Libro N° 6035. El Libro Del Sol Nuevo II. La Garra Del Conciliador. Wolfe, Gene.
© Libro N° 6035.
El Libro Del Sol Nuevo II. La Garra Del Conciliador. Wolfe, Gene. Emancipación. Mayo 25 de 2019.
Título
original: © The Clam of the Conciliator
Versión Original: © El Libro Del Sol Nuevo II. La Garra Del
Conciliador. Gene Wolfe
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL LIBRO DEL SOL NUEVO II
La Garra Del Conciliador
Gene
Wolfe
Pero aún emana fortaleza de tus espinos,
y de tus abismos el sonido de la música.
Tus sombras yacen en mi corazón como rosas
y tus noches son como un vino embriagador.
I
La villa de Saltus
El rostro de
Morwenna, hermoso y enmarcado de cabello negro como mi capa, flotaba al único
rayo de luz; la sangre de su cuello goteaba sobre las piedras. Sus labios se
movían mudos y en ese marco (como si fuera el Increado que mira por esa
hendidura hacia la Eternidad para contemplar el Mundo del Tiempo) yo veía la
granja, veía a su marido Stachys que se debatía agonizante en la cama, al
pequeño Chad en el estanque, que se bañaba la cara enfebrecida.
En el exterior
Eusebia, la acusadora de Morwenna, aullaba como una bruja. Traté de llegar a
los barrotes para decirle que se callara, y en seguida me perdí en la oscuridad
de la celda. Cuando al fin volví a ver luz, contemplé el verde camino que
partía de la sombra de la Puerta de la Piedad. De la mejilla de Dorcas brotaba
sangre, y a pesar de los llantos y gritos de tantos, yo la oía gotear sobre el
suelo. La Muralla era de una estructura tan imponente que dividía el mundo como
la sola línea entre sus cubiertas divide dos libros; ante nosotros ahora se
alzaba un bosque que podía haber estado creciendo desde la fundación de Urth,
con árboles tan altos como riscos, envueltos en un verde puro. Entre ellos
discurre el camino, invadido de hierba fresca, sobre el que yacían los cuerpos
de hombres y mujeres. El humo de un pequeño carruaje en llamas teñía el aire
puro.
Montados en corceles,
aparecieron cinco jinetes cuyos colmillos como garfios estaban incrustados de
lapislázuli. Llevaban cascos y esclavinas de indantrena azul, y lanzas cuyas
cabezas emitían una llama azul. El flujo de viajantes se rompía sobre esos jinetes
como una ola sobre la roca, abriéndose unos a la izquierda, otros a la derecha.
Dorcas me fue arrebatada de los brazos y desenvainé Terminus Est para
abrirme paso a tajos entre quienes nos separaban y he aquí que estuve a punto
de herir al maestro Malrubius que con mi perro Triskele a su lado permanecía
tranquilo en medio del tumulto. Al verle así, supe que estaba soñando y por
ello supe, aun cuando dormía, que las visiones que anteriormente había tenido
de él no habían sido sueños.
Tiré de las mantas.
Oí el sonido del carillón en la Torre de la Campana. Era hora de levantarse, de
correr a la cocina mientras me ponía la ropa, de removerle un puchero al
hermano Cocinero y de hurtar de la parrilla una longaniza abierta, picante y
casi quemada. Era hora de lavarse, de servir a los oficiales, de canturrearme
las lecciones antes de ser examinado por el maestro Palaemón.
Desperté en el
dormitorio de los aprendices, pero todo estaba mal colocado. Donde tenía que
estar la portilla redonda había una simple pared, y en el lugar del mamparo,
una ventana cuadrada. Había desaparecido la fila de estrechos camastros y el
bajísimo techo.
Entonces desperté.
Por la ventana entraban flotando aromas campestres, muy parecidos a la
agradable fragancia de flores y árboles que procedente de la necrópolis solía
atravesar la arruinada cortina de la muralla, pero mezclado en esta ocasión con
un cálido olor a establo. Volvió el repique de campanas desde algún campanario
no muy lejano, llamando a los pocos que aún tenían fe para implorar la llegada
del Sol Nuevo. Aunque todavía era muy temprano, el viejo sol acababa apenas de
descorrer el velo de la cara de Urth, y sólo las campanas rompían el silencio
de la villa.
Ya Jonas se había
dado cuenta la noche anterior de que nuestro aguamanil contenía vino. Con un
poco de él me enjuagué la boca; aunque su astringencia lo hacía más agradable
que el agua, quería algo de ésta para mojarme la cara y arreglarme el cabello.
Antes de dormir me había hecho una almohada enrollando mi capa y dejando la
Garra en el centro. La volví a desenrollar y, recordando que ya Agia había
tratado de meter la mano en el esquero, escondí la Garra en la parte alta de mi
bota.
Jonas dormía aún. Sé
por experiencia que cuando duermen, las gentes parecen más jóvenes que
despiertas, pero Jonas parecía más viejo, o quizá sólo más antiguo, pues tenía
ese rostro de nariz y frente rectas que a menudo he contemplado en viejos
cuadros. Enterré las ascuas del fuego en sus cenizas y me fui sin despertarlo.
Cuando hube terminado
de refrescarme en el cubo del pozo del patio, la calle delante de la posada ya
no estaba en silencio y había cobrado vida con los cascos de las bestias que
chapoteaban en los charcos dejados por la lluvia de la noche y el ruido de las
puntas de las cimitarras. Los animales, más altos que los hombres, eran negros
o moteados, entornaban los ojos y el tosco pelo que les caía por la cara apenas
les permitía ver. Me acordé de que el padre de Morwenna había sido boyero; tal
vez era suyo este ganado, aunque parecía improbable. Esperé hasta que hubo
pasado la última bestia para observar a los jinetes. Habían tres de ellos,
polvorientos y vulgares, y blandían aguijadas con puntas de hierro más largas
que ellos; les acompañaban sus perros, vulgares, vigilantes y feroces.
Volví a entrar en la
posada y pedí el desayuno; me trajeron pan recién sacado del horno, mantequilla
fresca, huevos de pato escabechados y chocolate batido sazonado con pimienta,
signo seguro este último, aunque entonces aún lo ignoraba, de que me encontraba
entre personas cuyas costumbres procedían del norte. El gnomo de nuestro
anfitrión, un hombre calvo que sin duda me había visto hablar con el alcalde la
noche anterior, daba vueltas en torno a mi mesa limpiándose la nariz con la
manga, preguntando, cada vez que me servían un plato, si era bueno, y aunque en
verdad todos lo eran, prometía mejorar la calidad en la cena y echaba la culpa
a la cocinera, que era su mujer. Me trataba de sieur, y no porque
creyese, como a veces ocurrió en Nessus, que yo era un exultante que iba de
incógnito, sino porque aquí a un torturador, como brazo eficaz de la justicia,
se le tenía en gran estima. Como la mayoría de los peones, no imaginaba más
clases sociales que la suya y otra por encima de ella.
—¿Era cómoda la cama?
¿Había bastantes colchas? ¿Traemos más?
Con la boca llena,
asentí.
—Lo haremos. ¿Habrá
bastante con tres? Usted y el otro sieur, ¿se sienten cómodos juntos?
Iba a decirle que
preferiría habitaciones separadas (no tenía a Jonas por ladrón, pero temía que
la Garra fuese demasiado tentadora para cualquier hombre, y además no estaba
habituado a dormir acompañado) cuando se me ocurrió que quizás él no podría
pagarse un cuarto privado.
—¿Estará hoy allí,
sieur, cuando tiren la tapia? Aunque un albañil podría quitar los sillares, se
dice que Barnoch se mueve en el interior y que quizá le queden fuerzas. Tal vez
haya encontrado un arma. ¡Aunque fuera lo último, sería capaz de morderle los
dedos al albañil!
—No oficialmente.
Quizá vaya a verlo si puedo.
—Va a acudir todo el
mundo. —El calvo se frotó las manos, que le resbalaban como si se las hubiera
engrasado.— Habrá una feria, ¿sabe? El alcalde lo ha anunciado. Tiene olfato
para los negocios, vaya si lo tiene. Imagine un hombre corriente: lo ve aquí en
mi reservado y lo único que se le ocurre es que usted tiene que acabar con
Morwenna. ¡Pero no nuestro hombre! Ve las cosas y las posibilidades que
ofrecen. Puede decirse que en un abrir y cerrar de ojos se sacó la feria de la
cabeza, con sus tenderetes, cintas de colores, carne asada, algodones de azúcar
y todo eso. ¿Y hoy' Pues hoy abriremos la casa tapiada y haremos salir a
Barnoch como si fuera un tejón. Eso los enardecerá y los atraerá en leguas a la
redonda. Después le veremos a usted dar cuenta de Morwenna y de ese paisano.
Mañana comenzará usted con Barnoch (empieza con hierros candentes, ¿verdad?) y
todo el mundo querrá estar allí. Pasado mañana, acaba con el otro y se recogen
las tiendas. De nada vale dejar que sigan por aquí mucho tiempo si ya se han
gastado el dinero, pues empiezan a mendigar y a pelearse y demás. ¡Todo bien
pensado y planeado! ¡Eso es un alcalde!
Volví a salir después
de desayunar y vi cómo cobraban forma los pensamientos encantados del alcalde.
Los campesinos acudían a la villa con frutas y animales y rollos de telas
tejidas en casa para vender; había entre ellos unos cuantos autóctonos cargados
de pieles y de ristras de pájaros negros y verdes cazados con
cerbatana. Ahora deseaba poder tener aún el manto que me había vendido el
hermano de Agia, pues mi capa fulígina atraía extrañas miradas. De nuevo iba a
volver a entrar en la posada cuando oí el ruido de pies marchando a paso
ligero, ruido que me había hecho familiar la instrucción de la guarnición en la
Ciudadela y que no había vuelto a oír desde que saliera de allí.
El ganado que yo
había contemplado por la mañana había bajado al río para ser transportado en
gabarras hasta los mataderos de Nessus. Estos soldados venían desde el río en
sentido contrario. No pude saber si eso se debía a que los oficiales pensaban
que la marcha los endurecía o porque las barcas que los habían traído se
necesitaban en otro lugar o porque estaban destinados a una zona alejada del
Gyoll. Oí gritar la orden de que cantaran mientras se aproximaban a la
multitud, cada vez más densa, y simultáneamente los golpes de los palos que
blandían los veintenos y los aullidos de los desgraciados que los habían
recibido.
Se trataba de kelaus,
y cada uno iba armado de una honda cuya empuñadura medía dos codos y llevaba
una cartuchera de cuero pintado para balas incendiarias. La mayoría de ellos
parecían más jóvenes que yo y sus brigantinas doradas, los ricos
cinturones y las vainas de sus largas dagas proclamaban que pertenecían al
cuerpo de elite de los erentarii. La canción que entonaron no aludía al combate
o a las mujeres, como suele ser en el canto militar, y era un verdadero canto
de honderos. La que estuve escuchando ese día decía así:
Siendo yo niño, me
dijo mi madre:
«Seca esas lágrimas,
y ve a acostarte; sé que mi hijo muy lejos irá,
ya que nació bajo una
estrella fugaz».
Años más tarde, me
dijo mi padre,
tirándome del pelo y
golpeándome el cráneo: «Por una cicatriz no ha de llorar
quien ha nacido bajo
una estrella fugaz».
Me encontré con un
mago, y el mago me dijo:
«Muchacho, veo sangre
en tu porvenir,
y fuego y revueltas,
incursiones y guerras,
oh tú nacido bajo una
estrella fugaz».
Me encontré con un
pastor, y el pastor me dijo:
«Las ovejas vamos a
donde nos llevan,
a Puerta de Alba,
donde esperan los ángeles,
siguiendo una
estrella fugaz».
Y así continuaba,
verso tras verso, algunos de ellos crípticos (o así me lo parecieron), otros
sencillamente cómicos y otros pergeñados claramente para satisfacer la rima, y
se repetían una y otra vez.
—Hermoso espectáculo,
¿no es así? —Era el posadero, cuya calva cabeza estaba sobre mi hombro. Son del
sur: observe cuántos hay rubios y pecosos. Allí están acostumbrados al frío y
tendrán que estar en las montañas. Pero su canto despierta el deseo de unirse a
ellos. ¿Cuántos cree que son?
Las mulas de carga
empezaban a aparecer: portaban raciones y eran azuzadas pinchándolas con
espadas.
—Dos mil o dos mil
quinientos.
—Gracias, señor. Me
gusta llevar la cuenta. Le parecería increíble la cantidad de ellos que he
visto venir por este camino y los pocos que han regresado. Bueno, creo que eso
es la guerra. Siempre intento convencerme de que siguen allí, quiero decir,
donde quiera que vayan, pero usted y yo sabemos que muchos fueron para
quedarse. Y sin embargo ese canto despierta el deseo de ir con ellos.
Pregunté si tenía
noticias de la guerra.
—Pues sí, sieur. Ya
hace años que me intereso por ella, aunque no parece que las batallas que se
libran tengan muchas repercusiones, ¿me entiende? Parece que jamás se aproximan
o se alejan demasiado de nosotros. Siempre he supuesto que nuestro Autarca y el
de ellos fijan un lugar para la lucha, y cuando ésta acaba ambos vuelven a
casa. Mi mujer, como buena tonta, no cree que haya guerra alguna.
La multitud se había
cerrado tras el último mulero, y se hacía más densa a cada palabra que
hablábamos. Los hombres se afanaban en levantar tiendas y pabellones,
estrechando la calle y aumentando así la apretura de gente; de suelo parecían
brotar como árboles altas estacas de las que colgaban máscaras de pelo hirsuto.
—¿Y adónde piensa su
mujer que van los soldados? —pregunté al posadero.
—En busca de Vodalus,
eso dice. ¡Como si el Autarca, por cuyas manos corre el oro y a quien sus
enemigos besan los talones, fuera a enviar a todo su ejército para atrapar a un
bandido!
Apenas oí una palabra
más allá de Vodalus.
Daría cuanto poseo
para ser como los que os quejáis de que la memoria os abandona. Con la mía no
sucede así. Mis recuerdos siempre permanecen, y siempre con la misma nitidez
que en la primera impresión, de modo que una vez conjurados me transportan como
un hechizo.
Creo que me alejé del
posadero y me mezclé con la multitud de rústicos que empujaban y de vendedores
charlatanes, pero no los vi, y tampoco lo vi a él. En cambio, sentí bajo mis
pies los senderos de necrópolis sembrados de huesos, y a través de la niebla
que emanaba del río vi cómo la esbelta figura de Vodalus entregaba la pistola a
su amiga y desenvainaba la espada. Ahora (es triste haberse convertido en
hombre) ese gesto me parecía extravagante. El que en cien letreros clandestinos
decía luchar por las viejas costumbres, por la antigua y gran civilización que
Urth había perdido, se despojaba del arma eficaz de esa civilización.
Que mis recuerdos del
pasado permanezcan intactos tal vez se deba sólo a que el pasado no existe más
que en mi memoria. Sin embargo Vodalus, que —como yo— quería resucitarlo,
seguía siendo una criatura del presente. Nuestro pecado imperdonable: sólo somos
capaces de ser lo que somos.
De haber sido yo uno
de vosotros a quien la memoria le falla, sin duda lo habría rechazado esa
mañana en que me abría paso a codazos entre la multitud, y así de algún modo
habría escapado a esta muerte en vida que me atenaza incluso mientras escribo
estas palabras. O quizá no habría escapado en absoluto. Sí, es más probable que
no. Y en todo caso las viejas emociones recordadas eran demasiado intensas. Me
atrapaba la admiración de lo que una vez admiré, como una mosca en ámbar sigue
siendo prisionera de algún pino que desapareció hace un tiempo.
II
El Hombre en la Oscuridad
La casa del bandido
no se distinguía en nada de las demás casas de la villa. Era de piedra de las
minas, tenía un solo piso y el tejado era plano y de aspecto sólido, hecho de
lajas del mismo material. La puerta y la única ventana que yo veía desde la calle
habían sido toscamente tapiadas. Un centenar de asistentes a la feria se
encontraba ante la casa, charlando y señalando; pero de dentro no venía ningún
ruido, ni de la chimenea salía humo.
—¿Es corriente hacer
esto por aquí? —pregunté a Jonas.
—Es tradición. ¿No
has oído decir que «una leyenda, una mentira y una probabilidad hacen una
tradición»?
—Me parece que sería
bastante fácil salir. Podría abrirse paso por la ventana o por la pared misma
de noche, o bien cavar un pasadizo. Es claro que si cabía esperar esto (y no
hay razón para lo contrario si esto es corriente y si realmente él espiaba para
Vodalus) podía haberse procurado herramientas y algo de comer y beber.
Jonas negó con la
cabeza.
—Antes de tapiar las
aberturas recorren la casa y se llevan alimentos, herramientas, luces y cuanto
encuentran de valor.
Una voz resonante
dijo: —Lo hacemos porque tenemos sentido común, y eso nos enorgullece. —Era el
alcalde, que se nos había acercado por detrás sin que nos hubiéramos percatado
de su presencia entre la multitud. Le dimos los buenos días y él nos correspondió.
Era de constitución sólida y cuadrada, y lo abierto de su cara lo
estropeaba un no sé qué de demasiado astuto en sus ojos.— Creí haberle
reconocido, maestro Severian, con o sin ropas brillantes. Parecen nuevas, ¿no?
Si no está satisfecho, dígamelo. Tratamos de que los comerciantes que acuden a
nuestras ferias sean honestos. Las cosas, bien hechas. Si quienquiera que sea
no se las hace correctamente, lo echaremos al río, puede estar seguro. Una o
dos zambullidas al año curan a los demás de una confianza excesiva.
Hizo una pausa para
retirarse un poco y examinarme más atentamente, haciendo gestos de asentimiento
como si estuviera muy impresionado.
—Le sientan bien. He
de admitir que tiene buen porte. Y también un rostro agraciado, salvo quizás
una palidez un poco excesiva que nuestro clima norteño pronto arreglará. En
todo caso, le sientan bien y parecen adecuadas. Si le preguntan dónde las
consiguió, diga que en la Feria de Saltus. Eso no le perjudicará.
Le prometí hacerlo,
aunque me preocupaba más la seguridad de Terminus Est, que había dejado
escondida en nuestra habitación de la posada, que mi propio aspecto o lo
duradero del atuendo profano que había adquirido a un ropavejero.
—Supongo que usted y
su ayudante han venido a vernos sacar a ese bribón, ¿no? Empezaremos en cuanto
Mesmin y Sebald vengan con el poste. Un ariete es el nombre que le dimos cuando
hicimos saber lo que se pretendía, pero me temo que se va a quedar en un tronco
de árbol, y no precisamente grande, pues si no la villa tendría que pagar
demasiados hombres para manejarlo. Pero servirá. No creo que haya oído hablar
del caso que se nos presentó hace dieciocho años, ¿verdad?
Jonas y yo negamos
con la cabeza.
El alcalde sacó
pecho, como hacen los políticos cuando encuentran la oportunidad de poder decir
más de dos frases.
—Me acuerdo bastante
bien, aunque sólo era una moza. He olvidado su nombre, pero la llamábamos Madre
Pirexia. Le pusieron piedras, igual que ve usted aquí, pues casi siempre son
los mismos quienes lo hacen, y lo hicieron del mismo modo. Pero fue el final
del verano anterior, para la recolección de la manzana, y de eso me acuerdo muy
bien porque la gente bebía sidra recién hecha y yo miraba con una manzana
fresca en la mano.
»Cuando al año
siguiente creció el trigo, alguien quiso comprar la casa. Los inmuebles pasan a
ser propiedad del municipio, ¿sabe? De ese modo financiamos los trabajos, y
quienes los llevan a cabo se reparten lo que encuentran y el municipio se
apropia de la casa y del terreno.
»En pocas palabras,
hicimos un ariete y rompimos adecuadamente la puerta, pensando en barrer los
huesos de la vieja y entregar la casa al nuevo propietario. —El alcalde hizo
una pausa y rió, echando hacia atrás la cabeza. En esa risa había algo de
fantasmal, tal vez sólo porque al mezclarse con el ruido de la muchedumbre
parecía silenciosa.
Pregunté: —¿No estaba
muerta?
—Depende de lo que
quiera decir con eso. Pero una mujer que permanece tapiada en la oscuridad el
tiempo suficiente puede convertirse en algo muy extraño, igual que las cosas
extrañas que se ven en la madera podrida allá entre los grandes árboles. Aquí
en Saltos la mayoría somos mineros y, aunque acostumbrados a encontrar cosas
bajo tierra, entonces salimos corriendo y volvimos con antorchas. A aquello no
le gustaba la luz, ni tampoco el fuego.
Jonas me tocó en el
hombro y me indicó un remolino en la multitud. Un grupo de hombres decididos se
abría paso calle abajo. Ninguno tenía casco ni armadura; algunos llevaban
piletes de cabeza estrecha y el resto blandía estacas forradas de latón. Me
recordaron vivamente a los guardias voluntarios que hace tanto tiempo nos
permitieron entrar en la necrópolis a mí y a Drotte, Roche y Eata.
Tras estos hombres armados había otros cuatro que llevaban el tronco de árbol
del que había hablado el alcalde, un tosco leño de unos dos palmos de diámetro
y seis codos de largo.
La multitud los
acogió con el aliento contenido, y luego siguieron conversaciones en voz alta y
algunos gritos de ánimo. El alcalde nos dejó para hacerse cargo de la
situación, ordenando a los de las estacas que despejaran un espacio en torno a
la puerta de la casa tapiada. Jonas y yo empujamos para poder ver mejor y que
la muchedumbre nos abriera paso.
Supuse que cuando los
rompedores estuvieran colocados procederían sin ceremonias, pero no había
contado con el alcalde. En el último momento éste subió al umbral de la casa
tapiada, movió el sombrero al aire para pedir silencio y se dirigió a la
multitud.
—¡Bienvenidos,
visitantes y conciudadanos! En lo que lleva respirar tres veces nos veréis
desmoronar esta barrera y sacar de ahí al bandido Barnoch. Y eso tanto si está
muerto como vivo, y tenemos buenas razones para creer esto último, pues no
lleva tanto tiempo ahí dentro. Ya sabéis lo que ha hecho. Ha colaborado con los
cultellarii del traidor Vodalus pasándoles información de las llegadas y
salidas de quienes podrían convertirse en sus víctimas. Todos estáis pensando
ahora, ¡y con razón!, que ese vil delito no merece clemencia. ¡Sí, digo yo!
¡Sí, decimos todos! Por culpa de este Barnoch cientos, tal vez miles de
personas, yacen en tumbas anónimas, y cientos, tal vez miles de personas, han
tenido una suerte mucho peor.
»Sin embargo, antes
de que caigan estas piedras, os pido que reflexionéis un momento. Vodalus ha
perdido un espía y estará buscando un reemplazante. En la quietud de cualquier
noche, creo que no muy lejana, un extranjero se acercará a alguno de vosotros.
Seguro que será hábil con la palabra...
—¡Igual que tú!
—gritó alguien, provocando una risa generalizada.
—Más que yo. No soy
más que un rudo minero, como muchos sabéis. Debí decir que su palabra será
suave y persuasiva, y tendrá quizás algún dinero. Antes de que
cedáis a él, quiero que recordéis la casa de Barnoch tal como está ahora, con
esos sillares tapiando la puerta. Pensad en vuestras casas sin puertas ni
ventanas y con vosotros dentro.
»Y después pensad en
lo que vais a ver hacer con Barnoch cuando lo saquemos. ¡Porque os digo, sobre
todo a vosotros, los forasteros, que lo que vais a ver aquí no es más que el
comienzo de lo que veréis en nuestra feria de Saltus! ¡Para los acontecimientos
de los próximos días hemos recurrido a uno de los mejores profesionales de
Nessus! Asistiréis a la ejecución, por el procedimiento oficial, de por lo
menos dos personas: se les cortará la cabeza de un solo tajo. Una de ellas
es una mujer, así que utilizaremos la silla. Eso es algo que muchos que
alardean de maneras refinadas y de educación cosmopolita no han visto nunca. ¡Y
también veréis cómo este hombre —y, haciendo una pausa, el alcalde golpeó con
la palma de la mano las piedras de la puerta que el sol iluminaba—, este
Barnoch, es llevado a la Muerte de manos de un experto! Puede que él ya haya
practicado algún tipo de pequeño agujero en la pared. Es frecuente que lo
hagan, y si es así podrá oírme.
Levantó la voz para
gritar.
—¡Si puedes, Barnoch,
córtate ahora el pescuezo. Porque si no lo haces, vas a desear haber muerto de
hambre hace tiempo!
Por un momento nadie
dijo nada. Me angustiaba pensar que pronto tendría que practicar el Arte con un
seguidor de Vodalus. El alcalde levantó el brazo por encima de la cabeza y
después lo bajó poniendo énfasis en el gesto.
—¡Muy bien,
muchachos, todos a una!
Los cuatro que habían
traído el ariete contaron
uno, dos y tres en voz baja como si lo hubieran acordado previamente y corrieron
hacia la puerta tapiada, perdiendo algo de ímpetu cuando los dos de delante
subieron al umbral. El ariete golpeó las piedras con un fuerte ruido sordo,
pero sin más resultado.
—Muy bien, muchachos
—repitió el alcalde—. Probemos de nuevo. Que vean qué clase de hombres viven en
Saltus.
Los cuatro volvieron
por segunda vez a la carga. En esta ocasión los de delante salvaron más
hábilmente el umbral; las piedras que taponaban la puerta parecieron
estremecerse con el impacto, y de la argamasa se desprendió un polvo fino. De
la multitud surgió un voluntario, un tipo corpulento de negra barba, que se
unió a los cuatro, y los cinco volvieron a cargar; el golpe del ariete no hizo
mucho más ruido, pero lo acompañó un crujido como de huesos que se rompen.
—Una vez más —dijo el
alcalde.
Tenía razón. El
siguiente impacto mandó al interior de la casa la piedra golpeada y abrió un
agujero como la cabeza de un hombre. Después ya no hubo que molestarse en tomar
impulso; los hombres del ariete lo manejaron en vaivén para derribar las demás
piedras hasta que la apertura bastó para que un hombre pudiera entrar.
Alguien en quien
antes no había reparado había traído antorchas, y un muchacho corrió a una casa
próxima a encenderlas en el fuego de la cocina. Los hombres de los piletes y
las estacas las cogieron de manos de él. Con más arrojo del que yo hubiera
atribuido a esos ojos astutos, el alcalde sacó de su camisa una pequeña porra y
fue el primero en entrar. Los espectadores nos agolpamos detrás de los hombres
armados, y como nos encontrábamos en primera fila, Jonas y yo alcanzamos la
apertura casi en seguida.
El ambiente era
pestilente, mucho peor de lo que yo había previsto. Había muebles rotos por
doquier,
como si Barnoch
hubiera cerrado con llave sus armarios y cofres cuando llegaron los encargados
de cegar la casa y éstos los hubieran destrozado para llevarse lo que había
dentro. Sobre una mesa desvencijada vi cera en forma de gotas, restos de una
vela que había ardido hasta la madera. Detrás de mí, la gente empujaba para
avanzar y yo, sorprendentemente, me encontré empujando hacia atrás.
Al fondo de la casa
hubo una conmoción: pasos apresurados y confusos, un grito y, por fin, un
lamento penetrante e inhumano.
—¡Ya lo tienen!
—gritó alguien detrás de mí, y oí cómo la noticia pasaba a quienes estaban en
el exterior.
Un hombre entrado en
carnes, tal vez un pequeño propietario, vino corriendo de la oscuridad con una
antorcha en una mano y un palo en la otra.
—¡Apartaos! ¡Atrás,
todos! ¡Ya lo traen!
No sé qué había
esperado ver... Tal vez una sucia criatura con el pelo enmarañado. En vez de
eso salió un fantasma. Barnoch había sido alto; todavía lo era, pero ya
encorvado y muy delgado, y con la piel tan pálida que parecía relucirle como
madera podrida. No tenía pelo, cabello ni barba. Esa tarde sus guardianes me
contaron que había adquirido el hábito de arrancarse los pelos. Lo peor eran
sus ojos: protuberantes, ciegos en apariencia y oscuros como el negro absceso
de su boca. Me aparté de él mientras hablaba, pero supe que la voz le
pertenecía.
—Seré libre —decía la
voz—. ¡Vodalus! ¡Vodalus acudirá!
Cuánto deseé entonces
que jamás se me hubiera hecho prisionero, pues su voz trajo de nuevo hasta mí
todos aquellos días sin aire mientras yo esperaba en la mazmorra bajo nuestra
Torre Matachina. También yo había soñado con ser rescatado por Vodalus y con
una revolución que barriera el hedor y degeneración bestiales de la era
presente y restaurara la elevada y brillante cultura que antaño poseyó Urth.
Pero yo no fui
salvado ni por Vodalus ni por su fantasmagórico ejército, sino merced a la
intervención del maestro Palaemón (y sin duda de Drotte y de Roche y de otros
cuantos amigos), que había convencido a los hermanos de que sería demasiado
arriesgado matarme y demasiado desafortunado hacerme comparecer ante un
tribunal.
Barnoch no sería
salvado. Yo, que debía ser su compañero, habría de quemarlo, de descoyuntarlo
en la rueda, y por último, cortarle la cabeza. Traté de decirme que quizás
había actuado movido por el dinero; pero entonces un objeto metálico, sin duda
el cabo de acero de un pilete, golpeó una piedra y me pareció oír el tintineo
de la moneda que Vodalus me había dado, el tintineo que produjo cuando la dejé
caer en el hueco bajo la piedra, en el suelo del mausoleo en ruinas.
Algunas veces, cuando
concentramos de esta manera toda nuestra atención en el recuerdo, nuestros
ojos, sin que nada los guíe, pueden distinguir un único objeto en una masa de
detalles, exponiéndolo con una claridad que jamás se consigue mediante la concentración.
Así sucedió conmigo. En la marea de rostros que se debatían más allá del marco
de la puerta vi uno, levantado, que el sol iluminaba. Era el de Agia.
III
La tienda del vidente
Ese instante
permaneció congelado como si nosotros dos, y todos aquellos que nos rodeaban,
fuésemos parte de un cuadro. En medio de la nube de rústicos con sus atuendos
de colores chillones y sus bultos, Agia permaneció con la cabeza levantada y yo
con los ojos muy abiertos. Después me moví, pero ella ya se había ido.
Si hubiera podido, habría corrido hacia ella; pero no pude más que abrirme paso
a empujones entre los que miraban, y tal vez tardé cien latidos de corazón en
alcanzar el punto donde ella había estado.
Para entonces ella
había desaparecido completamente, y la muchedumbre se arremolinaba y alternaba
como el agua bajo la proa de un barco. Se habían llevado a Barnoch, que se
quejaba del sol. Cogí a un minero del hombro y le pregunté algo a gritos, pero
él no se habían percatado de la joven que había estado junto a él y no tenía ni
idea de a dónde podía haber ido. Seguí a la turba que iba detrás del prisionero
hasta que estuve seguro de que ella no se encontraba allí; después, como no se
me ocurría nada mejor, comencé a buscar por la feria, mirando en el interior de
tiendas y casetas y preguntando a las campesinas que habían venido a vender un
fragante pan de cardamomo y a los vendedores de carne caliente.
Mientras esto
escribo, rizando pacientemente el hilo de tinta bermellón de la Casa Absoluta,
todo parece tranquilo y metódico. Nada más alejado de la verdad. En aquel
momento yo jadeaba y sudaba, preguntaba a gritos y apenas me detenía a obtener
una respuesta. Como si lo hubiera visto en sueños, el rostro de Agia flotaba en
mi imaginación; rostro ancho, de mejillas planas y barbilla delicadamente
redondeada, piel morena y pecosa y ojos alargados, risueños y burlones.
No podía imaginar por qué había venido. Sólo sabía que lo había hecho, y que al
verla un instante se había avivado la angustia con que yo recordaba su lamento.
—¿Has visto una mujer
alta, de pelo castaño? —Esta
pregunta la repetí una y otra vez, como aquel contendiente que se hartó de
repetir «Cádroe de las Diecisiete Piedras» hasta que la frase quedó tan vacía
de significado como un canto de cigarra.
—Sí. Todas las
campesinas que venimos aquí.
—¿Sabes cómo la
llaman?
—¿Una mujer? ¡Claro
que puedo conseguirte una mujer!
—¿Dónde la perdiste?
No te preocupes, pronto volverás a encontrarla. La feria no es bastante grande
como para que alguien se pierda por mucho tiempo. ¿No concertasteis un lugar
para encontraron' Toma un poco de té, pareces muy cansado.
Busqué una moneda en
el bolsillo.
—No tienes por qué
pagar, yo ya vendo bastante. Bueno, si insistes. No es más que un aes. Aquí.
La vieja revolvió en
el bolsillo de su delantal y sacó un montón de moneditas. De la tetera vertió
el líquido hirviendo en una taza de barro y me ofreció una paja de metal
tenuemente plateado que yo rechacé.
—Está limpia. La lavo
cada vez que la utilizan.
—No estoy
acostumbrado.
—Entonces ten cuidado
al sorber. Estará muy caliente. ¿Has mirado en el lugar del juicio? Allí habrá
mucha gente.
—¿Donde está el
ganado? Sí. —El té era de mate, especiado y un poco amargo.
—¿Sabe ella que la
buscas?
—No lo creo, y aunque
me hubiera visto, no me habría reconocido. No... no voy vestido como
acostumbro.
La vieja resopló y
volvió a meterse bajo el pañuelo de la cabeza un extraviado mechón de cabello
canoso.
—¿En la feria de
Saltus? Por supuesto que no. En una feria todo el mundo se pone lo mejor, y
cualquier muchacha con conocimiento lo sabría. ¿Y junto al agua? Allí donde
tienen encadenado al prisionero.
Negué con la cabeza.
—Parece que ha
desaparecido.
—Pero tú no
desesperas. Es fácil saberlo por el modo con que miras a quienes pasan, en
lugar de mirarme a mí. Bueno, mejor para ti. Todavía la encontrarás, aunque
cuentan que últimamente están pasando todo tipo de cosas extrañas. Han cogido a
un hombre verde, ¿lo sabes? Allí, donde ves la tienda. Dicen que los hombres
verdes lo saben todo, si consigues hacerles hablar. Además está lo de la
catedral. Supongo que has oído hablar de eso.
—¿La catedral?
—He oído decir que no
era lo que la gente de la ciudad llama una verdadera catedral. Ya sé que eres
de la ciudad por la manera en que tomas el té, pero es la única catedral que
hemos visto los que somos de alrededor de Saltus, y era muy bonita, con lámparas
que colgaban y ventanas en los laterales de sedas de colores. Yo,
personalmente, no soy creyente, y pienso que si el Pancreador no se preocupa
por mí, yo no voy a preocuparme por él, ¿por qué voy a hacerlo? De todas
formas, es una vergüenza lo que hicieron, si es lo que dicen. Le prendieron
fuego, ¿sabes?
—¿Estás hablando de
la Catedral de las Peregrinas?
La vieja movió la
cabeza con aire de enterada.
—Eso es, tú lo has
dicho. Estás cometiendo el mismo error que ellos. No era la Catedral de las
Peregrinas, sino la Catedral de la Garra, por lo que no les correspondía a
ellas quemarla.
Dije para mí:
—Volvieron a encender el fuego.
—¿Perdón? —La vieja
se llevó la mano a la oreja.— No te he oído.
—He dicho que la
quemaron. Deben de haber prendido fuego al piso de paja.
—También yo oí eso.
Se apartaron y contemplaron cómo ardía. La catedral subió a las Praderas
Infinitas del Sol Nuevo, ¿lo sabes?
Al otro lado de la
calleja un hombre empezó a tocar el tambor. Cuando paró, dije: —Sé que algunos
dicen que la vieron subir por el aire.
—Pues claro que
subió. Cuando mi nieto político se enteró, estuvo medio día muy impresionado.
Después, con una pasta y papel confeccionó una especie de sombrero, lo sostuvo
encima de mi estufa y empezó a subir, y entonces pensó que no era nada que la
catedral hubiera subido, ningún milagro. ¿Ves lo que es la estupidez? Nunca se
le ocurrió que la razón de que las cosas fueran hechas así fue para que la
catedral se levantara exactamente como lo hizo. Es incapaz de percibir la Mano
de la naturaleza.
—¿Él no la vio
personalmente? —pregunté—. La catedral, quiero decir.
La mujer no entendió.
—Oh, la ha visto una
docena de veces cuando estuvieron aquí.
El canto del
tamborilero, parecido al que yo había oído de boca del doctor Talos, aunque más
tosco y desprovisto de la maliciosa inteligencia del doctor, se interpuso en
nuestra charla.
—¡Lo conoce todo y a
todos! ¡ Verde como la grosella espinosa! ¡ Vedlo por vosotros!
(El tambor llamaba
con insistencia: ¡BUM, BUM, BUM!)
—¿Crees que el hombre
verde sabrá dónde se encuentra Agia?
La vieja sonrió.
—¿De modo que así se
llama? Ahora lo sabré si alguien la nombra. Sí, tal vez lo sepa. Tienes dinero.
¿Por qué no pruebas?
—Sí, ¿por qué no? —me
pregunté.
—¡Traído de las
jun—glas del Norte! ¡Nunca come! ¡Igual que arbus—tos y yerbas! —¡BUM, BUM!— ¡El futuro y el pa—sado remotos le son
cono—cidos!
Cuando vio que me
acercaba a la puerta de la tienda, el tamborilero cesó de clamar.
—Sólo un aes por
verlo, dos por hablar con él y tres por estar a solas con él.
—¿A solas por cuánto
tiempo? —le pregunté sacando tres aes de cobre. Una astuta sonrisa se dibujó en
el rostro del tamborilero—.
—Por el tiempo que tú
quieras. —Le di el dinero y entré.
Estaba claro que no
creía que mi intención era quedarme mucho tiempo, y yo me preparé para algo
hediondo o igualmente desagradable. Pero lo único que había era una ligera
fragancia a preparado de heno. En el centro de la tienda, en medio de un haz de
luz solar salpicado de motas de polvo que penetraba por una abertura practicada
en el techo de lona, se encontraba encadenado un hombre del color del jade
pálido. Llevaba una falda de hojas que estaban marchitándose, a su lado había
un pote de barro con agua clara hasta el borde.
Estuvimos un momento
en silencio. Me quedé mirándolo. Él estaba sentado y observaba el suelo.
—No es ninguna
pintura —dije—, ni creo que sea tinte. Y no tienes más pelo que el hombre que
vi sacar a rastras de la casa tapiada.
Levantó la vista para
mirarme y después volvió a bajarla. Incluso el blanco de sus ojos tenía un
matiz verdoso. Intenté hacerle hablar.
—Si eres realmente
vegetal, me parece que tu cabello tendría que ser de hierba.
—No. —Tenía una voz
suave y sólo porque era grave no parecía enteramente femenina.
—Entonces, ¿eres un
vegetal, una planta parlante?
—No eres un hombre
del campo.
—Partí de Nessus hace
unos días.
—Has recibido cierta
educación.
Pensé en el maestro
Palaemón y también en el maestro Malrubius y en mi pobre Thecla y me encogí de
hombros.
—Sé leer y escribir.
—Pero no sabes de mí.
No soy un vegetal parlante, tendrías que darte cuenta. Incluso si una planta
siguiera el único de los muchos millones de caminos evolutivos que conducen a
la inteligencia, es imposible que reprodujera la forma de un ser humano en madera
y hojas.
—Lo mismo podría
decirse de las piedras y, sin embargo, existen las estatuas.
Aunque todo él
emanaba desconsuelo (y su rostro era con mucho más triste que el de mi amigo
Jonas), algo torció hacia arriba las comisuras de sus labios.
—Eso está bien
argumentado. No tienes formación científica, pero te han enseñado mejor de lo
que crees.
—Al contrario, toda
mi formación ha sido científica, aunque no ha tenido nada que ver con estas
especulaciones fantásticas. ¿Quién eres?
—Un gran vidente, un
gran mentiroso, como todo hombre cuyo pie está en una trampa.
—Si me dices quién
eres, me comprometo a ayudarte.
Me miró, y fue como
si una hierba alta hubiera abierto los ojos y adquirido un rostro humano.
—Te creo —dijo—.
¿Cómo es que tú, entre los cientos que acuden a esta tienda, conoces la piedad?
—No sé nada de
piedad, pero me han enseñado respeto por la justicia y tengo buenas relaciones
con el alcalde de esta villa. Un hombre, aunque verde, sigue siendo un hombre,
y si es un esclavo, el amo ha de demostrar cómo alcanzó esa condición y cómo
llegó a comprarlo.
El hombre verde dijo:
—Quizá cometa una
tontería si pongo mi confianza en ti, pero lo haré. Soy un hombre libre y vengo
de vuestro propio futuro para explorar vuestra época.
—Eso es imposible.
—El color verde que
tanto os intriga no es más que eso que llamáis cieno de charcos. Lo hemos
alterado hasta conseguir que pueda vivir en nuestra sangre, y gracias a su
intervención hemos podido por fin conseguir la paz en nuestra larga lucha con
el sol. Las plantas minúsculas viven y mueren en nosotros y nuestros cuerpos se
alimentan de ellas y de sus muertos y no requieren más nutrición. Hemos acabado
con el hambre y con todas las labores agrícolas.
—Pero necesitáis la
luz del sol.
—Sí —dijo el hombre
verde—. Y aquí no tengo bastante. El día brilla más en mi época.
Esa sencilla
observación me intrigó como nada lo había hecho desde que atisbé por primera
vez la capilla desprovista de tejado del Patio Roto en nuestra Ciudadela.
—Así, pues, el Sol
Nuevo se acerca, como se profetizó —dije—, y en verdad hay una segunda vida
para Urth, si lo que tú dices es cierto.
El hombre verde echó
hacia atrás la cabeza y rió. Más tarde yo había de oír el ruido que hace el
alzabo al recorrer las mesetas de las tierras altas azotadas por la nieve; su
carcajada es horrible, pero más terrible era la del hombre verde, y me aparté de
él.
—No eres un ser
humano —dije—. No ahora, si es que alguna vez lo fuiste.
Volvió a reír.
—Y pensar que tenía
esperanzas en ti. Pobre de mí. Creí que me había resignado a morir aquí entre
gentes que no son más que polvo andante; pero al destello más tenue, toda mi
resignación se me fue. Soy verdaderamente un hombre, amigo. Tú no lo eres, y yo
habré muerto en unos meses.
Recordé las criaturas
de su especie. Con qué frecuencia había yo contemplado los helados tallos de
las flores de estío empujados por el viento contra los laterales de los
mausoleos de nuestra necrópolis.
—Te comprendo. Van a
llegar los cálidos días de sol, pero cuando se hayan ido tú desaparecerás con
ellos. Produce semillas mientras puedas.
Se tranquilizó.
—Tú no me crees, ni
siquiera entiendes que soy un hombre como tú, y sin embargo te apiadas de mí.
Quizá tengas razón y para nosotros haya llegado un sol nuevo, y por eso lo
hemos olvidado. Si consigo regresar a mi propia época hablaré allí de ti.
—Si realmente eres
del futuro, ¿por qué no puedes seguir hacia tu hogar y de ese modo huir?
—Porque, como ves,
estoy encadenado. —Enseñó la pierna de modo que yo pudiera examinar el grillete
que le atenazaba el tobillo. La carne de berilo en torno a él estaba hinchada,
como la madera de un árbol que ha crecido a través de un anillo de hierro.
La entrada de lona de
la tienda se abrió y el tamborilero asomó la cabeza.
—¿Sigues ahí? Tengo
más gente fuera. —Echó una mirada expresiva al hombre verde y se retiró.
—Quiere decir que
debo echarte o cerrará la abertura por la que me llega la luz del sol. A
quienes pagan para verme los despidos prediciéndoles el futuro, así que te
predeciré el tuyo Ahora ere joven y fuerte. Pero antes de que este mundo haya
girado otras diez veces en torno al sol serás menos fuerte y nunca volverás a
recobrar la fuerza que tienes ahora. Si crías hijos, engendrarás enemigos
contra ti mismo. Si...
—¡Basta! —dije—. Lo
que me estás diciendo no es más que el destino de todos los hombres. Contéstame
verazmente a una pregunta y me iré. Estoy buscando a una mujer llamada Agia.
¿Dónde puedo encontrarla?
Por un instante los
ojos le rotaron hacia arriba hasta que sólo un estrecho creciente de verde
pálido asomó bajo los párpados. Tuvo un ligero estremecimiento; se incorporó y
extendió los brazos, desplegando los dedos como ramitas. Lentamente, dijo:
—Sobre tierra.
El estremecimiento
cesó y volvió a sentarse, más viejo y pálido que antes.
—Entonces eres un
impostor —le dije, y di media vuelta—. Y yo fui un ingenuo al creer en ti, aun
tan poco.
—No —susurró el
hombre verde—. Escucha. Has venido, y he repasado todo tu futuro. Algunas
partes permanecen conmigo, por nebulosas que sean. Sólo te dije la verdad, y si
ciertamente eres amigo del alcalde de este sitio, te diré algo más que puedes
contarle, algo que he sabido por las preguntas de quienes vienen a hacerme
preguntas. Gente armada intenta liberar a un hombre llamado Barnoch.
Cogí de mi esquero la
piedra de afilar, la partí sobre la estaca de la cadena y le di la mitad. Por
un momento no comprendió lo que tenía en la mano. Después vi que poco a poco lo
iba sabiendo, pues pareció ir desplegándose en su gran alegría, como si ya se
encontrara tomando el sol a la luz más luminosa de su propio tiempo.
IV
El ramo de flores
Al salir de la tienda
del vidente levanté la mirada hacia el sol. El horizonte occidental ya había
recorrido más de medio camino cielo arriba; en una guardia o menos me tocaría
hacer mi aparición. Agia se había ido, y toda esperanza de darle alcance se había
desvanecido en el frenético período en que había estado corriendo de un extremo
a otro de la feria; sin embargo, me había tranquilizado el vaticinio del hombre
verde, que yo interpreté en el sentido de que Agia y yo nos encontraríamos de
nuevo antes de morir uno de los dos, y el pensamiento de que, así como ella
había venido a ver cómo sacaban a la luz a Barnoch, del mismo modo podría venir
a presenciar las ejecuciones de Morwenna y del ladrón de ganado.
Estuve ocupado con
estas especulaciones al comenzar mi camino de regreso a la posada. Pero antes
de llegar a la habitación que Jonas y yo compartíamos, vinieron a sustituirlas
los recuerdos de Thecla y de mi ascenso a oficial, despertados ambos por la necesidad
de quitarme mis prendas profanas y vestirme de fulígino, como los de mi gremio.
Tal era el poder de asociación que podían ejercer el atuendo, aún colgado en
las perchas y fuera de mi vista, y Terminus Est, aún escondida bajo el
colchón.
Mientras todavía me
ocupaba de Thecla, solía entretenerme en descubrir que era capaz de prever gran
parte de su conversación, sobre todo del comienzo, por el tipo de regalo que yo
portaba al entrar en la celda. Si era, por ejemplo, un manjar robado de la
cocina que a ella le gustaba, provocaría la descripción de una comida en la
Casa Absoluta, y el tipo de alimento que yo traía determinaba incluso la clase
de comida descrita: si se trataba de carne, una cena deportiva con el griterío
y el trompeteo que acompañan a la captura de una pieza y que ascendían del
matadero situado por debajo y una prolongada charla sobre podencos, halcones y
leopardos de caza; si de dulces, un festín privado que una de las grandes
chatelaines ofrece a unos pocos amigos, deliciosamente íntimo y salpicado de
chismorreo; si de fruta, una fiesta en la penumbra de un jardín del amplio
parque de la Casa Absoluta con la iluminación de mil antorchas y animada por la
intervención de malabaristas, actores, bailarines y fuegos artificiales.
Comía lo mismo de pie
que sentada, y recorría en tres zancadas la celda de un extremo a otro con el
plato en la mano izquierda al tiempo que gesticulaba con la derecha.
—¡Así, Severian,
suben todos ellos al cielo lleno de sonidos de campanas, produciendo una lluvia
de chispas verdes y magenta, y los cartuchos estallan como truenos!
Pero su pobre mano
era incapaz de indicar el ascenso de los cohetes más allá de su cabeza alzada,
pues el techo no era mucho más alto que ella.
—Pero creo que te
estoy aburriendo. Cuando me trajiste estos melocotones hace un momento parecías
muy contento, y ahora no sonríes. Es que me hace bien recordar aquí esas cosas.
Cómo las disfrutaré cuando vuelva a verlas.
Claro que no me
aburría. Lo que pasaba es que me entristecía verla, tan confinada, joven
todavía y de una terrible belleza...
Jonas estaba sacando Terminus
Est cuando entré en la habitación. Me eché una copa de vino.
—¿Cómo te sientes?
—me preguntó.
—¿Y tú? Después de
todo, es tu primera vez.
Se encogió de
hombros.
—Lo mío es sólo traer
y llevar cosas. ¿Ya lo has hecho antes? Me extrañó por lo joven que pareces.
—Sí, lo he hecho
antes, pero nunca a una mujer.
—¿Crees que es
inocente?
Me estaba quitando la
camisa; cuando tuve los brazos libres me sequé la cara con ella y sacudí la
cabeza.
—Estoy seguro de que
no. Bajé a hablar con ella anoche. La tienen encadenada al borde del agua,
donde las moscas son tan malignas. Ya te lo conté.
Jonas se volvió hacia
el vino, y su mano metálica sonó al llegar a la copa.
—Me dijiste que era
bella y que su pelo era negro como...
—... como el de
Thecla. Pero Morwenna lo tiene lacio y el de Thecla era rizado.
—Como el de Thecla, a
quien pareces haber querido como yo quiero a tu amiga Jolenta. Te confieso que
tuviste mucho más tiempo de enamorarte que yo. Y me dijiste que su marido y el
niño habían muerto de alguna enfermedad, debida quizás al agua en mal estado.
El marido era bastante mayor que ella.
Dije: —Creo que de tu
edad.
—Y había una mujer
mayor que también lo había querido, y ahora estaba atormentando a la
prisionera.
—Sólo con palabras.
—En el gremio, sólo los aprendices llevan camisa. Me puse los pantalones y
después la capa (que era de color fulígino, más oscuro que el negro) alrededor
de los hombros desnudos.— A los clientes que, como ella han sido expuestos por
la autoridad comúnmente se los lapida. Cuando los vemos están magullados y es
frecuente que hayan perdido unos dientes. A veces tienen huesos rotos. Las
mujeres han sido violadas.
—Dices que es
hermosa. Quizá la gente piense que es inocente. Quizá se apiaden de ella.
Tomé Terminus Est,
la desenfundé y dejé caer la vaina blanda.
—Los inocentes tienen
enemigos. Ellos la temen.
Salimos juntos.
Cuando había entrado
antes en la posada, tuve que abrirme paso a empujones entre la turba de
bebedores. Ahora se apartaban para dejarme pasar. Yo iba con mi máscara y
llevaba al hombro, desenvainada, Terminus Est. En el exterior, los
sonidos de la feria se fueron silenciando a medida que avanzábamos hasta que no
hubo más que un susurro, como si camináramos en medio de un desierto de hojas.
Las ejecuciones se
llevarían a cabo en el centro mismo de las atracciones, donde ya se había
congregado una densa multitud. Junto al cadalso se encontraba un pope vestido
de rojo con un pequeño formulario en la mano. Era un hombre de edad, como la
mayoría de ellos. Junto a él esperaban los dos prisioneros rodeados por los
hombres que se habían llevado a Barnoch. El alcalde vestía la túnica oficial de
color amarillo y llevaba una cadena de oro.
Es costumbre antigua
que no utilicemos los peldaños (pero en el patio ante la Torre de la Campana he
visto al maestro Gurloes ayudarse de la espada para saltar al cadalso). Aunque
es muy posible que entre los presentes yo fuera el único que conocía esa tradición,
no quise romperla entonces, y un gran rugido, como la voz de una bestia, se
elevó de la multitud cuando subí de un salto, la capa ondeando en torno a mí.
—Increado —leyó el pope—, sabemos que quienes aquí perecerán no son a
tus ojos peores que nosotros. Tienen las manos manchadas de sangre. Nosotros
también.
Examiné el tajo. Los
que se utilizan sin pasar por la supervisión personal del gremio son
notoriamente malos: «Anchos como una banqueta, espesos como un tonto, y
cóncavos, es la receta». Éste cumplía a maravilla las dos primeras condiciones
del proverbio; pero por merced de la Sacra Katharine era ligeramente convexo, y
aunque parecía seguro que la madera, dura hasta la idiotez, embotaría el filo
masculino de mi espada, yo tenía la fortuna de tener ante mí un sujeto de cada
sexo, de modo que podría utilizar un filo en condiciones con cada uno.
—... sea tu
voluntad que, cuando llegue la hora, hayan purificado sus espíritus de modo que
merezcan tu favor. Nosotros, que entonces deberemos encontrarnos con ellos,
aunque hoy derramemos su sangre...
Abrí las piernas y me
apoyé sobre la espada como si dominara completamente la ceremonia, aunque en
verdad no sabía quién había sacado la cinta corta.
— Tú, héroe que
destruirá el negro gusano que devora el sol; tú, ante quien el cielo se abre
como una cortina; tú, cuyo aliento abrasará al vasto Erebus, a Abata y a
Escila, que se revuelcan bajo la ola; tú, que igualmente habitas en la cáscara
de la más diminuta semilla en el más lejano bosque, la semilla que ha rodado
hasta la oscuridad donde ningún hombre ve.
La mujer Morwenna
estaba subiendo los peldaños precedida del alcalde y seguida por un hombre que
la empujaba con un espetón de hierro. Alguien en la multitud lanzó una
proposición obscena.
—... ten piedad de
quienes no tuvieron piedad. Ten piedad de nosotros, que ahora no la tendremos.
El pope había
terminado y le tocaba al alcalde.
—Del modo más odioso
y contra la naturaleza...
La voz era alta, muy
diferente tanto de la voz con que hablaba normalmente como del tono retórico
que había utilizado en la alocución delante de la casa de Barnoch. Tras unos
momentos en que no atendí a lo que decía (pues buscaba a Agia entre la muchedumbre),
me chocó comprobar que el alcalde estaba atemorizado. Tendría que asistir de
cerca a todo cuanto se hiciera a ambos prisioneros. Sonreí, aunque mi máscara
lo ocultaba.
—... del respeto a tu
sexo. Pero se te quemará la mejilla derecha y la izquierda, se te quebrarán las
piernas y se te separará la cabeza del cuerpo.
(Esperé que hubieran
tenido la sensatez suficiente de recordar que haría falta un brasero de
carbón.)
—Por el poder
conferido por la justicia suprema a mi brazo indigno, con la condescendencia
del Autarca, cuyos pensamientos son la música de sus súbditos, paso a
declarar... paso a declarar...
Lo había olvidado. Yo
le susurré las palabras: «que tu hora ha llegado».
—Paso a declarar que
tu hora ha llegado, Morwenna.
«Si tienes alguna
súplica para el Conciliador, dila en tu corazón.»
—Si tienes alguna
súplica para el Conciliador, dila.
«Si tienes consejos
para los hijos de las mujeres, después no habrá voz para impartirlo.»
El alcalde estaba
recuperando el aplomo, y lo captó todo: —Si tienes consejos para los hijos de
las mujeres, no habrá después voz para impartirlos.
Con nitidez, aunque
no en voz alta, Morwenna dijo: —Sé que la mayoría de vosotros me cree culpable.
Soy inocente. Yo nunca haría esas cosas horribles de que me habéis acusado.
La muchedumbre se
acercó para oírla.
—Muchos de vosotros
sois testigos de que quise a Stachys. Quise al hijo que Stachys me dio.
Mi mirada captó una
mancha de color negro purpúreo en la intensa luz solar de primavera. Era un
ramo de rosas trenódicas como los que cargan los mudos en los funerales. La
mujer que lo llevaba era Eusebia, con quien me encontré cuando atormentaba a
Morwenna a la orilla del río. Mientras la miraba, ella respiró con arrebato el
perfume de las rosas y se valió de los espinosos tallos para abrirse camino
entre la multitud. Ahora estaba al pie del cadalso.
—Son para ti,
Morwenna. Muere antes de que se marchiten.
Golpeé con la punta
de mi espada las planchas de madera pidiendo silencio, Morwenna dijo: —El buen
hombre que me leyó las plegarias, y que me ha hablado antes de ser traída aquí,
rogó que te perdonara si yo alcanzaba la suma felicidad antes que tú. Nunca
estuvo en mi poder conceder una plegaria, pero lo hago ahora. Te perdono.
Eusebia estaba a
punto de volver a hablar, pero la hice callar con una mirada. Junto a ella, un
hombre que sonreía mostrando una dentadura incompleta saludó, y con cierto
sobresalto reconocí a Hethor.
—¿Estás preparado?
—Me preguntó entonces Morwenna.— Yo lo estoy.
Jonas acababa de
colocar un cubo con carbón al rojo sobre el cadalso. De él sobresalía lo que
presumiblemente era el mango de un hierro convenientemente inscrito; pero no
había ninguna silla. Miré al alcalde intentando que comprendiese.
Fue igual que si
hubiera mirado un poste. Por fin, dije: —¿Tenemos una silla, señoría?
—Envié por una a dos
hombres. Y por algo de cuerda.
—¿Cuándo? —La
muchedumbre comenzaba a removerse y a murmurar.
—Hace unos momentos.
La tarde anterior él
me había asegurado que todo estaría a punto, pero ahora parecía fuera de lugar
recordárselo. Desde entonces sé que no hay nadie tan propenso a ponerse
nervioso en el cadalso como un funcionario rural. Se encuentra dividido entre
el deseo ardiente de ser el centro de la atención (un lugar que en una
ejecución le está vedado) y el temor bastante justificado de no tener la
capacidad y la formación que le permitan comportarse adecuadamente. El más
cobarde de los clientes que sube los peldaños con la certeza de que han de
arrancarle los ojos, se comportará mejor en diecinueve de cada veinte
ocasiones. Se puede confiar más incluso en una tímida cenobita, que no está
habituada a los sonidos de los hombres y siempre parece a punto de echarse a
llorar.
Alguien gritó:
—¡Acabad ya!
Miré a Morwenna. De
cara famélica y piel clara, sonrisa pensativa y ojos grandes y oscuros, era el
tipo de prisionero capaz de despertar en la muchedumbre sentimientos de
compasión totalmente indeseables.
—Podríamos sentarla
en el tajo —le dije al alcalde. No pude privarme de añadir—: De todos modos, es
más adecuado como asiento.
—No hay nada con qué
atarla.
Ya me había permitido
una observación de más, así que evité darle mi opinión sobre quienes exigen que
los prisioneros estén atados.
En lugar de eso, puse
Terminus Est de plano detrás del tajo, senté a Morwenna, levanté los
brazos en el antiguo saludo, tomé el hierro en mi mano derecha, y agarrándole
las muñecas con mi izquierda, administré la marca en ambas mejillas; después
levanté el hierro candente, que aún estaba casi blanco. El grito de dolor hizo
callar por un instante a la multitud, que ahora rugía.
El alcalde se
enderezó y pareció convertirse en otro hombre.
—Haz que la vean.
—dijo.
Había estado
esperando evitarlo, pero ayudé a Morwenna a levantarse. Con su mano derecha en
la mía, como si participáramos en alguna danza rural, hicimos un recorrido
breve y formal de la plataforma. Hethor no cabía en sí de alegría, y aunque
traté de no prestarle atención, oí que se jactaba de ser conocido mío. Eusebia
ofreció a Morwenna el ramo de flores diciendo: —Eh, toma, pronto vas a
necesitarlas.
Cuando hubimos
completado una vuelta miré al alcalde, y después de la pausa inevitable
mientras se preguntaba por el motivo de la demora, recibí la señal de
continuar.
Morwenna musitó:
—¿Terminará pronto?
—Ya casi ha
terminado. —Ya la había sentado sobre el tajo y estaba cogiendo mi espada.—
Cierra los ojos. Intenta recordar que casi todo el que ha vivido ha muerto,
incluso el Conciliador, que se levantará como el Sol Nuevo.
Cayeron sus párpados,
pálidos y de largas pestañas, y no vio la espada levantada. El destello de
acero hizo callar de nuevo a la multitud, y cuando los siseos se apagaron, hice
caer el plano de la hoja sobre sus muslos; además del ruido blando de la carne,
se oyó el claro crujido de los fémures como el crac, crac de los golpes
de izquierda—derecha de un campeón de boxeo. Por un instante Morwenna
permaneció erecta sobre el tajo, desmayada aunque sin caer; en ese instante di
un paso atrás y le seccioné el cuello de un tajo limpio y horizontal, mucho más
difícil de dominar que cuando se golpea hacia abajo.
Para ser sincero,
hasta que no vi brotar la sangre y oí el golpe sordo de la cabeza en la
plataforma no supe que había consumado el trabajo. Sin darme cuenta, había
estado tan nervioso como el alcalde.
Ése es el momento en
que, también por tradición antigua, se relaja la acostumbrada dignidad del
gremio. Yo quería reír y saltar. El alcalde me sacudía el hombro y me
farfullaba como yo deseaba farfullar; no conseguí oírlo que dijo: seguramente
alguna feliz tontería. Levanté la espada y tomando la cabeza por el cabello la
levanté también y paseé por el cadalso. Esta vez no fue una sola vuelta, sino
que la repetí hasta tres o cuatro veces. Se había levantado una brisa que me
manchó de escarlata la máscara, el brazo y el pecho desnudo. La multitud
gritaba las inevitables bromas: «¿Quieres cortarle el pelo a mi mujer (o
marido) también?» «Media medida de salchichas cuando hayas acabado.» «¿Me puedo
quedar con su sombrero?»
Yo les reía las
bromas y amagaba lanzarles la cabeza, cuando alguien me tiró del tobillo. Era
Eusebia, y supe en seguida que tenía esa urgente necesidad de hablar que había
observado a menudo entre los clientes de nuestra torre. Los ojos le chispeaban
excitados y retorcía el rostro intentando atraer mi atención, de modo que
parecía simultáneamente mayor y más joven que antes. No entendía lo que me
gritaba y me incliné hacia ella.
—¡Era inocente, era
inocente!
No era el momento
para explicar que yo no había sido el juez de Morwenna, así que me limité a
asentir.
—¡Me quitó a Stachys!
¡A mí! Ahora ha muerto. ¿Lo entiendes? Después de todo era inocente, pero me
alegro.
Volví a asentir y di
otra vuelta al cadalso mostrando la cabeza.
—¡Fui yo quien la
mató —gritó Eusebia—, no tú!
Le dije en voz alta:
—¡Como gustes!
—¡Era inocente! La
conocía... era muy meticulosa. Tenía que haber guardado algo... ¡un veneno para
ella! Tenía que haber muerto antes de que la cogierais.
Hethor la agarró del
brazo y me señaló: —¡He ahí
mi maestro! ¡El mío!
¡Mi propio maestro!
—Así que fue otra
persona. 0 quizá una enfermedad...
Yo grité: —¡Sólo al
Demiurgo pertenece toda justicia! —La multitud seguía alborotada, aunque ya
había callado un poco.
—Pero ella me robó a
mi Stachys, y ahora ha desaparecido. —Más alto que nunca, añadió—: ¡Es maravilloso! ¡Ha
desaparecido! —Y luego hundió la cara en el ramo de flores como para
cargarse los pulmones del empalagoso perfume de las rosas. Dejé caer la cabeza
de Morwenna en la cesta que estaba esperándola y limpié la hoja de mi espada
con la franela escarlata que me tendió Jonas. Cuando vi de nuevo a Eusebia,
yacía sin vida tendida en medio de un círculo de mirones.
Entonces no me detuve
a pensarlo; supuse que en el exceso de alegría le había fallado el corazón.
Luego, por la tarde, el alcalde hizo que el ramo fuera examinado por un
boticario, quien entre los pétalos encontró un potente aunque sutil veneno que
no pudo identificar. Supongo que Morwenna debió de tenerlo en la mano al subir
los escalones, y que lo dejó caer entre las flores cuando tras aplicarle el
hierro di una vuelta con ella por el cadalso.
Permíteme que haga
una pausa en este punto y te hable como una mente a otra, aunque quizá nos
separe un abismo de eones. Aunque lo que ya he escrito (desde la puerta cerrada
hasta la feria de Saltos) abarca la mayor parte de mi vida de adulto y lo que
queda por registrar no comprende más que algunos meses, siento que todavía no
he llegado ni a la mitad de mi relato. Para que no ocupe una biblioteca tan
grande como la de Ultan, pasaré por alto (te lo digo sencillamente) muchas
cosas. He mencionado la ejecución de Agilus, el hermano gemelo de Agia, porque
es importante para mi historia, y la de Morwenna por las circunstancias poco
corrientes que la rodearon. Ya no describiré otras, aunque tengan cierto
interés especial. Si gozas con el dolor y la muerte, te seré de poca
satisfacción. Baste decir que ejecuté las operaciones prescritas con el ladrón
de ganado, que culminaron en su ejecución; en lo futuro, cuando describa mis
viajes, has de entender que practiqué los misterios de nuestro gremio donde
resultaba beneficioso hacerlo, aunque no menciono las ocasiones concretas.
V
El arroyo
Esa tarde, Jonas y yo
cenamos solos en nuestra habitación. Vi que era agradable ser popular y
conocido de todos; pero también es cansador, y uno acaba hartándose de
responder una y otra vez a las mismas preguntas simplistas y de rechazar
cortésmente las invitaciones a beber.
Había habido un
pequeño desacuerdo con el alcalde acerca del pago que yo había de recibir; yo
había entendido que además de la cuarta parte que se me dio al contratarme,
recibiría una paga completa por cada cliente muerto, mientras que el alcalde
pretendía según dijo, que se me pagara sólo cuando hubiera dado cuenta de los
tres. Yo nunca hubiera estado de acuerdo con eso, y menos ahora que conocía la
advertencia del hombre verde (y que por lealtad a Vodalus yo había callado).
Pero cuando amenacé con no aparecer a la tarde siguiente, recibí mi paga y todo
se resolvió en paz.
Ahora, Jonas y yo nos
encontrábamos acomodados frente a una fuente humeante y una botella de vino, la
puerta estaba cerrada con cerrojo y el posadero recibió instrucciones de negar
que yo estuviese en el establecimiento. Me hubiera encontrado perfectamente a
gusto si el vino de mi copa no me hubiera recordado tan vívidamente ese otro
vino, mucho mejor, que Jonas había descubierto en el aguamanil la noche
anterior después que yo hube examinado la Garra en secreto.
Jonas, observándome,
creo, mientras yo miraba el pálido fluido rojo, llenó su copa y dijo: —Has de
recordar que no eres responsable de las sentencias. Si no hubieras venido aquí,
los hubieran castigado de todos modos, y probablemente habrían sufrido más en
manos no tan expertas.
Le pregunté si sabía
de qué estaba hablando.
—Veo que... te
inquieta lo que hoy sucedió.
—Pensé que todo había
estado bien.
—Ya sabes lo que dijo
el pulpo cuando salió de la cama de algas de la sirena: «No discuto tu
habilidad, al contrario. Pero podrías alegrar un poco más esa cara».
—Cuando ha pasado,
siempre nos encontramos un poco deprimidos. Eso es lo que siempre dijo el
maestro Palaemón, y en mi caso lo he comprobado. Él decía que se trataba de una
función psicológica puramente mecánica, y por entonces eso me pareció un
oximorón, pero ahora no estoy seguro de que no tuviera razón. ¿Viste lo que
pasó o te tuvieron muy ocupado?
—Estuve en los
escalones detrás de ti la mayor parte del tiempo.
—Entonces estabas en
un buen sitio y pudiste verlo todo; no hubo contratiempos después que decidimos
no esperar la silla. Me aplaudieron por lo bien que lo hice y me convertí en un
foco de admiración. A eso sigue una sensación de decaimiento. El maestro Palaemón
solía hablar de melancolía de multitudes y de melancolía de la corte, y dijo
que a algunos nos afectan las dos, a otros ninguna, y a otros una, pero no la
otra. Bueno, pues yo tengo melancolía de multitudes, y no creo que en Thrax se
me presente la oportunidad de descubrir si también tengo o no melancolía de la
corte.
—¿Y qué es eso?
—Jonas estaba mirando el vino de su copa.
—En ocasiones un
torturador, por ejemplo un maestro de la Ciudadela, entra en contacto con
exultantes del más alto grado. Supón que hay un prisionero sumamente sensible
que quizás está en posesión de información importante. Es probable que se
delegue en un oficial de alto grado la asistencia al examen de ese prisionero.
Muy frecuentemente tendrá poca experiencia con las operaciones delicadas, de
modo que le preguntará al maestro y quizá le confiese algunos temores en
relación con el temperamento o la salud del sujeto. En tales circunstancias, un
torturador se cree el centro de todo...
—Y después se siente
deprimido cuando todo acaba. Sí, creo que lo entiendo.
—¿Has visto alguna
vez una actuación en que todo sale mal?
—No. ¿No vas a comer
nada de carne?
—Yo tampoco las he
visto, pero he oído hablar de ellas y por eso me encontraba tenso. De casos en
que el cliente ha escapado y ha huido entre la multitud, de casos en que fueron
necesarios varios golpes para partir el cuello, de casos en que un torturador
perdió la confianza en sí mismo y no pudo proseguir. Cuando salté a ese
cadalso, no había manera de saber si me pasarían algunas de esas cosas. Si me
hubieran pasado, quizás estaría acabado para toda la vida.
—«En todo caso, es un
modo terrible de ganarse el sustento.» Eso, ¿sabes?, es lo que dijo el árbol
del espino al alcaudón.
—Realmente no... —Me
interrumpí porque vi algo que se movía en el lado más alejado del cuarto. Al
principio pensé que era una rata, animal por el que siento mucha aversión, pues
he visto muchos clientes mordidos en las mazmorras de nuestra torre.
—¿Qué es?
—Algo blanco. —Fui al
otro lado de la mesa. Una hoja de papel. Alguien la ha metido por debajo de la
puerta.
—Debe de ser otra
mujer que quiere dormir contigo —dijo Jonas, pero yo ya tenía la hoja en la
mano. Se trataba sin duda de la escritura delicada de una mujer, en tinta
grisácea sobre pergamino. La acerqué a la vela para leerla.
Queridísimo Severian:
Uno de estos amables
hombres que me está ayudando me ha dicho que te encuentras en la villa de
Saltus, no muy lejos. Parece demasiado hermoso para que sea verdad, pero ahora
tengo que saber si puedes perdonarme.
Te juro que los
sufrimientos que hayas soportado por mí no fui yo quien los eligió. Desde el
principio quise contártelo todo, pero los demás se opusieron desde el
principio. Consideraron que sólo deberían saberlo quienes tuvieran que saberlo
(o sea, nadie más que ellos) y por último me dijeron sin rodeos que si no les
obedecía en todo abandonarían el plan y me dejarían morir. Yo sabía que
tú morirías por mí, y así que me atreví a esperar que si hubieras podido
escoger, hubieras escogido sufrir por mí también. Perdóname.
Ahora estoy lejos y
casi libre. Soy dueña de mi persona, en tanto que sólo obedezco las sencillas y
humanas instrucciones del Padre Inire. Por tanto, te lo contaré todo, esperando
que cuando lo sepas me perdonarás de verdad.
Ya sabes lo de mi
arresto. Recordarás con cuánto celo procuraba mi bienestar tu maestro Gurloes,
y cuán frecuentemente visitaba mi celda para hablarme o me llamaba para que él
y los demás maestros me interrogaran. Esto se debía a que mi protector, el buen
Padre Inire, le había encargado ser estrictamente atento conmigo.
Al fin, cuando quedó
claro que el Autarca no me liberaría, el Padre Inire se propuso hacerlo él
mismo. Desconozco de qué amenazas fue objeto el maestro Gurloes o qué sobornos
le ofrecieron. Pero bastaron, y pocos días antes de mi muerte (como tú creías, querido
Severian) él me explicó cómo se dispondría todo. Por supuesto, no bastaba con
que yo fuera liberada. Era necesario también que no me buscasen. Eso significa
que por fuerza tenía que parecer que yo estaba muerta; sin embargo, el maestro
Gurloes había recibido instrucciones estrictas de no dejarme morir.
Ahora podrás
imaginarte cómo conseguimos sortear esa maraña de impedimentos. Se dispuso
someterme a un ingenio cuya acción no fuera más que interna, y antes el maestro
Gurloes lo desarmó para que yo no sufriera ningún daño real. Cuando me creyeras
agonizante, yo debía pedirte algo que terminara con mi lastimosa existencia.
Todo sucedió como estaba planeado. Tú me diste el cuchillo, me hice un corte
superficial en el brazo, me arrastré cerca de la puerta para que corriera algo
de sangre por debajo, y después me manché de sangre la garganta y me extendí
sobre la cama para que me vieras así cuando miraras dentro de la celda.
¿Lo hiciste? Yo yacía
con la quietud de la muerte. Tenía los ojos cerrados, pero me pareció sentir tu
dolor cuando me viste allí. Estuve a punto de llorar, y ahora recuerdo el miedo
que tuve de que vieras mis lágrimas. Al fin oí que te ibas. Me vendé el brazo y
me lavé la cara y el cuello. Después de algún tiempo, el maestro Gurloes acudió
y me sacó de allí. Perdóname.
Ahora he de verte de
nuevo, y si el Padre Inire consigue el perdón para mí, como solemnemente se ha
comprometido a hacerlo, no hay ninguna razón para que volvamos a separarnos.
Pero acude en seguida a mí; estoy esperando a un mensajero, y si llega he de volar
a la Casa Absoluta para arrojarme a los pies del Autarca, cuyo nombre sea un
bálsamo tres veces loado para las abrasadas frentes de sus siervos.
No le hables a
nadie de esto; ve desde Saltus hacia el noroeste hasta que encuentres un
arroyo que avanza serpenteando hacia el Gyoll. Sigue la corriente, y verás que
sale de la boca de una mina.
Aquí he de
comunicarte un grave secreto, que en modo alguno has de revelar a los demás. En
esta mina el Autarca esconde un tesoro: allí ha amontonado grandes sumas de
monedas acuñadas, lingotes y gemas en previsión de que
llegue un día en que
se vea obligado a huir del Trono Fénix. El tesoro lo guardan ciertos servidores
del Padre Inire, pero no debes tenerles miedo. Se les ha dado instrucciones
para que me obedezcan y les he hablado de ti ordenándoles que te permitan pasar
sin oponer resistencia. Así, pues, cuando entres en la mina sigue el curso de
agua hasta que llegues a su fin, allí donde mana de una piedra. Ahí te espero y
de ahí te escribo, con la esperanza de que perdones a tu
THECLA
Me siento incapaz de
describir la alegría que sentí cuando leí y releí esta carta. Jonas, que miraba
mi cara, saltó al principio de la silla, pensando quizá que iba a desmayarme;
después se retiró como si huyera de un lunático. Cuando por fin doblé la carta
y la metí en el bolsillo de mi cinturón, él no me hizo ninguna pregunta (pues
Jonas era un verdadero amigo), aunque me indicó con la mirada que estaba
dispuesto a ayudarme.
—Necesito tu animal
—le dije—. ¿Me lo puedo llevar?
—Encantado. Pero...
Yo ya estaba abriendo
la puerta.
—No puedes venir. Si
todo va bien, procuraré devolvértelo.
Cuando bajé corriendo
las escaleras y entré en el patio, la carta me hablaba con la voz misma de
Thecla; y cuando entré en el establo ya me había convertido en un verdadero
lunático. Busqué el petigallo de Jonas, pero en su lugar, ante mí, descubrí un
gran corcel, la altura de cuyo lomo rebasaba la de mis ojos. No tenía ni idea
de quién podía haberlo montado en esta villa pacífica, y no lo pensé. Sin
dudarlo un momento, lo monté de un brinco, desenvainé Terminus Est, y de
un tajo cercené las riendas que lo ataban.
Jamás he visto una
montura mejor. En un salto estuvo fuera del establo, y en dos, arremetiendo
hacia la calle de la villa. Durante el espacio de un aliento temí que tropezara
en la cuerda de alguna tienda, pero en su galope tenía la seguridad de una bailarina.
La calle corría hacia el este, hacia el río. Tan pronto como hubimos dejado
atrás las casas, le hice ir hacia la izquierda. Saltó un muro como si nada, y
me encontré atravesando a todo galope un prado donde los toros levantaban los
cuernos a la verde luz de la luna.
Ahora no soy un gran
jinete y entonces lo era menos. A pesar de lo elevado de la silla de montar,
creo que me hubiera caído de un animal más bajo antes de recorrer media legua,
pero mi corcel robado se movía, a pesar de toda su velocidad, con la levedad de
una sombra. Y, en verdad, una sombra debíamos parecer, él, con su piel negra,
yo, con mi capa fulígina. No frenó su carrera hasta que atravesamos chapoteando
el arroyo a que se refería la carta. Allí me detuve, en parte agarrando el
ronzal, pero más con palabras, a las que él atendía como un hermano. No había
sendero ni a uno ni a otro lado del río, y no lo seguimos mucho trecho cuando
los árboles ocuparon las riberas. Entonces llevé al animal por el arroyo
(aunque él se resistía), donde avanzamos por entre aguas agitadas y espumosas
como si subiéramos por peldaños, y nadáramos en remansos profundos.
Durante más de una
guardia de tiempo, vadeamos este arroyo pasando por un bosque muy parecido al
que Jonas y yo habíamos atravesado cuando nos separamos de Dorcas, el doctor
Talos y los demás en la Puerta de la Piedad. Después, las riberas se hicieron
más anchas y accidentadas, los árboles más pequeños y retorcidos. En la
corriente habían guijarros, de bordes rectos, y supe que habían sido hechos por
manos humanas y que nos encontrábamos en la región de las minas, sobre las
ruinas de una gran ciudad. Nuestro camino se hizo más empinado, y a pesar de
todo su brío, el animal resbaló varias veces sobre las piedras, de modo que me
vi obligado a desmontar. Atravesamos así una serie de pequeñas y extrañas
oquedades, todas oscuras en los costados sombríos, pero también moteadas aquí y
allá de luz verde de luna, todas sonoras con el sonido del agua, pero sólo con
él, y por lo demás envueltas en silencio.
Por último, entramos
en un valle más pequeño y estrecho que los otros, y en el extremo del valle, a
una cadena de donde la luz de la luna rebosaba sobre una pronunciada elevación,
vi la oscuridad de una abertura. Allí nacía el arroyo, de allí manaba como
saliva de los labios de un titán petrificado. Junto al agua encontré una
superficie de terreno bastante nivelada como para que mi montura se mantuviera
erguida, y conseguí atarla allí, anudando lo que quedaba de las riendas a un
árbol achaparrado.
No cabe duda que
tiempo atrás se accedió a la mina con ayuda de un caballete de madera, que
hacía ya tiempo se había podrido. Aunque a la luz de la luna la escalada
parecía imposible, conseguí encontrar unos cuantos puntos de apoyo para los
pies en el antiguo muro, y lo escalé por uno de los lados de la cascada de
agua.
Ya tenía las manos
dentro de la abertura cuando oí, o creí oír, un ruido que venía del arroyo,
detrás de mí. Me detuve y volví la cabeza. La tromba de agua habría ahogado
cualquier ruido menos perentorio que un toque de corneta o que una explosión;
pero sin embargo yo había notado algo, la nota de una piedra que cae sobre
otra, quizás, o el ruido de una zambullida.
El arroyo parecía
tranquilo y silencioso. Entonces vi que mi corcel cambiaba de posición, y por
un momento la orgullosa cabeza y las orejas empinadas hacia delante se
irguieron a la luz. Imaginé que lo que había oído no era más que el golpe de
las herraduras contra la piedra, y que el animal coceaba descontento por haber
sido atado con una rienda corta. Me escurrí dentro del túnel, y más tarde supe
que de este modo había salvado mi vida.
Por poco seso que
tenga, cualquier hombre que, como yo, sabe que ha de internarse en un lugar
semejante, habría llevado una linterna y una cierta cantidad de velas. Pero el
pensamiento de que Thecla aún vivía me había arrebatado de tal manera que no
disponía de ninguna, así que avancé arrastrándome en la oscuridad, y no hube
dado aún doce pasos cuando la luz de la luna del valle desapareció detrás de
mí. Mis botas estaban en el agua, así que caminé como cuando había conducido a
mi diestrero por la corriente. Llevaba a Terminus Est colgada al hombro
izquierdo, y no temía que la punta de la vaina pudiera mojarse en la corriente,
ya que el techo del túnel era tan bajo que yo avanzaba inclinado hacia delante.
Así continué durante largo rato, siempre temiendo haberme equivocado de camino
y que Thecla me esperara en otro lugar, y que me siguiera esperando en vano.
VI
Resplandor azul
Llegué a
acostumbrarme tanto al sonido del agua helada que si me lo hubieras preguntado
hubiera dicho que caminaba en silencio; pero no era así y cuando, de pronto, el
incómodo túnel desembocó en una enorme sala igualmente oscura, lo supe en
seguida por el cambio en la música de la corriente. Di un paso más, y otro, y
levanté la cabeza. Ya no había piedras escabrosas en qué chocar. Levanté los
brazos. Nada. Agarré a Terminus Est por la empuñadura de ónice y moví
por el aire la hoja, aún envainada. Nada todavía.
Entonces hice algo
que tú, que lees esta crónica, encontrarás ciertamente estúpido, aunque has de
recordar que a los guardias que pudiera haber en la mina se les había advertido
de mi llegada y se les había dicho que no me hicieran daño. Grité el nombre de
Thecla.
Y el eco respondió: —Thecla...
Thecla... Thecla...
Y otra vez el
silencio.
Me acordé de que
tenía que seguir el curso del agua hasta donde brotaba de una roca, y que no lo
había hecho. Posiblemente goteaba por tantas galerías en este lugar debajo de
la colina como fuera de ella a través de los valles. De nuevo volvía avanzar por
el agua, tanteando el camino a cada paso por temor a caer de cabeza al paso
siguiente.
No había avanzado
cinco zancadas cuando oí algo, lejano pero nítido, por encima del susurro del
agua, que ahora fluía mansamente. No había avanzado cinco pasos más cuando vi
una luz.
No era el reflejo
esmeralda de los fabulados bosques de la luna, ni una luz como la que llevan
los guardias, esto es, la llama escarlata de una antorcha, el dorado resplandor
de un cirio, o incluso el penetrante rayo blanco que algunas veces había vislumbrado
de noche cuando las bengalas del Autarca rasgaban el cielo de la Ciudadela. Más
bien se trataba de una niebla luminosa que en ocasiones parecía no tener color
y a veces parecía de un impuro verde amarillento. Era imposible saber la
distancia a que se encontraba y parecía no tener forma. Por unos instantes
tremoló antes mis ojos; y yo, que todavía seguía el curso de la corriente,
avancé chapoteando hacia ella. Entonces se le unió otra luz.
Me es difícil
concentrarme en lo que ocurrió en los minutos siguientes. Quizá todo el mundo
guarda en secreto algunos momentos de horror, como nuestras mazmorras, en sus
niveles más bajos y deshabitados, guardaban a aquellos clientes cuyas mentes
habían sido destruidas o transformadas tiempo atrás en conciencias que ya no
eran humanas. Como ellas, estos recuerdos gritan y golpean las paredes con sus
cadenas, pero raramente llegan a emerger a la luz.
Lo que experimenté
bajo la colina aún me acompaña, como nos acompañaban aquellos clientes, y es
algo que me esfuerzo por arrinconar en lo más recóndito, pero que de cuando en
cuando aflora a mi conciencia. (No hace mucho, cuando el Samru aún se
encontraba cerca de la desembocadura del Gyoll, miré de noche por la barandilla
de popa; cada movimiento de los remos me parecía una mancha de fuego
fosforescente, y por un momento imaginé que los de debajo de la colina habían
venido por fina buscarme. Ahora soy yo el comandante, pero eso poco me
tranquiliza.)
Una segunda luz se
unió a la primera, como ya he descrito, y después apareció una tercera, y una
cuarta, y yo seguía avanzando. De pronto hubo demasiadas luces para contarlas,
pero como yo no sabía qué eran en realidad, me confortaban y estimulaban, imaginando
que cada una de ellas era quizás una chispa perteneciente a algún desconocido
tipo de antorcha y que algunos de los guardianes mencionados en la carta
llevaban consigo. Cuando hube avanzado otra docena de pasos, vi que estas
manchas de luz se mezclaban para formar una figura, un dardo o una flecha que
apuntaba hacia mí. Entonces oí, muy tenuemente, un rugido como el que salía de
la torre llamada del Oso cuando a los animales se les daba la comida. Pienso
que incluso entonces hubiera podido escapar si me hubiera girado y echado a
correr.
No lo hice. El rugido
creció, aunque no se trataba exactamente de un ruido de animales, ni tampoco
del griterío de la más frenética de las turbas humanas. Vi que las manchas de
luz no eran informes, como yo antes había imaginado. Todas, en realidad, parecían
tener la forma que en arte se llama estrella, con cinco puntas desiguales.
Fue entonces, ya
demasiado tarde, cuando me detuve.
Para entonces, la luz
incierta y desprovista de matiz que arrojaban estas estrellas se había
intensificado lo suficiente como para que yo viera las formas de alrededor como
sombras acechantes. A ambos lados había masas de lados angulares que eran obra
de hombres. Me encontraba al parecer en la ciudad enterrada (que en este punto
no se había hundido bajo el peso del suelo que la cubría), donde los mineros de
Saltus desenterraban sus tesoros. Entre estas masas había pilares rechonchos de
una ordenada irregularidad como la que en ocasiones he observado en los haces
de leña, en los que cada rama sobresale pero juntas son partes de un todo.
Estas masas producían tenues destellos, devolviendo la cadavérica luz de las
móviles estrellas y haciéndola menos siniestra, o al menos más hermosa, que
cuando la habían recibido.
Por un momento estos
pilares me sorprendieron; entonces volvía mirarlas formas estrelladas y por
primera vez pude verlas. ¿Te has abierto paso por la noche hacia lo que parecía
ser el ventanuco de una casa de campo y resultó ser la tronera de una gran fortaleza?
¿O has resbalado mientras escalabas, consiguiendo sostenerte, y al mirar hacia
abajo has visto que la caída era cien veces mayor de lo que habías pensado? Si
es así, te imaginarás lo que sentí. Las estrellas no eran chispas de luz, sino
formas como de hombres, y parecían pequeñas sólo porque la caverna donde me
encontraban era de una vastedad inconcebible. Y los hombre, que no lo parecían,
pues eran más anchos de hombros y más encorvados, se me acercaban
apresuradamente. El rugido que yo había oído eran sus voces.
Me volví y cuando
comprobé que no podía correr por el agua subí a la ribera donde se encontraban
las oscuras estructuras. Para entonces ya estaban casi encima de mí, y algunos
se movían a mi derecha y a mi izquierda para cortarme la retirada al mundo exterior.
Eran terribles de un
modo que no estoy seguro de poder explicar... Como monos, pues tenían pelos, el
cuerpo encorvado, los brazos largos, las piernas cortas y el cuello ancho. Sus
dientes eran como garras de esmilodontes, curvados y en perfil de sierra, y
sobresalían un dedo por debajo de las imponentes mandíbulas. Sin embargo, lo
que me causó horror no fue ninguna de estas cosas, ni la luz noctilucente que
desprendían. Era algo en sus caras, quizás en sus enormes ojos de iris pálidos.
Ese algo me decía que eran humanos como yo. Así como los ancianos se encuentran
aprisionados en cuerpos que se descomponen, así como las mujeres están
encerradas en débiles cuerpos que las convierten en presas de los obscenos
deseos de miles de hombres, así estaban envueltos estos hombres en su
espeluznante apariencia de monos, y lo sabían. Cuando me rodearon, pude ver ese
conocimiento, y eso fue lo peor, porque aquellos ojos eran la única parte de
ellos que no relumbraba.
Tragué aire para
llamar a Thecla una vez más. Entonces caí en la cuenta, cerré la boca, y
desenvainé Terminus Est.
Uno de ellos, más
grande o al menos más osado que los otros, avanzó hacia mí. Llevaba un mazo
cuya asta había sido un fémur. Todavía fuera del alcance de mi espada, me
amenazó rugiendo y golpeándose la mano con la cabeza metálica del arma.
Algo removió el agua
detrás de mí, y me volví a tiempo de ver que uno de los hombres mono cruzaba el
río. Dio un salto atrás para evitar el tajo de mi espada, pero la punta
cuadrada de la hoja lo alcanzó bajo la axila. Tan fina era esa hoja, tan
magníficamente templada y perfectamente afilada, que cortó hasta el esternón.
Cayó y el agua se
llevó su cadáver. Pero antes de golpearlo advertí que le repugnaba cruzar el
agua. El agua le había impedido moverse, al menos tanto como a mí. Volviéndome
para poder ver a todos mis atacantes, retrocedí y comencé, lentamente, a
moverme hacia el sitio donde el agua corría hacia el mundo exterior. Pensaba
que si era capaz de llegar al incómodo túnel me encontraría a salvo; pero
también sabía que ellos nunca lo permitirían.
Continuaron
agrupándose en una masa más densa a mi alrededor; eran ya varios centenares. El
resplandor que desprendían me permitió ver entonces que las masas cuadradas que
yo había vislumbrado anteriormente eran en realidad edificios, al parecer de
los más antiguos, hechos de piedra gris sin junturas y salpicados en todas
partes de excrementos de murciélagos.
Los pilares
irregulares no eran sino lingotes apilados, cruzados en capas unos sobre otros.
Por el color estimé que eran de plata. Había un centenar en cada pila, y
seguramente muchos cientos de estas pilas en la ciudad enterrada.
Observé todo esto
mientras daba media docena de pasos. Al séptimo vinieron por mí al menos veinte
de ellos, y de todas partes. No había tiempo para golpes limpios al cuello.
Manejé la espada en molinete, y el siseo de la hoja llenó el mundo subterráneo
y resonó en las paredes y el techo de piedra, oyéndose por encima del griterío
y de los lamentos.
En tales momentos el
sentido del tiempo enloquece. Recuerdo cómo se abalanzaron y cómo repartí
golpes frenéticos, pero en retrospectiva todo pareció haber sucedido en un
instante. Cayeron dos, y cinco, y diez, hasta que el agua a mi alrededor estuvo
negra de sangre a la luz cadavérica, saturada de moribundos y de muertos; pero
seguían viniendo. Recibí un golpe en un hombro que pareció el mazazo del puño
de un gigante. Terminus Est cayó de mi mano y el peso de los cuerpos me
tumbó y estuve tanteando a ciegas bajo el agua. Los colmillos de mi enemigo me
rasgaron el brazo como lo hubieran hecho dos lanzas, pero me pareció que tenía
demasiado miedo de ahogarse para pelear como hubiera tenido que hacerlo. Metí
con fuerza los dedos en las anchas fosas nasales y le partí el cuello, aunque
parecía más fuerte que el de un hombre.
Si hubiera podido
contener la respiración hasta que hubiera llegado al túnel, podría haber
escapado. Los hombres mono parecían haberme perdido de vista, y avancé un
trecho bajo el agua corriente abajo. Pero me estallaban los pulmones; levanté
la cara hacia la superficie y se abalanzaron sobre mí.
Sin duda para todo el
mundo llega un momento en que por necesidad tiene que morir. Siempre he creído
que éste fue mi momento. Todo lo que he vivido desde entonces lo he contado
como puro beneficio, como un regalo inmerecido. No tenía ningún arma y mi brazo
derecho se encontraba entumecido
y desgarrado. Los
hombres mono se mostraban osados ahora. Esa osadía me dio otro momento más de
vida, puesto que se amontonaron tantos para matarme que se obstruyeron entre
ellos. A uno le di una patada en la cara. Un segundo agarró mi bota. Hubo un
destello de luz y yo, movido por no sé qué instinto o inspiración, fui a
atraparlo con la mano. Cogí la Garra.
Como si reuniera en
sí todo el resplandor cadavérico y lo tiñera del color de la vida, arrojó una
clara luz azulada que inundó la caverna. En un latido de corazón los hombres
mono se detuvieron como obedeciendo a un golpe de gong, y yo levanté la gema sobre
mi cabeza; ignoro qué clase de exaltado terror había esperado producir, si es
que realmente lo había esperado en absoluto.
Pero lo que sucedió
fue muy distinto. Los hombres mono no huyeron con gritos destemplados ni
reanudaron su ataque, sino que se retiraron hasta que el más cercano se
encontró a unas tres zancadas de distancia, y se agacharon apretando las caras
contra el suelo de la mina. Hubo otra vez silencio, como cuando yo entrara en
el túnel, y sólo se oía el susurro de la corriente; pero ahora podía verlo
todo, desde las pilas de deslustrados lingotes de plata cerca de mí, hasta el
extremo mismo de donde los hombres monos habían descendido por una pared en
ruinas, habiéndome parecido entonces como manchas de pálida lumbre.
Comencé a retroceder.
Entonces los hombres mono alzaron los ojos y tenían rostros de seres
humanos. Cuando los vi así, supe de los eones de luchas en la oscuridad que
habían engendrado esos colmillos, esos ojos como platos y esas orejas
batientes. Dicen los magos que una vez fuimos monos, criaturas felices en
bosques devorados por los desiertos hace ya tanto tiempo que carecen de nombre.
Los viejos vuelven a ser como niños cuando los años acaban nublándoles las
mentes. ¿No es posible que la humanidad, al igual que los ancianos, regrese
algún día a la imagen decrépita de lo que fue, si al fin muere el viejo sol y
nos quedamos en la oscuridad peleando por unos huesos? Yo vi nuestro futuro, al
menos un futuro, y sentí más pena por quienes habían triunfado en las oscuras
batallas que por quienes habían derramado su sangre en esa noche eterna.
Como he dicho,
retrocedí un paso, y después otro, mas ninguno de los hombres mono se movió
para detenerme. Entonces me acordé de Terminus Est. De haber escapado de la más frenética de las batallas, me
hubiera despreciado a mí mismo si la hubiera dejado atrás. Irme indemne y sin
ella era más de lo que yo podía soportar. Comencé a avanzar de nuevo, buscando
el destello del acero a la luz de la Garra.
Entonces las caras de
aquellos extraños y encorvados hombres parecieron iluminarse, y comprendí lo
que esperaban de mí: que yo quisiera quedarme con ellos, de modo que la Garra y
la radiación azul fueran suyas para siempre. Cuán terrible parece ahora, cuando
escribo estas palabras sobre el papel; sin embargo, creo que no fue así en la
realidad. Aunque de apariencia bestial, en la brutalidad de cada cara había una
expresión de adoración, de manera que pensé, como ahora lo pienso, que si en
muchos aspectos son peores que nosotros, estas gentes de las ciudades
escondidas bajo Urth son mejores en otros, habiendo recibido la bendición de
una fea inocencia.
Busqué de un lado a
otro, de orilla a orilla, pero no vi nada, aunque me pareció que la Garra
despedía una luz más y más brillante hasta que al fin cada diente de piedra que
colgaba del techo cavernoso echó una sombra de nítidos y acusados contornos
negros. Por fin grité a los hombres que se arrastraban: —Mi espada... ¿Dónde
está mi espada? ¿La tiene alguno?
Yo no les hubiera
hablado de no haberme encontrado medio frenético por el miedo de perderla; pero
ellos parecieron entenderme. Comenzaron a murmurar entre ellos, y a hacerme
señales, aunque sin levantarse, para indicarme que ya no pelearían, alargándome
las cachiporras y lanzas de afilado hueso para que yo las cogiera. Entonces,
por encima del murmullo del agua y del farfulleo de los hombres mono, oí un
nuevo sonido, y en seguida ellos callaron. Si un ogro fuera a comerse los
pilares mismos del mundo, el crujir de sus dientes hubiera hecho exactamente el
mismo ruido. El cauce de la corriente, donde yo aún permanecía, tembló bajo mis
pies, y el agua, que había estado tan clara, se cargó levemente de sedimento,
de modo que pareció como si una cinta de humo avanzara por ella serpenteando.
Lejos de las profundidades se oyó un paso que podía haber sido el de una torre
en el Día Final, cuando se dice que todas las ciudades de Urth avanzarán para
ir al encuentro del amanecer del Sol Nuevo.
A continuación se oyó
otro paso.
Los hombres mono se
levantaron en seguida, y agachados huyeron hacia el extremo más lejano de la
galería, silenciosos ya y rápidos como los murciélagos que cortaban el aire. La
luz se fue con ellos, y me pareció, como ya lo había temido, que la Garra había
brillado para ellos y no para mí.
Un tercer paso vino
de debajo de la tierra, y con él se apagó el último resplandor; pero en ese
instante, en ese último resplandor, vi a Terminus Esi en lo más profundo
del agua. Me doblé en la oscuridad, metí la Garra de nuevo en mi bota, y cogí
mi espada; y al hacerlo, descubrí que el entumecimiento de mi brazo había
desaparecido, y que ahora parecía tan fuerte como antes de la pelea.
Sonó un cuarto paso y
me volví para huir, tanteando delante de mí con la espada. Creo que ahora sé a
qué criatura invocamos desde las raíces del continente; pero entonces no lo
sabía, y no sabía si fue el rugir de los hombres mono, o la luz de la Garra o
alguna otra causa lo que la despertó. Sólo sabía que muy debajo de nosotros
había algo ante lo cual los hombres monos, a pesar de su número y de lo
terrorífico de su aspecto, se desperdigaban como chispas al viento.
VII
Los asesinos
Cuando pienso en mi
segundo pasaje por el túnel que me llevaba al mundo exterior, creo que duró una
guardia o más. Admito que mis nervios nunca han estado perfectamente templados,
pues siempre los ha atormentado una memoria incesante, pero entonces se encontraban
en extrema tensión, de manera que tres zancadas parecían abarcar toda una vida.
Por supuesto que yo estaba asustado. Nunca me han llamado cobarde desde niño, y
en determinadas ocasiones algunas personas han comentado mi valentía. He
desempeñado sin desmayo mis cometidos como miembro del gremio, me he batido
privadamente y en guerras, he escalado peñascos y en varias ocasiones estuve a
punto de perecer ahogado. Pero pienso que entre quienes tienen fama de
valientes y aquellos de quienes se piensa que son cobardes como gallinas, no
hay mucha diferencia: los segundos tienen miedo antes del peligro, y los
primeros, después de él.
Desde luego, nadie
puede encontrarse muy asustado en el momento de un gran peligro inminente, pues
el cerebro está demasiado concentrado en la cosa misma y en los actos que son
necesarios para enfrentarla o evitarla. El cobarde, pues, es cobarde porque su
miedo lo lleva con él; a veces, las personas a quienes creemos cobardes nos
sorprenden por su bravura, si no han sido advertidos del peligro que corren.
El maestro Gurloes,
de quien cuando yo era niño pensaba que tenía el más impávido valor, era sin
duda un cobarde. Durante el período en que Drotte fue capitán de aprendices,
Roche y yo solíamos alternar, por turnos, en el servicio del maestro Gurloes y
del maestro Palaemón, y una noche, cuando el maestro Gurloes se hubo retirado a
su cabina, habiéndome dado instrucciones para que me quedara y le llenase la
copa, comenzó a hacerme confidencias.
—Muchacho, ¿conoces a
la cliente fa? Es hija de armígero, y bastante guapa.
Como aprendiz,
trataba poco con los clientes; así que negué con la cabeza.
—Ha de ser abusada.
No tenía idea de lo
que quería decir, así que respondí: —Sí, maestro.
—Se trata de la
desgracia más grande que le puede sobrevenir a una mujer, o también a un
hombre. Ser abusada por el torturador. —Se tocó el pecho y echó hacia atrás la
cabeza para mirarme. La cabeza era notablemente pequeña para un hombre tan
enorme; de haber llevado camisa o chaqueta (lo que desde luego nunca hacía),
hubiérase creído que la llevaba forrada.
—Sí, maestro.
—¿No te vas a ofrecer
a hacerlo en mi lugar? Con lo joven y jugoso que eres. No me digas que aún no
tienes pelos.
Por fin comprendí lo
que quería decir, y le dije que no me había enterado de que estuviera
permitido, porque aún era aprendiz, pero que si él lo ordenaba desde luego,
obedecería.
—Sí, imagino que sí.
No está mal, ¿sabes? Pero es alta, y no me gustan las altas. Puedes estar
seguro de que en esa familia ha habido un bastardo exultante hace una
generación o dos. Como dicen, la sangre siempre te traiciona, aunque sólo
nosotros sabemos todo lo que eso significa. ¿Quieres hacerlo?
Me alargó la copa y
la llené.
—Si lo deseas,
maestro... —La verdad era que me excitaba imaginarlo. Nunca había poseído a una
mujer.
—Tú no puedes y yo
debo. ¿Y si yo fuera interrogado? Pues también estoy obligado a certificarlo y
a firmar los papeles. Soy maestro del gremio desde hace veinte años y nunca he
falsificado ningún papel. Supongo que crees que no puedo hacerlo.
Eso nunca se me había
ocurrido, así como nunca había pensado lo contrario (que todavía pudiera
quedarle algo de vigor sexual) del maestro Palaemón, cuyo pelo canoso, espalda
encorvada y gafas escrutadoras le daban el aspecto de una persona eternamente
decrépita.
—Bien, mira aquí—dijo
el maestro Gurloes, y con un movimiento se levantó de la silla.
Era de esos capaces
de caminar bien y de hablar con claridad incluso cuando están borrachos, y se
dirigió con mucho aplomo hacia un armario y sacó un jarrón de porcelana azul,
aunque por un momento pensé que iba a dejarlo caer..
—Esto es una medicina
rara y potente. —Quitó la tapadera y me enseñó un polvillo marrón oscuro. No
falla nunca. Lo tendrás que utilizar algún día, de manera que debes conocerlo.
Pon en la punta de un cuchillo exactamente lo que puedas coger con la uña del
dedo, ¿entiendes? Si coges demasiado, no podrás aparecer en público durante un
par de días.
Dije: —Lo recordaré,
maestro.
—Por supuesto que es
un veneno. Todas las medicinas lo son, y ésta es la mejor. Si te excedes un
poco te matará. Y no has de volver a tomarlo hasta que cambie la luna,
¿comprendes?
—Quizá sería mejor
hacer que el hermano Corbinian pese la dosis, maestro.
Corbinian era nuestro
boticario; me aterrorizaba que el maestro Gurloes fuera a tragarse una
cucharada ante mis ojos.
—No me hace falta
pedírselo. —Despectivamente puso de nuevo la tapadera sobre la jarra y de un
golpe volvió a colocarla en la estantería del armario. —Eso está bien, maestro.
—Además —dijo
guiñándome un ojo—, contaré con esto. —Del bolsillo del cinturón sacó un falo
de hierro; medía palmo y medio y en el extremo opuesto a la punta tenía una
correa de cuero. Aunque te parezca idiota, lector, por un instante no se me
ocurrió para qué podría ser aquello, a pesar del realismo algo exagerado del
diseño. Tenía la idea confusa de que el vino lo había vuelto infantil, pues un
niño es quien supone que no hay una diferencia esencial entre una montura de
madera y un verdadero animal. Me dieron ganas de reír.
—«Abusar», ésa es la
palabra. Ahí, ya ves, es donde nos dejan una salida. —Y se golpeaba con el falo
de hierro la palma de la mano, el mismo gesto, ahora que lo pienso, que había
hecho el hombre mono que me había amenazado con el mazo. Entonces lo comprendí
y sentí un asco irreprimible.
Pero ahora ya no
sentiría ese sentimiento de asco en una situación parecida. Yo no sentía
compasión por la cliente, porque no pensaba en absoluto en ella. Era sólo una
especie de repugnancia por el maestro Gurloes, que a pesar de toda su
voluminosidad y enorme fortaleza tenía que recurrir al polvillo marrón, y lo
que es peor, al falo de hierro, un objeto que quizás habían quitado de una
estatua. Sin embargo, en otra ocasión en que el acto tenía que cumplirse
inmediatamente por temor a que la orden no pudiera ser ejecutada antes de que
la cliente muriera, lo vi actuar en seguida, sin polvillo ni falo ni dificultad
alguna.
Así pues, el maestro
Gurloes era un cobarde. Y, sin embargo, quizá su cobardía era mejor que el
valor que yo hubiera tenido en su lugar, pues el coraje no siempre es una
virtud. Yo había actuado con valentía (según se cuentan esas cosas) cuando
peleé contra los hombres mono, pero esa valentía no fue más que una mezcla de
osadía, sorpresa y desesperación; cuando ya en el túnel no había motivo para
tener miedo, yo lo tenía, y casi me reventé los sesos contra el techo bajo;
pero no me detuve, ni siquiera aminoré la marcha hasta que no vi enfrente de mí
la apertura, que el bendito resplandor de la luz de la luna hacía visible.
Entonces fue cuando realmente me detuve; y sintiéndome a salvo, limpié mi
espada lo mejor que pude con el borde rasgado de mi capa, y la enfundé.
Hecho esto, me la
eché al hombro, y con un balanceo me dejé caer hacia fuera, tanteando con la
punta de mis empapadas botas los rebordes que me habían ayudado a subir.
Acababa de llegar al tercero de los rebordes, cuando dos dardos inflamados
golpearon la roca cerca de mi cabeza. Uno debió quedarse can la punta
incrustada en alguna irregularidad de la antigua obra, pues permaneció allí
abrasándose en blanco fuego. Me acuerdo de mi sorpresa, y de cómo esperé, en
los pocos momentos que mediaron antes de que el siguiente golpeara más cerca
todavía y casi me cegara, que los arbalestos no fueran de ésos que ponen en la
cuerda un nuevo proyectil cuando se aprieta el gatillo y que son tan rápidos en
volver a disparar.
Cuando el tercero
estalló contra la piedra, supe que era en verdad un arbalesto de ese tipo, y me
dejé caer antes de que los tiradores, que ya habían fallado, pudieran volver a
disparar.
Había, como tenía que
haberlo sabido, un profundo remanso donde caía el agua que salía de la boca de
la mina. Me di una nueva zambullida, pero como ya estaba mojado no me sentó mal
e incluso apagó las manchas de fuego que se me habían pegado a la cara y a los
brazos.
Ahora ni se planteaba
la cuestión de permanecer debajo del agua, que me cogió como si fuera un palo y
me hizo subir por donde quiso. Por la más feliz de
las casualidades, fui
a emerger a cierta distancia de la cara de la roca, y pude contemplar a mis
atacantes desde atrás mientras trepaba a la orilla. Ellos y la mujer que los
acompañaba, estaban mirando al lugar donde la cascada caía. Desenvainé Terminus
Est por última vez en la noche mientras gritaba: —Por aquí, Agia.
Ya había adivinado
que se trataba de ella, pero al volverse (más rápida que ninguno de los hombres
que estaban con ella) le vi la cara a la luz de la luna. Para mí era una cara
terrible (si bien adorable a pesar de toda su modestia), porque contemplarla significaba
que Thecla seguramente había muerto.
El hombre más cercano
a mí fue bastante estúpido como para tratar de llevarse el arbalesto al hombro
antes de apretar el gatillo. Me agaché cercenándole las piernas, mientras el
dardo del otro silbaba sobre mi cabeza como un meteoro.
Cuando de nuevo me
erguí, el segundo hombre había dejado caer su arbalesto y se estaba llevando la
mano al cinto. Agia fue más veloz, hiriéndome en el cuello con un athame antes
de que el arma de él estuviera fuera de la vaina. Esquivé el primer golpe de
ella y le paré el segundo, aunque la hoja de Terminus Est no estaba
hecha para la esgrima. Cuando la ataqué tuvo que retroceder de un salto.
—Ponte detrás —le
dijo al segundo arbalestero—. Yo puedo enfrentarme con él.
El hombre no
respondió, y la boca se le abrió en una amplia mueca. Antes de darme cuenta de
que no era a mí a quien miraba, algo con un resplandor febril saltó a mi lado.
Oí el repugnante sonido de un cráneo que se rompe. Agia se volvió con la
agilidad de un gato, y hubiera atravesado al hombre mono si de un golpe en la
mano yo no le hubiera quitado el cuchillo; el arma envenenada cayó rebotando
hasta el remanso del río. Entonces trató de huir, pero la agarré por el cabello
y la hice caer.
El hombre mono
farfullaba algo sobre el cuerpo del arbalestero que había matado, y nunca he
sabido si trataba de quitarle alguna cosa o si simplemente sentía curiosidad
por su aspecto. Apreté con el pie el cuello de Agia y el hombre mono se
incorporó, volvió la cara hacia mí, y a continuación cayó de hinojos en la
postura que yo le habla visto en la mina, y levantó los brazos. Le faltaba una
mano. Reconocí el tajo limpio de Terminus Est. El hombre mono farfulló
algo que no pude entender. Traté de contestar: —Sí, yo lo hice, lo siento.
Ahora estamos en paz.
Me miró con ojos
suplicantes y habló de nuevo. Todavía le caía un hilo de sangre del muñón,
aunque las gentes de su especie han de tener un mecanismo para cerrar las
venas, como el que tienen los tilacodontes, según se dice; sin los cuidados de
un cirujano, con esa herida cualquier hombre se hubiera desangrado hasta morir.
—Yo te la hice, pero
fue mientras aún peleábamos, antes de que vierais la Garra del Conciliador.
Entonces se me
ocurrió que quizá me había seguido para volver a contemplar la gema, dominando
el temor a aquella cosa que habíamos despertado debajo de la colina. Me llevé
la mano al borde de la bota y saqué la Garra, y en ese momento me di cuenta de
lo estúpido que había sido en poner la bota y su preciosa carga tan cerca del
alcance de Agia, pues los ojos se le agrandaron de codicia en el momento en que
el hombre mono se agachó aún más y alargó el muñón lastimoso.
Por un momento
permanecimos los tres en esa postura, y éramos sin duda un extraño grupo en
aquella luz irreal. Desde los picos de más arriba, una voz sorprendida gritó mi
nombre. Como el sonido de una trompeta que en una representación fantasmagórica
disuelve todo lo fingido, ese grito puso fin a nuestra escena. Bajé la Garra y
la escondí en la palma de mi mano. De un salto, el hombre mono se lanzó a la
cara de la roca, y Agia comenzó a debatirse y a maldecir bajo mi pie.
La calmé golpeándola
de plano con mi espada, pero mantuve la bota encima de ella hasta que Jonas me
hubo alcanzado y ya fuimos dos para impedir que escapase.
—Pensé que podrías
necesitar ayuda. Ya veo que me equivocaba —dijo mientras miraba los cadáveres
de los hombres que habían estado con Agia.
Le dije: —No fue ésta
la verdadera pelea.
Agia se incorporó
sentándose y se sacudió el cuello y los hombros.
—Éramos cuatro, y
hubiéramos dado buena cuenta de ti, pero los cuerpos de esas cosas, esos
hombres—tigre luciérnagas, comenzaron a asomar por el agujero y dos de los míos
tuvieron miedo y escaparon.
Jonas se rascó la
cabeza con su mano de acero: el sonido de un corcel almohazado.
—Así que vi lo que
creí ver. Había empezado a preguntármelo.
Le pregunté qué creía
haber visto.
—Un ser que
resplandecía en un ropaje de piel y que te hacía una reverencia. Y tú sostenías
una copa de coñac ardiente, creo. ¿O era incienso? ¿Qué es esto? —Se inclinó y
cogió algo del borde de la orilla donde el hombre mono se había puesto de
hinojos.
—Una cachiporra.
—Sí, ya lo veo. —En
el extremo de la empuñadura de hueso había una tira de cuero y Jonas se la pasó
por la muñeca.— ¿Quiénes son estas personas que trataron de matarte?
—Lo hubiéramos
conseguido si no hubiera sido por esa capa. Lo vimos salir del agujero, pero la
capa lo cubrió cuando empezó a descender, de modo que mis hombres no pudieron
ver el blanco, sólo la piel de sus brazos.
Expliqué tan
brevemente como pude mis relaciones con Agia y su hermano gemelo, y describí la
muerte de Agilus.
—Y ahora ella ha
venido a juntarse con él. —Jonas miró primero a ella y luego la longitud
carmesí de Terminus Est, y se encogió levemente de hombros. — He dejado
arriba mi petigallo, y tendría que ocuparme de él. Así después puedo decir que
no vi nada. ¿Fue esta mujer quien envió la carta?
—Tendría que haberlo
sabido. Le conté lo de Thecla. Tú no sabes nada de Thecla, pero ella sí. De eso
trataba la carta. Le conté todo mientras visitamos el Jardín Botánico en
Nessus. En la carta había errores y cosas que Thecla no hubiera dicho, pero
cuando la leí no me paré a pensarlo.
Me retiré y volví a
poner la Garra en la bota, metiéndola bien adentro.
—Tal vez sea mejor
que te ocupes de tu animal, como dices. El mío parece haber escapado, y quizá
tengamos que cabalgar en el tuyo por turnos.
Jonas asintió y
regresó subiendo por donde había venido.
—Me estabas
esperando, ¿no? —le pregunté a Agia—. Oí algo y el diestrero meneó las orejas.
Eras tú. ¿Por qué no me mataste entonces?
—Estábamos allí
arriba —hizo un gesto indicando las alturas—, y quise que los hombres que pagué
tiraran contra ti cuando subías caminando por la corriente. Fueron estúpidos y
tozudos como siempre son los hombres, y dijeron que no desperdiciarían sus dardos,
que las criaturas de ahí dentro te matarían. Hice caer rodando la piedra más
grande que pude mover, pero para entonces ya era demasiado tarde.
—Te habían contado lo
de la mina?
Agia encogió los
hombros desnudos, que la luz de la luna convirtió en algo más hermoso que la
carne.
—Como vas a matarme,
¿qué más me da? Todos los lugareños cuentan historias sobre este sitio. Dicen
que esas cosas salen de noche durante las tormentas y se llevan los animales de
los establos y a veces entran en las casas por los niños. Y una leyenda dice
que dentro guardan un tesoro, así que también lo puse en la carta. Pensé que si
no venías por Thecla podrías venir por eso. ¿Puedo volverte la espalda,
Severian? Si da lo mismo, no quiero verlo.
Cuando lo dijo, sentí
como si se me hubiera quitado un peso del corazón: no estaba seguro de poder
golpearla si hubiera tenido que mirarle la cara.
Levanté mi propio
falo de hierro y sentí entonces que quería preguntarle otra cosa a Agia, pero
no conseguí recordar lo que podía ser.
—Golpea —dijo—. Estoy
dispuesta.
Traté de pisar con
firmeza y mis dedos tocaron la cabeza de la mujer en la guarda de la espada, la
cabeza que marcaba el filo femenino.
Poco después, volvió
a repetir: —Golpea.
Pero para entonces yo
ya había dejado atrás el valle.
VIII
Los cultellarii
Regresamos en
silencio a la posada, y tan lentamente que el cielo se volvió gris por el este
antes de que llegáramos a la ciudad. Mientras Jonas desensillaba el petigallo
le dije: —No la maté.
Movió la cabeza sin
mirarme.
—Lo sé.
—¿Lo viste? Dijiste
que no lo harías.
—Oí la voz de ella
cuando prácticamente ya estabas a mi lado. ¿Lo volverá a intentar?
Me quedé pensando,
mientras él llevaba la pequeña silla de montar al guadarnés. Cuando salió, le
dije: —Sí, estoy seguro de que lo hará. No me hizo ninguna promesa, si eso es
lo que quieres decir. De todos modos, no la hubiera mantenido.
—Entonces, yo la
habría matado.
—Sí —dije—, eso
hubiera sido lo correcto.
Salimos juntos del
establo. La luz que había ahora en el patio bastaba ya para poder ver el pozo y
las amplias puertas por las que se entraba a la posada.
—No creo que hubiese
sido lo correcto, sólo digo que yo lo habría hecho. Me hubiera imaginado siendo
apuñalado mientras dormía, muriendo en algún lugar sobre un sucio camastro, y
hubiera eliminado la amenaza. Pero no hubiese sido lo correcto. —Jonas levantó
el mazo que había dejado allí el hombre mono y en una parodia brutal y
sin gracia simuló un golpe de espada. La cabeza del arma captó la luz y
ambos nos quedamos boquiabiertos.
Era de oro batido.
Ninguno de nosotros
sentía deseo alguno de asistir a las atracciones que aún ofrecía la feria a
quienes se habían pasado la noche jaraneando. Nos retiramos a nuestra
habitación y nos preparamos para dormir. Cuando Jonas me propuso compartir el
oro conmigo, me negué. Antes había tenido dinero de sobra, además del adelanto
de mi paga, y él había vivido, digamos, de mi generosidad. Pero ahora me
alegraba que ya no tuviera que sentirse en deuda conmigo. También sentí
vergüenza de ver la total confianza que ponía en mí ofreciéndome el oro, y
recordé cuán cuidadosamente le había ocultado (y aún le ocultaba) la existencia
de la Garra. Me sentí obligado a contárselo, pero no lo hice, y en cambio
procuré sacar el pie de la bota mojada de manera que la Garra cayera dentro de
la punta.
Me levanté alrededor
del mediodía, y después de cerciorarme de que la Garra seguía allí, desperté a
Jonas como me lo había pedido.
—En la feria habrá
joyeros que querrán comprármelo, supongo —dijo—. Al menos, podré regatear con
ellos. ¿Quieres acompañarme?
—Tenemos que comer
algo, y para cuando hayamos concluido será la hora de estar otra vez en el
cadalso.
—¿Así que vuelves al
trabajo?
—Sí. —Cogí mi capa;
estaba bastante desgarrada, y mis botas aún seguían descoloridas y un poco
húmedas.
—Una de las doncellas
de aquí puede cosértela. No quedará como nueva, pero sí bastante mejor que
ahora. —Jonas abrió la puerta de un tirón.— Ven conmigo si tienes hambre. ¿Por
qué estás tan pensativo?
En el reservado de la
posada, delante de una buena comida, y mientras la mujer del posadero me cosía
la capa en otra habitación, le conté lo que había ocurrido debajo de la colina
y que terminó con los pasos que oí muy debajo de la tierra.
—Eres un hombre
extraño —fue todo lo que dijo.
—Tú lo eres más que
yo. No quieres que la gente lo sepa, pero eres un forastero.
Él sonrió.
—¿Un cacógeno?
—Un extranjero.
Jonas negó con la
cabeza y después asintió.
—Sí, debo de serlo.
Pero tú... Tú tienes ese talismán que te permite gobernar las pesadillas, y has
descubierto un tesoro de plata. Y, sin embargo, me lo cuentas como si
estuvieras hablando del tiempo.
Cogí un poco de pan.
—Admito que es
extraño, pero lo extraño reside en la Garra, en la cosa misma y no en mí, y en
cuanto a contártelo, ¿por qué no había de hacerlo? Si te quisiera robar el oro,
lo vendería y me gastaría el dinero, pero no creo que las cosas le fueran bien
a quien robara la Garra. No sé por qué, pero así lo creo, y por supuesto, Agia
la robó. En cuanto a la plata...
—¿Y ella te la puso
en el bolsillo?
—En el esquero que me
cuelga del cinturón. Creyó que su hermano me mataría, recuérdalo. Después
reclamarían mi cuerpo, ya lo habían planeado, así que se llevarían Terminus
Est y mi ropa. Ella obtendría mi espada, mis— prendas de vestir y la gema,
y mientras tanto, si la encontraban, me culparían a mí y no a ella.
Recuerdo....
—¿Qué?
—Las Peregrinas. Nos
detuvieron cuando intentábamos salir. Jonas, ¿crees que es verdad que algunos
pueden leer los pensamientos de otra gente?
—Por supuesto.
—No todo el mundo
está tan seguro. El maestro Gurloes estaba a favor de esa idea, pero el maestro
Palaemón no quería ni que se la mencionaran, y sin embargo creo que la primera
sacerdotisa de Las Peregrinas lo podía hacer, al menos en cierto grado. Ella sabía
que Agia, y no yo, se había llevado algo. Hizo desnudar a Agia de modo que
pudieran registrarla, pero no me registraron a mí. Más tarde destruyeron la
catedral, y pienso que quizá fue por la pérdida de la Garra; después de todo,
era la Catedral de la Garra.
Jonas asintió
meditabundo.
—Pero no es eso lo
que quería preguntarte. Me gustaría saber qué piensas de aquellos pasos. Todo
el mundo sabe de Erebus y de Abaia y de otros seres del mar que algún día han
de venir a la tierra. No obstante, pienso que tú sabes más que la mayoría de nosotros.
El rostro de Jonas,
hasta ahora tan franco, se cerró, en guardia.
—¿Y por qué lo
piensas? —preguntó.
—Porque has sido
marino, y por la historia de los guisantes que contaste en la puerta de la
Muralla. Debes de haber visto mi libro marrón cuando lo leía arriba. Cuenta
todos los secretos del mundo, o al menos lo que varios magos decían qué
secretos eran esos. No lo he leído entero, ni siquiera la mitad, aunque Thecla
y yo solíamos leer alguna cita cada pocos días y el tiempo que mediaba entre
lectura y lectura lo pasábamos discutiendo. Pero me he dado cuenta que todas
las explicaciones de ese libro son sencillas e infantiles en apariencia.
—Igual que mi
historia.
Asentí con la cabeza.
—Tu historia parece
sacada del libro. La primera vez que se lo llevé a Thecla supuse que era para
niños o para adultos que gozaban con cosas de niños. Pero cuando hubimos
hablado sobre algunos de los pensamientos del libro, comprendí que tenían que
ser expresados de esa manera y de ninguna otra. Si el escritor hubiese querido
describir una nueva manera de hacer vino o la mejor forma de hacer el amor,
podría haber recurrido a un lenguaje complejo y preciso, pero en el libro que
realmente escribió él tenía que decir: «En el comienzo fue sólo el Hexamerón»,
o «No ha de verse el icono quieto de pies, sino ver el quieto de pie». La cosa
que oí bajo tierra... ¿era algo parecido?
—No la vi. —Jonas se
levantó.— Voy a salir a vender la maza. Pero antes de irme, voy a decirte lo
que todas las esposas dicen a sus maridos antes o después: «Antes de hacer más
preguntas, piensa si realmente quieres conocer las respuestas».
—Una última pregunta
—dije—, y te prometo que no insistiré. Cuando estábamos saliendo por la
Muralla, dijiste que lo que veíamos entonces eran soldados, con lo que quisiste
decir que se les había destacado allí para resistir a Abaia y a los otros. ¿Son
los hombres mono soldados del mismo tipo? Si lo son, ¿de qué pueden valer los
luchadores de talla humana cuando nuestros oponentes son grandes como montañas?
¿Y por qué los antiguos autarcas no utilizaron soldados humanos?
Jonas había envuelto
la maza en un paño y ahora estaba de pie pasándosela de una mano a la otra.
—Has hecho tres
preguntas, y sólo puedo contestar con certeza a la segunda. Aventuraré una
respuesta para las otras dos, pero te voy a tomar la palabra: es la última vez
que hablamos de estas cosas.
»Primero, la última
pregunta. Los antiguos autarcas, que no lo eran o no se les llamaba así,
utilizaron sin duda soldados humanos, pero los guerreros que crearon
humanizando animales, y quizás en secreto animalizando hombres, eran más
leales. Tenían que serlo, puesto que el populacho, que odiaba a sus
gobernantes, odiaba todavía más a estos servidores inhumanos. Así, a los
servidores podía hacérseles soportar cosas que no hubieran tolerado los
soldados humanos. A eso puede obedecer el que se les utilizara en la Muralla. O
tal vez haya otra explicación completamente diferente.
Jonas hizo una pausa
y fue hacia la ventana para mirar no la calle, sino las nubes.
—Ignoro si tus
hombres mono son el mismo tipo de híbrido. El que vi me pareció bastante humano
exceptuando la piel, así que me siento inclinado a convenir contigo en que son
seres humanos cuya naturaleza esencial ha experimentado algún cambio a causa de
la vida en las minas y el contacto con las reliquias de la ciudad allí
enterradas. Urth es ya muy antiguo. Es muy antiguo, y no cabe duda de que en
tiempos periclitados se han enterrado muchos tesoros. El oro y la plata no se
alteran, pero sus guardianes pueden sufrir metamorfosis más extrañas que las
que cambian la uva en vino y la arena en perlas.
Dije: —Pero los del
exterior aguantamos la oscuridad todas las noches, y se nos traen los tesoros
que se sacan de las minas. ¿Por qué no hemos cambiado también?
Jonas no respondió, y
recordé mi promesa de no preguntarle nada más. Aunque cuando se volvió a
mirarme, en sus ojos había algo que me decía que me estaba comportando como un
idiota, que en realidad habíamos cambiado. De nuevo volvió a darme la espalda y
a mirar por la ventana hacia arriba.
—De acuerdo —asentí—,
no tienes que contestar a eso. Pero ¿y la otra pregunta que prometiste
responder? ¿Cómo pueden los soldados humanos resistir a los monstruos de los
mares?
—Tenías razón al
decir que Erebus y Abaia son grandes como montañas, y admito que me sorprendió
que lo supieras. La mayoría de la gente carece de imaginación para concebir
algo tan enorme, y piensa que no son más grandes que casas o barcos. Su tamaño
real es tan enorme que si bien siguen en este mundo no pueden nunca abandonar
el agua, pues su propio peso los aplastaría. No debes imaginártelos golpeando
la Muralla con los puños, o lanzando cascotes aquí y allá. Reclutan a sus
servidores con el pensamiento y los lanzan contra todas las normas que se
oponen a las propias.
Entonces Jonas abrió
la puerta de la posada y desapareció en el tumulto de la calle; yo seguí donde
estaba, con el codo apoyado en la mesa donde habíamos comido, y me acordé del
sueño que había tenido cuando compartí la cama con Calveros. La tierra no
podría sostenemos, habían dicho las monstruosas mujeres.
Ahora he llegado a un
punto de mi narración donde es inevitable que escriba sobre algo que en gran
parte he evitado referir hasta ahora. Tú que lees no habrás dejado de darte
cuenta de que no he tenido escrúpulos en volver a contar con gran detalle cosas
que sucedieron hace años y en transcribir las palabras mismas de aquellos que
me hablaron y las palabras mismas con que yo repliqué; y quizás hayas creído
que no se trata más que de un recurso convencional que he adoptado para hacer
que mi narración sea más fluida. La verdad es que me cuento entre los tocados
por la maldición de tener lo que se llama una memoria perfecta. No podemos,
como se dice sin más, acordamos de todo. Soy incapaz de retener el orden en que
estaban colocados los libros en la biblioteca del maestro Ultan, pero recuerdo
cosas que casi todo el mundo olvida: la posición que ocupada cada uno de los
objetos sobre una mesa por la que pasé cuando era niño, o incluso que
anteriormente me acordé de algo y cómo ese incidente recordado era distinto del
recuerdo que de él guardo ahora.
Esta capacidad de
retener fue lo que me convirtió en el alumno preferido del maestro Palaemón,
así que a ella puede atribuírsele la existencia de este relato, pues si él no
me hubiera favorecido, no habría sido enviado a Thrax con la espada.
Hay quien dice que
esta capacidad está unida a la falta de juicio; no soy yo quien puede saberlo.
Pero en ella hay otro peligro, con el que he tropezado muchas veces. Cuando
vuelvo el pensamiento hacia el pasado, como estoy haciendo ahora y como hice
cuando traté de recordar mi sueño, el recuerdo es tan nítido que parece que me
moviera de nuevo en el día que ya murió, un nuevo viejo día, inalterado cada
vez que lo saco a la superficie de mi mente, siendo sus eidólones tan reales
como yo. Ahora mismo soy capaz de cerrar los ojos y penetrar en la celda de
Thecla como lo hice una tarde de invierno; y en seguida mis dedos notan el
calor de su vestido y mi nariz se llena del perfume de su persona, un perfume
como de cálidas azucenas delante del fuego. Le levanto el vestido y abrazo su
cuerpo de marfil, sintiendo sus pechos contra mi cara...
¿Lo ves? Es muy fácil
malgastar horas y días con tales recuerdos, y en ocasiones me sumerjo tanto en
ellos que me embriagan y me ahogan. Eso fue lo que acababa de ocurrir. Los
pasos que oí en la caverna de los hombres monos todavía resonaban en mi mente.
Buscando alguna explicación volví a mi sueño, seguro ahora de que sabía de
dónde procedía y esperando que hubiera revelado más de lo que yo mismo había
aprehendido.
De nuevo me encuentro
subido sobre la mitrada montura de alas de piel. Los pelícanos vuelan bajo
nosotros batiendo las alas rígidas y formalmente, y las gaviotas se lamentan
volando en círculos.
De nuevo vuelvo a
caer por el abismo del aire, avanzo silbando hacia el mar, pero permanezco
suspendido por unos momentos entre olas y nubes. Me doblo para ponerme de
cabeza, dejo que las piernas me sigan detrás como bandera al viento y de esta
manera atravieso el agua y veo flotando en el claro azul la cabeza con cabellos
de serpiente y el animal de múltiples cabezas, y después el jardín de arena,
que se mueve en torbellinos mucho más abajo. La gigantesca figura femenina
levanta unos brazos como troncos de sicómoro, y en la punta de los dedos tiene
garras de amaranto y entonces, de súbito, yo, hasta entonces ciego, comprendí
por qué Abaia me había enviado este sueño y había tratado de reclutarme para la
gran guerra final de Urth.
Mas ahora la tiranía
de la memoria agobiaba mi voluntad. Aunque veía las titánicas odaliscas y su
jardín y sabía que no eran más que trozos recordados de un sueño, no podía
escapar a fascinación de esas mujeres y a la memoria del sueño. Unas manos me
agarraron como si fuera un muñeco, y mientras era así zarandeado entre las
meretrices de Abaia, fui levantado de mi ancho sillón de la posada de Saltus;
y, sin embargo, durante quizás un centenar de latidos más, no pude librar mi
mente del mar y de sus mujeres de cabellos verdes.
—Está durmiendo.
—Tiene los ojos
abiertos.
—¿Nos llevamos la
espada? —dijo una tercera voz.
—Tráela. Quizás haya
trabajo para ella.
Las titanes se
esfumaron. Hombres con piel de antílope y tosca lana impedían que me moviera, y
otro con un corte en la cara apoyaba la punta de un puñal contra mi garganta.
El hombre de mi derecha blandía Terminus Est con la mano libre. Se
trataba del voluntario de barba negra que había ayudado a tirar el muro de la
casa tapiada.
—Alguien viene.
El hombre de la
cicatriz en la cara se hizo a un lado. Oí un ruido metálico en la puerta y la
exclamación que lanzó Jonas al ser empujado hacia dentro.
—Este es tu señor,
¿no? Bueno, amigo, no te muevas ni grites. Vamos a mataros.
IX
El señor del follaje
Nos obligaron a
permanecer de cara a la pared mientras nos maniataban. Después nos ataron las
capas por encima del hombro para ocultar las ataduras y para que pareciera que
caminábamos con las manos unidas por detrás, y nos condujeron al patio, donde
un enorme baluchiterio se mecía de una a otra pata bajo un sencillo howdah de
hierro y cuerno. El hombre que me aferraba el brazo izquierdo golpeó por encima
de nosotros con un palo la corva del animal para hacer que se arrodillara, tras
lo cual nos hicieron subir a lomos de la bestia.
El camino que nos
trajo a Saltus a Jonas y a mí discurría entre montones de escombros procedentes
de las minas, compuestos en gran parte de piedras y ladrillos rotos. Cuando
cabalgué siguiendo las engañosas indicaciones de la carta de Agia, volví a
pasar por más escombros, aunque el camino me llevó sobre todo a través del
bosque por el lado más cercano a la villa. Ahora avanzábamos entre montones de
escoria por donde no había ningún sendero. Los mineros habían descargado en
este lugar, además de mucha basura, todo lo que habían extraído del pasado
enterrado que pudiera manchar el buen nombre de la villa y su industria. Todo
lo que era asqueroso yacía apilado en inestables montones diez veces más altos
que el elevado lomo de un baluchiterio: estatuas obscenas, inclinadas y
desmoronándose, y huesos humanos que aún tenían adherida carne seca y marañas
de cabello. Y con ellos, diez mil hombres y mujeres que, buscando una
resurrección privada, eran ahora cadáveres eternamente imperecederos; yacían
aquí como borrachos después de una bacanal, rotos los sarcófagos de cristal y
las extremidades relajadas en grotesco desarreglo, las ropas podridas o en
trance de pudrirse y los ojos fijamente clavados en el cielo.
Al principio Jonas y
yo habíamos tratado de interrogar a nuestros captores, pero nos habían hecho
callar a golpes. Ahora que el baluchiterio avanzaba entre esta desolación,
parecían más relajados y volví a preguntar adónde nos llevaban. El hombre de la
cicatriz en la cara respondió: —A la naturaleza silvestre, la patria de los
hombres libres y las mujeres adorables.
Pensé en Agia y le
pregunté si la servía. Él rió y negó con un movimiento de la cabeza.
—Mi señor es Vodalus
del Bosque.
—¡Vodalus!
—De modo que lo
conoces, ¿eh? —dijo, y dándole un codazo al hombre de barba negra que venía en
el howdah con nosotros añadió—: Sin duda Vodalus te tratará con mucha
amabilidad por haberte ofrecido con tanto entusiasmo a martirizar a uno de sus
servidores.
—Sí, le conozco
—dije, y ya iba a contar al hombre de la cicatriz mi relación con Vodalus, cuya
vida había salvado el año antes de convertirme en capitán de aprendices. Pero
entonces me pregunté si Vodalus lo recordaría, y sólo dije que si hubiera
sabido que Barnoch servía a Vodalus, de ningún modo me habría prestado a
ejecutar el suplicio. Por supuesto que mentía, pues yo lo sabía y acepté el
encargo remunerado pensando que podría ahorrar algún sufrimiento a Barnoch. Esa
mentira no sirvió; los tres reaccionaron con una risa ahogada, incluso el
conductor, que cabalgaba sobre el cuello del baluchiterio.
Cuando al fin
callaron, pregunté: —Anoche salí de Saltus cabalgando hacia el nordeste.
¿Llevamos el mismo camino ahora?
—¿Así que fue eso?
Nuestro señor vino a buscarte y volvió con las manos vacías. —El hombre de la
cicatriz en la cara sonrió, y observé que no le desagradaba haber triunfado en
la misión en que el propio Vodalus había fracasado.
Jonas susurró: —Vamos
hacia el norte, como puedes comprobar por el sol.
—Sí —dijo el hombre
de la cicatriz en la cara, que tenía sin duda un oído penetrante—. Hacia el
norte, pero no por mucho tiempo. —Y después, para pasar el rato, me describió
los medios con que el señor trataba a los prisioneros, la mayoría de los cuales
eran en extremo primitivos y más propensos a los efectos dramáticos que a una
verdadera agonía.
Como si una mano
invisible hubiera corrido una cortina sobre nosotros, las sombras de los
árboles cayeron sobre el howdah. Atrás quedó el destello de millones de trozos
de cristal y también la fija mirada de los ojos muertos, y penetramos en la
frescura y la verde umbría del bosque alto. Al lado de estos troncos poderosos,
hasta el baluchiterio, cuya altura era la de tres hombres, no parecía más que
un pequeño y escurridizo animalito; y los que íbamos sobre el lomo podíamos
haber sido pigmeos de un cuento infantil que se encaminaban al hormiguero: la
fortaleza del duende diminuto que ejercía de monarca.
Y se me ocurrió que
estos troncos apenas habían sido más pequeños cuando todavía yo no había
nacido, y que habían seguido como ahora cuando yo jugaba siendo niño entre los
cipreses y las pacíficas tumbas de nuestra necrópolis y que permanecerían allí,
bebiendo de la última luz del sol moribundo, igual que ahora, cuando yo
estuviera muerto tanto tiempo como los que allí descansaban. Vi cuán poco
pesaba en la escala de las cosas que yo viviera o muriera, por preciosa que mi
vida fuera para mí. Y de esos dos pensamientos forjé una disposición a
aferrarme a la vida en cualquier ocasión, pero sin importarme demasiado si
conseguía salvarme o no. Creo que gracias a esa disposición conseguí vivir;
para mí ha sido una magia tan fiel que desde entonces la llevo conmigo, no
siempre con éxito, pero sí a menudo.
—Severian, ¿estás
bien?
Era Jonas quien
hablaba. Lo miré, creo, un poco sorprendido.
—Sí. ¿Te parecí
enfermo?
—Por un momento, sí.
—Sólo estaba
reflexionando sobre la familiaridad de este lugar, tratando de comprenderlo.
Creo que me recuerda muchos días de verano en la Ciudadela. Estos árboles son
casi tan grandes como las torres de allí. Muchas de esas torres están envueltas
en yedra, de manera que en los días apacibles de verano la luz tiene entre
ellas esta calidad de esmeralda. También éste es un lugar apacible, como
aquel...
—¿Qué más?
—Tienes que haber ido
en barca muchas veces, Jonas.
—Sí, de vez en
cuando.
—Es algo que quise
hacer desde hace mucho, y lo hice por vez primera cuando a Agia y a mí nos
transportaron a la isla del jardín Botánico, y más tarde cuando atravesamos el
Lago de los Pájaros. El movimiento es muy parecido al de este animal, e igual
de silencioso, con la salvedad del chapoteo ocasional del remo al entrar en el
agua. Ahora siento como si estuviera viajando por el agua a través de la
Ciudadela, remando solemnemente.
Al oír eso, Jonas se
quedó tan serio que viéndole la cara se me escapó una carcajada, y me puse de
pie con la intención, creo, de echar un vistazo por encima del antepecho del
howdah y hacer ver, con algún comentario sobre el suelo del bosque, que todo era
un juego de mi imaginación.
Sin embargo, no había
acabado de levantarme
cuando el hombre de
la cicatriz también lo hizo, poniéndome la punta del puñal a un lado de mi
garganta, y me dijo que volviera a sentarme. Negué despectivamente con la
cabeza.
Entonces blandió el
arma.
—Siéntate o te abro
la barriga.
—¿Y vas a renunciar a
la gloria de llevarme prisionero? No lo creo. Espera a que los otros le cuenten
a Vodalus que me apuñalaste teniéndome maniatado.
Ahora le tocaba jugar
al destino. El hombre de la barba, que tenía a Terminus Est, trató de
desenvainarla, pero como no estaba familiarizado con la manera adecuada de
desnudar una espada tan larga (que consiste en agarrar la empuñadura con una
mano y la garganta de la vaina con la otra y extraer la espada abriendo los
brazos a derecha e izquierda), trató de sacarla tirando, como si arrancara
cizaña en un campo. En su torpeza, uno de los movimientos del vaivén del
baluchiterio lo tomó desprevenido, cayendo contra el hombre de la cicatriz. Los
filos de la espada, capaces de partir un cabello, los cortó a los dos. El
hombre de la cicatriz se echó hacia atrás y Jonas, apresando con un pie por
detrás a este hombre y empujando contra su pierna con la planta del otro, logró
hacerlo caer sobre la barandilla del howdah.
Mientras, el hombre
de la barba había soltado Terminus Est y se miraba la herida, que era
muy larga, pero sin duda poco profunda. Yo conocía esa arma como la palma de mi
mano, y en un momento me volví, me agaché y agarré la empuñadura, y teniéndola
entre los talones, corté las ataduras de mis muñecas. El hombre de la barba
negra sacó entonces una daga y pudo haberme matado si Jonas no le hubiera dado
una patada entre las piernas.
Quedó doblado, y
mucho antes de que pudiera enderezarse yo ya estaba de pie con Terminus Est dispuesta.
La contracción de los
músculos lo catapultó a una posición erguida, como suele suceder cuando el
sujeto no está habituado a arrodillarse; creo que las salpicaduras de la sangre
fue la primera indicación que tuvo el conductor (tan rápido había sucedido todo)
de que algo iba mal. Se volvió para miramos y pude alcanzarlo muy limpiamente,
de un tajo horizontal con una sola mano mientras me inclinaba hacia el exterior
de howdah.
La cabeza de mi
víctima no había acabado de golpear el suelo cuando el baluchiterio avanzó
entre dos enormes árboles tan juntos uno del otro que pareció apretarse entre
ellos como un ratón en el resquicio de una pared. Más allá había un claro más
abierto que todo lo que yo había visto en el bosque. En él crecía la hierba y
el helecho, y sobre este suelo, libre del velo verde, jugueteaba la luz del
sol, rica como el oropimente. En este lugar se alzaba el trono de Vodalus, bajo
el dosel de un emparrado; y sucedió que ahí estaba sentado con la chatelaine
Thea junto a él en el momento en que entramos, juzgando y recompensando a sus
seguidores.
Jonas no vio nada de
eso, pues aún seguía tendido en el suelo de howdah, donde estaba cortando con
la daga la cuerda que le ataba las manos. Lo ayudé a levantarse, pues yo lo
veía todo estando de pie, en equilibrio contra la inclinación del lomo del baluchiterio
y con la espada erguida, ya roja hasta la empuñadura. Cien rostros se volvieron
hacia nosotros, entre ellos el del exultante que ocupaba el trono y la cara en
forma de corazón de su consorte; y en sus ojos vi lo que ellos debieron de
haber visto en esos momentos: el enorme animal cabalgado por un hombre
descabezado, con las patas delanteras teñidas de sangre; yo erguido sobre el
lomo de mi espada y la capa fulígina.
Si me hubiera
agachado o hubiera intentado huir o azuzar al baluchiterio para que corriera
más, hubiera muerto. En lugar de eso, y en virtud de la disposición de ánimo
que había adquirido cuando vi los cuerpos tanto tiempo muertos entre los
escombros de las minas y los árboles eternos, me quedé como estaba, y el
baluchiterio, sin nadie para guiarlo, avanzó con paso uniforme, mientras los
seguidores de Vodalus se hacían a un lado para hacerle paso, hasta que tuvo
delante de él el estrado sobre el que se levantaba el trono y el dosel.
Entonces se detuvo y el cuerpo del hombre muerto se inclinó hacia delante y
cayó sobre el estrado a los pies de Vodalus: y yo, inclinándome muy hacia fuera
del howdah, golpeé al animal detrás de una y otra pata con la parte plana de mi
espada e hice que se arrodillara.
En el rostro de
Vodalus se dibujó una tenue sonrisa que sugería muchas cosas, una de ellas
(quizá la dominante) la diversión.
—Envié a mis hombres
a por el decapitador, y ya veo que han logrado traerlo.
Le saludé con la
espada, sosteniendo la empuñadura ante los ojos como se nos enseñó a hacerlo
cuando un exultante acudía a presenciar una ejecución en el Patio Grande.
—Sieur, es el
antidecapitador a quien os han traído: hace tiempo que vuestra propia cabeza
hubiera rodado sobre un suelo recién removido si no hubiera sido por mí.
Entonces me miró más
de cerca; me miró la cara en vez de la espada o la capa, y después de unos
instantes dijo: —En efecto, tú fuiste aquel joven. ¿Tanto tiempo ha pasado?
—El suficiente,
sieur.
—Hablaremos en
privado de todo esto, pero ahora me esperan mis funciones públicas. Quédate
aquí. —Y señaló al suelo a la izquierda del estrado.
Bajé del baluchiterio
seguido de Jonas, y dos mozos se llevaron el animal. Allí quedamos esperando y
oímos cómo Vodalus impartía órdenes y transmitía planes, recompensaba y
castigaba, durante quizás una guardia. Toda la jactanciosa panoplia humana de
pilares y arcos no es más que una imitación en piedra estéril de los troncos y
las bóvedas que dibujan las ramas del bosque, y aquí me pareció que apenas
había diferencia alguna entre ambas cosas, excepto que la una era gris o blanca
y la otra marrón, y verde pálido. Entonces creí comprender por qué ni el
Autarca con todos sus soldados, ni los exultantes con todas las huestes de sus
servidores podían subyugar a Vodalus; porque ocupaba la fortaleza más poderosa
de Urth, mucho más grande que nuestra Ciudadela, con la que yo la había
parangonado.
Por fin despidió a la
multitud, yendo cada cual a su lugar, y bajó del estrado para hablarme,
agachándose hacia mí como si yo hubiera sido un niño.
—Ya me serviste en
una ocasión —dijo—. Por eso te perdonaré la vida, pase lo que pase, aunque
quizá sea necesario que sigas siendo mi huésped durante algún tiempo. Sabiendo
que tu vida ya no corre peligro, ¿me servirás otra vez?
El juramento de
fidelidad al Autarca que yo había prestado con ocasión de mi ascenso, no tenía
la fuerza suficiente para resistir al recuerdo de esa tarde nebulosa con la que
he comenzado este relato de mi vida. Los juramentos de fidelidad no son más que
meras cuestiones de honor comparados con los beneficios que damos a los otros,
que son cosas del espíritu; basta con que salvemos alguna vez a otro, y somos
suyos para toda la vida. Se suele decir que la gratitud no se encuentra. Eso no
es verdad: quien lo dice es que no ha buscado donde debía. Uno que de verdad
hace un beneficio a otro se encuentra por un momento al mismo nivel que el
Pancreador, y en gratitud por esa elevación servirá al otro todos sus días; y
así se lo dije a Vodalus.
—¡Bien! —dijo, y me
dio una palmada en el hombro—. Ven. No lejos de aquí tenemos preparado algo
para comer. Si tu amigo y tú os sentáis conmigo a la mesa, os diré lo que debe
hacerse.
—Sieur, yo he
deshonrado una vez a mi gremio.
Sólo pido no
deshonrarlo de nuevo.
—Nada de lo que hagas
será conocido
—dijo Vodalus, y eso
me satisfizo.
X
Thea
Acompañados de una
docena de personas, abandonamos el claro a pie, y a media legua de distancia
encontramos entre los árboles una mesa puesta. Yo me coloqué a la izquierda de
Vodalus, y mientras los demás comían yo simulé hacerlo y deleité mis ojos mirándolo
a él y a su señora, a quien tan a menudo había rememorado mientras me
encontraba echado en el camastro entre los aprendices de nuestra torre.
Cuando lo salvé,
mentalmente al menos todavía era un niño, y a un niño todos los adultos le
parecen muy elevados aunque en realidad sean de muy baja estatura. Ahora veía
que Vodalus era tan alto o más que Thecla, y que Thea, la hermanastra de
Thecla, era tan alta como ella. Entonces supe que ambos tenían verdaderamente
sangre exaltada y no eran simples armígeros como lo había sido sieur Racho.
Fue de Thea de quien
me enamoré primero, adorándola por pertenecer al hombre que yo había salvado.
Al comienzo había amado a Thecla porque me recordaba a Thea. Ahora (cuando
muere el otoño y también el invierno y la primavera, y el verano vuelve de
nuevo, siendo el final y también el comienzo del año) volvía a amar a Thea una
vez más, porque ella me recordaba a Thecla.
Vodalus dijo: —Eres
un admirador de las mujeres. —Y yo cerré los ojos.
—Pocas veces he
estado entre gente cortés, sieur. Os pido me perdonéis.
—Como comparto tu
admiración, no hay nada que perdonarte. Aunque espero que no estuvieras
estudiando esa grácil garganta con la idea de cercenarla.
—Jamás, sieur.
—Me alegra mucho
saberlo. —Tomó una fuente con tordos, eligió uno y lo puso sobre mi plato. Era
una señal de predilección especial.— Y sin embargo, admito que estoy un poco
sorprendido. Pues yo hubiera pensado que alguien de tu profesión nos miraría a
los pobres humanos como un carnicero mira el ganado.
—De eso no puedo
informaros, sieur. A mí no me han educado como a un carnicero.
Vodalus se rió.
—¡Buena salida! Casi
lamento ahora que hayas accedido a servirme. Si te hubieses conformado con ser
mi prisionero, hubiéramos intercambiado muchas conversaciones deliciosas
mientras te utilizaba, como era mi intención, como moneda de cambio por la vida
del infortunado Barnoch. Tal como están las cosas, por la mañana te habrás ido.
Sin embargo, creo que tengo una misión para ti que se ajustará a tus
inclinaciones.
—Sin duda, sieur, si
se trata de una misión vuestra.
—Estás perdiendo el
tiempo en el cadalso —sonrió—. Dentro de no mucho te encontraremos un trabajo
mejor. Pero si quieres servirme bien, has de comprender algo sobre la posición
de las piezas en el tablero y el objetivo del juego en que intervenimos. Llama
a ambos bandos blancos y negros, y en honor de tu vestimenta, y
para que sepas dónde están tus intereses, nosotros seremos los negros. Sin duda
te han contado que los negros no somos más que bandidos y traidores; sin
embargo, ¿tienes idea de lo que perseguimos?
—¿Dar jaque mate al
Autarca, sieur?
—Eso estaría bien,
pero no es más que un paso y
no nuestra meta
final. Has venido de la Ciudadela (como ves, sé algo de tus viajes e
historias), esa gran fortaleza de días periclitados, de manera que debes sentir
cierto aprecio por el pasado. ¿Nunca se te ha ocurrido que hace una quilíada la
humanidad era mucho más rica y más feliz que ahora?
—Todo el mundo sabe
—dije— que hemos decaído mucho desde los hermosos días del pasado.
—Como fue entonces
volverá a ser de nuevo: hombres de Urth navegando entre los astros, saltando de
galaxia a galaxia, dueños de los hijos del sol.
La chatelaine Thea,
que sin duda había estado escuchando a Vodalus aunque no lo parecía, me miró
inclinándose y dijo, con voz melosa e insinuante: —¿Sabes, torturador, que
nuestro mundo fue rebautizado? Los hombres del alba fueron al rojo Verthandi,
que entonces era llamado Guerra. Y como estimaron que esa desagradable
denominación disuadiría a los posibles seguidores, le cambiaron el nombre
llamándolo Presente. Era un juego de palabras en la lengua de ellos, pues
significaba tanto «ahora» como «regalo». Al menos, así nos lo explicó una vez a
mi hermana y a mí uno de nuestros tutores, aunque no me imagino ninguna lengua
que pudiera soportar tal confusión.
Vodalus la escuchaba
como si estuviera impaciente por tomar él la palabra. Aunque sus buenas maneras
le impedían interrumpirla.
—Entonces otros, que
por sus propias conveniencias hubieran arrastrado a todo un pueblo al más
recóndito de los mundos habitables, intervinieron también en el juego y
llamaron a ese mundo Skuld o el Mundo del Futuro. De modo que el nuestro se
convirtió en Urth, o Mundo del Pasado.
—Me temo que en eso
estés equivocada —le dijo Vodalus—. Sé de buena fuente que este mundo en que
vivimos se viene llamando así desde lo más remoto de los tiempos. Sin embargo,
tu error es tan encantador que preferiría que tú tuvieras razón y yo estuviera
equivocado.
Thea le sonrió y
Vodalus se volvió y me habló otra vez.
—Aunque la historia
de mi querida chatelaine no explica por qué Urth se llama así, acierta en
cambio en lo importante. En aquellos tiempos la humanidad viajaba con sus
propias naves de un mundo a otro, los dominaba y construía en ellos las
ciudades del Hombre. Ésos fueron los grandes días de nuestra raza, cuando los
padres de los padres de nuestros padres se esforzaban por ser los dueños del
universo.
Hizo una pausa, y
como pareció esperar que le hiciera algún comentario, dije: —Sieur, desde
entonces hemos caído mucho en sabiduría.
—Eso es, ahora
apuntas bien, pero a pesar de toda tu perspicacia, has errado el blanco. No
hemos caído en sabiduría. Donde hemos caído es en poder. Los estudios han
avanzado sin descanso, pero aunque los hombres han aprendido todo lo que se
necesita para alcanzar el poder, la energía del mundo se ha agotado. Ahora
existimos de manera precaria sobre las ruinas de quienes nos precedieron.
Mientras que algunos surcan el aire en sus máquinas voladoras, recorriendo diez
mil leguas al día, nosotros nos arrastramos sobre la piel de Urth incapaces de
ir de un horizonte al siguiente antes de que quien está más al oeste se haya
levantado para velar el sol. Hace un momento hablaste de dar jaque mate a ese
mamarracho del Autarca. Ahora quiero que te hagas a la idea de dos autarcas:
dos grandes poderes que luchan por imponerse. El blanco trata de mantener las
cosas como están, el negro, de encaminar al Hombre por el sendero de la
dominación. Lo llamé negro por casualidad, pero viene a cuento recordar que es
de noche cuando vemos claramente los astros; están muy remotos y son casi
invisibles a la roja luz del día. De estos dos poderes, ¿a cuál servirías?
El viento se movía en
los árboles, y me pareció que en la mesa todo el mundo había callado escuchando
a Vodalus y esperando mi respuesta. Dije: —Al negro, sin duda.
—¡Bien! Pero como
hombre sensato debes comprender que el camino de la reconquista no puede ser
fácil. A aquellos que no desean ningún cambio sus escrúpulos les impedirán
moverse. Somos nosotros quienes debemos hacerlo todo. Nosotros quienes
debemos aventuramos a todo.
Los demás habían
empezado a hablar y a comer de nuevo. Yo bajé la voz hasta que sólo Vodalus
pudo oírme.
—Sieur, hay algo que
no os he contado. No me atrevo a ocultarlo más tiempo por temor a que penséis
que no os soy fiel.
Como dominaba la
intriga mejor que yo, antes de contestar se volvió haciendo como que comía.
—¿Qué es? Suéltalo de
una vez.
—Sieur, tengo una
reliquia: se trata de lo que llaman la Garra del Conciliador.
Mientras le hablaba
estaba mordiendo un muslo de tordo. Vi cómo se detenía y sus ojos se volvían
para mirarme, aunque su cabeza seguía inmóvil.
—¿Deseáis verla,
sieur? Es una gema muy hermosa, y la tengo metida en la bota.
—No —susurró—, bueno,
quizá sí, más tarde, pero no aquí... No, mejor no, definitivamente.
—¿A quién
entregársela entonces?
Vodalus masticó y
tragó.
—Oí decir a unos
amigos de Nessus que había desaparecido. ¿Así que la tenías tú? Debes
quedártela hasta que puedas librarte de ella. No trates de venderla. En seguida
la identificarían. Escóndela en algún lugar. Si es necesario, tírala a un pozo.
—Pero, sieur, sin
duda es muy valiosa.
—Está más allá de
todo valor, lo que significa que no tiene ninguno. Tú y yo somos hombres de
sentido común. —A pesar de lo que decía, noté que hablaba con miedo en la voz.—
Pero el populacho la considera sagrada, y cree que obra todo tipo de
maravillas. Si la tuviera conmigo, me llamarían sacrílego y enemigo de
Teologúmenon. Nuestros señores pensarían que los he traicionado. Tienes que
decirme...
En ese mismo momento,
un hombre que antes no había visto llegó corriendo hasta la mesa; su mirada
indicaba que tenía noticias urgentes. Vodalus se levantó y se alejó unos
pasos con él, y juntos me dieron la impresión de un apuesto maestro de escuela
con un niño, pues la cabeza del mensajero no llegaba al hombro de Vodalus.
Seguí comiendo,
pensando que volvería pronto; pero tras interrogar largo rato al mensajero se
fue con él, desapareciendo entre los anchos troncos de los árboles. Uno tras
otro, los demás también se fueron levantando hasta que no quedamos más que la
hermosa Thea, Jonas y yo, y otro hombre.
—Vais a uniros a
nosotros —dijo Thea, con su seductora voz—. Sin embargo, desconocéis nuestras
maneras. ¿Necesitáis dinero?
Yo dudé, pero Jonas
dijo: —Eso es algo que siempre se agradece, chatelaine, igual que las
desgracias de un hermano mayor.
—A partir de hoy se
os asignará una parte de todo lo que tomemos. Se os entregará cuando regreséis
con nosotros. Mientras tanto, os daré una bolsa a cada uno para ayudaros en el
camino.
—¿Entonces, nos
vamos? —pregunté.
—¿No se os dijo así?
Vodalus os dará instrucciones durante la cena.
Yo había pensado que
ésta sería nuestra última comida del día, y ese pensamiento tuvo que haberse
reflejado en mi rostro.
—Esta noche habrá
cena cuando brille la luna —dijo Thea—. Alguien irá a buscaros. —Y citó unos
versos:
Come al alba para
abrir los ojos,
y al mediodía, para
medrar,
a la tarde, y
hablarás tendido,
a la noche, y sabrás
un poco más...
Pero ahora mi
sirviente Cunialdo os llevará a un lugar donde podáis descansar para el viaje.
El hombre, que hasta
ahora había permanecido en silencio, se puso de pie y dijo: —Venid conmigo.
Le dije a Thea:
—Quisiera hablar contigo, chatelaine, cuando tengamos más tiempo. Sé algo que
concierne a tu compañera de instrucción.
Vio que lo decía en
serio y vi que lo había notado. Después seguimos a Cunialdo por entre los
árboles durante un trecho de algo más de una legua, supongo, y por fin llegamos
a una ribera de hierba junto a una corriente de agua.
—Esperad aquí. Dormid
si podéis. Nadie vendrá hasta que oscurezca.
Pregunté: —¿Y si nos
vamos?
—Por todo este bosque
hay quien conoce los planes de nuestro señor con respecto a vosotros —dijo, y
dando media vuelta se alejó.
Entonces le conté a
Jonas lo que había visto junto a la tumba abierta, exactamente como lo he
escrito aquí.
—Ya entiendo
—observó, cuando hube terminado— por qué quieres unirte a este Vodalus. Pero
debes darte cuenta de que soy amigo tuyo y no de él. Lo que deseo es encontrar
a la mujer que llamas Jolenta. Tú quieres servir a Vodalus y viajar a Thrax
para comenzar una nueva vida en el exilio y lavar la ofensa con que has
manchado el honor de tu gremio, aunque confieso que no entiendo cómo se puede
manchar tal cosa, y encontrar a la mujer llamada Dorcas y hacerlas paces con la
mujer llamada Agia al tiempo que devuelves algo que los dos sabemos a las
mujeres llamadas Peregrinas.
Para cuando terminó
la lista, él sonreía y yo estaba riendo.
—Y aunque tú me
recuerdas al cernícalo del viejo, que se pasó veinte años en una jaula y
después voló en todas direcciones, espero que consigas estas cosas. Pero confió
en que adviertas que es posible (quizás apenas, pero posible al fin y al cabo)
que una o dos de esas cosas se crucen en el camino de las otras cuatro o cinco.
—Lo que dices es muy
cierto —admití—. Estoy tratando de hacer todas esas cosas, y aunque tú no
quieras creerlo, les estoy dedicando todas mis fuerzas y toda la atención de
que soy capaz para llevarlas adelante. Sin embargo, he de admitir que las cosas
no van tan bien como deberían. La diversidad de mis ambiciones no ha hecho más
que traerme a la sombra de este árbol, donde soy un vagabundo sin hogar. Sin
embargo tú, que ocupas tu mente en perseguir un solo objetivo todopoderoso...
mira donde te encuentras.
Así charlando,
pasamos las guardias hasta muy avanzada la tarde. Por encima de nosotros
chirriaban los pájaros, y para mí era muy agradable tener un amigo como Jonas,
leal, razonable y lleno de tacto, sabiduría, humor y prudencia. Por entonces,
yo no tenía ni idea de la historia de su vida, pero advertía que era menos que
franco a propósito del pasado, y traté, sin aventurarme a preguntárselo
directamente, de sonsacarle alguna cosa. Y supe (o al menos así lo creí) que su
padre había sido artesano, que fuera criado por ambos padres de un modo que
llamó normal, aunque de hecho eso es bastante raro, y que su hogar lo había
tenido en una ciudad costera del sur, pero que la última vez que fue a
visitarla la había encontrado tan cambiada que no quiso quedarse.
Cuando nos conocimos
junto a la Muralla, pensé que era unos diez años mayor que yo. Por lo que decía
ahora, y en menor grado por otras charlas que habíamos tenido antes, deduje que
debía de ser algo mayor; parecía haber leído muchas crónicas del pasado, y yo
aún era demasiado iletrado e ingenuo, a pesar de que el maestro Palaemón y
Thecla habían cultivado mi mente, para pensar que alguien hubiera podido
hacerlo mucho antes de alcanzarla madurez. Mostraba un ligero desapego cínico
por la humanidad que sugería que había visto mucho mundo.
Todavía estábamos
charlando cuando atisbé la grácil figura de la chatelaine Thea moviéndose entre
los árboles a cierta distancia. Le hice una señal a Jonas y nos callamos para
observarla. Se dirigía hacia nosotros sin habernos visto, de modo que avanzaba
a ciegas, como aquellos a quienes se les ha indicado una dirección.
Ocasionalmente un rayo de sol le caía sobre el rostro, que, cuando se
encontraba por casualidad de perfil, sugería tan vivamente el de Thecla que su
contemplación parecía desgarrarme el pecho. También caminaba como Thecla, con
ese andar orgulloso de foróracos que nunca debió haberse puesto entre rejas.
—Tiene que ser de una
familia realmente antigua —susurré a Jonas—. ¡Fíjate en ella! Es como una
dríade. Diríase un sauce caminando.
—Esas familias son
las más nuevas de todas —me respondió—. En tiempos antiguos no había nada
parecido.
No creo que ella
estuviera bastante cerca como para entender lo que hablábamos; pero me pareció
que había oído la voz de Jonas y miró hacia nosotros. La saludamos con la mano y
ella se apresuró, y con pasos largos y sin necesidad de correr llegó
en seguida hasta nosotros. Nos pusimos de pie y volvimos a sentarnos. Entonces
ella se sentó sobre su pañuelo, volviendo el rostro hacia el arroyo.
—Dijiste que tenías
que contarme algo de mi hermana. —La voz la hacía parecer menos imponente, y
sentada era apenas más alta que nosotros.
—Fui su último amigo
—dije—. Me dijo que intentarían que persuadieras a Vodalus para que se
entregara, con el fin de salvarla. ¿Sabías que fue hecha prisionera?
—¿Tú fuiste su
sirviente? —Thea pareció sopesarme con la mirada.— Sí, oí decir que la llevaron
a ese lugar horrible de los tugurios de Nessus, donde entendí que murió muy
rápidamente.
Pensé en el tiempo
que estuve esperando al otro lado de la puerta de Thecla antes de que corriera
hacia fuera el hilo escarlata de su sangre, pero asentí con la cabeza.
—¿Cómo fue detenida?
¿Lo sabes?
Thecla me había
contado los detalles y yo volví a exponerlos como los oí de ella, sin omitir
nada.
—Ya veo —dijo Thea, y
calló unos momentos, fijando la mirada en el agua que corría—. He echado de
menos la corte, por supuesto. Haber oído de esas gentes, y de cómo la
envolvieron en el tapiz... es tan característico... por eso la abandoné.
—También ella en
ocasiones la echaba de menos —dije—. Al menos, hablaba mucho de ella, pero me
confesó que si llegaban a soltarla, no regresaría. Me habló de la casa de campo
de donde le venía el título, y me contó cómo la volvería a arreglar y cómo organizaría
cenas y cacerías para la gente importante de la región.
El rostro de Thea se
contorsionó en una sonrisa amarga.
—Ya he tenido
bastantes cacerías como para diez vidas enteras. Pero cuando Vodalus sea
autarca, seré su consorte. Entonces volveré a caminar junto a la Fuente de las
Orquídeas, esta vez con las hijas de cincuenta exultantes detrás de mí para
divertirme con sus cantos. Pero basta de eso. Todavía quedan al menos unos
meses. Por el momento poseo... lo que poseo.
Nos miró sombríamente
a Jonas y a mí, y se levantó muy grácilmente, indicando con un gesto que
teníamos que seguir donde estábamos.
—Me alegró oír algo
de mi hermanastra. Esa casa de la que acabas de hablar es mía. ¿Lo sabes?
Aunque no puedo reclamarla. Como recompensa, te advertiré sobre la cena que
pronto compartiremos. No parecías aceptar de buen grado las insinuaciones que
te hacía Vodalus. ¿Las entendiste?
Cuando Jonas no dijo
nada, yo negué sacudiendo la cabeza.
—Para que nosotros y
nuestros aliados y señores que esperan en las regiones situadas bajo las
mareas, triunfemos, tenemos que absorber todo lo que pueda aprenderse del
pasado. ¿Sabéis algo del alzabo analéptico?
—No, chatelaine
—dije—, pero he oído historias sobre ese animal. Dicen que puede hablar y que
de noche visita las casas donde muere un niño y llora para que lo dejen entrar.
Thea asintió.
—Ese animal fue
traído de los astros hace mucho tiempo, como muchas otras cosas para beneficio
de Urth. El animal no tiene más inteligencia que un perro, quizás incluso
menos. Pero es carroñero y revuelve las tumbas, y cuando se alimenta de carne
humana, logra conocer, al menos durante un tiempo, la lengua y las maneras de
los seres humanos. El alzabo analéptico se obtiene de una glándula en la base
del cráneo del animal. ¿Me entendéis?
Cuando ella se alejó,
Jonas no me miraba y yo no lo miraba a él. Los dos sabíamos a qué fiesta íbamos
a asistir esa noche.
XI
Thecla
Después de estar
sentados, muchos tiempo (aunque probablemente sólo fueron unos instantes) no
pude seguir aguantando lo que sentía. Me fui junto a la corriente de agua y
arrodillado allí sobre la tierra blanda devolví la cena que había comido con
Vodalus; y cuando no quedó más por echar, seguí allí, dando arcadas y
temblando, mientras me enjuagaba la cara y la boca, al tiempo que el agua fría
y clara lavaba, llevándoselo, el vino y la carne a medio digerir que yo había
vomitado.
Cuando por fin pude
sostenerme en pie, me volví hacia Jonas y le dije: —Debemos irnos.
Me miró como si me
tuviera lástima, y supongo que así era.
—Tenemos a todos los
guerreros de Vodalus a nuestro alrededor.
—Veo que no te
mareaste como yo. Pero ya has oído quienes son sus aliados. Tal vez Cunialdo
estaba mintiendo.
—He oído caminar
entre los árboles a nuestros guardianes. No son tan silenciosos. Tú, Severian,
tienes tu espada y yo un cuchillo, pero los hombres de Vodalus tienen arcos.
Los que estaban con nosotros en la mesa, casi todos los tenían. Podemos tratar
de escondernos tras los troncos como aloetas...
Comprendí lo que
quería decir, y comenté: —Todos los días matan aloetas.
—Pero nadie las caza
de noche. En una guardia o menos habrá oscurecido.
—¿Vendrás conmigo si
esperamos hasta entonces? —Y le alargué mi mano.
Jonas la apretó con
la suya.
—Severian, amigo mío,
me contaste que viste a Vodalus, a esta chatelaine Thea y a otro hombre, junto
a una tumba violada. ¿No sabías qué planeaban hacer con lo que sacaron de allí?
Por supuesto que lo
había sabido, pero entonces ese conocimiento había sido remoto y en apariencia
irrelevante. Y ahora me encontraba con que no tenía nada que responder, y casi
nada en qué pensar salvo la esperanza de que la noche llegara pronto.
Pero más pronto
llegaron los hombres que Vodalus envió por nosotros: cuatro tipos fornidos,
quizás ex campesinos que portaban berdiches, y un quinto, con cierto aspecto de
armígero, que llevaba puesto el espadón de un oficial. Tal vez estos hombres se
encontraban entre la multitud que frente al estrado nos había visto llegar; en
todo caso, parecían decididos a no correr riesgos con nosotros y nos rodearon
con las armas dispuestas aun cuando nos saludaron como amigos y camaradas de
armas. Jonas alegró la cara todo lo que pudo, y charló con ellos mientras nos
escoltaban avanzando por los senderos del bosque; yo era incapaz de pensar en
otra cosa que en la dura prueba que nos esperaba, y caminaba como si fuéramos
al fin del mundo.
Urth le volvió la
cara al sol mientras avanzábamos. Ningún resplandor de estrellas atravesaba el
apretado follaje, y sin embargo nuestros guías conocían tan bien el camino que
apenas aminoraron la marcha. A cada paso que dábamos, yo quería preguntarles si
nos obligarían a participar en la comida a la que éramos conducidos, pero
entendí en seguida que negarse, o parecer que uno quería negarse, destruiría
toda la confianza que Vodalus pudiera tener en mí, poniendo en peligro mi
libertad y quizá mi vida.
Nuestros cinco
guardianes, que al principio no habían respondido más que a regañadientes a las
bromas y preguntas de Jonas, se fueron poniendo más alegres a medida que mi
desesperación aumentaba, charlando como si fueran camino de una fiesta de
borrachos o un burdel. Sin embargo, aunque por sus voces se adivinaba lo que
nos esperaba, los sarcasmos que proferían eran tan ininteligibles para mí como
lo serían para un niño las bromas de las libertinas: —¿Llegarás lejos esta vez?
¿Vas a volver a ahogarte de nuevo? (Esto hablaba, como una voz incorpórea en la
oscuridad, el hombre que cerraba la marcha de nuestro grupo.)
—Por Erebus, me voy a
zambullir tanto que no me verás hasta el invierno.
Una voz que
identifiqué como la de un armígero preguntó: —¿No la habéis visto todavía? —Los
demás se habían mostrado simplemente jactanciosos, pero detrás de estas
sencillas palabras había una clase de anhelo que yo nunca había oído antes.
Igual podía haber sido un viajante perdido preguntando por su casa.
—No, Waldgrave.
(Otra voz.) —Alcmund
dice que está bien, ni vieja ni demasiado joven.
—Espero que no se
trate de otra tríbada.
—Yo no...
La voz se
interrumpió; o quizá dejé de atender a lo que decía. Pues había visto el
resplandor de una luz entre los árboles.
Unos pasos más y pude
distinguir antorchas y oír el sonido de muchas voces. Alguien enfrente ordenó
que nos detuviéramos, y el armígero se adelantó y murmuró la contraseña.
Pronto me encontré
sentado sobre el mantillo del bosque, con Jonas a mi derecha y una silla baja
de madera tallada a mi izquierda. El armígero se había puesto a la derecha de
Jonas, y el resto de los presentes (casi como si hubieran estado esperando nuestra
llegada) formaron un círculo cuyo centro era un farol naranja que humeaba bajo
las ramas de un árbol.
No se encontraban
presentes más allá de un tercio de quienes habían asistido a la audiencia del
claro, pero por sus atuendos y armas me pareció que en su mayor parte eran los
de jerarquía más elevada, y con ellos se encontraban quizá los miembros de ciertos
mandos guerreros que gozaban de favor. Había cuatro o cinco hombres por cada
mujer, pero éstas parecían tan aguerridas como los hombres, y en todo caso, más
impacientes porque la fiesta comenzara.
Llevábamos cierto
tiempo esperando cuando Vodalus hizo su dramática aparición desde la oscuridad
y avanzó a través del círculo. Todos los presentes se levantaron, y volvieron a
sentarse cuando Vodalus se acomodó en la silla tallada que había junto a mí.
Casi en seguida, un
hombre vestido con la librea de un sirviente de casa noble vino avanzando hasta
quedar en el centro del círculo bajo la luz naranja. Llevaba una bandeja con
una botella grande y otra pequeña y una copa de cristal. Hubo un murmullo; no
se trataba de palabras, pensé, sino del sonido de cien pequeños ruidos de
satisfacción, de respiraciones aceleradas y lenguas que se relamían. El hombre
de la bandeja permaneció inmóvil hasta que los sonidos se hubieron apagado,
después avanzó hacia Vodalus con pasos comedidos.
La voz embaucadora de
Thea dijo detrás de mí: —El alzabo de que te hablé está en la botella más
pequeña. La otra contiene un compuesto de hierbas estomacales. Bebe un buen
trago de la mezcla.
Vodalus se volvió a
mirarla con una expresión de sorpresa.
Ella penetró en el
círculo, pasando entre Jonas y yo, y después entre Vodalus y el hombre que
llevaba la bandeja, y por fin se colocó a la izquierda de Vodalus. Vodalus se
inclinó hacia ella con intención de hablarle, pero el hombre de la bandeja
había empezado a mezclar los contenidos de las botellas en la copa, y él
pareció pensar que el momento era inapropiado.
El hombre de la
bandeja la movió en círculos para imprimir al líquido un suave movimiento de
remolino.
—Muy bien —dijo
Vodalus. Cogió la copa de la bandeja con ambas manos se la llevó a la boca, y
después me la pasó—. Como te ha dicho la chatelaine, tienes que beber un buen
trago. Si bebes menos, la cantidad no bastará, y no compartirás nada. Si tomas
más, no sacarás ningún provecho y la droga, que es muy preciosa, se habrá
desperdiciado.
Bebí de la copa como
me había indicado. La mezcla tenía la amargura de la hiel y parecía fría y
fétida, recordándome un día de invierno, ya hace mucho, cuando se me ordenó
limpiar el desagüe exterior que llevaba las aguas servidas de las dependencias
de los oficiales. Por un momento sentí que algo me subía a la garganta como
había ocurrido junto al arroyo, aunque en verdad nada me quedaba en el estómago
que pudiera subir. Me atraganté y tragué, y pasé la copa a Jonas, y a
continuación descubrí que la saliva me llenaba la boca.
Jonas tuvo tantas
dificultades o más que yo, pero lo consiguió al fin y pasó la copa al waldgrave
que había capitaneado a nuestros guardianes. Después vi cómo la copa recorría
lentamente el círculo. Su contenido parecía alcanzar para diez bebedores; cuando
se hubo agotado, el hombre de la librea limpió el borde, volvió a llenar la
copa, y la ronda comenzó otra vez.
Gradualmente, este
hombre pareció perder la forma sólida que es natural a un objeto redondeado y
fue quedándose en sólo una silueta, una mera figura de madera recortada.
Recordé las marionetas que había visto en sueños la noche que compartí el lecho
con Calveros.
También el círculo
donde estábamos sentados, aunque sabía que contenía treinta o cuarenta
personas, parecía recortado en papel y doblado como una corona de juguete. A mi
izquierda y a mi derecha, Vodalus y Jonas eran normales, pero el armígero
parecía ya un dibujo esbozado, y también Thea.
Cuando el hombre de
la librea la alcanzó, Vodalus se puso de pie, y moviéndose con tan poco
esfuerzo que podía haber sido impulsado por la brisa de la noche, avanzó como
flotando hacia el farol. A la luz naranja parecía encontrarse muy lejos, y sin
embargo yo sentía su mirada como se siente el calor del brasero donde se
preparan los hierros candentes.
—Antes de compartir
hay que hacer un juramento —dijo, y por encima de nosotros los árboles
asintieron solemnemente—. Por la segunda vida que vais a recibir, ¿juráis no
traicionar nunca a los aquí reunidos? ¿Y que consentiréis en obedecer, sin
dudas ni escrúpulos, hasta la muerte si es necesario, a Vodalus como vuestro
caudillo escogido?
Traté de asentir con
los árboles, y cuando pareció insuficiente, dije: —Consiento—.
Y Jonas dijo: —Sí.
—¿Y que obedeceréis,
como si fuera Vodalus, a cualquier persona a quien Vodalus ponga por encima de
vosotros?
—Sí.
—Sí.
—¿Y que guardaréis
este juramento por encima de todos los demás que hubierais jurado antes o que
juréis después de ahora?
—Lo guardaremos —dijo
Jonas.
—Sí —dije yo.
La brisa desapareció.
Era como si algún espíritu inquieto hubiera asistido a la reunión y de pronto
se hubiera desvanecido. De nuevo Vodalus estaba en su silla a mi lado. Se
inclinó hacia mí. No me di cuenta si arrastraba la voz. Pero algo en sus ojos
me decía que estaba bajo la influencia del alzabo, y quizá tan profundamente
como yo.
—No soy un erudito,
pero sé que a menudo las grandes causas se alcanzan con los medios más bajos. A
las naciones las une el comercio; el precioso marfil y las raras maderas de los
altares y relicarios se mezclan con las entrañas hervidas de innobles animales;
los hombres y mujeres se unen mediante los órganos de la eliminación. De ese
tipo es la unión entre tú y yo, y de ese modo nos uniremos ambos, de aquí a
unos instantes, con un mortal que volverá a vivir otra vez en nosotros, y con
fuerza durante algún tiempo, gracias a los efluvios obtenidos de la molleja de
una de las bestias más inmundas. De ese modo brotan las flores en el estiércol.
Asentí con un
movimiento de cabeza.
—Esto nos fue
enseñado por nuestros aliados, los que esperan a que el hombre se purifique
otra vez, dispuestos a unirse a ellos para conquistar el universo. Fue traído
por los otros con propósitos malignos que esperaban mantener ocultos. Te lo
digo porque tal vez tú, cuando vayas a la Casa Absoluta, los encuentres, a
aquellos a quienes el vulgo llama cacógenos y la gente culta, extrasolares o
hieródulos. Has de tener cuidado en no llamarles la atención, pues si te miran
de cerca sabrán por determinadas señales que has utilizado el alzabo.
—¿La Casa Absoluta?
—Aunque sólo por un instante, ese pensamiento dispersó las nieblas de la droga.
—Por supuesto. Allí
tengo a alguien a quien debo transmitir ciertas instrucciones, y he sabido que
el grupo de comediantes al que una vez perteneciste será recibido allí para un
tiaso dentro de unos días. Te volverás a unir a ellos y aprovecharás la oportunidad
para dar lo que yo te daré —y rebuscó en su túnica— a aquel que te diga: «La
carraca pelágica avista tierra». Y si a su vez él te da un mensaje, puedes
confiárselo a quienquiera que te diga: «Vengo de las quercine penetralia».
—Señor —dije—, me da
vueltas la cabeza. –Y añadí, mintiendo:— No puedo recordar esas palabras... Ya
las he olvidado. ¿No os oí decir que Dorcas y el otro estarán en la Casa
Absoluta?
Vodalus puso con
fuerza en mi mano un objeto pequeño que por la forma parecía un cuchillo. Lo
miré, era un eslabón, como el que se utiliza para encender fuego golpeándolo
con pedernal.
—Te acordarás —dijo—.
Y nunca olvidarás tu juramento de fidelidad hacia mí. Muchos de los que ves
aquí vinieron, como lo pensaban, sólo una vez.
—Pero, sieur, la Casa
Absoluta...
Las notas aflautadas
de una upanga sonaron desde los árboles detrás del lado más alejado del
círculo.
—Debo irme pronto
para acompañar a la novia, pero no tengas temor. Hace algún tiempo conociste a
un hombre de los míos...
—¡Hildegrin! Sieur,
no entiendo nada.
—Sí, utiliza ese
nombre entre otros. Pensó que no era muy corriente ver a un torturador tan
lejos de la Ciudadela, y además hablando de mí, de modo que pensó que valía la
pena vigilarte aunque no tenía ni idea de que me habías salvado aquella noche.
Desgraciadamente, los vigilantes te perdieron de vista en la Muralla; desde
entonces han venido observando los movimientos de tus compañeros de viaje con
la esperanza de que te unieras de nuevo a ellos. Supuse que un exiliado
elegiría ponerse de nuestro lado y de ese modo retener a mi pobre Barnoch el
tiempo suficiente para que nosotros lo liberáramos. Anoche yo mismo fui a
caballo a Saltus para hablar contigo, pero acabaron robándome la montura y no
conseguí nada. Hoy, pues, era necesario que te encontráramos no importa cómo
para evitar que ejercieras tu oficio con mi servidor; pero yo aún tenía
esperanzas de que te unieras a nuestra causa, y por esa razón ordené a los
hombres que te trajeran vivo. Eso me ha costado tres hombres y me ha reportado
dos... Ahora la cuestión es saber si estos dos compensarán a los otros tres.
Entonces Vodalus se
puso de pie, con cierta inseguridad; agradecí a la Sacra Katharine que yo no
tuviera que levantarme, pues estaba seguro de que las piernas no me
sostendrían. Algo borroso y blanco y dos veces más alto que un hombre salía
como navegando de entre los árboles entre los trinos de la upanga. Todos los
presentes se volvieron a mirarla y Vodalus se acercó con paso arrastrado. Thea
se inclinó sobre la silla de Vodalus.
—¿No es adorable? Han
conseguido maravillas.
Era una mujer sentada
en una litera de plata que seis hombres llevaban a hombros. Por un momento
pensé que era Thecla, tanto se le parecía a la luz anaranjada. Al fin comprendí
que se trataba de una imagen, hecha quizá de cera.
—Dicen que es
peligroso —dijo la voz embaucadora de Thea— cuando se ha conocido al compartido
en vida; cuando se juntan los recuerdos, el cerebro puede desconcertarse. Sin
embargo yo, que la quise, correré ese riesgo; y sabiendo por tu mirada cuando
hablabas de ella que también lo desearías, no le dije nada a Vodalus.
Vodalus levantó la
mano para tocar el brazo de la figura mientras era transportada a través del
círculo, esparciendo alrededor un olor dulce e inconfundible. Me acordé de los
agutíes que se servían en los banquetes de nuestras mascaradas, con la piel de coco
especiado y los ojos de frutas en conserva, y supe que lo que yo veía no era
más que una recreación de ese tipo: un ser humano en carne asada.
Creo que en ese
momento me hubiera vuelto loco de no haber sido por el alzabo. El alzabo se
interponía entre mi percepción y la realidad como un gigante de niebla, que
permitía verlo todo sin aprehender nada. También tenía yo otro aliado: se
trataba del conocimiento que crecía en mí, de la certidumbre de que si ahora
consintiera y devorase alguna parte de la sustancia de Thecla, las huellas de
su pensamiento, que de otro modo pronto se perderían en la carne corrupta,
penetrarían en mí y perdurarían, aun atenuadas, mientras yo viviera.
Llegó el
consentimiento. Lo que estaba a punto de hacer ya no me parecía inmundo ni
espantoso. Al revés, me abrí a Thecla y engalané de bienvenida la esencia de mi
ser. También llegó el deseo, nacido de la droga, un hambre que ningún otro
manjar podía satisfacer, y cuando paseé la mirada por el círculo vi que ese
hambre estaba en todos los rostros.
El servidor de la
librea, de quien pienso que debió de haber pertenecido a la antigua casa de
Vodalus y que se exilió con él, se unió a los seis que habían traído a Thecla
al círculo y ayudó a bajar la litera. Durante un momento las espaldas de los
hombres me impidieron ver. Cuando se apartaron, ella había desaparecido; no
quedaban más que trozos de carne humeante puestos sobre lo que podía haber sido
un mantel blanco... Comí y esperé, suplicando el perdón. Ella merecía el
sepulcro más suntuoso, un mármol inapreciable de exquisita armonía. En cambio
la sepultarían en mi taller de torturador, de suelo cepillado e instrumentos
ocultos bajo guirnaldas de flores. El aire de la noche era fresco, pero yo
sudaba. Esperé a que ella viniera, sintiendo las gotas que me resbalaban por el
pecho desnudo y mirando al suelo porque tenía miedo de verla en las caras de
los demás antes de sentirla en mí mismo.
Justo cuando ya
desesperaba, ella estaba allí, llenándome como una melodía llena una casa de
descanso. Yo me encontraba con ella, corriendo junto al Acis cuando éramos
niños. Conocía la antigua villa en medio de un oscuro lago, el paisaje a través
de las polvorientas ventanas del belvedere, y el espacio secreto en ese rincón
particular entre dos habitaciones donde nos sentábamos al mediodía para leer a
la luz de una vela. Yo conocía la vida en la corte del Autarca, donde el veneno
esperaba en una taza de diamante. Supe lo que era, para alguien que nunca había
visto una celda ni había conocido el látigo, ser prisionero de los
torturadores, y lo que significaba la agonía y la muerte.
Supe que para ella yo
había sido más de lo que había imaginado, y por último caí en un sueño en el
que ella aparecía siempre. No eran sólo recuerdos, que antes había tenido a
montones. Tomé sus pobres y frías manos entre las mías, y ya no llevaba los harapos
de aprendiz ni la capa fulígina de oficial. Ambos éramos uno, desnudo y feliz y
limpio, y sabíamos que ella ya no era y que yo todavía vivía, y no luchábamos
contra nada de eso, y con los cabellos entrelazados leíamos de un único libro y
hablábamos y cantábamos sobre otras cosas.
XII
Los nótulos
De mis sueños de
Thecla pasé directamente a la mañana. En algún instante estuvimos caminando
juntos y en silencio, en lo que seguramente tuvo que ser el paraíso que el Sol
Nuevo, dicen, abre a quienes en el momento final llaman a él; y aunque los
sabios opinan que está cerrado para quienes se autoejecutan, no puedo dejar de
pensar que aquel que tanto perdona, en ocasiones también ha de perdonar eso. Al
instante siguiente tuve frío y había una luz molesta y aves que piaban.
Me senté. Mi capa
estaba empapada de rocío, y rocío tenía sobre la cara, como si fuera sudor.
Junto a mí, Jonas había empezado a removerse. A diez pasos de distancia, dos
grandes diestreros, uno de color vino blanco y el otro negro sin manchas,
tascaban los frenos y pateaban con impaciencia. Del festín y de
los festejantes ya no quedaba más rastro que de Thecla, a quien nunca he vuelto
a ver de nuevo y a quien ya no espero ver en esta vida.
Terminus Est estaba junto a mí en la hierba, segura en la tosca y bien
lubricada vaina. La cogí y caminé colina abajo hasta que encontré una
corriente de agua donde intenté refrescarme. Cuando regresé, Jonas estaba
despierto. Le indiqué dónde estaba el agua y durante su ausencia dije mi adiós
a la muerta Thecla.
Sin embargo, alguna
parte de ella todavía queda en mí. En ocasiones yo, el que recuerda, no soy
Severian, sino Thecla, como si mi mente fuera un cuadro enmarcado y con
cristal, y Thecla estuviera delante de ese cristal y se reflejara en él. Y
también desde esa noche, cuando pienso en ella sin pensar a la vez en un
momento o lugar determinados, la Thecla que surge de mi imaginación está de pie
ante un espejo con una túnica centelleante, blanca como el rocío y que apenas
le cubre los pechos, pero que cae en cascadas siempre cambiantes. Por un
momento la veo allí de pie; las manos se levantan para tocar nuestra cara.
Después desaparece en
los torbellinos de una habitación con paredes y techo y suelo de espejos; no
cabe duda de lo que veo en esos espejos: la memoria que ella guarda de su
propia imagen, pero tras dar un paso o dos ella se desvanece en la oscuridad y
dejo de verla.
Para cuando Jonas
hubo regresado yo ya había dominado mi dolor y era capaz de fingir que
examinaba nuestras monturas.
—La negra es para ti
—dijo— y la baya para mí, obviamente. Aunque las dos parecen valer más que
cualquiera de nosotros, como dijo el marinero al cirujano que le amputó las
piernas. ¿A dónde nos dirigimos?
—A la Casa Absoluta.
—Vi la incredulidad en su cara.— ¿Oíste mi charla de anoche con Vodalus?
—Oí ese nombre, pero
no que nos dirigiéramos allí.
Como he dicho antes,
no soy jinete, pero puse el pie en el estribo del diestrero negro y monté. En
el corcel que robé a Vodalus dos noches antes, la silla de montar estaba alta,
y aunque endiabladamente incómoda, era muy difícil caerse de ella; este diestrero
negro sólo llevaba una capa de terciopelo acolchado, de aspecto lujoso pero
también traicionero. No bien me hube instalado, el diestrero empezó a bailar
con ganas.
Tal vez era el peor
momento, pero también el único. Pregunté: —¿Cuánto recuerdas?
—¿Sobre la mujer de
anoche? Nada. —Jonas esquivó el corcel negro, soltó las riendas del bayo y lo
montó.— No comí. Vodalus te estaba observando y ellos, una vez bebida la droga,
no se fijaban en mí, y de todos modos he aprendido el arte de aparentar que como
sin comer de veras.
Lo miré sorprendido.
—Lo he practicado
contigo varias veces; ayer, durante el desayuno, por ejemplo. Mi apetito no es
grande, y le encuentro ventajas sociales. —Mientras acosaba a su bayo una
cuesta abajo en el bosque, gritó por encima del hombro:— Resulta que conozco el
camino bastante bien, por lo menos la mayor parte. ¿Pero te importaría decirme
por qué garfios?
—Dorcas y Jolenta
estarán allí —dije—. Y tengo un encargo de nuestro señor, Vodalus. —Como era
casi seguro que nos vigilaban, no dije que no tenía intención de cumplirlo.
Llegado a este punto,
he de pasar muy rápidamente por encima de los acontecimientos de varios días
pues sino mi relato no acabaría nunca. Cabalgando con Jonas, le conté todo lo
que Vodalus me había dicho y mucho más. Hicimos alto en los pueblos y ciudades
que encontramos, y en ellos practiqué los conocimientos de mi oficio, no porque
el dinero que ganaba nos fuera estrictamente necesario (puesto que teníamos las
bolsas que nos había asignado la chatelaine Thea, una gran parte de mi paga de
Saltus y el dinero' que Jonas había obtenido por el oro del hombre mono), sino
para borrar toda sospecha.
Al amanecer del
cuarto día aún nos apresurábamos hacia el norte. A nuestra derecha, el Gyoll
reflejaba el sol como un dragón que avanzara perezoso guardando el camino
prohibido que era de hierba en la ribera. El día anterior habíamos visto una
patrulla de ulanos, hombres que cabalgaban de manera parecida a nosotros y
llevaban lanzas como las que acabaron con los viajeros en la Puerta de la
Piedad.
Jonas, que desde que
partimos se había mostrado inquieto, murmuró: —Hemos de apresurarnos si
queremos acercarnos a la Casa Absoluta esta noche. Ojalá Vodalus te hubiera
dado la fecha en que comienza la celebración y algunos indicios de cuánto va a
durar.
Yo pregunté: —¿Sigue
estando lejos la Casa Absoluta?
Él señaló hacia una
isla en el río.
—Me parece que
recuerdo esa isla, y dos días más tarde algunos peregrinos me dijeron que la
Casa Absoluta estaba cerca. Me previnieron contra los pretorianos y parecían
saber de qué hablaban.
Imité a Jonas, y puse
al trote mi montura.
—Ibas caminando.
—Montaba a mi
petigallo. Supongo que nunca volveré a ver a la pobre bestia. Cuando iba
deprisa avanzaba menos que estos animales a paso lento, te lo aseguro. Pero no
estoy convencido de que los diestreros sean dos veces más rápidos.
Iba a decirle que no
creía que Vodalus nos hubiera despachado entonces si no hubiera pensado que
llegaríamos a tiempo a la Casa Absoluta, cuando algo, que al principio me
pareció un enorme murciélago, pasó deslizándose a un palmo sobre mi cabeza.
Yo no sabía qué era,
pero Jonas sí. Gritó palabras que no entendí y arreó a mi diestrero con los
extremos de sus riendas. La bestia dio un salto hacia delante y casi me tumbó,
y en un instante nos encontramos galopando como locos. Recuerdo haber pasado como
una centella por entre dos árboles sin que sobrara más de un palmo a ambos
lados, mientras que veía la silueta de la criatura recortada contra el cielo
como una mancha de hollín. Un momento más tarde matraqueaba entre las ramas
detrás de nosotros.
Cuando dejamos atrás
el margen del bosque y nos adentramos más allá en la seca hondonada, dejé de
verla; pero cuando llegamos a la parte baja y comenzamos a subir por el otro
lado, emergió de entre los árboles, más desgarrado que nunca.
Durante el lapso de
una oración pareció que nos había perdido de vista, remontándose a un costado
de nuestro propio camino y volviendo luego sobre nosotros en un vuelo
prolongado y horizontal. Desenvainé Terminus Est, y golpeándole el
cuello con las riendas, llevé a mi animal entre la cosa voladora y Jonas.
Aunque nuestros
diestreros eran rápidos, la criatura era todavía más rápida. Si mi espada
hubiera sido puntiaguda, creo que podría haberla ensartado mientras descendía;
en ese caso es probable que yo hubiera muerto. Pero le acerté con un mandoble.
Fue como cortar el aire, y me pareció que la cosa era demasiado ligera y dura,
aun para filo tan mordiente. Un instante más tarde se partió como un trapo.
Sentí una breve sensación de calor, como si la puerta de un horno se hubiera
abierto y cerrado sin ruido.
Yo hubiera desmontado
para examinarlo, pero Jonas gritó y me hizo señas. Habíamos dejado muy atrás
los bosques altos que rodean Saltus, y estábamos entrando en un terreno muy
accidentado de pronunciadas colinas y ásperos cedros. Había un bosquecillo en lo
alto de la cuesta. Nos lanzamos como locos a las enmarañadas ramas, tumbados
sobre los cuellos de nuestras monturas. Pronto el follaje fue tan espeso que
sólo pudimos avanzar a paso lento. Casi en seguida llegamos a una pared de
roca, y nos vimos obligados a detenernos. Cuando dejamos de abrirnos camino
entre las ramas, oí otra cosa detrás de nosotros, crujidos secos, como si un
pájaro herido aleteara entre las copas de los árboles. La fragancia medicinal
de los cedros me oprimía los pulmones.
—Debemos salir de
aquí—Donas jadeó—, o al menos seguir avanzando. —El extremo astillado de una
rama le había horadado la mejilla, y cuando hablaba le corría un hilo de
sangre. Después de mirar en ambas direcciones, escogió la que llevaba al río,
por la derecha, y azotó a su montura para obligarla a atravesar lo que parecía
una espesura impenetrable.
Dejé que fuera
abriéndome camino, pensando que si la cosa oscura nos alcanzaba yo podría
oponerle alguna defensa. Pronto la vi entre el follaje gris verdoso; momentos
después apareció otra muy parecida a la primera y a muy corta distancia.
El bosque acabó, y de
nuevo marchamos al galope. Las aleteantes manchas nocturnas venían detrás de
nosotros, pero aunque parecían más rápidas porque eran más pequeñas, volaban
más lentamente que la entidad anterior.
—Tenemos que
encontrar una hoguera —gritó Jonas por encima del tamborileo de los cascos de
los diestreros—, o un animal grande que podamos matar. Si despanzurráramos una
de estas bestias, probablemente eso bastaría, pero si no, no podremos huir.
Con un gesto, le
indiqué que yo tampoco quería matar a uno de los diestreros, aunque me cruzó
por la mente que el mío pronto podía caer exhausto. Donas ya estaba teniendo
que frenar el suyo para no distanciarse de mí. Le pregunté: —¿Es sangre lo que
quieren?
—No. Calor.
Jonas desvió el
diestrero hacia la derecha y le golpeó el flanco con la mano de acero. Tuvo que
haber sido un buen golpe, pues el animal, como aguijoneado, brincó hacia
delante. Saltamos por encima de un cauce seco, y de costado entre resbalones y
tropiezos, descendimos por una cuesta polvorienta hasta un terreno abierto y
ondulante, donde los diestreros podían correr a su máxima velocidad.
Detrás de nosotros
aleteaban los andrajos negros.
Volaban al doble de
la altura de un árbol alto y parecía que los llevaba el viento, aunque la
inclinación de la hierba indicaba que volaban contra él.
Delante de nosotros,
la disposición del terreno cambió tan sutil y sin embargo tan abruptamente como
el paño se altera en las costuras. Una sinuosa franja verde se extendía tan
plana como si le hubieran pasado un rodillo, y por ella me adentré con el corcel
negro, gritándole en las orejas y golpeándolo de plano con mi espada. El animal
estaba empapado de sudor y sangraba por los arañazos de las ramas astilladas de
los cedros. Detrás, oía que Jonas me gritaba advertencias, pero no le hice
caso.
Torcimos por una
curva, y vi el resplandor del río a través de un hueco entre los árboles. Otra
curva, y mi montura empezó a desmayar otra vez... Y entonces, a lo lejos, vi lo
que había estado esperando. Quizá no debí decirlo, pero entonces levanté mi espada
al Cielo, al sol venido a menos con un gusano en el corazón, y grité: —¡Su vida
por la mía, Sol Nuevo, por tu ira y mi esperanza!
El ulano (sólo había uno allí) pensó seguramente que yo lo estaba
amenazando, y en realidad así era. El flamear azul de la punta de su
lanza aumentó mientras corría hacia nosotros.
A pesar del viento,
el diestrero negro me obedeció volviéndose como liebre perseguida. Un tirón de
riendas, y resbaló y se dio vuelta aplastando las hierbas del camino. Casi en
seguida galopábamos hacia las cosas que estaban persiguiéndonos. No sé si Donas
entendió mi plan, pero así me pareció, pues lo siguió sin aminorar nunca la
marcha.
Una de las criaturas
aleteantes descendió sobre nosotros, y todo Urth pareció como un agujero
cortado en el universo, pues era una fulígina auténtica, tan desprovista de luz
como mi propio atuendo. Creo que iba por Jonas, pero se puso al alcance de mi
espada y lo partí como había hecho antes, y volví a sentir aquel tufo de calor.
Sabiendo de dónde procedía, me pareció peor que cualquier olor nauseabundo.
Sólo con sentirlo en la piel me puse enfermo. Con las riendas desvié al
diestrero del río, temiendo en cualquier momento la descarga de la lanza del
ulano, que llegó cuando apenas habíamos dejado el camino, abrasando la tierra e
incendiando un árbol muerto.
Tiré de la cabeza de
mi montura, haciéndola retroceder y relinchar. Por un momento busqué las tres
cosas oscuras alrededor del árbol que ardía, pero no estaban allí. Entonces
miré hacia Jonas, temiendo que tal vez lo habían atrapado y lo estaban atacando
de algún modo que yo no comprendía.
Tampoco estaban allí,
pero los ojos de Jonas me indicaron dónde habían ido: revoloteaban alrededor
del ulano, y vi que él trataba de defenderse con la lanza. Descarga tras
descarga rompía el aire, de modo que había un continuo chasquido atronador. Con
cada descarga se borraba el brillo del sol, pero la propia energía con la que
él trataba de destruirlas parecía darle fuerza. Me pareció entonces que ya no
volaban, sino que centelleaban como rayos de oscuridad, apareciendo aquí y allá
cada vez más cerca, hasta que, en menos tiempo de lo que he tardado en
escribirlo, los tres se encontraron en la cara del ulano. El ulano cayó de su
montura y la lanza se le desprendió de la mano y se apagó.
XIII
La garra del conciliador
—¿Está muerto?
—pregunté en voz alta, y vi que Jonas asentía con la cabeza. Entonces me
hubiera alejado con el diestrero, pero Jonas me indicó que me uniera a él y
desmonté. Cuando hubimos llegado al cuero del ulano, Jonas dijo—: Tal vez
podamos destruir esas cosas e impedir que las lancen otra vez contra nosotros o
las utilicen para hacer daño. Ahora están saciadas, y creo que podríamos
capturarlas. Necesitamos algo donde meterlas, algo estanco y metálico o de
cristal.
Yo no tenía nada de
eso y se lo dije.
—Yo tampoco. —Se
arrodilló junto al ulano y le volvió los bolsillos. El humo aromático del árbol
abrasado lo envolvía todo como si fuera incienso, y tuve la sensación de
encontrarme una vez más en la Catedral de las Peregrinas. El montón de ramas y
de hojas del último verano sobre las que yacía el ulano podía haber sido el
suelo cubierto de paja; los troncos de los árboles esparcidos, los palos que la
sostenían.
—Aquí —dijo Jonas, y
sacó un vasculum de latón. Desatornilló la tapadera y lo vació de hierbas,
después dio la vuelta al ulano muerto poniéndolo de espaldas—. ¿Dónde están?
—pregunté—. ¿Las ha absorbido el cuerpo?
Jonas negó con la
cabeza, y un momento después empezó, con mucho cuidado y delicadeza, a sacar
una de esas cosas oscuras de la fosa nasal izquierda del ulano. La cosa parecía
hecha de papel de seda, aunque era absolutamente opaca.
Pregunté que por qué
tanto cuidado.
—Si lo rompes, ¿no
pasarán a ser dos?
—Sí, pero ahora está
saciada. Dividida, perdería energía y no podríamos dominarla. Muchos murieron
así, porque vieron que podían cortarlas y no pararon hasta que se vieron
rodeados de ejércitos de ellas e incapaces de defenderse.
Uno de los ojos del
ulano estaba medio abierto. Hasta ahora había visto muchos cadáveres, pero no
pude sustraerme a la extraña sensación de que de algún modo me estaba mirando,
a mí, al hombre que le había matado para salvarse. Para desviar mis pensamientos,
dije entonces: —Después que corté la primera, pareció que volaba más
lentamente.
Había colocado el
horror que había extraído en el vasculum y procedía a sacar otro de la fosa
nasal derecha. Como murmurando, dijo: —La velocidad de cualquier cosa voladora
depende de la superficie de las alas. Si no fuera así, supongo que los adeptos
a estas criaturas las cortarían en trocitos antes de enviarlas contra alguien.
—Hablas como si ya
las hubieras encontrado alguna vez.
—En una ocasión
atracamos en un puerto donde las utilizaban en crímenes rituales. Tal vez era
inevitable que alguien las llevara a casa, pero éstas son las primeras que he
visto aquí. —Abrió la tapadera de latón y colocó la segunda cosa fulígina sobre
la primera, que se meneaba perezosa.— Ahí dentro se recombinarán, eso es lo que
hacen los adeptos para que vuelvan a juntarse. No sé si notaste que se rasgaron
mientras atravesaban el bosque y sanaron en pleno vuelo.
—Hay otro más —dije.
Asintió con un gesto
y utilizó la mano de acero para forzar al muerto a abrir la boca; en vez de
dientes, lengua lívida y paladar, aquello parecía un abismo sin fondo, y por un
momento sentí que se me re
volvía el estómago.
Jonas extrajo la tercera criatura, empapada en la saliva del muerto.
—¿No habría tenido
una fosa nasal abierta, o la boca, si yo no hubiera tajeado esa cosa una
segunda vez?
—Sí, hasta que
hubieran llegado a los pulmones. La verdad es que hemos tenido suerte de haber
podido venir tan rápido. Si no, hubiéramos tenido que abrirle el cuerpo para
sacarlas.
Una voluta de humo me
recordó el cedro ardiendo.
—Si era calor lo que
querían...
—Prefieren el calor
de la vida, aunque en ocasiones un fuego de materia viva vegetal les puede
distraer. Creo que en realidad quieren algo más que calor, tal vez una energía
como la que irradian las células en crecimiento. —Jonas metió la tercera
criatura en el vasculum y lo cerró de golpe.— Les llamábamos nótulos, porque
normalmente vienen después de oscurecer, cuando no puede vérseles, y la primera
señal que es un soplo de calor, pero no tengo idea de cómo las llaman los
nativos.
—¿Dónde está esta
isla?
Me miró con
curiosidad.
—¿Está lejos de la
costa? Siempre he querido ver Uroboros, aunque supongo que es peligroso.
—Está muy lejos —dijo
Jonas con una voz inexpresiva. —Muy, muy lejos. Espera un poco.
Esperé mirando,
mientras él se encaminaba a la orilla. Lanzó con fuerza el vasculum, y casi a
la altura de la mitad de la corriente cayó al agua. Cuando volvió le pregunté:
—¿No podíamos haber utilizado esas cosas? No parece probable que quien las
envió vaya a rendirse ahora, y nosotros podríamos necesitarlas.
—«No nos iban a
obedecer, y en todo caso el mundo está mejor sin ellas», como dijo al carnicero
su mujer cuando le quitó la virilidad. Ahora es mejor que nos vayamos. Alguien
se acerca por el camino.
Miré donde Jonas
había señalado y vi dos figuras de pie. Él había cogido el diestrero por el
ronzal mientras bebía y se disponía a montar.
—Espera —dije—. O
aléjate una o dos cadenas y espérame allí. —Yo estaba pensando en el muñón
sangrante del hombre mono, y me pareció ver las atenuadas luces votivas que
colgaban en la catedral, carmesí y magenta, entre los árboles. Eché mano al
interior de mi bota, muy abajo, hasta donde la había empujado para que
estuviera segura, y saqué la Garra.
Era la primera vez
que la veía a plena luz del día. Captó la luz del sol y relució como el mismo
Sol Nuevo, no solamente en azul sino en todos los colores, desde el violeta
hasta el cyan. La coloqué sobre la frente del ulano, y por un instante intenté
con la voluntad volverlo a la vida.
—Vamos —dijo Jonas—.
¿Qué estás haciendo? No supe cómo responderle.
—No está muerto del
todo —gritó Jonas—. ¡Aléjate del camino antes de que encuentre su lanza! —Y
azotó la montura.
Débil y lejana, oí
gritar una voz que me pareció reconocer: —¡Maestro! —Volví la cabeza para mirar
por el camino cubierto de hierba.
—¡Maestro! —Uno de
los viajeros me saludó con el brazo, y ambos empezaron a correr.
—Es Hethor —dije;
pero Jonas se había ido. Volví a mirar al ulano. Ahora tenía los dos ojos
abiertos, y el pecho subía y bajaba. Cuando le quité la Garra de la frente y la
volví a meter en mi bota, él se sentó. Grité a Hethor y a su compañero que se
apartaran del camino, pero no parecieron entender.
—¿Quién eres?
—Un amigo.
Aunque estaba débil,
el ulano intentó levantarse. Le di la mano y tiré de él hacia arriba. Por un
momento se fijó en todo: en mí, en los dos hombres que corrían hacia él y en
los árboles. Nuestros diestreros parecían atemorizarlo, incluso el suyo propio,
que seguía esperando pacientemente a su jinete.
—¿Qué lugar es éste?
—Sólo un trecho del
antiguo camino que corre junto al Gyoll.
Sacudió la cabeza y
se la apretó con ambas manos.
Hethor llegó
jadeando, como un perro malcriado que corre cuando lo llaman y después espera
que lo acaricien. Su compañero, a quien había dejado unos cien pasos atrás,
vestía de colores llamativos y tenía el aspecto untuoso de un pequeño
comerciante.
M—m—maestro —dijo
Hethor—, no puedes imaginarte c—c—cuántos problemas, c—c—cuántas terribles
pérdidas y dificultades hemos tenido para alcanzarte atravesando las montañas,
atravesando los anchos mares agitados y las c—c—crujientes llanuras de este
bonito mundo. ¿Qué soy yo, t—t—tu esclavo, sino una cáscara abandonada, al
capricho de mil olas, arrojada a este solitario lugar porque no p—p—puedo
descansar sin ti? ¿C—c—cuántas fatigas creerás, maestro de roja garra, que nos
has costado?
—Puesto que os dejé
en Saltus a pie y estos últimos días he cabalgado en buena montura, pienso que
bastantes.
—Exacto —dijo—,
exacto. —Y miró a su compañero con ojos reveladores, como si mi información
hubiera confirmado algo que él le había contado antes, y se dejó caer para
descansar sobre la tierra.
El ulano dijo
lentamente: —Soy Cornet Mineas. ¿Quién eres tú?
Hethor sacudió la
cabeza como si hubiera hecho una reverencia. —M—m—mi maestro es el noble
Severian, servidor del Autarca, cuyo orín es el vino de sus súbditos, en el
Gremio de los Buscadores de la Verdad y la Penitencia. He—he—hethor es su
humilde servidor. Beuzec es también su humilde servidor. Supongo que el hombre
que se alejó a caballo es también su servidor.
Le indiqué que
callara.
—No somos más que
pobres viajeros, Cornet. Te vimos desmayado en el suelo y tratamos de ayudarte.
Hace un rato creíamos que estabas muerto; no podía faltar mucho.
—Pero ¿qué lugar es
éste? —volvió a preguntar el ulano.
Hethor contestó de
nuevo con avidez: —El camino al norte de Quiesco. M—m—maestro, estuvimos en la
noche oscura navegando las anchas aguas del Gyoll sobre un barco.
D—d—desembarcamos en Quiesco. El p—p—pasaje lo pagamos Beuzec y yo trabajando
sobre cubierta y en las velas. Avanzaba despacio río arriba, mientras los
afortunados zumbaban por encima en camino hacia la C—C—Casa Absoluta, pero el
barco avanzaba estuviéramos dormidos o d—d—despiertos, y así pudimos
alcanzarte.
—¿La Casa Absoluta?
—musitó el ulano.
—Creo que no está muy
lejos —dije.
—Tendré que vigilar
atentamente.
—Estoy seguro de que
uno de tus compañeros vendrá pronto. —Me apoyé en mi diestrero y monté.
—M—m—maestro, ¿no
irás a dejarnos otra vez? Beuzec sólo te ha visto actuar dos veces.
Me disponía a
contestar a Hethor cuando mis ojos captaron un destello blanco entre los
árboles al otro lado del camino. Algo enorme se movía allí. En seguida se me
ocurrió que quien había enviado los nótulos podía tener otras armas a mano, y
hundí mis talones en las ijadas del diestrero negro.
Con un brinco arrancó
a galopar. Durante media legua o más corrimos por la estrecha franja de tierra
que separaba el camino del río. Cuando por fin vi a Jonas, crucé el camino para
avisarle, y dije lo que había visto.
Mientras yo hablaba,
Jonas me escuchó con aire reflexivo. Cuando hube acabado, dijo: —No conozco
nada como lo que describes, pero puede haber muchas importaciones de las que
nada sé.
—¡Pero seguramente
una cosa así no iría suelta por ahí como una vaca extraviada!
En lugar de
responder, Jonas apuntó hacia la tierra a unos pocos pasos.
Un sendero de grava
cuya anchura apenas sobrepasaba un codo serpeaba por entre los árboles. Yo
nunca había visto tantas flores silvestres creciendo juntas al borde de un
sendero, y los guijarros qué lo componían eran de tamaño tan uniforme y de una
blancura tan reluciente que seguramente habían sido traídos de alguna playa
secreta y remota.
Me acerqué cabalgando
y le pregunté a Jonas qué podía significar allí ese sendero.
—Seguramente una
cosa: que ya estamos en el recinto de la Casa Absoluta.
De repente, me acordé
del lugar.
—Sí —dije—, en cierta
ocasión Josefa y yo, con algunas otras mujeres, vinimos a pescar aquí. Cruzamos
al lado del roble retorcido...
Jonas me miraba como
si yo estuviera loco, y por un momento yo también lo creí. Antes había
cabalgado a menudo en monturas de cacería, pero ésta era una bestia de carga.
Mis manos subieron como arañas para arrancarme los ojos, y lo hubiera
hecho si el hombre harapiento que estaba junto a mí no me las hubiera bajado de
un golpe con su mano de acero.
—No eres la
chatelaine Thecla. Eres Severian, un oficial de los torturadores que tuvo la
desgracia de amarla. Mírate. —Y alzó la mano de acero de modo que yo pudiera
ver la cara de un extraño, estrecha, fea y desconcertada, reflejada en la palma
pulida.
Recordé entonces
nuestra torre, las murallas curvadas de metal liso y oscuro.
—Soy Severian —dije.
—Correcto. La
chatelaine Thecla ha muerto.
—Jonas...
—Dime.
—Ahora el ulano está
vivo, tú lo viste. La Garra le devolvió la vida. Se la puse sobre la frente,
pero quizás él la vio con sus ojos muertos. Se incorporó sentándose,
respiró y me habló, Jonas.
—No estaba muerto.
—Tú lo viste —repetí.
—Soy mucho más viejo
que tú. Más viejo de lo que crees. Si hay una cosa que he aprendido en mis
múltiples viajes, es que los muertos no se levantan ni los años regresan. Lo
que ha sido y se fue no vuelve de nuevo.
El rostro de Thecla
aún seguía delante de mí, pero un oscuro viento lo arrastró hasta que
desapareció ondeando. Dije: —Si sólo la hubiera utilizado, si hubiera invocado
el poder de la Garra cuando estábamos en el banquete del muerto...
—El ulano estaba casi
asfixiado, pero no muerto del todo. Cuando le extraje los nótulos podía
respirar, y después de un tiempo recobró la conciencia. En cuanto a tu Thecla,
ningún poder del universo la podría devolver a la vida. Deben de haberla
desenterrado mientras todavía te tenían prisionero en la Ciudadela y haberla
guardado en una cueva de hielo. Antes de verla nosotros, la habían destripado
como a una perdiz y habían asado la carne. —Me agarró del brazo.— ¡Severian, no
seas tonto!
En ese momento, sólo
deseé morir. Si el nótulo hubiera reaparecido, lo habría abrazado. Lo que asomó
entonces al fondo del sendero fue una forma blanca como la que había visto más
cerca del río. Me aparté violentamente de Jonas y galopé hacia ella.
XIV
La antecámara
Hay seres —y
artefactos— contra cuya comprensión se estrella nuestra inteligencia, y al
final hacemos las paces con la realidad limitándonos a decir: —Fue una
aparición, algo hermoso y horrible.
En algún lugar entre
los torbellinos de mundos qué pronto he de explorar, vive una raza semejante a
la humana, y sin embargo diferente. No son más altos que nosotros. Tienen
cuerpos como los nuestros, pero perfectos, y las normas por las que se rigen
nos son completamente extrañas. Como nosotros, tienen ojos, nariz y
boca; pero usan estas facciones (que, como he dicho, son perfectas) para
expresar emociones que nunca hemos sentido, de modo que, para nosotros, verles
las caras es como contemplar algún antiguo y terrible alfabeto de sentimientos,
a la vez sumamente importante y totalmente ininteligible.
Tal raza existe, pero
no la encontré allí, en el límite de los jardines de la Casa Absoluta. Lo que
vi moverse entre los árboles, y sobre lo que ahora —hasta que por fin lo vi
claramente— me lanzaba, era más bien la imagen gigante de una de esas criaturas
brotada a la vida. La carne era de piedra blanca, y los ojos tenían esa
redonda y pulida ceguera (como secciones de cáscaras de huevo) que vemos en
nuestras propias estatuas. Se movía con lentitud, como drogado o adormecido,
aunque no inseguro. Parecía no ver, pero daba la impresión de darse cuenta de
las cosas, aunque con lentitud.
Acabo de hacer una
pausa para volver a leer lo que he escrito, y veo que no he logrado en absoluto
describir lo esencial. La figura era escultórica. Si algún ángel caído hubiera
espiado mi conversación con el hombre verde, podría haber ideado un enigma semejante
para burlarse de mí. En cada uno de sus movimientos transmitía la serenidad y
la permanencia del arte y de la piedra. Yo sentía que cada gesto, cada posición
de la cabeza y de las extremidades y del torso podía ser la última, o que cada
una de ellas podía repetirse interminablemente, como las poses de los gnomenos
en los cuadrantes multifacéticos de Valeria que se repiten a lo largo de los
curvilíneos corredores de los instantes.
El primer terror que
me invadió, después de que la extrañeza de la estatua blanca me hubiera quitado
el deseo de morir, fue la impresión instintiva de que iba a hacerme daño.
El segundo fue que no
lo intentaría. Tener tanto miedo como yo tenía de esa figura silenciosa e
inhumana y descubrir después que no quería hacerme daño hubiera sido
insoportablemente humillante. Olvidando por un momento que golpear esa piedra
viviente estropearía irremediablemente el acero, desenvainé Terminus Est y acosé
con las riendas a mi diestrero. La misma brisa pareció detenerse con nosotros
allí, el diestrero apenas temblando, yo con la espada en alto, nosotros mismos
tan quietos como estatuas. La verdadera estatua vino hacia nosotros, su cara,
tres o cuatro veces del tamaño natural, contenía una inconcebible emoción y sus
extremidades estaban envueltas en una terrible y perfecta belleza.
Oí gritar a Jonas y
el ruido de un golpe. Tuve el tiempo justo de verlo en el suelo enredado en una
pelea con hombres de cascos altos y empenachados que desaparecían y reaparecían
incluso mientras los miraba, cuando oí un zumbido cerca de mi oreja; algo me
golpeó la muñeca y me encontré debatiéndome entre un embrollo de cuerdas que me
constreñían como pequeñas boas. Alguien me agarró de la pierna y tiró, y yo
caí.
Cuando me recobré y
me di cuenta de lo que estaba pasando, tenía un lazo de alambre alrededor del
cuello, y uno de mis captores estaba rebuscando en mi esquero. Yo veía
claramente cómo sus manos se movían rápidas como gorriones. También le veía la
cara, como una máscara impasible que un prestidigitador hubiera suspendido de
un hilo delante de mí. Una o dos veces la extraordinaria armadura que llevaba
destelló al moverse; entonces yo lo veía como quien ve una copa de cristal
inmersa en agua clara. Creo que era refractante, bruñido más allá de toda
capacidad humana, de manera que su propio material era invisible y sólo podían
verse los verdes y pardos del bosque, retorcidos por las formas de la coraza,
la gorguera y las grebas.
Aunque protesté
aduciendo que era miembro del gremio, el pretoriano cogió todo mi dinero (si
bien me dejó el libro marrón de Thecla, el trozo de piedra de afilar, aceite y
trapo y los demás objetos diversos que había en el esquero). Entonces, con
habilidad, me quitó las cuerdas que me enredaban y se las echó (es lo más
aproximado que puedo decir) dentro de la sisa del peto, aunque no antes de que
yo las hubiera visto. Me recordaba al látigo que nosotros llamábamos «gato» y
que era un manojo de correas unidas por un extremo y con un peso en el otro;
desde entonces he sabido que esta arma se llama achico.
A continuación mi
captor tiró hacia arriba de mi lazo de alambre hasta que me puse de pie. Yo era
consciente, como en ocasiones similares, de que en cierto sentido estábamos
representando un juego. Estábamos simulando que yo me encontraba totalmente en
poder del pretoriano, cuando de hecho podía haberme negado a levantarme hasta
que él me hubiera estrangulado o hubiera llamado a algunos de mis compañeros
para que cargaran conmigo. También podía haber hecho otras cosas, como coger el
alambre y tratar de arrancárselo de la mano o golpearle la cara. Podía haber
escapado y ellos matarme o dejarme inconsciente o en agonía; pero realmente no
se me pudo obligar a actuar como lo hice.
Por fin supe que era
un juego, y sonreí mientras él envainaba Terminus Est y me llevaba a
donde estaba Jonas. Éste dijo: —No hemos hecho ningún daño. Devuelve a mi amigo
la espada y danos nuestros animales, y nos iremos.
No hubo respuesta. En
silencio, dos pretorianos (parecían dos gorriones aleteantes) tomaron nuestros
diestreros y se los llevaron. Qué parecidos a nosotros eran esos animales,
caminando resignadamente hacia quién sabe dónde, las enormes cabezas detrás de
unas finas correas de cuero. Nueve décimas partes de la vida, así me lo parece,
consisten en estas rendiciones.
Se nos hizo ir con
nuestros captores afuera del bosque a unos prados ondulantes que pronto se
convirtieron en césped. La estatua caminaba detrás de nosotros, y otras de su
especie se le unieron hasta que hubo una docena o más, todas enormes, todas
diferentes y todas hermosas. Pregunté a Jonas quiénes eran los soldados y
adónde nos llevaban, pero él no respondió, y yo sentía que el lazo me
estrangulaba.
Sólo puedo decir que
llevaban armaduras de la cabeza a los pies, y sin embargo el pulido perfecto
del metal daba la impresión de algo liso y suave, un efecto casi líquido que
era profundamente perturbador y que les permitía desaparecer contra el
cielo y la hierba a unos pasos de distancia. Cuando hubimos recorrido
media legua por el césped, entramos en un
bosquecillo de
ciruelos en flor, y en seguida los cascos empenachados y las hombreras
relucientes bailaron una danza de rosa y blanco.
Allí llegamos a un
sendero que se torcía una y otra vez. Cuando estábamos a punto de salir del
bosquecillo nos detuvimos, y Jonas y yo fuimos empujados violentamente hacia
atrás. Oí cómo nos seguían los pies de las pétreas figuras, y cómo rascaban la
gravilla cuando se detuvieron en seco; uno de los soldados las conminó a
mantenerse apartadas en lo que pareció un grito sin palabras. Miré como pude
por entre las flores para ver lo que había más allá.
Delante de nosotros
el camino era mucho más ancho que el que habíamos utilizado hasta ahora. Era,
de hecho, un sendero de jardín agrandado hasta convertirse en una magnífica
avenida. El pavimento era de piedra blanca y a ambos lados había balaustradas
de mármol. Por él marchaban gentes variopintas, la mayoría a pie, aunque
algunos montaban bestias de varias clases. Uno llevaba un arctótero lanudo;
otro iba subido al cuello de un perezoso de tierra, más verde que el césped.
Apenas hubo pasado este grupo cuando otros lo siguieron. Aunque todavía estaban
demasiado lejos para que yo pudiera distinguirles las caras, llamó mi atención
un individuo que con la cabeza inclinada sobresalía al menos tres codos por
encima del resto. Un momento después reconocí en otra cara la del doctor Talos,
que avanzaba jactancioso, el pecho hinchado y la cabeza hacia atrás. Mi propia
querida Dorcas lo seguía de cerca, y más que nunca parecía una niña desamparada
caída de alguna esfera superior. Cubierta de velos que el viento movía y de
joyas que centelleaban bajo su sombrilla, iba jolenta cabalgando a lo amazona
una pequeña jaca; y detrás de todos ellos, empujando pacientemente un carro con
todos los accesorios que él no podía llevar a hombros, avanzaba aquel a quien
yo había reconocido primero, el gigante Calveros.
Si para mí fue
doloroso verles pasar sin poder llamarlos, para Jonas tuvo que haber sido un
tormento. Cuando Jolenta pasaba frente a nosotros, volvió la cabeza. En ese
momento me pareció que ella había olfateado el deseo de Jonas, igual que entre
las montañas se dice que algunos espíritus impuros son atraídos por el olor de
la carne que ha sido arrojada al fuego para ellos. Sin duda no fue más que uno
de los árboles en flor entre los que nos encontrábamos lo que le llamó la
atención. Oí como Jonas se quedaba sin aliento; pero la primera sílaba del
nombre de Jolenta fue interrumpida por un golpe seco, y él cayó a mis pies.
Cuando ahora recuerdo la escena, el ruido de la mano metálica sobre la gravilla
del camino tiene la misma intensidad que el perfume de los brotes del ciruelo.
Cuando hubieron
pasado todas las compañías de actores, dos pretorianos recogieron a Jonas y se
lo llevaron con la misma facilidad que si se tratara de un niño. Entonces lo
atribuí a la fortaleza de los pretorianos. Cruzamos el camino por el que habían
venido los actores y entramos en un seto de rosales más alto que un hombre,
cubierto con enormes brotes blancos y repleto de nidos de aves.
Más allá estaban los
jardines propiamente dichos. Si tratara de describirlos, daría la impresión de
haberme contagiado de la desvariada y tartamudeante elocuencia de Hethor. Cada
colina, cada árbol, cada flor parecían haber sido dispuestos por una inteligencia
maestra (que desde entonces he sabido que es la del Padre mire) en una escena
que cortaba el aliento. El observador siente que está en el centro, que todo lo
que ve apunta hacia el lugar en que se encuentra, pero que cuando ha caminado
cien pasos o una legua todavía sigue encontrándose en el centro; y cada visión
parece transmitir alguna verdad incomunicable, como una de esas intuiciones
inefables que sólo a los eremitas les es dado experimentar.
Tan bellos eran estos
jardines que sólo después de estar allí cierto tiempo me di cuenta de que
ninguna torre se alzaba sobre ellos. Aparte de los pájaros y las nubes, sólo el
viejo sol y las pálidas estrellas subían más alto que las copas de los árboles.
Podíamos haber estado errando por algún divino paisaje silvestre. Más tarde
alcanzamos la cresta de una ola de tierra, más adorable que cualquier ola de
cobalto de Uroboros; y súbitamente, tanto que nos cortó el aliento, un foso se
abrió a nuestros pies. Aunque lo he llamado foso, no era en modo alguno el
negro abismo que normalmente asociamos con esa palabra. Más bien era una gruta
llena de fuentes y de flores nocturnas y punteada con gentes más
brillantes que cualquier flor, gentes que paseaban ociosas junto a las aguas y
charlaban entre las sombras.
En seguida, como si
hubiera caído el muro de una tumba para dar paso a la luz, me inundaron muchos
recuerdos de la Casa Absoluta, que ahora eran míos por haber absorbido la vida
de Thecla. Comprendí algunas cosas que habían estado implícitas en la obra del
doctor y en muchas de las historias que Thecla me había contado, aunque ella
nunca lo dijo abiertamente: la totalidad de este gran palacio estaba bajo
tierra, o más bien los techos y paredes tenían encima montones de tierra
cultivada y organizada en paisajes, de modo que todo este tiempo habíamos
venido caminando sobre la sede del poder del Autarca, que yo creía aún a cierta
distancia.
No descendimos a la
gruta, que sin duda se abría hacia cámaras completamente inadecuadas para la
detención de prisioneros, ni tampoco a ninguna de las otras veinte por las que
pasamos. Sin embargo, al final llegamos a una mucho más sórdida, aunque no menos
bella. La escalera por la que entramos había sido tallada de modo que pareciese
una formación natural de roca oscura, irregular y en ocasiones traicionera. El
agua goteaba desde arriba, y en las partes altas de esta caverna artificial
crecían helechos y yedra oscura, por donde aún lograba pasar un poco de luz. En
las regiones inferiores, mil escalones más abajo, las paredes se encontraban
tachonadas de hongos; algunos eran luminosos, otros esparcían por el aire
aromas extraños y mohosos, y otros sugerían fantásticos fetiches fálicos.
En el centro de este
oscuro jardín, apoyado en un andamiaje, colgaba, verde con verdigrís, un
conjunto de gongs. Me pareció que se los había dispuesto con la idea de que el
viento los hiciera sonar; sin embargo, parecía imposible que pudiera tocarlos
alguna vez.
Así al menos lo pensé
hasta que uno de los pretorianos abrió una pesada puerta de bronce y de madera
carcomida en uno de los oscuros muros de piedra. Entonces una corriente de aire
frío y seco sopló por la puerta y los gongs comenzaron a mecerse y a chocar,
produciendo un ruido tan armonioso que parecía en verdad la composición
programática de algún músico, cuyos pensamientos se encontraban aquí en el
exilio.
Al alzar la vista
hacia los gongs (lo que los pretorianos no me impidieron hacer) vi a las
estatuas, cuarenta al menos, que nos habían seguido todo el camino a través de
los jardines. Ahora bordeaban el foso, inmóviles al fin, y miraban hacia
nosotros como si fueran un friso de cenotafios.
Yo había previsto ser
el único ocupante de una pequeña celda, supongo que porque inconscientemente
trasplantaba las prácticas de nuestras propias mazmorras a este lugar
desconocido. No era posible imaginar nada más distinto. La entrada no se abría
sobre ningún corredor de puertas estrechas, sino hacia uno espacioso y
alfombrado con una segunda entrada en el lado opuesto. Delante de este segundo
conjunto de puertas había unos hastarii con lanzas
llameantes, apostados
como centinelas. A una palabra de uno de los pretorianos, las abrieron
inmediatamente; más allá se extendía una estancia vasta, oscura y despejada con
un techo muy bajo. Esparcidas por la estancia había varias docenas de personas,
hombres y mujeres y unos pocos niños; la mayoría solos, pero algunos en parejas
o en grupos. Las familias ocupaban nichos y en algunos sitios se habían
levantado cortinas de harapos para proporcionar cierto aislamiento.
Se nos empujó al
interior de esta estancia. O más bien yo fui empujado y el infortunado Jonas
fue arrojado. Traté de sostenerlo mientras caía, y al menos conseguí que no
golpeara con la cabeza contra el suelo; mientras, oí cómo detrás de mí las
puertas se cerraban de golpe.
XV
Fuego fatuo
Me encontré rodeado
de caras. Dos mujeres apartaron a Jonas, y prometiendo cuidarlo, se lo
llevaron. El resto empezó a martillearme a preguntas: cómo me llamaba, qué
clase de ropas llevaba, de dónde había venido, si conocía a éste o a tal otro,
si había estado en ésta o en aquella ciudad, si era de la Casa Absoluta o de
Nessus o de la ribera oriental u occidental del Gyoll, si era de este barrio o
de aquél, si el Autarca vivía aún, si sabía algo del Padre Inire, quién era
arconte en la ciudad, cómo iba la guerra, si tenía noticias del comandante
Fulano o del soldado Mengano o del quiliarca Zutano, si sabía cantar o recitar
o tocar un instrumento...
Como puede
imaginarse, ante tal lluvia de preguntas no pude contestar a casi ninguna.
Cuando pasó el chaparrón inicial, un hombre viejo y de barba canosa y una mujer
que parecía casi de la misma edad hicieron callara los demás y los alejaron. El
método, que posiblemente no habría triunfado en ningún otro lugar, era dar una
palmada a cada cual en la espalda, apuntar a la parte más remota de la estancia
y decirle claramente: «Hay tiempo de sobra». Gradualmente, los demás se
fueron callando y retirando hasta el sitio más alejado desde donde aún podían
oír, y por fin la baja estancia quedó tan silenciosa como cuando se abrieron
las puertas.
—Soy Lomer —dijo el
viejo. Carraspeó ruidosamente—. Ésta es Nicarete.
Le dije cuál era mi
nombre y el de Jonas.
La vieja debió de
haber notado preocupación en mi voz.
—Está en buenas
manos, no te preocupes. Esas muchachas lo tratarán lo mejor que puedan,
esperando que él pronto pueda hablarles. —Soltó una risa, y algo en el modo de
echar atrás la bien conformada cabeza me dijo que había sido hermosa en otro
tiempo.
Comencé a
interrogarlos a mi vez, pero el viejo me interrumpió.
—Ven con nosotros
—dijo—, a nuestro rincón. Allí podemos sentarnos con tranquilidad y te ofreceré
un vaso de agua.
En cuanto pronunció
esa palabra, me di cuenta de cuánta sed tenía. Nos llevó detrás de la cortina
de harapos más próxima a las puertas y me echó agua de una jarra de barro a un
delicado vaso de porcelana. Allí había cojines y una mesa pequeña de no más de
un palmo de altura.
—Pregunta por
pregunta, ésa es la vieja regla. Te hemos dicho nuestros nombres y tú nos has
dicho el tuyo, así que volvamos a empezar. ¿Dónde te apresaron?
Les expliqué que no
lo sabía, a menos que hubiera sido por violar los terrenos.
Lomer hizo un gesto
de asentimiento. Tenía esa piel pálida de quienes nunca ven el sol; la barba
rebelde y los dientes irregulares hubieran parecido repugnantes en cualquier
otro entorno; aquí encajaban tan bien como las losas medio desgastadas del
suelo.
—Me encuentro aquí
por una mala pasada de la chatelaine Leocadia. Yo era senescal de la rival de
Leocadia, la chatelaine Nympha, y cuando ella me trajo aquí, a la Casa
Absoluta, para que pudiéramos examinar las cuentas de las fincas mientras que
ella asistía a los ritos del filómata Phocas, la chatelaine Leocadia me tendió
una trampa con ayuda de Sancha, que...
La vieja Nicarete lo
interrumpió.
—¡Mira! —exclamó—. La
conoce.
Sí, la conocía. Una
cámara en rosa y marfil había brotado en mi mente, una estancia con dos paredes
de cristal y marcos exquisitos. Allí ardían fuegos en chimeneas de mármol,
empalidecidos por los rayos de sol que atravesaban los cristales, pero que llenaban
la habitación de calor seco y de olor a sándalo. Una anciana envuelta en chales
estaba sentada en una silla que parecía un trono; junto a ella, sobre una mesa
de taracea, había un decantador de cristal tallado y varios frascos de color
marrón.
—Es una anciana de
nariz aguileña —dije—. La viuda de Fors.
—¿Así que la conoces?
—La cabeza de Lomer asintió lentamente, como si estuviera respondiendo a la
pregunta que él mismo había planteado.— Eres el primero en muchos años.
—Digamos que la
recuerdo.
—Sí. —El viejo
asintió.— Dicen que ya ha muerto. Pero en mis tiempos era una joven bonita y
sana. La chatelaine Leocadia la convenció, y después hizo que nos descubrieran,
como Sancha sabía que lo haría. Ella no tenía más que catorce años y no fue
inculpada. En todo caso, no habíamos hecho nada; sólo había empezado a
desvestirme.
—Entonces tenías que
ser un jovenzuelo —dije. Él no respondió, Nicarete dijo entonces: —Tenía
veintiocho años.
—¿Y tú? —pregunté—.
¿Quién eres? —Soy una voluntaria.
La miré algo
sorprendido.
—Alguien debe expiar
las faltas de Urth, o el Sol Nuevo nunca llegaría. Y alguien debe despertar la
atención sobre este lugar y otros como él. Soy de una familia armígera que
quizá todavía me recuerde, así que los guardias han de tener cuidado conmigo y con
todos los demás mientras yo siga aquí.
—¿Quieres decir que
puedes irte y no quieres?
—No —dijo, y meneó la
cabeza. Tenía cabellos
blancos, pero los
llevaba sueltos sobre los hombros como las jóvenes—. Me iré, pero sólo bajo mis
propias condiciones, que son que todos los que llevan aquí tanto tiempo que ya
han olvidado sus delitos también queden libres.
Me acordé del
cuchillo de cocina que había robado para Thecla y del hilo carmesí que fluyó
bajo la puerta en nuestras mazmorras, y dije: —¿Es verdad que aquí los
prisioneros olvidan realmente sus delitos?
Lomer alzó los ojos.
—¡Es injusto!
Pregunta por pregunta, ésa es la regla, la vieja regla. Aquí todavía
conservamos las reglas antiguas. Somos los últimos de la vieja generación,
Nicarete y yo, pero mientras vivamos las antiguas reglas se aplicarán. ¿Tienes
amigos que se muevan para liberarte?
Seguramente Dorcas lo
haría si supiera dónde estaba. El doctor Talos era tan impredecible como las
figuras que forman las nubes, y por esa misma razón podría intentar que me
liberaran, aunque no tenía motivo alguno para hacerlo. Lo más importante quizás
es que yo era el mensajero de Vodalus, y éste tenía al menos un agente en la
Casa Absoluta: aquel a quien supuestamente yo tenía que entregar el mensaje. Yo
había tratado de deshacerme del eslabón dos veces mientras Jonas y yo nos
dirigíamos hacia el norte, pero comprobé que no podía; el alzabo, al parecer,
había puesto otro encantamiento en mi mente. Ahora eso me alegraba.
—¿Tienes amigos o
relaciones? Si los tienes, quizá puedas hacer algo por nosotros.
—Tal vez amigos
—dije—. Puede que traten de ayudarme si se enteran de lo que me ocurrió.
¿Creéis que pueden conseguirlo?
Así estuvimos
hablando durante mucho tiempo. Si tuviera que escribirlo todo aquí, esta
historia no terminaría. En esa estancia no había nada que hacer más que charlar
y jugar unos cuantos juegos sencillos, y los prisioneros hacen estas cosas
hasta que se les ha ido todo el sabor y quedan como cartílagos que un
hambriento hubiera estado mordisqueando todo el día. En muchos aspectos, estos
prisioneros salen mejor parados que los clientes que guardábamos bajo la torre,
pues de día no tienen miedo del dolor y ninguno está solo. Pero como la mayoría
lleva allí tantos años, y a pocos de nuestros clientes se les mantenía
confinados demasiado tiempo, los nuestros, en su mayor parte no perdían la
esperanza, mientras que los de la Casa Absoluta están desesperados.
Después de diez
guardias o más, las lámparas que lucían en el techo empezaron a apagarse y le
dije a Lomer y a Nicarete que no seguiría despierto más tiempo. Me llevaron a
un sitio muy oscuro alejado de la puerta, y me explicaron que ese lugar sería
mío hasta que algún prisionero muriera y yo heredara una posición mejor.
Cuando se iban, le oí
decir a Nicarete: —¿Vendrán esta noche? —Lomer respondió algo, pero no pude
entender la respuesta, y yo estaba demasiado fatigado para preguntar. Mis pies
me decían que en el suelo había un delgado jergón; me senté y había empezado a
estirarme en toda mi longitud cuando con la mano toqué un cuerpo viviente.
La voz de Jonas me
dijo: —No hace falta que apartes la mano. Sólo soy yo.
—¿Por qué no dijiste
nada? Te vi paseando por ahí, pero no pude deshacerme de esos dos viejos.
¿Por qué no viniste?
—No dije nada porque
estaba pensando, y no fui porque no pude librarme de las mujeres que me tenían
al principio. Después, esas gentes no podían separarse de mí. Severian, tengo
que escapar.
—Todo el mundo quiere
escapar, supongo —le dije—. Por supuesto, yo también.
—Pero yo tengo que
escapar. —Una mano delgada y dura, la mano izquierda de carne, agarró la mía.
Si no lo hago, me mataré o perderé la razón. He sido tu amigo, ¿verdad? —Bajó
la voz hasta un débil susurró.— Ese talismán que llevas... la gema azul... ¿nos
liberará? Sé que los pretorianos no la encontraron; miré mientras te
registraban.
—No quiero sacarla
—dije—. Reluce mucho en la oscuridad.
—Pondré de lado uno
de estos jergones y los sostendré para que nos oculte.
Esperé hasta que
sentí que Jonas había levantado el jergón, y extraje la Garra. La luz era tan
débil que podía haberla apagado con la mano.
—¿Está apagándose?
—preguntó Jonas.
,No, está así casi siempre. Pero cuando está activa, como cuando
transmutó el agua de nuestra garrafa y cuando atemorizó a los hombres mono,
brilla intensamente. Si puede ayudar a nuestra evasión, no creo que lo haga
ahora.
—Tenemos que llevarla
a la puerta, quizás haga saltar el cerrojo. —La voz le temblaba.
—Más tarde, cuando
todos los demás duerman. Los liberaré si nosotros mismos podemos escapar; pero
si la puerta no se abre, como es muy posible, no quiero que sepan que tengo la
Garra. Ahora dime por qué tienes que escapar en seguida.
—Mientras tú hablabas
con los viejos, una familia entera me estaba interrogando —empezó Jonas—. Hay
varias viejas, un hombre de unos cincuenta años, otro de unos treinta, otras
tres mujeres y una manada de niños. Me llevaron a su pequeño nicho junto a la
pared, ya sabes, y los demás prisioneros no podían ir allí a menos que
estuvieran invitados, y no lo estaban. Esperaba que me preguntaran por amigos
que tenían en el exterior, o cuestiones de política, o por la lucha en las
montañas... En vez de eso yo no parecía ser para ellos más que una especie de
entretenimiento. Querían oír hablar del río, de dónde había estado, de cuánta
gente vestía como yo. Y de la comida de afuera; hicieron muchísimas preguntas
sobre la comida, algunas completamente grotescas: si había presenciado alguna
carnicería, si los animales suplicaban que no los matasen. Y si era verdad que
los que hacen azúcar llevan espadas envenenadas y lucharían para defender su
producto...
»Nunca habían visto
abejas, y parecían creer que eran del tamaño de conejos.
»Después de cierto
tiempo comencé a mi vez a hacer preguntas y supe que ninguno de ellos, ni
siquiera la mujer más anciana, había sido nunca libre. Al parecer, se trae a
esta estancia tanto a hombres como a mujeres que engendran hijos impulsados por
la naturaleza, y aunque algunos los llevan fuera, la mayoría se queda aquí toda
la vida. No tienen bienes, y ninguna esperanza de ser liberados. En realidad,
no saben lo que es la libertad, y aunque el hombre mayor y una muchacha me
dijeron en serio que les gustaría ir al exterior, no creo que tuvieran la
intención de instalarse allí. Las ancianas son prisioneras de séptima
generación, eso es lo que dijeron, pero a una se le escapó que su madre también
había sido prisionera de séptima generación.
»En algunos aspectos
son notables. Exteriormente han sido totalmente modeladas por este lugar donde
han pasado toda la vida. Sin embargo, por dentro son... —Jonas hizo una pausa,
y sentí el peso del silencio alrededor de nosotros.— Memorias de familia, supongo
que podría llamárseles. Tradiciones del mundo exterior que han ido heredando,
generación tras generación, de los prisioneros de quienes descienden. No saben
qué significan ya algunas de las palabras, pero se aferran a las tradiciones, a
las narraciones, porque es todo lo que tienen; las narraciones y sus nombres.
Se quedó callado. Yo
volví a meter la tenue chispa de la Garra en mi bota, y nos encontramos en una
oscuridad perfecta. Respiraba trabajosamente, como unos fuelles bombeando en
una fragua.
—Les pregunté el
nombre del primer prisionero, el más remoto de sus antepasados. Era
Kimlisung... ¿Has oído ese nombre?
Le dije que no.
—¿O algo parecido?
Supón que fueran tres palabras.
—No, nada parecido
—dije—. La mayoría de la gente que he conocido tienen nombres de una sola
palabra, como tú, aunque parte del nombre era un título, un apodo o algo que
les habían añadido porque había demasiados Bolcanos o Altos o lo que fuera.
—Me dijiste una vez
que pensabas que mi nombre no era corriente. Kim Li Sung hubiera sido un nombre
muy corriente cuando yo era... niño. Un nombre corriente en lugares ahora
hundidos bajo el mar. ¿Has oído hablar de mi barco, Severian? Se trataba del Nube
Afortunada.
—¿Un barco casino?
No, pero...
Mis ojos captaron un
resplandor de luz verdosa, tan débil que aun en la oscuridad era apenas
visible. En seguida hubo un murmullo de voces cuyo eco se reproducía y se
multiplicaba por toda la amplia, baja y tortuosa estancia. Oí cómo Jonas se
ponía rápidamente en pie. Yo hice lo mismo, pero apenas estuve erguido cuando
me cegó un destello de fuego azul. El dolor fue muy intenso; yo no recordaba
haber sentido antes nada parecido; pareció como si la cara se me estuviera
partiendo. De no haber sido por la pared, me habría caído.
En algún sitio más
lejos, el fuego azul volvió a destellar de nuevo, y una mujer gritó.
Jonas estaba
maldiciendo. Al menos, el tono de su voz me decía que estaba maldiciendo,
aunque las palabras eran de lenguas para mí desconocidas. Oí cómo pateaba el
suelo con las botas. Hubo otro destello, parecido a las chispas relampagueantes
que yo
había visto el día
que el maestro Gurloes, Roche y yo administramos el Revolucionario a Thecla.
Sin duda, Jonas gritaba como yo había gritado, pero para entonces el alboroto
era tal que yo no alcanzaba a distinguir su voz.
La luz verdosa se
hizo más intensa, y mientras yo miraba, todavía más que medio paralizado por el
dolor, y destrozado por un miedo enorme, que no recuerdo haber experimentado
nunca, tomó la forma de una cara monstruosa que clavaba en mí unos ojos de plato,
para después apagarse en seguida en la oscuridad.
Todo esto fue más
terrible de lo que jamás pudiera dar a entender con mi pluma, aunque desde
ahora no hiciese otra cosa que contar esta parte de mi historia. Era el miedo
de la ceguera y del dolor, aunque para lo que importaba todos estábamos ya
ciegos. No había ninguna luz, y no había nadie de nosotros que pudiera encender
una vela, ni siquiera obtener fuego de un pedernal. En toda la estancia
cavernosa había voces que gritaban, lloraban y rogaban. Sobre el terrible
estrépito oí la risa clara de una joven, que en seguida se apagó.
XVI
Jonas
Deseé la luz entonces
como un hombre hambriento desea un trozo de carne, y por fin arriesgué la
Garra. O quizá debería decir que ella me arriesgó a mí; pues yo no parecía ser
dueño de mi mano, que se metió en el hueco de la bota y la cogió.
En seguida cedió el
dolor, y brotó una cascada de luz celeste. El alboroto se redobló cuando los
desgraciados habitantes del lugar, viendo el resplandor, temieron que un nuevo
terror iba a caer sobre ellos. Volví a meter la gema en la bota y cuando la luz
dejó de ser visible comencé a tantear en busca de Jonas.
No estaba
inconsciente en contra de lo que yo había supuesto; yacía retorciéndose a unos
veinte pasos de donde habíamos descansado. Lo traje de nuevo a cuestas
(encontrándolo sorprendentemente ligero) y cubriendo a ambos con mi capa le
puse la Garra en la frente.
En poco tiempo se
incorporó sentándose. Le dije que descansara, que lo que había estado con
nosotros en la cámara de la prisión ya se había ido.
Él se movió y
murmuró: —Tenemos que activar los compresores antes de que el aire se vicie.
—Está bien —le dije—.
Todo está bien, Jonas. —Me despreciaba a mí mismo por hablarle como si fuera el
más pequeño de los aprendices, como años antes el maestro Malrubius me había
hablado a mí.
Algo duro y frío me
tocó la muñeca, moviéndose como si estuviera vivo. Lo toqué, y era la mano de
acero de Jonas; después de un momento, me di cuenta de que había estado
tratando de agarrarme la mano.
—¡Siento peso! —La
voz se le elevaba más y más.— Han de ser sólo las luces. —Se volvió. Oí el
sonido metálico y la mano que rascaba la pared. Jonas comenzó a hablar consigo
mismo en un lenguaje nasal y monosilábico que yo no entendía.
Me atreví entonces a
sacar la Garra otra vez y volví a tocarlo. Estaba medio apagada, como cuando la
habíamos examinado esa misma tarde, y Jonas no mejoró. Pero con el tiempo pude
calmarlo. Al fin, mucho después de que el resto de la estancia quedara en silencio,
nos echamos a dormir.
Cuando desperté, las
débiles lámparas estaban ardiendo de nuevo, aunque de alguna manera yo me daba
cuenta de que afuera todavía era de noche, o como mucho la primera hora de la
mañana.
Jonas yacía junto a
mí, todavía dormido. Tenía un corte largo en la túnica, y vi el lugar donde el
fuego azul lo había quemado. Recordando la mano cercenada del hombre mono, me
cercioré de que nadie nos observaba y empecé a pasar la Garra por la quemadura.
A la luz centelleaba
más vívidamente que la tarde anterior; y aunque la cicatriz negra no
desaparecía, pareció hacerse más estrecha, y la carne de los lados menos
inflamada. Para llegar hasta el extremo inferior de la herida, levanté un poco
la ropa. Cuando metí la mano, oí una nota leve: la gema había chocado contra
metal. Retirando más la ropa, vi que la piel de mi amigo terminaba tan
abruptamente como la hierba en donde asoma una piedra grande, dando paso a una
plata reluciente.
Al principio pensé
que era una armadura, pero pronto vi que no. Se trataba más bien de metal que
sustituía a la carne, como el metal que hacía las veces de mano derecha. Hasta
dónde llegaba no lo vi, y no quise tocarle las piernas para no despertarlo.
Volví a esconder la
Garra y me levanté. Y como quería estar solo y pensar durante unos momentos, me
separé de Jonas y caminé hacia el centro de la estancia. El lugar ya había sido
bastante extraño el día anterior, cuando todo el mundo estaba despierto y activo.
Ahora parecía más extraño aún, una sala fea y desigual, salpicada de
irregulares rincones y aplastada por un techo bajo. Con la esperanza de que el
ejercicio animara mis pensamientos (como hace a menudo), decidí pasear a lo
largo y a lo ancho de la estancia, sin hacer ruido para no despertar a quienes
dormían.
No había recorrido
cuarenta pasos cuando vi un objeto que me pareció completamente fuera de lugar
en medio de tanta gente andrajosa y de tanto jergón de lona sucia. Era un
pañuelo de mujer de buena tela y de color de albaricoque. El perfume era
indescriptible. No reconocí ninguna fruta ni flor de las que crecen en Urth,
pero me pareció delicioso.
Estaba doblando esta
hermosura para meterla en mi esquero, cuando oí una voz infantil que decía:
—Trae mala suerte, muy mala suerte, ¿no lo sabes?
Me volví, y vi una
niñita de cara pálida y chispeantes ojos de medianoche, demasiado grandes para
ella, y le pregunté: —¿Qué trae mala suerte, señorita?
—Guardar lo que se
encuentra. Después vienen a buscarlo. ¿Por qué llevas esas ropas negras?
—Son fulíginas, que
es un color más oscuro que el negro. Estira la mano y te lo enseñaré. ¿Ves cómo
desaparece cuando paso sobre ella el borde de mi capa?
Movió solemnemente la
cabeza, que aunque pequeña parecía demasiado grande para los hombros que la
sostenían.
—Los enterradores
visten de negro. ¿Eres enterrador? Cuando enterraron al navegante hubo carros
negros y gente vestida de negro que paseaba. ¿Has visto alguna vez un entierro
como ése?
Me puse en cuclillas
para mirarle de más cerca la cara solemne.
—Nadie viste de
fulígino en los funerales, señorita, para no ser confundido con gente de mi
gremio, lo que sería una infamia para el muerto en la mayoría de los casos.
Bueno, aquí está el pañuelo. ¿No te parece bonito? ¿A esto le llamas una cosa
encontrada?
Asintió con un gesto.
—Ellos se dejan los
látigos, y lo que hay que hacer es sacarlos fuera empujándolos por debajo de
las puertas. Porque después vendrán a llevarse sus cosas. —Sus ojos ya no se
fijaban en los míos. Estaban mirando la cicatriz que me cruzaba la mejilla
derecha.
Yo la toqué.
—¿Éstos son los
látigos? ¿Quiénes hacen esto? Vi una cara verde.
—Y yo también. —Reía
con notas de campanilla.— Pensé que iba a comerme.
—Ahora no pareces muy
asustada.
—Mamá dice que las
cosas que se ven en la oscuridad no quieren decir nada. Son diferentes casi
todas las veces. Lo que hacen daño son los látigos, pero ella me tuvo detrás,
entre ella y la pared. Tu amigo se está despertando. ¿Por qué pones esa cara
rara?
(Recordé haber estado
riendo con otras personas. Tres eran hombres jóvenes; dos, mujeres de mi propia
edad. Guiberto me pasó un látigo de pesada empuñadura y tralla de cobre
trenzado. Lollian estaba preparando la oropéndola, que daría vueltas sobre una
cuerda larga.)
—¡Severian! —Era Jonas, y fui de prisa hacia él. Me alegro de que estés aquí
—dijo, cuando me agaché a su lado—. Yo... pensé que te habrías ido.
—Era casi imposible
hacerlo, ¿recuerdas?
—Sí —dijo—, ahora lo
recuerdo. ¿Sabes cómo le llaman a este lugar, Severian? Me lo dijeron ayer. Es
la antesala. Veo que ya lo sabías.
—No.
—Hiciste un gesto con
la cabeza.
—Me acordé del nombre
cuando tú lo pronunciaste, y supe que así se llamaba. Yo... creo que Thecla
estuvo aquí. A ella no le pareció un lugar raro como prisión, tal vez porque
fue la única que había visto, antes de conocer nuestra torre, pero a mí sí me lo
parece. Creo que son más prácticas las celdas individuales, o por lo menos
varias habitaciones. Tal vez sea sólo un prejuicio.
Jonas se incorporó
trabajosamente hasta que estuvo sentado con la espalda contra la pared. Tenía
la cara pálida bajo la piel morena y le brillaba con la transpiración mientras
decía: —¿No te imaginas cómo este lugar llegó a ser lo que es? Mira a tu alrededor.
Lo hice, y sólo vi lo
que había visto antes: la extensa estancia, de luces tenues.
—Esto fue una suite,
quizá varias, probablemente. Han tirado las paredes y han puesto en todas
partes un suelo uniforme sobre los antiguos. Estoy seguro que es lo que
llamábamos un techo rebajado. Si levantaras uno de esos paneles, verías encima
la estructura original.
Me puse de pie y
probé; pero aunque llegaba con la punta de los dedos a los paneles
rectangulares, no alcanzaba a ejercer mucha presión sobre ellos. La niñita, que
estaba observando a una distancia de unos diez pasos y escuchando, estoy
seguro, cada palabra nuestra, dijo: —Álzame y lo haré.
Corrió hacia
nosotros. La tomé por la cintura y ti)(,
di cuenta que podía
levantarla fácilmente sobre mi cabeza. Durante unos segundos apretó los brazos
pequeños contra el trozo de techo encima de ella, que cedió hacia arriba,
soltando una lluvia de polvo. A hi, allá vi una red de finas barras metálicas,
y a través de ellas un techo abovedado con muchas moldura, N pinturas
desconchadas que representaban nube, y aves. Los brazos de la niña se
aflojaron; el panel vivió a hundirse soltando más polvo, y mi visión se
interrumpió.
Dejé a la niña en el
suelo y me volví hacia Jonas.
—Tienes razón. Hay un
techo antiguo encima de éste, que correspondía a una habitación mucho más
pequeña. ¿Cómo lo sabías?
—Porque hablé con
esas personas. Ayer. —Levantó las manos, la de hierro y también la de carne, y
pareció que iba a frotarse la cara con ellas.— Echa a la niña, ¿quieres?
Le dije a la niña que
se fuera con su madre, aunque sospecho que se limitó a cruzar la estancia,
volviendo después a lo largo de la pared hasta un punto desde donde podía
escucharnos.
—Siento como si
estuviera despertando —dijo Jonas—. Creo que dije ayer que temía volverme loco.
Creo que tal vez me esté volviendo cuerdo, y eso es tan malo o peor. —Había
estado sentado sobre el jergón de lona donde habíamos dormido. Ahora se dejó
caer sobre la pared, parecido a un cadáver que vi más tarde con la espalda
contra un árbol.— Yo leía mucho a bordo. Una vez leí una historia. No creo que
sepas nada de ella. Aquí han transcurrido muchas quilíadas.
Le dije: —Supongo que
no.
—Había tanta
diferencia, pero también tanta semejanza con esto. Pequeñas y extrañas
costumbres y usos... algunas no tan pequeñas. Instituciones extrañas. Pedí el
barco y ella me dio otro libro.
Todavía transpiraba,
y pensé que estaba desvariando. Utilicé el trapo con el que limpiaba la hoja de
mi espada para secarle la frente.
—Señores hereditarios
y subordinados hereditarios, toda clase de extraños funcionarios. Lanceros de
largos y blancos bigotes. —Por un instante asomó el fantasma de una vieja y
divertida sonrisa.— El Caballero Blanco está resbalando por el atizador. Mantiene
muy mal el equilibrio, como le dijo el cuaderno del rey.
En el extremo más
apartado de la estancia hubo cierto revuelo. Los prisioneros que habían estado
durmiendo o hablando en voz baja en pequeños grupos se incorporaban e iban
hacia allí. Jonas pareció dar por sentado que yo también iría, y me agarró el
hombro con la mano izquierda, débilmente, como con mano de mujer.
—Nada de eso empezó
así. —La voz trémula creció de repente.— Severian, el rey era elegido en el
Campo de Ceremonias. Los reyes nombraban a los condes. A eso le llamaban la
edad de las tinieblas. Un barón no era más que un hombre libre de Lombardía.
La niñita que yo
había levantado hasta el techo apareció como brotada de la nada y nos llamó:
—Hay comida. ¿No vais a venir? —Y yo me puse de pie y dije:— Traeré algo para
nosotros. Quizá te ayude a ponerte mejor.
—Aquello echó raíces.
Todo se prolongó por demasiado tiempo. —Mientras yo caminaba hacia la multitud,
le oí decir:— El pueblo no lo sabía.
Los prisioneros
volvían con pequeñas hogazas de pan bajo el brazo. Cuando llegué, la
muchedumbre era menos compacta, y vi que las puertas estaban abiertas. Detrás,
en el corredor, un asistente con mitra de gasa blanca almidonada vigilaba cerca
de un carro de plata. En realidad, los prisioneros salían de la antesala y
daban la vuelta alrededor de este hombre. Yo los seguí, y por un momento tuve
la impresión de que me habían puesto en libertad. La ilusión se esfumó pronto.
A ambos extremos del corredor había unos hastarii que cerraban la salida, y
otros dos cruzaban sus armas ante la puerta que conducía al Pozo del Carillón
Verde.
Alguien me tocó el
brazo, y al volverme vi a la canosa Nicarete.
—Tienes que conseguir
algo —me dijo—, si no para ti, al menos para tu amigo. Nunca traen bastante.
Asentí con un gesto,
y extendiendo el brazo sobre un grupo de cabezas alcancé a coger un par de
pegajosas hogazas.
—¿Cuántas veces nos
dan de comer?
—Dos al día. Ayer
llegasteis justo después de la segunda comida. Todo el mundo trata de no tomar
demasiado, pero nunca hay suficiente.
—Esto son pastelitos
—dije—. Las puntas de mis dedos estaban cubiertas de una capa de merengue con
sabor a limón, mirística y cúrcuma.
La vieja asintió con
la cabeza.
—Siempre son
pastelitos, aunque varían de un día a otro. Ese birrete de plata contiene café,
y en la bandeja inferior del carrito hay tazas. A la mayoría de los aquí
encerrados no les gusta y no lo beben. Imagino que algunos ni siquiera lo
conocen.
Ya habían
desaparecido todos los pastelitos, y los últimos prisioneros, excepto Nicarete
y yo, habían vuelto a entrar en la estancia de techo bajo. Tomé una taza de la
bandeja inferior y la llené. El café era muy fuerte, caliente y negro, y muy
endulzado con lo que me pareció miel de tomillo.
—¿No vas a bebértelo?
—Voy a dárselo a
Jonas. ¿Les importará que me lleve la taza?
—No lo creo —dijo
Nicarete, pero mientras hablaba sacudió la cabeza señalando a los soldados.
Ellos habían
adelantado las lanzas en posición de guardia, y las puntas afiladas ardían con
un fuego más vivo. Volví con ella a la antesala, y las puertas se cerraron
detrás de nosotros.
Recordé que el día
antes Nicarete me había dicho que se encontraba allí por su propia voluntad, y
le pregunté si sabía por qué alimentaban a los prisioneros con pastelitos y
café del sur.
—Tú ya lo sabes
—dijo—. Lo oigo en tu voz.
—No. Pero creo que
Jonas lo sabe.
—Quizá sí. Pues nadie
piensa que esta prisión sea realmente una prisión. Hace tiempo (creo que antes
del reinado de Ymar) era costumbre que el mismo Autarca juzgara a cualquiera
que hubiese cometido algún delito dentro de la Casa Absoluta. Quizá los autarcas
pensaban que escuchando tales casos se enterarían de lo que se tramaba contra
ellos, o quizá sólo esperaban que tratando con justicia a los del círculo
inmediato apagarían los odios y desarmarían los celos. Los casos importantes se
zanjaban con rapidez, pero en los menos graves se enviaba a los delincuentes a
este lugar a que esperaran...
Las puertas que poco
antes se habían cerrado se estaban abriendo de nuevo. Un hombre pequeño,
harapiento, desdentado, fue empujado dentro. Cayó de bruces, se incorporó y se
echó a mis pies. Era Hethor.
Como cuando habíamos
llegado Jonas y yo, los prisioneros se amontonaron alrededor de Hethor,
levantándolo y gritando preguntas. Nicarete, a quien pronto se le unió Lomer,
los apartó y le pidió a Hethor que se identificara. Él se quitó la gorra
(recordándome la mañana de nuestro primer encuentro sobre la hierba del Cruce
de Ctesifon) y me dijo: —Soy el esclavo de mi maestro, el que viene de lejos,
el de la cara gas... gastada, soy Hethor, agobiado de polvo y doblemente
abandonado —no dejando de mirarme todo el rato con ojos desorbitados y
brillantes, como las ratas pelonas de la chatelaine Lelia, que corrían en
círculos y se mordían el rabo obedeciendo a una palmada.
Tanto me repugnaba
mirarlo, y tan preocupado estaba por Jonas, que en seguida me fui y volví al
lugar donde habíamos dormido. La imagen de una rata temblorosa de carne gris
era todavía vívida cuando me senté; luego, como si ella misma hubiera recordado
que sólo era una imagen tomada de los recuerdos muertos de Thecla, se
desvaneció como el pez de Domnina.
—¿Algo va mal?
—preguntó Jonas. Parecía encontrarse un poco más fuerte.
—Los pensamientos me
inquietan.
—Mala cosa para un
torturador, pero me alegro de tu compañía.
Le puse los dulces en
el regazo y le alcancé la taza.
—Café de la ciudad, y
sin pimienta. ¿Es así como te gusta?
Asintió, cogió la
taza y sorbió.
—¿Tú no bebes? —Ya
tomé el mío allí. Cómete el pan. Es muy bueno.
Sacó un pedazo de una
de las hogazas.
—Tengo que hablarle a
alguien, de manera que tienes que ser tú, aunque pensarás que soy un monstruo
cuando haya acabado. Tú también eres un monstruo, ¿lo sabes, amigo Severian?
Eres un monstruo porque tienes por profesión lo que casi todos hacen sólo por
entretenimiento.
—Estás cubierto de
metal, y no sólo tu mano. Lo sé desde hace tiempo, monstruoso amigo Jonas.
Ahora cómete el pan y bébete el café. Creo que hasta dentro de unas ocho
guardias no volverán a traernos comida.
—Chocamos. Había
pasado tanto tiempo, allí en Urth, que ya no había puerto cuando regresamos, ni
muelle. Después perdí la mano, y la cara. Mis compañeros de a bordo me
repararon todo lo bien que pudieron, pero ya no quedaban partes, sólo material
biológico. —Con la mano de hierro, que yo había tenido por poco más que un
garfio, levantó la de carne y hueso como si fuera un trozo de porquería.
—Tienes fiebre. El
látigo te hizo daño, pero te recuperarás y saldremos y encontraremos a Jolenta.
Jonas asintió.
—Cuando nos
acercábamos al final de la Puerta de la Piedad, ¿recuerdas cómo, en medio de
aquella confusión, ella volvió la cabeza y el sol le dio en la mejilla?
Le dije que sí.
—Nunca antes he
amado, nunca, desde que nuestra tripulación se dispersó.
—Si no tienes ganas
de comer, tendrías que descansar. ,
—Severian —me agarró
el hombro como lo había hecho antes, pero esta vez con la mano de hierro,
fuerte como un torno—, tienes que hablarme, no puedo soportar la confusión de
mis propios pensamientos.
Por algún tiempo le
hablé de cuanto se me ocurría, sin que él me interrumpiese. Después me acordé
de Thecla, que a menudo había soportado la misma opresión, y de cómo yo le leía
algo. Sacando el libro marrón, lo abrí al azar.
XVII
El cuento del estudiante y de su hijo
I
El reducto de los magos
Una vez, a orillas
del indómito mar, existió una ciudad de pálidas torres. En ella habitaban los
sabios. Y esa ciudad estaba marcada por una ley y una maldición. La ley era
ésta: que todos los que moraban allí, tenían dos caminos en la vida: crecer
entre los sabios y pasear con capuchas de mil colores, o dejar la ciudad e
internarse en el mundo hostil.
Ahora bien, había un
hombre que durante mucho tiempo había estudiado toda la magia conocida en la
ciudad, que era la mayor parte de la conocida en el mundo. Y se acercó la hora
en que debía elegir su camino. En mitad del verano, cuando las flores de amarillas
y despreocupadas corolas brotan incluso de las paredes oscuras que se alzan
sobre el mar, fue a uno de los sabios que se cubría la cara de mil colores
desde tiempos inmemoriales, y que durante muchos años había enseñado al
estudiante al que le había llegado la hora, y le dijo: —¿Cómo puedo yo,
ignorante de mí, conseguir un lugar entre los sabios de la ciudad? Pues deseo
pasar todos mis días estudiando los conjuros que no son sagrados, y no salir al
mundo hostil y bregar para ganarme el sustento. Entonces el anciano rió y dijo:
—¿Te acuerdas que, cuando eras poco más que un niño, te enseñé el arte de
engendrar hijos con materia de sueños? ¡Cuán hábil eras en esos días!
Sobrepasabas a todos los demás. Ve ahora y engendra ese hijo, y lo mostraré a
los encapuchados y serás como nosotros.
Pero el estudiante
dijo: —Deja que pase otra estación y haré cuanto me aconsejas.
Vino el otoño, y los
sicomoros de la ciudad de pálidas torres, cuyas altas murallas los protegían de
los vientos marinos, dejaron caer unas hojas que eran como el oro que hacían
sus propietarios. Y los ánsares surcaron los aires entre las pálidas torres, y
tras ellos los pigargos y los quebrantahuesos. Entonces el anciano hizo llamar
de nuevo al que había estudiado con él, y le dijo: —Ahora ciertamente has de
engendrar por ti mismo una creación de sueño, como te he enseñado. Pues los
otros encapuchados se ponen impacientes. Salvo nosotros, eres el más viejo de
la ciudad, y puede ocurrir que si no actúas ahora te echen para el invierno.
Pero el estudiante
respondió: —He de seguir estudiando para conseguir lo que busco. ¿No me puedes
proteger una estación más? —Y el anciano que le había enseñado pensó en la
belleza de los árboles que durante tantos años habían deleitado sus ojos como
blancos miembros de mujeres.
El dorado otoño fue
extinguiéndose, y llegó el invierno amenazador desde su helada capital, donde
el sol rueda a lo largo del borde del mundo como engañosa bola de oro y donde
los fuegos que fluyen entre las estrellas y Urth encienden el cielo. Llegó y transformó
las olas en acero y la ciudad de los magos lo saludó colgando de los balcones
estandartes de hielo y amontonando nieve escarchada en los tejados. El anciano
volvió a llamar a su alumno, y el estudiante respondió como antes.
Vino la primavera y
con ella la alegría de la naturaleza, pero la negrura continuaba pesando sobre
la ciudad; y el odio, y el aborrecimiento de los propios poderes —que como un
gusano corroe el corazón cayó sobre los magos. Pues la ciudad no tenía más que
una ley y una maldición, y aunque la ley regía durante todo el año, la
maldición gobernaba la primavera. En primavera, las más bellas doncellas de la
ciudad, las hijas de los magos, se vestían de verde; y mientras los suaves
vientos primaverales jugueteaban con sus cabellos dorados, salían descalzas por
el portal de la ciudad y bajaban por el sendero que conducía al muelle y
abordaban el barco de velas negras. Y como sus cabellos eran de oro y sus
trajes de verde faya, y como a los magos les parecía que se las llevaban cual
si fuera cosecha de trigo, las llamaban las doncellas trigueras.
Cuando el hombre que
tanto tiempo había sido alumno del anciano pero que aún seguía descapuchado oyó
los cantos de dolor y los lamentos, y asomándose a la ventana vio cómo se
alejaban las doncellas, dejó de lado todos los libros y comenzó a dibujar unas figuras
que ningún hombre había visto jamás, y a escribir en muchas lenguas, como su
maestro le había enseñado en otro tiempo.
II
El despellejamiento del héroe
Trabajó día tras día.
Cuando la primera luz llegaba por la ventana, su pluma había estado activa
durante muchas horas; y cuando el encorvado lomo de la luna asomaba por entre
las pálidas torres, la lámpara del cuarto brillaba con fuerza. Al principio le pareció
que todas las artes que el maestro le enseñara lo habían abandonado, pues desde
la primera luz hasta la aparición de la luna se encontraba solo en el cuarto, y
sólo una polilla rompía de vez en cuando esa soledad, aleteando como si
mostrara la insignia de la muerte en la impávida llama de la vela.
Entonces, cuando a
veces cabeceaba sobre la mesa, en el sueño se le deslizaba otro hombre, y él,
que sabía quién era ese otro, le daba la bienvenida, aunque los sueños eran
fugaces y pronto se olvidaban.
Continuó trabajando,
y aquello que se esforzaba por crear se fue concentrando a su alrededor
así como el humo se acumula sobre el combustible que se añade a una hoguera
casi apagada. En ocasiones (y sobre todo cuando trabajaba temprano o tarde, y
cuando después de dejar de lado todos los instrumentos de su arte, se tendía
sobre la cama estrecha destinada a quienes todavía no habían ganado la capucha
de muchos colores) él oía el paso, siempre en otra habitación, del hombre que
esperaba traer a la vida.
Con el tiempo estas
manifestaciones, que al principio eran raras y se limitaban casi por entero a
las noches en que el trueno retumbaba entre las pálidas torres, se fueron
haciendo comunes, y hubo signos inequívocos de la presencia del otro; por
ejemplo, encontraba sobre una silla un libro que en decenios no había sacado de
la estantería; se abrían, como solas, las cerraduras de ventanas y puertas; un
antiguo alfanje, relegado durante años a la condición de ornamento apenas más
mortífero que un cuadro trombel'ceil, apareció desprovisto de su pátina,
brillante y recién afilado.
Una tarde dorada,
cuando el viento se entretenía en los inocentes juegos de la niñez, moviendo
las hojas nuevas de los sicomoros, llamaron a la puerta del cuarto. Sin
atreverse a volver la cabeza, ni a expresar en voz alta lo más mínimo de lo que
sentía, ni tampoco a abandonar el trabajo, contestó:
—Adelante.
Así como las puertas
se abren a medianoche aunque ningún ser vivo se mueva, la puerta comenzó a
abrirse, muy lentamente. A medida que se movía parecía ir ganando fuerza, de
modo que cuando estuvo bastante abierta (como él juzgó por el ruido) para que
pudieran meter una mano en la habitación, pareció como si la brisa hubiera
entrado por la venta para insuflar vida al corazón de la madera. Y cuando, como
juzgó de nuevo, estuvo más abierta aún, tanto que hasta un ilota inseguro
hubiera podido entrar con una bandeja, pareció que una verdadera tormenta
marina agarraba la puerta y la lanzaba contra la pared; entonces oyó pasos a su
espalda, pasos rápidos y resueltos, y una voz respetuosa y joven, pero profunda
y limpiamente masculina, que se dirigía a él diciendo:
—Padre, no me gusta
molestarte cuando estás sumido en tu arte, pero mi corazón está muy turbado y
así lleva varios días, y te ruego, por el amor que me tienes, que soportes mi
intrusión y me aconsejes en mis dificultades.
Entonces el
estudiante se atrevió a volverse en el asiento, y vio ante él a un joven de
porte altanero, ancho de hombros y fuerte de musculatura. La boca era firme y
voluntariosa, y había inteligencia en los ojos brillantes y valor en los rasgos
de la cara. Llevaba sobre la frente esa corona invisible que hasta un ciego
puede ver: la inapreciable corona que atrae a los valientes hacia un paladín y
que vuelve arrojados a los débiles. Entonces dijo el estudiante: —Hijo, no
tengas miedo en molestarme ahora ni nunca, pues nada hay bajo el cielo que
prefiera ver antes que tu cara. ¿Qué te preocupa?
—Padre —dijo el
joven—, hace muchas noches que interrumpen mis sueños llantos femeninos, y he
visto con frecuencia, como una verde serpiente atraída por las notas de una
flauta, una columna de verde que se desliza bajo nuestra ciudad por el
acantilado y hacia el muelle. Y a veces en mi sueño se me permite acercarme, y
entonces veo que todas las que caminan en esa columna son rubias mujeres que
entre lloros y lamentos se mueven vacilando, de modo que podría imaginármelas
como un campo de cereal temprano que bate un viento quejumbroso. ¿Qué significa
este sueño?
—Hijo —dijo el
estudiante—, ha llegado el momento en que he de contarte lo que hasta ahora te
he escondido, temeroso de que con la impetuosidad de tu juventud pudieras
atreverte a demasiado antes de que llegara la hora. Has de saber que a esta
ciudad la oprime un ogro, que todos los años le exige sus hijas más bellas,
como has visto en tu sueño.
A esto refulgieron
los ojos del joven, que preguntó: —¿Quién es este ogro, y qué forma
tiene, y dónde habita?
—Nadie sabe cómo se
llama, pues ningún hombre ha podido acercársele. Tiene la forma de una
naviscaput, y esto significa que ante los hombres toma la apariencia de un
navío, y sobre la cubierta (que en realidad no es más que sus hombros) lleva un
único castillo, la cabeza, y en el castillo un único ojo. Pero el cuerpo
nada en las aguas profundas con la raya y el tiburón, y los brazos son más
largos que los más altos mástiles y las piernas son como pilares que llegan
hasta el fondo mismo del mar. Habita en un puerto de una isla de occidente,
donde un canal se interna en la tierra con muchos giros y revueltas,
dividiéndose una y otra vez. Es en esta isla donde las doncellas trigueras
habitan por fuerza, según dice mi historia, y allí, anclado, el ogro se desenvuelve
entre ellas, moviendo eternamente el ojo a izquierda y derecha para
observar como desesperan.
III
El encuentro con la princesa
Entonces el joven
continuó su andadura y escogió su tripulación entre otros jóvenes de la ciudad
de los magos, y de quienes llevaban las capuchas coloreadas consiguió una nave
robusta, y durante todo ese verano él y los otros jóvenes acorazaron la nave y
montaron a sus costados la más poderosa artillería, y cien veces practicaron
desplegando y arriando las velas y disparando los cañones, hasta que la nave
respondió como una yegua de pura sangre responde a las riendas. Debido a la
compasión que sentían por las doncellas trigueras, le pusieron por nombre Tierra
de Vírgenes.
Cuando las hojas
doradas cayeron de los sicomoros (así como el oro fabricado por los magos acaba
cayendo de las manos de los hombres) y los grises ánsares surcaban los cielos
por entre las pálidas torres de la ciudad y los pigargos y quebrantahuesos los seguían
graznando, los jóvenes se hicieron a la mar. Muchas aventuras corrieron en la
ruta de ballenas que conduce a la isla del ogro y que no vienen ahora al caso;
pero al final los vigías avistaron allá delante una tierra de suaves colinas
salpicadas de verde; y mientras la contemplaban a la luz del sol, protegiéndose
los ojos con las manos, las manchas verdes fueron haciéndose más y más grandes.
Entonces el joven a quien el estudiante había sacado de un sueño supo que ésta
era en verdad la isla del ogro, y que las doncellas trigueras acudían
presurosas a la orilla para observar el velamen.
Entonces se
prepararon los grandes cañones, y las banderas de la ciudad de los magos, todas
amarillas y negras, lucieron en la arboladura. Se acercaron más y más, hasta
que temiendo encallar enmendaron el rumbo y bordearon la costa. Las doncellas
trigueras
los siguieron,
atrayendo así a más compañeras hasta que cubrieron toda la tierra como un campo
de trigo. Pero el joven no olvidó lo que le habían contado: que el ogro vivía
entre ellas.
Medio día estuvieron
navegando, doblaron un cabo y vieron que la costa se convertía en un profundo
canal que se abría camino entre las colinas bajas hasta perderse de vista. A la
entrada de este canal se levantaba un luquete de mármol blanco rodeado de jardines,
y aquí el joven ordenó a sus compañeros que anclaran, y bajaron a tierra.
Apenas había puesto
pie en la isla cuando se le acercó una mujer de gran belleza, la piel oscura,
negro el cabello y luminosos los ojos. Él le hizo una reverencia, diciendo:
—Princesa o reina, veo que no eres de las doncellas trigueras. Llevan túnicas
verdes, y la tuya es negra. Pero aunque vistieras de verde te hubiera conocido,
pues en tus ojos no hay pena y la luz que los anima no es de Urth.
—Dices bien —dijo la
princesa—, pues soy Noctua, hija de la Noche, y también hija de aquel a quien
has venido a matar.
—Entonces nunca
podremos ser amigos, Noctua —dijo el joven—. Mas no seamos enemigos. —Pues
aunque no sabía por qué, estando hecho del material de los sueños, se sentía
atraído hacia ella, y ella, en cuyos ojos brillaba la luz de los astros, hacia
él.
A esto, la princesa
extendió las manos y declaró: —Sabe _que mi padre tomó por la fuerza a mi
madre, y que contra mis deseos me tiene aquí, donde enloquecería pronto si no
fuera porque ella me visita al final de cada día. Si no ves pena en mis ojos,
es porque la tengo en el corazón. Para alcanzar mi libertad, de buen grado te
aconsejaré cómo puedes enfrentarte a mi padre y triunfar.
Todos los jóvenes de
la ciudad de los magos fueron quedándose en silencio y se acercaron a escuchar.
—Ante todo tenéis que
entender que las vías de agua de esta isla se tuercen y retuercen una y
otra vez, de manera que no es posible dibujarlas en un mapa. Y tampoco
podéis recorrerlas a vela, y será necesario que encendáis las calderas antes de
seguir adelante.
—Eso no me preocupa
—dijo el joven que era la encarnación de un sueño—. Medio bosque ha sido
clareado para llenar nuestras carboneras, y esas grandes ruedas que ves
avanzarán por estas aguas con pasos de gigante.
Al oír esto la
princesa tembló, y dijo: —No hables de gigantes, pues no sabes lo que dices.
Muchas naves han venido como la vuestra, hasta que los cráneos blanquearon las
cenagosas profundidades de estos inmensurables canales. Pues mi padre
acostumbra a dejarles errar entre los islotes y estrechos hasta que se les
agota el combustible, por mucho que traigan, y entonces, cayendo sobre ellos de
noche cuando el resplandor de sus fuegos moribundos le permite verlos y no ser
visto, acaba con ellos.
Entonces se turbó el
corazón del joven nacido de un sueño, y dijo: —Le buscaremos como se nos
indica, pero ¿no hay manera alguna de escapar al destino de esos otros?
A estas palabras, la
princesa se apiadó de él, pues todos los que están hechos de sueños les parecen
hermosos al menos en cierto grado a las hijas de la noche, y él más que
ninguno. Así, dijo ella: —Para encontrar a mi padre antes de quemar el último
madero, tenéis que buscar el agua más oscura, pues por donde quiera que pasa
ese cuerpo enorme levanta un cieno repugnante, y observándolo podréis
descubrirlo. Pero tenéis que empezar la búsqueda a la hora del alba, y desistir
cuando sea mediodía; si no, podríais dar con él a la luz del crepúsculo, y lo
pasaríais muy mal
—Por este consejo
hubiera dado mi vida —dijo el joven, y todos los compañeros que habían
desembarcado con él lanzaron un grito de júbilo—, pues ahora seguramente
triunfaremos sobre el ogro.
A esto, la cara
solemne de la princesa se ensombreció aún más y dijo: —No, ciertamente que no,
pues en la lucha naval es un temible adversario. Pero sé una estratagema que os
puede ayudar. Habéis dicho que estáis bien pertrechados. ¿Tenéis brea por si el
buque hace agua?
—Muchos barriles
—dijo el joven.
—Entonces procura que
cuando luchéis el viento sople desde vosotros hacia él, y en lo más álgido del
combate, que será pronto una vez iniciado, haz que tus hombres echen brea a las
calderas. Aunque con eso no puedo prometerte la victoria, os será de gran
ayuda.
Por este consejo,
todos los jóvenes se deshicieron en agradecimiento, y las doncellas trigueras,
que tímidamente se habían mantenido a distancia mientras charlaban el joven
nacido de sueños y la hija de la Noche, lanzaron un grito de júbilo como lo
hacen las doncellas, escaso de fuerza pero lleno de alegría.
Entonces los jóvenes
se prepararon para partir, encendiendo los fuegos de las grandes calderas bajo
la crujía de la nave, hasta que surgió el blanco espectro que impulsa a las
buenas naves aunque el viento sople de otro lado. Y la princesa los contempló desde
la orilla y les dio su bendición.
Pero cuando las
grandes ruedas comenzaban a girar, tan lentamente al principio que apenas
parecían moverse, llamó a voces al joven nacido de sueños, que vino a la
barandilla, y le dijo: —Puede ser que encontréis a mi padre. Si lo encontráis,
tal vez lo derrotéis, oscureciendo incluso proezas como las suyas. Aun así,
puede que os cueste enormemente volver a encontrar el camino hacia el mar, pues
en esta isla los canales están hechos de las formas más inimaginables. Pero hay
una manera. De la mano derecha de mi padre has de despellejar la yema del
primer dedo.
Verás en ella mil
líneas enmarañadas. No te desanimes y estúdialas atentamente; pues es el mapa
que siguió para trazar las vías de agua, de modo que siempre pudiera tenerlo
consigo.
IV
La batalla contra el ogro
Aproaron tierra
adentro y, tal como les había advertido la princesa, el canal que seguían
pronto se dividió una y otra vez hasta que hubo mil bifurcaciones de canales y
diez mil islotes. Cuando la sombra del palo mayor no fue más larga que un
sombrero, el joven nacido de sueños ordenó echar anclas y cubrir los fuegos, y
en ese lugar quedaron esperando una larga tarde engrasando los cañones y
preparando la pólvora y todo lo que pudiera necesitarse en la más encarnizada
de las batallas.
Por fin llegó la
Noche, y la vieron pasar de un islote a otro llevando una nube de murciélagos
sobre los hombros y unos lobos terribles pisándole los talones. No parecía
estar más allá de un simple tiro de artillería desde donde habían anclado, sin
embargo todos vieron que no pasaba delante ni de Héspero ni de Sirio, sino por
detrás. Se volvió a mirarlos sólo un momento, y ninguno pudo decir con certeza
lo que esa mirada indicaba. Pero todos se preguntaron si realmente el ogro la
había tomado por la fuerza como había dicho su hija; y en tal caso, si ella no
había perdido ya el resentimiento que cabía imaginar.
Con la primera luz la
trompeta sonó en el alcázar y el combustible animó los fuegos cubiertos; pero
como la brisa de la
mañana soplaba favorable en el
canal, el joven
ordenó desplegar velas antes de que
las grandes ruedas
estuvieran dispuestas a moverse. Y cuando el blanco espectro despertó al fin,
la nave se adelantó a doble velocidad.
El canal se
prolongaba muchas leguas, bastante derecho como para que no hubiera necesidad
de arrizar las velas ni enmendar el rumbo. Cruzaron otros cien canales, y en
cada uno de ellos estudiaron las aguas, que eran siempre translúcidas como el
cristal. Contar las cosas extrañas que vieron en los islotes por los que
pasaron requeriría una docena de cuentos tan largos como éste: mujeres que
crecían de tallos como flores asomaban por encima del barco, y besándolos
trataban de mancharles la cara con el polvo de las mejillas; hombres a quienes
la afición al vino había matado hacía tiempo yacían junto a manantiales de
vino, y seguían bebiendo, demasiado embriagados para saber que sus vidas habían
acabado ya; bestias que eran agüeros para tiempos futuros, de retorcidas
extremidades y piel de colores insólitos, esperaban el próximo advenimiento de
batallas, terremotos y regicidios.
Por fin el mozo que
hacía de segundo se acercó al joven nacido de sueños que esperaba cerca del
timonel, y le dijo:
—Ya hemos avanzado
mucho por este canal y el sol, que no había mostrado la cara cuando recogimos
las velas, se acerca al cenit. Siguiéndolo, hemos cruzado otros mil canales, y
en ninguno hemos visto ninguna huella del ogro. ¿No puede ser que hayamos tomado
un rumbo desafortunado? ¿No sería más sensato enmendar pronto y buscar otro
canal?
Entonces el joven
respondió: —Justo ahora pasa un canal a estribor. Echa una mirada y dime si las
aguas están más sucias que las nuestras.
El mozo hizo lo que
se le indicaba y dijo: —No, están más claras.
—Dentro de poco se
abrirá otro a babor. ¿A qué profundidad puedes ver?
El mozo esperó hasta
que el barco pasó frente al canal del que hablaba el joven, y entonces
respondió: —Hasta el fondo. Veo muy abajo los restos de una nave muy antigua.
—¿Y ves a la misma
profundidad en el canal por el que navegamos?
Y el otro miró las
aguas que surcaban, y tenían el color de la tinta; y hasta las salpicaduras que
despedían las ruedas parecían grajos y cuervos. En seguida comprendió y gritó a
todos los demás que se quedaran junto a los cañones, pues no podía decir que se
prepararan a quienes estaban preparados desde hacía tanto tiempo.
Enfrente se
encontraba un islote más elevado que casi todos los demás, coronado de árboles
altos y sombríos; y en ese punto el canal se torcía, de modo que el viento, que
había soplado fijo de popa, golpeó el mirador. El timonel hizo girar la rueda y
el marinero de guardia soltó algunas escotas y atesó otras, y la proa del barco
dobló la pronunciada curva del risco y allí, ante ellos, apareció un largo
casco de poca manga, con un único castillo en la crujía y un solo cañón mayor
que todos los que ellos llevaban y que asomaba por una única tronera.
Entonces el joven
nacido de sueños abrió la boca para ordenar a los artilleros de proa que
abrieran fuego, pero antes que sus palabras bramó el cañón enemigo con un
sonido que no era como el del trueno u otro ruido conocido a los oídos de los
hombres, sino como si hubieran estado en una alta torre de piedra y ésta se
hubiera derrumbado en un instante.
Y el proyectil del
disparo alcanzó la recámara del primer cañón de estribor, rompiéndolo en
pedazos y reventando él mismo, de modo que los fragmentos de cañón y proyectil
se esparcieron por el buque como hojas oscuras antes de un vendaval y mató a
muchos hombres.
Entonces el timonel,
sin esperar orden alguna, hizo girar el barco hasta que la batería de babor
quedó apuntando, y los cañones, como lobos que aúllan a la luna, dispararon a
discreción de los hombres que los servían. Y sus proyectiles pasaron a uno y otro
lado del único castillo del enemigo, y algunos lo acertaron produciendo el
ruido de campanadas fúnebres por los que habían perecido un momento antes, y
otros se perdieron en el agua ante el casco que lo sostenía, y otros dieron
sobre la cubierta (que también era de hierro) y al contacto con ella volaron
rebotados hacia el cielo con un ruido chillón.
Entonces volvió a
hablar el único cañón del enemigo.
Y así continuó
durante instantes que parecieron años enteros. Por fin, el joven pensó en el
consejo de la princesa, la hija de la Noche; pero aunque el viento soplaba
fuerte, no era del todo favorable, y si hubiera de enmendar el rumbo, hasta que
soplara desde el barco hacia el enemigo, según el consejo de la princesa,
durante un buen rato ningún cañón apuntaría salvo la artillería de proa, y
cuando lo hicieran sería la batería de estribor, uno de cuyos cañones había
sido destruido causando tantos muertos.
Pero en ese momento
se le ocurrió que estaban luchando como lo habían hecho otros cientos que ya
estaban muertos, y sus barcos hundidos y sus huesos esparcidos por los
innumerables canales que daban vueltas y surcaban como una maraña la superficie
de la isla del ogro. Entonces transmitió su orden al timonel; pero nadie
respondió, pues éste había muerto y la rueda que había sostenido lo sostenía
ahora a él. El joven nacido de sueños empuñó entonces el timón y presentó al
enemigo la estrecha proa del buque. Entonces pudo verse cómo las tres hermanas
favorecen al intrépido, pues el siguiente disparo del enemigo, que pudo haber
barrido el barco de proa a popa, cayó a babor a la distancia de un remo. Y el
siguiente, a estribor a la distancia del ancho de un bote.
Y ahora el enemigo,
que antes se había mantenido firme, no intentando huir ni acercarse, dio media
vuelta. Viendo que escaparía si podía hacerlo, la tripulación dio un gran
grito, como si ya hubieran alcanzado la victoria. Pero, ¡oh maravilla!, el
único castillo, que hasta entonces todos habían creído fijo, giró en el sentido
contrario, de modo que el enorme cañón, más grande que cualquiera de los
cañones de la nave, seguía apuntando.
Un momento después el
proyectil acertó en la crujía, arrancando un cañón de la andana de estribor
como un borracho hubiera podido arrojar a un niño fuera de la cuna, rebotando
por toda la cubierta y destrozándolo todo. Entonces los cañones de la batería (los
que quedaban) soltaron a coro fuego y hierro. Y como ahora la distancia era
menos de la mitad de lo que había sido (o quizá porque la naturaleza del
enemigo se había debilitado con el miedo), los proyectiles ya no golpeaban el
castillo con un hueco sonido metálico, sino con un crujido como si la campana
que ha de anunciar el fin del mundo se estuviera resquebrajando; yen la
aceitosa negrura de hierro aparecieron unas grietas.
Y por el tubo de
comunicación el joven habló a quienes en la sala de máquinas habían perseverado
en alimentar las calderas con troncos, gritándoles que echaran brea a las
llamas como había aconsejado la princesa. Al principio, temió que todos ellos
hubieran muerto, y después que no hubieran entendido la orden con el fragor de
la batalla. Pero una sombra cayó sobre el agua iluminada por el sol entre el
enemigo y él, y miró hacia arriba.
Se dice que
antiguamente una niña andrajosa, hija de un pescador, encontró en la arena una
botella sellada, y al abrir el sello y extraer el corcho se convirtió en reina
de hielo a hielo. De la misma manera —así pareció—, un ente elemental, animado
por la fuerza que forjara la creación, escapó de las altas chimeneas del barco,
tropezando consigo mismo en oscuro regocijo y creciendo a cada empellón que le
daba el viento.
Y el viento seguía
viniendo, y lo agarraba con innumerables manos y lo llevaba en una masa sólida
depositándolo sobre el enemigo. Aunque ya no se veía nada —ni el largo y oscuro
casco de cubierta de hierro, ni el cañón único cuya boca les había anunciado el
cataclismo—, no perdieron un solo instante, bajaron los cañones y dispararon
hacia la negrura. Y de cuando en cuando también se oía el cañón del enemigo,
pero no se veía ningún destello ni podía adivinarse adónde iban a parar los
proyectiles.
Tal vez aún no habían
acertado a nada y todavía seguían viajando alrededor del mundo, buscando el
blanco.
Estuvieron disparando
hasta que los cañones brillaron como lingotes recién fundidos. Entonces
disminuyó el humo que durante tanto tiempo había estado saliendo, y los de
abajo gritaron por el tubo que habían consumido toda la brea, y el joven nacido
de sueños ordenó que el fuego cesase, y los hombres que habían atendido los
cañones cayeron sobre cubierta como otros tantos cadáveres, tan agotados que ni
podían pedir agua.
La negra nube se
esfumó, no como la niebla en el sol, sino como un ejército de maligna fortaleza
que se disuelve ante la repetición de las cargas, cediendo por aquí,
resistiendo tozudamente por allá y aun logrando crear alguna escaramuza cuando
parece que todo ha concluido.
En vano escrutaron
entonces las olas recién bruñidas en busca del ogro. Nada vieron: ni el casco,
ni el castillo, ni el cañón, ni planchas ni palos de navío.
Lentamente, con tanta
cautela que diríase que temían a un enemigo invisible, avanzaron hasta el punto
mismo en que el ogro había estado anclado, y observaron más allá los árboles
esparcidos y el suelo atravesado de surcos en el islote donde se perdieran las
andanadas. Cuando llegaron al punto donde había estado el largo casco de
hierro, el joven nacido de sueños ordenó invertir la marcha de las grandes
ruedas, y por fin se detuvieron, quedando tan quietos y silenciosos como lo
había estado su adversario. Entonces se acercó a la barandilla y observó el
agua, pero con tal expresión que nadie, ni los más valientes, se atrevieron a
mirarlo.
Cuando por fin alzó
los ojos, tenía el rostro rígido y sombrío, y sin decir a nadie palabra alguna
fue a su camarote y se encerró. Entonces el segundo oficial ordenó virar para
volver al blanco luquete de la princesa; y también ordenó que se vendaran las
heridas, que se pusieran en movimiento las bombas y se comenzaran las
reparaciones que pudieran hacerse. Pero llevó con ellos los muertos, para que
fueran enterrados en alta mar.
V
La muerte del estudiante
Puede que el canal no
fuera tan derecho como habían creído. O que en el combate hubieran perdido la
orientación, sin darse cuenta. O que (como algunos sostenían) los canales se
torcieran como gusanos en una hoja de lichi cuando nadie tenía la vista puesta
en ellos. Sea cual fuere la verdad, estuvieron todo el día navegando a vapor
(pues el viento se había apagado), y con la última luz sólo vieron que
avanzaban entre islotes desconocidos.
Toda la noche
estuvieron al pairo. Cuando llegó la mañana, el joven oficial llamó a aquellos
que a su juicio podían darle los consejos más valiosos; pero a ninguno se le
ocurrió otra cosa que llamar al joven nacido de sueños (a lo que eran reacios)
o continuar avanzando hasta dar con el mar abierto o con el luquete de la
princesa.
Esto hicieron durante
todo el día, tratando de mantener invariable el rumbo, pero enmendándolo de
mala gana para seguir las revueltas de los canales. Y cuando volvió a caer la
noche, no estaban en mejor situación que antes.
Pero a la mañana del
tercer día el joven nacido de sueños salió de su camarote y comenzó a pasearse
de un lado a otro por la cubierta como solía hacer, examinando las reparaciones
y preguntando cómo se sentían a los heridos que a causa del dolor habían despertado
temprano. Entonces vinieron a él el oficial y quienes lo habían aconsejado, y
le explicaron todo lo que habían hecho y preguntaron cómo volverían a encontrar
el mar, para poder así enterrar a los muertos y regresar a sus casas de la
ciudad de los magos.
A esto, el joven alzó
la mirada hasta la bóveda misma del firmamento. Y algunos creyeron que rezaba,
y otros que trataba de reprimir la ira que sentía contra ellos, y otros que así
sólo pretendía que le viniera una inspiración. Pero tanto tiempo tuvo así
clavada la mirada que el temor fue dominándolos, como cuando él había mirado el
agua, y uno o dos empezaron a retirarse en silencio. Entonces él les dijo:
—¡Mirad! ¿No veis las aves marinas? Acuden de todos los rincones del cielo.
Seguidlas.
Durante casi toda la
mañana, siguieron a las aves, tanto como las curvas de los canales lo
permitían. Por fin las vieron delante, volando en círculos y zambulléndose, de
manera que las alas blancas y las cabezas de ébano semejaban una nube baja,
hermosa por fuera y tormentosa por dentro. Entonces el joven nacido de sueños
les dijo que cargaran un cañón sólo con pólvora y que dispararan; y con el
estampido todas las aves remontaron entre gritos y chillidos. Y allí donde
habían estado, la tripulación vio que flotaba un enorme trozo de carroña, que
les pareció un animal terrestre, pues tenía, así creyeron, cabeza y cuatro
patas. Pero era mayor que muchos elefantes.
Cuando estuvieron
cerca, el joven ordenó preparar un bote, y cuando subió a bordo vieron que
ceñía un enorme alfanje cuya hoja destellaba al sol. Durante algún tiempo
estuvo ocupado con la carroña, y cuando regresó llevaba un mapa, el mayor que
ninguno de ellos había visto, dibujado sobre piel sin curtir.
Al oscurecer llegaron
al luquete de la princesa. Todos esperaron a bordo mientras la madre la
visitaba; pero cuando esa terrible mujer se hubo marchado, todos los que podían
caminar fueron a tierra y las doncellas trigueras se les apiñaron alrededor,
cien por cada mozo, y el joven nacido de sueños tomó en brazos a la hija de la
Noche y abrió todos los bailes. Ninguno de ellos olvidó jamás aquella noche.
El rocío los
sorprendió bajo los árboles del jardín de la princesa, medio cubiertos por las
flores. Durante algún tiempo durmieron así, pero cuando la tarde hizo
retroceder las sombras de los mástiles, ya estaban despiertos. Entonces la
princesa se despidió de la isla y juró que aunque tal vez visitaría todos los
países por los que su madre tenía que pasar, nunca regresaría allí, y lo mismo
juraron las doncellas trigueras. Quizás eran demasiadas para que el barco
pudiera llevarlas; pero así se hizo, y todas las cubiertas fueron verdes como
sus vestidos y de oro como sus cabellos. Mucho les acaeció en el camino de
regreso a la ciudad de los magos. Tal vez se podría contar cómo echaron sus
muertos al mar entre oraciones, y cómo más tarde se les veía de noche en la
arboladura; o cómo algunas de las doncellas trigueras se casaron con príncipes
que habían pasado tantos años bajo el hechizo de encantamiento que se resistían
a abandonar esa vida (en la que habían aprendido mucha magia), príncipes que
construyen palacios sobre hojas de nenúfar y raramente son vistos por los
hombres.
Pero todo eso no
tiene cabida aquí. Baste decir que al aproximarse al acantilado en que se
levanta la ciudad de los magos, el estudiante que había engendrado al joven con
materia de sueños se encontraba en las almenas esperando a que aparecieran en
el mar. Y cuando vio las velas oscuras, tiznadas por el humo de la brea que
había cegado al enemigo, las creyó ennegrecidas en señal de duelo por la muerte
del joven y se arrojó al vacío, y así pereció. Pues nadie vive mucho tiempo
cuando sus sueños han muerto.
XVIII
Espejos
Conforme leía a Jonas
este cuento descabellado, alzaba a veces la cabeza y lo miraba, pero no llegué
a advertir que la expresión le cambiara alguna vez, aunque no dormía. Cuando
hube terminado, dije: —No estoy seguro de comprender por qué el estudiante pensó
en seguida que su hijo estaba muerto, cuando vio las velas negras. El barco que
enviaba el ogro tenía velas negras, pero sólo venía una vez al año, y ya había
venido.
—Lo sé —dijo Jonas.
Nunca antes le había notado tanta indiferencia en la voz.
—¿Quieres decir que
conoces las respuestas a esas preguntas?
El no contestó, y por
unos momentos estuvimos sentados en silencio, yo mirando el libro marrón (que
con tanta insistencia me evocaba a Thecla y las tardes que habíamos pasado
juntos) y marcando el pasaje con el dedo índice, y él con la espalda apoyada contra
la fría pared de la estancia, y con las manos, la metálica y la de carne,
caídas a ambos lados como si las hubiera olvidado.
Por fin, una vocecita
se aventuró a decir: —Tiene que ser una historia bastante antigua. —Era la
niñita que había levantado el panel del techo.
Yo estaba tan
preocupado por Jonas que esta interrupción me irritó; un momento, pero Jonas
murmuró: —Sí, es una historia muy antigua, y el héroe había dicho al rey, su
padre, que si fracasaba regresaría a Atenas con velas negras. —No estoy seguro
de lo que significaba esa observación, y tal vez estaba delirando; pero, puesto
que fue casi lo último que oí decir a Jonas, creo que he de registrarla aquí,
así como he transcrito la fantástica historia que llegó a provocarla.
Durante un rato la
niña y yo tratamos de que volviera a hablar. No lo hizo, y al fin desistimos.
Pasé el resto del día sentado junto a él, y después de aproximadamente una
guardia, Hethor —cuyas pocas luces, como yo había supuesto, fueron pronto
agotadas por los prisioneros— se unió a nosotros. Hablé con Lomer y Nicarete,
que dispusieron que durmiese en el lado opuesto de la estancia.
Digamos lo que
digamos, todos sufrimos a veces de perturbaciones del sueño. Es cierto que
algunos apenas duermen, y otros que lo hacen copiosamente juran que no. Algunos
se ven inquietados por sueños incesantes, y a unos pocos afortunados suelen
visitarlos sueños deliciosos. Algunos dirán que durante algún tiempo durmieron
mal, pero que se han «restablecido», como si la consciencia fuera una
enfermedad, y quizá lo sea.
En mi caso,
normalmente duermo sin tener sueños memorables (aunque en ocasiones los tengo,
como sabrá el lector que me haya acompañado hasta aquí), y es raro que
despierte antes de la mañana. Pero esa noche dormí de un modo tan diferente que
a veces me he preguntado si a eso puede llamársele dormir. Tal vez se tratara
de otro estado, parecido al sueño; igual que los alzabos, que cuando han comido
carne humana parecen hombres.
Si fue el resultado
de causas naturales, lo atribuyo a una combinación de circunstancias
desafortunadas. Yo, acostumbrado toda mi vida a trabajos duros y a ejercicios
violentos, había estado todo el día recluido y sin nada que hacer. El cuento
del libro marrón me había afectado la imaginación, a la que aún estimulaba más
el propio libro y sus conexiones con Thecla, así como el conocimiento de que
ahora me encontraba dentro de la mismísima Casa Absoluta, de la que ella me
había hablado tanto. Tal vez lo más importante era la preocupación por Jonas y
la sensación de acabamiento (que a lo largo del día se había acrecentado en mí)
me oprimía la mente. Yo me decía que este lugar era el final de mi camino, que
nunca llegaría a Thrax, que nunca más volvería a encontrar a la pobre Dorcas,
que ni devolvería jamás la Garra ni me desharía de ella, y que el Increado, a
quien servía el dueño de la Garra, había decretado que yo, que tantos
prisioneros había visto morir, terminara mis días como tal.
Dormí, si así puede
decirse, sólo un momento. Tuve la sensación de caerme; un espasmo, el
agarrotamiento instintivo de quien es arrojado desde una alta ventana, tiró de
mis extremidades. Cuando me incorporé sentándome, sólo vi oscuridad. Oía la
respiración de Jonas, y tanteando con los dedos vi que aún seguía sentado, con
la espalda apoyada contra la pared. Me eché y volví a dormirme.
O más bien intenté
dormir y pasé a ese vago estado que no es sueño ni vela. En otras ocasiones me
había parecido agradable, pero no entonces, pues era consciente de la necesidad
de dormir y consciente de que no dormía. Sin embargo, no era «consciente» en el
sentido habitual del término. Oía tenues voces en el patio de la posada, y
presentía de algún modo que pronto repicarían las campanas y sería de día. Mis
extremidades volvieron a sacudirse, y me senté.
Por un momento
imaginé que había visto el destello de una llama verde, pero no hubo nada. Me
había cubierto con mi propia capa; me deshice de ella y en ese instante recordé
que estaba en la antecámara de la Casa Absoluta y que había dejado muy atrás la
posada de Saltus, aunque Jonas aún se encontraba a mi lado, apoyado de espaldas
contra la pared, con la mano buena detrás de la cabeza. El pálido borrón que yo
le veía en la cara era el blanco del ojo derecho, aunque respiraba suspirando
como si estuviese dormido. Yo me encontraba aún demasiado adormilado para
querer hablar, y tenía el presentimiento de que de todas formas no me
contestaría.
Volví a echarme, y me
rendí a la irritación de ser incapaz de dormir. Pensé en el ganado que era
conducido por Saltus y conté las ovejas de memoria: ciento treinta y siete.
Luego los soldados subieron desde el Gyoll. El posadero me había preguntado
cuántos eran, y yo dije una cifra al azar, pero hasta ahora nunca los había
contado. Tal vez él era un espía, o tal vez no.
El maestro Palaemón,
que tanto nos había enseñado, nunca nos enseñó a dormir; jamás ningún aprendiz
había necesitado aprender a dormir después de un día entero de recados, y de
trabajos de limpieza y cocina. Todas las noches durante media guardia alborotábamos
en nuestros aposentos y después dormíamos como los ciudadanos de la necrópolis
hasta que él venía a despertarnos para que limpiáramos los suelos y quitáramos
las aguas sucias.
Sobre la mesa donde
el hermano Aybert corta la carne hay una fila de cuchillos. Uno, dos, tres,
cuatro, cinco, seis, siete cuchillos, todos ellos con hojas más ordinarias que
el del maestro Gurloes. A uno le falta un remache en la empuñadura. Otro tiene la
empuñadura un poco quemada porque en una ocasión el hermano Aybert lo puso
sobre el horno...
De nuevo me encontré
muy despierto, o así lo pensé, y no sabía por qué. Junto a mí, Drotte dormitaba
tranquilo. Una vez más cerré los ojos y traté de dormir como él.
Trescientos noventa
peldaños desde el piso inferior hasta nuestro dormitorio. ¿Cuántos más hasta la
habitación donde palpitan los cañones en lo alto de la torre? Uno, dos, tres,
cuatro, cinco, seis cañones. Uno, dos, tres niveles de celdas ocupadas en las
mazmorras. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho alas en cada nivel.
Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho alas en cada nivel. Una, dos,
tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece,
catorce, quince, dieciséis, diecisiete celdas en cada ala. Uno, dos, tres
barrotes en el ventanuco de la puerta de mi celda.
Me desperté
sobresaltada y con una sensación de frío, pero el sonido que me había
perturbado no era más que el golpe de una portezuela muy abajo en el corredor.
Junto a mí, Severian, mi amante, reposa con el sueño fácil de la juventud. Me
senté pensando encender una vela y observar durante un momento el fresco
colorido de esa cara cincelada. Cada vez que regresaba a mí, en esa cara
brillaba una mota de libertad, y en cada ocasión yo la cogía y soplaba sobre
ella y la tenía contra mi pecho, y en cada ocasión ella suspiraba y moría; pero
en alguna ocasión no, y entonces, en lugar de hundirme más, bajo esta carga de
tierra y metal, yo me elevaba a través del metal y la tierra hacia el viento y
el cielo.
O eso es lo que me
decía. Si no era verdad, aún me seguía quedando una única alegría, la de
recogerme en esa mota.
Pero cuando busqué
con la mano, la vela había desaparecido, y mis ojos y oídos y la piel de
mi cara me decían que hasta la celda se había desvanecido. La luz era tenue
aquí, muy tenue, pero no se trataba de la luz de la vela del torturador en el
pasillo, la luz que se filtraba por los tres barrotes de la portezuela de mi celda.
El sonido de débiles ecos proclamaba que me encontraba en un lugar más grande
que cien de esas celdas; mis mejillas y mi frente, hartas de señalar la
proximidad de mis paredes, lo confirmaban.
Me puse de pie y me
sacudí el vestido, y comencé a caminar casi como una sonámbula... Uno, dos,
tres, cuatro, cinco, seis, siete pasos, después el olor de cuerpos juntos y del
aire confinado decían dónde me encontraba ahora. ¡Era la antecámara! Sentí el tirón
de un desgarramiento. ¿Había ordenado el Autarca que me trajeran aquí mientras
dormía? ¿Dejarían los otros el látigo en paz cuando me vieran? ¡La puerta! ¡La
puerta!
Mi confusión era tan
enorme que casi caí, derribada por el desbarajuste de mi pensamiento.
Me retorcí las manos,
pero las manos que retorcía no eran las mías. Mi mano derecha tocaba una mano
que era demasiado grande y demasiado fuerte, y en el mismo
instante mi mano izquierda tocaba una mano similar.
Thecla cayó fuera de
mí como un sueño. Mejor dicho, se fue reduciendo hasta quedar en nada, y al
desvanecerse desapareció en mi interior hasta que volví a sentirme yo mismo, y
casi solo.
Sin embargo, lo había
entendido. La situación de la puerta, la puerta secreta por la que los jóvenes
exultantes venían de noche con los energizados látigos de alambre trenzado
todavía estaba en mi memoria. Con todo lo demás que he visto o pensado. Podría
escaparme mañana. O ahora.
—Por favor —dijo una
voz a mi lado—, ¿a dónde fue la señora?
Era otra vez la niña,
la niñita de pelo oscuro y ojos mirones. Le pregunté si había visto a
una mujer.
Me agarró la mano con
la manecita.
—Sí, una dama alta, y
estoy asustada. Hay algo horrible en la oscuridad. ¿Atrapó a la señora?
—Tú no tienes miedo
de nada horrible, ¿recuerdas? Te reías de la cara verde.
—Esto es diferente.
Es una cosa negra que resuella en la oscuridad. —En la voz de la niña había
verdadero terror, y le temblaba la mano que aferraba la mía.
—¿Cómo era esa dama?
—No lo sé. Sólo podía
verla porque era más oscura que las sombras, pero sé que era una dama por el
modo de caminar. Cuando vine para ver quién era, no había nadie más que tú.
—Comprendo —le dije—,
aunque dudo que alguna vez tú lo entiendas. Ahora debes volver donde está tu
madre y dormir.
—Viene por la pared
—dijo ella. Y después me soltó la mano y desapareció, pero estoy seguro que no
hizo lo que le indiqué. En cambio, debió de habernos seguido a Jonas y a mí,
puesto que desde entonces alcancé a verla dos veces desde que volví aquí a la Casa
Absoluta, donde sin duda vive de la comida que roba. (Es posible que
acostumbrara a venir a la antecámara para comer, pero he ordenado que se
liberen a todos los que están allí confinados, incluso si es necesario, como
creo que lo será, sacar a la mayoría a punta de lanza. También he ordenado que
traigan ante mí a Nicarete, y cuando hace un momento estaba escribiendo sobre
nuestra captura, mi chambelán entró para decir que podía ir a verla cuando
quisiese.
Jonas yacía en la
posición en que lo había dejado, y de nuevo volví a verle los blancos de los
ojos en la oscuridad.
—Dijiste que era
necesario escapar si no querías volverte loco —le dije—. Ven. Aquel que envió
los nótulos, quienquiera que sea, ha echado mano a otra arma. He encontrado el
camino de salida, y vamos a escapar ahora.
Él no se movió, y al
final tuve que tomarlo por el brazo y levantarlo. Muchas de sus partes de metal
habían sido forjadas sin duda con una de esas aleaciones blancas tan ligeras
que engañan a la mano, pues fue como levantar a un niño; pero tenía las partes
metálicas, y también la carne, mojadas con alguna especie de cieno. Mis pies
descubrieron la misma sucia humedad en el suelo cercano y aun en la pared.
Cualquiera que fuera la cosa de la que la niña me había advertido, había venido
y se había ido mientras yo hablaba con ella, y no era a Jonas a quien había
estado buscando.
La puerta por la que
entraban los atormentadores no estaba lejos del lugar donde dormíamos, en el
centro de la pared más apartada de la antecámara. Se abría con ayuda de una
palabra de poder, como ocurre casi siempre con estas cosas antiguas. Susurré la
palabra y pasamos a través del portal escondido y lo dejé abierto, y el pobre
Jonas caminaba a mi lado como una cosa enteramente metálica.
Una estrecha
escalera, festoneada con las telas de unas pálidas arañas y alfombrada de
polvo, descendía dando vueltas. Hasta ahí me acordaba, pero había olvidado lo
que podía esperarnos más allá de la escalera. Viniera lo que viniera, el aire
rancio sabía a libertad, de modo que sólo respirarlo era un placer. Aunque
estaba preocupado, hubiera reído en voz alta.
En muchos rellanos se
abrían puertas secretas, pero era probable y más que probable que nos
encontráramos con alguien tan pronto abriéramos alguna, y la escalera parecía
vacía. Antes de ser visto por algún residente de la Casa Absoluta, deseaba
encontrarme lo más lejos posible de la antecámara.
Tal vez habíamos
descendido unos cien escalones cuando llegamos a una puerta en la que habían
pintado un signo teratoide carmesí que me pareció un glifo de alguna lengua de
más allá de las orillas de Urth. En ese momento oí un paso en la escalera.
Aunque no tenía ni pomo ni pestillo, me lancé contra la puerta, que tras cierta
resistencia se abrió de golpe. Jonas me siguió; se cerró detrás de nosotros con
tanta rapidez que tenía que haber hecho un gran ruido, pero no hubo ninguno.
La cámara que había
tras la puerta era oscura, pero la luz se hizo más brillante cuando él entró.
Después de cerciorarme de que sólo nosotros nos encontrábamos allí, aproveché
esta luz para examinarlo. Tenía la cara todavía inmóvil, como cuando había estado
en la antecámara sentado contra la pared, pero ya no era la cosa desprovista de
vida que yo había temido. Era, casi, la cara de un hombre a punto de despertar,
y las lágrimas le habían dejado unos surcos húmedos en las mejillas.
—¿Me conoces? —le
pregunté, y él asintió con un movimiento de cabeza, sin hablar—. Jonas, he de
recuperar Terminus Est si es posible. He corrido como un cobarde, pero
ahora que he podido recapacitar, veo que tengo que volver a por ella. Mi carta
para el arconte de Thrax se encuentra en el bolsillo de la vaina, y de todos
modos no podría soportar perderla. Pero si tú quieres intentar escapar en
seguida, lo comprenderé. No estás atado a mí.
Él no pareció haber
escuchado.
—Sé dónde estamos
—dijo, y levantó un brazo rígido apuntando a algo que yo había tomado por un
biombo plegable.
Me deleitó oír su voz
y, sobre todo porque esperaba que hablara de nuevo, pregunté: —¿Dónde estamos
entonces?
—En Urth —respondió,
y cruzó la habitación hacia los paneles plegados. En la parte posterior, ahora
lo veía, había racimos de diamantes engastados, y estaban esmaltados con los
mismos signos retorcidos que había en la puerta. Sin embargo, estos signos no
eran más extraños que los movimientos de mi amigo Jonas cuando abrió los
paneles. La rigidez que había notado en él un momento antes había desaparecido,
pero él no era aún el de siempre.
Fue entonces cuando
lo supe. Todos nosotros hemos visto a alguien que ha perdido una mano, como él,
y la ha sustituido con un garfio o algún otro dispositivo llevando a cabo
tareas para las que hace falta tanto la mano verdadera como la artificial. Tal
era el caso de Jonas cuando vi que tiraba de los paneles; pero la mano
prostética era la de carne. Cuando lo comprendí, comprendí lo que había dicho
mucho antes: el naufragio le había destrozado la cara.
Le dije: —Los ojos...
No pudieron cambiarte los ojos, ¿no es verdad? Y por eso te dieron
esa cara. ¿Lo mataron también?
Miró a mi alrededor
como si hubiese olvidado que me encontraba allí.
—Estaba en el suelo.
Lo matamos por accidente, cuando veníamos. Yo necesitaba un par de ojos y
una laringe, y tomé algunas otras partes.
—Por eso pudiste
aguantarme, a mí, un torturador. Eres una máquina.
—No eres peor que los
demás de tu clase. Recuerda que años antes de conocerte me había convertido en
uno de vosotros. Ahora soy peor que tú. Tú no me hubieras abandonado, pero yo
voy a abandonarte. Ahora tengo la oportunidad que he buscado durante años, yendo
de aquí para allá por los siete continentes de este mundo, buscando a los
hieródulos y manipulando torpes mecanismos.
Pensé en todo lo que
había sucedido desde que le llevara el cuchillo a Thecla, y aunque no atendí a
todo lo que había dicho, le repliqué: —Si es tu única oportunidad, vete
entonces, y buena suerte. Si alguna vez veo a Jolenta, le diré que llegaste a
amarla, y nada más.
Jonas meneó la
cabeza.
—¿No lo entiendes?
Volveré por ella cuando haya sido reparado. Cuando me encuentre sano y
completo.
Entonces penetró en
el círculo de paneles, y por encima de su cabeza se encendió una luz brillante.
Cuán estúpido
llamarlos espejos. Son a los espejos lo que el firmamento envolvente es al
globo de un niño. Es cierto que reflejan la luz; pero eso, creo yo, no es la
función que les corresponde. Reflejan la realidad, la sustancia metafísica en
que se funda el mundo material.
Jonas cerró el
círculo y fue hacia el centro. Durante el lapso de la más breve plegaria, algo
de alambres y polvo metálico centelleante danzó en lo alto de los paneles antes
de que todo desapareciera y yo me encontrara solo.
XIX
Trasteros
Me encontré solo, y
realmente no lo había estado desde que entrara en la habitación de la ruinosa
posada de la ciudad y viera sobre las sábanas las anchas espaldas de Calveros.
Después siguieron el doctor Talos, más tarde Agia, en seguida Dorcas y por último
Jonas. La enfermedad de la memoria me invadió, y vi la marcada silueta de
Dorcas, vi al gigante y a los demás como los había visto cuando se nos conducía
a Jonas y a mí por el bosquecillo de ciruelos. Por allí pasaron hombres con
animales así como otra clase de actores, todos los cuales se dirigían sin duda
a esa parte del recinto donde (como Thecla me había contado muchas veces) se
representaban los espectáculos al aire libre.
Empecé a registrar la
habitación con la vaga esperanza de encontrar mi espada. No estaba allí, y se
me ocurrió que probablemente había algún depósito cerca de la antecámara donde
se guardaban los efectos de los prisioneros, probablemente en el mismo nivel.
La escalera por la que había descendido sólo me llevaría otra vez a la
antecámara; la salida de la cámara de los espejos no me condujo más que a otra
habitación en la que había almacenados objetos curiosos. Por f n encontré una
puerta que se abría sobre un corredor oscuro y silencioso, alfombrado y con
cuadros en las paredes. Me puse la máscara y me envolví en mi capa, pensando
que aunque los guardias que nos habían atrapado en el bosque parecían
desconocer la existencia del gremio, los que pudiera encontrarme en las salas
de la Casa Absoluta tal vez no fueran tan ignorantes.
De hecho, nadie me
detuvo. Un hombre con rico y elaborado atuendo se hizo a un lado, y varias
mujeres hermosas me miraron con curiosidad; contemplando sus caras sentí cómo
brotaban en mí recuerdos de Thecla. Por último encontré otra escalera, no
estrecha y secreta como la que nos había conducido a Jonas y a mí a la cámara
de los espejos, sino de vuelo abierto y de anchos escalones.
Subí algún trecho,
inspeccioné el pasillo que había allí hasta cerciorarme de que aún me
encontraba por debajo del nivel de la antecámara y seguí subiendo; entonces vi
a una mujer joven que bajaba presurosa por las escaleras hacia mí. Nuestros
ojos se encontraron.
En ese momento, estoy
seguro, ella era tan consciente como yo de que ya antes nos habíamos mirado de
ese modo. En mi memoria le oí decir de nuevo: «Mi más querida hermana», con una
voz arrulladora, y la cara de forma de corazón apareció de nuevo ante mí. No
era Thea, la consorte de Vodalus, sino la mujer que se le parecía (y que sin
duda usurpaba su nombre) y con la que me había cruzado en las escaleras de la
Casa Azur, mientras yo subía y ella bajaba, como lo hacíamos ahora. Así pues,
para la fiesta que iba a organizarse se había convocado tanto a rameras como a
artistas.
Descubrí el nivel de
la antecámara casi por pura casualidad. Apenas había dejado atrás las escaleras
cuando me di cuenta de que me encontraba casi exactamente en el punto donde
habían estado los hastarii mientras Nicarete y yo hablábamos junto al carro de
plata. Éste era el punto de mayor peligro, por lo que tuve cuidado de caminar
despacio. En la pared derecha había una docena o más de puertas, todas ellas
con marcos de madera tallada, y todas (como observé cuando me detuve a
examinarlas) con marcos de madera labrada, y como vi cuando me acerqué a
examinarlas, clavadas a los marcos y selladas con el barniz de los años. La
única puerta que había a mi izquierda era la enorme puerta de roble carcomida
por la que los soldados nos habían arrastrado a Jonas y a mí. Enfrente estaba
la entrada a la antecámara, más allá otra fila de puertas también de madera
labrada, y por último otra escalera. Tuve la impresión de que la antecámara
había crecido hasta ocupar toda esta ala de la Casa Absoluta.
Si alguien hubiese
aparecido, no me hubiera atrevido a detenerme, pero como no había nadie en el
pasillo, me aventuré a inclinarme por un momento contra la pilastra de la
segunda escalera. Mientras me habían escoltado dos soldados, un tercero llevaba
Terminus Esi. Era razonable suponer que mientras Jonas y yo éramos
introducidos en la habitación, este tercer hombre se habría encaminado, al
menos al principio, a donde se guardaban las armas capturadas. Pero no podía
acordarme; el soldado se había quedado atrás cuando descendíamos por los
escalones de la gruta, y no había vuelto a verlo. Hasta era posible que él no
hubiera venido con nosotros.
Desesperado, volví
hacia la puerta carcomida y la abrí. El olor a moho del pozo entró en seguida
en el pasillo, y oí la música de los gongs verdes. En el exterior, la noche
cubría el mundo. En las paredes rugosas no se veían más que las cadavéricas
velas de los hongos, y únicamente un círculo de estrellas encima de mi cabeza
indicaba dónde el pozo se hundía en la tierra.
Cerré la puerta; y
casi en seguida, oí un sonido de pasos en la escalera por la que yo había
subido. No había donde esconderse, y si me hubiera precipitado hacia la segunda
escalera, la probabilidad de alcanzarla antes de ser visto habría sido escasa.
En lugar de intentar desaparecer por la pesada puerta de roble y volverla a
cerrar, decidí quedarme donde estaba. El recién llegado era un hombre regordete
de unos cincuenta años vestido con librea. Incluso a la distancia del pasillo,
vi que empalidecía al verme. Sin embargo, se acercó a mí deprisa, y cuando aún
se encontraba a veinte o treinta pasos comenzó a hacer reverencias diciendo:
—¿Puedo ayudaros, señoría? Soy Odilo, el mayordomo. Ya veo que estáis en misión
confidencial para el... Padre Inire, ¿no es así?
—Sí —le dije—. Pero
antes tengo que pedirte mi espada.
Yo esperaba que
hubiera visto Terminus Est y la encontrase, pero el hombre me miró sin
comprender.
—Antes fui escoltado
hasta aquí. Entonces me dijeron que entregara la espada, pero que me la
devolverían antes de que el Padre Inire me pidiera que la utilizase.
El hombrecito meneaba
la cabeza.
—Os aseguro que por
mi posición habría sido informado si alguno de los otros servidores...
—Fue un pretoriano
quien me lo dijo.
—¡Ah! Podía haberlo
sabido. Han estado por doquier sin responder a nadie. Tenemos un prisionero
huido, señoría, y supongo que estaréis enterado.
—No.
—Un hombre llamado
Beuzec. Dicen que no es peligroso, pero él y otro tipo fueron sorprendidos
rondando por un cenador. El tal Beuzec salió corriendo antes de que lo
agarraran y escapó. Dicen que pronto lo atraparan. No sé. Os diré. Llevo toda
la vida viviendo en la Casa Absoluta, y aquí hay rincones extraños, muy
extraños.
—Tal vez mi espada se
encuentre en uno de ellos. ¿Quieres mirar?
Retrocedió como si yo
hubiera levantado la mano, amenazándolo.
—¡Claro, señoría, lo
haré, lo haré! Sólo trataba de mantener una pequeña conversación. Probablemente
está aquí abajo. Si queréis seguirme...
Caminamos hacia la
otra escalera, y vi que en mi apresurada búsqueda me había saltado una puerta
angosta, bajo el hueco de la escalera. Estaba pintada de blanco, casi del mismo
tono que la pared.
El mayordomo sacó un
pesado manojo de llaves y abrió esta puerta. La habitación triangular a la que
daba era mucho mayor de lo que yo hubiera imaginado, llegando muy atrás por
debajo de los escalones y permitiéndose al fondo una especie de desván elevado,
al que se accedía mediante una temblorosa escalera. Tenía una lámpara del mismo
tipo que las que yo había observado en la antecámara, pero más débil.
—¿La veis? —preguntó
el mayordomo—. Esperad, creo que por aquí hay una vela. Esa luz no sirve de
mucho, pues las estanterías dan mucha sombra.
Mientras él hablaba,
yo examinaba las estanterías. Estaban repletas de prendas de vestir, y aquí y
allá había un par de zapatos, un tenedor de bolsillo, un plumero, una
almohadilla perfumada, etc.
—Cuando yo era niño,
los chicos de la cocina hacían saltar la cerradura para rebuscar por aquí.
Acabé con eso instalando una buena cerradura, pero me temo que las cosas más
valiosas han desaparecido hace tiempo.
—¿Qué lugar es éste?
—Antiguamente servía
de ropero para quienes venían a solicitar algo. Chaquetas, sombreros, botas y
demás. Estos lugares siempre se llenan de cosas que olvidan los afortunados
cuando se van, y además, como esta ala ha sido siempre la del Padre Inire, supongo
que no le han faltado quienes viniendo a verlo nunca volvieron a salir, así
como otros salieron sin entrar nunca. —Hizo una pausa y echó un vistazo
alrededor.— Tuve que dar llaves a los soldados para que dejaran de derribar las
puertas a patadas buscando al tal Beuzec, de modo que supongo que quizás han
puesto por aquí vuestra espada. Si no, probablemente la llevaron al cuerpo de
guardia. Imagino que no es esto, ¿verdad? —De un rincón sacó un espadón
antiguo.
—Nada menos parecido.
—Me temo que es la
única espada que hay aquí. Puedo indicaros cómo llegar al cuerpo de guardia.
También puedo despertar a un paje para que vaya a preguntar, si preferís.
La escalera que
llevaba al desván se sacudía estremeciéndose, pero subí por ella después de
pedirle la vela al mayordomo. Aunque parecía muy improbable que el soldado
hubiera puesto allí a Terminus Est, necesitaba unos instantes para
recapacitar sobre lo que yo podía hacer en estas circunstancias.
Al subir oí arriba un
ligero ruido que atribuí al rápido movimiento de un roedor; pero cuando metí la
cabeza y la vela por encima del nivel del desván, vi al hombrecillo que había
estado con Hethor en el camino, arrodillado en actitud suplicante. Por supuesto,
era Beuzec; no me había acordado del nombre hasta que lo vi.
—¿Hay algo ahí
arriba, señoría?
—Trapos y ratas.
—Como imaginaba —dijo
el mayordomo mientras yo terminaba de bajar—. Tendría que echar un vistazo
alguna vez, pero a mi edad ya no me apetece subir por una cosa así. ¿Deseáis ir
vos mismo al cuerpo de guardia o levanto a uno de los muchachos?
—Yo iré.
Asintió con
sagacidad.
—Creo que es lo
mejor. Ellos no se la darían a un paje y tampoco admitirían tenerla. Supongo
que ya sabéis que os encontráis en el Hipogeo Apotropaico. Si no queréis ser
detenido por las patrullas, es preferible que vayáis por el interior, así que
lo mejor es subir tres pisos por estas escaleras y después seguir a la
izquierda. Continuad por la galería unos mil pasos hasta que lleguéis al
hipetro. Como fuera está oscuro, podríais no encontrarlo, así que procurad
fijaros en las plantas. Torced a la derecha en ese punto y avanzad otros
doscientos pasos. Hay siempre un centinela a la puerta.
Le di las gracias y
me las arreglé para encaminarme a las escaleras mientras él todavía manipulaba
la cerradura. Al fin desemboqué en un pasillo que salía del primer rellano y
dejé que él se adelantase. Cuando estuvo bastante lejos, volví a bajar al pasillo
de la antecámara. Me pareció que si habían llevado mi espada a algún cuerpo de
guardia, era muy improbable que yo la recuperase sin tener que recurrir al robo
o la violencia, y antes quise cerciorarme de que no la habían dejado en otro
lugar más accesible. Además, también era posible que Beuzec la hubiera visto
mientras subía a esconderse, y quería preguntárselo.
Al mismo tiempo,
estaba muy preocupado por los prisioneros de la antecámara. Imaginaba que para
entonces habrían descubierto la puerta que Jonas y yo habíamos dejado abierta,
y se estarían dispersando por esta ala de la Casa Absoluta. No tardarían en volver
a atrapar a alguno y comenzar la búsqueda de los demás.
Cuando llegué al
trastero de debajo de las escaleras, apreté la oreja contra la puerta esperando
oír a Beuzec. No se oía nada. Lo llamé en voz baja, pero no hubo ninguna
respuesta, y entonces traté de abrir la puerta empujándola con el hombro. No
cedía, y yo tenía miedo de hacer ruido si cargaba contra ella. Por último,
conseguí introducir el eslabón que Vodalus me había dado entre la puerta y la
jamba e hice saltar la cerradura.
Beuzec se había ido.
Tras una corta búsqueda descubrí un agujero en la parte trasera que iba a dar
al centro hueco de alguna pared. Desde allí tuvo que haberse arrastrado hasta
el interior del trastero en busca de un sitio bastante grande como para poder
estirar las piernas, y hacia allí había vuelto a huir. Se dice que en la Casa
Absoluta estos recovecos están habitados por una especie de lobo blanco que se
introdujo allí hace tiempo desde los bosques de alrededor. Quizá cayó presa de
estas criaturas; no he vuelto a verlo más.
Esa noche no traté de
seguirlo. Volví a poner en su sitio la puerta del trastero y disimulé todo lo
que pude los desperfectos de la cerradura. Fue en ese momento cuando me di
cuenta de la simetría del pasillo: la entrada a la antecámara en el centro, las
puertas selladas a ambos lados, los huecos de las escaleras en los extremos. Si
este hipogeo había sido destinado al Padre Inire (como había dicho el mayordomo
y como indicaba su nombre) la razón principal había sido sin duda, al menos en
parte, esta condición especular. Si así fuera, sin duda habría un segundo
trastero debajo de la otra escalera.
XX
Cuadros
¿Pero por qué Odilo
no me había llevado allí? No me entretuve en pensarlo mientras corría por el
pasillo, y cuando llegué la respuesta era clara. Esa puerta la habían roto
hacía tiempo, y no sólo el hueco de la cerradura; estaba toda destrozada, de
manera que sólo dos maderos descoloridos que colgaban de las bisagras indicaban
que allí había habido una puerta. La lámpara de dentro había desaparecido,
abandonando el interior a la oscuridad y las arañas.
Me había vuelto y me
había alejado un paso o dos, cuando me detuve, impulsado por esa conciencia del
error que tenemos a menudo antes de comprender de algún modo en qué consiste el
error. Jonas y yo habíamos sido introducidos en la antecámara al acabar la
tarde. Por la noche habían llegado los jóvenes exultantes con sus látigos. A la
mañana siguiente, habían capturado a Hethor, y al parecer a esa hora Beuzec
había huido de los pretorianos, a los que el mayordomo había dado llaves para
que pudieran buscarlo en el hipogeo. Cuando ese mismo mayordomo, Odilo, me
había encontrado unos momentos antes, y yo le había dicho que un pretoriano se
había llevado Terminus Est, él supuso que yo había llegado durante el
día, después de la escapada de Beuzec.
Pero no había sido
así, y por tanto el pretoriano que se había llevado Terminus Est no
podía haberla puesto en el trastero cerrado bajo la segunda escalera. Regresé
de nuevo al trastero de la puerta rota. A la escasa luz que se filtraba desde
el pasillo, se alcanzaba a ver que en otro tiempo había habido allí estanterías
como en el trastero gemelo. Ahora no había nada, se habían llevado las
estanterías para dedicarlas a otro fin y de las paredes sobresalían unos
soportes inútiles. No veía ninguna otra cosa, pero también me daba cuenta de
que ningún guardia que tuviera que hacer una inspección entraría de buen grado
en ese lugar de polvo y telarañas. Sin molestarme en meter la cabeza, tanteé
alrededor de la jamba de la puerta rota, y con una mezcla indescriptible de
triunfo y de familiaridad, sentí que mi mano estaba cerca de la querida
empuñadura.
Volvía a ser un
hombre entero. O más bien, algo más que un hombre: un oficial del gremio. Allí,
en el pasillo, comprobé que mi carta seguía en el bolsillo de la vaina, y
después saqué la hoja brillante, la limpié, la engrasé y la volví a limpiar,
probando los filos con el índice y el pulgar mientras me alejaba caminando. Ya
podía aparecer el cazador en la oscuridad.
Mi siguiente objetivo
era reunirme con Dorcas, pero no sabía nada del paradero de la compañía del
doctor Talos, salvo que tenían que actuar en un tiaso que se celebraría en un
jardín, sin duda uno entre muchos jardines. Si salía ahora, de noche, quizás a
los pretorianos les sería tan difícil verme con mi capa fulígina como a mí
verlos a ellos. Pero era improbable que encontrara alguna ayuda. Y cuando el
horizonte oriental cayera por debajo del sol, sin duda sería apresado
inmediatamente, como Jonas y yo cuando entramos a caballo en el recinto. Si me
quedaba dentro de la Casa Absoluta, mi experiencia con el mayordomo indicaba
que tal vez pasaría inadvertido, y que incluso podría cruzarme con alguien que
me diera alguna información; pues se me ocurrió que diría a todo el que me
encontrara que yo también había sido convocado para la celebración (supuse que
no era improbable que hubiera un suplicio dentro de los actos) y que había
abandonado mi dormitorio y me había perdido. De esa manera, podría descubrir dónde
se encontraban Dorca y los demás.
Pensando en este plan
subí las escaleras, y en el segundo rellano torcí por un pasillo que antes no
había visto. Era mucho más largo y estaba más suntuosamente decorado que el que
se encontraba delante de la antecámara. De las paredes colgaban oscuros cuadros
en marcos dorados y entre ellos, sobre pedestales, había urnas y bustos y
objetos de los que no conocía el nombre. Entre las puertas que se abrían al
pasillo la separación era de cien o más pasos, indicando que tras ellas había
salas enormes, pero todas estaban cerradas, y cuando probé las empuñaduras me
di cuenta de que la forma y el metal de que estaban hechas me eran
desconocidos, y que no se ajustaban a la mano humana.
Cuando me pareció
haber caminado media legua por este pasillo, vi delante de mí a alguien sentado
(así lo pensé al principio) en un alto taburete. Al acercarme, vi que lo que
había tomado por un taburete era una escalera de tijeras, y que el anciano encaramado
en ella estaba limpiando uno de los cuadros.
—Perdón —dije.
Se volvió y me
contempló con asombro.
—Me parece que
reconozco tu voz.
Entonces reconocí la
suya, y también su cara. Se trataba de Rudesind, el conservador, el anciano al
que había encontrado hacía tanto tiempo, cuando el maestro Gurloes me enviara
por primera vez a buscar unos libros para la chatelaine Thecla.
—Hace poco viniste en
busca de Ultan. ¿No lo encontraste?
—Sí, lo encontré
—dije—. Pero no fue hace poco.
La respuesta pareció
encolerizarlo.
—¡No quiero decir que
fuera hoy! Pero no fue hace mucho. Hasta me acuerdo del paisaje sobre el que
estaba trabajando, de modo que no pudo haber sido hace mucho tiempo.
—También yo me
acuerdo —le dije—. Un desierto pardo reflejado en el visor dorado de una
armadura.
Hizo un gesto
afirmativo y su enfado pareció desvanecerse. Aferrándose a los costados de la
escalera, comenzó a descender, aún con la esponja en la mano.
—Exactamente, ése era
exactamente. ¿Quieres que te lo enseñe? Me quedó muy bien.
—No estamos en el
mismo lugar, maestro Rudesind. Eso fue en la Ciudadela y esto es la Casa
Absoluta.
El anciano lo
ignoraba.
—Me quedó bien...
Está en algún lugar por aquí debajo. En el arte del dibujo es difícil superar a
los artistas antiguos, aunque ha perdido el color. Y tengo que decirte que
entiendo de arte. He visto armígeros, y también exultantes que vienen, los
miran y dicen esto y lo otro, pero no saben nada. ¿Quién ha contemplado de
cerca cada manchita de estos cuadros? —Y con la esponja se golpeó el pecho, y
luego se inclinó sobre mí, hablándome en susurros aunque estábamos solos en el
largo pasillo.
—Te voy a contar un
secreto que ninguno de ellos conoce, ¡y yo me cuento entre ellos!
Por cortesía, le dije
que me gustaría verlo.
—Lo estoy buscando, y
cuando lo encuentre te diré dónde. Ellos no lo saben, y por eso los limpio a
todas horas. Hasta podría haberme retirado, y todavía sigo aquí, y trabajo más
horas que ninguno, excepto quizás Ultan. Éste no puede ver el cristal del reloj.
—El anciano soltó una carcajada larga y quebrada.
—Tal vez puedas
ayudarme. Aquí hay actores que han sido convocados para el tiaso. ¿Sabes dónde
se alojan?
—Algo he oído —dijo
dudando—. La Sala Verde es como la llaman.
—¿Me puedes llevar
allí?
Negó con un
movimiento de cabeza.
—Allí no hay cuadros,
por eso nunca estuve, aunque hay un cuadro de esa sala. Ven unos pasos conmigo.
Encontraré el cuadro y te lo indicaré.
Me tiró del borde de
la capa y yo lo seguí.
—Preferiría que me
presentaras a alguien que pudiera llevarme allí.
—También puedo hacer
eso. El viejo Ultan tiene un mapa en algún lugar de esta biblioteca. Su
muchacho te lo traerá.
—Esto no es la
Ciudadela —le recordé de nuevo—. A propósito, ¿cómo llegaste aquí? ¿Te trajeron
para limpiar estos cuadros?
—Así es, así es. —Se
apoyó en mi brazo.— Todo tiene una explicación lógica y tú no lo olvidas. Así
tuvo que ser. El Padre Inire me necesitaba para limpiar los suyos, y aquí
estoy. —Hizo una pausa, pensando.— Espera un poco. Estoy equivocado. De chico
tenía talento, eso es lo que debería haber dicho. ¿Sabes? Mis padres siempre me
animaron a dibujar, y yo lo hacía durante horas. Recuerdo que una vez me pasé
todo un día soleado pintando con una tiza la parte posterior de nuestra casa.
Un estrecho pasillo
se había abierto a nuestra izquierda, y me empujó por él. Aunque no tan bien
iluminado (de hecho, estaba casi oscuro) y tan estrecho que no era posible
mirarlos a la distancia correcta, estaba lleno de cuadros mucho más grandes que
los del pasillo principal, cuadros que iban del piso al techo, y cuya anchura
sobrepasaba la de mis brazos extendidos.
A juzgar por lo que
veía, parecían muy malos, simples brochazos. Le pregunté a Rudesind quién le
había dicho que debía contarme cosas de su niñez.
—Pues el Padre Inire
—dijo, levantando la cabeza para mirarme—, ¿quién va a ser? —Bajó la voz.—
Senil, eso es lo que dicen. He sido visir de no sé cuántos autarcas desde Ymar.
Ahora guarda silencio y déjame hablar. Te encontraré al viejo Ultan.
»Un artista, un
verdadero artista vino a donde vivíamos. Mi madre, orgullosa de mí, le enseñó
algunas cosas que yo había hecho. Se trataba de Fechin, el propio Fechin, y el
retrato que me hizo cuelga aquí hasta hoy, mirándote con mis ojos castaños. Yo
estoy sentado a una mesa con algunos pinceles y una mandarina encima. Me habían
prometido dármelos cuando terminara de posar.
—Creo que ahora no
tengo tiempo de verlo —le dije.
—Y así me convertí en
artista. Bien pronto me puse a limpiar y a restaurar las obras de los grandes
artistas. Dos veces he limpiado mi propio retrato. Es extraño, de verdad te lo
digo, lavarse la propia carita como si tal. Estoy deseando que alguien se ocupe
ya de lavar la mía, quitando la suciedad de los años con una esponja. Pero no
es eso lo que te llevo a ver, sino la Sala Verde que tú buscas, ¿verdad?
—Sí —dije ávido.
—Bien, justo aquí hay
una representación de ella. Échale un vistazo. Cuando la veas, la conocerás.
Señaló hacia uno de
los anchos y toscos cuadros. No representaba ninguna sala en absoluto, sino que
parecía un jardín, un jardín de placer bordeado de altos setos, con un estanque
de nenúfares y algunos sauces movidos por el viento. Un hombre fantásticamente
vestido de llanero tocaba allí una guitarra, al parecer a solas. Detrás de él,
unas nubes furiosas atravesaban un cielo sombrío.
—Después puedes ir a
la biblioteca a consultar el mapa de Ultan.
El cuadro era uno de
esos ejemplares irritantes que se disuelve en meras manchas de color si uno no
lo puede ver entero. Di un paso atrás para tener una mejor perspectiva, después
otro...
Al tercer paso, me di
cuenta que tenía que haber chocado contra la pared detrás de mí y que en
cambio, me encontraba dentro del cuadro que había ocupado la pared de enfrente:
una oscura sala con antiguas sillas de cuero y mesas de ébano. Di media vuelta para
mirarla, y cuando me volví de nuevo, el pasillo donde había estado con Rudesind
había desaparecido, y en su lugar había una pared cubierta con un papel
descolorido y viejo.
Había desenvainado Terminus
Esi sin proponérmelo conscientemente, aunque no había ningún enemigo al que
pudiera golpear. Cuando estaba a punto de probar la única puerta de la sala,
ésta se abrió y entró una figura vestida de amarillo. El corto pelo blanco que
le nacía de la frente redondeada lo tenía peinado hacia atrás, y su cara casi
podía haber sido la de una mujer gorda y cuarentona. En el cuello, una ampolla
con forma de falo de la que yo me acordaba le colgaba de una fina cadena.
—¡Ah! —dijo—. Me
preguntaba quién había llegado. Bienvenida, Muerte.
Con toda la
compostura de que fui capaz, le dije: —Soy el oficial Severian, del gremio de
los torturadores, como ves. Entré involuntariamente, y a decir verdad te
estaría muy agradecido si me explicaras cómo sucedió. Cuando me encontraba en
el pasillo de fuera, esta sala no parecía ser más que un cuadro. Pero cuando
retrocedí uno o dos pasos para mirar la pintura de la otra pared, me encontré
aquí. ¿Con qué artes se hizo eso?
—Con ninguna —dijo el
hombre vestido de amarillo—. No puede decirse que las puertas disimuladas sean
un invento original, y lo único que hizo el constructor de esta sala fue
encontrar un modo de disimular una puerta abierta. Como ves, la sala es poco
profunda. En realidad, es menos profunda de lo que ahora mismo ves, a menos que
te hayas dado cuenta de que los ángulos del piso y del techo convergen, y que
la pared del fondo no es tan alta como aquella por la que entraste.
—Ya lo veo —dije, y
en realidad así era. Mientras él hablaba, esa engañosa sala, que a mi mente,
acostumbrada siempre a las salas comunes, le había parecido de tamaño normal,
se fue convirtiendo en ella misma, con un techo inclinado y trapezoidal y un piso
trapezoidal. Las propias sillas que estaban contra la pared por la que yo había
penetrado eran objetos de poca profundidad, sobre los que uno apenas podía
sentarse; las mesas no eran más anchas que simples travesaños.
—En los cuadros,
estas líneas convergentes engañan a la vista —continuó diciendo el hombre del
vestido amarillo—. Así, cuando las encontramos con la realidad, con un poco de
bulto y el artificio añadido de una iluminación monocromática, la vista cree
que contempla otro cuadro, sobre todo cuando ha estado acondicionada por una
larga sucesión de cuadros reales. Tu entrada con esa enorme arma hizo que se
alzara detrás una verdadera pared, para detenerte hasta que fueras examinado.
No hace falta que te diga que en el otro lado del muro está pintado el cuadro
que creíste ver.
Me encontraba más
asombrado que nunca.
—¿Pero cómo podía la
sala saber que yo llevaba mi espada?
—Eso es demasiado
complejo para que yo pueda explicártelo. Mucho más que esta pobre habitación.
Sólo puedo decir que la puerta está envuelta en hilos metálicos, y que éstos
saben cuándo los otros metales, sus hermanos y hermanas, atraviesan el círculo.
—¿Hiciste tú todo
eso?
—Oh, no. Todo esto...
y otras cien cosas parecidas constituyen lo que llamamos la Segunda Casa. Son
obra del Padre Inire, a quien llamó el primer Autarca para que creara un
palacio secreto dentro de la Casa Absoluta. Tú o yo, hijo mío, hubiéramos
construido unas pocas habitaciones escondidas. Él se las ingenió para que la
casa oculta se extendiera por doquier y tuviera la misma extensión que la
pública.
—Pero tú no eres él
—dije—. Porque ahora sé quién eres. ¿No me reconoces? —Me quité la máscara para
que pudiese verme la cara.
Él sonrió y dijo: —No
has venido más que una vez. Así, pues, la khaibit no te satisfizo.
—Me satisfizo menos
que la mujer que fingía ser, o más bien amé más a la otra. Aunque esta noche he
perdido un amigo, parece que ahora encuentro viejos conocidos. ¿Puedo preguntar
cómo has llegado aquí desde tu Casa Azur? ¿Se te convocó para el tiaso? Antes
he visto a una de tus mujeres.
Asintió con un gesto
ausente. En un espejo de curiosos ángulos, puesto sobre un tremó en un lado de
la sala extraña y poco profunda, se le reflejaba el perfil, delicado como un
camafeo, y deduje que era sin duda un andrógino. Tuve un sentimiento de lástima
mezclado con otro de impotencia, mientras me lo imaginaba abriendo la puerta a
los hombres, noche tras noche, en su establecimiento del Barrio Algedónico.
—Sí —dijo—. Estaré
aquí durante la celebración. Después me iré.
Yo aún pensaba en el
cuadro que el anciano Rudesind me había enseñado en el pasillo de fuera, y
dije: —Entonces puedes indicarme dónde está el jardín.
Advertí en seguida
que lo había tomado desprevenido, quizá por primera vez en muchos años. Había
dolor en sus ojos, y su mano izquierda se movió (aunque sólo levemente) hacia
la ampolla que le colgaba del cuello.
—Así que has oído
hablar de eso... —dijo—. Y suponiendo que conociera el camino, ¿por qué habría
de revelártelo? Muchos tratarán de huir por ese camino si la carraca pelágica
avista tierra.
XXI
Hidromancia
Pasaron varios
segundos hasta que comprendí correctamente lo que había dicho el andrógino.
Entonces el recuerdo del olor de la carne tostada de Thecla me trajo a la nariz
un nauseabundo olor dulzón, y me pareció sentir la inquietud de las hojas. En
la tensión del momento, olvidé lo inútiles que han de ser tales preocupaciones
en esa sala llena de engaños, y miré a mi alrededor tratando de cerciorarme de
que nadie podía oírnos, y entonces descubrí que, involuntariamente (pues había
pensado en interrogarlo antes de confesar mi relación con Vodalus), mi mano
había sacado el eslabón de forma de cuchillo del compartimiento más escondido
de mi esquero.
El andrógino sonrió.
—Me figuré que podías
ser tú. Llevo ya días esperándote, habiendo impartido instrucciones al anciano
que está en el exterior y a otros muchos para que me trajeran a forasteros
prometedores.
—Fui recluido en la
antecámara —dije—, y perdí tiempo.
—Pero ya veo que
escapaste. No es probable que te liberaran antes de que mi hombre viniera a
buscarlo. Es bueno que lo hicieras, pues no queda mucho tiempo... los tres días
del tiaso, y después debo irme. Ven. Te mostraré el camino hacia el jardín,
aunque no estoy nada seguro de que te permitan entrar.
Abrió la puerta por
la que había venido, y esta vez vi que no era realmente rectangular. La sala
que se encontraba más allá apenas era mayor que la que habíamos dejado; pero
los ángulos parecían normales y estaba ricamente amueblada.
—Al menos viniste al
lugar correcto de la Casa Secreta —dijo el andrógino—. De otro modo, hubiéramos
tenido que hacer un pesado camino. Te ruego me perdones mientras leo el mensaje
que trajiste.
Cruzó hasta lo que al
principio supuse que era una mesa cubierta con un cristal, y puso el eslabón
debajo de ella sobre un estante. En seguida se encendió una luz, que iluminaba
desde el cristal hacia abajo, aunque encima de él no había luz alguna. El eslabón
creció hasta parecer una espada y vi que las estrías, que sustituían a los
dientes sobre los que se sacaban chispas en el pedernal, eran líneas de una
escritura fluida.
—Apártate —dijo el
andrógino—. Si no lo has leído antes, no debes leerlo ahora.
Hice lo que me decía,
y durante algún tiempo observé cómo se doblaba sobre el pequeño objeto que yo
había traído desde el bosque de Vodalus. Por fin dijo: —Así, pues, no hay
remedio... Tenemos que luchar en dos flancos. Pero esto no te incumbe. ¿Ves
aquel armario con el eclipse tallado en la puerta? Ábrelo y saca el libro que
hay ahí. Toma, puedes ponerlo sobre este pupitre.
Aunque temía alguna
trampa, abrí la puerta del armario. Dentro había un libro monstruoso, pues era
como yo de alto, y de dos codos de ancho, y se levantaba frente a mí con su
cubierta de cuero de manchas azules y verdes como cadáver dentro de un ataúd puesto
de pie. Envainé mi espada, agarré este enorme volumen con las dos manos, y lo
puse sobre el pupitre. El andrógino preguntó si lo había visto antes, y le dije
que no.
—Parecías tener miedo
de él e intentaste... o me lo pareció... apartar la cara de él mientras lo
llevabas. —Mientras hablaba, abrió el libro. La primera página estaba escrita
en rojo con un signo que yo desconocía.— Se trata de una advertencia a los buscadores
del camino —dijo—. ¿Quieres que te la lea?
—Me pareció ver un
hombre muerto en el cuero, y ese hombre era yo —le solté.
Volvió a cerrar la
cubierta y le pasó la mano por encima.
—Estos tonos
pavorreal son obra de artesanos que desaparecieron hace tiempo... Las líneas y
remolinos que hay debajo no son más que las cicatrices del lomo del animal
sacrificado, marcas de palos y látigos Pero si tienes miedo, no es necesario
que vayas.
—Ábrelo —dije—.
Enséñame el mapa.
—No hay mapa. Esto
mismo es la cosa —dijo, y volvió la cubierta y también la primera página.
Casi me quedé ciego,
como si me hubiera deslumbrado un relámpago en una noche oscura. Las páginas
interiores parecían de plata pura, batida y pulida; captaba cada brizna de
iluminación de la sala y la volvía a reflejar ampliada cien veces.
—Son espejos —dije, y
al decirlo me di cuenta de que no lo eran, sino esas cosas para las que no
tenemos otra palabra que espejos, esas cosas que hacía menos de una
guardia habían devuelto a Jonas a los astros—. ¿Pero cómo pueden tener poder si
no están enfrentadas?
El andrógino
contestó: —Recapacita cuánto tiempo han estado enfrentándose mientras el libro
estuvo cerrado. Ahora el campo soportará la tensión a que sometamos durante
algún tiempo. Ve si te atreves.
No me atreví.
Mientras él hablaba, algo apareció en el aire brillante por encima de las
páginas abiertas. No era ni una mujer ni una mariposa, pero tenía algo de
ambas, y lo mismo que cuando miramos la forma pintada de una montaña en el
fondo de algún cuadro sabemos que en realidad es tan grande como una isla, así
supe que veía esta cosa sólo de lejos; creo que sus alas batían contra los
vientos protónicos del espacio, y que tal vez todo Urth no era más que una mota
agitada por ese movimiento. Y entonces, como yo la
había visto, también
ella me vio, así como un momento antes el andrógino había visto en el eslabón y
a través del cristal los remolinos y bucles de la escritura. La cosa hizo una
pausa y se volvió hacia mí, y abrió las alas para que yo pudiera
observarlas. Estaban marcadas con ojos.
El andrógino cerró el
libro de golpe, como un portazo.
—¿Qué fue lo que
viste?
Sólo podía pensar que
ya no tenía que mirar las páginas, y dije: —Gracias, sieur. Quienquiera que
seáis, de ahora en adelante consideradme vuestro servidor.
Él asintió.
—Quizás alguna vez te
lo recuerde. Pero no volveré a preguntarte qué viste. Toma, límpiate la frente.
La visión te ha marcado.
Mientras hablaba me
dio un trapo limpio y me sequé la frente como me había dicho, porque sentía que
la humedad me resbalaba por la cara. Cuando miré el trapo, estaba rojo de
sangre.
Como si me hubiera
leído el pensamiento, él me dijo: —No estás herido. Los médicos lo llaman
hematidrosis, creo. Al experimentar una fuerte emoción, las venas diminutas en
la piel de la parte afligida... en algunos casos, en toda la piel... se rompen
mientras se suda profusamente. Me temo que te quedará una repugnante herida en
ese lugar.
—¿Por qué lo
hicisteis? —pregunté—. Pensé que ibais a enseñarme un mapa. Sólo quiero
encontrar la Sala Verde, como dice que se llama el anciano Rudesind, donde se
alojan los actores. ¿Decía el mensaje de Vodalus que teníais que matar al
portador?
Mientras hablaba, mis
manos buscaban la espada, pero cuando agarraron la empuñadura familiar, vi que
estaba demasiado débil para sacar la hoja.
El andrógino rió. Al
principio era una risa agradable, que a veces parecía de mujer y otras de niño,
pero forzada al final, y arrastrada, como de borracho. Los recuerdos de Thecla
se removieron en mi interior.
Casi se despertaron.
—¿Era eso todo lo que
deseabas? —dijo cuando volvió a ser dueño de sí—. Me pediste que iluminara tu
vela, y yo traté de darte el sol y ahora te has quemado. La culpa fue mía...
Tal vez traté de aplazar mi momento, pero aún así no te hubiera dejado viajar
tan lejos si no hubiera leído en el mensaje que llevas la Garra. Y ahora, de
verdad que lo siento, pero no puedo evitar reírme. ¿Adónde irás cuando hayas
encontrado la Sala Verde, Severian?
—Adonde me enviéis.
Tal como me recordáis, he jurado servir a Vodalus. —(En realidad, yo le temía,
y temía que el andrógino le informara si yo me mostraba desobediente.)
—¿Pero y si no tengo
órdenes para ti? ¿Te has deshecho ya de la Garra?
—No pude.
Hubo una pausa. Él no
habló.
—Iré a Thrax. Tengo
una carta para el arconte de allí; él debe darme trabajo. Para honra de mi
gremio, me gustaría ir allí.
—Eso está bien.
¿Hasta dónde llega, en realidad, tu amor por Vodalus?
De nuevo volví a
sentir en la mano la empuñadura del hacha. Me dicen que en vosotros la memoria
muere con el tiempo. La mía apenas se apaga. La niebla que aquella noche
envolvía la necrópolis me dio en la cara otra vez, y volvió a mí todo lo que
había sentido cuando recibí de Vodalus la moneda y lo vi alejarse hacia un
lugar donde no podía seguirlo.
—Una vez le salvé la
vida —dije.
El andrógino asintió.
—He aquí, pues, lo
que has de hacer. Irás a Thrax como planeabas, y dirás a todo el mundo...
incluso a ti mismo... que vas a desempeñar el oficio que allí te espera. La
Garra es peligrosa. ¿Lo sabes?
—Sí. Vodalus me dijo
que si llegaba a saberse que la teníamos, podíamos perder el apoyo del
populacho.
Durante un momento el
andrógino volvió a callar, y después dijo: —Las Peregrinas están en el norte.
Si te dan la oportunidad, has de devolverles la Garra.
—Eso es lo que había
querido hacer.
—Bien. Hay algo más
que debes hacer. El Autarca se encuentra aquí, pero mucho antes de que llegues
a Thrax también estará en el norte con el ejército. Si se acerca a Thrax,
podrás llegar a él. Después ya descubrirás cómo quitarle la vida.
El tono lo
traicionaba tanto como los pensamientos de Thecla. Quise arrodillarme, pero dio
unas palmadas y un hombrecito encorvado penetró silenciosamente en la sala.
Llevaba un hábito con capucha, como un cenobita. El Autarca le dijo algo, pero
yo estaba demasiado distraído para comprender.
Pocos espectáculos
puede haber en el mundo más hermosos que el sol del amanecer visto a través de
las mil aguas chispeantes de la Fuente Profética. Aunque no soy entendido en
estética, mi primera visión de esta danza (de la que tanto había oído hablar) debió
de tener un efecto restaurador. Todavía la recuerdo con placer, tal como la vi
cuando el encapuchado servidor me abrió una puerta —después de tantas leguas de
inventados pasillos en la Segunda Casa— y contemplé cómo las corrientes
plateadas trazaban ideogramas cruzando el disco solar.
—Todo derecho hacia
delante —murmuró la figura encapuchada—. Sigue el camino que atraviesa la
Puerta de los Árboles. Te encontrarás a salvo entre los actores. —La puerta se
cerró detrás de mí y se convirtió en la pendiente de un montículo herboso.
Avancé dando traspiés
hacia la fuente, que me refrescó con las salpicaduras sopladas por el viento.
Me encontré rodeado por un pavimento serpentino; me quedé allí algún rato,
tratando de leer mi fortuna en las formas danzantes, y por último registré en mi
esquero en busca de una ofrenda. Los pretorianos se
habían llevado todo
mi dinero, pero mientras rebuscaba entre las pocas posesiones que llevaba allí
(un trapo, el fragmento de la piedra de afilar y un frasco de aceite para Terminus
Esi, un peine y el libro marrón para mí) vislumbré una moneda
encajada entre los adoquines verdes que había a mis pies. Con un pequeño
esfuerzo pude sacarla; era un simple asimi, tan desgastado que apenas quedaba
rastro de la estampación. Musité un deseo y la lancé al centro mismo de la
fuente. Un chorro salió allí a encontrarla, y la lanzó contra el cielo, de modo
que por un momento destelló antes de caer. Comencé a leer los símbolos que
dibujaba el agua contra el sol.
Una espada. Esto
parecía bastante claro. Seguiría siendo torturador.
Después una rosa, y
debajo un río. Caminaría Gyoll arriba como había planeado, pues ése era el
camino que llevaba a Thrax.
Y ahora olas
furiosas, que pronto se convierten en una elevación larga y amenazadora. El
mar, tal vez; pero me pareció que no se podía llegar al mar caminando corriente
arriba hacia el nacimiento del río.
Una vara, una silla,
una multitud de torres, y comencé a pensar que los poderes oraculares de la
Fuente, en los que nunca había creído mucho, eran completamente falsos. Me
volví para irme, pero vislumbré entonces una estrella de muchas puntas que se
hacía más y más grande.
Desde que regresé a
la Casa Absoluta, he vuelto a visitar dos veces la Fuente Profética. En una
ocasión vine al despuntar la mañana, acercándome a ella por la misma puerta de
la primera vez. Pero no he vuelto a atreverme a hacerle preguntas.
Mis servidores, que
confiesan sin excepción que han echado oricretas en la fuente cuando el jardín
estaba libre de huéspedes, me dicen sin excepción que no han recibido ninguna
profecía verdadera a cambio del dinero. No obstante, no podría asegurarlo, pues
me acuerdo del hombre verde, que alejaba a las visitas hablándoles del futuro.
¿No puede ser que estos servidores míos, al no ver otra cosa que un porvenir de
bandejas y de escobas y de campanillas, lo rechacen de plano? También he
preguntado a mis ministros, que sin duda echan allí puñados de crisos, pero en
sus respuestas dudosas hay de todo.
Realmente me
resultaba difícil dar la espalda a la fuente y a sus adorables y crípticos
mensajes y caminar hacia el viejo sol. Parecía enorme, como la cara de un
gigante y rojo oscuro, mientras el horizonte descendía. Los álamos del recinto
se alzaban recortados en la luz, haciéndome pensar en la figura de la Noche
encima del kan sobre esta orilla occidental del Gyoll, que tan a menudo había
visto con el sol detrás al final de una de nuestras excursiones de baño.
Sin darme cuenta de
que ya me encontraba muy dentro de los límites de la Casa Absoluta y bien lejos
de las patrullas que recorrían la periferia, temía que pudieran detenerme en
cualquier momento y quizá devolverme a la antecámara, cuya puerta secreta —estaba
seguro— ya habría sido descubierta y clausurada. No ocurrió nada de eso. Hasta
donde mi vista alcanzaba, nadie se movía en leguas y leguas de setos y césped
aterciopelado, flores y aguas cantarinas, excepto yo mismo. Junto al camino
brotaban lirios mucho más altos que yo, cuyas caras estrelladas estaban
salpicadas de rocío; la superficie perfecta del camino sólo dejaba detrás de mí
las marcas de mis propios pies. Los ruiseñores cantaban todavía, unos libres y
otros suspendidos de las ramas de los árboles en jaulas doradas.
Una vez vi delante de
mí, con algo del viejo sentimiento de horror, a una de las estatuas errantes.
Como un hombre colosal (aunque no se trataba de un hombre), demasiado grácil y
demasiado lento para ser humano, vino atravesando una pequeña y escondida extensión
de césped como moviéndose al compás de algún extraño e inaudible himno
procesional. Confieso que me aparté hasta que hubo pasado, preguntándome si me
podría sentir de pie en la sombra, donde yo estaba, y si le importaría que
estuviera así.
Cuando había perdido
las esperanzas de encontrar la Puerta de los Árboles, la vi de pronto. No era
posible confundirla. Igual que los pequeños jardineros disponen los perales en
espaldera, así los jardineros superiores de la Casa Absoluta, que tardan generaciones
en completar el trabajo, habían moldeado las enormes ramas de los robles hasta
ajustarlas todas a una inspiración completamente arquitectónica, y yo,
caminando sobre los techos del más grande de los palacios de Urth, sin ni
siquiera una piedra a la vista, vi a un lado levantarse esa enorme y verde vía
de acceso construida de madera viviente como si fuera obra de albañilería.
Entonces corrí.
XXII
Personificaciones
Atravesé corriendo el
ancho arco de la Puerta de los Árboles, que goteaba sobre el camino, y salí a
una amplia extensión de césped ahora sembrada de tiendas. En algún lugar un
megaterio rugió y sacudió la cadena que lo retenía. No parecía haber otro sonido.
Me detuve a escuchar, y el megaterio, al que ya no perturbaban mis pasos,
volvió a caer en el sueño como de muerte que es propio de su especie. Yo oía el
rocío que caía de las hojas, y también el tenue e interrumpido gorjeo de los
pájaros.
Había también algo
más. Un tenue zis, zas, rápido e irregular, que se hizo más alto mientras lo
escuchaba. Comencé a abrirme paso por entre las tiendas silenciosas, guiándome
por el sonido. No obstante, tuve que haberme equivocado, pues el doctor Talos me
vio antes que yo a él.
—¡Amigo y socio mío!
Todos están dormidos, tu Dorcas y los demás. Todos menos tú y yo. ¡Ven aquí!
Movía una vara
mientras hablaba; el zis, zas era el sonido de los golpes con que descabezaba
las flores.
—Te has reunido con
nosotros justo a tiempo. ¡Justo a tiempo! Actuamos esta noche, y me hubiera
visto obligado a contratar a uno de estos tipos para que interpretara tu papel.
¡Me alegra mucho verte! Te debo algún dinero, ¿lo recuerdas? No mucho, y, entre
tú y yo, creo que es una deuda ilegal. Pero de todas maneras te lo debo, y
siempre pago.
—Me temo que no lo
recuerdo —dije—, así que no puede ser mucho. Si Dorcas se encuentra bien, estoy
dispuesto a olvidarlo, siempre que me des de comer y me indiques dónde puedo
dormir durante un par de guardias.
La afilada nariz del
doctor se inclinó por un instante indicando que lo lamentaba.
—Puedes dormir cuanto
quieras hasta que los otros te despierten. Pero me temo que no tenemos comida.
Como sabes, Calveros consume como el fuego. El encargado del tiaso ha prometido
traernos algo para todos nosotros. —Indicó vagamente con su vara la irregular
ciudad de tiendas.— Pero me temo que eso no será al menos hasta media mañana.
—Tal vez me dé lo
mismo. Estoy demasiado cansado para comer, de modo que si me indicas dónde me
puedo echar...
—¿Qué tienes en la
cabeza? No importa, lo disimularemos maquillándote. Por aquí. —Y aligeró el
paso, adelantándose. Lo seguí por un laberinto de cuerdas de tiendas hasta la
cúpula de un heliotropo. A la puerta estaba la carreta de Calveros, y por fin
estuve seguro de que había vuelto a encontrar a Dorcas.
Cuando desperté, fue
como si nunca nos hubiéramos separado. Dorcas tenía aún el mismo delicado
encanto. El resplandor de Jolenta lo ensombrecía como siempre, pero, cuando los
tres estábamos juntos, me hacía desear que nos dejara, para que yo pudiera mirar
a Dorcas. Llevé a Calveros aparte, aproximadamente una hora después de que
todos nos hubiéramos despertado, y le pregunté por qué me había dejado en el
bosque pasada la Puerta de la Piedad.
—Yo no estaba contigo
—dijo con lentitud—. Estaba con mi doctor Talos.
—Y también yo.
Podíamos haberlo buscado juntos y habernos ayudado mutuamente.
Hubo una prolongada
duda; me pareció sentir el peso de aquellos ojos apagados en mi cara, y llegué
a pensar lo terrible que sería si Calveros tuviera energía y voluntad para
encolerizarse. Por fin dijo: —¿Estabas con nosotros cuando dejamos la ciudad?
—Por supuesto.
Dorcas, Jolenta y yo estábamos con vosotros.
Otra duda.
—Así pues, os
encontramos allí.
—Sí. ¿No lo
recuerdas?
Meneó la cabeza con
lentitud, y observé unos toques gris en la tosca cabellera negra.
—Una mañana desperté
y te vi allí. Yo estaba pensando. Me dejaste pronto.
—Entonces las
circunstancias eran distintas; habíamos convenido en volver a encontrarnos.
—(Sentí una punzada de culpa al recordar que nunca tuve la intención de cumplir
esa promesa.)
—Ya nos hemos vuelto
a encontrar —farfulló Calveros, y después, viendo que la respuesta no me
satisfacía, añadió—: Para mí, aquí lo único real es el doctor Talos.
—Tu lealtad es digna
de alabanza, pero podías haber recordado que él deseaba tenerme a mí tanto como
a ti. —Veía que era imposible enfadarse con este apagado y amable gigante.
—Ganaremos dinero
aquí en el sur, y después volveremos a construir, como lo hemos hecho antes,
cuando hayan olvidado.
—Estamos en el norte.
Pero es verdad que tu casa fue destruida, ¿no es así?
—Incendiada —dijo
Calveros. Casi podía ver las llamas reflejadas en sus ojos—. Lo siento si lo
pasaste mal. Desde hace mucho tiempo sólo pienso en el castillo y en mi
trabajo.
Le dejé allí sentado
y fui a echar un vistazo al utillaje de nuestro teatro; no es que lo
necesitara, o que yo pudiera descubrir otra cosa que no fueran las faltas más
evidentes. Algunos actores se habían reunido alrededor de Jolenta, y el doctor
Talos los alejó e hizo que ella entrara en la tienda. Un momento después oí el
ruido de la vara pegando en la carne; salió sonriente, pero todavía enfadado.
—No es culpa de
ella—dije—. Ya sabe lo atractiva que es.
—Demasiado, quizás
excesivamente. ¿Sabes lo que me gusta de ti, sieur Severian? Que prefieres a
Dorcas. A propósito, ¿dónde está? ¿La has visto desde que volviste?
—Se lo advierto,
doctor. No la golpee.
—No se me ocurriría.
Sólo tengo miedo de que se pierda.
La expresión de
sorpresa del doctor me convenció de que estaba diciendo la verdad. Le dije:
—Sólo estuvimos charlando un momento. Ha ido por agua.
—Pues es muy valiente
de su parte —dijo. Y como advirtió mi extrañeza añadió—: Teme al agua.
Seguramente lo has notado. Es limpia, pero incluso cuando se lava no lo hace
más que en un dedo de agua; cuando cruzamos por puentes, se agarra a Jolenta y
tiembla.
Entonces regresó
Dorcas, y si el doctor dijo algo más, no lo oí. Cuando ella y yo nos vimos por
la mañana, no pudimos hacer mucho más que sonreír y nos tocamos con manos
incrédulas. Ahora venía hacia mí, dejó en el suelo los cubos que traía, y
pareció devorarme con la mirada. —Te he echado mucho de menos —dijo—. Me he
encontrado muy sola sin ti.
Me reí de que alguien
pudiera echarme de menos, y levanté el borde de mi capa fulígina.
—¿Echaste esto de
menos?
—La muerte, quieres
decir. ¿Que si eché de menos la muerte? No, te eché de menos a ti. —Me quitó la
capa de la mano y me condujo hacia la hilera de chopos que formaban una pared
de la Sala Verde. Hay un banco que encontré entre macizos de yerbas. Ven a sentarte
conmigo. Ellos pueden prescindir de nosotros un rato, después de tantos días. Y
cuando
Jolenta salga
encontrará el agua, que de todos modos era para ella.
En cuanto hubimos
dejado atrás el bullicio de las tiendas, donde los malabaristas jugaban con
cuchillos y los acróbatas lanzaban niños al aire, nos vimos envueltos en la
quietud de los jardines. Son tal vez la superficie de tierra más grande que se
haya planeado y cultivado como lugar de recreo, con excepción de los
territorios vírgenes que son los jardines del Increado y cuyos cultivadores son
invisibles para nosotros. Setos que se superponían formaban una puerta
estrecha. Entramos en un bosquecillo de árboles de ramas blancas y perfumadas
que me traían el triste recuerdo de los ciruelos en flor por el que los
pretorianos nos habían arrastrado a Jonas y a mí, aunque aquéllos parecían
haber sido plantados como adorno, y éstos, me parecía, para que dieran frutos.
Dorcas había quebrado una rama con media docena de flores y se la había puesto
en el pálido cabello dorado.
Más allá de los
árboles había un jardín tan antiguo que se me ocurrió que estaba olvidado por
todos menos por los servidores que lo cuidaban. El asiento de piedra tenía allí
cabezas talladas, que se habían desgastado hasta perder casi todas las
facciones. Quedaban unos cuantos macizos de flores comunes, y con ellas,
hileras fragantes de hierbas de cocina: romero, angélica, menta, albahaca y
ruda, que crecían en un suelo negro como el chocolate por el trabajo de
incontables años.
También había una
pequeña corriente, de donde sin duda Dorcas había sacado el agua. Tal vez el
manantial había sido una fuente en otro tiempo, pero ahora no era más que una
especie de brote de agua que se elevaba en un cuenco poco profundo, salpicaba
sobre el borde y se iba serpenteando por pequeños canales de tosca mampostería
para regar los árboles frutales. Nos sentamos en el asiento de piedra, apoyé mi
espada contra el brazo tallado, y Dorcas tomó mis manos en las suyas.
—Tengo miedo.
Severian —dijo—. Tengo sueños terribles.
—¿Desde que me fui?
—Desde siempre.
—Cuando dormimos
juntos en el campo me dijiste que habías despertado de un buen sueño. Dijiste
que era muy minucioso y que parecía real.
—Si fue bueno, ya lo
he olvidado.
Yo ya había advertido
que ella procuraba apartar los ojos del agua que brotaba de las ruinas de la
fuente.
—Todas las noches
sueño que paseo por calles de tiendas. Soy feliz, o al menos estoy contenta.
Tengo dinero, y hay una larga lista de cosas que quiero comprar. Una y otra vez
me recito esa lista, y trato de decidir en qué lugares del barrio puedo adquirir
lo mejor por el precio más bajo.
»Pero poco a poco,
conforme voy de tienda en tienda, me doy cuenta cada vez más de que todo el
mundo me desprecia y me odia, pues suponen que tengo un espíritu poco limpio
que se ha envuelto en el cuerpo de mujer que ellos ven. Por último entro en una
pequeña tienda atendida por un anciano y una anciana. Ella está sentada
haciendo encaje, mientras que él me muestra lo que tiene extendiéndolo sobre el
mostrador. Oigo detrás de mí el sonido que ella hace con el hilo cuando da una
nueva puntada.
Le pregunté: —¿Qué es
lo que entraste a comprar?
—Pequeñas prendas de
vestir. —Y Dorcas mantuvo apartadas un palmo las manos pequeñas y blancas.— Tal
vez ropa para muñecas. Recuerdo en particular unas camisitas defino algodón.
Por fin elijo una y le doy el dinero al anciano. Pero no se trata en absoluto
de dinero, sólo un puñado de porquería.
Le temblaban los
hombros, y le pasé el brazo por encima para confortarla.
—Entonces tengo ganas
de gritar que están equivocados, que no soy el sucio espectro por el que me
toman. Pero sé que si lo hago, cualquier cosa que diga será interpretada como
la prueba definitiva de que tienen razón, y las palabras me ahogan. Lo peor de
todo es que el siseo de la hebra de hilo se interrumpe justo entonces. —Ella
había vuelto a cogerme la mano libre, y ahora la apretaba como para meter en mí
lo que quería decir.— Sé que nadie que no haya tenido ese mismo sueño podría
comprenderme, pero es terrible. Terrible.
—Tal vez ahora que
estoy de nuevo contigo, terminarán esos sueños.
—Y después me quedo
dormida, o por lo menos me hundo en la oscuridad. Si entonces no despierto,
tengo un segundo sueño. Me encuentro en un bote que se mueve en un lago
espectral empujado por una pértiga...
—Al menos en eso no
hay misterio —dije—. Una vez fuiste en un bote así con Agia y conmigo.
Pertenecía a un hombre llamado Hildegrin. Seguramente te acuerdas de ese viaje.
Dorcas—meneé la
cabeza. —No es ese bote, sino uno más pequeño. Un hombre lo empuja con una
pértiga, y yo me he tendido a sus pies. Estoy despierta, pero no puedo moverme.
Mi brazo se arrastra en las aguas negras. Justo cuando vamos a llegar a la
orilla, caigo del bote y el viejo no me ve, y mientras me hundo en el agua sé
que él nunca ha sabido que yo estaba allí. Pronto desaparece la luz y siento un
gran frío. Muy por encima de mí, oigo una voz que grita mi nombre, pero no me
acuerdo de quien es esa voz.
—Es mi voz, que te
llama para despertarte.
—Tal vez. —La marca
del látigo que Dorcas traía desde la Puerta de la Piedad le ardía como una
llama en la mejilla.
Durante un rato
estuvimos sentados sin hablar. Los ruiseñores callaban ahora, pero los
pardillos cantaban en todos los árboles, y vi un loro, vestido de escarlata y
verde, como un pequeño mensajero con librea, que se precipitaba entre las
ramas.
—Qué cosa tan
terrible es el agua. No te debería haber traído aquí, pero no se me ocurrió
otro lugar por aquí cerca. Ojalá nos hubiéramos sentado en la hierba debajo de
aquellos árboles.
—¿Por qué la odias? A
mí me parece hermosa.
—Porque está aquí a
la luz del sol, pero por su propia naturaleza siempre desciende, más y más,
alejándose de la luz.
—Pero vuelve a subir
—dije—. La lluvia que vemos en primavera es la misma agua que vimos correr por
las alcantarillas un año antes, o al menos así nos lo enseñó el maestro
Malrubius.
La sonrisa de Dorcas
destelló como un sol.
—Es bonito creerlo,
sea o no verdad. Severian, sería tonto decirte que eres la mejor persona que
conozco, porque eres la única persona buena que conozco. Pero creo que si
conociera miles de otros, todavía seguirías siendo el mejor. Eso es lo que
quería hablar contigo.
—Si necesitaras mi
protección, ya sabes que la tienes.
—No es nada de eso
—dijo Dorcas—. De algún modo, yo quiero darte la mía. Eso sí que suena tonto,
¿verdad? No tengo familia, no tengo a nadie más que a ti, y sin embargo pienso
que puedo protegerte.
—Conoces a Jolenta,
al doctor Talos y a Calveros.
—No son nadie. ¿Es
que no lo sientes, Severian? Incluso yo no soy nadie, pero ellos menos que yo.
La pasada noche estuvimos los cinco en la tienda, y sin embargo tú estuviste
solo. Una vez me dijiste que no tenías mucha imaginación, pero seguro que te diste
cuenta.
—¿De eso quieres
protegerme, de la soledad? Me agradaría contar con esa protección.
—Entonces te daré
toda la que pueda, durante el tiempo que pueda. Pero sobre todo, quiero
protegerte de la opinión del mundo. Severian, ¿recuerdas lo que te dije de mi
sueño? ¿De cómo toda la gente en las tiendas y en la calle creía que yo no era
más que un espectro horroroso? Tal vez tengan razón.
Estaba temblando, y
la apreté contra mí.
—Por eso hay tanto
dolor en el sueño. Pero hay dolor también porque en muchos sentidos sé que
ellos están equivocados. El espectro sucio está en mí. Soy yo. Pero también hay
en mí otras cosas, y soy esas cosas, tanto como eso otro.
—Nunca podrías ser un
espectro sucio, ni nada sucio.
—Oh, sí —dijo con
gravedad, y alzó la mirada hacia mí. Aquella carita levantada nunca fue más
hermosa que entonces a la luz del sol, ni más pura—. Oh, sí, podría serlo,
Severian. Igual que tú podrías ser lo que ellos te llaman, lo que a veces eres.
¿Recuerdas cómo vimos saltar la catedral hacia los cielos y arder en un
instante? ¿Y cómo nos pusimos a andar por un camino entre árboles hasta que
vimos una luz enfrente, y eran el doctor Talos y Calveros preparados para una
representación junto con Jolenta?
—Me tenías de la mano
—dije—. Y hablábamos de filosofía. ¿Cómo podría olvidarlo?
—Cuando salimos a la
luz y el doctor Talos nos vio ¿recuerdas lo que dijo?
Pensé de nuevo en
aquella tarde, al final del día en que ejecuté a Agilus. Volví a oír los
rugidos del público, el grito de Agia, y después el redoble de tambor de
Calveros.
—Dijo que ya habían
venido todos, y que tú eras la Inocencia y yo la Muerte.
Dorcas asintió
solemnemente.
—Exacto. Pero tú no
eres de veras la Muerte, ¿sabes? No importa las veces que te lo diga. Tú no
representas la muerte, como tampoco un carnicero aunque se pase el día
degollando vacas. Para mí tú eres la Vida, eres un joven llamado Severian, y si
quisieras ponerte otras ropas y convertirte en carpintero o en pescador, nadie
podría impedírtelo.
—No deseo dejar mi
gremio.
—Pero podrías, hoy
mismo. Nunca lo olvides. La gente no quiere que otras gentes sean gente. Les
ponen nombres y los encierran en esos nombres, y yo no quiero que tú te dejes
encerrar. El doctor Talos es peor que la mayoría. A su manera, es un
mentiroso...
Dejó inconclusa la
acusación, y me aventuré a comentar: —En una ocasión le oí decir a Calveros que
el doctor raras veces mentía.
—Dije a su manera.
Calveros tiene razón, el doctor Talos no miente como los demás. Llamarte Muerte
no era una mentira. Era una... una...
—Metáfora —sugerí.
—Pero era una
metáfora peligrosa y malvada, que iba dirigida a ti como una mentira.
—¿Entonces crees que
el doctor Talos me odia? Yo hubiera dicho que es uno de los pocos que se ha
mostrado verdaderamente amable desde que dejé la Ciudadela. Tú, Jonas que ya se
ha ido, una anciana que conocí mientras estuve en prisión, un hombre vestido de
amarillo, que por cierto también me llamó Muerte, y el doctor Talos. Realmente,
la lista es corta.
—No creo que odie
como nosotros lo entendemos —replicó Dorcas—. Ni tampoco que ame. Lo que quiere
es manipular todo aquello con que se topa, cambiarlo a voluntad, y puesto que
destruir es más fácil que construir, es lo que hace con mayor frecuencia.
—Sin embargo, me
parece que Calveros lo quiere —dije—. Yo tuve un perro tullido, y he observado
que Calveros mira al doctor como Triskele me miraba a mí.
—Te comprendo, pero a
mí no me da esa impresión. ¿Has pensado alguna vez qué aspecto debías haber
tenido cuando mirabas a tu perro? ¿Sabes algo sobre el pasado de Calveros y el
doctor?
—Sólo que vivían
juntos cerca del Lago Diurtuma. Al parecer, la gente de allí les incendió la
casa para que se fueran.
—¿Crees que el doctor
Talos podría ser hijo de Calveros?
La idea era tan
absurda que me reí, contento de que algo aliviara mi tensión.
—De todas maneras
—dijo Dorcas—, así es como actúan. Como un padre de ideas lentas y quehacer
duro y un hijo brillante y voluble. Al menos, así me lo parece.
Hasta que no
abandonamos el banco y nos encontramos en el camino de vuelta hacia la Sala
Verde (que ya no se parecía al cuadro que Rudesind me había enseñado más que
cualquier otro jardín), no se me ocurrió plantearme si el nombre de «Inocencia»
con que el doctor Talos llamaba a Dorcas no habría sido una metáfora del mismo
tipo.
XXIII
Jolenta
La vieja huerta y el
jardín de hierbas de más allá habían estado tan silenciosos, tan cargados de
abandono, que me recordaron el Atrio del Tiempo, y a Valeria de exquisita cara
enmarcada en pieles. La Sala Verde era un pandemónium. Todos estaban ya despiertos,
y por momentos parecía que todos estaban gritando. Los niños trepaban a los
árboles para abrir las jaulas y liberara los pájaros, perseguidos por las
escobas de las madres y los proyectiles de los padres. Se desmontaban tiendas
aun mientras continuaban los ensayos, de modo que vi cómo una pirámide de lona
rayada, sólida en apariencia, caía al suelo como una bandera floja, y dejaba al
descubierto la figura del megaterio, verde como la hierba, levantado sobre las
patas traseras y alzando la frente, donde pirueteaba un bailarín.
Calveros y nuestra
tienda habían desaparecido, pero en un momento llegó corriendo el doctor Talos
y nos llevó de prisa por tortuosos paseos, entre balaustradas y cascadas y
grutas de topacios en bruto y musgo floreciente, hasta un anfiteatro de hierba
recortada donde el gigante levantaba el escenario bajo los ojos de una docena
de ciervos blancos.
Era un escenario
mucho más complicado que aquel sobre el que yo había actuado en otra época,
dentro de la Muralla de Nessus. Al parecer, los servidores de la Casa Absoluta
habían traído madera, clavos, herramientas, pintura y ropa en cantidades muy
superiores a las que podíamos utilizar. Esta generosidad había despertado la
inclinación del doctor por lo grandioso (que en él nunca dormía profundamente),
y ahora alternaba entre ayudamos a Calveros y a mí con las construcciones más
pesadas y ponerse frenéticamente a hacer añadidos al manuscrito de su obra.
El gigante era
nuestro carpintero, y aunque se movía con lentitud, trabajaba sin interrumpirse
y tenía una fuerza enorme (de uno o dos golpes hundía un clavo del grueso de mi
dedo índice, y con unos pocos hachazos cortaba un madero que yo hubiera tardado
en aserrar toda una guardia, y producía tanto como diez esclavos trabajando
bajo el látigo.
Dorcas tenía un
talento para la pintura que al menos a mí me sorprendió. Los dos juntos
levantamos las placas negras que beben sol, no solamente para almacenar la
energía que necesitaremos en la representación de la noche, sino para alimentar
los proyectos ahora. Estos aparatos pueden proporcionar con la misma facilidad
un fondo de mil leguas o el interior de una choza, aunque la ilusión sólo es
perfecta cuando la oscuridad es total. Por tanto, lo mejor es reforzar la
escena con decorados, y Dorcas los creaba con habilidad, trabajando de pie
sobre montañas, dando pinceladas por las imágenes descoloridas a la luz del
día.
Jolenta y yo no
éramos tan valiosos. Yo no tenía habilidad de pintor, y poco entendía de las
necesidades de la obra, ni siquiera para ayudar al doctor a ordenar nuestro
utillaje. Y me parecía que Jolenta se revelaba física y psíquicamente contra
todo tipo de trabajo, y desde luego contra éste. Aquellas largas piernas, tan
delgadas por debajo de las rodillas y redondas hasta reventar por encima, le
alcanzaban apenas para soportar el peso del cuerpo; los pechos protuberantes
corrían el constante peligro de que los pezones fueran aplastados entre las
maderas o embadurnados con pintura. Tampoco tenía nada de ese ánimo propio de
quienes llevan adelante las intenciones de un grupo. Dorcas había dicho que yo
había estado solo la noche anterior, y tal vez había acertado más de lo que yo
suponía, pero Jolenta estaba todavía más sola. Dorcas y yo nos teníamos a
nosotros mismos, Calveros y el doctor arrastraban una tortuosa amistad, y la
representación de la obra nos mantenía juntos. Pero Jolenta sólo se tenía a sí misma:
una actuación incesante con una única meta, ganar admiración.
Me tocó el brazo y
sin hablar me indicó con un movimiento de sus enormes ojos de color esmeralda
el borde de nuestro anfiteatro natural, donde un bosquecillo de castaños
levantaba unas luminarias blancas entre las pálidas hojas.
Vi que ninguno de los
otros estaba mirándonos, y asentí. Después de Dorcas, Jolenta caminando a mi
lado me parecía tan alta como Thecla, aunque andaba con pasos cortos en
comparación con las zancadas contoneantes de Thecla. Era por lo menos una
cabeza más alta que Dorcas, y el tocado la hacía parecer todavía más alta, y
llevaba botas de montar con tacones altos.
—Quiero verla —dijo—.
Es la única ocasión que voy a tener.
La mentira era
evidente, pero fingiendo que le creía, dije: —La ocasión es simétrica. Hoy, y
solamente hoy, tiene la Casa Absoluta la oportunidad de verte.
Ella se mostró de
acuerdo; yo había enunciado una verdad profunda.
—Necesito a alguien,
alguien que dé miedo a aquellos con quienes no quiero hablar. Me refiero a
todos esos artistas y enmascarados. Cuando estuviste ausente, nadie venía
conmigo más que Dorcas, y a ella nadie la teme. ¿Podrías sacar esa espada y
llevarla sobre el hombro?
Así lo hice.
—Si no sonrío, haz
que se vayan. ¿Comprendido? Entre los castaños crecía una hierba mucho más alta
que la del anfiteatro natural, aunque más blanda que el helecho. El sendero era
de guijarros de cuarzo salpicados de oro.
—Si al menos el
Autarca me viera, me desearía. ¿Crees que vendrá a la representación?
Asentí para
complacerla, pero añadí: —He oído decir que recurre poco a las mujeres, por
hermosas que sean, a no ser como consejeras o espías o doncellas de escudo.
Ella se detuvo y se
volvió, sonriendo.
—De eso se trata
precisamente. ¿No te das cuenta? Puedo hacer que todo el mundo me desee, de
manera que él, el Autarca en persona, cuyos sueños son nuestra realidad, cuyas
memorias son nuestra historia, me deseará también, aunque sea un afeminado. Tú
has deseado a otras mujeres aparte de mí, ¿no? ¿Las deseaste con fuerza?
Admití que sí.
—Y crees que me
deseas a mí como las deseaste a ellas. —Echó a caminar de nuevo, con un poco de
torpeza, como siempre, pero por el momento estimulada por sus propios
razonamientos.— Pero yo pongo tiesos a los hombres y estremezco a las mujeres.
Mujeres que jamás han amado a otras mujeres desean amarme, ¿lo sabías? Vienen a
nuestras representaciones una y otra vez, y me envían comida y flores,
bufandas, chales, pañuelos bordados y notas, oh, notas de un carácter tan
fraternal, tan materno. Quieren protegerme, protegerme de mi médico, del
gigante, de sus maridos e hijos y vecinos. ¡Y qué decirte de los hombres! Calveros
tiene que arrojarlos al río.
Le pregunté si
cojeaba, y cuando salimos de los castaños busqué alrededor algo que pudiera
ayudarme a transportarla, pero no había nada.
—Tengo los muslos
excoriados y me duelen cuando camino. Me han dado un ungüento que me alivia un
poco y un hombre me trajo una jaca que no sé por dónde anda ahora. Sólo me
encuentro cómoda cuando puedo tener las piernas apartadas.
—Yo puedo llevarte.
Volvió a sonreís,
mostrando unos dientes perfectos.
—A los dos nos
gustaría eso, ¿verdad? Pero me temo que no parecería muy digno. No, caminaré.
Sólo espero no tener que andar mucho. Y de hecho no voy a andar mucho,
pase lo que pase. De todos modos, parece que alrededor no hay más que
enmascarados. Tal vez la gente importante se levante tarde para acudir a las
festividades de la noche. Yo misma tendré que dormir al menos cuatro guardias
antes de continuar.
Oí el sonido del agua
lamiendo las piedras, y como no tenía otra cosa que hacer fuimos hacia allí.
Pasamos por un seto de espinos cuyas flores, como manchas blancas, parecían a
la distancia un obstáculo infranqueable, y vi un río no más ancho que
una calle y sobre el que se deslizaban unos cisnes como esculturas de
hielo. Había un pabellón en ese lugar, y junto a él tres botes, los tres
parecidos a grandes nenúfares, y forrados por dentro con un espesísimo brocado,
y cuando subí a uno de ellos noté que exudaban un olor de especias.
—Maravilloso —dijo
Jolenta—. No les importará que tomemos uno, ¿verdad? Y si les importa, me
llevarán ante alguien poderoso, como sucede en la obra, y cuando este alguien
me vea, nunca dejará que me vaya. Haré que el doctor Talos se quede conmigo, y
tú, si quieres. Te darán algún empleo.
Le dije que tendría
que continuar mi viaje hacia el norte y la levanté para subirla al bote,
poniéndole el brazo alrededor de la cintura, casi tan estrecha como la de
Dorcas.
En seguida se tendió
sobre los cojines, donde los pétalos levantados le ensombrecían la cara. Me
hizo pensar en Agia, cuando reía al sol mientras descendíamos por los Peldaños
de Adamnian y alardeaba del sombrero de ala ancha que llevaría puesto el año que
viene. No había nada en Agia que no fuera inferior a jolenta; apenas era más
alta que Dorcas, las caderas eran excesivamente anchas y los pechos hubieran
parecido magros al lado de la exuberante plenitud de jolenta; los ojos largos y
castaños y los pómulos altos parecían ser muestra de agudeza y
determinación, antes que pasión y abandono. Y sin embargo, Agia me había dejado
en un saludable estado de celo. Cuando reía yo le notaba un deje de desprecio;
pero era una risa genuina. La excitación camal le hacía sudar; el deseo de
jolenta no era más que deseo de ser deseada, de modo que lo que yo quería no
era consolar su soledad, como había querido consolar la de Valeria, ni dar
expresión a un amor doliente como el que había sentido por Thecla, ni
protegerla como quería proteger a Dorcas, sino avergonzarla y castigarla,
conseguir que perdiera el dominio de sí misma, llenarle los ojos de
lágrimas y quemarle el cabello, así como se quema el cabello de los cadáveres
para atormentar a los espíritus que los han abandonado. Se había jactado de
convertir a las mujeres en tríbadas. Casi llegó a hacer de mí un algófilo.
—Sé que ésta es mi
última actuación. Seguro que entre el público habrá alguien... —Bostezó y se
estiró. Parecía tan cierto que el tenso corpiño no podría contenerla que aparté
los ojos. Cuando volví a mirar, estaba dormida.
El bote arrastraba
detrás un fino remo. Lo cogí y descubrí que a pesar de la circularidad del
casco que emergía del agua, debajo había una quilla. En el centro del río la
corriente era bastante fuerte, y yo no tenía más que guiar nuestro lento avance
por una serie de meandros que se torcían graciosamente. Así como el encapuchado
y yo pasamos sin ser vistos a través de habitaciones, alcobas y arcadas cuando
me acompañó por los caminos escondidos de la Segunda Casa, así ahora la dormida
Jolenta y yo, sin ruido ni
esfuerzo, casi
totalmente inadvertidos, recorríamos leguas de jardines. Había parejas tendidas
sobre el blando césped debajo de los árboles y en la comodidad más refinada de
los cenadores, y nuestra embarcación no parecía antojárseles más que una
decoración que la corriente transportaba ociosamente para deleite de todos
ellos. Y si veían mi cabeza por encima de los pétalos curvados, nos creían
dedicados a nuestros propios asuntos. Filósofos solitarios meditaban sobre
rústicos asientos, y en triforios y arboriums continuaban ininterrumpidas
reuniones que no eran invariablemente eróticas.
Acabé resentido por
el dormir de Jolenta. Dejé el remo y me arrodillé junto a ella en los cojines.
Tenía una pureza en el rostro dormido que yo nunca le había visto en los
momentos en que estaba despierta. La besé, y sus ojos enormes, apenas abiertos,
me recordaron los largos ojos de Agia, y su cabello rojo y dorado pareció casi
castaño. Le desabroché el vestido. Parecía medio drogada, ya fuera por efecto
de algún soporífero en los cojines amontonados o meramente por la fatiga
acumulada en nuestro camino al aire libre y el peso de semejante volumen de
carne voluptuosa. Le liberé los pechos, cada uno de los cuales era casi tan
grande como su propia cabeza, y los amplios muslos, que parecían contener entre
ellos un polluelo de pocos días.
Cuando regresamos,
todos sabían dónde habíamos estado, aunque dudo que a Calveros le interesara.
Dorcas lloraba a solas, desapareciendo durante un rato para volver a aparecer
con los ojos hinchados y una sonrisa de heroína. Creo que el doctor Talos estaba
a la vez furioso y divertido. Me dio la impresión (que mantengo hasta hoy) de
que nunca había gozado a Jolenta, y que de todos los hombres de Urth, sólo a él
se hubiera entregado ella con toda su voluntad.
Pasamos las guardias
que quedaban antes de anochecer escuchando al doctor Talos conversar con varios
funcionarios de la Casa Absoluta, y ensayando. Puesto que ya he dicho algo de
lo que representa actuar en la obra del doctor Talos, me propongo presentar
aquí una aproximación del texto, no como aparecía en los fragmentos de papel
manchado que esa tarde nos pasábamos de mano en mano, y que a menudo sólo
sugería algún tipo de improvisación, sino como podría haber sido registrado por
algún diligente escribano que se encontrara entre el público, y como, de hecho,
quedó registrado por el testigo demónico que habita detrás de mis ojos.
Pero antes tienes que
imaginar nuestro teatro. Los inquietos márgenes de Urth habían vuelto a subir
una vez más por encima del disco rojo. Unos murciélagos de largas alas
aleteaban por encima de nosotros, y en el cielo oriental colgaba el verde
cuerno de la luna. Imagina un valle pequeño, de unos mil pies de anchura,
situado entre colinas ondeantes cubiertas del césped más blando. Hay puertas en
estas colinas, algunas de ellas no más anchas que la entrada a una habitación
privada corriente, otras tanto como las puertas de una basílica. Estas puertas
están abiertas, y de ellas emana una luz neblinosa. Hacia el pequeño arco de
nuestro proscenio descienden unos tortuosos senderos enlosados; están
salpicados de hombres y mujeres con fantásticos atuendos, como en una
mascarada, atuendos que proceden en gran parte de edades remotas, de manera que
yo, cuyas nociones de historia se limitan escasamente a las que me impartieron
Thecla y el maestro Palaemón, apenas los reconozco. Entre esta gente
enmascarada se mueven servidores que llevan bandejas cargadas de copas y vasos,
y de montones de carnes y pastas de delicioso aroma. Frente a nuestro escenario
hay asientos negros de terciopelo y de ébano, delicados como criquets, pero en
el auditorio hay muchos que prefieren estar de pie; a lo largo de nuestra
actuación los espectadores van y vienen sin interrupción, y muchos de ellos no
se paran a oír más que una docena de líneas. En los árboles cantan las hilas y
gorjean los ruiseñores, y en lo alto de las colinas las estatuas andantes se
mueven lentamente en distintas posturas. Todos los papeles de la obra son
interpretados por el doctor Talos, Calveros, Dorcas, Jolenta o yo.
XXIV
La obra del doctor Talos: Escatología y Génesis
Que consiste en una
representación dramática (como él
sostiene) de determinadas partes del Libro del Sol
Nuevo, ahora perdido
Personajes de la
obra:
Gabriel Una estatua
El gigante Nod Un profeta
Mesquia, el Primer
Hombre El generalísimo
Mesquiana, la Primera
Mujer Dos demonios (disfrazados)
Jahi El Inquisidor
El Autarca Un familiar
La Condesa Seres angélicos
La Doncella El Sol Nuevo
Dos soldados El Sol Viejo
La Luna
La parte trasera del
escenario está a oscuras. GABRIEL aparece bañado en una luz dorada; lleva un clarín de cristal.
GABRIEL. Saludos.
Vengo para describiros la escena; después de todo, es mi cometido. Estamos en
la noche del último día y la noche antes del primero. El Sol Viejo se ha
puesto. Nunca más aparecerá. Mañana se levantará el Sol Nuevo, y mis hermanos y
yo lo saludaremos. Esta noche... esta noche nadie sabe. Todos duermen.
(Ruido de pasos pesados y lentos. Entra Non.)
GABRIEL.
¡Omnisciencia! ¡Defiende a tu servidor!
NOD. ¿Le sirves a él?
Pues nosotros a Nephilim. No te haré daño, pues, a menos que él lo pida.
GABRIEL. ¿Perteneces
tú a su casa? ¿Cómo se comunica contigo?
Non. A decir verdad,
no lo hace. Me veo obligado a adivinar lo que quiere de mí.
GABRIEL. Me temía
eso.
NOD. ¿Has visto al
hijo de Mesquia?
GABRIEL. ¿Que si lo
he visto? Pero, pedazo de memo, si ni siquiera ha nacido aún. ¿Para qué lo
quieres?
Non. Ha de venir a
vivir conmigo en mi tierra, al este de este jardín. Le daré por esposa a una de
mis hijas.
GABRIEL. Amigo, te
has equivocado de creación; llegas con cincuenta millones de años de retraso.
(Entran MESQUIA y MESQUIANA y les sigue JAHI. Todos están
desnudos, aunque JAHI lleva joyas.)
MESQUIA. ¡Qué lugar
tan agradable! ¡Delicioso! Flores, fuentes y estatuas. ¿No es maravilloso?
MESQUIANA. (Tímidamente.)
Vi un tigre doméstico
cuyos colmillos eran
más largos que mi mano. ¿Cómo lo llamaremos?
MESQUIA. Como él
quiera. (A GABRIEL.) ¿A quién
pertenece este bello
lugar?
GABRIEL. Al Autarca.
MESQUIA. Y él nos
permite vivir aquí. Es una merced que nos hace.
GABRIEL. No
exactamente. Alguien te ha venido siguiendo, amigo. ¿Lo conoces?
MESQUIA. (Sin
mirar.) También hay algo detrás de ti.
GABRIEL. (Blandiendo
el clarín, que es el símbolo de su oficio.) ¡Sí, Él está detrás de mí!
MESQUIA. Y también
cerca. Si vas a soplar en esa tuba para pedir auxilio, es mejor que lo hagas
ahora.
GABRIEL. Sí que eres
observador. Pero aún no ha llegado el momento.
(La luz dorada se
desvanece y GABRIEL desaparece del escenario. Non permanece inmóvil apoyado en
su porra.)
MESQIIANA. Encenderé
una hoguera, y será mejor que comiences a construimos una casa. Aquí debe de
llover mucho. Mira qué verde está la hierba.
MESQUIA. (Estudiando
a Non.) Pero si no es más que
una estatua. No me
extraña que no le tuviera miedo.
MESQULANA. Tal vez
tome vida. Hace tiempo oí algo sobre criar hijos con piedras.
MESQUIA. ¡Hace
tiempo! Pero si tú has nacido justo ahora. Creo que fue ayer.
MESQUIANA. ¡Ayer! No
me acuerdo... Soy tan infantil, Mesquia. No me acuerdo de nada hasta que salí
andando hacia la luz y te vi hablando con un rayo de sol.
MESQUIA. ¡No era un
rayo de sol! Era... A decir verdad, todavía no he pensado ningún nombre para lo
que era.
MESQUIANA. Entonces
me enamoré de ti.
(Entra el AUTARCA.)
AUTARCA. ¿Quiénes
sois?
MESQUIA. Y hablando
de eso, ¿quién eres tú? AUTARCA. El propietario de este jardín.
(MESQUIA inclina la
cabeza y MESQUIANA hace una reverencia, aunque no lleva ninguna falda para
sostenérsela.)
MESQUIA. Hace sólo un
momento hablábamos con uno de vuestros servidores. Ahora que lo pienso, estoy
asombrado de lo mucho que se parecía a vuestra augusta Persona. Salvo que
era... ah...
AUTARCA. ¿Más joven?
MESQUTA. Al menos en
apariencia.
AUTARCA. Bueno, tal
vez sea inevitable. No es que esté tratando de justificarlo. Pero yo fui joven,
y aunque sería mejor limitarse a mujeres que están más cerca de nuestra
posición social, hay momentos (como tú, joven, comprenderías si hubieras estado
alguna vez en mi situación) en que una doncellita o una muchachita del campo, a
las que se puede camelar con un puñado de plata o una pieza de terciopelo, y
que no exigirá, en el momento más inoportuno, la muerte de ningún rival ni una
embajada para su marido... En fin, momentos en que una personita así se
convierte en una proposición de lo más seductora.
(Mientras que el
AUTARCA ha estado hablando, JAHI, se ha arrastrado detrás de MESQUIA. Ahora le
pone una mano en el hombro.)
JAHI. Ya ves que
aquel a quien tienes por tu divinidad apoyaría y aconsejaría cuanto te he
propuesto. Volvamos a empezar antes de que el Sol Nuevo se levante.
AUTARCA. He aquí una
adorable criatura. ¿Cómo es, hija, que veo las llamas vivas de las velas
reflejadas en cada uno de tus ojos mientras que allí tu hermana continúa
soplando la leña fría?
JAHI. ¡No es mi
hermana!
AUTARCA. Tu
adversaria, entonces. Mas ven conmigo. Daré a estos dos licencia para que
acampen aquí, y esta noche te pondrás un rico vestido, y por tu boca correrá el
vino, y esa grácil figura quizá lo será un poco menos gracias a las alondras
rellenas de almendras, y a los higos confitados.
JAHI. Vete, viejo.
AUTARCA. ¡Cómo!
¿Sabes quién soy?
JAHI. Soy aquí la
única que lo sabe. Eres un fantasma y todavía menos, una columna de cenizas
levantada por el viento.
AUTARCA. Ya veo, está
loca. ¿Qué quiere ella que hagas, amigo?
MESQUIA. (Aliviado.)
¿No le guardáis ningún rencor?
Eso dice bien de vos.
AUTARCA. ¡Ninguno en
absoluto! Incluso una querida que estuviera loca sería una experiencia
interesante... Créeme que mi intención es conseguirla, y hay pocas cosas que yo
tenga intención de conseguir después de haber visto y hecho todo lo que yo he
visto y hecho. La chica no muerde, ¿verdad? Quiero decir, ¿no mucho?
MESQUIANA. Sí muerde,
y tiene los colmillos emponzoñados.
(JAHI da un salto
hacia delante para atenazarla. MESQUIANA sale como una flecha del escenario,
perseguida.)
AUTARCA. Haré que mis
piqueneros las busquen por el jardín.
MESQIA. No os
preocupéis, las dos volverán pronto. Ya lo veréis. Mientras, me alegro
sinceramente de poder estar así un momento a solas con vos. Hay cosas que deseo
preguntaros.
AUTARCA. No concedo
favores después de las seis; es una norma que me ha ayudado a mantenerme
cuerdo. Estoy seguro de que lo comprendes.
MESQUIA. (Un poco
sorprendido.) Está bien que me lo
digáis. Pero en
realidad no iba a pedir nada, sólo buscaba información, sabiduría divina.
AUTARCA. En ese caso,
adelante. Pero te lo advierto, has de pagar un precio. Me propongo que ese
ángel demente sea para mí esta noche.
(MESQUIA se pone de
rodillas.)
MESQUIA. Hay algo que
nunca he llegado a comprender. ¿Por qué tengo que hablaros cuando conocéis cada
uno de mis pensamientos? Mi primera pregunta era ésta: sabiendo que ella
pertenece a la progenie que habéis desterrado, ¿no debería yo hacer lo que propone?
Pues ella sabe
que lo sé, y creo de
corazón que ella propone lo correcto, y que a la vez piensa que lo despreciaré
porque viene de ella.
AUTARCA. (Aparte.)
Ya veo que este hombre también está loco. Y me considera divino por mis
prendas amarillas. (A MESQUIA.) A ningún hombre le hace daño un poco de
adulterio, a menos, por supuesto, que el adulterio lo cometa su propia mujer.
MESQUIA. ¿Entonces el
mío le dolería a ella? Yo...
(Entra la CONDESA y
Su DONCELLA.)
CONDESA. ¡Mi señor
soberano! ¿Qué hacéis aquí? MESQUIA. Hija, me encuentro en oración. Quítate al
menos los zapatos. Pues este suelo es sagrado. CONDESA. Señor, ¿quién es este
idiota?
AUTARCA. Un loco que
encontré vagabundeando
con dos mujeres tan
locas como él.
CONDESA. Entonces son
más que nosotros, a menos
que mi doncella esté
cuerda.
DONCELLA. Alteza...
CONDESA. Cosa que
dudo. Esta tarde se puso una estola púrpura con mi capote verde. Parecía un
poste cubierto con dondiegos de día.
(MESQUIA, que se ha
ido enfadando cada vez más a medida que ella habla, la golpea, tirándola al
suelo. Sin ser visto, el AUTARCA huye por detrás de él.)
MESQUIA. ¡Mocosa! No
tomes a la ligera las cosas sagradas cuando yo esté cerca, y haz sólo lo que yo
te diga.
DONCELLA. ¿Quién
sois, señor?
MESQUIA. Soy el padre
de la raza humana, hija, y tú eres mi hija, lo mismo que ella.
DONCELLA. Espero que
la perdonéis... y a mí también. Habíamos oído que estabais muerto. MESQUIA. Eso
no necesita perdón. Los muertos son mayoría, al fin y al cabo. Pero como puedes
darte cuenta, he vuelto por aquí a dar la bienvenida al nuevo amanecer.
NOD. (Habla y se
mueve tras haber estado todo este tiempo en silencio e inmóvil) Hemos
venido demasiado temprano.
MESQUIA. (Señalando.)
¡Un gigante! ¡Un gigante!
CONDESA. ¡Oh!
¡Solange! ¡Kyneburga! DONCELLA. Aquí estoy, Alteza. Lybe está aquí.
NOD. Aún es demasiado
pronto para el Sol Nuevo.
CONDESA. (Echándose
a llorar.) El Sol Nuevo se acerca. Nos derretiremos como sueños.
MESQUIA. (Viendo
que Non no pretende recurrir a la violencia.) Malos sueños. Pero será lo
mejor para ti. Lo comprendes, ¿verdad?
CONDESA. (Recuperándose.)
Lo que no comprendo es cómo vos, que de pronto parecéis tan sabio,
pudisteis confundir al Autarca con la Mente Universal.
MESQUIA. Sé que
vosotras sois mis hijas en la vieja creación. Tenéis que serlo, pues sois
mujeres humanas y en esta otra creación no he tenido ninguna.
NOD. Su hijo tomará a
mi hija por esposa. Es un honor que nuestra familia poco ha hecho por merecer;
no somos más que gente humilde, hijos de Gea, pero seremos elevados a la
condición de exultantes. Seré... ¿qué seré, Mesquia? El suegro de vuestro hijo.
Puede ser, si no ponéis objeción, que algún día mi mujer y yo visitemos a
nuestra hija el mismo día que vos vengáis a verle a él. No nos negaríais un
lugar a la mesa, ¿verdad? Naturalmente, nos sentaríamos en el suelo.
MESQUIA. Pues claro
que no. El perro ya lo hace, o lo hará cuando lo veamos. (A la CONDESA.) ¿No
te ha llamado la atención que yo sepa más de aquel a quien llamáis la Mente
Universal que tu Autarca en persona? No sólo vuestra Mente Universal, sino
otros muchos poderes inferiores, se echan la humanidad encima como una capa
cuando se les antoja, a veces sólo a dos o tres de nosotros. Nosotros, que
somos los vestidos, raramente nos damos cuenta de que, pareciéndonos a nosotros
mismos, somos sin embargo un Demiurgo, un Paracleto o un Enemigo para los
demás.
CONDESA. Tarde he
sabido eso, si he de desaparecer con el advenimiento del Sol Nuevo. ¿Ha pasado
la medianoche?
DONCELLA. Casi,
Alteza.
CONDESA. (Señalando
al auditorio.) ¿Y qué le sucederá a toda esta hermosa gente?
MESQUIA. ¿Qué le
sucede a las hojas cuando el año ha pasado y el viento se las lleva?
CONDESA. Si...
(MESQUIA se vuelve
para observar el cielo oriental, como espiando el primer signo del amanecer.)
CONDESA. Si...
MESQUIA. ¿Si qué?
CONDESA. Si mi cuerpo
contuviera una parte del vuestro... gotas de tejido licuescente apresadas en
mis ijadas...
MESQUIA. Si lo
tuvieras, quizás errarías más tiempo por Urth, como criatura perdida que nunca
podría encontrar el camino a casa. Pero no me acostaré contigo. ¿Crees que eres
más que un cadáver? Eres menos que eso.
(La DONCELLA se
desmaya.)
CONDESA. Decís que
sois el padre de todo lo que es humano. Así parece, pues sois la muerte para
una mujer.
(El escenario se
oscurece. Cuando vuelve la luz, MESQUIANA y JAHI yacen juntas bajo un serbal
Detrás de ellas hay una
puerta en la falda de la colina. JAHI tiene un labio partido e hinchado, lo
que le da un mal aspecto. La sangre le gotea del labio a la barbilla.)
MESQUIANA. Aún
tendría fuerzas para buscarlo, si al menos sólo supiera que tú no me seguirías.
JAHI. Me muevo con la
fortaleza del Mundo de Debajo y te seguiré hasta la segunda terminación de
Urth, si es necesario. Pero si vuelves a golpearme, lo pagarás.
(MESQUIANA levanta el
puño y JAHI retrocede.)
MESQUIANA. Tus
piernas temblaban más que las mías cuando decidimos descansar aquí.
JAHI. Sufro mucho más que tú. Pero la fortaleza del Mundo de Debajo
consiste en aguantar más de lo que se puede aguantar; así como soy más hermosa
que tú, soy también una criatura mucho más delicada.
MESQUIANA. Me parece
que ya nos hemos dado
cuenta.
JAHI. Te lo advierto
de nuevo, y no lo haré por tercera vez. Si me golpeas, atente a lo que pase.
MESQUIANA. ¿Qué
harás? ¿Llamara Erinys para destruirme? No me da miedo. Si pudieras, lo habrías
hecho mucho antes.
JAHI. Peor aún.
Golpéame otra vez y lo comprobarás.
(Entran el PRIMER
SOLDADO y el SEGUNDO SOLDADO armados con picas.)
PRIMER SOLDADO. ¡Mira
aquí!
SEGUNDO SOLDADO. (A
las mujeres.) ¡Abajo, abajo!
No os pongáis de pie,
si no queréis que os ensarte como un par de garzas. Vais a venir con nosotros.
MESQUIANA. ¿A gatas?
PRIMER SOLDADO.
¡Menos insolencias!
(La empuja con la
pica y en ese momento se oye un quejido casi demasiado profundo para ser oído. El escenario vibra al unísono
y el suelo tiembla.)
SEGUNDO SOLDADO. ¿Qué
fue eso?
PRIMER SOLDADO. No lo
sé.
JAHI. Es el fin de
Urth, estúpidos. Adelante, ensartadla. Es vuestro fin de todos modos.
SEGUNDO SOLDADO.
¡Poco sabes tú! Para nosotros es el comienzo. Cuando nos llegó la orden de
registrar el jardín, se os mencionó especialmente y se dieron órdenes de
llevaros de vuelta. O nos dan diez crisos por vosotras o soy un zapatero.
(Agarra a JAHI, y
MESQUIANA salta como catapultada hacia la oscuridad. El PRIMER SOLDADO Corre
tras ella.)
SEGUNDO SOLDADO.
Muérdeme, ¿quieres? (Golpea a JAHI con el asta de la pica. Luchan.)
JAHI. ¡Idiota! ¡Se va
a escapar!
SEGUNDO SOLDADO. Eso
es cosa de Ivo. Yo tengo a mi prisionera y él no tendrá a la suya, si no la
alcanza pronto. Ven, vamos a ver al quiliarca.
JAHI. ¿No quieres
hacerme el amor antes de irnos de este lugar tan atractivo?
SEGUNDO SOLDADO. ¡Y
hacer queme corten la virilidad y me la metan en la boca? ¡No yo! JAHI. Primero
tendrían que averiguarlo.
SEGUNDO SOLDADO. ¿Qué
es eso? (La sacude.)
JAHI. Haces el
trabajo de Urth, que ni siquiera se molesta por mí. Pero espera, suéltame sólo
un momento y te mostraré cosas maravillosas.
SEGUNDO SOLDADO. Ya
las veo ahora, y por ello daré
gracias a la Luna.
JAHI. Puedo hacerte
rico. Diez crisos no serán nada para ti. Pero no tengo ningún poder mientras me
agarres el cuerpo.
SEGUNDO SOLDADO. Tus
piernas son más largas que
las de la otra mujer,
pero ya he visto que no las mueves con tanta ligereza. Y creo que ni siquiera
puedes tenerte en pie.
JAHI. Ya no puedo.
SEGUNDO SOLDADO. Te
tendré por el collar, la cadena
parece bastante
sólida. Si con eso basta, muéstrame lo que puedes hacer. Si no, ven conmigo. No
serás más libre mientras yo te tenga.
(JAHI levanta las dos
manos, extendiendo los
dedos pulgar, índice y meñique. Por un momento hay silencio, después una
extraña y suave música llena de trinos. La nieve cae en copos blandos.)
SEGUNDO SOLDADO.
¡Para eso!
(Le agarra un brazo y lo baja de golpe. La música se detiene
bruscamente. Algunos de los últimos copos se le posan sobre la cabeza.)
SEGUNDO SOLDADO. Eso
no era oro.
JAHI. Pero lo has
visto.
SEGUNDO SOLDADO. En
mi pueblo hay una vieja que
también cambia el
tiempo. No lo hace tan de prisa como tú, lo admito, pero claro que es mucho más
vieja y más débil.
JAHI. Digas lo que
digas, soy mil veces más vieja.
(Entra la ESTATUA,
moviéndose Lentamente y como si
estuviera ciega.)
JAHI. ¿Qué es esa
cosa?
SEGUNDO SOLDADO. Una
de las mascotas del Padre Inire. No te oye ni hace ruido. Ni siquiera estoy
seguro de que esté viva.
JAHI. Ni yo tampoco,
desde luego.
(La estatua pasa
junto a Jahi; ella le acaricia la mejilla con la mano libre.)
JAHI. Amor... amor...
amor... ¿No me saludas? ESTATUA. ¡Iiiiii...!
SEGUNDO SOLDADO. ¿Qué
es esto? ¡Basta! Mujer, dijiste que no tenías ningún poder mientras yo no te soltara.
JAHI. Contempla a mi
esclavo. ¿Puedes combatirlo? Adelante. Rompe tu lanza en ese pecho amplio.
(La ESTATUA se
arrodilla y le besa el pie a JAHI)
SEGUNDO SOLDADO. No,
pero corro más que él.
(Carga con JAHI al
hombro y corre. Se abre la puerta de la colina. Entra por ella y la cierra de un portazo. La ESTATUA la aporrea con golpes poderosos, pero
la puerta no cede. Las lágrimas le corren por la cara. Al fin se
vuelve y empieza a cavar con las manos.)
GABRIEL. (Fuera
del escenario.) Así, las imágenes de piedra se mantienen fieles a un día
que ha pasado, solas en el desierto que el hombre ha abandonado.
(Mientras la ESTATUA
continúa cavando, el escenario se oscurece. Cuando vuelve la luz, el AUTARCA se
encuentra sentado en su trono. Está solo en el escenario, pero las siluetas
proyectadas sobre unas pantallas laterales indican que está rodeado de cortesanos.)
AUTARCA. Heme aquí
sentado como si fuera el señor de cien mundos, y sin embargo ni siquiera domino
éste.
(Fuera del escenario
se oyen los pasos de hombres
que desfilan. Se oye una voz de mando.)
AUTARCA.
¡Generalísimo!
(Entra un PROFETA.
Lleva puesta una piel de cabra
y en la mano un cayado con una talla rudimentaria en la cabeza: un extraño
símbolo.)
PROFETA. En el
exterior hay cien portentos. En Incusus nació un ternero que no tenía cabeza,
sino bocas en las rodillas. Una mujer de conocida alcurnia ha soñado que espera
un niño engendrado por un perro. La noche pasada una lluvia de estrellas cayó
silbando sobre los hielos del sur, y los profetas salen a los campos.
AUTARCA. Tú mismo
eres un profeta.
PROFETA. ¡El Autarca
en persona los ha visto!
AUTARCA. Mi
archivero, que está muy versado en la historia de este lugar, me informó una
vez que más de cien profetas han sido asesinados aquí, lapidados, quemados,
despedazados por animales, y ahogados. A algunos hasta se los ha clavado a
nuestras puertas, como si fueran bichos. Ahora querría saber de ti algo de
advenimiento de Sol Nuevo, profetizado desde hace tantos años. ¿Cómo ocurrirá?
¿Qué significa? Habla, o le daremos otro caso al viejo archivero para que lo
añada a la cuenta, y enseñaremos al pálido dondiego a trepar por ese cayado.
PROFETA. No tengo
esperanzas de satisfacerte, pero lo intentaré.
AUTARCA. ¿Es que no
lo sabes?
PROFETA. Lo sé. Pero
sé también que eres un hombre práctico, que sólo te ocupas de los asuntos de
este universo, que raramente miras más alto que las estrellas.
AUTARCA. Sí, desde
hace treinta años, y me siento orgulloso.
PROFETA. Entonces,
hasta tú has de saber que el cáncer carcome el corazón del viejo sol. La
materia central cae hacia dentro, como si hubiera allí un pozo sin fondo.
AUTARCA. Mis
astrónomos me lo vienen diciendo desde hace mucho.
PROFETA. Imagínate
una manzana que tiene el corazón podrido. Todavía es bonita por fuera, pero
acabará descomponiéndose en podredumbre.
AUTARCA. Todo aquel
que todavía se siente fuerte en la segunda mitad de su vida ha pensado en esa
fruta.
PROFETA. Pues otro
tanto ocurre con el Sol Viejo. Pero, ¿y ese cáncer? ¿Qué sabemos de él, salvo
que priva a Urth de calor y de luz, y por último de vida?
(Fuera del escenario
se oyen ruidos de pelea, un grito de dolor, y un estruendo, como si un enorme
jarrón hubiera caído de un pedestal)
AUTARCA. Pronto
sabremos a qué se debe esa conmoción, profeta. Continúa.
PROFETA. Nosotros
sabemos que se trata de mucho más, puesto que es una discontinuidad en nuestro
universo, un desgarramiento de los tejidos que no corresponde a ninguna ley
conocida. Nada sale de él, en él todo entra, y nada escapa. Sin embargo, todo
puede aparecer en él, puesto que de todas las cosas que conocemos, sólo él no
es esclavo de su propia naturaleza.
(Entra Non sangrando,
empujado por picas tenidas fuera del escenario.)
AUTARCA. ¿Qué es esta
deformidad?
PROFETA. La prueba
misma de los portentos de que te hablé. En tiempos futuros, como se viene
diciendo desde hace tiempo, la muerte del Sol Viejo destruirá Urth. Pero de su
tumba surgirán monstruos, un pueblo nuevo y el Sol Nuevo. Entonces el antiguo
Urth florecerá como una mariposa que se desprende de su seca envoltura, y el
Nuevo Urth será llamado Ushas.
AUTARCA. ¿Y, todo lo
que conocemos será barrido a un lado? ¿También esta antigua casa en la que
estamos ahora? ¿Y tú? ¿Y yo?
NOD. No soy sabio.
Pero no hace mucho oí decir a un hombre sabio (que pronto será familiar mío por
matrimonio) que todo eso será para bien. Que no somos más que sueños, y los
sueños no tienen vida propia. Ved, estoy herido. (Extiende la mano.) Cuando
mi herida sane, no habrá más herida. ¿Y va a decir con labios sanguinolentos
que lamenta curarse? Sólo estoy tratando de explicar lo que dijo otro, pero
eso, pienso, es lo que quiso decir.
(Fuera del escenario
se oye un grave repique de campanas.)
AUTARCA. ¿Qué es eso?
Tú, profeta, ve a averiguar quién ha ordenado ese clamor y por qué. (Sale el
PROFETA.)
NOD. Estoy seguro de
que vuestras campanas han comenzado a saludar al Sol Nuevo. Eso es lo que yo
mismo vine a hacer. Es costumbre entre nosotros que cuando llega un huésped de
honor gritemos y nos golpeemos el pecho, y aporreemos el suelo y los troncos de
los árboles de alrededor con alegría, y levantemos las rocas más grandes que
podamos levantar, y las lancemos por precipicios en su honor. Haré eso esta
mañana si me dejáis libre, y estoy seguro de que el propio Urth se unirá a mí.
Las propias montañas se arrojarán al mar cuando hoy se levante el Sol Nuevo.
AUTARCA. ¿Y de dónde
viniste? Dímelo y te dejaré en libertad.
NOD. Pues de mi
propio país, al este del Paraíso.
AUTARCA. ¿Y dónde se
encuentra eso?
(Non señala hacia el
este.)
AUTARCA. ¿Y dónde
está el Paraíso? ¿En la misma dirección?
NOD. Pero si esto es
el Paraíso. Estamos en el Paraíso, o al menos debajo de él.
(Entra el
GENERALÍSLMO, que avanza hasta el trono y saluda.)
GENERALÍSIMO.
Autarca, hemos registrado toda la tierra por encima de esta Casa Absoluta como
ordenaste. La condesa Carina ha sido encontrada y escoltada a sus aposentos,
pues no tiene heridas graves. También hemos encontrado al coloso que veis ante
vos, a la mujer enjoyada que describisteis, y a dos mercaderes.
AUTARCA. ¿Y los otros
dos, el hombre desnudo y la mujer?
GENERALÍSIMO. Ni
rastro de ellos.
AUTARCA. Repite la
búsqueda, y esta vez mira bien. GENERALÍSIMO. (Saluda.) Como mi Autarca
desee. AUTARCA. Y que me traigan a la mujer enjoyada.
(NOD intenta salir
fuera del escenario, pero las picas le detienen. El GENERALÍSIMO saca una
pistola.)
NOD. ¿No soy libre
para irme?
GENERALÍSIMO. De
ninguna manera.
NOD. (Al AUTARCA.)
Os dije dónde se encontraba mi país, exactamente al este de aquí.
GENERALÍSIMO. Allí
hay algo más que tu país. Conozco bien esa zona.
AUTARCA. (Fatigado.)
Él ha dicho la verdad tal como la conoce. Quizá no hay otra verdad. NOD.
Entonces soy libre para irme.
AUTARCA. Creo que
aquel a quien has venido a saludar llegará al fin, seas libre o no. Pero hay
una posibilidad... y en modo alguno se puede permitir que criaturas como tú
anden sueltas. No, no eres libre ni lo volverás a ser.
(NOD sale corriendo
del escenario perseguido por el GENERALÍSIMO. Hay disparos, gritos y choques.
Las figuras que rodean al
AUTARCA se desvanecen. En medio de la algarabía, las campanas repican. NOD
vuelve a entrar con una quemadura de láser en la mejilla. El AUTARCA lo golpea
con el cetro; cada golpe produce una explosión y chispas. NOD agarra al AUTARCA
y está a punto de estrellarlo contra el escenario, cuando dos DEMONIOS
disfrazados de mercaderes entran deprisa, lo derriban y reponen al AUTARCA en
el trono.)
AUTARCA. Gracias.
Seréis bien recompensados. Ya había abandonado la esperanza de que me
rescatasen mis guardias, y veo que tenía razón. ¿Puedo preguntar quiénes sois?
PRIMER DEMONIO.
Vuestros guardias están muertos.
El gigante les ha
aplastado el cráneo contra vuestros muros y les ha quebrado la espina dorsal
martilleándolos con el puño.
SEGUNDO DEMONIO. No
somos más que dos mercaderes. Vuestros soldados nos trajeron aquí.
AUTARCA. ¡Ojalá que
ellos fueran los mercaderes y en su lugar tuviera soldados como vosotros! Y sin
embargo vuestro aspecto es tan insignificante que os creería incapaces de los
esfuerzos más ordinarios.
PRIMER DEMONIO. (Inclinando
la cabeza.) Nuestra fortaleza está inspirada por el señor al que servimos.
SEGUNDO DEMONIO. Os
preguntaréis cómo es que nosotros —dos vulgares mercaderes de esclavos hemos
sido encontrados vagando de noche por vuestros terrenos. El hecho es que
venimos a advertiros. Hace poco hemos tenido que viajar por las junglas del
norte y allí, en un templo más antiguo que el hombre, lugar tan invadido de
exuberante vegetación que no parecía más que un montículo de follaje, hablamos
con un antiguo chamán. quien nos predijo un gran peligro para vuestro reino.
PRIMER DEMONIO. Con
tales noticias nos apresuramos a venir y advertiros antes de que fuera
demasiado tarde, habiendo llegado justo a tiempo.
AUTARCA. ¿Qué he de
hacer?
SEGUNDO DEMONIO. Este
mundo que vos y nosotros apreciamos ya ha corrido tanto alrededor del sol que
la trama y la urdimbre del espacio se han deshilachado y se deshacen en polvo y
débil pelusa en el telar del tiempo.
PRIMER DEMONIO. Los
continentes mismos son viejos como mujeres almagradas, que han perdido liare
tiempo la belleza y la fertilidad. El Sol Nuevo se acerca...
AUTARCA. ¡Lo sé!
PRIMER DEMONIO. ... y
con estruendo los echará al mar, como buques que se van a pique.
SEGUNDO DEMONIO. Y
del mar se alzan nuevos continentes, con oro, plata, hierro y cobre. Con
diamantes, rubíes y turquesas, tierras que nadan en el magma de un millón de
milenios, y que hace tanto tiempo fueron devoradas por el mar.
PRIMER DEMONIO. Una
nueva raza está preparada para poblar estas tierras. La humanidad que conocéis
será desplazada, así como la hierba, que durante tanto tiempo ha prosperado en
la llanura, cede ante el arado y deja paso al trigo.
SEGUNDO DEMONIO.
¿Pero y si la semilla fuera quemada? ¿Qué pasaría? El hombre alto y la mujer
pequeña que encontrasteis no hace mucho son esa semilla. Un día se pusieron las
esperanzas en envenenarla en el campo, pero aquella a quien se envió perdió de
vista la semilla entre la hierba muerta y los terrones partidos, y por arte de
prestidigitación ha sido entregada a tu Inquisidor para ser sometida a un
examen estricto. Pero todavía puede quemarse la semilla.
AUTARCA. Lo que
sugerís ya se me había ocurrido antes.
PRIMER Y SEGUNDO
DEMONIOS. (A coro.) Claro, por supuesto!
AUTARCA. ¿Pero
detendría realmente la muerte de esos dos el advenimiento del Sol Nuevo?
PRIMER DEMONIO. No.
¿Pero por qué tendríais que desearlo? Las nuevas tierras serán vuestras.
(Las pantallas se van
iluminando. Aparecen colinas boscosas y ciudades con esbeltas torres. EI
AUTARCA se vuelve a contemplarlas. Hay una pausa. De su túnica saca un
comunicador.)
AUTARCA. Ojalá no vea
nunca el Sol Nuevo lo que hacemos aquí... ¡Naves! Barred con fuego por encima
de nosotros hasta que todo se marchite.
(Cuando los dos
DEMONIOS desaparecen, NOD se sienta. Las ciudades y colinas quedan en sombras,
y las pantallas muestran la imagen del AUTARCA muchas veces multiplicada. El
escenario se oscurece. Cuando se ilumina, el INQUISIDOR está sentado en un escritorio elevado en el
centro del escenario. El FAMILIAR, vestido de torturador y enmascarado, está de
pie. A ambos lados hay diversos aparatos de tormento.)
INQUISIDOR. Trae a la
mujer a quien acusan de bruja, Hermano.
FAMILIAR. La Condesa
espera fuera, y es de sangre exaltada y una favorita de nuestro soberano. Os
ruego la veáis primero.
(Entra la CONDESA.)
CONDESA. Oí lo que se
decía, y como no podía imaginar que desatendierais, Inquisidor, esta apelación,
me he atrevido a venir en seguida. ¿Me creéis atrevida por eso?
INQUISIDOR. Jugáis
con las palabras, pero sí, admito que lo creo.
CONDESA. Pues estáis
equivocado. Desde mi adolescencia, hace ocho años, tengo mi morada en esta Casa
Absoluta. Cuando por primera vez la sangre brotó de mis ijares, y mi madre me
trajo aquí, me advirtió que nunca me acercara a estos aposentos, donde ha corrido
la sangre de tantos, sin ninguna relación con las fases de la Luna veleidosa. Y
nunca hasta ahora he venido, y ahora vengo temblando.
INQUISIDOR. Los
buenos no tienen nada que temer
en este lugar. Aun
así, creo que vuestra audacia ha aumentado con vuestro propio testimonio.
CONDESA. ¿Y yo? ¿Soy
buena? ¿Lo sois vos? ¿Lo es él? Mi confesor os diría que no lo soy. ¿Qué os
dice el vuestro, o tiene miedo? ¿Y vuestro familiar? ¿Es él mejor que vos?
FAMILIAR. No desearía
serlo.
CONDESA. No, no soy
atrevida, ni estoy a salvo aquí, lo sé. Es el temor lo que me trae a estas
sombrías cámaras. Os han hablado del hombre desnudo que me golpeó. ¿Ha sido
capturado?
INQUISIDOR. No ha
sido traído a mi presencia.
CONDESA. Hace
escasamente una guardia unos soldados me encontraron lamentándome en el jardín,
donde mi doncella trataba de consolarme. Como yo temía salir a la oscuridad de
fuera, me llevaron a mis aposentos por la galería que llaman el Camino de Aire.
¿La conocéis?
INQUISIDOR. Y bien.
CONDESA. Entonces
sabéis también que tiene ventanas por todas partes, beneficiando así las
cámaras y pasillos que dan a ella. Al pasar, vi la figura de un hombre, alto,
de miembros bien formados, ancho de hombros y de cintura estrecha.
INQUISIDOR. Como ese
hombre hay muchos.
CONDESA. Así lo
pensé. Pero al poco rato la misma figura apareció en otra ventana, y después en
otra. Entonces dije a los soldados que me llevaban, que tiraran contra ella. Me
creían loca y se negaban, pero por fin el grupo que enviaron a capturarlo, volvió
con las manos vacías. Pero el hombre me miraba por las ventanas y parecía
balancearse.
INQUISIDOR. ¿Y creéis
que este hombre que visteis era el hombre que os golpeó?
CONDESA. Pero aún. Me
temo que no era él, aunque se le parecía. Además, estoy segura de que sería
bueno conmigo si yo al menos respetara su locura. No, en esta noche extraña en
que nosotros, que somos los tallos del antiguo brote de la humanidad destruido
por el invierno, nos encontramos tan mezclados con la semilla del próximo año,
temo que él sea algo más, desconocido para nosotros.
INQUISIDOR. Quizá,
pero no lo encontraréis aquí, ni tampoco al hombre que os golpeó. (Al
FAMILIAR.) Haz entrar a la mujer hechicera, Hermano.
FAMILIAR. Todas ellas
lo son, aunque hay algunas peores que otras.
(Sale y vuelve a
entrar llevando de una cadena a MESQUIANA.)
INQUISIDOR. Se alega
contra ti que encantaste a siete de los soldados de nuestro soberano el Autarca
para que traicionaran su juramento de fidelidad y volvieran las armas contra
sus camaradas y oficiales. (Se levanta y enciende una enorme vela en un lado
del escritorio.) Te conmino muy solemnemente a que confieses este pecado, y
si lo has cometido, confieses qué poder te ayudó, y los nombres de quienes te
enseñaron a invocar ese poder.
MESQUIANA. Los
soldados sólo vieron que yo no tenía malas intenciones y temieron por mí. Yo...
FAMILIAR. ¡Silencio!
INQUISIDOR. No se
atribuye ningún peso a las protestas del acusado a menos que se lo coaccione.
Mi familiar te preparará.
(El FAMILIAR coge a
MESQUIANA y la sujeta con correas a uno de los artefactos.)
CONDESA. Le queda
poco tiempo al mundo y no lo perderé viendo esto. ¿Eres amiga del hombre
desnudo del jardín? Voy a buscarlo, y le diré qué ha sido de ti.
MESQUIANA. ¡Sí,
hacedlo! Espero que no llegue demasiado tarde.
CONDESA. Y, por mi
parte, espero que él me acepte en lugar de ti. Sin duda ambas esperanzas son
igualmente vanas, y pronto seremos hermanas de infortunio.
(Sale la CONDESA.)
INQUISIDOR. Yo me voy
también, a hablar con quienes la rescataron. Prepara a la acusada, pues volveré
dentro de poco.
FAMILIAR. Hay otra
más, Inquisidor. Se le achacan delitos parecidos, aunque quizá menos graves.
INQUISIDOR. ¿Por qué
no me lo dijiste? Podía haber instruido a las dos a la vez. Hazla entrar.
(El FAMILIAR sale y
regresa llevando a JAHI. EL INQUISIDOR busca entre los papeles del escritorio.)
INQUISIDOR. Se alega
contra ti que encantaste a siete de los soldados de nuestro soberano el Autarca
para que traicionaran su juramento de fidelidad y volvieran las armas contra
sus camaradas y oficiales. Te conmino muy solemnemente a que confieses este pecado,
y si lo has cometido, confieses qué poder te ayudó, y los nombres de quienes te
enseñaron a invocar ese poder.
JAHI. (Con
orgullo.) He hecho todo eso de que me acusáis y más de los que sabéis. El
poder no me atrevo a mencionarlo, por miedo a que este alfombrado nido de ratas
vuele en pedazos. ¿Que quién me enseñó? ¿Quién enseña aun niño a llamara su
padre?
FAMILIAR. ¿Su madre?
INQUISIDOR. No deseo
saberlo. Prepárala.
(Sale el INQUISIDOR.)
MESQUIANA. ¿Lucharon
por ti también? ¡Qué triste que tantos tuvieran que morir!
FAMILIAR. (Sujetando
a JAHI en un artefacto al otro lado del escritorio.) Leyó dos veces el
mismo papel. Le señalaré ese error —diplomáticamente, puedes estar segura—
cuando regrese.
JAHI. ¿Tú encantaste
a los soldados? Pues hazlo también con este idiota y líbranos.
MESQUIANA. No tengo
ningún canto de poder, y sólo encanté a siete de cincuenta.
(Entra NOD,
maniatado, conducido por el PRIMER SOLDADO con una pica.)
FAMILIAR. ¿Qué es
esto?
PRIMER SOLDADO. Un
prisionero como nunca antes has tenido. Ha matado a cien hombres como si fueran
marionetas. ¿Dispones de un par de grilletes que puedan servirle?
FAMILIAR. Tendré que
juntar varios pares, pero algo conseguiré.
NOD. No soy un
hombre, sino menos y más, pues he nacido del barro, de la Madre Gea, que mima a
las bestias. Si tu dominio es sobre los hombres, entonces debes dejar que me
vaya.
JAHI. Tampoco
nosotras somos hombres. ¡Deja que nos vayamos!
PRIMER SOLDADO. (Riendo.)
Ya vemos que no lo sois.
No lo dudé un
momento.
MESQUIANA. Ella no es
una mujer. No dejéis que os engañe.
FAMILIAR. (Poniéndole
el último grillete a NOD.) No lo hará. Créeme, ya hemos dejado atrás el
tiempo de los engaños.
PRIMER SOLDADO. Sin
duda te vas a divertir cuando me haya ido, ¿no es así?
(Quiere tocar a JAHI,
que bufa como un gato.)
PRIMER SOLDADO.
¿Quieres ser un buen muchacho y darte media vuelta un momento?
FAMILIAR. (Preparándose
para torturara MESQUIANA.) Si fuera ese buen muchacho, pronto me
encontraría quebrado en mi propia rueda. Pero si esperas aquí hasta que regrese
mi amo el Inquisidor, tal vez te encuentres echado junto a ella como es tu
deseo.
(El PRIMER SOLDADO
duda, después se da cuenta de lo que le han querido decir, y se va corriendo.)
NOD. Esa mujer será
la madre de mi yerno. No le hagas daño. (Intenta romper las cadenas.)
JAHI. (Ahogando un
bostezo.) Me he pasado toda la noche en pie, y aunque el espíritu parezca
siempre dispuesto, mi carne está lista para el descanso. ¿No puedes darte prisa
con ella y empezar conmigo?
FAMILIAR. (Sin
mirar.) Aquí no hay ningún descanso. JAHI. ¿Ah, sí? Entonces no es tan
acogedor como yo esperaba.
(JAHI bosteza de nuevo, y cuando mueve una mano para taparse
la boca, el grillete se le cae.)
MESQUIANA. Tienes que
sujetarla, ¿no lo entiendes? No es parte del suelo, y el hierro no tiene
dominio sobre ella.
FAMILIAR. (Mirando
todavía a MESQUIANA, a quien está torturando.) Está sujeta, no temas.
MESQUIANA. ¡Gigante!
¿Puedes librarte tú solo? ¡El mundo depende de ti!
(NOD forcejea, pero no puede romper las cadenas.)
JAHI. (Se libra de
los grilletes y sale caminando.) ¡Sí! Soy yo quien contesta, pues en el
mundo de la realidad soy más grande que cualquiera de vosotros. (Camina alrededor
del escritorio y se inclina sobre el hombro del FAMILIAR.) ¡Qué
interesante! Tosco, pero interesante.
(El FAMILIAR se
vuelve y la observa con asombro, y ella huye riendo. Él corre torpemente tras
ella y más tarde regresa con la cabeza agachada.)
FAMILIAR. (Jadeando.)
Se ha ido.
NOD. Sí. Libre.
MESQUIANA. Libre para
perseguir a Mesquia y echar todo a perder como hizo antes.
FAMILIAR. No
entendéis lo que esto significa. Mi señor regresará pronto y yo soy hombre
muerto.
NOD. El mundo está
muerto, es lo que ella ha dicho.
MESQUIANA.
Torturador, todavía tienes una oportunidad. Escúchame. Has de liberar también
al gigante.
FAMILIAR. Y él me
matará y te soltará. Lo pensaré. Al menos, será una muerte rápida. MESQUIANA.
Él odia a JAHI, y aunque no es listo, conoce sus mañas, y es muy fuerte.
Además, conozco un juramento que él nunca romperá. Dale las llaves de los
grilletes y después quédate junto a mí con la espada en mi cuello. Hazle jurar
entonces que encuentre a Jahi, la traiga de nuevo aquí, y se vuelva a atar.
(El FAMILIAR duda.)
MESQUIANA. No tienes
nada que perder. Tu señor ni siquiera sabe que él tiene que estar aquí. Pero
cuando vuelva y no la vea a ella...
FAMILIAR. ¡Lo haré! (Toma
una llave del manojo que le cuelga del cinto.)
NOD. Juro, como
espero quedar vinculado por matrimonio a la familia del Hombre de manera que
los gigantes podamos ser llamados Hijos del Padre, que te capturaré al súcubo y
lo volveré a traer, y lo sujetaré de manera que no vuelva a escapar y me
volveré a atar como estoy ahora.
FAMILIAR. ¿Es ése el
juramento?
MESQUIANA. ¡Sí!
(El FAMILIAR echa la
llave a Nod, después saca la espada y la levanta como dispuesto a golpear a MESQUIANA.)
FAMILIAR. ¿Es que
puede encontrarla?
MESQUIANA. Es que tiene
que encontrarla.
NOD. (Desencadenándose.)
La alcanzaré. Ese cuerpo se debilita, como dijo ella. Puede fustigarlo
hasta alejarse, pero nunca aprenderá que no todo depende de la fusta. (Sale.)
FAMILIAR. He de
continuar contigo. Espero que lo entiendas...
(El FAMILIAR tortura
a MESQUIANA, que grita.)
FAMILIAR. (Sotto
voce.) ¡Qué hermosa es! Ojalá que ella y yo... nos encontráramos en mejor
momento.
(El escenario se
oscurece; se oye el correr de los pies de JAHI. Después, una luz tenue muestra
a NOD andando deprisa por los pasillos de la Casa Absoluta. Las imágenes en
movimiento de urnas, cuadros y muebles detrás de él indican cómo va de un lado
a otro. JAHI aparece entre ellas, y él
se precipita fuera, persiguiéndola. JAHI
entra en el escenario por la izquierda, con el SEGUNDO DEMONIO pisándole
los talones.)
JAHI. ¿Adónde puede
haber ido? Los jardines están calcinados. Apenas tienes apariencia de carne...
¿No puedes convertirte en búho y traerla?
SEGUNDO DEMONIO. (Burlándose.)
Aaah... ¿A quién?
JAHI. ¡A Mesquia!
Espera a que el Padre se entere de cómo me has tratado, traicionando todos
nuestros esfuerzos.
SEGUNDO DEMONIO. ¿Tú
se lo dirás? Fuiste tú quien dejaste a Mesquia, embaucada por la mujer. ¿Qué le
dirás? ¿Que la mujer te sedujo? Hemos terminado con eso hace ya tanto que nadie
lo recuerda, salvo tú y yo, y ahora has echado a perder la mentira haciendo que
se convierta en verdad.
JAHI. (Volviéndose
hacia él.) ¡Sucio mocoso! ¡Garabateador de ventanas!
SEGUNDO DEMONIO. (Retrocediendo
de un salto.) Y ahora serás desterrada a la tierra de Nod, al este del
Paraíso.
(Fuera del escenario
se oyen las pisadas de NOD. JAHI se esconde detrás de una clepsidra y el
SEGUNDO DEMONIO saca una pica y la sostiene como un centinela mientras entra
NOD.)
NOD. ¿Cuánto tiempo
llevas aquí?
SEGUNDO DEMONIO. (Saludando.)
Tanto como vos lo deseéis, sieur.
NOD. ¿Qué noticias
hay?
SEGUNDO DEMONIO.
Todas las que queráis, sieur. Un gigante como una torre ha matado a los
guardianes del trono y el Autarca ha desaparecido. Hemos buscado tanto por los
jardines que si en vez de lanzas hubiéramos llevado estiércol, las margaritas
serían grandes como paraguas. Baja la ropa de dril y suben las esperanzas, y
también los nabos. Mañana tendría que hacer buen día, con sol y calor...
(mira con intención
hacia la clepsidra), y una
mujer desnuda ha estado corriendo por los salones.
NOD. ¿Qué es esa
cosa?
SEGUNDO DEMONIO. Un
reloj de agua, sieur. Ved, sabiendo qué hora es, podéis adivinar cuánta agua ha
corrido.
NOD. (Examinando
la clepsidra.) En mi tierra no hay nada así. ¿Mueve el agua a estas
muñecas?
SEGUNDO DEMONIO. A la
grande, no, sieur.
(JAHI sale del
escenario como un rayo, perseguida por NOD, pero antes de que él desaparezca,
ella vuelve a entrar colándose entre las piernas del gigante. Él continúa
fuera, dándole tiempo a ella a esconderse en un baúl Mientras tanto, el SEGUNDO
DEMONIO se ha desvanecido.)
NOD. (Vuelve a
entrar.) ¡Eh! ¡Detente! (Corre al otro lado del escenario y regresa.) ¡La
culpa es mía, mía!
Una vez pasó cerca de
mí en el jardín. Tenía que haberla agarrado y aplastado como un gato, un ratón,
un gusano, una serpiente. (Se vuelve hacia el público.) ¡No os riáis de
mí! ¡Podría mataros a todos! ¡A toda vuestra ponzoñosa raza! ¡Y esparcir por
los valles vuestros huesos blancos! ¡Estoy acabado, acabado! ¡Y Mesquiana, que
confió en mí, está perdida!
(NOD golpea la
clepsidra y manda el agua y los cazos de metal al otro lado del escenario.)
NOD. Qué tiene de
bueno este don del habla, sino para poder maldecirme. Madre buena de todas las
bestias, quítamelo. Volvería a ser lo que fui y a chillar sin palabras entre
los montes. La razón indica que la razón no puede traer más que dolor; ¡qué
sabio es olvidar y volver a ser feliz!
(NOD se sienta en el
baúl donde se esconde JAHI y hunde la cara en las manos. A medida que la luz se
apaga, el baúl empieza a resquebrajarse bajo el peso de NOD. Cuando la luz
vuelve, la escena vuelve a ser la de la cámara del INQUISIDOR. MESQUIANA está en
el potro. El FAMILIAR está moviendo la rueda. Ella grita.)
FAMILIAR. Eso hizo
que te sintieras mejor, como te dije, ¿no? Además, así se enteran los vecinos
de que aquí estamos despiertos. No lo creerías, pero toda esta ala está llena
de cuartos vacíos y de sinecuras. Aquí todavía hacemos nuestro trabajo, mi señor
y yo todavía lo hacemos, y así la Comunidad se mantiene. Y queremos que ellos
lo sepan.
(Entra el AUTARCA.
Tiene la túnica rasgada y manchada de sangre.)
AUTARCA. ¿Qué lugar
es éste? (Se sienta en el suelo y hunde la cabeza en las manos en una
actitud que recuerda la de Nod.)
FAMILIAR. ¿Qué lugar?
¡Pues las Cámaras de la Merced, so burro! ¿Cómo puedes venir aquí sin saber
dónde estás?
AUTARCA. Esta noche
me han perseguido tanto por mi casa, que podría estar ahora en cualquier sitio.
Tráeme algo de vino, o de agua, si no tenéis vino aquí, y atranca la puerta.
FAMILIAR. Tenemos
clarete, pero no vino. Y no puedo atrancar la puerta, pues estoy esperando que
mi señor regrese.
AUTARCA. (Con más
apremio.) Haz lo que digo.
FAMILIAR. (Muy
suavemente.) Estás borracho, amigo. Márchate.
AUTARCA. Lo estoy,
¿qué importa? Ha llegado el fin. No soy ni peor ni mejor que tú.
(El pesado paso de
Nod se oye a la distancia.)
FAMILIAR. ¡Ha
fracasado, lo sé!
MESQUIANA. ¡Lo ha
conseguido! No hubiera vuelto tan pronto con las manos vacías. ¡El mundo aún
puede salvarse!
AUTARCA. ¿Qué queréis
decir?
(Entra NOD. La locura
que ha suplicado está en él, pero trae arrastrando a JAHI. EL FAMILIAR corre hacia él con unos grilletes.)
MESQUIANA. Alguien
tiene que sujetarla o volverá a escapar como antes.
(El FAMILIAR echa
unas cadenas sobre Nod y cierra los candados; después le encadena un brazo
cruzándoselo sobre el cuerpo de modo que tenga aferrada JAHI. NOD !a aprieta
contra él.)
FAMILIAR. ¡La está
matando! ¡Suéltala, pedazo de bruto!
(El FAMILIAR alza la
barra con la que ha estado cerrando el potro, y con ella se ocupa de NOD. NOD
ruge, trata de agarrarlo y deja que JAHI se deslice inconsciente hasta el
suelo. El FAMILIAR la toma por el pie y la arrastra a donde está sentado el
AUTARCA.)
FAMILIAR. Ven, tú
servirás.
(De un tirón pone en
pie al AUTARCA y lo engrilla con tanta rapidez que una mano le queda sujeta a
la muñeca de JAHI; después vuelve a torturar a MESQUIANA. Detrás de él, sin ser
visto, NOD está quitándose las cadenas.)
XXV
La carga contra los hieródulos
Aunque nos
encontrábamos al aire libre, donde tan fácilmente se pierden los sonidos contra
la inmensidad del cielo, yo alcanzaba a oír el ruido metálico que producía
Calveros mientras fingía luchar con sus ataduras. Entre el público había
conversaciones que también podía oír —una sobre la obra, que descubría en ella
significaciones que yo nunca había imaginado y que, a mi parecer, el doctor
Tales nunca había pretendido; y otra sobre cierto pleito que a alguien que
hablaba con la entonación arrastrada de un exultante le parecía seguro que el
Autarca juzgaría incorrectamente. Al dar yo la vuelta al tomo del potro,
dejando caer el trinquete con un clac satisfactorio, me aventuré a mirar de
reojo a los espectadores.
No estaban siendo
utilizadas más de diez sillas, aunque detrás y a ambos lados de la zona de
asientos había personajes altos de pie. También había unas cuantas mujeres con
vestidos de cortesanas muy parecidos a los que yo había visto una vez en la
Casa Azur, vestidos con escotes muy bajos y faldas hasta los pies,
frecuentemente abiertas o realzadas con paños de encaje. Los tocados eran
sencillos, pero adornados con flores, joyas o larvas de luminoso brillo.
La mayoría de los
asistentes parecían ser hombres, y por momentos aumentaban en número. Muchos
eran tan altos o más que Vodalus. Permanecían de pie envueltos en sus capas,
como si tuvieran frío en el tibio aire primaveral. Unos petasos de ala ancha y
copa baja les ensombrecían las caras.
Las cadenas de
Calveros cayeron ruidosamente, y Dorcas gritó para que yo supiera que se había
soltado. Me volví hacia él y di un paso atrás, sacando del soporte de la pared
la antorcha más cercana, para que no se acercase. La antorcha goteó y el aceite
de su cuenco estuvo a punto de ahoga la llama, que volvió a animarse cuando el
azufre y las sales minerales que el doctor Talos había adherido con goma
alrededor empezaron a arder.
El gigante fingía la
locura que le exigía el papel. El áspero cabello le caía sobre los ojos, y
detrás de esa cortina le ardían con tal intensidad que yo llegaba a verlos. La
boca le colgaba fláccida, chorreando saliva, y dejaba ver unos dientes amarillos.
Unos brazos dos veces más largos que los míos se extendieron hacia mí.
Lo que me asustaba —y
admito que estaba asustado, y que en vez de la antorcha metálica hubiera
deseado de corazón tener Terminus Esi en las manos— era lo que sólo
puedo llamar la expresión debajo de la falta de expresión de la cara, y que
estaba allí como el agua negra que a veces vislumbramos moviéndose bajo el
hielo cuando el río se congela. Calveros había descubierto que disfrutaba
terriblemente de ser como era ahora, y cuando lo encaré advertí por vez primera
que no estaba fingiendo locura en el escenario, sino cordura y la apagada
humildad que la acompaña. Entonces me pregunté cuánto habría influido en la
redacción de la obra, aunque la explicación era tal vez que el doctor Talos
había comprendido a su paciente mejor que yo.
Por supuesto que no
teníamos que aterrorizar a los cortesanos del Autarca como habíamos
aterrorizado a los campesinos. Calveros me arrebataría la antorcha, fingiría
quebrarme la espalda, y pondría fin a la escena. Pero no lo hizo. No sé si
estaba tan loco como pretendía o si verdaderamente estaba furioso contra
nuestro público, cada vez más numeroso. Quizá las dos explicaciones sean
correctas.
Sea lo que fuere, me
arrancó la antorcha y se volvió hacia el público, blandiéndola de modo que el
aceite ardiente voló alrededor en una lluvia de fuego. La espada con que poco
antes había amenazado el cuello de Dorcas estaba a mis pies, e instintivamente
me agaché a cogerla. Cuando volví a enderezarme, Calveros estaba en medio del
público. La antorcha se había apagado y la agitaba como un mazo.
Alguien disparó una
pistola. Aunque el proyectil le quemó el vestido, pareció que no había dado en
el cuerpo. Varios exultantes habían desenvainado sus espadas y alguno —no veía
quién— tenía esa arma que era la más rara de todas, un sueño. Se movía como el
humo de los tirios, pero mucho más rápido, y en un momento envolvió al gigante.
Pareció entonces que todo el pasado y mucho de lo que nunca había sido se
cerraban alrededor de Calveros: una mujer canosa brotó junto a él, un bote
pesquero quedó flotando justo encima de su cabeza, y un viento frío azotó las
llamas que lo envolvían.
Pero esas visiones,
que según se dice dejan a los soldados aturdidos e inermes, una carga para la
causa, no parecieron afectar a Calveros, que siguió avanzando y abriéndose paso
con la antorcha.
Entonces, en el
instante siguiente en que estuve mirando (pues pronto me recobré lo suficiente
como para huir de esa descabellada refriega) vi que varias figuras echaron a un
lado las capas y —según me pareció— también las caras. Debajo de esas caras, que
cuando ya no las llevaban puestas parecían—de un tejido tan insustancial como
los nótulos, había tales monstruosidades que yo nunca hubiera imaginado que
pudieran tener existencia: una boca circular bordeada de dientes como agujas, ojos
que eran mil ojos, imbricados como las escamas de una piña,
mandíbulas como tenazas. Estas cosas quedaron en mi memoria como queda todo lo
demás, y las he visto otra vez ante mí en las oscuras guardias de la noche.
Cuando
al fin me levanto y
me vuelvo hacia las estrellas y las nubes empapadas de luna, me alegro mucho de
haber visto sólo aquellas más próximas a nuestras candilejas.
Ya he dicho que huí.
Pero el rato en que me demoré recogiendo Terminus Est y observando la
descabellada carga de Calveros, estuvo a punto de costarme caro; cuando me
volví para poner a salvo a Dorcas, ella había desaparecido.
Huí entonces, no
tanto de la furia de Calveros, o de los cacógenos que había entre el público, o
de los pretorianos del Autarca (presentía que acudirían pronto), sino para
buscar a Dorcas. Corría y la llamaba, pero no encontraba más que las arboledas,
fuentes y pozos abruptos de aquel interminable jardín; y por último, encorvado
y con las piernas doloridas, aminoré el paso.
Me resulta imposible
reflejar en el papel toda la amargura que sentí entonces. Encontrar a Dorcas y
perderla tan pronto me parecía más de lo que podía soportar. Las mujeres creen
—o al menos fingen que creen— que toda la ternura que sentimos por ellas viene
del deseo; que las amamos cuando llevamos algún tiempo sin gozarlas, y que las
despreciamos cuando estamos saciados, o para decirlo con más precisión,
exhaustos. Una idea equivocada, aunque se la pueda presentar como verdadera.
Cuando el deseo nos vuelve rígidos tendemos a fingir una gran ternura esperando
satisfacer ese deseo; pero de hecho en ningún otro momento somos tan proclives
a tratar brutalmente a las mujeres, ni es tan improbable que sintamos alguna
emoción profunda excepto una. Mientras erré por los jardines anochecidos no
sentí ninguna necesidad física de Dorcas (aunque no la había gozado desde que
durmiéramos en la fortaleza de los dimarchi, más allá del Campo Sanguinario),
porque había vaciado mi virilidad una y otra vez en Jolenta en el bote nenúfar.
Pero si hubiera encontrado a
Dorcas la hubiera
cubierto de besos; y por Jolenta, que había empezado a disgustarme, ya sentía
un cierto afecto.
No aparecieron Dorcas
ni Jolenta, ni vi soldados apresurados, ni siquiera a quienes habían venido a
entretenerse con nosotros. Parecía claro que el tiaso había sido confinado en
alguna parte de los dominios, y yo me encontraba lejos de esa parte. Todavía
hoy no estoy seguro de la extensión de la Casa Absoluta. Hay planos, pero
incompletos y contradictorios. No hay en cambio planos de la Segunda Casa, e
incluso el Padre Inire me dice que hace tiempo que ha olvidado muchos de sus
misterios. Vagando por esos estrechos pasillos no he encontrado lobos blancos,
pero sí escaleras que conducen a cúpulas bajo el río y trampas que se abren
sobre lo que parecen bosques vírgenes. (Algunas de esas trampas están marcadas
sobre la tierra con estelas de mármol ruinosas y medio invadidas de vegetación
y otras, no.) Luego de cerrar esas trampas, y habiendo vuelto de mala gana a
una atmósfera artificial, todavía mezclada con olores vegetales y de
descomposición, me he preguntado a menudo si no habrá algún pasadizo que llegue
a la Ciudadela. El viejo Ultan insinuó en cierta ocasión que los estantes de la
biblioteca se extendían hasta la Casa Absoluta. ¿Qué es eso sino decir que la
Casa Absoluta se extiende hasta los estantes de la biblioteca? Hay partes de la
Segunda Casa que no son distintas a los pasillos ciegos en los que busqué a
Triskele; quizá son los mismos pasillos, aunque en ese caso corrí un riesgo
mayor del que suponía.
De estas
especulaciones que pueden corresponder o no a los hechos, yo no tenía la menor
idea en aquella época. Suponía, en mi inocencia, que los márgenes de la Casa
Absoluta, que tanto en el espacio como en el tiempo se extendían mucho más allá
de lo que pudiera adivinar quien no estuviese avisado, eran límites estrictos;
y que me acercaba a ellos, o pronto me estaría acercando, o ya los había dejado
atrás. Y así anduve toda esa noche, encaminándome hacia el norte guiado por las
estrellas. Y mientras andaba, reexaminé mi vida como muy a menudo he evitado
hacerlo mientras esperaba el momento de dormir. De nuevo Drotte, Roche y yo
nadábamos bajo el Torreón de la Campana en la fría y húmeda cisterna; de nuevo
sustituía el duende de juguete de Josefina con la rana robada; de nuevo
extendía el brazo para agarrar la empuñadura del hacha que hubiera acabado con
el gran Vodalus y salvado a Thecla, aún no recluida en prisión; de nuevo vi
correr la cinta carmesí por debajo de la puerta de Thecla, a Malrubius inclinándose
sobre mí, a Jonas desvaneciéndose por el infinito entre las dimensiones. De
nuevo jugaba con guijarros en el patio junto a la derribada muralla, mientras
Thecla esquivaba los cascos de la guardia montada de mi padre.
Mucho después de
haber visto la última balaustrada, seguía temiendo a los soldados del Autarca;
pero después de algún tiempo en que ni tan siquiera vislumbré una patrulla
distante, los fui despreciando, creyendo que su ineficacia era parte de esa
desorganización general que tan a menudo había observado en la Comunidad.
Presentía que, con mi ayuda o sin ella, Vodalus destruiría seguramente a tales
chapuceros, y que incluso podría hacerlo ya, si tan sólo se decidiera a
golpear.
Y, sin embargo, el
andrógino de la túnica amarilla, que conocía la contraseña de Vodalus y recibió
el mensaje como si lo esperara, era sin duda el Autarca, el señor de esos
soldados y de hecho de toda la Comunidad en tanto ésta reconocía a un señor.
Thecla lo había visto frecuentemente; esos recuerdos de Thecla eran ya los míos
propios, y se trataba de él. Si Vodalus ya había ganado, ¿por qué seguía
escondido? ¿O es que Vodalus no era más que una criatura del Autarca? (Y si era
así, ¿por qué se refería Vodalus al Autarca como si él fuera un servidor?)
Traté de convencerme de que todo lo que había pasado en la sala del cuadro y en
el resto de la Segunda Casa había sido un sueño; pero sabía que no, y que ya no
tenía el eslabón.
Pensando en Vodalus
me acordé de la Garra, que el mismo Autarca me había instado a devolver a la
orden de sacerdotisas llamadas las Peregrinas. La saqué de la bota. Ahora la
luz era suave; no destellaba como en la mina de los hombres mono, ni estaba
apagada como cuando Jonas y yo la examinamos en la antecámara. Aunque la tenía
en la palma de la mano, me parecía ahora un gran estanque de aguas azules, más
puro que la cisterna, mucho más puro que el Gyoll, en el que podía
sumergirme... aunque entonces estaría, de alguna manera incomprensible,
sumergiéndome hacia araba. Era a la vez reconfortante e inquietante, así
que guardé otra vez la Garra, y seguí caminando.
El amanecer me
sorprendió en un estrecho sendero que se perdía en un bosque más suntuoso en su
descomposición que incluso el de las afueras de la Muralla de Nessus. Los
frescos arcos de helechos faltaban aquí, pero unas enredaderas de dedos
carnosos se aferraban como hetairas a las enormes caobas y los árboles de
lluvia, convirtiendo las largas ramas en nubes de verde flotante y haciendo
caer ricas cortinas salpicadas de flores. Arriba cantaban aves desconocidas
para mí, y un mono que, a no ser por sus cuatro manos, podía haber pasado por
un hombre de barba roja y cara arrugada, llegó a espiarme desde una horcadura
tan alta como la aguja de una torre. Cuando ya no podía seguir caminando,
encontré un lugar seco y sombrío entre raíces gruesas como pilares, y me
envolví en mi capa.
Con frecuencia he
tenido que perseguir el sueño, como si fuese la más esquiva de las quimeras,
mitad leyenda y mitad aire. Ahora él saltaba sobre mí. No bien cerré los ojos,
volví a encararme con el gigante enloquecido. Esta vez tenía conmigo Terminus
Est, pero no parecía más que una varilla. No estábamos en un escenario,
sino sobre un estrecho parapeto. A un lado ardían las antorchas de un ejército.
Al otro, un abismo se abría sobre un lago extenso que a la vez era y no era el
estanque azul de la Garra. Calveros levantó la antorcha terrible y yo, de algún
modo, me había convertido en la figura infantil que había visto debajo del mar.
Presentía que las mujeres gigantes no podían estar lejos. El mazo descendió
golpeando.
Era la mitad de la
tarde, y una caravana de hormigas rojas como llamas avanzaba por mi pecho.
Después de caminar durante dos o tres guardias entre el pálido follaje de ese
bosque noble pero sentenciado, desemboqué en un sendero más ancho, y una
guardia más tarde (cuando las sombras se prolongaban) me detuve, husmeé el
aire, y descubrí que el olor que había detectado era sin duda de humo. Para
entonces estaba muerto de hambre y me adelanté corriendo.
XXVI
La separación
En el lugar donde el
sendero se cruzaba con otro había cuatro personas sentadas en el suelo
alrededor de una pequeña hoguera. A la primera que reconocí fue a Jolenta, cuya
aura de belleza hacía que el claro pareciese un paraíso. Casi en el mismo
momento Dorcas me reconoció y vino corriendo a besarme, y columbré
la cara de zorro del doctor Talos detrás del voluminoso hombro de Calveros.
El gigante, al que
tenía que haber reconocido casi en seguida, había cambiado y estaba casi
irreconocible. Llevaba la cabeza envuelta en sucios vendajes, y en lugar de la
chaqueta amplia y negra de siempre, tenía las espaldas cubiertas por un
pegajoso ungüento que parecía barro y olía a agua estancada.
—Feliz encuentro,
feliz encuentro —dijo el doctor Talos—. Nos hemos estado preguntando qué habría
sido de ti. —Calveros indicó con una leve inclinación de la cabeza que en
realidad era Dorcas quien se lo había estado preguntando; creo que yo hubiera
podido adivinarlo sin esa insinuación.
—Estuve corriendo
—les dije—. Y sé que Dorcas también. Me sorprende que no os mataran a todos
vosotros.
—Casi lo hicieron
—admitió el doctor asintiendo con un movimiento de cabeza.
Jolenta se encogió de
hombros, de modo que este sencillo movimiento pareció una exquisita ceremonia.
—Yo también corrí.
—Se sostuvo los pechos con las manos.— Pero mi constitución no es para eso,
¿verdad? En fin, que
en la oscuridad choqué contra un exultante que me dijo que no siguiera
corriendo, que él me protegería. Pero después llegaron unos spahis (cómo me
gustaría atar esos animales a mi carruaje algún día, eran tan hermosos), y con
ellos venía un alto oficial de esos que no están interesados en las mujeres.
Tuve entonces la esperanza de que me llevaran ante el Autarca, cuyos poros
apagan el brillo de las mismísimas estrellas, como casi sucede en la obra. Pero
obligaron a irse a mi exultante y de nuevo volví al teatro donde estaban él
—hizo un gesto hacia Calveros— y el doctor. El doctor estaba poniéndole una
pomada y los soldados iban a matarnos, aunque yo veía que en realidad no
querían matarme a mí. Después nos dejaron ir, y aquí estamos.
El doctor Talos
añadió: —Encontramos a Dorcas al amanecer. Mejor dicho, ella nos encontró, y
desde entonces hemos estado viajando lentamente hacia las montañas. Lentamente,
pues a pesar de encontrarse mal, Calveros es el único capaz de cargar con
nuestros accesorios, y aunque nos hemos deshecho de muchas cosas, quedan
algunas otras que debemos guardar.
Dije que me
sorprendía oír que Calveros sólo se encontraba mal, pues estaba convencido de
que había muerto.
—El doctor Talos lo
detuvo —dijo Dorcas—. ¿No es cierto, doctor? Y así fue como lo capturaron. Es
sorprendente que no los mataran a los dos.
—Pues ya veis —dijo
sonriendo el doctor Talos que todavía estamos entre los vivos. Y, aunque algo
desmejorados, somos gente rica. Enséñale a Severian el dinero, Calveros.
Con gesto doloroso,
el gigante cambió de postura y alzó una abultada bolsa de cuero. Miró al doctor
como si esperara nuevas instrucciones y después desató las cuerdas y vertió
sobre su mano enorme una lluvia de crisos recién acuñados.
El doctor Talos cogió
una de las monedas y la alzó a la luz.
—Imagina un hombre de
una villa pesquera junto al Lago Diuturna, ¿cuánto tiempo dedicaría a levantar
paredes, por esta moneda?
Dije: —Supongo que al
menos un año.
—¡Dos! Día a día,
invierno y verano, llueva o haga sol, siempre que la cambiemos por piezas de
cobre, como haremos un día. Tendremos cincuenta de esos hombres para
reconstruir nuestra casa. ¡Espera hasta que la veas!
Calveros añadió con
su voz pesada: —Si es que quieren trabajar.
El doctor pelirrojo
giró hacia él: —¡Trabajarán! He aprendido algo desde la última vez, tenlo por
seguro.
Me interpuse.
—Supongo que parte
del dinero es mío, y que otra parte corresponde a estas mujeres, ¿no es así?
El doctor Talos se
distendió.
—Claro, lo había
olvidado. Las mujeres ya han tenido su parte. La mitad de esto es tuyo. Después
de todo, sin ti no lo hubiéramos ganado. —Sacó las monedas de la mano del
gigante y comenzó a hacer dos pilas en el suelo.
Supuse que sólo
quería decir que yo había contribuido al éxito de la obra, que no fue mucho.
Pero Dorcas, que notó sin duda que había algo más detrás de ese elogio,
preguntó: —¿Por qué lo dice, doctor?
La cara de zorro
sonrió.
—Severian tiene
amigos bien situados. Admito que llevaba tiempo presintiéndolo, pues eso de que
un torturador ande vagando por los caminos era un bocado demasiado grande. Ni
siquiera Calveros se lo había tragado, y en cuanto a mí, mi garganta es
demasiado estrecha.
—Si tengo esos amigos
—dije—, no los conozco.
Las pilas tenían ya
la misma altura, y el doctor empujó una hacia mí y la otra hacia el gigante.
—Al principio, cuando
te encontré en la cama con Calveros pensé que quizá te enviaban para advertir
nos que no
representáramos mi obra, pues en algunos aspectos, habrás observado, es una
crítica de la autarquía, al menos en apariencia.
—Un poco —susurró
Jolenta sarcásticamente.
—Pero ciertamente,
enviar desde la Ciudadela a un torturador para meter miedo a un par de
saltimbanquis era una reacción absurda y desproporcionada. Entonces me di
cuenta de que nosotros, por el hecho mismo de que estábamos escenificando la
obra, servíamos para ocultarte. Pocos sospecharían que un servidor del Autarca
se uniría a tal empresa. Añadí la parte del Familiar para esconderte mejor,
justificando así tu atuendo.
—No sé de qué me
habla —dije.
—Por supuesto. No
deseo obligarte a violar tu lealtad. Pero mientras ayer montábamos nuestro
teatro, un alto servidor de la Casa Absoluta (creo que era un agamita, gente a
quien la autoridad siempre presta oídos) vino a preguntar si era en nuestra
compañía donde actuabas, y si estabas con nosotros. Jolenta y tú habíais
desaparecido, pero respondí que sí. Entonces me preguntó qué parte de lo que
hacíamos te correspondía, y cuando se lo dije reveló que tenía instrucciones de
pagarnos ya la función de la noche. Lo cual fue una gran suerte, pues a este
botarate se le ocurrió cargar contra el público.
Fue una de las pocas
veces que vi que Calveros pareció ofenderse por las chanzas del médico. Aunque
era evidente que le causaba dolor, balanceó el cuerpo enorme a un lado y a
otro, hasta que nos dio la espalda.
Dorcas me había dicho
que cuando dormí en la tienda del doctor Talos, yo había estado solo. Ahora
notaba que así se sentía el gigante, que para él en el claro estaban sólo él y
algunos animalitos, compañías de las que se estaba cansando.
—Ha pagado su
impetuosidad —dije—. Parece muy quemado.
El doctor asintió.
—En realidad,
Calveros ha tenido suerte. Los hieródulos bajaron la potencia de sus rayos y
trataron de que volviera en lugar de matarlo. Ahora vive de la indulgencia de
los hieródulos, y se regenerará.
Dorcas murmuró:
—¿Quiere decir que se curará? Espero que así sea. Siento compasión por él que
no alcanzo a expresar.
—Tu corazón es
tierno. Tal vez demasiado tierno. Pero Calveros está creciendo todavía y los
niños que crecen tienen gran capacidad de recuperación.
—¿Creciendo aún?
—pregunté—. Luce algunas canas.
El doctor se rió.
—Entonces quizá le
están creciendo las canas. Pero ahora, queridos amigos —se levantó y se sacudió
el polvo de los pantalones—, hemos llegado, como bien dice el poeta, al lugar
donde el destino separa a los hombres. Nos habíamos detenido aquí, Severian, no
sólo porque estábamos cansados, sino porque es en este punto donde se separan
los caminos que llevan a Thrax, donde tú vas, y al Lago Diuturna y nuestro
país. Me resistía a dejar atrás este lugar, el último en que tenía esperanzas
de verte, sin haber dividido justamente nuestras ganancias, pero eso ya se ha
consumado. En caso de que vuelvas a comunicarte con tus benefactores de la Casa
Absoluta, ¿les dirás que se te ha tratado con equidad?
La pila de crisos aún
seguía en el suelo delante de mí.
—Aquí hay cien veces
más de lo que jamás hubiera esperado —dije—. Sí, desde luego. —Recogí las
monedas y las metí en el esquero.
Dorcas y Jolenta se
miraron un momento, y Dorcas dijo: —Me voy a Thrax con Severian, si él va allí.
Jolenta le tendió la
mano al doctor, obviamente esperando que la ayudaría a levantarse.
—Calveros y yo
viajaremos solos —dijo él— y caminaremos durante toda la noche. Os echaremos de
menos a todos, pero la hora de la separación ha llegado. Dorcas, hija, estoy
encantado de que hayas encontrado un protector. —Para entonces la mano de
Jolenta estaba en el muslo del médico.
— Ven, Calveros,
tenemos que irnos.
El gigante se
incorporó pesadamente, y aunque no se quejó, vi cuánto sufría. Los vendajes
estaban empapados de sudor y sangre. Yo sabía lo que tenía que hacer, y dije:
—Calveros y yo debemos hablar a solas un momento. ¿Puedo pediros a los
demás que os retiréis unos cien pasos?
Las mujeres empezaron
a hacer lo que pedía, alejándose Dorcas por un camino y Jolenta (a quien Dorcas
había ayudado a levantarse) por el otro; pero el doctor Talos siguió donde
estaba hasta que volví a pedirle que se fuera.
—¿Quieres que yo
también me aleje? Es completamente inútil. Calveros me contará todo lo que
digas en cuanto volvamos a estar juntos. ¡Jolenta! Ven aquí, querida.
—Se ha marchado a
pedido, igual que se lo pedí a usted.
—Sí, pero se va por
el mal camino, y eso no lo consiento. ¡Jolenta!
—Doctor, sólo deseo
ayudar a su amigo, o esclavo, o lo que sea.
De manera totalmente
inesperada, la profunda voz de Calveros surgió de su montón de vendas: —Yo soy
su señor.
—Exactamente eso
—dijo el doctor mientras recogía la pila de crisos que había apartado hacia
Calveros y la metía en el bolsillo del pantalón del gigante.
Jolenta volvió
cojeando hacia nosotros con la hermosa cara surcada de lágrimas.
—Doctor, ¿no puedo ir
con usted?
—Desde luego que no
—dijo él con la misma frialdad que si un niño le hubiera pedido una segunda
porción de pastel. Jolenta se derrumbó a los pies del doctor.
Levanté la mirada
hacia el gigante.
—Calveros, puedo
ayudarte. No hace mucho un amigo mío recibió tantas quemaduras como tú, y yo lo
ayudé. Pero no dará resultado mientras miren el doctor Talos y Jolenta.
¿Quieres volver conmigo un trecho por el camino de la Casa Absoluta?
Lentamente, la cabeza
del gigante se movió de un lado a otro.
—Conoce el lenitivo
que le ofreces —dijo el doctor Talos, riendo—. Él mismo se lo ha aplicado a
muchos, pero ama demasiado la vida.
—Lo que le ofrezco es
la vida, no la muerte.
—¿De veras? —El
doctor levantó una ceja.— ¿Y dónde está tu amigo?
El gigante había
alzado las varas de la carretilla.
—Calveros —dije—,
¿sabes quién fue el Conciliador?
—Eso ocurrió hace
mucho —respondió Calveros—. No importa ahora. —Comenzó a avanzar por el sendero
que no había tomado Dorcas. El doctor Talos siguió un momento, llevando a
Jolenta colgada del brazo, y se detuvo.
—Severian, has tenido
a tu cargo muchos prisioneros, según me has dicho. Si Calveros te diera otro
crisos, ¿sujetarías a esta criatura hasta que estemos bastante lejos?
Todavía me sentía mal
pensando en el dolor del gigante y en mi propio fracaso, pero me contuve y
dije: —Como miembro del gremio sólo puedo aceptar encargos de las autoridades
legalmente constituidas.
—Entonces la
mataremos, cuando te hayamos perdido de vista.
—Eso es asunto entre
usted y ella —dije, y fui hacia Dorcas.
Apenas la había
alcanzado, cuando oímos los llantos de Jolenta. Dorcas se detuvo y me cogió la
mano, apretándola más y preguntando qué era ese sonido; le hablé de la amenaza
del doctor Talos.
—¿Y dejas que se
vaya?
—No creí que hablara
en serio.
Mientras lo decía, ya
habíamos dado media vuelta y volvíamos atrás. No habíamos dado una docena de
pasos cuando los llantos fueron seguidos por un silencio tan profundo que
oíamos los crujidos de las hojas moribundas. Apresuramos la marcha, pero para
cuando llegamos al cruce yo estaba convencido de que ya era demasiado tarde, de
modo que me daba prisa, a decir verdad, sólo porque no quería decepcionar a
Dorcas.
Me equivoqué al creer
muerta a Jolenta. En una vuelta del camino la vimos venir corriendo hacia
nosotros, las rodillas juntas como si los generosos muslos le estorbaran las
piernas y los brazos cruzados sobre los pechos para mantenerlos quietos. Tenía
el espléndido cabello de oro rojizo caído sobre los ojos, y el fino vestido
recto de organza estaba hecho jirones. Se desmayó cuando Dorcas se adelantó a
abrazarla.
—Esos demonios le han
pegado —dijo Dorcas.
—Hace un momento
temíamos que la hubieran matado. —Examiné los cardenales de la espalda de la
hermosa mujer.— Creo que son las huellas de la vara del doctor. Tiene suerte de
que no azuzó a Calveros contra ella.
—¿Pero qué podemos
hacer?
—Podemos probar con
esto. —Saqué la Garra de lo alto de mi bota y se la mostré.— ¿Recuerdas aquello
que encontramos en mi esquero y que tú dijiste que no era una gema auténtica?
Esto es lo que era, y parece que en ocasiones alivia a los heridos. Quise emplearla
con Calveros, pero él no me dejó.
Sostuve la Garra
sobre la cabeza de Jolenta, y luego se la pasé por las magulladuras de la
espalda, pero no brillaba como otras veces, y parecía que Jolenta no mejoraba.
—No está actuando
—dije—. Tendré que cargar con ella.
—Échatela al hombro o
la agarrarás por donde ,más le han pegado.
Dorcas llevó Terminus
Est, y yo hice lo que me indicaba, encontrando a jolenta casi tan pesada
como un hombre. Durante un buen rato avanzamos trabajosamente bajo el pálido
dosel verde de las hojas hasta que Jolenta abrió los ojos. No obstante, tampoco
entonces podía caminar ni tenerse en pie sin ayuda, ni tan siquiera echarse
hacia atrás ese extraordinario cabello, para que pudiéramos verle mejor el
rostro ovalado, humedecido por las lágrimas.
—El doctor no quiere
que vaya con él —dijo.
Dorcas asintió.
—Eso parece.— Era
como si hablara con alguien mucho más joven que ella.
—Quedaré hecha
pedazos.
Le pregunté por qué
lo decía, pero se limitó a sacudir la cabeza. Después de un rato dijo: —¿Puedo
ir contigo, Severian? No tengo ningún dinero. Calveros me quitó lo que el
doctor me había dado. —Miró de soslayo a Dorcas.— Ella también tiene dinero,
más del que me dieron a mí. Tanto como te dio el doctor.
—Ya lo sabe —dijo
Dorcas—. Y sabe que el dinero que tengo es suyo, si lo necesita.
Cambié de tema.
—Quizá las dos
tendríais que saber que no voy a Thrax, o al menos que no voy allí
directamente. No, si puedo descubrir el paradero de la orden de las Peregrinas.
Jolenta me miró como
si estuviera loco.
— He oído decir que
recorren todo el mundo. Además, no aceptan más que a mujeres.
—No quiero unirme a
ellas, sólo encontrarlas. Las últimas noticias decían que se encaminaban al
norte. Pero si averiguo dónde están, tendré que ir allí, aunque tenga que
volver otra vez al sur.
—Iré adonde tú vayas
—declaró Dorcas—, y no a Thrax.
—Y yo no voy a
ninguna parte —suspiró Jolenta. En cuanto no tuvimos que cargar con Jolenta,
Dorcas y yo nos
adelantamos un trecho. Al cabo de un rato, me volví a mirarla. Ya no lloraba,
pero era difícil reconocer la belleza que una vez había acompañado al doctor
Tatos. Entonces levantaba la cabeza con orgullo, incluso con arrogancia. Echaba
los hombros hacia atrás y los magníficos ojos le brillaban como esmeraldas.
Pero ahora tenía los hombros caídos de cansancio y miraba al suelo.
—¿De qué hablaste con
el doctor y el gigante? —me preguntó Dorcas mientras caminábamos.
—Ya te lo he dicho
—dije.
—Llegaste a alzar
tanto la voz que pude oírte. Decías: «¿Sabes quién fue el Conciliador?» Pero no
entendí si tú no lo sabías o si estabas tratando de averiguar si ellos lo
sabían.
—Sé muy poco, nada en
realidad. He visto supuestos retratos, pero son tan diferentes que es difícil
que representen al mismo hombre.
—Hay leyendas.
—La mayoría de las
que he oído parecen muy tontas. Ojalá Jonas estuviera aquí; pues cuidaría de
Jolenta y tal vez sabría cosas del Conciliador. Jonas fue el hombre que
encontramos en la Puerta de la Piedad y que iba montado en un petigallo.
Durante algún tiempo fuimos buenos amigos.
—¿Dónde está ahora?
—Eso es lo que el
doctor Talos quería saber. Pero no lo sé, y no quiero hablar de eso ahora.
Cuéntame algo del Conciliador, si tienes ganas de hablar.
Sin duda era una
tontería, pero en cuanto mencioné ese nombre sentí el silencio del bosque como
un peso. En algún lugar entre las ramas más altas, el susurro de una brisa
podía haber sido el suspiro de un enfermo; el verde pálido de las hojas
hambrientas de luz sugería las caras pálidas de unos niños hambrientos.
—Nadie sabe mucho de
él —comenzó Dorcas—, y probablemente yo sé menos que tú. Ahora no recuerdo cómo
llegué a enterarme de lo que sé. En todo caso, algunos dicen que era poco más
que un muchacho. Otros dicen que no era en absoluto un ser humano, ni tampoco
un cacógeno, sino el pensamiento, tangible para nosotros, de una vasta
inteligencia para la que nuestra factualidad no es más real que los teatros de
papel de los vendedores de juguetes. Se dice que una vez tomó a una mujer
moribunda de una mano y una estrella con la otra, y desde entonces en adelante
tuvo el poder de reconciliar al universo con la humanidad y a la humanidad con
el universo, acabando con la antigua ruptura. Le daba por desaparecer, y
reaparecer cuando ya todos lo creían muerto; en ocasiones reaparecía después de
haber sido enterrado. Se le podía encontrar como un animal que hablaba la
lengua de los hombres, y se aparecía a esta o aquella piadosa mujer en forma de
rosas.
Recordé mi
enmascaramiento.
—Como a la Sacra
Katharine, supongo, en el momento de su ejecución.
—También hay leyendas
más tenebrosas.
—Cuéntamelas.
—Me asustaban —dijo
Dorcas—. Ya ni siquiera las recuerdo. ¿No habla de él ese libro marrón que
llevas contigo?
Lo saqué y comprobé
que sí, y entonces, puesto que no podía leer bien mientras caminábamos,
lo volví a meter en el esquero, resuelto a leer esa parte cuando acampáramos,
lo que tendríamos que hacer pronto.
XXVII
Hacia Thrax
Nuestro sendero se
prolongó por el bosque malherido mientras duró la luz; una guardia después de
oscurecer llegamos a la orilla de un río más pequeño y rápido que el Gyoll,
donde a la luz de la luna podíamos ver amplios cañaverales que al otro lado se
mecían al viento de la noche. A cierta distancia, Jolenta había venido
sollozando de cansancio, y Dorcas y yo convinimos en detenernos. Como jamás
hubiera puesto en peligro la afilada hoja de Terminus Est cortando las
pesadas ramas de los árboles, no disponíamos de mucha leña, pues las ramas
muertas que encontrábamos estaban empapadas de humedad y eran de consistencia
esponjosa a causa de la descomposición. En la ribera había abundancia de palos
doblados y resecos, duros y livianos.
Ya habíamos partido
un buen número de leños, cuando recordé que no llevaba mi hierro acerado, pues
se lo había dejado al Autarca que, estaba seguro, tenía que haber sido también
el «alto servidor» que había llenado de crisos las manos del doctor Talos. Pero
Dorcas contaba en su escaso equipaje con pedernal, eslabón y yesca, y
pronto nos reconfortó el calor de una hoguera rugiente. Jolenta tenía miedo
de las fieras, aunque me esforcé por explicarle que era muy improbable que los
soldados permitieran que unas bestias peligrosas vivieran en un bosque que
llegaba hasta los jardines de la Casa Absoluta. Para tranquilizarla quemamos
tres teas gruesas por uno de sus extremos, para en caso de necesidad sacarlas
del fuego y amenazar a las criaturas que ella temía.
No apareció ningún
animal, nuestra hoguera alejó los mosquitos y nos tumbamos de espaldas y
miramos las chispas que subían al cielo. Mucho más arriba, las luces de los
objetos voladores pasaban de aquí para allá, llenando el cielo por un momento o
dos de una falsa aurora fantasmal mientras los ministros y generales del
Autarca volvían a la Casa Absoluta o continuaban su camino hacia la guerra.
Dorcas y yo nos preguntábamos qué pensarían cuando, por un breve instante
mientras se alejaban, miraran hacia abajo y vieran nuestra estrella escarlata;
y convinimos en que así como nosotros nos preguntábamos quiénes eran ellos,
también ellos se preguntarían quiénes éramos nosotros, a dónde íbamos y por
qué. Dorcas me cantó una canción, una canción de una muchacha que camina
entre la arboleda en primavera, y echa de menos a sus amigas del año anterior,
las hojas muertas.
Jolenta estaba
tendida entre la hoguera y el agua, quizá porque allí se sentía más segura.
Dorcas y yo estábamos al otro lado del fuego, no sólo porque queríamos
ocultarnos de ella todo lo posible, sino porque Dorcas, según me dijo,
aborrecía la contemplación y el sonido de la fría y oscura corriente.
—Es como un gusano
—dijo—. Una enorme serpiente de ébano que ahora no tiene hambre, pero sabe que
estamos aquí y nos comerá poco a poco. ¿No tienes miedo de las serpientes,
Severian?
Thecla sí lo tenía;
sentí la sombra de su temor que se estremecía cuando oí la pregunta y asentí
con la cabeza.
—He oído que en los
cálidos bosques del norte el Autarca de Todas las Serpientes es Uroboros, el
hermano de Abaia, y que los cazadores que descubren su guarida creen que han
encontrado un túnel bajo el mar, y descendiendo por él entran en la boca de
Uroboros, y sin darme cuenta bajan por la garganta, de manera que están muertos
cuando todavía se creen vivos; aunque hay otros que dicen que Uroboros no es
más que el gran río que allí fluye hacia sus propias fuentes, o el mar mismo,
que devora sus propios comienzos.
Dorcas se me arrimó
mientras contaba todo esto y yo la rodeé con el brazo, sabiendo que quería que
le hiciera el amor, aunque no estábamos seguros de que Jolenta durmiera al otro
lado de la hoguera. De hecho, de cuando en cuando se movía, y a causa de las
caderas amplias, la cintura estrecha y las ondas del cabello, parecía
retorcerse como una serpiente. Dorcas levantó la cara, pequeña y trágicamente
limpia; yo la besé y la sentí apretarse contra mí, temblando de deseo.
—Tengo frío —susurró.
Estaba desnuda,
aunque yo no había notado que se desvistiera. Cuando le eché mi capa alrededor,
le sentí la piel acalorada —como lo estaba la mía— por la irradiación del
fuego. Deslizó las manitas bajo mi ropa, acariciándome.
—Qué bueno —dijo—.
Qué suave. —Y en seguida (aunque ya habíamos copulado en otra ocasión). ¿No
seré demasiado pequeña? —como una chiquilla.
Cuando desperté, la
luna (apenas podía creer que fuera la misma luna que me había guiado por los
jardines de la Casa Absoluta) casi había sido sobrepasada por el horizonte
ascendente. La luz de berilo corría río abajo, dando a cada rizo de agua la
sombra negra de una ola.
Me sentí inquieto sin
saber por qué. El miedo de Jolenta por las fieras ya no me parecía tan
estúpido. Me levanté, y después de comprobar que Dorcas y ella dormían en paz,
busqué más leña para nuestro fuego moribundo. Me acordé de los nótulos, que
según Jonas eran enviados fuera por la noche, y de la cosa de la antecámara.
Sobre nosotros planeaban aves nocturnas, no sólo búhos como los muchos que
anidaban en las ruinosas torres de la Ciudadela, aves de cabezas redondas y alas
cortas, anchas y silenciosas, sino aves de otras clases, con colas de
dos y tres horquillas, aves que descendían para peinar el agua y gorjeaban
durante el vuelo. De vez en cuando unas mariposas nocturnas mucho más grandes
que cualquiera de las que yo hubiese visto, pasaban de tres en tres. Las alas
con figuras eran tan largas como los brazos de un hombre, y hablaban entre
ellas como los hombres, pero con voces casi inaudibles, demasiado altas.
Removí el fuego,
comprobé que mi espada estaba allí, y durante un rato estuve mirando el rostro
inocente de Dorcas con sus grandes y tiernas pestañas cerradas por el sueño;
después me volví a tumbar para observar las aves que viajaban entre
constelaciones y penetrar en ese mundo de la memoria que, por dulce o amargo
que pueda ser, nunca me está completamente cerrado.
Traté de recordar
aquella celebración del día de la Sacra Katharine, al año siguiente de
convertirme en capitán de aprendices; pero los preparativos de la fiesta
acababan de comenzar apenas cuando otras memorias irrumpieron de rondón. Me
encontraba en nuestra cocina llevándome a los labios una copa de vino robado, y
descubrí que se había convertido en un pecho del que brotaba una leche cálida.
Así pues, era el pecho de mi madre, y apenas pude contener el regocijo (que
podía haber borrado esa memoria) de haber conseguido al fin remontarme hasta
ella, después de tantos intentos infructuosos. Traté de abrazarla, y si hubiera
podido, habría levantado mis ojos para mirarla a la cara. Sin duda era mi
madre, pues los niños que recogen los torturadores no conocen ningún pecho. Y
entonces, la mancha gris en el límite de mi campo de visión era el metal del
muro de su celda. Pronto se la llevarían y ella gritaría en el Aparato o en el
Collar Permisivo. Traté de retenerla, de marcar el momento de manera que yo
pudiera regresar a él cuando quisiera; ella se desvaneció mientras yo intentaba
sujetarla, disolviéndose como la niebla cuando se levanta el viento.
De nuevo era niño...
niña... Thecla. Estaba en una magnífica sala cuyas ventanas eran espejos,
espejos que a la vez iluminaban y reflejaban. A mi alrededor había hermosas
mujeres, dos veces más altas que yo, en diversos grados de desnudez. El aire
era de una espesa fragancia. Buscaba a alguien, pero al mirar los rostros
pintados de las altas mujeres, hermosos y realmente perfectos, empecé a dudar
si la reconocería. Las lágrimas me resbalaron por la cara. Tres mujeres
corrieron hacia mí y miré a una y después otra. Los ojos de ellas se encogieron
entonces hasta convertirse en puntos de luz, y una mancha en forma de corazón
junto a los labios de la más próxima extendió unas alas de quiróptero.
—Severian.
Me incorporé
sentándome, desconociendo en qué punto la memoria había dado paso al sueño. La
voz era dulce, pero muy profunda, y aunque yo estaba seguro de haberla oído
antes, no recordé en seguida dónde. La luna ya casi estaba detrás del horizonte
occidental, y nuestra hoguera moría por segunda vez. Dorcas había echado a un
lado las mantas raídas y dormía exponiendo un cuerpo de hada al aire de la
noche. Viéndola así, con la piel aún más pálida a la menguante luz de la luna,
excepto donde enrojecía al relumbre de las ascuas, sentí un deseo como jamás
había conocido, ni cuando había apretado a Agia contra mí en los Peldaños de
Adamnian, ni cuando viera a Jolenta por primera vez en el escenario del doctor
Talos, y ni siquiera en las innumerables ocasiones en que me apresuraba a
visitar a Thecla. Pero no era Dorcas a quien yo deseaba; hacía poco que la
había gozado, y aunque creía plenamente que ella me quería, no estaba seguro de
que se me hubiera entregado tan prestamente de no haber tenido sospechas más que
fundadas de que yo había penetrado a Jolenta la tarde antes de la
representación, y de no haber creído que Jolenta nos observaba al otro lado de
la hoguera.
Ni tampoco deseaba a
Jolenta, que estaba echada de costado y roncaba. Deseaba a las dos, y a Thecla,
y a la meretriz sin nombre que había fingido ser Thecla en la Casa Azur, y a su
amiga que había hecho de Thea y a quien había visto en la escalera de la Casa
Absoluta. Y Agia, Valeria, Morwenna y mil más. Me acordé de las brujas, de su
locura y de su danza frenética en el Patio Viejo las noches de lluvia; de la
belleza fría y virginal de las Peregrinas de túnica roja.
—Severian.
No era un sueño. Unas
aves adormiladas, posadas en las ramas de los árboles a orillas del bosque, se
estremecieron con la voz. Desenvainé Terminus Est y dejé que la hoja
reflejara la fría luz del amanecer, de modo que aquel que había pronunciado mi
nombre supiera que yo estaba armado.
Todo volvió a quedar
en silencio, un silencio que ahora era más profundo que en todo el resto de la
noche. Esperé, volviendo la cabeza lentamente para tratar de localizar a quien
me había llamado, aunque sin duda habría sido mejor mostrar que yo ya sabía de
dónde venía la voz. Dorcas se movió y gimió, pero ni ella ni Jolenta
despertaron; no había otro sonido que el crepitar del fuego, el viento del
amanecer entre las hojas, y el chapoteo del agua.
—¿Dónde estás?
—musité, pero nadie respondió. Brincó un pez con un chapoteo plateado, y el
silencio volvió otra vez.
—Severian.
Aunque profunda, era
una voz de mujer, palpitando de pasión, húmeda de necesidad; me acordé de Agia
y no enfundé la espada.
—En el banco de
arena...
Aunque temía que no
era más que una treta para que volviera la espalda a los árboles, recorrí el
río con la mirada hasta que la vi, a unos doscientos pasos de nuestra hoguera.
— Ven a mí.
No era una treta, o
al menos no la que temiera al principio. La voz venía de río abajo.
— Ven. Por favor.
No te oigo donde estás.
—No he hablado —dije,
pero no hubo respuesta. Esperé, pues me resistía a abandonar a Jolenta y
Dorcas.
—Por favor. Cuando el
sol llegue a estas aguas, tendré que irme. Tal vez no haya otra ocasión.
El riachuelo era más
ancho en el banco de arena que aguas abajo o aguas arriba, y yo podía caminar
sobre la arena, a pie enjuto, casi hasta el centro. A mi izquierda el agua
verdosa se estrechaba y se hacía gradualmente más profunda. A mi derecha había
una laguna profunda de unos veinte pasos de ancho, desde el que el agua fluía
rápida pero suavemente. Me quedé de pie en la arena blandiendo Terminus Esi con
ambas manos y la punta cuadrada enterrada entre mis pies.
—Aquí estoy —dije—.
¿Dónde estás tú? ¿Me oyes ahora?
Como si el mismo río
respondiera, tres peces saltaron a la vez, después volvieron a saltar en una
sucesión de blandas explosiones sobre la superficie del agua. Un mocasín de
dorso marrón marcado con dibujos dorados y negros de anillos eslabonados, se
deslizó casi hasta mi bota, se volvió como para amenazar a los peces que
saltaban, silbó, y después se adentró en el vado por la parte superior de la
barra y se alejó nadando con grandes ondulaciones. Tenía el cuerpo tan grueso
como mi antebrazo.
—No tengas miedo.
Mira. Contémplame. Entiende que no te haré daño.
Aunque el agua había
sido verde, se puso más verde aún. Mil tentáculos de jade serpenteaban allí sin
llegar a romper la superficie. Mientras miraba, demasiado fascinado para tener
miedo, un disco blanco de tres pasos de anchura apareció entre ellos, subiendo
lentamente.
Hasta que estuvo a
unos pocos palmos de la superficie no comprendí lo que era, y aun entonces sólo
porque abrió los ojos. Una cara me miraba a través del agua, la cara de
una mujer que podría haber jugado con el cuerpo de Calveros como un juguete.
Los ojos eran de color escarlata y los labios carnosos eran de un
carmesí tan oscuro que al principio no creí en absoluto que fueran labios.
Detrás de ellos había un ejército de dientes puntiagudos; los verdes zarcillos
que le enmarcaban la cara eran su cabello flotante.
—He venido por ti,
Severian —dijo ella—. No,
no estás soñando.
XXVIII
La odalisca de Abaia
—Una vez soñé contigo
—dije—. Yo alcanzaba a verle en el agua el cuerpo desnudo, inmenso y
reluciente.
—Estuvimos vigilando
al gigante, y así te encontramos. Por desgracia, te perdimos de vista demasiado
pronto, cuando te separaste de él. Entonces creías que eras odiado, y no sabías
lo mucho que te amábamos. Los mares de todo el mundo se estremecieron con
nuestras lamentaciones por ti, y las olas lloraron lágrimas de sal y se
arrojaron desesperadas contra las rocas.
—¿Y qué quieres de
mí?
—Sólo tu amor. Sólo
tu amor.
Mientras hablaba, su
mano derecha salió a la superficie y flotó allí, como una balsa de cinco
troncos. Aquí estaba realmente la mano del ogro, y en la punta de un dedo
guardaba el mapa de sus dominios.
—¿No soy hermosa?
¿Dónde has contemplado una piel más clara que la mía y unos labios más rojos?
—Tu aspecto es
impresionante —dije de veras—. ¿Pero puedo preguntarte por qué vigilabas a
Calveros cuando me encontré con él? ¿Y por qué no me observabas a mí, aunque
parece que lo deseabas?
— Vigilábamos al
gigante porque crece. En eso es como nosotros y como nuestro padre—marido,
Abaia. Acabará viniendo al agua, cuando la tierra ya no pueda sostenerlo. Pero
tú has de venir ya, si quieres. Respirarás (por un don nuestro) con tanta
facilidad como respiras el fino y débil viento de aquí, y siempre que lo desees
regresarás a tierra y ceñirás tu corona. Este río Cephissus fluye hacia el
Gyoll, y el Gyoll hacia el pacífico mar. Allí podrás montar sobre delnes y
viajar por campos de corales y perlas barridos por la corriente. Mis hermanas y
yo te enseñaremos las antiguas ciudades olvidadas, donde crecieron atrapadas
cien generaciones de tu especie y murieron cuando arriba vosotros las
olvidasteis.
—No tengo corona
alguna que ceñir —dije—. Me confundes con algún otro.
— Todos nosotros
seremos tuyos allí, en los parques rojos y blancos donde descansa el león
marino.
Mientras la ondina
hablaba, elevó lentamente la barbilla, dejando que la cabeza le cayera hacia
atrás hasta que la totalidad del plano del rostro estuvo a una misma
profundidad, apenas sumergido. Le siguió la garganta blanquecina, y unos pechos
con pezones carmesí rompieron la superficie del agua, y unas olas pequeñas le
acariciaron los costados. En el agua estallaron mil burbujas. Al cabo de unas
cuantas respiraciones ella quedó tendida todo a lo largo sobre la corriente, al
menos cuarenta codos desde los pies de alabastro hasta el cabello en ondas.
Tal vez nadie que lea
esto comprenda cómo me pude sentir atraído por algo tan monstruoso. Sin
embargo, así como quien se está ahogando tiene necesidad de aire, yo quería
creerla, huir con ella. Si me hubiera fiado completamente de lo que ella
prometía, me hubiese zambullido en el pozo en ese momento, olvidando todo lo
demás.
— Tienes una
corona, aunque todavía lo desconozcas. ¿Crees que nosotros, que nadamos en
tantas aguas, incluso entre las estrellas, estamos confinados a un único
instante? Hemos visto lo que llegarás a ser y lo que has sido. Apenas ayer
yacías en el hueco de la palma de mi mano, y te levanté por encima de la
aglomeración de algas para evitar que murieras en el Gyoll, salvándote para
este momento.
—Dame el poder de
respirar en el agua —dije— y déjame probarlo en el otro lado del banco de
arena. Si veo que me has dicho la verdad, iré contigo.
Vi cómo se le
separaban los enormes labios. No puedo decir cómo habló de alto desde el río
para que yo pudiera oírla donde estaba, en el aire; pero los peces volvieron a
saltar con sus palabras.
—Eso no se hace así
como así Has de venir conmigo, confiado, aunque sea sólo un momento. Ven.
Extendió la mano
hacia mí, y en el mismo instante oí la voz angustiada de Dorcas que pedía
ayuda.
Me volví y corrí
hacia ella. Y creo que si la ondina hubiera esperado, yo podría haber vuelto.
Pero no lo hizo. El propio río pareció alzarse desde su lecho rugiendo como una
rompiente marina. Fue como si me hubieran lanzado un lago a la cabeza, que me golpeó
como una piedra y me barrió como un palo. Un momento más tarde, cuando se
retiró, me encontré muy arriba del banco, empapado, magullado y sin espada.
Cincuenta pasos más lejos, la ondina levantó la mitad de su cuerpo blanco por
encima del río. Sin el apoyo del agua la carne le colgaba pesadamente sobre los
huesos, como si fuera a quebrarlos, y el lacio cabello le colgaba hasta la
arena empapada. Mientras yo estaba mirando, un agua mezclada con sangre le
brotó de la nariz.
Huí, y cuando llegué
a donde estaba Dorcas junto al fuego, la ondina había desaparecido dejando un
remolino de cieno que oscurecía el río por debajo del banco de arena.
El rostro de Dorcas
estaba casi blanco.
—¿Qué fue eso?
—susurró—. ¿Dónde estuviste?
—¿Así que llegaste a
verla? Temía que...
—¡Qué horrible!
—Dorcas se había arrojado en mis brazos, apretándose contra mí.— Horrible.
—No fue por eso por
lo que gritaste, ¿verdad? No pudiste haberla visto desde aquí, a menos que
surgiera de la laguna.
Dorcas señaló en
silencio hacia el lado más apartado de la hoguera, y vi que el suelo donde
yacía Jolenta estaba empapado de sangre.
Tenía dos finos
cortes en la muñeca izquierda, largos como mi pulgar; y aunque los toqué con la
Garra, parecía que la sangre no llegaba a coagularse. Cuando hubimos empapado
varias vendas, sacadas de la poca ropa que tenía Dorcas, herví hilo y aguja en
un pequeño recipiente y le cerré la herida cosiéndole los bordes. Mientras
tanto, Jolenta parecía apenas consciente; de cuando en cuando abría los ojos,
pero volvía a cerrarlos casi en seguida sin dar señales de reconocer a nadie.
Sólo habló una vez, diciendo: «Ya ves que aquel a quien tienes por tu divinidad
apoyaría y aconsejaría cuanto te he propuesto. Volvamos a empezar antes de que
el Sol Nuevo se levante». Entonces no reconocí que se trataba de una de sus
intervenciones en la obra.
Cuando la herida dejó
de sangrar, y trasladamos a Jolenta a suelo limpio y la lavamos, regresé al
sitio donde me habían alcanzado las aguas, y tras buscar durante un rato
descubrí a Terminus Est, de la que sólo el pomo y dos dedos de la
empuñadura sobresalían de la arena mojada.
Limpié y engrasé la
hoja, y Dorcas y yo discutimos sobre lo que debíamos hacer. Le conté mi sueño y
le hablé de la noche de antes de conocer a Calveros y al doctor Talos; también
le conté que oí la voz de la ondina mientras ella y Jolenta dormían y lo que la
ondina me había dicho.
—¿Crees que aún se
encuentra allí? Estuviste allí cuando encontraste tu espada. ¿La habrías visto
a través del agua si hubiera estado cerca del fondo?
Meneé la cabeza.
—No creo que esté
allí. De algún modo se hizo daño cuando trató de dejar el río para detenerme, y
no creo que se quedara allí mucho tiempo en aguas más bajas que las del Gyoll,
al sol de un día despejado. Tenía la piel demasiado pálida. Pero no, si ella hubiera
estado allí no creo que la hubiera visto, pues el agua estaba muy turbia.
Dorcas, que nunca
tuvo un aspecto más encantador que en este momento, sentada en el suelo con el
mentón apoyado sobre la rodilla, estuvo callada un rato, y pareció
contemplarlas nubes del levante, teñidas de cereza y fuego por la
esperanza misteriosa y eterna de la aurora. Al fin dijo: —Tuvo que
haberte deseado mucho.
—¿Para salir del agua
de esa manera? Creo que vivió en tierra antes de haberse hecho tan enorme, y
por un momento al menos olvidó que ya no podía hacerlo.
—Pero antes remontó
las sucias aguas del Gyoll y subió nadando por este pequeño y estrecho
riachuelo. Sin duda esperó alcanzarte mientras cruzábamos, pero vio que no
podía llegar más arriba del banco de arena, y entonces te llamó. En resumidas
cuentas, no puede haber sido un viaje agradable para quien acostumbra a nadar
entre los astros.
—¿Así pues, crees en
ella?
—Cuando estuve con el
doctor Talos y tú faltabas, él y Jolenta solían decirme lo inocente que yo era
creyendo a aquellos con quienes tropezábamos, y las cosas que decía Calveros, y
también lo que decían ellos mismos. Es igual, creo que aun las gentes que
llamamos mentirosas dicen muchas más verdades que mentiras. ¡Es mucho más
fácil! Si esa historia de salvarte no fuera verdad, ¿por qué contarla? Te
asustaría cuando la recordases. Y si ella no nada entre los astros, de
nada vale decirlo. Pero veo que hay algo que te preocupa. ¿Qué es?
No quería describir
en detalle mi encuentro con el Autarca, de manera que dije: —No hace mucho vi
en un libro el dibujo de una criatura que habita en el abismo. Tenía alas. Pero
no alas como las de las aves, sino planos, enormes y continuos, de material delgado,
pigmentado. Alas que podía batir contra la luz de las estrellas.
Dorcas se mostró
interesada.
—¿Está en tu libro
marrón?
—No, en otro libro.
No lo tengo aquí.
—Es lo mismo, eso me
recuerda que íbamos a ver lo que dice del Conciliador tu libro marrón. ¿Lo
tienes todavía?
—Sí. —Lo saqué. Se
había mojado, de manera que lo abrí y lo puse donde el sol pudiera dar en las
páginas, y las brisas que surgieron cuando la cara de Urth volvió a mirar la
cara del sol, quisieron jugar con ellas. Luego, las páginas pasaron suavemente
mientras hablábamos, de manera que los dibujos de hombres, mujeres y monstruos
atrajeron mi mirada, y así quedaron grabados en mi mente, de modo que aún
siguen allí. Y a veces también frases e incluso pasajes breves, que brillaban y
se apagaban según la luz atrapada, y liberaba luego el brillo de la tinta
metálica: «¡Guerreros sin alma!», «amarillo lúcido», «por ahogamiento». Más
tarde: «Estos tiempos son los tiempos antiguos, cuando el mundo es antiguo». Y:
«El infierno no tiene límites ni está circunscrito; pues donde nosotros estamos
está el Infierno, y donde el Infierno está, allí hemos de estar nosotros».
—¿Quieres leerlo ya?
—preguntó Dorcas.
—No. Quiero oír lo
que le pasó a Jolenta.
—No lo sé. Yo estaba
durmiendo y soñando con... con lo de siempre. Entraba en una tienda de
juguetes. Había estantes con muñecas a lo largo de la pared, y un pozo en el
centro del piso, con muñecas sentadas en el borde. Recuerdo haber pensado que
mi bebé era demasiado pequeño para muñecas; pero como eran muy bonitas y yo no
había tenido ninguna desde niña, decidí que compraría una y la guardaría para
el bebé, y mientras tanto podría sacarla algunas veces para mirarla y quizá
ponerla de pie delante del espejo de mi cuarto. Señalé la más hermosa. Estaba
sentada en el borde del pozo, y cuando el tendero la agarró para dármela, vi
que era Jolenta, y se le escurrió de las manos. La vi caer muy abajo, hacia el
agua negra. Entonces desperté. Naturalmente, miré para ver si ella estaba
bien...
—¿Y viste que
sangraba?
Dorcas asintió, y el
pelo dorado le relució a la luz.
—Así que te llamé dos
veces, y entonces te vi abajo en el banco de arena, y a esa cosa que salía del
agua hacia ti.
—No hay motivo para
que te pongas tan pálida. Jolenta fue mordida por un animal. No tengo idea de
qué clase, pero a juzgar por la mordedura era uno muy pequeño, y no más temible
que cualquier otro animalito de disposición hostil y dientes afilados.
—Severian, recuerdo
haber oído que más al norte había murciélagos de sangre. Cuando era niña,
alguien se entretenía en asustarme hablándome de ellos. Y cuando fui mayor, una
vez un murciélago entró en la casa. Alguien lo mató, y yo le pregunté a mi
padre si era un murciélago de sangre, y si realmente existían esas cosas. Dijo
que existían, pero que vivían en el norte, en los bosques vaporosos del centro
del mundo. Mordían por la noche a la gente dormida y a los animales que estaban
paciendo, y tenían una saliva tan venenosa que las heridas de las mordeduras
nunca dejaban de sangrar.
Dorcas hizo una
pausa, levantando la mirada hacia los árboles.
—Mi padre dijo que la
ciudad había ido extendiéndose hacia el norte a lo largo del río, y que había
comenzado como villa autóctona donde el Gyoll se une con el mar, y que sería
terrible cuando llegara a la región donde los murciélagos de sangre vuelan y anidan
en los edificios abandonados. Ya tiene que ser terrible para los habitantes de
la Casa Absoluta. No me parece que nos hayamos alejado mucho.
—Me da lástima el
Autarca —dije—. Pero pienso que nunca me habías hablado tanto de tu pasado.
¿Recuerdas ya a tu padre y la casa donde mataron al murciélago?
Se puso de pie.
Aunque trató de parecer valiente, observé que temblaba.
—Recuerdo más cosas
cada mañana, después de mis sueños. Pero, Severian, ahora tenemos que irnos.
Jolenta estará débil. Necesita comer y beber agua limpia. No podemos quedamos.
Yo mismo tenía un
hambre de lobo. Volví a meter en el esquero el libro marrón y envainé la hoja
recién engrasada de Terminus Est. Dorcas empacó las pocas cosas que
tenía.
Después partimos,
vadeando el río mucho más arriba del banco de arena. Jolenta no podía caminar
sola; teníamos que sostenerla entre los dos. Tenía la cara arrugada, y aunque
cuando la levantamos había recobrado la conciencia, apenas habló. De cuando en
cuando decía una o dos palabras. Por primera vez, me di cuenta de lo delgados
que eran sus labios; el inferior ya había perdido su firmeza y le colgaba
descubriendo las lívidas encías. Me pareció que todo su cuerpo, tan opulento
ayer, se había reblandecido como la cera, de manera que en lugar de ser, como
otrora, la mujer frente a la cual Dorcas era una niña, parecía una flor
expuesta al viento demasiado tiempo, el final mismo del verano comparado con la
primavera de Dorcas.
Mientras así
caminábamos por una estrecha y polvorienta vereda bordeada a ambos lados con
cañas de azúcar, más altas que mi cabeza, me puse a pensar una y otra vez cómo
la había deseado desde el día que la conocí, no hacía mucho tiempo. La memoria,
perfecta y vívida, más persuasiva que cualquier opiáceo, me mostraba a la mujer
como creía haberla visto primero, cuando Dorcas y yo llegamos de noche por una
arboleda y encontramos el escenario del doctor Talos, brillante de luces en un
pastizal. Qué extraño había parecido verla a la luz del día, tan perfecta como
había sido al brillo adulador de las antorchas la noche antes, cuando partimos
hacia el norte en la mañana más radiante que yo recuerde.
Se dice que el amor y
el deseo no son más que primos hermanos, y así me lo había parecido hasta que
caminé con el brazo fláccido de Jolenta alrededor de mi cuello. Pero no es
realmente cierto. En realidad, el amor de las mujeres era el lado oscuro de un ideal
femenino que yo había acariciado soñando con Valeria y Thecla y Agia, Dorcas y
Jolenta y la amante de Vodalus, de rostro acorazonado y voz seductora, la mujer
que era Thea, como sabía ahora, la hermanastra de Thecla. De modo que mientras
avanzábamos entre las cortinas del cañaveral, cuando el deseo ya no estaba y yo
miraba a Jolenta sólo con compasión, descubrí que aunque yo había creído que lo
único que me importaba de ella era su carne importuna y de color rosado y la
torpe gracia de sus movimientos, yo la amaba.
XXIX
Los vaqueros
Durante la mayor
parte de la mañana estuvimos atravesando el cañaveral sin encontrar a nadie.
Por lo que yo podía ver, Jolenta ni ganaba ni perdía fuerzas; pero me pareció
que el hambre, la fatiga de sostenerla y el resplandor despiadado del sol me
estaban afectando, pues dos o tres veces, cuando la atisbé por el rabillo del
ojo, me pareció como si no estuviera viendo en absoluto a jolenta sino a otra
persona, una mujer a quien recordaba pero no podía identificar. Si volvía la
cabeza para mirarla, esta impresión (que siempre era muy ligera) se desvanecía
totalmente.
Así caminamos,
hablando poco. Fue la única vez desde que la recibí del maestro Palaemón que Terminus
Esi me pareció pesada. El tahalí estaba lastimándome el hombro.
Corté algunas cañas y
las mordisqueamos chupando el jugo dulce. Jolenta tenía sed continuamente, y
como no podía caminar a menos que la ayudáramos, ni sostener sola su trozo de
caña, nos vimos obligados a parar con frecuencia. Era extraño ver tan inútiles
esas piernas largas y hermosas, de delgados tobillos y muslos maduros.
En un día alcanzamos
el final del cañaveral y salimos al borde de la verdadera pampa, el océano de
hierba. Aquí quedaban aún unos cuantos árboles, aunque tan esparcidos que desde
cada uno de ellos no se veían más que otros dos o tres. A cada uno de ellos
estaba atado el cuerpo de algún depredador, con látigos de cuero verde, las
zarpas delanteras extendidas como brazos. Casi todos eran tigres de piel
manchada, comunes en aquella parte del país, pero vi atroxes también, con
cabellos que parecían de hombre, y esmilodontes de dientes como sables. La
mayoría era poco más que un montón de huesos, pero algunos vivían y emitían
esos sonidos que, según se cree, espantan a tigres, atroxes y esmilodontes que
en otras circunstancias depredarían el ganado.
Este ganado era para
nosotros un peligro mucho mayor que los felinos. Los toros embestían contra
todo lo que se les acercase, y cuando nos encontrábamos con una manada,
teníamos que mantenernos a cierta distancia para que estos animales cortos de
vista no llegaran a vernos, y avanzar con el viento de frente. En estas
ocasiones, me vi forzado a dejar que Dorcas sostuviera el peso de jolenta como
mejor pudiera, para que yo marchara delante de ellas y algo más cerca de los
animales. En cierta ocasión tuve que saltar a un lado y cortar de un tajo la
cabeza de un toro que me embestía. Hicimos una hoguera con hierbas secas y
asamos algo de carne.
La vez siguiente me
acordé de la Garra y de cómo había acabado con el ataque de los hombres mono.
La saqué de la bota, y el fiero toro negro vino trotando hacia mí y me lamió la
mano. Pusimos a Jolenta sobre el lomo y Dorcas subió para sostenerla, v yo caminé
junto a la cabeza del animal, sosteniendo la gema donde él pudiera ver la luz
azul.
En el árbol próximo,
que fue casi el último que encontramos, estaba atado un esmilodonte todavía
vivo, y tuve miedo de que espantara al toro. Sin embargo, cuando lo dejamos
atrás me pareció que nos seguía con los ojos, amarillos y tan grandes come
huevos de paloma. Sentía que la lengua se me hacia hinchado con la sed del
animal. Le di a Dorcas la gema, y volví atrás para cortarle las ataduras,
convencido de que me atacaría. El animal, demasiado débil para sostenerse en
pie, cayó al suelo, y yo, que no tenía agua para darle, no pude hacer otra cosa
que alejarme de él.
Poco después del
mediodía observé un ave carroñera que volaba en círculos por encima de
nosotros. Se dice que estas aves huelen la muerte, y recordé que una vez o dos,
cuando los oficiales estaban muy ocupados en la sala de exámenes, nosotros los
aprendices teníamos que salir a apedrear a las que pasaban sobre la ruinosa
muralla, para que no dieran a la Ciudadela una reputación todavía peor. Me
repugnaba pensar que Jolenta pudiera morir, y hubiera dado mucho por un arco
para disparar contra el ave; pero no llevaba nada parecido y tuve que
resignarme.
Después de un tiempo
interminable, a esta primera ave se unieron otras dos mucho más pequeñas, y por
el color brillante de las cabezas, visibles en algunos momentos aun desde tan
abajo, supe que eran catártidas. Así, la primera, con alas tres veces más grandes
que las de las otras, era un teratornis de montaña, del que se dice que ataca a
los montañeros, rasgándoles las caras con garras venenosas y golpeándolos con
los codos de las grandes alas hasta despeñarlos. De vez en cuando las otras dos
se le aproximaban, y se volvía entonces contra ellas. Cuando eso ocurría oíamos
en ocasiones un chillido penetrante que descendía desde los murallones de un
castillo de aire. En una ocasión gesticulé con aire macabro para que los
pájaros vinieran a nosotros. Descendieron los tres y yo blandí mi espada contra
ellos y dejé de gesticular.
Cuando el horizonte
del poniente había subido casi hasta el sol, llegamos a una casa baja, poco más
que una choza, hecha de paja. En un banco de delante se sentaba un hombre
nervudo con polainas de cuero, que bebía mate y fingía observar los colores de
las nubes. En realidad, tuvo que habernos descubierto mucho antes que nosotros
a él, pues era pequeño y moreno y apenas se lo veía delante de la casa
pardusca, mientras que nuestras siluetas se recortaban claras contra el cielo.
Aparté la Garra
cuando vi a este vaquero, aunque no estaba seguro de cómo reaccionaría el toro.
Al fin no hizo nada y siguió avanzando como antes, cargando a las dos mujeres.
Cuando llegamos a la casa de paja las ayudé a bajar, y el animal levantó el hocico,
olisqueó el viento y después me miró con un ojo. Agité la mano señalándole los
campos ondulados para indicarle que ya no lo necesitaba y para hacerle ver que
tenía la mano vacía. Dio media vuelta y se alejó al trote.
El vaquero se quitó
de los labios la paja de peltre y dijo: —Eso era un buey.
Asentí con un gesto.
—Lo necesitábamos
para transportar a esta pobre mujer enferma y lo tomamos prestado. ¿Es suyo?
Suponíamos que no le importaría. Después de todo, no le hemos hecho daño.
—No, no. —El vaquero
hizo un gesto de vaga protesta.— Sólo preguntaba porque cuando al principio os
vi pensé que era un diestrero. Mi vista no es tan buena como antes. —Nos contó
lo buena que fuera en un tiempo, muy buena realmente.— Pero, como decís, era un
buey.
Esta vez, Dorcas y yo
asentimos juntos. —Ya veis lo que es llegar a viejo. Hubiera lamido la hoja de
este cuchillo —y palmeó la empuñadura de metal que le sobresalía del ancho
cinturón— y apuntando con él hacia el sol habría jurado que vi algo entre las piernas
del buey. Pero si no fuera tan estúpido, sabría que nadie puede montar a los
toros de las pampas. Sólo la pantera roja, pero se mantiene sobre él clavándole
las garras en el lomo, y aún así muere en ocasiones. Sin duda era una ubre que
el buey heredó de su madre. Yo la conocí y tenía una.
Le dije que yo era de
la ciudad y muy ignorante en todo lo que se refería al ganado.
—Ah —dijo, y sorbió
su mate—. Yo soy más ignorante que tú. Excepto yo, por aquí todos son
eclécticos ignorantes. ¿Conoces a esta gente que llaman eclécticos? No saben
nada; ¿cómo puede uno aprender con vecinos así?
Dorcas dijo: —Por
favor, ¿nos permite entrar y poner a esta mujer donde podamos acostarla? Me
temo que se esté muriendo.
—Os dije que no sé
nada. Tendríais que preguntarle a este hombre, pues puede conducir a un buey
—casi dijo un toro— como si fuera un perro.
—¡Pero él no puede
ayudarla! Sólo usted.
El vaquero me guiñó
un ojo y comprendí que él había sabido deducir que había sido yo, y no
Dorcas, quien domesticara al toro.
—Lo siento mucho por
vuestra amiga —dijo—, que según veo tuvo que haber sido una hermosa mujer. Pero
aunque he estado bromeando con vosotros aquí sentado, tengo un amigo que ahora
mismo está echado ahí dentro. Teméis que vuestra amiga se esté muriendo. Yo sé
que mi amigo se está muriendo y me gustaría ayudarlo a irse sin que nadie lo
moleste.
—Sí, claro está, pero
no lo molestaremos. Quizás hasta podamos ayudarle.
El vaquero miró de
Dorcas a mí y de nuevo a ella.
—Sois gente extraña;
¿qué sé yo? No más que uno de esos eclécticos ignorantes. Entrad, entonces.
Pero guardad silencio y recordad que sois mis huéspedes.
Se levantó y abrió la
puerta, que era tan baja que tuve que agacharme para pasar. La casa tenía un
solo cuarto, oscuro y que olía a humo. En un jergón delante del fuego yacía
echado un hombre mucho más joven y, según pensé, más alto que nuestro anfitrión.
Tenía la misma piel morena, pero no había sangre bajo el pigmento. Parecía que
le hubiesen embadurnado las mejillas y la frente. No había más lecho que aquel
sobre el que yacía, pero extendimos la harapienta manta de Dorcas sobre el
suelo de tierra y pusimos sobre ella a Jolenta. Por un momento se le abrieron
los ojos. No había conciencia en ellos, y el color verde claro de otrora
se había apagado como un paño barato dejado al sol.
Nuestro anfitrión
meneó la cabeza y en seguida susurró: —No durará más que ese ecléctico
ignorante de Manahen. Tal vez menos.
—Necesita agua —le
dijo Dorcas.
—Detrás, en el tonel.
Iré por ella.
Cuando oí el golpe de
la puerta, saqué la Garra. Esta vez brilló con una llama de color cianoso, tan
abrasadora que temí que atravesara las paredes. El joven que yacía sobre el
jergón respiró profundamente, y exhaló el aire con un suspiro. Aparté en seguida
la Garra.
—A ella no le ha
servido —dijo Dorcas.
—Tal vez el agua la
ayude. Ha perdido mucha sangre.
Dorcas fue a alisarle
el cabello a jolenta. Tenía que haber estado cayéndosele, como ocurre a menudo
con el pelo de las ancianas y de quienes padecen fiebres altas, tanto cabello
quedó pegado a la palma húmeda de Dorcas que pude verlo con claridad a pesar de
la falta de luz.
—Creo que ha estado
siempre enferma —susurró Dorcas—. Siempre desde que la conozco. El doctor Talos
le daba algo que la mejoraba por un tiempo, pero ahora la ha apartado de él;
ella solía ser muy absorbente y él se ha vengado.
—No puedo creer que
quisiera de veras ser tan duro.
—Ni tampoco yo,
realmente. Escucha, Severian. Seguramente él y Calveros se detendrán para
actuar y espiar en estas tierras. Quizá podamos encontrarlos.
—¿Espiar? —Tuve que
haber parecido tan sorprendido como me sentía.
—Al menos, siempre
pensé que viajaban para averiguar lo que pasaba en el mundo, tanto como para
ganar dinero; una vez el doctor Talos llegó incluso a admitirlo, aunque nunca
supe exactamente qué estaban buscando.
El vaquero vino con
una calabaza llena de agua. Ayudé a Jolenta a que se sentara, y Dorcas le llevó
la calabaza a los labios. El agua se derramó y empapó el traje rasgado de
Jolenta, aunque una parte le entró también en la garganta, y cuando la calabaza
estuvo vacía y el vaquero la llenó de nuevo, pudo tragar. Le pregunté al
vaquero si sabía dónde estaba el Lago Diuturna.
—No soy más que un
ignorante —dijo—. Nunca he ido lejos. Me han dicho que está en esa dirección
—señalando al norte y al oeste—. ¿Deseáis ir allí?
Asentí con la cabeza.
—Entonces tenéis que
pasar por un mal lugar. Quizá por muchos lugares malos, pero desde luego por la
ciudad de piedra.
—¿Entonces hay una
ciudad cerca de aquí?
—Sí, hay una ciudad,
pero sin gente. Los eclécticos ignorantes que viven cerca de allí piensan que
vaya donde vaya un hombre, la ciudad de piedra se mueve para esperarlo en el
camino. —El vaquero rió entre dientes, y en seguida se puso serio.— No es que sea
así, pero la ciudad de piedra tuerce el camino que lleva el jinete, de modo que
se la encuentra delante cuando cree que está dando un rodeo. ¿Comprendéis? Me
parece que no es así.
Me acordé del jardín
Botánico y asentí con la cabeza.
—Lo entiendo. Sigue.
—Pero si vais al
norte y al oeste tenéis que pasar de cualquier modo por la ciudad de piedra. Ni
siquiera tendrá que torcer vuestro camino. Algunos no encuentran allí nada más
que paredes caídas. He oído decir que algunos encuentran tesoros. Otros regresan
con historias nuevas, y otros no regresan. Supongo que ninguna de estas mujeres
es virgen.
Dorcas abrió la boca.
Yo meneé la cabeza.
—Eso es bueno. Son
ellas quienes no regresan la mayoría de las veces. Tratad de atravesarla de
día, con el sol sobre el hombro derecho por la mañana y más tarde en el ojo
izquierdo. Si llega la noche, no os detengáis ni dobléis a un lado. Mantened
delante de vosotros las estrellas del Ihuaivulu cuando empiecen a brillar.
Moví la cabeza
asintiendo e iba a pedirle más información cuando el hombre enfermo abrió los
ojos y se sentó. La manta se le cayó y vi que en el pecho tenía un vendaje
manchado de sangre. Se sobresaltó, me miró y gritó algo. En un instante sentí
la fría hoja del cuchillo del vaquero en mi garganta.
—No te hará daño —le
dijo al hombre enfermo. Utilizó el mismo dialecto, pero como hablaba con más
lentitud pude comprenderle—. No creo que él sepa quién eres.
—Te digo, padre, que
es el nuevo lictor de Thrax. Han llamado a uno y dicen los clavígeros que ya
está en camino. ¡Mátalo! Pues viene a matar a todos los que no han muerto
todavía.
Me asombró oírle
mencionar a Thrax, que estaba aún tan lejos, y quise preguntarle por la ciudad.
Creo que podría haber hablado con él y con su padre y hacer alguna suerte de
paz, pero Dorcas golpeó al viejo en el oído con la calabaza, golpe inútil de
mujer que no hizo más que reventar la calabaza y hacerle poco daño. Él la atacó
con el cuchillo torcido de doble filo, pero le detuve el brazo y se lo rompí, y
después rompí también el cuchillo bajo el talón de mi bota. Su hijo, Manahen,
intentó levantarse; pero si la Garra le había devuelto la vida, al menos no le
había dado fuerzas, y Dorcas volvió a empujarlo sobre el jergón.
—Moriremos de hambre
—dijo el vaquero. Torcía la cara morena tratando de no gritar.
—Usted cuidó a su
hijo —le dije—. Él curará pronto y podrá cuidar de usted. ¿Qué le pasó?
Ninguno de los dos
quiso decirlo.
Le encajé el hueso y
se lo entablillé, y Dorcas y yo comimos y dormimos fuera esa noche después de
decir al padre y al hijo que los mataríamos si oíamos que abrían la puerta o
hacían algún daño a Jolenta. Por la mañana, mientras ellos todavía dormían, toqué
con la Garra el brazo roto del vaquero. No lejos de la casa había un diestrero
atado a un poste, y montado en él pude conseguir otro para Dorcas y Jolenta.
Cuando volvía, me di cuenta de que las paredes de paja se habían vuelto verdes
por la noche.
XXX
De nuevo el Tejón
A pesar de lo que el
vaquero me había dicho, esperé llegar a algún lugar como Saltus, donde
pudiéramos encontrar agua potable y comprar comida y descanso por unos cuantos
aes. En cambio encontramos los últimos restos de una ciudad. Unos hierbajos
crecían entre las piedras perdurables que habían pavimentado las calles, de
modo que de lejos apenas se distinguía de la pampa de alrededor. Entre estas
hierbas había columnas caídas, como troncos de árboles de un bosque devastado
por una terrible tormenta, y algunas todavía en pie, rotas y de un blanco
doloroso a la luz del sol. Lagartijas de ojos negros y brillantes y de dorsos
serrados estaban paralizadas a la luz. Los edificios no eran más que
montículos, y allí brotaban más hierbas en la tierra traída por el viento.
No veía ninguna razón
para desviarnos del camino, así que continuamos sobre nuestros diestreros
avanzando hacia el noroeste. Por primera vez me di cuenta de las montañas que
teníamos delante. Enmarcadas en un arco ruinoso, no asomaban como una tenue
línea azul sobre el horizonte. Y sin embargo eran toda una presencia, como los
clientes locos del tercer nivel de nuestras mazmorras, aunque nunca se les hizo
subir un solo peldaño, y ni siquiera se los sacó de las celdas. El Lago
Diuturna estaba en algún lugar de esas montañas, y también Thrax; las
Peregrinas, por lo que había podido saber, erraban en algún lugar entre picos y
abismos, alimentando a los heridos de la interminable guerra contra los ascios.
Había combates también en las montañas. Allí habían perecido cientos de miles
luchando por un desfiladero.
Pero ahora estábamos
en una ciudad donde no sonaba otra voz que la del cuervo. De la casa del
vaquero habíamos traído agua en unas bolsas de piel, pero ya estaba casi
agotada. Jolenta parecía más débil, y Dorcas y yo convinimos en que si no
encontrábamos agua antes de la noche, era probable que muriera. Justo cuando
Urth comenzaba a rodar sobre el sol llegamos a una arruinada mesa de
sacrificios, cuyo cuenco aún recogía agua de lluvia; el agua estaba estancada y
apestaba, pero, desesperados, dejamos que Jolenta bebiera unos sorbos, que
inmediatamente vomitó. La rotación de Urth dejó al descubierto la luna, que ya
no era luna llena, de modo que cuando se fue la luz del sol nos alumbró con un
débil resplandor verdoso.
Haber encontrado un
sencillo fuego de campamento hubiera parecido casi un milagro. Lo que en
realidad vimos fue más extraño pero menos sorprendente. Dorcas señaló hacia la
izquierda. Miré y un momento más tarde observé algo que tomé por un meteoro.
—Es una estrella que
cae —dije—. ¿No has visto antes ninguna? A veces caen como una lluvia.
—¡No! Se trata de un
edificio, ¿no lo ves? Fíjate en lo oscuro contra el cielo. Parece tener un
techo plano y hay alguien allí arriba con pedernal y eslabón.
Iba a decirle que
tenía demasiada imaginación cuando un débil resplandor rojo, al parecer no más
grande que la cabeza de un alfiler, apareció donde habían caído las chispas.
Dos respiraciones más tarde hubo una pequeña lengua de fuego.
No estaba lejos, pero
nos lo pareció, porque cabalgábamos sobre unas piedras oscuras y quebradas, y
cuando alcanzamos el edificio la hoguera se alzó en una llamarada y vimos tres
figuras agachadas alrededor.
—Necesitamos vuestra
ayuda —grité—. Esta mujer se está muriendo.
Las tres levantaron
la cabeza, y una voz chirriante de arpía preguntó: —¿Quién habla? Oigo una voz
humana, pero no veo ningún hombre. ¿Quién eres?
—Estoy aquí —dije, y
me aparté la capa y capucha fulíginas—. A vuestra izquierda. Estoy vestido de
oscuro, eso es todo.
—Ya veo... ya veo.
¿Quién se está muriendo? No es una pequeña cabellera pálida... Es grande,
dorada y rojiza. Aquí no tenemos más que vino y un poco de fuego. Dad la vuelta
y encontraréis la escalera.
Hice que nuestros
animales doblaran la esquina del edificio, como ella me había indicado. Los
muros de piedra ocultaron la luna baja y nos dejaron en una oscuridad de
ciegos, pero tropecé con unos toscos peldaños que se habían hecho sin duda
apilando piedras de estructuras derruidas contra el lado del edificio. Después
de trabar a los dos diestreros, subí llevando a Jolenta, yendo Dorcas delante
para tantear el camino y avisar de los peligros.
Cuando llegamos al
techo, no era plano, sino inclinado, tanto que yo pensaba que iba a resbalar en
cualquier momento. La superficie dura e irregular parecía estar hecha de tejas;
una llegó a soltarse y la oí raspar y chocar con estrépito contra las otras
hasta que cayó por el borde y se estrelló en las losas irregulares de abajo.
Siendo yo aprendiz y
tan pequeño que sólo me confiaban las tareas más elementales, me dieron una
carta para llevarla a la torre de las brujas, en el lado opuesto del Patio
Viejo. (Mucho después supe que había una buena razón para que sólo niños muy
por debajo de la pubertad llevaran los mensajes que nuestra proximidad a las
brujas requería.) Ahora que sé que nuestra torre inspiraba horror no sólo a la
gente del barrio sino también, en el mismo o en mayor grado, a los demás
residentes de la propia Ciudadela, siento un regusto de extraña candidez
recordando mi propio miedo. Sin embargo, le parecía muy real al niñito poco
atractivo que yo era. Había oído terribles historias de los aprendices más
antiguos, y había observado que otros niños, sin duda más valientes que yo,
tenían miedo. En esa torre, la más lúgubre de las miríadas de torres de la
Ciudadela, de noche ardían luces de extraños colores. Los gritos que oíamos por
las portillas de nuestro dormitorio no procedían de ninguna sala de exámenes
como las nuestras, sino de los niveles más altos; y sabíamos que eran las
propias brujas quienes chillaban así y no sus clientes, pues en el sentido en
que utilizábamos esa palabra, ellas no tenían ninguno. Tampoco eran esos gritos
los aullidos lunáticos y los penetrantes alaridos de agonía que se oían en
nuestra torre.
Hicieron que me
lavara las manos para no ensuciar el sobre, y fui muy consciente de que estaban
húmedas y rojas cuando me puse en camino entre los charcos de agua helada que
salpicaban el patio. Mi mente conjuró una bruja inmensamente enaltecida y
humilladora, que no retrocedería a la hora de castigarme de algún modo
repelente por atreverme a llevarle una carta con las manos coloradas y que
también me enviaría de vuelta al maestro. Malrubius con un informe
despreciativo.
Tenía que ser
realmente pequeño: di un salto para alcanzar el aldabón. Todavía siento el
ruido apagado de las finas suelas de mis zapatos en el desgastadísimo umbral de
las brujas.
—¿Quién es? —La cara
que me miraba apenas estaba más alta que la mía. Era de esas (notables en su
clase entre los cientos de miles de caras que he visto) que sugieren a la vez
belleza y enfermedad. La bruja a la que pertenecía me pareció vieja y en realidad
tenía unos veinte años o un poco menos; pero no era alta, y se movía en la
postura encorvada de la edad extrema. Era una cara tan adorable y tan
descolorida que podía haber sido una máscara tallada en marfil por algún
maestro escultor.
En silencio, le
alargué la carta.
—Ven conmigo—dijo.
Éstas eran las palabras que yo había temido, y ahora que habían sido
pronunciadas parecían tan inevitables como la sucesión de las estaciones.
Entré en una torre
muy diferente de la nuestra. La nuestra era sólida hasta la opresión, de placas
de metal tan bien encajadas que se habían amalgamado hacía siglos unas con
otras en una sola masa, y los pisos inferiores de nuestra torre eran cálidos y
húmedos. En la torre de las brujas nada parecía sólido, y pocas cosas lo eran.
Tiempo después, el maestro Palaemón me explicó que tenía muchos más años que la
mayoría de las demás partes de la Ciudadela, y que había sido construida cuando
el diseño de las torres era apenas algo más que la imitación inanimada de la
fisiología humana, de manera que se utilizaron esqueletos de acero para
soportar una estructura de sustancias más endebles. Con el paso de los siglos,
ese esqueleto se había corroído en gran parte, y al final la estructura se
mantenía en pie sólo gracias a las ocasionales reparaciones llevadas a cabo por
generaciones pasadas. Habitaciones demasiado grandes estaban separadas por
muros no más gruesos que cortinas; ningún piso estaba nivelado, ni ninguna
escalera derecha; los balaustres y barandillas que tocaba parecían ir a
deshacerse en mi mano. En las paredes había dibujos en tiza de figuras
gnósticas en blanco, verde y púrpura, pero el mobiliario era escaso, y el aire
parecía más frío que en el exterior.
Después de subir por
varias escaleras y una escala de ramas de corteza fragante, me llevaron delante
de una anciana que estaba sentada en la única silla que yo había visto allí
hasta entonces; la mujer miraba a través de una plancha de vidrio lo que parecía
ser un paisaje artificial habitado por animales derrengados y sin pelo. Le di
la carta y me dejó ir; pero por un momento me miró y su cara, como la cara de
la mujer joven—vieja que me había llevado hasta ella, quedó por supuesto
grabada en mi mente.
Menciono todo esto
ahora porque me pareció, al dejar a Jolenta sobre las tejas junto a la hoguera,
que las mujeres allí agachadas eran las mismas. Era imposible; la anciana a la
que había entregado la carta habría muerto casi seguramente, y la joven (si todavía
vivía) habría cambiado, como yo, y ya no la reconocería. Sin embargo, las caras
que se volvieron hacia mí eran las que recordaba. Quizás en el mundo no hay más
que dos brujas, que nacen una y otra vez.
—¿Qué le pasa?
—preguntó la mujer más joven, y Dorcas y yo se lo explicamos como mejor
pudimos.
Mucho antes de que
termináramos, la más vieja tenía en el regazo la cabeza de Jolenta y estaba
introduciéndole en la garganta el vino de una botella de barro.
—Le haría daño si el
vino fuera fuerte —dijo—. Pero tres partes son agua pura. Puesto que no queréis
verla morir, sois afortunados, posiblemente, por haber dado con nosotras. Pero
no puedo decir si ella también lo es.
Le di las gracias y
pregunté adónde había ido la tercera persona que se sentaba al fuego.
La anciana suspiró y
me miró por un momento antes de volverse otra vez hacia Jolenta.
—Sólo estábamos
nosotras dos —dijo la más joven—. ¿Viste a tres?
—Con mucha claridad;
a la luz de la hoguera. Tu abuela (si lo es) me miró y me habló. Tú y
quienquiera que se encontrara contigo levantasteis la cabeza y después
volvisteis a agacharla.
—Ella es la Cumana.
Ya había oído esa
palabra antes; por un momento
no recordé dónde, y
el rostro de la mujer, inmóvil como la oréade de un cuadro, no me dio ninguna
pista.
—La vidente —aclaró
Dorcas—. ¿Y quién eres tú?
—Su acolita. Me llamo
Merryn. Tal vez sea significativo que vosotros, que sois tres, vierais a tres
de nosotras al fuego, mientras que nosotras, que somos dos, no vimos al
principio más que a dos de vosotros.
—Se volvió hacia la
Cumana como para que ella lo confirmase, y después, como si hubiera recibido
esa confirmación, nos enfrentó otra vez, aunque no vi que entre ellas hubieran
intercambiado mirada alguna.
—Estoy completamente
seguro de que vi una tercera persona, más grande que cualquiera de vosotras
—dije.
—Ésta es una noche
extraña y hay quienes cabalgan por el aire de la noche y en ocasiones toman
apariencia humana. Lo que me pregunto es por qué semejante poder desearía
mostrarse a vosotros.
El efecto de sus ojos
oscuros y su rostro sereno fue tan grande que pienso que la hubiera creído si
no hubiera sido por Dorcas, que sugirió con un movimiento de cabeza casi
imperceptible que el tercer miembro del grupo junto al fuego podría haber
escapado a nuestra observación cruzando el tejado y escondiéndose en lo más
alejado del caballete.
—Quizá viva esta
mujer —dijo la Cumana sin levantar la mirada de la cara de Jolenta—, aunque no
lo desea.
—Fue una suerte para
ella que vosotras dos tuvierais tanto vino —dije.
La anciana no mordió
el anzuelo, y se limitó a decir: —Sí. Para vosotros y posiblemente también para
ella.
Merryn cogió un palo
y removió el fuego.
—La muerte no existe.
Me reí un poco, creo
que sobre todo porque ya no estaba tan preocupado por jolenta.
—Los de mi oficio
pensamos otra cosa.
—Los de tu oficio
estáis equivocados.
Jolenta murmuró: —¿Doctor?—
Era la primera vez que la oía hablar desde la mañana.— Ahora no necesitas
un médico. Aquí hay alguien mejor.
La Cumana musitó:
—Busca a su amante.
—¿Entonces no lo es
este hombre vestido de fulígino, Madre? Ya me parecía que era demasiado
corriente para ella.
—No es más que un
torturador. Ella busca a uno peor que él.
Merryn asintió en
silencio, y después nos dijo: —Puede que no deseéis moverla más esta noche,
pero debemos pediros que lo hagáis. Encontraréis cien lugares mejores para
acampar al otro lado de las ruinas, pues sería peligroso para vosotros que os
quedarais aquí.
—¿Peligro de muerte?
—pregunté—. Pero me estáis diciendo que la muerte no existe, de modo que si he
de creeros, ¿por qué tendría que estar asustado? Y si no puedo creeros, ¿por
qué tendría que hacerlo ahora? —Sin embargo, me levanté para irme.
La Cumana alzó los
ojos.
—Ella tiene razón
—graznó—. Aunque no lo sepa y hable maquinalmente, como estornino enjaulado. La
muerte no es nada, y por eso debéis temerla. ¿A qué se puede temer más?
Volví a reírme.
—No puedo discutir
con alguien tan sabia como tú. Y puesto que nos habéis dado la ayuda que
podíais, ahora nos iremos porque es nuestro deseo.
La Cumana permitió
que le quitara a Jolenta, pero dijo: —No es mi deseo. Mi acolita cree todavía
que ella manda en el universo, como un tablero donde puede mover las fichas y
formar las figuras que le convengan. Los Magos creen conveniente incluirme en su
pequeño censo, y yo perdería mi lugar en él si no supiera que gente como
nosotras no somos más que pececitos, que han de nadar con mareas invisibles
para que no caigamos exhaustas sin encontrar sostenimiento. Ahora has de
envolver a esta pobre criatura en tu capa y dejarla tumbada junto a mi hoguera.
Cuando este lugar salga de la sombra de Urth, le volveré a mirar la herida.
Me quedé de pie con
jolenta en brazos, sin saber si debíamos irnos o quedarnos. La Cumana parecía
bastante bienintencionada, pero su metáfora me había traído el desagradable
recuerdo de la ondina; y examinándole el rostro llegué a dudar de que se
tratase realmente de una anciana, y recordé con una gran claridad las
repugnantes caras de los cacógenos que se habían quitado las máscaras cuando
Calveros se lanzó entre ellos.
—Me avergüenzas,
Madre —le dijo Merryn—. ¿Tengo que llamarlo?
—Ya nos ha oído.
Vendrá sin que lo llamemos.
Tenía razón. Yo ya
oía el roce de las botas sobre las tejas al otro lado del techo.
—Te has alarmado. ¿No
sería mejor que dejaras en el suelo a la mujer, como te dije, para que pudieras
sacar la espada y defender a tu amante? Pero no será necesario.
Cuando acabó de
hablar, pude ver la silueta, recortada contra el cielo de la noche, de un
sombrero alto y una cabeza grande y hombros anchos. Puse a Jolenta cerca de
Dorcas y desenvainé Términus Est.
—No hace falta —dijo
una voz profunda—. No hace ninguna falta. Hubiera aparecido antes para renovar
nuestra amistad, pero no sabía que la chatelaine aquí presente así lo quería.
Mi señor (y el tuyo) manda saludos.
—Era Hildegrin.
XXXI
La limpieza
—Puedes decir a tu
señor que he entregado su mensaje —dije.
Hildegrin sonrió.
—¿Y no tienes tú un
mensaje para el armígero? Recuerda, vengo de las penetrales quercíneas.
—No —dije—. Ninguno.
Dorcas levantó la
mirada.
—Yo sí tengo un
mensaje. Una persona a quien conocí en los jardines de la Casa Absoluta me dijo
que me encontraría con alguien que se identificaría así, y que yo tenía que
decirle: «Cuando las hojas hayan crecido, el bosque ha de marchar hacia el
norte».
Hildegrin se puso un
dedo junto a la nariz.
—¿Todo el bosque? ¿Es eso lo que dijo?
—Me transmitió las
palabras que acabo de decirte y nada más.
—Dorcas —pregunté—,
¿por qué no me lo contaste?
—Apenas he podido
hablar contigo a solas desde que nos encontramos en el cruce de caminos. Y
además, me di cuenta de que era peligroso saberlo. No veía ninguna razón para
ponerte a ti en peligro. Fue el hombre que le dio ese dinero al doctor Talos
quien me lo dijo. Pero no le dio el mensaje al doctor Talos; lo sé porque
escuché lo que hablaron. Él sólo dijo que era amigo tuyo y me dio el mensaje.
—Y te dijo que me lo
dijeras.
Dorcas meneó la
cabeza.
La risa ahogada que
resonó en la garganta de Hildegrin parecía venir de bajo tierra.
—Bueno, ya no importa
casi, ¿no? Ya ha sido entregado, y por mi parte no tengo inconveniente en
deciros que no me habría importado esperar un poco más. Pero aquí todos somos
amigos, excepto tal vez la muchacha enferma, y no creo que ella pueda oír lo
que se dice ni comprender lo que hablamos si pudiera oír. ¿Cómo dijiste que se
llamaba? No os oía con claridad cuando estaba allá al otro lado.
—Es porque no lo
mencioné. Pero se llama jolenta. —Mientras pronunciaba el nombre la miré, y
viéndola a la luz del fuego, advertí que ya no era Jolenta. En aquella cara
demacrada ya no quedaba nada de la hermosa mujer a la que Jonas había amado.
—¿Y eso lo hizo una
mordedura de murciélago? Pues últimamente tienen una fuerza poco común. A mí me
han mordido un par de veces. —Lo miré a los ojos e Hildegrin añadió:— Pues
claro, joven sieur, ya la he visto antes, como a ti y a la pequeña Dorcas. No creerías
que os dejé a ti y a la otra abandonar solos el Jardín Botánico, ¿verdad? ¡Cómo
iba a hacerlo si hablabas de ir al norte y de luchar contra un oficial de los
septentriones! Te vi combatir y te vi decapitar a aquel tipo (por cierto, que
contribuí a atraparlo porque pensé que podría ser de la Casa Absoluta), y
también estuve detrás del público que esa noche te vio en el escenario. No te
perdí hasta que pasó lo de la puerta al día siguiente. Os he visto a ti y a
ella, aunque de ella no queda mucho salvo el cabello, y creo que hasta eso le
ha cambiado.
Merryn preguntó a la
Cumana: —¿Se lo digo, Madre?
La anciana asintió:
—Si puedes, hija.
—Estaba envuelta en
un encanto que la hacía hermosa. Ahora ese encanto se está desvaneciendo
rápidamente, por sangre que ha perdido, y por el mucho ejercicio que ha hecho.
Por la mañana no quedarán más que huellas.
Dorcas retrocedió.
—¿Magia, quieres
decir?
—No hay ninguna
magia. Sólo conocimiento, más o menos escondido.
Hildegrin miraba
fijamente a Jolenta con expresión pensativa.
—No sabía que el
aspecto pudiera cambiar tanto. Eso podría ser útil, ya lo creo. ¿Puede hacerlo
tu señora?
—Y mucho más, si
quisiera.
Dorcas susurró:
—¿Pero cómo?
—Se han añadido a la
sangre unas sustancias sacadas de glándulas de bestias, para cambiarle la
configuración de la carne. Esas sustancias le dieron un talle fino, pechos como
melones, etcétera. También pueden haber servido para añadir pantorrillas a sus piernas.
Una limpieza y la aplicación de caldos salutíferos le rejuvenecieron la cara.
También le limpiaron los dientes y a algunos les pusieron falsas coronas; una
de ellas se ha deshecho ya, si lo observáis. Le tiñeron el pelo y se lo
espesaron cosiéndole hebras de seda coloreada al cuero cabelludo. Sin duda
también le quitaron mucho vello del cuerpo, y al menos eso quedará así. Lo más
importante es que se le prometió la belleza mientras estuviera en trance. Tales
promesas se creen con una fe mayor que la de los niños, y esa creencia arrastró
la vuestra.
—¿No se puede hacer
nada?
—Yo no, ni es tarea
de cumanas excepto en casos de gran necesidad.
—¿Pero vivirá?
—Sí, como te dijo la
Madre, aunque ella no lo deseará.
Hildegrin se aclaró
la garganta y escupió sobre el borde del tejado.
—Solucionado, pues.
Hemos hecho lo posible por ella y eso es todo. Así pues, volvamos a aquello
para lo que hemos venido. Como dijiste, Cumana, es bueno que estos otros
aparecieran. Me han dado el mensaje que debía recibir, y son amigos como yo del
Señor del Follaje. Este armígero puede ayudarme a traer al tal Apu—Punchau, y
por lo de mis dos amigos que mataron en el camino, me alegraré de tenerlo
conmigo. Así pues, ¿qué nos impide seguir adelante?
—Nada —murmuró la
Cumana—. La estrella está en el ascendente.
Dorcas dijo: —Si
vamos a ayudaros en algo, ¿no deberíamos saber de qué se trata?
—Traer de vuelta el
pasado —declamó Hildegrin—. Zambullirnos de nuevo en la grandeza del antiguo
Urth. Había alguien que vivía aquí donde estamos sentados y que conocía cosas
que podían cambiarlo todo. Será el punto culminante, si se me permite decirlo, de
una carrera que en círculos conocedores ya se considera bastante espectacular.
Pregunté: —¿Vas a
abrir la tumba? Seguramente incluso con el alzabo...
La Cumana fue a
limpiar el sudor de la frente de Jolenta.
—Podemos llamarla
así, pero no era una tumba para él, sino más bien su casa.
—Ya ves, trabajando
conmigo tan cerca —explicó Hildegrin—, he venido haciendo favores a esta
chatelaine una y otra vez. Más de uno, si se me permite decirlo, y más de dos.
Por último tuve la idea de que había llegado la hora de cobrar. Le expuse mi
pequeño plan al Señor del Bosque, podéis estar seguros. Y aquí estamos.
—Dije: —Se me había
dado a entender que la Cumana sirvió al Padre Inire.
—Ella paga sus deudas
—anunció Hildegrin, muy satisfecho—. La calidad siempre lo hace. Y no tienes
que ser una mujer sabia para entender que sería prudente tener unos cuantos
amigos en el otro bando, por si es el bando que gana.
Dorcas preguntó a la
Cumana: —¿Quién fue este Apu—Punchau, y por qué su palacio está todavía en pie
cuando el resto de la ciudad no es más que un montón de piedras?
La anciana no
respondió, y Merryn dijo: —Menos que una leyenda, puesto que ni siquiera los
eruditos recuerdan ya su historia. La Madre nos ha dicho que el nombre
significa la Cabeza del Día. En remotos eones apareció entre los pueblos de
aquí y les enseñó muchos secretos maravillosos. Desaparecía con frecuencia,
pero siempre regresaba. Por fin no regresó y los invasores arrasaron sus
ciudades. Ahora regresará por última vez.
—Claro. ¿Sin magia?
La Cumana levantó la
mirada hacia Dorcas con ojos que parecían brillar como las estrellas.
—Las palabras son
símbolos. Merryn opta por definir la magia como lo que no existe... así que no
existe. Si optas por llamar magia a lo que vamos a hacer aquí, entonces la
magia vive mientras lo hacemos. En tiempos antiguos, en una tierra remota, hubo
dos imperios separados por montañas. Uno de ellos vestía a sus soldados de
amarillo y el otro de verde. Lucharon durante cien generaciones. Veo que el
hombre que te acompaña conoce la historia.
—Y después de cien
generaciones —dije—, un eremita anduvo entre ellos y aconsejó al emperador del
ejército amarillo que vistiera a sus hombres de verde, y al señor del ejército
verde, que los vistiera de amarillo. Pero la batalla continuó como antes. En mi
esquero tengo un libro titulado Las maravillas de Urth y del Cielo, y ahí
se cuenta la historia.
—Ése es el más sabio
de todos los libros de los hombres —dijo la Cumana—, aunque son pocos a quienes
su lectura aprovecha. Hija, explica a este hombre, que con el tiempo será un
sabio, lo que vamos a hacer esta noche.
La bruja joven
asintió.
—La totalidad del
tiempo está presente ahora. He ahí la verdad en que se apoyan las leyendas de
los epoptas. Si el futuro no existiera ya, ¿cómo podríamos viajar hacia él? Si
el pasado no existiera todavía, ¿cómo podríamos dejarlo detrás de nosotros? En el
sueño la mente está envuelta en tiempo, y por eso oímos entonces tan a menudo
las voces del más allá, y sabemos de cosas que han de ocurrir. Aquellos que,
como la Madre, han aprendido a entraren ese mismo estado durante la vigilia,
viven acompañados por sus propias vidas. Así también los Abraxas perciben todo
el tiempo como un instante eterno.
Esa noche había
habido poco viento, pero de pronto advertí que había cesado. En el aire colgaba
el silencio, de modo que a pesar de la dulce voz de Dorcas pareció que hablaba
con palabras resonantes.
—¿Es eso, pues, lo
que hará la mujer que llamáis la Cumana? ¿Entrar en ese estado, y hablando con
la voz de los muertos, decir a este hombre lo que desee saber?
—Eso no puede. Aunque
es muy vieja, esta ciudad fue devastada mucho antes de que ella naciera. Sólo
su propio tiempo la circunda, y eso es todo lo que ella comprende por
conocimiento directo. Para restaurar la ciudad tendríamos que recurrir a una
mente que existió cuando estaba completa.
—¿Y hay en el mundo
alguien tan viejo?
La Cumana meneó la
cabeza.
—¿En el mundo? No.
Sin embargo, esa mente existe. Mira adonde apunto, hija, justo por encima de
las nubes. La estrella roja que hay allí se llama la Boca del Pez, y en el
único mundo que allí sobrevive habita una mente antigua y penetrante. Merryn,
toma mi mano y tú, Tejón, toma la otra. Torturador, toma la mano derecha de tu
amiga enferma y la de Hildegrin. Tu amada tomará la otra mano de la mujer
enferma y la de Merryn... Ahora estamos enlazados, los hombres a un lado y las
mujeres al otro.
—Sería mejor que
hiciéramos algo rápidamente —gruñó Hildegrin—. Yo diría que se acerca una
tormenta.
—Lo haremos tan
deprisa como se pueda. Ahora he de utilizar todas vuestras mentes, y la de la
mujer enferma servirá de poco. Sentiréis que guío vuestro pensamiento. Haced lo
que os indique.
Soltando por un
momento la mano de Merryn, la anciana (si es que en verdad era una mujer) sacó
de su corpiño una vara cuyas puntas se desvanecieron en la noche, como si
estuviesen fuera de mi campo de visión, a pesar de que era apenas más larga que
una daga. La anciana abrió la boca; pensé que pretendía ponerse la vara entre
los dientes, pero se la tragó. Un momento más tarde pude detectar su imagen
relumbrante, aunque borrosa y teñida de carmesí, bajo la piel colgante de la
garganta.
—Cerrad todos los
ojos... Hay aquí una mujer a quien no conozco, de clase alta, encadenada... No
importa, torturador, ya la conozco. No os soltéis de mi mano... No os soltéis
ninguno de mi mano...
En el estupor que
había seguido al banquete de Vodalus, yo aprendí lo que era compartir mi mente.
Esto era distinto. La Cumana no aparecía como yo la había visto, ni como una
versión joven de ella, ni (según me pareció) como nada. Más bien encontré mi pensamiento
envuelto en el suyo, como un pez que flota en una burbuja de agua invisible.
Thecla se encontraba allí conmigo, pero nunca la veía completa; era como si
estuviera de pie detrás de mí, y en un momento yo viera su mano sobre mi
hombro, y en el siguiente sintiera su aliento en mi mejilla.
A continuación
desapareció, y todo se fue con ella. Sentí que mi pensamiento era arrojado a la
noche, perdido entre las ruinas.
Cuando me recuperé,
yacía sobre las tejas cerca del fuego. Tenía la boca húmeda de saliva espumosa
mezclada con sangre, pues me había mordido los labios y la lengua. Mis piernas
estaban demasiado débiles para ponerme en pie, pero me incorporé hasta que estuve
otra vez sentado.
Al principio pensé
que los demás se habían ido. El tejado que era sólido debajo de mí, pero ellos
me parecían vaporosos como fantasmas. Un fantasmagórico Hildegrin yacía tumbado
a mi derecha. Le puse la mano sobre el pecho y sentí que el corazón le latía
como una polilla que trataba de escapar. La más borrosa era Jolenta, apenas
presente. Le habían hecho más de lo que Merryn había supuesto; vi alambres bajo
su carne, y bandas de metal, aunque también ellas eran borrosas. Entonces me
miré a mí mismo, a mis piernas y pies, y descubrí que podía ver la Garra
ardiendo como una llama azul a través del cuero de mi bota. La agarré, pero
apenas alcanzaba a mover los dedos y no pude sacarla.
Dorcas estaba
tendida, como durmiendo. No tenía espuma en los labios, y parecía más sólida
que Hildegrin. Merryn era ahora una muñeca vestida de negro, tan delicada y
tenue que a su lado la delgada Dorcas parecía robusta. Ahora que la
inteligencia ya no animaba a aquella máscara de marfil, vi que no era más que
pergamino sobre hueso.
Como yo había
sospechado, la Cumana no era ninguna mujer; pero tampoco ninguno de los
horrores que yo había contemplado en los jardines de la Casa Absoluta. Algo
lustroso y viperino estaba enrollado en la vara, reluciente. Busqué la cabeza
con la mirada pero no encontré ninguna, aunque cada una de las figuras
dibujadas en el dorso del reptil era una cara, y los ojos de esa cara parecían
perdidos y arrobados.
Dorcas despertó
mientras yo los miraba.
—¿Qué nos ha
ocurrido? —dijo. Hildegrin se estaba moviendo.
—Creo que nos estamos
mirando desde una perspectiva más larga que la de un solo instante.
La boca de ella se
abrió, pero no emitió ningún sonido.
Aunque las nubes
amenazadoras no trajeron viento, el polvo se movía en remolinos en las calles,
por debajo de nosotros. No sé cómo describirlo si no es diciendo que parecía
como si incontables huestes de minúsculos insectos cien veces más pequeños que
moscas enanas hubieran estado ocultos en los intersticios del pavimento, y
ahora la luz de la luna los estuviera atrayendo al exterior para que celebraran
un vuelo nupcial. Se movían en silencio y sin ninguna regularidad, pero después
de un tiempo la masa indiferenciada se alzó en enjambres que iban y venían, que
se hacían cada vez más grandes y más densos, y por último volvió a posarse en
las piedras rotas.
Entonces pareció que
los insectos ya no volaban, sino que gateaban unos sobre otros, tratando de
llegar al centro del enjambre.
—Están vivos.
Pero Dorcas susurró:
—Mira, están muertos.
Tenía razón. Los
enjambres que un momento antes habían bullido de vida mostraban ahora costillas
blanqueadas; las motas de polvo, ensamblándose así como los estudiosos juntan
los fragmentos de vidrios antiguos a fin de recrear para nosotros una ventana coloreada
que se rompió miles de años atrás, formaron calaveras que a la luz de la luna
tenían un resplandor verde. Entre los muertos se movían algunos animales:
elurodontes, espelaeae escurridizas y formas que reptaban a las que yo no
sabría cómo llamar, todas ellas más borrosas que nosotros, que contemplábamos
aquello desde el tejado.
Uno a uno se
levantaron y los animales se desvanecieron. Débilmente al principio, comenzaron
a reconstruir la ciudad; las piedras se alzaron otra vez, y unos maderos hechos
de cenizas fueron encajados en los muros restaurados. Las gentes, que al
levantarse parecían poco más que cadáveres ambulantes, fueron ganando vigor con
el trabajo y se convirtieron en una raza de piernas arqueadas que caminaban
como marineros y hacían rodar piedras ciclópeas con la fuerza de sus anchas
espaldas. Más tarde la ciudad estuvo completa y esperamos a ver qué sucedería a
continuación.
Los tambores
rompieron el silencio de la noche; por el tono supe que la última vez que
redoblaron hubo un bosque alrededor de la ciudad, pues reverberaban como sólo
reverberan los sonidos entre los troncos de grandes árboles. Un chamán de
cabeza rapada desfilaba por la calle, desnudo y pintado con los pictogramas de
una escritura que yo jamás había visto, tan expresiva que las meras formas de
las palabras parecían gritar sus significados.
Iba seguido por cien
o más bailarines que evolucionaban en fila uno tras otro, cada uno con las
manos puestas en la cabeza de delante. Como sus caras miraban hacia arriba, me
pregunté (como todavía me lo pregunto) si no estarían imitando a la serpiente de
cien ojos que llamábamos la Cumana. Lentamente iban calle arriba y abajo
dibujando espirales y entrecruzándose una y otra vez alrededor del
chamán, hasta que por fin llegaron a la entrada de la casa desde donde nosotros
mirábamos. Con el ruido de un trueno, cayó la losa de la puerta. Hubo un aroma
como de mirra y rosas.
Un hombre se adelantó
para saludar a los bailarines. Si hubiera tenido cien brazos o hubiera llevado
la cabeza bajo las manos, no me habría producido tanto asombro, puesto que la
suya era una cara que yo había conocido desde la niñez, la cara del bronce funerario
en el mausoleo donde yo jugaba cuando era niño. Llevaba brazaletes de oro
macizo, brazaletes engastados de jacintos y ópalos, cornalinas y esmeraldas
destellantes. Con pasos medidos avanzó hasta que se encontró en el centro de la
procesión, con los bailarines cimbreándose alrededor. Después se volvió hacia
nosotros y levantó los brazos. Nos miraba, y supe que sólo él, de los cientos
que estaban allí, nos veía realmente.
Estaba tan absorto
por el espectáculo de allá abajo que no me di cuenta cuando Hildegrin abandonó
el techo. Ahora se lanzaba hacia delante como una flecha (si eso puede decirse
de un hombre tan grande), se confundía con la multitud, y agarraba a Apu—Punchau.
Apenas sé cómo
describir lo que siguió. En cierto modo fue como el pequeño drama de la casa de
madera amarilla del Jardín Botánico; sin embargo, era mucho más extraño, aunque
sólo porque entonces supe que sobre la mujer, el hermano y el salvaje pesaba un
encantamiento. Y ahora casi parecía que los que estábamos envueltos en magia
éramos Hildegrin, Dorcas y yo. Estoy seguro de que los bailarines no veían a
Hildegrin, pero sabían de algún modo que estaba entre ellos, y gritaban contra
él y azotaban el aire con garrotes de piedra dentada.
Yo estaba seguro de
que Apu—Punchau sí lo veía, así como nos había visto sobre el tejado y como
Isangoma nos había visto a Agia y a mí. Pero no creía que viera a Hildegrin
como yo lo veía, y puede ser que lo que él viera le pareciera tan extraño como
la Cumana me lo había parecido a mí. Hildegrin le echó las manos encima, pero
no pudo subyugarlo. Apu—Punchau forcejeó, pero no pudo librarse. Hildegrin me
miró y me pidió ayuda a gritos.
No sé por qué
respondí. Desde luego, ya no me dominaba el deseo de servir a Vodalus ni sus
objetivos. Tal vez fuera porque el alzabo estaba actuando todavía, o sólo por
el recuerdo de Hildegrin mientras nos llevaba en la barca a Dorcas y a mí por
el Lago de los Pájaros.
Traté de separar a
empujones a los hombres de piernas arqueadas, pero uno de los golpes que daban
al azar me acertó en un lado de la cabeza y caí de rodillas. Cuando volví a
levantarme, me pareció haber perdido de vista a Apu—Punchau entre los
bailarines que saltaban y gritaban. En vez de él había dos Hildegrin, uno que
forcejeaba conmigo y otro que luchaba contra algo invisible. Aparté
furiosamente al primero y traté de acudir en ayuda del segundo.
—¡Severian!
Me despertó la lluvia
que me caía sobre la cara; gotas grandes de lluvia fría que picaban como
granizo. El trueno redoblaba por las pampas. Durante un rato pensé que me había
quedado ciego; pero el destello de un relámpago me mostró la hierba azotada por
el viento y las piernas derruidas.
—¡Severian!
Era Dorcas. Comencé a
levantarme y mi mano tocó ropa y también barro. Tiré de ella y la liberé; era
una banda de seda larga y estrecha con borlas en el extremo.
—¡Severian! —El grito
era de terror.
—¡Aquí! —grité—.
¡Estoy aquí abajo! —Otro relámpago me mostró el edificio y la silueta de la
frenética Dorcas sobre el techo. Bordeé la muralla y encontré los escalones.
Nuestras monturas habían desaparecido. Tampoco las brujas estaban en el tejado;
Dorcas, sola, se inclinaba sobre el cuerpo de Jolenta. A la luz del relámpago
vi la cara muerta de la camarera que nos había servido al doctor Talos, a
Calveros y a mí en el café de Nessus. Toda su belleza había sido limpiada. En
el recuento final no queda más que el amor, más que esa divinidad. Nuestro
pecado imperdonable es siempre el mismo: sólo somos capaces de ser lo que
somos.
Aquí me detengo de
nuevo, lector, después de haberte conducido de ciudad en ciudad... Desde la
pequeña villa minera de Saltus a la desolada ciudad de piedra cuyo nombre se
había perdido hacía tiempo en el torbellino de los años. Saltus fue para mí la
puerta de entrada al mundo que se abre más allá de la Ciudad Imperecedera. Así
también la ciudad de piedra fue una puerta de entrada, la puerta de entrada a
las montañas que había vislumbrado a través de unos arcos ruinosos. Más tarde
tendría que viajar entre esas gargantas y fortalezas, entre ojos ciegos y
rostros pensativos.
Aquí me detengo. Si
no quieres seguirme, lector, no puedo culparte. El camino no es fácil.
FIN
Apéndices
Relaciones sociales en la Comunidad
Una de las tareas más
difíciles del traductor consiste en expresar con precisión y en términos
inteligibles para nosotros todo lo que se relaciona con las castas y la
posición social. En el caso del Libro del Sol Nuevo esta tarea es
doblemente difícil a causa de la falta de documentos en que apoyarse; y la
exposición que sigue no es más que un esbozo.
Por lo que se deduce
de los manuscritos, al parecer la sociedad de la Comunidad se compone de siete
grupos básicos. De éstos, al menos uno parece completamente cerrado. Para ser exultante
hay que serlo de nacimiento, y se sigue siéndolo toda la vida. Aunque es
posible que dentro de esta clase haya grados, ninguno se indica en los
manuscritos. A sus mujeres se las llama «Chatelaine» y los hombres tienen
varios títulos. Fuera de la ciudad que he optado por llamar Nessus, esta clase
se encarga de administrar los asuntos cotidianos. Esa concepción hereditaria
del poder choca con el espíritu de la Comunidad y explica de sobra la evidente
tensión que hay entre exultantes y autarquía, aunque es difícil concebir cómo
podría organizarse mejor la gobernación local, dadas las condiciones
imperantes; en efecto, la democracia degeneraría inevitablemente en un mero
regateo, y la existencia de una burocracia nombrada por el poder es imposible
cuando no se cuenta con un número suficiente de gentes a la vez educadas y relativamente
desprovistas de dinero que hagan el trabajo de oficina. En todo caso, es
indudable que la sabiduría de los autarcas incluye el principio de que un
acuerdo completo con la clase dirigente es la enfermedad más mortífera del
Estado. Thecla, Thea y Vodalus son sin ninguna duda exultantes.
Los armígeros son muy parecidos a los exultantes, pero en una escala inferior. El
nombre indica una clase guerrera, pero no parecen haber monopolizado los
principales cargos del ejército, y su posición podría equipararse a la de los
samurai que servían a los daimios del Japón feudal. Lamer, Nicarete, Racho y
Valeria son armígeros.
Los optimates aparecen
como comerciantes más o menos ricos. De las siete clases, ésta es la que menos
se nombra en los manuscritos, aunque hay indicios de que Dorcas perteneció en
un principio a los optimates.
Como en toda
sociedad, los comunes constituyen la gran masa de la población. Aunque
en general se conforman con lo que tienen y son ignorantes porque el país es
demasiado pobre para darles una educación, están resentidos por la arrogancia
de los exultantes y veneran al Autarca que, sin embargo, es en último análisis
la apoteosis de los comunes. Pertenecen a esta clase Jolenta, Hildegrin y los
habitantes de Saltos, así como otros innumerables personajes que aparecen en
los manuscritos.
En torno al Autarca
—que desconfía de los exultantes, sin duda con razón— están los servidores
del trono. Son los administradores y consejeros militares y civiles.
Parecen proceder de los comunes, y es digno de observar que valoran la
educación que han recibido. (Obsérvese cómo, por el contrario, Thecla la
rechaza con desprecio.) Al propio Severian y a otros habitantes de la
Ciudadela, con la excepción de Ultan, se les podría encasillar en esta clase.
Los religiosos son
casi tan enigmáticos como el dios al que sirven, dios que parece
fundamentalmente solar, pero no apolíneo. (Dado que al Conciliador se le
atribuye una Garra, es fácil asociar el águila de Júpiter con el sol, lo que
quizás es bastante oportuna.) Como el clero católico romano de nuestros días,
parecen pertenecer a diversas órdenes, pero en cambio no obedecen a una
autoridad unificadora. En ocasiones, algo en ellos sugiere el hinduismo, a
pesar de un monoteísmo obvio. Las Peregrinas, que en los manuscritos desempeñan
un papel más importante que cualquier otra comunidad sagrada, son claramente
una hermandad de sacerdotisas, a las que acompañan (a causa del carácter
errante de la orden y el lugar y la época) servidores varones armados.
Por último, los cacógenos
representan, de un modo difícil de entender, ese elemento foráneo que
precisamente por serlo es universal en grado sumo y que existe en casi todas
las sociedades de que tenemos noticia. El nombre parece indicar que son
temidos, o al menos odiados, por los comunes. Su presencia en las fiestas del
Autarca parece mostrar que la corte los acepta (aunque tal vez bajo coacción).
Aunque en apariencia el populacho de los tiempos de Severian los considera una
clase homogénea, es probable que en la realidad sean distintos grupos. En los
manuscritos, este elemento está representado por la Cumana y por el Padre
Inire.
El tratamiento
honorífico que he traducido por sieur se aplica sólo a las clases más
altas, pero las más bajas de la sociedad lo empleaban extensa e
inapropiadamente. El título de don se aplica con propiedad a un cabeza
de familia.
Moneda, medida y tiempo
Me ha resultado
imposible calcular con precisión los valores de las monedas que se mencionan en
el original del Libro del Sol Nuevo. Ante la incertidumbre, he utilizado
la palabra crisos para cualquier moneda de oro que tuviera estampado el
perfil de un autarca; aunque sin duda estas monedas difieren algo en peso y
pureza, tienen aproximadamente el mismo valor.
Las monedas de plata
de la época, aún más variadas, las he reunido bajo la denominación de asimi.
A las monedas grandes
de cobre (que componen, como se desprende de los manuscritos, el principal
medio de intercambio entre los comunes) las he llamado oricretas.
Con el nombre de aes
he denominado las miríadas de pequeñas piezas de latón, bronce y cobre que
no son acuñadas por la administración central, sino por los arcontes locales
para sus necesidades y que sólo circulan dentro de las provincias. Un aes es el
valor de un huevo; una oricreta, el de un día de trabajo de un jornalero común;
un asimi, el de una chaqueta de buena confección para un optimate; y un crisos,
el de una buena montura.
Es importante
recordar que las medidas de longitud y de distancia no son, estrictamente
hablando, conmensurables. En este libro, una legua designa una distancia
de unas tres millas; es la medida que se emplea para medir distancias entre
ciudades, y en el interior de ciudades grandes como Nessus.
El palmo es la
distancia comprendida entre el pulgar y el dedo índice extendidos (unas ocho
pulgadas). Una cadena es la longitud de una cadena de 100 eslabones, en
la que cada eslabón mide un palmo; equivale, pues, a unos 70 pies.
Una ana representa
la longitud tradicional de la flecha militar: cinco palmos (unas 40 pulgadas).
El paso, tal
como se utiliza aquí, indica un único paso o aproximadamente dos pies y medio.
La zancada equivale a dos pasos.
He dado el nombre de codo
a la más corriente de todas las medidas: la distancia comprendida entre el
codo y la punta del dedo corazón (unas 18 pulgadas). (Se observará que a lo
largo de toda mi traducción he preferido palabras modernas que todos pueden
entender para intentar reproducir, en alfabeto latino, los términos
originales.)
En los manuscritos es
raro encontrar palabras que indiquen duración; en ocasiones uno intuye que la
percepción del paso del tiempo (tanto por el autor, como por la sociedad a la
que pertenece) ha quedado oscurecida en el encuentro con inteligencias regidas
por la paradoja temporal de Einstein o que la han superado. Cuando se habla de quilíada,
se designa un período de 1.000 años. Una edad es el intervalo de
tiempo comprendido entre el agotamiento de algún recurso mineral o de otro tipo
en su forma natural (por ejemplo, el azufre) y el siguiente. El mes es
el (entonces) mes lunar de 28 días, y la semana no se distingue de
nuestra propia semana, es decir, la cuarta parte del mes lunar o siete días.
Una guardia es el tiempo de servicio del centinela: la décima parte de
la noche o, aproximadamente, una hora y 15 minutos.
G. W.
Índice
XVII El cuento del estudiante y de su hijo
XXIV La obra del doctor Talos: Escatología y Génesis
XXV La carga contra los hieródulos
................ Relaciones sociales en la Comunidad
.................................. Moneda, medida y tiempo

