Libro N° 6034. Puertas. Wolfe, Gene.
© Libro N° 6034.
Puertas. Wolfe, Gene.
Emancipación. Mayo 25 de 2019.
Título
original: © There Are Doors
Versión Original: © Puertas. Gene Wolfe
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A
CRÍTICA TODA LA CULTURA
PUERTAS
Gene Wolfe
NOTA
El
juego de múpsbol sala, tal como lo juegan los pacientes y el personal del
Hospital Psiquiátrico General Unido, ha sido extraído de «Reglas del múpsbol»,
de Gary Cohn, y utilizado con su permi¬so. «Reglas del múpsbol» se publicó por
primera vez en Orbit 18, editado por Damon Knight.
1
Lara
— ¿Crees en el amor? —le preguntó él.—Sí
—contestó Lara—. Y lo detesto.
Él
no supo qué decir. Se le quedó todo agolpado en la garganta, todo lo que había
planeado esa tarde al regresar andando a casa desde la tienda.
—Nosotras
lo utilizamos —le dijo ella—. Mis mujeres y yo. De¬bemos hacerlo.
—Las
mujeres utilizan el amor, claro —observó él asintiendo—. Pero los hombres
también, y normalmente, lo utilizan peor. ¿No te parece que sólo eso contribuye
a probar que es real? Si no lo fuera, nadie lo utilizaría.
El
brandy se le había subido a la cabeza. Cuando terminaron la conversación, ya no
estaba muy seguro de qué habían hablado.
—Es
real, no hay duda —le dijo Lara—. Pero yo no soy una mujer.
—Una
chica... —aventuró él, inseguro, como tanteando el te¬rreno.
Ella
también tanteaba el terreno con la mano metida en el pi¬jama de él.
—Una
dama.
Él
acercó la copa a sus labios. Se la había quitado a ella de la mano y bebió.
— ...y después los hombres mueren. Siempre. La
mujer guarda su esperma, lo conserva y engendra sus hijos, uno tras otro por el
resto de su vida. Quizá unos tres hijos. Quizá tres docenas.
—Te
quiero —le dijo él con voz poco clara—. Moriría por ti, Lar a.
—Pero
esto es mejor..., vuestra forma es mucho mejor. Ahora me iré otra vez para
allá. Escúchame. Hay puertas...
No
se marchó para allá de inmediato. Volvieron a abrazarse en el suelo, delante de
la estufa de gas que imitaba los troncos de una chimenea. Y por segunda vez esa
tarde eyaculó dentro de ella.
Después
la estrechó fuerte, muy fuerte contra su cuerpo, y tuvo la sensación de que
estaban en una barca en alta mar, una barca pequeña que se bamboleaba y giraba
con cada ola y que sólo sus cuerpos abrazados podrían salvarlos de morir
congelados en medio de la espuma helada.
—Has
de tener cuidado —le advirtió antes de que él se durmie¬ra—. Porque hemos
intimado mucho.
Despertó
con un terrible dolor de cabeza. La luz del sol entraba a raudales por la
ventana; desde el ángulo en que se encontraba, supo que ese día había faltado
al trabajo. Se levantó y se obligó a beber tres vasos de agua.
Lar
a se había marchado, pero era de esperar; eran casi las once. Probablemente
habría salido a buscar trabajo, o a conseguir ropa, o incluso puede que a
comprar algo para el almuerzo.
Llamó
a la tienda.
—La
gripe..., me empezó anoche. Siento mucho no haber lla¬mado más temprano.
Entonces
se dijo que hablaba como un japonés. Demasiado tiempo vendiendo Sonys.
Ella,
la chica de personal, le dijo:
—Daré
el parte. No te preocupes..., es tu primer día de enfer¬medad en lo que va de
año.
«Aspirina
—pensó—. En estos casos has de tomar aspirinas.» Se tragó tres.
En
la mesa del café encontró una nota, una nota escrita con la letra angulosa de
Lara.
Cariño:
Anoche
traté de despedirme, pero no me hiciste caso. No soy una cobarde, de veras.
Si
no fuera por las puertas, no te contaría nada..., sería lo mejor. Al menos
durante un tiempo, es posible que veas una, puede que más de una. Estará
cerrada toda alrededor. (Es preciso que estén cerradas por todas partes.) Puede
tratarse de una puerta de verdad, o de algo parecido a un viento de alambre que
sujeta un poste de teléfono o un arco en un jardín. Sea cual fuere su aspecto,
parecerá' significativa.
Te
ruego que leas con cuidado y recuerdes cuanto te digo. No debes trasponerla.
Si
la traspones sin darte cuenta, no mires atrás. Si lo haces, desa¬parecerá.
Regresa inmediatamente caminando de espaldas.
Lara
Leyó
la carta tres veces y la dejó sobre la mesa con la sensación de que estaba
equivocada, de que en ella se omitía algo importante, de que sus ojos habían
seguido cuatro tubos de escape que conducían a tres chimeneas. ¿Acaso esa
palabra subrayada era realmente significa¬tiva, y si lo era, qué querría decir?
Quizá derivara de significado.
Metió
la cabeza debajo de la ducha y dejó que el agua fría le golpeara con fuerza el
pelo y la nuca. Cuando llevaba allí (inclina¬do, con una mano apoyada contra
las baldosas) tanto rato que el desagüe lento había hecho que la bañera se
llenara, se lavó la cara siete veces, se afeitó y se sintió mejor.
Si
salía corría el riesgo de que lo viera alguien de la tienda, pero era un riesgo
que tendría que correr. Mientras se anudaba la corba¬ta marrón, analizó la
puerta del apartamento. Su aspecto no era significativo, aunque tal vez lo
fuera.
Casa
Capini se encontraba a apenas una manzana y media. Tomó un vaso de vino tinto
con su plato de linguine y no supo si fue por el vaso de vino o por el plato de
linguine, pero se sentía casi normal.
Mamá
Capini no estaba o bien se encontraba en la cocina, y tendría que hablar con
ella. La mujer tenía tres o cuatro hijos — nunca había sabido sus nombres— pero
difícilmente iban a decir¬le nada. Quizá Mamá Capini lo hiciera, por lo que
decidió volver para la cena. Entretanto, la policía, la morgue...
—Busco
a una mujer —le informó a la mujer dentuda de pelo gris que por fin lo atendió
en el Centro Urbano de Salud Mental. Al
notar
que aquello sonaba a algo sucio, aclaró — : A una mujer en particular.
— ¿Y cree usted que aquí sabremos dónde está?
Asintió.
— ¿Cómo se llamaba?
—Lara
Morgan. —Se lo deletreó—. No sé si era su nombre ver¬dadero o no. Nunca vi su
documentación.
—Entonces,
por el momento, no lo miraremos en el ordenador. ¿Puede describirla?
—Mide
más o menos metro setenta. Es pelirroja. Lleva el pelo largo hasta los hombros,
es de color pelirrojo oscuro. Castaño roji¬zo, ¿es así como se dice?
La
mujer dentuda asintió.
—Muy
guapa..., en realidad es hermosa. Ojos verde cromo. Tiene muchas pequitas.
Cutis blanco como la leche, no sé si me explico. Dudo que se me dé bien
calcular el peso de una mujer, pero pesaría unos sesenta kilos.
— ¿Ha dicho usted cromo, señor?
— Sí, el verde cromo es un verde azulado. Tendrá
que perdonar¬me. Ahora vendo magnetofones y aparatos por el estilo, pero antes
estaba en la sección de Pequeño Electrodoméstico. El verde cromo tiene más azul
que el tono aguacate.
—Comprendo.
¿Cómo vestía esta mujer la última vez que la vio?
Refrenó
el impulso de explicarle que iba desnuda.
—Un
vestido verde. Supongo que de seda, o quizá fuera de nai¬lon. Botas de tacón
alto, me parece que de lagarto, aunque podían haber sido de serpiente. Un
collar de oro y un par de brazaletes también de oro. Llevaba muchas joyas de
oro. Un abrigo negro de piel con capucha. Quizá fuera sintético, pero al
tocarlo a mí me pareció genuino.
—No
la hemos visto —le dijo la mujer dentuda—. Si por aquí hubiera pasado una mujer
así vestida, yo me habría enterado. Si se está visitando con alguien, cosa que
dudo, será un psiquiatra parti¬cular. ¿Qué le hace pensar que puede estar
desequilibrada?
—Por
la forma en que se comportaba. Por las cosas que decía.
— ¿Y cómo se comportaba? Reflexionó un instante.
—Como
si no conociera los congeladores que hacen cubitos.
Fue
al congelador a buscar hielo porque iba a preparar limonada y volvió diciendo
que no había. Me acerqué yo al congelador y le expliqué cómo funcionaba y
entonces me dijo: «Qué monos son todos esos cuadraditos».
La
mujer dentuda frunció el ceño y juntó las puntas de los dedos de las manos como
un hombre.
—Seguramente
tiene que haber observado usted algún otro indi¬cio.
—Pues
verá, tenía miedo de que alguien la llevara de vuelta. Eso es lo que me dijo.
La
mujer dentuda puso cara de estar pensando «ahora sí vamos por buen camino». Se
inclinó hacia él al hablarle y le dijo:
— ¿Llevarla de vuelta adonde?
—No
me lo dijo, doctora. A través de las puertas, supongo.
— ¿Las puertas?
—Hablaba
de puertas. Esto ocurrió poco antes de que se mar¬chara. Llegó aquí por las
puertas, o por una puerta. Si volvían para llevársela de vuelta, la iban a
hacer trasponer una puerta, de modo que decidió ir por su cuenta. —Al ver que
la mujer dentuda no le decía nada, añadió—: Al menos así me lo pareció a mí.
—Según
lo interpreto yo, lo de las puertas indicaría algún tipo de institución mental
—comentó la mujer dentuda.
—Eso
mismo me pareció a mí.
— ¿Y no se le ocurrió pensar que la institución
podía ser una cárcel, señor Green?
Negó
con la cabeza y repuso:
—No
tenía aspecto de eso. Parecía..., bueno, parecía lista. Aun¬que un tanto
inconexa.
—Es
frecuente en personas inteligentes que han estado reclui¬das. Supongo que
tendría más o menos su edad.
Asintió.
—¿Y
usted tiene...?—Treinta.
—Entonces
diremos que esa hermosa mujer que se hace llamar Lara Morgan también tiene
treinta años. Si en sus años adoles¬centes hubiera cometido un delito grave, un
asesinato, por ejem¬plo, o si hubiera actuado como cómplice de asesinato, la
habrían enviado a un correccional de menores hasta la mayoría de edad y luego
la habrían trasladado a una cárcel de mujeres para que terminara de cumplir su
sentencia. Con lo cual, pudo muy bien haberse pasado los últimos diez o doce
años entre un sitio y el otro, señor Green.
—No
creo que... —comenzó a decir.
—Verá
usted, señor Green, los fugados de nuestros hospitales mentales no sufren
castigo alguno. Están enfermos, y la enferme¬dad no se castiga. Pero los
prisioneros (los delincuentes) que se escapan sí son castigados. Me alegro de
que haya vuelto con noso¬tros, señor Green. Empezaba usted a preocuparme.
Salió
del Centro temblando; no había caído en la cuenta de que Lara le importase
tanto.
El
Centro Urbano de Salud Mental se encontraba en la esquina de una confluencia de
cinco calles. Las cinco calles estaban conges¬tionadas y cuando se asomó a cada
una de ellas tuvo la impresión de que giraban a su alrededor como los radios de
una rueda; todas ellas atestadas, ruidosas, rectas, se dirigían hacia el
infinito, atestadas, ruidosas y congestionadas. No tenían nada en común, y
cuando vol¬vió a fijarse bien, tampoco se parecían exactamente a como él las
había visto al llegar. ¿Acaso aquel teatro no había sido una bolera? ¿Acaso los
coches de bomberos no debían ser rojos y los autobuses amarillos, o quizá
anaranjados?
¿Estarían
ahí las puertas? «Puede tratarse de algo parecido a un viento de alambre que
sujeta un poste de teléfono.» Era lo que Lara le había escrito. Miró hacia
arriba y vio que se encontraba debajo de una maraña de cables. Había cables que
sostenían las señales de tránsito, finos cables negros que iban de un edificio
a otro, cables para los ruidosos tranvías. Había edificios a los costados,
calles y aceras debajo con los cables arriba. Una docena..., no, por lo me¬nos
dos docenas, eso, dos docenas de puertas y todas ellas tenían aspecto
significativo. ¿Acaso había antes allí un hospital de muñe¬cas? ¿Era posible
que en el mundo existiera una tienda así? Con la sensación de ser una muñeca
rota, enfiló hacia la tienda.
Infierno
o paraíso, ¿qué dice?
El
cuarto estaba cubierto de estantes separados por una distan¬cia de veinte o
veinticinco centímetros, y en los estantes había unas camas pequeñitas, unas
camas de muñeca. En cada cama yacía una muñeca.
—Usted
dirá. ¿Ha venido a buscar una muñeca?
Eludió
la pregunta.
—Qué
tienda más interesante tiene. Creo que no he visto nunca nada igual.
Pensó
entonces que a Lara le habría gustado; en voz alta añadió:
— ¿Están todas rotas?
—No,
no —respondió el tendero.
Tendría
más o menos su misma edad; era un hombre encorvado que no parecía haberse
enterado de que el cabello largo que le caía sobre los hombros delgados
comenzaba a ralear.
—Entonces
¿por qué...?
—Estaban
rotas cuando las trajeron —le explicó el tendero. Apartó la manta y la sábana
de la muñeca que tenía más a mano—. Ahora están bien.
—Ya
veo.
— ¿Tiene alguna muñeca para arreglar? Nos tendrá
que dejar un depósito. Se lo devolveremos cuando vuelva a retirarla.
— ¿Ha cobrado un depósito por todas ésas?
El
tendero hizo un amplio ademán con sus manos flacas. —De alguna parte tenemos
que sacar dinero. Hemos de alimentar el negocio. Antes cobrábamos por las
reparaciones, pero casi nadie volvía a recoger las muñecas cuando estaban
arregladas. Así que ahora cobramos un depósito importante y no cobramos nada
por el tratamiento. Si el dueño vuelve a recoger su muñeca o, como suele
ocurrir, la madre del dueño, nos quedan las estanterías libres y él recupera
todo el depósito. Pero si no viene... —El tendero se encogió de hombros.
— ¿Y no las vende usted? El tendero asintió y
repuso: —Cuando muere el dueño.
— Entonces, a algunas de ellas las tendrá usted
aquí guardadas bastante tiempo.
El
tendero volvió a asentir.
—Hay
unas cuantas que están aquí desde que abrimos la tienda. Pero ocurre a veces
que cuando un niño se hace mayor, se acuerda de su muñeca. A veces encuentra el
recibo entre los papeles vie¬jos de su madre. Tomamos nota del nombre del
propietario cuando aceptamos su muñeca y leemos las necrológicas. —El tendero
se estiró hasta alcanzar el último estante que había a sus espaldas y bajó una
camita—. Aquí tiene una que está a la venta. Si alguno de sus conocidos...
Era
Lara.
Lara
en miniatura, veinte centímetros de alto. Pero no cabía duda de que era Lara:
el mismo pelo rojo oscuro, las mismas pecas, los mismos ojos, la misma nariz,
la misma boca, la misma barbilla.
—Sí
—atinó a contestar, y buscó la billetera.
—Es
una muñeca bastante cara, señor —le previno el ten¬dero—. No sólo habla y
camina..., sino que tiene todas las fun¬ciones.
— ¿De veras? —Intentó fruncir una ceja.
—Sí,
señor. Es de las que hay que humedecer con una solución salina. Así se consigue
el electrolito. Aunque me temo que ahora estará bastante seca. Lleva aquí mucho
tiempo.
—Ya
veo.
Examinó
la muñeca más de cerca. En la blusita llevaba bordado un nombre: Tina.
—Naturalmente,
sigue siendo la diosa, señor —le explicó el ten¬dero—. La diosa a los dieciséis
años. El niño que la tenía murió hace unos ocho años. Malicapata se llamaba.
Una verdadera pena.
¿no
le parece, señor? Aunque ahora le dará años de placer a otro niño. La vida
continúa. —A veces —repuso él.
— ¿Cómo dice?
— ¿Dónde podría encontrar a la diosa en persona?
—En
Overwood, supongo. Pero me temo que he de pedirle ciento cincuenta por ésta, si
de veras la quiere.
—Tendré
que pagarle con un cheque.
El
tendero vaciló y luego repuso:
—De
acuerdo.
La
muñeca le cabía perfectamente en el bolsillo superior del abrigo, su esbelta
silueta se amoldaba perfectamente al estrecho interior del bolsillo.
Cuando
volvió a encontrarse en la acera miró a su alrededor para orientarse. En las
cinco esquinas se levantaban diversos edifi¬cios: una tienda de productos
macrobióticos, una inmobiliaria, una librería, un bufete de abogados, una
licorería, una tienda en la que se anunciaban «Flores artificiales de pura
seda» y un anticuario. Las calles que atravesaban la dolorida distancia le
resultaron completa¬mente desconocidas. Un tranvía rojo ladrillo pasó
ruidosamente, y recordó que ni siquiera en su niñez había visto tranvías.
Como
si su mente sólo tuviera lugar para un único rompecabe¬zas, se le ocurrió la
respuesta al primero: al salir del hospital de muñecas había girado por donde
no debía, se encontraba en un cruce diferente. Volvió sobre sus pasos, saludó
con la mano al ten¬dero al pasar delante de la tienda y notó divertido que en
la camita que había pertenecido a Tina había ya otra muñeca.
—Ni
siquiera le han cambiado las sábanas —masculló.
—Y
ese papel tampoco —dijo el hombre de cara colorada que caminaba a su lado.
El
hombre de cara colorada señaló hacia la tienda y él vio que la hoja de la
partitura del escaparate estaba amarillenta y llena de pol¬vo. «Busca a tu
verdadero amor», se veía escrito en la parte su¬perior con la letra florida que
estaba de moda a principios de siglo. En la parte inferior había una mosca
muerta tendida sobre las alas.
—Pintoresco
—comentó. Era lo que acostumbraban decir en la tienda cuando querían criticar
alguna acción de la competencia.
—Le
conseguiré lo que usted quiera —le dijo el hombre de cara colorada, y se echó a
reír.
Roto
el hielo social, sintió el impulso de preguntarle a alguien.
— ¿Podría decirme cómo llegar a Overwood?
El
hombre de cara colorada se detuvo, se volvió para mirarlo de frente y le
contestó: —Pues no, no puedo. —Está bien.
— Sin embargo —dijo el hombre de cara colorada
levantando un dedo—, si usted quiere, puedo decirle cómo acercarse. Una vez que
esté cerca, quizá consiga instrucciones más exactas.
— ¡Estupendo! —exclamó. (Pero ¿dónde estaba
Overwood y por qué el tendero le habría dicho que Lara era «la diosa»?)
—...
hasta la estación. Marea está justo al pie de las montañas y es posible que
desde allí alguien sepa darle más indicaciones.
—Muy
bien.
—Además,
si mira a su derecha, al otro lado de la calle —añadió el hombre de cara
colorada señalando con el dedo—, verá una tien¬da de cartografía. Es posible
que allí le vendan un mapa.
La
tienda era pequeña pero tenía el techo alto. El propietario había aprovechado
este aspecto para exponer varios mapas inmen¬sos. Uno era el de la ciudad; tal
como él había esperado, había varias intersecciones de cinco calles; cruzó la
tienda para examinar¬lo, con la esperanza de encontrar el camino que conducía
de su apartamento a Casa Capini y de allí al Centro Urbano de Salud Mental.
Pero
no logró encontrar su barrio ni los grandes almacenes en los que trabajaba. Si
bien los almacenes sólo contaban con escapa¬rates de exposición, estaba seguro
de que se encontraban cerca del río. Varios ríos serpenteaban sobre la
superficie del mapa y en un momento dado, dos de ellos parecían cruzarse. Pero
ninguno de ellos daba la impresión de ser tan grande como el río que recordaba,
ni tan recto.
— ¿En qué puedo servirle? —le preguntó una
dependienta.
Se
volvió para verla y se encontró ante una muchacha bajita, de talante alegre y
pelo castaño.
—Quiero
un mapa de Overwood —respondió.
—No
son muchos los que quieren ir allí —le comentó ella con una sonrisa.
Decidió
que había algo de cuestionable en la expresión de la chica. Era la expresión
del dependiente que se muestra absoluta-
mente
amable pero al mismo tiempo lanza señales desesperadas para que acuda el
encargado.
—No
he dicho que quisiera ir allí —le aclaró—. Pero me gusta¬ría tener un mapa que
me indique dónde está.
—Son
bastante caros, ¿sabe? Y no damos ninguna garantía.
—No
importa —repuso él.
—Con
tal de que lo entienda —dijo la chica asintiendo—. Acompáñeme, por favor.
Se
sintió invadido por una alegría exagerada.
—A
usted sería capaz de acompañarla adonde fuera. —Era la típica frase de la que
él se había reído obedientemente al menos cien veces.
Ella
no le hizo ni caso o, lo más probable, ni se enteró.
—Aquí
estamos, señor. El País de los Sueños, Disneylandia, Cleveland y Cielo,
Infierno y Limbo..., los tres en un mapa. —Le lanzó una mirada burlona—. Vaya
ahorro.
—No
—dijo él—. Overwood.
— Overwood. —La chica tuvo que ponerse de
puntillas para sa¬car el mapa del casillero más alto de la estantería—. El
último queme queda. Nos deben un pedido, creo. Serán veintinueve con no¬venta y
ocho más impuestos.
—Antes
quiero cerciorarme de que es lo que busco.
Desplegó
parte del mapa, que era grueso y estaba plegado de un modo muy complejo.
—Ahí
tiene la zona de Overwood —le indicó la chica—. La Gar¬ganta de Cristal, el
Bosque Metálico y demás.
Él
asintió al tiempo que se inclinaba sobre el mapa.
— Son veintinueve con noventa y ocho más
impuestos.
En
el mapa no había senderos, ni caminos, ni edificios. Sacó de la cartera un
billete de veinte, uno de diez y uno de cinco. La dependienta se miró los
billetes y sacudió la cabeza. —Ese dinero no sirve. Al menos aquí. ¿De dónde es
usted?
— ¿Qué quiere usted decir? —le preguntó—. Acabo
de comprar una muñeca en esta misma calle.
Fue
entonces cuando recordó que la había pagado con un cheque. La dependienta se
dirigió rápidamente a la caja y pulsó un botón. —Señora Peters, será mejor que
venga.
Volvió
a plegar el mapa. Dentro de un momento, lo perdería para siempre.
— ¡Un momento! —le chilló la dependienta—. ¡En!
Salió
por la puerta y echó a correr calle abajo. No creyó que la chica lo
persiguiera, pero lo hizo, a buen ritmo y con un zapato negro de tacón en cada
mano; volaba con la falda a la altura de los muslos.
—¡Deténganlo!
Una
mujer intentó hacerle la zancadilla con el paraguas; tamba¬leó pero siguió
corriendo. Un hombre corpulento, con cara de po¬cos amigos, le gritó:
— ¡Ánimo, chico!
Sonaron
las bocinas cuando un policía montado espoleó a su inquieto caballo y avanzó en
medio del tráfico.
A lo
lejos se abría un callejón; los delincuentes fugitivos de la televisión siempre
huían por un callejón; se encontraba en mitad de aquél cuando se le ocurrió
pensar que quizá lo hicieran porque co¬nocían a fondo los callejones por los
que elegían internarse.
A
cada zancada, este callejón se iba estrechando y volviendo cada vez más
extraño, giraba una y otra vez, como si jamás fuera a desembocar en otra calle.
El
golpeteo de unos cascos a sus espaldas le sonó como la carga de caballería de
una película. El ritmo del galope se interrumpió cuando el caballo saltó por
encima del cubo de basura caído que él mismo acababa de saltar; luego, se oyó
el poderoso relincho del animal seguido de un golpe sordo y desagradable cuando
las herra¬duras de acero resbalaron sobre los adoquines helados.
Siguió
corriendo; el mapa que llevaba en una mano se agitaba al viento y la muñeca
golpeteaba contra su pecho cada vez que bo¬queaba para recuperar el aliento. El
gato negro de una bruja le siseó desde lo alto de una valla destartalada de
madera y un chino repan¬tigado en un viejo sofá le sonrió afablemente mientras
fumaba algo que parecía una pipa de opio.
Giró
una esquina y se encontró al final del callejón sin salida.
— ¿Quiere ir de aquí? —le preguntó el chino.
Miró por encima del hombro y contestó:
— Sí. Tengo... que... salir... de aquí.
El
chino se incorporó y se alisó el bigote caído.
— ¡Bien! Viene conmigo.
Una
puerta inclinada daba a un sótano. Cuando el chino la cerró tras él, reinó la
oscuridad más absoluta, interrumpida sólo por el leve fulgor rojizo que salía
de la cazoleta de la pipa.
— ¿Dónde estamos? —le preguntó.
—Ahora
ninguna parte —le contestó el chino—. En oscuridad, ¿qué dice?
El
humo dulzón de la pipa combatía contra el aire húmedo. Se lo imaginó
enroscándose a su alrededor como una serpiente blanca o un pálido dragón chino.
Intentó volver a plegar el mapa, consciente de que lo hacía mal; al cabo de un
instante, se metió el paquete mal doblado en un bolsillo lateral.
—Quizá
el paraíso. Quizá el infierno. ¿Qué dice?
—Le
contestaría si tuviera una cerilla —repuso.
El
chino soltó una risita que parecía el entrechocar de nueve bolas de marfil en
la boca de nueve leones de marfil y notó que le metía una cajita cuadrada en la
mano.
—Tome
cerilla. Usted enciende y dice.
Había
sacudido la cabeza antes de caer en la cuenta de que el chino no podía verlo.
—Podría
provocar un incendio.
—Entonces
Infierno. Encienda cerilla.
-No.
—Yo
enciendo —le dijo el chino.
Se
oyó un roce seco al que siguió un resplandor de luz. Se encon¬traban de pie,
junto a una pila de colchones. El sótano estaba abarro¬tado de barriles, latas,
bolsas, cajas y altas pilas de libros. A tres centí¬metros o menos de su cabeza
se encontraban las vigas del suelo.
— ¿Paraíso? ¿Infierno? —inquirió el chino—.
Ahora usted dice.—Paraíso.
— ¡Ah! ¡Usted sabio! Sube y bebe té. Policía
busca afuera y no encuentra.
Subió
el empinado tramo de escalera detrás del chino, traspusie¬ron la trampilla que
había en el suelo y entraron en una tienda de¬sordenada. Del techo pendían unas
linternas de papel escarlata con caracteres chinos pintados en negro, y de las
paredes colgaban con clavos unos largos rollos en los que se veían tigres
sinuosos como serpientes.
— ¿Usted quiere vender? Sheng compra. Usted
quiere comprar, Sheng vende —le dijo el chino—. No té. Té no cobro, hace
amigos.
Volvió
a verse el resplandor de una cerilla y floreció una llama violeta de gas sobre
un fogón de hierro que había en un cuartito detrás de una cortina de abalorios.
—Ya
tiene usted un amigo —le dijo.
—Quiere
algo, viene a ver a Sheng. ¡Bien! Usted quiere, Sheng tiene. No tiene, Sheng
consigue. ¿Sienta usted?
Se
sentó en una endeble silla de bambú que parecía hecha para un niño. A pesar de
que afuera hacía frío, notó que estaba sudando.
—Té,
comestibles, fuegos artificiales, medicinas. Mucha, mucha cosa, muy barata.
Asintió
al tiempo que se preguntaba qué edad tendría el chino. Nunca había conocido a
un chino que no hablara correctamente el inglés. Si alguien le hubiera
preguntado (aunque nunca nadie lo había hecho) habría respondido rápidamente
que había cientos de millones de personas que no hablaban correctamente, y que
no sa¬bían más lengua que la propia; comprendió entonces que saber y entender
son dos cosas sumamente distintas.
El
chino vació la pipa, la volvió a llenar y la encendió en la llama violeta del
gas. Después de soltar una o dos bocanadas simbólicas, puso sobre el fuego una
tetera de cobre abollada.
—
Sheng pregunta, ¿paraíso, infierno? Usted dice paraíso. ¡Eh! ¿Qué pasa?
La
muñeca se había movido.
3 El
desfile
Se
sacó la muñeca del bolsillo delicadamente. Estaba seguro de que antes tenía las
piernas estiradas. Ahora una de ellas apare¬cía ligeramente flexionada a la
altura de la rodilla. Su cara, antes tranquila y seria —quizá la habría
calificado de inexpresiva de no haberla querido tanto—, mostraba ahora los
labios ligeramente cur-vados.
— ¡Ah, usted admirador de diosa! Asintió casi
inconscientemente.
— ¡Eso es bueno! ¿Deja que vea?
El
chino tendió la mano y él le pasó la muñeca de mala gana.
— ¡Oh, muy hermosa! ¡Piernas largas, pies
pequeños! —El chino rió disimuladamente—. A usted no gusta que Sheng tenga.
Sheng entiende.
Sólo
cuando la muñeca volvió a encontrarse en el interior de su bolsillo estuvo
dispuesto a reconocer que había temido que no se la devolviera.
—Pronto
Sheng enseñar. Primero té.
Un
dragón de blanco humo salido de la pipa se enzarzó en una lucha con el dragón
salvaje de vapor de la tetera. El agua hirviente cayó en el interior de la
tetera seguida de una nieve momificada de fragantes hojitas.
—Pronto
—dijo Sheng—. Muy pronto. ¿Gusta tetera? Muy bue¬na, muy barata. Porcelana
Nankin amarilla, hecha hace cien años. Sheng tiene más.
Asintió
y le preguntó:
— ¿Cómo es que vino a este país, señor Sheng? El
chino sonrió y repuso:
—A
construir ferrocarril. Muchacho piensa que lejos todo mejor. —Con la mano
delgada se tironeó pensativamente del largo bigote — . Que volver a casa rico.
—El chino lanzó un sus¬piro.
— ¿Todavía quiere volver a casa?
De
pronto sintió una gran fascinación por la historia de aquel moreno y enjuto
hombre de mediana edad. Era como si viera su propio futuro reflejado en algún
extraño espejo oriental.
— Acaba usted de decir que su sótano era el
paraíso.—Paraíso de muchacho. Por eso soñaba. Trabajó en ferrocarril.
Romperse
la camisa. —El chino hizo una pausa para reflexionar—. No tenía aguja. Preguntó
a los hombres, ¿tiene aguja? ¿Hilo? No tenían... -¿Y?
— Sábado fue a la ciudad. Compró hilo. Pidió
aguja, hombre dela tienda no vendió. Vendía papel con veinte agujas. Sheng
compró. Y dijo, ¿quiere aguja? Cuesta diez céntimos. Así Sheng llegó aquí.—La
mano agitó los dedos ahusados para señalar la pequeña tienda y luego bajó en
picado para coger la tetera. Un líquido perfumado cayó en las tazas — . Sheng
paraíso.
—Ya
veo.
—Ahora
sueña nuevo paraíso, muchos niños, muchos hijos re¬zan por el pobre Sheng,
Joven Sheng soñaba mucho, este Sheng no. Ley del Cielo dice un paraíso para
cada hombre.
Asintió
mientras sorbía el té hirviente y se preguntaba cómo era posible que, en tan
poco tiempo, su búsqueda de Lara hubiera to¬mado aquel rumbo.
Sin
levantarse, el chino estiró un largo brazo hasta uno de los estantes del que
sacó una caja laqueada.
— Ahora Sheng enseña. Quiere tocar mucho, de
acuerdo, usted toca. Sheng prefiere que no tocar.
Asintió
y dejó la taza. La tapa de la caja se deslizaba por unas ranuras laterales.
Recordó vagamente haber visto en la sección de Antigüedades una caja de canicas
que se abría igual. En el interior de la caja había una muñeca que no medía más
de un palmo y lleva¬ba un traje muy elaborado.
—Ésta
Heng-O —le explicó el chino—. Igual que la suya.
Se
inclinó para verla. Era la misma cara, como si un oriental hubiera esculpido a
Lara añadiéndole inconscientemente las faccio¬nes raciales que un artista de
ese origen habría considerado norma¬les y atractivas. Su túnica era de seda
pura, un traje que muy bien podía haber llevado una diminuta emperatriz,
cubierto de pájaros y extrañas bestias bordadas.
—Es
muy hermosa —le comentó al chino — . Muy, pero muy hermosa.
—Sí.
—La tapa volvió a cerrarse silenciosamente—. Luna llena ella se pone aquí.
Quema imagen venerada. Sólo eso puede ha¬cer Sheng. En funeral de Sheng, arroz
humeando sobre tumba de Sheng, ella me ve, sonríe y dice: «Quema una imagen
venerada para mí». Feliz para siempre.
Él
volvió a asentir, se bebió lo que le quedaba de té, agradecido por su calor y
su alegría. Sus miradas se encontraron un instante y supo que el chino era su
hermano, a pesar de que los separara medio mundo y de que el chino lo había
sabido al verlo en el ca¬llejón.
— Señor Sheng, ya he abusado bastante de su
hospitalidad. Ten¬go que marcharme —le dijo, y se puso en pie.
— ¡No, no! —El chino levantó ambas manos con las
palmas ha¬cia afuera—. ¡No vaya antes que Sheng enseñe mercancía!
— Si se empeña...
El
rostro impasible se iluminó con una amplia sonrisa. —Usted ve muchas cosas.
Cuenta a amigos. ¡Ellos vienen, com¬pran a Sheng seguro!
Intentó
recordar a sus amigos. No había ninguno.
— Señor Sheng, me temo que es usted el único
amigo verdadero que tengo.
—Entonces
vive mucho solo. ¡Mire! —Le enseñó una baraja—. ¡Amuleto mágico trae amigos!
Aprende póquer, bridge, rummy. Va por ahí, «Quiero jugar, nadie juega». ¡Así
pronto muchos amigos!
Sacudió
la cabeza y repuso:
—Es
una buena idea, pero soy muy tímido.
—No
tiene amuleto para tímido —dijo el chino lanzando un sus¬piro—. No tiene
licencia para alcohol. ¿Gusta recibir cartas?
—Sí,
mucho.
— ¡Bien! Cartas van bien a hombre tímido.
¡Amuleto mágico!—El chino le enseñó una raíz aplastada y marchita.
— ¿De verdad que eso me traerá cartas?
— ¡Sí! Raíz macho correspondencia —le dijo el
chino. (O quizá fuera «Raíz mucha correspondencia».)
Parecía
fresca, firme y delgada al tacto. En la penumbra hubiera jurado que el chino
tenía un sobre en la mano.
—Me
gustaría comprarla —le dijo. De todos modos estaba en deuda con el chino por
haberlo rescatado de la policía.
—No
compra. ¡Gratis! Próxima vez, compra. —De la raíz seca colgaba una fina hebra
de seda roja—. Ponga alrededor de cuello. Lleve debajo de la camisa. Muchas
cartas.
Obedeció.
De afuera le llegó un estruendo rítmico, apagado y a la vez profundo. Quiso
preguntar qué era, pero el chino no le dio tiempo.
— ¡Mire y verá! —Un rollo apretado de papel se
desenrolló y entonces vio la figura de un hombre, la mitad del tamaño
natural—.Para quemar en tumba. En próximo lugar consigue buen sirviente.—El
chino volvió a sonreír—. ¿Usted morirá pronto?
—Espero
que no.
—Entonces
no necesita. Más adelante, a lo mejor. ¿Y caballo?
Era
un animal corpulento, de aspecto fiero, dibujado con trazos osados.
—No
he montado en mi vida —confesó.
—Próximo
lugar aprende. Mucho tiempo.
Al
desviar la mirada descubrió un grueso fajo de billetes de cin¬cuenta dólares
sujetos con una banda de papel marrón.
—Señor
Sheng, no debería dejar esto por aquí tirado.
El
chino se echó a reír.
— ¡Dinero de juguete! ¡Quema en tumba y en
próximo lugar, rico! ¿Le gusta?
Los
acercó a un ventanuco polvoriento. Eran billetes de verdad, estaban casi
nuevos. Al quitarles la banda de papel, vio la cara de Grant bien clara y
brillante.
-¿Le
gusta?
En
la banda se leía SEGURIDAD PUROLATOR. Junto a las palabras se veían un carácter
chino en tinta negra y la cifra 10 céntimos.
—Sí
—dijo—. Me gusta mucho. Pero tiene que dejar que le pague.
Sintiéndose
como un perfecto ladrón, sacó una moneda de diez céntimos. El chino aceptó la
moneda sin mirársela y le metió el fajo de billetes en el bolsillo del abrigo
junto al mapa.
La
calle a la que salió no era la misma de la que había huido internándose por el
callejón, pero aunque era más pequeña y estre¬cha, flanqueada de coches
aparcados y edificios de ladrillo tiznado, había un desfile. Las majorettes se
pavoneaban y giraban; el viento invernal les había teñido de azul las piernas
desnudas. Unos solda¬dos ataviados con brillantes chaquetas verdes presentaban
armas una y otra vez con sus fusiles cortos; los políticos sonreían y
saluda¬ban con la mano intercambiando caramelos y cigarros. Las trompe¬tas
sonaban roncamente. Unas carrozas inmensas avanzaban lenta¬mente como si se
tratara de coloridos mastodontes, no eran nada seguras y se agitaban como
junquillos mientras unas muchachas pre¬ciosas, adornadas con flores y plumas y
vestidas con trajes de lente¬juelas bailaban solas o entre sí.
Un
bombo comenzó a tocar al ritmo de su corazón.
Una
pequeña multitud de hombres y niños y unas cuantas muje¬res iban tras la última
carroza; quizá a su manera formaban una división en el desfile. Se le ocurrió
entonces que si la policía seguía buscándolo —cosa que parecía improbable — ,
aquel grupo rezaga¬do le ofrecía el mejor de los medios para despistarlos. Se
unió a él abriéndose paso hacia adelante por el centro hasta que logró
situar¬se tan cerca de la carroza que nadie habría podido verlo con clari¬dad
desde las aceras.
Una
patinadora con un tutu rosa giraba casi en el borde. Cuando lo vio, se detuvo,
le sonrió y señaló los tres escalones de hierro que bajaban de la parte
posterior de la carroza.
Creyó
que lo invitaba a unirse a ella y le gritó:
—¡No
llevo patines!
Ella
asintió sin dejar de sonreírle y le indicó una puerta rodeada con una guirnalda
de rosas.
Vaciló
un instante. Si subía esos escalones, quedaría expuesto hasta que traspusiera
la puerta. Pero una vez en el interior de la carroza, habría encontrado el
escondite perfecto.
La
patinadora volvió a sonreírle haciéndole señas. Era rubia, de ojos azules,
mejillas rojas como manzanas debido al viento cortante.
Cuando
subía los escalones, la multitud que dejó atrás silbó, aplaudió y dio vivas.
Los espectadores de las aceras también dieron vivas y una de las bailarinas
encendió la mecha de un fuego de artifi¬cio. Éste estalló en medio de una
gloriosa nube de chispas doradas justo en el momento en que la patinadora le
abría la puerta con la guirnalda de rosas para dejarlo pasar.
—Un
momento —le dijo—. Tengo que quitarme los patines.
Se
encontró en la parte trasera de una caravana. Había dos am¬plias literas, una
encima de la otra, asientos giratorios, un pequeño fregadero y una cómoda con
un lavabo a modo de encimera. La conductora, una mujer de mediana edad, no se
volvió para mirarlo; pero vio sus ojos en el espejo retrovisor, unos ojos que
lo observa¬ban más de lo prudente, o al menos eso le pareció.
El
techo le quedaba incómodamente cerca de la cabeza. Se sen¬tó e intentó echar un
vistazo a su alrededor, pero los laterales de la carroza oscurecían todas las
ventanillas. Alcanzaba a oír aún la acla¬mación de la multitud y el estallido
de petardos.
Se
abrió la puerta. La patinadora entró sin hacer ruido con las medias puestas. Le
acarició la cara con los dedos deteniéndose en un pómulo.
—No
soy de las que ponen una pistola en la sien —le dijo—. Si cambias de parecer...
—Esto
me gusta —repuso.
—Bien.
A mí también.
Lucía
un jersey de seda azul con adornos de piel blanca en puños y cuello; se lo
quitó por la cabeza con un solo movimiento dejando a la vista el estrecho
sujetador de encaje color melocotón.
— ¿Quieres que te desnude? Sé que a algunos
les... Pues lo que tú quieras. Lo que sea que hayas estado pensando en todos
estos años.
Se
levantó del asiento y oyó su propia voz como si fuese otro el que hablara.
—He
estado pensando en Lara.
La
muchacha hizo una pausa; tenía las manos apoyadas sobre los botones del abrigo
de él.
— ¿Lara?
—La
quiero —le dijo. Y añadió—: Pero tú no eres Lara y la
verdad
es que no sabía que esto fuera a acabar así. —Retrocedió.
La
chica se quedó boquiabierta. Por un instante su rostro se
transformó
en una máscara atormentada de incredulidad y decep¬ción. El fuego del odio
acabó con ellas como con un bosque; sus ojos azules brillaban y echaban
chispas.
—
Será mejor que me vaya —dijo él.
Un
ruido metálico salió del cajón que había debajo del fregade¬ro; la chica se
abalanzó sobre él empuñando un cuchillo de cocina. Él se lanzó hacia un lado y
el cuchillo fue a clavarse en la delgada pared interior. Sin pensarlo le dio un
golpe en la muñeca con una mano y la empujó con la otra.
La
puerta se abrió fácilmente y por un misericordioso milagro lo hizo hacia
afuera. Salió corriendo sin acordarse del círculo de hielo que le servía de
pista a la patinadora.
Perdió
el equilibrio y salió disparado de la carroza. Por un ab¬surdo instante tuvo la
sensación de que se caía del mundo, de que volaba en el espacio. La negra
calzada lo golpeó como un puño.
General
Unido
Miraba
hacia abajo, como desde una inmensa altura, y contem¬plaba una interminable
llanura nevada. Prácticamente carecía de objetos distintivos, pero estaba
iluminada por un sol oblicuo de ma¬nera que los pocos objetos que en ella se
veían proyectaban largas sombras hacia el este, y las sombras eran más
definidas y visibles que los propios objetos. La noche cayó veloz desde el
norte devo¬rando las sombras y transformando la llanura en una oscuridad
in¬forme iluminada exclusivamente por el recuerdo de la luz.
—Cierra
los ojos, doctor Pille. —Decía la voz de una mujer—. Por lo que yo veo. —Una
voz andrógina, seguida de pasos amorti¬guados que no se oían ni mucho ni poco.
Volvió
a amanecer, y deprisa.
— ¿Está despierto?—Eso creo —respondió.
Sobre
él se inclinó una mujer de mediana edad tocada con un gorro blanco; la llanura
nevada retrocedió hasta convertirse en un techo.
—Vaya
chichón más grande se ha hecho.
— ¿Qué pasó? —Notaba un sordo palpitar en la
nuca.—Se cayó usted en la calle.
—Y
soñé algo de lo más raro —le dijo—. Lar a era una muñequita y se la enseñaba a
un viejo chino. ¿Puede darme algo para el dolor de cabeza?
La
mujer asintió quitándole el corcho a una botella marrón.
—Tenga.
Huela esto.
Olía
como la primavera cuando el verdor reciente lucha con la nieve que se derrite y
el aire está perfumado de lluvia. El palpitar disminuyó hasta casi desaparecer.
— ¿Qué es eso? —le preguntó a la mujer.
—Aspenina.
Es posible que la nariz no le funcione bien durante un rato. —Se puso de pie —
. ¿Todo en orden ahora? Al asentir volvió a notar el fantasma de un palpitar.
— ¿Cuándo podré salir de aquí?
— Quizá mañana. El doctor Pille volverá a verlo
y puede que le dé el alta. Aunque tal vez quiera mantenerlo aquí unos días más.
Si me necesita, llame al timbre.
La
mujer se marchó antes de que pudiera formularle otra pre¬gunta. Al incorporarse
notó que le dolía todo el cuerpo. La habita¬ción era pequeña, con el espacio
justo para la estrecha cama de hospital, una silla enana de esmalte blanco, una
mesita de noche de esmalte blanco y una taquilla blanca. Las paredes también
eran blancas y el suelo era de baldosas blancas.
Cautelosamente
sacó las piernas por el costado de la cama. Lo más seguro era que su ropa y la
muñeca Lara-Tina estuvieran en la taquilla. Se echó a reír.
¡Un
sueño! Había sido un sueño y nada más... La clínica de salud mental, el
hospital de muñecas, la extraña tienda que vendía mapas del país de los elfos,
aquel raro desfile..., todos sueños.
Pero
¿y Lara?
¿Acaso
Lara también había sido un sueño? En ese caso, no que¬ría despertar.
No,
Lara era real, una mujer real con la que había hablado y paseado junto al río,
con la que había comido, bebido y dormido apenas ayer. O tal ve anteayer. Quizá
hubiera perdido un día entero en el hospital. En el viejo apartamento con
corrientes de aire, Lara estaría preocupado por él. Debería llamarla,
tranquilizarla de algu¬na manera.
Sin
embargo, cuando pasearon junto al río estaba seguro de que era verano.
Recordaba el olor de-las flores, de las hojas verdes; seguro que habían estado
allí. Pero ahora era invierno, ¿o quizá no?
Con
paso inseguro se acercó a la ventana. El diminuto jardín del hospital estaba
blanco de nieve; unas siluetas oscuras abrigadas con ropa de lana y envueltas
en bufandas que les cubrían hasta los ojos, enfilaban por peligrosos senderos
hacia la acera helada. La calle estaba tapada de gris aguanieve; hasta los
ruidosos tranvías color rojo ladrillo llevaban los techos cubiertos de nieve.
La
taquilla blanca estaba cerrada y no tenía la llave. Sacudió la puerta de la
taquilla hasta que un negro con uniforme blanco se asomó y lo miró.
— ¡Eh! ¡Vuelva a la cama! —le gritó el negro
señalándolo con un dedo.
— Quiero mi ropa —le dijo.
— Se la daremos cuando se vaya. Hasta entonces,
se queda guar¬dada en lugar seguro. —El negro avanzó amenazante—. Ahora vuelva
a la cama o no le daremos postre de chocolate para la cena.¿Quiere que le ponga
una inyección? Tengo una aguja casi tan afila¬da como la punta de un clavo.
Sin
tocarlo, el negro lo apremió y él retrocedió hasta volver a quedar sentado en
la cama.
— ¿A quién tengo que ver para que me abran eso?
—A
su médico. —El negro se retiró para leer la historia clínica que colgaba a los
pies de la cama—. Al doctor Pille. Mañana tiene visita. Hasta entonces, usted
se quedará en la cama a menos que la enfermera diga que puede levantarse.
—Está
bien.
—Ha
venido por un cambio de sexo, ¿eh?
Se
puso en pie de un salto.
— ¡Uauh! ¡Venga hombre, venga! Aquí no dice nada
de eso. Sólo pone conmoción, hematomas varios y demás. Y ahora, si quie¬re
postre, no se levante de la cama.
Cuando
el negro se hubo ido, consideró la posibilidad de volver a levantarse. Pero no
tenía sentido. La taquilla estaba cerrada con llave y no tenía nada con qué
romperla. Sin duda la llave la guarda¬ría la enfermera en algún cajón de su
escritorio. Pero podía telefo¬near a Lara para avisarle que seguía con vida y
que no estaba grave¬mente herido.
En
la mesita de noche no había teléfono. Miró a su alrededor en busca del timbre
para llamar a la enfermera y descubrió el mando a distancia del pequeño
televisor, colocado en un lugar bien alto en una esquina de la habitación; lo
encendió pero no vio nada.
El
timbre para llamar a la enfermera colgaba de un cable blanco en la cabecera de
la cama. Tiró de él y oyó un confuso sonido de
campanillas,
como si sonaran muy lejos, en una costa amortajada por la niebla. Se dijo para
sus adentros que ya había hecho cuanto podía y se acostó a escuchar las
campanillas con las manos detrás de la cabeza.
Un
fulgor grisáceo había envuelto la pantalla del televisor; titila¬ba, apareció y
desapareció hasta que por fin se hizo más brillante. Unas líneas diagonales
cruzaron despacio la pantalla a través de una tormenta de nieve. Tras las
líneas fluctuó el rostro de Lara como si se tratara de una foto sobreexpuesta y
luego desapareció.
— Y EN LA CAPITAL, TAL COMO HABÍA AMENAZADO EN
SU MOMEN¬TO, LA PRESIDENTA VETÓ EL PROYECTO DE LEY DE PROTECCIÓN FAMI¬LIAR. ..
Buscó
el botón para disminuir el volumen.
—...
que habría permitido la esterilización involuntaria de las madres con
veinticinco o más hijos. Un portavoz del...
Estaba
seguro de que era Lara, quizá en otro canal, un canal que tenía casi la misma
frecuencia de transmisión. Su televisor estaba sintonizado en el Canal Uno.
Probó el Dos y el Trece y nada. Al volver al Uno, unos equipos mixtos jugaban a
un complicado juego que consistía en secuestrar a los contrincantes.
Buscó
nerviosamente en los oíros canales; en uno, una maestra daba una conferencia,
en otro, había una telenovela en la que los amantes estaban enzarzados en la
discusión de siempre pero anima¬da en este caso por la inversión contemporánea
de roles.
—¿No
te das cuenta, Beverly, que quiero que esto que sentimos llegue a ser inmortal?
Quiero que nuestro amor recorra la intermina¬ble senda del tiempo, para
enseñarles a todos los egoístas de la raza humana que existen valores mucho más
excelsos que el propio yo.
—No,
Robín. Lo que pretendes es acabar para siempre con nues¬tro amor.
Poco
a poco cayó en la cuenta de que se encontraba en otra ciudad. En su casa habría
contado con ocho canales en funciona¬miento. Le quitó el volumen a los amantes
y volvió a poner el juego complicado.
La
enfermera entró apresuradamente con un enorme florero lle¬no de rosas.
— ¡Qué suerte! Me ha llamado justo cuando tenía
que traerle esto. Así mato dos pájaros de un tiro. ¿No son preciosas?
Asintió.
Rosas rojas, amarillas, blancas y rosadas y rosas ve-
teadas
en gran variedad de tonos, canela jaspeado de bronce, do¬rado oscuro con un
toque rojo encendido; parecían estar a punto de esparcirse, de saltar del
florero.
—En
la sección Muebles hay una mesa para jugar a la baraja en la que hay una foto
como eso —dijo—. Nunca había visto un ramo así en la vida real. Siempre vienen
todas de un mismo color.
La
enfermera puso cara maliciosa.
—Parece
ser que su amiga no se anda con rodeos. Ha ido al grano. Claro que con el
dinero que ella tiene...
Dejó
el florero en la mesita blanca, a pocos centímetros de su cabeza. Una tarjeta
diminuta pendía de un hilo dorado atado a una de las asas del florero.
—Me
preguntaba si podría usted traerme un teléfono —le dijo a la enfermera—. Tengo
que llamar a una persona.
— ¡Aah! —La enfermera ahuecó las manos sobre sus
formida¬bles pechos e inspiró profundamente—. ¡Qué bien huelen! Ya me imagino
que tiene usted que llamar a alguien. Ahora mismo le trai¬go un teléfono. ¿Sabe
una cosa? Jamás habríamos adivinado que conocía usted a alguien así.
— ¿A alguien como Lara?
¿Quién
sino Lara iba a enviarle aquellas flores? La enfermera sacudió la cabeza y
repuso:
— ¡No, no! A la diosa. —Al ver su cara de
asombro, añadió—:La diosa de la pantalla plateada, ¿no es así como la llaman?
Le traeré el teléfono.
En
cuanto se hubo marchado, se volvió de costado para exami¬nar la tarjeta. En
ella se veía un monograma completamente ilegible rodeado de un filete dorado.
Abrió la tarjeta y encontró una foto de Lara y el nombre de Marcella impreso en
letras doradas de un flori¬do estilo.
Lara
era una estrella de cine, una estrella llamada Marcella. La enfermera se había
fijado en la foto y la había reconocido.
No
obstante, él alquilaba películas dos o tres veces por semana y veía muchas más
en Pantalla de Cine; si Lara hubiera sido una actriz medianamente famosa, él la
habría reconocido de inmediato. Tam¬poco asociaba la foto de la tarjeta más que
con Lara, hasta el peina¬do era idéntico.
Le
dolían todos los músculos. Se tendió de espaldas y vio que el rostro de Lara
volvía a ocupar la pantalla; buscó el mando a distancia, pero en cuanto movió
la mano, Lara se encogió y desapareció. Aunque volvió a pulsar el botón del
encendido, su rostro no regre¬só. Ninguno de los botones del mando logró que el
aparato respon¬diera; al final acabó acercando la silla enana y se subió al
asiento para girar los mandos del televisor. Por más que lo intentara, no logró
que la pantalla volviera a encenderse. Recordó entonces una palabra de la época
en que estuvo en la sección Entretenimiento para el Hogar; el televisor no
tenía trama.
Cuando
la enfermera regresó con un teléfono, él había vuelto a meterse en cama.
—Lamento
tener que molestarla —le dijo—, pero parece que se me estropeó la televisión.
La
mujer accionó infructuosamente el mando a distancia.
—No
hay problema. Llamaré al servicio técnico. Mañana le traerán uno nuevo.
Notó
una clara sensación de triunfo cuando la enfermera se in¬clinó para enchufar el
teléfono.
— Otra cosa más —le dijo — . ¿Podría leer el
diagnóstico que fi¬gura en la historia clínica que ve usted al pie de la cama?
Al
igual que el enfermero negro, descolgó la historia clínica del gancho.
— Conmoción, hematomas múltiples, alcoholismo.
— ¿Alcoholismo?
—El
diagnóstico no lo hago yo —se apresuró a contestarle—. Eso es cosa de su
médico.
— ¡No soy alcohólico!
—Entonces
no tendrá usted muchos problemas para conseguir que el doctor Pille le cambie
el diagnóstico. ¿Bebe? —De vez en cuando. Pero no es un problema.
— Quizá el doctor lo vea más como un problema
que usted. So¬bre todo cuando tiene un paciente que se cae en la calle y sufre
una conmoción.
— ¿De veras pone alcoholismo?—Se lo acabo de
leer. ¿Quiere verlo?
— ¿Y no dice nada de un cambio de sexo? —Era un
temor que lo perseguía.
La
enfermera rió por lo bajo.
—Se
lo ha dicho alguien. Es la forma que utilizamos a veces para referirnos al
alcoholismo. Porque reduce la testosterona en el hombre. La barba deja de
crecer y es muy difícil que el hombre que bebe llegue a quedar calvo.
Cuando
se hubo marchado, decidió coger el teléfono, pero la mano le temblaba tanto que
la retiró. En la habitación no había espejos. Se levantó de todos modos con la
vaga sensación de que tenía que haber uno en alguna parte y se sorprendió al
ver su propio rostro tenso reflejado en el oscuro cristal de la ventana.
El
corto día invernal había tocado a su fin. Afuera, unos coches tan altos y
pesados como Jeeps avanzaban despacio por la calle con las luces encendidas.
Los peatones no se distinguían individualmen¬te, pero tuvo la impresión de que
una especie de fluido negro, denso y lento como aceite pesado, fluía y se
arremolinaba a los costados del tráfico.
Se
le ocurrió pensar entonces que aquel licor viscoso fuera tal vez la realidad,
que las caras y las siluetas a las que estaba acostum¬brado podían ser en
esencia tan falsas como los microfotogramas que los diarios publicaban en
épocas de escasez de noticias, fotos en las que la piel humana aparecía como un
desierto rocoso y una hor¬miga o una mosca como un monstruo bigotudo. Así era
como Dios veía a hombres y mujeres, ¿quién podía culparlo si los maldecía a
todos o se olvidaba de ellos?
—Sé
en qué estás pensando.
Se
volvió rápidamente algo más que incómodo al oír aquella voz. Asomado al vano de
la puerta vio a un hombrecito sumamente erguido con una cabeza que parecía una
bola lustrada de marfil. Notó con alivio que el hombrecito llevaba un pijama de
hospital como el suyo.
—Pensaba
en la correspondencia —mintió —. Hoy me han rega¬lado un amuleto que se supone
que te trae cartas y creo que es posible que me haya llegado algo.
El
hombrecito entró en la habitación y le dijo:
—A
ver.
—Me
refiero a las rosas. Y a algo que acabo de ver en la te¬levisión, pero eso no
te lo puedo enseñar.
—El
amuleto. Enséñamelo.
Se
encogió de hombros y respondió:
—Tampoco
puedo enseñártelo. Supongo que está en esa taquilla.
— Si
Joe estuviera aquí, te abriría a golpes esta caja de lata como si fuera
dinamita. —El hombrecito sacudió la puerta.
— ¿Joe es el enfermero?
El
hombrecito sonrió y sacudió la brillante cabeza.
—Joe
es mi boxeador. Yo soy su representante. Joe es fuerte como un par de toros. Te
partiría en dos esta caja de lata si yo se lo pidiera.
—Dudo
que al hospital le gustara. De todos modos, creo que ahí es donde han metido mi
amuleto. Aunque no lo sé seguro; nunca me han dado un recibo con el inventario.
—Joe
es campeón mundial de peso pesado. Antes tenía dos bo¬xeadores más, Mel y
Larry. Pero cuando Joe ganó el campeonato, los dejé. Antes me aseguré de que
consiguieran otro representante, uno bueno. Lo entendieron. Saben que les daré
una oportunidad en cuanto pueda. Aquí tienes mi tarjeta.
El
hombrecito se llevó la mano hacia donde habría estado el bolsillo superior de
su americana de haber llevado un traje en lugar del pijama del hospital y la
apartó vacía. El hombrecito volvió a sonreír, esta vez avergonzado.
Se
sentó en la cama y señalando la silla le preguntó al hombre¬cito:
— ¿Por qué no te sientas? Tuve un accidente y
creo que sigo un poco débil; además, si vamos a hablar mejor nos sentamos.
—Gracias
—repuso el hombrecito—. Me gusta sentarme y estar de palique..., así siento
como si estuviera por conseguirle un contra¬to a Joe, ¿me explico? ¡Presta
atención! Si no nos dan cien mil, no peleamos.
—Los
conseguirás, no te preocupes —le dijo.
El
hombrecito asintió.
—Así
se habla, amigo. Ey, leí tu nombre en la historia clínica. Yo soy Eddie Walsh,
presidente de Promociones Walsh.
La
mano de Walsh era pequeña, fría y dura.
— Encantado de conocerte. Oye, Eddie, ¿dónde
estamos?¿Cómo se llama este sitio?
— General Unido —le contestó Walsh—. Creía que
pensabas escaparte. —Al ver su cara inexpresiva, Walsh le aclaró—: Lo lla¬man
Hospital Psiquiátrico General Unido. Nosotros estamos en el pabellón bueno.
5
North
Volvió
a tumbarse de espaldas con las manos entrelazadas de¬trás de la nuca; en esta
ocasión intentó dormir. La sala o el ala o lo que diablos fuera ya dormía. De
vez en cuando oía las suaves pi¬sadas de las enfermeras calzadas con zapatos de
goma y más rara¬mente el arrastrar de las finas zapatillas de un paciente.
Pensaba en el mundo.
Pero
no en el mundo en el que se encontraba, sino en el mundo real, en el mundo
normal.
Allí,
los chino-americanos hablaban un inglés normal y estudia¬ban para físicos
nucleares; en los desfiles, las chicas no invitaban a los hombres a entrar en
sus carrozas. En el mundo real, los alcohóli¬cos no tenían habitaciones
privadas. Probablemente.
Lo
más importante de todo era que en el mundo real hacía tiempo que los tranvías
habían pasado a la historia y sus vías habían sido enterradas bajo capas y más
capas de asfalto. Aunque, la verdad, no tenía sentido haberse deshecho de
ellos. Porque habían sido baratos y utilizaban una fuente de energía no
contaminante. Sin embargo, los habían quitado y se había permitido que
continuaran existiendo cien¬tos de aparatos dañinos; así era como funcionaba el
mundo normal.
En
ese momento, un tranvía pasaba por delante del hospital. Oyó el leve tintinear
de su campana y supo que si se asomaba a la ventana vería su único faro
brillando dorado a través de la nevada.
La
habitación carecía de puerta y una débil luz se filtraba del pasillo exterior
suavemente iluminado por la noche. Al comprobar que oscurecía de repente, se
sentó en la cama.
Había
un hombre de pie en el vano. Por un instante pensó que era Walsh. Pero Walsh
era completamente calvo; y la silueta de este otro hombre, aunque no mucho más
alta, tenía una cabeza poblada de una tupida cabellera.
—Estás
despierto —susurró el hombre.
—Sí
-asintió él.
—
Quería decirte una cosa... Aquí tenemos una especie de radio macuto. Cada uno
va pasando la noticia a alguien. ¿Sabes qué te quiero decir?
—Creo
que sí.
—De
esa manera, lo que sabe una persona lo saben todos. Así nos mantenemos vivos
aquí adentro. Esta noche, la Gloria Brooks se lo hizo a Bailey. Billy North fue
a la habitación de Al para sa¬blearle un cigarrillo y la pescó en plena faena.
Cada uno va pasando la noticia a alguien.
—De
acuerdo, se lo diré a alguien —dijo — . ¿A quién tengo que contárselo?
—Te
he visto hablar con Eddie.
—Bien,
se lo contaré a él. ¿Dónde está?
—Pasillo
abajo, giras a la derecha, y a partir de ahí cuenta dos o tres puertas.
—De
acuerdo —volvió a decir.
Cuando
se sentó en la cama el hombre había desaparecido.
Se
dijo entonces que de todos modos no tenía sueño y su depre¬sión iba en aumento.
Había tendido la mano hacia el teléfono al menos una docena de veces y una
docena de veces la había apartado diciéndose que despertaría a Lara, que se
enfadaría con él, pero en el fondo sabía que era porque temía no encontrarla,
porque temía que no hubiera nadie en el apartamento. Porque temía que en el
apartamento no hubiera habido nunca nadie más que él.
En
su historia clínica ponía alcoholismo. Recordó que en unas cuantas ocasiones
había bebido mucho y la noche anterior, con Lara, había bebido demasiado. Su
madre le había contado que su abuelo había sido muy bebedor. Antes de morir,
había visto un niño de cabellos dorados, un niño de cabellos dorados que nadie
había visto jamás. ¿Sería Lara como aquel niño? Intentó recordar el nombre del
niño de cabellos dorados. ¿Chester? ¿Mortimer? Su madre le había contado que su
abuelo había hablado mucho de él en los meses que precedieron a su muerte, pero
ahora ya no existía, había desaparecido por completo; al morir su abuelo nadie
más volvió a ver al niño de cabellos dorados.
¿Acaso
alguien habría visto a Lara? ¿La vería alguien más si él moría esa misma noche?
No tenía intenciones de morirse esa noche, pero tuvo la sensación de que
aquella noche no acabaría nunca, que los tranvías color rojo ladrillo
atravesarían eternamente la oscuri¬dad en medio de la nieve.
En
el pasillo brillaban suavemente unas luces de color amarillo verdosas.
Chartreuse, dijo para sus adentros y se preguntó si no sería alcohólico después
de todo, si utilizar el nombre de una bebida para designar un color no sería un
síntoma de alcoholismo, un vicio que se ocultaba incluso a sí mismo. Al fin y
al cabo, en cierta oca¬sión, en la tienda lo habían metido en una especie de
programa. ¿No habría sido un tratamiento para alcohólicos?
«Pasillo
abajo, gira a la derecha, y a partir de ahí cuenta dos o tres puertas.»
¿Serían
dos o tres? Decidió probar primero con la dos y des¬cubrió que en realidad no
había puertas y que todas las habitaciones carecían de ellas igual que la suya.
Junto a cada vano, los números en bronce sobre la pared le indicaron que la
segunda era la 86E. Debajo del número había un portatarjetas en el que debería
haber figurado el nombre del ocupante. Estaba vacío, aunque alcanzó a oír un
leve suspiro que lanzó el ocupante al respirar.
Consideró
brevemente la posibilidad de que el ocupante de la habitación fuera un maníaco
homicida, Al fin y al cabo se encontra¬ba en un psiquiátrico. Walsh le había
comentado que estaban en el ala buena, lo cual sonaba alentador.
No
había caído en la cuenta de lo oscura que le parecería la habitación viniendo
del pasillo iluminado. La ventana daba a un nuevo paisaje mucho más oscuro que
la calle concurrida a la que daba la suya. Decidió que quizá se tratara de un
parque, un parque lleno de árboles frondosos cuyas copas llegaban hasta las
ventanas de ese piso, fuera cual fuera el piso. La respiración del ocupante era
tan acompasada como el tictac de un reloj de péndulo.
—
¿Walsh? —susurró—. ¿Eddie?
El
ocupante de la habitación se movió en sueños.
—Sí,
¿mamá?
No
era un comienzo propicio. —Eddie, ¿eres tú?
Como
si le hubieran dado a un interruptor, el ocupante despertó y se sentó en la
cama.
— ¿Tú quién eres?
Le
dijo su nombre y como un idiota intentó tocarle la cabeza al hombre.
De
inmediato notó que su muñeca quedaba aprisionada por un puño de acero.
— ¿Qué haces aquí?
—No
lo sé —repuso, desesperado.
— ¡Sí que sabes!
—Me
caí. Me subí a una carroza con una patinadora y cuando salía resbalé en el
hielo.
El
puño de acero cedió ligeramente.
—No
lo hiciste con ella. —Era una afirmación, no una pregunta.
-No.
—Entonces
es por eso. Es un truco que utilizan para presionar más a los otros,
¿comprendes? Si empiezas la cosa y luego piensas Dios mío, voy a morir, y te
echas atrás, te tachan de loco. A mí me pasó igual.
—En
mi historia clínica pone alcoholismo —le informó.
—Tienes
suerte.
— ¿Me puedes soltar la mano, por favor?
—No.
Y si no te guardas la otra, también te la agarraré.
Buscó
vacilante una forma de prolongar la conversación; parecía peligroso
interrumpirla.
—No
creo que el alcoholismo sea una suerte.
—Podría
haber sido esquizofrenia maníaca aguda. ¿Qué te pa¬recería eso? ¿Sabes las
consecuencias que tienen las cosas que les hacen a los esquizos agudos? ¿Lo
sabes?
—No
—respondió—. No lo sé.
—Te
vuelven loco. ¿Quieres leer lo que pone mi historia clínica?
—Claro,
pero tendré que encender la luz.
—Te
lo diré yo. Esquizofrenia maníaca aguda. Pregúntame el nombre del presidente.
—De
acuerdo —asintió.
Tuvo
la impresión de que esa habitación era más fría que la
suya;
se estremeció bajo el fino pijama del hospital. En el aire flota¬ba un olor
como de flores de almendro.
— ¡Anda, pregúntame! «¿Quién es el presidente de
los Estados unidos?»
— ¿Quién es el presidente de los Estados Unidos?
—inquirió él, obediente.
—¡Richard
Milhous Nixon!
— ¿Qué tal si ahora me sueltas la muñeca?
— ¿Admites entonces, reconoces que Richard
Milhous Nixon es nuestro presidente?
Vaciló,
temeroso de que hubiera alguna trampa. —Bueno, en el telediario siguen
llamándole presidente Nixon. Se produjo un largo silencio, una quietud que
palpitaba junto con la sangre en las orejas.
— ¿Ya no es presidente? —susurró el ocupante de
la habita¬ción—. Pero lo fue, ¿verdad?
—Sí,
lo fue. Renunció.
—Por
el bien del país, ¿no? Típico de él, dejarlo todo si era preciso, por el bien
del país. Realmente era un patriota. Un verda¬dero patriota.
—Supongo
que aún lo es —dijo diplomáticamente—. Según creo sigue vivo.
Se
produjo otro largo silencio mientras el ocupante digería este hecho. Oyó que
alguien pasaba por el pasillo arrastrando los pies y dejaba atrás el vano sin
puerta; se preguntó si debía gritar y pedir socorro, pero ni siquiera volvió la
cabeza para mirar.
Finalmente,
el ocupante le preguntó:
— ¿Y por qué no te trincaste a la patinadora?—No
lo sé.
— ¡Dímelo! —El puño de acero volvió a apretar
con más fuerza.—No me pareció correcto. Tengo... —pugnó por encontrar una
palabra—.
Tengo alguien que me gusta mucho.
— ¿Novia o novio?
—Mi
novia; no soy homosexual. Lara. La estoy buscando. —No pudo contenerse y
añadió—: Esta mañana, cuando me desperté, se había ido.
El
ocupante lanzó un gruñido y le dijo:
—Y
sabes lo del presidente. Dime una cosa, ¿qué pasó ayer por la mañana? ¿Estaba
ella contigo cuando te despertaste?
—Claro
—repuso — . Desayunamos juntos, después yo me fui a trabajar y Lara fue a
buscar empleo.
—Vivíais
en concubinato.
Era
aquel un término antiguo y le sorprendió que el ocupante fuera mayor de lo que
había calculado, le llevaría al menos diez años. Con mucho cuidado dijo:
—Llevamos
unos cuantos días viviendo juntos. Como no tenía trabajo, Lara no podía pagar
el alquiler.
El
recuerdo del mensaje, borrado de su mente por el puño de acero que le aferraba
la muñeca y la conversación sobre Nixon, retornó entonces y le dijo al
ocupante:
— Se suponía que debía contarle a alguien que
esta noche Glo¬ria Brooks se lo hizo a Al Bailey. Billy North entró en la
habita¬ción de Al para pedirle un cigarrillo y la pescó con las manos en la
masa.
El
ocupante le abofeteó la mejilla derecha con la mano abierta desviándole la
cabeza de tal modo que el revés que siguió le dio de lleno en la boca.
—Mi
nombre es William T. North —le dijo el ocupante en voz baja—. Te dirigirás a mí
como señor William T. North o señor North. ¿Entendido?
Con
la mano libre intentó darle a North en la cara; aunque no pudo poner demasiada
fuerza en el puñetazo, notó que la nariz de North cedía satisfactoriamente bajo
sus nudillos.
—Ey,
no te sulfures. —La voz de North sonó tan tranquila que podían haber estado
hablando del tiempo —. Te partiría el pescue¬zo, pero entonces me llevarían al
pabellón de violentos. Ya estuve ahí y no tiene gracia. Además, estoy
preparando un pequeño plan. ¿Quieres salir de aquí?
— Sin mi ropa no.
—Tienes
razón. Toda la razón. Con este pijama de hospital nos encontrarían en medio
minuto, justo a tiempo para impedir que muriésemos congelados. ¿Y si pudieras
recuperar tu ropa?
—Caray,
entonces sí.
— ¿Sabes conducir?
—Claro
—respondió. Hacía mucho tiempo —no recordaba bien cuánto— que no conducía.
—Ahora
te voy a soltar la muñeca. Si no quieres salir de aquí lo único que tienes que
hacer es pasar por esa puerta. Pero si quieres
venir...
Entonces quiere decir que tienes agallas y que eres de C-Uno. Y a mí me va
bien.
Se
produjo una demora, como si la mano que le sujetaba la mu–eca estuviese
discutiendo con su dueño. Luego se aflojó, le soltó la muñeca y se apartó de
él.
—Gracias.
—Paso
número uno: tienes que aprender a abrir estas taquillas. Puedes practicar con
la mía utilizando mi equipo, pero tendrás que conseguirte uno propio y abrirte
tu taquilla sólito, ¿entendido? No voy a hacerlo por ti.
—Has
dicho que vengo de C-Uno. ¿A qué te referías con eso?
—C-Uno
es el lugar al que intentamos regresar..., donde está el presidente Nixon y
demás. Ahora escúchame. Aquí tienes mi ganzúa.
Le
puso en la mano un trozo pequeño de metal rígido. En un extremo tenía una
pequeña curvatura y en el opuesto, otra mucho mayor.
—Estas
taquillas tienen unas cerraduras muy simples. ¿Has visto las llaves?
—No
—repuso sacudiendo la cabeza.
—Son
unas piezas planas de acero con un lateral dentado. Las muescas de ese lateral
se deslizan por las guardas de la cerradura, ¿lo entiendes? Cuando usas una
ganzúa, lo que haces es saltarte todas las guardas. El truco se consigue con la
punta de la ganzúa. Lo único que tienes que hacer es meter la punta de la
ganzúa donde iría la punta de la llave y girar. Prueba.
Resultaba
asombrosamente fácil. Era como si él mismo se con¬virtiese en el alambre
doblado; encontró las guardas que no ofrecie¬ron resistencia y luego, al fondo
de la cerradura, algo parecido a una guarda que cedió al hacer él presión.
—Lo
que te he dado es cable de cobre de un enchufe de la pared —le indicó North—.
Busca uno que no tenga nada enchufado. Lle¬va una placa sujeta con un
tornillito; lo aflojas con cualquier trozo de metal plano y delgado. Quita la
placa. El tomacorriente se sujeta con dos tornillos largos. Quítalos y saca el
tomacorriente. No to¬ques nada metálico mientras estés en ello, y trabaja sólo
con la mano derecha. La izquierda métetela en la chaqueta del pijama, así no la
usarás en un descuido... De ese modo si la corriente te patea no te afectará el
corazón.
Asintió,
completamente seguro de que sabía lo que le podía pa¬sar si la utilizaba.
—En
el enchufe encontrarás dos cables, uno rojo y otro negro. El rojo lleva
corriente, no lo toques. El negro debería ser el de vuelta. Estará aislado,
tócalo sólo por la parte del aislamiento, que es la parte negra; en el interior
está el cobre. Tira todo lo que pue¬das del cable negro y dóblalo varias veces
hasta que se corte. Luego haz lo mismo con la parte que está cerca del
tomacorriente. Cuando tengas tu cable, vuelve a colocar el tomacorriente como
estaba y atornilla la placa a la pared. Limpia el suelo porque te habrá
queda¬do todo sucio de polvo del yeso. Ven a verme a recreación después del
almuerzo y te diré el resto.
—De
acuerdo.
Cuando
regresó a su habitación se sintió exhausto y somnoliento. Todavía le dolía la
mejilla en la que North le había pegado. Se la restregó y descubrió que se le
había partido el labio inferior. Un hilillo de sangre le había llegado a la
barbilla sin que él se diera cuenta. Buscó a tientas el interruptor de la luz
para poder mirarse en el espejo, pero no encontró ningún interruptor.
Pensó
en desmontar el enchufe de la pared, pero no tenía nin¬gún trozo de metal con
que aflojar el tornillo y de todos modos no habría podido distinguir el cable
rojo del negro.
Decidido
por fin cogió el teléfono. Contó despacio los agujeros en el disco anticuado y
marcó el número de su apartamento.
Al
otro lado de la línea oyó los zumbidos y los timbrazos de un teléfono. Se oyó
un gorjear de voces, voces de niños japoneses o de cajitas musicales preparadas
para hablar. Finalmente, la voz grave de un hombre preguntó:
— ¿Kay? ¿Es usted, Kay?
— Quiero hablar con Lara —dijo él. Dio la
dirección—. Debo de haberme equivocado de número.
El
hombre le dijo:
—Aquí
Klamm, Jefe del Departamento, herr Kay —después de lo cual colgó con fuerza.
El
boxeador de segunda fila
Despertó
preguntándose dónde estaba. Por un instante aquella cama le pareció igual a la
suya y la habitación, la de su apartamento. Tanteando en busca del mando de la
manta eléctrica encontró el teléfono.
El
recuerdo no acudió a su mente en tropel. Más bien gradual¬mente, como los
invitados a un baile de disfraces, como los bailari¬nes disfrazados de un
sueño. Le preocupaba recordar los sueños con tanta claridad y absolutamente
nada del mundo vigilante; se sentó en la cama y vio el mortecino pasillo
exterior.
Se
preguntó fugazmente qué hora sería. Al final del pasillo, muy al final,
alcanzaba a distinguir una oficina de enfermeras brillante¬mente iluminada.
Encontró unas zapatillas debajo de la cama.
—
¿No puede dormir? —le preguntó la enfermera de guardia. No le pareció ni amable
ni antipática.
—Quería
saber qué hora era.
—Lo
que hace la mayoría —dijo la enfermera despacio— es en¬cender el televisor.
Entonces por los programas saben la hora. O tarde o temprano la dan.
—El
mío no funciona.
La
enfermera reflexionó un instante sobre este aspecto y luego miró despacio hacia
la encimera de la mesa. Él vio la tapa posterior de bronce de un pequeño reloj.
—Las
once y treinta y cinco —dijo la enfermera.
—Hubiera
jurado que era más tarde.
— Son las once y treinta y cinco —repitió—. En
esta época del año oscurece temprano y a los pacientes los mandamos a la cama
temprano.
Al
regresar a su habitación se le ocurrió que con toda probabili¬dad North se
habría vuelto a dormir. North guardaba la ganzúa en la mesa que había junto a
su cama.
Tan
deprisa y en silencio como pudo giró la esquina en lugar de ir a su cuarto. Por
el pasillo avanzaba pesadamente en su dirección un hombre rubio y corpulento
que vestía un abrigo oscuro. Se metió en la habitación de North fingiendo que
era la suya.
North
era apenas una pila confusa de mantas, una respiración apenas audible. Se
acercó de puntillas a la mesa y pasó los dedos por la superficie. La ganzúa no
estaba.
Dio
con un cajoncito poco profundo. Lo abrió con cuidado. Sus dedos descubrieron
una maraña de objetos diversos: un librito que parecía una agenda, una pluma,
clips para papeles, una tuerca hexa¬gonal.
Pensó
entonces que no había ningún otro sitio donde buscar. Sin embargo lo había: el
alféizar de la ventana. Al volverse para exami¬narlo, golpeó ligeramente con la
cadera el cajón abierto. Se oyó un leve tintineo metálico y North gruñó
suavemente, como presa de un sueño doloroso.
Se
arrodilló y repasó las baldosas con las puntas de los dedos. La ganzúa se
encontraba en el ángulo que había entre la mesa de noche y la cama de North.
Cuando
salió al pasillo notó que había luz en la habitación conti¬gua a la de North;
intrigado, se detuvo a echar un vistazo. El hom¬bre rubio y corpulento con el
que se había cruzado en el pasillo se encontraba sentado en una de las sillitas
del hospital, con una gorra de tela en la mano. Walsh estaba sentado en la cama
con cara alegre y despierta.
— ¡Pasa, pasa! —le gritó Walsh—. Quiero
presentarte a Joe. Vacilando un poco entró.
—Joe
ha peleado esta noche. ¿Lo has visto en la tele? ¡Fue ma¬ravilloso,
maravilloso! KO en el tercer asalto.
—Mi
televisor está estropeado.
—Sí,
claro. Ya me lo has dicho. Pues te diré que yo sí vi la pelea. No me he perdido
un solo segundo. Lo animé como loco. —Walsh lanzó una carcajada—. Con razón me
tienen aquí.
—Siento
habérmela perdido.
—Te
diré que Joe no perdió de vista a su contrincante. — Walsh hacía movimientos de
boxeo con sus puños pequeños, uno dos, uno dos—. Joe, enséñale la cara. ¿Lo
ves? Apenas lo ha tocado.
En
la mandíbula se le apreciaba un hematoma azulado.
—Una
sola vez logró encajarme un buen golpe —explicó Joe.
Su
voz, tan grande y lenta como él, aunque no gruesa, amenaza¬ba casi con
convertirse en un chillido adolescente.
—Era
un buen peleador, un boxeador realmente bueno. Pero yo le llegaba mejor.
—Joe,
no estaba en condiciones de subirse al cuadrilátero conti¬go. —Walsh frunció el
ceño —. Ése es el problema de representar al campeón. Es muy difícil
conseguirle un rival que esté a su altura.
—Tengo
que irme, Eddie —dijo Joe —. Mi mujercita me espera.
—Ven
mañana..., ¿me oyes? Tendrás tiempo de sobra porque no quiero que entrenes al
aire libre, ¿entendido? Hace demasiado frío. Podrías darle un poco al saco
ligero, saltar a la cuerda. Pero en general deberías descansar de la pelea.
Volverás a entrenar pasado mañana.
—Vale,
Eddie.
—Jennifer
nunca va a verlo pelear. Siempre tiene miedo de que lo lastimen. Ve los
combates por la tele y le tiene la cena preparada cuando llega a casa.
—Ya
—dijo él —. Eddie, tenía que decirte que Billy North pescó a Gloria Brooks
haciéndoselo a Al Bailey. —Se preguntó entonces qué le estaría haciendo, quizá
Walsh se lo dijera—. North fue a la habitación de Al para pedirle prestado un
cigarrillo.
Walsh
asintió.
—Ya,
ya me imagino, el muy cabrón. ¿Sabes? —su rostro co¬menzó a crisparse como el
de un niño cuando se le habla de una tragedia demasiado grande como para que la
entienda—. Al siem¬pre me había caído bien. —Dos gruesas lágrimas rodaron por
las mejillas de Walsh—. ¡La muy zorra!
Joe
se puso de pie y dijo:
—Te
veré mañana, Eddie. Lo prometo.
—Bien,
Joe. Mi muchacho.
Se
volvió, dispuesto a trasponer el vano detrás de Joe. Walsh lo llamó.
—
Quédate un momento, ¿quieres? Tengo que hablar contigo.
—Está
bien. Si te empeñas.
Joe
le lanzó una mirada que parecía cargada de intenciones. Sus zapatones raídos no
hacían más ruido que las patitas de un gato.
—Ojalá
pudiéramos cerrar la puerta —le susurró Walsh cuando Joe se hubo marchado—.
Asoma la cabeza y echa un vistazo.
Después
de hacerlo, le dijo a Walsh:
—No
hay nadie.
—Bien.
—Walsh resolló—. Quiero hablarte de Joe. Sé que vas a decirme que no puedes
hacer nada por él. Pero sólo quiero des¬ahogarme.
—Claro
—repuso él. Se sorprendió al descubrir que aquel hom¬brecillo le caía bien—.
Claro, Eddie. Adelante.
—Joe
está casado con la tal Jennifer. Ya nos has oído hablar de ella.
Asintió.
—Tiene
veinte años, es rubia, realmente guapetona. Y dulce, ya sabes cómo son. Una
mosquita muerta. Le dice a Joe que esperarán hasta que ella cumpla treinta y
cinco. Eso le da a Joe quince años. Él está de acuerdo. Ya sabes cómo son los
muchachos de su edad, les parece que los treinta y cinco no llegarán nunca.
Oye, y tú, no estarás casado, ¿eh?
—No
—respondió—. Todavía no. Tal vez nunca.
—Así
se hace, chico. —Walsh hizo una pausa—. La cuestión es que no sé si Jennifer
deja en paz a Joe. Él dice que sí, pero ¿tú le creerías? Ya has conocido a Joe.
No se entera de nada hasta que no le das con un garrote. Joe no es tonto (eso
se cree la gente, pero se equivoca), lo que pasa es que no se da cuenta de las
cosas. Está como metido en sí mismo. ¿Me explico?
—A
veces a mí me pasa lo mismo.
—Así
que ruego a Dios para que a Jennifer la atrepelle un ca¬mión. Pero si algo así
le pasara, Joe...
Pensó
en cómo se sentiría si algo así le pasara a Lara y acabó la frase:
—Podría
suicidarse.
Walsh
asintió.
—Pero
no con la bebida ni tirándose por una ventana, Joe no es de esos. Se encerraría
en algún lugar donde pudiera estar solo y nadie fuera a fastidiarlo. En algún
lugar del oeste, me imagino. No volvería a pelear en su vida.
Recordó
que el hombre de la cara colorada le había dicho que Overwood se encontraba al
pie de las montañas y le preguntó a Walsh:
— ¿Crees que Joe se iría a las montañas? ¿A
alguna parte de Manea?
— Sí —asintió Walsh sombríamente—. Ahí es
justamente adon¬de podría irse.
Se
apagaron las luces.
En
la oscuridad se oyó la voz resuelta de Walsh:
—Joe
está en la recepción. Las apagan desde ahí.
Cuando
sus ojos se habituaron a la oscuridad, distinguió el oscu¬ro perfil del vano de
la puerta.
—Me
sorprende que te dejen tener visitas tan tarde.
—Uno
de los tíos que trabaja aquí es el entrenador de Joe —le explicó Walsh —. Sabe
que tengo que ver a mi representado después de las peleas.
Vaciló,
pero aparentemente no había nada más que decir. La pequeña ganzúa de cobre que
tenía en la mano le pareció pesada y dura.
—En
fin, buenas noches, Eddie.
—Buenas
noches.
En
el pasillo se topó con Joe que avanzaba silencioso hacia él y tuvo la impresión
de que había pasado ya por lo mismo. Se disponía a hablarle, pero Joe levantó
un dedo a manera de advertencia y se calló. Joe lo guió aferrándolo por el
brazo, suavemente pero con firmeza, y cuando se encontraron pasillo abajo, le
preguntó:
— ¿Te apetece un café? ¿O una gaseosa? Tienen
gaseosas.
— ¿Nos servirán a estas horas? —inquirió.
— Son de máquina. W.F. nos dejará pasar.
Joe
abrió una puerta que parecía cerrada con llave, una pesada puerta metálica con
la letra C, y una cerradura bien grande cuya clara misión era impedir que la
gente entrara. Bajaron por unos tramos de estrecha escalera de cemento dejando
atrás un descansi¬llo tras otro, y al trasponer una segunda puerta se
encontraron en una amplia sala vacía donde filas y más filas de sillas y
desvencijadas mesas de madera se perdían en la oscuridad. Un rincón de la sala
estaba iluminado y el negro se había sentado en ese rincón; todavía llevaba el
pulcro uniforme blanco y tenía ante él una humeante taza de café.
Joe
lo saludó con la mano, se la metió en el bolsillo y sacó un raído monedero de
cuero.
—Yo
me tomaré una gaseosa —dijo — . ¿Tú que quieres?
—Café,
supongo. Con crema y azúcar.
—De
acuerdo. —Joe sacó dos monedas de cinco céntimos del monedero y lo cerró con
fuerza—. Si quieres puedes sentarte con W.F. Ya te lo llevo.
Asintió
e hizo lo que se le sugería al tiempo que deseaba haber visto mejor las monedas
de cinco céntimos. No se parecían a las que él estaba acostumbrado.
— ¿Qué te he dicho sobre levantarte de la cama?
—le preguntóW.F. — . ¡Vaya, vaya! Verás tú lo que vale un peine. —Su sonrisa
era contagiosa.
—Ahora
tendrás que entregarme, supongo.
— ¿Supones? ¿Qué quieres decir con eso de que
supones? \Sabes que lo haré! Te pasarás todo el año en la cocina, de pinche.
Tendrás que lavar tantas pilas de platos que te saldrán por las orejas. Cuan¬do
te vean las mujeres, te echarán cien años. Así seguro que te dejarán en paz.
Asintió
y dijo:
—Al
menos podré birlar postre de chocolate.
W.F.
se rió entre dientes.
— ¡Es verdad! Con razón a Joe le caíste bien en
seguida.
Le
echó un vistazo al grandullón que en ese momento iba rápi¬damente de una
máquina a otra con una botella roja en la mano.
— ¿Es cierto que Joe es boxeador profesional?
— ¿No lo sabías? Yo soy su entrenador. ¿Me has
visto en la tele?
Sacudió
la cabeza.
— ¡Jo, tío, la que te has perdido! Fuimos la
principal atracción. Ey, Joe, cuéntale que peleaste en el encuentro principal.
Joe,
que en ese momento se les acercaba con la botella en una mano y una taza
humeante en la otra, sacudió la cabeza.
—La
última preliminar —dijo, como pidiendo disculpas—. A cinco vueltas.
—Sólo
que a ti no te hicieron falta cinco vueltas. Eso es para flojos. Porque lo
noqueaste en la tercera.
Joe
deslizó la taza de café hasta acercársela y, lenta y pesada¬mente, se sentó en
una de las desvencijadas sillas de madera.
—De
eso quería hablarte. Eddie cree que soy el campeón del mundo de los pesos
pesados.
-Ya
lo sé.
—No
lo soy. Tal vez nunca lo sea.
—Nunca
pensé que lo fueras, Joe —le dijo él asintiendo.
—Pero
la próxima vez vas a pelear en el encuentro principal — aclaró W.F. —, si esa
dulce Jenny sabe lo que se hace.
—Tal
vez —repuso Joe asintiendo despacio.
— ¡Tal vez! Con toda seguridad querrás decir.
—Jennifer
me ha hecho de representante desde que le pasó esto a Eddie. Pero él sigue
siendo mi verdadero representante. Volverá a coger las riendas cuando se
encuentre mejor.
—Eddie
entrenaba a Joe en persona —explicó W.F. — . Enton¬ces vino aquí y no tenía a
nadie porque Jenny no quería hacer esa faena. Y me ofrecí. No cobro nada, veo
todas las peleas gratis y todo el mundo me ve en la tele porque las transmite
un canal. A veces salimos en la parte de deportes del telediario cuando no
tie¬nen nada más que pasar. Todo el mundo dice, «¡Uauh! Fíjate en el viejo W.F.
cómo revolea la toalla.» Además Joe casi siempre gana y eso me gusta.
—Es
una amabilidad de tu parte apoyar a Eddie. Una amabili¬dad de los dos.
Joe
se llevó la botella a los labios por primera vez. Era una bo¬tella grande y la
marca — Poxxie— aparecía destacada en letras realzadas en el cristal. Joe se
echó un poco más del contenido rojo con aspecto venenoso al gaznate, que
parecía capaz de abrir y man¬tener abierto como la válvula de un tubo.
— Sería incapaz de abandonar a Eddie ahora que
se cree que soy el campeón. No quiero que le digas que no soy campeón. Se
moles¬taría.
—No
se lo diré. Joe eructó con solemnidad. —Y si puedes echarle una mano...
Impulsado por quién sabe qué espíritu dijo: —Creo que la mejor manera de
ayudarlo sería que tú te convir-tieras en campeón. Entonces se pondría bien.
— ¿Qué te he dicho? —gritó W.F. —. Tú sí que
eres un tío listo.¡Sí, señor!
Joe
sacudió la cabeza y repuso:
—No
creo que pueda hacerlo.
—
Dudo que ningún campeón pensara que podía antes de lo¬grarlo.
Una
levísima sonrisa se dibujó en los labios de Joe. una sonrisa que habría pasado
inadvertida a no ser por la impasividad de sus anchas mejillas y su pesada
barbilla. Como para secarse las últimas gotitas de Poxxie, una manga amplia y
oscura del abrigo se elevó y restregó aquella curva infinitesinal; con todo, la
sonrisa no se borró.
Bostezó
aunque no tenía la menor intención de hacerlo.
—Será
mejor que te lleve a la cama —dijo W.F. —. Ya has traji¬nado lo tuyo y me
parece que estás hecho polvo.
—Bah,
no es nada —le dijo.
Bebió
un sorbo de café y comprobó que sabía aún peor de lo que olía. Poco después,
W.F. le subía la manta hasta los hombros.
—Tornarás
postre de chocolate con todas las comidas —le dijo W.F. — . Incluido el
desayuno.
7
Lara, Tina y Marcella
Lo
despertó el teléfono que sonaba junto a su cama. Medio dor¬mido contestó la
llamada. -¿Diga?
— ¡Eh, Emma, dame eso! —Era la voz de una mujer.
— ¿Lara? —preguntó—. ¿Eres tú, Lara?
— \Cariño, soy yo! —No había duda, era la voz de
Lara, serena y graciosa—. Espero..., de veras espero que no estuvieras
profunda¬mente dormido, cariño. Es que acabo de regresar, ya sabes tú cómo son
estas cosas, y vaya, mi preciosa Emma me esperaba despierta. A la pobre no le
quedó absolutamente más remedio que hacer esto, así que le dije «Llama al
maldito sitio a ver si me dejan hablar con él», y fíjate si será un amor que me
ha conseguido la llamada y me han dejado hablar contigo. Pero antes, la pobrecita
tuvo que que¬darse ronca para convencerlos, ¿no es así, Emma? Y mientras, las
horas iban pasando y se iba haciendo cada vez más tarde. ¿Qué hora es ahí,
cariño?
—No
lo sé —repuso él.
—Aquí
es pasada la una, y no he hecho más que volver a casa y tratar de hablar
contigo. Aunque antes me tomé un baño y una copa. —Lara soltó una risita—.
Suena como si me hubiera bebido el baño, ¿no? No, Emma me preparó una bebida de
chocolate y la hizo fuerte como para tumbar a una yegua. Puedo comentártelo
ahora porque Emma se ha ido. ¿Has recibido mis flores? ¿No son preciosas?
—Sí.
Son preciosas. Gracias.
—Deberían
serlo, querido... Me han costado un ojo de la cara. Pero me alegra
infinitamente que te gusten.
Decidió
soltárselo en aquel momento.
—También
eres Marcella.
—
¿Además de todas las otras zorras asquerosas que interpreto quieres decir? Sí,
pero también hay una Marcella real..., aunque a veces me cuesta muchísimo
ponerme en contacto con ella. Además, es tan divertido ser una zorra, aunque
después una no se gusta tan¬to. Pero querido, quiero que sepas que es terrible,
terriblemen¬te peligroso que hable contigo teniendo en cuenta que estás en ese
horrible lugar, porque siento la tentación de portarme como una zorra contigo.
¿Por qué no fuiste bueno? En cuanto pueda iré a verte. Quizá los dos logremos
encontrar una puerta para mar¬charnos.
No
hubo despedidas, sólo la terrible irrevocabilidad del micro te¬léfono al volver
a su soporte. Colgó él también y se puso las manos detrás de la nuca, como
hacía siempre que debía pensar. Quizá Lara volviera a llamarle, como Marcella o
cualquier otra. ¿Como Tina? La muñeca Tina era la reproducción de alguien,
seguro, una mujer de verdad que se llamaba Tina pero que en realidad era Lara.
O más bien, que en realidad era la mujer que él conoció, que había conocido
como Lara.
Salió
de la caravana, puso un pie en el hielo y le fallaron las piernas. Despertó
sobresaltado.
Entonces
había estado durmiendo, durmiendo y soñando. Quizá hasta la llamada de Lara
había sido un sueño. Se levantó, encontró la ganzúa que había sacado de la
habitación de North y abrió su taquilla. Su ropa estaba tal como la recordaba.
El amuleto que Sheng le había regalado colgaba de un gancho de la taquilla;
Tina, la muñeca, se encontraba en el bolsillo superior de su chaqueta. El mapa
mal plegado se hallaba en uno de los bolsillos de su abrigo. Lo sacó, pero en
la habitación no había luz suficiente como para que pudiera leerlo.
Cuando
fue a guardarlo, se topó con un obstáculo. Volvió a sa¬carlo y metió la mano en
el bolsillo. Como por arte de magia, de auténtica brujería, en el bolsillo
había aparecido una cajita. Al agitarla producía un ruido leve. Un dedo
inquisidor descubrió un cajoncito y lo abrió. Se oyó un segundo ruido, esta vez
más fuerte, cuando una serie de objetos pequeños cayeron del cajoncito al
sue¬lo. Cerillas, por supuesto.
Se
agachó, recogió una, la frotó en el lateral de la caja y se produjo un
impresionante fulgor de luz sulfurosa. Un dragón re¬choncho se retorció con
asombrosa flexibilidad sobre una etiqueta de papel y flotó hacia lo alto para
besar, o devorar quizá, a un personaje chino de sorprendente complejidad.
Temeroso
de que pasara una enfermera y viera la luz, apagó la cerilla.
Se
acordó entonces de que aquéllas eran las cerillas de Sheng. Cuando, en compañía
del chino, había recorrido el sótano de su tienda, Sheng le había entregado la
caja de cerillas y lo había invita¬do a encender una. Al haberse negado él,
Sheng había encendido una cerilla de otra caja y él debió de haberse metido ésa
en el bolsi¬llo.
Recogió
cuantas cerillas pudo y volvió a guardarlas en la caja. Metió la cabeza y los
hombros en el interior de la taquilla para impedir el paso de la luz y encendió
una segunda cerilla para exami¬nar a la muñeca.
Era
Lara, no cabía ninguna duda. Quizá su pelo fuera un poco menos rojizo, si bien
a la luz de la cerilla resultaba difícil estar segu¬ro; de todos modos las
muchachas —las mujeres— suelen cambiarse el color del pelo, y tal vez los
pómulos fueran un poco menos marca¬dos, pero era Lara. La llama le llegó a los
dedos y apagó la cerilla de un soplo.
Después
de guardar la muñeca y la caja de cerillas, cerró la puer¬ta de la taquilla y
encajó la cerilla quemada en la parte de abajo para mantenerla cerrada.
¿Debería devolverle la ganzúa a North? Por un instante discutió consigo mismo.
Seguramente North iba a notar su falta, pero no sabía dónde la había ocultado
North; del mismo modo, North podía darse cuenta de que estaba fuera de sitio.
Más
aún, en ese momento no podía ir a ver a North.
Inclinó
el florero y colocó la ganzúa debajo de él; se metió otra vez en la cama y se
tapó con la sábana y la fina manta. Como si al inclinar el florero se hubieran
liberado, los perfumes de las rosas llenaron el aire. Descubrió que era capaz
de distinguirlos entre sí, aunque no tenía idea de cuál correspondía a cada
flor.
Uno
parecía umbríamente ambarino, lánguido, sensual y fuerte¬mente especiado. Otro,
ligero y a la vez evocativo de peras y man¬zanas maduras, recordaba al de los
claveles. Entre estos dos, a ve¬ces sutil, a veces voluptuoso, danzaba un
tercero que no insinuaba tonalidad alguna, pero que resultaba atrevido,
seductor, embria¬gante. Por una de esas ideas que suelen asaltarnos cuando
estamos a punto de dormirnos, supo que aquel perfume era Lara misma, que el
primero era Marcella y el segundo, Tina.
Como
si al adivinar el secreto hubiera terminado el juego, apa¬reció Lara y lo cogió
de la mano. La cerilla cayó al suelo y la puerta de la taquilla se abrió de par
en par. Tras ella se extendía un jardín lleno de sol y de flores. En su centro,
en un pequeño prado, había un arco de piedra decorado con profusión de rosas
silvestres: amari¬llas, rosadas y blancas y un centenar de colores y
tonalidades más. Por alguna razón, el ver aquel arco lo llenó de un frío
terror, el mismo que le inspira a un hombre a punto de ser operado la vista de
un escalpelo.
Al
ver su temor, Lara le soltó la mano y entró sola en el jardín. Horrorizado y
fascinado a la vez, la vio cruzar el pequeño prado, pasar debajo del arco y
desaparecer.
Aunque
Lara ya no estaba, le fue imposible obligarse a entrar en el jardín o cerrar la
taquilla. Una brisa juguetona alborotó el jardín, haciendo ondular los alegres
parterres de tulipanes y las ramas incli¬nadas de las lilas. Unos pájaros rojos
y amarillos surcaban el aire cantando mientras volaban y de vez en cuando se
posaban en las ramas de los rosales que cubrían el siniestro arco.
Cuando
llevaba esperando mucho tiempo, tanto que los pies y los brazos se le habían
enfriado y entumecido, Tina apareció por el arco; sus facciones —delicadas e
infantiles, pero a pesar de ello eran las de Lara— estaban en contradicción con
sus pechos prominentes. Sonriendo y tendiéndole la mano, cruzó el prado. Al
tocarla él se convirtió en Marcella, rubia y elegante, engalanada con diamantes
y envuelta en visones. Fue tal la sorpresa que le causó la transforma¬ción que
sacó la cabeza de la taquilla y la cerró de un portazo.
Se
incorporó en la cama pero el sonido del portazo continuaba implacablemente,
como si diez mil escolares estuviesen eternamen¬te eligiendo libros,
cambiándolos por otros y eligiendo otros nuevos. Por las cortinas de la ventana
se filtraba una luz intensa y de¬solada.
Temblando
debajo del pijama, contempló una tormenta de in¬vierno. La nieve y el granizo
llenaron el aire, desaparecieron y re¬gresaron triunfantes. Los truenos hacía
vibrar las heladas ramas de los árboles y los relámpagos jugueteaban entre las
torres de la ciu¬dad; bajo su luz febril vio unas siluetas que jamás había
visto ni en su ciudad ni en ninguna otra con la que estaba familiarizado:
pa¬godas, pirámides, pilones y zigurats.
— ¡Métete otra vez en la cama! —le ordenó W.F. a
sus espaldas.—Estaba viendo la tormenta.
— Ya sé lo que estabas haciendo. Métete en la
cama ahora mis¬mo y me lo cuentas. Si no obedeces —le advirtió con tono
amena¬zante—, no te daremos plátanos con los Cora Flakes de la mañana. Dentro
de nada amanecerá. —W.F. entró en la habitación a gran¬des zancadas—. ¡Vamos,
métete en la cama!
Obediente,
agradecido incluso, volvió a la cama y se arrebujó al calor de la manta.
W.F.
le remetió las sábanas; luego se inclinó sobre las rosas y empezó a olerías.
— ¿Sabes? Tienes suerte de haberlas recibido. A
Joe le gustan tanto las flores que ha hecho que a mí también me gusten. Cuando
está en casa con esa Jennifer, es lo único que hace, trabajar con esas flores.
Tiene un invernadero.
De
haber podido habría regresado a la taquilla y a su jardín fantasmal. En cambio,
se encontró otra vez en el trabajo, delante de una señora con cara de pocos
amigos que le decía:
—Quiero
comprar unos muebles. Enséñeme muebles, joven.
Los
pasillos de la sección Muebles transformados en autopistas desiertas iluminadas
por el brillo sesgado de un sol poniente se ex¬tendían durante cientos, quizá
miles de kilómetros, flanqueados de camas de latón, librerías con camas
incorporadas e inmensas camas de agua que fue enseñándole a la mujer; había
también mesas de alas abatibles, bonitos comedores de diario y juegos de
comedor formales en madera de nogal. Cuando llevaban vistos innumerables sofás
beige y cómodos sillones de orejas, llegaron por fin a un escri¬torio
Chippendale. Abrió un cajón para enseñarle a la mujer el re¬vestimiento de paño
verde y descubrió en su interior una carta sin abrir que llevaba un sello en
lacre rojo con forma de corazón.
Consciente
de que la cliente desaprobaba firmemente lo que es¬taba a punto de hacer, sacó
de todos modos la carta y rompió el sello que se quebró como si fuera cristal.
El
ruido del sello al romperse coincidió con el del accionar de un interruptor.
Los infinitos pasillos de muebles y el mundo finito se hundieron en la noche.
En el vano de la puerta había una mujer; por el gesto de llevarse el bolso
debajo del brazo, supo que el ruido que había oído era el del bolso al
cerrarse.
Se
sentó, pero la mujer ya se había alejado. Por un instante, el rostro de la
mujer quedó iluminado por la luz del pasillo y supo que era Marcella, la
muchacha cuya foto (pero era la de Lara) aparecía en la tarjeta que acompañaba
las rosas, la mujer que había visto en el jardín. Saltó de la cama y corrió
pasillo abajo, pero había desapa¬recido.
Al
regresar a su habitación, North encontró a North sentado en la sillita, junto a
la cama.
—Hola
—le dijo North—. Creí que iba a tener que despertarte. ¿Qué pasa?
—He
tenido otra visita.
— ¿Tiene algo que ver con nuestro plan de
mañana?
—De
hoy, querrás decir. Hace rato que pasó la medianoche. No, no tiene que ver.
—Tu
taquilla está abierta. Lo comprobé. Bien, ésa era la prue¬ba. Haremos lo
siguiente...
—Yo
no iré —dijo.
Se
produjo un largo silencio tras el cual North dijo:
—Piensas
que ahora tienes una forma mejor.
—Así
es.
—Necesito
que alguien me lleve en coche. Eres el único dispo¬nible.
— ¿Tú no sabes conducir? —le preguntó.—Joder, sí
que sé. Pero no voy a hacerlo.
Vaciló.
Marcella (que podía o no podía ser la misma que Lara, aunque no estaba seguro
de que lo fuera) iba a intentar sacarlo de allí. Pero ¿acaso las posibilidades
de ella empeorarían si él lograba salir antes?
—Está
bien —dijo—. Pero hay un precio.
—Tú
pide.
—Eres
del mundo real, del mundo donde Richard Nixon fue
presidente.
Yo también. Pero creo que has estado en éste mucho más tiempo que yo. ¿Cuánto?
North
se encogió de hombros; bajo la tenue luz apenas se le veía la espalda.
—He
perdido la cuenta.
— ¿Más de un año?-Claro.
—Entonces
quiero que me contestes tres preguntas abierta y sin¬ceramente. Tres preguntas
sobre este mundo. ¿Lo harás?
—Dispara.
Vaciló.
Eran tantas las preguntas, algunas de ellas debía for¬mulárselas a sí mismo.
¿Quería volver a casa? ¿O encontrar a Lara?
— ¿Quién es la mujer a la que llaman la diosa?
—le preguntó.—Alto ahí —le dijo North—. No puedo contestar preguntas que
no
tienen sentido. ¿Te refieres a la diosa verdadera?
—La
primera vez que llegué aquí, compré una muñeca. El de¬pendiente me dijo que era
la diosa cuando tenía dieciséis años. Me refiero a la diosa a la que él se
refería.
—Está
bien, esa es la diosa verdadera. Pero la cuestión es que no es verdadera. Es
como Cristo o Buda, ¿me entiendes? Represen¬ta el maldito ideal femenino o lo
que sea. Hacia el oeste hay un inmenso lugar consagrado a ella. Dicen que tiene
como veinticinco mil kilómetros cuadrados. Nadie puede vivir allí. Se supone
que nadie puede entrar tampoco.
— ¿Y nadie la ve nunca?
— ¿Es ésa tu segunda pregunta?-Sí.
—Sí,
la gente la ve. Como ve fantasmas y platillos volantes y todo tipo de mierdas.
Dicen que va por ahí buscando a su amante perdido, un tipo al que abandonó hace
miles de años. —North hizo una pausa; resultaba imposible descifrar su
expresión bajo la levísi¬ma luz que se filtraba por el vano—'. Si quieres
saberlo, para mí que es María Magdalena y que está buscando a Jesús. En fin,
que a veces también lo ven a él, al amante perdido.
—Ahí
va la tercera. ¿Cómo se llama él?
North
titubeó abiertamente antes de contestar.
—Ésta
no voy a contarla. Hay un puñado de nombres a los que nunca he prestado
demasiada atención. —Volvió a titubear—.
Attis
es uno. Tiene algo que ver con la primavera o la cosecha. O al menos tenía que
ver.
— ¿Todavía me queda una pregunta?-Sí.
—Entonces
me la guardaré para después. ¿Vas a decirme cómo saldremos de aquí? ¿O quieres
que toque de oído?
— Voy a decírtelo. Antes de mediodía nos van a
llevar a todos ala sala de recreo. Lo llaman recreo en grupo, pero en realidad
es una fiesta para que nos conozcamos y tengamos ocasión de ventilar nuestras
quejas. Estará presente todo el personal, por lo que es la mejor hora para
largarnos. Entonces, lo que vamos a hacer es lo siguiente...
Se
encendieron las luces.
8
Múpsbol sala
Acababa
de meterse en la cama cuando entró W.F. con su ban¬deja del desayuno.
—Te
has portado bastante bien —dijo W.F. —, así que te tocará plátano con los
cereales.
—Vaya
horario más largo haces —le dijo.
—Qué
va. Trabajo por días. La primera vez que te vi ayer, es¬taba a punto de salir.
Me fui al estadio a entrenar a Joe. Luego volví con él porque vivo por esta
zona. Cuando tú te marchaste, me que¬dé a hablar con Joe sobre estrategias y
todo eso. Siempre charlo con él después de una pelea, pero a él no le gusta que
sea en seguida después de la pelea. Quiere relajarse y pensar las cosas él
solo. Por eso me dije que era mejor que pasara por aquí a echar un vistazo para
ver cómo iban todos.
—Habrás
dormido muy poco.
—Con
poco me alcanza. Siempre ha sido así. Pero esta noche sí que dormiré bien.
-¿W.F.?
— ¿Qué? —W.F. ya estaba en el vano de la puerta
y se volvió a mirarlo.
— ¿Anoche viste una rubia aquí en mi habitación?
¿Una vi¬sita?
—O
sea que vino a verte alguien cuando dormías, ¿eh?
Asintió
y, luego añadió:
—No
exactamente cuando dormía. Estaba despierto y la vi justo
cuando
salía al pasillo. —Señaló la tarjeta dorada que llevaban las rosas y aclaró—:
Esta mujer.
—Escúchame
—le dijo W.F. acercándose otra vez a su cama y bajando la voz—. Muchos tíos
tienen esos sueños. No pasa nada, no te preocupes.
El
desayuno consistía en corn flakes con rodajas de plátano, le¬che y café. Comió
sin ganas y trató de recordar lo que había cenado la noche anterior. De lo
único que estaba seguro era de que W.F. le había prometido postre de chocolate.
¿Había tomado patatas? Creía recordar que le habían servido judías verdes con
una cuchara¬da de puré de patatas y media cucharada de salsa.
¿Era
eso lo que hacían los pacientes? Antes no había pensado en sí mismo como
paciente, sino como un animal herido, un aventure¬ro perdido, exiliado
brevemente de los campos de la vida. Quizá nadie pensara en él como paciente
hasta que se encontrara restable¬cido o casi restablecido. Al fin y al cabo
había sufrido una con¬moción, una conmoción grave. Quizá fuera así como se
sentían los pacientes, como vivían los pacientes, esperando de una comida a la
siguiente, marcando sus vidas con corn flakes revenidos y café frío.
Trató
de terminarse el café antes de que se le enfriara más y notó que la mano le
temblaba demasiado como para sostener la taza. Aquel era un hospital
psiquiátrico. Tenía conmoción... ¿O era lo que les decían a todos? Se tocó la
cabeza vendada.
Llamaron
al vano de la puerta; vio allí a un hombre vestido con un mono que
ingeniosamente fingía tener delante una puerta real, una puerta impenetrable
para el ojo humano.
-¿Sí?
—Servicio
técnico de televisión. ¿Tiene usted el televisor averiado?
Se
había olvidado de aquello.
—Sí
—repitió—. Al menos ayer no funcionaba.
Cogió
el mando a distancia y pulsó el botón de encendido. No pasó nada.
El
hombre había entrado en la habitación.
—No
hay imagen ni sonido.
—Efectivamente
—dijo él.
—No
habrá estado tocando los mandos, ¿verdad? —El hombre se dirigió hacia el
aparato sin quitarle la vista de encima.
—No
estoy loco —le dijo—. Soy alcohólico, un borracho. Me caí y me golpeé la
cabeza. Léalo en mi historia clínica. No, no toqué
los
mandos; lo único que hay aquí para subirse es esa sillita y tiene ruedas.
Para
sorpresa suya, el técnico de la televisión hizo lo que le ha¬bía sugerido, se
inclinó para estudiar la historia clínica que había al pie de su cama.
— ¿Todo en orden? —le preguntó.
—Todo
en orden. —El hombre se irguió y le sonrió — . Ya sabe cómo es esto..., aquí
hay tipos que están realmente chalados. Me imagino que para usted será peor
estar aquí metido todo el tiempo.
—No
he conocido a muchos de los otros enfermos. Llegué ayer. — Cayó en la cuenta de
que no sabía a ciencia cierta si lo que decía era verdad o no —. O al menos me
desperté ayer.
—Una
vez un tipo se me echó encima. Otro me dijo que él era Dios. —El hombre soltó
una risita ahogada—. Y como no le gusta¬ba cómo funcionaba el mundo, lo cambió.
Pero tampoco le gustaba la nueva forma del mundo, y quiso volver a cambiarlo.
Estaba como una regadera.
Él
sonrió obedientemente.
—También
vi a una mujer que decía ser piloto. ¿Alguna vez conoció a alguna mujer capaz
de pilotar un avión?
— Claro que sí —le contestó.
—Entonces
tal vez fuera piloto. Pero la cuestión era que según ella, cuando estaba en las
nubes, no tenía ni idea de dónde se en¬contraba y no quería bajar
atravesándolas porque a veces, cuando se baja entre las nubes, se corre el
riesgo de chocar con algo. Enton¬ces veía un agujerito en las nubes por el que
se colaban unas luces que venían del suelo y se metía por el agujero y todo
cambiaba.
El
hombre volvió a reírse entre dientes y siguió diciendo:
—Antes
tenían a hombres y mujeres juntos; al fin y al cabo, ¿qué saben estos tíos?
Pero un periódico se enteró.
Con
mano experta, el hombre sacó el televisor de su soporte inclinado.
Él
se había puesto el teléfono en el regazo. Sin demasiadas espe¬ranzas, marcó el
número de su apartamento.
—Los
mandos no funcionan —dijo el técnico—. Tengo que comprobar si tiene corriente.
A veces no funcionan porque los en¬chufes están averiados.
En
alguna parte (¿dónde?) un teléfono comenzó a sonar y a sonar.
—Tiene
corriente, así que debe de ser el fusible principal. Hay corriente, no hay
imagen y sonido, no puede ser otra cosa.
El
hombre sacó un destornillador y comenzó a quitarle la tapa al televisor.
— ¿Diga? —le contestó una ronca voz masculina.
— ¿Quién habla? —inquirió.
—El
que ha llamado es usted. ¿Qué quiere?
—A
Lara.
Se
produjo una larga pausa en la que alcanzó a oír una leve música y voces de
niños, como si en el apartamento contiguo hubie¬ra una radio encendida, como si
el apartamento se encontrara junto a una escuela (no lo estaba) y todas las
ventanas estuvieran abiertas con aquel frío terrible, y dejaran entrar los
ruidos provenientes del patio cubierto de nieve.
—Lara
no está. ¿Quién la llama?
—Dígame
quién es usted —le pidió—, y luego le diré quién soy yo.
—Ya.
Está bien, le diré a Lara que ha llamado. ¿Quién es usted?
Vaciló.
Quería que lo encontraran, pero ¿deseaba que fuera ese hombre? ¿De veras iba
ese hombre a darle el mensaje a Lara?
Ella
le había llevado las flores. No, se las había enviado, pero había ido a verlo
luego; incluso le había hablado por teléfono, por¬que la del teléfono había
sido Lara, sin duda, Lara, obligada a utili¬zar otro nombre.
—Lara
sabe dónde estoy —contestó, y colgó.
—Psé,
el fusible principal —dijo el técnico de la televisión — . Se lo dejaré
funcionando en un periquete.
A
falta de algo mejor que decir, preguntó:
—No
creo que pueda cambiarlo por uno en color, ¿verdad?
— ¿En color? ¿Un televisor con imágenes en color
quiere decir? Asintió.
El
rostro del técnico se cerró como una puerta. Con el tono del adulto que explica
simplezas a un crío, el hombre le contestó:
—Eso
es imposible. Verá usted, estos aparatos funcionan de la siguiente manera:
tenemos una pantalla redonda revestida de fós¬foro. Cuando el haz de electrones
choca contra el fósforo, éste bri¬lla. Si choca fuerte, brilla mucho. Si no
choca tan fuerte, brilla me¬nos. De esa forma se consiguen en la pantalla el
blanco, el negro y los distintos tonos de gris. Pero si se quisiera obtener
color, habría que tener un punto fosforescente para cada color, uno para el
azul,
otro
para el rojo, otro para el amarillo, y así. Además, habría que ponerlos bien
juntos, sin que se mezclaran, y me imagino que el blanco debería tener el suyo
propio. Si alguna vez llega a construir¬se una cosa así, costaría un millón de
dólares.
—Me
pareció haber leído un artículo en el que se decía que ya lo habían conseguido
—comentó.
El
técnico lanzó el fusible quemado hacia la papelera situada en un rincón.
— Sería alguien que estaba jugando a las
adivinanzas. O uno muy pequeñito que habrá construido alguna empresa para
demos¬trar que podían. Aunque me parece que tendrían que sacar su pro¬pia
señal. Porque la normal no les serviría.
Él
asintió y permaneció tumbado, sin moverse, durante un mo¬mento, mientras
observaba al técnico colocar el televisor en su sitio. Sabía que tenía un
televisor en color, un General Electric tan bri¬llante como las rosas de Lara.
Sabía que Lara le había enviado las rosas. Él había vendido televisores en
color y había visto a Lara. Seguía teniendo el cuello rígido por la caída, y al
volver la cabeza para ver las rosas, notó un dolor. Decidió sentarse en la cama
con el florero en el regazo para oler las rosas e imaginar cómo se verían en un
televisor en color. Al levantar el florero vio debajo un fajo de billetes.
—Todo
en orden —dijo el técnico haciéndole ver una imagen en blanco y negro—. Se lo
dejaré donde estaba.
Cuando
el técnico le dio la espalda, cogió el fajo de billetes y lo ocultó debajo de
la sábana.
— Pruebe con el mando.
Lo
hizo, cambió de canales, encendió y apagó el aparato y subió y bajó el volumen.
—Funciona bien.
— ¿Qué le dije? Era el fusible principal, nada
más. El aparato tiene un dispositivo que se dispara al aumentar la tensión y se
que¬mó para proteger el tubo de imagen.
Al
recordar cómo se encogía y desaparecía de la pantalla el ros¬tro de Lara, le
preguntó qué podía haber provocado el aumento de tensión.
El
técnico suspiró y repuso:
—Algún
equipo que alguien conectó mal. En un hospital hay muchos aparatos de rayos X y
cosas así. Los ascensores grandes,
por
ejemplo, si se conectan mal, pueden generar unos voltajes pro¬pios que pasan a
la red.
—Entiendo
—dijo él. Luego añadió—: Gracias.
Cuando
el técnico se hubo marchado, sus dedos juguetearon con el fajo de billetes y
los fue contando al tacto. Eran exactamente diez. Se preguntó cómo serían de
grandes y si serían todos del mismo va¬lor. ¿Qué aspecto tendrían? El dinero de
allí no era como el suyo; la reacción de la muchacha de la tienda de mapas lo
corroboraba, y la confirmó el fajo de dinero —dinero destinado a ser quemado—
de la tienda china. Movió uno de los billetes hasta que su extremo asomó por el
borde de la sábana y le echó una mirada. De cien.
Desde
el televisor una voz dijo «¿Diga?» y él levantó la vista.
Tardó
un instante en reconocer su propio apartamento, pero estaba todo allí: su raído
sofá, el sillón tapizado en vinilo que le habían vendido en la tienda por
treinta y dos con cincuenta después de que alguien le hubiera hecho un agujero
con un cigarrillo en el brazo derecho, el soporte del teléfono que él había
colocado de modo tal que proyectase una sombra sobre aquel agujero.
Una
voz débil, ligeramente metálica preguntó:
—¿Quién
habla?
El
hombre que contestaba el teléfono en su apartamento no era él mismo, era mayor
que él, de aspecto recio; empezaba a engordar.
Pulsó
un botón para aumentar el volumen.
—El
que ha llamado es usted —contestó el hombre que estaba en su apartamento—. ¿Qué
quiere?
—A
Lara.
Se
produjo una larga pausa. El hombre corpulento se quedó he¬lado. La imagen
desapareció lentamente para dar paso a una in¬mensa lata de comida para perros.
—Pura
carne —decía una voz nueva—. Déle a su perro una sola lata y verá cómo se la
come.
Volvió
a bajar el volumen y flexionó las rodillas para que las mantas formaran una
pantalla entre sus manos y el vano de la puer¬ta; los billetes eran todos de
cien y estaban casi nuevos. Ninguno de ellos era del todo nuevo y carecía de
arrugas. No había visto billetes de cien con frecuencia, pero la rúbrica
anticuada de aquellos le re¬sultaba familiar y correcta. En cada billete
aparecía la cara de una mujer mayor, amable e inteligente, una señora que, en
su opinión, podía ser una maestra a punto de jubilarse de una prestigiosa
escuela privada para señoritas. Se oyeron pasos en el pasillo; volvió a meter
rápidamente los billetes debajo de la sábana.
Era
la enfermera, que entró en su habitación sonriendo y cantu¬rreando por lo bajo.
— ¡Buenos días, buenos días! ¿Cómo está usted
hoy? ¿Ha dis¬frutado del desayuno?
Él
asintió.
—Lo
dejaré aquí, en su mesita, para W.F., ¿de acuerdo? ¿Cómo va esa cabeza?
—No
me duele mucho.
— Si quiere una aspirina, pídamela. Sé que puede
levantarse y andar, porque ayer estuvo usted mucho rato levantado... ¡Sí, lo
vi, chico malo! Así que podrá asistir a la Recreación en Grupo. El doctor Pille
estará allí y queremos que vea un montón de caras ra¬diantes. Sé que usted no
ha ido nunca, por lo que se me ocurre que tal vez quiera que le cuente cómo es.
— ¿Qué hacemos? —le preguntó—. ¿Jugamos al
béisbol con pe¬lota blanda?
—Pues
sí. Pero no cuando hace este tiempo, claro. Y no con un bate de verdad, porque
podría lastimarse alguien. Pero nos diverti¬mos en grande. Además, la idea es
que los de personal comparta¬mos las actividades recreativas de los pacientes.
De ese modo, los conocemos mejor y ellos nos conocen mejor a nosotros. El
doctor Pille no está obligado a participar, ¡pero tiene mucho espíritu
de¬portivo! Por eso viene siempre que puede. ¡Una vez jugó a la gallina ciega!
Pero hoy no podemos estar al aire libre por culpa de la nieve, así que
jugaremos al múpsbol sala. ¿No le parece divertido?
—Nunca
he jugado.
De
repente le entró el temor irracional de que los billetes aso¬maban por el borde
de las sábanas. Con todo el disimulo de que fue capaz, los empujó más hacia
adentro.
— ¡Entonces ésta es su gran oportunidad de
aprender! Vamos, a levantarse de la cama, y no se preocupe por ir en pijama,
todo el mundo, bueno me refiero a los demás pacientes, van vestidos igual.
Tuvo
la visión apocalíptica de que alguien arreglaba la cama en su ausencia por lo
que se metió el fajo de billetes en la cinturilla del pijama.
—Ha
llegado el día —susurró la enfermera—. William le dará la señal.
9
Libertad
—Muy
bien —dijo en voz alta la nueva enfermera—, quiero que forméis dos equipos.
Cruzó
entre ellos como un blanco barco hospital que surcara un mar taciturno,
empujando a pacientes y personal hacia la derecha y la izquierda. Él se
encontró en el grupo de la derecha, con North a su lado.
—Ahora
voy a nombrar dos capitanes —anunció la nueva enfer¬mera—. Doctor Pille,
¿quiere ser usted uno de ellos?
El
hombre que asintió era un oriental delgado y sonriente.
— Y usted, señor Walsh, será el otro.
— ¡Claro! —gritó Walsh —. ¡Acercaos a mí,
tigres! Escuchadme.—Cada uno de vosotros deberá elegir un hechicero.
—Tú
—dijo Walsh tocándolo en el hombro—. Tú serás mi he¬chicero.
Preguntó
qué debía hacer el hechicero.
—Hacerle
mal de ojo al enemigo. Yo estaré ahí fuera dirigiendo a la tropa. Y tú, chico,
tienes poderes mágicos que acabo de otor¬garte.
Alguien
le entregó a Walsh un bate rojo de plástico blando y un casco también de
plástico con plumas rojas.
—Gracias
—dijo Walsh.
—No
soy mágico.
—Antes
puede que no, pero ahora sí. Fíjate en el de ellos, ya ha puesto manos a la
obra. Tienes que neutralizar sus hechizos, venga,
ponte
a trabajar. — Walsh se alejó—. Tengo tres de personal. Los de personal serán
todos de caballería, ¿entendido? ¡Cohn, tú también serás de caballería!
Caballería, a buscar vuestros caballos.
Los
«caballos» eran triciclos de brillante plástico azul y rojo. En el centro de la
sala, un par de pacientes armados con las tapas de plástico de los cubos de la
basura y unos mazos enormes de plástico blando habían empezado a darse con
ahínco. Entre ambos había una pelota de playa de alegres colores, probablemente
la pelota de múpsbol.
Decidió
que quizá fuera una buena terapia. ¿Cómo se podía es¬tar enfadado con una
enfermera o un médico al que se acababa de aporrear en la cabeza con un mazo de
plástico? Con todo, no quería jugar. Bostezó.
Como
seleccionada por un reflector, vio la cara del hechicero azul, el hombre que
Walsh le había mostrado. Era una cara delga¬da, esquelética incluso, en una
cabeza que parecía afeitada. El due¬ño de aquella cara permanecía inmóvil en
medio del bullicio, son¬riendo levemente, con los brazos tendidos y los ojos
fijos en él.
«Dios
mío —pensó—, ¡funciona!» Comenzó a bailar como había visto hacer a los indios
en las películas, dando patadas, agitando los brazos y dándose golpecitos en la
boca mientras gritaba.
—¡Aaauh,
aaauh! ¡Indio cazar hombre blanco y arrancar cabe¬llera!
Al
cabo de unos instantes, notó que varios miembros del equipo azul habían dejado
de jugar para mirarlo.
—No
tardarán en llevar en volandas por toda la sala al capitán del equipo ganador.
Vete a toda prisa a tu habitación y ponte la ropa de calle. Dirígete a la
Puerta C. Se abrirá y yo estaré del otro lado. —Era North que desaparecía en
medio del tumulto al tiempo que se volvía para mirar.
Una
turba tocada con cascos rojos rodeó el ancho tubo de plásti¬co que los había
defendido de los azules; la caballería de los rojos mantenía a raya a los
azules con mangos de escoba acolchados. Walsh, llamativo con su casco de
plumas, marcó el gol.
El
pasillo estaba desierto y se preguntó si North se le habría adelantado o iría
detrás de él. Lo más probable era que se le hubie¬ra adelantado. North ya había
presenciado otros juegos y segura¬mente tenía una mejor idea de lo que iba a
ocurrir y cuándo.
El
fajo de billetes se le había salido casi de la cinturilla del pi-
jama;
cayó en la cuenta de que había sido un idiota al bailar como un indio porque el
dinero podía habérsele caído. Pero no se le cayó y la danza había funcionado.
Colocó los billetes en su billetera, de¬lante del dinero de verdad: tres de un
dólar, uno de cinco y uno de veinte, billetes del lugar que North llamaba
C-Uno, la realidad so¬bria y cuerda en la que Richard Milhous Nixon había sido
elegido dos veces presidente.
No
tenía sentido que se molestara en ponerse una corbata, sin embargo, se la puso;
la anudó rápida pero cuidadosamente delante de su pálido reflejo en la ventana.
Al ajustar el nudo, se dio cuen¬ta de que en lo más hondo de su alma creía que
los últimos días habían sido sólo una pesadilla, que todo lo que había ocurrido
des¬de que conociera a Lara había sido un sueño, que pronto se des¬pertaría e
iría a trabajar; y si iba a trabajar sin corbata, tendría que comprarse una en
la Sección Caballeros.
North
lo esperaba vestido con un pulcro traje azul.
—Aquí
tienes las llaves. Ella me dijo que es un Visón color cho¬colate y que está en
el medio de todos.
Las
llaves compartían el llavero con una pata de conejo. Se lo echó todo en el
bolsillo mientras bajaban ruidosamente la escalera.
— ¿No nos oirán?
— Siguen chillando y dando vivas por lo del
partido. La cuestiónes que salgamos de aquí deprisa antes de que terminen.
En
lugar de meterse en la sala en la que había bebido café en compañía de Joe y
W.F., salieron a un aparcamiento nevado situa¬do en lo que a todas luces era la
parte trasera del hospital. El coche marrón era más grande de lo que él había
esperado, pero parecía como encorvado con su capó corto, el maletero alto y la
espaciosa cabina de pasajeros.
Giró
la llave en el arranque, pero no hubo manera.
— ¿No dijiste que sabías conducir?
—No
arranca, eso es todo. Ni siquiera se oye el motor.
Impulsado
por un recuerdo casi racial, bajó la vista hacia los pedales. Había tres y un
botón de acero pulido por el uso, a la izquierda del embrague. Lo pisó con el
pie; el motor se puso en marcha.
—Así
está mejor —dijo North.
Asintió
y se preguntó qué tal le iría con los cambios. Hacía tiem¬po que no conducía un
coche con la palanca de cambios en el suelo.
y
cuando lo hizo, se había tratado de una palanca cortita en la cabi¬na de un
vehículo deportivo. La de aquel coche era una varilla re¬matada por un pomo de
goma negra y dura. Probó las marchas.
— ¡Muévete de una vez, maldita sea!
— ¿Quieres que salgamos de aquí o quieres tener
un accidente?
El
coche retrocedió suavemente; al poner la primera los engra¬najes soltaron un
crujido, pero la segunda y la tercera entraron como la seda.
—Supongo
que ahora somos ladrones —dijo cuando giraron para salir del aparcamiento del
hospital—. Si no nos vuelven a man¬dar aquí, acabaremos en la cárcel.
Apretado
en su rincón, North le sonrió.
— ¿Cómo crees que conseguí las llaves y logré
que me abriera esa puerta? Yo también tengo dinero.
— ¿Cuánto?
— ¿A ti qué carajo te importa? ¿Tú tienes
algo?—Te contesto lo mismo —respondió.
— ¿Sabes una cosa? Me caes bien —North soltó una
risita—. Es una lástima porque algún día acabaré partiéndote esa maldita
nari¬zota.
—Espero
que no sea antes de que termines de necesitar mis ser¬vicios como chofer. ¿No
sabes conducir? Me dijiste que sí.
—He
pasado por el curso para chóferes del FBI.
—Entonces
¿por qué me llevas contigo? —le preguntó.
—Porque
me dabas pena, pelma.
Le
echó una mirada a North y comprobó que ya no sonreía.
Ante
ellos se extendía una calle desconocida; era ancha, flan¬queada a ambos lados
por dos carriles de brillantes vías de tranvía. Entre la calzada y la acera
había árboles desnudos y cargados de nieve. Pensó en las calles que había visto
partir de la intersección situada delante del centro de salud mental. Aquella
era una de ellas, estaba seguro. Pero ¿cuál? Tenía la impresión de que a pesar
de que todas iban rectas, ninguna de ellas llevaba una dirección definida: ni
hacia el norte, ni hacia el sur, ni hacia el este, ni hacia el oeste. Sin
embargo, aquella calle había llevado dirección norte.
—Para
aquí —le ordenó North — , donde dice armas. ¿Ves el letrero?
— ¿Vas a comprar un arma?—Para o te corto el
pescuezo.
North
parecía decirlo en serio. Se acercó al bordillo, delante de la tienda de armas,
y apagó el motor. North se apeó y él suspiró aliviado al comprobar que pasaba
delante del escaparate y se dirigía a la tienda contigua donde vendían ropa
para caballero.
Sacó
la muñeca Tina y estudió su enigmática sonrisa durante un tiempo que le pareció
larguísimo y luego se sacó de debajo de la camisa el amuleto que Sheng le había
regalado. Era una raíz seca y dura con forma de hombrecito arrugado, no mayor
que el antebrazo de Tina.
Una
viandante se asomó a la ventanilla y él se dio cuenta de lo extraña que le
habría parecido a la mujer verlo con la muñeca en una mano y el amuleto en la
otra. Seguramente lo habría tomado por loco, y si llamaba a la policía,
descubriría lo acertada que es¬taba.
Con
la diferencia que en el Central Unido tampoco lo habían catalogado como loco,
sino como alcohólico. Era supuestamente un borracho, ¿y North qué sería? Un
maníaco esquizofrénico. O algo así.
Guardó
el amuleto y la muñeca y se dedicó a mirar a los tran¬seúntes. Al principio le
parecieron de lo más corriente, aunque iban vestidos de un modo un tanto
anticuado. Había visto películas de los años treinta y cuarenta y le pareció
que aquellas siluetas silencio¬sas y oscuras que caminaban deprisa en medio de
aquel frío estaban vestidas como para una de esas películas; las chicas, las
mujeres y unos pocos hombres llevaban pesados abrigos que les llegaban casi
hasta los zapatos, y los hombres lucían unos sombreros de fieltro de ala ancha,
y unos sombreros acampanados adornaban las cabezas de las mujeres y las chicas.
A lo
mejor se encontraba en algún país de la Europa del este, donde según contaban
en los telediarios de la noche, seguían usan¬do ese tipo de ropa. Un muchacho
que pasó por delante de él, lucía un sombrero de piel y varias mujeres también
iban envueltas en abrigos de piel. ¿Acaso en la Europa del este habría un lugar
donde hablaran inglés? ¿Sería una ciudad de adiestramiento para espías rusos?
En ese caso, la ciudad tendría que haber sido mucho más exacta. No era difícil
conseguir coches y ropas norteamericanas.
Pasaron
tres mujeres de mediana edad; llevaban un portafolios o un maletín. Cayó en la
cuenta de que había visto muy pocos hom¬bres mayores y empezó a contar. Llevaba
contadas veintitrés muje-
res
y tres hombres que parecían de mediana edad cuando North salió de la tienda de
armas.
—Todo
arreglado —le dijo North—. Vamonos.
—Creí
que estabas en la tienda de al lado.
—Estuve.
Me compré este abrigo. ¿Te gusta?
Era
recto, de grueso tweed marrón.
— Sí —respondió.
—Es
que me había entrado un poco de frío. Ahora me siento perfectamente.
North
se desabrochó el abrigo y la chaqueta que llevaba debajo y se abrió bien ambas
prendas. Dé los hombros le colgaban sendas pistoleras por las que asomaban las
culatas de unas automáticas.
—Nueve
milímetros. Me daba miedo no poder conseguirlas, pero las tenían. Vale, en
marcha. Hemos de ir a varios sitios y ver a cierta gente.
—No
pienso moverme mientras vayas armado —dijo él negando con la cabeza.
—Me
tienes miedo. Supongo que es natural. Toma. —North depositó una de las pistolas
en su regazo—. Ahora estamos iguales. Te daré la pistolera en cuanto lleguemos
a algún lugar donde pueda quitarme el abrigo y la chaqueta. Andando.
Sacudió
la cabeza.
— ¿Qué cuernos te pasa? He tratado...No quería
coger la pistola, pero lo hizo.
—Toma.
Guárdatela. Devuélvelas a la tienda. Las dos. Te da¬rán el dinero.
El
puño derecho de North se estrelló contra su mandíbula aplas¬tándole la cabeza
contra la ventanilla. Por un momento vio unos intensos destellos de color
amarillo pálido.
—La
próxima vez que te dé, será con la pistola, no con la mano.
Intentó
abrir la puerta, pero North lo sujetó por el brazo.
—Tienes
un arma —le advirtió North—. A por ella.
Negó
con la cabeza al tiempo que intentaba despejarse.
— ¡A por ella! Está cargada, lista para
disparar. Cógela y trata de matarme. Yo haré lo mismo. Gana uno de los dos.
—Estás
loco —le dijo—. Estas realmente loco.
Notó
la empuñadura rugosa en la palma de su mano; North la sostenía por el cañón e
intentaba que la agarrara. Pero él levantó ambas manos tal como había visto
hacer a los actores en las películas, como había visto hacer a los sospechosos
en la televisión. Espe¬raba que pasara por allí algún policía y los pescara.
—No
tienes agallas —le dijo North—. Creí que algo tendrías, pero me equivoqué.
—Si
hace falta tener agallas para disparar un arma descargada contra un hombre que
lleva otra cargada, tienes razón; no tengo ni pizca de agallas.
North
echó hacia atrás el cerrojo; un cartucho salió proyectado y fue a golpear
contra el parabrisas. North lo cazó al vuelo, extrajo el cargador, metió en él
más cartuchos y volvió a introducirlo con fuer¬za en la culata de la pistola.
— ¿Quieres probar de nuevo? Sacudió la cabeza y
encendió el motor.—Entonces ponte en marcha.
Cuando
se alejaban del bordillo, le preguntó:
— ¿Adonde vamos?
—Para
empezar, a un hotel. Necesito más ropa, documen¬tos, periódicos, una base desde
la cual trabajar. —North chasqueó los dedos — . ¡Al Grand! Sigue adelante,
tengo que dejarme loca¬lizar.
Con
insistencia se preguntó para sus adentros qué clase de traba¬jo iba a
desempeñar North desde esa base. Después de pensárselo dos veces decidió no
preguntar.
La
calle perdió las vías del tranvía y se convirtió en un bulevar flanqueado por
imponentes edificios de mármol y granito, edificios vigilados por estatuas
cubiertas en nieve y, en un caso, por un centi¬nela de carne y hueso, que podía
haber sido un infante de marina de los Estados Unidos en uniforme de gala.
Finalmente llegaron a una rotonda en la que los coches, los pequeños camiones,
los autobuses de doble piso y una que otra bicicleta giraban beodamente
alrede¬dor de un general de bronce con espada y sombrero ladeado. Siguió un
momento de absoluta desorientación antes de que se diera cuen¬ta de que el
general, su encabritado caballo de batalla y su espada en alto también giraban
y que la estatua daba vueltas en sentido contrario al de las agujas del reloj,
lo mismo que el tránsito.
Un
pequeño coche verde se les metió delante y North se llevó la mano al arma.
—Tranquilo
—le dijo, y posó su mano sobre la de North hasta que e! coche verde se perdió
de vista.
—Joder,
lo hubiera machacado a ese cabrón —masculló North con los dientes apretados—.
¡Machacado!
—Y
la policía nos habría echado el guante. ¿Por dónde giro?
North
no le contestó y siguió mirando al frente. Los vehículos, en su mayoría de
color negro, iban haciendo zigzag. Una pareja de policías, un hombre y una
mujer, los adelantó en un coche patrulla blanco y negro. La mujer los miró sin
ninguna curiosidad antes de que el coche patrulla se alejara internándose en el
tráfico.
Le
seguía doliendo la mandíbula; se la frotó con una mano mien¬tras seguía
conduciendo.
—Sigue
dando vueltas —le ordenó North—. Es una de éstas.
10
Habitación de hotel
Había
un balcón cuya mullida alfombra de nieve era testigo de que en invierno no lo
utilizaba nadie. Él sí; abrió las puertaventanas y salió con el abrigo puesto a
contemplar el mar invernal. Las olas tenían ese color casi negro verdoso que,
según le habían comenta¬do, los artistas denominaban tono cañón; golpeaban la
playa desier¬ta como seres vivos, como otros tantos obreros que supieran que al
final el trabajo quedaría acabado, que las piedras finales, los últi¬mos granos
de arena quedarían lavados a fondo y que hasta que aquello se hiciera, no
cobrarían la paga.
Más
cerca se veía un muro de contención barrido por el viento; más cerca aún, un
estrecho camino de asfalto manchado de hielo. Una terraza pavimentada,
flanqueada de árboles de hoja perenne plantados en tinas conducía desde el
camino hasta la escalinata de mármol del Grand que en verano era, con toda
seguridad, un bal¬neario, y en invierno, muy poca cosa.
La
habitación en la que se encontraban —North había insistido en que la
compartiesen— se hallaba en el último piso. Les costaba la módica suma de
veinticinco dólares la noche; a pesar de ello, habían logrado conseguir una
tarifa semanal de ciento veinticinco. Era amplia, con el techo alto, y hasta
ese momento había estado siempre fría.
Una
gaviota solitaria volaba en círculos sobre el mar helado; se le ocurrió pensar
que North podría haber intentado dispararle de haber estado allí.
Y
que la gaviota le habría dicho, si pudiera hacerlo, qué mar era aquél y si su
país se encontraba al otro lado, aunque estaba conven¬cido de que no.
¿Dónde
entonces? ¿O acaso le habían administrado una dro¬ga que distorsionaba de forma
permanente su visión del mundo, para que en la ciudad en la que había nacido lo
vieran vagar, con los ojos desorbitados, hablando de fantasmas? ¿Acaso sería,
como Lara le había dado a entender en su nota, el otro lado de una puerta
especial que debía encontrar? De ser así, ¿de qué lado estaría Lara, de éste o
de aquél? Porque daba la impresión de que estaba en ambos, y que dejaba entrar
a un extraño en el apartamento de él, y aparecía aquí en sus sueños y en la
televisión, aunque tal vez ésa fuera Marcella.
Que
con toda seguridad, sin lugar a dudas, era la misma Lara disfrazada. ¿Qué le
había dicho? «Querido, es terriblemente peligro¬so que hable contigo.» Eso
había sido un mensaje; una advertencia tan clara como le fue posible a Lara.
«¿Qué
hora es ahí?» De modo que «Marcella» estaba —había estado— lejos, en otro huso
horario y había acudido en avión en cuanto terminó de hablar con él por
teléfono.
O
quizá había querido que él la creyera lejos.
Marcella
era una estrella, Marcella aparecía por televisión, to¬dos la conocían. ¿Cómo
era que la había llamado la enfermera? ¿Una diosa de la pantalla? Pero Marcella
le había telefoneado, lo había despertado de su sueño, a menos que la llamada
hubiera sido un sueño.
Contempló
cómo bailaban los copos de nieve sobre las baldosas de la terraza.
El
teléfono volvió a sonar al otro lado de las puertaventanas. Las abrió, entró en
la habitación, que le pareció cálida, las cerró y echó el pestillo
cuidadosamente.
El
teléfono sonó por tercera vez.
Miró
a su alrededor para comprobar si las puertaventanas lo habían enviado de vuelta
a su país, o tal vez lo habían lanzado a un lugar todavía más extraño que el de
Lara. A excepción de la co¬modidad de la habitación, nada parecía haber
cambiado; supo que existía sólo por el contraste con el viento helado de fuera.
Contestó el teléfono.
—
¿Señor Pine? —era el nombre que él y North habían escogido.
-Sí,
diga.
— ¿Comparte usted su habitación con un tal señor
Campbell?
— Sí —contestó—. O mejor dicho, el señor
Campbell comparte la suya conmigo. Él fue quien pagó.
—En
nuestro registro sólo figura su nombre, señor, aunque indi¬can que hay dos
personas. ¿El otro caballero es el señor Campbell?
—Efectivamente.
¿Por qué lo pregunta?
—Porque
el señor Campbell está comprando cosas en una de las tiendas, señor —repuso el
empleado, y colgó.
Él
también colgó y encendió el televisor. Lara no apareció en la pantalla, aunque
en el fondo él esperaba que lo hiciera. Se sacó el mapa y el fajo de billetes
de los bolsillos del abrigo, se lo quitó y lo lanzó sobre el sofá.
Por
lo que alcanzaba a juzgar, los billetes eran perfectamente genuinos. La banda
de papel marrón con su inscripción, su carácter chino escrito en tinta y el
precio de diez céntimos estaba tan como la recordaba.
Guardó
los billetes y estudió el mapa, tratando de recordar la topografía de Estados
Unidos y dónde podría encontrarse aquella zona. La muchacha de la tienda de
mapas había mencionado una ciudad cercana, o quizá había sido el hombre de cara
colorada con el que había hablado en la calle. Por más que se devanara los
sesos no lograba recordar el nombre de la ciudad.
No
se veía ninguna ciudad en el mapa, que se parecía demasiado a un cuadro. Había
montañas con picos nevados, estrechos valles de aspecto inhóspito. Una serie de
desnudos muros rojizos y torres con el nombre de «Castillo de los Gigantes» no
sería más que una for-mación rocosa. Tuvo la impresión de que había oído hablar
de aquel sitio, o quizá fuera de otro parecido, el Terraplén de los Gi¬gantes o
algo por el estilo.
La
muchacha había mencionado un sitio llamado Garganta de Cristal, de eso estaba
seguro. Lo encontró en el mapa: urnas res¬plandecientes y estatuas sobre
pedestales de cristal. Había otro lu¬gar denominado Jardín de los Placeres de
la Diosa en cuyo centro aparecía un arco de piedra cubierto de flores. Se
acordó de que en sueños había visto aquel arco y se echó a temblar.
La
puerta se abrió estrepitosamente y North entró cargado de cajas y con un
periódico.
— Aquí tienes —dijo North, lanzándole una caja
al regazo.
Sacó
el mapa de debajo de la caja y le preguntó: -¿Qué es?
— Un sombrero. Tuve que adivinar tu talla, pero
si no te va bien, puedes devolverlo. Se te ve raro sin uno. Aquí todo el mundo
lleva sombrero.
Volvió
a plegar el mapa, abrió la caja y sacó un sombrero de copa alta y ala breve.
Nunca había llevado sombrero, pero debía reconocer que North tenía razón.
—También
te he comprado una corbata nueva y un par de cami¬sas. Si la criada se pone a
fisgonear, es mejor que encuentre algo.
— ¿Ha venido el hombre con el que debías
encontrarte?—Eso me lo guardo para el final. Pruébate el sombrero.
Así
lo hizo; al principio le pareció una pizca apretado, pero lue¬go decidió que le
estaba bien. La corbata era de seda roja con un estampado amarillo que le
recordaba unos huevos revueltos. Las dos camisas eran de color gris oscuro, una
con rayas amarillas y la otra con rayas azules.
— Pura seda, aquí la seda es barata. Calculé que
tendrías un treinta y ocho de cuello. Si no te van bien, déjate el cuello
desa¬brochado. De todos modos, así es como quedan mejor.
—Treinta
y ocho de cuello me irá bien.
—Y
ahora vas a leer sobre nosotros —le dijo North entregándo¬le el periódico — .
Salimos en primera plana.
LOCOS
HUYEN
Tres
pacientes huyeron ayer de la planta de hombres del Hospital Psiquiátrico
General Unido. No se han dado a conocer sus nombres para no herir los
sentimientos de sus familiares, pero el doctor Jonathan Pille, funcionario del
hospital, describe a uno de ellos como peligroso. «Es un hombre de raza
caucasiana, mediana altura», in¬formó el doctor Pille a este reportero.
«Cabello oscuro que empieza a ralear, ojos castaño oscuros y bigote negro.
Recibía un tratamiento de electrochoque y litio y nos daba la impresión de que
íbamos pro¬gresando. Hace diez días lo trasladamos del Pabellón de Violentos a
nuestra Ala de Tratamiento General, pero lo más probable es que sufra una
recaída si no recibe tratamiento.»
El
segundo es un hombre bajo, más bien corpulento, completa¬mente calvo, de unos
cuarenta y cinco años. Se dice que tiene un trato agradable y que es capaz de
parecer completamente cuerdo
durante
largos períodos. No se lo considera peligroso, pero para su propia seguridad,
debería estar internado.
El
tercero es joven, de estatura algo inferior a la media, cabello castaño y
ondulado y ojos castaños. Se cree que es amigo del anterior y que pueden ir
juntos.
Esta
es la primera vez en diez años que unos pacientes se escapan del General Unido.
Se han reforzado las medidas de seguridad.
—De
ella ni una sola palabra, ¿te das cuenta? —dijo North—. Temen que los obliguen
a dejar de emplear enfermeras en la planta de hombres.
—
¿De la enfermera que te ayudó? A lo mejor no lo saben.
—Claro
que lo saben, si es que tienen cerebro. ¿Cuál es el coche que falta? ¿De
quién...? —North se interrumpió al ocurrírsele de pronto una idea—. El otro es
Eddie Walsh. Tiene que ser él.
—No
vino con nosotros.
North
sonrió y comentó:
—Pero
no echamos llave a la puerta. ¿Te acuerdas de la Puerta C? Siempre está con
llave. Los muchachos lo llevaban en volandas cuando nosotros salimos y debió de
habermos visto. Eddie es un cabrón muy, pero que muy listo.
—No
tenía ropa de calle. Dios santo, debió de haber muerto congelado.
—Pues
se arriesgó como hicimos nosotros.
Si
North dijo algo más, él no lo oyó. Vio la cara de su madre y oyó su voz, la
cara y la voz, tal como habían sido hacia el final, cuando estaban a punto de
perder la casa: «Me arriesgué».
—Aquí
no llevan demasiada documentación encima —dijo North—. Por lo que me han
comentado, con un carnet de conducir puedes ir a todas partes. Aquí tienes el
tuyo.
Un
cuadrado de cartulina voló por el aire y fue a aterrizar sobre su regazo. Creía
que un carnet de conducir debía estar forrado en plástico y llevar foto; aquel
se parecía más a una entrada de teatro muy elaborada, pero llevaba impreso un
nombre (como si esa noche él fuera el espectáculo) y había un espacio para su
firma.
—Voy
a ducharme y a cambiarme —le advirtió North—. Si quieres, dúchate tú también.
Después tenemos cosas que hacer.
Asintió;
en la pantalla del televisor seguía viendo la cara de su madre, su cara tal
como había sido cuando era mucho más joven. O
la
de Lara. La mujer se volvió y resultó ser una actriz que le vol¬vía la espalda
mientras la cámara enfocaba por encima de su hom¬bro a un tipo apuesto con el
que estaba hablando. Presintió que Lara había sido su madre, Lara con unas
facciones que se desdibuja¬ban cuando él intentaba aferrarías. No era
exactamente la Lara que había vivido con él, sin embargo las dos eran...
Sacudió
la cabeza. ¿Era posible que la locura se contagiara como ¿1 sarampión? ¿Y qué
era la locura? ¿Acaso alguien que nega¬ba los hechos era un loco, como el pobre
Eddie Walsh? Volvió a sacudir la cabeza y cogió el periódico, un tónico para la
locura que amenazaba con ahogarlo: Sección 1, Clasificados, Deportes.
La
imagen de Eddie Walsh le lanzaba un provocativo desafío desde las páginas de
deportes.
JOE
PREPARADO PARA ENFRENTARSE AL CAMPEÓN
El
popular pugilista Joe Joseph ha firmado contrato para luchar contra «Marinero»
Sawyer, campeón mundial de los pesados, tal como lo ha anunciado hoy Edward E.
Walsh, representante de Jo¬seph. «Joe ya es campeón —bromeó Walsh—. Lo único
que va a hacer es defender el título.» Aún no se ha anunciado la fecha del
encuentro, pero según los términos fijados en el contrato, deberá realizarse en
el plazo de un año.
En
sus últimas cinco peleas, Joseph ha conseguido unas victorias convincentes, la
última de ellas se produjo anoche, en un encuentro con Ben MacDonald al que
noqueó en el tercer asalto. La pelea con Sawyer será su primera participación
en un encuentro principal. Walsh, que ha estado hospitalizado por problemas de
estómago, re¬gresa a su puesto para preparar a Joseph para la gran pelea.
Dejó
el periódico. Pobre Eddie, ahora sí que iban a encontrarlo. Hasta los médicos
leían las páginas de deportes. Trató de recordar el nombre del doctor oriental,
pero sólo le venía a la mente el de Sheng; el viejo chino vendía específicos en
su tienda de curiosi¬dades. ¿Sería posible llamar a Walsh para advertirle?
Seguramente ya habría visto la nota del diario; con todo, una advertencia no
es¬taría mal.
En
la mesita de noche que había entre las camas había un grueso listín gris y
amarillo, pero en sus páginas no aparecía ningún Ed¬ward E. Walsh. Intentó
recordar el nombre de la empresa de
Walsh,
la que él había nombrado cuando se conocieron. Promocio¬nes Walsh, eso era...,
y aparecía en grandes letras negras un poco más abajo del inicio de la columna.
Marcó el número.
En
esa ocasión no oyó el gorjeo de voces. El teléfono (se imagi¬nó una sórdida
oficina a la que se accedía subiendo dos tramos de escalera, en un edificio de
ladrillo, junto a un gimnasio) sonó dos veces y una voz maravillosamente
familiar le contestó:
-¿Diga?
— ¡Lara!
—Sí,
soy Laura. ¿En qué puedo ayudarle?
—Lara,
soy yo.
—Perdone,
pero me parece que se equivoca de número —dijo Lara con cautela—. Ha llamado a
Promociones Walsh. Soy Laura Nomos, la abogada del señor Walsh.
Inspiró
hondo y le dijo:
— Creo que eres Lara Morgan.
La
chica colgó. Volvió a marcar el número y el teléfono sonó y sonó en las
imaginarias oficinas de Promociones Walsh, pero nadie contestó.
North
salió de la ducha fresco y rosado abrochándose la camisa de rayas azules.
— ¿Quieres ir al lavabo? Él negó con la
cabeza.—Entonces vamonos.
— ¿Adonde vamos?
—Digamos
que a una reunión con unos amigos míos para discu¬tir nuestra estrategia.
Se
puso en pie, se alisó el traje y se enderezó la corbata; cogió el abrigo y se
aseguró de que no se le había caído nada de los bolsillos.
— ¿Estrategia para qué?
—Para
hacernos con el gobierno de este enloquecido lugar, ¿para qué diablos creías
que iba a ser? Necesitamos hombres, y una cierta garantía de que el ejército no
actuará contra nosotros.
North
cogió las dos pistolas enfundadas en sus respectivas pisto¬leras de cuero negro
y se colgó una de cada hombro.
11
La
conspiración
—
Gira en mitad de la manzana —le ordenó North.
Giró
y se internó por un callejón estrecho y sinuoso como aquel por el que había
huido él del policía montado. Sin embargo, difería en un aspecto, porque era de
noche y el callejón estaba absoluta¬mente oscuro exceptuando las luces de los
faros del coche. Los ga¬tos con brillantes ojos verdes se echaban a un lado y
en un momento dado tuvo que dejar que el coche empujara un cubo de basura
atra¬vesado en la calzada.
El
callejón se bifurcaba, para volver a bifurcarse otra vez y otra; a pesar de que
veía calles más anchas en los extremos de algunos de sus ramales, North le
indicaba siempre que se apartara de ellas. No tardó en llegar a la conclusión
de que North tampoco sabía adonde iban, y que probablemente habría apuntado las
indicaciones en un papel que, en la oscuridad, ya no podía consultar, y que por
capri¬cho o por orgullo patológico, North no utilizaba la luz interior del
coche ni encendía una cerilla.
Finalmente
se detuvieron detrás de otros coches, se bajaron y se alejaron andando hasta
llegar a un estrecho tramo de escalera de cemento que llevaba a una puerta
metálica. North aporreó la puerta con los puños hasta que una vieja les abrió.
—Aquí
afuera les hace falta una luz —le dijo North.
—Se
quemó la bombilla —le contestó la vieja.
Al
parecer los estaba esperando; les condujo a una habitación exigua, con paredes
mugrientas de cemento.
Una
mujer alta, vestida con una sucia chaqueta blanca, encendió varias luces
brillantes, luces tan potentes que tuvo que cerrar los ojos un momento. La
mujer alta les examinó las caras y se las em¬polvó.
—Me
gusta esa sonrisa —murmuró la mujer alta, y le untó los labios con una pomada
escarlata; luego levantó un espejo para que él pudiera verse.
Se
restregó un labio contra el otro para quitarse lo más posible.
—Creí
que... —comenzó a decir.
—No
entiendes cómo se hacen las cosas aquí —le dijo North—. No sería conveniente
que diésemos la impresión de que acabamos de venir de la calle.
—Claro
que no —convino la mujer alta, y siguió ajetreada dán¬doles unos toques en la
cara con un lápiz.
Oyó
unas voces fuera de la habitación y en un momento dado le llegó un ruido como
el rugido distante de un trueno; por el pasillo oscuro iban y venían las
siluetas oscuras de hombres y muchachas. Cuando la mujer alta hubo casi
terminado, él vio la corpulenta si¬lueta de un oso.
—Allá
vamos —le dijo North—. Sígueme.
El
pasillo oscuro conducía a una sala muy iluminada en la que había cuatro hombres
sentados alrededor de una mesa de madera pintada. Uno de ellos vestía un
uniforme arrugado; dos llevaban traje, como de oficinistas; el cuarto, a quien
parecía pertenecer la sala, vestía un pijama amarillo y un albornoz marrón.
Transcurrió medio minuto o más antes de que se diera cuenta de que la sala era
mucho más grande de lo que parecía, que sólo aquel extremo (quizá mucho menos
de la mitad) estaba iluminado y que en la oscuridad, del otro lado de la fuente
de luz, había gente que los observaba.
El
del uniforme se dirigió a North y le explicó brevemente lo que se había dicho
antes de que los dos llegaran. Parecía claro que que¬ría que North los
dirigiera, e igualmente claro que le caería mal cualquier otro líder.
—No
sólo podemos luchar contra la injusticia —dijo North — , sino que podemos
ganar. Pero sólo si cada uno de vosotros y cuan¬tos participen en el
movimiento, están dispuestos a hacer exacta¬mente lo que se les mande y sufrir
las consecuencias si no lo hacen. Un montaje como éste atrae a muchos
aficionados, pero los aficio¬nados no son útiles. Debemos contar con hombres
disciplinados, que se disciplinen a sí
mismos. ¿Hay alguien aquí que no estuviera dispuesto a eliminar al que tiene al
lado si yo le dijera que nos ha fallado?
Él
iba a protestar, pero el del uniforme contestó la pregunta:
—Aquí
no hay un solo hombre que no estuviera dispuesto a eliminarse si fallara.
—Un
hombre así no nos fallaría —le dijo North—. Un hombre así es fuerte, porque es
a través de la fuerza, sólo a través de la fuerza, que podemos ganar. Podréis
pensar que el gobierno es fuer¬te y que nosotros somos débiles; pero os
equivocáis. El gobierno es grande y rico, pero no es fuerte. Sus pesados
miembros están atados por diez mil cuerdas demasiado finas para que nuestros
ojos las vean. Están atados por la religión y la moral, por la necesidad de
parecer morales y religiosos aun cuando la religión y la moralidad apunten en
otra dirección. También están atados por negocios y maniobras sucias, por
políticos corruptos que han logrado comprar¬se su propia parcelita. Cuando el
gobierno empiece a actuar contra nosotros (¡demasiado tarde!), comprobaréis su
torpeza y su inefica¬cia. Cuanto más fuertes seamos nosotros, más débil será el
gobier¬no. ¡La fuerza es nuestro Dios! ¿Y qué es Dios sino aquello que atiende
a nuestras plegarias? La fuerza es la que atiende a todas las plegarias, la que
hace posible que un hombre o una nación hagan lo que deseen.
Desde
la zona oscura de la sala les llegaron unos aplausos aisla¬dos.
— ¿Qué me dice del hombre que lo acompaña,
señor? —inquirió el del pijama amarillo—. ¿Es de fiar?
Mayor
que los demás, el del pijama amarillo tenía cintura ancha y cabello canoso, su
voz era profunda y gelatinosa, como si le saliera de las cavidades más ocultas
de unos pulmones envueltos en grasa.
— ¡No! Ningún hombre es de fiar. Usted lo sabe
mejor que nin¬guno de nosotros, pero cuando traicionamos nuestra confianza,
mo¬rimos. Toda la vida nos han enseñado, ellos nos han enseñado, a pensar en
eso como una debilidad nuestra. ¡Pero yo os digo que es nuestra fuerza! Somos
seres sobrenaturales encadenados por seres que son meramente naturales, y no
debemos darle la espalda a la mano de Dios que llevamos dentro. Somos una banda
sagrada de hermanos y cuando cada uno de nosotros adquiera conciencia de ello
¡seremos invencibles!
Un
pesado telón de felpa púrpura cayó entre la zona iluminada de la sala y la
oscura. Del otro extremo les llegó el sonido distante de truenos que él había
oído antes. Los hombres de la mesa se le¬vantaron, los dos del traje se
quitaron el sombrero y se limpiaron la cara. Un hombre medio calvo, en mangas
de camisa, se asomó a la sala.
— ¡Telón! A saludar, todos. A saludar una sola
vez.
North
lo tomó de la mano derecha y el gordo de la izquierda. El del uniforme tomó a
North de la mano derecha y los dos del traje se separaron y se colocaron a
ambos extremos. Como si fueran niños interpretando una obra de teatro, se
metieron por la partición del telón y saludaron —North dos veces— a un público
que apenas lo¬graban ver.
—Funciona
—le dijo North cuando regresaron al pasillo oscu¬ro— . Los has oído.
—Creí
que hablabas en serio. Creí que ibas a derrocar al gobier¬no de verdad.
—Vamos
a hacerlo. Ésta es la manera de comunicar tus ideas a la gente. Pasa lo mismo
allí de donde venimos.
El
hombre que estaba en mangas de camisa apareció agitando un papel.
— Si quieren sentarse ahí delante, hay dos
asientos juntos. La próxima actuación es a las diez en punto. Lo tengo todo
escrito aquí.
North
le echó un vistazo al papel y masculló un «gracias».
—Andando,
hay un corredor que nos lleva a la platea, donde están las salidas de incendio.
Trabajaba aquí antes de que me ence¬rraran en ese lugar.
Sus
asientos se encontraban a tres filas del escenario. Quiso pre¬guntarle a North
si había palomitas de maíz, aunque sabía que las palomitas se vendían
únicamente en los cines. Presentía que Lara se encontraba en alguna parte del
teatro; si lograba inventarse una excusa para levantarse del asiento, quizá
lograra dar con ella.
Una
muchacha rubia y delgada subió al escenario con un ta¬burete y un instrumento
que parecía un cruce entre una guitarra eléctrica y una balalaica. La chica se
sentó en el taburete y se puso a tocar y a cantar una canción sobre piratas;
mientras cantaba, tres piratas morenos bailaban silenciosamente a sus espaldas.
Uno de ellos llevaba un parche negro en un ojo, otro, un gancho de acero en
lugar
de la mano que le faltaba, y el tercero, una pierna de madera; el de la pierna
de madera la acompañaba con una concertina al mismo tiempo que bailaba
revoleando la pierna en el aire como el palo de la escoba de una bruja. Cuando
el barco pirata lanzó un cabo sobre su víctima, las andanadas de las baterías
del costado llenaron el teatro y dio la impresión de que los tres bailarines se
habían convertido en cincuenta.
—Un
tanto triste, ¿no? —susurró North —. Ahí toda sólita. Además, los tíos no le
tenían ningún aprecio. Una actuación así resulta mucho mejor en un restaurante
con espectáculo.
Apareció
en escena un piano sobre ruedas empujado por alguien y una vieja que podía
haber sido una fregona cualquiera interpretó L'isle joyeuse. El nombre aparecía
escrito en una tarjeta. Cerró los ojos para escuchar la música, consciente de
que aunque no hubiera hecho más que estarse en el hotel dando vueltas, estaba
muy cansa¬do. Los piratas bailarines se convirtieron en arlequines y la proa de
su barco se alargó llenándose de velas de extrañas formas. Había visto esas
figuras y ese barco en alguna parte, tal vez en una película o en una de las
pantallas decoradas de la sección Muebles.
Aunque
no podía verla a través de los párpados cerrados, Lara se había alejado del
piano. Lo supo casi al instante, abrió los ojos, se irguió en el asiento; ya
había abandonado el escenario. Se le¬vantó. Cuando North lo agarró de la manga,
masculló:
—Me
encuentro mal —y salió corriendo pasillo abajo para me¬terse en el corredor
vacío que había detrás de las salidas.
Notó,
sorprendido, que ya no estaba vacío; delante de cada sali¬da de incendio había
un hombre alto y serio. Nadie decía ni hacía nada por detenerlo, pero tuvo la
sensación de que lo harían si inten¬taba abandonar el teatro.
Corrió
entre bastidores, seguro de que Lara había pasado por ahí, para salir hacia la
derecha del escenario o hacia la izquierda, y que no había bajado a la platea.
Estaba
más oscuro que nunca, aunque tenía la sensación de que la melodía de la vieja
del piano, las notas luminosas y resplande¬cientes deberían haberlo iluminado,
porque le pareció que los pris¬mas de cristal de una antigua y valiosísima
araña se habían converti¬do en pájaros y que los pájaros habían sido liberados.
Animado por aquella luz que casi le permitía ver, abrió de par en par una
puerta y vio al oso. Éste se alzó sobre sus patas traseras y empezó a gruñir.
y
aunque llevaba bozal y estaba encadenado, él se sintió recorrido por un
escalofrío de terror.
—Aquí
está usted —le dijo el hombre en mangas de camisa—. Creí que no saldría cuando
le dieran el pie.
Cerró
la puerta.
—No,
no —le dijo al hombre—. No puedo volver a hacerlo. —Intentó explicarle lo de
Lara.
—Ha
soñado usted, amigo —le dijo el hombre en mangas de camisa—. Eso es todo lo que
ha pasado... Madame estaba tocando y usted se quedó dormido.
—Aunque
no fuera más que un sueño —le dijo—, tengo que buscarla. Aunque sólo exista una
posibilidad entre un millón, por¬que es la única que tengo.
—No,
aunque no fuera más que un sueño, esta noche tiene us¬ted que seguir adelante.
Está aquí Klamm, el asesor del presidente, uno de los hombres más importantes
del país.
—
¿Klamm? —inquirió—. Una vez hablé con él por teléfono, pero se trataba de un
alemán.
El
hombre en mangas de camisa lo miró con renovado respeto.
—Así
es, Klamm es alemán.
—No
creí que el presidente fuera a tener un asesor alemán.
North
pasó junto a ellos a toda prisa sin mirarlos siquiera.
—Klamm
es inmigrante, pero ocupa un puesto muy importante en el gobierno. Y ahora debe
usted irse. Está en la cabina de su izquierda.
Intentó
protestar, pero el hombre en mangas de camisa lo empu¬jó hacia el escenario.
—Si
veo a su Lara, se la mandaré, haré que forme parte de la obra. Se lo prometo.
North
entraba ya. Él lo siguió tratando de poner cara de conspi¬rador pero sintió que
estaba pálido del susto. Se había dejado el sombrero gris en alguna parte, no
recordaba dónde.
El
escenario había cambiado. El del uniforme estaba tumbado en un catre, cubierto
con una fina manta.
—Ya
lo ve usted.
—Lo
he visto en otras ocasiones —contestó North.
Quiso
buscar a Lara entre el público, a Klamm en su cabina, pero las luces lo
cegaban. Presentía que su primera impresión había sido correcta, que se
encontraban en un sótano, que lo ilusorio era
el teatro, no la obra. «Llevo toda la vida siendo actor de una obra
—pensó—, y no me he sabido nunca mi parte. La única diferencia es que ahora sí
me la sé.»
— ¿Cuándo ocurrirá? —le preguntó North al gordo.
El gordo se encogió de hombros y repuso:
—Hoy,
señor. A más tardar, mañana. El sistema inmunológico se va apagando; después,
es sólo cuestión de ver qué es lo primero que lo hará caer.
Uno
de los hombres trajeados preguntó:
— ¿Por qué, Nick? ¿Por qué lo hiciste?
—Lo
siento, David —respondió el del catre—. No pude conte¬nerme.
—Y
no había nadie ahí para ayudarlo —dijo North, y dio media vuelta.
Sus
ojos se habían acostumbrado a las brillantes luces del esce¬nario. Alcanzaba a
ver al público: líneas oblicuas de caras pálidas y desdibujabas que se perdían
en la oscuridad, interrumpidas aquí y allá por un asiento vacío. De pie (como
siempre), junto a North, fingió que observaba al hombre del catre, al mismo
tiempo que es¬tudiaba las caras con la esperanza de encontrar la de Lara; al
com¬probar que no la veía, decidió buscar a Klamm en su cabina, aunque no
recordaba si el hombre en mangas de camisa le había dicho que estaba a la
derecha o a la izquierda, ni si las instrucciones que le habían dado eran en
relación con los actores o con el público.
Klamm
estaba allí, el único ocupante de la cabina; era un hom¬bre anciano, de cara
arrugada, bigotes puntiagudos teñidos de ne¬gro azabache y mejillas que caían
fláccidas por el peso de los años. El gran hombre vestía esmoquin, camisa
blanca de gala con corbata blanca y parecía estar durmiendo con los ojos
abiertos, la mirada fija al frente, como contento de esperar, con el cigarro en
la mano, a otros actores de más talento y papeles más elevados, aunque no podía
nunca tardar tanto en llegar.
—Los
salmones mueren después de haber depositado los huevos —decía el gordo—. Los
zánganos cuando han fertilizado a la reina. En muchas especies, las arañas
macho son devoradas por la hem¬bra. A nosotros, al menos, se nos ahorra ese mal
trago.
En
un momento en que miró hacia un lateral, Lara había entra¬do en la cabina de
Klamm y ahora estaba allí de pie, con una mano posada sobre su hombro. Vestía
un traje de material tornasolado
que
le envolvía un pecho en un toque de luz, un doble arco iris, violeta, azul,
verde y dorado. Sus hermosos cabellos le parecieron más bonitos aún; eran una
parte de su persona que la transfigura¬ban, transfigurándose.
Dio
un paso hacia los bastidores y por eso vio antes que nadie a los hombres
armados.
12
Hijos del dragón
Después
de perforarle el abrigo a la altura de la cadera, el pri¬mer tiro mató al
hombre moribundo del catre. North abrió fuego inmediatamente, con una pistola
en cada mano. Del otro lado del escenario llegaron más policías, si eran
policías. Una mancha de sangre apareció en la pernera del pijama amarillo del
gordo y se fue agrandando rápidamente. El gordo miró hacia abajo con la boca
abierta, se agarró la pierna con las manos gordas y cuidadas y fue cayendo
despacio hasta que el estrépito de su corpachón sacudió el escenario.
—Por
aquí —gritó North, y retrocediendo a toda carrera des¬trozó la pared de cemento
como si se tratara de lona pintada.
Al
agacharse para no ponerse en el campo de fuego de North se encontró cara a cara
con un mago vestido inmaculadamente con ropa de gala. Con gracia experimentada,
el mago abrió la puerta de un armarito rojo y dorado.
North
se metió en el armarito. Él lo siguió y notó más que oyó el portazo. Cayeron en
la oscuridad y bajaron deslizándose por algo demasiado empinado y resbaladizo
como para sujetarse. Más tarde recordaría que había temido que a North se le
disparara una de las pistolas al final del tobogán.
Pero
eso no ocurrió, aunque sí oyó tiros y gritos que venían de arriba y ruido de
carreras. Le llegó el sonido de un arañazo y vio un fulgor luminoso; North
sostenía en la mano un encendedor de plata. Se acostaron sobre una pila de
colchones, como en el cuento de la
princesa
que debía notar un solo guisante. Estaban rodeados de un montón de barriles,
estantes y cajas sumidos en las sombras.
Con
sus dientes fuertes, North rompió el celofán de un cigarro.
— ¿Sabes dónde estamos?
Él
asintió. Había visto un farolillo de papel y reconocido el sitio.
—En
el sótano de la tienda china.
North
mordió el cigarro, le arrancó la punta y la escupió.
—Bastante
cerca. Estamos en el sótano del teatro. El número de magia iba después que
nosotros, por eso el tío estaba preparándolo todo detrás de nuestro escenario.
En ese armarito hace desaparecer a comparsas colocados entre el público.
Sacudió
la cabeza y bajó de los colchones sucios de polvo.
—Será
mejor que nos escondamos durante un rato —le dijo North, y encendió el cigarro.
Puso
un pie en la escalera y le dijo:
—Adelante,
dispara. Te oirán y sabrán dónde estás. O si prefie¬res puedes empezar una
pelea. Gritaré y me oirán.
Se
sacó del bolsillo las cerillas de Sheng y encendió una, igual que había hecho
Sheng en una ocasión anterior, que parecía aban¬donada y solitaria bajo un
montón de hojas de calendario. Surgió un dragón de fuego rojo y amarillo que
soltaba humo negro e iluminó aquel rincón del mugriento sótano. Le pareció que
le guiñaba el ojo antes de desaparecer.
— ¡Maldición! —gritó North quitándose el cigarro
de la boca y sacudiéndose las chispas—. ¿Cómo lo has hecho?
—Que
te diviertas —le deseó, y le dijo adiós con la mano.
Subió
la escalera y entró en la tienda de Sheng. Sheng y el doc¬tor Pille estaban
sentados en la trastienda, bebiendo té.
—Alegro
de volver a verlo —le dijo Sheng—. Este hijo de her¬mana. Doctor. Buen hombre.
¿Gusta té? ¿Quiere comprar algo?
El
doctor Pille le tendió la mano.
—Ya
nos conocemos, más o menos. Aunque entonces estaba usted medio inconsciente.
Después volví a verlo en el partido de múpsbol. Estuvo realmente impresionante.
— Y ahora me llevará de vuelta. O lo intentará.
—Sacó la silla que quedaba y se sentó.
—En
realidad no —repuso el doctor Pille. Y después de una pausa, añadió — : Es
decir, a menos que usted quiera.
—Tal
vez quiera —dijo frotándose las sienes con la punta de los dedos—. Esto es una
locura.
Sheng
se rió por lo bajo.
—Bromas
para los dioses. Relájese, disfrute, ríase también. No haga mal. Mal no va con
bromas. Cuando muere, bebe vino con los dioses y ríe más.
—De
vez en cuando, las presiones de la vida nos agobian a todos —comentó el doctor
Pille.
Se
le ocurrió entonces que de un momento a otro, North podía subir por la escalera
y matarlos a todos. Muy poco podía hacer él.
— Cuente —le pidió Sheng—. Sobrino muy sabio.
Sheng tonto, pero tonto viejo ve mucho. Hasta tontos aprenden con años.
Al
ver que no le contestaba, Sheng prosiguió con un tono su¬mamente persuasivo:
— Cuente a doctor Pille. Su doctor. Sheng
escucha.—Está bien. Oiga..., ¿de veras soy alcohólico?
—Lo
dudo. Pero si cree que puede llegar a serlo, será mejor que reduzca la bebida.
—Beba
té —le sugirió Sheng, y le llenó la taza con el oscuro líquido humeante.
—Si
no soy alcohólico, ¿por qué dijo que lo era cuando me in¬gresaron? Estaba en mi
historia clínica.
—La
mujer prefería que hubiera cargos —repuso el doctor Pille poniéndose serio —. Y
mi tío me había pedido que cuidara de usted. Lo vio cuando sufrió la caída. Y
faltar a la palabra empleada es algo muy serio, como sabrá usted bien. Si
hubiera dicho que exceptuan¬do la conmoción estaba usted cuerdo, lo habrían
trasladado a otro hospital y de ahí a la cárcel. Diagnosticando que era
alcohólico lo¬gré mantenerlo en el General Unido y que no le administrasen
dro¬gas psicoactivas.
—Está
bien —asintió. Aquello le parecía demasiado como para asimilarlo de golpe — .
Señor Sheng, estuve en un teatro. Me metí en el armario de un mago y me caí por
lo que parecía ser una puerta trampilla sobre unos colchones viejos. Pero
cuando el hombre que me acompañaba encendió su encendedor, nos encontramos en
su sótano.
—Edificio
pertenece a teatro. Sheng alquila tienda, buen inquilino, paga siempre. Teatro
no necesita todo espacio de sótano, deja que Sheng guarde mercancía, dan a
Sheng la llave.
El
doctor Pille le hizo a Sheng un rápido comentario en chino y luego le preguntó:
—
¿Quién es el hombre que lo acompañaba?
-North.
—Es
muy peligroso. ¿Es usted consciente de eso?
—Sí,
ya lo sé.
—Si
de verdad se encuentra en el sótano de mi tío, debo infor¬mar a las
autoridades. Debería usted...
En
ese momento, debajo de sus pies se produjo una explosión, seguida
inmediatamente por otra. Un demonio, un ser extraño, una cosa de fuego que no
tenía nada que ver con la vida terrena (pero que sin embargo parecía viva),
subió la escalera rugiendo, chocó contra una pared y giró hacia la habitación
en la que estaban to¬mando el té.
Y
hubo una tercera explosión.
Se
encontró en la calle, sentado y bebiendo té. No, café. Un policía con un
apretado abrigo azul le sostenía el grueso tazón de blanca porcelana rajada. Un
médico de blanca chaqueta se encon¬traba agachado en el otro extremo.
— ¿Lo ve? —le dijo el policía—. Ya vuelve en sí.
Había
un edificio en llamas. Desde dos coches de bomberos le echaban agua.
— ¿Se encuentra bien el señor Sheng? —preguntó.
— ¿Estaba usted en la tienda china? —le preguntó
el médico — .Bien, eso lo explica.
—Ya
se lo han llevado al hospital —le comentó el policía—. Estaba bastante
conmocionado.
—A
usted también lo llevaremos en cuanto consigamos otra am¬bulancia —le informó
el médico.
—No
estoy herido —protestó él sacudiendo la cabeza—. Un poco mareado, es todo. ¿Qué
ocurrió?
—En
el teatro de al lado cundió el pánico —repuso el poli¬cía—. Unos federales
trataron de pegar a unos actores y hubo un buen tiroteo. Algo inició un
incendio, quizá una bala perdida pro¬vocara un cortocircuito en los cables de
alto voltaje de los reflec¬tores.
—Creímos
que todo el mundo había abandonado el teatro antes
de
que el incendio pasara a mayores —dijo el médico—. Y luego los vimos a ustedes.
— ¿Se hospeda usted en el Grand, verdad? —le
preguntó el poli¬cía—. Le encontramos la llave de la habitación en el bolsillo.
Asintió.
—También
encontramos las llaves de su coche, pero esta noche no quiero que conduzca. Si
no desea ir al hospital, le conseguiré un taxi para que lo lleve a su hotel,
¿entendido? Mañana puede pasar a buscar su coche.
— ¿Cree que podrá tenerse en pie? —le preguntó
el médico.
Se
lo probó poniéndose en pie. Le fallaban un poco las rodillas, pero podía
caminar.
—Veo
que se me estropeó el abrigo.
— Sí —le dijo el policía—. Tendrá que comprarse
uno nuevo. Eso me recuerda una cosa, quiero que mientras Fred y yo estemos
aquí, lo revise usted para que vea que no le hemos quitado nada.
Sintiéndose
tonto sacó la billetera y contó cuidadosamente el dinero; mientras lo hacía,
llegó otro coche de bomberos haciendo chillar los neumáticos; llevaba algo
menos de mil dólares en billetes que parecían casi reales. El grueso fajo con
el precio de diez cénti¬mos marcado seguía en el bolsillo de su abrigo, igual
que el mapa y la muñeca.
En
una esquina lo bastante alejada del incendio como para que el tránsito fluyera
sin obstáculos, el policía lo ayudó a subirse a un taxi y le ordenó al taxista:
—Llévelo
al Grand, ¿entendido? A ninguna otra parte. Está re¬gistrado allí, no se
preocupe, que podrá pagarle. Si en el camino llegara a desmayarse, avise en el
hotel cuando llegue.
—De
acuerdo —dijo el taxista—. De acuerdo.
Cuando
se cerró la puerta del taxi, añadió:
— ¿Sabe una cosa? Detesto estas carreras. Casi
nunca se consi¬gue una propina decente.
Él
no hizo ningún comentario. Miraba fijamente el incendio a través de la
ventanilla y pensaba en el doctor Pille y en North. Se había olvidado de
preguntar si el doctor Pille se encontraba bien. Le había dado miedo de
preguntar por North, aunque probablemente habría estado en el sótano cuando se
quemaron los fuegos artificia¬les; seguramente estaría muerto. No sintió
ninguna pena, sólo culpa por no sentir pena alguna. Al cabo de un rato se le
ocurrió pensar
que
North había estado cortejando a la muerte, que había querido morir y que en su
empeño por morir había elevado cada encuentro al nivel de una lucha de vida o
muerte.
—A
esta hora, en el Grand no habrá nadie que quiera ir al cen¬tro. De todas
maneras, el Grand está medio vacío. Tendré que vol¬ver al centro sin pasaje.
Le
comentó que quizá hubiera alguien que quisiera ir al aero¬puerto.
— ¿Está usted de guasa? Cuando anochece no hay
vuelos. Guardó el billete de cien que estaba palpando y le preguntó al
taxista
qué distancia había desde el Grand al aeropuerto.
—Unos
treinta o cuarenta kilómetros. Pero tengo que llevarlo al Grand. Ese hijo de
perra tiene su nombre y mi matrícula.
—Me
preguntaba si sería posible pasar por delante del aero¬puerto. Me gustaría
verlo.
—Le
quedaría muy a trasmano —le advirtió el taxista.
—Está
bien.
Recordaba
haber llevado a North en coche hasta el Grand, pero no habían ido por ese
camino. O al menos, no reconocía nada de lo que veía, aunque había tantas cosas
cubiertas de nieve que re¬sultaba difícil estar seguro. El taxi se metió por
una calle estre¬cha flanqueada de desolados edificios con ventanas iluminadas.
Un borracho dormía en un portal (o tal vez sería un hombre muerto). Se preguntó
si el muerto estaría muerto en los dos mundos. ¿Aca¬so Nixon habría sentido una
punzada o se habría estremecido al morir North? Tal vez. Porque Nixon había
sido leal, o al menos eso tenía entendido él. La lealtad había sido la gran
virtud de aquel presidente, la cosa que había convertido a Nixon en semejante
ame¬naza.
—Justamente
las mejores cosas de un hombre son lo que lo con¬vierten en una peligro para
los demás —dijo.
— ¡Así se habla! Cuanto más hombre es un
hombre... —El ta¬xista chasqueó los dedos produciendo un sonido tan fuerte como
un pistoletazo.
— Si quiere parar en un bar, lo invito a una
copa.—No puedo beber mientras estoy trabajando, amigo. Después de aquello, el
taxista se quedó callado, y él también.
Mirando
por la ventanilla del taxi intentó encontrar un hilo conduc¬tor entre las cosas
que le habían ocurrido, pero una y otra vez sus
pensamientos
se extraviaban entre los edificios borrosos, en el mis¬terio y la magia de la
ciudad. Recordaba otra ciudad, el apartamen¬to de su madre y la forma en que
ella lo acompañaba cada día a la escuela cuando cursaba el primer grado. Su
madre le había dicho que en la ciudad había hombres malos que si podían
raptaban a los niños. Quizá lo habían hecho.
Los
edificios pasaban raudos para detenerse luego como solda¬dos nazis, haciendo
chocar los tacones ante los semáforos en rojo. No había allí autopistas, ni
pasos elevados, sólo calles estrechas y sinuosas con unos pocos habitantes de
aspecto siniestro, y largos bulevares rectos con sus explanadas sepultadas bajo
la nieve. No recordaba exactamente si Eisenhower había mandado construir las
autopistas, a pesar de haber nacido durante su mandato. Eisenho¬wer había
traído a Nixon, y Nixon había traído a North. Su mente se llenó de
espeluznantes imágenes en las que veía a North atrapado en el sótano
incendiado, disparándole a las llamas.
Dos
bulevares confluían en ángulo agudo y reconoció un árbol de hoja perenne que
había junto a una farola, roto bajo el peso de la nieve. Había pasado por ese
bulevar, hacia arriba o hacia abajo. «Hacia abajo», masculló para sus adentros.
Tuvo la impresión de que cuando había visto el árbol roto iba en dirección
contraria y miraba por la ventanilla opuesta, la ventanilla del coche encorvado
que la enfermera le había dado a North. ¿Para qué?
Sacó
las llaves y la pata de conejo y se las quedó mirando. La pata de conejo no le
había traído suerte al coche ni al conejo. ¿Po¬día el coche haber sido un
Volkswagen Rabbit? No, era un Visón, porque un conejo habría podido escapar de
aquel callejón, huir de las llamas, pasando por encima de los cubos de basura y
las botellas vacías y rotas, botellas vacías de vino barato en las que no había
Cristo, vino hecho con uvas maduradas bajo el sol californiano para ser meado
en un rincón.
¿Tendrían
allí una California? Seguro que ahí fue donde había estado Marcella, donde
estaba Emma, la que preparaba el baño de Lara. Emma estaba al alcance de su
mano y aunque él no podía verla, sabía que era un soldado nazi, un travestido
de las S.S. Quiso decir '«Entonces, coronel Hogan», pero no logró articular
palabra. Había un cajón abierto, y en él estaba la carta sin abrir, la carta
cerrada con lacre rojo. Temía a la mujer, al hombre que había de¬trás de él.
«Vaya
—pensó — , vuelvo a estar otra vez en ese sueño; tal vez cuando despierte,
estaré en la cama, junto a Lara.»
Sobre
el escritorio había un solo libro fijado con un clavo para que no pudieran
robarlo. En letras alemanas de oro deslustrado impreso sobre el tafilete negro
de las tapas del libro se veía el título: Das Schloss.
13
Grand Hotel
Despertó
cuando el taxi se detuvo, posiblemente porque el ta¬xista se aseguró de que la
parada lo despertase.
—
Son veintisiete con diez —le dijo el taxista.
Le
entregó treinta dólares y se apeó.
En
lugar de subirlo hasta la terraza, el taxista lo había dejado justo en el
borde. Los copos de nieve seguían bailando sobre las anchas baldosas; era una
danza de fantasmas, de blancas siluetas giratorias que avanzaban y retrocedían
en profundo silencio. Un reloj lejano sonó una vez; kilómetros de campos
cubiertos de nieve amortiguaron el tono profundo de su campanada haciéndolo
débil y espectral; un viento helado le traspasó toda la ropa.
Oyó
el rumor de las olas, e impulsado por una atracción que ni comprendía ni podía
resistir, se alejó del calor y las ventanas ilumi¬nadas del hotel para ir hacia
ellas. La arena aparecía salpicada de pilas de hielo roto que le llegaban más
arriba de la cabeza.
Trepó
a ellas despacio, con paciencia, agarrándose de las pla¬cas con los dedos
entumecidos; resbaló y cayó varias veces hasta que por fin alcanzó la cima y
miró hacia la oscuridad susurrante. Tuvo la impresión de ser una criatura
marina, una foca, un delfín o un león marino convertido en humano por una magia
despiada¬da, una magia como la que había dado piernas a la sirena en aquel
cuento de hacía tanto tiempo, aquel que lo había hecho llorar ante la sola idea
de la sirenita bailando y bailando con su príncipe en el gran castillo de
Elsinore, bailando el minué mientras a cada
paso,
los clavos candentes le perforaban los pobres piececitos.
Recordó
entonces que en aquellos días, antes de que la televi¬sión lo reclamara por
completo, había recibido de boca de su madre toda las instrucciones que
necesitaría para navegar por ese extraño país en el que se hallaba, pero no le
había prestado atención, o al menos no la suficiente, por lo que no lograba
reconocer de inme¬diato, como era debido,.todos sus ogros y sus elfos, sus
trolls corpu¬lentos y sus peris danzarines. North había sido un monstruo,
estaba claro; pero ¿y si North hubiera sido una salamandra, y el señor de las
llamas? ¿Y si North lo estuviera esperando en el hotel, y si North estuviera en
el hotel bailando con impaciencia ese mismo minué esperando ansiosamente el
momento de disparar?
Seguro
que su madre le había enseñado un hechizo contra las salamandras.
Y no
estaba muerta, como él había imaginado tontamente en cierta ocasión. Siempre lo
había sabido; en alguna parte profunda de su ser que había sofocado por temor a
que lo hiciera parecer extraño ante sus empleadores, ante las distintas chicas
de Personal, ante los supervisores y subjefes que ya no podían ser llamados
jefes de sección (al menos ni él ni los empleados temporales podían lla¬marlos
así), los jefes de sección en los que tanto había ansiado con¬vertirse, a pesar
de carecer de estudios universitarios, a pesar de que sus superiores no
considerasen, no hubiesen considerado nun¬ca, que respondía al perfil.
Su
madre nunca había sido aquella cosa cérea que habían en¬terrado. Se preguntó
dónde estaría y por qué no lo había llamado ni le había escrito, por qué no le
había advertido de algún modo, aun¬que tal vez lo hubiera hecho, tal vez la
carta que yacía en el cajón revestido de verde de sus sueños era de ella.
Las
nubes cargadas de nieve se abrieron un momento y la luna tocó el océano. Al ver
ese fragmento de mar moviéndose bajo la luz plateada, lo supo, y supo que en
una vida anterior se había pasado decenios navegando en él y que esa vida
anterior volvía a él. Perma¬neció suspendido sobre el hielo, pero aquella
certeza pasó. La luna sobre las olas volvió a ser solamente la luna sobre las
olas y él se acostumbró al regusto salado del viento, y su punzada dejó de
rego¬cijarlo y sólo notó el frío. Al cabo de un momento se alejó del océa¬no y
bajó despacio a gatas, resbalando a menudo, agarrándose de las afiladas placas
de hielo con los dedos entumecidos; cruzó el ca-
mino
negro con sus fantasmas danzarines y la amplia terraza con sus fantasmas
danzarines y subió por fin la escalinata para entrar en el Grand Hotel.
El
hotel tenía dobles paredes de cristal, con una doble puerta en cada uno. Entre
la primera pared de cristal y la segunda se encon¬traba un solitario botones,
como un centinela que custodia un casti¬llo sin guarnición, un último centinela
dejado por el César para vigi¬lar el muro de Roma o el Rin. Ese botones miró su
abrigo quemado y roto y su cara chamuscada y le dijo:
— ¿Puedo ayudarlo, señor?
—Sí
—contestó él—. Puede. Al menos, eso espero. Quería decirle a ese botones el
número de su habitación, pero no lograba recordarlo, de modo que le comentó:
—Hubo
un incendio. En un teatro y una tienda china. El botones asintió con aire de
enterado y le preguntó:
— ¿Qué teatro era, señor?
El
botones tenía el pelo rubio y rizado como virutas de embalaje y llevaba el
sombrerito sin alas ladeado sobre una oreja.
—No
lo sé —reconoció—. Estaban dando una obra sobre una revolución.
—Ah,
entonces habrá sido el Adrián, señor. Bonito lugar.
—Ya
no —dijo él—. Se quemaron hasta los cimientos.
—Probablemente
es obra del gobierno, señor. Ya sabe cómo son.
Asintió
(aunque no sabía cómo eran) y le preguntó:
— ¿No hay nadie en recepción?
—A
estas horas, no. Es muy tarde. Pero se supone que yo debo encargarme de eso. Y
también lo acompañaré en el ascensor. —El botones se encogió de hombros y
agregó — : Estamos en temporada baja. Ya sabe cómo es. Si en las habitaciones
hubiera chimeneas...
El
botones volvió a encogerse de hombros, un ligero movimien¬to debajo de la
ajustadísima chaquetilla roja.
—Mi
amigo alquiló la habitación. Quisiera saber hasta cuándo dejó pagado.
— Se lo miraré.
Asintió,
sacó del bolsillo la llave de la habitación y se la entregó al botones, que le
abrió la puerta interior de cristal y lo condujo al vestíbulo.
En
la recepción, el botones abrió un libro enorme y volvió las páginas.
— Aquí está. Eso fue ayer, o mejor dicho, con la
hora que es, anteayer. Una semana, señor, así que le quedan seis noches más
contando ésta.
En
el ascensor le preguntó al botones dónde podía comprar un abrigo nuevo. Tenía
casi la certeza de que North había comprado las camisas, las corbatas y los
sombreros sin salir del hotel; tal vez North supiera conducir, pero por otra
parte siempre le había pedido a él, le había ordenado que condujera.
— ¿Cómo dice usted? —preguntó.
—Le
decía que hay un lugar aquí mismo, señor. Por cierto están haciendo rebajas
porque estamos en temporada baja. En el subsue¬lo, señor. También hay una
barbería y una sala de billares. Muchas cosas.
—Perdone
—se disculpó—. Me temo que me quedé sumido en mis pensamientos.
—Es
natural, señor, está usted trastornado. Se habrá salvado por los pelos.
—No
lo sé —repuso, preguntándose si no estaría muerto.
Recordó
que de pequeño había oído hablar del purgatorio; pero ni siquiera entonces
había creído en él, aunque quizá se hubiera equivocado, como se había
equivocado sobre tantas otras cosas, so¬bre una serie entera de malas
elecciones que le había parecido que no tendrían fin..., hasta que Lara lo
eligió. ¿Habría fuego en el purgatorio? No, el fuego era en el infierno.
Notó
que el ascensor había arrancado demasiado deprisa, sacu¬diéndolo de aquí para
allá. Pero en el momento de ponerse en mar¬cha no lo había notado, no lo había
notado hasta que el movimiento se había estabilizado, mostrándole todos los
pisos, todos los pasillos del hotel, sus venas y sus nervios desnudados por
aquella jaula de hierro forjado que en un piso descubría ante sus ojos
nenúfares y pirámides, y en el siguiente, vaquitas doradas y gavillas de trigo.
Y en
cada piso, venas vacías y nervios silenciosos. Aquello era lo que veía el
escalpelo al cortar la carne, aquella vista seccionada que no podía vivir.
De
pequeño había pasado por varias operaciones, y después nunca más; descubrió
entonces que su visión de la cirugía seguía siendo la de un niño: te dormías de
día y despertabas enfermo. Ésa había sido la realidad, aquel ascensor de
cirujano que viajaba por su cuerpo para ver cómo estaba hecho; el hierro
forjado lo miraba
ceñudo
con caras de bestias de la jungla, con los ojos desorbitados de un toro, con
las alas de un buitre y el rostro barbudo de un hombre.
—Ultimo
piso, señor. —El botones sacó la llave—. Lo acompa¬ñaré a su habitación.
— ¿Tan mal aspecto tengo?
—Estaré
más tranquilo si lo acompaño, señor. —El botones avanzó rápidamente pasillo
abajo, delante de él—. Ya estamos, se¬ñor. Suite Imperial. —Se oyó el ruido
metálico de la cerradura y el botones abrió la puerta—. Usted y su amigo son
los únicos de esta planta, pero si tienen algún problema o lo que fuera, llamen
a recepción. Ya oiré el teléfono.
Asintió.
La
habitación, antes fría, estaba ahora helada. Al sacar la bille¬tera, intentó
recordar si había bebido en compañía del taxista; segu¬ro que sí, de lo
contrario, no se habría dormido en el taxi. El billete más pequeño que tenía
era de diez, pero le pareció que el botones se lo merecía después de todo lo
que habían pasado juntos, después de estudiar el gran libro, de contemplar el
mar, de efectuar la au¬topsia del lugar de trabajo del muchacho.
—Gracias,
señor. —El botones tosió—. Verá, tenemos unos braseritos...
— Sí, me gustaría uno —dijo él—, si puede ser.
—Hay
que tener la habitación ventilada, pero con esas puerta¬ventanas, no habrá
problema, señor. —El botones le lanzó una son¬risa torcida—. Le subiré uno.
— Gracias.
Se
estaba desvistiendo cuando volvió el botones. El brasero era una cosa
insignificante, con todo, era mejor que nada. Lo puso en su habitación y cuando
apagó la luz, comprobó que sus laterales de cobre aparecían levemente
iluminados, radiantes de calor y alegría.
A la
mañana siguiente despertó con el cuerpo dolorido y vio que Lara no estaba. Se
había quemado el dorso de la mano derecha y la manga del abrigo; la quemadura
le dolía y sobre ella se le había formado una costra. La colonia y el jabón de
afeitar que había com¬prado North seguían en el cuarto de baño, pero ninguna de
esas dos cosas le parecieron adecuadas para limpiarse la quemadura.
En
la tarjeta blanca de plástico que encajaba debajo del teléfono aparecía
indicado el número de Primeros Auxilios. Marcó y le infor¬maron que el doctor
no había llegado aún, y que no solía llegar hasta más tarde o nunca en aquella
época del año, y que lo llamaría (o tal vez no) si se presentaba. No recordaba
el número de su habi¬tación, pero dijo:
—Estoy
en la Suite Imperial, en el último piso —y la incorpórea telefonista pareció
comprender.
Cuando
hubo colgado cayó en la cuenta de que había logrado llamar sin dificultad
alguna, que no le había llegado la interferencia de voces gorjeantes ni de
Klamm y que alguien —un alguien casi correcto— le había contestado.
Decidió
volver a telefonear a su apartamento y acto seguido se puso a buscar otra
ocupación, algo que le permitiera posponer el instante en el que tuviera que
marcar su propio número. Había su¬puesto que el brasero se había apagado, pero
entre la ceniza gris y mullida aún quedaban unas cuantas ascuas taciturnamente
rojas. Añadió unos trozos de carbón de la lata de cobre que acompañaba al
brasero, se lavó las manos en el cuarto de baño procurando que el agua no le
tocase la quemadura.
Se
le había estropeado el abrigo. Y sus mejores pantalones tam¬bién; iba a tener
que comprarse otros, aunque podía seguir tirando con los que llevaba puestos
hasta que consiguiera otros. Se vistió con precaución, tratando de no rozarse
la quemadura y con el pen-samiento puesto más bien en el desayuno que en la
llamada y en su apartamento, pues presentía que lo más sensato sería olvidarse
de estas dos últimas cosas hasta que fuera el momento de telefonear, de
telefonear y hablar con alguien que no era Lara, o con nadie en absoluto.
Sonó
el teléfono.
Lo
contestó. Era el médico, tendría que haberlo adivinado.
—Tengo
entendido que se ha quemado la mano, señor.
—Sí
—respondió — . No me parece grave, pero se me ha hecho una especie de costra.
Decidió
no hablar de las quemaduras que se había descubier¬to en la cara al afeitarse.
El médico ya las vería y se las curaría, o no.
—Yo
también he tenido un pequeño accidente. Baje usted a verme. —La voz del médico
le resultó vagamente conocida—. Le
pondré
una pomada y una venda para proteger la piel hasta que cicatrice. Estoy en el
sótano..., aquí lo llaman el subsuelo.
El
ascensor tardó en llegar. Llamó tres veces antes de recordar que no funcionaba
sin ascensorista, que seguramente se habría mo¬lestado. El ascensorista de día
era un adolescente malhumorado y granujiento.
—Al
subsuelo —dijo.
Los
pisos que iban pasando y que la noche anterior le habían parecido tan
abandonados seguían igual de desiertos. Tuvo la sensa¬ción de que él mismo no
era más que un fantasma que iba en un ascensor fantasmal de un hotel espectral,
y que aquel edificio había caído hacía tiempo bajo el peso de las máquinas
demoledoras para ser reemplazado por condominios de primera línea de mar,
estruc¬turas silenciosas y sombríamente blancas, frecuentadas por cana¬llas,
condominios envueltos en blancas y sinuosas sábanas de sal, que también habrían
estado condenados al derribo de aparecer al¬guien interesado en los terrenos y
dispuesto a pagar en dinero con¬tante y sonante para que lo destruyeran.
El
vestíbulo pasó fulgurante y vacío, a excepción de un joven delgado, con gafas
que estaba en la recepción. Aterrizaron, como en helicóptero, en una caverna
despojada de ventanas y flanqueada de tiendas todas cerradas y oscuras, y cada
una de ellas (a juzgar por las apariencias) más que dispuesta a jurar que nunca
abría, o que ni siquiera se había inaugurado.
— ¿Dónde está la consulta del médico? —preguntó.
El adolescente le señaló dónde.
— ¿Podría decirme hasta qué hora sirven el
desayuno en la ca¬fetería?
—Hasta
que cierran —le contestó el adolescente, y cerró de gol¬pe la puerta de hierro
forjado.
Llegó
al final de la hilera de tiendas y giró una esquina. La ca¬verna era allí más
espaciosa y estaba adornada por balcones dis¬puestos en estantes. Del techo
pendían polvorientas banderas como estalactitas; sólo logró reconocer dos o
tres. ¿De qué país sería la del águila bicéfala? ¿Y la del grifo dando zarpazos
en el aire?
— ¡Por aquí, señor!
Un
gordo en mangas de camisa, apoyado en una muleta, se incli¬naba sobre la
endeble barandilla de un balcón para hacerle señas. Él le devolvió las señas y
subió por un corto tramo de escalones de
hierro
que crujían y retumbaban mortecinamente bajo sus pies; se preguntó si en alguna
parte habría un ascensor y si el médico (que al parecer no debía de haber
subido la escalera) se habría visto obliga¬do a subir por allí.
La
puerta del médico, una puerta con un anticuado cristal gra¬nulado y marco de
roble, era la única iluminada. Sobre el cristal, en letras sencillas de color
negro, se leía: C. L. APPLEWOOD, MÉDICO.
Dentro
no había recepcionista ni enfermera. El médico estaba sentado delante de un
escritorio, al fondo de una sala estrecha y larga; era un hombre de facciones
amplias, mandíbula potente y cara lisa; tenía la frente alta, shakespeariana,
que el cabello cano y la calvicie invasiva le dan a todos los hombres, y un
doble mentón con el que exhibir una hábil profesionalidad al afeitarse y el
toque de delicado talco blanco que delataba al actor.
—
¡Bien, bien! —Las sílabas salieron resonantes y estrangula¬das— . ¡Me alegra
comprobar que lo ha logrado, señor! ¡Estupendo! Todos lo hemos logrado,
entonces, a excepción del pobre Daniel. ¡Ha muerto, señor! Sí, muerto y bien
muerto, y yo no pude salvarlo, señor, ni ningún otro médico después de
Hipócrates. ¡Le dieron, señor! Han acabado con el pobre Dan para siempre. A mí
también me dieron. Una bala del treinta y ocho, creo, me traspasó la parte
carnosa del muslo. ¡Si hubieran rozado la arteria femoral, señor, no me tendría
usted delante! Sería ciudadano de mejores esferas, y el pobre Daniel estaría a
mi lado. Logré salir cojeando antes del incen¬dio —por lo que veo, señor, usted
no tuvo esa suerte—, gracias a que nuestro valiente Carlos mató al granuja que
montaba guardia en la puerta del escenario.
El
doctor soltó una risita ahogada, de sonido profundo y gutu¬ral, como el ruido
satisfecho, a mitad de camino entre un cloqueo y un cacareo, que hacen los
gallos grandes.
—Y
ahora, si me disculpa por no levantarme, lo disculparé a usted por no
estrecharme la mano. Déjeme ver.
14
El
mar en invierno
La
cafetería estaba desierta. En un atril de madera había un cartel en blanco y
negro que decía: POR FAVOR, TOME USTED ASIENTO.
Así
lo hizo; eligió una mesita junto a una pared alta de cristal, como la de un
invernadero. Tras ella se veía un acantilado, o tal vez fuera una pared de la
cavernosa galería adornada de banderas que acababa de dejar atrás; más allá se
extendía un amplio trozo de playa sobre la que el océano había erigido un
duplicado de la cante¬ra que pocos años antes viera en un especial del National
Geographic. Imágenes inexpresivas se reclinaban o vagaban aquí y allá en¬tre
los restos destrozados de otras, algunas terminadas, algunas incompletas,
algunas apenas iniciadas, todo ello tallado en planchas de verde hielo marino.
Una
de las estatuas lo vigilaba, a cierta distancia, playa abajo, a mitad de camino
entre la tierra y el océano; lo miraba insolente pero silenciosamente, mientras
él sacaba la servilleta de la copa de agua y daba la vuelta a una cucharilla de
café invertida.
Resultaba
imposible que la policía hubiera elegido una forma tan extraña de espiarlo; sin
embargo, presintió que lo habían hecho. En cierto modo tenían que estar
vigilándolo, de manera que ¿por qué no así? O si no era realmente cierto, lo
parecía. Klamm y sus hombres intentarían liquidar a todos los que habían visto
en escena: a él, a North, a los dos que iban trajeados, al doctor Applewood y
al hombre con uniforme del ejército. (A ése no sería difícil liquidarlo, hasta
el doctor Applewood lo había dicho.)
Y a
él también podían liquidarlo rápidamente. El policía le ha¬bía revisado la
billetera, había visto la llave de su hotel, le había indicado al taxista
adonde llevarlo. Sabían dónde estaba y segura¬mente enviarían a alguien a
vigilarlo.
—
¿Le apetece café, señor?
La
camarera tendría unos veinte años, era pequeñita, de cabello negro, cortito,
que se le curvaba alrededor de la cara como las alas de un pájaro negro y
suave, un pájaro decidido a incubar esa cara ovalada, o si ya estaba incubada,
protegerla de los rudos vientos de este mundo.
—Sí
—le dijo — . Y un poco de zumo de naranja, si puede ser.
—Tendré
que preparárselo, señor —le contestó con un guiño.
Era
tal su asombro que no se atrevió a devolverle el guiño, pero la observó
mientras se alejaba a toda prisa. Calzaba zapatos negros de alto tacón bien
lustrados (porque era muy bajita, decidió), lleva¬ba una cofia blanca y un
vestido de seda negra con un delantalito blanco, como la criada de una vieja
película de Cary Grant.
La
humeante fragancia del café recién hecho le indicó que la camarera le había
llenado la taza, si bien él no lo había notado. El café era tan negro como el
vestido de la chica, tan negro como sus zapatos, y supo que a partir de
entonces no podría ver nada negro, fuera el café o la noche, sin acordarse de
aquellos zapatos y aquel vestido. Le puso crema (cosa que rara vez hacía), miró
a través de la pared de cristal y recordó las noches con Lara.
Un
enorme barco blanco pasaba delante del hotel, más o menos a medio kilómetro de
donde estaba él sentado; pasó despacio, como si luchara contra un viento de
proa con el motor funcionando en vacío, inmovilizado sobre las aguas. Una
maestra se lo había leído en la escuela: «Tan inmóvil como un barco pintado
sobre un mar pintado».
Tuvo
la certeza de que Lara iba en ese barco, en ese barco pinta¬do de blanco que se
habría visto más en su elemento en Florida, o en un sitio parecido sobre el
Golfo, o el Pacífico o el Mediterráneo. Tuvo la certeza de que era Lara quien
le observaba con unos pris¬máticos mientras él sorbía su café, sorbía el agua
helada que la ca¬marera de los zapatos negros también debía de haberle servido,
sin que él se diera cuenta, le había servido agua aun cuando estaba sentado
delante de toda aquella agua y aquel hielo interminables.
La
camarera le llevó el zumo de naranja; se lo colocó delante con su mano
delicada, de largas uñas rojas, una mano desnuda, sin anillos.
— ¿Qué más desea, señor?
—En
este momento, deseo que se siente usted a hablar con¬migo.
—No
puedo, señor. Imagínese si entrara el encargado. —Esto es muy solitario —le
dijo.
— Ya lo sé, señor. Es usted el único huésped, el
único en todo el hotel, creo.
—Me
sorprende que lo tengan abierto.
—Ésta
es la peor época del año. Normalmente está bastante bien por navidades, y
después, en marzo, la cosa remonta otra vez.
Se
devanó los sesos tratando de encontrar una pregunta o un comentario que le
permitieran continuar la conversación con la mu¬chacha.
— ¿Y cada día se viene en coche desde la ciudad?
— Claro, aquí no hay nada que hacer. —Miró a su
alrededor para comprobar si la estaban escuchando—. Me refiero a nosotros. Los
huéspedes tienen con qué entretenerse.
— ¿Con qué por ejemplo?
—Pues
los baños termales, la pista cubierta de tenis y demás. Nosotros no podemos
utilizar las instalaciones. ¿Qué le gustaría desayunar?
Notó
con pena que la muchacha había dejado de llamarlo señor; ya no lo consideraba
un huésped, sino un pretendiente no deseado.
— ¿Qué hay de bueno? —le preguntó.
— Yo —masculló. Y luego, en voz más alta, añadió
— : ¿Por qué no se toma unos barquillos? El chef es un maestro en preparar
bar¬quillos. Tenemos una docena de variedades.
—Pues
tráigame el que le parezca mejor.
La
chica asintió y le dijo:
—Vuelvo
en seguida a servirle más café.
—De
acuerdo. Dése prisa.
La
camarera se alejó despacio al tiempo que escribía en su libre¬ta de pedidos.
Cuando la chica hubo desaparecido detrás del biombo de separación, le habló al
inexpresivo rostro de hielo de la playa:
— ¿Lo has oído todo? ¿Vas a contárselo a ellos?
No le contestó.
Al
doctor Applewood no le había preocupado que lo espia¬ran, ni que hubiera
micrófonos o cámaras ocultas. Cuando le pre¬guntó sobre lo del teatro, el
doctor Applewood se levantó, se aferró al respaldo de una de las viejas sillas
de madera y le preguntó a su vez:
—
¿Recuerda nuestras pertenencias del escenario, señor? ¡Eso fue lo que utilicé,
como una vieja con un andador, avancé con paso fuerte y sonoro!
Pero
¿por qué habría ido el médico al hotel, sobre todo conside¬rando que tenía una
pierna lastimada y que en el hotel había un solo huésped? Por cierto, ¿por qué
le había dicho la chica que sólo había uno? North seguía registrado. De hecho,
podía regresar a la habita¬ción mientras él se comía su barquillo, o tal vez
hubiera regresado cuando el doctor Applewood le vendaba la mano. Todos habían
logrado salir excepto Daniel, al menos eso le había contado el médi¬co. Daniel
había interpretado a Nick, pero ¿dónde estaría North? ¿Le telefonearía?
Probablemente no, la policía podía intervenir la línea y escuchar las llamadas
que se hicieran desde el teléfono de la habitación.
Bebió
su café que era excelente.
De
haber tenido un abrigo, habría podido dar un paseo alrede¬dor del hotel; en
alguna parte tenía que haber un aparcamiento. Si North había utilizado el
pequeño coche que él había conducido, lo notaría, y las llaves estaban en su
bolsillo.
Pero
lo más probable era que North no hubiera usado ese coche. Seguramente se habría
quemado en el incendio del teatro; y él, no North, tenía las llaves. Aun así,
era posible. North le había entrega¬do las llaves, pero nunca le había dicho si
eran las únicas; y no era nada propio de North entregarle a alguien el único
juego de llaves, desprenderse de un medio tan útil.
De
todas maneras, los ladrones ponían en marcha los coches que robaban haciendo un
puente, y para eso no necesitaban las llaves. North, que en el hospital había
fabricado una ganzúa con alambre para abrir una cerradura, sabría cómo hacerlo.
Un
hombre vestido con un terno entró en la cafetería y se sentó no muy lejos de
donde estaba él. Cuando la camarera le llevó el barquillo, le preguntó quién
era el hombre.
—Algún
huésped. No lo sé..., nunca lo había visto.
—Me
dijo usted que yo era el único huésped.
—Eso
fue ayer, usted y su amigo. Probablemente se registró anoche...; yo me
incorporé al trabajo hace apenas una hora.
—Le
pondré una multa por no saber cómo se llama ese hombre: tendrá que decirme el
suyo.
—Fanny
—repuso la chica con una sonrisa.
— ¿De veras?
— ¿Cómo iba a mentirle con un nombre así? Ya sé
cómo se lla¬ma usted. A. C. Pine, y se hospeda en la Suite Imperial.
Se
marchó antes de que pudiera contestarle. Mientras se comía el barquillo (la
noche anterior se había saltado la cena y tenía tanta hambre que se habría
comido cinco), reflexionó vagamente sobre las iniciales. ¿Qué significarían A.
C.? Presintió que muy pronto iba a tener que decírselo a Fanny, y sería mejor
que no acabara soltán¬dole algo como Abner Cecil. ¿Abraham Clyde? ¿Arthur
Cooper? Cuando se hubo terminado el zumo de naranja, tenía decidido que se
llamaría Adam y algo más.
El
subsuelo ya no estaba tan desierto como antes. En algunas tiendas había luz y
en una ocasión oyó ruido de pasos. La prime¬ra tienda a la que se asomó era un
salón de belleza en el que una rubia con el pelo cargado de laca se pintaba las
uñas a la espera de clientes.
—Buenos
días —la saludó.
La
chica levantó la vista sin ningún interés.
-Hola.
—Bonito
día.
— ¿Ha subido algo la temperatura?
—No
lo sé —le respondió—. No he salido. La rubia soltó un suspiro, apartó la mirada
y volvió a posarla sobre él.
—Yo
sí. Y créame, no hace buen día. Hay un viento que mata.
—Entonces
hoy va a tener poco trabajo.
La
chica se encogió de hombros y le comentó:
—Da
igual, tengo que estar aquí, ¿adonde voy a ir si no?
— ¿Y si quisiera teñirme el pelo? Lo miró,
interesada.
— ¿Se lo va a teñir?
—Hoy
no. Quizá dentro de unos días.
—No
se preocupe, yo se lo tino, del color que me pida. Le costa¬ría alrededor de
veinte.
—Vaya, sube bastante.
—Bueno,
se lo dejo por quince. Pero no le voy a rebajar un dólar más. No se imagina lo
que me cobran por el alquiler los del hotel.
—De
acuerdo, quedamos en veinte pero prométame que no se lo contará a nadie. ¿De
acuerdo?
—De
acuerdo. Oiga, de todos modos, nunca hablo de mis clien¬tes.
—Y
ahora, ¿qué me...? —Hizo una pausa. Ligeramente a la izquierda de la cabeza de
la rubia había un anuncio de un champú. La mujer del cartel era Lara—. ¿Podría
decirme si aquí abajo hay alguna tienda que venda ropa para hombre?
—Hay
tres, pero no sé...
A
sus espaldas se abrió la puerta; entró Fanny, la camarera, y ambos se mostraron
sorprendidos de encontrarse allí.
—Hola
—la saludó.
—Hola.
—Esperó en silencio mientras él la miraba primero a ella y luego a la rubia.
Finalmente le preguntó—: ¿Ha terminado usted?
—
Supongo que sí.
—Se
me ocurrió aprovechar que tengo libre hasta la hora del almuerzo para hacerme
una permanente.
—Todavía
no te hace falta —le contestó la rubia—. ¿Por qué no me dejas que te lave y te
marque?
—Bueno,
mejor me voy, adiós —dijo él, y salió a la galería ca¬vernosa.
Se
había alejado unos cincuenta pasos cuando se le ocurrió re¬gresar
silenciosamente al salón de belleza y escuchar; vaciló unos instantes. En la
televisión y el cine había visto a la gente —los ac¬tores— hacer lo mismo
cientos de veces y tenía la impresión de que en la vida real aquello no
funcionaría. Seguro que las mujeres lo oirían o no dirían nada interesante.
Pero ¿acaso aquello era la vida real?
Con
todo el sigilo de que fue capaz, volvió sobre sus pasos, feliz de comprobar que
nadie lo vigilaba (aunque alguien podía estar vigilándolo) pero sintiéndose
sumamente tonto.
—...
es un imbécil sobón —decía la rubia.
Fanny
le contestó con resentimiento, pero en voz tan baja que apenas alcanzaba a
oírla:
— He hablado... en el desayuno. Tenía que
haberlo informado. Ya sabes las órdenes que tengo.
Se
alejó muy despacio.
Una
mujer dirigía la primera tienda para caballeros que se en¬contró, un detalle
que le causó sorpresa. Se compró un sombrero nuevo, un abrigo pesado y,
siguiendo las sugerencias de la mujer, un chaleco de punto de lana para llevar
debajo de la americana. También se compró un nuevo par de pantalones de lana.
La mujer le tomó las medidas de las piernas, marcó las costuras con tiza y le
prometió que los tendría listos para el día siguiente. Llevaba la cinta métrica
colgada de los hombros como si fuera la banda de un cargo y el pelo canoso
peinado en un moño.
— ¿Dirige usted la tienda? —le preguntó.
— ¿Quién iba a ser si no?
—Esto
ha de ser poco concurrido, sobre todo en invierno.
— ¿Quiere atracarme? Adelante, no hay un
céntimo. Informaré a los del seguro, quizá me den algo de dinero. Pero si me
golpea, lo mato.
Vaciló,
consciente de que la mujer bromeaba pero sin saber exactamente cómo reaccionar.
Le
palpó debajo de las axilas.
—Esa
americana no es lo bastante holgada para llevar pistola. Si quiere, le haré una
mejor. Por cincuenta o cien dólares, depende de la tela.
—No
llevo pistola.
—Estrangulador,
¿eh? —Escribió unas cifras en una tira de pa¬pel—. Setenta y siete por el
abrigo, precio rebajado, costaba ciento sesenta y cinco. Veinticinco por el
sombrero. Quince por el chaleco, pero tratándose de un cliente tan bueno se lo
dejaré por diez, adiós mi margen. Además, los pantalones me los tiene que dejar
pagados, por si no viniera a recogerlos. Veintitrés por los pantalones, los
arreglos van incluidos. Eso hace..., dejémoslo en ciento treinta, y aquí tiene
un paquete de cinco pañuelos, de puro hilo irlandés. Si sale, la nariz le
moqueará sin parar. Y también se lleva una corbata de regalo.
—No
quiero corbata —le dijo—. Tengo muchas.
—De
acuerdo, le diré lo que vamos a hacer. Como es mi primer cliente de hoy y me
cae usted bien, le voy a dar esta preciosa bufan¬da de pura lana a mitad de
precio. —Le echó un vistazo a la etiqueta
y
siguió diciendo —: Quince con noventa y cinco, cien por cien pura lana virgen.
Por ser usted y sólo por hoy, se la dejo en ocho dólares.
—Me
la llevo, pero junto con la bufanda quisiera cierta informa¬ción. ¿Hay algún
sitio en este hotel donde una mujer pueda arre¬glarse el pelo?
Negó
con la cabeza y repuso:
— Hay un sitio, la peluquería de Millicent, pero
ella no ha veni¬do, está de vacaciones. No abrirá hasta el veintiuno.
—Creo
haberla visto la última vez que estuve. ¿No es una rubia, delgada, con una
nariz más bien alargada?
— Qué va. —La propietaria de la tienda de ropa
para caballeros estaba comprobando las ventas que acababa de hacer—. No es
ella. El abrigo se lo lleva puesto, ¿no?
Igual que la bufanda y el sombre¬ro. Los pantalones estarán para mañana a la
tarde. ¿Qué me dice del chaleco? Yo que usted, me lo pondría también si es que
va estar fuera mucho rato.
—Tiene
razón —le dijo. Se quitó la americana.
—Espere
un momento que le saco las etiquetas. Vaya, tiene una muñeca mágica. Mi sobrino
también tenía una.
Había
dejado la americana sobre el mostrador. Tina asomaba por el bolsillo como si
espiara.
Como
no sabía qué contestar, le preguntó:
— ¿Le gustaría echarle un vistazo? Adelante. La
mujer se lo quedó mirando y repuso:
— ¿Sabe? Se arriesga usted mucho al decir algo
así. Hay muchas mujeres a las que no les gustan esas cosas.
— ¿Me la rompería usted?
—No,
yo no —respondió negando con la cabeza.
—Entonces
¿por qué no iba a echarle un vistazo?
Con
cuidado sacó la muñeca del bolsillo.
—Mi
padre tenía una. Mamá me contó que por la noche la mu¬ñeca hablaba con él,
cuando se pensaban que ella dormía. Supongo que ya sé a quién quería que le
arreglasen el pelo, ¿me equivoco? Debería llevarla en una caja, es lo que hace
la mayoría. Traeré un peine y se la arreglaré un poco.
15
La
tierra en invierno
Al
salir de la tienda de ropa para caballeros, pasó delante de la consulta del
doctor Applewood, a pesar de que se encontraba en el piso de arriba y él estaba
en el subsuelo. Por la puerta de cristal granulado no se veía ninguna luz; se
preguntó si el doctor se habría marchado a su casa o lo habrían detenido.
Parecía bastante proba¬ble que Applewood fuera un confidente, que hubiera
llamado a Klamm y a sus agentes, que la herida que le causaran en el teatro no
fuera más que un accidente o un truco y que esa mañana hubiera regresado al
hotel siguiendo instrucciones de Klamm o de la policía.
Pensó
en abrir la puerta y si podía, entrar en la consulta del médico para
registrarle el escritorio, pero decidió no hacerlo. Exis¬tía la posibilidad,
aunque remota, de que ni la policía ni Klamm supieran nada del doctor
Applewood. En ese caso, si llegaban a verlo entrar en la consulta del médico,
seguramente se enterarían, incluso si llegaba a poner la mano en el pomo de la
puerta. Existía también la posibilidad de que no hubieran sabido dónde se
encon¬traba él —cosa que en ese momento sí sabían— antes de que fuera a la
cafetería, aunque lo dudaba.
En
cualquier caso, embutido como iba en el chaleco de lana, el abrigo y la
bufanda, empezaba a sentir calor. Quería salir lo antes posible. Un poco más
allá de la consulta del médico descubrió un tramo corto de escalera al pie de
la cual se leía «APARCAMIENTO»; la subió y salió por una puerta de acero
oxidada.
El
viento del que le había hablado la rubia lo recibió de inme-
diato;
no era fuerte, sino persistente y muy frío. Notó que no era un viento de mar
sino de tierra, le faltaba el sabor a mar y daba la impresión de haber pasado
por extensiones solitarias de nieve in¬forme.
Desde
la puerta que acababa de trasponer no podía ver el mar. Ante él encontró un
pequeño terreno, limpio de nieve. En él había cuatro coches, todos aparcados lo
más cerca posible de la puerta. Ninguno era el Visón marrón encorvado cuyas
llaves llevaba en el bolsillo, aunque dos de ellos se le parecían bastante. El
tercero era un convertible rojo apenas más largo. El cuarto era una limusina
negra con traspuntines en la parte de atrás, un coche con capacidad para ocho
personas cómodamente sentadas. Sin lugar a dudas, sería el de los agentes de
Klamm: Fanny, la rubia de la que dependía, el nuevo «huésped» de la cafetería y
tal vez el doctor Applewood. Se preguntó cuál de ellos habría conducido. La
rubia era del tipo de las que siempre quieren conducir, de las que, si pueden
impedirlo, nun¬ca dejan que nadie más lo haga; imaginó que correría bastante,
que¬maría neumáticos y daría constantes frenazos, el tipo de conductor que
sería North si condujera.
Intentó
abrir la puerta de la limusina con las llaves del coche encorvado. No le
funcionó ninguna, ni siquiera entraban en la ce¬rradura. Para su asombro, el
maletero no estaba cerrado con llave. Lo abrió y encontró un montón de papeles
sueltos; alguien había echado dentro un archivo, y con el movimiento del coche,
se había vaciado. El viento atrapó dos hojas de papel y remontándolas en el
aire, las hizo cruzar el asfalto helado como gallinas asustadas. Aga¬rró otra
antes de que lograra escaparse, le echó un vistazo y luego se puso a leer,
fascinado.
Nombre: «Wm. T. North», «Bill North», «Billy North»,
«Ri-
chard
North», «Ted West». Nombre actual, se des¬conoce. El primero de todos es el más
utilizado.
Fecha
de
nacimiento: Se desconoce.
Lugar
de
nacimiento: Se desconoce, posible visitante.
Altura: 1,77 m.
Peso: 76,5 kg.
Cabello: Oscuro, calvicie. Suele llevar bigote.
Ojos: Azules.
Tez: Rubicunda.
Cicatrices,
etc: Quemaduras en ambas manos. Pequeñas cicatrices variadas en los antebrazos,
puede que recientes. (North se automutila.) En la parte posterior de la muñeca
derecha lleva tatuadas las iniciales «RN». Las cubre siempre con el reloj.
Miembro
Septiembre Azul 12/7/87. 11/12/87 jefe Bota de Hierro. Detenido 6/6/88,
ingresado en el Hosp. Psiquiátrico Gral. Unido. Experto tirador, suele llevar
dos, e incluso tres armas. Experto lanzador de cuchillos, puede llevar cuchillo
atado a la muñeca, el brazo o el tobillo. Temperamento violento, incontrolable.
Sumamente peli-groso.
Aparecía
una foto de North (ligeramente más joven de lo que lo recordaba) y unas huellas
digitales. Volvió a meter el papel en la carpeta y revolvió entre los demás
preguntándose si encontraría un informe similar sobre el doctor Applewood o él
mismo. No encon¬tró nada, pero descubrió una hoja con el encabezamiento Daniel
Paul Perlitz y un sello atravesado que decía FALLECIDO. El doctor Applewood
había llamado Daniel al hombre uniformado.
De
repente le entró miedo de que lo estuvieran vigilando y cerró el maletero. La
incómoda sensación de calor había desaparecido; cuando regresó a la puerta
herrumbrosa, estaba helado y ansioso por volver al calórenlo del hotel y
guarecerse del viento. Para darse ánimos, metió la mano en el interior del
abrigo y se aseguró de que todavía llevaba la llave de la habitación en el
bolsillo.
La
puerta de acero estaba cerrada con llave y no pudo abrirla ni con la llave de
su habitación ni con las del coche encorvado. Al cabo de un instante, decidió
que el aparcamiento estaría probablemente reservado para los empleados e
inquilinos que alquilaban las tiendas y oficinas de la galería. Seguramente
ellos tendrían las llaves de esa puerta. Debería ir andando hasta la entrada
principal del hotel y tendría que hacerlo por la nieve acumulada.
Se
subió el cuello del abrigo, se tapó la boca con la bufanda (y en silencio
bendijo a la mujer que lo había convencido para que se la comprara) y caminó
alrededor del aparcamiento en busca de un
sendero
sin nieve. No encontró ninguno, sólo la entrada utilizada por los cuatro
coches, medio cubierta por la nieve que el viento depositaba en ángulos rectos,
y que parecía alejarse serpeando en dirección de unas cuantas estructuras
sueltas situadas justo en el límite de su vista y casi perdidas en la blancura
de la nieve.
El
hotel constaba de unas largas alas que se abrían a ambos la¬dos. No tan largas,
quizá, para alguien que se paseara tranquila¬mente por sus corredores; sin
embargo, para él, que tenía que andar por la nieve, que en algunos lugares le
llegaba más arriba de la cintura, eran larguísimas. Avanzó unos cuantos pasos y
se dio por vencido. Tarde o temprano, la entrada para coches iría a desembo¬car
en la carretera que había junto al mar.
Al
cruzar el aparcamiento, analizó las desventajas de su equipo. El abrigo, el
chaleco y la bufanda habían sido unas inversiones sen¬satas; pero en lugar del
sombrero tendría que haberse comprado un gorro, un gorro de piel con orejeras
atadas debajo de la mandíbula, o tal vez uno de esos pasamontañas de lana que
los de la tienda denominaban balaclavas, había visto unos cuantos expuestos,
pero apenas había reparado en ellos.
También
necesitaba guantes. Le pareció increíble que no se le hubiera ocurrido
comprarse guantes; se le estaban helando los de¬dos aunque llevaba las manos
metidas en los bolsillos del abrigo. Pero más que nada, necesitaba botas en vez
de zapatos; en el breve intento que había hecho por andar, los zapatos se le
habían llenado de nieve y a pesar del ejercicio, los pies se le estaban
congelando. Lo peor de todo era que no paraba de resbalar; las suelas lisas de
los zapatos se negaban a agarrarse a la nieve compacta y a la capa casi
invisible de hielo que cubría el asfalto en sitios aislados.
Había
dejado atrás el aparcamiento y se había metido en la en¬trada para coches
cuando vio la foto de Fanny; la recogió y des¬cubrió que tenía en las manos una
hoja de papel parecida a la que hablaba de North.
Nombre: Francés Land, «Frannie Land»,'«Faith Lord».
Fecha
de
nacimiento: 9/7/64.
Lugar
de
nacimiento: Marea AX.
Altura: 1,57 m
Peso: 47 kg
Cabello: Negro y rizado.
Ojos: Castaños.
Tez: Clara.
Cicatrices,
etc: Seis dedos en la mano derecha.
Usa gafas para leer.
Se
asocia con miembros de Septiembre Azul, Inmortales, Bota de Hierro. Se cree que
es una simpatizante.
Sacudiendo
la cabeza, arrugó la hoja y la tiró. Se había equivo¬cado por completo sobre
Fanny. Sobre Francés, se corrigió. Al igual que el doctor Applewood, Francés
era una cómplice de North. Como toda esa gente trabajaba allí, North había
elegido ir a ese hotel que en invierno estaba absolutamente desierto, a aquel
enor¬me y viejo hotel a tantos kilómetros de la ciudad.
La
rubia del salón de belleza pertenecía sin duda a la organiza¬ción de North,
puesto que a Fanny le habían dado órdenes (¿quién?) de ponerse en contacto con
ella.
O
tal vez Fanny fuera... ¿Cómo los llamaban? Alguien que tra¬bajaba para los dos
bandos. Alguien que fingía trabajar para un bando y le pasaba información al
otro. Porque si Fanny no había ido en la limusina, ¿cómo había ido? Y si la
limusina no pertenecía a Klamm, ¿por qué en el maletero estaban esos papeles,
papeles del FBI, del Servicio Secreto o de la Policía Secreta o como se
lla¬maran?
En
la entrada para coches apenas había sitio para un vehículo y la máquina
quitanieve había acumulado la nieve a los costados en unas pilas que le
llegaban más arriba de la cabeza. Anduvo en un mundo blanco y negro; al cabo de
un tiempo, tuvo la impresión de que no era más que un comparsa en una vieja
película, una vieja película en blanco y negro. No había color porque todavía
no ha¬bían coloreado la película y sólo se veía el cielo gris en lo alto, la
cinta negra del asfalto debajo y nieve a ambos lados. Sus zapatos también eran
negros y su abrigo gris oscuro parecía casi negro. ¿Se¬ría el comienzo de la
película de madrugada? ¿O el final, cuando él (que, de vuelta en su
apartamento, miraba esa vieja película) se
levantaba, bostezaba, quitaba el vaso y la botella de la mesita,
sa¬biendo que pronto los amantes se abrazarían, mientras la mujer ves¬tida como
la Libertad, tenía la antorcha en alto?
Al
andar miraba hacia ambos lados, y al cabo de un tiempo, se dio cuenta de que
esperaba encontrar la otra hoja que se había vola¬do del maletero, porque en
ella vería la foto de Lara. Se le habían volado dos hojas, una había logrado
atraparla. La que había encon¬trado era la de North y la que no, era la de
Fanny, la de Francés, mejor dicho. La tercera, que no había ni atrapado ni
encontrado, era la de Lara, Lara vista por última vez bailando sobre el
asfalto, sobre la nieve, bailando al viento.
El
estruendo que oyó a sus espaldas le advirtió justo a tiempo; se lanzó hacia la
montaña de nieve acumulada a su izquierda. La enor¬me limusina negra pasó
rugiendo tan cerca de él que notó que su succión intentaba quitarle un zapato.
Salió
de la nieve. No maldijo; se sentía demasiado feliz de estar vivo —¡todavía
vivo!— como para maldecir. Una fina capa de hielo le había hecho un corte en el
índice izquierdo; se lo chupó y con la mano vendada se sacudió la nieve del
abrigo. Cuando se sacó el dedo de la boca para mirárselo, la sangre manó de la
herida y goteó sobre el asfalto negro y la nieve blanca.
Había
guardado el paquete de pañuelos en el bolsillo lateral de la americana, junto
con el mapa. Lo sacó, lo abrió y se envolvió el dedo con uno de los pañuelos.
De
no haber temido caerse en el hielo, se habría puesto a saltar. Pensó entonces
que por eso era que Cary Grant y Rosalind Russell, William Powell y Myrna Loy
irradiaban tanta felicidad, tanto con¬tento en aquellas películas de madrugada,
por eso brillaban con tan¬ta intensidad aunque estuvieran en negro y gris
cuando tendrían que haber estado muertos. ¡Qué felices se sentían de seguir
vivos, allí en el celuloide parpadeante, en las pantallas exiguas fijadas a las
radios que habían conocido, qué alegres!
Igual
que él. En su casa, en ese momento, podía estar muerto, muerto y pudriéndose
delante de la televisión, sentado en el sillón que le había costado tan barato;
pero allí estaba vivo, lo probaba su sangre roja, aunque aquélla fuese la
última bobina.
La
entrada para coches subía una colina y giraba a la derecha. Oyó pasar un camión
ruidoso; no sólo lo oyó, sino que lo vio, al menos vio su techo verde y
anaranjado por encima de las crestas de
las
montañas de nieve. Cien pasos más adelante, alcanzó el punto en el que el
sendero se alejaba de un camino de dos carriles, tam¬bién de negro asfalto, y
que podía o no haber sido el camino por el que él y North habían pasado.
Intentó adivinar en qué dirección estaba el mar, y se equivocó; pero después de
andar medio kilóme¬tro, llegó a un lugar desde el cual pudo ver el hotel y
advertir su error.
Se
disponía a volver sobre sus pasos cuando una vieja camioneta roja con cadenas
se acercó traqueteando por el camino; al volante iba un granjero de mediana
edad. La paró y le explicó al conduc¬tor lo más brevemente que pudo que se
había quedado encerrado fuera.
El
granjero se rió por lo bajo y le abrió la puerta.
—Supongo
que por ahí no volverá a salir más.
— ¡Puede estar seguro! —repuso con una sonrisa.
En
el fondo pensó que tenía que estar enfadado, pero se sentía incapaz. La
calefacción de la vieja camioneta funcionaba y el aliento caliente que le
echaba en los pies le presagiaba grandes delicias.
—En
invierno no hay mucha gente —dijo el granjero — . Mi Junie trabaja ahí algunas
veces, pero cuando viene el otoño, la des¬piden. No sabía que estuviera
abierto.
—Está
bastante vacío —comentó él asintiendo—. Espero que no se desvíe usted por mi
culpa.
—No,
tengo que pasar delante. Voy a la ciudad. El hotel no está lejos, a unos dos o
tres kilómetros de mi casa.
El
camino terminaba con una señal de stop en otro más ancho; enfilaron por él y
entonces oyó las olas. No tardó en verlas, frías y verdes, pero vivas; parecían
las escamas de una serpiente de agua enroscada alrededor del mundo, y no tan
malévolas como in¬humanas.
—Ya
estamos. —La camioneta se detuvo con una sacudida—. Por cierto, me llamo Grudy.
— Green —dijo él, y se estrecharon la mano—.
Había pensado pagarle algo por su ayuda, señor Grudy...
El
granjero lanzó un bufido y le contestó:
—Ni
se le ocurra sugerirlo, señor Green. Es algo que he hecho con mucho gusto, y
que usted habría hecho por mí, estoy seguro.
Volvió
a darle las gracias al granjero, se apeó, cerró la puerta de la camioneta con
mucho cuidado y lo saludó con la mano mientras
el
granjero se alejaba. Al cruzar la terraza hacia la pared de cristal
brillantemente iluminada del hotel, miró su reloj. Eran las once treinta y
cuatro; en la cafetería no tardarían en servir el almuerzo. Buscaría el modo de
hablar con Fanny que, aunque fuera una doble agente, podía conducirlo hasta los
que no lo eran. Si Fanny volvía a verlo, no averiguaría sobre él más de lo que
ya sabía; pero él sí podría aprender mucho, incluso a pensar y a comportarse
como un conspirador, que era lo que más necesitaba saber.
Esa
mañana, en la entrada no había ningún botones. Un letrero atravesado sobre
ambas puertas de cristal anunciaba: CERRADO DU¬RANTE TODA LA ESTACIÓN. En la
recepción había un solo empleado con gafas que trajinaba con unos papeles.
Llamó a las puertas, pero el empleado desapareció en la oficina que había
detrás de la recep¬ción y no volvió a aparecer; al cabo de un momento, las
luces del vestíbulo se apagaron.
16
La policía
Examinó
el hotel desde la terraza y no logró ver una sola luz. Por un momento consideró
la posibilidad de entrar por la fuerza; había por lo menos cien ventanas
disponibles, o eso le pareció. Al final desechó la idea; si adentro no había
nadie, de poco le serviría entrar, y si el personal seguía allí (si el
empleado, tal como sospe¬chaba, sólo esperaba en la oficina a que él se
marchara, por ejem¬plo) lo detendrían y lo meterían en la cárcel, una cárcel en
la que Lara no podía estar.
Regresó
al camino, pensando esperanzado que un hombre bien vestido conseguiría que lo
llevasen, incluso un hombre bien vestido con las mejillas quemadas y un dedo
sangrante no tendría que esperar demasiado. La estatua de hielo que lo había
observado mientras se comía el barquillo volvió a observarlo; lucía una
expresión de hosca satisfacción, posiblemente debido al ligero cambio de
ángulo. El mar le hablaba con el mismo tono en que una madre regaña a su
pequeño; pero aunque notaba la rabia y el reproche de su voz, no lograba
entender qué quería que hiciera, qué era lo que las olas consideraban que debía
haber hecho.
Transcurrió
media hora antes de que pasara el primer coche, que no se detuvo. Al cabo de
esperar otro tanto, apareció a lo lejos un mastodóntico autobús rojo; al
conductor se le notaba manifiesta¬mente despreocupado por la silueta
desesperada que se hallaba en una parada no autorizada. En las noticias de la
televisión había oído con frecuencia historias de conductores que no recogían
ni siquiera
a
los moribundos, pero antes nunca se le había ocurrido pensar que muchos de
ellos debían de haber sido conductores a los que sus empresas les prohibían
proporcionar ayuda, o que ese detalle no se revelaba debido a algún arreglo
privado entre las empresas y los medios de comunicación.
Contó
las olas mientras éstas hablaban en la playa cubierta de hielo; al llegar a
ciento diecisiete, pasó el convertible conducido por el empleado con gafas. Se
colocó en mitad del camino para obligar¬lo a parar, pero el empleado lo esquivó
y no le hizo el menor caso.
Decidió
que aquello era inútil, dio media vuelta y avanzó pe¬sadamente tras el
convertible que no tardó en desaparecer al doblar la curva cubierta de nieve.
El autobús había pasado, de manera que tenía que haber una parada en algún
punto del camino, una parada desde la cual la gente de campo que no tenía ni
coche ni camión pudiera llegar a la ciudad, una parada y tal vez un banco. Las
pier¬nas le temblaban de haberse pasado la mañana de pie y andando; la cabeza,
que le había dolido a intervalos desde que despertara en el General Unido, se
le partía de dolor.
A
sus espaldas, un coche soltaba ruidos metálicos como una caja de música rota.
No se volvió a mirar, seguro de que hiciera lo que hiciera, no se detendría, y
poco dispuesto a abandonar la franja limpia de asfalto para andar sobre los
laterales cubiertos de nieve.
— ¿Quiere que lo lleve?
Era
Fanny que le hablaba por la ventanilla abierta de uno de los utilitarios que
había visto en el aparcamiento. Intentando sonreír, contestó:
— ¡Claro que sí!
Tal
vez fuera una espía de Klamm, pero si Klamm y la policía estaban en contra de
North, ¿qué tenía de malo? Igual que en el coche que había conducido para
North, las puertas de ése llevaban las bisagras en la parte de atrás. Giró la
manilla, abrió la puerta y subió.
— ¿No llevaba equipaje?
La
chica parecía sincera y un tanto estúpida.
—No
mucho —le contestó.
La
chica pisó el largo pedal del embrague con el pie izquierdo y echó la palanca
de cambios suavemente hacia atrás.
—Ya.
Bueno, ojalá se hubiera quedado más. De todos modos, le habrían pedido un taxi
o algo al dejar la habitación.
—No
he dejado la habitación.
El
pedal del embrague se levantó suavemente; el motor vaciló, como dispuesto a
apagarse, pero luego siguió funcionando. El co¬checito se sacudió y avanzó con
esfuerzo.
—Me
dijeron que se había marchado.
—Me
dejaron encerrado afuera.
— ¿No ha pagado?
—Habíamos
pagado por adelantado, todavía quedaban unos días.
— Serían incapaces de hacerle algo así.
Se
encogió de hombros y se puso a mirar el paisaje nevado.
El
cochecito rugió al entrar la segunda.
—De
todos modos, adiós a mi empleo de invierno. Este otoño me rogaron, literalmente
me rogaron que me quedase. «Fanny, in¬tentaremos tener abierto todo el
invierno...» fue lo que me dijeron. Y ahora estoy sin trabajo y todos los
empleos de invierno ya están ocupados.
—Quizá
la mujer del salón de belleza podría encontrarle algo. — Se volvió a mirarla—.
Iba a decir, la mujer que le arregló el pelo, pero veo que no se ha hecho nada.
—Lo
ha notado. —Cuando puso la tercera, levantó la mano y se dio unas palmadas en
el pelo — . Pues no, ella me quería lavar y marcar, pero no me hacía falta. La
verdad es que tampoco necesito una permanente; ya sabía que me iba a decir eso.
Sólo quería hablar con alguien. ¿Adónde va usted, por cierto?
— A la estación de trenes.
— ¿Se larga de la ciudad? Asintió con la cabeza
y repuso: —Me voy a Marea.
— ¡Estupendo! Lo digo porque no parece que aquí
le vayan bien las cosas.
— ¿Me llevará hasta la estación?-Claro.
— Gracias. —Vaciló un instante — . Probablemente
no debería mencionarlo, pero ¿sabe usted cómo se llama el hombre con el queme
alojaba?
—No
me fijo en esas cosas.
—Ayer
por la mañana desayunamos juntos en la cafetería, pero no nos atendió usted.
—Probablemente
sería Maisie, o tal vez Edith. Nos habían con¬tratado a las tres y teníamos que
trabajar dos días y hacer uno de fiesta, Maisie y Edith ayer, Maisie y yo hoy.
—El
otro hombre de mi habitación utilizaba el apellido de Campbell, pero en
realidad se llamaba William T. North.
La
chica no le contestó.
—Usted
conoce a la gente de la Bota de Hierro. Sabe quién es William T. North
-insistió.
— Quiere que lo lleve al tren que va a
Marea.-Sí.
—De
acuerdo —asintió la chica—. De todos modos iba a ha¬cerlo... No, tiene razón,
no iba a hacerlo. Iba a tratar de que me acompañara a mi casa. ¿Necesita
dinero? Puedo darle algo; no ten¬go mucho.
—No
—respondió—. Antes de marcharme necesito hablar con Klamm.
Se
produjo un largo silencio. El camino por el que iban confluía en otro más
importante, una autopista de cuatro carriles. La mucha¬cha miró a su izquierda
y entró en la autopista. Con el acelerador pisado a fondo, el cochecito
alcanzaba los ochenta kilómetros en llano. Recordó que el Visón marrón era un
poco más veloz, llegaba a los noventa.
—Entonces
tendrá que acompañarme a mi casa —dijo ella por fin.
—Podría
dejarme en un hotel.
Ella
negó con la cabeza y le preguntó:
— ¿Se lo ha contado a alguien? ¿A North?
—A
nadie. —Intentó pensar en el modo de explicárselo—. No era amigo de North, no
creo que él tenga amigos. Podría ser amigo de Klamm, si supiera qué se proponen
usted y él.
—En
el Adrián iba usted con North.
—Es
verdad. ¿Nos vio? ¿O se lo han contado?
—Los
vi. Estaba entre el público. Ellos... Klamm creía que lo tenían todo cerrado,
todo herméticamente cerrado y la manzana acordonada. Pero North tiene más vidas
que un gato y querían que lo viesen por si acaso. Tal como resultó todo, tenían
razón.
— ¿Quiere usted decir que North logró escapar?
Me lo temía.—Eso parece. En el incendio murieron varias personas, pero ya
las
hemos identificado a todas.
Pensó
un momento y luego le dijo a la chica:
—El
doctor Applewood..., sé que lo conoce. No parece que al doctor Applewood le
fuera muy difícil salir del teatro.
—Claro
que no. Lo dejamos salir. Los dejarnos salir a todos, menos a uno que murió
accidentalmente.
-¿Porqué?
— ¿A usted qué le importa? —le contestó con
desdén.—Yo estaba entre toda esa gente.
—Es
verdad. ¿Está dispuesto a ponerse en contra de North? —Jamás he estado a su
favor. Era una especie de prisionero, su esclavo, si quiere usted verlo de ese
modo.
— ¿Y no podía escapar?
—Lo
hice. —Le contó lo ocurrido en el sótano—. Es decir, huí de North. Lo que
quiero saber es por qué me dejaron huir a mí, al doctor Applewood y a los
demás.
—Porque
se trataba de gente de bajo nivel. Una vez identifica¬da, a la gente de bajo
nivel se la deja en libertad, no se la detiene. No tiene sentido. A esa gente
se la observa del mismo modo que observábamos la obra antes de que North
apareciera. Se la deja que nos conduzca a los jefes de la banda.
—Y
eso fue lo que hicieron conmigo, ¿no es así? —inquirió—. Llevaba la llave del
hotel en el bolsillo y esta mañana, antes de desayunar, fui a ver al doctor
Applewood para que me curara la mano. Después de desayunar, cuando volví a
bajar para comprarme ropa, en su oficina no había luz. Supongo que la rubia del
salón de belleza me vio la primera vez y se puso a escuchar detrás de la
puerta.
— Supongo —admitió Fanny encogiéndose de
hombros.
— ¿No lo sabe?
Le
lanzó una mirada irritada y le preguntó:
— ¿Se piensa que me cuenta todo lo que hace? Es
mi jefa, una teniente.
—Lo
siento,
Al
ver que la muchacha permanecía callada, añadió:
— Ocurre que esta mañana, en la cafetería, me
pareció que yo le caía bien. Cuando cerraron el hotel y nadie me prestó
atención has¬ta que usted apareció y me recogió, supe que lo habían organizado
todo para que encontrara ese informe sobre usted y que usted se limitó a
desempeñar un papel... —Y dejó la frase en el aire.
—La
naturaleza ha hecho que las mujeres desempeñemos pape¬les. Cuando dejamos de
hacerlo, se acabó la comedia. —Inspiró hondo y luego soltó el aire con un
bufido—. Me cayó usted bien, y sigue gustándome. Pero mientras nos tratemos,
siempre desempe¬ñaré un papel, cada pocos minutos, a veces durante horas. No
pue¬do evitarlo. ¿Hay algo más que quiera saber?
—Sí.
Anoche, en el teatro..., ¿quién era la mujer que estaba en la cabina con Klamm?
—Su
hijastra.
— ¿Cómo? —Advirtió que había abierto la boca y
la cerró.—Es su hijastra. Klamm estuvo casado, aunque obviamente,
nunca
se..., ya sabe a qué me refiero.
No
lo sabía, pero asintió de todos modos.
—Entonces,
su mujer conoció a un hombre que consintió. Klamm se divorció, naturalmente,
pero siguen siendo amigos. Di¬cen que ella era su alumna preferida cuando él
enseñaba en la uni¬versidad; me imagino que su amor fue siempre mucho más
intelec¬tual que otra cosa.
La
autopista se había transformado en bulevar. Fanny lo aban¬donó y se metió por
una calle de la ciudad, flanqueada de tiendas.
—Como
comprenderá, de todo esto me he enterado por los co¬mentarios que circulan. No
conozco personalmente ni a Klamm ni a su ex mujer. De todos modos, ha sido como
un tío para los hijos de ella. Eso es lo que se comenta, pero la chica de la
cabina es la única con la que se lo ve en público. Supongo que se parece mucho
a su madre cuando era joven; a veces ocurre.
Fanny
sonrió amargamente.
— ¿Y se apellida Klamm?
—Claro
que no. Se llama Nomos. Laura Nomos.
—Laura
Nomos —repitió.
Había
oído ese nombre, estaba seguro. ¿En el teatro? ¿En el hospital? No lograba
precisarlo. ¿Se lo habría mencionado Joe? Sin saber por qué, lo asociaba con
Joe.
— Esta mañana, en la cafetería, creí que yo le
gustaba. —Fanny parodiaba lo que él acababa de decir—. Cuando averigüé que era
la hijastra de Klamm, me sentí muy deprimida. Quiero decir, estoy deprimida.
—Suspiró teatralmente —. Dicen que es abogada. Puede encontrar su nombre en la
guía del Colegio de Abogados. ¿Ha visto cuántas cosas se aprenden con una
policía?
El
cochecito giró a la derecha y a pesar de que no iban muy deprisa, el giro fue
tan abrupto que las ruedas traseras patinaron.
— ¿Alguna pregunta más?
— ¿Me lleva a ver a Klamm? La chica se echó a
reír.
—Lo
llevo a mi casa..., tal vez dentro de una semana logre ver a Klamm. ¿Qué edad
me echa?
Vaciló,
temeroso de ofenderla.
—No
se me da bien calcular la edad de la gente. ¿Veinte?
—Gracias.
Veintidós y si tuviera un grado menos, iría de unifor¬me. Mi teniente depende
de un capitán que a su vez depende de una persona que depende de una mujer que
depende de Klamm. Habrá que ir subiendo por la cadena de mando, y lo que
tengamos que decir debe ser lo bastante importante como para que Klamm crea
oportuno dedicarnos su tiempo. ¿Alguna cosa más?
— ¿Quién es Kay?
La
chica apartó la vista del camino y lo miró con una expresión en la que se
mezclaban la sorpresa y el escepticismo.
—En
una ocasión hablé por teléfono con Klamm y me confun¬dió con una persona
llamada Kay —le explicó—. He conocido mujeres llamadas Kay, pero creo que en
este caso se trataba de un hombre. Oyó mi voz y me llamó «Herr Kay». Es un
hombre, ¿verdad?
—Supongo
que sí. Pero no tengo la menor idea de qué hombre. Salvo que...
-¿Sí?
—Algunas
veces, en los periódicos se refieren a Klamm como Herr K., por su inicial y
porque nació en el imperio alemán. Pero no entiendo cómo podría encajar eso si
de veras habló usted con Klamm por teléfono.
—Yo
tampoco lo entiendo. Una pregunta más. ¿Qué es un visi¬tante?
La
chica apretó los labios.
— ¿Dónde ha oído hablar de eso?
— ¿Importa acaso? Quiero saber lo que es, porque
creo que yo soy un visitante.
Fanny
arrimó el coche al bordillo y le contestó: —Pues tendrá que esperar hasta que
entremos. Ya hemos lle¬gado.
17
La
habitación
—No
es lo que esperaba, ¿eh?
No
lo era. La habitación de Fanny era pobre y pequeña, no tendría más de tres
metros por cuatro. Había un cable eléctrico ten¬dido de lado a lado del que
colgaba ropa interior: un sujetador ne¬gro, dos pares de bragas, una color
melocotón y la otra rosa.
—Incluso
para una camarera... —comenzó a decir.
— ¿Es un poco extremo? ¿Es eso lo que piensa?
Quédese tran¬quilo; no me lo alquilaron como parte del trabajo. No somos tan
detallistas, normalmente no tenemos necesidad. Aquí es donde vivo.
Como
para probarlo, se sentó en la cama y añadió:
— Si el trabajo me hubiera durado más, en la
temporada alta, podría haberme hecho un extra con las propinas. Pero ahora se
ha acabado. Mañana le hablaré de usted a Blanche y me asignarán a un nuevo
caso. Siéntese.
Sólo
había una silloncito de orejas tapizado con una zaraza, des¬teñida. Se sentó
con la sensación de que el sillón era demasiado pequeño, que había sido hecho a
medida para un niño, que había formado parte del mobiliario de una casita de
muñecas, un mobilia¬rio dispersado hacía tiempo, que después de pasar por
vertederos humeantes y por las tiendas del Ejército de Salvación sólo habían
quedado ese silloncito y la muñeca.
—Me
ha preguntado por los visitantes —le dijo la chica—. Me ha comentado incluso
que cree ser uno de ellos. ¿Por qué?
—Porque
no encajo en este lugar. —Hizo una pausa pugnando por encerrar sus sentimientos
en la caja de las palabras y al final acabó mascullando—: Nunca sé muy bien lo
que está pasando.
Fanny
juntó la punta de los dedos recordándole de repente a la mujer dentuda del
Centro Urbano de Salud Mental.
— ¿Qué es exactamente lo que no entiende? Se lo
explicaré si puedo. —Hurgó en su bolso, sacó un paquete arrugado de Chamoisy se
lo ofreció—. ¿Fuma?
—No
—le contestó —, y ésa es una de las cosas que no entiendo. Prácticamente nadie
fuma ya, salvo droga. En cambio, aquí parece que todo el mundo fuma. Hasta el
señor Sheng, que fumaba en pipa. En el teatro, Klamm fumaba un cigarro. Y en
una ocasión en que intenté telefonear a mi apartamento, hablé con Klamm.
Espe¬raba que me contestara Lara, y ahora creo que tal vez ella estuviera ahí,
al lado de él, igual que aquella noche.
— ¿Conoce a Laura Nomos? Negó con la cabeza y
respondió:
—Lara
Morgan..., vivía conmigo. La estoy buscando. —Hizo una pausa para saborear la
idea—. Por eso estoy aquí. —El mero hecho de decirlo en voz alta lo fortaleció.
— ¿Cree que Laura Nomos y esa tal Lara Morgan
son la misma persona?
—No
lo sé. Se parecen..., aunque no sean la misma persona da la impresión de que
podrían serlo. Quizá lo encuentre ilógico, pero en el departamento donde yo
trabajaba teníamos al señor Kolecke, un supervisor. No era simpático como
algunos supervisores, y no siempre era justo. A veces se enfadaba mucho con
ciertas personas por cosas de las que no tenían culpa alguna. Pero creo que
quizá le sacó más rendimiento al departamento que ningún otro.
»Un
día me lo encontré por la calle, iba con un niño y una niña. Parecía tan
diferente que por un momento dudé que fuera realmen¬te él. Los seguí un par de
manzanas para comprobarlo, y los vi entrar en el Museo de Arte. Al cabo de un
ratito, entré yo también, y vi que les estaba explicando unos cuadros a los
niños. Pero no sólo lo que es un molino de viento y cosas por el estilo, sino
quién había sido el pintor, dónde había vivido y por qué se decía que pintaba
del modo que lo hacía.
Fanny
asintió para infundirle ánimos.
—Al
final me acerqué y le dije: «¿Señor Kolecke?». Ya sabe,
lo
normal en estos casos. Se mostró sorprendido y después me llamó por mi nombre
de pila. Nos estrechamos la mano, me presentó a sus niños. Me extrañó no
haberlo reconocido de inmediato. Pero des¬pués de darle vueltas al asunto, me
di cuenta de que él tampoco me había reconocido hasta que no le hablé. Mi
aspecto no era diferente porque estuviera fuera de la tienda y llevara otra
ropa. Sino que al señor Kolecke yo le había parecido diferente. Tanto que hasta
que no oyó mi voz, no me reconoció y creo que lo mismo me ocurre ahora a mí con
Lara.
— ¿Le duele la mano? —le preguntó Fanny. Al ver
que él se mostraba sorprendido, añadió — : Es que se sostiene la muñeca con la
otra mano.
—Un
poco sí que me duele. El doctor Applewood me la vendó esta mañana. Me quemé en
el incendio de anoche.
Fanny
se inclinó hacia adelante para echarle un vistazo y le dijo:
—La
venda está húmeda. Se le habrá caído nieve encima y se le habrá derretido en el
coche. Y también se ha cortado el dedo. Déje¬me ver, le daré un poco de gasa
seca y tintura de yodo.
Le
tendió las manos y le preguntó:
— ¿Qué son los visitantes? Me ha dicho que me
hablaría de ellos, pero todavía no me ha contado nada.
—Esto
le dolerá.
Le
arrancó la cinta adhesiva vieja y le hizo daño. Sin la venda, vio la fea mancha
de la quemadura a través de la crema amarilla que la embadurnaba.
—Los
visitantes son personas que aparecen de repente.
Fanny
se dirigió al armario de madera que había en un rincón, encima del fregadero, y
sacó una caja azul de cartón en la que buscó la gasa.
—Hay
un lugar, o al menos eso es lo que se cree, que se parece mucho a nuestro
mundo, pero que no es exactamente igual. O tal vez haya varios sitios así. En
fin, que a veces la gente se cuela. ¿Le gusta ir al zoo?
—Con
este tiempo, no —repuso.
—A
mí sí, y en algunas partes hay filas de jaulas, una al lado de la otra,
separadas únicamente por alambre. ¿Sabe una cosa? Me estoy alejando mucho de lo
que dice el manual para estos casos. Espere, se lo leeré.
De
un estante que había encima de la mesa, sacó un librito encuadernado en un
papel naranja bastante estropeado y fue pasando las hojas.
— Visitantes: Personas desorientadas sin una
historia verificable. Los visitantes suelen dar descripciones detalladas de sus
casas y sus vidas pasadas, pero los interrogatorios no tardan en demostrar que
cuanto dicen es ficticio. Carecen de los derechos de ciudadanía y suelen ser
peligrosos. Los peligrosos deben ser destruidos. —Hizo una pausa en la lectura
y dijo —: North, por ejemplo, o al menos eso creemos ahora. Los inofensivos
deben ser detenidos y llevados ante un tribunal de primera instancia local o
federal, que ordenará su custodia institucional. —Y con tono duro, aclaró—: Ése
es usted, si de verdad es un visitante.
—No
lo soy. Sólo la estaba poniendo a prueba —le dijo.
—Es
lo que pensé. ¿Todavía sigue con la idea de ver a Klamm?
—No
lo sé. Usted sabe más que yo de todo esto. ¿Qué opina?
—Tampoco
lo sé —reconoció Fanny; cerró el librito anaranjado y volvió a dejarlo en el
estante—. Klamm podrá ser de todo, hay gente que lo odia, pero lo cierto es que
no es ningún tonto. Si qui¬siera, tal vez podría ayudarlo. Me lo pensaré mejor
y ya le diré.
—De
acuerdo.
— ¿Eso es todo? ¿No quiere que lo lleve a la
estación?
La
pregunta fue formulada despreocupadamente, pero él pre¬sintió que si aceptaba
marcharse, habría problemas.
—Estoy
cansado y hay muchas cosas más que quiero saber, co¬sas que usted puede
contarme, si quiere.
—Espero
que no se refieran a los visitantes, puesto que no es usted uno.
—No,
no son sobre los visitantes, aunque el tema sigue intere¬sándome, sobre todo me
interesa el sitio de donde vienen. Son so¬bre Klamm. ¿Vive aquí? ¿En esta
ciudad?
—Claro,
estamos en la capital. Tiene que estar aquí para acudir a las reuniones con el
presidente. Naturalmente, viaja mucho debi¬do al cargo que ocupa.
— ¿Y qué tiene aquí, una casa o un apartamento?
—Creo
que una casa —respondió Fanny—. Al menos solía tener una. En un diario vi una
vez una foto suya sacada en el jardín de su casa. Cultiva rosas, es su
pasatiempo. Supongo que por eso se que¬dó con la casa al separarse de su mujer.
— ¿Sabe dónde está la casa?
Ella
lo analizó y luego repuso:
—Si
piensa en ir a ver a Klamm a su casa, olvídelo. Es el asesor de seguridad del
presidente, lo que significa que hay por lo menos una decena de grupos que se
lo quieren cargar, incluido el de North. Está rodeado de guardias día y noche.
—Pero
si llamara a su puerta, tal vez hablaría conmigo. No quie¬ro matarlo, sólo
quiero hacerle un par de preguntas.
—Pues
no sé dónde vive. Y estoy segura de que no lo va a en¬contrar en el listín.
—Alguna
idea ha de tener.
Fanny
se encogió de hombros y dijo:
—Hacia
el sur hay un par de barrios elegantes. Una casa grande como ésa tendría que
estar en uno de los dos, pero no sé cuál.
— ¿Dónde tiene el despacho?
—En
el Edificio de Justicia. Nunca he estado, quiero decir que sí he estado en el
Edificio de Justicia, pero nunca en el departamen¬to de Klamm.
—Mañana
intentaré ir a verlo.
—De
acuerdo, como usted quiera. Lo llevaré al Edificio de Jus¬ticia.
— Gracias.
— ¿Ha almorzado ya? Yo no he desayunado
siquiera. Se supo¬nía que debía hacerlo después de atenderlo a usted, pero
primero tuve que presentarme ante mi superior y cuando volví, habían ce¬rrado
el hotel.
—Pensé
que usted les había dicho que cerraran para poder co¬germe. En el coche me
comentó que acababan de decidir lo del cierre, pero que fue mientras usted se
hacía pasar por camarera.
Fanny
negó con la cabeza y le dijo:
—Les
creímos, es todo. Dijeron que había dejado la habitación. Tendríamos que
habernos dado cuenta de que estaban tratando de encubrirlo, pero se nos pasó.
— ¿Sabían que me estaban protegiendo al dejarme
encerrado fuera?
— Sabían que estábamos ahí para vigilarlo. —Se
encogió de hombros y añadió—: Supongo que pensaron que si lo encerraban fuera,
se marcharía y lograría huir sin que una persona en concreto tuviera que
avisarle, en cuyo caso, usted podría haberla identificado si llegaban a
detenerlo. De todos modos, cuando volví a la cafetería, me comentaron que usted
se había marchado del hotel y que iban a cerrar. Les pregunté por qué no nos lo
habían avisado, y me dijeron que no sabían que estábamos allí. Eran todos cuentos
chi¬nos, pero no había tiempo para discutir.
—Entonces
fue por eso que el empleado fingió no oírme cuando llamé a la puerta.
Ella
asintió.
— Pero no me escapé. Me recogió en tu coche y
aquí estoy.—Gracias. Muy amable de su parte, pero no cuela. No me que¬dó más
remedio.
Él
se mostró asombrado.
—En
el coche descubrió que soy policía. Podía haberme dejado fuera de combate con
un puñetazo. Todavía no sé cómo lo adivinó.
Supo
de inmediato que aquella era una invitación para alardear, pero no la aceptó y
le dijo:
—Pero
cuando me suelte, se lo contará a alguien y entonces me harán seguir. Quizá me
ayuden, como hizo usted al recogerme en su coche; pero no sabré quiénes son.
Cuando decida dejarme en la oficina de Klamm, se lo contará todo a ellos.
—Ya
se lo he dicho antes... ¿Se da cuenta de cuánto aprende estando con una
policía?
-¿Porqué?
—Para
que nos conduzca hasta North. Usted no importa; hay un millón como usted.
—Fanny hizo una pausa para sonreírle—. Doy por sentado que no es un visitante,
¿lo ha notado? Espero que sepa valorar el detalle. De todos modos, hay miles
como usted, como Applewood y los demás. North es diferente, tanto, que resulta
su¬mamente peligroso, es el tipo de líder megalómano que surge una vez cada
muerte de obispo. North puede echarlo todo a perder. Sé que le parecerá una
locura, pero podría acabar con la civilización. Podría hacer que la humanidad
entera iniciara su camino cuesta abajo.
Asintió
y le preguntó:
— ¿Qué es lo que quiere? —Él mismo se contestó
al añadir—:Poder..., ya he visto bastantes casos como para saber de qué se
trata. Con todo, se equivoca si cree que la conduciré hasta él. Si puedo
evitarlo, no pienso acercarme a North.
Fanny
sonrió con el agradable rostro ladeado.
—Los
esclavos no suelen volver corriendo con sus amos, pero de
vez
en cuando, sus amos vuelven a buscarlos, o envían a alguien en quien confían.
Los pescamos por aquí con bastante frecuencia.
— ¿A quién pescan?
—A
esclavos huidos y a la gente que los buscan. No lograba asimilarlo, o tal vez
no quería asimilarlo.
— ¿Es que aquí aún existe la esclavitud?—Aquí
no..., es una opción estatal.
— ¿Esclavos negros? Fanny negó con la cabeza.
—En
realidad no está determinado por la raza, es una cuestión de estado legal.
Pero, sí, la mayoría de los negros son esclavos, y la mayoría de los blancos
son libres.
—En
el mundo del que estuvimos hablando —dijo despacio—, de donde vienen los
visitantes, todo el mundo es libre. Al menos eso he oído comentar.
—Pues
aquí también, en la mayoría de los estados. Pero si un estado lo quiere de otro
modo, puede legalizar la esclavitud; así que quien posee esclavos, puede
llevarlos allí, sin necesidad de perder¬los. Es bueno para la economía, pero a
veces es un tanto complicado.
—La
guerra civil. No han tenido una guerra civil.
—No,
eso fue en Gran Bretaña.
—Y
aquí los hombres mueren jóvenes. Al menos eso parece.
Fanny
se levantó y cogió su bolso.
—La
naturaleza le jugó una mala pasada a la humanidad, señor Fine. Les dio a
ustedes, los hombres, más fuerza que a la mayoría de las mujeres y, lo que es
más importante, más empuje, más ambición. Pero cuando ustedes han cumplido con
su destino biológico, o mejor dicho, cuando cualquiera de los dos sexos ha
cumplido con su destino biológico, mueren. Lo cual nos permite a las mujeres
vivir entre sesen¬ta y setenta años, y a los hombres, en ocasiones, apenas
quince.
—Cierta
vez, en las noticias oí decir que por cada hombre había aproximadamente ciento
cincuenta mujeres de más de sesenta y cin¬co años.
Ella
aplastó el cigarrillo en el cenicero.
— ¿Quién dijo eso, Ken Rather? En realidad, no
está tan mal, muchos hombres se aguantan toda la vida, malditos sean. Venga,
vamos a almorzar algo antes de que empiece a pensar que es usted un visitante.
Un par de manzanas hacia el centro hay un bonito restaurante italiano; se llama
Casa Capini.
18
Una mesa entre dos mundos
Fanny
había pronunciado mal el nombre; lo había dicho deprisa, como al descuido y él
no le había dado mayor importancia. Sólo cuan¬do se encontraron dentro, cayó en
la cuenta de que se trataba del restaurante en el que solía comer, el sitio al
que había llevado a Lara.
Uno
de los hoscos hijos de Mamá Capini los condujo a una mesa junto a una ventana.
— ¿Está su madre? —Se atrevió a preguntarle.
Pero el hijo se alejó sin contestarle.
— ¿Ya había venido antes? —inquirió Fanny.
—Creo
que sí —respondió. Y para mayor seguridad, añadió—: Es que a mí, estos
restaurantes de pasta con escaparates me parecen todos iguales. Aunque era
bueno.
—Ha
dicho que tenía dinero, así que pagaremos a medias, si no le importa.
—No
—le dijo — , pagaré yo.
—He
de advertirle que trago como una lima.
Se
fijó en su boca pequeña y su cuello delgado y lo dudó; cuando llegó la
camarera, Fanny pidió una ensalada de pasta y té. El pre¬guntó si las
fettuccine Alfredo estaban buenas; le aseguraron que sí y las pidió.
—Y
yo creía que tenía hambre. —Encendió un cigarrillo con uno de esos encendedores
voluminosos e infalibles que recordaba de la niñez—. ¿Puedo preguntarle por qué
no deja de mirar por la ventana?
Había
intentado leer las matrículas sucias de los coches que pa¬saban con la
esperanza de que le indicaran si pertenecían a su mun¬do o al de ella.
—Por
ver el tránsito —repuso.
— ¿Ve a alguien que conozca? Negó con la cabeza.
— Cuando se almuerza con una chica guapa, lo que
debería ha¬cer es mirarla a ella, aunque no vaya vestida con excesiva
elegancia. Además, siempre y cuando no tenga la boca llena, debe darle
con¬versación.
—Creo
que va usted bien vestida —le dijo.
Llevaba
el mismo vestido simple, de seda negra, que lucía en la cafetería, sólo se
había quitado el delantalito de encaje y la cofia. El práctico abrigo de tweed
estaba doblado sobre el respaldo de su silla.
—Mi
traje multiuso de incógnito.
Mamá
Capini salió estrepitosamente de la cocina y los saludó con la mano al volverse
hacia ellos.
— ¡Ah! Es usted. —Al sonreír dejó ver un diente
de oro.—Hace un par de días que no venía —dijo él, indeciso. ¿Acaso
otra
versión suya también iba a comer allí?
—Pero
¿qué dice? Hará por lo menos un mes. Se quedará usted en los huesos. —Mamá
Capini se volvió sonriente hacia Fanny y añadió — : ¡Mírelo! Sólo aquí come
como está mandado.
—Ya
lo sé. Desayunó barquillos. —Fanny se estremeció apara¬tosamente.
— ¡Ya lo ve, porquerías! Tal vez abra por las
mañanas para darle tortillas con un buen prosciutto y pan fresco. Así le
salvaré la vida.
—Mamá,
¿se acuerda de Lara? —le preguntó—. ¿La pelirroja que traje a comer?
—Claro,
conozco a Lara. —El diente de oro volvió a brillar—. Guapa la chica, demasiado
buena para usted.
—Ya
lo sé, Mamá —admitió asintiendo con la cabeza—. ¿Ha vuelto a venir desde que
estuvo conmigo?
—Vaya.
—Mamá bajó la voz, echó un vistazo a su alrededor, a las mesas vacías, y le
preguntó—: ¿Lo ha plantado Lara?
—Estoy
tratando de ponerle remedio. ¿Ha venido?
—Anoche,
a cenar, pero muy tarde. —Con aire desesperado, Mamá extendió las manos
regordetas y limpias y le confesó — : Nos quedamos sin tortellini.
¡Anoche!
— ¿Está segura de que era Lara? —le
preguntó.—Claro. La reconocí en seguida.
— ¿Iba acompañada? —inquirió Fanny.
—Quédeselo
usted. No tiene tan mala pinta. Haga que se olvide de Lara.
—Voy
a intentarlo. ¿Iba acompañada?
—Sí,
por una pareja de recién casados. —Mamá notó la mirada escéptica de él y agregó
— : Le estoy diciendo la verdad. La chica llevaba anillos y todo. Se agarraban
de la mano por debajo de la mesa.
—Descríbalos,
por favor —le pidió Fanny.
Por
el rabillo del ojo comprobó que Fanny había sacado del bol¬so una libretita y
un lápiz.
— ¡Él es grande! Más grande que Amadeo. Ella es
pequeñita como usted, muy bonita. Los dos tenían el pelo rubio, el hombre y la
mujer.
— ¿Qué edad?
Mamá
se encogió de hombros y repuso: —Más o menos la misma que usted.
— ¿Cómo iban vestidos?
—El
hombre llevaba traje azul. Hecho a medida, porque es de¬masiado corpulento como
para comprarse nada en Kopplemeyer. Pero estaba gastado, tendría que haberlo
tirado el año pasado por lo menos. Cuando vi el traje pensé «Seguro que paga
Lara». Pero me equivoqué. Pagó él.
— ¿Cómo iba vestida su esposa?
Mamá
pensó un instante antes de contestar: —Con un vestido rojo de lana, un bonito
vestido, pero de con¬fección. Un abrigo rojo con cuello de zorro. ¿La conoce?
Fanny negó con la cabeza y preguntó:
— ¿Cómo iba vestida Lara?
—Llevaba
un abrigo de piel precioso, de visón muy oscuro. Y un traje de fiesta, ¿sabe?
Todo lleno de lentejuelas, como un arco iris. Escotado por delante. Un collar
de piedras verdes, a lo mejor de verdad. —Mamá se llevó la mano al pelo
encanecido y luego al cuello—. Tendría que haberme dado cuenta de que él iba a
pagar y no Lara. Lara sabía que él pagaría, por eso los trajo donde usted la
había traído antes. No costó mucho, ¿sabe? Bonita chica.
—Es
usted muy observadora —le dijo Fanny.
—Él
la trajo a Lara y ella trajo a esa pareja. Es mi negocio, por eso me fijé.
La
camarera llegó con el minestrone y Mamá se puso en pie.
—Si
algo no está bueno, me lo dicen.
—Eso
haremos —le contestó Fanny con una sonrisa—, pero es¬toy segura de que todo
estará delicioso.
Cuando
Mamá se hubo marchado, le dijo a Fanny:
—Tengo
que hacer una llamada.
— ¿De veras? Se le enfriará la sopa.
—No,
no mucho —dijo él. Y restregándose las manos añadió—: Vuelvo en seguida.
Los
lavabos se encontraban al final de un nicho situado en el fondo, y entre las
puertas del aseo de caballeros y el de señoras había un teléfono público. Entró
en el lavabo, hizo sus necesidades, se lavó y se secó las manos lo mejor que
pudo. Si Fanny lo había seguido, seguramente habría regresado a la mesa al
comprobar que él entraba en el lavabo de caballeros. Las monedas que llevaba en
el bolsillo eran, en su mayoría, las del mundo real, su propio mundo: monedas
de veinticinco centavos con aspecto de falsas, caras de níquel y bordes de
cobre, céntimos de cinc recubiertos de cobre. Pero Casa Capini también formaba
parte de su mundo real, y en él tenía que poder telefonear a su apartamento sin
dificultad y sin que le contestaran ni Klamm ni nadie más que Lara, si es que
esta¬ba allí.
Entró
uno de los hijos de Mamá y se plantó delante de un mingitorio.
— ¿Tiene que hacer una llamada? Le puedo dar
cambio.—No, gracias —respondió — . Tengo suficiente.
Salió
por la puerta y puso en la ranura una moneda de veinticin¬co céntimos. El
auricular repicó una vez y al oír el tono de llamada se sintió más tranquilo.
Quería pulsar los botones deprisa, pero se obligó a calmarse para tener la
certeza de no cometer error alguno.
Pulsó
el último dígito y el tono de llamada se interrumpió. No oyó nada, la línea se
quedó muda. Al colgar, su moneda tintineó en el cajoncito de las devoluciones.
Volvió a insertarla y a marcar su número.
A
sus espaldas, el hijo de Mamá le dijo:
—No
puede conseguirlo, ¿eh?
—No
suena —contestó meneando la cabeza.
—No
tendrían que haber permitido a esos hijos de puta que des¬trozaran el Sistema
Bell. —El hijo de Mamá se alejó.
—Espere
un momento. ¿Podría cambiarme uno de cincuenta?
—No
hay problema. Suba a la caja.
Siguió
al hijo de Mamá hasta el mostrador y sacó un billete del fajo de Sheng.
— ¿Los quiere en billetes de uno?
—No
—respondió. Contuvo el aliento un instante antes de aña¬dir—: Un par de cinco
únicamente.
—De
acuerdo.
El
hijo de Mamá aceptó el billete de cincuenta, lo colocó sobre la caja
registradora y le entregó dos de veinte y dos de cinco; los de veinte llevaban
la cara de Andrew Jackson; los de cinco,
la de Lincoln.
— ¿Qué opina de la pelea?
— ¿Qué pelea? —inquirió él.
Había
estado examinando los billetes. Y temeroso de haber¬los examinado demasiado
tiempo, se los metió rápidamente en el bolsillo.
— ¿Que qué pelea? —repitió el hijo de Mamá,
ofendido—. Joe va a pelear por el campeonato. ¿Es que no lee los diarios?
—Ah,
ahora caigo. Sí que lo he visto. Ojalá que Joe le haga sudar la gota gorda.
—Délo
por hecho, amigo. Joe es cliente nuestro, ¿sabe? Estuvo aquí anoche, con su
mujer y una come hombres. El tío es grande, pero no va por ahí fardando. Es un
tipo tan simpático y amable como usted o como yo.
—Mantendré
los dedos cruzados —dijo, y regresó a la mesa, se sentó y se cogió la cabeza
con las manos. Ante él había un bol vacío.
—Como
se le enfriaba la sopa —le dijo Fanny—, me la comí.
Ella
tenía delante un bol lleno y humeante. Al cabo de un mo¬mento, se lo ofreció.
—No
se preocupe —le dijo.
—Vamos,
que era una broma. Tómesela, es suya. ¿Qué le pasa?
— ¿Cuánto tiempo hace que viene aquí a
comer?-¿Qué?
—Le
he preguntado que cuánto tiempo hace que viene aquí a comer. En su habitación
me dijo que había un buen restaurante
italiano
a un par de manzanas..., o algo por el estilo. De modo que ya ha comido aquí
antes. ¿Cuándo fue la primera vez?
Fanny
contó con los dedos y respondió:
—Hace
cuatro días. El martes.
— ¿Y le aceptaron su dinero?
—No
pagué. —Vaciló antes de continuar—: Vine con un sar¬gento, un sargento de
uniforme. Teníamos hambre, así que decidi¬mos probarlo. Iba a pagar, pero uno
de los hombres que trabajan aquí dijo que invitaba la casa. Ya sabe usted que a
veces se compor¬tan así con los policías. Si quiere dormir esta noche en mi
casa, será mejor que me cuente lo que está pasando.
—Estamos
en mi mundo..., el lugar del que vienen los visitan¬tes. Y si no estamos allí,
todo este lugar es un visitante.
La
chica se lo quedó mirando con cara de incredulidad.
—Hace
varios años que como aquí dos o tres veces por semana. El martes por la noche
traje aquí a Lara. Su poder o sus polvos mágicos o como quiera llamarlos, han
desaparecido. ¿Cenó usted aquí? ¿A qué hora?
Fanny
asintió y repuso:
—A
eso de las ocho.
—A
esa hora estuvimos aquí. La tienda cierra a las seis, y tardo como una hora en
llegar a casa en el autobús. Volví a casa, me duché y me cambié de ropa. Mi
apartamento está a una manzana y media por ahí. —Señaló en dirección a su
casa—. Creo que si me marcho de aquí sin usted, podría pasar la noche en mi
propia cama. Quizá incluso si me marcho con usted.
—Entonces
tendrá que darme cobijo.
-Claro.
—Porque
no pienso dejarlo ir. Usted me sirve de carnada para llegar a North y si llego
a encontrarlo, conseguiré un ascenso, tal vez dos grados, teniente detective
Lindy. También puede significar la supervivencia de la humanidad, aunque eso es
estrictamente se¬cundario.
—Está
bien.
— ¿Está dispuesto a ayudarme?
—Sí,
si usted está dispuesta a ayudarme a mí. Si me voy a casa, volveré a la vida
que tenía antes de conocer a Lara. Quizá visite mi mundo, pero ella viene de
aquí. Aquí es donde vive, así que es aquí donde la encontraré, si es que la
encuentro.
La
camarera se detuvo ante la mesa de ellos.
— ¿No le gusta la sopa, señora? Fanny meneó la
cabeza y contestó:
—Es
que dejé que se me enfriara demasiado, pero no se preocu¬pe. Puede llevársela.
Cuando la camarera se hubo marchado, le dijo a Fanny:
—Yo
también soy de aquí, porque Lara está aquí.
—Dado
que va a ayudarme y que compartimos información, la futura teniente detective
compartirá con usted parte de la suya: su Lara es Laura Nomos.
—Ya
lo sé.
Fanny
se mostró sorprendida.
—Yo
no, bueno, no estaba del todo segura. Al menos hasta hace un minuto, cuando se
acercó usted a la caja. ¿Cómo pudo estar seguro? ¿Y qué hacía en la caja?
—La
vi en el teatro, igual que usted. Y era Lara..., ya sabe lo que le comenté
sobre el señor Kolecke. En su habitación usted dijo que ella era Laura Nomos,
así que los nombres no son sólo una coincidencia.
—Bueno,
creí que se equivocaba, que la hijastra de Klamm no podía estar entrando y
saliendo del Mundo Visitante como si fuera la diosa. Pero como dice usted, la
vi. Y la italiana dijo que anoche vio a su Lara, vestida igual que Nomos en el
teatro, de modo que eso lo confirma. No está usted loco ni es corto de vista.
Su Lara es Laura Nomos.
Asintió.
—Y
si no está loco —dijo Fanny estremeciéndose—, puede que tenga razón sobre este
restaurante, en cuyo caso debería estar muerta de miedo. ¿Es éste su mundo?
—Eso
creo. North lo llama C-Uno. —Le enseñó el dinero y le contó lo ocurrido—.
¿Lleva usted billetes grandes?
—Uno
de veinte. Es el más grande.
— Con eso basta. Quiero que lo lleve a la caja y
pida que se lo cambien por dos de diez. Acepte lo que le den y vuelva aquí.
19
Otra
vez en casa
La
camarera trajo la ensalada de Fanny y sus escones junto con el té y el café,
mientras la muchacha estaba en la caja. Cuando volvió, le preguntó:
— ¿No tiene hambre?
—Estoy
muerto de hambre —le contestó—, pero antes quiero ver lo que trae.
—Dos
billetes de diez dólares perfectamente normales. —Se los enseñó—. Está usted
loco, eso es lo que creo.
Meneó
la cabeza y pinchó fettuccine con su tenedor.
—Y
le he preguntado si tenía hambre.
—Quiero
pensar —le contestó—, y lo hago mejor cuando como. —Después de otro bocado, le
preguntó—: ¿Quiere probarlos? Es¬tán muy buenos.
—Por
darle el gusto. —Se sirvió una vez y luego dos más—. Esos billetes que me
enseñó no se los dio él, ¿verdad?
Asintió
con la boca llena.
—Entonces
me está diciendo que ese hombre lo sabe, que nos está manipulando.
Tragó
lo que tenía en la boca y le contestó:
—Lo
dudo. Me habló de una pelea, la de Joe.
— ¿Quién es Joe?
—Un
boxeador. Lo conocí en cierta ocasión. Todo el mundo dice que es un tipo majo,
y lo parecía cuando hablé con él. ¿Recuer¬da lo que Mamá Capini dijo de la
gente que trajo Lara?
— ¿El hombre corpulento y la rubia? —inquirió
Fanny al tiempo que asentía con la cabeza—. Claro que me acuerdo.
—Joe
era el hombre corpulento. Laura Nomos es la abogada de Eddie Walsh. Eddie es el
representante de Joe. Toda esta gente pertenece a su mundo, pero Mamá Capini,
no. —Bebió un sorbo de agua y volvió a sus fetluccine—. Joe pagó la cena, ¿lo
recuerda? De haber sido Lara, Laura Nomos, lo habría entendido, y quizá Joe
utilizara una tarjeta de crédito o extendiera un cheque. Pero dudo que sea su
estilo. Una vez me invitó a café de máquina y él se com¬pró una bebida sin
alcohol, y para pagar sacó el dinero de uno de esos monederos que usan los
avaros en la televisión. Apuesto a que lo tenía desde que era niño. Creo que
Joe habría pagado al contado.
— ¿Y no se fijó en el cambio hasta más tarde?
—No,
ahí está la cuestión. Joe se habría fijado en el cambio. Y lo habría contado.
Probablemente Jennifer, su esposa, la mujer del vestido rojo, es la que se
encarga de los billetes, pero él no habría querido que ella pagara la cena en
un restaurante. Se habría sentido incómodo. De modo que el cambio que le dieron
estaba bien y en el dinero correcto.
—Entonces
tienen que saberlo, los del restaurante tienen que saberlo. Es lo que acabo de
decirle.
Sacudió
la cabeza y repuso:
— Si el de la caja lo hubiera sabido, no me
habría hablado de Joe. Al principio uno no entiende lo que pasa. Créame, se lo
digo por experiencia. Lo que le pasó a él y a todo este lugar es que, de algún
modo, pasaron al otro mundo. Traspusieron una puerta...,pero eso es imposible.
Un edificio entero no podría pasar por una puerta, ¿verdad?
Fanny
se echó a reír.
—No
sé de lo que me está hablando. ¿Qué es eso de las puertas?
—Lara
me lo contó, en una nota. Cuando uno ha estado junto con alguien del otro
mundo, ve puertas. Cualquier cosa cerrada por los cuatro costados puede ser una
puerta. Tiene un aspecto signifi¬cativo; ésa fue la palabra que ella utilizó.
Si uno la traspone, se pasa al otro mundo. Y si uno da la vuelta para regresar,
no se regresa. Deja de ser una puerta. Y lo que hay que hacer es retroceder de
espaldas.
Él
chasqueó los dedos y Fanny dijo:
— ¿Qué le pasa?
— ¿Por qué las puertas son iguales por ambos
lados?
— ¿Lo son? Ni idea.
—Lo
son. Eso es lo que las convierte en puertas. Cierre los ojos. Vamos, es una
prueba.
La
chica cerró los ojos.
—Ahora
bien, ha comido aquí antes y usted me ha traído. ¿Cómo es el nombre completo,
el nombre oficial de este restau¬rante?
La
muchacha reflexionó un instante y luego contestó:
—Afuera
hay un cartel con letras de bronce. Traítoria Capini.
—Está
bien —dijo con un suspiro —, abra los ojos. —Le entregó una caja de cerillas
que había sobre la mesa.
Fanny
le echó un vistazo.
— «Casa Capini, Comidas Italianas». Está bien,
no es exacta¬mente lo mismo.
Depositó
el tenedor sobre el plato y le explicó:
—Este
restaurante, yo lo llamo el restaurante de Mamá, se en¬cuentra en mi mundo. Es
un lugar donde hace años que voy a co¬mer. El otro, la Trattoria, está en su
mundo. Puede que el hecho de que la familia se apellide igual en los dos mundos
sea una coinciden¬cia. De todos modos, la puerta de la Trattoria es una Puerta.
La gente de su mundo que ha tenido contacto con la del mío puede entrar en mi
mundo con sólo trasponer una puerta, como lo hizo usted al entrar aquí conmigo,
o como hicieron Joe y su mujer..., se llama Jennifer, creo..., cuando entraron
aquí con Lara. Pero al cabo de un rato, las cosas se aclaran. La gente se
siente atraída por su propio mundo, razón por la que yo he vuelto al mío ahora,
o al menos eso creo. El dinero no es más que papel. Si es de uno de los mundos,
atrae a los de ese mismo mundo. Las cosas mismas se en¬cargan de aclararlo
todo.
—Está
dándome a entender que un trozo de papel tiene cere¬bro. No me lo creo.
—No,
no le doy a entender eso. Le contaré algo que nos enseña¬ron en la escuela.
Afinaban dos cuerdas a la misma frecuencia. ¿Me sigue? Pero no del modo en que
se afinaría un piano, sino para que esas cuerdas dieran exactamente la misma
nota. Entonces, cuando alguien tañía una cuerda, la otra empezaba a vibrar. No
porque tuviera un cerebro, sino que sencillamente vibraba.
—Entonces
los dos mundos no son más que frecuencias y no hay nada sólido.
—Yo
no iría tan lejos.
—Pero
yo sí. ¿No es así como funciona la televisión? Se sintoni¬za un determinado
canal y se reciben dos señales, una para el vídeo y otra para el audio. La
estación siempre manipula un poco la fre¬cuencia, y eso es lo que cambia la
imagen y el sonido que sale por los altavoces. Cuando se cambia mucho la
frecuencia en un determi¬nado televisor, recibe un canal nuevo y el programa
que estaba uno mirando, desaparece. Hay un nuevo programa, con gente distinta.
Él
meneó la cabeza.
—Pues
creo que tengo razón. — Fanny le hizo señas a la ca¬marera—. Por favor, ¿me
puede traer más agua caliente para el té?
Quería
decirle que aunque el mundo de ella no fuera más que la nota de la cuerda de un
piano, el de él era real; pero se acordó de las monedas, de las caras falsas y
los bordes de bronce, y tuvo la impre¬sión de que su propio mundo no era más
real que el de la muchacha, o tal vez menos.
—Y
ahora escúcheme —le ordenó Fanny señalándolo con el dedo—. Suponga que llevara
toda la vida viendo televisión. Supon¬ga que fuera lo único que conociera, que
hubiera programas como Amanecer, Puesta de Sol, Trabajo y Compras; y que usted
estuviera acostumbrado a ellos y que nunca se hubiera planteado pensar en otra
cosa. —Hizo una pausa y luego añadió — : ¿Cómo se llama esa pequeña pantalla
que llevamos detrás del ojo?
Volvió
a menear la cabeza y repuso:
—No
lo sé.
—Retina,
eso es. Bueno, suponga que alguien le cambiara el programa.
— ¿Acaso me está poniendo a prueba?
—No
—respondió Fanny con una sonrisa—, sólo trato de con¬versar. Me dice que si
salimos por la puerta andando de espaldas, estaremos en mi mundo. Y quiere ir
allí conmigo, para poder en¬contrar a su Lara, que en realidad es Laura Nomos.
Y lo que creo que va a pasar es que saldremos por esa puerta y volveremos a
estar en la acera, y entonces me dirá «¡Ha funcionado!»; seré tonta, pero no
tanto.
—Hablo
en serio.
— Yo también. Creo que sé por qué funcionan sus
puertas. Su-
ponga
que dos canales muestren la misma cosa, pero en formas opuestas. Supongamos que
esa cosa sea una puerta, o un portal, y que el primer canal muestre un lado,
mientras que el otro canal muestra el otro. ¿Acaso sus frecuencias no deberían
acercarse? Si hubiera muchos canales, algunos se acercarían tanto que se
toca¬rían. En ese caso, con sólo mover un poco el mando, se podría pasar de un
canal al siguiente, ¿no es así? Pero si quisiera volver al anterior, tendría
que mover el mando hacia atrás. No podría seguir girándolo en la misma
dirección que la primera vez para volver. Eso mismo vamos a hacer si salimos de
espaldas por esa puerta, sería como girar el mando hacia atrás. Pero yo me
sentiría terriblemente tonta.
—Lo
va a hacer, ¿no es así? —le preguntó.
—No
creí que yo le importara —dijo Fanny encogiéndose de hombros—. Creí que sólo le
importaba Lara.
— ¿Tengo que elegir? ¿Ahora mismo?—Sí —le
contestó ella volviendo a sonreír.—Entonces elijo a Lara.
—Lo
cual significa que tendrá que dejar que me pague la co¬mida.
— Salga de espaldas —le dijo—. Hablo en serio.
Quizá no fun¬cione; en su nota, Lara decía que había que hacerlo en seguida, y
está claro que no lo hemos hecho. Al menos no estaremos peor que antes. Se
sentiría usted tan perdida en mi mundo como yo lo estuve en el suyo.
—Eso
es un mito —dijo Fanny—. ¿No?
— ¿Qué cosa?
—El
viajero perdido que se encuentra a alguien o encuentra una ciudad que nunca
nadie vuelve a encontrar. No estoy muy segura de que me importara ser uno,
aunque en el Departamento pensaran que me había pasado al enemigo.
—Esos
programas suelen tener un final triste —le dijo.
Había
visto Bñgadoon en el HBO, un canal de televisión por cable, e intentó recordar
cómo había terminado para contárselo a Fanny. Pero en su recuerdo no guardaba
más que el nombre y el revuelo de faldas tableadas y el sonido agudo de las
gaitas.
«No
es exactamente así», pensó.
Fanny
se puso en pie, quitó su abrigo del respaldo de la silla y le dijo:
—Andando.
Aquí vamos a la nada.
— ¿Ahora mismo? Tenemos que pedir la cuenta.
—Aquí
está. —Se la enseñó—. La camarera la trajo junto con el agua para mi té.
Se
la quitó (con demasiada facilidad, le pareció) y la ayudó a ponerse el abrigo.
Descubrió que no creía de veras que salir por la puerta de espaldas funcionara.
Estaba en casa, una vez más en su propio mundo después de..., ¿de qué? ¿De una
aventura de sábado por la mañana? ¿De una especie de enfermedad mental? Las
cosas se aclaran solas. Él mismo lo había dicho.
Su
abrigo colgaba de una percha, junto a la mesa. Evidentemen¬te, seguía siendo el
de lana gruesa que se había comprado en el hotel. Demasiado gruesa, quizá, para
el tiempo que hacía allí. Pero el fajo de billetes de cincuenta que había
comprado por diez cénti¬mos en la tienda del señor Sheng ahora era dinero de
verdad, y la cantidad importante que aún le sobraba de los mil que había
encon¬trado debajo del florero, en su habitación del hospital, no lo era.
Con
un segundo billete del fajo le pagó al nuevo cajero, otro de los hijos de Mamá
Capini, un poco mayor y más corpulento que el que había visto en el lavabo de
caballeros. A manera de prueba, le preguntó:
— ¿Qué opina de la pelea?
— ¿Qué pelea?
—La
de Joe. Tenía entendido que Joe es cliente del restaurante.
El
cajero rió entre dientes y les hizo la cuenta.
—Ha
estado hablando con Guido. Ese Guido está chalado.
Iba
a volver a la mesa pero Fanny le susurró:
—Ya
he dejado propina.
—Hacia
atrás —le dijo —. Recuerde que debemos caminar hacia atrás.
Se
colocó de espaldas y con torpeza retrocedió un paso en di¬rección de la puerta.
—No
—susurró Fanny—. No lo haré.
Lo
cogió del brazo y lo obligó a girar.
—Verá
usted lo que... —comenzó a decir, desesperado.
—No,
no veré nada. La broma ya ha llegado demasiado lejos. —Le tiró de la manga.
Lara
estaba de pie, al otro lado de la calle; los copos de nieve volaban delante de
su cara mientras observaba el restaurante. Se
dirigió
hacia ella y al hacerlo, a sus espaldas oyó que Mamá Capini le gritaba:
—Arrivederci!
Por
el rabillo del ojo vio que Fanny se volvía para mirar, saluda¬ba con la mano y
sonreía al tiempo que trasponía la puerta.
Y se
encontró solo, en la calle. Los copos de nieve brillaban al sol, aventados
desde los tejados por un viento primaveral. Lara ya se alejaba; mientras él la
seguía con la mirada, la vio desaparecer por la puerta giratoria de una
peletería.
Cruzó
la calle temerariamente entre los coches.
Sonaron
unos cuantos frenazos. Un camión blanco, parecido a un enorme refrigerador
sobre ruedas, viró de lado hasta golpearle casi el hombro. Triunfante, saltó a
la acera y con los brazos ex¬tendidos empujó la puerta giratoria.
Las
rebajas estaban en su apogeo; la peletería era un hervidero de mujeres, muchas
de ellas acompañadas de sus respectivos mari¬dos, que mostraban grados diversos
de impaciencia. Corrió entre la multitud al tiempo que trataba de precisar si
Lara llevaba sombrero, si llevaba su hermoso pelo suelto o recogido sobre la
cabeza para formar el moño que recordaba haber entrevisto cuando Fanny se
desvaneció de su lado como una foto barata.
Abriéndose
paso a empujones, recorrió la tienda dos veces. Ha¬bía mujeres por todas
partes, con y sin sombrero; ninguna de ellas era Lara.
Desesperado,
agarró del brazo a una dependienta rescatándola de una cliente con cara de
enojada y cabello azul que estaba menos¬preciando dos abrigos a la vez. Le
describió a Lara lo mejor que pudo.
La
dependienta meneó la cabeza y le preguntó:
—
¿Ha buscado usted arriba?
Se
la quedó mirando.
—En
el salón. —La dependienta bajó la voz y le informó—: Arriba se venden las
prendas más caras y la clientela tiene más clase.
Llegó
a la segunda planta por un ascensor lento, que resollaba como un viejo
asmático. El salón tenía alfombras blancas y las luces parecían desprender un
reflejo azulado. Dio con un dependiente al que volvió a describirle a Lara y le
dijo que le urgía hablar con ella.
— ¿Por casualidad no recordará el nombre de la
joven? —le pre¬guntó el dependiente con frialdad.
—Lara
Morgan —le contestó — . A veces utiliza el nombre de Laura Nomos.
Al
dependiente no se le movió ni un pelo.
—Acompáñeme,
por favor. Voy a mirar las entradas anotadas hoy en el libro y le diré si ha
estado aquí.
Fueron
a la trastienda, donde encontraron un libro mayor abier¬to sobre un escritorio.
El empleado examinó sus páginas.
—Efectivamente,
señor. La señora Morgan estuvo aquí hoy, a las onche y media. — El empleado
echó una vistazo a su reloj —. Son ahora las once y cuarenta, por lo que
imagino que ya se habrá mar¬chado de la tienda. La señora Morgan nos dejó su
abrigo para que se lo limpiáramos y se lo guardásemos, como tiene por
costumbre, según creo.
Sintiendo
florecer en su interior una leve esperanza, preguntó:
— ¿Entonces significa que volverá a buscarlo en
otoño?
— O enviará a alguien a recogerlo, señor, si es
que quiere sacarlo de la cámara frigorífica. —El dependiente pasó unas cuantas
ho¬jas—. Aquí lo tengo, señor. Lo recogió el otoño pasado, pero en¬tonces el
abrigo llevaba veintiséis meses aquí, señor.
20
El apartamento de él
Encontró
el buzón lleno, y entre facturas y anuncios vio un aviso amarillo en el que se
le indicaba que en la oficina de correos tenía más correspondencia. Un relojito
en forma de fresa que había com¬prado en un drugstore estaba pegado a la puerta
de su nevera; su cara exhibía fielmente la hora y la fecha:
1.38,15-4,1.38,15-4,1.39, 15-4.
Mediados
de abril; intentó recordar cuándo lo había dejado Lara pero no pudo. Su nota
seguía sobre la mesa del café, sin más fecha que una ligera capa de polvo.
Volvió a leerla:
Cariño:
Anoche
traté de despedirme, pero no me hiciste caso. No soy una cobarde, de veras.
Si
no fuera por las puertas, no te contaría nada..., sería lo mejor. Al menos
durante un tiempo es posible que veas una, puede que más de una. Estará cerrada
toda alrededor. (Es preciso que estén cerra¬das por todas partes.) Puede
tratarse de una puerta de verdad, o de algo parecido a un viento de alambre que
sujeta un poste de teléfono o un arco en un jardín. Sea cual fuere su aspecto,
parecerá significati¬va.
Te
ruego que leas con cuidado. Te ruego que recuerdes cuanto te digo. No debes
trasponerla.
Si
la traspones sin darte cuenta, no mires atrás. Si lo haces, desa¬parecerá.
Regresa inmediatamente caminando de espaldas.
Lara
La
firma de Lara era tal como la recordaba: la primera A, una continuación de la L
mayúscula. No leyó la posdata (que él llamaba P.D.), porque presentía que si lo
hacía se moriría literalmente, que si lo hacía, el corazón le iba a estallar.
Debajo
de la mesa del café había un diario. Era del 13 de marzo; treinta y tres días
desde que Lara desapareciera. Una noche en el hospital, o tal vez dos. Digamos
dos noches en el hospital, una no¬che en el hotel con North, una noche en el
hotel él solo. Cuatro noches de allí equivalían a treinta y tres días de aquí.
Encendió
el televisor y de casualidad pescó un programa sobre las prisas por presentar
la declaración de la renta. Quince de abril, la fecha límite para presentar la
declaración. Mecánicamente se di¬rigió a la oficina de correos y recogió el
resto de la correspondencia. Encontró los papeles de la renta y la tienda ya le
había enviado el certificado de retenciones; estaba en la pila de papeles que
había sobre su mesita de noche. La cama seguía sin hacer, toda revuelta de la
noche en que se había metido en ella con Lara y el día que había despertado
solo.
Utilizó
el impreso abreviado y no tenía que declarar más que el salario; en veinte
minutos había completado, sellado y timbrado la declaración. Para ir a la
oficina de correos no se había puesto el abrigo y no sabía si ponérselo o no
para salir a despachar la declara¬ción. El fajo de billetes de cincuenta seguía
en el bolsillo lateral derecho. Lo sacó y se preguntó qué haría Hacienda si
llegaba a enterarse de que tenía ese dinero; estaba claro que había que
decla¬rar los beneficios, aunque provinieran de comprar varios miles de dólares
por diez céntimos. En la banda de papel marrón seguía im¬preso SEGURIDAD
PUROLATOR, y se veía aún un carácter chino y los símbolos de los diez céntimos
dibujados por el pincel aplicado del señor Sheng. ¿Dónde estaría ahora el señor
Sheng? ¿Y su sobrino, el doctor Pille? En otro programa, en un canal diferente.
Sacó
de la billetera los billetes de Marcella, los dobló, los ató con una bandita de
goma y se los guardó en el bolsillo del abrigo. Quitó la faja de papel de los
billetes del señor Sheng, la arrugó, la lanzó a la papelera y metió los
billetes de cincuenta en su billetera.
Se
sintió como un viajero internacional, como James Bond; le pareció que debería
llevar una automática pequeña pero letal es¬condida en alguna parte y varios
pasaportes. Se rió de su propia ocurrencia mientras colgaba el abrigo en el
armario y le colocaba la
bufanda
alrededor del cuello mientras resistía, resistía siempre, el impulso de sacar
la muñeca Tina y examinarla, besarla, quizá, pei¬narle el pelo como había hecho
la mujer de la tienda de ropa para caballeros.
—Estás
demasiado mayor para jugar con muñecas. —Lo dijo en voz alta, suavemente.
Al
regresar de la oficina de correos por segunda vez, sintió frío a pesar de que
llevaba el chaleco de lana y se detuvo a comprarse otro abrigo. En su propia
tienda, donde trabajaba, o al menos donde había trabajado, podría conseguir el
descuento para empleados. Pero el abrigo estaba rebajado y con el descuento que
les concedían no habría resultado más barato, porque sólo se aplicaba al precio
normal, nunca al precio rebajado. Su nuevo abrigo era de color marrón, como el
viejo.
De
vuelta en su apartamento, cambió las sábanas, se duchó, se cambió de ropa y
tiró los pantalones chamuscados. En el suelo del armario encontró una camisa
con olor a humedad. La lió junto con las sábanas, las fundas de las almohadas,
la otra camisa sucia, los calcetines y la ropa interior que acababa de
cambiarse y miró a su alrededor para comprobar si Lara no había dejado nada.
Después
de pensárselo bien, llegó a la conclusión de que había llevado poca cosa. Dos
vestidos, pero tal vez como los recordaba a los dos de color verde, fuera uno
solo, un solo vestido, apto para toda ocasión, con diferentes adornos. Intentó
recordar cómo los denominaban en la sección de Los Mejores Vestidos:
accesorios, eso era. Se le ocurrió entonces que Lara jamás habría utilizado
aquella palabra y que no le habría gustado, y se dio cuenta de que a él tampoco
le gustaba.
Eso
era cuanto le quedaba de Lara. Nada más, ni una sola pren¬da, ni una barra de
labios usada, ni un peine. ¿Fumaba Lara? No, Fanny era la que fumaba, y mucho,
era casi una fumadora empeder¬nida. En su apartamento, los ceniceros estaban
vacíos, cubiertos únicamente de polvo.
Llevó
la ropa sucia al sótano, la metió en una de las lavadoras, puso el detergente
en polvo de una máquina tragaperras. Mientras la lavadora funcionaba, se leyó
un diario que alguien se había deja¬do. En África moría gente inocente. En la
página de historietas ya no salía Lolly, la sustituía otra nueva y fea.
La
lavadora se detuvo dejándole ver un lío de ropa empapada.
Metió
el lío en una secadora, la programó para prendas delicadas y metió unas monedas
de veinticinco céntimos.
Una
columnista de una agencia de prensa, famosa por su inge¬nio, imaginaba una
entrevista con el presidente después de un holo¬causto nuclear. En las palabras
cruzadas había que aportar un tér¬mino de ocho letras que significaba aguantar.
La tienda ofrecía unas grandes rebajas de cintas para magnetofones, en su
propia sección. Diez por ciento de descuento por la compra de una cinta,
cualquier cinta a un dólar. Imaginó que habrían estado muy ocupados y se
preguntó cómo se las habrían arreglado sin él. Se ofrecían también ordenadores
para el hogar con un cuarenta por ciento de descuento sobre el precio de lista.
Metió
la colada ya seca en una funda de almohada y la subió a su apartamento. Le
faltaban una camisa y los calcetines. Volvió a bajar al sótano y miró en las
dos máquinas; no encontró ni la camisa ni los calcetines. Decidió que de alguna
manera habían regresado. North había comprado la camisa y los calcetines en el
hotel.
El
chaleco de punto seguía colgado en su armario. Igual que el abrigo, metido en
el pequeño hueco que quedaba detrás de la puer¬ta del armario. No logró
encontrar su sombrero. En el coche de •Fanny lo llevaba puesto, igual que en
Casa Capini; recordó haberlo colgado de una percha. Pero no recordaba haberlo
descolgado al marcharse. ¿Lo llevaría puesto cuando entró corriendo en la
pe¬letería? No lo sabía, no lograba recordarlo.
Su
reloj marcaba las cinco de la tarde. Había comida en casa, pero las cosas de la
nevera seguramente se habrían echado a perder, la leche se habría cortado y las
zanahorias se habrían ablandado. Quizá la margarina estuviera en buen estado.
Decidió
que ese día no se encontraba en condiciones de dedicar¬se a limpiar la nevera,
y pensándolo bien, tampoco la caja del pan. Comería en Casa Capini y quizá...
Quizá
ocurriera algo.
Su
corbata colgaba de la pantalla de la lámpara. Se abrochó el cuello y se anudó
cuidadosamente la corbata; se había impuesto como norma el no salir de casa sin
corbata, siempre cabía la posibili¬dad de que se topara con uno de los
supervisores. Se puso la cha¬queta y el abrigo nuevo.
Cuando
hubo andado una manzana, en una alcantarilla vio un calcetín negro y se detuvo
a recogerlo. No era uno de los suyos,
pero
le recordó que a menudo había visto en la calle ropa perdida o abandonada. Sin
duda, su camisa y sus calcetines estarían igualmen¬te abandonados y perdidos,
tirados en la nieve, en la ciudad de Lara, la ciudad que tanto se parecía a la
suya y que, al mismo tiem¬po, era tan distinta. Se le ocurrió que los
calcetines estarían se¬parados, a kilómetros de distancia el uno del otro.
Nadie se benefi¬ciaría de ellos, a excepción, quizá, de algún niño que
encontrara uno y lo aprovechara para hacer una marioneta, o un vagabundo, al
que no le importaría que sus calcetines no hicieran juego. La camisa era buena,
de pura seda. Abrigó la esperanza de que la encontrase alguien antes de que la
pisara un coche, antes de que se convirtiera en un puro harapo, como los harapos
junto a los que con tanta frecuencia había pasado sin pensar de dónde vendrían.
Uno
de los hijos de Mamá Capini estaba en la caja. Trató de adivinar si era Guido,
el que había hablado con él en el lavabo de caballeros, pero no estaba seguro.
A él, los hijos de Mamá Capini siempre le habían parecido iguales; hombres de
mirada colérica y bigote negro que iban y venían como clientes y que, una vez
ahítos de salsa boloñesa, desaparecían.
—Siéntese
donde quiera —le gritó el hijo de Mamá Capini—. Todavía es temprano.
Ocupó
la mesa junto a la ventana, donde había almorzado con Fanny. Si se había dejado
el sombrero en Casa Capini, colgado de una percha, ya no estaba.
—Estuve
hoy, alrededor de mediodía, con una señora; ella tomó una ensalada —le comentó
a la camarera—. No sé qué era, pero tenía un aspecto delicioso. ¿Se acuerda de
nosotros?
La
camarera negó con la cabeza y respondió:
—Me
parece que no los atendí yo, señor.
—Ella
tendría unos... —Intentó recordar qué edad le había di¬cho Fanny que tenía—.
Pues tendría unos veintitrés. Una chica me¬nuda, de cabello negro y rizado.
—Tal
vez los haya atendido Gina. Gina se me parece mucho.
—
¿Podría buscarla y decirle que viniera a verme?
—Tenemos
tres ensaladas, señor. —La camarera se las descri¬bió—. Todas son muy buenas.
—Busque
a Gina —le pidió.
La
chica se marchó con cara larga y él se puso a mirar las ma¬trículas de los
coches que pasaban. Estaba oscureciendo, pero aun
así,
lograba leer algunas de ellas y eran perfectamente corrientes.
Impulsado
por la sensación de haberse olvidado de algo, se revi¬só los bolsillos de la
chaqueta. No tenía nada en los bolsillos, a excepción de un pañuelo, el rojo,
que llevaba meses en el bolsillo de la pechera. En el bolsillo interior llevaba
el talonario; lo sacó para examinarlo. El último cheque que había emitido
llevaba fecha del once de marzo. Recordó entonces que había pagado la muñeca
con un cheque, y que la suma había sido importante, pero no lograba recordar a
cuánto ascendía y no estaba seguro de que una tienda de otro mundo, una tienda
de un sueño pudiera presentar al cobro un cheque.
—No
está —anunció la camarera, a su lado.
Levantó
la mirada y le preguntó:
— ¿Cómo ha dicho?
—He
dicho que Gina no está. La he buscado por todas partes. —La camarera se apartó
un mechón de pelo de la frente y consiguió mostrarse acalorada y exhausta a
pesar de no estarlo—. Justo ahora que empezamos a servir la cena.
— ¿Puede hacer algo así, marcharse de esa
manera? La camarera se le acercó más y repuso:
— Gina se folla a Guido. Puede hacer lo que se
le antoje.
— ¿Está Guido? —inquirió echando un vistazo
hacia la caja, donde no vio a nadie.
—No,
Guido se ha ido. Casi nunca se queda para la cena. ¿Qué quiere tomar?
Pidió
una de las ensaladas y la chica se marchó. Al cabo de uno o dos minutos, volvió
a guardar el talonario en el bolsillo interior de la chaqueta y se preguntó qué
podía hacer hasta que le sirviesen. Llevaba años comiendo en ese restaurante,
casi siempre solo, como en ese momento; sin duda, siempre había hecho algo.
Mientras Lara había vivido con él, había tenido cosas que hacer, alguien con
quien hablar.
Mamá
Capini apartó de la mesa una silla vacía y se sentó.
— Eh, ¿qué le pasa? ¿Es que no se llenó en el
almuerzo? Tendría que habérmelo dicho, le habría puesto un poco de pan de ajo.
— ¿Se acuerda de la chica que traje aquí a
almorzar? Mamá se besó los dedos y contestó:
—Claro.
¿Se va a casar?
—Si
llegara a venir, ¿me puede avisar?
-¡Claro!
— ¿Se acuerda usted de Lara? Avíseme si viene
Lara. Sobretodo si viene Lara.
— Claro. Buscando plan, ¿eh?
—No,
sólo trato de encontrar a estas dos personas. Y si el hom¬bre corpulento y su
mujer, la señora del vestido rojo, llegaran a venir, por favor, avíseme
también.
Se
demoró una hora y media en comerse la ensalada, luego se tomó un espresso y un
par de amarettos. No vio a nadie conocido y no ocurrió nada.
Al
final, pagó la cuenta. Al contar el cambio, comprobó que no era más que dinero;
en la caja registradora no había visto billetes con fotos extrañas. El de la
caja era el que le había dicho que Guido estaba chalado, era más grande y mayor
que Guido. Mientras regre¬saba despacio a su apartamento, se preguntó vagamente
dónde ha¬bría ido Guido. ¿Acaso habría ido a parar al otro mundo? En ese caso,
¿se habría enterado ya? Quizá Gina viniera de allí; si los clien¬tes podían
trasponer la puerta desde otro mundo, como habían he¬cho Joe y Jennifer,
parecía bastante probable que una camarera en busca de trabajo pudiera hacer lo
mismo.
De
vuelta en su apartamento, puso uno de sus discos preferidos, pero comprobó que
encontraba desagradable y rimbombante la mú¬sica que en otro tiempo lo había
deleitado. Encendió el televisor. Al cabo de una hora, cayó en la cuenta de que
no tenía la más mínima idea de qué programa era ni de por qué lo estaba
mirando.
21
La tienda
Había
olvidado lo nueva que se veía la tienda, lo reluciente que estaba todo. Las
paredes estaban revestidas de piedra caliza y cada dos años, la empresa las
hacía limpiar con arena a presión. Cada mañana, los de mantenimiento limpiaban
las ventanas y lustraban los marcos hasta dejarlos como los chorros del oro.
—No
está abierto —le comentó una señora gorda. Se hallaba delante de uno de los
escaparates ojeando un vestido de playa.
—Trabajo
aquí —le explicó, y esperó seguir haciéndolo.
La
tienda abriría a las nueve y media en punto, pero los emplea¬dos por horas del
turno principal debían fichar a las ocho y media. Eran las ocho y tres minutos.
Fue hacia la parte de atrás y subió la escalera de cemento que conducía a la
entrada del personal, donde Whitey vigilaba que nadie fichara por algún
compañero.
—Hola
—lo saludó Whitey — . ¿Le han ido bien las vacaciones?
Asintió
y repuso:
—Parece
como si sólo me hubiera ido hace un par de días.
Eso
parecía, aunque no era así. Nada había cambiado, sólo él.
Resistió
la tentación de echar un vistazo en su sección y subió por el ascensor hasta la
planta de administración. ¿Qué hacer? ¿Mentir o decir la verdad? Decidió que
diría la verdad; se le daban mal las mentiras y no se le ocurría una historia
que explicara una ausencia tan prolongada.
La
siguiente pregunta era: ¿iría a ver al señor Capper o se pre¬sentaría en
Personal? Capper estaba (o había estado) al frente de sus
sección;
con Capper de su parte, los de Personal no se mostrarían demasiado severos con
él. Por otra parte, si Cap se enfadaba, y existían muchas probabilidades de que
lo hiciera, el jefe de personal se tomaría a mal el que no fuera a verlo antes
que a nadie y, tal vez, frenara toda posibilidad de traslado.
Además,
era fácil encontrar la oficina de Personal. Cap podía estar en el despacho
arreglando papeles, pero también podía estar en la sección arreglando la
mercancía. También era probable que Cap no hubiese llegado aún.
Ella
se encontraba sentada ante su escritorio, arreglándose las uñas.
— ¡Vaya..., hola! —lo saludó.
Había
sillas metálicas plegables para los solicitantes de empleo. Se sentó en la que
estaba más cerca del escritorio y le dijo:
—He
vuelto.
—Ya
lo veo. —Ella vaciló—. El señor Drummond no ha llegado todavía.
—Esperaré.
—Te
pasé parte por enfermedad una semana. —Aunque esta¬ban solos, Ella bajó la
voz—. Después, el jefe me mandó que te telefoneara. En una ocasión llegó
incluso a ir personalmente a tu casa por la noche; dice que llamó al timbre
pero que no le contestó nadie.
—Estuve
fuera. Volví ayer. Se veía que no he estado en casa. Estaba todo lleno de
polvo.
— ¿Perdiste el conocimiento?
—No
lo creo. Recuerdo dos noches, una en que estuve en un hospital y una, no, dos,
en que estuve en la habitación de un hotel. —Sin saber qué más decir, añadió—:
Siempre en la misma habi¬tación.
Ella
se inclinó hacia él y le tendió la mano. Notó entonces cuán¬to se parecía a
Fanny, aunque tal vez se estuviera olvidando del aspecto que tenía Fanny.
—Hacía
más de un mes que no venías —le dijo Ella.
—Eso
creo —admitió.
Inconscientemente
le había tendido la mano y cuando Ella se la tocó, notó la venda.
— ¿Qué diablos te ha pasado? Y mírate la
cara..., tienes una quemadura en la mejilla y otra en la frente.
—Ya
casi se me han curado. No eran muy graves.
—
¿Tuviste un accidente? ¿Qué te pasó?
Volvió
a asentir y respondió:
—Estaba
en una tienda china, de un tal señor Sheng. Tenía fue¬gos artificiales
almacenados en el sótano y alguien les prendió fue¬go. Creo que fue un tipo
llamado Bill North. No lo sé, pero lo cierto es que North estaba allá abajo y
fuma cigarros. —Aunque presentía que el comentario iba en contra de sus
intereses, sonrió y siguió diciendo—: Yo estaba bebiendo té con el señor Sheng
y su sobrino cuando un cohete subió por la escalera. Fue a estrellarse contra
la parte de arriba de la pared y entró en la habitación donde nos
en-contrábamos. Menudo susto nos dio. Supongo que entonces explo¬taron otros
más, porque cuando recuperé el conocimiento, me zum¬baban mucho los oídos, y me
vi en la calle con un policía y un médico inclinados sobre mí. Me dijeron que
al señor Sheng se lo habían llevado al hospital en otra ambulancia, pero...
Entró
Drummond, saludó a Ella con una inclinación de la ca¬beza, enarcó una ceja al
verlo y luego le sonrió.
—Buenos
días, señor —dijo Ella.
Drummond
entró en el despachito privado que tenía detrás de la sala de recepción de Ella
y cerró la puerta.
—Quiero
entrar y hablar con Dixie un momento —susurró Ella—. Espérame aquí, ¿vale?
Asintió
y la miró mientras entraba en el despacho de Drum¬mond. Decidió que era un poco
más corpulenta que Fanny. Al me¬nos era una mejora. Y tenía el pelo castaño.
Estaba seguro de que el de Fanny era negro. Claro que nadie era o podía ser
como Lar a, y jamás iba a confundirla con otra mujer. Había descubierto de
inme¬diato que Marcella era en realidad Lara, aunque Marcella iba de rubia o al
menos eso le había parecido. Reflexionó que con las fotos en blanco y negro o
los cuadros dibujados por pintores de segunda nunca se puede estar muy seguro.
Echó
un vistazo a su reloj. Eran las ocho y veintiocho, pero no sabía a qué hora
había entrado en la oficina de Personal; tuvo la impresión de que Ella llevaba
mucho tiempo en el despacho privado de Drummond.
Afuera,
en el pasillo, había una fuente. Fue a beber; se llenó varias veces la boca con
agua helada obligándose cada vez a tra¬garla. Tuvo la sensación de que no
siempre bebía suficiente agua
y
que debía obligarse a beber más cada vez que tuviera ocasión.
Cuando
volvió a entrar en Personal, Ella seguía con Drummond en el despacho privado.
Encontró un ejemplar de Time en una pila de revistas al final de la mesa, y la
hojeó. El presidente había confir¬mado su compromiso con «los norteamericanos
de a pie» y avalado una reducción de las prestaciones de la Seguridad Social;
Oriente Próximo parecía a punto de estallar. Se preguntó si enviar al
presi¬dente a Oriente Próximo podría contribuir en algo, luego trató de
recordar si Allí había visto alguna vez un ejemplar de Time o un periódico.
Cayó en la cuenta que «Allí» era el nombre que él le había puesto al otro
mundo, al lugar de donde venía Lara. No re¬cordaba haber visto ni revistas ni
periódicos, aunque no estaba se¬guro...
Pero
sí, claro, había visto la foto de Walsh en el diario. Esto era Aquí y aquello
era Allí. No lograba recordar si las historietas eran las mismas o si el diario
llevaba historietas.
La
puerta del despacho interior se abrió de par en par y apareció Ella.
—El
señor Drummond te atenderá ahora —le dijo.
Él
dejó la revista Time y entró.
—
Siéntese —le dijo Drummond con una sonrisa—. Para empe¬zar, quisiera reconocer
que tengo la culpa de gran parte de lo ocu¬rrido. Me gusta controlar a mis
empleados, y está claro que a usted debería haberlo controlado más.
Se
sentó y cayó en la cuenta de que no sólo se encontraba delan¬te de Drummond
sino también de una gran placa de bronce. En la placa se leía:
A.
DICKSON DRUMMOND Jefe de personal
—Muy
amable de su parte, señor Drummond. Pero usted no tiene la culpa, me consta.
—Contó en silencio hasta tres antes de añadir—: Y la verdad es que creo que
tampoco yo la tengo. Simple¬mente ocurrió.
Drummond
meneó la cabeza e insistió:
—No,
la culpa es mía. Por cierto, hace un momento hablé por teléfono con su doctora.
Me ha dicho que hace mucho que no va a verla.
Intentó
recordar si alguna vez había ido a un médico. Segura¬mente sí, pero no lograba
precisar cuándo. El doctor Pille había sido su médico en el hospital, pero
seguramente no sería a eso a lo que Drummond se refería.
— Supongo que sí —dijo.
—Queremos
que vaya usted a verla en seguida; que quede bien claro. No la semana que
viene, ni mañana, ni esta tarde, ahora mis¬mo, en cuanto salga de mi despacho.
—Esperaba
poder volver a mi sección, señor. Están de rebajas y me necesitan.
—Podrá
volver —le contestó Drummond—, en cuanto haya ido a ver a la doctora. Tráigame
una nota en la que ponga que lo ha visitado y podrá ponerse a trabajar de
inmediato.
Se
quitó un gran peso del pecho.
—La
doctora lo atenderá en cuanto llegue a la consulta, no da horas. No hay motivo
para que no pueda estar de vuelta aquí antes del almuerzo.
Asintió.
—Me
ha pedido que le preguntara si por casualidad no se ha golpeado la cabeza.
'Asintió y repuso:
—Resbalé
en el hielo y me golpeé la cabeza contra el asfalto.
—Podía
haberle pasado a cualquiera de nosotros —dijo Drum¬mond con otra sonrisa—, ¿no
le parece? Por el momento, eso es todo. Vaya a ver a su doctora y no se olvide
de traerme la nota.
—No
me olvidaré, señor —dijo poniéndose en pie.
—Otra
cosa —le dijo Drummond levantando un dedo—. En su ausencia, le pedí a Ella que
llamara a su casa. Nunca pudo hablar con usted, pero en una ocasión, se puso
alguien que dijo llamarse Perlman o algo por el estilo. ¿Sabe por qué estaba en
su aparta¬mento?
Se
encogió de hombros y respondió:
—Supongo
que sería de la empresa que lleva la administración del edificio.
Cuando
se encontró de nuevo en la recepción, trató de recordar las llamadas
telefónicas que había hecho desde el General Unido. Aquella voz gruesa de
hombre... ¿habría sido la de Perlman?
— ¿Todo en orden? —le preguntó Ella.
— Sí —respondió distraídamente.
No
mencionó que tenía que ir a una doctora cuyo nombre no recordaba. ¿Acaso entre
la correspondencia que sacó del buzón ha¬bría recibido los honorarios de un
médico? ¿O entre todos los so¬bres que había recogido en la oficina de correos?
No le había presta¬do demasiada atención a las cartas, y tampoco logró
recordarlo.
—Ella,
has dicho que llamaste a mi apartamento, ¿verdad?
La
chica asintió.
—El
señor Drummond también me lo comentó. Me dijo que hablaste con alguien llamado
Perlman.
Ella
negó con la cabeza y repuso:
—Nunca
me contestó nadie. —Después de titubear, añadió—: Si vas a estar aquí a eso de
mediodía, ¿qué te parece si dejas que Personal te invite a comer? Para celebrar
tu regreso.
—
¿No hablaste con nadie llamado Perlman?
—No
hablé con nadie —contestó Ella. De pronto se mostró de¬primida y él no supo
precisar el motivo—. Pero estuve una semana de baja por lo de la espalda y
contrataron a una. sustituta. Desde entonces, Dixie me culpa de sus errores,
así que lo más probable es que fuera ella quien hablara con Perlman. Pero si
quieres que te dé mi opinión, seguro que se equivocaron de número.
En
el piso de abajo había un salón para los empleados, una habi¬tación desnuda,
casi siempre sucia, donde almorzaba el personal que se llevaba fiambrera. Metió
unas monedas en la máquina de café (se acordó de Joe en el sótano del
hospital), buscó una silla limpia y se sentó.
A
los médicos había que pagarles. Sacó el talonario y leyó los resguardos. No
había extendido ningún cheque para ningún médi¬co. Ninguno. Sin embargo,
alguien pagaba a los médicos.
El
seguro médico de la compañía, entonces, era lo más proba¬ble; pero eso lo
administraba Personal. Si le pedía a Ella el número de su médico, seguramente
se lo diría a Drummond. Y no podía ponerse a telefonear a médicos al azar.
¿Cuántos habría en la ciu¬dad? Probablemente miles. Intentó acordarse de lo que
Drummond le había dicho de esta doctora: «El doctor lo atenderá en cuanto
llegue a la consulta, no da horas. No hay motivo para que no pueda estar de
vuelta aquí antes del almuerzo».
No,
se equivocaba. No era el doctor. Si no la doctora. La doctora no da horas. Se
trataba de una mujer. Podía haber miles de médi¬cos, pero ¿cuántos serían
mujeres?
Cincuenta,
tal vez. Y no iban a mandarlo a un médico de los suburbios.
En
un rincón de la sala había un teléfono, y en el estante debajo de éste un
listín medio destrozado. Lo abrió, buscó la página de médicos y sacó una pluma.
Algunos
de ellos sólo figuraban con sus iniciales; a efectos de su pesquisa decidió
considerarlos del sexo masculino. Por lo menos la mitad de las mujeres eran
ginecólogas o pediatras; también las des¬cartó. Tachó todas aquellas cuyas
direcciones estuvieran a más de seis manzanas de la tienda y de su apartamento
y comprobó con satisfacción que sólo quedaban tres nombres. Metió monedas en la
ranura, sacó la billetera y comprobó el nombre que él y North ha¬bían dado en
el hotel. A. C. Pine..., eso era. Dejó su carnet de conducir en el estante.
—Consulta
de la doctora Nilson.
¿Daría
horas esta doctora?
—Habla
Adam Pine —dijo—. Necesito que la doctora me visite lo antes posible, esta
misma mañana, si puede ser.
—La
doctora Nilson...
Oyó
que desde lejos alguien gritaba: «¡Lara! ¡Lara!». No alcan¬zó a distinguir si
era una voz masculina o femenina; le llegaba de muy lejos y sonaba un poco
ronca.
— ¿Le importaría esperarse un instante, señor
Green?
La
mujer no esperó a que él contestara. Su voz se apagó y al cabo de unos
instantes un piano comenzó a tocar Clair de Lune.
Esperó
y se dijo que se quedaría ahí todo el día si era preciso. Terminó Clair de Lune
y empezaron a tocar otra cosa, una pieza que no reconoció.
—Habla
la doctora Nilson —le dijo por fin una voz.
— Quiero hablar con Lara.
— ¿Con Lora? Acaba de marcharse.
—Entonces
quiero que me dé hora para verla lo antes posible.
—No
doy horas, atiendo a los pacientes por orden de llegada. Venga a mi consulta.
Está en el Centro Urbano de Salud Mental, lo atenderé en cuanto pueda.
Hizo
dos intentos antes de conseguir que le salieran las palabras.
—Creo
que ya me ha atendido, que tiene usted una historia clí¬nica mía. —Le dijo su
nombre.
La
voz de la doctora Nilson se tornó cálida.
—Pero
claro, señor Green. Aunque le parezca increíble, la otra noche estuve repasando
su caso y esperaba que volviera a venir. Ha pasado más de un mes.
— Si ha intentado telefonearme... —comenzó a
decirle.—Nunca lo hago, salvo en casos de urgencia. Es mucho mejor
que
el paciente se ponga en contacto conmigo porque lo desea. Vendrá esta misma
mañana, ¿verdad? Me encargaré de que lo de¬jen pasar. -Sí.
— Si me disculpa..., no tengo aquí a Lora y me
llaman por la otra línea.
La
doctora de él
El
sol ya había calentado el fresco aire de la mañana. Avanzó por la acera con el
abrigo doblado sobre el brazo e iba mirando los escaparates al pasar. Su
sección rara vez conseguía escaparate, en general, estaban reservados a la
ropa, pero cuando lo conseguía, casi siempre le encargaban a él que lo
decorase; tenía en ello un interés profesional, o al menos eso era lo que se
decía para sus adentros.
Mientras
iba mirando se preguntó qué hacer con el dinero del fajo del señor Sheng. La
prudencia (el fantasma de su madre) le aconsejaba guardarlo en el banco para
épocas de vacas flacas. Pero la precaución le susurraba que Hacienda podía
comprobar sus de¬pósitos.
¿Cómo
iba a justificarse? Y nada justificaría el hecho de que no había declarado esos
ingresos al rellenar el impreso 1040A. Le ha¬bía salido a devolver, porque él
siempre les pedía a los de Contabili¬dad que le retuvieran más de lo necesario
para no tener que pagar. No, ni siquiera los de Hacienda podían culparlo por no
declarar el dinero en ese ejercicio; porque correspondía al año anterior y él
lo había adquirido en el año en curso.
¿O
no? Pensándolo bien, Allí tenía un aire extrañamente an¬ticuado. La mayor parte
de los edificios se veían viejos, incluso los que parecían nuevos tenían un
diseño antiguo, estaban construidos con materiales conservadores como el
ladrillo, llevaban ventanas de guillotina, como las casas. Los coches diminutos
le habían parecido
bastante
modernos, pues los antiguos eran más espaciosos, con ale¬rones en la cola y
puertas gruesas como la cámara acorazada de un banco. De modo que Allí tenían
coches modernos exceptuando las largas palancas de cambios; pero la televisión
era en blanco y negro.
Intentó
recordar la fecha del periódico en el que había leído sobre su huida del
hospital y sobre la pelea de Joe con otro boxea¬dor cuyo nombre no recordaba.
Pero había desaparecido, transfor¬mada en tinta invisible.
Tal
vez pudiera hacer un crucero por el mar Caribe, como en Vacaciones en el mar.
No, porque cabía la posibilidad de que se enamorara de alguien y él no podía
enamorarse de nadie más que de Lara, y de ella ya se había enamorado. Cabía
también la posibili¬dad de que creyera haberse enamorado, como le había pasado
con Fanny, un polvo a cambio de dos o tres mil dólares.
Se
rió de sí mismo. Hubo una época en la que una o dos veces por semana iba a
bares para solteros; una época que había termina¬do cuando se dio cuenta de que
las mujeres buscaban marido y no amor. (Nunca buscaban amor.) Si lo que quería
era un polvo, podía conseguirlo por mucho menos dinero.
No
lejos del edificio trabajaban unos hombres con cascos azules y chalecos de
seguridad anaranjados. Unos gruesos cables negros trazaban lánguidas curvas en
la calle. Abordó a un obrero y tímida¬mente le preguntó qué estaban haciendo;
el hombre le explicó que estaban quitando los cables de la luz aéreos para
reemplazarlos por otros subterráneos.
Asintió,
le dio las gracias y se quedó en la calle mirando y recor¬dando la puerta
significativa que no volvería a abrirse para él. Una guardia urbana encargada
de controlar los parquímetros le tocó el brazo y le indicó dónde estaba el
Centro Urbano de Salud Mental.
—Está
ahí mismo, señor. ¿Quiere que lo acompañe?
—No
—repuso meneando la cabeza.
Descubrió,
sobresaltado, que había estado llorando desconsola¬damente en público por
primera vez desde que era niño. Sacó el pañuelo rojo del bolsillo de la
pechera, se secó los ojos y se sonó la nariz. Cuando volvió a sentirse
presentable, entró.
En
un panel, junto a los ascensores, se indicaba que el consulto¬rio de la doctora
Nilson se encontraba en la cuarta planta. Des¬cubrió que ya lo sabía; sin duda
porque lo había visto en el listín de teléfonos. Llamó al ascensor y subió.
En
la sala de espera había tres pacientes: una mujer delgada y melancólica, un
chico gordo de unos dieciséis años que sonreía sin motivo y él. Eligió una
silla justamente entre los otros dos y se pre¬guntó qué pensarían de él, cómo
lo describirían. Quizá como un empleadito pulcro, aunque esa mañana él no se
sintiera demasiado pulcro.
En
la recepción no había nadie. El teléfono sonó seis veces mientras ellos
esperaban, pero nadie lo contestó.
Cuando
dejó de sonar, se levantó y echó un vistazo a la recep¬ción. Sobre el
escritorio había una maceta con una planta, un se¬cante verde, un bolígrafo de
plata abrazado por un osito koala de color rosa. El primer cajón de escritorio
contenía lápices, un bolí¬grafo de propaganda, una gruesa de clips para papeles
metidos en una cajita de cartón y varias banditas de goma. A la izquierda, un
falso frente de cajones ocultaba una máquina de escribir eléctrica fijada a una
mesita abatible. La levantó para comprobar si había algo detrás y la mujer
melancólica le lanzó una mirada de desapro¬bación.
«Con
razón estás tan abatida —pensó — . No dejas que nadie se divierta.»
A la
derecha había otro falso frente de cajones que al levantarse dejaba ver unas
bandejas con papel blanco y amarillo, papel con membrete del Centro Urbano de
Salud Mental, sobres a juego, pa¬pel carbón y hojas de papel cebolla.
Eso
era todo. Si la persona que utilizaba el escritorio había guar¬dado en él
objetos personales, se los había llevado consigo. Pensó entonces que en un
diccionario podía haber encontrado su nombre garrapateado en el interior de la
cubierta. Pero el diccionario, si había existido, ya no estaba.
No
había nada debajo del secante, y el teléfono no llevaba nin¬guna etiqueta
pegada. El koala de juguete era simpático y mudo. Sacó el papel blanco de hilo
y el amarillo y los hojeó pensando vagamente que entre aquellas hojas podía
ocultarse algo. Pero no encontró nada; revisó el papel carbón (todo sin usar) y
las hojas de papel cebolla y su búsqueda resultó igual de estéril. El bolígrafo
del cajón era de plástico, del tipo que regalan las empresas vendedoras de
equipos de oficina para promocionarse. El nombre GOOD TIGER INC., con una
dirección y un número de teléfono ocupaban la mitad de los laterales del
bolígrafo. Los otros ponían: CENTRO URBANO DE
SALUD
MENTAL / LORA MASTERMAN. Se metió el bolígrafo en el bol¬sillo y se sentó.
Una
mujer desgarbada con un vestigio de barba salió con paso firme de la consulta,
cruzó la sala de espera como si ellos fueran invisibles y se marchó. La mujer
dentuda con la que había hablado el día que descubrió que Lar a había
desaparecido, se asomó al vano de la puerta, y al verlo, le pidió:
—Pase,
por favor, señor Green.
El
adolescente gordo se puso en pie y protestó:
— ¡Un momento!
—Señor
Bodin, el caso del señor Green es urgente —le contestó con calma la mujer
dentuda—, y me reservo el derecho a visitar a mis pacientes en el orden que yo
disponga.
—Dentro
de nada le contará que he cogido este bolígrafo del escritorio de su
recepcionista, doctora —le dijo enseñándole el bolí¬grafo para que lo viera —.
Se me ocurrió que podía apuntar lo que dijésemos y como no he traído nada con
que escribir, por eso lo he cogido.
—No
se preocupe, señor Green. ¿Quiere pasar?
Su
consulta era más pequeña que la oficina de Drummond y mucho más simple. Se
sentó al mismo tiempo que ella y le pre¬guntó:
— ¿Qué es lo que me pasa, doctora?
—En
realidad, no lo sé, señor Green. Es lo que tratamos de averiguar.
— ¿Me ha visitado antes? La doctora asintió.
— ¿Cuántas veces?
— ¿Tiene importancia?
—Para
mí sí. Mucha. ¿Cuántas veces?
La
doctora hojeó la carpeta de archivo que tenía sobre su escri¬torio.
—Ésta
es su octava visita. ¿Por qué es tan importante?
—Porque
sólo recuerdo haber venido aquí una vez.
—Interesante
—dijo la doctora frunciendo el ceño—. ¿Cuándo?
—El
catorce de marzo. ¿Recuerda lo que le pregunté enton¬ces?
—Tengo
unas notas de su entrevista. Buscaba a una joven llama¬da Lara Morgan. ¿La ha
encontrado?
—No.
¿Tiene una foto de Lora Masterman?
— Si la tuviera, señor Green, no se la dejaría
ver. La señorita Masterman ya no trabaja aquí y no me gustaría que mis
pacientes la molestaran.
—La
dejó a usted de un modo bastante repentino. Hablé con ella cuando llamé de la
tienda. Me pidió que esperara y al cabo de diez minutos o así se puso usted.
Cuando llegué, ella ya no estaba.
—Así
es, señor Green, no me dio ningún preaviso —admitió la doctora volviendo a
asentir—. No obstante, su dimisión es asunto mío, no suyo.
—Dígame
una cosa y no le preguntaré más por ella. ¿Responde a la descripción de Lara
que le di cuando estuve aquí en marzo?
—Antes
debe usted darme su palabra de honor, señor Green.
—Está
bien, le doy mi palabra de honor que si contesta a mi pregunta no volveré a
preguntar nada más sobre ella.
—De
acuerdo entonces. Deje que le lea lo que me contó. —Re¬pasó el papel que tenía
delante y continuó — : Dijo usted que Lara Morgan era pelirroja, que medía uno
setenta. También me dijo que tenía pecas. Y que llevaba un vestido verde de
seda o nailon y joyas de oro. No, señor Green, la descripción no coincide en
nada con la de Lora.
Se
inclinó hacia adelante en su dura silla de madera y le pre¬guntó:
— ¿En qué no coincide, en el color del pelo?
Porque...
— Señor Green, me ha dado su palabra de que no
me haría más preguntas si le decía si Lora encajaba con la descripción que me
dio. Ya se lo he dicho: no encaja. Dispongo de un tiempo limitado y ahí fuera
tengo a unos pacientes que esperan verme, pacientes que es¬taban aquí antes de
que usted llegara.
Asintió
y le devolvió el bolígrafo de Lora Masterman.
—Tengo
que pedirle una nota en la que conste que he venido a verla. De lo contrario,
no me dejarán reincorporarme al trabajo. Si me la da, me iré.
—Entonces
no se la daré, al menos no en este momento. No tiene usted más preguntas para
mí, señor Green. Al menos, no so¬bre Lora, así me lo ha prometido. Pero yo
tengo algunas para usted. Mi primera pregunta es por qué ha venido a verme hoy,
pero ya me la ha contestado. La segunda es por qué necesita esta nota. ¿Hace
tiempo que falta a su trabajo?
—Falto
desde el trece de marzo —repuso meneando la ca¬beza—, justo desde el día antes
en que vine a verla por última vez.
— ¿Ha dedicado todo ese tiempo a su infructuosa
búsqueda de Lara Morgan?
-Sí.
—Ya.
—La doctora Nilson apuntó algo en su libreta—. Pruébe¬me que Lara Morgan
existe, señor Green.
—De
acuerdo, pero antes tendrá usted que probarme que Lora Masterman existió.
La
doctora Nilson le lanzó una breve mirada colérica, pero lue¬go una sonrisa se
dibujó en sus labios.
—Una
de dos, o ha empeorado usted mucho o ha mejorado mu¬cho, señor Green, y le juro
que no sé cuál de las dos cosas ha ocurri¬do. Es usted un acertijo envuelto en
un enigma. Creo que fue Winston Churchill quien dijo eso de Rusia.
— ¿Puede probarlo?
— Sí, claro. Y de un modo muy simple, por
cierto. Ahora tene¬mos en plantilla a un abogado. Hace cosa de dos semanas
trajo una cámara nueva y para probarla, recorrió el edificio y sacó fotos. Una
de las que nos hizo a Lora y a mí salió tan bien, al menos en su opinión, que
nos hizo una copia a cada una. —La doctora Nilson sacó la foto de uno de los
cajones del escritorio—. Tengo la mía aquí mismo.
Sacó
un sobre marrón de doce por diecisiete en el que se leía
TIENDAS
CÁMARA OCULTA. -¡No!
— ¿No qué, señor Green? Se quedó callado.
— ¿No quiere ver mi foto?
—No
hay ninguna foto —le contestó—. O si la hay, no será Lara. Digo Lora.
No
logró precisar cómo lo supo, pero lo cierto era que lo sabía.
—Tiene
usted razón al pensar que en esa foto no sale Lara Mor¬gan, sino Lora Masterman
y yo. Por cierto, hace unos momentos la estuve mirando, cuando Lora se marchó
tan de repente. Era la me¬jor recepcionista que he tenido.
Sacó
una copia de papel del sobre marrón y se la entregó. En
ella
se veía a la doctora en la sala de espera, con la mano apoyada en el hombro de
una muchacha sonriente, de cabello castaño, que estaba sentada ante el
escritorio. En una modesta placa de plástico, apenas visible en el rincón
inferior derecho de la foto, se leía Lora Masterman.
—Ahí
la tiene, señor Green; nada de pecas, muy pocas joyas, nada de vestidos verdes
de seda, o al menos nunca la vi lucir uno, y nada de abrigos de piel. Cabello
castaño, no pelirrojo. Ojos casta¬ños, no verdes.
—Es
Tina —dijo despacio.
-¿Tina?
—Tina
es uno de los nombres que utiliza. Creo que cuando tiene ese aspecto se llama
Tina.
—Ya
—dijo la doctora Nilson sin ninguna inflexión en la voz —. ¿Puede decirme por
qué cambia de nombre?
—No
—repuso. Y luego añadió—: Tal vez sí, en cierto modo. He pensado mucho en ella.
—Ya
lo veo.
— ¿Alguna vez ha mirado el cielo de noche,
doctora? —le pre¬guntó despacio.
—Sí,
con frecuencia. Aunque no tanta como quisiera; en las ciu¬dades hay tanta luz
que rara vez se ven las estrellas. Pero el invierno pasado hubo un apagón, tal
vez lo recuerde. Estuve en el balcón de mi casa mirando el cielo hasta helarme
casi.
—Y
sabe lo lejos que están.
— Vagamente. No soy astrónoma.
—Una
vez vi el programa de Carl Sagan y dijo que la mayoría de las estrellas están
tan lejos que un rayo de luz salido de una de ellas tarda millones de años en
llegar a nosotros, y eso que la luz es lo más veloz que existe. ¿Nunca se ha
preguntado por qué Dios las puso tan lejos?
— Como todo el mundo, señor Green.
—Y
sin embargo a veces recibimos Visitantes, y hay cosas de nuestro mundo que se
van.
—Como
el cartel de los aeropuertos, salidas y llegadas —dijo la doctora Nilson
asintiendo.
— Supongo. Nunca he viajado en jet, ni en ningún
otro tipo de avión. Pero sé que la gente y las cosas desaparecen y que a veces
hay otra gente y otras cosas que aparecen aquí.
Intentó
recordar lo que Fanny había dicho sobre los canales de televisión, pero decidió
que sería incapaz de explicarlo bien.
—Existe
otro mundo, justo aquí al lado, si uno logra trasponer la puerta adecuada.
La
doctora Nilson hizo algo debajo del escritorio y le dijo:
—Por
favor, continúe, señor Green.
23
Explicaciones
— Suponga que en ese mundo hubiera una mujer,
una diosa en realidad, que quisiera hacer el amor con un hombre de nuestro
mundo.
La
doctora Nilson sonrió y le preguntó:
— ¿Y por qué iba a querer hacer algo así, señor
Green?—Porque en su mundo, los hombres mueren después de haber
hecho
el amor.
— Como los zánganos, ¿es eso lo que quiere
decir? He de ad¬mitir que sería una buena inversión de papeles; aquí son tantas
las mujeres que mueren después de ser violadas, o incluso antes.
—No
entiendo lo de los zánganos —le dijo.
—Son
las abejas macho. La mayoría de las abejas son hembras estériles; son las
obreras, las que hacen el trabajo. Unas pocas son hembras fértiles, supongo que
las llaman princesas. Otras son ma¬chos fértiles: los zánganos. Durante el
vuelo nupcial, los zánganos más fértiles se aparean con las princesas que se
convierten así en reinas. Después, los zánganos mueren.
— Pues allí no es exactamente así —comentó
negando con la cabeza—. Los hombres trabajan mucho. El policía que habló
con¬migo en el incendio era hombre, igual que el médico que me aten¬dió, y
también era hombre el empleado que no pudo dejarme entrar otra vez en el hotel.
Pero cuando hacen el amor, mueren. Su siste¬ma inmunológico se viene abajo. Un
doctor me lo dijo, se llamaba Applewood.
La
doctora Nilson volvió a sonreír e inquirió:
— ¿Quiere usted decir que tienen doctores igual
que nosotros?¿Y policías? Y supongo que hablarán inglés.
— Sí, al menos en la parte que yo visité. Pero
deben de tener diferentes lenguas en los diferentes países. Sé que hay un
hombre que habla alemán... —Se calló de repente.
— ¿Qué ocurre, señor Green?
—Ahora
comprendo quién llamaba a Lara cuando hablaba por teléfono con ella, es decir,
con su Lora. Era él. Era Klamm.
La
doctora Nilson se inclinó hacia él con las manos entrelazadas debajo de la
barbilla.
— ¿Se da usted cuenta, señor Green, de que si
hubiera un mun¬do como el que acaba de describirme, un mundo donde los hombres
mueren después de practicar el coito, tendría unas costumbres, toda una
cultura, completamente diferente de la nuestra?
—Pues
no —contestó—. Se parecen mucho a nosotros. —Hizo una pausa para reflexionar al
cabo de la cual añadió —: No me había parado a pensarlo antes, pero tiene que
serlo. Porque los mundos están muy cerca y porque es muy fácil pasar del uno al
otro. Su¬ponga que alguien de allí se inventa una palabra nueva. Al cabo de
poco tiempo, alguien se va para allí, quizá sin siquiera saberlo, y oye la
palabra y la trae de vuelta. O tal vez uno de ellos viene hacia aquí y utiliza
la palabra. Probablemente muchas de las costumbres que creemos nuestras son en
realidad de ellos, como la de que el novio se vista de negro para la boda.
Alguien
llamó discretamente a la puerta. La doctora Nilson le ordenó:
—Pase.
Entraron
dos negros fornidos con uniforme blanco de enferme¬ros. Los dos tenían
aproximadamente su misma edad y tuvo la im¬presión de que sus caras serias y
oscuras contrastaban extrañamente con sus ropas. Uno de ellos llevaba una bolsa
de lona.
—No
creo que el señor Green les cause problemas —dijo la doc¬tora Nilson—. En
muchos aspectos parece sumamente racional y es posible que lo único que
necesite sea un corto período de reposo.
Cuando
se puso en pie, cada uno de los hombres lo agarró de un brazo. Algo con Lara en
su centro estalló en él e hizo que se revol¬viera y luchara contra ellos como
no luchaba desde su niñez, dando patadas y voces. Lo derribaron al suelo. Uno
de ellos lo aguantaba
mientras
el otro abría la bolsa y le ponía una camisa de fuerza de cuero y lona.
—Señor
Green —le dijo la doctora Nilson con voz amable — , voy a telefonear al señor
Drummond, a su trabajo. Si quiere causar molestias, como gritar pidiendo ayuda,
puede hacerlo. Pero al se¬ñor Drummond no le dará buena impresión; imagino que
habrá tenido en cuenta ese detalle.
Mientras
le hablaba, había descolgado el teléfono y marcado unos números. La consulta
quedó sumida en un momentáneo silen¬cio mientras la doctora esperaba respuesta.
—
Soy la doctora Nilson, la que atiende al señor Green. ¿Puedo hablar con el
señor Drummond, por favor? Es importante.
»¿Señor
Drummond? La doctora Nilson. El señor Green me comenta que quería usted que le
enviara una carta como prueba de que había venido a verme. Espero que con esta
llamada le baste.
»Estupendo.
Señor Drummond, voy a ingresar al señor Green. No creo que sus problemas sean
muy serios, pero al cabo de una ausencia tan prolongada, lo considero
aconsejable.
»No
puedo prometerle nada en concreto, señor Drummond. Quizá a finales de mes, tal
vez más tarde.
»No
lo sé. En mi opinión, creo que cuando le demos de alta, estará en condiciones
de volver al trabajo, pero ésa es mi opinión, no un hecho.
»Por
supuesto. Adiós.
La
doctora colgó y por primera vez él notó su perfume, una ligera fragancia floral
más adecuada para una jovencita.
—El
señor Drummond me pidió que le transmitiera sus mejores deseos de que se
recupere pronto. Trabaja usted para una empresa bien informada, señor Green,
que de ningún modo olvida, como ha¬cen tantas otras, el lado humano de las
cosas. Espero que sepa apre¬ciarlo. Me habrá oído comentarle a su jefe que creo
que su hospitali¬zación será corta y que espero que pueda volver a trabajar en
cuanto le demos de alta. Se lo he dicho porque tuvo usted la precaución de
quedarse callado, un síntoma esperanzador, por cierto.
—Gracias.
—No
puedo visitarlo todos los días en el hospital, porque tengo unos horarios
demasiado apretados. Pero intentaré ir a verlo tres o cuatro veces por semana.
Espero que mejore usted, estoy segura de que así será.
Les
hizo una seña a los hombres y éstos lo ayudaron a incorpo¬rarse.
—No
creo que esto sea necesario —dijo.
—Pero
yo sí, y debe someterse a mi opinión.
Las
palabras salieron de sus labios a pesar de que pugnó por contenerlas.
—Esto
me impedirá encontrar a Lar a.
—Lo
que es cierto es que le impedirá buscarla, señor Green. Espero que podamos
hacerle ver muy pronto que buscar a Lara es tan inútil como buscar a
Cenicienta.
Con
voz suave, amable incluso, uno de los hombres de uniforme blanco le ordenó:
—Vamos.
—Luego le tiró del brazo.
—Está
bien —dijo, y justo en ese momento sonó el teléfono.
La
doctora Nilson contestó.
—Ah,
hola, Lora... No, no estoy enfadada. Sé lo difícil que pue¬de llegar a ser.
Lo
sacaron de la consulta y cerraron la puerta con firmeza.
—Y
ahora, a caminar.
Eso
hizo; bajó la escalera y salió por la parte posterior del edifi¬cio. Una
pequeña ambulancia blanca, en realidad una furgoneta con luces rojas de
emergencia, esperaba junto al bordillo. Uno de los hombres le abrió la puerta
lateral. Se subió y el hombre subió tras él. El otro hombre se puso al volante.
Cuando
se hubo sentado, el hombre que iba a su lado le asestó un fuerte golpe en la
oreja izquierda que fue como una explosión en el costado de su cabeza.
—Eso
es por patearme la rodilla —le dijo el hombre — . Quiero que lo sepas.
El
zumbido que le llenó la cabeza a duras penas le permitió en¬tender las
palabras, pero asintió.
—Nos
gusta cuando pelean y gritan —le comentó el hombre—. Porque los gritones y los
que maldicen son los que salen primero; cualquiera te lo puede decir. Los tipos
como tú conservan cierta vitalidad, no pasan por el aro así como así; los tíos
dicen «Ey, yo voy a salir de aquí». Pero si golpeas, te vamos a devolver los
golpes.
—Lo
entiendo —dijo volviendo a asentir.
—Pero
no porque te lo haya explicado. Sino porque te pegué, por eso lo entiendes.
—Está
bien.
—No
vuelvas a patearme y yo no te pegaré.
— ¿Conocías a Lora? —le preguntó.
— ¿La recepcionista de la doctora Nilson? Claro.
— ¿Cómo era?
—Una
chica blanca —repuso el enfermero encogiéndose de-hombros—, así que no me fijé
mucho en ella. No tenía ni pechos grandes ni nada por el estilo. De vez en
cuando, hay alguna chica blanca a la que le gustan los negros, pero muy de vez
en cuando. Hacíamos alguna broma. No era engreída.
— ¿Era guapa?—No se ha ido.
—Sí
que se ha ido. Se marchó de repente y se llevó todas las cosas de su mesa.
El
hombre le lanzó una mirada escéptica y le dijo:
—La
doctora Nilson hablaba con ella por teléfono cuando nos fuimos. Seguro que
volverá.
Asintió
y volvió a preguntar:
— ¿Era guapa? ¿Es guapa?
— ¿Quieres que lo sea?
— Supongo que sí.
—Entonces
lo era. Ojos grandes y azules y una cara de muñequita de porcelana, ya sabes.
—Verdes
—dijo el conductor. -¿Ah, sí? -dijo él.
— ¿Qué quieres decir? —inquirió el enfermero que
iba junto a él.
—Que
esa Lora tiene ojos verdes, idiota. —No le hagas caso —le dijo el hombre que
iba a su lado—. Está loco. ¿Quieres que te quite la camisa?
Sin
saber por qué, había supuesto que el hospital se encontraría en la ciudad. Pero
estaba en los suburbios, entre interminables ex¬tensiones de césped y parterres
de narcisos que comenzaban a flore¬cer. El viento cortaba un poco, pero tenía
un frescor y una limpieza de la que los vientos invernales suelen carecer.
Cuando vio que no había barrotes en las ventanas dijo:
—Esto
no parece un manicomio.
—No
lo es, hombre. Es un hospital corriente, atienden partos y hacen bypass triples
y cosas así. Así que si la gente te pregunta dónde has estado, les puedes decir
dónde sin problemas, como si estuvieras jurándolo ante un tribunal, porque
podrías haber venido a que te quitaran el apéndice. ¿Entiendes?
Asintió.
Una vez dentro, uno de los hombres habló brevemente con una recepcionista que
les indicó el ascensor mediante una seña. En la novena planta (se preocupó de
fijarse qué botón habían pulsa¬do), el mismo hombre conversó durante mucho más
tiempo con la enfermera que estaba sentada ante un escritorio. Cuando por fin
terminaron de hablar, el hombre le dijo:
—Ahora
vamos a llevarte a la sala. Le he dicho que te portarás bien y que no causarás
problemas. Que sea así, ¿me oyes? Porque tenemos que dejarte ahí y marcharnos.
Volvió
a asentir. Había asentido tantas veces que ya había perdi¬do la cuenta.
Aunque
la sala estaba limpia, echó de menos la frescura del viento primaveral. Intentó
abrir las dos ventanas, pero no pudo; al examinar sus marcos, vio que el
cristal era muy grueso. En la sala había siete sillas barnizadas y una mesa
baja, también barnizada, con una pila de revistas viejas. Al cabo de un rato,
se le ocurrió que la foto de Lara podía aparecer en una de esas revistas. Cogió
una y se puso a hojearla.
Iba
por la tercera cuando un hombre calvo, de aspecto cansado, entró y se sentó.
— ¿Le gusta leer? —le preguntó el calvo. Negó
con la cabeza.
—A
mí sí. Me pasaría todo el día leyendo si no fuera porque mis ojos ya no
aguantan. Además, tengo que salir y ocuparme de mis pacientes. —El calvo se rió
entre dientes.
— ¿Qué es lo que lee?
— Casi siempre historia. Algo de narrativa. Y
además las publi¬caciones médicas. Estamos suscritos a Newsweek, The New Yorker
Psychology Today y Smithsonian. Mi mujer se las lee todas, y a veces yo
también.
—Me
gustaría ver revistas de cine —dijo — . Me imagino que a usted no le hacen
mucha gracia.
—Más
de lo que usted se piensa —le confesó el calvo — . La mayoría de la gente no
lee nada.
—A
mí los libros me parecieron siempre dinero tirado.
— ¿Cuida mucho el dinero?—Lo intento.
— Pero ahora está usted ingresado en este
hospital. Los hospita¬les son muy caros.
—La
tienda corre con todos los gastos —le explicó. De pronto se estremeció de
miedo. ¿Lo pagaría todo? El calvo sacó una libreta y una pluma Cross.
— ¿Qué día es hoy?
Intentó
recordarlo, pero no pudo.
— ¿Miércoles? —sugirió.
—No
estoy seguro. ¿Sabe la fecha? —Dieciséis de abril.
— ¿Sabe por qué la tienda le paga el
tratamiento?—Tiene esa política —le contestó.
—Pero
¿por qué creen que necesita usted tratamiento?
— Supongo que porque me ausenté durante mucho
tiempo. Casi un mes. No, más de un mes.
La
pluma bailaba sobre la libreta. Por la ventana había entrado la luz del sol, al
reflejarse en el dorado brillante de la pluma, daba la sensación de que la que
hablaba era la pluma y no el hombre.
— Quiero que se concentre en lo que pasó hace
una semana. No me conteste de inmediato; cierre los ojos y piense. Ahora bien,
¿dónde estaba usted hace una semana?
Fue
el día en que conoció a Lara. —Paseaba junto al río. —En el parque. -Sí.
— ¿Por qué estaba allí?
—Me
había llevado el almuerzo. Me lo comí en un banco y me quedaba un cuarto de
ahora para volver a la tienda. —A manera de explicación, agregó—: Estamos cerca
del parque.
— ¿Había trabajado en la tienda esa mañana?-Sí.
Lo
llevaron a otra sala, lo hicieron desnudar y vestirse con la ropa del hospital.
Un hombre de uniforme blanco se llevó su ropa en una cesta de alambre.
Al
cabo de un rato entró una enfermera y le dio una medicina.
24
El paciente
Aparentemente,
en la sala de día había cosas para hacer, pero los juegos y pasatiempos eran,
en su gran mayoría, ilusorios. En un armarito de la pared oeste había media
docena de rompecabezas a los que les faltaban piezas y eran motivo de bromas
previsibles cuando alguien sacaba uno. Al piano le hacía falta afinarlo, pero
no porque en el pabellón hubiera nadie capaz de tocar otra cosa que no fueran
escalas, aunque de vez en cuando alguien lo intentara. A las barajas sobadas
que había en el cajón les faltaban el as, el dos y el cuatro de corazones. Las
enfermeras guardaban un recipiente con pelotas de tenis de mesa, pero
normalmente, para ahorrarse proble¬mas, decían que se les habían terminado.
«Aunque
tal vez se les hubieran acabado de veras —pensó—. Tal vez el recipiente esté
vacío y lleve años así, tan lleno de polvo por dentro como por fuera.»
— ¿Quiere jugar al ajedrez?
Levantó
la vista. El hombre que llevaba la caja y el tablero era bajo, de mediana edad
y tenía el pelo como un pajar.
—Faltan
algunas piezas —le informó.
—Podemos
usar otra cosa.
Asintió
y se acercó a la mesa. Utilizaron fichas del juego de damas: con dos negras
sustituyeron los peones negros que faltaban y un rey rojo ocupó el sitio de la
reina blanca.
— ¿Blancas o negras?
Se
lo pensó. Tuvo la vaga sensación de que decidir aquello era sumamente
importante. Estudió a la reina blanca y a la negra tra¬tando de decidir cuál de
ellas era Lara. La blanca, por supuesto. Blanca por el cutis y roja por el
pelo.
—Blancas.
Su
contrincante giró el tablero y le dijo:
—Usted
juega.
Asintió
y adelantó un peón cualquiera. El peón negro de la reina avanzó dos casillas.
Movió el alfil.
— ¿No lo conozco de algo? —le preguntó.—No lo
creo.
—Tal
vez nos vimos hace tiempo. —Hizo una pausa y añadió — : Afuera —aunque no le
pareció del todo correcto.
—Es
posible —dijo su contrincante — . Me han estado haciendo electroshock, ¿sabe a
qué me refiero? Y uno se olvida de las cosas. —Levantó ambas manos y se señaló
las marcas inflamadas de las sienes —. ¿Y usted qué?
— Yo todavía no.
—Pero
se lo van a hacer, ¿eh?
—Eso
creo.
—No
duele. Muchos tíos se piensan que sí duele, pero no. Oiga, ya tiene las marcas.
Cuando
terminaron la partida, su contrincante se sentó al piano y tocó una vieja
canción titulada Busca a tu verdadero amor y cantó al ritmo de la música
desafinada con una voz ronca aunque no desagradable. Hasta esa noche, cuando
estaba tumbado en su estre¬cha cama del hospital, con las manos detrás de la
cabeza, no cayó en la cuenta de que su contrincante era el paciente que lo
había envia¬do a contarle a Walsh cosas sobre no sabía quién. No recordaba los
nombres.
Había
una mujer con el cabello teñido y la cara larga, a la que le preocupaba
profundamente la actitud que él tenía hacia el sexo. Había un indio que le
explicó por qué era mucho más fácil curar a alguien que creía en los demonios.
Estaba el doctor de mediana edad y aspecto cansado cuyo nombre recordaba a
veces, y la docto¬ra Nilson, cuyo nombre olvidaba a veces.
Después
estaba el césped que había que cortar y un jardín al que había que quitarle las
malas hierbas, parques que había que rastrillar y hojas de tonos rojizos,
pardos y dorados que había que que¬mar. Había nieve que había que quitar con la
pala. Le dieron una cazadora abrigada y guantes, ropas donadas por alguna
persona que había dejado unos casquillos vacíos del calibre 22 en los bolsillos
de la cazadora.
Algunas
noches se preguntaba qué le había pasado al hospital al que lo habían llevado
en la furgoneta, y a veces estaba seguro de haber vuelto al General Unido. En
cierta ocasión le contó a un coreano lampiño lo del General Unido y el doctor
Pille, y el doctor Kim, el coreano lampiño, soltó una risita.
Había
un asistente que se mostró amable con él pero que, a la larga, un día, cuando
estaban detrás de la caldera en la planta ge¬neradora de vapor, quiso que le
hiciera algo que él se negó a hacer. Fue entonces, cuando regresaba solo al
edificio principal, cuando se le ocurrió pensar que se encontraba allí por un
recuerdo que, des¬pués de todo, no era más que un sueño.
En
su entrevista siguiente, le preguntó al médico indio si habían averiguado lo
que le había ocurrido durante su ausencia.
—Ah,
pero ¿es que usted no lo sabe? —inquirió el indio—. Creo que usted mismo nos lo
puede decir.
Negó
con la cabeza y le comentó que tenía la mente en blanco y observó con aire
satisfecho al doctor indio mientras éste apuntaba algo en su libreta (también
con aire satisfecho).
Había
perdido su apartamento, pero la tienda le encontró otro que era incluso mejor.
Había puesto su ropa y sus muebles en un guardamuebles, y le resultó agradable
ver cómo le sonreían sus vie¬jas cosas cuando las sacó de las cajas y las
colocó en sus nuevos sitios. Como era verano, dejó algunas prendas de invierno
en las cajas. El apartamento incluía un cuarto trastero en el sótano del nuevo
edificio; etiquetó la caja de cartón tal como el administrador del edificio le
indicó y juntos la pusieron en el trastero y cerraron la puerta con llave.
Algunas
de las personas que había conocido en la tienda se ha¬bían marchado; otras
continuaban trabajando allí. A solicitud del señor Capper —de esto se enteró
después— algunos de los que con¬tinuaban en la tienda le organizaron una cena
de bienvenida para el martes por la noche, después del trabajo. Él no tuvo que
pagar nada y los demás colaboraron para pagarse cada uno lo suyo y la parte
proporcional de su invitación. No era un grupo muy nutrido para lo que suelen
ser los grupos en ocasiones como aquella, él y una do¬cena de comensales. Sin
embargo, se alegró de la invitación y se alegró de descubrir que recordaba los
nombres de casi todos los allí presentes.
En
un momento de la cena, cuando casi todos habían dado cuen¬ta del segundo plato
y los camareros esperaban a que el resto termi¬nara para servir los postres,
una mujer que podía haber sido Lara pasó por el vestíbulo exterior al salón
privado que ocupaban ellos. Sintió la gran tentación de decir algo, de
gritarle, pero se contuvo. Más tarde, cuando se disculpó para ir al lavabo,
mantuvo los ojos abiertos; pero no se fijó en los otros salones privados y no
vio nada.
Al
día siguiente empezó a trabajar en serio. Lo habían sacado de la sección de
Ordenadores Personales, porque las ventas estaban bajando, para volver a
ponerlo en la de Muebles y Grandes Electro¬domésticos. Estaba un poco asustado
hasta que tuvo que atender a la primera cliente, que compró un sofá y una mesa
para el café; después de eso se sintió mejor.
Bud
van Tilburg era el encargado de la sección de Muebles y Grandes
Electrodomésticos, y su jefe, al que él llamaba señor Van Tilburg y al que
siempre le sonreía. No fue sino varias semanas más tarde cuando cayó en la
cuenta de que lo habían trasladado al de¬partamento del señor Van Tilburg
porque éste era amigo del señor Drummond. Entonces se dirigió decidido al
despacho del señor Van Tilburg y le preguntó de hombre a hombre si no le estaba
tomando el pelo. El señor Van Tilburg introdujo las cifras de ventas que
ha¬bían hecho todos los del departamento y le demostró que él había logrado
vender más que el resto, que había superado en más de mil dólares al primero de
la lista.
—Conseguir
que me lo mandaran a usted fue lo mejor que me pudo pasar en los últimos dos
años —le dijo el señor Van Tilburg.
Después
de aquello se esmeró aún más. La otra vez que había estado en esa sección, no
se le había ocurrido que se podía aprender cosas sobre los muebles del mismo
modo que se aprenden cosas sobre ordenadores y videojuegos.
Y
sin embargo, era así. Había distintas telas y materiales de re-
lleno,
por ejemplo; y acabados y métodos de fabricación. Por no mencionar los
innumerables estilos: Chippendale, reina Ana, primi¬tivo americano,
tradicional, jacobeo, renacimiento italiano y deca¬dente italiano, Enrique IV,
Luis XIII, renacimiento francés, y un montón más. Se los aprendió todos; sacó
libros de la biblioteca para estudiar las fotos y memorizar lo que los expertos
opinaban de cada uno. Aprendió a diferenciar el roble colorado del blanco, el
roble blanco del arce, el arce del nogal, el nogal del nogal pacanero, el nogal
pacanero de la teca, y por último, el falso palisandro del ge¬nuino palisandro
brasileño.
Llegó
un día en que al volver a su casa se dio cuenta de que había vendido algo a
cada uno de los clientes con los que había hablado. Le produjo una alegría que
le duró hasta que se metió en la cama y que le continuó incluso hasta la mañana
siguiente mien¬tras se preparaba el café y se comía su bollo dulce.
Para
llegar a su apartamento tenía que cruzar el parque, pero por lo que a él
respectaba, sólo había dos temporadas, la de prima¬vera, en la que la sección
vendía muebles de jardín y terraza y, por supuesto, las navidades. A veces, en
el parque había junquillos y a veces crisantemos. A veces había nieve —nadie
parecía encargarse nunca de quitar la nieve de los senderos del parque—,
entonces se ponía las botas altas, forradas con piel de corderito que se había
comprado en las rebajas de la sección de Zapatos de Señora y Ca¬ballero y
llevaba los zapatos en una bolsa de papel marrón.
Llegaron
así tres navidades (en octubre) y pasaron (a principios de diciembre). Un día
de febrero se estuvo casi una hora hablando con un gordo de unos sesenta años
que parecía interesado en unas estanterías para libros. El gordo se marchó sin
comprar nada y en cuanto se hubo ido, Bridget Boyd entró a toda prisa desde la
sec¬ción de Pequeño Electrodoméstico.
— ¿Sabes quién era ése? Negó con la cabeza.
— ¡El mismísimo H. Harris Henry! —La chica notó
que no la comprendía—. Nuestro presidente, el jefazo de toda la empresa. Tienes
que estar apuntado al plan de acciones.
Asintió.
—Entonces
recibes el informe anual. ¿Es que no te miras las fotos? Será mejor que
empieces a mirártelas.
Decidió
que era mejor no empezar; nunca había sentido la me-
ñor
inclinación a leerse aquello y, estaba claro que ya era demasia¬do tarde.
—Podrías
haberme avisado —le comentó.
— ¿Y
cómo? Estabas con él. —Se mordió el labio inferior—. Si comiéramos juntos,
podría pasarte un montón de datos sobre la Es¬tructura de la Empresa.
Lo
pronunció así, con mayúsculas, y se alejó de ella.
Una
semana más tarde, le llegó la orden de traslado a la sección de Antigüedades de
la tienda del centro. El nuevo puesto le llegó con un saludable aumento pero
para él el traslado implicaba veinte minutos de desplazamiento en autobús por
la mañana y por la no¬che. Además, con frecuencia tenía que pasarse otros
veinte minutos esperando a que llegara el autobús. Hasta el mes de abril, en la
parada hacía un frío tremendo y, de junio a agosto y gran parte de septiembre,
en el autobús hacía un calor insoportable.
Le
gustaba el trabajo, si bien había logrado establecer inme¬diatamente que varias
piezas de su sección eran unas falsificaciones flagrantes. Cuando sus clientes
le preguntaban por ellas, se limitaba a leer la descripción de la etiqueta,
iniciando la lectura con un «Ve¬rá usted, aquí pone». Si el cliente le caía
bien, llegaba incluso a negar ligeramente con la cabeza. Pero como las piezas
en cuestión eran grandes y ostentosas, generalmente se vendían bastante bien,
incluso a pesar de su falta de apoyo.
Había
una pieza en especial en la que él estaba interesado, un pequeño escritorio de
incontestable autenticidad, que había inicia¬do su carrera casi doscientos años
atrás, al servicio de un capitán británico. Por lo que podía juzgar, había sido
construido en la India, en sándalo de la zona; los tiradores de los cajones
eran de vidrio opal rescatados de una pieza anterior. Tres de los cajones
conserva¬ban los interiores originales en paño verde; cuando no tenía nada
mejor que hacer, le gustaba examinarlos, cada vez que los abría tenía la
sensación de que iba a encontrar en ellos algo que no había visto la vez
anterior, y a veces, llegaba incluso a inclinarse para oler la tela desteñida.
El viejo capitán había guardado el tabaco en el cajón superior izquierdo; los
demás olores resultaban engañosos y fugaces, tanto que nunca tuvo la certeza de
no estar imaginándose¬los.
Una
noche llegó a soñar que estaba sentado ante aquel escrito¬rio. El suelo se
movía bajo sus pies, meciéndose suavemente, subía y bajaba siguiendo un ritmo
que, según comprobó, se repetía ligerísimamente en el tintero de negra tinta en
el que mojaba la pluma.
«Queridísima
mía —escribía—. Mi buen amigo el capitán Clough del Muñeca de Porcelana, que me
ha prometido despachar¬te, ésta en Inglaterra. Es un clíper, de modo que...»
Se
oyó un grito seguido del tamborileo de pies corriendo por la cubierta. Se
incorporó y al cabo de un instante se rió de sí mismo, aunque en su interior
había algo —una parte de él que seguía siendo el viejo capitán— que no reía.
Al
día siguiente, una mujer fea, de mediana edad, le pidió que le enseñase el
escritorio.
—Le
falta la silla —le informó—. Debería tener una silla a juego.
—No
importa —le dijo la mujer—. Puedo encargar que me ha¬gan una. No tiene mayor
complicación.
Le
dio el precio tratando de dar la impresión de que lo encontra¬ba demasiado
alto.
—No
está mal —dijo la mujer revisando la pieza.
Bajó
la voz y le comentó:
—En
enero creo que van a rebajarlo en trescientos dólares.
La
mujer sonrió; la suya era como la sonrisa del gato que siente el pájaro entre
sus garras.
—Estupendo,
hágame enviar la factura.
Cuando
hubo rellenado y entregado el pedido, echó un vistazo al reloj. La mujer se lo
había hecho cargar en cuenta y por un mo¬mento abrigó la esperanza de que no
aprobaran la venta.
Eran
las seis menos diez, faltaban diez minutos para la hora de cierre. La semana
siguiente, sólo faltaban siete días, la tienda es¬taría abierta hasta las diez,
y en semanas alternas, tendría que en¬trar a las dos y quedarse hasta las diez.
Iban a contratar personal temporal que no estaba autorizado a cambiar de
horario y que acep¬taba esos trabajos para robar. Gracias a Dios, en su sección
no se¬rían muchos.
Sonó
el primer timbre de advertencia.
Al
segundo, se dirigió al Salón de Empleados a tomar un café.
Las
ventanas estaban en penumbra. Se acercó a ellas, sorprendi¬do de que hubiera
oscurecido tan temprano. Había comenzado el plan de ahorro energético. Lo había
olvidado.
La
gente llevaba semanas hablando del buen otoño que hacía, del veranillo de San
Martín. Al mirar por las ventanas en penumbra y ver las siluetas que andaban
raudas por la acera, le pareció que el invierno había llegado por fin y que
tenía todo el aspecto de ser un invierno muy frío. En alguna parte tenía
guardado un abrigo largo, de lana más pesada, y un tono gris tan oscuro que
parecía negro. Se dijo que no debía olvidarse de sacarlo.
25
La muñeca
En
el autobús se respiraba el mismo ambiente caldeado y sofo¬cante de siempre y la
rápida caminata de manzana y media desde la parada hasta su edificio le sirvió
para refrescarse; cuando llegó a su apartamento, se había olvidado por completo
de su decisión. Al día siguiente, ya no hacía viento y el tiempo fue, o al
menos le pareció, considerablemente más cálido. La ciudad se encontraba
bastante al sur por lo que los inviernos excesivamente crudos resultaban
excep¬cionales.
La
semana siguiente fue la excepción. Antes de que acabara, no sólo recordó lo que
tenía intención de hacer, sino que llegó a arrin¬conar al encargado del
edificio para exigirle que le entregara la caja de cartón que había guardado en
el trastero.
—Tiene
guardada ahí su ropa de abrigo, ¿eh? —le preguntó el encargado con una risita—.
Espero que no se la haya comido la polilla.
—Espero
que no. Debí haberla cerrado con cinta adhesiva.
—Y
metido dentro unas cuantas bolas de naftalina —añadió el encargado—. Es lo que
yo hubiera hecho. —Buscó entre las dos decenas de llaves que colgaban de su
cinturón —. Aquí está.
No
entraba en la cerradura; buscó otra. La tercera no sólo en¬tró, sino que giró
en la cerradura con un clic de protesta.
—Cuando
la gente se muda les recuerdo siempre que está este lugar —le comentó el
encargado—. Pero si tienen algo aquí guarda¬do, se olvidan de todos modos. Son
muchos los que han traído aquí cosas, pero usted es el único, que yo recuerde,
que ha venido a buscarlas. No. —Hizo una pausa con la mano en el pomo y levantó
un dedo de la otra—. La señorita Durkin hizo sacar un vestido viejo de su
hermana para regalárselo a una amiga. Pero a la amiga no le gustó y al día
siguiente volvió a traerlo.
Entraron
y el encargado tiró de un cordón para encender la luz. La habitación estaba
casi llena.
—
¿Se da cuenta de lo que le quiero decir? Pronto tendré que tirar un montón de
cosas viejas. Pero no me hace gracia por¬que alguien podría decir que me las he
robado. Claro que no pienso tirar nada que pertenezca a alguien que sigue
viviendo aquí.
Él
asintió tratando de recordar su caja. ¿Sería de la tienda de ultramarinos?
—No
la ve, ¿eh?
—No
—repuso — , todavía no.
—Podría
estar al fondo de esto, o debajo. Lo metí hace apenas un mes.
El
encargado tironeó de una enorme maleta; al cabo de un ins¬tante, movido por la
lástima que le producía la debilidad del hom¬bre, le echó una mano. Cuando
levantaban la maleta, cayó en la cuenta de que hacía mucho tiempo que no sentía
lástima por nadie, salvo, quizá, por sí mismo.
Su
caja de cartón se encontraba, efectivamente, debajo de la maleta. La recogió,
le dio las gracias al encargado y la llevó al as¬censor. Mientras esperaba, se
le ocurrió que el encargado tenía tan¬to derecho a ser considerado una pieza de
antigüedad como el escri¬torio que había perdido, y que, al igual que el
escritorio había sido más viejo que la mayoría de los escritorios, el encargado
era más viejo que la mayoría de los hombres. Sin embargo, a nadie le
impor¬taba, nadie iba a hacer el mínimo esfuerzo por salvar al viejo encar¬gado
de las llamas del crematorio. «Con el tiempo —reflexionó—, a la gente mayor
acabarán conservándola como a los muebles viejos. Los coleccionistas se echarán
a llorar al pensar en las cosas que hemos tirado.»
Se
abrieron las puertas del ascensor y lanzó aquella idea por el hueco al tiempo
que metía la caja de cartón y pulsaba el botón. Ahora que tenía la caja —de la
compañía de mudanzas, claro—, no estaba tan seguro de que contuviera ropa de
invierno, aunque no tenía la más mínima idea de lo que podía haber en su lugar.
Trató de recordar el día que se había mudado de la Asociación de Jóvenes
Cristianos. Estaba seguro de que entonces no tenía un abrigo; ese invierno
había ido a trabajar con cazadora, y el abrigo de vestir lo había guardado en
la taquilla.
Al
empujar la puerta de su apartamento con el hombro, nada le resultó familiar;
como si alguien hubiera movido el sofá y los sillo¬nes y las mismas
habitaciones mientras él estaba trabajando. El sa¬lón había duplicado su tamaño
convirtiéndose en una L; la cocina había crecido como si hubieran mezclado con
levadura la fregadera de acero inoxidable y la encimera de fórmica.
Dejó
la caja en el suelo. El hogar había desaparecido; no en¬tendía cómo había
podido ocurrir. Recordaba haberse tumbado de¬lante del fuego para beber una
copa de brandy en compañía de alguien, alguna chica, una mujer. ¿Acaso el hogar
había perteneci¬do a la mujer? No, a la mujer no, ella misma lo había dicho.
¿Se lo habría llevado consigo al marchar? Imposible.
Había
existido otro apartamento, por supuesto, un apartamento en el que había vivido
antes, después de salir de la Asociación. Re¬sultaba extraño que recordara tan
bien cuándo se había mudado de la Asociación y que no recordara haberse mudado
a ese piso.
Había
estado enfermo. Se le había olvidado ese detalle. O, para ser sincero, había
tratado de quitarse la idea de la cabeza. Sin duda, la empresa lo había
trasladado a la tienda del centro para que nadie se enterara de lo de su
colapso nervioso.
Aunque
no tardaron mucho en averiguarlo. Recordó entonces que la chica de la sección
de Los Mejores Vestidos se lo había pre¬guntado cuando se sentó junto a ella en
el picnic. Había sido un error; era como todas las demás, una chica soltera que
buscaba afa¬nosamente el tipo de hombre que jamás iba a fijarse en ella si
llega-ba a encontrarlo, un hombre guapo, rico, atlético, con estudios
uni¬versitarios, un hombre sensible, inteligente, culto, absolutamente ciego a
cuanto ella representaba.
Se
rió por lo bajo.
¿Y
él, acaso era él mejor? Creía que sí. «Sí, soy mejor. Estoy dispuesto a
reconocer lo que soy.
»Pero
¿qué soy? Sin duda no soy Dios, porque es Dios quien dice: "Yo soy".»
Lo recordaba, pero no lograba recordar cómo lo sabía; lo habría visto en una de
esas películas bíblicas en las que Charlton Heston se volvía hacia el Mar Rojo.
Colgó
el abrigo, la chaqueta y la corbata y puso agua para el café; como siempre al
final de cada jornada, le dolían los pies. Mientras se quitaba los zapatos, se
preguntó si no le quedaría algo de brandy, no de entonces, no de aquella noche.
No recordaba cuándo había ocurrido, pero hacía mucho tiempo.
En
el mueblecito empotrado del salón había media botella de ron. No recordaba
haberla comprado y se le ocurrió que quizá la hubiera dejado otro inquilino,
pero le recordó al capitán que había sido durante una noche, y el escritorio
del capitán. Vertió un dedo de ron en el tazón de café instantáneo que se
preparó después de haberle echado crema y azúcar.
La
caja de cartón estaba atada con un grueso cordel. Llevó el tazón de vuelta a la
cocina, sacó un cuchillo grande que a veces utilizaba para cortar cebollas y lo
afiló.
Esperó
un momento, tocando el filo, sorbiendo su café con ron y sonriendo levemente.
El no saber qué contenía la caja o si era suya siquiera le producía un
agradable nerviosismo. Se dijo que el encar¬gado era viejo y que muy fácilmente
podía haber colocado su eti¬queta en el recipiente equivocado. Repasó su
colección de cintas en busca de una adecuada para poner en el estéreo y al
final, impulsa¬do por un vago recuerdo de su niñez, de cuando abría regalos
deba¬jo del árbol, se decidió por La música de Navidad. Pronto, muy pronto, en
la tienda pondrían villancicos a todas horas y él secunda¬ría a los
dependientes en sus quejas al respecto; pero esa noche, tuvo la corazonada de
que debía escuchar la Navidad, que debía escuchar otra vez antes de que la
tienda la destruyera junto con todo lo que había significado alguna vez.
Adeste,
fideles,
laeti
triumphantes;
venite,
venite in Bethlehem.
Cortó
el cordel y echó hacia atrás las solapas de cartón. En lo alto había un chaleco
de punto. Lo sacó para admirarlo; era de ese tono marrón claro que llaman
camello; grueso y suave, con cuello en V y botones. «Justo lo que necesito —se
dijo—, para que el viento no me penetre en el pecho mientras espero el
autobús.» Mientras buscaba las etiquetas, se felicitó por haberse acordado de
aquellas prendas.
Era
una talla mediana que le iría perfecta. En una segunda eti¬queta indicaba que
la prenda era de lana virgen cien por cien, que había que lavarla en seco, y
que había sido confeccionada en Toronto... Eso era en Canadá. Lo llevó al
armario y lo colgó junto con su abrigo y su chaqueta.
Al
sacar el chaleco de la caja había hecho lo posible por no ver lo que había
debajo. Volvió a la caja a buscar su segundo descubri¬miento frotándose las
manos entusiasmado.
Encontró
un par de guantes, guantes de cabritilla oscura y sua¬ve, forrados de piel.
Estaban sin usar; del cordelito que los unía, colgaba la etiqueta de la tienda
con el precio. Lo cortó, se los probó, y aunque nunca había boxeado, lanzó unos
puñetazos en el aire. Le estaban a la perfección, y se imaginó tocando el piano
con ellos, aunque no sabía tocar. En el estéreo se oía Noche de paz', la
acompañó con un instrumento mágico que siempre ponía las te¬clas correctas
debajo de sus dedos. No tenía sentido que colocara los guantes en los bolsillos
de su abrigo, porque esperaba encon¬trar otro más abrigado en la caja de
cartón. Después de considerar aquel punto, se los sacó y los colocó en la barra
de la percha de la que colgaba su chaqueta.
La
siguiente prenda era una bufanda larga de punto, color ma¬rrón corteza y debajo
de ella encontró el abrigo que recordaba. Los sacó de la caja; metió los brazos
en las amplias mangas del abrigo y se enrolló la bufanda al cuello. Las dos
prendas parecían transmitir un calor palpable. Entró en su dormitorio y se
colocó frente al espe¬jo para abrocharse el abrigo, que le quedaba lo bastante
holgado como para que, con una chaqueta debajo, le sentara perfectamente. Al
palpar la tela gruesa y mullida, notó que llevaba algo en uno de los bolsillos
laterales.
Era
un mapa. Como tenía demasiado calor, se quitó el abrigo, lo extendió sobre la
cama, se sentó junto a él y desplegó el mapa sobre su regazo.
La
zona representada parecía sumamente boscosa y casi sin ca¬minos, recorrida en
su mayor parte por estrechos arroyos azules en los que aparecían señalados un
rápido tras otro. Su punto más ele¬vado era el monte Hieros; a juzgar por su
centro blanco, el monte Hieros estaba coronado de nieve. Nada indicaba dónde se
encontra¬ba esa porción del mapa ni la montaña. Unas letras diseminadas desde
un extremo al otro del mapa rezaban OVERWOOD.
Sacudió la cabeza, volvió a plegar el mapa y
lo lanzó sobre la cómoda para estudiarlo después de cenar. Hacía tiempo que no
iba al restaurante italiano. Lo tenía muy cerca de su viejo apartamento —el
barrio de su antiguo apartamento volvió vividamente a su me¬moria— pero se
encontraba a más de diez manzanas del actual, y lo de caminar tanto no le había
hecho mucha gracia. Pero notó que no sólo tenía hambre, sino que estaba ansioso
por comprobar la efecti¬vidad contra el viento de la ropa de invierno que acababa
de recupe¬rar. Se puso su otro mejor par de zapatos, el chaleco de punto, la
chaqueta, los guantes, la bufanda y finalmente, se envolvió en el largo abrigo
oscuro.
Afuera,
el viento se negó a cooperar. Había desaparecido junto con la luz del día,
dejando atrás una noche clara y fría en la que el aire parecía reposar en
estantes de vidrio, como las copas de cristal de la sección de Porcelanas
Finas. Avanzó deprisa admirando el penacho fantasmal de su propio aliento, con
el cuerpo caliente y las mejillas haladas por el frío.
Mamá
Capini seguía allí y se acordaba de él, aunque él apenas la recordara. Le dio
la bienvenida, lo obsequió con una botella de Chianti con su envoltorio de
paja, cortesía de la casa. Pidió lasaña, se bebió varios vasos de vino y cuando
se marchaba, chocó de lleno con otro cliente.
El
accidente fue todo un desconcierto; se disculpó, el hombre impasible, de
mediana edad con el que había chocado, le dijo que no se preocupara, y la cosa
quedó ahí. Sin embargo, aquello le sir¬vió para que se diera cuenta de que
llevaba algo en el bolsillo de la pechera del abrigo, algo largo, duro y de
forma irregular. Lo prime¬ro que pensó era que se trataba de otra botella;
luego creyó que era un arma; pero tenía una forma extraña para tratarse de
cualquiera de esas dos cosas. Cuando se quitó un guante y palpó el objeto con
los dedos, notó piel, como si un animalito inflexible se sostuviese sobre sus
patas traseras en el interior de su bolsillo. Se sentía tan a gusto con el vino
y la comida que había tomado que aquello no pareció importar demasiado.
Cuando
hubo regresado a su casa, esa sensación de gusto había desaparecido casi y
descubrió que volvía a experimentar la misma ansiedad infantil por descubrir
qué llevaba en el bolsillo que la que había sentido por averiguar qué había en
la caja de cartón. Extendió cuidadosamente el abrigo sobre el sofá, dejó lo que
quedaba de
Chianti
en el estante inferior de la puerta de la nevera antes de sacar el objeto de
extraña forma del que tan consciente había sido mien¬tras regresaba andando a
su casa.
Era
una muñeca. La llevó bajo la luz para examinarla más de cerca; lo que había
tomado por piel era su suave cabello castaño; al parecer, auténtico cabello
humano. Enmarcada por el pelo, se veía una cara agradable, hermosa e
impertinente a la vez: una mujer —una muchacha— de largas piernas y cintura
breve, pechos erguidos, cade¬ras redondeadas y ojos castaños de mirada fija.
Vestía una túnica sin mangas, de tela metálica verde, sujeta por un cinturón;
tal como com¬probó con una mirada incómoda, era la única prenda que llevaba.
¿Cómo
era posible que aquel objeto fuera suyo? ¿Le pertenecía acaso? Aunque el abrigo
y los guantes le estaban a la perfección, lo más probable era que no fuesen
suyos; al fin y al cabo, tenía una talla normal. Estaba seguro de que nunca
había tenido una hija. Ni siquiera había estado casado. Seguro que de eso se
acordaría.
¡No,
pero qué sencillo era! Debió de haber salido con una divor¬ciada. Seguramente
habría comprado la muñeca en la sección de Ju¬guetes, con el descuento especial
para empleados, para regalársela a la hija de la divorciada; con toda
seguridad, entonces había faltado poco para Navidad, como faltaba poco ahora.
Después, había roto con la mujer y había guardado el abrigo sin vaciar los
bolsillos.
Llevó
la muñeca a su dormitorio y la dejó sobre el mapa: otra cosa en la que pensar
más tarde.
Para
su sorpresa, pensó en ella después. Al comprobar que no podía concentrarse en
la película de medianoche, volvió a llevar la muñeca al salón y la acunó entre
sus manos como si fuera una niña, perseguido por la sensación de que él también
estaba en la televi¬sión, que debía toda su existencia a un plato entero que
actuaba en una sala vacía, que tanto él como la muñeca estaban perdidos, que
eran los niños perdidos en el bosque, los del cuento que su madre le había
dejado ver hacía tanto tiempo, cuando era muy pequeño.
Respiró
ruidosamente y se sintió avergonzado, divertido y triste a la vez; sin saberlo
ni quererlo, vio que los ojos se le habían llenado de lágrimas. Sacó el
pañuelo, se sonó la nariz y se secó los ojos. Pero una lágrima fue a caer sobre
la túnica verde, otra sobre las graciosas piernecitas y una tercera había caído
de lleno en la agrada¬ble cara de la muñeca.
Y la
muñeca se movió en su mano como una niña viva.
Merienda
de locos
A
punto estuvo de dejarla caer.
—Hola.
—La muñeca se sentó, o al menos se sentó lo mejor que pudo, con las caderas
apoyadas en la palma de su mano izquier¬da—. Hola, soy Tina.
Los
grandes ojazos castaños parpadearon despacio y luego se posaron en su cara.
Cayó
la última lágrima y fue a mojar el cabello de Tina.
—Te
pertenezco —dijo Tina—, soy tu muñeca; sé hablar.
Aquella
voz le resultaba demasiado aguda, tan aguda como el canto de un grillo o como
los chillidos de los murciélagos.
—Si
quieres que merendemos, te puedo ayudar a poner la mesa.
Asintió
más por distracción que por contestarle a ella y le dijo:
— ¿Te apetecería un poco de té?
— Sí, por favor —contestó la muñeca, muy
formal—. Me encan¬taría un poco de té.
Volvió
a asentir y le preguntó:
— ¿Sabes caminar?
— Sí, pero será mejor que me lleves tú. Si
quieres, puedes llevar¬me como un bebé. —Parecía comprender su expresión de
desalien¬to—. O bien puedo ir sobre tu hombro. Es la mejor forma. Porque claro,
si camino yo sola, iremos muy despacio, ya que tengo las piernas muy cortitas.
Y si me pisaras, podría romperme.
Asintió
solemne y se colocó la muñeca sobre el hombro dere¬cho, y ella se sujetó del
cuello de su camisa con una manita
Volvió
a sonarse la nariz, procurando no mover la cabeza y se enjugó las mejillas.
—¿Por
qué llorabas?
—Porque
al verte me acordé de otra persona, de alguien a quien había olvidado. —Vaciló
sin saber si lo que acababa de decir era justo para Lara—. O al menos la había
borrado de mi mente. —Se levantó moviéndose tan lenta y suavemente como pudo, y
aña¬dió— : Aquí las muñecas no hablan, o al menos no tan bien como tú.
No
hubo respuesta.
Fue
a la cocina. Gran parte del agua que había calentado para el café seguía en el
recipiente, pero estaba fría y cubierta de una pelí¬cula de cal. La tiró, puso
agua limpia y volvió a encender el quema¬dor. En el bote había bolsitas de té,
los restos de una caja de infusio¬nes exóticas que había comprado (en la Tienda
del Gourmet, con descuento) para la encargada suplente de Lencería, pero al
final no se la había regalado.
—No
sé si tendré una taza de tu tamaño —le dijo.
Al
final decidió usar una tacita de café, metió la bolsita de té y vertió sobre
ella el agua hirviendo.
— ¿Puedo hablar? —preguntó Tina.—Claro, ¿por qué
no?
—Porque
dijiste que no debía. Oye, me gusta una pizquita de sal en el té.
Espolvoreó
un poco con el salero.
— ¿Está bien así? ¿Quieres azúcar?
—No,
gracias —gorjeó Tina—. Tampoco leche.
Saltó
de su hombro como una pelota de tenis y fue a caer con las piernas bien
abiertas sobre la mesita, donde se puso a beber de la taza. Le resultaba tan
grande como le habría resultado a él una papelera.
Cuando
Tina dejó la tacita, él tuvo la impresión de que estaba tan llena como antes,
pero la muñeca se dio unas palmaditas en el estómago y se limpió la boca con el
dorso del brazo desnudo.
—Bien,
si dejas la taza aquí, podré venir cuando quiera a tomar más.
Aquello
no le pareció más disparatado que hablar con una mu¬ñeca.
—Está
bien.
—Así
no tendré que molestarte. La verdad es que no se me da bien hacer las cosas yo
sola. Habría sido incapaz de calentar el agua como hiciste tú.
Asintió.
—En
realidad, puedo hacer algunas cosas.
— ¿Me puedes decir cómo es que una muñeca sabe
hablar? —le preguntó.
—Porque
estoy hecha de esa manera. Por dentro. —Volvió a darse unas palmaditas en el
estómago—. Pero no sé ni sumar, ni restar, ni leer, ni nada de eso. No he ido a
la escuela.
Él
volvió a asentir.
—Me
gustaría tener ropa bonita. ¿Tú tienes?
—De
tu talla, no —repuso.
—Para
empezar, me gustaría un traje de noche. Y un neceser, así podría arreglarme el
pelo.
—Ahora
es muy tarde —le dijo—. Mañana te conseguiré algu¬nas cosas.
Confió
en que al día siguiente la muñeca hubiera desaparecido, o al menos que se
volviera inanimada y dejara de hablar.
—Y
me gustaría un conjunto de sujetador y bragas. Mejor dos, así tendría uno de
recambio cuando lave el sucio.
—Veré
lo que puedo hacer.
—Uno
tendría que ser color gamuza y el otro rojizo. Para poder distinguir cuál
utilicé la vez anterior. Y un camisón. ¿Puedo dormir contigo?
— Si no roncas —le contestó.
—No
ronco. Ni siquiera se me oye respirar. —Sacó pecho, como para probar que sí
respiraba, y sus diminutos pechos cónicos empu¬jaron impacientes contra la tela
metálica de su túnica—. Mañana por la noche, me marcaré el pelo, si me
consigues bigudíes. Sería mejor si me llevaras, no te olvides.
— ¿Y si en plena noche te dan ganas de beber té?
—No
ocurrirá —gorjeó Tina—. Pero si ocurriera, podría salir sin despertarte. No
tendrías que preocuparte por la posibilidad de pisarme entonces. Además, ya
puedo moverme más deprisa.
La
cogió y volvió a colocarla sobre su hombro.
— ¿Con eso te alimentas? ¿Con té?
—Algunas
veces, hay niños tontos que se empeñan en que be¬bamos más de lo que podemos.
—Yo
no voy a hacer eso —le prometió. Recordó algo que le había dicho una vez un
tabernero y añadió—: Si no quieres, no bebas.
—Me
gustas. Nos vamos a divertir mucho.
—Ahora
no —le dijo —. Ahora me voy a duchar y me voy a ir a la cama.
—Podría
bañarme en el lavabo mientras tú te duchas.
—Está
bien.
—Lo
único que tendrás que hacer es abrirme el grifo. Pero no muy fuerte. Y que el
agua no esté tan caliente.
—De
acuerdo —volvió a decir.
Levantó
el tirador cromado con que se tapaba el lavabo, reguló los grifos del agua fría
y caliente para que saliera un chorrito de agua tibia.
Tina
saltó de su hombro y le preguntó:
—
¿Puedo usar tu jabón?
-Claro.
Se
quitó la camisa y la lanzó a la cesta, como siempre hacía. Tina se había
despojado de su túnica de tela metálica verde; carecía de pelo púbico, pero sus
pechos remataban en unos diminutos pezones rosados.
Se
volvió de espaldas para quitarse los pantalones y cuando fue al dormitorio para
colgarlos y coger el pijama, no supo si ponerse la parte de abajo antes de
volver al lavabo. No tenía sentido, porque habría tenido que volver a
quitársela inmediatamente.
Tina
había hecho una fina capa de espuma en el lavabo. Le pre¬guntó si el agua
estaba demasiado caliente.
—No,
está estupenda. ¿Podrías darme una gotita de champú?
Se
lo dio inclinando la botella lo suficiente como para dejar caer una única gota
esmeralda en las manilas ahuecadas de la muñeca.
En
cuanto cerró la puerta de la ducha, tuvo la certeza de que al salir, no la
encontraría. Quizá el lavabo se hubiera llenado de agua; quizá no. Reguló el
grifo para que el agua de la ducha saliera más fría y giró bajo el chorro
gruñendo para contener las ganas de gritar.
—Voy
a utilizar una de estas toallitas, ¿te parece?
—De
acuerdo.
Su
próxima visita con la doctora Nilson era el martes. Faltaban cinco días. Se
preguntó si no debía llamarla de inmediato; le había
dado
el número de su casa, pero nunca lo había utilizado. Mientras lo pensaba, el
recuerdo de un hombre desaliñado vestido con el pijama del hospital,
interpretando en un piano desafinado una me¬lodía, retornó a su mente con tanta
fuerza que fue como si lo viera y lo oyera, fue como si sintiera el duro banco
de madera sobre el que se había sentado cierta vez.
Cuando
encuentres a tu verdadero amor,
cuando
veas sus ojos, Cuando hayas abandonado a tu nuevo amor,
después
de las mentiras...
Tina
cantaba mientras se iba secando, cantaba con una voz dul¬ce, pero tan aguda que
llegaba a ser inaudible, cantaba al ritmo de un viejo piano desafinado que
alguien había donado al hospital. No, no podía llamar a la doctora Nilson.
Cuando fuera a verla el martes, ni siquiera podría hablarle de Tina.
Tendió
la mano para buscar la toalla.
Una
vez en la cama, Tina le dijo:
—Puedo
dormir encima de las mantas. Pero sería mejor si dur¬miera debajo. Así estaría
más abrigada.
Le
levantó las mantas para que se metiera y se acurrucó junto a él. Al cabo de un
rato, le preguntó:
— ¿Cuántos años tienes, Tina?
La
veía apenas bajo la leve luz que se filtraba por la persiana.
La
muñeca se volvió y bostezó teatralmente tapándose la boca con su manita de
duendecillo y estirando un bracito por encima de la cabeza.
— ¿Y tú cuántos años tienes?
Se
lo dijo y luego añadió un año más.
—Se
me había olvidado que el mes pasado fue mi cumpleaños.
—Qué
viejo.
—Ya
lo sé.
—No
creo que seas tan viejo. Yo no soy tan mayor.
—No
me pareció que lo fueras.
— ¿Qué te regalaron por tu cumpleaños?—Nada. La
verdad es que apenas le hice caso.
— ¿Es que tu mamá y tu papá no te regalaron
nada? Negó con la cabeza y contestó:
—Mi
madre murió hace tiempo, y hace diez o doce años que no veo a mi padre.
—Pero
te sigue queriendo.
—No,
qué va. Nunca me quiso.
—Sí
que te quiere.
—Nunca
lo has conocido, Tina.
—Pero
sé cómo son los papas. Y tú no.
—De
acuerdo —dijo, extrañamente reconfortado.
— ¿Qué le regalaste para su cumpleaños?
La
pregunta le sorprendió; tuvo que pensar un instante. —Nada, nunca le regalo
nada. —Podrías darle un beso grande.
— Creo que no le gustaría.
— Sí que le gustaría. Yo tengo razón y tú te
equivocas.—Es posible.
— ¿Qué te gustaría para tu próximo cumpleaños?
Le comentó lo del escritorio.
—Creo
que deberían regalártelo para tu próximo cumpleaños. Se lo diré a papá.
—Ya
lo han vendido.
—A
lo mejor esa señora lo quiere vender.
Asintió
distraídamente y le dijo:
—A
lo mejor. ¿Quieres un poco más de té, Tina?
-¡Sí!
Echó
a un lado las mantas, se levantó y encendió la luz. Por un camino que no logró
seguir del todo, Tina saltó de la cama hasta la cómoda.
— ¿Aquí tienes tu juego de té?
—No
tengo un juego de té —le contestó—. Todavía no. Buscaba el talonario.
—No
sé leer. No he ido a la escuela.
—Te
lo leeré yo —le dijo — . Tengo tres mil doscientos dólares. Más de lo que
cuesta el escritorio.
—Deberías
comprártelo.
—Tienes
razón. Venga, tomemos un poco de té y hablemos de ello. ¿Crees que me lo
vendería si le ofrezco algo más de lo que pagó por él? ¿Dónde te parece que
debería colocarlo?
—Mirando
la televisión no —le contestó Tina saltando sobre su hombro — . Así harás los
deberes.
—En
un rincón no —le dijo—. No me gusta poner nada en los rincones. Contra la
ventana.
—
¡De acuerdo!
Subió
el fuego del quemador donde tenía el agua, enjuagó la tacita de Tina, y sacó
una taza, un plato y una cuchara para él. En el bote quedaban tres bolsitas de
té.
—Mañana
tendré que comprar más té.
—Y
tanto.
—Tina,
¿conoces a una chica llamada Lara?
—Sólo
te conozco a ti.
—Te
le pareces. Estaba enamorado de Lara..., por eso te com¬pré. Lara era la mujer
que estaba delante del hogar.
—Me
parece que no me lo has contado.
—Pero
la he perdido, no sé cómo. La perdí cuando andaba por la nieve.
—Cuando
hace mal tiempo hay que abrigarse mucho.
Asintió
y le dijo:
—Me
compré el abrigo y otras cosas. No sé cómo conseguí dine¬ro y lo puse en el
banco. De ahí sale la mayor parte de los tres mil doscientos dólares.
—A
lo mejor te lo dio Lara —aventuró Tina.
—No
—dijo él. Y luego agregó—: Sí, tal vez me lo dio ella.
27
El escritorio
—Me
gustaría hablar con usted del asunto —le dijo—. Eso es todo.
La
voz de la mujer fea crepitó en el auricular:
—Ya
estamos hablando.
—Preferiría
hacerlo en persona. Puedo pasarme por su casa cualquier tarde que a usted le
vaya bien.
— ¿Es auténtico? —inquirió suspicazmente.
Inspiró
hondo, quiso mentir, pero descubrió que no podía.
—Es
perfectamente auténtico, estoy seguro. Pero es indio, aun¬que lo hicieron en un
estilo inglés. Por lo general, los objetos indios no suelen alcanzar unos
precios elevados.
— Sea lo que sea lo que me tenga que decir,
tendrá que ser ahora mismo. Entonces quizá nos veamos personalmente, si decido
que hemos de vernos.
—Señora
Foster —en esta ocasión respiró hondo tragando ai¬re— , puedo ofrecerle
quinientos dólares más de lo que pagó por él. Siguió una larga pausa.
— Si es auténtico, ¿por qué quieren recuperarlo?
—No
llamo en nombre de la tienda. Lo quiero comprar para mí.
— Se ha enterado de que vale más de lo que
pensaban en la tienda.
—No,
en absoluto. —Esperó a que la mujer dijera algo, pero como permaneció callada,
se vio obligado a volver a hablar para romper el silencio —. Creo que cuando lo
compró le comenté queme parecía sobrevalorado. Sigo pensándolo. Me estudio los
catálo¬gos de subastas y sigo los resultados, señora Foster, Forma parte de mi
trabajo.
-Siga.
—Hace
dos años, en Nueva York se vendió una pieza no muy distinta de su escritorio a
poco más de la mitad de lo que usted pagó por él.
—Pero
está usted dispuesto a darme quinientos dólares más de lo que pagué yo.
— Sí —volvió a decir.-¿Porqué?
Intentó
contestarle pero no lograba articular las palabras. Fi¬nalmente, le explicó con
poca convicción: —No sé si podré explicárselo. —Lo escucho. —Vendo estas
piezas...
— ¿Tiene un comprador?
—No,
rió. No quiero decir que aparte del trabajo de la tienda me dedique a vender
antigüedades, no podría hacerlo y conservar mi puesto. Lo que quería decir es
que vendo estos objetos aquí, en la tienda.
—Ya
lo sé. Usted me vendió el escritorio. Por cierto, estoy sen¬tada delante de él
ahora mismo. Es donde tengo el teléfono.
—Nunca
quise ninguna de estas piezas para mí. —Sintió que le hablaba al vacío, que le
estaba suplicando a una cosa de alambre y plástico, sin alma, mucho menos
humana que Tina—. Había com¬probado una determinada pieza, ¿sabe...?
—No
diga «¿sabe?». Es algo que no soporto.
—Lo
siento.
—Yo
también. Siga, señor Green.
—Intentaba
decirle que miraba una cierta pieza y pensaba que era bonita, o no tan bonita.
O bien me fijaba en una pieza como su escritorio y pensaba que era buena pero
que no le habría puesto un precio tan alto. He visto cientos de piezas así,
supongo, pero nunca vi nada que realmente quisiera para mí como su escritorio.
Volvió
a dejarlo sin saber cómo continuar.
—Pensé
que después de Navidad iban a rebajarlo y entonces podría aprovechar para
comprármelo.
—Pero
a mí me dijo que creía que iban a rebajarlo en enero
—gruñó
— , y me sugirió que volviera a comprarlo entonces, porque lo que planeaba era
comprarlo usted. Me habría quedado sin escri¬torio.
— Cuando usted vino a la tienda no había
decidido comprarlo—prosiguió, desesperado — . De verdad. Creí que no lo
compraría. No lo decidí hasta que no...
—Hasta
que no se dio cuenta de cuánto lo quería.
— Sí, así es.
—Señor
Green, le diré que he sentido eso mismo en un par de ocasiones. ¿Puedo
preguntarle qué le parece a su mujer que se gaste tanto dinero?
—No
tengo mujer.
— ¿Es divorciado?
—Nunca
estuve casado, señora Foster.
—El
matrimonio no es para todo el mundo. Conozco a varios hombres, de lo más
amables, de lo más corteses...
—No
soy homosexual, señora Foster. —Sabía que había perdido y quiso colgar—. En
cierta ocasión viví con una chica un par de días, pero nunca me casé. —Hizo un
último esfuerzo—. Tengo tres mil doscientos dólares. Es todo lo que tengo en el
mundo y por eso le dije que le daría quinientos dólares más de lo que pagó. Le
ofrecería mil si aceptara usted que le pagara los quinientos restantes a plazos
Otro
silencio que se prolongó indefinidamente; esta vez no ha¬bló y por fin la mujer
le contestó:
— Soy presidenta del Club de Coleccionistas. ¿Lo
sabía usted, señor Green?
—No,
no lo sabía, señora Foster. Pero conozco su club.
—Somos
coleccionistas serios, señor Green. Y no pienso vender el escritorio.
Se
oyó un clic metálico y la mujer colgó. Él hizo lo mismo. Ha¬bía perdido el
escritorio. Cansado, intentó adivinar la edad de la mujer, cincuenta, cincuenta
y cinco a lo sumo. Dentro de veinte años tal vez se subastaran sus bienes. No,
era de esas mujeres que se resisten toda la vida. En Contabilidad podía
conseguir su dirección igual que había conseguido su número de teléfono. Le
escribiría y le sugeriría que se pusiera en contacto con él si alguna vez
decidía vender el escritorio; pero no le serviría de nada.
— ¿Haciendo horas extras, Green?
—le preguntó el señor Cohén, supervisor de la Galería de Arte.
—Tenía
que hacer una llamada. Supongo que me ha llevado más de lo que esperaba. ¿Y
usted, señor?
—Preparándome
para las Navidades. Ya sabe, luces, velas y nieve.
Las
imágenes bailaron en su mente mientras se dirigía a la pa¬rada del autobús:
nieve, velas, luces, niños y otros regalos debajo del árbol. En la máquina
expendedora de diarios un titular rezaba:
INCREMENTO
DE LA TASA DE SUICIDIOS.
«Si
yo hubiera hecho el mundo —pensó—, en Navidad todos se lo pasarían bien.»
De
repente se acordó de que le había prometido a Tina un juego de té, ropa nueva y
todo tipo de cosas. Se alejó de la parada y se dirigió hacia la galería, una
anticuada zona comercial a la que se había asomado algunas veces, pero nunca
había entrado.
Anticuada
o no, la galería aplicaba ya el horario ampliado. Más de la mitad de sus
tiendecitas estaban iluminadas y los comprado¬res, embutidos en sus abrigos
para protegerse del frío, avanzaban ruidosamente por las pasarelas de hierro.
Pasó delante de una agen¬cia de viajes, de un salón de belleza y del
consultorio de un podólogo, este último, a oscuras. Una tienda de juguetes —en
ambos sentidos de la palabra, porque era apenas más grande que las tiendas en
pequeño que se regalan a los niños— vendía ropa que tal vez le fuera bien a
Tina y un diminuto juego de té de porcelana auténtica.
—
¿Por casualidad tendrá usted té?
La
dependienta negó con la cabeza.
—Hay
una tienda de platos preparados. No sé si está abierta, a lo mejor sí.
-¿Dónde?
—En
el anexo. ¿Sabe dónde está? Bajando por ahí, la entrada está a su izquierda. En
el anexo hay una sola planta.
Le
dio las gracias y salió. Cuando llegó a la entrada, cuyo arco de mármol medio
desmoronado tenía un aspecto sombrío y omino¬so, como si todas las tiendas que
había detrás estuvieran cerradas y unos portones de barrotes de acero fueran a
bajar a espaldas de todo aquel que se atreviese a entrar.
Entró
de todos modos. Incluso allí había algunos comercios abiertos. Al pasar delante
de una tienda de ropa para caballeros, una señora pequeña y morena salió a toda
prisa y lo agarró del brazo.
— ¡Por fin lo encuentro! ¿Qué le pasa, es que no
quiere los pan¬talones?
Se
la quedó mirando. Tendría unos sesenta años y llevaba el pelo canoso recogido
en la nuca.
—Me
parece que...
—Cree
que intento venderle algo. ¡Oiga que los pantalones ya los dejó pagados! Los
pagó de antemano para que le hiciéramos los arreglos, ¿no se acuerda? ¿Qué tal
si se los lleva? Necesito espacio. Sea bueno, venga.
—Está
bien —repuso. Al seguirla, tuvo la sensación de que de¬bía recordar a la mujer
y la tienda.
— Con los pantalones le he conseguido una
preciosa percha de madera dura barnizada. Le durará toda la vida. —Le echó un
vista¬zo a la tarjeta amarilla prendida con un alfiler en el envoltorio de
papel—. Hace cuatro meses que esperan.
—Lo
siento —le dijo.
—No
se preocupe. —Le examinó la cintura—. Si no llegaran a quedarle bien, me los
vuelve a traer y los soltamos un poco.
—Éste
es el hotel, ¿no? ¿El Grand Hotel?
Ella
lo miró extrañada.
—Les
alquilamos las tiendas.
—Fanny
trabajaba en la cafetería de aquí. Y el doctor Applewood tenía aquí su
consulta.
—Pero
ha muerto —dijo la mujer.
Él
asintió y salió al subsuelo cavernoso. ¿Por qué no había reco¬nocido en seguida
las banderas polvorientas, el grifo dando zarpa¬zos en el aire y el águila
bicéfala? La mujer de la juguetería le había dicho que el anexo sólo tenía una
planta. Había balcones. El doctor Applewood se había reclinado sobre una de
esas barandillas para llamarlo.
Vio
las puertas del ascensor, el ascensor que lo llevaría al Grand Hotel, el hotel
que estaba mucho más cerca de Lara. Se dirigió hacia ellas y aminoró el paso al
notar un escalofrío de miedo. En el hotel no tendría ni dinero ni amigos, ni
siquiera a Tina. Si alguna vez llegaba a encontrar a Lara, ésta no vería más
que a un tonto de mediana edad. Sí, porque ya había alcanzado la edad mediana y
era mejor que se enfrentara a ese hecho. Lara vería a un tonto cargado con
aquella ropa de muñecas, un juego de té para muñecas y unos pantalones que,
probablemente, le quedaban estrechos.
Pulsó
el botón de llamada.
El
ascensor no llegó de inmediato, en realidad, tardó mucho en llegar. Mientras
esperaba sacó pecho, arregló la bolsa de la juguete¬ría y los pantalones en su
envoltorio de papel y por fin, las puertas se abrieron.
Subió
al ascensor y le pidió al ascensorista:
—A
la planta baja, por favor.
Con
voz clara y pausada, el ascensorista le indicó:
—Estamos
en la planta baja.
Recordaba
haber traspuesto una puerta para salir al aparca¬miento cubierto de nieve, en
la planta baja.
—Al
vestíbulo, entonces.
—No
hay nadie allí.
—Lléveme
de todos modos —le pidió.
El
ascensor subió lenta y suavemente y fue entonces cuando se dio cuenta de que no
se parecía en nada a la cabina de alambre del ascensor del Grand Hotel. Cuando
las puertas se separaron, ante él quedó el vestíbulo vacío de un edificio de
oficinas, un vestíbulo si¬tuado a un piso por encima de la calle. Se bajó, le
dio las gracias al ascensorista y contempló cómo se cerraban las puertas tras
él. El mundo que veía desde las ventanas del vestíbulo era el suyo, estaba
seguro. El General Unido y North no estaban allí, y si Lara llegaba a ir sería
sólo temporalmente, por poco tiempo, para vivir con algún afortunado o para
guardar su abrigo.
Tendría
que haber ido a preguntar a la peletería; del mismo modo que el frío le había
recordado su abrigo de lana, le habría recordado a Lara (si estaba ahí) que
debía sacar su abrigo de la cámara frigorífica. Lo había olvidado y ya era
demasiado tarde.
Volvió
al ascensor y pulsó el botón de llamada tal como había hecho antes. El ascensor
era su única esperanza, aunque sabía que era vano esperar nada.
—Ya
lo entiendo —le dijo el ascensorista—. Quería ir al lavabo. Abajo también hay,
si me hubiera preguntado, podría habérselo dicho.
Asintió
sin decir palabra, esperando que se abrieran las puertas.
—Algunas
veces hay niños que quieren subir, pero yo no los dejo. Pero con usted sabía
que no pasaría nada.
Las
puertas se abrieron y se encontró en una sala amplia y baja desprovista de
banderas. La mayor parte de las tiendas estaba a
oscuras.
Salió a la galería principal, se enrolló mejor la bufanda alrededor del cuello
y se abrochó hasta el último botón del abrigo.
La
calle estaba a oscuras, en ella no había nadie más que el viento. Un coche
patrulla pasó a toda velocidad; los policías que iban dentro lanzaban miradas
amenazadoras a los portales vacíos. El viento frío le punzó los dedos
recordándole que no se había pues¬to los guantes. Dejó los paquetes en la acera
helada, sacó los guan¬tes de los bolsillos del abrigo, se los puso con cuidado
y se los abro¬chó. Para esa noche llevaba té suficiente; al día siguiente podía
comprar más si Tina era real. Si Tina estaba de veras allí.
Otra
parada de autobús más, una más cerca de su apartamento y casi casi habría
llegado a la habitual. Mientras andaba hacia ella, descubrió para su sorpresa
que estaba contento. Tardó media man¬zana en averiguar el motivo de su
felicidad: el saber que Lara era real aunque Tina no lo fuera.
Quizá
se riera de él; era lo más probable; de vez en cuando él se reía de sí mismo.
Pero prefería oír la risa de ella que tener que escuchar lo que pudiera decirle
la gente de cualquiera de los dos mundos. En la televisión, una mujer había
comentado que los pe¬rros salvajes no ladraban y que los mansos ladraban para
imitar el lenguaje humano. ¿Qué eran las conversaciones de la gente, de Bridget
Boyd, de H. Harris Henry, sino imitaciones animales de la voz de Lara, de la
risa de la diosa? Aunque seguramente lo rechaza¬ría como amante, ¿iba a
rechazarlo como sirviente? Si lo hacía, se convertiría en su esclavo.
Miró
de reojo hacia atrás y vio que por la calle bajaba un au¬tobús. Se dio prisa y
llegó a la parada justo cuando el vehículo se detenía.
Hasta
que no se levantó para bajarse no recordó que tendría que contárselo a Tina.
Estaría en casa, esperándolo en la sala, oculta entre los cojines del sofá, en
el lugar que ella había bautizado como su fuerte secreto; aparecería de golpe
en cuanto oyera la llave en la cerradura. Entonces tendría que contarle también
que no le había sido posible comprar el escritorio.
El
sabor del fracaso le amargó la boca.
28
El cuento
—A
mí se me da bien buscar cosas —le dijo Tina. Al ver que su expresión delataba
su escepticismo, añadió—: ¡Se me da bien! Y no me gusta ver televisión.
—A
mí tampoco —le dijo él suavemente—. Pero por la noche no hay mucho más que
hacer.
—Pues
buscar, y mientras yo busco, podrías leerme un cuento.
—Podrías
escuchar la televisión —le sugirió—. Sería lo mismo.
En
cuanto terminó de hablar se dio cuenta de que había recono¬cido, quizá
demasiado deprisa, la capacidad de Tina como buscadora.
—Ni
hablar, no es lo mismo.
Ya
había bajado el volumen y al oírla acabó apagando el te¬levisor.
—
¿Por qué no?
—Porque
leer te servirá de práctica para la escuela.
—Ya
no voy a la escuela.
Tina
pataleó, impaciente ante su estupidez; el pataleo sonó igual que el golpe dado
con una uña.
—Tendrás
que volver a la escuela el año que viene. Entonces te servirá de algo.
—Está
bien —convino.
—Además,
es mejor que leas cuentos. La tele es..., es pura charla para pasar el tiempo.
Asintió.
Era algo que él mismo había sentido pero que nunca había expresado.
— ¿Qué aspecto tiene?
Sacó
la billetera y le enseñó dos billetes, uno de un dólar y el otro de cinco.
—Como
estos, pero lo único que cambia son las fotos. Llevan fotos de mujeres en vez
de hombres.
Hizo
una pausa y pensó que los hombres y las mujeres daban importancia a distintas
cosas; era algo que había comprobado gran parte de su vida, por su trabajo. En
ese momento cayó en la cuenta de que era un aspecto importante en sí mismo: a
las mujeres no les interesaban tanto los coches; les preocupaba mucho más la
sole¬dad de los niños y su educación. Las mujeres en el poder se encar¬garían
de que hubiera muñecas como Tina.
—Fotos
de señoras —le sugirió ella.
—En
realidad, no importa. Son papeles parecidos a estos. Dinero.
Notó
entonces que asociaba el dinero con el perfume de las ro¬sas, aunque no habría
sabido precisar por qué. No estaba seguro de que le quedara mucho, pero si
volvía a encontrar el mundo de Lara, le vendrían bien aunque fuera unos pocos
dólares.
—Empezaré
a buscar debajo de las cosas. Estoy hecha para eso. Cuando haya terminado,
necesitaré un baño. Después me tendrás que abrir los cajones para que pueda
meterme en ellos.
Protestó,
diciéndole que él podía buscar en los cajones tan bien como ella.
—No,
no puedes —le contestó ella — . Yo puedo meterme den¬tro y buscar a fondo. No
es lo mismo. Y ahora, léeme un cuento mientras busco debajo de esa cómoda.
Tenía
algo menos que una decena de libros, todos ellos hereda¬dos de su madre, y una
leve idea de su contenido. De un estante sacó al azar un volumen rojo desteñido
y lo hojeó hasta descubrir lo que parecía el inicio de una fresca narración.
—Érase
una vez —leyó—, dos hermanos que vivían solos en una casita en plena Selva
Negra. Se llamaban Joseph y Jacob y éste era ciego.
Tina
salió de debajo de la cómoda empujando una bola de pelu¬sa casi tan grande como
ella y tosiendo histriónicamente.
— Se nota que no quitas el polvo con la
frecuencia debida. Creo que en realidad no lo quitas nunca.
—Joseph
se cuidaba de su hermano y Jacob hacía cuanto podía por ayudar, y como se
querían mucho, eran felices.
—Ahora
buscaré debajo de la cama —anunció Tina—. Luego tendrás que ir al salón para
que yo pueda buscar allí.
—Pero
tenían poco dinero y cada año su situación se hacía más precaria.
—Aquí
abajo también está lleno de polvo. —La voz de Tina sonó débil y hueca.
—Como
en la Selva Negra los inviernos son muy fríos y las neva¬das la aíslan durante
meses enteros, en otoño, los hermanos tenían que comprar comida para que les
durara hasta la primavera. Pa¬saron varios años y un otoño comprobaron que no
iban a poder comprar comida como cada año.
—He
encontrado un botón —anunció Tina—. ¡Uno brillante!
Debió
de haber girado como habría hecho una mujer de tamaño natural para lanzar un
disco porque el botón salió disparado de de¬bajo de la cama como una bala.
—Un
día, Jacob le preguntó a su hermano: «Joseph, ¿te acuer¬das lo bien que
escribía yo?». A lo que Joseph contestó: «¡Claro que me acuerdo!». Jacob le
enseñó un marco que había hecho para guardar una hoja de papel; era un marco
con cuerdas de violín esti¬radas sobre la hoja y espaciadas de manera tal que
entre ellas ape¬nas cabía el pulgar de una persona.
— ¡Una moneda de diez céntimos! —La moneda salió
disparada como el botón y rodó hasta chocar contra la pared.
— «Con esto», le explicó Jacob, «y si tú,
querido hermano, me afilas la pluma de vez en cuando, volveré a escribir como
antes. Talvez la Schwarzwald Gazette acepte uno de mis cuentos. Así podre¬mos
comprar más comida para el invierno».
—Es
todo lo que hay aquí debajo —le comunicó Tina—, y un montón de polvo. ¿No tengo
pinta de deshollinador?
De
hecho tenía aspecto de juguete largo tiempo perdido y aca¬bado de encontrar, y
a punto de ir a parar a la basura porque no valía la pena tomarse la molestia
de limpiarlo, pero asintió, sonrió y la siguió dócilmente hasta la sala.
—Y
así, Joseph afiló una pluma gris de oca con el cuchillo de Jacob. Puso papel en
el marco y se aseguró de que hubiera tinta en el tintero. Una vez hecho todo
esto, volvió a su trabajo y dejó a su hermano a solas para que escribiera.
—Debajo
del sofá y del sillón no he encontrado nada más que polvo —le informó Tina—.
Ahora llévame al cuarto de baño y pon-
me
un poco de agua caliente en el lavabo. Será mejor que dejes el grifo abierto.
Bajó
la mano para que Tina pudiera subirse a su palma e hizo lo que le pedía.
Sentado sobre la tapa del water, con el libro rojo abierto sobre su regazo,
comprobó que en el cuarto de baño había mejor luz que en el dormitorio y la
sala.
«La
gente ya no lee —pensó — , pero los hombres se siguen afei¬tando.»
—Al
regresar Joseph, comprobó que en el papel había sólo unas cuantas palabras
escritas y se encontró a Jacob tamborileando con los dedos sobre la mesa. «No
puedo escribir», le dijo. «Antes mi¬raba por la ventana para escribir. Entonces
sí podía. Pero ahora...» Jacob levantó los hombros y los dejó caer.
Tina
se señaló el pelo para no interrumpir el cuento. Él le echó una gota de champú.
— «Tal vez yo podría mirar la ventana en tu
lugar, hermano mío», sugirió Joseph.
»Y
así, Joseph se puso a mirar por la ventana, pero no vio más que árboles
agitando sus brazos al viento. "Mmm", dijo. »Jacob sonrió. "Yo
también sentía lo mismo", le dijo.
— ¿Qué era lo que sentía? —preguntó Tina.
Se
sobó la mandíbula, se rascó la oreja y contestó:
—Supongo
que sentía que no pasaba nada y al mismo tiempo muchas cosas, tantas que
resultaba difícil elegir.
—Aja,
debe de ser eso. Sigue leyendo.
—Joseph
veía las sombras azules avanzar en silencio sobre la escarcha junto a los
árboles. «Veo un lobo negro», le dijo, y la plu¬ma de Jacob voló más rauda que
el viento. Joseph se marchó de puntillas, sin hacer ruido.
Hizo
una pausa y contempló a Tina que se estaba enjuagando el pelo en el chorro que
caía del grifo.
—Te
escucho —le dijo—. Sigue leyendo.
— Cuando Joseph regresó la vez siguiente, Jacob
le esperaba.«Me temo que tendrás que volver a mirar por la ventana», le dijo.
»Y
Joseph se asomó otra vez. Un pájaro de brillantes colores revoloteaba entre las
zarzas. "Veo una princesa encantada reco¬giendo moras", le dijo a
Jacob. "Una princesa encantada con alas", agregó al cabo de un
momento, y la pluma de Jacob voló más veloz que un pájaro.
Tina
se secó con un Kleenex.
—
¿Crees que la Schwarzwald Gazette le comprará el cuento a Jacob?
—Estoy
seguro que sí. Es un cuento muy bueno —repuso asin¬tiendo con la cabeza.
—Yo
también —dijo Tina—. Sigue leyendo.
—Jacob
no tardó en terminar el cuento. Escribió el sobre y esa noche, Joseph fue
andando hasta el pueblo para llevarlo al correo.
»A
partir de entonces, Jacob escribió un cuento tras otro, pero de la Schwarzwald
Gazette no le llegaba ninguna respuesta. Cuando cayeron las últimas hojas,
Joseph compró toda la comida que pudo, y cuando el invierno llegó con todo su
rigor y la nieve llegaba a la altura de la rodilla, hizo unas raquetas para la
nieve. Todos los días, después de abrigarse lo más posible, salía a cazar. Así
logró conse¬guir varias liebres, y para Navidad él y Jacob se dieron un
banquete con una perdiz.
Tina
se puso el conjunto azul de camisola y pantalón que le ha¬bía comprado en la
sección de Juguetes.
—Toda
limpita —anunció —. Podemos empezar con los cajones, pero tendrás que
abrírmelos y subirme.
La
llevó al dormitorio y, después de decidir que ya que estaban iban a ser
sistemáticos, abrió el cajón superior izquierdo de su có¬moda.
—Puedes
empezar por aquí —le dijo—. Pero no vas a encontrar nada más que pañuelos.
Saltó
de su palma y le contestó:
—Me
gustan tus pañuelos. Están tan limpios. Ahora sigue leyéndome el cuento.
Se
sentó en la cama y buscó el párrafo por el que iba leyendo.
—Pero
muchos días Joseph no cazaba nada y él y Jacob cenaban un puré hecho con
guisantes y agua, porque ese invierno sólo les quedaban guisantes secos, agua y
leña. En esas ocasiones, Jospeh llenaba el cuenco de Jacob hasta rebosar, pero
él se reservaba ape¬nas unas cuantas cucharadas.
»Ese
día, cuando vio que le quedaban muy pocos guisantes se¬cos, Joseph decidió que
Jacob debía comérselos todos y que él se quedaría sin probar bocado, porque se
culpaba amargamente por no poder cazar nada. Sacó el cuenco de Jacob y una
cuchara, llenó dos cazos con nieve, vertió los guisantes que quedaban en uno de
ellos y colgó los cazos sobre el fuego.
»Entonces
Jacob le comentó a su hermano: "Joseph, estoy tra¬bajando a fondo en un
nuevo cuento, pero tienes que volver a mirar por la ventana".
»Joseph
se asomó a la ventana y, asombrado, vio un hermoso trineo tirado por cuatro...
— ¡Mira! —gritó Tina. Tenía en la mano algo
delgado, informe y marrón, suspendido de un hilo rojo.
— ¿Qué es? —inquirió.
— ¿No lo sabes? Lo encontré en tu cajón. Lo
cogió y lo acercó a la luz.
—Es
una raíz —le dijo. De inmediato surgió en su mente el recuerdo de la tienda del
señor Sheng, con sus raras cajas de incien¬so, sus caballitos de cartón, el
quemador de gas de llama azul y la tetera humeante—. Es un amuleto —le comentó
a Tina.
— ¿Un amuleto de verdad?
—Eso
me dijo el hombre que me lo regaló.
— ¿Te hará tan pequeño como yo?—Me temo que no.
Tina
se sentó en el borde del cajón, con las delgadas pieriecitas colgando sobre lo
que para ella era un abismo.
—Ya
me lo parecía. Pero podíamos haber imaginado que sí. ¿Te hará invisible?
Negó
con la cabeza y repuso:
—Se
supone que sirve para traer correspondencia.
— ¿Y no funciona?
—No
lo sé. Cuando volví encontré mucha correspondencia, pero claro, hacía como un
mes que faltaba de casa.
— ¿Te traerá un trineo con renos como los del
cuento?
—No
creo que fueran renos. —Echó un vistazo a la página—. No, eran corceles.
—No
conozco esa palabra.
—Son
como pones —Tina seguramente sabría lo que era un pony—, pero más grandes. No
creo que vaya a traerme ningún trineo.
— ¿No te lo vas a poner?—No lo había pensado.
—Es
lo primero que encuentro. Al menos la primera cosa real,
porque
lo que son la moneda y el botón, no los cogiste. Además, si no te lo pones,
¿cómo vas a saber si funciona?
—Hoy
ya ha pasado el cartero —le indicó.
—Entonces
si te llegan más cartas, sabrás que es un amuleto auténtico.
No
solía tener corazonadas súbitas, pero en ese momento tuvo una; se veía
discutiendo con una muñeca sobre una raíz mágica. Reconoció su derrota
asintiendo y colgándose el amuleto del cuello.
—Joseph
se asomó a la ventana y, asombrado, vio un hermoso trineo tirado por cuatro
pones blancos. «¿Qué es lo que ves?», le preguntó Jacob.
»Joseph
le contestó: "Veo un precioso trineo. Es dorado brillan¬te y lleva
relucientes campanitas bailarinas".
»"¡Ah!
Sigue, por favor", le pidió Jacob. "Cuéntame más, her¬mano
querido."
»"Un
cochero corpulento, con un sombrero alto de piel y un inmenso abrigo de piel
marrón, hace restallar su largo látigo negro sobre los ponies. Junto a él va
sentado un menudo mozo de cuadra con una chaqueta roja; parecen un oso y un
mono de circo. En el trineo viaja una mujer envuelta en pieles."
»"¡Maravilloso!",
exclamó Jacob, y su pluma bailó sobre el pa¬pel tan ajetreada que no oyó el
tintineo de las campanas del trineo cuando éste se detuvo delante de su casita.
—Abre
este cajón —le ordenó Tina—. Y cuando haya saltado a él, puedes cerrar este
otro. Creo que es la encargada de la redacción de la Schwarzwald Gazette.
Abrió
el cajón de los calcetines y le dijo:
—Tal
vez,
»Joseph
advirtió que la mujer era una princesa y le hizo una profunda reverencia.
"¿Eres tú Jacob?", le preguntó la mujer. "El encargado de la
redacción de nuestro periódico me ha enviado to¬dos tus cuentos porque sabe que
son justo lo que me gusta. Le he prohibido que te lo dijera hasta que yo te
hubiera recompensado."
»"No,
majestad", contestó Joseph, sinceramente, "el que escri¬be los
cuentos es mi hermano. Si me esperáis un momento, lo traeré para que os dé sus
respetos".
»"No
hace falta", dijo la princesa. "Seré yo quien entre a darle mis
respetos."
»Cuando
Joseph se adelantó para abrir la puerta, descubrió a Jacob en el umbral.
"Majestad", dijo Jacob, "mi hermano no os ha dicho toda la
verdad. En realidad es él quien escribe mis cuentos, porque, como habréis
podido comprobar, yo soy ciego. No hago más que apuntar lo que él me
dicta".
—Un
cuento triste —dijo Tina—. A veces, los cuentos de hadas se parecen mucho a la
vida real. Pero me ha gustado.
Asintió
y cerrando el libro dijo:
—A
mí también.
Llamaron
a la puerta.
29
¡Magia!
Volvieron
a llamar. Una voz amortiguada por la puerta anunció:
-UPS.
—Ya
voy —dijo, y le abrió.
El
chofer de UPS era bajito, moreno y tenía cara de enfado.
— ¿Es éste el séptimo C? Asintió.
—Aquí
la tiene. ¿Se la dejo aquí afuera o se la entro? Se refería a una caja grande,
de aspecto sólido, que llevaba en un carrito.
— ¿Es para mí? —inquirió.
— ¿Es éste el séptimo C? Es para el séptimo
C.—No esperaba...
— ¿Se llama usted Green? —gruñó el chofer.
— Sí, pero...
— ¿Quiere que la saque de mi carrito y se la
deje en el rellano? Negó con la cabeza y le contestó:
— Será mejor que la entre.
El
chófer agarró el carrito por las barras, le dio un fuerte tirón y lo retiró lo
bastante como para que el centro de gravedad de la caja quedara sobre el eje
del carrito.
—Tenía
que haberme visto metiendo a esta desgraciada en ese ascensor. Se habría
mondado de risa. Normalmente, un envío tan grande suele acabar en el muelle de
carga.
— ¿Quién la envía? —le preguntó.
—No
tengo ni idea. Lo pone por ahí, en el lateral.
Se
inclinó para mirar y dijo:
—Sólo
figura una dirección.
—Si
la ha leído, sabe lo mismo que yo. Venga, se la apartaré para que no le quede
delante del televisor.
—Déjela
delante del televisor —le pidió—. Si la pone ahí, no podré entrar en el
comedor.
Sacó
un billete de la cartera y se lo entregó al chófer que lo aceptó en silencio.
—Deberías
dar las gracias —le gritó Tina.
Se
encontraba en el umbral de la puerta del dormitorio; al pa¬recer había logrado
salir del cajón de los calcetines.
— ¿Ha dicho usted eso? —preguntó el chófer
mirando a su al¬rededor lleno de incomodidad.
-No.
— Sería algo de la televisión. —El chófer
analizó la pantalla ne¬gra—. Del apartamento de al lado.
Miraba
las tablas gruesas y sin lijar de la caja y las brillantes cabezas de sus
clavos baratos.
— ¿Cómo voy a...?
Su
pregunta fue interrumpida por la puerta al cerrarse tras el chófer.
Tina
se acercó para examinar la caja.
—Deberías
dar las gracias —repitió.
—Creí
que le hablabas al hombre de UPS —le dijo.
—Te
hablaba a ti. Fui yo quien encontró el amuleto y te obligó a ponértelo.
Deberías dar las gracias.
Se
lo sacó de debajo de la camisa; no había cambiado de color ni se había reducido
ni agrandado.
—Quizá
deberíamos esperar a ver lo que contiene la caja —le dijo.
—Algo
bonito —comentó Tina—. Ya casi es Navidad y los rega¬los de Navidad siempre son
bonitos.
—Dudo
que te gustara que me regalasen un perrito —dijo es¬bozando una leve sonrisa.
—Ni
otra muñeca, me pondría celosa. Si vamos a hablar, súbe¬me al sofá. Yo nací en
Navidad, ¿te lo había dicho?
La
sujetó por la cintura entre el pulgar y el índice y la colocó a su lado, sobre
el cojín.
—No,
me has contado pocas cosas de tu pasado.
—Ahora
el celoso eres tú.
—No
estoy celoso.
—Claro
que sí. Se te nota. Eres un dios celoso, como ése del que hablan.
—No
soy celoso y no soy un dios —repuso distraídamente.
Otra
parte de su mente luchaba con el problema de la caja. El encargado estaría en
el húmedo apartamento del sótano que le da¬ban con el trabajo. Pero al
encargado del edificio no le gustaba que lo molestaran a esas horas y
posiblemente ya estaría durmiendo.
—Para
ti, no lo serás —le dijo Tina—. Y tampoco para la otra gente grande. Pero para
mí sí.
— Ya entiendo.—Yo tenía una diosa.
El
comentario captó toda su atención.
— ¿Y cómo se llamaba?
—Justamente
eso es de lo que no me acuerdo —contestó Tina sacudiendo la cabeza—. Me acuerdo
de un árbol muy bonito y del gatito, porque la diosa también tenía un gatito.
No me gustaba, me acordé cuando me comentaste lo del cachorro.
—Apuesto
a que tu diosa iba a la escuela.
—Aja.
Después de la Duodécima Noche, sí.
— ¿Recuerdas a qué grado iba? —Intentó adivinar
la edad de Lara; tal vez tendría veintiocho años. No, ya sería mayor.
Tina
volvió a negar con la cabeza y le dijo:
—Pero
caminaba sola, de eso sí que me acuerdo, y me enseñaba cosas que hacía con
papel. Una vez hizo una corona de papel y cuando volvió a casa me hizo una
pequeña para mí.
— ¿Y después?
—Después
pasó algo. No me acuerdo qué, algo malo. Y después aparecí en tus manos y te vi
llorar.
—Ya
me acuerdo. ¿Sabes cuánto tiempo estuviste en el hospital de muñecas?
— ¿Estuve en un hospital? De eso no me acuerdo.
— Sí —dijo — , ya sé cómo es.
Se
levantó y se dirigió a la caja. Tenía la impresión de que debía de llevar algún
tipo de instrucciones: TIRE AQUÍ. Sólo se veía su nombre y su dirección en la
etiqueta de UPS y la dirección del remi¬te estaba en los suburbios de la parte
norte.
— ¿Fue ahí donde me compraste? ¿En un
hospital?-Sí.
Sonó
el teléfono. Se lo quedó mirando. Volvió a sonar.
—Me
gustaría contestar, de veras. Pero no tengo fuerzas sufi¬cientes como para
levantar la cosa ésa por la que se habla.
Sonó
por tercera vez.
—No
te preocupes —dijo, y lo cogió—. ¿Dígame?
—Es
usted. Es fantástico. Se ha mudado.
Era
Lara; de algún modo lo había sabido por la forma de llamar, lo había sabido
todo el tiempo.
—Así
es —contestó.
Quería
decir más cosas pero las palabras se le atragantaron.
— ¿Cómo está? ¿Todo en orden?—Estoy bien. ¿Dónde
estás, Lara?
— Soy Lora. Estoy en casa, señor Green, y me
halaga que se haya acordado de mi voz. Naturalmente le sorprenderá que lo llame
desde mi casa, pero sabía que trabaja usted de día y que no quería que lo
llamáramos a la tienda. De todos modos, busqué su número en el listín e intenté
llamarlo antes de marcharme del despacho, pero no me contestó nadie. ¿Le ha
dicho a la doctora Nilson que se ha mudado?
—Sí,
se lo he dicho.
—Me
imaginé que sí, pero ya sabe cómo se pone con estas cosas. Me refiero a que si
sueña usted con un pez que baila como su tía, ella va y lo escribe. Pero las
direcciones y los números de teléfono son demasiado prosaicos.
— Sigo queriéndote —le dijo.
Hubo
una pausa, un silencio tan largo que parecía destinado a durar eternamente.
Finalmente,
Lara le comentó:
—Iba
a decir que después de marcharme de la oficina salí a ce¬nar. Con alguien.
Alguien me invitó a cenar.
—No
tiene importancia.
—La
cuestión es que usted tiene su cita con la doctora Nilson el martes.
-Sí.
—Ocurre
que ha tenido ocasión de aceptar una consulta extra. Ya sabe que en el Centro
no puede hacer mucho.
— Sí —repitió.
— ¿Cree usted que podría saltarse la visita de
esta semana? ¿Es¬taría usted dispuesto, querría hacerle ese favor a la doctora
Nilson?
—No
—respondió.
—La
otra posibilidad entonces sería que viniese mañana. Siem¬pre hay alguien que
anula su hora, y si no ocurriera así, seguramen¬te podría hacerle un hueco.
-¿Estarás
allí?
Descubrió
que miraba a Tina mientras pensaba en Lara. Por eso había comprado a Tina,
claro, porque le recordaba a Lara; pero no era Lara. Lora era Lara.
— Sé que se preguntará por qué he vuelto con la
doctora Nilson después de tan larga ausencia. Es que me he casado y me he
divor¬ciado. Mi ex marido me pasa una pensión para mí y para mi hija y pensé en
este trabajo. El sueldo no es gran cosa, pero era el mejor puesto qué tuve, el
único que me gustaba de veras, y sabía que si tenía que llevar a Missy al
médico, la doctora Nilson me daría per¬miso para ausentarme, que no me pondría
reparos.
Vaciló,
indeciso entre los miles de cosas que quería decirle, los cientos de preguntas
que necesitaba formularle. A pesar de su debi¬lidad, logró reunir fuerzas y
resultaba sumamente importante que no las malgastara. Lenta y cuidadosamente le
dijo:
—Si
voy mañana, cuento con que seas tú quien me haga pasar a la consulta. Quiero
saber sin lugar a dudas que estarás allí, Lara.
—Estaré
sin lugar a dudas. ¿Podrá venir después del almuerzo? ¿A la una?
Descubrió
que tenía el pañuelo en la mano, que lo había re¬torcido hasta convertirlo en
una bola sobada.
—La
mejor manera de asegurarte de que voy a estar allí a la una es que me dejes
invitarte a comer. Me encantaría invitarte a comer.
Siguió
otra pausa, más breve esta vez, pero larga de todos modos.
— ¿Y si le dijera que he de ir a ver a Missy a
la guardería?—Me gustaría acompañarte. A mí también me gustaría ver a
Missy.
—Le echó un vistazo a Tina—. A lo mejor le llevo un regalo. —Lo cierto es que
no tengo que ir a verla. —Siguió una breve pausa—. No hasta que salgo de
trabajar por la noche.
— ¿A qué hora comes?—A las doce.
—Estaré
ahí a las doce menos cuarto. —Bien. Gracias, señor Green. Adiós.
Se
oyó un clic suave y definitivo.
«Debí
haber averiguado dónde vive —pensó — , y entonces, me habría dicho la verdad.»
— ¿Vas a regalarme a una niña? —le preguntó
Tina—. ¿Es que no tiene ya una muñeca?
—No
lo sé —le contestó—. Pero no te preocupes. No creo que esta niña exista de
veras. Si tiene una muñeca, es probable que no sea real.
Colgó
el teléfono, se dirigió a la caja y aferró la tabla del centro con ambas manos.
Sintió como si le cortara las palmas y luego como si la camisa..., no, los
músculos de la espalda se le estuvieran rom¬piendo, haciéndosele pedazos por el
esfuerzo y el dolor. Los clavos empezaron a ceder, protestando como ratones a
los que echan de sus cuevas; el último de ellos se rindió con una sacudida que
a punto estuvo de lanzarlo hacia atrás.
Tina
silbó como una tetera diminuta.
—No
sabía que fueras tan fuerte.
—Yo
tampoco —reconoció.
Espió
a través de la abertura más grande que había hecho. El objeto de la caja
parecía rugoso y casi negro.
— ¿Vas a arrancarlas todas? Negó con la cabeza.
—Para
ésa tenía fuerza, dudo que pueda con las otras. —No la dejes en el suelo así
—le aconsejó Tina—. Podrías pisar los clavos. Apóyala contra la pared. —Tienes
razón.
— ¿Adonde vas?
—A
la cocina. A buscar un destornillador. —Antes quiero enseñarte algo. ¿Quieres
acercarte? Se sentó en el sofá, a su lado.
—Voy
a hacer magia. Pon tu mano aquí. —Aquí era el bolsillo de su abrigo — . ¿Qué
notas?
—Nada
—repuso—. Está vacío.
Levantó
un bracito con dramatismo y exclamó:
— ¡Y ahora, la Asombrosa Tina va a meterse aquí
un momento!— Se metió de cabeza en el bolsillo del mismo modo que una niña de
tamaño natural se hubiera zambullido bajo las mantas. Sus pies no acababan de
desaparecer cuando volvió a salir—. Y ahora vuelve a meter la mano.
Lo
hizo y sacó un fino fajo de billetes. Tina se echó a reír batien¬do palmas.
— ¿Cómo lo has hecho?
— Como estabas hablando no me podías meter en
otro cajón. Y sabía que después ibas a querer ver la correspondencia mágica. Y
yo también.
— ¿La correspondencia mágica?
—Sí
—respondió Tina con firmeza—. La correspondencia mági¬ca. Pero no importa,
tenía muy poco que hacer y tu abrigo estaba ahí en el sofá.
Armándose
de paciencia le preguntó:
—Pero
¿cómo es que en el bolsillo no había nada la primera vez que metí la mano?
—Ábrelo,
míratelo a la luz y lo verás.
Así
lo hizo; se movió hacia el extremo del sofá junto al que estaba la mesita con
la lámpara, se colocó el abrigo sobre el regazo y graduó la luz al máximo de
intensidad. Una delgada tarjeta de la misma tela que el forro del bolsillo lo
dividía en dos comparti¬mentos.
—Es
un doble bolsillo —le explicó Tina, encantada—. Pero el del medio se había
quedado debajo de la tarjeta exterior. Cuando me metí dentro noté el dinero
desde el otro lado, así que miré qué era.
—Yo
también debí haberlo palpado —dijo asintiendo despacio.
—Probablemente
lo buscabas en el fondo y no en el costado.
Volvió
a asentir y le dijo:
— Gracias, Tina.
— ¿Es ése el dinero?—Debe de ser.
El
fajo estaba sujeto con una bandita de goma que había cedido un poco. La quitó y
la tiró a la papelera antes de mirar los billetes. Había cinco de cien, tres de
cincuenta, uno de diez y dos de uno, todos con un diseño similar al de los
billetes que le eran familiares, pero tenían caras de mujeres. En la cartera
llevaba un billete de cincuenta; lo sacó para compararlo con los del fajo. Ni
las volutas ni el estilo de las letras eran exactamente iguales. El de
cincuenta con la foto de Grant ponía BILLETE DE LA RESERVA FEDERAL. Los de
cincuenta del fajo ponían CERTIFICADO ORO CANJEABLE POR su VA¬LOR NOMINAL.
Dejó
el dinero a un lado, súbitamente iluminado por una idea.
—Tina,
podrías meterte en esa caja igual que te metiste en mi bolsillo.
La
muñeca miró la caja con cierta suspicacia.
—Supongo
que sí.
—Claro
que sí. Quizá antes de que le quitara esa tabla estuviera un poco apretada,
pero ahora hay mucho sitio.
—Está
bien —dijo Tina, súbitamente decidida—. Súbeme.
Metió
el billete de cincuenta con la cara de Grant en su cartera, colocó el resto del
dinero en la mesa y puso a Tina sobre la caja, en la tabla que había junto a la
abertura.
—Ahí
dentro está muy oscuro —le dijo Tina—. ¿Tienes alguna linterna pequeña o algo
así?
—Creo
que no, pero puedo mover la lámpara para iluminar la caja.
—Será
mejor que lo hagas —le dijo.
Obedeció;
cuando la muñeca se metía por la abertura, notó que su piel era de plástico
liso. «No es más que una muñeca mecánica —pensó — . He estado jugando con una
muñeca programada.»
A
pesar de todo, en cuanto desapareció, empezó a echarla de menos.
30
El
fuerte secreto de Tina
Tina
podría decirle lo que contenía la caja; pero tendría que abrirla él mismo, a
menos que quisiera esperar hasta el día siguiente por la tarde y pedirle al
encargado que lo hiciera. Sin duda, era lo más sensato.
Descubrió
que no tenía ningunas ganas de ser sensato, y al cabo de un breve autoanálisis,
descubrió el motivo: al día siguiente vería a Lara y quería poder contarle lo
de la caja y su contenido. Y lo que sin duda no quería era decirle que le había
sido imposible abrirla. ¿Qué iba a pensar Lara de un hombre incapaz de abrir
una simple caja de madera?
Fue
a la cocina, empuñó el destornillador del que le había habla¬do a Tina y un
cuchillo grande que venía con el juego de la sección de Útiles Especiales de
Cocina. Estudió la curva cruel del cuchillo e intentó recordar si lo había
utilizado alguna vez. Probablemente no, parecía hecho para rematar enormes
animales peludos no del todo muertos. No podía empezar a asestar cuchillazos a
la caja hasta que Tina no estuviera convenientemente a salvo.
—¡Tina!
—le gritó—. ¿Estás bien?
No
obtuvo respuesta. Acercó la oreja a la abertura y escuchó, seguro de que si
Tina se movía en el interior, alcanzaría a oírla. Al cabo de unos segundos, del
apartamento contiguo, le llegaron el chirrido del reloj eléctrico y los leves
ruidos de alguien que se dispo¬nía a irse a la cama, pero de la abertura no
salía sonido alguno; aquello estaba más callado que una tumba.
—Tina,
¿me estás gastando una broma?
Aferró
otra tabla y trató de arrancarla. Ya fuera porque estaba mejor clavada o porque
él se había cansado al arrancar la primera, la tabla no cedió ni un milímetro.
Sin
embargo estaba ligeramente resquebrajada. Enterró la enor¬me cuchilla en la
hendidura y se puso a aserrar la madera. La hendi¬dura se agrandó
satisfactoriamente y no tardó en llegar hasta el bor¬de de la tabla, con lo que
el clavo de un extremo comenzó a aflojarse. Metió la punta del cuchillo por ese
extremo e hizo pa¬lanca; había oído comentar que no se debía hacer palanca con
la punta de un cuchillo, pero a él aquello le traía sin cuidado. Si se rompía
la punta, seguiría haciendo palanca con lo que quedara.
El
otro clavo cedió con un crujido y se dobló. Dejó el cuchillo, agarró la tabla y
la arrancó.
La
abertura se había duplicado, de manera que la luz de la lám¬para que había
colocado para Tina la iluminaba mejor. La áspera superficie oscura, que él se
había imaginado como la del objeto con¬tenido, resultó ser una especie de
material de embalaje o un envol¬torio. La palpó y la empujó; el objeto parecía
suave y duro. No había señales de Tina.
Con
el cuchillo comenzó a trabajar en la tercera tabla y entonces cayó en la cuenta
de que se había olvidado de una herramienta mu¬cho más potente. Metió el
extremo estrecho de la tabla que acababa de arrancar debajo de la tercera tabla
e hizo contrapeso con todo el cuerpo sobre el extremo opuesto, utilizando el
borde de la caja como punto de apoyo. Aunque los clavos chirriaron como los
de¬más, la tabla salió con bastante facilidad. Lo mismo ocurrió con la
siguiente; sólo quedaba la tabla sobre la que estaba apoyada la lám¬para.
Intentó
aferrar el rugoso material de embalaje para romperlo, pero era demasiado duro y
estaba demasiado tirante como para que pudiera agarrarlo bien. Estaba seguro de
que con el cuchillo podría cortarlo. Pero corría el riesgo de dañar el objeto
que el envoltorio protegía, e incluso podía lastimar a Tina. Volvió a llamarla
en voz baja e intentó explicarle lo preocupado que estaba. No obtuvo
res¬puesta.
Cuando
hubo vuelto a colocar la lámpara sobre la mesa, trató de volver a hacer palanca
con la tabla que había sacado, pero la ventaja mecánica que le ofreciera antes
había desaparecido.
No
veía ninguna hendidura por la que pudiera meter el cuchillo. Con dificultad
logró clavarlo debajo del extremo de la tabla que quedaba y luego introdujo la
punta del destornillador por la abertu¬ra que hizo; en cuanto intentó hacer
palanca con el destornillador, éste se dobló como una percha.
No
quería usar el cuchillo para hacer palanca porque temía que se rompiera. Antes
le había dado igual, y gustosamente lo habría tirado en cuanto necesitara más
espacio en el cajón de los utensilios. Pero en ese momento, el cuchillo le
pertenecía, era suyo, como su libreta de pedidos y su pluma de plata cuyo
recambio había cambia¬do tantas veces.
Introdujo
el cuchillo por el otro extremo de la tabla y fue hacien¬do fuerza sobre el
mango, al principio despacio, y luego, al compro¬bar que los clavos resistían,
con más rapidez. Cuando hubo amplia¬do la abertura entre la tabla y el borde
superior de la caja en unos pocos milímetros, retiró el cuchillo y tiró una y
otra vez del extremo de la tabla de manera tal que un lateral de la caja se
levantó del suelo.
Ahora
que la caja había quedado despojada de su tapa, logró ver en el interior mucho
mejor que cuando lo iluminaba la lámpara. La lámina áspera de color marrón
grisáceo había sido añadida cuando a la caja sólo le faltaba colocarle la tapa;
cubría el objeto rectangular del interior, y sus bordes estaban remetidos en la
caja. Todo al¬rededor, colocados a presión, había unos protectores amarillos de
madera troceada que reforzaban los laterales. Sacó los protectores y cuando
hubo quitado el último, levantó fácilmente la lámina áspera que no era más que
una especie de cartón grueso.
El
objeto rectangular que había palpado era la encimera del es¬critorio, un panel
oscuro de madera dura tropical. Lo reconoció de inmediato, conocía cada
rasguño, cada una de sus magulladuras, que eran como heridas recibidas en
combate. El panel abatible para escribir estaba guardado; los cajones cerrados
y fijados con cinta adhesiva, pero era el escritorio, su escritorio.
Supo
entonces que los laterales de la caja deberían poder retirar¬se sencillamente.
Pero no fue así; se vio obligado a hacer palanca para sacar una por una las
tablas de los laterales y las fue apilando en un rincón. Cuando hubo quitado la
última y, sudoroso, hizo una pausa para buscar una vez más a Tina entre el
material de embalaje amontonado y admirar el escritorio, notó que la cinta
adhesiva que
fijaba
el panel para escribir se había despegado. Por un instante se preguntó si
habría sido obra de Tina, si tendría la fuerza necesaria para hacerlo.
Probablemente sí; sus deditos podían haber despe¬gado una punta y una vez hecho
esto, pudo haber tirado hacia atrás la cinta. Tironeó el extremo libre para
probar y vio que la cinta no se había adherido bien; el escritorio estaba
encerado.
Mentalmente
imaginó el itinerario de Tina. Al encontrarse so¬bre la gruesa lámina de
cartón, se habría arrastrado por ella hasta acceder a las tablas inferiores.
Los protectores de madera troceada le habrían bloqueado los laterales, pero
Tina podría haber, segura¬mente habría bajado por uno de los rincones.
Originariamente, la lámina de cartón había sido plana, luego la habían doblado
para que quedara firmemente metida alrededor del escritorio, pero había quedado
bastante material extra en las esquinas. Tina no podía ha¬ber trepado por las
patas enceradas del escritorio, sino por las es¬quinas de la caja, aferrándose
a los pliegues sueltos del cartón rugo¬so, que le habrían ofrecido una serie de
conductos fácilmente escalables.
Arrancó
el trozo de cinta adhesiva. Los fabricantes del mueble le habían puesto una
cerradura de bronce, pero la llave había desa¬parecido hacía quizá un siglo o
más.
—Aquí
estás, Tina, te he encontrado —dijo al abrir el panel.
No
estaba allí. Detrás del panel había una fila superior de ocho casilleros, y en
la inferior, otros seis más amplios —en la tienda los había contado con
frecuencia— y estaban vacíos, todos vacíos a ex¬cepción de un único sobre
amarfilado tamaño esquela. Lo sacó pen¬sando que Tina habría logrado ocultarse
detrás de él. Pero no, y en cuanto hubo sacado el sobre, cayó en la cuenta de
que le habría sido imposible hacerlo. Los catorce casilleros vacíos lo miraron
amable¬mente; le pareció oír la risa encantada de Tina.
Se
sentó en el viejo sillón marrón que tenía una quemadura de cigarrillo en uno de
los brazos y abrió el sobre.
Apreciado
señor Green:
Cuando
tenía doce años, mi madre me regaló una muñeca an¬tigua y desde entonces las
colecciono. De eso hace más de cincuenta años. ¿Conoce usted el poema de
Kipling?
Carecía
de valor el estilo y de ingenio el plan.
Aquí
y allí, sin concierto,
los
derruidos cimientos van. Mampostería bruta, maltratada,
pero
en cada piedra tallada: «Después de mí vendrá un Constructor.
Dile
que yo también lo he sabido».
Era
el preferido de mi difunto esposo.
Feliz
Navidad. Sabrá usted perdonar los sentimentalismos de esta vieja dama.
Martha
Foster
Correspondencia.
Volvió a leer la carta, como si contuviera al¬guna pista. En los dibujos
animados la gente se pasaba la vida esca¬lando montañas y pidiéndole a barbudos
monstruos togados que les explicaran el sentido de la vida. No podría volver a
reírse de ellos. ¿Cómo podía nadie reírse? «Carecía de valor el estilo, y de
ingenio el plan, aquí y allí, sin concierto, los derruidos cimientos van...»
Recogió
el dinero que Tina había encontrado, lo contó y volvió a metérselo en el
bolsillo.
Tina
se estaba escondiendo, sólo se estaba escondiendo. Se en¬contraba en el
escritorio o entre el montón de material de embalaje y las tablas, o bien, lo
cual era casi imposible, había salido de la caja sin ser vista y se ocultaba en
alguna parte del apartamento. Si se iba a la cama, tal vez ella...
No.
Tina podía haberse escondido un ratito para hacerle una broma, pero no tanto
tiempo; no habría querido preocuparlo de esa manera. Algo le había ocurrido.
No
podía encontrarse en uno de los cajones porque todos ellos seguían pegados con
cinta adhesiva. De todos modos arrancó las tiras de cinta y miró en todos
ellos. Los habría sacado del escritorio de haber podido, pero al parecer, antes
de colocar la parte poste¬rior, los habían fijado con unos topes.
De
todas maneras, Tina no se había metido ahí dentro. Se com¬portaba como el
hombre del chiste que buscaba la billetera debajo de la farola porque ahí había
más luz. Tina había levantado la cinta adhesiva que fijaba en su sitio el panel
de escritura para meterse detrás. ¿No sería posible que uno de los casilleros
tuviera un falso fondo? Eran todos profundos, parecían tener todos la misma
pro¬fundidad, pero los revisó uno a uno con una regla. Comprobó,
efectivamente,
que tenían la misma profundidad, unos dos centíme¬tros menos que el ancho de la
encimera del escritorio. Entre la fila inferior de casilleros y la encimera del
escritorio no había nada.
Mejor
dicho, no había nada más que un panel liso de madera casi negra de unos siete
centímetros de alto. Intentó agarrarlo y extraerlo, pero el borde estaba
cubierto: la encimera, por la parte inferior de los casilleros, los extremos
por los laterales del escrito¬rio, y la parte inferior por la porción fija del
panel de escritura.
Levantó
la lámpara y la acercó al escritorio para examinar la madera. ¿Cómo habría
podido Tina divisado algo, debajo de la lá¬mina de grueso cartón, cuando él no
alcanzaba a ver nada bajo la luz brillante? Lo único que Tina había podido
hacer era palpar la madera; en la profunda oscuridad reinante detrás del panel
de escritura era imposible que lo hubiera visto. Volvió a dejar la lám¬para en
su sitio, cerró los ojos y palpó el panel con los dedos. No sintió nada.
Tina
tenía los dedos mucho más pequeños que los suyos, apenas más gruesos que
alfileres. Recuperó el cuchillo y pasó la punta por la superficie del panel
procurando no rayarlo, o más bien, de no añadirle más arañazos de los que le
habían dejado dos siglos de uso, especialmente, y por algún motivo desconocido,
en su extremo iz¬quierdo.
Cuando
la punta del cuchillo llegó a ese extremo, se metió en la hendidura que había
entre el panel y el lateral del escritorio. Empu¬jó con suavidad y notó más que
oyó el clic cuando el panel se movió un centímetro en dirección a él.
31
Almuerzo con Lora
Cuando
la camarera se hubo marchado, sacó a Tina y la colocó sobre el mantel a
cuadros.
— ¿Una muñeca? —Lora Masterman dejó de juguetear
con lasilla y sacó de su bolso unas gafas de montura dorada para examinara
Tina.
—La
compré porque me recordaba a ti —le dijo. —Muy amable de tu parte.
— Sabe andar y hablar, e incluso discurrir un
poco cuando traba¬ja. Pero no sabe leer ni hacer números. No está programada
para eso, y dudo que tenga capacidad suficiente. Si le preguntas cuánto es uno
más uno, te dice que es dos o tres. Cuando le preguntas cuánto es cuatro más
cuatro, te contesta que un montón. —Se apre¬suró a aclarar—: No quiero decir
que piense que tú seas así.
Sin
dejar de sonreír, Lora le contestó:
—Estoy
segura de que la doctora Nilson a veces cree que soy así.
— Quiero hablarte de Tina y de mi escritorio.
¿Te parece bien?¿Te gustan las antigüedades?
—Sí,
pero no sé mucho del tema.
—Yo
sí —le dijo—. Hasta el más tonto sabe algo de algunas cosas. ¿Te habías fijado?
En mi caso, sé sobre antigüedades y orde¬nadores personales. Cuando vivimos
juntos, sólo conocía de orde¬nadores personales, pero ahora también entiendo de
antigüedades. Los ordenadores están bien, pero las antigüedades son mejores
por¬que hay más para aprender.
—Sólo
duró un par de días —aclaró Lora con voz suave.
—Ya
lo sé, pero yo quería que durara eternamente. No era lo bastante listo ni
apuesto, y no ganaba suficiente dinero. Lo entien¬do. No te culpo.
—En
realidad no fue por ninguna de esas cosas. —Lora se quitó las gafas y volvió a
guardarlas en el bolso—. Yo no era buena para ti. Eras uno de los pacientes de
la doctora Nilson, yo trabajaba para ella y te estaba haciendo daño. Al cabo de
unos días no pude sopor-tarlo.
La
camarera les llevó agua helada, una cesta con mantequilla y una pequeña hogaza
de pan italiano tibio, y el vino.
—
¿Cómo me hacías daño? —le preguntó.
—Empezaste
a bloquearte. Te olvidabas, me refiero a nivel consciente, de que eras un
paciente y eso era muy grave. Llegaste incluso a olvidar que nos habíamos
conocido en la consulta de la doctora Nilson. Decías que nos habíamos conocido
en el parque, porque acostumbrábamos a pasearnos a la hora del almuerzo. Y
ahora... —A medida que hablaba, la voz de Lora se había ido apa¬gando hasta que
dio la impresión de que iba a echarse a llorar—. Me temo que estás volviendo a
lo mismo. Estás construyendo un sistema de delirios en cuyo interior estoy yo.
—No
sería capaz —le dijo—. Eres demasiado grande. Me sería imposible envolverte en
mi mente.
—Ya
lo has hecho una vez.
Sacudió
la cabeza.
—Eras
real, tan real como ahora. Cambiaste tu aspecto, lo cam¬biaste sólo un poco y
decías que te llamabas Lara Morgan. Dejaste que te abordara en el parque. Pero
en una cosa dices la verdad: yo no quería reconocer que estaba yendo al
psiquiatra, ni siquiera que¬ría reconocerlo para mí mismo. Y una persona así no
era lo bastante buena para ti, lo sabía.
»De
todos modos, el lugar al que fui cuando traspuse la puerta era real. Allí
conocí gente real, comí comida de verdad y me com¬pré esta muñeca. Incluso
conocí a un hombre de nuestro mundo, un hombre que trabajaba para Nixon.
Lora
tendió la mano para tocar a Tina pero él se la apartó.
—Crees
que voy a romperla —le dijo Lora; era una afirmación, no una pregunta.
Asintió.
— Si anduvieras calle abajo hasta llegar a una
juguetería, proba¬blemente podrías comprar una muñeca...
Mamá
Capini se detuvo ante la mesa de ellos con una sonrisa.
— ¿Os habéis vuelto a arreglar? Me alegro.
— El que se ha arreglado soy yo —le dijo—. Ahora
trato de que Lara se arregle conmigo.
— ¿Las chicas ya os han tomado nota? Él sacudió
la cabeza.
—Pedios
las almejas. Hoy están buenas. —De acuerdo —le dijo. —Os mandaré a la chica.
Mamá Capini se alejó.
— Se acordaba de mí. Después de tantos años
—dijo Lora.—No estás tan cambiada. Además, ¿quién podría olvidarte? No
compré
a Tina porque pensara que me iba a olvidar de ti. Sabía que siempre te
recordaría, que cuanto viera me haría acordar de ti. Compré a Tina porque
quería poseer una parte pequeña de ti. Si no puedes tener a alguien, te
conformas con su foto y tú serviste de modelo para Tina. Tenías que ser tú.
Lora
iba a protestar, pero él la interrumpió con un gesto.
—De
acuerdo, da la casualidad de que Tina es idéntica a ti. No discutamos por eso.
De todos modos, una dama a la que considera¬ba una zorra me envió el escritorio
porque sabía cuánto lo deseaba. En el fondo, resultó ser una santa.
—Algunas
veces resulta ser justamente lo contrario —le hizo notar Lora.
Volvió
a asentir y repuso:
—Te
refieres a que creo que eres un ángel pero que en realidad podrías ser un
demonio, un ángel caído. Da igual; te seguiría hasta el mismísimo infierno si
fueras hacia allí.
Hizo
una pausa para pensar, pero Lora no dijo palabra.
—Tenemos
uno de esos tapices Victorianos. En él aparecen un caballero y una dama y el
fondo que hay detrás del caballero es corriente. Un montón de hierba y árboles.
Pero el fondo que hay detrás de la dama es de lo más extraño. Ilustra un poema,
La belle dame sans merci, de John Keats. También ésa eras tú, ¿no? No reparé en
ello hasta ahora mismo, porque la dama no se parece mucho a ti. Dudo que Keats
te hubiera visto de verdad, probable¬mente haya echado mano de alguna vieja
leyenda, pero quizá te vio.
—Esto
es mejor que la muñeca parlante —dijo Lora con una sonrisa—. Siempre quise
aparecer en un tapiz.
—Pásate
por la tienda y te lo enseñaré. En fin, que el escritorio venía en una caja de
madera. Supongo que la mujer mandó llamar una empresa de mudanzas para que se
lo embalara, porque tenía todo el aspecto de haber sido embalado por
profesionales.
Lora
asintió.
—No
sabía lo que había dentro y me costó trabajo abrir la caja, de modo que cuando
pude quitar la primera tabla, mandé a Tina que se metiera a investigar.
—O
sea que te crees todo esto, ¿verdad? —Lora sacudió impa¬ciente la cabeza y con
el movimiento echó hacia atrás su brillante cabello castaño—. Crees de verdad
que la muñeca puede andar y hablar.
—Bueno,
no era tan lejos después de todo —le dijo —. Al princi¬pio creía que era yo,
que era como magia. La asombrosa Tina, así fue como se bautizó ella misma. Pero
los de Heathkit te venden un robot pequeño que tú misma puedes montar y la
Fuerza Aérea tiene aviones que vuelan, combaten, regresan a la base y
aterrizan, todo con el piloto muerto. Yo no pude construirla, y no sé quién
pudo haberlo hecho. Pero aquí podríamos lograrlo si nos lo propusiéramos.
Tina
estaba boca abajo sobre el lado de la mesa que ocupaba él, casi debajo de sus
antebrazos. Él había cogido el salero y juguetea¬ba con él mientras hablaba,
pasándolo de una mano a la otra.
La
camarera les llevó las almejas.
—Tina
no salió. Abrí la caja y la busqué por todos los rincones. Pero no pude
encontrarla. Al final descubrí que el escritorio tenía un compartimiento
secreto. Dudo que la señora que me lo regaló lo supiera. Lo abrí y encontré a
Tina dentro. Ya no andaba ni hablaba, estaba como la ves aquí —le explicó
señalando la muñeca.
Lora
masticaba un bocado de pasta con almejas. Asintió, escéptica.
—Debí
haberte comentado antes que Tina era así cuando la compré. El dependiente me
explicó cómo hacerla funcionar, pero no le presté demasiada atención. —Hizo una
pausa y agregó—: Mira que pasarme esto a mí, que lo he visto mil veces cuando
vendía ordenadores personales y periféricos. Le explicaba algo a un clien¬te, y
al día siguiente venía a la tienda a preguntarme. En fin, que me pregunté qué
le habría pasado a Tina, pero al cabo de un rato lo
deduje.
Cuando tienes un juguete mecánico no lo dejas funcionando continuamente; lo
apagas cuando el niño no juega con él. Si es un juguete de cuerda, no hace
falta, porque se le acaba la cuerda. No te diré cómo puse en marcha a Tina la
primera vez, pero lo hice acci-dentalmente.
Lora
se limpió la boca con la servilleta.
—O
sea que no pudiste volver a ponerla en marcha.
Negó
con la cabeza y repuso:
—Efectivamente.
Estoy sumamente contento porque te he en¬contrado y vas a llevarme de vuelta.
—No
sé a qué te refieres. Puede que vuelva a salir contigo, pero puede que no.
—Tina
me explicó cómo le gustaba el té y le preparé un poco; pero sólo me lo dijo una
vez y al cabo de un tiempo se me olvidó. Cuando la encontré ahí tirada, lo
comprendí. Se lo explica al niño una vez, y si el niño está realmente
interesado, la mantiene en mar¬cha. Pero si no lo está, no lo hace más y
entonces, ella se guarda para que la madre del niño no tenga que andar
recogiéndola. Y así, al cabo de un tiempo se le acaba la energía o tal vez se
apague sola. De ese modo no se rompe ni se gasta. La verdad es que Tina ya no
me interesaba tanto; me interesaban más la caja y tú.
Bebió
un sorbo de vino.
—Esperas
que me crea todo esto —le dijo Lora.
— Sé
que me crees, lo sabes todo sobre estos juguetes. Creo que probablemente sepas
mucho más que yo. Lo que espero es que lo reconozcas cuando veas que no tiene
sentido que sigas como ahora. —Dejó la copa de vino y volvió a coger el salero
— . En fin, que eso es lo que hizo. Cada vez que yo no estaba, ella se
guardaba. Y al sitio que le gustaba ese día, lo llamaba su fuerte secreto. Esta
vez se metió en el compartimiento secreto del escritorio.
Desenroscó
la tapa del salero, echó sal en el agua y la revolvió con la cuchara. Cuando la
sal se hubo disuelto, remojó los dedos en la fría solución salina y roció a
Tina.
—Cuando
funcionan, puede bebería —le explicó a Lora—. Té o agua con sal, supongo.
Cuando están apagadas, tienes que hacer esto. Es un electrolito. No te molestes
en hacerte la sorprendida.
Una
gota cayó sobre la cara de Tina y la muñeca se sentó.
—Hola.
Soy Tina. —Sus enormes ojos castaños parpadearon lentamente antes de posarse en
Lora.
—Hóla,
Tina —dijo Lora con voz tensa.
—Soy
tuya —le anunció Tina—. Soy tu muñeca y sé hablar.
Lora
negó con la cabeza y le contestó:
—Me
temo que no, Tina. Te has equivocado de dueña. Pertene¬ces a ese señor que está
detrás de ti.
—Hola,
Tina. ¿Te acuerdas de mí? —le preguntó.
—Un
poco.
—Jugábamos
en mi apartamento. Me ayudaste a buscar un montón de cosas y yo te leía
cuentos. Te compré unos bonitos vesti¬dos y un juego de té pequeñito.
Tina
asintió.
—Si
quieres que tomemos el té, te puedo ayudar a poner la mesa.
—Sí
—le contestó — , cuando volvamos a casa. —Dirigiéndose a Lora, añadió—: ¿Seguro
que no la quieres para Missy?
Lora
sacudió la cabeza.
—Sé
que tienes buenas intenciones y he de reconocer que tenías razón y que yo
estaba equivocada. Decías la verdad, pero para mi gusto, y para el de Missy,
esto se parece demasiado al vudú o algo así.
—De
acuerdo, olvidémonos de Tina por un instante. Cuando te fuiste me dejaste una
nota, ¿lo recuerdas? Si no eres más que lo que dices, una divorciada con una
hija pequeña, ¿por qué me comentas¬te lo de las puertas?
— ¿Qué puertas? —inquirió ella, intrigada.
Sacó
la nota de la billetera, la desplegó, la alisó y la puso sobre la mesa. Una
gota de agua salada, como una lágrima, humedeció una esquina. Cuando levantó la
vista para mirar a Lora, Tina soltó una risita.
— ¿Queréis explicarme dónde está la gracia?
—inquirió Lora. Le echó un vistazo a la nota cuando él la abría y luego no
volvió
a
mirarla.
—En
tu cara —le dijo—. Hasta ahora controlabas a la perfec¬ción el gesto.
Lora
se levantó al tiempo que se rozaba los labios con la servi¬lleta.
—Si
no te gusta mi cara...
—Suponte
que llamara a Canal Nueve —le dijo—. Suponte que les enseñara esta nota, y que
luego les mostrara a Tina. Creo que a
los
del telediario les encantaría Tina. No podrías volver aquí por mucho, mucho
tiempo.
— ¡No te vayas! —añadió Tina.
Un
comensal gordo, sentado a la mesa contigua, le echó una mirada y apartó
rápidamente la vista con la expresión horrorizada pero decidida del ateo que
acaba de ver un espíritu.
—Es
una locura —dijo Lora—. Debí saber que lo sería, de ma¬nera que yo tengo la
culpa. Gracias por el almuerzo.
—También
tengo una imagen tuya —le dijo. Al ver que ella no le contestaba, agregó — :
Siéntate.
Con
los brazos tendidos, suplicando que la cogieran, Tina chilló:
— ¡Qué guapa eres!
Lora
se sentó. En esta ocasión no jugueteó con la silla y sacó pecho.
—Nunca
te dejé que me fotografiaras.
—No
te fotografié. —Hizo una pausa para meditar sobre lo que iba a decir—. Dios los
cría y ellos se juntan, ¿no es así? Las cosas de tu mundo y las del mío se
juntan con las de su clase. Cuando era pequeño, mi madre me daba corn flakes
para desayunar y nunca pude averiguar por qué cuando ponía un copo en el centro
del tazón acababa flotando hacia el costado. Sigo sin saberlo, pero no creo que
sea magia, como tampoco creo que esto lo sea. Probablemente se trate de alguna
ley de la naturaleza, como la de la gravedad. ¿Qué pasa cuando algo pertenece a
los dos lugares? —Esperó una respuesta.
—Llamemos
mar a mi mundo —dijo Lara con voz repentina¬mente nueva; el cambio fue ínfimo
pero ampliamente significativo; acababa de abandonar un juego que ya no la
divertía—. Y el tuyo es la tierra.
Debajo
del maquillaje se le veían las pecas y le brillaban los ojos verdes.
32
Almuerzo con Lara
Suspiró
aliviado, sin darse cuenta de que había estado conte¬niendo el aliento.
—De
acuerdo.
—Las
cosas pesadas pertenecen al mar. Podrás llegar a sacar¬las... —Lara bajó la
vista y miró a Tina—. Pero si alguna vez vuel¬ven a acercarse al mar, acabarán
cayendo en él. Y cuando caen en él, se hunden.
Asintió
para indicarle que entendía.
—Las
cosas más ligeras pertenecen a la tierra. Si por casualidad caen al mar,
flotan. Y con el tiempo, la marea acaba por lanzarlas a la orilla. Me
preguntabas por las cosas que en parte pertenecen a los dos lugares.
-Sí.
—Piensa
en una viga, resto de un naufragio. Es madera, y la madera flota; pero lleva
varios clavos grandes. Los clavos son de hierro, y el hierro se hunde. Si la
viga flota, lo hará prácticamente sumergida. Si la madera se hincha de agua,
aunque sea un poco, la viga se hunde; pero pasará mucho tiempo antes de que
acabe preci¬pitándose al fondo del mar. La arena tardará años en sepultarla,
porque pasarán años en que la viga se moverá con la marea y así se quitará de
encima la arena. Cuando se produce una tempestad, las corrientes rastrean el
fondo, entonces es posible que la viga acabe en la orilla.
Se
produjo un repentino silencio. Finalmente, Tina preguntó:
— ¿De verdad hay tempestades como esa? Lara
asintió y repuso:
—Yo
soy la tempestad. —Volviéndose hacia él, le dijo—: Y ahora enséñame esa imagen,
por favor, y dime cómo la conseguiste.
—Está
bien.
Sacó
un relicario de oro deslustrado del bolsillo izquierdo de la chaqueta y lo
abrió de golpe. Lara se inclinó hacia adelante para verlo, pero él no se lo
permitió por un momento pues se dedicó a analizarlo primero. En tonos que el
tiempo había suavizado más que desteñido, la antigua miniatura le mostraba a
Lara de perfil, con una media sonrisa, el cuello adornado con delicada puntilla
fla¬menca y pendientes de jade verde hierba en las orejas.
— ¿Si te digo que te quiero me lo darás? —le
preguntó Lara.—Te quiero —le dijo — . ¿No me dejarás conservarlo?
Con
la mano cálida de finos dedos, volvió la mano de él hasta alcanzar a ver la
miniatura y luego asintió.
—Lleva
tu nombre grabado en la tapa, bueno, uno de tus nom¬bres. Leucothea Fitzhugh
Hurst.
Lara
volvió a asentir.
— ¿De dónde lo has sacado?
—Estaba
en el compartimiento secreto con Tina. El viejo capitán de marina debió de
mandar construir el compartimiento para ocultar sus objetos de valor, y allí
guardaba este relicario. Supongo que estaba ahí metido al morir el capitán y
que nadie más que él lo sabía.
—Y
quieres conservarlo porque crees que es un retrato mío.
—Sé
que es un retrato tuyo.
—Y
de Tina. —Lara le echó una mirada a la muñeca; era la diosa que analiza un
juguete—. Tina también soy yo.
— ¡De eso nada! —exclamó Tina.
—Y
Marcella, la estrella de cine. Prácticamente me lo comen¬taste tú misma por
teléfono cuando estuve en el hospital. Te gusta tener nombres que empiezan con
L, aunque no siempre los uses.
—Lara
es relativamente nuevo —reconoció ella.
—Entonces
no sabía que es el que utilizas para llevar tu abrigo a la cámara frigorífica
cuando vienes aquí, Lara Morgan. Lo averigüé después, cuando volví.
—Muy
astuto de tu parte —le dijo con una sonrisa.
—Gracias.
Allí intenté buscar trabajo, pero no me querían.
—De
haber sido Lora Masterman, no te habría hecho feliz, por-
que
Lora Masterman era la recepcionista de tu psiquiatra; así que para ti fui Lara
Morgan.
—Aja.
Tal vez puedas explicarme algo que me intriga.
— ¿Mi nombre verdadero? No. Sacudió la cabeza y
le preguntó:
—Para
empezar, ¿qué tenía cuando fui a ver a la doctora Nilson? Ahora eres tú, pero
entonces ¿qué era?
— ¿No te encuentras bien? —inquirió Tina.
— Sí, Tina, me encuentro bien. Estupendamente
—le contestó.
—En
general, depresión. Existe un cierto tipo de hombre solita¬rio que rechaza el
amor porque cree que quien se lo ofrezca no será una persona digna. Tú eras uno
de esos hombres solitarios, se lo reconocieras o no a la doctora Nilson.
— «No pertenecería a ningún club que me aceptara
a mí como socio.» Lo dijo Groucho Marx. Voy mucho a los reestrenos. —Se encogió
de hombros como para disculparse.
—Lo
expresó muy bien. Fuiste hijo único y tus padres se se¬pararon cuando eras
niño. Tu madre fue tu mejor amiga, en reali¬dad, tu única amiga. Al morir tu
madre, lograste seguir adelante más o menos un año. Pero algunas veces te
negabas a hablar con los clientes y bebías demasiado. La tienda para la que
trabajas te man¬dó a ver a la doctora Nilson.
—Me
tenías lástima.
—No
sólo a ti, sino a todos —le aclaró—. Todavía me dais lásti¬ma. Eras...,
parecías el más apropiado.
—Pero
no me querías.
— Sí que te quería. —Hizo una pausa para que
reparara bien en lo que se disponía a decirle -: También quise al capitán
Hurst.
Se
había olvidado del relicario; lo vio sobre la mesa, entre los platos sucios
como si fuera la primera vez que lo contemplara.
— ¿De veras lo quieres? —le preguntó.
—No.
Lo quería para tener un recuerdo de él, pero era una tontería y un egoísmo de
mi parte. No podría recordar a Billy guar¬dando un retrato mío, al menos no por
mucho tiempo, y creo que tú lo necesitas mucho más que yo.
— ¿Se llamaba Billy? —Estaba asombrado.
—En
realidad, se llamaba William —repuso con una sonrisa—. Todo el mundo le decía
Billy, aunque siempre a sus espaldas, Billy Hurst Dispara.
Durante
todo el rato tuvo las manos metidas en el bolso que reposaba sobre su regazo;
aparecieron por encima del borde de la mesa aferrando un pañuelo de negros
ribetes.
— Ojalá pudiera llorar por él —le dijo—. Se lo
merecía. Era valiente y gentil incluso cuando no estaba sobrio. Pero no puedo,
no puedo. Hacía años que no pensaba en Billy.
Cerró
de golpe el relicario y volvió a metérselo en el bolsillo. Lara le rozó los
dedos con los suyos y luego retiró la mano.
— ¿Podrías hacerme un gran favor?—Lo que me
pidas.
— ¿Tienes el viejo escritorio de Billy? ¿Es
tuyo? Asintió .
—Supongo
que era de él.
—Entonces
guardarás cosas, papeles y así. Quiero que guardes ese relicario donde él lo
ponía. ¿Harás eso por mí?
Volvió
a asentir y le dijo:
—Si
me cuentas cómo fue que te casaste con él.
—No
hay mucho que contar. Nos conocimos en cubierta; él era el capitán y yo una
pasajera. Si hubiéramos hecho lo que hicimos tú y yo, al cabo de una hora
habríamos sido la comidilla del castillo de proa. Billy habría sido capaz,
estaba loco por mí, pero después las cosas se nos habrían puesto muy difíciles.
A bordo iba un pastor y le pedimos que nos casara. Fue un acontecimiento
social, como siem¬pre ocurre en las bodas a bordo de un barco; el segundo
oficial hizo de padrino de Billy y más de la mitad de las mujeres me sirvieron
de ayudantes. Además aprovechamos la ocasión para celebrar el haber dado la
vuelta al Cabo.
—Ya.
¿Y uno de los pasajeros pintó el retrato del relicario?
Lara
negó con la cabeza.
—Me
lo hizo la mujer del gobernador británico de Bombay cuando atracamos. Era
aficionada, pero pintaba muy bien.
— ¿Cuánto viviste con él?
—Hasta
que volvió a hacerse a la mar. Me había puesto enferma y tuve que quedarme en
tierra.
— Supongo que no estarías allí cuando volvió a
buscarte. Tina, será mejor que te guarde. Hay demasiadas personas que te están
admirando.
Cogió
la muñeca y volvió a ponerla en el bolsillo de la pechera de su chaqueta.
—No
—repuso Lara—. ¿Qué quieres de mí? ¿Que te quiera? Pero si ya te quiero, en la
medida en que soy capaz de querer; de no haberte querido, me habría quedado
contigo mucho más. ¿Quieres que me quede contigo el resto de tu vida? No puedo.
—He
pensado por qué nos elegiste al capitán y a mí; fue porque no iban a creernos.
Si llegábamos a trasponer una puerta para vol¬ver después a contarlo todo,
nadie nos habría hecho caso. Nadie se cree las historias de un marino, y por lo
que me has contado, Hurst bebía y montaba grescas. Yo estoy en tratamiento
psiquiátrico y por eso conseguiste ese trabajo, y por eso regresaste a tu
mundo. ¿Qué es lo que quieres de nosotros?
—Vuestro
amor. Quiero ser amada por un hombre que no se muera por haberme hecho el amor.
¿Tan tremendo es?
Negó
con la cabeza. Al cabo de un momento le dijo:
—Creo
que te gusta Billy..., me refiero al nombre. En cierta ocasión, otro Billy me
comentó que una vez tuviste un amante lla¬mado Attis. Cuando regresé vi un
programa de televisión sobre la gente de la biblioteca que te busca cosas.
Hablé con una mujer y entonces me contó lo de Attis, le pedí libros sobre
antigüedades. Me los he leído todos, algunos hasta tres o cuatro veces. Así que
estoy en deuda contigo.
Lara
hizo un ademán para indicarle que no tenía importancia.
—En
fin, que ese Attis se cortó..., se cortó por ti, porque era lo que tú querías.
—No
—dijo Lara.
—Está
bien, porque pensó que era lo que tú querías.
— ¡Yo no quería que muriera!—De acuerdo —dijo en
voz baja.
— ¿Qué es lo que quieres de mí? Ya te he dicho
lo que no puedes tener y también que ya tienes mi amor. Te quiero todo lo que
pue¬do, todo lo que soy capaz. Tanto como esa anciana de aquella mesa podría
querer a un perrito. ¿Qué más?
Sabía
que trataba de insultarlo, pero no se sintió insultado, sino más feliz que
nunca.
—Quiero
lo que quiere ese perrito —le dijo—. Quiero seguirte cuando pueda, quiero
ayudarte cuando pueda serte de ayuda y quiero oír tu voz.
Lara
tamborileó con los dedos sobre la mesa.
Esperó
en paciente silencio y por fin ella le dijo:
—Haremos
una prueba como se hacía hace mucho tiempo. Cogió la copa de vino y se la
ofreció aferrándola por el borde entre el pulgar y el índice.
— Sujeta el pie con la mano izquierda. La
obedeció.
—Ahora
quita un trozo de costra de ese pan. Que no sea peque¬ño, sino del tamaño de un
cuscurro. No la aplastes.
Arrancó
un trozo de pan de la hogaza que había en la cesta, junto al cenicero.
—Échala
en el vino. Si se hunde, podrás seguirme cuanto quie¬ras. Pero si flota...
— Si flota —le dijo — , moriré.
—.Vas
a morirte de todos modos.
Por
un momento dio la impresión de que el trocito de pan na¬daba sobre el vino. Lar
a murmuró algo —una plegaria, tal vez, o una maldición— que no logró entender.
Rojo como la sangre, el vino fue subiendo por los bordes blancos como la nieve
del pan hasta que éste se hundió como una piedra.
—Sea,
pues —siseó Lara.
Soltó
la copa y él estuvo a punto de dejarla caer.
No
entendió y jamás entendería cómo logró ella recuperar su abrigo sin haberse
acercado siquiera a la percha de la que colgaba. Él bajó el suyo a toda prisa y
salió corriendo tras ella haciendo caso omiso del grito enfadado de uno de los
hijos de Mamá Capini.
33
Al boxeo
Al
principio parecía como si hubiera desaparecido entre la mul¬titud de
oficinistas; luego entrevió su cabeza brillante, el cabello otra vez cobrizo
tal como él lo recordaba bajo la luz horizontal del sol poniente. Se apresuró a
ir tras ella, la perdió de vista, la encon¬tró y volvió a perderla de vista
aunque siguió adelante. Las farolas comenzaban a encenderse, barrio por barrio,
en toda la ciudad.
Las
farolas... Sin embargo era el almuerzo, sin lugar a dudas era el almuerzo lo
que acababa de compartir con Lara. Pasó delan¬te de una iglesia en la que se
celebraba un oficio religioso; le llegaban las vibraciones del órgano y el
canto de muchas voces. Las luces interiores hacían que las vidrieras reluciesen
como gemas. Una de ellas mostraba a Lara con una lanza en una mano y un espejo
en la otra. Se detuvo un instante a mirar y luego siguió andando presuroso.
Alguien
lo agarró del hombro:
—
¿Dónde diablos has estado?
Se
volvió y vio a North en el preciso instante en que le asestaba un puñetazo en
el riñon derecho. Boqueó de dolor y se dobló, pero el gentío que había en la
acera gritaba y empujaba por alcanzar tres taquillas de manera que nadie
pareció notarlo, aunque quizá quie¬nes los habían visto hicieron la vista
gorda.
—Esa
fue por abandonarme —le dijo North.
Lo
agarró de la corbata como si fuera una trailla y lo sacó del gentío hasta
conducirlo a un estrecho callejón. Una vez allí, logró liberar su corbata e
intentó golpear a North en la cara con todas sus fuerzas. North esquivó el
golpe, se produjo un rojo fogonazo de dolor y él se encontró sentado en los
sucios ladrillos agarrándose el estómago y con náuseas.
—Y
van dos —le dijo North—. ¡Levántate!
La
voz lejana de Tina, amortiguada por su chaqueta, le pre¬guntó:
— ¿Te encuentras mal?
Sonrió
y, repentinamente contento de que los dos golpes hubie¬ran sido demasiado bajos
como para dañarla, repuso: -Sí.
— ¿Por qué diablos sonríes?
—Sigo
vivo. —Se incorporó con dificultad—. ¿No te parece bas¬tante?
— Para ti será —le contestó North.
Se
abrió una puerta dejando caer un haz de intensa luz amari¬llenta sobre el
oscuro callejón.
—Vamos
—le ordenó North, y empezó a bajar un tramo empi¬nado de escalones de cemento.
— ¿Adonde vamos? —le preguntó.
Le
costaba un gran esfuerzo hablar, pero al menos así se olvida¬ba del dolor.
—A
montar un espectáculo —contestó North con una risita aho¬gada— . Igual que
hicimos la otra vez.
Los
escalones conducían a un ancho pasillo de cemento que olía a sudor. Un hombre
de mediana edad, vestido con camiseta y pan¬talones caqui, pasó a toda prisa al
lado de ellos llevando una pila de toallas limpias y un cubo de agua.
—Tenemos
mucho tiempo —dijo North—. Las preliminares no han empezado. Le habrán dado una
de las salas grandes cerca de los ascensores.
El
pasillo giraba y volvía a girar y se hacía cada vez más ancho y más iluminado.
En un extremo se amontonaban unas jóvenes de labios apretados armadas de
libretas y unos hombres ociosos que portaban unas cámaras. North los apartó de
un empellón, aparente-mente sin percatarse de sus protestas y amenazas.
— ¡Vamos! —le espetó North—. ¡Sigúeme!
Lo
siguió lo más de cerca que pudo. Se detuvieron ante una ancha puerta metálica
pintada de verde oscuro. Pegado con cinta
adhesiva
en la puerta, a la altura de los ojos, aparecía un enorme cartel de cartón
escrito con tinta china: JOE JOSEPH.
North
llamó con tanto ímpetu que dio la impresión de que sólo con sus golpes iba a
abrir la puerta verde, arrancándola de sus goz¬nes. Pero la abrió un hombre
calvo lanzando un juramento. North entró a grandes zancadas, dejando que el
calvo apartara a los tipos de las cámaras y a las apasionadas jóvenes de las
libretas. Antes de que el calvo cerrara la puerta, el destello de un flash
llenó toda la habitación desnuda como un silencioso relámpago.
Hasta
que no se encontró casi en el centro de la habitación no se dio cuenta de que
el calvo que les había abierto la puerta era Eddie Walsh. Joe, el boxeador
profesional de Eddie, estaba sentado en una camilla de masajes; vestía
pantalones cortos de boxeo blanquia¬zules, una bata de satén azul y zapatillas
de deporte; se le veía gran¬de como un armario.
W.F.,
que en ese momento vendaba una de las manazas de Joe, apartó la vista de su
trabajo y le sonrió. Intentó devolverle la sonri¬sa, pero de inmediato se
mordió el labio tratando de acordarse del nombre de la rubia de cara seria que
lucía un vestido rojo. Tenía que ser Jennifer, claro, a la que nunca había
conocido. Jennifer, la mujer de Joe.
North
hablaba con Joe en voz bajita, vital, dando la impresión de que ahí dentro
ellos dos eran los únicos importantes, las únicas dos personas que importaban
algo.
—Te
presento a tu nuevo entrenador —le dijo—. Esta noche estaré en el rincón con
Walsh, y créeme, mi presencia te va a traer buena suerte..., la pelea más
importante de toda tu carrera. ¿Sabes quién soy?
Joe
no le contestó y siguió impertérrito. La manaza que le tendía a W.F. no se
movió ni tembló; los ojos azules, ausentes, miraban sin ver a la lejanía. Si el
boxeador pensaba en algo, debía de tratarse de algo completamente independiente
de los acontecimientos que se desarrollaban en la habitación. Un santo
contemplando a Dios o un glotón contemplando una cena podían haber tenido la
misma expre¬sión abierta y vacía.
—Tenemos
ahí a un par de decenas de hombres —le comentó North—. No es porque necesitemos
tantos, sino porque quiero que te vean en persona. Te estarán observando antes
de que subas al cuadrilátero, y te verán pelear y seguirán viéndote cuando
bajes del
cuadrilátero,
para memorizar tu cara y tu forma de moverte. Hay cuatro hombres en dos coches
que vigilan el tuyo, por si se te ocurre ser tan imbécil como para querer
utilizarlo. Es posible que llegues a casa a salvo, si tienes la puta suerte. Es
posible. O me sigues el juego, o mañana a la noche, a esta misma hora, estarás
muerto. Y ella también.
North
señaló a Jennifer con un movimiento de la cabeza y añadió:
—Y
tal vez también estos dos don nadie que te han estado lle¬vando, si se
entrometen. Pero a ti, seguro que te matamos. A ti y a tu mujer, de eso puedes
estar seguro.
La
voz de Joe resonó lenta y cavernosa tal como la recordaba:
—Quieres
que pierda la pelea.
—Joder,
no —dijo North—. Pelea todo lo que quieras. Me da igual que ganes o pierdas.
Pero yo voy a ser uno de tus entrena¬dores.
—Y
una mierda —le dijo Walsh.
Llamaron
a la puerta, un golpecito casi imperceptible. Walsh se apresuró a abrir y entró
Lara.
34
Preliminares
Walsh
carraspeó un tanto incómodo.
—Laura,
éste es North, el tipo del que te hablé. Mi abogada, la señorita Nomos. Este
otro tipo es...
Lara
asintió gélidamente.
—El
señor Green, ya nos conocemos.
North
asintió a su vez.
—Esto
no es asunto de abogados. No sabía que le gustara el boxeo, señorita Nomos.
—Hay
muchas cosas que no sabe, señor North.
North
se volvió hacia él y le dijo:
—Así
que... la conoces. ¿Trabajas para ella?
Asintió
y repuso:
—Haría
lo que fuera por ella.
North
echó hacia atrás la mano y la lanzó hacia adelante. Él tuvo la impresión de que
el mundo entero se movía a cámara lenta. Apretó el puño; sabía que podía
golpear a North, una decena de veces si era preciso, antes de que le llegara el
golpe.
Los
ojos de Lara lo detuvieron. Eran brillantes, de color azul verdosos, dos
aguamarinas a juego engastadas en su precioso ros¬tro, más brillantes que los
ojos en vidrios de colores de la ventana de la iglesia. Le decían que no era
momento de resistirse.
North
lo abofeteó en la mejilla con la palma abierta sacudiéndo¬le la cabeza hacia la
derecha. Notó un súbito dolor, pero no era más que eso, dolor; había millones
de personas que cada día pasaban
por
cosas peores. North le encajó un revés en la boca y le partió el labio
superior.
— ¡Ya vale! —gritó Walsh interponiéndose entre
los dos.
Él
sacó el pañuelo y se lo aplicó sobre el labio. Por encima de sus cabezas,
amortiguada por treinta centímetros de cemento y acero, la multitud rugía
bajito.
— ¿Qué es exactamente lo que quiere, señor
North? —preguntóLar a.
North
lanzó una colérica mirada al calvo.
—Walsh
ya se lo ha dicho.
—Prefiero
oírselo decir a usted.
North
se volvió hasta quedar con ella cara a cara.
—Bien
simple. Esta noche quiero estar ahí fuera, donde todo el mundo me vea. Quiero
que me asocien con una figura masculina popular, con un hombre verdaderamente
masculino. Quiero el me¬jor asiento del estadio para presenciar la pelea por el
título.
— ¿Cuál es ese asiento?
—A
Joe se le permite tener dos entrenadores en su rincón. Yo seré uno de esos
entrenadores. Lara sacudió la cabeza y repuso:
— Sería sumamente irregular. La Comisión de
Boxeo...
— ¡Me importa un carajo la Comisión de Boxeo! Ya
le he dicho lo que quiero. Y ya sabe lo que pasará si no lo consigo.
— ¿Si lo consigue, lastimará a Joe de todos
modos? —preguntó Jennifer inesperadamente.
North
sacudió la cabeza y repuso:
—No
si consigo lo que quiero.
—Entonces
explíqueme lo que hará si no consigue lo que quiere, señor North —le pidió
Lara—. También prefiero oírselo decir a usted.
—Para
empezar, le contaré a la policía lo de Walsh. Es un pa¬ciente fugado de un
psiquiátrico. Usted lo sabe y yo también. No lo han cogido porque usted es su
abogada y se supone que Klamm, el Secretario de Seguridad, es su padrastro.
—North esbozó una sonri¬sa torcida y le preguntó—: ¿Acaso cree que alguien se
ha tragado eso?
—Él
y yo nos lo tragamos —le contestó Lara—. Porque es la verdad.
—Entonces
no querrá que le hagan daño. A él o a la Presidenta;
todo
lo que pueda lastimar a Klamm va a dañarla a ella políticamen¬te. Los
periódicos no han relacionado que el calvito que se escapó del General Unido es
el representante de Joe, pero estoy seguro de que relacionarán a Walsh con
usted y a usted con Klamm. Con un poco de ayuda, es posible que relacionen a
Walsh con Green, que está más loco que una cabra.
Sacudió
la cabeza al pensar en lo cansada que estaría Lara de que la amenazaran con la
prensa. Primero había sido él, y en ese momento, North.
—Eddie,
hiciste bien en pedirme que viniera —le dijo Lara—. Se supone que debo
protegerte y él me utiliza para fastidiarte.
—No
es eso. Esperaba que encontrases una solución.
— ¿Y lo único que quiere es ser uno de los
entrenadores de Joe?—inquirió Lara volviéndose hacia North.
North
asintió.
—Pero
no tenemos ninguna seguridad de que no vaya usted a repetir esta amenaza.
—Se
la voy a dar ahora mismo —le dijo North. Sacó del bolsillo un papel doblado—.
Aquí tiene la confesión de un asesinato que le firmaré.
Parecía
como si nada hubiera podido sorprender a Lara, pero eso la sorprendió; por un
instante abrió los ojos como platos.
— ¿Puedo preguntarle a quién asesinó?
—A
un médico llamado Applewood. La policía iba a echarle el guante y el tipo
habría cantado. Era un hombre de bajo nivel, pero como era médico, sabía más de
lo que habría sabido un hombre de bajo nivel. —North sacó una pluma del
bolsillo — . Ocurrió hace cosa de cuatro meses. Puede que lo haya leído en los
diarios.
Lara
se dirigió a él y le preguntó:
—Tú
conocías al doctor Applewood.
—Lo
conocí hace años —admitió.
Walsh
miró fijamente a North y le preguntó:
— ¿De veras vas a firmar ese papel?
—Y
voy a dártelo —le contestó North—, mejor dicho, voy a dárselo a la señorita
Nomos para que te lo guarde, cuando aceptes que me haga pasar por uno de los
entrenadores de Joe. Tú serás el otro, y te encargarás de tu trabajo.
Walsh
sacudió la cabeza lentamente.
—En
otras palabras, que se fía usted de nosotros —le dijo Lara.
W.F.
había terminado de vendarle las manos a Joe. Y dijo:
—Pero
nosotros no nos fiamos de él. ¡Ni hablar!
—Es
natural —dijo North encogiéndose de hombros—. Por eso escribí esto. Debe
prometerme por su honor que no lo utilizará ni hablará de ello a menos que
vuelva a amenazar otra vez a Walsh. Sé que no faltará a esa promesa. Pero si lo
hace, tendré vía libre para contarle a los periódicos lo que acabo de decirle.
Debo añadir que algunos de mis amigos se encargarán de Joe y Jennifer por mí.
El
ruido de la multitud del estadio se había vuelto tan constante que había dejado
de notarlo. De pronto, esas mil gargantas enmu¬decieron, de modo que cuando
Lara habló, su voz sonó extraña¬mente fuerte:
—Creo
que deberíamos aceptar —dijo.
Walsh
la miró, incrédulo.
— ¿Dejar que este tipo salga ahí con Joe?
—Haré
lo que me digas —le advirtió North—. Tienes mi palabra de honor.
Walsh
sacudió la cabeza y repuso:
—No
seré yo quien te diga qué hacer. Será W.F.
— ¡Ey, un momento! —protestó W.F.
—W.F.,
no vas a perder la oportunidad de asistir al campeón por culpa mía —le dijo
Walsh.
—Espera...,
Joe te necesita. Tú sabes de estrategias y esas puñe¬ras.
El
corpulento boxeador, que aparentemente había estado escu¬chando con el mismo
interés que habría demostrado un buey, asin¬tió con ahínco.
—Eddie,
¿quieres un asiento al costado del cuadrilátero? —le preguntó Lara—. ¿Cerca del
rincón de Joe? Si quieres, te puedo conseguir uno.
—Sí
—respondió Walsh, agradecido—. Sí, claro que quiero. — Se secó el sudor que le
perlaba la frente con un pañuelo amarillo.
—A
lo mejor, cuando el señor North haya visto suficiente, po¬dríais cambiar de
lugar.
—A
lo mejor —terció North—. Pero la decisión debe ser mía, no de Walsh —aclaró con
tono triunfal.
—Se
sobreentiende. Firme el papel, pues, y el asunto queda zanjado. —Lara se volvió
hacia él y le comentó—: No pareces satis¬fecho.
— ¿No vas a leer lo que pone? —le preguntó.
— ¿Para qué iba a...?
Alguien
aporreó la puerta. Una voz gritó:
— ¡Es hora, Joe! ¿Estás listo?
Como
un león, Joe bajó de la camilla de masajes y se dirigió hacia la puerta. W.F.
lo siguió, llevando una caja rojiblanca del tamaño de una maleta pequeña.
—Eres
entrenador, ¿no? —le dijo W.F. a North—. Vete a por el cubo de agua y todas las
toallas.
—Dalo
por hecho —dijo North; firmó el papel y se lo entregó a Lar a.
Desplegó
el papel y lo miró de reojo.
— ¿Jennifer? ¿Quieres un asiento? Te lo consigo
sin problemas. La rubia sacudió la cabeza y le contestó:
—Nunca
veo las peleas. Esperaré aquí.
Lara
le hizo una seña a él y le dijo:
—Sigúeme.
Tuvo
ganas de decirle que cuando se había marchado del restau¬rante de Mamá Capini,
no le había dicho «sigúeme». W.F. le abrió la puerta a Joe; recibieron una
andanada de preguntas de los repor¬teros y la descarga incesante de luces de
los flashes de los fotógra¬fos. Walsh caminaba de puntillas y hablaba
rápidamente con Joe, con los labios tan cerca de la oreja del púgil como le era
posible. Joe golpeaba un guante contra el otro.
Iba
a ir con ellos, pero Lara lo retuvo y le explicó:
—Subirán
en el mismo ascensor. Eddie, Joe y W.F. Es su privi¬legio. North también irá
con ellos, me temo, pero es algo que no puede evitarse. Cuando lleguen al
cuadrilátero, Eddie tendrá que dejarlos. Le costará lo suyo.
Al
cabo de unos segundos, salieron a un pasillo casi vacío y Lara cerró la puerta
verde.
— ¿Adonde vamos? —le preguntó.
—A
reunimos con mi padrastro. Dos de sus guardias tendrán que cederos sus asientos
a ti y a Eddie. No les gustará nada, pero podrán quedarse de pie en el pasillo.
— ¿Puedo hacer unas cuantas preguntas?-Claro.
Lara
parecía preocupada; grande fue su sorpresa y su deleite cuando notó que lo
tomaba de la mano.
—Era
la hora del almuerzo, casi la una, cuando nos marchamos de Casa Capini.
—La
hora del almuerzo para nosotros —le aclaró—. Algunas personas estaban cenando.
No te diste cuenta.
—Mi
reloj —dijo echándole un vistazo— marca algo más de las dos. ¿Qué hora es aquí?
—Las
diez pasadas. ¿Por qué ibas a esperar que fuera la misma hora en sitios
diferentes? Si telefonearas a Londres después del al¬muerzo, ¿esperarías que te
dijeran que acababan de sentarse a to¬mar el té?
—Para
mí han pasado años. —Intentó calcularlos, pero no pudo—. ¿Cuántos han pasado
para Eddie, Joe y W.F.?
— ¿Qué importancia tiene?
Habían
llegado a los ascensores. Lara pulsó el botón con la mano con la que sujetaba
el bolso.
— ¿Cuántos? —insistió.
—Unos
cuatro meses, al menos eso dijo North.
—Eres
una diosa. —Tuvo que esforzarse para pronunciar aque¬llas palabras, pero por
fin logró decirlas—. ¿Vives eternamente?
Cuando
entraron en el ascensor, Lara se volvió para mirarlo. Por una vez no había
señales de burla en sus ojos.
—Hay
muchas eternidades —le contestó.
El
ascensor empezó a subir.
La
tomó entre sus brazos pausadamente, sin violencia, pero en¬volviéndola como una
flor envolvería a una abeja, si la abeja fuera en realizad su amante y no una
mera alcahueta. El beso de Lara, suave y cálido de sol, le punzó los labios.
Fuertemente
comprimida entre sus cuerpos, Tina chilló:
-¡Ey!
No
le hicieron caso.
Se
abrieron las puertas del ascensor.
—Soy
Laura Nomos —le dijo Lara—. Abogada e hijastra de un funcionario del gobierno.
Tú eres un conocido mío. —Bajando la voz, añadió—: No hace falta que te limpies
la boca..., las mujeres se pintan los labios para parecérseme.
No
hacía falta que le susurrara como no había hecho falta que se limpiara los
labios; Marinero Sawyer se había agarrado de las cuer¬das para subir al
cuadrilátero de un salto y la mitad del público se había puesto en pie para
aclamarlo a todo pulmón.
—Lo
aplauden ahora —murmuró Lara—. Pero dentro de unos años estará muerto, igual
que todos ellos. Déjalos que se enfrenten a la Muerte, una contrincante digna
de todas las fuerzas.
—Creí
que Joe te caía bien —le dijo mientras iban pasillo abajo.
—Me
cae bien. Es como un niño grande y serio; siempre ansioso por caer bien y hacer
lo debido. Como me cae bien Eddie, porque es capaz de reconstruir el mundo para
que se amolde a su sueño o morir. Como me cae bien W.F. porque los quiere a los
dos.
Cuando
ellos llegaron, Klamm ya había ocupado su asiento en la primera fila; a su
derecha, había un sitio libre. Lara le hizo una seña al hombre sentado en el
asiento junto al vacío, el hombre se levantó y se fue al pasillo. Ella se sentó
junto a Klamm y dio unos golpecitos al asiento vacío que tenía a su lado.
Se
sentó.
—Padre
—le dijo — , éste es mi amigo Adam K. Green. Adam, éste es Adalwolf Wilhelm
Klamm.
El
anciano se reclinó hacia ella para estrecharle la mano; tenía la mirada
atontada, como si tuviera sueño.
—Es
un gran placer, Herr K. —le dijo con un fuerte acento.
—Es
un honor, señor.
—Así
que —dijo Klamm dirigiéndose a Lara y señalando a Sawyer— ¿sigues pensando que
tu Joe lo derrotará?
Con
fingida firmeza, Lara anunció:
—Lo
sé.
—Entonces
apostemos algo. Unas entradas para ver la obra de teatro que tú elijas. O la
que yo elija. Que es como va a ser.
—Nunca
le des a un novato una oportunidad clara —dijo Lara, y se estrecharon
solemnemente la mano.
Del
cuello para abajo, Sawyer llevaba hasta el último centímetro de piel visible
cubierto de tatuajes, dibujos y banderitas con inscrip¬ciones que se
contoneaban y estiraban al mismo ritmo que sus músculos.
—
¡Ese dragón está vivo! —exclamó Tina.
Miró
hacia abajo y comprobó que había logrado trepar lo sufi¬ciente como para
asomarse por el bolsillo y espiar más allá del límite de su solapa.
—No
es más que un dibujo que alguien le hizo en la piel —le explicó.
—Soy
una muñeca, pero no soy una muñeca cualquiera.
Joe
se quitó la bata. Eddie Walsh, que ocupaba el sitio de uno de los entrenadores,
la recibió en consigna. Cuando la mujer que arbitraba estiró la mano para
alcanzar el micrófono que le bajaban desde el techo del estadio, W.F. abrió el
maletín rojiblanco sobre la lona, al costado de las cuerdas. North se colocó a
un lado; vestido con un terno se le veía fuera de sitio.
—
¿Quieres leerlo? —le susurró Lara entregándole la confesión de North.
El
que suscribe, Wm. T. North, declara que la mañana del 21 de enero mató de un
disparo al doctor Cecil L. Applewood en su con¬sulta del vestíbulo del Grand
Hotel. Declara también que actuó en defensa propia por temor a las revelaciones
que Applewood pudiera hacer a las autoridades policiales. El abajo firmante
manifiesta tam-bién que había estado vigilando a uno de sus cómplices y había
com¬probado que era seguido por un agente. El mencionado cómplice visitó a
Applewood, porque sabía que era uno de los nuestros, y el agente escuchó su
conversación. Cuando se marcharon, el que sus¬cribe entró en la consulta de
Applewood y le disparó dos veces en el pecho, porque sabía que no era el tipo
de hombre que fuera a sopor¬tar un interrogatorio prolongado. El abajo firmante
entró luego en la habitación del hotel ocupada por su cómplice con la intención
de eliminarlo cuando regresara, pero no regresó.
—El
cómplice era yo —le susurró a Lara.
—Ya
me lo imaginaba —le dijo ella.
Sonó
la campana. Joe y Sawyer abandonaron sus rincones, die¬ron vueltas en círculo y
se engancharon. Un sonido indescriptible llenó el estadio, el gañido de un
animal inmenso a punto de ser alimentado.
35
Encuentro principal
Al
final del primer asalto, tuvo la impresión de que Joe se había llevado la peor
parte a pesar de haber acertado unos cuantos golpes buenos. Joe había peleado a
la defensiva, cubriéndose, fintando y manteniendo a Sawyer a distancia. Recordó
vagamente una noche en la habitación de Walsh. Joe había dicho que su
contrincante ha¬bía sido un boxeador experto, pero «yo le llegaba mejor». O
algo por el estilo. Joe le llegaba mejor, tenía el brazo unos tres o cuatro
centímetros más largo; al menos eso le parecía. Pero ¿de veras era eso tan
importante? ¿Tres o cuatro centímetros?
Del
mismo modo que la muerte de un progenitor o un trabajo estival despierta a un
niño a la edad adulta, y que la subida acciden¬tal del telón de un teatro nos
muestra a los tramoyistas apresurados y al sudoroso actor que hay detrás de
Lear o de Willy Loman, aque¬llas sombrías reflexiones poco a poco le
permitieron ver a Joe y a Sawyer. Siempre había pensado que el boxeo consistía
en que un hombre fuerte y valiente zurrara a otro menos fuerte y menos
va-liente. Así habían sido sus derrotas en el patio de la escuela, o al menos
así las había considerado.
No
era verdad. Joe y Sawyer jugaban un juego tan complejo como el ajedrez, y lo
jugaban con un distinto número de piezas que el nacimiento y el tiempo les
habían otorgado a cada uno.
Sonó
la campana y los boxeadores se levantaron de inmediato. Se pasaron medio minuto
fintando y dando vueltas como antes. El dragón se acercó deprisa envolviendo a
Joe con sus escamas do-
radas.
Estaban tan cerca que, por encima del rugido del público, alcanzaba a oír el
paf paf de sus puñetazos; pero no podía ver..., no veía lo que había pasado. Se
separaron, volvieron a dar vueltas en círculos como antes; Joe tenía unas
manchas encendidas en el pe¬cho; la cabeza de Sawyer se bamboleaba como si el
campeón inten¬tase aclarársela.
Lara
soltó el aire con un prolongado suspiro.
—Creí
que ya estaba —dijo.
Le
preguntó a qué se refería, pero Lara se limitó a sacudir la cabeza igual que
Sawyer.
Los
boxeadores volvieron al cuerpo a cuerpo y esta vez los vio mejor. Sawyer
llevaba la cabeza inclinada sobre los puños que iban y venían como pistones.
Joe mantenía alejado a Sawyer con la ca¬beza y los hombros mientras paraba los
golpes con sus musculosos antebrazos. Cuando se separaron, uno de esos brazos
salió dispara¬do y el puño enfundado en el guante marrón se clavó en la
mandíbu¬la de Sawyer, apoyada contra el esternón.
Le
tocó al campeón retroceder y lanzar puñetazos en el aire mientras Joe avanzaba
a saltitos, desplazándose a derecha e izquier¬da mientras Sawyer trataba de
girar en círculos.
—Fíjate
cómo zigzaguea —le gritó Walsh a Lara—. ¡Dios santo, qué magnífico es!
Sonó
la campana, Joe volvió a reunirse con W.F. en su rincón y entonces ocurrieron
tres cosas al mismo tiempo. Walsh se levantó de un salto y corrió al rincón de
Joe. W.F. le gritó «¡Agua!» a North. Y North agitó ambas manos, como si hiciera
un pase mági¬co, como lo haría una niña pequeñita que con asco se limpiara los
dedos sucios en el delantal; este último movimiento le permitió em¬puñar una
automática negroazulada en cada mano.
Por
un instante, North posó con las pistolas, como si se tratara de un actor bajo
los focos. En ese instante, Klamm se tiró al suelo y Lara lanzó un grito. Se le
ocurrió pensar que ninguno de los dos tenía demasiados motivos para estar
asustado; North ya lo apuntaba con sus armas. Disparó las dos al mismo tiempo
produciendo un ruido ensordecedor. Se agarró de las cuerdas como le había visto
hacer a Sawyer minutos antes, saltó torpemente y aprovechó el im¬pulso para
encajarle una patada en la ingle a North.
North
se tambaleó hacia atrás, uno de los disparos salió hacia las vigas del techo.
Joe y Sawyer se pusieron en pie. La arbitro tocaba
su
campana para que los boxeadores volvieran a pelear, creyó él, e iban a hacerlo
delante de North.
No,
North se levantaba, se dirigía a las cuerdas empuñando un arma. Los hombres de
Klamm abrieron fuego desde el pasillo. El revólver de North ladraba escupiendo
chispas y saltando como un perro enorme y enfurecido; pero W.F. lanzó el
maletín rojiblanco, que fue a golpear contra el brazo de North.
Entonces
él empuñó el arma. La levantó hacia arriba y hacia atrás. Disparó; el fogonazo
lo dejó medio cegado y el ruido de la detonación fue ensordecedor. La mandíbula
de North era una ho¬rrible mancha roja, a pesar de ello, logró golpearlo una y
otra vez. Oyó el ruido que le hizo la nariz al fracturársele, un ruido
espanto¬so; algo le había invadido la cabeza provocándole una destrucción.
Pugnó por respirar, tragó sangre y la escupió. Por la cara le corría más
sangre.
Joe
le encajó un guantazo a North en la oreja. Después de eso, North dejó de luchar
con él para recuperar el arma. La empuñó, pero no supo qué hacer... y se la
quitaron. El cadáver de North yacía despatarrado sobre la lona, cerca del
centro del cuadrilátero, sobre una mancha escarlata que iba haciéndose poco a
poco más grande.
—Siéntate
—le ordenó W.F. — . Hay que ponerte hielo en la nariz. Parar la hemorragia.
Descubrió
que detrás de él había un taburete. Se sentó; sintió deseos de hacer algún
comentario sobre plátanos o tomates, bro¬mear con W.F., pero no podía hablar,
no lograba coger los efímeros pensamientos en la trampa de las sílabas y las
frases. Había perdido unos cuantos dientes y con la lengua se fue explorando
los huecos.
Klamm
se había subido al cuadrilátero, hacía señas al público y mascullaba cosas a
los boxeadores aferrándolos por el hombro. Los dos púgiles le sacaban una
cabeza a Klamm.
Joe
se agachó delante de él y le preguntó:
—
¿Te encuentras bien?
Tenía
el hielo sobre la cara pero se las arregló para asentir.
—Te
has portado como un valiente. —Las palabras sonaron amortiguadas, poco
inteligibles debido al protector que Joe llevaba en la boca.
La
campana volvió a sonar con fuerza. Klamm la había golpeado con la caja de un
anticuado reloj de bolsillo.
—Tengo
que irme —balbuceó Joe—. Pero eres todo un cam¬peón.
—Alto
ahí —le ordenó W.F.
—La
pelea —dijo Klamm—. La pelea hará que se olviden de esto. Harás que éste sea un
asalto largo, ja? Porque tal vez al final vuelvan a estar nerviosos. —Klamm se
dirigía a la arbitro, no a él.
Un
hombre de gesto duro al que reconoció como uno de los guardaespaldas de Klamm
preguntó:
—
¿Dónde está el otro revólver?
Walsh
se lo entregó mansamente, asiéndolo por el cañón.
—Sólo
pude meterle un balazo —confesó Walsh—. Siempre ha¬bía alguien en el medio.
—Menos
mal que no hiciste un segundo intento.
—Nunca
se sabe —dijo Walsh asintiendo.
—Lo
llevaremos al hospital —le explicaba Klamm a W.F. — . Que lo vea un médico.
Usted ocúpese de su hombre, ja?
W.F.
le sacó el hielo y le cambió los tapones de algodón de la nariz. El
guardaespaldas de Klamm lo ayudó a saltar las cuerdas. Miró a su alrededor para
buscar a Lara pero ya se había ido.
—No
está aquí, Herr Kay —le explicó Klamm.
Era
como si hubiese preguntado en voz alta... Pero no lo hizo porque le costaba
mucho hablar. Klamm lo había entendido; le ha¬bía leído el pensamiento, o al
menos le había leído la expresión de la cara y visto hacia donde miraban sus
ojos. Por primera vez cayó en la cuenta de que una persona no se convierte en
miembro del gabinete por casualidad, que aquel hombre anciano y sonmoliento, de
bigote teñido, poseía tal vez habilidades extraordinarias.
El
guardaespaldas le preguntó si podía andar.
—Anda
—declaró Klamm—. Es un tipo duro, un Raufbold, ja?
Era
tal el dolor que sentía en la nariz que le quemaba toda la cara. Se preguntó
vagamente si tendría alguna otra herida. Los dientes, claro, pero el otro dolor
ahogaba éste.
Afuera,
varios cientos de hombres se arremolinaban alrededor de la arena.
«North
ha muerto.» «North ha muerto.» «Ahí dentro... acaban de matar a Bill North.» Lo
oía de todas partes; no podía precisar quién lo había dicho porque todo el
mundo repetía lo mismo. Un
hombre
que tendría más o menos su misma edad lloraba sin ningún pudor, las mejillas
cetrinas bañadas en lágrimas. Los guardias de Klamm empuñaban sus armas, en un
caso se trataba de un revólver de extraño aspecto con un cargador largo y
curvo. Decidió que sería un arma de repetición.
Tres
coches negros —uno de ellos una enorme limusina— espe¬raban aparcados junto al
bordillo.
—Va
conmigo —dijo Klamm, solemne—. No tenéis por qué ve¬nir.
Un
chófer uniformado y armado les abrió la puerta trasera. Klamm subió primero, se
deslizó por el amplio asiento de cuero para dejarle sitio. La puerta se cerró
tras él con un suave clic.
—Hemos
de hablar en privado, Rudy —dijo Klamm, y de inme¬diato, del asiento delantero
subió un grueso cristal que llegó hasta el techo del vehículo.
Un
momento después, la limusina se alejaba suavemente del bordillo. Uno de los
sedanes la precedía y sospechó que el otro iba detrás, pero no se molestó en
volverse para comprobarlo.
—Me
ha salvado la vida —le dijo Klamm—. Lo recompensaré, si puedo. Tengo dinero y
en este lugar gozo de una cierta autoridad.
—No
—le dijo. A duras penas logró menear la cabeza.
Desde
su bolsillo, Tina anunció:
—Necesita
tu ayuda, papá.
—Entonces
la tendrá. Lo que pueda darle.
—Quiero
encontrar a Laura —dijo él.
El
anciano suspiró y repuso:
—Igual
que todos nosotros, Herr Kay.
—Es
su hija..., usted es su padrastro.
—Mi
hijastra es una mujer adulta. Va donde quiere. Algunas veces me lo cuenta
porque me quiere, ella es así. Pero la mayoría de las veces no me dice nada. Lo
ayudaré si puedo, pero no puedo decirle su apartamento está aquí, o su hotel es
aquel.
—No
—le dijo—. No es así.
— ¿Qué quiere decir, Herr Kay? —Klamm se reclinó
en su rin¬cón, con los ojos más cargados de sueño que nunca.
—Lara
dice que es su hijastra y usted dice que ella es su hijastra. Pero no puede
ser, en realidad no lo es, y usted lo sabe. Es la diosa. Klamm abrió grande un
ojo e inquirió:
— ¿Se lo ha dicho ella?
Intentó
pensar.
—Lo
deduje. Y ella lo admitió. Sabe que lo sé.
— Sí, Herr Kay, es la diosa.
Entonces
lo comprendió y no entendía por qué no lo había com¬prendido antes.
—Entonces
usted es su amante..., o uno de sus amantes. O lo fue.
—Sí,
Herr Kay. — Klamm volvió a cerrar el ojo. Y luego abrió los dos—. Hace tiempo,
cuando era más joven que usted. Pero ella sigue teniéndome aprecio, nicht wahr?
Le sostengo la mano. Ella sostiene la mía. Nos besamos cuando nadie nos ve. Es
todo. ¿Tanto envidia a este anciano, Herr Kay?
-No.
—La
ayudo cuando puedo. Le hago ciertos trabajos. Ella no me los pide, pero sabe
que me hace feliz complacerla. Algunas veces me ayuda, como esta noche, que me
salvó la vida. Lo ha traído a usted, Herr Kay; sin usted, en este momento, yo
estaría muerto.
Restó
importancia a la cuestión con un gesto y le dijo:
— Quiero preguntarle cosas sobre ella, pero no
sé por dónde empezar.
—Siempre
es muy hermosa. Cree que puede ocultar su belleza a su antojo, pero en eso se
equivoca. Ocurre que a veces, esa belleza es abierta, la belleza de alguien que
se sabe bella, ja? Otras veces, es la belleza cerrada de alguien que no lo sabe
y debemos verla. Si nos preguntamos «¿Por qué no es hermosa esa mujer?» nunca
lo descubrimos. Pero si buscamos, lo sabemos, creo.
—Sí,
el caso de Lora Masterman. Señor Klamm, cierta vez, cuando estaba internado en
el hospital e intenté llamar a mi aparta¬mento, contestó usted.
Klamm
asintió letárgicamente.
—Contesté
yo y usted me colgó el teléfono. ¿Quiere saber cómo pudo pasar algo así?
— Sí, señor.
—Es
muy sencillo. Ella pensó que usted podría llamar. Algunas veces se puede, de
aquí a allí o viceversa. Lo dispusimos todo para que esas llamadas pasaran por
mi despacho. Con un instrumento especial, no sé si comprende. Me habló de usted
y me pidió que lo ayudase en caso de que necesitara mi ayuda. Pero no ocurrió
así.
—En
otra ocasión me contestó otro hombre.
—Uno
de mis agentes —le explicó Klamm—. Suelo estar en mi despacho, aunque a veces
no. Cuando debo ausentarme, otra per¬sona contesta mis llamadas. A veces
debemos actuar de inmediato, en cuyo caso, esa persona actúa en mi lugar, en mi
nombre.
—Quería
saber dónde estaba yo. Lara sabía dónde estaba. Me envió flores.
—Pero
nosotros no, y tampoco sabíamos que Laura sabía. Verá usted, no lo sabe todo,
si bien sabe mucho. Y no me cuenta ni la décima parte de lo que sabe. Puede que
sólo le envíe flores a mane¬ra de experimento; si el florista hubiera dicho
«allí no hay nadie con ese nombre», ella se habría enterado de que estaba usted
en otra parte. Con frecuencia hacemos esos experimentos. Lo del General Unido
lo acertó a la primera, ja? Con frecuencia llevan allí a los visitantes.
Era
la palabra que Fanny había empleado.
— ¿Soy un visitante peligroso o uno inofensivo,
señor Klamm? Klamm se rió por lo bajo.
—Inofensivo,
muy inofensivo, igual que yo. Pero Herr North es un visitante peligroso,
¿comprende? Por eso debemos interrogarlos a todos. Es usted responsabilidad de
una de mis subordinadas. Ella impedirá que le hagan daño, tal vez algún día
Laura vuelva a bus-carlo.
—Una
cosa más, señor. Le he mencionado a ese otro hombre que contestó el teléfono en
mi apartamento.
-Ja.
—Una
vez lo vi en la televisión. Encendí el televisor y ahí estaba él, contestando
el teléfono en mi apartamento.
Klamm
asintió y repuso:
— ¿No había nadie más viendo la televisión? Tal
vez otra perso¬na habría visto lo mismo que usted, Herr Kay. Tal vez no. Lo más
probable es que no. Entonces ella estaba cerca de usted, suele pro¬vocar esos
sueños, no sé explicarle por qué.
Allí
acabó la conversación por un rato y le pareció que la limusi¬na debía haberse
detenido delante de un hospital cuando Klamm dijo no sé explicarle por qué.
Pero en realidad no lo hizo, sino que siguió al sedán negro otro kilómetro más
por lo menos mientras él reflexionaba sobre cuanto habían dicho y Klamm,
acurrucado en su rincón, aparentemente se había dormido. Cuando llegaron al
hospi¬tal —según el cartel iluminado por los faros del coche, el St. Anchises—
la limusina no se detuvo delante sino que se dirigió a la puerta de urgencias
de la parte trasera.
—Adiós,
Herr Kay —le dijo Klamm tendiéndole otra vez la mano—. No, en momentos así
tiene derecho al nombre correcto. Adiós, Herr Green, amigo mío. ¡Que la suerte
lo acompañe! Lo llamo Herr Kay porque me recuerda a un viejo amigo que era yo.
Estrechó
la mano de Klamm.
—Adiós,
señor Klamm. Llámeme como usted guste.
Uno
de los guardaespaldas le abrió la puerta.
— ¿Sabe cómo ponerse en contacto conmigo en el
despacho, ja? O con otra persona que actuará por mí.
Al
abrirse la puerta se encendió la luz del techo; asombrado, comprobó que Klamm
tenía los ojos anegados en lágrimas. —Sí, señor —le contestó.
— Cuide de él, Ernest. Que lo vea un buen
doctor.
—No
se preocupe, señor secretario —replicó el guardaespaldas. Se apeó del coche y
en cuanto se hubo cerrado la puerta, la limusina partió como deslizándose sobre
la calzada. —Qué anciano más agradable —dijo Tina. El guardaespaldas la miró y
sonrió.
— ¿Tiene una de esas muñecas? Yo también tenía
una.—Tendrías que conseguirte otra —le dijo Tina.
Siguió
al guardaespaldas hasta una sala muy iluminada donde un oriental que había
estado bebiendo en un tazón de porcelana des¬conchada se levantó para
atenderlo.
—Me
alegra volver a verlo —le dijo el oriental—. Pero no aquí. Siéntese.
Se
sentó y le dijo:
—Yo
también me alegro de volver a verlo, doctor Pille. —Al cabo de un rato agregó—:
Creí que estaba en el otro lugar.
—Sólo
cuando me necesitan. Se encuentra a una manzana de aquí. Aquella vez sufrió
usted una conmoción, ¿lo recuerda?
—Claro
—dijo—. ¡Ay!
—Tiene
la nariz rota —le informó el doctor Pille — . Habrá que arreglársela. Le pondré
anestesia, pero le dolerá un poco. ¿Se ha metido en una pelea?
Una
enfermera contestó por él.
—Con
un asesino, doctor. Salió todo por la televisión.
Sin
dejar de examinarle la nariz, el doctor Pille asintió y dijo:
—No
me diga.
—
¿Puede tenerlo ingresado toda la noche, doctor? —preguntó el guardaespaldas—.
Mañana vendrán a recogerlo.
—Claro
que sí —contestó el doctor Pille irguiéndose. Y empezó a llenar la hipodérmica.
36
Decisión
Una
enfermera lo despertó para preguntarle qué quería desayu¬nar.
—Ha
perdido un par de dientes —le informó—. Así que nada de tostadas o cosas
parecidas. ¿Cree usted que podría tomarse un hue¬vo pasado por agua?
Asintió
y se sentó en la cama.
—Tengo
hambre. Supongo que anoche no cené.
—Eso
lo explica —le dijo la enfermera con una sonrisa.
Cuando
la enfermera se hubo marchado, miró a su alrededor; la habitación era más
grande que la que había ocupado en el Ge¬neral Unido, pero más pequeña que la
sala abierta que compartie¬ra con nueve pacientes más en el ala de psiquiatría
de un hospital cuyo nombre no lograba recordar. Al igual que su habitación en
el General Unido, tenía una taquilla, pero ésta estaba abierta y den¬tro
colgaban su chaqueta, sus pantalones y su abrigo. En el suelo de la taquilla
estaban sus zapatos. Recordó que cuando subió a la limusina de Klamm no tenía
el abrigo. Alguien se lo habría lle¬vado.
Espió
en el interior del bolsillo de la pechera de su chaqueta y Tina lo saludó:
—Hola,
buenos días —y se estiró.
—Buenos
días. —Le tendió la mano y la muñeca se subió a ella—. De vuelta al hospital
—le dijo.
—
¿Estuviste antes en el hospital?
— Sí, pero tú dormías. Estuve internado en
muchos hospitales. Entró la enfermera con una bandeja.
—No
está permitido tener eso aquí —le dijo la enfermera.
—Lo
siento, no lo sabía.
—Debería
quitársela y guardarla bajo llave. Pero como mañana van a darle el alta, no
merece la pena tomarse tantas molestias. Procure que no la vea nadie.
—Me
esconderé —prometió Tina.
— ¿Qué le gustaría para beber? Hay café, té y
leche.
Le
preguntó si podía tomar té con leche; la enfermera asintió y le llevó una taza,
una jarrita con agua caliente y un vaso de leche.
—El
té es para ti —le dijo a Tina cuando la enfermera se hubo marchado.
Metió
la bolsita de té en la jarrita y con el anticuado salero de cristal espolvoreó
un poco de sal en la taza.
— ¡Qué rico!
Le
sostuvo la taza para que bebiera.
— ¿No necesitas nada de comida? ¿Con eso te
basta?
—Sí
—dijo Tina—. Y es un montón. Cómete el huevo, así te harás grande y fuerte.
Cogió
una servilleta para no quemarse los dedos y desenroscó la tapa del plato de
porcelana blanca.
— ¿No tienes que ir al colegio hoy?—Creo que no
—repuso.
En
la bandeja le habían puesto también un bollo blando. Lo partió en trocitos y
los mezcló con el huevo, al que le añadió la mantequilla y una pizca de
pimienta.
—Alguien
vendrá a recogerme, pero no creo que sea para lle¬varme a la escuela.
— ¿Adonde van a llevarte?
—No
lo sé —repuso. Al cabo de un instante, añadió—: Ni si¬quiera estoy seguro si
iré.
Una
hora después de que la enfermera se llevara la bandeja, regresó con una silla
de ruedas.
—Me
temo que tendrá que ir usted en esto —le advirtió—. Son las normas.
Buscó
a Tina.
—Está
debajo de la sábana. Lo traeré de vuelta dentro de una hora
Vaciló
un instante y luego dijo:
—Está
bien. ¿Adonde vamos?
—A
ver al dentista.
Lo
miró todo con curiosidad mientras la enfermera lo conducía hasta el ascensor;
el hospital era como todos, un poco menos mo¬derno que los que recordaba haber
visto en la televisión. Quizá les ocurriera a todos.
La
dentista era una mujer corpulenta a la que no parecía haberle caído bien, igual
que a la enfermera.
—Abra
bien —le ordenó, y cuando obedeció, se inclinó tan¬to sobre él que dio la
impresión de que fuera a meterle la cabe¬za en la boca—. Uno salió de cuajo y
del otro queda un trozo de raíz.
Dirigiéndose
a la enfermera, añadió:
—Le
pondré anestesia local. Si quiere, se puede ir.
La
enfermera meneó la cabeza.
La
dentista le inyectó algo en la encía, después de lo cual la enfermera y él se
pasaron un cuarto de hora en la salita exterior esperando que la anestesia le
hiciera efecto.
— Si
me hubiera ido —le explicó la enfermera—, le habría pues¬to la general y se
habría apagado usted como una vela.
Asintió
deseando que se hubiera marchado; nunca le había gus¬tado que le hurgaran los
dientes y no veía nada malo en apagarse como una luz.
Había
una pila de revistas. Hojeó una y le asombró no haber leído casi nada allí.
Tina lo regañaría si llegaba a enterarse; al pen¬sarlo se sintió culpable y
estudió las revistas con más cuidado. Hasta la página cuarenta, en la que
aparecía Lara sentada en un jardín tropical, con una copa que contenía una
bebida rosada, se parecía mucho a las de su propio mundo. Lara tenía el pelo
rubio y la piel bronceada.
«Marcela
Masters descansa en su casa antes de iniciar su trabajo en Atlantis», rezaba el
pie de foto.
Recortó
la página, la dobló y se la guardó en el bolsillo de la chaqueta del pijama. La
enfermera parecía escandalizada pero no protestó. A partir de ese momento y
hasta que la dentista lo llamó para que pasara otra vez a la consulta, se
dedicó a hojear revistas con energía pero no encontró nada más.
Fanny
los esperaba cuando regresaron a su habitación. Le enseño a la enfermera su
placa y una carta, cosas que la dejaron impre¬sionada.
—Es
todo suyo, sargento, si lo quiere.
—Lo
quiero —contestó Fanny lanzándole a él una sonrisa.
La
enfermera abrió la taquilla y miró en su interior.
—Tendré
que traerle la ropa limpia. No tardaré mucho.
—De
acuerdo —le dijo Fanny. Dirigiéndose a él, añadió—: Tie¬nes un aspecto horrible
con todo ese vendaje en la cara.
Le
dijo que se encontraba bien.
—Ha
perdido un par de dientes, sargento —le informó la enfer¬mera—. Dentro de una
semana o así, debería volver al dentista para que le hicieran un puente. Dentro
de dos o tres días, un médico deberá revisarle la nariz. Puede llevarlo a la
consulta del doctor Pille o traerlo aquí. El doctor Pille le arregló la nariz
anoche.
—De
acuerdo ^dijo Fanny.
Cuando
la enfermera se hubo marchado, Fanny le dijo:
—Volviste
a ese lugar al que perteneces, ¿no? Aquella vez en el restaurante.
Asintió
y repuso:
—No
quería, pero lo hice, y después no pude regresar. Bueno, en realidad, una vez
regresé, pero sólo unos minutos. Después volví a encontrar a Lar a y la seguí,
creo que me dejó que la siguiera, y aquí me tienes.
—Espero
que te quedes aquí —le dijo Fanny—. Ahora estás bajo mi responsabilidad y las
pasaré moradas si te pierdo. ¿Tienes que estar sentado en eso?
—No
—repuso.
Se
puso en pie para mostrarle y luego se sentó junto a ella, en la cama. Se acordó
entonces de Tina; buscó debajo de la sábana y la sacó.
—
¡Ey! —exclamó la muñeca—. Que se supone que no deben verme aquí.
—No
importa. Nos vamos a marchar —le dijo.
Fanny
suspiró y le advirtió:
—Tirarás
esa cosa cuando lleves conmigo una o dos semanas.
Quiso
menear la cabeza pero no lo hizo.
—No
os morís, ¿verdad? —susurró Fanny—. De donde tú vie¬nes, los hombres no mueren.
Podemos hacerlo una y otra vez, cuan¬tas veces queramos.
Los
ojos oscuros de la chica lo incomodaron, de manera que en esta ocasión meneó la
cabeza pensando en Lara.
La
enfermera regresó con un bulto envuelto en papel marrón y atado con bramante.
Se lo entregó a él, se marchó de la habitación junto con Fanny y cerraron la
puerta. Rompió el bramante, de¬senvolvió el bulto y desplegó la camisa sobre la
cama. En la la¬vandería le habían quitado las manchas con lejía, dejándole la
cami¬sa tan blanca como cuando era nueva. Sacó la foto de Lara del bolsillo del
pijama y la puso en el bolsillo de la camisa.
—
¿Vamos a irnos con esa señora? —inquirió Tina.
—Por
una temporada —le contestó.
—No
me cae bien —dijo Tina.
—A
mí sí —dijo — . Pero no lo suficiente. —Se quitó la parte de arriba del pijama
y la lanzó sobre la cama—. Y ahora date la vuelta y cierra los ojos.
Tina
obedeció; él se desató el cordón de los pantalones del pi¬jama y los dejó caer
al suelo. Cuando se hubo abrochado la camisa limpia, la dejó volver a mirar.
—Tendrías
que haber esperado a ponerte los pantalones —lo sermoneó Tina—. ¿Vas a dejar
que esas señoras entren ahora?
—Llevo
calzoncillos —le explicó — . Además, me cubren los faldones de la camisa.
—Acercó los pantalones a la ventana donde había mejor luz; estaban manchados de
sangre seca, des¬lustrados y duros—. Ojalá los hubieran mandado a la tintorería
—dijo.
Su
cartera seguía en el bolsillo posterior, con el dinero que allí no le serviría
de nada. Los billetes con los que podría comprar cosas estaban en el doble
bolsillo del abrigo, aunque parecía que se le habían caído los guantes; el mapa
se encontraba en el otro bolsillo. Se ató al cuello el hilo rojo del que pendía
el amuleto del señor Sheng y lo ocultó debajo de la camiseta; después se anudó
la corba¬ta manchada de sangre con el mismo cuidado que si fuera a trabajar a
la tienda. Cuando hubo terminado de vestirse y Tina se encontra¬ba en el
bolsillo de su chaqueta, advertida de que debía guardar silencio, abrió la
puerta.
—Me
temo que tendrá que volver a ir en la silla de ruedas —le dijo la enfermera—.
No podemos dejar que camine hasta que un médico lo autorice.
Se
sentó, obediente, y la mujer lo empujó como antes, esta vez,
acompañada
de Fanny. Fanny firmó su alta en la recepción del hos¬pital.
—No
necesitas el abrigo —le dijo—. Afuera hace un día estu¬pendo.
Dobló
el abrigo sobre su brazo.
Fanny
tenía razón. Una brisa primaveral le acarició la mejilla en cuanto dejaron
atrás los olores del hospital. Desde las tinajas de piedra que flanqueaban el
sendero que llevaba a la calle, los junqui¬llos se inclinaron para saludarlos.
—Las
piernas no te responden del todo, ¿verdad?
Se
aferraba a la barandilla para bajar la escalera.
—Me
encuentro muy bien —le dijo.
—Podemos
tomar un taxi. Me han dado dinero para gastos.
—Puedo
andar. —Miró hacia uno y otro lado de la calle; le re¬sultaba obsesivamente
familiar—. Creo que no nos quedará más remedio. ¿Ves algún taxi?
Fanny
negó con la cabeza.
— ¿No has traído tu coche?
—No
—repuso ella. Echaron a andar calle abajo — . Estás pen¬sando en aquella vez en
el Grand Hotel, pero ése no era mi coche.
— ¿Cómo has llegado al hospital?—En tranvía
—respondió Fanny.
—Entonces
podemos volver en tranvía. ¿No hay por aquí una parada?
— ¿Una parada?
—Donde
pare el tranvía para que podamos subir. Fanny volvió a negar con la cabeza; sus
rizos negros rebotaron bajo el sol.
— ¿Así lo hacéis de donde tú vienes? Aquí los
paramos con una seña. ¿Qué estás mirando?
Era
un escaparate, el escaparate de una tiendecita que vendía partituras. La
canción de la partitura expuesta en un atril dorado se titulaba Busca a tu
verdadero amor. Llevaba tanto tiempo en el escaparate que el papel cubierto de
polvo se había vuelto amari¬llento.
—Ahí
pasa un taxi —dijo Fanny. Y gritó—. ¡Taxi!
Miró
calle abajo para buscar el hospital de muñecas. Vio el car¬tel colgado en el
que se mostraba el retrato de una muñeca vestida de enfermera.
—El
taxi espera. — Fanny le tiró de la manga—. Vamos.
Asintió
y se volvió para seguirla sintiéndose más perdido que nunca desde que se
hubiera internado por el callejón del señor Sheng. Fanny le abrió la puerta y
él le dijo:
— Gracias —y se subió.
— ¿Adonde vamos, señor?
El
taxista era un hombre un poco más joven que él y sorpren¬dentemente limpio.
Fanny rodeaba el taxi por la parte de atrás. Reflexionó un instante.
— ¿Adonde van usted y la señora?
Como
quien no quiere la cosa, tendió la mano y bajó el seguro de la puerta.
—A
la estación —le contestó, subiendo la ventanilla—. Pero ella no viene conmigo.
—Así
como así, ¿eh? —El taxista sonrió y puso la primera.
—Sí
—respondió—. Así como así.
Se
volvió para mirar a Fanny que quedó de pie en la calzada. Tuvo la impresión
entonces de que ella debería haber desenfundado el arma o al menos agitado el
puño en el aire. Pero no hizo ninguna de las dos cosas; allí se quedó, una
figura menuda y oscura, dolorosamente sola.
—Acabamos
de salir del hospital, ¿eh? —Era Tina quien lo preguntaba asomando la cabeza
por el borde de la solapa de su chaqueta.
—Sí
—le contestó.
— ¿Adonde vamos?
—A
Manea —repuso en voz muy baja para que el taxista no lo oyera, porque podía
interrogarlo la policía.
—Dicen
que es un lugar precioso —observó el taxista—. Está cerca de Overwood.
—Creí
que no me había oído —le dijo—. Sé que ha de ser bo¬nito.
Pasaron
delante de una fuente; sus chorros le recordaron a Klamm, las lágrimas que
anegaban los ojos de Klamm. Klamm ha¬bía obedecido la letra de la ley; pero de
pronto supo que nadie iba a interrogar jamás al taxista ni a perseguirlos. A
Fanny tal vez le lla¬maran la atención, pero no habría investigación alguna, ni
se emiti¬ría una orden de busca y captura.
No
lejos de allí se oyó el silbido de una locomotora de vapor;
su
eco rebotó contra los edificios que los rodeaban. Sonrió. Vol¬vió a silbar su
canción sobre amantes que se encuentran en sitios lejanos.
Tina
miró desde su lugar, junto a su corbata.
—¡Püiií!
—exclamó Tina—. ¡Piiiípiüí!

