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Libro N° 6038. El Secreto Del Planeta Marte. Wolheim, Donald A.

Guillermo Molina Miranda junio 28, 2025

 


© Libro N° 6038. El Secreto Del Planeta Marte. Wolheim, Donald A. Emancipación. Mayo 25 de 2019.

Título original: © THE SECRET OF THE MARTIAN MOONS

 

Versión Original: © El Secreto Del Planeta Marte. Donald A. Wolheim

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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El Secreto Del Planeta Marte

Donald A. Wolheim

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las Lunas de Gulliver

Cuando Lemuel Gulliver, el famoso viajero de la gran novela de Jonatan Swift, visitó la isla volante habitada exclusivamente por hombres de ciencia, se enteró que: "Los pobladores de esa isla habían descubierto dos estrellas menores o satélites, que giran en derredor de Marte, del cual uno dista exactamente tres diámetros del planeta mayor y el otro cinco; el primero realiza su revolución en el lapso dé diez horas y el segundo en veintiuna y media...". Hasta aquí, el texto de "Los Viajes de Gulliver".

Ahora bien. La novela fué escrita en 1726 y en aquella época no había telescopio alguno en la superficie de la tierra capaz de captar las lunas de Marte. Recién ciento cincuenta años más tarde los dos satélites fueron vistos y ubicados..., ¡y la asombrosa verdad resultaba tan cercana a la afirmación hecha por Swift en su libro, que era casi increíble!

Asaph Hall fué el astrónomo que finalmente localizó las lunas de Gulliver. El sitio desde donde realizó el descubrimiento, fué el Observatorio Naval de los Estados Unidos, cerca de Washington. La fecha, agosto de 1877. Marte tenía en efecto dos pequeños satélites, uno de los cuales giraba en derredor del planeta rojo en 7 horas y 39 minutos, a una distancia de 9.350 kilómetros de la superficie del astro principal, en tanto que el otro tardaba 30 horas y 18 minutos en dar una vuelta en torno del planeta, a una distancia de 23.500 kilómetros.

Como Marte había recibido su nombre en honor al dios romano de la guerra, el doctor Hall llamó al satélite más próximo Fobos, que significa "Temor", y al más lejano, Deimos, es decir "Pánico"... Volvamos a las cifras que nos dan su ubicación y velocidad de revolución. Si bien no son exactamente las mismas halladas por los astrónomos de la novela de Swift, resultan suficientemente aproximadas como para considerarse dentro de un razonable margen de error. La pregunta surge entonces en el ánimo del estudioso: ¿Cómo pudo Swift saberlo? ¿Acaso algún visitante de otro planeta deslizó tal conocimiento en sus oídos, sin darse a conocer? Nunca llegaremos a descifrar tal misterio; siempre será para nosotros un enigma.

Si Marte y sus dos lunas serán también un enigma eterno o no, es algo que está aún por verse. Marte es uno de los planetas mejor estudiados de todo el sistema solar. De su superficie se han dibujado mapas y se supone que puede albergar un tipo determinado de vida. Sus "canales" son fuente de ardorosas discusiones; sus "polos" helados y el color cambiante de su superficie contribuyen a aumentar los motivos de especulación de los sabios. Cuanto más se sabe sobre él, más profundo es su misterio.

En esta novela he escogido para pintar a Marte la descripción hecha por el difunto profesor Lowell, del Observatorio de Flagstaff y sus sucesores. Siempre ha sido el cuadro más excitante para la imaginación de los hombres y sigue siendo sostenido por gran parte de los astrónomos modernos. Se trata de la teoría sobre un mundo irrigado por una vasta red de canales, cuya mejor prueba son las líneas que cubren la superficie marciana de polo a polo como una tela de araña gigantesca. En relación con esta tesis, se ha alzado la pregunta constante de por qué los seres inteligentes, capaces de realizar semejante obra de ingeniería, no trataron nunca de ponerse en contacto con la Tierra. En la presente novela sugiero una posible respuesta a tal enigma.

Pero no podremos saber si estoy en lo cierto o no, tampoco podremos saberlo hasta que los marcianos aterricen en nuestro planeta o los hombres desciendan en Marte. De lo que estoy seguro es que uno de estos dos acontecimientos se producirá dentro de los próximos cien años.

D. A. W.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

cap. 1

La Mano del Desconocido

Era natural que Nelson Parr conociera perfectamente el último debate sobre lo que se había dado en llamar "el Problema Marciano". Más aún, para él resultaba algo pasado de moda. Al llegar por primera vez a la Tierra, cuatro años atrás, las muchas maravillas del planeta materno habían ocupado totalmente su atención de niño de doce años de edad. Mohosas discusiones sobre oscuros asuntos no podían interesarle y menos aún con todas las cosas fascinadoras que debía aprender.

Pese a esto, cuando descubrió que los que los amigos de su padre en Marte llamaban Rostros Verdes se ponían tan claramente en evidencia, se sintió indignado. De no haber estado demasiado ocupado con sus cursos intensivos en el Instituto de Exploraciones Interplanetarias, hubiera llegado a tomar parte en la controversia, pese a ser tan sólo un niño. Empero, pronto descubrió que aquel asunto era para sus condiscípulos —nacidos y criados en la Tierra— algo sumamente aburrido.

Evidentemente la continua queja de los legisladores a causa del elevado costo que insumía mantener la pequeña colonia humana en Marte en comparación con los escasos resultados obtenidos, era algo serio. Al avanzar en sus estudios, Nelson comprendió por qué los viejos Rostros Verdes pensaban así. Era cierto que desde que en la Tierra se descubriera la forma de producir cualquier elemento o materia prima con átomos sintéticos, las minas de Marte habían dejado de ser productivas. Desde aquel momento, a mediados del siglo XXI, todo lo que podían tratar de aportar los colonos del Planeta Rojo eran los descubrimientos que hicieran. Y hasta esto era un fracaso. En realidad, sus esfuerzos nada producían.

Pero la antigua cuestión sobre los costos de mantener la colonia en marcha había vuelto a ponerse de moda la misma semana que Nelson, ya graduado, embarcara rumbo a su lejano hogar en la espacionave de pasajeros Congreve. Los últimos días de permanencia en la Tierra los había pasado despidiéndose de los amigos, vendiendo libros y regalando recuerdos. En aquellos tiempos del año 2120, un siglo y medio después de la invención de los cohetes espaciales, había poco sitio en el interior de las espacionaves comerciales. Todo esto había contribuido a hacer que Nelson olvidara las noticias. Luego la excitación del viaje de regreso, el bullicio y los empellones del espaciopuerto, la aceleración de la partida, el descenso en la Luna para reaprovisionar de combustible los cohetes y por fin el gran salto al vacío, sin etapas hasta el Planeta Rojo, habían impedido que el muchacho prestara atención al asunto.

Cuando las cosas se normalizaron, el adolescente oyó comentar a un camarero, un tal Jack Santos, que era tiempo que se resolvieran a liquidar ese lastre marciano. Comprendiendo que se refería a la colonia, se indignó.

—¡Lo que usted dice no es más que la repetición de las tonterías de los Rostros Verdes! —exclamó, dejando de lado el microlibro que estaba leyendo—. Un puñado de debiluchos que nunca alcanzaron a tener lo que se necesitaba para ser colono en Marte, volvieron a la Tierra echando las culpas de su fracaso al planeta y diciendo que sería imposible descubrir sus secretos. ¡Pero lo haremos!

Jack se volvió hacia Nelson y le preguntó:

—¿Qué es un Rostro Verde? Es la primera vez que lo oigo decir...

Nelson se sentó en su butaca, soltó el correaje que lo mantenía acostado en el interior de la cabina y contestó:

—Así llamamos nosotros a la gente que viene al Planeta Rojo y quiere regresar a la Tierra apenas descubre que Marte no es precisamente un sitio de descanso... Mi padre dice que acostumbran a sentarse todos los atardeceres para mirar a la Tierra... ustedes saben que es una estrella verde. Por eso se los llamó Rostros Verdes.

Jack se encogió de hombros.

—Bueno... sea cual fuese el nombre que ustedes acostumbran a darles, no los culpo. No hay sitio para vivir como la Tierra. El hecho es que Marte cuesta una fortuna al mundo. Cada minuto que se mantiene allí la colonia resulta un verdadero despilfarro, y no hay señal alguna de que algún día llegue a pagarse.

—Así es —terció otro pasajero, un astrónomo en viaje hacia un observatorio en el Cinturón de Asteroides—. Aunque se logre descifrar el misterio de las máquinas marcianas, probablemente no llegaría a recuperarse ni la mitad de lo que se lleva gastado. Estoy seguro de que podremos inventar todo lo que crearon los marcianos antes de que ustedes consigan interpretar esos aparatos.

Nelson miró en derredor. El espacio interior del vehículo interplanetario era limitado, como en todos los espaciocohetes que realizaban aquellos largos viajes. En aquella cámara, que hacía las veces de sala de esparcimientos, había una docena de hamacas semicolgantes, hileras de pantallas de televisión, proyectores tridimensionales, microlibros y cosas por el estilo. Media docena de pasajeros estaba presente en aquel momento, escuchando la discusión.

Comprendiendo que él era el único que estaba de acuerdo con que la colonia prosiguiera su vida de siempre, Nelson continuó discutiendo.

—¡No podremos inventar lo que los marcianos aunque pasen otros diez mil años! —dijo—. ¡No pueden siquiera imaginar ustedes todo lo que hay allí, en los depósitos, en las casas, las construcciones, los... oh, no es posible siquiera describir todo eso! Si fuera necesario estar otros dos siglos luchando para descubrir el secreto de máquinas y aparatos, habría que hacerlo. ¡Una de aquéllas trabajando podría hacer progresar en forma tremenda nuestra civilización terrestre!

El camarero estalló en carcajadas.

—Pero ustedes no lograron ni siquiera abrir los armarios que hay en los dormitorios marcianos. ¡En un siglo su padre con sus ayudantes y todos los que fueron antes que ellos, no consiguieron absolutamente nada!

—Además ya hemos llevado algunas de esas máquinas a la Tierra. Podemos estudiarlas a gusto, sin que nadie nos moleste mientras lo hacemos y sin necesidad de viajar hasta Marte... —agregó otro pasajero.

—¿Cómo sabe usted que en la Tierra funcionarán algún día? —replicó Nelson.

Jack Santos había estado tratando de sintonizar un televisor y finalmente lo logró. Todos miraron hacia la pantalla y la imagen tridimensional que en ella aparecía, y nadie contestó a la última pregunta del adolescente. Jack movió cuidadosamente el dial.

—Estamos en el límite de la recepción visible —explicó—, pero a veces logramos captar algunas imágenes bastante aceptables.

El aparato, que el día anterior había dejado de funcionar, pareció revivir y durante breves minutos todos tuvieron la impresión de estar mirando desde un balcón una escena cercana. Se trataba de una sesión de los expertos en el problema marciano. En aquel momento un orador hablaba vehementemente.

Con cierto asombro, Nelson advirtió que se estaba discutiendo la conservación o no de la colonia marciana. El debate había durado mucho más que el anterior, realizado un año atrás, y el muchacho se sintió preocupado ante la posibilidad de que se resolviera liquidar definitivamente el establecimiento.

Entonces pensó en su padre, el renombrado director de la Base de Investigaciones en Marte, John Carson Parr. Recordó cuántas veces, siendo él un niño, había oído a su padre hablando de sobremesa y explicándole las esperanzas que todos tenían de descifrar algún día los secretos y maravillas que se encerraban en las metrópolis marcianas.

La pantalla televisora parpadeó y la imagen comenzó a desvanecerse. Jack Santos desconectó el aparato.

—Estamos demasiado lejos —comentó.

Nelson se reclinó pensativo. Recordaba cómo se había sentido la primera vez que aterrizara en el planeta materno. Sabía que por ser uno de los pocos seres humanos nacidos en Marte la diferencia de gravedad lo hacía sentir raro. La mayor parte de los colonos regresaba a la Tierra para tener sus hijos, pero John Parr y su esposa estaban hechos de material más resistente. Querían que sus hijos fueran realmente marcianos y habían criado una familia en el Planeta Rojo.

Por eso para Nelson la gravedad menor era normal y se había sentido muy mal el día que llegara por primera vez a la Tierra. Sus músculos, por ejemplo, no habían llegado a desarrollarse hasta el extremo normal en un muchacho terráqueo de su edad. Las primeras semanas en la Tierra habían transcurrido aprendiendo nuevamente a caminar, respirar y llevar todo el día el peso de su cuerpo. Pero a la larga había triunfado. Su herencia humana prevaleció y al cabo de seis meses de permanencia en la Tierra, el muchachito pudo adaptarse al nuevo ambiente y a la gravedad superior. Los estudios habían proseguido sin pausa, y pasando los años había logrado, inclusive, destacarse en la práctica de ciertos deportes que requerían un mayor esfuerzo muscular.

Cuando, por fin, se encontró capacitado para regresar a su lejano hogar, era un muchacho de dieciséis años, bronceado, corpulento, de ojos verdes y cabello castaño. Su entusiasmo por la exploración interplanetaria no tenía límites. El día de su partida, el famoso hombre de ciencia Leroy Perrault había acudido inesperadamente al espaciopuerto para despedirse de él. Nelson se había sentido asombrado al verlo, pues en toda su permanencia en la Tierra había visto una sola vez al sabio, y no se consideraba suficientemente importante como para justificar una despedida hecha por un personaje tan notorio. Sabía que Perrault era un buen amigo de su padre y un verdadero sostén de la colonia marciana, que desempeñaba un puesto de gran importancia en el Instituto Interplanetario, sin que se supiera exactamente qué era. Luego... y Nelson continuaba ruborizándose al recordarlo, el hombre de ciencia había deslizado apresuradamente un sobre cerrado en su mano, diciéndole en un susurro:

—Dale esto a tu padre apenas llegues a Marte... No lo dejes en ningún momento mientras dure el viaje. Es algo muy importante...

No cabía duda, pues que el sabio había tenido un motivo ulterior al ir a despedirse de él. Ahora, estando en viaje, Nelson recordó repentinamente que había dejado el sobre en su camarote, olvidado en medio del entusiasmo del despegue. Un escalofrío le recorrió la columna vertebral... Perrault le había dicho que no se separara en todo el viaje de aquella carta o lo que fuera. ¡Y ahora debía de estar en el bolsillo interior de su chaquetilla, que colgaba dentro del armario de su cabina!

Soltándose la correa que volviera a ajustar al recostarse, el jovencito murmuró una rápida excusa y salió de la cámara, dirigiéndose hacia los camarotes.

Pese a que había muchos sistemas teóricos para proveer a las espacionaves de gravedad artificial, ninguno era realmente práctico durante los largos viajes, pues todos interferían con las maniobras de dirección, impidiendo que la observación fuera buena, pues forzaban a las naves interplanetarias a adoptar formas especiales y tornaban imposible aterrizar y despegar en un solo tiempo.

Los soñadores originales de los ya lejanos días del siglo XX, que planearan sobre el papel los sistemas de locomoción para llegar a los astros, habían calculado una serie de satélites artificiales, plataformas espaciales y demás, que con el tiempo resultaron poco prácticos. Lo único real eran los cohetes interplanetarios capaces de despegar por sus propios medios y realizar el viaje sin etapas en caso de necesidad, descendiendo sobre la misma superficie de los planetas, sin intermediario alguno. Esto había contribuido al logro de formas dedicadas exclusivamente a la locomoción, descartándose la comodidad de los pasajeros, y por ende toda posible gravedad artificial.

Así, Nelson Parr, nadó por el aire del corredor como un enorme pez que se moviera a través de aguas absolutamente transparentes, pasando frente al compartimiento de giróscopos y entrando en el estrecho corredor flanqueado de puertas metálicas, que conducía a los camarotes. Para su sorpresa, el pasillo estaba en tinieblas.

Como la iluminación provenía de lámparas atómicas permanentes, aquello era totalmente inesperado. Las bombitas debían de haber sido cubiertas o rotas por alguien... Las tinieblas eran completas. Nelson aferró la puerta del compartimiento de giróscopos y la abrió de un tirón, dejando pasar la luz interior al corredor. Luego continuó avanzando hacia su compartimiento, tratando de llegar antes de que la puerta que acababa de abrir volviera a cerrarse movida por sus goznes elásticos.

La luz de su cabina también estaba apagada, pero por los portillos entreabiertos de los ojos de buey se filtraba el frío resplandor de las estrellas, quebrando las tinieblas. A su favor, Nelson pudo advertir el bulto que cargaba sobre él. Luego se sintió apartado y empujado hacia atrás, mientras aquella masa pesada lo sacaba y lo arrojaba contra la pared opuesta, saliendo del compartimiento y huyendo hacia la cámara de la tripulación.

—¡Alto! —alcanzó a gritar el adolescente, apartándose de un empellón de la pared. Al mismo tiempo el relámpago luminoso que quebró por un instante las tinieblas le indicó que el desconocido había penetrado en otra sección de la espacionave.

Incorporándose, Nelson quitó la cubierta de plástico opaco que tapaba la lámpara atómica, y una ola de luz suave invadió el pequeño recinto. Dejándose caer sobre su litera, el muchacho miró en derredor.

Era evidente que el compartimiento había sido revisado a fondo, siendo interrumpido el intruso por la llegada del ocupante legítimo. La valija estaba abierta y su contenido desparramado por el suelo. El cajón del armario empotrado estaba abierto, con las prendas allí colocadas en total desorden. La puerta-espejo del botiquín también había quedado abierta.

Nelson se incorporó y abrió el armario. Su chaqueta, abrigo y muda interior de ropa seguían allí. En el bolsillo de la chaqueta, sus dedos ansiosos tocaron el sobre dirigido a su padre.

Profundamente aliviado, sacó el mensaje y por primera vez lo revisó. Se trataba de un sobre ordinario, de plástico delgado, en el que estaba escrito el nombre de su padre y la palabra urgente con finos caracteres.

Si el intruso hubiera tenido algunos minutos más de tiempo, indudablemente habría terminado por encontrar aquella carta; qué significado tenía esto, Nelson lo ignoraba por completo. Sin embargo, resolvió no otorgar otra oportunidad semejante al hipotético ladrón, y ocultó el sobre en su cintura, bajo el ajustado buzo de viaje que llevaba. Desde aquel momento, la carta no se separaría de él...

Tras cerrar el armario dirigió su mirada hacia el botiquín, verificando que todo su contenido estaba en orden. Entonces hizo girar la puertecilla, y sus ojos se clavaron sobre el espejo. Por un momento miró, sin creer en el testimonio de sus sentidos. Sobre la superficie brillante de aquel cristal irrompible, habían quedado marcadas claramente las impresiones digitales del intruso.

Se trataba de una marca perfecta, de la mano derecha del desconocido..., una mano derecha que tenía tan sólo tres dedos, de forma ancha y extraña, con impresiones dactilares estriadas, exóticas e inhumanas.

cap. 2

¡Adiós al Planeta Rojo!

Las impresiones digitales del extraño habían sido estampadas evidentemente en un momento de apuro y estaban borrándose rápidamente. Mientras Nelson las miraba, iban esfumándose, pues el aire no era muy húmedo en el interior de la espacionave. Soplando suavemente el jovencito pudo restituirle por un instante su forma primitiva y confirmar sus extrañas características.

Perplejo, el adolescente volvió a sentarse sobre su litera. La cólera que experimentara al advertir que alguien estaba revisando sus pertenencias, habíase trocado en una inquieta curiosidad. ¿Quién —o qué— era el intruso? ¿Quién en todo el universo solar tenía una mano semejante?

La respuesta era simple. Demasiado simple. Nadie. Tras un siglo y medio de exploraciones interplanetarias, los hombres no habían encontrado en el Sistema Solar más seres inteligentes que ellos mismos. En las selvas de cristal de Venus había criaturas que podían considerarse de extraordinaria inteligencia... para ser animales. Pero no llegaban al nivel humano y tardarían un millón de años más en alcanzar cierto grado de civilización. En los demás planetas ni siquiera esto se había hallado.

El estrechísimo cinturón crepuscular de Mercurio, con sus violentos vendavales, por momentos caliente como un horno, por momentos helado más allá de toda consideración terrestre, albergaba tan sólo moho de tipo inferior y miserables cactos de profundas raíces. Los abismos lunares daban origen durante el largo período diurno a cosas verdes y de rápido crecimiento, vegetales en parte..., pero seguramente con nada de animal.

Dos o tres de los satélites mayores de Júpiter tenían recias formas de vida, vegetal en su mayor parte, con algunos extraños animales que se limitaban a luchar por la existencia contra el frío atroz de mundos demasiado alejados del Sol. Y más allá de Júpiter, los planetas giraban helados y desiertos, tal vez brillantes y llenos de modificaciones dentro de sus reacciones cristalinas, pero estériles y vacíos.

Naturalmente, siempre quedaba Marte. Pero la vida inteligente del vecino de la Tierra era un misterio. Un misterio aparentemente muerto. En su superficie había habido una civilización extraordinaria, tremenda, pero ya nada quedaba, excepto sus obras. Y pese a que hacía décadas que hombres como el padre de Nelson investigaban y luchaban por descubrir cómo habían sido y cuál era el funcionamiento de las máquinas marcianas, ningún éxito se lograba alcanzar.

Es decir, algo podía calcularse al respecto. Los marcianos podían haber sido semejantes a los hombres terrestres, pues sus casas y utensilios parecían diseñados para seres humanos. Nelson recordaba que uno de los atributos que era generalmente adjudicado a los nativos del Planeta Rojo, era la mano humana, con cinco dedos. Esto se desprendía de la forma de algunos aparatos hallados.

Esto en lugar de simplificar el problema presente, lo agudizaba. No había ninguna raza, viva o extinguida, capaz de dejar una huella como la que Nelson encontrara sobre el espejo del botiquín. ¡Tres dedos, con tan extraña forma! ¿Y si los exploradores estaban equivocados sobre la mano de los marcianos? ¿Y si ésta era la apariencia real de aquélla? Quizás los marcianos no estaban totalmente extinguidos y uno de ellos regresaba disfrazado a su planeta natal, a bordo del Congreve!

Esto hacía surgir otra pregunta en el ánimo de Nelson Parr... ¿Regresando de la Tierra? ¿Y qué había estado haciendo allí?

Nelson volvió a incorporarse, tocándose subconscientemente el lugar donde ocultara el sobre que el doctor Perrault dirigiera a su padre. Debía de ser algo de extraordinaria importancia para atraer la atención de semejante espía interplanetario... ¿Qué pasaba? Bueno..., ya lo descubriría a su debido tiempo. Lo importante era conservar aquel mensaje a salvo.

Salió de su cabina, cerró la puerta con cuidado y regresó a la cámara de esparcimientos de la espacionave. Mientras lo hacía advirtió que las luces estaban nuevamente encendidas y se preguntó qué debía hacer... Si contaba a los demás pasajeros lo ocurrido... ¿Lo creerían? ¿Le ayudarían a buscar al extraño de tres dedos?

Tras meditarlo un instante, Nelson se convenció que no. Ninguno de los presentes se molestaría en preocuparse por una imagen distorsionada vista por un adolescente sobre un espejo... Después de todo, nada podría hacerse por el momento, y una búsqueda podría dar como único resultado que el extraño se mantuviera oculto.

Lo único que quedaba por hacer era vigilar a todo el mundo. Era evidente que el intruso usaba para su vida diaria guantes plásticos que simulaban ser manos normales, con lo que le sería fácil pasar inadvertido, sobre todo para quienes no imaginaban siquiera su existencia. Naturalmente, no podía ser algo tan flexible como una mano humana... ¿O sí? Nelson resolvió estudiar las manos de todos los pasajeros y tripulantes, en busca de algún signo extraño.

Durante los días siguientes, aprovechó todas las oportunidades que se le presentaron para estudiar a los demás viajeros, incluyendo a los hombres que montaban guardia en las siempre peligrosas cámaras de combustible atómico. Todo fué inútil.

Por mucho que vigiló, no volvió a descubrir otro intento de revisar su cabina; tratando de hacer evidente cualquier maniobra en tal sentido, arregló las ropas y prendas personales que llevaba en forma caprichosa y arbitraria, que recordó al pie de la letra, sin que nada raro se advirtiera. En cuanto a su búsqueda de manos excesivamente torpes, fué dificultada por la escasez de movimientos que se advertía en la espacionave, donde todo el mundo o leía o montaba guardia.

El tiempo siguió transcurriendo lentamente. El viaje de la Tierra a Marte había durado al principio la cuarta parte de un año. Esto era cuando el combustible utilizado por los astronautas era químico, y los cohetes interplanetarios partían de la base en la Luna; luego este lapso había sido acortado en forma notable, con la directa aplicación de combustibles atómicos que permitieron despegar directamente de la Tierra en la misma espacionave que realizaba la travesía total. El viaje seguía siendo más largo de lo calculado originalmente, pero con la directa aplicación de los reactores atómicos las posibilidades de aceleración aumentaban en forma extraordinaria, permitiendo así alcanzar cada vez mayores velocidades.

La velocidad de una espacionave en el vacío depende exclusivamente del lapso en que puede continuar acelerando. Como en el espacio no hay fricción, cuando una velocidad es alcanzada ya no disminuye, a menos que intervengan factores opuestos, como por ejemplo los cohetes que accionan en sentido inverso y sirven de frenos cuando es necesario detener la nave espacial. Naturalmente, el aumento de aceleración depende de la cantidad de combustible que puede consumirse. Cuando se trataba de combustible químico, el peso representado era tan enorme en comparación con las velocidades logradas, que naturalmente el viaje debía realizarse muy lentamente, hablando en términos siderales. Pero la energía atómica puede producir resultados asombrosos con muy pequeño volumen de combustible utilizado. Todo lo que faltaba descubrir era el elemento que pudiera aislar las radiaciones, evitando el peligro consiguiente para los tripulantes. Cuando, por fin, se inventó el medio adecuado para escudar a los seres humanos que viajaban en la espacionave, hacía ya mucho tiempo que existían líneas regulares entre la Tierra y Marte. Ahora el tiempo promedio que tardaban las modernas naves espaciales era de tres semanas, y durante ese lapso los viajeros debían distraerse lo mejor que podían, confinados en un reducido espacio y sin grandes posibilidades de movimiento. En cuanto al panorama que se ofrecía a los que miraban hacia el espacio a través de los ojos de buey gruesos pero transparentes, era maravilloso pero siempre igual.

Nelson, como todos los demás viajeros, todas las mañanas al levantarse miraba hacia Marte. El punto rojizo iba aumentando sensiblemente de tamaño, convirtiéndose en un círculo cuyas características se hacían cada vez más precisas; pronto de rojo se transformó en amarillo-oxidado, con una mancha blanca que era el casquete polar del Norte, uno de los dos grandes receptáculos de agua del planeta, siendo el otro el Polo Sur.

Pronto un colorido verde-azulado comenzó a aparecer de tanto en tanto. Esto se debía a los parches de tierra fértil aún, que forman grandes oasis en los puntos donde crecen bosques y hay vegetación. Los exploradores de Marte consideran a estas porciones como "continentes", separados entre sí no por mares de agua, sino por desiertos. Por lo demás, la mayor parte del planeta rojo es un gran desierto, interminable extensión de rocas peladas, con grandes llanuras arenosas y planicies cubiertas de polvo oxidado, con escasas elevaciones que no son más que riscos perdidos entre mares de arena. En Marte no hay montañas, ni ríos, ni mares, ni lluvias. En los doce primeros años de su vida, Nelson había visto en dos oportunidades solas formarse nubes, grandes masas de vapores blanquecinos, que se movían lentamente sobre un cielo intensamente azul.

Bajo tierra, y emergiendo de tanto en tanto, se vislumbraban las estructuras artificiales marcianas que permitían sobrevivir a la vegetación del planeta moribundo. Pero no eran visibles desde el espacio basta el último día de viaje.

Cuando la espacionave comenzó a frenar lentamente su aceleración, Nelson seguía por resolver el problema. Entre los tripulantes había algunos personajes extraños, pero ninguno suficientemente sospechoso como para ser investigado especialmente. Además, el silencio y la soledad del ambiente en que debían actuar durante la mayor parte de sus vidas, tornaban raros a aquellos hombres del espacio.

El último día de viaje la excitación fué demasiado grande para seguir prestando atención. La espacionave disminuía su velocidad sensiblemente y los motores trabajaban al máximo. La gravedad aumentaba y se hacía difícil moverse mucho, pues por momentos la dirección seguida hacía invertir el orden normal de los compartimientos y cámaras. Los pasajeros comenzaron a empacar y prepararse para descender, mientras la tripulación se mantenía en su puesto.

Luego circuló por toda la espacionave la orden de ajustarse los cinturones de seguridad, la presión aumentó y el Congreve se zambulló directamente hacia la superficie del planeta.

Al entrar en la atmósfera marciana, la superestructura de la nave interplanetaria comenzó primero a silbar, para gemir y rugir luego por efectos de la fricción. Finalmente, tras una hora de insoportable caída, la espacionave se detuvo serenamente y se posó sobre la superficie de Marte.

Nelson se soltó los correajes que lo sujetaban a su asiento. Al incorporarse experimentó una súbita sensación de fuerza muscular superior a la que tuviera hasta aquel momento. Era la menor gravedad marciana que actuaba sobre un organismo acostumbrado durante cuatro años a caminar y ejercitarse en la Tierra. Empero había en aquello algo agradable. La gravedad de Marte era el influjo de su mundo natal, el planeta donde había pasado la niñez.

Tras empacar sus pertenencias tomó la valija y se dirigió hacia la compuerta de salida, donde ya había otros pasajeros aguardando para descender. Al verlos, su mano derecha volvió a sumergirse bajo la camisa para tocar aprensivamente el sobre que allí guardaba.

La puerta se abrió y Nelson bajó por la escalera metálica; uno de los tripulantes lo saludó, pero él estaba demasiado excitado para prestar atención.

Una vez abajo, miró en derredor. Los oxidados cobertizos de hierro ubicados más allá del área de aterrizaje parecían tan viejos y deteriorados como siempre. Grandes superficies vidriosas señalaban los sitios donde las explosiones atómicas de los motores habían fundido la arena del desierto. Tres lados de la pista estaban flanqueados por la vasta extensión arenosa. El cuarto lindaba con el comienzo del gran oasis Solis Lacus. Una cinta plástica comunicaba el espaciopuerto con la ciudad del mismo nombre, y resultaba curioso recordar que ese camino era una de las pocas obras de ingeniería debidas a la mano del hombre en la superficie de Marte.

Nelson echó a andar hacia el cobertizo donde aguardaban sus familiares. Su paso era elástico y le permitía avanzar rápidamente. Estaba en Marte, donde con músculos suficientes para mover sesenta y cinco kilos, pesaba solamente veinticinco... Un reducido grupo de colonos aguardaba en el cobertizo, y el adolescente creyó distinguir entre ellos la cabeza prematuramente gris de su padre.

Pero mientras caminaba, comenzó a sentirse mareado y con la respiración entrecortada. Deteniéndose, depositó en el suelo la valija y se inclinó sobre ella, abriéndola. ¡Había olvidado su mascarilla de respiración! Si sus amigos marcianos de adopción hubieran advertido que no llevaba puesta la mascarilla, habrían reído a mandíbula batiente de él..., porque el aire del Planeta Rojo es demasiado enrarecido para permitir que un hombre terrestre respire sin dificultad. No llevando el ingenioso invento que hace afluir mayor cantidad de oxígeno a los pulmones del que éstos pueden aspirar por sí solos, sobreviene rápidamente un malestar físico que llega a tener graves consecuencias si no se lo remedia rápidamente. Por eso para los colonos terrestres en Marte, el llevar siempre consigo las mascarillas de respiración era una verdadera segunda naturaleza.

Nelson abrió, pues, su valija y sacó el respirador mecánico con la mascarilla y se la colocó rápidamente, cubriéndose nariz y boca sin perder tiempo. Luego se ajustó el compacto mecanismo que accionaba la mascarilla, y que quedó colgando entre sus hombros. El pequeño motor comenzó a absorber oxígeno de inmediato, bombeándolo a su boca y nariz. El muchacho se sintió revivir. Reincorporándose, miró en derredor; otros pasajeros lo habían pasado de largo. Rápidamente ganó el terreno perdido y pocos momentos después estaba en el cobertizo, abrazando a su padre y cambiando con él palabras afectuosas. John Carson Parr sonrió a su hijo desde el fondo de sus profundos ojos azules. Su hirsuta mata de cabello gris acerado, su rostro largo y huesudo, su cuerpo alto y delgado eran tal cual los recordaba Nelson.

—Me alegro de tenerte de regreso, hijo —dijo el mayor de los Parr, palmeando la espalda del menor—. ¿Tuviste un buen viaje?

El muchacho estuvo a punto de revelarle el incidente acaecido, pero tras pensarlo un momento, cambió de idea y resolvió dejar su narración para mejor oportunidad.

—Perfecto, papá —repuso—. Ni cometas ni meteoros... ¡Ah! Te traigo una carta del doctor Perrault.

El rostro de John Parr se puso repentinamente serio y sus ojos parpadearon. Nelson sacó el precioso sobre y lo entregó a su padre. Parr miró la palabra urgente escrita bajo su nombre, pero en lugar de abrirlo lo guardó en un bolsillo de la chaqueta.

—Esperemos a llegar a casa..., después de todo tu madre está ansiosa por verte.

Deslizándose entre la multitud que comenzaba a llenar el cobertizo, salieron del espaciopuerto. En el exterior aguardaba el coche triciclo de Parr; sin perder tiempo subieron a la carrocería con forma de bala y John puso en marcha el motor.

El pequeño vehículo se deslizó a lo largo del estrecho camino blanco, en dirección a la línea de vegetación. Conectando el control automático, Parr dedicó toda su atención al contenido del sobre, que abrió cuidadosamente. Mientras leía, su ceño se frunció involuntariamente. Luego lanzó un silbido por lo bajo y se humedeció los labios.

Nelson estallaba de curiosidad, pero nada preguntó. Sabía que si el asunto era de su incumbencia, su padre se lo comunicaría.

John Carson Parr miró a través del parabrisas por un momento. Estaban solos en medio de los campos cubiertos de trecho en trecho por bajos vegetales. El camino era paralelo a una de esas enigmáticas estructuras de plástico irrompible dejadas por los desaparecidos marcianos para irrigar al planeta, y que funcionaban automáticamente para mantener con vida a Marte, estuviera poblado o no. El sistema de viaductos, bombas, válvulas y estaciones de distribución habían sido conocidos por los astrónomos terrestres desde el siglo XIX y bautizados con el nombre de "canales".

Nelson, finalmente, se atrevió a decir:

—¿Era importante el mensaje, papá? ¿Puedes revelármelo?

Su padre lo miró con ojos apesadumbrados.

—Han resuelto evacuar Marte. Harán regresar a la Tierra a todos los colonos, hombres, mujeres y niños... ¡Planean abandonar por completo este planeta!

cap. 3

Los últimos hombres en Marte

Por un momento siguieron viajando silenciosamente. La mente de Nelson era una verdadera Torre de Babel. Pese a las conversaciones sostenidas en la espacionave, a todo lo que sabía sobre la opinión de ciertos hombres de la Tierra acerca de la "cuestión marciana", nunca había creído seriamente que pudiera producirse un desenlace semejante. ¡Después de todo, aún se podían aprender tantas cosas en Marte!

Y llevando las cosas a un terreno personal... ¿Qué sería de él y su futuro? Cuando era niño y jugaba por las desiertas avenidas de las inmensas ciudades marcianas, soñaba convertirse en el hombre que descubriera sus secretos. ¡Cuántas veces había espiado por extrañas esquinas, buscando en los sellados rincones de las desiertas casas, tratando de encontrar la puerta que lo pusiera en contacto con los desaparecidos marcianos! Más adelante, su padre lo había enviado de regreso a la Tierra para que se preparara allí para aquel trabajo especialísimo, para estudiar y aprender, hasta el día en que pudiera convertirse en un elemento útil dentro de la organización que investigaba los misterios de Marte. Tal vez para llegar a reemplazar a su propio padre en la dirección del gran proyecto. Los secretos del Planeta Rojo enriquecerían infinitamente la cultura humana...

—¡Pero con toda seguridad no dejarán totalmente abandonado el proyecto! —Nelson rompió el silencio en que viajaba el veloz coche—. Dejarán algunos exploradores para concluir el trabajo..., seguramente tú te quedarás, y contigo... Worden, McQueen y otros como ellos, hombres que conozcan este planeta y puedan llegar algún día a descifrar sus enigmas...

—Tú piensas así, hijo —repuso su padre, con los ojos clavados en el estrecho camino que recorrían—. Pero han resuelto otra cosa. Para decirte la verdad, han estado preparados desde hace muchos años para llegar a esto. Poco a poco los puestos avanzados fueron restringidos, los equipos de exploración disminuyeron en cantidad y dotaciones, los colonos fueron enviados cada vez más frecuentemente de regreso. Cuando te marchaste para ir al colegio, había aquí más de tres mil personas. Ahora apenas quedamos trescientos. Y dentro de tres meses nos habremos marchado. Todos.

Nelson apartó la mirada de los campos que parecían deslizarse a ambos lados del veloz vehículo. Volviendo la vista hacia su padre, le preguntó:

—¿Entonces los trabajos en el polo Sur no serán terminados? ¿Y tampoco las obras en las cúpulas de Syrtis Major? ¡Pero si estábamos por llegar a las cámaras principales! ¡Eso solo hubiera resuelto todo!

—Las excavaciones polares quedaron interrumpidas hace un año —explicóle el padre—, y en cuanto a las obras en Syrtis... temo que no hubieran dado mejores resultados que todo lo que hicimos desde el primer día en que descendimos sobre la superficie de este planeta. Los exploradores llegaron hasta el extremo de utilizar pequeñas bombas atómicas y no pudieron derribar las murallas. No. No creo que hubiéramos logrado nada en poco tiempo. Pero eso es algo terminado. Worden volvió hace una semana con su cuadrilla.

El adolescente se golpeó indignado la palma de la mano con el puño.

—¿No podemos negarnos a regresar? ¿No es factible ocultarse en algún sitio y permanecer?

John Parr miró de soslayo a su hijo y esbozó una sonrisa.

—Sabes perfectamente que eso sería imposible. Por lo menos, si tratáramos de permanecer más de dos años. Nadie puede sobrevivir en Marte con sólo las cosechas que hasta ahora hemos logrado obtener de su suelo. Se necesitan los alimentos y vitaminas enviados desde la Tierra. Si quedaran unos pocos hombres estarían tan ocupados manteniéndose con vida, que no podrían hacer nada para proseguir las investigaciones.

El viaje prosiguió en silencio. El pequeño vehículo con forma de gota de agua llegó a la ciudad y su visión era algo que siempre hacía enmudecer a los terrestres. Una ciudad marciana es semejante a un témpano de hielo en un océano de la Tierra..., una décima parte en la superficie y el resto por debajo del nivel normal. Pero ese décimo visible era ya algo suficiente como para justificar la admiración que despertaba. Una vasta superficie cubierta por cúpulas bajas y redondeadas, alzándose sobre el suelo como millares de pelotas de golf semienterradas, y separándolas gran cantidad de vegetales, esas extrañas formaciones semejantes a las coníferas terrestres, compactas como cactos y exóticamente móviles sobre sus cortas y gruesas raíces, que durante la noche se acurrucaban formando esferas coloreadas para mostrarse ante el primer débil rayo solar, revelando sus acolchadas hojas. Algo había en las ciudades marcianas que hacía pensar en los antiguos dibujos que ilustraban los viejos libros de cuentos de hadas y gnomos.

Aquellas esferas enterradas eran casas, viviendas cerradas herméticamente. Por debajo se extendían las tremendas series de catacumbas, cámaras, túneles y caminos que se sumergían hasta bajar a más de dos kilómetros de profundidad. Allí estaba el oculto corazón de la ciudad, los centros energéticos y luminosos, las plantas productoras de atmósfera, agua y luz. Allí debía de haber trenes subterráneos que comunicaban los centenares de centros semejantes que había diseminados por todo el planeta..., museos, bibliotecas y archivos. Y sin embargo, en un siglo y cuarto ningún ser humano había podido entrar en ninguna de aquellas cámaras selladas. Marte era un planeta clausurado para el hombre. Y no tenía llave visible.

Había sido una suerte que los primeros hombres que descendieron sobre Marte hallaran las cúpulas superficiales abiertas. Sus curiosamente redondeadas cámaras eran, sin duda las habitaciones donde habían vivido los marcianos..., los hogares de aquella raza desaparecida. Esto era fácil de calcular; los marcianos no podían haber diferido mucho de los terrestres, tanto en tamaño como en aspecto físico general. Poco era lo que sugería que en aquellas casas no habían vivido hombres. Sus dimensiones eran apropiadas y en ellas se reconocían dormitorios, cocinas, salas de estar, comedores, habitaciones para los niños...

Desde el interior las paredes eran invisibles, como esos espejos "mágicos" de feria de diversiones. En esa forma los ocupantes podían ver cómodamente la luz y las flores. Pero desde el exterior las cúpulas eran opacas y no permitían la visión directa. Los pisos eran suaves y hermosos, tanto como las más finas alfombras, pero no podían quitarse. En las paredes había marcos empotrados cuya parte central era opaca. Antaño debían de haber sido pantallas receptoras de televisión o tal vez fotografías tridimensionales. El mecanismo que las activaba no había podido ser hallado. Y como esto, todo lo demás. Las cocinas estaban en perfectas condiciones, pero resultaba imposible hacerlas funcionar; el aire acondicionado, las unidades de calefacción y refrigeración de cada casa también parecían estar listas para marchar. Pero se ignoraba la forma de manejar sus controles. Ni siquiera había sido posible abrir los armarios y roperos que debían contener las ropas y utensilios de los desaparecidos marcianos. Ninguna llave, ningún procedimiento ingenioso o violento había bastado.

Mientras Nelson y su padre detenían el coche frente a la cúpula azulada que se convirtiera en la residencia de la familia Parr desde su llegada a Marte, una mujer joven aún y una niña de corta edad salieron a la puerta. Eran la madre y la hermanita de Nelson, que no podían aguardar más tiempo para estrecharlo entre sus brazos y que ni siquiera se habían colocado sus respiradores, en la prisa que las dominaba.

Tras unos minutos de excitada bienvenida, el adolescente se encontró en la habitación principal de la casa donde pasara toda su niñez. Mirando en derredor, reconoció los objetos familiares, pero también advirtió una serie de elementos que antes no llamaran su atención. Pese a que había en las paredes ranuras para el aire acondicionado, un aparato atómico llevado de la Tierra era lo que mantenía el ambiente tibio y confortable. Y si bien se advertían en el techo espacios que debían de haber servido para iluminar en alguna forma el recinto, la luz provenía de lámparas eléctricas terrestres, que colgaban de cables adosados al cielo raso. Y sin necesidad de verlo, el muchacho sabía que mientras la cocina marciana continuaba inactiva, su madre se veía forzada a preparar los alimentos en un pequeño calentador importado de aluminio sintético...

Cuando estuvo en su dormitorio, Nelson no trató de abrir el ropero embutido en la pared para colgar sus ropas. Sabía que la puerta permanecía cerrada pese a los esfuerzos que se habían hecho durante años, y que se mantendría así no obstante sus intentos de forzarla. Por eso la ropa era guardada en el armario plástico plegadizo llevado desde la Tierra muchos años atrás.

Volviendo a la habitación principal, se sentó para tomar su primera comida casera en cuatro años. Todo lo que se habló durante el almuerzo estuvo relacionado con la proyectada evacuación de Marte. Repentinamente, Nelson comprendió que tanto su madre como su hermana sabían la noticia desde tiempo atrás. Una idea lo asaltó.

—Si esta orden era ya conocida por ustedes..., ¿qué te escribió el doctor Perrault, papá?

John Carson Parr lo miró serenamente.

—Nada de importancia, hijo. Es algo relacionado con la evacuación... —pero mientras hablaba hizo un gesto imperceptible casi señalando hacia su esposa y su hija, como si no hubiera querido continuar hablando del asunto.

En los días que siguieron, Nelson se preguntó muchas veces por la carta. Pero la tarea de trasladar la colonia humana de regreso a la Tierra no era sencilla. Todos estaban demasiado ocupados para poder perder tiempo hablando. Durante los últimos días una gran flota de espacionaves se había posado en el espaciopuerto y el desierto que rodeaba a Solis Lacus. Junto al Congreve iban estacionándose sobre la arena uno tras otro los grandes aparatos interplanetarios. El Goddard, el Pickering, el Valier, el Ziolkovsky..., todos los grandes mercantes del mismo tipo fueron descendiendo. Y luego llegaron los cargueros, en su mayor parte sacados de los depósitos donde estuvieron almacenados, después de la interrupción de las importaciones de materia prima, derivada del aprovechamiento integral de productos sintéticos en la Tierra. Nelson se asombró al ver espacionaves pintadas con los colores de corporaciones comerciales desaparecidas muchos años atrás, con el cese de la explotación de los recursos mineros de los asteroides.

Uno de los más serios problemas que se presentó fué la asignación de espacio a los trescientos colonos. Los vehículos interplanetarios nunca habían sido muy amplios, y se necesitaría utilizar toda su amplitud para transportar con seguridad a todos los hombres, mujeres y niños de la colonia. Muy pocas propiedades personales podrían llevarse. Muebles, autos, aviones y libros tendrían que quedar abandonados en el Planeta Rojo. Naturalmente, los aparatos de transporte, aviones y coches, no hubieran servido en la Tierra. El aire marciano era demasiado tenue para sustentar los aeroplanos terrestres, y sus máquinas voladoras eran de diseño especial, inoperante en las condiciones reinantes en la Tierra, con su mayor fuerza de gravedad y espesas capas atmosféricas.

El padre de Nelson y sus ayudantes, que fueran los jefes de la colonia, estaban constantemente ocupados asignando espacio y solucionando los pequeños problemas que surgían a diario, embarcando a las familias en los mismos transportes y preocupándose de que éstos partieran apenas estaban completos para descongestionar el espaciopuerto lo antes posible. Naturalmente, esta tarea ocasionaba rozamientos y diferencias, que debían ser solucionados de inmediato. Había colonos que protestaban porque tenían poco espacio. Otros, no querían ser separados de sus amigos. Madres de familia sollozaban al verse forzadas a abandonar sus hogares y era necesario consolarlas... Todos se sentían desdichados, pese a que se les había prometido rápida ubicación y buenos trabajos en el planeta natal. Aquello era para ellos un verdadero exilio.

Nelson colaboraba con su padre, sintiendo su corazón oprimido. Cada espacionave que partía, cada hombre que se marchaba era un paso atrás dado por la Humanidad, una oportunidad perdida de conquistar un tesoro único en la historia. Marte era abandonado en las mismas condiciones en que la raza humana lo hallara. Misterioso y desconocido.

Lo lamentable de esto era que el Planeta Rojo había gozado de una civilización extraordinaria siglos antes de que el hombre terrestre saliera de las cavernas. La vida en su superficie lograba mantenerse tan sólo gracias a los sembrados irrigados artificialmente por medio de un sistema de canales y acequias que cubría todo el planeta de polo a polo. Bombas automáticas hacían que el agua circulara aun cuando la inclinación del suelo no favorecía su corriente, y la vegetación que crecía en las orillas de los canales había permitido que los astrónomos anteriores a la navegación interplanetaria pudieran trazar mapas y hasta dar nombres a los distintos canales, como lo hizo el gran Percival Lowell en 1895[1][1]. Los grandes continentes de vegetación verde azulada donde las ciudades marcianas habían sido edificadas estaban surcados de canales que permitían la existencia de plantas sin que hubiera lluvias o ríos.

Y todo esto estaba sellado. Los colonos habían encontrado en Marte máquinas que evidentemente eran vehículos y aeróstatos, pero no tenían la menor idea de la forma en que podían activarse. La fuente de energía necesaria para moverlos era totalmente desconocida. Algunos suponían que los marcianos debían de radiar desde emisoras distantes las ondas que ponían en marcha aquellos coches de tan extraña forma. Pero si esto era cierto o no, resultaba imposible de verificar. Ningún explorador terrestre había llegado aún a ubicar las centrales energéticas y ahora resultaría imposible hacerlo.

Los marcianos habían aprovechado sus milenios de cultura para producir metales prácticamente irrompibles y cerraduras que desafiaban a cualquiera por habilidoso que fuera. Ni siquiera los explosivos atómicos lograban derribar aquellas puertas maravillosas.

De haberse podido atravesar aunque fuera tan sólo una vez esas puertas, poniendo en marcha máquinas y motores ubicados en las fábricas subterráneas, Marte hubiera vuelto a vivir. Nelson lo sabía. Las casas habrían sido habitables naturalmente y los centenares de miles de vehículos voladores podrían tornar a ser utilizados. Y —lo que era más importante— sería factible estudiar bibliotecas y archivos marcianos, aumentando así en forma extraordinaria el caudal de conocimientos terrestres.

Habían tenido más de un siglo para realizar todo eso... y habían fracasado. Marte era como aquel navío legendario, el "María Celeste", hallado en medio del Atlántico abandonado por su tripulación, con la mesa tendida para la comida, las ollas tibias aún, el diario de navegación abierto sobre el escritorio del capitán aguardando la entrada del día, los botes salvavidas en sus sitios, la ropa de los marineros en las perchas. Y ningún hombre a bordo. Sin razón ni motivo aparente, la tripulación había desaparecido sin dejar rastros.

También existía el caso ya tradicional de aquella ciudad indochina, Angkor, perdida en las junglas tropicales, abandonada por los habitantes. Una gran ciudad que fuera cabecera de un inmenso imperio, simplemente evacuada por todos sus pobladores, que se marcharon en masa a la selva sin llevarse con ellos absolutamente nada.

Y ahora, Marte. Nadie podía imaginar adonde podía haber ido su población. Pero todo estaba como en el momento en que los marcianos desaparecieron, sus ciudades selladas, sus sembrados intactos, dando cosechas todos los años, probablemente el planeta preparado íntegramente para volver a vivir apenas alguien con los conocimientos necesarios pudiera poner sus manos sobre los controles. Lo peor de todo era que no había ni siquiera restos de marcianos, esqueletos, tumbas, esculturas o retratos. En algún sitio tenían que estar los cementerios de aquella misteriosa raza desaparecida, pero encontrarlos en ese mundo desierto era cuestión de suerte. Y nunca habían contado los colonos con suficientes exploradores como para que ese golpe de suerte se produjera.

Ahora nunca llegaría a descubrirse el misterio de aquel mundo. Los pensamientos de Nelson eran amargos al concluir de empacar sus ropas en la misma valija con que viajara en el Congreve. Había llegado el día. Un solo navío espacial faltaba llenar con los últimos colonos. En realidad ya estaba casi completo; tan sólo aguardaba que los Parr y colaboradores inmediatos del jefe de la familia subieran a bordo. Después, no quedaría nadie en Marte. El planeta sería otra vez un desierto total, como lo era al descender sobre su superficie los primeros terrestres, ciento cincuenta años atrás.

En el exterior de la casa, la madre de Nelson aguardaba sentada en el pequeño automóvil. El adolescente recorrió las habitaciones, diciéndoles mentalmente adiós y vió salir del dormitorio a su hermanita, que lloraba abrazada a su muñeca predilecta. Tras besarlo entre lágrimas, la niña depositó al juguete sobre el piso de la sala y sollozando corrió a unirse a su madre.

Nelson se ajustó el respirador y siguió a su padre, que una vez afuera cerró la puerta redondeada y subió al automóvil poniéndolo en marcha.

El viaje hasta el espaciopuerto fué hecho en silencio, pues todos parecían querer grabar en el recuerdo cada uno de los detalles de lo que consideraran su hogar. En el espaciopuerto se identificaron ante el capitán de la nave interplanetaria y entregaron su equipaje, John Parr se volvió hacia su esposa:

—Sube a bordo con Beth —le dijo—. Nelson y yo hablaremos unas palabras con Worden antes de seguirte.

La madre del adolescente asintió, arrojando una extraña mirada a su marido y a su hijo. Luego tomó la mano de la niña y sin decir nada se dirigió hacia la espacionave. Nelson sintió entonces la mano de su padre, que le oprimía el brazo.

—No te separes de mí —lo oyó susurrar.

Un repentino estremecimiento le recorrió el cuerpo; se volvió. En la deteriorada construcción frente a la pista de despegue del espaciopuerto se veía solamente al capitán de la nave interplanetaria, uno de sus hombres y al ayudante de John Parr, Jim Worden. Nelson miró a su padre: el explorador aguardó hasta que las mujeres hubieron desaparecido en el interior de la espacionave y el capitán se dirigió hacia la misma acompañado por su subordinado. Entonces inició la marcha, seguido por su hijo y su ayudante, haciéndoles moderar el paso como si el dolor de abandonar aquel mundo que fuera su hogar durante tantos años, lo hubiera afectado profundamente.

Nelson vió entonces cómo el capitán y el tripulante desaparecían en el interior del cohete interplanetario. Entonces su padre comenzó a apurar el paso, forzándolo a seguirlo a mayor velocidad. Jim Worden iba a su lado.

Al llegar casi bajo la superestructura de la espacionave, los tres se dejaron caer al suelo.

El adolescente observó cómo Jim buscaba algo frenéticamente, aferraba una pequeña palanca que sobresalía de la arena, y tirando ponía al descubierto una tapa redonda, que se abrió hacia arriba dejando ver una cavidad oscura.

—¡Rápido! —ordenó el mayor de los Parr. Nelson no necesitó una segunda indicación, en tanto que Jim ya estaba sumergiéndose en el negro espacio por debajo de la pista. John Parr cerró la puerta trampa cuando estuvo abajo.

—¡Vamos! —urgió Worden—. Tenemos que alejarnos antes de que la espacionave despegue. ¡Síganme!

Y sacando una linterna del bolsillo, iluminó el oscuro corredor y echó a correr con la cabeza baja para no golpear contra el techo.

Mientras corría siguiendo al explorador, Nelson gritó:

—¿Nos quedamos atrás, papá? ¿Realmente permaneceremos en Marte?

A sus espaldas, jadeando por el esfuerzo demandado por aquella carrera repentina, John Parr respondió:

—Tenemos una misión especial que cumplir. Lo haremos nosotros solos, sin que lo sepa la Tierra. Somos los últimos hombres en Marte... ¡y ningún extraño debe de saberlo!

cap. 4

Reunión secreta...

Se deslizaron por el túnel como grandes conejos desgarbados, hasta que desembocaron en un túnel mayor, que Nelson reconoció como uno de los innumerables caminos subterráneos de la ciudad. Los tres se detuvieron de común acuerdo, jadeantes, y escucharon.

Pocos minutos después se escuchó un trueno distante y una ráfaga de calor recorrió el diminuto pasaje que acababan de abandonar.

—¡Ése es el estallido de los cohetes! —exclamó Worden—. ¡La espacionave se ha marchado!

—¡La última nave para la Tierra! —asintió John Parr—. Por lo menos, hasta dentro de un largo tiempo...

Nelson miró hacia el pequeño túnel.

—¿Cómo encontraron esta vía de escape tan conveniente? —inquirió.

—La hice yo mismo con un taladro atómico —repuso Worden, mirándolo de reojo—. Advertí que esta rama de los subterráneos principales llegaba cerca del espaciopuerto y calculé el resto. Lo hice la semana pasada.

—¡Vamos! —exclamó el padre del muchacho—. Tenemos mucho por hacer aún...

Y uniendo la acción a la palabra abrió la marcha, iluminando el corredor con su linterna de bolsillo. Silenciosamente Nelson y Worden lo siguieron.

El adolescente había estado muchas veces en aquellos túneles marcianos, pero no se cansaba de recorrerlos. En ellos había siempre un misterio profundo, una fuente de intriga constante, que producía la necesidad de indagar, de saber qué era lo que se ocultaba tras aquellas puertas de metal que aparecían de trecho en trecho. Nelson sabía por su padre que esas puertas no podían ser abiertas. Hasta destruyendo al túnel y el terreno adyacente, aquellas puertas se mantendrían en pie.

Cierta dosis de vagos conocimientos había logrado acumularse utilizando radar y aparatos eléctricos para medir el espacio que se encerraba tras aquellas puertas. Inclusive se habían obtenido fotografías borrosas por medio del radar, revelándose la existencia de maquinarias y bultos imposibles de reconocer. Worden había logrado algunas fotografías en las cámaras cercanas al polo sur que revelaban formas semejantes a botes o embarcaciones de alguna naturaleza determinada.

Los tres hombres caminaron hasta que Nelson calculó que debían de encontrarse bajo los campos fértiles que rodeaban a la ciudad, en las catacumbas de la misma. Finalmente llegaron a un punto donde una X hecha con tiza señalaba hacia un rincón determinado del corredor, donde había un túnel lateral. Allí penetraron los dos hombres y el adolescente, caminando hasta detenerse en un punto donde se bifurcaba el pasadizo. Worden buscó un momento y por fin movió un interruptor y se encendió una luz, mostrando un montón de cajas, cajones, una mesa, latas de conservas, catres y equipo adecuado.

—Bueno —dijo John Parr—. Aquí estamos y aquí nos quedaremos un par de días. Siéntense y pónganse cómodos.

—¿Qué les parece si comemos algo? —sugirió Worden—. La carrera me ha dado apetito...

Y uniendo la acción a la palabra se inclinó sobre una cocina portátil, la encendió y comenzó a abrir latas de conservas.

Nelson a todo esto estaba tan lleno de excitación y curiosidad que no sabía por dónde comenzar. Finalmente exclamó:

—¡Por el amor de Dios, papá! ¿No me dirás de qué se trata? ¿Qué hacemos aquí? ¿Por qué nos quedamos?

Worden alzó la cabeza y miró al duro rostro del jefe de la colonia de Marte.

—¿Esto significa que no habías dicho nada al chico, John?

El mayor de los Parr sonrió algo avergonzado.

—Supongo que conozco demasiado a Nelson para considerar necesario informarlo del proyecto..., pero ahora habrá que contarle.

Se sentaron en derredor de la mesa y mientras Worden servía el almuerzo cocinado a la ligera, John Parr meditó un momento, para decir luego:

—Debes de recordar la carta que me diste cuando llegaste. Lo que hacemos está de acuerdo con las instrucciones dadas por Perrault en ella para el caso de que llegaran las órdenes oficiales de evacuar Marte.

Worden asintió con la cabeza y Parr prosiguió hablando:

—En el curso de los trabajos de exploración en Marte, desde los primeros días hubo algunos hechos oscuros que parecían indicar que cierta actividad se realizaba en este planeta. Se trataba de elementos de juicio demasiado endebles para ser utilizados y por eso no se hicieron públicos ni se trató de sacar conclusión alguna. Pero mientras los años pasaban, la recopilación y clasificación de conocimientos sobre Marte hicieron que estos elementos fueran ubicados en ficheros especiales. Durante los últimos años se ha tratado de interpretar en alguna forma su significado. A raíz de este estudio resultó aconsejable crear un comité encargado de estudiar el problema. Se trataba de un cuerpo pequeño, absolutamente secreto, que trabajaría en Marte y rendiría cuentas solamente a Perrault, en la Tierra. A su vez Perrault es responsable directamente ante el Presidente del Instituto Interplanetario.

—Tu padre es el jefe del comité en Marte, Nelson —agregó Worden—. Y ahora que te lo ha contado, supongo que tú eres el sexto miembro.

—Comprendo... —murmuró el adolescente, atontado por la revelación—. Pero... ¿Qué es exactamente lo que buscamos? ¿Cuáles fueron los descubrimientos que hicieron esto necesario?

Parr se humedeció los labios y bebió un sorbo de su bebida.

—Resulta difícil definirlos exactamente —repuso—. Si tuviera que escribir un artículo para los periódicos, se reirían de mí. Al principio pensábamos que se trataba de accidentes o errores. Por ejemplo, un grupo de coches marcianos en un depósito, alineados en cierta forma, y tiempo después, sin que ningún explorador los hubiera tocado, colocados en distinta posición... fuera de línea, o invertidos.

—Comprobamos los registros conservados de todas las exploraciones —explicó Worden—, y es absolutamente seguro que en el intervalo nadie pasó por esos depósitos en cuestión...

—Exactamente —asintió Parr—. Nadie conocido por nosotros, estuvo entre esas dos visitas. Además se hallaron pisadas en la arena, en sitios donde no vivía ningún terrestre y nadie había pasado hasta que llegó el que las encontró...

—Una vez, hace dos o tres años —prosiguió Worden—, yo volaba sobre el casquete polar y vi rastros en la nieve... Parecían las huellas dejadas por una pequeña aeronave al descender sobre patines. Sólo que desde nuestra llegada al planeta no había descendido allí ningún aparato. Estas cosas hacen que uno piense detenidamente y se quede reflexionando...

Nelson comenzaba a experimentar escalofríos al escuchar. Por fin se atrevió a preguntar:

—¿Quieren ustedes decir... que podría haber aún marcianos ocultos, espiando nuestros movimientos?

Su padre asintió.

—Parecería que así es. Y cuando logramos reunir toda la información, se hizo más factible aún, aparentemente... otros seres inteligentes ocupan este planeta, cuidándose de mantenerse fuera de nuestra vista, espiando tal vez nuestros movimientos...

—¡Pero eso es extraordinario! —exclamó Nelson—. ¡Significa que hay más razas inteligentes que la humana en el Sistema!

—Eso sería adelantarse a los hechos demasiado pronto —repuso John Parr—, pero en vista de lo que te ocurrió a bordo del Congreve, podría ser.

—¿Qué fué lo que pasó? —quiso saber Worden.

Nelson se lo explicó y le dijo de la misteriosa impresión de aquella mano con tres dedos que quedara por un momento sobre el espejo. Ahora comprendía por qué su padre no había comentado el asunto al comentárselo la primera vez.

Worden se inclinó hacia adelante.

—¿Qué te dije yo, John? ¿No sostuve siempre que alguien nos estaba espiando? Este ser de tres dedos venía de la Tierra... Entonces quiere decir que "ellos", sean quienes sean, tienen agentes también allá. Muchas veces me pregunté si todo lo que se dijo sobre lo caro que resultaba mantener la colonia marciana en funcionamiento no se originaba en algo así. Supongamos que aún haya un puñado de marcianos ocultos en algún sitio. Naturalmente querrán que abandonemos su planeta, y para eso necesitan utilizar la astucia pues no se atreven a emplear la fuerza. Entonces nada mejor que infiltrarse en los organismos terrestres y mantener latente la idea de abandonar Marte, sobornando a algunos periódicos para que realicen su campaña...

John Carson Parr sacudió la cabeza.

—Eso es especular demasiado —dijo—. No hay ninguna prueba de que los dirigentes del movimiento conservador sean deshonestos. Además resulta inútil discutirlo. La evacuación de Marte ha sido completa. Todo ha quedado en nuestras manos.

Nelson no comprendió bien qué quería decir su padre con estas últimas palabras, pero resolvió aguardar para enterarse. Entretanto desempacaron el equipo llevado hasta allí entre Parr y Worden durante los últimos meses en previsión de que se presentara aquella eventualidad que ahora enfrentaban. El resto del día fué empleado en esta tarea y en aguardar a los demás miembros del Comité que estaban ocultos y se les reunirían en aquel sitio.

Al amanecer llegó el corpulento Bryan McQueen; era un hombre de aspecto imponente y por lo demás, un erudito cuando se trataba de los desiertos marcianos. Había pasado la mayor parte de su vida viajando solo por sus vastas extensiones o sobrevolándolas en un lento avión.

Dos días después aparecieron los miembros restantes del reducido grupo. Se trataba de Francisco José Gutman, el lamoso botánico, y Karl Telders, el notable ingeniero interplanetario y experto en cohetes. La espera había terminado; los últimos hombres en Marte estaban reunidos.

Apenas los dos últimos llegaron al sitio de reunión, todos los elementos almacenados allí fueron preparados para poderse transportar cómodamente en alforjas de viaje y el pequeño grupo de aventureros se puso en marcha. Siguiendo un camino señalado por Worden en su mapa; recorrieron aquellos laberintos dando tantas vueltas que por fin Nelson se convenció de que estaban perdidos. Precisamente en ese momento comenzaron a trepar por una rampa cada vez más inclinada, que terminaba en una escalera con peldaños de metal. Por encima de la misma se abría una de las acostumbradas puertas circulares marcianas y al sacar la cabeza el adolescente se encontró en el interior de su propia casa en Solis Lacus.

Durante el viaje ninguno de ellos había salido en momento alguno a la superficie. Nelson sabía que esto se debía a que su padre quería mantener en secreto su presencia en el Planeta Rojo. El juego a que estaban dedicados consistía en vigilar, esperando que los misteriosos desconocidos se atrevieran a mostrarse creyéndose solos.

Una vez en el confortable salón de la casa marciana, el pequeño grupo realizó consejo de guerra. John Parr exhibió una nueva sorpresa de su ya numeroso repertorio.

—Ahora que estamos aquí, supongo que se les habrá ocurrido la dificultad existente en realizar nuestro trabajo de espiar a los probables extraños sin que adviertan nuestra presencia. Si queremos pasar inadvertidos, tenemos que mantenernos fuera de los caminos o del aire del planeta. Esto significa que si nuestros amigos los hipotéticos marcianos resuelven establecerse en un oasis del otro lado del planeta, nunca los llegaremos a ver. Además, si llegamos a descubrirlos y ellos a nosotros, al advertir que somos un puñado de hombres podrán borrarnos fácilmente de la superficie de Marte.

Todos asintieron ante la lógica de esta observación. El canoso hombre de ciencia hizo una pausa y luego prosiguió:

—Por lo tanto, no nos quedaremos en Marte. Vamos a mudarnos a un sitio que nos permitirá espiar cómodamente y sin ser vistos la superficie marciana... Desde allí podremos realizar nuestras observaciones regularmente y no correremos peligro alguno.

Gutman enarcó las cejas.

—¿Y dónde sería eso, John? —inquirió.

—Yo creo saberlo —terció Telders—. Hay un lugar... o mejor dicho, dos que pueden servir...

—¿Y se llaman? —preguntó McQueen, balanceándose en su silla.

Telders se limitó a sonreír y señaló con el pulgar hacia arriba. McQueen siguió su gesto con cierta sorpresa. Nelson entonces habló lentamente.

—¿Quiere decir las lunas? ¿Fobos y Deimos?

—Exacto —repuso su padre—. Vamos a trasladarnos a Fobos para establecer allí nuestro puesto de observación.

—¿Y en qué cohete podremos hacerlo? —McQueen estaba aún perplejo.

—Yo lo tengo —repuso Telders—. He ocultado un pequeño crucero bajo la arena del otro lado de Solis Lacus. Perrault lo envió hace cierto tiempo. Tiene combustible y todos los elementos necesarios para realizar el viaje; Fobos está en estos momentos a sólo 9.350 kilómetros de distancia... y tenemos inclusive el equipo apropiado para establecer el puesto de observación: tiendas espaciales herméticas, telescopios, cámaras fotográficas...

—Y suficiente comida para una larga permanencia —agregó Parr—. Cuando se acabe siempre podremos volver a Marte para saquear algún depósito...

—Eso me gusta —exclamó Nelson—. ¿Cuándo partimos?

—Podemos hacerlo en cualquier momento. Sugiero que descansemos durante algunas horas y nos preparemos para mudarnos durante la noche... así habrá más posibilidades de pasar inadvertidos.

Todos estuvieron de acuerdo que así debía hacerse.

cap. 5

Fobos

Al abandonar los colonos sus hogares, habían dejado atrás la mayor parte de sus propiedades y todos sus muebles. En los depósitos de las espacionaves había sitio tan sólo para las pertenencias de índole más personal. Por esto en el antiguo hogar de los Parr aún había de todo.

Telders y McQueen se acostaron directamente sobre la suave alfombra sintética del salón; Gutman se acurrucó en una de las esteras plásticas habituales en las casas marcianas. Worden y Parr durmieron en la alcoba principal y Nelson en su propio dormitorio.

Acostado sobre su cama, el adolescente recorrió con la mirada las paredes de aquella habitación que no esperara volver a ver. Todo seguía igual, pero... ¡qué diferente era el mundo exterior!

Sobre su escritorio había clavado un banderín del Instituto de Ingeniería Espacial, la Universidad a que pertenecía el Colegio de Entrenamiento Interplanetario de la Tierra donde estudiara. En la pared opuesta se veían las reliquias de su infancia en Marte, un estandarte crudamente diseñado a mano con los colores de la Escuela Primaria de Solis Lacus, la única en todo el Planeta Rojo. Más allá había una fotografía de su padre recibiendo una condecoración por haber descubierto algo relacionado con la flora del desierto, esas extrañas plantas grises que aparecían repentinamente en medio de las vastas y desoladas llanuras rojizas. Y aquel insecto marciano tan curioso, un "trepador de raíces" que lograra atrapar y mantener en permanente inmovilidad esterilizando las células de su organismo con una leve descarga de su atomizador. Otros objetos que le resultaban caros por ser recuerdo de su niñez se apilaban en derredor.

Volviéndose de costado, el muchacho cerró los ojos.

Antes de darse cuenta de lo que hacía, el silbido del reloj despertador atómico lo forzó a levantarse de un salto. En el exterior el cielo se había tornado azul, oscuro, casi negro, y las estrellas brillaban a través de la débil atmósfera marciana con un resplandor desconocido en la Tierra.

Las lámparas de su habitación iluminaban cálidamente; sentándose se calzó. De reojo alcanzó a ver un cuerpo plateado moviéndose por el firmamento; debía de ser Deimos, la luna más lejana.

Nelson se unió al resto del grupo, antes de ponerse en marcha asaltaron la despensa abandonada por la señora Parr y tomaron su última comida en el Planeta Rojo. Cuando concluyeron se colocaron los respiradores, vistieron sus mamelucos nocturnos, calentados electrónicamente, bajaron las capuchas sobre sus cabezas y acomodándose las mochilas, siguieron a Worden, que bajó una vez más por la puerta trampa, hacia los laberintos subterráneos.

Avanzaron rápidamente por debajo de la ciudad; si bien debía de haber algún sistema de iluminación nativo, no funcionaba, al igual que todos los aparatos y dispositivos de la metrópoli marciana, muerta o en estado de suspensión animada. La ciudad estaba totalmente surcada por aquella red de túneles y extensos subterráneos. Nelson, que conocía los pasajes similares de las urbes terrestres, se encontró meditando sobre el aspecto que podían haber tenido esos largos corredores en épocas pretéritas, brillantemente iluminados y llenos de marcianos.

Todos seguían a Worden, que tenía un mapa del camino hecho por los exploradores que visitaron anteriormente aquel dédalo de pasadizos y avenidas subterráneas entremezclados. De tanto en tanto el guía se detenía para verificar su posición y luego proseguía avanzando, con sus compañeros.

Tras cuatro horas de incesante caminar, Worden los hizo detener. Nuevamente abrió una puerta trampa que estaba sobre sus cabezas y subiendo una escalera se encontraron en un amplio recinto; Nelson advirtió apenas movió la cabeza que las habitaciones interiores habían sido eliminadas y todo el sitio estaba ocupado por un crucero espacial, un duplicado en escala reducida de las grandes espacionaves, uno de esos cohetes utilizados para explorar los asteroides, rápido y poderoso, capaz de llevarlos a todos ellos confortablemente instalados hasta la luna más próxima en poco tiempo. Se trataba de un aparato sin uso; Nelson comprendió que los preparativos realizados eran realmente completos. Telders abrió la puerta principal y todos entraron. El interior era como Nelson lo anticipara. Una larga cabina anterior, con seis cuchetas laterales; un depósito que en aquel momento estaba lleno de cajones con el equipo y los motores. El adolescente había estudiado pilotaje en una réplica reducida de aquella espacionave. En ese modelo los motores ocupaban tan sólo un treinta por ciento del casco, contrastando con los primitivos cohetes espaciales, cuyas máquinas y depósitos de combustible llenaban el noventa y cinco por ciento del espacio.

Cuando todo estuvo preparado controlaron sus relojes y Telders se hizo cargo de los mandos.

—¿Todo preparado? —inquirió John Carson Parr, que se había sentado junto al piloto.

Los demás contestaron afirmativamente; Nelson estaba tras los controles pues quería mirar por el portillo anterior, Fobos no estaba a la vista. El adolescente supuso que Telders había hecho sus cálculos para cruzar la órbita del satélite en el momento exacto en que éste pasara por allí. El viaje duraría algunas horas pues debían viajar a la escasa velocidad empleada en las zonas planetarias.

—¡Partimos! —exclamó Telders y oprimió el botón. La semiesfera de plástico se corrió y el oscuro cielo marciano apareció ante la proa del cohete interplanetario. Por un momento Nelson tuvo la visión de la ciudad gris bajo la luz de las estrellas. Luego la espacionave se alzó lentamente, su proa se dirigió hacia las estrellas y aceleró. En pocos segundos la ciudad se convirtió en un montón de perlas a sus pies, una gema engastada en las sombras de una llanura azul oscura, cuyos límites eran, incluso durante la noche, claramente discernibles contra el brillo del desierto.

Nelson esbozó una repentina sonrisa al mirar hacia abajo, y McQueen, que estaba junto a él, le preguntó:

—¿De qué te ríes, hijo?

—Se me ocurrió repentinamente preguntarme quiénes nos vieron despegar —repuso el muchacho, mirando al corpulento explorador.

—Espero que nadie. No sería conveniente que supieran que aún estamos rondando por aquí.

—No estoy seguro —exclamó Gutman, mirando en derredor—. Si nos han visto probablemente creerán que somos los últimos colonos que se marchan de Marte.

—Pensándolo bien, es cierto —dijo Nelson—. Ya no queda ningún terrestre en Marte. Ninguno.

—¡Hum! —John Carson parecía pensativo—. Esto representa una verdadera derrota para la raza humana... nuestra primera retirada en un siglo y medio. Ésta es la triste realidad: no hay ningún ser humano en Marte y si bien nosotros podemos volver eventualmente a ocuparlo, la verdad es que ese planeta está ahora desierto... tan desierto como debe de haberlo estado durante miles de nuestros años.

—¡Oh, bueno! —repuso McQueen—. ¡Volveremos! No se puede derrotar definitivamente a la Humanidad.

El Planeta Rojo retrocedía lentamente, su horizonte ensañándose paulatinamente mientras penetraban en el oscuro vacío que se extendía más allá del cinturón de la tenue atmósfera terrestre. Por encima de ellos parecía haberse tendido una capa de sombras impenetrables.

El viaje continuó con poco cambio de palabras. Todos estaban sumidos en sus pensamientos; Nelson dedicó toda su atención al trayecto que recorrían, hasta que percibió la masa del satélite cruzándose ante la proa del cohete.

Por fin Telders comenzó a accionar los mandos del cohete, cambiando su velocidad, disminuyéndola y alcanzando una órbita paralela a la del satélite, que poco a poco se les fué acercando.

Media hora después, la masa de Fobos cubría todo el campo visual de los tripulantes del cohete y por fin Telders posó con suma habilidad los patines del aparato sobre una diminuta llanura rocosa del satélite.

Se incorporaron todos, sintiéndose exactamente igual que si hubieran estado en vuelo libre; ninguno tenía peso casi.

—No se muevan bruscamente —aconsejó John Parr—. Recuerden que este trozo de roca tiene escasamente 16 kilómetros de diámetro y su gravedad es casi nula. En su superficie pesamos unos pocos gramos.

Todos se movieron pausadamente, reuniendo el equipo.

—¿Nadie ignora cómo usar trajes espaciales, verdad? —preguntó Parr. Se trataba de una pregunta meramente académica, pues sin tal conocimiento no hubieran salido de la escuela elemental marciana. Sin hacer comentarios, los seis vistieron sus modernos y livianos mamelucos de plástico, que se cerraban herméticamente y proporcionaban calor y presión uniformes. Nelson se calzó el casco esférico y transparente y pronto quedó establecida la comunicación radial entre todos, lo que los hizo sentir como si no hubieran tenido los trajes espaciales puestos.

—No podemos perder más tiempo —exclamó John Parr—. Cada cual debe llevar parte del equipo al descender. Viviremos en este cohete, pero el observatorio tiene que estar instalado en el exterior. ¡Vamos!

Nelson tomó el bulto de tela de tienda que le alcanzaron y colocándose en fila tras McQueen, fué el segundo en descender sobre el pequeño satélite de Marte.

Cuando los seis estuvieron en el exterior, sus zapatos magnéticos, aferrándose a la superficie del diminuto satélite, olvidaron la pretendida prisa para mirar en derredor.

Estaban en un extremo de la pequeña llanura rocosa. A un lado un risco ofrecía el equivalente local de una cadena de montañas. El llano terminaba abruptamente y el reducidísimo horizonte parecía estar a pocos centenares de metros de ellos. En un mundo tan pequeño como Fobos, aquélla era la experiencia habitual.

En el satélite no había ni aire ni vida. La fría superficie de roca que brillaba bajo la luz de un millón de estrellas estaba libre de toda vegetación. Por encima de ellos, una enorme esfera parecía colgar, semiiluminada al recibir la luz del Sol. Era Marte. Mirando, podían advertir casi el movimiento del pequeño satélite en torno del astro principal, siguiendo su invisible camino que lo llevaba a girar en derredor de Marte.

—¡Suficiente! —los llamó John Parr—. ¡Habrá tiempo para estudiar el paisaje sin perder tiempo! ¡Vamos a trabajar!

Comenzaron pues a preparar el observatorio, ese puesto destinado a espiar a los que hasta aquel momento estuvieron espiándolos a ellos... ¡fueran quienes fuesen!

cap. 6

La luz misteriosa

Nelson y Worden volvieron al interior del cohete y comentaron a descargar el equipo de observación. McQueen y Gutman exploraron el lugar, en busca del mejor sitio para ubicar los telescopios. Telders y el mayor de los Parr también ayudaron a descargar cajas y cajones. El trabajo era sencillo y fácil. En Marte hubiera resultado duro y en la Tierra imposible sin una escuadrilla de estibadores. La falta de gravedad es algo muy conveniente cuando se trata de mover pesos excesivos. Naturalmente, quedaba cierta dificultad provocada por la inercia, pero era más fácil de dominar que el peso.

En la Tierra hubiera sido un espectáculo realmente curioso ver a un muchacho como Nelson Parr, que si bien era fuerte y alto para su edad, llevando un bulto varias veces mayor que él. La novedad de aquello se esfumó cuando apareció Jim Worden, mucho más bajo que Nelson, si bien más ancho y quince años mayor, cargado con el doble de cajones que el adolescente.

En un lapso sorprendentemente corto el equipo fué trasladado al sitio más adecuado para observar con la menor interrupción posible la superficie de Marte. Siendo un cuerpo muchísimo más pequeño que la Luna, Fobos tiene la misma peculiaridad que el satélite terrestre: no gira sobre su eje a más velocidad que su movimiento de traslación, es decir, ofrece siempre la misma cara al planeta principal. En el sitio donde el grupo de Parr había aterrizado, se gozaba de una visión constante de la superficie de Marte.

McQueen y el resto instalaron la tienda sintética donde se conservarían los instrumentos no utilizados y montarían guardia los observadores permanentes. El material sintético era absolutamente impermeable y no permitía filtrarse el aire que se encerraba en su interior, pero los exploradores del espacio no se preocuparon por mantener la tienda herméticamente cerrada, dado que calculaban permanecer en ella con sus trajes y escafandras puestos durante los momentos que no estuvieran en el exterior realizando sus observaciones.

Pronto la tienda estuvo armada y junto a ella, sobre una plataforma a prueba de temblores, se alzó el telescopio, montado simplemente en un armazón sintético sin partes superfluas. No sería necesario ningún motor mecánico para mantener el objetivo en su sitio, dado que se trataba de un cuerpo celeste constantemente a la vista. Los controles manuales servirían para recorrer rápidamente la superficie del Planeta Rojo, y mientras Marte giraba sobre su eje, todos sus puntos interesantes quedaban bajo el lente del telescopio en forma sucesiva.

Además se instaló un aparato de radar para registrar cualquier movimiento invisible al ojo humano. Esto no sería utilizado más que en los casos en que se sospecharan esos misteriosos movimientos. En tales oportunidades el aparato se enfocaría hacia el punto sospechoso y registraría la verdad o error de la observación.

Volvieron al crucero espacial recién a la hora de comer. Cuando hubieron satisfecho el apetito, contentos de descubrir que Telders era tan buen cocinero como astronauta, John Carson Parr les habló:

—Tenemos que establecer un sistema de vigilancia constante. Dos hombres se ocuparán de cada turno, y en tal forma podremos mantener el día dividido en tres partes iguales, evitando el cansancio físico y la excesiva permanencia dentro de los trajes espaciales.

—¿Puedo sugerir que instalemos un sistema fotográfico automático que nos permita ahorrar tiempo y preocupaciones? La cámara es más fiel que el ojo humano —intervino Jim Worden—. Tenemos a bordo cámaras telescópicas adaptables al lente del telescopio.

El mayor de los Parr sacudió negativamente la cabeza.

—Ya pensé en eso —repuso—, pero tiene un inconveniente. Nuestro trabajo no puede quedar librado al azar. El ojo humano se equivoca pero puede captar pequeños cambios que fotografiados pierden significación. Con el telescopio estaremos a unos veinte metros de distancia teórica de la superficie de Marte. Por lo tanto, el campo de observación se reducirá considerablemente y la capacidad de selección del cerebro humano adquirirá extraordinaria importancia para catalogar esos posibles cambios. Además habrá que revisar Marte con telescopios de menor poder que el que hemos ya montado, para tener una visión panorámica del Planeta Rojo. La misión no es tan fácil como parece. Sería más probable que encontráramos una aguja en un pajar, pero habrá que hacerlo.

La larga vigilia comenzó. Los hombres fueron acostumbrándose lentamente a su trabajo, que se convirtió en algo rutinario. Al principio nada les pareció natural o correcto. En aquella diminuta luna no había nada parecido al día o la noche. Solamente el eterno tránsito de Marte, que giraba sobre su eje, y el rápido movimiento del Sol a través del oscuro cielo. Para ellos el cielo siempre era negro y las estrellas eternamente brillantes. Los dos hombres de guardia se turnaban en el telescopio, escrutando incesantemente la faz desierta del que fuera hasta poco antes su hogar. Entretanto, dos dormían y los dos restantes recorrían el satélite en busca de otras maravillas astronómicas.

Porque aparte del eterno globo que era Marte, desde aquel aventajado puesto de observación se divisaban muchas otras maravillas. El cercano Cinturón de Asteroides ocupaba gran parte del tiempo el firmamento. Algunos de aquellos colosales fragmentos de piedra se acercaban tanto por momentos que hacían palidecer a los astros mayores.

El poderoso Júpiter, señor del Sistema Solar, se veía perfectamente bien con el ojo desnudo, y cuatro de sus satélites, gigantes dentro de su tipo, podían ser catalogados fácilmente. El enorme Saturno podía ser captado de tanto en tanto, con sus anillos. Urano se veía entre una nube de estrellas, y Nelson habló varias veces de observar al distante Neptuno aunque fuera por medio del telescopio auxiliar, hasta que Telders calculó su posición y lo ubicó del otro lado del Sol, como el remoto Plutón.

Pero la mayor gloria de aquel firmamento era una estrella rutilante, de brillo verdoso, que seguía al Sol en sus vueltas. Ese mundo, brillante, a veces algo empañado por nubes, era siempre seguido por una diminuta réplica de sí mismo. Su nombre, la Tierra, atraía involuntariamente las miradas de los seis hombres.

Al principio, cuando recién establecieron el puesto de observación, la Tierra era una gran estrella en su firmamento, pero a medida que pasaba el tiempo fué redondeándose más y haciéndose más pequeña, porque a medida que se alejaba de Marte el Sol la iluminaba mejor.

Nelson Parr y Jim Worden compartían una de las guardias establecidas. Se sentían atraídos el uno hacia el otro probablemente porque los dos eran los miembros más jóvenes del grupo, pese a que entre ellos había ya una buena diferencia de edad. Por lo demás, los dos habían nacido en Marte, cosa que no era muy común, y llevaban al viejo Planeta Rojo en la sangre. Inflamados por el mismo deseo de desentrañar los secretos de esa civilización extraordinaria, Jim había tenido la oportunidad que a Nelson se le negaba.

Pese a que Worden no hablaba de eso, Nelson supuso que tendría esposa y familia entre los colonos que habían regresado a la Tierra. Pensándolo mejor, el adolescente recordó que había visto a una niñita en la escuela de Solis Lacus llamada Worden. Pero ninguno de los hombres casados de la expedición hablaba de sus familias, considerando que la separación que les esperaba duraría tal vez largos años y era preferible no dejarse dominar por semejantes pensamientos, que podían llevarlos a la desesperación.

En el trabajo que realizaban había una curiosa mezcla de tensión y reposo. Es imposible no sentirse tranquilo bajo los cielos oscuros tachonados de fulgurantes estrellas, Nelson se sentaba para realizar su tarea, y nada se movía, ningún sonido se escuchaba. Una llanura de eterno silencio y paz, en un trozo de roca muerto y estéril. Ningún pájaro podría jamás cantar sobre su superficie, ninguna hoja de césped crecer en su superficie, donde no soplaría jamás la brisa que hubiera podido mecerla.

Por encima, solamente la masa ocre del mundo que giraba eterno e inmutable, sin cambios para el ojo desnudo, salvo los que se producían por su lenta rotación. De tanto en tanto algún pequeño planetoide cruzaba su cielo lentamente.

Allí reinaba una paz desconocida en la Tierra, la engañosa paz del espacio exterior. Porque en esa paz había una oculta inquietud. Sentado junto al telescopio, protegido del frío ambiente por su modernísimo traje espacial, Nelson sabía que el horizonte estaba demasiado cercano. Su cerebro, condicionado por centenares de miles de años de evolución terrestre, susurraba en forma subconsciente a sus sentidos que aquello era peligroso, que estaba suspendido del vacío, y si bien esto era falso, pues podía caminar hacia adelante sin caerse, puesto que el horizonte se alejaba de él con cada paso que daba, siempre subsistía la sensación terrible de un peligro inminente y agazapado a pocos pasos.

Ésta era una de las dos tensiones que sentía Nelson. La otra era la derivada de la certeza absoluta de que su misión era importante y difícil, pues sobre ella descansaba todo el futuro de la civilización humana. Era probable que en el fondo existiera un peligro real y terrible y la respuesta a una de las más serias preguntas que desde centurias atrás se formulaba el Hombre: ¿Estaba o no sólo en el Universo conocido? ¿Había acaso algún desconocido enemigo acechando desde su oculto escondite?

Nelson recorría con el telescopio la superficie de Marte, observando las ciudades desiertas. Sus manos estaban apoyadas sobre los controles mecánicos del aparato, y sus ojos recorrían las calles, avenidas y caminos, abandonados por completo. Luego iban más allá, pasando por sobre los campos de cultivos milenarios y paseaban por los extensos llanos de árida arena, que hacían parecer las alturas del Himalaya o las tremendas extensiones de Gobi, sitios encantadores para vivir.

Así pudo observar ciudades rara vez visitadas por los colonos o sus exploradores, siempre demasiado pocos para cubrir tanta extensión. Había grandes diferencias de una ciudad a otra, por lo que evidentemente se podía llegar a la conclusión de que la cultura marciana no había sido estática o mundial. Siguiendo las mismas líneas generales, producidas por la constante lucha contra un medio hostil que se tornaba diariamente más duro e inhóspito, con grandes semejanzas en los contornos, cada ciudad tenía sus propias características. No todas las casas eran esféricas o estaban selladas pese a que era evidente que las globulares habían sido el tipo dominante en el momento de la desaparición de la vida inteligente. Algunas ciudades muy antiguas tenían estructura cuadrada o hexagonal, otras tenían mayor altura, lo que sugería una vida más intensa en su superficie. En un momento dado Nelson creyó descubrir los restos de lo que debió de haber sido un puente ferroviario o algo por el estilo. Esto lo mencionó a Jim Worden, que seguía a su lado, y apoyando el ojo en el telescopio miró.

—Sí —le contestó luego, con aire pensativo—. Conozco el lugar. He estado en una oportunidad y probablemente se trate de una de las ciudades más antiguas de Marte, algo correspondiente en relación con su cultura a nuestra Atenas de Pericles. Lo extraño es que cuando se la visita, parece tan moderna como las otras. Lo que alcanzas a ver desde el espacio es casi invisible a nivel. Y sin embargo... siempre quise regresar para estudiarla más detenidamente, pues me pareció probable que su conocimiento a fondo serviría para desentrañar algunos de los muchos misterios de Marte. Sus catacumbas, por ejemplo, son mucho más primitivas que las otras y probablemente deben de haber sido excavadas al principio, cuando los marcianos descubrieron que su mundo comenzaba a secarse lentamente. En las dos o tres cavidades selladas que descubrí, el radar demostró que había museos o algo por el estilo. Sin embargo no pudimos penetrar tampoco en ellas...

Nelson volvió a su puesto de observación y miró nuevamente la antigua ciudad.

—¡Qué interesante sería descubrir la historia de semejante sitio! —comentó—. ¿Será posible que los marcianos se muestren primero allí?

Miró atentamente, pero ningún cambio o movimiento pudo improbar.

—De algo estoy seguro —prosiguió Jim— Los marcianos deben de haber sido sentimentales en su propia autoestimación. Tenían museos, protegían sus casas en forma indestructible, como lo hacían los antiguos egipcios con sus tumbas..., deben de haber tenido una religión que les prometía regresar a su mundo después de muertos. ¡Pero lo malo es que no hemos logrado hallar un solo cementerio! Ni siquiera estatuas o retratos. ¡Nada!

—Tal vez eran supersticiosos y no querían reproducir sus formas por temor a los efectos mágicos —sugirió Nelson—. Ya sabes que en la Tierra hay salvajes que piensan así...

—Si hubieran sido salvajes atrasados, ésa sería una teoría interesante —murmuró Jim—. Pero la cuestión es que no lo eran.

El tiempo siguió pasando lentamente. Hasta bajo aquellas extrañas circunstancias en que se veían forzados a vivir los hombres del observatorio de Fobos, la tensión comenzó a disminuir, transformándose en rutina. La Tierra se alejaba cada vez más, acercándose a la corona flameante del Sol. Pronto pasaría del otro lado y sería invisible a la vista de los hombres que quedaran a modo de retaguardia de la raza humana. Durante siete largos meses no volvería a aparecer.

Mientras se turnaban en el telescopio, los seis hombres de Fobos no se dejaban ya engañar por los fenómenos ópticos que al principio los hicieran gritar llenos de excitación, imaginando movimiento donde nada se había producido. Una vez McQueen renovó la alarma, pero luego resultó que acababa de ver una nube de polvo alzándose sobre el desierto en remolino de caprichosa forma.

Las estaciones en Marte iban cambiando paulatinamente y Nelson observó cómo el casquete polar del Norte se diluía mientras el del Sur aumentaba en intensidad. La Tierra estaba ya tan cerca del Sol que no era posible mirarla sin que los ojos sufrieran por la fuerte luz. Por fin, el verde puntito se esfumó tras la esfera del Astro-Rey. Ése fué un momento sombrío para los expedicionarios. Por un breve instante permanecieron quietos, sintiendo más que nunca la lejanía y soledad en que estaban sumidos.

Pero la observación continuaba constantemente. Siempre había dos hombres de guardia, midiendo, calculando.

Fué durante el turno de guardia de Nelson y Jim cuando algo fuera de lo normal ocurrió. Marte era poco más que un cuarto creciente, con la noche deslizándose por su superficie poco a poco y en el borde de la porción iluminada estaba la ciudad que Worden llamara la Atenas marciana. Nelson concentró el telescopio en ella, su mente calculando especulativamente sobre los misterios de una historia que hombre alguno había logrado descifrar. Sus ojos recorrieron la forma hexagonal de su perfil, mientras las sombras del crepúsculo se alargaban paulatinamente. Nelson podía casi ver las plantas marcianas, cerrando sus ramas y doblando sus hojas lanudas para protegerse de la fría noche.

Lentamente la visión de la ciudad se fué tornado borrosa, mientras la noche cubría la parte aquella del Planeta Rojo. Pocos minutos más y su observación tendría que concretarse a otras regiones, pues la ciudad se tornaría invisible en la tenebrosa oscuridad de Marte. Sumergido en sus pensamientos, Nelson siguió mirando hacia aquella antigua ciudad, sus ojos esforzándose por captar los detalles de casas y señales, mientras todo se mezclaba hasta convertirse en algo negro e impenetrable. En ese preciso instante, el adolescente vió un resplandor.

¡En la ciudad había una luz! Un pequeño círculo de luz blanca, enmarcando la puerta de un edificio..., una puerta invisible desde el espacio.

¡Mientras Nelson miraba, mudo por la sorpresa experimentada, el reducido círculo tembló, parpadeó y desapareció mientras la puerta se cerraba!

cap. 7

Viaje a Deimos

Nelson Parr contuvo el aliento v luego lanzó un grito:

—¡Eh!

—¿Qué tratas de hacer? —la voz de Jim Worden llegó a través del micrófono—. ¿Quieres dejarme sordo?

—¡Vi una luz, Jim! —replicó Nelson, dominado por una viva emoción, sintiendo deseos de saltar y gritar.

—¿Dónde? —la voz de Jim había adquirido un tono muy distinto del anterior.

—Se ha esfumado, ¡pero la vi! —repuso el adolescente. Luego explicó a Worden lo ocurrido. Jim miró a su vez por el telescopio, pero ya las tinieblas habían cubierto aquella parte del Planeta Rojo y la luz no volvió a aparecer.

—¿Qué parecía, hijo? —la voz del mayor de los Parr llegó hasta Nelson a través del micrófono. Pese a que John Parr estaba en la espacionave, su receptor seguía conectado y había escuchado las palabras de su hijo. Nelson oyó las voces excitadas de los demás miembros de la expedición, al sumarse a la conversación, dejando de dormir o pensar.

Pronto los seis estuvieron reunidos en torno del telescopio. Nelson volvió a explicar lo que había visto. Un coro de comentarios se alzó entonces, hasta que la voz de John Carson Parr pidió silencio.

—Escúchenme —dijo sosegadamente—. No perdamos la cabeza. No vamos a ver nada más por el momento, por lo menos hasta que el Sol vuelva a iluminar esa zona de Marte. Ya sabemos que nuestra búsqueda puede centralizarse allí. Pero recién estamos en el comienzo de todo. Los que no montan guardia, conviene que descansen hasta que llegue su turno para mantenerse en buenas condiciones. Creo que las próximas horas serán cruciales.

Seguido por los tres miembros de la pequeña expedición que no estaban de guardia, Parr regresó a la espacionave, dejando a su hijo con Jim Worden para terminar su período de observación.

Empero nada volvió a verse, hasta que cuatro guardias más tarde uno de los aventureros descubrió las huellas dejadas sobre la arena por algún vehículo pesado, probablemente un aparato volador. Por desgracia, tanto el planeta como su satélite estaban en constante movimiento, lo que impedía concentrar la atención mucho tiempo en un mismo punto.

A esto siguió una observación de Gutman, que vió en otra parte de la ciudad una puerta abierta, cuando horas atrás había estado cerrada. Luego, veinte horas más tarde, volvió a aparecer cerrada.

Los seis observadores estaban dominados por el entusiasmo; pronto surgieron apuestas sobre quién sería el afortunado en ver antes a los supuestos marcianos.

—Es obvio que aguardaron hasta que se hubo marchado el último terrestre para aparecer —comentó Gutman, expresando en alta voz una opinión general.

John Parr no estaba seguro de que si llegaban a ver a aquellos seres extraterrenos podrían identificarlos.

—Seguimos demasiado lejos como para poder reconocer formas que no son familiares a nuestros ojos —dijo—. Tendremos que arriesgarnos a realizar un viaje relámpago a Marte.

Jim Worden lanzó una carcajada.

—¡Tendríamos muchas probabilidades de éxito! —repuso—. Recuerda que son los tipos más resbaladizos del Universo. Apostaría que apenas nuestro cohete rozara la atmósfera, ellos ya sabrían que estábamos allí...

Una extraña idea asaltó entonces el cerebro de Nelson.

Por un momento dudó si debía expresarla en alta voz o no, y luego habló.

—¿No podrían tratarse de visitantes de otro Sistema y no de marcianos? Tal vez son exploradores interplanetarios como nosotros, que han esperado a que se marcharan los colonos para descender —aventuró.

Jim Worden volvió a reír. Bryan McQueen palmeó la espalda del jovencito.

—Puede ser, pero es altamente problemático —dijo— Después de todo, ¿cómo podrían saber esos otros exploradores que nos hemos marchado, a menos que hayan estado espiándonos desde antes? ¿Para qué buscar más complicaciones? Una serie de extraterrestres es suficiente, ¿eh?

Durante el siguiente período de guardia, cuando la Atenas de Marte estuvo nuevamente a la vista, en el Planeta Rojo acababa de amanecer. A medida que el sol iba alzándose sobre el horizonte marciano, las calles de la antigua ciudad se iluminaban. De pronto McQueen, que estaba de guardia, lanzó un grito: apilados ordenadamente sobre una superficie descubierta había una serie de objetos, cajas o cajones. Todos miraron, pero ya no cabía duda alguna. No se advertía movimiento alguno, pero era claro que los desconocidos habían cobrado la suficiente confianza como para abandonar parte de sus precauciones.

—¿Cuántas horas de observación nos quedan? —inquirió John Parr ansiosamente.

Telders miró a las estrellas, hizo un rápido cálculo y respondió prestamente:

—Pocas. Este sector seguirá siendo visible durante un par de horas más. Luego rotará y no volveremos a verlo hasta dentro de..., hum.., treinta horas.

El jefe de la reducida expedición se golpeó una mano con la otra.

—¡Maldición! —gruñó—. ¡Éste es el momento en que deberíamos montar una permanente guardia para vigilar ese sitio! Estoy seguro que alguien está por recoger esos cajones.

Si pudiéramos observarlo, adelantaríamos muchísimo en la solución de este misterio.

—No tenemos ningún medio de mantener nuestra vigilancia sobre esa ciudad —repuso Worden—. Por lo menos, no desde aquí.

—¿Por qué no buscar otro sitio mejor? —urgió Nelson—. ¿No es posible ver la ciudad desde Deimos?

—Buena idea —exclamó su padre rápidamente—. ¿Quieres controlar eso, Telders?

Así lo hizo el ingeniero y tras un breve paréntesis para consultar sus cartas celestiales, repuso:

—Si podemos enviar un observador a Deimos durante las próximas dos horas, tendremos posibilidades de mantener nuestra vigilancia sobre la ciudad por lo menos diez horas seguidas.

—¿El salvavidas del cohete está en condiciones de viajar?

—Naturalmente..., y con toda facilidad.

—¡Magnífico! —exclamó Parr—. Lo haremos... Worden y tú, Nelson, tenían que montar guardia en el próximo turno. Tomen el salvavidas, carguen el telescopio de repuesto y pónganse en marcha inmediatamente. Telders les dará los cálculos para el viaje.

El corazón de Nelson pareció dar un brinco. Luego echó a correr seguido por Jim, cargando a toda velocidad el equipo necesario en el pequeño salvavidas, una espacionave en miniatura capaz de realizar por su cuenta viajes interplanetarios de no muy larga duración. No necesitaban cargar alimentos y agua, pues el diminuto cohete llevaba raciones de emergencia en sus depósitos. Cuando el telescopio estuvo a bordo, abrieron el panel de emergencia y deslizaron suavemente el salvavidas sobre la superficie rocosa de Fobos.

Telders corrió hacia ellos, entregándoles una hoja de Papel.

—Aquí tienen los cálculos de órbita y velocidades —les dijo—. Pueden realizar casi todo el viaje a ojo, pues la distancia entre las dos lunas es reducida. Tengan cuidado cuando desciendan.

Nelson y Worden controlaron sus trajes espaciales, repasaron apresuradamente el equipo del pequeño cohete y verificaron que todo funcionaba perfectamente. El aparato tenía escasamente seis metros de largo y su compacto motor y depósito de combustible ocupaban la mitad de esa dimensión. Los dos tuvieron que acomodarse en los tres metros anteriores, junto con el equipo que transportaban.

—¿Quién conducirá? —inquirió Jim—. Sé hacerlo, pero hace muchos años que no manejo nada por el espacio. Últimamente todo lo que he hecho ha sido deslizarme por la atmósfera marciana en los lentos aviones de exploración.

—Yo me encargaré —repuso Nelson—. He conducido modelos como éste en la Academia hace pocos meses y estoy seguro de que no será muy distinto.

El adolescente sonaba más seguro de lo que se sentía. —Perfectamente —asintió John Parr, que escuchaba la conversación por radio—. Cuanto más joven se es, mejores son los reflejos. Mantén tu cabeza lúcida y todo saldrá bien. Nelson se deslizó en el asiento del piloto y Jim Worden lo hizo a su lado. Con cierta dificultad cerraron la cabina con la cubierta plástica transparente y Jim se colocó sobre las rodillas las notas de Telders, para poderlas leer en alta voz en caso de necesidad.

Nelson abrió el contacto y oyó cómo el motor zumbaba. Los cohetes se pusieron en marcha y el aparato se deslizó sobre el piso de roca. Luego, con un repentino salto, el salvavidas abandonó la superficie de Fobos y estuvo en el espacio.

—¡Cuidado! —gritó Jim—. Casi me golpeo la cabeza contra el techo, con ese salto de conejo.

—Lo siento —murmuró Nelson, ocupado con los controles—. En un momento dominaré perfectamente al aparato. Olvidaba que no tenía que luchar contra la gravedad terrestre.

Apretando los dientes flexionó los dedos. Era una prueba que nunca había tenido antes. Una cosa era manejar aparatos semejantes en condiciones terrestres, bajo el control de expertos maestros y otra encontrarse realmente en el espacio, aguardando llegar a destino de un momento a otro.

Desde el salvavidas podía ver perfectamente a la segunda luna de Marte, Deimos, una pequeñísima esfera más chica aún que Fobos, y que tarda cuatro veces el tiempo del satélite más próximo en dar una vuelta completa en torno de Marte. En aquellos momentos se movía lentamente sobre el hemisferio iluminado y por lo tanto su objetivo estaría durante horas a la vista.

El problema que tenía en aquel momento Nelson Parr era llevar su pequeño vehículo espacial hasta la órbita de Deimos, equilibrar ambas velocidades y descender suavemente en el pequeño satélite. Tras calcular rápidamente con el diminuto piloto automático del salvavidas las cifras correspondientes a las distintas velocidades, el muchacho aceleró.

Los dos ocupantes del salvavidas se sintieron apretados contra sus asientos, mientras el pequeño aparato siguió acelerando constantemente. Nelson estaba dispuesto a realizar el viaje en el menor tiempo posible y por eso escogió el camino más directo y a mayor velocidad, llegando a los treinta y dos mil kilómetros por hora que podía dar el cohete.

Entretanto, conversó con su compañero sobre los marcianos. Nuevamente recordó la extraña impresión que viera en el espejo de su camarote en el Congreve.

—Te diré..., estoy por aceptar tu teoría de que estos seres no son marcianos —murmuró Worden, pensativo.

—¿Por qué?

—Porque supongo que los marcianos deben de haber tenido manos muy semejantes a las nuestras. He estudiado durante muchos años sus utensilios y máquinas visibles y creo que han sido diseñados para ser tomados por cinco dedos humanos. Puedo estar equivocado, pero en estas cosas la mecánica de la vida cotidiana puede servir de guía perfectamente bien.

Nelson asintió brevemente y comenzó a maniobrar. Nuevamente se sintieron apretados contra sus asientos y la conversación cesó mientras el cohete se preparó para descender.

El muchacho estaba demasiado ocupado en los mandos para prestar mucha atención a las cosas exteriores, pero Jim Worden que miraba el espacio advirtió que una estrella integrante de un brillante grupo parpadeaba. Miró fijamente y advirtió que otra hacía lo mismo.

—¡Eh! —exclamó, sorprendido.

—¿Qué ocurre? —le preguntó Nelson.

Worden miró insistentemente, pero nada raro vió.

—Perdón..., tuve una ilusión óptica —repuso, explicando a su compañero lo que había creído ver—. Me pareció otra espacionave dirigiéndose hacia Deimos...

—Probablemente un meteorito —dijo Nelson.

Ya estaban muy cerca del segundo satélite de Marte. La pequeña luna era como su gemela muy redonda y de superficie suave. Tras rodearla un par de veces para equilibrar velocidades, descendieron sobre su superficie.

—Buen trabajo —comentó Jim, mirando el tablero de controles—. Telders no hubiera podido hacerlo mejor. Bajemos de una vez.

Ajustándose las escafandras de sus trajes espaciales, abrieron la cabina y saltaron al exterior. El horizonte estaba algo más cerca que en Fobos, pero fuera de esta circunstancia la pequeña luna no era muy diferente de su hermana. Por encima de ellos la esfera roja del planeta que iban a espiar se veía algo más reducida pero con toda claridad.

Sin perder tiempo en palabras bajaron el telescopio y su armazón. Luego miraron en derredor.

—Podías haberme dicho que estaba descendiendo en un sitio poco adecuado para la observación —dijo Nelson.

—No quería alterarte —repuso el explorador—. Traté de no recibir una nueva sacudida.

—Tendremos que trasladarnos unos dos o tres kilómetros más allá. Habrá que cargar las cosas —suspiró el muchacho, y sin decir más se puso manos a la obra. Su compañero lo siguió y con toda facilidad, gracias a la falta de fuerza de gravedad pudieron recorrer un tercio del pequeño satélite llevando el telescopio y los aparatos auxiliares sin inconvenientes.

Por fin encontraron un punto adecuado y se detuvieron. Hacía ya más de dos horas que abandonaran Fobos y evidentemente desde allá ya no era posible vigilar la antigua ciudad marciana. Fué, pues, un alivio para los dos compañeros armar el telescopio y aplicar el ojo en su ocular.

Nada había cambiado desde que vieran por última vez la antigua ciudad marciana; empero había un inconveniente. La distancia era mayor y los objetos se veían demasiado pequeños.

—¿Es éste el lente más poderoso que tenemos? —inquirió Nelson, inclinado sobre el instrumento.

—No —le contestó Jim—. Podemos agregarle otro de mayor poder.

—¿Lo trajimos con nosotros?

Worden miró las Cajas que transportaran hasta aquel sitio y sacudió la cabeza.

—No. Está en el cohete...

—Convendría que lo buscáramos. Si llegamos a captar algo, no podremos saber de qué se trata con este aumento tan reducido.

—Yo iré. Tú mantén la observación, no sea que nos perdamos algo de importancia.

Momentos después el explorador había desaparecido tras el cercano horizonte.

Nelson Parr siguió observando la pila de cajones, pero nada ocurrió. Luego comenzó a pasear el telescopio por los alrededores de la ciudad y entonces los vió. Tres sombras borrosas moviéndose por la carretera cercana. Eran tres vehículos aerodinámicos, que no tenían señales aparentes de llevar ruedas. De haber tenido el lente más poderoso habría descubierto mayores detalles..., empero ahora no advertía mas que el brillo metálico y la forma de gota de agua de los tres vehículos.

Inquieto, se preguntó por qué tardaría tanto Worden. Los vehículos seguían una ruta que los llevaría pronto hasta los cajones. Probablemente estaban por buscarlos, para llevarlos hasta algún escondrijo donde se reunirían todos los pobladores desconocidos del Planeta Rojo. Nelson no se atrevía a quitar el ojo del telescopio y tampoco a dejar pasar más tiempo sin llamar a Jim Worden.

El explorador tardaba demasiado. No podía llamarlo con su transmisor colocado en el casco, porque Jim estaba más allá del horizonte, y aquellos pequeños aparatos de radio no tenían más alcance que el de la vista del que los usaba.

Nelson calculó que los vehículos aquéllos tardarían unos veinte minutos en alcanzar los cajones y resolvió correr el riesgo de perderlos totalmente de vista. Apartando el rostro del telescopio, miró en derredor. Worden no había aparecido aún.

Volviéndose hacia el sitio donde dejaran el cohete, corrió a toda velocidad, saltando todo lo alto que se atrevió en las condiciones de casi falta absoluta de gravedad en que se hallaba. Avanzando, esperó ver a Jim dirigirse hacia él, pero el explorador no apareció.

Pronto divisó al cohete salvavidas en el sitio en que quedara y dió tres saltos gigantescos. Entonces vió a Worden.

Su amigo y compañero yacía de espaldas junto a la entrada del pequeño cohete, inmóvil, tendido sobre las rocas.

Nelson se inclinó y lo volvió boca arriba. El casco de Jim estaba destrozado y el aire que contenía había desaparecido. Una mirada bastó al adolescente para comprender que estaba muerto.

Nelson se incorporó atontado. Luego miró hacia la espacionave y recibió su segundo sacudón.

¡Alguien o algo había entrado, destrozando los controles! El pequeño aparato estaba tan estropeado como si un demente con un hacha hubiera tomado posesión del mismo, aplastando el tablero, arrancando tubos y alambres y despedazando los motores.

cap. 8

Persiguiendo sombras

Por un momento Nelson se limitó a quedar inmóvil, demasiado lleno de horror ante la pérdida de su amigo para pensar en el peligro personal que podía amenazarlo. ¿Por qué había ocurrido aquello? ¿Acaso los marcianos los consideraban enemigos? Luego el horror fué reemplazado por una cólera fría. Ese acto terrible, ese asesinato deliberado era fruto de una cobardía congénita, realizado por criaturas que no se habían atrevido a enfrentar a su enemigo cara a cara y lo habían matado por la espalda, sin una palabra de advertencia. Era obvio que Jim Worden había sido golpeado traicioneramente, con toda seguridad en el momento en que estaba subiendo al cohete para buscar el nuevo lente para el telescopio. Los muy cobardes habían caído sobre él sin dejarle la menor posibilidad de defensa, atacándolo sin una palabra de advertencia.

Además, estaba de por medio la deliberada destrucción del cohete. Había sido un acto destinado a bloquear cualquier ayuda futura a Jim y Nelson, impidiendo que partieran del satélite. El muchacho había quedado así indefenso y abandonado. Mirando de reojo en derredor, entró en la cabina del salvavidas y rápidamente verificó el oxígeno y los alimentos que quedaban. La cantidad no era muy grande; el y Jim no habían pensado quedarse mucho tiempo en la pequeña luna, aproximadamente doce o quince horas en total. Por eso llevaban en el salvavidas algunos alimentos y muy poco aire de reserva. Las horas de vida que restaban a Nelson Parr eran muy escasas.

El adolescente apenas se molestó en mirar al aparato de radio: estaba destrozado. Ni siquiera le quedaba el consuelo de pedir auxilio, que por otra parte era bastante problemático, considerando el limitado alcance del transmisor.

Ansiosamente Nelson buscó un arma en el equipo del pequeño cohete espacial, pero no la encontró. ¿Qué necesidad podía haber en los desiertos espacios interplanetarios de armas?

Saliendo del aparato, miró al cuerpo sin vida de su compañero y comprendió que estaba solo, desarmado y perseguido por desconocidos peligros. Era seguro que estaba marcado como próxima víctima.

Con gesto preocupado miró en derredor. Bajos riscos rocosos bordeaban uno de los costados y en el otro el horizonte se recortaba sobre una llanura diminuta. Todo cuanto necesitaban sus enemigos para atacarlo tranquilamente era permanecer tras ese horizonte tan cercano, espiarlo y cuando volviera la espalda caer sobre él y asesinarlo. ¿Quién podría adivinar cuántos seres desconocidos acechaban fuera de la vista?

Nelson pensó con rapidez, tratando de mantenerse calmo. Podía morir, pero quería ver a sus asesinos. No se dejaría matar sin defenderse. ¡Ellos recibirían una lección!

Entonces otro pensamiento lo asaltó. Recordó la observación de Jim mientras viajaban hacia Deimos, de que había visto algo pasando cerca de ellos, probablemente una espacionave, suficientemente grande como para bloquear la luz de las estrellas momentáneamente. En realidad, debía de tratarse del aparato interplanetario de los desconocidos atacantes de Worden. ¿Y ese cohete debía de estar todavía allí, en Deimos?

Lo único que podía hacer era encontrarlo y tratar de capturarlo. No le quedaba otra posibilidad de salvación. Por absurda que pareciera esta idea, no tenía elección posible. ¡Y mientras tanto, le faltaba escapar a las garras de sus presuntos asesinos!

Con movimientos rápidos volvió a mirar en derredor.

Nada vió, pero la sensación de ser observado se hizo más intensa. Probablemente, tras de las rocas... Volviéndose buscó con la vista la espacionave. Lentamente caminó en torno de la espacionave. Al llegar al otro costado se inclinó como para observar algo, soslayando los alrededores a la espera de descubrirlos. Pero seguían fuera de su radio de visión.

Entonces retrocedió en dirección al telescopio, resuelto a actuar como si no supusiera que lo seguían. Simplemente se limitaría a moverse tan rápidamente como para impedir que cayeran sobre sus espaldas tomándolo desprevenido.

Dando grandes saltos volvió, pues, sobre sus pasos, suponiendo que lo seguían. Una vez, al volver la cabeza hacia atrás, creyó distinguir cierto movimiento a la distancia. Pero no podía estar seguro. Un salto tras otro, con el enorme disco rojizo de Marte evolucionando sobre su cabeza, llegó por fin al sitio donde dejara el telescopio.

¡Ya no estaba allí! ¡Había desaparecido! Lo único que se veía eran algunas señales borrosas dejadas sobre el polvo, señales que el muchacho no podía identificar en absoluto.

Sin perder tiempo en buscar en derredor, Nelson comprendió que la partida de enemigos debía de estar formada por más de una pareja. Mientras algunos vigilaban el salvavidas, otros se llevaban el telescopio, probablemente a su propia espacionave.

En el horizonte se volvió a mover algo y el muchacho lo advirtió pese a que no miraba en esa dirección. Girando sobre sí mismo percibió algo más que se movía sobre uno de los riscos. Estaban acercándose y trataban de rodearlo.

Nuevamente echó a correr, saltando siempre en la misma dirección. Ahora prestaba atención a sus vueltas, tratando de alejarse cada vez con mayor velocidad, determinado a intentar distanciarse de sus perseguidores y perderlos, o tal vez llegar accidentalmente al punto donde estaba la espacionave extraña y poder atacar él primero.

Lo que siguió adquirió el aire de una pesadilla particularmente desagradable. Nelson siguió moviéndose hacia adelante, sobre el suelo rocoso y débilmente teñido de rojo del satélite. Marte, con cada salto dado, parecía alejarse en el firmamento, pues el muchacho se acercaba paulatinamente al hemisferio eternamente apartado del planeta principal. Nelson advirtió que de tanto en tanto uno de sus desconocidos perseguidores se destacaba con brillo escarlata al ser alcanzado por los destellos de Marte en el momento de dar un salto para avanzar a favor de la escasa gravedad de Deimos. El jovencito se esforzó en aumentar la velocidad de su fuga y prosiguió adelante, en el silencioso y desierto satélite.

Después de un rato Marte desapareció enteramente de la vista del muchacho y frente a él quedó la desierta llanura, que brillaba fría y blanca donde el lejano Sol la alcanzaba con sus rayos. Pronto llegó a una parte áspera y recortada, donde el llano era reemplazado por un verdadero mar de hendiduras y riscos. Allí reinaba la oscuridad del espacio exterior y se perfilaban sombras y escondrijos aun en las partes iluminadas.

Nelson saltó nuevamente para caer dentro de un diminuto cañón, donde resolvió concluir su fuga. No había visto señal alguna del otro aparato interplanetario, pero se le ocurrió que aquélla sería la zona ideal para ocultarlo. Deslizándose en la oscuridad, se ubicó bajo una plataforma que se proyectaba desde una de las paredes. Allí la luz no penetraba y su presencia pasaría inadvertida para cualquier intruso.

En el primer momento no advirtió la menor señal de persecución. Respirando afanosamente, descansó hasta recuperar el aliento. Entonces los vió. Primero pasó uno, un puntito brillante que reflejó la luz solar durante una fracción de segundo, seguido por otros cuatro en rápida sucesión. Eran cuerpos que hubieran podido ser humanos, por sus formas y tamaño.

Nelson aguardó, planeando deslizarse sobre el risco y espiarlos, pero repentinamente uno de aquellos seres volvió la cabeza. Rápidamente el muchacho se acurrucó en las sombras. ¿Lo habrían visto?

Uno por uno los extraños desaparecieron en una rajadura del terreno y el adolescente pensó que tal vez aquél era el sitio donde habían ocultado su espacionave...

Las suelas metálicas de sus zapatos captaron en ese momento una vibración: ¡sus perseguidores estaban en el mismo cañón que él y corrían hacia allí!

Nelson Parr comenzó a caminar, tratando de mantenerse a la misma distancia de los desconocidos. Si seguían aquella dirección era porque tenían la espacionave estacionada en los alrededores. En tal caso tenía la posibilidad de alcanzar al aparato extraterreno antes que sus perseguidores.

Mientras avanzaba, trató de evitar que sus zapatos produjeran vibraciones sobre el piso rocoso; probablemente sus enemigos no habían advertido su presencia en aquel cañón, pues de lo contrario hubieran aumentado la velocidad de su carrera. Esto significaba que efectivamente iban hacia la espacionave que los llevara hasta el satélite.

Nelson siguió en las sombras, moviéndose silenciosamente. Al llegar a una brusca curva, dio vuelta y se detuvo, atónito. Porque ante él había una pared lisa. Nada más. A sus espaldas la vibración del paso de sus enemigos se fué haciendo más y más cercana, con una intensidad posible tan sólo en un mundo pequeño y silencioso como era aquel satélite. Con profunda desesperación sus ojos buscaron en la pared del cañón y recién entonces advirtió que allí había una zona más oscura aún. ¡Una caverna!

Rápidamente saltó a través de la distancia que lo separaba de aquella negra cavidad y entró. Avanzando, descubrió que no se trataba de una gruta sino más bien de un túnel natural, una estrecha y profunda grieta que penetraba en la rocosa masa de Deimos. Ocultándose allí, aguardó.

Pocos momentos después las cinco figuras de los extraños aparecieron en el recodo del cañón. Nelson pudo estucharlos concienzudamente. Eran humanoides, caminaban sobre sus miembros posteriores y balanceaban los brazos como hombres. Estaban envueltos en una curiosa malla que los cubría de pies a cabeza, dejando tan sólo dos estrechas aberturas a la altura de los ojos. Dos de ellos cargaban las distintas piezas del telescopio y los demás llevaban cosas que podían ser armas. Avanzaban directamente hacia la boca de la caverna... en dirección a Nelson Parr.

Dejando de lado toda precaución, el muchacho corrió tan velozmente como pudo, sumergiéndose en la profunda oscuridad del túnel. Al avanzar, Nelson advirtió que en el fondo del pasaje había una luz azulada, que aclaraba algo el ambiente, como si una tenue radiación hubiera sido emitida por las paredes.

A favor de aquella leve luz, el adolescente advirtió algo más. Ése no era un túnel natural. Sus paredes eran demasiado suaves y el nivel del piso absolutamente parejo. Se trataba evidentemente de una construcción artificial. Cuando esta idea se hizo clara en el cerebro del muchacho, se encontró frente a tres estrechos corredores que desembocaban en el pasadizo principal. Los tres túneles secundarios terminaban en otras tantas puertas de metal.

Dudando un momento, el adolescente se preguntó qué camino debía seguir. Sabiendo que sus perseguidores estarían pisándole los talones, se dirigió hacia la puerta más cercana. No viendo en ella medio alguno para abrirla, empujó, sin lograr resultado alguno. Sintiendo la vibración de los pasos de sus enemigos cada vez más vecina, entró en el tercer corredor y alejándose lo más posible, se aplastó contra la pared, tratando de pasar inadvertido.

Aguardó con la respiración entrecortada. Entonces los cinco aparecieron y avanzaron directamente hacia la puerta del medio, la misma que Nelson intentara abrir infructuosamente. Sin mirar siquiera en derredor, el primero de aquellos seres introdujo un dedo en un pequeño orificio que había en un costado de la hoja metálica. La puerta se deslizó y los cinco pasaron rápidamente. La entrada volvió a cerrarse.

Nelson aguardó un momento y luego se acercó a aquella puerta. Tras estudiar el orificio comprendió que se trataba de un dispositivo electrónico que ponía en funcionamiento la cerradura. Por un instante dudó. Era obvio que aquél no podía ser el escondrijo de una espacionave; si aquellos cinco seres humanoides habían llegado a Deimos a bordo de un aparato interplanetario, debían de haberlo ocultado en otro sitio. Aquello era algo más serio. Por su aspecto era un refugio permanente y no un simple hangar.

Ya no tenía necesidad de seguir a aquellos cinco seres desconocidos. Podía salir al exterior y dedicarse a buscar el cohete espacial; sin embargo, sabía que se trataba de algo problemático y que lo convertiría en el blanco del resto de la tripulación. No, lo más inteligente sería penetrar hasta el corazón de todo, entrando en la base y descubriendo lo que fuera posible de la verdad.

Y quedaba siempre de por medio Jim Worden. Marcharse sería como traicionar al compañero asesinado. El muchacho frunció el ceño, y la cólera que lo dominara al encontrar el cadáver de su amigo volvió a invadirlo. Con gesto vigoroso y ademán lleno de audacia, introdujo un dedo en el orificio que hacía accionar la cerradura de la puerta.

En el dedo, aun a través del espeso guante impermeable, sintió un cosquilleo extraño y de inmediato la puerta se deslizó, introduciéndose en la roca. Más allá del umbral las tinieblas eran profundas, pero el muchacho siguió avanzando, mientras la puerta se cerraba a sus espaldas.

cap. 9

Cara a cara

En la profunda oscuridad reinante, Nelson trató de aguzar sus sentidos al máximo, intentando descubrir dónde estaba, ningún haz de luz, ninguna vibración llegaron hasta él. Cautelosamente extendió una mano, encendiendo la linterna que llevaba en la parte delantera del casco. El rayo luminoso le reveló que estaba en un pequeño recinto excavado en la roca. La puerta que le sirviera para penetrar allí estaba herméticamente cerrada a sus espaldas. Frente a él, a pocos pasos, había una segunda puerta.

Mirándola, el muchacho advirtió que tenía un orificio semejante al de la primera. Introduciendo un dedo, esperó. Nuevamente se produjo la familiar sensación y la puerta se abrió.

Una repentina vibración pareció entonces envolverlo, como si algo rozara su casco y traje espacial. Pese a que lo único que se filtraba a través del umbral eran las tinieblas interiores, la sensación de contacto persistió. Entonces comprendió que aquellas puertas dobles permitían conservar una atmósfera gaseosa en el interior del satélite, aislándolo del exterior. La sensación que experimentara se debía al aire saliendo a presión de aquel recinto.

Nuevamente activó la luz del casco y advirtió que estaba frente a un corto corredor en cuyo fondo se abrían otros. Entrando, aguzó sus ojos para ver mejor. La puerta se cerró silenciosamente a sus espaldas, como lo hiciera la primera. Esta vez el muchacho dejó encendida la luz de su casco y a favor de la misma pudo percibir vagamente el camino a seguir. No se advertía señal alguna de vida.

¿Cómo podría saber qué corredor seguir, hacia dónde dirigirse? Con un esfuerzo, el jovencito trató de recordar todo cuanto sabía sobre los corredores marcianos. Si los desconocidos pertenecían a aquella misteriosa raza perdida, tal vez el sistema desarrollado por los exploradores serviría para orientarse allí.

Pero nada logró imaginar que pudiera serle útil; además no tenía importancia. Cualquier cosa que encontrara, sería sensacional y se trataría de un gran descubrimiento y además, cualquier camino podía conducirlo al desastre. Por eso resolvió limitarse a seguir adelante. El tiempo desentrañaría el misterio y daría respuesta al enigma.

El corredor avanzaba trazando una espiral, introduciéndose cada vez más profundamente en las entrañas del satélite. Por fin Nelson Parr dio vuelta a una esquina poco pronunciada y a la luz de su casco vió que estaba ante una pared en la que había numerosas puertas. Estudiándolas detenidamente, verificó que el sistema de cerraduras era universal en aquel sitio. Alzó una mano para introducir un dedo y vaciló. Acababa de recordar que en Marte todas las puertas eran circulares y se abrían ante el simple contacto de una mano humana.

¿Sería posible después de todo que aquellos extraños que se ocultaban en las entrañas del satélite no fueran marcianos? Cavilando, pensó en la impresión de la mano con tres dedos que descubriera en el espejo a bordo del Congreve.

Resuelto a todo, abrió la puerta.

La luz de su casco iluminó el interior de una habitación cuadrada, de dimensiones moderadas y vacía. Apartándose, el muchacho probó la siguiente puerta. Nuevamente se encontró con una habitación vacía. Una tras otra, todas las puertas fueron abiertas y el adolescente comprobó que conducían a recintos vacíos. Evidentemente, aquella sección de los subterráneos estaba abandonada.

Nelson prosiguió avanzando por el corredor principal, hasta llegar a un nuevo nivel. Allí había más habitaciones; el muchacho se preguntó si hacía bien espiando en el interior de las mismas, pues podía encontrarse repentinamente ante una ocupada. Nuevamente se dijo que no le quedaba otro camino.

La primera de las puertas condujo al jovencito a un recinto que si bien estaba desierto, debía de ser un depósito. En su interior había grandes globos metálicos que evidentemente servían para contener algo, pues tenían todo el aspecto de receptáculos herméticos.

En la habitación siguiente había más globos, pero de menor tamaño. Uno de ellos estaba semiabierto; Nelson entró y miró el contenido de la esfera. Estaba vacía, pero quedaban restos de una substancia que parecía apropiada para envolver aparatos delicados. ¡Entonces, se trataba efectivamente de depósitos! Nelson se preguntó si podría hallar uno con armas o algo práctico en su interior. Entonces pensó por primera vez que estaba hambriento y sediento. No había comido en muchas horas; tal vez si buscaba con suficiente ahínco, podría encontrar alimentos.

Recorrió la línea de cámaras. En otra encontró más recipientes esféricos y en la siguiente unos objetos pequeños, apilados en estantes, cuyo uso no pudo adivinar.

Finalmente llegó a la última puerta de aquella hilera y encontró lo que buscaba. En la habitación correspondiente había estantes que contenían paquetes cúbicos, suaves al tacto, extrañamente semejantes al té crudo. Alzando uno de los paquetes, lo abrió. En su interior había una substancia esponjosa, frágil. Tal vez era alguna clase de comida... Pero la única forma de verificarlo era probándola.

Desde que saliera del salvavidas con Jim Worden, Nelson no se había quitado el casco hermético. No podía comer sin abrirlo; pese a que sabía que en el interior de aquellos recintos había atmósfera, ignoraba si sería respirable. Podía serlo o no..., si, por ejemplo, los extraños eran oriundos de Júpiter o Saturno, el ambiente apropiado para ellos estaría saturado de vapores amoniacales, mortales para un ser humano.

Por lo demás... ¿Qué elección le quedaba por delante? Alzando las manos, abrió el casco. De inmediato se produjo un silbido al equilibrarse la presión interior de su traje con la del ambiente, que era algo más reducida. Por un momento se sintió ahogar, tosió y carraspeó. Luego consiguió dominar los pulmones y aspiró profundamente. El aire era respirable. Tenue, viciado, con cierto olor extrañamente metálico, pero respirable.

Nelson se sentó en el suelo y olió el trozo de substancia que había sacado del paquete. Parecía algo mohoso, pero era indudablemente de naturaleza orgánica. Tomando un trocito, lo probó. No era realmente desagradable, pues se parecía bastante a los hongos terrestres. Satisfecho, comenzó a comer. La substancia resultó ser altamente satisfactoria. No era nada parecido a lo que Nelson Parr acostumbraba a ingerir ordinariamente, y lo más aproximado en gusto que su imaginación pudo hallar fué el suponer que comía hongos rancios. De no haber estado tan hambriento, probablemente nunca hubiera comido aquello, pero el apetito extremo hace olvidar los gustos poco agradables. Sobre todo a los adolescentes...

Así el muchacho permaneció allí satisfaciendo su apetito y pensando dónde podría encontrar algo para beber, cuando percibió la vibración de pasos sobre la roca. Instantáneamente encendió la luz de su casco, que apagara para comer, lamentando no encontrarse más cerca de la puerta.

Las pisadas se acercaron y se detuvieron junto a la entrada de la cámara ocupada por el jovencito. Por unos instantes no hubo sonido alguno; luego la habitación se iluminó brillantemente y Nelson saltó sobre sus pies cegado por la luz.

—¡Quieto! ¡No se mueva de su sitio! —ordenó una voz nasal y aguda. El muchacho obedeció, mirando al ser del interior de Deimos que acababa de entrar.

Era un ser humano, o por lo menos, suficientemente humano como para pasar por un hombre durante una inspección somera. Medía aproximadamente un metro sesenta de estatura y sus extrañas manos sujetaban un artefacto de aspecto curioso, semejante hasta cierto punto a una pistola. Temblaba levemente, pero el caño se dirigía a la cabeza de Nelson Parr con suficiente firmeza como para que el muchacho no pensara en hacer ningún movimiento sorpresivo.

La piel del extraño era pálida y lechosa como la de un ser que ha pasado toda su existencia en el interior de una casa cerrada. Parecía tener por debajo de la epidermis un tite azulado; sus ojos eran castaños y agudos, amarillentos casi. Su cabello blanco parecía plateado y si bien era escaso en su cabeza, adornaba su rostro profusamente.

El viejo, pues resultaba evidente que aquel ser lo era, según lo demostraban las líneas que surcaban las comisuras de sus ojos y boca, estaba vestido con un extraño mameluco de una sola pieza, de color azul, sin adornos ni signo alguno que lo distinguiera.

Sus manos tenían solamente tres dedos, que terminaban en diminutos tentáculos en el sitio donde debían de haber tenido uñas. Eran las manos del desconocido intruso del Congreve...

Nelson permaneció inmóvil, los brazos apartados de sus costados, calculando mentalmente si debía arriesgarse a atacarlo o no. Pero el viejo estaba evidentemente atemorizado, y un nombre dominado por el miedo puede ser peligroso. El jovencito resolvió aguardar.

—Siéntate y termina de comer, Pero no grites. No digas nada si quieres seguir viviendo —ordenó el extraño.

Nelson aún sentía apetito y no vió ningún motivo para desobedecer la orden. Algo marchaba mal allí... aquel anciano no se comportaba como un vencedor. Sentándose lentamente, siguió comiendo.

El viejo permaneció ante él, esperando que concluyera, Cuando lo vió tragar el último bocado, asintió para sí mismo.

—No quiero verme forzado a matarte —le dijo—. Escúchame atentamente y tal vez me sea posible ayudarte, si tú me prestas cierto servicio.

—¿Puede usted guiarme hasta donde están los asesinos de Jim Worden? —inquirió Nelson—. Por eso he venido...

—¿Quién es Jim Worden?

—Era mi amigo —repuso lentamente Nelson—. Fué golpeado por la espalda y murió sin ver siquiera a sus asesinos...

El viejo pareció profundamente sorprendido ante esta afirmación y su mano tembló visiblemente.

—¿Muerto? —repitió—. ¿Asesinado? ¡Conque mataron a un hombre! ¡Oh, esto es terrible! ¡Terrible! —de pronto palideció intensamente y dijo con rapidez—. No debes pensar que yo maté a tu compañero... y tampoco mis amigos. ¡Oh, no! ¡Nosotros nunca haríamos nada semejante!

—¿Entonces, quién fué? ¿Cómo puedo encontrar a los culpables y salir de aquí? —Nelson consideró que llevaba la mejor parte al advertir el genuino pánico que dominaba al anciano.

Pero el temor desapareció rápidamente para dar paso a una expresión astuta. Los ojos del viejo se estrecharon.

—¡Oh, no, tú no puedes marcharte de aquí! —dijo—. ¡Tus amigos de la Tierra no deben saber que nosotros existimos!

Nelson se balanceó sobre sus talones.

—¿Sí? ¿Qué pretende usted de mí?

El viejo hizo una pausa.

—No me comprendes —murmuró—. Pero realmente quiero llegar a un acuerdo contigo. No puedo dejarte marchar, pero si quieres, te guiaré hasta donde están los asesinos de tu amigo... pero necesito tu ayuda.

Nelson pensó un momento. ¿Qué podía querer ese hombre extraño? Resolvió seguirle la corriente, por lo menos hasta saber a qué atenerse. Después de todo, cuanto más supiera, más fácil le resultaría escapar.

—Está bien —asintió—. ¿Cuál es su problema?

Ahora fué el viejo quien pareció inseguro. Era como si hubiera agotado su escasa provisión de valor y no supiera como proceder. Por fin comenzó a explicar.

—Me llamo Kunosh. Soy... ah... un oficial de... mi gente aquí en este mundo que ustedes llaman Deimos... algo así como alcalde o mejor aún... alguacil. No puedo explicarlo claramente pues mis conocimientos de tu idioma son teóricos y se reducen a lo que hemos aprendido durante dos siglos de escuchar transmisiones radiales terrestres... Nosotros somos un pequeño grupo de seres humanos que vivimos en el interior de Deimos. No puedo decirte cómo vivimos aquí porque no estoy autorizado y además tardaríamos demasiado tiempo. Tienes que aceptar mi palabra sin pedir aclaración alguna...

El viejo se interrumpió, buscando palabras con que terminar su discurso. Tan ensimismado estaba en sus pensamientos que hasta olvidó apuntar con el arma a su prisionero. Pero el jovencito estaba demasiado interesado en oírlo para intentar hacer nada contra él. Kunosh prosiguió:

—Debes comprender, joven terrestre, que no experimentamos odio hacia nadie. Nunca hemos lastimado a ser viviente alguno ni queremos llegar a hacerlo. Nos oponemos sistemáticamente al uso de la fuerza. No podemos soportar la idea de matar a alguien... ninguno de los nuestros ha asesinado a tu amigo. No podríamos aunque quisiéramos. ¿Comprendes? Es parte de nuestra fe y nuestros sentimientos.

Nelson miró el arma que empuñaba Kunosh, pensando que pocos minutos atrás el viejo lo había amenazado de muerte. Pero el extraño ser pareció leer sus pensamientos.

—¡Mi amenaza de hace un momento fué el gesto más horrible que hubiera podido imaginar! —dijo con voz temblorosa—. ¡Si me hubieras forzado a disparar la pistola ers, habría muerto! Pero escucha el resto de lo que tengo que decirte... Hay entre mi gente algunos malos hombres que han perdido la fe. ¡Se apartaron tanto de las enseñanzas de nuestros antepasados, que están dispuestos a hacer uso de la fuerza. Es más. Ya lo han hecho, según me acabas de contar... ¡Se han convertido en seres peligrosos para todos!. ¡Son monstruos... degenerados! —el viejo, dominado por el horror de sus propios pensamientos, se interrumpió, para proseguir un momento después con los ojos brillando de cólera y fanatismo—. ¡Estos malos hombres se han deslizado entre nosotros, capturando el control de nuestro pequeño mundo. Los demás nos hemos enloquecido pensando en lo que intentan hacer... ¡y ahora llegas tú, que puedes ayudarnos a derrotar a esos malvados!

Nelson se incorporó. Ya no temía al viejo. No comprendía qué clase de gente podía ser aquélla, incapaz de defenderse, pero advertía que tenía una nueva posibilidad.

—¿Esos malvados que usted mencionó son los mismos que me venían siguiendo? —le preguntó.

Kunosh hizo un gesto afirmativo.

—¡Tienen que ser ellos! —dijo—. Estoy seguro. Toma esto...

El viejo colocó en la mano de Nelson la pistola ers, haciendo un gesto de repulsión.

—Mi gente no ha tocado semejantes instrumentos de muerte desde que nuestros antepasados los guardaron en un museo de horrores y costumbres bárbaras hace miles de años —explicó al muchacho—. Sé que nos ayudarás. Ven conmigo. Te guiaré hasta donde están esos malvados y podrás librarnos de ellos. Así harás justicia a tu amigo y nos salvarás a nosotros.

Nelson observó la extraña pistola. Era extraña pero parecía realmente mortífera. Si era realmente tan antigua como Kunosh había dicho, ¡qué maravilloso panorama se abría ante sus ojos! ¡Porque en tal caso era seguro que los habitantes del satélite eran descendientes de los extinguidos marcianos! ¿Quién más podría tener una herencia técnica tan avanzada, proveniente de tan lejanos períodos?

En su prisa Kunosh no había esperado a oír si Nelson estaba de acuerdo con sus términos o no. El muchacho no hizo ningún esfuerzo por recordárselo. Ahora disponía de guía y arma; podía seguir adelante y enterarse de lo que era factible ver. Después de esto... bueno, ya buscaría una forma de fuga...

cap. 10

Los malvados visten a rayas...

A una señal de Kunosh, Nelson encendió la luz de su casco espacial y el viejo pasó una mano sobre un punto determinado de la pared, con lo que se extinguió la iluminación ambiente de la cámara. Orientándose tan sólo con el restringido resplandor de la linterna del muchacho, los dos salieron y echaron a andar por el corredor.

El corazón del jovencito latía cada vez con mayor fuerza mientras seguía descendiendo por el pasadizo que llevaba hacia las entrañas del diminuto satélite. Por fin parecía que iba a entrar en contacto con la civilización marciana, vería a los restos de aquella raza desaparecida dedicados a sus ocupaciones cotidianas, podría aprender los secretos de su maravillosa cultura, ocultos en el seno de Deimos.

Pronto resultó aparente para el adolescente que todo el satélite era un mundo hueco, excavado quien sabe cuántos siglos atrás, y lleno de cámaras y túneles que las comunicaban. Volviéndose, interrogó a Kunosh, que caminaba a su lado silenciosamente. El viejo sacudió la cabeza.

—Ahora no. No tengo tiempo de contestar a tus preguntas. Espera. Pronto llegaremos a sitios donde hay gente.

A medida que avanzaban, la iluminación de los corredores se tornaba más intensa y el aire se hacía más fresco y respirable. Nelson sintió que una débil brisa le acariciaba el rostro, con el latido de la planta central de acondicionamiento de aire que debía de estar en las entrañas de Deimos. Los pisos tenían señales de mayor uso y por fin, tras una amplia curva, se encontraron frente a un grupo de seres semejantes al viejo Kunosh.

Los habitantes de Deimos no demostraron mayor preocupación frente al anciano, pero cuando vieron a Nelson demostraron evidente consternación, pegándose a las paredes para dejarle espacio suficiente como para que pasara sin rozarlos siquiera. Sus rostros habían palidecido y exteriorizaban el más abyecto terror.

Las ropas de esta gente eran semejantes a las de Kunosh. Las mujeres se distinguían tan sólo porque sus facciones eran más delicadas y vestían con colores más claros, celeste o verde. Nelson supuso que esta diferencia de tono podía estar relacionado con su trabajo o quizás con su estado civil.

Algunas puertas estaban abiertas: el muchacho advirtió que aquélla era una comunidad muy ocupada y laboriosa. Había fábricas de reducidas dimensiones con maquinarias de extrañas formas que trabajaban automáticamente. Nelson atisbo en el interior de alguna de las puertas abiertas, que eran la entrada de los hogares de aquella gente y vió a dos o tres niños delgados y pálidos, que retrocedían ante él. En un momento dado pasó frente a una gran cámara iluminada con lámparas de luz ultravioleta donde extrañas plantas crecían en cubetas. Eran evidentemente granjas sintéticas que trabajaban en forma automática, cosa necesaria en un mundo eternamente en sombras como aquel.

Pero en todas partes la aparición de Kunosh llevando a Nelson Parr provocaba reacciones de profundo terror. En la Tierra, de haber llegado visitantes de algún mundo lejano, se hubieran reunido niños y curiosos para seguirlos y tratar de comunicarse con ellos. En cambio en Deimos todos Parecían aterrorizados. Nelson pensó que lo más semejante a aquel mundo subterráneo era una gran colonia de conejos constantemente presas del terror. Nadie se atrevía a preguntar a Kunosh de dónde había salido aquel extraño; a su paso lo único que se producía era un sepulcral silencio.

El muchacho advirtió que estaban cada vez más cerca del corazón de aquel mundo diminuto. Por fin Kunosh se detuvo frente a una puerta, la abrió y ambos entraron a una pequeña habitación que estaba en sombras. Kunosh volvió a cerrar la puerta.

—Ten cuidado —susurró el viejo—. En la cámara vecina se encuentran nuestros controles generales... allí los... monstruos... tienen prisioneros a los jefes de Deimos. Este sitio es el corazón y el cerebro de nuestro mundo. Sígueme y te llevaré rápidamente hasta el sitio ocupado por esos... usurpadores. No hagas ruido...

Se introdujeron en un estrecho corredor y Nelson siguió a su guía, sosteniendo la pistola ers y preguntándose qué debía hacer. Estaba a punto de llegar al desenlace de aquella situación y recién entonces comprendía lo poco que sabía al respecto.

Por ejemplo... ¿Cuántos enemigos eran? ¿Cómo podría reconocerlos cuando los viera? En última instancia... ¿Cómo funcionaría aquella pistola... ers? ¿Dispararía balas como un revólver terrestre o era un proyector de rayos? En este último caso, ¿qué clase de rayos? Si se trataba de algo de naturaleza atómica, podría ser muy peligrosa en una habitación cerrada, tan peligrosa para quien la disparara como para los atacados.

Entonces se le ocurrió que tal vez Kunosh lo sabía y por eso había buscado para conejillo de las Indias a un extraño, cuya muerte no sería lamentada por los habitantes de Deimos... Pero el obvio fanatismo del anciano y su repugnancia hacia las soluciones violentas desvirtuaban esta tesis.

La enguantada mano de Nelson Parr transpiraba profusamente al sostener la extraña pistola. Comprendía que de un momento a otro tendría que resolverse a hacer uso de la fuerza y tal vez se haría necesario disparar la pistola ers. Pero aún no sabía con seguridad qué actitud adoptaría.

Kunosh se detuvo y Nelson casi chocó contra él. El viejo susurró:

—Voy a abrir la puerta ahora. Tú entra y domínalos, ¡Los malvados visten ropas a rayas!

Un repentino fulgor iluminó el corredor en tinieblas al abrirse la puerta. La habitación hacia la que se encontró mirando Nelson era muy larga y estrecha. En ella había escritorios y plataformas, que en conjunto la hacían parecer una mezcla de oficina, puente de mando de una espacionave y estación de comunicaciones electrónicas. Frente a un panel iluminado había una docena de hombres que aparentemente discutían los jeroglíficos que aparecían en una pantalla luminosa.

Fué una extraordinaria casualidad lo que impidió que aquellos hombres descubrieran a Nelson Parr en el momento en que el jovencito entró en la cámara. Entre la docena de figuras había cinco que vestían ropas a rayas rojas y negras. Ésos eran los enemigos.

Nelson miró al arma que sostenía en la diestra, preguntándose cuál sería su uso. La alzó, pero se asombró al advertir que no tenía mira. El caño terminaba en una superficie vidriosa y opaca. ¿Lanzaría un rayo directo o se abriría en abanico? No podía arriesgarse a apuntarle a uno de los malvados y aniquilar a todo el grupo de hombres allí reunidos. Pero el arma era fuerte y pesada. El jovencito la tomó por el caño a modo de maza, avanzó lenta y silenciosamente, y al llegar junto al hombre más próximo la descargó sobre su cabeza, tomándolo totalmente por sorpresa.

El sujeto cayó como herido por el rayo. Los otros se volvieron, lanzando gritos de terror y consternación. Recordando el frío asesinato de Jim Worden, Nelson se sintió dominado por una cólera homicida y cayó sobre los demás, asestando terribles golpes.

Todos los ocupantes del recinto lanzaron débiles gritos de espanto, tanto los que vestían de azul como los villanos con ropas a rayas. Cuando hubo derribado al segundo de éstos, los otros tres se lanzaron contra él al unísono. Pero al recibir el primer puñetazo de sus agresores, el muchacho comprendió qué sólido y fuerte era frente a ellos. Sin hacer caso de sus golpes, tomó a dos de ellos y les hizo chocar las cabezas, desmayándolos. El tercero, aterrorizado, trató de huir y corrió hacia la puerta.

—¡Deténganlo! —gritó el jovencito. Pero los otros parecían paralizados por el espanto y ninguno se movió. Entonces, cuando el fugitivo había llegado a la puerta, el muchacho alzó la pesada pistola ers y la arrojó en aquella dirección, con tanta fortuna que el arma golpeó al hombre y lo derribó. De inmediato Kunosh se hizo cargo de la situación. Entrando dio rápidas órdenes en un idioma desconocido para Nelson. De inmediato todos los ocupantes de la cámara abandonaron en parte su aire de temor y ataron a los caídos enemigos.

Nelson miró en derredor. Aquello había sido muy rápido.

—¿No hay otros rebeldes? —inquirió. El viejo asintió.

—Sí, pero cuando sepan lo que ocurrió, se marcharán.

Nelson caminó hasta donde quedara caída la pistola ers y la recogió. No pensaba dejarla hasta tener la seguridad de que todo marcharía perfectamente. Entonces fué cuando el verdadero significado de las palabras de Kunosh cobró forma en su cerebro.

—¿De dónde han venido esos enemigos? —inquirió—. ¿Adonde se marcharán?

Kunosh se sobresaltó y por un momento permaneció silencioso. Luego repuso lentamente:

—Bueno... son parte de nuestro pueblo. Hablé en sentido figurado.

Nelson sintió que volvía a encolerizarse.

—¡Oh, no! ¡No venga ahora con más mentiras! —exclamó—. Usted tiene que traducir a mi idioma todo cuanto me dice, con lo que resulta que no puede darse el lujo de hablar en sentido figurado. ¿De dónde vinieron esos seres?

Mientras hablaba, alzó el arma. No experimentaba la menor simpatía hacia aquel pueblo de cobardes. Ahora que los había librado de sus enemigos, los habitantes de Deimos lo considerarían un peligro. Tal vez, mayor aún que el representado por aquéllos,

Kunosh no contestó en el primer momento, pero permaneció inmóvil, aparentemente muy alterado. Con gesto nervioso se retorció las manos. Nelson advirtió entonces que algunos de los ocupantes del recinto se deslizaban hacia la puerta. Alzando nuevamente su arma, gritó:

—¡Que nadie se mueva! ¡Ahora que estamos todos aquí, nadie saldrá hasta que contesten a las preguntas que voy a formularles! ¿Comprendido?

Los otros dudaron, sin comprender sus palabras pero imaginando lo que decía.

Kunosh tradujo la orden en su idioma suave y sibilante. Temblorosos los siete hombres obedecieron, permaneciendo en sus sitios. El viejo entonces se apoyó contra una pared, pálido y tembloroso.

—Ahora quiero saber de dónde vinieron esos "monstruos", anciano —dijo Nelson, enfrentando a Kunosh. Pero el viejo siguió temblando, silencioso.

—¡Vamos! ¡Díselo, estúpido! —exclamó alguien. Nelson volvió la cabeza: el que hablara era uno de los hombres vestidos de rojo y negro. Estaba tendido en el suelo, atado de pies y manos, pero consciente. Su mirada se había posado sobre Nelson Parr sin demostrar temor alguno.

Cuando Kunosh siguió silencioso, el enemigo volvió a hablar.

—Bueno. Yo lo diré.

El viejo pareció salir de su mutismo y dio una rápida orden. Tres de sus compatriotas saltaron entonces sobre el prisionero y trataron de hacerlo callar, pero el hombre se apresuró a gritar:

—¡Venimos de la otra luna! —una mano se posó sobre su boca, pero él la mordió, haciéndola apartar el tiempo necesario para poder agregar: ¡Fobos!

Nelson comprendió que al oír esta palabra había palidecido. Su padre y sus demás amigos estaban allí. Y si el otro satélite era también un mundo hueco, ya deberían de estar prisioneros... ¡o muertos!

cap. 11

El secreto de las lunas

Creo que lo mejor será que me cuenten todo lo relacionado con Marte, ustedes y las lunas —dijo Nelson lenta y suavemente, tratando de mantener la calma—. Me parece que hasta ahora me han tomado por tonto. No creo que me consideren más amigo que este "monstruo" que inventaron...

El adolescente movió con gesto amenazador la pistola ers, frunciendo el ceño.

Kunosh se mordió el labio inferior, miró a sus compatriotas y murmuró algo, probablemente una traducción de las palabras del jovencito. Una serie de susurros fué intercambiado entre los pobladores de Deimos y finalmente el viejo se encogió de hombros.

—No queremos que te sientas así —dijo al muchacho—. Seriamente, sentimos un profundo agradecimiento por la ayuda que nos has prestado. Tú serás el primer extraño que sabrá la verdad sobre nosotros y... bueno... te diré... —interrumpiéndose, hizo un gesto hacia uno de sus hombres, que se acercó a un panel en la pared y movió algunas perillas. El viejo miró a los demás—. Mientras preparamos algunas películas con la imagen de hechos ocurridos antiguamente, creo conveniente sacar de aquí a estos... "fobosianos".

Y sin esperar más dijo algunas palabras en su idioma. De inmediato los demás comenzaron a cargar a los atados enemigos. Nelson los miró hacer indeciso, hasta que pensó que si se llevaban al que había hablado en su idioma, quedaría enteramente a merced de la buena fe de Kunosh, que ya había visto no era precisamente digno de mucha confianza.

—¡Alto! —dijo—. Dejen al que habla mi idioma acá. Más tarde le formularé algunas preguntas.

Kunosh frunció el ceño, trató de objetar, pero viendo que Nelson no estaba aún tranquilo, hizo un gesto. Sus amigos dejaron de inmediato al hombre de rojo y negro sobre una de las bajas sillas que estaban adosadas a la pared, manteniéndole cubierta la boca para evitar que hablara.

Nelson se volvió hacia el viejo.

—Está bien. Pueden comenzar. ¿Son ustedes los desaparecidos marcianos?

Kunosh sacudió la cabeza negativamente y se inclinó sobre la brillante pantalla de la pared.

—No —dijo—. No venimos de Marte... somos oriundos de un planeta que está en el sistema de esta estrella.

Su mano señaló hacia el panel, donde apareció la brillante fotografía de una estrella blanco-azulada. En derredor de la misma se veían los pequeños discos de varios planetas. Kunosh siguió explicando:

—Es la estrella que ustedes llaman Vega. Su sistema tiene siete planetas y de uno de ellos salieron nuestros antepasados.

En la pantalla uno de los planetas pareció crecer, hasta cubrir todo el cuadro. Se trataba de un mundo pequeño, rocoso, con cadenas de bajas montañas y numerosos lagos, con dos o tres mares profundos y estrechos. Un planeta aparentemente mucho más pequeño que la Tierra y ni tan verde ni tan poblado.

—Este era nuestro mundo de origen —prosiguió Kunosh—. Aquí evolucionamos desde el salvajismo hasta alcanzar nuestra actual cultura, la única y verdadera civilización existente en el Universo.

La escena varió, presentando los poblados de los distintos valles. Caminos pasaban por sobre las montañas y túneles perforaban las entrañas de la tierra, pero no se advertía ninguna ciudad de relativa importancia.

—Nuestro pueblo se dedicaba con preferencia a excavar las montañas. Las fábricas se instalaban en grandes subterráneos para que no molestaran a las zonas agrícolas... —la escena volvió a modificarse y frente a los ojos de Nelson aparecieron túneles y cavernas que conducían a plantas industriales donde seres pertenecientes a la raza de Kunosh trabajaban diligentemente. Los cuadros fueron sucediéndose y Nelson comprendió que se trataba de una película instructiva destinada a los niños, pues iba explicando en forma gráfica la evolución de la raza, desde que utilizaba máquinas a vapor hasta el descubrimiento de la energía atómica. Luego la película presentó nuevamente la vida en la superficie y el muchacho advirtió que no había cambiado muy notablemente. Las poblaciones continuaban siendo reducidas y con aspecto rural. Era evidente que aquella gente había desarrollado una gran civilización subterránea y sus actividades en la superficie se reducían al mínimo indispensable.

—Extendimos nuestra cultura sobre todo el mundo y nos convertimos en un pueblo dichoso. Inventamos todo cuanto necesitábamos y no encontramos de ningún interés el contacto con otros planetas...

Una curiosa escena apareció entonces en la pantalla. Un extraño aparato evidentemente interplanetario descendió en uno de los valles. Los pilotos, sus formas disimuladas por voluminosos trajes espaciales, surgieron del costado del cohete, para ser recibidos por una delegación de pálidos habitantes del planeta, que les negaron autorización para permanecer allí, con enérgicos gestos. Los forasteros volvieron entonces a su aparato, que se alejó para nunca regresar.

—Nos bastábamos a nosotros mismos. No queríamos que vinieran esos seres de otros planetas, con sus horribles máquinas que apestaban a violencia y matanza. Nuestro arte y nuestra ciencia eran perfectas. ¿Para qué contaminarnos?

La voz de Kunosh vibraba de fanatismo y orgullo. Nelson lo advirtió y le preguntó:

—¿No les interesaba aprender lo que podían enseñarles los habitantes de otros planetas? ¿No querían tener espacionaves también ustedes?

Kunosh se volvió hacia él para contestarle, sus ojos brillando por la luz que reflejaba la pantalla.

—Su arte era horrible y su ciencia inferior a la nuestra. Lo que nosotros sabíamos, era nuestro secreto y no teníamos por qué revelarlo.

Nelson comprendió que estaba frente a una estrechez mental desconocida en la Tierra. Por un momento pensó en todo un mundo poblado por seres como aquel y se estremeció. Sus manos juguetearon con la pistola ers.

—¿No hubo guerras en su planeta? Un mundo formado casi exclusivamente de valles sugiere gran cantidad de tipos raciales y de idiomas... Kunosh sacudió negativamente la cabeza.

—No. Nunca luchamos entre nosotros. ¿Por qué tendríamos que haberlo hecho? En todo el mundo se hablaba un solo idioma. Probablemente mi pueblo se había originado en un solo sitio, extendiéndose paulatinamente por el resto del planeta.

Nelson pensó que allí había algo raro, sobre todo recordando sus estudios lingüísticos sobre la evolución de los idiomas.

—Y probablemente hubo algunos sucios capítulos en nuestra historia que hemos preferido olvidar, ¿verdad? —terció otra voz. Nelson advirtió que era el cautivo, que había aprovechado la momentánea distracción de sus guardianes. Nuevamente le cubrieron la boca.

El terrestre miró los fríos ojos del prisionero y se volvió hacia el viejo Kunosh.

—Prefiero que lo dejen hablar —dijo—. Me parece que Puede ser muy instructivo oírlo...

Kunosh pareció a punto de estallar. Finalmente ladró una orden en su idioma y se volvió hacia los controles del panel.

—Como decía, en nuestra historia no se recuerda guerra alguna. Nuestra filosofía se había desarrollado siguiendo líneas armónicas y mirábamos las formas de violencias en todos sus aspectos como algo malo, una regresión repugnante, un regreso a lo animal. Todos los que demostraban tendencias violentas eran apartados de la comunidad —el viejo no pudo resistir y miró con odio al prisionero, que le devolvió la mirada.

La pantalla siguió reproduciendo escenas de la vida en aquel distante planeta. Era evidente que aquél era un mundo donde no se desarrollaba ninguna actividad bélica ni se fabricaban armas de ninguna especie. Empero en todo aquello había algo que resultaba extraño a Nelson. Esos seres no demostraban precisamente la tranquilidad espiritual que pretendía exhibir Kunosh como un atributo de su raza. Les gustaba demasiado mantenerse en secreto, ocultos bajo la superficie de su planeta. El jovencito recordó las lecciones de sociología recibidas en el Instituto. La curiosidad es la base de todo progreso... y sin embargo algo había impedido que aquella gente pese a su notable civilización, satisficiera la natural curiosidad que hace avanzar a los seres inteligentes en la senda del conocimiento. En lugar de aprovechar la visita de los habitantes de otros planetas de su sistema para adquirir los secretos del vuelo interplanetario, los habían rechazado. ¿Por qué? Una sola emoción es superior a la curiosidad. El miedo. Aquellos seres estaban evidentemente dominados por una cobardía colosal, que los forzaba a mantenerse ocultos en cavernas y subterráneos. Por alguna falla en el desarrollo de la raza, esa característica había sido dominante, borrando todas las demás y convirtiéndose en el rasgo fundamental de su carácter. Seguramente los habitantes de aquel lejano planeta habían llegado hasta el extremo de olvidar las luchas y guerras que realizaran hasta conseguir la unificación de su mundo. Kunosh había seguido hablando.

—Vivíamos dichosos en nuestro rocoso planeta de Vega. Podíamos oír a nuestros vecinos en radios y receptores, pero no intentábamos hablar con ellos, pues no teníamos el menor deseo de hacerlo. Los habíamos visto, monstruosos y desagradables. No queríamos saber nada con ellos.

En la pantalla aparecieron escenas de combates interplanetarios, pequeños cohetes luchando y estallando. Luego se vió a numerosos habitantes del planeta mirando a través de telescopios la escena, horrorizados y llenos de temor.

—¡La verdad era que ellos tenían comercio y trato amistoso la mayor parte de las veces y nosotros fuimos dejados de lado —terció el prisionero. Kunosh se volvió hacia él.

—¡Ése es un punto de vista retrógrado! —gritó—. ¡Tú eres un sucio degenerado si piensas que hubiera sido bueno entrar en contacto con aquellas razas! —el habitante de Fobos se limitó a sacar la lengua al viejo, que sacudió un puño lleno de indignación. Pero luego se serenó y prosiguió explicando a Nelson—. De cualquier forma, mi gente era feliz con su modo de vida. Nuestros molestos vecinos de los demás planetas nos dejaban en paz... ¡hasta que llegaron los Merodeadores!

Se produjo un silencio. En la pantalla el espacio interestelar brillaba. Luego una serie de diminutas luces se encendieron, apareciendo desde el fondo del cuadro y adelantándose hacia los espectadores. La escena se aclaró y Nelson advirtió que se trataba de espacionaves oscuras y largas. Pero no eran unas pocas... ¡Centenares, millares de gigantescos vehículos interestelares llegando desde otros sistemas y formados como si fuera una sola y formidable flota!

—La primera indicación de aquella plaga cósmica la tuvimos cuando aparecieron algunas espacionaves refugiadas, que descendieron en nuestros mundos vecinos. Los vimos desde nuestros observatorios y escuchamos por radio sus noticias...

La pantalla mostró dos o tres extraños vehículos espaciales trazando una órbita en torno de otro de los planetas de Vega, acompañados por la flota nativa.

—Aquellos refugiados llegaban desde otras estrellas. Ninguno de nuestros vecinos había desarrollado aún el vuelo interestelar y las noticias los sobresaltaron... los recién llegados eran aparatos de guerra perseguidos por la más formidable flota espacial que pudiera imaginarse, formada por máquinas poderosísimas, que destruían todo cuanto se oponía a su avance. Al descender, de sus flancos surgían ejércitos incontables, formados por terribles criaturas que robaban, mataban y quemaban...

Kunosh se interrumpió, su voz quebrantada y sin lograr controlar el horror que lo dominaba. Nelson podía percibir en el silencio que reinaba el terror que aquellas palabras había despertado. En la pantalla desfilaban escenas de matanza, violencia y pillaje. Seres informes descendían de negras espacionaves y aniquilaban a las indefensas poblaciones. Todo intento de resistencia era inútil.

El muchacho recuperó el control de su voz y preguntó:

—¿Esta parte es documental?

—No —repuso Kunosh— ¿Cómo podría serlo? Se trata de reproducciones hechas en nuestros laboratorios, según relatos de los sobrevivientes. ¡Pero todo es absolutamente real! Nuestros antepasados, aterrados ante semejante peligro, observaron cómo los demás planetas del sistema preparaban sus ejércitos y comprendieron que para evitar el destino terrible que les esperaba, tenían un solo camino. No podían luchar, pues hubieran vuelto a la condición de fieras. Nuestra civilización hubiera sido destruida. Y además, todo era inútil frente a los Merodeadores. Tenían millares de enormes astronaves y aparentemente su único propósito en el Universo era destruir y robar. Sus armas debían de ser superiores a cualquier creación nuestra... Nosotros no sabíamos cuándo llegarían, pero calculamos que tardarían aún años en hacerlo. Entonces resolvimos hacer lo único posible. Huir. No teníamos espacionaves, pero sabíamos cómo construirlas, pues nuestra ciencia era suficientemente avanzada. Así pues se reunió una gran conferencia y adoptamos las medidas necesarias.

La escena mostró una gigantesca caverna donde centenares de aquellos seres pusilánimes sostenían acaloradas discusiones.

—Mis antepasados construyeron dos inmensas espacionaves esféricas. En su interior cabían muchos miles de personas, tenían fábricas, depósitos y granjas sintéticas donde podrían producirse los alimentos necesarios para subsistir en el espacio interestelar...

En la pantalla se vió cómo iban cobrando forma dos monstruosas esferas, y al advertir sus dimensiones, Nelson se atragantó. Eran mucho mayores de lo que podía haberlo soñado el hombre de imaginación más exaltada. Las montañas que las rodeaban eran pequeñas en comparación, y los hombres quedaban reducidos al tamaño de microbios. Pero... ¡Si aquellas esferas tenían las dimensiones de las lunas de Marte!

Las sospechas del adolescente quedaron confirmadas cuando gigantescas máquinas comenzaron a disfrazar el exterior de las naves interestelares, cubriéndolas de piedras sintéticas y llanos rocosos, hasta convertirlas en dos pequeños astros con todo el aspecto de diminutos planetas.

¡Eran Fobos y Deimos!

—Apenas quedaba tiempo —prosiguió diciendo Kunosh— Terminábamos de construir los dos aparatos interestelares, cuando fué avistado el primero de los Merodeadores...

La pantalla mostró entonces el avance de un aparato de exploración, largo y negro, iluminado por la luz azulada de Vega. Una nube de espacionaves de combate se levantó inmediatamente de los otros mundos para interceptarlo, pero el intruso las esquivó fácilmente y desapareció en la dirección por donde llegara.

—Nuestro sistema iba a ser la próxima víctima. No podíamos perder tiempo. Los mejores representantes de la población de nuestro mundo fueron escogidos para salvarse y perpetuar la raza... nuestros antepasados se embarcaron y las naves interestelares partieron...

Nelson vió sobre la pantalla cómo columnas de hombres y mujeres desaparecían en el interior de los dos grandes aparatos, mientras cargamento tras cargamento de vituallas seguían entrando en forma automática por las puertas correspondientes. Luego, sin que se advirtiera la menor señal de cohetes o mecanismos de propulsión exterior, las dos esferas comenzaron a elevarse lentamente, cobrando velocidad y desaparecieron.

—Viajar entre las estrellas es algo que dura más que la vida de cualquier hombre —prosiguió diciendo Kunosh—. No podíamos construir pequeños vehículos espaciales y partir. Por eso nuestro pueblo fabricó estos dos mundos en miniatura, en los que podía continuar viviendo normalmente, teniendo hijos y trabajando, hasta llegar a sitios más seguros... Nuestro viaje a través del espacio interestelar tardó... —aquí el viejo hizo una pausa para convertir en cifras terrestres su propia medida del tiempo—... unos tres mil años de los que usan ustedes.

Mientras Kunosh proseguía explicando, Nelson advirtió señales de vida en las dos pequeñas esferas que se movían a través del espacio. Distintos cortes le mostraron cómo continuaban trabajando y actuando los nativos de Vega. Máquinas enormes y desconocidas para los habitantes de la Tierra movían a los dos planetas artificiales por medio de fuerzas incomprensibles para Nelson.

Finalmente en la pantalla apareció una estrella amarilla, que se acercó y brilló cada vez más. En derredor giraban varios planetas y el adolescente reconoció a Saturno por sus anillos. Los dos aparatos interestelares penetraron en el Sistema Solar y se acercaron a Marte.

—De todos los planetas de este sistema, el mejor para nosotros parecía ser éste —explicó Kunosh—. Primero observamos la Tierra, que era el que más se parecía a nuestro mundo natal, pero tenía población humana y animal.

Nelson se sorprendió cuando repentinamente en la pantalla apareció la Tierra, y en sucesivos cortes vió las junglas de África, un tigre saltando sobre su presa en la India, un nido de serpientes en la manigua sudamericana y por fin, en un campo cubierto de pasto, una increíble batalla entre hombres montados a caballo, con cascos de acero y sombreros adornados con plumas, en medio de los disparos de centenares de arcabuceros que apoyaban sus largas armas sobre trípodes para poder disparar. Eran los Cabezas Redondas de Cronrwell combatiendo a sablazos contra los caballeros del rey.

—Esto debe de haber sido en el siglo XVII —exclamó Nelson, comprendiendo que estaba viendo una película documental de un hecho histórico.

—Más o menos hace cuatrocientos años terrestres...

La pantalla presentó entonces la superficie de Marte y la recorrió a baja altura, mostrando las ciudades, los continentes de vegetación y los desiertos. Todo estaba tan silencioso y tranquilo como siempre.

—Encontramos este mundo sin habitantes, sin climas extremos, con ciudades que aguardaban una población. Resolvimos establecer una órbita en derredor y estudiarlo para ver si no se trataba de otra desilusión.

Mientras el viejo hablaba, la visión de Marte se tornó más estable, como vista desde Deimos.

—¿Quiere decir que estos dos aparatos estuvieron haciendo de satélites a Marte durante cuatro siglos sin que nunca resolviera descender para colonizarlo? —inquirió Nelson, incrédulo.

Kunosh lo miró gravemente.

—Nosotros pertenecemos a un pueblo muy cauto... —comenzó a decir, para ser interrumpido por el cautivo de Fobos, que hasta ese momento permaneciera silencioso: —¡Tontos y cobardes!

El viejo sacudió la cabeza enojado.

—He dicho cauto. No sabíamos si los Merodeadores iban a visitar este sistema algún día o no. Ignorábamos si nos habían seguido. En caso afirmativo, queríamos estar preparados para huir rápidamente. Además, este mundo desierto despertaba nuestra desconfianza... ¿Qué había ocurrido a sus habitantes? ¿Acaso una plaga los había aniquilado por completo? ¿O estaban ocultos, esperándonos, listos para caer sobre nosotros y aniquilarnos? Mientras no estuviéramos seguros de estas cosas, no podíamos bajar. Había además otro factor —Kunosh se interrumpió, escogiendo las palabras—. Nuestros estudios sobre el desarrollo histórico de los planetas del sistema de Vega nos habían enseñado que los terrestres estaban en camino de dominar a las fuerzas de la Naturaleza. Sabíamos que sería cuestión de unas pocas generaciones más y ustedes poseerían los aparatos necesarios para trasladarse a otros planetas. En poco tiempo, astronómicamente hablando, podrían viajar a Marte. No teníamos el menor deseo de mezclarnos con ustedes o comerciar. Eso siempre termina por provocar guerras y discusiones. ¡Y frente a cualquiera de los dos fines, nuestra civilización hubiera quedado destruida por completo!

El cautivo de Fobos resopló:

—¡Tonterías! ¡Todo lo que ustedes piensan está equivocado! La gente honesta siempre se gana el respeto de los demás y puede obtener beneficios con el contacto de otros seres inteligentes. ¡Si nuestro pueblo sigue ocultándose terminará por fracasar y desaparecer!

Kunosh miró pensativo a su prisionero.

—¡Hum! —murmuró para sí mismo—. Lo que este enemigo dice es el pensamiento dominante en nuestra segunda astronave, que ustedes han llamado Fobos. No sabemos a qué se debe, pero allí la forma de vida honorable y tranquila de nuestros antepasados ha sido alterada profundamente por ideas como éstas, corrompidas y perversas. Los habitantes de Fobos son nuestros hermanos de sangre pero se han separado de nosotros. Desde el principio abogaron por un rápido descenso en Marte, para ocupar el planeta antes que lo hicieran otros. Hasta se atrevieron a enviar espías a la Tierra, disfrazados con manos y rostros falsos, para vigilar las intenciones de sus habitantes. Inclusive han estado en Marte, espiando los trabajos que allí se realizaban. En realidad, creo que fueron ellos los que comenzaron la campaña para hacer regresar a la Tierra a los colonos...

El hombre de Fobos lanzó una carcajada.

—¡Nosotros no hicimos nada de eso! —exclamó—. No teníamos necesidad de hacerlo, y pese a todos los temores de tu gente, no interferimos en la política terrestre. Puede que hayamos cometido nuestros errores al dejarnos descubrir en alguna oportunidad, pero nada malo se produjo. Uno de nuestros mejores agentes entró en la cabina de este jovencito cuando regresaba a Marte. Si hubiera tenido suerte, habríamos sabido que se estaba preparando esta expedición y nunca nos hubieran descubierto al llevar a cabo la efectiva ocupación de Marte.

—¡Y ahora mira qué situación! —gritó casi Kunosh—. Tratan de apoderarse también de Deimos para arrastrar a nuestro pueblo en su plan de descender sobre Marte antes de que los terrestres regresen. Pero gracias a la falta de habilidad demostrada por ustedes, este joven salvaje ha podido dominarlos a todos. Ya ven, cuando se trata de fuerza o astucia, nada pueden frente a los terrestres... —diciendo esto, Kunosh se volvió hacia su gente y espetó algunas órdenes en el idioma local—. ¡No puedo soportar por más tiempo la vista de este traidor!

Antes de que Nelson pudiera decir nada, el hombre de Fobos había sido alzado y llevado fuera de la cámara.

—¿Qué piensa hacer ahora? —inquirió el jovencito.

Era evidente que hasta los conejos se tornan feroces cuando están acorralados. Así pasaba con aquellos seres. Los habitantes de Fobos estaban cansados de huir, se sentían acorralados y se habían dispuesto a conquistar Marte antes de que volvieran los terrestres. Como conejos rabiosos, eran capaces hasta de morder... y en lo concerniente a Jim Worden, ya lo habían hecho...

cap. 12

Un arma de Museo

Kunosh apagó la pantalla de la pared; la luz volvió a inundar el recinto. Nelson advirtió que quedaban tan sólo tres individuos más, ocupados frente a paneles o máquinas que evidentemente tenían alguna relación con los problemas del gobierno del satélite artificial. El viejo no contestó de inmediato la pregunta del muchacho. Finalmente se encogió de hombros.

—Aun no nos hemos decidido —dijo—. La impresión general es que conviene seguir en la órbita trazada y esperar el curso de los acontecimientos. Si los retrógrados de Fobos resuelven conquistar Marte, observaremos cómo llevan adelante su locura. Si mueren, continuaremos aquí y no saldremos hasta tener la certeza de que no tendremos que tropezar con ningún ser hostil. Tal vez resolvamos mudar nuestra luna hasta otro sistema estelar y dejar que esos viles retrógrados sufran el triste destino que indudablemente les espera.

Nelson lo miró. ¡Qué extraña raza! ¡Seres capaces de mentir, engañar, llenos de cobardía y que sin embargo pensaban que eran superiores! Toda su mentalidad era enfermiza. Una idea asaltó al muchacho:

—Antes de ser civilizados, ustedes deben de haber combatido por lo menos contra los animales salvajes en su planeta de origen. Además... ¿De dónde salió la pistola ers? Es un arma...

Kunosh hizo un gesto negativo.

—Si nuestros antepasados tenían semejantes características eran rasgos de bestialidad que afortunadamente hemos logrado dominar y hacer desaparecer. En cuanto al arma que tienes en las manos... es un recuerdo dejado por uno de nuestros primeros visitantes, en el sistema de Vega. La habíamos tenido guardada en nuestro museo de horrores hasta ahora. Yo la saqué de allí.

El jovencito alzó el arma y la miró.

—¿Qué acción tiene? —inquirió—. Usted nunca me lo explicó.

—Tampoco lo sé. Prefiero no pensar en semejantes horrores. Nosotros no tenemos armas propias. A menos que los degenerados de Fobos hayan comenzado a fabricarlas... hasta pueden haber traído alguna en su cohete...

Los ojos de Nelson se abrieron enormemente.

—¿Su qué? ¡Pero claro! ¡Tenían que haber venido en algo hasta aquí! ¿Dónde está? ¡Si puedo manejarlo, lo utilizaré para volver adonde están mis amigos!

Kunosh pareció horrorizado.

—¿No te dije que no podemos dejarte partir? ¡No debes marcharte nunca!

—¡Ustedes no pueden detenerme! —gritó Nelson enojado—. ¡No son capaces de usar la fuerza y yo tengo la única arma que ustedes poseían! ¡Ahora lléveme al sitio donde está esa espacionave!

Por un momento pareció que el viejo iba a negarse a obedecer. No había contestado al reto de Nelson porque era cierto. No se atrevería nunca a utilizar la fuerza física. Luego miró hacia un cuadrante iluminado en la pared, semejante a un reloj terrestre pero con extraños símbolos pintados, que parecía servir para medir el paso del tiempo. Mordiéndose el labio inferior, se volvió.

Abandonando la habitación con Nelson pisándole los talones, el viejo atravesó varios recintos, dónde los nativos se apartaban horrorizados al ver al muchacho terrestre. Por fin llegaron hasta un tubo que ascendía verticalmente. Una serie de plataformas movidas por engranajes subían por él. Kunosh se ubicó en una de aquéllas y Nelson lo siguió.

—¿Adonde lleva esto? —inquirió.

—A nuestro espaciopuerto, que es una caverna que se abre a la superficie. Allí tenemos varios aparatos que utilizamos cuando queremos comunicarnos personalmente con Fobos.

La plataforma siguió ascendiendo hasta que se detuvo ante una pequeña cámara abierta en la roca. De allí pasaron a través de un doble juego de puertas y se encontraron en un inmenso recinto donde había cierto número de extraños vehículos interplanetarios. En su mayor parte eran más anchos y cuadrados que los terrestres. En un ángulo había uno que era prácticamente cúbico.

Junto a una de las paredes había varios hombres vestidos de rojo y negro, que estaban entrando en uno de los aparatos allí estacionados. Nelson lanzó un grito:

—¡Eh! ¡Son nuestros prisioneros! ¡Se van!

El viejo lo tomó de un brazo para detenerlo.

—Nosotros los enviamos de regreso a su mundo —explicó—. ¿Qué querías que hiciéramos? No vamos a cometer un acto tan brutal como sería encerrarlos o... ¡matarlos!

—¡Maldición! —gritó Nelson, furioso—. ¡Cobardes!

Soltándose, corrió hacia los hombres de Fobos, gritándoles que se detuvieran o dispararía.

Los hombres de rojo y negro se volvieron para mirarlo y en lugar de obedecer apresuraron sus movimientos. Por fin, el último entró en la espacionave y la portezuela comenzó a cerrarse lentamente. Nelson se detuvo, alzó la pistola ers y apuntó.

A sus espaldas Kunosh lanzó un gemido y echó a correr hacia la puerta de acceso. Por un instante el muchacho pensó que tal vez el arma era efectivamente atómica y que en tal caso dispararla allí dentro podía acarrearle la muerte. Pero ya estaba más allá de semejantes consideraciones. Los fugitivos eran los asesinos de Jim Worden y constituían un serio peligro para su padre y el resto de la expedición.

Su índice oprimió el disparador del arma.

Nada ocurrió.

La portezuela del pequeño aparato espacial se cerró y de inmediato se escuchó un sonido sibilante. En el techo de la caverna apareció un orificio que se hizo mayor por momentos y el aire del recinto huyó hacia el vacío exterior. Nelson miró su arma lleno de confusión y comenzó a mover todas las piezas sueltas, confiando activarla. La pistola ers siguió sin funcionar. El aparato de Fobos vibró, su proa se alzó suavemente, y levantó vuelo sin sonido alguno, saliendo por la abertura del techo rumbo a su base en el otro satélite artificial.

Nelson sintió que le faltaba el aliento y se apresuró a cerrar su casco, activando el mecanismo de circulación del oxígeno dentro de su traje espacial. El aparato de Fobos había desaparecido, y Kunosh estaba oculto tras la puerta hermética.

Por un momento el muchacho dudó sobre lo que debía hacer. Si saltaba aprovechando la salida utilizada por la espacionave antes de que se cerrara, tal vez podría hallar un medio de comunicación con su padre y sus amigos, para advertirles el peligro que corrían. Por otra parte, quedándose en aquel mundo subterráneo quizás lograra convencer a Kunosh de que le facilitara uno de sus pequeños aparatos interplanetarios, permitiéndole marcharse.

Mientras volvía hacia el sitio donde quedara oculto el anciano, Nelson vió cómo las compuertas del techo se cerraban. Nuevamente el aire fué bombeado al interior del hangar. El muchacho estudió entonces la pistola ers, lamentando no haberlo hecho, mientras Kunosh le contaba la historia de su pueblo.

El arma tenía un aspecto mortífero, pero ninguna de sus partes, aparentemente móviles, servía para activarla, nada la hacía funcionar. Introduciendo un dedo en el orificio que abría la puerta, entró en la pequeña cámara donde estaba el viejo Kunosh, escuchando atentamente. Al ver aparecer al muchacho, el anciano pareció profundamente sorprendido.

—¿Cómo se supone que funciona esto? —inquirió Nelson con acento irritado—. ¿Qué hubiéramos hecho si los enemigos hubiesen utilizado sus armas cuando los ataqué?

Kunosh se encogió de hombros.

—Ése fué un albur que debimos correr. Después de todo..., tú no eres de ninguna importancia para seres tan evolucionados como nosotros. Y en cuanto a la pistola ers... no creerás que mis antepasados fueron tan tontos como para conservar algo tan mortífero en funcionamiento. Éste es un modelo de nuestro museo; no funciona. El artefacto original fué destruido hace siglos.

Nelson apretó los dientes en un gesto de impotencia. ¡Los muy cobardes! ¡Conejos con inteligencia! Bueno, siempre podía usar el modelo de pistola ers como cachiporra.

Aferrando el arma del caño, la alzó amenazante.

—Ustedes deben de tener algún medio de comunicación con Fobos —dijo—. Kunosh asintió con la cabeza. Bueno, lléveme hasta donde pueda hablar con los jefes de esa gente.

El viejo se volvió silenciosamente y ambos descendieron una vez más. Tras rehacer el camino recorrido para llegar hasta el hangar, se encontraron en la cámara de controles donde los encargados de los paneles y máquinas habían vuelto a sus tareas. Al verlos llegar, las miradas de todos se dirigieron hacia el terrestre, al que vigilaron de reojo.

Kunosh llevó a Nelson hasta el extremo más alejado del recinto. Allí había un gran panel con una pantalla transparente. Apenas el viejo hubo apretado una serie de botones, la pantalla brilló con luces de colores y en su superficie apareció otra cámara exactamente igual a la que ocupaba el muchacho. Evidentemente, las dos naves interestelares habían sido fabricadas según idénticos planos y eran gemelas, exceptuando la diferencia de tamaño.

En la cámara de controles de Fobos hombres vestidos con ropas a rayas rojas y negras estaban discutiendo acaloradamente. Al advertir que la pantalla televisora brillaba, dos de aquellos individuos se separaron de los demás y se acercaron con paso decidido. Nelson comprendió que si bien tenían idéntica anatomía que los habitantes de Deimos, eran psicológicamente distintos, pues su porte demostraba una confianza y seguridad en sí mismos que no tenían sus hermanos de raza. El que parecía ser el jefe miró fríamente al viejo Kunosh y le formuló una pregunta en su extraño idioma. El anciano no se molestó en responder, limitándose a señalar hacia Nelson.

El hombre de Fobos miró largamente al muchacho y cuando volvió a hablar, lo hizo en inglés:

—¡Oh, uno de los dos que escaparon! No pensaba que ese viejo espantapájaros fuera capaz de capturarlos. ¿Dónde está su compañero?

Nelson lo miró.

—Fué muerto por su pandilla de asesinos... ¿O no lo sabe aún?

El otro sostuvo su mirada un momento y luego se volvió hacia Kunosh, que se mordía el labio inferior.

—Mi... pandilla, como usted la llama, no mató a nadie. Si hubiéramos querido hacerlo, habríamos podido terminar con todos ustedes durante las semanas que estuvieron aquí. ¿Por qué tendríamos que esperar a que fueran hasta Deimos?

Por un momento Nelson quedó sin palabra.

—¡Usted miente! —dijo por fin—. ¡Su gente asesinó a Jim Worden cuando no miraba y después destrozaron nuestra espacionave!

El jefe de Fobos se volvió lentamente hacia Kunosh.

—Conque, pese a todo, ustedes saben cómo usar la violencia cuando es necesario, ¡eh, viejo hipócrita! Tu hato de cobardes me enferma..., todas las charlas sobre bestialidad y regresión no son más que un escudo para ocultar la decadencia que los carcome.

Un escalofrío recorrió la columna vertebral del adolescente. ¿Sería posible después de todo que el asesinato hubiera sido cometido por aquellos rastreros cobardes de Deimos? Repentinamente, la verdad apareció ante los ojos del muchacho terrestre..., tras la ruin farsa de la pistola ers, cualquier cosa era posible.

—¿Dónde está el resto de la expedición? —inquirió por fin Nelson, apartándose imperceptiblemente de Kunosh—. ¿Mi padre y los demás?

—Los tomamos prisioneros apenas verificamos que habían descubierto nuestra "operación Marte". Están custodiados. Ya hemos abandonado la idea predominante hasta hace poco de huir —volviéndose hacia el viejo, el jefe de Fobos agregó en distinto tono—. Voy a enviar una espacionave a buscar a ese muchacho. Queremos tenerlo donde no pueda escapar y al mismo tiempo esté a salvo de ustedes, para evitar que lo asesinen mientras duerme. Dile a tus conejos que lo capturen.

Kunosh pareció inquieto. Gimiendo, dijo algo en su lengua nativa, pero el hombre de Fobos se limitó a insistir en su orden. Nelson alzó el arma, dispuesto a usarla como cachiporra si los pobladores de Deimos intentaban atacarlo. Los ocupantes del recinto habían saltado sobre sus pies y se acercaban lentamente a él; Nelson apoyó la espalda contra la pared y los miró amenazador.

—¡No lo intente! —les advirtió—. Puedo hacerles bastante daño si tratan de capturarme.

El grupo de habitantes de Deimos, los rostros pálidos y las manos temblorosas, continuaron acercándose. Cobardes o no, iban a apoderarse de él. Nelson comprendió que aquellos seres cobardes y pusilánimes eran muy capaces de llegar al asesinato si el miedo los impulsaba. ¡Qué tonto había sido al oír las mentiras de Kunosh!

Oprimiendo con fuerza el caño de la extraña pistola, la balanceó amenazador. Pero los pálidos seres siguieron avanzando, reuniendo el valor necesario para caer sobre él en un verdadero estallido de desesperación.

La pantalla televisora de comunicación entre Fobos y Deimos continuaba conectada, y en el satélite vecino los hombres se habían reunido para presenciar el combate. Nelson podía oírlos hacer comentarios en su idioma.

Pero mientras se preparaba para resistir el ataque, una nueva nota le llegó a través de la pantalla. Alguien corría y gritaba a través de la cámara de control de Fobos, acercándose rápidamente.

Nelson se arriesgó y miró por encima de su hombro.

Los hombres de Fobos se habían apartado de la pantalla y rodeaban a un recién llegado que gesticulaba vehementemente. Los pobladores de Deimos que rodeaban al terrestre se apartaron de él y concentraron toda su atención en la pantalla. Lo que decían en el interior de la otra luna artificial parecía ser del mayor interés para ellos.

Nelson bajó su arma y se volvió. Kunosh estaba hablando y gesticulando frente a la imagen del jefe de la otra astronave. El otro, profundamente afectado por la noticia que acababan de llevarle, se apartó del mensajero y volvió a contestar las preguntas de su hermano de raza. Su rostro estaba lívido y casi sin respiración balbució algunas palabras.

Kunosh, al oírlo, casi se desplomó desmayado. En la cámara de controles se hizo un profundo silencio y todos los presentes palidecieron más aún.

—¿Qué ocurre? —inquirió Nelson en un susurro. Pero Kunosh no estaba en condiciones de contestarle. Fué el jefe de Fobos quien lo miró a través de la pantalla televisora y le contestó simplemente:

—¡Los Merodeadores! ¡Vienen hacia el Sistema Solar!

cap. 13

Satélites en fuga

¡Los Merodeadores! ¡Los temidos piratas interestelares que conquistaran y destruyeran los mundos del sistema de Vega!

El jefe de Fobos miró a Nelson y repitió sus palabras.

—Nuestro radar es mucho más perfecto que el empleado por los terrestres, y alcanza distancias enormes, mucho más lejanas que la órbita de Plutón. Hemos podido detectar la presencia de una flota de aparatos interestelares que se acerca al Sistema Solar. Se trata de millares de grandes astronaves que se dirigen hacia el Sol..., no puede tratarse más que de la inmensa flota de los Merodeadores, la horda de piratas que por fin llega tras nuestras huellas.

El jefe de Fobos se llevó una mano a la frente y se volvió repentinamente hacia sus compañeros. Una violenta discusión se había producido entre ellos y prosiguió cada vez más fuerte.

A espaldas de Nelson, en la cámara de control de Deimos, la confusión era similar. Kunosh, que se había recobrado hasta cierto punto de su espanto, sujetaba de los hombros a otro de los miembros del grupo de gobernantes del satélite artificial y le gritaba algo. Los demás corrían de un lado para el otro, sin saber exactamente qué hacer, dominados por el pánico. La noticia había caído sobre ellos como una bomba desorganizando sus cerebros enfermizos, acostumbrados a la idea de ocultarse en lugar de entrar en acción.

Perplejo y totalmente olvidado por sus enemigos, Nelson Parr se sentó a observar. ¿Qué podía hacer él mismo? Evidentemente, le convenía aprovechar aquella ventaja para escapar en medio de tanta confusión. ¿Pero adonde ir?

Probablemente no le costaría trabajo encontrar el camino del hangar, pero una vez allí... ¿Qué podría hacer? Ir a Fobos sería cambiar un cautiverio por otro. Marte estaba abandonado y si bien allí estaría seguro, eso no alteraba la situación. Los Merodeadores se acercaban al Sistema Solar... y a la Tierra.

Su deber primordial era ponerse en comunicación con su planeta natal y avisar a la Humanidad el peligro que corría. La Tierra debía preparar sus defensas. De acuerdo con lo que había oído contar, los mejores aparatos terrestres nada podrían hacer para enfrentar a la horda de piratas interestelares. En realidad no había espacionaves de guerra, pues nunca se había producido la necesidad de fabricarlas. La única civilización del Sistema Solar era la terrestre y los piratas interplanetarios no pasaron de ser creaciones de la imaginación de escritores anteriores a la época de los viajes espaciales. En la Tierra misma no había ya ejércitos, y las únicas fuerzas que existían eran policiales. Los armamentos debían de estar consignados a los viejos depósitos de ciertos gobiernos que no sabían qué hacer con semejantes aparatos.

Pero si la Tierra era advertida con tiempo, las espacionaves mercantes podían ser equipadas con cañones o tal vez con torpedos atómicos. Inclusive resultaría factible armar a los ciudadanos para evitar que se produjeran aterrizajes o, por lo menos, que los Merodeadores tuvieran que pagar caro todo intento de conquista.

¡De cualquier manera, la Tierra tenía que ser avisada! ¿Pero cómo? En aquellos momentos estaba del otro lado del Sol y toda comunicación radial quedaba bloqueada por las interferencias del astro-rey.

La única forma de poder advertir a los terrestres era personalmente. Y esto parecía imposible.

Los hombres de Deimos parecían haberse recuperado un poco de su temor, pese a que seguían pálidos y temblorosos. En Fobos una seria conferencia tenía lugar; Kunosh se adelantó y con ademán fastidiado oprimió un botón, desconectando el televisor. Luego golpeó las manos, gritó y, por fin, logró que su gente le prestara atención.

Cuando todos lo habían rodeado, el viejo habló rápidamente y con vehemencia. Mientras lo escuchaban, los demás miembros del gobierno de Deimos no hablaron siquiera. Nelson, sentado a un costado, supuso que se trataba de una conferencia para resolver los medios que se emplearían para salvar al diminuto mundo del peligro que lo amenazaba. Incorporándose, intervino:

—Quiero decir algo... si están resolviendo lo que harán, puedo sugerirles algo.

El viejo lo miró duramente.

—Ésta es una importante conferencia. ¿Qué puedes decir tú?

—No les queda esperanza alguna de luchar contra los Merodeadores sin ayuda de la Tierra. En ella hay grandes fábricas, una enorme población y suficiente valor para enfrentar a los piratas de las estrellas. Con la información y conocimientos científicos que ustedes pueden aportar, prepararemos defensas apropiadas. A cambio de todo, ustedes recibirán un lugar donde establecerse y podrán abandonar este peregrinaje constante. ¡Vayan con Deimos hasta la Tierra! Aún hay tiempo de ganarles la carrera a los Merodeadores. Ustedes no pueden esperar mantenerse ocultos eternamente...

Kunosh lo escuchó frunciendo el ceño y sacudiendo la cabeza. Luego habló a los demás, evidentemente traduciendo las palabras de Nelson Parr. Los consejeros miraron con horror al muchacho y los más próximos se apartaron. El viejo se pasó una mano por la frente.

—¡No! ¡No! Eso sería tan desagradable como ser capturados por los diablos de las estrellas. Ustedes son para nosotros tan extraños como ellos. No vamos a quebrantar la dura tradición de nuestros antepasados tratando de luchar o entregando los secretos de nuestra ciencia a desconocidos de otra raza. ¡No hay ninguno de nosotros capaz de hacerlo!

El evidente miedo y odio reflejado en los rostros que rodeaban al muchacho le hicieron ver lo inútil que era discutir con semejantes cobardes. Eran conejos, sí, Pero conejos malvados y llenos de terror insano.

—¿Entonces qué piensan hacer? —inquirió Nelson Parr con voz truculenta.

Kunosh no le prestó más atención y siguió hablando con sus compatriotas. Luego, cuando la reunión concluyó y todos se marcharon apresuradamente, el viejo se volvió hacia el jovencito.

—¡Vamos a huir! —dijo—. Activaremos los motores que mueven a nuestro mundo artificial y nos alejaremos a toda velocidad del Sistema Solar, para dejar a los Merodeadores atrás. Una vez en las profundidades del espacio interestelar, nadie podrá ubicarnos. Seguiremos recorriendo el Universo hasta encontrar un mundo que sea seguro para nosotros, y recién entonces nos estableceremos. Aunque tardemos miles de años en lograrlo, seguiremos adelante.

—¿Pero cuándo partirán? —inquirió Nelson, atragantándose—. ¿Qué haré yo? ¡No pienso acompañarlos!

—¡Haz lo que quieras! —replicó indiferente Kunosh—. ¿Piensas que podemos preocuparnos por ti ahora?

Nelson lo tomó del brazo y lo hizo girar sobre sí mismo.

—No me interesa que a usted no le preocupe mi suerte —exclamó—. Quiero uno de los aparatos espaciales que hay en el hangar. ¡Ahora mismo! ¡Lléveme hasta allí o le quebraré el brazo!

—¡Está bien! ¡Está bien! —Kunosh se estremeció de terror—. Aun te queda una hora hasta el momento en que Deimos se alejará de su actual órbita. Búscate la espacionave que prefieras y márchate. No queremos saber nada contigo. ¡Déjanos en paz!

Nelson no le soltó el brazo y blandió el arma que empuñaba a modo de cachiporra.

—Me acompañará hasta que encuentre un aparato apropiado. No pienso correr riesgos con una víbora traicionera como usted. ¡Vamos!

Arrastrando al quejumbroso viejo fuera de la cámara de control, lo forzó a conducirlo nuevamente hasta las plataformas que ascendían hacia el hangar. A su paso presenció numerosas escenas de pánico; hombres y mujeres corrían sin sentido, en una y otra dirección, frenéticamente. Nadie parecía conservar el dominio de sí mismo. Si alguien estaba ocupado preparando las cosas para la nueva marcha, no se advertía en aquel sector.

Nelson y Kunosh alcanzaron el túnel vertical que conducía al hangar y subieron sobre una de las plataformas móviles.

—¿Qué hará Fobos? —inquirió el muchacho.

—No lo sé ni me interesa —replicó Kunosh—. Ésta es una buena oportunidad de librarnos de esos degenerados. Por lo menos algo bueno sacaremos de esta emergencia.

Una vez llegados al hangar, recorrieron los distintos aparatos espaciales. Para Nelson aquéllos eran vehículos demasiado pequeños para viajes de larga duración. Podría llegar hasta Marte o quizás alcanzar Fobos, pero nada más. Ignorando las protestas del viejo, el muchacho insistió en revisar todas las máquinas.

Evidentemente, no era ninguna solución para el tremendo problema que enfrentaba tener que viajar hasta Marte y verse forzado a permanecer allí oculto. En el Planeta Rojo no podría ser de ninguna utilidad para la Tierra. Entonces fué cuando divisó en un ángulo del hangar el extraño aparato cúbico que anteriormente llamara su atención. Apresuradamente se dirigió hacia allí.

El aparato era evidentemente mucho mayor que los demás y se advertía que difería en forma fundamental de ellos. Su metal era más oscuro, tenía pequeñas ventanillas cubiertas por cristales opacos y de sus costados surgían caños que semejaban sospechosamente cañones...

—¿Qué es esto? —inquirió Nelson, tras estudiarlo atentamente—. No se parece a los demás vehículos espaciales que hay aquí.

—Es una astronave de otro de los planetas de Vega..., la... tomamos como una curiosidad cuando nos marchamos de ese Sistema. Se trata de un miserable aparato de guerra. Lo utilizamos como elemento decorativo en nuestro museo de horrores.

Nelson buscó la entrada y la descubrió. Era una puerta cuadrada y sólida.

—¡Ábrala! —ordenó al viejo.

Kunosh oprimió un botón disimulado y la puerta saltó hacia arriba, quedando inmóvil y mostrando la abertura que conducía al interior.

—Pasa —dijo el anciano, apartándose para dejar entrar al jovencito—. Todo funciona automáticamente. Hemos conservado esta máquina en perfecto estado. Si quieres, puedes llevártela.

Pero Nelson era demasiado astuto para dejarse engañar nuevamente.

—¡Oh, no! —exclamó—. Usted entrará primero y me enseñará cómo funciona todo... Después podrá marcharse.

—¡Bah! —gruñó Kunosh, golpeando furiosamente el suelo con el taco, pero obedeciendo. Nelson lo siguió.

El interior del aparato interplanetario era extraordinariamente parecido al de una casa. Los motores, que no eran de tipo cohete, sino de un orden mucho más evolucionado, estaban en el piso bajo. Las dependencias de la tripulación y los depósitos evidentemente se encontrarían en los pisos superiores. Nelson estudió los motores, grandes, brillantes. Una rueda gruesa y fuerte ocupaba toda la base de la planta baja. Probablemente, las corrientes magnéticas tenían algo que ver con el principio que hacía mover a aquel aparato.

O quizás las ondas paragravitacionales, de reciente descubrimiento en la Tierra.

Kunosh subió las estrechas escaleras metálicas y el muchacho lo siguió.

En el primer piso había varias cámaras extrañamente ubicadas. La cabina de mando estaba en el mismo centro del vehículo interplanetario y miraba hacia el exterior a través de un ojo de buey redondo, ubicado directamente en su techo. En las paredes había paneles que permitían la visión lateral, si bien la astronave parecía ser ciega por su parte posterior. Evidentemente, el vuelo normal era hacia adelante, provocando una sensación cercana a la de la gravedad a los que ocupaban sus pisos.

En torno de la cámara central había ocho pequeños compartimentos, que servían evidentemente para dormir, comer y guardar cosas a la tripulación. A ambos lados y por encima de la cabina de controles había emplazamientos de cañones, que debían de ser los que Nelson viera asomar al exterior.

El muchacho se hizo explicar por Kunosh la disposición de todo. El viejo insistió en su primera afirmación de que la astronave estaba en condiciones de viajar en cualquier momento, pues sus motores no necesitaban combustible, una vez instaladas sus pilas atómicas. El anciano oprimió un botón en el tablero de mando del aparato, y de inmediato una luz suave inundó el recinto. Las pantallas laterales se iluminaron para permitir ver las paredes rocosas del hangar y numerosos colores comenzaron a aparecer y desaparecer en el tablero.

—Energía, dirección, aceleración, desceleración, calor, luz, oxígeno —explicó el viejo rápidamente, señalando los distintos botones que hacían accionar automáticamente cada una de las secciones correspondientes de los mandos.

Nelson encontró que la astronave parecía estar realmente en perfectas condiciones. Si tenía motores atómicos, podrían viajar hasta la Tierra..., no conocía qué velocidad podría alcanzar, pero por lo menos era algo concreto.

Kunosh saltaba de un lado para el otro, ansioso por marcharse de allí. Nelson, satisfecho, asintió, y el viejo bajó precipitadamente por la escalera. A través de una de las ventanillas laterales, el muchacho lo vió correr hacia la puerta del hangar. Oprimiendo un botón, el jovencito cerró herméticamente el extraño aparato.

—Veamos —se dijo— dónde están los medios de comunicación de este armatoste. ¿O no tiene?

Mirando en derredor descubrió una pantalla cubierta por una substancia vítrea, que podía haber sido un receptor de televisión. A su lado había varios botones. Sin pensarlo dos veces oprimió uno al azar.

La pantalla se iluminó. Un rostro miró directamente a Nelson. ¡Era su padre, John Carson Parr!

cap. 14

Un navegante solitario

—¡Papá! —gritó Nelson alegremente—. ¿Estás bien? ¡Lograste huir de las manos de los hombres de Fobos!

John Carson Parr miró a su hijo asombrado y luego contento.

—Ésta es una verdadera sorpresa, hijo —dijo—. Trataba de hablar con los gobernantes de Deimos y apareces tú. ¿Dónde estás? Esa cabina no se parece a la cámara de control de Kunosh...

—Sigo en Deimos, papá, pero estoy a punto de emprender viaje en una astronave. ¿Dónde estás tú? ¿En Fobos, Marte o en nuestra espacionave?

John Parr se apartó levemente y Nelson pudo captar una rápida visión de la cámara de control que viera anteriormente. Junto al jefe de la expedición terrestre estaba el austero gobernante de Fobos, y tras ellos se advertía una inusitada actividad. Nelson divisó a Telders y McQueen trabajando hombro con hombro con los nativos.

—Como puedes ver, estoy aún en Fobos. Ya tuvimos noticias tuyas de labios de los hombres que pusiste en fuga... Estaban muy enojados contigo. Parece que te dejaste engañar totalmente por ese viejo sinvergüenza de Kunosh...

—Sí, sí —asintió el muchacho—. Pero háblame de ustedes. ¿Están bien? ¿Qué les pasó?

John Carson Parr miró hacia abajo, presumiblemente hacia su reloj, y repuso:

—No hay mucho tiempo por delante, pero trataré de hacerlo. Durante las primeras veinticuatro horas no nos sentimos preocupados por ustedes... Luego comprendimos que ya era hora de verlos regresar y cuando Deimos estuvo a la vista tratamos de comunicarnos con el salvavidas por medio de nuestra radio. No conseguimos respuesta alguna. Entonces enfocamos el telescopio hacia allí. Estábamos observando la superficie del satélite cuando vimos que algo despegaba: supusimos que eran tú y Jim y esperamos, pero no aparecieron. Entonces nos encerramos en la espacionave para discutir más cómodamente qué haríamos, si iríamos a buscarlos o esperaríamos. En ese momento alguien golpeó en la puerta. Pensamos que eran ustedes y abrimos, para dar paso a un grupo de hombres vestidos con trajes espaciales, que sin permitirnos reaccionar nos dominaron, capturándonos. Luego nos sacaron de la espacionave y nos llevaron al interior de Fobos. Supongo que las dos lunas son semejantes, por lo que no te contaré cómo es esto. El jefe, Doldnan, habló con nosotros tras instalarnos confortablemente en una habitación custodiada. Nos explicó que había ordenado que nos capturaran al enterarse que Jim Worden había sido asesinado por la gente de Deimos, temiendo que tú nos informaras falsamente y tratáramos de vengarnos en ellos.

Nelson asintió.

—Kunosh se las arregló para pintar a los de Fobos como si fueran verdaderos monstruos. Dijo que habían ido a conquistar Deimos.

—Mentía —repuso su padre—. Lo único que hacían los hombres de Fobos era tratar de convencer a los consejeros de Deimos que se unieran a ellos en su proyecto de colonización de Marte. Kunosh aprovechó tu presencia para usarte contra esos emisarios. Quería provocar una seria enemistad entre Fobos y la Tierra.

Nelson se sentía algo sorprendido.

—No alcanzo a comprender bien —dijo—. Kunosh insiste en que los hombres de Fobos son miembros de su misma raza, que se han degenerado volviéndose malvados y llegando al uso de la fuerza y la violencia, quebrantando las antiguas tradiciones de su pueblo...

John sonrió levemente y miró de reojo hacia sus espaldas.

—Para decirte la verdad, algo hay de eso. Originalmente todos los miembros de esta raza eran iguales a Kunosh, cobardes y convencidos de su propia superioridad. Por eso los hombres de Fobos no hicieron nada para ocupar Marte a lo largo de tantos siglos. Pero durante las dos últimas generaciones se produjeron cambios en este mundo artificial. Doldnan me contó que enviaron espías a Marte y la Tierra y recibieron informes favorables sobre la integridad científica de los terrestres y sus intenciones pacíficas. Hace muy poco tiempo la fracción más activa logró controlar totalmente a Fobos, pero en Deimos los conservadores más fanáticos continuaron dominando la situación y evitando que se debatiera la cuestión entre el pueblo. Durante la última generación no se produjeron contactos casi entre ambas lunas. No vayas a creer que los de Fobos son realmente gente de coraje. Al contrario. No pueden quitarse tan fácilmente de encima las costumbres heredadas tras miles de años de cobardía congénita. Simplemente tienen suficiente sentido común como para combatir cuando se les hace necesario. Eso es todo...

Nelson recordó repentinamente la situación en que se encontraban. Los minutos transcurrían velozmente, mientras él continuaba hablando.

—Comprendo, papá. ¿Pero qué hacemos? Yo traté de hablar con Kunosh y convencerlo de que dirigiera Deimos hacia la Tierra para hacer un frente común de lucha contra los Merodeadores... pero no lo conseguí. Los muy cobardes van a huir una vez más.

—Cuando supo que los Merodeadores venían, Doldnan logró mantener cierto orden. Convocó a una gran conferencia y nos invitó a participar. Cuando hubo explicado el problema, nos preguntó si la Tierra les daría protección y refugio a cambio de sus conocimientos científicos. Naturalmente asentimos. En este satélite hay elementos capaces de provocar un revuelo increíble en la Tierra. Imagínate: un motor que no es a reacción ni funciona con cohetes, capaz de mover un vehículo de estas dimensiones a lo largo de varios años-luz de distancia...

Nelson se sintió electrizado.

—¿Tengo que irme a reunir contigo? —inquirió—. ¿Qué crees que debo hacer? No sé exactamente las posibilidades de esta espacionave...

Parr se apartó brevemente de la pantalla y conferenció brevemente con Doldnan. Luego se volvió nuevamente hacia su hijo.

—Tendrás que partir inmediatamente —dijo—. Me han dicho que Fobos se puso en viaje hacia la Tierra hace ya treinta minutos. Vamos a pasar por dentro de la órbita de Mercurio para encontrar a la Tierra del otro lado del Sol. Tendrás que seguirnos, porque Deimos debe de haberse puesto en marcha ya, de acuerdo con la decisión de Kunosh...

—¡Tienes razón! —exclamó Nelson, volviéndose hacia el tablero de controles del extraño aparato. En un curioso panel había luces que circulaban, se encendían y apagaban, pero el muchacho no fué capaz de descifrarlas. No cabía duda alguna que se trataba de un código diseñado por los constructores del aparato para indicar su posición pero el jovencito terrestre no lo comprendía. Miró entonces a través de las ventanillas. Seguía en el hangar, pero el techo había vuelto a abrirse y mostraba el firmamento estrellado. Nelson observó algunos segundos el cielo visible y advirtió el movimiento de las estrellas: no era el normal en caso de que la pequeña luna estuviera en su órbita. Kunosh había puesto en marcha los mecanismos de propulsión de Deimos y se alejaba de Marte. ¡Lo que era peor, se alejaba del Sistema Solar!

El muchacho volvió a la pantalla televisora y vió que su padre estaba conferenciando con los jefes de Fobos.

—¡Hasta luego! —gritó Nelson—. Voy a despegar y apenas pueda trataré nuevamente de establecer contacto contigo. En caso contrario, llámame.

Su padre miró hacia la pantalla y lo saludó con la mano. Nelson desconectó el televisor y volvió hacia los controles. Bajo sus pies podía percibir una curiosa vibración. Todo el satélite sufría una serie de pequeños sacudones al ser sacado de su inercia orbital y forzado a responder a mecanismos que no habían sido utilizados en centenares de años terrestres.

Rápidamente repasó las perillas y botones de control y recordó las nerviosas palabras de Kunosh. ¿Habría mentido el viejo? La única forma de saberlo era poniendo el aparato en marcha. Oprimiendo el botón que cerraba herméticamente todas las aberturas, oyó complacido cómo las puertas producían secos chasquidos. Una luz que se encendió en la parte superior del panel le confirmó lo que imaginaba. Mirando a la bóveda del hangar comprobó que seguía abierta esperando su partida. Evidentemente, Kunosh ansiaba librarse de tan molesto huésped. Nelson oprimió la perilla que activaba los motores y aguardó. La extraña astronave comenzó a vibrar por su cuenta y bajo los pies del terrestre se produjo primero un gemido que se convirtió luego en un suave zumbido. ¡Un olor a ozono invadió la cabina, mientras corrientes de energía circulaban a través de cables y condensadores que habían estado fuera de uso desde antes que se construyeran las pirámides de Egipto! El aparato pareció adquirir vida propia, como si se preparara para dar el gran salto hacia el vacío absoluto que era su ambiente natural.

Nelson oprimió entonces el botón del acelerador y maniobró con las palancas que estaban por debajo del tablero. La astronave dio un sacudón y el muchacho se sintió oprimido contra el respaldo del asiento y hacia el piso de la cabina.

Las paredes de la caverna se deslizaron repentinamente hacia abajo y un instante después se encontró por encima de la superficie de Deimos, alejándose a toda marcha. La forma blanca del satélite artificial se ensanchó para reducirse de inmediato. Luego el vacío rodeó al extraño aparato interplanetario.

Los ojos del jovencito estudiaron el panel de controles y observando las distintas luces que se encendían y apagaban pronto pudo identificarlas. Un rectángulo blanco, en el centro, representaba a la propia astronave. A un costado un círculo rojo se alejaba y cambiaba levemente de color. Nelson calculó que representaba al satélite que estaba abandonando. En realidad el sistema se parecía mucho al radar y probablemente era más gráfico. Los distintos colores simbolizaban los diferentes cuerpos celestes. Una flecha escarlata apareció en el tablero y el muchacho identificó la dirección del planeta Marte en su recorrido, comprendiendo que no tendría mucho trabajo en orientarse con aquella astronave pese a que no tenía aparentemente visión posterior.

Estudiando la posición en que se encontraba, advirtió que era la misma que le dijera su padre. Fobos estaba del otro lado de Marte, eclipsado por el Planeta Rojo, que se veía como una enorme masa negra. El Sol podía verse asomando sobre uno de los hemisferios marcianos.

Deimos por su parte se alejaba del planeta principal, huyendo del Sol. Su situación respecto a la flota de los Merodeadores formaba un ángulo de 90°. Evidentemente, el satélite artificial se había apartado ya bastante de Marte y cobraba velocidad a medida que se encontraba más lejos.

Indudablemente Kunosh llevaba a su mundo hacia las profundidades del espacio interestelar, directamente alejado de la Tierra, Marte y los Merodeadores. Cuando los temidos aparatos negros llegaran a la órbita del Planeta Rojo, Deimos se habría perdido en el infinito vacío que separa a las estrellas.

Nelson volvió su atención a los controles. Tenía que hacer virar a su extraño vehículo interplanetario y dirigirse a toda velocidad hacia el Sol, si quería volver a ver nuevamente a la Tierra.

cap. 13

El camino de regreso

En el momento de partir, el aparato tripulado por Nelson estaba frente a Deimos, si bien la luna artificial se alejaba del Planeta Rojo y la astronave del muchacho trataba de acercarse a Marte.

Nelson recorrió con sus dedos los distintos botones, acostumbrándose al tacto de los controles, y por fin oprimió uno. De inmediato se produjo un nuevo zumbido y la astronave pareció titilar. Por un segundo el muchacho experimentó la sensación de que caía y luego la máquina volvió a recuperar su impulso gravitacional. Al mirar hacia la pantalla, Nelson advirtió que ahora se dirigía sin desviación alguna hacia Marte.

Era curioso ver cómo funcionaba aquel extraño aparato. Construido a semejanza de una casa hermética, con todo su contenido apoyado sobre el piso, no tenía nada en común con las espacionaves que Nelson conocía. Ni siquiera era parecido a los modelos experimentales diseñados para volar en el vacío llevados por el impulso de sus cohetes. En los vehículos a reacción, mientras duraba la aceleración los ocupantes se veían restringidos a sus hamacas y camas anatómicas, acolchadas, para no ser aplastados bajo el peso de la gravedad creciente. Concluida la primera fase de este tipo de viaje, el resto constituía una ininterrumpida caída sin peso ni sensación de "arriba" o "abajo", donde techo y piso eran la misma cosa.

En cambio en la astronave de Vega siempre había una fuerza de gravedad actuando, por lo que la sensación de peso ni desaparecía ni aumentaba. Tal vez no era exactamente la gravedad terrestre, porque Nelson se sentía singularmente liviano. Probablemente el planeta donde se construyera aquel navío espacial era más pequeño que la Tierra, con menor gravedad, por lo que sus controles se adaptaban a ella. Por lo demás la sensación era agradable para el muchacho, que había estado demasiado tiempo ya sin peso alguno.

Mientras el cubo se movía, Nelson observó el firmamento. Deimos disminuía constantemente de tamaño, hasta desaparecer finalmente entre las estrellas. Marte no cambió mucho en diámetro, pero el Sol fué apareciendo sobre su disco, en tanto que el aparato interplanetario iba alejándose del cono de sombra para sumergirse en los rayos del astro-rey. Por fin Nelson pudo verlo en su apariencia habitual para los viajeros del espacio: una enceguecedora bola de luz blanca, con una corona de tremendas proporciones formada por la proyección de sus descargas sobre el fondo negro del vacío interplanetario.

El muchacho repasó el espacio en busca de Fobos, pero esto resultó algo difícil a causa de las diminutas dimensiones relativas del satélite artificial, que estaba entre él y la luz solar.

El aparato interplanetario no tardó mucho en alejarse del disco de Marte y el muchacho comprendió que si bien en el interior de la cabina la fuerza de gravedad se mantenía constante, debía de tratarse del resultado de algún mecanismo desconocido para él, pues exteriormente no cabía duda que continuaba acelerando. Ésta era una invención que resultaría de extraordinario interés para perfeccionar el arte del vuelo interplanetario en el Sistema Solar... si quedaba algo después que los Merodeadores hubieran pasado.

Nelson volvió a estudiar el panel de instrumentos, tratando de determinar cuáles eran los indicadores de presión y velocidad o sus equivalentes. Descubrió así una pequeña esfera que fuera verde claro y que estaba teñida de oscuro, haciéndose cada vez más intenso su color. Con mucho cuidado ajustó la palanca de aceleración y el brillo disminuyó, tornándose más claro. ¡Conque aquél era el sistema de medición! Acelerando y descelerando, el jovencito lo comprobó repetidas veces, logrando así mantener una velocidad constante.

No cabía duda que los constructores de aquella astronave pertenecían a una raza de extraordinaria agudeza visual, pues de lo contrario no hubieran utilizado aquel sistema que resultaba poco práctico para un terrestre.

Una vez que estuvo lejos de Marte, Nelson hizo virar nuevamente al aparato, experimentando por segunda vez aquella breve sensación de opresión. Luego todo pasó y la astronave se dirigió hacia el Sol casi en línea recta. El muchacho bajó la palanca del acelerador hasta su extremo máximo y vió cómo la pequeña esfera se tornaba tan intensamente brillante que casi era imposible mirarla.

Por un momento el jovencito se sintió desconcertado al recordar que no tenía medio alguno de verificar a cuánto ascendía la velocidad de su astronave. Aquel viaje iba a resultar bastante peligroso. En realidad volaba casi a ciegas y sería un milagro que pudiera descender sano y salvo en la Tierra.

Para navegar por el espacio es necesario no solamente tener una idea exacta de la velocidad y dirección del objetivo, sino también de la propia velocidad. No cabía duda alguna de que los constructores del cubo espacial sabían leer esas informaciones en las luces del tablero, pero para Nelson eran absolutamente incomprensibles.

El muchacho se volvió ansiosamente hacia la pantalla del televisor y la conectó. Nada ocurrió, excepto que aparecieron sobre la brillante superficie algunas luces de colores diversos. Nelson comenzó a oprimir botones, esperando que ocurriera algo. Por fin la pantalla se aclaró y apareció en ella el rostro de un habitante de Fobos. La imagen no era tan nítida como, durante la anterior comunicación, pero seguía siendo bastante buena.

El extraño miró, aparentemente identificó al jovencito y desapareció, llamando a alguien que estaba a su lado. De inmediato aparecieron las toscas facciones de McQueen.

—¡Hola, muchacho! Oí contar tus apuros. ¿Qué pasa ahora?

Nelson le explicó rápidamente el problema que se le presentaba. El explorador frunció el ceño y meditó un instante. Luego dijo:

—Bueno, le pediré al piloto de turno que calcule por medio del radar tu curso y velocidad. Tú la cambiarás paulatinamente y yo te la transmitiré, diciéndote paso a paso lo que vas haciendo. En esa forma puedes ir trazándote una escala más o menos aproximada. ¿Qué te parece?

Aquello era lo único que podía hacerse y así lo comprendió Nelson, que asintió. Para él era vital solucionar el problema del control de aquel aparato.

El rostro de McQueen fué reemplazado después de un momento por el de Telders, el ingeniero astronáutico,

Luego, durante media hora, Nelson aceleró y desceleró su espacionave; en Fobos, Telders medía por medio del radar la velocidad que llevaba el muchacho y se la transmitía. Así el adolescente lograba ir trazando una escala de acuerdo con los colores, hasta que por fin tuvo algo bastante aproximado a la realidad.

El próximo paso fué recibir la exacta trayectoria que estaba recorriendo la gigantesca astronave de Vega y su enorme velocidad. En confines planetarios no resultaba seguro emplear la velocidad de marcha en los espacios interestelares, pero de cualquier manera era mucho mayor que la que podían alcanzar los aparatos terrestres. La trayectoria del satélite artificial lo llevaría a pasar a menos de quince millones de kilómetros del Sol, experiencia poco agradable pero que duraría poco a causa de su constante aceleración. Una vez cortada la órbita de Mercurio, podría dirigirse hacia la Tierra, comenzando a descelerar antes de llegar a la altura de Venus.

El viaje en conjunto duraría unas cinco semanas.

—Te aconsejo que aceleres y trates de alcanzarnos —concluyó diciendo Telders—. No creo que podrías resistir mucho tiempo en tu pequeño aparato espacial semejante curso tan cercano al Sol.

Nelson asintió. Corrigió su dirección hasta estar casi en una línea con Fobos, cuya exacta ubicación había podido señalar en su pantalla gracias a las indicaciones de Telders, y bajó hasta el fin la palanca del acelerador. Pronto la esfera se tornó tan brillante que era imposible mirarla.

Luego no quedó otra cosa que hacer, salvo esperar. Tardaría horas en alcanzar a Fobos. Recién entonces Nelson comprendió que estaba hambriento.

Despidiéndose de Telders, le prometió llamarlo una hora más tarde y desconectó la pantalla televisora. Luego se lanzó a recorrer el cubo espacial buscando la cocina.

¡El aparato aquel era realmente una pequeña casa! Había un par de dormitorios, con muebles extraños pero en los que resultaba fácil reconocer a los lechos neumáticos anatómicos. A continuación había una especie de biblioteca, cuyos libros eran pequeñas pantallas adosadas a las paredes, que una vez activadas dejaban ver signos coloreados que se movían rápidamente. Las puertas estaban marcadas con esos mismos símbolos, que eran tan sólo siete pero que al combinarse con distintos colores se convertían en sesenta y tres. Por fin el muchacho encontró la cocina de la astronave, una cámara compacta, con una especie de mostrador cubriendo de una de las paredes y los habituales botones y palancas en un panel. En ese momento pensó por primera vez que si aquel aparato estaba en desuso desde hacía miles de años, no encontraría ningún alimento ingerible.

Nada podía perder probando... Inclinándose sobre los botones, comenzó a apretarlos.

Lo primero que consiguió, fué agua. Se produjo un sonido seco y sobre el mostrador apareció un recipiente transparente, surgiendo de una abertura que de inmediato volvió a cerrarse. Nelson destapó el extraño vaso y probó el líquido. Era agua. Algo pesada, con un gusto ligeramente raro, a producto químico, pero agua al fin, que sirvió para satisfacer su sed.

Otros botones no funcionaron; uno proporcionó un recipiente que contenía una substancia gelatinosa, tan maloliente que Nelson contuvo una arcada. Mirando en derredor, descubrió en la pared opuesta un orificio. Arrojó allí aquel desagradable producto y algo parecido a una mandíbula mecánica se cerró con un chasquido. Cuando volvió a abrirse, la gelatina y el recipiente habían desaparecido.

Tras probar todos los botones y palancas, el jovencito llegó a la conclusión de que solamente cinco funcionaban, sin contar el que proporcionaba aquella gelatina maloliente. Pronto tuvo sobre el mostrador una cantidad de recipientes que contenían materias coloreadas, semitransparentes, que no podía identificar. Abriendo uno, probó el contenido. Era agradable, con sabor parecido a la carne asada. Como no tenía cubiertos, comió con las manos. Luego probó otro de los recipientes, y lo encontró de su agrado. Cuando hubo terminado, se sintió satisfecho. Había cenado.

Tranquilo, pensando que no se moriría de hambre aunque el viaje se prolongara, comprendió que aquellos alimentos sintéticos, producidos por alguna maravillosa alquimia atómica desconocida, provocarían un verdadero revuelo en la Tierra. Por un momento se preguntó si el elemento nauseabundo que se viera forzado a tirar era algo que se había echado a perder o si se trataba de algún alimento que resultaba agradable al paladar de los habitantes del remoto planeta de origen de aquella astronave. Después de todo, en la Tierra había todavía amantes del queso Limburgo y la manteca rancia...

Volviendo a la cámara de control central, intentó comunicarse con Fobos. Esta vez contestó su padre y antes de cortar la comunicación hablaron un rato. La nave interestelar llevaba suficiente ventaja como para que el aparato interplanetario del muchacho tardara aún horas en alcanzarla; Nelson se sentía profundamente fatigado, y cuando concluyó la conversación se dirigió a uno de los pequeños dormitorios y se acostó a dormir. La gravedad del cubo espacial lo hizo acomodar mucho más rápidamente que si hubiera estado en vuelo libre y se durmió profundamente.

Despertó diez horas más tarde, sintiéndose descansado y fresco. Levantándose volvió a la cámara de controles, convencido de que podría vislumbrar fácilmente a Fobos. Marte estaba ya a bastante distancia, pero sin embargo el satélite artificial no se hallaba a la vista.

Llamando por medio del televisor, entró en contacto con un nativo de la nave interestelar, que de inmediato lo comunicó con McQueen, que parecía ser el único terrestre despierto en aquel momento.

Bryan miró a Nelson con aire preocupado.

—Me temo que tengo malas noticias para ti, muchacho —le dijo—. En las horas transcurridas no te has acercado nada... por el contrario, cada vez estás más lejos...

Nelson se mordió el labio inferior.

—Y sin embargo avanzo a velocidad máxima... —repuso. El otro sacudió la cabeza.

—También nosotros —le recordó— vamos casi a la mayor aceleración posible dentro del Sistema. Creo que ningún aparato chico puede alcanzar una velocidad tan grande... Pero aquí llega tu papá. Él te hablará.

John Carson Parr se colocó ante la pantalla frotándose los ojos. Era evidente que lo acababan de despertar. Su rostro revelaba la preocupación que lo dominaba.

—Espero que te encuentres cómodo en esa casilla voladora, hijo —dijo tratando de parecer humorístico—. Creo que vas a tener que pasar una temporada de descanso en ella.

Nelson quiso sonreír pero no pudo. La idea de realizar el largo viaje hasta la Tierra por sus propios medios, pasando tan cerca del Sol, no le resultaba muy de su agrado.

—Oh, estoy perfectamente —repuso—. Tendrías que probar alguna de las gelatinas que tengo que comer... Hay para todos los gustos.

El mayor de los Parr logró esbozar una sonrisa.

—Me alegro. Doldnan no puede detener esta astronave para recogerte. Tiene que considerar a centenares de miles de vidas que son exclusiva responsabilidad suya, y en segundo término, a toda la población terrestre, que debe ser advertida con tiempo del peligro que corre. Tú tendrás que arreglártelas solo.

—No te preocupes, papá. No esperaba que Fobos alterara su curso para esperarme. ¿Puedes pedirle a Telders que calcule el curso que debo seguir?

—Ya lo hemos calculado. Telders te lo dará y te diré cuándo deberás modificar tu dirección o velocidad. Nosotros llegaremos a la Tierra dentro de cinco semanas, siguiendo el camino más corto y peligroso. Empero hemos trazado un curso más circular para ti, que no te llevará más cerca del Sol de lo que está la órbita de Venus. Esto te llevará aproximadamente cuatro meses de tiempo. Hacer una trayectoria más breve podría ser excesivamente peligrosa para ese carretón espacial que manejas.

—Parece que tendré tiempo de aprender a leer sus libros, papá —bromeó Nelson.

—Lo dudo —repuso su padre, no advirtiendo el tono de voz del comentario del muchacho—. Supongo de cualquier manera que encontrarás una forma de pasar el rato. Debo aclararte que no podremos seguir comunicándonos tan fácilmente a medida que nos alejemos de ti. Además, Doldnan teme que por nuestras conversaciones los Merodeadores. puedan detectarnos.

—Bueno... en tal caso será mejor que nos despidamos hasta llegar a la Tierra —repuso Nelson. Su padre murmuró algunas palabras para animarlo y cedió su lugar a Karl Telders.

El adolescente tomó nota de los cálculos del astronauta y le agradeció. Tras ver por un segundo la imagen de su padre, hizo una señal de despedida y cortó la comunicación. Estaba solo en el espacio.

Comenzó entonces un largo período de inactividad, de vuelo tranquilo y silencioso. El muchacho llevó cuenta exacta del tiempo, dividiéndolo en días y noches por medio de su reloj espacial. Sistemáticamente exploró todos los rincones de aquella casa interplanetaria averiguando el funcionamiento de cada aparato que pudo descubrir. Examinó también la cámara de máquinas, pero no tocó nada allí por temor de estropearlo.

El alfabeto y los "libros" que habían en la "biblioteca" siguieron sin ser descifrados, pese a que pasó largas horas haciendo una lista de colores y símbolos. No encontró ninguna fotografía o grabado que le indicaran cómo habían sido los constructores de la astronave, lo que no dejó de contrariarlo.

Estaba aproximadamente a mitad de camino entre Marte y la órbita de Venus, cuando se le ocurrió realizar una inspección rutinaria al sistema de radar del cubo espacial. Fobos estaba lejos y fuera del alcance de la vista, probablemente a punto de llegar a destino. Marte era un disco rojo escasamente visible a través de una de las ventanillas laterales. En el panel, junto a Marte, aparecía un puntito amarillo. Rojo era el color de las masas planetarias, blanco era el cubo espacial, azul los meteoros y un pequeño cometa había sido representado momentáneamente con un destello verdoso. ¿Qué quería decir aquel color amarillo?

Mientras observaba, vió aparecer un segundo y luego un tercer puntito amarillo. Nelson contuvo el aliento, inquieto. Cuatro puntos más se unieron a los primeros, acercándose cada vez más al rectángulo blanco que representaba a su propia astronave y formando una ancha V, semejante a la formada por los patos salvajes en sus vuelos anuales.

Aquello no era natural, pensó Nelson, mirando asombrado. Se trataba de algo provocado por seres inteligentes... Entonces la verdad golpeó al muchacho. Debían de ser espacionaves en formación.., siguiéndolo a una velocidad muy superior a la que podían alcanzar los aparatos de la Tierra...

—¡Era la flota de los Merodeadores, que por fin había llegado a las regiones interiores del Sistema Solar!

cap. 16

Los piratas de las estrellas

Lleno de ansiedad, Nelson observó cómo nuevos puntos iban apareciendo en el tablero de luces, uniéndose a los anteriores y aumentando su proximidad al cubo espacial.

Pronto lo alcanzarían.

El muchacho dudó un momento en los controles del aparato. Sabía que podía aumentar su velocidad, pero en tal caso el cuidadoso recorrido calculado por Telders no serviría y sus posibilidades de llegar algún día a la Tierra disminuirían considerablemente, tornándose nulas.

El vuelo espacial es algo muy difícil de orientar. No es parecido a los viajes marítimos, como se lo ha comparado frecuentemente, sino más bien a una cacería de patos, hecha desde el lomo de un caballo al galope que va en distinta dirección.

Cada planeta al moverse lo hace a distinta velocidad; para viajar desde la superficie de uno hasta la de otro es necesario poseer un conocimiento exacto de ubicación, velocidad y dirección de ambos, a lo que se agrega la instantánea rapidez de cálculo que se ha de tener para saber en cualquier momento esos datos. Los controles de las espacionaves terrestres tenían máquinas exactísimas que realizaban esas operaciones en forma casi instantánea; probablemente en el cubo espacial de Vega también había algún mecanismo semejante, pero... ¿Cómo identificarlo? ¿En qué forma interpretar sus indicaciones? Nelson no lo sabía y no tenía tampoco las cartas de astronáutica utilizables en el Sistema Solar.

Así, pues, se trataba de una decisión bastante difícil de adoptar. Pero no podía perder tiempo y debía tomarla inmediatamente. Si trataba de correr más que los Merodeadores tal vez podría hacerlo, pero se perdería indefectiblemente y se vería condenado a buscar a la Tierra en derredor del Sol tal vez durante años, en el supuesto caso de que el misterioso poder que movía al cubo espacial siguiera produciéndose.

Empero semejante cambio de velocidad no podía significar forzosamente su captura o destrucción. Por un instante permaneció inmóvil, las manos colgando inertes a sus costados, mirando el tablero de instrumentos. Pensaba en la Tierra, en sus hombres y mujeres corriendo a preparar la defensa, cargando armas improvisadas en cada espacionave disponible, resueltos a detener la invasión. Cada segundo, cada hora, cada día adquirían un valor inapreciable. La vida de un hombre no tenía ningún valor, frente a todo aquello. Resuelto, el muchacho bajó la palanca del acelerador y observó cómo el globo adquiría una rápida coloración oscura, al mismo tiempo que brillaba incandescente.

Pese al maravilloso sistema de compensación del aparato interplanetario, la aceleración se hizo sentir con su fuerza aplastante. Nelson, sentado frente al panel de controles, miró con un esfuerzo hacia la pantalla del radar y vió cómo la flota invasora parecía retroceder, retenida en el espacio.

Pronto un solo puntito quedó señalando el sitio donde uno de los vehículos interestelares de los Merodeadores continuaba su persecución. Pero luego, lentamente, muy lentamente, el aparato enemigo pareció ganar terreno una vez más. Nelson, horrorizado, vió cómo el puntito amarillo se le acercaba y pronto los otros aparecían, completando la formación en V.

La esfera verde brillaba al máximo; el cubo espacial había roto la trayectoria trazada cuidadosamente por Telders y se alejaba a velocidades imposibles de calcular para quien como Nelson Parr desconocía la escala utilizada por sus constructores. Y sin embargo los Merodeadores estaban cada vez más cerca...

El muchacho comprendió que los dados estaban echados. No había planetas cercanos donde buscar refugio. Venus estaba demasiado lejos y era el más próximo. Pero si no podía correr más que sus perseguidores, tal vez le resultaría posible esquivarlos...

Así, resuelto a hacer perder tiempo a la flota de invasión, Nelson oprimió el botón que hacía virar a su astronave y los puntos amarillos se corrieron hacia el costado más lejano del tablero. Tomándose el tiempo necesario, miró por la ventanilla pero no pudo ver a los Merodeadores. Por lo demás, sabía que era imposible esperar divisarlos sin aparatos adecuados, pues debían de estar a millones de kilómetros de distancia.

Volviendo su atención al panel, el jovencito advirtió que los puntos amarillos estaban nuevamente tras él, siguiéndolo. Inmóvil en su sitio, miró cómo se acercaban más y más. Otra idea le había asaltado.

Cuando los puntos parecieron estar sobre la imagen blanca que representaba a su astronave, tiró hacia arriba de la palanca del acelerador y paró los motores del cubo espacial.

Al detenerse la máquina, la gravedad artificial desapareció y el muchacho se sintió invadido por las náuseas, mientras la falta de peso le hacía mantenerse dificultosamente en su sitio.

En la pantalla indicadora, los puntos amarillos pasaron junto al rectángulo blanco y se perdieron en la lejanía, desapareciendo. Nelson oprimió el botón que cambiaba la dirección y volvió a bajar el acelerador. El cubo espacial comenzó a aumentar de velocidad, corriendo en otra dirección. Ansiosamente el muchacho se inclinó sobre la pantalla, esperando ver aparecer los puntos amarillos que señalaban la posición de la avanzada de los Merodeadores, pero los aparatos piratas siguieron ausentes. Inquieto, Nelson pensó que tal vez los invasores no lo habían estado persiguiendo, sino que se dirigían hacia la Tierra, y que su sacrificio era inútil. Quizás había supuesto erróneamente que aquellos seres conocían su existencia...

Mientras miraba el panel, sintió que tenía la frente bañada en sudor. Si la velocidad de su espacionave había sido invertida exactamente, probablemente estaría regresando a Marte. Se preguntó entonces si sería así, pues sabía que semejante maniobra hubiera sido imposible para cualquier aparato interplanetario construido en la Tierra. Claro que ignoraba por completo las verdaderas posibilidades del cubo espacial.

Suponía que alguna clase de campo magnético con líneas de fuerza alteradas eran los medios de propulsión que utilizaba el aparato. Su padre le había mencionado brevemente durante su conversación algo referente a líneas de fuerza cósmica desconocidas para los terrestres y su ciencia, aventurando la teoría de que aquel cubo espacial tal vez sacaba su energía de semejantes fuentes. Pero la capacidad de semejante astronave seguía siendo un misterio, aun suponiendo que tales fueran los elementos que la hacían funcionar.

Bueno, tal vez aquello había dado resultado. Quizás los Merodeadores habían sido dejados atrás realmente. Pero si estaban recorriendo el Sistema Solar en busca de presas, volverían a encontrarlo. Tal vez le convendría estudiar los armamentos del cubo espacial. Kunosh le había dicho que se trataba de un aparato de guerra y por lo tanto debía de tener armas de alguna clase.

En cada una de las cuatro paredes había proyecciones metálicas que parecían ser las partes posteriores de cañones de alguna clase desconocida para él. Recordando los caños que viera en el exterior del aparato interplanetario al estudiarlo por fuera, el muchacho pensó que estaba ante el armamento del crucero de Vega. De inmediato comenzó a buscar los controles de aquellos cañones. Un panel en la pared junto a la culata de una de las armas llamó su atención. Corriendo una plancha de metal, encontró cuatro pequeños discos brillantes allí incrustados. Oprimiendo uno de los botones que estaban bajo los discos, advirtió que éstos se tornaban transparentes y reflejaban un sector del espacio exterior, cruzado por líneas direccionales, como las que cortan la mira de las ametralladoras pesadas.

Oprimiendo sucesivos botones, Nelson vió cómo se iban encendiendo luces de distintos colores, al mismo tiempo que de la pared llegaba un zumbido sordo. El verde fué cambiando lentamente hasta ser amarillo y luego escarlata; el jovencito comprendió que sin quererlo había cargado a uno de los cañones con alguna energía desconocida para él.

No queriendo correr ningún albur, el muchacho hizo lo mismo con los otros tres cañones; luego volvió a su puesto de observación.

Al hacerlo advirtió que los puntitos amarillos habían regresado al sitio ocupado anteriormente y se dirigían en su formación de combate hacia el cubo espacial.

Naturalmente, siempre podía esquivarlos. Pero tarde o temprano lo atraparían. Entonces resolvió tentar su suerte con los cañones.

Observando cómo los puntitos amarillos se acercaban lentamente a su aparato, Nelson apretó los dientes y corrió hacia el panel de la pared, junto al cañón correspondiente. En uno de los cuatro discos brillantes se veía un puntito amarillo moviéndose hacia el centro: era el primero de los aparatos de los Merodeadores que estaba al alcance de los detectores de la astronave de Vega.

El muchacho miró de reojo a través de una de las ventanillas, pero la espacionave pirata no se alcanzaba a divisar aún. Sin embargo la mira del cañón señalaba claramente su paso. Un segundo puntito apareció siguiendo al primero, pero éste era mucho más brillante y cercano.

Nelson aguardó a que el aparato invasor cruzara exactamente por el centro de la mira, superponiéndose con el punto escarlata que allí había.

Entonces oprimió el botón lateral.

De inmediato se produjo un relámpago instantáneo de luz terriblemente blanca; cuando los ojos del muchacho dejaron de parpadear, el disco del cañón estaba oscuro, con un puntito amarillo —el del segundo aparato—, dirigiéndose hacia el borde del cuadro hasta desaparecer, en tanto que la espacionave atacada parecía haber quedado a la deriva, flotando cerca del sitio de la explosión.

Era evidente que aquella arma lanzaba una descarga de energía atómica.

Nelson se preguntó si habría destruido al Merodeador o meramente había quedado inutilizado.

Mirando hacia los otros tres discos, Nelson se sintió desmayar al advertir que en dos había puntitos amarillos acercándose. Pero se repuso rápidamente: sus enemigos lo rodeaban, dispuestos a exterminarlo. Pues bien, sabría hacerles honor, y si intentaban terminar con él, tendrían primero que derrotarlo. La lucha sería de las buenas. Mientras pudiera seguir combatiendo, lo haría.

Los aparatos de los Merodeadores se acercaron paulatinamente y Nelson se preparó para recibir la descarga que terminaría con él. Pero por algún motivo misterioso los piratas retenían su fuego. El muchacho transpiraba copiosamente, cuando otro de los puntitos amarillos se cruzó con el redondel escarlata del centro y pudo oprimir el botón que activaba al cañón correspondiente. Un nuevo relámpago enceguecedor se produjo inmediatamente pero esta vez Nelson había tenido la precaución de apartar la mirada para no quedar enceguecido.

Cuando volvió a mirar, lo hizo horrorizado. Porque en el centro del redondel transparente, seguía el puntito amarillo, brillando cada vez más firmemente. Esto significaba que por algún medio extraordinario, su disparo había sido neutralizado.

Entonces se produjo un terrible trueno y el cubo pareció conmoverse violentamente; una fuerza poderosa lo arrojó al suelo y las luces del cubo espacial se oscurecieron hasta casi extinguirse.

Tembloroso, Nelson se incorporó sacudiendo la cabeza. Con toda lentitud las luces volvieron a su brillo normal. El muchacho volvió al panel donde estaban los mandos de los cuatro cañones. Pero fué inútil: los cuatro discos estaban oscuros, quemados, sin vida...

Por algún medio desconocido, aquellos seres habían sido capaces de detener la descarga atómica y devolverla. ¡Y ahora el aparato de Vega estaba indefenso!

Corriendo, regresó al panel de controles, pero para su espanto vió que las luces se habían apagado en la pantalla correspondiente. Los mandos de la astronave estaban estropeados... Había quedado ciego y paralítico, perdido en el espacio.

Dejándose caer sentado, el muchacho miró hacia adelante sin ver. ¿Lo dejarían allí los Merodeadores y seguirían viaje? No. Era difícil que hubieran combatido, arriesgándose a recibir sus descargas, para no intentar siquiera satisfacer la curiosidad que debían experimentar por conocer al enemigo vencido. Bueno, si iban a buscarlo, ¡los recibiría dignamente!

Levantándose, el muchacho se dirigió a la cabina que utilizara hasta el momento a modo de dormitorio y se colocó el traje espacial que dejara allí, sin cerrarse el casco.

Hecho esto bajó la escalerilla y buscó en el armario de herramientas que descubriera en una de sus exploraciones, lo abrió y sacó una barra de metal, que podía servir cómodamente de maza.

Así armado, regresó a la cámara principal y aguardó. No tuvo que hacerlo por mucho tiempo. Primero se escuchó un choque leve en el exterior, y luego el sonido de algo que sé aferraba al metal de la astronave. Inmediatamente resonó un zumbido, que Nelson catalogó como el producido por el aire comprimido al escapar al vacío por la puerta de entrada. En seguida se escucharon pasos pesados avanzando sobre las planchas metálicas de la planta baja.

El muchacho cerró el casco, se deslizó hacia la entrada de la cabina y alzó la barra. Hasta él llegó el ruido sonoro de calzado metálico pisando la escalerilla, y de pronto un casco negro asomó por la escotilla del piso.

Nelson dejó caer con fuerza la barra de hierro, y la cabeza desapareció, pero en la fracción de segundo que estuvo asomado, el muchacho advirtió que el ser aquel tenía dos ojos y forma humana. Por lo menos los Merodeadores eran humanoides...

Aguardó. Luego repentinamente, la escotilla pareció vomitar invasores. Tres, cuatro, cinco hombres vestidos de negro, cayeron sobre él.

La barra metálica comenzó a golpear a diestra y siniestra; gritos y exclamaciones escaparon de labios de los piratas alcanzados por el castigo. Nelson alcanzó a percibir el rostro de uno de aquellos seres mirándolo al mismo tiempo que caía sobre él... un rostro oscuro, con ojos pálidos y cejas rojizas. El muchacho volvió a alzar el improvisado garrote, pero esta vez se lo arrancaron y un segundo después recibió un terrible golpe en el costado del casco, seguido por otro y un tercero. Luego todo se oscureció para él.

cap. 17

Increíble despertar

Nelson Parr giró en el lecho, sumergiendo la cabeza en la almohada. Gradualmente advirtió que había estado dormido y que recién despertaba. La pesadez del sueño persistía aún en sus pupilas, impidiéndole levantar los párpados. Se sentía rodeado por el confortable calor de las frazadas y la sensación de profunda satisfacción que derivaba de tan simple hecho no lo dejaba terminar de despertarse.

Al principio trató de recordar si tenía clases muy temprano, pero luego comprendió que hacía ya mucho que se había graduado. Bueno, pronto iría a la Tierra para proseguir sus estudios... pero este pensamiento también parecía defectuoso. No, se dijo, también eso terminó. Ahora estaba de regreso en su casa. ¿Qué era lo que tenía entonces que hacer?

Mientras pensaba perezosamente, siguió acostado. Pero poco a poco una incertidumbre profunda fué invadiéndolo. Extraños recuerdos dominaron su cerebro a medida que despertaba por completo. ¿Iban a evacuar Marte? ¡Pero ya lo habían hecho! Y él se había quedado con su padre y... ¡oh, sí, en Fobos y Deimos! Allí había estado con Jim Worden. Un repentino escalofrío le recorrió el cuerpo. Jim estaba muerto y cosas terribles habían ocurrido desde entonces... Kunosh, sus mentiras y traiciones, el cubo espacial... la cacería por el vacío...

¡Los Merodeadores! El pensamiento estalló como una bomba en el cerebro del muchacho. Sus ojos se abrieron y se incorporó de un salto, sentándose en la cama.

Al mirar en derredor parpadeó incrédulo. Lo primero que vió fué el estandarte triangular con letras rojas y vivas. Escuela Primaria de Solis Lacus. ¡Su vieja escuela! Luego sus ojos captaron el pequeño escritorio, las fotografías de su padre, el equipo atlético en desuso que guardara por sentimentalismo... Sobre la silla estaban sus ropas cuidadosamente dobladas y en el piso, sus zapatos.

Mirando la cama, la reconoció. ¡Era su cama y estaba en su propio dormitorio en Marte!

¿Sería posible que todo lo pasado fuera un sueño, una pesadilla? Nelson Parr se pasó las manos por los ojos y se los frotó. Pero la escena no varió. Por lo demás, los acontecimientos anteriores seguían siendo demasiado vívidos, demasiado claros para que todo fuera un sueño. En la cabeza tenía todavía un punto doloroso, donde la cachiporra de los Merodeadores lo golpeara... Eso no era un sueño. ¿Pero cómo había regresado a Marte? ¿Qué había ocurrido con los piratas interestelares?

De un salto bajó de la cama, esperando que de pronto apareciera algún desconocido enemigo y lo atacara. Pero nada ocurrió. Entonces advirtió que tenía puesto uno de sus viejos pijamas, que dejara atrás al abandonar Marte.

Rápidamente se vistió. Luego se miró en el espejo. Había cambiado y su rostro estaba curtido por los rayos del Sol en pleno espacio interplanetario. No podía dudar que todo lo que recordaba había ocurrido.

Una vez vestido, miró en derredor, al dormitorio que creyera haber abandonado para siempre. Nada había cambiado; empero... ciertas diferencias se advertían. En una de las paredes, por ejemplo, donde estuviera el opaco cristal de una de las inertes pantallas marcianas, seguía el marco como antaño, pero en su interior algo había cobrado vida. Una pintura, si es posible considerar pintura a puros rayos de luz cambiante. Tal vez era una fotografía tridimensional o un dibujo de increíble realismo. Representaba una escena tomada en algún remoto universo. Dos soles brillaban en un cielo rojizo, y una figura humana revestida de armadura completa batallaba contra un ser semejante a un dragón mitológico.

Nelson miró asombrado. ¿Era algo fantástico o se trataba de una verdadera fotografía tomada en algún lejano pero existente rincón de la Galaxia?

Entonces el muchacho advirtió que otro panel que presumiblemente ocultaba la puerta de uno de los armarios originales de la habitación brillaba con vivos colores, pese a que no tenía cuadro alguno. Acercándose, Nelson lo tocó. El panel se deslizó silenciosamente hacia un costado.

Aquello era efectivamente un armario. En su interior colgaban ropas de extraño diseño y tela. ¡La ropa de los desaparecidos marcianos!

El adolescente abrió la puerta de su dormitorio y salió. Nadie trató de impedírselo. Todo era exactamente igual. Donde misteriosos marcos con cristales opacos despertaran la curiosidad de los terrestres, había ahora cuadros que brillaban con destellos de energía. Las habitaciones estaban iluminadas con una luz difusa, muy superior a la de las lámparas atómicas manufacturadas en la Tierra. El aparato que servía como cocina respondía directamente al toque de la mano, y también roperos y armarios, que Nelson recordaba tan inviolables como cajas de seguridad.

En la sala principal de la casa, el muchacho tocó suavemente un panel que siempre llamara su atención, y una música extraña, que no seguía ninguna de las reglas por él conocidas pero que resultaba agradable, inundó la habitación. Al mismo tiempo la luz fué modificándose, cambiando de color armónicamente con el sonido.

Entonces Nelson hizo lo que no se atreviera hasta entonces. Miró por la ventana. Aparentemente era de mañana. El Sol se alzaba lentamente sobre el cielo oscuro y las plantas marcianas ya comenzaban a desenvolver sus hojas peludas para captar toda aquella luz que para ellas representaba vida. El muchacho advirtió que había el doble de las plantas que recordaba.

Frente a la casa había una carretera. Algo se acercaba velozmente y por un instante Nelson alcanzó a ver cómo era uno de los fabulosos coches marcianos, apenas atisbados en las fotografías tomadas con radar a través de las puertas de los depósitos herméticamente cerrados.

Sintiéndose repentinamente hambriento, Nelson abandonó la ventana y volvió a la cocina. Al contacto de su mano un panel se corrió y reveló hileras de envases que evidentemente debían de contener alimentos. Pero el muchacho no confiaba en la calidad de aquella comida marciana. En la despensa de su madre quedaban todavía conservas terrestres en buena cantidad. Así, Nelson Parr preparó su primer desayuno desde aquel increíble regreso a Marte y comió. Hecho esto se dedicó a meditar.

No le quedaba mucho por hacer, salvo esperar. No cabía duda que los Merodeadores lo habían capturado, llevándolo de regreso a Marte. Ahora los piratas de las estrellas estarían dedicados a saquear al viejo Planeta Rojo despojándolo de sus ocultos tesoros. Era evidente que no habían tenido dificultad alguna en descifrar el secreto que cerraba puertas y depósitos, cosa que no era extraordinaria, tratándose de semejantes bandidos supercientíficos.

Nelson se preguntó cuánto tiempo tardarían en saquear Marte antes de caer sobre la Tierra y qué pensarían hacer con él. En ese momento oyó pisadas acercándose a la puerta de entrada. Eran pasos firmes, duros, los pasos de hombres seguros de sí mismos. El muchacho se atragantó casi; incorporándose rápidamente, abandonó la cocina y volvió a la sala. Al mismo tiempo la puerta se abrió para dar paso a dos hombres.

Eran dos individuos bajos y robustos, de cutis atezado por los rayos del Sol en el espacio exterior, allí donde no hay una atmósfera que filtre las radiaciones. Ambos tenían ojos celestes y cortos cabellos rojizos y la misma sonrisa de descarada confianza lucía en sus labios. Eran los rostros de los Merodeadores, tal cual los había podido atisbar Nelson Parr a través de los cascos que llevaban al atacarlo.

Ahora vestían chaquetillas de brillantes colores, pantalones cortos de una materia parecida al cuero y botas hasta las rodillas; con una sonrisa amistosa se acercaron al terrestre.

—¡Ah! —dijo uno de ellos con acento jovial—. ¡Aquí está nuestro gallo de riña!

Y antes de que Nelson pudiera reaccionar de su sorpresa, el Merodeador le tomó un brazo y le palmeó amistosamente la espalda. Pero el jovencito se apartó vivamente, con gesto enojado.

—¡Vamos, Taktor! —exclamó el otro pirata—. ¡Ten cuidado! ¡Mira que es capaz de darte otra dosis de esa derecha que tiene!

El primer Merodeador se apresuró a soltar al muchacho terrestre y retrocedió vivamente un paso.

—Tranquilízate, chico —dijo—. No tenemos intenciones de hacerte ningún daño.

El otro asintió, sonriendo ampliamente.

—¡Con toda seguridad que no! —agregó—. ¡Caramba! Creemos que libraste realmente una buena batalla. Conozco a un comandante de nuestra flota que tardará un buen tiempo en reponerse después de la descarga que recibió al tratar de acercarse a tu aparato. Cada vez que la historia sea repetida, quedará en ridículo.

Nelson, por fin, recuperó el uso de la palabra.

—No quieren hacerme daño. ¿Por qué me siguieron? ¿Por qué recorren el Universo saqueando y destruyendo? No sé cómo se hacen llamar ustedes, pero conozco el nombre que les han dado. ¡Merodeadores!

El primero de los dos hombres alzó las manos en gesto gráfico de autodefensa. Sin dejar de sonreír, dijo:

—¡No te enojes, muchacho! Ya sabemos cómo nos han llamado algunos. Supongo que para ellos somos eso, Merodeadores interplanetarios. Pero te equivocas si nos juzgas por lo que has oído, chico. Hemos estado tratando de divertirnos un poco y de explorar la Galaxia. Y cuando encontramos alguna situación injusta, la solucionamos. Eso es todo.

—¡Ah! —repuso sarcásticamente Nelson—. ¿Ustedes llaman divertirse a saquear indefensos planetas? Supongo que cuando ataquen a la Tierra, dirán que están explorándola...

Los dos hombres se serenaron y dejaron de sonreír. El primero sacudió la cabeza.

—Un momento, jovencito. No sigas hablando. Conviene que nos sentemos a conversar un momento, pues tienes algunas ideas bastante confusas —dando el ejemplo, se acomodó sobre un almohadón. Su compañero desconectó el aparato musical y lo imitó; Nelson, sintiéndose lleno de desconfianza, se sentó en una silla.

—Ante todo —dijo el que llevaba la voz cantante—, nos presentaremos. Yo soy Taktor: El-que-aprende-las-palabras, y éste es Bodril: Jefe-del-espacio. Nos encargaron que te explicáramos las cosas cuando despertaras. Como habrás comprendido por mi nombre, mi profesión consiste en aprender los idiomas extraños al nuestro. Mientras estabas desmayado me tomé la libertad de aprender el tuyo. Nuestros hombres de ciencia tienen medios de medir las ondas cerebrales, analizarlas y trasladarlas luego a otros cerebros, en tal forma que es posible aprender un idioma en unas horas de sueño.

Nelson asintió lentamente. Esto justificaba que aquellos extraños hubieran sabido donde quedaba la casa en que viviera la familia Parr, en Marte,

—Segundo —intervino el hombre a quien Taktor llamara Bodril—, quiero aclararte que no estamos saqueando o destruyendo nada. Tú y tu pueblo fueron los que saquearon y descompaginaron este planeta. Por ejemplo, tomemos esta casa. Tú piensas que te pertenece y por eso tienes en ella tus cosas, y has tratado de abrir los armarios con las pertenencias de los legítimos dueños. Ésta es la casa de Kaktal: El-que-fabrica-válvulas. Mientras te aclaremos las cosas se ha visto forzado a quedarse con su familia en otro sitio. Para empeorar las cosas, esperábamos encontrar todo tan bien como cuando nos marchamos y en cambio resulta que han alterado el orden de todo el planeta. Tu pueblo ha estado molestando, husmeando y tratando de abrir las propiedades privadas. Han llegado al extremo de intentar volar con una bomba atómica la puerta de un depósito cerrado, marcaron y señalaron nuestras ciudades con carteles bárbaros, estropearon nuestras plantaciones, llenaron nuestras casas de muebles horrendos y cables prehistóricos... Creo que somos nosotros quienes tienen derecho de enojarse y no tú.

Nelson se incorporó de un salto.

—¿Qué están tratando de decirme? —exclamó—. ¿Intentan robar este planeta y hacerlo pasar por propio? ¿Han salido de algún oscuro rincón de la Galaxia para recorrerla destrozando y robando, apoderándose de los frutos de civilizaciones ajenas y ahora quieren quedarse con Marte? Puesto que los marcianos han desaparecido, este mundo pertenece por derecho de vecindad y descubrimiento a los terrestres, que fueron los primeros en venir a habitarlo cuando sus pobladores se extinguieron.

Los dos Merodeadores miraron al muchacho sin hablar. Luego se volvieron simultáneamente, sus ojos se entrecerraron y estallaron en espasmos de risa, golpeándose la espalda mutuamente y atorándose.

Por fin Taktor recuperó el aliento, se secó la frente y pudo contestar al indignado jovencito.

—Pero... ¿No te has dado cuenta de lo que estábamos hablando? ¡El oscuro rincón de la Galaxia de donde salimos, es este mismo! ¡Nosotros somos los marcianos extinguidos! ¡Este mundo es nuestro! ¡Nosotros salimos de Marte y a Marte hemos regresado!

—¡Ustedes! ¡Ustedes los verdaderos marcianos! —exclamó Nelson atónito—. Pero, ¿cómo puede ser? No hemos hallado ningún rastro que condujera a... —una mirada cargada de sospechas apareció en los ojos del adolescente—. ¿No será otra treta de ustedes? ¿Tratan de hacer valer derechos inexistentes sobre este planeta?

Los dos hombres dejaron de sonreír y se miraron brevemente.

—Bueno —dijo Bodril—. Tu observación es justa. ¿Cómo podemos probar que somos los legítimos dueños de este planeta?

Taktor hizo un gesto con la diestra.

—Oh, creo que no habrá dificultad en demostrarlo —repuso—. Nuestro joven amigo podrá comprobarlo estudiando los archivos que ahora estará en condiciones de visitar. Además verá la ropa que hemos dejado en los roperos, hecha para nuestra conformación anatómica, las fotografías, estatuas y demás. Mira —agregó, dirigiéndose a Nelson. Volviéndose hacia el panel de la pared que sirviera para recibir momentos atrás aquella extraña música, pasó una mano por encima y de inmediato se aclaró mostrando una escena que tenía lugar en una habitación ocupada por varios seres humanos, vestidos con ropas exóticas y sumidos en una amarga discusión. Nelson supuso casi de inmediato que se trataba de una escena tomada de alguna representación teatral. Las ropas eran fantásticas y en cierto sentido primitivas, de una cultura remota. Probablemente la obra había sido escrita por algún Aristófanes o Shakespeare marciano de muchos siglos atrás. El escenario, indudablemente, era de Marte y los actores pertenecían a la misma raza que los dos Merodeadores, pelirrojos y de ojos celestes.

Taktor volvió a pasar la mano sobre la pantalla y la escena que apareció tenía lugar en un aula, donde un instructor o conferenciante explicaba algo vinculado con la historia marciana, señalando un mapa que colgaba de la pared. Nelson reconoció en el mapa a una representación muy bien lograda de una parte del Planeta Rojo. Pese a sus sospechas, el muchacho se inclinó hacia adelante lleno de interés, para estudiar lo que parecía ser la antigua división política de Marte, antes de la construcción del sistema mundial de canales.

Taktor movió una y otra vez la mano sobre aquella maravillosa pantalla, presentando una y otra escena vinculadas todas con la vida en el Planeta Rojo. Discusiones, bailes, conciertos, conferencias, más obras teatrales... No cabía duda que toda una cultura aparentemente extinta existía en el Planeta Rojo, y lo que era más serio, todos los seres que evidentemente tenían algo que ver con la misma, pertenecían a la misma raza de los Merodeadores.

Por fin, Nelson hizo un gesto afirmativo frente a la muda pregunta que le formulaba Bodril con su ceño fruncido.

—Admito que me han convencido —dijo—. Pero esto no justifica lo que hicieron en otros sistemas ni explica la mala reputación que han adquirido...

—Creo que habrá que explicar un poco de historia, ¿eh, Taktor! —sonrió Bodril.

El "especialista en idiomas" asintió gravemente.

—Es una de las materias que habrá que enseñar a nuestro joven amigo antes de llevarlo frente al Comando Mundial. Siéntate y ponte cómodo..., trataré de aclararte un poco las cosas...

cap. 18

Vagabundos Interestelares

Nelson acercó más su silla mientras Taktor buscaba en la pantalla de la sala hasta hallar la escena que deseaba. Se trataba de un globo en relieve representando a Marte, con áreas arenosas mucho más reducidas, extensos bosques y una serie de lagos sembrados por su superficie continental. Los desiertos ya existían, pero muy pequeños y con un mar interior bañándolos.

—Éste es Marte como era al principio de nuestra historia..., hace aproximadamente medio millón de años. Puedes ver que ya en aquella época el planeta estaba secándose lentamente y los desiertos aparecían en diversas regiones. Nuestra gente habitaba una zona particularmente fértil del Hemisferio austral, donde había muchas granjas en medio de los grandes bosques... Poco más adelante se formaron diminutas ciudades-estados, aisladas unas de otras, combatiendo entre ellas por la posesión de los lagos y fuentes de agua, cada vez más escasas. He aprendido al estudiar tu idioma que en la Tierra el concepto predominante fué el del oro. Aquí, en Marte, cuando nació la idea de la propiedad privada, estuvo ligada al agua. Nuestros primeros billetes bancarios fueron librados sobre fondos de garantía representados por depósitos de agua... Hubo numerosas guerras vinculadas con tan grave materia —continuó diciendo Taktor, sus ágiles dedos jugueteando sobre la pantalla, en la que aparecieron sucesivamente distintas escenas de ciudades amuralladas en medio de junglas de árboles espinosos, hombres cubiertos de armaduras de hierro o bronce combatiendo con largas espadas y fuertes hachas—. Estas cosas ocurrieron durante miles de años, nuestros estados crecían y la raza se extendía por el planeta, descubriendo nuevas zonas fértiles y buscando más depósitos de agua... En esa época nuestra civilización fué surgiendo y al mismo tiempo mejoraban los sistemas de hacer la guerra. Se inventaron vehículos que se movían solos y también aparatos voladores. Para ese entonces se formaron tres combinaciones de ciudades confederadas, y cuando se descubrió la energía atómica surgió el terrible peligro de una guerra total, que terminara con la vida sobre el planeta.

Nuevamente Taktor hizo aparecer un hemisferio de Marte y Nelson advirtió que los desiertos habían aumentado en extensión, mientras las áreas verdes eran más restringidas y los mares y lagos ya no existían.

—En esta época advertimos que nuestro mundo había cambiado, inclusive durante el curso de la historia de la raza. La atmósfera se hacía cada vez más tenue y hasta las zonas tropicales se tornaban frías. Una gran conferencia de científicos se reunió entonces, con participación de los mejores cerebros de todo Marte. Quiero aclararte que todos los marcianos pertenecemos a la misma raza y hablamos el mismo idioma, con ligeras variantes locales, por lo que la formación de una unidad política no era una utopía. Pronto todos comprendieron que no había motivos para alentar los regionalismos que conducían a las guerras, cuando el propio planeta estaba moribundo... Este problema se discutió durante toda la siguiente generación, con todos los hombres y mujeres agotando las distintas facetas del debate, comunicándose a lo ancho de todo el mundo por medio de la radio. Por fin se formó una federación de estados y se llegó al largo y trabajoso plan para salvar a nuestro planeta de la muerte. Dos generaciones más tarde se habían construido los canales, los grandes depósitos de agua y la sistematización de la agricultura permitía el máximo aprovechamiento con el mínimo de consumo...

Los fascinados ojos de Nelson vieron entonces la familiar red de canales cruzando el Planeta Rojo de un polo al otro. Vió cómo millones de hombres trabajaban con aparatos atómicos y con simples picos y palas, tendiendo millares de kilómetros de caños prácticamente indestructibles..., vió cómo otros hombres talaban los bosques para reemplazarlos por plantas de utilidad alimenticia o industrial.

—Como vimos que el aire disminuía cada vez más en densidad, procedimos a edificar ciudades cerradas herméticamente, con la mayor parte de sus estructuras vitales instaladas en profundos subterráneos —prosiguió Taktor, mientras escenas ilustrativas desfilaban ante los ojos de Nelson Parr—. Todo este trabajo duró miles de años terrestres, pero cuando estuvo terminado nuestro mundo estaba a salvo. Teníamos una agricultura casi automática y dominábamos la ciencia atómica hasta extremos que antes hubieran parecido increíbles.

—¿Construyeron entonces espacionaves? —preguntó Nelson, fascinado—. Hubieran podido ir a la Tierra para conquistarla en beneficio propio...

—En aquellos días nuestra raza no prestaba mucha atención a las posibilidades de los viajes interplanetarios, pero concluido todo trabajo en nuestro planeta miramos hacia otras direcciones. Visitamos la Tierra... —en la pantalla aparecieron algunas escenas evidentemente tomadas desde una espacionave a punto de descender. Grandes sabanas de hielo cubrían la mayor parte del hemisferio norte y espesas nubes oscurecían el resto del planeta. Evidentemente, se trataba de uno de los grandes períodos glaciales que helaran a la Tierra.

—Encontramos que se trataba de un mundo muy poco hospitalario, lleno de tempestades, frío, cubierto de hielo en una parte y de junglas increíbles en la otra, con terribles animales para nosotros desconocidos, pues en Marte nunca hubo grandes fieras, y poblada por hombres de intensa ferocidad... —aquí Nelson pudo ver una película tridimensional que mostraba a hombres de las cavernas, peludos, de ojillos hundidos, armados con hachas de piedra—. Pese a que la Tierra tenía el aire y el agua que necesitábamos, hubiéramos debido colonizarla a costa de grandes esfuerzos. Marte, estabilizado y tranquilo era mucho mejor para nosotros... Visitamos entonces los demás planetas del Sistema Solar. Ninguno era acogedor..., ninguno podría convertirse en el hogar de nuestra raza.

Taktor mostró rápidamente al muchacho algunas escenas de los otros cuerpos del Sistema, que él ya estudiara en el Instituto. Luego el marciano prosiguió:

—Regresamos a nuestro mundo y nos dedicamos al estudio, la filosofía y los extensos debates que abarcaban a casi toda la población del planeta. Pronto la armonía volvió a quebrantarse. Peleas entre los distintos participantes en los debates se hicieron frecuentes y cada reunión científica o filosófica terminaba convirtiéndose en un campo de batalla. Esto sin hablar de deportes, pues los torneos se transformaron en carnicerías. Nuestro mundo estaba civilizado y nadie peleaba por agua o comida, pero la tensión seguía aumentando..., la gente comenzó a llevar armas a la vista y los derramamientos de sangre por motivos triviales se hicieron tan frecuentes que nos atemorizaron a nosotros mismos... —Nelson vió entonces una escena en el interior de un estadio de grandes dimensiones, evidentemente subterráneo, donde una gran cantidad de marcianos luchaban a puñaladas y sablazos, hasta que se produjo el estallido de una diminuta bomba atómica, aniquilando a los dos bandos en disputa—. Se realizó una nueva asamblea mundial..., comprendimos que estábamos estancados..., no había nuevas fronteras por descubrir ni grandes proyectos que llevar adelante. Nuestra civilización se había convertido en algo estático y un espíritu de frustración se apoderaba de nosotros. Entonces discutimos acerca de la mejor forma de salir de aquello y alguien sugirió la posibilidad de volar a las estrellas...

Taktor se interrumpió y Bodril avanzó un paso, diciendo:

—Las estrellas son infinitas en número. Una vez que se sale a buscarlas, no hay límites para la exploración y la aventura. Allí tal vez sería posible encontrar nuevas civilizaciones donde aprender y enseñar, gastando las energías acumuladas durante centurias de inactividad.

Dicho esto Bodril miró a su compañero y agregó:

—Perdona la interrupción... —pero el otro meditó un instante y repuso:

—Tal vez convenga que sigas explicándole tú..., éste es más tu campo que el mío.

Bodril, Jefe-del-Espacio, asintió y se volvió hacia Nelson.

—Supongo que ustedes, los terrestres, habrán considerado las posibilidades de los viajes interestelares...

—Sí —repuso el muchacho—, se pensó, pero pareció siempre algo improductivo y muy difícil. Las estrellas están tan lejos del Sistema Solar que viajando a la velocidad de la luz, que para nosotros sigue siendo teóricamente imposible, a 300.000 kilómetros por segundo, tardaríamos años en llegar a la estrella más próxima[2][2]. Esto haría que el regreso fuera igualmente largo[3][3] y penoso. Además, nunca será posible alcanzar la velocidad de la luz, pues de acuerdo con la teoría de Einstein a semejante velocidad la materia sólida dejaría de existir para convertirse en simple energía.

Bodril asintió.

—Advierto que tu pueblo ha adelantado desde que lo visitaron nuestros antepasados. Ese es el problema... Con nuestro perfecto dominio de la energía atómica, podemos imaginar teóricamente una espacionave en condiciones de acelerar indefinidamente, hasta lograr que se convierta en simple energía. Sabíamos que se podía enviar un aparato de tal categoría a las estrellas, manteniendo un rígido control para evitar que alcanzara semejante velocidad, distorsionándose en forma irreversible. Parece que el punto seguro es en la práctica aproximadamente la velocidad de la luz. Por lo tanto, podíamos viajar a la estrella más próxima y volver no en ocho años sino en dieciséis…

Entonces intervino Taktor, interrumpiendo a su compañero.

—Esto asumiendo que hubiera algo digno de verse en la estrella más cercana..., para decirte la verdad, no había mucho... —hizo un gesto con la mano sobre la pantalla y en ella apareció una astronave negra, gigantesca, muy parecida a las utilizadas en la actualidad por los Merodeadores, Nelson la vió abandonar Marte y viajar a través del espacio interestelar hasta llegar a una bola roja, Próxima Centauri. En derredor de la misma giraba un mundo oscuro y gigantesco, un planeta gaseoso, totalmente muerto. El aparato negro lo circunvoló y luego emprendió el regreso a Marte.

—Los hombres que viajaron en aquella astronave sufrieron una sorpresa terrible cuando regresaron —prosiguió diciendo Bodril—. Pensaron que habían descubierto algo extraordinario, pues cuando comenzaron su viaje, creyeron haber estado ausentes unos pocos meses en lugar de los largos años que calcularan. Pero al bajar de la espacionave encontraron que lo que para ellos habían sido meses, para los que quedaron atrás eran efectivamente diecisiete años. Sus amigos eran más viejos o habían muerto, sus familias habían cambiado, sus hijos parecían hasta mayores que ellos...

—Ya comprendo —repuso Nelson—. Se trata de la paradoja de los relojes. Einstein la descubrió hace doscientos años en la Tierra.

—En tal caso ya lo sabes todo —continuó Bodril—. Hay una ley de la naturaleza que rige las velocidades. Cuanto más rápido se mueve un cuerpo en el espacio, más breve es "su" tiempo interior. En la práctica esto significa que cuando un móvil se aproxima a la velocidad de la luz, el transcurso del tiempo para sus pasajeros se hace más lento. Para los hombres que viajan en semejante vehículo un viaje puede parecer haber durado un minuto, en tanto que los que quedaron en tierra esperando han visto transcurrir días o semanas. La tripulación de una nave interestelar vive y envejece lentamente, pero ninguno de ellos lo advierte, porque para todos el cambio es el mismo. Recién cuando disminuye su velocidad comprenden lo que ha pasado al ver el transcurso del tiempo en su mundo de origen.

—Esto significa —intervino Taktor— que los viajes a las estrellas resultan perfectamente factibles en vida de la tripulación de una astronave que pueda alcanzar semejantes velocidades, pero el precio que se debe pagar es demasiado elevado..., permanente exilio y pérdida de sus hogares y seres queridos. Al regresar de un viaje, escasamente envejecidos, encuentran que en su mundo han transcurrido centenares o aun millares de años. Comprenderás que esto terminó durante cierto tiempo con todos nuestros intentos de llegar a las estrellas.

Un profundo silencio se hizo en la habitación. Luego Taktor retomó la palabra.

—El tema fué objeto de discusión durante largo tiempo y ninguno llegó a encontrar una solución. Algunos pocos nombres, con alma de aventureros, partieron para regresar y encontrarse en un mundo distinto del que abandonaran, forasteros en su planeta de origen. Nadie quería correr semejante suerte... Durante años el asunto fué abandonado... Entretanto recomenzaron las violentas peleas y se derramó más sangre. Nuevamente se reunió una asamblea con representantes mundiales —ante Nelson volvieron a aparecer reunidos los científicos y dirigentes políticos marcianos, en tanto que la población seguía desde sus hogares las alternativas de las conferencias que tenían lugar en gigantescos recintos—. Esta vez se propuso algo inverosímil, extraordinario, pero que para nuestros sociólogos era la única solución. Al principio, la población se negó a aceptarlo por ser demasiado fantástico, pero pronto la idea cobró cuerpo y fué invadiendo la imaginación de todos..., hombres, mujeres, niños y ancianos... Se trataba nada menos que de realizar una formidable excursión a las estrellas, trasladando a todo Marte. Había que construir centenares, millares de inmensas astronaves con espacio y comodidad para todos los marcianos, inclusive los recién nacidos, cerrar casas y ciudades en forma absolutamente hermética y lanzarse a las estrellas. En esa forma sería posible terminar con los complejos acumulados por siglos de inactividad, conocer las maravillas de otros universos y regresar todos al hogar, sin que nadie sufriera por separaciones ni volviera para encontrarse más joven que sus descendientes...

Nelson observó en la pantalla cómo el gran proyecto iba llevándose a cabo, cómo las enormes espacionaves negras se fabricaban en serie, parte por parte, explotándose los recursos minerales del planeta y de los asteroides vecinos. Luego pudo ver en qué forma se sellaban herméticamente casas, depósitos y ciudades, utilizándose pantallas subatómicas que actuaban como verdaderas corazas indestructibles. Ante una pregunta del muchacho, Taktor le explicó:

—Se empleó aquí una técnica especial para hacer infranqueable la barrera que cerró nuestro mundo. Utilizamos una variación dimensional, proyectando una parte de la materia de puertas y muros a otro espacio, a través de una distinta dimensión. Ninguna explosión podía tocar semejante superficie...

Finalmente, el jovencito pudo presenciar una escena grandiosa, en la que millares de aquellas enormes astronaves negras, cargadas con millones de seres humanos, despegaban de sus lechos en los desiertos del Planeta Rojo, para volar rumbo a las estrellas.

—Aquel primer viaje duró para los que tomaron parte siete años..., visitaron docenas de estrellas, exploraron centenares de planetas y descubrieron que muchos estaban habitados. Tras sus siete años de vagar por el Universo, volvieron a Marte, que había envejecido muchos siglos. Pero esto no importaba, porque el trabajo había sido bien hecho. Todo funcionaba perfectamente; el planeta estaba preparado para recibir nuevamente a sus habitantes..., las casas seguían selladas, los canales continuaban irrigando automáticamente los cultivos, que eran tan buenos como siempre. Ese primer viaje fué suficiente para quitar sus frustraciones a las siguientes diez generaciones, tanto era el material recopilado en los distintos mundos recorridos. La décima generación volvió a viajar hacia otros sistemas y nuevamente Marte quedó sellado y desierto.

Nelson miró fascinado las escenas filmadas en las estrellas. Vió mundos vastos y fríos, oscuros, pequeños..., vió planetas montañosos y otros desiertos. Soles rojos y soles azules cruzaron frente a sus ojos sobre la pantalla. Vió cómo seres de aspecto aterrador atacaban a los marcianos al descender y cómo otros seres de físico humanoide saludaban alegremente a los visitantes de las estrellas; presenció los paseos de hombres y mujeres pelirrojos por las calles exóticas de lejanas ciudades, semejantes a simples turistas de vacaciones. Observó a los marcianos escalando montañas tan altas que sus cumbres no tenían aire y cazando bestias inconcebibles en selvas purpúreas. Y vió cómo combatían los hijos del Planeta Rojo.

Así pudo aprender muchas cosas sobre los marcianos. Supo que eran duros y vigorosos, que respondían a la violencia con la violencia. Nunca se retiraban frente a la oposición: hacían siempre frente a sus enemigos. Jamás aceptaban un "no" por respuesta y se negaban a marcharse cuando en algún planeta les prohibían la entrada. De acuerdo con su propio código de ética, Nelson Parr no estaba muy seguro de que aquellas acciones eran correctas.

—No me extraña que los hayan llamado Merodeadores —dijo finalmente—. Me parece que han hecho una cantidad de cosas que un honesto explorador se hubiera cuidado de realizar.

—Eh, espera un momento —exclamó Bodril—. No confundas nuestras acciones..., nunca fuimos piratas. Por el contrario. Siempre dejamos las cosas mejor de lo que estaban antes de llegar nosotros.

—¿Y los mundos de Vega? —Nelson creyó haber hallado una resquebrajadura en aquella historia—. Todos quedaron aterrados ante ustedes y cuentan cosas terribles de lo que ocurrió en ese Sistema...

—¡Oh, ellos! —dijo Bodril—. Supongo que te refieres a los habitantes del pequeño planeta montañoso que encontramos casi abandonado... Se trataba de unos tipos cobardes y mentirosos que acostumbraban a romper los aparatos interplanetarios que los visitaban para retener prisioneros a los tripulantes. Era gente que tenía completamente alterada la forma de pensar y el sentido de los valores universales.

—¡Les hicimos pasar un mal rato! —terció Taktor riendo—. Sus jefes, los peores de todos, construyeron dos grandes astronaves esféricas y huyeron lo más lejos posible apenas oyeron decir que llegábamos nosotros. No sabemos adonde fueron a parar, pero desde entonces su mundo es más decente y los que quedaron atrás mejoraron notablemente, gracias al tratamiento que les administramos...

—Eso ocurrió durante nuestro último viaje —prosiguió Bodril—. Yo tomé parte en esa campaña. De acuerdo con tu tiempo deben de haber transcurrido algunos miles de años. Me gustaría saber dónde están esos refugiados de Vega... Tal vez la próxima vez que salgan de excursión, nuestros descendientes se encontrarán con los de ellos... —repentinamente el marciano dejó de sonreír y miró fijamente a Nelson—. ¡Oye! Aún no nos has dicho de dónde sacaste esa astronave de los Malakarji de Vega...

—Sí —agregó Taktor, con los ojos brillantes—. ¿Cómo pudiste pensar que nosotros éramos tus enemigos? ¿Quién te habló de los Merodeadores?

cap. 19

El crucero negro

—Yo... estéee... —Nelson se sintió tomado sin defensas. Hasta ese momento había imaginado que aquellos hombres conocían todo lo relativo a los fugitivos de Vega y sus naves interestelares, pero repentinamente comprendió que no era así. Para los marcianos el hecho de que su planeta había tenido dos lunas era algo tan nuevo como para él que ya no las tuviera, porque habían partido de su planeta algunos miles de años atrás, cuando estaba como en aquel momento, o sea sin satélites.

Rápidamente el muchacho explicó a los dos marcianos los acontecimientos que habían tenido lugar durante los últimos meses. Ambos escucharon con evidente asombro, y cuando les contó la forma en que Kunosh le diera el cubo espacial, asintieron.

—Probablemente, esos tipos lo habían obtenido generaciones atrás por medio de alguna traición, robándolo a los Malakarji de Vega. Entre paréntesis, éstos resultaron ser una raza bastante simpática, sobre todo después de haberse convencido de que nada podían hacer contra nosotros con sus cañones de energía radiante —dijo Bodril.

Taktor estaba perdido en sus pensamientos. Finalmente exclamó:

—Dices que uno de los dos aparatos interestelares huyó, pero que el otro se dirigió hacia la Tierra. ¿Crees que tu gente creerá el relato que harán los hombres de Vega?

Nelson asintió.

—En tal caso, la Tierra debe de estar preparándose para atacarnos en cualquier momento —prosiguió Taktor, preocupado—. Y si los de Vega llegan a entregarles algunos de sus secretos, la situación puede tornarse peligrosa.

Bodril captó sus pensamientos cuando quedó silencioso y siguió hablando:

—Una cosa es desarrollar tremendas fuentes de energía, Nelson, y otra saber lo que se está haciendo. Mientras se van descubriendo, se aprenden sus impresionantes posibilidades. ¡Mal utilizadas, o empleadas por pueblos que no las comprenden, pueden destruir un planeta o hacer estallar al mismo Sol! El problema consiste en que los hombres de Vega eran demasiado cobardes para emplear a fondo lo que habían descubierto y los terrestres son excesivamente jóvenes para comprender el peligro que corren. Agrega a semejante concepto el problema creado por la llegada de los terribles Merodeadores, y verás que no esperarán aprender para emplear como armas de guerra esas tremendas fuentes de energía que los de Vega y nosotros conocemos. Nelson comprendió y asintiendo agregó: —Lo peor de todo es que ustedes no podrán esperar que pase el tiempo para que las cosas se calmen..., los terrestres vendrán a atacarlos a ustedes si ustedes no van a la Tierra. Nosotros somos muy parecidos a los Merodeadores en ese sentido...

Bodril suspiró y miró de reojo a un reloj de pared.

—¿Qué les parece si hacemos una pausa? Personalmente, estoy hambriento y quisiera comer algo.

Los tres se incorporaron y fueron a la cocina. Allí Taktor hizo funcionar el equipo marciano que había junto al hornillo terrestre y en pocos minutos Nelson pudo probar una comida distinta de todo lo que ingiriera en su vida.

Cuando concluyeron de almorzar, Taktor informó que eran esperados en una reunión que iba a realizarse en el Comando Mundial para tratarse la actitud que se adoptaría frente a la Tierra. Nelson se enfundó en sus abrigadas ropas para exteriores y ajustándose el respirador salió de la casa. Los dos marcianos no habían llevado respiradores puestos; frente a la puerta había estacionado un extraño vehículo, con forma de huevo afinado en su parte posterior. Los marcianos entraron y cuando el muchacho terrestre los hubo imitado, cerraron herméticamente la puerta. El vehículo se puso en marcha sin tocar el suelo; su fuente de energía estaba lejos, y funcionaba por medio de ondas radiadas desde torres convenientemente dispuestas. Éste era otro de los motivos que había impedido funcionar a las maquinarias marcianas descubiertas por los terrestres en sus exploraciones.

El Comando Mundial estaba ubicado en el interior de un edificio, situado en el centro de la ciudad. Cuando Nelson llegó con sus dos acompañantes, ya había otros coches estacionados esperando. En el interior, unos treinta hombres, sentados en sillas confortables, colocadas frente a pequeños escritorios, aguardaban al muchacho de la Tierra.

Los consejeros fueron presentados a Nelson Parr. Eran todos bajos y de anchas espaldas, macizos y enérgicos, pese a ser de edad avanzada. Un anciano de cabellos grises parecía ser el jefe. Era Norial: Vos-del-Mundo, que presidía el Comando.

Cuando el jovencito se acomodó, Bodril subió al estrado y hablando en el idioma de Marte repitió la historia y explicó el problema que se planteaba. Sentado junto a Nelson, Taktor tradujo rápidamente las palabras de su compañero. De inmediato se produjo una agitada discusión. Nelson se sintió tranquilizado al advertir que nadie aconsejaba la guerra. Todos buscaban el mejor medio de llegar hasta los gobernantes terrestres para ofrecerles una alianza duradera y la amistad del mundo vecino. El problema que se planteaba era cómo hacerlo.

Alguien sugirió que cuando las posiciones de los respectivos planetas fueran apropiadas, se intentara la comunicación radial. Si Nelson Parr personalmente explicaba lo ocurrido, tal vez...

—No resultará... —terció el jovencito—. En la Tierra pensarán que hablo forzado o tal vez bajo sugestión hipnótica. En nuestras guerras se emplearon tretas semejantes. Nadie creerá mis palabras.

Otro sugirió que se dejara a la Tierra en paz. Pero Norfal se apresuró a oponerse. Si hacían eso, la Tierra atacaría a Marte tarde o temprano. Era esencial establecer buenas relaciones diplomáticas de inmediato, sin pérdida de tiempo.

Por fin, Nelson pudo hablar. Había estado escuchando todos los puntos de vista, advirtiendo que nadie iba a ningún lado.

—Tengo una idea —dijo—. Creo que encontré un medio... Si bien la población terrestre no querrá creerme si hablo desde aquí, no tendrá más remedio que convencerse si voy personalmente. Devuélvanme el cubo espacial de Vega que tenía cuando me capturaron y viajaré a la Tierra. Como me esperan ver llegar en ese vehículo, me dejarán pasar.

Los consejeros conversaron un momento y luego Norfal habló:

—Creo que hablas correctamente. Si puedes aparecer personalmente, te escucharán. Pero no podrás utilizar el cubo espacial, no solamente porque es demasiado lento para semejante viaje, sino porque está fuera de uso y necesita mucho tiempo de trabajo para quedar en condiciones nuevamente. La descarga que lo alcanzó ha quemado todos sus circuitos de comunicación y no funcionará hasta tanto quede arreglado.

Bodril se incorporó:

—Creo tener una solución. Si lo enviamos en un crucero nuestro, llegará rápidamente y podrá probar la realidad de sus palabras. Además, una sola astronave puede que pase sin dificultades, cosa que sería difícil de lograr enviando una escuadra íntegra.

Esta propuesta produjo una viva agitación entre los presentes y por fin se aprobó. Luego la reunión quedó levantada. Nelson comprendió que la bravata representada por el envío de una de las astronaves era lo que más gustaba a aquellos verdaderos "vikings" del espacio.

Durante los siguientes días, Nelson tuvo la oportunidad de observar los secretos que se encerraban en las entrañas del mundo donde naciera y que, sin embargo, tan mal conocía. Así pudo ver las fábricas y aparatos que funcionaban automáticamente, sin que nadie las manejara.

A través de largas horas de paseos y recorridas, pudo enterarse de los detalles de la historia marciana que Bodril y Taktor no le explicaran y también llegó a aprender muchas cosas fascinadoras sobre los lejanos mundos visitados por los hijos del Planeta Rojo durante su peregrinaje por las estrellas. Pero pronto llegó la hora de partir. Para Nelson, demasiado pronto.

Bodril, que fuera capitán de una de las grandes astronaves, se ofreció voluntariamente para conducir el pequeño crucero hasta la Tierra. Nelson volvió a despedirse de las arenas marcianas mientras se dirigía hacia la espacionave. Hecho esto, entró en el aparato, que era un largo huso de unos setenta metros de longitud, posado entre los gigantescos navíos interestelares como si hubiera sido un enano.

Bodril estaba sentado frente a un tablero de mandos notablemente simple. Consistía en una esfera de cristal dentro de la que parecían flotar representaciones de los planetas del Sistema. El control era absolutamente automático y todo lo que tenía que hacer el piloto era indicar adonde quería ir. Los aparatos hacían el resto, desde despegar hasta disminuir la velocidad y descender con toda suavidad.

Sin aguardar más, Bodril oprimió el botón de arranque y se echó hacia atrás. El largo vehículo espacial abandonó su sitio en el desierto, apuntó su proa hacia el cielo y levantó vuelo. Nelson no sintió nada. Aquello era realmente suave.

Durante la mayor parte del viaje no había nada que hacer y por ello resultó una bendición que pudiera realizarse tan rápido. La Tierra era visible, pero seguía del otro lado del Sol. La astronave, que podía viajar a velocidades interestelares en caso de ser necesario, entró pronto en la órbita adecuada para interceptar al planeta de destino. Bodril anunció entonces a Nelson que llegarían aproximadamente en dos días de viaje.

Durante este lapso Nelson Parr trató de poner en orden sus pensamientos y prepararse para la prueba que debía sobrellevar. Estaba seguro que los defensores de la Tierra no serían sorprendidos durmiendo. Al examinar el armamento del crucero advirtió que era impresionante. Cañones y escudos protectores. El muchacho de la Tierra habló con los tripulantes y los encontró verdaderos veteranos de mil combates con seres inhumanos y terribles monstruos. Las historias que contaban eran siempre sorprendentes.

La astronave siguió acercándose a la Tierra. Por fin una campana de alarma resonó por todos sus compartimientos y Nelson corrió hacia la cámara de mandos. Bodril estaba sentado ante el panel de controles, su mano derecha sosteniéndole el mentón y una extraña sonrisa a flor de labios. Cuando vió al jovencito, hizo un gesto.

Estaban aún a un millón y medio de kilómetros de la Tierra, pero un diminuto punto oscuro parecía flotar frente a ellos.

—Debe de ser la avanzada de la flota defensora —dijo el marciano.

El primer contacto acababa de producirse.

cap. 20

Batalla por la Tierra

Hay uno solo —dijo Nelson Parr, estudiando el panel de mandos—. Seguramente es un explorador destacado exteriormente.

Rápidamente las dos espacionaves acortaban distancias, pero el aparato terrestre no parecía dispuesto a ceder terreno. Por el contrario, comenzó a variar su curso como si se dirigiera a interceptar el paso del presunto invasor.

—¿Qué clase de aparato puede ser? —inquirió Bodril—. ¿A retropropulsión? ¿Con qué armamentos puede contar?

Nelson meditó un momento.

—Tiene que ser un cohete, pues no tenemos otro tipo de navegación espacial —repuso—. A menos que hubiera alguna astronave distinta en los hangares de Fobos. Pero no creo que las arriesgaran en una misión de patrullaje… En cuanto a sus armas, es una incógnita. Nunca tuvimos guerras espaciales. En este sistema no hay otras razas inteligentes y los piratas interplanetarios son una creación literaria que no llegaron a producirse en la realidad. Por eso no llegamos a tener flotas de guerra. Hay naturalmente algunos aparatos más veloces que los otros, utilizados en las emergencias y accidentes. Éste tiene que ser uno de esos cohetes. Debe de haber sido armado rápidamente. Imagino que pueden agregársele tubos lanzatorpedos, dotados de proyectiles atómicos teledirigidos, como los que se emplearon en la Tierra durante la última guerra. Podrían ser bastante peligrosos. Agreguemos detonantes de proximidad y no resultaría muy difícil hacer blanco, aun a grandes velocidades de marcha.

Bodril asintió.

—Parece una buena suposición. Voy a bajar las pantallas de radar exterior, para saber si algo se nos acerca...

Ya podían ver al defensor de la Tierra acercándose rápidamente, las llamaradas azules de sus motores atómicos iluminando el espacio. Al llegar a una distancia relativamente corta del crucero marciano, el explorador evolucionó velozmente. De uno de sus costados pareció surgir una pequeña llamarada amarillenta y algo diminuto se desprendió esfumándose en la inmensidad del espacio.

—¡Es el torpedo! —gritó Nelson. Bodril asintió y alzó una palanca en el tablero de mandos. Inmediatamente apareció en la pantalla un punto de color que se dirigía hacia ellos. El radar había localizado al proyectil teledirigido. Bodril lo observó un momento, viendo cómo se acercaba a la circunferencia que en la pantalla señalaba la esfera de sensibilidad exterior del crucero. Cuando el torpedo espacial tocó la circunferencia, se produjo un destello.

Por un instante Nelson se sintió cegado a causa del violento resplandor que se filtró por los portillos laterales de la cabina de mandos.

—Era una bomba de torio —dijo Bodril.

—¿No pasarán los rayos desintegradores a través de nuestro blindaje?

—Lo único que puede atravesar nuestra cortina neutralizadora es la luz —repuso el marciano—. Eso ha sido bueno para tus coterráneos, pues en caso contrario me hubiera visto forzado a desintegrarlos apenas nos localizaron. Eso era lo que hacíamos hasta que conseguimos los aparatos neutralizadores de los habitantes de Proción.

—Habrá que tener cuidado de no lastimar a nadie —le advirtió Nelson—. Tendremos que esquivar y ocultarnos, porque si alguno de los defensores es muerto, será muy difícil tranquilizar a la población terrestre.

—Ya lo sé. Nosotros seríamos iguales. Limítate a desear que ese cohete haya tenido defensas contra las radiaciones de su propio torpedo.

La astronave terrestre había iniciado una rápida retirada. Nelson expresó su opinión de que al equipárselo con aquel proyectil atómico debían de haberlo blindado para evitar que las radiaciones dañaran a la tripulación.

—Probablemente llevaba un solo torpedo —agregó.

Nuevamente se dirigían hacia el planeta verde azulado. Nelson pudo ver la aureola formada por la atmósfera, que brillaba a los rayos del Sol velando parte del hemisferio sur. Era un mundo hermoso, el más bello del sistema.

La Luna no estaba del lado del crucero marciano. Su plateado rostro emergió en aquel momento del hemisferio opuesto. Esto era conveniente, pensó Nelson Parr, porque la mayor parte de la flota de guerra improvisada por los terrestres debía de estar en el satélite. Volviéndose hacia Bodril, le explicó su pensamiento.

—Es algo afortunado —repuso el marciano—. Tal vez podamos descender antes de que aparezcan.

A miles de kilómetros por segundo siguieron avanzando hacia la Tierra. Nuevamente el radar señaló la presencia de extraños. Frente a ellos había una línea de pequeñas esferas, flotando en el vacío. Mientras miraban, advirtieron que se acercaban lentamente al crucero.

—Parecen ser boyas espaciales —comenta el jovencito—. Copiadas de las minas flotantes empleadas hace doscientos años en la guerra marina. Pueden ser peligrosas.

—¿Tripuladas? —inquirió Bodril. Nelson sacudió negativamente la cabeza y le explicó la teoría de las minas marinas. El marciano escuchó con una sonrisa.

—Bueno, mientras no estén tripuladas, no hay motivo alguno para preocuparse.

Luego habló por el micrófono que comunicaba con las demás dependencias de la nave interestelar. Las respuestas indicaron que los artilleros estaban en sus puesto. Una tras otra las torrecillas de los cañones entraron en actividad y Nelson vió en la pantalla cómo las pequeñas esferas parecían desintegrarse en el vacío.

—¿Qué pasó? —inquirió.

—Estoy dando a mis artilleros algunos blancos para que practiquen... Han hecho estallar esas minas flotantes por medio de los cañones atómicos.

Otra campana de alarma resonó y vieron que esta vez se trataba de numerosos aparatos interplanetarios que caían sobre ellos desde la popa.

—¡Hábil maniobra! —comentó Bodril—. Se han deslizado quién sabe desde qué escondrijo. Pero siempre podremos viajar a mayor velocidad que ellos. Además, estoy pensando en emplear una treta que los mantendrá ocupados.

Mientras hablaba, el marciano sonrió y oprimió un botón.

—Nunca pensarán que vamos a descender en la Tierra —observó Nelson.

—Exactamente. Deben de creer que somos la avanzada de una gran flota de invasión. Por lo tanto voy a darles motivos para que se afirmen en sus creencias —observando a través de un portillo lateral, Bodril agregó—. Mira hacia atrás, Nelson.

El jovencito se volvió para obedecer y al hacerlo lanzó una exclamación incrédula. Tras ellos había una ancha línea de cruceros idénticos al de ellos, y más allá, a la distancia, se veía al grueso de la inmensa flota de los Merodeadores, siguiéndolos.

—¿Qué es esto? ¿De dónde han salido? —por un instante terrible, el muchacho pensó que los marcianos lo habían engañado, utilizándolo para que revelara los secretos de las defensas terrestres y enviando una verdadera flota de invasión a la zaga del crucero liviano. Pero la carcajada de Bodril lo tranquilizó.

—Linda exhibición, ¿eh? Es una película tridimensional en tamaño natural que estamos proyectando sobre un tipo especial de polvo que hemos arrojado en nuestra trayectoria a lo largo de los últimos dos millones de kilómetros recorridos. La estructura molecular de ese polvo engaña también al radar. ¡Pero mira a nuestros atacantes!

Desde su sitio, Nelson pudo ver cómo la flota terrestre se abría en abanico, abandonando su primer objetivo para dirigirse en un ataque suicida hacia la presunta armada atacante.

—¡No hay ningún defensor que piense en caer sobre nosotros! —observó Nelson asombrado—. ¿Cómo pueden ser tan tontos?

—No te lo tomes tan a pecho —le contestó Bodril—. Después de todo, son hombres realmente bravos. Hay pocas razas en la Galaxia que hubieran tenido el valor de atacar a la flota principal, después de la sorpresa que debe de haber sido para ellos verla aparecer con todo su poderío. La mayor parte hubiera huido. ¿Comprendes que cada hombre que forma parte de esa flotilla piensa que ha ido en busca de la muerte? Todos están dispuestos a sacrificar la vida para salvar a su planeta natal.

Un nudo se formó en la garganta de Nelson Parr al comprender que las palabras del marciano eran verdaderas. Aquellas espacionaves debían de haber sido preparadas apresuradamente, tripulándolas con voluntarios de la flota comercial y de pasajeros. Sus pilotos eran todos los que la Tierra había podido preparar en las escasas semanas de tiempo dejadas por los presuntos invasores. En las tripulaciones habría probablemente hasta cadetes de primer año del Instituto donde se graduara Nelson.

Desde la dirección de la Luna acababan de surgir otros cuarenta aparatos interplanetarios que también se dirigieron hacia la aparente flota de los Merodeadores, a un millón de kilómetros de distancia.

El crucero negro ya estaba en el interior de la órbita lunar y comenzaba a prepararse para aterrizar. En ese momento Nelson abrió los ojos y señaló hacia adelante:

—¡Mire! —dijo.

Una diminuta esfera acababa de aparecer ante ellos, girando en derredor de la Tierra.

—¡Es Fobos! —prosiguió el muchacho—. ¡La astronave interestelar de los hombres de Vega! ¡Ha sido colocada en órbita fija entre la Tierra y la Luna!

Bodril asintió, preguntando luego al jovencito si había otros satélites artificiales en derredor del planeta principal. Nelson se los enumeró y el marciano adoptó las medidas de precaución oportunas.

—¿Dónde aterrizaremos? —preguntó—. Creo que convendría descender donde no nos puedan arrojar una bomba atómica. Sugeriría en el centro de una gran ciudad...

Nelson miró hacia el planeta que tan cerca estaba de ellos y asintió.

—Si aterrizamos en una ciudad no se atreverán a bombardearnos desde el aire —asintió—. Es una buena idea. ¿Por qué no bajamos en la plaza principal de la Capital terrestre? Nadie pensará en disparar contra nosotros estando allí.

—¡Magnífico! —exclamó Bodril—. Guíame.

Nelson le explicó hacia dónde debía dirigirse.

—¿Puede descender este aparato en tan reducido espacio?

—Espera y verás —fué la respuesta.

El alargado crucero marciano se zambulló en la atmósfera terrestre, que comenzó a silbar rozando el casco exterior de la astronave. Rápidamente el aparato interestelar siguió descendiendo más y más, mientras la Tierra parecía subir a su encuentro. Pronto estuvo rozando casi casas, caminos y carreteras, dirigiéndose hacia la enorme ciudad que se divisaba a distancia. Tras pasar por encima de los suburbios, salvó rascacielos y fábricas, perseguido fútilmente por aviones terrestres que quedaban de inmediato rezagados. Pequeñas nubes de humo que se alzaban desde la superficie, evidenciaron que el gobierno de la ciudad había sacado de sus museos a los viejos cañones antiaéreos de doscientos años atrás.

Pero cuando el crucero estuvo sobre el centro de la ciudad, los ataques cesaron. El peligro de dañar a los edificios era demasiado grande para arriesgar una nueva defensa.

Frente a la espacionave marciana aparecieron las altas y delgadas torres de la sede del gobierno terrestre. Bodril hizo elevar levemente al aparato y luego comenzó a descender trazando cortas espirales.

Nelson, aferrado de las correas especiales para el caso, observaba fascinado. Pronto la astronave se deslizó por debajo de los techos más altos y pasó frente a las ventanas, llenas de curiosos que miraban asombrados. Por fin apareció la plaza central, bordeada de árboles y jardines, con estatuas de los grandes hombres terrestres de todos los tiempos.

Con la delicadeza de una bailarina clásica, el crucero de Marte se posó en el mismo centro de la plaza.

Bodril giró en su asiento haciendo un gesto significativo.

—Todo queda en tus manos, Nelson —dijo.

Caminando con el temblor del marino que baja a tierra, del viajero del espacio que ha perdido la costumbre de soportar la presión atmosférica y la gravedad y sobre todo, la emoción del hijo que regresa al hogar, Nelson se dirigió a la compuerta hermética pasando entre graves tripulantes, que lo miraban seriamente. Por fin la puerta se abrió, y se encontró pisando tierra una vez más. ¡La Tierra!

De la adornada puerta del Edificio Central surgió un grupo de hombres que avanzó hacia él. Nelson hizo un gesto amistoso con la mano y se dirigió lentamente en esa dirección. Los hombres dudaron un momento y de pronto uno de ellos agitó enérgicamente su brazo y corrió. Era un hombre de cortos cabellos grises, de rostro curtido por el espacio. Era John Carson Parr.

El resto de la historia es bien simple. Una vez que padre e hijo se abrazaron, fué posible hacer escuchar a los dirigentes terrestres la historia de Nelson, con toda la población del planeta escuchándola a través de la radio. Luego apareció Bodril, impresionando favorablemente a todo el mundo con su aspecto humano.

Pronto se negoció un tratado interplanetario de amistad y alianza entre los dos únicos mundos civilizados del Sistema Solar. Ése fué un día de regocijo, tras la ansiedad pasada.

En cuanto a los hombres de Vega, su historia estaba desde ya ligada a la de los hombres del Sistema Solar. Doldnan y sus fobosianos habían demostrado que eran capaces de dominar la cobardía de sus antepasados y realizar verdaderos actos de valor. El gobierno terrestre les adjudicó vastas extensiones de tierra en el recién remodelado Continente Antártico, caldeado atómicamente, y los secretos de su extraordinaria civilización estelar sirvieron para mejorar a su nuevo hogar. En cuanto al navío interestelar, Fobos, quedó en órbita fija en torno de la Tierra, a modo de estación intermedia entre este planeta y la Luna.

Por lo que respecta a los cobardes habitantes de Deimos, Kunosh y su gente, nunca más volvieron a ser vistos en el Sistema Solar. Indudablemente seguían condenados, como todas las criaturas deleznables y rastreras, a continuar huyendo a través de incontables generaciones, recorriendo los vastos abismos interestelares, perseguidos por terrores imaginarios, víctimas de su propia locura, terrible ejemplo para todos los que alguna vez se ven obligados a escoger entre la verdad y la mentira, el valor y la vergonzosa fuga.

 

 



[1][1] 1Percival Lowell (1855-1916) se hizo famoso por sus estudios sobre Marte, sus canales y la vida en su superficie, pero el primero que trazó mapas y dió nombres a los canales del Planeta Rojo fué Giovanni Schiaparelli (1835-1910). (N. T.)

[2][2] Las dos estrellas más próximas a la Tierra son Alfa y Próxima, de la Constelación del Centauro, ubicadas respectivamente a 4,3 y 4,2 años-luz de distancia. (N. T.).

[3][3] Aclaremos que dada la enorme distancia a que se encuentran las estrellas ha sido necesario adoptar unidades de medición más cómodas y gráficas. El año-luz es la distancia que recorre la luz en un año, o sea 9,5 billones de kilómetros. Además se utiliza el pársec, que equivale a 3,26 años-luz... Como dato ilustrativo, agreguemos que la luz del Sol tarda menos de ocho minutos en llegar a la Tierra. (N. T.)

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