Libro N° 6039. El Planeta Oculto. Wollheim, Donald A.
© Libro N° 6039.
El Planeta Oculto. Wollheim, Donald A. Emancipación. Mayo 25 de 2019.
Título
original: © El Planeta Oculto. Donald A. Wollheim
Versión Original: © El Planeta Oculto. Donald A. Wollheim
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A
CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL PLANETA OCULTO
Donald A. Wollheim
INTRODUCCION
Todo el mundo
conoce la estrella vespertina, esos raros brillantes sostenidos dominan por una
hora o dos el cielo crepuscular poco después de la puesta del sol. Los
madrugadores conocen también el Lucero del Alba que, en algunas épocas del año,
anuncia la salida del sol. El hombre moderno sabe que estos astros, en
apariencia dispares, son el mismo, el planeta Venus, el más hermoso y brillante
de los objetos celestiales, por ser el vecino planetario más próximo a nuestra
madre Tierra.
Durante
milenios los hombres se han maravillado ante su brillo rutilante y se han
preguntado qué misterio oculta. Pero nos corresponde a nosotros, los que
tendremos la suerte de vivir en 1960 y la década siguiente, y saber algo de lo
que se oculta tras este misterio. Ha sido anunciado oficialmente que no
tardarán ya mucho en realizarse las pruebas de lanzamiento de cohetes con el
fin de cruzar el abismo de cincuenta millones de kilómetros que separa a ambos
mundos en el momento de su mayor proximidad, con el fin de informar a los
hombres que los lanzan sobre lo que se esconde bajo el velo del planeta oculto.
Lo que sabemos
de Venus es escaso pero atractivo. Sabemos que por su peso y tamaño es un
planeta gemelo de la Tierra: su diámetro es de 12.300 kilómetros y el de
nuestro globo de 12.700. Sabemos que en Venus la intensidad de la gravedad es
0,88 de la terrestre, lo cual significa que 100 kilos sólo pesarían allí 88.
Sabemos que posee una atmósfera espesa. Más próximo al Sol que la Tierra, a
pesar de ello la temperatura que debe de reinar en algunos puntos de su
superficie no resultaría un obstáculo para la vida. Además, nadie sabe cómo es
su superficie. Venus está cubierto eternamente por una densa capa de nubes
compactas. Se desconoce la duración de su día... Las opiniones de los
astrónomos varían sobre este punto, afirmando algunos que tiene una duración de
veintidós horas, mientras otros sostienen que dura cuarenta y seis días de los
nuestros. Se desconoce por completo la naturaleza de su superficie; no se sabe
si es un desierto, un océano o un lodazal. Incluso los elementos que
constituyen su atmósfera están sujetos a polémica.
Estas cosas
sólo podrá averiguarlas un cohete de pruebas. Gracias a él podremos saber
también si su atmósfera contiene oxígeno y si hay agua en su superficie, sin lo
cual la vida en Venus sería altamente improbable. Pero entretanto, y mientras
esperamos que los cohetes inicien sus arriesgados viajes impulsados por la
combustión de sus motores, podemos proyectar algunos de los posibles secretos
del planeta oculto en la pantalla de la imaginación. En las cinco aventuras
venusianas que se incluyen en este libro, seguramente existirán algunos
extremos que resultarán proféticos. Por ello hay que leer El Planeta Oculto no sólo en busca de las emociones que solamente puede deparar la buena
literatura de fantasía científica, sino también para atisbar lo que nos reserva
el futuro.
DONALD A. WOLLHEIM
EXPEDIENTE DE CAMPAÑA
Por CHAD OLIVER
1
El viento frío venía en ráfagas del Pacífico grisáceo,
empapando a Los Angeles bajo cortinas de lluvia oscilante. Keith Ortega
avanzando penosamente entre los charcos de Wílshire Walk, empezaba a lamentar
haber dejado su helicóptero en el Centro. Estaba bastante seco bajo su
desviador de lluvia, pero el aire que penetraba por debajo de las líneas de
energía se notaba decididamente viciado.
A su alrededor la amplia acera estaba desierta, aunque
distinguía algunas luces mortecinas, que surgían de los escaparates de las
tiendas. Un anuncio aéreo del Gobierno de color violeta, estaba suspendido
suavemente sobre su cabeza: Cuidado con
hacer volcar el bote.
Torció a la izquierda en el cruce desierto de Santa
Mónica y dos manzanas de casas más allá llegó al pie de la Torre Vandervort. Un
centelleante rótulo anaranjado de neón brillaba sobre la lujosa puerta
principal: Queremos a su niño.
Keith Ortega cruzó el umbral y se apresuró a desconectar
su desviador de lluvia. Hizo una profunda inspiración de aire relativamente
fresco y se sintió mucho mejor. No había nadie en el vestíbulo: él ya había
supuesto que aquella tarde no reinaría allí mucha actividad. Se dirigió al
ascensor, sintiendo sus pies ligeros y torpes sin el desviador de lluvia en los
zapatos, y subió al piso décimo, donde estaba la sala de visitas. Le sorprendió
ver que había gente en ella.
Ellen Linford, que parecía ser el compendio de la
maternidad norteamericana, había echado el guante a otra joven pareja. Hacía
saltar a un niño de corta edad sobre las rodillas mientras sonreía, y ni
siquiera el hecho de que Keith supiese que Ellen detestaba a los niños,
consiguió anular el efecto que producía la escena. Ellen era una buena actriz.
No tenía más remedio que serlo.
Keith asumió la que él presumía que era una expresión
bondadosa y paternal, y tomó asiento junto a Ellen.
—Buenas tardes, Mrs. Linford —dijo, mirando con expresión
radiante al niño y haciéndole cosquillas en el mentón—. ¿De quién es esta
monada? ¿Cómo estás, hombrecito?
—Es una niña —le corrigió Ellen. Luego se volvió hacia la
nerviosa pareja que la acompañaba— Bueno, han tenido ustedes suerte. Este señor
es el propio Mr. Ortega.
Hermano, pensó Keith.
La pareja se animó, al verse en presencia de la Fama de
carne y hueso.
—No sabes cuánto me gusta que hayas conocido a los
señores Sturtevant —dijo Ellen—. Han resuelto dejar a su pequeña Hazel al
cuidado de la Fundación. ¿No crees que debemos felicitarles?
—Efectivamente —asintió calurosamente Keith Ortega,
estrechando las manos de los padres de la criatura—. Han tomado ustedes una
decisión muy prudente y juiciosa.
Los Sturtevant vacilaban. Por último la señora les espetó
la inevitable pregunta:
—Verá usted, señor; yo aún no entiendo del todo las
condiciones —dijo con una voz excesivamente aguda—. ¿Por qué no podríamos ver a
Hazel de vez en cuando? Es decir... no es que quisiésemos acunarla ni nada de
eso... sólo cerciorarnos de que sigue bien...
—Yo trataba de explicarles... —empezó a decir Ellen.
—Mire, Mrs. Sturtevant —la atajó Ortega—, permítame
asegurarle que lo que usted pide nos merece la mayor simpatía. Su reacción es
la propia y normal de una madre norteamericana, y nos alegramos de que
manifieste tal preocupación por su hija. Por desgracia, no seria prudente que
volviese a ver a Hazel, aunque sólo fuese por un momento.
Mistress Sturtevant miró a su esposo como pidiendo su
ayuda; viendo que éste no se la prestaba, siguió adelante como pudo.
—¿Pero, por qué?
Keith frunció el ceño y formó una precisa pirámide con
sus manos.
—No hay más remedio que atenerse a los hechos, mi querida
señora —dijo hablando lentamente—. Si. usted desea retener a Hazel, desde luego
nadie podrá impedírselo. Ha venido usted a la Fundación por su propia y
espontánea voluntad, y seguramente habrá realizado las suficientes
averiguaciones acerca de nosotros para saber que somos una empresa de absoluta
confianza. Nosotros creemos que los niños confiados a nuestro cuidado tienen
derecho a vivir su propia vida, y hemos comprobado que los reiterados contactos
con los padres no hacen más que crear dificultades al niño. Y supongo que lo
que usted quiere es que su hija Hazel lleve una vida plena, normal y dichosa,
¿no es verdad?
—Naturalmente que sí —dijo el marido. Se veía a la legua
que a él no le importaba en lo más mínimo lo que pudiese ser de la pequeña
Hazel.
Keith sonrió.
—En ese caso, confíen ustedes en nosotros —dijo—.No
pueden tener las dos cosas. Les doy mi palabra de que Hazel estará en buenas
manos en esta Fundación. Si tienen algunas dudas, me permito indicarles que
vuelvan a su casa con la niña y reflexionen de nuevo sobre lo que van a hacer.
La decisión compete únicamente a ustedes.
El matrimonio celebró una consulta en susurros. Por
último, Mrs. Sturtevant musitó:
—Dejaremos a Hazel con ustedes.
—¡Espléndido! —exclamó Ortega, estrechándoles nuevamente
las manos—. Firmen los documentos que les presentará Mrs. Linford, y asunto
concluido. Yo mismo iré a ver a Hazel de vez en cuando, así es que no se
preocupen por ella. —Consultó el reloj, a pesar de que ya sabia perfectamente
qué hora era—. Discúlpeme, pero tengo que irme. ¡Les deseo muy buena suerte!
Salió apresuradamente de la sala de visitas en dirección
al ascensor dejando que Ellen diese los últimos toques al asunto No podía
soportar la despedida final de padres a hijos; le crispaba los nervios. Si los
padres querían tanto a sus vástagos, ¿por qué los entregaban a la Fundación?
El ascensor le subió hasta el piso décimoquinto.
En el exterior, la fría lluvia seguía cayendo del cielo,
formando verdaderos arroyos a los lados de la Torre Vandervort.
Keith Ortega entró en su despacho, un agradable santuario
con las paredes cubiertas de estantes de libros y que olía discretamente a humo
azulado de tabaco, y lo primero que vio fue la luz roja parpadeando en el
tri-di.
Alguien había llamado. Como su número privado era muy
poco conocido, quien llamaba debía de ser probablemente Carrie o su jefe, el
propio Mr. Vandervort. Se dejó caer en el mullido sillón de su escritorio y
oprimió el botón.
Era Vandervort. Su rostro arrugado llenaba toda la
pantalla. Cuando hablaba, su barba nívea subía y bajaba para subrayar sus
frases.
—Hola, Ortega —dijo—. Por lo que veo, ha salido usted de
nuevo. Si por casualidad volviese hoy a su despacho, quiero que pase a verme
personalmente antes de irse a casa. Ha sucedido algo importante. Esto es todo.
La pantalla se oscureció.
—Condenado viejo —dijo Ortega en voz alta.
La voz de su amo. No podía escapar. Tendría que ir a
estrechar la mano de aquel viejo bromista, aunque sabía que aquello «tan
importante» que decía que había sucedido no sería probablemente otra cosa sino
que Vandervort tenía ganas de hablar con alguien. Era la segunda vez en una
semana que esto ocurría, pero después de todo, Vandervort era quien pagaba.
Tomó el ascensor hasta la entrada principal del campo de
aterrizaje para helicópteros, en el piso treinta, y tomó uno de los
helicópteros de la Fundación. Aún llovía bastante para hacer que el tránsito
fuese escaso, pero el viento reinante no lo impedía en absoluto.
Hizo subir al helicóptero hasta el pasillo aéreo de los
mil quinientos metros de altura y salió disparado hacia el norte a la modesta
velocidad de trescientos veinticinco kilómetros por hora. Se mantuvo siguiendo
la costa, ligeramente sobre el lado de tierra, y puso el piloto automático para
que le mantuviese muy por debajo de las rutas mercantes continentales. Había
muy poco tránsito, puesto que los subsónicos evitaban utilizar los paracaídas
de descarga en espera de que el tiempo mejorase un poco.
En quince minutos, el helicóptero torció a la derecha y
ascendió zumbando por el Cañón de Vandervort. Le detuvieron cuatro veces los
cancerberos electrónicos de su jefe, pero consiguió convencerles de que era
realmente quien afirmaba ser. Aterrizó en el húmedo y resbaladizo patio de la
enorme hacienda, puso en funcionamiento su desviador de lluvia, exhibió sus
credenciales ante un guardián que debiera haberle conocido de vista, y
finalmente entró en el salón de visitas.
Un mayordomo se inclinó sonriendo cortésmente y le dijo:
—Por aquí, doctor Ortega. Mister Vandervort le está
esperando.
—Ya lo sabía —repuso Ortega.
Siguió al anacrónico mayordomo por el familiar laberinto
de vestíbulos lujosamente alfombrados, abrumado como de costumbre por la
fabulosa riqueza que se exhibía en el castillo de Vandervort. Desde luego, la
decoración no era de mal gusto, pero era demasiado abundante y ostentosa.
Los dos hombres recorrieron pausadamente la parte del
castillo reservada a los visitantes y de ella pasaron a las habitaciones
particulares, que, aunque pareciese imposible, eran aún más recargadas.
Subieron por la escalinata de mármol hasta el segundo piso, siguieron un
interminable pasillo gris, y finalmente se detuvieron ante una fantástica
puerta de caoba.
Te felicito —se dijo
Ortega—. Has dado la vuelta al mundo con
patines.
El mayordomo llamó discretamente con los nudillos a la
puerta de caoba.
Una lucecita verde se encendió en el centro de aquélla.
—Puede usted entrar, señor —dijo el mayordomo,
inclinándose.
Ortega dominó su impulso de inclinarse a su vez y entró
por la puerta que acababa de abrirse. Tuvo apenas tiempo de ver a una joven de
tipo extraordinariamente provocativo que salía furtivamente por otra puerta.
—¡Ah, hola, Ortega! —le saludó Vandervort con voz de
trueno, enderezándose en su sillón—. ¿Por qué ha tardado tanto?
La estancia era enorme, como todo lo demás de aquella
mansión. El suelo estaba cubierto por una alfombra parda que iba de pared a
pared y que debía de costar una fortuna, y estaba abarrotada de mesas; sillas, secreters, chimeneas, libros, cuadros,
magnetófonos, flores, chucherías, cortinajes y mil cosas más difíciles de
reconocer. Como siempre, hacía un calor sofocante, como el que reina en un
invernadero durante un día húmedo.
James Murray Vandervort era un hombrecillo
insignificante, pero a pesar de ello se le consideraba el hombre más rico de la
Tierra. Vestía un traje verde oscuro. Tenía el rostro rojo y congestionado
debido al abuso que hacía del coñac y su barbita blanca, cuidadosamente
recortada, estaba ligeramente descentrada. Tenía ciento cinco años de edad y su
corazón no estaba en muy buen estado.
Ortega le dijo:
—Lo siento. Me retrasé a causa de un tifón.
Vandervort rió a boqueadas y su cara se puso aún más
congestionada.
—Bueno, hombre, bueno, no importa. Tome un coñac.
Hablaba con voz sorprendentemente estentórea, como sí
siempre estuviese gritando a grandes distancias.
Ortega aceptó el coñac, que le sirvió Vandervort en
persona, y se secó la frente, que ya tenía cubierta de sudor. Calculó que la
estación debía de hallarse a una temperatura superior a los treinta grados, y
se dijo consternado que por lo menos tendría que permanecer una hora allí.
Su jefe empezó, como era su costumbre, por medio de
vociferantes circunloquios.
—¿Cómo va el negocio? —le preguntó—. ¿Cuántos hemos
conseguido para este cargamento?
Ortega se hundió en un enorme y mullido sillón que dejó
reducido su metro ochenta de estatura a la que tendría aproximadamente un
pigmeo.
—Hoy ha flojeado un poco, Van. Pero de todos modos hemos
conseguido sesenta y cinco. Todos ellos saludables y berreando que da gusto
oírles.
—Hum... ¿Y la merma?
—Treinta y cuatro para la Fundación. Los restantes ya
están en la nave.
—Muy bien. Espléndido. ¿Han surgido complicaciones?
—No, ninguna. Unicamente me preocupa tener que dejar esa
nave en Arizona. Si el Gobierno tropieza con ella...
Vandervort lanzó una de sus estentóreas carcajadas,
palmoteando alegremente con sus endebles manos.
—¡El Gobierno!
¿Cuántas veces tendré que decirte, Keith, que soy yo quien mando en el
Gobierno? O en lo que sea. ¿Más coñac?
Ortega pudiera haberse pasado. muy bien sin el coñac en
aquel calor tropical, pero aceptó otra copa. Aquello formaba parte del ritual.
Había que esperar a que el viejo se decidiese a hablar. Si tenía algo
importante que decir, lo diría cuando le pareciese. Y si no.... tendría que
resignarse. Van era un hombre lo bastante poderoso como para permitirse este y
otros caprichos.
—Yo soy muy fuerte, Keith —dijo Vandervort, mientras sus
ojos azul pálido vagaban azorados por la habitación.
—Lo sé perfectamente.
—Puedo comprar y vender a todo el Gobierno, y aún ganar
dinero con la operación. Tengo a mi servicio a los mejores expertos del mundo
para falsificar los registros de la Fundación. La mitad de los niños se quedan
aquí en la Tierra, y con esto basta para despistar. El Gobierno no me preocupa.
—Ya lo sé. Pero a mi sí.
Vandervort habló durante veinte minutos acerca de lo poco
que le preocupaba el Gobierno mundial. Señaló una y otra vez el cuidado con que
éste se andaba, a cuántos senadores había sobornado, y añadió que lo que hacían
no era ilegal... sino únicamente extralegal. Por último, cuando Keith Ortega
calculaba que había perdido ya unos tres kilos en aquel baño de vapor, volvió a
abordar el tema principal.
—¿Qué hay de nuestras colonias? —le preguntó Vandervort,
mientras paladeaba el coñac—. ¿Qué hay de los robots?
Keith se encogió de hombros.
—Por el momento todo va como una seda —dijo—. Usted sabe
tanto como yo, acerca de esto. Aún es pronto para obtener resultados concretos.
La cultura A sólo tiene seis años, y tenga usted en cuenta que es la de más
edad que tenemos.
Vandervort tamborileó con los dedos en el brazo del
sillón.
—Dicho en otras palabras: no lo sabes.
Keith enarcó las cejas.
—Van, nos llegan informes semanales, y tenemos allí a
veinte personas, entre hombres y mujeres...
—Es igual; no lo sabes. Y tú eres el único que tendría
que saberlo. —El viejo potentado se puso trabajosamente en pie y empezó a
pasearse por la estancia. Las zapatillas que calzaba producían un golpe sordo a
cada paso que daba. En sus ojos empezó a brillar aquel extraño fanatismo que
Keith nunca comprendió. Deteniéndose, apuntó con el índice a Ortega—. ¿No lo
ves, Keith? ¿No lo ves?
Keith sabia muy bien de qué hablaba Vandervort. Sintió en
su interior una grave inquietud.
—Vamos, dígalo de una vez, Van.
Vandervort se acercó a él y se detuvo mirándole y
jadeando pesadamente. En su cuello latía una abultada vena. El calor era
sofocante.
—Muy bien, Keith, seré más explícito. Llevamos diez años
trabajando juntos, desde el día en que te saqué de tu jabonera y te devolví al
trabajo. Quedó entendido, cuando tú estableciste las colonias, que irías
personalmente a ellas para dirigir la realización del proyecto. Creo que ya es
hora de que vayas, y me parece que deberías quedarte allí por lo menos un año.
¿Qué te parece?
—No hay necesidad...
—Yo creo que sí la hay. Nada puede ir mal, allá, ¿te
enteras? ¡Nada! Ya has mandado bastante desde aquí. Tendrías que irte con
Carolina en la próxima nave... no me gustaría tener que ordenártelo, Keith.
Keith sonrió.
—Siéntese, Van. Va a estallarle una arteria. Y no me
amenace, por favor. Yo no soy su esclavo.
El anciano Creso frunció el ceño, reflexionó y tomó
asiento de nuevo. Una ligera expresión de desconcierto y frustración apareció
en su cara.
—Yo me imaginaba que querrías ir, Keith.
—Lo pensaré.
—Muy bien, como tú quieras. Sólo que... bueno, dejémoslo.
Puedes irte, Keith.
—Gracias. Ya le llamaré.
Abandonó la estancia, ansioso por salir de su sofocante
atmósfera, y antes de trasponer el umbral vio cómo volvía la extraña joven. El
mayordomo le estaba esperando, y le acompañó hasta el patio.
Era de noche y seguía lloviendo. Elevó el helicóptero por
encima del cañón y voló hacia el sudeste, en dirección a su casa del desierto.
A gran distancia, bajo su aparato, medio ocultas en una máscara de lluvia, las
luces de Los Angeles brillaban como diamantes multicolores enterrados en arena
negra.
Un anuncio aéreo del Gobierno se cernía como un pálido
fantasma violeta frente a él: Cuidado con
hacer volcar el bote. Keith lo atravesó con el helicóptero y el anuncio
volvió a formarse tras él, pacientemente.
Carolina debía de estar esperándole.
Keith levantó la mirada, tratando de atravesar las
tinieblas y la lluvia. Venus era invisible, y estaba a una distancia fabulosa
de su hogar.
II
Aquella noche tomaron bistec de verdad para cenar, que
estaba muy sabroso, y cuando hubieron terminado se retiraron al anexo. Casi
nunca utilizaban el living de cristal
de acero, a menos que tuviesen invitados, ya que a ambos les resultaba
imposible descansar allí. El anexo fue en principio una habitación acogedora
situada en una de las alas de la casa... un inocente conglomerado de libros,
magnetófonos, cuadros a medio terminar, muebles anticuados y un pequeño bar.
Casi toda su vida transcurría en el anexo.
Carolina se puso una andrajosa bata y empezó a trabajar
en su última creación artística, una pintura al óleo que representaba a un
cactus bajo el sol del desierto. El tema, en opinión de Keith, no tenía nada de
original. El se tendió sobre el diván y fingió leer, mientras se dedicaba a
observar a su esposa.
Ella era una rubia menudita, que mediría apenas un metro
cincuenta y cinco de estatura, con una cara de muñeca que invariablemente la
hacia merecedora del adjetivo de «mona», palabra que detestaba cordialmente.
Ortega se casó con ella hacía veinte años, cuando ella contaba veinticinco, y
aún seguían queriéndose con un amor suave. Su vida había sido dichosa y
agradable, y a Keith le costaba tener que admitir que les hubiese faltado algo
en ella.
Quizá se equivocaba. El era un hombrón, y ella se había
acostumbrado a caminar a su sombra, tanto mental como físicamente. Veinte años
atrás, él había sido un prominente
socioculturista y partidario de la Federación mundial, pero no tardó en sentir
hastío ante las exigencias, las predicciones fáciles y los problemas triviales.
Dejó su empleo y dio la vuelta al mundo en una sorprendente embarcación de
vela, buscando algo que no era capaz de hallar. Carolina se plegó a sus deseos
sin la menor queja. El formuló su tesis sobre la Edad de las Tinieblas, que le
dio fama hasta cierto punto, y dio conferencias y escribió sobre esta cultura
hasta que se dio cuenta de que nadie se lo tomaba muy en serio. Se refugió en
un fácil sarcasmo que reflejaba una desazón interior que él era incapaz de
comprender, y ni siquiera la excitación que le produjo el proyecto Vandervort
consiguió satisfacerle. Reconocía que en todo el universo había pocos hombres
con quienes fuese menos fácil de convivir que él.
No hubiera sido exacto decir que Carolina estaba
deprimida, pero por otra parte a él le hubiera costado afirmar que su mujer era
feliz. Inquieta. Esta era la palabra
adecuada. Ella asaba de la pintura a la literatura, admitiendo alegremente que
lo hacía bastante mal en ambas disciplinas, y de la vida nocturna en Los
Angeles a largos paseos matinales a caballo por el desierto. Raramente se
quejaba, y no se metía jamás en la vida de su marido. Hasta cierto punto
parecía estar esperando, esperando siempre, sin saber exactamente lo que
esperaba.
Ambos hubieran deseado tener hijos, pero éstos no
vinieron. Acariciaron la idea de adoptarlos, pero nunca dieron ningún paso
definido en este sentido.
—Hoy he visto a Van, Carolina —le dijo él por último,
dejando el libro.
—¿Ah, si? —dijo ella, añadiendo una pincelada de amarillo
al color pardo de la arena—. ¿Aún vive?
—Este hombre es eterno. Me gustaría saber lo que se traía
entre manos.
Carolina miró el cuadro bizqueando los ojos.
—La verdad es que no lo sabemos.
—A veces resulta cómico, Carolina. Yo he montado toda
esta empresa con su dinero y su determinación, se me ha llevado diez años de mi
vida, y aún no sé qué finalidad persigue.
—Nadie te impide dejarlo, Keith, y siempre podemos botar
de nuevo nuestro viejo velero.
—No, hijita. Esta vez no
puedo dejarlo —Vaciló—. Carolina, Van quiere que vayamos a Venus por un año
para ver como van las cosas allí.
Carolina dejó los pinceles y se volvió, enarcando las
cejas.
—¿Quieres decir personalmente?
—Sí, personalmente. A Venus.
—¿Qué más ha pasado hoy... una guerra con Suecia?
—Hablo en serio, cielito. Quiere que vayamos.
Carolina se acercó a él para sentarse en el borde del
diván parecida casi a un pájaro en su pequeñez. Lo besó, risueña. Luego
encendió un cigarrillo y paseó la mirada por los libros, los cuadros y las
paredes acogedoras y familiares.
—¿Cuándo nos vamos, cariño?
—¿De veras quieres irte? Tú ya sabes como es Venus. Está
muy lejos de todos y de todo...
—Creo que nos haría bien, Keith —dijo ella despacio. Pasó
sus delgados dedos por sus cabellos de un rubio pálido—. Me gustaría ir.
—Tendrías que ir a la escuela durante un tiempo, querida.
—Estoy dispuesta a hacerlo —En sus ojos azules brilló de
pronto una esperanza inesperada y sorprendida—. ¿Recuerdas lo que decías
siempre, Keith, de esa Edad de las Tinieblas que tanto te obsesionaba? Pues
verás, yo he pensado con frecuencia... es decir...
El miró a su esposa y sonrió.
—Tú también opinas que estamos presos de nuestra propia
cultura. Nos hemos enmohecido. Esto es lo que yo pienso. Nos limitamos a ir a
la deriva... No es fácil nadar contra la corriente.
—Podernos hacerlo, Keith. Estoy segura de ello.
Ella lo deseaba. Lo deseaba desesperadamente. En cuanto a
Keith, no estaba muy seguro de ello, pero supo ocultar bien su indecisión. Besó
a su esposa y le dijo:
—Veremos, querida. Veremos.
Los meses siguientes pasaron como un torbellino. Carolina
estaba muy ocupada estudiando el complejo cultural de Halaja, pero a Keith
Ortega le quedaba mucho tiempo libre. Después de dar muchas vueltas al asunto,
decidió volver a ver a Vandervort.
El anciano, que parecía un enanito sonrosado y barbudo
conservado por toda la eternidad en un asfixiante panteón, se alegró de verle,
aunque demostró también una ligera aprensión. Estaba otra vez preocupado y
nervioso a causa de los detalles.
—¿A qué debo el honor de esta visita voluntaria, Keith?
—dijo con su voz de trueno,
sirviéndole una copa de un coñac exquisito, pero que su visitante aceptó a
regañadientes— ¿No habrás cambiado de idea?
—No, Van. Iremos.
—Muy bien. ¡Espléndido! —Los ojos pálidos de un azul
desviado que brillaban en el rostro congestionado giraron nerviosamente para
abarcar la enorme estancia deteniéndose ora en un jarrón ora en una estatuilla
antigua, y después en la chimenea encendida. A pesar del espantoso calor, tenía
la epidermis seca y Keith sabía que esa era fría al tacto. El vozarrón del
anciano llenaba toda la habitación—. ¿Sucede algo malo, acaso?
Aquella pregunta tan directa era desusada en Vandervort,
que solía ser más sutil de lo que aparentaba. Keith se aprovechó de ello.
—No, toda va bien, Van. El único que no voy bien soy yo.
—Vaya —exclamó el anciano, levantándose con dificultad,
sin hacer caso de las instrucciones del médico. Luego se metió una píldora en
la boca y la tragó con un buen sorbo de coñac. Empezó a pasear sobre la mullida
alfombra parda. La vena de su cuello latía con la sangre procedente de su
cerebro—. ¿Qué te pasa? ¿Tienes miedo? ¿Estás preocupado?
Keith sacó la pipa, la llenó y la encendió. El humo
azulado ascendió en volutas por la atmósfera húmeda y sofocante, extendiéndose
en una delgada película bajo el cielo raso.
—Lo que me preocupa es usted —repuso.
—Ah —exclamó Vandervort, hundiéndose de nuevo en su
sillón y sirviéndose más coñac—. Temes que pueda morirme dejándote en una...
hum... posición delicada. ¿No es eso?
—No. Lo que me preocupa es cuáles puedan ser sus motivos,
Van.
El potentado entornó los ojos hasta convertirlos en dos
simples rendijas.
—Eso a ti no te concierne, Keith.
—Creo que tengo derecho a saberlo.
El anciano pareció contraerse en el sillón, haciéndose
más pequeño que de costumbre. Le temblaba ligeramente la barbilla. Hubiérase
dicho que casi parecía asustado. Mas ¿qué podía temer James Murray Vandervort?
—Tienes un sueldo muy bueno —dijo, con voz menos fuerte
que antes.
—Antes de conocerle a usted, el dinero no me faltaba. El
dinero es secundario.
Los ojos azul claro se abrieron.
—¿Por qué aceptaste este empleo, Keith?
Keith Ortega vaciló. ¿Por qué lo había aceptado? ¿Lo
sabía de verdad?
—Yo aporté mis ideas —dijo, tratando de hallar palabras—.
Pensé que podría ser algo interesante. Tal vez estuviese aburrido —Sonrió—.
Quizás quería hacer zozobrar el bote, o sólo moverlo un poquito.
Sus palabras no le satisficieron.
—Muy bien. Espléndido. ¿No se te ha ocurrido nunca que yo
pudiera sentir interés en ver lo que sucedería? Quizás yo también esté
aburrido. Aunque un hombre tenga algunos billones de dólares, no por eso deja
de ser un hombre, Keith.
—No pongo en duda su humanidad —dijo Keith, dando lentas
chupadas a su pipa—. Pero no me trago eso de que usted sólo sintiese una simple
curiosidad. Le conozco demasiado bien, Van. Esto es más importante para usted
que la propia vida. ¿Y por qué, Van, por qué?
Vandervort apartó la mirada, para contemplar el atestado
vacío de la gran habitación, y no replicó.
Keith Ortega le observaba con atención suma. Aquel
anciano tenía ciento cinco años. Como Keith, no tenía hijos. Había invertido un
billón de dólares en el secreto proyecto de Venus, y se había convertido en un
fanático. ¿Qué buscaba en Venus?
Keith conocía a su viejo jefe muy bien. Desde luego, no
era tan solo un filántropo idealista, a decir verdad, le importaba muy poco el
animal humano. Su objetivo no era el lucro comercial... Después de tantos años
de dedicarse a los negocios, estos le causaban hastío, y en el mejor de los
casos los consideraba como un medio para conseguir una determinada finalidad.
Era cualquier cosa menos un soñador.
—Tal vez —dijo por último Keith, para romper aquel largo
silencio—, tal vez lo que usted quiere es llevar al hombre a las estrellas.
Quizás cree usted en el destino.
El anciano soltó una de sus estruendosas carcajadas,
mientras su rostro se teñía de púrpura.
—Tal vez sí, Keith —dijo, riendo—. Es posible que sí.
Siguieron conversando, pero nada importante salió a
relucir. A primeras horas de la mañana, sin haber conseguido averiguar lo que
deseaba, Keith se fue, tras despedirse del anciano. Vandervort se quedó sentado
en su sillón en la habitación tórrida, sonriendo ligeramente, atisbando
nerviosamente las sombras y sorbiendo su copa de coñac.
Keith se elevó en su helicóptero y se dirigió hacia su
casa, con las luces de Los Angeles bajo él y la luna llena sobre su cabeza. El
viento nocturno, desviado por los rotores, le producía una sensación fresca y
agradable en el rostro. A gran altura sobre su cabeza, las rutas comerciales
estaban atestadas de aeronaves.
El signo malva flotó en el aire ante él: CUIDADO CON
HACER VOLCAR EL BOTE.
Durante todo el viaje de regreso estuvo pensando en el
anciano Vandervort, solitario en su castillo, y aquella sencilla pregunta
seguía planteándosele con insistencia:
¿Por qué?
Afortunadamente, había otras preguntas más fáciles de
responder.
Keith Ortega respondió a algunas de ellas a entera
satisfacción suya hacía ya bastante tiempo. Escribió un libro bajo el titulo
algo melodramático de La Nueva Edad de
las Tinieblas, y fue esta obra la que hasta cierto punto hizo concebir a
Vandervort su proyecto de Venus. El libro conoció amplia difusión. En general
se le consideraba como probablemente acertado y desde luego entretenido.
Nadie se tomó este libro muy en serio... lo cual hasta
cierto punto confirmaba su tesis.
Nadie, excepto Vandervort.
El libro se ocupaba del planeta Tierra.
¿En qué consistía?
La historia de la Tierra era familiar a todo el mundo.
Después de un millón de años, aproximadamente, de aplastar las cabezas de sus
semejantes con armas cada vez más potentes y mejores, el animal humano alcanzó
finalmente una civilización muy uniforme y estable que cubría todo el planeta.
Lo hizo por simple necesidad, cuando estaba al borde de la extinción nuclear,
pero de todos modos lo hizo. En el año de gracia de 2050, el sueño de un Mundo
Unico había dejado de serlo.
El animal humano vivía en él.
No obstante, en su comprensible prisa había negligido
algunas premisas básicas.
En una sola civilización se habían amalgamado gran
variedad de ellas. Considerando lo que enseñaba la historia, no podía haber
sido de otro modo. Una cultura occidental en su misma esencia, debida a una
sucesión de avances técnicos, se había extendido por todo el globo para
arraigar profundamente en él. E1 auge que conoció fue duradero, después de
engullir y dirigir todos los restantes modos de vida existentes en el planeta
Tierra.
Había un Mundo Unico y reinaba la paz.
Una civilización monótona y uniforme, pero floreciente,
que cubría todo el planeta.
El animal humano empezó a respirar más libremente.
Había un bromista a bordo, aunque su risa tardó mucho en
dejarse oír[1].
Un Mundo Unico significaba un solo complejo cultural. No hubo orquestación de
diferencias sino sencillamente una obliteración
casi completa de diferencias. Cuando el hombre tenía prisa, tomaba el atajo más
corto que se le presentaba.
Era un buen complejo cultural, y el animal humano vivía
de una manera mas desahogada que en ninguna ocasión anterior. Nadaba en la
abundancia, en el seno de una cultura que poseía ilimitados recursos técnicos,
amparados por una filosofía basada en la dignidad del hombre. La Tierra se
convirtió en un paraíso... literalmente, puede afirmarse que hubo un paraíso en
la Tierra. Los junglas, los desiertos y las soledades árticas, cuando fueron
necesitados se convirtieron en tierras verdes y fértiles. La energía solar fue
domeñada, y por un costo muy barato. Las Empresas Vandervort amasaron miles de
millones gracias a la utilización de la energía solar, pero aseguraron un
eficiente reparto de las mercancías.
Lo cultura florecía.
Los otros mundos del sistema solar fueron sumariamente
explorados, descritos y cayeron en el olvido. Tanto Marte como Venus,
contrariamente a lo que presumían algunos autores antiguos semicientíficos,
resultaron ser habitables. Habitables, pero no muy agradables. Marte era un
desierto árido y casi desprovisto de agua, y Venus un extraño mundo selvático
que nunca había visto el sol. Disponiendo aún de los recursos intactos de la
Tierra, no valía la pena colonizar los otros mundos.
La Tierra era un Paraíso, además, que nadie quería
abandonar.
El animal humano se quedó pues en la Tierra. Esta le
bastaba. Además, tenía el deber de apreciarla, de protegerla, de mimaría. La
nueva divisa fue: CUIDADO CON HACER VOLCAR EL BOTE.
El complejo cultural uniforme, el marco donde transcurría
la existencia humana, se llenó. Todas las culturas tienen un potencial que no
pueden ultrapasar. Todas las culturas tienen su hito, su límite. Una cultura
puede realizar sus valores, alcanzar sus objetivos, seguir todos los caminos
que se abren ante ella. Cuando esto sucede, ya sea en Grecia, en Roma o en la
Australia paleolítica, la cultura se agota y comienza a repetir lo que ya ha
realizado. A través de la historia vemos que cuando una civilización alcanzar
su clímax y se estabiliza, surge en otro lugar una nueva cultura, fresca y
llena de vida, para tomar el relevo y seguir en un nueva. dirección, sacudiendo
a la vieja civilización y sacándola de su rutina.
Esta vez no existían, sin embargo, culturas rivales.
No podía realizarse el relevo.
En el año 2100, la civilización terrestre se había
quedado sin municiones convirtiéndose en una perfecta cultura occidental
estática y congelada. Empezó a repetirse incesantemente, en un círculo vicioso
que no llevaba a ninguna parte.
No era una cultura decadente ni retrógrada. En realidad,
ni siquiera se deterioró. Se limitaba a recorrer su lisa y uniforme pista
circular de ceniza, sin sudar y apacible, satisfecha de sí misma.
Los gente en su mayoría, ignoraban completamente lo
sucedido como es de suponer. ¿Cómo podían saberlo? Supieron lo hombres que
vivieron en la Edad de las Tinieblas que su época era tenebrosa? ¿Y de haberlo
sabido les hubiera eso importado?
Las gentes eran todo lo dichosas que se puede ser. Todo
el mundo estaba bien alimentado y gozaba de las máximas comodidades. El
espectro atómico habíase esfumado. La gente joven aún seguía enamorándose y lo
primavera llegaba todos los años.
¿Quién iba a decirle al hombre sentado a los mandos de su
helicóptero que su cultura ya había perdido el empuje vital?
Por lo tanto, no había más remedio que atenerse a la
consigna: CUIDADO CON HACER VOLCAR EL BOTE.
Sin embargo, existían algunas señales. La ignorancia
siempre se paga.
La pérdida de la vitalidad cultural no tardó en
manifestarse... Poco a poco, el índice de natalidad empezó o decrecer. El
número de suicidios aumentó en proporción correspondiente... a pesar de que los
hombres vivían en un paraíso. La gente se suicidaba por motivos que lindaban
con el ridículo. Muchos matrimonios repudiaban a sus hijos. El número de
nacimientos ilegítimos aumentó, a pesar del descenso general en la natalidad.
La cultura había perdido el rumbo.
En realidad, no se trataba de decadencia.
Se trataba de aburrimiento, de hastío.
Estos eran los hechos que Keith Ortega había sacado a
relucir. Esto era la realidad con que Vandervort tenía que enfrentarse. Fue
todo lo que motivó el proyecto venusiano.
A las cinco de la madrugada del primero de septiembre del
año de gracia 2150, Keith Ortega y su esposa embarcaron en la astronave de la
Fundación, oculta en una árida región del desierto de Arizona.
Además de Keith y Carolina, la nave transportaba a dos
pilotos, un navegante, un médico, cincuenta niños de corta edad, veinticinco
robots humanoides especiales, calculadoras y vituallas.
Keith y Carolina se sentaron a descansar en su camarote.
No había nada que ver en él... ni portillas, ni cuadros de mando, ni luces
centelleantes. Tampoco tenían nada que hacer. Era la primera vez que ambos
despegaban en una astronave. Se dispusieron a esperar.
Un suave zumbido recorrió toda la nave, y fue aumentando
hasta convertirse en una baja y potente pulsación. El murmullo del aparato de
aire acondicionado subió. Un relé electrónico chasqueó fuertemente al colocarse
en posición.
—Ya se acerca, ya se acerca —susurró Keith.
Las luces se amortiguaron. Un rugido ahogado y
carraspeante surgió de las profundidades de la astronave. Sintieron un
repentino vértigo que duró un segundo, cuando su corazón dejó de palpitar. Las
luces se encendieron de nuevo, el sonido se hizo más fuerte, y entró suavemente
en acción el propio campo gravitatorio de la nave. Esta cruzaba ya los
espacios.
Ascendía a través del pálido y rosado resplandor de la
aurora. Ascendía a través del mar tranquilo y silencioso que nunca conoció
mañana ni noche, risa ni lágrimas.
La Tierra había desaparecido.
Keith sonrió a su esposa y se preguntó cuánto tiempo
tardarían en ver nuevamente un cielo azul.
III
VENUS.
Keith se lo imaginaba mentalmente, e incluso había visto
fotografías e informes científicos que trajeron los primeros expedicionarios.
Creía saber adonde se dirigía.
Como puede suponerse, la realidad fue distinta, Cuando
desembarcaron de la astronave en la estación de llegada, a mas de cuarenta
millones de kilómetros de la Tierra su primera impresión fue de semejanza, lo cual les produjo una gran
sorpresa.
Los informes científicos, por lo general, tendían a
subrayar lo desusado y lo extraño. El que leyese antiguas descripciones del
Sahara o de la cuenca del Amazonas, podía olvidar muy bien que estas regiones
estuviesen en el mismo planeta que Los Angeles, Londres o Nueva Delhi...
Incluso podría sacar la impresión de que sus habitantes ni siquiera eran seres
humanos.
Más que otra cosa la estación de llegada de Venus parecía
un rincon cualquiera de la Tierra en un día muy brumoso y cálido. Estaba muy
nublado, lo cual ya era de esperar, y la atmósfera estaba constituida por una
espesa neblina gris. El clima era caluroso y húmedo, y el aire tenía un sabor
artificialmente dulce y embriagador. Una vegetación gris verdosa rodeaba a la
estación con un impenetrable muro, y el silencio reinante era espeso y
aceitoso.
Poro los aspectos realmente extraños de Venus —las
difusas colonias de organismos que respiraban oxígeno y se extendían por las
nubes más altas, las extrañas corrientes térmicas que condensaban el vapor de
agua antes de que éste pudiese alzarse hasta las fajas de seis kilómetros de
anhídrido carbónico—, éstos eran invisibles.
Mientras el médico, con ayuda de los robots perfectamente
humanoides, procedía a la descarga de los niños, Keith y Carolina se dirigieron
hacia el edificio de la estación que tenía forma de cúpula. Mark Kamoto les
distinguió cuando apenas habían dado una docena de pasos. Echó a correr hacia
ellos, gritando y haciéndoles alegres gestos.
—¡Hola! —gritó—. ¡Bienvenidos al Reino Submarino!
Cuatro horas después, tras beberse el contenido de dos
cafeteras entre los tres, aún seguían charlando sin parar, presas de la
inevitable verborrea que se presenta siempre cuando se reúnen de nuevo los
amigos que han estado mucho tiempo separados.
Keith sonreía mirando a Mark, más delgado y curtido que
cuando dejó la Tierra tres años antes.
Por último le dijo:
—Nos gustaría salir a echar un vistazo.
—Antes tenemos algunas cosas que hacer —observó Mark—;
así que creo mejor que esperemos a mañana. O sea hasta dentro de once días
terrestres.
—Deja de hacerte el veterano y de tratarnos como a unos
bisoños, chico —le dijo Keith—. Sabemos perfectamente cuanto dura la noche de
Venus.
—Que te crees tú eso — repuso Mark —. Lo sabes en teoría.
¡Espera a experimentarlo en la práctica!
Después que hubo transcurrido aquella larga noche y la
grisácea luz del día surgió de nuevo, Keith tuvo que admitir que Mark tenía
razón. Los diez días terrestres que duraba la noche venusiana fueron muy
atareados y animados, salpimentados además por el exotismo de lo auténticamente
nuevo.
A pesar de eso, no dejaron de hacérseles interminables.
La mitad del tiempo llovió... una lluvia firme y
sostenida, monótona, que tamborileaba en la jungla por una perseverancia
exasperante. Las nubes lucían con una pálida fosforescencia. Para un hombre
nacido y criado en la Tierra, el efecto que esto producía era desconcertante.
Era como si uno durmiese siempre de día, para encontrarse al despertar con una
luz nocturna que caía de las nubes. Al acostarse de nuevo seguía siendo
medianoche.
Con Mark a los mandos del helicóptero, despegaron entre
la niebla matinal y pronto dejaron mas atrás el claro donde se alzaba la
estación. Cuatro niños, que constituían el cupo destinado a Halaja, compartían
con ellos la cabina del aparato.
Uno de ellos, un niño con expresión solemne, largos rizos
y una naricilla respingona, pasaría por hijo de Keith hasta que éste volviese a
la Tierra.
—Mirad los pájaros —dijo Carolina.
Los había a millares, grandes como halcones y de
abigarrado plumaje. Volaban en bandadas sobre la jungla gris verdosa,
abatiéndose de vez en cuando sobre pequeños reptiles parecidos a lagartos que
vivían en las anchas hojas de la parte superior de la selva. Eran muy parecidos
a las aves acuáticas que volaban sobre los mares de la Tierra, zambulléndose en
ellos para capturar los peces.
El helicóptero volaba rumba al oeste, por el espacio
abierto entre las algodonosas montañas de nubes y el mullido techo de la selva.
En una ocasión sobrevolaron una llanura cruzada por multitud de riachuelos,
junto a los que se veían animales paciendo. Las ciénagas y lodazales abundaban,
pero las elevaciones del terreno eran escasas.
—Adelante —decía Mark.
Venus no tardó en exhibir su habilidad favorita: la
lluvia. Se hizo un poco más obscuro y las esponjas formadas por las nubes
grises empezaron a gotear. El helicóptero, mojado, avanzaba a través del
chaparrón, oscilando ligeramente al cruzar algunas zonas diluviales. Sin
embargo, no soplaban vientos fuertes. Tampoco brillaban los relámpagos ni
tronaba.
A las ocho horas de vuelo llegaron a Halaja.
Desde el aire, medio oculta por la llovizna, la aldea de
Halaja parecía la amarillenta fotografía de un antiguo puesto fronterizo de la
Tierra. No estaba rodeado por murallas ni empalizadas, pero las casas de madera
formaban un cuadrado en torno a una plaza central, y se comunicaban mediante
pasadizos cubiertos de tablas. En el centro de la plaza había un estanque
circular y en torno a éste un anillo de fogones donde los moradores de la aldea
cocinaban. En un radio de tres kilómetros en tres direcciones alrededor de la
aldea, la jungla había sido talada y en el terreno se había plantado fruto de
Sirau. Hacia el lado oeste se extendía una campiña abierta, y más allá de ella
discurría el Río del Humo, con sus lentas aguas azules serpenteando
perezosamente a través de la espesa jungla verde gris. En la plaza se veían
algunas figurillas que corrían, que desde la altura a que se encontraba el
helicóptero parecían hormiguitas negras.
Halaja. Un lugar habitado.
Keith tomó entre las suyas la mano de Carolina.
Mark hizo aterrizar el helicóptero en el encharcado campo
de fútbol que había al oeste del poblado.
Los tres juntos atravesaron el campo y tomaron un húmedo
sendero que cruzaba un huerto de Sirau. Keith sostenía sin muchos miramientos a
un niño en brazos mientras que Mark, demostrando mayor experiencia, cargó con
dos de ellos. Carolina llevaba al caballerete de la nariz respingona. La
llovizna que empapaba el aire les enfriaba la cara y descendía en regueros por
sus cogotes.
—¡Eh! —gritó alguien desde la aldea—. ¡Compañía!
Un grupo de adultos salió corriendo a su encuentro.
Vestían muy sencillamente con camisa y pantalones cortos. Iban descalzos, La
mayoría de los niños aún no sabían andar, pero dos de ellos gatearon hasta la
entrada del pueblo, para quedarse mirando muy sorprendidos aquella procesión.
—Esto parece un acontecimiento —observó Keith, sonriendo.
—En Halaja no suelen recibir muchas visitas —dijo Mark.
Los habitantes de la aldea los rodearon, hablando todos a
la vez. Dieron amistosas palmadas en la espalda de Keith y estrecharon con
mucha compostura la mano de Carolina. Se apoderaron de los niños que llevaban,
con gran alivio por parte de Keith, y todos rieron, hablaron y se
congratularon.
Bill y Ruth Knudsen eran la única pareja de seres humanos
que vivía en el pueblo, pero si Keith no lo hubiese sabido previamente, no
hubiera conseguido distinguirlos, tan perfectamente imitados estaban los robots
humanoides.
—¡Keith! —gritó Bill Knudsen con voz atronadora—. ¡Cuánto
me alegro de volver a verte!
Bill era un hombrón rubio con una barba que pedía a
gritos una navaja.
Ruth, radiante y sonriendo de oreja a oreja, intervino:
—Por fin os habéis decidido a venir. ¡Qué alegría nos
habéis dado! Os hemos preparado una habitación que creo os gustará.
La alegría que brillaba en sus ojos indicaba de manera
harto elocuente, hasta qué punto daba la bienvenida a otra persona de su sexo,
que colmaría su necesidad de compañía femenina.
El alegre cortejo penetró en la aldea, entre vítores y
canciones.
Seis horas después, Mark montó de nuevo en el helicóptero
y se fue.
Había comenzado su vida en Halaja.
Le resultó extraordinariamente fácil adaptarse a la vida
de la aldea. A pesar de que ésta era distinta de la vida que habían llevado en
la Tierra, habían estudiado ya sus costumbres y se adaptaron sin contratiempos
a su rutina. El fruto de Sirau no requería cuidados extraordinarios, y las
horas libres se pasaban en juegos y ceremonias y relatando leyendas sagradas...
la mayoría de las cuales habían sido escritas por el propio Keith.
El ritual, en el verdadero sentido de la palabra, era lo
que dominaba la vida de Halaja.
Carolina puso el nombre de Bobby a su hijo adoptivo.
Después de dos meses terrestres de vivir en la aldea, Bobby contaba ya con un
año de edad y crecía muy hermoso. Probablemente no era más digno de admiración
que los otros niños de su edad que vivían en Halaja, pero Keith y Carolina se
embabiecaban contemplándolo.
Una noche Keith se fue con el niño a sentarse en un banco
de madera, junto al estanque del centro de la plaza. Una vez allí se entretuvo
haciendo saltar a Bobby sobre sus rodillas.
Había estado lloviendo desde hacía seis días terrestres,
pero en aquellos momentos la lluvia había cesado. De las húmedas junglas venía
una brisa fría y dulce. El resplandor nocturno que descendía de las masas de
nubes que poblaban el cielo semejaba un suave claro de luna, que bañaba la
campiña con una cálida luz plateada. Los perfumes de las flores selváticas
cruzaban el aire como ríos de olor. La amarillenta luz de una hoguera iluminaba
el lado opuesto de la plaza, y las casas de la aldea no eran más que negras
sombras bajo las pálidas y altas nubes.
—Bobby —dijo al niño—, llamamos a este estanque la
Mansión del Espíritu. Quizás haya quien diga que no existen los espíritus, pero
no saben lo que nosotros.
El niño reía y pataleaba sin prestarle la menor atención.
Keith llenó la pipa con una mano y la encendió con su
encendedor.
—No transcurrirán muchos años, Bobby, antes de que
conozcas a otros hombres y mujeres junto a este mismo estanque... gente de mar
de Acosta, que está en el Mar del Norte, industriales de Wlan, Mepas y Carin,
grandes cazadores de Peuklor, hombres de la lejana Equete, donde sueñan ya con
la navegación interplanetaria. Bailarás con ellos, cantarás en su compañía e
intercambiarás ideas. Tú serás uno de los que participarán en estas reuniones
celebradas por la primera generación de hombres que han vívido en Venus.
Conocerás a los que, como tú, crecen también en este mundo, los conocerás en
paz, porque pacífica habrá sido vuestra vida, y todos juntos... ¿qué es eso,
Bobby?
Bobby se había puesto a lloriquear.
Keith se echó a reír.
—Todavía no puedes entender lo que digo, hijo mío. Aún es
demasiado pronto. Pero algún día lo entenderás. Algún día...
Una mano se posó en su hombro.
—Te estás volviendo un viejo melodramático, querido —le
dijo Carolina, depositando un ósculo en su oreja y sentándose a su lado.
—Pues te aseguro que aún no he dejado boquiabierto a
Bobby con mi sabiduría —repuso Keith—. Por el contrario, le aburro.
—Concédele unos cuantos años, querido.
Keith miro a su esposa a la luz que bajaba de las nubes.
Los azules ojos de Carolina brillaban como nunca habían brillado en la Tierra.
Sentada a su lado, tan pequeña y frágil, irradiaba una tranquila serenidad que
se contagiaba a su esposo.
—Dentro de algunos años, Bobby tendrá a un robot por
padre —dijo.
—Ya lo sé.
La fría brisa que se había levantado al cesar la lluvia
se convirtió en un lento y perezoso vientecillo cálido. Una horda de
hambrientos insectos penetró volando en la plaza, con el deseo de demostrar
cuán digerible era la sangre humana. Todos los habitantes de la aldea habían
sido vacunados con un producto que mantenía a distancia aquella plaga, pero de
todos modos sus zumbidos eran muy molestos.
Los tres se alejaron del estanque, iluminado por la
pálida luz de las nubes, y entraron en su casa.
Habían transcurrido ocho meses terrestres.
En la plaza que rodeaba la Mansión del Espíritu, los
tambores redoblaban rítmicamente y un canto ritual llenaba los ámbitos. Los
robots humanoides realizaban una más de las numerosas ceremonias sagradas,
mientras los niños de la aldea se apiñaban arrobados junto al estanque,
sorbiendo las palabras, la música y los sentimientos que se iban convirtiendo
rápidamente en substancia propia.
Entre tanto, en la agradable estancia central de su casa
de madera, Keith y Carolina escuchaban, sentados sobre un colchón de corteza de
árbol. Frente a ellos se sentaban Ruth y Bill Knudsen.
—Una de las ventajas que tiene ser humano —observó Bill—
es que se puede dejar que los robots hagan todo el trabajo, al menos hasta que
los niños sean lo suficientemente creciditos para extrañarse de que nosotros no
estemos ahí fuera, vociferando y pataleando como los demás.
—Dime, ¿qué te hizo venir aquí? —le preguntó Keith.
Bill se encogió de hombros.
—Ruth me embaucó para que lo hiciese.
Su mujer, una hembra bastante vulgar, pero que poseía una
oculta fortaleza que le infundía cierto atractivo, asintió.
—Allá abajo había demasiadas chicas guapas. Pensé que
Bill estaría más seguro aquí.
Bill y Ruth siempre bromeaban al hablar de ellos mismos.
Keith se preguntó si esto sería un síntoma de la época o si los hombres se
habían mostrado siempre reticentes al hablar de las cosas importantes.
—Ha sido maravilloso teneros con nosotros —dijo Ruth—. Os
echaremos de menos cuando os vayáis.
—Aún faltan meses. Cuatro, exactamente.
—Creo que todos necesitamos un poco de bebida ceremonial
—dijo Bill con su vozarrón—. Esta reunión está resultando muy sosa. A este
paso, vamos a terminar todos llorando.
Keith se volvió a Carolina.
—¿Qué dices tú, alta sacerdotisa?
—Mientras sea exclusivamente ceremonial —dijo Carolina—,
me parecerá como sí no nos apartásemos de nuestro deber.
—Por una extraña coincidencia —les comunicó Bill—,
resulta que tengo un vinillo muy bueno oculto en mis habitaciones.
—Pues tráelo —dijo Keith.
Bill se agachó para penetrar en el túnel de comunicación.
Sus pies desnudos resonaron con golpes sordos sobre las tablas, y no tardó en
regresar con una botella de Bourbon. Carolina sacó cuatro copas de arcilla y un
jarro de agua.
Todos brindaron por el futuro. A pesar de lo mucho que
querían a Halaja y lo que ésta representaba, sin embargo, no era su patria.
Ellos no eran más que comparsas, y de vez en cuando les gustaba desaparecer de
la escena.
De la plaza llegaba el sordo golpear de los tambores y
los melodiosos cantos de los robots de Halaja. Los niños guardaban un silencio
sepulcral.
—Vamos a hacer ahora unos cuantos brindis ceremoniales
—propuso Bill.
—De acuerdo —dijo Keith.
Bebieron a la salud del viejo Vandervort.
Luego brindaron por la Tierra.
A continuación levantaron sus copas de nuevo para brindar
por varios principios generales.
Cuando llegó el quinto brindis, se sentían dominados por
un beatífico sopor.
—Me parece —dijo por último Carolina— que este es el
momento más adecuado para comunicaros una buena noticia.
—¡Hum! —murmuró Keith—. Desembucha.
Carolina se apartó un mechón de rubios cabellos que le
tapaba los ojos.
—Para decirlo del modo más grosero —dijo—. Habéis de
saber que estoy embarazada.
Keith pegó un brinco. Dándose cuenta de pronto que tenía
la boca abierta, la cerró y volvió a sentarse.
Bill y Ruth, risueños, la felicitaron cordialmente.
Carolina se mostraba satisfechísima.
—Tendremos que irnos cuanto antes —dijo Keith—. Te
llevaré de nuevo a la Tierra, a una clínica...
Se interrumpió, al ver la expresión de la cara de su
esposa.
—No tengas prisa —le dijo Carolina—. Aún no es el momento
de poner el agua a hervir.
—Perdóname —dijo Keith, sumiso.
—Querido —le dijo ella, hablando lentamente—. ¿Por qué
tenemos que volvernos? ¿De veras quieres que tu hijo nazca en la Tierra?
Los tambores se acallaron y el canto se convirtió en un
apagado susurro, que se elevaba sobre la plaza y la Mansión del Espíritu.
Keith se sonrió al decir:
—Será lo que tú quieras, Carolina. Me atengo a tu
decisión.
IV
SE QUEDARON DONDE ESTABAN
Un año después de otro, tras el nacimiento de su hijo, el
cual fue bautizado en Halaja mediante el rito acostumbrado, Keith recibió un
mensaje de su anciano jefe. Mark corrió a llevárselo, y decía como sigue:
«Mi querido Keith: Me duele tener que decirte que no me
gustan los informes que me envías sobre nuestro proyecto. Los he encontrado
excesivamente breves y poco informativos. Te ruego que los hagas más detallados
de ahora en adelante. Es absolutamente imprescindible que yo sepa cuanto ocurre
en nuestras colonias. Te lo repito: es absolutamente imprescindible. ¿Cómo se
desarrolla la estructura ceremonial? ¿Están debidamente coordinadas las
industrias de Wlen, Mepas y Caris con las especulaciones de los filósofos
astronautas de Equete? ¿Qué me dices de la actitud individualista de los
cazadores de Pueklor? Tengo que saberlo todo. ¿Te quedarás por mucho tiempo
más? ¿Cómo van los robots? ¿Cuándo tendrán lugar los primeros fallecimientos?
Aquí reina cierta agitación. Corre el rumor de que fue descubierta una de
nuestras naves al despegar. Se habla de una posible investigación. Pero yo me
las entenderé con el Gobierno. La Fundación sigue yendo como una seda y hay más
niños en camino. Tengo que estar enterado de los resultados completos de todo
esto, y de todo lo nuevo que suceda. Sé que has tenido un hijo. Te ruego que a
partir de ahora me envíes informes más completos. (Firmado): James Murray
Vandervort.»
Este mensaje dejó a Keith muy preocupado, y decidió no
enseñárselo a Carolina. Las fastidiosas demandas exigiendo más información eran
típicas de Van, pero lo que más le inquietaba era aquella insinuación de
sospechas por parte del Gobierno.
A pesar de la influencia de que gozaba el anciano y de su
omnímodo poder, Vandervort no era el amo de la Tierra. Por poco dinámico que
fuese el Gobierno mundial, no por ello podía hacérsele caso omiso.
La paz en la Tierra se conquistó al precio del
conformismo. La era de la abundancia se basaba en un sistema estable en el cual
todos pensaban igual, se conducían igual y hablaban igual. El sueño acariciado
por la Humanidad durante siglos de guerra, de odio y de temor, se había
alcanzado. El hombre tenia lo que siempre había ambicionado, y no tenía prisa
por cambiar. Su lema era muy sencillo:
Cuidado con
hacer volcar el bote.
Pues bien: las colonias de Venus zarandeaban
peligrosamente el bote.
Se avecinaba la tempestad.
Era cierto que aquellas colonias no eran exactamente
ilegales; ninguna ley prohibía establecer nuevas culturas en Venus. A nadie se
le había ocurrido tal posibilidad... no existían precedentes legales de ellas.
No eran ilegales; estaban fuera de la ley.
Pero si las descubrían, el juego había terminado. Su
eficacia dependía totalmente del secreto. Había que dar tiempo a las colonias
para que creciesen, se desarrollasen e infundiesen vida y vigor en sus
costumbres. Eran ellas quienes debían establecer contacto con la Tierra... y no
al revés.
En otro tiempo, aquello constituyó para Keith un
experimento científico desusadamente interesante, y nada más. Desde luego, lo
que menos le importaba era su resultado No existía ni el más remoto peligro de
que las nuevas culturas floreciesen únicamente para llevar la guerra a la
pacífica Tierra. Las colonias fueron planeadas de tal modo que la guerra era
imposible en ellas.
Los antiguos socioculturistas crearon una ciencia a
partir de las primitivas disciplinas sociales como la psicología, la
sociología, la antropología y la economía. Las colonias venusianas fueron el
resultado de esta ciencia.
Pero la ciencia, para ser tal, tiene que dar un
resultado.
Si un ingeniero conoce su cometido, el puente que
construya no se hundirá.
Si un socioculturista conoce su cometido, su cultura será
lo que él desee.
Keith, por así decirlo, había construido un puente. Había
que reconocer que era un puente construido a gran escala, pero no por ello
dejaba de ser un puente. No sintió demasiada emoción al construirlo.
Pero eso fue antes de ir personalmente a Venus.
Fue antes de vivir en Halaja.
Fue antes de saber que su propio hijo adoptivo tendría
que cruzar el puente que él había construido.
Por lo tanto; no quería que pudiese sucederle nada a
aquel puente.
Y mientras sostenía el mensaje en la mano, la antigua
pregunta volvió a alzarse ante él. Le parecía ver al anciano como lo había
visto por última vez... como un enano rubicundo y barbudo, pisando la mullida
alfombra en su habitación sofocante y disparatada, con sus azules ojos de
fanático atisbando en los rincones oscuros...
Era también el puente del anciano.
El fue quien preconizó su construcción, a pesar de que
sabía que no viviría para verlo terminado ni para beneficiarse de él.
La pregunta obsesionante volvía una y otra vez al
espíritu de Keith:
¿Por qué?
Pasaron los años, que para Keith y Carolina estuvieron
colmados de felicidad.
Vieron crecer a sus dos hijos... a Bobby, el adoptivo, y
a Keith, el propio. Les vieron crecer fuertes y erguidos, y nunca lamentaron
haberles privado de la Tierra. Los niños aman la cultura en cuyo seno han
nacido, y para Keith y Bobby, Halaja era su hogar.
Los días eran largos y llenos de risas y quehaceres. El
fruto de Sirau florecía en los claros ganados a la jungla y las grandes aves
semejantes a halcones manchaban con vivos colores los eternos nubarrones grises
del cielo. En el campo situado junto a las lentas aguas azules del Río del Humo
se celebraban partidos con el mismo ardor y entusiasmo que si se tratase de un
campeonato mundial en la Tierra... y en realidad, uno de los juegos predilectos
de los muchachos era la pelota base. Resultaba extraño oír el golpe seco del bate en el húmedo aire venusiano...
Se realizaban expediciones por la jungla, durante las
cuales se descubrían extraños animales y se aspiraba el aroma de las flores
tropicales.
Y siempre, sin cesar, seguían celebrándose los ritos y
ceremonias que constituían la contribución de Halaja a la sociedad en ciernes
que se estaba formando en Venus.
De vez en cuando caían las grandes lluvias torrenciales
que creaban verdaderos arroyos entre las casas de troncos de la aldea... La
lluvia que tamborileaba sobre los pasadizos de tablas y agitaba las aguas del
pequeño estanque circular del centro de la plaza. De noche, las nubes lucían
con el suave resplandor plateado propio de un hechizo inmemorial, y Keith y
Carolina supieron lo que era enamorarse de nuevo.
Los niños crecieron hasta que dejaron de ser niños.
Los robots humanoides fueron pasando discretamente a un
segundo plano, a medida que envejecían a los ojos de los jóvenes. El primero de
aquéllos tenía que morir antes de un año.
La Tierra parecía muy lejana.
Y entonces, catorce años después de haber visto por
primera vez la aldea de Halaja, Keith oyó el sonido que tanto temía escuchar.
Un súbito chirrido agudo rasgó las nubes sobre su cabeza,
un agudo bufido que resonó entre la gris llovizna de una larga y perezosa
tarde. Keith no podía ver lo que causaba el ruido, pero sabía lo que era.
Una astronave.
Y no de la Fundación.
El Gobierno mundial tenía aún algunas astronaves en
estado de funcionamiento... unos cuantos esqueletos solitarios que eran todo
cuanto quedaba de la flota medio olvidada
que en una época muy lejana exploró el sistema solar, para declararlo
inútil y de ningún provecho.
Unas cuantas astronaves que se empleaban de vez en cuando
para alguna rara investigación, unas cuantas astronaves que contribuían a
reforzar el «slogan» de:
Cuidado con
hacer volcar el bote.
De pie bajo la lluvia, Keith Ortega dejó escapar un
juramento.
—¡Carolina! Ocúpate tú de todo... Di a Bill que volveré
tan pronto como pueda.
—Ten cuidado, Keith.
Carolina salió a la puerta de su casa, pequeña y frágil
con su camisa y pantalones cortos.
El pequeño Keith —que ya no era tan pequeño por
entonces—, y Bobby escuchaban con curiosidad los ecos de la nave que disminuía
su velocidad, y se preguntaban de qué podía estar preocupado su padre.
—¿Qué pasa, papá? —le preguntó Keith.
—¿Permites que te acompañemos? Puedes necesitar ayuda.
—le dijo Bobby.
Keith les miró con lo que se figuraba que era una
expresión firme, y les dijo:
—Ya no sois niños, sino jóvenes, hombres jóvenes, y ya
tenéis responsabilidades. ¿Os habéis olvidado de las ceremonias de esta noche?
—Perdónanos, papi. Pensábamos que...
—Yo me ocuparé de esto. No es nada importante.
—Y dinos, ¿qué fue ese ruido tan raro?
—Esto es lo que deseo averiguar —repuso Keith—. Supongo
que fue producido por una tempestad sobro las nubes.
—Muy bien, papá.
Él les dejó bajo la lluvia y salió corriendo de la aldea
para tomar la senda que conducía al Río del Humo. Cruzó el río a nado, con lo
que apenas se mojó un poco más de lo que estaba, y siguió corriendo por un
camino oculto en la jungla. Cuando llegó junto a su helicóptero de urgencia,
convenientemente oculto, jadeaba apresuradamente.
Si sus hijos llegaban a ver la astronave, las
consecuencias serían funestas.
Se elevó en el helicóptero entre aquel diluvio gris, dio
todo el gas y enderezó el rumbo hacia la estación en forma de cúpula que estaba
hacia el este, muy lejos de allí. Sin duda alguna los intrusos habían
conseguido localizar y seguir a una nave de la Fundación desde la Tierra.
Puesto que estas naves se ocultaban cuidadosamente a la vista de las colonias
venusianas, aterrizaban invariablemente en la estación terminal donde el propio
Keith desembarcó catorce años antes.
Keith miró la lluvia y apretó los puños.
Si aquella nave era del Gobierno —y forzosamente tenía
que serlo—, las dificultades eran inminentes e inevitables.
Le era insoportable, a estas alturas, pensar en un
fracaso.
Del modo que fuese, había que detener a aquella nave.
Después de ocho horas de vuelo, aterrizó en el calvero
que se extendía frente a la estación.
La lluvia había cesado y vio la astronave tan pronto como
franqueó el goteante muro de la jungla gris verdosa. Era una nave enorme, y
lucía la enseña azul del Gobierno mundial en su proa. Se posó con el
helicóptero junto a ella, mientras su corazón le latía tumultuosamente.
La nave se cernía silenciosa sobre su cabeza, aplastando
con su enorme tamaño sus pequeños y descabellados planes. ¿Qué podía hacer
él..., atacar la nave con un garrote y un puñado de guijarros?
Era aún de día, pero distinguió una luz amarillenta en el
interior de la cúpula de la estación. No sabía qué partido tomar, pero sabía
que tenía que hacer algo.
Cruzó el campo a pie, notando constantemente la presencia
de la poderosa nave a sus espaldas. ¿Y si la destruyese? ¿Sería capaz de
hacerlo? Y si lo realizase..., ¿no sería eso dar pábulo a las sospechas que ya
alimentaba el Gobierno terrestre..., el cual enviaría sin duda más naves y más
hombres?
Movió la cabeza. Estaba desvariando.
Se le hizo un nudo frío en el estómago.
La redonda cúpula de la estación no tenía ventanas, y por
lo tanto él no podía atisbar lo que sucedía en su interior. Así es que fue en
derechura a la puerta, llamó con los nudillos y entró.
Se encontró en una gran sala central, abarrotada de
vituallas y repuestos. A su derecha se abría una puerta, por la que se recibía
a los niños. Dos robots humanoides conversaban en voz baja recostados en una
pared. Desde el techo se difundía una brillante luz amarillenta.
En el foro, otra puerta estaba abierta a medias. Voces.
Keith avanzó entre los montones de mercancías y llamó a
la puerta entreabierta.
—¿Quién es? — dijo la voz de Mark.
—Soy yo, Keith.
—¡Adelante!
Entró. Sobre la mesa ante la cual Carolina, Mark, y él
habían tomado café hacía tantos años, se veían otras tazas de café.
Y vio también a un hombre uniformado.
—Keith, te presento al capitán Nostrand... de la
Seguridad Espacial. Capitán, le presento a Keith Ortega.
Ambos se estrecharon la mano.
—He oído hablar de usted, señor Ortega —dijo el capitán
Nostrand—. Nunca hubiera imaginado conocerle en circunstancias tan... tan fuera
de lo normal.
Keith midió con la mirada al capitán. Después de la
imagen que se había formado in mente
de un auténtico ogro que le enviaba la Tierra para hacer trizas su sueño, la
vista del capitán Nostrand resultó una agradable sorpresa. Era un hombre de
media edad, de aspecto reposado y cabellos cenicientos. Tenía unos tranquilos
ojos pardos y una sonrisa fácil.
Parecía una buena persona..., si es que esto le podía
servir de algo.
—¿Qué sucede, Mark?
El interpelado se encogió de hombros y luego sirvió a
Keith una taza de café.
—¿No te lo figuras?
El capitán Nostrand se sentó y cruzó sus largas piernas.
—Ha llegado un número creciente de informes al Gobierno
acerca de inexplicables despegues de astronaves —dijo—. Por último, se ha
resuelto averiguar qué sucede. Se consiguió seguir a una de las naves hasta
aquí, y me enviaron para que realizase una investigación. Como ve usted, es
bastante sencillo.
—¿Cuántos hombres ha traído usted?
Nostrand sonrió con sorna.
—¿Se propone usted acaso emprenderla a tiros con
nosotros, doctor Ortega? Piense usted que estoy desarmado.
Keith se sonrojó hasta las orejas.
Discúlpeme. Es que... estoy trastornado, por decirlo en
términos suaves. Dígame, ¿qué se propone usted hacer?
Nostrand bebió un sorbo de café.
—¿Usted qué cree que voy a hacer?
—Puede usted volverse para informar al Gobierno, capitán.
Lo que aquí estamos haciendo es demasiado importante. Usted no puede
comprenderlo. No puedo decírselo.
—¿Qué se apuesta usted?
—Vamos, vamos —intervino Mark—. Tómate el café, Keith. Si
nos acaloramos, no iremos a ninguna parte.
Keith se bebió todo el café de un trago.
—Está usted muy nervioso —observó el capitán Nostrand,
sonriendo—. ¿Qué tiene usted en esa jungla? ¿Una ciénaga llena de monstruos?
Keith se esforzó por reír, consiguiéndolo a medias.
—¿No se lo ha dicho Mark?
—Yo no he dicho nada —intervino Mark—. Pero el capitán
tiene muy buena vista.
—¿Tiene usted un cigarrillo, acaso?
—No faltaba más —dijo Nostrand, sacando un paquete y
ofreciéndoselo a Keith. El humo le supo a gloria.
—Escúcheme, capitán Nostrand. Siento haber irrumpido en
esta habitación como el fugitivo de una pesadilla. Es que... verá usted, lo que
hacemos aquí es extraordinariamente importante..., más importante de lo que
usted se puede imaginar. Una sola palabra de usted bastaría para echar a perder
dos décadas de trabajo. Quiero que usted y su tripulación comprendan...
—Mi tripulación es robot —dijo Nostrand—. El único con
quien tiene usted que tratar es conmigo.
—Entonces, escuche...
—Escúcheme usted a mí por un minuto —le atajó el capitán
Nostrand, hablando lentamente—. No me enviaron aquí para juzgar lo que usted
hace. Esto no es de mi incumbencia. Unicamente me enviaron para que viese si
usted realiza aquí alguna actividad. Y no hay duda de que esto es cierto.
Volveré y diré a a los que me han enviado que aquí existe una colonia
clandestina, y con esto mi misión ha terminado. No quiero que lo tome usted
como una actitud personal mía, ¿me entiende?
Keith dio un puñetazo sobre la mesa.
—¡Pues claro que es personal! —exclamó, sorprendido ante
su propia vehemencia. Si necesitaba alguna prueba de que el Keith Ortega que
había llegado allí de la Tierra hacía catorce años estaba muerto, con aquella
bastaba.
En el exterior empezó a llover de nuevo, y el agua cayó
en un susurro por los costados de la cúpula.
Desesperado, Keith se inclinó sobre la mesa, mirando de
hito en hito al hombre que vestía el viejo uniforme de las Fuerzas de Seguridad
Espacial: Había una sola posibilidad, muy remota...
—Nostrand —dijo, midiendo sus palabras— ¿Cuántos, además
de usted, siguen aún en servicio activo en las Fuerzas del Espacio?
El capitán se sirvió otra taza de café.
—No es necesario que me lo pregunte, doctor Ortega, pues
ya lo sabe.
—¿Cien? ¿Doscientos?
—Ciento veinte.
—Y la mayoría es personal de entretenimiento, supongo.
—Sí.
Se puso a llover con más fuerza. El agua corría a
raudales sobre la pulida cúpula de la estación.
—¿Por qué siguió usted en las Fuerzas del Espacio,
capitán? ¿Qué le ha hecho quedarse en el servicio, si el espacio ya ha muerto?
El capitán Nostrand se encogió de hombros, pera entornó
sus ojos pardos.
—¿Cuántos viajes ha realizado usted últimamente, capitán?
¿Cuántos, en los últimos treinta años?
—Cuatro —dijo lentamente el capitán—. Tres de ellos a la
Luna.
—¿Qué es lo que le mantuvo en el servicio, capitán?
Nostrand se levantó.
—No creo que eso lo importe a usted.
Keith le plantó cara resueltamente.
—Si, me importa. Le conozco, Nostrand. Sé por que siguió
usted en las Fuerzas del Espacio cuando otros hombres se quedaron en casa.
El capitán Nostrand volvió a encogerse de hombros.
—Escúcheme, capitán. Voy a pedirle que espere durante un
mes terrestre antes de regresar. Permítame que le muestre lo que hemos
realizado aquí... todo, sin omitir nada. Si después de esto aún sigue creyendo
usted que su deber es denunciarnos, hágalo. Si no lo cree así, en ese caso
puede usted decir al Gobierno que el cohete que siguieron no era más que una
nave particular que había salido en una excursión de placer, organizada por un
chiflado amante de los viejos tiempos. Vandervort se encargaría de arreglar las
cosas... sí, también le diré a usted todo lo que hay acerca de Vandervort,
capitán. Tiene usted que quedarse... tiene usted el deber de averiguar todo
cuanto desee conocer el Gobierno. Envíeles un mensaje por radio para decirles
que la investigación le requerirá algún tiempo. ¿Está dispuesto a hacerlo,
Nostrand?
—¿Tan importante es para usted?
Keith trató de mantener su voz tranquila.
—Si usted llega a comprender lo que significa Venus para
todos nosotros, nunca nos delatará. Usted y yo sabemos que es posible que la
Tierra abandone para siempre el espacio... ya es demasiado tarde para empezar
de nuevo. No encuentro palabras para explicárselo, capitán. Pero sé lo que le
llevó a usted al espacio, en una época en que casi nadie pensaba en él. Lo sé.
¿Lo ha olvidado usted, acaso?
—No, no lo he olvidado.
—Muy bien. Le pido únicamente un mes.
El capitán Nostrand se sentó y tomó un sorbo de café,
mientras escuchaba el rumor de la lluvia. Luego miró a Mark Kamoto, que
guardaba silencio.
—Es usted muy hábil en argucias —dijo por último
Nostrand—. De acuerdo, esperaré un mes. Aunque hubiera preferido acabar antes.
Keith se sentía exhausto, pero lleno de confianza.
—Pues espere a ver. Aún no ha visto usted nada.
Fuera de la estación, la cálida lluvia caía sobre la
espesa jungla, mientras la larga tarde gris daba paso al lento crepúsculo.
V
En la extremidad septentrional del único continente
habitado por Venus, una parda península penetraba entre las olas de un enorme
mar gris verdoso.
En el helicóptero que se cernía bajo las masas de nubes
que cubrían aquel mundo, a una altura suficiente para no ser distinguido a
simple vista, Ralph Nostrand enfocó su visor y miró por él con atención.
—La modo que eso es Acosta —dijo.
—Sí —repuso Keith—. Mira ahí... frente a la costa... ¿Ves
esas embarcaciones que llegan? Son balleneros.
—¿Balleneros?
—Desde luego, no cazan ballenas, para ser exactos. Sus
presas son auténticos peces, no mamíferos. Pero son de gran tamaño también... y
los cazan con arpones que lanzan a mano.
—¡Qué lugar tan curioso!
El visor le mostraba una pequeña aldea formada por un
centenar escaso de casas de piedra con grandes aleros, que se alzaban sobre un
acantilado que dominaba el agitado océano. Casi todos los hombres habían salido
de pesca, pero por las calles del poblado distinguíanse claramente a sus
mujeres e hijos.
—Mira —dijo Keith— los del barco más próximo traen una
presa.
Nostrand contempló por el visor como los hombres saltaban
de sus sólidas lanchas al agua somera a la rodilla. Sujetaron todos el cabos
que les echaron desde la embarcación más próxima y corrieron con ella hacia la
playa. Una vez allí se dispusieron en hilera y empezaron a hablar.
Una enorme silueta oscura salió a la superficie y se
arrastró sobre los guijarros de la orilla, mientras su enorme cola aún
chapoteaba en las aguas gris verdosas. Se volvió panza arriba y mostró un
vientre blanco. Entonces los pescadores empezaron a bailar y a cantar a su
alrededor.
—¡Cáspita! —exclamó Nostrand—. Vaya un pececito.
—La costa es un lugar bastante inhóspito —dijo Keith—. La
vida es aquí dura para este puñado de aventureros del mar, como ya te dije.
Esta gente tendrá en su acervo una larga tradición marinera de arriesgados
viajes y navegaciones.
Ralph Nostrand le miró.
—Muy sagaz.
—Conozco mi oficio.
El capitán volvió a mirar por el visor, que mantuvo ante
sus ojos durante largo rato. Por último, hizo un gesto de asentimiento.
—Pasemos al siguiente —dijo.
Mark elevó más el helicóptero en busca de un viento
favorable, y volaron entre las cálidas nubes que se extendían sobre las
junglas, dirigiéndose al interior del continente. A las cuatro horas
descendieron de nuevo.
Ante el visor se extendía la primera de las Tres
Ciudades.
—¿Wlan? —preguntó Nostrand.
—Exactamente.
Wlan era el reverso de la medalla del poblado de
pescadores de Acosta. Era una auténtica pequeña ciudad, con una población de
casi cinco mil almas. Estaba pulcramente dispuesta en manzanas cuadradas de
casas, con cómodas mansiones modernas, y el conjunto se hallaba dominado por
dos grandes construcciones que sólo podían ser fábricas.
Las Tres Ciudades representan nuestro poderío industrial
—dijo Keith—. Como es de suponer, de momento aún no producen mucho, y su
economía es en gran parte artificial, pero poseen ya las técnicas básicas.
Hemos establecido una cultura tecnológica embrionaria, y los jóvenes han sido
educados de tal modo que sepan apreciar sus ventajas. Poseen las inclinaciones
necesarias que les permitirán construir aviones antes de un siglo.
Nostrand asintió.
—Había una cosa que quería preguntarte, Keith.
—Dime.
—¿Crees que está bien traer aquí a los niños para
disponer de antemano el curso de su vida? Según como lo mires, esto no parece
muy moral.
El helicóptero se desvió hacia el sudeste, alzándose para
penetrar de nuevo en las nubes.
—Sé lo que quieres decir —repuso Keith—. Eso parece
atentar a su libre albedrío. Aunque no es cierto... a poco que lo pienses,
comprenderás. Si bien se mira, todos los niños nacen en el seno de una cultura
que no han creado ellos; esta característica es inherente a todos los seres
humanos. Así, todos los niños tienen un futuro determinado de antemano. Ahora
bien, lo que hagan con los materiales que les suministre esa cultura, eso si
que es de su competencia. Mientras posean las cualidades primarias, sabrán salir
adelante en cualquier sociedad. Y no olvides que para los que se han criado
aquí, su cultura es ésta; su patria es esta.
Nunca han conocido otra cosa, y harán lo imposible para quedarse aquí. Y no
olvides, tampoco, que los padres de esos niños los abandonaron en la Tierra.
Créeme, esto es mucho mejor que el orfelinato de la fundación.
—Me rindo —dijo Nostrand sonriendo.
—Perdona este sermón, Ralph. Es tremendo tener otra vez
fe en algo. En la Tierra ya no estábamos acostumbrados a eso.
Tras una breve pausa sobre Mepas y Carin, las otras dos
ciudades industriales próximas, el helicóptero tomó rumbo sudoeste, que lo
llevaba a través del continente. Pusieron al helicóptero un piloto automático,
para descabezar un sueñecito entre tanto, y a las dieciséis horas se cernían a
gran altura sobre las tiendas de pieles de Pueklor. El cielo gris y las masas
de nubes no habían cambiado... y quedaban aún ocho días terrestres antes de la
llegada de la pálida noche venusiana.
—Parece una tribu india —comentó Nostrand, mirando
atentamente por el visor—. Recuerdo haber visto en alguna parte unas viejas
fotografías de una de estas tribus.
Keith asintió.
—Nuestro modelo fueron los antiguos indios de las
praderas de Norteamérica. Observarás cuán distinto es aquí el terreno... altas
hierbas en lugar de jungla. Pueklor posee una cultura esencialmente cazadora;
sus habitantes cazan a un animal bastante parecido al antiguo bisonte, pero
mucho más lento que éste. Lo persignen a pie.
A gran distancia por debajo de ellos, las tiendas de
pieles de Pueklor formaban un gran anillo en los herbosos campos de las
praderas del sudoeste. Por el aire tranquilo ascendían volutas de humo y una
bandada de chiquillos corría por las orillas de un río de perezosas aguas.
—Lo comprenderás más claramente cuando veas a algunos de
ellos en Halaja —dijo Keith—. Pueklor es una cultura extraordinariamente
altiva..., repleto de la alegría de vivir, por decirlo así. Infundirán un
auténtico «espíritu de cuerpo» a la cultura continental que surgirá aquí dentro
de un siglo.
El helicóptero voló hacia el este entre espesas cortinas
de lluvia, y cuando regresaron a Equete, situado en los montes del sudeste, los
tres hombres ya estaban molidos hasta los huesos. Sin embargo, la vista de
Equete, acurrucado en un valle rocoso, los despabiló.
Equete estaba formada por una serie de edificaciones de
piedra, bajas y redondeadas, que armonizaban maravillosamente con la abrupta
grandeza del escenario que las rodeaba. Allí se confundían los ocres, los
rosados y los verdes para formar un agradable dibujo que acentuaban los colores
listados del terreno.
—Aquí están los tuyos, Ralph.
—Desde aquí no se ve gran cosa —observó.
Keith esbozó una fatigada sonrisa.
—Equete se dedica al cultivo de la ética... la ética y
una complicada doctrina social. Además, aquí es donde se realizarán las
investigaciones fundamentales que un día conducirán a la creación de una
astronáutica independiente en Venus. ¿Ves ese alto edificio en forma de cúpula?
Los habitantes de Equete poseen ya las premisas básicas para poder construir
antes de que transcurran muchos años un telescopio que les permita atravesar
las nubes. En el terreno filosófico, les hemos proporcionado una imagen lógica
del universo... y su ética exhibe la astronáutica como el primer gran paso a
dar para que se realice plenamente el destino del hombre
—Me gusta —observó Ralph—. Me parece bien.
—Está bien —le corrigió Mark.
—Resulta todo tan complicado —dijo Ralph Nostrand con voz
cansada— Intento comprender vuestros propósitos..., pero nome resulta fácil.
Todas estas nuevas culturas, independientemente de la Tierra, para avanzar a
tientas hacia la astronáutica, que alcanzarán dentro de cien años... Pensemos
en lo que puede pasarle a la Tierra en esos días. ¿Qué sucedería si esta gente
se abate sobre ella para hacerla pedazos?
—Cuando veas la ceremonia de Halaja —le dijo Keith— eso
dejará de preocuparte.
El capitán no se mostraba muy convencido, pero se
contuvo, mordiéndose la lengua. El helicóptero se elevó de nuevo entre las
nubes y voló hacia el norte, de regreso a la oculta estación terminal donde
estaba posada la gran astronave de la Seguridad Espacial en medio do la niebla
matutina.
Keith cerró sus ojos cansados y trató de dormir un poco.
Sabía que Nostrand no era un hombre vulgar... Si lo hubiese sido, nunca hubiera
seguido la llamada del espacio en aquel siglo de estabilidad económica y vida
fácil. ¿Pero sería capaz de ver a Venus como ellos lo veían? ¿Vería a Venus
como la cuna de una cultura nueva y vigorosa que arrancaría a la Tierra de su
marasmo?
Sí la Gran Reunión de Halaja no conseguía conmoverle,
podrían decir que habían fracasado.
Era esta la primera de las solemnes ceremonias que debían
celebrar casi exclusivamente los niños que a la sazón eran ya apuestos
muchachos y muchachas. Los viejos robots humanoides permanecerían discretamente
a un lado. Había que confiar en sus enseñanzas; éstas tenían que haber sido
eficaces.
Pero cuando Keith se durmió en un sueño intranquilo, sus
sueños fueron tan grises y tristes como las húmedas nubes que le rodeaban.
Llegó el día de la Gran Reunión de Halaja.
Quedaban sólo cinco días terrestres para que se cumpliese
el plazo que Keith había solicitado.
En compañía de su esposa y del capitán Nostrand se colocó
en la puerta de su casa de troncos, en espera de que diese comienzo la
ceremonia.
Era de noche y la suave y plateada claridad que descendía
de las nubes hacía brillar la Mansión del Espíritu y bañaba con sus rayos
pálidos y misteriosos la plaza central de Halaja. Grandes hogueras anaranjadas
ardían dentro del círculo de las casas de madera y pasadizos, haciendo danzar
sombras negras y retorcidas en las paredes.
Los tambores sonaban con un ritmo lento y las distintas
voces se confundían en cánticos tenues e insistentes, que se alzaban hacia el
techo del mundo y se perdían entre los lucientes jirones de niebla nocturna.
Durante muchos días y muchas noches los peregrinos habían
cruzado las ciénagas y las selvas del gran continente en dirección a Halaja.
Acudían a aquel sitio hogar como habían hecho siempre, como hicieron sus padres
y sus mayores antes que ellos.
O así lo creían... porque esto es lo que les contaban sus
propios padres, desde que tuvieron uso de razón.
Venían desde Acosta, la aldea situada a orillas del Mar
del Norte, y de las tres ciudades de Wlan, Mepas y Cain. Amidían también desde
las verdes praderas de Pueklor y desde los fragosos riscos de Equete.
Había llegado el día de la Gran Reunión.
No vinieron todos desde luego. Acudían sólo los escogidos
los representantes de sus pueblos, que regresarían después de cruzar la selva,
como siempre habían hecho.
Las hogueras chisporroteaban y los tambores esparcían su
ronco bramido.
Empezó un nuevo canto:
«Oh, amigos lejanos y próximos, nos reunimos como siempre
hemos hecho...»
Y un coro de hombres y mujeres de Acosta, las Tres
Ciudades, Puekloc y Uquete contestó:
«Como siempre hemos hecho, como siempre hicimos. ..»
«Nos reunimos, acudimos, todos distintos, todos
idénticos, en paz y armonía, porque todos somos hermanos...»
«Todos somos hermanos, todos somos hermanos...»
Todos se sentaron codo con codo... Curtidos lobos de mar
junto a dichosos industriales, altivos cazadores junto a graves filósofos de la
lejana Equete.
Los tambores aceleraron su ritmo.
Las hogueras hicieron bailar las sombras sobre los muros.
Había llegado el día de la Gran Reunión.
El corazón de Keith latía con orgullo en su pecho, y
abrazó estrechamente a su esposa. Aquella noche, bajo un cielo extraño que
brillaba con la luz de un millón de lunas... por último había surgido un sueño
para hacerse realidad, un sueño inútil.
Ralph Nostrand guardaba silencio y observaba
intensamente.
Los ancianos —costaba imaginárselos como robots, pues
habían sido padres, madres y amigos— permanecían alejados, entre las sombras,
contemplando a los niños que se habían convertido en hombres bajo su tutela.
Era imposible no creer que se sintiesen orgullosos.
Durante muchas horas prosiguió la ceremonia a través de
la larguísima noche. A los cánticos siguió un festín... y amorosos y alegres
devaneos entre los jóvenes y las muchachas de distantes países, porque aquella
gente no eran santos.
Cincuenta horas después del comienzo de la Gran Reunión,
junto al estanque que era la Mansión del Espíritu, centenares de gargantas
entonaron el antiquísimo canto. Sus palabras eran misteriosas y extrañas,
pero... ¿no decían los dioses que un día estarían repletas de significado?
Keith vio a sus dos hijos cantando junto al estanque.
Su esposa se agitó orgullosa y feliz a su lado.
«Más allá de las nubes que cubren nuestro mundo, más allá
de las lluvias que refrescan nuestro ardor...»
«Más allá de las nubes, más allá de la lluvia...»
«Más allá de nuestros cielos se extienden otros
cielos...»
«Otros cielos, otros cielos...»
«Más allá del océano en el que flota nuestro mundo, más
allá de nuestro océano se extienden otras playas...»
«Otras playas, otras playas...»
«Y en este gran Más Allá la verde Tierra nos espera,
espera la llegada de nuestras flechas plateadas...»
«Las flechas que lanzaremos al Más Allá...»
«La verde Tierra nos espera en el Gran Más Allá, y en
ella nuestros distantes hermanos danzan bajo un límpido cielo azul...»
«Las flechas que lanzaremos al Más Allá...»
«Oh, nuestros hermanos de la Tierra nos aguardan en el
Gran Más Allá...»
«¡Nos aguardan, nos aguardan para la Gran Reunión...»
«Más allá de las nubes que cubren nuestro mundo, más allá
de las lluvias que refrescan nuestro ardor...»
«¡Nos aguardan, nos aguardan para la Gran Reunión!»
Los tambores dejaron de tocar y reinó un silencio
plateado.
Una ligera llovizna caía de las nubes brillantes rociando
la plaza con sus frescas y dulces gotas.
Keith era incapaz de articular palabra. Apretaba la mano
de Carolina en un mudo entendimiento. Sucediese lo que sucediese se alegraba de
haber venido a Venus, se alegraba aun en el caso de que fracasasen, porque más
valía fracasar que no haberlo intentado nunca.
Se volvió lentamente para mirar al capitán Nostrand.
Nostrand permanecía muy erguido mientras las hogueras
llenaban su curtido rostro de sombras.
Tenía la mirada perdida en un punto que estaba más allá
de Halaja.
Sonriendo, tendió la mano a Keith, haciendo un grave
gesto de asentimiento.
En la plaza volvieron a sonar los tambores y el canto
recomenzó.
VI
Cinco años después del regreso de Ralph Nostrand a la
Tierra, la aldea de Halaja seguía dormitando apaciblemente junto a las mansas
aguas azules del Río del Humo.
La mitad de los viejos robots habían muerto y fueron
enterrados, y Bill y Ruth Knudsen se volvieron a su pequeña granja de Michigan.
Había llegado el momento de que las colonias de Venus
iniciasen su vida propia. Había llegado el momento de que los hombres y mujeres
que guiaron los primeros pasos del nuevo mundo regresasen al viejo.
—Ojalá nos pudiésemos quedar, Keith —dijo Carolina
—Yo también desearía quedarme. Pero éste no es nuestro
mundo, y aquí ya no nos necesitan.
—Nunca me imaginé que me costaría más irme que venir a
él.
—Yo tampoco imaginé jamás que viviríamos diecinueve años
aquí.
—Me alegro de no tener que despedirnos de nuestros hijos.
—Aun así, será bastante duro, Carolina. Dejaremos en
nuestro lugar a nuestros viejos facsímiles, para que se mueran, llegada su
hora. Detesto tener que hacer esto con nuestros hijos, pero no deben sospechar
nada.
Caminaban por el sendero selvático que conducía a Halaja,
cogidos del brazo y tratando ya de recordar el mundo que abandonarían tan
pronto. Afortunadamente, los dos robots que desde el primer momento estuvieron
destinados a sustituirles cuando regresasen a la Tierra, seguían esperando y
dispuestos en la estación terminal.
mente, los dos robots que desde el primer momento
estuvieron destinados a sustituirles cuando regresasen a la Tierra, seguían
esperando y dispuestos en la estación terminal.
La paciencia de los robots era infinita.
Estos dos robots irían a Halaja después de la marcha de
Keith y Carolina, y una vez allí enfermarían para morir. Los enterrarían con
los restantes robots en el calvero que se abría junto al Río del Humo, donde un
día sus hijos también irían a dormir el sueño eterno...
Ojalá pudiésemos quedarnos, Keith... Él la besó y mesó
sus rubios cabellos.
—Ahora nos toca a nosotros, querida. No debemos zarandear
el bote.
Sin embargo, aplazaron la partida cuanto les fue posible.
Constantemente hallaban nuevas excusas para quedarse en
Halaja unos días más, en compañía de sus hijos.
Hizo falta un mensaje de Nostrand para que se decidiesen
a irse. Lo recibieron de noche y Mark se lo trajo en el último helicóptero de
la estación; Decía así: «Keith:
Vandervort está muy grave y no se espera que viva mucho tiempo. Quiere verte.
Apresúrate a venir. Ya te hemos enviado una astronave para recogerte. Por aquí
todo va bien. ¿Qué hacéis ahí, tú y Carolina? ¿Os habéis vuelto venusianos?
Firmado: Ralph.»
—Era de esperar —comentó Carolina—. No podía vivir para
siempre.
—De esta no pasa —dijo Keith.
—No tendremos más remedio que irnos.
—Sí. Ahora tendremos que irnos.
Abandonaron la aldea que había sido su hogar una noche en
que llovía copiosamente, mientras sus hijos dormían. Los dos robots humanoides
que se les parecían como dos gotas de agua ocuparon sus lugares en el lecho,
aún cálido de sus cuerpos.
Keith y Carolina cruzaron juntos la plaza de Halaja,
pasaron frente a la Mansión del Espíritu y franquearon las puertas del poblado.
La lluvia fría les lavó el rostro. Siguieron el camino que atravesaba la
plantación de fruto de Siran hasta el encharcado campo de fútbol situado al
oeste del poblado.
No miraron atrás.
El helicóptero se elevó con ellos hacia las nubes
plateadas por última vez, para dirigirse al este, rumbo a la estación terminal.
Allí se despidieron de Mark Kamoto, que les seguiría un año después en aquel
viaje sin regreso.
La astronave que les trajo de la Tierra diecinueve años
antes esperaba ya bajo la lluvia para devolverlos a la patria.
Miraron por última vez el muro verde-gris de la jungla y
la luz amarillenta que surgía de la cúpula. Miraron por última vez los bancos
de nubes luminosas que lucían como un mar de lunas en el cielo.
Miraron por última vez hacia el oeste, hacia donde dormía
bajo la noche la aldea de Halaja.
Subieron a bordo de la astronave.
Les esperaba la Tierra y un moribundo. Perdidos en las
inmensidades del espacio que se extendía entre los mundos, sabían empero que
les aguardaba un anciano, un hombre viejísimo de barba blanca y nerviosos ojos
azules, que lanzaba furtivas miradas hacia las sombras que poblaban su
sofocante habitación.
Les esperaba James Murray Vandervort y una pregunta
final.
¿Por qué?
La tierra era brillante, cálida y limpia bajo el sol de
Arizona. La atmósfera tenía un dorado aroma que invitaba a pasear por las
arenas maravillosas y a llenarse los pulmones una y otra vez.
El cielo era azul y despejado. El verdor de las plantas
del desierto era tan brillante y vívido como si estuviesen recién pintadas.
Como las flores, Keith y Carolina alzaron sus caras hacia
el sol, mientras sentían la caricia del viento.
¡Qué hermoso era hallarse de regreso en la Tierra! No
tenían tiempo de ir a su casa, y así un helicóptero de la Fundación se elevó
con ellos sobre el desierto para dirigirse hacia el oeste, en dirección a Los
Angeles. Involuntariamente, se encogieron amedrentados al paso de los aviones
de carga que pasaban rugiendo por las rutas aéreas y ante las bandada de
helicópteros que llenaban el cielo semejantes a mariposas.
Los Angeles les pareció una ciudad tan vasta, anca y
deslumbradora que casi se quedaron sin respiración. Muy por debajo de ellos,
simples manchas en las tranquilas aguas azules del Pacífico, los submarinos que
navegaban por la superficie se desplazaban como delfines.
El helicóptero viró hacia el norte siguiendo la costa y
luego se desvió hacia la derecha para embocar el Cañón de Vandervort.
Aterrizaron en el patio de la inmensa hacienda e inmediatamente acudió a
recibirles un anciano mayordomo.
Éste les precedió por los vestíbulos ricamente
alfombrados y las escalinatas de mármol, por las que subieron al segundo piso.
Recorrieron entonces el largo corredor gris y llamaron con los nudillos en la
puerta de caoba.
Una lucecita verde se encendió en el centro de la puerta.
Keith y Carolina penetraron en la enorme estancia, y les
pareció que pasaban otra vez de la Tierra a Venus. La atmósfera cálida y húmeda
se desparramó por el corredor como un lago que se saliese de madre.
Aquella habitación no había cambiado. La alfombra parda
seguía extendiéndose de pared a pared, y las mesas, sillas, secreters,
chimeneas, floreros, libros y cortinajes seguían atestando la estancia...
Pero el anciano había cambiado.
Los diecinueve años no habían transcurrido en vano para
él. Vandervort había cumplido ciento veinticuatro años de edad. Ni siquiera los
especialistas en geriatría podían ya salvarle.
El anciano seguía sentado en su enorme y mullido sillón.
Se le veía muy menudito y abandonado. Su barba blanca había adquirido un tono
grisáceo y su rostro congestionado tenía unas desagradables manchas rosadas.
Sus ojos azules estaban vidriosos y abotagados
De pie a su lado estaba Ralph Nostrand, con la cara
iluminada por una sonrisa de bienvenida.
Se estrecharon la mano.
—¿Quién es? —tartajeó el viejo—. ¿Quién hay? ¿Quién ha
entrado?
Keith se inclinó hacia él, diciendo:
—Van, Van, soy yo Keith Ortega.
James Murray Vandervort se enderezó como si una descarga
eléctrica hubiese pasado a través del cuerpecito enclenque y flaco.
—¡Keith! —dijo con voz sibilante. Intentó levantarse,
pero no pudo—. ¿De veras eres tú... después de tantos años?
—Sí, Van.
El anciano trató de distinguirle con sus mortecinos ojos
azules, mientras respiraba entrecortadamente.
—Tengo que saberlo, Keith — dijo con voz débil, con una
voz que era una sombra de la que antaño atronaba la estancia, haciendo huir a
las sombras —. ¡Cuánto he sufrido, Keith! Tengo
que saberlo.
Keith esperó que terminase de hablar, sintiendo una gran
compasión por la ruina humana que se estaba muriendo en el enorme sillón
mullido. Compasión a la que se mezclaba otro sentimiento.
—Quiero oírlo de tu propia voz — dijo Vandervort,
hablando muy de prisa, en un susurro apenas perceptible —· ¿Todo va bien? ¿Ha
dado resultado el proyecto, Keith? ¿Ha dado resultado?
Keith se esforzó por hablar despacio y claramente:
—No tiene usted por qué preocuparse, Van. Todo va bien.
Todo va perfectamente. Las colonias se desarrollan según planeamos. Ahora nada
puede ir mal. La nueva cultura de Venus vendrá a la Tierra después de atravesar
el espacio antes de un siglo.. Esta nueva cultura arrancará a la Tierra de su
marasmo. En un futuro no muy lejano iremos a las estrellas, Van. Todo va bien.
—Yo di las estrellas a la humanidad —dijo el anciano, con
voz muy cansada—. Yo le di las estrellas, ¿no es cierto?
—Sí —repuso Keith.
El anciano se hundió de nuevo en su asiento súbitamente
aliviado y exhausto. Cerró los ojos viejos y mortecinos.
Reinó un largo y temeroso silencio.
—¿Crees que está bien? — musitó Ralph.
—Creo que sí.
El anciano empezó a hablar de nuevo, con voz muy lejana y
tenue.
—He alcanzado mi objetivo — susurró —, pero no como yo
quería. Cuando la nueva humanidad salga al espacio, los terrestres
comprobaran... comprobarán..
Su voz se perdió en un murmullo.
—¿Qué decía, Van? — le animó Keith.
El anciano suspiro.
—Los terrestres comprobarán quien lo hizo. Descubrirán mi
nombre al hurgar en los archivos. Lo sabrán. Sabrán que a mi se lo deben...
Su voz se desvaneció de nuevo.
Entonces el anciano se echó a llorar suavemente. Keith se
acercó más para oírle. De pronto Vandervort trató de incorporarse en el sillón
y sus mortecinos ojos azules se abrieron.
—Keith, Keith — susurró con desesperación
¿Se acordarán de mi cuando yo ya no exista? Yo he dado
las estrellas a la humanidad. ¿Se acordarán de mi nombre, Keith?— ¿Se acordarán de mi nombre?
Las oscuras sombras que llenaban la enorme y abarrotada
estancia corrían por —las paredes, deslizándose hacia la chimenea. Keith,
Carolina y Ralph, de pie en medio de aquella atmósfera sofocante y artificial,
contemplaban fijamente al moribundo hundido en el enorme sillón como un pequeño
y grotesco muñeco.
—Se acordarán de usted, Van —le dijo Keith—. Se.
acordarán de usted cuando nosotros ya habremos sido olvidados. Se acordarán de
usted aunque transcurran millones de años.
James Murray Vandervort sonrió, cerrando de nuevo sus
ojos azules.
—Acordaos de mí —murmuró—. Recordad mi nombre. Recordad
mi nombre...
Entró un médico por la puerta trasera.
—Sería mejor que se fuesen —les dijo—. Mister Vandervort
necesita descanso.
Salieron de la habitación, siguieron el corredor y
descendieron por la escalinata de mármol.
Ralph Nostrand comentó:
—Y pensar que todo esto lo ha hecho únicamente para que
una parte de si mismo fuese inmortal...
—No tenía hijos —dijo Carolina con voz queda.
Se dirigieron al helicóptero posado en el patio. Keith
pensaba en Halaja, en las oscuras mansiones de troncos rodeadas por la selva
gris verdosa de otro mundo.
Y todo aquello sólo porque a un viejo millonario le daban
miedo las tinieblas eternas.
—Todo esto —dijo en voz alta— sólo porque era un hombre.
Aquella noche, muy tarde, los tres paseaban canturreando
bajo las luces brillantes de Wilshire Walk.
Un hombre y su esposa, un hombre que había llevado a cabo
los planes concebidos por un viejo excéntrico.
Un capitán perteneciente a un servicio medio olvidado,
que había falsificado un informe para permitir que un sueño se convirtiese en
realidad.
En el aire flotaba el anuncio luminoso del Gobierno, con
sus letras violetas: CUIDADO CON HACER VOLCAR EL BOTE.
Atravesaron las letras.
Siguieron paseando, cogidos del brazo, cantando bajo la
fría luz de las estrellas. Siguieron paseando y todos cuantos les vieron
aquella noche sobre la tierra se sorprendieron ante sus extrañas sonrisas y la
canción no menos extraña que entonaban...
Una canción que se alzaba en susurros más allá de las
nubes...
Más allá de las lluvias que refrescan nuestro ardor.
Más allá... Más allá...
MISIÓN EN VENUS
Por J. T. McINTOSH
La astronave averiada descendía ululando hacia Venus, en
posición vertical, girando lentamente sobre su eje, con sus toberas de eyección
silenciosas. Los grises jirones de las nubes se retorcían en torno a sus
aletas, para ascender en tiras temblorosas por sus brillante costados. Junto a
la portilla de proa, Warren Blackwell esforzaba la vista tratando de atravesar
aquella atmósfera gris e hirviente, pero conocía la atmósfera venusiana y sabía
que estaba perdiendo el tiempo. Vería el suelo cuando la nave estuviese a
quince metros del mismo, y entonces ya seria demasiado tarde.
La puerta de la sala de mandos se abrió, y entró la joven
que— durante las comidas se sentaba frente a él en la mesa.
—Me envía el capitán por si puedo ayudarle —le dijo.
—Y también para librarse de usted.
Ella sonrió forzadamente.
—Sin duda.
—¿Cómo se llama usted? —le preguntó él
—Virginia Stuart, pero puede usted llamarme Virginia a
secas. No nos queda mucho tiempo para perderlo en formulismos, ¿no le parece?
Usted es Blackwell, ¿verdad?... El famoso Blackwell.
—Si se refiere usted al que ganó todas esas medallas, en
efecto, soy yo. ¿Cuántos quedan?
—¿De la tripulación? El capitán y el segundo oficial. Y
el capitán no está muy bien que digamos. Pronto empezará a sufrir los efectos
de la radiación.
Warren la observó y llegó a la conclusión de que la joven
podría soportar la verdad.
—Vuelva y haga salir a uno de ellos —le ordenó—. Sólo
hará falta uno para que dé toda la potencia que nos queda cuando yo dé la
señal. Pero tenemos que disponer de un hombre. No quedan muchas probabilidades
de salvación, fuera de ésta.
—Comprendido —dijo ella—. ¿Funciona el teléfono?
—No. Sólo la alarma.
Ella asintió y se fue. Warren escrutó de nuevo las nubes
grises. Iba como simple pasajero en el Merkland,
pero se contó con él cuando la nave empezó a quedarse sin gobierno a causa de
un escape de energía. Sabía mas sobre Venus que cualquiera de los miembros de
la tripulación. Aunque eso poco importaba en realidad. Lo único que él podía
hacer en aquella coyuntura era quedarse donde estaba y hacer sonar la alarma
cuando viese el suelo. Entonces, en el fondo de la nave, quienquiera que
quedase con vida accionaría los cohetes de frenado, y contando con la suerte la
nave aterrizaría bruscamente pero incólume. Aunque para eso haría falta mucha
suerte.
Los que quedaban abajo tenían muy pocas esperanzas de
salvación. Warren, en la proa, era el que más probabilidades tenía de salvarse
después de los restantes pasajeros, encerrados en la bodega en el centro de la
nave. Ninguno de los demás pasajeros le hubiera servido de mucha ayuda, y al
parecer el capitán les eligió a él y a la muchacha como a los únicos que podían
serle de utilidad en aquel grave momento de apuro. El capitán parecía ser un
hombre animoso y competente. Pudiera haberse quedado en la proa, de haberlo
deseado, dejando que los demás se las entendiesen con el escape de radiación.
Pero sabía que únicamente él o algún otro miembro de su tripulación sabía
manejar los cohetes, y que era de una importancia vital que éstos se disparasen
en el momento exacto requerido.
La joven volvió acompañada esta vez del propio capitán
Morris.
—Calculo que estamos a seiscientos metros de altura,
Blackwell —dijo Morris—. ¿Cree usted que estoy en lo cierto?
Virginia no había exagerado al hablar del estado del
capitán. Este se hallaba en el último grado de envenenamiento por plutonio.
Warren se dijo, con cierto cinismo, que nada impedía al capitán dárselas
entonces de héroe, porque ya podía considerarse un hombre muerto. Pero Warren
estaba acostumbrado a la muerte. Las hileras de galones que guardaba en su
equipaje lo proclamaban muy alto.
—No he volado mucho sobre Venus —admitió—. Es un sitio
muy poco frecuentado. Yo diría que aún estamos muy altos, y que descendemos en
una larga parábola. Pero no me haga usted mucho caso.
El capitán se dejó caer pesadamente en una de las sillas
de pilotaje. Temblaba de un modo incontenible, pero al descansar su temblor
disminuyó.
—Creo que podremos hacer funcionar los chorros durante
cinco segundos —dijo—. A la velocidad que llevamos, eso quiere decir que
debemos hacerlos funcionar cuando estemos a cuarenta metros de altura.
Warren movió negativamente la cabeza.
—En la superficie del planeta, se puede ver hasta
cuarenta metros de distancia. Pero no hacia abajo. A veinte metros de altura ya
no se ve nada, pues la niebla se hace más espesa.
—Por eso mismo he venido a verle. Estamos en sus manos,
Blackwell. Usted es el hombre que conoce mejor esas corrientes de todos cuantos
estamos a bordo. Tendrá usted que hacerlo a ojo. Los instrumentos no tienen
precisión a tan corta distancia, y si esperamos a ver el suelo ya será
demasiado tarde. Alguien tiene que calcular a ojo. Y ese alguien tiene que ser
usted.
Warren asintió. Morris se puso trabajosamente en pie. Al
llegar a la puerta se detuvo, antes de decir adiós.
Warren quedó a solas con la joven.
—Mire por dónde se le presenta la ocasión de ganarse otra
medalla —le dijo ella.
—Maldita la falta que me hacen las condecoraciones.
Cuando terminó la guerra venusiana, creí que ya se habían acabado los peligros
para mi.
—El riesgo no le abandonará nunca. El peligro sigue a los
valientes a todas partes.
—Es posible —murmuró Warren—, pero yo no soy un valiente.
Nunca lo he sido.
La joven abrió mucho los ojos, pero guardó silencio.
Nunca había visto a Warren Blackwell antes de este viaje. A decir verdad, no le
había conocido oficialmente aún, hasta que se presentó ella misma unos minutos
antes. Pero como todo el mundo, leyó relatos de sus hazañas durante la guerra.
Sabía que era un hombre al que su vida le importaba tan poco como a un
millonario la moneda de diez que pudiese encontrar en su zapato. No se trataba
únicamente de un hombre de suerte, o tan listo que sabía soslayar los más
graves peligros. Le hirieron docenas de veces y fue capturado en dos ocasiones.
Y nadie había conseguido escapar de manos de los grises ni una sola vez. Dejaba
de aparecer en los titulares durante un par de meses, o sea durante el tiempo
que permanecía reponiéndose de sus heridas. Luego su nombre aparecía de nuevo
acompañado del relato de otra gesta, que hacía pensar a todos que lo único que
buscaba aquel hombre era la muerte.
¿Sería verdad?, se preguntaba Virginia, mirándole
mientras él atisbaba por las gruesas ventanas de cuarto. ¿Le había importado
tan poco la vida que su valor no había sido más que resignación? Ella había
leído en alguna parte que fue un niño expósito, y también le parecía recordar
que estuvo en un reformatorio. Pero semejantes detalles se silenciaban al
narrar la vida de un héroe.
No, no era verdad, decidió. El hombre que tenía enfrente
amaba apasionadamente la vida. Lo veía en la manera como todo él se concentraba
en el problema que tenía que resolver. No trataba de salvarla a ella ni a los
demás. De haber sido así, se hubiera mostrado frío y tranquilo. Trataba de
salvarse a sí mismo... y a todos ellos de propina.
El se arrancó a su contemplación y se apartó de la
ventana.
—Aún faltan unos minutos —dijo— y si sigo mirando me
pondré nervioso y daré la señal antes de tiempo. ¿Por qué no me obsequia usted
con un strip-tease para pasar el
rato?
—Este no es momento para bromas de esta clase —dijo ella
seriamente.
Él la observó pensativo y comprendió que había descendido
en la estima de Virginia. Tan fácil era perder la admiración y el respeto
ajenos.
Virginia era una muchacha fuerte y enérgica, de aspecto
obrero y no muy linda. Pero ella era lo suficientemente hábil para hacerse
también atractiva, sino por otros por los mismos motivos que pueda tener el
hombre que no desea salir ni ver a nadie, pero a pesar de eso se afeita y se
peina cuidadosamente. Llevaba unos pantalones negros y una gruesa blusa azul, y
aunque su atavío no sugería una figura particularmente atractiva, tampoco
excluía la posibilidad de que la tuviese. Su cabello era castaño claro y su
cara joven y decidida. Sus facciones eran agradables, y aunque tenían demasiado
carácter para ser hermosas, poseían cierta elegancia sutil. Era una lástima ver
morir a una mujer como aquella, pues era de las que no abundaban.
—¿A qué se dedica? — le preguntó él.
—Me he dedicado a muchas cosas. Actualmente trabajo al
servicio del Gobierno.
—¿De qué gobierno?
—De la ONU. No hay nada Secreto en ello. Soy... Se
interrumpió cuando Warren se volvió para mirar por la ventana.
—Empiezo a tener la vaga idea de donde nos hallamos
—murmuró—. Debemos de estar más o menos sobre la Floresta Normanda. Aunque
hemos descendido oblicuamente largo rato. Casi hemos entrado en una órbita.
Quizás hemos dejado atrás los Montes Normandos, en cuyo caso... —su voz se
perdió en un murmullo—. ¡Ahora hay que dar la alarma!
Virginia no se hallaba preparada. Su mirada vio como la
mano de Warren oprimía con fuerza el botón, luego miró rápidamente hacia la
ventana, para observar un súbito claro en la niebla gris, un relámpago cegador
y el atisbo de una masa negra que giraba en el exterior, mientras el suelo se
alzaba hacia él. Comprendió que, ya fuese por suerte o por adivinación, Warren
había escogido el momento exacto hasta la décima de segundo.
El choque la aturdió, pero no llegó a perder el
conocimiento del todo. Warren, sí. Vio como se precipitaba hacia la ventana y
lo sujetó por un tobillo. No consiguió detenerlo, pero chocó contra la portilla
de cuarzo con menos fuerza. Virginia oyó rechinar el metal sobre la roca, hasta
que el chirrido se hizo tan insoportable que ultrapasó lo que su oído podía
captar, y dejó de oírlo.
Entonces, poco a poco, comprendió que la nave estaba en
el suelo, probablemente tan segura como podía esperarse. Miró al exterior pero
sólo vio una niebla gris y un terreno oscuro. Había estado en Venus en otra
ocasión, pero nunca salió al exterior, fuera de las ciudades cubiertas de
cúpulas. Y, sin embargo, sabía que era de día, a pesar de que no había más luz
que la que reina en la Tierra una noche de luna con niebla. La visibilidad no
era superior a los cuarenta metros, que era la máxima que se podía conseguir en
Venus.
Warren empezaba a moverse. Volvió en si, como ella
esperaba que lo haría, tranquilamente, sin hacer nada antes de haber mirado a
su alrededor.
—Usted evitó que me estrellase contra la ventana —dijo—.
Algún día le devolveré este favor.
—Ya lo ha hecho. Nos ha hecho aterrizar felizmente.
Él se levantó tambaleándose.
—Vamos en busca de los otros —dijo.
Por acuerdo tácito fueron primero en busca del capitán.
Pero éste, el segundo oficial y los demás miembros de la tripulación que no
hubiesen muerto ya antes del aterrizaje forzoso, estaban aplastados e~ lo que
había sido la sala de motores, convertido ahora en un envoltorio liso de acero,
totalmente aplanado. No podían hacer nada por ellos, lo cual casi era
preferible. Bajaron a la bodega y abrieron la puerta.
Dadas las circunstancias, el aterrizaje podía haber sido
mucho peor. De las quince personas que contenía la bodega, siete aún vivían, a
pesar de que dos de ellas jamás recuperarían el conocimiento. En realidad,
todos hubieran estado más seguros en la proa con Warren y Virginia, pero nadie
podía haberlo supuesto.
Warren pasó a ocuparse de ellos, haciendo caso omiso de
sus gemidos y gritos de espanto. Tampoco prestó la menor atención a los
muertos. Poco importaba ya que éstos estuviesen incólumes o hechos papilla.
Eran los vivos quienes importaban. Waters, el actor, sangraba por la boca y los
oídos de una manera que indicaba que aún vivía. Su mujer respiraba, lo cual era
espantoso, porque sin duda se había fracturado la base del cráneo.
Los cinco restantes estaban ilesos o sólo habían recibido
ligeros rasguños y contusiones. Afortunadamente el doctor Williamson estaba
entre los ilesos y dispuesto a actuar. De pie a su lado, al parecer únicamente
aturdido, se hallaba el viejo Martin, que a pesar de sus noventa años había
soportado el choque como los mejores. En el suelo se agitaban otros tres
pasajeros y Smith, con una muñeca fracturada, parecía ser el más malherido,
aunque las que gritaban y lloriqueaban más eran las mujeres.
Apenas podía culparse por ello a Mrs. Martin, porque
ella, como casi todos los que ocupaban la bodega, había perdido la mayoría de
sus ropas a consecuencia de la onda de choque que barrió la sala, y
probablemente chillaba más que por otra cosa, por el hecho de encontrarse medio
desnuda en público a sus setenta y cinco años de edad. Pero la artista de
variedades, cuyo nombre Warren desconocía, gritaba únicamente porque esto era
lo que solía hacer siempre que ocurría algo. Warren había conocido a otras chicas
como aquella en ocasiones anteriores, y no se dejaba impresionar por ellas.
Ante las pruebas de que una onda de choque había
recorrido la bodega, Warren se apresuró a mirar a su alrededor, olfateando el
aire. Pero la nave era completamente estanca. No se oía el silbido que produce
el aire al escaparse, y la presión era alta... demasiado elevada, en realidad.
Quizá se abrió una grieta en el casco, obturada inmediatamente debido al propio
peso e impulso de la nave. Las paredes interiores y mamparos presentaban
grietas y hendiduras, pero los mamparos no eran tan fuertes como el casco resistente.
—¿Se encuentra bien, doctor? —preguntó al galeno—. En ese
caso, encárguese usted de atender a los heridos.
—No creo que haya mucho que hacer —dijo Williamson
haciendo una mueca—. Al menos en mi opinión.
—Vamos, no se haga el modesto —le dijo Warren. El doctor
le miró sin comprender, y Virginia dirigió una mirada de reprobación a Warren.
Había vuelto a perder puntos ante ella, se dijo este último.
La artista de variedades se agarró a sus solapas y empezó
a chillar:
—¡Sáqueme de aquí! ¡Quiero salir!
—¿Ahí fuera? —le preguntó él fríamente—. Moriría usted en
ocho horas. Pero mucho antes de eso los grises le habrían echado el guante.
Sin escucharle, ella siguió gritando:
—¡Sáqueme de aquí!
Su vestido tenía un atrevidísimo y espectacular escote
que parecía abierto por la onda de choque, pero era natural. Ni siquiera se
había despeinado. Estaba completamente ilesa y era muy bonita, lo cual era una
verdadera lástima, se dijo Warren, tratándose de aquella cabeza de chorlito.
Personas que valían muchísimo más que ella habían perecido en el accidente.
Virginia la apartó de él con suavidad.
—Antes dijo usted algo acerca de los Montes Normandos.
¿Sabe usted en qué lugar del planeta hemos caído?
—Se trata de una simple conjetura —admitió él—, pero creo
que sí. Si mis presunciones son exactas, creo poder decírselo con toda
seguridad.
—¿Cómo es eso?
—Estamos tendidos sobre una ladera desnuda, formada de
tierra blanda. Pero antes la nave chocó contra la roca, y si caímos
verticalmente, poco faltó para que aterrizásemos en el bosque. Eso quiere decir
que estamos en una estrecha faja de terreno situada de treinta a cincuenta
kilómetros de la Ciudad Cuarta... Cicuarta para abreviar.
—¿Y qué probabilidades tenemos de salvarnos?
El miró a los demás pasajeros, que a la sazón guardaban
silencio y le escuchaban atentamente, pendientes de sus palabras, incluso la
artista de variedades y Mrs. Martin, el marido de la cual la había envuelto en
su chaqueta. De nada servía ocultárselo. Era mejor decirles la verdad de una
vez.
—Tenemos mayores probabilidades de salvación ahora que
cuando caíamos —dijo midiendo sus palabras—. Pero haría falta una regla de
cálculo y muchas cifras para demostrarlo.
Reinó un momentáneo silencio mientras ellos trataban de
comprender el significado de esta frase Entonces la artista de variedades se
abalanzó sobre él, chillando y arañándole la cara, como si le hiciese
responsable del aprieto en que se hallaban.
Virginia sujetó el brazo de Warren cuando éste apartaba
de sí a la artista, sin demasiada suavidad, y se lo llevó a un lado.
—Vamos arriba para pasar revista a la situación —le
dijo—. Warren sonrió. Era probable que la opinión que la joven se había formado
de él fuese cada vez más pobre, y probablemente aún lo sería más antes de mucho
tiempo, pero después de todo él era el único con quien ella podía hablar en
serio. La salvación de todos dependía únicamente de ellos dos.
Ella le precedió a la sala de observación.
—No es posible que la situación esté tan mal como usted
ha dicho.
—¿Por qué no?
—Estoy segura de que nos habrán visto caer. Probablemente
se organizará una búsqueda. O en el peor de los casos, alguno de nosotros podrá
llegarse hasta la ciudad, si ésta sólo está a treinta kilómetros.
—No me gusta ser deliberadamente pesimista —dijo Warren—.
Yo también quiero vivir. Pero examinemos la cuestión desde el comienzo. El
capitán corroboraría mis palabras si estuviese aquí. En primer lugar, no pueden
habernos visto desde Cicuatro. No
descendimos sobre esa ciudad: nos dirigíamos más o menos en su dirección. Y si
no pueden ver a un meteoro llameante a ocho kilómetros, ¿cómo quiere usted que
nos vean a treinta? El radar no sirve para nada en este caldo, que lo inutiliza
como si fuese agua. Y los sismógrafos tampoco son de ninguna utilidad, porque
hay tantos terremotos en Venus, que las ondas de choque producidas por nuestro
impacto sobre la superficie no llamarán la atención de nadie.
»En segundo lugar, nuestro punto de destino era Nueva
París, en el hemisferio opuesto de Venus, y cuando dentro de veinticuatro horas
se inicie una búsqueda, se concentrará de momento en esa región. Poco más o
menos, tendrán que transcurrir seis meses antes de que descubran nuestra
astronave. Piense usted que tienen que explorar el terreno palmo a palmo. Para
vernos, un helicóptero tiene que estar a tiro de piedra de nosotros.
La joven le miró fijamente.
—Pero cuando hay un aterrizaje forzoso, se consigue
recoger a los viajeros antes de que el peligro aumente... aunque la nave esté
destrozada y ellos tengan que respirar esa atmósfera venenosa. Yo siempre
supuse que lo único verdaderamente peligroso era el aterrizaje.
—Por lo general, así es —dijo Warren cariñosamente—. Pero
tampoco suele suceder que la radio se estropee primero... antes que la
astronave. La nuestra se averió antes. Así es que nadie sabe donde estamos.
—Comprendo... pero no podemos esperar seis meses. Dentro
de una semana estaremos todos muertos. Estas naves no suelen llevar muchas
vituallas.
Él asintió.
—Poco más o menos, así es.
Ella se encogió de hombros.
—Pues entonces no nos toca otro remedio que ponernos en
camino hacia Cicuarta.
—No cuente usted conmigo para eso. Si tengo que morir,
prefiero morir aquí.
Virginia le miró, sorprendida.
—La verdad, no le entiendo. ¿Es usted un héroe o no es
usted un héroe? Ha hecho cosas mucho más arriesgadas que este simple paseo
hasta Cicuarta. Le han condecorado por ellas.
Él sonrió tristemente.
—Es usted la que no me entiende. Ya le dije que yo no soy
un héroe. Antes de la guerra era un Don Nadie. Probé varias profesiones y
fracasé en todas ellas. Intenté cometer dos o tres crímenes, y también fracasé.
Cuando estalló la guerra me dije que aquella era mi última oportunidad. En la
paz sólo podía esperar morirme de hambre o dar con mis huesos en la cárcel.
Entonces se me ocurrió la idea de hacer pagar caros mis servicios. Así fue como
me convertí en un héroe profesional. La vida me importaba un rábano. Pero
estaba seguro de que si no moría en la guerra, al término de ella no me
faltarían los buenos empleos. Los hombres no suelen ser agradecidos por mucho
tiempo, ya que son muy olvidadizos, pero una colección de todas las medallas
que se pueden conceder a un hombre no dejaría de ser una recomendación después
de la guerra, me decía. Y estaba en lo cierto. Pude elegir el empleo que más me
gustaba. Ingresé al servicio de una empresa importante y las cosas no me han
ido mal.
»Reconozco que durante la guerra fui un héroe, pero si
entonces arriesgué mi pellejo, fue para comprarme una vida digna. La compré y
pagué por ella un elevado precio. Pero esa clase de juegos sólo se pueden hacer
una vez. No estoy dispuesto a arriesgar todo lo que he conseguido tratando de
llegar ahora hasta Cicuarta. De acuerdo, conozco a los grises, conseguí
engañarles una vez. Pero eso fue entonces. Ahora prefiero quedarme aquí
esperando la remota probabilidad de que me rescaten, antes que ponerme de nuevo
en sus manos.
Ella le miró fijamente durante largo rato. Luego movió la
cabeza y murmuró:
—Quizá me equivoque al afirmarlo, pero aseguraría que
usted antes no era así. Ha perdido usted su energía; se ha vuelto blando y
acomodaticio.
—Reconozco que sí. Arriesgué mi vida tantas veces
precisamente para eso: para poder descansar algún tiempo.
—Bien, si no va usted, iré yo.
Él se encogió de hombros.
—Como guste.
Ella hizo un gesto de asco.
—Sabe Dios que yo nunca hubiera imaginado tener que
apelar a la caballerosidad de un hombre: Nunca me he lamentado ni me he
disculpado por ser mujer. Pero...
—Poco importa. Las grises no distinguirán entre usted y
yo.
—Creía que la guerra había terminado.
—Y ha terminado. Pero ahí fuera no encontrará usted a los
grises civilizados. Los grises que se apoderarán de usted no han firmado
tratado alguno. No atacan las ciudades, pero se apoderan del imprudente que se
atreve a salir solo al exterior.
Ella se volvió al armario que contenía los trajes del
espacio.
—Me voy. No perdamos tiempo hablando.
Warren contempló como ella sacaba el envoltorio de
plástico y trataba de ponérselo. Saltaba a la vista que no estaba acostumbrada
a su manejo. Él se acercó a Virginia y le puso la mano en el brazo.
—No puedo permitir que se vaya sin decirle con toda
exactitud por qué no debe hacerlo.
Ella se desasió y continuó debatiéndose para ponerse el
traje.
—En primer lugar debo decirle, aunque sólo se trata de un
detalle —prosiguió Warren—, que debajo de esos trajes no suele llevarse ropa
alguna. Sudaría usted a mares antes de haber recorrido un centenar de metros.
Nosotros no solíamos llevar nada debajo del traje, pero si eso a usted no le
gusta, póngase únicamente algo ligero y elástico.
Ella empezó a quitarse el traje, que se había puesto a
medias.
—No tendrá la menor dificultad en encontrar la ciudad
—dijo Warren—. Está en lo alto del monte, lo cual quiere decir que usted debe
limitarse a ascender constantemente. Si tiene que dar un rodeo, vuelva a
ascender así que pueda. Siempre cuesta arriba.
Hizo una pausa.
—Aún tendrá menos dificultad en descubrir a los grises.
Ella esperó a que prosiguiese, detestándole en su fuero
interno, pero obligada a escucharle, por el conocimiento que Warren tenía de
Venus.
—Los venusianos no poseen el sentido del olfato
—prosiguió Blackwell—. Pero sustituyen al olfato en la caza por una especie de
sexto sentido, que localiza el pensamiento ajeno.
Al ver su sorpresa, él sonrió.
—Pueden localizar cualquier ser pensante. Pero alto: no
son telépatas. No leen los pensamientos ajenos, del mismo modo como los perros,
cuando oyen voces, no entienden lo que se dice. Saben únicamente que en tal y
tal dirección alguien piensa, y por la clase de pensamientos identifican al ser
que lo produce. No importa lo que piense usted: de todos modos caerá en sus
manos.
Sonrió de nuevo, con una expresión que a Virginia le
pareció cruel.
—Cuando la descubran, no la matarán en seguida. La
seguirán y de vez en cuando permitirán que usted vea por unos momentos a uno de
ellos, para desmoralizarla y crear en usted un pánico cerval. Pero la dejarán
sana y salva hasta las mismas puertas de Cicuarta. ¿No ha visto a un gato
jugando con un ratón? Pues eso es lo que harán los grises con usted. En el
último momento, cuando usted ya se crea a salvo, la arrastrarán al interior de
la selva y la torturarán hasta la muerte. Antes, es posible que la dejen escapar
dos o tres veces, hasta que se cansen de este juego.
Ella se apartó de Warren enojada, segura de haberse
enterado ya de todo lo que podría serle útil. Salió de la sala para dirigirse a
su camarote y cambiarse de ropa. Pero él la siguió silenciosamente como un
felino.
—Escúcheme bien lo que sucederá entonces —le dijo—,
porque es de la mayor importancia.
Ella trató de adelantarse, pero Warren le cerró el paso
con un brazo alzado, apoyando el otro en la pared y aprisionándola entre ambos.
—No la matarán inmediatamente. La mutilarán con sus
cuchillos produciéndole tales heridas, que usted morirá irremediablemente de
ellas y ni los mejores médicos de la Tierra, Venus y Marte reunidos podrán
salvarla. Usted seguirá viva y agonizante durante un tiempo. En ese estado la
llevarán a la ciudad más próxima... Cicuarta, en este caso. Y allí la dejarán.
Les causa gran sorpresa y regocijo que nosotros, los humanos, no matemos a
nuestros semejantes, ni siquiera cuando éstos quieren morir. Por último, morirá
usted en la cama de un hospital, atiborrada de drogas calmantes, que de todos
modos no bastarán para evitarle atroces sufrimientos.
Entonces la soltó, viendo que ella le escuchaba de nuevo,
horrorizada y fascinada a la vez.
—Pero eso no importa —añadió con despreocupación—. Lo que
importa es que usted podrá comunicar nuestra situación a los de la ciudad.
Todos le estaremos agradecidos por eso. Quizá le erijamos un monumento. Usted
morirá, pero con su muerte nos salvará a todos.
Volviéndose, la dejó. Virginia vio cómo se alejaba
horrorizada, y el horror que sentía al pensar en los grises era casi comparable
al que él le inspiraba.
Warren estaba esperándola en la esclusa neumática. Al
verla, le dirigió una sonrisa. Ella casi sentía náuseas. Y lo peor de todo era
que Warren debía de tener razón. Ella tenía que intentarlo, pues si no lo hacía
ella, nadie lo intentaría. Y Warren también lo sabía. Y dejaba que lo hiciese.
Y se salvaría. Ella comunicaría la situación de la astronave cuando llegase a
Cicuarta. No se trataba únicamente de él. Tenía que salvar a los otros
supervivientes.
Warren pasó revista a su equipo e hizo un gesto de
aprobación.
—Perfectamente. ¿Sabe usted manejar una pistola?
Ella asintió involuntariamente.
—Llévese otra además de ésa. No le darán tiempo a
cargarla de nuevo.
Le tendió otra pistola, que ella se metió en el cinto.
Virginia se había puesto un pijama que le cubría todo el cuerpo pero que era
tan fino, que con él sólo, temblaba a la temperatura normal que reinaba en la
nave. Sobre el pijama, el traje de plástico la cubría de pies a cabeza sin
apretarla demasiado, sujeto firmemente por el cinto, del que pendían sus armas.
A regañadientes, ella le dirigió la palabra:
—¿No hay manera de ocultar los propios pensamientos a los
grises?
—Sí, únicamente pensando como un gris. Existen en todo el
universo media docena de personas capaces de hacerlo... y aún no por mucho
tiempo.
Ella dominó su imperioso deseo de pedirle que fuese en su
lugar. Creía a pies juntillas todo cuanto Warren le había contado... estaba
dispuesta a morir.
Pero sabía también que, si seguía en la nave, igualmente
moriría, porque nadie iría en su lugar.
—Buena suerte —le deseó Warren.
En un gesto de ciega ira, ella le asestó un golpe. Pero
él lo esquivó y la ayudó a meterse en la esclusa.
Cuando Virginia salió al exterior, una cálida vaharada
vino a su encuentro, como si se hubiese abierto la puerta de un horno. El casco
de la astronave estaba aislado contra el frío y el calor. Por lo general
defendía a sus tripulantes contra el frío del espacio interplanetario, pero en
Venus los defendía de un calor húmedo y pegajoso. El traje de Virginia debía
proporcionar un relativo aislamiento, pero antes de haber perdido de vista a la
nave ya estaba bañada en sudor de pies a cabeza.
Dirigió una última mirada a la nave mientras ascendía por
la ladera. Sólo había recorrido cincuenta metros. Aún podía dar media vuelta y
regresar. Empezaba a darse cuenta de algo que era una consecuencia natural de
todo cuanto había dicho Warren. Podría llegar hasta Cicuarta... pero no podría
encontrar de nuevo la nave cuando la hubiese perdido de vista. Yendo cuesta
abajo después de perder toda orientación, podía desembocar en cualquier punto
del perímetro... y no tardaría en estar completamente desorientada.
Trató de pensar con calma en Warren. Desde el primer
momento éste debió de creer que ella iría a Cicuarta si él se negaba a hacerlo,
pues sabía que ella no era capaz de estarse esperando la muerte sentada.
Y las salvajes e inhumanas costumbres de los grises no
permitían que fuese más que uno. Odió a Warren con toda su alma. Y lo peor de
todo era el convencimiento que tenía de que Warren era capaz de llegar sano y
salvo a la ciudad. Seguía creyendo en sus dotes. Estaba segura que, de haberse
visto obligado a hacerlo, hubiera llegado incólume a Cicuarta.
Pero no era necesario que se arriesgase. Alguien se
arriesgaría por él. Una mujer; pero eso no le importaba a un hombre que había
perdido todo orgullo y dignidad.
Anduvo durante lo que le parecieron horas, hasta que
estuvo tan empapada como si acabase de salir de un baño de vapor. Según su
reloj, hacía sesenta y tres minutos que había abandonado la astronave. Había
andado muy de prisa. Supuso que había recorrido más de tres kilómetros. Siempre
había sido una buena andarina, y aquella gravedad, menor que la terrestre,
hacía la marcha más fácil.
Penetró en la selva, que se iniciaba de nuevo en la
ladera. Los árboles venusianos eran semejantes en su aspecto a los de la
Tierra, pues consistían principalmente en un grueso tronco, pero ahí terminaba
todo el parecido. Se podía introducir un brazo en ellos, y el árbol se cerraba
alrededor del brazo. Pero no eran peligrosos. Un hombre fuerte incluso podía
atravesarlos de parte a parte, y salir por el lado opuesto, como el fantasma
del Comendador.
A pesar del temor que la atenazaba, Virginia empezó a
concebir la leve esperanza de no encontrarse con los grises. Su marcha adoptó
un ritmo seguido y se puso a andar como un autómata. Era una joven robusta y
resistente, capaz de recorrer treinta kilómetros sin cansancio apreciable. Lo
que resultaba más molesto era aquella cuesta continuada. Pero incluso e eso se
acostumbró.
Había recorrido aproximadamente dieciséis kilómetros,
según sus cálculos, cuando frente a ella, en mitad del camino que seguía,
surgió un gris. La estaba mirando sólo a veinte metros de distancia. Virginia
sacó rápidamente la pistola y disparó, pero no le sorprendió ver desvanecerse
al gris entre la niebla y desaparecer ileso.
De modo que el acoso ya había empezado. Según Warren,
tendría muchas sorpresas como ésta. Los grises eran humanoides; parecían
hombres a medio acabar. No tenían cabello, pero poseían brazos, piernas, pies,
un tronco y una cabeza. Todo en ellos era redondeado... hombros, manos, pies.
Eran de un color gris uniforme, y en el propio planeta resultaban invisibles a
una distancia superior a veinte metros. A esa distancia aún podía vérseles,
pero les bastaba volverse o dar un paso atrás para esfumarse por completo.
Ella empezó a trazar su plan. Sabiendo lo que Warren le
había referido, quizá podría burlarlos. Por lo visto, no correría peligro hasta
que se encontrase a las puertas de Cicuarta. Tendría que ahorrar sus fuerzas
para ese momento. Los grises eran ligeramente superiores en la carrera que los
seres humanos, pero no mucho. Y Virginia había hecho los cien metros lisos en
menos de doce segundos. Los grises civilizados tenían armas igualmente
civilizadas, pero éstos probablemente estaban desarmados, con excepción de sus
cuchillos. Si ella podía calcular bien el momento de iniciar la última carrera
hacia la ciudad, quizá conseguiría salvarse.
Empezó a dar algunos traspiés y aminoró la marcha,
sabiendo que la observaban. Quizá conseguiría engañarles y hacer que
pospusiesen el ataque final para cuando ya fuese demasiado tarde. Más valía que
se tomase un descanso. Lo que de veras importaban eran los últimos mil
quinientos metros.
Se tambaleó y cayó al suelo. Luego se levantó lentamente,
en estudiados movimientos de fatiga. Pero casi echó a correr voluntariamente,
cuando vio a cuatro grises observándola tranquilamente desde diez metros de
distancia.
Disparó con rapidez y abatió a uno de ellos. Los tres
restantes no parecieron preocuparse mucho. Pero desaparecieron, al menos de su
campo visual.
Entonces Virginia corrió un poco, presa de un miedo que
era muy poco fingido. Pero recuperando el dominio de sí misma, siguió avanzando
fatigosamente con paso muy poco superior al normal.
Empezaba a concebir nuevas esperanzas. Le faltaban apenas
veinte kilómetros y estaba todavía fresca. Los grises, por su parte, debían de
creer que casi no se tenía en pie. Pero tenían que dejarla llegar hasta la
vista de Cicuarta, o de lo contrario su diabólica tortura no sería completa. Y
si la dejaban llegar hasta esa distancia de la ciudad, no podrían impedirle que
echase a correr como un rayo hacia las puertas y desde allí los mantuviese a
raya, hasta que llegasen los hombres de la ciudad, atraídos por sus disparos.
Pensó si no sería mejor disparar antes, para dar la
alarma. Pero esto precipitaría con toda seguridad el ataque de los grises, y
ella quería engañarles y hacer que lo aplazasen hasta el último instante.
De pronto algo chocó contra sus piernas, haciéndola caer
de bruces. No estaba herida, pero al incorporarse fingió que cojeaba. Le
seguían el juego. Se dijo que Warren había hecho lo mismo que ella. Y consiguió
escapar dos veces de las garras de los grises. Posiblemente, entonces él no
sabía tanto como ella en este momento.
La dejaron en paz durante bastante rato. Llevaba tanto
tiempo sin ver el menor rastro de sus perseguidores, que Virginia casi empezó a
suponer que se habían cansado y habían renunciado a su acoso. Pero siguió
avanzando despacio. Quizá se trataba de una treta para comprobar si estaba
realmente fatigada.
Cuando menos lo esperaba, la derribaron saltando sobre
ella por la espalda y notó el contacto de una piel cálida y viscosa. El terror
se apoderó de ella y se dijo que su última hora había llegado. Pero sus
atacantes se limitaron a zarandearla sin demasiada rudeza, juguetearon con ella
y le echaron la zancadilla cada vez que se levantaba. Eran por lo menos una
docena. Virginia no se atrevió a disparar contra ellos. Sus pistolas estaban
seguras mientras siguiesen en el cinto, pero si las sacaba podían arrebatárselas
de la mano.
Finalmente los grises se marcharon. Le habían rasgado el
traje, pero sólo los pantalones. Esto la sorprendió, pero inmediatamente
comprendió la causa. Sin oxígeno, moriría en ocho horas, y a las seis horas ya
no tendría salvación posible. Ellos lo sabían, y deseaban tenerla viva por más
tiempo.
Se arrancó los restos del traje por debajo de la cintura.
Así tenía las piernas más libres. Los delgados pantalones del pijama estaban
tan pegados a su piel, que casi parecían formar parte de ella. Se preguntó qué
harían los grises si ella tirase el resto del traje. ¿Volverían a ponérselo a
la fuerza?
Sabía que había recorrido más de treinta kilómetros, y
deseó que Warren hubiese calculado con exceso la distancia. El había dicho que
la ciudad estaba entre treinta y cincuenta kilómetros, y ella no había podido
evitar el pensar que debía de ser la distancia más corta de las dos. O así lo
había deseado que fuese. Pero todavía no se veía la menor traza de Cicuarta.
Dos hubieran tenido mayores probabilidades de éxito que
uno, se dijo con enojo. Hubieran podido observar a su alrededor, haciendo que
los grises se mantuviesen más a la defensiva. Al ir ella sola, nada impedía a
los grises seguirla en apretado grupo a pocos metros de distancia. Resistió la
tentación de volverse antes de estar dispuesta a disparar rápidamente contra lo
primero que viese.
Cuando se volvió deseó no haberlo hecho. Al menos una
docena de oscuras siluetas se esfumaron rápidamente por entre la niebla. Supo
entonces que la seguirían de esta manera hasta el final, y que le bastaría con
volver la cabeza para verlos. Había para volverse loca.
Los grises sólo podían ver hasta treinta o cuarenta
metros... menos que ella. Si la niebla se alzase un poco, Virginia sabía que
podría verlos mucho antes de que ellos la viesen. Pero la niebla no se alzaba.
No podía alzarse, porque era la propia atmósfera del planeta. Era muy rica en
oxígeno, pero también contenía otros gases deletéreos.
De pronto distinguió un débil resplandor frente a ella.
Se esforzó por mantenerse fría y serena. Las brillantes luces de la ciudad
cubierta por una inmensa cúpula, se debían distinguir desde muy lejos, incluso
a través de la niebla. Tal vez estuviesen a kilómetro y medio de distancia,
pero probablemente no estaban a más de un kilómetro. Este era el momento más
peligroso, según le había advertido Warren. El momento en que ella empezaría a
creer que se hallaba a salvo. Se obligó a seguir caminando penosamente.
Abrigaba la débil esperanza de que, como los grises probablemente aún no veían
la ciudad, a pesar de que conocían su existencia y situación, quizás la
dejarían tranquila durante algunos momentos mas.
Siguió avanzando tambaleándose, repitiéndose
constantemente: «¡Todavía no! ¡Todavía no!», mientras su cuerpo se rebelaba y
trataba de echar a correr hacia la ciudad.
Entonces vio como los grises se abalanzaban sobre ella.
Instantáneamente emprendió veloz carrera, disparando hacia atrás al propio
tiempo, sin. preocuparse de apuntar. Pero comprendió, con suma contrariedad,
que la niebla amortiguaba tanto el sonido como la luz, y aún estaba demasiado
lejos de Cicuarta para que oyesen desde allí sus disparos.
¡Pero conservaba la delantera! El júbilo la trastornó y,
sin dejar de correr, tiró su pistola vacía e inútil, pues incluso su peso la
frenaba. Mientras corría hacia la luz, se dijo que había triunfado. Los grises
se habían equivocado al juzgarla débil, y se habían tragado el anzuelo que ella
les ofreció durante horas.
De repente oyó un grito a sus espaldas. Un grito de
mujer. Fue algo tan inesperado, que de momento aminoró su carrera, para
reemprenderla al instante. Aquel grito podía ser una estratagema de los grises.
Lo escuchó de nuevo, y también algunas palabras. No eran
los grises los que gritaban. A sus espaldas, una mujer se debatía mientras la
arrastraban. Virginia detuvo de nuevo su marcha, involuntariamente. Pero
entonces, furiosa consigo misma, redobló sus esfuerzos y siguió corriendo.
Debía de ser Yvonne Yonge la que gritaba. Del modo que fuese, la menuda artista
de variedades había salido en su seguimiento. Peor para ella. El deber de
Virginia, el deber que tenía consigo misma y para sus compañeros, incluso para
la propia Yvonne, era llegar a Cicuarta. Virginia corría como una exhalación,
superando aún la velocidad inicial de su carrera.
Pero los grises le pisaban ya los talones. Nunca supo si
hubiera conseguido escapar si el grito de Yvonne no la hubiese distraído, o si
los grises la hubieran alcanzado de todos modos. Sea como fuese, había caído en
sus manos.
Luchó como nunca se hubiera imaginado que fuese capaz de
luchar. Como nunca hubiera supuesto que nadie pudiese luchar. Si sólo hubiesen
sido diez, incluso veinte, quizás se hubiera liberado de ellos hasta conseguir
llegar a Cicuarta. Pero caían sobre ella a docenas, tal vez a centenares.
Cuando se desasía de un grupo, caía en manos de otro.
Por último dejó de luchar, convencida de que ya no tenía
fuerzas para ello. Pero cuando se la llevaron a rastras, separándola de las
luces de Cicuarta, descubrió en ella una reserva de fuerzas cuya existencia
ignoraba. Pero todo fue inútil.
No vio a Yvonne, si es que se trataba de ésta. La
arrastraron durante lo que le parecieron varios kilómetros. Los grises, a pesar
de todo, se mostraban amables con ella. La despojaron de todo cuanto llevaba
sin causarle un rasguño. Por último la sentaron al pie de un árbol, atándola
sin apretar demasiado las cuerdas, para que permaneciese en una postura cómoda
y natural. Por último le ataron unas lianas al cuello.
Por un momento Virginia deseó y temió a medias que la
estrangulasen. Pero se limitaron a pasarle la cuerda por el cuello, para que
ésta apretase su traje de plástico firmemente. Luego cortaron el traje
cuidadosamente por debajo de la cuerda, pegaron el borde del plástico a su piel
con una tira adhesiva, y entonces le quitaron la cuerda, y las demás ataduras.
Era evidente que ellos querían que Virginia siguiese
respirando a través del filtro de su casco, pero querían tener fácil acceso al
resto de su persona. Se inclinaron sobre ella y Virginia se contrajo,
suponiendo que iban a desnudarla, pero se limitaron a atarle las manos y
tobillos y a cachearla, para asegurarse de que no llevaba armas ocultas.
Entonces la dejaron en paz. Al instante siguiente, todos
los grises habían desaparecido de su vista.
Virginia se hallaba tan desvalida, que ni siquiera podía
infligirse daño a sí misma. Podía tumbarse de costado y frotar el casco de
plástico con el suelo, en un esfuerzo por romperlo y permitir que el aire
envenenado penetrase en sus pulmones... pero esto requeriría horas enteras, y
no quería que la dejasen sola durante tanto tiempo..
—No diga que no la advertí —dijo la voz de Warren.
Virginia volvió la cabeza todo cuanto pudo, pero no le
vio.
Entonces, de la manera más fantasmagórica, la cabeza de
Warren brotó del árbol que tenía a su lado. ¡Estaba oculto en su interior!
—Warren Blackwell! —articuló—. Usted aquí!
—Nunca me ha tenido a más de cien metros de distancia
desde que abandonó la astronave —dijo él— Lo siento, Virginia, no podía hacerse
de otro modo. Yo soy uno de los pocos capaces de pensar como un gris. Pero a
pesar de ello, no conseguiría engañarles por mucho tiempo. Notarían los
pensamientos humanos... a menos que hubiese otro ser humano por los
alrededores, pensando como un ser humano.
Le sonrió alentadoramente.
—Le dije que no eran capaces de leer nuestros
pensamientos. Esto no es exactamente así. Pueden leer nuestras emociones...
como el temor. Y hubieran sabido que usted estaba segura de llegar a la ciudad.
Entonces se hubieran preguntado con qué contaba usted... Y así es como me
habrían descubierto.
—Pero...
—Confían en ese sentido suyo... del mismo modo como los
perros confían más en el olfato que en la vista. No era probable que me viesen,
y en efecto no me vieron. Y de no haber sido por la intromisión de esa estúpida
actriz, ambos nos hubiéramos salvado. Yo tenía la intención de mantenerme algo
por delante de usted. Entonces, cuando los grises decidiesen apoderarse de
usted, yo la hubiera ayudado a abrirse paso entre ellos.
»Pero esa chica lo echó todo a perder. Dios sabe lo que
se proponía hacer. Ordené a todos que se quedasen donde estaban, que nosotros
pasaríamos. Quizás ella pensó que era muy fácil y quiso compartir la gloría con
nosotros. Sea como fuere, no me enteré de su presencia hasta hace muy poco.
Estaba detrás de nosotros. Y había tantos grises entre usted y ella, que tuve
que ocultarme.
—Bueno, no perdamos tiempo —dijo Virginia—. Suélteme y...
—Es inútil. Nos atraparían de nuevo mucho antes de que
llegásemos a Cicuarta... tanto si buscásemos a esa chica como si la dejásemos
aquí. Y entonces se enterarían de mi existencia. No, sólo podemos hacer una
cosa. Yo tendré que esperar hasta que el número de grises entre aquí y Cicuarta
decrezca, y entonces trataré de pasar, para regresar con ayuda.
—¿Podrá pasar solo?
—Creo que sí. Mientras esté cerca de usted, estaré
seguro. Cuando noten mi presencia ya será demasiado tarde. Pero escúcheme,
Virginia: si notan que regresamos —es decir, los hombres de Cicuarta y yo— se
las llevarán a rastras a usted y a la artista, y esto será el final de ambas.
Tiene usted que mantenerlos aquí.
—¿Quién, yo? —Indicó sus ligaduras con un ademán de
cabeza—. ¿Qué espera usted que pueda hacer yo?
—Eso es asunto suyo —Tras una pausa, prosiguió con tono
concentrado—: Pronto empezarán a torturarla. Eso les mantendrá ocupados.
Estarán demasiado excitados para darse cuenta de nuestra llegada. No se las dé
usted de humanitaria y generosa. Déjeles que empiecen por esa cabeza de
chorlito. No trate de escapar. Podría ser que cuando la capturasen de nuevo, no
volviesen a traerla aquí —Sonrió nuevamente—. Creo que ha llegado el momento de
irme. Le deseo buena suerte... otra vez.
Y se esfumó entre la niebla. Virginia miró por donde
había desaparecido, aunque no podía ver nada. Si él se lo hubiese dicho... Pero
comprendió que probablemente decía la verdad cuando afirmó que no se atrevía a
hacerlo. Sabiendo que él estaba en las proximidades, ella hubiera estado segura
de pasar fácilmente —aunque Virginia le había detestado, ni por un momento se
le había ocurrido dudar de su competencia— y entonces los grises los hubieran
capturado a ambos.
Oyó nuevamente ruido entre el silencio de la niebla.
Traían a Yvonne... la cabeza de chorlito, como le había llamado Warren. La
pobre chica gritaba, pataleaba y arañaba a sus raptores y los grises no la
trataban con tanto miramiento como a Virginia. Es posible que el valor les
inspirase cierto respeto, se dijo Virginia. Ella nunca había demostrado el
miedo cerval que demostraba Yvonne. Quizá se debiese a esto la amabilidad con
que la trataron.
Y quizás empezarían por Yvonne.... No pudo evitar
semejante pensamiento.
Todo aquello parecía un sueño... que aún no se había
convertido en una pesadilla, porque los grises tenían un aspecto antes ridículo
que peligroso. Había cientos de ellos. Llenaban el claro del bosque; aunque
Yvonne sólo estaba a veinte metros de ella, lo mismo pudiera haber estado a un
millón de kilómetros, pues le era totalmente invisible. Virginia fue puesta en
pie por lo que le parecieron ser un centenar de cálidos y húmedos grises, y
mientras éstos la llevaban, aún atada, al sitio donde ella había visto a Yvonne
por última vez, todo aquello le pareció más una broma de mal gusto que otra
cosa.
Hasta que de pronto dejó de ser una broma.
Habían rasgado el traje de Yvonne como hicieron con el
suyo, dejándole únicamente el casco sujeto al cuello. Yvonne llevaba una blusa
y pantalones cortos y parecía la heroína de una película de la selva. Cuando
vio a Virginia, trató de levantarse para ir a su encuentro.
Pero los grises se lo impidieron clavándola al suelo
mediante dos cuchillos que le atravesaron las palmas de las manos. El grito
agudísimo que lanzó se clavó en la cabeza de Virginia como un alfiler.
Entre cuatro grises sujetaron a Virginia, obligándola a
contemplar la escena. Ella cerró los ojos, pero cuando Yvonne chilló de nuevo
tuvo que abrirlos.
Si los grises hubiesen gritado y bailado al son de los
tambores, aquello hubiera sido menos horrible, pero lo único que se oía eran
los gritos que arrancaban a la pobre Yvonne, y ésta no dejaba de gritar. Para
no volverse loca, Virginia concentró desesperadamente sus pensamientos en
Warren, tratando de imaginárselo mientras se dirigía a Cicuarta. Blackwell
necesitaba tiempo. De pronto, tras un buen rato de estarse quieta y tranquila,
en un rápido movimiento se desasió de sus raptores y se abalanzó hacia Yvonne,
la cual sólo estaba herida superficialmente, a pesar de todo, teniendo en
cuenta lo que la esperaba.
—Warren ha ido a buscar ayuda —le susurró—. Aguanta un
poco más hasta que él venga.
Cuando los grises se apoderaron nuevamente de Virginia,
Yvonne gritó como una demente:
—¿Por qué la dejáis en paz? ¿Por qué sólo me torturáis a
mí? Ya no puedo más. Ella lo soportará. Ella es fuerte. Dejadme, os lo ruego.
Por Dios... ¡aahhhhh!
Gritó de nuevo cuando un gris se inclinó sobre ella
empuñando un cuchillo. Esta vez tenía razón de gritar...
Transcurrió casi una hora antes de que Warren regresase.
A Virginia le parecieron días y probablemente siglos a la pobre Yvonne. Cuando
vio que le hacían penetrar en el calvero a viva fuerza entre una masa de grises
que se debatían, Virginia le miró horrorizada. Ni por un momento había dudado
que conseguiría pasar. La única cuestión había sido saber si llegaría a tiempo.
El no la miró. En cambio, contempló impávido a Yvonne.
Los grises aún no habían tocado a Virginia, limitándose a
sujetarla firmemente... pero su hora debía de aproximarse. Si no querían que
Yvonne muriese, poco más podían hacerle ya. De las heridas de la joven apenas
manaba sangre. Los grises conocían una hierba que parecía cerrar la piel,
aunque dejaba una fea mancha violeta. Yvonne era violeta de pies a cabeza. Por
algún tiempo no tuvo ni fuerzas para gritar. Los grises empezaron a perder
interés por ella, en vista de que las torturas ya no producían efectos apreciables
sobre su cuerpo. Conservaba la lucidez, pero no parecía sentir las nuevas
heridas.
Aquellos seres debían de poseer algún medio de
comunicación invisible entre ellos. De pronto, como obedeciendo a una señal, se
volvieron todos hacia Virginia y ésta sintió que se le hacía un nudo en el
estómago, comprendiendo que su hora había sonado.
—Desde el primer momento que la vi —dijo Warren con
curiosidad— me pregunté qué clase de figura tendría.
Pero al no ser humanos, los grises no la desnudaron. Se
limitaron a tenderla en el suelo y a cortar sus ataduras, esperando que ella
echaría a correr. Aquello formaba parte del espectáculo.
De pronto Warren rompió sus ligaduras. Mas en lugar de
huir a escape del calvero, se abalanzó sobre Virginia.
—Siga mi juego —le dijo, jadeando—. No sabrán qué hacer y
esperarán a ver qué pasa. Les divertirá vernos peleando.
—¿Así, consiguió llegar a la ciudad?
—Naturalmente. Le aseguré que iría, ¿no recuerda? Pero
tenemos que entretenerlos con algo, para que no se den cuenta de la llegada de
los hombres. ¡Vamos a pelearnos! Aún no hemos salido del bosque. Si les damos
tiempo para pensar...
Su frase y su aliento quedaron cortados por un tremendo
puñetazo de Virginia en mitad del estómago.
Entretanto, los grises miraban como luchaban por sus
vidas. Pero la lucha era simulada, aunque no ponían el menor cuidado en no
lastimarse. Si la lucha no conseguía enardecer por su ferocidad a los grises,
el daño que éstos les infligirían serían mucho mayor. Nada les decía a los
grises el hecho de que los combatientes fuesen un hombre y una mujer. Los
grises eran homosexuales y nunca habían conseguido comprender lo que
significaba la diferencia de sexos.
El casco de Virginia quedó hecho trizas a consecuencia de
un golpe, y se preguntó si los grises interrumpirían entonces la lucha, al
pensar que a partir de aquel momento ella respiraba un aire envenenado. Pero
ellos hicieron caso omiso del incidente. Dentro de seis horas, estaría a salvo
o muerta. Así es que se arrancó los restos de casco y los tiró lejos de sí,
apartándose después el cabello que le tapaba los ojos.
Warren lanzaba exagerados gemidos de dolor, que no
correspondían al daño real causado por los golpes de la joven. Una vez que él
la golpeó como una fiera, a Virginia se le ocurrió pensar que Blackwell tal vez
se pasaba de la raya; pero inmediatamente se dijo que los grises debían de
sentir el miedo lo mismo que el dolor, y que esto constituía la raíz de su
sadismo inhumano. Después de esto, ella tampoco regateó sus golpes.
Hasta que Warren, que acababa de asentarle un tremendo
puñetazo en las costillas, se volvió de pronto hacia el gris más próximo, al
que derribó cuan largo era de un directo. El calvero no tardó en estar lleno de
hombres vestidos con elásticos trajes de plástico. En lugar de pistolas
utilizaban largos machetes. Aquello fue una verdadera matanza, porque los
cuchillos de los grises no podían atravesar los trajes humanos, elásticos pero
de una resistencia increíble.
Fue una verdadera matanza, a la que Virginia aportó una
considerable ayuda, no regateando esfuerzos ni golpes. El húmedo suelo negro
estaba empapado de sangre, pero de una sangre que no era roja. Los grises no
huyeron. Enardecidos por la sed de sangre, fueron incapaces de pensar fría y
serenamente. Se defendieron hasta el último hombre y fueron destrozados.
—Bien, ahora ya conoce usted a los grises —dijo Warren al
terminar.
Poco después ambos se hallaban en una habitación, una
habitación civilizada de la ciudad. El piso estaba cubierto de mullidas
alfombras, y en la pieza había blandos divanes y sillones. Virginia se dejó
caer en uno de ellos; llevaba aún su pijama negro. La chaqueta del mismo había
quedado reducida a un simple collar, apenas quedaba nada de los pantalones, y
Warren por último pudo satisfacer su curiosidad, con gran contento por su
parte, pero a ella no parecía importarle en lo más mínimo su falta de atavío.
—El marido de Yvonne estaba en Cicuarta —murmuró Warren—.
Vino con el grupo de rescate. Esa chica no deja de ser una loca, pero...
—Le comprendo. ¿Ha muerto?
—Todavía no. Le dije que gracias a ella nos habíamos
salvado todos, lo cual es una mentira y de poco le sirve a ella y a su marido,
pero quizás la consoló algo.
—En realidad, no es una mentira. Gracias a ella dispuso
usted de una hora. —Virginia se estremeció—. Aunque si no hubiese sido por
ella, de nada nos hubiera servido ese tiempo. ¿Por qué permitió usted que le
apresaran?
—Para dar tiempo a los demás. Y tal vez para ver lo
valiente que era usted, y la fuerza que tiene. —Se palpó las costillas
delicadamente—. Pero ya estoy cansado de hacer el héroe. La próxima vez que
suceda algo parecido, dejaré que otro corra el riesgo. Todo el riesgo, no una
parte de él.
Dirigió una sonrisa a Virginia, mientras se balanceaba
ligeramente.
—Apenas hace nueve horas que nos conocemos, que nos hemos
hablado. Y durante todo ese tiempo, usted se ha dedicado principalmente a
odiarme. ¿Cree que nos conocemos lo suficiente para pedirle que me dé un beso?
—Nada conseguiría hacerme levantar en estos momentos.
—¿Conque nada? ¿Quiere que nos peleemos otra vez?
Ella se levantó de un salto.
—Cualquier cosa menos eso —dijo.
IGNATZ EL GAFE
Por LESTER DEL REY
Quizás no fuese más que una simple superstición, pero
Ignatz estaba convencido de que él era el culpable de todo. Durante los tres
últimos días, Jerry Lord no se había movido del mismo sillón, evocando sobre la
pared, con los ojos de la imaginación, la visión de una pelirroja con un
delicioso hoyuelo, y el pobre Ignatz no podía hacer nada por evitarlo.
Gruñó y gimoteó sintiéndose muy desdichado, clavó la cola
en la alfombra y se impelió hacia adelante, resbalando sobre su placa ventral,
hasta tocar con sus antenas el tobillo de su amo. Por centésima vez trató de
articular palabras humanas, sin conseguirlo. Pero Jerry le comprendió y con su
mano derecha rascó distraídamente el cuerno de su hocico.
—Ignatz —murmuró su amo—. ¿Ya te dije que Ana se embarca
esta noche en el Burgundy, que partirá con dirección a Venus del Sur? —Chupó su
pipa apagada, y luego la tiró a un lado con disgusto—. Pete Durnall la
acompañará por las ciénagas de Hellonfire.
Aquello no era nada nuevo para Ignatz, que llevaba oyendo
lo mismo durante los tres últimos días, pero lanzó un gruñido de simpatía con
su voz de sirena para la niebla. En el infierno cenagoso que se extendía al
norte de Hellas, cualquier quídam que
conociese aquellos lodazales podía alcanzar proporciones de héroe a los ojos de
un novato. Incluso los más veteranos hombres del espacio solían comportarse
como unos novatos en Venus, y en cuando a Ana, hasta aquel momento no se había
movido de la Tierra.
Ignatz conocía aquellas ciénagas mejor que nadie... Lo
cual no era raro teniendo en cuenta que había vivido en ellas durante varios
centenares de años, hasta que Jerry lo convirtió en su mascota. Los animales
que poblaban las ciénagas eran inofensivos en su mayoría, pero Ana no sería de
esta opinión cuando los viese por primera vez. Había chillado aterrorizada la
primera vez que le vio a él... Incluso un sencillo zloath, o un caracol-lagarto venusiano, resultaba horrible a los
ojos de un terrestre; y en cuanto a los restantes componentes de aquella fauna,
aún eran de aspecto más repelente.
Pero el recuerdo de las ciénagas evocaba en Ignatz la
idea del calor. Así es que, trepando por la estufa portátil, se hundió de
cabeza en una olla de agua hirviendo; a los pocos minutos, cuando el calor se
hubo esparcido por su cuerpo, se instaló cómodamente en el fondo, disponiéndose
a dormir. Allá se las compusiera Jerry con sus problemas, ya que era incapaz de
aprender la lengua de los zloaths.
¿De qué servía resolver problemas si no podía darle la solución de los mismos?
Se escuchó un gran estrépito y un coro de imprecaciones
rasgó el aire. Mientras Ignatz terminaba de despabilarse, alguien aporreaba la
puerta, entre una lluvia de denuestos. Jerry la abrió de par en par, y el
gerente del hotel entró como una tromba, con el semblante congestionado y
echando espumarajos de cólera.
—¿Sabe lo que ha sido? —vociferó—. Se ha roto el cable
del ascensor número dos... a pesar de que era nuevo y flamante. El ascensor se
ha quedado parado entre dos pisos, y hemos tenido que hacerle un agujero con un
soplete para sacar a los pasajeros. ¿Qué le parece?
—¿Y a mi que me explica? Yo no lo he hecho.
El tono de cansancio de la voz de Jerry era más que
familiar a los oídos de Ignatz. Sabía lo que se avecinaba.
—No, usted no lo ha hecho, ya lo sabemos. Pero ha
sucedido estando usted aquí. —El rostro congestionado del gerente se puso
lívido, y su rollizo pecho jadeó convulsivamente. Acercando su puño a las
narices de Jerry, lo blandió mientras gritaba con temblorosa voz de falsete:
—¿Se imagina acaso que no sabía quién era? Me dio usted lástima, lo acepté
cobrándole tan sólo el doble, y mire lo que pasa. Estoy hasta la coronilla de
usted y ese bicho. Fuera, ¿me oye? Fuera inmediatamente.
Jerry se encogió de hombros.
—Muy bien.
Observó con distraído interés cómo Ignatz salía de la
olla para dejarse caer a lo largo de la pierna del gerente. Lanzando un
espantoso alarido, el pobre sujeto dio un salto y salió como una exhalación,
para bajar las escaleras de dos en dos hasta el vestíbulo, donde empezó a
frotarse sus quemaduras en sus manos gordezuelas.
—No debieras haber hecho eso, Ignatz —le amonestó
benévolamente Jerry—. Probablemente se le formarán ampollas allí donde tú le
has tocado. Pero ahora ya no tiene remedio, así es que enfríate y ayúdame a
hacer el equipaje.
Después de poner una cacerola con agua fría en el fuego,
empezó a sacar ropas y efectos de los armarios, Ignatz se metió en el agua y
dejó que su temperatura descendiese hasta un límite prudente, mientras pensaba
con tristeza en lo que acababa de suceder.
Aunque aquello no era nada nuevo; lo que sí era
verdaderamente extraño era que hubiesen podido vivir en el hotel casi una
semana sin que ocurriese nada. Y todo era por su culpa; él nunca hacía nada,
pero con su presencia bastaba para que sucediesen toda suerte de desdichas y
calamidades. Jerry Lord, pobrecillo, se equivocó de medio a medio al llevarse
consigo un caracol-lagarto, pero después de haberlo hecho, la cosa ya no tenía
remedio.
Jerry había sido el hombre más afortunado de toda la
flota estelar, en su cargo de jefe de pruebas de los nuevos modelos de cohetes,
hasta que su jefe opinó que necesitaba tomarse un descanso y en consecuencia lo
envió a Venus. Un hombre normal hubiera muerto cuando la astronave estalló
sobre las ciénagas, pero Jerry se presentó por su pie en Hellas, llevando
doscientas onzas de oro bajo un brazo y a Ignatz bajo el otro.
Por supuesto, los venusianos ya se lo advirtieron.
Durante generaciones habían sabido por triste experiencia propia que si un zloath traía mala suerte en las
ciénagas, fuera de ellas se convertía en una verdadera calamidad para su amo.
Los animales de la especie de Ignatz eran gafes de nacimiento. Ignatz también
lo sabía, y como lo sabía trató de escaparse; pero cuando salieron de las
ciénagas ya le había cobrado demasiado afecto a su amo para dejarlo.
A cualquier otro hombre, Ignatz le hubiera traído la
suerte más negra, con calamidades secundarias para los demás por añadidura.
Pero la buena suerte personal de Jerry se mantuvo; en lugar de convertirse en
la víctima de innúmeras desgracias, estas cayeron sobre los que le rodeaban.
Las astronaves de prueba estallaban en el aire una tras otra, mientras Jerry
salía siempre indemne de aquellas catástrofes. Tras una serie de estos
desastres, su jefe decidió darle a Jerry otra vacaciones, esta vez con carácter
permanente.
Su reputación quedó muy mal parada a consecuencia de ello
y se fueron cerrando ante él una serie de puertas, suave pero firmemente.
—Lo siento, señor Lord, pero este año no pensamos tomar
personal nuevo.
No había que censurar a los que así hablaban, pues no era
raro que al salir él de la oficina, sucediese alguna calamidad... a veces con
proporciones de verdadera catástrofe. Hasta tal punto llegaron las cosas, que
terminó por seguirles discretamente a él y a Ignatz una ambulancia, y
generalmente cualquier viandante desprevenido terminaba necesitando sus
servicios.
Fue por entonces cuando Jerry conoció a Ana Barclay, y lo
inevitable sucedió. Ana era nada menos que la hija de su jefe, y una de las
chicas más listas que jamás habían pisado los campos de adiestramiento del
astropuerto de los Seis Mundos. Jerry la miró, dijo «Ah», e inmediatamente
experimentó una fiebre elevadísima. Aún le quedaban algunos ahorrillos, y sabía
bailar, a pesar de que la orquesta siempre desafinaba cuando él pisaba la
pista. Cuando sólo hacía tres semanas que la conocía, ella ya estaba dispuesta
a darle el sí; es decir, lo estaba hasta el momento en que su padre la hizo
entrar en razón. Entonces ella se acordó que había perdido el anillo que, le
regaló su madre, que le dolían las muelas, tenía sinusitis y le había salido un
golondrino en el hombro izquierdo, y todo ello desde que conocía al pobre
Jerry. Con la ayuda de su padre, que estimuló su imaginación, pensó en lo que
sería la vida de casada; entonces ambos decidieron que la solución consistía en
un viajecito a Venus en compañía de Peter Durnall, que era preferido del jefe.
Jerry, que se fuera al cuerno.
—No quiere decir eso que fuesen supersticiosos; no lo
eran más que cualquier astronauta normal y sus hijas; Ignatz lo comprendía
perfectamente. Pero cuando empiezan a surgir demasiadas coincidencias, las
cosas adquieren mal cariz. Ella se había ido, o se iba, y Jerry se iba también
de la vida de ella y del hotel. Ignatz soltó unos cuantos tacos en el idioma de
los lagartos y salió de la cacerola. Después de revolcarse sobre una toalla,
ayudó a Jerry a hacer el equipaje... lo cual era muy sencillo, teniendo en
cuenta que casi todo el guardarropa de Jerry estaba a buen recaudo en casa de
Ike, el prestamista.
—Nos iremos al muelle —decidió Jerry—. Estoy casi sin
blanca, amigo, así es que dormiremos en un tinglado o bajo un cobertizo si
podemos burlar al guardia. Mañana me pondré de nuevo en busca de trabajo.
Hacía meses que buscaba trabajo, el que fuese, pero la
única profesión que conocía era la de manejar astronaves; y éstas ya tenían
bastante mala suerte de natural para que a ella añadiesen la que les podía
proporcionar Jerry. Ignatz se preguntó qué posibilidades habría de encontrar
cubos de basura abiertos en el muelle, pero siguió a su amo sin rechistar.
Una tubería de vapor pasaba por detrás del cobertizo, y
el grifo de atrás estaba bastante flojo. El vapor que salía era ardiente, y
gracias a ello el sueño de Ignatz era profundo y beatífico, y la luz diurna
surgió y desapareció sin que él se diese cuenta. De lo primero que se dio
cuenta fue de que Jerry lo hacía caer de golpe en un charco de agua fría, para
despertarlo. Al menos, aquel hombre olía como Jerry, aunque ni su cara ni sus
ropas eran las de su amo.
Jerry sonrió a Ignatz mientras el agua siseaba y hervía.
De la noche a la mañana le había salido barba, y sus cabellos lisos se habían
convertido en una masa de bucles ensortijados. Una cicatriz le corría del ojo a
la boca, haciéndole fruncir los labios en la grotesca caricatura de una
sonrisa; y sus facciones eran toscas y morenas. En cuanto a sus ropas, eran
simples harapos que ni un ropavejero hubiera querido.
—¿Qué te parece mi astuta idea, Ignatz? —le preguntó—. El
viejo Ike me ha disfrazado así, a cambio de mi anillo y el reloj—. Tomando el zloath, lo metió en un zurrón—. No
podemos dejar que te vean, así es que permanecerás oculto hasta que ocupe mi
puesto.
Ignatz trompeteó con tono interrogador, y Jerry rió.
—Sí, ya tenemos trabajo... tengo que mantener engrasados
los cojinetes de una astronave. ¿Recuerdas ese vagabundo que dormía aquí
anoche? Pues bien, antes de darse a la bebida había sido un astronauta. Y sus
documentos aún están en regla. Me los dio casi por nada, hice que Ike me
maquillase, y hoy he ido a ofrecerme. Nuestra suerte ha vuelto a cambiar.
¡Salimos esta misma noche con rumbo a Venus!
Ignatz volvió a gruñir. Ya podía haberse imaginado adonde
se dirigirían.
—Sí, chico —Jerry volvía a mostrarse satisfecho, y
nuevamente se creía un hombre afortunado—. No quiero oír más gruñidos, Ignatz.
Este viaje tiene que ir bien.
El zloath se
acomodó en el fondo del zurrón y se puso a roer un pedazo de cuero que había
encontrado en el suelo. A partir de aquel momento podía ocurrir cualquier cosa,
pero él no tenía ni la más remota idea de lo que esta cosa podía ser. El zurrón
bailaba y se zarandeaba mientras su amo se escurrió junto a los guardias y
salió al campo de cohetes, donde el fragor de los mismos le dijo a Ignatz que
alguna nave estaba calentando los motores y comprobando sus toberas de
eyección. Pegó un ojo a un desgarrón del zurrón para atisbar lo que sucedía a
su alrededor.
Era una vieja nave de carga, pero de gran tamaño y
evidentemente muy bien cuidada. En aquel momento apartaban las grúas y cerraban
las escotillas, lo cual quería decir que la carga ya había sido embarcada. Por
el olor, supuso que la nave transportaba uvas, cacahuetes y chocolate,
golosinas altamente apreciadas por los buscadores de esporas de Venus. En aquel
planeta apenas se cultivaba nada que pudiese competir con los productos de la
vieja madre Tierra, y aquellos aventureros errantes sólo podían transportar
raciones de alimentos altamente concentrados.
Continuando su observación, Ignatz vio como un gran coche
aljibe avanzaba por los carriles hacia la nave. Mediante una larga manga, el
peróxido de hidrógeno que transportaba el aljibe llenó los depósitos del
carguero. Este combustible es el que los convertidores atómicos quemarían; para
hacerlos salir bajo la forma de nubes de gases por las toberas de eyección; las
planchas de isótopos ya habían sido cargadas, al parecer. Los mecánicos corrían
de una parte a otra, inspeccionando los largos tubos de inyección, y sobre el
campo revoloteaba un enjambre de remolcadores movidos por hélice, listos para
elevar la enorme astronave hasta el punto desde donde pudiese poner en marcha
sus motores sin causar daño a nadie, y elevarse con ayuda de sus aletas.
Aquellas enormes naves mercantes eran distintas de las
esbeltas astronaves de pasajeros; los triángulos ya estaban cuidadosamente
equilibrados sobre sus reactores, pero la nave no podía elevarse bajo la fuerza
de gravedad de un planeta a menos que los remolcadores le hiciesen alcanzar una
velocidad que la permitiese sostenerse por sí sola gracias a sus cortas aletas.
Era evidente que Jerry llegaba en el último momento,
porque ya estaban sacando la pasarela de la tripulación. Subió corriendo por
ella, presentó su documentación y le ordenaron que se dirigiese a su litera.
Cuando se disponía a obedecer, se oyeron órdenes desde abajo y volvieron a
colocar la pasarela. Blane, el capitán de la nave, se asomó lanzando
juramentos.
—¡Condenado viejo! ¿Por qué no puede tomar una nave de
línea? Muy bien, le esperaremos veinte minutos —Trepó por la escalerilla que
conducía a la torreta y desde allí se le oyó lanzar imprecaciones y denuestos—.
En este viaje todo ha ido de mal en peor. Empiezo a creer que tenemos a un gafe
entre la tripulación.
Sin querer oír más, Jerry se dirigió a su litera, un
pequeño nicho en la pared con un duro camastro, un jarro de agua y una percha
para sus ropas. Comprobó cuidadosamente el casco de oxígeno, asintió con gesto
de satisfacción y se tendió sobre la litera.
—Tú quédate donde estás, Ignatz —le ordenó— y estate
quieto, puede haber una inspección. Ya te avisaré cuando me vaya en el segundo
turno. Además, en este cuchitril no hay tuberías de vapor, así es que te da lo
mismo estar donde estás.
La escotilla de arriba se cerró con un fuerte golpe
metálico.
—Ya debe de haber llegado el que esperaban. ¿Quién será?
Debe de ser alguien muy importante para obligar a Blane a esperarlo..., tal vez
un amigote del jefe.
La placentera sonrisa que plegaba sus labios desapareció,
al oír que alguien gritaba por la escalera de caracol:
—¡Eh, ahí abajo! Suban algunas herramientas, pronto. La
escotilla de la tripulación se ha agarrotado, y despegamos dentro de cinco
minutos.
Jerry lanzó un juramento e Ignatz se agitó lanzando un
gruñido de disgusto.
—Menos mal —se dijo Jerry—; esta vez no me echarán la
culpa a mí. Pero de todos modos, no deja de ser curioso. ¡Muy curioso!
Ignatz estaba de acuerdo. El viaje se presentaba de lo
más interesante, si es que conseguían llegar a Venus algún día. Si ayer le
gustaba tener a un zloath por
mascota, podía muy bien haberse quedado en tierra, donde no hubieran corrido el
riesgo de romperse la crisma, en lugar de entregarse a la loca aventura de
perseguir una chica. Por una vez se alegró de que Venus no conociese las
diferencias de sexo... a menos que pudiesen llamarse hembras a las vacas
incubadoras.
Jerry dejó salir a Ignatz cuando regresó de su turno.
Venía cansado y gruñón, pero no podía decirse que nada hubiese ido mal, hasta
el momento. Ocurrieron dos pequeños accidentes, y un ayudante resultó con el
pie aplastado por un acoplamiento que se soltó, pero ya era de esperar que
sucediesen algunas cosillas. Al menos nadie le acusó de ser el causante de las
desgracias.
—Ya he averiguado quién es ese pasajero de postín —dijo
al zloath—. Es el jefe en persona.
Así es que tú estate aquí bien quietecito que en cuanto a mi, trataré de que no
me descubran. Ese viejo zorro tiene ojos de lince, y más memoria que un
elefante.
Ignatz desconocía las obras de Robert Burns, pero sabía
lo que quería decir aquella frase: «Los planes mejor tramados de los ratones y
los hombres muy pocas veces salen a derechas». Esperaba los resultados de aquél
con cierta prevención, y lo que temía sucedió a la mitad del siguiente turno de
Jerry. Fue el propio jefe quien abrió la puerta para volverse después hacia un
par de membrudos tripulantes.
—Bueno, traedmelo aquí y cerrad la puerta. No sé quien
es, ni me importa. Más tarde lo averiguaremos; pero de lo que sí estoy
convencido es que no es quien dice su tarjeta de embarque. El sujeto a quien
pertenece es un borracho perdido desde hace diez años.
Y dirigiéndose al primer oficial mientras sacaban a Jerry
de la litera, añadió:
—En cuanto a usted, capitán Blane, de ahora en adelante
inspeccione con más atención a sus hombres. Como usted puede suponer, yo no
puedo dedicarme a girar visitas de inspección en todos los cargueros. Tal vez
no haya nada que decir de él, pero no quiero tener a mi servicio hombres que
utilizan documentación falsa.
Cuando cerraban la puerta y después, mientras se
alejaban, se oía la voz del capitán apaciguadora, mientras el jefe daba suelta
a su ira en frases suaves que no engañaban a nadie. Ignatz se arrastró del
lugar donde estaban oculto bajo la litera, trepó por ella y se restregó
cariñosamente con Jerry.
Jerry escupió con asco.
—Sí, bajó, empezó a fisgonear por la sala de generadores
y quiso ver mi tarjeta, diciendo que no conocía ningún engrasador que tuviese
una cicatriz. Entonces se puso como una furia, y pidió a gritos que subiese
Blane. Por suerte, no me reconoció. Gracias a Dios, tú tuviste la prudencia de
ocultarte, o de lo contrario ya estábamos listos.
Ignatz siguió restregándose con Jerry, frotando el cuerno
de su hocico contra el pecho de su amo. Jerry, sonrió tristemente.
—Si, ya lo sé. Todavía no nos hemos estrellado, ni nos
estrellaremos. Ahora vete, Ignatz y déjame pensar. Tiene que haber algún medio
de escapar de aquí cuando lleguemos a Venus.
Ignatz cambió mentalmente el «cuando lleguemos» por un
«si llegamos», pero volvióse obedientemente a su refugio y trató de dormir, sin
conseguirlo. A la media hora, el capitán Blane llamó a la puerta y entró, con
una cara ceñuda de muy mal agüero. Miró a Jerry de una manera que no le hizo a
este ninguna gracia. De pronto dijo con ira contenida:
—Si el jefe no ha formado ningún plan contigo, mozalbete,
yo te descuartizaré y arrojaré tus pedazos a los cuatro rincones de este
camarote. Vamos, di que salga este condenado zloath tuyo y quítate esa peluca, Jerry Lord.
Jerry gruñó como si le hubiesen pegado en el estómago.
—¿Qué le hace suponer que soy Lord?
—¿Qué me lo hace suponer? Sólo hay un gafe tan descomunal
en toda la flota estelar. Desde que tú subiste a bordo, todo ha ido de mal en
peor. El jefe se presenta de improviso, la escotilla se atranca, tres hombres
sufren heridas al montar un nuevo inyector, yo encuentro gusanos marcianos de
la arena en el chocolate, y el jefe me amenaza con arrancarme las estrellas de
capitán. ¡No me digas que eres otro! —Empezó a hurgar debajo de la litera—.
¡Sal de aquí, condenado zloath!
Ignatz salió lanzando un triste zumbido y mirando a
Jerry, que se mesaba desolado su falsa barba.
—¿Y qué si lo soy, capitán? ¿Lo sabe acaso el jefe?
—Desde luego que no, y mejor que no lo sepa. Si
descubriese que te he tomado como tripulante, ya podría despedirme de mi
carrera. Cuando lleguemos a Venus, te tiraré en paracaídas cuando estemos al
límite de una milla. ¿O prefieres acaso quedarte y que el jefe se las entienda
contigo?
Jerry movió negativamente la cabeza.
—Profiero tirarme en paracaídas —se apresuró a
responder—. Lo único que quiero es llegar en libertad a Venus, del modo que
sea.
Blane asintió.
—Sé que me espera una bronca mayúscula, pero prefiero que
no estés a bordo cuando aterricemos. Nunca he confiado demasiado en mi suerte
para el caso de un aterrizaje forzoso —Señaló a Ignatz— Que nadie vea ese
bicho. Si el jefe descubre quien eres, te echará de la nave en un traje de
plomo... y sin paracaídas. Con que ojo, amigo.
No hacía falta que se lo dijesen a Jerry. Ordenó a Ignatz
que volviese a ocultarse bajo la litera y se dirigió al estante donde tenía su
comida. Cuando Blane se volvía para irse, parecieron soltarse de repente todas
las dificultades infernales por la nave.
Se notó una siniestra trepidación y el espantoso alarido
de una sirena demoníaca perforó sus oídos. El estante atravesó volando el
camarote; Jerry cayó de cabeza sobre el capitán. Durante medio segundo reinó un
silencio total, seguido por un espantoso desbarajuste, mientras la nave se
bamboleaba locamente bajo sus pies. En un impulso instintivo, el capitán y
Jerry se abalanzaron sobre el casco de oxígeno, y empezaron a disputárselo
antes de comprender lo que pasaba.
Jerry fue el primero en incorporarse.
—Ha sido el motor de control —gritó al oído de Blane.
Este no le oyó, pero comprendió lo que quería decir—. Salgamos de aquí a ver lo
que ha pasado.
Ninguno de los dos se acordó de que Jerry era un
prisionero. El muchacho avanzó en seguimiento del capitán, e Ignatz sólo tuvo
tiempo de dar un salto convulsivo y penetrar por el cuello de Jerry para
ocultarse bajo su chaqueta. Por la escalera de caracol bajaba un tropel de
hombres, y más tripulantes subían de las salas principales de motores. En la
nave reinaba una algarabía y un tumulto indescriptibles, incrementado por el
ulular de las sirenas de alarma y el rumor de las pisadas sobre las cubiertas de
cuproberilo.
En la sala de máquinas encontraron al jefe, dominando el
tumulto.
—¡Blane, Blane! ¡A ver si alguien encuentra a ese zoquete
antes de que estos imbéciles terminen de destrozar la nave!
Blane esbozó un saludo, con la boca abierta y mirando
desesperado lo que quedaba del motor del gobierno.
—¿Qué... qué ha pasado?
A Jerry le bastó con una mirada para saberlo.
Dirigiéndose a los engrasadores, les increpó.
—¿Quién de vosotros se ha olvidado de engrasar los
cojinetes principales?
Un tripulante señaló en silencio a un informe montón de
huesos y carne hecha papilla. Mientras todos miraban hacia allí, Ignatz se
deslizó fuera de su escondrijo y se ocultó a la vista de los presentes entre un
poste y un mamparo que aún estaba entero a medias.
La expresión de Jerry Lord era enérgica cuando se volvió
hacia Blane.
—¿Tiene un motor de recambio? No, ¿verdad? Pues no hay
más remedio que desmontar uno de los motores giro-estabilizadores e instalarlo
aquí. Envíe a algunos hombres a reconocer los daños causados a los mandos. Haga
venir al médico para atender a los hombres que aún no están hechos pedazos.
¡Dese prisa, hombre!
Blane cerró la boca lentamente, giró sobre sus talones y
empezó a dar órdenes a voz en cuello, hasta que se restableció cierta
apariencia de orden entre la multitud de tripulantes asustados. En la confusión
reinante, el jefe no se había apercibido de la presencia de Jerry, pero
entonces se volvió hacia él.
—¿Quién le dejó salir? No importa, ya está aquí. Menos
mal que alguien tiene juicio, o si no esto seguiría aún siendo un manicomio.
Capitán Blane, saque el motor averiado y ponga el prisionero a trabajar. En
estos momentos no podemos perder tiempo ni hombres. Regreso a los coordinadores
de rumbo para inspeccionar los daños.
Dominada ya la impresión causada por aquella catástrofe,
Blane puso activamente manos a la obra. Dirigió una furibunda mirada a Jerry,
pero aplazó de momento su venganza. Ignatz sabía que de lo sucedido se echaría
la culpa a su amo, así como de todo cuanto ocurriese a partir de entonces, y
gruñó con desasosiego.
El trabajo de desmontar el motor resultaba sencillo, pues
éste había saltado en mil pedazos. Los tripulantes limpiaron la sala de trozos
de metal, cortando los pernos que quedaban en la base del motor, y preparando
el lugar que debía recibir al nuevo. El motor estabilizador empezó a ser
montado por piezas, y Jerry dirigió la colocación de las mismas, instaló los
mandos y los unió al mismo a medida que los hombres iban quitando las varillas
dobladas, que sustituían con otras nuevas, que soldaban en lugar de las
antiguas. En momentos de apuro, ningún grupo de hombres de la Tierra es capaz
de hacer el trabajo realizado por una tripulación de hombres del espacio en
apenas media hora. Aquellos, además, eran astronautas veteranos, para los que
la falta de gravedad era una ayuda más que un inconveniente para realizar con
rapidez su trabajo.
Cuando el jefe volvió, los mamparos ya estaban soldados,
el nuevo motor instalado, los mandos acoplados a él y el capitán sudaba a
raudales y lanzaba un gran repertorio de tacos, pero no podía ocultar su
satisfacción ante la perfección del trabajo realizado. Jerry subió de la sala
de estabilizadores para informar que los motores habían sido adaptados a la
carga suplementaria que representaría la pérdida de uno de los cinco motores, y
que el combustible los alimentaba de una manera igualada.
El jefe hizo un gesto en silencio, con cara impávida e
inexpresiva, y Blane tragó saliva cuando se dispuso a seguirlo. Jerry se fue
tras ellos sin que se lo hubiesen ordenado, ocultando a Ignatz cuidadosamente
entre sus ropas.
De regreso al centro neurálgico de la astronave, vio que
los integradores de gobierno estaban hechos cisco. Las varillas de impulso
principales que unían la torreta de mando al motor estaban aún intactas, pero
los cables y los complicados juegos de engranaje y estabilizadores que
constituían el cerebro casi humano de la nave, hallábanse tan destrozados, que
toda reparación era imposible.
La voz del jefe era melosa e insinuante, pero entornó de
manera aviesa la mirada.
—¿Tiene piezas de recambio, capitán?
—Algunas. Podríamos montar algunas de ellas, pero no las
suficientes para unir los cohetes principales al cuadro de mandos. Me parece
que esto es un billete de ida sin vuelta para el infierno.
Bajo la amenaza del peligro, un tétrica desesperanza
volvió a apoderarse del capitán.
—¿Cuántas horas nos faltan para llegar a Venus y dónde
está el punto peligroso?
—Sesenta horas. Si no conseguimos hacernos con el mando
antes de diez, nos iremos de cabeza hacia el sol. Ahora seguimos la órbita C-3,
y pasaremos totalmente de largo ante Venus.
—No hay la menor posibilidad de que nos envíen recambios
a tiempo —murmuró el jefe—. Sí, creo que tiene usted razón. La situación es
gravísima.
Jerry, que había estado oculto hasta entonces tras el
capitán, se adelantó y saludó tranquilamente al jefe.
—Discúlpeme, señor, pero yo creo que es posible gobernar
manualmente a la nave desde aquí, si de la torre de mando envían las
observaciones necesarias.
Momentáneamente los ojos de los dos hombres se
iluminaron, pero sólo por una décima de segundo.
—Ni un hombre entre mil conoce la disposición de los
cables, que forman una verdadera maraña. Además, sería una tarea abrumadora,
físicamente imposible. En cuanto a mí, no sabría si hay que empujar esa varilla
o hay que tirar de esa otra. Cuando aún estaban instalados aquí los mandos
manuales, los teníamos dispuestos en hileras lógicas, pero no hay quien se
entienda en esta confusión actual.
—Yo conozco la distribución —dijo Jerry con la mayor
flema— Se trata únicamente de poder moverse de un lado a otro con suficiente
rapidez para coordinar las varillas de tracción.
A pesar de ello, contempló la maraña de varillas,
palancas y cables, sintiendo grandes dudas en el fondo de su corazón. Se
trataba de cubrir toda una pared de dos metros y medio, y no olvidarse ni por
un segundo de la disposición de todos los mandos estabilizadores. Sin embargo,
podía hacerse.
Blane lanzó un bufido de desdén, pero el jefe le hizo
callar.
—Estamos en una situación en que sólo podemos creer en
milagros. Es nuestra única posibilidad de salvación. ¿Estás seguro de poder
hacerlo, amigo?
—Bastante seguro.
—¿Cuántos ayudantes necesitas?
Jerry sonrió tristemente.
—Ninguno; es más fácil y seguro hacerlo personalmente que
decir a los demás como lo tienen que hacer, para que quizá lo enredasen todo.
Este trabajo solo puede hacerlo una sola persona.
—De acuerdo —El rostro ceñudo del jefe expresó una huraña
aprobación—. Blane, usted recibirá órdenes de este hombre; saque las partes
averiadas y desconecte los automáticos que aún quedan. Usted y los navegantes
se relevarán para suministrar a esta sala los datos de la carta... y procuren
no equivocarse. Que instalen inmediatamente un teléfono aquí, y pongan a este
hombre a trabajar. Si conseguimos llegar a Venus, será libre, nadie le hará
preguntas y tendrá un buen empleo aguardándole. Si no llegamos, ya no le hará
falta empleo alguno.
Cuando el jefe se hubo ido, el capitán blandió su puño
cerrado bajo las narices de Jerry.
—¡Gafe! Si no hubieses estado aquí, esto no hubiera
ocurrido. Trata de portarte bien, señor Lord
—Se interrumpió de pronto, al ocurrírsele otra idea— ¿Ya te das cuenta de lo
que son sesenta horas de trabajo fatigoso e ininterrumpido en esta sala?
—Naturalmente, puesto que sus navegantes solo han
aprendido lo suficiente para aprobar —dijo Jerry, encogiéndose de hombros con
un optimismo que estaba muy lejos de sentir. No olvide usted, señor, que a
partir de ahora hasta el último hombre de esta nave tiene que obedecer mis
órdenes. Exijo una absoluta cooperación.
—La tendrás, tanto si eres gafe como si no —Blane le
tendió la mano—. Tienes muy mala fama, Lord, pero me gusta tu coraje. ¡Buena
suerte!
Al salir majestuosamente, el capitán se olvidó del aceite
extendido por el suelo; antes de caer ruidosamente de espaldas sobre cubierta,
ejecutó una fantástica pirueta en el aire. Ignatz deseó que se lo tragase la
tierra y se preparó para lo peor.
—¡Gafe! —gritó Blane, y con esta sola palabra, cargada de
significado, expresó todo cuanto quería decir sin necesidad de malgastar
sílabas.
Después que se hubieron llevado las piezas averiadas,
subió el técnico de comunicaciones para instalar un teléfono, que unió por un
hilo enrollado en una bobina a unos auriculares recubiertos de espuma de goma.
Entregó a Jerry una carta en la que estaba marcada la posición actual y la
órbita probable, y desapareció.
Jerry se puso los auriculares.
—¿Se me oye bien?
—Perfectamente señor. A sus órdenes. El cohete siete de
popa tiene un chorro deficitario de 0,06 que usted tendrá que compensar, y los
estabilizadores sólo trabajan a tres cinco. Tenemos a Venus en posición...
El navegante le dio las coordenadas, y Jerry las conservó
en la memoria mientras se dirigía a las varillas principales de impulso.
—Muy bien. Ordenen que no me moleste nadie con excepción
del pinche —Sacó a Ignatz, le dio unas palmadas en el lomo y sonrió— La sala es
tuya, amigo. ¡Dispuestos a dar gas!
—Damos gas, señor. ¡Todas las posiciones 1-1 a punto!
¡Nave en rumbo!
El timbre resonó por la escalera de caracol mientras
Jerry accionaba los mandos manuales y se disponía a soportar la nueva gravedad.
La nave tembló como un gato al salir de una bañera, gimió
y osciló de una manera que daba espanto, a medida que los mandos entraban en
acción. Como a regañadientes, enderezó su rumbo. A pesar de ser una nave
provista de anticuados motores de cohete, era dócil como un autobús, si se la
gobernaba con la suficiente destreza, y ésta no les faltaba a aquel puñado de
hombres cuya vida eran las estrellas. Además, había sido construida por otros
hombres que combatían su añoranza de los astros construyendo naves para que
otros las tripulasen. A pesar de los estabilizadores sobrecargados y del ligero
déficit en la profusión, la astronave respondía al timón mejor que muchos de
los nuevos triángulos. Jerry golpeaba las palancas con verdadera furia, al
principio, y luego más suavemente, a medida que la nave se fue convirtiendo en
una parte de sí, difícil de manejar, pero mansa y leal.
El navegante le gritaba coordenadas, factores de deriva y
otros datos, mezclados con innecesario chismorreo, y de vez en cuando le
llegaba también la voz del jefe, que le resultaba casi agradable. El curtido y
viejo bribón sabía estar a la altura de las circunstancias, tuvo que reconocer
Jerry; no daba en absoluto muestras de histerismo ni de chochez. Bajo tal
ejemplo, el capitán y primer navegante tuvieron que hacer de tripas corazón, y
en cuanto al segundo navegante, no podía ocultar la esperanza que le embargaba
cuando relevó al primero. En aquellos momentos la confianza iba muy barata en
la torreta; a Jerry le hubiera hecho falta un poco de ella, pero tenía cuidado
en no demostrarlo en su voz.
Las primeras diez horas no fueron malas de pasar, a pesar
de la tensión constante que requería aquel trabajo sostenido, y Jerry se sentía
ya casi totalmente identificado con la nave. Su espíritu se armonizó con los
crujidos de los baos, con el balanceo del puente, con la extraña armonía que
une a la carne con el metal bien construido. La combinación de los mandos se
grabó de manera indeleble en su cerebro, aprendió a simplificar y a realizar
las combinaciones con menos tiempo y esfuerzo, hasta que se convirtió en una
máquina integrada con las partes que manejaba.
Cuando le bajaron la comida, dirigió una sonrisa
alentadora al pinche de cocina y fue comiendo a bocados, entre coordenada y
coordenada que le enviaban desde arriba, mientras bailaba de un lado a otro de
la sala para accionar los mandos. Al ver su confianza., el pinche le sonrió a
su vez, e hizo chasquear alegremente los dedos. ¿A Venus con los mandos
averiados? ¡Una bagatela!
Ignatz, sin embargo, tenía sus dudas, pero de momento
nada parecía suceder que empeorase las cosas.
Así es que, esperanzado, dio un bocinazo... que fue
respondido por un ladrido que salió de los tubos de la ventilación. El
ventilador de salida seguía funcionando ruidosamente, pero la corriente de
fresco aire acondicionado cesó.
Jerry preguntó por el teléfono:
—¿Qué ha sucedido?
—Una explosión de polvo en la Cámara de filtros, señor.
Mucho me temo que hará falta algún tiempo para repararla.
Así fue, en efecto. A medida que transcurrían las horas,
el calor procedente del motor se fue acumulando en la sala. La transpiración
normal aumentó; Jerry sudaba a mares, y el sudor se le metía en los ojos y
hacía sus manos húmedas y resbaladizas.
El hielo y el agua que le traían a intervalos le
aliviaron algo, pero no hicieron disminuir la temperatura. Los mecánicos
trabajaban ya en las tuberías de aire, pero el trabajo prometía ser muy largo.
Ignatz se escurrió sin que nadie le viese por debajo de las tuberías tratando
de descubrir la obstrucción, estuvo a punto de extraviarse y volvió sin haberlo
conseguido.
Cuando el turno de veinticuatro horas tocó a su fin,
Jerry se tambaleaba y maldecía el espantoso calor a cada segundo. Llevaba
bolsas de hielo en distintos lugares del cuerpo, pero ni con eso conseguía
combatir el calor. Los ventiladores funcionaban sin cesar, manteniendo una
constante corriente de aire, pero este aire era abrasador. Jerry tuvo que
ponerse gruesas plantillas de espuma de goma en los zapatos, y llevaba espesas
manoplas de astronauta, pero aun así el calor procedente del piso recalentado y
de las palancas de mando se filtraba hasta él. Unos cuantos grados más y sería
ya insoportable.
De pronto la temperatura alcanzó un límite y no pasó de
él. El calor que se irradiaba en la sala y el aire que expulsaban los
ventiladores alcanzaron un equilibrio, y Jerry casi se acostumbró al calor y al
rutinario cambio de bolsas de hielo; incluso el aire que respiraba pasaba antes
por un filtro helado.
El teléfono zumbó y le llevó la voz del jefe.
—Una de las cámaras frigoríficas se ha recalentado a
consecuencia de haberse fundido un cojinete. Tendrás que acostumbrarte a media
ración de hielo.
—Muy bien —Jerry miró pensativo a Ignatz, y luego lo tomó
y se lo echó al hombro—. Nos reducen el hielo, amigo. Ya sé que te gusta el
calor, pero ahora tendrás que refrescarte. Vamos, muchacho, demuestra de lo que
eres capaz.
Ignatz trató de excederse a sí mismo. Poseía el mejor
sistema regulador de calor de nueve planetas, y lo puso en acción, tomando el
calor que irradiaba el sudoroso cuerpo de Jerry y disipándolo en el aire. Jerry
nunca comprendió cómo funcionaba aquel termostato viviente, pero sabía que
Ignatz podía absorber el calor o irradiarlo con gran eficacia; a la sazón el zloath absorbía el calor por su placa
ventral flexible y lo irradiaba por el lomo.
Jerry dejó escapar un suspiro de alivio.
—Estupendo, chico. Ya no nos hacen falta las bolsas de
hielo.
Cerró un momento los ojos y se apoyó en las palancas de
mando. Ignatz lo pinchó con el extremo agudo de su cola, para obligarle a
volver al trabajo.
—No formamos un mal equipo tú y yo, amiguito —murmuró su
amo—. Quizá saldremos de esta gracias a ti.
La barba postiza se le estaba cayendo en aquella
atmósfera húmeda y calurosa, y él terminó de arrancársela, junto con la falsa
cicatriz. El maquillaje había desaparecido hacía horas.
Pero las cosas empezaban a ir un poco mejor. El carguero
seguía la órbita calculada, estaba bien equilibrado y requería muy poca
atención hasta que llegasen a Venus. Jerry se hizo instalar un sillón aislado y
se dejaba caer en él cuando el trabajo se lo permitía, mientras Ignatz esperaba
a que sonase el zumbido indicador del teléfono u observaba atentamente los
indicadores de alimentación, en espera de que estos se iluminasen. Ora quince
minutos, ora veinte, después incluso una hora entera; el extenuado organismo de
Jerry aprovechaba ansiosamente hasta el último minuto, empapándose de descanso
y alivio como una esponja seca. Lo que más deseaba era que disminuyese aquel
calor exasperante, que lo amodorraba.
Y de pronto, milagrosamente, una ráfaga de aire fresco
susurró al salir por la rejilla del acondicionamiento, sacando a Jerry de su
modorra.
—¡Lo han conseguido, Ignatz; ya lo han reparado!
Se estremeció lleno de contento bajo el chorro de aire
frío, separándose inmediatamente de él, a pesar de lo delicioso que resultaba,
pues temía los efectos de un cambio tan brutal de temperatura.
—Ahora no pienses mas en el calor, amigo; únicamente
despiértame cuando haga falta.
La temperatura descendía regularmente, un grado cada
cinco minutos, y la vida parecía volver a Jerry. Ignatz lanzo unos gruñidos de
satisfacción y se dispuso a descansar. La regulación calórica que había
ejercido representó un gran esfuerzo nervioso para él, obligándole a una
agotadora disciplina mental; se alegraba de volver a la normalidad.
Le comunicaron a Jerry que habían recorrido ya tres
cuartas partes de la ruta, y sólo faltaban quince horas para llegar... Pero aún
les esperaba la parte más difícil de la tarea. En voz baja, Jerry hablaba
consigo mismo, dándole órdenes a sus músculos como lo hubiera hecho con una
tripulación de hombres, tratando de olvidar las intensas agujetas que
experimentaba en todos los músculos del cuerpo, el fortísimo dolor de cabeza y
la sensación de que un globo se inflaba dentro de su cerebro. Cinco horas más,
y descenderían a través de la zona de mayor gravedad, en la cual habría que
utilizar hasta el último eyector, debidamente equilibrado, en espera de que
viniesen los remolcadores a hacerse cargo de la astronave.
Barclay, el jefe, bajó esta vez en lugar del pinche.
Venía con semblante serio y preocupado, a pesar de que sonreía ligeramente...
hasta que vio a Ignatz y la cara normal de Jerry. Entonces su mirada volvióse
dura y lanzó un silbido.
—Ya lo presentía —dijo quedamente. Pero su voz era
tranquila y su semblante no denotaba ira—. Eres un loco sin remedio, Jerry,
aunque seas el mejor astronauta que jamás ha pisado la cubierta de una nave. Lo
que has hecho aquí, junto con nuestra increíble mala suerte, tendría que
haberme abierto los ojos. ¿Por qué lo has hecho... por Ana?
Jerry asintió y evitó que Ignatz huyese, al advertir la
mirada que le dirigió el jefe.
—Por Ana —asintió.
Se abalanzó de nuevo hacia los mandos cuando el navegante
le envió nuevos datos. Luego volvió y se enfrentó serenamente con el jefe.
—Bien, ¿y qué?
—No, nada —Ni un músculo se contrajo en la cara del jefe.
—Lo que no comprendo es como tu mala suerte puede llegar hasta diez millones de
millas y alcanzar otra nave. Bueno, quizás te lo explique más tarde...
Jerry se dejó caer inerte en el sillón, mientras el jefe
le tendía una bebida. Observando sus manos temblorosas al levantar el vaso, la
expresión del jefe se suavizó.
—Demasiado trabajo para un solo hombre, hijo Yo conozco
bastante bien este sistema de mando. Quizá pueda ayudarte.
—Es posible. Ahora el trabajo es rutinario, señor
Barclay. Lo único que tiene usted que hacer es equilibrar los mandos de
alimentación y los estabilizadores giroscópicos. Esos de ahí.
Jerry se los indicó uno por uno, mientras Barclay hacía
gestos de asentimiento.
—Dentro de cuatro o cinco horas tendré que encargarme yo
nuevamente de los mandos. ¿Está usted seguro de poder hacerlo hasta entonces?
—Sí son sólo cuatro o cinco horas, sí —El jefe arropó con
una manta al extenuado joven y luego se dirigió hacia las palancas de
alimentación—. ¿No te ha parecido extraño que viniese en este viaje?
—No he tenido tiempo de pensarlo —repuso Jerry.
Barclay se puso en cuclillas sobre el bao, con los ojos
fijos en los mandos.
—Yo no hago nada porque sí, Lord. Venus necesita
minerales radiactivos... los necesita con gran urgencia. Pagan el doble por una
carga de tres millones, precio de la Tierra, puesta en Hellas. Pero como te
digo, la necesitan con urgencia, así es que hay que enviarla en un solo viaje.
Ninguna compañía quiere asegurar semejante carga; el riesgo es demasiado
grande. Y ninguna empresa particular la embarcaría sin estar asegurada.
—¿Y entonces usted qué hizo?
—Compré el mineral de radio en el mercado, lo hice
introducir en secreto en el chocolate —no hubo un motín, pero pudiera haberlo
habido— y vine en persona para inspeccionarlo. Tengo invertida en este
cargamento toda mi fortuna. Si consigo arribar a Venus, la duplicaré; de lo
contrario, no viviré para preocuparme por ello.
Se interrumpió, para proseguir después con la misma voz
tranquila:
—Por esto podría matarte alegremente por haber
obstaculizado este viaje. Pero no lo haré. Tengo mis razones para desear llegar
a Venus lo antes posible. Si consigues que esta nave aterrice intacta o sin
demasiados desperfectos sobre la superficie de Venus, una tercera parte de las
ganancias será tuya... un millón de dólares, en dinero contante y sonante, a tu
nombre en el banco que tú mismo elijas.
Ignatz lanzó un leve mugido y Jerry parpadeó. Pero se
salió por la tangente.
—Antes se ha referido usted a mi mala suerte, diciendo
que era capaz de alcanzar otra nave a diez millones de millas de distancia; y
ahora me dice que tiene sus razones para desear llegar a Hellas cuanto antes.
¿Se trata de Ana?
El jefe asintió.
—Sí, se trata de Ana. Vi lo que sucedió desde la torreta.
Al Burgundy se le averió una tobera
de gobierno y tuvo que realizar un aterrizaje forzoso. Recibimos el comienzo de
un SOS, pero cesó en seguida... probablemente la radio se averió a consecuencia
del choque.
—¿Dónde fue?
—En latitud 78° 43' 28" sur, longitud 24° 18'
27" oeste. El SOS consiguió indicar algo acerca de dos montañas gemelas.
¿Sabes cuáles son?
—Los Senos de Minerva, en el centro de Desesperación. Yo
acampé cerca del Seno norte. Es uno de los peores lugares de Venus, donde, a
pesar del calor, la vida aún es posible.
—Exactamente. Hemos llamado a Hellas, por radio, pero en
esa jungla tardarán semanas en encontrarle. Así es que si llegamos te espera un
millón... y mi casa de New Hampshire, donde tu condenada mala suerte no
perjudicará a nadie más que a ti... ¡Pero en cuanto a Ana, ni hablar!
Pero Jerry ya no era de este mundo, e Ignatz, acurrucado
sobre sus rodillas, resolvió que lo mejor era dormir, pues todo parecía
arreglado de momento.
Estaban tan sólo a ocho horas de Hellas cuando Ignatz se
agitó y levantó la mirada. El jefe se movía con frenesí, con la frente fruncida
por una arruga que denotaba su concentración, pero seguía tercamente a los
mandos. El zloath volvió a despertar
a su amo y Jerry se incorporó, sintiéndose algo más descansado. Ingirió una
cápsula de cafeína y otra de estrignina, para mantenerse despierto, y dio una
palmada en el hombro de Barclay.
—Debiera usted haberme despertado hace horas, señor.
Permita que le reemplace; me siento fresco como una rosa —Esto era mentira y
Barclay lo sabía—. Lo ha hecho usted muy bien, pero yo conozco mejor los
mandos.
El jefe consiguió sonreír y trató de mostrarse
despreocupado, dando incluso unas palmaditas a Ignatz, pero no se hizo rogar
mucho para dejar el trabajo.
—No hubiera podido aguantar por mucho tiempo más —dijo—.
Estos mandos son demasiado complicados para mi. Ya veo que tendré que ampliar
mis conocimientos de navegación.
Jerry le dio las gracias.
—Usted ya sabe que yo no esperaba que nadie me relevase.
¡Pero no se crea que me preocupa lo que usted dijo sobre Ana!
—¿De modo que lo oíste? Mira, hijo, yo no tengo nada
contra ti... siempre me has sido simpático. Pero si no te decides a librarte de
ese animal y terminar con tu mala suerte...
Jerry se irguió, muy rígido.
—¿Librarme de Ignatz? ¡Ni hablar!
—Ya me figuraba que responderías eso. Así, no quiero
saber nada contigo. Te repito que más bien me inspiras simpatía y que no tengo
nada contra ti, pero no quiero correr riesgos innecesarios.
—Sí, ya se que no tiene usted nada contra mi, señor.
La puerta se cerró suavemente cuando hubo salido el jefe,
y Jerry sonrió. Por un segundo brilló una chispa en sus ojos antes de que el
dolor y los calambres que sentía en todo su cuerpo maltrecho la apagasen.
—¿Te das cuenta de cómo me ha relevado, eh, amigo? ¡Ni un
amantísimo padre político lo hubiera hecho mejor!
«Aún no hemos aterrizado —pensó Ignatz—, y es posible que
Ana tenga algo que objetar.» Su gruñido, que Jerry interpretó correctamente,
expresaba grandes dudas. Pero su amo hallábase sumido en sus propios
pensamientos.
Cuando los dedos de la gravedad venusiana se tendieron
hacia ellos para aprisionarlos, el funcionamiento defectuoso de los
estabilizadores se hizo notar más que nunca. Debido a la larga forma ahusada de
la astronave, el centro de gravedad de la misma quedaba por encima de los
cohetes y el viejo carguero parecía querer indicar que sería mucho mejor dar la
vuelta y ponerse enteramente en manos de la gravedad; ésta apenas se notaba al
principio, pero a cada milla que avanzaba su influjo se fue haciendo mayor, y
la nave empezó a ladearse hacia el planeta de manera alarmante.
—Calma, amiguita —le suplicó Jerry—. Tenemos que hacerte
girar hasta que estés de acuerdo con la rotación de Venus. Entonces te haremos
bajar suavemente.
Consiguió dominar la nave hasta situarla en la nueva
órbita, y realizó verdaderos milagros matemáticos en su cabeza a medida que le
llegaban las nuevas correcciones de rumbo. Los navegantes se relevaban entonces
cada media hora, mientras el capitán vigilaba su trabajo. Era necesario
suministrar los datos muy de prisa y sin ningún error hasta que llegasen los
remolcadores.
La nave descendió suavemente, siguiendo un gran arco que
la llevaba hacia el polo sur, manteniendo Jerry su rumbo gracias únicamente al
esfuerzo nervioso y a los estimulantes. A mil seiscientos kilómetros de altura,
su velocidad relativa era de casi quince kilómetros por segundo, y su promedio
de descenso de cinco. A ochocientos kilómetros de altura, la velocidad frontal
se redujo para mantenerla en órbita, y el promedio de caída descendió hasta ser
el de una elipse normal de aterrizaje. Por último penetraron en la zona crítica
donde comenzaba el cojín de aire, donde la atmósfera era lo suficientemente
densa para permitir que la astronave se sostuviese sobre sus alerones, y los
estabilizadores emitieron nuevamente un agradable zumbido. A partir de entonces
seguirían en órbita hasta hallarse sobre Hellas, donde los remolcadores se
harían cargo de la nave.
—¡Tu condenada mala suerte! —dijo la voz furiosa del jefe
por el auricular—. Acabamos de recibir un radio comunicándonos que los
remolcadores se han declarado en huelga en Hellas. Tendremos que seguir en
órbita hasta Perdición, al norte de Venus, en lugar de Hellas. ¿Podrás mantener
la nave en rumbo?
—Creo que podré. Navegante, deme las coordenadas para la
latitud 78° 43' 28" sur, longitud 24° 18' 27" Oeste.
—Pero, Perdición...
El navegante fue interrumpido por un estallido de cólera
de Barclay.
Jerry gritó cansadamente:
—¡Cállense! No vamos a Perdición... ni a Hellas.
Navegante, ya ha oído usted mis órdenes. Deme los datos que le pido, y procure
no equivocarse. Si se asusta y se pone nervioso, nos perderemos todos.
—Pero los remolcadores están en Perdición.
—¡Que se vayan al infierno los remolcadores! ¡La haré
aterrizar de cola!
Se oyeron sones inarticulados por el auricular, e incluso
Ignatz escuchó cómo castañeteaban los dientes del navegante. El jefe
vociferaba, diciendo que Jerry estaba loco, pero contuvo su ira y los tres
hombres celebraron una consulta en voz baja, demasiado baja para oírse lo que
decían. Luego resonó la voz de Barclay.
—Estamos en manos de un demente, pero nuestra única
probabilidad de salvación consiste en darle los datos que pide. Estaremos todos
muertos antes de que consigamos sacarle de sus trece. ¡Mira que recibir órdenes
de Lord! —Entonces tomó el micrófono para hablar con Jerry—. Jerry, si vivo te
haré trizas. Ni un solo aterrizaje sobre la cola entre tres sale bien con los
mandos intactos. ¡Escucha la voz de la razón, hombre! Muertos, no seremos de
ninguna ayuda para mi hija.
El joven navegante tomó el micrófono, con manó firme a
causa de la desesperación, y empezó a suministrar datos con voz ronca y tensa.
La astronave fue variando lentamente de rumbo, hendiendo las espesas capas
atmosféricas. Finalmente el navegante comunicó el punto de destino, y Jerry
enderezó cautelosamente la nave. Esta protestó ante aquel trato tan poco
ortodoxo, pero a regañadientes respondió a los mandos.
—¡Cinco mil cuatrocientos metros, exactamente, sobre
nuestro punto de destino! Reina buen tiempo, no hay viento... ¡Gracias a Dios,
señor! Cuatro mil doscientos. ¡Tendrá usted que frenar la caída!
Ignatz rezaba con fervor a sus dioses de la selva y la
ciénaga, pero éstos parecían estar muy lejos Y el suelo subía con alarmante
velocidad hacia ellos, mientras la nave se balanceaba ora hacia un costado ora
hacia el otro. Jerry saltaba como un loco ante los mandos; tenía los ojos
vidriosos, le temblaban las manos al empuñar las palancas, pero conseguía hacer
descender la nave, metro a metro, mientras su aterradora velocidad disminuía.
—Ciento veinte metros, terreno llano. Los chorros
funcionan ahora, no podemos ver nada. Los instrumentos señalan 90-60. ¡Más
despacio!
La nave pareció quejarse, gimiendo y crujiendo y se
inclinó peligrosamente hacia un costado. Jerry cortó el gas para la caída
libre, y la nave se enderezó. El chorro de gases surgió de nuevo con un ruido
atronador.
—¡Doce metros... que Dios nos asista!
La pérdida de energía, aunque pequeña, fue de graves
consecuencias. La nave estaba derecha, pero caía con demasiada rapidez. Parecía
que frenaba de nuevo. Pero se balanceó de nuevo. Ignatz gruñó, al ver que Jerry
la había puesto deliberadamente de costado para aterrizar horizontalmente... ¡a doce metros de altura! Los laterales
no tenían bastante fuerza para sostenerla. La velocidad adquirida mientras
giraba sobre su eje disminuyó, y la nave se enderezó. Jerry cortó el gas, se
sujetó a un bao y se desmoronó. Ignatz se hizo un ovillo.
Todos tuvieron la sensación de que resultaban aplastados.
Resonaron gritos de dolor. La nave osciló ligeramente antes de quedarse
inmóvil. Y entonces reinó el silencio. Habían aterrizado. Jerry se levantó y
palpó a Ignatz cuidadosamente.
—Eres un tipo resistente; no tienes ni un rasguño. Si yo
no hubiese estado medio muerto de cansancio, esta caída desde tres metros de
altura apenas me hubiera hecho daño; pero los demás deben de estar bien. Esta
sección es la que ha soportado casi todo el choque.
Medio minuto después se oyeron gemidos y gritos por toda
la nave. Jerry recogió a Ignatz del suelo.
—Vamos, amiguito, tenemos que ir a recoger algunas
provisiones de boca.
La bodega de popa estaba abarrotada de un heterogéneo
surtido de cosas para la comodidad y bienestar de los cazadores de esporas, y
consiguió localizar una mochila preparada con toda suerte de provisiones, que
podrían mantener a su portador durante tres meses sí éste podía soportar su
peso. Se la ajustó cuidadosamente, comprobó que contenía el frasco de veverina,
y se apoderó también de tres pares de calzados para el fango, una especie de
cruce entre esquíes y canoas; la ligera armazón de berilio era capaz de
sostener el peso de un hombre sobre el limo resbaladizo o el agua,
permitiéndole avanzar a través de los lodazales sin hundirse en ellos.
—Durnall es lo bastante loco como para haberse metido en
las ciénagas —dijo Jerry a Ignatz— Ese tipo ha sido siempre un cabeza de
chorlito, así es que me llevaré tres pares de zapatos para el fango.
Se dirigió a la salida de emergencia, rompió el sello y
la abrió. Asomando la cabeza, vio que se hallaba... ¡sobre el arenoso y llano
campo de aterrizaje de Hellas!
La vieja nave mercante se había posado con limpieza en el
centro de la dársena de cohetes, y la gente que la había visto u oído
aterrizar, acudía en tropel. Los mecánicos trabajaban en la escotilla de la
tripulación, que parecía haberse atascado nuevamente.
Unas fuertes manos se tendieron de pronto hacia él,
arrastrando a Jerry hasta el suelo.
—Por aquí, amigo.
Tres cargadores del muelle le tenía bien sujeto, y
sonreían mientras lo cacheaban en busca de un arma oculta. El que parecía
mandarlos ordenó que lo llevasen hacia un helicóptero que esperaba.
—Te crees muy listo, ¿eh? —y dirigió una mirada
despreciativa a Jerry—. Hay que madrugar mucho para pegársela al viejo Barclay.
Nos avisaron por radio que intentarías subir por la salida de emergencia, y
entonces fuimos a esperarte. Como ves, hemos preparado un bonito comité de
recepción para ti. Ahora te llevaremos a un hermoso alojamiento.
Jerry dejó de jurar para preguntarles adónde le
conducían. Los tres sicarios sonrieron de nuevo, mientras le sujetaban
firmemente para obligarle a sentarse en el helicóptero. Obedeciendo a una seña
del jefe, el piloto puso el motor en marcha, y se levantaron para dirigirse
hacia las afueras de Hellas... pero en dirección opuesta a aquella en que se
encontraba la cárcel.
—No te faltarán comodidades ni lujos, a ti y a tu mascota
—dijo el jefe que mandaba a los otros dos—. El jefe te instala en una de las
residencias particulares pertenecientes a Herndon, el director de nuestra
sucursal. Dice que tienes que tomarte un buen descanso, en un sitio donde nadie
vaya a molestarte... ni tú puedas ir a molestar a los demás.
Era inútil interrogar a aquellos matones, que
probablemente sabían mucho menos que él. Jerry se recostó en silencio en su
asiento, e Ignatz se enroscó a sus pies en espera de que al helicóptero le
sobreviniese un accidente; pero ni siquiera la desgracia quiso sonreírles en
esta ocasión.
Aterrizaron suavemente en el tejado de uno de los
edificios de pisos de la compañía, y los tres hombres arrastraron a Jerry hacia
la entrada del terrado, haciéndole cruzar después un vestíbulo y metiéndolo por
último en un piso lujosamente amueblado.
—Como si estuvieras en tu casa —le invitó generosamente
el hombrón que hacía las veces de jefe—. Como no es probable que Herndon
aparezca de momento por aquí, el piso es tuyo. Verás que las paredes y puertas
son de acero, las ventanas de transplón y las cerraduras de las que no se
abren. —Desenchufó el visifono y se puso el instrumento bajo el brazo—. ¿Deseas
algo más?
Jerry se encogió de hombros, calculando las posibilidades
que tenía. Pero aquellos tres matones eran jóvenes, fuertes y estaban ojo
avizor. Desechó aquellas ideas disparatadas que cruzaban por su mente.
—Podéis enviarme una mina de diamantes, o una docena de
coristas.
—Esa es la especialidad de Herndon... las coristas. Le
veré para hablar de ello. —Los matones sonrieron y se dirigieron hacia la
puerta—. El jefe dice que mañana vendrá, probablemente.
La puerta se cerró y la llave hizo un clic inequívoco y
desagradable en la cerradura.
Disgustado, Jerry se volvió hacia el dormitorio.
—A veces, Ignatz —murmuró—, empiezo a pensar que... —Se
interrumpió al ver la expresión del zloath—.
No he dicho nada, amigo. Calentaré un poco el fogón y tú podrás dormir en él
esta noche. Ambos necesitamos un buen sueñecito.
El sol entraba a raudales por las translúcidas ventanas
de transplón cuando Ignatz se despertó. Sus pesquisas le demostraron que su amo
aún seguía dormido, y no sintió ningún deseo de despertarle. Murmurando con
disgusto ante el mundo en general, se dirigió a la biblioteca para procurarse
información acerca de la peculiar dolencia que parecía afligir a los humanos.
El diccionario definía el amor, y la enciclopedia daba
una excelente versión médica y psicológica del mismo; pero ninguna de aquellas
frases comedidas y racionales tenían ninguna relación con las idioteces que
Ignatz asociaba con aquella emoción. Había otros libros con títulos llamativos
que parecían indicar algo en ese sentido. Escogió tres al azar, los hojeó por
encima, mugiendo y roncando fuertemente. Unicamente sirvieron para confirmar
sus ideas preconcebidas sobre la cuestión, sin aclarársela mucho. Comparado con
los personajes que aparecían en aquellos libros, Jerry era un hombre juicioso.
Sin embargo, los libros tenían otra utilidad. Ignatz los
olfateó pensativo y comprobó que se había utilizado una cola muy fuerte para
encuadernarlos. Como el diccionario y la enciclopedia le parecieron útiles, los
volvió a poner en su sitio con cierta dificultad. Luego sacó de los estantes
media docena de libros cuyos títulos indicaban que trataban de lo mismo y
empezó a arrancarles las tapas metódicamente. Era una cola sabrosísima, que
olía muy bien y era fuerte; era una lástima que el papel se empeñase en
seguirla, pero Ignatz lo escupía sin comérselo. Por último, metió los restos
del festín en el crematorio.
Con la panza llena y después de haber bien dormido, no le
quedaba otra cosa que hacer sino explorar los alrededores. A veces aquellas
habitaciones humanas resultaban interesantísimas. Probó un bote de vaselina,
examinó el funcionamiento de una batidora eléctrica con cierto interés, y
resolvió satisfacer su curiosidad sobre otra cuestión que le intrigaba desde
hacía meses.
Jerry Lord se despertó con la dolorida barriga de Ignatz
sobre su oreja, notando al propio tiempo varias sacudidas y rollos y el
retintín de una extraña campanilla. Se frotó los ojos para despabilarse, con
unas manos que ya volvían a ser seguras y firmes, y miro hacia abajo. No pudo
contener la sonrisa:
—Ya te dije una vez que dejases en paz a los relojes
despertadores, amigo. Este es de cuerda, y el hecho de que haga tictac en lugar
de zumbar como los eléctricos, no te autoriza para ver lo que tienen dentro.
Ignatz había desmontado completamente el reloj. Jerry
apartó la cola del zloath del resorte
principal y de diversas ruedecillas dentadas, y desenroscó el muelle del
despertador de su negro y luciente cuerpo. Realizada esta operación, ambos
recorrieron sus dominios hasta convencerse de que era materialmente imposible
huir del piso.
Jerry conectó el estereovisor mientras desayunaba, pero
no pudo escuchar noticias; solamente los seriales acostumbrados de la mañana y
piezas de música. Tomó un libro sobre motores cohete para matar el tiempo,
mientras Ignatz conseguía abrir la espita del agua caliente en el baño y
meterse en la bañera. Si el jefe hacía honor a su palabra, podía aparecer de un
momento a otro.
Alrededor del mediodía, Barclay abrió la puerta y entró,
dejando apostados a la puerta un par de guardaespaldas.
—¡Jovenzuelo alocado!
—Bonita jugarreta la que usted me gastó con sus datos
falsos; yo estaba convencido de que aterrizaba en los Senos de Minerva. Bueno,
le he salvado su condenado carguero.
—Si; ni siquiera se averió la radio. Es el mejor
aterrizaje sobre la cola que he visto en mi vida, a pesar de que yo he hecho un
par de ellos. —Sonrió ante la estupefacción de Jerry—. Sí, yo solía pilotar
astronaves, en una época en que eso sólo podían hacerlo los hombres de pelo en
pecho. Pero nunca probé un horizontal, aunque había oído hablar de ellos.
Sacó un sobre del bolsillo.
—Aquí tienes. Lo prometido es deuda. Una cuenta a tu
nombre en la Comercial de Prospectores, abierta con un millón de dólares. Y la
escritura de propiedad de la casa de New Hampshire, si es que alguna vez
vuelves a la Tierra... lo que no harás en ninguna de mis naves. Ahórrate las
gracias.
Jerry se lo tomó con filosofía.
—No tenía la menor intención de darle las gracias, porque
lo he ganado en buena lid. —Metió el sobre en la mochila de explorador que
había traído consigo—. ¿Qué se sabe de Ana? ¿Y cuándo podré salir de aquí?
—Lo he dispuesto todo para que puedas irte hoy. —Viendo
la expresión de Jerry, movió negativamente la cabeza—. No a la cárcel
exactamente... sino a la nueva casa de detención que han erigido desde la
última vez que estuviste aquí; la utilizan para los borrachos y los comedores
de hierba. Te hemos inscrito en ella en calidad de polizón que espera ser
deportado, y yo he refrendado la acusación. Después de lo de anoche, no te
quiero tener cerca de ninguna de mis empresas; no deseo que éstas empiecen a
tener una racha de mala suerte.
—¿Bueno, y qué?
—Herndon se ha casado y anoche me dejó en la estacada...
cuando yo más lo necesitaba.
—El que ha tenido mala suerte es usted, no él. —señaló
Jerry—. Aunque supongo que le habrá despedido.
—Se despidió él... se dedicará a darse buena vida. —El
jefe sonrió malévolamente—. Su mala suerte consiste en haberse casado con esa
chica que baila en el casino con una anguila marciana de las arenas.
Jerry asintió; la había visto actuar, y sobraban las
palabras. Trató de dirigir la conversación hacía Ana.
—Ya sabe usted que yo podría localizar el Burgundy en un par de horas si usted me
dejase salir. No pasé dos meses en Desesperación en balde. Y en cuanto a
Ignatz, todos están conformes en que allí trae buena suerte.
Barclay se encogió de hombros.
—Buena suerte para ti; esto es lo que yo temo. Tienes que
saber que ya hemos localizado el Burgundy,
y sin tu ayuda. Hemos enviado ya partidas de rescate con calzado para el fango
en busca de Ana y Pete; el capitán estaba a las órdenes de mi hija y tuvo que
dejarles marchar. —Su rostro se ensombreció por un momento—. No creía que
Durnall fuese tan estúpido como para llevarla a pasear por las ciénagas, donde
incluso la brújula está loca.
—Ya me lo temía. Se equivocó usted, señor, al hacerme
aterrizar en Hellas y no en los Senos.
Barclay gruñó, sin replicar. Todos sabían que había
tantas probabilidades de encontrar a su hija en la húmeda jungla cenagosa como
la proverbial aguja en un pajar.
—Si hubiese creído que tú podías encontrarla,
probablemente hubiera cometido la estupidez de dejarte ir. Mas vale que hagas
el equipaje. Esos hombres te acompañarán a la casa de detención.
La prisión adonde le condujeron reunía bastantes
comodidades y Barclay ordenó que se atendiesen a todas las necesidades de
Jerry. Pero estaba lejos de Ana, más lejos que nunca. Empezó a medir con
nerviosas zancadas la celda, hasta que Slim, uno de los matones le trajo la
cena. El soborno ya había fracasado una vez pero lo intentó nuevamente.
El cancerbero sonrió.
—Aquí tienes la cena. Siento que esté pasada. Desde que
tú ingresaste aquí este mediodía, las provisiones se han estropeado. Y tu
cheque no es válido; la Comercial de Prospectores ha cerrado en espera de que
llegue de la Tierra una nueva remesa de oro.
Ignatz gruñó, pero su amo no quiso dar su brazo a torcer.
—Pero cuando vuelvan a abrir podrás hacer efectivo el
cheque.
Slim alzó los hombros.
—Mientras tengas allí tu cuenta corriente, no abrirán.
—Vamos, no irás a decirme que crees en esa paparrucha
—dijo Jerry con voz no muy convincente.
—¿Que no? Mira, amiguito; desde que tú llegaste aquí,
entre otras cosas me han comunicado que mi mujer ha tenido trillizos...
¡Pasarme eso a mí que no tengo dónde caerme muerto! No quiero saber nada
contigo ni con tus cosas.
Dejó la comida en la celda y giró sobre sus talones.
Jerry lanzó una imprecación y llamó al carcelero.
—¡Espera, hombre! ¿Puedes llevar un mensaje a Barclay?
Dile que sé cómo dar con el paradero de su hija. ¡Dile también que quiero verle
mañana por la mañana!
Slim asintió hoscamente y se fue. Jerry se sentó ante la
comida, negándose a responder los inquisitivos gruñidos de Ignatz. El zloath contempló a su amo mientras comía
y luego le vio reanudar sus interminables idas y venidas por la celda, mientras
fumaba incesantemente los acres cigarrillos venusianos. Recogió una colilla y
mugió con curiosidad.
—Estoy nervioso, chico —le dijo Jerry—. Dicen que esos
cigarrillos son calmantes... producen el mismo efecto que la pipa que me dejé
en la Tierra. ¿Quieres probar uno? —Colocó un cigarrillo entre los cortantes
labios de Ignatz, y lo encendió—. Ahora aspira, métete el humo en los pulmones
y después expúlsalo. Así, muy bien.
Ignatz se tragó el humo y empezó a toser y a lanzar
roncos mugidos, colmando de improperios a su amo. Sin embargo, experimentó una
extraña sensación, y contempló pensativo el cigarrillo; a veces había que
probar las cosas dos o tres veces para hallarles el gusto. Con cierto
vacilación, recogió el cigarrillo con sus antenas y lo probó de nuevo, con
mejores resultados esta vez. El humo no le produjo náuseas como la primera. La
tercera prueba fue aún más satisfactoria.
—No abuses, amigo —le advirtió Jerry—. No sé cómo
afectará el fumar a tu metabolismo; el alcohol no te produjo ningún efecto,
pero esto pudiera producírtelo.
Ignatz apenas le oía, pero no se molestó demasiado en
interpretar el sentido de aquellas palabras. Un agradable calor se esparcía por
sus nervios y descendía hacia su cola. Había sido un estúpido al pensar que la
vida era dura... era una juerga, esto es lo que era. Y aquella celda era muy
hermosa, cuando se estaba quieta. Precisamente en aquellos momentos giraba en
círculos a su alrededor; él trató de perseguir a las paredes en su loca
rotación, pero desistió... giraban demasiado aprisa.
Jerry se reía, sin que Ignatz pudiese comprender por qué.
—Ignatz, estás borracho perdido. Y esa colilla te quemará
los labios si no la escupes.
—¡Buuuh! mugió Ignatz. Desde luego, estaba un poco
caliente; laboriosamente se quitó del labio la colilla encendida y la tiró —
¡Gulp! —. ¿Por qué la cola se movía sola de aquella manera? — ¡Upa! — Sí este
era su deseo, no sería él quien se lo impidiera. Levantó la mirada hacia la
Luna, que de manera misteriosa había abandonado la Tierra y se deslizaba por el
techo de la celda. ¡Qué noche tan encantadora! haría una canción sobre aquella
encantadora noche. Una canción encantadora.
Su voz de sirena para la niebla se convirtió en un
tembloroso mugido, se elevó hasta convertirse en un atronador lamento, y cesó
con un estallido semejante al que produce un cohete al partir. ¡Encantadora
canción... encantadora! Jerry lo tapó con un almohadón tratando de hacerlo
callar, pero sin conseguirlo. Si los demás detenidos querían dormir, él tenía
que permitir que lo hiciesen. De todos modos, también armaban un tumulto
considerable.
¿Quién quería dormir? La noche era demasiado bonita para
dormir. Ignatz ejecutó una notable imitación de una sierra de vapor. Jerry
renunció a hacerlo callar y se tendió a su lado, rezongando. Ignatz mugió en
son de reproche a su amo, dio media vuelta y empezó a roncar ruidosamente.
A la mañana siguiente se despertó para ver como el
guardián introducía en la celda al jefe en persona. Trató de descender de la
litera, pero experimentó un dolor atroz en la cabeza, y volvió a dejarse caer
lanzando un mugido de dolor. La noche anterior no se había sentido de aquella
manera.
Jerry le sonrió.
—Es la resaca... ¿Qué te suponías? —Se volvió hacia
Barclay—. ¿Así, aquel tipo le pasó mi recado?
—Me lo pasó. —El jefe no había dormido mucho, según podía
colegirse por la expresión de su rostro—. Si tu plan requiere que te pongamos
en libertad, no te molestes en exponérmelo.
—No hace falta que me ponga en libertad. Por experiencia
he podido comprobar que es inútil tratar de hacerle cambiar de idea —Se apoderó
con presteza del paquete de cigarrillos antes de que Ignatz tuviera tiempo de
lanzarse sobre él—. Pero la inundación de fango semestral puede ocurrir de un
momento a otro, y entonces Desesperación se convierte en un infierno. Tiene
usted que sacarla de allí.
El jefe asintió; había estado pensando lo mismo.
Prosiguió Jerry:
—Bueno. Un hombre es incapaz de localizar en esa región a
cualquier objeto de menor tamaño que una astronave, pero un zloath sí puede hacerlo. Pues bien: a
menos de cincuenta kilómetros al norte de los Senos de Minerva —en aquellos
parajes el compás señala al sur sudeste, hay un poblado de semejantes de Ignatz
a orillas de un pequeño lago. Han embalsado el Río Olvidado, construyendo sus
casas sobre almadías, trabajando con sus antenas y sin disponer apenas de
material en bruto. Cultivan algunas hierbas alimenticias en las orillas y
disponen de una especie de molino para triturar el grano. Desde luego, no son
humanos, pero estarán a nuestro lado si no nos presentamos allí como
destructores. Actualmente están muy civilizados.
El jefe lanzó un bufido de desprecio y miró a Ignatz, que
buscaba colillas afanosamente.
—¡Civilizados! Yo diría que son una especie de castores.
—Como usted quiera —Jerry estaba acostumbrado a la eterna
posición del hombre elegido de los dioses... o tal vez los dioses eran los que
habían sido elegidos por él—. De todos modos, han creado una especie de
alfabeto y poseen animales domésticos. Lo que es más importante, yo les enseñé
algunas nociones de inglés y harían lo que fuese a cambio de chocolate y
cacahuetes.
Barclay pareció comprender la idea.
Quieres decir que envíe a alguien allí para que se ponga
en contacto con ellos y les haga buscar a Ana, ¿no es eso? Parece bastante
descabellado, pero estoy dispuesto a intentar lo que sea inmediatamente.
Jerry empezó a dibujar un tosco mapa.
—No pueden hablar con nosotros, pero cuando uno de ellos
venga en busca de chocolate, eso querrá decir que la ha encontrado... Cumplen
escrupulosamente los compromisos. Entonces, no habrá más que seguirlo.
El jefe tomó la nota y se dirigió a la puerta.
—Ya te comunicaré el resultado de esto —le prometió—. Si
la encuentran, incluso estoy dispuesto a correr el riesgo de enviarte a la
Tierra en una de mis naves.
Jerry gruñó y se volvió hacía Ignatz, que se retorcía
sobre el camastro, con su cuerpo de cuarenta centímetros de longitud hecho un
manojo de nervios.
Transcurrieron tres días lentos y aburridos antes de que
Slim le trajese otra nota.
—Mr. Barclay te envía esto —le dijo lacónicamente.
Slim quería los menos tratos posibles con el jefe. Jerry
se apresuró a abrirla, para encontrar estas breves palabras:
«Tres helicópteros, tratando de alcanzar tu maldito lago,
se estrellaron. Hemos enviado equipos de socorro en su busca. No quiero saber
nada más de ti ni de tus estúpidos planes.»
Jerry pasó la nota a Ignatz, quien la leyó sombríamente.
Luego observó esperanzado como Jerry sacaba un cigarrillo. Viendo que volvía a
meterse el paquete en el bolsillo y que estaba fuera de su alcance, lanzó un
resoplido de disgusto y se retiró a un rincón, donde permaneció hosco y
callado.
El silencio fue roto por una explosión que retumbó en
toda la casa y la zarandeó como una paja flotando al viento. El piso se plegó
extrañamente y la ventana de transplón se hizo pedazos, con un alegre crujido.
El ruido cesó y Jerry se levantó del suelo, tomando a Ignatz en sus brazos
después de haberse echado la mochila a la espalda. Sin perder el tiempo en
frases inútiles, saltó hacia la ventana abierta.
Slim venía corriendo por el pasillo.
—El motor del acondicionamiento de aire acaba de estallar
en el sótano —vociferó—. ¿Estás bien, Lord?
Cuando le vio a horcajadas en el alféizar de la ventana,
se llevó la mano al costado, donde pendía su pistola de agujas, que sacó a
medias. Metiéndola de nuevo en la funda, dijo:
—No quiero correr el riesgo de que me estalle en las
manos. Estando tú presente, esto sería lo más probable. ¡Cuánto más tierra
pongáis de por medio, mas tranquilo estaré!
Hay ocasiones en que una mala reputación tiene sus
ventajas. Jerry saltó al suelo desde tres metros de altura, localizó a un
helicóptero vacío y con la portezuela abierta en la parte trasera del edificio,
y echó a correr hacia él. Se precipitó de cabeza en su interior cerró la puerta
de golpe y se puso en marcha el motor cuando los guardias empezaban a salir en
tropel. Ignatz miró el indicador de combustible y se quedó de una pieza al ver
que estaba lleno el depósito.
Antes de que pudiesen apuntar la ametralladora del
tejado, el helicóptero se elevó suavemente y empezó a adquirir velocidad. Jerry
le hizo describir un semicírculo y se dirigió hacia el norte. La navecilla
aérea atravesaba la atmósfera produciendo un tenue silbido. lidias quedó a sus
espaldas, a ocho kilómetros empezaba la ciénaga de Hellonfire, tras la cual se
extendía Desesperación.
—Sólo quiero que me dejes llegar a las ciénagas, amiguito
—explicó Jerry al zloath—. No me
metas ahora en líos.
Ignatz tenía sus antenas unidas en un apretado nudo,
esforzándose mediante la concentración mental en atender al ruego de su amo.
Poco más de tres kilómetros antes de las ciénagas, el
motor empezó a ratear, parándose y arrancando de nuevo caprichosamente. Jerry
movió los mandos, pero la navecilla disminuía su marcha, avanzando a una
velocidad variable. La línea de verdor de Hellonfire surgió sobre la tenue
niebla en el mismo instante en que el motor se paraba definitivamente. Jerry
apretó fuertemente las mandíbulas, tratando de mantener al helicóptero en un
descenso planeado que les llevaría al otro lado de la franja de verdor. Pero el
suelo ascendía con regularidad mientras la navecilla caía hacia la ciénaga.
Por el grosor de un cabello no chocaron con la enmarañada
espesura de la ciénaga, y pasaron sobre Hellonfire. Y entonces el pequeño motor
se puso nuevamente en marcha, ronroneando suavemente y los rotores giraron con
regularidad en el aire, levantándoles con facilidad. Ignatz lanzó un suspiro de
alivio y Jerry tendió una mano hacia él para hacerle una caricia. A partir de
entonces, si la leyenda no mentía, la suerte había de acompañarles.
Así fue, en efecto. Se deslizaron sobre Hellonfire con
toda felicidad, pasaron sobre los restos del primer helicóptero que había
enviado el jefe, y siguieron avanzando. El compás empezó a oscilar y a moverse
locamente, y Jerry se vio obligado a confiar en el sentido de orientación de
Ignatz. El zloath indicaba con sus
antenas la dirección en que se hallaba su poblado natal, y Jerry siguió
confiando en sus indicaciones.
Hellonfire pasó bajo ellos, para ser sustituido por la
enmarañada espesura de Desesperación. Mirando hacia abajo, vieron como avanzaba
lentamente la crecida de fango que dos veces por año hacía la ciénaga aún más
impracticable. Jerry movió la cabeza. Si Ana se encontraba allí, sólo podría
descubrirla si se había situado en una eminencia del terreno. Batieron la zona
situada entre los Senos y distinguieron el campamento temporal, donde tenían su
base los buscadores de esporas. En aquellos momentos un grupo de hombres se
dedicaba a desmantelarlo, pues todos se irían antes de que lo alcanzase la
avenida de cieno.
Y entonces Ignatz mugió, y Jerry, mirando hacia tierra,
vio el pequeño lago brillando bajo el helicóptero. Lo cubrían varias balsas
flotantes, cuidadosamente dispuestas en hileras y cubiertas con una techumbre
de ramaje dispuesta artísticamente. Entre las chozas y canales se veían moverse
docenas de zloaths iguales que
Ignatz. A orillas del lago, otros se dedicaban a apacentar a sus zihis domesticados, veinte veces más
grandes que ellos. De vez en cuando, un mugido procedente de la orilla opuesta
del lago era contestado desde la balsa mayor.
Jerry bajó los flotadores e hizo descender al helicóptero
hasta que éste se posó suavemente sobre el lago. Ignatz se echó de cabeza al
agua y se puso a nadar hacia la morada del jefe del poblado, llevándose consigo
un paquete de chocolates herméticamente cerrado. Regresó cuando aún no habían
transcurrido diez minutos, lanzando agudos mugidos, y con un pequeño envoltorio
en la boca.
Jerry lo tomó. En el tosco papiro distinguió un dibujo de
apariencia infantil que representaba a un hombre y una mujer sobre una estrecha
balsa de la que tiraban dos zihis.
Bajo el dibujo se veían un cuadrado blanco sobre dos cuadrados negros, y a un
lado del dibujo aparecía una barra de chocolate de marca diferente a la que
Jerry les había dado.
—Comprendo —dijo Jerry—. Eso quiere decir que se fueron
un día y dos noches atrás, ella y Durnall. A cambio de chocolate les dieron zihis y una balsa. ¿Sabes qué dirección
siguieron?
Ignatz mugió señalando al sudeste, hacia donde corría una
lenta corriente secundaria que desembocaba en el Río del Olvido. Jerry elevó el
helicóptero y se dirigió hacia allí, tratando de descubrir señales de ellos.
Los zihis solían recorrer unos
cincuenta kilómetros diarios, lo cual quería decir que debían de encontrarse a
esa distancia. Aminoró la marcha después de haber recorrido unos ochenta
kilómetros, al advertir que la corriente se estrechaba. Si esta terminaba antes
de que hubiese conseguido descubrir a Ana, ello quería decir que entonces
principiaría una búsqueda interminable, que probablemente no conduciría a nada.
Después de salir del Pequeño Hades, ella podía haber tomado un centenar de
caminos distintos.
Pero la vio antes de llegar al fin de la corriente y
antes de que ésta se bifurcarse en docenas de pequeños tributarios. La joven se
había detenido, probablemente para orientarse, y él vio como miraba hacía
arriba al oír su motor y hacía frenéticas señas. Hizo descender al helicóptero
en picado, deteniéndolo bruscamente a pocos metros de la balsa. Cuando ella
dirigió los zihis hacía el aparato,
Jerry abrió la puerta.
Durnall yacía sobre la balsa, cubierto por un poncho.
—¡Jerry Lord! —La voz de Ana era aguda, cansada; la joven
tenía los ojos enrojecidos e hinchados por la falta de sueño—. ¡Gracias a Dios!
Pete tiene las fiebres... las fiebres rojas... y no tenemos feberina en nuestro
equipo. —Asió el frasco que él le tendió y obligó a Durnall a engullir tres
tabletas—. Ayúdame a cargarlo a él y al equipo... ¡Y llévanos al hospital,
pronto!
Jerry levantó a Durnall y lo colocó en la parte trasera
del helicóptero con la mayor presteza. Ignatz, entre tanto, ordenaba a los zihis que volviesen al poblado con la
balsa, mientras Ana recogía el equipo y se encaramaba en el helicóptero. Luego
se dejó caer al lado del enfermo, cuya cara mostraba el color de ladrillo
cocido propio de un caso avanzado de fiebre de los pantanos.
—Tu padre está preocupadísimo... y yo también lo estaba.
—¿Tú también? —Su voz era inexpresiva—. ¿Cuánto
tardaremos en llegar al hospital, Jerry?
El interpelado se encogió de hombros.
—Unas tres horas, supongo.
Ignatz miró la cara de su amo y gruñó imperceptiblemente.
Desde luego, Ana había estado vagando por las ciénagas durante días enteros,
sola con Durnall, y los enfermos siempre terminan por conquistarse las
simpatías femeninas. Rozó con sus antenas los tobillos de su amo.
—¿Cómo encontrasteis ese poblado? —le preguntó Jerry—. He
intentado ayudarte por todos los medios, pues temía que la avenida de cieno te
sepultase.
Ella le miró, pero siguió atendiendo a Durnall.
—Cuando no pudimos encontrar al Burgundy, recordé lo que una vez nos contaste acerca del modo cómo
conseguiste llegar a ese poblado cuando te extraviaste. Nos dirigimos hacia el
lugar donde tú dijiste que señalaba la brújula y llegamos allí, donde
permanecimos hasta que conseguí hacerme entender por ellos. Entonces les ofrecí
algunos víveres a cambio de su balsa y sus animales. Gracias a lo que tú nos
contaste, hubiéramos conseguido salir de aquí si Pete no hubiera contraído las
fiebres; en cuanto a mi, tuve suerte de no pillarlas.
Durnall gemía y se agitaba incesantemente, y ella volvió
a concentrar su atención en el enfermo. Jerry se inclinó sobre los mandos y
siguieron volando en silencio hacia el sur, en dirección a Hellas, viendo como
Desesperación se convertía en Hellonfire.
Acababan de salir de las ciénagas, y él se volvió hacia
Ana para asegurarle que ya casi estaban llegando.
Pero tuvo que volver bruscamente la cabeza. El rotor, que
hasta entonces había estado girando suave y regularmente sobre sus cabezas,
daba extrañas sacudidas y alteraba el ritmo del motor. Ignatz se encogió
gimiendo y tratando de evitar la mirada de su amo. Una de las palas del rotor
se había roto, y las otras estaban desequilibradas y se movían
desordenadamente. La navecilla bajaba con excesiva velocidad. Jerry paró el
motor, y trató de aminorar la caída, sin conseguirlo. Accionó la palanca que
hacía salir la almohadilla de choque, y un colchón de caucho surgió detrás
suyo, destinado para salvar a los pasajeros en caso de una colisión en la
niebla. Antes de que pudiese accionar la palanca que hacía surgir la
almohadilla protectora del piloto, el helicóptero chocó de proa en el suelo.
Ignatz vio como su amo se precipitaba sobre los mandos, y
entonces algo rasgó el cuerno que el zloath
tenía en el hocico, y unas estrellitas brillaron a su alrededor. Luego cayó
sobre él una cálida negrura.
Nadaba a través de una gris neblina, trató de mugir y no
lo consiguió. Cuando abrió los ojos, vio que tenía el hocico envuelto en metros
de gasa, y Jerry lo miraba sentado en
la cama.
—Has sufrido una grave operación, amigo. El doctor dice
que tuvo que extirparte la mitad del cuerno, pues lo tenías hecho astillas. Me
has ganado por medio día, aunque el médico dice que he estado cuarenta y ocho
horas sin sentido. —Se agitó en el lecho—. Aún estoy bastante entero, a pesar
de un par de huesos rotos y un chichón regular en la cabeza.
Ignatz paseó lentamente la mirada en derredor, dándose
cuenta, por sus tardías reacciones, de que le habían administrado drogas.
Estaba en una pequeña estancia, en una cama que era una réplica en miniatura de
la de Jerry. Pero aquello no parecía un hospital.
Jerry sonrió.
—Temieron que tu presencia originaría alguna catástrofe
en la ciudad, y como yo no dejaba de llamarte a gritos, nos instalaron a los
dos aquí, en una finca que posee el jefe en Hellonfire, casi junto al borde de
esta región. Esperaba que te trajesen aquí para recibir las primeras visitas.
—Levantó la voz— ¡Oiga, enfermera! Ya puede decirles que entren.
Al pronunciar estas palabras la puerta se abrió de golpe
y el jefe entró como una tromba.
—Bueno, ya era hora. Te veo tan campante como siempre.
—Sí, ya estoy bien y a punto de volver a su preciosa
cárcel.
El jefe se mostraba muy risueño.
—Esta vez, no. Tengo otros planes para ti. ¿Aún conservas
la escritura de propiedad de la casa de New Hampshire? Muy bien. Pues verás,
tendrás que devolvérmela y a cambio te daré otra por la que serás propietario
de esta casa, situada en las ciénagas. Aquí tu mascota resulta inofensiva. Y te
aconsejo que inviertas tu capital en acciones nuestras.
—¿Así, no quiere enviarme de nuevo a la Tierra? ¿Tiene
miedo que su nave se estrelle?
Barclay movió negativamente la cabeza.
—No es la nave lo que me preocupa. Lo que me preocupa es
la falta de director para esta sucursal. Tú lo serás... si el empleo te
interesa.
Jerry se tomó esta declaración con la mayor flema.
—¿Qué se propone usted?
—Nada. Con buena o mala suerte, hay que reconocer que
siempre sales con la tuya, y además, conoces los cohetes como nadie. Esto es
precisamente lo que yo necesito, descarado cachorrillo. Limítate a tener aquí a
tu mascota, y todo irá como una seda. —Se levantó de repente—. Tienes otra
visita.
—No olvide usted lo que dije sobre... —empezó a gritar
Jerry.
De pronto la vio a ella de pie en el umbral.
—Hola, Jerry. ¿Ya
estáis los dos juntos otra vez? —Ignatz gruñó, mientras Jerry la miraba
boquiabierto antes de decirle:
—¿Y Durnall?
—Está perfectamente. —Ana tomó una silla y se sentó junto
a él, extendiendo ambas manos en actitud implorante. —Ahora que estás sano y
salvo, no pensemos más en él. Pete no es mal chico, pero no me gustan los tipos
temerarios capaces de meterme en atolladeros como este de que acabamos de
salir, aunque la mitad de la culpa haya sido mía.
Jerry tardó un rato en asimilar aquellas palabras
mientras Ignatz maldecía sus vendajes. Había llegado el momento de escabullirse
hacia sus ciénagas, de donde Jerry no volvería a cometer la equivocación de
sacarlo otra vez. Comprendía que su amo no podía causar más desastres, si
asumía la enorme responsabilidad que representaba aquel nuevo cargo. Pero los
vendajes lo mantenían completamente inmovilizado.
Ana acercó a sí la camita y acarició suavemente el lomo
de Ignatz.
—Tú tendrás que vivir aquí, desde luego y trasladarte al
trabajo en helicóptero, pero yo cuidaré de Ignatz en tu ausencia. Le debemos
muchas cosas, y tenemos que pagárselas.
—Yo... —Jerry miró a Ignatz—. Ya sabes lo que piensa tu
padre de él.
Ella sonrió con picardía.
—Papá ya lo ha previsto todo. Mira, he traído algo en mi
mochila, y cuando supo que yo quería que se quedase con nosotros, se rindió.
Hurgó en el interior de un pequeño zurrón, por cuya boca
no tardó en asomar la cabeza negra como la endrina de otro zloath.
—Os presento a Ichabod.
Jerry tragó saliva.
—Bueno, estaré...
Y de pronto sintió una urgente necesidad.
Ignatz se moría de ganas de fumar un cigarrillo, pero a
pesar de ello lanzó un breve resoplido y apartó la cabeza para no mirar.
LOS LOTOFAGOS
Por STANLEY G. WEINBAUM
—¡Cáspita! —exclamó «Ham» Hammond, lanzando un silbido y
mirando por la portilla de proa de estribor— ¡Vaya sitio para una luna de miel!
—Eso te ocurre por haberte casado con un biólogo —observó
su media naranja dirigiéndole la palabra por encima del hombro, pero él vio
bailar sus ojos grises reflejados en el vidrio de la portilla—. Y además, hija
de un explorador por más señas —añadió.
Porque hay que saber que Pat Hammond, antes de casarse
con Ham, cuatro semanas antes, se había llamado Patricia Burlingame, y era la
hija de aquel gran inglés que conquistó gran parte de la zona crepuscular de
Venus para la Corona británica, tal como Crowly había hecho para los Estados
Unidos.
—Yo no me casé con un biólogo —repuso Ham— sino con una
muchacha interesada por la biología, y nada más. Es una pena, pero éste es uno
de los pocos defectos que posee.
Paró el chorro de gases, reduciéndolo a los reactores de
popa, y el cohete descendió lentamente sobre una almohada de fuego hacia el
negro paisaje inferior. Lenta y cuidadosamente él obligó a descender el aparato
rebelde hasta que no se notó ni la más pequeña sacudida; entonces cortó
totalmente el gas, el suelo osciló ligeramente bajo sus pies, y un extraño
silencio cayó sobre ellos cuando cesó el rugido de los eyectores.
—Hemos llegado —declaró.
—Sí, hemos llegado —repitió Pat—. ¿Dónde estamos?
—En un lugar situado exactamente a ciento veinte
kilómetros al este de la Barrera y frente a Venoble, en la Región Fría
Británica. Hacia el norte se encuentra, supongo, la continuación de los Montes
de la Eternidad, y hacia el sur sólo Dios sabe lo que hay. Lo mismo puede
decirse del este.
—Lo cual es una buena descripción técnica de lo
desconocido —dijo Pat, riendo—. Apaguemos las luces y echemos una mirada a lo
desconocido, pues.
Uniendo la acción a la palabra, las apagó, y en las
tinieblas las portillas se destacaron como círculos débilmente luminosos.
La joven prosiguió:
—Sugiero que la Expedición Conjunta suba a la cúpula para
dominar el panorama. Hemos venido aquí a investigar se ha dicho.
—La parte restante de la expedición manifiesta su
conformidad —dijo Ham, sonriendo.
En las tinieblas, no podía por menos de sonreír ante la
ligereza con que su esposa se tomaba aquella exploración. En realidad
constituían la Expedición Conjunta enviada allí por la Real Sociedad y el
Instituto Smithsoniano para investigar las condiciones existentes en el
hemisferio oscuro de Venus, para decir las cosas por su nombre completo.
En cuanto a Ham, desde luego, si bien desde el punto de
vista legal formaba la mitad norteamericana de la expedición, en realidad sólo
era miembro de ella porque Pat no hubiera aceptado a nadie más; pero era a ella
únicamente a quien los barbudos y sesudos miembros de la sociedad y el
Instituto planteaban sus preguntas y ponían cláusulas y condiciones.
Lo cual, si bien se mira, era perfectamente justo, porque
Pat era la primera autoridad mundial en fauna y flora de las Regiones Cálidas,
además, la primera criatura humana que nació en Venus, mientras que Ham no era
más que un ingeniero a quien sus sueños de riqueza atrajeron a la frontera
venusiana, para realizar exportaciones de xixtchil a las Regiones Cálidas.
Fue allí donde conoció a Patricia Burlingame, y allí fue
donde la conquistó, tras un azaroso viaje a las estribaciones de los Montes de
la Eternidad. Se casaron en Erotia, la colonia norteamericana, hacía menos de
un mes, y poco después llegó la proposición de realizar una expedición al lado
oscuro del planeta.
Ham se oponía a ella. Deseaba pasar una feliz luna de
miel terrestre en Nueva York o Londres, pero existían ciertas dificultades para
ello. En primer lugar, las dificultades astronómicas: Venus había pasado ya por
el perigeo, y tardaría ocho largos meses en describir su lenta rotación
alrededor del sol y regresar a un punto desde donde el lanzamiento de un cohete
a la Tierra podría efectuarse.
Ocho meses en la primitiva ciudad fronteriza de Erotia, o
en Venoble, igualmente primitiva, caso de que prefiriesen quedarse en
territorio británico, sin ninguna clase de diversión excepto la caza, sin
radio, sin teatros, con pocos libros. Ya que tenían que cazar forzosamente,
argüía Pat, ¿por qué no añadir a ello la emoción y peligro de lo desconocido?
Nadie sabia qué clase de vida, caso de existir ésta,
ocultaba el lado oscuro del planeta; muy pocos eran los que habían visto este
misterio, y aun estos pocos lo vieron desde naves-cohete que cruzaban a gran
velocidad sobre enormes cordilleras o inmensos océanos helados. Aquella era una
buena ocasión de rasgar el velo del misterio y explorar el hemisferio oculto,
con todos los gastos pagados.
Sólo un multimillonario podía construir y equipar una
astronave particular, pero la Real Sociedad y el Instituto Smithsoniano,
gracias a los créditos que les asignó el Gobierno de sus respectivos países,
podían permitirse este lujo. Quizás los expedicionarios se enfrentarían con el
peligro y con emociones sin cuento, pero... estarían solos.
Esto último fue lo que decidió a Ham. Pasaron dos
atareadísimas semanas avituallando y equipando el cohete, se elevaron a gran
altura sobre la barrerá helada que constituye la frontera de la zona
crepuscular, y atravesaron a loca velocidad la línea de las tormentas, donde
las corrientes bajas de aire frío procedentes del lado oscuro, chocan con las
corrientes altas de aire caliente procedentes de la cara desierta del planeta.
Todo esto sucede porque Venus, naturalmente, no posee
movimiento de rotación, y por lo tanto no existe allí la sucesión de días y
noches que nosotros conocemos. Una de sus caras está bañada eternamente por la
luz solar, mientras la otra está sumida en perennes tinieblas, y únicamente el
lento movimiento de liberación da a la zona crepuscular algo parecido a las
estaciones. Y esta zona, que es la única parte habitable del planeta, se
confunde por un lado con el ardiente desierto a través de las Regiones Cálidas,
para terminar por el lado opuesto en la barrera de hielo, donde los vientos
altos se descargan de su humedad al recibir el beso helado de las corrientes de
aire frío procedentes del hemisferio tenebroso.
Y allí estaban ellos, muy juntos en la minúscula cúpula
transparente que dominaba el cuadro de mandos, muy apretados sobre el último
barrote de la escalerilla, y con apenas lugar para sus dos cabezas juntos en la
estrecha cúpula de observación. Ham rodeó el talle de su compañera con el brazo
mientras ambos contemplaban el exterior.
Muy lejos, hacia el oeste, lucía la eterna aurora... o
tal vez era un crepúsculo... donde la luz hacía brillar la barrera de hielo.
Como inmensas columnas, los Montes de la Eternidad se erguían ante la luz, con
sus altivas cumbres perdidas entre las nubes bajas que cruzaban la atmósfera a
cuarenta kilómetros de altura. Un poco más hacia el sur se distinguían los
contrafuertes de las Eternidades Menores, que limitaban la zona americana de
Venus, y entre ambas cordilleras brillaba el relámpago perpetuo de la zona
tormentosa.
Mas todo cuanto les rodeaba iluminado por el pálido
reflejo de la luz solar, poseía un esplendor tenebroso y bravío. El hielo lo
cubría todo, formando montañas, agujas, llanuras, peñascos y acantilados,
brillando con un pálido resplandor al reflejar la mortecina luz procedente de
más allá de la barrera. Un mundo inmóvil, helado y yermo, dominado por el
ulular de las corrientes de aire frío, que corrían allí libres y sin trabas,
pues la barrera de hielo se interponía entre ellos y la Región Fría.
—¡Es algo... espléndido! —murmuró Pat.
—Sí —convino él—, pero frío, sin vida, incluso
amenazador. ¿Crees que hay vida aquí, Pat?
—Yo diría que sí. Si la vida puede existir en mundos como
Titán y Japeto[2],
también puede existir aquí. ¿Qué temperatura tiene la atmósfera? —Dirigió una
mirada al termómetro colocado fuera de la cúpula y con cifras fosforescentes—.
Sólo treinta y cuatro grados centígrados bajo cero. En la Tierra, la vida
existe a esta temperatura.
—Más que existir, subsiste. Pero no hubiera podido surgir
a una temperatura muy por debajo del punto de congelación. La vida se originó
en aguas cálidas.
Pat le miró, risueña.
—Recuerda que hablas con un biólogo, Ham. No, la vida no
hubiera podido surgir a treinta y
cuatro grados bajo cero, pero sí podemos suponer, que se originó en la zona
crepuscular para emigrar luego aquí. Tampoco nadie nos impide pensar que la
terrible lucha por la vida que se desarrollaba en las regiones. más cálidas la
obligó a refugiarse entre los hielos eternos. Tú sabes muy bien cuáles son las
condiciones imperantes en las Regiones Cálidas, con los mohos, animales
gelatinosos, y árboles de Jack Ketch, y los millones de pequeños parásitos que
se entredevoran.
El reflexionó.
—¿Y qué clase de vida esperas encontrar?
Pat sonrió.
—¿Quieres que haga una predicción? Muy bien, la haré. En
primer lugar, espero encontrar alguna especie de vegetación como base, pues la
vida animal no puede subsistir sin algún alimento adicional, además del
representado por sus congéneres u otros animales. Puede servirnos de ejemplo el
cuento del hombre que criaba gatos, y para alimentar a éstos criaba también
ratas. Luego, cuando despellejaba los gatos, tiraba los cadáveres de éstos a
las ratas, con lo que éstas se reproducían abundantemente para servir de
alimento a los gatos, y así sucesivamente. En teoría esto parece magnífico,
pero en la práctica sería un fracaso.
—Así, tiene que haber vegetación. ¿Y después, qué?
—¿Qué? Sólo Dios lo sabe. Posiblemente la vida del lado
oscuro, si es que existe, proviene en su origen de las especies más débiles que
vivían en la zona crepuscular, pero sólo podemos hacer conjeturas acerca de la
evolución que éstas pueden haber sufrido. Claro que tenemos al Triops noctivivans que yo descubrí en
los Montes de la Eternidad.
—¡Que tú descubriste! —Ham sonrió—. Estabas convertida en
un carámbano cuando te saqué de aquel nido de diablos. Ni siquiera viste a uno
solo de ellos!
—Examiné el cadáver que los cazadores trajeron a Venoble
—repuso ella, imperturbable—. Y no olvides que la Sociedad quiso ponerle mi
nombre... Triops Noctivivans Patriciae. —Voluntariamente
se estremeció al recordar aquellos diabólicos seres que estuvieron a punto de
aniquilarlos a ambos—. Pero preferí dejarlos en Triops noctivivans, o sea los habitantes de la noche que tienen
tres ojos.
—¡Qué nombre tan romántico para una bestia tan satánica!
—Sí, pero verás adonde quería ir a parar: es probable que
existan triops —o triopses—, aunque dime, ¿cuál es el plural de triops?
—Trioptes —rezongó Ham— Es palabra latina.
—Gracias por la aclaración. Pues como decía, es probable
que existan trioptes entre los seres que encontraremos en este lado nocturno, y
que los feroces diablos que nos atacaron en aquel oscuro desfiladero de los
Montes de la Eternidad no fuesen más que un puesto avanzado, formado por
individuos que se desplazan hasta la zona crepuscular a través de los collados
oscuros y sin sol de las montañas. No pueden soportar la luz; tuviste ocasión
de comprobarlo tú mismo.
—¿Y qué, baby?
Pat se rió al escuchar aquel modismo americano.
—Pues esto. A juzgar por su morfología —seis miembros,
tres ojos, y el resto— es evidente que los trioptes están relacionados con
seres ordinarios nativos de las Regiones Cálidas. Esto quiere decir que se
hallan desde hace relativamente poco tiempo en el lado oscuro; que no se
originaron aquí, sino que llegaron a estas regiones en época muy tardía,
geológicamente hablando. Aunque geológicamente no es la palabra adecuada,
porque gea significa la Tierra.
Debiera haber dicho venusológicamente.
—Nada de eso. Substituyes una raíz griega por otra
latina. Lo que tú quieres decir es hablando afrodisiológicamente.
Ella no pudo contener la risa.
—Lo que yo quiero decir, y hubiera debido decirlo en
seguida, para evitar discusiones, es, paleontológicamente hablando, lo cual
suena mejor en nuestro idioma. Sea como fuere, quiero decir que los trioptes
existen solamente en el lado oscuro desde hace unos veinte o cincuenta mil años
terrestres, o quizás menos, porque apenas sabemos nada acerca del ritmo de la
evolución en Venus. Es posible que sea más rápido que en la Tierra; quizás el
triops sólo necesitó cinco mil años para adaptarse a la vida nocturna.
—Pues yo he tenido condiscípulos que se han adaptado a la
vida nocturna en un semestre.
Ella hizo caso omiso de esta observación, con olímpico
desprecio. Prosiguió:
—Por lo tanto, yo sostengo que debió de existir vida aquí
antes de la llegada de los triops, puesto que éstos tenían que encontrar algo
que comer, o de lo contrario no hubieran sobrevivido. Y puesto que el examen
reveló que este animal es carnívoro en parte, eso quiere decir que no sólo
debía de haber vida aquí, sino que esta vida era animal. No podemos llegar ya
más lejos en nuestras deducciones.
—Así es que no sabes qué clase de vida animal.
¿Inteligente, tal vez?
—No lo sé. Pudiera ser. Pero a pesar del culto que
vosotros los yanquis rendís a la inteligencia, desde el punto de vista
biológico ésta es muy poco importante. Sirve de muy poco cuando se trata de
sobrevivir.
—¿Cómo? ¿Y tú dices eso, Pat? ¿No ha sido precisamente la
inteligencia humana lo que ha dado al hombre la supremacía en la Tierra... y
también en Venus, si bien se mira?
—¿Pero tú crees que el hombre posee la supremacía en la
Tierra? Trataré de hacerte comprender, Ham, lo que yo entiendo por
inteligencia. El gorila posee un cerebro mucho mejor que el de la tortuga, ¿no
es verdad? Y sin embargo, ¿cuál es el que se defiende más victoriosamente... el
gorila, que es animal raro confinado en una pequeña región del Africa, o la
tortuga, que abunda en todas partes y se encuentra del Artico al Antártico? En
cuanto al hombre... Vamos, si poseyeres ojos microscópicos y pudieses ver todos
los seres viviente que pueblan la Tierra, llegarías a la conclusión de que el
hombre es un ejemplar raro, y que nuestro planeta es en realidad un mundo de
nemátodos —es decir, gusanos— porque los nemátodos superan enormemente en
número a todas las restantes especies vivas juntas.
—Pero eso nada tiene que ver con la supremacía, Pat.
—No he dicho que fuese supremacía. He dicho, simplemente,
que la inteligencia no tiene gran valor cuando se trata de sobrevivir. Si lo
tuviese, ¿por qué los insectos, que no tienen inteligencia sino únicamente
instinto, dan tanta guerra al género humano? El hombre tiene un cerebro
infinitamente más desarrollado que los gorgojos, las carcomas, las moscas, los
escarabajos japoneses, la polilla y todos los demás flagelos que se enfrentan
con nuestra inteligencia con una sola y única arma: su enorme fecundidad. ¿Ya
te das cuenta que cada vez que nace un niño y hasta que este nacimiento se ve
equilibrado por una defunción, sólo puede alimentarse de una manera? Y esta
manera consiste en dar al niño una comida equivalente a su propio peso en
insectos.
—Todo esto parece bastante razonable, pero... ¿qué tiene
que ver con la posibilidad de que exista vida inteligente en este lado de
Venus?
—No lo sé —replicó Pat, con voz que denotaba un extraño
nerviosismo—. Quiero decir tan sólo que... a ver si así me explico, Ham. Un
lagarto es más inteligente que un pez, pero no lo bastante para sacar de ello
una ventaja. Entonces, ¿por qué el lagarto y sus descendientes siguen
desarrollando la inteligencia? Pues porque hay que creer que la vida tiende
hacia la inteligencia. Si admitimos esto, ello significa que podemos encontrar
inteligencia incluso aquí... una inteligencia extraña, ajena a nosotros, incomprensible.
Ham notó que un estremecimiento recorría el cuerpo de su
esposa en la oscuridad.
—No pensemos más en ello —dijo de pronto la joven, con
voz súbitamente alterada—. Probablemente no son más que fantasías. El mundo que
nos' rodea es tan fantástico, tan sobrenatural... Estoy cansada, Ham. Ha sido
un día muy fatigoso.
El la siguió al cuerpo principal de la nave. Cuando se
encendieron las luces en su interior, el fantasmal paisaje de fuera se
desvaneció, y él vio únicamente a Pat, encantadora con su escaso atavío propio
de la Región Fría.
—Hasta mañana, pues —dijo—. Tenemos víveres para tres
semanas.
Como es de suponer, la mañana siguiente era una pura falacia, pues no les aportó
la luz del día. Solamente había transcurrido un lapso de tiempo. Cuando se
levantaron vieron que les rodeaban las mismas tinieblas que habían cubierto
eternamente el hemisferio sombrío de Venus. En el horizonte, sobre la barrera,
lucía el mismo crepúsculo eterno, de color verde esmeralda. Pero estaba de
mejor humor y se dedicó animadamente a realizar los preparativos para su
primera salida fuera de la astronave. Sacó los trajes de lana cauchutada de un
grosor de dos centímetros y medio, y Ham, en su calidad de ingeniero,
inspeccionó cuidadosamente las caperuzas, dotada cada una de ellas de una
corona de potentes lámparas.
Naturalmente, el uso principal de estas lámparas era
facilitar la visión, pero tenían asimismo otra finalidad. Los ferocísimos
trioptes no podían soportar la luz, y así, encendiendo los cuatro proyectores
del casco, se podía avanzar impunemente rodeado por una aureola protectora. A
pesar de esto, incluyeron también en su equipo dos pequeñas pistolas
automáticas azules y un par de lanzallamas, de una espantosa potencia
destructora. Pat se colgó una bolsa al cinto, en la que se proponía recoger los
ejemplares de flora nocturna que encontrase, y también de fauna, si ésta era
pequeña e inofensiva.
Se sonrieron mirándose a través del casco.
—Este traje te engorda —observó Ham maliciosamente,
gozando al observar el mohín de disgusto de la joven.
Pat se volvió, abrió la escotilla y saltó al exterior.
Este era distinto que visto a través de la portilla. En
este último caso, la escena poseía la irrealidad, la inmovilidad y el silencio
de un cuadro, pero en aquellos momentos les rodeaba por doquiera, y el frío
aliento y voz gemebunda del viento helado demostraban con harta elocuencia que
aquel mundo era real. Por un momento permanecieron bañados por el cono de luz
que surgía de las portillas del cohete, mirando con temor hacia el horizonte,
donde se alzaban los increíbles riscos de las Grandes Eternidades, recortándose
como negras siluetas sobre aquella falsa aurora.
Más cerca, en cuanto abarcaba la visión sobre aquella
región que jamás había recibido la caricia de la luz solar, del claro de luna o
resplandor de las estrellas, extendíase una desolada y fragosa llanura sobre la
que se alzaban en indescriptible confusión y con las formas más fantásticas,
aristas; minaretes; agujas y murallas de hielo y piedra, esculpidas por el
viento glacial con su mano de artista loco.
Ham pasó un brazo protector en torno a los hombros de Pat
y le sorprendió notar que temblaba.
—¿Tienes frío? —le preguntó, mirando el termómetro de
esfera que llevaba a la muñeca—. Sólo estamos a treinta y ocho grados bajo
cero.
—No tengo frío —replicó Pat—. Es la impresión nada más.
—Se apartó de él—. Me extraña que esta región conserve esta temperatura
relativamente elevada. Al faltarle la luz solar, diríase que...
—Te equivocarías al suponerlo —la atajó Ham. Cualquier
ingeniero te hablaría de la difusión de los gases: Las corrientes cálidas
superiores pasan a ocho o diez kilómetros sobre nuestras cabezas, y como es
natural, transportan mucho calor procedente del desierto que hay más allá de la
zona crepuscular. Es inevitable que se produzca cierta difusión del aire
caliente en el frío, y además de eso, ten en cuenta que al enfriarse, el viento
cálido desciende. Y no olvides tampoco que el relieve de la región contribuye
poderosamente a ello.
Hizo una pausa antes de proseguir con expresión
pensativa:
—Oye, no me extrañaría encontrar parajes cerca de las
Eternidades donde reinasen corrientes de arriba abajo, formadas por vientos
cálidos que descendiesen por la ladera del monte, creando en algunos lugares un
clima bastante soportable.
Siguió a Pat mientras ésta avanzaba con grandes
precauciones, tratando de rodear las masas heladas más próximas al círculo de
luz que irradiaba el cohete.
—¡Mira! —exclamó—. ¡Aquí lo tenemos, Ham! Aquí está el
ejemplar que buscábamos de la vida vegetal del lado oscuro.
Se inclinó sobre una masa bulbosa de color gris.
—Líquenes u hongos —prosiguió—. No tienen hojas, como es
natural; la función clorofílica depende del sol, y por lo tanto esta planta no
tiene clorofila. Es una planta de tipo muy primitivo y sencillo, y sin
embargo... hasta cierto punto... no tan sencilla como parece. ¡Mira, Ham...
tiene un sistema circulatorio muy desarrollado!
El se inclinó, juntando su cabeza con la de Pat, y a la
débil luz amarillenta que les llegaba del cohete vio la fina redecilla de venas
que ella le indicaba.
—Eso indica —continuó la joven— que posee algo así como
un corazón y... ¡Vamos a ver! —Colocó de pronto su termómetro de esfera en
contacto con la masa carnosa, lo mantuvo así un momento, y después lo
consultó—. ¡Sí! ¡Mira cómo se ha movido la aguja, Ham! ¡Irradia calorías! Es
una planta de sangre caliente. Y si bien se piensa, esto no deja de ser
natural, pues es el único tipo de planta que puede vivir en una región que se
halla constantemente por debajo del cero termométrico. El agua en estado
líquido es condición indispensable para la vida.
Pat tiró de la planta, y con un plop sordo ésta se separó del hielo. Un líquido oscuro serpenteó
saliendo de la raíz desgarrada.
—¡Puah! —exclamó Ham—. ¡Qué cosa tan asquerosa! «Y
arrancó la mandrágora que sangraba», ¿eh? La única diferencia es que; según
dicen, las mandrágoras gritan cuando las arrancan.
Se interrumpió, un leve y palpitante plañido, un gemido
sobrenatural surgió de la temblorosa pulpa, y él miró a Pat estupefacto.
—¡Puah! —gruñó—. ¡Qué asco!
—¿Te da asco? ¡Yo lo encuentro un organismo bellísimo e
interesante! Está perfectamente adaptado al medio ambiente.
—Ahora más que nunca me alegro de ser un simple ingeniero
—gruñó él, mirando a Pat mientras ésta abría la puerta del cohete y dejaba la
planta sobre un pedazo cuadrado de caucho—. Vamos. Echemos una mirada por los
alrededores.
Pat cerró la puerta y se alejó del cohete en su
seguimiento.
Instantáneamente aquella tenebrosa noche cayó sobre ellos
como una niebla negra, y sólo al mirar hacia atrás, en dirección a las
portillas iluminadas de la nave, Pat podía convencerse de que estaban en un
mundo real.
—¿Encendemos las lámparas del casco? —preguntó Ham.
—Será mejor que lo hagamos, si no queremos partirnos la
crisma.
Antes que ninguno de los dos pudiese dar un paso más, un
sonido se sobrepuso al ulular del viento gélido, un grito salvaje, feroz,
sobrenatural... Hubiérase dicho la risa del demonio, unas satánicas carcajadas,
mezcladas con aullidos que helaban la sangre en las venas.
—¡Son los triopts! —dijo Pat con voz trémula, olvidando
momentáneamente las reglas de la gramática sobre el plural.
Estaba asustada, a pesar de que generalmente era mujer
tan valiente como Ham, e incluso más intrépida y atrevida que éste, pero
aquellos gritos sobrenaturales le recordaban los espantosos momentos que
pasaron en el barranco de los Montes de la Eternidad. Presa de un pánico
incontenible, trató con manos temblorosas de encender el receptor del casco y
de sacar el revólver, sin conseguir ninguna de ambas cosas.
Mientras media docena de pedruscos silbaban como balas a
su alrededor, y uno de ellos golpeaba dolorosamente el brazo de Ham, éste
consiguió encender sus luces. Cuatro rayos de luz dibujaron una larga cruz
entre los resplandecientes riscos, y las salvajes risas aumentaron en un crescendo de dolor. Ham distinguió
momentáneamente unas siluetas sombrías que saltaban desesperadamente de lo alto
de los riscos próximos, para huir como espectros entre las tinieblas. Después
reinó el silencio.
—¡Uf! —murmuró Pat—. Qué miedo he pasado, Ham
—Acurrucándose junto a él continuó con voz más segura—: Pero ya tenemos la
prueba que buscábamos de que el Triops
noctivivans es un ser que habita en el lado nocturno, y los que vimos en
las montañas son sus avanzadillas o simples grupos que han ido a parar allí
después de recorrer los oscuros desfiladeros.
A lo lejos resonaron las diabólicas carcajadas.
—Me pregunto —musitó Ham— sí esos gritos que emiten
constituyen un lenguaje.
—Muy probablemente, si piensas que los animales
autóctonos de la Región Cálida son inteligentes, y que estos seres son
parientes suyos. Además, arrojan piedras y saben utilizar esas enormes cápsulas
que hicieron llover sobre nosotros en el barranco... y que sin duda deben de
ser el fruto de alguna planta nocturna. Los trioptes son sin duda inteligentes
a su manera bárbara, feroz y propia de criaturas sedientas de sangre, pero son
animales tan intratables que no creo que los hombres consigan conocer jamás su
mentalidad ni aprender su lenguaje.
Ham asintió muy serio, en el mismo momento en que una
piedra arrojada con muy mala intención hacía saltar brillantes partículas de
hielo de una aguja situada a una docena de pasos. Movió la cabeza, barriendo la
llanura con la luz de sus proyectores, y una aguda risotada surgió de las
tinieblas.
—Gracias a Dios que las luces les mantienen a una
respetuosa distancia —murmuró. (*)
Pat se había enfrascado de nuevo en la busca de
ejemplares raros. Había encendido también sus lámparas, y trepaba ágilmente por
los fantásticos monumentos de aquel extraño mundo. Ham la seguía, observándola
mientras ella arrancaba muestras de aquella vegetación que sangraba y gemía.
Descubrió una docena de variedades, y un pequeño ser en forma de cigarro que no
cesaba de debatirse y que ella contempló perpleja, sin saber si se trataría de
una planta, un animal, ambas cosas a la vez o ninguna de ellas. Cuando su bolsa
de herborizar estuvo completamente llena, ambos regresaron por la llanura hacía
el cohete, cuyas portillas brillaban a lo lejos como una hilera de ojos.
Pero les esperaba una gran sorpresa cuando abrieron la
escotilla para entrar. Ambos retrocedieron instintivamente al recibir en sus
caras una bocanada de aire cálido, mohoso, pútrido e irrespirable, que
transportaba un olor de carroña.
—Qué es eso... —articuló Ham, para echarse a reír en
seguida—. ¡Tu mandrágora! ¡Ahí la tienes!
La planta que ella había dejado en el interior de la nave
era una masa corrompida y putrefacta. El calor que reinaba en el interior de la
nave la había descompuesto rápida y completamente, y no era más que un montón
semilíquido sobre la pieza de caucho. Pat la arrastró fuera y la tiró con
caucho y todo.
Penetraron en el interior del cohete, que aún apestaba, y
Ham puso en marcha el ventilador. El aire que entró era frío, desde luego, pero
puro, estéril y libre de partículas de polvo después de recorrer ocho mil
kilómetros sobre océanos helados y montañas gélidas. Cerró la escotilla,
conectó la calefacción y se quitó el casco para dirigir una sonrisa a Pat.
—¡Vaya con tu bellísimo organismo! —le dijo con sorna—
Mira lo que ha hecho.
—Era bello, Ham, muy bello. No tiene la culpa de que lo
sometiésemos a unas temperaturas para las que no ha sido creado. —Dejó
suspirando la bolsa con las muestras sobre la mesa—. Tendré que preparar estos
ejemplares en seguida, o si no se pasaran.
Ham lanzó un gruñido de satisfacción y se dispuso a
preparar la comida, con sus expertas manos de auténtico hijo de las Regiones
Cálidas. Miró de reojo a Pat, inclinada sobre sus ejemplares mientras les
inyectaba una solución de bicloruro.
—¿Supones que los trioptes son la forma más elevada de
vida del lado oscuro?
—Sin duda alguna —replicó Pat—. Si existiese alguna forma
de vida más elevada, hubiera exterminado a estos feroces diablos, desde hace
mucho tiempo.
Pero la joven se equivocaba de medio a medio.
En el espacio de cuatro días terrestres agotaron las
posibilidades que ofrecía la accidentada llanura que rodeaba al cohete. Pat
reunió una variada colección de especímenes, y Ham realizó una interminable
serie de observaciones sobre la temperatura, las variaciones magnéticas, la dirección y la velocidad
del viento helado.
Decidieron entonces trasladar su base de operaciones, y
el cohete ascendió rugiendo para dirigirse hacia el sur, hacia la región donde,
al parecer, las vastas y misteriosas Montañas de la Eternidad se alzaban al
otro lado de la barrera de hielo, para extender sus estribaciones hacia el
sombrío mundo del hemisferio nocturno. Volaban lentamente, ajustando la
velocidad de los motores a la de unos modestos ochenta kilómetros por hora,
pues hay que tener en cuenta que volaban en las tinieblas y solamente el faro
de proa podía advertirles la presencia de peligrosas cumbres.
Hicieron alto en dos ocasiones, y en cada una de ellas
les bastó un día o dos para percatarse de que la región explorada era similar a
la de la primera base. Hallaron las mismas plantas bulbosas provistas de venas,
el mismo viento glacial, las mismas risas emitidas por las gargantas sedientas
de sangre de los trioptes.
Pero en la tercera ocasión, algo fue diferente.
Descendieron para descansar en una llanura desolada y fragosa que se extendía
al pie de las Grandes Eternidades. Muy lejos, hacia el oeste, la mitad del
horizonte aún mostraba el verde resplandor del falso crepúsculo, pero todo
cuanto se extendía al sur de aquella región era negro como la tinta, y quedaba
oculto además a su vista por los enormes contrafuertes de la cordillera, que se
alzaban hasta cuarenta kilómetros sobre sus cabezas hasta perderse en el negro
firmamento. Las montañas eran invisibles, desde luego, en aquella región de
noche eterna, pero los dos tripulantes del cohete sentían la proximidad de
aquellas cumbres colosales.
Además, la poderosa presencia de los Montes de la
Eternidad se hacía sentir de otra manera. Aquella región era cálida... No si se
la comparaba con la zona crepuscular, desde luego, pero mucho más cálida que la
llanura inferior. Sus termómetros indicaban dieciocho grados bajo cero a un
lado del cohete y quince bajo cero en el otro. Los inmensos picachos, que
ascendían hasta el nivel donde soplaban los altos vientos cálidos, hacían
descender corrientes de aire caliente que elevaban la temperatura de la región,
contrarrestando los efectos del gélido viento inferior.
Ham contempló ceñudo la parte de la llanura iluminada por
sus reflectores.
—No me gusta —gruñó—. Nunca me gustaron estas montañas
desde el día en que cometiste la estupidez de querer cruzarlas para regresar a
la Región Fría.
—¡Quién habla de estupidez! —repuso Pat—. ¿Quién puso
nombre a estas montañas? ¿Quién las cruzó? ¿Quién las descubrió? ¡Mi padre, por
si lo habías olvidado!
—Y eso te hace creer que te corresponden en herencia
—replicó Ham— y que no tienes que hacer más que silbar para que se tiendan a
tus pies como perrito faldero, y para que el Paso del Loco se convierta en la
avenida de un parque público. Con el resultado de que tú no serías ahora más
que un montón de huesos mondos y lirondos en un barranco, si yo no hubiese
estado allí para sacarte de él.
—¡Tú no eres más que un yanqui pusilánime! —le espetó
ella—. Voy a salir un momento para echar un
vistazo al exterior. —Se puso el traje de lana cauchutada y se dirigió a la
puerta, donde se detuvo—. ¿Y tú... no vienes? —le preguntó con cierta
vacilación.
El sonrió.
—¡Claro que sí! Sólo esperaba que me lo pidieses.
Se puso su traje y la siguió al exterior.
Una vez allí, notaron algo diferente. En lo externo la
meseta sobre la que se hallaban era una llanura yerma de piedra y hielo
idéntica a lo que habían visto en las llanuras inferiores. Ante ellos se
alzaban picachos erosionados por el viento de las formas más fantásticas, y el
tétrico paisaje que brillaba bajo la luz de sus reflectores del casco era
exactamente el mismo que habían visto la primera vez.
Pero no hacía tanto frío allí; resultaba extraño que la
altura, en aquel curioso planeta, significase aumento y no descenso de la
temperatura, contrariamente a lo que sucedía en la Tierra. Ello era debido,
según se ha dicho, a que aquella región estaba más próxima a la zona donde
reinaban vientos cálidos, y además el viento helado ejercía un influjo menos
importante en los Montes de la Eternidad, pues las altivas cumbres de éstas
impedían su libre curso, desviándolo en ráfagas y ramalazos sueltos.
Además, la vegetación era menos escasa. Las masas
bulbosas de plantas provistas de venas eran abundantísimas, y Ham tenía mucho
cuidado en donde ponía los pies para no pisar a una de ellas y oír su gemido de
dolor. Pat no tenía tales escrúpulos, pues afirmaba que aquel gemido era un
simple reflejo; que los ejemplares que ella arrancaba y disecaba no sentían más
dolor que el que sufre una manzana al comérnosla; y que, de todos modos,
aquello formaba parte del oficio de biólogo.
En un lugar lejano resonó la risa burlona de los trioptes
entre los riscos, y entre las sombras movedizas que bailaban al extremo del haz
luminoso de sus lámparas, Ham creyó ver más de una vez las siluetas de aquellos
demonios de las tinieblas. Si eran ellos, al menos la luz los mantenía a
saludable distancia, porque esta vez no les arrojaron piedras.
Sin embargo, producía una curiosa sensación avanzar
siempre en el centro de un círculo de luz movedizo; Ham se imaginaba
continuamente que más allá del límite visible se agazapaban extrañas y
monstruosas criaturas, aunque la razón le decía que, caso de existir, la
presencia de aquellos monstruos no podría haber pasado desapercibida.
Sus reflectores hicieron brillar ante ellos un farallón
helado, una pared o acantilado que se extendía a derecha e izquierda
cerrándoles el paso.
Pat le indicó algo con gesto excitado.
—¡Mira! —exclamó, iluminando un punto determinado con su
proyector—. Cuevas abiertas en el hielo... parecen madrigueras. ¿Las ves?
Las vio... pequeñas aberturas negras, no mayores que la
boca de un horno. Se extendían en hilera al pie del farallón de hielo. Algo
negro se escabulló riendo hacia lo alto de la ladera brillante... un triops.
¿Serían aquellas las guaridas de las bestias? Ham bizqueó los ojos, en un
esfuerzo por descubrir algo.
—¡Allí hay algo! —susurró a Pat—. ¡Mira! La mitad de las
aberturas tienen algo delante... ¿O no son más que rocas para bloquear la
entrada?
Cautelosamente y revólver en mano, ambos avanzaron. Nada
más se movió, pero bajo la luz creciente de los haces luminosos, aquellos
objetos fueron perdiendo su apariencia de rocas, y por último pudieran
distinguir las venas y el aspecto carnoso y bulboso de aquellos seres.
Desde luego, pertenecían a una especie nueva. Ham pudo
distinguir una hilera de manchas que parecían ojos, y múltiples patas bajo
ellos. Aquellos seres parecían cestos invertidos, recubiertos de una red de
venas, de aspecto fláccido y sin facciones determinadas, con excepción de un
círculo completo de manchas ópticas. Y entonces pudo ver incluso las pestañas
semitransparentes que se cerraban, posiblemente para proteger a los ojos del
brillo doloroso de sus lámparas.
Se encontraban apenas a una docena de pasos de uno de
aquellos seres. Tras una vacilación momentánea, Pat avanzó hacia el inmóvil y
extraño animal.
—¡Vaya! —exclamó—. Aquí tenemos algo nuevo, Ham. ¡Hola,
amigo!
Al instante siguiente ambos quedaron helados de espanto,
completamente dominados por la estupefacción, el desconcierto y la confusión
más profundas. Saliendo, al parecer, de una membrana situada en la parte
superior de aquel organismo vivo, llegó hasta ellos una vocecita aguda y
metálica que repetía:
—¡Hola, amigo!
Reinó un consternado silencio. Ham seguía empuñando el
revólver, pero aunque hubiese tenido que utilizarlo, hubiera sido incapaz de
hacerlo, pues ni siquiera se acordaba de él. Se hallaba paralizado; mudo de
espanto.
Pero Pat consiguió articular unas palabras:
—No es... no es real —dijo débilmente—. Es un reflejo.
Este ser repite como mi eco cualquier sonido. ¿No es verdad, Ham? ¿No es
verdad?
—¡Pues... pues... claro! —Ham contemplaba fascinado
aquellos ojos provistos de pestañas—. Tiene que serlo. ¡Probemos nuevamente!
—Inclinándose hacia aquel ser, gritó—: ¡Hola! Responde.
El ser respondió:
—No es un reflejo.
La vocecita aguda hablaba un inglés perfecto.
—¡Esto no es eco! —dijo Pat con voz temblorosa, a tiempo
que retrocedía—. Tengo miedo —gimoteó, tirando de la manga a Ham—. ¡Vámonos...
en seguida!
El se colocó delante para protegerla.
—No soy más que un yanqui pusilánime —rezongó— pero voy a
interrogar a este fonógrafo viviente hasta que consiga descubrir qué lo hace
hablar... o quién.
—¡No, Ham! ¡No! ¡Tengo miedo!
—No parece peligroso —observó él.
—No soy peligroso —observó el ser colocado sobre el
hielo.
Ham tragó saliva y Pat emitió un gemido de horror.
—¿Quién... quién eres? —consiguió tartamudear Ham.
No hubo respuesta. Los ojos cubiertos a medias por las
pestañas le miraban fijamente.
—¿Qué eres? —intentó de nuevo.
El ser tampoco respondió.
—¿Cómo es que sabes inglés? —preguntó al acaso.
La vocecilla metálica repuso:
—Yo no sé inglés.
—Entonces... ejem... entonces, ¿por qué hablas inglés?
—Tú hablas inglés —aclaró aquel misterio viviente, con
bastante lógica.
—No pregunto el por qué, sino el cómo. Pat, entretanto,
había conseguido dominar parcialmente su espantosa impresión inicial, y su
sagaz espíritu dio con la solución.
—Ham —le dijo en un agitado susurro—, utiliza las
palabras que empleamos nosotros. ¡Nosotros le damos el significado de ellas!
—Vosotros me dais el significado de ellas —confirmó el
ser casi como un eco.
Se hizo la luz en el cerebro de Ham.
—¡Dios Todopoderoso! —exclamó—. Entonces, eso quiere
decir que podemos darle un vocabulario.
—Tú hablas, yo hablo —insinuó el extraño ser.
—¡Naturalmente! ¿Ves, Pat? Podemos decir lo que se nos
antoje —Hizo una pausa.— Vamos a ver... «Cuando en el transcurso de los
acontecimientos humanos...»
—¡Cállate! —barbotó Pat—. ¡So yanqui! Acuérdate que ahora
estás en territorio británico. «Ser o no ser... esa es la cuestión...»
Ham hizo una mueca y guardó silencio. Cuando ella hubo
agotado su repertorio, él la relevó:
—«Éranse una vez tres ositos...»
Y así siguieron por largo rato. De pronto aquella
situación le pareció a Ham espantosamente ridícula... No era para menos. Allí
estaba Pat relatando con el mayor cuidado el cuento de la Caperucita Roja a un
monstruo desprovisto por completo del sentido del humor, en el lado nocturno de
Venus. La joven le dirigió una mirada perpleja al oír que se desternillaba de
risa.
—¡Cuéntale el chiste de Fritz y la bicicleta, a ver si se
ríe! —dijo, medio ahogado por aquel ataque de hilaridad.
Ella unió sus carcajadas a las de Ham.
—No nos riamos, que este es un caso muy serio —concluyó—.
¡Imagínate, Ham! ¡Vida inteligente en el lado oscuro! ¿O es que no eres
inteligente? —preguntó de pronto al ser que permanecía sobre el hielo.
—Soy inteligente —aseguró éste—. Soy inteligentemente
inteligente.
—Cuando menos, eres un lingüista maravilloso —observó la
joven—. ¿Te imaginabas, hace media hora, Ham, que alguien nos iba a dar
lecciones de inglés? ¡Es extraordinario!
Al parecer, el temor que le inspiraba aquel ser habíase
desvanecido.
—Pues vamos a sacar partido de ello —sugirió Ham—. ¿Cómo
te llamas, amigo?
El «amigo» no replicó.
—Claro, hombre —intervino Pat—. No puede decirnos cómo se
llama hasta que le pongamos un nombre en inglés, y eso no podemos hacerlo
porque... bien, da lo mismo, llamémosle Oscar. Ese nombre nos servirá.
—Perfectamente. Dime, Oscar, ¿qué eres?
—Un ser humano. Soy un hombre.
—¿Eh? ¡Que me ahorquen si lo eres!
—Esas son las palabras que tú me has dado. Para mí yo soy
un hombre para ti.
—Espera un momento. «Para mí yo soy...» Ya comprendo,
Pat. Quiere decir que las únicas palabras que nosotros tenemos para designar lo
que él se considera ser son palabras como hombre y ser humano. Bien... ¿Cómo
son los de tu familia?
—Familia.
—Quiero decir tu raza. ¿A qué razas perteneces?
—A la raza humana.
—¡Vamos! —gruñó Ham—. Prueba tú, Pat.
—Oscar —dijo la joven—; tú dices que eres humano. ¿Eres
un mamífero?
—Para mí el hombre es un mamífero para ti.
—¡Ohh, Dios mío! —Lo intentó de nuevo— Oscar: ¿cómo se
reproduce tu raza?
—No tengo las palabras.
—¿Cómo has nacido?
La extraña cara o cuerpo sin facciones de aquel ser
sufrió un ligero cambio. Unos párpados más gruesos cayeron sobre los párpados
semitransparentes que protegían sus numerosos ojos; diríase que el extrañísimo
ser... meditaba, frunciendo el ceño.
—Nosotros no nacemos —dijo con su vocecilla.
—Entonces... ¿semillas, esporas, partenogénesis? ¿O tal
vez desdoblamiento?
—Esporas —respondió el misterio viviente— y
desdoblamiento.
—Pero...
Pat hizo una pausa, Se rendía. En aquel momentáneo
silencio les llegó el aullido burlón de un triops desde un punto muy lejano
situado a su izquierda, y ambos se volvieron involuntariamente para mirar.
Involuntariamente se hicieron atrás, aterrorizados. En el mismo límite del haz
luminoso de sus lámparas uno de aquellos diablos hilarantes se había apoderado
de lo que sin duda alguna era un semejante del ser que tenían frente a ellos, y
se lo llevaba. Para mayor horror, los restantes permanecían agazapados con la
mayor indiferencia frente a sus madrigueras.
—¡Oscar! —chilló Pat—. ¡Que se llevan a uno de los tuyos!
El disparo del revólver de Ham la interrumpió de pronto,
pero el tiro no dio en el blanco.
—¡Esos diablos!... —articuló Pat—. ¡Se han llevado a uno!
—El extraño ser no hizo el menor comentario—. ¿Es que eso no te importa, Oscar?
¡Han asesinado a uno de los tuyos! ¿No lo entiendes?
—Si.
—¿Pero... es que eso no te afecta en absoluto? —Pat
empezaba a experimentar una cierta simpatía por aquellos seres, que le parecían
casi humanos, por el hecho de poder hablar—. ¿Es que eso no te importa?
—No.
—¿Pero que son esos diablos para ti? ¿Cómo les dejáis que
os asesinen?
—Nos comen —dijo Oscar con placidez.
—¡Oh! —exclamó Pat, horrorizada—. Pero... pero por qué
vosotros no...
Se interrumpió, al ver que Oscar retrocedía con
movimientos lentos y metódicos en dirección a su madriguera.
—¡Espera! —le gritó—. ¡Aquí no vendrán! Les asustan
nuestras luces...
La vocecilla metálica observó:
—Hace frío. Me voy a causa del frío.
Reinó silencio.
En efecto, hacía más frío. El viento helado se había
alzado en ráfagas que gemían entre las cumbres y al pasar su vista por el
farallón, Pat vio que todos los semejantes de Oscar se retiraban a semejanza de
éste al interior de sus madrigueras. Dirigió una mirada desvalida a Ham.
—¿No habremos... no habremos soñado? —susurró.
—Yo también lo he oído, Pat.
La tomó por el brazo y la condujo hacía el cohete, cuyas
redondas portillas brillaban acogedoras en la oscuridad.
Cuando se hallaron en el caldeado interior, después de
haberse quitado sus gruesas ropas protectoras, Pat cruzó sus lindas piernas,
encendió un cigarrillo y trató de analizar de un modo racional aquel misterio.
—Hay en esto algo que no entiendo, Ham. ¿No notaste algo
raro en Oscar?
—¡Es de una agilidad mental extraordinaria!
—Sí, es muy inteligente. Una inteligencia que puede
compararse con la humana, o incluso... —vaciló— incluso superior. Pero no es
una mente humana. Es diferente... cómo te diría... ajena a nosotros, extraña.
No sé cómo expresarlo, pero... ¿no te diste cuenta que Oscar no nos hizo una
sola pregunta? ¡Ni una sola!
—Pues si... es verdad. ¡Qué extraño!
—Muy extraño. Cualquier inteligencia humana haría
multitud de preguntas al encontrarse ante otra forma de vida pensante. Es lo
que hicimos nosotros. —Lanzó una pensativa bocanada de humo.— Y esto no es
todo. La... la indiferencia que demostró cuando el triops atacó a su
congénere... ¿es que era humano o siquiera terrenal? Yo observé una vez como
una araña cazadora se apoderaba de una mosca sin molestar a las restantes que
la rodeaban, pero, ¿puede suceder tal cosa tratándose de seres inteligentes? De
ningún modo; ni siquiera tratándose de cerebros tan primarios como los de los
ciervos o los gorriones. Si matas a uno de ellos, los demás huirán asustados.
—Esto es cierto, Pat. Oscar y sus congéneres son uno
tipos extrañísimos. ¡Qué animales tan raros!
—¿Animales? ¡No me digas que no te diste cuenta, Ham!
—¿Cuenta de qué?
—Oscar no es un animal. Es una planta... un vegetal de
sangre caliente y que puede desplazarse. Durante todo el tiempo que conversamos
con él permaneció arraigado con su... bueno, con su raíz. Y lo que te
parecieron patas, Ham... no eran más que vainas o cápsulas. No las utiliza para
andar; se arrastra sirviéndose de su raíz. Y aún hay más...
—¿Qué más?
—Pues que esas cápsulas, Ham, son iguales a las que los
trioptes nos arrojaron en el desfiladero de los Montes de la Eternidad, y que
estuvieron a punto de ahogarnos y aplastarnos...
—Si, las que por poco te mandan al otro barrio.
—¡De todos modos, recuerda que me di cuenta de ellas!
—replicó Pat, enrojeciendo—. Pero forman parte del misterio, Ham. ¡Oscar posee
un cerebro vegetal!
Hizo una pausa, fumando pensativamente, mientras Ham
llenaba la pipa.
De pronto la joven preguntó:
—¿Y si la presencia de Oscar y sus semejantes
representase un peligro, una amenaza para la ocupación humana de Venus? Estamos
de acuerdo de que existen seres vivos en el lado oscuro, pero... ¿que ocurriría
si se descubriesen minas aquí? ¿Qué pasaría si esto se convirtiese en un lugar
adecuado para la explotación comercial? Ya sé que los seres humanos no pueden
vivir indefinidamente privados de luz solar, pero podría surgir la necesidad de
establecer colonias temporales aquí. ¿Qué sucedería entonces?
—¿Y qué iba a
suceder?
—Eso es lo que yo me pregunto. ¿Habría sitio en el mismo
planeta para dos razas inteligentes? ¿No surgiría tarde o temprano un conflicto
entre intereses opuestos?
—¿Y qué si tal sucediese? —gruñó Ham—. Esos seres son
primitivos, Pat. Viven en cuevas, sin cultura, sin armas. No significan un
peligro para el hombre.
—Pero son extraordinariamente inteligentes. ¿Cómo sabes
tú que los que hemos visto no son más que una tribu salvaje, y que en algún
lugar del inmenso hemisferio oscuro no existe una civilización vegetal? Ya
sabes que la civilización no constituye un privilegio exclusivo de la
humanidad... Recuerda la civilización de Marte, antaño poderosa, y los restos
muertos de una cultura que se hallaron en Titan. Ha sucedido únicamente que el
hombre es el que ha desarrollado hasta el momento la cultura más extraña.
—Esto es cierto, Pat —asintió él—. Pero si los congéneres
de Oscar no dan muestras de mayor agresividad que la que demostraron ante aquel
cruel triops, en ese caso no constituyen ninguna amenaza.
Ella se encogió de hombros.
—No comprendo en absoluto lo que sucedió. Me pregunto
si...
Hizo una pausa, frunciendo el entrecejo.
—¿Si qué?
—No lo sé. Se me ha ocurrido una idea... una idea
espantosa. —De pronto levantó la mirada—. Oye, Ham: mañana pienso ir a
averiguar el grado de inteligencia de Oscar. Quiero saber lo inteligente que es
éste... ésta... sí puedo.
No obstante, surgieron ciertas dificultades. Cuando Ham y
Pat se aproximaron al farallón de hielo, después de cruzar la fantasmagórica
llanura, se detuvieron ante él profundamente perplejos, pues no sabían cuál era
la cueva que ocupaba Oscar. Bajo la luz cegadora de sus lámparas, que arrancaba
reflejos diamantinos al hielo, cada abertura parecía una réplica exacta de la
contigua, y sus ocupantes, instalados ante la entrada de sus moradas, les
miraban con sus ojos extrañísimos, en los que no se leía ninguna expresión.
—Bien —dijo Pat, desconcertada—, tendremos que probarlo.
Oye, tú: ¿Eres Oscar?
La vocecilla replicó:
—Si.
—No es posible —objetó Ham—. Estaba mucho más a la
derecha. ¡Oye, tú! ¿Eres Oscar?
Otra vocecilla respondió.
—Sí.
—No podéis ser Oscar los dos simultáneamente.
El que había elegido Pat respondió:
—Todos somos Oscar.
—Bueno, dejémoslo —dijo Pat, atajando las protestas de
Ham—. Al parecer cada uno de ellos participa de lo que saben los restantes, así
es que no importa cual elijamos. Oscar, ayer dijiste que sois inteligentes.
¿Sois mucho más inteligentes que yo?
—Sí, mucho más inteligentes.
—¡Vaya! —se mofó Ham—. ¡Encaja ésta, Pat!
Ella lanzó un bufido.
—Eso quiere decir que está muy por encima de ti, yanqui.
Oscar, ¿mientes alguna vez?
Los párpados opacos descendieron sobre los translúcidos.
—¿Mientes? —repitió la aguda vocecilla—. No. No hace
falta.
—Bien, dime... —Pat se interrumpió de pronto al oír un
golpe sordo.— ¿Qué es eso? ¡Oh! ¡Mira, Ham, una de sus cápsulas ha estallado!
La joven retrocedió.
Un olor acre y penetrante les asaltó, recordándoles los
peligrosos momentos pasados en el desfiladero. Sin embargo, esta vez no era lo
suficientemente fuerte para provocar síntomas de asfixia en Ham o hacer perder
el conocimiento a Pat. Era penetrante y acre, y a pesar de ello no del todo desagradable.
—¿Para qué sirve eso, Oscar?
—Es para que podamos...
La vocecilla se calló.
—¿Reproduciros? —insinuó Pat.
—Sí. Reproducirnos. El viento transporta las esporas de
uno a otro de nosotros. Vivimos donde el viento no es seguido.
—Pero ayer dijiste que vuestro método de reproducción era
el desdoblamiento.
—Sí. Las esporas se adhieren a nuestros cuerpos y hay
una...
La vocecilla cesó de nuevo.
—¿Una fertilización? —apuntó la joven.
—No.
—Pues... ¡Ya lo sé! ¡Una irritación!
—Si.
—¿Que produce una especie de tumor?
—Sí. Cuando éste termina de crecer, nos desdoblamos, nos
separamos.
—¡Puah! —rezongó Ham—. ¡Un tumor!
—¡A callar, tú! —le ordenó la joven—. Un niño no es más
que eso... un tumor normal.
—Un tumor... Vamos, me alegro de no ser biólogo. ¡Ni una
mujer!
—Yo también —dijo Pat, muy seria—. ¿Sabes muchas cosas,
Oscar?
—Lo sé todo.
—¿Sabes de dónde vinieron mis semejantes?
—De más allá de la luz.
—Sí, pero, ¿y antes?
—No.
—Venimos de otro planeta —dijo la joven con énfasis. Al
observar el silencio de Oscar, le preguntó—: ¿Sabes lo que es un planeta?
—Sí.
—¿Lo sabías antes de que yo pronunciase esa palabra?
—Sí. Desde mucho antes.
—¿Pero cómo? ¿Sabes lo que es maquinaria? ¿Sabes lo que
son armas? ¿Sabrías hacerlas?
—SÍ
—¿Entonces... por qué no las haces?
—No hace falta.
—¡No hace
falta, no hace falta! Mediante la luz... aunque sólo fuese mediante el fuego...
podríais alejar a los trioptes. ¡Los podríais mantener a raya y evitar que os
devorasen!
—No hace falta.
Ella se volvió con gesto desvalido hacia Ham.
—Ese bicho miente —le susurró éste.
—No lo creo —murmuró ella—. Es otra cosa... algo que no
comprendes. ¿Cómo sabes todas esas cosas, Oscar?
—Inteligencia.
En la cueva contigua estalló otra cápsula con una
explosión sorda.
—¿Pero cómo? Dime cómo has averiguado estas cosas.
—A partir de cualquier cosa —dijo el extrañísimo ser— la
inteligencia puede formarse una imagen del...
Silencio.
—¿Universo? —insinuó Pat.
—Sí. Del Universo. A partir de un hecho inicial construyo
un razonamiento. Me formo una imagen del Universo. Tomo entonces otro hecho
inicial. Construyo otro razonamiento. Descubro que el Universo que me
represento es idéntico al primero. Entonces sé que esta imagen es verdadera.
Ambos contemplaron sobrecogidos al ser parlante.
—¡Oye! —dijo Ham, tragando saliva—. ¡De ser cierto eso,
podríamos saberlo todo gracias a Oscar! Escucha, Oscar, ¿puedes decirnos
secretos que nosotros no sepamos?
—No.
—¿Y por qué no?
—Primero vosotros tenéis que darme las palabras
adecuadas. Yo no puedo hablaros de cosas para las que no tenéis palabras.
—¡Es cierto! —susurró Pat—. Pero escucha, Oscar, nosotros
poseemos las palabras tiempo, espacio, energía, materia, ley y causalidad.
¿Puedes decirme la última ley del Universo?
—Es la ley de...
Silencio.
—¿Conservación de la energía o la materia? ¿De la
gravitación?
—No.
—¿De... de Dios?
—No.
—¿De... de la vida?
—No. La vida no tiene ninguna importancia.
—¿De... de qué? No se me ocurre nada más. No tengo más
palabras.
—Existe una posibilidad —dijo Ham con voz ronca —. ¡La de
que no exista palabra para eso!
—Sí, existe —dijo Oscar—. Es la ley del azar. Todas las
palabras que habéis dicho no son más que facetas diferentes de la ley del azar.
—¡Dios Todopoderoso! —dijo Pat, sin aliento Oscar, ¿sabes
lo que significan estrellas, soles, constelaciones, planetas, nebulosas y
átomos, protones y electrones?
—Sí.
—¿Pero... cómo? ¿Has visto alguna vez las estrellas que
brillan sobre esas nubes eternas? ¡O el sol al otro lado de la barrera?
—No. Pero me basta con la razón, porque el Universo
solamente puede existir de una manera. Sólo lo que es posible es real; lo que
no es real, tampoco es posible.
—Eso... eso parece encerrar un significado oculto
—murmuró Pat—. No alcanzo a comprenderlo exactamente. Pero Oscar, ¿por qué no
utilizáis vuestra sabiduría para protegeros de vuestros enemigos?
—No hace falta. No hace falta hacer nada. Dentro de cien
años estaremos...
Silencio.
—¿A salvo?
—Si... no.
—¿Cómo? —Una horrible idea cruzó por su cerebro—.
¿Quieres decir acaso... extinguidos?
—Sí.
—Pero... vamos, Oscar. ¿No queréis vivir? ¿No quiere
sobrevivir tu pueblo?
—Quieres —chilló la vocecilla de Oscar—. Quieres,
quieres, quieres. Esta palabra no significa nada.
—Significa... significa deseo, necesidad.
—El deseo no significa nada. ¿Necesidad? No. Mi pueblo no
necesita sobrevivir.
Pat lanzó una débil exclamación.
—¿Entonces, por qué os reproducís?
Como en respuesta a esta pregunta, una cápsula estalló
lanzando su acre polvillo hacia ellos.
—Porque debemos hacerlo —dijo la vocecilla de Oscar—.
Cuando las esporas nos alcanzan, debemos hacerlo.
—Comprendo —murmuró Pat, lentamente— Ham, creo que ya he
dado en el clavo. Me parece comprenderlo. Volvamos a la nave.
Sin despedirse dio media vuelta y él la siguió pensativo.
Una extraña inquietud le dominaba.
Sólo les ocurrió un pequeño incidente. Una piedra tirada
por un solitario trioptes oculto en un recodo del acantilado rompió la lámpara
de la izquierda del casco de Pat. La joven apenas hizo caso; lanzó una breve
mirada de soslayo y siguió andando. Pero durante todo el camino de regreso, en
las tinieblas que reinaban a su izquierda, apenas rasgadas por la sola lámpara
de Ham, les persiguieron aullidos, alaridos y risas burlonas.
En el interior del cohete, Pat dejó caer su bolso lleno
de ejemplares sobre la mesa y se sentó sin quitarse su equipo contra el frío.
Ham hizo lo propio; a pesar del calor opresor que le proporcionaba, él también
se dejó caer exánime, medio tumbado sobre la litera.
—Estoy cansada —dijo la joven—, pero no tanto como para
no comprender lo que significa este misterio.
—A ver, cuenta.
—Ham, ¿quieres decirme cuál es la diferencia principal
que hay entre la vida vegetal y animal?
—Pues... las plantas sacan directamente su sustento del
suelo y el aire. En cambio, los animales se alimentan de plantas o de otros
animales.
—Esto no es cierto del todo, Ham. Algunas plantas son
parasitarias y viven a expensas de otros seres vivos. Piensa en lo que sucede
en las Regiones Cálidas, o por ejemplo, en algunas plantas terrestres: los
hongos, la sarracenia purpúrea, la Dionaea
o planta carnívora que se alimenta de moscas.
—Pero los animales se mueven, se desplazan, y las
plantas, no.
—Esto tampoco es cierto. Ahí tienes a los bacilos, por
ejemplo; son vegetales, pero nadan en busca de sustento.
—¿Entonces, en qué existe la diferencia?
—Es difícil de expresar —murmuró Pat—, pero me parece que
ya la veo. Es ésta: los animales sienten deseo y las plantas necesidad. ¿Me
comprendes?
—Ni una sola palabra.
—Escucha, cabezota. Una planta, aunque tenga la facultad
de desplazarse, actúa por que debe
hacerlo, porque ha sido construida para hacerlo así. Un animal actúa porque
quiere hacerlo, o porque ha sido
construido de manera que así lo quiera.
—¿Y cuál es la diferencia?
—Una muy importante. El animal posee voluntad, y la
planta no. ¿Lo ves, ahora? Oscar posee la inteligencia magnífica de un dios,
pero tiene la voluntad de un gusano. Tiene reacciones, pero no deseos. Cuando
el viento es más cálido sale para alimentarse; cuando hace frío se arrastra al
interior de la cueva que ha abierto en el hielo el calor de su cuerpo, pero eso
no es voluntad: es una simple reacción. ¡Ese ser no tiene deseos!
Ham se levantó agitado, olvidando su laxitud.
—¡Que me cuelguen si eso no es cierto! —gritó—. Por esto
ni él ni sus semejantes hacen preguntas. ¡Para hacer una pregunta hacen falta
deseo o voluntad! ¡Y por esto nunca tendrán civilización ni sabrán lo que esta
palabra significa!
—Por esto y por otras razones —observó Pat— Piensa,
además, que Oscar no tiene sexo, y, a pesar de tu orgullo yanqui, la rivalidad
de los sexos ha constituido un factor muy importante en el desarrollo de la
civilización. Esta oposición es la base de la familia, y entre el pueblo de los
Oscar —por llamarlos así— no existen padres ni hijos. Estos seres se reproducen
por desdoblamiento, y cada una de las dos mitades es un individuo adulto.
Probablemente posee toda la sabiduría y recuerdo de la raza.
»No tienen necesidad de amar, en realidad no hay lugar
para el amor entre ellos y, por consiguiente, no existe la lucha por la
posesión de la hembra y en defensa de la familia, y ningún motivo para que
traten de hacer la vida más fácil de lo que es, y ninguna causa que les haga
aplicar su inteligencia al desarrollo del arte, de la ciencia o de lo que sea.
—Hizo una pausa—. ¿Oíste hablar alguna vez de la Ley de Malthus, Ham?
—No la recuerdo en este momento.
—Pues bien: la ley de Malthus dice que la población
depende de las reservas alimenticias. A cuanto más comida, más población. El
hombre se ha desarrollado bajo esta ley; durante un par de siglos dejó de
aplicarse, pero nuestra raza se convirtió en humana a su amparo.
—¿Quedó en suspenso? Eso sería como negar la ley de la
gravitación universal o tratar de modificar el principio de Arquímedes.
—Nada de eso. Esa ley quedó en suspenso debido al gran
progreso mecánico que tuvo lugar en los siglos diecinueve y veinte, que aumentó
de tal modo las reservas alimenticias, que la población quedó retrasada
respecto a ellas, y aún no nos ha puesto a su nivel. Pero las leyes
malthusianas volverán a aplicarse.
—¿Eso qué tiene que ver con Oscar?'
—Ahora lo verás, Ham. Su evolución no se realizó bajo
esta ley. Los factores que mantenían el número de los individuos de su especie
por debajo del limite de las reservas alimenticias, eran otros, y por lo tanto,
estos seres no sintieron la necesidad de la lucha por la vida. Se hallan tan
perfectamente adaptados al medio que no necesitan nada más. Para ellos, la
civilización sería algo superfluo.
—Pero... ¿y los trioptes?
—Sí, hablemos de ellos. Tienes que pensar, Ham, tal como
te decía hace unos días, que los trioptes llevan relativamente poco tiempo
aquí, pues llegaron a estas regiones expulsados de la zona crepuscular. A la
llegada de estos diablos, los congéneres de Oscar ya estaban plenamente
evolucionados, y no podían cambiar para hacer frente a las nuevas condiciones,
para adaptarse rápidamente a ellas. Así es que están condenados a la extinción.
Como el propio Oscar afirma, ésta no tardará en producirse, lo cual... a ellos
no les importa —Se estremeció—. Todo cuanto hacen, todo cuanto pueden hacer, es
instalarse frente a sus cuevas y pensar. Probablemente sus pensamientos son
elevadísimos, pero no tienen ni la voluntad de un ratón. ¡La inteligencia de un
vegetal es esto y no puede ser otra cosa!
—Me parece... me parece que tienes razón —murmuró él—. Si
bien se mira es horrible, ¿verdad?
Ella se estremeció a pesar de su grueso ropaje
—Sí, es horrible. Es horrible ver condenadas a la
inacción esas mentes amplias y magnificas. Me hacen pensar en un potente motor
de explosión con el árbol impulsor roto, que a pesar de funcionar perfectamente
no puede hacer girar la rueda. ¿Sabes qué nombre voy a ponerles, Ham? Los Lotophagi veneris... los lotófagos, los
comedores de loto[3].
Se contentan con permanecer inactivos, entregados a sus altas contemplaciones,
dejando que espíritus inferiores —como nosotros y los trioptes— se disputen el
planeta.
—Me parece un nombre muy adecuado, Pat Al ver que se
levantaba le preguntó sorprendido ¿Y tus ejemplares? ¿No vas a prepararlos?
—Oh, mañana.
Patricia se dejó caer sin desvestirse sobre su litera.
—¡Pero se echarán a perder! Además, tengo que repararte
algo del casco.
—Mañana —repitió ella cansadamente, y como el también se
sentía molido, no insistió.
Cuando el nauseabundo olor de materia en descomposición
le despertó unas horas después, Pat dormía profundamente, envuelta en su pesado
traje. Ham tiró la bolsa con los ejemplares por la escotilla, y a continuación
quitó con el mayor cuidado el pesado traje a su esposa. Ella apenas se movió
mientras él la acostaba cariñosamente en su litera.
Pat ni siquiera echó de menos la bolsa de ejemplares al
día siguiente, si es que podía llamarse día a aquella noche interminable.
Saliendo del cohete, ambos empezaron a recorrer la tétrica meseta. La lámpara
rota de la joven no había sido reparada. A su izquierda, nuevamente, les siguió
la salvaje y burlona risa de los habitantes de la noche, el viento glacial
transportaba hasta ellos sus ecos sobrenaturales. Por dos veces unas piedras
tiradas desde muy lejos hicieron saltar astillas brillantes de hielo de los
riscos vecinos. Ellos seguían avanzando en silencio, imperturbables, como
dominados por una fascinación extraña, pero sus mentes estaban claras, lúcidas.
Pat se dirigió al primer lotófago que vieron.
—Hemos vuelto, Oscar —le dijo con un débil destello de su
peculiar petulancia—. ¿Qué tal has pasado la noche?
—Pensando —dijo la vocecilla del pequeño ser.
—¿Y en qué piensas?
La voz se quebró.
Una cápsula estalló, y ambos notaron aquel curioso y
agradable olor acre.
—¿En... nosotros?
—No.
—¿En... el mundo?
—No.
—¿En... a qué seguir? —dijo ella, cansada—. Así no
acabaremos nunca. Quizás nunca te haríamos la pregunta acertada.
—Si es que esa pregunta existe —añadió Ham ¿Cómo sabes si
hay palabras que puedan expresarla? ¿Quién te dice que nuestras mentes son
capaces de concebir ese pensamiento? Debe haber pensamientos inconcebibles para
nosotros.
A su izquierda una cápsula estalló con un sordo pop. Ham vio pasar el polvillo como una
sombra bajo la luz de sus reflectores, impelido por el viento helado, y vio
también como Pat aspiraba profundamente el aire acre cuando el polvillo la
envolvió. flotando. Resultaba muy curioso que aquel perfume fuese tan
agradable, y más teniendo en cuenta que fue el mismo que, en cantidades
mayores, estuvo a punto de costarles la vida. Sintió una vaga preocupación ante
esta idea, pero comprendió que no había motivo de preocuparse.
De pronto se dio cuenta de que ambos permanecían en
completo silencio ante el lotófago, a pesar de que habían ido allí para
interrogarle.
—Oscar —le preguntó—. ¿Cuál es el significado de la vida?
—Ninguno. No tiene significado.
—Entonces, ¿por qué luchamos por ella?
—Nosotros no luchamos por ella. La vida no tiene
importancia.
—Y cuando hayáis desaparecido, el mundo seguirá como
antes ¿no es verdad?
—Nuestra desaparición no importará a nadie, con excepción
de los trioptes que nos comen.
—Que os comen —repitió Ham como un eco.
Había algo en aquella idea que conseguía atravesar la
niebla de indiferencia que cubría su mente. Miró a Pat con el rabillo del ojo y
la vio inmóvil y silenciosa a su lado. Al resplandor de la propia lámpara de su
casco vio brillar sus claros ojos grises tras los gruesos lentes, mientras
miraba frente a ella, abstraída o sumida en profundos pensamientos. Más allá
del acantilado resonaron de pronto los aullidos y las carcajadas demoníacas de
los moradores de las tinieblas.
La llamó:
—Pat.
Ella no respondió.
—¡Pat! —repitió, sujetándola por el brazo— Tenemos que
volvernos. —A su derecha estalló otra cápsula—. Tenemos que volvernos —repitió.
Una repentina lluvia de pedruscos cayó por el acantilado.
Una piedra le alcanzó en el casco, y su lámpara delantera se rompió con una
explosión sorda. Otra, le dio en el brazo, causándole un vivo dolor, aunque
esto no le importó lo más mínimo en aquellos momentos.
—Tenemos que volvernos —repitió con obstinación.
Patricia habló por último, sin moverse:
—¿Para qué? —se preguntó sombría.
El frunció el ceño, estupefacto. ¿Para qué? ¿Para qué
volver a la zona crepuscular? Surgió en su mente la imagen de Erotia, y luego
la visión de aquella luna de miel que ambos habían pensado ir a pasar a la
Tierra, y después una serie de escenas terrestres... Nueva York, el patio de
una universidad rodeada de árboles, la soleada granja donde transcurrió su
infancia. Pero todo ello parecía lejanísimo e irreal.
El golpe violento que recibió en el hombro le arrancó a
este ensueño. Vio volar una piedra en dirección al casco de Patricia. Sólo dos
de las cuatro lámparas de la joven, la posterior y la de la derecha, seguían
encendidas, y él se dio cuenta a medias de que en su propio casco sólo
brillaban la posterior y la de la izquierda. En lo alto del acantilado, que
ahora permanecía a oscuras al hallarse iluminado por el rayo de sus lámparas
delanteras, danzaban oscuras sombras, y las piedras silbaban y rebotaban a su
alrededor.
Haciendo un supremo esfuerzo, la zarandeó por el brazo.
—¡Tenemos que volvernos! —murmuró.
—¿Por qué? ¿Por qué debemos volver?
—Porque nos matarán si nos quedamos.
—Sí, ya lo sé pero...
El dejó de escucharla y la sacudió desesperadamente. Pat
giró en redondo y lo siguió con paso vacilante, mientras él emprendía el
regreso hacia el cohete.
Tremendos alaridos resonaron cuando sus lámparas
posteriores barrieron el acantilado con su luz, y mientras Ham tiraba de su
esposa con lentitud desesperante, los aullidos se desparramaron a derecha e
izquierda. Ham comprendió lo que aquello significaba; los diabólicos seres
describían un circulo a su alrededor,
un movimiento envolvente que les pondría frente a ellos, en un lugar donde no
podrían ahuyentarlos al faltarles la luz protectora de sus lámparas delanteras.
Pat le seguía con indiferencia, sin poner el menor empeño
por su parte. La llevaba casi a rastras, y el esfuerzo se le hacía intolerable.
Y cerrándole el paso danzaban las sombras aulladoras de los diablos sedientos
de su sangre.
Ham volvió la cabeza para barrer las tinieblas con el haz
luminoso de su proyector derecho. Resonaron chillidos cuando los trioptes se
refugiaron en la sombra protectora que les ofrecían rocas y agujas, pero Ham,
al avanzar con la cabeza vuelta de lado, tropezó y cayó frecuentemente.
Pat no quería alzarse a pesar de todos sus esfuerzos.
—No hace falta —murmuró, pero no ofreció la menor
resistencia cuando él la levantó del suelo.
De pronto se le ocurrió una idea. La tomó en sus brazos,
colocándola de manera que su lámpara de la derecha iluminase hacia delante, y
así consiguió llegar por fin tambaleándose hasta el círculo de luz que rodeaba
el cohete. Abriendo la escotilla, dejó caer a su preciosa carga en el interior
de la nave.
Se llevó esta última impresión de aquel mundo
tenebroso... vio las sombras de los trioptes alejarse saltando y brincando,
entre horrísonas carcajadas, hacia el acantilado donde Oscar y su pueblo
esperaban con una plácida aceptación el desenvolvimiento de su destino.
El cohete avanzaba rugiendo a sesenta y cinco mil metros
de altura, porque las innúmeras observaciones y fotografías realizadas desde el
espacio demostraron que más allá de sesenta y cinco kilómetros de altura, ni
siquiera las altivas cumbres de los Montes de la Eternidad alzaban la cabeza.
Detrás se extendían negros nubarrones, pero ante ellos se alzaban nubes
brillantes y blancas, pues acababan de penetrar en la zona crepuscular. A
aquella altura incluso era apreciable la amplia curvatura del planeta.
—Un huevo medio cocido, medio crudo —dijo Ham, mirando
hacia abajo—. Prefiero el huevo cocido.
—Fueron las esporas —prosiguió Pat, sin hacerle caso—. Ya
sabíamos que producían efectos narcóticos pero, ¿quién iba a suponer que
introducirían, en mi, droga tan sutil... dejándome sin voluntad y sin fuerzas?
Oscar y los suyos son los lotófagos y el loto, todo de una pieza. Pero no puedo
dejar de sentir compasión por ellos. ¡Qué colosales, magníficas e inútiles son
sus mentes! —Hizo una pausa—. Oye, Ham, ¿qué te advirtió de lo que estaba
pasando? ¿Cómo conseguiste arrancarte a aquel hechizo?
—Oh, se debió a una observación de Oscar... cuando dijo
que todos terminarían comidos por los trioptes.
—Bien, ¿y qué?
—Pues verás: ¿ya sabías que se nos han terminado las
provisiones? ¡Sencillamente, esa observación me recordó que llevaba dos días
sin comer!
TERROR EN EL ESPACIO
Por LEIGH
BRACKETT
I
Lundy conducía con sus propias manos el convertible
aero-espacial. Lo había estado haciendo durante mucho tiempo. Tanto tiempo, que
la mitad inferior de su cuerpo estaba dormida e insensible hasta las puntas de
los pies y la mitad superior aun mas insensible, con excepción de dos dolores
separados peores que los que produce un flemón: uno alojado en su espalda y el
otro en la cabeza.
Los jirones de nubes desgarradas y arrancadas de la
espesa atmósfera venusiana color gris perla, pasaban rápidamente junto a la
veloz aeronave. Los reactores palpitaban y zumbaban, mientras los instrumentos
se movían desordenadamente bajo el influjo de las corrientes magnéticas que
hacen de la atmósfera venusiana la pesadilla de los pilotos.
Jackie Smith seguía frío y envarado en el asiento del
copiloto. A través de la portezuela cerrada que tenía a sus espaldas y que
comunicaba con la minúscula cabina interior, Lundy oía gritar y debatirse a
Farrell.
Hacía rato que gritaba. Desde que la inyección de
avertina que le puso Lundy cuando lo subieron a bordo dejó de surtir efecto. Se
debatía chillando e intentando librarse de las correas, profiriendo roncas
exclamaciones que nada significaban.
Luchaba y se debatía a causa de aquello.
En algún lugar dentro de Lundy, dentro del arrugado y
sudoroso uniforme negro de la Sección Especial de la Policía de los Tres
Mundos, dentro del metro sesenta y cinco de gruesos y acerados músculos que
este uniforme recubría, había un nudo. Un nudo muy grande, y muy frío también a
pesar del sofocante calor que reinaba en la cabina, y además tenía la mala
costumbre de contraerse de vez en cuando, haciendo que Lundy se estremeciese y
sudase copiosamente, como si le hubiesen pinchado.
A Lundy no le gustaba tener aquel nudo frío en el
estómago, pues eso significaba que tenía miedo. Había tenido miedo muchas otras
veces, y no se avergonzaba de ello. Pero en aquellos momentos necesitaba apelar
a toda su inteligencia y valor para devolver aquélla a su cuartel general de Vhia, y no deseaba tener que luchar
también consigo mismo.
El miedo puede hacer las cosas muy difíciles. Puede
debilitarnos cuando necesitamos ser más fuertes, si queremos salvar nuestra
vida. Y en este caso se trataba de su vida y la de sus dos compañeros.
Lundy confiaba en poder dominar su miedo, y también su
cansancio... porque aquello
permanecía agazapado en la pequeña arquita guardada en la caja fuerte,
esperando que alguien se desmoronase.
Farrell se había desmoronado completamente, desde luego,
pero estaba firmemente sujeto. Jackie Smith había empezado a mostrar signos de
desmoralización antes de desvanecerse, y por ello Lundy tenía una mano puesta
sobre la jeringuilla hipodérmica cargada con anestésico que pendía a un lado de
su asiento. Y Lundy pensaba:
«Lo peor de todo es que no se sabe cuando empieza a
actuar en nosotros. No existen precedentes, o si existen nosotros los
desconocemos. Quizás ahora mismo, las indicaciones que veo en estas esferas
sean completamente falsas...»
Por debajo de ellos, podía atisbar de vez en cuando
pequeñas extensiones de océano entre los jirones de niebla gris. Las aguas
negras, inmóviles, sin mareas ni oleajes del planeta Venus, que ocultan
innúmeros secretos de su vida pretérita.
Lo que veía no era de ninguna utilidad para Lundy. Le era
imposible calcular su rumbo... podía hallarse sobre un punto cualquiera del
océano. Esperaba que los motores seguirían funcionando con regularidad, o de lo
contrario todos se darían un buen baño, en la inmensa extensión de aguas negras
y tranquilas.
Farrell seguía gritando. Parecía tener la garganta
blindada. Chillaba y se debatía para libertarse de sus ligaduras, porque aquello estaba encerrado y pedía
socorro.
—Tengo frío —dijo—. Oye, enanito.
Lundy volvió la cabeza. Por lo general mostraba una cara
redonda, fresca y vivaracha, en la que brillaban unos ojos oscuros y una
sonrisa juvenil que dejaba al descubierto sus dientes blanquísimos. En aquellos
momentos, su aspecto era más bien el de una basura que el camarero hubiese
sacado con la escoba de debajo una mesa a las cuatro de la madrugada, del día
de año nuevo.
—Tienes frío, ¿eh? —dijo con voz ronca, pasándose la
lengua por los labios empapados de sudor—. ¡Tanto mejor! Eso es lo que
necesitamos.
Jackie Smith se movió un poco, gruñó y trató de
incorporarse. Su guerrera negra estaba entreabierta, mostrando los vendajes
blancos que le cruzaban el pecho, y tenía la mano izquierda sobre el extremo
roto de la cremallera que cerraba la guerrera. Era un hombre corpulento y no
mayor que Lundy, de facciones prominentes y feas, unos cabellos ásperos y
claros y una tez que parecía cuero reseco.
—En Mercurio, donde nací —dijo— el clima es adecuado para
los seres humanos. Vosotros, loa pisaverdes del Viejo Mundo... —Se interrumpía,
palideciendo bajo su piel curtida, y dijo con los dientes muy apretados—:
¡Vaya! Veo que Farrell se ha ocupado a conciencia de mí.
—Te salvarás —le dijo Lundy, tratando de no pensar en lo
cerca que él y Smith estuvieron de la muerte. Farrell había luchado como un
demonio cuando lo descubrieron en una aldea indígena, situada en lo más alto de
los Montes de la Nube Blanca.
Lundy aún recordaba con horror lo sucedido
A Lundy no le importaba entendérselas con matones o andar
a tortas con los peores rufianes. Pero Farrell no era de ésos. Sólo era un buen
muchacho que cayó en las redes de alguien mucho más fuerte que él.
Un buen muchacho, enamorado con locura de alguien
inexistente. Un muchacho decente y trabajador, con esposa y dos hijos, que
perdió la chaveta, el alma y el corazón por un ser del espacio, hasta el punto
que estaba dispuesto a matar para protegerlo.
«¡Qué diablo!», pensó Lundy, cansado y furioso. «¿No
dejará nunca de chillar?»
Los reactores rugían poderosos. Los grises jirones de
niebla pasaban con rapidez junto a la nave. Jackie Smith permanecía sentado,
muy rígido, con los ojos cerrados, los labios pálidos y respirando
entrecortadamente. Y aún faltaba mucho para llegar a Vhia.
Tal vez más de lo que él suponía. Quizás ni siquiera se
dirigía hacia Vhia. Quizá aquello
ejercía su influjo sobre él, y nunca lo sabría hasta que su aparato se
estrellase.
El frío nudo se apretó aún más en su estómago, como la
helada hoja de un cuchillo clavado en su carne.
Lundy lanzó una maldición. Sí se dejaba llevar por
aquella clase de pensamientos, se iría de cabeza al infierno.
Pero no podía dejar de pensar en aquello. En el ser que había apresado gracias a una red especial de
apretadas mallas metálicas. Echó aquella red sin mirar sobre algo que Farrell
estaba contemplando. El ser que había metido a la fuerza en el cofre de
glasita, cubriéndolo con una tela negra porque le habían advertido que no lo
mirase.
A Lundy le cosquilleaban y le ardían aún las manos, de
una manera que no era desagradable. Todavía le parecía notar aquel pequeño ser
debatiéndose desesperadamente para escapar, cubierto por la red. Le pareció de
una forma vagamente cilíndrica y terriblemente vivo.
Aquello era vida. Vida del espacio interplanetario, que
salió de una nube de polvo cósmico atraída por la fuerza de gravedad de Venus.
Desde que Venus atravesó aquella nube, se desencadenó una extraña oleada de
locura en todo el planeta. Una locura como la que hizo su víctima de Farrell,
que causó muertes y cosas aún peores.
Los hombres de ciencia tenían algunas teorías acerca de
lo que podía ser aquella vida del espacio. Tuvieron la suerte de descubrir el
cadáver de uno de aquellos seres, y circulaban varios rumores acerca de una
substancia de apariencia cristalina que en realidad no era cristal, de unos
ocho centímetros de longitud y magníficamente cincelada y estriada, provista
además de unos pequeños y extrañísimos instrumentos cuyo uso nadie supo
discernir.
Pero el cadáver de aquel ser no les sirvió de gran cosa.
Tenían que apresar a uno vivo, si querían descubrir el secreto de su existencia
y hallar el medio de terminar con lo que los telecomentadores habían denominado
«La locura del más allá», o «El hechizo del vampiro».
Sin embargo, una cosa acerca de estos seres era del
dominio general. Sus víctimas enloquecían de pronto, y en su demencia afirmaban
que habían encontrado a la mujer soñada o el ideal último de la feminidad. Sólo
podían verla ellos, pero esto les dejaba sin cuidado. Ellos la veían, y para
ellos les bastaba con ver a... Ella.
Y los ojos de ésta aparecían siempre velados.
Ella constituía un
verdadero rompecabezas, y estaba mucho más allá de la hipnosis y del dominio de
las fuerzas de la mente. Por esta razón no se había conseguido nunca apresar
con vida a Ella, o a Aquello. Esto solamente se consiguió
cuando Lundy y Smith, contando con todo el asesoramiento científico de la
Policía Espacial, consiguieron localizar a Farrell y apoderarse del misterioso
ser que lo tenía hechizado.
Desde luego, lo consiguieron por pura casualidad, por una
suerte increíble. Lundy movió su dolorida cabeza tratando de librarse de la
tortícolis, parpadeó para librarse del sudor que penetraba en sus ojos
inyectados en sangre, y deseó ardientemente encontrarse en su casa y acostado.
Jackie Smith observó de pronto:
—Enanito, tengo frío. Dame una manta.
Lundy le miró. Sus claros ojos verdes estaban
entreabiertos, pero su mirada estaba perdida en el vacío. Temblaba como un
azogado.
—No puedo dejar los mandos, Jackie.
—Tonterías. Aún tengo una mano útil. Todavía puedo
pilotar esta lata de conservas durante unos momentos.
Lundy refunfuñó. Sabía que Smith no bromeaba al afirmar
que tenía frío. Las temperaturas que reinaban en Mercurio hacían que los
hombres pertenecientes a la primera generación de colonizadores, fuesen
sensibles a todas las temperaturas inferiores a la de un horno eléctrico.
Además de la herida, Smith podía contraer una pulmonía si no le abrigaban
convenientemente.
—Muy bien —Lundy tendió la mano para cerrar el
interruptor señalado con una A. —Pero dejaré que Miguelito se encargue de
dirigir el vuelo. Probablemente no durará más de cinco minutos antes de
estallar.
Miguelito, el piloto automático, se convertía en una
verdadera nulidad cuando se trataba de volar por la atmósfera de Venus. La
constante compensación magnética calentaba las bobinas del robot hasta tal
punto, que era cuestión de minutos que éstas se fundiesen.
Lundy se dijo que después de todo era agradable saber que
aún había un par de cosas que los hombres podían hacer mejor que las máquinas.
Se levantó, y le pareció como sí hubiese estado
enmoheciéndose al aire libre durante cuatrocientos años. Smith no volvió la
cabeza. Lundy le gruñó:
—¡La próxima vez, hijito, ponte ropa interior de lana y
déjame tranquilo!
Tras decir estas palabras notó que el nudo se apretaba en
su estómago. Un sudor frío cubrió su cuerpo y una oleada de fuego recorrió sus
nervios.
Farrell había dejado de gritar.
Reinó silencio en la nave. Nada lo rasgó. El fragor de
los cohetes era ajeno a aquel silencio. Incluso la respiración jadeante de
Jackie Smith cesó. Lundy se dirigió lentamente hacia la portezuela.
Apenas había dado dos pasos, cuando ésta se abrió. Lundy
se detuvo, presa de súbita inmovilidad.
En el umbral se erguía Farrell. Farrell, un hombre bueno
y honrado a carta cabal, con mujer y dos hijos. Su rostro era el mismo de
siempre, pero los ojos que brillaban en él aparecían enajenados. No eran ni
siquiera humanos.
Lundy le había atado por el pecho, la cintura, las
piernas y los pies a la litera con cuatro fuertes correas. El cuerpo de Farrell
mostraba las señales de las mismas. Se le habían clavado en su carne, en sus
músculos y tendones, hasta mostrar sus desnudas costillas. Estaba cubierto de
sangre, pero esto a él no parecía importarle.
—He roto las correas —dijo, dirigiendo una sonrisa a
Lundy—. Ella me llamó y rompí las correas.
Hizo ademán de dirigirse hacia el cofre que se hallaba en
un ángulo de la cabina. Lundy se esforzó por salir de la nube negra y fría que
lo atenazaba y consiguió mover los pies.
Jackie Smith le dijo con voz queda:
—Quieto, enanito. A ella no le gusta estar encerrada en
el cofre. Tiene frío y quiere salir.
Lundy le miró por encima del hombro. Smith se había
vuelto a medias en su asiento y empuñaba la pistola hipodérmica, que había
tomado de la funda colgada en el respaldo del asiento del piloto. Sus claros
ojos verdes tenían un brillo distante y soñador, pero Lundy no se fiaba en
absoluto de ello.
Sin la menor inflexión en su voz, dijo:
—Tú la has visto.
—No. La he... oído.
Los gruesos labios de Smith se plegaron en un extraño
rictus. Su respiración se hizo ronca y sibilante.
Farrell se arrodilló junto al cofre. Poniendo sus manos
sobre su superficie lisa y brillante, se volvió hacía Lundy. Éste vio que
estaba llorando.
—Ábrelo. Tienes que abrirlo. Ella quiere salir. Está
asustada la pobrecita.
Jackie Smith levantó imperceptiblemente la pistola.
—Ábrelo, enanito —susurró—. Ella tiene frío, ahí dentro.
Lundy no se movió. El sudor corría a raudales por su
cuerpo y a pesar de ello tenía frío. Sin más, respondió con lengua estropajosa
—No. Tiene calor. Allí dentro no puede respirar. Tiene
calor.
Entonces levantó la cabeza con gesto convulsivo y gritó.
Si volvió para enfrentarse con Smith, y con paso inseguro pero rápido se
dirigió hacia él.
Las feas facciones de Smith se contrajeron como si fuese
a llorar.
—¡Vamos, enanito! Mira que no quiero disparar contra ti.
Abre el cofre.
Lundy, con un hilo de voz, dijo:
—Eres un pobre estúpido.
Y siguió avanzando.
Smith oprimió el gatillo.
Las agujas hipodérmicas cargadas de anestésico se
clavaron en el pecho de Lundy. No dolían mucho. Sólo un pequeño pinchazo. El
siguió avanzando, llevado por su impulso inicial.
A sus espaldas, Farrell gimió como un cachorro y se
tendió sobre el cofrecito. Ya no volvió a moverse. Lundy cayó de rodillas y
siguió avanzando a gatas y como en sueños hacia los mandos. Jackie Smith le
contemplaba con mirada turbia.
Súbitamente, el piloto automático estalló.
Del cuadro de mandos surgió una llamarada azul. Su brillo
cegador y el calor intenso hicieron caer a Lundy de espaldas. La cabina se
llenó de silbidos, aullidos y empezó a girar locamente, mientras el convertible
bailaba como una hoja en brazos del huracán El mecanismo automático de
seguridad apagó los cohetes.
La aeronave empezó a caer.
Smith balbuceaba palabras incoherentes, entre las que
sólo se entendía Ella y plegó su
asiento. Lundy se frotó la cara con la mano. Sus facciones eran borrosas y
estúpidas. Sus ojos negros no tenían ninguna expresión.
Empezó a arrastrarse sobre el suelo bamboleante en
dirección al cofre.
La proa de la nave rasgaba las nubes, y de pronto
apareció una gran extensión líquida. Un mar negro y tranquilo, sin oleaje,
sembrada de islitas flotantes de sargazos que se movían y agitaban con vida
propia.
Unas aguas negras que ascendían a su encuentro.
Lundy no las miró. Se arrastró sobre la sangre de Farrell
empujándolo hacia la pared de la cabina, y empezó a rascar la brillante puerta,
gimiendo como un perro al que no dejan entrar en casa.
La nave chocó con el agua a terrible velocidad. El
impacto levantó oleadas de espuma, que brilló con una blancura cegadora sobre
aquel negro mar.
El agua levantada por el impacto cayó, y los círculos
concéntricos se fueran alejando y terminaron por borrarse.
Las islas verdinegras de sargazos se desplazaron
lentamente sobre el lugar de la caída. Una bandada de pequeñas dragones marinas
agitó sus alas de pedrería para abatirse sobre las peces, y ninguno de aquellos
seres demostró el menor interés por la suerte de la nave voladora que se hundía
hasta. las profundidades.
Ni siquiera el propio Lundy, tendido y frío en la cabina
estanca, oprimiendo con su cuerpo el cofrecillo, mientras las lágrimas y el
sudor se secaban en sus mejillas recubiertas de una barba incipiente.
II
La primera sensación que tuvo Lundy fue la de silencio e
inmovilidad. Una sensación mortal, cama si todos las seres creados hubiesen
dejado de respirar.
Lo segunda que notó fue la presencia de su cuerpo. Le
dolía espantosamente, tenía calor y además le repugnaba el aire espeso y
viciado que respiraba. Lundy se sentó penosamente y trató de hacer funcionar su
cerebro. Esto era muy difícil, porque alguien le había abierto la cabeza con
cuatro hachazos.
No era del toda oscuro en la cabina. Una temblorosa
claridad plateada semejante al claro de luna penetraba por las portillas. Lundy
podía ver bastante bien. Distinguió el cuerpo de Farrell exánime sobre el
suelo, y un conjunto de cables y hierros retorcidos, que habían sido los
mandos.
Vio también el cofre.
Lo miró larga rato, aunque no había mucho que ver. No era
más que un cofre abierto y vacío, junto al que había un pedazo de tela negra.
—¡Dios mío! —susurró Lundy—. ¡Oh, Dios mío! Entonces lo
comprendió todo de pronto. Su cuerpo no contenía apenas nada con excepción de
su estómago, y éste hallábase sujeto. Sin embargo, quiso salirse por su boca.
Las náuseas cesaron de pronto, y entonces fue cuando Lundy oyó que alguien
llamaba a la puerta.
Era una llamada muy suave. Su ritmo era lento y
espaciado, como si el que llamaba dispusiese de mucho tiempo y no tuviese prisa
por entrar. La llamada procedía de la escotilla que comunicaba con la esclusa
de salida.
Lundy se levantó lentamente, más frío que el vientre de
un sapo y blanco como éste. Contrajo involuntariamente los labios y permaneció
de pie, helado de espanto.
Las llamadas continuaban con un ritmo somnoliento.
Quienquiera que fuese que llamaba, no tenía prisa por entrar. Sabía que tarde o
temprano aquella puerta cerrada se abriría, y a él no le importaba esperar. No
tenía prisa. Nunca tendría prisa.
Lundy paseó la mirada por la cabina, en silencio. Dirigió
una mirada de soslayo a la portilla. Al otro lado de ella vio agua. La negra
agua de mar de Venus, clara y negra, como una noche profunda.
La nave se había posado sobre una llanura arenosa. La luz
plateada era reflejada por la arena. Era una luz fosforescente, tan brillante
como el claro de luna y de un débil tinte verdoso.
Negras aguas marinas. Arenas plateadas. El misterioso
visitante seguía llamando a la puerta, despaciosamente. Con paciencia. Uno...
dos. Uno... dos. Al compás del corazón de Lundy.
Este pasó a la cabina interior, andando ya con paso
firme. Miró cuidadosamente a su alrededor antes de regresar y detenerse ante la
esclusa.
—Muy bien Jackie —murmuró—. Espera un minuto. Sólo un
minuto, muchacho.
Entonces se volvió para dirigirse rápidamente hacia el
armario de babor y sacó de él una botella de litro, que levantó después de
sacarla de su soporte antichoque. Tuvo que hacerlo con ambas manos.
Al poco rato bajó la botella y se inmovilizó, sin mirar a
ninguna parte, hasta que dejó de temblar. Descolgó a continuación su escafandra
espacial del gancho donde estaba pendida y se la puso. Tenía la cara cenicienta
e inexpresiva.
Cargó con todas las botellas de oxígeno que podía llevar,
junto con raciones de socorro y toda la bencedrina que contenía el botiquín.
Mezcló la dosis más fuerte posible de este estimulante con el coñac antes de
cerrar el casco. Hizo caso omiso de la pistola hipodérmica, y en lugar de ella
tomó las dos pistolas desintegradoras de reglamento... la suya y la de Smith.
Entre tanto, los suaves golpecitos no cesaban.
Miró por un momento el cofre vacío y la tela negra caída
a su lado. Una expresión cruel asomó a su rostro. Sus facciones se
endurecieron, antes de cubrirse de una terrible expresión de paciencia.
El hecho de hallarse bajo la superficie del agua no
molestaría en lo más mínimo a un ser del espacio interplanetario. Descolgó de
su gancho la red de apretadas mallas metálicas y se la aseguró al cinto. Luego
se dirigió resueltamente hacia la escotilla para abrirla.
Las aguas negras irrumpieran en negros remolinos en torno
a sus botas lustradas. Luego la escotilla se abrió de par en par y Jackie Smith
entró.
Había estado esperando en la esclusa inundada, golpeando
con sus botas la escotilla interior, con el lento vaivén del mar. Entró con los
pies por delante y el agua que penetraba a presión lo levantó. Con lo que
pareció que andaba por su pie y miraba a Lundy al pasar. Era un hombre rubio y
corpulento de ojos verdes con vendas blancas que asomaban por su guerrera negra
entreabierta, mientras miraba a Lundy. No por mucho tiempo. Solamente por un
segundo. Pero fue bastante.
Lundy se contuvo después del tercer grito de terror.
Tenía que contenerse, porque sabía que si seguía gritando ya no podría dejar de
hacerlo. Las negras aguas ya se habían llevado a Jackie Smith hasta la pared
apuesta, cubriendo piadosamente su cara.
—¡Dios mío! —susurró Lundy—. ¡Dios mío...! ¿Qué debió de
ver antes de ahogarse?
Nadie le respondió. Las negras aguas empujaban a Lundy,
mientras se alzaban a su alrededor, tratando de llevarlo hacia donde estaba
Jackie Smith. La boca de Lundy se contrajo en un rictus amargo.
Se mordió el labio inferior con fuerza. Echó a correr
torpemente, tratando de vencer la resistencia que le oponía el agua, hasta que
por último se detuvo. Entonces empezó a andar, sin mirar hacia atrás, por la
compuerta inundada. La escotilla se cerró tras él, automáticamente.
Pisó la compacta arena de un color entre verde y
plateado, mientras tragaba la sangre que le llenaba la boca y le ahogaba.
Andaba sin apresurarse. Su caminata por el fondo del
océano sería probablemente larguísima. A juzgar por la posición de la nave
cuando se hundió, calculaba aproximadamente hacia donde se hallaría la costa...
a menos que aquello hubiese influido
en su mente, haciéndole ver en las esferas unas cifras que no existían.
Comprobó su nimbo, ajustó la presión que reinaba en el
ulterior de su escafandra, y siguió avanzando por aquel sobrenatural paisaje
submarino, que parecía bañado por un fantasmal claro de luna. La marcha no era
difícil. Si no encontraba a su paso una profunda fosa oceánica, una escarpadura
imposible de franquear, o se convertía en la presa de alguna especie de voraz
alga venusiana, conseguiría sobrevivir para presentarse ante su jefe en el
cuartel general, y comunicarle que dos hombres habían muerto, la nave se había
perdido y la misión que se le había encomendado había terminado en el más
estrepitoso fracaso.
Aquel mundo submarino que le rodeaba era bellísimo.
Parecía el ensueño que provocan las drogas o el delirio. La fosforescencia se
elevaba en las negras aguas, para danzar en temblorosas espirales de fuego
frío. Los peces, aquellos extraños seres policromados que parecían minúsculas
joyas vivas con ojos de rubí, pasaban como centellas junto a Lundy, como
ráfagas de color, o nadaban sobre las grandes extensiones de algas que parecían
selvas en miniatura, y que manchaban las negras aguas y el brillo fosforescente
de la arena con enormes y ardientes manchas azules, violetas, verdes y
plateadas.
También había flores. Una vez, Lundy se acercó demasiado
a algunas de ellas. Estas se tendieron hacia él, abriendo unas bocas redondas
llenas de espinas, que denotaban una increíble voracidad. Los peces se
mantenían a saludable distancia de ellas. Desde entonces, Lundy les imitó.
Apenas hacía media hora que andaba, cuando descubrió la
carretera.
Era una carretera perfecta, que avanzaba en línea recta a
través de la arena. Presentaba algunas grietas y resquebrajaduras, y algunas de
las enormes losas que la formaban estaban alzadas o caídas a un lado, pero en
general estaba perfectamente conservada y era evidente que se dirigía a alguna
parte.
Lundy la miró mientras mi escalofrío recorría su
espinazo. Había oído hablar de cosas parecidas. Venus aun era un mundo casi
desconocido. Era un planeta joven, bravío, desconcertante, que daría más de una
sorpresa a los sesudos hombres de ciencia.
Mas incluso los jóvenes planetas tienen un largo pasado,
lleno de leyendas y mitos. Todo el mundo estaba de acuerdo en que gran parte de
la superficie de Venus que hoy se hallaba sumergida no lo estuvo en otros
tiempos, y viceversa. La bella diosa cambió varias veces de maquillaje antes de
adoptar su semblante definitivo.
Ello quería decir que, en épocas remotas, aquella
carretera cruzó una llanura bajo un cálido cielo gris perla. Por ella venían
probablemente las caravanas de la costa. Aquella carretera debió de ver el
tráfico formado por los fardos de especias y seda de araña, junto con las
ánforas de vakhi procedentes de los
cañaverales de Nahali, y las esclavas de cabellos de plata que venían de las
tierras altas donde moraba el Pueblo de las Nubes, avanzando bajo el calor
bochornoso, apenas resguardadas por los verdes árboles liha, para terminar vendidas en el mercado.
A la sazón la carretera seguía conduciendo a alguna
parte.
Lundy iba en aquella misma dirección. Era probable que la
carretera se hubiese desviado un poco antes, la cual explicaba que él la
hubiese encontrado. Lundy se pasó la lengua par las labios cubiertos de frío
sudor y empezó a seguirla.
Andaba lenta y cuidadosamente, como el que penetra a
solas en la nave de un templo vacío.
Siguió la carretera durante largo rato. Las algas
formaban una espesura a ambas lados de ella. Parecía atravesar un denso bosque
de algas que se perdía en la distancia por ambos lados, hasta allá donde
alcanzaba la vista de Lundy. Este se alegró de haber encontrado la carretera,
ya que ésta era muy ancha y si se mantenía en el centro las flores no podían
llegar hasta él.
La luminosidad disminuyó, debido a las algas que cubrían
la arena. Fuera cual fuese la causa de la fosforescencia, aquel apiñamiento de
algas la hacía disminuir notablemente, y pronto estuvo tan oscuro que Lundy
tuvo que encender el proyector de su casco. A las bordes de su haz luminoso
podía ver las frondas de algas moviéndose perezosamente en un lento vaivén, al
compás del mar de fondo.
Las flores se habían hecho más bellas y de colores más
vivos. Pendían como lámparas en las negras aguas, irradiando una luz que
parecía surgir de ellas mismas. Sus colores eran rojos sombríos y amarillos
violentas, junto con azules pálidos y desvaídos.
Su vista resultaba inquietante para Lundy.
Las algas cada vez eran más espesas y juntas. Sus raíces
asomaban sobre el borde de las losas de piedra. Las flores abrían sus
brillantes bocas voraces en dirección a Lundy.
Trataban de alcanzarle, sin conseguirlo. De momento.
Él estaba cansado. El efecto producido por el coñac con
bencedrina empezaba a amortiguarse Cambió la botella de oxígeno por otra.
Aquello le reanimó pero no mucho. Bebió otra sorbo de la mezcla estimulante,
pero tampoco quería abusar de ella para no fatigar a su corazón. Tenía las
piernas entumecidas.
No había dormido desde hacía muchas horas. Seguir la
pista de Farrell no fue ningún juego de niños, y apoderarse de él —y de aquello— constituyó una verdadera
hazaña, arriesgada y peligrosísimo. Hay que tener en cuenta que Lundy no era
más que un ser humano. Por lo tanto era natural que se hallase cansado. Molido.
Deshecho y agotado.
Se sentó para descansar un rato, apagando la lámpara para
ahorrar las pilas. Las flores le acechaban, brillando en la oscuridad. Él cerró
los ojos pero seguía notando su presencia, como animales de presa, agazapadas a
su alrededor.
Después de un par de minutos se levantó para proseguir la
marcha.
Las algas se hicieran más espesas y altas. Estaban
cargadas de flores.
Tomó más bencedrina, sin pensar en lo que le podría
ocurrir al corazón. La luz del casco abría un túnel blanco y frío a través de
las tinieblas. Guiado por esta luz, él avanzaba, andando todo lo de prisa que
le permitía la densidad del agua. Las frondas de algas se unían y se
entretejían a gran altura sobre su cabeza, encerrándole en un inquietante
túnel. Las flores pendían sobre él. Sus pétalos casi le rozaban. Eran unas
pétalos carnosos, voraces y vivientes.
Echó a correr, sobre los surcos abiertos por las ruedas
en la piedra y las desgastadas losas de la carretera que aún llevaba a alguna
parte, en el fondo de aquel negro océano.
Lundy corrió torpemente durante largo rato entre la
oscuras paredes cada vez más próximas. Las flores casi le tocaban. Una vez se
acercaron tanto a él, que le sujetaron nuevamente cuando se escapaba. Empezó a
hacer uso de la pistola desintegradora.
De esta manera redujo a cenizas un gran número de algas.
Esto no parecía gustarles. Empezaron a balancearse coléricas sobre sus raíces,
asestándole golpes desde ambos lados y desde el techo entrelazado que lo
cubría. Lundy corría penosamente, sollozando pero sin derramar lágrimas.
Fue la carretera quien le condujo hasta allí. Se cruzo
con él de pronto, sin previo aviso. Luego avanzó suavemente bajo el túnel de
algas, hasta terminar en una masa caótica de enormes losas y bloques,
esparcidos sin orden ni concierto como si el hijo de un gigante se hubiese
cansado de jugar con ellos.
Y las algas crecían entre aquellos bloques dispersos.
Lundy tropezó y cayó, dándose de cabeza contra la parte
posterior del casco. Por un momento vio una luz cegadora. Luego reinaron las
tinieblas y comprendió que se había producido un falso contacto, pues su luz se
había apagado.
Se arrastró por encima de un gran bloque inclinado. Las
flores brillaban en la oscuridad, muy cerca de él. Demasiado cerca. Lundy abrió
la boca, pero sólo salió de ella un ronco gemido animal. Aún empuñaba su
pistola. La disparó un par de veces y por último se encontró en lo alto del
bloque, tendido de bruces.
Sabia que no podía seguir avanzando. La carretera
terminaba allí.
Las brillantes flores descendieron hacia él, surgiendo de
las tinieblas. Lundy, tendido sobre la piedra, las observaba con rostro
inexpresivo. En sus ojos brillaba un odio terco y concentrado, pero nada más.
Vio como las flores se adherían a su escafandra y
empezaban a actuar. Entonces, allá en lo alto, a través del negro túnel de
algas, vio brillar la luz.
Brilló de pronto, como un relámpago. Una sábana de oro
cálido y brillante que restallaba como un estandarte, iluminando el final de la
carretera.
Iluminando también la ciudad y la pequeña procesión que
salía de ella.
Lundy no quería dar crédito a sus ojos. Estaba ya medio
muerto, con su espíritu flotando libre de su cuerpo y envuelto a medias en
negras nubes. Contempló sin curiosidad lo que veía.
La luz áurea es extinguió, para brillar dos veces al
final del túnel, cruzando una pequeña llanura, después de la cual se alzaba la
ciudad.
Lundy veía sólo una parte de ella, a causa de las algas.
Pero parecía ser una gran ciudad. La rodeaba una muralla, de mármol verde
veteado de rosa sombrío, y con sus bordes desgastados por siglos de erosión
marina. En la muralla se abrían amplias puertas de oro puro, no empañado por el
paso de los siglos, y que giraban sobre bisagras igualmente de oro. Por las
puertas abiertas se distinguía una gran plaza pavimentada con cuarzo de color
gris neblina, y alrededor de la plaza se alzaban unas construcciones que
recordaban a Lundy los castillos de la Tierra que había visto en su infancia,
bajo las nubes rosadas del atardecer.
Esto es lo que aquel lugar parecía bajo los destellos de
luz dorada: un país de cuento de hadas al atardecer. Remoto, de una belleza
soñadora, cubierto por las negras aguas, como por un velo... algo
indestructible, porque era inexistente.
Los seres que salieron por las puertas doradas y que
venían por la carretera parecían diminutos jirones de niebla desgajados por una
brisa fría y errante y apartados de la luz.
Se acercaron flotando a Lundy. A pesar de que su avance
parecía lento, probablemente no lo era, porque de pronto se hallaron entre las
algas. Eran muchos; tal vez cuarenta o cincuenta. No tenían más de un metro o
un metro veinte de altura, y todos mostraban el mismo color mortecino, azul
grisáceo. Lundy no podía ver qué eran. Su forma era vagamente humana, aunque
tenían algo de pez, y algo que no alcanzaba a expresar qué era, a pesar de que
intuía su naturaleza.
De pronto, todo aquello dejó de importarle. La sombría
cortina negra que cubría su mente se rasgó, y el temor penetró gritando por la
hendidura. Notaba como las flores mordían y tiraban de su escafandra como si
fuese de su propia piel.
Un frío sudar cubría su cuerpo. Antes de un minuto
agujerearían su traje y el agua de mar lo inundaría, y entonces...
Lundy empezó a debatirse desesperadamente. Contrajo los
labios pero no gimió ni gritó. Unicamente oía su pesado resollar. Trató de
luchar contra las flores, utilizando indistintamente la pistola y la fuerza
bruta. Luchaba sin arte ni método. Era la última lucha ciega de un animal que
no se resignaba a morir.
Las flores le sujetaban firmemente. Le aplastaban y le
oprimían, envolviéndole en mortíferos y encantadores pétalos de colores
ardientes. Él consiguió quemar a algunas de ellas, pero cuantas más quemaba más
aparecían. Lundy no siguió luchando por mucho tiempo.
Por último permaneció postrado, con las rodillas algo
dobladas hacía su rígido estómago atenazado por un nudo, cubierto de sudor y
con el corazón latiéndole en desorden. Permanecía helado y tenso... esperando.
Hasta que las flores empezaron a apartarse.
Se apartaban a la fuerza, a regañadientes, retirándose
airadas como gatos despojadas de un opíparo ratón, haciendo débiles y rápidos
intentos para atacarle nuevamente. Mas terminaban por retirarse.
Lundy estuvo a punto de desfallecer para siempre. Se
sentía al límite extremo de sus fuerzas. Su corazón dejó de palpitar; su cuerpo
se contrajo espasmódicamente. Entonces, a través de una niebla formada por su
sudor y sus lágrimas, al borde del Más Allá, vio las pequeñas criaturas azul
grisáceas inclinándose sobre él para mirarlo.
Se cernían en una nube sobre él, sosteniéndose gracias a
sus aleteantes membranas, tan delicadas como el trino de un pájaro en un día de
viento. Estas membranas unían sus extremidades superiores e inferiores, las
cuales estaban provistas de unas pequeñas aletas natatorias planas en su
extremidad. Aquellos miembros estaban dotados de ventosas, situadas en el lugar
que hubiera correspondido a los talones si aquellos seres hubiesen tenido pies.
Sus cuerpos eran gráciles y esbeltos, y de aspecto
marcadamente femenino, a pesar de que no poseían características humanas muy
especiales. Eran unas hermosas criaturas, distintas a todo cuanto Lundy había
visto o había soñado.
Tenían caras. Pequeñas caritas de hadas sin nariz. Es
decir: tenían una diminuta naricilla redonda, pero los ojos eran su rasgo
dominante.
Eran unas enormes ojos redondos y dorados con pupilas de
un pardo oscuro. Unas ojos suaves, curiosos, inquisitivos, que dieron ganas de
llorar a Lundy y le asustaron tanto que casi estuvo a punto de enloquecer.
Entretanto, las flores se mantenían a cierta distancia,
esperando el momento de volver al ataque. Pero cuando una se acercaba demasiado
a Lundy, uno de los pequeños seres le daba un golpecillo cariñoso, como hacemos
nosotros con un perro inoportuno, y la ahuyentaba.
—¿Vives?
III
A Lundy no le sorprendió oír aquella voz telepática. La
comunicación mental abundaba más que la oral y era mucho más sencilla que ésta,
en muchos lugares de los mundos habitados. La Policía Espacial daba lecciones
de telepatía a sus hombres.
—Sí, vivo gracias a vosotras.
Había algo en la cualidad de aquel cerebro que sondeó que
lo desconcertaba. Era distinto de todo cuanto había conocido. Se puso en pie,
no muy firme.
—Habéis llegado a tiempo. ¿Cómo supisteis que estaba
aquí?
—Nos llegaron tus pensamientos de temor. Sabemos lo que
es tener miedo. Entonces, vinimos.
—No os puedo decir otra cosa sino «gracias».
—Nos alegramos mucho de haberte salvado. ¿Por qué no
había de ser así? Por ello, no es necesario que nos des las gracias.
Lundy miró las llores que brillaban con apagado
resplandor en las tinieblas.
—¿Cómo conseguís que os obedezcan? ¿Por qué no os...?
—¡Ellas no son caníbales! No son como... las otras.
Este último pensamiento expresaba un terror cerval.
—Caníbales...
Lundy miró a la nube de delicadas figurillas femeninas de
color azul grisáceo. Sintió que se le ponía la carne de gallina.
Aquellos seres le miraron benévolamente con sus suaves
ojos dorados, y le pareció como si sonriesen.
—Sí, somos diferentes de ti, ya lo sabemos. Del mismo
modo como somos diferentes de los peces. ¿Qué piensas? En las algas... las
algas brillantes que crecen... sí, son parientes nuestras.
Parientes, se dijo Lundy. En efecto. Como nosotros somos
parientes de los animales. Eran plantas. Las plantas vivientes no eran nada
nuevo en Venus. ¿Por qué no admitir la existencia de plantas pensantes, de
plantas que se desplazaban en sus raíces, y miraban con tristes ojos suaves?
—Vámonos de aquí —dijo Lundy.
Salieron del oscuro túnel y prosiguieron por la
carretera, mientras las flores abrían sus bocas como canes hambrientos tratando
de morder a Lundy, pero sin conseguir alcanzarlo.
Él empezó a atravesar la estrecha llanura, con las
plantas femeninas nadando lánguidamente como una nube a su alrededor.
Eran algas. Pequeños fragmentos de algas con los que se
podía conversar telepáticamente. Lundy se hallaba pasmado ante lo increíble de
la situación.
La ciudad no hizo más que aumentar su pasmo. Estaba
sumida en las sombras cuando la vio desde la llanura, débilmente iluminada por
el resplandor procedente de la arena, semejante al claro de luna. Era una gran
ciudad, que se extendía a lo lejos, rodeada de sus murallas. Era grande,
silenciosa y antiquísima. Parecía esperar al final de la carretera.
En aquella luz mortecina, por curioso que fuese, parecía
más real. Lundy se olvidó por un momento de la existencia del agua. Le parecía
caminar hacia una ciudad dormida, bañada por la pálida claridad lunar,
sintiendo su fuerza secreta y débilmente hostil domeñada y retenida hasta el
alba...
Aunque jamás habría un alba para aquella ciudad. Nunca
jamas.
Lundy deseó de pronto emprender la huida.
—No temas. Nosotros vivimos aquí. Es un lugar seguro.
Lundy movió la cabeza con irritación. De pronta la luz
brillante centelleó de nuevo por tres veces consecutivas. Parecía venir de
algún lugar a la derecha, más allá de la cordillera submarina. Lundy notó un
débil temblor en la arena. Una hendidura volcánica, probablemente, que se abrió
al hundirse la arena.
La luz dorada hizo cambiar de nuevo el aspecto de la
ciudad, que volvió a parecer una ciudad de cuento de hadas al atardecer... un
lugar de los que se ven en sueños.
Cuando atravesó las puertas se sentía intimidado, pero no
experimentaba temor. Y entonces, mientras permanecía en el centro de la plaza
contemplando los grandes y borrosos edificios que se alzaban a su alrededor le
alcanzó un pensamiento procedente de la nube de pequeñas criaturas femeninas
—Era un lugar seguro y dichoso... antes de que ella viniese.
Tras una larga pausa, Lundy dijo:
—¿Ella?
—No la hemos visto. Pero nuestros compañeros si la
vieron. Ella vino no hace mucho y recorrió las calles, y todos nuestros
compañeros nos dejaron para irse en su seguimiento. Decían, al irse, que su
belleza es incomparable, muy superior a la de cualquiera de nosotras y que..
—...Y que tiene los ojos velados y que ellos desean
verlos. Si no le ven los ojos enloquecerán, y por esto la siguen.
La triste nubecilla azul grisácea se agitó entre las
aguas oscuras. Varios pares de ojos dorados le miraron.
Lundy respiró profundamente. Tenía las palmas de las
manos húmedas.
—Si. Sí, yo también la seguí.
—Comprendemos tu pensamiento...
Descendieron hacia él, rodeándole, mientras sus delicadas
membranas aleteaban como las transparentes alas de los elfos. Sus grandes ojos
dorados tenían una expresión cariñosa y suplicante.
—¿Puedes prestarnos tu ayuda? ¿Puedes hacer que vuelvan
nuestros compañeros, sanos y salvos? Lo han olvidado todo. Si los otros
viniesen...
—¿Los otros?
La mente de Lundy se sumió en un espantoso temor. Se
representó las más terribles imágenes. Vio engendros de pesadilla...
—Vienen siguiendo las corrientes que unen las cálidas
grietas de las montañas y las frías profundidades. Son voraces. Lo aniquilan
todo.
Las delicadas figurillas vagamente femeninas se echaron a
temblar como hojas agitadas por el viento.
—Nos escondemos de ellas en las casas. Así los tenemos a
raya, evitando que lleguen hasta nuestras semillas y nuestros vástagos. Pero
nuestros compañeros lo han echado todo al olvido. Si los otros vienen mientras
ellos la siguen, los encontrarán inermes y desamparados y los matarán a todos.
Entonces nosotras nos quedaremos solas, sin simiente y sin descendencia.
Se apretujaron a su alrededor, tocándole con sus pequeñas
aletas delanteras de color azul grisáceo.
—¿Puedes prestarnos tu ayuda? ¿Verdad que nos ayudarás?
Lundy cerró los ojos. Cerró fuertemente las mandíbulas.
Cuando abrió los ojos de nuevo, éstos eran duros como ágatas.
—Os ayudaré o moriré en la demanda.
Reinaba la oscuridad en la enorme plaza. Por las puertas
abiertas se filtraba el débil resplandor procedente de la arena. Por un momento
los pequeños seres azul grisáceos se apiñaron a su alrededor, inmóviles,
oscilando únicamente bajo la acción del lento ritmo del océano.
De pronto todas se apartaron de él, arrebatadas por una
loca esperanza... y Lundy se quedó mirándolas, boquiabierto.
Ya no eran de color azul grisáceo. De pronto brillaron y
sus alas y sus delicados y flexibles cuerpecillos adquirieron un cálido tono
verde que latía con la vibrante palpitación de la vida.
Sus largos y esbeltos pétalos vivientes debían de estar
contraídos, mientras llevaban su color azul grisáceo de luto. De pronto
estallaron como corolas llameantes en torno a sus cabecitas.
Eran de color azul, escarlata y dorado, rojas como
amapolas violetas y de color de fuego, de color blanco plateado y rosado como una nube matinal, tiñendo
las negras aguas con pinceladas de color. Surgían de los cuerpecitos verdes que
hacían cabriolas y ascendían a gran altura junto a los oscuros y ceñudos
edificios, semejantes a las mariposas que habían revoloteado ante ellos cuando
la luz del sol aún no había desaparecido para siempre.
Tan repentinamente como habían empezado esta danza, la
terminaron. Se dejaron arrastrar inmóviles por las aguas y sus colores
palidecieron. Lundy les preguntó:
—¿Dónde están?
—En lo más profundo de la ciudad, más allá de estas casas
donde moramos... en las calles que sólo visitan los jóvenes curiosos. ¡Haz que
vuelvan, por favor! ¡Te lo suplicamos, tráelos de nuevo junto a nosotras!
Dejándolas sobre la gran plaza oscura, penetró en la
ciudad.
Recorrió anchas calles pavimentadas marcadas por
profundas roderas y desgastadas por generaciones de pies calzados por
sandalias. Las grandes construcciones corroídas por el agua se alzaban a ambos
lados, dominadas por el resplandor intermitente de la lejana fisura volcánica.
Las ventanas, de forma típicamente venusiana, estaban
cerradas por celosías de mármol y de piedra semipreciosa, delicadamente labrada
hasta parecer una joya complicadísima. Las grandes puertas doradas permanecían
abiertas sobre sus goznes no atacados por la corrosión. Por aquellas puertas
Lundy tuvo un atisbo de la vida de aquel pequeño pueblo vegetal.
La planta baja de algunas de las casas se hallaba
recubierta de una capa de arena. Sobre ella se cernían con gesto protector
aquellas plantas femeninas, alisando la arena cuando el movimiento del agua la
alteraba. Lundy conjeturó que allí estaban plantadas las semillas.
En otros lugares vio colonias enteras de diminutos seres
que parecían flores plantados en la arena; brillaban en la semioscuridad con un
pálido resplandor verde y primaveral. Permanecían en tranquilas hileras
moviendo sus pequeñas corolas infantiles de color rosado y jugando solemnemente
con pedacitos de alga de alegres colores y piedras abigarradas. Las pequeñas
flores estaban atendidas y cuidadas solícitamente por plantas adultas
Varias veces Lundy pudo ver a grupos de jóvenes retoños,
que ya se habían desprendido de la arena, aprendiendo a nadar bajo la égida de
las plantas femeninas, agitándose en las negras aguas como pétalos de vivos
colores bajo el viento de la primavera.
Todas las plantas femeninas mostraban el mismo color gris
azulado de luto con sus flores ocultas.
Así seguirían a menos que Lundy pudiese dar cima a la
tarea que le había encomendado la Policía Espacial. Hasta aquel momento no
había demostrado hallarse a la altura de aquella misión.
El pobre Farrell, casi desollado vivo y sin sentirlo
porque sólo era capaz de pensar en ella.
Jackie Smith, ahogado en una esclusa estanca porque ella quería ser libre y él tuvo que ayudarla a conseguir su
propósito.
¿Sería superior él, Lundy, a Farrell y a Smith y a todos
cuantos ella había hecho enloquecer?
¿Sería capaz de apresar a aquella diabólica vampiresa en una red y mantenerla a
buen recaudo en ella, sin perder antes la razón?
Lundy no se sentía capaz de ello. Aquella misión era
superior a sus fuerzas.
Recordaba la primera vez que consiguió apresar a aquel
ser en su red. Recordaba también los últimos minutos antes de estrellarse,
cuando lo oyó gritar desde el interior del cofre, pidiéndole que le pusiese en
libertad. Recordó la cara de Jackie Smith cuando entró en la cabina empujado
por el agua que inundaba la esclusa, y la pregunta que entonces se hizo él
mismo... Dios mío, ¿qué vio antes de ahogarse?
Notó de nuevo que se le hacia un nudo frío en el
estómago, pero esta vez aquel nudo tenía espinas que se clavaban en su carne.
Dejó atrás la colonia de plantas y penetró en calles
desiertas iluminadas por el intermitente centelleo de la fisura volcánica.
Empezó a encontrar ruinas a su paso. Pavimentos agrietados y removidos, torres
hundidas, las celosías de piedra esculpida caídas de las ventanas. Paredes
enteras habíanse desmoronado en algunos sitios, y la mayoría de las puertas
doradas estaban rotas, abiertas violentamente o faltaban por completo.
Era una ciudad muerta. Tan muerta y silenciosa que en
ella no se podía respirar, y tan antigua que amedrentaba el ánimo más templado.
Buen sitio para volverse loco en seguimiento de un
ensueño.
Al cabo de mucho tiempo, Lundy los vio... vio a los
compañeros de las pequeñas algas femeninas. Formaban una larga hilera...
dijérase una bandada de aves migratorias, que serpenteaba entre las oscuras
torres en ruinas.
Se parecían a sus compañeras. Quizá eran algo mayores, un
poco más robustos, de cuerpos verdinegros fuertes y recios y brillantes
colores. Sus ojos dorados permanecían fijos en algo que Lundy no podía ver, y
hubiérase dicho que eran los ojos de Lucifer suplicando que le franqueasen la
entrada en el Cielo.
Lundy empezó a avanzar contra la corriente, cruzando en
diagonal una amplia plaza para avanzar a la cabeza de la procesión. Entre tanto
descolgó la red de su cintura con manos semejantes a dos peces muertos.
De pronto se tambaleó, perdió pie y cayó de bruces. Le
parecía que alguien le había empujado de un fuerte empellón. Trató de
levantarse, pero algo le empujó de nuevo. El áureo resplandor procedente de la
fisura brillaba ahora ininterrumpidamente, y era cegador.
La hilera de figurillas vagamente masculinas se dobló de
pronto como bajo los efectos de un latigazo y Lundy comprendió lo que ocurría.
Se alzaba una corriente en la ciudad. Era una corriente
que surgía como los vientos cálidos que antes la barrían, procedentes del mar,
y que traían las lluvias.
«Vienen siguiendo las corrientes que unen las cálidas
grietas de las montañas y las frías profundidades. Son voraces. Lo aniquilan
todo.»
Eran los otros... los otros, caníbales...
Ella conducía el brillante cortejo de algas masculinas
entre los torreones, mientras en las calles se alzaba la corriente...
Lundy se incorporó Después de equilibrarse para resistir
el empuje de la corriente, echó a correr en seguimiento de la procesión.
Resultaba muy difícil correr en aquel medio líquido y con sus botas de suela de
plomo. Se esforzó por calcular dónde debía de hallarse aquello —o ella— a juzgar
por el lugar hacia donde miraban los hombrecillos-plantas.
La luz cegadora brillaba ininterrumpidamente, y aún
parecía hacerse más rutilante. El agua frenaba su avance, tirando de él con mil
manos. Miró una vez hacia atrás, pero no pudo ver nada en las sombras que se
extendían entre los torreones. Sintió miedo.
Cuando extendió la red, el miedo le dominaba.
Aquello —o ello— no le vio, aunque esto pueda
parecer raro. Tampoco notó la proximidad de su mente, a pesar de que él alzó
barreras protectoras a su alrededor. Pero Lundy quedaba muy empequeñecido bajo
las sombras que proyectaban los gigantescos muros y el esfuerzo de crear una
ilusión para tantas mentes debía tener muy ocupado al espantoso ser del
espacio.
La suerte estaba nuevamente de su lado como cuando
consiguió alcanzar a Farrell. Rogó al Cielo que la suerte no le desamparase.
Lo consiguió
La corriente empujó a la procesión hacia el lugar donde
se hallaba agazapado Lundy. Éste observó los ojos de las algas. Ella aun
conducía a los diminutos seres. Ella tenía un cuerpo físico, aunque él no
pudiese verlo, y notaría el influjo de la corriente, por pequeño que fuese.
Tiró la red con rapidez.
La red se hinchó en las aguas negras y entonces él tiró
de ella. Había apresado algo. Algo pequeño, cilíndrico y que se debatía. Algo
vivo.
Apretó el lazo que cerraba la red, temblando y sudando de
excitación nerviosa. Y entonces los hombrecillos vegetales le atacaron.
Cayeron sobre el como una nube resplandeciente. Sus ojos
dorados resplandecían de furor. Habían perdido el juicio. Sus mentes chillaban
en un solo clamor de ira... y de temor por ella.
Le pegaron con sus pequeñas aletas verdes. Sus corolas
echaban chispas, cálidas manchas de color, llamaradas que brillaban en las
aguas oscuras. Tiraron de la red, la sacudieron, agitando sus membranas como
alas en su esfuerzo por luchar contra la corriente.
Lundy era un sujeto rechoncho, fuerte y musculoso.
Lanzando verdaderos rugidos, luchó para defender la red como hubiera hecho un
lobo al que intentasen arrebatar un tierno corderillo. Sin embargo, la perdió.
Cayó de bruces bajo un montón de hombrecillos vegetales, jadeando afanosamente
bajo su peso, y dando gracias a Dios de que su sólida escafandra le salvase de
morir aplastado.
Vio como ellos
se apoderaban de la red. Se apiñaron a su alrededor como un enjambre de abejas,
danzando en las aguas movedizas. Sus ojos dorados tenían una terrible expresión
de dolor.
No podían abrir la red. Lundy la había asegurado con un
fuerte nudo, y aquellos seres no tenían dedos. La golpeaban y acariciaban con
sus aletas, pero eran incapaces de abrirla para que ella escapase.
Lundy se puso a gatas. La corriente se hacía más
violenta. Rugía entre las torres desmoronadas como un negro vendaval y se llevó
con ella el enjambre de hombrecillos verdes, que seguían aferrando la red.
Y entonces llegaron los otros.
IV
Lundy les vio desde muy lejos. Por un momento no quiso
dar crédito a sus ojos, tomándolos por sombras arrojadas por los destellos de
luz que surgían de la fisura. Se apoyó en la pared de un edificio y se dedicó a
observarlos.
Los observó mientras la corriente impetuosa los impelía
hacia él. No se movió entonces. Sólo abrió afanosamente la boca tratando de
respirar.
Recordaban vagamente las rayas gigantes que él había
visto en la Tierra, con la diferencia de que éstas eran plantas. Grandes y
esbeltos bulbos vegetales con sus hojas extendidas como alas para aprovechar la
fuerza de la corriente. Su largos cuerpos en forma de lágrima terminaban en un
reborde semejante a una cola de pez que hacía las veces de timón. En lugar de
brazos tenían una especie de tentáculos.
Su color era rojo pardusco oscuro, el color de la sangre
seca. E1 áureo resplandor de la fisura prestaba un extraño brillo a sus fríos
ojos. Mostraba asimismo sus bocas redondas revestidas de agudas espinas, y las
mortíferas ventosas que cubrían la parte interior de sus enormes tentáculos.
Aquellos brazos eran lo suficientemente largos y fuertes
para desgarrar la tela de su escafandra. Lundy no sabía sí aquellos seres
comían carne, pero esto poco importaba. Una vez uno de aquellos tentáculos le
hubiese golpeado, de nada le serviría ya saberlo.
La red que contenía a ella
se alejaba de él, y los otros se acercaban cada vez más. Aunque hubiese deseado
renunciar entonces a su misión, no había ningún sitio para ocultarse en
aquellos edificios arruinados y sin puertas.
Lundy llenó su traje de oxígeno, hinchándolo y
confundiéndose con los seres que aquella negra corriente arrastraba hacia los
infiernos.
La corriente le arrastró como una burbuja entre los
muertos torreones, pero no con la suficiente celeridad. No llevaba bastante
delantera a las algas caníbales. Trató de nadar, para aumentar su velocidad,
pero aquello era como si un bote de remos quisiese competir con una flotilla de
lanchas rápidas a plena marcha.
Ante él distinguía el grupo de hombrecillos vegetales. No
habían cambiado de posición. Daban volteretas en el agua, y perdían
lastimosamente el tiempo en correrías sin sentido, por lo que Lundy consiguió
fácilmente darles alcance.
Pero no corría lo bastante. Lo peor era que no sabría qué
hacer cuando los alcanzase. La red estaba en el centro del enjambre de
hombrecillos, y éstos no le permitirían llegar hasta ella. Y aunque consiguiese
arrebatársela, ¿de qué le serviría? Los hombrecillos-alga se irían igualmente
tras ella, pues se hallaban tan
ofuscados que no se daban cuenta de la proximidad de sus terribles enemigos.
A menos que...
Se le ocurrió a Lundy de repente. Una esperanza, una
solución. Se le ocurrió claramente cuando el alga que iba delante le dio
alcance y le abrazó con sus alas de hoja, estrechándole fuertemente.
Lundy lanzó un aullido de terror animal y pataleó
desesperadamente, inyectando más aire en su traje. Ascendió con rapidez y las
alas rozaron sus botas, pero no consiguieron apresarle. Volviéndose, Lundy
descargó su pistola desintegradora contra el terrible ser, alcanzándole de
pleno entre los ojos.
La voraz criatura empezó a debatirse, mientras caía
desordenadamente, como un ave herida. Las que venían detrás chocaron con ella,
y se detuvieron para devorarla. Muy pronto una docena de ellas se entrelazaban
en lucha mortal, peleándose como una bandada de gaviotas por un pez. Lundy nadó
furiosamente, maldiciendo su engorroso traje.
Pero muchas de las gigantescas rayas vegetales no se
detuvieron, y las otras no estarían paradas por mucho tiempo Lundy movía brazos
y piernas, fatigándose y sudando Estaba medio muerto de miedo. Le parecía vivir
una pesadilla, en la que son vanos todos los esfuerzos por avanzar.
La corriente parecía ser más rápida allá arriba. Reunió
todos sus pensamientos en un apretado haz, que arrojo hacia el corazón del
grupo de hombrecillos-planta, tratando de alcanzar el ser encerrado en la red.
«Puedo libertarte. Soy el único que puede hacerlo.»
Una voz le respondió en el interior de su cerebro. Era la
voz que había oído ya una vez en el interior de la cabina de la nave voladora
hundida. Una voz tan dulce y tenue como la flauta de Pan que resonaba en las
umbrías de la Arcadia.
«Lo sé. Mis pensamientos se han cruzado con los tuyos...»
Aquella voz de elfo se interrumpió de pronto, como si
experimentase un acceso de dolor. Muy débilmente, Lundy oyó:
«¡Qué peso! ¡Qué peso! Me cuesta moverme...»
Un desesperado anhelo por algo que él no podía comprender
atravesó la mente de Lundy como el grito de un niño asustado. Y entonces el
enjambre de hombrecillos vegetales se abrió y se dispersó como barrido por un
huracán.
Lundy contempló como todos se despertaban de su sueño.
Ella había
desaparecido, y los pequeños hombrecillos verdes no sabían por qué estaban allí
ni qué hacían. Tenían el recuerdo conmovedor de una belleza inalcanzable, y eso
era todo. Se sentían perdidos y asustados.
Y entonces vieron a los otros.
Fue como si les hubiesen asestado un tremendo golpe.
Permanecieron inmóviles, dejándose llevar por la corriente, con sus ojos
dorados muy abiertos y sorprendidos. Sus brillantes pétalos se plegaron sobre
sí mismos y desaparecieron, y sus verdes cuerpos adquirieron un color casi
negro.
Las rayas vegetales desplegaron sus alas y se abalanzaron
sobre ellos como grandes pájaros negros. Y más allá, bajo el opaco brillo
dorado, Lundy distinguió los distantes edificios de la colonia. Algunas de las
puertas aún estaban abiertas, y frente a ellas esperaban grupos de diminutas
figurillas.
Lundy aún conservaba cierta ventaja sobre las primeras
rayas. Se apoderó de la red flotante y se la sujetó al cinto, para dirigirse
luego con torpes movimientos hacia una torre en ruinas que se alzaba a su
derecha.
Dio una perentoria orden telepática a los hombrecillos
vegetales, tratando de obligarles a volverse y emprender la huida,
asegurándoles al propio tiempo que él plantaría cara a los otros. Los
pobrecillos estaban demasiado asustados para entenderle. Casi llorando, él los
apostrofó. Al tercer intento consiguió hacerse comprender y entonces todos
huyeron apresuradamente, con toda la velocidad que les fue posible.
Lundy, entre tanto, se había hecho fuerte entre las
ruinas para hacer frente a sus primeros atacantes.
Empuñaba una pistola en cada mano y redujo a cenizas a
muchas de las feroces rayas. Las aguas que le rodeaban pronto estuvieron llenas
de cuerpos que se agitaban convulsivamente, y de vivos que devoraban a los
muertos o se peleaban entre sí. Pero no podía detenerlas a todas, y algunas
rayas llegaron hasta él.
Casi sin volver la cabeza podía ver las enormes siluetas
rojas semejantes a grandes pájaros que se abatían sobre los moribundos, para
envolverías en sus anchas alas, y permanecer luego quietas en el centro de la
corriente, entregadas a su espantoso festín.
Entre tanto, la algas femeninas mantenían abiertas las
puertas de sus casas. Así esperaron hasta que el último de sus compañeros
regresó, y entonces cerraron las puertas de oro en las narices romas de las
feroces rayas. Sólo perecieron unos pocos de los hombrecillos verdes. Solamente
unas cuantas viudas tendrían que ocultar sus pétalos y llevar su azul grisáceo
de luto. Lundy se alegró de ello.
Más valía que Lundy se alegrase de algo, porque uno de
aquellos feroces seres había hecho presa sobre los hombros del terrestre. Las
voraces algas habían conseguido descubrir finalmente a su atacante. Además,
Lundy era entonces la única presa visible.
Se reunieron para dar el asalto final, después de
describir una apretada curva en las negras aguas. Lundy consiguió aniquilar a
dos más antes de que una de sus pistolas se quedase sin carga. Poco después, la
otra se encasquilló.
Lundy, solo en la torre arruinada, veía cómo la muerte
giraba en círculos a su alrededor. Y entonces le habló de nuevo la dulce voz
del ello encerrado en la red:
«Suéltame. ¡Suéltame!»
Lundy apretó fuertemente las mandíbulas y tomó la única
alternativa que le quedaba. Deshinchó su traje y saltó, para hundirse en las
negras profundidades del edificio en ruinas.
Las rayas plegaron sus alas como un pájaro al caer como
una piedra y descendieron tras él, impeliéndose con enérgicos coletazos.
Por las hendiduras de los muros y por las ventanas
penetraban destellos intermitentes. Lundy descendió largo rato. No necesitaba
escaleras. Además, los terremotos habían hundido casi todos los pisos.
Las rayas le seguían implacablemente. Sus largos cuerpos
sinuosos eran tan ágiles como el de un tiburón, y avanzaban con celeridad
increíble.
Y la vocecilla no cesaba de gritar en su mente,
pidiéndole que la soltase.
Así llegó Lundy al fondo.
Le rodeaban allí unos muros solidísimos, y reinaba una
profunda oscuridad. Se hallaba en un lugar lleno de ruinas y cascotes. Avanzó a
tientas. La luz del casco se había averiado, y además tampoco la hubiera
utilizado para no atraer a sus perseguidores.
Notaba la presencia de éstos, girando veloces a su
alrededor. Echó a correr sin rumbo determinado y tropezando en las piedras. Por
tres veces le rozaron unos grandes cuerpos musculosos, derribándole, pero no
pudieron apresarle en la oscuridad, porque chocaban entre sí y se confundían.
Lundy cayó de pronto en una gran sala, contigua a la
estancia en que se hallaba y a un nivel algo inferior al de ésta. Apenas
recibió daño en la caída. Las áureas puertas se abrían hacia las aguas libres,
y reinaba bastante claridad.
Bastante claridad para que Lundy viese algunas cabezas de
rayas que trataban de entrar, y también bastante para que éstas viesen a Lundy
La vocecilla insistía:
«¡Suéltame ¡Suéltame!»
A Lundy no le quedaba aliento para maldecir. Volviéndose,
echó a correr, pero las rayas movieron lánguidamente sus colas y le alcanzaron
antes de que hubiese podido recorrer diez metros. Hubiérase dicho que se reían
de él.
Lo único que salvó de momento a Lundy fue que cuando
desplegaron sus grandes alas para envolverle en ellas, chocaron con las que
venía del otro lado. Esto las detuvo por unos segundos. Aunque ello bastó para
que Lundy viese la puerta.
Era una portezuela de piedra negra sin ningún ornamento,
que permanecía entreabierta sobre sus goznes de oro, a unos tres metros de
distancia.
Lundy se precipitó hacia ella. Esquivó una enorme ala que
se abatía sobre él, dio un tremendo salto que casi partió su espinazo, y asió
el borde de la puerta con ambas manos, tirando frenéticamente de él.
El extremo de un tentáculo chocó contra sus pies. Sus
botas con suela de plomo golpearon el suelo, y por un momento pensó que le
habían roto las piernas. Pero la onda líquida creada por el golpe le ayudó a
introducirse por la estrecha abertura.
Media docena de romas cabezas parduscas trataron de
introducirse tras él, sin conseguirlo. Lundy se hallaba a gatas, tratando de
recuperar su aliento, pero le parecía como si su pecho soportara el peso de un
torreón de piedra. Además, su vista se debilitaba.
Avanzó a rastras hasta arrimar su hombro a la puerta,
empujándola con fuerza para cerrarla. Pero la puerta no se movió. La
construcción se había movido, atascando para siempre la puerta en sus goznes.
Ni siquiera las poderosas rayas podían abrirla.
Pero a pesar de ello, seguían forcejeando. Lundy se
arrastró lejos de allí. Al poco rato parte de aquel peso que oprimía su pecho
desapareció, y recuperó la visión.
Un rayo de luz dorada, que brillaba y se apagaba
intermitentemente, entraba por una grieta situada a unos diez metros sobre su
cabeza. Era una pequeña hendidura, por la que ni siquiera hubiera podido pasar
un niño. En la estancia no había más abertura que aquélla y la puerta.
Era una habitación de reducidas dimensiones. Sus paredes
de piedra eran completamente negras, sin adornos ni relieves, con excepción de
la pared del fondo.
Ante ésta se alzaba un bloque cuadrado de azabache, de
unos dos metros y medio de largo por poco más de un metro de ancho, ahuecado de
manera peculiar, que hacía pensar en algo muy poco agradable. Sobre él lucía
con un rojo resplandor, que parecía preludiar el fuego del infierno, un solo y
enorme rubí, engarzado en la piedra.
Lundy había visto cámaras parecidas en antiguas ciudades
que aún se hallaban en tierra firme. Allí era donde antaño se sacrificaban a
los hombres que habían pecado contra sus semejantes o contra los dioses.
Lundy echó una mirada hacia los voraces monstruos que
trataban de abrir más la puerta atrancada, y se rió, a pesar de que la
situación no tenía nada de divertida. Después de disparar su último tiro, se
sentó.
Aquellos monstruos terminarían sin duda por cansarse y se
marcharían. Pero si no se iban dentro de pocos minutos, poco importaría que se
quedasen. El oxígeno de Lundy se estaba acabando, y aún le faltaba mucho para
llegar a la costa.
La vocecilla de la red gritó:
« ¡Suéltame! »
—Vete al infierno —gritó Lundy. Se sentía muy cansado.
Tan cansado que poco le importaba ya vivir o morir.
Se aseguró de que la red seguía bien sujeta al cinto, y
el nudo que la cerraba bien apretado.
—Si vivo, irás a Vhia conmigo. Y si muero... bueno, ya no
podrás hacer más daño a nadie. Habrá un diablo menos suelto en Venus.
«¡Quiero ser libre. ¡Suéltame, suéltame! Este peso
agobiante.»
—Sí, claro. Quieres ser libre para volver locos a hombres
como Farrell, y obligarles a abandonar sus mujeres e hijos para seguirte.
Quieres ser libre para matar... —Miró la red con ojos abotagados—. Jackie Smith
era amigo mío ¿Y tú crees que podrás obligarme a que te suelte con tus
artimañas?
Entonces la vio.
A través de la red, como si la apretada malla metálica
fuese celofana. La tenía acurrucada sobre sus rodillas, un ser diminuto de
apenas medio metro de estatura, doblado sobre sus piernas. La curva de su
espalda parecía esculpida por un ángel en un pedazo de cálida nube rosada,
nacarada...
V
El tembloroso Lundy empezó a sudar copiosamente. Cerró
los ojos para no ver. Pero era inútil: la veía igualmente. No podía dejar de
verla. Trató de luchar mentalmente, pero estaba muy cansado...
Ella estaba oculta casi por completo bajo su propia
cabellera, negra como la noche y brillante como un rayo de luna y tornasolada
como el pecho de un colibrí. Una cabellera de ensueño. Una cabellera con la que
se hubiera estrangulado muy gustoso.
Ella levantó lentamente la cabeza, apartando de su cara
aquel velo de cálidas tinieblas. Tenía los ojos ocultos por espesas y sedosas
pestañas. Tendió ambas manos hacia Lundy, como una niña implorante.
Pero no era una niña. Era una mujer, desnuda como una
perla y tan encantadora que Lundy sollozó, presa de un éxtasis tembloroso.
—No —dijo roncamente—. No. ¡No!
Ella le tendió los brazos implorando que la liberase, sin
moverse.
Lundy se arrancó la red del cinto y la tiró sobre el
altar de piedra. Levantándose, se dirigió cautelosamente hacia la puerta, pero
ante ella las voraces rayas seguían acechando. Volvió a sentarse en el rincón
mas alejado de los dos sitios que pudo hallar, y tomó un poco de bencedrina.
Esto constituyó un craso error. Había alcanzado ya casi
el limite de saturación. La droga se le subió a la cabeza. Se sintió incapaz de
luchar contra ella, de desoír sus
ruegos. Ella se arrodilló sobre el altar tendiéndole los brazos, mientras un
rayo de luz dorada la iluminaba como si se hallase en el interior de un templo.
—Abre los ojos —le suplicó Lundy—. Abre los ojos y
mírame.
«Suéltame. ¡Suéltame! »
Aquella criatura hablaba a Lundy de una libertad que éste
desconocía, la libertad del espacio interplanetario, con toda la Vía Láctea
como campo de juegos, sin nada que constituyese una traba o un estorbo. Y con
aquella añoranza se mezclaba el temor. Un pánico ciego, cerval...
—¡No! —gritó Lundy.
La mente de éste se ofuscó. De pronto se halló ante el
altar, desatando la red con dedos temblorosos.
Se apartó tropezando y regresó tambaleándose a su rincón.
Temblaba de pies a cabeza como un perro asustado.
—¿Por qué tienes que hacerlo? ¿Por qué tienes que
torturarme y volverme loco por algo imposible... por algo que me matará? Igual
haces con todos.
«¿Torturar? ¿Locura? ¿Matar? No entiendo. Todos me rinden
culto. Es muy agradable sentirse objeto de un culto.»
—¿Agradable? —vociferó Lundy, casi sin darse cuenta—.
¿Agradable, dices? De modo que matas a un buen hombre como Farrell y ahogas a
Jackie Smith...
«¿Matar? Espera... piensa de nuevo esta palabra...»
Algo en el interior de Lundy se volvió frío y quieto,
conteniendo el aliento. Le envió de nuevo aquel pensamiento. Muerte. Final.
Silencio. Tinieblas...
La pequeña figura resplandeciente que se erguía sobre el
altar de piedra negra se postró de nuevo de hinojos, y su aspecto fue más
triste que el grito de un ave marina en el crepúsculo.
«Así estaré yo pronto. Así estaremos todos nosotros.
¿Porqué este planeta nos arrebató al espacio? El peso, la gravedad y la presión
nos oprimen y nos aplastan, y no podemos liberarnos. En el espacio no existía
la muerte, pero aquí moriremos...»
Lundy permanecía absolutamente inmóvil, mientras la
sangre tamborileaba en sus sienes.
—¿Quieres decir que tú y todos tus semejantes del espacio
vais en camino de morir? ¿Que... que esta ola de locura cesará por si misma?
«Pronto. Muy pronto. ¡En el Espacio no existía la muerte.
¡Ni el dolor! No los conocíamos. Aquí todo era nuevo, queríamos saborearlo
todo, jugar con todo. No sabíamos...»
—¡Es espantoso! —exclamó Lundy, y miró a los monstruos
que trataban de forzar la puerta de piedra. Luego se sentó.
«Tu también morirás.»
Lundy alzo lentamente la cabeza. Sus ojos tenían un
terrible brillo.
—Te gusta que te rindan culto —murmuró—. ¿Te gustaría que
te rindiesen culto después de tu muerte?
¿Te gustaría que te recordasen siempre como algo bueno y hermoso... como una
diosa?
«Esto sería preferible a caer en el olvido.»
—¿Harás entonces lo que yo te pida? Si quieres, puedes
salvarme la vida. Puedes salvar la vida de muchos de esos pequeños seres
vegetales. Yo me ocuparé de que todos conozcan tu verdadera historia. Ahora te
odian y te temen, pero después de esto te amarán y te reverenciarán.
«¿Quieres librarme de esta red?»
—Lo haré si antes me prometes hacer lo que te pido.
«Si he de morir, profiero hacerlo libre de esta red.»
La pequeña figura tembló y se echó hacia atrás el velo de
su cabellera, negra como ala de cuervo.
«Apresúrate. Dime que...»
—Aparta a esos monstruos de la puerta. Llévatelos, con
todos los que merodean por la ciudad, hasta el fuego de la montaña, donde
perecerán.
«Me reverenciarán. Vale más esto que morir en una red. Te
lo prometo.»
Lundy se levantó y dirigióse hacia el altar. Caminaba con
paso incierto. Le temblaban las manos al desatar la red. El sudor le corría a
raudales por el rostro, metiéndosele en los ojos. Quizás ella no mantendría su
promesa. Quizás ella...
La red se abrió. Ella se irguió sobre sus piececitos
sonrosados. Lentamente, como un jirón de niebla arrastrado por la brisa.
Levantó la cabeza y sonrió. Tenía la boca roja y carnosa, los dientes eran dos
ristras de níveas perlas. Sus pestañas bajas tenían sombras débilmente
azuladas.
Empezó a crecer bajo el rayo de áurea luz, como una
columna de niebla alzándose hacia el sol. El corazón de Lundy cesó de latir. El
claro brillo de su tez, la armoniosa línea de su garganta y de su seno joven,
la suave y modelada curva de su cadera y de su flanco...
«Tú también me rindes culto...»
Lundy dio dos pasos vacilantes hacia atrás.
—Te rindo culto... te adoro —susurró—. Déjame ver tus
ojos.
Ella le sonrió y volvió la cabeza. Descendió del pétreo
altar, y pasó flotando junto a él en las negras aguas. Estaba hecha de la
materia de los sueños, sin peso ni substancia, pero era más deseable y
atractiva que todas las mujeres que Lundy había conocido en su vida o visto en
sus sueños.
El la siguió, tambaleándose. Trató de asirla.
—¡Abre los ojos! ¡Te lo ruego, ábrelos!
Ella siguió flotando y pasó por la puerta de piedra
entreabierta. Las feroces rayas no la vieron. Unicamente veían a Lundy que
avanzaba hacia ellas.
—¡Abre los ojos!
Ella se volvió entonces, en el preciso instante en que
Lundy iba a precipitarse a una muerte cierta en la sala contigua. Lundy se
detuvo, y vio cómo ella alzaba sus largas pestañas.
Lanzó un solo grito penetrante, y cayó de bruces sobre el
piso de piedra negra.
Nunca supo cuánto tiempo permaneció allí postrado. Debió
de ser mucho tiempo, porque cuando volvió en si apenas le quedaba el oxígeno
suficiente para alcanzar la costa. Las rayas vegetales habían desaparecido.
Pero aquel tiempo fue una eternidad para Lundy... una
eternidad de la que salió con el cabello canoso, amargas arrugas en torno a su
boca, y una tristeza que jamás dejó su mirada.
Su sueño fue fugaz. Duró un breve instante, para verse
ensombrecido al punto por la muerte. Tenía el cerebro embotado por las drogas y
cansado, y no sentía las cosas con la suficiente fuerza y claridad. Eso fue lo
que le salvó.
Pero ya sabía lo que vio Jackie Smith antes de ahogarse.
Sabía lo que había hecho enloquecer para siempre a tantos hombres, cuando veían
los ojos de su sueño, y al verlos, lo destruían.
Porque tras aquellas largas y sedosas pestañas, no
había... nada.
[1] El autor hace aquí un juego de
palabras intraducibles entre joker;
que puede ser a la vez comodín y bromista, y desk, que significa baraja
y cubierta de un barco.
[2] Satélites de Saturno, de tamaño muy considerable, casi planetario
(5.715 km. y 1.610 km., respectivamente), y poseedores de atmósferas de metano.
(N. del T.)
[3] Homero menciona la isla de los Lotófagos en la Odisea. Los nautas que arribaban a ella
perdían el recuerdo de sus lares después de comer unas flores de Loto. (N. del T.).

