azul, y el
corazón se ensanchaba con ello, y el cuerpo se echaba a nadar; sólo que al
instante siguiente se arrepentía, se detenía y se volvía rígido ante el erizado
color negro de las rugosas olas. Luego, tras el peñasco negro, casi todas las
tardes se levantaba un chorro irregular, y sólo había que quedarse esperando
para sentir la alegría de su presencia: un surtidor de agua blanca; y además,
durante la espera, se quedaba uno mirando la llegada de las olas sobre la
pálida playa semicircular, una tras otra, que dejaban tras de sí una delicada
película de madreperla.
Se sonreían, allí en pie.
Compartían cierta hilaridad, provocada por el movimiento de las olas; después
era el nítido curso de un velero lo que provocaba la hilaridad: describía su
trayecto una curva en la bahía, se detenía, se estremecía, amaba las velas;
después, como si obedecieran una intuición propia para completar el cuadro,
tras ese movimiento elegante, miraban a las lejanas dunas, y, en lugar de
alegría, descendía sobre ellos cierta tristeza... porque las cosas estaban ya
en parte completas, y en parte porque los paisajes lejanos parecen sobrevivir
a los observadores un millón de años (pensaba Lily), y parecían estar ya en
comunión con un cielo que contemplase la tierra en perfecto reposo.
Mientras miraba hacia las
lejanas dunas, William Bankes pensaba en Ramsay: pensó en una carretera en
Westmorland, pensó en Ramsay dando zancadas solo, en algún camino, rodeado de
esa soledad que parecía serle natural. Pero de repente hubo una interrupción,
recordaba William Bankes (un hecho real), una gallina, que extendía las alas
para proteger a los polluelos, ante lo cual Ramsay se paró, señaló con el
bastón, y dijo: «Bonito..., bonito.» Una rara luz de su corazón, eso es lo que
había pensado Bankes, algo que demostraba su sencillez, su comprensión hacia
lo humilde; pero le parecía como si su amistad hubiese terminado allí, en aquel
camino. Después, Ramsay se había casado. Y todavía más tarde, con unas cosas y
otras, la amistad se había quedado sin sustancia. De quién había sido la culpa,
no sabría decirlo; sólo que, tras cierto tiempo, la repetición había ocupado el
lugar de la novedad. Se reunían para repetir. Pero en este mudo coloquio que
sostuvo con las dunas mantuvo que, por su parte, su afecto hacia Ramsay de
ninguna manera había disminuido; pero allí, como el cuerpo de un joven que hubiera
reposado en la turba durante un siglo, con los labios de color rojo vivo,
estaba su amistad, con su intensidad y su realidad preservadas más allá de la
bahía, entre las dunas.
Le preocupaba esta
amistad, y quizá estaba preocupado también porque quería descargar su
conciencia de esa imputación que se le había hecho de que era un ser apagado y
consumido -porque Ramsay vivía entre un perpetuo bullicio de chiquillos,
mientras que Bankes no sólo no tenía hijos, sino que además era viudo-, y
quería que Lily Briscoe no desdeñase a Ramsay (a su manera, un gran hombre), y
que comprendiese cómo estaban las cosas entre ellos dos. Su amistad había
comenzado hacía muchos años, pero se había esfumado en un camino de
Westmorland, cuando la gallina extendió las alas sobre los polluelos; después
Ramsay se había casado, y sus caminos se habían apartado; había habido,
ciertamente, sin culpa de ninguno de los dos, una tendencia a la repetición en
sus encuentros.
Sí. Así había sido.
Terminó. Volvió la espalda al paisaje. Al volverse, para regresar por el mismo
camino, cuesta arriba, Mr. Bankes advirtió cosas que no le habrían llamado la
atención si las dunas no le hubieran mostrado el cuerpo de su amistad, con los
labios rojos, preservado entre la turba..., por ejemplo: Cam, la más joven,
hija de Ramsay. Cogía flores de mastuerzo marítimo junto a la orilla. Era
libre y valiente. Y no quería darle «una flor al señor», aunque se lo había
pedido la niñera. ¡No, no y no!, ¡no quería! Cerraba el puño. Daba patadas en
el suelo. Mr. Bankes se sintió viejo y triste, acaso eso le había hecho
sentirse equivocado respecto a su amistad. Seguro que era un individuo apagado
y consumido.
Los Ramsay no eran ricos,
y no era poca maravilla que pudieran arreglárselas. ¡Ocho hijos! ¡Alimentar a
ocho hijos con los recursos de la filosofía! Aquí había otro, éste era Jasper,
pasaba por allí, iba a disparar a los pájaros, dijo, indiferente; le dio la
mano a Lily, se la estrechó como si fuera una manivela; esto movió a Mr.
Bankes a decir, con amargura, que era ella la preferida. Y había que considerar
lo de la educación (cierto: Mrs. Ramsay quizá tuviera algo que decir), por no
hablar de cuántos zapatos y calcetines exigían estos «muchachotes»; todos eran
de buena estatura, desgarbados, despreocupados. En cuanto a lo de saber quién
era cada uno, y quién era mayor o más joven que los demás, eso sí que no sabría
decirlo. En privado los llamaba como a los reyes y reinas de Inglaterra: Cam,
La Malvada, James, El Despiadado; Andrew, El Justiciero; Prue, La Bella
-porque Prue era hermosa, pensó, no podía evitarlo--; Andrew tenía talento.
Mientras caminaba por el camino, y Lily Briscoe decía sí y no, y se mostraba de
acuerdo con los comentarios (porque ella estaba enamorada de todos, estaba
enamorada de este mundo), y él juzgaba el asunto de Ramsay, se apiadaba de él,
lo envidiaba, como si lo hubiera visto desprenderse de todas aquellas glorias
de aislamiento y austeridad que lo habían coronado en la juventud, y se
hubiera cargado irrevocablemente de nerviosos cuidados y de cloqueantes
costumbres hogareñas. Algo le daban, William Bankes lo reconocía; habría sido
agradable que Cam le hubiera puesto una flor en el abrigo, o que se le hubiera
acercado a mirar por encima del hombro una estampa de la erupción del Vesuvio,
como hacía con su padre; pero también, los amigos de toda la vida no podían
evitar pensarlo, lo habían destruido un poco. ¿Qué es lo que pensaría ahora un
desconocido? ¿Qué pensaba esta Lily Briscoe? ¿Quién no se daba cuenta de que
empezaba a tener manías, excentricidades, rarezas?, ¿quizá, incluso,
flaquezas? Era sorprendente que un hombre de su inteligencia se rebajase de esa
forma -quizá ésta era una forma muy grosera de decirlo-, que dependiera tanto
de las alabanzas de los demás. -¡Ah
-dijo Lily-, pero piense en su obra!
Siempre que ella pensaba
en su «obra» la veía ante sí, con toda claridad, representada por una enorme
mesa de cocina.
Andrew tenía la culpa.
Una vez le había preguntado ella que de qué trataban los libros de su padre.
«El sujeto, el objeto y la naturaleza de la realidad», había respondido Andrew.
Y ella exclamó ¡Caramba!, pero no tenía m la menor noción de lo que eso quería
decir. «Piense en una mesa de cocina -le había dicho-, cuando usted no está
presente.»
De forma que, cuando
pensaba en la obra de Mr. Ramsay, lo que veía era una mesa de cocina muy
refregada. La veía ahora sobre una horquilla del peral, porque acababan de llegar
donde los árboles frutales. Con un intenso dolor de concentración, pensó no en
la rugosa corteza argentina del árbol, ni en las hojas en forma de pez, sino
en una mesa de cocina fantasmal, un tablero de esos relucientemente limpios y
refregados, ásperos y con nudos, cuya virtud parecían haber hecho pública los
muchos años de vigor invertidos en su limpieza, que estaba allí en medio, con
las cuatro patas al aire. Era natural que si alguien se pasaba toda la vida
viendo las cosas en su esencia más geométrica, esto de reducir los adorables
crepúsculos, las nubes con forma de flamencos y el azul y la plata, a una mesa
de blanco pino con sus cuatro patas (esto es lo que convertía en algo aparte a
las más refinadas mentes), era lo más natural que no se le pudiera juzgar como
a los demás.
A Mr. Bankes le gustaba
la orden que le había dado: «Piense en su obra.» Vaya si había pensado en
ella. Eran incontables las veces que se había dicho: «Ramsay es de los que escriben
lo más importante antes de los cuarenta.» Su aportación más importante a la
filosofía consistía en un librito que había escrito a los veinticinco años; lo
que había hecho después había sido más o menos amplificación, repetición. Pero
el número de hombres que escriben algo relevante sobre cualquier materia es muy
reducido, dijo él, deteniéndose junto al peral, bien peinado, minuciosamente
exacto, exquisitamente ponderado. De repente, como si el movimiento de su mano
lo hubiera liberado, la carga de impresiones que en ella se habían acumulado
acerca de él se deslizó, y se derramó en un verdadero alud en el que afloró
todo lo que ella pensaba. Ésa era una sensación. A continuación se elevó entre
vapores la esencia del ser de él. Otra sensación. Se quedó inmóvil a causa de
la intensidad de la emoción; era su severidad, su bondad. Respeto cada uno de
sus átomos (dialogaba con él en silencio): usted no es vano, usted es completamente
impersonal, usted es más refinado que Mr. Ramsay, usted es el ser humano más
refinado que conozco; usted no tiene esposa ni hijos (aunque sin interés
sexual, deseaba ella llevar alegría a esa soledad); usted vive para la ciencia
(involuntariamente, aparecieron ante los ojos de ella montones de trozos de
patatas); el elogio sería un insulto para usted; ¡hombre generoso, de corazón
puro, heroico! Pero al momento recordó que se había traído un ayuda de cámara
hasta este remoto lugar; no le gustaba que los perros se subieran a los
sillones; durante horas, sabía dar la lata (hasta que Mr. Ramsay daba un
portazo) con discursos sobre la sal que debían llevar las verduras, o sobre lo
malas que eran las cocineras inglesas.
¿Qué pensar?, ¿cómo
juzgar a las personas?, ¿qué pensar de ellas?, ¿cómo se sumaba esto y aquello
para llegar al resultado de si una persona te gustaba o no? Y en cuanto a esas
palabras, después de todo, ¿qué sentido podía atribuírseles? En pie, inmóvil,
junto al peral, se derramaban sobre ella las impresiones de esos dos hombres; y
seguir sus propios pensamientos era como seguir una voz que hablara tan aprisa
que el lapicero no pudiera seguir la palabra; pero la voz era la de ella, y
decía, sin que nadie se lo apuntara, cosas evidentes, contradictorias y
eternas; de forma que las grietas y rugosidades del árbol quedaban
irrevocablemente definidas para toda la eternidad. Usted posee grandeza, pero
Mr. Ramsay no. Él es ruin, egoísta, vano, egotista; lo han mimado; es un
tirano; va a matar a Mrs. Ramsay; pero posee (se dirigía ahora a Mr. Bankes)
lo que usted no tiene: una impertinente falta de tacto social, no se
entretiene con bagatelas, ama a los perros y a sus hijos. Tiene ocho. Usted no
tiene ninguno. ¿Pues no bajó el otro día con dos chaquetas para que Mrs. Ramsay
le cortara el pelo con forma de tazón? Todo esto bailaba de un lado a otro,
como una nube de mosquitos, todos separados, pero todos admirablemente
controlados por una invisible red elástica: bailaban de un lado a otro en la
mente de Lily, en tomo a las ramas del peral, donde todavía colgaba la
representación de la refregada mesa de pino, el símbolo de su intenso respeto
por la mente de Mr. Ramsay; esto duró hasta el punto en que el pensamiento, que
se revolvía cada vez más y más aprisa, estalló a causa de su propia intensidad;
se oyó un disparo, y apareció, huyendo de los perdigones, una tumultuosa banda
de asustados y efusivos estorninos.
«¡Jasper!», exclamó Mr.
Bankes. Se volvieron hacia donde volaban los estorninos, sobre la terraza.
Siguiendo a los rápidos estominos, que se dispersaban en el cielo, se introdujeron
por la abertura del seto, y se dieron de bruces con Mr. Ramsay, quien con
trágica resonancia exclamó: «¡Alguien había cometido un error!»
Aquellos ojos, velados
por la emoción, con desafiante intensidad trágica, buscaron los suyos durante
un segundo, y temblaron al borde del reconocimiento, pero entonces comenzó a
llevarse la mano hacia la cara como para desviar, para rechazar, en la agonía
de una mezquina vergüenza, la mirada de ellos, como si les suplicara que
evitaran por un momento lo que él sabía que era inevitable, como si quisiera
forzarlos a aceptar ese resentimiento infantil que le causaban las
interrupciones, que incluso en el momento del descubrimiento no iba a ceder,
sino que iba agarrarse a algo que era propio de esta deliciosa emoción, esta
impura rapsodia que le avergonzaba, y entonces dio media vuelta ante ellos,
como si diera un portazo para refugiarse en su intimidad; y Lily Briscoe y Mr.
Bankes miraron algo inquietos hacia el cielo, y advirtieron que la bandada de
pájaros que Jasper había alborotado con la carabina ya se había posado en las
copas de los olmos.
5
-E incluso si mañana no
hiciera bueno -dijo Mrs. Ramsay, levantando la mirada cuando pasaban ante ella
William Bankes y Lily Briscoe-, habrá más días. Y ahora -dijo, mientras pensaba
en que lo que tenía bonito Lily eran los ojos orientales, rasgados, en aquella
carita arrugada y pálida, pero que sólo un hombre inteligente se fijaría en
ellos- estáte quieto, que voy a medir el calcetín. -Porque, después de todo,
quizá podrían ir al Faro, y tenía que ver si el calcetín necesitaba una
pulgada o dos más de largo.
Sonriendo, porque en ese mismo momento acababa de ocurrírsele
una idea extraordinaria -que William y Lily podrían casarse-, cogió el
calcetín de lana color de brezo, con sus agujas cruzadas en la parte superior,
y lo midió sobre la pierna de james.
-Cariño, estáte quieto
-dijo, porque no quería hacer de maniquí para el niño del torrero, tenía celos,
James no dejaba de moverse intencionadamente; y si no se estaba quieto, ¿cómo
iba a medir?, ¿era corto?, ¿largo?, se preguntaba.
Levantó la mirada, ¿qué
demonio se había apoderado de él, del benjamín, de su adorado?; se fijó en la
habitación: las sillas, pensó que estaban francamente deterioradas. Las tripas,
como había dicho Andrew unos días antes, estaban esparcidas por el suelo; pero
¿para qué, se preguntaba, comprar sillas buenas y dejarlas allí durante todo el
invierno, al cargo de una anciana, cuando la casa entera rezumaba humedad? No
importa, el alquiler era exactamente de dos peniques y medio; a los niños les
encantaba; a su marido le venía muy bien estar a tres mil millas de distancia
(trescientas millas, para ser precisa) de su biblioteca, de las clases y de los
alumnos; y había sitio para los visitantes. Esteras, camas portátiles,
inestables sillas fantasmales y mesas que ya habían cumplido una larga vida de
servicio en Londres; todo esto podía volver a ser útil aquí; y una o dos
fotografias, y los libros. Los libros, pensó, crecen solos. Nunca tenía tiempo
para leer. ¡Ay!, incluso los libros que le habían regalado, y con dedicatoria
autógrafa del poeta: «A aquella cuyos deseos son órdenes...» «A la feliz
Helena de nuestros tiempos...» Era triste reconocer que no los había leído.
Estaba el de Croom, su estudio sobre la Mente; y los estudios de Bates sobre
las Costumbres Primitivas en Polinesia («Estáte quieto, cariño», dijo); no, no
podía enviarlos al Faro. Llegará el momento, pensó, en que la casa se
deterioraría tanto que habrá que hacer algo. Si por lo menos se limpiaran los
pies, y no se trajeran con ellos toda la playa a casa, eso al menos ya sería
algo. Los cangrejos estaba dispuesta a aceptarlos, si Andrew de verdad deseaba
diseccionarlos; o si Jasper se empeñaba en hacer sopa con algas, eso ella no
podía impedirlo; o los objetos de Rose: conchas, juncos, piedras; tenían
talento, sus hijos, pero eran talentos diversos. El resultado era, suspiró,
mientras incluía en el resultado toda la habitación, desde el techo hasta el
suelo, sosteniendo el calcetín contra la pierna de James, que las cosas se
deterioraban cada vez un poco más, un verano tras otro. La estera se
descoloraba, el papel de las paredes se desprendía. Ya no se distinguía si el
dibujo eran unas rosas. Más aún, si las puertas se quedaban siempre abiertas, y
si no había ni un cerrajero en toda Escocia que supiera reparar una cerradura,
entonces estaba claro que las cosas tenían que estropearse. ¿De qué servía
poner un hermoso chal de lana de Cachemira por el borde de un marco? En dos
semanas habría adquirido un color de sopa de guisantes. Pero lo que le
fastidiaba eran las puertas, nadie cerraba una sola puerta. Prestó atención.
La puerta del salón estaba abierta, se oía como si las puertas de las
habitaciones estuvieran abiertas, y seguro que la ventana del rellano estaba
abierta, porque ella misma la había abierto. Las ventanas tenían que estar
abiertas; y las puertas, cerradas; era así de sencillo, ¿por qué no lo
recordaría nadie? Por la noche entraba en las habitaciones de las criadas, y
las encontraba cerradas a cal y canto como si fueran hornos, excepto la de
Marie, la muchacha suiza, que antes prescindía del lavado que del aire fresco:
en su patria, había dicho: «son tan hermosas las montañas». La noche anterior
había dicho eso mientras miraba por la ventana con los ojos llenos de lágrimas.
«Son tan hermosas las montañas.» Su padre agonizaba allí. Mrs. Ramsay lo
sabía. Las dejaba huérfanas. Refunfuñando y enseñando a hacer las cosas (cómo
hacer las camas, cómo abrir las ventanas, con manos que se abrían y cerraban
con gestos de francesa), todo se había plegado en tomo a ella, cuando hablaba:
como cuando tras un vuelo bajo el sol, las alas del pájaro se pliegan, y el
azul de las plumas pasa del brillo del acero al púrpura claro. Se quedó
callada, porque no había nada que decir. Tenía cáncer de garganta. Al recordarlo,
cómo se había quedado allí, cómo la muchacha había dicho: «En mi patria, son
tan hermosas las montañas», y que no había esperanza, ninguna, tuvo un gesto de
irritación, y le dijo a James, con severidad:
-Quieto, deja de moverte
-de forma que el niño se dio cuenta al momento de que estaba enfadada de
verdad, y estiró la pierna, y pudo medir el calcetín.
Al calcetín le faltaba,
por lo menos, media pulgada, teniendo en cuenta que el niño de Sorley no
estaría tan desarrollado como james.
-Muy corto -dijo-,
demasiado.
Nunca hubo otra cara con
semejante expresión de tristeza. En la oscuridad, amarga y negra, a medio
camino, en el rayo que cruzaba de la luz a la más profunda oscuridad, acaso brotó
una lágrima, una lágrima cayó; las aguas, inestables, la recibieron, luego se
calmaron. Nunca hubo una cara con semejante expresión de tristeza.
Pero ¿sólo era asunto del
aspecto?, se preguntaba la gente. ¿Qué había detrás de ello, de su belleza, de
su esplendor? ¿Se había volado la cabeza, había muerto una semana antes de
casarse, aquel otro, aquel otro amante anterior, del que aún llegaban rumores?
¿O no era nada?, ¿nada excepto una belleza incomparable que había dejado atrás
en una vida que ya no podía alterar? Porque aunque para ella habría sido muy
fácil, cuando se hablaba ante ella en momentos de mucha intimidad de grandes
amores, de amor no correspondido, de ambiciones frustradas, habría sido fácil
decir que lo había conocido, que lo había sentido, pero invariablemente se
callaba. Lo sabía, sabía todo sin haber estudiado. Su sencillez acertaba donde
los inteligentes se confundían. La singularidad de su mente, que le hacía caer
directa, a plomo, como una piedra, que le hacía aterrizar con la precisión de
un ave, le otorgaba de forma natural esta caída, este descenso en picado del
espíritu sobre la certeza; un descenso que complacía, tranquilizaba e
inspiraba confianza, quizá falsamente.
(«Poco barro le ha
quedado a la naturaleza -dijo Mr. Bankes, en una ocasión, mientras hablaba con
ella por teléfono, y muy afectado por la conversación, aunque sólo le decía
algo sobre un tren- del que utilizó para moldearla a usted.» Se la imaginaba al
otro lado de la línea telefónica, griega, con los ojos azules, la nariz recta.
Qué incongruente parecía eso de hablar por teléfono con una mujer así. Parecía
como si las Gracias se hubieran reunido y hubieran trabajado juntas en campos
de asfódelos para crear esa cara. Sí, claro, cogería el de las diez y media en
Euston.
«Pero tiene la conciencia
de su belleza que tendría un niño», se dijo Mr. Bankes mientras colgaba el
teléfono, y cruzaba la habitación para ver cómo avanzaban las obras de un
hotel que estaban construyendo en la parte de atrás de su casa. Pensaba en Mrs.
Ramsay mientras contemplaba cómo se afanaban en terminar el trabajo de las
paredes. Siempre, pensó, había algo que luchaba de forma incongruente contra la
armonía de su cara. Podía ponerse un sombrero como de cazador furtivo de
ciervos, o echaba a correr en chanclos para rescatar a un niño que estaba en
peligro en el otro extremo del jardín. De forma que si uno recordaba sólo su
belleza, debía recordar asimismo aquel temblor, la propia vida -subían
ladrillos sobre una tabla mientras observaba-, e introducirla en el cuadro; o
si uno pensaba en ella sencillamente como mujer tenía que dotarla con cualquier
extravagancia rara; o imaginarse algún deseo oculto, para despojarla de su
regia forma, como si su propia belleza la aburriera, y todo lo que los hombres
dicen de la belleza, y como si ella quisiera ser como el resto de la gente,
insignificante. No lo sabía. No lo sabía. Tenía que volver al trabajo.)
Todavía tejía el calcetín
de lana de color castaño rojizo, con la cabeza perfilada absurdamente por el
dorado del marco, por el chal verde que había extendido por el borde del
marco, y la obra maestra auténtica de Miguel Ángel, cuando Mrs. Ramsay suavizó
lo que hacía un momento había sido aspereza; levantó la cabeza, y besó al niño
en la frente: « Vamos a buscar otra ilustración para recortar», dijo.
6
Pero ¿qué es lo que había
sucedido?
Alguien había cometido un
error.
Interrumpidas sus
divagaciones, se sobresaltó y dio sentido a esas palabras que durante un rato
le había parecido que no tenían sentido: «Alguien había cometido un error.»
Fijó sus ojos miopes en su marido, que se acercaba ominosamente hacia ella; lo
miró fijamente hasta que la proximidad le reveló (el estribillo se concertó en
su mente) que algo había su- cedido, alguien había cometido un error. Pero ni
en toda su vida habría averiguado ella de qué se trataba.
Temblaba, se estremecía.
Toda su vanidad, su satisfacción por el esplendor propio durante la cabalgada,
mientras cargaba como un rayo destructor, fiero como un halcón a la cabeza de
sus hombres, todo eso se había conmocionado, había sido destruido. Caían sobre
ellos bombas y metralla, pero seguimos cabalgando valientes, rápidamente por
el valle de la muerte, disparaban, atronaban los cañones, hasta encontrarnos
con Lily Briscoe y William Bankes. Temblaba, se estremecía.
Por nada del mundo le
habría dirigido la palabra, al darse cuenta, por las señales conocidas -la
mirada desviada, y una impresión general, como si se ocultara, y necesitara
intimidad, para recobrar el equilibrio-, de que se sentía ultrajado y
ofendido. Acarició la cabeza de James, y le transmitió lo que sentía hacia su
marido; y, mientras observaba cómo pintaba de color amarillo una blanca camisa
de vestir de caballero del catálogo del economato de la armada y del ejército,
pensaba en lo maravilloso que sería si se convirtiera en un gran artista, y,
¿por qué no? Tenía una hermosa frente. Luego, al levantar la mirada hacia su
marido que pasaba junto a ella de nuevo, la alivió comprobar que un velo había
ocultado la catástrofe; había triunfado el instinto hogareño; el hábito
salmodiaba sus ritmos tranquilizadores, de forma que cuando se detuvo
deliberadamente, cuando apareció de nuevo, junto a la ventana, y extraña y
caprichosamente se inclinó para hacer cosquillas a James en la pantorrilla con
una ramita que había cogido, ella le reprochó el haberse librado de «ese pobre
joven», Charles Tansley. Tansley se había ido porque tenía que escribir su
memoria, dijo él.
-Lo mismo que james
tendrá que escribir la suya uno de estos días -agregó, irónicamente, moviendo
la ramita.
Como odiaba a su padre,
James apartó la ramita, con la que Mr. Ramsay con ese estilo peculiar,
compuesto de severidad y humor, hacía cosquillas en la pierna desnuda de su
hijo.
Pretendía terminar con
este aburrido tejer de calcetines para llevarlos al día siguiente al niño de
Sorley, dijo.
No había ni la más
pequeña posibilidad de ir al día siguiente al Faro, dijo irascible Mr. Ramsay.
¿Cómo estaba tan seguro?,
preguntó, a veces cambiaba el viento.
La extraordinaria
irracionalidad de la observación y la estupidez de la mente femenina le
enfurecían. Había cabalgado por el valle de la muerte, había temblado y se
había estremecido; y ahora ella desafiaba los hechos, y hacía concebir a sus
hijos esperanzas vanas; peor aún: mentía. Dio una patada al escalón. «Maldita
seas», dijo. Pero ¿qué es lo que había dicho? Sencillamente que mañana podría
hacer bueno. Y podría.
No con la bajada del
barómetro y con el viento soplando del oeste.
Buscar la verdad con tan
asombrosa falta de consideración hacia los sentimientos de los demás, rasgar
los tenues velos de la civilización con tanta insolencia, tan brutalmente, le
parecía a ella que era un horrible ultraje contra la decencia humana, y, sin
contestar, sorprendida y cegada, bajó la cabeza, como para dejar pasar el
turbión de granizo, la bocanada de agua sucia, y que, sin protesta, la
salpicara. No había nada que decir.
Se quedó callado junto a
ella. Muy humildemente, tras largo rato, dijo que si quería podía ir a
preguntárselo a los guardacostas.
A nadie reverenciaba
tanto como a él.
Estaba más que dispuesta
a creerlo, dijo. Sólo que entonces no tenía que preparar emparedados, eso era
todo. Se acercaban a ella, todo el día, incesantemente, porque era mujer: que
si esto, que si aquello; uno quería esto; otro, lo de más allá; los niños
crecían; a veces se sentía como si no fuera nada más que una esponja empapada
de emociones humanas. Y entonces venía él y la maldecía. Él decía que iba a
llover. Él decía que no iba a llover; y al momento el cielo y la confianza se
abrían ante ella. A nadie reverenciaba más. Pensaba que no era digna de atarle
los cordones de los zapatos.
Avergonzado de su mal
humor, de la gesticulación de las manos cuando dirigía la carga de los
soldados, Mr. Ramsay, torpemente, volvió a hacer cosquillas una vez más en la
pierna de su hijo, y después, como si ella le hubiera dado permiso, con un
movimiento que extrañamente le recordó a su esposa el viejo león marino del
zoo, cuando se echaba hacia atrás después de comer la ración de pescado, y
rodaba de forma que el agua de la piscina hiciera olas, se sumergió en el aire
de la tarde, que ya era muy denso, y despojaba de sustancia las hojas y los
setos; pero, como compensación, quizá, les devolvía a las rosas y claveles un
lustre que no habían tenido durante el día.
«Alguien había cometido
un error», volvió a decir, mientras paseaba por la terraza dando grandes
zancadas.
¡Pero cómo había cambiado el tono! Era como el del cuclillo,
«que en junio sigue todo vientecillo»»; como si estuviera buscando, a tientas,
alguna frase para un nuevo estado de ánimo, y como si sólo tuviera ésta a mano,
y la usara, aunque no fuera muy buena. Pero sonaba ridícula: «Alguien había
cometido un error», así la repetía, casi como una pregunta, sin convicción,
melodiosamente. Mrs. Ramsay no pudo evitar una sonrisa, y pronto, seguro, se
le oiría tararearla de un lado a otro, y luego la dejaría, se quedaría callado.
Estaba bien, la intimidad
se había restaurado. Se detuvo para encender la pipa, miró hacia su esposa e
hijo en la ventana, y del mismo modo que alguien levanta la vista de la página
que lee cuando va en un tren expreso, y ve en una granja, un árbol y un grupo
de casas, como en una ilustración, la confirmación de algo leído en la página
impresa a la que se regresa al momento, fortificado, satisfecho; de igual
forma, sin fijarse ni en su esposa ni en su hijo, el verlos lo fortificó, lo
satisfizo, y consagró sus esfuerzos a la resolución del problema que consumía
la energía de su brillante mente.
Era una mente
privilegiada. Porque si el pensamiento es como el teclado de un piano, dividido
en otras tantas notas, o como el abecedario, que se organiza en veintisiete
letras, todas en su orden, entonces su espléndida mente no tenía dificultad en
recorrer esas letras una tras otra, con firmeza y precisión, hasta llegar, por
ejemplo, a la letra Q Llegaba a la Q. Muy poca gente en toda Inglaterra llegaba
en el curso de su vida a la Q. Y aquí, deteniéndose brevemente junto a la urna
de piedra que contenía unos geranios, vio, pero ahora como si estuvieran muy,
muy lejos, como niños que cogieran conchas, divinamente inocentes y ocupados
en las fruslerías que había a sus pies, y, en cierto modo, completamente
indefensos contra una amenaza que él sí advertía, a su esposa y su hijo allí,
juntos, en la ventana. Necesitaban su protección, y él se la daba. Pero
¿después de la Q? ¿Qué hay a continuación? Después de la Qhay todavía unas
letras, la última de las cuales es apenas visible para los ojos mortales, pero
ofrece un destello rojo a lo lejos. Sólo un hombre de cada generación llega a
la letra Z. De forma que si él pudiera llegar a la R, eso ya sería mucho. Al
menos la Qsí estaba aquí. No tenía dudas respecto de la Q Podía demostrar la Q
Y si la Qes la Q.., la R. Y al llegar aquí vació la pipa, dando dos o tres
golpes sonoros en el cuerno del carnero que formaba el asa de la urna, y
continuó: «Entonces R...»» Cogió aliento, apretó las mandíbulas.
Acudieron en su ayuda
esas cualidades que habrían salvado la vida a toda la tripulación de un barco,
reducida a una dieta de seis galletas y una garrafa de agua, sometida a la mar
airada: paciencia y sentido de la justicia, previsión, dedicación, destreza.
Pues R es, ¿qué es R?
Un pliegue, como el rugoso párpado de un lagarto, se agitó
sobre la intensidad de su mirada, y oscureció la letra R. En ese instante de
oscuridad oyó lo que decía la gente: que era un fracasado, que nunca entendería
lo de la R. Que nunca llegaría a entender el problema de la R. Pero, vuelta con
la R, otra vez. R...
Las cualidades que en una
solitaria expedición que cruzara las heladas tierras estériles de la región
polar lo habrían convertido en el dirigente, en el guía, en el consejero; cuyo
carácter, ni colérico ni despótico, se distingue porque sabe analizar con
ecuanimidad lo que hay, porque sabe enfrentarse con los hechos, de nuevo
acudieron en su ayuda. R..
El ojo del lagarto
parpadeó de nuevo. Se hicieron visibles las venas de la frente. El geranio de
la urna se volvió sorprendentemente visible; y expuesta, entre las hojas,
advirtió, sin desearlo, aquella antigua y evidente división entre dos clases
diferentes de hombres: por una parte los constantes, dotados de fuerzas
sobrehumanas, quienes, con fatiga y perseverancia, repiten el abecedario en su
orden, las veintisiete letras, de principio a fin; por otra parte los que
tienen talento, los inspirados, quienes de forma milagrosa reúnen todas las
letras de golpe, los genios. No era un genio, no podía pretenderlo; pero tenía,
o podía haber tenido, aquel poder para repetir todas las letras del abecedario
de la A a la Z. Pero, mientras tanto, estaba atascado en la Q. Adelante, a la
R.
Esa sensación, que no
habría sido funesta para un dirigente que, ahora que ya ha comenzado a nevar,
y la cumbre de la montaña estaba cubierta de niebla, sabe que debe acostarse y
morir antes del amanecer, le sobrevino subrepticiamente, aclarando el color de
sus ojos, y tiñéndolo a él, en los dos minutos que le duraba recorrer la
terraza, con el ajado color de la vejez. Pero él no iba a morir en la cama, ya
hallaría algún barranco; y allí, con los ojos fijos en la tormenta, intentando
hasta el último momento perforar la oscuridad, moriría en pie. Nunca llegaría
a la R.
Se quedó en pie
completamente inmóvil, junto a la urna del geranio que sobresalía. Pero,
después de todo, se preguntaba ¿cuántos hombres en un millar de millones
llegan hasta la Z? Seguro que el capitán de una empresa condenada al fracaso
puede hacerse esa pregunta; y puede responderse, sin por eso traicionar a
quienes lo acompañen: «acaso uno». Uno de cada generación. Siempre y cuando
hubiera trabajado honradamente, no hubiera regateado esfuerzos, y hubiera llegado
al límite de su fuerza, ¿podría censurársele que no fuera él ese uno? ¿Y cuánto
duraría su fama? Se le autorizaría acaso a un héroe agonizante que pensase
antes de morir en cómo hablará la posteridad de él. Quizá su fama dure dos
millares de años. Pero ¿qué son dos millares de años? (se preguntaba
irónicamente Mr. Ramsay mientras miraba atentamente el seto). Y si se mira
desde la cumbre del presente hacia los vastos eriales del pasado, ¿qué son?
Cualquier piedra a la que se dé un puntapié sobrevivirá a la fama de
Shakespeare. Su lucecita acaso brille con luz propia uno o dos años, y después
se fundirá en una luz de mayores proporciones, y después en otra aún mayor.
(Miraba hacia la oscuridad, entre los intrincados tallos.) ¿Quién censuraría
al capitán de esa empresa condenada al fracaso si, después de todo, hubiera
subido lo suficiente como para poder ver el erial de los años y la muerte de
las estrellas; si, antes de que la muerte agarrotara sus miembros y no pudiera
moverse, de manera deliberada, se llevase los entumecidos dedos hasta la
frente, y se cuadrase, de forma que cuando el grupo de rescate llegara y lo
hallara muerto en su puesto viera la hermosa imagen de un soldado? Mr. Ramsay
se cuadró y se quedó muy rígido junto a la urna.
¿Quién lo censuraría si,
quedándose inmóvil un momento, se demorase en la fama, en las expediciones que
acudirían a rescatarlo, en los monumentos fúnebres que se erigirían sobre sus
huesos por los agradecidos discípulos? En fin, ¿quién censuraría al dirigente
de la expedición condenada al fracaso, si, tras haberse arriesgado hasta el
límite, y tras haber puesto toda la fuerza en ello, hasta el último gramo,
hasta quedarse dormido sin saber si se despertará o no, advirtiera ahora, a causa
de unos pinchazos en los dedos de los pies, que estaba vivo, y que eso de vivir
no le desagradaba nada, y que necesitaba consuelo, whisky, y alguien a quien
contarle inmediatamente sus penalidades? ¿Quién lo censuraría? ¿Quién no se
regocijaría íntimamente cuando el héroe se quitara la armadura, se detuviera
junto a la ventana, y se quedara mirando a su esposa e hijo, quienes, distantes
al comienzo, se acercarían poco a poco, hasta que los labios y el libro y la
cabeza estuvieran ante él, aunque todavía amables y como desconocidos a causa
de la intensidad de su aislamiento, y del erial de los tiempos y de la muerte
de las estrellas? Finalmente, tras guardar la pipa en el bolsillo, inclinada la
magnífica cabeza ante ella, ¿quién lo censuraría si rindiera homenaje a la
belleza del mundo?
7
Pero su hijo lo odiaba. Lo odiaba por
acercarse a ellos, por creerse superior, lo odiaba por interrumpir, lo odiaba
por la ampulosidad y lo sublime de los gestos, por la espléndida cabeza que
tenía, por su precisión y egotismo (ahí estaba otra vez, exigiendo que le
prestaran atención), pero, sobre todo, lo odiaba por los chirridos y trinos de
sus emociones que, vibrando por toda la habitación, perturbaban la perfecta
sencillez y buen sentido de las relaciones con su madre. Esperaba que, si se
quedaba mirando con toda atención la página, se fuera; confiaba en llamar la
atención de su madre si señalaba una palabra con el dedo; su madre, para su
enfado, se quedaba paralizada cuando aparecía su marido. Pero no. Nada
obligaría a Mr. Ramsay a moverse. Se quedaba, y exigía consuelos.
Mrs. Ramsay, que había
estado reclinada, con el brazo sobre su hijo, se irguió, y, medio vuelta,
pareció que fuera a levantarse; fue como si hubiera enviado verticalmente al
aire una lluvia de energía, una columna de rocío, que pareciera a la vez
animada y viva, como si su energía se hubiera fundido con una fuerza con brillo
y luz propios (aunque estaba sentada, y había cogido el calcetín de nuevo); y
como si en esta deliciosa fecundidad, en este surtidor y fuente de la vida, se
hundiera la funesta esterilidad masculina, punzante pico de bronce, estéril y
desnudo. Quería consuelos. Era un fracasado, dijo. Destellaron las agujas de
Mrs. Ramsay. Mr. Ramsay, sin dejar de mirarla a la cara, repitió lo que había
dicho: que era un fracaso. Le devolvió las palabras en un suspiro. «Charles
Tansley...», dijo. Pero él quería más. Lo que necesitaba era consuelo: en
primer lugar, que le aseguraran que era un genio, y, a continuación, que lo
introdujeran en la esfera de la vida, que lo acogieran y calmaran, que le
hicieran recobrar la sensatez, que la esterilidad se convirtiera en fertilidad,
y que todas las habitaciones de la casa se llenaran de vida: el salón, la
cocina tras el salón, los dormitorios sobre la cocina, y más allá, los cuartos
de juegos de los niños; había que acomodarlos, llenarlos de vida.
Charles Tansley pensaba
que era el metafisico más importante de su época, dijo ella. Pero él quería
algo más. Quería consuelos. Deseaba que le aseguraran que estaba en el centro
de la vida, que lo necesitaban; y no sólo aquí, en todo el mundo. Las agujas
destellaban, y ella, confiada, erguida, creaba el salón y la cocina, los
iluminaba; y le dijo que se calmara, que entrara y que saliera, que se
divirtiera. Se reía, tejía. Entre las rodillas de ella, muy envarado, James
advertía cómo ardía en llamas toda la fuerza de ella para que la bebiera y sofocara
el punzante pico de bronce, la yerma cimitarra del macho, que, una vez tras
otra, golpeaba inmisencorde, exigiendo consuelo.
Era un fracasado,
repetía. Sí, mira, toca. Destellaron las agujas; tras echar una breve mirada
alrededor, más allá de la ventana, al propio James, le aseguró, sin sombra de
duda, con su risa, con su actitud, con su eficacia (al igual que la niñera que
lleva una luz al dormitorio a oscuras tranquiliza al niño inquieto), que era
real, que la casa estaba llena, que el jardín florecía. Si tuviera en ella una
fe incondicionada, nada lo heriría; por muy hondo que se enterrara, o por muy
alto que escalara, ni durante un segundo estaría sin ella. Así, alardeando de
su capacidad para amparar y proteger, apenas había un fragmento de ella misma
que le sirviera para conocerse; todo lo gastaba con generosidad; y James,
rígido entre las rodillas, sentía como si ella floreciera al modo de un frutal
cargado de frutos rosados, lleno de hojas y de ramas bailarinas, en el que el
punzante pico de bronce, la árida cimitarra del padre, el egotista, se hundía y
golpeaba, mientras exigía consuelo.
Lleno de las palabras de
ella, como el niño que se aparta satisfecho, dijo, finalmente, mirándola con
humilde gratitud, restaurado, renovado, que iba a dar un paseo, a ver a los niños
jugar al críquet. Se fue.
Al momento, Mrs. Ramsay
pareció recogerse sobre sí misma, un pétalo tras otro, y todo el edificio se
recogió sobre sí mismo, exhausto, de forma que sólo le quedó fuerza para mover
un dedo, con el exquisito abandono del cansancio, por la página del cuento de
hadas de Grimm, mientras latía en ella, como el pulso de una primavera que ha
alcanzado su expansión máxima y ahora delicadamente deja de latir, el rapto de
la creación lograda.
Cada latido de este pulso
parecía, al alejarse él, incluirla a ella y a su marido, y parecía dar a cada
uno ese solaz que dos notas diferentes, una alta, otra baja, que sonaran a la
vez, parecen ofrecerse una a otra al combinarse. No obstante, al apagarse la
resonancia, al volver al cuento de hadas, Mrs. Ramsay se sintió no sólo
fisicamente cansada (siempre le ocurría después, nunca en el momento), sirio
como si la fatiga se hubiera teñido vagamente de alguna sensación desagradable
que tuviera otra causa. Y no es que, al leer en voz alta la historia de la
mujer del pescador, ella no supiera exactamente de dónde procedía; ni se
permitió traducir a palabras su insatisfacción, cuando se dio cuenta, al pasar
la página -cuando se detuvo y oyó aburrida, ominosamente, cómo rompía una ola-,
de dónde procedía: no le gustaba, ni un segundo, sentirse mejor que su marido;
más aún, no podía soportar no estar completamente segura, cuando hablaba con
él, de la verdad de lo que decía. Las universidades y personas que lo
necesitaban, las conferencias y los libros que eran tan importantes, ni se le
ocurría por un momento dudar de nada de esto; pero lo que la desazonaba era su
relación, y el acercarse a ella así, abiertamente, para que lo viera todo el
mundo; porque entonces la gente diría que dependía de ella; cuando todos debían
saber que de los dos era él infinitamente más importante; y que lo que ella
daba al mundo, en comparación con lo que daba él, era una insignificancia.
Pero, claro, además estaba lo otro, lo de no ser capaz de decirle la verdad,
por ejemplo, respecto de lo del tejado del invernadero, y lo que iba a costar
repararlo, unas cincuenta libras, quizá; y luego estaba lo de sus libros, y el
temor de que él pudiera enterarse de que ella sospechaba que este último no
había sido quizá el mejor que hubiera escrito en su vida (lo había deducido de
algún comentario de William Bankes); y también lo de ocultarle cosillas sin
importancia, y que se dieran cuenta los niños, y la carga que era para ellos;
esto es lo que empañaba toda alegría, la pura alegría, la de las dos notas que
sonaban juntas, y dejaba que el sonido lúgubremente desafinado se apagara en
su oído.
Oscureció la página una
sombra, levantó la mirada. Era Augustus Carmichael, que pasaba arrastrando los
pies, justamente ahora, en el momento en que tan doloroso era que le
recordaran lo inadecuado de las relaciones humanas, que ni el más perfecto
dejaba de tener defectos, y no pudo sufrir el examen que, como quería a su
marido, con su pasión por la sinceridad, hizo de sí misma; cuando era tan
doloroso sentirse rea de nulidad, y ajena a sus propias funciones por mentiras
y exageraciones; justo en este momento, en que más se consumía innoblemente en
medio de su exaltación, fue cuando pasó Mr. Carmichael arrastrando los pies,
con las zapatillas amarillas, y algún demonio propio la obligó a decir cuando
pasaba:
-¿Va a casa, Mr.
Carmichael?
8
No dijo nada. Tomaba
opio. Los niños decían que el opio volvía rubia la barba. Quizá. Lo que sí le
parecía evidente es que el pobre era un infeliz, y que se venía con ellos todos
los años para huir de algo; y año tras año ella se sentía igual; él no confiaba
en ella. Le había dicho: «Voy al pueblo, ¿quiere sellos, papel de cartas,
tabaco?», y él se limitó a quedarse parpadeando. No confiaba en ella. Era obra
de su mujer. Recordaba la inquina que le tuvo su mujer a Mr. Carmichael, y lo
intransigente que era aquella mujercita detestable a quien había visto con sus
propios ojos echarlo del minúsculo alojamiento de St. John's Wood. Era
desordenado, se manchaba, y era todo lo pesado que pudiera ser un anciano sin
nada que hacer en el mundo; lo había echado de casa. Dijo, con aquella voz tan
desagradable: «Sí, Mrs. Ramsay, creo que tenemos que hablar», y Mrs. Ramsay
tuvo que escuchar, como si ocurriera ante sus ojos, una relación de las
incontables desdichas de la vida de él. ¿Tenía dinero para comprar tabaco?
¿Tenía que pedírselo a ella?, ¿media corona?, ¿dieciocho peniques? Ay, no
quería ni pensar en las humillaciones por las que le había hecho pasar. Ahora
la evitaba (nunca supo por qué, excepto que, de forma inconcreta, seguro que
tenía que ver con aquella mujer). Él nunca le dijo nada. Pero ¿qué otra cosa
podría haber hecho ella? Tenían siempre una habitación soleada para él. Los
niños eran amables con él. Nunca dio ella muestras de que no quisiera que
estuviera con ellos. Hasta se esforzaba en ser amable. ¿Quiere sellos, tabaco?
Creo que este libro le gustará..., etcétera. Y después de todo -después de todo
(aquí, insensiblemente, ella se refugió en sí misma, fisicamente; se le hizo
presente, cosa rara, el sentido de su propia belleza}-, después de todo, a ella
no le costaba nada que la gente se fijara en ella; por ejemplo, George Manning,
Mr. Wallace, famosos y todo, se acercaban a visitarla por las tardes, y se
quedaban charlando junto al fuego. Sabía llevar con elegancia la antorcha de la
belleza, y se sabía bella; exhibía esta antorcha con orgullo dondequiera que
entrara; y, después de todo, por mucho que hiciera por velarla, y por mucho que
le disgustara la monotonía que eso le imponía, la belleza era evidente. La
habían admirado. La habían amado. Había entrado en velatorios. Había visto
llorar. Hombres y mujeres, liberados de sus preocupaciones, se habían consentido
ante ella el consuelo de la sencillez. La hería que él la evitara. Le dolía. No
era claro, no estaba bien. Eso es lo que le importaba: que se agregara esto al
enfado con su marido; tenía la sensación, ahora, al pasar Mr. Carmichael
arrastrando las zapatillas amarillas, con un libro bajo el brazo, asintiendo
con la cabeza, de que no se fiaba de ella; y pensaba que todos sus deseos de
dar, de ayudar, eran pura vanidad. Era por amor propio por lo que tan
ansiosamente se empeñaba en dar, en ayudar; para que la gente dijera: «¡Oh,
Mrs. Ramsay!, querida Mrs. Ramsay... ¡Claro que sí, Mrs. Ramsay!» Para que la
necesitaran y la buscaran y la admiraran. ¿No era éste su más secreto deseo?,
y, por lo tanto, ¿no era lógico que, cuando Mr. Carmichael la evitaba, como acababa
de hacer, y fuera a ocultarse en cualquier rincón donde se dedicaba a hacer
crucigramas inacabablemente, no sólo se sintiera desdeñada y contrariada, sino
que se le hiciera sentir la mezquindad de una parte de ella, y de las
relaciones humanas?; y estas relaciones, en el mejor de los casos, qué imperfectas
son, qué despreciables, qué egoístas. Marchita, agotada (las mejillas hundidas,
el cabello cano), quizá la imagen de su belleza ya no alegraba a nadie, mejor
sería que se dedicara al cuento de El Pescador y su Mujer para apaciguar este
manojo de nervios (el más sensible de sus hijos) que era su hijo James.
-El corazón del hombre se
llenó de pesadumbre -leyó en voz alta-, pues no quería ir. Y se dijo: "No
está bien, pero fue. Cuando llegó a la orilla del mar, el agua estaba de color
púrpura y azul oscuro, y gris y densa, y ya no parecía tan verde y dorada, pero
estaba tranquila. Se quedó allí y dijo...»
A Mrs. Ramsay le habría
gustado que su marido no hubiera escogido ese momento para detenerse. ¿Por qué
no se había ido, como había dicho, a ver a los niños jugar al críquet? Pero no
hablaba: miraba, asentía con la cabeza, manifestaba su aprobación; se fue. Se
escapó, tras quedarse mirando ese seto que una vez tras otra había señalado una
pausa; había llegado a alguna conclusión, había visto a su esposa y a su hijo,
había visto las urnas en las que desbordaban los rojos geranios que tantas
veces habían adornado el desarrollo de sus pensamientos, y que tenían, entre
las hojas, como papelillos en los que se anota algo aprisa; se dejó llevar
suavemente, viendo todo esto, a unos pensamientos que le había sugerido la
lectura de un artículo en The Times acerca de la cantidad de americanos que
visitan anualmente la tumba de Shakespeare. Si Shakespeare no hubiera vivido,
se preguntaba, ¿sería muy diferente hoy el mundo? El progreso de la civilización,
¿depende de los grandes hombres? El hombre común, ¿ha mejorado desde los
tiempos de los faraones? Pero este hombre común, se preguntó, ¿ha de ser el
criterio por el que se juzgue el progreso de la civilización? Quizá no. Acaso
el mayor bien exija una clase social de esclavos. El ascensorista del metro
siempre será necesario. El pensamiento le desagradó. Movió la cabeza
enérgicamente. Para evitarlo, ya hallaría la forma de desdeñar el predominio
de las artes. Propondría que el mundo existe para el hombre común, que las
artes son una simple decoración impuesta desde un lugar ajeno a la vida
humana, pero no la expresan. Ni Shakespeare le es necesario. Sin saber
exactamente por qué, quería denigrar a Shakespeare, y quería ayudar al hombre
común, al necesario ascensorista; arrancó con cierta violencia una hoja del
seto. Todo esto tendría que prepararlo de forma más atractiva para los jóvenes
de Cardiff, dentro de un mes, pensó; aquí, en la terraza, lo único que hacía
era recopilar ideas de forma deportiva (arrojó la hoja que había arrancado tan
enfadado), como quien se apea del caballo para coger un ramillete de rosas, o
se llena los bolsillos de avellanas mientras pasea a su sabor por los caminos
y senderos de una comarca que conoce desde que era niño. Todo era conocido: el
recodo, la portilla, el atajo del campo. Podía pasarse horas así, con la pipa,
por las tardes, pensando, yendo de un lado a otro, y de acá para allá, por los
caminos de siempre, por los campos conocidos, que estaban llenos de la historia
de esta batalla, de la biografía de aquel estadista, llenos de poemas y
anécdotas; que poseían figuras también: este pensador, aquel soldado; todo
animado y limpio; pero al final, el camino, el campo, la pradera, el avellano
lleno de frutos y el seto florecido lo conducían a otro recodo donde invariablemente
desmontaba, ataba el caballo a un árbol, y seguía a pie. Llegaba al borde del
jardín, y miraba hacia abajo, hacia la bahía.
Era su destino, su modo
de ser, tanto si quería como si no, acercarse así a una lengua de tierra que el
mar comía poco a poco, y quedarse allí, como un triste pájaro marino, solo. Era
su poder, su don, el saber desprenderse al punto de todo lo superfluo,
encogerse y disminuir hasta parecer más agudo, más fino, incluso fisicamente,
pero sin perder nada de la intensidad mental, y quedarse en este saliente,
enfrente de la oscuridad de la ignorancia humana (que no sabemos nada, y que el
mar se come la tierra sobre la que estamos), era su destino, su don. Pero
habiéndose desprendido, al desmontar, de gestos y fruslerías, de los trofeos de
las avellanas y las rosas, y habiéndose encogido de forma que no sólo la fama,
sino que hasta el nombre propio hubiera olvidado, mantuvo incluso en aquella
desolación una vigilancia que no perdonaba a un solo fantasma, y no se complacía
con ninguna visión, y de esta forma inspiraba en William Bankes (de forma
intermitente) y en Charles Tansley (de forma servil) y en su esposa ahora,
cuando levantaba la vista y lo veía ahí en pie, en el extremo del jardín, una
profunda reverencia y piedad y también gratitud, como si fuera una estaca
hundida en el lecho de un canal sobre la que se posaran las gaviotas, y
rompieran las olas, e inspirara gratitud en los pasajeros de las barcas de
recreo por haberse tomado la molestia de señalar el curso del canal en medio
del agua.
«Pero un padre de ocho
hijos no tiene escapatoria...», murmuraba; se alejaba, volvía, suspiraba,
levantaba la vista, buscaba la figura de su mujer que leía cuentos al niño,
llenaba la pipa. Daba la espalda a la ignorancia de la humanidad, a su destino,
y al mar que se comía el suelo sobre el que estamos; el mar que, si se hubiera
atrevido a contemplarlo fijamente, le habría permitido llegar a alguna
conclusión; y se consolaba con fruslerías tan nimias, comparadas con el asunto
augusto con el que se enfrentaba en este momento, que estaba dispuesto a pasar
por alto las comodidades, a desdeñarlas; como si fuera el peor delito que
alguien averiguara que un hombre honrado era feliz en un mundo tan desdichado
como éste. Era verdad: en general era feliz; tenía a su esposa, los hijos,
había prometido que dentro de seis semanas les contaría «un puñado de
disparates» a los jóvenes de Cardiff acerca de Locke, Hume, Berkeley y los
orígenes de la Revolución Francesa. Pero todo esto y el placer que obtenía de
ello, de las frases que hacía, del ardor juvenil, de la belleza de su mujer, de
los elogios que le tributaban desde Swansea, Cardiff, Exeter, Southampton,
Kidderminster, Oxford, Cambridge: todo eso había que censurarlo y ocultarlo
bajo la frase «un puñado de disparates», porque, en el fondo, no había hecho
lo que podría haber hecho. Era un disfraz, era el refugio de quien temía
aceptar sus propios sentimientos, que no podía decir: esto es lo que soy, esto
es lo que quiero; alguien digno de piedad, y desagradable a los ojos de William
Bankes y Lily Briscoe, que se preguntaban por qué era necesario semejante
ocultamiento; por qué necesitaba siempre alabanzas, por qué un hombre tan
valiente era tan tímido en los asuntos de su vida; qué extraño era que fuera a
la vez adorable y risible.
Lily sospechaba que
educar y pronunciar sermones era algo que no estaba entre las facultades del
ser humano. (Estaba guardando sus cosas.) Si eres un exaltado, lo más probable
es que te des un batacazo. Mrs. Ramsay le daba todo lo que quería con excesiva
liberalidad. Pero cambiar debe de ser un trastomo, se dijo Lily. Levanta la
mirada de los libros, y nos ve a todos nosotros jugando y diciendo tonterías.
Qué cambio respecto de las cosas a las que se dedica, dijo Lily.
Caía sobre ellos de forma
ominosa. De repente se quedaba quieto, se quedaba callado mirando la mar. Se
daba la vuelta.
9
Sí, dijo Mr. Bankes,
mirando cómo se alejaba. Qué pena tan grande le daba. (Lily había dicho algo
acerca de que la asustaba, porque cambiaba de humor muy bruscamente.) Sí, dijo
Mr. Bankes, que pena tan grande que Mr. Ramsay no se comporte como los demás.
(Porque a él le gustaba Lily Briscoe, hablaba con ella de Mr. Ramsay con toda
franqueza.) Por esa razón, dijo él, es por la que los jóvenes no leían a
Carlyle. Un abuelo gruñón que se enfadaba si el porridge del desayuno estaba
frío, ¿a cuento de qué se atrevía a sermonearnos?, eso es lo que Mr. Bankes
creía que pensaban los jóvenes de hoy. Era una grandísima pena que creyeras,
como él, que Carlyle era uno de los grandes maestros de la humanidad. A Lily
le daba vergüenza reconocer que no había leído a Carlyle desde los tiempos de
la escuela. Pero en su opinión a una le gustaba Mr. Ramsay todavía más porque
pensaba que si a él le dolía el dedo meñique, eso significaba, según él, que
estaba a punto de llegar el fin del mundo. No, no era precisamente eso lo que a
ella le preocupaba. ¿A quién engañaba? Pedía sin subterfugios que lo alabaras,
que lo admiraras, y a nadie engañaban sus trucos. Lo que no le gustaba a ella
era la estrechez de miras, la ceguera, decía, dirigiendo la mirada hacia él.
«¿Algo hipócrita?»»,
sugirió Mr. Bankes, mirando, también, hacia la espalda de Mr. Ramsay, porque
pensaba ahora en la amistad que los unía, en Cam cuando se negó a darle una
flor, en todos esos niños y niñas, en su propia casa, llena de comodidades,
pero, desde la muerte de su esposa, ¿demasiado tranquila? Sí, claro que tenía
el trabajo... Daba igual, lo único que quería era que Lily se mostrara de
acuerdo en eso de que era «algo hipócrita».
Lily todavía estaba
guardando los pinceles, levantaba los ojos, los bajaba. Los levantaba, y allí
estaba Mr. Ramsay, se acercaba a ellos, sin preocuparse, olvidadizo, remoto.
¿Algo hipócrita?, repetía ella. Ah, no... el más sincero, el más fiel (aquí estaba),
el mejor; pero, bajaba los ojos, y, pensaba, era un hombre absorto en sí mismo,
tiránico, injusto; y no levantaba la mirada, intencionadamente, porque,
estando con los Ramsay, sólo así podía conservar la calma. En cuanto una
levantaba la vista, y los veía, los envolvía lo que ella llamaba «el amor». Se
convertían en parte de ese universo irreal, pero punzante y excitante, que es
el mundo cuando se contempla a través de los ojos del amor. El cielo se
desplegaba para ellos, los pájaros trinaban por ellos. Y, lo que aún era mas interesante,
también ella sentía, al ver a Mr. Ramsay acercarse amenazador, y retirarse, y a
Mrs. Ramsay sentada con James en la ventana, y el paso de la nube, y el
movimiento del árbol, cómo la vida, de ser una cosa compuesta de muchos incidentes
separados que se vivían uno tras otro, se recogía y se hacía una, como si fuera
una ola que la arrastrara a una con ella, y la arrojara, de golpe, sobre la
playa.
Mr. Bankes esperaba a que
ella respondiera. Y ella estaba a punto de decir algo, de expresar alguna
censura hacia Mrs. Ramsay: cómo le gustaba impresionar, a su manera; qué
arbitraria era; o algo parecido; pero entonces el éxtasis de Mr. Bankes hizo
que fuera completamente innecesario que ella hablara. Así eran las cosas: había
que pensar en la edad de él, que pasaba de los sesenta, y en su aspecto
atildado, y en la impersonalidad, y en la científica bata blanca que se
imaginaba una que lo envolvía. Para él, quedarse mirando fijamente a alguien,
como había visto que miraba ella a Mrs. Ramsay, era un éxtasis; algo
equivalente, pensaba Lily, a los amores de docenas de jóvenes (y quizá Mrs.
Ramsay no hubiera despertado el amor de docenas de jóvenes). Era amor, pensaba
ella, fingiendo que colocaba el lienzo, destilado y quintaesenciado; un amor
que nunca intentaba asir el objeto amado; es igual al que los matemáticos
profesan hacia sus símbolos, o los poetas a sus frases, se había concebido
para extenderse por el mundo, y para convertirse en propiedad de toda la
humanidad. Y así era. Todo el mundo, en efecto, debería haberlo compartido; si
así fuera, Mr. Bankes hubiera sido capaz de explicar por qué aquella mujer le
gustaba tanto, por qué verla leer un cuento de hadas a su hijo le producía el
mismo efecto que el hallar la solución de un problema científico; por qué
sentía, como lo había sentido cuando había demostrado algo definitivo acerca
del sistema digestivo de las plantas, que lo bárbaro se volvía dócil, que el
caos adquiría orden.
Semejante éxtasis -¿qué
otro nombre podría dársele?hizo que Lily olvidara por completo lo que había
estado a punto de decir. No era nada importante, se trataba de algo acerca de
Mrs. Ramsay. Había palidecido ante el «éxtasis», ante la mirada fija, cosas
hacia las que ella sólo tenía gratitud; porque no había nada que le agradara
tanto, que suavizara las dificultades de la vida, y que le quitara
milagrosamente todas las cargas, como este poder sublime, este don de los
cielos; y una no debería interrumpirlo, mientras durara; como tampoco una
estorbaba un rayo de sol que descansara sobre el suelo.
Que la gente amase así,
que Mr. Bankes tuviese esos sentimientos hacia Mrs. Ramsay (le echó una mirada
mientras él estaba distraído) era útil, era una forma de exaltación. Limpió
los pinceles, uno tras otro, con un trapo viejo, con humildad, esmerándose.
Evitaba ella la reverencia que descendía sobre las mujeres; se sentía alabada.
Que se quede mirando él si quiere; así ella podría echar una mirada de reojo
al cuadro.
Le daban ganas de llorar.
¡Era malo, era horrible, era pésimo! Podía haberlo hecho de otra forma, por
supuesto; el color debería haber estado más diluido, más difuminado; las
formas deberían haber sido más etéreas; así es como lo habría visto Mr.
Paunceforte. Pero es que ella no lo veía así. Veía cómo el color ardía dentro
de un marco de acero; la luz del ala de una mariposa sobre los arcos de una
catedral. De todo eso sólo quedaban sobre el lienzo unas pocas huellas distribuidas
por el lienzo. Nadie lo vería nunca; nunca colgaría en una pared; y Mr. Tansley
le susurraba al oído: «Las mujeres no saben pintar, las mujeres no saben
escribir...»
Recordó lo que había
estado a punto de decir sobre Mrs. Ramsay. No sabía de qué forma habría podido
expresarlo, pero se trataba de algo crítico. La noche anterior le había
fastidiado cierta arbitrariedad. Siguiendo la dirección de la mirada de Mr.
Bankes, pensó en que no había mujer que adorase a otra mujer de la forma en que
él adoraba; lo único que podían hacer era buscar refugio bajo la sombra
protectora que Mr. Bankes extendía sobre ambas. Siguiendo el curso de este
rayo de luz, ella agregó su propia luz diferente: pensaba que sin duda era la
persona más adorable (inclinada sobre el libro); acaso la mejor; pero, a la
vez, algo diferente de la perfecta figura que allí se dejaba ver. Pero ¿por
qué?, ¿cómo de diferente?, se preguntaba, limpiando la paleta de los
montoncitos de color azul y verde que le parecían inanimados ahora; pero se
prometió que al día siguiente ella los animaría, los obligaría a moverse, a
moldearse, a obedecerla. ¿En qué era diferente? ¿Cuál era esa esencia de su
espíritu que en cuanto veías un guante en un rincón de un sofá tenías la
certeza, sólo con ver un dedo torcido, de que era de ella? Era veloz como un
ave, directa como una flecha. Tenía su fuerza de voluntad, tenía talento para
mandar (claro, se recordó a sí misma Lily, pienso en las relaciones con las
mujeres, y yo soy mucho más joven, soy una persona insignificante, soy una
que vive cerca de Brompton Road). Abría las ventanas de los dormitorios.
Cerraba puertas. (Así intentaba recordar la melodía de Mrs. Ramsay
mentalmente.) Llegaba tarde por la noche, y daba un golpe muy suave en la
puerta del dormitorio, envuelta en un viejo abrigo de pieles (porque su belleza
siempre era igual: apresurada pero convincente), siempre dispuesta a hacer algo
una vez más, fuera lo que fuera: que Charles Tansley hubiera perdido el
paraguas, que Mr. Carmichael estuviera estornudando e inhalando algo por la
nariz, que Mr. Bankes dijera: «¿Dónde están las sales de frutas?» Todo esto lo
enderezaba al momento; o lo torcía maliciosamente; y, dirigiéndose hacia la
ventana, fingiendo que tenía que irse -amanecía, veía cómo salía el sol-, de
lado, más íntimamente, pero siempre riéndose, insistía en que ella, Minta,
todas, todas tenían que casarse, porque en todo el mundo, por muchos laureles
que pusieran a sus pies (pues a Mrs. Ramsay le importaba muy poco su pintura),
o por muchos triunfos que obtuviera (quizá Mrs. Ramsay también los hubiera
tenido), y al llegar aquí se entristecía, se ensombrecía, regresaba al sillón,
esto no podía ni siquiera discutirse: una mujer que no se hubiera casado (le
tomaba la mano con delicadeza un momento), una mujer que no se casa se pierde
lo mejor de la vida. La casa parecía estar llena de niños durmiendo, y Mrs.
Ramsay escuchaba; luces bajo las pantallas de las lámparas, respiraciones
regulares.
Ah, pero decía Lily,
tenía a su padre, el hogar, e incluso, si se hubiera atrevido a decirlo, la
pintura. Pero todo esto parecía tan poca cosa, tan virginal, ante lo otro...
Sí, pero al avanzar la noche, y al separar las cortinas la luz, e incluso
cuando ya trinaba de vez en cuando algún pájaro en el jardín, juntando todas
sus fuerzas con desesperación, le gustaría haberse presentado como excepción a
la regla universal; una súplica; quería seguir soltera, le gustaba ser como
era, no estaba hecha para lo otro; pero eso suponía que tendría que enfrentarse
con esa mirada fija de desconocida profundidad, y tenía que aceptar la sencilla
certidumbre de Mrs. Ramsay (y ahora volvía a la infancia) de que la querida
Lily, su pequeña Brisk, era tonta. Y entonces recordaba que había reclinado la
cabeza en el regazo de Mrs. Ramsay, y no había dejado de reírse, reírse,
reírse, reírse hasta casi llegar a la histeria ante la idea de que Mrs. Ramsay
decidiera con calma inmutable unos destinos que eran completamente
incomprensibles para ella. Ahí estaba sentada, sencilla, seria. Había recobrado
el sentido de sí misma: era el dedo torcido del guante. Pero ¿en qué santuario
había entrado una? Finalmente Lily Briscoe levantó la mirada, y allí estaba
Mrs. Ramsay, completamente ajena a lo que había ocasionado sus risas, que
seguía tomando decisiones, pero había desaparecido toda huella de fuerza de
voluntad, y en su lugar, había algo claro, como ese espacio que terminan por
ocultar las nubes, el pedacito de cielo que duerme junto a la luna.
¿Era sabiduría? ¿Era
conocimiento? ¿Se trataba, una vez más, del engaño de la belleza, de forma que
todas las sensaciones de una, a medio camino de la verdad, terminasen por
enredarse en una trampa dorada?, ¿o es que guardaba en su interior algún
secreto de los que ciertamente Lily Briscoe creía que todo el mundo tenía que
tener para que el mundo siguiera adelante? No todo el mundo podía ser tan
atolondrado e irreflexivo como ella. Pero si lo sabían, ¿por qué no le decían
lo que sabían? Sentada en el suelo, abrazada a las rodillas de Mrs. Ramsay,
todo lo cerca que podía, sonriéndose al pensar que Mrs. Ramsay nunca sabría la
razón de la intensidad del abrazo, se imaginaba cómo en las cámaras de la
mente y del corazón de esta mujer que físicamente estaba en contacto con ella
había, como en los tesoros de los reyes, tablillas con inscripciones sagradas,
que si una pudiera leerlas, le enseñarían todo, pero que nunca se ofrecerían
libremente, nunca llegarían al público. ¿Cuál era el arte, que el amor o la
astucia conocían, con el que una podía entrar en esas cámaras ocultas? ¿Cuál
era el resorte que te permitía convertirte, como el agua vertida en la jarra,
en una sola cosa inextricablemente unida a la persona amada? ¿Podría lograrlo
el cuerpo, o la mente, mezclándose sutilmente en los intrincados pasillos del
cerebro?, ¿podría el corazón? ¿Podría el amor, como lo llamaba la gente,
convertirlas en una a ella y a Mrs. Ramsay?, porque no era conocimiento, sino
esa unidad lo que deseaba; no deseaba inscripciones en las tablillas, nada que
pudiera escribirse en una lengua que conocieran los hombres, sino la propia
intimidad, que es el conocimiento, pensaba, mientras reclinaba la cabeza sobre
las rodillas de Mrs. Ramsay.
No sucedió riada. ¡Nada!
¡Nada!, mientras estuvo inclinada sobre la rodilla de Mrs. Ramsay. Sin
embargo, sabía que el corazón de Mrs. Ramsay atesoraba conocimientos y sabiduría.
¿Cómo, pues, se preguntaba, podía una saber tal o cual cosa de la gente, si
ésta estaba herméticamente sellada? Sólo como las abejas, atraída por alguna
fragancia o por alguna nota aguda en el aire, intangible para el tacto o el
gusto, visitando la cúpula de la colmena, recorriendo solitaria el desierto
aire de todos los países del mundo, frecuentando las colmenas llenas de
murmullos e inquietudes; esas colmenas que eran la propia gente. Mrs. Ramsay se
levantó. Lily se levantó. Mrs. Ramsay se fue. Durante unos días hubo en torno
a ella, como tras un sueño se advierte que la persona en quien una ha soñado ha
sufrido alguna transformación sutil, más nítido que sus palabras, un zumbido de
murmullos, y, al sentarse en el sillón de mimbre junto a la ventana del salón,
ofrecía, a los ojos de Lily, la silueta de una cúpula.
El rayo de luz se unía
paralelo al de Mr. Bankes, y ambos llegaban hasta donde Mrs. Ramsay leía con
James sobre las rodillas. Pero mientras ella seguía mirando, Mr. Bankes había
dejado de hacerlo. Se había puesto las gafas. Había retrocedido un paso. Había
levantado una mano. Se habían entrecerrado sus claros ojos azules, y Lily,
sobresaltada, vio lo que quería hacer, y cerró los ojos como el perro cuando ve
la mano levantada sobre su cabeza. Le habría gustado arrancar el cuadro del
caballete, pero se dijo: Hay que aceptarlo. Hizo un esfuerzo, quiso recobrar la
confianza, y someterse a la prueba terrible de que alguien examinara su cuadro.
Hay que aceptarlo, se dijo, hay que aceptarlo. Y si finalmente alguien iba a
verlo, Mr. Bankes era menos preocupante que los demás. Pero que otros ojos
pudieran ver el balance de sus treinta y dos años, la sedimentación de cada
día de su vida, mezclados con algo más secreto de lo que ella jamás hubiera expresado
o mostrado en el curso de todos esos días, eso era una agonía. Pero, a la vez,
qué inmensamente excitante era.
No había nadie más
desapasionado y tranquilo. Sacó un cortaplumas, y señaló con el mango de hueso
en un lugar del lienzo. ¿Qué es lo que quería indicar con esa mancha púrpura
triangular que había «justamente ahí»?, preguntó.
Era Mrs. Ramsay mientras
leía para james, dijo. Sabía qué le respondería: que nadie diría que se trataba
de una forma humana. Pero ella no quería lograr que se pareciera, dijo. Entonces,
¿para qué los había puesto allí?, preguntó. ¿Por qué?, no había razón alguna,
excepto que si allí, en aquel rincón, había luz, aquí, en este otro, ella
sentía la necesidad de la oscuridad. Sencillo, consabido, trivial, incluso,
sin embargo Mr. Bankes pareció interesarse. La madre y el hijo -objetos de la
veneración universal, y en este caso, además, la madre era conocida por su
belleza- podían reducirse, reflexionaba, a una mancha púrpura sin irreverencia.
Pero no se trataba de un
retrato de ellos, dijo ella. No, no en ese sentido. Había otros sentidos,
además, mediante los que se les podía reverenciar. Mediante una sombra aquí, o
una luz allí, por ejemplo. Su ofrenda adquiría esa forma, si, como ella vagamente
imaginaba, un cuadro tiene que ser un homenaje. Una madre y un hijo podían
reducirse a una sombra sin irreverencia. Una luz aquí pedía una sombra allí.
Se quedó pensándolo. Se mostró interesado. Lo aceptó, de forma científica, de
buena fe. Lo cierto era que sus prejuicios caminaban todos ellos en sentido
opuesto, le explicó. La pintura más grande de su salón, un cuadro que habían
alabado los propios pintores, y que se había tasado en un precio muy superior
al que él había pagado, era de unos cerezos en flor en las orillas del Kennet.
Había pasado la luna de miel en las orillas del Kennet, dijo. Lily tenía que
ir a ver el cuadro, dijo. Pero ahora, se volvió, sin las gafas, para examinar
científicamente el lienzo. Había que juzgar la relación de los volúmenes, de
las luces y sombras, cosas, a decir verdad, en las que nunca anteriormente
había pensado, le gustaría que se lo explicaran: ¿qué quería decir eso?
Señalaba la escena ante sus ojos. Ella miró. No podía mostrarle lo que quería
hacer, ni siquiera ella sabía verlo sin el pincel en la mano. Volvió a su
anterior postura de trabajo, con los ojos entrecerrados y aspecto de distraída,
sometiendo sus impresiones de mujer a algo más general; cayendo de nuevo bajo
el poder de esa visión que había visto con toda claridad una vez, y que ahora
debía buscar a tientas entre setos, casas, madres y niños: el cuadro. Se
trataba, recordó, de cómo relacionar este volumen con el de la izquierda.
Podría hacerlo quizá extendiendo la línea de la rama; o rompiendo el vacío del
primer plano con algún objeto (quizá James), así. Pero el peligro consistía en que al hacer eso quizá se perdería la
unidad del conjunto. Se detuvo, no quería aburrirlo, quitó el lienzo del
caballete sin esfuerzo.
Pero alguien lo había
visto, se lo habían arrebatado. Este hombre había compartido con ella algo
intensamente íntimo. Con gratitud hacia Mr. Ramsay, con gratitud hacia Mrs.
Ramsay, agradecida a la ocasión y al lugar, concediendo que el mundo poseía un
poder que ella no le hubiera atribuido, el poder de que una pudiera pasar por
aquella larga galería ya no sola sino del brazo de alguien -el sentimiento más
extraño y más alegre de su vida-, echó el pestillo de la caja de pinturas con
más fuerza de la necesaria, y al cerrarla pareció rodear mediante un círculo
eterno la propia caja de pinturas, el jardín, a Mr. Bankes y a esa malvada
villana, a Cam, que pasaba corriendo.
10
Porque a Cam le había
faltado una pulgada para rozar el caballete al pasar; no se fijó en Mr. Bankes
ni en Lily Briscoe; a Mr. Bankes le habría gustado tener una hija, y extendió
la mano; tampoco se fijó en su padre, a quien también le faltó una pulgada para
rozarlo; ni en su madre, que gritó cuando pasaba: «¡Cam!, ¡ven un momento!» Se
fue como un pájaro, un bala, una flecha; impulsada por qué deseo, disparada por
quién, dirigiéndose hacia dónde, ¿quién sabría decirlo? ¿Qué?, ¿cómo?, pensaba
Mrs. Ramsay sin dejar de mirarla. Quizá fuera algo de su imaginación: una
concha, una carretilla, un reino de hadas en la otra punta del seto; o quizá
lo hiciera por el placer de ir aprisa, nadie lo sabía. Pero cuando por segunda
vez Mrs. Ramsay gritó: «¡Cam!», el proyectil detuvo la carrera, y Cam se
acercó hacia su madre remoloneando, arrancó una hoja de paso.
En qué estaría soñando,
se preguntaba Mrs. Ramsay, viéndola absorta, ante ella, pensando en sus cosas;
tuvo que repetir el recado: pregúntale a Mildred si han regresado Andrew, Miss
Doyle y Mr. Rayley. Parecía como si las palabras cayeran en un pozo, en el
que, aunque estuvieran claras, las aguas fueran extraordinariamente
distorsionantes, de forma que, incluso mientras descendían, se viera cómo se
movían formando un dibujo sobre el suelo de la mente de la muchacha. Pero ¿qué
clase de recado podría dar Cam a la cocinera?, se preguntaba Mrs. Ramsay. A
decir verdad sólo tras paciente espera, y tras escuchar que había una anciana
en la cocina, con las mejillas muy rojas, bebiendo sopa de un tazón, pudo Mrs.
Ramsay, con paciencia, hacer aflorar ese instinto de loro que había recogido
las palabras de Mildred con la suficiente precisión como para reproducirlas
ahora en una cantilena incolora. Cam, mientras movía los pies, repitió las
palabras: «No, no han vuelto, y le he dicho a Ellen que recoja el servicio del
té.»
Minta Doyle y Paul Rayley
no habían regresado. Mrs. Ramsay pensaba que eso sólo podía interpretarse de
una forma.
Lo ha aceptado o lo ha
rechazado. Esto de salir a pasear después de almorzar, incluso aunque fuera en
compañía de Andrew, ¿qué otra cosa podría querer decir?, excepto que ella
había decidido, correctamente, pensó Mrs. Ramsay (y le tenía mucho afecto a
Minta), aceptar a ese buen hombre, que quizá no fuera el más brillante; pero,
claro, pensó Mrs. Ramsay, dándose cuenta de que James le pedía que siguiera
leyéndole el cuento del pescador y su esposa, en el fondo del corazón
preferiría infinitamente los tontorrones a los que escribían tesinas; por
ejemplo, a Charles Tansley. En todo caso, fuera lo que fuera, en estos momentos
ya había sucedido.
Siguió leyendo: «A la
mañana siguiente la mujer se despertó antes, acababa de amanecer, y desde la
cama veía el hermoso paisaje ante ella. Su marido comenzaba a desperezarse...»
Minta, ¿sería capaz de
rechazarlo? No, desde luego, si aceptaba vagabundear sola por los campos con él
-Andrew seguro que estaría buscando cangrejos-, aunque quizá Nancy estuviera
con ellos. Intentó recordar la imagen del grupo junto a la puerta de entrada
tras el almuerzo. Estaban allí, mirando hacia el cielo, preocupados por el
tiempo, y ella dijo, en parte para vencer la timidez de ellos, en parte para
animarlos a salir (tenía en estima a Paul):
-No hay ni una nube en
muchas millas -tras lo cual advirtió cómo el insignificante Charles Tansley,
que los había seguido, sofocaba una risita. Pero lo había hecho intencionadamente.
No sabía con certeza si Nancy estaba con ellos o no; en su mente, dirigía
alternativamente la mirada a uno y otra.
Siguió leyendo:
«"¡Ah!, mujer -dijo el hombre- ¿y para qué quiero ser rey? Yo no quiero
ser rey. «Muy bien -dijo la esposa-, si tú no quieres ser rey, yo sí quiero ser
reina; ve a ver al pez, porque quiero ser reina.»
«Entra o sal, Cam», le
dijo, sabiendo que Cam se había quedado atrapada por la palabra «pez», y que
dentro de poco estaría importunando a James, y discutiendo con él. Cam echó a
correr. Mrs. Ramsay siguió leyendo, aliviada, porque James y ella compartían
los mismos gustos, y se sentían a gusto juntos.
«Y cuando llegó al mar,
estaba de color gris oscuro, de lo más profundo del agua subía un olor a
putrefacción. Se acercó al agua, y se quedó en pie, y dijo:
Pececito, que vives en
la mar,
Ven, te lo ruego, ven,
acude aquí,
Pues mi mujer, la buena
de Ilsebill,
no está conforme con mi voluntad.
"Pero ¿qué es lo que
quiere?", dijo el pececito.» Ahora, ¿dónde estarían?, se preguntaba Mrs.
Ramsay, que se entretenía fácilmente con sus pensamientos mientras leía,
porque el cuento del pescador y su esposa era como el bajo que acompañaba una
canción, que de vez en cuando, de forma inesperada, se convertía en la propia
melodía. ¿Cuándo habría que decírselo a ella? Si no hubiera pasado, tendría
que hablar muy en serio con Minta. Porque no podía dedicarse a vagabundear por
el campo, aunque Nancy estuviera con ellos (intentó de nuevo, sin éxito,
visualizar las espaldas de los que iban por el camino, para contarlas). Era
responsable ante los padres de Minta: el búho y la badila. Le vinieron a la
mente los motes mientras leía. El búho y la badila, a decir verdad, se
sentirían muy ofendidos si les contaran, y seguro que se lo contarían, que a
Minta, cuando estuvo con los Ramsay, la habían visto, etcétera, etcétera,
etcétera. «Él llevaba peluca en la Cámara de los Comunes, y ella le ayudaba
muy bien en las recepciones», repitió esto, pescándolo del fondo de los
recuerdos, en una ocasión en que al regresar de una fiesta había dicho eso para
divertir a su marido. Vaya, vaya, se dijo Mrs. Ramsay, ¿cómo es que esa pareja
había tenido una hija tan incongruente como ésta? ¿Esta marimacho de Minta,
que llevaba agujeros en las medias? ¿Cómo lograba vivir en aquella atmósfera
portentosa en la que la doncella cambiaba la arena que había desperdigado el
loro, y la conversación se ceñía de forma estricta a los méritos, interesantes
acaso, pero, no obstante, limitados, del ave mencionada? Sí, la había invitado
a almorzar, a tomar el té, a cenar, y finalmente la había invitado a quedarse
con ellos en Finlay, lo cual había acarreado algún malentendido con el búho,
con la madre, y más visitas, más charlas, y más cambios de arena, y en
realidad, al final de todo, había dicho tantas mentiras acerca de los loros
como para que le durasen toda la vida (eso es lo que le había dicho a su marido
aquella noche cuando regresaban de la fiesta). Sin embargo, Minta había
venido... Sí, había venido, pensó Mrs. Ramsay, sospechando que había alguna espina
en la madeja de estos pensamientos; y al desenredarla se encontró con que era
ésta: una mujer la había acusado en una ocasión «de robarle el afecto de su
hija»; alguna palabra de Mrs. Doyle le había hecho recordar esa acusación. El
deseo de- dominar, el deseo de intervenir, de hacer que la gente cumpliera su
voluntad: ésa era la acusación que le hacían, y ella pensaba que era muy
injusta. ¿Cómo impedir «ser así» para los demás? No podían acusarla de querer
impresionar a nadie. Incluso ella misma se avergonzaba a veces de lo
descuidada que iba. Tampoco era dominante ni tiránica. Era más cierto si se
referían a su actitud respecto de los hospitales, el alcantarillado, la
lechería. Sobre asuntos como ésos sí que se mostraba apasionada, y le habría
gustado, si hubiera podido, coger a la gente del cuello y obligarlos a ver las
cosas. No había un hospital en toda la isla. Eso sí que era una desdicha. La
leche que te dejaban a la puerta en Londres estaba de color pardo a causa de la
suciedad: debería prohibirlo la ley. Una granja modelo, y un hospital aquí:
esas dos cosas sí que le habría gustado poder hacerlas ella. Pero ¿cómo? ¿Con
todos los niños a su cuidado? Cuando fueran mayores, quizá entonces tuviera
tiempo; cuando estuvieran todos en el colegio.
Ah, pero no quería que
James ni Cam tuvieran ni un solo día más. Le habría gustado que estos dos se
quedaran como eran, como diablillos perversos, como delicados angelitos; y no
ver cómo se convertían en monstruos de largas piernas. Nada compensaba la pérdida.
Cuando leía, como ahora, a Jarnes, que había «muchos soldados con tambores y
trompetas», y se le ensombrecían los ojos, ella pensaba, ¿por qué tenían que
crecer, y perder todo eso? Era el que más talento tenía, el más sensible de
todos sus hijos. Pero todos, creía, prometían mucho. Prue, un ángel de
perfecciones, y ahora, especialmente por las noches, le cortaba la respiración
a cualquiera el ver lo hermosa que era. Andrew, hasta su marido admitía que el
talento que tenía para las matemáticas era poco común. Nancy y Roger, eran niños
salvajes, que pasaban todo el día corriendo por los campos. Y en cuanto a
Rose, tenía la boca demasiado grande, pero tenía unas manos maravillosas.
Cuando preparaban charadas, Rose hacía los vestidos; hacía todo; pero lo que
más le gustaba era arreglar las mesas, las flores, cualquier cosa. No le
gustaba que Jasper disparara a los pájaros, pero era una etapa, todos tenían
sus diferentes etapas. ¿Por qué, se preguntaba, mientras apoyaba la barbilla
sobre la cabeza de James, tenían que crecer tan aprisa? ¿Por qué tenían que ir
a la escuela? Le habría gustado tener siempre un niño pequeño. El colmo de la
felicidad era llevar un niño en brazos. Si querían, podían decir que era una
déspota, dominante, mandona, no le preocupaba. Mientras le rozaba el cabello
con los labios, pensaba en que nunca volvería a ser tan feliz el niño, pero se
detuvo, pensó en cuánto enfadaba a su marido que pensara eso. Pero era verdad.
Ahora eran más felices de lo que llegarían a ser en toda su vida. Un juego de
té de diez peniques le proporcionaba a Cam felicidad para diez días. Tan
pronto como se despertaban, se oían en el piso de arriba los golpes sobre el
suelo, y los gritos de alegría. Avanzaban por el pasillo haciendo ruido. De
repente se abría la puerta de golpe, y entraban, frescos como rosas, mirando
todo atentamente, despejados, como si entrar así en el comedor tras el
desayuno, algo que hacían todos los días, fuera una fiesta para ellos; y el
resto del día era idéntico, una cosa tras otra, todo el día, hasta cuando subía
para desearles buenas noches, y los encontraba arropados en las camas
plegables, como pájaros entre cerezas y frambuesas, todavía contando cuentos
sobre cualquier insignificancia: algo que hubieran oído, algo que hubieran
cogido en el jardín. Todos tenían sus tesoros... Y bajaba y se lo contaba a su
marido, ¿por qué tenían que crecer y perderse todo eso? Nunca volverían a ser
tan felices. Y él se enfadaba. ¿Por qué esa opinión tan negativa de la vida?,
decía él. No es sensato. Era raro, sí, pero ella pensaba que era verdad; pensaba
que, con todo su pesimismo y desesperación, él era más feliz, y en general
tenía más esperanza que ella. Quizá estaba menos expuesto a las preocupaciones
humanas, quizá era eso. Él siempre podía refugiarse en el trabajo. No es que
ella fuera «pesimista», como él decía. Sólo que pensaba en la vida, en la breve
cinta que se desarrollaba ante sus ojos, en los cincuenta años. Estaba ante
ella, esta vida. La vida: pensaba en ella, pero no llevaba los pensamientos
hasta sus últimas consecuencias. Echaba una mirada a la vida, porque tenía
una clara percepción de que allí estaba, era algo real, algo íntimo, algo que
no compartía ni con sus hijos ni con su marido. Había una especie de
transacción, ella estaba a un lado; la vida, a otro; y siempre quería obtener
lo mejor de la vida; y la vida hacía lo mismo con ella; y a veces parlamentaban
(cuando se sentaba a solas); había, lo recordaba, grandes escenas de
reconciliación; en buena medida, extrañamente, tenía que admitir que pensaba
que lo que ella llamaba vida era algo terrible, hostil, y que se abalanzaba
sobre ti si le dabas la oportunidad. Había problemas eternos: el sufrimiento,
la muerte, los pobres. Incluso aquí había siempre una mujer que agonizaba
víctima del cáncer. Pero ella decía a los niños: saldréis adelante. Eso había
estado diciendo, una y otra vez, a ocho personas (y la factura del invernadero
llegaría a las cincuenta libras). Por esa razón, sabiendo lo que les aguardaba
-amor, esperanzas, ser desdichado en algún lugar remoto-, había tenido con
cierta frecuencia esa sensación, ¿Por qué tenían que crecer y perder todo eso?
Y se había dicho, blandiendo la espada ante la vida, tonterías. Serán completamente
felices. Y aquí estaba, reflexionó, sintiendo de nuevo que la vida era algo
siniestro, haciendo de casamentera con Minta y Paul Rayley; porque fuera lo que
fuera lo que sintiera sobre su propia transacción, y había sufrido
experiencias que no necesariamente les sucedían a todos (ni ella misma las
mencionaba); se sentía obligada, demasiado bien lo sabía, casi como si fuera un
escape para ella, además, a decir que la gente tenía que casarse, y que tenían
que tener hijos.
¿Estaría equivocada?, se
preguntaba, repasando su conducta durante la semana pasada o la anterior, y se
preguntaba si no habría coaccionado a Minta para que se decidiera; Minta,
después de todo, sólo tenía veinticuatro años. Estaba intranquila. ¿No se había
reído de ello? ¿No había vuelto a olvidar cuán hondamente impresionaba a la
gente? El matrimonio exigía..., ah, sí, toda suerte de buenas cualidades (la
factura del invernadero sumaría cincuenta libras); había una -no necesitaba
mencionarla-, ¡la verdaderamente esencial!, la que ella tenía con su marido.
¿La tenían?
«Entonces se puso los pantalones, y echó a correr -siguió
leyendo-. Pero afuera había una gran tempestad, y el viento soplaba con tal
fuerza que apenas se sostenía sobre los pies; se derribaban las casas y los
árboles, temblaban las montañas, se despeñaban las rocas en el mar, el cielo
estaba negro como la pez, y había truenos y relámpagos, y el mar se aproximaba
con negras olas altas como campanarios o montañas, y coronadas de espuma.»
Volvió la hoja; unos
renglones más, y acababa el cuento; aunque ya había pasado la hora de ir a la
cama. Se hacía tarde. Se lo decía la luz del jardín; y el blanco de las flores
y algo gris en las hojas conspiraban para despertar en ella una sensación de
ansiedad. Al principio no sabía de qué se trataba. Luego lo recordó: Paul y
Minta y Andrew no habían regresado. Recordó al grupito cuando estaba ante ella
en la terraza, ante la puerta del recibidor, en pie, mirando hacia el cielo.
Andrew llevaba el retel y la cesta. Eso quería decir que pensaba coger
cangrejos de mar y cosas así; y que tendría que subir a una roca, quizá se
había quedado aislado. Tal vez, al regresar en fila india por uno de esos
senderos de los acantilados, uno de ellos se hubiera resbalado, se hubiera
despeñado. Estaba oscureciendo.
Pero mientras terminaba
de leer el cuento no se permitió que se le alterase la voz ni un poco, y, tras
cerrar el libro, añadió unas palabras que parecía que acabara de inventarse,
mientras miraba a James a los ojos: «Y ahí es donde siguen hasta hoy.»
«Y así termina», dijo, y
vio cómo en los ojos de él se apagaba el interés por el cuento, desplazado por
algo diferente; una interrogación, algo pálido, como el reflejo de una luz,
algo que le hacía mirar con atención y le hacía admirarse. Se volvió, y vio, al
otro lado de la bahía, imperturbable, sobre las olas, primero los dos
destellos, después el haz de luz más intenso y prolongado, la luz del Faro. Ya
lo habían encendido.
No tardaría en preguntar:
«¿Iremos al Faro?» Y ella tendría que contestar: «No, mañana, no; tu padre ha
dicho que no.» Afortunadamente, Mildred vino a buscarlos, y la llegada los
distrajo. Pero él no dejaba de mirar por encima del hombro mientras Mildred se
lo llevaba, y estaba segura de que pensaba, mañana no iremos al Faro, y estaba
segura de que lo recordaría durante toda la vida.
11
No, pensó, reuniendo
algunos de los recortes de las ilustraciones -el refrigerador, la cortadora
del césped, un caballero vestido para una fiesta-, los niños no olvidan. Por
esto es por lo que era tan importante lo que se decía, lo que se hacía; y era
un alivio cuando se iban a la cama. Porque ahora era cuando no tenía que pensar
en nadie obligatoriamente. Podía ser ella misma, dedicarse a sí misma. Eso era
precisamente lo que ahora necesitaba con tanta frecuencia: pensar; o quizá ni
tan siquiera pensar. Estar en silencio, quedarse sola. Todo el ser y el hacer,
expansivo y deslumbrante, se evaporaban; y se contraía, con una sensación de
solemnidad, hasta ser una misma, un corazón de oscuridad en forma de cuña, algo
invisible para los demás. Aunque siguió tejiendo, sentada con la espalda
derecha, porque era así como se sentía a sí misma; y este yo, habiéndose
desprendido de sus lazos, se sentía libre para participar en las más extrañas
aventuras. Cuando la animación cedía unos momentos, el campo de la experiencia
parecía ilimitado. Suponía que esta sensación de acercarse a un depósito de
recursos ilimitados era algo al alcance de todos; uno tras otro, ella, Lily,
Augustus Carmichael, debían sentir que nuestras apariencias, lo que nos da a
conocer, es algo sencillamente infantil. Bajo ellas todo es oscuridad, una
oscuridad que todo lo envuelve, de insondable profundidad; pero de vez en
cuando subimos a la superficie, y por esas señas nos conocen los demás. Su horizonte
le parecía ilimitado. Allí estaban todos esos lugares que no había llegado a
conocer; las llanuras de la India; sintió como si apartara la pesada cortina
de cuero de una iglesia de Roma. Esta semilla de oscuridad podía ir a cualquier
lugar, porque era invisible, nadie podía verla. No podían detenerla, pensó
exultante. Había en ella paz, había paz, y había, lo mejor de todo, un conjunto
de cosas, un apoyo para la estabilidad. No era la clase de descanso que
hallaba una siempre, en su propia experiencia (en este momento hizo algo que
requería mucha destreza con las agujas), sino que era como una cuña de
oscuridad. Al perder la personalidad, se perdían las preocupaciones, las
prisas, el afanarse, y le subía a los labios una exclamación como de triunfo
sobre la vida, cuando las cosas se reunían en esta paz, en este descanso, en
esta eternidad; y al detenerse en este momento, levantó la mirada para ver el
rayo del Faro, el destello prolongado, el último de los tres, el suyo; porque
al verlos en este estado de ánimo, siempre a esta hora, no podía una
desentenderse de alguna cosa, en especial, que viera; y esta cosa, ese destello
prolongado, era el suyo. Con frecuencia se sorprendía de sí misma, allí sentada
y mirando, sentada y mirando, con la labor entre las manos; hasta que se
convertía en aquello que miraba: aquella luz, por ejemplo. Y podía recoger
alguna frasecilla u otra que hubiera permanecido de aquella forma en su mente:
«Los niños no olvidan, los niños no olvidan.» Que repetía una vez tras otra, y
a la que comenzaba a agregar: terminará, terminará. Así será, así será, cuando
de repente, añadió: Estamos en manos del Señor.
Pero al momento se sintió
molesta consigo misma por decir eso. ¿Quién lo había dicho?, no ella; había
caído en la trampa de decir algo que no quería decir. Levantó los ojos de la
labor, y vio el tercer destello, y le pareció como si sus ojos reflejaran sus
propios ojos, buscando como sólo ella sabía hacer en su propia mente y en su
corazón, purgando su vida de esa mentira, de todas las mentiras. Se alabó a sí
misma al alabar aquella luz, sin vanidad, porque era inflexible, era perspicaz,
era hermosa como aquella luz. Era raro, pensaba, cómo, cuando se quedaba sola,
tendía a favorecer las cosas, las cosas inanimadas; los árboles, los arroyos,
las flores; creía que la expresaban a una, y en cierto sentido eran una misma;
sentía una ternura irracional (seguía con la mirada fija en aquel destello
prolongado), como por ella misma. Aparecía, y se quedaba con las agujas
quietas, y brotaba en el suelo de la mente, en la laguna del propio ser, una
niebla, una novia al encuentro de su amante.
¿Qué le había hecho decir
eso de Estamos en manos del Señor?, se preguntaba. La insinceridad que se
deslizaba en medio de las verdades la molestaba, la irritaba. Volvió a la labor.
¿Cómo podría cualquier Señor haber hecho un mundo como éste?, se preguntaba.
Mentalmente siempre había sido muy consciente de que no hay razón, orden ni
justicia; sino sufrimiento, muerte y pobreza. No había traición lo suficientemente
abyecta que no se hubiera cometido en el mundo, lo sabía. La felicidad no
duraba, lo sabía. Tejía con deliberada compostura, apretando los labios
levemente, sin darse cuenta de ello, tan fijas y regulares eran las arrugas de
la cara por ese hábito de inflexibilidad que, cuando pasó su marido ante ella,
riéndose para sí al recordar a Hume, el filósofo, que había engordado tanto que
se había caído a un charco, y no podía salir, no dejó de darse cuenta, al
pasar, de la severidad que había en el fondo de aquella belleza. Eso lo
entristecía a él, y lo remota que era lo afligía, y advertía, al pasar, que no
podía protegerla, y, cuando llegaba al seto, ya estaba triste. No podía hacer
nada para ayudarla. Debía quedarse cerca y vigilar. A decir verdad, la maldita
verdad es que la presencia de él hacía que las cosas fueran peor para ella. Era
irascible, era susceptible. Se había enfadado con lo del Faro. Miraba hacia el
seto, lo intrincado que era, lo oscuro que era.
Siempre, pensaba Mrs.
Ramsay, podía una por sí sola salir, con renuencia, de la soledad, agarrándose
a cualquier cosa, a algún sonido, a alguna imagen. Escuchaba, pero todo estaba
callado: había terminado el críquet, los niños estaban bañándose; sólo se oía
el rumor de la mar. Dejó de tejer, durante un momento se quedó colgando de sus
manos el calcetín de color castaño rojizo. Volvió a ver la luz. Con una punta
de ironía en la interrogativa mirada, porque, cuando una estaba bien despierta,
las cosas cambiaban, dirigió los ojos hacia la luz, la luz sin piedad, sin
remordimiento, que era en buena medida ella misma, pero, a la vez, era tan poco
ella misma que la tenía a su capricho (se despertaba por las noches, y se
erguía en la cama, y veía cómo barría el suelo); pero, con todo, pensaba,
mirando fascinada, hipnotizada, como si la luz palpara con dedos de plata algún
vaso oculto de su mente cuya explosión la inundase de satisfacción y placer,
había conocido la felicidad, una felicidad exquisita, una felicidad intensa; y
ahora argentaba la luz las airadas olas con un brillo algo más intenso, al
declinar la luz diurna; y el azul desaparecía de la mar, y se desplegaba ésta
en olas de color limón, que crecían y rompían en la playa, y el éxtasis estallaba
en sus ojos, y olas de puro deleite recoman el suelo de su mente, y se decía
¡basta!, ¡basta!
Se volvió y la vio. ¡Ah!
Era un encanto, era más encantadora de lo que hubiera imaginado. Pero no podía
hablar con ella. No podía interrumpirla. Tenía urgentes deseos de hablar con
ella, ahora que James se había ido, y cuando por fin se había quedado sola.
Pero tomó una decisión, no, no quería interrumpir su soledad. Estaba
remotamente lejos de él ahora, con su belleza, su tristeza. La dejaría en paz,
y pasó junto a ella sin decir una palabra, aunque lo hirió el ver que ella estaba
tan lejos, que no podía llegar a ella, que no podía hacer nada para ayudarla. Habría
vuelto a pasar junto a ella sin decir una palabra si ella, en ese mismo
momento, no le hubiera dado a él por su propia voluntad lo que sabía que él
nunca pediría; lo llamó, cogió el chal verde del marco del cuadro, se fue con
él. Porque, ella lo sabía, quería protegerla.
12
Se cubrió los hombros con
el chal verde. Le dio el brazo. Era tan hermoso, dijo ella, hablando de
Kennedy, el jardinero; era tan guapo que no podía despedirlo. Había una escalera
apoyada contra el invernadero, y había saquitos de cemento por todas partes,
porque estaban comenzando a reparar el invernadero. Sí, pero mientras ella
paseaba con su marido sabía que ya había una nueva fuente de inquietudes.
Estuvo a punto de decir, mientras paseaban: «Nos costará cincuenta libras»;
pero no se atrevió a hablar de dinero, y se dedicó a hablar de los pájaros que
mataba Jasper, y él le dijo, para calmarla inmediatamente, que era normal en
un muchacho, y que estaba seguro de que no tardaría mucho tiempo en hallar
mejores formas de diversión. Era tan sensato su marido, tan justo. Y ella dijo:
«Sí, todos los niños pasan por las mismas etapas», y empezaba a pensar en las
dalias del parterre grande, y a preguntarse por las flores del año próximo, y
que si había oído cómo llamaban los niños a Charles Tansley. El ateo, lo
llaman, el ateazo.
-No es persona muy
refinada -dijo Mr. Ramsay.
-Ni mucho menos -dijo
ella.
Creía que estaba bien eso
de dejarlo solo un rato, dijo Mrs. Ramsay, preguntándose si estaría bien
enviarles semillas, ¿las plantarían?
-Tiene que escribir la
memoria -dijo Mr. Ramsay. Demasiado bien lo sabía, dijo Mrs. Ramsay, no
hablaba de otra cosa. Era lo de la influencia de alguien sobre algo.
-Bueno, es con lo único
que cuenta -dijo Mr. Ramsay.
-Al cielo pido que no se
enamore de Prue -dijo Mrs. Ramsay. La desheredaría si se casara con él, dijo
Mr. Ramsay. No miraba hacia las flores, su esposa sí; él miraba hacia arriba,
hacia un punto que estaba a unos treinta centímetros por encima de su cabeza.
Era inofensivo, agregó él, y estaba a punto de decir que era el único hombre de
Inglaterra que admiraba su..., pero se contuvo. No quería molestarla con sus
libros. Las flores eran un logro, dijo Mr. Ramsay, bajando la mirada, y viendo
algo rojo, algo de color castaño. Sí, pero éstas las había plantado ella con
sus propias manos, dijo Mrs. Ramsay. La pregunta era: ¿qué sucedería si mandaba
las semillas?, ¿Kennedy acostumbraba a plantarlas? Qué perezoso era, añadió
ella, avanzando. Cuando ella se pasaba todo el día con la azada en la mano,
entonces, a veces, él se animaba y hacía algo. Siguieron caminando, hacia las
liliáceas como barras al rojo vivo.
-Estás enseñando a tus
hijas a exagerar -dijo Mr. Ramsay a modo de reproche. Su tía Camilla era mucho
peor que ella, observó Mrs. Ramsay.
-Que yo sepa, nadie ha
dicho que tía Camilla sea un modelo de nada -dijo Mr. Ramsay.
-La mujer más guapa que
he conocido -dijo Mrs. Ramsay.
-Ha habido otras -dijo
Mr. Ramsay. Prue iba a ser mucho más guapa que ella, dijo Mrs. Ramsay. No
había señales de eso, dijo Mr. Ramsay.
-Bueno, fíjate en ella
esta noche -dijo Mrs. Ramsay. Se detuvieron. Él dijo que le gustaría hallar el
modo de inducir a Andrew a esforzarse más en sus tareas. Si no lo hacía, perdería
la ocasión de obtener alguna beca.
-¡Ah, las becas! -exclamó
ella. Mr. Ramsay pensó que era una tontaina por hablar así de un asunto tan
serio como era el de las becas. Sería un orgullo para él que Andrew obtuviera
una beca, dijo. Y ella estaría igual de orgullosa aunque no la obtuviera, dijo
ella. Nunca se ponían de acuerdo en esto, pero no importaba. A ella le gustaba
que él creyera en las becas, y a él le gustaba que ella estuviera orgullosa
hiciera lo que hiciera. De repente, ella se acordó de los senderos junto a los
acantilados.
¿No se había hecho
tarde?, preguntó ella. Aún no habían regresado. Abrió, sin ningún cuidado, la
tapa de resorte del reloj. Pero acababan de dar las siete. Mantuvo el reloj
abierto durante un momento, estaba decidiendo si le diría o no lo que había
estado pensando en la terraza. Para empezar, no era sensato estar tan nerviosa.
Andrew sabía cuidarse bien. Entonces quiso decirle que cuando había estado
paseando por la terraza, hacía unos minutos... y al llegar a este punto se
sintió incómodo, como si estorbara la soledad, el aislamiento, la distancia de
ella... Pero ella le pidió que siguiera. Qué es lo que quería decirle, le
preguntó, pensando en que se trataba de algo del Faro, que se arrepentía de
haberle dicho: «Maldita seas.» Pero no. Es que no le gustaba verla tan triste.
Es sólo que pienso en las musarañas, dijo ruborizándose. Ambos se sintieron
incómodos, como si no supieran si tenían que seguir paseando o si tenían que
volver. Había estado leyéndole cuentos a James, dijo. No, eso no podían compartirlo;
no podían decirlo.
Habían llegado a la
abertura en el seto, flanqueada por los dos grupos de liliáceas como barras al
rojo vivo, y de nuevo se veía el Faro, pero no quiso mirar en aquella
dirección. Si hubiera sabido que la miraba, pensó, no se habría quedado allí.
No le gustaba nada que le recordaran que la habían visto sentada, pensativa.
Miró por encima del hombro, hacia el pueblo. Las luces hacían ondas, y
discurrían como si fueran gotas de agua que el viento sujetara con firmeza. Y
toda la pobreza, todo el sufrimiento habían dado en aquello, pensó Mrs. Ramsay.
Las luces del pueblo y de la bahía y las de los barcos parecían una red
fantasmal que flotara allí como la baliza de señales de algo que se hubiera
hundido. Bueno, si él no podía compartir los pensamientos con ella, se dijo Mr.
Ramsay, entonces se dedicaría a los suyos, por su cuenta. Quería seguir
reflexionando, repetirse la anécdota de cómo Hume se había caído a una charca;
quería reírse. Pero, en primer lugar, era una necedad preocuparse demasiado por
la ausencia de Andrew. A la edad de Andrew, él solía caminar por los campos
durante todo el día, con unas galletas en el bolsillo, y nadie se preocupaba
por él, ni temían que se hubiera despeñado por los acantilados. Dijo en voz
alta que estaba pensando hacer una marcha de un día si hacía buen tiempo. Ya
estaba algo harto de Bankes y Carmichael. Quería algo de soledad. Sí, dijo
ella. Le fastidiaba que ella no protestara. Ella estaba segura de que no lo
haría. Era demasiado viejo para pasar todo el día de marcha con unas galletas
en el bolsillo. Se preocupaba por los niños, pero no por él. Hacía muchos años,
antes de casarse, se acordó, mientras miraban al otro lado de la bahía, entre
los dos grupos de liliáceas como barras al rojo vivo, de que había estado andando
todo un día sin parar. Había almorzado pan con queso en un bar. Había estado
caminando diez horas sin detenerse; había una vieja que de vez en cuando
entraba en casa y atendía el fuego. Esa era la comarca que le gustaba, por
allí, por las colinas arenosas que se difuminaban en la oscuridad. Podía estar
uno andando todo el día sin encontrarse con nadie. Apenas había alguna casa o
un solo pueblo en muchas millas a la redonda. Podía cualquiera expulsar, en
completa soledad, las preocupaciones a fuerza de pensar en ellas. Había
pequeñas ensenadas a las que no había llegado nadie desde el principio de los
tiempos. Las focas se sentaban y se te quedaban mirando. A veces pensaba que
en una casita por allí perdida, solo..., se separó, con un bostezo. No tenía ningún
derecho. Tenía ocho hijos: recordó. Habría sido un animal, un bruto si deseara
cambiar algo. Andrew sería mejor de lo que había sido él. Prue sería una mujer
muy hermosa, según su madre. Apenas un momento podrían detener la marea que
subía. No había estado nada mal, lo de los ocho hijos. Demostraban que después
de todo no maldecía todo el desdichado y triste universo; porque en una tarde
como ésta, al ver cómo la tierra se difuminaba en el horizonte, la islita
parecía ridículamente pequeña, medio sepultada por el mar.
«Triste lugar», murmuró
suspirando.
Lo oyó. El decía siempre
cosas muy melancólicas, pero ella se daba cuenta de que en cuanto las había
dicho parecía más contento que de costumbre. Ella creía que todo esto de decir
frases rotundas era un jueguecito, porque si ella hubiera dicho la mitad de
las cosas que decía él, a estas horas le habría estallado la cabeza.
La fastidiaba esto de las
frases, y, de la forma más natural posible, le dijo que hacía una tarde
espléndida. Y que no se quejara, le dijo, medio riéndose, medio quejándose,
porque intuía en qué estaba pensando: habría escrito mejores libros si no se
hubiera casado.
No se quejaba, dijo. Ella
sabía que no se quejaba. Sabía que no tenía de qué quejarse. Le cogió la mano,
se la llevó a los labios con tal pasión que hizo que a ella se le llenaran los
ojos de lágrimas, y de repente la soltó.
Dieron la espalda a la
vista, comenzaron a subir, cogidos del brazo, por el camino donde crecían unas
plantas en forma de lanza, de color verde plateado. El brazo era casi como el
de un joven, pensaba Mrs. Ramsay, flaco y duro, y pensó complacida en lo fuerte
que era todavía, aunque tenía más de sesenta años, y qué indómito y optimista,
y lo extraño que era que, sabiendo lo horroroso que era todo, no pareciera
estar muy deprimido, sino, al contrario, alegre. ¿No era raro?, se dijo. A
decir verdad, a veces le parecía que era diferente al resto de la gente:
ciego, sordo y mudo ante los acontecimientos triviales, pero con una vista de
águila para las cosas extraordinarias. Su capacidad de comprensión a veces la
asombraba. Pero ¿advertía la presencia de las flores?, no. ¿La del paisaje?,
no. ¿Advertía siquiera la belleza de su hija, o si estaba comiendo embutidos o
un asado? Se sentaba a la mesa con ellos como si fuera un personaje de un
sueño. Y, se temía ella, esa costumbre de hablar en voz alta, o de recitar
poesía, se le acentuaba cada vez más; porque a veces era un tanto preocupante:
Best and brightest,
come away!
A la pobrecita Miss
Giddings, cuando aparecía gritándole cosas como ésta, casi se le salía el
corazón del pecho por el susto. Pero, al momento, Mrs. Ramsay se ponía de su
parte contra todas las estúpidas Giddings del mundo; entonces, haciendo una
leve presión en el brazo de él, le hizo saber que subían la cuesta demasiado
aprisa para ella, y que quería detenerse para ver si las toperas de la orilla
eran nuevas; entonces, al agacharse a mirar, pensó que una mente como la de él
a la fuerza tenía que ser diferente de las nuestras. Todos los grandes hombres
que ella había conocido, pensó, tras concluir que debía de haber dentro un
conejo, eran iguales, y estaba bien que los jóvenes (aunque la atmósfera de
las clases estaba muy cargada, y la deprimía hasta lo insoportable), sencillamente,
se acercaran a escucharle. Pero si no se cazaban los conejos, ¿cómo impedir que
proliferaran?, se preguntó. Podría ser un conejo, podría ser un topo. Alguna
alimaña le destruía las hierbas de asno. Al levantar la mirada, vio sobre los
delgados árboles la primera estrella, y quiso que su marido la viera también;
porque ver una estrella le proporcionaba un gran placer. Pero se contuvo. Él
nunca miraba las cosas. Si hubiera mirado, lo único que se le habría ocurrido
decir sería: Pobrecito mundo, y habría suspirado.
En aquel momento, dijo,
«Muy bonitas»», para complacerla, y fingió que admiraba las flores. Pero
demasiado bien sabía ella que no las admiraba, y que ni siquiera se daba cuenta
de que estuvieran allí. Sólo era para complacerla... Ah, pero ¿no era Lily
Briscoe la que paseaba con William Bankes? Dirigió sus ojos de miope hacia la
pareja que se perdía a lo lejos. Sí, era ella. ¿No significaba eso que iban a
casarse? ¡Sí, seguro que sí! ¡Qué idea tan buena! ¡Tenían que casarse!
13
Conocía Amsterdam, decía
Mr. Bankes mientras caminaba por el jardín en compañía de Lily Briscoe. Había
estado viendo los Rembrandt. Conocía Madrid. Desdichadamente era Viernes Santo,
y el Prado estaba cerrado. También había estado en Roma. ¿Conocía Roma Miss
Briscoe? Ah, pues tenía que... sería una experiencia maravillosa para ella...
la Capilla Sixtina, Miguel Ángel; los Giotto de Padua. Su mujer había estado
muy delicada de salud durante muchos años, de forma que no habían tenido
ocasión de ver muchas cosas.
Ella conocía Bruselas,
París, pero aquí estuvo sólo en una visita muy rápida, para ver a una tía
enferma. Conocía Dresde, había montañas de cuadros que no había podido ver;
sin embargo, Lily Briscoe reflexionó, acaso era mejor no ver los cuadros: le
hacían sentirse irremisiblemente descontenta con su propia obra. Mr. Bankes
pensaba que ese punto de vista podía llevarse quizá demasiado lejos. No todos
podemos ser Tiziano o Darwin, dijo; y, además, creía que los Darwin y los
Tiziano existían porque había personas sencillas como nosotros. A Lily le
habría gustado decir algo amable sobre él: usted no es una persona cualquiera,
Mr. Bankes; eso es lo que le habría gustado decir. Pero a él no le gustaban los
cumplidos (aunque sí le gustan a la mayoría de los hombres, pensó), y se
sintió un poco avergonzada de esta idea, mientras que le escuchaba decir que
acaso esta idea era inaplicable al caso de la pintura. En cualquier caso, dijo
Lily, desprendiéndose de su modesta insinceridad, ella nunca dejaría de
pintar, porque le interesaba. Sí, dijo Mr. Bankes, estaba convencido de que
seguiría, al llegar al extremo del jardín le preguntó si le costaba inspirarse
para pintar en Londres; luego, de vuelta, vieron a los Ramsay. Así que eso es
el matrimonio, pensó Lily, un hombre y una mujer que miran a una niña que arroja
una pelota. Esto es lo que Mrs. Ramsay quería decirme el otro día, pensó.
Porque llevaba el chal de color verde, y estaban juntos, miraban cómo Prue y
Jasper se arrojaban la pelota. De repente, sin justificación aparente, como
cuando alguien salía del metro, o pulsaba el timbre de una puerta, descendía un
significado sobre la gente, y la convertía en simbólica, en representativa;
acababa de convertirlos, ahí, en pie, en medio del crepúsculo, absortos, en
símbolos del matrimonio, marido y mujer. Luego, un momento después, ese perfil
simbólico, que había vuelto trascendentes las figuras reales, se desvaneció de
nuevo, y volvieron a ser Mr. y Mrs. Ramsay, que miraban cómo los niños se
arrojaban la pelota. Pero todavía, durante un momento, aunque Mrs. Ramsay los
saludó con la sonrisa de costumbre (ah, estará pensando que vamos a casarnos,
pensó Lily), y dijo: «Esta noche he triunfado», con lo que quería decir que,
por una vez, Mr. Bankes había aceptado una invitación a cenar, y que no saldría
corriendo para ir a su alojamiento donde su criado le cocinaba las verduras a
su gusto; todavía, durante un momento, hubo la sensación de que las cosas se
habían desperdigado como en una explosión, hubo como una conciencia del
espacio, de irresponsabilidad, mientras la pelota ascendía, y la seguían hasta
perderla, y veían la estrella solitaria, y las ramas con sus atavíos. En medio
de la luz declinante todos parecían más cortantes, más etéreos, y como si
estuvieran separados por enormes distancias. Entonces, tras retroceder un buen
trecho (parecía como si también la solidez se hubiera desvanecido), Prue comió
a toda prisa hacia ellos, y cogió la pelota, con gran destreza, con la mano
izquierda, y su madre dijo:
-¿No han regresado
todavía? -lo cual rompió el encantamiento. Mr. Ramsay se sintió autorizado a
reírse de Hume en voz alta, que se había caído a una charca de la que no podía
salir, y de donde lo había rescatado una anciana con la condición de que dijera
un padrenuestro; se dirigió a su estudio riéndose. Mrs. Ramsay, trayendo de
nuevo a Prue al seno de la vida familiar, de la que se había escapado para
jugar a tirar la pelota, preguntó:
-¿Ha ido Nancy con ellos?
14
(Claro que sí, Nancy
había ido con ellos, porque Minta Doyle se lo había pedido con una mirada muda,
con la mano extendida, cuando Nancy ya se iba, tras el almuerzo, al ático, para
escaparse del horror de la vida familiar. Había pensado que tenía que ir. No
quería ir. No quería que la arrastraran. Porque cuando caminaban por el sendero
de los acantilados Minta le cogía la mano. La soltaba. Volvía a cogérsela.
¿Qué quería? Se preguntaba Nancy. Por supuesto, había algo que la gente quería;
porque cuando Minta le cogía de la mano, Nancy, a contrapelo, veía cómo el
mundo se extendía bajo ella, como si fuera Constantinopla a través de la
niebla, y después, por muy soñolienta que estuviera una, tenía que preguntar:
«¿Santa Soga?» «¿El Cuerno de Oro?» De forma que Nancy, cuando Minta le cogía
de la mano, se preguntaba: «¿Qué quiere?, ¿es esto?», y ¿qué es esto? De vez en
cuando brotaban de la niebla -mientras Nancy miraba cómo la vida se extendía
bajo ella- minaretes, cúpulas; cosas prominentes, sin nombres. Pero cuando
Minta soltaba la mano, como hizo cuando bajaron la cuesta corriendo, todo
aquello, la cúpula, el minarete, todo lo que sobresalía por encima de la
niebla, volvía a hundirse, desaparecía.
Minta, observó Andrew,
era una buena caminante. Llevaba ropas más sensatas que la mayoría de las
mujeres. Llevaba faldas muy cortas, y pantalones cortos negros. Se metía sin
pensarlo en cualquier arroyo, y lo vadeaba. A él le gustaba lo temeraria que
era, pero se daba cuenta de que eso no era bueno: cualquier día se mataría de
la forma más idiota. Al parecer, nada le daba miedo... excepto los toros. En
cuanto veía un toro en el campo, echaba a correr gritando, que era exactamente
lo que enfurecía a los toros. Pero no le importaba nada reconocerlo, había que
admitirlo. Sabía que era una miedica con los toros, decía. No le extrañaría
que la hubiera derribado uno del cochecito cuando era niña. Pero no parecía
darle gran importancia a lo que decía o hacía. Bruscamente se acercó al borde
del precipicio, y comenzó a cantar algo sobre:
Malditos tus ojos,
malditos tus ojos.
Y todos tenían que
hacerle el coro, y empezar a gritar:
Malditos tus ojos,
malditos tus ojos.
Pero sería una pena que
subiera la marea, y cubriera todos los buenos cotos de caza antes de que
pudieran llegar a la playa.
«Una pena», Paul se
mostró de acuerdo, y se levantó de repente, y mientras descendían a rastras,
no dejaba de leerles, de la guía, que «estas islas son justamente célebres por
sus paisajes que parecen parques, y por la cantidad y variedad de sus especies
marinas». Pero de nada servía, tanto gritar y tanto maldecir los ojos, pensó
Andrew, bajando con cuidado por el acantilado, y esto de darle amistosos
golpecitos en la espalda, y eso de decir que era «buen chico», y todo eso, no
servía de nada. Era el inconveniente de llevar mujeres en estas expediciones.
Se separaron en cuanto llegaron a la playa, él se fue a la Nariz del Papa, se
quitó los zapatos, metió los calcetines dentro; Nancy chapoteó hasta sus
propias rocas, buscó sus charcas, y dejó que la pareja se las arreglara por su
cuenta. Se agachó y palpó las anémonas marinas, suaves como caucho, pegadas
como masas de jalea a un costado de la piedra. Meditativa, convirtió la charca
en un mar, y los pececillos fueron tiburones y ballenas, y proyectó vastas
nubes sobre este diminuto mundo, interponiendo la mano entre el sol y la
tierra, y, como el propio Dios, trajo así la oscuridad y el pesar a millones de
seres ignorantes y felices; de repente retiró la mano, y dejó que el sol
luciera de nuevo. Sobre la pálida arena surcada en todas direcciones, marcando
el paso, acorazado, con manoplas, desfilaba un fantástico leviatán -seguía
haciendo crecer el charco-, se deslizó hacia las anchas fisuras de la falda de
la montaña. Después, la mirada abandonó de forma imperceptible la charca, y
descansó en la imprecisa línea en la que se unían el cielo y el mar, en los
troncos de los árboles que el humo de los barcos de vapor sobre el horizonte
hacía estremecerse; presa del poder del flujo y del inevitable reflujo, se
quedó hipnotizada; y los dos sentidos de la inmensidad y la menudencia -e1
charco había disminuido de nuevo- que florecían en medio de estos flujos le
hicieron sentir que estaba atada de pies y manos, que no podía moverse a causa
de la intensidad de los sentimientos que reducían para siempre su propio
cuerpo, su vida, las vidas de todo el mundo, a la nada. Escuchando las olas,
agachada junto al charco, en eso meditaba.
Andrew dijo a gritos que
subía la marea, dio un salto, comenzó a correr chapoteando sobre las olas que
llegaban ya a la orilla; corvó hacia la playa, donde llevada por su propio
ímpetu y por el deseo de moverse con rapidez, apareció justo tras una piedra,
donde, ¡cielos!, ¡Paul y Minta estaban abrazados!, ¡quizá habían estado
besándose! Se sintió afrentada, indignada. Andrew y ella se pusieron los
calcetines y los zapatos en completo silencio, no dijeron ni una sola palabra
sobre el asunto. A decir verdad, había cierta hostilidad entre ellos. Tenía que
haberle llamado en cuanto vio el cangrejo o lo que fuera, gruñía Andrew. Sin
embargo, ambos pensaban, no es culpa nuestra. Ellos no querían que hubiera
sucedido aquel penoso incidente. No obstante, a Andrew le irritaba que Nancy
fuera mujer; y a Nancy, que Andrew fuera hombre; se echaron los cordones, e
hicieron los lazos con todo esmero.
Fue cuando llegaron a la
cima del acantilado cuando Minta dijo que había perdido el broche de su abuela
-el único adorno que poseía-, un sauce llorón, tenían que recordarlo, con
perlas engastadas. Tenían que haberlo visto, les decía; lloraba; era el broche
que había llevado prendido su abuela en el sombrero hasta el último día de su
vida. Y lo había perdido. ¡Podía haber perdido cualquier otra cosa! Tenía que
volver a buscarlo. Regresaron. Removieron, miraron, rebuscaron. Agachaban las
cabezas, decían cosas en voz baja, refunfuñaban. Paul Rayley buscaba como loco
por la piedra en la que habían estado sentados. Todo este ajetreo por el broche
no serviría de nada, pensaba Andrew cuando Paul le dijo: «busca entre estos dos
puntos». La marea subía aprisa. Pronto el mar ocultaría el lugar en el que
habían estado sentados. No tenían ni la más remota posibilidad de hallarlo.
«¿Nos quedaremos aislados?», gritó Minta, aterrorizada.
¡Como si hubiera peligro de que eso sucediera! Era como con los
toros, no controlaba sus emociones, pensó Andrew. Las mujeres no podían. El
infeliz Paul intentó calmarla. Los hombres -Andrew y Paul se sintieron de
repente varoniles, diferentes de lo que normalmente eran- consideraron el
asunto con brevedad, y decidieron dejar plantado el bastón de Paul donde habían
estado sentados, para señalar el lugar, y para volver al día siguiente, con la
marea baja. Nada podía hacerse ahora. Si el broche estaba ahí, ahí seguiría al
-día siguiente, le dijeron para calmarla, pero Minta no dejó de sollozar
mientras ascendían de nuevo hasta la cima del acantilado. Era el broche de su
abuela; no le habría importado nada perder cualquier otra cosa, pero, aunque de
verdad le importaba haberlo perdido, en el fondo, no lloraba sólo por el
broche, había algo más. Quizá deberían sentarse todos, y quedarse llorando,
pensaba. Pero no sabía por qué.
Avanzaban juntos, Paul y
Minta; él la consolaba, y le decía que todo el mundo elogiaba el talento que
tenía para hallar cosas perdidas. De pequeño, en una ocasión, se había
encontrado un reloj de oro. Se levantaría al alba, y estaba seguro de que lo
hallaría. Pensaba que casi estaría a oscuras, y que en cierta forma sería
bastante peligroso. Comenzó a decirle, sin embargo, que lo hallaría, y ella
dijo que no quería oírle decir que tenía que madrugar: lo había perdido para
siempre; estaba segura; había tenido un presentimiento al ponérselo por la
tarde. Él, sin decir nada, tomó la decisión de levantarse al alba, cuando
todavía estuvieran todos dormidos; si no lo encontraba, iría a Edimburgo, a
comprar uno nuevo, pero más bonito. Ya le demostraría de lo que era capaz. Al
bajar la cuesta, al ver las luces del pueblo encenderse una tras otra, le
parecía que eran como cosas que iban a sucederle: casarse, tener hijos, una
casa; luego, al llegar al camino principal, al que protegían unos arbustos muy
altos, pensaba en que se retirarían juntos a algún lugar tranquilo, se dedicarían
a pasear, él la guiaría siempre, y ella se apretaría a él -como hacía en este
momento. Al cambiar de dirección en el cruce pensó en qué experiencia tan
asombrosa había sido, y en que debía contárselo a alguien: a Mrs. Ramsay, por
supuesto, porque se quedó sin aliento al considerar lo que había pasado, lo
que había hecho. Con gran diferencia, lo de pedir a Minta que se casara con él
había sido el peor momento de su vida. Iría directo a contárselo a Mrs.
Ramsay, porque pensaba que había sido ella quien en cierta forma lo había
obligado a hacerlo. Le había hecho creer que podía hacer lo que se propusiera.
Nadie más lo tomaba en serio. Pero ella le había hecho creer que podía hacer lo
que quisiera. Había advertido que hoy había estado mirándolo constantemente,
lo había seguido con la vista a todas partes -sin decir una sola palabra-, como
si estuviera diciéndole: «Sí, puedes. Tengo confianza en ti. Seguro que te
decidirás.» Eso es lo que le había hecho sentir, y en cuanto regresaran -buscaba
las luces de la casa, sobre la bahía-, iría a verla, y le diría: «Lo he hecho,
Mrs. Ramsay, gracias a usted.» Al entrar en la calleja que llevaba a la casa,
vio luces que se movían allí, en las ventanas del piso de arriba. Seguro que se
había hecho muy tarde, demasiado. Seguro que estaban a punto de cenar. La casa
estaba completamente iluminada, y las luces, cuando había anochecido,
proporcionaban a sus ojos una sensación de plenitud, y se dijo, de forma
infantil, mientras llegaban a la casa: Luces, luces, luces; al llegar a la
casa, se repetía, como hipnotizado: Luces, luces, luces; sin dejar de mirar a
todas partes, con cara de haber tomado una decisión. Pero, cielos, se dijo,
llevándose la mano a la corbata, no debo dar la impresión de que soy tonto.)
15
-Sí -dijo Prue, de esa
forma suya tan reflexiva, respondiendo a la pregunta de su madre-, creo que
Nancy ha ido con ellos.
16
Bien, entonces Nancy sí
que se había ido con ellos, pensó Mrs. Ramsay, preguntándose, mientras dejaba
el cepillo, cogía el peine, y decía, «Adelante», al oír que llamaban a la
puerta (entraron Jasper y Rose), si el hecho de que Nancy también hubiera ido
hacía más probable o menos probable que hubiera sucedido algo; era menos
probable; en cierta forma, una forma muy irracional; Mrs. Ramsay había llegado
a esa conclusión; además, seguro que no era nada probable que hubiera habido
un holocausto de esa magnitud. No podían haberse ahogado todos a la vez. De
nuevo se sintió sola ante su eterna antagonista: la vida.
Jasper y Rose dijeron que
Mildred quería saber si tenía que esperar para servir la cena.
-Ni por la Reina de
Inglaterra -dijo Mrs. Ramsay con vehemencia-. Ni por la emperatriz de Méjico
-añadió, riéndose de Jasper, porque Jasper compartía ese defecto de su madre:
la tendencia a la exageración.
Si Rose quería, dijo,
mientras Jasper llevaba el recado, podía elegirle las joyas.
Cuando invita una a
quince personas a cenar, no se les puede hacer esperar de forma indefinida.
Empezaba a sentirse molesta por la tardanza; demostraba muy poca consideración
por parte de ellos, y además de estar preocupada por ellos le molestaba que
fuera precisamente esta noche cuando llegaran tarde, porque deseaba que la cena
de esta noche fuera especialmente agradable, porque había conseguido que
William Bankes aceptara por fin una invitación a cenar con ellos, e iban a
comer la obra maestra de Mildred, Bœuf en Daube. Todo dependía de que las cosas
se hicieran en su justo punto. El buey, el laurel, el vino: todo tenía que
echarse en el momento preciso. No se podía esperar. Y era esta noche, con
todas las noches que había en el año, la que habían elegido para salir, para
volver tarde, y había que sacar las cosas, mantener caliente la comida; el
Bœuf en Daube se estropearía.
Jasper le ofreció un
collar de ópalos; Rose, uno de oro, ;cuál le iría mejor al vestido negro?,
;cuál?, dijo Mrs. Ramsay mirando distraída hacia el cuello y hombros (pero
evitando la cara) en el espejo. Entonces, mientras los niños enredaban con sus
cosas, vio por la ventana una cosa que siempre le divertía: unos grajos
tomando la decisión de en qué árbol posarse. Parecían cambiar de intención sin
cesar, se elevaban de nuevo, porque, según creía, el grajo más viejo, el grajo
padre, José lo llamaba, era un ave de carácter muy difícil y exigente. Era un
pájaro viejo y de mala reputación, tenía medio peladas las alas. Era como un
anciano caballero con sombrero de copa a quien solía ver tocar la flauta a la
puerta de un bar.
«¡Mirad!», decía
riéndose. Se peleaban de verdad. María y José peleaban. Echaban a volar de
nuevo, barrían el cielo con las negras alas, dibujaban exquisitas formas de
cimitarra en el aire. Las alas al moverse, moverse, moverse -nunca había podido
describirlo de forma satisfactoria-, eran una de las cosas más maravillosas
para ella. Mira, le dijo a Rose, esperando que Rose lo viera con más claridad
que ella misma. Porque los hijos a veces mejoraban las percepciones de una.
Pero ¿cuál? Habían sacado todas las bandejas del estuche. El collar de oro,
italiano, o el collar de ópalos, que le había traído el tío James desde la
India, o ¿no serían mejor las amatistas?
-Elegid, elegid -dijo,
confiando en que se dieran prisa.
Pero les dejó que se
tomaran todo el tiempo necesario: en particular dejaba que Rose cogiera una
cosa y luego otra, y que presentara las joyas contra el vestido negro, porque
esta pequeña ceremonia de la elección de las joyas, que se repetía todas las noches,
era lo que más le gustaba a Rose, y ella lo sabía. Tenía alguna razón secreta
para atribuir gran importancia al hecho de elegir lo que su madre iba a
ponerse. Cuál era esa razón, se preguntaba Mrs. Ramsay, mientras se quedaba
quieta y dejaba que le abrochara el collar que hubiera elegido, intentando
adivinar, en su propio pasado, alguna sensación incomunicable, oculta e
íntima, que, a la edad de Rose, pudiera tener una hacia su propia madre. Como
todos los sentimientos que tenía hacia sí misma, pensaba Mrs. Ramsay, la
entristecía. Era tan inadecuado lo que una podía devolver; y lo que sentía
Rose guardaba tan poca relación con lo que ella era realmente. Rose tenía que
crecer, Rose tenía que sufrir, pensaba, con esa sensibilidad tan vehemente que
tenía; decía que ya estaba preparada, que tenían que bajar, y Jasper, como era
el caballero, tenía que ofrecerle el brazo; Rose, como era la dama de honor,
tenía que llevar su pañuelo (le dio el pañuelo); ¿qué más?, ah, sí, podía
hacer frío: un chal. Escógeme un chal, le dijo, porque seguro que a Rose, que
estaba destinada a sufrir tanto, le gustaba. «Vaya -dijo, mirando por la
ventana del rellano-, ya están otra vez.» José se había posado en una copa de
árbol diferente. «¿Es que te piensas que no les importa -dijo a Jasper- que les
rompan las alas?» ¿Por qué querría disparar contra los buenos de José y María?
Remoloneó en las escaleras, se sintió censurado, pero no mucho, porque ella no
sabía lo divertido que era disparar a los pájaros; no sentían nada; y al ser
su madre vivía en otra esfera, pero le gustaban los cuentos de José y María. Se
reía con ellos. Aunque, ¿cómo estaba tan segura de que se trataba de María y
José? ¿Creía que eran los mismos pájaros los que se posaban en los mismos
árboles todas las noches?, preguntó. Pero entonces, bruscamente, como todos los
adultos, dejó de hacerle caso. Escuchaba unos rumores que provenían del
recibidor.
«¡Ya han vuelto!»,
exclamó, y al momento siguiente se sintió más enfadada con ellos que aliviada.
A continuación se preguntó, ¿habría pasado? Si bajaba, se lo dirían... pero,
no. No podrían decirle nada, con tanta gente alrededor. Así que tenía que
bajar, y empezar con lo de la cena, y esperar. Descendió, cruzó el recibidor,
como una reina que, al hallar a sus súbditos reunidos en la sala, los mirara
desde lo alto, y aceptara su homenaje en silencio, y aceptara su fidelidad y
sus genuflexiones (Paul no movió ni un músculo, pero se quedó con la mirada
fija hacia delante), siguió andando, hizo una leve inclinación con la cabeza,
mientras aceptaba lo que no podían expresar: el homenaje a su belleza.
Pero se detuvo. Olía a
quemado. ¿Sería posible que hubieran dejado que se hiciera demasiado el Bœuf
en Daube? se preguntaba. ¡A Dios rogaba que no! El gran clamor del gong anunció
con solemnidad, con autoridad, a quienes se hallaban lejos, en al ático, en
los dormitorios, en sus escondites, leyendo, escribiendo, peinándose
apresuradamente, o abrochándose los vestidos, que tenían que dejar de hacer lo
que estuvieran haciendo; y tenían que dejar las cosas de los lavabos, de los
tocadores; y tenían que dejar las novelas sobre las camas; y los diarios, tan
personales; y tenían que reunirse en el comedor para la cena.
17
Pero ¿qué he hecho de mi
vida?, pensaba Mrs. Ramsay, mientras se dirigía a su lugar en la cabecera de la
mesa, y se quedaba mirando los platos, que dibujaban círculos blancos sobre el
mantel.
-William, siéntese junto
a mí -dijo-; Lily -dijo con algo de impaciencia-, allí.
Ellos tenían eso -Paul
Rayley y Minta Doyle-; ella, sólo esto: una mesa de longitud infinita, platos y
cuchillos. En el extremo opuesto estaba su marido, sentado, postrado, con el
ceño fruncido. ¿Por qué? No lo sabía. No le importaba. No comprendía cómo era
posible que hubiera sentido ningún afecto o cariño hacia él. Tenía la
sensación, mientras servía la sopa, de estar más allá de todo, de haber pasado
por todo, de haberse librado de todo; como si hubiera un remolino, allí,
respecto del cual pudiera una estar dentro o fuera, y le parecía como si ella
estuviera fuera. Todo termina, pensaba, mientras se acercaban todos, uno tras
otro, Charles Tansley -«siéntese ahí, por favor»-, le dijo a Augustus
Carmichael que se sentara y se sentó. Mientras tanto, esperaba, de forma
pasiva, a que alguien le respondiera, a que sucediera algo. Pero no se trata de
decir algo, pensó, mientras metía el cazo en la sopera, no es eso lo que se
hace.
Al levantar las cejas, ante la contradicción -una cosa era lo
que pensaba; otra, lo que hacía-, al sacar el cazo de la sopa, advirtió, cada
vez con más intensidad, que estaba fuera del remolino; como si hubiera
descendido una sombra, y, al quitar el color a todo, viera ahora las cosas como
eran. La habitación (la recorrió con la mirada) era una habitación destartalada.
No había nada que fuera hermoso. Se abstuvo de mirar a Mr. Tansley. Nada
parecía armonizar. Todos estaban separados. Todo el esfuerzo de unir, de hacer
armonizar todo, de crear descansaba en ella. De nuevo constató, sin hostilidad,
era un hecho, la esterilidad de los hombres; lo que no hiciera ella no lo haría
nadie; de suerte que, si se diera a sí misma una pequeña sacudida, como la que
se da a un reloj de pulsera que hubiera dejado de funcionar, el viejo pulso de
siempre comenzaría a latir de nuevo; el reloj comienza de nuevo a funcionar:
un, dos, tres; un, dos, tres. Etcétera, etcétera, se repitió, prestando
atención, cuidando y abrigando el todavía tenue latido, al igual que se protege
una débil llamita con un periódico que la resguarde. De forma que, al final
se dirigió a William Bankes con un gesto mudo, ¡el pobre!, no tenía esposa ni
hijos, y siempre, excepto esta noche, cenaba solo en su apartamento; le daba
pena, y como la vida ya había afianzado su poder sobre ella, retomó la vieja
tarea; como un marino, no sin fatiga, ve cómo se tienden las velas al viento,
pero no tiene ningunas ganas de continuar, y piensa que preferiría que el
barco se hubiera hundido, para poder descansar en el fondo del mar.
-¿Ha recogido las cartas?
Pedí que las dejaran en el recibidor -le dijo a William Bankes.
Lily Briscoe veía cómo se
dejaba ir Mrs. Ramsay hacia esa extraña tierra de nadie adonde no se puede
seguir a la gente; sin embargo, los que se marchan infligen tal dolor a quienes
los ven partir que intentan cuando menos seguirlos con la mirada, como se sigue
con la vista los barcos hasta que las velas desaparecen tras la línea del
horizonte.
Qué vieja está, y qué
cansada parece, pensó Lily, y qué remota. A continuación Mrs. Ramsay se volvió
hacia William Bankes, sonriendo, parecía como si el barco hubiera cambiado de
rumbo, y el sol brillara sobre las velas de nuevo; y Lily pensó, con cierto
regocijo, al sentirse aliviada, ¿por qué siente pena por él? Porque ésa era la
impresión que había causado, cuando dijo lo de que las cartas estaban en el
recibidor. Pobre William Bankes, parecía haber dicho, como si el propio
cansancio hubiera provocado en parte el sentir pena por la gente; y la vida, la
decisión de revivir, le hubiera resucitado la piedad. No era cierto, pensó
Lily, era una de esas equivocaciones de ella que parecían intuitivas, y que
parecían nacer de alguna necesidad propia, no de la gente. No hay de qué
apiadarse. Tiene su trabajo, se dijo Lily. Recordó, como si hubiera encontrado
un tesoro, que también ella tenía un trabajo. De repente vio su cuadro; pensó,
sí, centraré el árbol; evitaré así esos enojosos espacios vacíos. Haré eso. Es
eso lo que me impedía avanzar. Cogió el salero, y volvió a dejarlo sobre una
flor del dibujo del mantel, para recordar que tenía que cambiar el árbol de
lugar.
-Raro es que venga algo
interesante por correo, y, sin embargo, siempre lo espera uno con interés
-dijo Mr. Bankes.
Qué tonterías dicen,
pensaba Charles Tansley, dejando la cuchara con toda precisión en medio del
plato, que estaba completamente vacío, como si, pensaba Lily (estaba sentado
enfrente de ella, de espaldas a la ventana, justo en medio), quisiera
asegurarse de que comía. Todo en él tenía esa mezquina constancia, esa desnuda
insensibilidad. Pero, no obstante, las cosas eran como eran, era casi
imposible que alguien no gustara si se le prestaba suficiente atención. Le gustaban
sus ojos: azules, profundos, imponentes.
-¿Escribe usted muchas
cartas, Mr. Tansley? -preguntó Mrs. Ramsay, apiadándose de él también, supuso
Lily; porque eso era una característica de Mrs. Ramsay -le daban pena los
hombres, como si creyera que les faltaba algo-; pero no le daban pena las
mujeres -como si a ellas les sobraran las cosas. Escribía a su madre; pero
fuera de eso, creía que no enviaba más de una carta al mes, dijo Mr. Tansley,
con brevedad.
Desde luego él no iba a
dedicarse a hablar de las tonterías de las que ellos hablaban. No iba a dejar
que estas tontas lo trataran con condescendencia. Había estado leyendo en la
habitación, al bajar todo le pareció necio, superficial, frívolo. ¿Por qué se
vestían para cenar? Él había bajado con la ropa de costumbre. No tenía ropa
elegante. «Raro es que venga algo interesante por correo»: de esto es de lo que
hablaban siempre. Obligaban a que los hombres dijeran cosas como ésa. Sí, pues
era verdad, pensó. Nunca recibían nada interesante en todo el año. Lo único
que hacían era charlar, charlar, charlar, comer, comer, comer. Era culpa de
las mujeres. Las mujeres hacían que la civilización fuera imposible, con todo
su «encanto» y su necedad.
-No vamos al Faro mañana,
Mrs. Ramsay -dijo con decisión. Le gustaba, la admiraba, todavía se acordaba
del hombre del alcantarillado que se había quedado mirándola, pero, para
reafirmarse, se sintió en la obligación de expresarse de forma decidida.
Realmente, pensaba Lily
Briscoe, a pesar de los ojos, era el hombre menos encantador que hubiera
conocido en toda su vida. Pero, entonces, ¿por qué le preocupaba lo que dijera?
No saben escribir las mujeres, no saben pintar. ¿Qué importaba que lo dijera,
si era evidente que no lo decía porque lo creyera, sino porque por algún motivo
le era conveniente decirlo, y por ese motivo lo decía? ¿Por qué se inclinaba
toda ella, todo su ser, como los cereales bajo el viento, y volvía a erguirse,
para vencer esa postración, sólo tras grande y doloroso esfuerzo? Tenía que
volver a hacerlo. Aquí está el dibujo del tallo en el mantel; aquí, mi
pintura; debo colocar el árbol en medio; eso es lo importante... nada más. ¿No
podía aferrarse a eso, se preguntaba, y no perder la paciencia, y no discutir?;
y si quería una ración de venganza, ¿no podía reírse de él?
-Ah, Mr. Tansley -dijo-,
lléveme al Faro. Me encantaría ir.
Mentía para que él lo
advirtiera. No decía lo que pensaba, para fastidiarlo, por algún motivo. Se
reía de él. Llevaba los viejos pantalones de franela. No tenía otros. Se sentía
mal, aislado, solo. Sabía que ella intentaba tomarle el pelo por algún motivo;
no quería ir al Faro con él; lo despreciaba, al igual que Prue Ramsay, igual
que todos los demás. Pero no iba a consentir que unas mujeres le hicieran pasar
por tonto, así es que se dio la vuelta en la silla, miró por la ventana, con un
movimiento brusco, y con grosería le dijo que haría demasiado malo para ella
mañana. Se mareará.
Le molestaba que ella le
hubiera hecho hablar así, porque Mrs. Ramsay estaba escuchando. Si pudiera
estar en la habitación, trabajando, pensaba, entre libros. Sólo ahí se hallaba
a gusto. Nunca había debido ni un penique a nadie; desde los quince años no le
había costado a su padre ni un penique; incluso había ayudado a los de casa
con sus ahorros; pagaba la educación de su hermana. No obstante, sí que le habría
gustado saber contestar a Miss Briscoe de forma correcta, le habría gustado no
haber respondido de esa forma tan tosca. «Se mareará.» Le gustaría haber podido
pensar algo que decir a Mrs. Ramsay, algo que demostrara que no era sólo un
pedantón. Eso es lo que se pensaban que era. Se dirigió hacia ella. Pero Mrs.
Ramsay hablaba con William Bankes de gente a quien él no conocía.
-Sí, ya puede llevárselo
-dijo, interrumpiendo la conversación con Mr. Bankes, para dirigirse a la
sirvienta-. Debe de hacer quince, no, veinte años, que no la veo -decía,
dándole la espalda, como si no pudiera perder ni un minuto de esta
conversación, absorta, al parecer, en lo que decían. ¡Así que había tenido
noticias de ella esta misma tarde! Carrie, ¿vivía todavía en Marlow?, ¿todo
seguía igual? Ay, recordaba todo como si hubiera ocurrido ayer: lo de ir al
río, el frío. Pero si los Manning decidían ir a algún sitio, iban. ¡Nunca
olvidaría cuando Herbert mató una avispa con una cucharilla en la orilla del
río! Todo seguía como entonces, murmuraba Mrs. Ramsay, deslizándose como un
fantasma entre las sillas y mesas de aquel salón junto a las orillas del
Támesis donde hacía veinte años había pasado tanto, ay, tanto frío; pero ahora
regresaba como un fantasma; y se sentía fascinada, como si, aunque ella hubiera
cambiado, sin embargo, aquel día concreto, ahora tranquilo y hermoso, se hubiera
conservado allí, durante todos estos años. ¿Le había escrito la propia
Carrie?, le preguntó.
-Sí, me cuenta que están
preparando un nuevo salón para el billar -dijo. ¡No! ¡No! ¡Eso es imposible!
¡Preparar un nuevo salón para el billar! A ella le parecía imposible.
Mr. Bankes no advertía
que hubiera nada tan raro en ello. Ahora estaban en muy buena situación
económica. ¿Quería que le diera recuerdos a Carne?
-¡Ah! -exclamó Mrs.
Ramsay, con un leve sobresalto. No -añadió, pensando en que no conocía a esta
Carrie que se hacía preparar una nueva sala para el billar. Pero cuán extraño
era, repitió, ante la divertida sorpresa de Mr. Bankes, que todo siguiera igual
allí. Porque era algo extraordinario pensar que habían podido seguir viviendo
allí todos estos años, cuando ella no había pensado en ellos ni una sola vez.
Lo llena de acontecimientos que había estado su propia vida duran- te este
mismo tiempo. Aunque quizá Carrie Manning tampoco había pensado en ella. Era
una idea rara, le disgustaba.
-La gente pierde las
relaciones muy pronto -dijo Mr. Bankes, sintiendo, no obstante, cierta
satisfacción porque él sí que conocía tanto a los Manning como a los Ramsay. Él
no había olvidado las relaciones, pensó, dejando la cuchara, y limpiándose
escrupulosamente los labios. Pero quizá él no era un hombre común, pensó,
respecto de estos asuntos; nunca le gustó atarse a una rutina. Tenía amigos
entre toda clase de gentes... Mrs. Ramsay tuvo que interrumpir la atención
para decirle algo a la sirvienta acerca de que mantuvieran la comida caliente.
Por esto es por lo que prefería cenar solo: estas interrupciones le
fastidiaban. Bueno, pensaba Mr. Bankes, con una actitud fundada en una cortesía
exquisita, y extendiendo los dedos de la mano izquierda sobre el mantel, al
igual que un mecánico examina una herramienta reluciente y dispuesta para ser
usada en un intervalo de ocio, tales son los sacrificios que hay que hacer por
los amigos. A ella no le habría gustado que rechazara la invitación. Pero no le
había merecido la pena. Mientras miraba la mano, pensaba en que si hubiera
cenado solo, en estos momentos, estaría a punto de haber concluido, ya podría
estar trabajando. Sí, una tremenda pérdida de tiempo. Todavía no habían llegado
todos los niños.
-¿Podría subir alguien a
la habitación de Roger? -decía Mrs. Ramsay. Qué insignificante era todo esto,
qué aburrido es todo, pensaba él, comparado con lo otro, con el trabajo. Aquí
estaba, tabaleando con los dedos sobre el mantel, cuando podría estar... vio
su propio trabajo como a vista de pájaro. ¡Vaya si era perder el tiempo!
Aunque, es una de mis más antiguas amigas. Debo de ser uno de los fieles. Pero
ahora, en este preciso momento la presencia de ella no le decía nada; su
belleza lo dejaba indiferente; lo de estar sentada junto a la ventana con el
niño: nada, nada. Deseaba estar solo, y coger de nuevo el libro. Se sentía
incómodo, se sentía falso; lo hacía sentirse así el hecho de estar sentado
junto a ella, y no sentir nada. Lo cierto es que él no disfrutaba con la vida
familiar. Cuando se hallaba uno en estas circunstancias es cuando se
preguntaba, ¿es para que progrese la raza humana para lo que se toma uno tantas
molestias? ¿Es eso tan deseable? ¿Somos una especie atractiva? No tanto,
pensaba, mirando a los desaseados niños. Su favorita, Cam, pensaba, estaba en
la cama. Preguntas necias, preguntas vanas, preguntas que no se hacían cuando
había algo que hacer. ¿Es esto la vida? ¿Es aquello? No había tiempo para
pensar cosas como ésa. Pero aquí estaba haciéndose estas preguntas, porque Mrs.
Ramsay daba instrucciones a las criadas, y también porque le había llamado la
atención, pensando en la reacción de Mrs. Ramsay al enterarse de que Carne
Manning seguía viva, que las amistades, incluso las mejores, fueran tan
frágiles. Nos separamos insensiblemente. Se lo reprochó de nuevo. Estaba
sentado junto a Mrs. Ramsay, y no había nada que decir, no sabía qué decirle.
-Cuánto lo siento -dijo
Mrs. Ramsay, dirigiéndose por fin a él. Se sentía envarado y estéril, como un
par de zapatos que se hubieran mojado, y luego se hubieran secado, y fuera
imposible meter los pies en ellos. Pero no hay remedio, hay que meter los pies.
Tenía que obligarse a hablar. Si no tenía cuidado, ella advertiría su falsedad:
que ella no le importaba nada; y eso no sería nada grato, pensaba. De forma
que, con cortesía, dirigió la cabeza hacia ella.
-Cómo debe de detestar
cenar en medio de este tumulto -le dijo, sirviéndose, como solía hacer cuando
tenía la cabeza en otra cosa, de sus modales de alta sociedad. Cuando había
una disputa de idiomas en alguna reunión, la presidencia recomendaba, para
lograr la armonía, que se usara sólo el francés. Quizá el francés no era muy
bueno. Puede que en francés no se hallen las palabras del pensamiento que se
quería expresar; sin embargo, hablar francés impone una suerte de orden,
cierta uniformidad. Contestándole en la misma lengua, Mr. Bankes dijo:
-No, no, de eso nada.
Mr. Tansley, que no
conocía de esta lengua ni siquiera sus más conocidos monosílabos, tuvo la
sospecha de que no era sincero. Vaya si decían tonterías, pensó, los Ramsay; y
se abalanzó sobre este nuevo ejemplo con alegría, redactando mentalmente una
nota, que un día de éstos leería a uno o dos de sus amigos. Entonces, en
compañía de quienes le permitían a uno decir lo que quisiera, describiría de
forma sarcástica lo de «la temporada con los Ramsay», y las necedades que decían.
Merecía la pena ir una vez, diría, pero no repetir. Qué aburridas eran las
mujeres, diría. Desde luego, Ramsay se lo merecía, por haberse casado con una
mujer hermosa, y por haber tenido ocho hijos. Sería algo parecido a esto, pero
ahora, en este momento, sentado, con un asiento vacío junto a él, nada
parecido a esto había ocurrido. Todo eran jirones y fragmentos. Se sentía
extremadamente, incluso físicamente, incómodo. Quería que alguien le diera la
oportunidad de reafirmarse. Lo necesitaba con tanta urgencia que hacía movimientos
nerviosos sobre la silla, miraba a una persona; luego, a otra; intentaba
participar en la conversación, abría la boca, volvía a cerrarla. Hablaban de
las pesquerías. ¿Por qué nadie le preguntaba su opinión? ¿Qué sabían ellos de
pesquerías?
Lily Briscoe se daba
cuenta de todo. Sentada frente a él, ¿no veía, como en una radiografía, en la
oscura tiniebla de su carne, las costillas y fémures del deseo del joven de
hacerse visible: esa delgada niebla con la que la convención había recubierto
su deseo de participar en la conversación? Pero pensaba, entrecerrando los
rasgados ojos, y recordando que se burlaba de las mujeres, «no saben pintar, no
saben escribir», ¿por qué tengo que ayudarle a consolarse?
Hay un código de
conducta, ella lo sabía, en cuyo artículo séptimo (debe de ser) se dice que en
ocasiones como ésta compete a la mujer, se dedique a lo que se dedique, ir a
ofrecer ayuda al joven que se siente enfrente de ella, para que pueda exhibir
y aliviar los fémures, las costillas de su vanidad, su urgente deseo de
afirmarse; como, en verdad, es deber de ellos, reflexionaba, con su honradez
de solterona, ayudarnos, por ejemplo, en el caso de que el metro se incendiara.
En ese caso, ciertamente, esperaría que Mr. Tansley me rescatase. Pero ¿qué
pasaría si ninguno de los dos hiciéramos lo que se esperaba? Se sonrió.
-No querrás ir al Faro,
¿no?, ¿Lily? -dijo Mrs. Ramsay-. Acuérdate del pobre Mr. Langley; ha dado la
vuelta al mundo en varias ocasiones, pero me confesó que nunca lo había pasado
tan mal como cuando mi marido lo llevó allí. ¿Es usted buen marino, Mr.
Tansley? -preguntó.
Mr. Tansley levantó un
martillo, lo blandió en el aire, pero, al bajarlo, dándose cuenta de que no
debía aplastar una mariposa con semejante instrumento, sólo dijo que no se
había mareado nunca. Pero en esa oración, compacta como la pólvora, había
dejado otra información: que su abuelo había sido marino; su padre era
farmacéutico; y él se había labrado su propio futuro con sus propios medios;
estaba muy orgulloso de ello; él era Charles Tansley, algo de lo que al
parecer nadie se daba cuenta, aunque muy pronto todos lo sabrían. Su desdén los
contemplaba desde una gran distancia de ventaja. Hasta casi podía sentir pena
por estas personas tan finas, con su cultura, que uno de estos días ascenderían
al cielo como balas de algodón o barricas de manzanas; muy pronto, mediante la
pólvora que había en el interior de Charles Tansley.
-¿Me llevará Mr. Tansley?
-dijo Lily, con rapidez, con amabilidad, porque, por supuesto, si Mrs. Ramsay
le hubiera dicho, como, de hecho, le había dicho: «Me ahogo, querida, en un
mar de llamas. A menos que apliques algún ungüento balsámico en este momento,
y le digas algo amable a ese joven de ahí, la vida se estrellará contra los
arrecifes: a decir verdad ya oigo chirridos y murmullos. Tengo los nervios
tensos como cuerdas de violín. Un toque más, y saltan», cuando Mrs. Ramsay hubo
dicho todo esto, con la mirada, por supuesto, no menos de cincuenta veces, Lily
tuvo que renunciar al experimento -qué es lo que sucedería si decidiera no
ser buena con aquel joven-, y decidió ser buena.
Juzgando adecuadamente el
cambio de humor -ahora se dirigía hacia él de forma amistosa-, se aplacó su
ataque de egotismo, y le dijo que se había caído de una barca cuando era un
bebé; y que su padre había tenido que pescarlo con un bichero; y que así es
como había aprendido a nadar. Tenía un tío torrero en algún faro escocés, dijo.
Había estado con él en una ocasión, durante una tempestad. Esto lo dijo en voz
alta, durante un silencio. Escucharon todos que había acompañado a su tío en un
faro durante una tempestad. Ay, pensaba Lily Briscoe, al ver que la
conversación seguía este curso tan prometedor, advirtió que Mrs. Ramsay le
estaba agradecida (porque Mrs. Ramsay se sintió autorizada a hablar de nuevo
con quien quisiera), ay, pensaba, pero ¿cuánto me habrá costado esta gratitud?
No había sido sincera.
Había recurrido al truco
de siempre: ser buena. Nunca lo conocería. Y él nunca la conocería a ella. Las
relaciones humanas eran siempre así, pensaba, y eran peores (salvando a Mr.
Bankes) las relaciones entre hombres y mujeres; inevitablemente, aquéllas eran
siempre muy insinceras. Entonces vio con el rabillo del ojo el salero, que
había dejado ahí para que le recordara algo, y recordó que el día siguiente
tenía que colocar el árbol en una posición central, y se sintió tan animada al
pensar en que al día siguiente podría pintar que se rió en voz alta de lo que
Mr. Tansley estaba diciendo. Que no deje de hablar en toda la noche si lo
desea.
-Pero ¿cuánto tiempo
tienen que estar en el Faro? -preguntó. Él se lo dijo. Estaba
sorprendentemente bien informado. Como estaba agradecido, como le gustaba
ella, como empezaba a divertirse, era el momento, pensó Mrs. Ramsay, de
regresar a aquel lugar soñado, aquel lugar irreal pero fascinante, el salón de
los Manning de hace veinte años; donde una podía moverse sin problemas ni
preocupaciones, porque no había un futuro del cual preocuparse. Sabía cómo les
había ido a cada uno de ellos, y cómo le había ido a ella. Era como releer un
buen libro, porque sabía cómo acababa el cuento, porque había ocurrido hacía
veinte años, y la vida, que se derramaba profusamente incluso en esta sala,
sabe Dios hacia dónde, estaba allí sellada, y era como un lago, apacible,
contenida en el interior de las orillas. Decía que habían preparado una sala
para el billar, ¿era cierto? ¿Querría William seguir hablando de los Manning?
Ella sí quería. Pero no, había algún motivo por el cual él ya no se sentía nada
animado. Lo intentó. Pero él no respondió. No podía obligarlo. Se sintió
decepcionada.
-Estos chicos son una
desgracia -dijo, con un suspiro. Él dijo algo acerca de que la puntualidad es
una de esas virtudes menores que sólo se adquieren cuando uno ya no es niño.
-Si se adquiere -dijo
Mrs. Ramsay con el único fin de rellenar un vacío, pensando en que Lily estaba
convirtiéndose en una solterona. Consciente de su traición, consciente del
deseo de ella de hablar de algo más íntimo, pero sin ganas de hacerlo, se le
representaron todas las cosas desagradables de la vida: estar allí sentada,
esperando. Quizá los demás estuvieran contando algo interesante, ¿de qué
hablaban?
Que la temporada de pesca
había sido mala, que los hombres emigraban. Hablaban de salarios y del paro.
El joven insultaba al Gobierno. William Bankes, pensando en lo satisfactorio
que era poder dedicarse a algo semejante cuando la vida íntima era
desagradable, le oyó decir que se trataba de «uno de los decretos más
escandalosos de este Gobierno». Lily escuchaba, Mrs. Ramsay escuchaba, todos
escuchaban. Pero, ya aburrida, Lily pensaba en que había algo de lo que
carecían esas palabras; Mrs. Bankes pensaba en que faltaba algo. Mientras se
recogía el chal, Mrs. Ramsay pensaba en que faltaba algo. Todos ellos,
escuchando atentamente, pensaban: «a los cielos pido que no tenga que dar mi
verdadera opinión sobre esto»; porque todos pensaban: «Los demás se sienten
igual. Están irritados e indignados con el Gobierno por lo de los pescadores,
pero, yo, en el fondo, no siento nada acerca de ello.» Pero quizá, pensaba Mr.
Bankes, mirando a Mr. Tansley, sea éste el hombre. Siempre se esperaba al
hombre. Había siempre una oportunidad. En cualquier momento podía aparecer un
nuevo dirigente; un hombre genial, porque la política no dejaba de ser como
las demás actividades. Probablemente a nosotros, los anticuados, nos parecerá
desagradable, pensaba Mr. Bankes, intentando ser comprensivo; porque sabía, a
través de una curiosa sensación física, como si se le encresparan los nervios
de la columna vertebral, que era parte interesada, en cierta medida, porque
tenía celos; en parte, más probablemente, por su trabajo, por sus opiniones,
por su ciencia; y por lo tanto no era persona muy receptiva, porque Mr.
Tansley parecía decir: Han desperdiciado ustedes sus vidas. Están equivocados
todos ustedes. Pobres viejos caducos, se han quedado ustedes en el pasado.
Parecía demasiado poseído, este joven; y no tenía modales. Pero Mr. Bankes se
vio obligado a reconocer que tenía valor, tenía talento, manejaba los datos
con aplomo. Quizá, pensaba Mr. Bankes, mientras Mr. Tansley insultaba al
Gobierno, haya mucho de cierto en lo que dice.
-Veamos... -decía.
Seguían hablando de política, y Lily miraba la hoja del mantel; Mrs. Ramsay,
dejando la discusión en manos de los dos hombres, se preguntaba por qué le
aburría tanto esta conversación, y deseaba que dijera algo su marido, a quien
veía en el otro extremo de la mesa. Una sola palabra, se decía. Porque con una
sola cosa que dijera eso sería bastante. No se andaba con rodeos. Le
preocupaban los pescadores y sus salarios. Perdía el sueño pensando en ellos.
Todo era diferente cuando hablaba, cuando hablaba no había que pensar en
suplicar que no se viera lo poco que le importaba a uno, porque sí que le
importaba. Entonces, al darse cuenta de que era porque lo admiraba tanto, y
que por eso esperaba que hablase, se sintió como si alguien hubiera estaba
elogiando a su marido y su matrimonio, y se puso roja, sin darse cuenta de que
había sido ella misma quien lo había alabado. Dirigió la mirada hacia él,
esperando encontrar todo esto reflejado en su cara, que tendría un aspecto
radiante... Pero, ¡nada de eso! Tenía la cara deformada por una mueca, tenía
gesto de irritación, tenía el ceño fruncido, estaba rojo de cólera. ¿Qué
demonios pasaba? ¿Qué podía haber pasado? Que el pobre Augustus había pedido
otro plato de sopa... eso era todo. Era algo inimaginable, era una desdicha (se
lo hizo saber mediante señas desde el otro extremo de la mesa) que Augustus se
atreviera a comer otro plato de sopa. Le disgustaba profundamente que la gente
siquiera comiendo cuando él había terminado. Veía cómo la ira le brotaba en
los ojos, como si fuera una jauría de perros; se veía en su ceño; y pensaba que
de un momento a otro iba a estallar con gran violencia, pero, ¡gracias a Dios!,
le vio tirar de las riendas, y frenarse a sí mismo, y todo su cuerpo pareció
desprender chispas, aunque no dijera una palabra. Se quedó sentado, muy
enfadado. No había dicho nada, sólo quería que ella se diera cuenta. ¡Por lo
menos había sabido controlarse! Pero, después de todo, ¿por qué el pobre
Augustus no podía pedir otro plato de sopa? Se había limitado a tocarle el
brazo a Ellen, y a decirle:
-Ellen, por favor, otro
plato de sopa -y entonces Mr. Ramsay se había enfadado.
Pero ¿por qué no?, se
preguntaba Mrs. Ramsay. Si quería, ¿por qué no darle otro plato de sopa a
Augustus. Odiaba a los que se revolcaban en la comida, Mr. Ramsay la miraba
azorado. Detestaba que las cosas se prolongasen durante horas. Pero se había
controlado, Mr. Ramsay quería que lo advirtiese, aunque el espectáculo había
sido repugnante. Pero ¿por qué demostrarlo de forma evidente?, se preguntaba
Mrs. Ramsay (se miraban desde los extremos de la larga mesa, y se enviaban
estas preguntas y respuestas; ambos sabían exactamente lo que pensaba el
otro). Todos podían haberse dado cuenta, pensaba Mrs. Ramsay. Rose se había
quedado mirando a su padre, Roger se había quedado mirando a su padre; ambos
comenzarían a reírse de forma incontrolada de un momento a otro; se daba
cuenta, y dijo al momento (la verdad es que ya era hora):
-Encended las velas -al
momento se levantaron de un salto, y empezaron a rebuscar en el aparador.
¿Por qué no sabía
disimular sus emociones?, se preguntaba Mrs. Ramsay, y se preguntaba también
si Augustus se habría dado cuenta. Quizá sí, quizá no. No pudo evitar sentir
respeto hacia la compostura con la que estaba sentado, bebiendo la sopa. Si
quería sopa, la pedía. Si se reían de él, o se enfadaban por su culpa, le daba
igual. A él no le gustaba ella, lo sabía; pero en parte por ese motivo, la
respetaba; y al verlo beber la sopa, grande y tranquilo, en la penumbra, monumental,
contemplativo, se preguntaba cuáles serían los sentimientos de él, y por qué
estaba siempre contento y tenía un aspecto tan digno; y pensó en cuánto quería
a Andrew, a quien llamaba a su habitación, y, según decía Andrew, «le enseñaba
cosas». Se quedaba todo el día en el jardín, presumiblemente pensando en su
poesía, hasta que terminaba por recordarle a una a un gato que estuviera
acechando a los pájaros, y luego daba palmas con las zarpas, cuando había dado
con la palabra que le faltaba, y su mando decía: «El bueno de Augustus es un
poeta de verdad», lo cual en boca de su marido era un gran elogio.
Hubo que poner ocho velas
sobre la mesa, y tras la primera vacilación, la llama se irguió, y sacó a la
luz toda la mesa, en medio había una fuente de color amarillo y púrpura. Mrs.
Ramsay se preguntaba qué había hecho con ella Rose, porque las uvas y peras,
las pieles de color rosa, con sus picos, los plátanos, todo le hacía pensar en
un trofeo arrebatado al fondo del mar, en el banquete de Neptuno, en el racimo
que le cuelga a Baco del hombro (en algún cuadro), entre pieles de leopardo,
la procesión de antorchas rojas y doradas... Así, bajo la repentina luz,
parecía poseer gran tamaño y profundidad, era un mundo al que podía llevar una
su propio cayado, y comenzar a ascender por los montes, pensaba, y bajar a los
valles, y con placer (porque los unió fugazmente) veía que también Augustus
disfrutaba de la fuente de fruta con los ojos, se zambullía, cortaba una flor
aquí, cortaba un esqueje más allá, y regresaba, tras el festín, a su colmena.
Era su forma de mirar, diferente de la de ella. Pero el mirar juntos los unía.
Ya estaban encendidas las
velas, y las caras a ambos lados de la mesa parecían estar más juntas por
efecto de la luz, y formaban, como no lo habían hecho en la luz del anochecer,
un grupo reunido en torno a una mesa, porque la noche había sido excluida por
los cristales, que, lejos de dar una imagen correcta del mundo exterior, lo
mostraba como si estuviera haciendo ondas, de una forma que aquí, en el
interior de la habitación, parecía estar el orden y la tierra firme; pero
afuera había un reflejo en el que las cosas temblaban y desaparecían, se
hacían agua.
Hubo un cambio que afectó
a todos, como si esto hubiera sucedido de verdad, y todos fueran conscientes
de ser un grupo en medio del vacío, en una isla; como si los uniera la causa
común contra la fluidez del exterior. Mrs. Ramsay, que había estado inquieta, y
había esperado con impaciencia a que vinieran Paul y Minta; y que se había
sentido impotente para arreglar las cosas, veía ahora que la ansiedad se había
trocado en espera. Porque tenían que llegar; y Lily Briscoe, intentando
analizar la causa de esta alegría repentina, lo comparaba con aquel otro momento
en el campo de tenis, cuando lo sólido de repente se había desvanecido, y se
habían interpuesto entre ellos vastos espacios; y ese mismo efecto lo habían
obtenido las velas en la habitación, algo escasa de muebles, y las ventanas sin
cortinas, y el aspecto como de máscaras de las caras bajo la luz de las velas.
Se les había quitado un peso de encima; puede pasar cualquier cosa, pensó.
Tienen que venir ya, pensó Mrs. Ramsay mirando hacia la puerta, y en aquel
momento, Minta Doyle, Paul Rauley y una
doncella con una fuente, entraron a la vez. Llegaban tarde, llegaban muy tarde,
dijo Minta, al dirigirse hacia los extremos opuestos de la mesa.
-He perdido el broche...
el broche de mi abuela -dijo Minta con un tono de lamento en la voz, y con
lágrimas en sus grandes ojos castaños, mientras bajaba la mirada, y volvía a
mirar hacia arriba, junto a Mr. Ramsay, quien sintió que se despertaban sus sentimientos
caballerescos, y quiso tomarle el pelo.
¿Cómo podía ser tan
boba?, le preguntó, cómo se le había ocurrido eso de ir a saltar por las
piedras con las joyas puestas.
A ella en cierta forma la
aterrorizaba: le daba miedo su inteligencia; la primera noche de su llegada,
se había sentado junto a él, estuvieron hablando de George Eliot, se quedó
asustada, porque el tercer volumen de Middlemarch se le había quedado en el
tren, y nunca supo cómo acababa la novela; pero después se llevaron muy bien,
a ella hasta le gustaba parecer más ignorante de lo que era, porque a él le
gustaba llamarla boba. Esta noche, aunque se reía de ella sin rodeos, no le
daba miedo. Además, en cuanto entró en la habitación, supo que había ocurrido
un milagro; llevaba un halo dorado; a veces lo llevaba; otras, no. No sabía por
qué aparecía, o por qué no, o si lo llevaba antes de entrar en la habitación,
lo que sí sabía es que se daba cuenta por la forma en que la miraban los
hombres. Sí, esta noche lo llevaba, y muy visible; lo sabía por la forma en que
Mr. Ramsay le había dicho que no fuera boba. Se sentó a su lado, sonriendo.
Debe de haber sucedido,
pensaba Mrs. Ramsay: se han comprometido. Durante un momento sintió lo que
creía que nunca volvería a sentir: celos. Porque él, su marido, también los
sentía: el esplendor de Minta; a él le gustaban estas chicas, estas muchachas
de un rojizo dorado, que eran algo volubles, acaso algo arbitrarias e
indomables, que no «se arrancaban el cabello a fuerza de cepillarlo», que no
eran, como decía de la pobre Lily Briscoe, unas «cuitadas». Había un rasgo que
ni ella poseía, un brillo, una riqueza, que le atraía, que le divertía, que le
hacía tener predilección por muchachas como Minta. Y estaban autorizadas a
cortarle el pelo, a trenzarle las cadenas del reloj, o incluso a interrumpirle
cuando trabajaba, gritándole (las oía gritar): «¡Venga Mr. Ramsay, vamos a
ganarles!», y él dejaba el trabajo, y se ponía a jugar al tenis.
Pero, en el fondo, no era
celosa; sólo de vez en cuando, cuando en el espejo aparecía un mirada de
resentimiento por haber envejecido, quizá, por su propia culpa. (La factura del
invernadero, y todo lo demás.) Les estaba agradecida porque se reían de él («¿Cuántas
pipas ha fumado hoy, Mr. Ramsay?», etc.), y hasta parecía más joven; era un
hombre muy atractivo para las mujeres, no era un hombre triste, no estaba
hundido bajo el peso de su obra, o de los sufrimientos del mundo, ni por su
fama o sus fracasos, sino que volvía a ser como lo había conocido: serio, pero
galante; que la ayudaba a desembarcar, lo recordaba; con reacciones deliciosas,
como ésta (lo miró, y tenía un aspecto asombrosamente joven, mientras le tomaba
el pelo a Minta). Porque a ella -«aquí», dijo, y ayudó a la muchacha suiza a
colocar con cuidado ante ella la gran cazuela oscura en la que estaba el Bœuf
en Daube-, a ella los que le gustaban eran los tontorrones. Paul tenía que
sentarse junto a ella. Le había guardado el sitio. A decir verdad, pensaba que
lo que más le gustaba de ella eran estos tontorrones. Los que no venían a
importunarla a una con lo de sus tesis. ¡Cuánto se perdían, después de todo,
estos jóvenes tan inteligentes! Cuán inevitable era que se secaran. Mientras
se sentaba, pensaba en que había algo encantador en Paul Rayley. Tenía unos
modales encantadores, según ella, tenía una nariz perfecta, y los ojos azules.
Era tan considerado. ¿ Le contaría, ahora que los demás habían reanudado la
conversación, lo que había sucedido?
-Regresamos, para buscar
el broche de Minta -le dijo, tras sentarse junto a ella. «Regresamos»: con eso
bastaba. Se dio cuenta, por el esfuerzo, por la elevación del tono de voz para
atreverse con una expresión de difícil pronunciación, de que era la primera vez
que hablaba de «nosotros». «Hicimos, fuimos.» Seguirían diciéndolo el resto de
sus vidas, pensaba. Al destapar Marthe, con un movimiento delicado, la gran cazuela
oscura, se desprendió un exquisito olor a aceite, a aceitunas y a jugo. La
cocinera se había pasado tres días preparando el plato. Tenía que llevar el
mayor cuidado, pensaba Mrs. Ramsay, tenía que investigar entre la blanda masa,
para hallar una pieza especialmente tierna para
William Bankes. Miraba hacia el interior, hacia las relucientes paredes de la
cazuela, hacia la mezcla de jugosas carnes de color castaño y amarillas, con
hojas de laurel y vino, y pensaba: Esto servirá para conmemorar este momento;
la invadió una rara sensación, extraña y tierna simultáneamente, de estar
celebrando una fiesta, como si se hubieran convocado en ella dos emociones
diferentes; una profunda: porque, qué hay más importante que el amor del
hombre hacia la mujer, qué es más imperioso, más impresionante, pues lleva en
su seno las semillas de la muerte; pero, por otra parte, a la vez, estos amantes,
estas gentes que inauguraban la ilusión con ojos brillantes, debían ser
recibidos con danzas de burla, y debían adornarse con guirnaldas.
-Es un triunfo -dijo Mr.
Bankes, dejando, durante unos momentos, el cuchillo sobre la mesa. Había comido
con cuidado. Estaba rico, estaba tierno. Se había cocinado de forma perfecta.
¿Cómo se las arreglaba para hacer cosas como ésta en un lugar tan apartado?, le
preguntó. Era una mujer maravillosa. Todo el amor que él le tenía, la
veneración, habían regresado; ella era consciente de ello.
-Es una receta francesa
de mi abuela -dijo Mrs. Ramsay, y resonaba en su voz una satisfacción inmensa.
Claro que era francesa. Lo que en Inglaterra se toma por alta cocina es
abominable (se mostraron de acuerdo). Consiste en poner repollos a remojo.
Consiste en asar la carne hasta que se queda como cuero. Consiste en quitar la
deliciosa piel a las verduras. «En la que -dijo Mr. Bankes- se contiene toda la
virtud de las verduras.» Y es un despilfarro, dijo Mrs. Ramsay. De lo que
desperdiciaban las cocineras inglesas, podía vivir toda una familia francesa.
Con el acicate del afecto renacido de William, y pensado en que todo estaba
bien de nuevo, y en que ya no tenía que estar inquieta, y en que podía
disfrutar del triunfo y de las bromas, se reía, hacía gestos, hasta que Lily
pensó: Qué infantil, qué absurda era, ahí sentada, con toda su belleza
desplegada de nuevo, hablando de las pieles de las verduras. Había algo que
asustaba en ella. Era irresistible. Al final siempre conseguía lo que quería,
pensaba Lily. Lo había conseguido: Paul y Minta, estaba claro, ya estaban
comprometidos. Mr. Bankes había venido a la cena. Hacía alguna magia con todos
ellos, sencillamente deseando las cosas de forma inmediata, y Lily comparaba
esa abundancia con su propia pobreza de espíritu, y suponía que era en parte
la creencia (porque tenía la cara como iluminada; y, aunque no parecía más
joven, estaba radiante) en esta cosa extraña, aterradora, lo que convertía a
Paul Rayley, el centro de ella, en un temblor, pero abstracto, absorto, mudo.
Mrs. Ramsay, al hablar de las pieles de las verduras, exaltaba eso, lo adoraba;
imponía las manos sobre ello para calentárselas, para protegerlo; sin embargo,
aunque había conseguido que todo esto sucediera así, en cierta forma se reía,
guiaba a sus víctimas, pensaba Lily, hasta el altar. Ahora la alcanzó a ella
también la emoción, la vibración de amor. ¡Qué insignificante se sentía junto a
Paul Rayley! Él estaba radiante, luminoso; ella, distante, crítica; él,
destinado a la aventura; ella, anclada a la orilla; ella, solitaria, abandonada;
estaba dispuesta a suplicar que le dejaran participar... si fuera en una
catástrofe, incluso en esa catástrofe; y dijo con timidez:
-¿Cuándo ha perdido Minta
el broche?
Sonrió con su más
exquisita sonrisa, velada por los recuerdos, teñida de sueños. Movió la
cabeza.
-En la playa –dijo-. Iré
a buscarlo -añadió-, me levantaré pronto.
Como esto era secreto
para Minta, bajó la voz, y dirigió la mirada hacia ella, estaba riéndose, junto
a Mr. Ramsay.
Lily quería mostrar con
energía y rabia su deseo de serle útil, previendo que en la madrugada sería
ella quien encontrara el broche en la playa, apenas oculto por una piedra,
para poder ser una entre los marinos y aventureros. Pero, ¿qué le contestó a su
ofrecimiento? Con una emoción que en realidad pocas veces se consentía, dijo:
-Déjeme ir con usted -y
él se rió. Quiso decir sí o no, o ambos. Pero no era el significado, era la
clase de risa con la que había respondido, como si hubiera dicho: Tírese por el
acantilado, si lo desea, me da igual. Floreció en la mejilla de ella todo el
calor del amor, su horror, su crueldad, su egoísmo. La quemaba, y Lily,
dirigiendo la mirada hacia Minta, al otro extremo de la mesa, dirigiéndose con
cortés amabilidad a Mr. Ramsay, sintió una contracción al pensar en ella
expuesta a esos colmillos, y se sintió agradecida. Porque, en todo caso, se
dijo, al ver el salero sobre el dibujo, ella no necesitaba casarse, gracias
sean dadas a los cielos: no necesitaba tener que someterse a esa degradación.
Se había evitado esa disminución. Llevaría el árbol todavía un poco más hacia
el centro.
Tal era la complejidad de
las cosas. Porque lo que le había sucedido, en su estancia con los Ramsay, era
que ahora sentía a la vez dos cosas completamente opuestas; una cosa es lo que
otro siente, eso es una; otra cosa es lo que una siente; y ambas se peleaban en
su mente, como sucedía ahora. Es tan hermoso, tan emocionante, este amor, que
tiemblo ante su culminación, y, en contra de mis hábitos, me ofrezco para ir a
buscar un broche en la playa; y a la vez es la más estúpida, la más bárbara de
las pasiones humanas, y convierte a un joven muy agradable, que tiene un
perfil como una piedra preciosa (era exquisito el perfil de Paul) en un matón
con una barra de hierro (era fanfarrón, insolente) en medio de Mile End Road.
Sí, se dijo, desde los albores del tiempo se han cantado odas al amor; se han
amontonado guirnaldas y rosas; si se les preguntara, nueve de cada diez
personas dirían que es lo único que quieren; mientras que las mujeres, a juzgar
por su experiencia, no dejarían de pensar, en todo momento: No es esto lo que
queremos; no hay nada más tedioso, pueril, aburrido e inhumano que el amor;
aunque también nada es tan hermoso y necesario. Y bien, ¿y bien?, preguntaba,
esperando, en cierta forma, que los demás siguieran discutiendo, como si en
una discusión como ésta una se limitara a arrojar su dardo que inevitablemente
se quedaba corto, y dejara que los demás siguieran adelante. De forma que
siguió escuchando lo que decían por si arrojaban alguna luz sobre el asunto
del amor.
-Además está lo de ese
líquido -decía Mr. Bankes- al que los ingleses llaman café.
-¡Ah, claro, el café!
-dijo Mrs. Ramsay. En realidad, se trataba (estaba muy animada, se dijo Lily,
hablaba con vehemencia) de que hubiera buena mantequilla y de que hubiera
leche en buenas condiciones. Hablaba con entusiasmo y elocuencia; describía
los inconvenientes de las lecherías inglesas, y en qué estado se dejaba la
leche junto a las puertas; estaba a punto de documentar estas acusaciones,
porque había investigado ese asunto, cuando toda la mesa, comenzando por
Andrew, en el centro, como fuego que saltara de una mata de árgoma a otra,
rompió a reír: todos sus hijos se reían, su marido se reía; se reían de ella,
era como si la rodeara el fuego; se vio obligada a arriar banderas, a rendir la
artillería; su única respuesta consistió en explicar a Mr. Bankes que toda
estas chanzas y bromas eran el precio que tenía que pagar por censurar los
prejuicios de los ingleses ante ellos mismos.
Sin dudarlo, sin embargo,
porque tenía presente que Lily la había ayudado con Mr. Tansley, y no
participaba de las burlas, la segregó de los demás; «Lily, al menos, está de
acuerdo conmigo»; Lily, un tanto agitada, levemente sobresaltada, fue atraída
a su campo. (Pensaba en el amor.) Ni Lily ni Charles Tansley participaban de
las burlas, creía Mrs. Ramsay. Ambos padecían por el resplandor de la otra
pareja. Evidentemente, él se sentía relegado: en cuanto Paul Rayley estuviera
en la misma habitación que él, ni una mujer le dirigiría una mirada. ¡Pobre
hombre! Sin embargo siempre tendría su tesis, lo de la influencia de alguien
sobre algo: sabía cuidarse solo. Lo de Lily era diferente. Ante el esplendor
de Minta, se desvaía; pasaba aún más inadvertida, con el vestidito gris, la
carita arrugada, los ojillos orientales. Era tan diminuto todo en ella. Sin
embargo, pensaba Mrs. Ramsay, comparándola con Minta, mientras le pedía ayuda
(porque Lily podría confirmar que no hablaba ella más sobre las lecherías que
su marido acerca de los zapatos: podía pasarse una hora hablando de zapatos), a
los cuarenta, Lily sería la mejor de las dos. Lily tenía cabeza, pasión; había
algo singular en ella que a Mrs. Ramsay le gustaba mucho, pero se trataba de
algo que, se temía, los hombres no advertían. No, claro que no, a menos que
fuera un hombre mucho mayor, como William Bankes. Porque a él sí le importaba,
es decir, a veces Mrs. Ramsay pensaba que a él sí le importaba ella, quizá
desde la muerte de su esposa. No estaba «enamorado», por supuesto; se trataba
de una de esas emociones inclasificables de las que hay tantas por ahí.
Tonterías, tonterías, pensaba: William tenía que casarse con Lily. Tienen
mucho en común. A Lily le encantan las flores. Ambos son fríos, guardan las
distancias, saben valerse por sí solos. Tenía que arreglárselas para que
dieran un largo paseo juntos.
Impensadamente los había
colocado a uno enfrente del otro. Eso podría arreglarse mañana. Si hiciera
bueno, podrían hacer una excursión. Todo parecía posible. Todo parecía bien.
Ahora (pero esto no puede durar, pensaba, disociándose del momento mientras
todos hablaban de zapatos), justo ahora había recobrado la calma; planeaba como
un halcón en el aire; ondeaba como una bandera en el aire de la alegría que
inundaba todos los nervios de su cuerpo plena y dulcemente, sin ruido, con
solemnidad; porque nacía esta alegría, pensó, al ver cómo comían, de su marido,
de sus hijos, de sus amigos; todo ello brotaba en esta profunda quietud
(estaba sirviendo a William Bankes un bocado más, y escrutaba en las
profundidades de la cazuela de barro), y se quedaba, sin una razón concreta,
como humo, como unos vapores que ascendieran, que los mantuvieran unidos a todos.
No hacía falta decir nada, no podía decirse nada. Había algo que los incluía a
todos. Participaba, pensaba ella, mientras le servía a Mr. Bankes, con todo
cuidado, una pieza particularmente tierna, de la eternidad; como ya lo había
sentido respecto de algo diferente aquella misma tarde; hay coherencia en las
cosas, estabilidad; algo, quería decir, que es inmune al cambio, algo que
deslumbra (echó una mirada fugaz a la ventana con sus ondas de luces
reflejadas) en la superficie de lo cambiante, lo fugitivo, lo espectral, como
un rubí; de forma que volvió a tener esta noche la sensación que ya había
tenido ese mismo día, de paz, de descanso. De momentos semejantes, pensó, se
hace la eternidad. Éste era un momento de los que permanecían.
-Sí, por supuesto -le
aseguró a William Bankes-, hay de sobra para todos.
-Andrew -dijo-, baja el
plato, o se me va a derramar todo.
-El Boeuf en Daube ha
sido un triunfo completo. Aquí, sintió, dejando el cucharón, estaba ese espacio
en calma que hay en el corazón de las cosas, donde una podía seguir mo-viéndose
o descansar; podía esperar (estaban servidos) escuchando; podía, como un
halcón que cae de su altura de repente, exhibirse, hundirse en las risas con
facilidad, dejar reposar todo su peso sobre lo que en el otro extremo de la
mesa decía su marido acerca de una cifra: la raíz cuadrada de mil doscientos
cincuenta y tres, que casualmente era el número de su billete del tren.
¿Qué sentido tenía todo
esto? No tenía ni la más remota idea. ¿Raíz cuadrada? ¿Qué será eso? Lo sabrán
sus hijos. Respecto de raíces cuadradas o cúbicas, dependía de ellos; de eso
hablaban; y también de Voltaire, de Madame de Staël, de la personalidad de
Napoleón, de los títulos de propiedad de las tierras en Francia, de lord
Roseberry, de las memorias de Creevey. Dejaba que la sostuviera, la apoyara
este edificio de la inteligencia masculina, que iba de arriba abajo, que
cruzaba de acá para allá, como bastidores de hierro que dieran forma a la
vacilante tela, que sujetaran el mundo, de forma que podía confiar plenamente
en ello, incluso con los ojos cerrados, o parpadeando aprisa, como parpadea un
niño al contemplar desde la cama las miríadas de hojas que forman el árbol.
Entonces se despertó. Todavía estaba la tela en el telar. William Bakes
elogiaba la serie de novelas de Waverley.
Leía una de la serie cada
seis meses, dijo su marido. Pero ¿por qué tendría que enfadarse por eso Charles
Tansley? No tardó nada (y todo, pensaba Mrs. Ramsay, porque Prue no le hace ni
caso) en censurar agriamente las novelas de Waverley, de las que no sabía nada,
nada en absoluto, pensaba Mrs. Ramsay, observándolo, más que atendiendo a lo
que decía. Se daba cuenta por los modales: quería afirmarse, sería así hasta
que consiguiera la cátedra o se casara, y ya no necesitara decir continuamente
«yo, yo, yo.» Porque a eso se reducía su crítica literaria de sir Walter Scott,
o quizá se tratara de Jane Austen. «Yo, yo, yo.» Pensaba en él mismo, en la
impresión que causaba; lo sabía por el sonido de la voz, por la vehemencia y
el nerviosismo. Le vendría bien el éxito. Seguían. No tenía necesidad de seguir
escuchando. Sabía que no podía durar, pero en ese momento sus ojos habían
adquirido tal clarividencia que podía recorrer la mesa desvelando de cada uno
de ellos sus pensamientos y sentimientos, sin dificultad, al igual que esa luz
que se introduce en el agua de forma que las ondas y los juncos y los
pececillos que parecen buscar su equilibrio, y la repentina trucha silenciosa,
todos ellos se iluminan de repente, y aparecen suspendidos, temblorosos. Así
los veía, así los escuchaba; dijeran lo que dijeran, siempre tenían esta
característica, como si las palabras que decían fueran como el movimiento de la
trucha, cuando a la vez se ve la onda y los guijarros, algo a la derecha, algo
a la izquierda, y sólo se percibe el conjunto; mientras que en la vida de
siempre tenía ella que echar la red, separar una cosa de otra; tendría que
haber dicho que le gustaban las novelas de la serie de Waverley, o que no las
había leído, tendría que avanzar a toda costa, pero no dijo nada, permaneció
como suspendida.
«Sí, pero ¿alguien cree
que durará?», dijeron. Era como si proyectara unas temblorosas antenas, que, al
interceptar ciertas frases, le obligara a prestarles atención. Ésta era una de
ellas. Olfateaba peligro para su marido. Una pregunta como ésta, casi
inevitablemente, acabaría recibiendo una respuesta que terminaría por
recordarle su propio fracaso. Cuánto tiempo se le seguiría leyendo: lo pensaría
al momento. William Bankes (que carecía por completo de esta vanidad) se rió,
y dijo que él no atribuía ninguna importancia a los cambios de moda. ¿Quién
podría decir qué es lo que iba a durar, ni en literatura ni en ninguna otra
cosa?
-Disfrutemos de lo que
disfrutamos -dijo. Su integridad le parecía a Mrs. Ramsay admirable. Nunca
parecía pensar: Pero, esto ¿cómo me afecta? Sin embargo, cuando estaba del
otro humor, del que necesitaba alabanzas, premios, era natural que comenzara
(bien sabía que Mr. Ramsay estaba comenzando) a sentirse incómodo; a querer
que alguien dijera: Ah, no, su obra sí que durará, Mr. Ramsay, o algo parecido.
Ahora mostraba su malestar de forma patente, al decir, con cierta irritación,
que, en todo caso, Scott (o era Shakespeare?) a él le duraría toda la vida. Lo
dijo enfadado. Todos, pensaba ella, se sentían algo incómodos ahora, sin saber
por qué. Entonces, Minta Doyle, que tenía un instinto muy fino, dijo un
disparate, algo absurdo, que ella pensaba que en el fondo a nadie le gustaba
leer a Shakespeare. Mr. Ramsay dijo de forma bastante sombría (aunque ya se
había distraído de nuevo) que a pocos les gustaba tanto como decían. Pero,
añadió, no obstante, algunas de las obras no carecen de verdadero mérito; Mrs.
Ramsay se dio cuenta de que de momento las cosas estaban bien; se reía de
Minta, y ella, Mrs. Ramsay vio, al advertir lo preocupado que estaba consigo
mismo, a su manera, vio que se ocupaban de él, que lo alababan, de la forma que
fuera. Pero deseaba que no fuera necesario, y quizá fuese culpa de ella el que
fuera necesario. En todo caso, podía escuchar con toda libertad lo que Paul
Rayley decía sobre los libros que se leían en la infancia. Duraban, decía. En
la escuela había leído algo de Tolstói. Había uno que no se le había olvidado,
aunque no recordaba el nombre. Los nombres rusos son imposibles, dijo Mrs.
Ramsay. «Vronski», dijo Paul. Lo recordaba porque siempre había pensado que era
un buen nombre para un malvado. «Vronski», dijo Mrs. Ramsay. «Ah, Anna
Karénina», pero no siguieron mucho tiempo en esta dirección: los libros no
eran lo suyo. No, Charles Tansley, en lo que se refería a libros, los pondría
al día en un segundo, pero todo lo mezclaba con cosas como <Es correcto lo
que estoy diciendo?, ¿Estoy causando buena impresión?, y, después de todo,
terminaba una sabiendo más acerca de él que de Tolstói; mientras que cuando
Paul hablaba, hablaba sencillamente de las cosas, no de sí mismo. Como todos
los estúpidos, tenía además su propia humildad y respeto hacia los sentimientos
del interlocutor, lo cual, de vez en cuando, a ella le parecía atractivo. Ahora
no estaba pensando en sí mismo ni en Tolstói, sino en si ella tenía frío, si le
daba la corriente, si querría una pera.
No, dijo, no quería una pera. A decir verdad había estado de guardia ante
el frutero (sin darse cuenta), celosa, con la esperanza de que nadie lo
tocara. Había dejado descansar la mirada entre las curvas y sombras de la
fruta, entre los ricos púrpuras de las uvas escocesas, por el dentado borde una
cáscara, juntando un amarillo con un púrpura, una curva con un círculo, sin
saber por qué lo hacía, o por qué, cada vez que lo hacía, se sentía cada vez
más serena; hasta que, ay, qué pena que tuviera que pasar, se acercó una mano,
cogió una pera, destruyó el efecto. Miraba a Rose con cariño. Miraba a Rose,
sentada entre Jasper y Prue. ¡Qué raro que tu propia hija hubiera hecho eso!
Qué extraño verlos sentados ahí, en fila, sus
hijos, Jasper, Rose, Prue, Andrew, apenas hablaban, pero disfrutaban de algún
chiste de los suyos, suponía, por cómo se les movían los labios. Era algo
completamente diferente de todo lo demás, algo que atesoraban para reírse de
ello cuando estuvieran en las habitaciones. No era de su padre, confiaba. No,
creía que no. Se preguntaba qué sería, con tristeza, porque pensaba en que se
reirían de lo que fuera cuando ella no estuviera delante. Era algo que
atesoraban tras esas caras inmóviles, fijas, como máscaras, porque los niños no
participaban con facilidad en la conversación; en realidad, eran vigías,
inspectores, un poco por encima o aparte de los adultos. Pero al mirar a Prue
esta noche, vio que esto no era del todo cierto en lo que se refería a ella.
Estaba comenzando, moviéndose, empezaba a descender. Iluminaba su cara una luz
muy delicada, como si el color encendido de Minta, sentada frente a ella, con
su intensidad, su anticipación de la felicidad, se reflejara en ella, como si
el sol del amor entre hombres y mujeres naciera tras el borde del mantel, y sin
saber qué era se inclinara hacia él, lo saludara. Se quedaba mirando a Minta,
con timidez, pero con curiosidad, de forma que Mrs. Ramsay miraba a una y otra,
y decía, hablando mentalmente con Prue: Cualquier día de éstos serás tan feliz
como ella. Más feliz, agregaba, porque eres mi hija; su propia hija tenía que
ser más feliz que las hijas de otras personas. Pero la cena había terminado. Había
que levantarse. Ya sólo jugaban con lo que había en los platos. Sólo esperaba a
que terminaran de reírse de algún cuento que había contado su marido. Se reían
con Minta respecto de algo sobre una apuesta. Se levantaría en cuanto acabara.
Le gustaba Charles Tansley, pensó de repente;
le gustaba su risa. Le gustaba por estar tan enfadado con Paul y Minta. Le
gustaba lo torpe que era. Era un joven interesante, a pesar de todo. También
Lily, pensaba, dejando la servilleta junto al plato, siempre tiene algo de qué
reírse para sus adentros. No tenía una que preocuparse por Lily. Esperaba.
Doblaba la servilleta bajo el borde del plato. Bueno, ¿ya habían terminado?
No. El cuento había desembocado en otro cuento. Su marido estaba muy animado
esta noche, quería, se figuraba, reconciliarse con el bueno de Augustus,
después de lo de la sopa, y lo había unido al grupo..., contaban cuentos de alguien
a quien habían conocido en la universidad. Miró hacia la ventana, donde las
velas brillaban con más luz ahora que los cristales eran de color negro, y
mirando hacia ese exterior las voces le parecían que sonaban muy extrañas, como
si fueran las voces de una misa en una catedral, porque no atendía al sentido
de las palabras. Las risas repentinas, y luego una sola voz (la de Minta) que
hablaba, le recordaba los hombres y niños que cantaban palabras en latín de la
misa en una catedral católica. Esperaba. Su marido seguía hablando. Repetía
algo, y supo que era poesía por el ritmo, y por el torio exaltado y melancólico
de la voz.
Ven, sube por el sendero del jardín Luriana
Lurilee.
La rosa china ha florecido, y zumba la amarilla
abeja.
Las palabras (miraba hacia la ventana) sonaban
como si fueran flores que flotaran sobre el agua de afuera, separadas de todos
ellos, como si nadie las hubiera pronunciado, como si hubieran ingresado en la
vida ellas solas.
Que todas las vidas que vivamos, que todas las
vidas que haya Llenas estén acaso de árboles y hojas caducas.
No sabía lo que querían decir, pero, como
música, tal parecía que su propia voz dijera estas palabras, pero fuera de ella
misma, explicando con facilidad y naturalidad lo que había habido en su mente
durante toda la tarde, aunque hubiera hablado de cosas bien diferentes. Sabía,
sin necesidad de mirar alrededor, que todos en la mesa escuchaban:
Me pregunto si te lo parece a ti,
Luriana, Lurilee.
Atendían con la misma clase de gusto y placer
que ella, como si eso fuera, por fin, lo que hubiera que decir, como si, por
fin, fuera ésta la voz de ellos.
Se interrumpió la
voz. Miró alrededor. Se obligó a levantarse. Augustus Carmichael se había
levantado, y, sosteniendo la servilleta, como si fuera una larga túnica
blanca, comenzó a salmodiar:
A ver a los reyes montar a caballo
Por los prados, por praderas de margaritas,
con hojas de palmeras, con ramos de cedro,
Luriana, Lurilee.
Al pasar junto a él, se volvió hacia ella,
repitió las últimas palabras:
Luriana,
Lurilee.
Se inclinó ante ella, como si le hiciera una
reverencia. Sin saber por qué, se dio cuenta de que le gustaba más de lo que le
había gustado en toda su vida; y con una sensación de alivio y agradecimiento,
le devolvió la reverencia, y cruzó la puerta que él mantenía abierta para que
ella pasara.
Era imprescindible llevar las cosas unos pasos
más allá.
Con el pie en el umbral, esperó un momento
para disfrutar de una escena que se desvanecía mientras ocurría, y, a continuación,
se adelantó y cogió a Minta del brazo, y se fue de la habitación, y la escena
cambió, se dio a sí misma formas diferentes; ya se había convertido, lo sabía,
echando una última mirada por encima del hombro, en pasado.
18
Como de costumbre, pensó Lily. Siempre había
algo que era obligatorio hacer en ese preciso momento, algo que Mrs. Ramsay
había decidido, por razones propias, que era urgente hacer, aunque estuvieran
todos contando chistes, como ahora, sin atreverse a decidir si iban a pasar a
la biblioteca, al salón, o si iban a subir al ático. De repente veía una a Mrs.
Ramsay, en medio de la confusa conversación, en pie, con Minta cogida del
brazo, recordándose: «Sí, esto es lo que hay que hacer ahora», para irse a continuación,
con aires de secreto, a hacer algo a solas. En cuanto se hubo ido, se
separaron: dudaron, se dispersaron; Mr. Bankes cogió a Charles Tansley del
brazo, y se fueron a seguir hablando de lo que se había hablado en la mesa, de
política: otorgaban una nueva correlación de fuerzas a la velada, haciendo que
el peso recayera en un sentido diferente, como si, pensaba Lily, al verlos
salir, al oír una o dos palabras sobre la política del Partido Laborista, se
hubieran subido al puente del barco para fijar la demora; eso le pareció la
sustitución de la poesía por la política; salieron Mr. Bankes y Charles
Tansley, mientras que los demás se quedaban mirando cómo Mrs. Ramsay subía sola
por las escaleras con la lamparilla. ¿Adónde iba tan aprisa, se preguntaba
Lily?
No es que en realidad corriera o pareciera
tener prisa; a decir verdad, subía muy lentamente. Se sentía inclinada a quedarse
quieta después de tanta charla, y a quedarse con una sola cosa, con la más
importante; algo que fuera verdaderamente importante; separarla, aislarla,
quitarle todas las emociones y las adherencias extrañas, y contemplarla,
llevarla ante un tribunal, diligente como un cónclave, donde se sentaran los
jueces que ella hubiera elegido para juzgarla. ¿Es buena?, ¿mala?, ¿está bien?,
¿está mal?, etcétera. Así se recomponía tras la violencia del acontecimiento,
y de forma tan inconsciente como incongruente, utilizaba las ramas del olmo de
afuera para dar estabilidad a su posición. El mundo de ella cambiaba: ellas
estaban quietas. El acontecimiento le había dado una sensación de movimiento.
Todo tenía que estar ordenado. Tenía que conseguir que esto estuviera bien, y
lo de más allá, pensaba, dando por buena la digna quietud de los árboles; una
vez más, y dando por buena también la soberbia elevación (como el pico de un
barco sobre la cresta de una ola) de las ramas del olmo cuando el viento las
subía. Porque hacía viento (se asomó un momento a mirar). Hacía viento, y las
hojas se apartaban a veces, dejaban ver una estrella; las propias estrellas
parecían estremecerse, parecían destellar entre los bordes de las hojas. Sí, ya
estaba hecho: logrado; y, como todo lo concluido, era solemne. Ahora que lo
pensaba, lejos de charlas y emociones, siempre había sido así, y sólo ahora se
mostraba como era, y al mostrarse se volvía estable. Pensaba que, para el
resto de la vida, siempre tendrían esta noche a la cual recurrir: la luna, el
viento, la casa, también a ella. La halagaba, era su punto débil, el pensar que
por mucho que vivieran, arraigada en los corazones, siempre estaría en ellos;
esto, esto y esto, pensaba, mientras subía por las escaleras, riéndose, aunque
afectuosamente, del sofá del rellano (de su madre), de la mecedora (de su
padre), del mapa de las Hébridas. Todo esto viviría de nuevo en las vidas de
Paul y Minta; «los Rayley», hacía pruebas con el nuevo nombre; y sentía, con la
mano en el tirador de la puerta del cuarto de los pequeños, esa comunidad de
sentimientos con otras personas que brinda la emoción, como si los tabiques hubieran
adelgazado tanto que prácticamente (era una emoción de alivio y felicidad)
fuera todo un torrente; como si sillas, mesas y mapas fueran de ella, de ellos,
no importaba de quién; como si Paul y Minta cogieran el relevo cuando ella
hubiera muerto.
Asió el tirador con fuerza, para que no
chirriara, y entró, apretando levemente los labios, como si recordara que no tenía
que hablar alto. Pero, en cuanto entró, se dio cuenta, con pesar, de que la
precaución era innecesaria. Los niños no estaban dormidos. Era un fastidio.
Mildred tenía que tener más cuidado. James estaba completamente despierto, Cam
estaba sentada en la cama, y Mildred se había levantado, estaba descalza, eran
casi las once, y estaban todos hablando. ¿Qué pasaba? Era otra vez el horrible
cráneo. Le había dicho a Mildred que se lo llevara, pero a Mildred, por
supuesto, se le había olvidado; Cam estaba completamente despierta, James
estaba completamente despierto, y estaba disputando, cuando hacía horas que
deberían haber estado todos dormidos. ¿En qué estaría pensando Edward para
enviar este horroroso cráneo? Había sido demasiado inocente, y había dejado
que lo colgaran allí. Estaba clavado, había dicho Mildred; Cam no podía dormir
si lo veía, pero James gritaba cuando intentaban quitarlo.
Cam tenía que dormirse (tenía unos cuernos muy
grandes, decía...), tenía que dormirse y soñar con bonitos palacios, dijo Mrs.
Ramsay, sentándose en la cama, junto a ella. Veía los cuernos, decía Cam, por
toda la habitación. Era verdad. Pusieran donde pusieran la luz (James no podía
dormir si no había luz) siempre había una sombra de los cuernos en algún sitio.
-Pero, Cam, piensa que es sólo un cerdo -decía
Mrs. Ramsay-, un bonito cerdo negro, como los del campo.
Pero Cam pensaba que se trataba de algo
horrible, cuyos cuernos la amenazaban desde cualquier punto del dormitorio.
-Bueno, bueno -decía Mrs. Ramsay-, lo
taparemos. Vieron cómo se dirigía
a la cómoda, y cómo abría los cajoncitos con rapidez, uno tras otro; al no ver
nada que sirviera, se quitó el chal, y lo enrolló sobre el cráneo, una y otra
y otra vuelta; volvió donde Cam, y puso la cabeza casi a la misma altura que
la de ella sobre la almohada, y le dijo que ahora tenía un aspecto muy bonito;
que a los duendes les gustaría; que era como un nido, como una hermosa montaña
de las que había visto en el extranjero, con valles y flores, con campanas que
repicaban, con pájaros que trinaban, con cabritos y antílopes... Podía ver
cómo las palabras le devolvían el eco del ritmo en la mente de Cam, cómo Cam
las repetía a continuación: era una montaña, un nido, un jardín, y había
diminutos antílopes; los ojos se abrían y cerraban; y Mrs. Ramsay seguía
hablando de forma más monótona, más rítmicamente, más sin sentido; cómo tenía
que cerrar los ojos para dormirse, para soñar con montañas y valles y estrellas
que caían y loros y antílopes y jardines, y todo maravilloso, decía,
levantando la cabeza muy despacio, y hablando cada vez más mecánicamente, hasta
que se irguió por completo, y vio que Cam estaba dormida.
Ahora, susurraba, acercándose a su cama, James
también tiene que dormirse, porque, mira, decía, el cráneo del jabalí sigue
ahí; no lo habían tocado; habían hecho lo que él quería; está ahí, intacto. Le
aseguró que el cráneo estaba debajo del chal. Pero él quería hacer otra
pregunta. ¿Irían al Faro al día siguiente?
No, mañana, no, dijo, pero irían pronto, le
prometió; el próximo día que hiciera bueno. Era un niño bueno. Se tumbó. Lo
arropó. Pero nunca se le olvidaría, ella lo sabía; estaba enfadada con Charles
Tansley, con su marido, con ella misma, porque ella le había hecho abrigar
esperanzas. Al ir a colocarse bien el chal, recordó que lo había enrollado
sobre el cráneo del jabalí; se levantó, bajó la ventana una o dos pulgadas
más, escuchó el viento, respiró la fresca brisa de la tranquila noche, susurró
buenas noches a Mildred, salió del dormitorio, y dejó que se deslizara con
cuidado el resbalón de la cerradura.
Esperaba que no tirara los libros sobre el
suelo en el piso de arriba, pensaba, recordando todavía lo molesto que era
Charles Tansley. Porque ninguno de ellos dormía bien, eran niños nerviosos, y
como había dicho lo que había dicho sobre el Faro, no le extrañaría nada que
derribara una pila de libros, justo cuando estuvieran a punto de dormirse, que
los hiciera caer de la mesa de un codazo. Porque supuso que se habría ido
arriba a estudiar. Tenía un aspecto tan triste..., pero se sentiría aliviada
cuando se fuera; mañana procuraría que lo trataran mejor; sin embargo era
admirable con su mando; tenía que cuidar los modales; sin embargo a ella le
gustaba cómo se reía; al pensar en esto, mientras bajaba por las escaleras, se
dio cuenta de que se veía la luna por la ventana del rellano, la luna amarilla
del equinoccio de primavera, se volvió, y la vieron, por encima de ellos, en
pie, en las escaleras.
«Mi madre», pensó Prue. Sí, Minta debería
mirarla, Paul debería mirarla. Eso es lo auténtico, sintió, como si sólo hubiera
una persona así en todo el mundo; su madre. La adulta que había sido, hacía un
momento, cuando hablaba con los demás, volvió a ser una niña; estaban jugando,
lo que habían estado haciendo era un juego; y eso, se preguntaba, ¿le gustaría
o le disgustaría a su madre? Pensaba en lo afortunados que eran Paul y Minta
por poder verla, y en qué suerte tan grande la suya propia por tenerla. No
quería crecer, ni irse de casa, y dijo, como una niña pequeña: «Estábamos
pensando en bajar a la playa a ver las olas.»
Al momento, sin razón alguna, Mrs. Ramsay se
convirtió en una muchacha de veinte años, llena de alegría. Se apoderó de
ella, repentinamente, un espíritu festivo. Claro que tenían que ir, claro que
tenían que ir, exclamaba, riéndose; y bajó corriendo los últimos tres o cuatro
escalones; empezó a ir de uno a otro, a reírse, se puso el chal de Minta,
empezó a decir que también a ella le gustaría ir, ¿regresarían muy tarde?,
¿tenía alguien reloj?
-Paul tiene -dijo Minta.
Paul extrajo un hermoso reloj de oro de una
funda de gamuza para mostrárselo. Al exhibirlo en la palma de la mano, él
pensó: «Lo sabe todo. No tengo que decir nada.» Decía al mostrarlo: «Lo he
hecho, Mrs. Ramsay. Se lo debo todo a usted.» Al ver el reloj de oro en la
palma de la mano, Mrs. Ramsay pensó: ¡Qué extraordinariamente afortunada es
Minta! ¡Va a casarse con un hombre que guarda el reloj de oro en una funda de
gamuza!
-¡Cómo me gustaría ir con vosotros! -exclamó.
Pero algo muy fuerte la retenía, algo que
nunca pensó en preguntarse qué era. Claro que era imposible para ella ir con
ellos. Pero, si no hubiera sido por lo otro, le habría gustado ir. Divertida
por lo absurdo de su idea (qué afortunada por casarse con un hombre que guarda
el reloj en una funda de gamuza), se fue con una sonrisa en los labios a la
otra habitación, donde leía su marido.
19
Por supuesto, se dijo, al entrar en la
habitación, había venido a recoger algo que necesitaba. En primer lugar,
quería sentarse en un sillón concreto, bajo una lámpara concreta. Pero quería
algo más, aunque no sabía qué, no podía pensar en qué es lo que quería. Miró a
su marido (cogiendo la labor del calcetín, y comenzando a tejer de nuevo), y
advirtió que no quería que lo interrumpieran: era evidente. Leía algo que lo
emocionaba como ninguna otra cosa. Esbozaba una sonrisa, se dio cuenta de que
intentaba dominar sus emociones. Pasaba las páginas aprisa. Representaba lo que
leía: quizá se creía que era uno de los personajes del libro. Se preguntaba de
qué libro se trataría. Ah, era uno del bueno de sir Walter, lo vio, al ajustar
la luz de la lámpara, para que cayera sobre la labor. Porque Charles Tansley
había dicho (levantó la mirada, como si esperase oír el golpe de los libros al
caer en el piso de arriba) que ya no se lee a Scott. Entonces su marido había
pensado: «Eso es lo que dirán de mí», así es que se había ido a coger un libro
de Scott. Si llegaba a esa conclusión: si «es verdad» lo que había dicho
Charles Tansley acerca de Scott, lo aceptaría. (Se daba cuenta de que lo
sopesaba, lo consideraba, lo tenía en cuenta continuamente al leer.) Lo
aceptaría en el caso de Scott, no respecto de sí mismo. Siempre estaba
intranquilo respecto de sí mismo. Eso la afligía. Siempre estaba preocupado por
sus propios libros: ¿los leerán?, ¿son buenos?, ¿por qué no son mejores?, ¿qué
piensan de mí? No le gustaba pensar de él en esos términos, y se preguntaba si
a la hora de la cena alguien había advertido por qué se había enfadado de
repente cuando hablaban de la fama y de los libros que permanecían, y se
preguntaba si los niños se reían de eso, tiró del calcetín, y en su frente y
mejillas se dibujaron de repente, como con instrumentos de acero, unas finas
líneas, y se quedó quieta como un árbol al que ha zarandeado el viento, y ha
estado moviéndose, y de repente cesa la brisa, y las hojas de quedan quietas,
una tras otra.
Nada importaba, nada de eso importaba,
pensaba. Un gran hombre, un gran libro, la fama: ¿quién sabe? Ella no sabía
nada de eso. Pero así era él, ésa era la fidelidad que representaba; por
ejemplo, durante la cena, ella había estado deseando de forma bastante
intuitiva: ¡Ojalá hable! Tenía una confianza absoluta en él. Dejando todo esto
a un lado, como cuando al bucear se deja a un lado un junco, hierbas, unas
burbujas, sintió de nuevo, bajando a lo más profundo, lo que había sentido en
el recibidor cuando los demás hablaban: Quiero algo... algo que he venido a
coger, y cada vez se hundía más y más, sin saber qué era, con los ojos
cerrados. Y esperó un poco, tejiendo, interrogándose, y lentamente pensaba en
las palabras que habían dicho durante la cena, «la rosa china ha florecido, y
zumba la amarilla abeja», y estas palabras empezaron a columpiarse en su mente de
un lado a otro rítmicamente, y al columpiarse, las palabras, como débiles
luces, roja, azul, amarilla, iluminaban la oscuridad de su mente, y parecía que
dejaban sus apoyos de allí, y echaban a volar y volar; o parecían gritar y
resonar en ecos; entonces se volvió a la mesa, y palpó con la mano para coger
un libro.
Que todas las vidas que vivamos,
Que todas
las vidas que haya,
Llenas estén
acaso de árboles y hojas caducas.
Murmuró estos versos, insertó las agujas en el
calcetín. Abrió el libro, y comenzó a leer aquí y allá, al azar; al hacerlo,
sintió que ascendía de espaldas, hacia arriba, abriéndose camino bajo pétalos
que se inclinaban sobre ella, de forma que sólo sabía que uno era blanco o
rojo. Al principio no entendía qué significaban las palabras.
Navegad, hacia aquí navegad en vuestros alados
pinos, [derrotados marinos.
Leía, pasaba la página, cambiaba de rumbo, se
movía en zigzag de un lado a otro, de un verso a otro, de una flor roja y
blanca a otra, hasta que la distrajo un ruido: su marido se daba golpes en las
piernas. Cruzaron la mirada unos instantes, pero no querían decirse nada. No
tenían nada que decir, pero, no obstante, algo pareció ir de él a ella. Era la
vida, el poder de ésta, era el incontenible humor, lo sabía, lo que le hacía
darse golpes en las piernas. No me interrumpas, parecía decir, no digas nada,
quédate ahí sentada. Seguía leyendo. Movía los labios. Se sentía completo. Se
sentía fortificado. Había olvidado limpiamente todos los malestares y sinsabores
de la velada, y cuánto le aburría estar sentado a la mesa mientras los demás comían
y bebían interminablemente, y lo de estar tan arisco con su esposa, y tan
picajoso y quisquilloso cuando hablaban de sus libros como si no fueran nada.
Pero ahora, creía, le importaba poco quién llegaba a la Z (si es que el
pensamiento se organizaba como un abecedario de la A la Z). Alguien llegaría,
si no era él, sería otro. La fuerza y cordura de este hombre, su amor por las
cosas sencillas y directas, por los pescadores, por la anciana loca en casa de
Mucklebackit, esto era lo que le hacía sentirse tan vigoroso, tan aliviado,
que se sentía excitado y triunfante, no podía contener las lágrimas. Levantó el
libro un poco, para ocultar la cara, y las dejó caer, mientras sacudía la
cabeza, y se olvidó de sí mismo por completo (pero no olvidó una o dos reflexiones
acerca de la moralidad en las novelas francesas e inglesas, y el hecho de que
Scott estuviese maniatado, y que su retrato fuese tan bueno como los de los
otros), olvidó sus fastidios y fracasos por completo al ver que el pobre
Steenie se había ahogado, y la pena de Mucklebackit (lo mejor de Scott), y el
asombroso placer y la vigorosa sensación que le ofrecía.
Bien, que lo mejoren, pensó al concluir el
capítulo. Se sentía como si hubiera estado discutiendo con alguien, y como si
hubiera ganado. Esto, dijeran lo que dijeran, no podía mejorarse; se sintió
más seguro respecto de sí mismo. Los amantes eran un puro sin sentido, pensó,
ordenando todo de nuevo en su memoria. Los amantes, un sin sentido; esto otro,
de primera; pensaba, colocando unas cosas junto a otras. Pero debía volver a
leerlo. No podía ver los contornos del conjunto. Tenía que aplazar su juicio.
Regresó a la otra idea: si a los jóvenes no les interesaba esto, era natural
que tampoco él les interesara. No debía quejarse, pensaba Mr. Ramsay, intentando
sofocar el deseo de quejarse a su esposa de que los jóvenes no le hacían caso.
Pero lo había decidido, no volvería a molestarla. Miró cómo leía. Parecía muy
tranquila, leía. Le gustaba pensar que todos se habían ido, y que ella y él
estaban solos. No todo en la vida consistía en irse a la cama con una mujer,
pensó, regresando a Scott y Balzac, a la novela inglesa y la novela francesa.
Mrs. Ramsay levantó la cabeza como la levantan
quienes tienen el sueño ligero, parecía querer decir que si él quería que se
despertara, podría despertarse, de verdad, pero si no, ¿podía seguir durmiendo
un poquito más?, ¿sólo un poquito más? Iba ascendiendo por las ramas, de un
lado a otro; cogía una flor; luego, otra.
Ni alabé de la rosa el bermellón intenso.
Leía, y al leer ascendía, hasta arriba, hasta
lo más alto. ¡Qué satisfactorio! ¡Qué descanso! Todo lo fragmentario del día lo
atraía este imán; sentía su mente aseada, la sentía limpia. Ahí estaba, con su
forma repentina entre sus manos, hermoso y razonable, claro y completo, la
esencia extraída de la vida, mostrada aquí en su integridad: el soneto.
Pero era consciente de que su marido la
miraba. La sonreía, divertido, como si se riera con buen humor de que se
hubiera dormido a la luz del día, pero como si simultáneamente siguiera
pensando: Continúa leyendo. No te pongas triste ahora, pensaba él. Se
preguntaba qué estaría leyendo ella, y exageraba la nota de su ignorancia, de
su sencillez, porque a él le gustaba pensar que ella no era muy inteligente,
no tenía cultura libresca. Se pregunta si entendía lo que leía. Quizá no,
pensó. Era asombrosamente hermosa. Y le parecía, como si eso fuera posible, que
su hermosura era aún mayor.
Mas como parecía invierno, y tú no estabas,
yo jugaba con ellas como con sombras tuyas.
Terminó.
-¿Y? -preguntó ella, como si fuera el eco de
su sonrisa soñolienta, levantando la mirada del libro.
yo jugaba con ellas como con sombras tuyas.
¿Qué había sucedido que fuera importante,
pensaba ella, mientras volvía a coger la labor, desde la última vez que lo
había visto a solas? Recordaba que se había vestido, que había visto la luna,
a Andrew que sostenía el plato muy arriba al servirle la cena, que le había
deprimido algo que había dicho William, los pájaros en los árboles, el sofá
del rellano, los niños despiertos, Charles Tansley que los despertaba al dejar
caer los libros sobre el suelo... ah, no, esto se lo había inventado, lo de la
funda de gamuza del reloj que tenía Paul. ¿Cuál de estas cosas le contaría?
-Se han comprometido -dijo, mientras reanudaba
la labor-, Paul y Minta.
-Me lo había figurado -dijo él; no había mucho
más que decir. La mente de ella seguía de un lado a otro, de un lado a otro,
siguiendo la poesía; él se sentía todavía vigoroso, capaz, después de haber
leído lo del funeral de Steenie. Siguieron sentados en silencio. Luego ella se
dio cuenta de que quería que él le dijera algo.
Cualquier cosa, cualquier cosa, pensaba
mientras seguía tejiendo, cualquier cosa servirá.
-Qué bonito casarse con un hombre que guarda
el reloj en una funda de gamuza -dijo, pero ésta era la clase de broma que
sólo ellos compartían.
Resopló con desdén. Pensaba de este compromiso
lo que pensaba de todos los compromisos: que la chica valía demasiado para el
joven del que se tratara. Lentamente ella comenzó a pensar: ¿por qué querer
que se case la gente? ¿Cuál es el valor, el sentido de las cosas? (Las palabras
que se dijeran ahora serían la verdad.) Di algo, pensaba ella, con el único
deseo de escuchar la voz de él. Porque la sombra, aquella cosa que los incluía
a todos, comenzaba a cerrarse sobre ella de nuevo. Di algo, le suplicaba
mudamente, mientras lo miraba, como si le pidiera ayuda.
Él callaba, mientras movía la brújula de un
lado a otro suspendida de su cadena, mientras pensaba en las novelas de Scott
y en las novelas de Balzac. Pero a través de las paredes crepusculares de su
intimidad, porque estaban acercándose, involuntariamente, cada vez más juntos,
uno al lado del otro, ella sentía la mente de él como una mano que se alzara y
dejara su mente en sombras. Él estaba empezando, ahora que sus pensamientos
tomaban un rumbo que a él no le gustaba «pesimismo» lo llamaba él-, a tabalear
con los dedos; pero no dijo nada: se llevaba la mano a la frente, enredaba
con un rizo del cabello, lo dejaba.
-No acabas el calcetín esta noche, ¿no? -dijo
señalando la labor. Eso es lo que ella quería: la asperidad con la que su voz
la censuraba. Si dice que está mal ser pesimista, probablemente esté mal,
pensaba ella; seguro que el matrimonio saldrá bien.
-No -contestó, alisando el calcetín sobre la
rodilla-, no lo termino.
Entonces, ¿qué? Porque se daba cuenta de que
él se la había quedado mirando, pero había cambiado la forma de mirar. Quería
algo: quería algo difícil de cumplir para ella: quería que ella le dijera que
lo amaba. Eso no, no podía. Lo de hablar era mucho más fácil para él que para
ella. El sabía decir las cosas; ella, no. Era tan natural que él dijera las
cosas; luego, a saber por qué, a él no le gustaba esto, y se lo reprochaba a
ella. Decía que era una mujer sin corazón, que nunca le decía que lo amaba.
Pero no era eso, no era eso. Era sólo que ella no sabía expresar lo que sentía.
¿No se le habrían quedado migas en la chaqueta? ¿No podía ayudarle? Se levantó,
se acercó a la ventana, llevaba en las manos el calcetín de color castaño
rojizo, en parte para alejarse de él, en parte porque ahora no le importaba
contemplar, mientras él la miraba, el Faro. Porque sabía que él la había
seguido con la mirada, la miraba. Sabía también en qué pensaba. Estás más hermosa
que nunca. Se sintió muy hermosa. ¿No vas a decirme ni una vez siquiera que me
amas? Eso es lo que él estaba pensando, porque estaba nervioso, con lo de
Minta y su libro, y porque el día se acababa, y porque habían discutido por lo
del Faro. Pero no sabía hacerlo, no sabía decirlo. Entonces, sabiendo que él la
miraba, en lugar de decir nada, se dio la vuelta, con el calcetín, se quedó
mirándolo. Mientras lo miraba, comenzó a sonreír, porque aunque no había dicho
una palabra, él sabía, claro que lo sabía, que ella lo amaba. No podía negarlo.
Sin dejar de sonreír, miró por la ventana, y dijo (pensando para sí, No hay
nada en la tierra semejante a esta felicidad...):
-Sí, tenías razón. Mañana lloverá -no llegó a
decirlo, pero él lo sabía. Lo miró
sonriendo. Porque ella había vuelto a triunfar.
II
PASA EL
TIEMPO
1
-Habrá que esperar a ver
qué trae el futuro -dijo Mr. Bankes, que
venía de la tenaza.
-Casi no se puede ver de
oscuro que está -dijo Andrew, que llegaba de la playa.
-Casi no se distingue la
tierra del mar -dijo Prue.
-¿Dejamos encendida la
luz? -dijo Lily mientras se quitaban los abrigos en el interior.
-No -dijo Prue-, no si
estamos todos.
-Andrew -gritó Lily-,
apaga la luz del recibidor.
Una tras otra se apagaron
todas las luces, excepto la de Mr. Carmichael, a quien le gustaba quedarse
despierto un buen rato, leyendo a Virgilio, y cuya vela seguía ardiendo un rato
después de que las demás se hubieran apagado.
2
Cuando todas las velas se
hubieron apagado, la luna se ocultó, y con el tabaleo de una lluvia muy fina
sobre el tejado descendió una inmensa oscuridad. Nada, se diría, podría
sobrevivir a esta inundación, a esta profusión de oscuridad que,
introduciéndose por los ojos de cerraduras y grietas, por debajo de las
persianas, penetraba en los dormitorios, se tragaba aquí una jarra con su
palangana; allí, un jarrón de dalias amarillas; y más allá, las nítidas aristas
y la mole de una cómoda. No sólo eran los muebles los que se disolvían; apenas
quedaba nada, mente o carne, de lo que pudiera decirse: «Esto es ella», o «Esto
es él». A veces se alzaba una mano, como si fuera a agarrar algo, o a
protegerse de algo, o alguien gruñía, o alguien se reía en voz alta, como si
compartiera algún chiste con la nada.
Nada se movía en el
salón, ni en el comedor, ni en la escalera. Sólo atravesando los goznes
oxidados, y por entre la hinchada madera, húmeda del mar, ciertos aires,
separados del cuerpo de los vientos (la casa, después de todo, estaba deteriorada),
sorteaban las esquinas, y se aventuraban a entrar. Casi podían verse con la
ayuda de la imaginación, entrando en el salón, preguntando, admirándose de
todo, jugando con el desprendido papel de la pared, preguntándose ¿durará
mucho?, ¿cuándo se caerá? Casi podían verse rozando delicadamente las paredes,
meditando mientras pasaban, como si se preguntaran si las rosas rojas y
amarillas del papel se marchitarían, y preguntándose también (con calma, disponían
de mucho tiempo) por las cartas rotas de la papelera, por las flores, por los
libros, todos abiertos para ellos, que acaso se preguntarían a su vez: ¿Son
aliados estos vientos? ¿Son enemigos? ¿Cuánto tiempo resistirían el
sufrimiento?
Guiaba estos vientos
alguna luz fortuita de cualquier estrella que luciera de repente, o la luz de
un barco errante, o del Faro incluso, cuya pálida huella caía sobre la escalera
y la estera; y la luz hacía subir las escaleras a los vientecillos, que
investigaban en las puertas de los dormitorios. Pero seguro que ahí tenían que
detenerse. Aunque todo lo demás pereciera y desapareciera, aquí había algo
permanente. Aquí se les podría decir a esas luces escurridizas, a esos aires
torpes, que alientan y se ciernen sobre las propias camas, aquí hay algo que no
podéis tocar ni destruir. Tras de lo cual, cansados, fantasmales, como con
dedos de pluma, y con la delicada insistencia de las plumas, mirarían una sola
vez a los ojos cerrados, a los dedos apenas flexionados, se recogerían la ropa,
y, cansados, desaparecerían. Así, investigando, rozando todo, llegaban hasta la
ventana del rellano, hasta los dormitorios del servicio, hasta los cuartos del
ático; descendían, descoloraban las manzanas de la mesa del comedor, se enredaban
con los pétalos de las rosas, juzgaban el dibujo del caballete, rozaban la
estera, y traían un soplo de arena al suelo. Al cabo, desistían a la vez, y
cesaban de moverse a la vez, suspiraban a la vez, y, a la vez, exhalaban su
suspiro de queja carente de sentido, al que contestaba la puerta de la cocina,
que se abría de par en par, para dar paso a la nada, dando un portazo.
[Aquí, Mr. Carmichael,
que leía a Virgilio, apagaba la vela. Era más de media noche.]
3
Pero, después de todo,
¿qué es una noche? Un espacio muy breve, especialmente cuando oscurece tan
temprano, y muy pronto comienzan a cantar los pájaros, los gallos, o a
encenderse un débil color verde, o es una hoja la que se da la vuelta en el
seno de la ola. La noche, sin embargo, sigue a la noche. El invierno tiene una
baraja de noches, y las reparte con justicia, todas iguales; reparte con dedos
incansables. Las hay largas y cerradas. Algunas exhiben en lo alto claros
planetas, platos brillantes. Los árboles del otoño, expoliados, reciben el
reflejo de las deterioradas baldosas que se hallan en los sombríos y fríos
nichos de la catedral donde letras de oro sobre páginas de mármol describen
las muertes en la batalla, y describen cómo blanquean y arden unos huesos allá
lejos, en los desiertos de la India. Los árboles del otoño brillan bajo la luna
amarilla, la luz de la luna del equinoccio, la luz que alegra el esfuerzo del
trabajo, que pule el rastrojo, que obliga a las olas a lamer la orilla.
Parecía como si,
conmovida por el dolor humano, y por sus fatigas, la divina bondad hubiese
descorrido una cortina, y hubiese aparecido tras ella, única, clara, una liebre
erguida; o bien la ola que rompe, o la barca que se mece; todas ellas son cosas
que, si lo mereciéramos, deberían ser nuestras para siempre. Pero, ay, la
divina bondad tira del cordón y corre la cortina; no le agrada; oculta sus
tesoros con un diluvio de granizo, y tanto los rompe y confunde que parece
imposible que puedan regresar a la calma, o que podamos recomponer con los
fragmentos un todo perfecto, o que leamos en esos fragmentos, arrojadas con los
desperdicios, las claras palabras de la verdad. Nuestro dolor merece sólo una
visión fugaz; nuestras fatigas, una tregua.
Las noches están ahora
llenas de viento y destrucción, los árboles se hunden y se doblan, y las hojas
vuelan en un remolino hasta que ocultan la hierba, y obstruyen las alcantarillas,
y taponan los desagües, y cubren los húmedos senderos. También la mar se agita
y se mueve, y si el que duerme se imaginara que podría hallar respuesta a sus
preguntas en la playa, y compañía para su soledad, y apartara las ropas, y bajase
a pasear por la arena de la playa, ninguna imagen acudiría en su ayuda con
prontitud para reducir la noche a orden, y para hacer que el mundo reprodujera
la brújula del alma. La mano se esfuma en su mano, la voz ruge en sus oídos.
Casi sería inútil en semejante confusión hacerle preguntas a la noche sobre el
qué y el porqué y el de qué, preguntas cuyas respuestas tientan a quien duerme
en la cama.
[Mr. Ramsay
trastrabillando por un pasillo extendía los brazos una oscura mañana, pero Mrs.
Ramsay había muerto de repente la noche anterior. Nadie recibía su abrazo.]
4
De forma que irrumpían
esos aires perdidos en la casa vacía; las puertas estaban cerradas; y los
colchones, recogidos; los aires eran la vanguardia de ejércitos poderosos;
rozaban los desnudos aparadores, mordisqueaban, abanicaban, no hallaban en los
dormitorios ni en el salón nada que los detuviera, sólo papeles desprendidos
que se movían, madera que rechinaba, las desnudas patas de las mesas, platillos
y porcelana sucia, deslucida, desportillada. Lo único que conservaba forma
humana era lo que habían abandonado, lo que habían dejado: un par de zapatos,
un sombrero de caza, ajados abrigos y faldas en los armarios; y su vaciado
indicaba que en otros tiempos estuvieron habitados y llenos de vida: que hubo
manos que se afanaron en los corchetes y botones; que el espejo había
reflejado una cara; que había contenido un mundo que ahí se abría, en el que
giraba una figura, se movía con rapidez una mano, se abría la puerta, entraban
aprisa los niños tropezando, volvían a salir. Ahora, un día tras otro, la luz
devolvía, como flor que se reflejara en el agua, su clara imagen en la pared de
enfrente. Sólo las sombras de los árboles, que florecían en el viento,
presentaban sus respetos sobre la pared, y durante un fugaz momento ensombrecían
el charquito en el que se reflejaba la propia luz; o los pájaros, al volar,
hacían que cruzara lentamente el suelo del dormitorio una delicada manchita.
Reinaban el amor y la
quietud, y juntos componían la propia imagen del amor, una imagen despojada de
vida; solitaria como un charco al atardecer, lejano, visto desde la ventana
de un tren, y que tan aprisa se desvanecía que, blanco de crepúsculo, aunque se
le llegase a ver, apenas era despojado de su soledad. El amor y la quietud se
daban la mano en el dormitorio; y, entre jarras cubiertas y sillones
enfundados, ni siquiera turbaban aquella paz la impertinencia del viento o la
húmeda nariz de los aires marinos, que rozaban, olisqueaban, repetían,
reiteraban las preguntas -«¿Desaparecéis?, ¿morís?»-; tampoco turbaban la
indiferencia, el aire de pura integridad, como si las preguntas que hacían
apenas exigieran respuesta de ellos: nos quedamos.
Nada, al parecer, podía
romper aquella imagen, corromper aquella inocencia, o turbar el inestable manto
de silencio que, una semana tras otra, en la habitación vacía, se entretejía
con los tenues trinos de los pájaros, con las sirenas de los barcos, con el
murmullo y zumbido de los campos que envolvían la silenciosa casa: el ladrido
de un perro, el grito de un hombre. Sólo una vez una tabla cayó en el rellano,
en medio de la noche, con estruendo, con desgarro; como, tras siglos de
quietud, se desgaja una piedra del monte, y se arroja rodando ruidosamente al
valle; un pliegue del chal se había desprendido y se movía de un lado a otro.
Luego regresó la paz, se estremecieron las sombras; y la luz de nuevo se inclinaba
para adorarse a sí misma en la pared de la habitación, cuando he aquí que Mrs.
McNab, tras rasgar el velo del silencio con manos que habían frecuentado la
tabla de fregar, lo hizo trizas con zapatos que rechinaban sobre la gravilla;
venía, como le habían ordenado, a abrir las ventanas, y a limpiar el polvo de
las habitaciones.
5
Cantaba mientras se
bamboleaba (porque se movía como un barco en la mar) y miraba con enfado de
reojo (no miraba de frente, sino de reojo, con una mirada que censuraba el
desdén y la ira del mundo: era una ignorante, lo sabía), mientras se agarraba
a la balaustrada, y subía con fatiga las escaleras, y mientras pasaba de una
habitación a otra; cantaba. Frotaba el vidrio del espejo grande; y seguía
mirando de reojo, enfadada, su figura que se movía de un lado a otro; de sus labios
salía un sonido: algo que había sido alegre veinte años antes, acaso sobre los
escenarios, que se había tarareado, y se había bailado, pero ahora, que
procedía de la desdentada mujer de la limpieza con su gorrito, había sido
despojado de todo significado: era como la voz de un humor ignorante,
persistente, pisoteado, pero erguido de nuevo; de forma que mientras se movía
de un lado a otro, al limpiar el polvo, al fregar, parecía decir que la vida
consistía en una única y prolongada tristeza, que todo se reducía a levantarse
y acostarse, a sacar cosas y guardarlas. No era un mundo cómodo ni fácil, bien
que lo conocía desde hacía setenta años. Estaba vencida de cansancio. ¿Cuánto
tiempo...?, se preguntaba, dolorida, gruñendo, de rodillas, bajo la cama,
limpiando el polvo de los muebles, ¿cuánto tiempo durará esto? Pero al momento
se ponía de nuevo en pie con torpes movimientos, cogía fuerza, y de nuevo con
la mirada de reojo, que se desviaba de sus propios ojos e incluso de su cara,
y de sus penas, se erguía y se miraba en el espejo, sonriendo sin motivo, y
comenzaba de nuevo el cansado ir y venir, el trastrabillar: cogiendo esteras,
sacando la porcelana, mirando de reojo el espejo, como si, después de todo,
tuviera sus consuelos, como si se hubiera enredado en su elegía alguna
incorregible esperanza. Seguro que hubo momentos de felicidad ante la tabla de
lavar, con sus hijos (aunque dos habían sido naturales, y uno la había
abandonado), en el bar, bebiendo, rebuscando en los cajones. Debe de haber
habido alguna fisura en la oscuridad, algún venero en la profundidad de la
oscuridad con luz suficiente para desfigurar su cara sonriente en el espejo, y
hacer, de vuelta al trabajo, que musitara una vieja canción de music hall.
Mientras tanto el místico y el visionario paseaban por la playa, removían un
charco, miraban una piedra, se preguntaban: «<Qué soy?» «<Qué es esto?»
De repente recibían una respuesta (aunque no sabían cuál era): de manera que
había calor en su hielo, y comodidad en su desierto. Pero Mrs. McNab continuaba
bebiendo y cotilleando como siempre.
6
La primavera, a la que no
le quedaba una hoja por echar, desnuda y deslumbrante como una virgen que
defendiera su castidad, desdeñosa a causa de su pureza, se había posado sobre
la campiña con los ojos abiertos y vigilante sin cuidarse de lo que hicieran o
pensaran los que miraban.
[Prue Ramsay, del brazo
de su padre, se había casado ese mayo. ¿Qué más apropiado?, decía la gente. Y
agregaban: ¡Qué hermosa estaba!]
Al acercarse el verano,
al alargarse las tardes, imaginaciones de la más extraña clase visitaban a los
despiertos, a los esperanzados que paseaban por la playa, que turbaban la calma
del charco: carne que se convertía en átomos que se llevaba el viento,
estrellas que rutilaban en sus corazones, acantilados, mar, nube y cielo
reunidos intencionadamente para asociar exteriormente las partes desperdigadas
de la visión interior. En esos espejos -las mentes de los hombres-, en esos charcos de aguas inquietas, donde las
nubes se mueven de forma incesante, y se forman las sombras, persistían los
sueños, y era imposible oponerse a la extraña insinuación que cada gaviota,
árbol, hombre y mujer y aun la blanca tierra parecían manifestar (pero lo
retirarían si se les preguntaba una sola vez): que el bien triunfa, que
prevalece la felicidad, que reina el orden; u oponerse al extraño impulso de
querer ir de un lado a otro en busca del bien absoluto, de algún cristal
precioso, lejos de los placeres conocidos y de las virtudes familiares, algo
ajeno a los procesos de la vida hogareña, único, duro, luciente, como un
diamante en la arena, que volviera confiado a su posesor. Más aún, velada y
complaciente, la primavera, con sus abejas zumbando, con los mosquitos
danzando, se ceñía su túnica, velaba sus propios ojos, desviaba la mirada, y
entre sombras pasajeras y el vuelo de la menuda lluvia parecía poseer un
conocimiento completo de las penas de la humanidad.
[Prue Ramsay murió
durante el verano de alguna enfermedad relacionada con el parto, lo cual, en
verdad, fue una tragedia, dijeron. Decían que nadie merecía más la felicidad.]
Ahora, con el calor del
verano, el viento enviaba sus espías de nuevo a la casa. Las moscas tejían una
tela en las soleadas habitaciones; las hierbas, que habían crecido durante la
noche hasta el cristal, llamaban al cristal de la ventana de forma
disciplinada. Cuando caía la oscuridad, el haz de luz del Faro, que con tanta
autoridad se había posado sobre la alfombra en la oscuridad, grabando un
dibujo, aparecía ahora, con la luz más delicada de la primavera, mezclado con
luz de luna, deslizándose con suavidad como si depositara sus caricias, y se
demorara de forma furtiva, y mirase y regresase amoroso. Pero mientras duraba
la canción de cuna de la propia caricia amorosa, mientras la larga luz del
Faro se posaba sobre la cama, la piedra se desgajaba; otro pliegue del chal se
desprendía, se quedaba colgando, se balanceaba. Durante las cortas noches de
verano, y durante los largos días de verano, cuando las habitaciones vacías
parecían resonar con los ecos del campo, y con el zumbido de las moscas, la
larga enseña se movía con delicadeza, se balanceaba inútil; mientras que el sol
decoraba con barras las habitaciones, y las llenaba de una calina amarilla, y
Mrs. McNab, cuando irrumpió balanceándose -quitaba el polvo, barría-, parecía
un pez tropical que nadara entre aguas atravesadas por los rayos del sol.
A pesar del sueño y el
sopor, por fin llegaban al final del verano los sonidos ominosos como golpes
calculados de martillos que cayeran sobre fieltro, que, con su repetido golpear,
terminaran por desprender aún más el chal, y por agrietar aún más las tazas de
porcelana. De vez en cuando tintineaba en la alacena algún vaso, como si una
voz de gigante hubiese chillado tanto en su agonía que las copas de alguna
alacena hubiesen vibrado también. Todo quedaba en silencio de
nuevo; y entonces, noche tras noche, y a veces a plena luz del mediodía,
cuando las rosas lucían, y la luz reflejaba su sombra en la tapia con nitidez,
parecía descender sobre este silencio, esta indiferencia, esta integridad, el
golpe sordo de algo que caía.
[Estalló una granada.
Murieron veinte o treinta jóvenes en Francia; entre ellos, Andrew Ramsay; su
muerte, misericordiosamente, fue instantánea.]
En esta estación del año,
quienes habían bajado a la playa a pasear y a preguntar a la mar y al cielo qué
mensaje enviaban, o qué visión confirmaban, tenían que considerar, entre las
muestras comunes de la bondad divina, la puesta de sol sobre la mar, la palidez
del crepúsculo, la salida de la luna, las barcas de pesca contra la luna, y los
niños tirándose unos a otros puñados de hierbas, si no había algo que disonara
en esta alegría, en esta serenidad. Estaba la silenciosa aparición del navío de
color ceniciento, por ejemplo: venía, se iba; había una mancha púrpura sobre
la delicada superficie de la mar, como si algo hubiera hervido y se hubiera
desangrado abajo, invisible, en el interior. Esta intromisión en una escena
pensada para promover las reflexiones más sublimes, para conducir a las más
placenteras conclusiones entorpecía sus pasos. Era difícil, si se era educado,
no prestarles atención, abolir su significación en el paisaje; era difícil
continuar, mientras se seguía paseando a la orilla de la mar, maravillándose
de cómo la belleza del exterior reflejaba la del interior.
¿Complementaba la
naturaleza los avances del hombre? ¿Concluía lo que había comenzado? Con la
complacencia con la que veía la miseria del hombre, disculpaba su mezquindad,
y cohonestaba su tortura. ¿Aquel sueño, pues, de compartir, de completar, de
hallar en la soledad de la playa una respuesta, no era sino una imagen en un
espejo?; y el propio espejo, ¿no sería sino una superficie pulida que se formase
obedeciendo los poderes más nobles que durmieran en su interior? Impacientes,
indecisos entre irse o quedarse (porque la belleza ofrece sus atractivos, sus
consuelos): pasear por la playa era imposible; la contemplación era
insoportable; el espejo estaba roto.
[Mr. Carmichael publicó
un libro de poemas en primavera, y tuvo un éxito sorprendente. La guerra,
decían, había reavivado el interés por la poesía.]
7
Una noche tras otra,
verano e invierno, el suplicio de las tormentas, la quietud de flecha del buen
tiempo, mantenían su diálogo sin interferencia. Atendiendo (si hubiera habido
alguien que escuchara) desde las habitaciones de arriba de la casa vacía podría
haberse escuchado sólo un gigantesco caos enhebrado de relámpagos, cayendo,
derribándose, mientras vientos y olas jugaban como bultos amorfos de Leviatanes
cuya frente careciese de la luz de la razón, que se subiesen los unos encima de
los otros, y alborotasen y se moviesen en la oscuridad o a plena luz del día
(porque noche y día, mes y año se precipitaban unos sobre otros en confusas
formas) dedicándose a juegos idiotas, hasta que tal parecía que todo el
universo luchase y se tambalease, en brutal confusión y en insolente e
inmotivada lascivia.
En primavera, los
jarrones del jardín, llenados al azar con plantas traídas por el viento,
estaban tan alegres como de costumbre. Hubo violetas y narcisos. Pero la
quietud y el resplandor del día eran tan extraños como el tumulto de la noche,
con los árboles ahí erguidos, y las flores, mirando ante ellos, mirando hacia
arriba, y sin ver nada, sin ojos, y tan terribles.
8
Creyendo que no hacía
nada malo, porque la familia no vendría, nunca más, y la casa la venderían para
San Miguel, Mrs. McNab se agachó para coger un ramo de flores, para llevárselo
a casa. Las dejó sobre la mesa mientras limpiaba el polvo. Le gustaban las
flores. Era una pena dejar que se marchitasen. Si se vendiese la casa (se
quedó en pie con los brazos en jarras ante el espejo), habría que cuidarla,
seguro. Todos estos años los había pasado sin una sola alma en ella. Los
libros y las cosas estaban mohosas, porque, con lo de la guerra, y lo difícil
que era conseguir ayuda de nadie, la casa no se había limpiado como a ella le
habría gustado. Hacían falta más fuerzas que las de una sola persona para
ponerla en orden. Ella era demasiado vieja. Le dolían las piernas. Habría
hecho falta poner los libros al sol, sobre la hierba; en el recibidor había
caído yeso; el canalón de desagüe de las lluvias se había obstruido sobre la
ventana del estudio, y había dejado entrar agua; la alfombra estaba
estropeada, mucho. Pero deberían haber venido, deberían haber enviado a
alguien. Porque había ropa en los armarios, habían dejado ropa en todos los
dormitorios. ¿Qué tenía que hacer con la ropa? Estaba apolillada: lo de Mrs.
Ramsay. ¡Pobre señora! ¡Nunca volvería a necesitar sus cosas! Había muerto, le
habían dicho; hacía algunos años, en Londres. Aquí estaba el viejo guardapolvo
gris que se ponía para trabajar en el jardín (Mrs. McNab lo tocó). Todavía la
veía, cuando venía por el camino con la colada, inclinada sobre las flores
(daba pena ver el jardín ahora, todo abandonado, y los conejos mirándote desde
los parterres); la veía con el guardapolvo, siempre con un niño. Había botas y
zapatos; y había un cepillo y un peine en el tocador, como si fuera a venir al
día siguiente. (Había muerto de forma repentina, dijeron.) Una vez iban a
venir, pero lo pospusieron, con lo de la guerra, y con lo difícil que era
viajar en aquellos momentos; sólo le mandaban el dinero; pero no escribían, no
venían, y querían encontrar las cosas como las habían dejado, ¡ah, sí! Los
cajones de las tocadores estaban llenos de cosas (los abría), pañuelos, cintas.
Sí, veía a Mrs. Ramsay cuando subía por el camino con la colada.
«Buenas tardes, Mrs.
McNab», solía decir.
La trataba bien. Les caía
bien a las niñas. Pero, sí, habían cambiado muchas cosas desde entonces (cerró
el cajón); muchas familias habían perdido a sus seres más queridos. Ella había
muerto; a Mr. Andrew lo habían matado; Miss Prue también había muerto, decían,
al dar a luz; pero todo el mundo había perdido a alguien durante estos años.
Los precios habían subido de una forma lamentable, y no bajaban. Sí que la
veía todavía con aquel guardapolvo gris.
«Buenas tardes, Mrs.
McNab», saludaba, y le decía a la cocinera que le ofreciese un tazón de leche,
se daba cuenta de que lo necesitaba, cargada con la pesada bolsa por toda la
cuesta desde el pueblo. Todavía la veía, inclinada entre las flores (y cruzaba
las paredes del dormitorio, el tocador, el lavabo, desvaída e intermitente,
como un rayo amarillo o el círculo al final del telescopio, una dama con un
guardapolvo gris, inclinada entre las flores, y Mrs. McNab trastrabillaba y se
movía mientras quitaba el polvo, mientras ordenaba las cosas).
¿Cómo se llamaba la
cocinera? ¿Mildred? ¿Manan?: algo parecido. Ay, se le había olvidado: cómo se
le olvidaban las cosas. Temperamental, como todas las pelirrojas. Mucho se
habían reído juntas. Siempre era bien recibida en la cocina. Les hacía reír,
vaya que sí. Las cosas estaban mejor entonces que ahora.
Suspiró: demasiado
trabajó para una sola mujer. Movía la cabeza hacia acá, hacia allá. Este era el
cuarto de los niños, pero, estaba húmedo, vaya, se caía la pintura. ¿Por qué
colgaron el cráneo de ese animal ahí?, también estaba mohoso. Había ratas en
el ático. Había goteras. Pero no hacían nada, no venían. Algunas cerraduras se
habían estropeado, las puertas no encajaban. No le gustaría quedarse sola aquí
al anochecer. Demasiado para una mujer, demasiado, demasiado. Se quejaba,
gruñía. Dio un portazo. Introdujo la llave en la cerradura, cerró, se fue tras
haber cerrado, dejó sola la casa.
9
La casa se quedó sola,
desierta. Se quedaba como una concha en una duna de la playa: para llenarse de
granitos de sal secos, ahora que la había abandonado la vida. Parecía que
hubiera descendido una prolongada noche: los aires enredadores, juguetones,
los aires con olor a marisma, inquietos, parecían haber triunfado. La cazuela
estaba oxidada, la estera estaba deteriorada. Habían entrado sapos.
Perezosamente, sin propósito definido, el chal se movía a un lado y a otro. Un
cardo se había alojado entre las tejas de la despensa. Las golondrinas anidaban
en el salón, el suelo estaba sembrado de paja, el yeso se caía a puñados, se
veían las vigas, las ratas se llevaban esto o aquello para roerlo tras los
zócalos. De las crisálidas nacían mariposas Vanesa (pavón diurna) que agitaban
su vida contra el cristal de la ventana. Las amapolas se sembraban solas entre
las dalias; en el césped ondeaban las altas hierbas; sobresalían alcachofas
gigantes por encima de las rosas; un clavel reventón florecía entre los
repollos; mientras que el delicado golpear de una hierba contra la ventana se
había convertido, en las noches de invierno, en un repicar de sólidos árboles y
espinosos brezos que volvían verde la habitación en verano.
¿Qué fuerza podría
oponerse a la fertilidad, a la insensibilidad de la naturaleza? ¿El recuerdo
de Mrs. McNab acerca de una dama, de un niño, de un tazón de leche? Había temblado
sobre las paredes como el reflejo de una luz, y había desaparecido. Había
cerrado la puerta con llave, y se había ido. Era superior a las fuerzas de una
sola mujer, había dicho. Nunca venían. Nunca escribían. Había cosas que se
pudrían en los cajones: era una verdadera pena dejarlo así, decía. La casa se
había echado a perder. Sólo el rayo del Faro entraba en las habitaciones
brevemente, enviaba su mirada fija sobre la cama y la pared en la oscuridad del
invierno, miraba con ecuanimidad el cardo y la golondrina, la rata y la paja.
Nada los detenía ahora, nada les decía que no. Que soplase el viento, que la
amapola brotase donde quisiera, que el clavel confraternizase con el repollo.
Que la golondrina anidase en el salón, y que el cardo desplazase las tejas, y
que las mariposas tomasen el sol sobre la ajada cretona de los sillones. Que
los vasos y la porcelana rotos terminen en el césped para que se enreden en
ellos la hierba y las bayas silvestres.
Porque había llegado el
momento, esa duda en la que el crepúsculo tiembla y la noche hace una pausa,
cuando una pluma sobre un platillo inclina la balanza. Una pluma tan sólo, y la
casa, hundiéndose, cayéndose, se habría vencido y se habría precipitado en la
más profunda oscuridad. En la habitación destruida, habrían acampado los
excursionistas con sus cazos, los amantes habrían buscado refugio en ella, el
pastor habría guardado el almuerzo entre ladrillos, y el vagabundo se habría
envuelto en su abrigo para protegerse del frío cuando durmiera. Después se
habría hundido el tejado; los brezos y la cicuta habrían borrado el sendero,
los escalones y las ventanas; habrían crecido, de forma desigual, pero
lujuriosamente, sobre el montículo, hasta que algún intruso, que se hubiera
extraviado, hubiera podido decir por una liliácea como una barra al rojo vivo
entre ortigas, o un trozo de porcelana entre la cicuta, que ahí había vivido
alguien, que ahí había habido una casa.
Si la pluma hubiera
caído, si hubiera vencido la balanza hacia abajo, toda la casa hubiera caído
hasta lo más profundo para hundirse en las arenas del olvido. Pero había allí
una fuerza, algo no muy consciente, algo que miraba de reojo, algo que se movía
de un lado a otro, algo que no había sido estimulado a trabajar con rituales
muy dignos ni con cánticos solemnes. Mrs. McNab gruñía, Mrs. Bast refunfuñaba.
Eran viejas, estaban entumecidas, les dolían las piernas. Por fin llegaron con
escobas y cubos, se pusieron a trabajar. De repente, ¿podría Mrs. McNab
arreglar la casa?, una de las jóvenes había escrito. ¿Podría hacer esto?,
¿podría hacer aquello?, todo aprisa. Pudiera ser que vinieran en verano,
habían dejado todo para el final, y esperaban hallar todo como lo habían
dejado. Lenta y penosamente, con cubo y escoba, barriendo, sacudiendo, Mrs.
McNab, Mrs. Bast, detuvieron el avance de la decadencia y la podredumbre;
rescataban del charco del Tiempo, que amenazaba con engullirlos, ya una
palangana, ya una alacena; por la mañana rescataban del olvido todo el ciclo
de novelas de Waverley y un juego de té; por la tarde restituían al sol y al
aire una badila de latón y un juego de morillos de hierro. George, el hijo de
Mrs. Bast, cazaba las ratas y cortaba la hierba. Había albañiles. Escoltado
por los chirridos de los goznes, por el rechinar de las cerraduras, por los
golpes y portazos de maderas hinchadas por la humedad, llegaba un laborioso y
oxidado nacimiento; mientras las mujeres, inclinándose, levantándose,
gruñendo, cantando, daban portazos y golpes, en el piso de arriba, en las
bodegas. ¡Ay, decían, qué trabajo!
A veces tomaban el té en
el dormitorio, o en el estudio; dejaban el trabajo a mediodía, con las caras
sucias, y con las viejas manos, deformes, agarradas a los mangos de las escobas.
Sentadas en los sillones, contemplaban la magnífica conquista de grifos y
bañera, y el triunfo más laborioso, más parcial, contra las largas hileras de
libros, antaño negros como ala de cuervo, manchados de blanco ahora, criando en
secreto pálidos hongos, secretando furtivas arañas. Una vez más, al sentir el
té caliente, se ajustó el telescopio por sí solo a los ojos de Mrs. McNab, y en
medio de un círculo de luz pudo ver al viejo caballero, flaco como un palillo,
moviendo la cabeza, cuando ella venía del lavadero, hablando solo, pensaba
ella, en el jardín. Nunca se fijaba él en ella. Habían dicho que había muerto;
otros, que era ella. ¿Quién sería? Mrs. Bast tampoco estaba segura. El joven
caballero sí que había muerto. Eso era seguro. Había leído el nombre en los
periódicos.
Ahora aparecía la
cocinera, Mildred, Marian, o un nombre parecido: pelirroja, con mucho
carácter, como todas las pelirrojas, pero amable, si sabías tratarla. Mucho se
habían reído juntas. Siempre le daba un tazón de leche para Maggie; algo de
jamón; lo que hubiera quedado. Vivían bien en aquella época. Tenían todo lo que
querían (con facilidad, jovial, tras haber bebido el té caliente, desenredaba
la madeja de los recuerdos, sentada en el sillón de mimbre, junto al
guardafuegos del cuarto de juegos). Siempre había mucho trabajo, mucha gente en
casa; a veces, veinte; y había que quedarse fregando hasta más de media noche.
Mrs. Bast (no había
llegado a conocerlos, en aquella época vivía en Glasgow) se preguntaba,
mientras dejaba la taza, que para qué demonios habrían colgado allí aquel
cráneo. Lo habían cazado en el extranjero, sin duda.
Bien podría ser, dijo
Mrs. McNab, presumiendo con sus recuerdos: tenían amigos en Oriente; había
caballeros que venían a visitarlos, damas que se vestían con traje de noche;
una vez los había visto a todos sentados para la cena. Se atrevía a decir que
eran unos veinte, ellas con todas las joyas; y le pidió que se quedara para
ayudar a fregar, pudiera ser que hasta más de la media noche.
Ay, decía Mrs. Bast, van
a hallarlo muy cambiado. Se inclinó sobre la ventana. Contempló a su hijo
George que segaba la hierba con la guadaña. Bien podrían preguntarse, ¿qué
había pasado?, al darse cuenta de que el bueno de Kennedy debería haberse
encargado de ello, pero se le había quedado una pierna mal desde que se cayó
del carro; y quizá nadie lo cuidó durante un año, o casi un año; y luego
estuvo Davie McDonald, y se enviaron semillas, pero ¿llegaron a sembrarse? Lo
hallarían muy cambiado.
Observaba cómo movía la
guadaña su hijo. Trabajaba bien, era callado. Bueno, tenían que seguir con las
alacenas, pensó. Se levantaron.
Por fin, tras varios días
de trabajo en el interior, de podar y excavar en el exterior, sacudieron los
polveros en las ventanas, se cerraron las ventanas, se cerraron todas las
llaves en la casa, dieron un portazo en la entrada: habían terminado.
Ahora, como si el limpiar
y el frotar y el segar la hubieran sofocado, se podía entreoír una melodía, esa
música intermitente que el oído recobra y pierde de forma constante: un ladrido,
un balido, el zumbido de un insecto, el temblor de la hierba cortada; algo
aislado, pero identificable: el chirrido de un escarabajo, el rechinar de una
rueda, altos o bajos, pero misteriosamente relacionados; cosas que el oído se
esfuerza en juntar, y está siempre a punto de conseguir que agonicen, pero
nunca se oyen bien del todo, nunca armonizan plenamente, y finalmente, al
atardecer, los sonidos cesan uno tras otro, se quiebra la armonía, y cae el
silencio. Con el crepúsculo se perdía la intensidad, y como niebla que se
levantara, se alzó el silencio, se extendió el silencio, se calmó el viento;
confiadamente, el mundo se preparaba para dormir, oscuramente, sin luz,
excepto la luz de color verde que se filtraba entre la enramada, o la luz
pálida de las flores blancas de la ventana.
[Lily Briscoe y su
equipaje llegaron una tarde de finales de septiembre. Mr. Carmichael vino en el
mismo tren.]
10
Por fin había llegado la
paz. Llegaban mensajes de paz desde la mar hasta la costa. Prometían no
interrumpir el sueño nunca jamás, acunarla más profundamente en el sueño del
descanso, y fuera lo que fuera lo que los soñadores soñaran, santa, sabiamente,
para confirmar... -algo más susurraba-; mientras tanto Lily Briscoe reclinaba
la cabeza sobre la almohada en la habitación clara y limpia, escuchaba la mar.
Por la ventana abierta de la habitación entraba el murmullo de la voz de la
belleza del mundo, demasiado delicadamente para oír con exactitud lo que
decía, pero ¿qué importaba si el sentido era evidente?, y decía con insistencia
a los durmientes (la casa estaba llena de nuevo, también había venido Mrs.
Beckwith, y Mr. Carmichael) que si de verdad no querían bajar a la playa,
podrían al menos levantar la persiana para asomarse a mirar. Verían, si lo
hicieran, cómo se extendía la noche de color púrpura, con la cabeza coronada,
con el enjoyado cetro, y a qué se parecería un niño que se reflejara en sus
ojos. Y si todavía dudaban (Lily estaba cansada del viaje, y casi se durmió al
momento, pero Mr. Carmichael leía un libro a la luz de las velas), si todavía
decían no, que era vapor ese esplendor suyo, y que el rocío tenía más poder que
ella, y seguían prefiriendo el sueño, pues entonces, con delicadeza, sin queja
alguna, la voz cantaría su canción. Con delicadeza rompían las olas (Lily las
oía en sueños), con suavidad caía la luz (parecía atravesarle a ella los
párpados). Todo parecía, pensaba Mr. Carmichael, mientras cerraba el libro, y
se dormía, igual que hacía muchos años.
A decir verdad, la voz
podría volver a preguntar, mientras las cortinas de la oscuridad se corrían
sobre la casa, sobre Mrs. Beckwith, Mr. Carmichael y Lily Briscoe, de forma que
arroparan los ojos de éstos varios pliegues de oscuridad: ¿por qué no aceptar
esto, contentarse con ello, someterse, ceder? El suspiro de todos los mares
rompiendo ordenadamente en tomo a las islas los tranquilizaba, la noche los
envolvía, nada interrumpiría su sueño hasta que comenzaran los pájaros y el
alba a entretejer sus tenues voces en medio de la blancura; hasta que el
rechinar de un carro, el ladrido de un perro en alguna parte, rompieran el velo
de sus ojos. Lily Briscoe, estirándose en sueños, se agarró a las mantas, como
el que cae se agarra a una mata al borde de un acantilado. Abrió los ojos de
par en par. Aquí estaba una vez más, pensó, sentada en la cama. Despierta.
III
EL FARO
1
¿Que significa, qué puede querer decir todo
esto?, se decía Lily Briscoe, preguntándose si, al haberla dejado sola, debía
acercarse a la cocina a coger otra taza de té, o si debía esperar donde estaba,
¿Qué significa?, estas palabras eran un reclamo, cogidas de algún libro,
encajaban entre sus pensamientos vagamente, porque no podía, esta primera
mañana con los Ramsay, poner en orden sus sentimientos, sólo podía hacer que
esta frase resonase en el vacío de su mente hasta que estos vapores se
hubieran desvanecido. Porque, de verdad, ¿qué es lo que sentía al haber
regresado tras todos estos años?, ¿tras la muerte de Mrs. Ramsay? Nada, nada,
nada que supiera expresar.
Ayer era todo misterioso y oscuro cuando llegó, era tarde. Ahora estaba
despierta, en el lugar de siempre en la mesa de desayuno, pero sola. Era muy
pronto, aún no eran las ocho. Estaba lo de la excursión: iban a ir al Faro: Mr. Ramsay, Cam y James. Deberían haber salido ya, tenían que aprovechar
la marea o algo así. Pero Cam no estaba, james no estaba, y a Nancy se le había
olvidado encargar unos emparedados; Mr. Ramsay se había enfadado y había dado
un portazo.
«¡Ya no podemos ir!», había exclamado con ira.
Nancy había desaparecido. Ahí estaba, yendo de
un lado a otro de la terraza, encolerizado. Parecían oírse portazos y voces por
toda la casa. Ahora entraba Nancy de repente, y preguntaba, buscando por la
habitación, medio desesperada, medio enloquecida: «¿Qué suele enviarse al
Faro?», como si se impusiera la obligación de hacer algo que sabía que nunca
sería capaz de hacer.
A decir verdad, ¿qué es lo que solía enviarse
al Faro? En cualquier otro momento habría sido sensato que Lily
hubiera sugerido té, tabaco, periódicos. Pero esta mañana, todo, ante la
pregunta de Nancy, parecía muy extraño -¿Qué hay que enviar al Faro?-; la
pregunta abría nuevas puertas en la mente de cada uno, y las puertas no dejaban
de dar portazos, de abrirse y cerrase; y obligaban a todos a preguntarse sin cesar,
con asombro, con la boca abierta: ¿Qué se envía? ¿Qué se hace? Y, en fin: ¿Qué
hace uno aquí?
Sentada sola (porque Nancy había vuelto a
salir), ante las limpias tazas sobre la larga mesa, se sintió separada del
resto de la gente, y sólo podía seguir mirando, preguntando, asombrándose. La
casa, el lugar, la mañana, todo le parecía desconocido. No se sentía
vinculada, sentía que, al no reconocer ningún lazo, cualquier cosa podría
suceder, y sucediera lo que sucediera, una pisada afuera, una voz que se oyese
(«No está en la alacena, está en el rellano», gritaba alguien), era una
interrogación más, como si el eslabón que habitualmente mantuviese juntas las
cosas se hubiera cortado, y flotara todo por aquí, por allá, por todas partes.
Qué inútil era todo, qué caótico, qué irreal, pensaba, mientras sus ojos se
fijaban en la taza de café. Mrs. Ramsay muerta, Andrew cayó en la guerra, Prue
también muerta... lo repitiera como lo repitiera, no despertaba nada de esto
ningún sentimiento en ella. Aquí estamos todos juntos en una casa como ésta, en
una mañana como ésta, decía, asomándose a la ventana: era un día apacible y
hermoso.
De repente Mr. Ramsay levantó la mirada al
pasar ante ella, y se quedó mirándola fijamente, con ojos de loco, extraviados,
pero penetrantes, como si te viera, durante un segundo, por vez primera, pero
como si la mirada fuera para siempre; ella fingió que bebía de la taza vacía,
para eludirlo, para eludir sus exigencias, para dejar a un lado, de momento,
aquella necesidad imperiosa. Movió la cabeza ante ella, y echó a caminar («a
solas», le oyó decir. «Morí», le oyó decir), y, como todo lo
demás en esta extraña mañana, las palabras se convirtieron en símbolos, se
escribieron solas sobre las tapias verdegrises. Si pudieran ponerse juntas,
pensó, concertarse en una frase, entonces habría llegado a la verdad de las
cosas. El bueno de Mr. Carmichael entró con pie silencioso, cogió el café, y
salió a tomarlo al sol. Esta extraordinaria irrealidad daba miedo, pero no
dejaba de ser emocionante. Ir al Faro. Pero ¿qué es lo que se envía al Faro?
Morí. A solas. La luz verdegrís en la tapia de enfrente. Las sillas vacías.
Éstas eran algunas de las piezas, pero ¿cómo reunirlas?, se preguntaba. Como
si cualquier interrupción pudiera destruir la frágil forma que construía sobre
la mesa, se volvió de espaldas a la ventana, no fuera que Mr. Ramsay la viera.
Tenía que escaparse, tenía que quedarse sola. De repente recordó. Hacía diez
años, se había sentado en el mismo sitio, y había un tallo o un ornamento de
hojas en el mantel, y se había quedado mirándolo en un momento de revelación.
Había un problema con el primer plano de un cuadro. Había que colocar el árbol
en el centro, se había dicho. Pero no había acabado aquel cuadro. ¿Dónde
estarían sus pinturas?, se preguntó. Las pinturas, sí. Las había dejado en el
recibidor la noche anterior. Empezaría ahora mismo. Se levantó aprisa, antes
de que Mr. Ramsay regresara.
Cogió una silla. Colocó el caballete en un
extremo del jardín con precisos movimientos de solterona, no demasiado cerca
de Mr. Carmichael, pero lo suficientemente cerca como para contar con su
protección. Sí, aquí es donde debió de estar hace diez años. Ahí están la
tapia, el seto, el árbol. El asunto era cómo relacionar estos volúmenes. No se
le había ido de la cabeza durante todos estos años. Parecía como si hubiera
dado con la solución: ahora sabía qué quería hacer.
Pero con Mr. Ramsay a punto de caer sobre
ella, no podía hacer nada. Cada vez que se acercaba -paseaba de un lado a otro
de la terraza-, se acercaba el desastre, se acercaba el caos. No podía pintar.
Se inclinaba, se daba la vuelta, cogía un trapo, cogía un tubo de pintura. Pero
todo lo que conseguía era alejarlo brevemente. Le impedía cualquier actividad.
Porque si le daba la menor oportunidad, si la veía desocupada, mirando a algún
sitio, se acercaba a ella, y le decía, como le había dicho la
noche anterior: «Hemos cambiado mucho.» La noche anterior se le había acercado,
se había quedado ante ella, y había dicho eso. Mudos y sorprendidos se habían
quedado todos, sentados, los seis niños a quienes solían poner apodos de los
reyes y reinas de Inglaterra -El Rojo, La Bella, La Malvada, El Despiadado-
callaban su ira. La buena de Mrs. Beckwith dijo algo sensato. Pero era una casa
de pasiones encontradas: así lo había sentido durante toda la velada. Y
encima de todo este caos, se acercaba Mr. Ramsay, le daba la mano, y le decía:
«Ya verá cuánto hemos cambiado.» Nadie se movió ni dijo nada; se habían quedado
allí como si se sintieran obligados a dejarle decir eso. Sólo James (El Hosco) miró ceñudo a la lámpara; Cam se enrollaba un pañuelo en torno a un
dedo. Entonces es cuando les recordó que iban a ir al Faro al día siguiente.
Tenían que estar preparados, en el recibidor, a las siete y media en punto. A
continuación, con la mano ya en el tirador de la puerta, se detuvo, se dirigió
a ellos: ¿No querían ir?, preguntó. Si se hubieran atrevido a decir que no (él
tenía algún motivo para desearlo), se habría arrojado de forma trágica a las
aguas de la desesperación. Tal era el talento que tenía para los gestos.
Parecía un rey en el exilio. James dijo que sí con insistencia. Cam se retrasó
con menos gracia. Sí, claro que sí, los dos estarían preparados, dijeron. Le
pareció a ella que esto sí que era la tragedia: no los crespones, el polvo y el
sudario; la coerción sobre los niños lo era, la sumisión de sus espíritus.
James tenía dieciséis años; Cam, diecisiete, quizá. Había levantado la mirada
buscando a alguien que no estaba allí, a Mrs. Ramsay, tal vez. Pero sólo estaba
la buena de Mrs. Beckwith, que se dedicaba a sus dibujos a la luz de la
lámpara. De forma que, como estaba cansada, y su mente aún se mecía con el
ritmo de la mar, el sabor y el olor de los lugares que han estado largo tiempo
deshabitados se apoderó de ella; las velas temblaban; se sintió libre de
repente, bajó. Era una noche hermosa, las estrellas brillaban, las olas se oían
cuando subió la escalera; la luna los sorprendió, enorme, pálida, cuando
pasaban ante la ventana del rellano. Se había dormido al momento.
Puso el lienzo con decisión sobre el
caballete, como si fuera una barrera, frágil, pero lo bastante buena como para
defenderse de Mr. Ramsay y de sus exigencias. Hacía lo que podía, cuando él
estaba de espaldas, para mirar el cuadro; aquí, la línea; allí, el volumen.
Pero no había manera. Que se vaya a una distancia de cincuenta pies, que no te
hable, que no te vea; aun así, se filtraba, prevalecía, lograba imponerse. Todo
lo cambiaba. No podía ver el color, no podía ver las líneas; incluso de
espaldas, lo único que podía hacer era decirse: Dentro de poco lo tendré aquí,
pidiéndome... algo que sabía que ella no podía darle. Rechazaba un pincel,
elegía otro. ¿Cuándo vendrán los chicos? ¿Cuándo se irán todos? Se movía
nerviosa. Este hombre, pensaba, cada vez más enfadada, nunca ha dado, siempre
recibe. Ella, por su parte, se vería obligada a ofrecer. Mrs. Ramsay había
dado. Dar, dar, dar. Por eso había muerto, sólo así había podido dejar todo
esto. En verdad, estaba enfadada con Mrs. Ramsay. Con el pincel temblando
levemente entre los dedos, miró hacia el seto, el escalón, la tapia. Todo era
obra de Mrs. Ramsay. Estaba muerta. Aquí estaba Lily, a los cuarenta y cuatro,
perdiendo el tiempo, incapaz de hacer nada, ahí puesta, jugando a pintar,
jugando a lo que no jugaba nadie, y todo era culpa de Mrs. Ramsay. Había
muerto. Estaba vacío el peldaño en el que solía sentarse. Había muerto.
Pero ¿por qué repetir esto una vez tras otra?
¿Por qué esa pretensión de hacer aflorar unos sentimientos de los que carecía?
Había una suerte de blasfemia en ello. Todo estaba seco, ajado, consumido. No
deberían haberla invitado. A los cuarenta y cuatro una no puede perder el
tiempo, pensaba. Detestaba jugar a pintar. Un pincel, lo único de lo que se fiaba
en este mundo de lucha, desdicha y caos: con eso no debería jugar una, ni a
sabiendas, era algo que detestaba. Pero él la obligaba. No tocarás el lienzo,
parecía decirle, cayendo sobre ella, hasta que no me hayas dado lo que quiero
de ti. Aquí estaba una vez más, junto a ella, exigiendo, enfadado. Muy bien,
pensaba Lily, desesperada, dejando caer la mano izquierda, más sencillo será
darlo por concluido. Seguro que podré pintar de memoria esa luz y la expresión
entusiasmada, la rapsodia, la entrega que en tantas caras de mujeres había
visto (en la de Mrs. Ramsay, por ejemplo) cuando en alguna ocasión como ésta
estaban bañadas -podría recordar la mirada de Mrs. Ramsay- en una
efusión de consuelo, de complacencia por la recompensa que recibían, y que, aunque
ella no entendiera los motivos, era evidente que les otorgaba la más suprema
bienaventuranza de la que la naturaleza humana es capaz. Aquí estaba, junto a
ella. Le daría lo que pudiera.
2
Parecía haber encogido, pensaba él. Le parecía
algo flaca, descamada, pero era atractiva. Le gustaba. En tiempos se había
hablado de que quizá acabaría casándose con William Bankes, pero luego no había
pasado nada. Su esposa la quería mucho. Durante el desayuno él había perdido
un poco los nervios. Pero, pero... éste era uno de esos momentos en que él era
presa de esa necesidad inaplazable, una necesidad de la que no era consciente,
de acercarse a cualquier mujer, de obligarla, no le importaba cómo, tan grande
era la necesidad, a darle lo que quería: consuelo.
¿La cuidaban bien?, le dijo. ¿Tenía de todo?
«Sí, gracias, de
todo», dijo nerviosa Lily Briscoe. No, no podía hacerlo. Debería haberse dejado
arrastrar por alguna ola de efusión de consuelo: la exigencia de él era
tremenda. Pero se quedó quieta. Hubo una horrible pausa. Ambos miraban la mar.
¿Por qué, pensaba Mr. Ramsay, mira la mar si estoy yo aquí? Deseaba que
estuviera en calma, para que pudieran desembarcar en el Faro, dijo ella. ¡El
Faro! ¡El Faro! ¿Qué tendrá eso que ver?, pensaba él con impaciencia. Al
momento, con la fuerza de un ventarrón primigenio (porque él ya no pudo
contenerse más tiempo), salió de él un gemido tal que cualquier otra mujer en
el mundo habría hecho algo, habría dicho algo..., cualquiera, pero no yo,
pensaba Lily, burlándose amargamente de sí misma, que no soy una mujer, sino
seguro que soy una solterona seca, malhumorada y gruñona.
Mr. Ramsay suspiró a pleno pulmón. Esperó. ¿Es
que no iba a decir nada? ¿Es que no se daba cuenta de qué quería de ella?
Entonces le dijo que tenía un motivo personal para desear ir al Faro. Su mujer
solía enviar cosas a los de allí. Había un pobre muchacho que tenía coxalgia,
el hijo del torrero. Suspiró con todas sus fuerzas. Suspiró de modo
significativo. Lo único que Lily deseaba era que esta inmensa inundación de
dolor, esta insaciable hambre de consuelo, y esta exigencia de que se rindiera
a él incondicionalmente, que, sin embargo, no le impedirían seguir teniendo
tristezas para abastecerla durante el resto de su vida, se apartaran de ella
(no dejaba de mirar hacia la casa, esperando que de ella procediera alguna
interrupción), se desviaran, antes de que la arrastraran sus comentes.
«Estas excursiones -dijo Mr. Ramsay, moviendo
la punta del pie sobre el suelo- son muy tristes.» Pero Lily seguía sin decir
nada. (Es un mueble, es una piedra, se dijo.) «Cansan mucho», dijo, mirándose
las hermosas manos, de forma tan enfermiza que a ella le vinieron náuseas
(actuaba, se dijo, estaba interpretándose a sí mismo). ¿Es que no iban a
aparecer nunca?, se preguntaba, ya no podía soportar más tiempo el peso de
tanta tristeza, no podía soportar, ni por un momento más, los pesados ropajes
del dolor (había adoptado una pose de decrepitud superlativa, incluso se movía
junto a ella con algo de torpeza).
Seguía sin poder decir nada; parecía como si
de repente el mundo entero se hubiera quedado vacío de objetos sobre los que
poder hablar; se daba cuenta, con algo de sorpresa, de que la mirada de Mr.
Ramsay parecía posarse en la hierba, y parecía descolorarla; y que esa misma
mirada arrojaba un velo de luto sobre la figura placentera, soñolienta, rubicunda,
de Mr. Carmichael, que leía una novela francesa sentado en una tumbona; como si
una vida semejante, que mostraba desafiante su prosperidad ante todo un mundo
de dolor, le provocase los más negros de los más negros pensamientos. Mírenlo,
parecía decir; y mírenme; aunque, a decir verdad, lo que no dejaba de repetirse
era: Piensen en mí, piensen en mí. Ay, si ese bulto pudiera acercarse aprisa,
pensaba Lily; si hubiera puesto el caballete una yarda o dos más cerca de él;
un hombre, cualquier hombre, hubiera detenido esta efusión, habría impedido
estos lamentos. Era una mujer, eso es lo que le enfadaba; una mujer debería
haber sabido cómo tratar esto. Esto, lo de quedarse muda, la
desacreditaba por completo, sexualmente. Había que decir, ¿qué había que decir?
¡Ah, Mr. Ramsay! ¡Querido Mr. Ramsay! Esto es lo que Mrs. Beckwith, esa educada
anciana que hacía dibujos, le habría dicho al momento, acertadamente. Pero no.
Ahí estaban los dos, aislados del resto del mundo. Toda aquella inmensa
compasión de sí, la necesidad de consuelo que se derramaba y extendía en
charcos a sus pies, y todo lo que hacía ella, triste pecadora, era recogerse
un poco la falda a la altura de los tobillos, para no mojarse. Se quedó quieta
en el más completo silencio, agarrada al pincel.
¡Mil veces fueran loados los cielos! Se oían
ruidos en la casa. Debían de estar acercándose James y Cam. Pero Mr. Ramsay,
como si supiese que se le acababa el tiempo, ejerció sobre la solitaria figura
de ella la fuerza inmensa de su pena quintaesenciada: su fragilidad, su dolor;
cuando de repente, al mover la cabeza con impaciencia, con fastidio -porque,
después de todo, ¿qué mujer se le iba a resistir?-, se dio cuenta de que no se
había echado los cordones de los zapatos. Y eran unos señores zapatos, pensó
Lily, mirándolos: esculpidos, colosales; todo lo que llevaba Mr. Ramsay, desde
la deshilachada corbata hasta el chaleco en el que algunos botones estaban
desabrochados, era innegablemente suyo. Los imaginaba moviéndose por la
habitación por decisión propia, expresando en ausencia de él la pasión, la
insolencia, el mal humor, el encanto.
«¡Qué zapatos tan bonitos!», exclamó ella.
Estaba avergonzada de sí misma. Alabar los zapatos cuando él le había suplicado
que consolara su alma; cuando le había mostrado las manos ensangrentadas, el
corazón traspasado, y él le había pedido que se apiadara de ello, y, en lugar
de eso, decir alegremente: «¡Ah, pero qué zapatos tan bonitos lleva!», merecía,
y bien que lo sabía ella, ser correspondido con uno de sus repentinos rugidos
de enfado, una aniquilación completa.
En lugar de esto, Mr. Ramsay sonrió. El
crespón, el luto, las enfermedades, todo desapareció. Ah, sí, dijo, mostrando
el pie para que lo viera ella, eran zapatos de primera calidad. Sólo había un
hombre en Inglaterra que hiciera zapatos como éstos. Los zapatos son una
de las mayores maldiciones que afligen a la humanidad, dijo. «El objetivo de
los zapateros es -exclamó- el de dañar y torturar el pie humano.» Y además son
los seres más obstinados y perversos de la humanidad. Había invertido una
buena parte de su juventud en conseguir que le hicieran los zapatos como hay
que hacerlos. Quería que ella se diera cuenta (levantó primero un pie; luego,
el otro) de que nunca antes había visto zapatos como éstos. Además estaban
hechos con el mejor cuero del mundo. El cuero, en su mayor parte, no era sino
cartón y papel de estraza. Miraba complacido sus zapatos, todavía en el aire.
Habían llegado, pensó ella, a una isla soleada donde habitaba la paz, reinaba
la cordura, y el sol brillaba para todos por igual: la bendita isla de los
zapatos de buena calidad. Sintió que su corazón se apiadaba de él. «Vamos a
ver si sabe echar el lazo», dijo. Se burló del torpe lazo. Le enseñó uno de su
invención. Una vez echado, ya no se deshacía. Anudó ella tres veces su propio
zapato, tres veces lo desanudó él.
¿Por qué, en este momento tan inadecuado,
cuando se inclinaba él sobre el zapato, tenía que sentirse tan afligida por la
compasión que sentía hacia él? Inclinada también ella, la sangre afluía a su
cara, y, pensando en su insensibilidad (lo había llamado farsante), sentía que
se le llenaban de lágrimas los ojos. Así ocupado, le parecía una persona de
infinita pasión. Echaba lazos. Compraba zapatos. No había forma de ayudar a
Mr. Ramsay en el viaje que bacía. Pero justo ahora cuando sí quería decir algo,
cuando quizá lo habría dicho, he aquí que llegaban: Cam y James. Aparecieron en
la terraza. Llegaron, despacio, juntos, una pareja seria y melancólica.
Pero ¿por qué venían así? No pudo evitar
sentirse enojada con ellos, podrían haber aparecido más alegres; podrían haberle
ofrecido lo que, ya que ellos habían venido, ella ya no tendría el momento de
ofrecerle. Porque de repente sintió un vacío repentino, una frustración. Sus
sentimientos habían aparecido demasiado tarde. Se había convertido en un caballero
anciano, muy distinguido, que no tenía ninguna necesidad de ella. Se sintió
rechazada. Se colgó una mochila. Compartió los paquetes: eran unos cuantos,
mal atados, envueltos en papel de estraza. Tenía todo el aspecto de un explorador que se preparara para una expedición. A continuación, por el
camino, tras dar unas vueltas, encabezó la marcha con paso militar, con sus
maravillosos zapatos, con los paquetes envueltos en papel de estraza; sus hijos
iban tras él. Tenían el aspecto, pensó, de haber sido escogidos por el destino
para una tarea de gran importancia; y parecían seguir la llamada del destino;
eran todavía lo bastante jóvenes como para seguir de buena voluntad la estela
de su padre, con obediencia, pero con una palidez que le hacía sentir que
sufrían en silencio un dolor superior a sus años. Dejaron atrás el jardín, Lily
pensó que estaba viendo la marcha de una procesión, una procesión ligada por un
sentimiento común que la convertía, torpe y fatigada como estaba, en una reducida
caravana que la impresionaba de forma extraña. De forma educada, pero muy
distante, Mr. Ramsay levantó la mano a modo de saludo cuando desaparecían.
¡Qué expresión la suya!, pensó, hallando al
momento la compasión que no se le había pedido que ofreciera. ¿Qué la hacía
así? El pensar: una noche tras otra, suponía; pensar acerca de la realidad de
las mesas de cocina, añadió, recordando el símbolo que, en la vaguedad de sus
ideas acerca de los pensamientos de Mr. Ramsay, le había ofrecido Andrew. (Lo
había matado en un abrir y cerrar de ojos la metralla de una granada, recordó.)
La mesa era una visión, era algo austero, desnudo, duro, no ornamental.
Carecía de color, era todo bordes y ángulos, era fea sin paliativos. Pero Mr.
Ramsay no apartaba los ojos de ella, nunca se consentía distracciones o
engaños, hasta que su cara también se deterioró, se hizo ascética, y participó
de esta belleza sin ornamentos que tan profundamente la había impresionado.
Recordó entonces (donde él la había dejado, todavía con el pincel en la mano)
que también había habido preocupaciones que lo consumieron, no tan nobles. Ha
debido de tener sus dudas acerca de esa mesa, pensaba ella; si se trataba de
una mesa de verdad; si se merecía el tiempo que le dedicaba; si, después de
todo, sería capaz de hallarla. Había tenido dudas, pensaba; o si no, habría
exigido menos de quienes lo rodeaban. De eso es de lo que se quedaban hablando
a veces hasta altas horas de la noche, pensaba; y al día siguiente Mrs. Ramsay
tenía aspecto de cansancio, y Lily se enfurecía con él por cualquier cosilla
sin importancia. Pero ahora no tenía con quién hablar de esa mesa, ni de los
zapatos, ni de los lazos; y era como un león que buscase una presa que devorar,
y había un toque de desesperación en su cara, de exageración, que a ella le
preocupaba, y que le hacía estirarse la falda cuando estaba ante él. Luego
recordó, se trataba de una resurrección repentina, un fulgor intenso (cuando
alabó los zapatos), una recuperación repentina de vitalidad e interés en las
cosas humanas ordinarias, que también cesó y se transformó (porque cambiaba
incesantemente, y no ocultaba nada) en esa otra fase última que a ella le
parecía nueva, y que, lo reconocía, le hacía avergonzarse de lo irritable que
la volvía, cuando parecía como si él se hubiera desprendido de preocupaciones
y ambiciones, y, con la esperanza del consuelo, y con el deseo de ser alabado,
hubiera entrado en otra región; lo hubiera colocado, como por curiosidad,
inmerso en un mudo coloquio, soliloquio o diálogo, a la cabeza de aquella
mínima procesión fuera del alcance de una. ¡Qué expresión tan extraordinaria!
Sonó un portazo.
3
Así que por fin se han ido, pensó, suspirando
a la vez con alivio y decepción. Parecía haber regresado al momento la
expresión de felicidad a su cara, como una zarza recién florecida. Se sentía
curiosamente indecisa, como si una parte de ella fuera atraída hacia el polo
exterior: era un día tranquilo, con algo de calina; el Faro parecía esta mañana
hallarse a una gran distancia; el otro polo la fijaba al jardín con perseverancia,
de forma irrevocable. Veía el lienzo como si hubiera venido flotando y se hubiera
colocado blanco, sin concesiones, directamente ante ella, con su fría mirada en
lugar de esta prisa e inquietud; tanta estupidez y desperdicio de emociones;
la llamaba imperiosamente, y extendía por su mente en primer lugar la paz,
mientras sus desordenadas sensaciones (le había dado pena que por fin se
hubiera ido él, pero no le había dicho nada) se alejaran huyendo del campo; a continuación: el vacío. Se quedó con la mirada perdida en
el lienzo, con su mirada blanca sin concesiones; después apartaba la miraba
del lienzo, se quedaba mirando el jardín. Había algo (se quedó mirando
fijamente con sus ojillos orientales, la cara llena de arrugas), algo que
recordaba respecto de las relaciones de estas líneas que se cruzaban, que se
cortaban entre sí, y también había algo en el volumen del seto con su verde
concavidad de azules y castaños; algo que no se le había ido de la cabeza,
que había anudado un lazo en su mente de forma que en momentos perdidos,
involuntariamente, cuando caminaba por Brompton Road, o cuando se cepillaba el
pelo, se hallaba a sí misma pintando este cuadro, mirándolo, y deshaciendo el
lazo mentalmente. Pero era completamente diferente lo de imaginar las cosas
alegremente lejos del lienzo, frente a la realidad de coger el pincel, y de
dejar la primera huella.
Había cogido un pincel que no le convenía, por
lo nerviosa que le había puesto la presencia de Mr. Ramsay; y el caballete,
clavado en el suelo de cualquier forma, ofrecía un ángulo incorrecto; ahora
que ya lo había puesto bien, y al hacerlo había sofocado todas las
impertinencias e insignificancias que la distraían y le hacían recordar que era
una persona de tal y tal forma, y que conocía a ciertas personas, movió la
mano, levantó el pincel. Durante un momento se quedó temblando en un doloroso
pero excitante éxtasis, detenida la mano en el aire. ¿Por dónde empezar?: éste
era el problema; ¿en qué punto hacer la primera señal? La primera línea sobre
el lienzo la comprometía a incontables riesgos, a decisiones con frecuencia
irrevocables. Todo esto que parecía sencillo desde un punto de vista teórico,
se convertía en algo muy complicado desde el punto de vista práctico; al igual
que las olas ofrecerán un dibujo evidente a quien las contemple desde lo alto
del acantilado, pero para el nadador que se mueva entre ellas serán valles
profundos y crestas llenas de espuma. Pero había que correr el riesgo, hizo la
primera mancha.
Qué sensación física tan curiosa, como si algo la
impulsara a seguir y al mismo tiempo la retuviera, había dado la primera y
decisiva pincelada. El pincel descendió. Destelló el color castaño sobre el
blanco lienzo; dejó una mancha alargada. Hizo un segundo movimiento..., un
tercero. Haciendo pausas, interrumpidas por destellos, logró un
movimiento de baile, rítmico, como si las pausas fueran una parte del ritmo; y
las pinceladas, la otra, y estuvieran todas relacionadas; y así, suave,
delicadamente, haciendo pausas, pintando, llenó el lienzo de nerviosas líneas
de color castaño que en cuanto se fijaban comprendían en su interior (notaba
cómo tomaba forma para ella) todo un espacio. En el seno de una ola, veía cómo
la siguiente se erguía cada vez más alta sobre ella. ¿Acaso había algo más
formidable que este espacio? Aquí estaba de nuevo, pensaba, retrocediendo un
paso para verlo, lejos de los cotilleos, de la vida, de la comunidad de las
personas, ante este formidable y viejo enemigo de ella: esta otra cosa, esta
verdad, esta realidad que de repente le ponía las manos encima, que se erguía
con fuerza ante ella, tras las apariencias de las cosas, y exigía su atención.
Medio a contrapelo, en contra de su voluntad. ¿Por qué siempre la arrastraba y
tenía que obedecer? ¿Por qué no la dejaba en paz aquí en el jardín?, ¿por qué
no le dejaba que hablara con Mr. Carmichael? Vaya si era una forma de relación
exigente. Otros objetos de culto se quedaban contentos con el culto; hombres,
mujeres, Dios, todos consentían que te postraras de rodillas; pero esta forma,
aunque sólo reprodujera la imagen de una pantalla blanca de una lámpara sobre
una mesa de mimbre, solicitaba un combate perpetuo, la retaba a una a la
lucha, en la que una estaba destinada a perder. Siempre (así era ella, o así
era su género, no lo sabía), antes de cambiar la fluidez de la vida por la
concentración de la pintura, tenía unos minutos de desnudez, cuando parecía un
alma nonata, un alma segregada del cuerpo, un alma que dudara sobre algún
ventoso pináculo, y estuviera expuesta sin protección a todos los vientos de
la duda. ¿Por qué lo hacía? Miraba el lienzo, tenuemente cubierto de líneas.
Lo colgarían en las habitaciones del servicio. Lo enrollarían y lo meterían
debajo de algún sofá. De qué servía hacerlo pues, si no hacía más que escuchar
aquella voz que le decía que no sabían pintar, que no sabían crear; como si
hubiera caído en una de esas rutinas mentales que tras un tiempo la experiencia
forma sola, de manera que repite una las palabras sin saber muy bien quién las
dijo por primera vez.
No saben pintar, no saben escribir, murmuraba
de forma monótona, considerando con gran preocupación cuál debería ser el plan
de ataque. Porque el volumen tomaba forma ante ella, se hacía visible, sentía
la fuerza que ejercía contra sus globos oculares. Entonces, como si algún jugo
necesario para la lubricación de sus facultades se hubiera segregado, comenzó
de forma titubeante a coger los azules y ámbares, moviendo el pincel aquí y
allí, pero ahora estaba más cargado, y se deslizaba más lentamente, como si
hubiera adoptado un ritmo que le dictara a ella (no dejaba de mirar al seto, al
lienzo) lo que veía, de forma que mientras la mano temblaba llena de vida, el
ritmo era lo suficientemente fuerte para arrastrarla en su comente. A decir
verdad, había perdido el conocimiento del mundo exterior. Y mientras perdía
consciencia del mundo exterior, y se olvidaba de su nombre y personalidad y
aspecto, y de si Mr. Carmichael estaba allí o no, su mente continuaba
arrojando, desde lo más hondo, escenas, nombres, dichos, recuerdos e ideas,
como una fuente cuyo surtidor se derramara sobre aquel deslumbrante e increíblemente
difícil espacio en blanco, mientras lo modelaba con verdes y
azules.
Era Charles Tansley quien solía decirlo, se
acordaba, lo de que las mujeres no sabían pintar, no sabían escribir. Se le
acercaba por detrás, mientras pintaba en este mismo lugar, y ahí se quedaba,
cerca; y ella lo detestaba. «Tabaco de picadura -decía él-, a cinco peniques
la onza», siempre estaba exhibiendo su pobreza, sus principios. (Pero la
guerra le había arrancado el aguijón de su femineidad. Pobres diablos, pensaría
cualquiera, pobres diablos de ambos sexos, en qué líos no se meterán.) Siempre
llevaba un libro bajo el brazo: un libro de color púrpura. Él «trabajaba». Se
sentaba, lo recordaba, y trabajaba a pleno sol. Durante la cena se sentaba en
medio del paisaje. Y también estaba, ahora que pensaba en ello, la escena de
la playa. Había que recordarlo. Era una mañana de viento. Se habían ido todos a
la playa. Mrs. Ramsay estaba sentada junto a una piedra escribiendo cartas.
Escribía sin pausa. «¡Ah! -había dicho, levantando la mirada hacia algo que
flotaba en la mar-, ¿es una nasa para langostas?, ¿es una barca volcada?» Era
tan miope que no veía nada, y Charles Tansley se portó todo lo bien que
supo. Empezaron a hacer saltar piedras planas sobre el agua. Elegían
piedrecillas negras planas, y las hacían saltar sobre las olas. De vez en
cuando Mrs. Ramsay miraba por encima de las gafas, y se reía. No se acordaba de
lo que decían, sólo la recordaba a ella y a Charles, que tiraba piedras, y que
se había vuelto repentinamente amable, y recordaba que Mrs. Ramsay los miraba.
Era muy consciente de aquello. Mrs. Ramsay, pensó, retrocediendo un paso y
mirando atentamente. (Seguro que la composición era muy diferente cuando
estaba sentada en el escalón con james. Debía de haber alguna sombra.) Mrs.
Ramsay. Cuando pensaba en ella y en Charles Tansley tirando piedras al agua, y
en toda aquella escena en la playa, todo parecía depender en cierta manera de
Mrs. Ramsay, sentada bajo la piedra aquélla, con el cuaderno sobre las
rodillas, escribiendo cartas. (Escribía cartas sin parar, y a veces el viento
cogía alguna, y ella o Charles rescataban alguna página de la mar.) Pero ¡qué
poder el del alma humana!, pensaba. Aquella mujer allí sentada, escribiendo
junto a la piedra, hacía que todo adquiriera una repentina sencillez; hacía que
aquellas iras, irritaciones, le parecieran cosa de nada; reunía esto y aquello
y lo de más allá, y convertía toda esta tontería y desdén (las disputas y
porfías de Charles y de ella habían sido necias, desdeñables) en algo -esta
escena de la playa, por ejemplo, este momento de amistad y confraternización-
que sobrevivía, tras todos estos años, íntegro; de forma que se zambullía en
esto de nuevo para revivir los recuerdos de él, recuerdos que permanecían en su
mente casi como una obra de arte.
«Como una obra de arte», se repitió, mientras
miraba desde el lienzo hacia los escalones de la sala, y de nuevo al lienzo.
Tenía que descansar unos momentos. Descansando, mirando de uno a otro, de
forma inconcreta, la vieja pregunta que de forma perpetua atravesaba el cielo
del alma, la pregunta inmensa, general, que fácilmente sabía hacerse concreta
en momentos semejantes, cuando daba libertad a facultades que habían estado
sometidas a tensiones, se quedaba sobre ella, hacía una pausa sobre ella, se
oscurecía sobre ella. ¿Qué sentido tiene la vida? Eso era todo: una sencilla
pregunta; que con los años tendía a hacerse más acuciante.
Nunca se había producido la gran revelación.
La gran revelación quizá no llegaría nunca. En su lugar había pequeños milagros
cotidianos, iluminaciones, cerillas que de repente iluminaban la oscuridad; y
aquí había una. Esta, aquélla y la de más allá; ella y Charles en la ola que
rompía; Mrs. Ramsay uniéndolos; Mrs. Ramsay diciendo: «Vida, deténte aquí»;
Mrs. Ramsay convirtiendo el momento en algo permanente (al igual que en una esfera
diferente Lily pretendía convertir otro momento también en algo permanente):
esto participaba de la naturaleza de las revelaciones. En medio del caos había
una forma; este eterno pasar y fluir (dirigió la mirada hacia las nubes que
cruzaban el cielo, hacia las hojas que se movían al viento) quedaba fijo en
alguna estabilidad. Vida, deténte aquí, había dicho Mrs. Ramsay. «¡Mrs.
Ramsay! ¡Mrs. Ramsay!», se repetía. Esta revelación se la debía a ella.
Todo estaba callado. No se oía a nadie en la
casa. Vio cómo dormía el edificio en la primera luz de la mañana, con las
ventanas verdes y azules por los reflejos de las hojas. Los delicados
pensamientos que había dirigido hacia Mrs. Ramsay parecían rimar con esta casa
silenciosa, este humo, este fresco aire del amanecer. Tenue e irreal, este aire
era, sin embargo, sorprendentemente puro y embriagador. Confiaba en que nadie
abriera una ventana, o saliera de la casa, para que la dejaran en paz con sus
pensamientos, para poder seguir pintando. Se volvió al lienzo. Pero, impulsada
por alguna clase de curiosidad, atraída por el remordimiento de la compasión
que no había sabido manifestar, se acercó unos pasos hasta el borde del jardín,
para ver si se veía, abajo, en la playa, cómo se hacía a la mar el grupito.
Allí abajo, donde estaban las barcas, algunas tenían las velas recogidas,
otras se alejaban poco a poco; era un día de una gran bonanza; había una que se
había apartado de las demás. Estaban desplegando la vela en este momento.
Decidió que en aquella remota barquita completamente silenciosa se hallaba Mr.
Ramsay con Cam y James. Ya habían desplegado la vela, tras unos movimientos de
duda, las velas cogieron aire, envueltas en un profundo silencio, y observó
cómo la barquita se hacía a la mar con toda deliberación, y dejaba atrás a las
demás barcas.
4
Las velas se movían sobre sus cabezas. El agua
bañaba los costados de la barca, soñolienta e inmóvil bajo el sol. De vez en
cuando las velas se agitaban con una leve brisa, pero cesaba la brisa y cesaba
el movimiento. La barca estaba inmóvil. Mr. Ramsay estaba sentado en medio de
la barca. Dentro de poco daría señales de impaciencia, pensaba James; y Cam
también lo pensaba, mientras miraba a su padre, sentado en medio de la barca, entre
ellos (James llevaba el timón, Cam estaba sentada en la proa), con las piernas
recogidas. Detestaba perder el tiempo. Seguro que dentro de unos segundos diría
algo del niño de los Macalister, que sacó los remos y empezó a remar. Pero su
padre, tras unos movimientos nerviosos, lo sabían, sólo se habría quedado
contento si hubieran ido volando. No dejaba de buscar una brisa, moviéndose
nervioso, diciendo cosas en voz baja, que Macalister y el hijo de Macalister
podían oír, y ambos podían sentirse muy mal. Les había hecho venir. Los había
obligado. Como estaban enfadados, esperaban que no soplara el viento, que todo
le saliera mal, porque los había obligado a ir en contra de su voluntad.
Al bajar a la playa, se habían rezagado,
aunque les decía: «Venga, venga», pero sin palabras. Miraban al suelo, como si
les hiciera bajar las cabezas una galerna implacable. No podían hablarle.
Tenían que caminar, tenían que seguirlo. Tenían que seguirlo con los paquetes
envueltos en papel de estraza. Pero habían prometido solemnemente, en
silencio, mientras caminaban codo con codo, ayudarse y mantener esta gran
alianza: enfrentarse con la tiranía hasta morir. Y allí estaban sentados, una
en un extremo de la barca, el otro en el opuesto, callados. No decían nada,
sólo lo miraban de vez en cuando, sentado, con las piernas recogidas, el ceño
fruncido y los movimientos nerviosos, bisbiseando y hablando solo en voz baja,
y esperando impaciente a que soplara el viento. Y ellos querían que siguiera
la calma. Querían que le saliera mal. Querían que la excursión fuera un
completo fracaso, y que tuvieran que regresar, con los paquetes, a la playa.
Pero ahora, después de que el hijo de
Macalister hubiera remado un poco, las velas giraron lentamente, la barca cogió
velocidad, se enderezó, salió volando. Inmediatamente, como si se le hubiera
quitado de encima un gran peso, Mr. Ramsay estiró las piernas, sacó la petaca,
la ofreció con un gruñido a Macalister, y se sintió, se dieron cuenta, muy
contento. Ahora ya podían seguir navegando así durante horas, y Mr. Ramsay le
haría una pregunta al bueno de Macalister -quizá sobre la galerna del anterior
invierno-, y el bueno de Macalister le respondería, y fumarían juntos las
pipas, y Macalister cogería una cuerda embreada e intentaría deshacer o hacer
un nudo, y el muchacho se dedicaría a pescar, y no dirían ni una sola palabra.
James se sentiría en la obligación de no despegar la vista de la vela. Porque
si lo olvidaba, la vela se desinflaría, se quedaría fláccida, la barca perdería
velocidad, y Mr. Ramsay diría enfadado: «¡Cuidado! ¡Cuidado!» Y el bueno de
Macalister, lentamente, miraría hacia atrás. Oyeron cómo le hacía la pregunta
sobre la galerna de la pasada Navidad. «Entró por allí», dijo el bueno de Macalister,
describiendo la galerna de Navidad, diez barcos buscaron refugio en la bahía;
vio «uno ahí, otro allí, otro más allá» (señalaba despacio hacia la bahía. Mr.
Ramsay seguía la explicación, volvía la cabeza hacia atrás). Había visto tres
hombres aferrados a un mástil. Luego acabó la tempestad. «Por fin la echamos»,
siguió (pero enfurecidos, callados, sólo cogían alguna palabra de vez en
cuando; estaban sentados en los extremos de la barca, unidos por el juramento
de luchar contra la tiranía hasta la muerte). Por fin la habían expulsado,
habían botado la barca de salvamento, y la habían llevado hasta más allá de la
punta... Macalister contaba la historia; y aunque sólo oían alguna palabra de
vez en cuando, eran muy conscientes todo el tiempo de la presencia de su padre:
cómo se inclinaba hacia delante, cómo su voz armonizaba con la de Macalister;
cómo, al chupar de la pipa, y mirando aquí y allá, hacia donde señalaba
Macalister, disfrutaba con la idea de la galerna, y de la noche oscura, y de
los pescadores luchando. Le gustaba que los hombres trabajaran y se esforzaran
en la playa, batida por el viento, durante la noche, oponiendo los músculos y
la mente contra las olas y el viento; le gustaba que los
hombres trabajaran así, y que las mujeres se quedaran en casa, y se sentaran a
la cabecera de las camas de los niños, mientras los hombres se ahogaban, afuera,
en medio de la galerna. James podría afirmar, y Cam podría afirmar (lo
miraban, se miraban entre sí), por el movimiento, por la atención, por el
timbre de la voz, y por el tenue acento escocés que había adoptado, que
también a él le hacía parecer un campesino, al preguntar a Macalister sobre los
once barcos que se habían recogido en el interior de la bahía. Tres de ellos
naufragaron.
Miraba orgulloso en la dirección que señalaba
Macalister; y Cam pensaba, sintiéndose orgullosa de él, sin saber muy bien por
qué, que si él hubiera estado allí, habría lanzado al agua el bote salvavidas,
habría llegado hasta el barco naufragado, pensaba Cam. Era tan valiente, le
gustaba tanto la aventura, pensaba Cam. Pero se acordó. Estaba el pacto. Enfrentarse
con la tiranía hasta morir. Este dolor los apesadumbraba. Se les había
obligado, se les había dado una orden. Los había sometido de nuevo con su
malhumor y su autoridad, obligándolos a hacer lo que les decía, esta hermosa
mañana; obligándolos a venir, porque así lo quería, para llevar los paquetes,
al Faro; a tomar parte en estos ritos en los que le gustaba participar por el
propio placer de recordar a los muertos; y ellos lo detestaban, remoloneaban
tras de él, había despojado el día de todo su placer.
Sí, la brisa refrescaba. La barca se
balanceaba, cortaba el agua en dos, y se derramaba en verdes cataratas, se
abría en burbujas, en cascadas. Cam miraba la espuma, la mar con todos sus
tesoros; la velocidad la hipnotizaba; y el pacto entre ella y James se
debilitaba un poco. Comenzó a pensar: Qué aprisa se mueve. ¿Adónde vamos?, y el
movimiento la hipnotizaba; mientras que James, con la mirada en la vela, en el
horizonte, llevaba el timón con gesto adusto. Pero comenzaba a pensar también
él que mientras llevara el timón podría escapar, podía deshacerse de todo.
Podían desembarcar en cualquier parte, ser libres. Ambos, mirándose fugazmente,
tuvieron una sensación de huida, de exaltación, a causa de la velocidad y del
cambio. Pero la brisa traía idéntica excitación a Mr. Ramsay, y, cuando el
bueno de Macalister se volvió para echar el sedal por la borda,
gritó: «Morimos», y después, «a solas». A continuación, con el acceso de
costumbre de arrepentimiento y timidez se contuvo, y saludó la costa con la
mano.
«Mirad la casita», dijo, mientras señalaba,
haciendo mirar a Cam. Ella se irguió de mala voluntad, y miró. Pero ¿cuál era?
No sabría decir cuál era la casa, allí, en la falda de la colina. Todo parecía
lejano, en paz y extraño. La costa parecía muy cuidada, lejana, irreal. La poca
distancia que habían recorrido navegando los había alejado mucho, y le había
hecho cambiar de aspecto, tenía ahora un aspecto bien cuidado, aspecto de algo
que se retrae, algo en lo que uno ha dejado de participar. ¿Cuál era la casa?
No sabía identificarla.
«Pero un mar más airado me acogió a mí»,
murmuraba Mr. Ramsay. Había hallado la casa, y al verla se había visto a sí
mismo allí; se había visto paseando por la terraza, solo. Paseaba de un lado a
otro entre los grandes jarrones; y se le veía muy envejecido, vencido. Aquí,
sentado en la barca, se le veía vencido, se encogió, comenzó al momento a representar
su papel: el papel de un infeliz, un viudo, un desposeído; y así conjuraba
todo el ejército de quienes se compadecían de él; representaba ante sí mismo,
en la barca, una breve tragedia, una tragedia que le exigía estar decrépito y
exhausto y tener penas (elevó las manos y vio lo descamadas que estaban, para
confirmar su sueño); y a continuación le venía con abundancia la compasión de
las mujeres, y se imaginaba cómo lo consolarían v se condolerían de él, y
obteniendo de este sueño la idea del exquisito placer del cariño de las
mujeres, suspiró, y dijo dulcemente y apesadumbrado:
Morimos, a solas cada uno,
Pero un mar más airado me acogió a mí.
Todos oyeron con claridad las tristes
palabras. Cam se sobresaltó un poco. La sorprendió, se encolerizó. El movimiento
atrajo la atención de su padre; hizo un movimiento involuntario; de repente,
exclamó: «¡Mirad! ¡Mirad!», con tanta vehemencia que James también volvió la
cabeza para mirar hacia la isla por encima del hombro. Todos miraban.
Miraban hacia la isla.
Pero Cam no veía nada. Pensaba en cómo se
habían borrado todos esos senderos que cruzaban el césped, densamente poblados
con las vidas que habían vivido sobre ellos, habían desaparecido, eran el
pasado, eran lo irreal, lo real ahora era esto: la barca y la vela con el
remiendo, Macalister con los pendientes, el ruido de las olas; todo esto era lo
real. Pensando en esto, murmuraba ella para sí: «Morimos, a solas», porque
las palabras de su padre no dejaban de dar vueltas y más vueltas en su mente;
cuando su padre, viendo que miraba como sin ver, comenzó a burlarse de ella.
¿Es que no conocía los puntos cardinales?, preguntaba, ¿la brújula? ¿No distinguía
el norte del sur? ¿Es que de verdad pensaba que vivían allí? Volvía a señalar,
y le mostraba dónde estaba la casa, allí, entre aquellos árboles. Le gustaría
que ella fuera más precisa, le decía: «Vamos a ver, ¿dónde está el este, y
dónde está el oeste?», le decía, medio riéndose de ella, medio riñéndola,
porque no podía comprender qué clase de mente sería la suya, si es que no era
completamente imbécil, que no conocía los puntos cardinales. Y ella no lo
sabía. Y viendo cómo miraba, sin ver, pero con ojos asustados, y con la mirada
dirigida hacia donde no estaba la casa, Mr. Ramsay olvidó su sueño: cómo
paseaba de un lado a otro entre los jarrones de la terraza, cómo se extendían
los brazos para acogerlo. Pensaba, las mujeres son siempre así; la
inconcreción de sus mentes no tiene remedio; era algo que nunca había podido
entender, pero así era. Así había sido ella, su propia mujer. No podían
conseguir que hubiera algo que se quedara firmemente grabado en sus mentes.
Pero no debía haberse enfadado con ella, lo que es más, ¿es que en el fondo no
era eso lo que le gustaba de ellas? Era parte de su extraordinario encanto.
Haré que ella me sonría, pensaba. Parece asustada. Era tan callada. Cerró la
mano, y decidió que su voz y su cara y todos los rápidos gestos expresivos que
le habían obedecido y habían hecho que le gente se apiadara de él y lo alabaran
durante todos estos años se sosegaran. Conseguiría que le sonriera. Encontraría
algo agradable que decirle. Pero ¿qué? Porque, absorto en sus tareas, como lo estaba, había olvidado qué clase de cosas se decían. Estaba el cachorro.
Tenían un cachorro. ¿Quién lo atendía hoy?, preguntó. Sí, pensaba James
implacable, viendo el perfil de la cabeza de su hermana contra la vela, ahora
cederá. Se quedaría solo para luchar contra el tirano. Quedaría él solo para
continuar la lucha, para hacer honor al pacto. Cam no será capaz de enfrentarse
con la tiranía hasta morir, pensaba sombrío, observando la cara, triste, hosca,
débil. Y como con frecuencia sucede cuando una nube cae sobre la verde falda
de una colina y desciende la presión barométrica y ahí en medio de las demás
colinas está la pena y la tristeza, y parece como si las demás colinas reflexionaran
sobre la mala suerte de la nublada, de la ensombrecida, con piedad o
maliciosamente regocijadas por su pena, de igual forma, Cam se sentía triste,
sentada ahí, en medio de gentes en calma, decididas, y se preguntaba que cómo
respondería a su padre respecto del cachorro; cómo resistirse a esta petición:
perdóname, atiéndeme; mientras que James, el legislador, con las tablas de la
sabiduría eterna abiertas sobre las rodillas (la mano sobre el timón se había
convertido en algo simbólico para ella), decía: Resiste. Lucha. Tenía razón,
era justo. Porque debían luchar contra la tiranía hasta la muerte, pensaba
ella. De todos los valores humanos, era el de la justicia el que más
reverenciaba. Su hermano era lo más parecido a un dios; su padre, a alguien que
solicitara algo con humildad. Ante quién se rendiría, pensaba, sentada entre
ambos, mirando hacia la costa, cuyos puntos eran completamente desconocidos
para ella, y pensando en cómo el jardín y la terraza y la casa se habían
difuminado, y ahora habitaba allí la paz.
«Jasper», dijo de forma hosca. Él cuidará del
cachorro.
¿Qué nombre iba a ponerle?, su padre
persistía. Él había tenido un perro de niño, se llamaba Frisk. Se rendirá,
pensaba James, mientras veía cómo le cambiaba la cara, un cambio que recordaba
de otras ocasiones. Ellas bajan la mirada, pensaba, miran las labores o
cualquier otra cosa. Luego, de repente, la levantan. Hubo un destello azul,
recordaba él, y entonces una, que se sentaba a su lado, se rió, se rindió, y
él se enfadó mucho. Debió de haber sido su madre, pensaba, tejiendo en la
silla baja, y su padre en pie, junto a ella. Comenzó a buscar en la infinita
serie de impresiones que el tiempo había depositado en su cerebro:
hoja tras hoja, pliegue sobre pliegue, delicada, incesantemente; entre aromas,
sonidos (voces, ásperas, huecas, cariñosas), entre las luces que se movían,
entre las escobas que barran, entre el ir y venir de la mar, advertía la
presencia de un hombre que iba de un lado a otro, y de repente se quedaba
inmóvil, erguido, junto a ellos. Mientras tanto, advirtió, Cam mojaba los dedos
en el agua, y miraba fijamente la costa, y seguía callada. No, no se rendirá,
pensó él; es diferente, pensaba. Muy bien, si Cam no quería contestar, no la
molestaría más, decidió Mr. Ramsay, palpándose los bolsillos en busca de un
libro. Pero ella sí que quería responder; deseaba, con pasión, poder derribar
algún obstáculo que estorbaba su lengua, y quería poder decir: Ah, sí, Frisk.
Lo llamaré Frisk. Incluso quería poder decir, ¿era ése el perro que se encontró
en el camino después de haberlo perdido en el páramo? Pero, hiciera lo que
hiciera, no se le ocurría decir nada parecido a eso; había decidido cumplir con
lealtad el pacto, querría hacer llegar a su padre, sin que James lo advirtiera,
una muestra privada del amor que sentía hacia él. Porque pensaba, mientras
jugaba con el agua (el hijo de Macalister había cogido una caballa, y daba
coletazos en el suelo, había sangre en las agallas), porque pensaba, mientras
miraba a james, quien, a su vez, no apartaba la ecuánime mirada de la vela, o
dirigía la vista fugazmente al horizonte, tú no estás expuesto a correr este
riesgo, a esta intensidad y división de sentimientos, a esta tentación
extraordinaria. Su padre se palpaba los bolsillos; un segundo más, y hallaría
el libro. Porque nadie la atraía más; sus manos le parecían hermosas, y sus
pies, y su voz, y sus palabras, y su prisa, y su genio, y sus rarezas, y su
pasión, y lo de decir sin miramiento ante cualquiera lo de morimos a solas, y
su lejanía. (Ya había abierto el libro.) Pero lo que no dejaba de ser
intolerable, pensaba, sentada rígida, y viendo cómo el hijo de Macalister
sacaba el anzuelo de las agallas de otro pez, era esa crasa y ciega tiranía
suya que había envenenado su infancia, y había levantado amargas tempestades;
de forma tal que incluso ahora se despertaba en medio de la noche, temblando de
ira, y recordaba alguna orden de él, alguna insolencia: «Haz esto», «Haz
aquello»; su autoridad: su «Obedéceme».
De forma que no dijo nada, sino que siguió
mirando de forma terca y triste hacia la costa, envuelta en su manto de paz;
como si la gente que hubiera en ella se hubiera dormido, pensaba; como si
fueran libres como el humo; como si tuvieran la libertad de ir y venir como
fantasmas. Allí no hay sufrimiento, pensó.
5
Sí, aquélla es la barca, concluyó Lily
Briscoe, en el extremo del jardín. Era la barca con las velas de color gris
rojizo, la que ahora vio enderezarse en el agua, y salir aprisa en medio de la
bahía. Ahí está sentado, pensó, y sus hijos siguen callados. Ahí no podía
alcanzarlo. Ahora le pesaba el cariño que no le había dado. Hacía difícil poder
pintar.
Siempre había pensado que era un hombre
difícil. Recordaba que nunca había podido alabarlo estando él presente. Eso
hacía que sus relaciones fueran algo indefinido, sin el ingrediente del sexo,
ese ingrediente que hacía tan elegantes, casi alegres, las que mantenía con
Minta. Cortaba una flor, se la ofrecía, le dejaba libros. Pero ¿de verdad creía
que Minta los leía? Los paseaba por el jardín, los llenaba de hojas para señalar
por dónde iba.
Mientras miraba al anciano, sentía tentaciones
de hacerle la pregunta: «¿Se acuerda, Mr. Carmichael?» Pero había bajado la
visera del sombrero sobre la frente: estaba dormido, o estaba soñando, o estaba
cazando palabras, pensó.
«¿Lo recuerda?», sintió tentaciones de
preguntárselo al pasar junto a él, pensando de nuevo en Mrs. Ramsay en la playa;
el barril que subía y bajaba, las páginas que se movían al viento. ¿Por qué
había sobrevivido eso tras todos estos años, rotundo, luminoso, visible hasta
el más menudo detalle, y, sin embargo, todo oscuro por delante, por detrás,
durante millas y más millas?
«¿Es una barca?, ¿un corcho?», decía ella, se
repetía para sí Lily, regresando, de mala gana, al lienzo. Loados sean los cielos,
al menos le quedaba todavía el problema del espacio, pensaba, mientras cogía de
nuevo el pincel. Rutilaba ante ella. Todo el volumen del cuadro
gravitaba sobre ese punto. La superficie sería hermosa, deslumbrante, como
plumas, evanescente, la mezcla de colores debía ser tan natural como la de las
alas de la mariposa; pero bajo la superficie, el tejido debería estar trabado
como con barras de hierro. Debería ser algo que pudiera estremecerse con un
sencillo soplo; y, a la vez, algo que no pudiera mover ni un tiro de caballos.
Comenzó a depositar un rojo, un gris, y comenzó a modelar su rumbo en el
hueco. Y a la vez le parecía que estaba sentada junto a Mrs. Ramsay en la
playa.
«¿Es una barca?, ¿un barril?», se preguntaba
Mrs. Ramsay. Comenzó a buscar las gafas. Se quedó sentada, tras haberlas
hallado, callada, mirando la mar. Lily, pintando metódicamente, sintió como si
una puerta se hubiera abierto, y alguien entrara, y se quedara contemplando
todo en silencio, como en una alta catedral, muy oscura, muy solemne. Había
unos gritos que procedían de un mundo remoto. Los vapores se desvanecían bajo
el humo en forma de columnas en el horizonte. Charles arrojaba piedras, y las
hacía rebotar en el agua.
Mrs. Ramsay estaba sentada, callada. Lily
pensaba que estaba contenta por descansar, al fin, sin tener que hablar, no
tendría ganas de hablar; por poder alejarse un rato de la extrema oscuridad de
las relaciones humanas. ¿Quién sabe lo que somos?, ¿lo que sentimos? ¿Quién
sabría decir, incluso en los momentos de intimidad: Esto es el conocimiento? Es
que, al decirlas, ¿no se deterioran las cosas?, podría haber preguntado Mrs. Ramsay.
(Parecía haber sido tan frecuente, este silencio junto a ella.) ¿Es que no
somos más expresivos así? El momento, por decirlo de alguna forma, parecía extraordinariamente
fértil. Escarbó un hoyito en la arena, y lo cubrió, como si enterrara la
perfección del momento. Era como una gota de plata, en la que mojar el pincel,
para que iluminase la oscuridad el pasado.
Lily retrocedió un paso para colocar el
lienzo, así, en perspectiva. Extraño camino este de la pintura. Iba una más y
más allá, cada vez más lejos, hasta que al final parecía hallarse una en medio
de una estrecha tabla, completamente sola, sobre la mar. Al mojar el pincel en
el color azul, a la vez, lo hundía en aquel pasado. Ahora
Mrs. Ramsay se levantaba, lo recordaba. Era hora de regresar a casa, era la
hora del almuerzo. Y todos subieron juntos a casa, desde la playa, ella caminaba
detrás de William Bankes, y Minta iba enfrente de ellos, con un agujero en la
media. ¡Cómo parecía disfrutar exhibiendo se aquel agujerito sonrosado del
talón! ¡Y cómo lo censuraba William Bankes, sin que, según sus recuerdos, hubiera
dicho ni una palabra! Para él significaba eso la aniquilación de la feminidad:
era la suciedad, el desorden, que los criados no hicieran las camas hasta el
mediodía; en fin, todo lo que detestaba. Qué forma tenía de estremecerse y
extender la mano como para protegerse de algún objeto desagradable; eso es lo
que hacía ahora: extender la mano. Minta caminaba delante, probablemente Paul
la esperara, y ambos se dirigirían al jardín.
Los Rayley, pensaba Lily Briscoe, mientras
apretaba el tubo del color verde. Atesoraba las impresiones de los Rayley. Sus
vidas se le aparecían como en una serie de escenas; una, en la escalera al
atardecer. Paul ya había llegado, se había acostado pronto; Minta se
retrasaba. Llegaba Minta, con una guirnalda, multicolor, deslumbrante, en tomo
a las tres de la madrugada, se quedaba en la escalera. Paul salía en pijama,
con un atizador, por si hubieran entrado ladrones. Minta comía un emparedado,
en medio de la escalera, junto a una ventana, bajo la luz cadavérica de la
madrugada, y en la alfombra había un agujero. Pero ¿qué es lo que decían? Se
preguntaba Lily, como si, mirando, pudiera oír. Algo violento. Minta seguía
comiendo el emparedado, desafiante, mientras él hablaba. Estaba indignado,
decía palabras que dictaban los celos, la insultaba, en un susurro, como para
no despertar a los niños, a los dos niños pequeños. Él estaba envejecido,
tenía arrugas; ella deslumbraba, parecía no importarle nada. Porque las cosas,
aproximadamente tras el primer año de matrimonio, habían comenzado a ir mal, el
matrimonio había salido bastante mal.
¡Y esto, pensaba Lily, cogiendo la pintura
verde con el pincel, esto de imaginar escenas en las que aparezcan ellos, es
lo que decimos que es «conocer» a la gente, «pensar» en ellos, «quererlos»! Ni
una sola palabra era cierta; se lo había inventado, pero sólo así podía
presumir de conocerlos. Siguió avanzando por el estrecho pasadizo de su
pintura, hacia el pasado.
En otra ocasión, Paul había dicho que «jugaba
al ajedrez en las cafeterías». También había erigido toda una estructura
imaginaria en torno a esa frase. Recordaba cómo, al decirla, lo había
imaginado llamando a una criada, y que ésta le decía: «Mrs. Rayley ha salido,
señor», y entonces él decidía que tampoco él volvería a casa. Lo veía sentado
en un rincón de cualquier lugar lúgubre, donde el humo se pegara a los cojines
de terciopelo, y la camarera te conociera, jugando al ajedrez con un
hombrecillo que se dedicaba a vender té, y que vivía en Surbiton, y eso era
todo lo que Paul sabía de él. Luego iba a casa, y Minta no estaba, y luego estaba
la escena de la escalera, cuando iba con el atizador, por si hubiera ladrones
(y sin duda para asustarla a ella de paso), y decía aquellas cosas tan amargas,
y lo de que le había destrozado la vida. En todo caso, cuando fue a visitarlos
en la casita de campo cerca de Rickmansworth, las cosas estaban ya muy mal.
Paul la llevó al jardín para que viera los conejos que criaba, y Minta los
siguió, cantando, y le pasó el brazo desnudo por los hombros, no fuera a
contarle a ella algo.
A Minta la aburran los conejos, pensaba Lily.
Pero Minta nunca hacía confidencias. Ella nunca habría contado cosas como la de
jugar al ajedrez en cafeterías. Era demasiado reservada, circunspecta. Pero,
siguiendo con su historia: ahora estaban atravesando una etapa peligrosa.
Había pasado parte del verano anterior en casa de ellos, y el automóvil había
tenido una avería, y Minta le pasaba las herramientas. Él se sentó en la
carretera para reparar la avería, y la forma en que ella le acercaba las
herramientas -profesional, directa, amistosa- demostraba que ahora las cosas
estaban bien. Ya no estaban «enamorados», no, él tenía ahora a otra mujer, una
mujer seria, con el pelo recogido en una trenza, y con un maletín (Minta la
había descrito con gratitud, casi con admiración), que asistía a las reuniones
políticas, y que compartía las opiniones de Paul (cada vez se hacían más y más
inflexibles) acerca de los impuestos sobre las tierras y sobre la nacionalización. Lejos de romper el matrimonio, esta alianza lo había reforzado. Eran
excelentes amigos, evidentemente, como lo demostraba que él estuviera sentado
en la carretera, y que ella le acercara las herramientas.
De forma que ésta era la historia de los
Rayley, Lily se sonrió. Se imaginaba a sí misma contándoselo a Mrs. Ramsay,
que estaría deseosa de saber cómo les había ido a los Rayley. Se habría sentido
triunfante, al contarle a Mrs. Ramsay que el matrimonio no había salido bien.
Pero los muertos, pensaba Lily, hallando algún
obstáculo en el dibujo que le hizo detenerse y reflexionar, retrocediendo más
o menos un paso, ¡ay de los muertos!, murmuró, se apiadaba una de ellos, los
dejaba a un lado, incluso podía permitirse una cierto grado de desprecio. Están
a nuestra merced. Mrs. Ramsay se ha desvanecido, se ha ido, pensaba. Podemos
desatender sus deseos, mejorar sus limitadas ideas, pasadas de moda. Se aleja
cada vez más de nosotros. Como burla, le parecía estar viéndola al fondo del
pasillo de los años diciendo, eso sí que era incongruente: ¡Cásate, cásate!
(sentada, muy erguida, al amanecer, y los pájaros que comenzaban a trinar en
el jardín). Habría que decirle: No se ha cumplido ni uno solo de sus deseos.
Son felices así, soy feliz así. La vida ha cambiado por completo. Ante eso,
todo su ser, incluida su belleza, se convirtió repentinamente en polvo, en
algo envejecido. Durante un momento, Lily, allí en pie, con el calor del sol en
la espalda, resumiendo la biografía de los Rayley, vencía a Mrs. Ramsay, quien
nunca llegó a saber que Paul se iba a las cafeterías, que mantenía una querida;
m que Paul se sentaba en el suelo, y Minta le acercaba las herramientas; ni que
ella estaba en este lugar pintando, y que no se había casado, ni siquiera con
William Bankes.
Mrs. Ramsay lo había planeado todo. Quizá, si
hubiera vivido más tiempo, habría logrado lo que se proponía. Ya había sido
él aquel verano «el más amable». «El científico más importante de hoy, dice mi
marido.» También era «el pobre William..., me siento tan
desdichada cuando voy a su casa, cuando veo que no tiene nada bonito, me da
tanta pena que nadie le cuide las flores». Los enviaba a pasear juntos, y le
decía, con aquel leve y fino toque irónico que hacía que Mrs. Ramsay se le
escurriera a una entre los dedos, que ella tenía una mente científica, que le
gustaban las flores, que era muy exacta. ¿Qué manía era esta de que todos se
casaran? Lily retrocedía o avanzaba ante el caballete.
(De repente, tan de repente como cuando una
estrella cruza el cielo, pareció encenderse una luz rojiza en su mente,
ocultando a Paul Rayley, saliendo de él. Se elevaba como un fuego que ardiera
al modo de una muestra de cualquier rito salvaje que se celebrara en alguna
lejana playa. Escuchaba los ruidos y el crepitar. Toda la mar, en muchas millas
a la redonda, parecía roja y dorada. Un olor de vino se mezclaba con esto, y
la embriagaba, porque ahora sentía de nuevo el deseo irrefrenable de arrojarse
por el acantilado, y de ahogarse mientras buscaba un broche perdido en la
playa. El ruido y el crepitar la disgustaban y atemorizaban, y quería rechazarlos,
como si mientras advirtiera su poder y esplendor, viera también cómo se
alimentaban con los tesoros de la casa, con glotonería, de forma repugnante, y
ella lo aborrecía. Pero como visión, como gloria, sobrepasaba todo lo que su
experiencia conocía, y ardía año tras año, como un fuego que fuera un aviso
en una isla desierta al borde de la mar, y una sólo tuviera que decir
«enamorada» para que al momento, como sucedía ahora, se elevara de nuevo el fuego de Paul Disminuyó, y se dijo, riéndose: «Los Rayley», y que
Paul iba a las cafeterías a jugar al ajedrez.)
Se había escapado por los pelos, pensaba. Se
había quedado mirando el mantel, y se le había ocurrido que podía desplazar
el árbol hacia el centro, y que no tenía por qué casarse, y se había sentido
inmensamente feliz. Había pensado que ahora podía enfrentarse con Mrs. Ramsay:
un tributo al inmenso poder que Mrs. Ramsay tenía sobre una. Haz esto, decía, y
una lo hacía. Incluso su sombra junto a la ventana, con James, tenía gran
autoridad. Recordaba cómo William Bankes se había quedado impresionado por qué
poco interés había manifestado por la significación de la estampa de la madre y el hijo. ¿No admiraba esta belleza?, dijo. Pero William, lo
recordaba, la había escuchado con sus ojos de niño inteligente, cuando le
explicó que no se trataba de una irreverencia: cómo una luz en este lugar
exigía que en este otro hubiera una sombra, etcétera. No quería subestimar un
asunto sobre el que, estaban de acuerdo, Rafael había trabajado de forma
divina. No pretendía ser cínica. Muy al contrario. Gracias a su mentalidad
científica, lo comprendió: una prueba desinteresada de comprensión que la había
complacido y consolado enormemente. Podía hablar una en serio con un hombre. A
decir verdad, esta amistad había sido uno de los placeres de su vida. Amaba a
William Bankes.
Fueron a Hampton Court, y siempre le dejaba,
como un verdadero caballero, que lo era, todo el tiempo que quisiera para
lavarse las manos, mientras él se paseaba a la orilla del río. Esto era
característico de sus relaciones. Había muchas cosas que no decían. Luego
paseaban por los patios, y admiraban, un verano tras otro, las hermosas
dimensiones del edificio, y las flores, y él le contaba cosas, sobre la
perspectiva, sobre la arquitectura, mientras caminaban; y se detenía él para
contemplar un árbol, o la vista del lago, y a admirar a una niña (era su gran
pena: no tener una hija) de forma vaga y distante, la propia de un hombre que
se pasaba muchas horas en el laboratorio, y que, cuando salía, el mundo
parecía aturdirlo, de forma que caminaban lentamente, levantaba la mano para
hacer una visera, y hacía una pausa, con la cabeza hacia atrás, sencillamente
para respirar. Y entonces le contaba que la mujer que lo atendía estaba de
vacaciones, que tenía que comprar una alfombra nueva para la escalera. Quizá
no le importaría acompañarlo a comprar una alfombra para la escalera. En una
ocasión algo lo indujo a hablar de los Ramsay, y le contó que cuando vio a Mrs.
Ramsay por primera vez llevaba un sombrero gris, no tendría más de diecinueve
o veinte años. Era asombrosamente hermosa. Se quedó allí contemplando la
alameda de Hampton Court, como si todavía pudiera verla entre los surtidores.
Ahora se quedó mirando el peldaño del salón.
Veía, a través de los ojos de William, la sombra de una mujer, tranquila,
callada, que miraba hacia abajo. Allí estaba sentada, meditando, reflexionando
(iba de gris aquel día, pensaba Lily). Miraba hacia abajo. Nunca levantaba la
mirada. Sí, pensaba Lily, mirando con atención, debo de haberla visto mirar
así, pero no iba de gris, ni estaba tan tranquila, ni era tan joven, ni había tanta
paz. La imagen aparecía con facilidad. Era asombrosamente hermosa, había dicho
William. Pero la belleza no lo es todo. La belleza tenía sus inconvenientes:
venía con demasiada facilidad, venía de forma demasiado completa. Detenía la
vida: la congelaba. Deliberadamente olvidaba una las inquietudes menores: el
sofoco, la palidez, alguna rara distorsión, alguna luz o alguna sombra, todo
ello hacía la cara irreconocible durante unos instantes, sin embargo añadía
algún rasgo que luego una siempre recordaba. Era más sencillo disimular todo,
sin prestar demasiada atención a los detalles, bajo el manto de la belleza.
Pero ¿qué aspecto tenía, se preguntaba Lily, cuando se ponía el sombrerito de
caza, y cruzaba el jardín corriendo, o reñía a Kennedy, el jardinero? ¿Quién
podría describirla? ¿Quién podría ayudarla?
En contra de su voluntad, tuvo que subir a la
superficie, y se halló casi fuera de la pintura, mirando a Mr. Carmichael, un poco
aturdida, como si las cosas fueran irreales. Estaba en la silla con las manos
cruzadas sobre la panza, no leyendo, ni durmiendo, sino tomando el sol como una
criatura ahíta de existencia. El libro había caído sobre la hierba.
Quería ir a donde él, y gritarle: «¡Mr.
Carmichael!» Entonces él levantaría la mirada benévolo, con aquellos ojos verdes,
distraídos y velados como por humo. Pero sólo se despierta a alguien cuando se
sabe qué decirle. Ella no quería decir algo, quería decir todo. Esas palabras
de nada que rompen el pensamiento y lo desmembran no dicen nada. «Sobre la
vida, sobre la muerte; sobre Mrs. Ramsay.» No, pensaba, no puede decirse nada a
nadie. La urgencia del momento era la equivocación. Las palabras, atravesadas,
se acercaban cimbrando, y se quedaban siempre unas pulgadas por debajo del
blanco. Entonces tenía que dejarlo, y volvía a olvidar la idea; y entonces una
se volvía como todos los de edad madura: cauta, furtiva, poniendo ceño, siempre
con miedos. Porque, ¿cómo pueden expresar las palabras las emociones del cuerpo?, ¿cómo expresar su vacío? (Miraba hacia los escalones del salón,
parecían estar extraordinariamente vacíos.) Era la sensación del cuerpo de una,
no de la mente. Las sensaciones físicas que acompañaban el vacío de los
peldaños se habían convertido de repente en algo muy desagradable. El querer y
no tener volvía rígido el cuerpo, lo vaciaba, lo sometía a tensiones. Porque
querer y no tener -querer, querer-, ¡cómo le partía el corazón! ¡Ay, Mrs.
Ramsay!, gritaba sin palabras a aquella presencia que se sentaba junto a la
barca, a aquella abstracción que era ella, la mujer de gris, como si fuera a insultarla
por haberse ido, y, tras haberse ido, regresara. Siempre le había parecido que
esto de pensar en ella era algo sencillo. Fantasma, aire, nada, algo con lo
que podías jugar fácilmente, sin problemas, a cualquier hora del día o de la
noche, eso es lo que había sido; y de repente extendía la mano, y te partía el
corazón. De repente los vacíos peldaños del salón, el bordado del sillón en el
interior, el cachorro que daba traspiés en la terraza, todas las ondas y
rumores del jardín se convertían en curvas y arabescos que florecían en torno
al centro de un vacío absoluto.
«¿Qué significa esto? ¿Cómo lo explica?», eso
quería preguntar, y de nuevo se volvió hacia Mr. Carmichael. Porque todo el
mundo parecía haberse disuelto en esta hora del amanecer en un charco de
pensamiento, en un profundo cuenco de la realidad, y casi podía una fantasear
con la idea de que si Mr. Carmichael hubiera hablado, una lagrimita habría desgarrado
la superficie del charco. ¿Y luego? Algo subiría a la superficie. Aparecería
una mano, destellaría la hoja de un cuchillo. Era un disparate, por supuesto.
Le vino a la mente la curiosa idea de que,
después de todo, quizá él sí que hubiera oído lo que ella no sabía decir. Era
un anciano misterioso, con sus hebras rubias en la barba, con su poesía, con
sus rompecabezas, serenamente surcando un mundo que había satisfecho todos sus
deseos; ella pensaba que no tenía nada más que extender la mano hacia el jardín
para asir cualquier cosa que necesitara. Miró el cuadro. Tal vez hubiera sido
ésta su respuesta: cómo «tú» y «yo» y «ella» pasan y se desvanecen, nada permanece,
todo cambia; pero no cambian las palabras, ni la pintura. Seguro que lo colgarán
en algún ático, pensaba; lo enrollarán y lo guardarán tras algún sofá; no
dejará de ser verdad, sin embargo, aunque la pintura sea ésta. Podría una
decir, incluso de este trazo, aunque acaso no del cuadro, lo que valía era el
empeño, que «permanecería para siempre»; iba a decir eso, o, como las palabras
dichas le parecían incluso a ella misma demasiado pretenciosas, a insinuarlo,
sin palabras, cuando, al mirar el cuadro, se quedó sorprendida al darse cuenta
de que no lo veía. Tenía los ojos llenos de ese líquido caliente (no se le
ocurrió pensar en las lágrimas al principio) que, sin perturbar la firmeza de
sus labios, hacía que el aire fuera más denso, se deslizaba por sus mejillas.
No había perdido los nervios, ¡claro que no!, de ninguna forma. Entonces,
¿lloraba por Mrs. Ramsay sin ser consciente de ninguna desdicha? Se dirigió
una vez más al viejo Mr. Carmichael. ¿De qué se trataba? ¿Qué quería decir? ¿Es
que las cosas podían alargar una mano y asirla a una?, ¿la hoja podía cortar?;
¿la mano, asir?, ¿no había seguridad?, ¿no había forma de aprenderse de
memoria los hábitos del mundo?, ¿no había guía, ni refugio, sino que todo era
milagro, y saltar desde lo alto de una torre al vacío?, ¿pudiera ser que,
incluso para los ancianos, fuera esto la vida?: ¿sorprendente, inesperada,
desconocida? Por un momento pensó en que si ambos, aquí, ahora, en este jardín,
exigieran una explicación, que por qué era tan breve, tan inexplicable, y lo
dijeran con violencia, como hablarían dos seres humanos plenamente
desarrollados a quienes no se pudiera ocultar nada, entonces, la belleza
aparecería al momento; el espacio se poblaría; los vacíos arabescos compondrían
una forma concreta; si gritaran con suficiente energía, Mrs. Ramsay regresaría.
«¡Mrs. Ramsay!», dijo en voz alta, «¡Mrs. Ramsay!». Las lágrimas rodaban por su
cara.
6
[El hijo de Macalister cogió uno de los peces,
y le cortó un cuadrado para cebar el anzuelo. Devolvió a la mar (aún vivo) el
cuerpo mutilado.]
7
«¡Mrs. Ramsay!
-gritaba Lily-. ¡Mrs. Ramsay!» Pero no sucedía
nada. El dolor crecía. ¡Que la angustia la reduzca a una a este grado de
imbecilidad!, pensaba. En todo caso, el viejo no la había oído. Seguía
tranquilo, amable; y, si una quería verlo así, incluso sublime. ¡Alabados sean
los cielos!, nadie había oído ese grito ignominioso, ¡deténte, dolor, deténte!
Evidentemente, no se había despedido del sentido común. Nadie la había visto
avanzar por la tabla y arrojarse a las aguas de la aniquilación. Seguía siendo
una mezquina solterona que sujetaba un pincel en medio del jardín.
Lentamente el dolor de la carencia, y la ira
amarga (que hubiera regresado, cuando pensabas que nunca más volverías a
sentirte triste por Mrs. Ramsay. ¿La había echado de menos a la hora del
desayuno entre tazas de café?, nada) cedían; y de su angustia quedaba, como
antídoto, un consuelo que en sí mismo era balsámico, y también, pero más misteriosamente,
la sensación de que alguien por ahí, Mrs. Ramsay, aliviada por unos momentos
del peso que el mundo había depositado sobre ella, intangible, se había
quedado junto a ella, y después (porque era Mrs. Ramsay, radiante de belleza)
le había ceñido en la cabeza una corona de flores blancas. Lily apretó los
tubos de pintura de nuevo. Se enfrentó con el problema del seto. Era extraño lo
claramente que la veía, cruzando con su rapidez de costumbre por los prados,
llenos de pliegues, púrpura y delicados, entre cuyas flores, jacintos o lirios,
se desvanecía. Era algún truco de su ojo de pintora. Porque, unos días después
de haberse enterado de su muerte, se la había imaginado así, con la corona en
la cabeza, caminando en silencio junto a su compañero, una sombra en medio de
los campos. La mirada, las frases, tenían su poder de consolación. Dondequiera
que estuviera, pintando, aquí en el campo o en Londres, se le aparecía esta
imagen, y con los ojos entrecerrados buscaba algo en lo que fundar esta
visión. Miraba hacia el vagón del ferrocarril, hacia el autobús; cogía un
rasgo de la cara o del hombro; examinaba las ventanas de enfrente; miraba
hacia Picadilly, punteado de farolas al anochecer. Todo había formado parte de
los campos de la muerte. Pero siempre algo -una cara, una voz, un vendedor de
periódicos gritando Standard, News-, que brotaba como de la nada, la
desdeñaba, la despertaba, exigía de ella y lo conseguía finalmente, un esfuerzo
de atención, de forma que había que rehacer perpetuamente la visión. Una vez
más, espoleada como lo estaba por una necesidad intuitiva de lejanía y azules,
echó una mirada a la bahía bajo ella, convirtiendo en colinas las barras azules
de las olas, y en campos pedregosos los espacios purpúreos. De nuevo, algo
incongruente la estimuló. Había una mancha de color castaño en medio de la
bahía. Era una barca. Sí, al momento se dio cuenta de que era eso. Pero ¿de
quién era la barca? Era la de Mr. Ramsay, se dijo. Mr. Ramsay, el hombre que
había estado junto a ella, quien había echado a andar, quien había saludado con
la mano, solo, encabezando una procesión, con sus bonitos zapatos, solicitando
un consuelo que ella le había negado. La barca había llegado al centro de la
bahía.
Era tan agradable la mañana, si se exceptuaba
una racha de viento de vez en cuando, que el mar y el cielo parecían hechos
del mismo tejido, como si hubiera velas en el cielo, o se hubieran caído las
nubes al mar. En alta mar, un vapor había enviado al aire un bucle de humo
inmenso que se había quedado allí haciendo decorativas volutas, como si el
aire fuera una fina gasa que sostuviera las cosas y las retuviera delicadamente
en su red, meciéndolas con todo cuidado de un lado a otro. Como con frecuencia
sucede cuando hace buen tiempo, los acantilados parecía que fueran conscientes
de la presencia de los barcos, como si se enviaran los unos a los otros
mensajes secretos. Porque a veces parecía que el Faro estaba muy cerca de la
costa, pero hoy, con la calina, parecía estar muy lejos.
«¿Dónde estarán?», pensaba Lily, mirando la
mar. ¿Dónde estaba aquel anciano que la había dejado atrás en silencio? ¿que llevaba bajo el brazo un paquete envuelto en papel de estraza? La
barca estaba en medio de la bahía.
8
Allí no se dan cuenta de nada, pensaba Cam,
mirando hacia la costa, que, subiendo y bajando, parecía estar cada vez más
lejos, más tranquila. La mano en el agua dejaba una estela en la mar, al igual
que su mente hacía ondas verdes y trazos que se convertían en dibujos, y,
paralizada, envuelta en un sudario, se paseaba de forma imaginaria por el
submundo de las aguas donde las perlas se arracimaban para formar blanca
espuma, donde bajo la luz verde todas las ideas de una se transformaban, y el
cuerpo brillaba translúcido, envuelto en una capa de color verde.
Luego cesaba de discurrir el agua en torno a
la mano. Se detenía el fluir apresurado del agua; el mundo se llenaba de
crujidos y chirridos. Oía cómo las olas rompían y sonaban contra la barca, como
si hubieran anclado en un puerto. Todo parecía muy cercano. La vela, sobre la
que estaban fijos los ojos de James, como si fuera alguien a quien conociera,
estaba completamente fláccida; se habían detenido, y esperaban la llegada de
una nueva brisa, bajo el sol ardiente, a millas de distancia de la costa, a
millas de distancia del Faro. Parecía como si todo el mundo se hubiera
detenido. El Faro se convirtió en algo inmóvil, y la lejana línea de la costa
se quedó quieta. El sol calentaba cada vez más, y todo el mundo parecía
haberse quedado muy junto, y parecían sentir la presencia de los demás, a
quienes casi habían olvidado. El sedal de Macalister se introdujo verticalmente
en la mar. Pero Mr. Ramsay seguía leyendo con las piernas cruzadas.
Leía un librito algo desgastado, con las
pastas jaspeadas como un huevo de chorlito. De vez en cuando, mientras seguían
en la horrible calma, pasaba una hoja. James pensaba que cada página que pasaba
se acompañaba de un gesto peculiar que le parecía que se dirigía a él: ya con
confianza, ya con autoridad, ya con la intención de que la gente se apiadase
de él; y todo el tiempo, mientras su padre leía y pasaba hojas sin cesar,
James temía que llegara el momento en que levantase la mirada, y preguntase
con mal humor por esto o por aquello. ¿Por qué estaban aquí perdiendo el
tiempo?, preguntaría, o haría cualquier otra cosa no menos irracional. Si lo
hace, pensaba James, sacaré un puñal y se lo clavaré en el pecho.
Todavía conservaba el viejo símbolo de sacar
un cuchillo y atravesarle el corazón a su padre. Sólo que ahora, al hacerse
mayor, mientras, presa de una rabia impotente, contemplaba a su padre sentado,
no era a él, al anciano que leía, a quien quería matar, sino a lo que se cernía
sobre él, sin saberlo quizá: aquella violenta e inesperada harpía de negras
alas, de picos y espolones fríos y duros como acero, que caía una y otra vez
(sentía el pico en las piernas desnudas, donde le había atacado en la
infancia), y a continuación se escapaba; pero aquí estaba de nuevo, un anciano,
muy triste, que leía un libro. Lo mataría, le atravesaría el corazón. Fuera lo
que fuera (y podría ser cualquiera, pensaba, mirando hacia el Faro y hacia la
lejana costa), comerciante, empleado de banca, abogado, director de cualquier
empresa, se opondría a él, lo seguiría y lo eliminaría. Llamaba tiranía y
despotismo a eso de hacer que la gente hiciera algo en contra de su voluntad,
a lo de recortar la libertad de expresión. Quién se atrevería a decir: No
quiero, cuando él decía: Vamos al Faro. Haz esto. Tráeme aquello. Se extendían
las negras alas, y el duro pico desgarraba. A continuación, allí estaba
sentado leyendo un libro; y podía levantar la mirada, nunca se sabía, era
bastante probable. Podría dirigirse a los Macalister. También podía deslizar un
soberano en la mano helada de alguna mujer en cualquier calle, pensaba james; o
podría dar gritos de aliento en cualquier deporte de marinos; podría saludar
con los brazos, a causa de la emoción; o podía presidir la mesa completamente
mudo desde principio al final de la cena. Sí, pensaba James, mientras la barca
se mecía y chapoteaba bajo el sol, había un páramo de nieve y piedra, muy
solitario y austero; y había llegado a pensar, con frecuencia, en los últimos
tiempos, cuando su padre decía algo que sorprendía a los demás, que allí sólo
había dos pares de huellas de pisadas: el suyo y el de su padre. Sólo ellos se
conocían mutuamente. ¿A qué entonces este terror, este odio? Regresando hacia
las muchas hojas que el pasado había acumulado sobre él, escrutando en el
corazón de aquel bosque en el que la luz y la sombra se entrecruzarían de
forma que distorsionaran toda forma, y se cometieran graves errores, tan
cegadores el sol como la oscuridad, buscaba una imagen que enfriara, que
aislara este sentimiento, que le diera una forma concreta y simétrica. Supóngase,
pues, que, como un niño pequeñito sentado indefenso en la sillita, o sentado
sobre las rodillas de alguien, hubiera visto cómo un vehículo aplastaba, sin
intención, de forma inocente, el pie de alguien. Supóngase que él hubiera
visto el pie antes, sobre la hierba, delicado, íntegro; y después, la rueda; y
luego, el mismo pie, amoratado, aplastado. Pero
la rueda era inocente. De forma que ahora, cuando se acercaba su padre dando
zancadas por el pasillo, levantándolos de madrugada para ir al Faro, le pisaba
el pie, se lo pisaba a Cam, lo pisaría a cualquiera. Lo único que podía hacer
uno era sentarse y quedarse mirando.
Pero ¿en el pie de quién estaba pensando?, ¿en
qué jardín había pasado todo esto? Porque uno tenía escenarios para estos
acontecimientos: había árboles, flores, cierta clase de luz, unas cuantas
figuras. Todo tendía a aparecer en un jardín donde no hubiera esta tristeza, y
donde no hubiera esto de mover tanto las manos; la gente hablaba con un tono de
voz común. Estaban todo el día entrando y saliendo. Había una anciana que
cotilleaba en la cocina, y la brisa movía las cortinas dentro y fuera de las
ventanas; todo se movía, todo crecía; y sobre aquellos platos y bandejas y
aquellas altas flores rojas y amarillas podía tenderse un velo muy fino, como
una hoja de parra, al anochecer. Las cosas se quedaban aún más quietas y
oscuras al anochecer. Pero el velo que parecía una hoja de parra era tan fino
que las luces lo levantaban, las voces lo arrugaban; a través de él podía ver
cómo se agachaba una figura, escuchaba, se acercaba, se alejaba; escuchaba el
rumor de un vestido, el sonido metálico de una cadena.
Era en este mundo donde una rueda le aplastaba
el pie a alguien. Algo, recordaba, se detenía y se cernía oscuramente sobre él;
se quedaba inmóvil; algo se movía en el aire, incluso allí algo estéril y
agudo descendía, como una hoja, una cimitarra, cortando hierbas y flores,
incluso en aquel mundo, derribándolas, ajándolas.
«Lloverá -recordaba a su padre diciéndolo-. No
podréis ir al Faro.»
El Faro era entonces una torre brumosa,
plateada, con un ojo amarillo que se abría de repente, delicadamente, al anochecer.
Ahora...
James miraba al Faro. Veía las rocas, blancas
de espuma; veía la torre, erguida, recta; veía que tenía ventanas; veía incluso
ropa tendida sobre las piedras, puesta a secar. De forma que, por fin, esto era
el Faro, ¿no?
No, lo otro también era el Faro. Porque nada
era sencillamente una sola cosa. También el otro era el Faro. A veces costaba
verlo desde el otro lado de la bahía. Al anochecer levantaba uno la mirada y
veía cómo el ojo parpadeaba, y la luz parecía llegar hasta ellos en aquel
jardín soleado y fresco en el que se sentaban.
Pero se detuvo. Siempre que decía «ellos» o
«alguien», y comenzaba a oír el rumor de alguien que se aproximaba, el sonido
de alguien que se marchaba, se volvía hipersensible respecto de quien lo
acompañara. Ahora era su padre. El dolor podía ser agudo. Porque en cualquier
momento, si seguía sin soplar el viento, su padre cerraría el libro de golpe, y
diría: «¿Qué es lo que ocurre?, ¿por qué estamos aquí perdiendo el tiempo?,
¿eh?», como aquella vez en la terraza, cuando dejó caer la hoja sobre ellos, y
ella se había quedado rígida, y si hubiera tenido un hacha a mano, un cuchillo,
cualquier objeto afilado, lo habría cogido y le habría travesado el corazón a
su padre. Su madre se había puesto rígida, luego el brazo se había relajado,
de forma que se dio cuenta de que ya no le escuchaba a él, en cierta forma se
había levantado y se había marchado a algún lugar lejano, y lo había dejado
allí, en el suelo, impotente, ridículo, con las tijeras en la mano.
No venía ni un soplo de aire. El agua se reía
y gorgoteaba en el fondo de la barca donde dos o tres caballas movían las colas
a un lado y otro en un charquito de agua que no llegaba a cubrirlas. En
cualquier momento, Mr. Ramsay (James casi no se atrevía a mirarlo) se daría
cuenta, cerraría el libro, diría algo ofensivo; pero, de momento, seguía
leyendo, y James, furtivamente, como si bajara la escalera descalzo, con miedo
de despertar al perro si chirriaba un peldaño, seguía pensando en cómo sería
ella, en dónde habría ido aquel día. Había comenzado a seguirla de habitación
en habitación, y por fin llegaron a una habitación de luz azul, como si se reflejase
en millares de platos de porcelana, en la que hablaba con alguien; él
escuchaba. Hablaba con una criada, y decía, con toda sencillez, lo que pensaba.
«Esta noche necesitaremos la fuente grande. ¿Dónde está... la azul?» Sólo ella
decía la verdad; sólo a ella se le podía decir. Ése era el origen de su perenne
atractivo para él, era consciente de que su padre le había adivinado los
pensamientos, los ensombrecía, los hacía ajarse, le hacía titubear.
Por fin dejó de pensar; estaba ahí sentado al
sol con la mano en la barra del timón, mirando fijamente al Faro, incapaz de
moverse, incapaz de sacudirse los granos de tristeza que, uno tras otro, se
depositaban en su mente. Parecía que lo ataba una maroma, y que su padre había
hecho el nudo, y sólo podía sacar un cuchillo y hundirlo... Pero en aquel momento
la vela comenzó a moverse poco a poco, se hinchó lentamente; la barca sintió un
sacudida, comenzó a moverse, apenas consciente, dormida; de repente se
despertó, salió disparada entre las olas. Fue un alivio extraordinario. Todos
parecieron perder importancia relativa ante los demás, y parecían estar bien,
y los sedales se tensaron formando un ángulo agudo en los costados de la
barca. Pero su padre no pareció haber advertido nada. Sólo hizo un gesto
misterioso con la mano derecha en el aire, y la dejó reposar de nuevo sobre la
rodilla, como si estuviera dirigiendo alguna sinfonía secreta.
9
[La mar estaba inmaculada, pensaba Lily
Briscoe, todavía allí, vigilando la bahía. La mar se extendía como si fuera
seda sobre la bahía. La distancia tenía un gran poder; se los había tragado,
pensaba, se habían ido para siempre, se habían convertido en parte de la
naturaleza de las cosas. Hasta el vapor había desaparecido, pero el gran bucle
de humo aún flotaba en el aire, y, amado como una bandera, parecía una despedida
triste.]
10
Así era, pues, la isla, pensaba Cam, volviendo
a meter los dedos en el agua. Nunca la había visto desde la mar. Así es como se
veía desde la mar, sí, con un entrante en medio, y dos acantilados casi
verticales, y la mar entraba por ahí, y luego se extendía durante millas y más
millas a ambos lados de la isla. Era muy pequeña; con una forma que recordaba
vagamente a una hoja sujeta por un extremo. Así que nos subimos a una
barquita, pensaba, comenzando a contarse un cuento de aventuras en el que se
escapaba de un barco que se hundía. Pero la mar discurra entre sus dedos, y se
desvanecía tras ellos una colonia de algas; no quería contarse un cuento de
verdad, lo que quería era la sensación de aventura, de huida de algo, porque
pensaba, mientras avanzaba la barca, en cómo la irritación de su padre con lo
de los puntos cardinales, la terquedad de James con su pacto, y su propia angustia,
cómo todo había desaparecido, todo había quedado atrás, ahora ondeaba en el
pasado. ¿Qué había, pues, a continuación? ¿Adónde iban? De su mano, hundida en
la mar, procedía todo un surtidor de contento ante la idea del cambio, de la
escapada, de la aventura (de estar viva, de estar ahí). Las gotas que procedían
de esta repentina e impremeditada fuente de contento caían aquí y allá, en la
oscuridad, en las formas dormidas de su propia mente; formas de un mundo
nonato, pero que se movía en la oscuridad, cogiendo aquí y allá un chispa de
luz: Grecia, Roma, Constantinopla. Con lo pequeña que era, con forma como de
hoja sujeta por un extremo, y con el dorado rocío de las aguas que la
rodeaban, ¿tenía, se preguntaba, su lugar en el universo también esta islita?
Pensaba que los sabios ancianos podrían haberla informado. A veces hacía como
si se hubiera extraviado en el jardín, para ver qué hacían. Y allí estaban
(podría tratarse de Mr. Carmichael, o de Mr. Bankes, muy viejos, muy solemnes)
sentados uno enfrente de otro en las tumbonas. Se oía el rumor de las páginas
de The Times, que sostenían ante sí, cuando entró desde el jardín, y todo era
confusión, acerca de algo que alguien había dicho acerca de Jesucristo; acerca
de un mamut que habían encontrado en unas excavaciones en alguna calle de
Londres, ¿cómo había sido Napoleón? Después cogían todo esto con sus manos
limpias (llevaban ropas de color gris, olían a brezo), y se sacudían las migas
a la vez, pasando hojas, cruzando las piernas, y diciendo algo, muy breve, de
vez en cuando. En una suerte de éxtasis, ella cogía un libro de la estantería,
y se quedaba allí, mirando cómo escribía su padre, tan regular; y lo
pulcramente que llegaban los renglones de un extremo al otro de la página, con
una tosecilla de vez en cuando; o decía algo, muy breve, al caballero que se
sentaba enfrente. Pensaba, allí, en pie, con el libro abierto, que aquí podría
dejar una que se abriera cualquier pensamiento como una planta bien regada, y
si se abría bien, ante estos caballeros que fumaban, tras las sonoras hojas de
The Times, entonces es que era un pensamiento correcto; y mientras veía cómo
escribía su padre en el estudio, pensaba (sentada ahora en la barca) que era
adorable, que era el más sabio; no era vanidoso, no era un tirano. A decir
verdad, cuando la veía leyendo un libro, con mucha amabilidad, le preguntaba:
¿Qué más quieres leer?
Temiendo equivocarse, se quedó mirando a su
padre que leía el librito de la cubierta reluciente, moteada como huevo de
chorlito. No, estaba bien. Quería decirle a james: Míralo. (Pero James no
quitaba ojo a la vela.) Es un animal dañino, contestaría james. Siempre acababa
hablando de sí y de sus libros, diría James. Es egotista hasta extremos
intolerables. Peor aún, es un tirano. Pero, ¡mira!, decía, mirándolo. Míralo
ahora. Veía cómo leía el libro con las piernas recogidas; el libro cuyas hojas
amarillentas conocía muy bien, pero no sabía de qué trataba. Era un volumen
pequeño, la letra era muy pequeña; en una de las guardas, lo sabía, había
escrito que se había gastado quince francos en un almuerzo: tanto el vino,
tanto de propina; lo había sumado todo pulcramente al pie de la página. Pero
de qué trataba este libro que tenía los cantos fatigados de llevarlo en el
bolsillo, eso no lo sabía.
Tampoco sabía nadie en qué pensaba. Pero se
quedaba absorto, de forma que cuando levantaba la mirada, como acababa de
hacer fugazmente, no era para ver nada, era para fijar más adecuadamente algún
pensamiento. Una vez hecho esto, su mente regresaba volando a zambullirse en la
lectura. Leía, pensaba ella, como si llevara el rumbo de algo, o como si
cuidara de un rebaño de ovejas, o como si ascendiera por un estrecho sendero; a
veces iba aprisa y directo, y se abría camino por la maleza; otras veces
parecía que una rama lo golpeaba, una zarza lo cegaba, pero no dejaba que eso
lo intimidara; seguía avanzando, pasando una página tras otra. Ella seguía
contándose un cuento acerca de huir de un barco que había naufragado, porque
ella estaba a salvo, mientras que él seguía ahí sentado; a salvo, como se había
sentido cuando entró sigilosa desde el jardín, y cogió un libro, y el anciano
caballero, bajando el periódico de repente, dijo algo muy breve por encima del
periódico acerca de la personalidad de Napoleón.
Miró de nuevo la mar, la isla. Pero la hoja
había perdido su filo. Era muy pequeña, estaba muy lejos. La mar era más
importante ahora que la costa. Las olas los rodeaban, subiendo y bajando, un
tronco rodando en el seno de una ola, una gaviota cabalgando en la cresta de
una ola. Por allí, pensó, mojando los dedos en el agua, se hundió un barco, y
murmuró, soñolienta, medio dormida, cómo morimos, solos.
11
Tanto es lo que depende, pues, pensaba Lily
Briscoe, mirando hacia la mar casi completamente sin manchas, tan delicada
que las velas y las nubes parecían incrustadas en el azul, tanto depende,
pensaba, de la distancia, de si la gente está cerca de nosotros, o lejos de
nosotros; porque sus sentimientos hacia Mr. Ramsay habían cambiado mientras se
alejaba navegando más y más por la bahía. Parecía lejano, remoto; parecía
cada vez más lejano. Parecía como si la mar, en aquel azul, en aquella lejanía,
se los hubiera tragado a él y a sus hijos; pero aquí, en el jardín, a mano, Mr.
Carmichael de repente gruñó. Ella se echó a reír. Agarró el libro que se hallaba
sobre el césped. Se movió en la tumbona, resoplando como si fuera algún
monstruo marino. Esto era diferente, porque estaba muy cerca. Volvía todo de
nuevo a la calma. A estas horas ya se habrían levantado todos, supuso, mirando
a la casa, pero no vio a nadie. Recordó: siempre se iban corriendo en cuanto
terminaban la comida, cada uno a lo suyo. Todo armonizaba con este silencio,
con este vacío, con la irrealidad de la madrugada. Era una forma que las cosas
tenían a veces, pensaba, demorándose durante un momento, y mirando hacia
alguna de las luminosas ventanas, hacia el penacho de humo azul: se convertían
en algo irreal. A veces, al regresar de un viaje, o tras una enfermedad, antes
de que los viejos hábitos hubieran vuelto a aflorar, sentía una la misma clase
de irrealidad, una irrealidad muy sorprendente; sentía que había algo que
brotaba. La vida en esos momentos era más animada. Podía estar completamente
tranquila. Afortunadamente no tenía que decir, muy animada, al cruzar el jardín
para saludar a la buena de Mrs. Beckwith, que buscaba un rincón en el que
sentarse: «¡Ah, buenos días, Mrs. Beckwith!, ¡Qué día tan maravilloso! ¿Se
atreve a sentarse al sol? Jaspers ha escondido las sillas. ¡Voy a buscarle
una!»; la cháchara de costumbre. No tenía una por qué abrir la boca. Se dejaba
ir, con las velas desplegadas (ya había movimiento en la bahía, las barcas
zarpaban) en medio de las cosas, más allá de las cosas. No estaba vacía, sino
llena a rebosar. Parecía estar inmersa en alguna clase de sustancia que le
llegaba a los labios, parecía moverse, flotar y hundirse en ella; sí, porque
estas aguas eran profundas hasta lo insondable. Muchas vidas se habían
derramado en ellas. Las de los Ramsay, las de los niños, y toda clase de restos
y retales de las cosas. Una lavandera con la cesta; una liliácea como una
barra al rojo vivo, los púrpuras y verdegrises de las flores: algún sentimiento
común que unía todas las cosas.
Era quizá un sentimiento semejante de algo
completo el que, hace diez años, en pie, casi en el mismo lugar donde ahora
estaba, le había hecho decir que debía de estar enamorada de este lugar. El
amor tiene millares de formas. Pudiera haber amantes entre cuyos dones se
contara el de poder elegir los elementos de las cosas, el de ponerlos juntos,
para así, dándoles una integridad de la que carecían en la vida real,
convertirlos en una escena, o en una reunión de personas (todas ahora
desaparecidas o separadas), una de esas confabulaciones en la que se demora el
pensamiento, y con la que juega el amor.
Sus ojos reposaban en la mancha de color
castaño de la barca de Mr. Ramsay. Llegarán al Faro a la hora del almuerzo,
pensaba. Pero el viento había refrescado, y el cielo cambió
imperceptiblemente, las barcas habían cambiado de posición, y el paisaje, que
el momento anterior parecía fijado para la eternidad, no era nada agradable
ahora. El viento había revuelto la estela de humo, había algo desagradable en
la nueva posición de las barcas.
La incongruencia ante ella parecía haber
alterado alguna armonía de su propia mente. Sintió una pena sorda. Se le
confirmó cuando regresó al cuadro. Había desperdiciado la mañana. Por algún
motivo no podía lograr ese equilibrio como de filo de navaja de las dos fuerzas
enfrentadas: Mr. Ramsay y el cuadro, y el equilibrio era imprescindible.
¿Quizá había algo incorrecto en el dibujo? ¿Era, se preguntaba, que la línea
de la tapia necesitaba una interrupción?, ¿era el volumen del arbolado
demasiado pesado? Se sonrió irónicamente; ¿es que no se había dicho, al
comienzo, que había resuelto el problema?
¿Cuál era, pues, el problema? Tenía que
intentar asir algo que la eludía. La eludía cuando pensaba en Mrs. Ramsay, la
eludía cuando pensaba en el cuadro. Acudían las palabras. Acudían las imágenes.
Hermosas pinturas. Hermosas frases. Pero lo que quería asir era el temblor en
los nervios, la cosa en sí, antes de que se convirtiera en otra cosa. Conseguir
eso y empezar de cero, conseguirlo y empezar de cero, se decía con
desesperación, colocándose con firmeza ante el caballete. Era una máquina
triste, una máquina ineficaz, pensaba, el aparato humano, para pintar o para
sentir, siempre se estropeaba en el momento crítico; con heroísmo, debe
obligarse una a seguir. Se quedó mirando con el entrecejo fruncido. Ahí estaba
el seto, no cabía duda. Pero no se conseguía nada pidiendo con insistencia. Lo
único que conseguía una era que te deslumbrara el mirar tanto tiempo la línea
de la tapia, o el pensar... llevaba un sombrero gris. Era sorprendentemente
hermosa. Que venga, pensó, si ha de venir. Porque hay momentos en que una no
puede ni pensar ni sentir. Pero sin pensar ni sentir, ¿dónde está una?
Aquí, en el jardín, en este césped, pensaba,
sentándose, y examinando con el pincel una diminuta colonia de llantenes.
Porque el césped estaba descuidado. Sentada aquí en el mundo, pensaba en que no
podía desprenderse de esa idea de que todo esta mañana estaba sucediendo por
primera vez, o quizá por última vez; al igual que un viajero sabe, incluso
medio dormido, con sólo mirar por la ventanilla del tren, que es ahora cuando
debe mirar, porque no volverá a ver nunca esta ciudad, o el carro tirado por
una mula, o aquella labradora de aquel campo. El jardín era el mundo; allí estaban
juntos, en esta condición de exaltación, pensaba, mirando al bueno de Mr.
Carmichael, que parecía (aunque no se habían hablado en todo el tiempo)
compartir sus pensamientos. Quizá no volvería a verlo. Se hacía viejo.
Recordó, sonriendo ante la zapatilla que se movía en la punta del pie, que
cada vez era más famoso. Decían que su poesía era «muy hermosa». Seguían
publicando cosas que había escrito hacía cuarenta años. Ahora había un hombre
famoso que se llamaba Carmichael; se sonrió, pensando en la cantidad de formas
que podía adoptar un hombre, cómo era una persona que aparecía en los
periódicos, pero también era el mismo que había sido siempre. Parecía que era
el de siempre... quizá alguna cana más. Sí, el mismo aspecto de siempre, pero
alguien había dicho, lo recordaba, que cuando se enteró de la muerte de Andrew
Ramsay (murió instantáneamente, una granada; habría llegado a ser un gran
matemático), Mr. Carmichael había «perdido todo interés en la vida». ¿Qué querían
decir?, se preguntaba. ¿Había ido a manifestarse a Trafalgar Square armado con
un buen palo? ¿Había empezado a pasar páginas y más páginas sin leerlas,
sentado en su habitación de St. John's Wood? No sabía qué es lo que había hecho,
cuando se enteró de que Andrew había muerto, pero en todo caso ella advertía
que algo le había ocurrido. Ellos dos sólo se saludaban con susurros en la
escalera, miraban al cielo, decían que haría bueno, o que no haría bueno. Pero
ésta era una de las formas de conocerse la gente, pensaba: de conocer el
conjunto, no los detalles, sentarse en el jardín de cualquiera, y ver cómo las
faldas de una colina se volvían de color purpúreo en una lejanía de brezos. Así
es como ella lo conocía. Sabía que en cierta forma había cambiado. Nunca había
leído un solo verso de él. No obstante, pensaba que sabía cómo era su poesía,
lenta y sonora. Era madura y sabrosa. Trataba del desierto y del camello. De
las palmeras y de los crepúsculos. Era extraordinariamente impersonal; algo
decía acerca de la muerte; pero decía muy poco sobre el amor. Había una cierta lejanía
en él. Necesitaba muy poco de los demás. ¿No había cruzado siempre a
trompicones por la puerta de la sala hacia el jardín con el periódico bajo el
brazo, intentando evitar a Mrs. Ramsay, a quien por algún motivo no apreciaba
mucho? Por ello mismo, ella, por supuesto, siempre intentaba que se detuviera.
Él le hacía una reverencia. Se paraba en contra de su voluntad, y hacía una
gran reverencia. A ella le fastidiaba que él no quisiera nada de ella, y Mrs.
Ramsay le preguntaba si no quería el abrigo, una alfombra, el periódico. No,
no quería nada. (Ahora era cuando él se inclinaba.) Había algún rasgo de ella
que a él no le gustaba mucho. Quizá era lo dominante que era, lo positiva que
era, lo de ir directa al grano. Era muy sincera.
(Un ruido que procedía de la ventana de la
sala la distrajo, el chirrido de un gozne. Una leve brisa jugaba con la ventana.)
Debe de haber habido personas a quienes no les
gustara ella, pensaba Lily. (Sí, se daba cuenta de que el peldaño de la sala
estaba vacío, pero no le afectaba de ninguna manera. Ahora no necesitaba a Mrs.
Ramsay.) Había quien pensaba que era demasiado segura, demasiado radical. Quizá
incluso su belleza ofendía a algunos. ¡Qué monótono, seguro que era eso lo que
decían, siempre igual! Las preferían de otra clase: morenas, animadas. Además
era débil con su marido. Le dejaba hacer escenas. Además era reservada. Nadie
sabía con exactitud qué es lo que le pasaba. Y en fin (para volver de nuevo a
la antipatía de Mr. Carmichael), no podía una imaginarse a Mrs. Ramsay
pintando, o tendida, leyendo toda una mañana en el jardín. Era impensable. Sin
decir una palabra, la única muestra de su actividad era la cesta que colgaba
de su brazo, se iba al pueblo, a ver a los pobres, a sentarse en algún
dormitorio diminuto y asfixiante. Una vez tras otra, Lily la había visto irse
en silencio en medio de algún juego, de alguna conversación, con la cesta bajo
el brazo, muy erguida. Había advertido el regreso. Había pensado, medio riéndose
(era tan metódica con lo de las tazas de té), medio emocionada (su belleza le
cortaba la respiración a una): hay ojos a los que cierra el dolor que la han
contemplado. Ha estado con ellos.
Luego Mrs. Ramsay se sentía fastidiada porque
alguien llegaba tarde, o porque la mantequilla estaba rancia, o porque se
había desportillado la tetera. Durante todo el rato en que no había dejado de
decir que la mantequilla estaba rancia, una pensaba en templos griegos, y en
cómo la belleza había residido allí en ellos. Nunca hablaba de ello: se iba,
puntual, directa. Su intuición le pedía que se fuera, al igual que las golondrinas
buscan el sur; las alcachofas, el sol; se dirigía de forma infalible hacia la
especie humana, anidaba en su corazón. Ésta, como todas las intuiciones,
apenaba un tanto a quienes no participaban de ella; quizá, a Mr. Carmichael; a
ella, por supuesto. Alguna idea tenían ambos acerca de lo ineficaz de la
acción, de la supremacía del pensamiento. Su marcha era un reproche hacia
ellos, daba un leve cambio al rumbo del mundo, de forma que se veían obligados
a protestar, advirtiendo que sus propios juicios desaparecían, y que en vano
intentaban asirlos mientras se esfumaban. Charles Tansley también lo hacía: por
eso, en parte, no gustaba a nadie. Trastomaba las proporciones del mundo. Qué
habría sido de él, se preguntaba, moviendo distraída los llantenes con el pincel.
Tenía su puesto de profesor. Se había casado, vivía en Golders Green.
En una ocasión había entrado en una sala,
durante la guerra, y él daba una conferencia. Denunciaba algo, condenaba a
alguien. Predicaba el amor fraternal. Le sorprendió que hablara de amor a los
semejantes quien no sabía distinguir un cuadro de otro, quien había fumado
junto a ella picadura de tabaco («a cinco peniques la onza, Miss Briscoe»),
quien se dedicaba a decirle que las mujeres no saben escribir, no saben
pintar, ¿quizá no tanto porque lo creyera sino porque, por alguna rara razón,
deseara creerlo? Ahí estaba, flaco, rojo y tosco, predicando el amor desde un
estrado (había hormigas entre los llantenes a las que molestaba con el pincel:
hormigas rojas, enérgicas, bastante parecidas a Charles Tansley). Se había
quedado mirándolo de forma irónica, en la sala medio vacía, llenando de amor
todo aquel espacio helado, y, de repente, apareció de nuevo el viejo barril o
lo que fuera rodando por las olas, y Mrs. Ramsay que buscaba la funda de las
gafas entre las piedras. «¡Vaya!, otra vez las he perdido, ¡qué fastidio! No se
moleste, Mr. Tansley, las pierdo a millares todos los veranos», ante lo cual,
él apretaba la barbilla contra el cuello, como si temiera que tuviera que dar
por buena semejante exageración, pero la aceptara en aquella persona que le
gustaba, y le dirigió una sonrisa llena de encanto. Debía de haberse sincerado
con ella en alguna de aquellas largas excursiones en las que luego se
desperdigaban y regresaban a casa separados. Pagaba la educación de su hermana
menor, le había dicho a Lily Mrs. Ramsay. Lo cual hablaba muy elocuentemente en
favor de él. La idea que ella tenía de él era grotesca, Lily lo sabía muy bien;
movía los llantenes con el pincel. Después de todo, la mitad de las ideas que
tenía cualquiera sobre los demás eran grotescas. Servían para fines
particulares de cada uno. A ella le servían de chivo expiatorio. Se hallaba a
sí misma flagelando sus flacos costillares cuando estaba de mal humor. Cuando
quería tomárselo en serio, tenía que servirse de las frases de Mrs. Ramsay,
para verlo con los ojos de ella.
Levantó un montoncito de arena para que se
subieran a ella las hormigas. Las redujo a un frenesí de indecisiones al
interferir en su cosmogonía. Unas corrían en una dirección; otras, en otra.
Necesitaba una cincuenta pares de ojos para
ver, reflexionó. Cincuenta pares de ojos no bastaban para completar el retrato
de esa mujer, pensó. Entre ellos, debería de haber un par que fuera
completamente ciego ante su belleza. Lo que una verdaderamente necesitaba era
alguna clase de sentido secreto, fino como el aire, con el cual introducirse
por los ojos de las cerraduras, y rodearla cuando estuviera sentada tejiendo,
hablando, sentada en silencio, sola, en la ventana; que tomara y atesorara
-como el aire que contenía el penacho de humo del vapor- sus pensamientos, su
imaginación, sus deseos. ¿Qué significaba el seto para ella?, ¿qué significaba
el jardín para ella?, ¿qué significaba para ella que rompiera una ola? (Lily
levantó la mirada, de la misma forma en que Mrs. Ramsay la levantaba; también
ella oyó cómo una ola rompía en la playa.) Entonces, ¿qué era lo que se agitaba
y temblaba en su mente cuando los niños decían: «árbitro, árbitro», cuando
jugaban al críquet? Dejaba de tejer durante un segundo. Miraba con atención.
Luego volvía a su estado anterior, y de repente los pasos de Mr. Ramsay se
detenían frente a ella, alguna curiosa conmoción parecía recorrerla, y parecía
mecerse ella en el seno de alguna profunda agitación, cuando se quedaba allí, y
la miraba desde arriba. Lily estaba viéndolo a él.
Él alargaba la mano, y la ayudaba a
levantarse. Parecía, en cierta forma, como si ya lo hubiera hecho
anteriormente, como si ya se hubiera inclinado anteriormente, y la hubiera
ayudado a descender de una barca que, a unas pocas pulgadas de alguna isla,
hubiera requerido que a las damas las ayudaran los caballeros de esta forma.
Una escena anticuada era ésta, que requería, sin duda, miriñaques y pantalones
de etiqueta. Al dejar que él la ayudara, Mrs. Ramsay había pensado (suponía
Lily) que había llegado el momento; sí, se lo diría ahora. Sí, se casaría con
él. Bajó lenta, tranquilamente a la orilla. Quizá sólo dijo una palabra,
dejando su mano en la de él. Nos casaremos, quizá había dicho, con la mano en
la de él, pero nada más. Una vez tras otra pasaba entre ambos la misma emoción:
era obvio que sí, pensó Lily, mientras disponía un camino para las hormigas.
No se lo inventaba, estaba arreglando algo bastante liado que le había
entregado hacía unos años, algo que había visto. Porque en el desorden de la
vida diaria, con todos aquellos niños por allí, todos aquellos visitantes, una
tenía constantemente un sentido de que todo se repetía, de que algo caía donde
anteriormente hubiera caído otra cosa, despertando un eco que resonara en el
aire, y lo llenara de vibraciones.
Pero sería un error, pensaba, reflexionando en
cómo habían salido a pasear juntos, ella con el chal verde, él con la corbata
al viento, del brazo, más allá del invernadero, para simplificar sus
relaciones. No era la monotonía de la felicidad: ella con sus impulsos y su
rapidez; él con sus estremecimientos y sus depresiones. Ah, no. La puerta de
la habitación bien podía dar un portazo de madrugada. Él quizá lanzaba
zumbando el plato por la ventana. A continuación la casa se llenaba de portazos
y de cortinas que volasen como si soplara el viento de repente, y la gente
volase a echar los cierres para que todo estuviese en orden. Así se había encontrado
un día a Paul Rayley en la escalera. Se habían reído sin cesar, como una pareja
de niños, y todo porque Mr. Ramsay se había encontrado una tijereta en la leche
al desayunar, y había tirado todo hacia la terraza. «Una tijereta -murmuraba
Prue, sorprendida-, en la leche.» Los demás quizá se encontraran un ciempiés.
Pero él había levantado tal muralla de santidad, y ocupaba el espacio con una
solemnidad tan majestuosa, que una tijereta en su leche era un monstruo.
Pero asustaba a Mrs. Ramsay, la intimidaba un
poco esto de que los platos salieran zumbando por el aire, que las puertas
dieran portazos. Se interponían entre ellos largos y embarazosos silencios,
cuando, en un estado mental que no le gustaba a Lily ver en ella, medio
quejumbrosa, medio enfadada, parecía incapaz de sufrir la tempestad con calma,
o de reírse cuando los demás se reían; aunque tal vez el cansancio ocultase
algo. Se quedaba pensativa, callada. Al rato, él se acercaba de forma furtiva
a donde ella solía estar, paseaba junto a la ventana donde ella solía sentarse
a escribir cartas o a charlar, porque ella se cuidaba mucho de parecer muy
ocupada cuando él aparecía, para evitarlo, para fingir que no lo veía. Luego él
volvía a ser suave como la seda, afable, cortés, e intentaba congraciarse con
ella. A pesar de todo, ella mantenía las distancias, y ahora le tocaba a ella
durante un periodo breve exhibir algunos de esos orgullos y aires que eran la
consecuencia de su belleza, de los que, en general, prescindía por completo;
volvía la cabeza, miraba por encima del hombro; siempre con alguna Minta, Paul
o William Bankes junto a ella. Al cabo del tiempo, siempre él fuera del grupo,
la viva
imagen de un lobo
hambriento (Lily salió del jardín, se acercó a mirar los escalones de la sala,
se acercó a la ventana, donde lo vio en aquella ocasión), él pronunciaba el
nombre de ella, sólo una vez, en todo parecido a un lobo que aullase en medio
de la nieve, pero ella seguía resistiéndose; lo repetía, y esta vez algo en el
tono la afectaba a ella, y se acercaba a él, dejándolos a todos de repente, y
desaparecían entre los perales, los repollos y las frambuesas. Y lo
solucionaban juntos. Pero ¿con qué gestos?, ¿con qué palabras? Tal era la dignidad
que caracterizaba su relación que, desentendiéndose, Paul, Minta y ella
escondían su curiosidad y su malestar, y comenzaban a cortar flores, a jugar
con el balón, o a charlar, hasta que llegara la hora de la cena; y entonces
volvían los dos como si nada hubiera pasado, él en un extremo de la mesa, ella
en el otro.
«¿Cómo es que no os interesa a ninguno la
botánica...? Con esos brazos y piernas, ¿por qué no ...?» Así es como hablaban
ordinariamente, riéndose, entre los niños. Todo volvía a ser como siempre,
excepto por algún que otro mínimo temblor, como de una hoja al viento, que
fuera y viniera entre ellos, como si la estampa de costumbre de los niños
sentados en torno a los platos de sopa se hubiera remozado a sus ojos tras
pasar aquella hora entre peras y repollos. Mrs. Ramsay, pensaba Lily, miraba de
forma especial, aunque fugazmente, a Prue. Allí estaba sentada, una hermana
más entre hermanos, siempre tan atareada; procurando, al parecer, que nada
saliera mal, apenas hablaba. ¡Cómo se habrá enfadado consigo misma por lo de la
tijereta en la leche! ¡Qué pálida se había quedado cuando Mr. Ramsay arrojó el
plato zumbando a través de la ventana! ¡Cómo sufría en los intervalos de
silencio que había entre ellos! En todo caso su madre parecía estar intentando
consolarla ahora, le confirmaba que todo estaba bien, le prometía que cualquier
día de éstos ella obtendría una felicidad idéntica. Sin embargo, menos de un
año había disfrutado de esa clase de felicidad.
Había dejado caer las flores de la cesta,
pensaba Lily, entrecerrando los ojos, retrocediendo como si fuera a mirar el
cuadro, al que no tocaba, sin embargo, con todas sus facultades como en
trance, helada la superficie, pero moviéndose algo por debajo con gran
velocidad.
Había dejado caer las flores de la cesta, las
arrojó y esparció por el jardín, y, con desgana y titubeante, pero sin preguntas
ni quejas -¿no poseía la facultad de obedecer los dictados de la perfección?-,
se fue. Campo abajo, cruzando los valles, blanca, adornada con flores, así es
como le habría gustado pintarla. Las olas sonaban con agrio ruido en las rocas
bajo ella. Se fueron, los tres juntos, Mrs. Ramsay iba a la cabeza, caminando
más aprisa que los demás, como si confiara en ver a alguien a la vuelta de la
esquina.
De repente, la ventana a la que miraba se
iluminó con alguna luz que se había encendido en el interior. Por fin había
entrado alguien en la sala, alguien se había sentado en el sillón. Por el amor
de Dios, rogaba, que se quede ahí en el sillón, y que no se sienta obligado a
venir a hablar conmigo. Misericordiosamente, quienquiera que fuese se había
quedado en el interior, y se había acomodado de forma que por una verdadera
suerte proyectaba una sombra en forma de triángulo irregular sobre el escalón.
Alteraba un tanto la composición del cuadro. Era interesante. Podría ser útil.
Estaba volviéndole la inspiración. Tenía que seguir mirando, sin relajar ni un
segundo la intensidad de la emoción, la determinación de no dejarse desanimar,
de no dejarse engañar. Había que sujetar la escena, así, como si estuviera en
un tomo de ebanista, y no podía consentir que nada lo estropeara. Lo que quería
una, pensaba, cogiendo intencionadamente pintura con el pincel, era mantenerse
a la altura de las experiencias ordinarias de la vida, sentir sencillamente que
esto es una silla, que eso es una mesa, y, sin embargo, a la vez, quería
sentir: Esto es un milagro, es un éxtasis. Quizá después de todo podría resolverse
el problema. Ay, pero ¿qué es lo que había sucedido? Una sombra blanca había
pasado por el cristal de la ventana. El viento debió de haberse movido en el
interior de la habitación. Le dio un salto el corazón, y se apoderaron de ella
los nervios, se sintió mal.
«¡Mrs. Ramsay! ¡Mrs. Ramsay!», gritaba,
sintiendo que volvía a ella el antiguo horror: querer y querer y no tener. ¿Es
que aún tenía ese poder? Luego, al calmarse, tranquilamente, también eso se
convirtió en parte de la vida cotidiana, estaba a la altura de la silla, de la
mesa. Mrs. Ramsay -era eso parte de la perfecta benevolencia con la que
siempre había considerado a Lily- se sentaba allí con toda sencillez, en el sillón;
las agujas destellaban de vez en cuando, tejía el calcetín de color castaño rojizo,
proyectaba una sombra sobre el escalón. Allí es donde se sentaba.
Como si tuviera algo más que pudiera
compartir, pero apenas fuera capaz de dejar el caballete, tan absorta estaba en
las ideas que ocupaban su cabeza, por causa de lo que estaba viendo, Lily fue
más allá de donde estaba Mr. Carmichael, con el pincel, hasta el borde del
jardín. ¿Dónde estaba la barca en estos momentos? ¿Mr. Ramsay? Lo necesitaba.
12
Mr. Ramsay casi había acabado el libro.
Sobrevolaba la página la mano, como si aguardara para descender el momento
preciso en que hubiera terminado. Allí estaba sentado, sin sombrero, el viento
lo despeinaba, estaba francamente desprotegido. Parecía muy viejo. Parecía,
pensaba James, al ver la cabeza recortada contra el Faro, o ante la inmensidad
de las aguas que se perdían en el horizonte, como una piedra en medio de la
arena de la playa; parecía como si se hubiera convertido físicamente en lo que
en el fondo de sus mentes ellos pensaban que era: en aquella soledad que era
para ambos la verdad más cierta.
Leía con gran rapidez, como si tuviera ganas
de llegar al final. A decir verdad, estaban ya muy cerca del Faro. Ahí se erguía,
desnudo y derecho, deslumbrantemente blanco y negro, y podían verse las olas
deshaciéndose en agujas blancas, como cristal que se arrojara contra las rocas.
Veía una las ventanas con toda claridad; una pincelada blanca en una de ellas,
y una gavilla de verde sobre la roca. Había salido un hombre que los miraba a
través de un catalejo, y había entrado de nuevo. Así que esto era, pensaba
James, el Faro que había estado viendo durante todos estos años desde el otro
lado de la bahía; era una torre desnuda sobre una roca pelada. Le complacía.
Confirmaba algún oscuro sentimiento acerca de su propio carácter. Las ancianas,
se decía, pensando en el jardín de casa, estarían arrastrando las sillas por
el césped. La buena de Mrs. Beckwith, por ejemplo, siempre estaba diciendo lo
bonito que era esto, y lo bonito que era lo otro, y que deberían estar
contentos por poder ser tan felices, pero, de hecho, james pensaba, mirando
cómo se levantaba el Faro sobre la roca, es así. Veía cómo su padre leía con pasión,
con las piernas recogidas. Compartían ese conocimiento. «Navegamos en medio de
una tempestad, nos hundimos», comenzó a recitar para sí, murmurando, justo
como lo hacía su padre.
Parecía como si hiciera siglos que nadie
hubiera hablado. Cam estaba cansada de mirar hacia la mar. Pasaban flotando
trocitos de corcho negro. Los peces en el fondo de la barca estaban muertos.
Pero su padre seguía leyendo, y James lo miraba, y ella lo miraba, y habían
prometido que se enfrentarían con la tiranía hasta morir, pero él seguía
leyendo muy ajeno a lo que ellos pensaban. Así es como se escapa, pensaba
ella. Sí, con aquella frente despejada, la nariz grande, manteniendo ante sí
con firmeza aquel librito moteado, así se escapaba. Ya podía uno pretender
cogerlo, porque él, como un pájaro, extendía las alas, se alejaba planeando,
para posarse fuera de tu alcance, sobre alguna estaca solitaria. Se quedó
mirando la inmensa extensión de agua. La isla se había convertido en algo tan
diminuto que apenas parecía una hoja ahora. Parecía el extremo superior de una
roca que corriera el peligro de ser cubierta por una ola en cualquier momento.
Sin embargo, era en esta minúscula fragilidad donde había todos estos caminos,
esas terrazas, estos dormitorios; tantas cosas incontables. Pero como, justo
antes de dormir, las cosas se simplifican solas, de forma que sólo una, de toda
la miríada de detalles, tiene poder para hacerse valer; de igual forma, creía,
mirando soñolienta hacia la isla, todos esos caminos y terrazas y dormitorios
se desvanecían y desaparecían, y no quedaba nada sino un incensario de color
azul celeste que se movía de un lado a otro en su mente. Era un jardín
colgante, era un valle, lleno de pájaros, de flores, de antílopes... Se
dormía.
-Vamos -dijo Mr. Ramsay, cerrando el libro de
repente.
-Vamos, ¿adónde?, ¿a qué extraordinaria
aventura? Se despertó sobresaltada. ¿A desembarcar en cualquier lugar, a subir
a cualquier lugar? Porque tras este inmenso silencio las palabras los
sobresaltaban. Pero era absurdo. Tenía hambre, había dicho él. Era la hora del
almuerzo. Además, mirad, había dicho. Ahí está el Faro.
-Casi hemos llegado.
a-Lo está haciendo
muy bien -dijo Macalister, alabando
james-, la maneja muy bien.
Pero su propio padre nunca lo alababa, se dijo
James de forma sombría.
Mr. Ramsay abrió el paquete, repartió los
emparedados. Ahora era feliz, comiendo pan y queso con los pescadores. Le
habría gustado vivir en una casita de campo, holgazanear por la bahía, y
escupir como los demás marinos, pensaba James, viendo cómo partía el queso en
finas láminas amarillas con la navaja.
Está bien, así es, pensaba Cam, mientras
desprendía la cáscara del huevo duro. Se sentía ahora como cuando entraba en
el estudio, y los mayores leían The Times. Ahora puedo seguir pensando en lo
que quiera, no me despeñaré por un barranco, ni me ahogaré, porque está ahí,
no me quita ojo, se dijo.
A la vez navegaban tan aprisa junto a los
acantilados que era excitante, parecía como si estuvieran haciendo dos cosas a
la vez; comían unos emparedados al sol aquí, y se dirigían a puerto en medio de
una gran tormenta, tras haber naufragado. ¿Durará el agua? ¿Durarán las
provisiones?, se preguntaba, contándose un cuento, pero muy consciente a la
vez de la verdad.
Pronto llegarían, le decía Mr. Ramsay al bueno
de Macalister, pero sus hijos verían cosas sorprendentes. Macalister dijo que
había cumplido setenta y cinco en marzo; Mr. Ramsay tenía setenta y uno.
Macalister dijo que nunca había ido al médico, que tenía la dentadura completa.
Y así es como me gustaría que vivieran mis hijos: Cam estaba segura de que eso
es lo que estaba pensando su padre, porque le dijo que dejara de arrojar migas
del emparedado a la mar, y añadió, como si estuviera pensando en los pescadores
y en sus hábitos, que si no lo quería, lo que tenía que hacer era volver a
envolverlo. No debía desperdiciarlo. Lo dijo con un conocimiento tan seguro,
como si tuviera conocimientos precisos acerca de todo lo que ocurría en el
mundo, que lo guardó al momento, y entonces él le dio, de su propia bolsa, un
pastelillo de jengibre, como si fuera un noble español que ofreciera una flor
a una dama en la reja (tan floridos eran sus modales). Pero era un hombre
descuidado, sencillo, que comía pan con queso; y no obstante era el guía de una
expedición en la que, por lo que ella sabía, podían ahogarse.
-Ahí se hundió -dijo de repente el hijo de
Macalister.
-Hubo tres ahogados en este mismo sitio en el
que estamos -dijo el viejo. Él mismo los había visto agarrados al palo mayor.
James y Cam temían que Mr. Ramsay, que miraba al sitio que señalaban,
estuviera a punto de empezar a declamar:
Pero un mar más airado me acogió a mí.
Si lo hiciera, no lo soportarían, empezarían a
chillar, no podrían soportar otro estallido de aquella pasión que hervía en su
interior; pero ante su sorpresa, lo único que dijo fue: «¡Ah!», como si
estuviera pensando: ¿Por qué armar tanto jaleo por esto? Es natural que los
hombres se ahoguen en las tormentas, pero es un asunto sencillo, y en el fondo
de la mar (sacudía las migas del emparedado sobre ellos), después de todo, no
había mas que agua. Luego, tras haber encendido la pipa, sacó el reloj. Lo
miró con atención, como si hiciera, quizá, algún cálculo aritmético. Y exclamó
con expresión triunfal:
-¡Muy bien! James los había llevado como un
piloto profesional.
¡Vaya!, pensaba Cam, dirigiéndose en silencio
a James. Al final te has salido con la tuya. Porque sabía que esto es lo que
había estado deseando James, y sabía que ahora que lo tenía estaba tan contento
que no la miraría a ella, ni a su padre, ni a nadie. Estaba sentado con la mano
en la barra del timón, atento, con aspecto hosco, fruncía levemente el
entrecejo. Estaba tan contento que no le dejaba ni a ella ni a nadie que le
quitaran ni un gramo de satisfacción. Su padre lo había alabado. Tenía que pensar
que le era indiferente. Pero te has salido con la tuya, pensaba Cam.
Habían cambiado la derrota, navegaban ahora
rápidamente, con ligereza, sobre largas olas que se reemplazaban con un
movimiento extrañamente armónico y excitante, junto al acantilado. A la
izquierda se veía una hilera de piedras de color pardo bajo el agua, el agua
se hacía más transparente, algunas rocas eran verdes; sobre una, una roca más
alta, había una ola que rompía sin cesar, y brotaba una columna de gotas que
caían como una ducha. Se escuchaba el pías de la ola, y el rumor de las gotas
que caían, y una especie de rumor y siseo de las olas que rodaban, jugaban y
salpicaban las rocas, como si fueran animales salvajes libres, que
perpetuamente corrieran y jugaran de esta forma.
Ahora se veían dos hombres en el Faro, los
observaban, se disponían a recibirlos.
Mr. Ramsay se abotonó el abrigo, se subió los
bajos de los pantalones. Cogió el paquete grande, mal envuelto, con papel de
estraza, el que había preparado Nancy, se sentó con él en las rodillas. Así,
dispuesto a desembarcar, se sentó mirando hacia atrás, a la isla. Su mirada
penetrante quizá podía ver con claridad la forma diminuta, semejante a una
hoja, que se erguía sobre un plato dorado. ¿Qué es lo que veía?, se preguntaba
Cam. Todo era confuso para ella. ¿En qué estaría pensando ahora?, se
preguntaba. ¿Qué buscaba, tan decidido, tan tenaz, tan callado? Lo observaban,
ambos, sentado con la cabeza descubierta, con el paquete sobre las rodillas,
mirando fijamente, sin desviar la mirada, la frágil sombra azul que parecía
como el vapor de algo que se hubiera quemado. ¿Qué quieres?, les gustaría
preguntarle. Ambos querían decir: Pídenos, y te lo daremos. Pero no les pidió
nada. Se quedó sentado, mirando la isla, y podría estar pensando: Morimos, a
solas cada uno, o podría estar pensando: He llegado. Lo he hallado; pero no
dijo nada.
Se puso el sombrero.
-Traed esos paquetes -dijo, señalando con un
movimiento de la cabeza hacia las cosas que había preparado Nancy para que
llevaran al Faro.
-Los paquetes para los del Faro -dijo. Se
levantó y se dirigió a la proa de la barca, erguido, alto, y tal parecía como
si, pensaba james, estuviera diciendo: «Dios no existe»; y Cam pensaba, parece
como si fuera a dar un salto en el vacío; ambos se levantaron para saltar tras
él; saltó, con ligereza, como un joven, con el paquete; llegó a la piedra.
13
«Debe de haber llegado», dijo Lily Briscoe en
voz alta, sintiéndose de repente muy cansada. Porque el Faro era ahora casi
invisible, casi se había disuelto en una niebla azul, y el esfuerzo de fijar la
mirada en él, y el esfuerzo de imaginárselo desembarcando allí, que parecían
ser ambos el mismo esfuerzo, habían cansado su cuerpo y su mente de forma extraordinaria.
Ah, sí, pero se sentía aliviada. Fuera lo que fuera lo que hubiera querido
darle por la mañana, cuando se separó de ella, al final se lo había dado.
«Ha desembarcado -se dijo en voz alta-. Ha
concluido.» Entonces, el bueno de Mr. Carmichael, avanzando como una ola,
resoplando ligeramente, con el aspecto de un viejo dios pagano, descuidado, con
algas en el pelo y el tridente en la mano (en realidad, una novela francesa),
se acercó donde ella. Se quedó junto a ella, al borde del jardín, apenas
moviéndose, y dijo, haciendo una visera con la mano sobre los ojos:
-Ya habrán desembarcado -ella pensaba que
tenía razón. No necesitaban hablar. Habían estado pensando en lo mismo, y él
le había respondido sin necesidad de hacer la pregunta. Se quedó allí,
extendiendo las manos sobre las debilidades y el sufrimiento de la humanidad;
pensaba que él observaba, de forma tolerante, compasiva, este destino final. Ha
cumplido, pensaba ella, cuando cayó blandamente la mano de él, como si hubiera
visto que el hubiera dejado caer desde su altura enorme un ramo de violetas y
asfódelos que, tras revolotear lentamente, yacieran finalmente sobre la tierra.
Rápidamente, como si algo se lo hubiera
recordado, se volvió hacia el lienzo. Ahí estaba, el cuadro. Sí, eran todos
azules y verdes, con líneas que se prolongaban, se cruzaban, que pretendían
algo. Lo colgarán en alguna buhardilla, pensaba, lo destruirán. Pero, y eso,
¿qué importaba?, se preguntó, mientras cogía el pincel de nuevo. Miró otra vez
a los peldaños: estaban vacíos; miró hacia el lienzo: era borroso. Con
repentina deliberación, como si durante un segundo hubiera visto con absoluta
claridad, trazó una línea, en medio. Estaba hecho, había terminado. Sí, pensó,
dejando el pincel, extraordinariamente fatigada, ésta ha sido mi visión.

