Libro N° 6040. Trenes Nocturnos. Wood, Bárbara.
© Libro N° 6040.
Trenes Nocturnos. Wood, Bárbara.
Emancipación. Mayo 25 de 2019.
Título
original: © Trenes Nocturnos. Bárbara Wood
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TRENES NOCTURNOS
Bárbara Wood
Buenos
Aires: el presente
Adrian
Hartman abrió la puerta lateral de su hogar palaciego en el número 3.600 de la
avenida del Libertador, y salió al fresco aire de la mañana. Era un gran
entusiasta del jogging y aficionado a la buena preparación física, con una
rutina rígida que significaba iniciar sus ejercicios a una hora específica para
competir luego consigo mismo, armado de un cronómetro. Se sentía inquieto por
empezar.
—Dios
mío, Ortega —llamó a su ayuda de cámara y guardaespaldas—. ¿Qué te retrasa
ahora?
Saltaba
sobre las puntas de los pies y extendía los brazos por encima de la cabeza,
respirando profundamente el aire fresco de la mañana. ¡Qué mañana tan
encantadora! Pero ¿dónde estaba Ortega? Volvió a llamarle, girándose hacia la
puerta medio abierta.
—¿Qué
te retiene, hombre?
«Era
repugnante», pensó Hartman. Apenas diez años antes, Ortega había sido uno de
los mejores jugadores de fútbol de toda Argentina. Ahora, en cambio, su patrón
de sesenta y cuatro años de edad tenía que sacarlo prácticamente a rastras de
la cama para que le acompañara en su carrera matutina habitual.
Adrian
Hartman continuó calentando. Jugó con la idea de adelantarse al guardaespaldas,
pero recientemente se habían producido algunos secuestros en Buenos Aires,
perpetrados por terroristas, y él era uno de los joyeros más ricos de América
del Sur. La idea de ser secuestrado no le atraía en lo más mínimo.
Finalmente,
Ortega apareció en la puerta, sosteniendo en la mano las zapatillas de correr,
y se sentó en el umbral para ponérselas.
El
hecho de observar una vez más el exceso de peso del guardaespaldas y el ver que
ya tenía que hacer esfuerzos para ponerse las zapatillas hizo que Hartman se
impacientara. Se inclinó, cerró las cremalleras de los tobillos de su chándal y
luego se volvió a mirar a Ortega.
—Voy
a empezar ahora. Seguiré el trayecto habitual por el parque y alrededor del
lago. Cinco kilómetros.
Comprobó
su cronómetro. Eran las cinco cuarenta y cinco. Apretó el botón del cronómetro,
echó a correr por el camino que daba a la avenida del Libertador, y giró a la
derecha. Hartman ya había recorrido unos trescientos metros antes de que Ortega
llegara a la puerta de salida al camino. Se ajustó la pistolera en el hombro y
cerró con firmeza la correa que sujetaba la pistola de nueve milímetros para
que no se le desprendiera mientras corría.
—Maldito
viejo loco —murmuró Ortega, dándose cuenta de que no había forma de alcanzarle,
a menos que cruzara por el parque. Pero no se atrevía a hacerlo, porque en tal
caso lo perdería de vista.
Hartman
corría con una cierta tensión en su paso, que sólo tienen los que se sienten
impulsados por la impaciencia y la insensibilidad.
El
sol iluminaba el cielo por el este, pero todavía estaba muy bajo en el
horizonte. Hartman observó que a los eucaliptos les estaban saliendo hojas
nuevas. A pesar del tiempo que llevaba viviendo en Buenos Aires, todavía no se
había acostumbrado a la idea de que en octubre fuera primavera.
Giró
a la izquierda por la avenida Sarmiento y entró en el hermoso y verde parque
Tres de Febrero. Al entrar en el parque, aumentó un poco el ritmo al ver en la
distancia el edificio del club, junto a la orilla del lago, recientemente
reabierto desde que la junta militar se instalara en el poder. Había
permanecido cerrado durante el régimen de Perón, poco después de que
incendiaran el club de Hockey. Hartman se puso furioso y pensó: «Esos sucios
bastardos comunistas estuvieron a punto de arruinarlo todo».
Se
llevó la mano al cuello, sin dejar de correr, y se colocó el cronómetro ante
los ojos, para poder controlarse así el pulso. Contó durante diez segundos.
—Veintidós
—murmuró, exhalando.
No
estaba nada mal. Eso significaba un total de ciento treinta y dos latidos por
minuto. Con un corazón tan bueno podría seguir viviendo hasta cumplir los cien
años. Quizás incluso hasta los ciento cincuenta, como alguno de aquellos
campesinos rusos de los que había oído hablar. «Mierda», le dijo su mente
mientras seguía corriendo. El secreto que tienen para vivir hasta los ciento
cincuenta es que cuentan doble.
Hartman
giró a la izquierda al llegar a la avenida Infanta Isabel, un pequeño camino de
tierra que se introducía más profundamente en el parque. Miró atrás, hacia la
avenida Sarmiento, y vio que Ortega, que todavía se hallaba a unos buenos
trescientos metros por detrás, resoplaba y agitaba los brazos mientras corría
como una pequeña y panchuda máquina de vapor que estuviera subiendo una
pendiente.
El
sol salió por encima del horizonte e iluminó el cielo con la promesa de un día
caluroso, algo insólito para la época del año en que se encontraban. Hartman
echó un vistazo a su alrededor al aproximarse al lago y se sintió satisfecho al
comprobar que estaba casi vacío. Sólo pudo ver a otra persona en el parque,
otro hombre que corría acompañado por su perro, avanzando en dirección opuesta
a la suya, al otro lado del lago. No había coches en la calle, a excepción de
un solo coche aparcado al otro lado de la avenida del Libertador, lo que en
realidad lo situaba fuera del parque, y que parecía estar vacío.
Al
llegar al lago, giró a la derecha, echó un rápido vistazo al cartel de la
calle, y continuó por la avenida Infanta Isabel manteniendo el paso uniforme a
lo largo de la orilla del lago.
El
hombre del perro había dado la vuelta al lago y ahora se encontraba también en
la avenida Infanta Isabel, a unos cien metros por detrás de Hartman, separado
unos doscientos metros de Ortega.
El
perro, un gran doberman, hacía cabriolas junto a su amo, tiraba de la correa y
daba tales tirones de vez en cuando, que lanzaba a su amo hacia adelante.
—Tranquilo,
Drum —murmuró el hombre mientras sostenía la correa con mayor firmeza—.
Tómatelo con calma, muchacho.
El
camino se hallaba bordeado por apretados eucaliptos y se curvaba al llegar al
extremo opuesto del lago. Al llegar Hartman a la curva, el corredor del perro
acortó la distancia que los separaba a cincuenta metros. Hartman miró hacia la
derecha y vio el Hipódromo de Palermo, donde observó a los caballos que
realizaban sus ejercicios matutinos. El aire estaba tan quieto que pudo
percibir los cascos de los animales que corrían la primera vuelta.
Cuando
el hombre del perro trazó la curva, por detrás de Hartman, éste se volvió a
mirar. Ortega estaba fuera de su vista. Entonces el hombre levantó la mano por
encima de la cabeza, como si quisiera hacerle una señal a alguien, y sin
aminorar el ritmo de su paso, soltó la correa del perro.
— ¡A
por él, Drum!
El
doberman saltó hacia adelante, alejándose de su amo y lanzándose sobre Hartman.
En el mismo instante en que el perro echaba a correr, el coche aparcado en la
avenida del Libertador se alejó del bordillo de la acera y aceleró hacia la
entrada del parque. Sus ruedas chirriaron al efectuar un fuerte giro a la
derecha.
Hartman
oyó tras de sí el sonido amortiguado de las patas del animal sobre el
pavimento, pero no pudo distinguirlo del distante sonido de los cascos de los
caballos.
Sin
embargo, cuando se dio cuenta ya era demasiado tarde, pues el perro había
alcanzado toda su velocidad y se lanzaba en el aire; golpeó directamente a
Hartman con sus treinta kilos de peso a la altura del hombro, al mismo tiempo
que cerraba sus macizas mandíbulas sobre la nuca de Hartman.
La
combinación del tremendo golpe propinado por el peso del perro y el propio
impulso de Hartman le hizo tambalearse y caer al suelo con los brazos
extendidos, al tiempo que aplastaba la parte lateral de la cara contra el
camino cubierto por una menuda gravilla.
El
amo del perro no tardó en hallarse sobre Hartman y el animal. Sostenía una
Magnum 357 en la mano derecha, y le espetó al perro:
—
¡Sujétalo, Drum, sujétalo!
Con
más cólera que temor, Adrian Hartman se quedó quieto bajo el doberman y
balbució:
—
¡Quíteme a este animal de encima antes de que me mate!
Pero
en la siguiente fracción de segundo se dio cuenta de que aquello no era un
accidente, pues el extraño le había ordenado al perro que actuara.
Ahora,
el coche ya había llegado a la curva, a unos setenta y cinco metros de donde
Hartman yacía tendido. Ortega, que seguía corriendo, se vio pillado por
sorpresa y con un ademán rápido y suave se detuvo en seco y levantó una mano
hacia el arma. Ortega respiraba pesadamente, trató de apuntar y consiguió
disparar un tiro antes de que el hombre del coche le metiera dos balas de rifle
en el pecho; murió instantáneamente.
En
el momento en que el hombre disparó el rifle, el perro soltó a su presa, y en
ese mismo instante Hartman se llevó la mano hacia atrás, en busca del 38 de
cañón corto que llevaba en una funda, en la parte inferior de la espalda.
Disparó casi sin apuntar entre los dos hombres que corrían hacia él y contra la
rodilla del hombre que manejaba al perro. El que sostenía el rifle estuvo en
seguida sobre él, y le disparó directamente a la cabeza. Las balas crearon una
salpicadura roja y gris sobre la gravilla.
Los
tres hombres miraron rápidamente a su alrededor en el parque silencioso y
regresaron corriendo al coche; el tercero de ellos se sostenía la rodilla
herida y era ayudado por los otros dos. El doberman se metió de un salto por la
puerta de atrás. Antes de que se cerraran las puertas, el vehículo se apartó de
la acera y salió a toda velocidad del parque.
—
¡Toma! —exclamó el hombre que había sostenido el rifle, mientras metía la mano
por debajo del asiento, de donde sacó un trapo que le entregó al que se
sostenía la pierna—. Atatela con esto. Pasará bastante tiempo antes de que
puedas ver a un médico.
—¡Lo
has echado todo a perder! —dijo el otro, tomando el trapo—. ¿Por qué has tenido
que matarle? ¡Podrías haberte limitado a herirle!
El
hombre del rifle se pasó una mano por la sudorosa frente. A aquellas primeras
horas de la mañana, las todavía dormidas y pacíficas calles de Buenos Aires
fueron pasando con rapidez.
—Tenía
que hacer algo. Un disparo más y podría haber matado a alguno de nosotros.
Míralo de este modo: le hemos ahorrado a todo el mundo el problema de un
juicio. Demonios, de todos modos lo habrían ejecutado dentro de seis meses.
—Eso
es cierto —dijo el otro hombre mientras hacía lo posible por vendar la herida
de su amigo—. Sólo que ahora no tenemos nada que mostrar al mundo. Teníamos que
demostrarles a todos lo cerdo que era ese tipo. Necesitábamos la publicidad.
—Ahora,
al menos, la policía sospechará probablemente que ha sido un acto terrorista de
la izquierda —dijo el conductor con voz profunda—. Hartman era un conservador.
Jamás van a pensar en nosotros.
—¿Y
eso sirve de algo?
La
pregunta quedó sin contestar, pues los hombres ya estaban a punto de llegar a
su destino final.
El
coche se detuvo con un chirrido en la pista de aproximación del Aeroparque y
los tres hombres salieron de su interior y se apresuraron hacia un DC3 de
transporte que esperaba. Dejaron que el perro subiera primero y luego le
siguieron, subiendo la escalerilla que conducía al interior.
Una
vez cerrada la puerta, el aparato se dirigió hacia la cabecera de la pista,
puso los motores a plena potencia y se lanzó por la pista de despegue.
Antes
de entrar en su despacho para ver al último paciente del día, el doctor John
Sujov se detuvo ante la ventana de su pequeño laboratorio y contempló la escena
de las primeras horas de la tarde. Hacía un día encantador, casi demasiado
bueno para estar allí encerrado, con el sol reluciente y los niños jugando en
Central Park. Era un agradable día de octubre, los árboles todavía conservaban
su verdor y el día era cálido. La ciudad de Nueva York parecía disfrutar de un
largo verano.
Oyó
una débil llamada en la puerta. Una mujer de cabello gris, con un uniforme
blanco y una sonrisa en el rostro le dijo:
—Sabe
que hay alguien esperándole en el despacho, ¿verdad, doctor Sujov?
Se
dio media vuelta, devolviéndole la sonrisa.
—Sí,
gracias, Natasha. No me había olvidado. Pero hace un día precioso ahí fuera.
Acérquese a contemplar el parque. Toda la gente parece estar disfrutando.
Al
tiempo que la enfermera entraba en el laboratorio donde el doctor Sujov
realizaba sus análisis de sangre y orina, el médico salió al pasillo. Miró su
reloj. Eran casi las cuatro. Quizás no tardara mucho en ver a su paciente y
luego podría bajar a dar un paseo por el parque. ¿Cuántas veces se le
presentaba una oportunidad así?
Con
una ligera cojera, y enderezándose las solapas de su bata de laboratorio, el
doctor Sujov se dirigió a su despacho y antes de entrar se detuvo para leer la
tablilla que Natasha había dejado en el cajetín.
No
contenía más que una hoja de información, apenas rellenada, y mostraba en
blanco las líneas reservadas para indicar la razón de la visita del paciente.
Mary Dunn. Estado civil, sin rellenar. Fecha de nacimiento: 22 de febrero de
1916. Dirección: hotel Americana. Profesión: administradora de hospital. Lugar
de nacimiento: Polonia.
Se
detuvo al leer esta última palabra, y permitió que un breve y fugaz recuerdo
cruzara por su memoria. Luego, cerró el cajetín y entró en el despacho.
—Buenos
días, señorita Dunn —dijo mientras le tendía la mano.
Una
mujer bien vestida, de unos sesenta años, se la estrechó con firmeza.
—Hola,
doctor.
—Tome
asiento, por favor. —Sujov se acomodó en la silla situada tras la mesa, frente
a la mujer, y cruzó las manos sobre el regazo—. ¿Qué puedo hacer por usted?
—Dudo
un poco en decírselo, doctor. Discúlpeme un momento. —Hablaba con un ligero
acento extranjero—. ¿Me permite dejar esto aquí?
Sostenía
un bolso y un periódico doblado.
—Desde
luego.
Al
dejar el bolso y el periódico encima del borde de la mesa, Mary Dunn retiró la
mano y, accidentalmente, el periódico se abrió, dejando al descubierto la
primera página del periódico.
—No
estoy segura de que pueda usted ayudarme, doctor Sujov —dijo la mujer con
tranquilidad, mirándole directamente a la cara—. Mi problema es bastante
insólito y ya he visto a muchos médicos.
John
Sujov asintió con un gesto. Había oído otras muchas veces la misma
introducción, pronunciada por innumerables pacientes.
—Veré
lo que puedo hacer. Continúe, por favor.
Al
decirlo, su mirada captó algo en el periódico, algo que le hizo enderezarse
ligeramente.
—Alguien
me ha recomendado que le vea, doctor Sujov — siguió diciendo ella con el mismo
tono de voz.
—
Sí...
No
podía apartar la mirada de la fotografía publicada en la primera página del
periódico.
—Y
en realidad no sé por dónde empezar.
John
Sujov levantó la mirada hacia el rostro de la mujer y sintió que fruncía el
ceño.
—Discúlpeme,
¿me permite ver esto un momento?
—Desde
luego.
Tomó
el periódico y observó la fotografía con atención, con los ojos entrecerrados.
Luego leyó el epígrafe: «Adrian Hartman, conocido joyero de Buenos Aires, fue
asesinado a tiros a primeras horas de esta mañana por unos desconocidos».
—Le
pido disculpas —dijo el doctor Sujov—. Por un momento pensé...
Volvió
a fijar la mirada en el periódico y leyó rápidamente el artículo que acompañaba
a la fotografía.
Era
bastante largo; describía en su mayor parte los tratos y conexiones de Hartman
en América del Sur, y narraba una historia resumida de los veinte años que
había pasado en Buenos Aires; terminaba con la afirmación de que,
probablemente, su muerte había sido debida a una reciente ola de terrorismo que
se había desatado en Argentina, y al hecho de que Hartman fuera un
archiconocido conservador.
—Interesante...
—murmuró John Sujov.
—¿Qué
ha dicho?
Se
volvió a mirar a la señorita Dunn.
—Oh,
discúlpeme. Raras veces puede verse en Nueva York un ejemplar del Buenos Aires
Herald. ¿Acaba usted de llegar de allí?
—
Bueno, eso está relacionado con mi problema — contestó ella hablando como si
eligiera las palabras con mucho cuidado—. Mire usted, ando buscando a
alguien...
John
Sujov se reclinó sobre el asiento y estudió el rostro de la mujer que tenía
ante él. Qué extraño. Poseía esa misma y vaga familiaridad que el rostro del
periódico. Familiar y, sin embargo, no...
Volvió
a contemplar la imagen. Y mientras lo hacía y absorbía con su mirada cada
detalle del rostro de Hartman, John Sujov sintió un temblor involuntario. «¡No!
—pensó aceleradamente—. ¡No puede ser! ¡No después de todos estos años!»
Finalmente,
dejó el periódico sobre la mesa, se inclinó hacia adelante, entrelazó los dedos
y preguntó abiertamente: —Señorita Dunn, ¿acaso yo la conozco a usted?
1
Polonia,
diciembre de 1941
El
SSRottenführer Hans Kepler se encontraba sobre el andén de la estación de
ferrocarril de Oswit cim, a la espera de que llegara el tren. Eran las seis de
una mañana muy fría, y la espera estaba resultando interminable para el joven
cabo que contemplaba fijamente los copos de nieve, que se fundían en cuanto
caían sobre la madera húmeda. Llevaba esperando desde hacía tres horas,
observando las vías bajo la nieve que caía lentamente, a la espera de ver las
luces de la locomotora mientras aguzaba el oído para tratar de captar un lejano
silbido.
Mañana
sería Navidad, pero no había ninguna alegría en el corazón del joven soldado;
su alma se hallaba privada de toda alegría festiva, lo mismo que esta estación
de ferrocarril medio muerta, cuya única muestra de la temporada Yuletide era un
patético grupo de ramas de pino agrupadas sobre cada bandera nazi.
Los
otros viajeros de aspecto solemne que deambulaban en silencio por la estación,
ya acostumbrados al horario irregular de los trenes, contemplaban con
imparcialidad saturnina la palidez de la mañana.
Con
las mejillas y la nariz enrojecidas a causa del frío, Hans Kepler daba de vez
en cuando patadas sobre el andén, en un esfuerzo por calentarse los pies. Sin
lugar a dudas, éste era el peor invierno que había conocido; ni siquiera su
pesado abrigo verde era suficiente para protegerle del frío. Aunque,
posiblemente, admitió Kepler volviendo a extender el cuello para mirar una vez
más hacia el fondo de la vía, no era tanto la crudeza del aire de la mañana lo
que le producía escalofríos, sino el viento gélido que soplaba a través de su
alma. Polonia había conocido peores inviernos que éste. Pero el SSRottenführer
Hans Kepler no había conocido un día peor en su vida.
Un
silbido sonó en la distancia, y tras un momento pudo captarse el resoplido de
una locomotora, a medida que se acercaba a la estación. Cuando las luces
aparecieron a través del transparente velo de la nieve que caía, Kepler
especuló sobre cuál sería la razón del retraso: que el tren se había visto
obligado a esperar en una vía lateral para dejar paso a otros trenes
procedentes del norte. Ya había visto esa clase de trenes especiales pasar por
la estación durante su larga espera; vagones sellados procedentes de la
dirección en que se encontraba Cracovia, que no se habían detenido y que
pasaron traqueteantes a través de la estación, con una desesperación que había
resonado en el eco solitario de sus silbidos; las únicas huellas de su paso lo
constituían los pequeños montones de nieve en polvo que las poderosas ruedas
habían apartado de su camino.
De
los pocos pasajeros silenciosos que esperaban en el helado andén, junto a las
vías, sólo Hans Kepler conocía el cargamento que transportaban aquellos
sombríos trenes.
Cuando
su propio tren entró en la estación, el SSRottenführer Kepler tomó el talego
militar y se dirigió con paso vivo hacia la puerta de entrada de uno de los
vagones de pasajeros. Le mostró su documentación al guardia que, tras una
cuidadosa inspección, le hizo señas para que subiera. Mientras avanzaba por el
estrecho pasillo, llevando el incómodo talego, Kepler miró rápidamente en cada
uno de los compartimientos, con la esperanza de encontrar uno vacío, aunque no
estaba seguro de que la compañía de otras personas fuera peor que la de sus
propios pensamientos.
Se
detuvo ante el penúltimo compartimiento y dejó el talego en el suelo para abrir
las portezuelas. En su interior, sentados unos frente a otros sobre los dos
bancos de madera, había cuatro soldados de la Wehrmacht, cómodamente
instalados, que hablaban en voz baja entre ellos, al mismo tiempo que se
pasaban una botella de schnapps.
Al
ver que Kepler vacilaba ante la puerta, uno de los soldados, que se estaba
limpiando las botas, levantó el brazo y dijo:
—
Heil Hitler.
Kepler
observó al soldado, contempló fijamente el suave rostro que era casi tan joven
como el suyo, y dijo:
—Hitler
—devolviendo el saludo.
—
¿Quiere unirse a nosotros, Herr SSRottenführer?
—No,
gracias —contestó Kepler negando con un movimiento de la cabeza—. Tengo a unos
amigos más adelante.
—¿Va
usted al frente con nosotros?
—No.
Estoy de permiso —contestó distraídamente, tomando el talego y retrocediendo un
paso—. En Cracovia tomaré el tren para Sofia.
Al
tiempo que retrocedía, no podía apartar la mirada del rostro del joven soldado.
«Al frente», había dicho. «Al frente.» Dicho con un tono de orgullo y un brillo
de gloria en los ojos. Y Hans Kepler vio allí el reflejo de su propio rostro,
tal y como debía de haber sido dieciocho meses antes, con aquel mismo idealismo
y bravuconería.
Se
giró y avanzó tambaleante hacia el siguiente compartimiento que, ante su
infinito alivio, encontró desocupado.
Dejó
el talego sobre el banco de madera, se sentó y apretó la frente contra la
ventanilla. Se oyó el fuerte siseo de los frenos de aire comprimido y el tren
dio una repentina sacudida hacia adelante. La parada había sido
sorprendentemente corta, pero lo cierto era que habían subido pocos pasajeros.
En estos tiempos no había mucha necesidad de viajar; ¿adónde ir?
Mientras
el tren cobraba velocidad, Kepler mantuvo la cara apretada contra el frío
cristal, y siguió mirando por la ventanilla, a la débil luz del alba. Trató de
concentrarse en Sofia. Era la ciudad donde había nacido, donde había pasado su
adolescencia y los años más agradables de su vida. Intentó evocar en su mente
visiones del Vístula en el verano, cuando nadaba en él en compañía de otros
muchachos. Del Vístula en la primavera, cuando las inundaciones anuales
constituían un acontecimiento excitante. Del Vístula en el invierno, tal y como
debía de estar ahora, cubierto por una capa de hielo lo bastante gruesa como
para patinar. Luego, pensó en su abuela, una amable señora polaca, propietaria
de una pequeña panadería, que guardaba un lugar muy especial en su corazón para
su único nieto, sin que importara cuál fuera el color de su uniforme.
Hans
emitió un profundo suspiro. Qué irónico que apenas dos años antes hubiera
considerado el conseguir ponerse este uniforme como la culminación de su vida,
sólo para darse cuenta ahora de que todas las insignias de la calavera que
había ganado no ofrecían más que un aspecto horrible, que despertaban burlas a
su espalda y creaban un muro impenetrable que impedía cualquier amistad.
Apretó
los ojos con fuerza, tratando de apartar los recuerdos que llevaba consigo
desde su puesto de servicio; sabía que nada conseguiría eliminarlos. En su
esfuerzo, Kepler sintió que su mente trazaba círculos, como un animal
acorralado, y recorría una y otra vez el mismo terreno por el que ya había
pasado en estos últimos y duros meses, sin lograr por ello encontrar la
solución, terminaba siempre con la misma pregunta: ¿cómo pudo llegarse a esto?
Retrocedía
siempre hasta el principio, como si volver a rememorar paso a paso el camino
recorrido en aquellos dos años le permitiera encontrar el momento exacto en que
todo había empezado a salir mal.
Nacido
veintidós años antes, de padre alemán y madre polaca, en la ciudad de Sofia,
que se encontraba exactamente a mitad de camino entre Varsovia y la frontera
checoslovaca, Hans había vivido sus doce primeros años en esta región agrícola
del río Vístula. Luego, su padre, ingeniero metalúrgico, se había trasladado
con su familia a Essen, en Alemania, donde, al ocupar un puesto importante en
una de las plantas de la Krupp, había podido criar a su hijo rodeado de las
comodidades de la clase media alta. Hans, tras unirse a las Juventudes
Hitlerianas, expresó su deseo de alistarse en la Wehrmacht, pensando en la cruz
de Hierro y otras condecoraciones menos importantes que despertaban su
idealismo patriótico. Pero su padre, que deseaba algo más para su hijo, insistió
en que el joven continuara su educación y se preparara para algo mejor.
Ese
«algo mejor» surgió poco después en forma de alistamiento forzoso en las Waffen
SS.
No
en la elitista Schutzstaffel, de elegante uniforme negro, que producía en la
gente tanto un estremecimiento como una mirada de admiración, sino en las
recientemente formadas Verfügungstruppe, las formaciones militares de las SS.
Conocidas en estos tiempos como las Waffen, esta rama de las SS se había
nutrido últimamente con soldados de leva para satisfacer la siempre creciente
demanda de combatientes para el frente abierto más recientemente por Hitler:
Rusia. Aunque este uniforme no era el codiciado uniforme negro, Hans Kepler
seguía teniendo el honor de llevar la insignia de la calavera y las tibias, a
pesar de ocupar un puesto muy bajo en la línea de mando, bajo las órdenes del
Reichsführer Himmler.
Qué
orgulloso se había sentido tras recibir las órdenes de presentarse para recibir
entrenamiento básico; era un joven engreído, muy seguro de sí mismo, con sus
botas altas, impulsado por ideales y por un desmedido afán de servir al Führer.
Vio ante él las resplandecientes sonrisas de sus padres cuando acudieron a
despedirle a la estación, dieciocho meses antes, y recordó los abrazos y las
palabras de ánimo. En aquel día soleado, Hans había asegurado a sus padres que
regresaría con la cruz de Hierro, que a partir de entonces ocuparía un lugar de
honor sobre la repisa de la chimenea, para que la admiraran los amigos y las
generaciones futuras.
Balanceándose
suavemente al compás del repiqueteo del tren, y contemplando fijamente la nieve
que caía contra la ventanilla como un manto de encaje, Hans sintió que el
corazón se le llenaba de tristeza y remordimiento.
Cerró
los ojos. No..., no era una cruz de Hierro. La «recompensa» que había obtenido
en Oswiccim había sido un reloj de oro quitado a un judío muerto.
—
¡Oh, Dios mío! —susurró, apartándose de la ventanilla.
Al
pasarse una mano por la frente se dio cuenta de que estaba sudando
profusamente. Los recuerdos empezaban a fluir de nuevo; eran demasiado fuertes
para él. ¡Si al menos pudiera hablar con alguien! Pero ¿con quién? ¿Quién podía
haber, en todo el Reich, capaz de prestarle la suficiente atención y
comprensión, para oír de sus labios el formidable secreto que guardaba? Y
aunque esa persona existiera, ¿cómo podía él, el SSRottenführer Hans Kepler,
revelar lo que sabía sin convertirse en un traidor al Reich?
—Oh,
Dios... —gimió de nuevo.
El
tren se lanzaba hacia adelante, en medio de la mañana nevada, y Kepler, a solas
en su frío compartimiento, sudaba y se estremecía embutido en los pliegues de
su uniforme gris. «Dos semanas», pensó crudamente. Un permiso de dos semanas
para permanecer alejado de aquel lugar; dos semanas para pensar en todo, para
reencontrarse a sí mismo.
El
tren chirrió de una forma casi inhumana y eso le recordó al joven cabo otro
chirrido, también inhumano, que había oído allí, en Oswigcim, en Auschwitz...
La
nieve caía con la misma intensidad en Sofía, cubría las tranquilas calles con
un blanco soporífero, y creaba un ambiente de tranquilidad en este día de
Nochebuena. Eso, sin embargo, era engañoso, porque en esta bendita mañana no
todo el mundo encendía luces de Navidad, o asaba un ganso, como le sucedía a un
campesino llamado Milewski, que arreaba con impaciencia a su caballo a lo largo
de la resbaladiza calle empedrada. Había necesidad de apresurarse en este
amanecer ostensiblemente pacífico, y la causa de ello eran las supurantes
heridas del hombre que yacía inconsciente en la parte trasera del carro de
Milewski.
Al
llegar ante la puerta lateral del macizo edificio de piedra gris que era el
hospital de Sofía, saltó a la nieve y trató de tranquilizar al caballo. El
animal, al oler la sangre fresca del cargamento que transportaba, se movía con
nerviosismo y tiraba de los arneses. Un momento más tarde aparecieron en la
puerta dos hombres viejos, cubiertos con batas blancas y, sin decir una
palabra, empezaron a trasladar al herido a una camilla.
Con
el rostro pálido y tratando de liar un cigarrillo con manos temblorosas,
Milewski observó en silencio cómo levantaban al hombre desnudo, envuelto en una
lona manchada de sangre y lo trasladaban desde la parte trasera del carro hasta
la camilla. Vio después cómo los dos camilleros se llevaban su carga cruzaban
la puerta brillantemente iluminada, con sus zapatos, que crujían sobre la
nieve, y desaparecían en el interior. Siguió liando el cigarrillo, contemplando
filosóficamente el lugar donde había estado tendido el hombre, mientras pensaba
que algunas de aquellas manchas de sangre no se limpiarían jamás.
Levantó
entonces la mirada y se encontró en presencia de otro hombre, vestido con una
bata blanca de laboratorio, que fue el primero en romper el silencio.
—El
chico que ha enviado antes para avisarnos —dijo con un tono de voz imparcial y
profesional—, ¿es su hijo?
—Sí,
doctor.
—Ha
hecho muy bien en avisarnos con tanta rapidez. Ya tenemos preparada la sala de
operaciones. Ha actuado usted acertadamente.
—Sí,
doctor.
Los
dos hombres miraron fijamente el carro manchado de sangre. Tras otro momento de
silencio, el médico añadió:
—Su
hijo nos ha contado una historia de lo más interesante, y muy insólita, sobre
ese hombre.
El
campesino levantó por primera vez sus viejos ojos para mirar al alto y erguido
médico. Luego, sacudió su cabeza llena de arrugas.
—Es
una historia insólita, doctor, pero es la verdad. Y aún hay más.
El
rostro impasible del médico se contrajo ligeramente.
—Cuénteme
lo que ha ocurrido.
Dos
horas más tarde, tras su llegada a Cracovia, Hans Kepler se sintió aliviado al
saber que el tren con dirección a Sofia partiría al cabo de poco tiempo.
Todavía nevaba y la luz grisácea y metálica de la mañana prometía que seguiría
haciéndolo durante el resto del día. El joven hombre de las SS, que permanecía
de pie en el andén en este día de Nochebuena, en compañía de otros pocos
viajeros, demostraba su impaciencia por continuar su viaje.
A
pocos metros de distancia de Kepler, que seguía vigilando las vías, una mujer
joven le miraba furtivamente. Había algo en el aspecto de este joven soldado
que atraía su atención. Su mirada nunca se posaba en un mismo punto durante
demasiado tiempo, las manos jugueteaban entre sí con una nerviosa agitación.
Pero aún más extraño le parecía a la joven la forma en que le caían los hombros
ligeramente, como si se sintiera extremadamente cansado, algo que estaba
totalmente fuera de lugar en un hombre cuya espalda debería haber permanecido
orgullosamente erguida. Había visto a muchos como él en esta zona de Polonia;
miembros fanfarrones y seguros de sí mismos de la Orden Negra. En parejas, o en
grupos, a ella siempre le daban la impresión de ser como afectados perros de
exhibición, y hasta cuando se encontraba a solas, un hombre de las SS siempre
mantenía un porte arrogante. Pero no sucedía eso con éste. De algún modo, todo
su cuerpo parecía desinflado.
Un
silbido en la distancia alertó a los pasajeros que esperaban, indicándoles la
llegada del tren. La joven reunió los numerosos paquetes que llevaba,
intentando equilibrarlos en sus manos, y Hans tomó con rapidez su talego
militar.
Cuando
la locomotora entró estruendosamente en la estación y siseó hasta detenerse,
Kepler observó consternado que el tren iba horriblemente atestado, en su mayor
parte con soldados de la Wehrmacht que se dirigían al frente ruso. De repente,
un puñado de soldados alemanes que aguardaban dentro de la estación, se
adelantaron presurosos para unirse a sus camaradas, en el tren, apartando de un
empujón a la joven polaca y haciéndole caer los paquetes que llevaba.
Kepler
se giró cuando gritó la joven. Al verla de rodillas, tratando de reunir
frenéticamente los paquetes, dejó caer el talego y acudió a ayudarla.
—¡Esos
brutos! —murmuró ella en polaco, mientras intentaba recoger con los brazos los
artículos desparramados sobre el andén.
—
Simplemente, no la han visto — dijo Kepler en polaco, retirando un paquete que
había caído sobre el hormigón, al tiempo que observaba una mancha que se
extendía sobre el papel marrón que lo envolvía.
—¡Claro
que me han visto! —replicó ella—. ¡Esos perros! ¡Todos son iguales!
Hans
extendió el paquete humedecido, manteniéndolo alejado de la nariz, que arrugó
al oler su contenido.
—Temo
que aquí dentro se haya roto algo.
Ella
lo miró y volvió a gritar.
—¡Oh,
no! ¡Medio litro entero! ¡Me ha sido tan difícil de conseguir! Bueno, déjelo,
ahora ya no puede salvarse.
Ambos
se incorporaron al mismo tiempo, ella se frotaba las rodillas y se apartaba el
cabello del rostro, mientras Kepler sostenía en silencio el resto de los
paquetes.
—Gracias
—dijo la joven con la respiración entrecortada, mientras se apartaba los
mechones de cabello de los ojos—. Habría perdido el tren si no...
Se
detuvo en seco, y observó fijamente su uniforme.
Rápidamente,
Kepler se dio media vuelta y se dirigió hacia donde había dejado su talego. Lo
cogió con la mano libre y avanzó hacia el tren. Antes de subir, se detuvo y
miró hacia atrás. La muchacha seguía clavada en el mismo sitio donde la había
dejado.
—
¡Vamos! —le gritó—. ¡Dése prisa!
El
silbato sonó y el tren dio una sacudida hacia adelante. De repente, la muchacha
echó a correr hacia donde estaba Kepler y, a pesar de tener los brazos llenos
de paquetes, logró subir al tren en marcha.
Para
recuperar la respiración y afianzarse mejor, Hans se apoyó contra la mampara
del tren, sin dejar de mirar a la desconcertada joven, pensando: «A ti te he
visto antes».
La
joven también se apoyó contra la mampara y pudo al fin apartarse de su mirada
al tiempo que hacía un esfuerzo por dirigir la suya hacia el paisaje que pasaba
ante ellos.
Kepler
siguió mirándola fijamente. Observó su espesa mata de cabello moreno, partido
por la mitad, que le caía sobre los hombros y le daba aspecto de un paje
amable, y que se agitaba bajo la fría brisa. Observó sus grandes ojos morenos,
las cejas finamente arqueadas, la nariz pequeña y redondeada, la boca de labios
abultados. Sí, la había visto antes, cientos de veces. Era de origen campesino
polaco, como extraída del mismo molde que aquéllos a los que había dejado
atrás, en Oswiccim. La única diferencia era que allí aquellas otras jóvenes no
habían sido más que la sombra fantasmagórica de ésta, con los ojos huecos, las
bocas delgadas y sin vida. Probablemente, antes también habían sido como esta
joven. Pero las que se habían quedado allí...
Se
giró bruscamente hacia otro lado.
—Gracias
por haberme ayudado —murmuró ella, haciéndole volver la cabeza y tratando de
forzar una sonrisa.
—Encontremos
un sitio donde sentarnos —dijo Kepler mientras se apartaba de la mampara.
Luchando
por mantener el equilibrio a pesar del movimiento del tren, se abrió paso a
través del vagón de segunda. La mayoría de los compartimientos estaban ocupados
por tropas alemanas, que cantaban, leían revistas y llenaban el aire con el
humo de sus cigarrillos. Finalmente, como no quería seguir avanzando a
trompicones con su talego y los paquetes de la joven, Kepler se detuvo en el
extremo del vagón ante la puerta del último compartimiento. En su interior se
encontraba una pareja de viejos polacos; un hombre curtido por el sol y el aire
y su corpulenta esposa. Al ver al soldado ante la puerta, ambos esbozaron unas
sonrisas nerviosas y se apresuraron a apartar sus pertenencias del banco de
madera.
Se
deslizó en el interior, se dejó caer en el asiento que había libre junto a la
ventanilla, y dejó los paquetes a su lado. Le hizo señas a la joven para que
entrara. Ella se sentó frente a él y siguió abrazando los paquetes que llevaba
contra su pecho.
—Déjelos
aquí —dijo Kepler, levantando la cabeza hacia la red portaequipajes.
Pero
la muchacha negó con la cabeza.
El
se encogió de hombros y se acomodó en el duro asiento. Los dos viejos le
miraron con recelo.
—¿Qué
había en el paquete que se rompió? —le preguntó de repente a la joven—. Hasta
ahora nunca había olido nada igual. — Era éter — contestó ella con voz
insegura.
—
¡Éter!
—Era
para el hospital de Sofia.
—¿Y
estos otros paquetes?
—Todo
son suministros para el hospital. Pastillas de sulfamidas, unas cuantas
botellas de éter de medio litro, y algunas vendas. Hoy en día es difícil
conseguir estas cosas.
Asintió,
sin dejar de observar su rostro. En la superficie percibió recelo, un poco de
temor, y una cierta curiosidad. Pero también había algo más en los atractivos
rasgos de campesina de la joven, algo que estaba por debajo de la superficie,
como si ella tratara de ocultarlo.
—Habla
usted polaco muy bien —aventuró ella.
—Nací
en Sofia y me crié allí. Mi nombre es Kepler, Hans Kepler.
—Mucho
gusto. Yo soy Anna Krasinska. ¿Es allí a donde va ahora, a Sofia? —El asintió—.
Pensé que estaría de camino hacia el frente, con los otros que van en el tren.
—Las
Waffen tienen otros deberes que cumplir además de luchar contra el Ejército
Rojo —dijo Kepler con una triste sonrisa—. Dispongo de un permiso de dos
semanas. ¿Vive usted en Sofia?
—Sí,
con mis padres. Mi padre es maestro de escuela y yo trabajo como enfermera en
el hospital.
Mientras
Anna Krasinska hablaba, Kepler dirigió una mirada rápida a la pareja de
ancianos. Parecían haberse relajado un tanto con el inicio de una conversación
ordinaria, y ahora permanecían sentados, con las espaldas apoyadas contra el
asiento, rígidos, y los ojos cerrados.
Lo
mismo que sucedía en todas partes. La mirada en los ojos de Anna al tenderle la
goteante botella de éter, en el momento en que ella se dio cuenta de quién, o
más bien de qué era; había visto lo mismo en muchos otros ojos. El temor, la
expresión de alerta, la desconfianza. Y él se sentía con ganas de gritar:
«¡Este uniforme no es mi piel! ¡Arrancádmelo y me encontraréis a mí, a Hans
Kepler!».
Tal
y como le había sucedido en la estación, Anna Krasinska no podía apartar la
mirada del soldado que ahora se dedicaba a contemplar el paisaje de los campos
nevados. Parecía demasiado joven para llevar ese uniforme, y el atisbo de
inocencia que se percibía en su rostro contrastaba agudamente con la calavera y
las tibias de la gorra. Kepler tenía el cabello rubio y suelto que le caía de
una forma un tanto desordenada y juvenil, y ella observó que sus ojos eran del
color del aciano en un día de verano. Pero incluso en ellos detectó las
incongruencias: la inquietud que había por detrás de aquellos ojos, la
incertidumbre de su mirada fija.
El
tren traqueteaba y se bamboleaba mientras avanzaba a través del valle del río
Vístula, cubierto de nieve. Una vez más, su avance se vio retrasado por el paso
de trenes procedentes del norte, lo que obligaba al tren enlace de Lublin a
apartarse y esperar en una vía lateral; cada vez, los vagones sellados pasaban
al lado rugiendo, con una urgencia desesperada. Estos trenes misteriosos iban a
encontrarse con una vía muerta. Tenían que acudir a sus crueles citas con la
muerte.
Hans
Kepler cerró los ojos para no verlos. ¿Por qué no podía moverse más deprisa
este tren? Tardaría una eternidad en llegar a Sofia. Una eternidad...
El
médico alto permaneció de pie al otro lado de la mampara de cristal que
separaba la sala de operaciones de la zona destinada a lavarse. Se había puesto
una bata blanca y una mascarilla sobre la ropa habitual, pero no formaba parte
del equipo quirúrgico. Sólo era un mero espectador, que permaneció a un lado,
observando cómo los demás se preparaban para operar.
El
paciente que yacía sobre la mesa, cuya sangre había manchado el carro de
Milewski, y que no había recuperado la conciencia desde que lo trajeron aquí,
parecía un cadáver bajo las sábanas blancas, y estériles. Apenas había en él un
hálito de vida.
«Dulce
y santa María —pensó el médico tras la mampara de cristal, mientras observaba
cada uno de los precisos movimientos del cirujano—, permítele vivir. Permítele
vivir lo suficiente para que pueda contarme lo que ha sucedido.»
Pugnando
por vencer el insoportable deseo de fumar un cigarrillo, el médico se mordió
con ansiedad el labio inferior. La historia que le había contado el campesino,
la increíble historia que el hombre ensangrentado había podido balbucear antes
de caer en la inconsciencia, era la más asombrosa que hubiera oído jamás.
Observó
sin parpadear el brillo del escalpelo bajo las luces resplandecientes del
quirófano. Y entonces se repitió una vez más: «Dulce y santa María, permítele
vivir. Esa historia no puede ser cierta. No puede ser».
—¿Le
apetece comer algo?
Kepler
levantó la cabeza con una sacudida. Entrecerró los ojos mientras miraba a la
anciana polaca, que había extendido el almuerzo sobre su generoso regazo. Le
ofrecía un trozo de queso duro.
—No,
gracias.
Kepler
volvió a mirar por la ventanilla. En el exterior había algo más de luz. El día
se estaba aclarando. ¿Qué hora era? ¿Había dormido?
Repentinamente
alarmado, volvió los ojos hacia la joven sentada frente a él. Su rostro
permanecía impasible y la distancia de sus ojos le confirmó que todo estaba
bien. Si él hubiera gritado, si hubiera dicho algo en sueños, aunque sólo fuera
una palabra sobre la terrible carga que soportaba, la conmoción se habría
reflejado sin duda sobre el rostro de la muchacha.
—Tengo
mi propia comida... —empezó a decir, inclinándose hacia el talego, que había
dejado entre los pies.
Después
de tantear un momento en su interior, sacó una gran salchicha negra y un
tableta de chocolate. Inmediatamente, tres pares de ojos se abrieron
asombrados.
Kepler
extrajo una navaja del talego, cortó varias rebanadas gruesas de la salchicha
negra, y se las ofreció a la incrédula pareja de ancianos. El hombre, tímido
pero ávido, las aceptó murmurando un apenas audible Dzigkuje, y luego, mientras
encogía los hombros con un gesto de disculpa, cortó los trozos en rebanadas más
finas.
Al
ofrecerle un trozo a Anna, ésta aceptó sin decir nada, pero con una sonrisa en
el rostro, y empezó a mordisquearlo en seguida.
A
continuación, Kepler partió el chocolate, y al entregar unos pequeños trozos a
la pareja de ancianos, éstos emitieron verdaderos gritos de alegría.
—Hace
mucho tiempo que no probamos el chocolate, Mein Herr. Esto será para los nietos
en la mañana de Navidad.
Anna
envolvió su trozo en un pañuelo y se lo guardó en el bolsillo del abrigo.
—Han
pasado dos años desde la última vez que comí chocolate —dijo—. Una tiene que
trabajar duro para conseguir diez groszy.
—Entonces,
tome —dijo Kepler. Colocó sobre su regazo el resto del chocolate, un trozo de
tamaño respetable, y a continuación cortó un trozo de salchicha para sí mismo.
Anna
lo miró perpleja.
—
¡No puedo aceptarlo! ¿Por qué me da usted todo su chocolate?
Kepler
evitó mirarla a los ojos y se llevó un trozo de embutido a la boca.
—Tengo
mucho, y dentro de dos semanas, cuando regrese a mi puesto, tendré más.
Anna
se metió el resto del chocolate en el bolsillo del abrigo, y preguntó con
naturalidad:
—¿Está
destinado en algún lugar cerca de aquí, Herr Kepler?
«Sí
—pensó él amargamente—, soy guardia de un campo de concentración.»
—A
treinta kilómetros de Cracovia —contestó en voz alta—. Estoy sentado ante una
mesa de despacho, dedicado a mover documentos de un lado a otro.
Ella
le sonrió de nuevo; ése era el primer gesto cálido que Kepler había visto en
dieciocho meses.
La
salchicha se le atragantó de repente a mitad de camino hacia el estómago, como
una masa dolorosa que no pudiera tragar, al recordar el coste incalculable del
alimento que ahora devoraba. Esto formaba parte de las raciones de los
prisioneros, lo mismo que también les habían pertenecido el reloj de oro, y las
medias de seda que le llevaba a su abuela.
Dejando
el bocado atragantado a medio camino, volvió el rostro hacia la ventanilla.
Sólo captó un fugaz vistazo de su propio reflejo, pero fue lo suficiente como
para ver las gotas de sudor que le aparecieron sobre la frente.
Se
incorporó de repente, asustando a todos los presentes, y arrojó el resto de la
salchicha sobre el regazo de Anna.
—Llévele
eso a su padre. Yo dispongo de mucho más, y no tengo hambre —dijo con un tono
de voz forzado.
Luego,
salió tambaleándose, y mientras saltaba sobre sus piernas, avanzó rápidamente
por el pasillo y entró en el lavabo, que afortunadamente estaba desocupado.
Agarrado
a la pila del lavabo, esperó pacientemente, hasta que el bamboleo del tren le
ayudó a vomitar la salchicha. Finalmente, ésta surgió sin un sonido de su boca,
y se desparramó sobre la vía, allá abajo.
Se
enderezó y salió al espacio situado en el extremo del vagón, donde las ventanas
abiertas enviaban ráfagas de aire frío acompañadas por unos cuantos copos de
nieve. Se quedó allí, pensando: «¿Por qué será diferente en Sofia? Allí me
sentiré tan mal como aquí. Continuaré teniendo pesadillas. Y luego, después de
dos semanas, tendré que regresar allí».
De
vuelta en el compartimiento, volvió a dejarse caer sobre su asiento, y evitó
las miradas curiosas de sus compañeros de viaje. Se quedó contemplando la
nieve, con la sensación de que Sofia se acercaba más y más, y con ello la
inevitabilidad de tener que contarle a alguien lo que sabía. Para él empezaba a
ser evidente que, si quería conservar un último atisbo de cordura, tenía que
aliviar la carga de las cosas horribles que sabía contándoselas a alguien. En
el fondo de su corazón, Hans Kepler sabía que era un traidor y eso, junto con
el terrible secreto que guardaba, lo estaba convirtiendo en un hombre
atormentado.
—¿Un
cigarrillo, Herr Kepler? —le ofreció Anna Krasinska.
Miró
los cigarrillos, de la marca Damske, fabricados originalmente para las mujeres,
con sólo la mitad de tabaco y la mitad de filtro de algodón, pero en estos
tiempos eran los únicos cigarrillos que se podían encontrar. Kepler pensó en
los que llevaba en el talego, los codiciados Plaske, refinados y ovales,
presentados en una cajetilla de cartón con lengüeta, y que sólo se encontraban
entre los muy privilegiados. Pero aceptó el que le ofrecía Anna, conmovido por
su gesto de compartir los dos últimos que le quedaban.
Fumaron
y pasaron en silencio los últimos kilómetros del viaje, hasta que, finalmente,
el tren entró en la estación de Sofia.
Al
tiempo que reunía todos sus paquetes y se las arreglaba para equilibrarlos en
sus brazos, Anna le dio las gracias por su ayuda y por la comida, y se dirigió
presurosa hacia la salida del tren. Mientras él se abrochaba lentamente los
botones del abrigo militar, observó por la ventanilla a la bonita joven, que
corrió al encuentro de un hombre que la esperaba sobre el andén cubierto de
nieve.
Al
bajar del tren y dirigirse hacia la estación, a Kepler le alegró que nadie
hubiera acudido a recibirle. Era Nochebuena, y antes de que pudiera presentarse
ante la puerta de la casa de su abuela, tenía que visitar un lugar y cumplir
una tarea, algo que se le había ocurrido durante los últimos momentos de este
viaje en tren de regreso a casa.
La
iglesia de Saint Ambroz se encontraba en el centro de la ciudad; se elevaba en
el extremo más alejado de la gran plaza empedrada, frente al cuartel general
nazi. Se trataba de una impresionante estructura gótica, con agujas del mismo
estilo, que se levantaban por entre la nieve que seguía cayendo, cubierta de
estatuas de santos medievales y protegida por anillos de gárgolas.
Hans
Kepler contempló las ornamentadas puertas de roble. Habían transcurrido muchos
años desde la última vez que estuviera dentro de una iglesia, aunque con
anterioridad, durante su adolescencia, había sido un devoto católico-romano.
Luego, como miembro de las Juventudes Hitlerianas, había tenido que renunciar a
esa parte polaca de sí mismo, y en los últimos años había terminado por abrazar
el paganismo, de moda en las SS. Pero ahora, al encontrarse de nuevo en los
escalones de acceso a la iglesia donde le habían bautizado, y donde había
recibido su primera comunión, experimentó una oleada de paz como no había
conocido desde hacía muchos meses.
Se
quitó la gorra y subió lentamente los escalones, empujó la puerta y se deslizó
al interior. Inmediatamente, se sintió envuelto por el calor y la fragancia del
incienso, lo que le hizo dejar caer el talego entre las sombras y permanecer
allí de pie, durante un momento, como transfigurado.
Kepler
miró a lo largo de la nave y vio en la distancia, a la izquierda, los pequeños
cubículos de madera con sus aberturas cubiertas por cortinas, detrás de los
cuales se sentaban los sacerdotes confesores. Unos pocos fieles permanecían de
pie, en una cola, mientras que un puñado de otros fieles murmuraba sus
penitencias ante el altar.
Kepler
introdujo los dedos en el cuenco de agua bendita situado a su derecha y se los
llevó después a la frente, el corazón y cada uno de los hombros. A
continuación, antes de cruzar hacia la arcada que le llevaría hasta los
confesonarios, hincó una rodilla, en dirección al altar.
Mientras
contemplaba al Jesús moribundo en el crucifijo colgado sobre el tabernáculo,
sintió que las palmas de las manos se le ponían húmedas y que sobre su rostro
volvía a brotar un sudor abundante que le empapaba con rapidez el cuello del
uniforme. Se levantó y sintió que le temblaban las rodillas al ver que uno de
los confesonarios había quedado vacío.
Apartó
la cortina de terciopelo y se asomó al interior. Cayendo de rodillas, Kepler se
persignó y tocó con un dedo el crucifijo que colgaba sobre la pequeña
ventanilla, ahora cerrada, al otro lado de la cual se sentaba un sacerdote sin
rostro.
Cuando
era un muchacho, había hecho su primera confesión en este mismo confesonario.
El
corazón le latía con tal fuerza que apenas oyó el sonido rechinante de la
mirilla deslizándose hacia un lado al tiempo que el sacerdote se inclinaba en
su dirección. A través del tupido enrejado de la pantalla que los separaba,
Hans apenas pudo distinguir el contorno de la cabeza de un hombre. El sacerdote
estaba susurrando algo.
Una
vez transcurrido un rato que le pareció interminable, con el sudor resbalándole
por las manos apretadas, Kepler oyó el murmullo del sacerdote.
—¿Sí?
—Hans emitió un sonido estrangulado—. ¿Te ocurre algo, hijo? —susurró el
sacerdote. —Padre, yo...
Kepler
se limpió las manos en el abrigo. Temblaba tanto que temió derribar a un lado
todo el confesonario. «Déme la absolución, padre, sin tener que decirle por
qué.»
—¿Estás
enfermo? —preguntó la voz suave del sacerdote—. ¿Preferirías hablar en mi
despacho?
—¡Padre!
—balbució—. Padre..., han pasado muchos años desde mi última confesión.
Bendígame... —El sacerdote volvió a susurrar su ensalmo y Kepler, una vez que
hubo conseguido empezar, sintió que las palabras le surgían con mayor
facilidad—. Padre, tengo algo que decirle...
2
El
doctor Jan Szukalski bajó lentamente la escalera del segundo piso del hospital.
Caminaba a solas y oía cada uno de sus pesados pasos. La cojera, producida por
una herida sufrida en la pierna durante su niñez, le había dejado con una
pierna ligeramente encorvada, mucho más perceptible en momentos como éste, en
que se sentía particularmente cansado o abrumado por la preocupación, y le
hacía parecer más viejo de los treinta años que tenía.
Se
detuvo al llegar al final de la escalera y miró por el largo y oscuro pasillo,
hacia donde estaba su despacho. El hospital se encontraba demasiado tranquilo
en este día de Nochebuena de 1941, a pesar de que sus cincuenta camas estaban
todas ocupadas. Jan Szukalski hubiera deseado ahora mismo estar en casa, con su
esposa y su hijo. Pero no podía marcharse. Todavía no. Y, posiblemente, no
podría marcharse durante algún tiempo. El gitano todavía no había recuperado la
conciencia.
Miró
el reloj. Eran las seis y media. Recorrió el largo trayecto por el pasillo,
entró en su despacho y encendió la luz.
Una
única bombilla iluminó el escaso mobiliario, compuesto por una sencilla mesa de
madera, una silla giratoria con respaldo de rejilla, otras dos sillas con
respaldo de rejilla y un armario archivador en una esquina. En una de las
paredes se había construido una chimenea de mármol, pero ahora el tiro se
hallaba cubierto con planchas de madera, y en el hogar se había instalado un
moderno radiador de vapor.
Tomó
asiento con gesto cansado tras la mesa de madera y se frotó los ojos. Aquí
estaba lo esencial de lo que le perturbaba: el gitano... Se quedó mirando
fijamente el techo con manchas de humedad. Aquello no tenía sentido. La extraña
historia que el campesino Milewski había logrado componer a partir de los
balbuceos del hombre herido no podía ser cierta. Y, sin embargo, ¿de qué otra
manera explicar el estado en que se hallaba y la forma en que Milewski lo había
encontrado? Y para empeorar todavía más el rompecabezas, ¿por qué el hombre
estaba solo?
Szukalski
no había conocido nunca a gitanos que viajaran solos. Siempre viajaban juntos,
fuera cual fuese la situación, o por lo menos en parejas, pero nunca solos. Y,
sin embargo, a éste lo habían encontrado solo, tendido sobre la nieve, al lado
de la granja de Milewski, con la cabeza destrozada por una herida de bala y
pronunciando con febriles labios las palabras más increíbles.
Contaba
algo muy extraño sobre una masacre...
Szukalski
sacudió la cabeza como para disipar esos pensamientos y se volvió un momento
hacia la radio, que estaba en el extremo más alejado de la mesa. Consideró la
idea de encenderla para empujar hacia las sombras este silencio tan opresivo,
para traer algo de alegría a esta habitación, pero entonces recordó que por la
radio ya no podían escucharse sus programas favoritos, los tangos polacos,
compuestos y dirigidos por los grandes músicos contemporáneos Gold y
Petersburg. Por lo visto, Gold y Petersburg eran judíos.
Al
apartar la mano de la radio, oyó que alguien llamaba a la puerta.
—¿Sí?
—preguntó.
La
puerta se abrió ligeramente y por ella se asomó el rostro familiar de su
ayudante, la doctora Duszynska.
—¿Te
molesto?
—No,
en absoluto. Entra.
—Jan,
acabo de venir de arriba. El gitano recuperó el sentido hace un minuto.
Szukalski
se puso en pie de un salto.
—¿Qué?
¿Por qué no me han avisado?
—No
ha habido tiempo —contestó Duszynska—. Yo me encontraba examinando a un
paciente en la cama de al lado cuando el hombre abrió los ojos y empezó a
hablar. Apenas unos pocos segundos más tarde volvió a caer en coma.
—¿Y?
La
ayudante de Szukalski le miró fijamente a través de la débil luz que iluminaba
la estancia, observando las profundas arrugas que habían aparecido sobre sus
cejas.
—Todo
lo que dijo el campesino era cierto —afirmó con un tono de voz solemne.
Szukalski
volvió a sentarse, e indicó a Duszynska que hiciera lo mismo.
—¿Cómo
están sus constantes vitales?
—Temo
que no muy bien. La hemorragia de la herida en la cabeza se ha detenido, pero
estoy segura de que ha contraído una neumonía.
—Hiciste
por él todo lo que pudiste en el quirófano —dijo Jan—. No podías haber hecho
nada más. Después de todo, estuvo tumbado y desnudo en la nieve, ¿durante
cuánto tiempo?
—Desde
el momento de la masacre hasta el momento en que lo encontró Milewski.
Seguramente debió de haber permanecido en la nieve durante unas doce horas.
Jan, ¿crees que todo esto es realmente posible?
Al
no recibir respuesta, la doctora Duszynska se reclinó sobre la silla de madera
y estudió por un momento el rostro del director.
—Repasemos
una vez más esta increíble historia, lo que ha contado ese gitano —dijo
Szukalski de repente—. El y su clan, aproximadamente cien personas entre
hombres, mujeres y niños, se encontraban acampados en el bosque cuando fueron
asaltados por soldados alemanes. Según él, no hubo lucha. Los alemanes se
abalanzaron simplemente sobre ellos, les apuntaron con los rifles, les
obligaron a agruparse, y luego los condujeron hacia el lindero del bosque. Allí
mismo, en la nieve, los gitanos fueron obligados a excavar una zanja larga y
profunda, como una trinchera, después de lo cual los alemanes los alinearon al
borde de la zanja, de cara a ella, y les obligaron a quitarse todas las ropas y
a dejarlas amontonadas sobre la nieve. A continuación, les dispararon un tiro
en la nuca, uno tras otro, a hombres, mujeres y niños, mientras se aseguraban
de que cayeran en la zanja, hacia adelante. Nuestro gitano fue uno de los
últimos en recibir el disparo. Según sus palabras, todavía estaba con vida
cuando los alemanes empezaron a rellenar la zanja con tierra y nieve y la
convirtieron en una tumba común para todos ellos; pero cuando llegaron al
extremo donde estaba nuestro gitano, seguramente cansados, los soldados no
hicieron un buen trabajo y apenas cubrieron su cuerpo. Según nos dice,
permaneció inmóvil bajo el cuerpo de una mujer, para que no descubrieran que
aún permanecía con vida, esperó largo rato después de que los alemanes se
hubieron marchado, se las arregló para salir a rastras de debajo de los cuerpos
y luego continuó arrastrándose, alejándose de la zona, sobre la nieve.
Finalmente, de algún modo, terminó por llegar cerca de la granja de Milewski.
¿Es así como tú has entendido la historia?
—Sí
— susurró Duszynska, y añadió después con un tono de voz extraño—: Pero ¿por
qué? ¿Por qué harían los alemanes una cosa así? Los soldados luchan contra los
soldados, eso es la guerra. Pero ¿por qué esta masacre sin sentido de personas
inocentes?
El
rostro de Jan Szukalski se llenó de furia.
—Ni
siquiera yo mismo puedo creerlo, querida Duszynska, pero no hay razón alguna
para dudar de lo que dice ese hombre.
Un
pesado silencio, casi tan tangible como la pared de ladrillo, volvió a caer
sobre ellos; finalmente quedó roto por las palabras de Szukalski:
—Creo
que sólo nos enfrentamos al principio de algo contra lo que nunca seremos
capaces de luchar.
Las
sombras del triste despacho adquirieron un aspecto siniestro, como si aquellas
palabras hubieran alterado de algún modo la estructura física de la estancia.
Lo que no sabían Jan Szukalski y su ayudante era que tenía razón.
—Quiero
irme a casa —dijo Szukalski con voz cansada mientras se miraba las manos.
La
ayudante de Szukalski se levantó y abandonó el despacho. El médico permaneció
en la silla durante unos minutos más, pensando en la ironía de la vida, en cómo
las circunstancias le habían privado del ayudante que había tenido desde hacía
varios años, en cómo los nazis se habían llevado al hombre y lo habían
sustituido por la doctora Duszynska hacía apenas un año, y en cómo él mismo
seguía teniendo reservas en cuanto a aceptar a su nueva ayudante; los viejos
prejuicios tardan en desaparecer.
Szukalski
regresó junto a la cama del gitano y observó el cuerpo con atención. Había
visto ese rostro otras muchas veces en las mesas de autopsia. Era una mezcla
tan curiosa de blanco, gris y amarillo, con labios purpúreos y mejillas tan
hundidas que, sin lugar a dudas, debía de ser un cadáver. Y, no obstante, la
toma rápida del pulso radial le indicó que aquel hombre continuaba aferrándose
tenazmente a la vida. Era un pulso débil, pues sólo alcanzaba las ochenta
pulsaciones por minuto. Contempló al hombre inconsciente y lamentó las
limitaciones de los doctores mortales.
Volvió
a colocar cuidadosamente la mano del gitano bajo las sábanas y salió de la
sala. Ya en el pasillo, encontró a la doctora Duszynska, que se dirigía
presurosa hacia él. Esta vez no venía sola, pues un extraño la seguía de cerca.
Trató
de sonreír cuando llegaron a su lado; no se sentía con ánimos de conocer a
alguien nuevo, ansioso por hallarse a solas durante un rato. Pero, teniendo en
cuenta la presencia de Duszynska, hizo un esfuerzo por fingir.
—¡Jan!
—exclamó la ayudante, con la respiración entrecortada—. No sabía que Max iba a
venir a Sofia y resulta que al salir del hospital me lo encontré allí.
Szukalski
se volvió sonriente hacia el extraño.
—¿Cómo
está usted? —le dijo mientras le estrechaba la mano.
—Maximilian
Hartung —presentó muy animada la doctora Duszynska—. Estudiamos juntos en la
facultad. Le presento a Jan Szukalski, el director de este hospital. Oh, jan,
no nos habíamos visto desde..., bueno, supongo que hace casi dos años.
Szukalski
sintió que la sonrisa se le tensaba. También observó que los dos iban cogidos
de la mano. Eso le perturbó. Lentamente, escrutó el rostro del amigo de
Duszynska. Hartung poseía unos rasgos aristocráticos, quizás un tanto demasiado
duros como para considerarlos refinados, pero era un hombre alto y atractivo,
con ojos de obsidiana y una sonrisa que parecía por completo amistosa. Al mirar
a su antigua compañera de facultad, a la que le sacaba una cabeza, sus ojos
chispearon casi maliciosamente.
—Tengo
una habitación en el Águila Blanca —dijo Hartung con un profundo tono de voz—.
Y esta noche, antes de salir, le he pagado un zloty al propietario para que nos
reserve una mesa. ¿Quiere unirse a nosotros, doctor?
Szukalski
rechazó amablemente la oferta.
—¿Cuánto
tiempo estará en Sofia, Panie Hartung? —añadió, tratando de mostrarse amable,
de mostrar interés, al mismo tiempo que pensaba en una forma conveniente de
escapar de la situación.
No
le importaba saber lo que hacía su ayudante después del trabajo, ni qué clase
de compañía elegía, masculina o femenina.
—Le
estoy quitando tiempo a mis deberes para con mi empresa —dijo Hartung con una
leve sonrisa—. En el último minuto tuve que acompañar un cargamento de
cojinetes a una fábrica en Lublin, y pasado mañana tengo que emprender el
camino de regreso a Danzig.
—Jan
—dijo Duszynska mirando hacia la puerta de entrada a la sala principal—, ¿cómo
está el gitano?
—Estable.
Pueden ustedes marcharse. Seguramente tendrán muchas cosas de que... hablar.
Intercambiaron
deseos de felices navidades y buenas noches; el doctor Jan Szukalski se quedó
allí de pie, observando a la pareja que se alejaba presurosa por el pasillo.
Antes de que llegaran a la salida, vio a Hartung abrazar a Duszynska; ambos se
besaron en los labios y luego salieron a la noche; seguía nevando.
Durante
un momento, Szukalski continuó mirando fijamente hacia donde habían estado;
luego, preocupado por otras cosas más importantes, regresó cojeando lentamente
hacia su despacho.
Hans
Kepler se levantó el cuello del abrigo para protegerse del helado viento; no
estaba muy seguro de cuál era el camino que debía tomar. Se encontraba al pie
de la escalera de acceso a la iglesia, y miraba fijamente ante sí.
En
lo más profundo de su alma, allí donde antes habían estado la luz y la
esperanza, el valor y el orgullo del soldado, no quedaba ahora más que un
desierto árido. Había traicionado al Reich.
Incapaz
de continuar hasta la pequeña panadería de su abuela, donde sabía que le
esperaban las comidas que tanto le gustaban de niño, el SSRottenführer Hans
Kepler sintió la necesidad de caminar.
Al
otro lado de la plaza, justo frente a la iglesia, se alzaba el edificio lleno
de presagios del cuartel general nazi, adornado con las banderas de la
esvástica y protegido por dos soldados fuertemente armados. Ahora, los nazis se
habían adueñado de Sofia, y la gobernaban con un implacable militarismo. A
pesar de que no era todavía la hora del toque de queda, las parejas de soldados
que patrullaban por la plaza no dejaban tranquilos a los viandantes. Todo aquel
que saliera de una calle lateral después del anochecer era invariablemente
detenido e interrogado. A Kepler, sin embargo, no le dirían nada, y él lo
sabía. Sus camaradas se limitarían a intercambiar con él un saludo nazi, de
modo que el SSRottenführer Kepler, a diferencia de cualquiera de los otros diez
mil habitantes de Sofia, poseía el raro privilegio de poder caminar por las
calles, sumido en la intimidad de sus pensamientos.
Al
tiempo que se echaba el talego al hombro, el joven soldado se preguntó si en el
infierno haría también este mismo frío.
Szukalski
saboreó la taza de café ligero; las reservas empezaban a disminuir, y nadie
sabía cuándo llegaría más café a Sofia.
Pensó
primero en Duszynska, una doctora procedente de Varsovia, que se había
presentado ante él hacía apenas un año, recién terminados sus estudios en la
facultad de Medicina, y que ahora intercambiaba intimidades con Maximilian
Hartung. A Szukalski le molestaba permitir que sus prejuicios interfirieran en
su buen juicio y, sin embargo, el hecho era inevitable. Durante toda su vida
había estado convencido de que alguien como Duszynska nunca podría llegar a ser
un buen médico, a pesar de lo cual la realidad le había demostrado exactamente
lo contrario. Duszynska había demostrado ser una doctora sorprendentemente
inteligente, competente y eficiente. Pero, a pesar de ser consciente de tales
cualidades, a Jan Szukalski seguía resultándole difícil aceptar a Duszynska
como a una igual.
Quizá
su recelo se debiera al hecho de que fuera tan hermosa.
Volvió
a pensar en el día en que ella llegó al hospital, y lo desilusionante que había
sido para él descubrir que se trataba de una mujer. Lo único que pudo pensar en
aquel momento fue: «¿Cómo puede una mujer joven, con su gracia y su belleza,
ocupar el exigente puesto de un hombre?». Los otros trabajadores del hospital,
desde el personal de enfermería hasta sus otros dos colegas médicos, habían
recibido a la hermosa joven con emociones contrapuestas. A los veintiséis años,
con un cabello del color del oro viejo y una piel lechosa, Maria Duszynska tuvo
que demostrar su valía luchando contra toda clase de desventajas.
Y lo
había conseguido, concedió Jan mientras se sentaba a la débil luz de su
despacho. Sin embargo, habría sido mucho mejor si fuera un hombre...
Sus
pensamientos divagaron sin rumbo fijo. Todo empezaba a desmoronarse. No había
en su mente espacio suficiente para todo aquello en lo que tenía que pensar.
Estaba el gitano, con su aterradora historia, y la profunda sensación, que
anidaba en las entrañas de Szukalski, de que todo aquello que había temido
durante los dos últimos años pudiera convertirse en realidad.
Y
luego estaba su propia e insufrible mezcla de patriotismo y frustración, pues
no cabía la menor duda de que ambas debían ir cogidas de la mano, especialmente
para un hombre que, al presentarse cuatro años antes para ingresar en el
ejército polaco, se había visto rechazado a causa de su deformidad física. En
1939, cuando los nazis invadieron Polonia, Szukalski tuvo que permanecer
sentado y contemplar impotente la matanza.
Se
levantó de la silla y empezó a caminar por la habitación. Sus pensamientos se
hicieron más borrascosos. Como si aquella matanza no hubiera sido suficiente,
han enviado a unos cerdos sádicos para que se conviertan en nuestros señores,
para que inventen sus propias leyes, para hacernos vivir a todos sumidos en un
constante temor, vigilándonos, atormentándonos, convirtiéndonos en esclavos. ¡Y
en nuestra propia ciudad! Pomposos bastardos como Dieter Schmidt, que gobiernan
mediante el terror, me dicen cómo tengo que dirigir mi hospital. ¿Y cómo quiere
que dirija un hospital si se han llevado a mi mejor médico sólo porque es
judío, y lo han sustituido por una mujer? ¿Y qué pasa con los suministros?
Tenemos que enviar a las enfermeras a las ciudades con listas de compras, para
encontrar los suministros más vitales como éter o vendas, que hasta el hospital
más pobre debería tener en abundancia.
Jan
Szukalski, de treinta años, frustrado y cojo, decidió abandonar el
confinamiento de su despacho, y se entregó a la repentina necesidad de salir de
allí y caminar bajo la nieve.
Maria
Duszynska y Maximilian Hartung se echaron a reír en voz baja mientras caminaban
por la calle, cogidos del brazo. Dirigieron sus pasos hacia el Vístula, donde
el único hotel de la ciudad, el Aguila Blanca, se elevaba junto a la orilla del
río, y hablaron muy poco, para poder saborear este momento tan estimulante y
precioso.
Se
vieron detenidos e interrogados en dos ocasiones por los soldados de Dieter
Schmidt, el comandante de la Gestapo; tuvieron que mostrar su documentación y
explicar su presencia en las calles al anochecer; y en esas dos ocasiones se
les recordó rígidamente que el toque de queda empezaba a las diez de la noche.
Pero ni siquiera esas interrupciones echaron a perder su alegre estado de
ánimo.
—Un
mes —murmuró ella con el viento procedente del río cortándoles el rostro—.
Dijiste que regresarías al cabo de un mes. Y de eso han pasado dos años. ¿Qué
ocurrió, Max?
Hartung
entrecerró los ojos para protegerse del viento, como si tratara de ver algo, y
sus labios se pusieron blancos y delgados. Mientras él trataba de encontrar las
palabras para contestarle, Maria estudió detenidamente su rostro.
No
había cambiado lo más mínimo en aquellos dos años. Seguía siendo un hombre muy
atractivo. Todavía severo en las líneas de la mandíbula y la nariz. Todavía con
aquellos ojos penetrantes que siempre le habían hecho pensar en un ave de
presa. Qué irónico que este hombre de estatura imponente, con unos ojos del
color del hielo azulado, albergara una personalidad que era la antítesis de la
imagen que ofrecía. Maximilian Hartung, de veintiocho años y aspecto severo,
capaz de imponer respeto, era un hombre que se abría paso en la vida sin dejar
de reír. Y eso era precisamente lo que tanto le había gustado a ella en los
tiempos que estuvieron juntos en la universidad de Varsovia: la forma
despreocupada que tenía de mitigar las crudas realidades de la vida.
—¿Recuerdas
que mi padre poseía una fundición en Danzig? —le preguntó a Maria hablándole
ahora al viento—. Fabricábamos, entre otras cosas, cojinetes para maquinaria
pesada, y muy a menudo para los tanques alemanes. Ese verano, abandoné la
facultad para visitar a mis padres, en Danzig, y tenía todas las intenciones de
volver a verte al cabo de un mes. —Bajó la mirada, sonrió y añadió—: No, no se
me ha olvidado que hablamos de matrimonio.
—Sí...
—En
cualquier caso, kochana Maria, regresé a casa y me encontré con un funeral. Mi
padre acababa de morir de un ataque al corazón, dejando la fundición a mi
cuidado. En medio de mi dolor, tuve que aprender el negocio con toda la rapidez
que pude, al mismo tiempo que los alemanes invadían Polonia. La fundición
trabajaba más que nunca. Tuvimos que aumentar la producción, en turnos de día y
noche. No había forma humana de que pudiera regresar a la facultad. Y, desde
luego, ésa es la razón por la que no me ves vestido de uniforme. —Volvió a
sonreír con una mueca burlona, sin preocuparse esta vez por ocultar el atisbo
de cinismo—. Supongo que los nazis necesitan los cojinetes para sus tanques
mucho más de lo que me necesitan a mí como soldado.
Maria
observó el pesado abrigo que llevaba puesto, los guantes de cuero, la bufanda
de punto alrededor del cuello. Ni siquiera se había dado cuenta hasta ese
momento. Después de la exaltación inicial, tras encontrarle al pie de la
escalera de salida del hospital, había olvidado que estaban en guerra.
—Me
alegro de que no seas soldado. No podría haber soportado el verte con un
uniforme alemán, sobre todo después de aquellos buenos tiempos que pasamos
juntos en Varsovia.
Max
se volvió a mirarla, con sus ojos de lobo repentinamente serios.
—¿Te
importa lo de mi fundición? Los cojinetes que yo fabrico formaban parte de los
tanques que invadieron Polonia. Pero, como ves, no me queda otra alternativa. 0
bien colaboro con los nazis, o me llevarán a mí y a mi familia a uno de sus
misteriosos campos, y pondrán la fundición en manos de otros alemanes. Lo hice
por sobrevivir, debes comprenderlo. Cualquiera que no sea un trabajador
voluntarioso para el Reich, es apartado de su puesto. Si yo me hubiera
resistido, ¿de qué le habría servido eso a mi familia? Habrían puesto a alguien
encargado de fabricar esos cojinetes, y ese alguien bien podía seguir siendo yo
mismo. Sólo quiero sobrevivir y vivir en paz. Y si eso significa ayudar a los
nazis a fabricar sus tanques...
Ella
levantó una mano enguantada hacia sus labios.
—Por
favor, Max, no hablemos más de la guerra.
Max
y Maria entraron en el Aguíla Blanca, y su seriedad se vio inmediatamente
eclipsada por la atmósfera de alegría y contento, la banda de música y las
brillantes luces. Los estandartes nazis que colgaban sobre la entrada y las
salidas no lograban arrojar la más leve sombra sobre aquella alegría.
El
mismo propietario del hotel, vestido con su mejor traje y mostrando una sonrisa
tan reluciente como una manzana lavada, condujo a la joven pareja hacia la
única mesa vacía que había en el comedor. Se quitaron los abrigos y los dejaron
en un perchero cercano. Max le sonrió ampliamente a Maria y antes de sentarse
se tomó un breve momento para llenarse la mirada con su visión.
¿No
era aquélla la misma falda azul marino que llevaba durante su primer año en la
facultad? Y aquella blusa, la recordaba cuando era nueva, cuando se puso de
moda hacía ya varios años, con las masculinas hombreras Schiaparelli que hoy en
día llevaban casi todas las mujeres. Ese aspecto masculino, tan deplorablemente
popular ahora, no disminuía en nada la feminidad de Maria; de hecho, los
hombros cuadrados y la falda que le llegaba hasta las pantorrillas no hacían
sino resaltar sus largas piernas, la cintura delgada, la suave curva de sus
pechos por debajo del tenue tejido de la blusa. Era tal y como la recordaba. No
había cambiado.
Era
imposible encontrar vino importado a ningún precio, por lo que tuvieron que
conformarse con un vino polaco local que, a pesar de estar hecho de ciruelas y
ser un poco áspero, iba muy bien con la cena que la esposa del propietario se
encargaba de preparar en la cocina. Primero les sirvieron una densa sopa de
patatas aderezada con puerros, seguida de un humeante plato de kapusta y
corvejones de cerdo.
—Cuéntame
lo que has estado haciendo desde la última vez que te vi, Maria.
Al
hablar, Maria lo hizo en voz baja, apenas lo suficiente para que pudiera oírla
por encima del acompañamiento del solista de violín que interpretaba Ostatnia
Niedziela.
—Terminé
mi último año de estudios en la universidad y luego empecé a trabajar en el
Instituto Higiénico de Varsovia. Es un buen lugar donde estudiar; los
estadounidenses ayudaron a construirlo. Permanecí allí durante seis meses;
acudía a las conferencias y me dedicaba fundamentalmente a realizar trabajos de
laboratorio, la mayor parte de los cuales estaban relacionados con
investigación sanitaria y control de las enfermedades. Creo que fue
precisamente la buena preparación que recibí allí con los sueros y vacunas la
razón por la que me enviaron aquí. Nuestro mayor problema en estas zonas
rurales de Polonia consiste en tratar de convencer a los campesinos de que
vivir en medio de la suciedad causa enfermedades.
—No
pareces sentirte muy feliz.
Maria
tomó un sorbo de vino y se encogió de hombros.
—En
una época en la que no puedo elegir dónde practicar, Sofia no resulta tan mala.
Es una pequeña ciudad, y tiene un hospital decente.
—¿Qué
me dices del tipo que me presentaste, ese tal Szukalski? Parece bastante
austero.
—Jan
no es malo, sino sólo tranquilo, y se toma la vida muy seriamente. Lo que
cuenta para él, antes que nada, es la profesionalidad. Pero cae bien a los
pacientes. Es un buen médico y tiene una excelente reputación. —Mientras
hablaba, la mirada de Maria se desvió hacia el violinista, y recordó por un
momento el hotel Polonia, en Varsovia, donde ella y Max habían pasado algunas
noches deliciosas—. Jan es..., bueno, no creo que le gusten las doctoras. En
realidad, resulta difícil encontrar a un hombre que las admita. Supongo que eso
nos destina a una vida bastante solitaria, pero nuestro trabajo nos mantiene
ocupados, así que supongo que soy feliz la mayor parte del tiempo.
La
mano de Max se deslizó sobre el mantel de la mesa, hasta encontrar sus dedos.
—¿Y
en qué le ayudas?
—Oh,
en dirigir el hospital. Y en sus investigaciones, claro.
—¿Qué
clase de investigaciones?
El
violinista había dejado de tocar y toda la banda atacó un tango. Varias parejas
salieron a la pista moviéndose al son de Bajka.
—¿Qué
clase de investigaciones? Oh, fundamentalmente sobre enfermedades infecciosas.
Cosas como el tifus, las fiebres tifoideas, la hepatitis. Dispone de un
laboratorio bastante bien equipado.
—¿Ha
hecho ya algún gran descubrimiento?
Ella
miró la mano que acariciaba la suya, observó su tamaño, la suave palma, los
dedos largos y poderosos, la exquisita pelusilla rubia. Y eso hizo que se
sintiera repentinamente melancólica.
—No.
Hace un tiempo creyó haber descubierto una nueva vacuna contra el tifus, pero
se equivocó. Si hay algo que está decidido a conseguir es mantener Sofia libre
de enfermedades como el tifus. —Guardó silencio durante un momento,
contemplando al hombre que tenía frente a ella, perdida en aquellos notables
ojos, como le había sucedido con tanta frecuencia en el pasado—. Max, dime
algo.
—¿Qué?
— Si
tu padre no hubiera muerto, si no hubiera estallado la guerra, si..., bueno, si
no hubieran sucedido un montón de cosas, ¿te habrías casado conmigo?
El
le apretó la mano y sonrió juguetonamente.
—¿Y
quién dice que eso no pueda ocurrir aún?
Maria
se reclinó en el asiento y contempló el comedor, que ahora estaba muy animado.
La gente había terminado de cenar y bebía vodka, cantaba y bailaba.
—Ahora
sí que tengo la sensación de estar en Navidades. Me alegro mucho de que hayas
venido, Max.
—¿Y
si no hubiera venido? ¿Qué habrías hecho? ¿Una noche terrible en el hospital
tocando las frentes febriles de los enfermos? —Ella sonrió mientras movía un
pie al compás de la música—. ¿Qué hace Szukalski en el hospital, en lugar de
marcharse a casa? Para él también es Nochebuena.
—Tenemos
un caso muy grave que hemos estado vigilando.
—¿Se
trata del gitano que yo oí mencionar antes? —Ella asintió con un gesto, sin
dejar de mirar a los que bailaban. Ahora, una polka muy animada hacía que todos
se movieran con rapidez por la pista; el comedor temblaba con el estampido de
los pies—. ¿Qué le ha ocurrido?
—Realmente,
no se trata de un tema agradable.
—Dios
santo, ¡no tendrá una enfermedad contagiosa!
—Oh,
Max —exclamó volviéndose a mirarle con una sonrisa—. Jan también se ocupa de
otra clase de pacientes. Este caso es..., bueno, es diferente. —Se inclinó
hacia adelante y le contó serenamente la historia del gitano. Al terminar,
guardó un momento de silencio y añadió—: Confío en que sobreviva. Queremos
saber todos los detalles de lo que sucedió allá fuera, en el bosque.
—Dios
mío —susurró Max—. ¿Qué están haciendo los nazis? ¡Nunca había oído nada igual!
En
ese momento terminó de sonar la polka y la banda atacó en seguida una melodía
animada y familiar. Inmediatamente, las parejas que había en la pista de baile
se desparramaron y tomaron posiciones, juntaron las manos y se movieron al son
del rápido compás.
—
¡Una mazurka! —exclamó Max, tomándola de las manos—. ¿Lo recuerdas, Maria?
—Oh,
no... —empezó a decir con los ojos muy abiertos. Pero antes de que pudiera
seguir, Max la puso en pie de un tirón y la hizo girar hacia la pista de baile.
El
padre Piotr Wajda se levantó con gesto cansado la pesada capa pluvial de seda
de los hombros y la colgó con gesto suave de un perchero de madera, en el
guardarropa. Se movió con cierta lentitud, sentía el dolor que le producía la
fatiga en las articulaciones y los músculos.
Esa
noche, la sacristía estaba excepcionalmente fría, pero Piotr Wajda no lo
sentía. La carga de una conciencia atormentada le preocupaba tanto que se
mostraba indiferente a todo lo demás. Se quitaba los ropajes con gestos
mecánicos; se sacó el sobrepelliz blanco por encima de la cabeza, lo dobló
cuidadosamente y lo metió en un cajón. Luego, miró las estanterías que
contenían los pocos y valiosos objetos sagrados que se guardaban en la
sacristía entre un servicio y otro. El otro sacerdote que le había ayudado a
celebrar la misa de medianoche había tenido que salir apresuradamente para
administrar los últimos sacramentos a un fiel moribundo que vivía en una granja
lejana, de modo que el padre Wajda se había quedado completamente a solas.
Y
era eso lo que sentía con mayor intensidad, más que el frío penetrante o la
humedad de la pequeña habitación situada junto al altar.
El
hecho de estar solo. Total y absolutamente solo.
El
padre Wajda se tomó unos minutos para mirar a su alrededor y se aseguró de no
haber dejado nada por hacer. Se asomó por la puerta que daba acceso al altar y
miró hasta el fondo de la iglesia para asegurarse de que estaba vacía. En la,
penumbra, oyó el peculiar arrastrar de pies que producía Zaba, su deformado y
viejo sacristán, al moverse extrañamente entre los bancos. Zaba se dedicaba a
realizar su fiel ronda para comprobar que la iglesia estuviera segura.
Luego,
el padre Wajda miró hacia el altar y repasó con la mirada el manto de encaje
blanco, las velas, el tabernáculo que contenía el Cuerpo de Cristo al tiempo
que se preguntaba a dónde habría ido aquel joven soldado alemán.
Pensar
en él le produjo una aguda sensación de dolor. Se giró de pronto y apresuró el
paso. Se había olvidado por completo del deber de acudir al hospital para
administrar la comunión a los pacientes. Se aproximaban con rapidez las horas
de la mañana de Navidad, sabía que tendría que darse prisa.
Sin
embargo, le resultó difícil, debido a la pálida lobreguez de lo que había caído
sobre él desde que escuchara aquella increíble confesión, que hacía sus
movimientos más lentos, le impedían prestar atención a lo que hacía y hacían
que el padre Piotr Wajda se sintiera como el hombre más solitario en el
universo de Dios.
Una
vez que hubo recogido sus cosas en una bolsa, Piotr se colocó el birrete de
cuatro puntas, con la borla negra en lo más alto, y salió a la nieve.
Sus
pasos sonaron pesadamente; la profunda responsabilidad del secreto que ahora
compartía le impulsaba sobre la nieve medio derretida. El padre Piotr Wajda, de
cuarenta años de edad, nunca había experimentado tanto temor en los veinte años
que llevaba como párroco.
Se
hallaba tan sumido en sus agobiados pensamientos, que no vio aproximarse una
figura oscura, que avanzaba hacia él en las sombras de la calle. Hasta que la
otra persona no estuvo casi a su lado y le murmuró: «Felices Navidades, padre»,
no levantó la mirada de la acera, asustado.
—Jan
—dijo más calmado.
Era
muy insólito encontrarse a alguien en las calles después de la medianoche.
Dieter Schmidt, el Hauptsturmführer de la Gestapo, se mostraba implacablemente
estricto a la hora de mantener su toque de queda, y exigía que sus soldados lo
hicieran cumplir con toda rudeza. Sin embargo, concedió de mala gana dos
excepciones, la de los médicos y sacerdotes que, por la naturaleza de sus
profesiones, eran llamados a menudo durante la noche.
La
agitación que experimentaba el alma del sacerdote se ponía de manifiesto en su
rostro, lo que no escapó a la atenta mirada del doctor Szukalski.
—No
parece que tengas buen aspecto, padre.
—Estoy
bien, estoy bien. ¿A dónde vas a estas horas, Jan? Ya es más de medianoche.
—Bueno...
—Emitió un suspiro, lanzando una nubecilla de vapor por entre la nieve que
caía—. He estado paseando un rato para tener la oportunidad de pensar, pero
finalmente he decidido regresar a casa, junto a mi esposa y mi hijo. Si mi
paciente especial recuperara la conciencia, los del hospital me avisarían.
El
padre Wajda asintió con un gesto. Szukalski no era el único capaz de escrutar
los rostros con atención y perspicacia, pues el sacerdote observó en su amigo
una máscara peculiar de confusión.
—¿Y
tú, Jan, te encuentras bien?
—Preocúpate
por mi alma, Piotr, que yo me ocuparé de mi cuerpo —replicó el médico riendo
suavemente.
—Precisamente
te preguntaba por tu alma, Jan —dijo el sacerdote, que mantuvo una expresión
seria. La sonrisa se desvaneció del rostro de Szukalski—. Jan —añadió Piotr con
voz suave—, ¿estarás despierto dentro de un rato? Tengo que ver antes a mis
fieles en el hospital, pero después...
—No
me iré a dormir hasta dentro de un buen rato, Piotr. Pero no hay necesidad de
que vengas a verme. Estoy bien, de veras. Supongo que sólo me siento un poco
cansado.
—No,
Jan, no es por ti, sino por mí.
Szukalski
enarcó las cejas. Escrutó una vez más el rostro de su amigo y la expresión que
vio en sus grandes ojos grises le alarmó un tanto.
—¿Qué
ocurre, Piotr?
—No,
aquí no, Jan. Ahora no. Más tarde..., si es que paso a verte, que es posible
que no lo haga... —añadió bajando aún más la voz.
—Sabes
que siempre eres bienvenido en mi casa, Piotr. —Sí, sí. Entonces, pasaré a
verte más tarde. Pero ahora debo darme prisa. Buenas noches, Jan.
Szukalski
se quedó de pie, bajo la nieve mientras contemplaba al sacerdote que se alejaba
con toda rapidez por la calle. El padre Piotr Wajda ni siquiera le había
deseado felices Navidades.
Tuvieron
que avanzar protegiéndose en los portales para evitar ser descubiertos por los
nazis que patrullaban las calles, y lograron llegar hasta el piso de ella sin
ser vistos.
—No
deberías haber tomado esa habitación en el Aguila Blanca —murmuró Maria
mientras metía una mano en el bolso para buscar la llave—. Aquí tienes un lugar
donde alojarte.
Maximilian
la sostuvo abrazada contra él, con el rostro hundido en su cuello.
—No
sabía muy bien qué encontraría, kochana Maria. Lo único que pude hacer fue
descubrir adónde te habían destinado. Me imaginé que ya estarías casada,
tendrías seis hijos y estarías terriblemente gorda.
—¿En
sólo dos años? —preguntó ella con una risita—. ¡Ah!
Extrajo
por fin la llave del bolso. Max la tomó y después de varios intentos,
dificultados sus movimientos por lo que había bebido, consiguió abrir la
puerta.
Entraron
tambaleantes, rodeando la cintura del otro con un brazo. Al extender la mano
para encender la lámpara, Max la tomó por el brazo, la atrajo hacia sí y apretó
la boca contra la suya. Luego, apartándose un poco de ella, murmuró en la
oscuridad:
—Nunca
tendría que haberme marchado de Varsovia.
—Olvida
el pasado —le susurró ella.
—Muy
bien, moja kochana. Sólo pensaremos en el presente, en ti y en mí, en la
Navidad, en beber champán y en hacer el amor.
—No
tenemos champán.
—¿Qué?
¡Pues deberíamos tenerlo! Es lo tradicional. ¿Qué otra cosa tienes?
—
Cerveza.
—
¡Cerveza! Eso es una blasfemia. Necesitamos champán. Veré si puedo conseguir
algo.
—¿A
estas horas? Max, no seas tonto.
—Ah...
—Le puso una mano suave sobre la mejilla—. Creo que quizás pueda convencer al
propietario del Aguila Blanca para que nos dé una botella. Si es que le queda
algo.
—¡Pero
si es demasiado tarde!
—No
te preocupes —murmuró él, avanzando hacia la puerta—. Tendré cuidado. Sólo
quiero que esta noche sea todo perfecto. Al fin y al cabo, han pasado dos años.
Y ahora, enciende la chimenea mientras tanto, ¿de acuerdo?
Max
se dio cuenta de que ella asentía en la oscuridad. Después, se giró rápidamente
y salió por la puerta.
La
sala estaba a oscuras y en silencio a estas horas; los pacientes dormían
pacíficamente, y la única enfermera de guardia estaba sentada al otro lado de
la mampara de cristal divisoria, al otro lado de la sala.
Una
figura oscura cruzó en silencio hacia la puerta del extremo opuesto de la sala,
pasó bajo el dintel que conducía al pasillo que daba a la calle, y permaneció
inmóvil en las sombras. Desde la posición que ocupaba resultaba fácil ver todas
las camas y sus ocupantes, y también a la enfermera, cuya cabeza se inclinaba
sobre un libro. La única iluminación de la sala consistía en una única luz
encendida al otro lado.
La
figura oscura miró a ambos lados, observó cada hilera de camas, hasta que vio
la cabeza vendada y la figura inmóvil del gitano inconsciente. La oscuridad y
el pesado silencio constituían un camuflaje excelente, de tal modo que el
intruso pudo ocultarse en medio de aquel abrigo natural. Protegido de ese modo,
le fue posible avanzar con rapidez y sín hacer ruido de una cama a otra hasta
que llegó donde estaba el gitano.
La
silueta miró hacia el fondo de la sala. La enfermera seguía leyendo.
El
hombre de la cama yacía en el más completo reposo, con el rostro inexpresivo.
La figura oscura se inclinó sobre él, estudiaba con curiosidad sus facciones
mientras oía el susurro de la nieve que caía contra los cercanos paneles de la
ventana. Se inclinó lentamente, con una gracia exquisita, y se las arregló para
extraer la almohada de debajo de la cabeza del hombre.
Conteniendo
la respiración y tensando rígidamente el cuerpo, la figura miró una vez más
hacia donde se encontraba la enfermera, que seguía tranquilamente enfrascada en
su libro. Sin embargo, al volver a bajar la mirada, el extraño se dio cuenta de
que el ligero movimiento de la almohada había despertado al gitano, que ahora
parpadeaba en la oscuridad.
El
visitante vaciló un instante sobre el paciente, perfectamente preparado, a la
espera del momento exacto en el que...
—
¡Usted! —balbució el gitano con voz ronca, al tiempo que abría del todo los
ojos.
—Sí
—susurró la figura mientras colocaba la almohada con firmeza y precisión sobre
la agitada cabeza del hombre.
3
David
Ryz arreó a la gran yegua gris con los talones, obligándola a avanzar entre la
fuerte ventisca. Había cabalgado durante todo el día y la mayor parte de la
noche; su avance era dificil por tener que evitar las carreteras y caminos, de
modo que ahora, al acercarse al Vístula, tanto el animal como el jinete se
encontraban al borde del agotamiento.
Mientras
la yegua pateaba los montoncitos de nieve, David se inclinó hacia adelante y le
dio unas palmadas en el cuello; murmuraba palabras tranquilizadoras en yiddish,
intentaba animarla con las mismas palabras cariñosas que utilizaba con ella en
la granja cuando araban juntos los campos. Ahora estaban cerca de casa, le
prometía, y le esperaban una manta y una buena ración de heno. Sólo había que
seguir un poco más.
David
Ryz se enderezó y trató de mirar con los ojos entrecerrados para protegerse del
frío viento que le azotaba la cara. Tenía que agacharse de vez en cuando para
evitar las largas ramas de los árboles, mientras avanzaba entre ellos; sus
largas piernas abrazaban el macizo cuerpo de la yegua, pues cabalgaba a pelo.
Aunque ya era más de medianoche y nevaba copiosamente, y a pesar de que el
joven judío sólo llevaba una chaqueta de piel de oveja sobre la camisa, David
no sentía frío.
En
el interior de su alma ardía un fuego que le encendía el cuerpo, con el calor
de la cólera y la furia.
Escrutó
los anchos campos y pastos que se extendían junto al Vístula y más allá, hacia
las granjas distantes, y aminoró el paso del animal hasta que fueron abriéndose
paso por entre el tupido bosque que bordeaba las orillas del río.
Detuvo
por completo a la yegua y permaneció sentado sobre ella durante un momento,
escuchando con atención. Sus orejas, enrojecidas y mordidas por el frío, oyeron
el aullar del viento invernal que sacudía el esqueleto de los árboles. Pero no
percibió lo que quería oír. El crujido de unos pasos.
Finalmente,
David se inclinó sobre el cuello de la yegua y dio tres silbidos largos y
bajos.
Le
contestó inmediatamente otro silbido corto y más alto.
David
emitió un pesado suspiro de alivio y volvió a arrear al animal con los talones.
Se movieron con rapidez a través de los árboles. El joven judío escuchaba y
trataba de ver en la oscura noche, hasta que llegaron a un claro, y distinguió
el inicio de un estrecho sendero.
Sabía
que lo estaban vigilando, lo que le hacía sentirse cómodo. Condujo a la yegua
por el sendero que conducía desde lo alto de un abrupto risco de granito hasta
el lecho helado del Vístula. El risco no era muy alto, pero sí escarpado e
inexpugnable; se elevaba directamente desde la orilla del río, cubierta de
arenilla, y quedaba coronado por un tupido bosquecillo de abedules y álamos. La
cueva existente en el fondo, con su pequeña abertura invisible desde lo alto
del risco, era inalcanzable como no fuera siguiendo este único sendero.
David
volvió a detenerse a medio camino del descenso, silbó tres veces y oyó de nuevo
la nítida respuesta de un solo silbido.
Llegó
a la boca de la cueva pocos segundos más tarde, desmontó y miró rápidamente a
su alrededor, hacia el desolado río, antes de deslizarse en el interior de la
cueva.
—
¡David! —exclamó una voz ansiosa desde las profundas sombras de la cueva. Un
instante después, el rostro sonriente y exaltado de Abraham relució a la luz de
la fogata, con lágrimas en los ojos—. David —repitió mientras abrazaba a su
amigo y le arrastraba hacia la comodidad del interior de la cueva.
Otras
figuras se incorporaron para saludarle: Ester Bromberg se le acercó presurosa
con una toalla para secarse el pelo, humedecido por los copos de nieve que se
fundían; dos hombres se adelantaron para hacerse cargo del caballo; los demás,
hasta un total de veintitrés refugiados, se volvieron hacia él con expresiones
ansiosas, llenas de esperanza.
—
¡Tenía tanto miedo por ti! —dijo Abraham Vogel, acercando a David hacia el
fuego. La luz de las llamas iluminaba el interior de la cueva con un brillo
tranquilizador, arrojando delgadas sombras sobre las tortuosas paredes. A
varios metros por encima de sus cabezas, el humo de la hoguera se disipaba
lentamente por entre las grietas que se abrían en la parte superior del risco—.
¡Has estado fuera durante tanto tiempo! ¡Siéntate, David, siéntate! ¡Y come
algo!
—No
tengo estómago para comer ahora —dijo David rechazando la invitación con la
mano—. Debo contaros lo que he visto.
—David
—dijo entonces una voz profunda. Pertenecía a Moisze Bromberg, un judío polaco
de cuarenta y cinco años que antes había sido el carnicero kosher de Sofía. Era
un hombre cuadrado, de constitución pesada, con unas manos grandes y una voz
resonante. En el año transcurrido desde que los veintitrés refugiados habían
convertido esta cueva en su hogar, Moisze Bromberg se había convertido poco a
poco en su jefe. Se adelantó sosteniendo una taza humeante de achicoria y la
colocó entre las heladas manos de David—. Toma antes algo, David. Descansa un
poco. ¡Estás casi congelado!
David
levantó la taza de achicoria y dejó que el humo le calentara el rostro. De
dieciocho años de edad, y estudiante en el momento en que estalló la guerra,
David Ryz era un joven atractivo y apasionado, con unos vivaces ojos negros y
una cabeza cubierta de espesos rizos negros. Tenía fama por su entusiasmo y su
impaciencia, cualidades que había adquirido el día en que los nazis se llevaron
a sus padres.
—Moisze,
tengo que hablar. ¡Tengo que decirte lo que he visto!
Abraham
se sentó junto a David, al lado de la hoguera, y se inclinó hacia adelante, con
una expresión de recelo.
—No
creíamos que estarías tanto tiempo fuera, David. Nos has tenido muy preocupados
a todos.
—Lo
siento mucho, amigo mío, pero tenía que descubrir algo.
Moisze
enarcó sus pobladas cejas.
—¿Descubrir?
Descubrir, ¿qué? Te fuiste a ver hasta dónde se habían acercado los alemanes al
río. ¿Qué otra cosa más tenías que descubrir?
David
levantó sus ojos negros y feroces, y contestó en voz baja.
—Tenía
que descubrir a dónde iban aquellos trenes oscuros.
—Oh,
David... —dijo Abraham con tristeza.
Abraham
Vogel, el mejor amigo de David, era un judío polaco, como todos los demás, de
veinte años de edad, violinista de profesión. Era de constitución delgada y
expresión amable, con el rostro de un soñador.
—¿Y
has descubierto adónde van? —le preguntó Moisze.
—Sí,
lo he descubierto. Y también he descubierto lo que transportan.
Ester
Bromberg, una mujer menuda, que ahora servía un poco de cocido caliente de la
olla que se calentaba al fuego, le tendió el cuenco al joven al tiempo que le
preguntaba:
—¿Adónde
has ido, David?
—He
ido a Ogwíccim —contestó él sin dejar de mirar a Moísze.
—¡A
Oswigcim! —exclamaron a coro varias voces—. Pero ¿por qué allí?
—Porque
allí es a donde van los trenes oscuros, Moisze. Allí es donde dejan su
cargamento.
—¿Qué
es lo que transportan? —preguntó Abraham en voz baja.
—A
personas, Abraham. Esos trenes transportan a personas, de todas las edades y
tipos. La mayoría de ellas son judías, y entre ellas hay niños, y mujeres
embarazadas y ancianos.
—Claro
—dijo Moisze Bromberg mientras se pasaba los gruesos dedos por el cabello
grisáceo—. En Oswiccim hay un campo de trabajo. También es un centro de
distribución. A los judíos se les están entregando casas nuevas.
David
negó con un gesto brusco de cabeza.
—
¡Es un campo de la muerte, Moisze! Los están ejecutando a todos, o dejándolos
morir de hambre. Y en Birkenau practican la más estricta exterminación. Hay
cámaras de gas y crematorios...
—
¡No puede ser! —susurró Ester Bromberg.
—David
—dijo Moísze con la misma voz controlada—, ¿cómo puedes estar seguro de lo que
dices?
El
joven se miró las manos y frunció el ceño.
—Estuve
lo bastante cerca para verlo. La vía férrea divide el campo. En el que ellos
llaman Auschwitz hay varias fábricas y una serie de grandes edificios que
parecen barracones. —La voz de David sonaba tranquila y solemne—. Resultó
difícil saber con exactitud qué estaba pasando allí, pero vi a un montón de
prisioneros con uniformes de rayas allí mismo sobre la nieve, muchos de ellos
caídos sobre el suelo, aparentemente muertos.
—¿Hasta
qué distancia te acercaste? —preguntó Moisze.
—A
unos trescientos metros. Lo bastante cerca como para echar un buen vistazo con
estos prismáticos de campaña. No me atreví a acercarme más. Las vallas estaban
patrulladas por hombres de las SS con perros.
A
estas palabras siguió un pesado silencio que duró un rato, y fue finalmente
interrumpido por una voz suave procedente de la zona iluminada por la hoguera.
—¿Viste
a mi marido, David?
Levantó
la mirada y vio a la anciana que había hablado, acurrucada sobre una roca; se
abrazaba con sus propios brazos. David no recordaba exactamente por qué se
había unido al grupo; las historias de todos ellos eran muy similares: para
ocultarse de los nazis.
—No,
Pani Duda —contestó con voz suave—. No vi a tu esposo. —David se volvió hacia
el antiguo carnicero—. No reconocí a nadie, Moisze. Pero a esa distancia, y con
aquellos uniformes de rayas, no estoy seguro de que hubiera podido reconocer a
nadie. Moisze, tenemos que hacer algo.
El
hombre sacudió la cabeza, con indecisión.
—Apenas
puedo creerlo, David. ¡Un campo de la muerte! No parece posible. Creo que estás
equivocado...
—Lo
que dice es cierto.
Los
tres hombres que estaban junto al fuego se volvieron hacia el que había
hablado. Se trataba de un hombre alto y corpulento, cuya estatura, por sí sola,
parecía llenar la cueva. Moisze se puso en pie en seguida.
—Ah,
David, con la alegría de volver a verte me había olvidado de nuestros
invitados. Ven y te los presentaré.
David
dirigió una mirada desconfiada al extraño.
—Que
vengan aquí a conocerme. Ellos son los invitados. Enseñémosles buena educación.
—Los
goyim son nuestros amigos, mi acalorado sionista —dijo Moisze en yiddish—.
Ellos son tan víctimas como nosotros.
—Tiene
razón —dijo el extraño mientras se acercaba al fuego—. Debemos demostrar
nuestra buena educación. —Extendió una mano fuerte y callosa hacia él—. Brunek
Matuszek, capitán del ejército polaco. —David lo miró con recelo, sin soltar el
cuenco que sostenía entre las manos. Pero el extraño le sonrió, añadiendo—: Y
me temo que lo que has dicho sobre Oswiccim es cierto. —Se sentó frente al
joven; el fuego de la hoguera brillaba entre ellos—. Es un campo de la muerte.
Los
otros dos extraños se situaron detrás del llamado Brunek. Uno de ellos era un
hombre joven que se presentó como Antek Wozniak, soldado del ejército polaco, a
quien David apenas prestó atención alguna. Pero la tercera persona le hizo
enderezar el torso y tomar buena nota de su presencia.
Se
trataba de una mujer joven, de unos veinticinco años, vestida con ropas de
trabajo masculinas; su piel blanca brillaba a la luz de la hoguera. Cuando
Moisze la presentó como Leokadja Ciechowska, David asintió lentamente con la
cabeza mientras observaba la innegable belleza de su cabello negro, y el
asombroso verde de sus ojos. Ella le devolvió la mirada atrevida, en una
actitud casi desafiante, y luego se sentó cerca de Brunek.
—Acudieron
a nosotros hace algún tiempo, David —dijo Moisze, que era el portavoz del grupo
en todas las cuestiones—. Unos amigos de Lublin les dijeron que se pusieran en
contacto con Dolata, en Sofia, quien los envió aquí.
—¿Y
qué quieren? —preguntó David amargamente—. ¿Ocultarse con nosotros?
—Luchar
—contestó Leokadja.
David
estudió de nuevo su joven rostro, antes de decir:
—Permíteme
que te deje algo bien claro. No lucho contra los nazis porque ame Polonia.
Lucho contra ellos porque se dedican a detener y masacrar a mi pueblo. Mi
pueblo pertenece a Sión, y Dios nos ha llamado a reunirnos en Israel. Esa es la
razón por la que lucho.
—David
—dijo Moisze con paciencia—, la voz disidente del estudiante zelota no es a
menudo muy realista. Formamos un grupo demasiado pequeño, y nuestras armas son
demasiado escasas como para no aceptar la colaboración de cualquiera que esté
dispuesto a ayudarnos. Estas personas han venido a luchar con nosotros. ¡Dales
la bienvenida, David!
El
joven asintió con un gesto huraño y murmuró:
—Por
Moisze, os doy la bienvenida.
Pero
la palpitante hostilidad permaneció en sus ojos.
El
carnicero se volvió hacia los tres recién llegados.
—David
se encontraba en la escuela cuando se llevaron a sus padres. Un día, al
regresar a casa, encontró la granja incendiada hasta los cimientos, y los
vecinos le dijeron que su madre y su padre habían sido cargados en un vagón de
ganado. De eso hace ya año y medio. No pudo descubrir adónde se los habían
llevado. David no pretende mostrarse hostil contigo y tus amigos, Brunek. En
estos últimos tiempos le queda muy poco amor en su corazón.
—Lo
comprendemos —dijo el capitán, que contemplaba fijamente el fuego—. Antek y yo
nos las hemos arreglado desde que nuestra unidad fue desintegrada. De eso hace
ya dos años. También nosotros hemos perdido a nuestras familias. No sabemos lo
que les sucedió a nuestros camaradas; según hemos podido saber, muchos de ellos
lograron escapar por Rumanía. Desde entonces, Antek y yo siempre hemos ido un
paso por delante de los nazis.
—Corriendo.
El
capitán polaco miró a David con expresión triste.
—Puedes
pensarlo así si quieres, pero también estamos luchando. En Polonia existe una
Resistencia organizada, y luchamos a su lado allí donde podemos. Quizás pienses
que somos cobardes, pero nuestro objetivo consiste en permanecer con vida y
ayudar a luchar por nuestro país.
David
observó más atentamente el rostro del hombre que tenía enfrente, se fijó en la
gran nariz ganchuda, la frente alta, el cabello negro y liso peinado hacia
atrás, sobre su cabeza.
—Tienes
razón, Brunek Matuszek —dijo al fin con voz serena—. Supongo que cualquiera que
luche contra los nazis es un aliado de los judíos, al menos por el momento.
—Sí
podemos ayudar aquí, lo haremos — dijo el capitán con una sonrisa—. Y nos
quedaremos todo el tiempo que podamos. Pero los nazis siempre andan
buscándonos. Cualquier hombre que sirviera en el ejército polaco se ve obligado
a formar parte de la Wehrmacht, y se le envía a luchar contra los rusos.
—Brunek se volvió a mirar a la joven sentada a su lado—. El esposo de Leokadja
no tuvo tanta suerte como nosotros. Los alemanes lo atraparon y le pusieron uno
de sus uniformes. David mantuvo la mirada fija en la asombrosa belleza de la
mujer. Brunek se volvió a mirar a Moisze—. ¿De dónde obtenéis la comida?
—De
la gente, en Sofia. Ya conoces a Dolata. El era el alcalde, y, junto con otros,
conoce nuestra existencia y nos traen lo que pueden. Pero resulta peligroso,
como puedes imaginar. Los nazis patrullan constantemente por toda esta zona.
—¿Sois
todos judíos?
—Ocho
de nosotros lo somos —contestó Moisze—. Escapamos a esta cueva cuando los nazis
vinieron a llevarse a los judíos de Sofia, hace dieciocho meses. Algunos de
nosotros pudimos escapar. Los demás se nos han ido uniendo desde entonces,
todos ellos tienen razones para ocultarse de los nazis.
Brunek
giró la vista lentamente a su alrededor. Los veintitrés rostros, de aspecto
pálido y perplejo a la luz oscilante de la hoguera, iban desde los más jóvenes
hasta los más viejos, tanto hombres como mujeres. Algunos le sonrieron
tímidamente.
—Como
puedes comprobar, no disponemos de mucha fuerza —dijo Moisze—. No tenemos ní la
capacidad ni las armas para luchar con efectividad contra los nazis. Hacemos lo
que podemos, como pequeños actos de sabotaje aquí y allá, para incomodarles la
existencia, pero... —terminó diciendo mientras extendía las manos abiertas.
—Queremos
luchar —intervino Abraham Vogel, que hasta entonces había hablado poco. Poseía
un rostro delgado y delicado y unos grandes ojos de mirada suave. Pero había
pasión en su voz—. Sin embargo, no podemos hacerlo a menos que nos convirtamos
en un ejército.
—Un
ejército —repitió Moisze—. A un ejército sin armas se le llama muchedumbre. Y
una muchedumbre que luche contra las armas no es más que carne de cañón. Así
que, cuanto más grande sea nuestro grupo, en más carne de cañón nos
convertiremos.
Abraham
abrió la boca para replicar, pero Brunek se le adelantó.
—Vuestro
jefe tiene razón. No importa el número que podáis reclutar, siempre seréis una
multitud impotente. Lo que necesitáis son armas. ¿Podemos encontrar ayuda en
Sofia?
—Sofia
no es más que una pequeña ciudad agrícola —contestó Moisze negando con la
cabeza.
—Pero
allí sí hay algo —dijo David con voz solemne. Todos los rostros se volvieron a
mirarle—. El depósito de municiones.
Brunek
enarcó las cejas y miró a Moisze.
—¿Es
cierto eso?
—No
podemos acercarnos —protestó el hombre mayor—. ¡Está muy vigilado! Seríamos
unos tontos si...
—
¡Hay armas! —gritó David, interrumpiéndole—. Todo un almacén lleno de
artillería alemana —siguió diciendo con palabras apresuradas—. Esta es una zona
de acantonamiento para las tropas nazis que se dirigen hacia el este. Llegan
aquí y son armados con las municiones del depósito de armas que está en las
afueras de Sofia. Es un lugar enorme, Brunek. Tienen tanques de gasolina,
casamatas de almacenamiento, camiones y tanques... Un verdadero arsenal, ¡hay
de todo! Si lográramos hacerlo saltar por los aires, eso daría a los alemanes
algo en qué pensar.
—No,
David —dijo Moisze con voz firme—. Es demasiado peligroso. Nuestro propósito
consiste en permanecer con vida, no en suicidarnos.
El
joven se puso en pie; miraba al grupo, con los ojos encendidos.
—Escuchad,
amigos. Durante el pasado año hemos hecho poca cosa más que salvar la piel.
Hemos molestado a los nazis, pero muy poco y apenas hemos hecho otra cosa que
matar a unos pocos centinelas y destrozar un par de camiones de suministros.
Recordad lo que os digo, si los nazis llegan a ganar esta guerra no quedará un
solo judío vivo en todo el continente. Os digo que si no empezamos a luchar,
todos acabaremos por morir. Es posible que logremos vivir unas cuantas semanas
más si nos ocultamos de este modo, pero al final moriremos todos. ¿Acaso eso no
es un suicidio? —Observó los rostros silenciosos que le rodeaban—. Cualquier
cosa que podamos hacer para dificultar los movimientos de los nazis será de
ayuda para sus enemigos. Y podemos ayudarnos a nosotros mismos. ¡Santo Dios!
—exclamó blandiendo un puño—. ¡Vosotros no habéis visto lo que yo en Oswigcim!
¡Niños pequeños llevados en grupo a una cámara de gas! Incluso hasta donde yo
estaba llegaban sus gritos patéticos, rogando que los dejaran salir...
—
¡David!
Se
volvió a rnirar a Moísze y añadió con un tono de voz más sereno:
—¿Por
qué facilitar la conquista a los nazis? ¿Para qué estamos aquí si no es para
luchar?
—Estoy
de acuerdo con David —dijo Brunek—. No obstante, creo que sería una estupidez
intentar volar el importante depósito de suministros de los nazis sin contar
con armas suficientes. Si queremos hacer algo efectivo contra ellos, lo primero
que debemos conseguir son armas. ¿De qué disponéis?
Ester
Bromberg, que regresó junto al fuego después de haber repartido unos pocos
cuencos de cocido, contestó:
—Tenemos
algunos rifles, no muchos; cinco escopetas y algo menos de doscientos cartuchos
de munición, sin contar los dos rifles vuestros y la munición que tengáis.
—No
es mucho para empezar —dijo Brunek tras reflexionar un momento—. Necesitamos
más armas. Y, sobre todo, necesitamos explosivos. Moísze, ¿hay por aquí cerca
alguna mina en la que hayan podido almacenar dinamita?
—No,
me temo que no. La mayoría de las minas se encuentran hacia el este. Esta zona
es agrícola, de escasa producción industrial. Pero, como ha dicho David, hay un
depósito de armas. En esa instalación, los nazis guardan toda la gasolina, las
municiones y las piezas de repuesto que necesitan para esta zona de Polonia. Es
bastante grande, y como ya he dicho antes se encuentra fuertemente vigilada.
—En
ese caso, conseguiremos que sean los propios alemanes los que nos proporcionen
las armas —dijo Brunek.
—¿Y
de qué nos servirá eso si no disponemos de los hombres para manejarlas?
—preguntó David amargamente—. ¡Lo que necesitamos es gente! ¡Necesitamos un
ejército!
—¿Y
dónde vamos a conseguir toda esa gente, David? —preguntó Abraham con su hablar
suave.
—De
los trenes oscuros.
—¡No
hablarás en serio! —exclamó Moísze enarcando las pobladas cejas.
—¡Hay
cientos de personas en esos trenes, Moisze! Si detenemos uno de ellos y las
liberamos, ya tendremos nuestro ejército.
El
carnicero se volvió a mirar al capitán polaco y Brunek frunció el entrecejo.
—Eso
no sería sensato —dijo al fin el capitán—. El riesgo es demasiado grande. Antes
tenemos que conseguir armas y luego afrontaremos el problema de los hombres.
David
abrió la boca para decir algo, pero cambió de opinión y permaneció en silencio.
A pesar de los sentimientos de enemistad que experimentaba hacia el recién
llegado, tenía que admitir que Brunek Matuszek era un hombre de acción. Por el
momento, David estaba dispuesto a mostrarse de acuerdo.
Una
ráfaga perdida encontró su camino a través de la estrecha abertura de la cueva
y sopló por la gran cámara de piedra; todos los presentes se estremecieron. Las
llamas de la hoguera bailotearon y las sombras oscilaron sobre los muros
rocosos.
—¿Qué
sugieres que hagamos, Brunek? —preguntó Moisze Bromberg rompiendo el silencio
que siguió.
—Creo
que debemos vigilar para encontrar la oportunidad de volar un puente bajo un
tren de suministros, uno que lleve armas y municiones. Si vigilamos los trenes
que cargan en el depósito de municiones de Sofia, sabremos cuál de ellos
debemos atacar y cuándo.
—¿Y
después?
—Después
dispondremos de las armas que necesitamos. Más tarde, nos ocuparemos de
reclutar más gente y sólo entonces consideraremos qué hacer con el depósito de
municiones. Si es tan valioso para los nazis como decís, creo que deberíamos
considerarlo como nuestro objetivo principal.
Otro
susurro de aire helado penetró en la cueva e hizo recordar a algunos de los
partisanos que era Nochebuena. Pero no había nada que pudieran hacer al
respecto. Este año no habría árbol, ni regalos, ni pato para la cena, ni misa
en la iglesia. Tendrían que pasar esa noche como cualquier otra. Su único
pensamiento debía consistir en luchar y sobrevivir.
Otro
hombre se unió entonces al grupo. Había permanecido hasta entonces sentado en
uno de los rincones mientras alimentaba con el cocido de Ester Bromberg a un
anciano que no podía hacerlo por sí mismo. Se trataba de Ben Jakoby, un hombre
viejo pero lo bastante vigoroso como para afrontar el duro invierno y la vida
espartana en la cueva. También judío, tenía sesenta y cinco años de edad, y era
bajo de estatura y flaco, con una melena de cabello blanco sobre la cabeza. En
otros tiempos había sido el farmacéutico de Sofia.
Se
acercó ahora para calentarse las manos junto al fuego e hizo un esfuerzo para
pasar por la garganta algo de la pálida achicoria.
—Os
he estado escuchando —dijo—, y me gustaría saber, capitán, cómo te propones
detener un tren, sobre todo tratándose de uno que irá tan fuertemente vigilado
como van siempre los valiosos trenes de suministros de los alemanes.
Brunek,
que ya había conocido antes a Ben Jakoby y había intercambiado unas palabras
con el farmacéutico, contestó con una sonrisa:
—Tengo
un plan, pero necesitaré tu ayuda.
—Para
detener un tren necesitaremos explosivos potentes. Y, según tengo entendido, lo
mejor para poder realizar nuestros propósitos sería la nitroglicerina.
—¡Nitroglicerina!
—exclamó Moisze—. ¡No puedes hablar en serio! ¡Eso es peligroso! Y además, ¿de
dónde vas a sacarla? Brunek no dejaba de mirar a Jakoby, quien ya había
imaginado lo que se disponía a decir el capitán.
—La
fabricaremos nosotros mismos.
—
¡Por Dios! Vamos a saltar todos por los aires —susurró Vogel.
—Es
la única forma de hacerlo —siguió diciendo Brunek al tiempo que se ponía
serio—. Es bastante fácil de hacer si se dispone de los ingredientes. Yo fui
ingeniero químico en Varsovia y en los dos últimos años he adquirido cierta
práctica en cuanto a su fabricación y uso. Con la ayuda de Pan Jakoby, no
debería de ser demasiado difícil.
—Pero
¿cómo...?
—Primero
tendremos que ir a Sofia y echar un vistazo a lo que queda de su farmacia. Si
se encuentra en el estado en que las he encontrado en otras ciudades, los
alemanes se habrán llevado sólo lo que necesitan y habrán destruido lo demás.
Existe la posibilidad de que aún queden algunos suministros: productos químicos
que necesitaremos.
—
¡Ir a Sofia! —exclamó Moísze Bromberg, que perdió la compostura por primera
vez—. ¡No puedes correr un riesgo así!
—Estamos
en guerra, Moisze, y los hombres tienen que correr riesgos en todas partes.
De
pronto, David no pudo evitar sonreírle a Matuszek.
—Yo
te ayudaré, capitán —dijo con voz inexpresiva—. ¿Cuál es tu plan?
La
voz de Brunek sonó en un susurro y todos los presentes se inclinaron hacia
adelante para oírle mejor.
—Hay
un gran puente que cruza el Vístula al oeste de Lublin. Es un puente muy
importante para los nazis. Propongo volar ese puente cuando pase un tren de
municiones.
—¿Un
tren de municiones?
—Sí.
—En
tal caso, todos volaremos al infierno.
—No,
Moisze. No, si actuamos como lo he planeado. Escuchad, esos trenes van
fuertemente custodiados, y los alemanes siempre comprueban el puente antes de
permitir el paso del tren, en busca de posibles explosivos. El tren permanece
detenido durante cinco o diez minutos, antes de cruzar el río.
—Entonces,
no podemos confiar en volar el puente —dijo Moisze.
—No
tengo la intención de colocar ningún explosivo en el puente, sino en el mismo
tren.
—¡Qué!
—barbotó David—. ¡Eso es imposible! Esos trenes van atestados de soldados. No
hay forma de que nadie pueda acercarse a ellos, y mucho menos alguien cargado
con nitroglicerina. ¡Te verían en seguida!
—Ah,
en eso te equivocas, joven amigo —dijo Brunek sonriendo ampliamente a todos los
que formaban el círculo—. No podemos fallar. Tengo un plan que me convertirá en
un ser invisible.
4
Jan
Szukalski, sentado en una silla de respaldo alto, observaba con mirada fija el
bailoteo de las llamas de la chimenea. Tenía las manos entrelazadas, por debajo
de la barbilla. El resto de la casa estaba en silencio. Kataryna y el niño ya
se habían quedado dormidos en las habitaciones del piso de arriba. En realidad,
ya lo estaban cuando regresó a casa y, después de mirarlos, Jan no había
querido perturbar su sueño.
¿Durante
cuánto tiempo podrán disfrutar de esta paz y tranquilidad?, se preguntó su
mente atribulada.
El
fuego crujió de repente, envió una nubecilla de chispas hacia lo alto y sacó a
Jan de sus pensamientos. Dejó caer las manos y sacudió la cabeza. No quería
pensar ahora en su esposa y en su hijo. Ni en su hermano, un joven dulce y
amable de diecinueve años que en 1939 servía en la caballería polaca, cuando se
produjo la invasión.
Cuando
el rostro sonriente de Ryszard intentó materializarse en sus pensamientos, Jan
se incorporó bruscamente en la silla y se acercó al fuego. Se detuvo ante los
dos cuadros que estaban colocados sobre la repisa; uno de ellos representaba la
figura arrodillada de Jesús en Getsemaní; el otro era un retrato de Adam
Mickiewicz, el poeta nacional de Polonia. Los dos personajes ocupaban un
estatus similar en el hogar de Szukalski.
Una
suave llamada en la puerta de la casa le obligó a desplazar su atención mental
y cruzó lentamente la estancia, cojeando, para acudir a abrir.
Piotr
Wajda estaba de pie; temblaba ante el umbral y se soplaba las manos. Le dirigió
una sonrisa de disculpa por la tardanza de su llegada y se deslizó con rapidez
al interior de la cálida y pequeña entrada.
—Buenas
noches, Jan —murmuró mientras se sacudía como un perro para desprenderse de la
capa de nieve—. ¿O quizás debiera decir buenos días?
—Vamos,
entra padre. Según mi opinión médica, necesitas tomar algo caliente.
El
sacerdote fue introducido en el agradable saloncito. En el trayecto recorrido
desde el hospital había sido detenido por los brutales esbirros de Dieter
Schmidt, hombres de rostros chupados, con abrigos de cuero negro, que le habían
retenido sobre la nieve para hacerle innumerables preguntas. Siempre los mismos
interrogatorios, siempre las mismas respuestas. Y justo cuando ya creía que se
le iban a congelar los píes sobre la helada calle, le dejaron marchar.
Piotr
Wajda se quitó el birrete, sacudió de un manotazo la nieve que cubría la borla
y aceptó el vaso que le ofrecía Szukalski. Se trataba de un fuerte brebaje a
base de miel y vodka, aderezado con canela y clavo, y calentado con un atizador
caliente que había permanecido sobre el fuego. Su anfitrión también se sirvió
uno y luego se acomodó de nuevo en la silla de respaldo alto. El sacerdote se
sentó frente al médico, delante del fuego, y tomó un largo sorbo de la bebida.
Los
dos hombres permanecieron en silencio durante un rato, sin decir nada,
contemplaban el fuego mientras los efectos del alcohol iniciaban su tarea.
Finalmente, el sacerdote fue el primero en hablar.
—Jan...,
me siento muy preocupado esta noche.
Szukalski
estudió el rostro de su amigo y pudo ver lo sobrecargada que parecía hallarse
su enorme estructura a causa de la fatiga, y de qué forma tan poco
característica en él se curvaban las anchas espaldas bajo un peso invisible.
—No
sé por dónde empezar —dijo el sacerdote con serenidad—. Ni siquiera sé si
debería empezar. Durante mis veinte años como párroco nunca he violado la
santidad del confesionario, ni siquiera se me ha ocurrido hacer una cosa así.
Pero, Jan... —Piotr tomó otro largo trago del vaso y volvió a mirar el fuego—.
Esta noche me he enterado de algo...
Szukalski
se inclinó para tomar la jarra que contenía el brebaje caliente y volvió a
llenar el vaso de su amigo.
—Creo
que sé lo que vas a decirme, Piotr —dijo mientras lo hacía—. Los médicos
disponemos de la misma comunicación privilegiada con nuestros pacientes. Se me
exige moral y éticamente que mantenga esa información en la más estricta
intimidad, lo mismo que se espera de ti cuando escuchas las confesiones.
—¡Cierto!
—asintió el sacerdote con una renovada fortaleza—. Pero no es lo mismo, Jan. Si
un paciente te hubiera contado lo que yo he oído esta noche, no tendrías ningún
problema en repetir la historia. Yo, en cambio, no puedo.
El
médico emitió un suspiro y vació el contenido de su propio vaso.
—Bebe,
Piotr. Tú y yo compartimos la carga de esta ciudad como no hacen otros hombres.
—
Sí, lo sé — asintió el sacerdote con una risa breve y seca—. Tú cuidas de los
cuerpos, y yo cuido de las almas. —Tras vaciar el vaso, Piotr Wajda se reclinó
finalmente en su asiento y dejó descansar la cabeza—. Sé que puedo hablar
contigo, Jan; en realidad, eres el único con quien puedo hablar. Pero debes
comprender lo difícil que me resulta esto. Significa romper mis santos votos.
Podrían excomulgarme por esto. Y, sin embargo, debo hacerlo, pues tengo que
compartir contigo lo que he sabido esta noche, y lo hago sólo porque afecta a
la seguridad de muchos otros. Es una cuestión de vida o muerte, Jan.
Szukalski
asintió, con una expresión grave en el rostro, y observó incómodo que el padre
Wajda, con su cabello negro como el carbón y un cuerpo juvenil y fuerte,
parecía más viejo esta noche.
—De
algún modo —siguió diciendo el sacerdote con tono sereno—, tengo la impresión
de que puedo comunicarte lo que he sabido esta noche en el confesionario, sin
pensar por ello que estoy cometiendo un pecado. —Se enderezó entonces y la
palidez de su rostro impresionó a Szukalski—. El campo de concentración de
Oswigcim es un campo de la muerte —concluyó el sacerdote.
Jan
permaneció inmóvil en la silla, únicamente consciente de los crujidos que
producía el fuego y de los intensos ojos grises del hombre sentado frente a él.
Lenta y cuidadosamente, dijo:
—Tengo
entendido que la gente muere allí debido a las condiciones deplorables que
reinan en el recinto. ¿Es a eso a lo que te refieres, Piotr?
—Me
refiero a que la gente está siendo exterminada —dijo el sacerdote con voz
pesada—. Trenes enteros, Jan, a un ritmo que alcanza a veces las seis mil
personas diarias.
—Virgen
santa —susurró Szukalski—. ¡No puedes hablar en serio! —Las paredes de la
habitación parecieron moverse hacia adentro; el aire se hizo más caliente,
mientras los dos hombres se miraban fijamente—. Es imposible, Piotr —siguió
diciendo Szukalski—. No es posible matar a tanta gente en un solo día y
mantenerlo oculto. ¿Y por qué? —preguntó; empezaba a levantar la voz—. ¿Por
qué, Piotr? ¿A quiénes están matando?
—En
lo que se refiere a tu lógica, mi tristemente idealista amigo, puedo decirte
que los nazis han construido cámaras de gas gigantescas en Oswiccim. Unas
cámaras parecidas a duchas, hacia las que son conducidos los prisioneros bajo
el pretexto de lavarlos y despiojarlos. Después, una vez que les han extraído
el oro de los dientes, los cuerpos se queman en unos enormes hornos...
—
¡No! ¡No puedo creerlo!
—Y
en cuanto a quiénes son esos pobres desgraciados, son en su mayor parte judíos,
gitanos, checos, polacos, niños, ancianos, lisiados, cualquiera que no encaje
en la retorcida noción de Hitler sobre la perfección humana. Si no son capaces
de trabajar como mano de obra esclavizada, se los ejecuta inmediatamente. Los
que pueden trabajar sólo retrasan su entrada en la cámara de gas, pues no
tardan en desfallecer de hambre y debilitarse.
—Oh,
Dios mío...
—Y
ni siquiera he mencionado los experimentos médicos... — ¡Piotr! —Szukalski se
levantó de un salto, visiblemente conmocionado—. ¡Eso no es cierto! ¡No me lo
creo! ¿Dices que lo has oído en confesión?
—Sí,
esta misma noche. —El padre Wajda contempló a su amigo con una mirada de
desesperación en sus ojos—. De un joven de Sofia que trabajó allí, que vio a
algunas personas de esta ciudad a las que conocía personalmente, y que murieron
de esa misma forma.
Como
si las piernas estuvieran a punto de fallarle, Jan Szukalski apoyó los brazos
sobre la repisa de la chimenea y luego dejó caer la frente sobre ellas.
—Owigcim
sólo es un campo de concentración para rebeldes políticos, y un campo de
redistribución para refugiados de guerra —murmuró, todavía apoyado sobre el
codo doblado.
—Desengáñate,
no es nada de eso, Jan. Es un campo de la muerte.
Piotr
Wajda creyó poder mitigar de algún modo el dolor compartiendo lo que sabía con
su amigo más íntimo. Y, sin embargo, no estaba sucediendo así.
—Hitler
ha elaborado un plan definitivo para reducir Polonia a un país de esclavos para
su Reich —siguió diciendo con tristeza—, para exterminar a toda la
inteligencia, a todo el clero, a cualquiera que posea algo menos que unas
fuertes espaldas. Y estoy convencido, Jan —añadió Piotr bajando el tono de voz
al decirlo—, que si los nazis no estuvieran tan ocupados luchando contra los
rusos, probablemente ya habrían venido a estas alturas a por nosotros.
El
doctor Szukalski se enderezó y observó fijamente el cuadro de Cristo
arrodillado en oración.
—¿Puede
tratarse de algo inventado, Piotr?
—Si
tú lo hubieras escuchado, Jan, te habrías dado cuenta de que ese muchacho
hablaba desde lo más profundo de su corazón angustiado.
—¿Muchacho?
—Un
joven soldado de las Waffen SS. No puedo revelar su identidad, pero es alguien
lo bastante joven y sensible como para haberse dado cuenta del crimen que hay
en su trabajo. No es un voluntario, Jan, sino un soldado de leva. Es guardia en
Oswigcim desde hace más de un año y me ha contado las cosas más... increíbles.
—Sí...,
está diciendo la verdad. —La voz de Szukalski sonó repentinamente distante—.
¿Sabes? Un amigo mío pasó por Oswigcim hace apenas tres semanas y me habló del
horrible hedor que se nota en la ciudad, y que la gente que vive allí se queja
por ello. Dijo que olía como a carne quemada. En ese momento di poco crédito a
sus palabras, pero ahora... —Jan se llevó las manos al rostro y se frotó los
ojos—. ¿Has dicho judíos y gitanos...? —Finalmente, se volvió a mirar al
sacerdote—.
Piotr,
en estos momentos tengo en el hospital a un paciente. —Szukalski le contó al
padre Wajda la historia del gitano encontrado al lado de la granja de Milewski,
y añadió al final—: Lo último que ese hombre le contó al granjero, antes de
perder la conciencia, fue que los hombres que habían cometido la matanza
llevaban en las gorras la imagen de la calavera.
—¿Las
SS? Pero ¿por qué, por el amor de Dios? ¿Por qué? Jan Szukalski se retorció las
manos.
—No
lo sé, Piotr. No sé lo que está sucediendo.
Mientras
contemplaba horrorizado el rostro de su amigo, Jan oyó unos apagados sonidos de
algo que arañaba, y que llegaron hasta la periferia de su mente. Luego, al
reconocer de qué se trataba, se apartó con lentitud del fuego y se dirigió
cojeando hacia la puerta de la cocina. La abrió un poco y vio el ansioso y
pequeño rostro del perro Djapa mirándole. Jan lo observó, fijándose en los ojos
marrones y húmedos y en la nariz igualmente húmeda, y pensó: «¡Qué inocente
es!». Luego, abrió la puerta del todo y el perrito salió de la cocina, cruzó el
salón y saltó contento sobre el regazo del sacerdote.
—Djapa,
Djapa —murmuró el padre Wajda, que permitía que la sentimental lengua del
animal le lamiera las mejillas.
—
Creo que lo he visto venir — dijo Jan una vez que regresó junto a la chimenea—.
Se necesitaría ser ciego para ver los nubarrones acumulándose en el horizonte y
no presagiar una tormenta.
El
padre Wajda asintió con expresión reflexiva, mientras acariciaba al descuidado
perro que se había acomodado sobre su regazo.
—Esa
es la razón por la que tenía que contarte lo que he sabido en el confesionario,
Jan. Quería que supieras cuál es el posible futuro que nos espera a todos. Pero
también te lo he contado por otra razón. —Levantó la cabeza y miró directamente
a su amigo—. Porque el soldado que me lo ha contado está decidido a suicidarse.
Hans
Kepler se vio a sí mismo de pie junto a una puerta, con un rifle en la mano.
Por alguna razón, el cielo azul había desaparecido; ahora era sustituido por
una capa metálica, que colgaba sobre el campo como un cuenco de peltre
invertido.
La
espera era interminable. Desde el otro lado del edificio pudo oír los
infructuosos esfuerzos de un sargento de las SS, que trataba de poner en marcha
el motor diesel del camión. Lo intentaba una y otra vez, produciendo estertores
y zumbidos del motor, mientras que, subliminalmente, desde el interior de la
cámara de hormigón situada junto a Kepler, se escapaban los débiles sollozos y
gritos apagados de la gente, que rogaba que los dejaran salir de allí.
Sabía
a qué se debía el retraso. Los gases de escape del motor del camión iban a ser
bombeados al interior de las habitaciones de este edificio, para impedir que
aquella gente siguiera creando problemas. Ellos esperaban con tanta impaciencia
como él mismo, pues llevaban allí apretujados desde hacía más de una hora,
apretados tan fuertemente unos contra otros que ya no cabía nadie más entre
ellos, y no quedaba espacio suficiente ni para volverse ni para doblar las
piernas. Y todos ellos, hombres, mujeres y niños, estaban completamente
desnudos, mientras unos pocos de ellos sostenían pastillas de jabón.
Kepler
hundió la punta de la bota en la tierra.
Finalmente,
después de haber permanecido durante dos horas y media ante la puerta, mientras
trataba de ignorar los gritos apagados de quienes se encontraban dentro, oyó
ponerse en marcha el motor diesel. Al principio, pudo oír los distantes gritos
de pánico arrastrados por el viento frío, como si llegaran desde muy lejos,
aunque sabía que sólo procedían del otro lado de la pared de hormigón. Hubo
gemidos y gritos, una curiosa mezcla de cólera y conmoción, de indignación y
temor, un extraño coro de gemidos humanos que a Kepler le sonó como los tubos
de un órgano mal afinado. Y luego, como una brisa que va muriendo, el extraño
coro fue apagándose lentamente, hasta desvanecerse.
Había
tardado treinta y dos minutos.
Ahora
llegaba la parte que más le disgustaba a Kepler, aunque en eso consistía su
deber.
Mientras
que algunos prisioneros judíos permanecían de pie ante las puertas de madera,
preparados para abrirlas, otros soldados se unieron a Kepler, con los rifles
preparados. Cuando se abrieron las puertas, un hedor insoportable surgió del
interior, un hedor pútrido que picaba en los ojos, que les hacía llorar incluso
antes de que pudieran ver la causa que lo producía.
Ochocientas
personas, hombres, mujeres y niños, de todos los tipos y figuras, permanecían
erectos como columnas de mármol, congelados en una extraña actitud de muerte,
coloreados por el profundo rojo cereza del envenenamiento por monóxido de
carbono, con sus cuerpos cubiertos de sudor, orina, heces y sangre menstrual.
Los esclavos judíos que se encontraban a mano cayeron sobre esta multitud
fantasmagórica y fueron sacando los cadáveres, hasta donde otros trabajadores
esperaban para abrirles las bocas con garfios de hierro, en busca de oro. Otro
grupo se dedicaba a inspeccionarles los anos y los genitales, en busca de
dinero o diamantes ocultos.
Durante
todo ese tiempo, Hans Kepler permaneció a un lado, con el rifle preparado.
Con
una actitud indiferente, como si tuviera su mente en otra parte, y ante sus
ojos ya se hubieran desplegado otras escenas como ésta, el joven SSRottenführer
contemplaba fijamente la horripilante escena, sin la menor emoción. Un cuerpo
tras otro fue pasando ante él, algunos casi tristemente hermosos en su estado
mortal, otros con las bocas retorcidas en sonrisas que formaban extraños
rictus, y por la actitud despreocupada que adoptaba, se diría que el joven cabo
de las Waffen no se sentía en lo más mínimo conmovido por lo que estaba viendo.
Pero
luego, al cabo de unos minutos, después de que el aire sobre el campo se
llenara con aquel hedor acre, después de que los montones se hubieran hecho tan
altos que los cadáveres tenían que ser arrastrados hacia los hornos para su
cremación, la mirada de Hans Kepler se fijó en el rostro de una anciana que
había sido arrojada cerca de sus pies.
Miró
hacia abajo y ladeó la cabeza con curiosidad.
Los
rasgos de la anciana le resultaban extrañamente familiares; aquellas mejillas
rollizas, la nariz corta con las anchas ventanas, la forma en que un lado de la
boca se curvaba hacia abajo algo más que la otra.
Entonces,
en un curioso reflejo que a veces se produce después de la muerte, los ojos se
abrieron de golpe y miraron fijamente al cabo. Los iris eran del color de la
lechuga.
Y
Hans Kepler se oyó a sí mismo gritar.
Volvió
a gritar.
Incorporándose
como un resorte sobre la cama, el joven soldado se encontró estremeciéndose y
temblando, con los dientes castañeteándole, y se dio cuenta de que había estado
sudando tan profusamente que las ropas de la cama estaban empapadas.
Se
abrazó a sí mismo con sus brazos sudorosos mientras trataba de controlar los
temblores que sacudían la cama, y oyó pasos al otro lado de la puerta. Luego,
se encendió la luz y una silueta apareció ante él.
—
¡Hansy! —susurró la mujer.
Hans
abrió la boca para hablar, pero el único sonido que logró emitir fue una
especie de ladrido gutural sofocado.
En
un instante, su abuela estaba sentada sobre la cama, cogiéndole de las manos.
Sus ojos del color de la lechuga le escrutaron con ansiedad el rostro. Su boca,
una de cuyas comisuras le caía más que la otra, empezó a murmurar palabras de
amor y consuelo, al mismo tiempo que una mano rolliza le limpiaba el sudor del
rostro.
—Hansy
—le dijo con dulzura—. ¿Has tenido un mal sueño?
Con
un sollozo sofocado, Hans Kepler se arrojó en brazos de su abuela, que le
recibió consoladoramente.
—Babka!
—gritó y se puso a llorar incontrolablemente.
—¿Por
qué quiere hacer una cosa así? —preguntó Szukalski volviendo a coger la jarra.
La mezcla de vodka se había enfriado, por lo que extrajo el atizador del fuego
y lo introdujo un instante en la bebida. Luego se sirvió otro vaso caliente—.
¿Por qué quiere suicidarse?
—Prefiere
eso antes que regresar al campo —contestó el padre Wajda con tristeza.
—¿Y
qué me importa a mí que un hombre de las SS quiera suicidarse? En tal caso,
habrá uno menos de esos bastardos. Si se siente tan condenadamente culpable,
¿por qué no deserta y huye del país?
—Sabes
muy bien que eso sería tanto como suicidarse, Jan —dijo la voz del sacerdote
con serenidad—. Lo fusilarían en cuanto lo descubrieran. ¿Y a dónde podría ir?
—Al
infierno. —Szukalski se llevó el vaso a los labios y echó la cabeza hacia
atrás— . Entonces, que regrese a ese campo de la muerte y que viva con su
condenada culpabilidad, o
que
se suicide si es eso lo que quiere hacer. Si creyera poder hacerlo yo mismo y
librarme de...
—Jan
—dijo Piotr con suavidad.
El
doctor Szukalski miró fijamente los ojos grises de su amigo.
—Si
conozco algo a los nazis, en el caso de que se me ocurriera matar a uno de sus
hombres vendrían y convertirían esta ciudad en ruinas como represalia. Y ahora
que lo pienso, también lo harían en el caso de que un hombre de las SS se
suicidara aquí, porque los nazis simplemente supondrían que había sido
asesinado. Nos matarían a todos como castigo. ¿Acaso el Alto Mando no ha
emitido una orden estipulando que por cada alemán muerto por la resistencia
civil mueran cien personas? Psiakrew!
—Creo
que deberíamos intentar ayudarle —dijo la voz serena del sacerdote, cuyas
grandes manos seguían acariciando dulcemente el pelaje de Djapa.
—¡Ayudarle!
¿Para que regrese al campo y ayude a masacrar a más gente inocente? ¡Cámaras de
gas, Piotr! —Dejó el vaso sobre la repisa, con fuerza, y el sonido del cristal
hizo que Djapa levantara inmediatamente la cabeza—. ¡Seis mil diarios! ¡Dulce
Jesús crucificado! ¿Qué clase de locura es ésta?
—El
no ha podido evitarlo, Jan. Nada de eso es culpa suya.
—Claro
que no. Ningún copo de nieve se siente nunca responsable de la avalancha. De
modo que sientes lástima de él.
El
padre Wajda contempló el pequeño animal enroscado sobre su regazo y dijo
suavemente:
—Le
he absuelto. —Un nuevo silencio se extendió por la estancia, esta vez
caracterizado por una mezcla de amargura e incomodidad—. Quisiera poder
ayudarle, Jan. No quiero verle volver allí.
—¿Qué?
¿Ayudar a un hombre de las SS? Estás loco, mi querido amigo. Y, además, ¿qué
podrías hacer tú? ¿O incluso yo mismo? Cualquier cosa que se nos ocurra no
sería más que una solución temporal. Quizás pudiera encontrar alguna
justificación médica para prolongar su estancia aquí, en Sofia, pero finalmente
tendría que regresar a su puesto, Piotr. —Jan se enderezó y miró directamente
al sacerdote—. ¿Hay otros campos de la muerte?
—He
oído decir que hay otro en Majdanek, cerca de Lublin, pero creo que hay otros
muchos. Ha llegado el momento de luchar, Jan —afirmó el sacerdote.
—¿Y
acaso crees que no me gustaría? —exclamó Szukalski, casi gritando—. ¿No crees
que hice todo lo que pude por ingresar en el ejército, sólo para ser rechazado
a causa de mi pierna retorcida? Así, mientras Polonia cae indefensa ante los
nazis, yo tengo que permanecer donde estoy, mirando. Y ahora vienes tú a
acusarme de...
—No
te estoy acusando de nada, Jan.
—Y
un bastardo soldado nazi ocupa de pronto todas tus preocupaciones...
—Jan
—dijo el sacerdote con voz muy suave y serena—. Sólo estoy pensando en los
demás, en los que están en Owiccim. Yo tampoco he podido luchar en la guerra,
pero si Dios me ha destinado para jugar este pequeño papel, para impedir que
ese soldado siga matando a más gente, no voy a darle la espalda.
—
¡Dulce y santa madre de Dios! ¡Piotr, afronta la realidad! Levanta un solo dedo
para luchar contra los nazis y causarás la destrucción de Sofia.
Bajo
el camuflaje de la oscuridad que precede al alba, David Ryz y Abraham Vogel
avanzaron como sombras a través de la ciudad de Sofia. Mientras vigilaban con
todo cuidado por si aparecían las patrullas alemanas, y evitaban las calles
iluminadas, los dos jóvenes sionistas se acercaron al pequeño edificio de
ladrillo situado en las afueras de la ciudad donde había una fábrica de
pinturas y lacados.
Había
sido decomisado por los nazis, que lo utilizaban ahora para la reparación de
sus vehículos militares. David y Abraham actuaron con rapidez y en silencio
para entrar en el edificio y localizar las dos cosas que habían venido a
buscar.
Tras
encontrarlas casi en seguida, los dos jóvenes judíos salieron apresuradamente
de la fábrica y volvieron a fundirse con la noche, sin haber dejado atrás
ninguna prueba de su visita. Regresaron con rapidez a su cueva junto al río,
con sus dos valiosas posesiones.
Acido
nítrico y sulfúrico.
El
Hauptsturmführer Dieter Schmidt, de la Gestapo, se miró por última vez ante el
espejo. El reflejo que le devolvía arrogantemente la mirada constituía una
visión inspiradora de respeto para el propio Dieter, quien, sin la menor
muestra de modestia, siempre se sentía insufriblemente impresionado por su
propia imagen. Le encantaba contemplarse en los espejos.
El
uniforme estaba impecable. Del negro más formidable, había sido cortado
exquisitamente para realzar la imagen de elite de la Gestapo, bordado con las
salvajes sutilezas de la calavera y las tibias cruzadas sobre la alta gorra de
plato, los rayos de la insignia de las SS en las solapas del cuello, y la
reluciente hebilla del cinto que proclamaba el orgulloso lema de las SS: «El
honor para nosotros significa lealtad». Luego estaban las relucientes botas
negras de caña alta, el brazalete con la esvástica en el brazo izquierdo, los
pulidos botones, la inmaculada camisa blanca y la corbata negra. Rematado por
un abrigo de cuero negro que le caía a la altura de las rodillas, junto con
unos guantes de cuero negro, todo ello constituía para Dieter Schmidt una visión
capaz de cortar la respiración.
Lo
que no observó, sin embargo, al volverse de un lado y otro ante el espejo de
cuerpo entero, fue que ni su rostro ni su cuerpo encajaban con este uniforme.
Aunque
se consideraba alto, Dieter Schmidt, de treinta y ocho años de edad, se sentía
miserablemente bajo en comparación con la imagen escultóricamente teutónica que
tenía el Reich sobre sus líderes de la Gestapo. De hecho, Schmidt era un hombre
bajo de estatura, fornido, con un rostro cuadrado y embotado, de constitución
gruesa y unos ojos pequeños y evasivos del color del moco. Su característica
facial de la que se sentía más orgulloso era la cicatriz irregular que le
corría por la mejilla izquierda, una herida de la que él se apresuraba a
fanfarronear que era producto de un duelo a espadas en Heidelberg, pero que en
realidad le habían producido con una botella de cerveza rota durante una pelea
de borrachos en un bar.
Miró
a su alrededor; buscaba su bastón de mando.
Los
alojamientos de Dieter eran modestos. Tras haber instalado su residencia en el
ayuntamiento de Sofia, en noviembre de 1939, el Hauptsturmführer de la Gestapo
se había establecido en lo que antes había sido la cámara de sesiones del
ayuntamiento de la ciudad, donde había hecho que le trajeran una cama, una mesa
y un lavabo. No era un hombre inclinado a vivir de forma extravagante, al menos
en los últimos años, sobre todo después de haber sabido que su superior, el
Reichsführer Himmler, seguía llevando en privado una vida espartana, a pesar de
todo su poder y su influencia. Siempre dispuesto a emular a sus superiores,
Schmidt procuraba vivir de acuerdo con un estilo similar.
Del
mismo modo, dirigía su cuartel general a la manera del cuartel general de la
Gestapo en Berlín, donde había podido demostrar su valía ante sus superiores y
obtener así el mando de esta rica zona rural del sureste de Polonia. De hecho,
lo que le había permitido ganarse la alabanza de sus superiores y un ascenso
había sido algo bastante sencillo, un simple interrogatorio de rutina, y el
haber tenido la buena suerte de «persuadir» a un cierto prisionero político
para que divulgara información secreta. Trabajo bastante habitual en el cuartel
general de la Gestapo, situado en el número ocho de la Prinz Albrechtstrasse.
Y, sin embargo, Schmidt se había probado a sí mismo en una cuestión pequeña.
Había sido el único capaz de hacer hablar al prisionero.
Y
eso constituía, sin la menor duda, un don precioso para el Reich: su habilidad
para sacarle información al más tenaz de los resistentes.
Claro
que ahora que se había convertido en un hombre importante, con una gran
cantidad de personal a sus órdenes, una ciudad de tamaño respetable que
gobernar, y una gran instalación militar que proteger, los interrogatorios
cotidianos ya no formaban parte de sus deberes personales. Esas cosas
rutinarias las dejaba en manos de sus subordinados, después de haberles
enseñado las más refinadas técnicas de tortura y perseverancia.
De
hecho, su equipo especial se hallaba trabajando ahora, en esta encantadora
mañana de Navidad, con un hombre que empezaba a dar todas las muestras de
desmoronamiento. Un campesino llamado Milewski.
Encontró
el bastón de mando sobre la mesa, junto a la cama. Regresó al espejo para
echarse un último vistazo. Sin duda alguna, el bastón de sauce, cubierto de
cuero, con su mango de cuerno de ciervo, añadía un toque especial a su
imponente figura.
Una
llamada a la puerta le hizo girarse y dar permiso en voz alta para pasar. Un
sargento de las SS, tras entrechocar los tacones y hacer el saludo hitleriano,
informó a su comandante que el campesino polaco se había desmoronado finalmente
en el interrogatorio. El sargento pasó a informarle con exactitud de lo que
había confesado el campesino sobre sus sospechosos movimientos de la víspera, y la historia que
había tras el carro manchado de sangre.
Dieter
Schmidt le escuchó con una burlona satisfacción. Una buena historia, con
información suficiente para colgar a alguien, sin lugar a dudas.
Despidió
al hombre y se volvió de nuevo hacia el espejo. Mientras desplegaba una amplia
sonrisa, y se elogiaba en silencio a sí mismo, Dieter se aseguró que, desde
luego, tendría que aplicar alguna clase de castigo por lo que había sucedido
durante la noche. Al fin y al cabo, se había cometido un delito y él, Dieter
Schmidt, era el legislador y juez supremo en la zona.
Últimamente
había habido pocas ejecuciones. El año anterior, hasta un total de noventa y
seis partisanos habían sido ahorcados en la plaza principal de la ciudad, pero
durante este año ese número había sido pequeño, lo que era algo embarazoso. La
gente se portaba bien, quizás demasiado bien. Y todos tenían mucho cuidado. Los
actos esporádicos de sabotaje que se perpetraban en las zonas de las afueras, y
ocasionalmente en la propia ciudad, eran cometidos por alguien, aunque, hasta
el momento, Schmidt no había podido descubrir quién. Había una Resistencia
activa en la zona, a pesar de lo cual no tenía ni el menor indicio sobre sus
identidades.
Pero
ahora parecía haberse abierto por fin una puerta, pensó feliz al tiempo que se
golpeaba el muslo con el bastón de mando. ¿Y qué mejor método para instilar
temor en los corazones de los luchadores de la Resistencia que ofrecerles un
ejemplo en la persona de un estimado ciudadano de Sofia?
El
respetable doctor Szukalski...
5
Cuando
Alexander bajó la escalera con su inimitable estilo de apoyar el vientre antes
de bajar los pies, las luces del salón estaban encendidas, el fuego ardía en la
chimenea, y las luces del árbol de Navidad también estaban encendidas. Al ver
los regalos alegremente envueltos bajo el árbol, Alexander emitió un grito de
placer, y se dirigió hacia ellos con toda la rapidez que le permitían sus
rollizas piernas. Para ser un niño de dos años, era bastante rápido.
Inmediatamente
detrás de él, bajó la escalera con lentitud Jan Szukalski que, mientras trataba
de apartar de su mente los pensamientos que tanto le abrumaban, se anudaba el
cinturón del batín. Se detuvo al pie de la escalera y observó a su hijo con
orgullo. De cabello dorado, ojos azules y robusto para su edad, el pequeño
Alexander constituía la culminación de los más acuciantes deseos en la vida de
Jan Szukalski. Era un pequeño guapo, un querubín con los rasgos nórdicos de su
madre y nada del color moreno ancestral de su padre. Pero, en carácter y
temperamento, se parecía mucho a su padre; un niño tranquilo, dotado de una
suave naturaleza introspectiva. Probablemente, crecería hasta convertirse en un
poeta o un filósofo.
Bajo
el árbol de Navidad había algunos juguetes que Szukalski había podido obtener
de un carpintero amigo, objetos que de otro modo no podían conseguirse, que en
cualquier caso resultaban muy costosos, y que permitían a los Szukalski
representar el ritual de la Navidad como si no existiera ningún otro propósito
en el mundo, al menos por esta mañana. Había un pequeño trineo de madera, un
caballo balancín con una larga trenza y unos ojos azules de esmalte, y un grupo
de soldados de juguete, que Jan había conseguido de varias fuentes y que luego
había vuelto a pintar. Fue sobre la pintada silla del caballo donde el pequeño
Alexander instaló ahora su rollizo trasero, después de lo cual empezó a galopar
con un salvaje abandono.
Y
mientras lo hacía, sus gritos recorrían toda la casa y el mayor de los
Szukalski permanecía al pie de la escalera y sentía cómo se le oscurecía la
expresión del rostro. Las palabras que Piotr Wajda había pronunciado unas pocas
horas antes volvieron a resonar en su mente: «Y a los niños los exterminan en
seguida, porque no tienen ninguna utilidad para los nazis».
Cuando
Kataryna salió del dormitorio, envuelta también en un batín, Jan estaba sentado
en el suelo, cerca de su hijo, y trataba de evitar que el pequeño cuerpo del
exaltado Djapa quedara atrapado bajo el balancín. Oyó a Kataryna moverse por la
estancia, y vio cómo encendía velas votivas ante la pintura de la Virgen, que
ocupaba su propia hornacina, atizaba un poco el fuego para reavivarlo, y se
acercaba finalmente para unirse a sus dos hombres, junto al árbol de Navidad.
Kataryna, una mujer tranquila, extendió hacia su esposo una mano, áspera por el
trabajo del hogar, y le entregó un regalo envuelto en papel de colores. Al
tomar el regalo, él le ofreció un beso y un pequeño broche en forma de camafeo
que había pertenecido a su abuela. Al oír la risa del pequeño Alexander, que
sonaba como campanillas, y los pequeños gruñidos de Djapa, Jan Szukalski deseó
tener el poder para lograr que este momento durara eternamente.
Pero
no lo tenía. La plácida hora transcurrió con rapidez, tomaron el desayuno y el
momento de la realidad llegó demasiado pronto. Se vistió con ropas cálidas y
prometió no permanecer demasiado tiempo en el hospital; luego, abandonó la
tranquilidad de su hogar y salió al día de un frío cortante.
En
el hospital le esperaba una conmoción.
La
enfermera jefe, una mujer de gruesa cintura y un uniforme blanco almidonado, se
le acercó cuando sólo se encontraba a mitad del pasillo, con una expresión
severa en el rostro, y una tablilla llena de papeles en los brazos.
—Se
trata del gitano, doctor Szukalski. Murió durante la noche.
—¿Qué?
¡Pero si tenía las constantes estables cuando me marché! ¿Quién lo ha visto?
—La
doctora Duszynska. Llegó pronto esta mañana.
— ¿Y
qué ha dicho ella?
Que
la causa de la muerte fue neumonía o hemorragia intracraneal. Fuera lo que
fuese, murió sin recuperar la conciencia. Lo sé con certeza por la enfermera
que estuvo de guardia durante la noche. Dice que estuvo en la sala durante toda
la noche, y que no emitió ningún sonido.
Szukalski
se frotó la barbilla, pensativo. No le sorprendía la desilusión que
experimentaba, pues había contado con obtener más información del gitano sobre
las circunstancias de la masacre.
—Su
cuerpo está en el depósito, doctor. ¿Quiere practicarle la autopsia?
Szukalski
consideró esa posibilidad. Finalmente contestó: —Creo que no. Con toda
probabilidad, la doctora Duszynska tiene razón. Debe de haber sido neumonía o
una hemorragia, o... —Sacudió la cabeza ligeramente—. Quizás el pobre hombre no
quiso despertar, sobre todo después de todo lo que había pasado. Llame a la
funeraria y que hagan los preparativos para el entierro. No creo que venga
nadie a reclamar el cuerpo. Ella asintió con un gesto rápido y giró sobre sus
talones,
después
de haberle entregado la tablilla al médico. Szukalski repasó un momento el
pequeño montón de papeles y continuó su camino hacia la primera sala.
Antes
de llegar a su destino, fue detenido por Dieter Schmidt.
Szukalski
se detuvo bruscamente. No era habitual ver al comandante de la Gestapo en el
hospital, un territorio cuya vigilancia solía dejar Schmidt en manos de sus
subordinados. Szukalski se sobresaltó al ver al hombre vestido de negro, con
los pies separados, como para impedirle el paso.
—Guten
Morgen, Herr Doktor —dijo Schmidt con suavidad, y escupió la última palabra
como si fuera despreciable.
—Buenos
días —dijo Szukalski mirando a los tres hombres que se hallaban de pie tras
Schmidt, guardias de la Gestapo cuyos rostros parecían haber sido moldeados con
metal basto, y que portaban subametralladoras Erma—. ¿Qué puedo hacer por
usted, Herr Hauptmann?
—Hauptsturmführer
—le corrigió Schmidt sin abrir apenas la boca.
—Desde
luego, discúlpeme. ¿Qué puedo hacer por usted, Herr Hauptsturmführer?
Dieter
Schmidt levantó las cejas y sobre su pesado rostro apareció una amplia sonrisa
almibarada.
—Vamos,
mi buen Doktor, esto no es más que una visita social. Al fin y al cabo, es
Navidad, ¿no?
Hablaron
en alemán, pues Schmidt despreciaba las lenguas eslavas, sentía que ensuciaban
su boca. Además, nunca había sido capaz de dominar ningún otro idioma que no
fuera el suyo. Jan Szukalski se expresaba admirablemente en alemán, después de
haber tenido que estudiar medicina en textos editados en ese idioma, por lo que
no le pasaron inadvertidas las tímidas sutilezas de lo que había dicho el
comandante.
—¿Qué
tal se encuentra su familia? —preguntó Schmidt—. ¿Su hermosa esposa y su guapo
pequeño? ¿Se encuentran bien? ¿No han sufrido ningún daño?
Szukalski
sintió que la comisura de su boca se levantaba.
—Están
muy bien, gracias.
—Estupendo,
estupendo. ¿Y el hospital? ¿Va todo bien? ¿No hay nada demasiado duro para que
lo maneje usted, Herr Doktor?
—Todo
está perfectamente, Herr Hauptsturmführer.
—¿No
ha sucedido nada fuera de lo común? —preguntó Schmidt con ojos relampagueantes.
—No,
Herr Hauptsturmführer.
—Estupendo,
estupendo. —Schmidt desplazó ligeramente el peso de su cuerpo y, al hacerlo,
sacó las manos de la espalda mientras sostenía la vara de sauce. Se golpeaba
con ella la palma de la mano y cerraba los dedos sobre el fuste, abría y
cerraba el puño varias veces, pensativo, pero sin dejar de mirar a Szukalski.
Finalmente, el oficial de la Gestapo añadió—: Dígame, Herr Doktor, ¿ha oído
hablar de Nacht und Nebel? Naturalmente que sí, no es usted un hombre
ignorante.
Szukalski
asintió con expresión lóbrega, sentía una incómoda tirantez que le subía por
las piernas. El término «noche yniebla» era un conocido estereotipo que
indicaba la detención a media noche de alguien y su posterior desaparición, de
tal modo que ya no volvía a saberse nada de la persona. Eso era lo que le había
ocurrido a su asistente anterior, dos años antes.
—Hace
unas semanas, nuestro Führer aprobó un decreto oficial, este Nacht und Nebel,
que legaliza el que cualquiera... Herr Doktor, en cualquier momento, pueda ser
visitado por la Gestapo y llevado detenido en la noche y en la niebla, sin la
habitual molestia de los juicios y las sesiones de un tribunal. Piénselo, Herr
Doktor, piense en su preciosa y pequeña familia, despertada en medio de la
noche, arrancada de sus camas calientes. Piense en usted mismo, arrastrado
fuera de la casa, vestido sólo con el pijama, para ser conducido en un coche de
la Gestapo. —Le dirigió una sonrisa aceitosa—. Para que nadie vuelva a saber de
usted.
El
rostro de Szukalski permaneció impasible. Al darse cuenta de que sus dedos se
aferraban con fuerza a la tablilla que sostenía en el brazo, hizo un esfuerzo
por relajarlos. Y al darse cuenta de que la mandíbula se le abría, y que los
nervios de su cuello se le abultaban, echó mano de su reserva de fuerza
interior para suavizar esas muestras de tensión, para que Dieter Schmidt no
pudiera verlas.
Schmidt
no era precisamente un hombre excepcionalmente brillante, ni tampoco poseía una
inteligencia superior a la media, o era extraordinariamente astuto. Pero se
comportaba como un verdadero artista cuando se trataba de instilar temor en
alguien. Y, aunque sólo fuera por esta razón, Szukalski no se lo tomó a la
ligera. Aunque en otras circunstancias, en otra época y escenario, Dieter
Schmidt habría sido casi un hombre patético, aquí era el más poderoso de la
ciudad y, en consecuencia, había que temerle.
Schmidt
se pasó la vara por entre los dedos y dijo:
—Ah,
a propósito, Herr Doktor, tengo entendido que hoy lo llamarán para que acuda a
una granja cercana. Parece ser que un hombre fue herido terriblemente. —La
sangre de Szukalski se convirtió en hielo—. Se llama Milewski, pobre cerdo. Al
parecer, sufrió un horrible accidente. Oh, es terrible. ¿No le parece irónico
que un hombre pueda salvar la vida con algo tan sencillo como utilizar su boca?
Pero ese pobre estúpido de Milewski, un verdadero asno polaco, mantuvo la boca
cerrada durante demasiado tiempo, y cuando la abrió, bueno... —Dieter Schmidt
suspiró y Szukalski pudo oír el débil crujido del abrigo de cuero negro—.
Perdió un ojo. Se le saltó directamente fuera de la cabeza, ¿sabe?, como una
pequeña cebolleta roja quedó colgando, sostenida de un hilo. Y muestra las
señales más peculiares por todo su cuerpo, especialmente en las ingles. Pobre
hombre. Sin embargo, supongo que tiene hijos suficientes para que le atiendan.
Ustedes, los polacos, se reproducen como perros callejeros, ¿no es cierto? — Su
sonrisa burlona relampagueó como una hoja de frío acero—. En cualquier caso,
Herr Doktor —siguió diciendo mientras recalcaba de nuevo la palabra—, me
incomoda mucho que sigan ustedes cometiendo delitos contra el Reich. Siguen
luchando, como si tuvieran alguna posibilidad. Pero ¿es que no sabe lo inútil
que es, Herr Doktor? Y nosotros pedimos tan poco, realmente tan poco. Como por
ejemplo, que continúe presentándome usted un informe diario cada mañana.
—Sacudió la cabeza y chasqueó la lengua—. Una cosa muy sencilla. Todo el mundo
tiene que presentarme un informe. Todo aquel que ocupe un puesto de autoridad
en Sofia. Hasta el bombero, que en realidad no tiene nada que decir, incluso él
se ocupa de que sus informes sean de mi entera satisfacción. Nadie está por
encima de la ley. Es esencial que se me mantenga informado de lo que ocurre en
esta zona y sus informes, por encima de todos los demás, son cruciales, puesto
que proceden del hospital. Al ser director del hospital, usted, más que nadie,
debería conocer la importancia de llevar registros completos.
Szukalski
tragó saliva con dificultad y, con la mayor naturalidad que pudo, dijo:
—Puede
estar seguro de que así lo haré, Herr Hauptsturmführer. —Su voz sonó de un modo
uniforme, controlada. Su rostro atractivo no dejó traslucir nada de lo que
estaba pensando—. ¿Debo inferir por esta visita, Herr Hauptsturmführer, que
acudirá personalmente a recoger los informes a partir de ahora?
Por
un instante fugaz, una diminuta explosión de cólera se produjo tras los ojos
del oficial de las SS, y su rostro cuadrado y zafio pareció resplandecer de ira
durante una fracción de segundo. Pero el acceso remitió con rapidez, y Dieter
Schmidt se recuperó y recompuso su expresión con la misma rapidez que su
adversario.
—He
venido para recordarle, Herr Doktor, que cualquier hombre que omita información
de cualquier clase en sus informes diarios será considerado como un enemigo.
Szukalski
observó fijamente, con expresión serena, las pequeñas y duras bolas de acero
que Schmidt tenía por ojos.
—¿He
omitido acaso alguna información, Herr Hauptsturmführer? —preguntó con
serenidad.
Ahora
habían llegado a la parte favorita del juego de Schmidt, que saboreaba tanto
que intentaba hacerla durar un poco más. Por mucho que le odiara, debía admitir
que Jan Szukalski era un buen oponente. Este hombre no se encogía, no aparecía
sudor en el labio superior, no se retorcía las manos con nerviosismo. La
victoria sería mucho más deliciosa que en otras ocasiones.
—Estoy
hablando del gitano, Herr Doktor.
—¿Sí?
Schmidt
sostuvo la mirada de Szukalski con una mortal firmeza.
—No
lo incluyó usted en el informe de ayer.
—Desde
luego que no, Herr Hauptsturmführer, porque ese hombre ingresó después de que
se hubiera enviado el informe a su despacho.
Los
dos hombres se hallaban uno frente al otro, en medio del tranquilo pasillo,
como si estuvieran físicamente unidos. Schmidt trató de controlar la irritación
que empezaba a aumentar, la impaciencia que sentía con este tozudo polaco, que
también empezaba a agitar su cólera. Su voz, sin embargo, sonó firme.
—¿Dónde
está el gitano?
Aunque
Szukalski había logrado controlar su cuerpo, no pudo hacer nada con los
acelerados latidos de su corazón, y casi tuvo miedo de que el nazi pudiera
oírlos.
—En
el depósito, Herr Hauptsturmführer.
—¿Está
muerto?
—Sí.
—Muy
conveniente para usted.
—¿Cómo,
Herr Hauptsturmführer?
—Ahora
no podré interrogarle. Dígame, Herr Doktor —siguió diciendo Schmidt cuyo tono
de voz empezó a elevarse—, ¿creía realmente que podría salirse con la suya al
guardar un secreto? ¿Creía que, si no lo incluía en su informe yo no me
enteraría nunca de su existencia? Ha sido una tontería por su parte pensar que,
no incluyéndolo en su informe, yo no me enteraría de nada.
—No
sé de qué me está hablando, Herr Hauptsturmführer.
—Szukalski
deseaba desesperadamente pasarse la lengua por los labios, pero no lo hizo—. La
muerte de ese hombre no es conveniente para nosotros. De hecho, hicimos todo lo
posible por salvar su vida.
—
¡No me mienta, Szukalski! ¡Usted silenció al gitano porque no quería que yo le
interrogara!
—Pero
eso...
—Qué
suerte he tenido de que Milewski no tuviera pelotas. No tardamos mucho en
conseguir que contara toda la historia. Así que su pequeña estratagema para
mantener en secreto la existencia de ese gitano ha fracasado, Herr Doktor.
—Discúlpeme,
Herr Hauptsturmführer, pero realmente no sé de qué me está hablando. —Con unos
dedos firmes, Szukalski repasó metódicamente los papeles que llevaba en la
tablilla, y finalmente dijo—: Aquí está. —Extrajo una hoja de papel—. Creo que
esto es lo que anda buscando, Herr Hauptsturmführer. —Le tendió el papel a
Schmidt, agradeció en su fuero interno que la mano no le temblara, y añadió—:
Como puede ver, el informe está fechado con día de hoy, veinticinco de
diciembre. Me disponía a enviarle ahora mismo a un ordenanza para entregárselo.
Dieter
Schmidt tomó lentamente el papel y posó la mirada sobre él. Los ojos parecieron
no moverse, ni avanzar ni retroceder sobre las líneas, sino que se quedaron
fijos en un punto. No obstante, Szukalski sabía que el comandante nazi lo
estaba leyendo. Que Milewski encontró al gitano al lado de la granja, que lo
trajo al hospital de Sofia, que el gitano pudo contar su historia al campesino,
que su herida había sido causada por el ataque de un grupo de soldados de las
SS, que otras cien personas habían sido asesinadas al mismo tiempo, que la
doctora Duszynska lo operó, extrayéndole la bala, y que el gitano murió durante
la noche, sin recuperar la conciencia.
Ni
un solo hecho quedaba al margen del informe; allí estaba todo lo que Jan
Szukalski sabía sobre el asunto. Ahora, Dieter Schmidt lo sabía. Y leyó la
meticulosa escritura a mano de la doctora Maria Duszynska.
Los
ojos del nazi permanecieron sobre al papel hasta mucho después de haber
terminado su lectura. Al igual que Szukalski, fue capaz de controlarse
extraordinariamente bien. Pero para un médico experimentado como Jan las
señales reveladoras de su verdadero estado de ánimo fueron muy evidentes. El
pulso palpitante en las arterias carótidas, las pupilas dilatadas, el peculiar
color ceniciento de la piel. Cuando finalmente levantó la mirada, los ojos de
Schmidt eran fríos y penetrantes, y la expresión del rostro, calculadora.
—El
informe está completo, Herr Doktor —dijo con serenidad mientras asentía
lentamente con la cabeza—. Como siempre, se ha superado usted a sí mismo.
—Gracias,
Herr Hauptsturmführer.
—
Sí... — añadió Schmidt, que seguía asintiendo pensativamente—. Un informe muy
interesante. —Y luego, como si hubiera recordado de repente quién era, el
comandante de la Gestapo se enderezó y se golpeó el muslo con la vara—. A
partir de ahora, Herr Doktor, quiero recibir cada día dos informes de usted.
Uno por la mañana, y otro por la tarde. ¿Queda entendido?
—Sí,
Herr Hauptsturmführer.
—Y
si algo insólito llamara su atención, debe informarme a mí inmediatamente.
¿Queda eso entendido también? Inmediatamente, Szukalski.
—Sí,
Herr Hauptsturmführer.
Después,
tendió bruscamente la hoja a uno de los guardias y el Hauptsturmführer Dieter
Schmidt giró sobre sus talones y se alejó por el pasillo, hacia la salida.
Para
ser un día de Navidad, la ciudad permanecía demasiado en silencio. ¿O era sólo
su imaginación? ¿Fueron acaso las palabras del sacerdote, pronunciadas la noche
anterior, lo que hacía creer a su mente que las cosas no estaban realmente
allí?
No,
decidió Szukalski mientras subía los escalones de acceso a su casa, no se
trataba de su imaginación. Quizás el espíritu navideño continuara existiendo en
alguna parte, pero la guerra había conseguido mitigarlo.
Alexander
estaba ansioso por salir a probar su nuevo trineo, y como Kataryna seguía
trabajando en la preparación del pato de Navidad, Jan decidió pasar un tiempo
en la nieve con su hijo. Envolvió al pequeño de tal modo que sólo se le veían
los ojos, y luego lo depositó en el trineo y, con Djapa sobre su regazo, tomó
la cuerda que tiraba del trineo y echó a andar calle abajo.
Agradecía
esta breve oportunidad de olvidarse del gitano muerto, de Dieter Schmidt y de
las lúgubres revelaciones del padre Wajda. Jan se encontró corriendo por la
calle; el pequeño gritaba encantado y el perro corría junto a sus talones,
ladrando.
Después,
tuvo que aminorar la marcha; respiraba pesadamente; entró en la plaza de la
ciudad, cubierta por una espesa capa de nieve, donde una estatua de Kosciuszko
se elevaba bajo hombreras de nieve. Djapa daba vueltas de un lado a otro y
escarbaba bajo los montones de nieve, mientras Jan se entregaba por completo a
la libertad del momento.
El
idilio, sin embargo, pronto se vio sacudido por el grito del pequeño Alexander,
que extendía el brazo bien abrigado hacia un extremo de la plaza, y gritaba:
—
Tatus! Tatus!
Jan
se giró en redondo. En el extremo de la plaza, por la calle principal, entre
los altos edificios del barrio comercial, apareció un convoy de camiones
alemanes, tanques y transportes blindados de tropas, todos ellos marcados con
la «G» blanca del Grupo de Panzer Guderian. Formaban una procesión macabra, que
se movía con lentitud y en silencio por la calle; su cruel militarismo
contrastaba fuertemente con la maravillosa atmósfera invernal que había reinado
hasta entonces en la plaza.
Aunque
durante los dos últimos años Szukalski se había acostumbrado a ver las tropas
de ocupación, verlas ahora con tanta fuerza y armamento le impulsó a agacharse
rápidamente y tomar a Alexander en sus brazos. Instintivamente, Djapa echó a
correr y se apretó entre las piernas de su amo; percibía el repentino cambio de
ánimo y la intrusión de algo que no era bien recibido.
Sin
dejar de mirar los tanques grises, que pasaban ante ellos, Jan apretó al
pequeño Alexander contra sí, hasta que el niño se agitó incómodo. Jan observó
que muchos de los soldados eran jóvenes barbilampiños cuyos ojos mostraban una
suerte de agitado desconcierto, y que se erguían rígidamente con una
determinación sin duda practicada. Hombres jóvenes y atractivos, con piel
lechosa, mejillas como rosas, helados ojos azules y la constitución nórdica de
sus antecesores.
Inconscientemente,
Jan Szukalski retrocedió para situarse bajo la protección del dintel de una
puerta. Una vez más, como la melodía de una canción odiosa, las palabras de
Piotr Wajda volvieron a resonar en su mente: «Y ese joven soldado también me
dijo algo en el confesionario. Me habló de algo que llamó Lebensborn».
Jan
Szukalski cerró los ojos con fuerza, pero la voz del sacerdote continuó
produciendo ecos en su mente, repetía lo último que le había dicho la noche
anterior, antes de marcharse: «Es un plan, perpetrado por las SS, para poblar
Alemania sólo con gentes de origen teutónico. Raptan a los niños de cabellos
rubios y ojos azules de los pueblos conquistados, y los recolocan en hogares
alemanes, para que sean criados como alemanes. No importa que sean polacos,
holandeses o checos. Si un niño encaja con la perfección del ideal de Hitler,
se lo arrebatan a sus padres naturales y...».
—Tatus!
—exclamó de nuevo la voz apagada de Alexander.
Szukalski
bajó la mirada. Había abrazado al niño con tanta fuerza que su rostro había
quedado enterrado en el abrigo.
—Alex...
—susurró.
Luego
volvió a levantar la mirada. El convoy había desaparecido, después de pasar a
través de la ciudad y continuar su camino hacia el frente ruso.
Szukalski
no perdió el tiempo. Antes de regresar a casa para el almuerzo navideño, tenía
que hacer una cosa. Algo que sólo le ocuparía unos pocos minutos. Mientras
tiraba de la cuerda del trineo y llamaba a Djapa se encaminó hacia la iglesia.
Encontró
al padre Wajda haciendo los preparativos para vísperas.
—Piotr
—murmuró mientras dejaba a Alexander en el suelo, suavemente.
El
sacerdote se giró en redondo y, al verle, apareció en su rostro una sonrisa.
—
¡Jan! ¡Pequeño Alex! —Piotr se inclinó hacia el niño y le colocó una pesada
mano sobre la cabeza—. Feliz Navidad, y que Dios te bendiga, Alexander. —Luego
se enderezó y observó la gravedad de la expresión del médico—. ¿No se trata de
una visita social? —Jan intentó mostrar su mejor sonrisa, sin conseguirlo—.
Vamos, entra y toma asiento. Aún falta bastante para la misa. Sólo me estoy
moviendo un poco para calentarme. —Piotr se metió las manos en los bolsillos de
su larga sotana negra y se apoyó contra una mesa—. ¿Qué ocurre, Jan?
—Piotr,
he estado pensando. Y, aunque, como comprenderás, no puedo prometerte nada, lo
intentaré. Intentaré imaginar alguna forma de conseguirle a ese soldado alemán
una excusa médica para que no tenga que regresar al campo.
El
padre Wajda cerró los ojos y asintió, aliviado.
—Gracias
—murmuró.
—Quiero
que comprendas que no lo hago por razones altruistas. Mi motivación no es la
misma que la tuya. Sólo deseo salvar esta ciudad de la destrucción.
—Tus
motivaciones no me conciernen.
—Debes
saber, Piotr, que en el fondo no me importa que ese hombre se pudra.
Simplemente, no quiero que se suicide, y que su muerte traiga la destrucción a
esta ciudad. Lo único que haré será intentar ampliar su permiso por razones
médicas, para darle así la oportunidad de urdir un plan para escapar.
El
sacerdote buscó la mano de Szukalski y se la apretó.
—Gracias
por lo que estás haciendo, Jan. En último término, nuestras motivaciones son
las mismas, pues ambos luchamos por Polonia. Y ahora, ¿qué te propones hacer?
—Envíame
mañana a ese soldado al hospital, para que me vea, y veré qué es lo que se me
ocurre.
Luego,
girando sobre sus talones, el doctor Jan Szukalski salió apresuradamente de la
sacristía, tirando del pequeño Alexander tras de sí, y salió al mortecino sol
del mediodía.
6
Una
ligera nevada que empezó a caer a últimas horas de la noche de Navidad ayudó a
camuflar los movimientos furtivos de dos figuras oscuras que avanzaron
sigilosas por las calles desiertas del barrio judío de Sofia. Al pasar ante los
dinteles oscuros de las puertas y ventanas rotas, Ben Jakoby tuvo que tragarse
el temor que sentía. Sentía un cierto consuelo al verse acompañado por la
figura maciza y animosa de Brunek Matuszek, por lo que el viejo farmacéutico
procuraba permanecer cerca de él, a su espalda, aunque eso no fuera suficiente
para borrar los horribles recuerdos de la mente del viejo judío.
El
gheto estaba ahora vacío y en silencio, aunque dieciocho meses antes había
estado vivo y lleno de gritos. Aquel día, unos pocos meses después del Blitz,
los soldados alemanes habían penetrado en el barrio judío, reunido a todos los
judíos en las calles y destrozado sistemáticamente todos los edificios y
propiedades. Ben Jakoby, que en ese momento se encontraba en una granja de las
afueras para entregar unos medicamentos, regresó a últimas horas de la noche
para ver el resplandor de los incendios que se elevaban en el cielo primaveral;
se escuchaban en la distancia los gritos asustados de la gente a la que se
llevaban.
Ben
Jakoby recordaba muy bien esa noche, pues había logrado abrirse paso a
hurtadillas hasta su farmacia, donde había encontrado el cuerpo de su esposa,
en medio de los destrozos. Lo que había ocurrido a continuación, apenas lo
recordaba, afortunadamente. Moisze y Ester Bromberg lo habían encontrado y se
lo habían llevado consigo, en su huida de los nazis. En los dieciocho meses
transcurridos desde entonces, Jakoby no había vuelto a la ciudad.
Pero
ahora sí regresaba; la atravesaba sigilosamente en medio de la noche, y aunque
Sofia permanecía silenciosa a estas horas, en los oídos del anciano todavía
resonaban los ruidos de la carnicería y la destrucción.
David
Ryz había querido acompañar a Brunek en su misión, pero Ben había insistido en
acompañarle él mismo. Sólo él sabía dónde había ciertos suministros que tenía
guardados, y sólo él podía ayudar a fabricar la nitroglicerina. Además, sólo él
poseía en el fondo de su corazón la determinación para regresar al escenario de
sus temores y extraer fortaleza de ello.
Así
pues, tras la puesta de sol, Matuszek y el viejo pero decidido Jakoby se
pusieron en marcha y llegaron a las inmediaciones del barrio judío poco después
de medianoche.
Unas
cuantas luces de Navidad brillaban en distantes ventanas, pero no se percibía
ninguna otra señal de vida. Y a estas horas tan frías de la noche no había en
el exterior más que estos dos conspiradores y las habituales patrullas de
soldados nazis.
Al
llegar ante la farmacia, oscura y destruida en su interior, Jakoby tuvo que
detenerse y apoyarse contra la pared.
—Para
recuperar la respiración —susurró.
—
¿Te encuentras bien?
Asintió
con un gesto. El sudor frío que le corría por el rostro y el cuello se había
convertido en ligera escarcha, pero no hizo el menor intento por limpiárselo.
Su agotamiento no era producto del ejercicio físico, sino del terror que
atenazaba su alma. Aunque había encontrado el valor y la voluntad para
acompañar a Brunek, se trataba de una acción agotadora para él. Tuvo que tragar
el viento cortante y helado.
—Está
bien —murmuró al cabo de un rato—. Entremos.
El
interior de la farmacia se hallaba totalmente en ruinas, y apenas quedaban en
pie unas pocas estanterías. Los dos hombres se abrieron paso entre los
escombros y se dirigieron hacia el fondo, donde Ben Jakoby almacenaba la mayor
parte de sus suministros, y donde los nazis se habían mostrado más meticulosos
en su destrucción. Brunek encendió una cerilla y revisó los cajones; comprobó
que los mejores suministros habían desaparecido ya hacía tiempo.
—Pero
han dejado algunas cosas —susurró, haciéndole señas al anciano, que parecía
moverse como en un sueño—. ¿Qué es esto?
El
farmacéutico encendió una cerilla y miró atentamente hacia el fondo del
almacén. Unas cuantas botellas polvorientas brillaron a la luz de la cerilla.
—Laxantes
—susurró—. Y tónicos estomacales. Pero aquí... —Extendió una mano temblorosa y
sostuvo un frasco ante sus ojos, exclamando con expresión de triunfo—:
¡Glicerina!
Brunek
la tomó de manos de Ben y echó un rápido vistazo a su alrededor. Contra una
pared había un largo banco de madera cubierto con cristales rotos procedentes
del equipo de laboratorio.
Los
dos hombres se acercaron y buscaron con rapidez entre los restos. Encontraron
un vaso de precipitados y unas cuantas botellas intactas, así como un
termómetro polvoriento.
—Podemos
empezar —susurró Matuszek.
Jakoby
utilizó la bufanda de lana que llevaba enrollada al cuello para envolver el
vaso de precipitados, mientras Brunek sacaba dos frascos sellados de debajo del
abrigo.
—Sería
mejor mezclar aquí mismo una pequeña cantidad del explosivo, sacarla y
probarla. De ese modo sabríamos que estamos utilizando la fórmula correcta. Nos
llevaremos con nosotros algunas de estas cosas y mezclaremos una cantidad mayor
cuando la necesitemos. De ese modo no tendremos que preocuparnos por el
almacenamiento o el posible deterioro.
Brunek
abrió los dos frascos que contenían pequeñas cantidades de los productos
químicos que David y Abraham habían robado de la fábrica de pinturas y lacados.
Tenían todavía las etiquetas: ácido nítrico y ácido sulfúrico.
—Hemos
tenido suerte al conseguirlas —susurró el capitán—. Y ahora, necesitaremos una
especie de baño de hielo. ¿Funciona todavía este termómetro?
Jakoby
lo examinó a la luz de una cerilla.
—Sí.
Pondremos el agua aquí mismo —dijo señalando la pila.
Mientras
el farmacéutico se ocupaba de llenar la pila, Matuszek procedió a llenar el
vaso de precipitados con cantidades medidas de los dos ácidos.
—Cuando
añada la glicerina, debemos procurar que la temperatura no suba por encima de
los diez grados.
Jakoby
miró al soldado en la oscuridad.
95
—Creo
que estamos preparados —le susurró.
Unas
gotas de sudor aparecieron en la frente del hombre corpulento cuando empezó a
añadir lentamente la glicerina a los ácidos previamente mezclados.
—Ten
cuidado —susurró con voz ronca—, no agites ni golpees el vaso con el
termómetro. Ya sabes lo inestable que es la nitroglicerina.
—
Sí, lo sé. No te preocupes, capitán. Tengo menos deseos que tú de que me vuele
la cabeza.
Los
dos hombres continuaron en silencio su tarea, hasta que los componentes
químicos quedaron mezclados y estabilizados. El líquido claro, espeso y de
aspecto aceitoso quedó inocentemente en el vaso de precipitados como un jarabe
azucarado antes de cristalizar.
Brunek
tocó el jarabe con la punta del dedo y luego se lo chupó. Se hallaba
familiarizado con aquel sabor dulce y ardiente, y el inmediato dolor de cabeza
que experimentó le confirmó la presencia de un fuerte nitrato.
—A
mí me parece que tiene el sabor de la nitroglicerina —susurró; trataba de
impedir que le temblaran sus grandes manos—. Pero tenemos que probarla para
estar seguros. Lo haremos durante el camino de regreso a la cueva. Toma,
ayúdame a verterla en una de estas botellas. Y, por favor, mantén firme el
pulso...
Tras
colocar el resto de los suministros y botellas vacías en la mochila que habían
llevado consigo, los dos hombres salieron del fondo de la farmacia a la nieve
del exterior. Matuszek llevaba la botella de nitroglicerina en sus manos
enguantadas.
Sabían
que no tardaría en amanecer y avanzaron presurosos pero con suavidad a través
de la ciudad dormida; vigilaban constantemente por si veían a los nazis y
trataban de no agitar ni sacudir el fluido que Brunek llevaba en las manos.
Confiaban en poder llegar hasta los bosques antes de ser vistos.
Una
vez que llegaron a las afueras de la ciudad, cuando el campo abierto se
extendió ante ellos, Brunek y Ben se metieron por entre el bosquecillo de pinos
que bordeaba esta parte del río. No podían correr, debido a la nitroglicerina
que transportaban, por lo que se veían obligados a caminar con toda la rapidez
y suavidad que les fuera posible sobre el monte bajo.
Sus
pisadas partían y hacían crujir pequeñas ramas, cuyo sonido parecía aumentar en
la oscuridad de la noche; los dos hombres sudaban copiosamente. Matuszek, con
la mortal mezcla en las manos, sentía que los intestinos se le retorcían de
terror.
Cuando
ya estaban a punto de llegar a los árboles, una voz sacudió el silencio de la
noche.
—
¡Alto! ¡Vosotros dos! ¡Alto! —Brunek y Ben se quedaron helados—. No os mováis o
disparo. —La voz habló en alemán, idioma que ambos entendían, y se acercó más a
ellos—. Fritz, trae la motocicleta.
El
viejo Ben se atrevió a mover muy ligeramente la cabeza, y tuvo así la
oportunidad de ver un poco por encima del hombro. Dos soldados alemanes se les
acercaban con las armas preparadas.
—Bien,
bien —dijo uno de ellos mientras daba una vuelta a su alrededor y se detenía
luego a varios pasos de los dos partisanos—. ¿Qué tenemos aquí? ¿Dos caballeros
que han salido a dar una vuelta por la noche? ¿O quizás a primeras horas de la
madrugada? Las manos sobre la cabeza, donde yo pueda verlas —ordenó el soldado,
que movía el rifle amenazadoramente.
El
otro soldado se acercó y se plantó delante de ellos.
—Sabéis
que estáis violando el toque de queda, ¿verdad? —preguntó con voz acerada—.
¿Qué lleváis en la mochila?
—Suministros
—contestó Ben con voz débil—. Tenemos a gente enferma y...
—¿Y
qué es esto? —ladró el primer soldado mientras adelantaba la cabeza hacia la
botella que Brunek sostenía en la mano.
—Una
medicina —contestó Matuszek con voz serena, en un alemán perfecto—. Tenemos
unos niños enfermos en nuestra granja. Necesitábamos la medicina inmediatamente
y no podíamos esperar...
—
¡Silencio! ¡No me interesan vuestras tonterías! ¡Ni me importa que mueran
vuestros pequeños! ¿Qué clase de medicina es?
Brunek
Matuszek observó a los dos soldados, que se encontraban a varios pasos de
distancia, y evaluó rápidamente la situación. Junto a él, podía sentir cómo el
miedo se iba apoderando de Ben.
—Es
para la tos —contestó tranquilamente—. Una medicina para la tos, eso es todo.
Hay mucho catarro.
—
¡No te creo! ¿Qué es? ¿Vodka? ¿Raticida? ¡Viene a ser lo mismo! ¡Déjame verlo!
Un
gemido escapó de los labios de Ben Jakoby. El segundo soldado blandió el rifle,
dispuesto para disparar. Brunek extendió la botella y dio un paso hacia
adelante.
—¡Quédate
donde estás! —le espetó el primer soldado—. No me gusta que se me acerquen los
cerdos. Arrójame la botella.
Brunek
miró rápidamente a Ben Jakoby.
—Muy
bien... —dijo con suavidad.
De
repente, el enorme polaco levantó la botella en el aire; confiaba en que fuera
exacto su cálculo rápido de dejarla caer por detrás de los soldados. Pero los
alemanes, al darse cuenta de que el lanzamiento les superaría, retrocedieron y
uno de ellos recibió la botella en sus manos, con suavidad.
Ben
Jakoby volvió a gemir y el propio Brunek vaciló a causa de la tensión.
El
soldado se llevó la botella ante los ojos y la miró, entrecerrando los ojos en
la oscuridad.
—¿Medicina
para la tos? No es eso lo que me parece. Más bien parece vodka. ¿Estáis
planeando acaso una fiesta?
—Por
favor —dijo Brunek con serenidad—. Es realmente medicina y tenemos unos niños
enfermos que la necesitan en seguida.
El
soldado alemán tensó los labios en una maliciosa mueca burlona y se inclinó
hacia adelante, colocó la botella sobre una gran roca plana y baja que había a
su lado.
—
¡Esto es lo que yo pienso de vuestra medicina! —exclamó airado.
Los
dos polacos contemplaron horrorizados cómo el alemán levantaba la bota hacia la
botella y cuando ésta descendió sobre ella, Brunek se lanzó encima de Jakoby y
lo arrojó al suelo en el instante en que la noche se desgarraba con la
explosión.
Permanecieron
quietos durante unos momentos. Luego se incorporaron, temblorosos, y
encontraron un cráter en la nieve, ante ellos, rodeado por una corona de
tierra, rocas y trozos de carne ensangrentada.
Jakoby
se llevó las manos a la boca y se sacudió hacia adelante, pero Brunek lo atrapó
y lo sujetó antes de que cayera.
—Bueno...
—dijo el capitán, que pugnaba por contener sus propias náuseas—. Nuestra
fórmula funciona.
Permanecieron
quietos durante otro momento para recuperar las fuerzas y dar tiempo para que
la conmoción remitiera. Sus miradas se mantenían fijas en el gran agujero
salpicado de sangre y trozos de uniforme gris.
—No
puedo creer que tan poca nitroglicerina haya hecho tanto —dijo Jakoby.
—Espera
a que veas lo que es capaz de hacer con un puente. Vamos, nos llevaremos su
motocicleta. Los nazis no tardarán mucho en acudir. Estoy seguro de que alguien
habrá oído la explosión.
Puso
en marcha el motor y lo calentó un poco, mientras el farmacéutico subía al
sidecar y se colocaba la mochila sobre el regazo. Luego, los dos partisanos
avanzaron sobre la nieve, y se alejaron lentamente del cráter enrojecido donde
antes habían estado los dos soldados alemanes.
7
Jan
Szukalski caminaba con un hombro adelantado y mantenía la cabeza enterrada bajo
el cuello levantado del abrigo, avanzando sobre la nieve semiderretida a
primeras horas de la mañana. La nieve caía con insólita violencia en un
traicionero sesgo y atacaba su rostro con pequeñas agujas de hielo. Le había
resultado dificil salir de debajo del edredón de su cama, o alejarse del rico
brebaje de café, achicoria y cebada que había preparado Kataryna. Pero tenía
trabajo que hacer. Estaban los pacientes habituales, y luego el joven soldado
alemán que el padre Wajda iba a enviarle...
De
camino hacia el hospital, Szukalski repasó los acontecimientos de la noche
anterior.
Después
de la cena, Maria Duszynska había aparecido inesperadamente, acompañada por su
amigo de Varsovia, Max Hartung. Habían traído consigo una auténtica botella de
vino francés y un paquete de pastas surtidas. Maria también le había hecho un
regalo al pequeño Alexander.
Mientras
observaba a su hijo, que trataba de introducir la pequeña mano en el muñeco de
trapo que la propia Maria había confeccionado, Jan Szukalski se echó a reír
hasta que las lágrimas le resbalaron por las mejillas, y al darle las gracias a
Maria por el regalo, se refería más al don de la risa que le había ofrecido,
antes que al juguete en sí mismo.
—Ha
sido muy amable por tu parte —le dijo Jan, que deseaba ahora haberle ofrecido
algo por Navidad.
Durante
el tiempo que Maria llevaba trabajando como ayudante suyo, habían mantenido una
escasa relación social. Esta noche era la tercera vez que Maria estaba en casa
de los Szukalski.
Kataryna
sirvió las pastas sobre un plato, y Jan volvió a llenar los vasos de vino.
Maximilian Hartung se relajó en la silla que ocupaba ante la chimenea
encendida, se sintió como si fuera un viejo amigo de la familia, y divirtió a
todos con chistes e historias divertidas.
Sin
embargo, a medida que avanzaba la noche, la botella quedaba vacía y se iba
apagando el alegre estado de ánimo, las risas fueron remitiendo hasta que todos
se quedaron contemplando fijamente el fuego. El largo silencio que siguió quedó
interrumpido por Maximilian que, tras observar los dos cuadros sobre la repisa
de la chimenea, dijo de pronto con un tono de voz sombrío:
—Ahora,
mi alma se halla encarnada en mi país, y su alma habita en mi cuerpo; mi patria
y yo somos una gran unidad. Mi nombre es el de millones, pues amo a millones, y
es su dolor y sufrimiento el que siento...
Tanto
Maria como Kataryna se volvieron a mirar a Maximilian, con los ojos llenos de
admiración y sentimiento, mientras que Jan Szukalski, para quien aquellas
palabras resultaban dolorosamente familiares, permaneció contemplando el fuego.
Y fue entonces el primero en hablar, al decir:
—
Konrad...
—Ya
veo que está usted familiarizado con Mickiewicz, doctor Szukalski.
Jan
apartó por fin la mirada de las llamas.
—No
sólo estoy familiarizado con él, Panie Hartung, sino que, como ve, comparte el
mismo lugar de honor que Jesucristo, tanto en mi vida como sobre mi chimenea.
«Mi nombre es el de millones, pues amo a millones...» Adam Mickiewicz fue el
más grande poeta que haya vivido jamás.
—No
discutiré eso, doctor Szukalski. En la actualidad, yo diría que es el verdadero
símbolo del patriotismo de Polonia. Y con el ultraje a que se ha visto sometido
nuestro hermoso país, quién puede...
—A
juzgar por su nombre, creía que era usted alemán, Panie Hartung.
Max
no se sintió ofendido por sus palabras.
—Soy
alemán por parte de padre. Pero ¿qué significa un nombre? ¿Acaso puede estar
seguro de las lealtades de un hombre sólo por el sonido de su apellido?
—Antes,
ha mencionado usted una fábrica en Danzig —comentó Szukalski.
—Cierto.
Pero cuando mi padre era el propietario, Danzig era neutral, un poco alemana, y
un poco polaca. —Le dirigió una reluciente sonrisa que le desarmó por
completo—. Y, por favor, no siga usted llamándome Panie. Simplemente, Max.
Szukalski
asintió pensativamente. Las conmovedoras palabras de Adam Mickiewicz,
pronunciadas en boca de este extraño, le hicieron bajar sus defensas
habituales. A pesar de ser un hombre que, en general, prefería adherirse a los
términos formales para dirigirse a los demás, apartándose tímidamente de
cualquier otro tipo de relaciones más íntimas, Szukalski se sorprendió a sí
mismo al decirle a Hartung:
—Preferiría
que tú también me llamaras Jan.
—En
contra de un enemigo común ya no somos señor ni doctor, hombre o mujer, sino
simplemente polacos. Y es por Polonia por lo que debemos establecer la amistad
entre nosotros. Siento mucho tener que marcharme mañana mismo de Sofia, Jan.
Como ves, ahora ya tengo amigos aquí y... —extendió una mano y tomó la de Maria
en la suya—, Maria está aquí. No quiero volver a dejarla. Pero tengo que
hacerlo.
—¿Para
regresar y seguir fabricando cojinetes para los nazis? —preguntó Jan
incisivamente.
Pero
Max se limitó a sonreír dócilmente.
—En
realidad, no son cojinetes muy buenos. —Todos se echaron a reír y una vez que
se apagaron las risas, Max añadió muy serio—: Me entristece tanto como a ti ver
lo que le está sucediendo a este país. Y ahora le sucede lo mismo a Rusia. ¿Es
que nadie puede detener a los nazis?
Szukalski
enarcó las cejas, asombrado. Miró rápidamente hacia las dos mujeres y dijo:
—Hablas
demasiado abiertamente, Max. Creo que durante los dos últimos años se ha
fusilado a mucha gente por menos que eso.
—¿Y
quién va a ser mi ejecutor? ¿Tú? —preguntó Max sin inmutarse lo más mínimo.
—Se
busca a los partisanos, Max. ¿Cómo sabes que puedes confiar en mí?
Hartung
sonrió entonces a la ligera.
—Cualquier
hombre que tenga el retrato de Adam Mickiewicz sobre la repisa de la
chimenea...
—Hablo
en serio, Max. Resulta peligroso hablar como lo has hecho, como lo haría un
partisano, como un revolucionario. En estos tiempos debemos tener cuidado.
Maximilian
se encogió de hombros.
—Los
pueblos cuidadosos no ganan las guerras. No me importa decir que tengo muchos
amigos que trabajan duro para subvertir el plan de los nazis. La Resistencia
está por todas partes, Jan. Incluso aquí, en Sofia, me atrevería a decir que
también existe un movimiento.
Szukalski
se reclinó en la silla y observó con cautela al amigo de Maria. Esta
conversación le hacía sentirse incómodo; durante los dos años transcurridos
desde el Blitz no había oído unas palabras tan explosivas. Aunque en el fondo
de su corazón era un patriota, Jan Szukalski estaba convencido de que la
respuesta a la supervivencia, tanto de sí mismo como de su familia, consistía
en la coexistencia pacífica con las fuerzas de ocupación. La resistencia sólo
significaba el suicidio. Y aunque le habría gustado ver a Polonia libre de esta
tiranía, no estaba preparado para pagar un precio tan alto por ello.
—A
veces —dijo con un suspiro—, preferiría tener que enfrentarme con una epidemia
antes que con esta guerra. De ese modo, al menos, podríamos mantener alejados a
los nazis. Y en cuanto a los judíos, bueno, por lo que tengo entendido todos
ellos se han visto relegados a los ghetos, o han sido trasladados fuera del
país. —Mientras hablaba, trató de ignorar la imagen que el padre Wajda le había
trazado sobre lo que ocurría en el campo de O wiccim—. Aquí, en Sofia, sólo
queremos vivir en paz.
Maximilian
Hartung continuó manteniendo su mirada de obsidiana fija en el médico, con la
boca formando una seca sonrisa y luego, levantando el vaso, dijo:
—Brindemos
entonces por la paz, doctor.
Al
llegar ante los escalones de acceso al hospital, Jan se detuvo y contempló la
entrada.
—Por
la paz —repitieron todos, terminando el resto del vino.
Pero
aunque la conversación había derivado hacia temas más ligeros y relajados, la
tensión continuó como flotando en el ambiente. Y durante el resto de la noche
siguió acuciándole el escalofriante pensamiento que volvía a angustiarle ahora,
ante el hospital: si la amenaza nazi es tan real como cree Piotr, y si nuestros
peores temores se convierten en realidad, ¿qué posibilidades tengo yo, un
tullido, o mi pequeño hijo, con su mata de rizos nórdicos, de seguir como
estamos?
Unos
pasos susurraron escalera arriba, y una figura pasó apresurada a su lado.
—Buenos
días, doctor.
Jan
sacudió la cabeza y miró a la persona que pasaba con rapidez. Reconoció la
figura delgada de Lehman Bruckner, un técnico de laboratorio. Szukalski hizo
esfuerzos por apartar de su mente aquellos pensamientos angustiantes y subió
los escalones con rapidez.
Le
complació comprobar que los radiadores estaban funcionando en esta mañana tan
cruda y que, como consecuencia de ello, el hospital se mantenía agradablemente
caldeado. Mientras caminaba por el pasillo, en dirección a su despacho, una
enfermera se colocó a su lado y le fue haciendo un breve comentario sobre el
estado de sus pacientes. Una vez que llegaron ante el despacho, la enfermera
terminó diciendo:
—Al
chico de la granja que perdió la mano se lo llevó su padre a primeras horas de
esta mañana, después de haber perdido la fe en nuestra medicina. Por lo visto,
está convencido de que puede curar a su hijo con recetas hechas en su propia
despensa.
—Los
campesinos aún tardarán mucho tiempo en aprender —dijo Szukalski con una
sonrisa derrotada—. Sé muy bien lo que le sucederá a ese muchacho. Encontrará
alivio durante algún tiempo gracias a la medicina popular de su familia, pero
eso no durará mucho, y entonces habrá que cortarle todo el brazo.
Jan
sacudió la cabeza con tristeza.
—Una
cosa más, doctor. El padre Wajda pasó por aquí hace un rato con un nuevo
paciente. Le he dejado esperando en su despacho.
—Muy
bien, enfermera, gracias —dijo Jan mientras miraba la puerta.
Vaciló
un momento antes de entrar; se recordaba a sí mismo la promesa que le había
hecho al sacerdote el día anterior. Luego, Jan Szukalski entró tranquilamente y
cerró la puerta en silencio a sus espaldas. El joven que estaba en su despacho
se incorporó de inmediato.
—Le
ruego disculpe la intrusión, doctor. El padre Wajda me ha dicho...
—Está
bien. Siéntese, por favor.
Se
miraron el uno al otro, mientras el médico, que de repente trató de ocultar su
cojera, avanzó hacia la mesa de despacho y se sentó tras ella. Le sorprendió
comprobar lo joven que era realmente aquel muchacho. El sacerdote ya se lo
había advertido así, pero, de algún modo, se había imaginado a alguien bastante
más robusto, alguien de expresión más cruel y de mayor edad. En lugar de eso,
se encontraba ante un rostro redondo y suave, unos ojos azules muy abiertos e
interrogantes, y una boca que parecía expresar una cierta inocencia.
El
doctor Szukalski sintió que su guardia se relajaba un poco. No era éste el
adversario para el que se había preparado.
—SSRottenführer
Hans Kepler —dijo el joven con nerviosismo.
No
resultaba difícil observar la incomodidad del joven, que se sentía como
perdido, sin saber por dónde empezar.
—El
padre Wajda y yo mantuvimos anoche una larga conversación — dijo Jan.
Kepler
asintió con un gesto.
Szukalski
se tomó otro momento para escrutar al muchacho; el severo corte de su cabello
rubio, el uniforme gris inmaculadamente planchado (exactamente del mismo tipo
que llevaba Hitler cuando declaró la guerra a Polonia), la Luger en la funda de
su cinturón, y las relucientes botas negras de caña alta. Ofrecía una imagen
exquisita. La única inconsistencia se encontraba en su rostro. Y en aquellos
ojos ansiosos que se movían con rapidez.
—¿Le
habló sobre el campo?
—Sí,
lo hizo, nos contó algunas cosas increíbles...
—
¡Son ciertas! Todo eso es cierto, doctor Szukalski. —Kepler se hallaba sentado
sobre el borde de la silla—. Sé que he traicionado al Reich y que he mancillado
el honor de mi familia, pero eso era para mí mucho más de lo que podía
soportar. Algunos de ellos, la mayoría de ellos disfrutan con lo que hacen en
el campo. Las crueldades, el sadismo... Pero yo no puedo. Lo he soportado
durante un año y luego...
—Le
han dado un permiso de dos semanas.
—El
médico del campo dijo que necesitaba un descanso. He estado teniendo horribles
pesadillas. Grito en sueños. Y no puedo comer, doctor; siento náuseas en lo más
profundo de mí mismo. —Pronunció las primeras palabras con precipitación;
balbuceaba y se detenía, tal y como le había sucedido en el confesionario. Pero
a medida que hablaba le fue resultando más fácil—. Estoy seguro de que no lo
cree. Nadie lo creería. Ni siquiera yo mismo me lo creía al principio. Pero
luego, hace seis meses, llegó una orden directa de...
Kepler
se detuvo de repente y se volvió a mirar hacia la puerta.
—Está
bien, no se preocupe —le dijo Szukalski con voz serena—. Nadie puede oírnos.
Puede hablar libremente.
Kepler
se humedeció los labios y continuó más tranquilamente.
—Hace
seis meses llegó una orden directa de Himmler, dirigida a Hoess, el comandante
del campo. Le ordenaba que construyera las cámaras de gas y los hornos, y que
emprendiera un sistema de exterminación masiva a gran escala. Mi trabajo
consistía en recibir a los recién llegados, vigilarlos mientras se desnudaban,
hacerlos avanzar como ganado, asegurarles que no les iba a pasar nada, que sólo
iban a tomar una ducha, a ser despiojados, y que más tarde se les
proporcionarían ropas nuevas. Y allí estaban todos ellos, ancianos que
gimoteaban, niños que lloraban, hombres furiosos e impotentes, mujeres jóvenes
inocentes... ¡Oh, Dios!
De
repente, Hans hundió el rostro entre las manos. Sus dedos resbalaron sobre el
sudor que había empezado a descender copiosamente de su frente. El estómago
pareció subírsele a la garganta, que se llenó con el sabor acre y familiar de
la bilis, lo que hizo que el corazón le latiera aceleradamente contra la caja
torácica. Y luego, como entre la niebla, oyó una voz suave que le preguntaba:
— ¿
Se encuentra bien?
Haciendo
un gran esfuerzo, Hans Kepler se enderezó y se pasó las manos humedecidas por
el cabello.
—Sí
—susurró—. Esto me pasa siempre.
—Si
le ayuda algo, debo decirle que le creo —dijo Szukalski con voz serena. Kepler
asintió con un gesto—. Dígame —dijo Jan cautelosamente, midiendo sus palabras—,
¿existen otros campos como ése?
—Oh,
sí. Auschwitz no es el único. Existe un plan. —Kepler volvió a mirar con
rapidez hacia la puerta y bajó de nuevo el tono de voz—. Antes de que me
destinaran a Auschwitz me entregaron un panfleto titulado «El subhumano», en el
que se habla de los eslavos como «desechos de la humanidad». Según la escala de
subhumanidad de Hitler, a los eslavos se les considera un grado por encima de
los gitanos y los judíos, buenos únicamente para convertirse en esclavos de sus
amos alemanes.
—Que
Dios nos asista —murmuró Szukalski.
—Tienen
la intención de convertir Polonia en una nación de esclavos. No sólo a los
judíos, doctor, sino a todo el mundo. Y también existe un plan para eliminar a
todos los inútiles, como los tullidos, los imbéciles, los ancianos y los niños.
No puede ni imaginarse cómo son las cosas en Auschwitz. ¿Sabe lo que vale la
vida de un prisionero? A los guardias se les dan órdenes de no disparar porque
cada bala le cuesta al Reich tres pfennigs. ¡Tres céntimos, doctor! Así que los
gaseamos. Llegan en trenes, y muchos de ellos ya han muerto porque han viajado
durante días como ganado, sin alimentos ni agua. Luego, un médico del campo
elige a aquellos que trabajarán como esclavos. Las mujeres embarazadas o las
que tienen niños pequeños son destinadas automáticamente a la cámara de gas
porque han demostrado ser luchadoras y han causado muchos problemas a los
guardias. Se separa a las familias, a los esposos, se les dice que volverán a
reunirse al otro lado de las duchas. —Mientras hablaba, la voz de Kepler fue
haciéndose más y más baja, como si la vida se le estuviera escapando por entre
los labios—. Los gaseamos a miles, doctor, cada día. Al principio utilizábamos
el monóxido de carbono procedente de los tubos de escape de los camiones. Pero
eso era ineficaz y se tardaba mucho tiempo en prepararlo y poner en marcha los
motores. A los prisioneros se les apretuja tanto en las cámaras, que ninguno de
ellos cae al suelo al morir. Nosotros, en el exterior, oímos sus sollozos y
gritos de auxilio. A veces, se tarda más de una hora antes de que todos ellos
queden en silencio. Y luego, cuando abrimos las puertas...
—Cabo
Kepler.
—Pero
luego empezamos a utilizar un gas llamado Zyklon B, que debe saber es ácido
prúsico. ¿Ha visto alguna vez a alguien muerto por ese medio?
—¡Cabo,
por favor!
—Sí,
puede usted gritarme, hacerme callar y todo desaparece. Pero ¿cómo puedo hacer
callar mi mente? ¿Cómo puedo detener los recuerdos? Soy medio polaco, doctor,
nací aquí y, sin embargo, he estado ayudando a los alemanes a exterminar al
pueblo al que pertenece mi madre. ¡No puedo regresar! La sola idea de volver me
da náuseas. Una vez pensé en unirme a la Resistencia polaca, pero ¿quién
confiaría en mí? No veo salida por ninguna parte...
—¿No
hay forma de que pueda solicitar un cambio de destino?
—En
tal caso me enviarían al frente oriental.
—De
modo que quiere un parte médico.
—Si
eso no fuera posible, déme pastillas para dormir, las suficientes como para que
pueda dormir para siempre. Me las llevaré lejos de Sofia, a algún lugar donde
nadie pueda encontrarme. No se preocupe, doctor, su ciudad quedará libre de
represalias.
—No
sé si se me ocurrirá algo que parezca plausible. Si les decimos a los alemanes
que se encuentra mal, querrán trasladarlo inmediatamente a sus propios
hospitales. Cualquier enfermedad produciría ese efecto, a menos que se trate de
una enfermedad terriblemente contagiosa. Esa sería la única forma de conseguir
que le dejaran aquí.
—¿Qué
clase de enfermedad?
—Realmente,
no lo sé. Todas ellas pueden comprobarse mediante análisis de sangre, y no hay
forma de que podamos falsificar eso.
—¿No
hay ninguna esperanza, entonces?
Szukalski
se quedó mirando atentamente los ojos azules y muy abiertos de Kepler, sentía
el conflicto en su propio corazón.
—Déme
un día o dos para pensar en esto; puede que se me ocurra algo. —Cuando Kepler
se levantó y se disponía a salir, Szukalski añadió—: Creo que, a partir de
ahora, sería mejor que llevara usted ropas de civil. ¿Le está permitido
mientras esté de permiso?
—Sí.
Dispongo de otras ropas en casa de mi abuela. Me cambiaré antes de volver a
verle. Dentro de dos días, doctor.
El
hospital de Sofia, pequeño pero bien equipado, atendía a la ciudad y la zona
adyacente de granjas y pequeños pueblos, donde vivían un total de treinta mil
personas. Jan Szukalski era su director desde 1936 cuando, a los veinticinco
años de edad, después de haber pasado por dos años de experiencia en trabajos
de investigación y supervisión en un hospital de Cracovia, ocupó el puesto
dejado vacante por el director médico anterior, tras su muerte a la edad de
ochenta y tres años.
El
personal de enfermería disfrutaba trabajando a las órdenes de Szukalski, pues
era un hombre conocido por su sentido de la justicia, su compasión y su agudeza
médica. Aunque posiblemente demasiado austero y reservado como para hacerse
muchos amigos, a Jan se le respetaba por su carácter bondadoso y generoso. Su
temperamento solía ser de distanciamiento e imparcialidad profesional, por lo
que nadie se dio cuenta, en esta mañana en particular, de que el director del
hospital se sentía insólitamente preocupado.
Nadie,
excepto su ayudante.
Mientras
le acompañaba a hacer las visitas para ordenar que se cambiaran vendajes,
redactar órdenes para las enfermeras, prescribir medicamentos y dar de alta a
los pacientes que se encontraran bien, Maria Duszynska fue muy consciente del
estado de ánimo incómodo en que se sentía su superior.
Por
ello no constituyó ninguna sorpresa que le pidiera a Maria que le acompañara a
su despacho, una vez terminara las visitas.
Jan
cerró la puerta con llave para que nadie les molestara y, como primera medida,
le dirigió una advertencia; utilizó palabras con las que resaltaba la necesidad
del más absoluto secreto.
—Nadie
debe saber lo que me dispongo a decirle, Maria. Absolutamente nadie, ni los
otros médicos, ni las enfermeras, ni siquiera su amigo Max.
Ella
le miró, sorprendida ante la gravedad de su tono de voz, y se tomó las cosas
con cierto escepticismo, hasta que oyó toda la historia de Hans Kepler y el
problema de encontrar una justificación médica falsa. Sólo entonces comprendió
por completo la extremidad de las preocupaciones de Szukalski.
Había
permanecido escuchándole durante casi una hora; su rostro, que mostraba
diversos matices grisáceos, estaba ahora profundamente pálido.
Tras
un momento de silencio, Szukalski se inclinó sobre la mesa de despacho y la
miró con intensidad.
—Si
no encuentro una justificación médica plausible para Kepler, no lo intentaré.
Pero le ruego que piense en ello, Maria. Confío en usted y necesito de toda su
ayuda.
Ella
le miró fija y pensativamente, con su hermoso rostro tenso.
—Hay
muchas enfermedades capaces de enfermar a cualquiera lo suficiente como para
eximirlo de sus deberes militares, pero todas en las que se me ocurre pensar
pueden verificarse mediante una sencilla prueba de laboratorio. Siempre podemos
fingir una enfermedad, pero no hay forma de falsificar las pruebas de
laboratorio.
—Es
lo mismo que yo pienso.
Al
levantarse, Maria se dio cuenta de hasta qué punto se sentía afectada por
aquella extraña historia, pues sintió las piernas débiles y tuvo que apoyarse
sobre la mesa para sostenerse. Al estudiar el rostro impasible de Szukalski, se
dio cuenta de que, incluso después de un año de trabajar con él, seguía siendo
un misterio para ella.
—Desde
luego, intentaré ayudar —dijo.
Y,
sin embargo, le resultaba difícil concentrarse. Era la última noche que podía
pasar con Maximilian, que se marchaba en el tren del día siguiente, de modo que
cuando terminaron de cenar en el Aguila Blanca, el dilema de Hans Kepler había
desaparecido por completo de su mente.
Y,
como sucede siempre que uno trata de obtener lo mejor posible del tiempo y
hacer que dure eternamente, la noche pasó volando, con mucha mayor rapidez que
cualquier otro tiempo que hubiera conocido, mientras se daban un último y
desesperado abrazo bajo el edredón de la cama de Maria.
Esta
noche se renovaron las viejas promesas, se hicieron nuevas, pero la
incertidumbre de los tiempos y de la guerra, que ya habían echado a perder sus
esperanzas, hicieron que Maria yaciera inquieta en los brazos de Max, incapaz
de compartir su tranquilo sueño. Mientras permanecía allí, contemplando el
oscuro techo de la habitación, reviviendo brevemente los días que habían pasado
juntos en la universidad de Varsovia, recordando con desamparo las dulces
palabras que Max le había dicho esta noche, Maria sintió que el acuciante
problema de Hans Kepler se introducía sigilosamente en su mente.
Parecía
girar en su cerebro como una niebla. La escalofriante historia del campo de
concentración, la tragedia de la desilusión de aquel joven, la vergüenza que
sentía de sí mismo, su promesa de suicidarse antes que afrontar de nuevo
aquella pesadilla..., y su propia responsabilidad para tratar de ayudarle. No
obstante, parecía una tarea imposible. ¿Cómo podrían engañar a los laboratorios
controlados por los alemanes? ¿Cómo fingir una enfermedad grave y salir
adelante con ello? ¿Qué posible curso de acción podrían...?
Y,
de pronto, se le ocurrió.
—Tifus
—dijo en voz alta, y al oír su propia voz que llenaba el silencio de la noche
se llevó una mano a la boca para cubrir un sonido que ya se le había escapado.
—¿Qué?
—murmuró Max medio dormido—. ¿Qué has dicho?
—Oh,
yo... —Sus ojos recorrieron atolondradamente la oscuridad—. He dicho tifus.
Seguramente estaba soñando con un caso que he visto hoy. Empezaba a quedarme
dormida... Lo siento, ¿te he despertado?
Max
abrió un ojo y, a pesar de la oscuridad, ella pudo ver su sonrisa juguetona.
—¿Esperabas
realmente que me durmiera estando así a tu lado?
Extendió
un brazo hacia ella y la atrajo contra su cuerpo, luego se apoderó de su boca
con un profundo beso. Por debajo de su mano, que ahora exploraba con suavidad
el contorno de uno de sus pechos, sintió el rápido palpitar de su corazón,
convencido de ser la causa de ello. Pero sólo tenía razón a medias.
Edmund
Dolata era un hombre pequeño y delgado, calvo y con hombros redondos. En otros
tiempos había sido el hombre más poderoso e influyente de Sofia, cuando ocupaba
el cargo de alcalde. Pero ahora, Edmund Dolata era un ciudadano ordinario.
Apenas
reconoció su antiguo despacho mientras esperaba con nerviosismo, ante la mesa
tan familiar, la llegada del comandante. Esta habitación había sido en otros
tiempos su despacho privado en el ayuntamiento, pero ahora se había convertido
en el despacho de Dieter Schmidt.
Todos
los muebles habían desaparecido, a excepción de la mesa y la silla. No había
ninguna otra silla para los visitantes. Habían quitado las fotografías y
cuadros de Dolata y las habían sustituido por una sola fotografía gigantesca de
Adolf Hitler, que colgaba tras la mesa, flanqueada por dos grandes banderas
rojas nazis.
Dolata
se sacó un pañuelo del bolsillo y se limpió el sudor de la cabeza. Tenía una
cierta idea de por qué le había mandado llamar Schmidt. Al igual que otros
muchos habitantes de la ciudad, Dolata se había despertado antes del amanecer,
sobresaltado por el apagado sonido de una explosión distante.
El
antiguo alcalde dio un salto y dejó caer el pañuelo cuando Schmidt entró
repentinamente en el despacho; se golpeaba un muslo con la sempiterna vara.
—Dolata,
ya se lo había advertido antes —dijo el comandante sin preámbulo alguno—. Le
dije en cuanto llegué a esta miserable ciudad que no toleraría resistencia
alguna por parte de la población. Cooperación, eso es lo único que pido. ¿Y qué
obtengo? —Dolata abrió mucho los ojos—. ¡Minas! —ladró Schmidt—. Los campos han
sido minados, fuera de la ciudad.
—No
compr... —empezó a decir Dolata con la boca abierta.
—Dos
de mis hombres han resultado muertos esta mañana por una mina que ha hecho
explosión.
—Oh,
Dios m...
—¿Quién
cree que las ha puesto, Dolata?
—Oh,
Herr Hauptsturmführer, no pensará que pueda haberlas colocado alguien de Sofia.
¿De dónde podrían sacarse esas minas? Y aunque pudieran, nadie querría hacer
una cosa así, se lo aseguro.
—
¡Embustero! Su pueblo va a tener que pagar por esto, Dolata.
—Oh,
por favor, Herr...
—¿Qué
me sugiere usted que haga? —preguntó Schmidt, con el rostro contorsionado en
una mueca.
Edmund
Dolata trató de pensar con rapidez. Si Dieter Schmidt decía la verdad, la mina
sólo podía haber sido colocada por alguien inclinado a luchar contra los nazis
a cualquier precio. Y el antiguo alcalde tenía una cierta idea de quién podría
ser ese alguien.
—Sólo
hay una forma de corregir esta subversión, Dolata. Su pueblo va a tener que
sentir lo que significa pisar una mina.
—Espere,
por favor... —El asustado y pequeño hombre no dejaba de pensar en la gente que
se ocultaba en la cueva. Y por un instante sopesó el valor de sus veintiséis
vidas en comparación con los miles de personas que vivían en Sofia. Luego,
consideró lo que le haría Schmidt si revelaba ahora que conocía su existencia
desde hacía algún tiempo, y rechazó con rapidez la idea de mencionar la cueva—.
¿Qué va a hacer, Herr Hauptsturmführer?
—Quiero
que usted y su consejo reúnan a la gente de la ciudad en el campo situado en el
límite nororiental de la ciudad. Que esté presente todo el mundo, Dolata,
incluidos los niños. Voy a hacerles cruzar a todos ese campo.
—Pero
¿por qué?
Schmidt
le dirigió una sonrisa aceitosa.
—¿Se
le ocurre alguna manera mejor de descubrir si hay ocultas más minas? ¡Escuche!
Quiero que la gente del pueblo camine sobre cada centímetro de ese campo, ¿me
ha oído bien? Si hay más minas enterradas allí, las hará explotar la misma
gente que las ha colocado.
—Pero
Herr Hauptsturmführer...
—Al
mediodía, Dolata. Que todo hombre, mujer y niño de esta ciudad se encuentre al
mediodía en ese campo. Y usted mismo, Herr Burgermeister será el encargado de
conducirles.
Maria
y Max se despidieron a primeras horas de la mañana, en la estación de
ferrocarril. Tras prometer que regresaría al cabo de pocos meses y que le
escribiría mientras tanto, Maximilian subió con expresión triste al tren de
enlace con Lublín y se quedó mirando a Maria, que le despedía desde el andén.
Ella permaneció durante un rato contemplando las vías, ya vacías, hasta que se
desvanecieron los últimos vestigios del humo de la locomotora. Luego, echó a
caminar con paso resuelto sobre la nieve.
A
medida que sus pasos la acercaban al hospital, recordó la revelación que había
acudido a su mente durante la noche anterior, y Maria Duszynska sintió que los
latidos de su corazón se le aceleraban una vez más.
Tifus.
Aceleró
el paso y cobró poco a poco más velocidad, hasta que apenas pudo impedir echar
a correr. Tenía que ver a Szukalski. Antes que ninguna otra cosa, tenía que ver
a Szukalski.
Se
trataba de algo inverosímil, y los riesgos eran inconmensurables, pero podía
funcionar. Simplemente, podía funcionar...
8
Cuando
Maria llegó al hospital, Jan ya había iniciado la ronda de visitas. Se puso
rápidamente la bata blanca y se unió a él junto al tablón de gráficos del
primer piso. Sin darle apenas oportunidad de decirle buenos días, lo asombró al
cogerle por el brazo y decirle con una excitación controlada:
—Tengo
algo que decirte. ¿Puedo hablar contigo en tu despacho ahora mismo?
Jan
todavía se sorprendió más cuando, tras entrar en el despacho, ella cerró la
puerta y volviéndose a mirarle dijo escuetamente:
—¡Tifus!
—¿Qué
quieres decir? ¿Que un paciente ha...?
—No,
no, Jan. Tu joven soldado. Puede tener tifus. Ésa será la excusa para no tener
que regresar al campo. ¡Tifus, Jan!
Reflexionó
con incertidumbre durante un momento.
—Bueno
—dijo al fin, hablando despacio—, no cabe la menor duda que no querrán que
vuelva al servicio si tuviera algo tan contagioso y mortal como el tifus. Pero
el diagnóstico de tifus puede verificarse con la prueba de WeilFelix. Sería
imposible inventar la enfermedad allí donde no existe.
Maria
le sonrió misteriosamente.
—Permíteme
preguntarte algo, Jan. ¿No me dijiste que hace dos años llevaste a cabo unos
experimentos con una vacuna del tifus que habías extraído de unas bacterias
Proteus?
—Sí,
así lo hice —asintió.
—¿Cuáles
fueron los resultados de esa investigación? —No funcionó en absoluto para
proteger contra el tifus. —Pero ¿qué otra cosa hizo, Jan?
—¿Qué
otra cosa? —preguntó Szukalski frunciendo el ceño—. Bueno, confundió la prueba
de WeilFelix al... —Su voz se apagó y una expresión de asombro apareció en su
rostro—. Maria —dijo a continuación con la voz exaltada—, ¡mi vacuna
experimental confundió la prueba de WeilFelix y dio un resultado positivo
falso!
—¿Informaste
a alguien de los resultados de tu investigación?
—No,
nunca informé a nadie —se apresuró a contestar Szukalski—. En aquellos momentos
no me pareció importante informar de que había descubierto accidentalmente algo
que daba un resultado positivo falso sobre una grave enfermedad, con una vacuna
que no funcionaba. —Esbozó una seca sonrisa y añadió—: Además, los alemanes nos
invadieron casi al mismo tiempo. Mi investigación se detuvo de forma muy
brusca. ¡Eso es increíble, Maria!
—Una
cosa más, Jan —siguió diciendo ella apresuradamente—. Dime si tengo razón. En
el caso de que produjéramos una vacuna utilizando bacterias Proteus y se la
administráramos a alguien, al cabo de aproximadamente una semana su sangre
demostraría que tiene el tifus, cuando en realidad no lo tiene. ¿Estoy en lo
cierto?
—Psiakrew!
—murmuró Jan mientras se daba la vuelta y se pasaba una mano por el cabello—.
¡Sí, tienes razón!
—¿Y
nadie más sabe que eso puede hacerse?
Szukalski
se dejó caer pesadamente sobre la silla y extendió las manos abiertas sobre la
mesa.
—No,
nadie más sabe que eso puede hacerse. A menos que haya sido descubierto
accidentalmente en alguna otra parte, cosa que dudo. Pero olvidas una cosa.
Maria,
que se había sentado frente a él, se retorcía ahora las manos.
—¿Qué?
—Que
eso nunca se ha intentado en un ser humano. Todos mis resultados se basan en
estudios hechos con animales de laboratorio.
—¿Hay
algo que te haga pensar que los resultados no serían los mismos en los seres
humanos?
—No.
Estoy casi seguro de que la respuesta antígenoanticuerpo sería la misma. No me
preocupé de comprobarlo en los seres humanos, una vez que los resultados con
animales me indicaron que no había descubierto la vacuna que andaba buscando.
—Pues
entonces creo que deberías intentarlo, Jan. Se pasó las manos por la cara.
—
¡Dios mío, es una buena idea, Maria! ¡Y me siento tentado de aplicarla!
—Entonces,
hazlo. Es nuestra única esperanza, siempre y cuando la vacuna del Proteus dé el
resultado positivo falso que aseguras que da.
—Oh,
sí, eso es lo que hace. De hecho —añadió con una sonrisa torcida—, recuerdo que
en aquellos momentos me sentí muy molesto por los resultados positivos falsos
que estaba obteniendo.
—¿Cuándo
volverá ese soldado?
—Mañana
por la mañana.
Maria
asintió y pareció relajarse bastante. Ahora, había otras cosas que considerar.
—Jan,
¿puedes confiar en ese soldado? ¿Cómo sabes que no es un espía enviado aquí
para ver si puede agitarnos un poco, de modo que Dieter Schmidt encuentre una
excusa para liquidarnos a todos?
—¿Sabes?
Eso mismo fue lo que le dije al padre Wajda cuando me habló del muchacho. Pero
si lo hubieras visto, Maria, y le hubieras oído contar su historia... —Jan se
levantó de la silla, se acercó a la chimenea y se apoyó sobre la repisa—. De
todos modos, creo que vale la pena intentarlo. Indudablemente, hay muchas
razones para que funcione. Sólo que...
—¿Qué?
—Es
posible que tenga problemas para conseguir aislar la misma bacteria. Perdí
todos mis especímenes cuando los nazis saquearon el hospital, hace dos años.
Rompieron todos los tubos de ensayo donde los conservaba, para impedir que
envenenara los depósitos de agua, según me dijeron.
—¿De
qué clase de cepa de Proteus se trataba? —preguntó Marla.
—De
una X19.
—¿Cómo
la aislarías?
—De
la misma forma que lo hice antes: la cultivaría a partir de la orina de alguien
que tuviera tifus. El Proteus, por razones que en realidad no se entienden, se
encuentra en la orina de los que padecen tifus, pero no lo causa. Así que
nuestro plan consistiría en conseguir una vacuna hecha de Proteus e
inyectársela a Kepler sin necesidad de inocularle la enfermedad.
—No
lejos de aquí tenemos un caso de tifus en una granja lechera.
—Sí,
lo sé. Enviaremos a alguien hoy mismo para que nos traiga una muestra de la
orina de ese hombre. Si tenemos suerte, contendrá el Proteus.
—Puedes
enviar a Lehman Bruckner; hoy no tiene mucho trabajo en el laboratorio, y no le
parecerá nada extraño. Podemos fingir que se trata de un análisis de orina
rutinario.
—Ocúpate
de ello —dijo Szukalski asintiendo—, y pídele que traiga también una muestra de
sangre. Será mejor asegurarnos de que ese anciano tiene realmente el tifus.
Mientras tanto, empezaré a preparar el caldo de cultivo y algo de agar para
iniciar los cultivos.
Ella
se levantó y avanzó unos pasos hacia la puerta, pero antes de llegar se detuvo
y se volvió.
—Jan,
dime una cosa.
—¿Qué?
—Digamos
que seguimos adelante con esto. Digamos que recuerdas cómo hiciste la vacuna,
la obtienes y se la inyectamos a Kepler.
—¿Sí?
—¿Qué
pasará si no funciona?
Lehman
Bruckner regresó a primeras horas de la tarde con las muestras de sangre y
orina del anciano ganadero e informó que el hombre se encontraba gravemente
enfermo.
—En
ese caso, pasaré a verle esta misma noche —dijo Szukalski mientras preparaba
las muestras para un análisis de rutina—. Sin embargo, no creo que tenga muchas
posibilidades de salir de ésta. El tifus casi siempre es fatal en cualquiera
que tenga más de sesenta años. Asegúrese de cambiarse de ropa y de entregar las
que lleva puestas para que las limpien bien. Cualquier parásito que haya podido
recoger del hombre o de su casa podría contagiarle la enfermedad.
—Tendré
cuidado, doctor —dijo Bruckner.
Bruckner
era un joven delgado, con un rostro enjuto y unos ojos astutos, y desdeñaba
tener que dedicarse a la tarea de recoger muestras de orina y de sangre del
campesino polaco. Aunque nacido en Polonia, era hijo de alemanes puros y se
consideraba a sí mismo como parte de la «mejor» clase imperante de Sofia.
—Ah,
Lehman, yo mismo me ocuparé del análisis de orina, pero quiero que envíe la
muestra de sangre al centro de enfermedades contagiosas de Varsovia y pida que
la sometan a una prueba de WeilFelix.
—Sí,
doctor.
El
joven ayudante de laboratorio giró rígidamente sobre sus talones y salió.
Szukalski se sentía contento de que le hubieran asignado un ayudante de
laboratorio tan eficiente, aunque ocasionalmente le parecía extraño que
Bruckner no hubiera sido llamado a filas.
Poco
rato más tarde, una vez cerrado el laboratorio y seguro de que Bruckner no
regresaría, Szukalski llamó a Maria, que permaneció a su lado mientras él
inoculaba la muestra de orina en el medio de cultivo que había preparado, y
luego en la placa de agar. Después, colocó los dos cultivos en la incubadora.
—La
pondremos a treinta y siete grados. Mañana por la noche dispondremos ya de
bacterias suficientes para determinar si entre ellas hay alguna de Proteus.
Después
de cenar, Jan Szukalski subió a su Chevrolet de 1929 y se dirigió a casa de
Piotr Wajda. Se trataba de una pequeña casita aislada situada no lejos de la
tapia del cementerio de la iglesia, y aunque habitualmente era el ama de llaves
la que solía contestar a la puerta, en esta ocasión fue el propio sacerdote
quien la abrió.
—Jan
—dijo en voz baja.
—Voy
a salir para ir a la granja de Wilk, Piotr. El anciano se está muriendo.
¿Quieres venir conmigo? Necesito hablar contigo sobre... ese problema.
—Sí,
sí, claro, los Wilk. De todos modos tenía intención de ir a visitarle para
administrarle los santos sacramentos. Tifus, creo que me dijiste el otro día.
Espera un momento a que prepare las cosas.
Szukalski
esperó junto a la puerta, mientras el padre Wajda reunía los objetos necesarios
para administrar la extremaunción.
Unos
minutos más tarde, los dos se encontraban en el coche. —Me alegro de que hayas
venido ahora, Jan —dijo el sacerdote cuando el coche se puso en marcha con un
estertor y avanzó calle abajo—. Hoy ha sido un mal día.
—Ya
me he enterado de lo que ha ocurrido en el campo. —Tú y Maria tuvisteis suerte
al haberos permitido continuar con vuestro trabajo en el hospital, en lugar de
veros obligados a participar en eso. Al menos, Schmidt no está lo bastante loco
como para arriesgarse a matar a los dos únicos médicos de la ciudad.
—Los
nazis también se ponen enfermos.
—Tuve
que caminar con Dolata, al frente de la multitud, anduve penosamente sobre la
nieve mientras pensaba que cada paso podía ser el último que diera. Creo que
debí rezar por lo menos cien avemarías mientras cruzaba ese campo.
—Y
no había minas —asintió Szukalski con expresión ceñuda.
—Ninguna.
El que hiciera saltar por los aires a esos dos soldados no dejó la menor huella
de cómo lo hizo.
—Luchadores
de la Resistencia —dijo Jan—. Cada día que pasa se muestran más audaces.
—
¿Quiénes son, Jan? ¿Dónde se ocultan?
Szukalski
sacudió la cabeza y apretó con fuerza el volante hasta que los nudillos se le
pusieron blancos.
—No
lo sé, Piotr. Desearía saberlo para decirles que están siguiendo el camino
equivocado. No pueden ganar de ese modo; con eso no conseguirán otra cosa que
encolerizar más a los nazis.
Los
dos hombres permanecieron en silencio, pensativos, durante el trayecto. A esa
hora de la noche, el paisaje era frío y misterioso, como si perteneciera a un
planeta extraño, con sus árboles esqueléticos, las ondulantes colinas cubiertas
de nieve, y las sombras que pasaban junto al coche. Cuando el doctor Szukalski
detuvo el coche ante la granja de los Wilk, ninguno de los dos hombres había
pronunciado una sola palabra.
El
hogar de los Wilk, con su alto techo de paja y barro, se encontraba al lado de
una larga y estrecha extensión de tierra agrícola, y era una de las granjas
típicas de esta región de Polonia. En el interior de la modesta casa, llena con
el aroma de la alcaravea, donde los suelos de tierra se hallaban salpicados de
una fina arena blanca, vivían siete personas bajo un mismo techo.
Al
llamar a la pesada puerta, Szukalski recordó una época en que los Wilk habían
sido campesinos respetables, saludables y robustos, que vivían de los productos
de la tierra y de la venta de lo sobrante para disfrutar de unos pocos lujos en
la vida. Pero entonces llegó la guerra y, en septiembre de 1939, los nazis
tomaron posesión de todas las propiedades y dejaron reducidos a los Wilk, así
como a todos los demás, a la condición de siervos, sobre una tierra de la que
habían sido propietarios durante generaciones. Ahora, los nazis decomisaban una
cuota específica de cada cosecha, y se llevaban todo lo que producían; los Wilk
subsistían casi en la más abyecta pobreza.
El
sacerdote y el médico fueron conducidos hacia el fondo de la atestada estancia.
Un altar artesanal se levantaba sobre la repisa de piedra de la chimenea, donde
ardían muchas velas ante una estatua de la Virgen, hecha de escayola azul y
dorada. En el oscuro rincón, tumbado y separado sólo por una manta de la
suciedad del suelo, yacía el anciano Wilk.
El
doctor Szukalski se arrodilló ante él, mientras el resto de la familia, el hijo
Wadek y su esposa y los cuatro niños, le miraban con la boca abierta. Jan se
levantó inmediatamente y retrocedió.
—Mis
conocimientos ya no se necesitan aquí, padre. Ahora te toca el turno a ti.
Piotr
asintió y le pidió a la familia que esperara en el pajar, situado en la parte
de arriba. Después, administró los últimos sacramentos. Aplicó el santo óleo
sobre los párpados, la nariz, la boca, las manos y los pies del anciano,
mientras murmuraba: «Sigue adelante, alma cristiana», y hacía la señal de la
cruz.
Al
incorporarse, y como obedeciendo a una señal, Wadek Wilk descendió del pajar.
De entre las camas de heno que había arriba llegó hasta ellos el sonido de un
llanto. Al ver lágrimas en los ojos del hombre corpulento, Jan Szukalski tuvo
que endurecerse para lo que se disponía a decir.
Le
explicó al campesino, con la mayor sencillez que pudo, que la enfermedad que se
había cobrado la vida de su padre también podía afectar a su familia. Que era
causada por un germen transmitido por los piojos. Debían tratar inmediatamente
la cama y las ropas del fallecido, así como todas las demás ropas y camas que
hubiera en la casa.
—Tome
un barril, Panie Wilk, y haga varios agujeros en el fondo. Coloque dentro todas
las ropas de la casa y póngale la tapa. Luego, ponga el barril encima de un
tanque de agua hirviendo, y déjelo hervir todo durante una hora. ¿Lo ha
entendido?
El
campesino asintió, aturdido; las lágrimas rodaban por su curtido rostro. Jan
echó un vistazo por la estancia. Naturalmente, no había relojes. ¿Para qué
necesitaba un campesino ningún instrumento para medir el tiempo si ya contaba
con la salida y la puesta del sol?
—Hiérvalo
todo durante largo rato, Panie Wilk. Tiene que matar todos los piojos. Revise
su propio pelo y el de sus hijos. Si quieren evitar la enfermedad que se ha
cobrado la vida de su padre tienen que permanecer limpios. ¿Comprende?
El
hombre asintió de nuevo.
Jan
le expresó su condolencia y le aseguró que acudiría inmediatamente si algún
otro familiar caía enfermo.
Una
vez cumplidos sus deberes, el sacerdote y el doctor caminaron sobre la
crujiente nieve hacia el viejo Chevrolet, y subieron al coche.
—¿Existe
algún riesgo de que se produzca una epidemia? —preguntó el padre Wajda.
—No.
Están aislados. Durante el invierno, nadie entrará o saldrá de la granja, por
lo que la enfermedad no se extenderá a partir de aquí. Sólo tienes que tomar la
precaución de hervir esa sotana que llevas, y limpiar a fondo el contenido de
tu bolsa.
—¿Qué
ocurrirá con el resto de la familia?
Jan
pensó en los delgados niños, con sus ojos hundidos, en sus miradas fijas e
inexpresivas.
—Probablemente
la contraerán. Sí tienen suerte, morirán.
—¡Jan!
Szukalski
dirigió una última mirada a la pequeña casa, que se elevaba pacíficamente a la
fantasmagórica luz de la luna. Estaba pensando en Auschwitz.
Durante
el camino de regreso le explicó a su amigo el plan que él y Maria habían urdido
para Kepler. El sacerdote se sintió muy animado ante la perspectiva, pero Jan
le advirtió:
—Hice
esos experimentos hace dos años y sólo obtuve un resultado positivo falso por
casualidad. No estoy seguro de poder reconstruir el experimento. Tampoco lo he
probado nunca en seres humanos. No tengo ni la menor idea de cuáles pueden ser
los resultados, sólo es una hipótesis.
—Pero...
si tienes éxito, esa falsa vacuna hará que la sangre de Kepler parezca de algún
modo como si tuviera tifus cuando en realidad no lo tiene, ¿verdad?
—Espero
que una inyección del inofensivo Proteus producirá en Kepler, al cabo de una
semana, una reacción que dará un resultado positivo de tifus cuando se le haga
una prueba de WeilFelix en el laboratorio controlado por los alemanes. De ese
modo, Piotr, serán los propios alemanes los que den oficialmente de baja a
Kepler de todos sus deberes militares.
—Pero
eso es...
—En
estos momentos ni siquiera estoy seguro de que pueda disponer de bacterias
Proteus para empezar. Todo depende de lo que podamos cultivar a partir de la
orina de este anciano.
Szukalski
dejó al sacerdote en su casa y regresó luego al hospital. Entró por la puerta
de atrás y se dirigió directamente a su despacho. Se cambió rápidamente de
ropas y depositó las que había llevado en la granja de los Wilk en una bolsa de
lavandería, que cerró herméticamente y entregó a continuación a un ordenanza,
al que dio instrucciones de que las esterilizaran a conciencia, aparte de la
otra ropa.
Después,
Jan Szukalski volvió a salir a la noche invernal. A mitad de camino de regreso
a casa se detuvo de pronto y miró por la calle, débilmente iluminada.
Acercándose hacia él, con un rifle que le colgaba del hombro y soplándose las
manos heladas, venía un soldado alemán. En sus idas y venidas a horas extrañas
de la noche, debido a su profesión, Szukalski estaba acostumbrado a encontrarse
con estos soldados, de los que ya no hacía mucho caso después de dos años. Lo
que ahora hizo que se detuviera fue algo que le había dicho el sacerdote, algo
que era incapaz de recordar pero que, por alguna razón, seguía incordiando su
mente, como un zumbido molesto. No lograba atraparlo, saber qué era. Y, sin
embargo, a pesar de no saberlo, Jan tenía la fuerte convicción de que se
trataba de algo importante.
El
soldado nazi reconoció al director del hospital de Sofia y le dirigió un amable
saludo con la cabeza. Szukalski, casi sin hacerle caso, se giró lentamente y
volvió sobre sus pasos. Todavía no deseaba regresar a casa.
Estuvo
caminando durante media hora y seguía sin recordar qué era. Se encontró
entonces delante de uno de los dos cines de la ciudad. Como todavía no había
llegado la hora del toque de queda, el cine, que se hallaba brillantemente
iluminado, anunciaba la película de aquel día.
Jan
contempló la cartelera, llena de colorido. Ríala Sniegowica i Sielem Karzelków.
Sonrió. No era una película nueva. El mismo la había visto por primera vez
hacía tres años, en Cracovia, cuando había tenido que esperar durante dos horas
bajo la lluvia para entrar. El cine se había puesto en marcha durante esta
semana, con motivo de las fiestas de Navidad, como un trato especial para las
familias. Jan Szukalski sacó un zloty del bolsillo y compró una entrada.
Sorprendentemente,
en el interior quedaban pocos asientos libres. La gente de Sofia buscaba una o
dos horas de distracción y placer en este cine caliente y a oscuras, mientras
escuchaban un idioma que no entendían.
Tomó
asiento en una dura butaca de madera situada junto al pasillo y miró la
pantalla. Ya se había proyectado la mitad de la película, pero eso no
importaba. Había entrado aquí para pensar, para intentar engañar a su recelosa
memoria para que le revelara aquella idea acuciarte que parecía escapársele.
Observó los brillantes colores carmesí, magenta, amarillo limón y azul marino,
y se maravilló de nuevo, como le había sucedido tres años antes, ante el genio,
la capacidad artística v la magia de un estadounidense llamado Walt Disnev.
Al
cabo de unos minutos, cuando los siete enanitos marchaban en fila, de regreso a
su casa en el bosque, cantando, las palabras que el padre Wajda había
pronunciado hacía poco volvieron a surgir en su mente. «<Existe algún riesgo
de que se produzca una epidemia?»
Jan
Szukalski abrió mucho los ojos.
¿Existe
algún riesgo de que se produzca una epidemia? Una epidemia de tifus.
Mantuvo
la mirada fija en la pantalla, pero sin ver los subtítulos en polaco escritos
en la parte inferior, ni los brillantes colores de la película, ni escuchar la
pegadiza música. En lugar de eso, vio ante él la granja de los Wilk, que se
veía afortunadamente protegida de los nazis debido a su enfermedad. Había dicho
que tenían suerte. Mejor tener tifus que convertirse en esclavos del Reich. Y
vio a Hans Kepler, que conseguía que fueran los propios laboratorios alemanes
los que le dieran un permiso médico.
Y,
de repente, Jan Szukalski se puso a temblar incontrolablemente.
—Este
es el puente que deberíamos hacer volar —dijo Brunek Matuszek mientras señalaba
con un palo el mapa tosco que había dibujado sobre la tierra.
Cuatro
rostros se agacharon para mirarlo: Moisze Bromberg, Antek Wozniak, David Ryz y
Leokadja Ciechowska.
—El
puente que cruza el Vístula se encuentra en la línea principal de Cracovia a
Lublin. Si logramos detectar un tren de municiones que proceda de Cracovia y
que no descargue en el depósito de suministros de Sofia, o un tren que cargue
en el depósito y se dirija hacia el norte, sabremos que tiene que dirigirse
hacia Lublin. Y entonces cruzará el río por este punto.
David
Rvz observó intensamente el mapa, trataba de imaginar el terreno de esa zona.
Lo conocía bien. Gracias a su caballo, David había sido el principal explorador
del grupo durante todo el año anterior. También conocía los trenes y sabía
distinguirlos.
—Necesitaremos
a alguien para vigilar el depósito de municiones de Sofia y detectar nuestro
objetivo. ¿David?
—¿Me
lo estás ordenando, capitán? —pregunto el joven mirándole.
—Yo
no doy órdenes a nadie —contestó Brunek al tiempo que sacudía la cabeza con
expresión paciente—. No asumo el mando sobre vosotros ni sobre nadie. Este es
un proyecto en el que debemos cooperar todos. Si no lo hacemos así, no
funcionará.
—Vigilaré
el depósito —dijo David.
Volvió
a mirar el mapa; deseaba animar al robusto polaco. La lealtad a su causa
sionista le impedía a David considerar en su corazón al gol; capitán como a un
amigo; pero no tenía más remedio que admitir que Brunek había convencido al
grupo para emprender la acción, que era mucho más de lo que él había
conseguido. David sentía verdadero anhelo por entrar en acción. Deseaba
alcanzar victorias inmediatas, ver cómo la Resistencia obtenía un éxito
instantáneo, y tenía poca paciencia para los planes a largo plazo.
—Si
logramos nuestro propósito —siguió diciendo Brunek—, dispondremos de armas y
municiones para mil combatientes.
—Y
nadie para manejar esas armas —dijo David con gesto hosco.
—Lo
primero es lo primero, David —intervino Moisze—. Primero conseguimos las armas
y luego formamos un ejército.
David
se frotó las manos con impaciencia. Deseaba ese ejército, y lo quería ahora. Y
sabía dónde conseguirlo.
—Desgraciadamente
—oyó seguir diciendo a Brunek, no habrá ninguna posibilidad de ensayar.
Tendremos que aprovechar esta única oportunidad, pues dudo mucho que
dispongamos de otra. Y ahora, si miramos el puente que está justo aquí —dijo,
señalando con el palo—, justo por debajo de Sandomierz, el tren se detiene en
este punto, mientras los soldados cruzan el puente y lo inspeccionan para
buscar explosivos o cualquier posible sabotaje. En lo alto del tren también hay
hombres armados, así como en la locomotora y en el furgón de cola, por lo que
todos los caminos de acceso al tren detenido se hallan estrechamente vigilados.
Excepto uno. —Las cuatro caras se levantaron para mirarle. Brunek sonrió—. Os
dije que tenía un plan para hacerme invisible. Tengo la intención de acercarme
al tren desde una dirección que los alemanes no estarán vigilando. Lo haré
desde debajo del tren.
El
doctor Jan Szukalski llegó al hospital a las seis de la mañana y se dirigió
directamente a su despacho, Sólo tardó un momento en decidirse a dejar su
trabajo y bajar al laboratorio para comprobar sus especímenes en la incubadora.
En
el laboratorio, Jan encendió las luces fluorescentes, que parpadearon
momentáneamente antes de producir un resplandor constante. Szukalski giró a la
derecha, hacia la incubadora, abrió la puerta y extrajo el tubo de ensayo que
contenía el inoculado en el líquido de cultivo. Lo sostuvo bajo la brillante
luz. Estaba bastante turbio.
Bien,
pensó con satisfacción. Al menos se había producido un cierto crecimiento
bacteriano. Ahora, sólo cabía esperar que el anciano no hubiera padecido
simplemente una prostatitis crónica.
Sacó
cuidadosamente el tapón de cierre y olió el contenido del tubo. `Iras hacerlo
el doctor Szukalski sonrió débilmente al percibir los restos de amoniaco, un
producto de la descomposición del metabolismo del Proteus.
Volvió
a colocar el tubo en la incubadora y extrajo la cápsula de Petri que contenía
el medio nutriente de altar. Levantó la tapa y estudió la superficie del medio
suave, con aspecto de gelatina. En el lugar donde el día interior había
introducido la inoculación se veían varias colonias pequeñas de bacterias en
crecimiento. Las colonias ofrecían el aspecto de pequeñas cuentas blancas,
medio enterradas en la superficie brillante, del color del caramelo, del lagar.
Al principio, frunció el ceño cuando por su mente cruzó la idea de que todas
las colonias se parecían o bien a bacterias coliformes o bien a estafilococos,
Sostuvo la placa en alto, hacia la luz, y la movió despacio de un lado a otro,
tratando de estudiar el reflejo de la luz sobre la superficie de la placa.
Todas
las colonias parecían iguales, con muy pocas excepciones. Podía ser que casi
todo el cultivo fuera de Proteus. No se había formado ninguna película, por lo
que si se trataba de Proteus debía de ser una cepa sin motilidad. Y el X19 era
precisamente una cepa sin motilidad. Volvió a dejar la cápsula en la
incubadora.
Cinco
minutos más tarde, al regresar a su despacho, encontró a Hans Kepler, que le
estaba esperando.
—Buenos
días —dijo Szukalski.
Pasó
una mano sobre el radiador y se dio cuenta de que empezaba a estar caliente.
Kepler estaba de pie ante la ventana, vestido con un suéter de pescador, una
pesada chaqueta de lana y unos pantalones oscuros, retorcía entre las manos un
gorro de lana. Se volvió bruscamente hacia él y preguntó:
—¿Va
usted a ayudarme, doctor?
Szukalski
vaciló antes de sentarse. A la luz clara de la mañana y sin su uniforme, Hans
Kepler parecía muy vulnerable.
—Siéntese,
por favor, Herr Rotten... —Szukalski se detuvo de pronto, sin terminar de
pronunciar la palabra, y se aclaró la garganta—, Panie Kepler. Sí, voy a
intentar ayudarle. —El joven lo miró fijamente—. Siéntese, por favor —repitió
Szukalski—. Sin embargo, debo decirle desde el principio que no hay garantías.
Y, lo que es más importante, no puedo hacer suficiente hincapié en la necesidad
de mantener el más estricto secreto. Lo que voy a intentar hacer con usted es
muy arriesgado, para los dos. Una palabra de esto...
—No
se lo diré a nadie, lo juro.
—¿Qué
familia tiene usted aquí, en Sofía?
—Me
alojo en casa de mi abuela.
—Ella
tampoco debe saberlo.
—Muy
bien.
—Y
ahora, Panie Kepler, esto es lo que me propongo hacer. Voy a enviar un informe
a las autoridades alemanas de salud pública, comunicándoles que está usted muy
enfermo y que sospecho que ha contraído el tifus.
—¡Tifus!
Pero ¿cómo puedo...?
—Voy
a ponerle una inyección de una vacuna que actuará sobre el sistema inmunológico
de su cuerpo de tal modo que siete días más tarde, cuando le extraiga una
muestra de sangre, aparecerá en ella un factor que dará un resultado positivo
falso de tifus cuando los laboratorios alemanes analicen esa muestra de sangre.
¿Comprende lo que le estoy diciendo?
—Creo
que sí, doctor. Pero ¿cómo podrá engañarles? ¿No comprobarán esa vacuna en
particular que me va a poner?
Szukalski
negó con la cabeza y se metió la mano en el bolsillo, buscaba un paquete de
cigarrillos. Le ofreció uno a Kepler y tras encender ambos, dijo:
—Tengo
razones para creer que soy el único que sabe cómo lograr ese resultado positivo
falso. La vacuna de la que le hablo es de mi propia invención.
—Comprendo...
—Ahora
bien, esa vacuna nunca se ha utilizado en seres humanos, y no estoy seguro de
saber qué sucederá cuando lo sea. La vacuna, que debo hacer yo mismo, es muy
similar a la que se utiliza para impedir las fiebres tifoideas, pero en su
fabricación se emplea una cepa diferente de bacterias. La he utilizado con
animales, pero siempre pequeños, como cobayas. Nunca la he probado con animales
de gran tamaño. La complicación menos grave sería que la vacuna no funcionara
de la forma que deseo, y la más grave sería que se produjera algún tipo de
reacción alérgica y que muriera usted a causa de la inyección.
—Comprendo...
—volvió a murmurar Kepler, con una expresión pensativa en el rostro—. Si le he
entendido bien, doctor, no tengo nada que perder. Si falla, me encontraré en el
mismo punto donde había empezado. Si muero a causa de ello, entonces... —Se
encogió de hombros antes de añadir—: me habrá ahorrado muchos problemas.
¿Cuándo podemos empezar?
—Antes
hay que preparar la vacuna. Espero haberlo conseguido dentro de seis días. ¿De
cuánto tiempo es su permiso? ¿De dos semanas? En tal caso, disponemos de
tiempo. Vuelva a verme dentro de cuatro días y le haré saber si estoy haciendo
progresos.
Kepler
se incorporó rígidamente y se colocó el gorro de lana sobre la cabeza. Extendió
una mano, estrechó la de Szukalski y le dijo con acento rígido:
—No
sabe cómo se lo agradezco, doctor.
—Déme
las gracias la semana que viene, Kepler. Buenos días.
Kepler
se sentía tan preocupado por la posibilidad de ser salvado por el médico
polaco, que apenas se dio cuenta de la joven que se cruzó con él en los helados
escalones de acceso a la entrada del hospital. Avanzó unos pasos más y de
pronto se detuvo y se giró en redondo.
—¡Hola!
—la llamó.
Anna
Krasinska se volvió a mirar, y al verle saludar con una mano, bajó los
escalones hasta llegar a su altura. Su agradable rostro de campesina mostraba
una expresión extrañada, que desapareció en cuanto lo reconoció.
—Ah,
eres tú.
Kepler
le sonrió, disfrutando con la contemplación de su agradable rostro y el suave
cabello moreno que le caía sobre los hombros. La habría reconocido en cualquier
parte, con aquellos grandes ojos marrones y las cejas levemente arqueadas. El,
que le sacaba casi una cabeza de altura, le sonrió bajando la mirada hacia
ella.
—¿No
me habías reconocido?
—No,
sin tu uniforme —contestó ella, vacilante, tratando de esbozar una sonrisa—. De
hecho, me alegro de haberte encontrado. Quería darte las gracias por el
chocolate y la salchicha que me diste en el tren. Fue un regalo estupendo para
mi familia. Me temo que la cena de Navidad habría sido bastante triste sin eso.
—Me
sentí muy complacido al dártelo —dijo Kepler sin dejar de sonreír, se sentía
más libre de lo que se había sentido en mucho tiempo—. ¿Quieres cenar conmigo
esta noche? —preguntó, dejándose llevar por un impulso—. ¿En casa de mi abuela?
—Oh...
—Ella retrocedió un paso—. No creo...
—Por
favor, olvida que soy un soldado del Reich. Sé que eso puede resultar difícil,
pero estoy de permiso y por ahora no soy más que un ciudadano más de Sofia. Al
fin y al cabo, he nacido aquí.
—Habitualmente,
ceno en el hospital durante la semana.
—Vamos.
Vendré a recogerte cuando termines tu turno de trabajo. ¿A qué hora es?
—Realmente,
no sé...
—¿A
qué hora? —preguntó con voz más suave.
—A
las ocho.
—Te
esperaré entonces en estos mismos escalones.
—Está
bien —concedió ella mientras ladeaba un poco la cabeza—. Después de todo,
supongo que somos viejos amigos.
—Por
los viejos amigos —dijo él al tiempo que se levantaba el gorro y fingía un
brindis—. Hasta la noche entonces. Adiós.
Maria
Duszynska llegó al hospital poco después y encontró a Szukalski sentado con los
codos apoyados sobre su mesa de despacho; sus dedos formaban el campanario de
una iglesia rural.
—Cuando
llegaba al hospital he visto salir al muchacho alemán —le dijo—. Supongo que ya
hablaste con él sobre la idea de aparentar que tiene tifus.
—Se
lo he explicado todo, María, así como las posibles consecuencias. Me ha
parecido que se lo ha tomado bastante bien. Teniendo en cuenta a lo que se
enfrenta, el castigo que recibiría a manos de la Gestapo en caso de ser
descubierto, creo que se lo ha tomado muy bien. Tengo la impresión de que Hans
Kepler es una persona fuerte. Tiene valor, no es un cobarde.
—Pero
no te gusta.
Szukalski
enarcó las cejas y miró a su ayudante, sorprendido de que fuera capaz de hacer
una observación tan exacta. —No, no me gusta. ¿Acaso se nota?
—Me
sorprendería que te gustara —asintió ella—. Después de saber todo en lo que
anda metido, a mí tampoco me gusta. Pero tenemos que ayudarle.
—No
te equivoques conmigo, Maria. No es a Kepler a quien me dispongo a ayudar, sino
a los polacos a los que podría seguir matando en el caso de que regresara a
Oswiccim. Vamos, hagamos las visitas de rutina.
A
las diez de la mañana, los dos médicos ya habían cumplido con sus deberes de
hospital habituales y acudieron al laboratorio, donde Lehman Bruckner se
hallaba ocupado trabajando en las muestras de laboratorio recogidas esa misma
mañana. Les dio los buenos días con su habitual actitud crispada e indiferente,
y continuó trabajando con los reactivos y los tubos de ensayo.
La
doctora Duszynska examinó la placa de agar, en la incubadora, y quedó
inmediatamente convencida de que las densas colonias hemisféricas que se
observaban en el borde de la placa eran bacilos Proteus.
Tomando
la placa de su mano, Szukalski encendió el mechero Bunsen, situado sobre el
mostrador del laboratorio. Luego, extrajo una nueva placa de agar de la nevera
y la colocó sobre el mostrador, cerca del mechero. Tomó un instrumento con la
fina punta en forma de bucle estriado, que calentó hasta que la punta adquirió
un color amarillo incandescente; luego lo dejó enfriar, sabía que cualquier
bacteria residual que pudiera haber quedado en el bucle habría sido incinerada.
Una vez hecho esto, Szukalski abrió la cápsula de Petri que contenía las
bacterias, y tocó cuidadosamente con el bucle la zona que tanto él como Maria
sospechaban estaba cubierta por bacilos Proteus. A continuación pasó el bucle
así inoculado por la nueva placa de agar. Satisfecho, cubrió la cápsula de
Petri y la dejó en la incubadora.
—Debe
de tratarse de un paciente muy importante para que ustedes dos estén aquí
haciendo su trabajo de laboratorio. Ambos se volvieron a mirar a Lehman
Bruckner.
—No
es nadie importante, Bruckner —dijo Szukalski con naturalidad; se dio cuenta de
repente de su descuido—. Sólo se trata de simple curiosidad científica. —En su
boca apareció una rápida sonrisa—. Ya sabe cómo somos los médicos.
El
rostro enjuto de Bruckner permaneció impasible y volvió a enfrascarse en su
trabajo.
De
espaldas al técnico para proteger sus acciones, la doctora Duszynska extendió
lentamente las muestras bacterianas sobre el centro de la platina de un
microscopio, y lo pasó a través de la llama del mechero Bunsen para fijarlo.
Mientras
lo hacía, Szukalski se acercó a donde Bruckner estaba trabajando, echó un
vistazo a lo que estaba haciendo el técnico y habló un momento con él sobre el
paciente al que pertenecía la muestra que analizaba Bruckner.
Maria
colocó la platina bajo el microscopio, miró a través del ocular, ajustó el
espejo de iluminación y finalmente el foco. Cuando los microbios de la platina
aparecieron nítidamente ante su vista, una expresión de exaltación cubrió su
rostro.
—Doctor
Szukalski —le llamó con un tono de voz muy controlado—. ¿Quiere mirar esto, por
favor?
—Sí,
desde luego.
Al
mirar por el microscopio y ver los organismos manchados de rojo, ligeramente
doblados, como barras, su corazón le dio un vuelco.
—Desde
luego, parecen ser lo que sospechábamos —murmuró.
Los
dos médicos pusieron en orden en un momento la pequeña zona donde habían estado
trabajando y volvieron a colocar los especímenes en la incubadora, le desearon
buenos días a Bruckner y abandonaron el laboratorio.
Llegaron
al despacho de Szukalski poco después y se mantuvieron en silencio hasta
después de haber cerrado la puerta tras ellos. Jan se aclaró la garganta antes
de hablar.
—Temo
que mi curiosidad haya podido más que mi buen juicio. A partir de ahora
tendremos que ser infinitamente más cuidadosos.
María
asintió y un silencio introspectivo se extendió por la estancia. Szukalski se
daba cuenta de que la semilla plantada en su mente por el padre Wajda había
estado germinando durante toda la noche y la mañana, hasta el punto de que
ahora ocupaba todos sus pensamientos. Y por mucho que intentara descartar la
fantástica idea, ésta no hacía sino desarrollar unas raíces cada vez más
firmes.
Una
epidemia de tifus.
—Jan
—dijo María de pronto mientras se apartaba de la ventana y le miraba con
franqueza—. He estado pensando. ¿Sí?
—Esto
puede funcionar realmente para Kepler. Es posible, es realmente posible que
logres hacerles creer a los nazis que tiene tifus. Y los alemanes, siendo como
son, no querrán tener nada que ver con él si de veras lo creen así. Así que me
estaba preguntando...
—Continúa.
—Se
me ha ocurrido esta misma mañana, mientras venía al hospital. Estaba pensando
en lo fácil que sería salvar a Kepler. Y entonces pensé: ¿no podríamos hacer lo
mismo por los demás?
Szukalski
no pudo ocultar su asombro.
—¿Los
demás?
—Sé
que puede parecer ridículo, pero si inoculáramos a otras personas en Sofia y
obtuviéramos resultados positivos confirmados de Varsovia, casi podríamos tener
una epidemia. —Maria...
—Sé
que parece una locura, Jan, y llevo toda la mañana debatiéndome entre
comentártelo o no. Pero piensa. Si la vacuna funciona para Kepler, entonces
también podría funcionar para otros.
—Por
el amor de Dios, Maria, ¡eso es lo mismo en lo que he estado pensando yo desde
que hablamos anoche!
El
alivio que experimentó Szukalski sólo podía compararse con la exaltación que
sentía. Alivio por el hecho de que Maria hubiera resuelto el dilema de si debía
comentárselo o no, y exaltación al ver que, por muy inverosímil que pudiera
parecer la idea, ahora que se había expresado en voz alta, le parecía repentina
y escalofriantemente verosímil.
—¿Y
por qué no iba a funcionar? —siguió diciendo—. Si pudiéramos disponer de
resultados positivos suficientes, de cien o de trescientos, tantos como
queramos, los propios alemanes declararían esta zona como territorio infectado.
Y entonces, Maria, ¿no les mantendría eso alejados de aquí? —La cruel imagen
que Kepler le había dibujado de Oswiccim pasó rápidamente por su mente—. Ya
sabes lo quisquillosos que son los alemanes, cómo se consideran más mimados,
más civilizados que los polacos. Como raza, no se han visto tan expuestos al
tifus como nosotros y, en consecuencia, su inmunidad natural es inferior, de
tal modo que cuando contraen la enfermedad ésta suele ser mucho más grave y
alcanza un índice de mortalidad mucho más elevado.
Mientras
hablaba, Maria no pudo dejar de observar un aspecto de la personalidad de
Szukalski que no había visto hasta entonces. El hombre que aparecía ahora en la
superficie era emocional, se le veía exaltado y ardiente con una visión.
—Tú
misma sabes que en estos momentos los alemanes que se encuentran en el frente
ruso afrontan una situación muy similar a la que tuvo que afrontar Napoleón.
Sus líneas de abastecimientos son excesivamente largas. Se encuentran
apretujados en los bunkers. Tienen las ropas sucias y puedes apostar a que los
ucranianos les están transmitiendo muchos piojos. Así que, con los piojos y la
suciedad, el único factor que falta es el microbio del tifus, y si éste
surgiera tendríamos una epidemia tan grave como la que diezmó al ejército de
Napoleón. Como consecuencia de ello, la Wehrmacht se siente mortalmente
asustada ante la amenaza del tifus. No podrían resistir algo así, Maria.
Rodeó
la mesa, hacía visibles esfuerzos por contenerse, y añadió con voz más serena:
—El
tifus es una temible enfermedad para nosotros, pero para los alemanes es un
verdadero desastre. Si una zona fuera declarada epidémica, y puesta en
cuarentena, no querrían tener nada que ver con ella.
«Lo
sé», hubiera querido decir Maria. Llegó a formar las palabras con los labios,
pero la voz no le salió.
—Los
nazis nos evitarían como si tuviéramos la peste, y lo digo literalmente, y lo
más probable es que los que se encuentran aquí se marchen, o al menos una gran
mayoría. Se sentirían todos muy asustados, especialmente si sus propios
laboratorios de Varsovia confirmaran nuestros supuestos descubrimientos. Ni
siquiera desearían seguir decomisando alimentos de la zona. Nuestros campesinos
dejarían de sufrir a causa del pillaje nazi que los ha dejado al borde de la
muerte por inanición.
Szukalski
y Maria se miraron intensamente el uno al otro, los ojos de un azul frío de
ella fijos en la mirada oscura y agitada de él. Ese momento pareció prolongarse
interminablemente hasta que, por fin, Szukalski añadió con serenidad:
—Pero
sin duda alguna no estamos sino soñando. Apenas tenemos unos pocos microbios en
una platina y ya estamos hablando de salvar a toda la ciudad de los nazis. Ni
siquiera sabemos si podemos producir la vacuna, o cuál será su resultado en un
ser humano. Ponernos a hablar ahora de una epidemia generalizada no es más que
una locura. Sobre el papel podría parecer un proyecto realista, pero en la
realidad... ¿Cómo conseguir que toda una ciudad pareciera enferma? ¿Y cómo
mantenerlo en secreto? Todo el mundo tendría que saberlo. Y si los alemanes
vinieran a inspeccionar, no encontrarían más que gente normal y saludable...
—Emitió un profundo suspiro—. Evidentemente, me he dejado arrastrar por...,
por...
—Por
la necesidad de luchar por tu país —dijo ella con suavidad, terminando la frase
por él.
—Tu
amigo Hartung tenía razón, Maria. Tenemos que luchar de algún modo, de la mejor
forma que sepamos hacer cada uno de nosotros. Hemos sido como ovejas. Yo quiero
vivir, y quiero que mi esposa y mi hijo vivan. Desde la invasión, lo único que
me ha preocupado ha sido la supervivencia, aun cuando eso significara llevar la
clase de vida que los nazis quieren que lleve. Pero quizás eso ya no sea
suficiente. —Echó un vistazo a su reloj. Voy a ver al padre Wajda ahora mismo.
¿Quieres reunirte esta noche conmigo, en el laboratorio?
Después
de haberse encontrado en casa del sacerdote, los dos hombres caminaron sobre la
nieve en dirección a la iglesia, donde encontraron a Zaba, el sacristán, que
encendía un pequeño brasero en la sacristía. Era un hombre sin nombre, de una
edad que ni siquiera él mismo recordaba, y ofrecía una imagen tan fea y
desgarbada como indicaba su nombre, Zaba, que significa «Heno de ranas». Quince
años antes se había presentado ante la puerta trasera de la iglesia, hablaba un
retorcido dialecto carpato-polaco, olía a vapores de vodka, y temía que un
nuevo invierno más crudo que el anterior significara su muerte. Como quiera
que, casualmente, Piotr Wajda necesitaba un sepulturero, aceptó bajo su cargo
al desfigurado hombrecillo de quien los niños se burlaban, le proporcionó
comida y unos pocos zlotys, así como cobijo en el destartalado cobertizo que se
levantaba en las sombras de los contrafuertes de la iglesia. Durante aquellos
quince años, el viejo Zaba había recompensado al sacerdote con la más innegable
devoción de un perro y el trabajo diligente de varios hombres. No obstante,
seguía oliendo a vodka.
—Gracias,
Zaba —dijo el sacerdote y esperó a que el sacristán saliera de la sacristía,
arrastrando los pies, antes de volverse al médico.
Szukalski
tomó asiento y le hizo señas a Piotr para indicarle que preferiría esperar un
momento más antes de hablar, así que el padre Wajda dijo:
—Te
ofrecería algo de vino, amigo mío, pero los monaguillos se lo han vuelto a
terminar. Si uno de nosotros se olvida de cerrar con llave el vino sacramental,
esos pequeños diablos disfrazados de ángeles no tardan en acabarlo. Y no creo
que ese vino llegue siquiera a sus hogares. El verano pasado, Zaba encontró una
botella vacía en el campo sembrado de calabazas de Pajai Kowalski.
Szukalski
emitió una risa amable. Ya había oído contar antes esa misma historia. Tras
unos momentos más de conversación, se levantó, se dirigió a la puerta que daba
al altar, y echó un largo e intenso vistazo por toda la iglesia. Fría y gris,
el recinto permanecía envuelto en un triste silencio.
—Tenemos
que tener cuidado dijo.
—Podernos
confiar en Zaba.
—No,
Piotr, esta vez se trata de algo más. Tengo algo nuevo que contarte, y aunque
desees reaccionar en seguida, te ruego que permanezcas sentado pacientemente y
escuches todo lo que tengo que decirte. Y recuerda que en estos momentos no es
más que una idea.
Así
pues, a la débil luz de la sacristía, entre el humo nebuloso del brasero,
mezclado con los restos del incienso, Jan Szukalski explicó a grandes rasgos su
teoría sobre la posibilidad de ampliar el experimento que se disponía a
realizar con Kepler en un intento por fingir el estallido de una epidemia.
Una
vez que el médico hubo terminado su exposición, el sacerdote permaneció sentado
en silencio, estudiaba sus grandes manos, con sus ojos grises fijos en sus
propios pensamientos y la gran cabeza ligeramente inclinada hacia adelante. Al
cabo de un rato, habló por fin.
—Es
algo temerario, Jan,
—Lo
sé.
—Y,
sin embargo, ¿tienes intención de llevarlo a cabo?
Eso
no lo sé todavía. Todo depende de los resultados que obtenga con Kepler. Sólo
he venido a verte ahora porque necesito saber algo. Se trata de algo que debo
conocer antes de considerar siquiera un plan tan fantástico.
—¿De
qué se trata?
—¿Estás
dispuesto a ayudarnos?
—Oh,
Jan... —El padre Wajda colocó con firmeza las manos sobre las rodillas y se
incorporó en toda su altura—. No puedo, Jan. Es demasiado..., demasiado...
—¿Qué,
Piotr?
—No
puedes esperar salirte con la tuya.
—No
estoy diciendo que lo consigamos. Lo único que deseo saber de ti ahora es,
¿estás dispuesto a ayudarnos, Piotr?
El
sacerdote se dio media vuelta y hundió las manos en los bolsillos de la larga
sotana negra. Szukalski observó los poderosos hombros elevarse y caer con un
gesto de indecisión, y oyó su fuerte respiración.
—Tú
sabes tan bien como yo lo que nos espera, Piotr. Lisiados, sacerdotes, gitanos,
todos los subhumanos. ¿Y qué pasará con mi pequeño Alex? Lebensborn, si tenemos
suerte. ¿Y con mi dulce esposa? ¿La llevarán a las cámaras de gas de Owiccim?
¿Y con esos traviesos chicos tuyos que atienden el altar? ¿Qué hará con ellos
la Gestapo? ¿Y con el pobre Zaba? Anoche, Piotr, te dije que los Wilk podían
sentirse afortunados porque su enfermedad mantendrá alejados a los nazis. Mejor
tener el tifus que sufrir las torturas de las que Kepler ha sido testigo, o el
destino de ese gitano que murió en el hospital. Si mi experimento funciona con
Kepler, entonces puede funcionar con cualquier otra persona, y otra, y otra,
hasta que nos las hayamos arreglado de algún modo para convencer a los nazis de
que estamos todos tan afectados por la enfermedad que terminarán por no querer
saber nada de nosotros. —Szukalski se acercó un paso más—. Piotr —añadió
lentamente—, en estos momentos, María y yo estamos aislando la bacteria en el
laboratorio del hospital, y tenemos la intención de trabajar esta noche en la
preparación del cultivo.
—
¡No puede funcionar. Jan! —dijo el sacerdote mientras se giraba en redondo para
mirarle.
—¿Por
qué no? En estos momentos, hay otras ciudades en Polonia que se encuentran en
cuarentena debido al tifus. Sólo que ésos son casos reales. Se me ha ordenado
que envíe todas las muestras de sangre de posible tifus al laboratorio central
controlado por los alemanes, en Varsovia. Después de que les haya enviado unas
pocas...
—No,
Jan.
—¿Por
qué no?
—Porque
tenemos el deber de mantener esta ciudad con vida. 'Tú y yo somos responsables
de la supervivencia de Sofia. Podemos arriesgarnos con Kepler porque si
falláramos y Dieter Schmidt lo descubriera, existe la esperanza de que sólo nos
castigue a nosotros. Pero, por el amor de Dios, Jan, si implicamos a toda la
ciudad y luego fallamos, ¡toda la ciudad perecerá!
Jan
Szukalski observó la torre de fortaleza que era Piotr Wajda y preguntó
flemáticamente:
—¿Y
cuál crees que será el destino de esta ciudad cuando los nazis vengan para
poner en práctica su solución final?
El
padre Wajda retrocedió como sí le hubieran dado un bofetón.
—Jan,
no sé qué decirte.
—Pues
yo sí voy a decirte una cosa, Piotr. Si Kepler obtiene un permiso médico
gracias a mi vacuna, tengo la intención de seguir adelante y vacunar a otros.
Lo único que sé es que si los nazis dejan tranquilo a Kepler debido a la
enfermedad, también dejarán tranquilos a los otros. Y vale la pena arriesgarse
por eso. Tú hablas de destinos, padre, pero ¿cuál prefieres? ¿Aniquilación a
manos de los nazis cuando vengan para llevarnos al matadero como ovejas, o
correr el riesgo de ser descubiertos como partisanos y morir sabiendo que se ha
hecho todo lo posible por evitarlo?
El
pesado aire de la sacristía pareció descender sobre ellos; caía gradualmente
como el manto del día del juicio final y expulsaba cualquier otra cosa de la
estancia a excepción de la última respuesta, no explicitada aún.
Cuando
el padre Wajda volvió a mirar a su amigo, había lágrimas en sus ojos.
— Si
lo haces así, Jan, entonces te ayudaré. Pero no debes implicar a los demás. El
otro sacerdote, Zaba, mi ama de llaves, todos ellos deben ignorar lo que
llevamos entre manos. Sólo tú y yo debernos sufrir las consecuencias.
—Estoy
dispuesto a que sea así.
—¿Qué
necesitarás de mí?
—Dos
cosas, padre. Si mi experimento con Kepler funciona, necesitaré un lugar oculto
donde podamos instalar un pequeño laboratorio, puesto que el del hospital no es
seguro. Por el momento, limítate a pensar en ello; la decisión no habrá que
tomarla al menos durante unos días, y quizá ni siquiera haya que tornarla.
—¿Y
la otra? —preguntó Piotr con expresión grave. —Necesito un kilo de ternera. Y
lo necesitaré a las ocho de esta noche.
—¿Ternera?
—Ya
te explicaré más tarde para qué.
—Bien,
éste es el plan —dijo Matuszek mirando a sus amigos.
El
grupo se reunió a su alrededor. Eran veinte de los habitantes de la cueva, los
físicamente aptos para tomar parte en la misión. David Ryz, junto al enorme
polaco, se sentía cada vez más tenso por la emoción, miró frente a sí, donde
estaba Leokadja Ciechowska, y una vez más se encontró haciéndose preguntas
sobre ella.
En
los tres días que había permanecido en la cueva, había hablado poco y se había
pasado la mayor parte del tiempo sumida en sus propios pensamientos. Nadie
había explicado cómo había ido a parar con el deambulante Brunek y con Antek, y
como no exponía sus pensamientos, a David empezaba a parecerle un misterio
intrigante.
Pero
cuando su mente empezó a apartarse del asunto que estaban discutiendo, se
recordó a sí mismo que ella era una goy, que tenía siete años más que él, y un
esposo que luchaba en la Wehrmacht, en alguna parte. Aun así, aunque hacía un
esfuerzo para apartar la mirada de su rostro dolorosamente hermoso, David tenía
dificultades para concentrarse.
—Disponemos
de armas suficientes —estaba diciendo Brunek en voz baja— para que cada uno de
nosotros lleve una, tanto los hombres como las mujeres. Para que esto tenga
éxito, todos tendremos que participar. —Mostró entonces un extraño aparato—.
Esto es una cantimplora, como las que irán llenas de nitroglicerina, que
mezclaremos en la zona del puente. Como veis, lleva una cuerda y una pinza de
circuito. Yo estaré debajo del tren y sujetaré la pinza al eje del vagón.
También intentaré colocar otra bajo la locomotora.
—Volarás
en pedazos en cuanto el tren inicie su marcha. Siempre da una sacudida antes de
empezar a moverse, y tú estarás justamente debajo.
—Sí,
Moisze, lo sé. Y ésa es la razón por la que debo fijar estas cantimploras una
vez que el tren haya empezado a moverse. Siempre transcurre un breve período
entre la sacudida inicial del tren y el momento en que éste adquiere velocidad.
En ese momento, el tren avanza con suavidad, casi deslizándose, y será entonces
cuando intentaré colocar la nitro. Una vez que el tren esté en pleno
movimiento, las cantimploras irán oscilando como péndulos desde los ejes de las
ruedas y entonces, cuando el tren se detenga bruscamente, oscilarán hacia
arriba, chocarán contra la parte inferior de sus respectivos vagones y... buum!
—¿Y
qué hará que el tren se detenga bruscamente?
Ahora
voy a explicar eso. Hay algo que tenemos que hacer antes, esta misma noche.
Moisze, tú, Antek y unos pocos más me acompañaréis al puente para hacer algún
trabajo preliminar. Primero, tenemos que cortar una sección de una de las
traviesas, situada aproximadamente allí donde estará la locomotora cuando se
detenga, antes de cruzar el puente. Excavaremos un agujero e introduciremos
este bidón de aceite. —Los hombres se volvieron hacia el gran bidón metálico y
lo miraron con expresiones dubitativas—. Luego, lo cubriremos y colocaremos la
traviesa cortada encima. Como podéis ver, la tapa se levanta, y el bidón es lo
bastante grande como para que un hombre se meta dentro. Tengo la intención de
esperar ahí dentro hasta que el tren empiece a rodar, una vez que los alemanes
hayan terminado de inspeccionar el puente, y a medida que pase lentamente sobre
mí iré colocando las cantimploras de nitroglicerina en los ejes.
—¿Y
la parada brusca final?
— El
día del ataque también excavaremos un agujero bajo una traviesa, a unos
cincuenta metros del extremo opuesto del puente, y colocaremos en él una
pequeña cantimplora de nitro, con un tirafondo o perno largo, de modo que sobre
el raíl se producirá una vibración más que suficiente para hacerlo explotar. El
tren se detendrá en seco, v hará que las otras cantimploras oscilantes
exploten. El puente se derrumbará y el tren caerá al Vístula. Sólo espero que
el hielo sea lo bastante espeso como para no perderlo todo arrastrado por el
agua. Si elegimos el tren correcto, dispondremos de armas v municiones
suficientes para aprovisionar un ejército.
David
se volvió a mirar a Abraham, su sensible amigo, e intercambió gestos de
asentimiento con él. Abraham Vogel, que había trabajado buena parte de sus
veinte años para convertirse en violinista de concierto, no parecía formar
parte de este grupo de revolucionarios. Era un joven tímido, tranquilo, de ojos
melancólicos y sonrisa de soñador. Pero David Rvz sabía lo que Abraham guardaba
en secreto en su corazón, pues ambos eran muy buenos amigos, casi como
hermanos, y Abraham había compartido con David sus más íntimos pensamientos.
También
Abraham abrigaba el sueño de organizar un ejército que se levantara contra los
nazis. Y su visión no era menos idealista que la de David. Ambos estaban
convencidos de que sólo era una cuestión de tiempo que detuvieran uno de los
trenes oscuros y crearan un ejército con sus prisioneros.
Pero
antes necesitaban armas.
—A
primeras horas de esta mañana he hablado con Edmund Dolata en los bosques
—siguió diciendo Brunek Matuszek—. Tenía miedo, a causa de lo sucedido en el
campo, pero ha accedido a suministrarnos cinco carros tirados por caballos y un
grupo de hombres de confianza para que nos ayuden. Lo único que tenemos que
hacer es avisarle a tiempo. Ester, creo que ése sería un buen trabajo para ti.
—Preferiría
volar yo misma el tren —dijo ella con expresión de disgusto.
—Ester...
—dijo Moisze, pero ella lo hizo callar con un movimiento de manos.
—Tendréis
que hacer todo lo que podáis para que ninguno de los alemanes pueda escapar. Si
cualquiera de vosotros tuviera miedo de disparar o no supiera cómo... —Brunek
miró a todos los presentes. Nadie dijo nada—. Lo que vamos a hacer es un
trabajo muy peligroso —siguió diciendo con solemnidad—. No puedo garantizaros
que saldréis con vida de esto. Me siento orgulloso de todos vosotros. Por toda
Polonia hay grupos como éste que están dificultando la vida a los nazis. Pero
no lo suficiente. Las tropas de la Wehrmacht continúan avanzando hacia el
frente oriental, v todavía tenemos a los nazis como señores.
—Pero
no por mucho tiempo —murmuró Leokadja. Y David observó, a la débil luz de la
cueva, un fuego que ardía en sus ojos.
10
Para
cuando el padre Wajda llegó al laboratorio, los doctores Szukalski y Duszynska
ya se hallaban enfrascados en el trabajo de limpiar y esterilizar los vasos
preparados para fabricar la vacuna.
—Tengo
lo que me habías pedido —dijo el sacerdote mirando con cautela a su alrededor.
—Gracias,
padre. No te preocupes, estamos completamente a solas. El laboratorio queda
vacío después de las seis. Lehman Bruckner, el técnico, se ha marchado a casa,
así que lo tenemos todo para nosotros. Acércate a ver lo que estamos haciendo.
El
sacerdote se quitó el birrete y lo dejó colgado en la percha. Luego siguió a
Jan hacia donde Maria se hallaba trabajando.
—Buenas
noches, padre —saludó ella con una brillante sonrisa.
—Doctora
Duszynska.
Szukalski
tomó el paquete que había traído el sacerdote y lo dejó sobre el mostrador;
empezó a desenvolverlo,
—Excelente.
Padre, quisiera que tomaras esta carne y le cortaras toda la grasa y cualquier
clase de tejido nervioso que veas —dijo señalando los hilillos fibrosos que
conectaban los trozos de carne. — Luego quiero que pases la carne por el
molinillo.
El
padre Wajda miró con asombro los misteriosos aparatos que le rodeaban.
—Jan,
¿para qué es todo esto? —preguntó.
Maria,
que había estado ocupada en la pila del laboratorio, dedicada a lavar los tubos
de ensayo y los frascos Kolle, se volvió hacia el sacerdote y le dio una
explicación.
Esta
noche vamos a preparar una infusión de ternera, que es el ingrediente básico
del medio de cultivo que utilizaremos para hacer crecer en él las bacterias
Proteus. Si trabajamos con eficiencia, podremos inocular nuestro medio mañana
por la noche y recoger la cosecha a la noche siguiente, para preparar con ella
la vacuna. —Señaló un gran cuchillo de cocina e indicó al sacerdote que lo
utilizara para preparar la carne—. Esta noche vamos a preparar los utensilios
de cristal, y los tapones de gasa y algodón para los frascos Kolle —añadió
mientras sostenía un pequeño frasco en forma de pera, con el fondo plano y un
cuello corto.
Mientras
el sacerdote se dedicaba a trinchar la ternera, Szukalski estudiaba con
atención la placa nutriente de agar que él y Maria habían inoculado a primeras
horas del día.
—Siempre
me extraña la rapidez con que se reproducen algunas bacterias. No es nada
extraño que algunas enfermedades progresen con tanta rapidez..., y creo que ya
no cabe la menor duda de que lo que tenemos aquí es Proteus —dijo y le tendió
la placa a Maria.
Ella
sostuvo la cápsula de Petri en la mano y escrutó el cultivo que se había
desarrollado en la superficie del medio. Era un cultivo puro de densos
hemisferios redondos.
—Tienes
razón, Jan, pero... —levantó la mirada hacia él—, ¿tenemos la cepa X19?
—No
lo sabremos hasta que no hayamos probado nuestra vacuna con Kepler y enviado la
muestra de sangre al laboratorio central para que la sometan a la prueba de
WeilFelix. De todos modos —añadió Szukalski al tiempo que se volvía hacia el
sacerdote, complacido al ver el buen trabajo que estaba haciendo con la
ternera—, dime, Piotr, ¿has pensado ya en qué lugar podemos trabajar en
secreto?
El
padre Wajda dejó el cuchillo y levantó la mirada.
—Sólo
se me ha ocurrido un lugar, aunque es el mejor de toda Sofia. Ningún otro nos
servirá tan bien.
¡Estupendo!
¿Dónde está?
—En
la cripta funeraria que hay bajo la iglesia.
La
expresión de entusiasmo del rostro de Szukalski se transformó.
—Oh,
no creo...
—Déjame
que os explique algo a los dos —le interrumpió el sacerdote con una sonrisa—.
Necesitáis un lugar donde podáis trabajar sin que nadie se dé cuenta, y sin que
corráis el peligro de ser descubiertos. Ese lugar no existe en toda Sofia,
excepto el que, os he dicho.
—Pero
Zaba, los monaguillos...
—Zaba
es el anciano más supersticioso de toda Polonia —dijo Wajda sacudiendo la
cabeza—. En los quince años que lleva conmigo, jamás ha bajado a la cripta. En
cierta ocasión en que le pedí que bajara para inspeccionarla, cuando sospechaba
que las lluvias podían haber causado daños en los cimientos, se negó a hacerlo.
Fue la primera y única vez que se ha negado a cumplir una orden mía. En cuanto
a los chicos, les asusta ese lugar. Allí se hallan enterrados los restos de
viejos sacerdotes. La cripta está ocupada por los sarcófagos medievales y los
cadáveres momificados de mis predecesores. Es un lugar tabú, Jan, no debido a
ninguna regla o ley, sino a los propios temores y supersticiones de los
hombres. Hace muchos años que nadie ha bajado allí, y nadie lo hará. Tú acudes
a la iglesia con regularidad, y también la doctora Duszynska. No es nada
insólito veros a los dos por la iglesia. Los nazis no sospecharán nada. Y
aunque sospecharan algo, la cripta está bien oculta. No creo que haya mucha
gente que conozca su existencia.
—Sin
embargo, necesitaremos luces.
—Ya
he pensado en ello. Desde la sacristía se pueden tender cables eléctricos.
Créeme, Jan, es el lugar más seguro que existe.
Jan
Szukalski se volvió a mirar a Maria y, al ver que se encogía de hombros, imitó
el gesto.
—Muy
bien, Piotr. Y ahora escucha, hay una vieja incubadora en el almacén del
laboratorio. Está allí desde hace tanto tiempo que nadie se dará cuenta de su
ausencia. ¿Podemos trasladarla esta misma noche a la iglesia y prepararlo todo
para que esté en funcionamiento mañana por la noche?
—No
veo por qué no.
—Necesitaremos
refrigeración —dijo Maria.
—Dispongo
de una vieja nevera sobrante —dijo el sacerdote—. A mi ama de llaves le
encantará verla desaparecer.
—Excelente.
Eso también lo podríamos trasladar esta noche. Por una vez, padre, me alegra
que seas un hombre más corpulento que yo.
—El
trabajo del Señor exige hombros muy anchos —dijo el padre Wajda sonriendo
tristemente.
Szukalski
se echó a reír y ayudó a su amigo a pasar la carne por el molinillo.
—Si
tuviéramos unas coles podríamos prepararlas con esta carne —dijo el sacerdote
una vez que hubieron terminado.
El
silencio cayó sobre la estancia cuando Maria tomó la carne, la metió en un vaso
de precipitados y vertió un litro de agua destilada, luego agitó el contenido
hasta convertirlo todo en una sopa de carne. Una vez que hubo terminado, vertió
la sopa en un gran frasco Erlenmeyer y lo cerró con un tapón de goma.
—Creo
que será mejor que te lleves a casa la infusión de carne para mantenerla
refrigerada —le dijo Szukalski—. No quisiera tener que explicarle a Bruckner la
razón de su presencia aquí. Quiero que todo parezca un procedimiento
hospitalario normal.
Una
vez que hubo guardado el resto de los frascos, Maria envolvió el que contenía
la infusión de carne en una funda de almohada y se lo ocultó bajo el abrigo.
Luego, abandonó el hospital por la puerta principal.
Szukalski
y el padre Wajda sacaron cuidadosamente la incubadora del almacén del
laboratorio. Fue un trabajo lento, y Saint Ambroz se encontraba a diez manzanas
de distancia. Fueron afortunados y lograron cubrir el trayecto sin ser
descubiertos por las patrullas de soldados nazis. Entraron por la puerta de
atrás de la iglesia, fuera de la vista del cuartel general de Dieter Schmidt,
que se encontraba frente a la iglesia, al otro lado de la plaza.
El
sonido chirriante de la antigua verja de hierro, que se encontraba al pie de
una empinada escalera de caracol, se extendió por todo el edificio, rebotando
contra sus techos abovedados y las columnas góticas. Pero la iglesia estaba
vacía.
El
olor a polvo y podredumbre que asaltó la nariz de Szukalski al descender otra
escalera de caracol que había tras la verja, le produjo la sensación de estar
retrocediendo en el tiempo. Los ataúdes de piedra tampoco eran
tranquilizadores, con sus arcaicas efigies de antiguos prelados de Sofia
esculpidas sobre las frías tapas de mármol.
—La
costumbre de enterrar aquí abajo a los sacerdotes muertos terminó hace muchos
años —susurró el padre Wajda, consciente de la incomodidad de Szukalski—. Creo
que al último lo enterraron en 1887. Ahora, naturalmente, se nos entierra en el
cementerio, junto a todos los demás.
—No
te quejes por eso —le susurró Szukalski.
El
padre Wajda no tardó mucho en tender cables eléctricos desde la sacristía hasta
la cripta ocultándolos bajo las alfombras. Luego, pusieron en marcha la
incubadora.
—Pondremos
el termostato a treinta y siete grados y medio —dijo Szukalski, que seguía
hablando en susurros.
Hasta
el más ligero paso multiplicaba su sonido en esta cámara hueca, llena de ecos.
Abandonaron la cripta, ascendieron al aire relativamente fresco de la iglesia,
y se dirigieron directamente a casa del sacerdote, donde se dispusieron a
trasladar la pequeña nevera sobrante.
A la
una de la madrugada ya habían terminado su trabajo y poco más tarde Szukalski
se metía en la cama junto a Katarvna, que dormía; se tapó con el edredón hasta
la barbilla, reconfortado por los brillantes azulejos de la estufa de cerámica
que había encendida en un rincón del dormitorio. Se quedó contemplando
fijamente el oscuro techo, pensaba en el extraño giro que estaba dando su vida
y se preguntaba, al mismo tiempo que se deslizaba hacia un sueño reparador, si
cuando despertara por la mañana se encontraría con que todo aquello había sido
un sueño.
—¿No
se enfadarán tus padres contigo? —preguntó Hans Kepler protegiendo a Anna con
un brazo.
—Son
muy comprensivos. Hace tanto tiempo que no salgo. La mayoría de los hombres
jóvenes se marcharon de Sofia hace tiempo, como sabes, y o bien murieron
durante el Blitz, o lograron escapar de algún modo de Polonia. Yo tenía un
novio que estaba en las fuerzas aéreas. Tres semanas después de la invasión le
dieron un pasaporte falso, un nuevo nombre, se dejó crecer la barba y escapó
por Rumanía. Alguien me ha dicho que ahora está en las Reales Fuerzas Aéreas
británicas.
Se
encontraban de pie bajo el resplandor de una solitaria farola, en la acera,
ante la casa de Anna. La noche había transcurrido con demasiada rapidez desde
las ocho, cuando llegaron a casa de la abuela de Hans y disfrutaron del dulce
chocolate caliente y las delicadas pastas que eran la especialidad de la
pequeña panadería de su abuela. La joven pareja pasó el tiempo riendo y
hablando, y en esta helada hora después de la medianoche, se encontraban
finalmente allí de pie, ella protegida por su brazo, trataban de imaginar una
forma de conseguir que el momento durara un poco más.
En
este momento, Anna Krasinska sólo sabía de Hans Kepler lo que éste había
querido contarle. Que era un miembro de las Waffen SS, que había sido llamado a
filas y que lo habían destinado a alguna parte en la región de Oswiccim. No le
dijo nada, sin embargo, de su traición al Reich, de su angustia mental y de lo
que estaba planeando en secreto con el director del hospital.
El
rostro de Anna era tan redondo e inocente, tan dulcemente joven e ingenuo, que
nada en el mundo podría haber impulsado a Hans a revelarle las duras realidades
de su vida.
—Le
has caído muy bien a babka —le dijo mientras contemplaba su suave rostro de
conejito.
—Tu
abuela es muy dulce. Me encanta la forma que tiene de llamarte Hansy.
Kepler
se echó a reír. Con Anna Krasinska bajo su brazo y la nieve revoloteando
delicadamente a su alrededor, y con un futuro más claro que nunca gracias a Jan
Szukalski, el joven germanopolaco se sentía más generoso con respecto a la vida
de lo que se había sentido en mucho tiempo.
—Quisiera
que conocieras a mi familia, pero... —dijo ella dulcemente.
—Lo
sé, Anna. No te preocupes. ¿Qué podrías decirles? Sólo la verdad. Que soy un
hombre de las SS, con lo que no harías sino asustarlos en seguida. Y luego,
probablemente, tratarían de impedirte que me vieras. —Contempló la nieve que
caía y añadió de mala gana—: Para cuando esperen poder conocerme, yo ya habré
tenido que regresar a mi puesto.
Cuando
Anna sonrió lo hizo con un gesto tan honesto, tan suave, que el corazón de Hans
se aceleró.
—¿Sabes?
—dijo ella sín mirarle—. No quiero pensar en el final de tu permiso. De mi vida
ya han desaparecido muchas personas. La guerra se las ha llevado a todas. Y si
mi padre no fuera tan viejo, también él habría sido llamado al ejército polaco
y probablemente habría muerto, como todos los demás. El futuro ha desaparecido
para mí, Hans. Ahora ya sólo vivo el presente, día a día. Creo que es lo mejor.
—Muy
bien —murmuró él mientras inclinaba la cabeza para apoyar la mejilla contra el
cabello de ella—. Ahora que el día de hoy ha pasado, deberíamos pensar en
mañana.
—Mañana...
—susurró Anna—. Hace sólo cuatro días que te vi en el tren, y sentí miedo de
ti. Y ahora, míranos.
Hans
le apretó los hombros contra sí, maravillado por el milagro que le había
ocurrido, por el hecho de haber encontrado a Anna Krasinska, se preguntaba
cuánto duraría y si él sería digno de ella.
—A
partir de mañana proyectarán en el cine una película cómica del Gordo y el
Flaco. ¿Quieres venir conmigo?
—Oh,
sí —asintió ella con una risita—. Hace tanto tiempo que no veo una de sus
películas. Me gustaría mucho.
—¿Mañana
por la noche?
—Mañana
no puedo, pero pasado mañana estaré libre. Sería muy agradable. Hans...
—¿Sí?
—Llevo
toda la noche preguntándome algo, y quizás no debiera preguntártelo a ti, pero
siento curiosidad.
—¿De
qué se trata?
—No
es habitual que un soldado alemán... fraternice con nosotros. Normalmente, los
nazis nos tratan como si fuéramos basura. Siento curiosidad por saber...
—Pero
yo nací en Sofía, Anna. Sov algo más que medio polaco.
—No
era eso lo que iba a decir. Me estaba preguntando..., ¿qué pensarán tus
camaradas sobre ello? Sin lugar a dudas, los otros soldados deben de tener sus
propias opiniones.
A
pesar del brillo de la farola, el rostro de Hans Kepler se oscureció al pensar
en sus «camaradas», allá, en el campo. Tres de ellos que por lo visto
necesitaban diversión una tarde aburrida, eligieron a uno de los prisioneros al
azar, un judío con la cabeza rapada que llevaba el degradante «pijama» de rayas
del campo. Le ataron los pantalones por los tobillos y la cintura y luego le
metieron una rata por entre los pantalones, riendo histéricamente mientras
observaban su tortura. 0 aquel otro, Helmut Schneider, tan sádico. Una tarde,
había utilizado a uno de los prisioneros como blanco. Colocó una botella sobre
la cabeza del pobre hombre, y le hizo quedarse quieto mientras él, Helmut, se
colocaba a cincuenta metros de distancia v disparaba contra la botella, al
estilo de Guillermo Tell. El prisionero, un hombre ya viejo, había muerto de un
ataque al corazón, echando a perder así la diversión de Helmut.
Así
eran los camaradas de Kepler.
—Ahora
llevo ropas de civil, Anna. No creo que en esta ciudad haya muchos que sepan
que soy un soldado. Si preguntan, llevo conmigo mi identificación.
La
joven se volvió entonces a mirarle, con la cabeza ligeramente ladeada y una
mirada burlona.
—¿Sabes?
—dijo con dulzura—. No eres como los demás. De algún modo, tú eres diferente.
Él
inclinó un poco la cabeza, de tal modo que sus labios estuvieron a punto de
tocarse.
—Tú
también eres diferente, Anna. Pasado mañana por la noche iremos a ver la
película del Gordo y el Flaco. Quiero volver a reír contigo, como hemos reído
esta noche. ¿Podemos hacerlo?
Ella
hizo un gesto de asentimiento apenas perceptible.
Después
de soltarla él precipitadamente y volverse para marcharse, Anna Krasinska
permaneció allí durante algún tiempo, a pesar del toque de queda, y lo vio
desvanecerse en la noche glacial.
A la
noche siguiente, la doctora Duszynska ya había empezado a trabajar en el
laboratorio del hospital, cuando el doctor Szukalski y el padre Wajda se le
unieron a las ocho de la noche. Ella había traído consigo la infusión de carne
de la nevera de su casa y la había colocado sobre el quemador Bunsen para
iniciar el lento calentamiento hasta la ebullición. Siguiendo las instrucciones
del doctor Szukalski, el sacerdote sacó los frascos del almacén y los colocó en
el esterilizador. A continuación, Jan midió cuidadosamente los ingredientes que
debía utilizar para convertir la infusión líquida de carne en otra de agar
gelatinoso en la que pudieran crecer las bacterias Proteus, para facilitar así
la obtención de una cosecha.
Peptona,
diez gramos.
Cloruro
de sodio, cinco gramos.
Polvo
de agar, dieciocho gramos.
Szukalski
midió y vertió todos los ingredientes en un frasco de dos litros de capacidad.
Maria
continuaba agitando la infusión a medida que ésta empezaba a hervir.
—Necesita
hervir durante cuarenta y cinco minutos. Luego, podemos verter la sopa en el
frasco, junto con los productos químicos y mezclarlo todo —le explicó al padre
Wajda, que miraba lo que hacían.
Mientras
observaban a Maria, cada uno sumido en sus pensamientos, el padre Wajda dijo de
pronto:
—Jan,
¿qué supones que nos haría Schmidt sí descubriera lo que estamos haciendo?
—Lo
primero sería decirle que estamos preparando una vacuna contra el tifus. No
obstante, al cabo de pocas horas resultaría difícil explicar para qué estarnos
utilizando la bacteria Proteus. Y en cuanto a lo que nos haría entonces...
—¿Está
instalada la incubadora? —preguntó Maria por encima del hombro,
interrumpiéndole.
—Sí,
Piotr y yo la dejamos instalada anoche. Y también la nevera. — Szukalski sonrió
burlonamente a su pesar—. Te va a encantar tu nuevo laboratorio, Maria.
Cuando
sonó el despertador lo que indicaba que habían transcurrido los cuarenta y
cinco minutos, Maria apagó el mechero Bunsen. El doctor Szukalski colocó una
capa de estopilla sobre un gran embudo cuya boca había introducido en el frasco
que contenía los productos químicos, y la sostuvo mientras Maria vertía sobre
ella el líquido caliente.
—Los
frascos Kolle están preparados —dijo el padre Wajda, cuya tarea había
consistido en ocuparse de su esterilización.
—Bien.
Colócalos en cuatro hileras y verteremos esta sopa en ellos. Recuerda que
tenemos que volverlos a esterilizar esta noche, antes de que podamos inocular
nuestras bacterias.
Mientras
observaba cómo el líquido, de un color marrón claro, iba cayendo en los
frascos, el padre Wajda preguntó:
—¿Crees
que nos ejecutarían si descubrieran que les estamos engañando?
Szukalski
no apartó la mirada de lo que estaba haciendo.
—Deberíamos
rezar, padre, para que fuera eso lo único que nos hicieran. Hace unas pocas
semanas trajeron aquí a una mujer; sufría de malnutrición y exposición a los
elementos. Y ella, al igual que ese pobre gitano, también tenía una historia
que contar. Nos dijo que, hacía aproximadamente un mes, los nazis entraron en
su pueblo que, como comprenderás, Piotr, no se hallaba lejos de aquí. Reunieron
a todos los judíos en la plaza del pueblo. Ordenaron a todos los hombres
físicamente aptos que subieran a un camión y se los llevaron..., sólo Dios sabe
adónde. Una vez que se hubieron llevado a los hombres, y entre los gritos, los
llantos y los ruegos de misericordia, los nazis cogieron a todas las mujeres y
las arrojaron al pozo del pueblo, veintisiete en total. Luego, vertieron
gravilla sobre ellas, hasta que las que no habían perecido ahogadas quedaron
enterradas vivas bajo la gravilla. Amigo mío, no creo que pueda caber ninguna
duda sobre lo que nos harían los nazis si nos descubrieran. Sólo sería una
cuestión de saber cómo lo harían.
María
levantó la mirada y Jan observó la palidez de su rostro y pensó: «Ahora,
nosotros también estamos en guerra».
—Deberíamos
poder inocular nuestro medio dentro de una hora —dijo María—, y mañana, a esta
misma hora, ya tendremos nuestra vacuna.
Szukalski
se quedó mirando a su ayudante, pensativo. Cuando se trataba de trabajo de
laboratorio, o de algo relacionado con la preparación que ella había recibido
en el Instituto Nacional de Higiene de Varsovia, no tenía más remedio que
reconocer la experiencia de su ayudante.
Szukalskí
sacó la cápsula de Petri cubierta de la incubadora y escrutó su contenido.
—He
oído hablar antes de guerra bacteriológica, pero debo decir que me siento un
tanto incómodo al pensar que nuestras vidas puedan depender de los microbios
que hay en esta cápsula. Si el experimento con Kepler fracasa...
Maria
apagó el quemador y dejó que se disipara el vapor.
Sacaron
los frascos Kolle del esterilizador y los colocaron sobre la mesa para que se
enfriaran y se endureciera el agar. Luego, Maria tomó una pipeta esterilizada,
y mientras Szukalski calentaba la boca de cada frasco Kolle, dejó caer un
centímetro cúbico de la suspensión de los Proteus sobre el medio gelatinoso, y
ésta se extendió sobre la superficie.
Una
vez tapados todos los frascos, el padre Wajda los fue colocando en una caja de
cartón para trasladarlos a la incubadora que aguardaba en la cripta de la
iglesia.
—Asegúrate
de que se coloca la temperatura exactamente a treinta y siete grados y medio
—dijo Maria—, y manténla así durante toda la noche y todo el día de mañana.
Luego, mañana por la noche, tendrás que volverlos a traer aquí.
—Eso
es muy arriesgado —dijo el sacerdote, que sostenía la aja como si contuviera
una preciosa reliquia santa.
—No
hay otra forma de hacerlo —dijo Jan—. Desgraciadamente, necesitamos todo el
equipo de este laboratorio. De todos modos, hasta mañana por la noche, Piotr.
Una
vez que el sacerdote se hubo marchado, los dos médicos se dedicaron a limpiar
el laboratorio. Arrojaron todo lo que quedaba de los Proteus de la cápsula de
Petri y el cultivo de sopa original en una gran vasija de barro que servía como
cubo de basura, situada bajo una de las picas. Luego, abandonaron
apresuradamente el hospital.
Desde
su posición en la escalera que permitía ver el dintel de la puerta del
laboratorio, la figura agazapada de Lehman Bruckner, oculta entre las sombras,
permaneció vigilante hasta que los tres conspiradores hubieron abandonado el
hospital.
La
curiosidad de Lehman Bruckner le impulsó a entrar en el laboratorio cinco
minutos después de que los médicos y el sacerdote se hubieran marchado. Justo
después de haber cerrado el laboratorio, le sorprendió oír voces en el momento
en que se disponía a bajar la escalera para marcharse. Se había agazapado bajo
ésta, para escuchar. Desgraciadamente, las voces sonaban demasiado amortiguadas
como para oír nada con claridad. Aunque no era nada insólito que los médicos
trabajaran en el laboratorio a deshoras, sí resultaba muy extraño que el
sacerdote hubiera estado allí, y mucho más que abandonara el hospital llevando
una caja de cartón.
Bruckner
entró en el laboratorio y esperó un momento más antes de encender la luz.
Luego, echó un lento vistazo a su alrededor.
Todo
estaba limpio y ordenado. Nada indicaba qué habían estado haciendo. Levantó la
tapa de la gran vasija de barro y distinguió la cápsula de Petri desechada y el
tubo de ensayo. La cápsula estaba sin abrir, y permanecía intacta encima de
unos cristales rotos. La extrajo ávidamente y la hizo oscilar de un lado a otro
bajo la luz, al tiempo que estudiaba la superficie irregular del agar, curioso
por el hecho de que no hubieran etiquetado nada.
Bruckner
conocía una forma sencilla de saber qué habían estado haciendo. Encendió el
mechero Bunsen con el encendedor, tomó un bucle de metal y, tras encontrar unas
bacterias Proteus que habían quedado en el agar, las inoculó en una nueva placa
nutriente, que luego etiquetó: «L. B., 29 de diciembre de 1941». Finalmente, la
colocó en el fondo de la incubadora.
Después,
apagó la luz, se aseguró de dejar la puerta bien cerrada con llave, y tomó
mentalmente nota de comprobar lo que hubiera en la placa al cabo de uno o dos
días.
11
David
cabalgaba por delante, sobre su yegua gris, seguido de cerca por Brunek,
montado en la motocicleta alemana. Más lejos, por detrás de ellos, a pie y
siguiendo el río, avanzaban dieciocho hombres y mujeres, todos ellos armados.
Uno de ellos, Antek Wozniak, transportaba los productos químicos que mezclarían
una vez llegaran al puente, para crear el explosivo.
Este
quinto día después de Navidad era muy frío, con unos vientos implacables que
soplaban sobre el río helado. Sobre ellos se extendía un cielo de color gris
metálico, y ocasionales ráfagas de viento se agitaban alrededor de la columna
de partisanos, que avanzaba penosamente. Cada hombre y mujer que la componía lo
hacía voluntariamente, con la convicción de que la acción era la única
respuesta posible.
David
afrontaba de cara la brutalidad del viento. Se sentía entusiasmado ante la idea
de que por fin estaban haciendo algo. Una vez hubieran recogido las armas de
este tren no habría límites a lo que el grupo pudiera conseguir. La noche
anterior habían hablado incluso de cómo destruir el precioso depósito de
municiones de los nazis. Sin él, Sofia no les servía de nada a los nazis.
Desgraciadamente,
Brunek había dicho que necesitarían artillería y muchos hombres para asaltar la
instalación, que era muy grande y se hallaba muy vigilada. Una vez más, David
había expresado su deseo de detener uno de los trenes oscuros, en su camino hacia
Auschwitz, para convertir a sus pasajeros en un ejército. Y, una vez más, tanto
Brunek como Moisze advirtieron a David sobre el peligro de hacer semejante
tontería.
—¿Dónde
ocultaríamos a tanta gente? ¿Cómo los alimentaríamos y nos ocuparíamos de todos
ellos?
Pero
David se había mostrado inexorable. Estaba convencído de que llegaría un
momento en que tendrían que pensar en los trenes oscuros si querían organizar
un ejército. Y cuando llegara ese momento, él y Abraham estarían preparados.
El
puente se levantaba en un escenario engañosamente pacífico y sereno, salvando
la blanca cinta del río y cubierto por la nieve recién caída. A su alrededor,
los pinos se hallaban pesadamente cubiertos de polvo blanco, con sus ramas muy
inclinadas hacia el suelo.
En
pocos minutos, los partisanos se situaron en las posiciones que les asignaron
David, Brunek y Antek con unas últimas palabras de ánimo, de modo que el
Vístula no tardó en recuperar su aspecto pacífico, sin la menor señal de que
hubiera veinte personas armadas y preparadas entre el bosque.
También
había cinco carros y caballos, convenientemente camuflados en la orilla del
río, que Edmund Dolata les había proporcionado siguiendo sus instrucciones. Los
ocho hombres de Sofia que habían podido salir de la ciudad sin ser vistos, se
encargarían de transportar el cargamento del tren a un escondite previamente
preparado en la cueva. Se trataba de hombres fiables, dignos de confianza, que
afrontaban su tarea con determinación.
Poco
antes, David Ryz había cabalgado sobre su caballo hasta el pueblo de Dabrowa,
donde había observado cómo se cargaba un tren. Regresó apresuradamente a la
cueva para comunicar a sus camaradas lo que había visto. Dos vagones llenos de
rifles, subametralladoras y munición; otro vagón lleno de bazookas y morteros.
El resto eran vagones planos, cargados con tanques destinados al frente ruso.
Aproximadamente cincuenta soldados se encargarían de vigilar el tren. Luego,
avisó a Dolata, que se encargó de conseguir los carros y pudo hacerlos llegar
hasta el río sin que lo supiera Dieter Schmidt.
Así
pues, este puñado de luchadores de la Resistencia esperaba ahora, vigilantes,
llenos de esperanza y temor, bajo la nieve que seguía cayendo.
Leokadja
Ciechowska, con su espesa mata de cabello negro sujeta bajo un gorro de lana,
acariciaba el gatillo de su rifle, mientras esperaba pacientemente de pie en su
posición, sobre una altura desde la que se dominaban los raíles de la vía
férrea. A veinte metros de distancia pudo ver a Abraham Vogel, el joven
violinista, que miraba con expresión ausente el rifle que había dejado a sus
pies.
Leokadja
sonrió. Aquel joven no era un soldado; siempre andaba soñando, hablaba como un
poeta, como si existiera en alguna parte situada al otro lado de la realidad.
Sin embargo, tenía valor y le admiraba por eso. No obstante, no tenía ningún
verdadero lugar que ocupar en todo esto aunque, de hecho, tampoco lo tenía la
mayoría de los que componían esta compañía improvisada. Los fue observando a
través de los árboles y pensó que casi podrían parecer ridículos si esta misión
no fuera tan mortal.
Y
ésa era la razón por la que esta luchadora de veinticinco años de la
Resistencia se sentía ilimitadamente orgullosa de sus camaradas. Se fijó en
Ester Bromberg, que temblaba bajo la nieve, envuelta en un abrigo masculino que
le llegaba hasta los pies. De baja estatura, daba la impresión de que si
levantaba el rifle un poco caería trastabillando hacia atrás. Y el viejo Ben
Jakoby, que jugaba a los soldados y obedecía las órdenes de Brunek con un
saludo militar, a pesar de lo cual permanecía de pie entre los árboles; sus
rodillas se golpeaban la una contra la otra.
Leokadja
los respetaba a todos ellos, al mismo tiempo que sentía una mezcla de piedad y
cariño; admiraba su avidez por luchar con tan pocos medios y tan poca ventaja,
lo mismo que sucedía con el resto de la Resistencia en Polonia.
Desde
que perdiera a su marido en la Wehrmacht, la joven mujer de Torun había formado
parte activa del movimiento clandestino; luchaba como un hombre, corría
peligros al lado de sus compatriotas y ardía de determinación por evitar que
los nazis conquistaran Polonia por completo.
Jamás
perdió la fe en la posibilidad de que su marido estuviera vivo en alguna parte;
guardaba en el corazón su recuerdo y su amor como un estandarte, del que
extraía su valor. Leokadja luchaba en la Resistencia polaca desde hacía casi
dos años; se movía de una zona a otra, participaba en batallas para luego
escapar y unirse a la siguiente lucha. En algunos lugares se había unido a
restos organizados del ejército polaco: pilotos de las fuerzas aéreas,
marineros, soldados de infantería y caballería, grupos móviles y eficientes a
la hora de golpear con una terrible fuerza. En otros lugares, en cambio, se
había encontrado con grupos como éste, una mezcolanza de civiles, viejos v
jóvenes, ninguno de los cuales se había entrenado para el combate, pero
impulsados todos ellos por el mismo amor ardiente por su país.
Se
levantó una ráfaga de viento que la hizo estremecer. En la distancia, el
aullido de un lobo solitario resonó a través de los árboles. La temperatura
parecía estar bajando, y daba la impresión de que se estuviera formando una
ventisca.
Y,
sin embargo, a lo largo de la vía férrea, reinaba la misma paz imperturbable de
los bosques.
Leokadja
miró al otro lado de la vía y vio, a unos treinta metros de distancia de donde
ella se encontraba, a aquel feroz joven judío, David Rvz.
Sus
tormentosos ojos negros la observaban con una mueca burlona y distorsionada en
su rostro atractivo, como hacía con tanta frecuencia. Estaba de pie sobre la
nieve, con las piernas abiertas, en una postura desafiante y sostenía el rifle
bajo el brazo. Miró a la mujer situada frente a él con una expresión profunda e
indescifrable, que hizo que, también una vez más, Leokadja se preguntara quién
era aquel joven.
Durante
los cinco días transcurridos desde que llegara a la cueva, se habían hablado
poco el uno al otro, pero ella había levantado a menudo la cabeza para
encontrárselo mirándola fijamente. Leokadja conocía qué lucha se libraba en el
corazón del joven; era la misma que se libraba en el suyo. Tenía la sensación
de comprender a David quizás mejor que nadie, e intuía que él lo sabía. Pero
David Rvz era un joven colérico, desconfiado con los extraños, amargado con la
vida en general. Quizás en algún otro momento, en circunstancias diferentes,
ella podría haber amado a alguien como David...
Leokadja
sacudió la cabeza para disipar aquellos pensamientos. Desde el día en que se
había separado de su esposo, no había permitido que ningún hombre la tocara.
Ahora no había tiempo, ni espacio para el amor o la ternura, no en estos
tiempos de guerra y derramamiento de sangre. Brunek y Antek se habían mostrado
amables con ella, la protegían, compartían su comida con ella, pero se dieron
cuenta desde el principio de que Leokadja no podía ofrecer nada a un hombre.
Así pues,
aprendieron
a aceptarla como un soldado más. Y así era como ella lo deseaba. Hasta que
hubiera terminado la guerra y recuperado a su marido.
Apartó
la mirada de David y siguió vigilando las vías.
Matuszek,
que sudaba a causa del temor y la tensión, trató de no moverse en el estrecho
confín de su bidón de aceite. Tenía que hacer constantemente esfuerzos para
recordar las tres cantimploras de nitroglicerina que mantenía calientes contra
su cuerpo, sabía que si efectuaba un movimiento brusco o repentino toda su
misión se convertiría instantáneamente en poco más que un gran agujero en la
vía del tren, y él se transformaría en una simple nubecilla de vapor.
La
espera parecía interminable, pero finalmente pudo oír la apagada vibración del
tren que se acercaba en la distancia.
Poco
después, la locomotora y los veinte vagones que arrastraba se detuvieron justo
delante del puente, y los partisanos ocultos entre los árboles pudieron ver que
la locomotora se había detenido exactamente sobre donde estaba Brunek Matuszek.
Mientras
oía el crujir de las botas nazis que avanzaban sobre la nieve en dirección al
puente, Brunek levantó cautelosamente la tapa del bidón de aceite, y la deslizó
en silencio hacía un lado. Observó la parte inferior del tren. Sus macizas
bielas y caldera le parecían muy extrañas desde este ángulo. Inspecciono el
enorme eje de las ruedas y confió en que no fuera demasiado grande para encajar
la pinza de muelle.
Los
nazis recorrieron lentamente el puente, buscando cuidadosamente cualquier señal
de posible sabotaje, y, mientras lo hacían, veinte pares de ojos los vigilaban
a través de los árboles.
Diez
largos minutos más tarde, los soldados se dieron media vuelta e hicieron señas
al maquinista para que hiciera pasar el tren. El hombre hizo retroceder el tren
lo suficiente para estrechar el espacio de los enganches, y luego lo hizo
moverse hacia adelante. Matuszek esperó a que la percusión de los vagones
sacudidos por el tirón de la locomotora se hubiera convertido en un rodar
suave. Luego, se movió con rapidez y precisión y apenas tuvo tiempo para fijar
el explosivo bajo la locomotora, antes de que ésta pasara sobre él.
Colocó
la siguiente cantimplora bajo un largo vagón plano cargado con artillería
pesada, y la otra bajo uno de los vagones de cola. Sus manos parecieron volar
con aparente facilidad, mientras la pesada maquinaria rodaba estruendosamente
sobre su cabeza. En cuanto hubo colocado la última cantimplora, volvió a
meterse dentro del bidón y lo cerró con la tapa. Agazapado y envuelto por la
más absoluta oscuridad del bidón, Matuszek esperó; el sudor le resbalaba
abundantemente por el rostro.
Arrojando
un humo negro en el prístino paisaje del bosque, la locomotora resopló sobre el
puente y llegó al otro lado. En otros pocos segundos, que a los partisanos les
parecieron como una eternidad, las enormes ruedas de la locomotora alcanzaron
el raíl situado sobre la nitroglicerina enterrada, y agitaron el líquido, muy
sensible al movimiento brusco, más allá de su punto de explosión.
La
descarga que estalló bajo el raíl fue seguida una fracción de segundo después
por una explosión de la propia locomotora, que disparó el estallido de las
otras dos cargas situadas a lo largo del tren. Por un momento, el paisaje
invernal se llenó con un impresionante despliegue pirotécnico, se elevaron
hacia el cielo chispas, nubes de humo y trozos desgarrados de metal; entonces,
el puente se derrumbó por dos puntos, y el centro, al no encontrar apoyo,
osciló precariamente hacia un lado. Un segundo más tarde, el puente se
desmoronó por completo. y arrastró consigo los vagones y los tanques hacia el
río. El sonido del hielo al romperse y desgarrarse llenó el bosque con un
rugido ensordecedor, hasta que el tren quedó quieto, medio hundido en el agua,
y todo volvió a quedar en silencio.
Los
partisanos, que salieron entonces precipitadamente de entre los árboles,
comenzaron a disparar contra todo lo que se moviera: contra los soldados que
habían sobrevivido a la caída y que trataban de salvarse. Diez minutos más
tarde, todos los nazis habían muerto.
Brunek
dirigió el descenso hacía el río, hacía oscilar el rifle sobre la cabeza y les
gritaba a sus camaradas que bajaron por las laderas de la orilla, cubiertas de
nieve, y se precipitaron sobre los grandes témpanos de hielo desgajado.
Brunek
se detuvo un instante para disparar un cohete de señales que le indicó a Edmund
Dolata que ya podía sacar los carros del lugar donde los había ocultado.
Los
siguientes minutos estuvieron dominados por una actividad frenética y furiosa,
un pillaje brutal del tren, con los partisanos cargando cajas de armas y
municiones en los carros. Los caballos retrocedían y piafaban, con los ojos en
blanco, llenos de temor. Los partisanos se desplazaban sobre el hielo con no
poco esfuerzo, muchos de ellos quedaban empapados por el agua helada. Y durante
todo el rato un viento salvaje iba aumentando su violencia a medida que la
ventisca soplaba con furia sobre aquella escena de pesadilla.
Una
vez cargados los vagones y tomadas las armas servibles de entre los restos del
tren, Dolata dio la orden de partir. Con una asombrosa precisión, los
habitantes de Sofia que habían acudido para ayudar, volvieron a conducir sus
caballos por la ribera del río, y se dirigieron hacia su destino.
El
resto de los partisanos se desparramó, tal y como habían planeado previamente,
tomando cada uno de ellos una ruta diferente para regresar a la cueva, mientras
que Brunek Matuszek y Antek Wozniak montaban en la motocicleta.
David
Ryz, empapado y tornándose azulado a causa del frío, vio a Leokadja, la
arrastró fuera del río helado que empezaba a resquebrajarse y la condujo
rápidamente hacia donde había dejado atado a su caballo. Sin decir una palabra,
montó tras él y le pasó los brazos alrededor del pecho mientras la yegua
emprendía el galope.
La
tormenta de nieve se convirtió en una ventisca justo un momento después y, como
si aquello formara parte del plan, la nieve no tardó en cubrir las huellas de
los partisanos que se alejaban. Los humeantes restos del tren fueron
congelándose gradualmente allí donde habían caído, convertidos en un monumento
cubierto de nieve a la cólera y la valentía de los desarrapados soldados
urbanos.
12
Los
preparativos finales para la producción de la vacuna se iniciaron a las nueve
de aquella noche. María llegó primero, y estaba colgando el abrigo cuando llegó
el padre Wajda con la caja de cartón que contenía los frascos Kolle.
—No
ha sido fácil esta vez —dijo con la respiración entrecortada mientras dejaba la
caja sobre el mostrador Mientras venía hacia aquí, desde la iglesia, he estado
a punto de encontrarme con los soldados en dos ocasiones. Hoy han volado un
puente y un tren cerca de Sandomierz, y Dieter Schmidt está como loco. Sus
hombres patrullan esta noche al completo, interrogan a todo el mundo y se
llevan a muchos al cuartel general nazi. He tardado casi media hora en llegar
aquí. —Se quitó el birrete y se pasó la mano por el cabello—. Han estado a
punto de pillarme en dos ocasiones, doctora Duszvnska.
—Los
hombres de Schmidt me detuvieron en varias ocasiones cuando venía desde mi casa
—asintió Maria, pensativa—. Esa explosión ha sido el golpe más audaz que ha
realizado nunca el movimiento clandestíno. Temblaba, se frotó los brazos con
fuerza—. Si continúan así, los partisanos van a conseguir que ejecuten a toda
la ciudad de Sofía.
—Afortunadamente,
el puente se encontraba justo fuera de su territorio —dijo el padre Wajda
mientras se acercaba a la puerta—. De otro modo, creo que habrían castigado a
toda la ciudad por ello.
En
ese momento, la puerta se abrió de golpe y un Jan Szukalski muy pálido entró
apresuradamente. Al ver el color de su cara, tanto Maria como Piotr se quedaron
mirando a Jan, sin decir nada.
Szukalski
se quitó lenta y laboriosamente el abrigo, como si sus brazos y manos
estuvieran hechos de plomo, se sacudió los copos de nieve y lo colgó
metódicamente del perchero que había junto a la puerta. Se pasó los dedos por
el cabello v respiró profundamente antes de volverse a sus amigos.
—Han
matado al perro. Ocurrió hace justo una hora. El pequeño Djapa...
—Jan...
—empezó a decir el sacerdote, que avanzó un paso hacia él.
Pero
Jan Szukalski le hizo señas para que guardara silencio.
—Había
ido a casa para cenar y me estaba preparando para regresar al hospital. Dos de
los hombres de Dieter Schmidt salieron a mi encuentro en la escalera de acceso
a mí casa. Kataryna todavía se estaba despidiendo de mí junto a la puerta, con
Alexander entre sus piernas. Los soldados se plantaron ante mí y exigieron
saber adónde iba. Antes de que tuviera la oportunidad de contestar, uno de
ellos me sujetó por un brazo. En cuanto lo hizo, el pequeño Djapa surgió como
una exhalación no sé de dónde y atacó la pierna del hombre, y éste...
—Szukalski se llevó las manos a la cara—. El soldado sacó rápidamente la
pistola y disparó a quemarropa. Fue todo tan confuso. Me quedé atónito;
simplemente, me quedé allí. Alexander empezó a llorar y el otro soldado se limitó
a reír. El soldado que había matado a Djapa le dio una patada con la otra bota,
y lo envió escalera abajo, hacia la calle, mientras el que estaba riendo me
preguntó si Alexander lloraba porque habían matado a su hermano. Fue todo...
como una pesadilla.
—
Jan, siéntate, vamos.
El
padre Wajda se enderezó y miró gravemente a Maria. Bajo la pálida luz
fluorescente del laboratorio el rostro de la mujer estaba mortalmente pálido;
unas sombras antinaturales cubrían los huecos de sus ojos y mejillas. Había
temor en su rostro, pero también algo más. Algo que él reconoció como la pátina
del horror.
—¡Sabe
que estamos tramando algo! —susurró Maria—. ¡Dieter Schmidt lo sabe!
—No,
no lo sabe —se apresuró a decir el sacerdote, que trataba de reprimir su propio
pánico—. Quiere hacernos creer que lo sabe. Pero sólo tienes que mirar a tu
alrededor, doctora. ¡Sólo mira a tu alrededor!
Ella
giró la cabeza rígidamente de un lado a otro, con los ojos grandes y asustados,
percibía los instrumentos retorcidos y alambicados del laboratorio, que
parecían surgir y entrelazarse dentro y fuera de las zonas de luz y sombra. De
algún modo, aquello ya no le resultaba familiar; la habitación había adquirído
de pronto un aspecto siniestro, casi amenazador.
—Estamos
a solas —susurró el sacerdote—. Y estamos aquí sentados sin que nadie nos
moleste. Nadie sabe que estamos aquí. Si Schmidt tuviera la menor idea, ya
habría venido, habría destrozado el laboratorio para divertirse un poco y nos
habría arrastrado a su sótano especial. Todavía estamos a salvo, doctora. Por
el momento. Pero no lo estaremos durante mucho tiempo.
Jan
juntó las manos, entrelazó los dedos y los apretó hasta que los nudillos se le
pusieron blancos.
—Debo
confesaros que había tenido mis dudas sobre esa epidemia, sobre sus
posibilidades de poder ponerla en marcha. Pero ahora no creo que tengamos
ninguna otra alternativa. De hecho, empiezo a pensar que deberíamos haber
iniciado esto hace mucho tiempo.
Los
tres se miraron mutuamente bajo la extraña luz del laboratorio y asintieron.
—¿Quiénes
son ellos? —preguntó María—. ¿Quién forma la Resistencia en Sofia, Jan?
—No
lo sé. Se mantienen bien ocultos. No creo que tengan su cuartel general en la
ciudad, pero no lo sé.
—Quizás
debiéramos ayudarles, Jan —dijo el sacerdote con un tono de voz opresivo.
—¿Qué?
—exclamó Szukalski, que se volvió para mirarle.
—Están
luchando, Jan, arriesgan sus vidas y, en realidad, están consiguiendo algo.
Quizás haya llegado el momento de empezar a luchar también contra los nazis de
la única forma que ellos son capaces de comprender.
Szukalski
consideró la idea por un momento y luego negó con la cabeza.
—No
puede ser una forma mejor, Piotr. Han conseguido algo, sí, pero sus resultados
sólo son inmediatos. Al final, terminarán perdiendo a tantos de los suyos como
nazis maten. Nuestra forma es mucho mejor, Piotr. Nosotros tres tendremos éxito
con nuestra resistencia pasiva. Salvaremos muchas vidas, y no derramaremos ni
una gota de sangre.
—Tiene
razón —asintió Maria—. Volar puentes puede representar un inconveniente para
los nazis, pero no les detendrá. Nuestra forma tiene que ser mejor.
El
padre Wajda asintió con resignación.
Los
dos médicos iniciaron su trabajo y, a medida que iban pasando los minutos, el
padre Wajda se encargó de vigilar la calle. Sobre la acera, los soldados nazis
patrullaban por parejas, con los rifles colgados al hombro.
Se
volvió a mirar a los dos médicos, inclinados sobre su trabajo, y pensó: «Su
lucha no es menos valerosa y peligrosa que la que se ha librado sobre el
Vístula. Tienen razón, la única forma de derrotar a los nazis consiste en ser
más listos que ellos».
—¿Estamos
ya preparados? —preguntó en voz baja.
Jan
asintió, y el padre Wajda sacudió la cabeza.
—Todavía
no comprendo cómo vas a hacerlo, Jan. No es posible fingir una epidemia. Sin
duda alguna, alguien divulgará el secreto.
—¿Quién?
Desde luego, no lo haremos ninguno de nosotros tres. Tampoco lo hará Kepler; él
se juega en esto tanto como nosotros. ¿Quién lo diría?
—
¡Cualquiera de las personas a las que inocules!
Jan
Szukalski dejó que una tímida sonrisa apareciera en su rostro.
—Me
has subestimado, amigo mío. No tengo la menor intención de comunicar nuestro
secreto a nadie.
—Entonces
—preguntó el sacerdote enarcando las cejas—, ¿cómo te propones inocular a mil
personas sin decirles lo que estás haciendo?
—Sorprendentemente,
ésa es la parte más sencilla de todo el asunto. Será lo que suceda más tarde lo
que nos dará mucho trabajo. Para contestar a tu pregunta, Piotr, tengo la
intención de que Maria y yo administremos la vacuna como terapia proteínica a
cualquiera que acuda a este hospital con el más pequeño síntoma de tifus. Con
eso me refiero a cualquiera que acuda a nosotros con cualquier clase de
malestar, escalofríos, fiebre, dolor de espalda o molestias en las piernas, a
quien se le pondrá una inyección de terapia proteínica, o eso se le hará creer.
—¿Por
qué precisamente a esas personas?
—Para
que más tarde, cuando envíe muestras de sangre al laboratorio central de
Varsovia, pueda demostrar que, en un principio, fue el paciente el que acudió a
mí con síntomas de tifus. ¿Me comprendes? Digamos que un hombre acude al
hospital y se queja de dolores de cabeza. Le diré que tiene tifus y le pondré
nuestra inyección, le contaré que es una terapia proteínica, y le pediré que al
cabo de siete días pase para hacerse un análisis rutinario de sangre, que luego
enviaré al laboratorio central. Si nuestra vacuna funciona, la prueba de
laboratorio de ese hombre dará un resultado positivo de tifus. Aunque el propio
paciente no sea consciente de ello, las autoridades de Varsovia lo inscribirán
como una víctima del tifus, y yo podré demostrar en mis registros que,
efectivamente, acudió a mí con un síntoma de esa enfermedad.
El
padre Wajda arrugó la cara, sumido en sus pensamientos.
—Pero
en realidad no tendrá tifus.
—No,
pero su análisis de sangre dirá que lo tiene. Y cuando hayamos obtenido
suficientes resultados positivos como ése, serán los propios alemanes los que
declaren esta zona en cuarentena. No vendrán a investigar porque sienten un
miedo terrible a la enfermedad y porque, además, sus propios laboratorios les
demostrarán que aquí se ha desatado una epidemia. También tengo la intención de
rellenar tantos certificados de defunción como pueda poniendo el tifus como
causa de la muerte.
—¿Qué
pasará con Dieter Schmidt?
Ante
la pregunta, la sonrisa de Szukalski se desvaneció y la expresión de su rostro
se ensombreció.
—Podría
representar un problema. En este caso tendremos que jugar con el propio temor
personal de ese hombre a la enfermedad. Si es tan quisquilloso como creo que
es, Dieter Schmidt no será precisamente el que acuda a la sala de aislamiento
de este hospital para ver si los informes son ciertos, y tampoco creo que se
moleste en investigar las granjas y pueblos que las propias autoridades
alemanas hayan declarado en cuarentena. Como ves, Piotr, no seremos Maria y yo
quienes hagamos estos descubrimientos, sino las propias autoridades sanitarias
alemanas, así que no creo que ponga en duda su veracidad.
—Pero
no verá a gente enferma.
—Tampoco
írá por ahí buscándola. Todos estarán en el hospital o en sus casas. 0 eso será
lo que pensará.
El
sacerdote se quedó mirando los dos rostros que tenía ante él, se daba cuenta de
que el plan de Szukalski había empezado a encontrar un hueco en su mente
racional.
—También
tenemos que confiar, Jan, en que los partisanos que volaron el puente no hagan
ninguna tontería y terminen por hacer caer sobre nosotros a todos los nazis que
hay en Polonia. Seríamos aniquilados antes de que pudiéramos empezar.
—Esa
es la razón por la que debemos darnos prisa —dijo Szukalski con una sonrisa
inflexible—. Parece ser que, por el momento, no sólo estamos luchando contra el
tiempo, sino también contra nuestros propios compatriotas.
—Y
todo eso depende del éxito de la prueba de laboratorio de Kepler —dijo el padre
Wajda, que volvió a sacudir la cabeza con escepticismo, al tiempo que recogía
el equipo y se disponía a marcharse.
—De
eso, y sólo de eso —asintió Szukalski—. Si el resultado de laboratorio de
Kepler es negativo, tendremos que abandonar toda la idea.
—Esta
noche rezaré una misa especial por ello. Creo que nos vendría bien una mano
divina que nos ayudara.
—Mientras
eso sucede, amigo Piotr, ¿querrás avisar a Kepler para que se reúna con
nosotros en la cripta mañana por la noche?
El
paso final iba a consistir en poner toda la vacuna en pequeños frascos limpios,
y colocar éstos en cajas que dejarían en la nevera escondida bajo la iglesia.
Fiel
a su naturaleza científica, Jan Szukalski colocó una última etiqueta sobre la
tapa de la caja de cartón.
Factor
Proteus
Número
de lote: I Volumen: 1.000 cc
Fecha:
30 de diciembre de 1941
Había
un nada disimulado desprecio en el rostro del hombre de la Gestapo que detuvo a
Hans y a Anna y les interrogó sobre adónde se dirigían. Tras exigir ver su
documentación, sólo cuando se hubo enterado del rango y el estatus de Kepler,
forzó un saludo de mala gana y los dejó marchar.
Kepler
mantuvo una actitud despreocupada y natural mientras ambos continuaban su
camino calle abajo.
—No
pueden imaginarse lo que estás haciendo conmigo —dijo Anna con tristeza—.
Piensan que te degradas a ti mismo.
Hans
le sonrió forzadamente y le tomó una mano enguantada.
—Nada
de eso, kochana Anna. Están celosos, eso es todo. Se preguntan quién diablos
puedo ser yo para conseguir a la chica más guapa de la ciudad.
—Eres
muy dulce, Hans Kepler —dijo ella ruborizándose.
—¿Es
eso lo que les has contado a tus padres sobre mí?
—Les
he contado muy poco, y no me están presionando. Ni siquiera me han preguntado
por qué no te los presento. En estos tiempos que corren parecen darse cuenta de
esas cosas.
A
pesar del número insólito de patrullas nazis que había por las calles, la noche
era deliciosa y vigorizante, con un aire claro como el cristal y un rico cielo
del color de la ciruela que empezaba a llenarse poco a poco de estrellas. Hans
trataba desesperadamente de aferrarse a este momento, caminaba sobre la nieve y
sostenía la mano de Anna en la suya. Pero le resultaba difícil. Algo había en
su mente.
—Hay
una realidad que tenemos que afrontar, Anna. Mi permiso termina dentro de siete
días y no hay forma de que pueda ampliarlo. Tampoco puedo decirte cuándo
regresaré a Sofia, si es que regreso alguna vez. Con esta guerra, ¿quién
sabe...?
—No
quiero que hables de eso. Esta noche no. Me prometiste que la pasaríamos
riendo.
Bajó
la mirada hacia su rostro y sintió cómo le latía el corazón en el pecho.
Enamorarse de ella había sido algo sencillo de aceptar, pero esto otro, el no
poder compartir sus secretos con ella, eso era más difícil de soportar. Sólo al
decirse a sí mismo que era por el propio bien de ella, por su seguridad, pudo
contener un repentino acceso de seguridad en sí mismo y no contarle nada.
Avanzaron
por la calle hasta llegar al cine.
—
¡Hay cola! —exclamó Anna.
—Siempre
la hay para ver al Gordo y el Flaco.
Ocuparon
sus puestos al final de la cola y desfilaron lentamente con el resto de la
gente, compraron las entradas y se acomodaron cerca de la pantalla. La película
de esta noche era muda, por lo que el pianista había destapado su instrumento y
preparaba una selección de acompañamiento musical improvisado. Mientras
observaban al resto del público que iba ocupando sus asientos, y luego
encontraba sitios donde quedarse de pie, junto a las paredes, o sentados en los
pasillos, Hans Kepler se inclinó hacia Anna y le murmuró:
—Mañana
por la noche habrá una fiesta de fin de año en el Águila Blanca. Se levantará
el toque de queda. ¿Quieres venir conmigo?
La
vio asentir vigorosamente en el momento en que se apagaban las luces de la
sala.
Kepler
fijó la mirada en la pantalla y echó la cabeza hacia atrás, a medida que los
títulos y créditos de la película pasaban ante sus ojos. Intentó rechazar los
pesados pensamientos de su mente: el final de su permiso, que se aproximaba
rápidamente, la misteriosa inyección que iba a ponerle Szukalski, y los días de
espera que seguirían después...
Justo
cuando todo aquello le pareció más de lo que podía resistir, cuando creía estar
a punto de levantarse de un salto y salir corriendo del atestado cine, la
escena inicial de la película apareció sobre la pantalla, y a medida que Hans
Kepler empezó a reír junto con el resto del público, simplemente de ver al
hombre grueso y al otro hombre delgado con sus ridículos sombreros, él también
sintió que se disipaba lentamente el peso de su conciencia. Y luego, durante el
resto de la noche, pudo entregarse por completo al mundo estrafalario del
encantador, delgado y despreocupado Laurel, y al de su grueso y dispéptico
compañero Hardy.
Eran
exactamente las ocho de la mañana del día siguiente cuando Hans subió los
escalones medievales que daban acceso a Saint Ambro. Se deslizó en silencio al
interior de la iglesia, se quitó la gorra de lana de la cabeza, hizo una buena
genuflexión hacia el lejano altar y, al no saber hacia dónde dirigirse, esperó.
Oyó
unos pasos suaves que se acercaban y poco después vio al padre Wajda emerger de
entre las sombras.
—Buenos
días —dijo el sacerdote con naturalidad, como si fuera un día más.
—Buenos
días, padre. Dígame algo.
—¿Sí?
—¿Cree
usted que me sentiré siempre nervioso en una iglesia?
—A
medida que te sientas en paz contigo mismo, hijo mío, también te sentirás en
paz con Dios —contestó el padre Wajda con un tono de voz reconfortante y una
expresión triste en la cara—. Y ahora, sígueme.
Cuando
el padre Wajda abrió una pequeña verja de hierro al fondo de la iglesia, Hans
se encontró en el centro de un ábside muy alto, cavernoso y profusamente
esculpido.
—Todo
esto ha sido despojado, naturalmente —susurró el sacerdote, que pasaba ahora
más allá de los escalones que daban acceso al altar, y se dirigía hacia una
entrada situada en un hueco profundamente envuelto en las sombras—. Cuando
llegaron los nazis, hace dos años, desvalijaron la iglesia y se llevaron la
mayor parte del oro y de los objetos preciosos. Pero los iconos de Saint Ambroz
que puedes ver en el políptico situado tras el altar son genuinos, y fueron
colocados por primera vez en 1407. Ya hemos llegado.
Extrajo
una llave de uno de los bolsillos de la sotana y la introdujo en la cerradura
de hierro de la puerta de acceso a la cripta. Esta vez, los goznes no
produjeron sonido alguno y la puerta se abrió con suavidad, no como la primera
vez que Wajda había bajado a la cripta con Szukalski y la incubadora. Los había
engrasado desde entonces. Una vez que hubieron pasado al otro lado cerró la
puerta con llave.
—Ahora
ten cuidado —susurró—. Esta escalera se ha desgastado por el uso durante varios
siglos, y está resbaladiza.
Descendieron
con lentitud hacia la cámara subterránea hundida directamente bajo el altar, y
Kepler tuvo que esforzar la vista en la penumbra.
Llegaron
finalmente al fondo y Kepler arrugó la nariz al percibir el desagradable hedor.
Era espeso y margoso, como el suelo húmedo, pero se mezclaba con otro olor casi
rancio. Imaginó que estaban respirando el mismo aire que los sacerdotes
medievales que hacía mucho tiempo habían enterrado a sus muertos aquí.
Vio
en un rincón a los doctores Szukalski y Duszynska, que trabajaban ante una
pequeña mesa.
—No
se ponga nervioso, Kepler —dijo Szukalski al darse cuenta de que una parte de
la pérdida de confianza del joven se debía al sorprendente ambiente—. Hemos
elegido este lugar en particular para realizar nuestro trabajo no por usted,
sino porque es posible que ampliemos un poco nuestro experimento. —Jan
Szukalski le ofreció su sonrisa más tranquilizadora—. Créame, todo esto no es
por usted. Si sólo se tratara de usted podríamos habernos arriesgado a hacerlo
en el hospital.
—¿Ampliar
el experimento? —preguntó Kepler con los ojos muy abiertos y asustados.
—Sí,
a otras personas. Si podemos rescatarle a usted de los nazis, ¿por qué no vamos
a poder hacerlo con otras personas? —A pesar de que hablaba en susurros, la voz
del médico sonó con una misteriosa resonancia en esta cripta funeraria—.
Siéntese, por favor —añadió Jan, y le indicó una de las sillas plegables que
formaban parte del mobiliario espartano—. Hemos preparado la vacuna de la que
le hablé, pero quiero discutir con usted unas cuantas cosas antes de seguir
adelante con la inyección.
—Me
dijo usted que podría correr algunos riesgos.
—Sí,
existe esa posibilidad. Creo que probablemente se le inflamará el brazo en el
lugar donde le pongamos la inyección, y tendrá un poco de fiebre durante un día
o dos. Nada grave. Eso es, al menos, lo que esperamos. Pero, como ya le dije
antes, la peor complicación que puedo concebir es que su cuerpo dé alguna clase
de respuesta completamente inesperada, algo que no hayamos podido prever con
anterioridad, y que esa reacción llegue a ser fatal.
—Tiene
razón, doctor. Eso sería una complicación grave, pero al menos me libraría de
tener que regresar al campo.
Szukalski
no sonrió al escuchar sus palabras, sino que dijo con expresión inexorable:
—También
podría significar la ejecución para todos nosotros. Nada le gustaría más a
Dieter Schmidt que achacarnos la muerte de un hombre de las SS.
—Doctor,
¿cuáles son exactamente sus planes en el caso de que su vacuna haga parecer que
tengo tifus?
—Si
funciona, Kepler, vamos a intentar que otras personas de esta zona parezcan
haber contraído también la enfermedad, y que nos encontramos ante una situación
epidémica. Esperamos conseguir de ese modo que se nos declare en cuarentena.
Kepler
asintió con un gesto. Miró a Maria Duszynska, cuyo rostro era espectralmente
blanco, como si acabara de incorporarse de uno de los sarcófagos, y luego al
padre Wajda, cuya expresión era muy seria.
—Es
una idea interesante. Una cuarentena. Pero ¿engañar a los nazis? —preguntó Hans
sacudiendo la cabeza—. Quizás durante una semana, o incluso un mes. Pero
finalmente se enterarán de la verdad y entonces ejecutarán a todos los
habitantes de esta ciudad. Sofia es un lugar importante para ellos, doctor,
pero la gente que vive aquí no lo es.
—Tenemos
que intentarlo —dijo Szukalski en voz baja—, del mismo modo que usted intenta
hacer lo que está haciendo. También debemos estar seguros de que podemos contar
con su plena cooperación, sí es que decidimos ejecutar ese plan. Necesitaremos
su ayuda para llevarlo a cabo.
—Desde
luego, puede contar con mi ayuda. Haré lo que me diga.
—En
tal caso, sigamos adelante. Y ahora, Kepler, recuerde que voy a tener que
ponerme en contacto con las autoridades alemanas dentro de cinco o seis días,
para decirles que está usted enfermo y que sospecho que puede tener tifus.
Dentro de siete días le tomaré una muestra de sangre que enviaremos al
laboratorio central de Varsovia, controlado por los nazis. Ellos me harán saber
si su prueba WeilFelix es positiva, lo que confirmaría mi diagnóstico de tifus,
o negativa, en cuyo caso tendría que suponer que o bien la bacteria Proteus
utilizada no pertenece a la cepa X19, o que la reacción que observé en los
cobayas no es la misma que se produce en los humanos. Con objeto de evitar
cualquier sospecha, debería saber lo suficiente sobre los síntomas del tifus como
para poder empezar a fingirlos de modo que se exija su hospitalización como si
tuviera efectivamente la enfermedad. —Szukalski se apartó a un lado y le dijo a
Maria—: ¿Quieres explicarle cómo es el tifus y qué síntomas podemos esperar que
aparezcan?
Después,
regresó a la mesa y abrió el primer frasco de vacuna y extrajo un centímetro
cúbico en una jeringuilla, la mantuvo en alto y expulsó las pequeñas burbujas
de aire a través de la aguja.
Kepler
se quitó la chaqueta y se subió la manga de la camisa hasta dejar al
descubierto la parte superior del brazo.
Szukalski
le limpió la piel con una torunda de algodón empapada en alcohol y luego le
inyectó la vacuna en lo profundo de la cabeza lateral del músculo tríceps.
Kepler parpadeó ligeramente.
—Ya
lo tenemos —dijo Szukalski al retirar la aguja y masajear con el algodón el
lugar donde había puesto la inyección—. Ya hemos dado nuestro primer paso.
—Doctora
Duszynska, iba usted a explicarme...
—Ah,
sí —dijo ella mientras levantaba la cabeza y apartaba la mirada de la aguja—.
Un caso típico de tifus se inicia de un modo bastante abrupto, con una sucesión
de sensaciones de escalofríos, seguida por fiebre. La fiebre sube con bastante
rapidez a los treinta y ocho o treinta y nueve grados, y va acompañada de
dolores de cabeza, aturdimiento, molestias y dolores musculares e insomnio.
Tendrá usted que fingir esos síntomas y entonces querremos hospitalizarle,
probablemente mañana mismo. Tendrá que ser su abuela la que le convenza de que
está enfermo y será ella la que llame al médico. Si puede, mantenga una toalla
muy caliente sobre la cabeza durante un rato, antes de decirle que no se
encuentra bien; de ese modo, cuando le ponga una mano sobre la frente, lo que
hará de modo natural, tendrá la impresión de que está ardiendo.
—¿Tengo
que hacerlo esta noche? —Los dos médicos asintieron—. Lo intentaré. Voy a ir al
Aguila Blanca para el baile de fin de año.
—Tanto
mejor. Empiece a quejarse ante la persona que le acompañe. Y ahora —añadió
Szukalski, que se aclaró la garganta, haciendo que el sonido reverberara contra
los antiguos muros—. Hay una cosa más que debemos dejar bien clara. Si la
prueba WeilFelix resultara negativa, cambiaremos el diagnóstico para decir que
tiene gripe y tendrá que seguir su propio camino. No dispondremos de tiempo
para intentar otra vacuna con usted antes de que haya terminado su permiso.
—En
ese caso, esta noche celebraré adecuadamente el fin de año, doctor. Mañana es
Año Nuevo y posiblemente eso represente una nueva vida para mí. Haré que esta
noche valga la pena. —Consiguió esbozar una débil sonrisa—. Es la víspera de
Año Nuevo y tengo una cita con una de sus enfermeras.
Szukalski,
que en ese momento se encontraba apoyado sobre la mesa, se incorporó de un
salto, asustado.
173
—¿Qué?
¿Quién es ella?
—Anna
Krasinska.
—¿No
le habrá...?
—No,
doctor, no le he dicho nada. Créame, soy tan consciente como ustedes de la
necesidad de guardar el secreto. — Se bajó la manga de la camisa y se volvió a
poner la chaqueta—. Tendrá noticias mías mañana.
Y al
volverse para marcharse, el SSRottenführer Hans Kepler se detuvo para mirar a
Piotr Wajda a la luz del ambiente medieval, y como si estuviera representando
un papel en una extraña obra de teatro, el joven hombre de las SS le dijo con
tono solemne:
—Padre,
rece por mí...
13
Trabajaron
en silencio e incansablemente para ocultar las armas que habían tomado del
tren. Sus lugares de almacenamiento eran las pequeñas cámaras y nichos que
abundaban en la gigantesca caverna; cada uno de aquellos espacios de piedra
caliza quedó lleno de armas y municiones, que luego quedaron ocultos con una
pared de rocas y cascajos. El almacenaje se hizo de forma tan meticulosa que
sólo la más concienzuda inspección descubriría aquellas cámaras ocultas por
detrás de los muros de piedra.
Luego,
los partisanos se relajaron envueltos por el calor de la cueva principal;
algunos de ellos se pusieron a comer, y otros a dormir. Los ancianos que habían
permanecido en la cueva habían preparado un cocido muy apetitoso que ahora
devoraron los fatigados partisanos.
—¡No
me lo puedo creer! —dijo Moisze con un pesado suspiro—. Lo hemos hecho de
verdad. ¡Y nos ha salido bien!
Ester
asintió vigorosamente y señaló con la cuchara a través del fuego de campamento.
— Se
lo debemos a Brunek Matuszek. Sin él, nunca habríamos podido intentar hacer
algo tan grande.
—Disponemos
de más de mil armas de fuego de todo tipo —dijo Antek mientras introducía una
costra de pan en su cuenco—. Suficiente para un ejército.
—Un
ejército de veinte —dijo una voz sombría. Se volvieron a mirar a David, que no
había tocado su comida. Moisze Bromberg se dispuso a decir algo, pero David
continuó—: ¡Ha llegado el momento de aumentar nuestras fuerzas! Con un ejército
situado en la retaguardia de los alemanes, y con los rusos delante de ellos,
podríamos aplastarlos. ¡Podríamos expulsarlos de Polonia! Y nuestro ejército se
hará más grande. Conseguiremos más y más armas, y atraeremos a más y más gente
a nuestra causa.
—No
funcionaría, David —dijo Moisze sacudiendo la cabeza—. Los nazis les han dicho
a esos judíos que van en los trenes, que los llevan a un lugar para trabajar,
donde recibirán nuevos hogares. ¿Crees que te seguirían alegremente una vez
bajaran del tren?
—¡Pero
si les decimos lo que ocurre! —dijo David elevando el tono de voz, con las
venas del cuello hinchadas—. Nos creerían, creerían a sus hermanos judíos. Les
diremos lo que les espera en Auschwitz y bajarán del tren para abrazarnos y
luchar con nosotros.
—Tienes
razón —dijo Brunek Matuszek con voz serena—. Necesitamos un ejército, pero no
como el que tú dices. Necesitamos reunir a lo que queda del ejército polaco y
organizarlos. Se hallan desperdigados por todo el país, se ocultan y trabajan
de algún modo para la Resistencia. Eso es lo que necesitamos. Gente con
experiencia. Y luego, deberíamos destruir sistemáticamente los baluartes nazis,
como ese depósito de municiones situado en las afueras de Sofía.
—De
hecho, deberíamos dar otro gran golpe y con rapidez —intervino Antek antes de
que pudiera hacerlo David— . Hacer creer a los nazis que formamos un grupo
grande y poderoso. ¿Has visto los morteros que hay en esas cajas? Son las armas
perfectas para atacar el depósito de municiones. Un buen golpe más y luego
abandonar esta cueva y ocultarnos en las montañas, antes de que puedan
encontrarnos.
Brunek
asintió pensativamente.
—Amigos
míos, mucho mejor que disponer de un gran ejército es tener varios grupos de
sabotaje que sean pequeños y eficientes, con capacidad para golpear con dureza
y rapidez y para desaparecer antes de que los alemanes descubran su rastro. Así
es como se hacen las cosas en el norte, en los alrededores de Varsovia. Así es
como se puede ser realmente efectivo contra los nazis.
—Muy
bien —dijo David—, pero eso no descarta que podamos utilizar a la gente de los
trenes. Seguirán gustosos tus órdenes. Sólo tienes que darles armas y decirles
lo que deben hacer. Organizarlos en pequeños grupos, cada uno de ellos dirigido
por uno de nosotros. Lucharían si supieran a dónde los llevan los nazis.
Moisze
sacudió la cabeza con expresión entristecida.
—Nunca
te creerán, David. Los alemanes son muy buenos embusteros. La gente sube a esos
trenes con serenidad y en paz. No creo que puedas convencerles de que bajen y
se levanten en armas.
El
joven de dieciocho años recorrió el grupo con la mirada, se detuvo primero en
Abraham, cuyo rostro reflejaba su propia pasión, y se fijó finalmente en la
belleza de Leokadja. Los ojos de la mujer, como la malaquita pulida,
contemplaban intensamente el fuego. Y David pensó: «Ella sabe lo que estoy
sintiendo. Y está de acuerdo conmigo».
Brunek,
entristecido por la desesperación que había en la voz del joven, dijo
pausadamente:
—Sabemos
que los judíos no tienen miedo de luchar. Pero lo que necesitamos es un núcleo
fuerte de hombres entrenados. Tú estás sugiriendo un ejército de personas
confusas y desorganizadas...
David
se incorporó de un salto.
—Estáis
equivocados —dijo con voz tensa—. Todos estáis equivocados.
Giró
sobre sus talones y se dirigió hacia la entrada de la cueva, al tiempo que
tomaba de paso su chaqueta de piel de oveja.
—¡David!
—exclamó Moisze, que hizo ademán de levantarse.
Pero
Brunek puso una mano sobre el brazo del carnicero y sacudió la cabeza.
—Tú
también fuiste joven alguna vez, amigo mío —le dijo—. ¿Has olvidado acaso los
fuegos que ardían entonces en tu interior? El es un buen luchador, y tiene el
valor de cien hombres. Deja que piense en nuestras palabras. Volverá. No te
enfrentes a él, Moisze. Tenemos que permanecer juntos.
En
cuanto el joven se hubo deslizado por la pequeña abertura situada en la cara
del risco, Leokadja se levantó dejándose llevar por un impulso y lo siguió. Los
demás, sentados alrededor del fuego, la observaron y no dijeron nada. Todos y
cada uno de ellos sabían que éstos eran tiempos muy especiales.
David
se puso la chaqueta y los guantes al tiempo que se alejaba sobre la nieve y
subía por el estrecho sendero. Los dos centinelas de guardia, que vigilaban la
cueva desde un punto de observación oculto, vieron a Leokadja correr
apresuradamente hasta alcanzar a David para luego caminar a su lado.
Al
llegar a lo alto del risco, David se detuvo y miró a su alrededor, contempló el
puro paisaje invernal. La serenidad que despedía era casi una burla. Se volvió
hacia la mujer y ésta le preguntó con suavidad:
—¿Adónde
vas?
—Cuando
trabajaba en la granja de mi padre y quería pensar, siempre montaba en la yegua
y cabalgaba por el campo —contestó con actitud distante.
—¿Quieres
ir solo?
Miró
los ojos verdes, del color del musgo en primavera, pensó un momento y
finalmente contestó:
—No.
Sin
decir nada más, los dos continuaron caminando entre los árboles. Al llegar
donde estaba la yegua, que ramoneaba un poco de hierba que no había quedado
cubierta por la nieve, David y Leokadja montaron en ella como habían hecho el
día anterior en el puente, con los brazos de Leokadja firmemente apretados
alrededor de su cintura, y luego se perdieron entre los bosques.
Lehman
Bruckner caminaba apresuradamente sobre la calle cubierta por la nieve medio
derretida, con los hombros inclinados para protegerse del frío; se detenía a
cada pocos metros para golpear el suelo con los pies y estimular la
circulación. Llevaba el cuello del abrigo levantado hasta las orejas, y las
manos enguantadas metidas en lo más profundo de los bolsillos. Bruckner odiaba
el frío; en invierno, tenía la impresión de no poder calentarse nunca.
Al
llegar ante la casa de ladrillo de dos pisos donde ocupaba un piso de dos
habitaciones sobre una mercería, el técnico de rostro enjuto observó, por las
huellas dejadas en la nieve, que su compañero de piso había llegado antes que
él. Al pasar por la puerta y entrar en el pequeño vestíbulo que compartían con
la tienda, también observó con irritación que Sergei había dejado de nuevo
huellas de nieve en la escalera. Lehman se sacudió los zapatos sobre la pequeña
esterilla que había al otro lado de la puerta, y murmuró invectivas contra la
desconsideración y la pereza de su compañero de piso.
Al
subir la escalera, todavía se enojó más al ver que la puerta del piso estaba
completamente abierta.
—¡Estará
helado! —murmuró al entrar en el diminuto salón y cerrar la puerta con
violencia—Me congelo el trasero durante todo el día en ese laboratorio y luego
llego a casa para sufrir lo mismo —dijo con los dientes apretados.
Sin
quitarse el abrigo, Lehman Bruckner dejó caer su delgado cuerpo sobre el sofá y
se quedó contemplando de mal humor el fuego de la chimenea.
—¿Eres
tú, Lehman? —preguntó una voz desde la pequeña habitación que servía de cocina
y comedor.
Bruckner
no se molestó en contestar. Un instante después, un hombre joven y musculoso,
desnudo de cintura para arriba, apareció en la puerta. Era un joven corpulento,
de anchas espaldas, unos músculos bien tonificados y abultados y una pesada
mandíbula cuadrada. Hablaba polaco con un débil acento, inidentificable.
—¿Lehman?
—Eres
un cerdo —gruñó su amigo, sin levantar la mirada—. Eres el cerdo más
desconsiderado que he conocido. Psiakrew! Me mato a trabajar para intentar
mantener este lugar limpio y tú vas dejando por todas partes huellas de pies
mojados y ni siquiera te molestas en cerrar la puerta para que este condenado
agujero pueda calentarse un poco. Ya sabes lo sensible que soy al frío.
Lehman,
Lehman —dijo Sergei mientras se acercaba al sofá, imperturbable—. La habitación
estaba tan caliente cuando llegué, que dejé la puerta abierta para que entrara
un poco de aire fresco. Vamos, no hace tanto frío para que te pongas así,
¿verdad? —Dejó caer un brazo largo y bien desarrollado alrededor del hombro de
Bruckner y le dio unas suaves palmaditas—. Y ahora dime, ¿cómo te ha ido el
día?
Bruckner
se arrellanó en el sofá y dejó descansar la cabeza sobre los cojines.
—La
misma mierda de siempre. ¡Éste es un trabajo nauseabundo y desagradecido! Ese
laboratorio me da náuseas, Sergei. Daría cualquier cosa por salir de allí.
—Hubo
un tiempo en que te encantaba.
—Sí,
debía de estar loco. Pero esos médicos me ponen los nervios de punta. ¡Quién
sabe qué andarán haciendo! ¿Quién puede imaginárselo?
—¿Qué
ha ocurrido?
—Oh,
en realidad nada. Hace un par de noches los descubrí a los dos trabajando en
algo, en el laboratorio. Una vez que se hubieron marchado, decidí echar un
vistazo. Demonios, por su forma de actuar se diría que guardaban un secreto o
algo parecido.
—¿Y
de qué se trataba?
—Nada,
sólo de un inútil cultivo de bacterias Proteus. ¡Quién sabe para qué las
querrían! Al diablo con ellos. No me importa.
—Déjame
que te prepare una copa.
—Tiene
que haber algo mejor para mí —siguió diciendo Lehman Bruckner con expresión
hosca—. En alguna parte tiene que haber una forma de salir de esto.
—Cuando
te pones a hablar así me asustas, y tú lo sabes. Toma —dijo Sergei, que le
tendió a su amigo un vaso de vodka y se sentó a su lado, en el sofá. Bruckner
emitió un gruñido y tomó un sorbo—. Hoy he conseguido unas chuletas de cerdo
—siguió diciendo Sergei, que trataba de encontrar las palabras mágicas que
animaran a su amigo—. Frescas. Y me resultó fácil conseguirlas. Nadie me vio. Y
todavía nos quedan tres patatas. Ayúdame a cocinarlas, Lehman. Las disfrutarás.
Y después te daré un masaje. Ya sabes lo mucho que te gusta que te den un
masaje.
Bruckner
no dijo nada y volvió a tomar otro sorbo de vodka.
Había
algo más que le preocupaba, algo que iba más allá del comportamiento irritante
de los médicos de Sofia. Pero no podía decírselo a su compañero de piso, porque
lo que perturbaba al técnico de laboratorio era algo que no podía comunicarle a
nadie, ní siquiera a su único amigo.
Lehman
Bruckner guardaba un secreto. En realidad, era un miembro del SD, el servicio
de inteligencia de las SS, y el verdadero puesto que ocupaba en Sofia no era el
de técnico de laboratorio, sino el de espía.
Lo
habían destinado aquí unos pocos meses después del Blitz, cuando la Resistencia
en Polonia empezó a ganar terreno, y su trabajo durante aquel año y medio había
consistido en intentar descubrir a los partisanos e informar sobre ello al
comandante nazi local, Dieter Schmidt.
Desgraciadamente,
durante todo el tiempo que llevaba actuando como espía, Bruckner había tenido
muy pocos éxitos debido a un hecho muy sencillo: no podía hacer amigos.
Sabía
que un buen espía debía poder infiltrarse entre las filas de quienes debía
espiar, debía ganarse su confianza y, con el transcurso del tiempo, tener
acceso a sus secretos. Para esta misión en particular, sin embargo, Bruckner
había significado una pobre elección. Aunque disponía de la educación, el
entrenamiento y la agudeza de ingenio suficientes para trabajar como un miembro
clandestino del servicio de inteligencia, al técnico de laboratorio le faltaba
la humanidad necesaria para tener éxito.
Y,
lo que era peor, Lehman lo sabía.
Reflexionó
ahora sobre este hecho, sin hacer caso de los cuidados de Sergei, pensaba con
tristeza en aquella deficiencia que no encontraba medio de compensar.
Aquellos
actos de sabotaje que se producían en la zona eran, evidentemente, obra de un
grupo secreto de la Resistencia. Tenían que estar cerca y quizás tuvieran
incluso su cuartel general en Sofia. Estaba seguro. Pero ¿cómo infiltrarse
entre ellos? ¿Cómo ganarse su confianza y conocer sus secretos? Sus superiores
lo presionaban para que encontrara a esos partisanos y se los entregara a
Schmidt.
Bruckner
meditó sombríamente mientras se tomaba la bebida. Lo cierto era que, hasta el
momento, no había podido descubrir ninguna información sobre las actividades de
la Resistencia en Sofia. Y si no hacía progresos inmediatamente, podía caer en
desgracia ante el Alto Mando.
Pensó
en los médicos y en sus peculiares movimientos. Pensó en el sacerdote, que
había estado con ellos en el laboratorio, y decidió vigilarlos más de cerca.
Cabalgaron
durante largo rato, deteniéndose de vez en cuando para aguzar el oído por si
detectaban exploradores alemanes, hasta que llegaron al lindero del bosque y
vieron ante ellos una vasta extensión de campos nevados.
—¿Dónde
estamos? —susurró Leokadja, que hablaba por primera vez desde que abandonaron
la cueva.
David
miró la suave ondulación de los campos nevados, de aspecto frío y color lavanda
en la oscuridad y contestó en voz baja:
—Estamos
cerca de la granja de mi padre. —Su tono de voz era pesado y taciturno—. He
vuelto en varias ocasiones desde que la incendiaron hasta los cimientos. En
realidad, allí no queda nada, excepto un destartalado y viejo cobertizo que los
nazis ni siquiera se molestaron en incendiar. La casa ha desaparecido,
naturalmente.
David
escrutó el manto blanco que se extendía hasta el horizonte, distinguió poco a
poco los puntos diseminados que eran las granjas. De algunos de ellos surgían
espirales de humo que se elevaban de los tejados; granjas que permanecían
ocupadas porque los alemanes necesitaban las cosechas.
—Dicen
que los campesinos judíos no existen, que sólo somos sastres y joyeros. Pero mi
padre lo era. Amaba la tierra y a los animales, y le encantaba trabajar la
tierra. Ahorró todo lo que pudo para enviarme a estudiar a la universidad de
Cracovia. Iba a ser matemático.
Con
una presión suave de los talones, David hizo avanzar la yegua. Cabalgaron
velozmente sobre los campos blancos; la nieve en polvo amortiguaba el sonido de
los cascos del animal. Leokadja, que se sujetaba con firmeza al joven, vigilaba
con atención por si descubría patrullas alemanas. Pero pudieron llegar a las
ruinas de la granja Ryz en pocos minutos sin ser vistos.
David
desmontó de un salto y ayudó a Leokadja a deslizarse hasta el suelo,
sujetándola con las manos por la delgada cintura.
—
Quiero echar un vistazo.
Ella
asintió, comprensiva.
La
penumbra se desvanecía con rapidez para convertirse en una noche púrpura,
mientras los dos caminaban serios sobre la nieve. Permanecieron durante un rato
en silencio ante los restos ennegrecidos de la casa. David, con la cabeza
inclinada y las manos entrelazadas, y Leokadja, observándole de cerca, sentía
que su corazón deseaba consolarle.
Una
vez que David hubo rendido su silencioso homenaje, la noche ya había descendido
por completo sobre ellos; el escenario invernal se convirtió en una fantasía de
árboles blancos y estrellas de cristal. Regresaron a donde estaba la yegua y se
miraron fijamente en la oscuridad, sentían cómo el silencio de la granja les
rodeaba. La yegua bufó y pateó la nieve; se estaba volviendo vieja e
impaciente. David levantó una mano y le dio unas afectuosas palmadas sobre el
amplio vientre mientras murmuraba algo en yiddish.
—¿Qué
le has dicho? —preguntó Leokadja.
—Le
he dicho que no la obligaría a cabalgar de regreso esta noche. Tendremos que
quedarnos aquí, al menos por un tiempo.
—Muy
bien.
Tomando
las riendas, David condujo al animal hacia el destartalado cobertizo, donde un
viento cruel soplaba por entre las tablas rotas. En el interior, encontró algo
de heno mohoso y unos pocos sacos de arpillera en un rincón. Llamó a la joven.
—Podríamos
abrigarnos aquí, darle de comer a la yegua y encender fuego.
De
repente, algo blanco y de movimientos rápidos surgió de debajo del heno y pasó
corriendo entre sus pies.
—¿Qué
es? —preguntó Leokadja, asustada.
David
se volvió a mirar al animal y sonrió con una mueca.
—¡Un
pato! No, no es un pato. ¡Es una cena!
En
un instante, salió corriendo tras el pato, zigzagueando sobre la nieve.
Leokadja se echó a reír al verle dar un salto en el aire y descender entre una
explosión de nieve. Cuando el joven rodó sobre sí mismo y se sentó, tenía bien
sujeto al pato por el cuello.
—¡Podemos
comer! —gritó.
—Dámelo
a mí —dijo Leokadja, que tomó el pato estrangulado de sus manos y desenvainó el
cuchillo que llevaba al cinto—. Enciende un fuego. Yo me encargaré de esto.
David
no tuvo problemas para excavar un hoyo en el suelo de tierra del cobertizo y
rodearlo con las piedras que encontró bajo la nieve. Encender el fuego también
le resultó bastante fácil; arrancó unas pocas planchas de una de las paredes de
madera del cobertizo, las partió y encendió las que estaban más secas con una
cerilla. Después de colocar unas pocas piedras más pequeñas en el fondo del
hoyo y mantenerlas calientes ardiéndoles un poco de heno y trozos de madera, no
tardó en disponer de un buen fuego para Leokadja.
Asombrado
al comprobar el excelente trabajo que había hecho ella para preparar el ave,
David atravesó el cuerpo del animal con un palo largo y recto y luego lo fijó
sobre una espita hecha a base de palos, sobre las llamas.
—Podremos
comer dentro de un momento —le dijo mientras se volvía hacia ella y le
sonreía—. Has hecho un buen trabajo.
—Cuando
estalló la guerra vivía en una ciudad —dijo ella mientras se sentaba a su lado
sobre uno de los sacos de arpillera—, pero en los dos últimos años he aprendido
a hacer cosas que jamás pensé que llegaría a hacer. —David la miró, con mil
preguntas que hacerle, pero permaneció en silencio. Leokadja le sonrió casi con
timidez—. No ha sido fácil. Nunca lo es para una mujer.
—¿Qué
te permite seguir adelante? —le preguntó con dulzura.
—La
esperanza de encontrar algún día a mi marido. Estoy segura de que fue enviado
al frente oriental. Allí es a donde envían a todos los reclutas de leva. Y
allí... —suspiró penosamente—. Bueno, quién sabe lo que puede haberle ocurrido
allí.
—¿Y
eso fue hace dos años?
—Sí.
David
hacía girar el espetón, daba vueltas al pavo y atizaba el fuego para avivar la
llama. Levantó la cabeza para mirar a Leokadja.
—Sabes
lo que a mí me permite seguir adelante, ¿verdad?
—Sí
—susurró ella.
—¿Sabes?,
la guerra es algo muy extraño —dijo con una sonrisa triste—. En realidad, yo no
era sionista hasta que estalló. Entonces, vi lo que estaban haciendo los
alemanes con mi pueblo, y algo cambió en mí. Abraham y yo, bueno, no siempre
fuimos como somos ahora.
—Lo
sé.
—Y
mi lucha no está en realidad al lado de los goyim, aunque eso sea lo que Brunek
y los otros puedan pensar. De hecho, no estoy en contra de nadie, Leokadja,
sino sólo a favor de mi pueblo. ¿Tiene eso algún sentido?
—Al
final, todo es lo mismo —dijo ella encogiéndose de hombros—. Lo fundamental no
son nuestras motivaciones, sino el hecho de que estemos luchando. Mis razones
son diferentes a las tuyas, pero los medios que utilizamos son los mismos. Y
eso es lo único que importa en estos momentos.
—Supongo
que así es.
—¿Te
has dado cuenta de que ésta es la primera vez?
—¿A
qué te refieres? —preguntó él con el ceño fruncido.
—La
primera vez que me has llamado por mi nombre. David la miró a los ojos durante
largo rato, perplejo.
—No
ha sido difícil —dijo finalmente, casi de mala gana—.
Es
un nombre muy bonito.
—No
deberíamos sentir antipatía el uno por el otro, David. El joven se quedó
mirándose las manos fijamente, con el rostro contorsionado por la
incertidumbre. Al hablar, las palabras brotaron de sus labios casi en contra de
su voluntad.
—En
mi corazón no queda espacio para sentir simpatía por nadie, Leokadja, como
también sé que no lo hay en el tuyo. En cierto sentido, tú y yo somos iguales.
Estamos vivos por una sola razón, para luchar.
—Sí,
lo sé.
Levantó
la cabeza para mirarla, con una expresión de confusión en los ojos.
—Sabes
por qué tengo que detener esos trenes oscuros, ¿verdad?
—Sí.
—A
mis padres se los llevaron en uno de esos trenes. No pude salvarles a ellos,
pero puedo salvar a otros.
—Lo
sé.
Contemplando
su juventud, su inocente perplejidad, Leokadja se sintió de repente algo más
que siete años mayor que él. Y también pensó: «Procedemos de mundos tan
diferentes...».
Cuando
el silencio se alargó más de lo que pudo soportar, David se incorporó y echó un
vistazo a su alrededor.
—Tendremos
que prepararnos un par de camas. Tú puedes quedarte con los sacos de arpillera
y dormir aquí, junto al fuego. Yo me acurrucaré en aquel rincón, donde todavía
queda heno suficiente...
Leokadja
también se levantó de improviso, se situó cerca de él y negó con un movimiento
de cabeza.
—¿Qué
ocurre? —preguntó David.
—Quiero
dormir contigo.
La
perplejidad apareció de nuevo allí, sobre su rostro, mientras ella extendía una
mano, la colocaba sobre su nuca y le posaba tiernamente los labios sobre los
suyos. David respondió cálidamente, la tomó en sus brazos y la besó después
fervientemente. Y, de repente, la lucha pareció quedar a cargo de otros.
14
Esa
noche, cuando Kepler se encontró con Anna ante su casa, sentía molestias en el
brazo. Estaba en el escalón inferior exactamente a las nueve en punto, soplaba
sobre las manos para calentárselas, y se frotaba de vez en cuando el lugar
sensibilizado, justo por debajo del hombro. Al abrirse la puerta, se derramó
una luz cálida sobre la nieve y cuando apareció por un momento la silueta de
Anna ante la luz, Kepler se olvidó en seguida de su molestia y sonrió.
—Estás
muy hermosa —dijo mientras la veía descender los escalones con cuidado.
—Tenía
mucho miedo de que hubieran prohibido el baile a causa de la destrucción del
puente —dijo ella al encontrarse a su lado.
—Eso
ha ocurrido fuera del territorio de Schmidt —dijo él encogiéndose de hombros—,
y apostaría a que esta noche no se celebra ninguna fiesta por los alrededores
de Sandomierz. Vamos, moja kochana, olvidémonos de los puentes y las bombas.
Se
giraron y echaron a caminar sobre la calle alfombrada de blanco. Al acercarse
al hotel Aguila Blanca, Anna sintió la crudeza del viento que soplaba desde el
Vístula, se agarró instintivamente al brazo de su acompañante, y se apretó
contra su calor. Al hacerlo, él emitió un leve gemido involuntario.
—¿Qué
te ocurre, Hans?
—No
es nada. Me duele el brazo. Debo de haberme golpeado contra algo —dijo,
mientras le dirigía una sonrisa tranquílizadora.
Sin
embargo, mientras caminaban por las oscuras calles heladas, observó consternado
que el dolor de la parte superior del brazo no sólo parecía aumentar poco a
poco, sino que también empezaba a sentir dolor de cabeza.
El
Aguila Blanca se había convertido en hotel a partir de una residencia de un
conde polaco del siglo xvm; se hallaba algo apartado de la ciudad, sobre
terrenos propios, rodeado en verano por exuberantes prados verdes. La mansión
campestre de dos pisos se elevaba ahora sobre un manto de nieve. Había establos
a un lado, y una zona cubierta de gravilla, llena ahora de carros, droshky,
caballos, bicicletas y unos pocos automóviles.
A
medida que la joven pareja se acercaba por el camino empedrado que conducía a
la entrada del hotel, pudieron oír los vivos compases de la música que
interpretaba la banda, y el ruido sordo y distante que producían muchos pies.
Las brillantes luces iluminaban todas las ventanas y la puerta, y el humo que
surgía de las dos chimeneas se enroscaba, elevándose hacia el cielo nocturno.
El viento que soplaba del río traía consigo el aroma mezclado de la col cocida,
el cerdo asado y el pastel caliente de calabaza.
No
quedaban mesas vacías en el gran vestíbulo que ahora servía como sala comedor y
pista de baile, pero aún pudieron encontrar unas pocas sillas libres. Se
abrieron paso entre la multitud que abarrotaba la entrada y el bar, y Kepler
consiguió arrastrar dos sillas hacia una mesa donde había otras tres parejas
que contemplaban a los que bailaban, y se dejó caer sobre una de ellas antes
incluso de que Anna tuviera tiempo de quitarse el abrigo.
Ahora,
la cabeza le dolía terriblemente.
—¿Hans?
—Una mano fría se posó sobre la suya—. ¿Hans?
Levantó
la mirada hacia los ojos preocupados de Anna.
—Estoy
bien —dijo; tuvo que gritar por encima del clamor de la banda de cinco músicos.
Un
gran grupo de alegres bailarines se movía al estridente son de una polka sobre
la pista de baile.
—¿Estás
seguro? Pareces un poco sofocado.
—Sólo
necesito tomar algo de vodka —dijo él a la ligera, para tratar de
tranquilizarla.
Cuando
Kepler logró quitarse el abrigo, para lo que hizo esfuerzos por mover el brazo
inflamado, pasó a su lado un camarero que llevaba una bandeja cargada de
jarras. Hans le tendió algo de dinero y recibió dos jarras de humeante vodka
aderezado con miel.
Aquella
bebida le ayudaría. Tendría que ayudarle. Quería que ésta fuera una noche
especial de diversión y música en la que pudiera sostener a Anna en sus brazos.
¿Cuándo volvería a presentársele una oportunidad como ésta? Quizás no en mucho
tiempo. Si al menos no le doliera tanto el brazo. Si no tuviera este creciente
dolor de cabeza. ¿A qué venía todo esto...?
La
música resonaba atronadoramente en sus oídos. El calor de la sala parecía
aumentar con el ritmo de la música, de modo que Hans se pasaba repetidamente un
dedo por el cuello del suéter de cuello alto. La gente gritaba y rugía, se
abandonaba a una noche de locura; tanto los jóvenes como los viejos habían
acudido aquí para olvidar el significado de las esvásticas que colgaban sobre
cada puerta.
Y
Hans Kepler deseaba unirse a ellos. Girar con Anna por la pista de baile y
oírla reír. Y besarla por primera vez. Pero no podía. Como si el brazo v la
cabeza palpitante no fueran suficientes, notó que empezaba a sudar
copiosamente.
—Hans,
¿qué te ocurre? —preguntó Anna, que se volvió a mirarle, con los ojos llenos de
preocupación—. No tienes buen aspecto.
—Seguramente
debo sentirme afectado por un resfriado, la gripe o algo así.
Ella
se inclinó hacia adelante y colocó una mano profesional sobre su frente.
—Tienes
fiebre. No es mucha, quizás un grado o dos. ¿Quieres que nos marchemos?
—No,
no. Estoy bien, de veras. Sólo me duele un poco la cabeza. Otra copa y me
sentiré mejor.
Cuando
el camarero volvió a pasar por su lado, Hans compró dos vodkas más y vació su
jarra de inmediato. Pero, cuando la banda atacó una mazurka familiar v Kepler
se levantó para sacar a Anna a la pista de baile, experimentó unas náuseas
repentinas.
«¡Dios
mío! —pensó aturdido. ¿Es posible que me hayan puesto una verdadera inyección
de tifus?»
Volvió
a dejarse caer sobre la silla, mientras Anna le limpiaba la frente con un
pañuelo perfumado. Le estaba diciendo algo, pero él no podía oírla.
«¡No,
Szukalski no me haría una cosa así! ¿Verdad? ¡No, es una locura! ¿Por qué
querría matarme?»
Aunque
fue Anna la que habló cerca de su oreja, lo que él oyó fue la voz de Szukalski:
«La peor complicación que puedo concebir es que su cuerpo reaccione con una
respuesta completamente inesperada... que podría ser fatal».
—Anna...
—se oyó decir a sí mismo—. ¿Te importaría que nos marcháramos? Me estoy
sintiendo muy mal.
Ella
se puso apresuradamente el abrigo, y ayudó a Hans a ponerse el suyo. Lo tomó de
la mano y lo ayudó a abrirse paso entre la multitud. En el exterior, al aire
invernal, Kepler pudo respirar un poco más fácilmente.
—¿Te
importaría que fuéramos directamente a casa de mi abuela? Necesito echarme...
Se
apresuraron por las mismas calles desiertas que habían recorrido para acudir al
baile, y sólo fueron detenidos por un soldado de patrulla, que echó un rápido
vistazo a su documentación, aceptó la historia que le contó Anna sobre la
borrachera de Hans, y les hizo señas para que siguieran su camino.
Cuando
llegaron a la pequeña panadería de la abuela de Hans Kepler, éste apenas podía
sostenerse sobre sus piernas. No obstante, la mayor parte de su debilidad era
consecuencia de un escalofriante temor que se había apoderado de pronto de él;
el temor a que la vacuna de Szukalski le hubiera hecho contraer realmente el
tifus.
La
abuela de Hans Kepler acudió a la puerta envuelta en un batín, con unas largas
trenzas plateadas. Entre ella y Anna condujeron a Kepler hacia el estrecho
jergón que usaba como cama en un rincón del pequeño saloncito. Hans se dejó
caer sobre la improvisada cama, agradecido por encontrarse allí, donde había
dormido durante las siete últimas noches, y se llevó una pesada mano a la
frente.
—Cruza
la calle y ve a ver a Pan Dombrowski —le dijo la abuela a Anna, mientras
ayudaba a Hans a quitarse el abrigo—. Tiene teléfono y todavía hay luz en su
ventana.
Anna
pudo ponerse en contacto con Jan Szukalski, que todavía se encontraba en el
hospital, haciendo las últimas visitas.
Cuando
llegó el médico, hizo señas a las dos mujeres para que salieran de la
habitación, y después de que Anna y Pani Lewandowska se dirigieran a la cocina
para preparar un té, Szukalski se sentó en el borde de la cama y observó
escrutadoramente a Kepler.
—Realmente,
no se encuentra bien, ¿verdad? —le preguntó al cabo en un momento—. Esto no es
fingido.
—Créame,
doctor, me estoy muriendo.
—Déjeme
ver su brazo.
El
lugar donde le había puesto la inyección estaba rojo e hinchado, y
extremadamente sensible.
—Estamos
obteniendo una reacción mayor de la que habíamos supuesto.
—Me
siento terriblemente mal, doctor.
—Eso
podría ser una buena señal, Kepler —dijo Szukalski mirando hacia la cocina y
bajando la voz—. Podría significar que estamos obteniendo una fuerte respuesta
de los anticuerpos, que es exactamente lo que deseo. Mientras tanto, le
llevaremos esta noche al hospital. Voy a decirles a Anna y a su abuela que
sospecho un caso de tifus.
Kepler
hizo girar la cabeza, de modo que sus ojos se encontraron con los de Szukalski,
y con una expresión casi enojada preguntó:
—Doctor,
¿tengo realmente el tifus?
Szukalski
sopesó la pregunta por un momento. Sus ojos oscuros, al igual que su rostro
atractivo, asumieron la habitual inexpresividad profesional, de modo que Kepler
no tuvo forma de saber lo que había tras ellos. Luego, con palabras sopesadas,
contestó:
—No,
no lo tiene. Y en cuanto lleguemos al hospital le daré un medicamento que
aliviará su malestar.
Hubo
que volver a utilizar el teléfono de Dombrowski para llamar al hospital y pedir
una ambulancia tirada por caballo. Luego, Szukalski comunicó la «mala noticia»
a la abuela de Kepler con toda la suavidad que pudo.
Lehman
y Sergei se relajaron sobre la cama, uno al lado del otro. La comida caliente,
el vodka y el baño les habían suavizado y calentado. El único sonido que rompía
el silencio de la noche era el siseo continuo del radiador; el calor podría
haber sido opresivo de no ser porque los dos hombres, en su desnudez, lo
encontraban cómodo.
Después
de contemplar durante un rato el techo oscuro y recordar la notable cadena de
acontecimientos que le habían llevado hasta este preciso momento, Sergei se
levantó de la cama y se dirigió a la pequeña cocina, donde un cazo con agua
empezaba a hervir. Colocó en su interior, durante breves momentos, una botella
de agua mineral. Al regresar, tendió a su amigo una jarra de vodka. Lehman se
la bebió entera y luego se dejó caer sobre la cama, sintió el fuego agradable
de la bebida que le hacía cosquillas estómago abajo.
Sergei
colocó una mano sobre las nalgas de Bruckner y lo empujó con suavidad hasta
hacerlo girarse sobre sí mismo. Luego, derramando unas cuantas gotas de aceite
caliente sobre las manos, procedió a masajear la espalda de su amigo.
—Tengo
mucha suerte de haberte encontrado —murmuró Lehman con la cabeza apoyada sobre
la almohada—. La vida era terrible antes. Resulta interesante esto de tener un
esclavo particular. —Dejó escapar una breve risa seca—. Aun cuando no seas más
que un nauseabundo desertor.
—No
deberías decir esas cosas, Bruckner. Ni siquiera en broma.
—¿Por
qué no? Es cierto. Y si quisiera hacerlo, sólo así —añadió chasqueando los
dedos—, podría entregarte a la Gestapo. ¿Qué crees que harían contigo, Sergei?
Ya sabes que la Wehrmacht no mantiene con vida a los prisioneros del Ejército
Rojo. Los matan o los dejan que se mueran de hambre en la nieve, como perros.
—¿Y
qué harían contigo? Me has ayudado a ocultarme. Incluso me has conseguido un
trabajo en el restaurante, has dicho a todo el mundo que soy un refugiado
polaco de Ucrania.
—Cierto,
cierto. Pero no te preocupes, Sergei, porque no voy a entregarte, al menos
mientras seas amable conmigo. Frótame los hombros. Ah, así, eso es. Y toda esa
deliciosa comida que consigues robar. Mientras nos ocupemos el uno del otro,
kochany Sergei, nos daremos una buena vida. Pero, si alguna vez me ocurriera
algo...
Los
nervudos músculos de los brazos rusos se estremecieron al amasar la carne con
un poco más de fuerza. Bruckner no tuvo necesidad de terminar la frase. Sergei
era muy consciente de cuáles serían sus posibilidades de supervivencia en el
caso de que perdiera la protección de Lehman. No es que tuvieran una relación
fácil y amorosa, eso no era posible con un hombre tan frío y calculador como
Lehman, pero al menos mantenía a salvo su identidad y le proporcionaba un lugar
cómodo donde ocultarse. Y eso era mucho mejor que el campo de concentración o
una muerte lenta en la nieve.
Al
oír en la distancia el sonido de las campanadas de medianoche de la cercana
iglesia, Sergei suspiró con melancolía y murmuró:
—Feliz
Año Nuevo, moj kochany.
Una
vez que Kepler quedó finalmente instalado en una cama, situada en el extremo
más alejado de la sala de los hombres, Szukalski se le acercó con dos pastillas
de color blanco y un vaso de agua. Kepler, atenazado por el pánico y casi
delirante, miró las pastillas con recelo. Su rostro brillaba a causa del sudor.
—¿Son
un veneno?
—Sí
—contestó Szukalski—. Dentro de quince minutos estará usted muerto. Por el amor
de Dios, hombre, claro que no son ningún veneno. No son más que aspirinas.
Tómeselas y confíe en mí. —Con una expresión que no era precisamente de
confianza, el joven tomó las pastillas y se las tragó de golpe—. Aunque se
sentirá mejor en las próximas veinticuatro horas —siguió diciendo el médico en
voz baja y conspirativa—, quiero que finja que se siente bastante mal cuando
alguna de las enfermeras venga a comprobar cómo está o a darle algún
medicamento.
Szukalski
se volvió a mirar a lo largo de la sala. La mitad de las camas estaban ocupadas
por pacientes que dormían, mientras que la otra mitad estaban preparadas para
recibir a nuevos pacientes. Por el momento, la enfermera de guardia no estaba
en la sala, a pesar de lo cual Szukalski siguió hablando en susurros.
—Pasado
mañana le voy a administrar un medicamento en el abdomen y el pecho que le
producirá una erupción cutánea. El tifus es una enfermedad que produce una
característica erupción, y debemos llevar adelante esta mascarada con la mayor
exactitud posible, aunque sólo sea delante de las enfermeras. Debo advertirle
que cualquiera de las personas que trabajan en este hospital puede gozar de la
confianza de Díeter Schmidt. Yo mismo voy a tener que informarle de su caso,
puesto que entra en la categoría de enfermedades contagiosas, aunque por el
momento sólo se trate de una posibilidad no confirmada. Así pues, tendremos que
hilar muy fino en este punto. ¿Comprende?
Kepler
asintió con un gesto. Szukalski se inclinó un poco más hacia él y murmuró:
—Y
si Dieter Schmidt o alguno de sus hombres vinieran por aquí, no deje que le
asusten. Lo más probable es que se sientan tan asustados de usted, como usted
lo esté de ellos, sobre todo teniendo en cuenta la aversión que sienten por la
enfermedad. Limítese a asegurarse de mantener las apariencias.
—Se
lo prometo —susurró Kepler.
Y no
tardó en quedarse dormido.
David
y Leokadja se despertaron a la mañana siguiente el uno en brazos del otro y se
dieron cuenta de que habían iniciado el nuevo año juntos. Sin decirse nada,
pues no tenían nada más que decirse, levantaron el campamento apresuradamente y
cabalgaron al alba de regreso hacia el río.
A
pocos kilómetros al sur de la cueva, David detuvo la yegua en la seguridad de
la espesura del bosque, la ató a una rama y condujo a Leokadja a través de los
árboles. Al llegar al lindero del bosque, ella se dio cuenta de que la había
llevado hasta la vía férrea, que se extendía no lejos de donde ellos se
encontraban. Cuando abrió la boca para hablar, él le hizo señas de que
permaneciera en silencio. Luego, escucharon.
Al
poco rato, oyeron el siseo de un tren que se aproximaba. David se tumbó cuan
largo era sobre la nieve y Leokadja hizo lo mismo, preguntándose por qué la
habría llevado hasta allí.
Un
minuto más tarde, el tren negro emergió de una curva y pasó traquetearte junto
a los observadores ocultos. Era un largo tren ganadero, muchos de cuyos vagones
aparecían sellados y misteriosos, aunque algunos eran de tablas con rendijas,
lo que permitía ver la carga que transportaban.
En
lugar de ganado, este tren transportaba a seres humanos, todos ellos tan
apretujados que por entre las tablas aparecían manos y brazos. Algún rostro
ocasional se apretaba contra una abertura, tratando de respirar aire fresco.
Mientras el tren rodaba pesada y lentamente ante sus ojos, David y Leokadja
oyeron un grito. Fue un grito histérico, como el gemido de los condenados.
Los
dos esperaron y observaron pasar los trágicos vagones, y continuaron allí
echados, en silencio, hasta mucho después de que hubiera desaparecido el tren.
Al cabo de largo rato, Leokadja dijo con dulzura:
Tenemos
que marcharnos, David. Estarán preocupados por nosotros.
Pero
él no se movió durante un rato más.
—Ahí
está nuestro ejército —dijo al fin con los dientes apretados—. Hay que detener
estos trenes. Y lo haré, aunque tenga que hacerlo solo.
Durante
los dos días siguientes, el doctor Szukalski intentó no prestar a su nuevo
paciente más que una atención rutinaria para no despertar ninguna sospecha, y
descubrió que la parte más dura era continuar la mascarada con la pobre abuela
de Kepler. Fuera de sí a causa de la preocupación, se echaba la culpa de la
desgracia que le sucedía a su nieto; Pani Lewandowska cerró la pequeña
panadería y se mantuvo en constante vigilia en la zona de espera que no podía
traspasar, fuera de la sala. A pesar de toda su insistencia, de asegurarle que
su presencia allí no podía hacer nada por el joven, y que éste se encontraba
tan bien como cabía esperar, Szukalski no pudo convencer a la anciana para que
regresara a su casa. Y por mucho que hubiera deseado hacerla partícipe de su
confianza y aliviar su pena con la noticia de que la enfermedad de su nieto
sólo era temporal, Szukalski no se atrevió a correr ese riesgo.
El
otro gran obstáculo lo constituyó Anna Krasinska quien, igualmente alterada por
la enfermedad de Kepler, tenía libre acceso a su cama, en virtud de su
profesión. Aunque se hallaba asignada a la sala de mujeres, en el piso
contiguo, Anna aprovechaba todas las oportunidades que se le presentaban para
acudir a ver cómo evolucionaba. Y eso resultaba peligroso, pues se trataba de
una enfermera y ya había tratado casos de tifus en otras ocasiones.
Fue
el propio Kepler quien salvó la situación al decirle a Anna que se sentía
demasiado enfermo como para resistir sus continuas visitas y que la idea de que
lo viera en ese estado no hacía más que hacerle sentirse peor. Por muy difícil
que le fuera a Anna aceptar esa situación, se mostró de acuerdo en respetar los
deseos del joven.
Dieter
Schmidt resultó ser la última de sus preocupaciones. Del mismo modo que el caso
de tifus en la granja de los Wilk había sido asumido con indiferencia por el
capitán de la Gestapo, lo mismo sucedió con este segundo caso. El hecho de que
la posible víctima fuera un cabo de las Waffen no pareció interesarle. A Dieter
Schmidt sólo le preocupaba que Jan Szukalski aislara debidamente estos casos y
se ocupara de que la enfermedad no se extendiera. El comandante de las SS se
sentía obsesionado por la idea de descubrir quiénes formaban la Resistencia en
su territorio.
Durante
la cuarta noche de estancia de Kepler en el hospital, Szukalski y Duszynska
trajeron una botella de ácido tricloroacético y con los aplicadores de algodón
de extremidades planas procedieron a desparramar pequeños puntos de ácido por
todo el pecho, el abdomen y los hombros de Kepler.
A la
mañana siguiente, la enfermera jefe informó del estallido de un sarpullido en
el paciente sospechoso de haber contraído el tifus, y Szukalski así se lo
informó a Dieter Schmidt, al tiempo que le comunicaba que aumentaban las
posibilidades de que la enfermedad fuera tifus.
Szukalski
informó de lo mismo a Pani Lewandowska, y también a Anna Krasinska quien, al
parecer, había perdido algo de peso durante aquellos días.
Por
mucho que lamentara verse obligado a prolongar el dolor de estas dos mujeres,
Jan Szukalski se preparó para el paso final y más crucial del experimento: la
prueba de WeilFelix.
Tuvieron
que transcurrir lentamente otros tres días antes de que Szukalski pudiera
acercarse a Kepler para tomarle una muestra de sangre que aparentó ser
rutinaria. Durante esos tres días, el joven continuó quejándose constantemente
de dolores y mareos, y tuvo que soportar la incomodidad del ardiente sarpullido
para lo que no había alivio.
Desde
la mañana de Año Nuevo, siete días antes, Kepler se sentía perfectamente bien y
tenía que hacer esfuerzos constantes para recordar que debía aparentar sentirse
enfermo. Eso lo conseguía sin grandes dificultades delante de las otras
enfermeras e incluso de su abuela, pero cuando tenía que representar ese papel
ante Anna, Kepler debía concentrarse con un poder que casi desbordaba su
habilidad.
Era
una joven encantadora y muy deseable. No habían podido intercambiar ni siquiera
un beso, y tampoco había tenido la oportunidad de decirle lo que sentía por
ella, lo mucho que le sustentaba su amor por él. Anna se sentaba ansiosamente
en su cama, su rostro mostraba los estragos de la preocupación, y él deseaba
desesperadamente tomarla en sus brazos y contarle la verdad.
En
lugar de hacerlo así, permanecía echado sobre la almohada, gemía de vez en
cuando, y dejaba que fuera ella la que hablara. Sonrió débilmente cuando ella
le llevó flores y le dio las gracias por el valioso chocolate que había podido
comprarle, aun cuando tuvo que decirle que se sentía demasiado mal como para
comerlo. Luego, ella se marchaba, con los ojos húmedos, su rostro expresaba el
temor de que él nunca lograra recuperarse de esta terrible enfermedad. Una vez
que se marchaba, Hans Kepler lloraba sobre la almohada.
Szukalski
le extrajo a Kepler la muestra de sangre durante la séptima mañana de su
estancia en el hospital, el mismo día que Kepler debería haberse presentado de
nuevo en Auschwitz.
La
muestra fue debidamente sellada y enviada por correo al Laboratorio Nacional de
Varsovia, controlado por los nazis. El 9 de enero de 1942, el doctor Szukalski
recibió un telegrama.
En
el instante en que rasgó el sobre y leyó los resultados, el color desapareció
del rostro de Szukalski, y tres palabras escaparon de sus labios:
—Dulce
Jesús crucificado...
15
Maria
Duszynska llevaba bajo el brazo el paquete cuidadosamente envuelto de lana
beige que había recibido como regalo de Navidad, y caminó con paso vivo por la
estrecha calle, para dirigirse a la tienda de la anciana que ocasionalmente le
cosía la ropa. El empedrado se hallaba cubierto por una capa de hielo que no se
había derretido a pesar del claro cielo azul y el sol cálido. La calle que
seguía conducía directamente a la plaza principal de la ciudad, que tendría que
cruzar para llegar a la casa de la costurera, situada al otro lado. Maria
surgió de entre las sombras de la estrecha calle y avanzó cinco o seis pasos
por la plaza abierta cuando se dio cuenta de la multitud reunida delante del
ayuntamiento.
Al
ver las horcas recién construidas, se detuvo en seco. Desde una puerta cercana
surgió de pronto un soldado alemán, que blandía el arma hacia ella.
—Mach
schnell —gruñó, indicándole que continuara su camino.
—Pero
¿qué...?
—
¡Allí, con los otros! —Maria observó con la boca abierta el subfusil Erma,
incrédula—. Schnell.! —ladró el nazi, y se acercó como si se dispusiera a
empujarla con el cañón del arma—. ¡Hacia allí! ¡Muévase!
Al
avanzar medio tambaleante, la doctora Duszynska reconoció repentinamente el
sabor del temor en la boca y fue vagamente consciente de que otras personas
estaban siendo dirigidas de modo similar hacia el lugar donde se levantaban las
horcas. Una fuerza compuesta por unos treinta hombres de las SS conducía de ese
modo a un número de personas por lo menos cuatro veces superior al de
habitantes de Sofia. Al llegar a la periferia de la multitud, con el arrogante
soldado de pie a algunos pasos por detrás de ella, Maria Duszynska vio lo que
se suponía debía ver.
En
un pequeño espacio, rodeado por un círculo de miembros de la Gestapo, había dos
hombres y una mujer, con las manos atadas a la espalda, con los rostros
congelados en una curiosa actitud de hosca incredulidad. La mujer joven, que
sólo llevaba una delgada blusa y una falda corta, llevaba un cartel que le
colgaba de una burda cuerda, alrededor del cuello. En el cartel, escrito en
alemán y polaco, se leía: «Somos partisanos. Robarnos gasolina y comida del
ejército del Reich».
El
rostro de la mujer era indescifrable; parecía como si se hubiera visto privado
de toda emoción, como una pizarra blanca, por lo que sólo estaba allí de pie,
como hipnotizada ante la multitud.
El
más viejo de los dos hombres, aunque sólo tenía unos treinta años, parecía
estar medio muerto de hambre y su barba de varios días ocultaba una mandíbula
temblorosa. Observaba con un horror ausente las horcas sujetas a una gran viga,
de las que colgaban tres nudos corredizos.
Pero
el más joven de los dos hombres, un muchacho barbilampiño que apenas tendría
veinte años de edad, y que tampoco iba cubierto con ropas suficientes para
protegerse del frío, le suplicaba al capitán de la guardia que perdonara la
vida de la mujer.
Mientras
sentía un retortijón de náuseas en el estómago, Maria Duszynska oyó sus
patéticos ruegos, que llegaban hasta ella por encima de las cabezas de la
multitud, extrañamente silenciosa.
—
¡Por favor, ella no ha robado nada! ¡No ha hecho nada malo! El y yo somos los
únicos culpables. Ella es inocente. No sabía nada de lo que estábamos haciendo.
Por favor, por el amor de Dios, ¡tenemos niños en casa!
—
¡Silencio! —gritó una voz desde la plataforma del cadalso.
Todas
las cabezas se volvieron a mirar en su dirección. Dieter Schmidt, el
Hauptsturmführer de las SSGestapo, estaba con las piernas abiertas ante la
multitud, como un César conquistador; con su bastón de empuñadura de marfil y
plata, se golpeaba rítmicamente un muslo. Incluso desde la distancia donde se
encontraba, la doctora Duszynska pudo observar la oscura malevolencia en sus
ojos, como un fuego negro que ardiera amenazadoramente en dos diminutos
cráteres volcánicos. Su rostro cuadrado y basto se hallaba congelado en una
expresión de cólera, aunque las comisuras de su delgada boca dejaban entrever
el secreto placer que experimentaba. Al hablar, la tortuosa cicatriz que partía
en dos su mejilla izquierda relució de una forma antinatural.
—
¡Estas personas son partisanos! ¡Son cerdos sucios, inmundos e infestados de
piojos, que van a ser ejecutados por crímenes contra el Reich!
Maria
Duszynska sintió como si una extraña parálisis fuera apoderándose de todo su
cuerpo, empezando por los pies, como si estuviera convirtiéndose lentamente en
piedra, centímetro a centímetro. El soldado situado tras ella no tuvo necesidad
de empujarla para obligarla a mirar, como hizo con algunos otros, pues no había
forma de apartar su horrorizada mirada del espectáculo. Y el silencio que se
extendió sobre la multitud, un silencio mucho más profundo del que hubiera
percibido jamás, incluso en el interior de una iglesia, resultaba tan
intimidante como un gran rugido de cólera.
—Esto
será un ejemplo para cualquiera que piense en cometer cualquier delito contra
el Reich — siguió diciendo Dieter Schmidt—. Y si sois lo bastante estúpidos
como para pensar que, porque sois inocentes, nunca os ocurrirá lo mismo,
recordad que aunque no participéis activamente en la comisión de un delito,
seréis considerados igualmente culpables si no hacéis nada por impedirlo. Os
habéis vuelto gordos y estáis satisfechos de vosotros mismos. Y esto tiene que
acabar. La suficiencia alimenta la despreocupación. El Reich se ha mostrado
demasiado indulgente. A partir de ahora, si un hombre comete un delito contra
nosotros, sus vecinos también serán ejecutados.
Aunque
no pudo oírse ningún sonido, fue como si la multitud hubiera abierto la boca al
unísono. Schmidt hizo señas al cordón de guardias para que subieran a los
prisioneros al cadalso. La mujer y el hombre joven se movieron como
transfigurados, con una expresión atónita en los rostros. El hombre de mayor
edad, demasiado aturdido para moverse, tuvo que ser tomado por cada brazo y
arrastrado hacia arriba. Por debajo de cada víctima había una trampilla, aunque
la cuerda apenas tenía la longitud suficiente para permitir una breve caída:
estrangularía a la víctima, pero dejaría el cuerpo a la vista de todos.
Maria
observó horrorizada cómo el propio Schmidt pasaba los lazos alrededor de los
tres cuellos y se tomaba para ello más tiempo del necesario. La única persona
que se ahorró la cruel visión de lo que siguió fue el hombre de mayor edad, el
primero en caer tras abrirse la trampilla que había bajo él. Los otros dos
fueron obligados a mirar cómo se retorcía y convulsionaba, en los últimos
segundos de agonía, como una mosca sujeta al extremo de una caña de pescar, al
tiempo que se le aflojaban los esfínteres, empapándose las piernas.
Luego
fue ahorcado el hombre más joven, y a continuación la mujer.
Ella
no había dicho una sola palabra.
Jan
Szukalski todavía miraba con incredulidad el telegrama que sostenía en la mano
cuando creyó oír un tímido rasguñeo en la puerta de su despacho. Levantó la
mirada, frunció el ceño y adelantó la cabeza para oír mejor, antes de volver su
atención al telegrama.
Entonces,
volvió a oír el sonido, como si alguien arañara la puerta.
Esta
vez, al levantar la mirada, vio que se abría un centímetro, y luego otro, como
si una brisa estuviera intentando entrar en el despacho. Curioso, se levantó y
se dirigió hacia la puerta.
La
abrió de golpe y vio a Maria Duszynska al otro lado. Llevado por su placer
inicial al verla, Jan no se dio cuenta de la extraña expresión de su rostro y,
al darse la vuelta y decirle que entrara, tampoco pudo observar la extraña
forma mecánica con la que ella entró en la estancia. De hecho, sólo cuando se
disponía a depositar el telegrama en sus manos observó finalmente la expresión
de su rostro, y eso fue suficiente para detenerle en seco, porque aquél le
pareció el rostro de una extraña. ¿Qué pasaba?
—Maria,
¿qué sucede?
Ella
abrió la boca y creyó oírla susurrar:
—Jan.
—¡María!
—La sostuvo por un brazo y la condujo hacia una silla, pero en lugar de
sentarse la doctora Duszynska continuó mirándole con expresión ausente.
—¿Qué
ha ocurrido, Maria? jan Szukalski no creía que una persona pudiera ponerse tan
pálida y seguir con vida—. ¿Qué ha pasado?
—Oh,
Jan —suspiró con los hombros estremecidos—. Dieter Schmidt ha...
—Cuéntamelo
—la animó Jan, que le puso una mano en el brazo e imprimió a su voz un tono
exigente—. Cuéntame lo que ha ocurrido.
—Acaba
de ahorcar a tres personas.
—¿Qué?
—En
la plaza principal de la ciudad, justo entre la iglesia y el ayuntamiento. Dos
hombres y una mujer. ¡Los ha ahorcado!
—
¡Oh, Dios mío...! —exclamó Szukalski apartándose de ella.
—Dijo
que eran partisanos, que habían robado gasolina y comida del Reich. Y también
dijo que, a partir de ahora, se propone ejecutar a cualquiera que sea vecino de
un partisano.
Jan
se giró en redondo, y antes de que Maria pudiera decir una sola palabra más,
levantó la mano en la que todavía sostenía el telegrama y lo sostuvo ante ella.
Maria
contuvo las lágrimas y miró el papel amarillo. Cautelosamente, como si el papel
pudiera quemarle, tomó el telegrama y lo miró fijamente por un momento, sin
poder leerlo de tanto como le temblaban las manos. Y cuando lo hubo leído,
hasta llegar a la última y decisiva palabra, dejó que las lágrimas cayeran
libremente de sus ojos.
—Oh,
Jan —murmuró en voz baja—. Ha sido positivo... ¡Ha sido positivo!
—Un
experimento inútil que descarté por completo hace dos años —dijo Jan en voz
baja—. Y ahora tiene poder para salvar vidas.
Maria
lo miró, con su hermoso rostro salpicado de manchas rojas, con los labios
temblándole, con unos ojos tan conmovedores como los de una niña. Sólo pudo
susurrar una única palabra:
—Positivo...
—El
viejo Wilk nunca sabrá lo mucho que nos ha ayudado. Es la cepa X19, Maria. Y,
con un poco de suerte y mucha perseverancia, creo que podemos desencadenar la
mayor epidemia de tifus de 1942.
Cuando
terminó de comunicarle la noticia a Kepler, después de haberle advertido
previamente que contuviera su entusiasmo y que actuara como si se sintiera muy
afectado por el informe, el doctor Szukalski añadió en voz baja:
—Hemos
entrado en la siguiente fase, Kepler. Ahora le comunicaré a Schmidt que,
definitivamente, tiene usted tifus, que hay que darle de baja del servicio y
que sus superiores tendrán que esperar a que se recupere.
Kepler
asintió, aliviado al saber que ya habían terminado aquellos nueve días de
espera, y que el experimento había sido un completo éxito.
—¿Y
mi abuela?
—Le
he dicho que las pruebas han confirmado mi diagnóstico. No se siente feliz,
claro está, pero le he dicho que hay posibilidades de que sobreviva usted a la
enfermedad.
—¿Y
Anna?
—Anna
es enfermera. Ella conoce muy bien cuáles son sus posibilidades.
—¿Qué
hará ahora, doctor?
—Hay
problemas sobre los que reflexionar. Si quiere que le diga la verdad, Kepler,
en realidad no creí que pudiéramos llegar a esta fase; parecía demasiado ideal.
Pero hemos llegado, y ahora tenemos que empezar a actuar. En primer lugar,
permanecerá usted en cama durante algún tiempo más. La doctora Duszynska y yo,
con ayuda del padre Wajda, tendremos que ingeniar una forma de empezar a
extender nuestra «epidemia».
El
padre Wajda no dejó de mirarse las grandes manos mientras Jan Szukalski
hablaba. Llevaban allí abajo desde hacía una hora, por lo que el aire
enrarecido apenas era soportable. Pero había algo que preocupaba al sacerdote.
Algo que lamentaba tener que plantear, pero que sabía debía expresar en voz
alta.
Así
que, cuando Jan Szukalski terminó de contarle todo lo que le había dicho a
Maria y a Kepler, Piotr Wajda dijo francamente:
—No
podemos permitir que ese muchacho vuelva a caer en manos de los nazis.
En
realidad, no le sorprendió la respuesta de Szukalski.
—Sí,
ya he pensado en eso.
—Jan,
tú y yo sabemos que si abandonara Sofia, si se alejara de nuestra esfera de
influencia, correríamos el grave riesgo de ser descubiertos. Quizás no les diga
nada, quizás mantenga el secreto, pero ambos sabemos que Kepler sufre
pesadillas y que habla en sueños. Imagínate qué pasaría si regresara a
Auschwitz, o a donde lo enviaran...
—Piotr
—le interrumpió Jan, asintiendo—, ya te he dicho que he pensado en eso. Para
seguir adelante con nuestro plan, no podemos permitir que salga de Sofia.
¡Nunca! —Jan vaciló un momento antes de continuar pero, al hacerlo, su voz sonó
fuerte y firme—. Nada va a detenerme ahora que he visto cómo mi vacuna puede
impedir que los habitantes de Sofia sean llevados a los campos nazis de la
muerte.
Jan
Szukalski estaba de pie ante la imagen de la Virgen, que miraba hacia abajo
desde su hornacina, entre la chimenea y la ventana. Aun cuando la parte
primitiva y supersticiosa de su mente se volvía a la madre de Dios en demanda
de ayuda, la parte razonadora y pragmática buscaba el consuelo en la pluma y el
intelecto de Adam Mickiewicz, el héroe de su país. Las palabras del poeta
llenaban ahora su cerebro, y agitaban a Szukalski como ninguna otra oración
podría conseguirlo. «Ahora, mi alma se halla encarnada en mi país...»
Se
volvió para contemplar a las dos figuras sentadas al otro lado de la mesa.
Sentía que su corazón se inundaba de gratitud y amistad. No había resultado
nada fácil para ellas deslizarse a hurtadillas a través de las calles vigiladas
de Sofia a estas horas avanzadas de la noche. Sentía camaradería con ellas, un
vínculo especial que le hacía sentirse extrañamente cercano a ellas, más de lo
que había sentido nunca por nadie en su vida.
Se
daba cuenta de que incluso Kataryna, su esposa amable y perfecta, a quien había
amado con una devoción constante, quedaba al margen de este sentimiento, no
formaba parte de esta emoción ardiente que ahora sentía por estas dos personas,
el sacerdote, su amigo desde hacía muchos años, y su fiel ayudante, de quien
Jan empezaba a pensar, a estas horas de la noche, que había subestimado mucho.
Por
primera vez durante el año transcurrido desde que conociera a Maria Duszynska,
Jan no sólo la admiraba sino que tampoco deseaba que se marchara nunca de su
lado.
—«Volemos
lejos...» —murmuró Szukalski, casi más para sí mismo que para sus compañeros—.
«Alabado sea Dios, porque todavía tenemos alas para regresar. Permítenos volar
y que, a partir de ahora, nunca descendamos en nuestro vuelo..»
—¿Qué
has dicho?
—
Sólo estaba citando a Mickiewicz — contestó, sonriéndole al padre Wajda—. Tenía
una forma muy extraña de decir con palabras los mismos pensamientos que estoy
teniendo ahora.
—Pues
yo te diré lo que estoy pensando —dijo el sacerdote mientras miraba su reloj—.
Me pregunto dónde estará ese muchacho.
A
Szukalski le perturbó un poco ver a Piotr tan inquieto. Eso no era bueno. Esta
noche, de entre todas las noches, y debido a lo que planeaban hacer, los tres
debían conservar el más absoluto control sobre sí mismos. Y, sin embargo,
comprendía al sacerdote. No iba a ser nada agradable. No lo sería para ninguno
de ellos.
—Tomaste
la decisión correcta —dijo en voz baja.
Pero
Wajda no le oía. Miraba fijamente la efigie de la Virgen.
Exactamente
a medianoche se oyeron los esperados golpes en la puerta. Tras abrirla,
Szukalski dijo suavemente.
—Entre,
Hans. Llega justo a tiempo. —El joven se deslizó al interior. Iba vestido con
su suéter y sus pantalones, y retorcía el familiar gorro de punto entre las
manos—. ¿Le ha visto alguien?
Kepler
negó con la cabeza y miró la estancia. La tensión que percibió en el ambiente
le produjo un poco de incomodidad, y los rostros inmóviles del sacerdote y de
la doctora le hicieron sentirse violento. Sólo tardó un instante en darse
cuenta de que algo andaba mal.
Miró
rápidamente a su alrededor, en la habitación que ya le era familiar, y su
mirada se detuvo sobre el lavabo situado en un rincón. Lo había visto allí
antes, con su palangana de porcelana y la jarra a juego, las dos toallas
blancas colgadas a los lados y los pocos artículos de aseo que pertenecían al
médico. Lo único diferente era la presencia de una navaja de afeitar, situada
ahora sobre el anaquel, brillante, limpia y totalmente abierta.
Mientras
Kepler la observaba fijamente, la doctora Duszynska se levantó y acudió a la
puerta. La cerró con cerrojo, se dio media vuelta y luego se apoyó contra ella.
—¿Qué
ocurre? —preguntó Kepler, que se volvió a mirar a Szukalski.
La
expresión del médico, como siempre, era indescifrable, y su tono de voz sonó
igualmente desapasionado, con la actitud propia del profesional.
—Hans,
siéntese, por favor —le dijo.
—¿Qué
ha ocurrido? ¿Qué ha salido mal? Los resultados de la prueba fueron positivos.
Usted dijo...
—Sí,
lo fueron. Pero hay algo más... —Szukalski suspiró antes de continuar—. Hans,
únicamente los cuatro que nos encontramos en esta habitación estamos enterados
del experimento, y sólo nosotros cuatro sabemos que ha sido un éxito. Ahora,
tenemos la oportunidad de hacer creer a los nazis que tenemos una epidemia de
tifus aquí, en Sofia, y posiblemente también en los pueblos de los alrededores.
Si tenemos éxito, serán las propias autoridades sanitarias alemanas las que
declaren esta zona como epidémica, de tal modo que todo el tráfico militar
tendrá que dar un rodeo. Con suerte, incluso el personal militar ya destinado
aquí quedará reducido a un mínimo indispensable. Ahora tenemos la posibilidad
de salvar miles de vidas de manos de los nazis.
Kepler
percibió un movimiento por el rabillo del ojo. Se volvió y vio al padre Wajda
que se había levantado y situado junto al pequeño lavabo. Volvió a mirar la
palangana y la navaja abierta. Por alguna razón que no pudo comprender, empezó
a temblar.
—Hans
—siguió diciendo Szukalski con voz monótona—, Dieter Schmidt me ha informado
que debe usted presentarse a sus superiores en cuanto se haya recuperado de
esta enfermedad.
—Oh,
no...
—No
hay nada más que pueda hacer por usted, compréndalo, Kepler.
—¡Pero
yo no quiero volver! ¡Juro que no lo haré!
—Sus
oportunidades de escapar son ahora menores de lo que eran hace dos semanas
—dijo Szukalski mientras sacudía la cabeza—. Ahora, ha despertado la atención
de Schmidt, que no dejará de preguntar por usted, y se preguntará qué estará
usted haciendo, para poder informar a sus superiores. Escapar ahora sería
difícil, si no imposible.
—¡Pero
lo intentaré!
—Hans,
creo que no me entiende. No podemos arriesgarnos a que abandone Sofia. ¿No lo
comprende? Ahora están en juego miles de vidas. No podernos arriesgarnos a que
hable.
—¡Pero
no lo haré!
Kepler
se volvió a mirar los rostros imperturbables y de pronto sintió que una curiosa
debilidad le invadía las rodillas. Cayó al suelo mientras trataba de sujetarse
a la mesa.
—Déjenme
marchar... —susurró.
—Intentamos
ayudarle, Kepler —dijo Szukalski inexorablemente—, pero ahora se encuentra
justo donde empezó. Sólo que esta vez... sabe demasiado. Es su vida contra la
de miles.
Mientras
el padre Wajda, con una expresión mortal en su rostro, se apoderaba de la
navaja que había en el lavabo, y la doctora Duszynska mantenía la espalda
apoyada contra la puerta, Jan Szukalski añadió en voz baja:
—Los
tres ya lo hemos discutido, Kepler. Es mejor sacrificar una sola vida que
miles. Sólo podíamos llegar a una solución, y nos hemos comprometido a hacerlo.
Por la seguridad de nuestro plan, Kepler, tendrá que morir...
16
David
estaba sentado, con el rostro hundido entre las manos. Los demás, reunidos
alrededor del fuego de campamento, pudieron oírle murmurar:
—¡Quiero
matar a ese cerdo asesino!
Moisze
se volvió a mirar al joven, con una mirada de preocupación en sus ojos, y luego
dijo en voz baja:
—David,
no deberías haber ido a Sofia, no a la luz del día. David levantó la cabeza de
sopetón, con los ojos relampagueantes; las lágrimas le corrían por las
mejillas.
—¿Y
por qué no? —gritó—. ¿Esperabais que me quedara aquí sentado hasta que me
dijerais que era el momento adecuado para ir?
—No
era seguro...
—¡Nunca
es seguro, Moisze! Estoy harto de permanecer sentado sin hacer nada mientras
nuestro pueblo es masacrado día tras día. —La voz de David se fue convirtiendo
en un grito, que arrancaba ecos de las paredes de la caverna—. ¡Eran personas
inocentes, Moisze! Su delito era pequeño. ¡Robar comida, por el amor de Dios!
Daban la impresión de haber sido torturados. Probablemente, Schmidt trató de
obtener de ellos información sobre nosotros. ¿Es que no lo veis? ¿Es que
ninguno de vosotros lo entiende?
—Yo
sí lo entiendo —dijo una voz suave.
David
miró el rostro amable de Abraham y tuvo que hacer un esfuerzo para no echarse a
llorar. «Sí, claro que tú lo entiendes, amigo mío —pensó con tristeza—. Y
también lo entiende Leokadja. Pero el resto de vosotros...» Miró acusadoramente
a todos los presentes.
—¿Cómo
podéis permanecer aquí sentados y permitir que estas cosas continúen?
Matuszek
se miró sus grandes manos y soltó un suspiro agitado.
—David
tiene razón. Tenemos que actuar.
Pero
Antek, el soldado polaco que raras veces hablaba, dijo:
—No
estoy de acuerdo, Brunek. Yo digo que deberíamos dispersarnos y ocultarnos en
las montañas durante un tiempo.
El
capitán se lo quedó mirando por un momento, y luego desvió la mirada hacia
Moisze.
—¿Qué
te parece a ti?
—Al
principio —contestó el carnicero mientras se encogía de hombros con gesto
cansado—, cuando Ester y yo descubrimos esta cueva, sólo pensamos en
ocultarnos. Queríamos salvarnos. No éramos luchadores. Pero... —sacudió la
cabeza con un gesto de incertidumbre—, quizás David tenga razón. Deberíamos
seguir golpeando duro y rápido a los nazis mientras seamos capaces de hacerlo.
Producirles algún que otro inconveniente ocasional no es más que una
resistencia pasiva, y no parece que sea ésa la respuesta.
—
¡La resistencia pasiva no existe! —espetó David.
—Si
nos disgregamos —dijo el capitán mirando a Antek—, lo haremos después de haber
conseguido que Sofia sea un lugar indeseable para los nazis. Volaremos su
valiosa instalación.
Antek
sostuvo la mirada de su superior durante un breve instante de indecisión y
finalmente asintió:
—Lucharemos.
—Pero
con tan poca gente... —empezó a decir Moisze.
—O
bien actuamos con lo que tenemos —dijo Brunek—, o tratamos de reclutar más
ayuda.
—¿De
dónde? —preguntó alguien.
—¿Qué
te parece de la misma Sofia, Moisze? —preguntó el capitán tras pensar un
momento—¿Quién hay allí que pueda ayudarnos?
—Eso
no servirá de nada, Brunek. Edmund Dolata era nuestro enlace en la ciudad;
tenía influencia, pero los hombres de Dieter Schmidt lo vigilan ahora
continuamente. Ya no puede ayudarnos.
—Sin
duda debe de haber alguien más, ¿no? Alguien a quien la gente respete y esté
dispuesta a escuchar. Un sacerdote, quizás.
—Conozco
al padre Wajda desde hace años —dijo Ben Jakoby—. Es un pacifista, Brunek. Le
conozco. Su única preocupación consiste en ocuparse de que su pueblo sobreviva
a la guerra. En todo caso, el padre Wajda nos aconsejaría en contra de la
resistencia.
—¿No
hay ningún abogado destacado, ningún médico? A menudo, la gente sigue el
consejo de...
—Jan
Szukalski —dijo Moisze—. Pero él tampoco luchará. Está tan preocupado por
salvar vidas, que creo que ya ha olvidado lo que significa luchar. Estará de
acuerdo con el sacerdote. Convivirá con los nazis mientras sea necesario para
mantener viva la ciudad.
—¿Es
que no hay nadie dispuesto a luchar? ¡Me estáis describiendo una ciudad de
cobardes!
—No,
Brunek, no son cobardes, sino sólo hombres convencidos de que es mejor
permanecer quietos y con vida, antes que hacer ruido y ser ahorcados. Y a
veces, amigo mío, me pregunto si Ester y yo no habríamos estado de acuerdo con
el sacerdote y el médico en el caso de que se nos hubiera permitido quedarnos
en Sofia, y no hubiéramos tenido que ocultarnos. A veces me pregunto... —Moisze
dirigió la mirada hacia el rostro delgado y cansado de su esposa, cuya piel
aparecía de un color extrañamente pálido a la luz de la hoguera—. A veces me
pregunto cuál habría sido nuestra actitud si viviéramos todavía en Sofia. Es
muy posible que no fuéramos luchadores, Brunek. Parece muy fácil convivir con
los nazis y no causar problemas.
—¡Problemas!
—exclamó David—. Tres personas inocentes han sido ahorcadas hoy mismo, ¿y a eso
le llamáis un problema?
—¡Por
favor! —dijo Brunek levantando las manos—. ¡No peleemos entre nosotros! Está
bien, sólo dependemos de nosotros mismos. Sofia no puede ayudarnos.
Se
agitó en su asiento y escrutó a los habitantes de la cueva. Estaban todos
sentados y agrupados, envueltos en sus pesados abrigos, tomaban tazas de
achicoria para mantenerse calientes, acurrucados sobre el helado suelo de la
cueva, trataban de obtener algo de consuelo del calor del fuego de campamento.
Todos, excepto uno. Leokadja Ciechowska se hallaba sentada sobre una roca alta,
limpiaba su rifle con una expresión distante y fría.
—Muy
bien —dijo Antek—, si queréis destruir el depósito de municiones de los nazis,
yo digo que consigamos la ayuda de otros grupos de la Resistencia.
Brunek
se mostró de acuerdo, y explicó a los demás:
—Cuando
veníamos aquí desde el norte, nos encontramos con otros pequeños grupos de
luchadores independientes de la Resistencia, como el vuestro. Hay un grupo no
lejos de aquí, al este de Sandomierz y al sur de Lublin. Deberíamos ponernos en
contacto con ellos y ver qué ayuda pueden prestarnos.
—¿Y
luego qué? —preguntó Moisze—. ¿Cómo podemos hacerlo? Esa instalación es como
una pequeña ciudad, y está muy vigilada. Ni siquiera podremos acercarnos a
ella. Sin lugar a dudas, esto exigirá un poco más de estrategia de la que
utilizamos para el puente.
—Tienes
toda la razón, amigo mío. Para llevar a cabo una misión de este tipo me temo
que vamos a necesitar un plan muy ingenioso...
—Así
que hoy hemos vacunado a un total de diez personas —le dijo el doctor Szukalski
a Maria mientras recorrían el pasillo débilmente iluminado que conectaba la
sala de consultas externas con el despacho de Szukalski.
—Sí.
Procuré ponérsela sólo a personas con molestias que pudieran parecer síntomas
de tifus.
—Yo
hice lo mismo. —Jan miró por encima del hombro, vio que el pasillo estaba
desierto y continuó—: Deberíamos proceder con precaución al principio y dejar
que nuestra epidemia se desarrollara siguiendo el mismo modelo que seguiría una
epidemia normal. Unos pocos casos desperdigados aquí y allá, con una pauta de
aceleración progresiva, mes a mes, hasta llegar a la primavera. Luego,
disminuiríamos el ritmo durante el verano y el otoño, para acelerarlo de nuevo
en invierno.
—¿Sabes,
Jan? —dijo Maria en voz baja—. Hasta hoy no me había dado cuenta de que nos
hemos comprometido con un proyecto que tendremos que continuar hasta que
termine la guerra.
—Si
es que termina alguna vez.
—O
hasta que se descubra nuestro engaño.
—Creo
que estaremos bastante a salvo mientras mantengamos el secreto entre nosotros.
Decirles a los pacientes que tienen tifus y que la inyección sólo es una
terapia proteínica no les dará información que pueda ser útil para cualquiera
que sospeche, como por ejemplo Dieter Schmidt. Ni todas las torturas del mundo
obtendrían de esos pacientes otra cosa que la información de que habían tenido
tifus y que les habían puesto una inyección de proteína. Además, ¿por qué se
iba a molestar Dieter en preguntar? Por otro lado, tendremos el habitual número
de casos verdaderos de tifus como para mezclarlos con los resultados positivos
producidos por nuestra vacuna.
Llegaron
ante la puerta del despacho y se detuvieron. Maria miró a su alrededor y dijo
en voz baja:
—Mañana,
cuando hagamos las visitas rutinarias, deberíamos empezar a inyectar la vacuna
a cualquiera que esté enfermo en grado terminal. Hay en el hospital cinco
personas que se están muriendo de cáncer y, por lo que sé, otras tres que
permanecen en sus casas pero que morirán en el término de un mes.
—Estoy
de acuerdo —asintió Szukalski—. Quisiera obtener pruebas seropositivas de
WeilFelíx de todas ellas. Quiero que parezca como si la mayoría de nuestros
muertos fueran víctimas del tifus. Cuanto más virulenta podamos hacer parecer
esta epidemia, mayor será la probabilidad de que los alemanes declaren Sofía
corno una zona epidémica.
Era
una verdadera ironía que una de las paredes del despacho de Dieter Schmídt
estuviera decorada con un mural del mariscal Pilsudski, héroe de Polonia en la
lucha contra los bolcheviques. Una gran bandera nazi de color rojo, con su
esvástica de tamaño mayor que un hombre, cubría buena parte de la pintura, pero
por los bordes todavía se atisbaban las pasadas victorias de Polonia.
Sentado
ante su mesa, con una taza de té que se le enfriaba en la mano, el
Hauptsturmführer terminaba de leer el último de sus informes matinales. No
había ninguna información nueva sobre la Resistencia secreta. Absolutamente
nada. Ni siquiera sus informadores clandestinos y secretos, a muchos de los
cuales había situado en los diversos ambientes de la vida de Sofia, podían
encontrar una forma de infiltrarse en el movimiento clandestino.
«Son
astutos —pensó burlonamente—. Pero yo lo soy más aún. Sus días de lucha están
contados.» Emitió una breve risita de autosatisfacción que casi sonó como un
ladrido.
La
otra molestia que irritaba a Dieter era el creciente número de informes sobre
posibles casos de tifus. Claro que la cifra no era nada preocupante, y por el
momento sólo se trataba de «posibles», puesto que aún había que hacer las
pruebas de laboratorio, pero se había producido la muerte de un campesino en la
granja Wilk, y luego la de aquel joven de las Waffen SS que estaba allí de
permiso.
Dieter
Schmídt tomó mentalmente nota para advertirle a Szukalski, que si la enfermedad
llegaba a convertirse en una amenaza, lo consideraría responsable de ello.
Luego, guardó los informes en el cajón inferior de la mesa y apartó la taza y
la leche. Ahora estaba como le gustaba, sin nada excepto una sola lámpara, el
teléfono, un ejemplar de Mein Kampf y una Luger P.08. Había visto que así era
como tenía Himmler su mesa de despacho, y le había parecido inmensamente
efectivo. Después de todo, el hombre que no tiene nada que ocultar lo deja todo
en cualquier parte, con todos sus asuntos expuestos. Pero un hombre con la mesa
de despacho limpia, ah, ésa es una persona cuyos asuntos son ocultos, un hombre
que tiene secretos y, en consecuencia, un hombre con poder.
También
había sido idea de Schmídt hacer que le levantaran un poco la mesa, apenas un
par de centímetros, así como la silla, de tal modo que, aun cuando pasara
desapercibido para el visitante, el comandante pudiera dominar la situación
mirándolo desde arriba, por detrás de la mesa, como un juez altanero, pues el
efecto psicológico era el mismo.
Y a
Dieter Schmidt le encantaba utilizar sutiles trucos psicológicos para reforzar
su poder. Como las manchas de sangre sobre el parqué de roble que había ante su
mesa.
Oyó
unos golpes suaves en la puerta y un ayudante uniformado entró, hizo
entrechocar los talones y le saludó a la manera del partido. Según informó a su
comandante, y seguía sus propias instrucciones para recordárselo así, era la
hora en que el Hauptsturmführer debía recibir al visitante que esperaba en la
antesala.
Schmidt
miró el reloj y asintió con un gesto de aprobación. El ayudante era
fenomenalmente puntual. Y tenía una memoria sin tacha. Schmidt tomó mentalmente
nota para recompensarle. El visitante al que se refería era un caballero de
edad avanzada, que había acudido al cuartel general nazi con una petición de
alguna clase exactamente tres horas antes, y a quien el ayudante había recibido
órdenes de hacer esperar durante tres horas, con anuncios periódicos de que el
comandante lo vería en cualquier momento.
Schmidt
estaba firmemente convencido de que el tiempo era su arma más valiosa. En el
cuartel general de la Gestapo, en Berlín, había aprendido que la herramienta
más insidiosamente efectiva que podía utilizar con un prisionero tozudo era el
angustioso suspenso de la espera.
Schmidt
nunca recibía inmediatamente a las personas que acudían a verle a su despacho.
En lugar de eso, las hacía sentar en la antesala, esperar y preguntarse qué
pasaría, al mismo tiempo que se les decía con cierta frecuencia que serían
recibidas en cualquier momento. Había descubierto que dejar a un hombre
impregnarse durante un tiempo de sus propios recelos, imaginación y ansiedad,
solía reducirlo al estado en que Schmidt deseaba que se encontrara.
—Lo
veré ahora, gracias.
Un
instante después, el ayudante introdujo en el despacho a un anciano marchito,
con una extraordinaria mata de cabello blanco, que se acercó a la mesa con toda
humildad. Al bajar la mirada y ver las manchas de sangre entre sus pies, se le
dilataron los ojos.
Al
principio, Schmidt no se molestó en mirar a su visitante, sino que parecía
enfrascado en la tarea de examinarse las uñas de manicura. Luego, se examinó
los pliegues del uniforme; si le viera el menor defecto, haría que le
confeccionaran uno nuevo. Una vez que hubo transcurrido el tiempo suficiente,
levantó la mirada hacía el anciano polaco.
—¿Qué
desea? —preguntó lentamente, en alemán.
Schmidt
quedó sorprendido y molesto cuando la respuesta se produjo en un alemán natural
y exacto, porque otra de sus tácticas consistía en obligar a la víctima a
tartamudear y balbucear en una lengua con la que no estaba familiarizado. Pero
este vil polaco hablaba alemán como un nativo.
—He
venido para pedirle permiso, Herr Hauptmann, para…
—Herr
Hauptsturmführer —le corrigió Dieter con un tono mortal.
—Sí
—asintió el anciano, que se pasó la lengua por los labios azulados—. Herr
Hauptsturmführer. He venido para pedirle permiso para viajar a Varsovia el
próximo mes.
—¿Por
qué?
El
sombrero que el anciano sostenía en las manos, y que tres horas antes se
encontraba en perfecto estado, había quedado reducido a poco más que una boina.
Las manos nudosas y salpicadas de manchas repasaban el fieltro como si fuera
pasta para hacer pan.
—Voy
a recibir un honor...
—¡Sus
papeles!
—Oh,
sí, sí, Herr Hauptsturmführer. —Se metió la mano en el bolsillo del abrigo y
extrajo un sobre manoseado que colocó delicadamente sobre la mesa.
Dieter
Schmidt se lo quedó mirando fríamente.
El
anciano se adelantó en seguida, abrió el sobre y extendió sobre la mesa unas
cuantas tarjetas y certificados.
—Soy
el profesor Korzonkowski —se apresuró a decir—. Enseñaba química en la
universidad, y el mes que viene voy a recibir una recompensa en Varsovia.
Quisiera un permiso de viaje.
—Una
recompensa.
—Por
enseñanza meritoria —dijo el profesor, ruborizándose—. A lo largo de los años,
muchos de mis estudiantes se han convertido en doctores, profesores, ingenieros
y... bueno... —El rubor se hizo más intenso—. La comunidad académica quiere
hacerme un homenaje en Varsovia. Por esto es por lo que he estado trabajando
toda mi vida. Por fin el reconocimiento...
La
voz de Korzonkowski se apagó bajo la fría mirada de los ojos de Schmidt.
—Entiendo.
—Schmidt tamborileó rítmicamente con los dedos sobre la mesa, sin dejar de
mirar con dureza al anciano. Por un momento, pareció como un robot de acero que
estuviera haciendo cálculos mentales. Finalmente, dijo—: No veo razón alguna
por la que no pueda usted ir. Le van a felicitar.
Los
hombros del profesor Korzonkowski se hundieron como si todo el aire hubiera
salido de su cuerpo.
—Gracias,
Herr Hauptsturmführer —dijo aliviado.
—Ha
vivido usted una vida de lo más fructífera. Le garantizo su viaje. —Schmidt se
levantó y mantuvo el rostro frío y serio ante el anciano—. Esto es algo que
debe usted celebrar. Alguien tan brillante como usted, que transmite sus
conocimientos para mejorar su país. Sí, eso es algo que merece recompensa. —La
mano de Schmidt descendió hacia el cajón superior de la mesa, que abrió
ligeramente—. Dígame, profesor, ¿le gusta el chocolate?
El
anciano parpadeó, totalmente desconcertado.
—Disculpe,
¿qué ha dicho? Oh, sí, sí, me gusta el chocolate.
—Y
es difícil de conseguir, ¿verdad? ¿Le gustaría un trozo? —Los dedos de Schmidt
se deslizaron sobre el cajón abierto y sacaron una caja brillantemente decorada
con papel de colores—. Es de Holanda. Chocolate con leche y almendras.
El
rostro del anciano pareció explotar en una sonrisa de éxtasis.
—¡Muy
amable, Herr Hauptsturmführer!
—Quiero
que cierre los ojos y abra la boca. Luego me dice sí le ha gustado el
chocolate.
El
viejo profesor estaba de pie ante el comandante de la Gestapo, los brazos le
colgaban a los costados y tenía la boca abierta como si fuera un avecilla a
punto de recibir un gusano.
Entonces,
con movimientos pausados, Dieter Schmidt tomó la Luger P.08, apuntó a la boca
abierta del anciano y le voló la cabeza.
Encontró
a Szukalski sentado ante su mesa de despacho, mientras sostenía un trozo de
papel en la mano.
—María,
tenemos malas noticias. La Gestapo se llevó al doctor Zajtczkowski hace dos
días.
—Oh,
no.
Se
dejó caer en una de las sillas con respaldo de mimbre y plegó las manos sobre
su regazo. A la dura luz de la tarde, observó que Jan parecía más viejo de lo
que era.
—Se
lo llevaron durante la noche —añadió él—, y su familia no ha vuelto a tener
noticias suyas desde entonces. Tampoco esperan tenerlas nunca. Ludwig
Zajgczkowski era un anciano sin pretensiones y con un sencillo estilo de vida,
vivía en un pequeño pueblo a veinte kilómetros al norte de Sofia, casi en la
confluencia del Vístula y el San. Se ocupaba de las granjas aisladas y los
pueblos desperdigados del valle del Vístula, y ha realizado su trabajo con
cariño y mano experta durante casi treinta años. Ahora, la Gestapo lo ha
cogido.
—Pero
¿por qué?
La
doctora Duszynska conocía al doctor Zajaczkowski a nivel profesional; había
trabajado con él en muchas ocasiones: le había ayudado en su distrito y en los
quirófanos.
—¿Por
qué? —repitió Szukalski—. Afirman que trataba de reunir y dar a conocer
información sobre los campos de concentración.
—¿Y
lo hacía así, Jan?
—No
lo sé. Ludwig nunca tuvo pelos en la lengua. Estoy seguro de que si hubiese
llegado a su conocimiento la existencia de Auschwitz y Treblinka, habría puesto
el grito en el cielo. ¡Pobre viejo tonto!
—¿Y
ahora, qué?
—No
lo sé. El hombre que me trajo el mensaje dice que oyó a uno de los hombres de
la Gestapo decir a Ludwig que sí sentía tanta curiosidad por los campos de
concentración, tendría la oportunidad de ir allí y verlo todo por sí mismo.
—Oh,
Dios mío...
—Y
supongo que ya te habrás enterado de lo que le han hecho al viejo profesor
Korzonkowski. Enseñaba química en la universidad. Parece ser que ayer acudió al
despacho de Schmidt para solicitar un permiso de viaje para ir a Varsovia.
—¿Y?
—No
volvió a salir de allí.
—¡Jan!
Es casi como si Dieter Schmidt nos estuviera incitando a protestar para tener
así una excusa para liquidarnos. —Szukalski sacudió la cabeza con tristeza—. Y
otra cosa más, Jan. Algo que no acabo de entender. Dieter Schmidt te odia más
que a los otros, pero ¿por qué no se ha lanzado todavía sobre ti? ¿Por qué no
te ha hecho detener, no te ha humillado y ejecutado? Sabes lo mucho que le
encantaría hacerlo.
—Supongo
que es porque me necesita —contestó Szukalski, que emitió una tosecilla breve y
seca—. Eso es una paradoja bastante interesante. Desea liquidarme y, sin
embargo, también desea retenerme por aquí.
—¿Cómo
es eso?
—Por
el simple hecho de que yo soy un médico disponible. Schmidt puede que sea un
animal, pero no lo bastante estúpido como para privarse a sí mismo y a su
pequeño ejército de atenciones médicas. Tú y yo, Maria, somos los únicos
médicos disponibles en muchos kilómetros a la redonda, a excepción de los
médicos militares.
—En
ese caso, estás a salvo de él.
—Desgraciadamente,
no. Si utilizo el retorcido razonamiento de Schmidt, me considera como un buen
perro guardián que vigila el patio. Quizás un perro miserable y desagradable,
pero que al menos mantiene la casa segura. No obstante —añadió Szukalski levantando
un dedo—, si mordiera una sola vez a mi amo, me eliminaría rápidamente. Y creo
que, en el fondo, Schmidt confía en que cometa ese desliz algún día para poder
pasarme el nudo corredizo alrededor del cuello, y hacer lo mismo con mi esposa
y mi hijo.
Maria
se estremeció y, ante la sorpresa de Szukalski, le tomó la mano y le miró
directamente a los ojos.
—Todo
esto es como una pesadilla —dijo en voz baja—. Y no hay forma de que termine.
—No,
pero sí hay una forma de mitigarlo, y eso es exactamente lo que vamos a
intentar hacer. La epidemia. Pero, por el momento, tenemos algo más de lo que
ocuparnos.
—¿De
qué se trata?
—Debemos
cubrir el territorio de Zajlczkowski. Se trata de una zona muy extensa, con
mucha gente diseminada y pequeños núcleos de población en las colinas. Todos
ellos necesitan cuidados médicos.
—No
podemos ocuparnos de todo eso, Jan.
—Tendremos
que intentarlo. Y, al mismo tiempo que lo hacemos, administraremos alguna
terapia proteínica.
—¿Quieres
decir que vamos a extender la epidemia tan lejos? —preguntó ella enarcando las
cejas.
—¿Por
qué no? —replicó Szukalski con una sonrisa irónica—. Resulta ciertamente
razonable que la enfermedad se extienda a tales límites. Y por lo que a mí
respecta, cuanto más se amplíe el perímetro de la cuarentena, tanto mejor.
Ella
pensó detenidamente un momento, antes de decir:
—Creo
que tienes razón, claro. Y ahora ha llegado el momento de hacerlo, cuando el
invierno está todavía en su apogeo. Las autoridades sanitarias quedarán mucho
más convencidas si extendemos nuestra epidemia durante el invierno, que es
cuando las epidemias se extienden con mayor rapidez.
—Me
gustaría pensar que podemos aprovechar en beneficio propio la detención del
doctor Zajtczkowski. Si no se lo hubieran llevado, no tendríamos esta
oportunidad de ampliar nuestra zona de acción. Ahora, podemos hacerlo. El dolor
que produce su detención se amortigua un tanto al saber que nos ha ayudado sín
saberlo a llevar a cabo nuestro plan.
Permanecieron
sentados en silencio durante un rato, contemplaban las partículas de polvo que
descendían por la dorada luz del sol que penetraba por la ventana y se
permitían cada uno de ellos, por un momento, el consuelo compartido de
sostenerse las manos mutuamente. Luego, de repente, Jan le soltó la mano y
rompió el silencio.
—Tendré
que marcharme —dijo sombríamente—. Tendré que salir para atender el territorio
de Zajlczkowski y hacer lo que pueda. —Maria fijó la mirada de sus grandes ojos
helados en él, sabía lo que diría a continuación—. Sofia y el hospital serán
tuyos mientras yo esté fuera. Quizás durante tres o cuatro días, una semana
como máximo. Mientras tanto, inocularé a tanta gente como pueda. Después de
transcurridos siete o diez días, regresaré y obtendré muestras de sangre para
la prueba de WeilFelix, al mismo tiempo que inoculo a unos cuantos más. A ese
ritmo, calculo que tendremos unos mil casos de tifus comprobado a finales de
mes.
El
Hauptsturmführer Dieter Schmidt, de las SS, cruzó las calles de Sofia
orgullosamente erguido en el asiento de atrás de su Mercedes descapotable.
Aunque muy pocos estaban enterados de ello, procedía de una familia muy pobre
de Munich, y era hijo, irónicamente, de un carnicero. Educado como católico,
Schmidt se había sentido muy feliz de renunciar a los ideales de su infancia
cuando inició su entrenamiento militar. Después de ser admitido en las SS,
abrazó de buena gana el nuevo paganismo del Reichsführer Himmler. Aunque había
podido seguirle la pista a su línea sanguínea hasta el exigido año de 1750, con
lo que demostró ser un alemán puro y sin mácula, Dieter Schmidt se sentía a
pesar de todo avergonzado de sus orígenes.
Saboreaba
aquellas salidas en el elegante coche oficial. Mientras recorría lentamente las
calles, con dos soldados montados en motocicletas a su espalda, Dieter Schmídt
se sentía profundamente satisfecho con la visión de sí mismo y con las
reacciones de los peatones de Sofia, que se detenían para ver pasar al amo.
—Por
allí —ordenó con voz penetrante al conductor, y señaló con el bastón hacia la
iglesia—. Hace mucho que no le he hecho una visita al buen sacerdote.
El
chófer sonrió con una mueca y detuvo el coche ante los escalones de acceso a
Saint Ambroz.
Schmidt
subió los escalones y al llegar arriba esperó a que uno de los dos cabos que
habían conducido las motocicletas le abriera la puerta. Entró en la iglesia sin
quitarse la gorra.
Una
o dos campesinas rezaban arrodilladas, pero, aparte de eso, la iglesia era
amplia, llena de ecos y estaba vacía. Schmidt miró a su alrededor y contempló
los símbolos que ahora despreciaba: las señales de la liturgia, de la
hagiolatría, de las novenas, rosarios y eucaristías. La iglesia olía a papismo.
Eso le hizo recordar los temores del confesionario, las condenas emitidas desde
el púlpito, los sacerdotes encapuchados y la omnipotencia de la Iglesia. Algo
que él detestaba.
Dieter
Schmidt toleraba la permanencia de la Iglesia y de sus sacerdotes en Sofia por
una sola razón: servían para mantener al pueblo esclavizado e ignorante.
No
transcurrió mucho tiempo antes de que la figura negra del padre Wajda se le
aproximara desde una arcada lateral, con su enorme estructura y fortaleza
muscular, que contrastaba burlonamente con el pequeño y recio Dieter.
—Buenos
días, Herr Hauptsturmführer —dijo el padre Wajda en un alemán excelente—. ¿A
qué debo este honor?
Dieter
Schmidt odiaba al sacerdote casi tanto como a Szukalski. Este hombre era
escurridizo. A pesar de toda su ignorancia católica podía ser muy astuto.
—Hacía
tiempo que no pasaba a verle, Wajda. Pensé que podía estar usted preocupado por
mí.
—Siempre
me siento preocupado por usted, Herr Hauptsturmführer. Me preocupa su alma. ¿Ha
venido acaso para confesarse?
Las
cejas de Schmidt se levantaron hacia su frente y la tortuosa cicatriz de su
mejilla relampagueó por un instante. Pero demostrar su rabia habría constituido
una victoria para el sacerdote, aunque Schmidt tuvo dificultad para
controlarla.
—Ustedes,
los sacerdotes, siempre han sido un grupo con muchos aires de superioridad
—dijo con voz inexpresiva—. ¿Por qué tienen que pensar siempre lo peor de un
hombre? ¿Por qué tienen que ver a un hombre y suponer en seguida que tiene
algún pecado que confesar? ¿No le parece mucho más cristiano suponer que un
hombre es por naturaleza bondadoso? Debe tener más fe en la humanidad, Wajda.
Dieter
pasó junto al sacerdote, casi le empujó a un lado, y caminó lentamente por el
pasillo central de la nave. Los pasos de sus botas resonaron con fuerza, con un
sonido hueco, sobre el suelo de piedra, y el golpeteo ocasional del bastón
contra el muslo arrancó ecos tras de sí. Al acercarse al altar, se giró en
redondo para mirar al padre Wajda. El sacerdote respondió finalmente con el más
débil esbozo de una sonrisa.
—Simplemente,
somos conscientes de las fragilidades del hombre. Y del hecho de que nadie está
libre de pecado. Todos nosotros tenemos que responder de nuestros actos ante un
poder muy superior, Herr Hauptsturmführer.
Los
labios de Schmidt se curvaron en una mueca despreciativa, como la de un perro.
—¿Y
qué poder cree usted que tendría su Dios si decidiera matarle en este preciso
instante?
—Si
me matara ahora, Herr Hauptsturmführer, ¿a quién tendría cerca para convencer a
los habitantes de Sofia de que se sometan como pacíficas ovejas?
La
expresión despreciativa se transformó en una fría sonrisa.
—Nos
entendemos el uno al otro, Wajda, y eso está bien.
Siga
alimentándoles con las hostias sagradas, y nuble sus cerebros con incienso. De
ese modo, los ignorantes habitantes de Sofia nunca pensarán en revolverse
contra el Reich. Aunque...
—Se
dio varios golpes en el muslo, con el bastón, pensativo—.
Estoy
seguro, Wajda, de que si en esta ciudad quedaran algunos restos de resistencia,
usted sería el primero en saberlo, ¿verdad? Los católicos les cuentan todo a
sus sacerdotes. En esos pequeños confesionarios donde se sienta usted como un
semidiós. Las mujeres jóvenes le susurran sus deseos sexuales más íntimos. Los
maridos y las esposas confiesan su adulterio. Los partisanos hablan de sus
planes para levantarse. Y si usted tuviera conocimiento de esos planes, Wajda,
estoy seguro de que me haría llegar esa información. ¿Verdad que estoy en lo
cierto?
—No
soy yo quién para quebrar la santidad del confesionario, Herr Hauptsturmführer.
Es un juramento propio de mi cargo el no revelar nunca lo que me diga un fiel
bajo la tutela de la confesión.
Schmidt
se echó a reír, y su risa fue como el breve graznido de un pato.
—Sería
interesante comprobar hasta qué punto hace honor a ese juramento bajo la tutela
de la tortura. Es usted tan evasivo como tozudo, pero no voy a actuar en contra
suya. Continúe predicando la sumisión y le permitiré vivir un poco más.
Un
sonido de pies que se arrastraban se oyó entre las sombras, y los dos hombres
se volvieron para ver la figura encapuchada del hermano Michal, un monje
franciscano que había llegado el día anterior. Salió de detrás de una de las
columnas, llevaba un incensario hacia el altar.
—¿Quién
es éste? —preguntó Schmidt, e hizo señas a los dos guardias que se habían
quedado de pie al fondo de la iglesia, para que detuvieran al monje.
—Es
el hermano franciscano que ya le mencioné en mi informe. Su monasterio, cerca
de la frontera checoslovaca, quedó destruido, y ha venido aquí en busca de
refugio.
—Oh,
sí, el sordomudo.
Los
tres hombres de la Gestapo escudriñaron el cuerpo inclinado y sumiso del
hermano Michal; tenía los hombros inclinados hacia adelante, en una actitud de
temor, y la capucha de su túnica arrojaba una sombra sobre la parte superior de
su rostro. La parte inferior estaba cubierta por una barba.
—Entre
éste y ese sacristán suyo, Wajda, tiene aquí un verdadero espectáculo de
monstruosidades. —Los dos cabos presionaron el tembloroso cuerpo del monje con
sus armas y se echaron a reír—. ¿Es útil? —preguntó Schmidt.
—Sí.
Posee grandes conocimientos de caligrafía y puede restaurar pinturas. La
iglesia se halla muy necesitada de...
—Mi
tiempo es demasiado valioso como para perderlo con usted y sus desfigurados
animalitos de compañía. Recuerde lo que le he dicho sobre los partisanos, y
esta noche métase en la cama pensando en mi advertencia. A menos, naturalmente,
que tenga algún otro animalito de compañía que llevarse a la cama por las
noches, ¿hmm?
Los
cabos volvieron a reír, se dieron media vuelta en cuanto lo hubo hecho su
comandante, y le siguieron por el pasillo central, hacia la salida. El padre
Wajda y el hermano Michal los vieron marchar y cuando las grandes puertas de
roble se abrieron y cerraron, y la iglesia volvió a quedar pura, los dos
hombres se miraron el uno al otro.
Durante
los cuatro días siguientes toda la carga del hospital recayó sobre los hombros
de Maria Duszynska. Debido al tiempo y a la energía que necesitó emplear para
ver a los pacientes en las salas, realizar pequeñas operaciones de emergencia,
ayudar a traer un niño al mundo, y continuar aplicando las inyecciones de
Proteus, dispuso de muy poco tiempo para reflexionar sobre la creciente soledad
o el hecho descorazonador de no haber recibido noticias de Maximilian Hartung
desde Navidades.
Las
noches eran lo peor para ella, cuando regresaba tarde a casa y no encontraba
ninguna carta suya, se acostaba en la fría cama y escuchaba el susurro de la
nieve, que golpeaba contra los cristales de la ventana. Durante esos pocos
momentos, pensaba en él, y cada día que pasaba, con la ausencia de Jan y el
silencio de Max, su corazón se sentía más solitario.
Durante
el tiempo que Szukalski estuvo fuera, Maria extrajo muestras de sangre de todas
las personas pertenecientes al primer grupo al que habían inyectado, las metió
en sobres sellados y las envió a Varsovia. Al cabo de dos días sabría sí las
pruebas de WeilFelix demostraban ser positivas, como lo habían sido en el caso
de Kepler.
Jan
Szukalski regresó a la quinta mañana, con aspecto cansado y ojeroso. Se había
ocupado de atender la consulta médica de Zajgczkowski, trabajó casi
continuamente, día y noche, suturó heridas, fijó huesos rotos, recetó
medicamentos, y puso inyecciones de Proteus. Se encontró incluso con unos pocos
casos auténticos de tifus, lo que era normal en esta época del año, y envió
esas muestras de sangre al laboratorio controlado por los alemanes.
En
toda aquella amplia zona, situada a veinte kilómetros al norte, inyectó a un
total de doscientas treinta personas, y tenía la intención de vacunar a más
cuando regresara al cabo de una semana para extraer muestras de sangre.
Durante
ese mismo tiempo, Maria había puesto otras ciento veinte inyecciones, y enviado
muestras al laboratorio. Cuando llegaran los resultados de las muestras, ella y
Szukalski determinarían cuál sería su siguiente movimiento.
—Sergei,
no comprendo qué es lo que está pasando. Sencillamente, no lo entiendo —dijo
Lehman Bruckner bruscamente.
—Oh,
¿vuelves a pensar en eso? —El musculoso ruso estaba poniendo las últimas
especias en un puchero de col hervida, y se detuvo para limpiarse el sudor y el
vapor de la frente—. Quizás sólo te lo estés imaginando.
—¡Nada
de eso! —gritó Lehman desde el salón. Estaba sentado en un sillón, delante del
fuego, con los pies apoyados sobre una silla y un vaso de vodka en la mano. Su
rostro enjuto tenía el ceño fruncido. El asunto le había estado preocupando
desde hacía varios días—. Te digo que del laboratorio han desaparecido algunos
cacharros de cristal.
—¿Quién
los querría?
—No
lo sé, pero los médicos estuvieron trabajando otra vez en el laboratorio, hasta
altas horas de la noche, después de que yo me marchara. Sin embargo, cuando
entro más tarde a comprobarlo todo, no encuentro nada que me indique lo que han
estado haciendo.
—Bueno,
después de todo, son médicos, Lehman.
—Claro
que lo son, pero ésa es la razón por la que han contratado a un técnico de
laboratorio, para llevar a cabo esa clase de trabajo. Que lo hagan de vez en
cuando, me parecería normal. ¡Pero no con tanta frecuencia! Te digo Sergei, que
aquí está ocurriendo algo extraño.
Sergei
volvió a colocar la tapa sobre el puchero y se limpió las manos con una toalla.
—Te
preocupas demasiado —dijo, acercándose a la puerta—. Te tomas tu trabajo
demasiado en serio. ¿Por qué no puedes olvidarte de eso en tus horas libres?
—Las
cosas no son así de sencillas, Sergei. No, no lo son.
«No,
no lo son pensó Bruckner cuando su amigo regresó a la cocina para preparar la
ternera asada—. Tú no sabes ni la mitad. No conoces los informes que tengo que
preparar para Dieter Schmídt. No estás enterado de lo precaria que es mi
posición. Y no puedo presentarme a él para contarle este asunto de que en el
laboratorio faltan unos cuantos tubos de ensayo y vasos de precipitados. Se
echaría a reír ante mis narices. Se burlaría de mí. De todos modos, ya lo
hace.»
Lehman
se llevó el vaso a los labios y echó la cabeza hacia atrás, sintió que el vodka
abría un camino de fuego garganta abajo. Dieter Schmidt nunca desaprovechaba
una oportunidad para recordarle a Bruckner que, en el año y medio que llevaba
realizando un trabajo clandestino en Sofia, no había logrado descubrir una sola
pista que condujera al grupo secreto de la Resistencia que actuaba en la zona.
Y debido a ello, Schmidt lo trataba con desprecio.
Así
pues, Bruckner no estaba dispuesto a olvidar el tema de los materiales de
laboratorio robados. Quizás eso quisiera decir algo. Quizás no. Pero si así
fuera, si pudiera relacionarlo con algo más importante que el robo de un poco
de gasolina, habría valido la pena seguir esa pista. Y entonces tendría algo
que mostrarle a Schmidt.
—Creo
que saldré a echar un vistazo por ahí —dijo en voz alta para que Sergei le
oyera.
Finalmente,
llegaron los informes del primer grupo de pacientes del laboratorio central en
Varsovia.
Todos
ellos eran positivos.
Todas
las personas inyectadas se encontraban en la lista; no se había producido ni un
solo fallo en todo el grupo.
Una
semana más tarde, Szukalski regresó a la zona de los alrededores.
17
Abraham
Vogel estaba de pie junto a la orilla, a unos cientos de metros río abajo de la
entrada de la cueva, cuando vio, al otro lado del lecho helado, dos figuras que
surgieron de entre los árboles. Incluso desde aquella distancia pudo ver que
llevaban los andrajosos uniformes marrones del ejército polaco y que aquellos
dos hombres, fueran quienes fuesen, se hallaban en problemas. Abraham observó,
sin moverse mientras ellos avanzaban, que cojeaban y se apoyaban el uno en el
otro, a lo largo de la orilla del río.
Las
ráfagas de nieve, que empezaron a cobrar fuerza a medida que se acercaba la
noche, hicieron estremecer al joven judío bajo su pesado abrigo y el gorro de
lana de cordero. Aquellos dos hombres no llevaban ropas de abrigo como él;
tenían las cabezas al descubierto y sólo uno de ellos tenía guantes.
Tomó
una decisión repentina, levantó un brazo sobre la cabeza y gritó:
—¡Eh!
¡Vosotros!
Inmediatamente,
los dos soldados se ocultaron tras un árbol, tomaron sus rifles y apuntaron
hacia el otro lado del río.
—¡No
disparéis! —les gritó Abraham, que descendía cautelosamente la orilla del río,
hacia el hielo. También se dio cuenta, a través de la nieve que caía, de que
ninguno de los dos hombres era capaz de sostener el rifle con firmeza—. ¡Soy
amigo!
Los
soldados permanecieron en silencio, agachados, y le apuntaron con sus armas.
Uno de ellos estaba pálido, tenía los labios azulados, y se apoyaba pesadamente
contra el árbol.
Abraham
avanzó cuidadosamente sobre la gruesa capa de hielo, al tiempo que abría los
brazos para mantener el equilibrio. Con el pesado abrigo, el gorro de lana y
los gruesos guantes, parecía un oso que hiciera cabriolas sobre sus patas
traseras.
—
¡Soy amigo! ¡No disparéis!
Tras
un momento de silencio, uno de los hombres replicó: — ¡Entonces arroja tu arma!
Sujeta
al cinturón llevaba una funda con una pistola. Abraham se lo pensó un momento y
decidió hacer lo que le decían; se quedó de pie en medio del río helado, se
desabrochó el cinturón, y lo dejó lentamente sobre el hielo.
—
¡Ahora acércate a nosotros! —gritó el soldado arrodillado.
Abraham
así lo hizo; extendía de nuevo las manos para guardar el equilibrio.
Cuando
se encontraba a pocos metros de ellos, subiendo por la empinada orilla del río,
el hombre que había hablado salió por fin de detrás del árbol. Miró a Abraham
de arriba abajo y sólo entonces bajó el rifle.
—¿Quién
eres tú? —preguntó; hablaba en el dialecto polaco del norte.
—Me
llamo Abraham Vogel.
El
hombre no pudo ocultar su sorpresa.
—¿Un
judío? ¿Con un arma?
Abraham
ignoró el comentario y miró hacia el otro hombre, que ahora se había tumbado
junto al árbol y tenía los ojos cerrados.
—Tu
amigo no parece estar muy bien.
—No
lo está. Stan y yo llevamos mucho tiempo sin comer.
—¿De
dónde venís?
El
soldado observó receloso al joven judío.
—A
mí me gustaría hacerte la misma pregunta, pero supongo que andas ocultándote.
—Tenemos
un campamento no lejos de aquí.
—¿Partisanos?
—Podemos
ofreceros comida y un lugar caliente donde dormir.
El
soldado observó el rostro delicado, casi hermoso de Abraham durante un largo
rato. Luego, se echó el rifle sobre el hombro y extendió una mano hacia él.
—Soy
Kazik Skowron, teniente del ejército polaco.
Se
estrecharon las manos. Stanislaw Poniatowski, que hacía grandes esfuerzos por
ponerse en pie, dijo con voz débil:
—Nos
alegramos de haberte encontrado, Abraham Vogel. Eres como una respuesta a
nuestras oraciones.
Kazik
sonrió y se acercó rápido para sostener a su camarada.
—Dios
tiene un cierto sentido del humor. Dos católicos rezamos para encontrar ayuda,
y nos envía a un judío.
Abraham
los condujo a través del río helado, se detuvo un momento para recoger su arma.
Luego, los llevó hasta la cueva. Al entrar por la estrecha abertura, mientras
ayudaba a Stanislaw, Kazik abrió mucho los ojos, atónito.
—Pero..,
si pasamos junto a este risco hace apenas un rato. ¡Aquí no había ninguna
abertura! Sé que estábamos al otro lado del río, pero aun así...
Su
voz se apagó al ver veinticinco rostros que lo miraban a la luz de la hoguera.
Luego, sus ojos se detuvieron sobre el puchero de cocido de sauerkraut que
estaba preparando Ester Bromberg y se pasó la lengua por los labios.
—
¡Venid! —dijo Moisze, y se puso en pie de un salto—. ¡Sentaos a comer!
Brunek
Matuszek se apresuró a ayudar a Stanislaw, mientras que Ester sirvió en seguida
la comida. Los dos soldados, helados y hambrientos, se sintieron revivir con el
pesado aroma de la alcaravea, el eneldo y la col, y sólo se sentaron después de
haberse llevado a la boca las primeras cucharadas de cocido.
—Patatas
—murmuró Stanislaw, que comía tan deprisa, que una parte de la comida le
resbaló sobre el pecho—. ¿Cuándo fue la última vez que probamos las patatas...?
Mientras
los recién llegados comían, Abraham explicó a los compañeros cómo los había
encontrado y quiénes eran.
—Estábamos
luchando al noreste de aquí —dijo Kazik con la boca llena. Se pasó una manga
por los labios—. Hubo una pequeña bolsa del ejército que continuó resistiendo
después del Blitz. Luchamos durante todo este tiempo, pero finalmente fuimos
barridos. Sólo Stan y yo logramos salir con vida, junto con otro camarada, al
que tuvimos que dejar no lejos de aquí. Estaba herido. Le construimos un cobijo
y nos marchamos con la esperanza de encontrar a alguien. Nos dijeron que había
algunas granjas no lejos de aquí.
—Las
hay —asintió Brunek—, pero no habría sido nada seguro acercarse a ellas. Los
nazis patrullan exhaustivamente la zona. La ciudad más cercana, Sofia, es
valiosa para ellos.
—Dinos
dónde habéis dejado a vuestro amigo —dijo Moisze—. Enviaremos a alguien a
buscarlo.
Kazik
dejó de engullir comida y bajó el cuenco.
—No
creo que pueda daros ninguna dirección. Stan y yo le construimos un cobertizo y
luego lo camuflamos. Nunca lo descubriríais, aunque os lo describiera. Y
tampoco estoy muy seguro de poder indicaros cómo llegar hasta allí. He
memorizado algunas señales, como un árbol o unas rocas. Sólo así podría
encontrarle. Pero lo dejamos con una hogaza de pan y nuestras últimas gotas de
vodka, y le di mi bufanda y los guantes. Si, como decís, los nazis patrullan
por la zona, quizás debiéramos esperar a que caiga del todo la noche antes de
salir a buscarle.
—Ya
es casi de noche —dijo Brunek—. Saldremos dentro de un rato.
La
caverna quedó en silencio mientras los dos hombres terminaban de comer la sopa.
Se llevaron los cuencos a los labios y bebieron hasta la última gota, luego se
limpiaron la boca con el dorso de la mano.
Mientras
escuchaba el crujido del fuego y sentía cómo el frío exterior de la noche
penetraba en la cueva, Brunek Matuszek no dejó de observar a los recién
llegados. Se fijó en el corte desigual de su cabello, en la barba de varios
días en sus mandíbulas, en los uniformes raídos y harapientos, en los pies
envueltos en trapos, dentro de las maltrechas botas. Eran como tantos otros
cientos a los que había visto. El gran ejército polaco reducido a esto. Apartó
la mirada con tristeza.
—¿Adónde
ibais? —preguntó Moisze mientras les ofrecía un poco de brebaje de achicoria.
—Intentábamos
llegar a la frontera rumana.
—Demasiado
lejos —dijo sacudiendo levemente la cabeza—. Y demasiados alemanes.
Kazik
se volvió a Stan, con una expresión de cansancio y desesperanza en su rostro.
—¿Adónde
iremos ahora, amigo? —murmuró.
—Podéis
quedaros con nosotros todo el tiempo que queráis —dijo Brunek—. Somos
luchadores de la Resistencia y hemos convertido esta cueva en nuestro hogar.
Robamos comida.
A
veces, algún ciudadano valeroso de Sofía nos entrega algo. Tenemos suficiente
para otros tres meses.
—Que
Dios os bendiga —susurró Stanislaw.
Kazik,
extendía las manos hacia el fuego y se las frotaba de vez en cuando mientras
observaba lentamente la cueva. Cuando su mirada se posó sobre Leokadja y
permaneció así durante un momento, oyó a Brunek decir:
—Aquí,
todos somos luchadores, incluidas las mujeres. Hay que tratarlas como
camaradas.
Kazik
miró a Brunek y sonrió.
—Comprendo.
—Podemos
utilizar a soldados entrenados —siguió diciendo el capitán—. ¿Has dicho que
erais de infantería? En ese caso, sabéis manejar armas.
—¿Tenéis
armas aquí? —preguntó Kazik levantando las cejas.
—Morteros
y bazookas. Necesitamos entrenar a nuestra gente para que las maneje.
—Entonces,
somos vuestros hombres.
—
¡Estupendo! —Brunek se dio una palmada en las rodillas y se levantó, parecía
llenar la cueva en penumbras con su enorme estatura. Bajó la vista y les sonrió
a sus nuevos camaradas—. Necesitaréis ropas secas. ¡Y esas botas! —Se volvió a
mirar interrogativamente a Ester Bromberg—. Seguramente, tendremos algo...
—Déjame
echar un vistazo. Si van a formar parte de nuestro grupo, tendrán que vestir
mejor de lo que van.
Kazik
también se incorporó y miró con solemnidad a Brunek.
—Sois
buena gente. Lucharemos a vuestro lado y moriremos si así ha de ser.
El
capitán dejó caer una de sus pesadas manos sobre el hombro del soldado de
infantería.
—Os
damos la bienvenida. Y ahora, vayamos a recoger a vuestro amigo. ¿Cuánta ayuda
necesitas?
—Es
mejor que vaya yo solo —contestó Kazik mientras se encogía de hombros—. Puedo
moverme con mayor rapidez y ocultarme si fuera necesario. Si alguien me
acompañara, me haría ir más despacio, y dos hombres corren mayor peligro de ser
vistos que uno solo.
—Muy
bien. ¿Necesita atención médica? No disponemos de médico, pero Ben es
farmacéutico y disponemos de unos cuantos suministros.
—Tiene
una herida reciente, capitán, pero ha perdido sangre. Lo que necesitamos es
comida. —Kazik se detuvo un instante para mirar a Stanislaw—. No tardaré mucho
—le dijo en voz baja—. Descansa ahora. Te lo has ganado.
Después
salió sigilosamente de la cueva.
Dieter
Schmidt paseaba de un lado a otro delante de los tres hombres, comprimía su
rostro hasta formar una fea mueca, y se golpeaba el muslo con el bastón.
Los
tres hombres se mantenían firmes. Dos de ellos llevaban uniforme alemán y
flanqueaban al que estaba en el centro, vestido con un harapiento uniforme
polaco; vigilaban de cerca a su prisionero.
Finalmente,
Schmidt se detuvo y se giró en redondo.
—¡Cerdo!
—gritó de repente y asustó a los tres hombres—. ¡Y tú te consideras polaco!
¡Eres un cerdo!
Kazik
mantenía la vista fija en un punto, por encima de la cabeza de Schmidt, y
tragaba saliva dolorosamente. El comandante de la Gestapo lo miró con un
desprecio burlón.
—Excelente
—murmuró lleno de satisfacción—. Sencillamente, excelente. —Luego miró a los
dos soldados nazis que se erguían orgullosamente ante él—. Verdaderamente, éste
es un buen momento para felicitarles. ¡Menuda presa! —Extendió la boca para
formar una pálida mueca—. ¡Vuelve a decir tu nombre, cerdo!
—Kazik
Skowron —murmuró el teniente, sin mirar aún el rostro de Schmidt.
El
comandante echó la cabeza hacia atrás y emitió una fuerte risotada aguda, casi
de loco.
—
¡Kaúik Skowron! ¡Qué bárbaro! ¡Qué extraordinariamente perfecto! —La risa se
detuvo tan rápidamente como se había iniciado, levantó el bastón y lo situó a
la altura del abdomen de Kazik—. Muy bien, soldado polaco, si tu nombre es
Kazik, así te llamaré a partir de ahora.
Finalmente,
el soldado de infantería bajó la mirada y sonrió. Kazik Skowron, cuyo verdadero
nombre era Adolf Gasthof, del mismo modo que Stanislaw se llamaba Rudolf
Fliegel, sonrió burlonamente al mismo tiempo que su oficial comandante. Schmidt
hizo señas a los dos nazis para que se marcharan, diciéndoles:
—Serán
condecorados por su excelente trabajo como actores.
—Gracias,
Herr Hauptsturmführer —dijeron y se marcharon. Schmidt volvió su atención al
espía.
—Casi
no puedo creer lo bien que ha salido todo. La sincronización ha sido perfecta.
—Sus
dos hombres también representaron bien su parte. Su idea de que me detuvieran
en el bosque fue excelente, Herr Hauptsturmführer. —Kazik-Adolf se pasó los
dedos por el costado, donde uno de los soldados le había golpeado y sonrió con
una mueca—. De hecho, lo hicieron demasiado bien.
—Sé
que fue una idea excelente. Se me ocurrió pensar que quizás uno de los
partisanos pudiera seguirle, y que si le veía entrar en la ciudad y dirigirse
al cuartel general, podía despertar sospechas. De este modo, si alguien le
veía, pensaría que ha sido realmente detenido y no sospecharía nada.
—Pero
no me han visto, Herr Hauptsturmführer. Me aseguré de ello. Así que, cuando
regrese, les diré que encontré a mi amigo muerto y tuve que enterrarle.
—Excelente.
—Dieter Schmidt rodeó la mesa y tomó asiento—. Regresará ahora mismo y tanto
usted como Fliegel se convertirán en miembros de su grupo. Quiero que se ganen
su confianza, que tomen parte en sus sabotajes. Quédense con ellos hasta que yo
decida actuar.
—¿Por
qué no detenerlos a todos ahora?
—No
—dijo Dieter moviendo lentamente la cabeza—. Estoy convencido de que ese grupo
se halla conectado con otros. Quiero que ustedes dos se queden con ellos y se
enteren de todo lo que puedan. No sólo quiero atraparles a ellos, sino saber
también quiénes son los que están implicados en toda esta zona. ¿De dónde
reciben las órdenes? ¿Están conectados con Varsovia? ¿Les ayuda alguien de
Sofia? Quiero obtener de esto tanta información como sea posible. Le garantizo
que habrá condecoraciones para todos nosotros. Manténgame informado de cada uno
de sus movimientos.
—Jawohl,
Herr Hauptsturmführer —dijo Kazik Skowron. Hizo entrechocar marcialmente los
talones, hizo el saludo nazi y salió.
18
Mientras
las tempestades de finales del invierno afectaban implacablemente el sureste de
Polonia, en Sofia se fueron desarrollando dos acontecimientos no relacionados
entre sí.
La
gente de la cueva, aunque veía sus movimientos restringidos por las tormentas
que soplaban furiosamente fuera del risco, desarrolló lenta y arduamente su
plan para asaltar y destruir el depósito de municiones de Sofia. Iba a ser una
empresa tremenda, peligrosa y sin garantías de éxito, pero todos y cada uno de
los veintiocho partisanos entró a formar parte del plan con pleno entusiasmo y
determinación. Se estableció contacto con otro grupo que actuaba al norte, y
los mensajeros secretos, que se deslizaban bajo la nieve que caía, consiguieron
mantener un enlace continuo entre ellos. Se estableció una fecha provisional
para lanzar el gran ataque, y en la cueva se pasaban todos los días dedicados
al entrenamiento y la preparación para la acción.
Sus
dos nuevos camaradas, Kazík y Stanislaw, una vez recuperada su fortaleza,
demostraron ser de una gran ayuda, ya que su entrenamiento militar y
conocimiento de las armas representaron un gran beneficio para estos civiles.
El
segundo hecho fue que el doctor Szukalski extendió sus servicios por otros seis
pueblos y villorrios, hasta agotar la totalidad de su primer lote de vacuna
Proteus, con lo que creó mil casos ficticios de tifus. El segundo lote de
vacuna se preparó en la cripta de la iglesia, pues ya no se atrevían a utilizar
el laboratorio del hospital, y ahora ya se estaban preparando los ingredientes
para el tercer lote. Jan Szukalski confiaba en alcanzar a finales de primavera
los cinco mil casos de tifus, tanto en Sofia como en los pueblos de los
alrededores.
Y,
tal como esperaban, el laboratorio central de Varsovia reaccionó en
consecuencia.
Se
despertó primero el interés, que aumentó rápidamente a medida que las muestras
de sangre que llegaban de Sofia resultaban ser positivas. Los médicos
responsables del servicio se extrañaron ante los altos índices de víctimas de
tifus de Sofia, lo que indicaba la existencia de una epidemia muy virulenta. El
director del laboratorio central, un tal Fritz Müller, comentó secamente a sus
colegas:
—A
este paso, no tendremos que preocuparnos por la solución final en Sofia. El
tifus se encargará de hacer el trabajo por nosotros.
Pero
había otra razón por la que se sentían mucho más preocupados por el contagio.
—Al
infierno con los polacos —dijo el director, que estudiaba los últimos
resultados—. Si son tan sucios, se merecen morir. Pero Sofia y la región que la
rodea es una zona de acuartelamiento de nuestras tropas, y muchos de nuestros
hombres se arman allí de camino hacia el frente oriental. Nos arriesgamos a que
contraigan el tifus y lo extiendan, y aumenten así los estragos del mortal
invierno ruso.
En
consecuencia, el laboratorio central controlado por los alemanes decidió que,
después de tantos casos de tifus surgidos en tan corto espacio de tiempo, y con
tal virulencia, debía declararse la zona como seuchengebiet, es decir, como
área infectada.
El
director envió inmediatamente un telegrama a Cracovia, en el que se decía:
RECOMENDAMOS
SOFIA Y ZONA ADYACENTE RADIO VEINTE KILÓMETROS SEA CONSIDERADA ZONA EPIDÉMICA
POR TIFUS. SUGERIMOS REDIRIGIR TODO MOVIMIENTO TROPAS DICHA ZONA A TRAVÉS
LUBLIN Y REDUCIR A VEINTICINCO POR CIENTO FUERZA MILITAR ACTUAL DESTINADA EN LA
ZONA.
El
propio Reichsprotektor Hans Frank firmó la orden, dirigida al comandante
militar de Sofia, para que redujera su fuerza, y trasladara el personal
sobrante a Cracovia. La producción agrícola y lechera no debería ser requisada,
sino almacenada dentro del perímetro ordenado, y el contacto con la población
civil debía reducirse al mínimo indispensable.
Dieter
Schmidt palideció al leer la orden.
¡Cuarentena
en la zona! ¡Y tenía que desprenderse del setenta y cinco por ciento de sus
hombres! ¿Cómo esperaban que siguiera controlando la ciudad y manteniendo un
destacamento al completo en el depósito de municiones? ¿Y durante cuánto tiempo
debía mantenerse la situación? Sofia era demasiado importante, demasiado vital
para ser mantenida en cuarentena durante demasiado tiempo. Se estaba preparando
la ofensiva de primavera; durante todo el invierno se había estado
transportando gasolina y artillería al depósito de municiones, en preparación
para su traslado al frente, después del deshielo. ¿Y ahora, qué? ¿Y qué pasaría
con la valiosa información que estaba obteniendo sobre los partisanos? ¿Qué
esperaba el Alto Mando que hiciera?
Pero
había algo mucho más perturbador para el comandante de Sofia. Dieter Schmidt
jamás se había visto expuesto al tifus en toda su vida.
Habían
transcurrido más de dos meses desde la muerte de Hans Kepler, y Anna Krasinska
todavía lo lamentaba.
En
estos tiempos de pesadilla, de guerra y de ocupación nazi, uno se guardaba las
emociones y enterraba los sentimientos. Pero Anna había cometido el error de
bajar sus defensas en presencia del encantador Hans y, a pesar de haberlo
conocido sólo desde hacía unos pocos días, se había enamorado de él. Nunca
habían hablado de ello y, sin embargo, Anna estaba segura de que Hans había
sentido lo mismo que ella.
Ahora,
sin embargo, era demasiado tarde, y en su soledad y su pena, Anna adquirió la
costumbre de acudir a la iglesia de Saint Ambroz dos veces al día, por la
mañana y por la noche, para arrodillarse ante la Virgen, encender una pequeña
vela y rezar un rosario por el alma del único hombre al que había amado. Le
prometió a la Virgen que en todos los años de vida que le quedaran no volvería
a amar a otro hombre como había amado a Hans Kepler.
Sin
embargo, por la noche, mientras permanecía pacíficamente arrodillada ante la
Virgen, rezando sus oraciones, Anna se sentía incómoda. En varias ocasiones
giraba repentinamente la cabeza y apartaba la vista del rosario para mirar con
rapidez a su alrededor, pero siempre se encontraba completamente a solas. No
obstante, seguía teniendo aquella sensación indefinible, aquella intuición
serpenteante de que alguien la estaba vigilando.
Hoy,
volvió a sentir lo mismo.
Se
encontraba arrodillada con las cuentas del rosario entre los dedos, a solas en
la capilla de la Virgen, susurraba y murmuraba: «Dios te salve María, llena
eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las
mujeres...».
Y
volvió a experimentar la misma sensación.
Lenta
y extrañamente, surgió de entre las sombras que la rodeaban, como si se tratara
de una neblina insidiosa, que se enroscaba alrededor de las columnas y la
envolvía poco a poco, hasta que tuvo que dejar de rezar el rosario. Allí había
alguien. Hoy lo sintió con más fuerza que nunca.
Anna
miró fijamente las cuentas del rosario. Se habían vuelto muy suaves por el uso
de los años, ya que antes había pertenecido a su abuela. Estaban hechas de
madreperla importada y los eslabones de unión eran de pura plata.
Levantó
la mirada.
Una
sombra retrocedió en la sombría oscuridad, pero no fue lo bastante rápida como
para que Anna dejara de percibir el fugaz revuelo de la túnica marrón, la
capucha que ocultaba el rostro, las manos plegadas y hundidas en las mangas.
Anna
volvió a mirar las cuentas del rosario y trató de continuar la oración donde la
había dejado, temblorosamente: «Bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa
María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores...».
Volvió
a quedarse muy quieta.
El
estaba ahí, la observaba. Era aquel joven tan peculiar, el sordomudo cuya
triste historia conocían casi todos los fieles que acudían a la iglesia en
Sofía, sobre cómo había resistido el crudo invierno, había huido de los nazis,
después de ver su monasterio destruido y a sus hermanos masacrados, y había
acudido finalmente al padre Wajda en busca de ayuda y cobijo.
Pero
¿por qué la estaba espiando?
Anna
se giró por segunda vez y en esta ocasión, ante su sorpresa, el monje no se
preocupó de ocultarse entre las sombras.
Permaneció
donde estaba, sin moverse, en silencio, como suspendido en la neblinosa luz de
las velas, tan misterioso como una aparición medieval, con los ojos ocultos
fijos en ella.
Verle
así, como un espectro procedente de un antiguo pasado, hizo que Anna se quedara
quieta, mirándole asombrada.
Esperó
lo que le pareció ser un largo rato, y cuando el monje dio un paso hacia ella,
se levantó de un salto.
—¿Qué
quiere? —susurró; se aferraba al rosario como si se tratara de un escudo.
El
hombre no dijo nada, sino que simplemente se movió, casi se deslizó hacia ella.
Anna permaneció como si hubiera echado raíces donde se encontraba, se
preguntaba si debía gritar. De repente, el silencioso monje sacó las manos de
entre las mangas de su larga túnica marrón, se las llevó a la cabeza y se echó
la capucha hacia atrás.
Anna
abrió la boca, incrédula.
El
rostro era irreconocible. Estaba delgado y pálido; la barba era nueva; llevaba
el pelo corto y mostraba una gran tonsura en la coronilla. Pero los ojos,
aquellos asombrados ojos azules del color del aciano en verano..., ella sabía
que los había visto antes.
Después
de que transcurriera lo que pareció ser una eternidad, ella con la boca
abierta, y el monje mudo, que la miraba tristemente, Anna Krasinska encontró
por fin la voz para susurrar:
—Hans...
El
doctor Jan Szukalski quedó bastante sorprendido por la brusca entrada del
Hauptsturmführer Dieter Schmidt en su despacho. El hombre había llegado
acompañado por un grupo de esbirros armados con subfusiles Erma y una expresión
de furia en los ojos que impulsó al médico a ponerse inmediatamente en pie.
—Herr
Haupt...
—¡Cállese!
¡ Siéntese y escuche lo que voy a decirle!
Szukalski,
que nunca había visto a Schmidt con tan poco control sobre sí mismo, volvió a
sentarse, aturdido. Sin ningún preámbulo, el comandante de la Gestapo le
comunicó las órdenes que había recibido de Cracovia.
—Si
no le necesitara para controlar la epidemia —dijo con los dientes apretados—,
le fusilaría ahora mismo por haber permitido que esto ocurra.
Mientras
el nazi hablaba, Szukalski se relajó en la silla. Hasta entonces, nunca había
visto temor en la expresión del Hauptsturmführer. Le resultaba una visión
interesante.
—Le
considero a usted personalmente responsable, Szukalski, de cualquier quebranto
de mis restricciones. Debe entender que nadie puede abandonar esta zona sin mi
permiso personal. Todos los trenes que normalmente cruzan por aquí pasarán
sellados y sin detenerse. La estación quedará cerrada.
Colocó
con movimientos bruscos un mapa sobre la mesa de despacho y con una mano
enfundada en un guante de cuero negro señaló un círculo rojo.
—La
mayor parte de los transportes rodearán esta zona. Algunos tendrán que pasar a
través de ella. Pero no se detendrán. Todos los productos agrícolas
permanecerán dentro de esta zona.
Jan
Szukalski, incrédulo, miró el mapa. Era demasiado bueno para ser cierto.
Alrededor de Sofía se había trazado un círculo que abarcaba un radio de veinte
kilómetros; era una línea roja casi tan efectiva como un muro de ladrillo. Y el
propio Dieter Schmidt le estaba comunicando que la ciudad iba a quedar intacta.
—Apostaré
guardias en todas las carreteras de la zona, y con órdenes de disparar contra
cualquiera que intente abandonarla sin mi permiso expreso. —Szukalski dejó caer
las manos sobre el regazo; trataba de contener su exaltación—. Será usted el
responsable de colocar todas las advertencias necesarias e información sobre
salud pública, sobre lo que debe hacer la población civil para mantenerse
limpia y librarse de los piojos que la infectan. Quiero que esta epidemia se
detenga. ¿Lo ha entendido?
—Sí
— contestó Szukalski serenamente.
Una
vez que Dieter Schmidt hubo terminado, se enderezó y observó al polaco con la
mirada encendida.
—Jamás
debería haber permitido que esto ocurriera, Szukalski.
—Sí,
Herr Hauptsturmführer. —Los dos se miraron fijamente por un momento. Luego, el
director del hospital preguntó con serenidad—: Dígame, Herr Hauptsturmführer,
¿ha sufrido alguno de sus hombres tifus alguna vez?
Involuntariamente,
Schmidt retrocedió un paso.
—
¡Debe de estar bromeando! ¡Ésa es una enfermedad de cerdos, Szukalski! ¡Sólo
los cerdos contraen el tifus! ¡No ha habido una epidemia de tifus en Alemania
desde hace más de veinticinco años!
—Eso
es una pena. No me refiero a que no haya habido una epidemia de tifus en
Alemania, Herr Hauptsturmführer, sino al hecho de que ninguno de sus hombres se
haya visto expuesto nunca a la enfermedad. Eso significa que ni usted ni sus
hombres han creado las defensas inmunitarias que se originan tras haber estado
expuesto a la enfermedad. Por lo visto, esta cepa de tifus parece ser bastante
virulenta, Herr Hauptsturmführer. Hemos tenido varias muertes. Cualquiera que
no se haya visto expuesto a la enfermedad es muy posible que no sobreviva a
ella en caso de contraerla. Y creo que es mi deber advertirle, Herr
Hauptsturmführer, que en estos momentos tenemos en este hospital un total de
veinte casos graves, de los que por lo menos siete parecen ser terminales.
—
¡Qué! —exclamó airado Schmidt mientras retrocedía otro paso—. ¿Quiere decir que
he estado expuesto al tifus?
Los
cuatro hombres armados que acompañaban al comandante intercambiaron miradas
cautelosas.
—Probablemente
se encuentra usted a una distancia segura, Herr Hauptsturmführer, pero yo diría
que sí, que al entrar aquí ha quedado usted expuesto a la enfermedad. Asegúrese
de hervir todas sus ropas en cuanto regrese al cuartel general. Le enviaré copias
de mis instrucciones sobre salud pública a primera hora de la mañana. Debería
intentar mantener el menor contacto posible con la población civil, para evitar
exponerse a sí mismo y a sus hombres. Y, sobre todo, Herr Hauptsturmführer,
evite las multitudes.
Dieter
Schmidt, que ya sentía hormigueos por todo su cuerpo, se puso muy pálido y se
volvió hacia sus hombres.
—¿Lo
han oído y comprendido bien? —Los hombres asintieron vigorosamente. Después, se
volvió a Szukalski y añadió—: Espero recibir noticias suyas mañana mismo, Herr
Doktor.
—No
tema por eso, Herr Hauptsturmführer. Mi juramento me manda cuidar de todos,
tanto amigos como enemigos.
Estaban
tumbados en la cama de su abuelo, mirando fijamente al techo. La cabeza de Anna
descansaba sobre el brazo doblado de Hans. La casa estaba en silencio, pues la
abuela de Kepler se había marchado a vivir con su familia, en Essen, desde que
se anunciara la muerte de su nieto. Ninguno de los dos había hablado desde
hacía mucho rato, desde que Kepler terminara de contar su larga y complicada
historia, informándole también de los espacios en blanco de su pasado, y de los
últimos acontecimientos, hasta el momento. No se había guardado nada, ni
siquiera el hecho de haber estado en Auschwitz.
Le
había hablado de su confesión con el padre Wajda, su primer encuentro con
Szukalski, y la solución que se les había ocurrido. Le había contado su plan de
aparentar que había muerto, quedando así libre de toda obligación militar, de
cómo Szukalski le había afeitado la tonsura en la cabeza, y de cómo el padre
Wajda le había proporcionado una nueva identidad y un disfraz. De cómo habían
incinerado el cuerpo de una víctima de neumonía y enviado las cenizas a Essen
para un funeral militar completo. Le había hablado de la existencia del
laboratorio en la cripta, de lo que estaban intentando hacer los médicos para
salvar Sofia de la solución final; de cómo la había espiado en la iglesia cada
día, y de cómo ya no pudo seguir soportándolo.
Esperó
a contárselo hasta después de hacer el amor, en lugar de decírselo antes. Tuvo
miedo de que ella le rechazara una vez que supiera la verdad sobre él, y ahora
se sentía culpable, como si se hubiera aprovechado de ella con un engaño.
Anna,
por su parte, guardaba silencio por razones muy diferentes a las que imaginaba
Kepler. Ello se debía en buena medida a su estado de conmoción, que le impedía
hablar, pero también, había algo más que le dificultaba hablar por el momento.
El
se había fumado ya tres cigarrillos y, como ninguno de los dos había dicho nada
durante largo rato, sin moverse siquiera, o suspirar o perturbar el silencio de
ningún modo, Kepler no pudo soportarlo por más tiempo. Envuelto en la
oscuridad, preguntó con voz grave:
—Ahora
me desprecias, ¿verdad?
Anna,
sorprendida por el sonido de su voz y también por la pregunta, guardó silencio
durante un momento más, parpadeaba y miraba hacia el techo. Luego, al darse
cuenta de lo que él quería decir, se incorporó con rapidez, se apoyó en un codo
y lo miró.
—¿Qué?
—susurró con incredulidad.
—No
te culpo por ello —siguió diciendo él, sin mirarla.
—¡Hans!
¡No digas eso! ¡Pues claro que no te desprecio!
Hans
giró la cabeza y estudió su rostro en la penumbra. Estaba más hermosa que
nunca, y él se hallaba convencido de no haber conocido un momento más perfecto
que éste.
—Te
referías a tu pasado, ¿verdad? —dijo ella en voz baja—. Pensaste que te odiaría
por ello. —Él asintió en silencio y Anna emitió una ligera risa, sin alegría—.
Eso es absurdo. Lo importante es que te marchaste, Hans, y que fuiste demasiado
decente como para seguir soportándolo. Los que yo desprecio, moj kochany, son
los que se han quedado allí y toleran lo que se hace, y hasta... lo disfrutan.
—Anna...
—murmuró mientras levantaba la mano y la colocaba sobre su mejilla—. Oh,
Anna...
— Te
amo, Hans —susurró ella; la débil luz procedente de la otra habitación se
reflejaba en las lágrimas que pugnaban por brotar de sus ojos—. Nada cambiará
eso, nunca, moj kochanv. De hecho, te amo mucho más por haber tenido el valor
de abandonar aquella pesadilla y contarle a alguien lo que sabías. Y luego por
arriesgar tu vida por una causa tan noble como salvar esta ciudad... ¡Oh, Hans!
Tendió
las manos hacia ella y la atrajo hacía sí, y sintió que la pasión brotaba de
nuevo; temblaba por la emoción de sostenerla entre sus brazos. Pero cuando ella
trató de apartarse, la soltó. Ahora era tan importante hablar como intercambiar
gestos físicos de amor.
—Antes
permaneciste en silencio durante mucho tiempo —susurró él.
Anna
le puso un dedo sobre los labios y sacudió la cabeza.
—Por
otras razones, moj kochanv Hans. Estaba pensando en lo que me acababas de
contar. Sobre lo del campo.
—No...
—Déjame
hablar. Hans, no tenía ni la menor idea. No sabía que estuvieran sucediendo
esas cosas. Y, sin embargo, estoy convencida de que lo que me has dicho es
cierto. Resulta extraño. Te creo, y al mismo tiempo me resulta difícil creerte.
¿Es eso posible?
—Anna,
cuando estuve en Auschwitz, yo creía y al mismo tiempo no creía lo que veían
mis propios ojos. Sé cómo te sientes.
—Pero...
—Su hermoso rostro pareció plegarse al fruncir el ceño—. Lo que no acabo de
comprender es eso que llamas la solución final. ¿Qué es? Y..., ¿por qué?
Kepler
giró la cabeza y posó la mirada sobre la pequeña mesita de noche donde antes
habían estado los efectos personales de su abuela. Extendió una mano para tomar
el paquete de cigarrillos. Encendió uno, expulsó el humo en la oscuridad y
dijo:
—¿Que
qué es la solución final? Lo único que conozco es aquella parte que me afectó a
mí. Los campos de concentración. —Inhaló de nuevo el humo del cigarrillo, lo
expulsó y reflexionó antes de hablar—. En el período anterior a la invasión de
Polonia, los nazis expulsaron de Alemania a la mayoría de los judíos. ¿Lo
sabías?
—He
oído contar historias, la mayoría de ellas de los judíos que llegaron a Sofia.
—El
Reich no podía tolerar que hubiera judíos entre ellos, de modo que los
erradicaron metódicamente y con mano experta de Alemania. Muchos de ellos
emigraron a América o a Inglaterra. Pero la mayoría siguieron el camino hacia
Polonia y Rusia. Esa es la razón por la que hemos aumentado tanto de población.
Todos los judíos alemanes atestaron nuestro pequeño país. A medida que fue
evolucionando el plan, y Hitler absorbió nuevos territorios, como la parte
occidental de Polonia, siguió encontrándose con el problema de qué hacer con
los judíos. Parecía como si, a cada paso que diera el Reich hacia la expansión,
se encontrara constantemente con el problema de tener judíos dentro de su
territorio.
Dio
unas chupadas más al cigarrillo y finalmente lo aplastó en el pequeño plato que
utilizaba como cenicero. Su voz continuó hablando con tono solemne.
—En
aquel entonces, los nazis estaban dispuestos a ayudar a los judíos a emigrar.
Hubo una época en que Himmler abrigó incluso la idea de instalarlos en
Madagascar, como su refugio personal, como una especie de reserva india
americana. En aquellos tiempos, la Gestapo emitía visados de viaje, se ocupaba
del transporte y, en algunos casos, hasta pagaba el coste. Pero de pronto, a
medida que fueron ampliándose las fronteras del Reich, los judíos se fueron
encontrando en medio de una nación que no los quería. Así, surgió la cuestión
de qué hacer con un número tan elevado de personas indeseables. Ya no resultaba
factible intentar transportarlos a otros países. —Incluso en la penumbra, Anna
se dio cuenta de que el rostro de Hans se había puesto tan pálido como el
almidón—. Hitler y sus hombres se reunieron y trataron de encontrar una
solución al problema. Fue entonces cuando se les ocurrió la solución final.
—Kepler giró la cabeza para mirar directamente a Anna v añadió—: La
exterminación.
—Es
demasiado terrible como para imaginárselo siquiera —dijo en voz baja.
—A
las SS se les encargó la tarea de llevar a cabo el plan. De hecho, moja kochana
Anna, las SS no lo consideraron como un deber, sino como un privilegio.
—Pero
¿cuántos judíos puede haber...?
Ahora
le tocó a él colocar un dedo sobre sus labios. Y, al hacerlo, una sonrisa
torcida deformó su boca.
—Ya
no sólo se trata de los judíos, Anna, sino de todo aquel a quien el Reich
considere como subhumano. Los polacos también entran en esa categoría.
—
¡No pueden intentar matarnos a todos! —exclamó indignada la muchacha.
—No,
los nazis no son tan despilfarradores. Pueden pasarse sin los judíos, pero a
los polacos pueden utilizarlos como esclavos, al menos hasta que todos hayamos
muerto.
Ella
se desmoronó de repente sobre él, lloraba amargamente sobre su cuello. Hans
rodeó su delgado y tembloroso cuerpo y esperó pacientemente hasta que ella se
recuperó. Le dolía terriblemente tener que darle tan crueles noticias.
—Me
siento como si acabara de despertar de un terrible sueño —dijo Anna, se apartó
un poco de él y se secó el rostro humedecido por las lágrimas—. !Toda esa pobre
gente! !Y tú tenías que verlo todo!
Hans
cerró los ojos. No, no se lo había contado todo. No podía hacer eso. No podía
hablarle de los experimentos médicos que se realizaban en Auschwitz, actos
horripilantes cometidos con los prisioneros, que eran más una tortura que
experimentos científicos. Y aquel deporte tan popular entre los oficiales
consistente en inyectarles estricnina a las mujeres judías y luego observar
divertidos cómo morían entre dolores agónicos. No le contó los horrores más
horribles, pues de nada servía que ella los conociera. Era suficiente con que
comprendiera la esencia de aquella pesadilla.
—Así
pues, ahora ya lo sabes, mi querida Anna —susurró. Ya conoces toda la historia.
Perdóname por haberte hecho daño.
Ella
se secó las lágrimas y le miró con ternura. Tener a Hans de nuevo con ella,
vivo, era un milagro.
—Déjame
que te ayude —dijo en voz baja, con tono apremiante—. Deja que te ayude a ti y
a los médicos.
—No
—contestó él con firmeza—. Ellos no deben saber nunca que tú estás enterada de
lo que hacen. Incluso yo, que les he tenido que jurar silencio absoluto, he
tenido que «morir» para que siguieran adelante con su plan. ¿Qué harían con
otra persona que conociera su secreto? Temo que lo interrumpirían todo por
temor a que tú pudieras revelarlo. Un secreto mantenido entre cinco personas,
ya no es un secreto, ¿no te parece? Y no quiero privarles de su sensación de
seguridad, mucho menos después de todo lo que han hecho por mí.
Ella
asintió y se mostró de acuerdo, pero dijo:
—De
todos modos, si necesitas algo, mo Hans, ya sea del hospital o de cualquier
otra parte, y yo puedo ayudarte, te ruego que me lo digas.
Hans
no dijo nada. En lugar de hablar, abrumado por la dulce y conmovedora inocencia
de su rostro redondo y por la suavidad de su voz, se volvió hacia ella, la tomó
por los hombros y la atrajo una vez más hacia sí.
Lehman
Bruckner se encontraba de pie en el centro del laboratorio, con los brazos en
jarras. Su último descubrimiento era de lo más perturbador.
El
día anterior había contado su reserva de frascos Erlenmeyer. Hoy había uno
menos, Y no lo encontraba por ninguna parte.
Quizá
no hubiera podido encontrar ninguna pista sobre las identidades del grupo de la
Resistencia que se ocultaba en la zona, pero si el personal médico de Sofia se
hallaba implicado en un plan subversivo, estaba más decidido que nunca a
descubrir quiénes eran y en qué andaban metidos.
Abandonó
el laboratorio y echó a andar por el pasillo, hacia el despacho de Jan
Szukalski.
19
El
establecimiento de una cuarentena no impidió el trabajo de la gente que se
ocultaba en la cueva. A medida que se acercaban a la fecha prevista para su
ataque a gran escala, trabajaban incansablemente para perfeccionar su plan.
Todos
se fueron turnando para vigilar el depósito durante un día entero, y cada vez
informaban de que estaban trayendo más gasolina y armas, en preparación de la
ofensiva de primavera. A pesar de la cuarentena, la instalación se mantenía
activa, con trenes sellados que entraban y salían, y con el personal nazi, que
ponía en práctica medidas de precaución contra la enfermedad.
—No
obstante —dijo Brunek Matuszek una noche—, los alemanes no pueden sacar nada
hasta que no se haya levantado la cuarentena. Una cosa es traer suministros, y
otra muy distinta sacarlos. Los alemanes no se arriesgarán a transmitir el
tifus a las tropas de las ya asediadas líneas del frente.
—¿Durante
cuánto tiempo se mantendrá en vigor esta cuarentena? —preguntó Kaik Skowron.
—No
tenemos forma de saberlo. Pero sí sabemos una cosa. Los alemanes deben de estar
planeando una gran ofensiva contra los rusos para cuando llegue la primavera.
Esa es la razón por la que están acumulando tanto combustible y armamento en el
depósito. Y por eso tenemos que movernos con rapidez. En cuanto se levante la
cuarentena, todos los suministros que contiene el depósito se enviarán
inmediatamente al frente, y no quedara allí nada que valga la pena volar.
Se
pasaron los días aprendiendo a manejar las ansias alenanas que habían traido
del tren, confiaban en que cuando llegara el momento de combatir, los
entrenamientos dieran el resultado apetecido.
Se
pasaban las noches manteniendo el alojamiento en la cueva tan limpio como
podían, hervían las ropas y se examinaban en busca de piojos. Aunque nadie cayó
enfermo ni se quejó de un solo síntoma de tifus, Ben Jakoby se hizo cargo de la
tarea de interrogar diariamente a todos los miembros del grupo y vigilar por si
detectaba el primer síntoma de tifus.
—Sé
que estamos corriendo un gran riesgo —dijo Brunek—, pero no podemos
desperdigarnos ahora sólo por conservar nuestra salud. Permaneceremos juntos
hasta que hayamos destruido el depósito de municiones. Luego, podremos
separarnos. —Se encontraba de pie en el centro del grupo y señalaba un tosco
mapa hecho sobre la tierra—. Esto nos muestra el trazado aproximado del
depósito de suministros, y los objetivos que trataremos de alcanzar. Hay dos
grandes tanques de almacenamiento de gasolina, aquí, y por la noche suelen
aparcar cerca dos camiones cisterna de gasolina. Habitualmente, los dejan aquí.
—Señaló el punto—. En esta otra zona también hay almacenados varios miles de
litros de gasolina, en bidones. Su depósito de municiones y obuses de
artillería se encuentra en estos dos bunkers, que son casi completamente
subterráneos. No creo que un obús de mortero pueda penetrarlos por arriba, pero
si logramos alcanzar las entradas con disparos de bazooka, podemos hacer
explotar toda la instalación. En este otro sitio, cerca de los talleres de
reparación, hay casi cincuenta panzers Mark III que están siendo
reacondicionados con nuevos cañones de 50 milímetros. Nuestros objetivos, pues,
son claros. El combustible y la munición constituyen la principal prioridad.
Se
enderezó y miró a todos los presentes. Sus rostros estaban tensos al brillo de
la hoguera.
—Atacaremos
en las horas de oscuridad, poco antes del alba —siguió diciendo—. En ese
momento estarán durmiendo todos, excepto los centinelas. Situaremos los
morteros a quinientos metros de distancia y comenzaremos a disparar a las cinco
de la mañana. Tomaremos posiciones divididos en dos grupos, cerca de la entrada
principal. Serán los grupos de bazookas y subametralladoras. Iniciaremos con
los mortero un fuego de barrera durante cinco minuto digiidos hacia los
barracones y la zona de almacenamiento de la gasolina. Al mismo tiempo,
volaremos la puerta de entrada con un disparo de bazooka y, una vez haya
terminado el fuego de mortero, nos meteremos dentro con los bazookas y las
subametralladoras. Bromberg se hará cargo de este grupo y se dirigirá hacía
donde están los tanques, e intentará alcanzar tantos como pueda con los
bazookas, hasta que se quede sin munición. ¿Moisze?
El
judío de cuarenta y cinco años asintió con la cabeza. Brunek continuó
exponiendo su plan.
—Antek
y yo dirigiremos nuestro grupo hacia los bunkers donde almacenan la munición.
Kazik y Stanislaw dirigirán otro grupo que establecerá contacto con nosotros y
que alcanzará cualquier almacenamiento de gasolina que pueda quedar, y volará
los talleres de reparaciones. Dispondremos de diez minutos para llevarlo a
cabo. Luego, los morteros volverán a disparar, apuntando hacia la zona central
de los barracones y los bunkers de las municiones. Se apostarán dos tiradores
para encargarse de los hombres de las torres de vigilancia y apagar sus
reflectores. Debemos actuar rápidamente, dar nuestro golpe y escapar con toda
la rapidez que nos sea posible. Pasado mañana se nos unirán otras cuarenta
personas aquí mismo. Todos ellos son partisanos leales que lucharán con
nosotros y luego desaparecerán. —Brunek observó uno tras otro a todos los que
componían el círculo, antes de añadir— : Atacaremos dentro de tres días.
Estaban
sentados ante una mesa pequeña, y eran los dos únicos clientes del pequeño
restaurante situado al otro lado de la ciudad. María Duszvnska estaba sentada
con la barbilla apoyada en las manos, escuchando a Jan.
—Eso
hace exactamente cuatro mil casos de tifus de los que hemos informado —dijo él
con voz lenta—, y puesto que ya estamos cerca de abril, será mejor que
empecemos a disminuir el número de casos de los que informemos. ¿María?
—Extendió una mano y le tocó el brazo—. María, ¿me estás escuchando?
—¿Hmm?
—dijo ella mientras se volvió a mirarle—. Oh, lo siento, Jan.
—En
cualquier caso, creo que ya es hora de empezar a reducir.
Sí,
sí, desde luego.
Se
reclinó en la silla y dejó caer las manos sobre el regazo. Había estado
pensando en Maximilian Hartung, y en el hecho de que aún no hubiera tenido
noticias suyas.
El
restaurante representaba un agradable refugio de las tensiones del trabajo del
hospital. Llamado simplemente Resfiwrqda, era propiedad de una familia
procedente de la provincia de Swiebodzin, que se tomaba su tiempo para preparar
cada una de las comidas individuales. El ambiente estaba lleno de humo y del
rico aroma a cebolla, ajo y alcaravea. La cerveza negra y espumosa, tan popular
en Polonia, había sido servida en jarras de cerámica colocadas delante de Jan y
María.
—¿Todavía
no has tenido noticias suyas? —preguntó Szukalski.
—Supongo
que está muy ocupado —dijo María negando con la cabeza.
Jan
asintió.
Llegó
el primer plato de la comida, compuesto por salchichas y un sauerkraut de sabor
fuerte. Después de haber probado la comida, Maria dijo:
—Sí,
la epidemia está funcionando. ¿Crees que es ésa la razón por la que últimamente
no ha habido actividad de los partisanos?
—Creo
que el invierno les ha impedido actuar, sean quienes sean, pero ahora que se
acerca la primavera, puedes estar segura de que no tardaremos en oír hablar de
ellos. Y teniendo en cuenta las muchas semanas que se han mantenido tranquilos,
me imagino que no iniciarán la primavera con algo pequeño.
—Eso
me asusta, Jan —dijo María, mientras masticaba pensativamente.
—Sí,
a mí también —asintió él al tiempo que hundía un poco los hombros—. No confío
en ellos. Psiakrew, ¡desearía saber quiénes son!
Maria
se volvió a mirar por el restaurante, antes de hablar casi en susurros.
—Nuestra
cuarentena es muy precaria. Un gran movimiento por parte de los partisanos
podría echarlo todo a perder y echar sobre nosotros a cientos de alemanes. A
nosotros no se nos necesita, Jan. Sólo necesitan ese depósito de municiones y
los talleres de reparaciones. Si los partisanos hicieran algo grande, los
alemanes nos barrerían, con tifus o sin él.
Sí,
ya he pensado en eso. Desearía poder contactar con ellos, hacerles saber lo que
estamos haciendo.
—Estoy
segura de que nos creerán unos cobardes por no luchar con ellos.
—Cobardes_
—repitió Jan Szukalski mirando sombríamente su sauerkraut.
—Jan
dijo ella con voz apenas audible—. ¿Durante cuánto tiempo crees que podremos
mantener el engaño?
—Supongo
que mientras los alemanes estén convencidos de que tenemos que vérnoslas con
una epidemia realmente virulenta.
—¿Estás
seguro de que no se pueden utilizar otros análisis de sangre para comprobar más
específícamente la existencia de tifus que la prueba de WeilFelix?
—Ningún
otro que yo sepa.
—¿Es
posible que exista alguna cura para el tifus que nosotros no conozcamos?
—No,
que yo sepa. Pero debo decirte que el año pasado leí en las actas de una
conferencia que se celebró en Ginebra que los suizos han desarrollado un nuevo
pesticida que llaman DDT»
—Creo
haber oído hablar de eso.
—Mata
los piojos del cuerpo y debería ser muy efectivo contra la extensión del tifus.
—¿Tienen
DDT los nazis?
—Estoy
seguro de que sí. Pero dudo mucho de que dispongan del suficiente como para
utilizarlo a gran escala. En caso contrario, no se mostrarían tan asustados con
nuestra epidemia.
—¿Y
si nos ordenan que lo utilicemos?
—Creo,
María, que ya nos enfrentaremos con ese problema si es que se produce.
A
pesar del frío feroz de la noche, el Hauptsturmführer Dieter Schmidt de las SS,
estaba de pie, absolutamente desnudo, ante el espejo de cuerpo entero. Había
colocado en el suelo la lámpara de la mesita de noche, que brillaba hacia él
como un foco, mientras que, con un pequeño espejo de bolsillo en una mano, y un
peine en la otra, se inspeccionaba meticulosamente el vello púbico.
Esto
se había convertido en un ritual para Schmidt desde que iniciara los dos
exámenes diarios de su cuerpo al principio de la epidemia. Además de tomar
dolorosos baños de agua caliente dos veces al día, y de cambiarse de ropa tres
veces al día, también se había hecho afeitar por completo el pelo de la cabeza.
Pasaba
lentamente el peine a través del corto y ensortijado vello; el Hauptsturmführer
Dieter Schmidt escrutó clínicamente cada montículo y valle de sus genitales
hasta quedar plenamente satisfecho, convencido, después de su búsqueda, de que
allí no anidaba ningún piojo.
A
continuación, se acercó más al espejo, levantó un brazo por encima de la cabeza
y se rastrilló el vello del sobaco. Primero lo hizo con un brazo, y luego con
el otro, luego dio por concluida la exploración de su cuerpo, contento de haber
ganado un día más la batalla contra el tifus.
Había
ganado su batalla particular, sí, pero la guerra aún proseguía. Volvió a
colocar la lámpara sobre la mesita de noche e inspeccionó el colchón y los
muelles tan meticulosamente como había hecho con su persona, antes de hacerse
la cama con sábanas limpias.
Antes
de acostarse, se dirigió al pequeño cuarto de baño adyacente para comprobar el
progreso de su improvisada caldera de vapor para la ropa.
Había
instalado con sus propias manos una pequeña estufa de cerámica que quemaba
carbón, ventilada hacia la pared exterior. Sobre la baja superficie plana había
colocado un gran caldero lleno de agua que estaba hirviendo constantemente.
Suspendidos sobre el caldero, colgados de ganchos fijados en el techo, se
encontraban sus hermosos uniformes, colgados, así mismo, de perchas de madera,
rodeados por un cilindro hecho a base de lona que los mantenía envueltos en una
perpetua nube de vapor.
La
caldera de vapor había sido un invento del propio Dieter. Después de leer la
lista de precauciones que le había enviado Szukalski para luchar contra los
piojos, transmisores del tifus, Schmidt se había tomado la molestia de llevar a
cabo personalmente tantas de aquellas medidas como podía. No confiaba en
ninguno de sus ayudantes para preservar su buena salud.
Schmidt
estaba seguro de una cosa: si llegaba a contraer el tifus, estaba convencido de
no tener casi ninguna posibilidad de sobrevivir.
El
ayudante que le traía las comidas también tenía que tomar precauciones. Se
había afeitado la cabeza y se le exigía llevar guantes. Tampoco podía
adentrarse mucho en el alojamiento de su comandante. Aun cuando Schmidt había
impartido a sus hombres órdenes estrictas en cuanto a sus propios rituales de
precaución, y aunque se le aseguraba continuamente que le obedecían
religiosamente, Dieter no quería correr ningún riesgo.
Acudía
a su despacho cada día, como comandante supremo de la zona, fiel a su deber de
cumplir con su trabajo. Y aunque echaba de menos sus paseos diarios en el
Mercedes y sus visitas por sorpresa a los diversos lugares de la ciudad, como
el hospital o la iglesia, no era tan estúpido como para arriesgar su propia
salud por hacerlo.
Tanto
en Sofia como en la zona de los alrededores había miles de personas que sufrían
a consecuencia de aquella enfermedad fantasmal. Según el informe diario de
Szukalski, muchos de ellos ya habían muerto, y no pocos eran alemanes. !Y todo
por culpa de aquel cerdo! Si aquel cerdo de Szukalski fuera mínimamente
competente, la epidemia ni siquiera habría estallado. Debido a él, la vida de
Dieter Schmidt se había visto reducida a una serie de rituales ridículos.
Al
comandante de la Gestapo le enfurecía verse impotente. Empezaba a verse
presionado por sus superiores para que atajara la epidemia y volviera a poner
en plena actividad el depósito de municiones y el taller de reparaciones. Pero
¿cómo? Szukalski hacía todo lo que podía, se dedicaba a vacunar a la gente de
la ciudad.
Dieter
Schmidt tenía al menos un consuelo. Ahora sabía quiénes eran los partisanos y
dónde se ocultaban. También estaba enterado, a través de sus espías Kazik y
Stanisiaw, del plan para volar la instalación, e incluso del día y la hora del
ataque.
Se
tranquilizó y se dijo que si no podía atajar la epidemia, como le exigía el
Alto Mando, al menos iba a poder demostrar su utilidad de una forma como no lo
había hecho nunca.
Anna
Krasinska no tuvo que encender la luz para encontrar la caja que necesitaba. El
laboratorio era un lugar con el que estaba familiarizada, incluso a estas horas
avanzadas de la noche, y sólo tuvo que tantear el camino hasta llegar al lugar
adecuado. Lo que necesitaba debía estar aquí, en la segunda estantería. Y
podría sacarlo del laboratorio sin que nadie lo supiera.
Anna
había acudido al doctor Szukalski por dos razones. La primera y más importante
había sido su temor de perder a Hans. El fraude del tifus significaba mucho
para él, y no permitiría que nada se interpusiera en su esfuerzo por salvar
Sofia de la solución final. Anna temía que, en el caso de que eso sucediera,
Hans preferiría dejarla a ella antes que poner el proyecto en peligro.
La
otra razón era la conciencia del joven. Le molestaba mucho tener que mentirle
al sacerdote sobre su paradero nocturno, y se ponía cada vez más nervioso ante
la necesidad de deslizarse a hurtadillas, después de la medianoche, a casa de
su abuela. El resultado de todo ello era que Anna tenía cada vez más la
sensación de que iba a perderle.
Sin
que Hans lo supiera, Anna decidió buscar una solución por cuenta propia. Se
había mostrado extremadamente inquieta al principio, y sentada en el despacho
del doctor Szukalski, hablaba con vacilaciones. Pero, ante su sorpresa y
alivio, el médico se mostró muy comprensivo con la situación y sólo lamentó que
Hans no le hubiera planteado antes el problema.
Cuando
los cuatro se reunieron en la cripta de la iglesia, Szukalski llevó consigo a
una nueva invitada.
Podemos
utilizarla —dijo Szukalski a los demás, sentados en un pequeño círculo, en el
centro de la cámara rodeada de sarcófagos—. Maria y yo nos hemos estado
arriesgando mucho al sacar cosas del laboratorio. Anna llamará menos la
atención. Y también puede sacar otros suministros del hospital. La voy a
trasladar a la sala de tifus. Ha sido una endiablada tarea mantener síntomas
fingidos en esos pacientes, para que las enfermeras crean que se las tienen que
ver con la verdadera enfermedad. Con Anna trabajando en esa sala para
asegurarse de que todo va bien, tendremos una cosa menos de qué preocuparnos.
La voz de Szukalski sonaba baja y reconfortante—Hans, espero que a partir de
ahora tenga usted más fe en nosotros. Cualquier otro problema que se produzca
debe plantearlo ante nosotros de inmediato. Sólo le pido una cosa. Cuando
vuelva a ir a casa de su abuela, asegúrese de decirle al padre Wajda a dónde se
dirige y a qué hora regresará.
Una
vez que hubo encontrado lo que andaba buscando, Anna se lo ocultó por debajo
del abrigo, se dirigió hacia la puerta del laboratorio, la abrió un poco y miró
a uno y otro lado del pasillo. Estaba a oscuras y desierto. Se deslizó al
exterior sin hacer ruido, cerró la puerta tras ella y recorrió apresuradamente
el pasillo, hacia la salida.
Lehman
Bruckner, oculto de nuevo bajo la escalera de piedra, abandonó la posición
acuclillada que había mantenido, se incorporó y la siguió.
Al
salir del hospital, empezaba a caer una ligera lluvia de abril, por lo que se
detuvo para subirse el cuello de la gabardina y dar tiempo a la joven para que
pusiera cierta distancia entre ellos. Se metió las manos en los bolsillos de la
gabardina y notó en uno de ellos el frío metal de la Walther que el SD le había
entregado; luego Bruckner echó a caminar por la calle, a unos discretos cien
metros de distancia por detrás de ella.
Anna
caminaba con rapidez y de vez en cuando miraba por encima del hombro. Las
calles estaban húmedas y desiertas, brillantes y resbaladizas. No vio al
hombre, que se ocultó de repente entre las sombras. Anna cruzó directamente la
plaza principal de la ciudad y se dirigió hacía la iglesia. Echó un rápido
vistazo hacía atrás, en dirección al cuartel general nazi, pero no vio guardias
allí, y sólo unas pocas luces en las ventanas de delante. Desde el inicio de la
epidemia, tres meses antes, se había podido apreciar muy poca actividad por
parte de las tropas ocupantes.
Lehman
Bruckner mantuvo la distancia y, en lugar de cruzar la plaza, como había hecho
la joven, se ocultó en un portal para ver adónde se dirigía.
Se
sintió un tanto sorprendido al verla subir los escalones de piedra de Saint
Ambro, abrir una de sus macizas puertas y deslizarse al interior. Decidió que
debía de haberse detenido para encender una vela, o para charlar un momento con
el sacerdote, por lo que permaneció envuelto en las sombras protectoras,
encendió un cigarrillo y se dispuso a esperar a que saliera la joven.
No
obstante, al cabo de unos pocos minutos, como la humedad le empapaba la ropa y
sus pies se volvían insensibles por permanecer tanto tiempo de pie, Bruckner
decidió echar un vistazo en el interior de la iglesia y ver exactamente qué
estaba haciendo la mujer. Al fin y al cabo, estaba seguro de haberla visto
salir del laboratorio con un objeto oculto bajo el abrigo.
Abrió
muy lentamente la enorme puerta de roble, se introdujo en el interior y se
ocultó en seguida tras una columna para protegerse. Aguzó el oído y trató de
percibir algo en el silencio y entrecerró los ojos mientras miraba a lo largo
de la nave central. A excepción del parpadeo de unas pocas velas encendidas y
de los grandes ramos de flores que decoraban el altar, no pudo discernir ningún
signo de vida en el interior de la iglesia.
Se
desplazó hacia una nave lateral, con la mano apoyada sobre la culata de la
Walther que llevaba en el bolsillo, y caminó lentamente y sin ruido hacia el
otro extremo de la iglesia. El sudor brotó sobre su labio superior y, por
alguna razón que no fue capaz de imaginar, el corazón empezó a latirle con
fuerza.
A
pocos metros de distancia de la sacristía, se detuvo y adelantó la cabeza para
escuchar, mantuvo el cuerpo arrimado al frío muro de piedra. Todo era silencio.
Ningún sonido. Ningún movimiento.
Casi
conteniendo la respiración, Lehman Bruckner avanzó poco a poco hacia la puerta
de la sacristía hasta encontrarse a su altura y desde allí se inclinó
ligeramente hacia adelante para mirar en su interior. Estaba vacía.
Empuñando
firmemente el arma en su bolsillo, entró en la pequeña estancia, dio una rápida
ojeada a las vestiduras colgadas, que parecieron mirarle desde sus percheros, y
la cruzó en dirección a otra puerta. Estaba entornada y había luz al otro lado.
La
empujó ligeramente con el pie, para que se abriera apenas un poco; pudo echar
un vistazo y comprobar que el despacho del padre Wajda también estaba vacío.
Había un libro sobre la mesa, un fuego encendido en el brasero, junto a la
pared, y una copa de vino cerca del libro, como evidencia de que el sacerdote
no tardaría en regresar.
Lehman
Bruckner se limpió el sudor de la frente y regresó de puntillas a la sacristía.
Al cruzarla, envuelto en la oscuridad, su mirada captó un pequeño punto de luz
no lejos de sus pies y, al inclinarse para inspeccionarlo más de cerca, vio que
en el suelo de la sacristía se había practicado un pequeño agujero por el que
se había pasado un hilo de cobre. Al seguir el hilo con la mirada, se dio
cuenta de que estaba conectado al pequeño enchufe que había en un rincón.
Se
arrodilló y aplicó la oreja al suelo. Hasta él llegó el débil sonido de unas
voces apagadas.
Bruckner
se incorporó, perplejo. Los sonidos, así como el misterioso hilo de cobre,
procedían, evidentemente, de alguna cámara subterránea oculta. Pero ¿dónde
estaba?
Recorrió
con la mirada los muros de la sacristía; buscaba algo que se pareciera a una
puerta, pero no encontró nada. Abandonó la pequeña estancia y, dejándose llevar
por un presentimiento, se encaminó hacia la parte posterior del altar y avanzó
con grandes precauciones a lo largo de la pared del ábside. Al pasar por detrás
del enorme crucifijo y de los mudos frescos, llegó finalmente al hueco de una
entrada, empujó la verja y se encontró ante una escalera de caracol.
Ahora,
Bruckner extrajo la Walther del bolsillo y empezó a descender muy lentamente
los escalones.
Un
fuerte olor a moho le hizo arrugar la nariz y, cuando su mano tocó
ocasionalmente el moho húmedo y resbaladizo que cubría el muro de piedra, la
retiró inmediatamente. Siguió bajando cuidadosamente; en la oscuridad, tanteaba
los escalones con los pies, los bajaba uno a uno, mientras pensaba que así era
como debían de sentirse los ciegos.
Finalmente,
se vio recompensado por el frágil alborear de una luz, que vino acompañado por
voces que murmuraban en tono bajo, por lo que se dio cuenta de que debía de
haber llegado casi al final de su descenso. Sudaba terriblemente y contenía las
ganas de orinar; llegó por fin al último escalón, y cuando su mirada enfocó la
escena que aparecía ante él., se quedó petrificado.
De
pie, bajo la arcada de piedra del último escalón, Bruckner contempló con
incredulidad los complicados aparatos de laboratorio que cubrían una larga mesa
y ocupaban una cuarta parte del suelo. Abrió la boca al ver los sepulcros de
piedra, alineados unos sobre otros, y las efigies medievales de los obispos que
dormían el sueño eterno, y las bombillas eléctricas, que no sólo iluminaban las
tumbas de mármol y los epitafios funerarios, sino también una nevera y una
incubadora de hospital.
Y
por si todas aquellas incongruencias no fueran lo bastante absurdas, el toque
final de aquel extraño escenario lo constituyó el monje de túnica marrón, que
estaba en el centro de la cámara y abrazaba a la enfermera, y la besaba en la
boca.
La
sorpresa le hizo abrir la boca y soltar una exclamación de asombro, que asustó
al hermano Michal y a Anna, que deshicieron su abrazo y se giraron de repente
hacia el lugar de donde procedía el sonido. Bruckner se adelantó entonces y
entró por completo en la cámara, con el arma preparada.
—No
os mováis ninguno de los dos —dijo con suavidad. Miró a su alrededor y observó
el equipo de laboratorio, reconoció todos los objetos que había echado en
falta. Bruckner gruñó—: ¿Qué está pasando aquí?
Hans
Kepler esbozó la más encantadora de sus sonrisas.
—Es
una cámara funeraria, como puede ver, y aquí es donde preparamos los cuerpos de
una forma especial.
—Ya
veo... —Bruckner extendió una mano hacia la mesa v tomó una pieza de cristal—.
Y qué demonios es esto? ¿Que estáis haciendo aquí abajo?
El
monje volvió a contestar con voz todavía serena y relajada.
—Ya
se lo he dicho. Es algo con lo que estamos experimentando para preservar los
cuerpos. Y ahora mire a su alrededor. Estos sarcófagos medievales...
—
¡Cállate! Esto es alguna clase de vacuna. No sé exactamente para qué, pero soy
técnico, de laboratorio y sé muy bien cuándo tengo ante mis ojos unos frascos
de vacuna.
Estudió
los rostros que tenía ante sí, tratando de hacerlos encajar con el siniestro
fondo, y de repente, todo pareció encajar en su mente. Las extrañas actividades
de los doctores Szukalski y Duszynska. El cultivo de Proteus que había
descubierto. Una epidemia de tifus de la que él personalmente no sabía que
hubiera fallecido nadie. Escrutó el rostro del monje.
—¿No
te conozco de alguna parte?
—No
lo creo. Soy un refugiado.
Oh,
sí... —Bruckner pensó por un momento; buscaba en su mente los hilos de la
historia que había oído contar sobre un monje que había buscado refugio en la
iglesia de Saint Ambroz. Y entonces se echó a reír—. Ahora lo recuerdo. El
sordomudo. —Anna y Hans intercambiaron unas miradas—. Ahora sé quién eres —dijo
Bruckner mientras retiraba la boca sobre los dientes en lo que creyó sería una
sonrisa. Eres el hombre de las SS que apareció por aquí en Navidades. El que
murió de tifus. Bien, bien... —Asintió con una insufrible expresión de
autosatisfacción y retrocedió un paso hacia la escalera. Esto sí que es
verdaderamente interesante. ¡Con que epidemia de tifus, eh! ¡Qué ingenioso!
Estoy seguro de que al Hauptsturmfurhrer le encantará saberlo. ¡Con lo que a
él. le gusta el misterio! Un desertor de las SS convertido en monje, y una
epidemia de tifus fingida. Desde luego, hoy he tenido mucha suerte. La sonrisa
maliciosa desapareció de su rostro mientras señalaba con el arma hacia la
escalera. ¡Muy bien! —ladró en voz alta—. Los tres vamos a dar un pequeño paseo
para cruzar la plaza y hacerle una visita al comandante, al otro lado de la
iglesia.
Bong...Bong...
En
su sueno, enroscado como un cangrejo sobre su colchón de paja, el viejo Zaba se
llevó las manos a las orejas y gimió, estaba teniendo una pesadilla.
Bong...
Las
macizas campanas de la catedral sonaban en la noche como un carillón
fantasmagórico procedente del infierno, que reoimbaba en cada una de las
agujas, pináculos y contrafuertes de la estructura gótica. Zaba volvió a gemir
y abrió los ojos de golpe. Parpadeó unas cuantas veces, sumido todavía en su
estupor de beodo, trató de dirigir la mirada hacia el bajo techo de hojalata de
su pequeña cabaña e intentó recordar dónde estaba.
Cuando
el lúgubre repique de las campanas alcanzó por fin su conciencia empapada de
vodka, el viejo sacristán gimió de nuevo y su figura contrahecha salió fuera de
la cama. Se puso unos pantalones y una chaqueta sobre la camisa de franela v
murmuró:
¡Esos chicos! ¡Esta vez les voy a dar una
paliza que no olvidarán! !Van a despertar a toda la ciudad!
Introdujo
los pies desnudos en los viejos y agrietados zapatones y, sin molestarse en
atarse los cordones, salió de la pequeña cabaña de hojalata a la noche.
Inclinado
en la única dirección hacia la que podía hacer avanzar su cuerpo torcido, el
sacristán estiró el cuello para mirar hacia la parte trasera de la iglesia;
miraba hacía las agujas que se destacaban en el cielo cubierto de nubes. Ahora,
las campanas sonaban con mayor fuerza, lentamente, con solemnidad, como si
siguieran el ritmo digno que Zaba solía reservar para la misa de réquiem.
—Psiakreu
! —murmuró enojado.
Sacó
de la cabaña una lámpara de queroseno, la encendió con una cerilla y se dirigió
hacia la iglesia con toda la rapidez que le permitieron sus piernas deformes.
En
el interior, las campanas parecían resonar todavía con mayor fuerza, arrancaban
ecos de cada uno de los muros y elevaban el sonido hasta llenar la alta bóveda
que había sobre su cabeza.
—
¡Van a despertar a toda la ciudad! —gruñó.
Avanzó
casi arrastrándose, de una forma muy parecida a como lo haría una rata, y se
dirigió por la nave lateral hacia la parte delantera de la iglesia, donde
estaba el campanario. La luz de la lámpara arrojaba extrañas sombras sobre los
muros, la desfigurada y grotesca figura de Zaba bailoteaba sobre la piedra
gris, como un fantasma en la noche de Todos los Santos.
—
¡Las cosas que hacen esos chicos para atormentarme! Pero esta vez han ido
demasiado lejos. ¡Mira que tocar las campanas a las dos de la madrugada!
Pszakreu,.'
Al
llegar a la puerta de madera que daba acceso al campanario, la encontró
entornada.
Las
campanas seguían sonando, lentamente.
«¡Ajá!
—pensó malvadamente—. ¡Todavía están ahí dentro! ¡Esta vez los he pillado! Para
cuando haya terminado con ellos, sólo se les ocurrirá aparecer por aquí para
confesarse.»
Abrió
del todo la puerta y dirigió la lámpara hacía la escalera. Escuchó. No oyó
ruido de pisadas. Y, sin embargo, las campanas seguían sonando.
Mientras
se movía de lado y arrastraba tras de sí su pierna paralizada, Zaba fue
subiendo los viejos escalones que conducían a lo alto del campanario; sostenía
ante sí la lámpara. Finalmente, llegó a la puerta situada en lo más alto, y
también la encontró entornada.
Ahora,
el sonido de las campanas era mucho más fuerte. Clamoroso, cacofónico.
Resonaban en sus oídos y producían un gran estruendo en su cerebro. Se preguntó
cómo podrían soportarlo aquellos muchachos traviesos.
Zaba
abrió de golpe esta segunda puerta y asomó la cabeza.
Sostenía
la lámpara cerca del rostro, miró hacia lo alto del campanario para tratar de
ver las campanas. Pero lo único que vio fue oscuridad. Ante él, de forma
increíble, la cuerda de las campanas subía y bajaba al azar.
Echó
un vistazo a su alrededor. No era posible que nadie pudiera ocultarse en esta
diminuta habitación, donde apenas quedaba espacio para una persona. Y, sin
embargo, extrañamente, se hallaba desierta. Zaba se encontraba solo en el
campanario.
Extrañado,
volvió a mirar la cuerda que se movía lánguidamente ante su rostro, trataba de
imaginar qué había hecho sonar las campanas, y cuando la cuerda descendió ante
su rostro atónito, Zaba cerró el puño y se frotó los ojos. Los abrió de nuevo y
parpadeó ante la cuerda, que efectuaba de nuevo su grácil descenso.
Y
entonces, Zaba lanzó un grito cuando una indescriptible forma negra se deslizó
hacia abajo, ante su vista, rematada por el rostro abotagado y morado de Lehman
Bruckner.
Dieter
Schntidt se levantó de un salto de la cama y busco a tientas el teléfono.
—Was
ist los? —gruñó ante el auricular— ¿A que viene tanto jaleo?
Escuchó con los ojos adormilados y cerrados,
mientras el el oficial de gfuardia le explicaba que habían empezado a sonar las
campanas de Sauint Ambroz.
—!Entonces envié a alguien para que se paren,
idiota! —gritó Dieter Schmidt—. !Y fusile al que lo haya hecho!¿ Como demonios
voy a poder dormir con ese ruido?
Cuatro soldados fueron enviados directamente
a la iglesia. Entraron en tromba por la
puerta de roble, con las armas preparadas, y se detuvieron en seco al ver al
viejo Zaba arrimado al muro mientras murmuraba cosas incoherentes.
Se acercaron a él y trataron de interrogarle,
pero sin ningún resultado. Con el rostro deformado y contorsionado por el
miedo, el desequilibrado y viejo sacristán no podía más que murmurar una y otra
vez unas palabras ininteligibles. Así pues, los soldados terminaron por subir
la escalera del campanario y finalmente encontraron el cadáver de Lehman
Bruckner, que subía y bajaba de la cuerda. Uno de ellos tuvo la presencia de
ánimo suficiente para extender las manos y detener el vaivén, con lo que la
campana dejó de sonar inmediatamente y el cuerpo descendió suavemente hacia el
suelo. Los cuatro hombres hicieron un gesto de asco ante aquella visión.
Bruckner
tenía los ojos abultados, como los de un pescado putrefacto, y la piel mostraba
un peculiar matiz ciruela. Cortaron la cuerda que lo ataba a las campanas que
tenía sobre la cabeza, y lo dejaron caer al suelo con un golpe sordo.
Los
cuatro nazis, con las armas preparadas, observaban atónitos el cuerpo, cuando
oyeron unos pasos apresurados que subían la escalera. Se volvieron para ver al
padre Wajda, que todavía se abotonaba el cuello de la sotana, irrumpir en la
atestada cámara del campanario.
—¿Qué
sucede? —preguntó, primero en polaco y luego, al ver a los soldados,
rápidamente repitió la pregunta en alemán.
Apenas
hubo terminado de pronunciar la frase cuando vio el horripilante rostro de
Bruckner, e instintivamente retrocedió un paso, al tiempo que se santiguaba con
un gesto automático.
—¡Jesús!
—susurró—. ¿Qué es esto?
Uno
de los hombres de las SS se arrodilló un instante y metió las manos en los
bolsillos de Bruckner. Extrajo la documentación del técnico de laboratorio y,
arrugado en el bolsillo de la gabardina del muerto, encontró un trozo de papel
en el que sólo había escritas dos líneas. El soldado, después de haberle echado
un vistazo, le tendió el papel al sacerdote sin pronunciar palabra.
El
padre Wajda, que se sentía conmocionado, miró la nota. Estaba escrita en
alemán, y decía: «Ya no puedo seguir viviendo con lo que soy. Que Dios me
perdone».
—No
lo comprendo —dijo el padre Wajda mientras miraba a los soldados—. ¿Qué está
sucediendo aquí? ¿Quién es este hombre?
Los
cuatro soldados se encogieron de hombros y se movieron con sensación de
incomodidad. Sólo el sacerdote fue capaz de observar aquella cruel caricatura
de un rostro.
—Al
parecer —dijo el jefe del pequeño grupo—, este hombre se ha suicidado.
—Sí,
eso ya lo veo, pero ¿por qué? ¿Y quién es?
—No
lo sé, padre —dijo el soldado.
Los
otros tres seguían moviéndose inquietos en el pequeño espacio, molestos por la
situación y sintiendo una prisa desesperada por marcharse de allí. Con una
epidemia de tifus que se extendía por la ciudad, ninguno de ellos disfrutaba al
hallarse cerca de ningún polaco.
—Pero
¿por qué elegir el campanario de mi iglesia? —preguntó Wajda, que elevó el tono
de voz.
—Creo
que era homosexual —dijo el jefe del grupo.
El
padre Wajda desplazó una vez más la mirada hacia aquel remedo de rostro humano,
recorrió el cuerpo arriba y abajo, hasta que finalmente dijo:
—Sí,
Herr Unterscharführer. Creo que tiene usted razón. Recuerdo a este hombre...
Wajda
sacudió la cabeza con tristeza. Totalmente en contra del dogma de la Iglesia,
este hombre se había suicidado. En consecuencia, no se le administrarían los
últimos ritos.
—¿Querrá
ocuparse de esto, por favor? —le dijo al sargento—. Supongo que esto estará en
manos del comandante.
Volviéndose
hacia uno de sus subordinados, el sargento espetó una orden.
—Saquen
este cadáver de aquí y preparen un informe para el Hauptsturmführer.
20
A lo
largo de todo el día estuvieron llegando hasta la cueva miembros del grupo de
partisanos del norte; algunos lo hicieron en grupos de dos o tres, pero la
mayoría llegaron solos. Moisze Bromberg los recibía a la entrada, les daba unas
breves instrucciones y los dejaba en manos de Ben Jakoby, cuya tarea consistía
en explicarles que habían entrado voluntariamente en una zona declarada en
cuarentena y que debían informarle inmediatamente en el caso de que
experimentaran una serie de síntomas que les iba enumerando. Después de esto,
los recién llegados eran dirigidos hacia sus respectivos grupos, pertrechados
con armas, y el jefe del grupo se encargaba de informarles sobre cuáles serían
sus tareas específicas durante el ataque. Todos ellos eran combatientes
experimentados y se hallaban familiarizados con las armas alemanas.
Luego,
poco antes de medianoche, Brunek los reunió a todos y supervisó su fuerza,
compuesta por un total de sesenta y cinco personas.
—Empezaremos
a salir una hora después de medianoche, en pequeños grupos. Reuníos en los
puntos asignados a las cuatro de la madrugada. La señal para iniciar el ataque
será el primer disparo de mortero. Y ahora, descansad todos un poco, si podéis.
Los primeros grupos saldrán dentro de poco, seguidos por los demás a intervalos
espaciados.
Mezclados
con todos los demás, Kazik y Stanislaw tomaron un bazooka cada uno, una bolsa
de cohetes y las subametralladoras y se dirigieron hacia la entrada de la
cueva, ya que formarían parte del primer grupo en salir. Permanecieron
sentados, pensativos y serenos, un poco apartados del resto del grupo, apoyados
contra la pared de roca, que se curvaba hacia abajo, lo que impedía a un hombre
permanecer en pie.
La
noche fue transcurriendo lentamente, llena de angustia. Unos pocos pudieron
dormir. Los demás permanecían con los ojos abiertos y miraban fijamente la
oscuridad, cada uno de ellos sumido en sus propios pensamientos y temores.
Finalmente, Moisze Bromberg se incorporó y habló.
—Ya
es hora de empezar a moverse. Kazik, tú y Stanislaw vais delante.
Al
incorporarse para recoger su equipo, Stanislaw lo hizo con brusquedad y se
golpeó accidentalmente la cabeza contra el bajo techo.
—Verflucht!
—susurró vivamente mientras se frotaba la cabeza.
David
Ryd, que estaba tumbado cerca, con la cabeza apoyada sobre una bolsa de cohetes
de bazooka, aguzó el oído hacia donde estaban Kaziky Stanislaw. Los observó
mientras recogían su equipo y luego se deslizaban por la abertura de la cueva.
Una
vez que se hubieron marchado, miró pensativamente a Abraham y le murmuró:
—Salgamos
a continuación.
Se
arrodillaron y recogieron sus armas en un instante. Leokadja, que iba a ser el
tercer miembro de su grupo, los observó desde un extremo de la cueva y frunció
el ceño. No les había llegado aún el turno de salir.
David
y Abraham salieron de la cueva antes de que nadie pudiera verlos, y para cuando
Leokadja pudo ponerse en pie y salir apresuradamente, ya habían desaparecido.
Abraham
siguió a David sendero arriba, hasta que su amigo se detuvo a mitad del
ascenso, se giró hacia él y le dijo hablando en susurros:
—Abraham,
creo que algo anda mal.
Abraham
intentó ver el rostro de David en la oscuridad, pero apenas pudo distinguir sus
facciones, pues una nube cubría la luna.
—¿Qué
quieres decir?
—Hace
un momento, ahí abajo, he oído a Stanislaw maldecir en alemán al golpearse la
cabeza contra el techo.
—¿De
veras? Bueno, muchos polacos hablan alemán, no veo nada extraño.
—Lo
sé. Pero no me pareció lógico. Dime, Abraham, si te golpearas el dedo con un
martillo, ¿lanzarías una maldición en alemán o en polaco?
—¿Qué
pretendes hacer?
—
Seguirlos.
—¿Por
qué? Sólo van hacia la instalación.
—¿De
veras?
David
se giró con rapidez y reanudó el ascenso del sendero. Abraham le siguió de
cerca.
Al
llegar a lo alto del risco, oyeron el sonido distante del motor de una
motocicleta, entre los árboles. David y Abraham intercambiaron miradas.
—Vamos
—susurró David.
Tuvieron
que recorrer un largo trayecto y por un sendero diferente al que se suponía
debían tomar para dirigirse hacia Sofia. El sonido de la motocicleta les atrajo
hacia una parte densa del bosque, hasta que llegaron a un pequeño claro.
Mirando por entre los árboles, David y Abraham vieron a Kazik Skowron, que
estaba montado sobre una motocicleta alemana. Estaba calentando el motor.
—¿Qué
hacemos? —susurró Abraham.
—No
lo sé. No veo a Staníslaw.
Se
agacharon y dejaron las bolsas de cohetes sobre la nieve, aunque continuaron
sosteniendo los rifles.
—Quizás
puedas verme ahora —dijo una voz tras ellos. —Los dos judíos se giraron de
repente y se encontraron con el cañón de la subametralladora Erma de Stan—.
¡Apaga el motor! —le gritó a Kazik en alemán—. Tenemos visita. Muy bien, héroes
partisanos, las manos arriba.
—Oh,
Dios... —gimió Abraham mientras dejaba caer su arma y levantaba lentamente los
brazos.
¡Nauseabundos
bastardos! —espetó David, que arrojó el rifle y se puso en pie de un salto—.
¡Sois alemanes! ¡Espías!
—Qué
listo eres, judío. Y ahora daos media vuelta. Tenéis que excavar un poco.
Staníslaw
amartilló la subametralladora y empujó a Abraham con el cañón. Poniéndose en
pie, tambaleante, el amigo de David empezó a caminar con paso vacilante hacia
el claro del bosque. David le siguió con gesto hosco, con las manos sobre la
cabeza.
—No
sirve de nada esperar ayuda de vuestros amigos —dijo Kazik mientras apagaba el
motor y se acercaba a ellos—. Esta noche les espera una pequeña sorpresa. Y no
oirán nuestros disparos, así que no podéis esperar que acudan a salvaros. Es
una pena, porque sois chicos agradables, para ser judíos.
—
¡Aquí mismo! —ladró Stan—. ¡De rodillas! ¡Y empezad a excavar!
Los
dos soldados alemanes, con sus Ermas, que habían formado parte del armamento de
los partisanos, apuntaban a las cabezas de los jóvenes, y vigilaban a David y
Abraham, que empezaron a retirar la nieve con las manos.
—
¡Más rápido! —gritó Kazik—. No disponemos de toda la noche. Y cuando el agujero
esté listo, os quitaréis la ropa y os arrodillaréis ante nosotros. Os daréis
cuenta de que la nieve es muy dolorosa con las manos desnudas, así que cuanto
más rápido excavéis, antes os veréis aliviados de vuestra incomodidad.
Con
los labios formando una fina línea pálida, David Ryz excavó frenéticamente;
malhumorado, apartaba la nieve, mientras Abraham se movía con mayor lentitud,
como si se encontrara en un sueño.
Apenas
habían excavado un poco la helada y dura tierra cuando Kazik dijo:
—
¡Ya está bien! Los judíos no necesitan una verdadera sepultura. ¡Y ahora
quitaos la ropa! Schnell.
David
se incorporó lentamente, miraba desafiante a los alemanes, mientras Abraham
permanecía arrodillado y trataba de desabrocharse los botones de la chaqueta,
sin conseguirlo.
En
el instante siguiente, un solo disparo sonó en el silencio de la noche y la
cabeza de Stanislaw se abrió como una sandía madura. Kaik Skowron se giró en
redondo y recibió el segundo y tercer disparos en el pecho. Se tambaleó durante
un segundo, atónito, y luego se desmoronó sobre la nieve.
Leokadja
estaba de pie, al lado del claro, con el rifle humeante todavía apoyado sobre
el hombro.
David
agarró rápidamente a Abraham de la mano y tiró de su paralizado amigo, al
tiempo que le obligaba a ponerse en pie.
—No
ha sido fácil encontraros —dijo la mujer, que echó a correr hacia ellos—. Tuve
que seguir el sonido de las voces.
—David
empezó a alejarse—. Por ahí no se va al depósito de municiones —añadió Leokadja
mientras corría tras él.
Hablando
por encima del hombro, al tiempo que los otros dos le alcanzaban, David dijo:
—Esos
dos cerdos dijeron algo sobre la sorpresa que le esperaba esta noche a nuestra
gente.
—Oh,
Dios mío..., ¿no creerás...?
—Apostaría
a que le informaron de todo a Schmidt. Y tengo la impresión de que él se va a
tomar la molestia de esperarnos en el depósito de armas.
Los
tres se tambalearon y se deslizaron; corrían en la oscuridad. Se encontraban a
casi dos kilómetros de distancia de la cueva.
Cuando
llegaron al principio del sendero que bajaba hacia la entrada de la cueva, se
encontraron con un extraño silencio. Escrutaron la pared rocosa del risco y
luego los árboles, y se esforzaron por percibir el menor sonido; David susurró:
—
¿Dónde están los centinelas?
—No
me gusta esto —murmuró Leokadja.
El
silencio que envolvía el bosque resultaba curiosamente amenazador y ninguno de
los tres podía quitarse de encima la sensación de que miles de ojos invisibles
les vigilaban.
—David
—preguntó Leokadja mientras se arrimaba a él—. ¿Qué ha ocurrido?
Frunciendo
el ceño en la oscuridad, el joven continuó escudriñando, y cuando su mirada
alcanzó a distinguir una figura inmóvil entre los matorrales, se dejó caer
sobre una rodilla. El rostro asombrado del viejo Ben jakoby le miró fijamente,
con el cráneo aplastado. David se llevó las manos a la rodilla, inclinó la
cabeza y murmuró:
—Baruch
dayyan ha'emeth.
Leokadja
y Abraham también se arrodillaron junto al cuerpo y, de repente, los tres
tuvieron una aterradora visión de lo que encontrarían en la cueva.
—Desplegaos
y cubridme —dijo David con voz entrecortada, mientras se incorporaba—. Voy a
bajar.
Se
arrastró con lentitud, trataba de no perturbar el enorme silencio. Cuando su
pie hizo crujir una pequeña rama, se quedó muy quieto, escuchando. Luego,
siguió avanzando. Cuando ya se encontraba cerca de la entrada, se detuvo y
emitió la señal, tres largos silbidos. No obtuvo respuesta alguna.
Con
grandes dificultades, rodeó la puntiaguda esquina del risco, con el cuerpo
arrimado contra la pared y la respiración rápida y entrecortada. Al encontrarse
a la altura de la entrada, se incorporó un momento y escuchó. Luego, se dejó
llevar por un impulso y se precipitó dentro de la cueva, con el arma
amartillada y apuntando, lista para disparar.
Puesto
que el fuego se había apagado y la cueva estaba llena de un humo picante, David
apenas pudo distinguir las grotescas figuras desparramadas sobre el suelo.
Avanzó solemnemente entre ellas y contó diez, sembradas en desorden entre los
restos.
Ester
Bromberg tenía el cuerpo cosido a balazos. El viejo Pani Duda tenía hundido un
lado de la cabeza. El pequeño muchacho llamado Icek mostraba el cuello abierto
de una cuchillada. Y los demás yacían con las crueles y patéticas actitudes de
una muerte inútil.
En
el centro de la cueva, el fuego había sido cubierto con un montón de ropas y,
mientras observaba fijamente la escena, David se dio cuenta, con un creciente
horror, de lo que debía haber sucedido.
—Oh,
Dios mío... —susurró alguien detrás de él.
Leokadja
avanzó con cuidado entre los cadáveres, se detenía ante cada uno de ellos para
comprobar si había posibles signos de vida, finalmente, se incorporó junto a
David.
—Sus
ropas —dijo éste con un tono de voz plomizo—. Los alemanes les hicieron
desnudarse a todos antes de liquidarlos.
Encima
de la humeante hoguera, David reconoció los abrigos que habían pertenecido a
Brunek Matuszek y a Moisze Bromberg.
—No
pueden estar muy lejos. No hemos estado fuera tanto tiempo —dijo.
—¡Las
armas! —gritó Leokadja de repente, con un grito agudo.
David
se volvió rápidamente a mirarla y vio el pánico en sus ojos. Luego, sin decir
una sola palabra, rodeó el montón de ropas humeantes y avanzó hacia el fondo de
la cueva. Abraham y la mujer se quedaron donde estaban, oían los sonidos que
producía David al apartar piedras, hasta que éste les gritó:
—
¡Están todas aquí! —Cuando se reunieron con él, llevaba un bazooka—. No creo
que Kazik ní Stanislaw, o como se llamaran, conocieran nuestro escondite
secreto del armamento.
—Sólo
vieron lo que íbamos a utilizar para atacar el depósito —dijo Leokadja, que
extendió una mano y lo tomó por el brazo—. De otro modo, los hombres de Schmidt
se lo habrían llevado todo. ¿Qué vamos a hacer ahora?
Le
arrojó el bazooka a Abraham, que lo tomó sin decir nada, y luego regresó a la
oculta cámara de piedra caliza. Oyeron otro sonido, como de algo metálico que
se arrastraba, y David regresó con dos bolsas de cohetes.
—Vamos
a intentar alcanzarles —dijo con determinación.
La
nieve había empezado a caer de nuevo, y flotaba pacíficamente sobre el paisaje
blanco, pero eso no ofreció ningún consuelo a las tres figuras que se
internaron por la noche glacial. No se daban cuenta del aire helado ni de las
rachas de viento que arremolinaban la nieve sobre sus botas; toda su atención
se concentraba en un sendero que se alejaba de la cueva, un sendero creado por
las pisadas de cincuenta pares de pies desnudos y por incontables botas
militares. A lo largo del camino, distinguieron ocasionales manchas de sangre
fresca.
El
sendero terminó bruscamente ante una estrecha carretera comarcal donde, en el
barrizal formado por la nieve recién caída, aún podían verse con claridad las
huellas de las llantas de camiones.
—¿Y
ahora qué? —susurró Leokadja.
David
levantó la cabeza para mirarla. Había una extraña luz en sus ojos, una luz que
ella nunca había visto allí, y su voz sonó como la de un extraño al decir:
—Vosotros
dos esperad aquí. Volveré a recogeros.
Antes
de que pudieran hacerle ninguna pregunta, David echó a correr por el mismo
sendero por donde habían venido; con sus botas aplastaba frenéticamente la
nieve. Cruzó corriendo los campos abiertos, indiferente al hecho de que podía
ser visto con facilidad. Luego, se introdujo en el bosque, y se abrió paso con
los brazos, rompiendo algunas ramas.
Finalmente,
sin aliento y con el temor de caer, se encontró con los cadáveres de Kazik y
Staníslaw. Pasó rápidamente sobre ellos, saltó sobre la motocicleta y la puso
en marcha; el sonido de su motor desgarró el silencio de la noche.
Veinte
minutos más tarde estaba de regreso junto a la carretera, donde encontró a
Leokadja y a Abraham en el mismo sitio donde los había dejado.
—
¡Subid! —les ladró—. ¡Es posible que todavía tengamos tiempo de salvarlos! Si
lograrnos alcanzar a esos camiones...
David
aceleró el motor y se lanzó por la carretera antes de que sus dos compañeros
tuvieran tiempo de acomodarse. Leokadja se sujetaba con los brazos con fuerza a
él; sentada a su espalda, apretaba contra ella su rostro cortado por el viento.
Abraham, que sostenía el bazooka y los cohetes sobre el regazo, se acurrucaba
en el sidecar y se agarraba desesperadamente a ambos lados.
David
avanzó a toda máquina sobre la carretera llena de baches, con la mirada fija en
las huellas dejadas por los camiones.
Al
llegar a las afueras de Sofia, el tenue gris del alba empezaba a difundirse por
el cielo, hacia el este. David apagó el motor y arrimó la motocicleta a unos
árboles situados cerca de un oscuro almacén. Se movió luego en silencio, e hizo
señas a sus dos compañeros para que lo siguieran, mientras llevaba sólo los
rifles. A continuación, desapareció entre los árboles.
Los
tres caminaron en silencio por las calles desiertas. Se movían en zigzag, y se
detenían con frecuencia en los portales para escuchar; fueron avanzando poco a
poco hacia la plaza de la ciudad. Suponían que los camiones se habrían dirigido
hacia el cuartel general, pues sin duda sería allí donde interrogarían a los
prisioneros. Si lograban llegar hasta los camiones en el momento en que éstos
se descargaban, sería posible lanzar un ataque por sorpresa y, en la confusión,
ayudar a escapar a algunos de sus camaradas.
Pero
fue cuando se deslizaban a lo largo de los muros de piedra de Saint Ambroz
cuando David y sus compañeros se detuvieron en seco, asombrados por la
repentina explosión de fuego de subametralladora, seguida por los gritos y
gemidos de sus víctimas.
Petrificados
a la sombra del muro de la iglesia, los tres contemplaron horrorizados la
escena que se desarrollaba ante ellos.
En
el centro de la plaza, entre bancos, caminos y fuentes heladas, yacían los
cuerpos ensangrentados de sus compatriotas, amontonados en el jardín invernal
como muñecos desechados, desnudos e inmóviles. Al otro lado había una hilera de
soldados nazis, que bajaban todavía las armas humeantes, y pavoneándose ante
ellos como un gallo, estaba Dieter Schmídt.
David,
Leokadja y Abraham oyeron su voz, que resonaba en el silencio que siguió:
—
¡Que Dolata y su consejo venga aquí! —ordenó. ¡Decidles que tienen un trabajo
de limpieza que hacer en la plaza!
A
través de las lágrimas, David miró su reloj. Eran las seis de la manaña. El
ataque contra el depósito de armas debería haberse producido hacía una hora. La
explosión que interrumpió el silencio del amanecer debería haber sido la de los
bunkers de municiones alemanes. Y aquellos desgraciados cuerpos desnudos
tendrían que haber estado destrozando gloriosamente al enemigo.
Sin
mirarse los unos a los otros, sin decir una sola palabra, los tres se volvieron
y, sin ser vistos, cruzaron las sombras de Sofia. Subieron una vez más a la
motocicleta y regresaron a los bosques.
Transcurrieron
dos días, y uno más. El tiempo se hizo algo más cálido y lo que tres días antes
había sido una nevada, se convirtió ahora en una fina y fría lluvia de
primavera. Los tres solitarios partisanos trabajaron duramente para sacar las
armas ocultas, que no habían sido descubiertas por los nazis y ocultarlas en un
nuevo lugar, bajo un pequeño puente de piedra. También se llevaron consigo los
pocos alimentos que habían dejado intactos, y un par de mantas.
Cada
noche se ocultaban en lugares diferentes, sin atreverse a permanecer en un
mismo lugar, temerosos de que los nazis los encontraran. Y aunque no habían
comentado nada entre ellos, los tres sabían a quiénes irían destinadas aquellas
armas ocultas. Los tres partisanos, con sus corazones y mentes puestas en una
sola cosa, estaban decididos a crear un ejército.
La
noche antes del ataque que tenían planeado, se acurrucaron en el escaso calor
de un cobertizo y oyeron con atención las últimas palabras de David.
—Si
todo sale bien, formaremos un grupo fuerte, atacaremos el depósito de armas de
los alemanes y luego nos dirigiremos al norte, hacia las montañas. Lo que
necesitamos ahora es un baluarte entre las montañas. Hay un pequeño puente de
caballete que pasa sobre un barranco, en las colinas bajas. He observado muchas
veces cómo lo cruzaban los trenes. Si dejáramos caer un árbol en la vía, antes
de llegar a ese pequeño puente, tendrían que detener el tren y bajarse para
quitarlo. Estos trenes sólo van vigilados por unos diez soldados; dos de ellos
suelen ir con el maquinista, y el resto en el furgón de cola.
»En
cuanto el tren se detenga, Leokadja disparará un cohete de bazooka contra el
vagón de cola. Eso nos dará a ti y a mí, Abraham, la oportunidad de saltar
sobre la locomotora. Tú los mantendrás prisioneros, mientras yo abro los
vagones y libero a la gente.
—¿Puede
ser así de fácil? —preguntó Leokadja.
—Lo
será si logramos liquidar a los guardias con la suficiente rapidez. Tendremos a
nuestro favor el factor sorpresa. Después, tendremos a la gente de los vagones
para ayudarnos. Dejaremos cerca armas suficientes para entregarlas a algunos de
los que liberemos, por si acaso tenemos que luchar para abrirnos paso.
Al
día siguiente las nubes habían desaparecido y el cielo estaba claro. Era un día
hermoso, de principios de primavera; el calor del sol actuaba sobre la nieve,
la fundía lentamente y la convertía en pequeños riachuelos.
David,
Leokadja y Abraham esperaron en sus posiciones, cerca de la vía del tren.
Pudieron ver en la distancia el humo y el perfil negro de la enorme locomotora
que arrastraba los vagones.
—¿Cómo
sabremos que este tren no transporta en realidad ganado o carga, en lugar de
personas? —preguntó Abraham.
—Yo
lo sabré —dijo David sonriendo con una mueca—. Yo lo sabré...
Al
ver el enorme árbol caído en la vía, el maquinista aminoró la marcha del tren
hasta detenerlo. Pero David observó con desaliento que se detenía bastante más
lejos de lo que habían creído.
—
¡Maldita sea! —exclamó entre dientes—. Ahora tendremos que dividirnos.
Retrocederé por el bosque e intentaré saltar al ténder. Dios, espero que
Leokadja pueda alcanzar ese furgón de cola con el bazooka.
Mientras
David corría sin ser visto a lo largo del tren, Leokadja disparó contra dos
guardias que se habían bajado para echar un vistazo. El cohete dio en las
ruedas delanteras del vagón, y lo hizo saltar de la vía, pero no con la
efectividad suficiente para hacer daño a ninguno de los soldados, que ahora se
dispersaban por el otro lado, tratando de cubrirse. David consiguió capturar al
maquinista y al fogonero, y Abraham desarmó a los dos soldados de delante, que
se vieron sorprendidos por la explosión en la cola del tren.
Abraham
se ocupaba de vigilar a los dos soldados, y David le hizo señas a Leokadja para
que siguiera disparando con el bazooka, para distraer la atención de los
soldados de la cola, mientras él abría las puertas de los vagones.
A
juzgar por los frenéticos gritos que procedían del interior de éstos, era
evidente que no transportaban ganado. David golpeó con la culata de la
subametralladora el candado que cerraba cada vagón, y abrió las puertas
mientras corría de uno a otro.
—
¡Vamos! —gritó sin dejar de correr—. ¡Salid! ¡Seguidme! —David levantó el arma
por encima de la cabeza—. ¡Salid! ¡Podéis salvaros!
Le
hizo señas a Leokadja para que siguiera disparando, pero ella le indicó que
había disparado ya el último cohete.
David
abrió otros dos vagones y luego echó una rápida mirada por encima del hombro.
Lo que vio le hizo detenerse en seco y mirar hacía atrás horrorizado.
Nadie
se había bajado del tren.
Los
vio allí apelotonados, asomados a la puerta abierta. Eran gente asustada que le
miraba con rostros pálidos e inexpresivos.
—
¡Salid de una vez! —les gritó—. ¡Salid y salvaos! ¡Los alemanes os van a
ejecutar! ¡Os han mentido! ¡Vais derechos a la muerte! ¡Tenemos armas para
vosotros! ¡Podéis luchar! ¡Podéis ser libres!
Pero
no se movieron, no emitieron ni un sonido, y David Ryz, paralizado por la
confusión y la incredulidad, se quedó contemplando fijamente los rostros vacíos
que le miraban.
De
repente, oyó un grito tras él. Se giró en redondo y vio a Leokadja sujetada por
un oficial de las SS, que le apuntaba a la cabeza con una pistola. Lentamente,
el oficial avanzó hacia donde se encontraba David mientras sujetaba con firmeza
a la mujer.
—Arroja
tu arma, jovencito —dijo el alemán con voz suave, serena—. Y tú —añadió,
dirigiéndose a Abraham—. Arroja también el arma.
Demasiado
atónito para moverse, David se volvió a mirar a la gente apelotonada ante la
puerta del vagón. Y al oír el solitario eco del silencio del bosque a su
alrededor, se dio cuenta de pronto de lo que estaba sucediendo.
La
voz paciente pero firme del oficial de las SS sonó de nuevo.
—Entregad
las armas. No queremos mataros. No somos bárbaros. —Cuando se encontró a la
altura del joven, David pudo ver el terror en los ojos de Leokadja—. Estas
gentes se estaban muriendo de hambre en el gheto de Varsovia —siguió diciendo
el alemán—. Les hemos prometido comida, cobijo y un trabajo útil. ¿Por qué iban
a querer abandonar el tren?
Impotente,
David dejó caer las manos a lo largo de los costados; su mente registraba
apenas los distantes sonidos producidos por el tronco de árbol al ser retirado
de la vía. Y por encima de él, silenciosos e inmóviles, los rostros
fantasmagóricos de los judíos destinados a Auschwitz, que le miraban
impasiblemente.
—David
—le rogó Leokadja—. ¡Puedes abrirte paso a tiros! No te preocupes por mí.
¡Sálvate!
El
joven judío continuó mirando a la gente asomada al vagón, alejados de él todo
lo que podían, y oyó su propia voz decir:
—Pero
no lo entendéis...
—Vamos
—dijo el oficial de las SS, con un matiz de impaciencia en su voz—. Vamos con
el horario retrasado. No queremos matarte. Arroja el arma, por favor.
Ahora,
otros soldados avanzaron por entre los árboles; sus armas apuntaban hacia David
y Abraham.
—Es
inútil que tengáis que morir en este lugar solitario —dijo uno de ellos—.
Podéis venir con nosotros y ayudarnos a construir un nuevo mundo.
David
permanecía de pie, como atontado; la lejana voz del alemán arrancaba ecos en su
cerebro: «Es inútil que tengáis que morir en este lugar solitario...».
Entonces
pensó en Brunek Matuszek, en Moisze Bromberg, en lo poco dignas que habían sido
sus muertes. Pensó en lo que había visto en Auschwitz con la ayuda de los
prismáticos de campaña. Pensó en la valentía, en el valor, en abrirse paso a
tiros y morir rodeado por la gloria y el heroísmo.
Volvió
a mirar los rostros hambrientos y patéticos por encima de él, su pueblo, y
sintió que el arma se le deslizaba de entre los dedos.
—Excelente
—dijo el oficial, que soltó a la mujer.
Y
luego, como desde muy lejos, oyó las puertas de los vagones que se cerraban de
nuevo. Se sintió empujado hacia adelante, y le obligaron a subir a uno de los
vagones. Tiró de Leokadja hacia él, la ayudó a subir y la estrechó entre sus
brazos. Abraham estaba a su lado, con el rostro hundido sobre los brazos
levantados y apoyados contra la pared del vagón oscuro: lloraba. David oyó la
puerta, que se cerraba de golpe y quedó envuelto por la oscuridad.
Luego,
el tren dío una sacudida y reanudó su marcha lenta e incansable.
21
Era
una noche cruda y fría, las lluvias de abril azotaban torrencialmente el valle
del Vístula. El mundo parecía dotado de una grisácea falta de vida, como si se
hubiera visto desprovisto de todo su calor. Los hombres y mujeres de Sofia,
particularmente los que habían tenido que excavar la tumba común para los
cincuenta y dos partisanos, contemplaban el tiempo triste, cada uno sumido en
su propio dolor. La ejecución había conmocionado a todos, especialmente después
de que se extendiera la noticia de que aquellos cincuenta y dos partisanos
habían luchado valerosamente contra los nazis. En consecuencia, todos tenían la
impresión de que Sofia no volvería a ver la luz del sol.
De
los cinco hombres sentados ahora, a últimas horas de la noche, en el salón de
la casa de Dolata, cuatro sentían el peso de una conciencia angustiada, pues
habían conocido personalmente a los partisanos, les habían proporcionado comida
e incluso, en una ocasión, les habían ayudado a transportar armas alemanas,
lejos del tren que volaron los partisanos.
—Somos
tan culpables como lo fueron ellos —dijo Edmund Dolata, sentado tan cerca del
fuego como pudo, pero sin lograr calentarse—. Colaboramos con ellos y les
ayudamos. Formamos parte de ellos, lo mismo que cualquiera de su grupo.
—¿Qué
estás insinuando, Edmund? —preguntó uno de los otros cuatro, con la cabeza
inclinada bajo la débil luz de la estancia—. ¿Que deberíamos haber muerto con
ellos?
—No,
Jerzy. Lo que digo es que guardaron silencio, incluso ante las armas de los
alemanes. Les interrogaron hasta el final sobre quiénes les habían ayudado en
Sofía, y ellos guardaron silencio.
—¿De
qué les habría servido pronunciar nuestros nombres? —dijo Jerzy levantando la
cabeza—. No por ello habrían salvado sus vidas.
—No
lo sé, Jerzy —dijo Dolata, que se levantó y se alejó del fuego mientras
caminaba por la estancia—. Pero para mí es importante saber que no dieron
nuestros nombres a Schmidt.
Un
silencio inundó toda la estancia; el crujido del fuego y el sonido de fondo de
la lluvia se hicieron así más perceptibles. Al otro lado de las ventanas, Sofia
dormía inquieta bajo la tormenta de primavera. Muchas personas eran incapaces
de borrar de la memoria lo que habían visto en la plaza de la ciudad.
De
repente, Dolata se detuvo donde estaba, miró a los otros cuatro hombres y dijo
en voz baja:
—Tengo
la sensación de que les debemos algo.
Sus
compañeros se miraron entre sí y luego volvieron a mirar a Dolata. A la media
luz procedente del fuego de la chimenea, pues no había ninguna otra luz
encendida en el piso de Dolata, resultaba difícil distinguir con claridad las
expresiones de los otros y, sín embargo, los cinco percibieron el estado de
ánimo reinante, el abrumador sentido de culpabilidad por no haber hecho nada
para ayudar a aquellos cincuenta y dos hombres y mujeres.
—Eran
partisanos —dijo una voz ronca. Era la de Feliks Broninski, el cartero de Sofia
y en otro tiempo miembro del consejo municipal de la ciudad—. Sabían los
riesgos que corrían. Conocían los peligros.
—Sí
—asintió Dolata con voz amarga—, y nosotros también los conocíamos. Esa es la
razón por la que ellos lucharon contra los nazis y nosotros no.
—¿Nos
estás llamando cobardes?
Edmund
se quedó mirando los rostros de los presentes, sin decir nada más.
—Edmund
—intervino Jerzy Krasinski—, no es ninguna cobardía querer sobrevivir. Tengo
una esposa y una hija a quienes proteger y quiero que sobrevivan a esta guerra.
—Esos
hombres y mujeres que fueron masacrados en la plaza de la ciudad estaban
tratando de recuperar la libertad de Polonia —dijo Dolata levantando la voz.
—Eso
es imposible. No hay poder lo bastante grande como para detener a los nazis.
—Jerzy
—murmuró Edmund mientras pasaba alrededor del sofá y se sentaba frente a
Krasinski, con las manos apretadas contras las rodillas—. No estoy diciendo que
la Resistencia se crea capaz de expulsar a los nazis de Polonia. Pero,
psiakrew, les hacen la vida imposible, Esas gentes masacradas por Schmidt eran
vecinos nuestros. Tú solías ir a la farmacia de Jakoby para conseguir el
ungüento antihemorroides...
—Edmund...
—
¡Escúchame! Esos patéticos hombres y mujeres sólo trataban de dificultarles un
poco la vida a los nazis, hasta que las grandes potencias pudieran intervenir
con más fuerza. Quizás los rusos no pierdan ante la Wehrmacht. Quizás empiecen
a hacerlos retroceder. Y quizás los aliados lleguen hasta nosotros; es posible
que hasta los estadounidenses. Muy bien, nuestro movimiento clandestino no
puede derrotar a los alemanes, pero ¡por la Virgen Santísima!, puede
dificultarles los movimientos hasta que llegue ayuda.
La
dolorosa verdad de sus palabras aguijoneó a cada uno de los hombres, que
intercambiaron entre sí miradas angustiadas. Dolata tenía razón. Lo cierto era
que los alemanes veían dificultados sus movimientos por la Resistencia; sus
fuerzas estaban siendo asaltadas e incluso tenían a veces que retroceder por
ataques de los partisanos.
—Edmund
—dijo Ludwig Rutkowski, el jefe de policía de Sofia—, ¿por qué nos has
convocado aquí esta noche?
El
hombre calvo y de baja estatura se incorporó ante los cuatro hombres sentados,
respiró con profundidad y dijo solemnemente:
—Quiero
continuar su lucha.
De
los cuatro, sólo uno de ellos mantuvo una calma aparente. Cuando Feliks, Ludwig
y Jerzy Krasinski se levantaron diciendo: «¡No puedes hablar en serio!», sólo
un hombre permaneció sentado. Oyó la voz de Dolata, que seguía diciendo con
serenidad:
—Si
los nazis tienen que ser nuestros amos, entonces que no sea una vida cómoda
para ellos. Eso, al menos, lo podemos hacer. Nosotros cinco tenemos el poder y
la influencia suficientes con la gente como para organizar un movimiento
clandestino nuevo y más eficiente aquí, en Sofia.
—Pero
Edmund —intervino Ludwig—, aparte de esas ejecuciones, las cosas no han ido tan
mal en Sofia gracias al tifus. Desde que se inició la cuarentena, hay menos
soldados, y a Schmidt apenas se le ve. Ahora disponemos de mucha comida porque
no la requisan los alemanes.
—Sí,
pero ¿y cuando levanten la cuarentena? Todos sabemos lo desesperadamente que
necesitan los nazis ese depósito de municiones y esos talleres de reparaciones.
Cuando levanten la cuarentena habrá en Sofia más soldados alemanes de lo que
jamás creyéramos posible. Entonces, ¿hasta qué punto crees que ésta será una
ciudad pacífica?
—Una
epidemia de tifus puede durar mucho tiempo —dijo la voz serena del quinto
hombre que, hasta el momento, no había dicho nada.
—Tengo
confianza en los médicos de esta ciudad para que acaben con ella lo antes
posible —dijo Dolata.
De
repente, el jefe de policía gruñó:
—Si
Szukalski fuera listo dejaría que la epidemia de tifus continuara, de modo que
la cuarentena durara todo el tiempo que durase la guerra.
Jerzy
se giró hacia él.
—
¡Eso está mal decirlo, Ludwig! Virgen Santa, desear que una enfermedad como ésa
se cebe en nuestro pueblo. Incluso en tu propia familia. Por el amor de Dios.
—Caballeros,
caballeros —dijo Dolata levantando una mano—. Estoy seguro de que Ludwig no lo
ha dicho en serio. Sentaos por favor, y hablemos como hombres razonables.
Después
de que Jerzy y Ludwig intercambiaran unas miradas desafiantes, los cuatro
hombres volvieron a estar sentados. Durante la hora que llevaban en casa de
Dolata, sólo uno de ellos no había expresado hasta el momento su opinión.
Ahora, los otros cuatro le miraron expectantes.
—Dinos
lo que piensas, Jan —le pidió Dolata finalmente.
El
doctor Szukalski se colocó las palmas de las manos sobre las rodillas y emitió
un profundo suspiro de preocupación.
—Sé
que he permanecido en silencio, amigos míos, pero, por favor, no creáis que ha
sido porque no me sienta preocupado por esta cuestión. Antes al contrario. Pesa
tanto sobre mí que apenas sabría por dónde empezar.
—Sólo
tienes que decir sí o no —dijo Ludwig con franqueza—. ¿Luchas con nosotros o
no?
Al
darse cuenta de la fricción, Dolata se levantó bruscamente y se alejó del sofá.
Se dirigió hacia un armario que había apoyado contra la pared oscura, lo abrió
y sacó cinco vasos y una botella. Al regresar, dejó los vasos sobre una mesita
baja, entre los hombres, y sirvió el vodka.
—Hace
una noche fría —murmuró—. Y posiblemente sea larga.
Los
cinco bebieron de un trago y volvieron a dejar los vasos sobre la mesa.
—Jan,
eres un hombre cuya opinión respetamos —dijo Ludwig Rutkowski—. De hecho, casi
todos en Sofia te queremos y valoramos tu opinión. Por eso Edmund te ha pedido
que te reúnas esta noche con nosotros. Ahora ya has oído lo que tenía que
decirnos, y también lo que piensa sobre el tema. Lo único que queremos saber es
lo que piensas tú.
Los
ojos de Jan se hallaban llenos de tristeza mientras miraba fijamente la mesita
de café. Su voz sonó pesada al hablar.
—Ludwig,
ninguno de vosotros se sintió más conmocionado y dolorido que yo cuando se
levantó el sol esta mañana y supimos lo que Dieter Schmidt había hecho en la
plaza. Vi los cuerpos, Ludwig. Y os puedo asegurar, amigos míos, que como
médico estoy mucho más familiarizado con la muerte de lo que cualquiera de
vosotros llegaréis a estarlo jamás. La he visto en todas sus formas, y he
observado desde su belleza y su paz, hasta la inmoralidad de esas cincuenta y
dos personas ejecutadas por Schmidt. Jamás me había sentido más profundamente
afectado por la muerte de lo que me he sentido esta mañana.
—Entonces,
¡quieres luchar! —exclamó Felíks Broninski.
—Deja
terminar a Jan —intervino Jerzy Krasinski, que se inclinó hacia la botella y
volvió a llenar los vasos.
Szukalski
continuó, midiendo muy bien sus palabras.
—Sí,
Feiiks, quiero luchar. Pero debo decir ahora que no estoy de acuerdo con
vuestra propuesta, ni creo que lo esté nunca.
—Entonces,
no lucharás —dijo Ludwig enojado.
—Deseo
luchar, amigos míos, y, de hecho, ya lo estoy haciendo ahora. En realidad,
llevo varios meses luchando contra los nazis.
Cuatro
pares de cejas se elevaron, sorprendidas.
Tomando
su vaso, Jan se levantó de la silla, se acercó al fue go y se apoyó sobre la
repisa de la chimenea. De pie sobre ésta, había una estatua de alabastro de la
Virgen María, y fue en ella en la que Jan fijó la mirada mientras seguía
hablando.
—Me
di cuenta desde el momento en que vi esos cuerpos en la plaza de la ciudad, de
que tarde o temprano tendría que revelar mi secreto. Lo supe porque me fijé en
los rostros de otros habitantes de Sofia. Vi en ellos la furia, la rabia, el
repentino deseo de matar. Dieter Schmidt, con todos sus desmanes, ha creado la
necesidad de venganza en el corazón de más de un hombre de esta ciudad, hombres
que, como vosotros, trataban de coexistir pacíficamente con nuestros amos
nazis. Por esa razón, he tomado la decisión de haceros partícipes de mi
secreto.
—¿Secreto?
—oyó preguntar a Dolata.
Jan
se volvió a mirarlos.
—Confiaba
no tener que revelarlo nunca, porque los pocos que lo conocemos estaríamos
mejor protegidos de ese modo. Pero ahora, todo es diferente en Sofia. No puedo
permitir que estalle una guerra abierta entre los nazis y la población civil.
—¿Por
qué no, Jan? ¿Cuál es ese secreto del que hablas?
—
¡Tiene que haber guerra abierta, Jan! —exclamó Feliks Broninski antes de que el
médico pudiera seguir hablando—. ¡Ha llegado el momento de luchar! ¡Yo ya no
estoy dispuesto a seguir siendo una oveja para Schmidt! ¡Tengo mi orgullo! Por
el amor de Dios, en ese grupo había mujeres, Jan. Mujeres que portaban armas y
arriesgaron sus vidas para ponerles las cosas difíciles a los nazis. Y,
mientras tanto, yo seguía durmiendo plácidamente en mi cama. ¿Cómo crees que
puedo sentirme?
—La
violencia no es la respuesta, Feliks —dijo Jan con un tono de voz que seguía
siendo sereno—Eso no hace sino generar más violencia. Mira lo que les sucedió a
esas personas patéticas, con todos sus heroísmos, explosiones y ataques
sigilosos. Mira lo que recibieron a cambio.
Edmund
Dolata se levantó y dijo en voz baja:
—Jan,
queremos vengarnos. Si para ello tenemos que arriesgar nuestras vidas, entonces
lo haremos. No hay ninguna otra forma.
—Os
equivocáis, amigos míos —dijo Jan Szukalski, que les miró enigmáticamente
mientras les sonreía—. Hay otra forma.
—¿Qué
quieres decir?
—Ya
os he dicho que he estado luchando contra los nazis desde hace varios meses,
que tenía un secreto. Y en mi lucha no he derramado una sola gota de sangre, no
me he cobrado vidas. Y se trata de una lucha a gran escala, y no simplemente de
causar una serie de problemas, como sugerís vosotros.
—¿De
qué se trata?
Szukalski
miró fijamente el vaso que sostenía en la mano, se lo llevó a los labios y se
bebió de un trago su contenido. Sin dejar de mirarlo, su rostro adquirió una
expresión preocupada. —No existe una epidemia de tifus en Sofía —dijo. Al
principio, sólo se produjo un largo silencio. Luego, uno de los hombres
preguntó con voz ronca:
—¿Qué?
—He
dicho, amigos míos —siguió diciendo—, que no hay ninguna epidemia de tifus en
Sofia.
—Pero
la cuarentena... —empezó a decir Dolata.
—La
cuarentena es real, pero la epidemia no lo es.
—No
lo entiendo —dijo Jerzy Krasinski. Jan Szukalski se apartó de la chimenea y
volvió a sentarse junto a los otros cuatro. Tras llenar los vasos con más vodka
y tomar un nuevo trago, dijo en voz baja y uniforme:
—Mi
ayudante, la doctora Duszvnska y yo descubrimos en diciembre una forma de que
las muestras de sangre parecieran como portadoras de tifus, cuando en realidad
no lo son. No voy a entrar en detalles técnicos, caballeros, pero podéis estar
seguros de que las autoridades alemanas en Varsovia están convencidas de que
aquí tenemos una epidemia virulenta.
Jan
—dijo Dolata inclinándose hacia adelante—, ¿lo he comprendido correctamente?
¿Quieres decir que tú y la doctora Duszynska habéis fingido una epidemia de
tifus? Pero ¿por qué?
—Por
la misma razón que acabas de citar hace un momento. Por la cuarentena. —Jan se
volvió hacia el jefe de policía y añadió—: Y por la misma razón que tú dijiste
hace unos momentos, Ludwig, para mantener a los nazis alejados de nosotros.
Dijiste que desearías que la cuarentena durara lo que durase la guerra.
Ludwig
asintió, mudo de asombro, con una expresión atónita en el rostro.
—Pero
mi tío... —dijo Jerzy—. ¡Lo llevaron al hospital a causa de la enfermedad!
¡Estuvo en la sala de aislamiento!
—Sólo
le dijimos que tenía tifus —dijo el médico, que sacudió de nuevo la cabeza—. Lo
único que tenía en realidad eran demasiados gases en el estómago como
consecuencia de una cena excesivamente picante.
—
¡Pero ha habido muertes! Y hay avisos de salud pública pegados por toda la
ciudad. Y mi esposa ha estado hirviendo... —La voz de Feliks Broninski bajó de
tono—. ¡Bendita Virgen Maríal... ¡No puedes decir en serio que todo esto sea un
engaño!
—Eso
es exactamente lo que estoy diciendo.
—
¡Pero eso no es posible! —exclamó Ludwig.
—Pues
lo es. Estamos en cuarentena, ¿no? Y ahora quedan muy pocos alemanes aquí, ¿no?
Y les hemos impedido utilizar su depósito de municiones y sus talleres de
reparaciones. También hemos evitado la requisa de lo que producen nuestras
granjas, y hemos impedido que los trenes cargados de tropas se detengan aquí.
¿Por qué seguís insistiendo en que no es posible?
Edmund
Dolata se incorporó lentamente y se dirigió a la ventana. Retiró un poco la
pesada cortina y miró por la rendija hacia la lluvia. La calle estaba a
oscuras; no había peatones, ni luces encendidas. El mundo era frío, húmedo y
formidable. Se volvió y posó la mirada sobre Szukalski.
—¿Y
no ha habido muertes debidas al tifus?
—Maria
y yo hemos falsificado todos los certificados de defunción.
La
estancia quedó en el más absoluto silencio.
—¿Quién
más lo sabe? —preguntó Dolata.
—En
conjunto, sólo cinco personas.
—
¡Cinco! —barbotó Feliks—. ¿Sólo cinco personas han sido capaces de fingir una
epidemia de tifus tan extendida? ¿Durante cuánto tiempo crees poder mantener
una cosa así?
—Durante
todo el tiempo que podamos. Nunca lo dijimos a nadie porque temíamos que el
secreto se filtrara.
—Entonces,
¿por qué nos lo has dicho ahora a nosotros, Jan? —le preguntó Dolata.
—Porque
tenía que impediros cometer alguna acción precipitada. La cólera que yo sentí
al ver esos cuerpos fue la misma que la vuestra. Sabía lo que había en vuestros
corazones. Cuando empezasteis a hablar de resistencia y de luchar...
—Déjanos
que te ayudemos, Jan.
Jan
Szukalski se volvió a mirar a Ludwig Rutkowski y sonrió.
—Ahora
deseo contar con vuestra ayuda, amigos. La epidemia se ha vuelto demasiado
grande y los cinco tenemos muchas cosas de que ocuparnos.
—¿Qué
podemos hacer?
—Me
temo, amigos míos, que otros muchos habitantes de Sofía van a intentar
continuar la lucha de los partisanos. No podemos permitir que eso suceda. Lo
único que conseguirían sería hacer enfadar tanto a los nazis como para querer
exterminar toda Sofia. Vuestro trabajo consistirá en decirle a la gente lo que
está ocurriendo, pero sólo a aquellas personas a las que consideréis necesario
decírselo. De ese modo, se darán cuenta de que en Sofia se está librando una
lucha, y que ya forman parte de la batalla contra el enemigo.
Dolata
se apartó de la ventana y volvió a pasear.
—Tienes
razón, Jan. Tenemos que proteger la cuarentena. Podemos comunicar la noticia a
aquellos en quienes confiemos...
—Aseguraos
de que no haya entre ellos simpatizantes de los alemanes.
Dolata
se detuvo detrás del sofá y le sonrió al médico.
—Sé
muy bien en quién puedo confiar, Jan. Como lo saben el resto de nosotros.
Iremos extendiendo la noticia con toda cautela. Será algo regulado y
sistemático, te lo aseguro. Si conozco a la gente de esta ciudad, todos estarán
dispuestos a luchar a tu lado. Los nazis se verán rodeados por tantos enfermos
que se sentirán desesperados por mantenerse distanciados de nosotros.
Jan
Szukalski asintió, agradecido. Cuando el médico se inclinó y procedió a
rellenar los cinco vasos con el resto de vodka de la botella, Feliks Broninski
le dijo:
—Ya
nos hemos tomado tres, Jan. Ese es mi límite.
Pero
Szukalski, levantando su vaso en un brindis, dijo con toda seriedad:
—Estaba
pensando en ese viejo dicho, amigos. El primer vaso es por mí, el segundo por
mis amigos, el tercero por el buen humor, y el cuarto... —Sonrió burlonamente y
terminó diciendo—: El cuarto es por mis enemigos.
La
noticia se fue extendiendo lenta y metódicamente. Cada miembro del antiguo
consejo municipal de Dolata organizó una red secreta de comunicaciones,
encargada de informar a pequeños grupos de personas a un mismo tiempo. Al cabo
de pocas semanas, Szukalski ya no se sentía acuciado por el problema de cómo
conseguir que una ciudad pareciera estar enferma, como indicaban los informes
de laboratorio, pues de eso se ocuparon los propios habitantes de Sofia. Se
cerraron tiendas y se colgaron en los escaparates carteles en los que se
anunciaba una enfermedad en la familia. Las mujeres se presentaron voluntarias
como enfermeras en las atestadas salas del hospital. Szukalski y Duszynska eran
llamados a las casas para tratar a los «enfermos». Y poco a poco, Sofia fue
convirtiéndose en una ciudad tranquila y pacífica.
Dos
semanas después de la ejecución de los partisanos, cuatro miembros del
destacamento de la Gestapo destinado en Sofia se hallaban de pie, en silencio,
frente a la puerta de entrada al piso situado sobre la mercería. Con las armas
amartilladas y preparadas, con movimientos silenciosos y furtivos, vieron cómo
su jefe retrocedía un paso ante la puerta y la abría de golpe con una
estruendosa y fuerte patada de sus botas.
Sergei
Vasilov, cogido en el momento de levantarse del sofá del salón, observó con
mirada estúpida los cañones de los cuatro Ermas amartillados. Dos de los
hombres lo registraron a fondo, incluso obscenamente, y luego lo sacaron del
piso y lo metieron en el Mercedes que esperaba.
El
Hauptsturmführer Dieter Schmidt, de las SS, lo saludó con una sonrisa suave y
gélida, y dio instrucciones al aturdido ruso para que permaneciera de pie tras
la línea que había sido pintada sobre el suelo, a dos metros de distancia de la
mesa de despacho.
—Sería
una pena para ambos que me infectara usted, Herr Vasilov —dijo Schmidt con un
tono de voz sorprendentemente amable.
Sergei
observó impotente a aquel hombre bajo de estatura pero terrible que se sentaba
tras la mesa; se preguntaba a qué vendría todo aquello, si es que tendría que
ver con la desaparición de Lehman, ocurrida dos semanas antes.
—Dígame,
amigo mío dijo el comandante de la Gestapo con voz afectada—. ¿Quién es usted?
—Sergei
Vasilov, Herr Hauptsturmführer —contestó vacilante en alemán.
La
boca de Schmidt se curvó en una sonrisa sinuosa.
—Eso
ya lo sé. Lo que quiero saber es: ¿quién es usted realmente?
—Yo...,
yo... —balbuceaba Sergei, temblando.
—¿Un
desertor ruso? —preguntó Dieter con amabilidad—. ¿Es eso?
—
¡Oh, no, Herr... Hauptsturmführer...!
—Ya
veo. Entonces, ¿cuál era su relación con Lehman Bruckner?
Sergei
abrió mucho los ojos, confundido.
—¿Era?
—preguntó con voz tenue.
—Seguramente,
sabrá usted que ha muerto —dijo Schmidt fijando la mirada en los ojos del ruso.
Y el
color desapareció del rostro del desertor, y cuando parecía a punto de caer al
suelo, un guardia armado se adelantó y le empujó con un arma. Sergei vio la
imagen del comandante que pasaba ante sus ojos.
—No
sabía... —susurró en ruso.
—¿Es
usted un desertor del Ejército Rojo? —repitió Schmidt, con la dulzura
desvanecida ya de su voz.
—No...
—pudo decir Sergei con un hilillo de voz.
Schmidt
se echó a reír, con una risa fría y metálica.
—¡Vamos,
asno! ¿Ves este archivo que tengo sobre la mesa? —preguntó mientras golpeaba la
carpeta con el bastón. El ruso se inclinó hacia adelante y miró la carpeta,
sobre la que vio su nombre en grandes letras de imprenta.
—
Sí.
—
¡Sabemos quién eres, Vasilov! Mira lo mucho que sabemos sobre ti. Unas veinte
páginas. Sabemos quién eres, de dónde procedes, y por qué estás aquí. Pero no
lo sabemos todo. Necesitamos algo más de información.
Sergei
cerró los ojos, como tratando de apartar de su mente esta pesadilla, borrar por
el momento la voz cruel de Dieter Schmidt. Lo único que le importaba en este
momento era saber que Lehman había muerto...
—
¡Mírame a la cara, cerdo! —le gritó Schmidt. Cuando Sergei abrió los ojos, una
lágrima le rodó por la mejilla—. Dispones de una información que queremos
saber. Puedes decírmelo ahora, o podemos hacer que te interroguen mis hombres
para obtenerla. Si nos dices la verdad y cooperas, las cosas serán mucho más
sencillas para ti. Recuerda, Vasilov —añadió Dieter mientras golpeaba de nuevo
la carpeta—, que ya tenernos sobre ti información más que suficiente para
colgarte.
Haciendo
un gesto con el bastón, Schmidt ordenó que sacaran al aturdido hombre de su
despacho. Inmediatamente después, su eficiente ayudante se adelantó hacia la
mesa del comandante, recogió la carpeta, extrajo las veinte páginas en blanco
que contenía y arrojó la carpeta a la papelera.
El
interrogatorio de Sergei Vasilov duró varias horas. Era un hombre tenaz y duro
y, además, no tenía ni la menor idea de lo que quería saber Schmidt. No estaba
enterado de que Bruckner había sido un agente de la SD, de modo que, si Lehman
tenía alguna clase de información valiosa antes de morir, ésta era desconocida
para su compañero de piso.
Después
de cinco horas de tortura, cuando ya estaba más muerto que vivo, Sergei Vasilov
confesó ser un desertor del Ejército Rojo, un violador homosexual de un agente
nazi, y causante, con su perversión, del suicidio de Lehman Bruckner.
A la
mañana siguiente fue ahorcado por espía.
Con
el deshielo del río Vístula llegó la primavera y continuó manteniéndose la
cuarentena contra el tifus. En el verano de ese año habían fallecido 432
personas y varios miles más habían sufrido agónicamente durante muchos días. El
hecho de que, en realidad, nadie hubiera contraído la enfermedad y de que Jan
Szukalski y Maria Duszynska estuvieran falsificando los certificados de
defunción ya era un secreto conocido por casi todos, excepto por el comandante
nazi y sus hombres.
Aunque
deberían haber podido respirar más tranquilos a estas alturas, dos de los cinco
conspiradores originales no se sentían así.
Una
de ellas era la hermosa Maria Duszynska, quien en el aire dulce y balsámico de
primavera, tan amable para los amantes de todo el mundo, no podía sino revivir
una y otra vez los preciosos recuerdos de los días que había pasado en Varsovia
con Max Hartung.
La
otra era el padre Wajda. Su corazón sufría de una profunda y paralizante
aflicción. Se pasaba las noches arrodillado ante la estatua de la Virgen, con
el rosario sostenido temerosamente entre los sudorosos dedos, la mirada elevada
hacía lo alto, con una desesperación que habría sorprendido a cualquiera que lo
hubiera encontrado así. Sin embargo, precisamente por ser un sacerdote, un
hombre acostumbrado a afrontar los problemas de conciencia y de un alma
atormentada, el padre Wajda era capaz de ocultar su tormento durante la mayor
parte del tiempo. Sólo cuando se hallaba a solas dejaba caer la careta, y
sufría todo el embate de su agonía.
El
que a un católico se le negara el sacramento de la confesión significaba que se
le negaba el de la eucaristía, lo que representaba no poder compartir el Cuerpo
de Cristo, la misma esencia de su fe. Pero para un sacerdote, el hombre
responsable de la transformación del pan en el Cuerpo de Cristo, eso era como
un infierno viviente. Su problema consistía en que había cometido un pecado que
no podía confesar.
Y,
como consecuencia, no se le podía garantizar la purificación para poder recibir
el sacramento. Aunque un laico habría podido sobrevivir sin tomar parte en este
ritual, el más sagrado de los católicos, un sacerdote no podía hacer lo mismo.
Tenía que administrar la eucaristía. Tenía que tomarla él mismo. Si debía
administrarla a los demás, si debía oír a los demás en confesión, él mismo
debía permanecer puro a los ojos de Dios. Pero el padre Wajda no lo era. Y
tampoco existía posibilidad de absolución.
Porque
el padre Wajda había matado a un hombre. A Lehman Bruckner.
Y
eso era algo que no podía confesar. No podía poner en manos de otro sacerdote
una información por la que Dieter Schmidt torturaría con gusto con tal de
obtenerla. Piotr Wajda debía llevar el secreto consigo para proteger a sus
hermanos, y debido a ello tenía que sufrir la condena eterna de su alma.
Y
nadie podría saber nunca cuánto le hacía sufrir su pesada carga.
Con
el verano, llegaron los bancos de niebla que cubrían el valle del Vístula a
primeras horas de la mañana, y envolvían a Sofia en el silencio. Y la epidemia
de tifus continuó, lo mismo que durante la primavera. El número de víctimas
descendió, pero la cuarentena se mantuvo.
La
presión que el Alto Mando ejercía sobre Dieter Schmidt llegó a serle
insoportable. La cuarentena había producido muchos inconvenientes para los
movimientos militares de las tropas de la Wehrmacht a lo largo de Ucrania; sus
tanques deberían haberse transportado a Sofia para su reparación, se necesitaba
la gasolina que había almacenada allí, los soldados deberían haber sido
pertrechados y enviados al frente desde ese punto. Pero, a pesar del valor
estratégico de Sofia, los nazis no se atrevían a entrar en la ciudad, demasiado
atemorizados por la posibilidad de poder transmitir la enfermedad al frente.
No
obstante, había poco que el comandante de la Gestapo pudiera hacer, pues la
epidemia se hallaba demasiado extendida, cubría una zona demasiado extensa y
los médicos de Sofia hacían todo lo posible por acabar con la plaga.
Con
el calor del verano pudieron abrirse pistas para jugar a los bolos, y unos
pocos habitantes de Sofia pudieron reunirse al aire libre. A los que ya habían
pasado durante los meses anteriores por el hospital, o a los que ya habían sido
tratados en sus hogares, se les consideraba ahora como inmunes y podían
congregarse en pequeño número.
Toda
fábrica, toda empresa grande que empleara a un número considerable de gente,
poseía una pista para jugar a los bolos. Creada sobre un prado verde, en la
parte trasera del edificio, la pista de madera estaba compuesta por sus nueve
palos, sus bolas de madera sin agujeros y sus niños pequeños sentados en
pequeñas cabañas al extremo de la pista, para volver a colocar los palos en pie
y cantar los tantos conseguidos. Los polacos se reunían en los días cálidos,
bebían su potente cerveza y se desafiaban los unos a los otros como si lo único
que les preocupara en el mundo fuera conseguir el mayor número de tantos
posible en los bolos.
Los
nazis, temerosos de quedar contaminados por la enfermedad, los observaban desde
una prudente distancia, y lo único que le quedaba por hacer a Dieter Schmidt
era vigilar atentamente por si se producía alguna nueva actividad de la
Resistencia.
Las
fiestas polacas tradicionales llegaron y pasaron; el día de Todos los Santos,
las Navidades, el día de Año Nuevo y la Pascua. Con el invierno se produjo un
aumento de los casos de tifus, todos los cuales fueron confirmados por el
laboratorio de Varsovia. La cuarentena se mantuvo. Los habitantes de Sofia
recibían instrucciones periódicas de los miembros del consejo municipal de
Dolata para que continuaran representando su papel.
Fue
en abril de 1943, exactamente un año y tres meses después del inicio de la
epidemia, cuando la paz terminó bruscamente.
Los
dos hombres estaban disfrutando de un almuerzo a base de salchichas y
sauerkraut, y compartiendo una botella de schnapps. Eran tan raras las
oportunidades que tenían de estar juntos, que cuando se les presentaban
procuraban pasárselo bien.
Sacudiendo
la cabeza, Fritz Müller, oficial médico superior del laboratorio de salud
pública de Varsovia, dijo:
—Llevas
una vida muy excitante, amigo mío. ¡Y todas esas medallas! —Sacudió de nuevo la
cabeza y observó con una sonrisa admirativa el cuello de su amigo. Entre los
distintivos de su rango colgaba la codiciada cruz de Caballero con Hojas de
Roble—. ¡Y ahora estás al mando de un Einsatzgruppe! ¡Me siento altamente
impresionado!
El
otro hombre sonrió modestamente. Aquellas palabras eran, desde luego,
halagadoras, pero los logros alcanzados no eran tantos como el médico afirmaba.
—Es
muy amable por tu parte el decirme eso, viejo amigo —dijo con toda humildad—,
pero aún me esfuerzo por conseguir honores más altos. Después de todo, un
hombre sin ambición es un hombre sin vida.
El
doctor Müller asintió pensativamente.
—Todos
tenemos que seguir luchando por algo. Como tú mismo dices, ¿qué otra cosa hay?
—Levantó su copa y la sostuvo sobre la mesa—. Por el Reich.
Su
amigo tomó la copa y replicó:
—Por
el Reich.
Después
del brindis, devoraron unos cuantos bocados más de su almuerzo, hasta que el
comandante del Einsatzgruppe dijo:
—Por
la forma que tienes de hablar sobre mi vida, Fritz, cualquiera diría que la
tuya es muy aburrida. Después de todo, eres mayor de las SS, como yo.
Fritz
Müller, un hombre de poco más de treinta años, se encogió de hombros.
—Todo
es relativo, amigo mío. El trabajo de laboratorio me parece fascinante.
Probablemente, a ti te haría dormir. Pero de vez en cuando se me plantea un
problema y me veo enfrascado en un verdadero desafío.
—¿Como
por ejemplo?
—Como
una epidemia de tifus.
El
otro hombre levantó la mirada, con un trozo goteante de salchicha a medio
camino hacia la boca.
—¿De
veras?
—Siempre
ocurren cosas parecidas en estos países tan puercos, eso lo sabes muy bien
—dijo el doctor Müller—. Pero ésta exige una atención particular. Nunca hasta
ahora me había encontrado con una epidemia tan virulenta. Y créeme que me
siento agradecido por haber decidido poner la zona en cuarentena cuando lo
hicimos. De otro modo, quién sabe lo que les habría ocurrido a nuestras tropas
del frente oriental si esa cepa de tifus les hubiera alcanzado. Yo les
calcularía una mortalidad del treinta al cuarenta por ciento.
—¿En
serio?
—Menos
mal que tenemos el problema aislado —dijo el médico—. El comandante de la zona
me ha asegurado que la enfermedad no se extenderá más allá de los límites que
hemos impuesto. Pero, aun así... —Ladeó la cabeza y se quedó contemplando la
salchicha a medio comer—. Tengo la responsabilidad de que la epidemia no
sobrepase esa zona.
—¿Dónde
se ha producido la epidemia, Fritz?
—En
una región situada al sureste de aquí. A unas dos terceras partes de camino
entre Varsovia y Cracovia, pero más hacia Ucrania. Su centro se encuentra en
una ciudad llamada Sofía.
Maximilian
Hartung, Sturmbannführer de las SS, levantó la cabeza de golpe.
22
—¿Has
dicho Sofía?
—Sí,
¿por qué?
—Qué
coincidencia —dijo Max Hartung al tiempo que su atractivo rostro fruncía el
ceño.
—¿Qué
ocurre, Max?
Tras
reflexionar durante un momento, el rostro asombrado y cincelado del
Sturmbannfuhrer volvió a mirar al doctor Müller y se ensanchó con una expresión
de sorpresa.
—¿Sabes?
Estuve allí hace algo más de un año, a la búsqueda de partisanos. En aquellos
momentos no había tifus.
La
voz de Maximilian Hartung volvió a desvanecerse y su rostro adquirió un aspecto
como ausente, casi como si se hubiera olvidado de la presencia de Müller.
—¿Ocurre
algo, Max?
Dejó
la copa con un movimiento brusco, entrelazó las manos por debajo de la barbilla
y se quedó mirando durante un momento al hombre que tenía enfrente. De rostro y
ojos redondeados, Fritz Müller llevaba el cabello de color rubio pálido tan
corto que desde una cierta distancia casi parecía completamente calvo. Era alto
y delgado pero, a diferencia de su amigo de las SS, que había ganado medallas
gracias a sus incursiones especiales y «liquidaciones», el médico no era
precisamente lo que pudiera llamarse un hombre imponente. Mientras que Max
Hartung poseía los hombros anchos y los brazos musculosos de alguien nacido
para luchar y dirigir, Fritz Müller tenía el aspecto pálido y suave de alguien
que nunca ve la luz del sol.
A
pesar de que estudiaba intensamente el rostro de su amigo, no eran esas cosas
las que ocupaban la mente de Hartung en ese momento, pues otro rostro pareció
estar sentado al otro lado de la mesa, y la voz que le hablaba no era la de un
médico de lengua alemana, sino el suave ritmo de una joven mujer polaca. Y
aquella voz le estaba diciendo: «Hace un tiempo creyó haber descubierto una
nueva vacuna contra el tifus, pero se equivocó. Si hay algo que está decidido a
conseguir es a mantener Sofia libre de enfermedades como el tifus».
Aquella
mujer era Maria Duszynska, y él era Jan Szukalski. Max Hartung bajó la mirada
hacia su plato frío de sauerkraut. También había algo más...
La
última noche que pasaron juntos. Él se encontraba medio adormilado en la cama,
y ella creía que estaba completamente dormido. Entonces, de repente, ella dijo
en voz alta una sola palabra: tifus.
Según
le dijo, hablaba en sueños. Estaba soñando con un caso que había visto ese
mismo día. Y, sin embargo, había pronunciado la palabra de una forma tan
extraña, como si se le acabara de ocurrir...
—¿Max?
Volvió
a mirar el rostro de su viejo amigo.
—Lo
siento, Fritz. Estaba pensando en Sofia. Parece como si no pudiera apartar de
mi mente ciertos recuerdos. Y ahora has vuelto a nombrar esa ciudad.
Discúlpame, estoy echando a perder una comida muy agradable.
—Olvídalo,
Max, y tomemos otra botella. —Fritz levantó un brazo, chasqueó un dedo ante un
camarero que pasaba a su lado y le ordenó que trajera más schnapps. Luego, se
volvió a mirar a su amigo—. Quién lo habría creído, Max, tú convertido en
Sturmbannführer de las SS y comandante de un Einsatzgruppe. ¡Purificando el
país para la expansión del Reich!
Max
desplegó de nuevo su modesta sonrisa y esperó a que el camarero hubiera abierto
la nueva botella y rellenado las copas. Una vez que se hubo alejado dijo con
voz tranquila:
—En
realidad, es un trabajo sucio, Fritz. Disparar contra gente desarmada junto a
las zanjas. Pero es necesario. El Reich no puede mantener a subhumanos. No
sirven para nada, ¿Dónde ves tú la gloria en eso?
—Hay
medallas, Max.
—Medallas,
sí, pero sólo soy mayor y no he sido ascendido en dos años.
¿Quieres
más?
—Sí
—contestó serenamente Max—. Claro que quiero más.
Fritz
Müller se arrellanó en su asiento y tomó un largo trago de su copa. En los ojos
fríos y depredadores de su amigo, en su barbilla cuadrada y aristocrática, en
la tremenda elegancia del hombre, reconoció la despiadada determinación que ya
había visto hacía años en su amigo de la infancia. Durante todo ese tiempo
siempre había sabido que Max Hartung no sólo sería un superviviente, sino
también un líder. Sólo había que verle con aquel uniforme negro, atraía las
miradas de todas las mujeres, y caminaba con el orgullo con que vuela un
águila. Y, sin embargo, quería más...
—Como
por ejemplo ¿qué, Max?
—Quiero
el verdadero poder, Fritz. —Max se inclinó hacia delante; un fuego de hielo
azulado refulgía en sus ojos—. Quiero mandar algo más que un grupo de
exterminación.
—Max...
Hartung
levantó una mano. No quería decir nada más. Había cosas que siempre se
guardaría para sí mismo, que nunca compartiría con nadie, ni siquiera con un
amigo tan íntimo como Fritz Müller. Hacía ya tiempo, cuando militaba en las
Juventudes Hitlerianas, cuando los nazis inflamaban al pueblo alemán con un
nuevo orgullo nacional, Maximilian Hartung se había jurado a sí mismo adherirse
a una sola causa: la gloria del Reich y la glorificación de sí mismo. No, las
medallas y los rangos no eran suficientes. Quería obtener el reconocimiento de
hombres como Himmler y Goebbels, e incluso del propio Führer. Max Hartung se
dedicaba desde hacía tiempo, con exclusión de todo lo demás, incluso del amor,
al único objetivo de convertirse en un hombre muy importante. Y por el momento
había logrado subir por la escalera de la victoria con bien poco esfuerzo. Pero
ahora deseaba más. Quería llegar a ser el Reichsprotektor de todo el este de
Europa, y tenía la intención de encontrar una forma de conseguirlo.
Sus
pensamientos volvieron a Sofia. De repente, otro recuerdo surgió en su cerebro.
Fue su visita al hogar de Szukalski, hacía ya más de un año; había sido en la
noche de Navidad y Maria y él habían tomado vino y pastas a modo de pequeña
celebración. Había inducido a Jan Szukalski a hablar un poco sobre los
partisanos y, después de unas palabras de Max sobre la Resistencia, el médico
hizo un comentario extraordinario: «A veces, preferiría tener que enfrentarme
con una epidemia antes que con esta guerra. De ese modo, al menos, podríamos
mantener alejados a los nazis».
Max
volvió su atención a Fritz.
—Dime
una cosa, Fritz. ¿Es posible hacer que una epidemia parezca peor de lo que es
en realidad?
—Disculpa,
¿qué has dicho?
El
rostro de Maria Duszynska se materializó fugazmente ante sus ojos y luego se
desvaneció con la misma rapidez. Durante todos aquellos años, le había
resultado fácil sacrificar el amor y la amistad con tal de alcanzar sus
objetivos. Maximilian nunca había amado a nadie, y nunca amaría a nadie.
—¿Es
posible tomar una zona donde haya tifus y conseguir que parezca mucho peor de
lo que es en realidad?
Las
cejas pálidas y casi transparentes de Fritz Müller se levantaron
interrogativamente.
—¿Por
qué lo preguntas?
Algo
más estaba irritando ahora al Sturmbannführer. Recordaba un informe que había
leído hacía algo menos de un año. Se trataba de un informe sobre un grupo de la
Resistencia descubierto cerca de Sofia, y ejecutado en masa por Dieter Schmidt.
Por lo que ahora recordaba, eran más de cincuenta personas que habían
conspirado para volar el depósito de municiones de la zona. El informe había
enfurecido a Max en aquellos momentos, y ahora le enfurecía de nuevo.
Un
año y medio antes, Hartung había sido enviado a Sofia para detectar actividad
de los partisanos. Se había relacionado con ciertas personas clave de la
ciudad, ya que encontrar a su vieja novia Maria había sido un verdadero golpe
de buena suerte, y durante varios días había tratado de obtener pruebas sobre
la existencia de un movimiento clandestino.
Pero,
al no encontrar nada, Max abandonó Sofia con la falsa impresión de que allí no
existía ningún movimiento organizado de la Resistencia, hasta que cuatro meses
más tarde leyó el asombroso informe sobre el brillante éxito de Schmidt.
En
ese momento, Hartung fue suavemente reprendido por sus superiores, por no haber
descubierto a aquellos partisanos a su debido tiempo y, desde entonces, eso
constituía una espina clavada en su carne.
—Sólo
dime una cosa, Fritz, ¿es posible conseguir que la enfermedad parezca mucho más
extendida de lo que esté en realidad?
—Bueno,
supongo que sí —contestó el médico con vacilación—. Tendría que pensar en ello.
—En
realidad, Fritz, ¿sería posible hacer aparecer una epidemia de tifus allí donde
no existiera ninguna?
—Esa
es una pregunta interesante, Max. Supongo que tienes algún motivo para
plantearla, ¿verdad? Bueno, veamos. Si yo quisiera que apareciera una epidemia
de tifus allí donde no existe ninguna, supongo que extraería suero de alguien
que padeciera un caso de tifus grave, lo dividiría en varias muestras,
etiquetaría cada una de ellas con el nombre de un paciente diferente, y
enviaría esas muestras al laboratorio, aquí en Varsovia, para que las
sometieran a la prueba de WeilFelix.
Aunque
su tono de voz no cambió, los iris de Max Hartung cambiaron de un azul frío a
un ardiente azul ártico. Y Fritz reconoció la señal; la había visto antes en
muchas otras ocasiones. Así que cuando su amigo habló, le escuchó con toda
atención.
—Fritz,
creo que hay algo muy sospechoso en la epidemia de Sofia. De hecho, no creo que
exista esa epidemia. No me preguntes por qué; sólo se trata de un
presentimiento que noto en las entrañas. Creo que un puñado de cerdos polacos
os están tomando por tontos a ti y a tu laboratorio.
—Max...
—dijo el médico en voz baja. Extendió la mano hacia su copa y se bebió el resto
del schnapps que aún quedaba en ella, la volvió a dejar con fuerza sobre la
mesa y ladeó después la cabeza—. No puedes estar hablando en serio. Eso no es
posible.
—¿Por
qué no? Tú mismo has dicho...
—Sé
muy bien lo que he dicho, Max, pero olvidas una cosa. Las muestras de sangre
que estamos recibiendo de Sofia demuestran la existencia de concentraciones
extremadamente elevadas, es decir, de una enfermedad particularmente virulenta.
Si se dividiera la sangre de un paciente en varias muestras, las
concentraciones serían las mismas, o al menos lo serían en muchas de ellas.
—¿Estás
totalmente seguro? ¿No habría forma de rectificar eso?
El
propio Fritz se sentía prisionero del magnetismo de Hartung y no le extrañó que
su amigo lo interrumpiera cuando estaba diciendo:
—Supongo
que puede hacerse si alguien fuera lo bastante listo como para tomar sangre
adicional de cualquiera con una elevada concentración de WeilFelix y luego...
—Entonces,
eso es lo que están haciendo.
—Oh,
vamos, Max, no tienes nada en qué apoyarte. ¿Fingir una epidemia de tifus?
Nadie sería lo bastante estúpido como para atreverse a intentarlo siquiera.
¿Cómo esperarían mantener una cosa así durante largo tiempo?
—No
lo sé, Fritz, pero tengo la sensación...
—Max
—le interrumpió esta vez el médico, que se inclinó hacia delante con una
expresión grave— no es posible fingir una epidemia en una ciudad de ese tamaño.
¡La gente lo sabría! Hay comunicaciones, teléfonos, cartas. De algún modo,
terminaría por saberse que no hay nadie enfermo en la ciudad...
—A
menos, mi querido amigo —dijo Max hablando lentamente, mientras asomaba a su
boca una sonrisa lobuna—, que la gente formara parte del engaño.
—¿Qué?
Las
cejas de Müller volvieron a elevarse interrogativas. Miró a su amigo con
incredulidad, con la boca abierta para hablar.
—¿Crees
que sería tan difícil, Fritz? Escucha, el Alto Mando lleva algún tiempo
mostrándose muy ansioso por encontrar una forma de despejar Sofía, para poder
utilizar de nuevo el depósito de municiones y los talleres de reparaciones que
hay allí. Hasta el momento, a nadie se le ha ocurrido una solución, puesto que
nadie ha querido arriesgarse a penetrar en la zona declarada en cuarentena para
investigar. ¿Sabes lo que voy a hacer, Fritz? Me voy a presentar voluntario
para ir a Sofía y hacer todo lo que pueda por conseguir que las tropas vuelvan
a utilizar esas instalaciones.
—
¡No puedes hablar en serio! No puedes entrar en esa zona en cuarentena, Max...
—Y
quiero que tú vengas conmigo, Fritz, porque será tu autoridad la que demuestre
que no hay enfermedad alguna en esa ciudad. Llevaremos con nosotros técnicos de
laboratorio, equipo y dos compañías de tropas de las SS, con artillería pesada.
—
¡Pero sí eso es una zona infectada! ¡Nos expondrás a todos al tifus!
—No,
Fritz —le aseguró Max, sintiéndose extrañamente sereno. Ahora, no se dejaba
guiar tanto por la intuición como por la necesidad. Sentía necesidad de
vengarse de la ciudad que se había burlado de él—. No nos expondremos más que a
un nido de puercos resistentes, y estoy seguro de que todos recibiremos
recompensas por haberlos liquidado para el Reich.
—¿Y
tienes la intención de que sea yo el que examine a esa gente tan sucia?
—No,
Fritz. No tendrás que examinar a nadie. Sólo tendrás que tomar tus propias
muestras de sangre, y hacer los análisis allí mismo. Elegirás al azar; escoge a
unos cuantos de entre un millar. Es posible que Jan Szukalski pueda conseguir
que unos pocos aparenten estar enfermos, pero no hay forma de que logre que sus
análisis de sangre lo demuestren.
Fritz
Müller, a pesar de no estar convencido, asintió con incertidumbre.
De
repente, sintiéndose lleno de un reconfortante sentido de resolución, Max
Hartung se reclinó en la silla y sonrió. Estaba pensando ya en los honores que
recibiría por descubrir el fraude y liberar la instalación, por entregar
aquella zona tan importante, con su depósito de armas y sus talleres de
reparaciones. El Alto Mando podría ser muy generoso.
Eso
podría llevarle incluso al peldaño final de la escalera: Reichsprotektor de
Europa del este.
—¿Doctor
Szukalski? —preguntó una voz tímida, casi como pidiendo disculpas—. ¿Doctor
Szukalski, me disculpa?
Jan
levantó la mirada del gráfico que estaba preparando y vio la figura inclinada y
sumisa de un ordenanza del hospital llamado Bernard.
—¿Sí?
¿Qué ocurre?
—¿Puedo
hablar con usted, señor? —El hombre, de edad avanzada, miró por encima de ambos
hombros, antes de añadir— : ¿En privado?
—Desde
luego —dijo Jan, después de haber percibido un cierto tono de urgencia en la
voz del hombre—. Estaré en mi despacho dentro de unos minutos. ¿Por qué no va
allí y se pone cómodo?
—Sí,
señor — dijo el hombre, que se marchó tal como le había dicho.
Szukalski
terminó de escribir sus órdenes y abría la puerta de su despacho exactamente
cinco minutos más tarde. Encontró al hombre de pie, que miraba con nerviosismo
por la ventana, hacia la acera.
—¿Qué
puedo hacer por usted, Bernard? —preguntó Szukalski mientras rodeaba su mesa de
despacho y tomaba asiento. El ordenanza se retorció las manos al hablar.
— Se
trata de mi esposa, señor. Ha encontrado algo y dice que debería entregárselo a
usted.
El
pánico que se reflejaba en el rostro del hombre hizo que Jan se irguiera. El
mismo se sintió cada vez más tenso. — ¿Qué ha descubierto, Bernard?
—Ya
conoce usted el cuartel general nazi, ¿verdad, doctor?
—Sí,
lo conozco, Bernard.
—Pues
mí esposa es una de las mujeres que lo limpian por la noche, ya sabe, los
despachos y cosas así, aunque no le pagan por hacerlo.
—Sí,
Bernard, lo sé.
Szukalski
entrecerró los ojos. El rostro del ordenanza se había puesto del color de una
patata recién pelada.
—Bueno,
señor, el caso es que alguien nos dijo lo de..., ya sabe, doctor, lo del tifus.
—Sí,
continúe — dijo Szukalski mirándole con recelo. —Bueno, resultó que estaba en
la basura, y mi esposa sabe leer y es algo fisgona, ya sabe lo que quiero
decir, señor. Encontró esto y me dijo que debería usted leerlo.
Metió
una mano carnosa en el bolsillo de su bata blanca y extrajo un arrugado papel
amarillo. Bernard se lo entregó a Szukalski, y apartó rápidamente las manos,
como si se las hubieran quemado.
—Ella
dice que salió de una máquina.
—Sí,
así fue... —Jan desplegó el papel entre los dedos y frunció el ceño al leer las
palabras escritas en alemán—. A esto se le llama un teletipo, Bernard.
—Bueno,
mi esposa habla alemán, ¿sabe, doctor?, porque es de Unislaw, que está en el
oeste, ya sabe, y cuando vio esto, doctor y pensó en lo que se nos había dicho
sobre el tifus y todo eso...
La
voz del hombre se perdió.
A
Szukalski el corazón pareció detenérsele en el pecho al leer el mensaje:
HAUPTSTÜRMFUHRER
DIETER SCHMIDT DE LAS SS. ENVIAMOS CONTINGENTE PARA INVESTIGAR EPIDEMIA TIFUS.
LLEGARÁ TRECE MAYO 1943. OFREZCA PLENA COOPERACIÓN.
Volvió
a leer las palabras una y otra vez y creyó estar leyendo su propia sentencia de
muerte.
La
humilde voz de Bernard penetró en su conciencia.
—Todo
el mundo lo sabe, señor, sobre lo del..., y mí esposa, bueno, se asustó y...
—Bernard
—dijo Jan Szukalski extrañado al observar lo serena que sonaba su propia voz—.
¿Conoce alguien más este mensaje?
—No,
señor doctor. Sólo mi esposa y yo.
—No
hay nada de qué preocuparse, Bernard. No hay absolutamente ninguna necesidad de
asustarse. Sólo se trata de un pequeño equipo médico. Sólo es una comprobación
de rutina. Y si alguno de tus amigos te preguntara quiénes son, Bernard, diles
simplemente que se trata de unos médicos que han venido para confirmar la
epidemia. ¿Comprendes?
—Sí,
señor doctor.
—Gracias,
Bernard, has sido de una gran ayuda.
Una
vez que el ordenanza se hubo marchado, Szukalski encendió una cerilla y la
aplicó a una esquina del papel amarillo, que se incendió. Luego, lo dejó caer
sobre el cenicero y vio cómo se enroscaba sobre sí mismo y se volvía negro.
Mientras tanto, la mente de Jan parecía querer correr al mismo tiempo en todas
direcciones.
El
equipo de inspección llegaría al cabo de dos días.
Dieter
Schmidt se sintió entusiasmado ante la idea de los importantes visitantes que
iban a llegar a Sofia. Y su propósito era incluso más esperanzador. Durante un
año y medio, Schmidt había sido impotente contra la enfermedad y, sin embargo,
el Alto Mando había seguido enviándole sus inútiles órdenes para liberar las
instalaciones militares.
¡Bien!
¡Ahora acudían ellos mismos, y esta pesadilla no tardaría en acabar!
La
brillante luz de las bombillas desnudas que colgaban como farolas de fiesta del
techo abovedado creaban sombras extrañas sobre los muros de piedra. Los cinco
conspiradores se hallaban sentados en un apretado círculo en la húmeda cripta
funeraria de Saint Ambro. El padre Wajda, que había sido el último en llegar,
se sentó en la silla plegable y miró a Jan Szukalski, quien se aclaró la
garganta y dijo con serenidad:
—Hemos
tenido diecisiete meses de buena suerte, amigos míos. Ninguno de nosotros puede
negar que hemos tenido éxito en lo que nos habíamos propuesto conseguir.
Mientras que la solución final de Hitler continúa transportando «indeseables» a
los campos de la muerte, la población de Sofia ha podido vivir en una relativa
libertad. Ahora, sin embargo, parece que nuestra suerte se ha terminado.
»Debo
admitir, amigos míos —siguió diciendo, y miraba cada uno de los rostros
mientras hablaba—, que mi primer impulso al leer ese teletipo fue coger a mi
familia y echar a correr. Los alemanes llegarán mañana y descubrirán una ciudad
limpia, se darán cuenta de que han sido engañados durante todo este tiempo y
entonces nuestras vidas no valdrán nada.
—Entonces,
¿por qué no echar a correr? —preguntó Anna en voz baja.
—No
hay escapatoria posible para nosotros —dijo Maria; el halo de su cabello y la
blancura de su rostro la hacían aparecer como un fantasma que viviera en la
cripta—. Hemos fingido que la peor epidemia de tifus que haya afectado jamás la
zona central de Polonia se ha producido justo aquí, en Sofia. Si huyéramos, los
alemanes sabrían inmediatamente que todo había sido un engaño y, como venganza,
probablemente matarían a todos los habitantes de la ciudad. Pero si nos
quedamos —añadió mientras extendía sus manos delgadas y blancas—, podemos
confiar en que los nazis se contenten con castigarnos sólo a nosotros.
Jan
Szukalski asintió; la miró con los ojos llenos de admiración ante su valor,
aunque también pudo observar un temor patente en su rostro. Anna, que sostenía
con firmeza la mano de Hans Kepler, habló de nuevo.
—Pero
no se atreverían a exterminar a toda una ciudad, ¿verdad? Quiero decir, ¿toda
la ciudad?
—Todos
habéis oído hablar de un hombre llamado Reinhard Heydrich —dijo entonces el
sacerdote—, el hombre que en otros tiempos fue secretario de Himmler y su mano
derecha. Fue asesinado en junio del año pasado en las calles de Praga, por
hombres que, según se creyó, procedían del cercano pueblo de Lidice. Como
venganza, las fuerzas de las SS asaltaron Lidice y la redujeron a cenizas,
hasta los cimientos, mataron a todos los hombres, arrastraron a las mujeres a
los campos de concentración, y distribuyeron a los niños entre familias
Lebensborn. Eso ocurrió hace un año. Hasta el momento, no queda el menor rastro
de la ciudad que antes se había levantado en ese lugar...
—Oh,
Dios mío...
—Maria
tiene razón —dijo Jan—. Tenemos que quedarnos. Recogerlo todo y huir no haría
sino alertar a los alemanes sobre algo que, posiblemente, no sepan aún.
—¿Qué
quieres decir?
—Que
posiblemente no sospechen la existencia de una falsa epidemia. Después de todo,
no se decía nada sobre eso en el mensaje. Es posible que no vengan aquí a
investigarnos a todos. Recordad que con la cuarentena aplicada a toda esta
zona, también ha quedado inoperante su instalación de acopio de municiones. Me
atrevería a decir que vienen para ver qué pueden hacer para volver a ponerla en
funcionamiento.
—Está
bien, pero ¿qué sucedería si sospecharan de algún modo que todo ha sido un
fraude? —preguntó el padre Wajda.
—Piotr,
si los alemanes sospecharan que estamos fingiendo una epidemia, pensarían que
lo estamos haciendo dividiendo las muestras de sangre a partir de casos reales
de tifus, y poniendo en ellas los nombres de otras personas. No conocen la
existencia de Proteus, de eso puedo estar seguro. Probablemente, vienen aquí
con la intención de evitar a las verdaderas víctimas del tifus y a extraer
muestras de sangre de casos elegidos al azar, con la esperanza de encontrarse
con gran número de resultados negativos.
—Pero
¿y si conocen la existencia de Proteus? —preguntó Kepler.
—La
única forma que tendrían de conocer la existencia de la vacuna sería que, por
un medio u otro, obtuvieran de nosotros esa información. Y eso es algo que dudo
mucho, puesto que todo el mundo en Sofia recuerda aún la ejecución de los
partisanos en la plaza de la ciudad. Nuestro secreto está a salvo, de eso estoy
seguro.
—Pero
si, por casualidad, el secreto se ha filtrado, no tendremos ninguna esperanza
—dijo el sacerdote.
—Entonces
deberíamos huir —volvió a decir Anna.
—No
podemos —negó el doctor Szukalski con la cabeza—. Ahora tenemos contraída una
responsabilidad con esta ciudad. Los hemos implicado a todos en algo de lo que
sólo nosotros somos responsables. No podemos abandonarlos ahora, y mucho menos
teniendo en cuenta lo que sucedió en Lidice. En lo que podemos confiar es en
que, si los alemanes descubren nuestro engaño, sólo descarguen su cólera sobre
nosotros cinco y dejen la ciudad en paz.
—¿Qué
pasará con Sofia y su consejo municipal? —preguntó el padre Wajda.
—Nunca
les ofrecí a ninguno de ellos los detalles sobre nuestra operación. Sólo sabían
que habíamos encontrado una forma de confundir las pruebas de laboratorio. Si
interrogan a Edmund Dolata, no puede dar a los alemanes ninguna información
vital.
Anna
le miró con ojos grandes y asustados.
—¿Qué
vamos a hacer entonces?
Jan
Szukalski recorrió con la mirada los rostros que tenía ante sí, maravillado
ante su valor; deseaba poder ofrecerles algo más que una frágil esperanza. Sín
embargo, sólo pudo decirles:
—Vamos
a colaborar con la investigación, como si no tuviéramos nada que temer. Vamos a
ofrecer toda nuestra cooperación a esa delegación.
—Pero
¿cómo...?
Levantó
una mano para pedir silencio y sus ojos relampaguearon por un instante.
—Si
os sirve de algo, amigos míos, tengo un plan...
23
Maximilian
Hartung, Sturmbannführer de las SS, sólo había logrado reunir a cincuenta
hombres para llevar a cabo su inspección de Sofia, pero no se amilanó por ello;
los nuevos tanques Panther enviados hacia Lublin fueron puestos bajo el mando
de Hartung, y era en ellos, más que en los soldados, en lo que había depositado
todas sus esperanzas. Porque Hartung abrigaba el plan de, una vez descubierto
el fraude, utilizar los nuevos cañones L/7075 mm de los tanques para reducir a
escombros la ciudad de Sofia.
El
doctor Fritz Müller afrontaba la empresa con mucha menor determinación. De
hecho, de entre toda la comitiva, incluyendo a los otros cuatro médicos y dos
técnicos de laboratorio que debían llevar a cabo los exámenes y las pruebas, y
que ahora avanzaban en coches descubiertos tras él y Hartung, sólo Fritz Müller
mantenía sus reservas iniciales sobre el sentido común de su tarea.
Tres
grandes camiones militares seguían a los coches, arrastraban cañones de campaña
y transportaban las tropas del Einsatzgruppe, compuesto por soldados que ya
habían servido a las órdenes de Max Hartung, y que ahora tenían una confianza
completa y ciega en su jefe; estaban tan convencidos como lo estaba él de que
el tifus no existía en la ciudad, y de que les esperaban días de gloria y
saqueo.
Hartung
poseía la habilidad carismática para convencer a cualquiera de casi cualquier
cosa, de modo que cuando habló con sus superiores acerca de las sospechas que
abrigaba, recibió rápidamente el permiso para investigar primero y luego, si
era necesario, arrasar la zona. También le habían dado, antes de embarcarse en
su misión, la más firme promesa de ofrecerle el más completo crédito y
reconocimiento, una vez que descubriera a los partisanos.
Sólo
un hombre no estaba totalmente convencido, y ese hombre viajaba ahora a su
lado, en el automóvil.
—Debo
decirte que continúo sintiéndome incómodo con este asunto, Max —dijo el doctor
Fritz Müller mientras contemplaba el brillante paisaje y los fogonazos
ocasionales de la luz solar sobre el río Vístula, aunque habló lo bastante bajo
como para que sólo pudiera oírle su compañero—. No tienes ninguna prueba. Estás
actuando dejándote llevar por una corazonada.
—Sí,
así es. Pero en eso raras veces me equivoco. Además, piensa en lo que estás
haciendo por el Reich. A nuestros superiores les ha complacido la idea de que
les ofrezcamos una solución que les permita disponer de las armas y los
talleres de reparaciones. ¡Piensa en los honores que nos esperan!
—Lo
sé, Max, lo sé. Pero aun así..., arriesgarnos innecesariamente a quedar
contagiados por una enfermedad así... No hay entre nosotros un solo hombre que
tenga ninguna clase de inmunidad contra ella.
Por
toda respuesta, Max se echó a reír.
Los
tanques se habían adelantado a la delegación en media hora, de modo que cuando
la comitiva de Hartung entró en la ciudad, los diez Panthers ya estaban
situados en la plaza principal; sus enormes cañones apuntaban directamente
hacia la iglesia. Los coches abiertos se detuvieron ante el cuartel general
nazi, mientras que los tres camiones lo hicieron detrás de los tanques.
Era
una dulce y pacífica mañana de verano, pero en esta triste ocasión pocos fueron
los habitantes de Sofía que se atrevieron a salir de sus casas, pues ya desde
el día anterior se había extendido la noticia de que llegaba una delegación, y
la gente permaneció en sus casas, mirando entre las cortinas, asustada. También
habían oído hablar del destino del gheto de Varsovia.
Dieter
Schmidt, en posición de firmes sobre los escalones de su cuartel general,
saludó a sus distinguidos visitantes con el saludo del partido. Tras
devolvérselo, el Sturmbannführer de las SS Hartung presentó al comandante al
resto de la gente que le acompañaba. Todo fue muy amable, reservado y, según
observó Schmidt, extremadamente afectado.
Los
doctores Szukalski y Duszynska, que habían sido convocados esa misma mañana,
estaban sentados en una habitación contigua al despacho de Schmidt, con la
mirada fija recelosamente en la puerta. Esta, que se encontraba ligeramente
abierta, les permitió ver uno tras otro a los recién llegados que hacían su
entrada y cuando pasó un hombre que fue claramente visible, pues destacaba por
encima de las cabezas de los demás, Maria emitió un grito sofocado.
—¿Qué
ocurre? —le susurró Szukalski, que trataba de ver en el pequeño grupo qué le
había asustado tanto.
—No
lo puedo creer... —dijo ella con la respiración entrecortada, llevándose las
manos al pecho.
Sobresaliendo
varios centímetros por encima de la cabeza rapada del robusto Dieter Schmidt,
con su propia cabeza al desnudo, después de haberse quitado la gorra, estaba
Maximilian Hartung.
—Jan...
—Maria empezó a incorporarse, con voz trémula—. Oh, Jan...
—¿Qué
ocurre? —preguntó Szukalski, que avanzó un paso hacia la puerta y, entonces, en
el siguiente instante, vio el rostro del hombre que ella contemplaba
fijamente—. Pero si es...
—Max
—susurró ella con voz ronca. Maria extendió una mano para tomar la de Szukalski
y se la apretó—. Oh, Jan, ¡ha venido con ellos! ¡Forma parte del grupo!
Se
volvió a mirarle, con los ojos hinchados por lágrimas de confusión. De repente,
su sueño de reunirse algún día con el hombre al que amaba se había transformado
en una pesadilla.
El
grupo se separó un poco, y ambos médicos pudieron ver al mismo tiempo el
uniforme negro que llevaba Hartung.
De
repente, al comprenderlo todo, Maria giró sobre sí misma y se derrumbó sobre el
banco de madera; su garganta emitía un extraño sonido animal.
—Oh,
Dios mío —murmuró Jan Szukalski, con la mirada todavía fija en el mayor de las
SS—. ¡Dulce Jesús crucificado! Pero si es uno de ellos. — Se volvió a mirar a
Duszynska — . Maria...
Pero
ella no podía oírle. Estaba sentada, como petrificada sobre el banco, con el
rostro tan blanco como el mármol, la boca ligeramente abierta y los ojos
mirando ante sí como los de una muñeca inexpresiva.
—María
—dijo él dulcemente, mientras se sentaba a su lado y le sacudía una mano—. No
lo sabemos con seguridad. Es posible que haya venido para ayudarnos.
Aunque
su cuerpo estaba rígido y su rostro parecía el de un cadáver, ella pudo hablar.
—No,
Jan. Ese uniforme. Ahora lo comprendo todo. Durante los últimos diecisiete
meses he estado escribiéndole, preguntándome por qué nunca tenía noticias
suyas. Y cuando estábamos en la universidad, desapareció de repente sin decir
una sola palabra, para reaparecer después, al cabo de dos años,
inesperadamente. Ahora lo comprendo. Es uno de ellos. Oh, Jan..., es uno de
ellos.
Hubiera
querido ponerse a gritar, pero no tuvo esa oportunidad. La puerta se abrió de
golpe y en ella apareció, noble y desafiante, Maximilian Hartung.
Mientras
miraban a través de una ventana del segundo piso del hospital, el padre Wajda y
Anna Krasinska apenas podían ver los escalones de entrada al cuartel general
nazi. Era muy importante para su plan el poder ver a la delegación alemana en
cuanto saliera del edificio.
— Si
quieres preparar mientras tanto la medicación — dijo el sacerdote—, yo me
quedaré vigilando.
Anna
asintió con un gesto y se dio medía vuelta. Al ser la única enfermera de
guardia en la sala del tifus a esta hora, pudo trabajar con relativa
tranquilidad sin que las manos le temblaran, como había temido, porque para
llevar a cabo su tarea, Anna necesitaba mantener un pulso firme.
Debía
aspirar veinte miligramos de sulfato de morfina en cada una de un total de
siete jeringuillas separadas, y alinearlas después sobre un paño, preparadas
para administrarlas con rapidez.
Veinte
miligramos representaban una dosis considerable, no lo suficiente para ser
letal, pero sí lo bastante como para que un adulto pareciera extremadamente
embotado.
Mientras
trabajaba, repasó una vez más la lista en su mente. Las ropas de la cama no se
habían cambiado en dos días. Los orinales estaban llenos, dejados de cualquier
modo, ya fuera sobre las mesitas de noche o en el suelo. Los canastos de la
lavandería estaban llenos, rebosantes de sábanas manchadas. Y el suelo de
linóleo no se había fregado desde hacía dos días, por lo que ofrecía un aspecto
deplorable para un hospital habitualmente limpio e inmaculado.
Todo
ello ofrecía una vista desagradable, y el lugar olía bastante mal. Anna se
sentía satisfecha. Era exactamente tal y como lo deseaba.
Cerca
de la ventana, el padre Wajda seguía vigilando, preparado para moverse en
cuanto recibiera la señal.
Apenas
un instante después, apareció junto a Hartung el rostro rubicundo y abotagado
de Dieter Schmidt. Sin la menor ceremonia, espetó:
—
¡Szukalski! ¡Estos caballeros me dicen que ha cometido usted un fraude! ¡Dicen
que no hay tifus en la ciudad! ¿Es eso cierto? Maldita sea, ¿es cierto?
Szukalski
permaneció tranquilo. Su voz sonó firme y controlada.
—Creo
que están equivocados, Herr Hauptsturmführer.
—¡Equivocados!
El
comandante entró en tromba en la habitación e hizo ademán de abalanzarse sobre
el médico, pero Hartung se interpuso en su camino.
—Herr
Hauptsturmführer —dijo Max con una sonrisa—, es evidente que estos cerdos están
mintiendo. Tienen que hacerlo así, en un último intento por salvar su piel sin
valor alguno. Y ahora sugiero que abordemos este problema como se supone que
deben hacerlo los hombres de las SS, ¿de acuerdo?
Schmidt
miró primero a Hartung, con un odio mal disimulado, y luego dirigió una furiosa
mirada a Szukalski. Por ese único momento, Jan se sintió contento de que
Hartung estuviera allí.
A
los dos oficiales siguió un tercero, un hombre de aspecto pálido, que también
llevaba uniforme de las SS. Hartung hizo amablemente las presentaciones y los
cinco se sentaron, después de que Schmidt cerrara de una patada la puerta tras
de sí. Se miraron unos a otros, con circunspección.
—Doctor
Szukalski, todo ha terminado —dijo Max con acento nasal.
—¿Qué
es lo que ha terminado?
—Su
epidemia de tifus.
—¿De
veras? ¿Ha traído usted una cura? ¿Algo de DDT, quizás?
—Sabe
usted condenadamente bien... —empezó a bufar Schmidt, que fue silenciado una
vez más por el comandante del Einsatzgruppe.
Max
dirigió su dura y fría mirada hacia Maria, y tensó las comisuras de los labios
en una sonrisa.
—Fuiste
tú la primera en darme la idea, liebchen, cuando pronunciaste tus pocas y
descuidadas palabras sobre el tifus. Y luego usted, Herr Doktor — añadió,
volviéndose hacia Szukalski—, cuando habló sobre lo conveniente que sería una
epidemia para mantener alejados a los nazis. Eso ocurrió en Nochebuena, ¿lo
recuerda?
Maria
permaneció en silencio. Desde que lo había vuelto a ver y se había dado cuenta
de quién era en realidad, Maria rebuscó en su memoria, tratando de recordar
cualquier cosa que le indicara por qué se hallaba metido en esto. Recordó la
noche que estuvieron juntos en el Aguila Blanca, y luego la última noche que
pasaron juntos, en la cama. Pero la memoria de Duszynska era excelente. Estaba
segura de que ni ella ni Szukalski le habían revelado accidentalmente ningún
detalle importante a Hartung. El secreto de Proteus seguía estando a salvo.
—En
cualquier caso —siguió diciendo Hartung, divertido, disfrutando con la
conmoción y el dolor que se reflejaban en el rostro de ella—, pueden
contárnoslo ahora, o pasar por un mal rato.
—No
hay nada que contar Herr Sturmbannführer —dijo Szukalski, cuya actitud relajada
y confiada hizo que el doctor Müller se agitara inquieto en su silla—. Han
llegado ustedes en medio de la peor epidemia de tifus que haya visto jamás.
Espero que todos ustedes sean inmunes.
—No
nos asusta, cerdo —espetó Hartung.
—¿Puedo
decir algo?
Todos
los presentes se volvieron para mirar a Fritz Müller. —Ustedes me conocen,
¿verdad? ¿Doctora Duszynska? ¿Doctor Szukalski?
—Desde
luego que le conocemos, Herr Doktor. Su nombre aparece en muchos de los
resultados de las pruebas. Es un placer conocerle.
—Se
nos ha dicho, Herr Doktor, que no tienen aquí, en Sofia, una verdadera epidemia
de tifus, sino que han estado falsificando las muestras de sangre. ¿Es eso
cierto?
—¿Cómo
podría falsificarse una cosa así?
—Tomando
sangre de una víctima de tifus y dividiéndola en varias muestras en las que
pondrían los nombres de personas sanas.
Szukalski
se permitió dirigirle una mirada indignada.
—Le
ruego que me disculpe, Herr Doktor, pero yo no falsifico los datos. Ni me he
inventado una enfermedad allí donde no existe. Dice que ha traído con usted a
otros médicos. Y que disponen de técnicos y equipo de laboratorio propios. ¿Me
permite hacerle una sugerencia? Vayamos ahora mismo al hospital y le mostraré
el tifus. Le enseñaré mis datos registrados. —Szukalski se permitió incluso
levantar un poco la voz—. Y le demostraré que no tengo absolutamente nada que
ocultar. Y si eso no fuera suficiente, caballeros, pueden ustedes elegir un
pueblo o varios, al azar, y visitaremos todos juntos a las víctimas del tifus.
Pueden examinar a cualquier enfermo que deseen, y tomar todas las muestras de
sangre que quieran. El laboratorio del hospital también está a su disposición.
Comprobarán por sí mismos cuál es la extensión de la epidemia.
Müller
le dirigió una mirada nerviosa a Hartung.
—Está
fanfarroneando —dijo Max con la misma sonrisa—. Hagamos lo que dice.
Visitaremos su hospital e iremos a algunas granjas o pueblos, y les demostraré,
caballeros, que este hombre sólo está fanfarroneando.
Dirigió
su penetrante mirada hacia el rostro impenetrable de Szukalski y trató de
desintegrar el presuntuoso aspecto externo de este hombre con la fuerza de sus
ojos depredadores.
Pero
Szukalski no se dejó amedrentar. Sostuvo la pétrea mirada del comandante del
Einsatzgruppe, se levantó y preguntó casi a la ligera.
—¿Vamos
entonces, caballeros?
El
padre Wajda vigilaba atentamente cuando Jan Szukalski, el último del grupo en
salir del cuartel general nazi, se detuvo un instante sobre el escalón superior
y se llevó la mano a la barba. Inmediatamente, el sacerdote murmuró:
—Muy
bien, Anna, ha hecho la señal. Vienen hacia el hospital. Y entre los dos,
administraron la morfina a siete pacientes previamente seleccionados.
Había
sido idea de Szukalski que hicieran el trayecto a píe, y todos se mostraron
contentos de tener la oportunidad de hallarse al aire libre y bajo el sol.
Mientras el impresionante grupo recorría la tranquila calle, las tropas de los
tanques y camiones reían y murmuraban, mientras muchos de los hombres hacían
apuestas sobre cuánto tiempo tardarían en destruir la ciudad.
Szukalski,
que apenas cojeaba, caminaba a la cabeza del grupo de trece personas; mantuvo
una charla constante con los médicos que le acompañaban, les hacía preguntas
profesionales y mantenía una apariencia perfecta de confianza en sí mismo.
Alargó todo lo que pudo el tiempo para permitir que la morfina pudiera actuar:
les indicó la interesante arquitectura e historia de la iglesia de Saint Ambro,
les hizo notar la originalidad de las calles empedradas de Sofia, y les contó
una entretenida anécdota sobre la instalación de la estatua ecuestre de
Kosciuszko, en el centro de la plaza principal.
Mientras
su colega mantenía la atención de una pequeña parte del grupo, Maria Duszynska
redujo el paso hasta encontrarse a la altura de Max, y tras haber recorrido una
manzana, comentó con naturalidad.
—Estoy
viendo que lleva usted un nuevo traje, Herr Sturmbannführer. ¿Es así como van
en estos tiempos los hombres de negocios bien vestidos de Danzig?
—Así
es como se ha vestido un hombre de negocios de Danzig en los últimos tres años,
querida doctora.
—Debo
admitir que es muy impresionante. Me recuerda usted a un gallo en el gallinero,
aunque no recuerdo que se pavoneara tanto.
—Ten
cuidado, liebchen, no mantengo ninguna guerra privada contigo. Este uniforme y
el Reich son mi vida. Tú no fuiste más que una piedra con la que tropecé en mi
camino.
—Aunque
mi memoria me falla, Herr Sturmbannführer, creo recordar que la última noche
que pasamos juntos, en mi dormitorio, hizo usted algo más que tropezar conmigo.
Hartung
emitió una risotada.
Hartung
emitió una risotada.
—No
eres la primera, liebchen, ni serás la última. Si quieres que te diga la
verdad, no fuiste la única durante los cuatro días que permanecí en Sofia.
Si
la hubiera golpeado, el golpe no le habría sido más doloroso que aquellas
palabras. Mientras trataba de no desfallecer en su paso, Maria mantuvo los
hombros erguidos y la barbilla levantada.
—Entonces,
estuvo usted muy ocupado, ¿verdad?
—En
efecto, más de lo que te puedes imaginar. ¿Recuerdas al gitano?
—¿Qué?
—preguntó Maria deteniéndose en seco.
—No
nos apartemos del grupo, ¿quieres? —dijo Max, que la tomó del brazo y no
precisamente con suavidad—. Continúa caminando, doctora. Te hablaré mientras
tanto del gitano. Su historia era cierta. Absolutamente toda. Y fue mi grupo el
que exterminó a su gente. Cuando me comentaste que un hombre había escapado y
que estaba contando su historia a todo el mundo, tuve que hacer algo al
respecto, ¿no te parece?
María
hizo un esfuerzo por seguir mirando hacia adelante, concentró la mirada en la
espalda de uno de los técnicos de laboratorio que caminaba directamente delante
de ella.
—¿Qué
hizo? —se oyó preguntar.
—Aquella
noche, encontré una forma de entrar en el hospital. ¿Recuerdas cuando salí para
conseguir algo de champán? Fue el momento que aproveché para penetrar
sigilosamente en la sala y ahogar al hombre con su propia almohada. Y fue una
buena idea hacerlo, porque el hombre me reconoció.
—Ya
entiendo...
A
partir de entonces, continuaron su camino hacia el hospital en silencio.
El
doctor Szukalski miró su reloj en el momento en que todos cruzaron por la
puerta principal. Había logrado que el paseo les ocupara quince minutos, tiempo
más que suficiente para que la morfina hiciera su efecto.
Primero,
mostró al equipo de inspección la atestada planta baja, donde los enfermos
habituales se hallaban separados de los pacientes contagiosos, instalados
arriba. A continuación, vieron la cocina y luego el laboratorio.
—Desde
luego, admiro su valor, caballeros, por haber venido a una zona epidémica como
ésta —dijo—. Y sólo por una simple sospecha. Debo suponer que son todos ustedes
inmunes al tifus.
Los
médicos, que durante los últimos diez minutos habían permanecido extremadamente
silenciosos, contestaron uno tras otro, con voz débil:
—Yo
no lo soy.
—Yo
tampoco.
—Ni
yo.
Szukalski
se tomó un momento para mirarlos con las cejas levantadas.
—¿De
verdad? En tal caso, me siento doblemente impresionado, caballeros. Me doy
cuenta de que pueden tener sus sospechas, pero exponerse al tifus simplemente
por demostrar algo, me parece un poco imprudente. —Todos se volvieron a mirar a
Max Hartung, cuyo rostro permaneció impasible—. Muy bien —añadió Szukalski—.
Ahora les mostraré los peores casos de tifus que tenemos. Debido a la epidemia,
solemos tratar a la gente en sus casas porque, sencillamente, no hay suficiente
espacio en el hospital. Pero estos enfermos exigen un cuidado constante. Y
ahora, puesto que sería una tontería que todos ustedes se expusieran al
contagio, ¿por qué no eligen entre ustedes a alguien para acompañarme y extraer
las muestras de sangre para sus pruebas de laboratorio?
—Es
una fanfarronada —dijo Hartung—. Iremos todos. Müller, que había permanecido en
silencio desde que salieran del cuartel general, dijo:
—Es
posible que lo sea, Max, pero no quiero exponer a toda mi gente a un posible
contagio de tifus sólo para demostrar que tienes razón. Dos de nosotros serán
más que suficientes. Doctor Kraus, ¿quiere venir conmigo? Y usted también
—dijo, señalando a uno de los técnicos de laboratorio—. Los demás pueden
esperar aquí.
Cuando
el grupo subía la escalera hacia la sala aislada, el padre Wajda, que les había
oído aproximarse, derramó deliberadamente el contenido de un orinal sobre el
suelo.
Antes
de que llegaran a lo alto de la escalera, Szukalski dijo:
—Ahora
debo advertirles, caballeros. Debido a las muertes que se han producido como
consecuencia de la epidemia, nuestro hospital se ha encontrado con una triste
escasez de personal. Sólo gracias a que la doctora Duszynska y yo hemos tenido
tifus en el pasado, somos inmunes. Ah, ya hemos llegado.
El
grupo llegó a lo alto de la escalera y en seguida todos se mostraron
visiblemente afectados por el hedor del ambiente. Al entrar en la sala, lo
primero que vieron sus ojos fueron los cuerpos embotados que respiraban
trabajosamente bajo las sábanas manchadas, y la abatida figura de un sacerdote
administrando los últimos sacramentos a un paciente desahuciado.
—Tengan
cuidado de dónde pisan —dijo Szukalski.
Lentamente,
las seis personas que formaban el grupo —Maria y Jan, Müller y sus dos
ayudantes, y en último término Hartung, que había insistido en acompañarles—,
avanzaron por entre las dos filas de camas.
—Elija
a cualquier paciente que desee, doctor Müller —dijo Szukalski—, y le retiraré
las sábanas para que pueda usted examinarlo. Supongo que no querrá tocar al
paciente, o acercarse demasiado, puesto que no nos ha sido posible eliminar
todos los piojos.
Señalaron
a un hombre, y al retirar las sábanas los dos médicos alemanes no pudieron
ocultar su repugnancia. Ante ellos, sobre el cuerpo moribundo de esta pobre
víctima, observaron la clásica erupción de la fiebre tifoidea. Al ver sus
expresiones, Szukalski rezó una breve oración mental: «Gracias, Dios mío, por
el ácido tricloracético».
Procedieron
a examinar al paciente siguiente. Este se hallaba casi en estado de coma; tenía
una piel cenicienta, y sudaba copiosamente.
Con
un tono de voz que casi no parecía ser el suyo, Müller le ordenó al técnico:
—Extraiga
una muestra de sangre de éste, de ése y de esos otros cinco. Y ahora salgamos
de este pozo negro.
Poco
después, reagrupados en la calle, frente al hospital, mientras respiraban
profundamente el cálido aire del verano, Szukalski dijo:
—¿Quieren
visitar ahora uno de nuestros pueblos, caballeros? La elección, desde luego,
pueden hacerla ustedes mismos.
Todos
los visitantes, excepto uno, acordaron que debían ir. Sólo Fritz Müller
permaneció en silencio.
Sentía
que la cólera aumentaba en su interior, pero no quiso demostrarlo, evitó mirar
a Hartung por temor a perder el control sobre sí mismo. De mala gana, extrajo
un pequeño bloc de notas del bolsillo de su uniforme. Respiró profundamente y
dijo:
—Nuestros
datos indican que tienen ustedes una concentración extremadamente elevada de
tifus en la región de un pueblo llamado Slavsko.
Szukalski
no pudo evitar una tenue sonrisa.
—Por
lo que veo, lleva usted unas estadísticas exactas de nuestros informes.
—Debe
usted comprender, Herr Doktor, que como empleados de los laboratorios
sanitarios centrales alemanes, tenemos la responsabilidad de seguir la pista de
la extensión de la enfermedad. Llevábamos registros de toda esta zona mucho
antes de que el Herr Sturmbannführer nos informara de sus sospechas. Deseamos
visitar Slavsko.
—Muy
bien.
Szukalski
giró sobre sus talones e inició el camino de regreso hacia el cuartel general
nazi; se arriesgó a echar un rápido vistazo hacia la ventana del segundo piso.
Esa era la señal para poner en práctica la siguiente parte de su plan.
La
elección de Slavsko era buena y complació a Szukalski. Sabía que la delegación
no le habría permitido elegir un pueblo, pues en tal caso podrían haber
sospechado que él lo había preparado todo. Pero Slavsko era un pueblo
particularmente sucio y afectado por la pobreza y, desde luego, sería un
escenario excelente para representar su farsa.
Mientras
bajaban la escalera, Müller dio instrucciones a uno de sus propios técnicos de
laboratorio para que se quedara en el hospital y llevara a cabo las pruebas con
las muestras de sangre que acababa de extraer de los pacientes de tifus. Luego,
se apresuró a ponerse a la altura del resto del grupo.
Después
de haber observado, desde su puesto ante la ventana, la señal de Jan Szukalski,
el padre Wajda abandonó inmediatamente el hospital por la puerta de atrás y se
dirigió apresuradamente hacia el Aguila Blanca.
El
técnico alemán de laboratorio despejó un espacio para trabajar y alineó sus
propios tubos de ensayo; procuró medir la cantidad apropiada de solución salina
en cada uno de ellos. Afortunadamente, conocía el truco de utilizar
jeringuillas de tuberculina y agujas espinales para eliminar así el tedioso
procedimiento de medición con las pipetas, lo que le permitía acelerar su
trabajo. Diluyó rápidamente el suero y la solución salina, y luego añadió un
pequeño volumen de suspensión de Proteus X19 como antígeno.
Un
momento después sacudió la cabeza al ver, medio asombrado y medio irritado, que
todos los tubos, desde las disoluciones de 1:20, hasta las de 1:1280, mostraban
la sedimentación y el aglutinamiento clásicos de la suspensión bacteriana.
—Donnerwetter!
—murmuró con incredulidad—. ¡Positivo hasta en la disolución más elevada!
Anotó
los resultados en su bloc de notas y tras lavarse y reunir su equipo en la caja
en que lo había llevado, el técnico alemán abandonó precipitadamente el
hospital de Sofia, y se dirigió hacia el cuartel general nazi con toda la
velocidad con que pudieron llevarle sus nerviosas piernas.
El
grueso propietario del Águila Blanca, tras recibir la notificación de que el
padre Wajda deseaba verle, salió de la humeante cocina con un delantal de lino
atado por debajo de sus gruesos pechos. Tras limpiarse las manos manchadas de
grasa en el delantal, manchado con sangre de cerdo y jugo de col, dijo:
—Buenos
días, padre. ¿Ha venido a bendecir mis instalaciones? Espero que sea así; el
negocio no va tan bien desde que ha estallado la enfermedad.
Wajda
se quitó el birrete y saludó al hombre estrechándole la mano. Se conocían desde
hacía veinte años. Había casado a este hombre y había administrado el bautismo
y la primera comunión a todos sus hijos.
—Bolislaw
—empezó a decir en voz baja mientras miraba a su alrededor, hacia el vestíbulo
vacío del hotel. A esta hora del día había muy poca actividad—. He venido para
pedirte un favor.
—¿A
mí? —Los ojos porcinos del hombre se agrandaron—. ¿Quiere pedirme un favor, a
mí? —Emitió una risa que hizo mover su abultado vientre—. Después de todos
estos años de confesiones, «Bendígame, padre, porque he pecado»..., viene a
verme y...
La
voz del hotelero se desvaneció al ver la expresión seria del rostro del
sacerdote.
—Se
trata de algo que sólo tú puedes hacer, Bolislaw —dijo Wajda— . Necesito tu
ayuda.
El
hombre grueso adoptó la misma actitud seria y se llevó una mano al sudoroso
pecho.
—Desde
luego, padre. Haré cualquier cosa que me pida. Lo sabe usted. Pero ¿me permite
decirle algo antes, padre? Tiene aspecto de estar necesitando un buen vaso de
vino.
Ahora,
Piotr se permitió la más leve de las sonrisas.
—Lo
que necesito, Bolislaw, es un banquete —dijo en voz baja, con expresión triste.
Los
ocupantes del coche que iba delante se mantuvieron extrañamente tranquilos, y
eso dio el tono del ambiente reinante en los coches que le seguían. Como quiera
que Hartung, Müller y Szukalski no habían pronunciado una sola palabra desde
que salieron del cuartel general nazi, los que les seguían tampoco se
atrevieron a hablar. Este iba a ser el momento de la verdad. Lo que habían
visto en el hospital podía haber formado parte del engaño del que les había
hablado el Sturmbannführer. Pero aquí, en un pueblo elegido por el propio
doctor Müller, verían por sí mismos la prueba real de lo que ocurría.
El
padre Wajda adoptó una actitud casi militar al acercarse al hombre que parecía
ser el comandante del grupo de tanques Panther alineados en la plaza principal.
De vez en cuando, el sacerdote levantaba el rostro al cielo azul y cálido, y
sólo parecía haber salido para dar un paseo inocente.
Sin
embargo, al pasar junto al comandante de los Panther y saludarle con una
sonrisa amable, algunos de los soldados se llevaron automáticamente las manos a
sus armas.
—Guten
Tag, Herr Hauptmann —saludó en perfecto alemán.
El
capitán se volvió hacia su ayudante y murmuró:
—¿Qué diablos crees que desea?
El
Unterfeldwebel, que se había unido a su capitán para fumar un cigarrillo,
mientras esperaban el regreso del Sturmbannführer Hartung, contestó con un
bufido:
—Probablemente,
querrá saber por qué no ha ido usted hoy a misa.
El
Hauptmann, aplastó el cigarrillo con la bota, se incorporó, abandonó el apoyo
de la pared gris del tanque sobre la que estaba descansando, y ladró:
—¿Qué
quiere usted?
—Hace
un día muy hermoso, ¿no le parece, Herr Hauptmann? —Los dos alemanes
intercambiaron sendas miradas de suspicacia. — Lo que quiero decir, Herr
Hauptmann, es que es una pena que todos ustedes tengan que quedarse junto a sus
vehículos. El sol brilla, Dios nos sonríe a todos, y hoy es fiesta.
—¿De
qué me está hablando? —preguntó el capitán de tanque mientras miraba al
sacerdote con recelo.
—Lo
que le estoy diciendo, Herr Hauptmann, es que siento mucha pena por todos
ustedes. Oh, sí, ya sé que soy polaco y ustedes son nazis. Pero, después de
todo, soy un sacerdote católico. Dios es mi superior definitivo. Sólo recibo
órdenes de El. ¿Sabe lo que quiero decir? —Le dirigió la más luminosa de sus
sonrisas—. Las gentes de Sofia celebrarán un picnic hoy en el parque, junto a
la iglesia, precisamente allí.
Señaló
por encima de los hombros de los dos militares, y ambos se volvieron;
entrecerraron los ojos bajo la fuerte luz del sol para mirar el pequeño prado
situado junto a la iglesia de Saint Ambro, donde un grupo de polacos estaban
instalando unas largas mesas de madera, mientras las mujeres se dedicaban a
colocar manteles y disponer los platos. Cerca de ellos había un carro cargado
con calderos humeantes y vasijas de cobre.
—Lo
que he venido a decirles, caballeros —añadió el padre Wajda—, es que están
todos ustedes invitados.
El
capitán alemán se volvió hacia el sacerdote y lo miró de nuevo con expresión de
recelo.
—¿Para
que nos alejemos todos y puedan ustedes sabotear nuestros vehículos? —preguntó
con un gruñido.
—Realmente,
Herr Hauptmann, me desilusiona usted. Simplemente, siento pena por todos
ustedes. Le ofrezco esta invitación por iniciativa propia. Nadie más está
implicado, se lo aseguro. Sencillamente, no me gusta ver a los hombres
permanecer de pie durante horas, sin comer. Y tenemos mucho, más de lo que
podemos comer. Y, como ve, estaremos comiendo precisamente ahí delante,
mientras que ustedes permanecen aquí... Ya puede comprender cuánto me molesta
eso, Herr Hauptmann.
—Sabe
usted por qué estamos aquí, ¿verdad?
—Sí,
lo sé, pero no les culpo por ello. Al fin y al cabo, actúan ustedes siguiendo
órdenes, ¿no? Lo que sucede es que, como sacerdote que soy, no puedo soportar
el disfrutar de una buena comida y schnapps y vodka en abundancia, mientras
todos ustedes se quedan aquí, mirándonos. Eso va en contra de mi sentido de la
humanidad. Por eso quisiera pedirle que se unieran a nosotros, como mis
invitados. Y aquí también hay muchachas bonitas, Herr Hauptmann.
—¿Está
hablando en serio? —preguntó el capitán mientras miraba a su ayudante y
señalaba al sacerdote con el índice. El ayudante se encogió de hombros.
—A
mí me parece un gesto amable, Herr Hauptmann. Habrá schnapps y chicas, y quién
sabe cuándo regresará el Sturmbannführer.
—Bueno
—añadió Wajda con descuidada naturalidad—, sólo les estaba haciendo una
invitación. De ustedes depende aceptarla o no, claro. Pueden enviar a unos
cuantos de sus hombres, si quiere, o hacerlo por turnos. Desde allí podrán
vigilar también sus tanques. 0 quizá quiera venir usted solo, Herr Hauptmann.
Apostaría a que hoy va a ser un día largo, caluroso y aburrido. Allí, en el
parque, bajo la sombra de los árboles, tendremos música, vodka, pastel de
patata, salchichas fritas y pan caliente con mantequilla. A menos, claro está,
que tengan ustedes miedo al tifus.
El
capitán emitió una risa seca.
—No
hay tifus en esta ciudad, padre. Por eso estamos aquí. ¿Para qué cree que son
estos tanques? ¿Para tomar muestras de sangre? El Sturmbannführer Hartung nos
ha asegurado que no hay ninguna enfermedad en esta ciudad y que esta noche
podremos reducir a escombros todos y cada uno de sus edificios. ¿Qué le parece
eso, padre?
Wajda
se encogió de hombros, sin dejar de sonreír.
—Eso
está en las manos del Señor. Por el momento, celebramos una fiesta aquí, en
Sofia, y la gente está dispuesta a aceptarles como invitados.
—No
somos tan tontos como usted cree —se limitó a decir el Hauptmann.
Cuando
la caravana de tres coches entró en el pueblo de Slavsko, los tres médicos se
miraron entre sí con caras de asco. El primer vistazo que pudieron echar al
lugar ya les indicó que este pueblo debía de ser uno de los más pobres y sucios
que podían haber elegido.
Y el
trayecto desde Sofia no había sido más agradable. Los vehículos habían tenido
que avanzar despacio sobre caminos llenos de agujeros y grandes charcos dejados
por las lluvias de primavera, y hubo veces en que tuvieron que enfangarse, al
verse obligados a bajar para empujar los coches.
Con
las botas y las ropas cubiertas de barro, los destacados visitantes se
sintieron más que aliviados de encontrar Slavsko al final de su viaje.
El
pueblo de Slavsko, compuesto por un pequeño grupo de chozas de barro y paja, no
era más que un villorrio medieval situado en el centro de unas cincuenta
granjas diseminadas por los alrededores. Los campesinos aguardaban de pie,
mudos, a la sombra de sus cabañas, cuando entraron los coches, y tuvieron que
apartar de su camino algunas gallinas y mulas.
—¿Quiere
usted elegir al azar de entre la lista de víctimas del tifus, o prefiere que le
ahorre tiempo indicándole quiénes han padecido la enfermedad durante los
últimos meses? —preguntó Szukalski.
El
doctor Müller se ajustó las gafas e intentó limpiar algo del barro que manchaba
su uniforme, aunque, para su molestia, no consiguió otra cosa que extenderlo
aún más sobre la tela.
—En
modo alguno, Herr Doktor, señálemelos usted mismo. Tomaremos muestras de sangre
y llevaremos a cabo las pruebas de WeilFelix en cuanto regresemos al hospital.
Por lo que a mí respecta, esto no es más que una inútil pérdida de tiempo, pero
tenemos que satisfacer al Sturmbannführer Hartung. En realidad, todo esto es
idea suya.
—Muy
bien. Le sugiero que empecemos por la familia que vive ahí —dijo Szukalski
señalando a la derecha. Todas las cabezas se volvieron en esa dirección. Una
tosca cabaña se levantaba en medio de un barrizal. La única señal de vida que
había en ella era la columna de humo que surgía por la chimenea—. Toda la
familia contrajo el tifus hace dos meses, y un viejo tío murió a causa de ello.
Estoy seguro de que todavía dan positivo en la prueba WeilFelix.
Sin
la menor vacilación, Szukalski descendió del coche y se metió en el barrizal.
Los demás, al hacer lo mismo, intercambiaron miradas cautelosas. Max Hartung,
firmemente convencido de que allí no existía enfermedad alguna, y de que no
tardarían en descubrir el fraude, fue el primero en dirigirse hacia la cabaña.
Finalmente,
llegaron todos ante la puerta, y cuando Szukalski llamó a ella, los médicos
alemanes volvieron a intercambiar miradas de recelo. La inquietud que
experimentaban aumentaba a cada minuto que pasaba.
Una
anciana desdentada abrió la puerta y sonrió en seguida al ver al doctor
Szukalski. Inmediatamente, se puso a hablar en un pesado dialecto campesino
polaco que los alemanes no entendieron, y que el propio Szukalski se apresuró a
traducir.
—Dice
que su hijo, a quien administré terapia proteínica, todavía está muy enfermo de
tifus. Aunque, naturalmente, supongo que querrán verlo por sí mismos,
caballeros.
Se
quitó el sombrero y agachó la cabeza para entrar en la cabaña, mientras le
explicaba a la anciana que aquellos distinguidos caballeros querían echarle un
vistazo a su hijo. Cuando los alemanes entraron suspicazmente, uno a uno,
traspasando el sucio umbral, Szukalski dijo con naturalidad por encima del
hombro:
—Tengan
cuidado aquí, caballeros. Los piojos se encuentran a menudo en las grietas y
los tejados de paja de estas viejas cabañas.
Inmediatamente,
los médicos se agruparon.
Era
una estancia no muy diferente a la granja de los Wilk, con el suelo de tierra,
las paredes de piedra caliza y un caldero puesto sobre el fuego, sólo que aquí
había menos ventanas y no existía buhardilla. Se trataba de una cabaña
sencilla, habitada por la anciana, su hijo y dos primos de mayor edad. Dormían
en un rincón, los cuatro en fila, sobre un mismo montón de paja. El único
mobiliario existente era una mesa toscamente formada y una silla. Del techo
colgaba un jamón ahumado alrededor del cual zumbaban unas cuantas moscas.
Szukalski
y los miembros del grupo contemplaron la estancia, de píe sobre el hombre que
yacía tumbado en la paja.
Müller
ordenó al técnico que le extrajera algo de sangre, una tarea que el hombre se
apresuró a realizar, mientras que uno de los otros médicos hacía un breve
examen físico del paciente.
Mientras
tanto, envueltos en un penoso silencio, Müller desplazó la mirada de Szukalski
a Hartung, para volver a fijarse en Szukalski. Al ver los rostros
indescifrables de los dos hombres, empezó a preguntarse qué estaba ocurriendo
realmente allí.
Todos
ellos respiraron profundamente y con gran alivio al salir al exterior, y cuando
Szukalski le dio las gracias a la mujer y cerró la puerta tras de sí, Müller no
pudo contenerse por más tiempo y espetó:
—¡Dios
mío, qué miseria!
—¿Y
qué esperaba usted encontrar, Herr Doktor? —preguntó Szukalski enarcando las
cejas—. Estamos en una zona rural. Estas gentes son extremadamente pobres.
Ahora comprenderá el enorme problema sanitario con que nos encontramos aquí.
Después de ver esto, ¿le parece tan extraño que tengamos una epidemia de tifus?
La
mirada de Müller se desplazó rápidamente hacia Hartung. La actitud silenciosa
del hombre de las SS empezaba a hacerle hervir de cólera. Volviéndose hacia el
médico que había realizado el examen superficial, Müller preguntó:
—¿Cuál
es su opinión?
—Resulta
difícil decirlo, Herr Doktor —contestó, y se encogió de hombros—. No cabe la
menor duda de que ese hombre sufre una grave enfermedad. Y sus síntomas podrían
ser los del tifus. Pero, si quiere que le diga la verdad, no he querido
acercarme demasiado...
—Sí,
sí, lo comprendo. En realidad, lo único que necesitamos son los análisis de
sangre, doctor Kraus. De hecho, los exámenes físicos no son más que una
formalidad. —Se volvió hacia Szukalski y preguntó—: ¿Continuamos, Herr Doktor?
—Como
usted quiera. No obstante, debo advertirle que corren graves riesgos al estar
aquí.
—Pero
el Sturmbannführer Hartung me ha asegurado que no hay tifus, y que estamos a
salvo.
—Muy
bien, caballeros —asintió Szukalski con una sonrisa—. ¿Seguimos adelante?
Después
de que la segunda cabaña demostrara ser tan escuálida como la primera, Müller
sólo designó un médico y un técnico de laboratorio para que acompañaran a
Szukalski a las restantes, mientras el resto del grupo aguardaba en el
exterior, bajo las miradas curiosas de los habitantes del pueblo. Un
inquietante silencio parecía haberse extendido por todo el pueblo. Cuando la
brisa cambió de dirección, el aire se llenó con el hedor de excrementos humanos
y orina, y los médicos se dieron cuenta de que la fuente de aquel hedor no
debía hallarse muy lejos. Pudieron ver montones de basura apilada contra las
paredes traseras de varias cabañas, donde algunos cerdos gruñones se
alimentaban. La suciedad y la pobreza del villorrio fueron haciéndose cada vez
más intolerables para los quisquillosos alemanes, de modo que, cuando Szukalski
salió de la última cabaña que habían visitado, todos ellos se sentían más que
ansiosos por abandonar la zona.
Durante
todo ese tiempo, Hartung no había dicho una sola palabra.
—¿Quieren
ver más, caballeros? —preguntó Szukalski mientras regresaban hacia los coches.
Müller
miró los rostros asqueados de sus colegas.
—¿Son
todos los pueblos como éste? —preguntó.
—Puedo
llevarle a visitar cientos exactamente como éste. Oh, procure mirar dónde pisa,
doctor Müller —dijo Szukalski y le tomó del brazo para que rodeara una zanja de
drenaje—. Sólo quiero que se queden completamente satisfechos de que, desde
luego, aquí no se está fingiendo ninguna epidemia de tifus. Pueden tomar
ustedes todas las muestras de sangre que quieran, de todos los pueblos que
elijan.
Hartung,
que caminaba delante del grupo, no había oído la advertencia de Szukalski sobre
la existencia de la zanja de drenaje, por lo que metió directamente uno de los
pies en el líquido derramado, una ciénaga creada por los vertidos procedentes
de un cobertizo para los puercos. Perdió el equilibrio y cayó hacia atrás.
Aunque pudo evitar a tiempo el caer cuan largo era sobre el fango nauseabundo,
no pudo evitar mancharse las manos y el uniforme con la pegajosa combinación de
barro y heces de los cerdos.
Cuando
el Sturmbannführer se incorporó rápidamente y miró a su alrededor para buscar
algo con que limpiarse las manos, Szukalski se volvió bruscamente y dijo:
—Debo
recomendarle, doctor Müller, que se limpien la ropa a fondo en cuanto
regresemos a Sofia. Como comprenderá, se han visto expuestos a un elevado grado
de contaminación al venir aquí. No necesito indicarles lo evidente, caballeros,
pues el simple hecho de respirar el aire de estas cabañas ocasionalmente puede
contagiar el tifus.
Cuando
Szukalski se volvió para subir al primer coche y los demás se apresuraron a
hacer lo mismo en los otros coches que esperaban detrás, Fritz Müller miró a
Max Hartung, que se limpiaba las manos con un poco de paja, y le dijo en voz
baja:
—No
puedo creer que me hayas convencido para participar en esto.
Pero
el hombre de las SS permaneció imperturbable. Se pasó tranquilamente los dedos
manchados de barro por entre la paja, como si fuera la servilleta que hubiera
utilizado para la cena, y replicó muy seguro de sí mismo:
—Aquí
no hay tifus, Fritz, y no tardaremos en poner fin a esta pantomima. Szukalski
seguirá fanfarroneando hasta el final. Es un hombre tozudo y astuto, y seguirá
luchando hasta el final, aunque sepa que ha sido derrotado. También estoy
convencido de que intenta ganar tiempo, trata de imaginar alguna forma de salir
de esto. Sabe que en cuanto se hagan las pruebas de laboratorio y se obtengan
resultados negativos, mis tanques reducirán a escombros su preciosa ciudad. Se
trata de un juego muy interesante; no esperaría de él que lo jugara de otra
manera.
Antes
de subir al coche, Müller observó a su amigo con una expresión muy seria.
Luego, con un tono de voz natural, dijo:
—Max,
¿te importaría si no te acompañara en el coche en el trayecto de regreso a
Sofia? Me temo que hueles a mierda de cerdo.
El
convoy llegó a Sofia una hora más tarde. Cuando llegaron al cuartel general
nazi no pudieron creer la escena que se desplegó ante sus ojos.
24
La
fiesta había alcanzado proporciones de festival.
Había
largas mesas, cubiertas con manteles de brillantes colores, cargadas con
enormes platos llenos de comida, la mayor parte de la cual había sido traída
por los habitantes de la ciudad, para complementar la que había proporcionado
el Aguila Blanca. Las mujeres servían, y los hombres volvían a llenarse platos
enteros de verduras humeantes, jamón dulce, patatas hervidas, sauerkraut,
salchichas, sopa caliente y espesa y hogazas de pan fresco. El vodka y la
cerveza fluían con profusión, y aparecieron acordeones y violines para añadir
música a la fiesta. El pequeño prado verde situado a la izquierda de Saint
Ambroz estaba lleno de animados y ruidosos habitantes de Sofia, de todas las
edades, que reían y comían, mientras los niños y los perros retozaban sobre la
hierba, y por todas partes se veía, mezclados entre los civiles, a los soldados
nazis que se encontraban al mando del Sturmbannführer de las SS Maximilian
Hartung.
Los
médicos, el técnico y el propio Hartung se quedaron con la boca abierta de
asombro, incrédulos ante el espectáculo. Antes de que ninguno de ellos tuviera
tiempo de reaccionar, el técnico de laboratorio que se había quedado en la
ciudad bajó corriendo los escalones.
—Herr
Doktor! —llamó con la respiración entrecortada, se dirigió hacia el segundo
coche, donde Fritz Müller observaba con la boca abierta el festejo— Herr
Doktor! Aquí están los resultados de las pruebas hechas a los pacientes del
hospital. Todos los análisis de suero son fuertemente positivos. Absolutamente
todos. Ni siquiera me he molestado en pasarlos por el baño de agua y, desde
luego, no necesitan refrigeración de un día para otro. Se ha producido un
aglutinamiento inmediato. No cabe la menor duda, Herr Doktor, todos los
pacientes a los que se les ha extraído una muestra de sangre en el hospital
tienen el tifus.
Con
la voz y la expresión del rostro visiblemente controlados, Müller dijo:
—Hemos
recogido otras veinte pruebas. Llévelas al hospital y haga inmediatamente los
análisis. Quiero que ustedes dos trabajen al mismo tiempo y con la mayor
rapidez que puedan, y que luego me informen en seguida.
—
¡Sí, Herr Doktor!
Y
los dos técnicos se alejaron presurosos por la calle con las muestras.
Müller
bajó a la acera y caminó rígidamente hacia donde estaba Hartung.
—Esos
siete casos del hospital han sido positivos —le dijo con el tono de voz
contenido—. Todos positivos.
El
Sturmbannführer apenas oyó las palabras de su amigo. Sus ojos penetrantes se
fijaban en el espectáculo que se desarrollaba en el parque.
—No
me sorprende —dijo con voz serena—. Szukalski esperaba que los examinaras. Es
razonable que ingresara en el hospital a los casos reales de tifus. Pero te
aseguro, Fritz, que no va a poder escenificar esta pantomima en todos los
pueblos y granjas de la zona. Dentro de pocos minutos te darás cuenta de que
tengo razón.
Müller
miró a Szukalski, que mantenía una conversación intrascendente con uno de los
médicos.
—No
parece estar preocupado en lo más mínimo, Max. De hecho, parece sentirse muy
seguro de sí mismo. Yo, en cambio, sí estoy preocupado. No me gusta esto. ¡Ese
pueblo que hemos visitado era increíble! De veras, casi no puedo creer que haya
podido dejarme inducir a entrar en un lugar tan sucio. —El rostro de Müller aún
se puso más tenso al mirar hacia donde miraba Hartung y ver a los soldados que
participaban en la fiesta—. ¿Y qué demonios significa esto? —siseó.
—Discúlpame
un momento, Fritz —dijo Hartung en voz baja—. Iré a ver.
El
doctor Müller sintió que cada uno de los músculos y nervios de su cuerpo se
tensaba hasta el límite, mientras observaba la figura alta y arrogante de Max
Hartung cruzar la plaza y dirigirse hacia donde estaban los tanques, vacíos, a
excepción de unos pocos hombres de guardia. Al oír una voz tras él, se giró en
redondo. Era Dieter Schmidt.
—¿Y
bien, Herr Doktor? ¿Qué ha descubierto usted? ¿Tenemos buenas noticias para el
Reich?
Los
fríos ojos de Müller estudiaron por un momento el rostro del comandante de la
Gestapo y, al hacerlo, sintió como si un frío puño de acero se apoderara
lentamente de su estómago. Había algo que marchaba mal en esta ciudad. Algo que
marchaba terriblemente mal.
Esperaron
en el exterior del cuartel general nazi hasta que llegaron los resultados de
los análisis. Y cuando los dos técnicos de laboratorio, pálidos y temblorosos,
informaron de ellos a Fritz Müller, el médico alemán sintió que su cuerpo
saltaba como un resorte.
—
¡Hartung! —gritó.
El
comandante del Einsatzgruppe había estado hablando tranquilamente con el
Hauptmann de los Panther sobre la forma sistemática que utilizarían para
destruir la ciudad entera. Levantó la mirada, sorprendido.
—¡Ven
aquí! —le volvió a gritar Müller.
El
rostro de Hartung adquirió matices sombríos al apartarse del tanque y cruzar la
plaza con paso vivo para reunirse con el grupo. Evidentemente, había
preocupación en su mirada.
—¿Qué
oc...?
—¡Positivos!
—gritó Müller—. ¡Cerdo estúpido! ¡Cada uno de los casos de ese pueblo es
positivo!
El
rostro de Hartung se puso instantáneamente blanco. —Pero eso no es pos...
—
¡Maldita sea, Hartung! —gritó Müller con las venas hinchándose en su cuello—.
¡Condenado asno pomposo! ¡Maloliente, pavoneante, jactancioso e insufrible
presumido de tres al cuarto! ¿Es que no has oído lo que te he dicho?
El
Sturmbannführer parpadeó y miró los ansiosos rostros que le rodeaban. Todos
ellos parecían estar conmocionados. —Pero...
—
¡Tú y tus condenadas fantasías han conseguido que todos hayamos quedado
expuestos al tifus!
—Podemos
subir a mi despacho para limpiarnos las ropas —susurró Dieter Schmidt.
El
doctor Müller, que hacía esfuerzos por contenerse, encontró la suficiente
compostura para volverse hacia Szukalski y preguntarle:
—
¿Tiene usted algo de DDT?
Y
Szukalski, cuyo rostro ocultaba admirablemente el entusiasmo que sentía,
contestó:
—Todo
se ha gastado, Herr Doktor. Los pocos envíos que recibimos de Alemania no
llegaron en cantidad suficiente para contener la extensión de la enfermedad.
—¡Hartung!
—espetó Müller—. ¡Todo ha terminado! ¡Tú, con tus grandes sueños de llegar a
ser el Reichsprotektor! Cuando haya terminado de redactar mi informe sobre tu
estúpida actuación chapucera... —Müller abrió la boca para respirar y arrugó la
nariz al percibir el nauseabundo olor a cerdo que despedía Hartung—, van a
crear un departamento de Scheissprotektor para ti, y te van a destinar a un
montón de estiércol. —Se giró en redondo hacia sus colegas—. Hagan lo que les
dice el Hauptsturmführer, y limpien sus ropas con vapor. ¡Todos ustedes!
—Luego, se volvió a Hartung y levantó ante él un dedo tembloroso mientras
añadía—: Y en cuanto a ti... —Fritz Müller se detuvo antes de poder pronunciar
la siguiente palabra, con el dedo petrificado en el aire—. Oh, Dios mío...
—exclamó.
—¿Qué
ocurre, Herr Doktor? —preguntó alguien.
Müller
miraba fijamente hacia el otro lado de la plaza, al parque situado junto a la
iglesia.
—Oh,
Dios santo... —volvió a susurrar.
Antes
de que nadie pudiera hacer un solo movimiento o emitir un sonido, el médico
echó a correr a través de la plaza, movía los brazos y gritaba:
—Herr
Hauptmann! Herr Hauptmann!
El
comandante de tanque, que se hallaba comiendo, levantó la mirada y contempló
extrañado al hombre que se abalanzaba sobre él. Sostenía en una mano un
bocadillo a medio comer, y una botella de cerveza en la otra.
—¿Qué
ocurre, Herr Doktor? ¿Ha llegado la hora de que empecemos la diversión?
—
¡Saque a sus hombres de aquí! ¡Inmediatamente! —le gritó Müller.
—Que
saque a mis...
—
¡Ahora mismo, Herr Hauptmann! ¡Retírelos inmediatamente!
—Pero
¿por qué? —El comandante de tanque dirigió una rápida mirada por encima del
hombro de Müller, y vio a Max Hartung, que permanecía inmóvil, de pie junto a
uno de los coches, con el rostro muy pálido—. ¿Qué ocurre, Herr Doktor? Mis
hombres sólo están comiendo y bebiendo un poco antes de que empiecen las
prácticas de artillería. La gente de la ciudad creyó que podrían comprar sus
vidas con un poco de...
—¡Esas
gentes de la ciudad, Herr Hauptmann, son portadoras del tifus!
—¿Portadoras...?
—El capitán retrocedió un paso—. Pero se nos dijo que aquí no había ninguna
epidemia de tifus, y que teníamos que arrasar esta ciudad.
—Parece
ser que se ha cometido un gravísimo error, Herr Hauptmann, y que todos hemos
estado expuestos al tifus.
Müller
miró a los habitantes de la ciudad que celebraban el picnic, a las mujeres que
cortaban el jamón, que entregaban el pan, que reían ante las sopas. Y luego
miró a los soldados del Reich, que se llevaban a la boca todo lo que les
ofrecían.
Y,
de repente, Fritz Müller se sintió extrañamente enfermo. Con un tono de voz
considerablemente sereno, logró decir:
—Herr
Hauptmann, aquí corremos un grave peligro. Llame a sus hombres, por favor, y
que todos formen delante del cuartel general.
Mientras
dejaba caer el bocadillo y la botella de cerveza al suelo, el capitán hizo
sonar el silbato para llamar a su sargento mayor y le ordenó que retirara a
todos los hombres de la fiesta.
El
extraño silencio se quebró de pronto cuando uno de los médicos gimió:
—Gott
im Himmel! He encontrado uno —exclamó, extrayendo un piojo de su vello púbico—.
Lo único que hice fue dar una vuelta alrededor de una de esas miserables
cabañas y orinar, ¡y ahora tengo piojos!
Müller,
que se encontraba a un lado, y no había hablado desde hacía largo rato, se
sintió impulsado a decir en voz baja:
—Estás
muy tranquilo, Herr Sturmbannführer. Hasta ahora no te había visto tan
silencioso. Habitualmente, no paras de hablar. —Todas las miradas se volvieron
hacia el hombre de las SS, que se mantuvo rígido, sin dejar que su rostro
reflejara el impacto de la invectiva. Müller continuó hablando con una burlona
sonrisa—. ¿No tienes nada que decir, Hartung? ¿O es que te quedas sin voz en
cuanto te quitas tu ostentoso uniforme negro? ¿Sabes lo que nos has hecho a
todos? Nos has expuesto a una enfermedad ante la que corremos peligro de morir.
Y todo por tu ambición. Serías capaz de matar a tu propia madre con tal de
hacer progresar tu carrera. Pero voy a decirte algo. A partir de este día, ¡no
tienes el menor valor para mí! Yo mismo me ocuparé de que...
Müller
continuó hablando; expresaba toda su cólera y su temor, decía en voz alta lo
que todos los presentes pensaban, pero Maximilian Hartung no quiso oírlo. Su
delgado cuerpo musculoso se mantuvo erecto, con la mirada fija en algo que
podía verse a través de la ventana del despacho de Schmidt: el tejado de piedra
gris del hospital de Sofia.
Y
mientras mantenía la vista fija allí y ofrecía ante los demás el aspecto de un
halcón vengador, Maximilian Hartung se hizo en silencio una promesa mortal.
La
escena incluso habría resultado cómica de no haber estado matizada por el
temor. Toda la delegación se hallaba completamente desnuda en el despacho de
Dieter Schmidt, mientras sus ropas eran sometidas a un baño de vapor. En un
tenso silencio, se examinaron los unos a los otros en busca de piojos, sin
decir nada; se comportaban con dignidad, como si aquello no fuera el humillante
espectáculo que era en realidad.
Sofia
volvió a su pacífica existencia anterior. Szukalski, que se negó a recibir todo
el mérito de la victoria sobre la delegación alemana, explicó a las gentes de
Sofia:
—En
realidad, no fuimos nosotros quienes convertimos el engaño en un éxito, sino
los propios alemanes. Eso es precisamente con lo que más había contado, con el
hecho de que su temor a la enfermedad les impidiera examinar a los pacientes
con demasiada atención. Si no hubieran estado tan preocupados por su propia
seguridad, el doctor Müller y sus colegas habrían examinado más atentamente a
nuestras supuestas víctimas de tifus, y se habrían dado cuenta de que estaban
haciendo una buena actuación. Pero, en lugar de hacerlo así, los precavidos
alemanes se limitaron a confiar en los resultados de la prueba de WeilFelix,
satisfechos con la idea de que si eran ellos mismos los que obtenían las
muestras de sangre y llevaban a cabo los análisis, el resultado, fuera cual
fuese, tenía que ser correcto. Así que, amigos míos, irónicamente no fuimos
nosotros los que nos salvamos de los alemanes, sino ellos mismos los que nos
salvaron.
Volvieron
a su rutina habitual, como si no se hubiera producido ninguna interrupción.
Maria y Jan continuaron inyectando su vacuna Proteus, y Hans y Anna siguieron
preparando nuevos lotes en la cripta de la iglesia. El resto del verano
transcurrió como en un sueño, tranquilo y libre de las pesadillas de la guerra,
que devastaba todas las ciudades y pueblos de Polonia. Szukalski seguía
presentando sus informes diarios a Schmidt. La epidemia seguía el curso
esperado. Y las gentes de Sofia continuaron aparentando hallarse afectadas por
la peor epidemia de tifus que se hubiera padecido nunca en Polonia.
Poco
después de su regreso a Varsovia, Maximilian Hartung recibió órdenes de
traslado de su puesto de comandante del Einsatzgruppe al de subcomandante de un
campo de exterminio existente en Majdanek, cerca de Lublin.
Asumió
el puesto de subcomandante con su dignidad característica y no tardó en
descubrir, para su cruel satisfacción, que Majdanek era el escape perfecto para
la cólera y el odio que se habían apoderado de él desde su vergonzosa derrota.
La crueldad que demostró en ese campo no tardó en hacerle ganar un sobrenombre
que llevaría consigo hasta su muerte: «el Diablo Perro de Majdanek».
A
finales de 1943 ya estaba claro que su carrera en el Reich terminaría en cuanto
el frente oriental se desmoronara bajo el avance ruso. Y así, Max Hartung vio
su única oportunidad en el crematorio de Majdanek.
Y
fue de aquéllos a los que reducía a cenizas de los que fue acumulando y
atesorando un montón de diamantes y de oro.
La
primavera de 1944 trajo a Polonia la promesa de una nueva vida, a medida que el
Ejército Rojo empujaba a los alemanes hacia su país. Los nazis estaban
perdiendo la guerra. Por todas las ciudades y pueblos de Polonia se extendía el
rumor de que el fin de la guerra podía estar cerca, y Sofia fue una de aquellas
ciudades donde la posibilidad de verse liberados de los alemanes rejuveneció el
ánimo y la esperanza de sus habitantes.
Jan
Szukalski estaba de pie, ante la ventana de su despacho; contemplaba los
edificios bañados por el sol y las nuevas hojas que brotaban en los árboles y
recordaba un día similar a éste, hacía ya un año, en que había salido del
pueblo de Slavsko en compañía de la delegación alemana. Recordó ahora el terror
que había experimentado en aquellos momentos, y se maravillaba ante la
diferencia existente entre aquel día y éste.
Porque
hoy podía contemplar retrospectivamente aquellos dos años y medio en que había
actuado su «epidemia» y saber que habían salido victoriosos.
—Mañana
me marcho a Cracovia —le dijo en voz baja a María Duszynska, que se encontraba
a pocos pasos por detrás de él—. Para asistir a esa conferencia sobre
enfermedades infecciosas de la que te hablé. Schmidt me ha dado un permiso de
viaje.
—Me
sorprende.
—A
mí no. Le dije que iba a ver si se había descubierto alguna forma nueva de
detener la epidemia.
—¿Estarás
fuera mucho tiempo?
—Creo
que no. Sólo los dos días que dure la conferencia. Pero necesitaré ir a
Sandomierz para tomar el tren, y no sé cuánto tiempo puede durar eso. El padre
Wajda me conducirá hasta los límites de la zona declarada en cuarentena. Desde
allí, podré acercarme caminando hasta la estación. — Szukalski se apartó de la
ventana y le sonrió a Duszynska. Hoy se sentía muy bien—. Resulta muy extraño,
¿verdad? Me refiero a los dos años y medio de libertad de los nazis.
Maria
le devolvió la sonrisa. El dolor que le había ocasionado Maximilian Hartung ya
había desaparecido desde hacía tiempo. Después de su ignominiosa partida de
Sofia, descubrió incluso que el conocer la verdad sobre él le había producido
una nueva alegría en su vida en el hospital, donde trabajaba al lado de
Szukalski.
—No
te confíes demasiado, Jan. Todavía podrían descubrirnos.
—Sí,
lo sé. Pero en estos tiempos, Maria, ya no corremos el riesgo de perder toda la
ciudad, como ocurría hace un año. Ahora, los nazis están retrocediendo, están a
la defensiva. Hitler necesita de todos los hombres disponibles para luchar en
los dos frentes. No creo que pueda dedicar soldados y artillería para
molestarse en borrar del mapa una ciudad insignificante. No, ahora ya no.
—Pero
seguimos corriendo peligro.
—Claro
que sí. Siempre hemos estado en peligro, y posiblemente siempre lo estemos.
Pero ése es un riesgo que ninguno de nosotros hemos permitido que nos
acobardara. De eso se trata, precisamente, cuando se es un partisano.
—Te
gusta esa palabra, ¿verdad? Te gusta la idea de haber sido un partisano.
—Nadie
sabrá nunca lo orgulloso que me he sentido de poder luchar por mi país. Eso ha
hecho algo por mí, aquí —dijo, señalándose el pecho.
—Hay
algo de extraño en todo esto. Nunca podremos compartir la experiencia de
nuestra batalla. Nunca sabrá nadie la batalla que ganamos sin haber tenido que
disparar un tiro.
—Hemos
salvado miles de vidas, Maria, y eso es lo único que realmente importa.
Volvió
a mirar por la ventana; contemplaba las flores que empezaban a florecer.
El
padre Wajda condujo a Szukalski hasta los límites de la zona declarada en
cuarentena.
Al
llegar al puesto de control instalado en la carretera, Szukalski mostró su
permiso de viaje al guardia de servicio y luego, pacientemente, soportó que le
rociaran con DDT en los pantalones y el cuello. También le abrieron y rociaron
la pequeña maleta que llevaba.
Antes
de echar a caminar por la carretera, Szukalski se volvió hacia el padre Wajda.
—Piotr,
ven a buscarme aquí pasado mañana al mediodía.
Luego,
caminó los cuatro kilómetros que separaban el puesto de control de la estación
de Sandomierz, donde, dos horas más tarde, subió al tren que le llevaría a
Cracovia.
Cracovia
había cambiado.
Había
tanques y artillería por todas partes. Los soldados que había en las calles
superaban en número a los civiles. Se veían cristales rotos por las calles,
como prueba de la lucha planteada por la Resistencia. Había edificios cubiertos
con tablas, jardines descuidados, coléricas pintadas que desfiguraban los
muros.
Pero
lo que se había alterado no era tanto el carácter físico de la ciudad, ya que,
en realidad, Cracovia se había ahorrado buena parte de la devastación que había
demolido otras ciudades polacas. Lo que realmente sorprendió a Szukalski fue
más bien el ambiente que se respiraba. Mientras que los habitantes de la
pacífica Sofía habían podido seguir llevando una vida normal en su mayor parte,
las gentes de Cracovia habían tenido que sufrir todo el peso de la ocupación
nazi.
Mientras
recordaba la feliz infancia que había pasado aquí, Szukalski caminó
solemnemente ante el palacio Czartoryski, y recordó a los estudiantes
universitarios que paseaban por estas mismas aceras y tocaban sus violines y
acordeones, para conseguir un groszy. Al entrar en Rynek, la gran plaza
empedrada situada en el centro de la ciudad, no vio a los soldados que se
encontraban en ella ni los tanques cubiertos de barro, sino sólo los
estandartes y las estatuas de los apóstoles en un día de Corpus Christi, en el
que se había arrodillado y rezado junto con sus padres.
Cuando
la mirada de Szukalski se fijó en la imponente estructura del ayuntamiento, no
vio los rojos estandartes nazis, sino más bien el mercado de las flores que
antes se levantaba allí, y se imaginó a su madre tal como recordaba haberla
visto, mientras se detenía para elegir un pequeño ramillete de flores.
Szukalski
se dio media vuelta y siguió caminando. Podía comprobar que era una Cracovia
diferente. Aquella en la que él había nacido y se había educado ya no existía.
Se
acercó a los muros del Kazimierz, cubiertos con la pintura amarilla y las
vergonzosas condenas de los antisemitas. Las alambradas coronaban sus macizos
muros, y Szukalski recordó los tiempos en que él y su madre habían recorrido el
mercado judío, y cómo se había sentido fascinado por las figuras vestidas con
largos abrigos negros, sombreros de piel y trenzas ensortijadas sobre cada
oreja. Ahora, aquellos judíos habían desaparecido. Jan lo sabía muy bien. Este
gheto ya no estaba habitado. Según las estadísticas de 1939, las últimas de las
que había tenido noticia, en este gheto se apelotonaban cincuenta mil judíos.
Hoy, sólo debía quedar un puñado, como consecuencia de los campos de la muerte
y la solución final.
Jan
Szukalski se dirigió hacia la universidad Jagellonia, donde al día siguiente se
celebraría la conferencia. Como quiera que desde 1939 se habían clausurado
todas las instituciones polacas de enseñanza, la ilustre universidad de
Cracovia también había sido cerrada, al darse por concluida toda educación
superior para los polacos. Pero esta conferencia estaba patrocinada por los
propios alemanes, la mayoría de los asistentes serían alemanes y, en
consecuencia, se había reabierto para la sesión una de las salas de la vieja
universidad.
Al
ver la estatua de Kosciuszko en la colina Wawel, nuevos recuerdos dolorosos
acudieron a su memoria. Aquellos días en que se sentaba bajo las sombras de los
muros del siglo XIV, para estudiar sus libros de medicina. Cómo se había
ausentado en ocasiones de las clases para ir a esquiar a las montañas Tatra.
Cómo había conocido a Kataryna en el pequeño café situado al otro lado de la
calle, precisamente el día después de recibir su diploma de médico.
Pero
Szukalski sabía que no le sentaba bien recordar aquellos otros tiempos felices.
Había acudido a Cracovia por una razón importante, y no podía permitirse el
lujo de la nostalgia.
Como
la mayoría de hoteles estaban cerrados o prohibidos para los polacos, el doctor
Szukalski tuvo que aceptar una pequeña habitación en una casa privada que
admitía huéspedes a cambio de ingresos económicos. Después de pagar la
escandalosa suma de tres zloty a la mujer de la casa, que habría preferido
recibir marcos alemanes, Szukalski se retiró a descansar.
En
el anfiteatro donde se celebraba la conferencia sobre enfermedades infecciosas,
Jan se sintió en un principio complacido al ver un número de asistentes tan
elevado. Pero tras un examen más atento y observar que se usaba continuamente
la lengua alemana, se dio cuenta de que no habría muchos médicos polacos o
checos. Tomó asiento al final de la sala y se preguntó dónde estarían ahora sus
colegas de los tiempos de Cracovia.
Abrió
el programa y leyó la lista de conferencias que se leerían ante la asamblea. La
cuarta llamó su atención. Decía: «Fijación del complemento en la rickettiosis».
Después
de estudiar el título durante un momento, Szukalski extrajo una pluma del
bolsillo y trazó un círculo alrededor. La conferencia sería leída por su autor,
un destacado microbiólogo de Berlín, a las diez de la mañana. Jan aún tenía que
esperar dos horas.
Leyó
el título una vez más y notó cómo se le tensaba el cuerpo. El tifus era una
rickettiosis. Siguió leyendo la lista y su mirada se detuvo de nuevo. «Estudios
de aglutinación rickettsiótica en la fiebre tifoidea.» Esa conferencia se
leería antes del mediodía.
Jan
observó la sala. La mayoría de los asientos estaban ocupados, el público
asistente se instalaba y los médicos hablaban tranquilamente entre ellos, en
murmullos.
Trazó
un nuevo círculo alrededor de este segundo título y leyó el resto de las
conferencias de la lista. El resto del programa se componía de tópicos sobre la
fiebre tifoidea, la hepatitis y el cólera. Pero éstas no tenían para Szukalski
tanto interés como las dos conferencias que había marcado. En realidad, eran la
única razón de su presencia aquí, para descubrir qué cambios se habían
producido en el mundo en lo referente al control de las enfermedades
infecciosas.
Empezaron
los discursos de inauguración, y Jan permaneció sentado y un tanto ausente,
apenas oía las disertaciones bien preparadas. Se dedicó una vez más a recordar
los tiempos en que se sentaba en este mismo anfiteatro y tomaba apresuradamente
notas como un estudiante novato de medicina.
A
las diez, volvió a dedicar toda su atención al estrado situado en la parte de
abajo, y se inclinó hacia adelante, con interés, cuando el científico alemán
ocupó su puesto ante el atril. Al leer su conferencia sobre «Fijación del
complemento en la rickettiosis», el hombre se explayó durante unos minutos
sobre su método de estudio y el número de casos que tenía para informar.
—La
prueba es positiva en casi todos los casos clínicos de tifus, y se correlaciona
al cien por cien con la prueba de WeilFelix en casos clínicamente positivos de
tifus. En mi serie no ha aparecido ningún resultado positivo falso.
El
hombre terminó su conferencia, descendió del estrado y Szukalski aplaudió junto
con todos los demás. Durante las dos conferencias siguientes, no distrajo su
mente, como había hecho antes, ya que ahora tenía algo mucho más importante en
lo que reflexionar. Jan oía una y otra vez en su mente las últimas palabras del
microbiólogo de Berlín: «En mi serie no ha aparecido ningún resultado positivo
falso».
Finalmente,
subió a hablar el otro científico al que esperaba oír. Jan se inclinó hacia
adelante, tenso y rígido.
De
la misma manera que los oradores anteriores, este hombre se extendió primero
sobre sus teorías y métodos de investigación y, tras lo que a Szukalski le
pareció una espera angustiosa, concluyó con lo que Jan esperaba oír.
—La
prueba es de un gran valor para diferenciar entre tifus murino y el
exantemático. Se han empleado tanto la prueba de aglutinación rickettésica,
como la prueba específica de fijación del complemento de las rickettesias, y
pueden eliminarse los resultados positivos falsos encontrados a veces con otras
pruebas.
Szukalski
se arrellanó en su asiento. La sala le pareció que quedaba mortalmente
silenciosa, a pesar de que todos los asistentes aplaudían y se volvían los unos
hacia los otros para hacer sus comentarios. Tras escuchar las últimas palabras
del orador, Jan Szukalski había quedado sordo a cualquier otra cosa.
«...
pueden eliminarse los resultados positivos falsos encontrados a veces con otras
pruebas...»
Se
dio cuenta de que se levantaba y se dirigía apresuradamente hacia la salida más
cercana. En el pasillo vacío, justo fuera del anfiteatro, se detuvo un instante
para apoyarse contra la pared y digerir aquellas palabras. Eso era. Por eso
había venido a Cracovia.
Ahora
se podía comprobar la prueba de WeilFelix. Y cualquier prueba que no procediera
de un verdadero paciente de tifus sería inevitablemente negativa. Ahora, los
alemanes disponían de los elementos y la capacidad para darse cuenta de cómo
les habían falsificado las muestras de sangre obtenidas en Sofia. Y no
tardarían en descubrir el engaño.
Jan
se habría marchado inmediatamente de no haber sido por una cuestión importante
que seguía sin encontrar respuesta, y como esa respuesta constituía el factor
más crucial para su siguiente plan de acción, Szukalski supo que debería
quedarse un poco más.
En
la pausa del mediodía habría un almuerzo para todos los médicos asistentes y,
aunque le costó no pocos esfuerzos, pudo asegurarse un puesto en la misma mesa
donde se sentaron los dos especialistas en rickettesias. Y fue durante una
conversación amigable cuando encontró la oportunidad de plantear su pregunta.
Estaban
comiendo blintzes con crema agria, y discutían sobre los más recientes avances
en tecnología médica. Szukalski, que hasta entonces apenas había participado en
la conversación, lo hizo ahora con amabilidad, se inclinó hacia adelante y se
dirigió a los dos hombres.
—Estoy
muy interesado en sus estudios, meine Herren. ¿Pueden decirme cuánto tiempo se
tardará en generalizar el uso de su prueba de aglutinación y su prueba de
fijación del complemento?
—Creo
que en el término de unos pocos meses —contestó el microbiólogo de Berlín—. Las
pruebas han sido algo tediosas y caras, pero no cabe la menor duda de que son
exactas cuando se trata de establecer un diagnóstico.
Jan
Szukalski dejó caer las manos por debajo de la mesa y se las retorció. Trató de
que su voz sonara con normalidad.
—¿Y
pueden decirme, caballeros, durante cuánto tiempo permanecen positivas esas
pruebas?
Ahora
fue el otro científico el que contestó; dijo con una sonrisa:
—Nuestras
pruebas cuentan aquí con una ventaja que no tienen las otras. Como debe saber,
Herr Doktor, la concentración de WeilFelix suele desaparecer tres meses después
de la enfermedad, de modo que ya no sirve para analizar la sangre de un
paciente de tifus seis meses más tarde. No obstante, con la prueba de la
fijación del complemento existirá una elevada concentración durante muchos
meses. Posiblemente, durante años.
Szukalski
miró fijamente a los dos hombres. Tenía las manos tan fuertemente apretadas,
que le dolían. «Posiblemente, durante años.» Lo suficiente como para regresar a
Sofia, volver a comprobar a los supuestos pacientes de tifus y descubrir que ni
uno solo de ellos había tenido en realidad la enfermedad...
—Quisiera
felicitarles por sus estudios —se oyó decir a sí mismo, extrañado al darse
cuenta de que aún tenía capacidad para sonreír—. Son muy admirables.
No
se quedó a participar en el resto de la conferencia y abandonó Cracovia con la
mente preocupada y el corazón sombrío. Ya antes de acudir aquí sabía que podía
descubrir algo que les daría mucho que pensar tanto a él como a María. Pero no
estaba preparado para oír una información tan explosiva.
Ahora,
no sólo se podía comprobar por partida doble la prueba de WeilFelix y descubrir
su antígeno artificialmente inducido, sino que además se podían comprobar los
casos anteriores de tifus. Y con pruebas que eran irrefutables.
«Creo
que el uso de las pruebas se generalizará en el término de unos pocos meses.»
Aunque
Szukalski abandonó Cracovia con una mente preocupada, también se marchó
creyendo que ninguno de sus colegas en este campo había asistido al simposio.
Pero en eso se equivocaba. Uno de ellos había asistido, un hombre llamado Fritz
Müller.
25
Finalmente,
el momento que habían estado esperando durante dos años y medio había llegado.
Los
conspiradores se sentaron en su círculo familiar, en la cripta de la iglesia, y
observaban a la débil luz los rostros de los que tanto habían aprendido a
querer y respetar. Los riesgos que habían afrontado juntos habían creado entre
los cinco un fuerte vínculo de unión, de tal modo que ahora se sentían como si
pertenecieran a una hermandad especial. Y como sabían que esa hora terminaría
por llegar, la tristeza de sus corazones iba a la par con la tristeza que
percibieron en la voz de Jan Szukalski.
—Así
que eso es todo, amigos míos. Todo lo que he podido averiguar en Cracovia.
Parece ser que los milagros de la ciencia han terminado por crear una forma de
poner nuestro engaño al descubierto. Al utilizar la nueva prueba de fijación
del complemento, los alemanes se darán cuenta de que hemos estado creando
deliberadamente resultados positivos falsos. Y no creo que nos queden más de
dos meses, antes de que seamos descubiertos.
El
temor y la incertidumbre creados por las noticias se suavizaron un tanto al oír
el informe de Szukalski sobre las condiciones de vida en Cracovia y las
conversaciones que había podido oír sobre los campos de concentración. Aunque
el resto de Polonia había sufrido terriblemente bajo los nazis durante aquellos
dos años y medio, Sofia se había ahorrado lo peor. Este pequeño consuelo, el
conocimiento de su incalculable victoria, les ayudó a afrontar la derrota que
ahora sabían cercana.
—¿Qué
haremos ahora? —preguntó Hans.
Antes
de contestar, Szukalski sopesó sus palabras. Se levantó de la silla y se volvió
hacia los cuatro rostros que le miraban, pensó un momento antes de hablar en
voz baja.
—Tendremos
que preparar planes para escapar.
Anna
se quedó con la boca abierta.
—¿Quiere
decir, abandonar Sofia? —preguntó el padre Wajda.
Jan
se volvió hacia su amigo y le sonrió.
—Lo
has sabido durante todo este tiempo, Piotr. No finjas ahora sentirte
sorprendido.
—Jan,
siempre hemos dicho que nunca abandonaríamos la ciudad —dijo el sacerdote, que
hablaba con lentitud—. ¿Por qué hablar ahora de hacerlo?
—No
estoy hablando de abandonarla, Piotr, sino de dar por terminada la epidemia y
luego marcharnos. Hay una gran diferencia. Si terminamos nosotros mismos la
epidemia, antes de que los alemanes descubran nuestro engaño, existen
posibilidades de que nunca lleguen a saberlo. No podíamos marcharnos antes,
porque en tal caso Sofia habría vuelto a encontrarse en la misma situación que
existía cuando todo empezó; los alemanes requisarían la comida, despacharían a
los indeseables, etcétera. Pero no creo que eso pueda suceder ahora. Los rusos
se acercan más cada día que pasa y los nazis no hacen más que retroceder.
Llegará el día en que podrá levantarse la cuarentena y, a pesar de todo, la
ciudad seguirá estando a salvo. Y creo que ese momento está cercano.
—Pero
no podemos levantarnos y marcharnos...
—No,
Piotr, no podemos. Y no lo haremos. No todos nosotros, ni todos al mismo
tiempo. En primer lugar, tenemos que disminuir la amplitud de la epidemia de
una forma que no levante sospechas. Recuerda que debemos intentar evitar que
los alemanes utilicen la prueba de fijación del complemento con nuestras
muestras, y creo que la única razón por la que harían algo así sería en el caso
de que se despertaran sus sospechas. Creo que sí hacemos que la epidemia
parezca que sigue su curso natural hasta terminar, los alemanes se olvidarán de
nosotros.
—Jan.
—¿Sí?
—preguntó él mientras miraba a Maria.
—En
ese caso, ¿por qué tenemos que marcharnos? Si los nazis están retrocediendo, y
si parece como si los rusos, en cierto sentido, nos estuvieran liberando, ¿por
qué marcharnos? Podemos reducir la epidemia hasta darla por terminada, luego
levantarán la cuarentena y, sin embargo, todos estaremos a salvo de...
Szukalski
negó con la cabeza.
—Eso
fue lo mismo que yo pensé al principio, pero después pensé en ciertas personas.
—Jan, para resaltar su pensamiento, levantó la mano derecha y señaló con un
dedo hacia el techo—. Dieter Schmidt es un hombre inclinado a la venganza. Eso
es algo que he sabido desde hace tiempo. No se ha sentido nada contento con
Maria y conmigo desde que se inició la epidemia, y sé que sólo espera a que
llegue su oportunidad para poder lanzarse sobre nosotros por lo mal que se lo
hemos hecho pasar aquí. Está esperando a que se levante la cuarentena, a que
llegue el día en que ya no nos necesite más.
—Has
hablado de ciertas personas... —murmuró el padre Wajda, que ya sabía lo que iba
a decir Szukalski.
—Maximilian
Hartung. Todos sabemos que se marchó de Sofia con ánimo de venganza en su
corazón. Una vez que sepa que puede regresar con seguridad, creo que lo hará.
—Pero
¿por qué? —preguntó Anna—. Por todo lo que sabe, la epidemia era auténtica.
—Sí,
pero estoy seguro de que nos considera responsables de su humillación. Quizás
esté equivocado, pero no quisiera tener que poner a prueba mi teoría. En
cualquier caso, amigos míos, creo que ha llegado el momento de que algunos de
nosotros abandonemos Sofia.
Sus
palabras dejaron en el ambiente un incómodo silencio. En todas las miradas se
reflejaba un abierto recelo. El ligero zumbido de la incubadora y de las
bombillas eléctricas parecía llenar la estancia, mientras que los obispos, en
sus sarcófagos, seguían su sueño imperturbable durante la noche. Finalmente,
tras un silencio prolongado e incómodo, el padre Wajda dijo:
—Yo
tengo que quedarme, Jan.
—Sí,
lo sé. Y yo también me quedaré. Somos necesarios aquí, y nuestra partida
despertaría sospechas.
—Yo
también quiero quedarme —susurró Maria.
Pero
Szukalski negó con la cabeza.
—Tú
tienes que marcharte, Maria, y también Hans y Anna. —Cuando Kepler quiso decir
algo, Szukalski le pidió silencio con una mano—. He tomado la decisión y no
habrá discusión sobre esto. Tú y Anna ya no sois necesarios aquí, Hans, puesto
que disponemos de vacuna suficiente para que nos dure hasta el verano. Después
de eso, ya no habrá epidemia, y tampoco tendréis nada que hacer aquí. Y tú,
Maria, debes marcharte porque ésta será la única oportunidad que se te presente
de hacerlo sín levantar sospechas. Y ahora, amigos míos, sólo espero de
vosotros la más completa cooperación. Hemos trabajado muy bien juntos durante
dos años y medio, y sería una pena que nos pusiéramos a discutir ahora sobre
ese tema. —Les sonrió a todos animosamente, deseaba poder decir algo más a cada
uno de ellos—. Pensad en lo que os he dicho, y regresad mañana por la noche.
Tendremos que hacer planes para escapar.
Algo
había estado preocupando a Fritz Müller desde que abandonara el simposio sobre
enfermedades infecciosas en Cracovia.
Ahora,
sentado en su despacho de Varsovia, en el laboratorio central, pensó de nuevo
en el hecho de haber visto a Jan Szukalski abandonar el simposio en un estado
que le pareció bastante agitado.
Fritz
había espiado a Szukalski justo antes de que empezaran las conferencias en el
anfiteatro, y había tomado buena nota mental de acercarse a él durante la pausa
para almorzar. Como médico con gran autoestima, Müller se había sentido
perturbado durante más de un año por el desastre en el que había tenido la
desgracia de participar, en Sofia, y hacía tiempo que deseaba expresarle
personalmente a Szukalski lo mucho que lamentaba todo lo que había ocurrido.
Aunque era alemán y miembro del partido nazi, Fritz Müller también era miembro
de la fraternidad médica, y sentía un cierto respeto por Jan Szukalski, a pesar
del hecho de que fuera polaco.
Posiblemente,
Fritz Müller habría descartado todo el asunto en el caso de que Jan Szukalski
se hubiera quedado para asistir al resto del simposio, y de haber tenido una
oportunidad de hablar con él de una manera informal. Pero el polaco había
desaparecido tras el almuerzo, y no había vuelto al anfiteatro.
Antes
de la lectura de las dos conferencias sobre el tifus, había observado que Jan
Szukalski parecía encontrarse relajado y tranquilo. Después, había almorzado en
la misma mesa donde lo hicieron los autores de aquellas dos disertaciones
específicas; su rostro y su actitud delataban un cierto nerviosismo.
Inmediatamente después de eso, había desaparecido.
Ahora,
en su despacho, Fritz Müller volvió a leer los títulos de aquellas dos
conferencias y comprendió por fin la causa de la aparente angustia de
Szukalski. Ahora existían pruebas nuevas y más definitivas sobre la existencia
del tifus.
Müller
tamborileó con la pluma sobre la mesa, pensativo. Quizás fuera todo producto de
su imaginación. Quizás lo que había alterado la actitud de Szukalski ese día
fuera algo totalmente diferente. Pero el médico jefe del laboratorio central
controlado por los alemanes, en Varsovia, estaba decidido a descubrir con
seguridad cuál había sido la verdadera causa de su partida tan precipitada.
Desgraciadamente,
Müller sabía que tendrían que transcurrir por lo menos dos meses antes de poder
conseguir el equipo y los reactivos que necesitaba para llevar a cabo las
pruebas de fijación del complemento. De haber creído poderlos obtener
directamente a través de Berlín, habría acudido personalmente a recoger los
suministros necesarios para llevar a cabo las pruebas. Pero como no podía hacer
nada por el momento, tomó el teléfono y llamó al laboratorio.
—Quiero
que, a partir de ahora, conserven todas las muestras que lleguen de la zona de
cuarentena de Sofia. Dentro de unos dos meses llevaremos a cabo algunas pruebas
especiales con ellas.
Después
de colgar el teléfono, pensó en su viejo amigo Maximilian Hartung, a quien no
había visto y de quien no había tenido noticias desde que fuera trasladado a
Majdanek. Y, de repente, sintió ganas de volver a hablar con él.
Los
conspiradores se reunieron a la noche siguiente en la cripta de Saint Ambro.
—Maria,
quiero que estés preparada para marcharte a finales de esta misma semana. Voy a
decirle a Schmidt que te hemos descubierto cáncer, y que tienes que ir a
Varsovia para recibir tratamiento. No espero tener ningún problema para
conseguir tu permiso de viaje.
Ella
levantó la cabeza, con una mirada de pena y tristeza.
—Preferiría
quedarme —dijo en voz baja— y ver cómo esto llega hasta el final. No tengo
miedo.
—Sé
que no lo tienes. Pero ya lo has visto hasta el final. Hemos salvado de la
muerte a miles de personas, y ahora tenemos que salvarnos nosotros. Varsovia es
el mejor lugar para recibir tratamiento contra el cáncer. ¿Estarás preparada a
finales de semana?
—Sí
—susurró ella.
—Muy
bien. —Szukalski se aclaró la garganta y tuvo que hacer un esfuerzo para
apartar la mirada de sus ojos muy abiertos y fijos en él—. ¿Hans? ¿Se te ha
ocurrido alguna cosa?
—Sí,
doctor. —Kepler se inclinó y tomó la mano de Anna—. Anna y yo hemos elaborado
un plan. Nos marcharemos el sábado por la noche.
—Muy
bien —asintió Szukalski con expresión pensativa—. Bueno... —volvió a decir. Se
giró para mirar al padre Wajda, que estaba sentado, con aire ausente, y le
preguntó—: ¿Piotr?
—Sé
cuál es mi trabajo, Jan —contestó el sacerdote con una débil sonrisa.
Los
dos hombres se quedaron mirando durante largo rato.
Maximilian
Hartung hervía de cólera y odio después de leer la carta que acababa de recibir
de Fritz Müller.
Sturmbannführer
de las SS Maximilian Hartung; KZL de Majdanek:
Querido
Max:
Posiblemente
te deba, después de todo, una disculpa por la forma en que te traté en Sofia, y
especialmente por haber sido el responsable de tu relevo del mando del
Einsatzgruppe. Recientemente, estuve en Cracovia...
En
el sombrío despacho que ocupaba en el infierno que era Majdanek, Maximilian
continuó mirando fijamente la carta durante largo rato después de haberla
leído. Había tanta rabia en su alma que, por un momento, incluso le resultó
dificil pensar con cierta coherencia.
Había
sufrido la degradación de Majdanek durante un año entero, en que se encargó
personalmente de enviar a la muerte a cincuenta mil judíos y otros considerados
por el Reich como subhumanos. Durante todo ese tiempo, revivió una y otra vez
aquel día tan humillante en Sofia.
Deseaba
vengarse.
Al
cabo de un rato, Hartung pudo recuperarse y escribirle una respuesta a Müller.
Querido
Fritz:
Si
descubrieras, como sospechas, que las pruebas de fijación suplementaria que se
realicen con las muestras procedentes de Sofia son negativas, no informes de
eso a Szukalski. Continúa haciéndole llegar resultados positivos, para que no
sospechen que hemos descubierto su engaño.
Deseo
aplastarles personalmente las cabezas contra el empedrado de su pintoresca
plaza. Especialmente a ese miserable bastardo de Szukalski y a ese santurrón
sacerdote amigo suyo. Espero tener noticias tuyas en cuanto queden confirmadas
tus sospechas.
Max
Los
cinco se vieron envueltos por un estado de ánimo como no habían experimentado
nunca, y ninguno de ellos, en esta desgraciada noche de sábado, podría haber
expresado con palabras lo que sentía.
Szukalski
miró a Maria, que estaba de pie ante él, en la cripta, con un abrigo sobre un
brazo y una pequeña maleta bajo el otro. Tenía que aparentar que sólo estaría
fuera durante una semana, pues eso era todo lo que Schmidt estaba dispuesto a
permitir. El padre Wajda la conduciría hasta el puesto de control de la
cuarentena situado al norte, desde donde tendría que recorrer un corto trayecto
hasta el tren que la llevaría a Varsovia.
Szukalski
y Duszynska se miraron el uno al otro en aquel ambiente medieval, incapaces de
decir nada durante un rato.
Entre
las sombras, Hans Kepler se agitó, inquieto.
—Dieter
Schmidt no sospecha nada —le dijo el padre Wajda, tranquilizándole—. Por lo que
a él se refiere, todo sigue su curso normal. Los rusos pueden estar a
trescientos kilómetros al este, y los aliados ya se aproximan por el oeste,
pero Schmidt sigue confiando en que nada va a cambiar. Ese hombre o está ciego
o es un iluso.
—Adiós,
Jan —dijo Maria en voz baja, con el rostro tan cerca del suyo que pudo sentir
la respiración de Jan en sus ojos.
Szukalski
le tomó la mano y se la apretó cálidamente. Después de soltársela, dijo:
—Ha
llegado el momento, Maria, de que iniciemos nuestros caminos separados. Te
deseo seguridad y suerte, doctora Duszynska. Y quisiera poderte entregar una
medalla o...
—Por
el momento, me contentaré con llegar al puesto de control del norte —dijo ella
con una sonrisa forzada.
—¿Qué
harás cuando llegues a Varsovia?
—No
lo sé. Antes tenía muchos amigos allí, y algunos familiares. Pero ¿quién sabe
si continúan allí, o si todavía existe esa ciudad? Por lo que he oído decir,
regreso a una Varsovia muy diferente a la que conocí hace cinco años.
—¿Es
ése todo el tiempo que ha pasado? ¿Cinco años?
—
Sí, Jan, cinco años desde que llegué por primera vez a tu despacho y
desaprobaste mi presencia porque era una mujer. —Szukalski enarcó las cejas—.
¿Crees que no me di cuenta? Pero no importa, Jan, el pasado ya es pasado.
Ahora, todos nosotros tenemos que encontrar un futuro que nos permita resistir
durante un poco más de tiempo. Si logro llegar a Varsovia, intentaré ponerme en
contacto contigo...
—No
lo hagas, Maria. No es seguro. Una vez que hayas estado fuera más de lo que
indica tu permiso, Dieter Schmidt empezará a preguntar por ti. Luego, me
vigilará como un halcón para ver si recibo noticias tuyas. Es mucho mejor que
no nos comuniquemos.
—Pero,
una vez que termine la guerra...
—Si
es que termina. Ya veremos, Maria.
Sorprendido
al darse cuenta de que ese momento era tan triste para él, Szukalski se apartó
bruscamente de Maria y se aclaró la garganta para dirigirse a Kepler.
—Hans,
parece como si hubieras decidido regresar al combate.
El
joven salió de entre las sombras y los otros cuatro pudieron ver el uniforme
gris de las Waffen SS con el que había acudido a la iglesia. Estaba tan limpio
y perfecto como el día en que se lo había quitado.
—Sí,
doctor, a mi propia batalla. Anna y yo hemos decidido intentar escapar por
Rumanía. Creo que ésa es nuestra mejor oportunidad.
—A
través de las montañas y los bosques —dijo el padre Wajda.
—Sí,
padre, pero estamos en primavera, y Anna y yo podremos hacerlo.
—¿Cómo
os proponéis salir de Sofia? —preguntó Szukalski. —Esta noche requisaré una
motocicleta de Dieter Schmidt.
—¿Requisarás?
—Sí
—asintió con una sonrisa, mostraba en la mano un trozo de tubería de plomo.
—Sí,
ya veo —asintió Szukalski lentamente. Recordó la mañana en que había entrado en
su despacho. En aquel entonces se había encontrado ante un soldado extrañamente
joven y vulnerable. En aquellos dos años y medio Hans Kepler había madurado. De
nuevo recién afeitado, se había convertido ahora en un joven atractivo, con una
expresión de sabiduría en la mirada y una nueva madurez que se percibía en su
porte erguido, de hombros cuadrados—. Sí... —volvió a decir Szukalski. Se tomó
un momento para volver a mirar los rostros de sus amigos, y luego añadió con
voz suave—: Es muy posible que, fuera de esta ciudad, nadie llegue a saber lo
que hicimos aquí durante dos años y medio. Sólo los propios habitantes de Sofia
sabrán cómo los salvamos o de qué. Pero quiero que todos sepáis lo muy
orgulloso que me siento al haber podido estar a vuestro lado y luchar por
nuestro pueblo. —Se le atragantó la voz mientras hablaba, y tuvo que detenerse
para recuperar el control sobre ella—. Como sucede con todas las cosas buenas, el
principio es difícil e incierto, y el final es doloroso. A partir de ahora,
cada uno cuidará de sí mismo, y Dios de todos nosotros.
Intercambiaron
fuertes abrazos, se desearon buena suerte y, uno tras otro, fueron abandonando
la cripta para seguir sus destinos separados.
El
Rottenführer Hans Kepler, de las SS, se encontraba bajo las sombras de la
estatua de Kosciuszko, en la plaza de la ciudad; observaba al guardia apostado
a la entrada del garaje, que marchaba primero hacia un lado y luego hacia el
otro, delante de la puerta cerrada. Se trataba de un pequeño edificio adyacente
al cuartel general nazi, que antes había sido garaje y establo para los
carruajes y caballos pertenecientes al municipio de Sofia, y que ahora se había
convertido en zona de almacenamiento de equipo militar, donde también se
guardaba el Mercedes de Schmidt. A la una de la madrugada había muy poca
actividad; todo estaba en paz y en silencio.
Finalmente,
sucedió lo que estaba esperando. Un guardia exterior llegó montado en una
motocicleta con sidecar, y se bajó para entregar su informe. El otro guardia
abrió la puerta que estaba cerrada con una cadena y le hizo señas al
motociclista para que se acercara a la bomba de gasolina para repostar. Después
de unos pocos minutos de charla con el guardia de la puerta, mientras llenaba
el tanque de combustible, el guardia exterior se dirigió al cuartel general.
La
puerta del garaje seguía abierta y ése fue el momento que eligió Kepler para
empezar a moverse. Cruzó rápidamente la plaza y se dirigió directamente hacia
el garaje, con rapidez, e hizo señas al asombrado guardia para que le siguiera,
al mismo tiempo que se llevaba un dedo a los labios para indicarle que guardara
absoluto silencio.
El
guardia de la puerta estaba visiblemente asombrado ante la repentina aparición
de un soldado extraño con uniforme de las Waffen SS, y amartilló la
subametralladora Erma al tiempo que echaba a correr tras el intruso.
Kepler
se dirigió directamente al taller de mantenimiento, se detuvo sólo un instante
para volverse hacia el guardia y susurrarle con voz ronca:
—
¡Vamos, hombre! ¡Aquí dentro hay un ladrón! ¡Vamos a cogerle!
Kepler
se precipitó en el oscuro taller y se ocultó en seguida tras la puerta. En
cuanto entró el guardia, Hans hizo girar el trozo de tubería de plomo con las
dos manos, y lo dirigió hacia la garganta del hombre. El guardia cayó
llevándose las manos a la laringe fracturada. Kepler le quitó el casco y le
propinó un segundo golpe sobre la nuca; murió instantáneamente.
Esperó
unos segundos dentro del taller, ahora mortalmente silencioso, únicamente
consciente de los fuertes latidos de su corazón. Después, tras serenar el
temblor de sus manos y asegurarse de que no había despertado la atención de
nadie, se dirigió rápidamente hacia la motocicleta, puso el motor en marcha y
salió por la puerta del garaje.
En
el puesto de control del norte, tras haber mostrado su permiso de viaje, Maria
resistió pacientemente la rociada con DDT. Luego, cruzó la línea y se detuvo un
momento para despedirse del padre Wajda, al que saludó con la mano.
El
sacerdote le devolvió el saludo, sonrió tristemente, y se quedó allí, viendo
cómo la doctora Duszynska echaba a caminar por la carretera donde terminaría
por unirse a las columnas de patéticos refugiados que se movían sin rumbo fijo
por toda Polonia.
Hans
Kepler no iba conduciendo a solas por el camino vecinal. En el sidecar se
sentaba otro soldado de las Waffen SS, también un Rottenführer, que llevaba un
uniforme exactamente como el suyo. En realidad, se trataba de su propio
uniforme, el de reserva que había traído consigo a Sofia, y en este amanecer
fresco, mientras conducía la motocicleta a través de los abedules y los álamos,
le pareció irónico que en un tiempo hubiera abrigado la idea de destruir los
dos uniformes. Ahora, bien podían servirles para salvar sus vidas. Y el color
gris le sentaba muy bien a Anna.
El
amanecer dio paso a una mañana clara y hermosa, y el sol primaveral se elevó
por encima de las crestas de las colinas de los Cárpatos. A pesar de la gran
fatiga que experimentaba, Hans se sentía libre y feliz. Habían viajado durante
toda la noche, y aún tenían que recorrer un largo trayecto antes de llegar a la
frontera rumana, pero el hecho de estar fuera de Sofia, fuera de los límites de
la cuarentena, le hacía tener la sensación de que su huida estaba asegurada.
—Creo
que será mejor empezar a buscar un lugar donde pasar el día —le dijo al soldado
que iba en el sidecar—. Preferiría evitar cualquier clase de contacto hasta que
estemos fuera de Polonia.
Al
viajar campo a través y por polvorientos caminos vecinales, habían podido
evitar los puestos de control y no se habían encontrado con un solo nazi. Pero
Hans sabía que, a medida que se adentraran en la zona montañosa, tendrían que
viajar por la carretera principal si es que querían seguir haciéndolo en la
motocicleta.
Un
bosquecillo de olmos, a un kilómetro del camino, parecía ofrecer una buena
protección ante los que pasaran por allí, y Kepler salió del camino y cruzó por
un ancho prado que se extendía hacia donde estaban los árboles. Aparcaron la
motocicleta bajo los árboles y la camuflaron con unas ramas. Luego, él y Anna
tomaron las pocas posesiones que llevaban consigo y se adentraron en la
espesura para encontrar un sitio donde descansar.
Un
ciervo asustado salió de pronto de su madriguera, entre los matojos; Kepler se
llevó la mano a la Luger, antes de darse cuenta de que no había el menor
peligro. Extendió la manta sobre el suelo cubierto de hierba, comieron los dos
un poco de queso y pan duro que traían consigo, y no tardaron en quedarse
dormidos, el uno en brazos del otro.
Se
despertaron a media mañana, y tras comer otro poco, deambularon por el
bosquecillo y disfrutaron de un día hermoso. Aunque todavía les esperaban sus
mayores peligros y pruebas, la joven pareja prefería no pensar en nada que no
fuera el momento presente. Cuando se cruzaron con una estrecha corriente de
agua helada procedente de los distantes Cárpatos, Hans se metió en ella y
consiguió atrapar dos peces con las manos.
Volvieron
a echarse a dormir por la tarde y se arriesgaron a encender un pequeño fuego
para cocinar el pescado; lo apagaron antes de que cayera la noche. Una vez que
todo estuvo a oscuras, los dos refugiados volvieron a cargar sus escasas
pertenencias en el sidecar de la motocicleta y regresaron a la carretera que
conducía a la frontera rumana.
A
esta hora avanzada de la noche había muy pocos viajeros en la carretera, y la
luna llena silueteaba las montañas en el cielo. Unos grandes bancos de nubes,
que se iban acumulando en el horizonte, daban al aire una sensación de tormenta
inminente, mientras Hans y Anna se dirigían hacia el último puesto de control
situado antes de la frontera.
Hans
vio los hilos telefónicos y decidió arriesgarse a tomarse el tiempo necesario
para cortarlos. El paso final y más crucial de su plan de huida dependía de una
sincronización exacta,
y de
su habilidad para convencer a los guardias de la frontera, aunque sólo fuera
por un momento, de la historia que les iban a contar. Así pues, detuvo la
motocicleta en un lugar que calculó debía de hallarse a unos cinco kilómetros
del puesto de control, subió al poste y cortó las líneas telegráficas y
telefónicas.
Las
manos de Kepler se fueron humedeciendo y la boca se le puso como una esponja
polvorienta al acercarse al puesto de guardia; la barrera bloqueaba el paso por
la puerta. El puesto se hallaba situado en un estrecho cañón para evitar
cualquier rodeo de su barricada, y Kepler se sintió de pronto como un salmón
atrapado en la red, cuya única salida consistía en seguir avanzando hacia los
guardias armados con subametralladoras, que ya habían oído el motor y que ahora
estaban preparados, a medida que se acercaba.
Hans
lo había previsto así y a partir de ese momento se entregó por completo a su
actuación.
—Heil
Hitler! —saludó a los guardias mientras sacaba la motocicleta de la carretera
adyacente al puesto de guardia.
Los
dos guardias, hombres del ejército regular, quedaron asombrados al ver a dos
hombres de las SS, y devolvieron el saludo con vivacidad.
—Heil
Hitler!
—Vengan
adentro —les dijo Kepler en tono perentorio.
Se
encaminó hacia el puesto de guardia como si estuviera al mando.
Los
extrañados soldados lo siguieron a la pequeña cabaña. Anna, sin decir nada,
bajó del sidecar pero cuidando de dar la espalda a los dos guardias, y fingió
dedicarse a descargar equipo de la motocicleta.
—Vamos
a relevarles inmediatamente de su puesto aquí —dijo Hans con voz autoritaria—.
Tienen que volver a presentarse inmediatamente en su compañía. Se está
produciendo una retirada organizada, o quizá debiera decir reagrupamiento en la
retaguardia. Los rusos han roto el frente por el río Zhrucz, y arrollarán toda
esta zona en veinticuatro horas. Y no hacen prisioneros.
Una
expresión de terror apareció en los rostros de los dos guardias.
—A
las SS se nos ha encargado resistir hasta el último hombre, así que ya pueden
largarse de aquí mientras estén a tiempo.
—Sí,
desde luego, Herr Rottenführer. Iré a por nuestra motocicleta.
Uno
de los guardias salió del cobertizo y pasó tras una barricada de matojos, donde
puso en marcha el motor de una motocicleta. El segundo guardia saludó de nuevo
a Kepler y síguió a su compañero. Cuando Anna vio que los dos hombres habían
salido del puesto de guardia y se disponían a marcharse, entró corriendo en el
cobertizo para reunirse con Hans.
Los
dos estaban inclinados sobre la mesa de despacho, estudiaban el mapa clavado
sobre su superficie, a la espera de que la motocicleta se marchara. El motor
seguía rugiendo desde el lugar donde la tenían oculta, tras los arbustos.
De
repente, la puerta se abrió de golpe, y el más corpulento de los dos hombres de
la Wehrmacht apareció en el umbral, con la subametralladora amartillada que
apuntaba directamente contra el pecho de Kepler.
—
¡Arriba las manos, los dos! —ladró. Luego, por encima del hombro, gritó—: Bien,
Karl, apaga el motor. ¡Ahora ya los tengo a los dos! —El hombre sonrió con
maligna satisfacción a Hans y Anna—. ¿Os habíais creído que éramos unos
estúpidos? ¿Creíais realmente que no podríamos detectar a dos desertores en
cuanto los viéramos?
26
María
Duszynska regresó a una Varsovia devastada y desgarrada por la guerra. Le
conmocionó comprobar cuánto había cambiado la ciudad, lo poco que quedaba en
ella de sus tiempos de infancia o de universidad. La destrucción era
incomprensible. Manzanas enteras reducidas a escombros. El gheto completamente
arrasado. Durante la primera mañana de estancia en la ciudad, después de haber
bajado del atestado tren, caminó como transfigurada por barrios que en otros
tiempos le habían sido familiares, recorrió avenidas que antes habían sido sus
favoritas, y donde ahora ya no quedaba ni el menor rastro de la vieja y
romántica Varsovia que había conocido en otros tiempos.
Fue
primero a casa de su madre, donde se enteró de que la mayor parte de su familia
había abandonado Varsovia. Ninguno de los vecinos supo decirle a dónde se
habían ido. El único hermano de Maria estaba supuestamente muerto, tras haber
sido detenido una noche por la Gestapo, que se lo llevó, acusado de ser un
partisano. Maria sólo estaba segura de una cosa: la pequeña cantidad de dinero
que Schmidt le había permitido sacar de Sofia no le duraría mucho tiempo.
Varsovia
era una ciudad de gentes sin hogar, desplazadas, muchas de las cuales procedían
de ciudades del norte y del oeste, donde habían visto confiscadas sus
propiedades por los nazis. Abarrotaban los bloques de pisos, encontraban
pequeños trabajos allí donde podían y vivían, sin nombre, una existencia que
sólo se ocupaba de sobrevivir día a día.
La
doctora Duszynska comprendió que, para sobrevivir, debía convertirse por el
momento en una de aquellas personas, así que, después de una mañana de
deambular por la ciudad con su pequeña maleta, encontró una pensión donde pudo
alquilar una habitación pequeña y sucia, que apenas era una buhardilla, por una
suma escandalosa.
Una
vez que se hubo instalado allí, supo cuál debía ser su siguiente paso.
Su
alojamiento no estaba lejos del hospital universitario, por lo que pudo ir
caminando hasta allí. Durante aquellos dos años y medio de paz transcurridos en
Sofía, ya había olvidado lo que significaba ver tal concentración de nazis en
las calles. Pululaban por Varsovia como ratas, y la detuvieron a menudo para
pedirle la documentación.
La
universidad, naturalmente, también había cambiado. Tras haber sido cerrada
varios años antes, estaba ahora cubierta de tablones, adornados con pintadas y
ventanas rotas. Las malas hierbas cubrían los caminos y senderos. Pero el
hospital seguía en funcionamiento, como ella sabía que estaría, así que
atravesó la calle para dirigirse a él. Aquí era donde había estudiado y
practicado, donde había recibido su título de medicina, y aquí acudía ahora con
la esperanza de encontrar a alguien conocido de los viejos tiempos.
Se
dedicaba cada día a vigilar con diligencia la entrada del hospital, sin
permanecer durante demasiado tiempo en un mismo lugar, para no llamar la
atención, y cada noche regresaba a su opresiva buhardilla.
Estaba
ya al borde de la desesperación cuando, cuatro días más tarde, por fin,
apareció alguien que le resultó familiar.
La
mujer joven, una vieja amiga que había sido técnico en el laboratorio donde
Maria había efectuado sus prácticas, la reconoció de inmediato, y se alegró
extraordinariamente al verla. Se dirigieron directamente a un pequeño y
humeante café donde, tras un breve instante de vacilación por no saber por
dónde empezar, no tardaron en contarse las dos sus respectivas historias.
Después
de haber perdido a su marido en las luchas callejeras, la mujer se las había
arreglado para seguir adelante en el laboratorio central, y también había
podido conservar su pequeño piso, situado a un kilómetro del hospital. Su
historia fue muy breve y sencilla; no había nada más que decir.
La
que contó Maria también fue breve: se había visto obligada a abandonar su hogar
en el sudeste debido al avance ruso y ahora no tenía ningún sitio a donde ir.
No dijo absolutamente nada del doctor Szukalski, ni de Sofia, ni de la
epidemia.
Esa
misma noche, Maria se trasladó al piso de su amiga, cuando ya casi se le había
agotado el dinero, y en las horas nocturnas que siguieron no tardó en saber que
la joven técnico de laboratorio se hallaba implicada en la Resistencia. Al
principio, a Maria le asombró que su amiga hablara tan abiertamente de ello, y
con alguien a quien no había visto en cinco años, pero pronto se dio cuenta de
lo extendidos que se hallaban los partisanos, del fuerte apoyo que recibían y
de que la Resistencia, en Varsovia, era un hecho cotidiano.
Hablaron
durante toda la noche, ante un plato de sopa y una botella de vodka, hasta que
Maria reveló a su amiga que, en realidad, no era una refugiada, sino que huía
de algo de lo que no podía hablar, y que su documentación no tardaría en quedar
invalidada. Añadió que no sería prudente para ella mantener su verdadera
identidad, ni tratar de encontrar trabajo como médico.
Sin
hacer preguntas, pues, por lo visto, había oído cientos de historias
semejantes, su joven amiga le dijo que intentaría ayudarla. María necesitaría
una nueva identidad, así como una cartilla de racionamiento y un puesto de
trabajo.
La
velocidad y facilidad con que se consiguió todo eso no dejaron de extrañar a
Maria. Su nueva documentación ya estaba lista al día siguiente, y también se le
entregó tinte para que se cambiara el color del cabello. Había tenido que
prometerle a la mujer que le entregaría una cierta cantidad de sus primeras
pagas, todo lo cual iría a engrosar las arcas de la causa partisana. Maria
asintió a todo sin la menor vacilación.
Provista
de un nuevo nombre, con el cabello negro, unas gafas con montura de cuerno y
unas ropas usadas, quedó transformada en una mujer poco atractiva, con aspecto
de solterona, cuya historia era que había huido del avance de los rusos, y se
había convertido en una refugiada.
Varsovia
era una ciudad de transeúntes, con unas condiciones de vida precarias y
atestadas, y nadie prestó mucha atención al hecho de que alguien más entrara a
trabajar en el laboratorio del hospital. Debido al gran número de bajas
militares que había en el hospital, y al duro trabajo que recaía en todos los
departamentos, Maria logró un cierto grado de anonimato lo suficientemente
seguro.
que
haría. Y al menos le reconfortó un poco saber que todavía seguía con vida.
Jan
Szukalski se fue sintiendo más y más inquieto a medida que transcurrían las
semanas; estudiaba cuidadosamente los informes diarios que llegaban del
laboratorio de Varsovia, en busca de cualquier indicación de que ya se hubieran
empezado a utilizar las pruebas de fijación del complemento o de aglutinación
rickettésica. Sabía que correría un grave peligro una vez que empezaran a
utilizarse y los resultados positivos no se correlacionaran con las pruebas de
WeilFelix. Cualquiera que se encargara de supervisar las nuevas pruebas
comprendería inmediatamente que toda la epidemia no había sido más que un
engaño, tal y como había sospechado Hartung.
Szukalski
ya había tomado la decisión de que en cuanto detectara el menor indicio de que
se estaban utilizando las nuevas pruebas, intentaría escapar. Hasta que llegara
ese momento, seguiría protegiendo a las gentes de Sofia con su vacuna Proteus.
Desgraciadamente,
Szukalski no tenía medio de saber la petición que Max Hartung le había dirigido
a Fritz Müller para que continuara informando de resultados positivos, aunque
se encontraran negativos con las nuevas pruebas. De haberlo sabido, sus planes
habrían cambiado considerablemente.
Maria
Duszynska no tardó mucho tiempo en familiarizarse con el gran y ajetreado
laboratorio, hasta llegar finalmente a la zona donde los técnicos realizaban la
prueba de WeilFelix con las numerosas muestras de sangre que se recibían del
este y el centro de Polonia. Tras haber establecido una pauta de moverse por el
laboratorio y entablar relaciones superficiales con quienes trabajaban allí,
pudo dirigirse con naturalidad, sin despertar sospechas, al libro de registro
donde se anotaban todos los resultados de las pruebas, para echar un vistazo a
su lista diaria.
Allí
aparecía con frecuencia la ciudad de Sofia, con el nombre de Szukalski inscrito
al lado. El número de casos sobre los que informaba decrecía paulatinamente,
tal y como había dicho que haría. Y al menos le reconfortó un poco saber que
todavía seguía con vida.
Entre
el cuerpo de oficiales de servicio en Majdanek se extendió el rumor de que
pronto sería necesario abandonar el campo debido al avance persistente de los
rusos. No obstante, el campo de la muerte funcionaría a plena capacidad hasta
el último minuto.
Maximilian
Hartung odiaba el trabajo que realizaba en Majdanek, no porque tuviera que
matar, sino porque había sido olvidado por el Alto Mando. Era un marginado, y
sabía que pronto tendría que luchar por su vida. Alemania estaba perdiendo la
guerra, y era muy dudoso que los aliados comprendieran la necesidad de la
exterminación. Sabía que no debían hacerle prisionero. Las cosas no serían
fáciles para nadie que hubiera estado en las SS.
Y,
sin embargo, eso no perturbaba a Hartung tanto como el insoportable silencio de
Fritz Müller en Varsovia. ¿Qué había ocurrido desde su intercambio de cartas?
¿Cuánto faltaba aún para que se emplearan aquellas pruebas especiales que le
había mencionado Fritz? ¿Cuándo llegaría el día en que lo supiera con
seguridad?
Mientras
reflexionaba sobre todo esto, Max Hartung no dejaba de pensar una y otra vez,
con toda crueldad, en los nombres de aquellos a los que tenía intención de
volver a visitar en Sofia: el doctor Jan Szukalski, la doctora Maria Duszynska,
el padre Wajda. ¿Y los otros? Si había otros que les estuvieran ayudando,
Hartung estaba decidido a descubrir hasta el último. Y con el exquisito arte de
la tortura que había aprendido a aplicar en el año que llevaba en Majdanek,
Maximilian Hartung sabía que podía reducirlos a lo que quisiera.
Maria
siguió trabajando en el laboratorio de Varsovia, tenía cuidado de evitar todo
contacto con cualquiera que hubiese conocido cuando estuvo trabajando como
médico en el mismo hospital. Pero de eso ya hacía casi cinco años, y
prácticamente todos los rostros eran nuevos para ella. La mayoría de los
polacos se habían marchado, a excepción de aquellos que ocupaban puestos
inferiores, y todos habían sido sustituidos por alemanes. En una ocasión había
visto a Fritz Müller efectuar una de sus infrecuentes inspecciones por el
laboratorio, pero ella se había mantenido a distancia, y él no la había
reconocido.
Fue
a finales de mayo cuando Maria observó cómo se instalaba un nuevo aparato en el
otro extremo del largo laboratorio; después de unas preguntas casuales, se
enteró de que ahora se iban a realizar las nuevas pruebas de fijación del
complemento para correlacionarlas con los resultados de las pruebas de
WeilFelix.
El
corazón se le encogió al enterarse. Sabía que, a partir de ahora, sólo sería
cuestión de días que se descubriera que algo andaba mal, muy mal, en las
muestras de sangre recibidas desde Sofia.
Tratando
de aparentar que se hallaba enfrascada en su propia tarea de efectuar análisis
de sangre para cirugía, María desvió su atención hacia el murmullo de actividad
que se desplegaba en el otro extremo de la sala.
Al
cabo de poco tiempo, se extendió por el laboratorio el rumor de que la nueva
prueba de fijación del complemento era mucho más exacta que la de WeilFelix, en
la que se habían basado los análisis hasta entonces y que, por el momento,
todas las pruebas WeilFelix positivas se correlacionaban perfectamente con los
resultados positivos obtenidos, así mismo, por la fijación del complemento.
Sin
embargo, ese mismo día, algo más tarde, el estado de ánimo predominante en el
otro extremo de la sala cambió y pasó de una suave confusión a la más fuerte
incredulidad cuando todas, excepto una de las muestras de sangre recibidas
desde Sofia dieron un resultado positivo con la prueba de WeilFelíx, pero un
resultado negativo con la prueba de la fijación del complemento.
Y
entonces, Maria oyó a uno de los técnicos llamar al doctor Müller.
Minutos
más tarde, observó al alto y pálido doctor inclinado sobre el nuevo equipo y
los reactivos, comprobaba por sí mismo los asombrosos resultados. Incluso desde
donde se encontraba pudo darse cuenta del rubor escarlata que le surgía desde
el cuello de la camisa, y que se extendía hasta cubrirle toda la cabeza. Y pudo
ver también la furia controlada de sus ojos.
Desgraciadamente,
desde donde estaba no pudo oír sus palabras, pero a juzgar por sus acciones y
gestos, se dio cuenta de que el misterio de Sofia acababa de quedar resuelto.
Le
empezaron a temblar las manos. Mientras se apartaba del mostrador donde había
estado trabajando, y se ocultaba tras una hilera de ficheros, Maria se apoyó
contra la pared, respiraba pesadamente. Desde ese lugar oculto, pudo observar
las expresiones de asombro en los rostros de los técnicos de laboratorio.
Luego, sus ojos se posaron sobre el libro de registro donde se anotaban todos
los resultados. Lo recogerían algo más tarde, y los resultados serían
comunicados por teletipo a los diversos cuarteles generales nazis de las zonas
desde donde se habían enviado las muestras de sangre. Luego, esos resultados
serían distribuidos a cada uno de los médicos interesados.
La
conmoción no tardó en amainar y el doctor Müller salió precipitadamente del
laboratorio. Los técnicos, sacudieron las cabezas con incredulidad y regresaron
a su trabajo. Finalmente, el laboratorio se tranquilizó y todo volvió a la
rutina normal.
Maria
decidió entonces darse una vuelta por allí.
Un
par de minutos más tarde llegó al otro extremo de la sala y, tras intercambiar
unas pocas galanterías con algunos de los técnicos, se las arregló para echar
un buen vistazo al libro registro. Lo que vio allí hizo que su cuerpo se
quedara inmóvil.
El
doctor Müller sólo había informado de las pruebas WeilFelix, y no de los
resultados de la fijación del complemento.
No
supo durante cuánto tiempo permaneció mirando estúpidamente el libro, pero
cuando finalmente logró alejarse de allí y regresó a su puesto de trabajo, su
mente se hallaba como electrificada.
Fritz
Müller no informaba a Sofia de los resultados de la fijación del complemento
por una única razón: para mantener a Szukalski allí y ganar el tiempo
suficiente para detenerle.
Su
mente se aceleró en todas direcciones al mismo tiempo. Aunque sus manos
efectuaban mecánicamente la tarea de determinar la compatibilidad cruzada de
las muestras de sangre que tenía ante sí, Maria examinó con rapidez cada una de
las alternativas que tenía a su disposición.
Quedaba
descartado cualquier tipo de comunicación rápida, el teléfono o el telégrafo.
Ya
llevaba dos meses ausente de Sofia; Dieter Schmidt estaría vigilante, a la
espera de que ella se comunicara con Szukalski.
¿Cómo
podía encontrar, entonces, una forma de avisarle? Entonces, se le ocurrió.
Maria
Duszynska dejaría que fueran los propios nazis quienes enviaran el mensaje.
Sobre
la mesa donde se dejaban los libros de registro, extrajo el de los contajes
sanguíneos y, cumpliendo con su deber, registró en él su propio trabajo del
día. Luego, lenta y cuidadosamente, se acercó al libro registro donde se
anotaban todos los resultados de las diversas pruebas de aglutinación.
El
último caso registrado, que ponía primero el apellido del paciente, decía:
Czarnecka,
Danuzsa. WF +
Extrajo
una pluma del bolsillo superior de la bata blanca, se inclinó con naturalidad
sobre el libro registro y añadió una última entrada que esa misma noche sería
enviada a Sofia por teletipo:
Totenkopf,
Jan. FC +
Maximilian
Hartung escuchó en un hosco silencio mientras Fritz Müller, con un tono de voz
tenso y balbuceante, le comunicaba su informe. La conexión de la línea era
mala, pero la disculpa se oyó con excepcional claridad por el teléfono. Luego,
cuando su amigo hubo terminado de hablar, Hartung sonrió al decirle a Müller lo
que iban a hacer.
Jan
Szukalski observó la lista rutinaria de los resultados de las pruebas que le
acababan de enviar desde el cuartel general nazi. Llevaba ya casi dos años y
medio leyendo diariamente esas listas, pero ésta era más corta que las demás. Y
sabía que la siguiente aún sería más corta, y que continuaría así hasta que la
epidemia se hubiera extinguido. Para entonces, esperaba hallarse ya fuera de
Sofia, antes de que los nazis descubrieran lo que había ocurrido allí.
Era
un día bochornoso y con calima, preludio del cálido verano que les esperaba.
Jan se arrellanó en la silla y recorrió la lista con la mirada. Todos eran
resultados positivos, naturalmente.
Dejó
que su mente se distrajera y los nombres de la lista parecieron desaparecer
ante su vista, sumido en sus ensoñaciones.
Sin
embargo, hizo un esfuerzo por concentrarse y su mirada se vio atraída por el
error de la última línea. En lugar de WF +, el teletipista había escrito
accidentalmente FC +.
«Ah,
bueno —pensó Jan encogiéndose de hombros—, quizás el hombre pensó que se
trataba de una prueba de fluido cerebroespinal.»
Entonces
se fijó en el nombre que lo precedía: Jan Totenkopf.
Se
rascó la cabeza. Eso no le pareció familiar. Se trataba de un nombre totalmente
nuevo para él. Szukalski tenía varios pacientes con nombres alemanes, pero
ninguno que se apellidara Totenkopf, y, desde luego, habría recordado a alguien
con un apellido tan sombrío.
Se
levantó y se dirigió a la sala del primer piso para iniciar sus visitas
matinales. Las enfermeras le acompañaban mientras iba de cama en cama,
comprobaba el estado de cada paciente, y discutía el tratamiento proyectado.
Aquella
última anotación de la lista seguía perturbándole.
Después
de terminadas las visitas, regresó al despacho y escrutó una vez más el último
nombre de la lista. Luego, lo leyó en voz alta; trataba de recordarlo,
intentaba averiguar cuándo había tratado a alguien que se llamara así. Al
volverlo a leer en voz alta, «Totenkopf, Jan. FC +», se le ocurrió de repente
que no estaba leyendo un nombre, sino una frase.
Y lo
que leía era: «Calavera, Jan. Fijación de complemento positivo».
Y
eso sólo podía significar una cosa. Que las SS disponían ahora de la prueba de
fijación del complemento. Alguien, desde Varsovia, le estaba advirtiendo, y Jan
sabía que ese alguien sólo podía ser Maria.
Por
primera vez desde hacía más de un año, cuando el equipo de inspección acudió a
Sofia, el doctor Szukalski sintió que el terror de los condenados se apoderaba
de él.
Tenía
que actuar con toda rapidez.
El
padre Wajda asintió gravemente al leer la lista enviada por teletipo que Jan le
mostraba y dijo con un tono de voz profundo:
—Me
temo que tienes razón. No puede significar ninguna otra cosa. De algún modo,
María ha logrado entrar en ese laboratorio y te está advirtiendo. Jan, da la
impresión de que no vas a poder dar por terminada la epidemia aquí, tal y como
tenías planeado. Tendrás que marcharte.
—Piotr
—dijo Szukalski con voz tensa, mientras recorría con paso inquieto la cripta,
envuelta en la penumbra—. No sé qué hacer. Lucho internamente entre echar a
correr para salvarme y la responsabilidad que tengo contraída con mis
pacientes, en el hospital. Son Alex y Kataryna los que me preocupan. Si hubiera
alguna forma de sacarlos de aquí.
—No
se irán sin ti, Jan, y tú lo sabes. Si trataran de escapar por su cuenta,
podrían darse prácticamente por muertos, ¿y a quién conoces capaz de sacarlos
con sigilo de Sofia? Si no lo haces por ti mismo, hazlo por ellos, Jan. ¡Huye!
Szukalski
entrelazó los dedos y se los llevó a la boca. —Piotr... —balbució.
—
¡Escúchame! —El sacerdote se levantó y colocó una mano firme sobre el hombro de
su amigo— No dispones de mucho tiempo. Sabes que Maria te ha enviado ese
mensaje para advertirte de un peligro inminente, y no sólo para satisfacer tu
curiosidad. Y si Müller dispone ahora de la prueba de fijación del complemento,
también sabes que no te queda tiempo. Reúne a tu familia, Jan. Estás muerto si
te quedas. Y también lo estarán tu esposa y tu hijo. ¿Cómo crees que se portará
Schmidt con Kataryna cuando...?
—¡Pero
huir así! —gritó Szukalski volviéndose en redondo—. ¡Dejar a mis pacientes!
—Alguien
se ocupará de cuidarlos. Las enfermeras todavía están allí. Ahora, los rusos ya
no están muy lejos. ¿Quién sabe lo que sucederá cuando lleguen?
—¿Y
qué harás tú, Piotr? ¿Y si descubren el papel que has jugado en todo esto?
—¿Y
quién se lo va a decir? —replicó Wajda, que esbozaba una sonrisa—. No queda
nadie que pueda informar de mi participación, Jan. Yo estoy a salvo. Como
puedes ver, amigo mío, tienes que huir, aunque sólo sea para salvarme el
cuello. Representas un riesgo demasiado grande para mí. Te torturarán para
descubrir quién más...
—¡Está
bien! —susurró por fin Szukalski.
—Vete
a casa inmediatamente. No pases siquiera por el hospital, y prepárate para huir
en seguida. No le digas nada a Kataryna. Dile sólo...
—Kataryna
no me hará ninguna pregunta, Piotr. Si le digo que tenemos que marcharnos,
confiará en mí.
—Iré
al hospital a por tu coche y pasaré a recogerte.
Dieter
Schmidt, que acababa de cenar, salió a los escalones del ayuntamiento y se
quedó contemplando la plaza. «Está todo tan tranquilo —pensó—. Muy sombrío y
muy tranquilo.» La noche de primavera era cálida, oscura y llena con la
fragancia de las flores recién brotadas. Deseó poder desabrocharse la corbata.
Este uniforme le apretaba cada vez más, y, al bajar la mirada hacia su abdomen
protuberante, pensó con disgusto: «No tengo nada más que hacer, excepto
permanecer sentado y comer. Tres años metido en esta misma destartalada y
pequeña ciudad y los rusos casi han llegado ya a la frontera polaca».
El
comandante de la Gestapo se encontraba envuelto en un estado de ánimo
autocompasivo cuando el sargento de comunicaciones se le acercó corriendo;
traía un mensaje que se acababa de recibir por teletipo. Decía:
COMANDANTE.
SOFIA. HAUPTSTURMFÜHRER SS DIETER SCHMIDT:
ARRESTE
Y RETENGA PARA INTERROGATORIO DOCTOR JAN SZUKALSKI Y DOCTORA MARIA DUSZYNSKA.
LLEGARÉ MAÑANA A. M.
STURMBANNFÜHRER
SS M. HARTUNG
27
La
última ocasión en que Dieter Schmidt experimentó una satisfacción y alegría tan
completas fue cuando ascendió de rango y recibió un elogio de sus superiores,
en el cuartel general de la Gestapo en Berlín, por su excelente trabajo. Pero
incluso eso palideció en comparación con lo que experimentó ahora al leer el
mensaje de Hartung.
Fue
el momento más delicioso en la vida de Dieter Schmidt.
Casi
estuvo a punto de gritar de felicidad al volverse y subir a toda prisa los
escalones que conducían a su cuartel general, al ladrar las órdenes para que se
reunieran sus hombres, y al em
pezar
a fantasear sobre el castigo que le infligiría a Szukalski.
Maximilian
Hartung obtuvo un permiso de emergencia para abandonar sus deberes en Majdanek,
tras explicar que tenía que ocuparse de un trabajo de exterminación no
concluido en Sofia.
Tras
dirigirse directamente en coche a Varsovia, llegó a medianoche, recogió a Fritz
Müller y a dos soldados armados y emprendieron inmediatamente el camino hacia
Sofia. Las visiones de venganza ardían dulcemente en su cerebro.
A
las dos de la madrugada, Dieter Schmidt salió del cuartel general nazi y subió
al Mercedes que ya esperaba. Tras recibir el teletipo, había apostado hombres
para que vigilaran la casa de Szukalski desde todos los ángulos, y había
alertado a sus hombres, diciéndoles que esa noche iban a producirse
detenciones. Un contingente de hombres armados esperaba tras el coche. La luna
llena primaveral iluminaba la noche, sobre la plaza de la ciudad, con la
suficiente claridad como para arrojar sombras siniestras sobre el grupo allí
reunido.
A
una orden suya, la comitiva se alejó en los vehículos y avanzó solemnemente
hacia la casa de Szukalski. Schmidt se sentía tan exaltado con la idea de
echarle la zarpa al médico, que apenas podía contenerse.
El
pequeño convoy se detuvo en el centro de la estrecha calle, delante de la casa,
y los conductores hicieron sonar sus motores. Los vecinos, despertados por
aquellos ruidos disonantes, miraron cautelosamente a través de las cortinas.
—Cubran
la parte de atrás —espetó Schmidt a una parte del grupo.
Los
demás, se alinearon delante de la casa, con sus Ermas preparadas para disparar
a la menor señal de problemas.
El
propio Schmidt se acercó a la puerta, flanqueado por dos de sus hombres más
corpulentos. La golpeó con fuerza con el mango de su bastón.
— ¡
Szukalski, ábranos! ¡Soy el comandante Dieter Schmidt! Si no abre esta puerta,
la haré derribar y le aplastaré el cráneo delante de su familia y todos estos
cerdos cobardes que nos miran por las ventanas —gritó enardecido.
La
voz de Schmidt se fue desvaneciendo en el silencio de la noche.
—Verflucht!
—exclamó con la respiración entrecortada.
Dieter
golpeó la puerta una vez más, y esta vez lo hizo con tal fuerza que el mango
del bastón se rompió y salió volando hacia la calle.
—¡Muy
bien! —gritó, bajaba los escalones de acceso, y barbotaba a los dos hombres de
las SS que esperaban sus órdenes—: ¡Disparen contra esa puerta!
Los
hombres abrieron fuego con las subametralladoras y después dieron una patada a
la puerta, que se abrió de golpe.
—¡Sacadlos
de ahí a rastras! —gritó Schmidt—. ¡Quiero que salga arrastrándose por la
calle!
Hizo
señas para que otros seis hombres entraran en la vivienda; les ordenó que lo
destrozaran todo si era necesario.
El
Hauptsturmführer Dieter Schmidt, de las SS, permaneció de pie en la calle,
escuchaba impaciente, mientras sus hombres destrozaban los muebles, arrancaban
las puertas de los armarios, rompían la vajilla y desgarraban las cortinas.
Ante su consternación, no oyó los gritos de las víctimas al ser descubiertas.
—
¡Sacad las hachas y destrozad la casa! —gritó, sabía ya en el fondo de su
corazón que Szukalski había ganado.
Después
de una hora de permanecer allí, mientras veía y oía la destrucción de la casa,
sin obtener ningún resultado, ordenó que la incendiaran. Desde allí se
dirigieron al apartamento de Maria Duszynska, que también había ordenado
vigilar desde que recibiera el telegrama, pero Schmidt sabía que ésta era una
búsqueda más inútil aún, pues él mismo le había proporcionado un permiso de
viaje dos meses antes, y no había vuelto. Después de una búsqueda inútil por
todo el hospital, Schmidt y sus descorazonados hombres regresaron al cuartel
general nazi para esperar la llegada del Sturmbannführer Maximilian Hartung, de
las SS.
—¿Qué
quiere decir con eso de que se han marchado? —gritó Hartung con los nervios de
su cuello tensos.
Fritz
Müller, exhausto y abatido, estaba sentado en el despacho de Schmidt, con todo
el aspecto de haber recorrido a pie los doscientos kilómetros que le separaban
de Varsovia. Seguía allí sentado, sacudía la cabeza, mientras los otros dos
hombres discutían.
—No
se le encuentra por ninguna parte Herr Sturmbannführer —dijo Schmidt
tímidamente, intimidado por aquel hombre—. Duszynska abandonó la ciudad hace
dos meses y se suponía que sólo debía de estar ausente durante una semana.
Tenía cáncer y...
—
¡Dios! ¡Qué incompetencia! ¡No es nada extraño que hayan podido engañarle
durante tanto tiempo! ¡Ni siquiera sabe cuándo entran y salen! —Toda la rabia y
la furia parecían brotar de Hartung mientras le gritaba con rabia a Schmidt—.
¡No puedo creer que haya permitido que esto ocurriera!
Schmidt
pareció empequeñecerse bajo la furiosa embestida, y mantuvo la boca y los ojos
cerrados contra la sarta de insultos obscenos que Hartung le dedicó. Una vez
que hubo acabado su explosión de ira, el Sturmbannführer dijo con un tono de
voz bajo y peligroso:
—Muy
bien, Schmidt. Tiene una última oportunidad para redimirse. Todavía queda en
esta ciudad una persona que sabe dónde está Szukalski. Ese fariseo hijo de puta
de Wajda. Tome a unos hombres y vayamos a por él ahora mismo.
Un
pequeño grupo compuesto por Hartung, Schmidt, Müller y seis hombres armados con
subametralladoras abrió de sopetón la puerta principal de Saint Ambroz y se
desplegaron hacia el fondo, como si esperaran un ataque por parte de algún
grupo partisano secreto oculto bajo la estructura abovedada.
El
padre Wajda, al oír la conmoción, se levantó lentamente de su mesa, se alisó la
sotana, se colocó bien recto el crucifijo de oro que brillaba sobre su pecho, y
salió del presbiterio donde estaba, adyacente al altar.
—¿Está
buscando a alguien, Herr Hauptsturmführer? —preguntó en voz alta, lo que
arrancó ecos en la iglesia vacía.
El
tenebroso grupo avanzó por la nave central y se aproximó al altar.
—¡Y
usted, Herr Doktor! ¡Y hasta el glorioso Sturmbannführer! —exclamó el padre
Wajda desde donde se encontraba, en el último escalón ante el altar—. ¡Están
todos ustedes! ¡Qué agradable sorpresa! Les esperaba, claro está, pero no tan
pronto.
—¡Bastardo!
—le espetó Hartung—. ¿Dónde está Szukalski? ¿Y Duszynska? ¿Dónde están y
quiénes más participaron en su charada?
—¿Charada?
—
¡Sabe condenadamente bien de qué estoy hablando, cerdo deslenguado! ¡Estoy
hablando de la epidemia de tifus que han fingido ustedes aquí!
El
sacerdote recorrió con la mirada al grupo de hombres que se encontraba en una
posición más baja que él.
—No
tiene por qué gritar, Herr Sturmbannführer. Y tampoco hay necesidad alguna de
intimidarme. Tengo toda la intención de cooperar plenamente con ustedes. ¡Y qué
razón tiene! ¡Fue una epidemia fingida! —Hartung y Müller intercambiaron sendas
miradas—. Y usted, Herr Doktor —añadió Wajda con suavidad—, ¿le gustaría saber
cómo la llevamos a cabo? Fue una vacuna, ¿sabe? Eso fue todo. Una sencilla
vacuna que daba un resultado positivo en la prueba de WeilFelix.
Müller
miró al sacerdote con una expresión mezcla de incredulidad y admiración.
—Una
vacuna...
—Sí,
así fue, y algo desconocido para los alemanes. ¿Le gustaría ver dónde se
preparaba la vacuna y cómo la hacíamos? Y, a usted, Herr Hauptsturmführer, ¿le
gustaría saber lo que ha estado ocurriendo justo delante de sus narices durante
dos años y medio? Y, a usted, Herr Sturmbannführer, ¿le gustaría saber quién se
echó a reír a sus espaldas hace un año y dónde se encuentran ahora? — Sonrió
angelicalmente—. Vamos, vengan conmigo y se lo mostraré.
Wajda
se dio media vuelta y echó a caminar hacia el fondo del ábside. Cuando uno de
los soldados armados levantó su arma para disparar, Hartung le ordenó en voz
baja:
—Espere.
Vayamos con él.
El
pequeño grupo siguió al sacerdote, que se acercó a la entrada retirada e
introdujo la llave en la gran cerradura de hierro; dejó al descubierto la
escalera de caracol que bajaba hacia la cripta. Apretó un conmutador que
encendió las luces y descendió con lentitud, mientras decía:
—¿Lo
ven, caballeros? Teníamos hasta luz eléctrica.
—¿Qué
es este lugar? —susurró uno de los hombres que le seguían, en fila india.
Finalmente,
llegaron abajo y nueve pares de ojos se quedaron muy abiertos, mudos de
asombro.
—Ah,
ya hemos llegado. Esto, caballeros, es nuestro laboratorio.
Wajda
cruzó la pequeña cámara y se situó al otro lado de la mesa repleta de equipo.
Luego, informó a sus visitantes:
—Y
ahora, caballeros, puedo contárselo todo, porque sé que Sofia ya está fuera de
su alcance. Los rusos se hallan demasiado cerca y ahora tienen que pensar
ustedes en su propia seguridad. Yo mismo, y los otros que perpetramos el
fraude... —Se encogió de hombros, antes de añadir—: Bueno, estábamos preparados
para sufrir las consecuencias. Pero la ciudad, ah, antes tenía que asegurarme
de que la ciudad quedara a salvo.
Y, a
continuación, el padre Wajda se dedicó a ofrecerles una detallada explicación
de cómo se había descubierto la vacuna, cómo la habían preparado, por qué
funcionaba confundiendo los resultados de la prueba de WeilFelix, y cómo se
planificó el desarrollo de la «epidemia».
Una
vez que hubo terminado, Fritz Müller dijo:
—Esto
es absolutamente increíble.
—Totalmente
increíble, sí —asintió Hartung sombrío—. Pero se le ha olvidado algo en su
interesante historia.
—¿De
veras?
—El
pequeño detalle de decirnos quiénes fueron sus compañeros de conspiración y
dónde están ahora.
—En
este punto tengo que mostrarme en desacuerdo con ustedes, caballeros, pues,
como ven, todos ellos están ahora a salvo, fuera de Polonia, y yo soy el único
que queda.
—Pero
sabe usted dónde están, ¿verdad?
El
padre Wajda miró directamente los ojos fríos y entrecerrados de Hartung.
—Como
ya le he dicho, están fuera de Polonia. Están fuera de su alcance.
—Puedo
obligarle a decírnoslo.
El
padre Wajda sonrió y sacudió lentamente la cabeza.
—No
lo creo. Es más, creo que, en el fondo de su corazón, sabe usted muy bien que
nada de lo que pueda hacerme conseguirá hacerme hablar.
Hartung
miró un momento más los ojos serenos del sacerdote y, de repente, explotó,
lanzó órdenes a los hombres que le rodeaban, con toda la fuerza de sus
pulmones. La explosión de balas de las subametralladoras llenó el aire, y las
balas desgarraron el cuerpo del padre Wajda. Y mientras el rugido seguía
arrancando ecos de los sarcófagos que los rodeaban, Maximilían Hartung vio, con
una mezcla de horror y furia, que el padre Wajda había muerto con una sonrisa
serena en los labios.
Ciudad
de Nueva York: El presente
—Maria...
—susurró él—. Eres tú. Y estás viva.
—Sí,
Jan.
La
voz le temblaba y apenas podía evitar el echarse a llorar.
Sólo
llevaban unos pocos minutos sentados en este despacho; se estudiaban el uno al
otro desde cada lado de la mesa, sentían transcurrir los años y las décadas,
hasta que surgieron el reconocimiento y la toma de conciencia. El doctor John
Sujov se llevó las manos al rostro y las mantuvo allí durante largo rato.
—Te
he estado buscando —dijo ella en voz baja—. Siempre abrigué la esperanza de que
estuvieras con vida y que hubieras podido salir de Polonia de algún modo.
—Dios
mío, casi no puedo creerlo..., volver a verte.
—¿Cómo
lograste escapar, Jan?
—Irónicamente,
nos resultó fácil. El padre Wajda nos llevó en coche a Kataryna, a Alex y a mí
hasta el pueblo de Dobra, donde vivimos ocultos durante ocho meses, hasta que
los rusos liberaron Polonia y llegaron a Auschwitz. En un principio tuvimos la
intención de regresar a Sofia, pero la forma en que los rusos trataban a los
polacos resultaba tan dura, que nos unimos a las masas de refugiados que se
retiraban hacia Alemania y desde allí, dos años más tarde, pudimos emigrar a
Estados Unidos. Cambiamos nuestros nombres, como he visto que has hecho tú
también, y desde entonces hemos vivido aquí, en Nueva York. Pero, dime, Maria,
¿qué te ocurrió a ti? Durante todos estos años he creído que habías muerto.
—Entonces,
recibiste mi mensaje desde el lab...
—¡
Sí, claro que sí! Fue confuso al principio, pero cuando finalmente lo descifré,
no perdí el tiempo en huir. Pero háblame de ti.
—Participé
en la Resistencia, Jan, y formé parte activa del levantamiento de agosto.
Después de eso, sólo fui una más de los cientos de miles de personas sin hogar
ni identidad. Al cambiar de nombre y profesión, pude abrirme paso hasta
Inglaterra, donde he vivido durante todos estos años, como administradora de
hospital. Pero, ¿sabes?, Jan, me enteré indirectamente por otros refugiados de
que habías logrado salir de algún modo de Polonia, y corría el rumor de que
estabas en Estados Unidos, trabajando todavía como especialista en enfermedades
infecciosas. Desde entonces, no he dejado de buscarte. He visto a tantos
médicos...
Jan
desplazó la mirada hacia la fotografía publicada en la primera página del
Buenos Aires Herald. Aquel rostro, aunque más viejo, era indudablemente el de
quien había sido en un principio su amigo, Maximilian Hartung.
—Nos
cambiamos de nombre por su causa, ¿verdad, Maria?
—Pues,
supongo que sí. De algún modo, siempre supe que Max sobreviviría a la guerra y
saldría bien librado. Y siempre he tenido la sensación de que seguiría
buscándonos hasta el fin del mundo. Sabía que tú también tenías que haberte
cambiado el nombre. Por eso me resultó tan difícil buscarte. Pero en cuanto vi
esto —señaló el periódico—, me sentí impulsada a encontrarte, a buscarte
después de todos estos años. El está muerto, Jan. Ya no tenemos por qué seguir
teniéndole miedo.
El
doctor Jan Szukalski tomó el periódico y miró por encima el artículo en el que
se describía la muerte del joyero.
—Qué
irónico. Murió no sólo por disparo de arma de fuego, sino también por una gran
mordedura de perro en el cuello. Eso sí que es justicia. El Diablo Perro muere
en las mandíbulas de un perro.
Se
quedaron pensando por un momento en esa idea y luego Jan se quedó mirando el
rostro que tenía ante sí. Con treinta y seis años más de edad, ahora era el
rostro de una anciana, pero seguía teniendo la hermosura característica de
Maria Duszynska.
—¿Y
el padre Wajda? ¿Sabes si...?
—Fue
un mártir, Jan. Al final, Max cogió a uno de nosotros. Pude enterarme de algo
sobre el incidente, por rumores que se divulgaron en el laboratorio tras el
regreso de Müller. Oh, sí, ya veo que te sorprende. Müller regresó a Sofia. Eso
no lo sabías. Y Hartung también. De hecho, regresaron para buscarnos a
nosotros, y quedaron sorprendidos al descubrir que habíamos escapado. Por lo
visto, no te pillaron por cuestión de horas.
—Dulce
Jesús crucificado —murmuró él en polaco.
—Parece
ser que estaban seguros de poder arrancarle una confesión al padre Wajda.
Naturalmente, él no se sometió y lo mataron en la cripta, con un glorioso
estruendo de armas de fuego. Después de todo, ¿no era eso lo que quería, Jan?
Hartung no regresó ya a Majdanek —siguió diciendo Maria sin esperar su
respuesta—. El y Müller planearon escapar juntos a América del sur, pero Müller
resultó muerto durante el levantamiento de agosto, en Varsovia. Hartung, como
sabes, logró escapar, se abrió paso gracias al oro que había ido recogiendo de
las dentaduras de los judíos muertos. Se estableció en América del sur como
fabricante de joyería, y se mantuvo siempre lo más tranquilo posible, puesto
que era un criminal de guerra y sabía que los israelíes andaban tras él.
—Supongo
que fueron ellos los que le encontraron.
—Sí,
Jan, ellos fueron.
—¿Qué
ocurrió con Anna y con Kepler? ¿Pudiste enterarte de algo sobre los dos?
Ahora,
su sonrisa se hizo más amplia.
—He
estado en contacto con ellos, Jan. Viven en Essen, en Alemania occidental, y
han formado una familia. Parece ser que pudieron escapar por Rumanía, aunque me
contaron una historia extraordinaria. Por lo visto, fueron retenidos a punta de
fusil por los guardias de la frontera. Hans les había contado una historia
sobre que los rusos estaban muy cerca cuando, por una coincidencia, un
contingente de tropas rusas apareció de repente. Así que, al final, los propios
guardias fronterizos huyeron a Rumanía con ellos. Después de la guerra, Hans se
reunió con sus padres y su abuela. Lo creas o no, Hans Kepler es ahora
supervisor de una de las acerías de la Krupp.
Jan
se relajó sobre su silla, sonreía débilmente.
—¿Supiste
algo de lo que le ocurrió a Dieter Schmidt?
—Muerto.
Dos semanas después de la muerte del padre Wajda y del regreso de Hartung a
Varsovia, Schmidt emprendió una correría por los pueblos de los alrededores,
detenía e interrogaba a la gente a causa de la epidemia, decidido a obtener
respuestas que le convirtieran en un héroe. Por lo que he oído decir, el hombre
se volvió bastante loco. Y mientras se encontraba en uno de esos pueblos, Jan,
Dieter Schmidt contrajo realmente el tifus, y murió a causa de él. Yo misma vi
el resultado de su prueba de fijación del complemento en el laboratorio.
—Dios
mío..., María, Maria... —Jan Szukalski se levantó y se dirigió a la ventana. Se
quedó contemplando la vida y el movimiento de Central Park, vio por un momento
las calles empedradas de un tiempo que ya había pasado hacía mucho—. Cuánto
tiempo parece que hace de todo eso. Y, sin embargo... lo recuerdo todo como si
hubiera ocurrido ayer mismo. En realidad, no he pensado mucho en todo eso
durante los últimos años, pero ahora, Maria, me lo has hecho recordar todo...
Ella
también se levantó y se acercó a él. Al hablar, la voz de Jan sonó serena.
—Allí
estuvimos, librando nuestra batalla. Cinco partisanos...
—Quizás
debiéramos incluir a otros dos.
—¿A
otros dos?
—Sí.
Weil y Felix. Weil era un checo y Felix un polaco. ¿Y sabías que ellos también
eran judíos? —preguntó María, que bajó el tono de voz hasta convertirlo en un
susurro.
Szukalski
emitió una breve risa.
—¿Crees
que habrían aprobado la forma en que utilizamos su famosa prueba?
—Creo
que se habrían sentido muy orgullosos de nosotros —contestó Maria con suavidad.
F I N

